EL SECRETO DE LADY AUDLEY
Por Mary Elizabeth Braddon
CAPÍTULO I.
LUCY.
Se encontraba en una hondonada, rica en valiosa madera antigua y exuberantes pastizales; y uno llegaba hasta allí a través de una avenida de tilos, bordeada a ambos lados por prados sobre cuyos altos setos el ganado lo observaba a uno con curiosidad al pasar, preguntándose, tal vez, qué buscaba uno; pues no había camino de paso, y a menos que uno se dirigiera a la mansión, no tenía nada que hacer allí.
Al final de esta avenida había un arco antiguo y una torre del reloj, con un reloj estúpido y desconcertante que solo tenía una manecilla —y que saltaba directamente de una hora a la siguiente— y que, por tanto, siempre estaba en los extremos. A través de este arco se entraba directamente en los jardines de Audley Court.
Un césped liso se extendía ante uno, salpicado de grupos de rododendros, que crecían aquí con mayor perfección que en cualquier otro lugar del condado. A la derecha estaban los huertos, el estanque de peces y un huerto frutal bordeado por un foso seco y una pared en ruinas, en algunos lugares más gruesa que alta, y cubierta por todas partes de hiedra rastrera, sedum amarillo y musgo oscuro. A la izquierda había un ancho paseo de grava por el que, hace años, cuando el lugar era un convento, las tranquilas monjas habían caminado de la mano; un muro bordeado de espalderas y sombreado por un lado por hermosos robles, que cerraban el paso al paisaje llano y rodeaban la casa y los jardines con un refugio oscurecido.
La casa daba al arco y ocupaba tres lados de un cuadrilátero. Era muy antigua, muy irregular y laberíntica. Las ventanas eran desiguales; algunas pequeñas, otras grandes, algunas con pesados parteluces de piedra y ricos cristales de colores; otras con frágiles celosías que vibraban con cada brisa; otras tan modernas que podrían haber sido añadidas apenas ayer. Grandes pilas de chimeneas se elevaban aquí y allá detrás de los hastiales puntiagudos, y parecían estar tan deterioradas por la edad y el largo servicio que se habrían derrumbado de no ser por la hiedra dispersa que, trepando por las paredes y extendiéndose incluso sobre el tejado, se enroscaba alrededor de ellas y las sostenía. La puerta principal estaba encajada en un rincón de una torreta en un ángulo del edificio, como si estuviera escondiéndose de visitantes peligrosos y quisiera guardar su secreto; una puerta noble, a pesar de todo: de roble antiguo, tachonada con grandes clavos de hierro de cabeza cuadrada, y tan gruesa que el aldabón de hierro golpeaba sobre ella con un sonido sordo, y el visitante hacía sonar una campana estridente que colgaba en un rincón entre la hiedra, por miedo a que el ruido de los golpes nunca penetrara en la fortaleza.
Un lugar glorioso y antiguo. Un lugar que los visitantes contemplaban con éxtasis, sintiendo un deseo anhelante de terminar con la vida y quedarse allí para siempre, mirando los frescos estanques de peces y contando las burbujas a medida que los cachos y las carpas salían a la superficie del agua. Un paraje en el que la paz parecía haber establecido su morada, posando su mano tranquilizadora sobre cada árbol y flor, sobre los estanques inmóviles y las callejuelas silenciosas, los rincones sombríos de las habitaciones a la antigua, los profundos asientos de las ventanas tras los cristales pintados, los prados bajos y las majestuosas avenidas; sí, incluso sobre el pozo estancado, que, fresco y protegido como todo lo demás en aquel lugar antiguo, se escondía en un matorral detrás de los jardines, con una manivela ociosa que nunca se giraba y una cuerda perezosa tan podrida que el cubo se había desprendido de ella y había caído al agua.
Un lugar noble; tanto por dentro como por fuera, un lugar noble; una casa en la que uno se perdía irremediablemente si alguna vez era tan imprudente como para intentar penetrar sus misterios a solas; una casa en la que ninguna habitación tenía simpatía con otra, pues cada cámara se desviaba por la tangente hacia una cámara interior, y a través de esta bajaba por alguna estrecha escalera que conducía a una puerta que, a su vez, llevaba de vuelta a esa misma parte de la casa de la que uno pensaba estar más alejado; una casa que nunca pudo ser planeada por ningún arquitecto mortal, sino que debió ser obra de aquel buen viejo constructor, el Tiempo, quien, añadiendo una habitación un año y derribando otra al año siguiente, haciendo caer una chimenea coetánea de los Plantagenet y erigiendo otra al estilo de los Tudor; derribando un trozo de muro sajón, permitiendo que un arco normando permaneciera aquí; añadiendo una hilera de ventanas altas y estrechas en el reinado de la reina Ana, y uniendo un comedor al estilo del Jorge I hannoveriano a un refectorio que había estado en pie desde la Conquista, había logrado, en unos once siglos, levantar tal mansión como no se podía encontrar en ninguna otra parte del condado de Essex. Por supuesto, en una casa así había cámaras secretas; la pequeña hija del actual propietario, Sir Michael Audley, había dado por accidente con el descubrimiento de una. Una tabla había vibrado bajo sus pies en el gran cuarto de los niños donde jugaba, y al prestarle atención, se descubrió que estaba suelta, y al retirarla, reveló una escalera que conducía a un escondite entre el suelo del cuarto y el techo de la habitación de abajo; un escondite tan pequeño que quien se hubiera escondido allí habría tenido que agacharse sobre manos y rodillas o tumbarse a lo largo, y sin embargo lo suficientemente grande como para contener un arcón de roble tallado, antiguo y pintoresco, medio lleno de vestiduras sacerdotales, que habían sido escondidas, sin duda, en aquellos días crueles en los que la vida de un hombre corría peligro si se descubría que había albergado a un sacerdote católico o que se había celebrado misa en su casa.
El ancho foso exterior estaba seco y cubierto de hierba, y los árboles cargados del huerto se inclinaban sobre él con ramas nudosas y dispersas que dibujaban sombras fantásticas sobre la ladera verde. Dentro de este foso estaba, como he dicho, el estanque de peces, una lámina de agua que se extendía a lo largo de todo el jardín y bordeando la cual había una avenida llamada el paseo de los tilos; una avenida tan sombreada del sol y del cielo, tan oculta a la observación por el espeso refugio de los árboles arqueados, que parecía un lugar elegido para reuniones secretas o entrevistas furtivas; un lugar en el que una conspiración podría haber sido planeada o el voto de un amante registrado con igual seguridad; y, sin embargo, apenas estaba a veinte pasos de la casa.
Al final de esta oscura arcada estaba el matorral, donde, medio enterrada entre las ramas enredadas y las malas hierbas descuidadas, se alzaba la rueda oxidada de aquel viejo pozo del que he hablado. Había sido de gran utilidad en su época, sin duda; y las monjas ocupadas quizás habían extraído el agua fresca con sus propias manos hermosas; pero ahora había caído en desuso, y casi nadie en Audley Court sabía si el manantial se había secado o no. Pero, por muy protegida que fuera la soledad de este paseo de los tilos, dudo mucho que alguna vez se utilizara para fines románticos. A menudo, en el frescor de la tarde, Sir Michael Audley paseaba de arriba abajo fumando su cigarro, con sus perros a los talones y su joven y bonita esposa holgazaneando a su lado; pero en unos diez minutos el baronet y su compañera se cansaban del susurro de los tilos y del agua quieta, escondida bajo las hojas extendidas de los nenúfares, y de la larga vista verde con el pozo roto al final, y regresaban paseando al salón, donde mi señora tocaba melodías soñadoras de Beethoven y Mendelssohn hasta que su marido se quedaba dormido en su sillón.
Sir Michael Audley tenía cincuenta y seis años de edad, y se había casado con una segunda esposa tres meses después de su quincuagésimo quinto cumpleaños. Era un hombre corpulento, alto y robusto, con una voz profunda y sonora, hermosos ojos negros y una barba blanca; una barba blanca que le hacía parecer venerable contra su voluntad, pues era tan activo como un muchacho y uno de los jinetes más incansables del condado. Durante diecisiete años había sido viudo con una única hija, Alicia Audley, ahora de dieciocho años, y de ninguna manera muy complacida de que trajeran a una madrastra a la mansión; pues la señorita Alicia había reinado de forma suprema en la casa de su padre desde su primera infancia, y había llevado las llaves, y las había hecho sonar en los bolsillos de sus delantales de seda, y las había perdido en el matorral, y las había dejado caer en el estanque, y había dado toda clase de problemas con ellas desde la hora en que entró en la adolescencia, y se había, por esa razón, engañado a sí misma con la sincera creencia de que, durante todo ese tiempo, había estado llevando la casa.
Pero los días de la señorita Alicia habían terminado; y ahora, cuando pedía algo al ama de llaves, el ama de llaves le decía que hablaría con mi señora, o que consultaría a mi señora, y que si a mi señora le complacía, se haría. Así que la hija del baronet, que era una excelente amazona y una artista muy hábil, pasaba la mayor parte de su tiempo fuera de casa, cabalgando por los senderos verdes y dibujando a los niños de las cabañas, a los mozos de labranza, al ganado y a toda clase de vida animal que encontraba a su paso. Se enfrentó con una obstinada determinación contra cualquier intimidad entre ella y la joven esposa del baronet; y, por muy amable que fuera esa señora, le resultó totalmente imposible superar los prejuicios y la aversión de la señorita Alicia; o convencer a la niña mimada de que no le había hecho un daño cruel al casarse con Sir Michael Audley. La verdad era que Lady Audley había, al convertirse en la esposa de Sir Michael, hecho uno de esos matrimonios aparentemente ventajosos que suelen atraer sobre una mujer la envidia y el odio de su sexo. Había llegado al vecindario como institutriz en la familia de un cirujano en el pueblo cercano a Audley Court. Nadie sabía nada de ella, excepto que llegó en respuesta a un anuncio que el señor Dawson, el cirujano, había insertado en The Times. Venía de Londres; y la única referencia que dio fue la de una dama en una escuela en Brompton, donde una vez había sido maestra. Pero esta referencia fue tan satisfactoria que no se necesitó ninguna otra, y la señorita Lucy Graham fue recibida por el cirujano como institutriz de sus hijas. Sus logros eran tan brillantes y numerosos que parecía extraño que hubiera respondido a un anuncio que ofrecía términos de remuneración tan modestos como los mencionados por el señor Dawson; pero la señorita Graham parecía perfectamente satisfecha con su situación, y enseñaba a las niñas a tocar sonatas de Beethoven y a pintar del natural al estilo de Creswick, y caminaba a través de un pueblo aburrido y apartado hasta la humilde iglesita, tres veces cada domingo, tan contenta como si no tuviera más aspiraciones en el mundo que hacer eso durante el resto de su vida.
La gente que observaba esto lo explicaba diciendo que era parte de su naturaleza amable y gentil estar siempre alegre, feliz y contenta en cualquier circunstancia.
Dondequiera que iba, parecía llevar alegría y brillo consigo. En las cabañas de los pobres, su rostro hermoso brillaba como un rayo de sol. Se sentaba durante un cuarto de hora a hablar con alguna anciana, y aparentemente tan complacida con la admiración de una vieja desdentada como si hubiera estado escuchando los cumplidos de un marqués; y cuando se marchaba dando saltitos, sin dejar nada tras de sí (pues su escaso salario no dejaba margen a su benevolencia), la anciana estallaba en arrobos seniles por su gracia, belleza y bondad, tales que nunca prodigó a la esposa del vicario, que la alimentaba y vestía a medias. Pues, verá, la señorita Lucy Graham estaba bendecida con ese poder mágico de fascinación, por el cual una mujer puede encantar con una palabra o embriagar con una sonrisa. Todos la amaban, admiraban y elogiaban. El muchacho que abría la puerta de cinco barras que se interponía en su camino, corría a casa de su madre para hablarle de su aspecto bonito y de la dulce voz con la que le agradecía el pequeño servicio. El sacristán de la iglesia, que la acompañaba al banco del cirujano; el vicario, que veía los suaves ojos azules levantados hacia su rostro mientras pronunciaba su sencillo sermón; el mozo de la estación de ferrocarril, que a veces le traía una carta o un paquete, y que nunca esperaba recompensa de ella; su empleador; sus visitantes; sus pupilas; los sirvientes; todos, altos y bajos, se unían para declarar que Lucy Graham era la muchacha más dulce que jamás había existido.
Quizás fue el rumor de esto lo que penetró en la tranquila habitación de Audley Court; o, quizás, fue la visión de su rostro bonito, mirando por encima del alto banco del cirujano cada domingo por la mañana; fuera como fuera, era seguro que Sir Michael Audley experimentó de repente un fuerte deseo de conocer mejor a la institutriz del señor Dawson.
Solo tuvo que sugerir su deseo al digno doctor para que se organizara una pequeña fiesta, a la que fueron invitados el vicario y su esposa, y el baronet y su hija.
Aquella única velada tranquila selló el destino de Sir Michael. ¡No pudo resistirse a la tierna fascinación de aquellos ojos azules suaves y seductores; a la belleza graciosa de aquel cuello esbelto y la cabeza inclinada, con su abundancia de rizos rubios en cascada; a la música baja de aquella voz gentil; a la armonía perfecta que impregnaba cada encanto, y hacía todo doblemente encantador en esta mujer; tanto como no pudo resistirse a su destino! ¡Destino! ¡Vaya, ella era su destino! Nunca antes había amado. ¿Qué había sido su matrimonio con la madre de Alicia sino un aburrido trato rutinario hecho para mantener alguna propiedad en la familia que habría estado igual de bien fuera de ella? ¿Qué había sido su amor por su primera esposa sino una chispa pobre, lamentable y humeante, demasiado sosa para ser extinguida, demasiado débil para arder? Pero esto era amor; esta fiebre, este anhelo, esta vacilación inquieta, incierta y miserable; estos miedos crueles de que su edad fuera una barrera insuperable para su felicidad; este odio enfermizo hacia su barba blanca; este deseo frenético de ser joven otra vez, con cabello negro brillante y una cintura delgada, como tenía veinte años antes; estas noches de insomnio y días melancólicos, tan gloriosamente iluminados si tenía la suerte de vislumbrar su rostro dulce detrás de las cortinas de la ventana, mientras pasaba en coche frente a la casa del cirujano; todas estas señales daban muestra de la verdad, y decían solo demasiado claramente que, a la sobria edad de cincuenta y cinco años, Sir Michael Audley había enfermado de la terrible fiebre llamada amor.
No creo que, a lo largo de su noviazgo, el baronet contara ni una sola vez con su riqueza o su posición como razones para su éxito. Si alguna vez recordaba estas cosas, descartaba el pensamiento de ellas con un estremecimiento. Le dolía demasiado creer por un momento que alguien tan adorable e inocente pudiera valorarse a sí misma frente a una mansión espléndida o un buen título antiguo. No; su esperanza era que, como su vida había sido probablemente de trabajo y dependencia, y como ella era muy joven —nadie sabía exactamente su edad, pero parecía tener poco más de veinte años—, nunca hubiera formado ningún vínculo, y que él, al ser el primero en cortejarla, pudiera, mediante atenciones tiernas, mediante una vigilancia generosa, mediante un amor que le recordara al padre que había perdido, y mediante un cuidado protector que lo hiciera necesario para ella, ganar su joven corazón y obtener de su amor fresco y primero, la promesa de su mano. Era un ensueño muy romántico, sin duda; pero, a pesar de todo, parecía ir por muy buen camino para realizarse. Lucy Graham no parecía en absoluto disgustarle las atenciones del baronet. No había nada en absoluto en sus modales que traicionara los artificios superficiales empleados por una mujer que desea cautivar a un hombre rico. Estaba tan acostumbrada a la admiración de todos, altos y bajos, que la conducta de Sir Michael causaba muy poca impresión en ella. Además, él había sido viudo tantos años que la gente había abandonado la idea de que volviera a casarse. Finalmente, sin embargo, la señora Dawson habló con la institutriz sobre el tema. La esposa del cirujano estaba sentada en el cuarto de estudio ocupada en su labor, mientras Lucy daba los toques finales a unos bocetos en acuarela realizados por sus pupilas.
—¿Sabe, querida señorita Graham? —dijo la señora Dawson—, creo que debería considerarse una joven notablemente afortunada.
La institutriz levantó la cabeza de su actitud encorvada y miró con asombro a su empleadora, sacudiendo hacia atrás una cascada de rizos. Eran los rizos más maravillosos del mundo; suaves y plumosos, siempre flotando lejos de su rostro, y creando un halo pálido alrededor de su cabeza cuando la luz del sol brillaba a través de ellos.
—¿A qué se refiere, querida señora Dawson? —preguntó, sumergiendo su pincel de pelo de camello en la aguamarina húmeda de la paleta, y equilibrándolo cuidadosamente antes de añadir la delicada veta de púrpura que debía alegrar el horizonte en el boceto de su pupila.
—Vaya, me refiero, querida, a que solo depende de usted convertirse en Lady Audley, y en la señora de Audley Court.
Lucy Graham dejó caer el pincel sobre el cuadro, y se sonrojó escarlata hasta las raíces de su cabello rubio; y luego palideció de nuevo, mucho más pálida de lo que la señora Dawson la había visto nunca antes.
—Querida, no se agite —dijo la esposa del cirujano, con tono tranquilizador—; usted sabe que nadie le pide que se case con Sir Michael a menos que usted lo desee. Por supuesto, sería un matrimonio magnífico; él tiene unos ingresos espléndidos y es uno de los hombres más generosos. Su posición sería muy alta, y usted podría hacer mucho bien; pero, como dije antes, debe guiarse completamente por sus propios sentimientos. Solo una cosa debo decir, y es que si las atenciones de Sir Michael no le son agradables, es realmente poco honorable alentarlo.
—¿Sus atenciones... alentarlo? —murmuró Lucy, como si las palabras la desconcertaran—. Por favor, por favor no me hable de esto, señora Dawson. No tenía idea de esto. Es lo último que se me habría ocurrido. —Apoyó los codos en el tablero de dibujo ante ella, y juntando las manos sobre su rostro, pareció durante algunos minutos estar pensando profundamente. Llevaba una cinta negra estrecha alrededor del cuello, con un relicario, o una cruz, o una miniatura, quizás, sujeta a ella; pero fuera lo que fuera la baratija, siempre la mantenía escondida bajo su vestido. Una o dos veces, mientras estaba sentada pensando en silencio, retiró una de sus manos de su rostro, y jugueteó nerviosamente con la cinta, agarrándola con un gesto medio enfadado, y retorciéndola de un lado a otro entre sus dedos.
—Creo que algunas personas nacen para ser desafortunadas, señora Dawson —dijo, poco después—; sería demasiada buena fortuna para mí convertirme en Lady Audley.
Dijo esto con tanta amargura en su tono, que la esposa del cirujano la miró con sorpresa.
—¡Usted desafortunada, querida! —exclamó—. Creo que usted es la última persona que debería hablar así; usted, una criatura tan brillante y feliz, que a todo el mundo le hace bien verla. Estoy segura de que no sé qué haremos si Sir Michael nos la roba.
Después de esta conversación hablaron a menudo sobre el tema, y Lucy nunca volvió a mostrar emoción alguna cuando se comentaba la admiración del baronet por ella. Se entendía tácitamente en la familia del cirujano que, siempre que Sir Michael se declarara, la institutriz lo aceptaría tranquilamente; y, de hecho, los sencillos Dawson habrían pensado que era algo más que locura en una muchacha sin un céntimo rechazar tal oferta.
Así, una brumosa tarde de agosto, Sir Michael, sentado frente a Lucy Graham junto a una ventana en el pequeño salón del cirujano, aprovechó la oportunidad, mientras la familia por algún accidente se hallaba ausente de la estancia, para hablar del asunto que más cerca tenía de su corazón. Le hizo a la institutriz, en unas pocas pero solemnes palabras, una oferta de matrimonio. Había algo casi conmovedor en la manera y el tono con los que le habló —a medio camino entre la disculpa, sabiendo que difícilmente podía esperar ser la elección de una joven hermosa, y rogando más bien que ella lo rechazara, aunque al hacerlo le rompiera el corazón, antes que aceptara su oferta si no lo amaba.
—Apenas creo que exista un pecado mayor, Lucy —dijo solemnemente—, que el de una mujer que se casa con un hombre al que no ama. Eres tan valiosa para mí, mi amada, que por mucho que mi corazón esté puesto en esto, y por muy amargo que me resulte el mero pensamiento de una decepción, no querría que cometieras tal pecado por ninguna felicidad mía. Si mi felicidad pudiera lograrse mediante tal acto, lo cual no podría ser —lo cual nunca podría ser—, repitió con vehemencia—, nada más que miseria puede resultar de un matrimonio dictado por cualquier motivo que no sea la verdad y el amor.
Lucy Graham no miraba a Sir Michael, sino directamente hacia el brumoso crepúsculo y el tenue paisaje mucho más allá del pequeño jardín. El baronet intentó ver su rostro, pero ella tenía el perfil vuelto hacia él y no pudo descubrir la expresión de sus ojos. Si hubiera podido hacerlo, habría visto una mirada anhelante que parecía querer atravesar la lejana oscuridad y mirar hacia otro mundo.
—Lucy, ¿me has oído?
—Sí —dijo ella, gravemente; no con frialdad, ni de ningún modo como si se hubiera sentido ofendida por sus palabras.
—¿Y tu respuesta?
Ella no apartó la vista del campo oscurecido, pero durante unos momentos permaneció en completo silencio; luego, volviéndose hacia él con una repentina pasión en su actitud, que iluminó su rostro con una belleza nueva y maravillosa que el baronet percibió incluso en el creciente crepúsculo, cayó de rodillas a sus pies.
—¡No, Lucy; no, no! —exclamó con vehemencia—, ¡aquí no, aquí no!
—Sí, aquí, aquí —dijo ella, mientras la extraña pasión que la agitaba hacía que su voz sonara aguda y penetrante; no fuerte, sino sobrenaturalmente distinta—; aquí y en ninguna otra parte. ¡Qué bueno es usted, qué noble y qué generoso! ¡Amarle! Pues bien, hay mujeres cien veces superiores a mí en belleza y en bondad que podrían amarle entrañablemente; ¡pero usted me pide demasiado! Recuerde cómo ha sido mi vida; ¡solo recuerde eso! Desde mi más tierna infancia no he visto más que pobreza. Mi padre era un caballero: inteligente, culto, apuesto, pero pobre; ¡y qué miserable despojo hizo la pobreza de él! Mi madre... Pero no me deje hablar de ella. Pobreza, pobreza, pruebas, sinsabores, humillaciones, privaciones. Usted no puede saberlo; usted, que está entre aquellos para quienes la vida es tan llana y sencilla, nunca podrá adivinar lo que soportan los de nuestra clase. No me pida demasiado, pues. No puedo ser desinteresada; no puedo ser ciega a las ventajas de tal alianza. ¡No puedo, no puedo!
Más allá de su agitación y su vehemente pasión, hay algo indefinido en su manera de actuar que llena al baronet de una vaga alarma. Ella sigue en el suelo a sus pies, más agazapada que arrodillada, con su fino vestido blanco adherido a su cuerpo, su pálido cabello cayendo sobre sus hombros, sus grandes ojos azules brillando en la penumbra y sus manos aferradas a la cinta negra de su cuello, como si la estuviera estrangulando. —No me pida demasiado —repetía una y otra vez—; he sido egoísta desde mi infancia.
—Lucy, Lucy, habla con claridad. ¿Te desagrado?
—¿Desagradarme? ¡No, no!
—Pero, ¿hay alguien más a quien ames?
Ella se rió en voz alta ante su pregunta. —No amo a nadie en el mundo —respondió.
Él se alegró de su respuesta; y, sin embargo, eso y la extraña risa chirriaron en sus sentimientos. Guardó silencio unos momentos y luego dijo, con una especie de esfuerzo:
—Bien, Lucy, no te pediré demasiado. Me atrevo a decir que soy un viejo loco y romántico; pero si no te desagrado y no amas a nadie más, no veo razón por la cual no podamos formar una pareja muy feliz. ¿Es un trato, Lucy?
—Sí.
El baronet la levantó en sus brazos y la besó una vez en la frente, luego, dándole las buenas noches tranquilamente, salió directamente de la casa.
Salió directamente de la casa, este viejo insensato, porque había una fuerte emoción trabajando en su pecho; ni alegría ni triunfo, sino algo casi parecido a la decepción; un anhelo sofocado e insatisfecho que yacía pesado y sordo en su corazón, como si hubiera llevado un cadáver en su seno. Llevaba el cadáver de aquella esperanza que había muerto al sonido de las palabras de Lucy. Todas las dudas, los miedos y las tímidas aspiraciones habían terminado ya. Debía contentarse, como otros hombres de su edad, con ser amado por su fortuna y su posición.
Lucy Graham subió lentamente las escaleras hacia su pequeña habitación en lo alto de la casa. Colocó su tenue vela sobre la cómoda y se sentó en el borde de la cama blanca, tan quieta y blanca como los cortinajes que colgaban a su alrededor.
—No más dependencia, no más trabajo penoso, no más humillaciones —dijo—; todo rastro de la vieja vida desvanecido, toda pista de identidad enterrada y olvidada; excepto estos, excepto estos.
Nunca había retirado su mano izquierda de la cinta negra en su garganta. La sacó de su pecho, mientras hablaba, y miró el objeto unido a ella.
No era ni un relicario, ni una miniatura, ni una cruz; era un anillo envuelto en un pedazo de papel oblongo; el papel, parcialmente escrito y parcialmente impreso, amarillento por el paso del tiempo y arrugado de tanto haberlo doblado.
CAPÍTULO II.
A BORDO DEL ARGUS.
Arrojó la colilla de su cigarro al agua y, apoyando los codos en la borda, contempló meditativo las olas.
—Qué tediosas son —dijo—; azules y verdes, y de color ópalo; ópalo, y azul, y verde; todo muy bien a su manera, por supuesto, pero tres meses de ellas son demasiado, especialmente...
No intentó terminar la frase; sus pensamientos parecieron extraviarse en medio de ella y llevarlo a mil millas de distancia.
—Pobre chiquilla, ¡qué contenta se pondrá! —murmuró, abriendo su pitillera y observando perezosamente su contenido—; ¡qué contenta y qué sorprendida! Pobre chiquilla. Después de tres años y medio, además; se llevará una sorpresa.
Era un joven de unos veinticinco años, con el rostro oscuro bronceado por la exposición al sol; tenía unos hermosos ojos castaños, con una sonrisa perezosa en ellos que brillaba a través de las pestañas negras, y una poblada barba y bigote que cubrían toda la parte inferior de su rostro. Era alto y de constitución robusta; vestía un traje gris holgado y un sombrero de fieltro, arrojado descuidadamente sobre su negro cabello. Su nombre era George Talboys, y era pasajero de cabina de popa a bordo del buen barco Argus, cargado con lana australiana y navegando de Sídney a Liverpool.
Había muy pocos pasajeros en la cabina de popa del Argus. Un anciano comerciante de lana que regresaba a su país natal con su esposa e hijas, tras haber hecho fortuna en las colonias; una institutriz de treinta y tres años que regresaba a casa para casarse con un hombre con el que había estado comprometida quince años; la sentimental hija de un acaudalado comerciante de vinos australiano, enviada a Inglaterra para terminar su educación, y George Talboys, eran los únicos pasajeros de primera clase a bordo.
Este George Talboys era el alma del navío; nadie sabía quién o qué era, o de dónde venía, pero a todos les caía bien. Se sentaba al pie de la mesa de comedor y ayudaba al capitán a hacer los honores de la amistosa comida. Abría las botellas de champán y brindaba con todos los presentes; contaba historias divertidas y lideraba la vida a bordo con un repique tan alegre que debía ser un gruñón aquel que no pudiera reír por pura simpatía. Era un experto en el juego de la especulación y el veinte-y-uno, y en todos los juegos alegres que mantenían al pequeño círculo alrededor de la lámpara de la cabina tan inmerso en una diversión inocente que un huracán podría haber aullado sobre sus cabezas sin que lo oyeran; pero confesaba libremente que no tenía talento para el whist y que no distinguía un caballo de una torre en el tablero de ajedrez.
En verdad, el señor Talboys no era de ninguna manera un caballero demasiado culto. La pálida institutriz había intentado hablarle sobre literatura de moda, pero George solo se había tirado de la barba y la había mirado fijamente, diciendo de vez en cuando: "¡Ah, sí, por Júpiter!" y "¡Sin duda, ah!".
La sentimental joven, que regresaba a casa para terminar su educación, lo había puesto a prueba con Shelley y Byron, y él se había reído francamente en su cara, como si la poesía fuera una broma. El comerciante de lana lo tanteó sobre política, pero no pareció estar muy versado en ella; así que lo dejaron seguir su propio camino, fumar sus cigarros y hablar con los marineros, holgazanear sobre la borda y mirar el agua, y hacerse agradable a todos a su propia manera. Pero cuando el Argus estuvo a unas dos semanas de navegación de Inglaterra, todos notaron un cambio en George Talboys. Se volvió inquieto y nervioso; a veces tan alegre que la cabina retumbaba con sus carcajadas; a veces taciturno y pensativo. A pesar de ser el favorito de los marineros, estos terminaron cansándose de responder a sus continuas preguntas sobre el tiempo probable para tocar tierra. ¿Sería en diez días, en once, en doce, en trece? ¿Era el viento favorable? ¿A cuántos nudos por hora iba el navío? Entonces, una pasión repentina se apoderaba de él y pateaba la cubierta, gritando que aquel era un barco viejo y destartalado, y que sus dueños eran unos estafadores por anunciarlo como el veloz Argus. No era apto para el tráfico de pasajeros; no era apto para transportar impacientes criaturas vivientes, con corazones y almas; no era apto para nada más que para ser cargado con fardos de estúpida lana, que podía pudrirse en el mar sin que le pasara nada.
El sol descendía tras las olas mientras George Talboys encendía su cigarro en esta tarde de agosto. Solo diez días más, le habían dicho los marineros aquella tarde, y verían la costa inglesa. —Desembarcaré en el primer bote que nos salude —gritó—; desembarcaré en una cáscara de nuez. Por Júpiter, si llega el caso, nadaré hasta tierra.
Sus amigos en la cabina de popa, con excepción de la pálida institutriz, se reían de su impaciencia; ella suspiraba al observar al joven, irritado por las lentas horas, apartando su vino sin probar, lanzándose inquieto sobre el sofá de la cabina, subiendo y bajando la escalera de acceso, y mirando fijamente las olas.
Mientras el borde rojo del sol caía al agua, la institutriz subió las escaleras de la cabina para dar un paseo por cubierta, mientras los pasajeros permanecían abajo con su vino. Se detuvo cuando llegó hasta George y, de pie a su lado, observó el carmesí que se desvanecía en el cielo occidental.
La dama era muy callada y reservada, rara vez compartía las diversiones de la cabina de popa, nunca reía y hablaba muy poco; pero ella y George Talboys habían sido excelentes amigos durante todo el trayecto.
—¿Le molesta mi cigarro, señorita Morley? —dijo él, retirándolo de su boca.
—En absoluto; le ruego que no deje de fumar. Solo vine a contemplar la puesta de sol. ¡Qué tarde tan encantadora!
—Sí, sí, supongo que sí —respondió él con impaciencia—; sin embargo, ¡tan larga, tan larga! Diez días más interminables y diez noches más fatigosas antes de desembarcar.
—Sí —dijo la señorita Morley, suspirando—. ¿Desea que el tiempo sea más corto?
—¿Si lo deseo? —exclamó George—. Ciertamente lo deseo. ¿Acaso usted no?
—Apenas.
—Pero, ¿no hay nadie a quien ame en Inglaterra? ¿No hay nadie a quien ame esperando su llegada?
—Eso espero —dijo ella gravemente. Permanecieron en silencio durante algún tiempo, él fumando su cigarro con una furiosa impaciencia, como si pudiera acelerar el curso del navío con su propia inquietud; ella mirando hacia la luz menguante con melancólicos ojos azules, ojos que parecían haberse apagado de tanto escrutar libros de letra menuda y costuras difíciles; ojos que se habían apagado un poco, quizás, a causa de las lágrimas vertidas en secreto durante la noche solitaria.
—¡Mire! —dijo George, repentinamente, señalando en otra dirección distinta a la que miraba la señorita Morley—, ¡ahí está la luna nueva!
Ella miró hacia la pálida creciente, con su propio rostro casi tan pálido y marchito.
—Esta es la primera vez que la vemos.
—¡Debemos pedir un deseo! —dijo George—. Sé lo que deseo.
—¿Qué?
—Que lleguemos pronto a casa.
—Mi deseo es que no encontremos ninguna decepción al llegar —dijo la institutriz, con tristeza.
—¡Decepción!
Él se sobresaltó como si hubiera sido golpeado y preguntó qué quería decir hablando de decepciones.
—Quiero decir esto —dijo ella, hablando rápidamente y con un movimiento inquieto de sus delgadas manos—; quiero decir que a medida que el final del viaje se acerca, la esperanza se hunde en mi corazón; y un miedo enfermizo me invade de que, al final, no todo pueda estar bien. La persona a la que voy a encontrar puede haber cambiado sus sentimientos hacia mí; o puede haber conservado todo el viejo sentimiento hasta el momento de verme, y luego perderlo en un suspiro al ver mi pobre rostro marchito, pues me llamaban una joven bonita, señor Talboys, cuando partí hacia Sídney hace quince años; o puede haber cambiado tanto por el mundo que se haya vuelto egoísta y mercenario, y puede recibirme solo por el bien de mis quince años de ahorros. Por otra parte, puede estar muerto. Puede haber estado bien, quizás, hasta una semana antes de nuestro desembarco, y en esa última semana puede haber contraído una fiebre y haber muerto una hora antes de que nuestro navío ancle en el Mersey. Pienso en todas estas cosas, señor Talboys, y represento las escenas en mi mente, y siento su angustia veinte veces al día. Veinte veces al día —repitió—; ¡qué digo!, lo hago mil veces al día.
George Talboys se había quedado inmóvil, con su cigarro en la mano, escuchándola tan atentamente que, al decir ella las últimas palabras, su agarre se relajó y el cigarro cayó al agua.
—Me pregunto —continuó ella, más para sí misma que para él—, me pregunto, mirando atrás, cuán esperanzada estaba cuando el barco zarpó; nunca pensé entonces en decepciones, sino que imaginaba la alegría del encuentro, imaginando las mismas palabras que se dirían, los mismos tonos, las mismas miradas; pero durante este último mes de viaje, día tras día y hora tras hora, mi corazón se hunde y mis esperanzas se desvanecen, y temo el final tanto como si supiera que voy a Inglaterra para asistir a un funeral.
El joven cambió repentinamente de postura y volvió su rostro hacia su compañera con una mirada de alarma. Ella vio, bajo la pálida luz, que el color había desaparecido de sus mejillas.
—¡Qué insensato! —exclamó, golpeando con el puño cerrado la borda del navío—, ¡qué insensato soy al asustarme de esto! ¿Por qué viene a decirme estas cosas? ¿Por qué viene a aterrorizarme y hacerme perder el juicio, cuando voy directo a casa junto a la mujer que amo; junto a una joven cuyo corazón es tan fiel como la luz del Cielo; y en quien no espero encontrar más cambios que los que espero ver en otro sol salir en el cielo de mañana? ¿Por qué viene e intenta poner tales fantasías en mi cabeza cuando voy camino a casa junto a mi querida esposa?
—Su esposa —dijo ella—; eso es diferente. No hay razón para que mis temores le aterroricen a usted. Voy a Inglaterra a reunirme con un hombre con el que me comprometí a casarme hace quince años. Era demasiado pobre para casarse entonces, y cuando se me ofreció un puesto como institutriz en una rica familia australiana, lo persuadí para que me dejara aceptarlo, de modo que pudiera dejarlo libre y sin trabas para abrirse camino en el mundo, mientras yo ahorraba un poco de dinero para ayudarnos cuando comenzáramos nuestra vida juntos. Nunca tuve la intención de estar fuera tanto tiempo, pero las cosas han ido mal para él en Inglaterra. Esa es mi historia, y puede entender mis temores. No necesitan influirle a usted. El mío es un caso excepcional.
—El mío también —dijo George con impaciencia—. Le digo que el mío es un caso excepcional: aunque le juro que, hasta este momento, nunca he conocido el miedo respecto al resultado de mi viaje a casa. Pero tiene razón; sus terrores no tienen nada que ver conmigo. Usted ha estado fuera quince años; todo tipo de cosas pueden suceder en quince años. Ahora, solo han pasado tres años y medio este mismo mes desde que dejé Inglaterra. ¿Qué puede haber sucedido en tan poco tiempo como ese?
La señorita Morley lo miró con una sonrisa triste, pero no habló. Su ardor febril, la frescura y la impaciencia de su naturaleza eran tan extraños y nuevos para ella, que lo miró a medio camino entre la admiración y la lástima.
—¡Mi bonita pequeña esposa! ¡Mi dulce, inocente y amorosa esposita! ¿Sabe, señorita Morley? —dijo, con toda su antigua esperanza en la actitud—, que dejé a mi pequeña dormida, con su bebé en brazos, y sin nada más que unas pocas líneas emborronadas para decirle por qué su fiel esposo la había abandonado.
—¡Abandonado! —exclamó la institutriz.
—Sí. Yo era alférez en un regimiento de caballería cuando conocí a mi pequeño tesoro. Estábamos acuartelados en una estúpida ciudad portuaria, donde mi amada vivía con su cutre viejo padre, un oficial naval retirado; un auténtico viejo embaucador, tan pobre como Job, y con ojos solo para la oportunidad de sacar tajada. Vi a través de todos sus superficiales trucos para atrapar a alguno de nosotros para su bonita hija. Vi todas las lamentables, despreciables y palpables trampas que nos tendía a nosotros, los grandes dragones, para que cayéramos. Vi a través de sus cenas de clase venida a menos y su vino de taberna; su fina charla sobre la grandeza de su familia; su falso orgullo e independencia, y las falsas lágrimas de sus ojos legañosos cuando hablaba de su única hija. Era un viejo hipócrita y borracho, y estaba listo para vender a mi pobre pequeña al mejor postor. Afortunadamente para mí, resultó que en aquel momento yo era el mejor postor; pues mi padre es un hombre rico, señorita Morley, y como fue amor a primera vista por ambas partes, mi amada y yo nos casamos. Sin embargo, en cuanto mi padre se enteró de que me había casado con una pequeña sin un céntimo, la hija de un viejo teniente borracho y retirado, me escribió una carta furiosa, diciéndome que nunca volvería a tener comunicación conmigo y que mi asignación anual se detendría desde el mismo día de mi boda.
Como no era posible seguir en un regimiento como el mío, sin más que mi paga para vivir y mi linda mujercita que mantener, vendí mi puesto, pensando que antes de que el dinero se agotara, seguro que encontraría algo. Llevé a mi adorada a Italia, y allí vivimos con gran estilo mientras duraron mis dos mil libras; pero cuando aquello comenzó a reducirse a un par de cientos más o menos, volvimos a Inglaterra, y como mi adorada tenía el capricho de estar cerca de ese cansado viejo padre suyo, nos instalamos en el lugar de recreo donde él vivía. Pues bien, tan pronto como el viejo se enteró de que me quedaban un par de cientos de libras, expresó un grado maravilloso de afecto por nosotros e insistió en que nos hospedáramos en su casa. Consentimos, aún por complacer a mi adorada, quien tenía justo entonces un derecho peculiar a que se le consintiera todo capricho y antojo de su corazón inocente. Nos hospedamos con él, y finalmente nos desplumó; pero cuando le hablé de ello a mi mujercita, ella solo se encogió de hombros y dijo que no le gustaba ser poco amable con su «pobre papá». Así que el pobre papá se deshizo de nuestro pequeño capital de dinero en poco tiempo; y como sentí que ahora se volvía necesario buscar algo, me fui a Londres e intenté conseguir un puesto como empleado en la oficina de un comerciante, o como contable, o tenedor de libros, o algo de ese tipo. Pero supongo que llevaba el sello de un dragón pesado, porque hiciera lo que hiciera, no podía conseguir que nadie creyera en mi capacidad; y agotado y desanimado, regresé junto a mi adorada, para encontrarla amamantando a un hijo y heredero de la pobreza de su padre. Pobre mujercita, estaba muy desanimada; y cuando le dije que mi expedición a Londres había fracasado, se vino abajo del todo y estalló en una tormenta de sollozos y lamentaciones, diciéndome que no debí haberme casado con ella si no podía darle más que pobreza y miseria; y que le había hecho un daño cruel al convertirla en mi esposa. ¡Por el cielo!, señorita Morley, sus lágrimas y reproches me volvieron casi loco; y me puse furioso con ella, conmigo mismo, con su padre, con el mundo y con todo el mundo, y luego salí corriendo de la casa. Caminé por las calles todo ese día, casi fuera de mis cabales y con una fuerte inclinación a arrojarme al mar, de modo que mi pobre chica quedara libre para hacer un mejor matrimonio. «Si me ahogo, su padre debe mantenerla», pensé; «el viejo hipócrita nunca podría negarle un refugio; pero mientras yo viva, ella no tiene derecho a reclamarle nada». Bajé a un viejo muelle de madera destartalado, con la intención de esperar allí hasta que oscureciera y luego dejarme caer silenciosamente por el extremo al agua; pero mientras estaba sentado allí fumando mi pipa y mirando distraídamente a las gaviotas, dos hombres bajaron, y uno de ellos comenzó a hablar de las minas de oro australianas y de las grandes cosas que se podían hacer allí. Parecía que iba a zarpar en un día o dos, y estaba tratando de persuadir a su compañero para que se uniera a él en la expedición.
Escuché a estos hombres durante más de una hora, siguiéndolos de arriba abajo por el muelle, con mi pipa en la boca y oyendo toda su charla. Después de esto, entablé conversación con ellos yo mismo y comprobé que había un barco que iba a salir de Liverpool en tres días, barco en el que uno de los hombres se iba a marchar. Este hombre me dio toda la información que necesitaba y me dijo, además, que un joven robusto como yo difícilmente dejaría de tener éxito en las minas. El pensamiento me asaltó tan repentinamente que me puse caliente y rojo en la cara y temblé en cada miembro por la emoción. Esto era mejor que el agua, al menos. ¿Y si me escapaba de mi adorada, dejándola a salvo bajo el techo de su padre, y me iba a hacer fortuna al nuevo mundo, para volver al cabo de un año y echarla en su regazo? Porque era tan optimista en aquellos días que contaba con hacer mi fortuna en un año más o menos. Agradecí al hombre su información y, a altas horas de la noche, regresé a casa. Hacía un tiempo invernal amargo, pero yo había estado demasiado lleno de pasión para sentir frío, y caminé por las tranquilas calles, con la nieve golpeándome la cara y una desesperada esperanza en mi corazón. El viejo estaba sentado bebiendo brandy con agua en el pequeño comedor; y mi esposa estaba arriba, durmiendo plácidamente con el bebé en su pecho. Me senté y escribí unas breves líneas, diciéndole que nunca la había amado más que ahora, cuando parecía abandonarla; que me iba a probar fortuna al nuevo mundo y que si tenía éxito volvería para traerle abundancia y felicidad; pero que si fracasaba nunca volvería a ver su rostro. Dividí el resto de nuestro dinero —poco más de cuarenta libras— en dos porciones iguales, dejando una para ella y poniendo la otra en mi bolsillo. Me arrodillé y recé por mi esposa y mi hijo, con la cabeza sobre la colcha blanca que los cubría. No era un hombre muy dado a rezar en tiempos normales, pero Dios sabe que aquella fue una oración sentida. La besé una vez, y al bebé otra, y luego me arrastré fuera de la habitación. La puerta del comedor estaba abierta y el viejo estaba cabeceando sobre su periódico. Levantó la vista al oír mis pasos en el pasillo y me preguntó a dónde iba. «A fumar algo en la calle», respondí; y como este era un hábito común mío, me creyó. Tres noches después estaba en alta mar, con destino a Melbourne; un pasajero de tercera clase, con las herramientas de un minero como equipaje y unas siete chelines en mi bolsillo.
—¿Y tuvo éxito? —preguntó la señorita Morley.
—No hasta que hubo desesperado mucho tiempo del éxito; no hasta que la pobreza y yo nos habíamos convertido en compañeros y compañeros de cama tan antiguos que, al mirar atrás a mi vida pasada, me preguntaba si aquel dragón elegante, temerario, extravagante, lujoso y bebedor de champán podría haber sido realmente el mismo hombre que se sentaba en el suelo húmedo royendo una corteza mohosa en los confines del nuevo mundo. Me aferré al recuerdo de mi adorada, y la confianza que tenía en su amor y verdad fue la única piedra angular que mantuvo unido el tejido de mi vida pasada: la única estrella que iluminaba la densa oscuridad negra del futuro. Fui camarada de hombres malos; estuve en el centro del alboroto, la embriaguez y el libertinaje; pero la influencia purificadora de mi amor me mantuvo a salvo de todo. Delgado y demacrado, la sombra medio muerta de lo que una vez fui, me vi un día en un trozo de espejo roto y me asusté de mi propia cara. Pero seguí trabajando a pesar de todo; a través de la decepción y la desesperación, el reumatismo, la fiebre, la inanición; a las mismas puertas de la muerte, seguí trabajando constantemente hasta el final; y al final, vencí.
Era tan valiente en su energía y determinación, en su orgulloso triunfo del éxito y en el conocimiento de las dificultades que había vencido, que la pálida institutriz solo podía mirarlo con una admiración asombrada.
—¡Qué valiente fue! —dijo ella.
—¡Valiente! —exclamó él, con una risa alegre—. ¿Acaso no estaba trabajando para mi adorada? ¡A través de todo el triste tiempo de aquella prueba, su bonita mano blanca parecía hacerme señas hacia un futuro feliz! Vaya, la he visto bajo mi miserable tienda de campaña sentada a mi lado, con su niño en brazos, tan claramente como la había visto en el único año feliz de nuestra vida matrimonial. Por fin, una triste mañana de niebla, hace apenas tres meses, con una lluvia fina calándome hasta los huesos, hundido hasta el cuello en arcilla y barro, medio muerto de hambre, debilitado por la fiebre, rígido por el reumatismo, una pepita monstruosa apareció bajo mi pala, y en un minuto fui el hombre más rico de Australia. Caí sobre la arcilla húmeda, con mi trozo de oro en el pecho de mi camisa, y por primera vez en mi vida, lloré como un niño. Viajé a toda prisa a Sídney, realicé mi precio, que ascendía a más de 20.000 libras, y quince días después tomé mi pasaje para Inglaterra en este barco; y en diez días... en diez días veré a mi adorada.
—Pero, ¿en todo ese tiempo nunca escribió a su esposa?
—Nunca, hasta la noche antes de dejar Sídney. No podía escribir cuando todo parecía tan negro. No podía escribir y decirle que estaba luchando duramente contra la desesperación y la muerte. Esperé a una fortuna mejor, y cuando esta llegó, le escribí diciéndole que estaría en Inglaterra casi tan pronto como mi carta, y dándole una dirección en una cafetería de Londres donde pudiera escribirme, indicándome dónde encontrarla, aunque es difícil que haya dejado la casa de su padre.
Tras esto cayó en una ensoñación y dio unas caladas meditativas a su cigarro. Su compañera no lo perturbó. El último rayo de luz diurna del verano se había extinguido y solo quedaba la luz pálida de la luna creciente.
Al poco tiempo, George Talboys tiró su cigarro y, volviéndose hacia la institutriz, exclamó bruscamente: —Señorita Morley, si al llegar a Inglaterra me entero de que le ha pasado algo a mi esposa, caeré muerto.
—Mi querido señor Talboys, ¿por qué piensa en esas cosas? Dios es muy bueno con nosotros; no nos afligirá más allá de nuestra capacidad de resistencia. Quizás vea todas las cosas bajo una luz melancólica; porque la larga monotonía de mi vida me ha dado demasiado tiempo para pensar en mis problemas.
—Y mi vida ha sido toda acción, privación, trabajo, esperanza y desesperación alternas; no he tenido tiempo de pensar en las posibilidades de que le ocurriera algo a mi adorada. ¡Qué tonto, ciego y temerario he sido! Tres años y medio y ni una línea, ni una palabra de ella, ni de criatura mortal alguna que la conozca. ¡Cielo santo! ¿Qué puede no haber ocurrido?
En la agitación de su mente comenzó a caminar rápidamente de un lado a otro por la solitaria cubierta, seguido por la institutriz, que intentaba calmarlo.
—Le juro, señorita Morley —dijo él—, que hasta que usted me habló esta noche, nunca sentí una sombra de miedo, y ahora tengo ese temor enfermizo y hundido en mi corazón del que usted hablaba hace una hora. Déjeme solo, por favor, para superarlo a mi manera.
Ella se alejó silenciosamente de él y se sentó al costado del barco, mirando hacia el agua.
George Talboys caminó de un lado a otro durante algún tiempo, con la cabeza inclinada sobre el pecho, sin mirar ni a la derecha ni a la izquierda, pero al cabo de un cuarto de hora regresó al lugar donde estaba sentada la institutriz.
—He estado rezando —dijo—, rezando por mi adorada.
Habló con una voz apenas por encima de un susurro, y ella vio su rostro inefablemente tranquilo bajo la luz de la luna.
CAPÍTULO III.
RELIQUIAS OCULTAS.
El mismo sol de agosto que se había puesto tras la vasta extensión de las aguas brillaba rojizamente sobre la ancha esfera del viejo reloj sobre aquel arco cubierto de hiedra que conduce a los jardines de Audley Court.
Un atardecer feroz y carmesí. Las ventanas con parteluces y los celosías centelleantes están todos en llamas con la gloria roja; la luz que se desvanece parpadea sobre las hojas de los tilos en la larga avenida y convierte el estanque de peces, antes inmóvil, en una hoja de cobre bruñido; incluso en esos oscuros recovecos de zarzas y maleza, entre los cuales se oculta el viejo pozo, el brillo carmesí penetra en destellos intermitentes hasta que las malas hierbas húmedas, la rueda de hierro oxidado y la carpintería rota parecen salpicadas de sangre.
El mugido de una vaca en los tranquilos prados, el chapoteo de una trucha en el estanque, las últimas notas de un pájaro cansado, el chirrido de las ruedas de un carro en el camino distante, rompiendo de vez en cuando el silencio vespertino, solo hacían que la quietud del lugar pareciera más intensa. Era casi opresiva, esta quietud del crepúsculo. El propio reposo del lugar se volvía doloroso por su intensidad, y uno sentía como si un cadáver debiera estar tendido en algún lugar dentro de aquel edificio gris cubierto de hiedra; tan cadavérica era la tranquilidad de todo alrededor.
Cuando el reloj sobre el arco marcó las ocho, una puerta en la parte trasera de la casa se abrió suavemente y una chica salió a los jardines.
Pero incluso la presencia de un ser humano apenas rompió el silencio; pues la chica se arrastró lentamente sobre la espesa hierba y, deslizándose por la avenida al lado del estanque, desapareció en el rico refugio de los tilos.
Quizás no fuera una chica positivamente bonita; pero su apariencia era de ese orden que comúnmente se llama interesante. Interesante, tal vez, porque en el rostro pálido y los ojos gris claro, las facciones pequeñas y los labios apretados, había algo que sugería un poder de represión y autocontrol no común en una mujer de diecinueve o veinte años. Creo que podría haber sido bonita, de no ser por el único defecto en su pequeño rostro ovalado. Este defecto era la ausencia de color. Ni un tinte carmesí coloreaba la blancura cerosa de sus mejillas; ni una sombra de marrón redimía la pálida insipidez de sus cejas y pestañas; ni un brillo de oro o caoba aliviaba el rubio apagado de su cabello. Incluso su vestido estaba estropeado por esta misma deficiencia. La muselina de color lavanda pálido se desvanecía en un gris enfermizo, y la cinta anudada alrededor de su garganta se fundía en el mismo tono neutro.
Su figura era delgada y frágil, y a pesar de su humilde vestido, tenía algo de la gracia y el porte de una dama, pero no era más que una sencilla chica de campo, llamada Phoebe Marks, que había sido niñera en la familia del señor Dawson, y a quien Lady Audley había elegido como su doncella después de su matrimonio con Sir Michael.
Por supuesto, esto fue un golpe de suerte maravilloso para Phoebe, quien vio triplicado su salario y aligerado su trabajo en el hogar bien ordenado de la Corte; y quien, por lo tanto, fue objeto de envidia entre sus amigas cercanas tanto como mi señora en los círculos superiores.
Un hombre, que estaba sentado sobre la carpintería rota del pozo, se sobresaltó cuando la doncella salió de la oscura sombra de los tilos y se paró ante él entre las malas hierbas y la maleza.
He dicho antes que este era un lugar descuidado; yacía en medio de un matorral bajo, escondido del resto de los jardines y solo visible desde las ventanas de la buhardilla en la parte trasera del ala oeste.
—Vaya, Phoebe —dijo el hombre, cerrando una navaja con la que había estado quitando la corteza de una estaca de endrino—, te acercaste tan silenciosa y repentinamente que pensé que eras un espíritu maligno. He cruzado por los campos y entrado por la puerta junto al foso, y estaba descansando antes de subir a la casa para preguntar si habías vuelto.
—Puedo ver el pozo desde la ventana de mi dormitorio, Luke —respondió Phoebe, señalando una celosía abierta en uno de los hastiales—. Te vi sentado aquí y bajé a charlar; es mejor hablar aquí fuera que en la casa, donde siempre hay alguien escuchando.
El hombre era un patán grande, de hombros anchos y aspecto estúpido de unos veintitrés años. Su cabello rojo oscuro crecía bajo en su frente, y sus cejas pobladas se juntaban sobre un par de ojos gris verdosos; su nariz era grande y bien formada, pero la boca era tosca en su forma y de expresión animal. De mejillas sonrosadas, pelirrojo y con cuello de toro, no era diferente a uno de los robustos bueyes que pastaban en los prados alrededor de la Corte.
La chica se sentó ligeramente sobre la carpintería a su lado y puso una de sus manos, que se había vuelto blanca en su nuevo y fácil servicio, alrededor de su grueso cuello.
—¿Te alegras de verme, Luke? —preguntó ella.
—Claro que me alegro, moza —respondió él, rudamente, abriendo su navaja de nuevo y raspando la estaca de seto.
Eran primos hermanos, y habían sido compañeros de juegos en la infancia y novios en la primera juventud.
—No pareces mucho como si estuvieras alegre —dijo la chica—; podrías mirarme, Luke, y decirme si crees que mi viaje me ha mejorado.
—No ha puesto ningún color en tus mejillas, muchacha —dijo él, mirándola desde debajo de sus cejas bajas—; estás exactamente igual de blanca que cuando te fuiste.
—Pero dicen que viajar hace a la gente refinada, Luke. He estado en el continente con mi señora, a través de toda clase de lugares curiosos; y sabes, cuando era niña, las hijas del hacendado Horton me enseñaron a hablar un poco de francés, y me resultó tan agradable poder hablar con la gente en el extranjero.
—¡Refinada! —gritó Luke Marks con una risa ronca—. ¿Quién quiere que seas refinada, me pregunto? Yo no, para empezar; cuando seas mi esposa no tendrás demasiado tiempo para el refinamiento, muchacha. ¡Francés, además! Maldita sea, Phoebe, supongo que cuando hayamos ahorrado suficiente dinero entre los dos para comprar un pedacito de granja, ¿le hablarás parleyvoo a las vacas?
Ella se mordió el labio mientras su amante hablaba y miró hacia otro lado. Él siguió cortando y picando un tosco mango que estaba dando forma a la estaca, silbando suavemente para sí mismo todo el tiempo, y sin mirar ni una vez a su prima.
Durante algún tiempo estuvieron en silencio, pero poco después ella dijo, con el rostro aún alejado de su acompañante:
—Qué gran cosa para la señorita Graham de entonces, viajar con su doncella, su correo, su carruaje y cuatro caballos, y un marido que piensa que no hay un lugar sobre toda la tierra que sea lo suficientemente bueno para que ella ponga el pie.
—Sí, es una gran cosa, Phoebe, tener mucho dinero —respondió Luke—, y espero que te sirva de advertencia, moza, para ahorrar tus salarios para cuando nos casemos.
—Vaya, ¿qué era ella en la casa del señor Dawson hace solo tres meses? —continuó la chica, como si no hubiera oído el discurso de su primo—. ¿Qué era ella sino una sirvienta como yo? Cobrando un salario y trabajando para ellos tan duro, o más, que yo. Deberías haber visto su ropa raída, Luke: gastada y remendada, zurcida, vuelta y retorcida, y sin embargo, siempre pareciendo bonita en ella, de alguna manera. Ella me da más como doncella aquí de lo que jamás obtuvo del señor Dawson entonces. Vaya, la he visto salir del salón con unas pocas soberanas y algo de plata en la mano, que el amo acababa de darle por su salario trimestral; ¡y ahora mírala!
—No te preocupes por ella —dijo Luke—; cuídate de ti misma, Phoebe; eso es todo lo que tienes que hacer. ¿Qué dirías a una taberna para ti y para mí, más adelante, moza? Se puede ganar mucho dinero en una taberna.
La chica seguía sentada con el rostro alejado de su amante, sus manos colgando lánguidamente en su regazo y sus ojos gris pálido fijos en la última raya baja de carmesí que se apagaba detrás de los troncos de los árboles.
—Deberías ver el interior de la casa, Luke —dijo ella—; es un lugar bastante ruinoso por fuera; pero deberías ver las habitaciones de mi señora: todo cuadros y dorados, y grandes espejos que se extienden desde el techo hasta el suelo. Techos pintados también, que costaron cientos de libras, me dijo el ama de llaves, y todo hecho para ella.
—Es una suertuda —murmuró Luke, con indiferencia perezosa.
«Deberías haberla visto mientras estuvimos en el extranjero, con una multitud de caballeros rodeándola; Sir Michael no estaba celoso de ellos, solo orgulloso de verla tan admirada. Deberías haberla oído reír y hablar con ellos; devolviéndoles todos sus cumplidos y galanterías, por así decirlo, como si la hubieran estado acribillando a rosas. Ella volvía loco a todo el mundo, dondequiera que fuera. ¡Su canto, su interpretación al piano, su pintura, su baile, su hermosa sonrisa y sus rizos resplandecientes! Siempre era el tema de conversación en el lugar, mientras estuviéramos en él».
«¿Está en casa esta noche?».
«No; ha salido con Sir Michael a una cena en Beeches. Tienen que conducir siete u ocho millas y no volverán hasta después de las once».
«Entonces te diré una cosa, Phoebe, si el interior de la casa es tan magnífico, me gustaría echarle un vistazo».
«Lo harás, pues. La señora Barton, el ama de llaves, te conoce de vista y no puede oponerse a que te enseñe algunas de las mejores habitaciones».
Casi había oscurecido cuando los primos abandonaron el arbusto y caminaron lentamente hacia la casa. La puerta por la que entraron conducía al vestíbulo de los sirvientes, a cuyo lado se encontraba la habitación del ama de llaves. Phoebe Marks se detuvo un momento para preguntar al ama de llaves si podía llevar a su primo por algunas de las habitaciones y, tras haber recibido permiso para ello, encendió una vela en la lámpara del vestíbulo y le hizo señas a Luke para que la siguiera hacia la otra parte de la casa.
Los largos pasillos de roble negro estaban sombríos en el crepúsculo fantasmal; la luz que llevaba Phoebe parecía solo una pobre mota en los amplios pasillos por los que la joven guiaba a su primo. Luke miraba con recelo por encima del hombro de vez en cuando, medio asustado por el crujido de sus propias botas con clavos.
«Es un lugar mortalmente aburrido, Phoebe», dijo, mientras salían de un pasillo hacia el vestíbulo principal, que aún no estaba iluminado; «he oído hablar de un asesinato que se cometió aquí en los viejos tiempos».
«Hay suficientes asesinatos en estos tiempos, en lo que a eso respecta, Luke», respondió la joven, subiendo la escalera, seguida por el joven.
Ella abrió camino a través de un gran salón, rico en satén y bronce dorado, muebles de marquetería y gabinetes incrustados, bronces, camafeos, estatuillas y baratijas, que brillaban en la luz tenue; luego a través de una sala de estar, decorada con grabados de prueba de cuadros valiosos; a través de esta hasta una antecámara, donde se detuvo, sosteniendo la luz sobre su cabeza.
El joven miraba a su alrededor, con la boca y los ojos abiertos.
«Es un lugar extremadamente fino», dijo, «y debe haber costado un montón de dinero».
«Mira los cuadros en las paredes», dijo Phoebe, lanzando una mirada a los paneles de la cámara octogonal, que estaban adornados con Claudes y Poussins, Wouvermans y Cuyps. «He oído que solo esos valen una fortuna. Esta es la entrada a los aposentos de mi señora, la que fue la señorita Graham». Levantó una pesada cortina de tela verde que colgaba a través de una puerta y condujo al asombrado campesino a un tocador de cuento de hadas, y de allí a un vestidor, en el que las puertas abiertas de un armario y un montón de vestidos esparcidos por un sofá mostraban que aún permanecía exactamente como sus ocupantes lo habían dejado.
«Tengo todas estas cosas que guardar antes de que mi señora llegue a casa, Luke; podrías sentarte aquí mientras lo hago, no tardaré mucho».
Su primo miró a su alrededor con torpe vergüenza, desconcertado por el esplendor de la habitación; y tras cierta deliberación, eligió la más robusta de las sillas, en cuyo extremo se sentó con cuidado.
«Ojalá pudiera enseñarte las joyas, Luke», dijo la joven; «pero no puedo, porque ella siempre guarda las llaves; ese es el estuche que está sobre la mesa de tocador».
«¿Qué, ese?», gritó Luke, mirando fijamente el macizo cofre de madera de nogal con incrustaciones de latón. «¡Vaya, es lo suficientemente grande como para guardar hasta la última prenda de ropa que tengo!».
«Y está tan lleno como puede estar de diamantes, rubíes, perlas y esmeraldas», respondió Phoebe, ocupada mientras hablaba en doblar los vestidos de seda que crujían y colocarlos uno a uno en los estantes del armario. Mientras sacudía los volantes del último, un sonido de tintineo llegó a sus oídos y metió la mano en el bolsillo.
«¡Caramba!», exclamó, «mi señora ha dejado las llaves en su bolsillo por una vez; puedo enseñarte las joyas si quieres, Luke».
«Bueno, bien podría echarle un vistazo, muchacha», dijo, levantándose de su silla y sosteniendo la luz mientras su prima abría el cofre. Soltó un grito de asombro cuando vio los ornamentos brillando sobre cojines de satén blanco. Quería tocar las delicadas joyas; manosearlas y averiguar su valor mercantil. Quizás una punzada de anhelo y envidia atravesó su corazón al pensar en cómo le habría gustado llevarse una de ellas.
«Vaya, una de esas cosas de diamantes nos arreglaría la vida, Phoebe», dijo, girando una pulsera una y otra vez en sus grandes manos rojas.
«¡Déjala, Luke! ¡Déjala inmediatamente!», gritó la joven, con una mirada de terror; «¿cómo puedes hablar de esas cosas?».
Él dejó la pulsera en su lugar con un suspiro de desgana y luego continuó su examen del cofre.
«¿Qué es esto?», preguntó al poco tiempo, señalando un pomo de latón en la estructura de la caja.
Lo presionó mientras hablaba y un cajón secreto, forrado con terciopelo púrpura, salió del cofre.
«¡Mira aquí!», gritó Luke, complacido por su descubrimiento.
Phoebe Marks tiró el vestido que estaba doblando y se acercó a la mesa de tocador.
«Vaya, nunca vi esto antes», dijo; «¿me pregunto qué habrá en él?».
No había mucho en él; ni oro ni gemas; solo un zapatito de lana de bebé enrollado en un trozo de papel y un pequeño mechón de cabello amarillo, sedoso y pálido, evidentemente tomado de la cabeza de un bebé. Los ojos de Phoebe se dilataron mientras examinaba el pequeño paquete.
«Así que esto es lo que mi señora esconde en el cajón secreto», murmuró.
«Es una basura extraña para guardar en tal lugar», dijo Luke, con indiferencia.
El labio delgado de la joven se curvó en una sonrisa curiosa.
«Serás testigo de dónde encontré esto», dijo, metiendo el pequeño paquete en su bolsillo.
«Vaya, Phoebe, no vas a ser tan tonta como para llevarte eso», gritó el joven.
«Preferiría tener esto que la pulsera de diamantes que te habría gustado llevarte», respondió ella; «tú tendrás la taberna, Luke».
CAPÍTULO IV.
EN LA PRIMERA PÁGINA DEL «TIMES».
Se suponía que Robert Audley era abogado. Como abogado estaba inscrito su nombre en la lista legal; como abogado tenía un despacho en Figtree Court, Temple; como abogado había consumido el número asignado de cenas, que forman la sublime ordalía a través de la cual el aspirante forense se abre paso hacia la fama y la fortuna. Si estas cosas pueden hacer que un hombre sea abogado, Robert Audley lo era sin duda. Pero nunca había tenido un caso, ni había intentado conseguir uno, ni siquiera había deseado tenerlo en todos esos cinco años durante los cuales su nombre había estado pintado en una de las puertas de Figtree Court. Era un tipo apuesto, perezoso y despreocupado de unos veintisiete años; el único hijo de un hermano menor de Sir Michael Audley. Su padre le había dejado 400 libras al año, que sus amigos le habían aconsejado aumentar ejerciendo la abogacía; y como encontró, tras la debida consideración, que era más problemático oponerse a los deseos de estos amigos que comer tantas cenas y tomar un despacho en el Temple, adoptó este último curso y sin ruborizarse se llamó a sí mismo abogado.
A veces, cuando el tiempo era muy caluroso y se había agotado con el esfuerzo de fumar su pipa alemana y leer novelas francesas, daba un paseo por los jardines del Temple y, recostado en algún lugar sombreado, pálido y fresco, con el cuello de la camisa vuelto hacia abajo y un pañuelo de seda azul atado descuidadamente al cuello, le decía a los graves jueces que se había agotado por exceso de trabajo.
Los astutos viejos jueces se reían de la agradable ficción; pero todos estaban de acuerdo en que Robert Audley era un buen tipo; un tipo de corazón generoso; también un tipo curioso, con un fondo de ingenio astuto y humor tranquilo, bajo sus modales apáticos, pausados, indiferentes e irresolutos. Un hombre que nunca saldría adelante en el mundo, pero que no lastimaría a una mosca. De hecho, sus aposentos se convirtieron en una auténtica perrera por su hábito de llevar a casa perros callejeros y desamparados que se sentían atraídos por su apariencia en la calle y lo seguían con una devoción abyecta.
Robert siempre pasaba la temporada de caza en Audley Court; no es que se distinguiera como un Nimrod, pues trotaba tranquilamente hacia la caza sobre un rocín de bahía, de temperamento suave y extremidades robustas, y se mantenía a una distancia muy respetuosa de los jinetes más osados; sabiendo su caballo tan bien como él que nada estaba más lejos de sus pensamientos que cualquier deseo de estar presente en la muerte.
El joven era un gran favorito de su tío y de ninguna manera despreciado por su bonita, de rostro gitano, alegre y alborotadora prima, la señorita Alicia Audley. Podría haber parecido a otros hombres que la parcialidad de una joven que era la única heredera de una propiedad muy fina valía bastante la pena cultivar, pero a Robert Audley no se le ocurrió tal cosa. Alicia era una chica muy agradable, decía, una chica alegre, sin tonterías —una chica entre mil—; pero este era el punto más alto al que el entusiasmo podía llevarlo. La idea de aprovechar el afecto juvenil de su prima por él nunca entró en su mente ociosa. Dudo que tuviera siquiera una noción correcta de la cuantía de la fortuna de su tío, y estoy seguro de que nunca calculó ni por un momento las posibilidades de que alguna parte de esa fortuna terminara llegando a él. Así que cuando, una hermosa mañana de primavera, unos tres meses antes de la época de la que estoy escribiendo, el cartero le trajo las tarjetas de boda de Sir Michael y Lady Audley, junto con una carta muy indignada de su prima, exponiendo cómo su padre acababa de casarse con una joven de cara de muñeca de cera, no mayor que la propia Alicia, con rizos de lino y una risita perpetua; pues lamento decir que el ánimo de la señorita Audley la llevó a describir así aquella risa bonita y musical que tanto había sido admirada en la difunta señorita Lucy Graham —cuando, digo, estos documentos llegaron a Robert Audley— no provocaron ni disgusto ni asombro en la naturaleza linfática de aquel caballero. Leyó la carta enfadada de Alicia, cruzada y recruzada, sin siquiera quitarse la boquilla de ámbar de su pipa alemana de sus labios con bigote. Cuando terminó la lectura de la epístola, que leyó con sus cejas oscuras elevadas hasta el centro de la frente (su única manera de expresar sorpresa, por cierto), arrojó deliberadamente eso y las tarjetas de boda a la papelera y, dejando la pipa, se preparó para el esfuerzo de pensar en el asunto.
«Siempre dije que el viejo se casaría», murmuró, tras media hora de ensueño. «Alicia y mi señora, la madrastra, se llevarán a matar. Espero que no discutan en la temporada de caza ni se digan cosas desagradables en la mesa durante la cena; las discusiones siempre estropean la digestión de un hombre».
Alrededor de las doce de la mañana siguiente a aquella noche en que tuvieron lugar los acontecimientos registrados en mi último capítulo, el sobrino del baronet salió del Temple, en dirección a Blackfriars, de camino a la ciudad. En una mala hora, había obligado a algún amigo necesitado poniendo el antiguo nombre de Audley en una letra de cambio, letra que, al no haber sido provista por el librador, Robert estaba obligado a pagar. Con este propósito, paseó por Ludgate Hill, con su corbata azul ondeando en el caluroso aire de agosto, y de allí a una casa bancaria refrescantemente fresca en un patio sombreado fuera del cementerio de San Pablo, donde hizo los arreglos para vender un par de cientos de libras en consols.
Había realizado este negocio y estaba merodeando en la esquina del patio, esperando un hansom casual para llevarlo de vuelta al Temple, cuando fue casi derribado por un hombre de aproximadamente su misma edad, que se lanzó precipitadamente hacia la estrecha abertura.
«¡Tenga la bondad de mirar por dónde va, amigo mío!», protestó Robert, suavemente, ante el impetuoso pasajero; «podría advertir a un hombre antes de tirarlo al suelo y pisotearlo».
El extraño se detuvo de repente, miró muy fijamente al hablante y luego jadeó buscando aire.
«¡Bob!», gritó, en un tono que expresaba el más intenso asombro; «solo toqué suelo británico después del anochecer de ayer, y pensar que debería encontrarte esta mañana».
«Te he visto en algún lugar antes, mi amigo barbudo», dijo el señor Audley, escrutando con calma el rostro animado del otro, «pero que me ahorquen si puedo recordar cuándo o dónde».
«¡Qué!», exclamó el extraño, con reproche. «¿No querrás decir que has olvidado a George Talboys?».
«¡No, no lo he hecho!», dijo Robert, con un énfasis de ninguna manera habitual en él; y luego, enganchando su brazo en el de su amigo, lo llevó al patio sombreado, diciendo, con su vieja indiferencia: «y ahora, George, cuéntanoslo todo».
George Talboys se lo contó todo. Contó esa misma historia que había relatado diez días antes a la pálida institutriz a bordo del Argus; y luego, acalorado y sin aliento, dijo que tenía veinte mil libras o algo así en su bolsillo y que quería ingresarlas en Messrs. ——, que habían sido sus banqueros muchos años antes.
«Si quieres creerme, acabo de salir de su oficina», dijo Robert. «Volveré contigo y arreglaremos ese asunto en cinco minutos».
Consiguieron arreglarlo en aproximadamente un cuarto de hora; y entonces Robert Audley estaba por salir inmediatamente hacia el Crown and Scepter, en Greenwich, o el Castle, en Richmond, donde podrían cenar un poco y hablar sobre aquellos buenos viejos tiempos cuando estaban juntos en Eton. Pero George le dijo a su amigo que antes de ir a cualquier parte, antes de afeitarse o romper su ayuno, o refrescarse de cualquier manera después de un viaje nocturno desde Liverpool en tren expreso, debía pasar por cierta cafetería en Bridge Street, Westminster, donde esperaba encontrar una carta de su esposa.
Mientras atravesaban a toda velocidad Ludgate Hill, Fleet Street y el Strand en un rápido hansom, George Talboys vertió en el oído de su amigo todas aquellas esperanzas y sueños salvajes que habían usurpado tal dominio sobre su naturaleza optimista.
«Tomaré una villa a orillas del Támesis, Bob», dijo, «para la pequeña esposa y para mí; y tendremos un yate, Bob, viejo amigo, y tú te tumbarás en la cubierta a fumar mientras mi pequeña toca su guitarra y nos canta canciones. Ella es, por todo el mundo, como una de esas, cómo se llaman, que metieron al pobre Ulises en problemas», añadió el joven, cuya erudición clásica no era muy grande.
Los camareros de la cafetería de Westminster miraban al extraño de ojos hundidos y sin afeitar, con su ropa de corte colonial y sus modales bulliciosos y emocionados; pero él había sido un viejo frecuentador del lugar en sus días militares, y cuando supieron quién era, volaron a cumplir sus órdenes.
No quería mucho, solo una botella de agua con gas y saber si había una carta en la barra dirigida a George Talboys.
El camarero trajo el agua con gas antes de que los jóvenes se hubieran sentado en un reservado sombreado cerca de la chimenea en desuso. No; no había ninguna carta para ese nombre.
El camarero lo dijo con absoluta indiferencia, mientras mecánicamente desempolvaba la pequeña mesa de caoba.
El rostro de George palideció hasta una blancura mortal. «Talboys», dijo; «quizás no escuchaste el nombre claramente: T, A, L, B, O, Y, S. Ve a mirar de nuevo, tiene que haber una carta».
El camarero se encogió de hombros mientras salía de la habitación y regresó en tres minutos para decir que no había ningún nombre parecido a Talboys en el estante de cartas. Estaban Brown, Sanderson y Pinchbeck; solo tres cartas en total.
El joven bebió su agua con gas en silencio y luego, apoyando los codos en la mesa, cubrió su rostro con las manos. Había algo en sus modales que le dijo a Robert Audley que su decepción, por insignificante que pudiera parecer, era en realidad muy amarga. Se sentó frente a su amigo, pero no intentó dirigirse a él.
Poco después, George levantó la vista y, tomando mecánicamente un periódico Times grasiento del día anterior de un montón de diarios sobre la mesa, miró distraídamente la primera página.
No puedo decir cuánto tiempo estuvo mirando fijamente un párrafo entre la lista de fallecimientos antes de que su cerebro aturdido comprendiera su significado completo; pero tras una pausa considerable, empujó el periódico hacia Robert Audley y, con un rostro que había cambiado de su bronce oscuro a un blanco grisáceo enfermizo y calcáreo, y con una calma aterradora en sus modales, señaló con el dedo una línea que decía así:
«El día 24 del presente, en Ventnor, Isla de Wight, Helen Talboys, de 22 años».
CAPÍTULO V.
LA LÁPIDA EN VENTNOR.
Sí, ahí estaba en blanco y negro: «Helen Talboys, de 22 años».
Cuando George le dijo a la institutriz a bordo del Argus que si escuchaba alguna mala noticia de su esposa caería muerto, hablaba con total sinceridad; y, sin embargo, aquí estaban las peores noticias que podían llegarle, y él permanecía rígido, blanco e indefenso, mirando estúpidamente el rostro conmocionado de su amigo.
La repentinidad del golpe lo había aturdido. En este extraño y desconcertado estado mental, comenzó a preguntarse qué había sucedido y por qué una línea en el periódico Times podía tener un efecto tan horrible sobre él.
Luego, poco a poco, incluso esta vaga conciencia de su desgracia se desvaneció lentamente de su mente, sucedida por una dolorosa conciencia de las cosas externas.
El cálido sol de agosto, los cristales polvorientos de las ventanas y las persianas pintadas de forma cutre, un archivo de carteles de teatro llenos de moscas pegados a la pared, las chimeneas negras y vacías, un anciano calvo cabeceando sobre el Morning Advertiser, el camarero desaliñado doblando un mantel arrugado y el rostro apuesto de Robert Audley mirándolo lleno de alarma compasiva: sabía que todas estas cosas adquirían proporciones gigantescas y luego, una a una, se derretían en manchas oscuras y nadaban ante sus ojos. Sabía que había un gran ruido, como de media docena de furiosas máquinas de vapor desgarrándose y moliendo en sus oídos, y no supo nada más, excepto que alguien o algo cayó pesadamente al suelo.
Abrió los ojos al atardecer oscuro en una habitación fresca y sombreada, el silencio solo roto por el ruido de las ruedas a lo lejos.
Miró a su alrededor con asombro, pero con media indiferencia. Su viejo amigo, Robert Audley, estaba sentado a su lado fumando. George estaba acostado en un bajo somier de hierro frente a una ventana abierta, en la que había un soporte con flores y dos o tres pájaros en jaulas.
«No te molesta la pipa, ¿verdad, George?», preguntó su amigo, tranquilamente.
«No».
Se quedó un rato mirando las flores y los pájaros; un canario cantaba un himno estridente a la puesta de sol.
«¿Te molestan los pájaros, George? ¿Quieres que los saque de la habitación?».
«No; me gusta oírlos cantar».
Robert Audley sacudió las cenizas de su pipa, dejó la preciada espuma de mar tiernamente sobre la repisa de la chimenea y, entrando en la habitación contigua, regresó poco después con una taza de té fuerte.
«Toma esto, George», dijo, mientras colocaba la taza en una mesita cerca de la almohada de George; «le hará bien a tu cabeza».
El joven no respondió, pero miró lentamente alrededor de la habitación y luego al rostro grave de su amigo.
«Bob», dijo, «¿dónde estamos?».
«En mis aposentos, querido muchacho, en el Temple. No tienes alojamiento propio, así que podrías quedarte conmigo mientras estés en la ciudad».
George se pasó la mano una o dos veces por la frente y, con tono vacilante, dijo en voz baja:
—Ese periódico de esta mañana, Bob; ¿qué decía?
—No te preocupes por eso ahora, viejo amigo; bebe un poco de té.
—Sí, sí —exclamó George, con impaciencia, incorporándose en la cama y mirando a su alrededor con los ojos hundidos—. Lo recuerdo todo. ¡Helen! ¡Mi Helen! ¡Mi esposa, mi adorada, mi único amor! ¡Muerta, muerta!
—George —dijo Robert Audley, poniendo su mano suavemente sobre el brazo del joven—, debes recordar que la persona cuyo nombre viste en el periódico puede no ser tu esposa. Puede haber habido alguna otra Helen Talboys.
—¡No, no! —gritó él—; la edad coincide con la suya, y Talboys es un apellido muy poco común.
—Podría ser una errata por Talbot.
—¡No, no, no; mi esposa ha muerto!
Se zafó de la mano que lo contenía y, levantándose de la cama, caminó directamente hacia la puerta.
—¿A dónde vas? —exclamó su amigo.
—A Ventnor, a ver su tumba.
—Esta noche no, George, esta noche no. Iré contigo yo mismo en el primer tren de mañana.
Robert lo condujo de vuelta a la cama y lo obligó suavemente a recostarse de nuevo. Luego le dio un opiáceo que le había dejado el médico a quien habían llamado en la cafetería de Bridge Street cuando George se desmayó.
Así, George Talboys cayó en un sueño profundo y soñó que iba a Ventnor para encontrar a su esposa viva y feliz, pero arrugada, vieja y canosa, y para encontrar a su hijo convertido en un hombre joven.
A la mañana siguiente, muy temprano, estaba sentado frente a Robert Audley en el vagón de primera clase de un tren expreso, atravesando a toda velocidad el bonito campo abierto hacia Portsmouth.
Desembarcaron en Ventnor bajo el calor abrasador del sol del mediodía. Cuando los dos jóvenes salieron del vapor, la gente en el muelle se quedó mirando el rostro pálido y la barba descuidada de George.
—¿Qué debemos hacer, George? —preguntó Robert Audley—. No tenemos ninguna pista para encontrar a las personas que quieres ver.
El joven lo miró con una expresión lastimera y desconcertada. El gran dragón estaba tan indefenso como un bebé; y Robert Audley, el más vacilante y falto de energía de los hombres, se vio llamado a actuar por otro. Se elevó por encima de sí mismo y estuvo a la altura de la ocasión.
—¿No sería mejor que preguntáramos en uno de los hoteles por una señora Talboys, George? —dijo.
—El apellido de su padre era Maldon —murmuró George—; él nunca podría haberla enviado aquí a morir sola.
No dijeron nada más; pero Robert caminó directamente hacia un hotel donde preguntó por un tal señor Maldon.
Sí, le dijeron, había un caballero con ese nombre alojado en Ventnor, un capitán Maldon; su hija había muerto hacía poco. El camarero iría a preguntar por la dirección.
El hotel era un lugar muy concurrido en esta época del año; gente entrando y saliendo a toda prisa, y un gran bullicio de mozos y camareros por los pasillos.
George Talboys se apoyó contra el poste de la puerta, con la misma mirada en el rostro que había asustado a su amigo en la cafetería de Westminster.
Lo peor estaba confirmado ahora. Su esposa, la hija del capitán Maldon, estaba muerta.
El camarero regresó en unos cinco minutos para decir que el capitán Maldon se alojaba en Lansdowne Cottage, número 4.
Encontraron fácilmente la casa, una cabaña descuidada y de ventanas bajas que miraba hacia el mar.
¿Estaba el capitán Maldon en casa? No, dijo la casera; había salido a la playa con su nieto pequeño. ¿Querrían los caballeros entrar y sentarse un poco?
George siguió mecánicamente a su amigo hacia el pequeño salón delantero, polvoriento, pobremente amueblado y desordenado, con los juguetes rotos de un niño esparcidos por el suelo y el aroma a tabaco rancio impregnando las cortinas de muselina de la ventana.
—¡Mira! —dijo George, señalando un cuadro sobre la repisa de la chimenea.
Era su propio retrato, pintado en los viejos tiempos de dragón. Un parecido bastante bueno, que lo representaba en uniforme, con su caballo de guerra al fondo.
Quizás el hombre más animado del mundo apenas habría sido un consolador tan sabio como Robert Audley. No pronunció una palabra al viudo desconsolado, sino que se sentó tranquilamente de espaldas a George, mirando por la ventana abierta.
Durante algún tiempo, el joven vagó inquieto por la habitación, mirando y a veces tocando los adornos que yacían aquí y allá.
Su costurero, con una labor inacabada; su álbum lleno de extractos de Byron y Moore, escritos con su propia letra descuidada; algunos libros que él le había regalado y un ramo de flores marchitas en un jarrón que habían comprado en Italia.
—Su retrato solía colgar al lado del mío —murmuró—; me pregunto qué habrán hecho con él.
Después de una hora de silencio, dijo:
—Me gustaría ver a la dueña de la casa; me gustaría preguntarle sobre...
Se quebró y ocultó el rostro entre las manos.
Robert llamó a la casera. Era una mujer de buen carácter y habladora, acostumbrada a la enfermedad y la muerte, pues muchos de sus huéspedes iban allí a morir.
Ella contó todos los detalles de las últimas horas de la señora Talboys; cómo había llegado a Ventnor solo diez días antes de su muerte, en la última etapa de su enfermedad, y cómo, día tras día, se había ido apagando gradual pero inexorablemente bajo el fatal mal. ¿Era el caballero algún pariente?, le preguntó a Robert Audley mientras George sollozaba en voz alta.
—Sí, es el marido de la señora.
—¡Qué! —exclamó la mujer—; ¿aquel que la abandonó tan cruelmente y la dejó con su lindo niño en manos de su pobre anciano padre, de quien el capitán Maldon me ha hablado a menudo, con lágrimas en sus pobres ojos?
—Yo no la abandoné —gritó George; y entonces contó la historia de sus tres años de lucha.
—¿Habló de mí? —preguntó—; ¿habló de mí... al... al final?
—No, se fue tan tranquila como un cordero. Dijo muy poco desde el principio; pero el último día no reconoció a nadie, ni siquiera a su hijito, ni a su pobre anciano padre, que se puso terrible. Una vez se puso como fuera de sí, hablando de su madre y de la cruel vergüenza que suponía dejarla morir en un lugar extraño, hasta que daba mucha pena escucharla.
—Su madre murió cuando ella era muy niña —dijo George—. Pensar que se acordara de ella y hablara de ella, pero nunca ni una sola vez de mí.
La mujer lo llevó al pequeño dormitorio en el que su esposa había muerto. Él se arrodilló junto a la cama y besó la almohada con ternura, mientras la casera lloraba al verlo.
Mientras él estaba arrodillado, quizás rezando, con el rostro hundido en esta humilde almohada blanca como la nieve, la mujer sacó algo de un cajón. Se lo dio cuando él se levantó de rodillas; era un largo mechón de cabello envuelto en papel de plata.
—Corté esto cuando ella yacía en su ataúd —dijo—, ¿pobre querida?
Él presionó el suave mechón contra sus labios. —Sí —murmuró—; este es el querido cabello que he besado tantas veces cuando su cabeza descansaba sobre mi hombro. Pero entonces siempre tenía una onda rizada, y ahora parece liso y recto.
—Cambia con la enfermedad —dijo la casera—. Si desea ver dónde la han puesto, señor Talboys, mi hijo pequeño le mostrará el camino al cementerio.
Así, George Talboys y su fiel amigo caminaron hacia el lugar tranquilo donde, bajo un montículo de tierra al que apenas se adherían los parches de césped fresco, yacía aquella esposa con cuya sonrisa de bienvenida George había soñado tantas veces en las antípodas.
Robert dejó al joven al lado de esta tumba recién hecha y, al regresar al cabo de un cuarto de hora, descubrió que no se había movido ni una sola vez.
Él levantó la vista poco después y dijo que, si había un cantero cerca, le gustaría hacer un pedido.
Encontraron muy fácilmente al cantero y, sentándose en medio del desorden de fragmentos del patio del hombre, George Talboys escribió a lápiz esta breve inscripción para la lápida de la tumba de su difunta esposa:
Sagrada a la memoria de HELEN, LA AMADA ESPOSA DE GEORGE TALBOYS, «Que partió de esta vida el 24 de agosto de 18—, a los 22 años, profundamente lamentada por su esposo afligido.
CAPÍTULO VI.
EN CUALQUIER LUGAR, EN CUALQUIER LUGAR FUERA DEL MUNDO.
Cuando regresaron a Lansdowne Cottage, descubrieron que el anciano aún no había llegado, así que caminaron hacia la playa para buscarlo. Tras una breve búsqueda, lo encontraron sentado sobre un montón de guijarros, leyendo un periódico y comiendo avellanas. El niño estaba a cierta distancia de su abuelo, cavando en la arena con una pala de madera. El crespón alrededor del sombrero gastado del anciano y el pobre vestidito negro del niño le llegaron al corazón a George. Fuera donde fuera, encontraba una nueva confirmación de esta gran pena de su vida. Su esposa había muerto.
—Señor Maldon —dijo, al acercarse a su suegro.
El anciano levantó la vista y, dejando caer su periódico, se levantó de los guijarros con una reverencia ceremoniosa. Su cabello claro y desteñido estaba teñido de gris; tenía una nariz aguileña y afilada; ojos azules llorosos y una boca de aspecto irresoluto; vestía su ropa gastada con una afectación de elegancia afectada; un monóculo colgaba sobre su chaleco cuidadosamente abotonado y llevaba un bastón en la mano sin guante.
—¡Gran Dios! —gritó George—, ¿no me reconoce?
El señor Maldon se sobresaltó y se sonrojó violentamente, con una mirada algo asustada al reconocer a su yerno.
—Mi querido muchacho —dijo—, no lo hice; por el primer momento no lo hice. Esa barba marca una gran diferencia. Usted encuentra que la barba marca una gran diferencia, ¿no es así, señor? —dijo, dirigiéndose a Robert.
—¡Gran Dios! —exclamó George Talboys—, ¿es así como me recibe? Llego a Inglaterra para encontrar a mi esposa muerta a menos de una semana de tocar tierra, y usted empieza a parlotearme sobre mi barba... ¡usted, su padre!
—¡Verdad! ¡Verdad! —murmuró el anciano, secándose los ojos inyectados en sangre—; un triste golpe, un triste golpe, mi querido George. Si solo hubiera estado aquí una semana antes.
—Si lo hubiera estado —gritó George, en un estallido de dolor y pasión—, apenas creo que la habría dejado morir. Habría disputado por ella contra la muerte. ¡Lo habría hecho! ¡Lo habría hecho! ¡Oh, Dios! ¿Por qué el Argus no se hundió con todas las almas a bordo antes de que yo llegara a ver este día?
Comenzó a caminar de un lado a otro por la playa, mientras su suegro lo miraba impotente, frotándose los ojos débiles con un pañuelo.
«Tengo la fuerte sospecha de que ese viejo no trató demasiado bien a su hija», pensó Robert, mientras observaba al teniente de media paga. «Parece, por alguna razón u otra, tenerle un poco de miedo a George».
Mientras el agitado joven caminaba de un lado a otro en una fiebre de pesar y desesperación, el niño corrió hacia su abuelo y se aferró a los faldones de su abrigo.
—Vamos a casa, abuelo, vamos a casa —dijo—. Estoy cansado.
George Talboys se giró ante el sonido de la voz infantil y miró al niño larga y profundamente.
Tenía los ojos marrones y el cabello oscuro de su padre.
—¡Mi amor! ¡Mi amor! —dijo George, tomando al niño en sus brazos—, soy tu padre, he cruzado el mar para encontrarte. ¿Me amarás?
El pequeño lo apartó. —No te conozco —dijo—. Quiero al abuelo y a la señora Monks en Southampton.
—Georgey tiene su propio carácter, señor —dijo el anciano—. Ha sido consentido.
Caminaron lentamente de regreso a la cabaña y, una vez más, George Talboys contó la historia de aquel abandono que había parecido tan cruel. Contó, también, lo de las veinte mil libras que había depositado el día anterior. No tuvo valor para hacer ninguna pregunta sobre el pasado, y su suegro solo le dijo que, unos meses después de su partida, se habían mudado del lugar donde George los dejó para vivir en Southampton, donde Helen consiguió algunos alumnos de piano, y donde se las arreglaron bastante bien hasta que su salud falló y cayó en la decadencia de la que murió. Como la mayoría de las historias tristes, fue muy breve.
—El niño parece quererlo, señor Maldon —dijo George, tras una pausa.
—Sí, sí —respondió el anciano, alisando el cabello rizado del niño—; sí. Georgey quiere mucho a su abuelo.
—Entonces será mejor que se quede con usted. Los intereses de mi dinero serán de unas seiscientas libras al año. Puede retirar cien para la educación de Georgey y dejar que el resto se acumule hasta que alcance la mayoría de edad. Mi amigo aquí presente será el fideicomisario y, si acepta el cargo, lo nombraré guardián del niño, permitiendo que por el momento permanezca bajo su cuidado.
—Pero, ¿por qué no cuidarlo usted mismo, George? —preguntó Robert Audley.
—Porque zarparé en el próximo barco que salga de Liverpool hacia Australia. Estaré mejor en las minas o en los bosques vírgenes de lo que podría estar aquí. Estoy roto para la vida civilizada desde este momento, Bob.
Los ojos débiles del anciano brillaron cuando George declaró esta determinación.
—Mi pobre muchacho, creo que tienes razón —dijo—, realmente creo que tienes razón. El cambio, la vida salvaje, el... el... —Titubeó y se interrumpió cuando Robert lo miró profundamente.
—Tiene mucha prisa por deshacerse de su yerno, creo, señor Maldon —dijo, gravemente.
—¡Deshacerme de él, querido muchacho! ¡Oh, no, no! Pero por su propio bien, mi querido señor, por su propio bien, ya sabe.
—Creo que por su propio bien sería mucho mejor que se quedara en Inglaterra y cuidara de su hijo —dijo Robert.
—¡Pero le digo que no puedo! —gritó George—; cada pulgada de este maldito suelo me es odiosa; quiero salir corriendo de él como si fuera de un cementerio. Volveré a la ciudad esta noche, arreglaré el asunto del dinero mañana temprano y saldré hacia Liverpool sin un momento de demora. Estaré mejor cuando haya puesto medio mundo entre mí y su tumba.
Antes de salir de la casa, se escabulló hacia la casera y le hizo algunas preguntas más sobre su difunta esposa.
—¿Eran pobres? —preguntó—, ¿estaban escasos de dinero mientras ella estuvo enferma?
—¡Oh, no! —respondió la mujer—; aunque el capitán viste de forma descuidada, siempre tiene muchos soberanos en su monedero. A la pobre señora no le faltó nada.
George se sintió aliviado por esto, aunque le desconcertaba saber de dónde podía haber sacado el teniente de media paga y bebedor el dinero para todos los gastos de la enfermedad de su hija.
Pero estaba demasiado abatido por la calamidad que le había sobrevenido como para poder pensar en nada, así que no hizo más preguntas, sino que caminó con su suegro y Robert Audley hacia el barco en el que debían cruzar a Portsmouth.
El anciano se despidió de Robert de forma muy ceremoniosa.
—Por cierto, no me presentó a su amigo, mi querido muchacho —dijo. George lo miró fijamente, murmuró algo indistinto y corrió por la escala hacia el barco antes de que el señor Maldon pudiera repetir su petición. El vapor se alejó a través del atardecer y el perfil de la isla se fundió en el horizonte a medida que se acercaban a la costa opuesta.
—Pensar —dijo George— que hace dos noches, a esta hora, estaba entrando en Liverpool, lleno de la esperanza de estrecharla contra mi corazón, ¡y esta noche me estoy alejando de su tumba!
El documento que nombraba a Robert Audley guardián del pequeño George Talboys fue redactado en la oficina de un abogado a la mañana siguiente.
—Es una gran responsabilidad —exclamó Robert—; ¡yo, guardián de alguien o de algo! ¡Yo, que nunca en mi vida pude cuidar de mí mismo!
—Confío en tu noble corazón, Bob —dijo George. —Sé que cuidarás de mi pobre niño huérfano y te asegurarás de que sea bien tratado por su abuelo. Solo retiraré de la fortuna de Georgey lo suficiente para llevarme de regreso a Sídney y luego comenzar mi viejo trabajo de nuevo.
Pero parecía que George estaba destinado a ser él mismo el guardián de su hijo; pues cuando llegó a Liverpool, descubrió que un barco acababa de zarpar y que no habría otro hasta dentro de un mes; así que regresó a Londres y una vez más se entregó a la hospitalidad de Robert Audley.
El abogado lo recibió con los brazos abiertos; le dio la habitación de los pájaros y las flores, y dispuso una cama en su vestidor para él. El dolor es tan egoísta que George no sabía los sacrificios que su amigo hacía por su comodidad. Solo sabía que para él el sol se había oscurecido y el negocio de la vida había terminado. Se sentaba todo el día a fumar cigarros y a mirar las flores y los canarios, impaciente por que pasara el tiempo para poder estar lejos, en el mar.
Pero justo cuando se acercaba la hora del zarpe del barco, Robert Audley entró un día, lleno de un gran plan.
Un amigo suyo, otro de esos abogados cuyo último pensamiento es un caso, iba a San Petersburgo a pasar el invierno y quería que Robert lo acompañara. Robert solo iría con la condición de que George fuera también.
Durante mucho tiempo el joven se resistió; pero cuando descubrió que Robert estaba, de manera tranquila, completamente decidido a no ir sin él, cedió y aceptó unirse al grupo. ¿Qué importaba?, decía. Un lugar era lo mismo para él que otro; cualquier lugar fuera de Inglaterra; ¿qué le importaba dónde?
Esta no era una forma muy alegre de ver las cosas, pero Robert Audley estaba muy satisfecho de haber conseguido su consentimiento.
Los tres jóvenes partieron en circunstancias muy favorables, llevando cartas de recomendación para los habitantes más influyentes de la capital rusa.
Antes de salir de Inglaterra, Robert escribió a su prima Alicia, contándole su partida prevista con su viejo amigo George Talboys, a quien había conocido recientemente por primera vez después de un lapso de años, y que acababa de perder a su esposa.
La respuesta de Alicia llegó por correo de vuelta y decía así:
«MI QUERIDO ROBERT: ¡Qué cruel por tu parte salir corriendo a ese horrible San Petersburgo antes de la temporada de caza! He oído que la gente pierde la nariz en ese clima desagradable, y como la tuya es algo larga, te aconsejaría que regresaras antes de que comience el tiempo severo. ¿Qué clase de persona es este señor Talboys? Si es muy agradable, puedes traerlo a la Corte tan pronto como regreses de tus viajes. Lady Audley me dice que te pida que le consigas un juego de pieles de marta cibelina. No debes considerar el precio, sino asegurarte de que sean las más hermosas que se puedan obtener. Papá está perfectamente absurdo con su nueva esposa, y ella y yo no nos llevamos bien en absoluto; no es que me sea desagradable, porque, en lo que a eso respecta, se hace agradable con todo el mundo; pero es tan irremediablemente infantil y tonta.
«Cree que soy, mi querido Robert.
«Tu afectuosa prima,
«ALICIA AUDLEY.»
CAPÍTULO VII.
DESPUÉS DE UN AÑO.
El primer año de viudez de George Talboys pasó, la banda profunda de crespón alrededor de su sombrero se volvió marrón y polvorienta, y mientras el último día abrasador de otro agosto se desvanecía, él se sentaba a fumar cigarros en los tranquilos aposentos de Figtree Court, casi como lo había hecho el año anterior, cuando el horror de su pena era nuevo para él, y cada objeto en la vida, por insignificante o importante que fuera, parecía saturado de su única gran tristeza.
Pero el gran exdragón había sobrevivido a su aflicción durante un año, y por difícil que pueda ser tener que contarlo, no parecía mucho peor por ello. Dios sabe qué agonías desperdiciadas de remordimiento y autorreproche pueden haber torturado el honesto corazón de George, mientras yacía despierto por las noches pensando en la esposa que había abandonado en busca de una fortuna que ella nunca llegó a compartir.
Una vez, mientras estaban en el extranjero, Robert Audley se aventuró a felicitarlo por haber recuperado el ánimo. Él estalló en una risa amarga.
«¿Sabes, Bob? —dijo—, que cuando algunos de nuestros compañeros fueron heridos en la India, regresaron a casa llevando balas en su interior. No hablaban de ellas, y estaban fuertes y vigorosos, y parecían tan sanos, quizá, como tú o como yo; pero cada cambio en el tiempo, por leve que fuera, cada variación de la atmósfera, por insignificante que resultara, les devolvía la vieja agonía de sus heridas tan aguda como la habían sentido en el campo de batalla. Yo he tenido mi herida, Bob; todavía llevo la bala, y la llevaré hasta mi tumba».
Los viajeros regresaron de San Petersburgo en primavera, y George volvió a instalarse en los aposentos de su viejo amigo, dejándolos solo de vez en cuando para escaparse a Southampton y echar un vistazo a su pequeño hijo. Siempre iba cargado de juguetes y dulces para dárselos al niño; pero, a pesar de todo, Georgey no lograba familiarizarse mucho con su papá, y el corazón del joven se enfermaba al empezar a imaginar que incluso su hijo estaba perdido para él.
«¿Qué puedo hacer? —pensaba—. Si lo saco de junto a su abuelo, le romperé el corazón; si dejo que se quede, crecerá siendo un extraño para mí y le importará más ese viejo hipócrita y borracho que su propio padre. Pero, ¿qué podría hacer un ignorante y pesado dragón como yo con un niño así? ¿Qué podría enseñarle, más que a fumar puros y holgazanear todo el día con las manos en los bolsillos?».
Así pues, el aniversario de aquel 30 de agosto, en el que George había visto el anuncio de la muerte de su esposa en el periódico Times, llegó por primera vez, y el joven se despojó de sus ropas negras y del raído crespón de su sombrero, y guardó sus lúgubres prendas en un baúl donde conservaba un paquete de las cartas de su esposa, su retrato y aquel mechón de pelo que le habían cortado de la cabeza tras su muerte. Robert Audley nunca había visto ni las cartas, ni el retrato, ni el largo mechón de cabello sedoso; ni, de hecho, George había vuelto a mencionar el nombre de su difunta esposa después de aquel día en Ventnor, en el que se enteró de todos los detalles de su fallecimiento.
«Le escribiré hoy a mi prima Alicia, George», dijo el joven abogado aquel mismo 30 de agosto. «¿Sabes que pasado mañana es primero de septiembre? Le escribiré y le diré que ambos bajaremos a la mansión para pasar una semana de caza».
«No, no, Bob; ve tú solo; ellos no me quieren allí, y preferiría…».
«¡Enterrarte en Figtree Court, sin más compañía que mis perros y mis canarios! No, George, no harás nada parecido».
«Pero no me importa la caza».
«¿Y te imaginas que a mí me importa? —exclamó Robert con encantadora ingenuidad—. Vamos, hombre, no distingo una perdiz de una paloma, y podría ser primero de abril, en lugar de primero de septiembre, por lo que a mí respecta. Nunca he hecho daño a un pájaro en mi vida, pero me he lastimado el hombro con el peso de mi escopeta. Solo voy a Essex por el cambio de aires, las buenas cenas y por ver el rostro honesto y apuesto de mi tío. Además, esta vez tengo otro aliciente, pues quiero ver a este prodigio de cabello rubio: mi nueva tía. ¿Vendrás conmigo, George?».
«Sí, si realmente lo deseas».
La calma que su dolor había adoptado tras su primera y breve violencia lo dejó tan sumiso como un niño a la voluntad de su amigo; dispuesto a ir a cualquier parte o hacer cualquier cosa; sin disfrutar nunca, ni originar ningún disfrute, pero participando en los placeres de los demás con una resignación desesperada, silenciosa e inoportuna, peculiar de su carácter sencillo. Pero el correo de vuelta trajo una carta de Alicia Audley diciendo que los dos jóvenes no podían ser recibidos en la mansión.
«Hay diecisiete habitaciones de invitados —escribió la joven con una indignada letra rápida—, pero a pesar de eso, mi querido Robert, no puedes venir; porque mi señora se ha metido en su tonta cabeza que está demasiado enferma para recibir visitas (no tiene más que lo que tengo yo), y no puede tener caballeros (hombres grandes y rudos, dice ella) en la casa. Por favor, discúlpate con tu amigo el señor Talboys y dile que papá espera verlos a ambos en la temporada de caza».
«Los aires y desplantes de mi señora no nos impedirán ir a Essex, a pesar de todo», dijo Robert mientras retorcía la carta para encender su gran pipa de espuma de mar. «Te diré lo que haremos, George: hay una posada gloriosa en Audley y mucha pesca en los alrededores; iremos allí y pasaremos una semana de deporte. La pesca es mucho mejor que la caza; solo tienes que tumbarte en la orilla y mirar tu sedal; no me parece que suelas pescar nada, pero es muy agradable».
Sostuvo la carta retorcida hacia la débil chispa del fuego que parpadeaba en la chimenea mientras hablaba, y luego, cambiando de opinión, la desplegó deliberadamente y alisó el papel arrugado con la mano.
«¡Pobre pequeña Alicia! —dijo pensativo—. Es un poco duro tratar su carta con tanta indiferencia; la guardaré». Acto seguido, el señor Robert Audley volvió a meter la nota en su sobre y después la introdujo en un casillero de su escritorio marcado como importante. Dios sabe qué documentos maravillosos había en este casillero en particular, pero no creo probable que contuviera nada de gran valor judicial. Si alguien le hubiera dicho en ese momento al joven abogado que algo tan sencillo como la breve carta de su prima llegaría a ser un eslabón en esa terrible cadena de pruebas que después se forjaría lentamente en el único caso criminal en el que habría de verse involucrado, quizá el señor Robert Audley habría arqueado las cejas un poco más de lo habitual.
Así, los dos jóvenes abandonaron Londres al día siguiente, con una maleta y una caña con aparejos entre los dos, y llegaron al disperso, anticuado y decadente pueblo de Audley a tiempo para encargar una buena cena en la posada Sun.
Audley Court estaba a unos tres cuartos de milla del pueblo, situada, como he dicho, en lo profundo de una hondonada, encerrada por un bosque exuberante. Solo se podía llegar por un camino transversal bordeado de árboles, y tan bien cuidado como las avenidas del parque de un caballero. Era un lugar bastante solitario, incluso con toda su belleza rústica, para una criatura tan radiante como la difunta señorita Lucy Graham, pero el generoso baronet había transformado el interior de la vieja mansión gris en un pequeño palacio para su joven esposa, y Lady Audley parecía tan feliz como una niña rodeada de juguetes nuevos y costosos.
En su mejor fortuna, al igual que en sus viejos tiempos de dependencia, a dondequiera que fuera parecía llevar consigo la luz del sol y la alegría. A pesar del desprecio indisimulado de la señorita Alicia por la infantilidad y frivolidad de su madrastra, Lucy era más querida y admirada que la hija del baronet. Esa misma infantilidad tenía un encanto al que pocos podían resistirse. La inocencia y la candidez de un infante resplandecían en el rostro hermoso de Lady Audley y brillaban en sus grandes y líquidos ojos azules. Los labios rosados, la nariz delicada, la profusión de rizos rubios, todo contribuía a preservar en su belleza el carácter de una juventud y frescura extremas. Ella confesaba tener veinte años, pero era difícil creer que tuviera más de diecisiete. Su figura frágil, que le encantaba vestir con terciopelos pesados y sedas rígidas que crujían, hasta parecer una niña disfrazada para un baile de máscaras, era tan aniñada como si acabara de salir de la guardería. Todas sus diversiones eran infantiles. Odiaba la lectura o cualquier tipo de estudio, y amaba la sociedad. Antes que estar sola, admitía a Phoebe Marks en su confianza y se recostaba en uno de los sofás de su lujoso vestidor, discutiendo un nuevo traje para alguna próxima cena, o se sentaba a charlar con la muchacha con su joyero al lado, sobre los cojines de satén, y los regalos de Sir Michael extendidos en su regazo, mientras contaba y admiraba sus tesoros.
Había aparecido en varios bailes públicos en Chelmsford y Colchester, y fue inmediatamente establecida como la belleza del condado. Satisfecha con su alta posición y su hermosa casa; con cada capricho gratificado, cada antojo complacido; admirada y acariciada dondequiera que fuera; encariñada con su generoso marido; rica con una noble asignación de dinero de bolsillo; sin parientes pobres que la molestaran con exigencias sobre su monedero o patronazgo; habría sido difícil encontrar en el condado de Essex una criatura más afortunada que Lucy, Lady Audley.
Los dos jóvenes se demoraron sobre la mesa del comedor en la sala de estar privada de la posada Sun. Las ventanas estaban abiertas de par en par, y el aire fresco del campo soplaba sobre ellos mientras cenaban. El tiempo era encantador; el follaje de los bosques estaba tocado aquí y allá por débiles destellos de los primeros tintes del otoño; el maíz amarillo aún permanecía en algunos campos, en otros recién caía bajo la hoz brillante; mientras que en los caminos estrechos te encontrabas grandes carromatos tirados por caballos de tiro de pecho ancho, llevando a casa la rica cosecha dorada. Para cualquiera que haya estado, durante los calurosos meses de verano, encerrado en Londres, hay en el primer sabor de la vida rústica una especie de arrebato sensual difícil de describir. George Talboys sintió esto, y en ello experimentó el acercamiento más próximo al disfrute que había conocido desde la muerte de su esposa.
El reloj marcó las cinco cuando terminaron de cenar.
«Ponte el sombrero, George —dijo Robert Audley—; no cenan en la mansión hasta las siete; tendremos tiempo de dar un paseo y ver el viejo lugar y a sus habitantes».
El posadero, que había entrado en la habitación con una botella de vino, levantó la vista cuando el joven habló.
«Le pido perdón, señor Audley —dijo—, pero si quiere ver a su tío, perderá el tiempo yendo a la mansión ahora mismo. Sir Michael y mi señora y la señorita Alicia se han ido todos a las carreras en Chorley, y no volverán hasta cerca de las ocho, probablemente. Tienen que pasar por aquí para ir a casa».
En estas circunstancias, por supuesto, no servía de nada ir a la mansión, así que los dos jóvenes pasearon por el pueblo y miraron la vieja iglesia, y luego fueron a reconocer las corrientes en las que debían pescar al día siguiente, y por tales medios engañaron el tiempo hasta después de las siete. Alrededor de las siete y cuarto regresaron a la posada, y sentándose en la ventana abierta, encendieron sus puros y contemplaron el tranquilo paisaje.
Oímos hablar todos los días de asesinatos cometidos en el campo. Asesinatos brutales y traicioneros; agonías lentas y prolongadas por venenos administrados por alguna mano familiar; muertes repentinas y violentas por golpes crueles, infligidos con una estaca cortada de algún roble extendido, cuya sombra prometía… paz. En el condado del que escribo, me han mostrado un prado en el que, en una tranquila tarde de domingo de verano, un joven granjero asesinó a la chica que le había amado y confiado; y sin embargo, incluso ahora, con la mancha de aquel acto vil sobre él, el aspecto del lugar es… paz. Ninguna especie de crimen se ha cometido jamás en los peores tugurios de Seven Dials que no se haya hecho también ante esa calma rústica que aún, a pesar de todo, miramos con un anhelo tierno y medio melancólico, y asociamos con… paz.
Ya oscurecía cuando los giggs y calesas, dog-carts y los torpes faetones de los granjeros comenzaron a traquetear por la calle del pueblo y bajo las ventanas de la posada Sun; oscurecía aún más cuando un carruaje abierto tirado por cuatro caballos se detuvo repentinamente bajo el poste oscilante del letrero.
Era la berlina de Sir Michael Audley la que se detuvo tan repentinamente frente a la pequeña posada. El arnés de uno de los caballos guía se había estropeado, y el postillón delantero desmontó para arreglarlo.
«Vaya, es mi tío —gritó Robert Audley al detenerse el carruaje—. Correré a hablar con él».
George encendió otro puro y, resguardado por las cortinas de la ventana, miró al pequeño grupo. Alicia estaba sentada de espaldas a los caballos, y pudo percibir, incluso en la penumbra, que era una morena hermosa; pero Lady Audley estaba sentada en el lado del carruaje más alejado de la posada, y no pudo ver nada del prodigio de cabello rubio del que tanto había oído hablar.
«Vaya, Robert —exclamó Sir Michael mientras su sobrino salía de la posada—, ¡qué sorpresa!».
«No he venido a importunarlos en la mansión, mi querido tío —dijo el joven, mientras el baronet le estrechaba la mano a su manera cordial—. Essex es mi condado natal, sabe, y por esta época del año suelo tener un ataque de nostalgia; así que George y yo hemos bajado a la posada para dos o tres días de pesca».
«George, ¿qué George?».
«George Talboys».
«¿Cómo, ha venido? —gritó Alicia—. Estoy tan contenta; pues me muero por ver a este apuesto joven viudo».
«¿De veras, Alicia? —dijo su primo—. Entonces, por Dios, correré a buscarlo y te presentaré de inmediato».
Ahora bien, tan completo era el dominio que Lady Audley había, a su manera infantil y despreocupada, obtenido sobre su devoto marido, que era muy raro que los ojos del baronet se apartaran durante mucho tiempo del bonito rostro de su esposa. Cuando Robert, por tanto, estaba a punto de volver a entrar en la posada, solo hizo falta la más leve elevación de las cejas de Lucy, con una encantadora expresión de cansancio y terror, para hacer saber a su marido que ella no quería ser importunada por una presentación al señor George Talboys.
«No te preocupes esta noche, Bob —dijo—. Mi mujer está un poco cansada tras nuestro largo día de placer. Trae a tu amigo a cenar mañana, y entonces él y Alicia podrán conocerse. Ven a saludar a Lady Audley, y luego nos iremos a casa».
Mi señora estaba tan terriblemente fatigada que solo pudo sonreír dulcemente y extender una pequeña mano enguantada hacia su sobrino político.
«¿Vendrá a cenar con nosotros mañana y traerá a su interesante amigo?», dijo con una voz baja y cansada. Ella había sido la principal atracción del hipódromo y estaba agotada por el esfuerzo de fascinar a medio condado.
«Es un milagro que no te obsequiara con su risa interminable —susurró Alicia, mientras se inclinaba sobre la puerta del carruaje para dar las buenas noches a Robert—; pero me atrevería a decir que se la reserva para tu deleite mañana. Supongo que estás fascinado al igual que todo el mundo», añadió la joven con bastante acritud.
«Es una criatura encantadora, ciertamente», murmuró Robert con plácida admiración.
«¡Oh, por supuesto! Ahora resulta que es la primera mujer de la que te oigo decir una palabra amable, Robert Audley. Siento descubrir que solo puedes admirar a las muñecas de cera».
La pobre Alicia había tenido muchas escaramuzas con su primo sobre ese temperamento suyo, el cual, si bien le permitía pasar por la vida con perfecta satisfacción y disfrute tácito, le impedía por completo sentir una pizca de entusiasmo por cualquier tema.
«En cuanto a que alguna vez se enamore —pensaba la joven a veces—, la idea es absurda. Si todas las divinidades de la tierra estuvieran alineadas ante él, esperando a que su sultán arrojara el pañuelo, solo levantaría las cejas hasta la mitad de su frente y les diría que se pelearan por él».
Pero, por una vez en su vida, Robert estaba casi entusiasmado.
«Es la criaturita más bonita que has visto en tu vida, George —exclamó cuando el carruaje se hubo marchado y regresó junto a su amigo—. Tales ojos azules, tales rizos, tal sonrisa arrebatadora, tal bonete de hada, todo tembloroso con pensamientos y lentejuelas de rocío, brillando desde una nube de gasa. George Talboys, me siento como el héroe de una novela francesa: me estoy enamorando de mi tía».
El viudo solo suspiró y expulsó el humo de su puro con fuerza por la ventana abierta. Quizás estaba pensando en aquel tiempo lejano —apenas hace cinco años, en realidad; pero una eternidad para él— cuando conoció a la mujer por la que había llevado crespón en su sombrero tres días antes. Regresaron todos aquellos viejos sentimientos olvidados; volvieron con el escenario de su lugar de nacimiento. De nuevo holgazaneaba con sus compañeros oficiales en el muelle raído del raído balneario, escuchando a una banda lúgubre con una corneta que estaba un tono y medio desafinada. De nuevo escuchó las viejas arias de ópera y de nuevo ella vino caminando hacia él, apoyada en el brazo de su viejo padre, y pretendiendo (con una encantadora, deliciosa y seria farsa) escuchar la música, y sin darse cuenta de la admiración de media docena de oficiales de caballería boquiabiertos. De nuevo regresó la vieja fantasía de que ella era algo demasiado hermoso para la tierra, o para usos terrenales, y que acercarse a ella era caminar en una atmósfera superior y respirar un aire más puro. Y desde entonces ella había sido su esposa, y la madre de su hijo. Ella yacía en el pequeño cementerio de Ventnor, y solo hacía un año él había dado la orden de hacer su lápida. Unas pocas lágrimas lentas y silenciosas cayeron sobre su chaleco mientras pensaba en estas cosas en la habitación tranquila y oscurecida.
Lady Audley estaba tan agotada cuando llegó a casa que se excusó de la cena y se retiró inmediatamente a su vestidor, atendida por su doncella, Phoebe Marks.
Ella era un poco caprichosa en su conducta con esta doncella, a veces muy confidencial, a veces bastante reservada; pero era una ama liberal, y la chica tenía todas las razones para estar satisfecha con su situación.
Esta noche, a pesar de su fatiga, estaba extremadamente animada, y dio un relato entusiasta de las carreras y de la compañía presente en ellas.
«Aunque estoy muerta de cansancio, Phoebe —dijo al poco tiempo—. Me temo que debo parecer un espanto después de un día bajo el sol ardiente».
Había velas encendidas a cada lado del espejo frente al cual Lady Audley estaba desabrochándose el vestido. Miró fijamente a su doncella mientras hablaba, sus ojos azules claros y brillantes, y los labios rosados y aniñados fruncidos en una sonrisa pícara.
«Está un poco pálida, mi señora —respondió la chica—, pero está tan guapa como siempre».
«Eso está bien, Phoebe —dijo, arrojándose a una silla y echando sus rizos hacia atrás ante la doncella, que estaba de pie, cepillo en mano, lista para arreglar el exuberante cabello para la noche—. ¿Sabes, Phoebe, que he oído decir a algunas personas que tú y yo nos parecemos?».
«También los he oído decir eso, mi señora —dijo la chica tranquilamente—, pero deben ser muy estúpidos para decirlo, pues su señoría es una belleza y yo soy una criatura pobre y sencilla».
«En absoluto, Phoebe —dijo la pequeña dama, soberbia—; eres como yo, y tus rasgos son muy bonitos; es solo el color lo que te falta. Mi cabello es amarillo pálido con destellos dorados, y el tuyo es color pardo; mis cejas y pestañas son marrón oscuro, y las tuyas son casi… apenas me gusta decirlo, pero son casi blancas, mi querida Phoebe. Tu tez es cetrina, y la mía es rosada y sonrosada. Vaya, con una botella de tinte para el cabello, como los que vemos anunciados en los periódicos, y un bote de colorete, serías tan guapa como yo, cualquier día, Phoebe».
Siguió parloteando de esta manera durante mucho tiempo, hablando de cientos de temas diferentes y ridiculizando a la gente que había conocido en las carreras, para diversión de su doncella. Su hijastra entró en el vestidor para darle las buenas noches, y encontró a la doncella y a la ama riendo a carcajadas por una de las aventuras del día. Alicia, que nunca se mostraba familiar con sus sirvientes, se retiró disgustada por la frivolidad de mi señora.
«Continúa cepillando mi cabello, Phoebe —decía Lady Audley cada vez que la chica estaba a punto de completar su tarea—, disfruto mucho de una charla contigo».
Al final, justo cuando había despedido a su doncella, de repente la llamó de vuelta. «Phoebe Marks —dijo—, quiero que me hagas un favor».
«Sí, mi señora».
«Quiero que vayas a Londres en el primer tren mañana por la mañana para ejecutar un pequeño encargo para mí. Después puedes tomarte un día de vacaciones, pues sé que tienes amigos en la ciudad; y te daré un billete de cinco libras si haces lo que quiero y guardas el secreto al respecto».
«Sí, mi señora».
«Asegúrate de que esa puerta esté bien cerrada y ven a sentarte en este taburete a mis pies».
La joven obedeció. Lady Audley acarició el cabello de tono neutro de su doncella con su mano regordeta, blanca y enjoyada mientras reflexionaba durante unos instantes.
«Y ahora escucha, Phoebe. Lo que quiero que hagas es muy sencillo».
Fue tan sencillo que se contó en cinco minutos, y luego Lady Audley se retiró a su dormitorio y se acurrucó cómodamente bajo el edredón de plumón. Era una criatura friolera y le encantaba enterrarse en suaves envoltorios de satén y piel.
«Bésame, Phoebe», dijo, mientras la joven arreglaba las cortinas. «Oigo los pasos de Sir Michael en la antecámara; te lo cruzarás al salir, y podrías decirle que vas a ir en el primer tren mañana por la mañana para recoger mi vestido de Madam Frederick para la cena en Morton Abbey».
Ya era tarde a la mañana siguiente cuando Lady Audley bajó a desayunar, pasadas las diez. Mientras sorbía su café, un criado le trajo un paquete sellado y un libro para que firmara.
«¡Un mensaje telegráfico!», exclamó; pues la conveniente palabra telegrama aún no se había inventado. «¿Qué puede haber ocurrido?».
Miró a su marido con los ojos muy abiertos, aterrorizada, y parecía tener miedo de romper el sello. El sobre estaba dirigido a la señorita Lucy Graham, en casa del señor Dawson, y había sido enviado desde el pueblo.
«Léelo, querida mía», dijo él, «y no te alarmes; puede que no sea nada de importancia».
Venía de una tal señora Vincent, la institutriz con la que había vivido antes de entrar al servicio de la familia del señor Dawson. La dama estaba peligrosamente enferma e imploraba a su antigua pupila que fuera a verla.
«¡Pobre alma! Siempre tuvo la intención de dejarme su dinero», dijo Lucy con una sonrisa triste. «Nunca se ha enterado del cambio en mi fortuna. Querido Sir Michael, debo ir a verla».
«Por supuesto que debes ir, queridísima. Si fue amable con mi pobre chica en su adversidad, tiene un derecho sobre su prosperidad que nunca será olvidado. Ponte el sombrero, Lucy; llegaremos a tiempo para tomar el expreso».
«¿Irás conmigo?».
«Por supuesto, mi vida. ¿Acaso crees que te dejaría ir sola?».
«Estaba segura de que irías conmigo», dijo ella, pensativa.
«¿Tu amiga deja alguna dirección?».
«No; pero siempre vivió en Crescent Villa, West Brompton; y sin duda vive allí todavía».
Solo hubo tiempo para que Lady Audley se apresurara a ponerse el sombrero y el chal antes de oír el carruaje llegar a la puerta y a Sir Michael llamándola al pie de la escalera.
Su suite de habitaciones, como he dicho, se abría una tras otra y terminaba en una antecámara octogonal colgada de pinturas al óleo. Incluso con su prisa, se detuvo deliberadamente ante la puerta de esta sala, le dio doble vuelta a la llave y la guardó en su bolsillo. Esta puerta, una vez cerrada, cortaba todo acceso a los aposentos de mi señora.
CAPÍTULO VIII.
ANTES DE LA TORMENTA.
Así pues, la cena en Audley Court se pospuso, y la señorita Alicia tuvo que esperar aún más para ser presentada al apuesto viudo, el señor George Talboys.
Me temo que, si hay que decir la verdad, quizás había algo de afectación en la ansiedad que esta joven expresaba por conocer a George; pero si la pobre Alicia calculó por un momento avivar alguna chispa latente de celos acechando en el pecho de su primo con esta exhibición de interés, no conocía el carácter de Robert Audley tan bien como debiera. Indolente, apuesto e indiferente, el joven abogado tomaba la vida como un error demasiado absurdo para que cualquier evento en su necio curso fuera siquiera considerado seriamente por un hombre sensato.
Su bonita prima de rostro gitano podría haber estado perdidamente enamorada de él; y podría habérselo dicho, de alguna forma encantadora, indirecta y femenina, cien veces al día durante los trescientos sesenta y cinco días del año; pero a menos que ella hubiera esperado algún privilegiado 29 de febrero y se hubiera dirigido directamente a él diciendo: «Robert, ¿por favor, te casarías conmigo?», dudo mucho que él hubiera descubierto jamás el estado de sus sentimientos.
Por otra parte, si él hubiera estado enamorado de ella, me imagino que la tierna pasión habría sido, para él, un sentimiento tan vago y débil que podría haber ido a la tumba con una vaga noción de alguna sensación incómoda que podría ser amor o indigestión, y, más allá de eso, sin conocimiento alguno de su estado.
Así que de nada sirvió, mi pobre Alicia, cabalgar por los caminos alrededor de Audley durante esos tres días que los dos jóvenes pasaron en Essex; fue un esfuerzo perdido llevar ese bonito sombrero de caballero con pluma, y encontrarse siempre, por la más singular de las casualidades, con Robert y su amigo. Los rizos negros (nada que ver con los ensortijados bucles de Lady Audley, sino pesados mechones agrupados que se aferraban a tu esbelto cuello moreno), los labios rojos y carnosos, la nariz con tendencia a ser respingona, el cutis oscuro, con ese brillo carmesí siempre listo para asomar como una señal luminosa en un cielo oscuro cuando te encontrabas de repente con tu apático primo; toda esta coquetería, este encanto de morena pícara, fue desperdiciado ante los ojos apagados de Robert Audley, y bien podrías haber descansado en el fresco salón de la mansión en lugar de matar a tu bonita yegua bajo el sol ardiente de septiembre.
Ahora bien, la pesca, excepto para el devoto discípulo de Izaak Walton, no es la más animada de las ocupaciones; por lo tanto, apenas es de extrañar que, el día después de la partida de Lady Audley, los dos jóvenes (uno de los cuales estaba incapacitado por esa herida en el corazón que llevaba tan silenciosamente, lo que le impedía disfrutar realmente de nada, y el otro, que veía casi todo placer como una especie de molestia negativa) empezaran a cansarse de la sombra de los sauces que colgaban sobre los arroyos serpenteantes de Audley.
«Figtree Court no es alegre en las largas vacaciones», dijo Robert, reflexivo: «pero creo que, en conjunto, es mejor que esto; al menos está cerca de un estanco», añadió, fumando con resignación un cigarro execrable obtenido del dueño de la posada Sun Inn.
George Talboys, que solo había aceptado la expedición a Essex por pasiva sumisión a su amigo, no estaba en absoluto inclinado a oponerse a su regreso inmediato a Londres. «Me alegrará volver, Bob», dijo, «porque quiero hacer una escapada a Southampton; no he visto al pequeño desde hace más de un mes».
Siempre se refería a su hijo como «el pequeño»; siempre hablaba de él con tristeza más que con esperanza. Explicaba esto diciendo que tenía la premonición de que el niño nunca aprendería a quererle; y peor aún que este presentimiento, una vaga idea de que no viviría para ver a su pequeño Georgey llegar a la edad adulta.
«No soy un hombre romántico, Bob», decía a veces, «y nunca he leído una línea de poesía en mi vida que fuera para mí más que unas cuantas palabras y rimas; pero un sentimiento me ha invadido, desde la muerte de mi esposa, de que soy como un hombre de pie en una orilla larga y baja, con acantilados horribles que se ciernen sobre él desde atrás, y la marea creciente arrastrándose lenta pero seguramente alrededor de sus pies. Parece acercarse más y más cada día, esa marea negra y despiadada; no precipitándose sobre mí con gran ruido y un impulso poderoso, sino arrastrándose, reptando, robando, deslizándose hacia mí, lista para cerrarse sobre mi cabeza cuando menos preparado esté para el final».
Robert Audley miró a su amigo con un asombro silencioso y, tras una pausa de profunda deliberación, dijo solemnemente: «George Talboys, podría entender esto si hubieras cenado copiosamente. El cerdo frío, por ejemplo, especialmente si está poco hecho, podría producir este tipo de cosas. Necesitas un cambio de aire, querido amigo; necesitas las refrescantes brisas de Figtree Court y el aire relajante de Fleet Street. O, espera», añadió de repente, «¡ya lo tengo! Has estado fumando los cigarros de nuestro amigo el posadero; eso lo explica todo».
Se encontraron con Alicia Audley en su yegua aproximadamente media hora después de haber tomado la determinación de abandonar Essex a la mañana siguiente. La joven se mostró muy sorprendida y decepcionada al oír la decisión de su primo, y por esa misma razón fingió tomarse el asunto con suprema indiferencia.
«Te cansas muy pronto de Audley, Robert», dijo con indiferencia; «pero, por supuesto, no tienes amigos aquí, excepto tus parientes en la mansión; mientras que en Londres, sin duda, tienes la sociedad más encantadora y...»
«Consigo buen tabaco», murmuró Robert, interrumpiendo a su prima. «Audley es el lugar más querido que existe, pero cuando un hombre tiene que fumar hojas de repollo secas, ya sabes, Alicia...»
«¿Entonces te vas realmente mañana por la mañana?».
«Definitivamente, en el tren expreso que sale a las 10:50».
«Entonces Lady Audley perderá la presentación al señor Talboys, y el señor Talboys perderá la oportunidad de ver a la mujer más hermosa de Essex».
«En realidad...», balbuceó George.
«La mujer más hermosa de Essex tendría pocas oportunidades de obtener mucha admiración de mi amigo, George Talboys», dijo Robert. «Su corazón está en Southampton, donde tiene un pequeño pilluelo de cabellos rizados, tan alto como su rodilla, que le llama "el gran caballero" y le pide dulces».
«Voy a escribir a mi madrastra con el correo de esta noche», dijo Alicia. «Me preguntó particularmente en su carta cuánto tiempo ibais a quedaros, y si había alguna posibilidad de que ella estuviera de vuelta a tiempo para recibiros».
La señorita Audley sacó una carta del bolsillo de su chaqueta de montar mientras hablaba: una nota bonita, casi de cuento de hadas, escrita en un papel brillante de un tono cremoso peculiar.
«Dice en su posdata: "¡Asegúrate de responder a mi pregunta sobre el señor Audley y su amigo, voluble y olvidadiza Alicia!"».
«¡Qué letra tan bonita tiene!», dijo Robert, mientras su prima doblaba la nota.
«Sí, es bonita, ¿verdad? Mírala, Robert».
Ella puso la carta en su mano, y él la contempló perezosamente durante unos minutos, mientras Alicia acariciaba el elegante cuello de su yegua alazana, que estaba ansiosa por partir de nuevo.
«Ahora no, Atalanta, ahora no. Devuélveme mi nota, Bob».
«Es la letra más bonita y coqueta que he visto jamás. Sabes, Alicia, no tengo mucha fe en esos sujetos que te piden trece sellos de correos y se ofrecen a decirte lo que nunca has podido averiguar por ti misma; pero, palabra de honor, creo que si nunca hubiera visto a tu tía, sabría cómo es por este trozo de papel. Sí, aquí está todo: los rizos de lino, dorados y plumosos, las cejas perfiladas, la nariz pequeña y recta, la sonrisa infantil y cautivadora; todo se puede adivinar en estos pocos trazos elegantes hacia arriba y hacia abajo. ¡George, mira esto!».
Pero el distraído y sombrío George Talboys se había alejado paseando por el borde de la zanja y estaba golpeando los juncos con su bastón, a media docena de pasos de Robert y Alicia.
«No importa», dijo la joven con impaciencia; pues no le gustaba en absoluto esta larga disertación sobre la nota de mi señora. «Dame la carta y déjame ir; son más de las ocho y debo responderla para el correo de esta noche. ¡Vamos, Atalanta! Adiós, Robert; adiós, señor Talboys. Un buen viaje a la ciudad».
La yegua alazana galopó vivamente por el camino, y la señorita Audley desapareció de su vista antes de que esas dos grandes y brillantes lágrimas que se asomaron a sus ojos por un momento, antes de que su orgullo las obligara a retroceder, brotaran de su corazón furioso.
«¡Tener solo un primo en el mundo», exclamó apasionadamente, «mi pariente más cercano después de papá, y que a él le importe tan poco de mí como le importaría un perro!».
Por los azares del destino, sin embargo, Robert y su amigo no se fueron en el expreso de las 10:50 a la mañana siguiente, pues el joven abogado se despertó con un dolor de cabeza tan insoportable que le pidió a George que le enviara una taza del té verde más fuerte que se hubiera hecho jamás en el Sun, y que además fuera tan amable de posponer su viaje hasta el día siguiente. Por supuesto, George accedió, y Robert Audley pasó la mañana en una habitación a oscuras con un periódico de Chelmsford de hacía cinco días para entretenerse.
«No es nada más que los cigarros, George», dijo repetidamente. «Sácame de este lugar sin que vea al posadero; porque si ese hombre y yo nos encontramos, habrá derramamiento de sangre».
Afortunadamente para la paz de Audley, resultó ser día de mercado en Chelmsford; y el digno posadero se había marchado en su carromato a comprar provisiones para su casa; entre otras cosas, quizás, una provisión fresca de esos mismos cigarros que habían tenido un efecto tan fatal sobre Robert.
Los jóvenes pasaron un día aburrido, lento, estúpido y poco provechoso; y hacia el anochecer el señor Audley propuso que dieran un paseo hasta la mansión y le pidieran a Alicia que les enseñara la casa.
«Matará un par de horas, ya sabes, George; y parece una lástima sacarte de Audley sin haberte mostrado el viejo lugar, que, te doy mi palabra, merece mucho la pena verlo».
El sol estaba bajo en el horizonte cuando tomaron un atajo por los prados y cruzaron una valla hacia la avenida que conducía al arco de entrada; un atardecer lúgubre, pesado y ominoso, y una quietud mortal en el aire, que asustó a los pájaros que tenían intención de cantar y dejó el campo libre a unos cuantos sapos caprichosos croando en las zanjas. Por muy quieta que estuviera la atmósfera, las hojas crujían con ese movimiento siniestro y tembloroso que no proviene de ninguna causa externa, sino que es más bien un escalofrío instintivo de las frágiles ramas, presagiando una tormenta inminente. Aquel estúpido reloj, que no conocía término medio y siempre saltaba de una hora a la otra, marcaba las siete cuando los jóvenes pasaron bajo el arco; pero, a pesar de ello, faltaba poco para las ocho.
Encontraron a Alicia en el paseo de los tilos, vagando sin rumbo bajo la negra sombra de los árboles, de los que de vez en cuando una hoja marchita caía lentamente al suelo.
Curiosamente, George Talboys, que rara vez observaba nada, se fijó especialmente en aquel lugar.
«Debería ser una avenida en un cementerio», dijo. «¡Qué pacíficamente podrían dormir los muertos bajo esta sombra sombría! Ojalá el cementerio de Ventnor fuera como este».
Siguieron caminando hacia el pozo en ruinas, y Alicia les contó alguna vieja leyenda relacionada con el lugar; alguna historia sombría, como las que siempre se atribuyen a una casa antigua, como si el pasado fuera una página oscura de dolor y crimen.
«Queremos ver la casa antes de que oscurezca, Alicia», dijo Robert.
«Entonces debemos darnos prisa», respondió ella. «Venid».
Los guio a través de una ventana francesa abierta, modernizada unos años antes, hacia la biblioteca y de allí al vestíbulo.
En el vestíbulo se cruzaron con la pálida doncella de mi señora, que miró furtivamente bajo sus pestañas blancas a los dos jóvenes.
Iban a subir las escaleras cuando Alicia se volvió y habló con la chica.
«Después de estar en el salón, me gustaría enseñar a estos caballeros los aposentos de Lady Audley. ¿Están en orden, Phoebe?».
«Sí, señorita; pero la puerta de la antecámara está cerrada con llave, y me imagino que mi señora se ha llevado la llave a Londres».
«¡Llevarse la llave! ¡Imposible!», exclamó Alicia.
«De verdad, señorita, creo que lo ha hecho. No puedo encontrarla, y solía estar siempre en la puerta».
«Declaro», dijo Alicia, impaciente, «que no es nada raro en mi señora haber tomado esta tonta manía. Supongo que temía que entráramos en sus habitaciones, curioseáramos entre sus bonitos vestidos y toqueteáramos sus joyas. Es muy molesto, pues las mejores pinturas de la casa están en esa antecámara. Está también su propio retrato, inacabado pero maravillosamente parecido».
«¡Su retrato!», exclamó Robert Audley. «Daría cualquier cosa por verlo, pues solo tengo una noción imperfecta de su rostro. ¿No hay otra forma de entrar en la habitación, Alicia?».
«¿Otra forma?».
«Sí; ¿hay alguna puerta que comunique a través de alguna de las otras habitaciones por la que podamos conseguir entrar en la suya?».
Su prima negó con la cabeza y los condujo a un corredor donde había algunos retratos de familia. Les mostró una cámara entelada, con las grandes figuras sobre el lienzo descolorido que parecían amenazantes a la luz del crepúsculo.
«Ese tipo con el hacha de batalla parece como si quisiera partirle la cabeza a George», dijo el señor Audley, señalando a un guerrero feroz cuyo brazo levantado aparecía sobre el cabello oscuro de George Talboys.
«Sal de esta habitación, Alicia», añadió el joven, nervioso; «creo que hay humedad o, si no, está embrujada. De hecho, creo que todos los fantasmas son el resultado de la humedad o la dispepsia. Duermes en una cama húmeda, te despiertas de repente en mitad de la noche con un escalofrío y ves a una anciana con el traje de corte de la época de Jorge I, sentada a los pies de la cama. La anciana es una indigestión, y el escalofrío es una sábana húmeda».
Había velas encendidas en el salón. Ninguna lámpara de última moda había aparecido jamás en Audley Court. Las estancias de Sir Michael estaban iluminadas por honestas velas de cera, gruesas y de aspecto amarillento, en macizos candelabros de plata y en apliques contra las paredes.
Había muy poco que ver en el salón; y George Talboys pronto se cansó de contemplar el elegante mobiliario moderno y algunos cuadros de algunos académicos.
«¿No hay algún pasaje secreto, o un viejo cofre de roble, o algo por el estilo, en algún lugar de la casa, Alicia?», preguntó Robert.
«¡Claro que sí!», exclamó la señorita Audley, con una vehemencia que sobresaltó a su primo; «por supuesto. ¿Por qué no se me habrá ocurrido antes? ¡Qué estúpida soy!».
«¿Por qué estúpida?».
«Porque, si no te importa gatear sobre tus manos y rodillas, puedes ver los aposentos de mi señora, pues ese pasaje comunica con su vestidor. Creo que ni ella misma lo sabe. ¡Cómo se asombraría si algún ladrón con antifaz negro y linterna sorda emergiera a través del suelo una noche mientras ella está sentada frente a su espejo, peinándose para una fiesta!».
«¿Probamos el pasaje secreto, George?», preguntó el señor Audley.
«Sí, si así lo deseas».
Alicia los condujo a la habitación que una vez fue su cuarto de juegos. Ahora estaba en desuso, excepto en muy raras ocasiones en que la casa estaba llena de invitados.
Robert Audley levantó una esquina de la alfombra, siguiendo las instrucciones de su prima, y dejó al descubierto una trampilla cortada toscamente en el suelo de roble.
«Ahora escúchame», dijo Alicia. «Tienes que dejarte bajar con las manos al pasaje, que tiene unos cuatro pies de altura; agacha la cabeza, camina recto a lo largo de él hasta que llegues a un giro brusco que te llevará a la izquierda, y en el extremo opuesto encontrarás una pequeña escalera debajo de una trampilla como esta, que tendrás que desatrancar; esa puerta se abre al suelo del vestidor de mi señora, que solo está cubierto por una alfombra persa cuadrada que podrás levantar fácilmente. ¿Me entiendes?».
«Perfectamente».
«Entonces toma la luz; el señor Talboys te seguirá. Os doy veinte minutos para vuestra inspección de las pinturas, es decir, alrededor de un minuto por cada una, y al final de ese tiempo esperaré veros regresar».
Robert la obedeció implícitamente, y George, siguiendo sumisamente a su amigo, se encontró, en cinco minutos, de pie en medio del elegante desorden del vestidor de Lady Audley.
Había abandonado la casa a toda prisa en su inesperado viaje a Londres, y todo su brillante aparato de tocador yacía esparcido sobre el tocador de mármol. La atmósfera de la habitación resultaba casi opresiva por los ricos aromas de los perfumes en frascos cuyos tapones de oro no habían sido repuestos. Un ramo de flores de invernadero se marchitaba sobre una pequeña mesa de escritorio. Dos o tres elegantes vestidos yacían en un montón sobre el suelo, y las puertas abiertas de un armario revelaban los tesoros que albergaba. Joyas, cepillos de pelo con el dorso de marfil y una exquisita porcelana estaban esparcidos aquí y allá por el apartamento. George Talboys vio su rostro barbudo y su figura alta y demacrada reflejados en el espejo, y se maravilló al ver lo fuera de lugar que parecía entre todos aquellos lujos femeninos.
Fueron del vestidor al boudoir, y a través del boudoir a la antecámara, en la que había, como Alicia había dicho, cerca de veinte pinturas valiosas, además del retrato de mi lady.
El retrato de mi lady estaba sobre un caballete, cubierto con un paño de bayeta verde en el centro de la cámara octogonal. Había sido un capricho del artista pintarla de pie en esta misma habitación, y hacer de su fondo una reproducción fiel de las paredes retratadas. Me temo que el joven pertenecía a la hermandad prerrafaelita, pues había empleado una cantidad de tiempo excesiva en los accesorios de este cuadro: en los rizos crujientes de mi lady y en los pesados pliegues de su vestido de terciopelo carmesí.
Los dos jóvenes miraron primero las pinturas de las paredes, dejando este retrato inacabado como un bonne bouche.
Para entonces ya estaba oscuro, y la vela que llevaba Robert solo formaba un núcleo de luz mientras se movía sosteniéndola frente a las imágenes una por una. La ventana ancha y desnuda daba al cielo pálido, teñido con el último destello frío del crepúsculo. La hiedra crujió contra el cristal con el mismo estremecimiento ominoso que agitaba cada hoja del jardín, profético de la tormenta que estaba por venir.
—Ahí están los eternos caballos blancos de nuestro amigo —dijo Robert, de pie junto a un Wouvermans—. Nicolás Poussin, Salvator... ja, ejem. Ahora, el retrato.
Hizo una pausa con la mano sobre la bayeta y se dirigió solemnemente a su amigo.
—George Talboys —dijo—, solo tenemos entre los dos una vela de cera, una luz muy inadecuada para observar un cuadro. Permíteme, por tanto, solicitar que nos permitas mirarlo uno a la vez; si hay algo más desagradable que otra cosa, es tener a una persona esquivando a tus espaldas y mirando por encima de tu hombro cuando intentas ver de qué está hecho un cuadro.
George retrocedió inmediatamente. No sentía más interés por el retrato de ninguna dama que por todas las demás fatigas de este mundo problemático. Retrocedió y, apoyando la frente contra los cristales de la ventana, miró hacia la noche.
Cuando se dio la vuelta, vio que Robert había dispuesto el caballete de forma muy cómoda y que se había sentado en una silla frente a él con el propósito de contemplar la pintura a su antojo.
Se levantó cuando George se giró.
—Ahora te toca a ti, Talboys —dijo—. Es un cuadro extraordinario.
Ocupó el lugar de George en la ventana y George se sentó en la silla frente al caballete.
Sí, el pintor debía de ser prerrafaelita. Nadie más que un prerrafaelita habría pintado, pelo a pelo, esas masas plumosas de rizos, con cada destello de oro y cada sombra de marrón pálido. Nadie más que un prerrafaelita habría exagerado tanto cada atributo de ese rostro delicado como para dar un brillo espeluznante a la tez rubia y una luz extraña y siniestra a los ojos azul profundo. Nadie más que un prerrafaelita podría haber dado a esa bonita boca fruncida el aspecto duro y casi malvado que tenía en el retrato.
Era tan parecido y, sin embargo, tan distinto. Era como si hubieras encendido fuegos de colores extraños ante el rostro de mi lady y, bajo su influencia, hubieras sacado a relucir nuevas líneas y nuevas expresiones nunca vistas en él antes. La perfección de las facciones, la brillantez del colorido, estaban allí; pero supongo que el pintor había copiado extravagantes monstruosidades medievales hasta que su cerebro se hubo desconcertado, pues mi lady, en su retrato, tenía algo del aspecto de un hermoso demonio.
Su vestido carmesí, exagerado como todo lo demás en este extraño cuadro, colgaba a su alrededor en pliegues que parecían llamas, y su cabeza clara asomaba de la masa de color fulgurante como si fuera de un horno rugiente. De hecho, el vestido carmesí, el sol en el rostro, el oro rojo brillando en el cabello amarillo, el escarlata maduro de los labios fruncidos, los colores brillantes de cada accesorio del fondo pintado minuciosamente, todo se combinaba para hacer que el efecto inicial de la pintura no fuera, en absoluto, agradable.
Pero, por extraño que fuera el cuadro, no pudo haber causado una gran impresión en George Talboys, pues permaneció sentado ante él durante un cuarto de hora sin pronunciar palabra, solo mirando fijamente el lienzo pintado, con el candelero agarrado en su fuerte mano derecha y el brazo izquierdo colgando holgadamente a su lado. Permaneció tanto tiempo en esta postura que Robert se dio la vuelta al fin.
—¡Vaya, George, pensé que te habías quedado dormido!
—Casi lo había hecho.
—Has cogido un resfriado por estar de pie en esa húmeda habitación con tapices. Marca mis palabras, George Talboys, has cogido un resfriado; estás ronco como un cuervo. Pero vamos.
Robert Audley tomó la vela de la mano de su amigo y se escabulló de vuelta por el pasaje secreto, seguido por George, muy tranquilo, pero apenas más tranquilo de lo habitual.
Encontraron a Alicia en la guardería esperándolos.
—¿Y bien? —preguntó ella a modo de interrogante.
—Lo conseguimos estupendamente. Pero no me gusta el retrato; hay algo extraño en él.
—Lo hay —dijo Alicia—; tengo una extraña intuición al respecto. Creo que a veces un pintor está, en cierto modo, inspirado, y es capaz de ver, a través de la expresión normal del rostro, otra expresión que es igualmente parte de él, aunque no sea percibida por ojos comunes. Nunca hemos visto a mi lady lucir como lo hace en ese cuadro; pero creo que ella podría lucir así.
—Alicia —dijo Robert Audley, implorante—, ¡no seas alemana!
—Pero, Robert...
—No seas alemana, Alicia, si me quieres. El cuadro es el cuadro, y mi lady es mi lady. Esa es mi forma de tomar las cosas, y no soy metafísico; no me desestabilices.
Repitió esto varias veces con un aire de terror que era perfectamente sincero; y luego, tras haber pedido prestado un paraguas por si les sorprendía la tormenta que se avecinaba, abandonó la mansión, llevándose consigo al pasivo George Talboys. La única manecilla del estúpido reloj había saltado a las nueve para cuando llegaron al arco; pero antes de que pudieran pasar bajo su sombra, tuvieron que apartarse para permitir que un carruaje pasara a toda velocidad junto a ellos. Era un coche de alquiler del pueblo, pero el rostro claro de Lady Audley asomaba por la ventana. Por oscuro que estuviera, pudo ver las dos figuras de los jóvenes negras contra el crepúsculo.
—¿Quién es? —preguntó, sacando la cabeza—. ¿Es el jardinero?
—No, mi querida tía —dijo Robert, riendo—, es su más obediente sobrino.
Él y George se detuvieron junto al arco mientras el coche se detenía ante la puerta y los sorprendidos sirvientes salían a dar la bienvenida a su amo y señora.
—Creo que la tormenta se mantendrá alejada esta noche —dijo el baronet mirando al cielo—, pero sin duda la tendremos mañana.
CAPÍTULO IX.
DESPUÉS DE LA TORMENTA.
Sir Michael se equivocó en su profecía sobre el tiempo. La tormenta no se mantuvo alejada hasta el día siguiente, sino que estalló con terrible furia sobre el pueblo de Audley aproximadamente media hora antes de medianoche.
Robert Audley tomó los truenos y relámpagos con la misma compostura con la que aceptaba todos los demás males de la vida. Se tumbó en un sofá en la sala de estar, aparentemente leyendo el periódico de Chelmsford de cinco días atrás, y regocijándose ocasionalmente con algunos sorbos de un gran vaso de ponche frío. Pero la tormenta tuvo un efecto bastante diferente en George Talboys. Su amigo se sobresaltó al mirar el rostro blanco del joven mientras permanecía sentado frente a la ventana abierta escuchando los truenos y mirando el cielo negro, desgarrado de vez en cuando por rayos de relámpagos de color azul acero.
—George —dijo Robert, después de observarlo durante algún tiempo—, ¿te asustan los relámpagos?
—No —respondió secamente.
—Pero, querido muchacho, algunos de los hombres más valientes se han asustado. Apenas se puede llamar miedo: es constitucional. Estoy seguro de que te asustan.
—No, no lo hacen.
—Pero, George, si pudieras verte, blanco y demacrado, con tus grandes ojos hundidos mirando al cielo como si estuvieran fijos en un fantasma. Te digo que sé que tienes miedo.
—Y yo te digo que no lo tengo.
—George Talboys, no solo tienes miedo de los relámpagos, sino que estás furioso contigo mismo por tener miedo, y conmigo por decírtelo.
—Robert Audley, si me dices una palabra más, te derribaré —gritó George, furioso; tras lo cual, el señor Talboys salió a grandes zancadas de la habitación, cerrando la puerta tras él con una violencia que hizo temblar la casa. Aquellas nubes de tinta, que habían cerrado la tierra sofocante como con un techo de hierro caliente, vertieron su negrura en un diluvio repentino mientras George salía de la habitación; pero si el joven tenía miedo de los relámpagos, ciertamente no tenía miedo de la lluvia; porque caminó directamente escaleras abajo hacia la puerta de la posada y salió al camino real mojado. Caminó de un lado a otro, de un lado a otro, bajo el aguacero durante unos veinte minutos, y luego, al volver a entrar en la posada, se dirigió a grandes zancadas a su dormitorio.
Robert Audley se lo encontró en el rellano, con el cabello azotado sobre su rostro blanco y sus prendas empapadas.
—¿Te vas a acostar, George?
—Sí.
—Pero no tienes vela.
—No la quiero.
—¡Pero mira tu ropa, hombre! ¿Ves la humedad que resbala por las mangas de tu abrigo? ¿Qué demonios te hizo salir en una noche así?
—Estoy cansado y quiero irme a dormir; no me molestes.
—¿Tomarás un poco de brandy caliente con agua, George?
Robert Audley se interpuso en el camino de su amigo mientras hablaba, ansioso por evitar que se fuera a la cama en el estado en que se encontraba; pero George lo apartó con furia y, pasando a grandes zancadas junto a él, dijo, con la misma voz ronca que Robert había notado en la mansión:
—Déjame en paz, Robert Audley, y mantente alejado de mí si puedes.
Robert siguió a George hasta su dormitorio, pero el joven cerró la puerta de un golpe en sus narices, así que no hubo más remedio que dejar al señor Talboys solo, para que recuperara el temperamento como buenamente pudiera.
—Estaba irritado porque noté su terror ante los relámpagos —pensó Robert, mientras se retiraba con calma a descansar, serenamente indiferente a los truenos, que parecían sacudirlo en su cama, y a los relámpagos que jugaban caprichosamente alrededor de las navajas de afeitar en su neceser abierto.
La tormenta se alejó del tranquilo pueblo de Audley, y cuando Robert se despertó a la mañana siguiente, fue para ver un sol brillante y un trozo de cielo sin nubes entre las cortinas blancas de la ventana de su dormitorio.
Era una de esas mañanas serenas y encantadoras que a veces suceden a una tormenta. Los pájaros cantaban fuerte y alegremente, el maíz amarillo se alzaba en los amplios campos y ondeaba orgulloso tras su reñida lucha con la tempestad, que había hecho todo lo posible por abatir las pesadas espigas con viento cruel y lluvia torrencial durante la mitad de la noche. Las hojas de vid que se agrupaban alrededor de la ventana de Robert revoloteaban con un crujido alegre, sacudiendo las gotas de lluvia en lluvias de diamantes desde cada rama y zarcillo.
Robert Audley encontró a su amigo esperándolo en la mesa del desayuno.
George estaba muy pálido, pero perfectamente tranquilo; si acaso, incluso más alegre de lo habitual.
Estrechó la mano de Robert con algo de ese aire cordial por el que se había distinguido antes de que la única aflicción de su vida lo alcanzara y lo hiciera naufragar.
—Perdóname, Bob —dijo francamente—, por mi temperamento hosco de anoche. Tenías toda la razón en tu afirmación; la tormenta me descompuso. Siempre tuvo el mismo efecto en mí durante mi juventud.
—¡Pobre viejo! ¿Nos vamos en el expreso o nos quedamos aquí y cenamos con mi tío esta noche? —preguntó Robert.
—A decir verdad, Bob, preferiría no hacer ninguna de las dos cosas. Es una mañana gloriosa. ¿Qué tal si paseamos todo el día, damos otra vuelta con la caña y el sedal, y nos vamos a la ciudad en el tren que sale de aquí a las 6:15 de la tarde?
Robert Audley habría accedido a una propuesta mucho más desagradable que esta antes que haberse tomado la molestia de oponerse a su amigo, así que el asunto se acordó inmediatamente; y después de terminar el desayuno y pedir una cena a las cuatro, George Talboys tomó la caña de pescar sobre sus anchos hombros y salió de la casa con su amigo y compañero.
Pero si el temperamento ecuánime del señor Robert Audley no se había visto perturbado por los crujidos de los truenos que sacudieron los cimientos mismos de la posada Sun, no había sucedido lo mismo con la sensibilidad más delicada de la joven esposa de su tío. Lady Audley confesó estar terriblemente asustada por los relámpagos. Hizo que trasladaran su cama a una esquina de la habitación y, con las pesadas cortinas cerradas herméticamente a su alrededor, permaneció con el rostro enterrado en la almohada, estremeciéndose convulsivamente ante cada sonido de la tempestad en el exterior. Sir Michael, cuyo corazón robusto nunca había conocido el miedo, casi tembló por esta criatura frágil, a quien era su feliz privilegio proteger y defender. Mi lady no quiso consentir en desvestirse hasta casi las tres de la mañana, cuando el último trueno persistente se desvaneció entre las colinas distantes. Hasta esa hora permaneció con el hermoso vestido de seda con el que había viajado, acurrucada entre las mantas, solo levantando la vista de vez en cuando con rostro asustado para preguntar si la tormenta había terminado.
Hacia las cuatro de la mañana, su marido, que pasó la noche velando junto a su cama, la vio caer en un sueño profundo, del que no despertó hasta casi cinco horas después.
Pero entró en el salón del desayuno a las nueve y media, cantando una pequeña melodía escocesa, con las mejillas teñidas con un rosa tan delicado como el tono pálido de su vestido de muselina de la mañana. Al igual que los pájaros y las flores, parecía recuperar su belleza y alegría bajo el sol de la mañana. Salió ligeramente al césped, recogiendo un capullo de rosa persistente aquí y allá, y una o dos ramitas de geranio, y regresando a través de la hierba húmeda, gorjeando largas cadencias por pura felicidad de corazón, y luciendo tan fresca y radiante como las flores en sus manos. El baronet la atrapó en sus fuertes brazos cuando entró por la ventana abierta.
—Mi pequeña —dijo—, mi querida, ¡qué felicidad verte de nuevo siendo tú misma y alegre! ¿Sabes, Lucy, que una vez anoche, cuando miraste a través de las cortinas de cama de color verde oscuro, con tu pobre rostro blanco y los círculos morados alrededor de tus ojos hundidos, casi me resultó difícil reconocer a mi pequeña esposa en esa criatura aterrorizada y angustiada que gritaba por la tormenta? ¡Gracias a Dios por el sol de la mañana, que ha devuelto las mejillas rosadas y la sonrisa brillante! Espero al cielo, Lucy, no volver a verte nunca más como lo hiciste anoche.
Se puso de puntillas para besarlo, y aun así solo era lo suficientemente alta para alcanzar su barba blanca. Le dijo, riendo, que siempre había sido una criatura tonta y asustadiza: asustadiza de los perros, asustadiza del ganado, asustadiza de las tormentas, asustadiza de un mar embravecido. —Asustadiza de todo y de todos excepto de mi querido, noble y apuesto marido —dijo.
Había encontrado la alfombra en su vestidor desordenada y se había interesado por el misterio del pasaje secreto. Regañó a la señorita Alicia de manera juguetona y risueña por su audacia al introducir a dos grandes hombres en las habitaciones de mi lady.
—Y tuvieron la audacia de mirar mi cuadro, Alicia —dijo, con indignación fingida—. Encontré la bayeta tirada en el suelo y el guante de un hombre grande sobre la alfombra. ¡Mira!
Sostuvo un guante de conducir grueso mientras hablaba. Era el de George, que se le había caído al mirar el cuadro.
—Subiré al Sun y pediré a esos muchachos que vengan a cenar —dijo Sir Michael mientras salía de la mansión en su paseo matutino por su granja.
Lady Audley revoloteaba de habitación en habitación bajo el brillante sol de septiembre: ahora sentándose al piano para cantar una balada, o la primera página de una bravura italiana, o recorriendo con dedos rápidos un brillante vals; ahora rondando junto a un soporte de flores de invernadero, haciendo jardinería de aficionado con un par de tijeras de bordar de plata como de hada; ahora paseando hacia su vestidor para hablar con Phoebe Marks y que le volvieran a rizar el cabello por tercera o cuarta vez; pues los rizos siempre se desordenaban y daban no pocos problemas a la doncella de Lady Audley.
Mi querida lady parecía, en este día de septiembre en particular, inquieta por la misma alegría de espíritu, e incapaz de permanecer mucho tiempo en un lugar o de ocuparse de una sola cosa.
Mientras Lady Audley se divertía a su manera frívola, los dos jóvenes paseaban lentamente por la orilla del arroyo hasta llegar a un rincón sombreado donde el agua era profunda y tranquila, y las largas ramas de los sauces se arrastraban por el arroyo.
George Talboys tomó la caña de pescar, mientras Robert se estiraba a cuerpo completo sobre una manta de viaje y, equilibrando su sombrero sobre la nariz como pantalla contra el sol, se quedó profundamente dormido.
Eran peces felices en el arroyo a cuyas orillas estaba sentado el señor Talboys. Podrían haberse divertido a sus anchas con tímidos mordiscos al cebo de este caballero sin poner en peligro su seguridad; pues George solo miraba al vacío en el agua, sosteniendo su caña con una mano floja y lánguida, y con una mirada extraña y lejana en sus ojos. Cuando el reloj de la iglesia marcó las dos, tiró su caña y, alejándose a grandes zancadas por la orilla, dejó a Robert Audley disfrutar de una siesta que, según los hábitos de ese caballero, no era nada improbable que durara dos o tres horas. Aproximadamente un cuarto de milla más adelante, George cruzó un puente rústico y se internó en los prados que conducían a Audley Court.
Los pájaros habían cantado tanto durante toda la mañana que, tal vez, para entonces se habían cansado; el ganado perezoso dormía en los prados; Sir Michael seguía fuera en su paseo matutino; la señorita Alicia se había ido galopando una hora antes en su yegua castaña; los sirvientes estaban todos comiendo en la parte trasera de la casa; y mi lady había paseado, libro en mano, hacia el sombrío paseo de tilos; así que el viejo edificio gris nunca había lucido un aspecto más pacífico que en aquella brillante tarde en la que George Talboys cruzó el césped para hacer sonar un sonoro repique en la robusta puerta de roble reforzada con hierro.
El sirviente que respondió a su llamada le dijo que Sir Michael estaba fuera y mi lady paseando en la avenida de los tilos.
Pareció un poco decepcionado ante esta noticia y, murmurando algo sobre querer ver a mi lady o ir a buscar a mi lady (el sirviente no distinguió claramente sus palabras), se alejó de la puerta sin dejar ni tarjeta ni mensaje para la familia.
Pasó una hora y media larga después de esto cuando Lady Audley regresó a la casa, no viniendo del paseo de los tilos, sino de la dirección exactamente opuesta, llevando su libro abierto en la mano y cantando mientras venía. Alicia acababa de desmontar de su yegua y estaba de pie en el umbral de arco bajo, con su gran perro Terranova a su lado.
El perro, al que nunca le había gustado mi lady, mostró los dientes con un gruñido reprimido.
—Envía a ese animal horrible lejos, Alicia —dijo Lady Audley con impaciencia—. La bestia sabe que le tengo miedo y se aprovecha de mi terror. ¡Y aun así llaman a las criaturas generosas y de noble corazón! Bah, Caesar, te odio y tú me odias; y si me encontraras en la oscuridad en algún pasaje estrecho, te lanzarías a mi garganta y me estrangularías, ¿verdad?
Mi lady, protegida a buen recaudo detrás de su hijastra, sacudió sus rizos amarillos ante el animal furioso y lo desafió con malicia.
—¿Sabe usted, Lady Audley, que el señor Talboys, el joven viudo, ha estado aquí preguntando por Sir Michael y por usted?
Lucy Audley levantó sus cejas perfiladas. —Creía que vendrían a cenar —dijo—. Sin duda tendremos suficiente de ellos entonces.
Llevaba un montón de flores silvestres de otoño en el faldón de su vestido de muselina. Había atravesado los campos detrás de la mansión, recogiendo las flores de los setos a su paso. Subió a la ligera por la gran escalera hacia sus habitaciones. El guante de George yacía en la mesa de su tocador. Lady Audley tocó el timbre con violencia y Phoebe Marks acudió a su llamada. —Llévate esa basura —dijo con brusquedad. La muchacha recogió en su delantal el guante, unas cuantas flores marchitas y unos papeles rasgados que yacían sobre la mesa.
—¿Qué has estado haciendo toda esta mañana? —preguntó mi lady—. Espero que no hayas perdido el tiempo.
—No, mi lady, he estado arreglando el vestido azul. Está algo oscuro en este lado de la casa, así que me lo llevé a mi habitación y trabajé junto a la ventana.
La joven salía de la habitación mientras hablaba, pero se dio la vuelta y miró a Lady Audley como si esperara más órdenes.
Lucy levantó la vista al mismo tiempo y las miradas de ambas mujeres se encontraron.
—Phoebe Marks —dijo mi lady, dejándose caer en un sillón y jugueteando con las flores silvestres que tenía en el regazo—, eres una chica buena y trabajadora, y mientras yo viva y sea próspera, nunca te faltará una amiga firme ni un billete de veinte libras.
CAPÍTULO X.
DESAPARECIDO.
Cuando Robert Audley despertó, se sorprendió al ver la caña de pescar tendida en la orilla, el sedal arrastrándose ociosamente por el agua y el flotador balanceándose inofensivamente bajo el sol de la tarde. El joven abogado tardó un buen rato en estirar los brazos y las piernas en varias direcciones para convencerse, mediante tal ejercicio, de que aún conservaba el uso apropiado de dichos miembros; luego, con un esfuerzo supremo, logró levantarse de la hierba y, tras doblar deliberadamente su manta de viaje hasta darle una forma cómoda para llevarla sobre el hombro, se alejó dando un paseo en busca de George Talboys.
Una o dos veces lanzó un grito adormilado, apenas lo bastante fuerte para espantar a los pájaros de las ramas sobre su cabeza o a las truchas en el arroyo a sus pies, pero, al no recibir respuesta, se cansó del esfuerzo y siguió caminando con desgana, bostezando a cada paso y buscando aún a George Talboys.
Al poco tiempo sacó su reloj y se sorprendió al ver que eran las cuatro y cuarto.
—¡Vaya, el muy egoísta debe de haberse ido a casa a cenar! —murmuró, reflexivo—; y, sin embargo, eso no se parece mucho a él, pues rara vez se acuerda ni siquiera de sus comidas a menos que yo le refresque la memoria.
Ni siquiera un buen apetito, ni el saber que su cena probablemente sufriría por este retraso, pudieron acelerar el paso constitucional del señor Robert Audley, y para cuando entró por la puerta principal del Sun, los relojes daban las cinco. Esperaba tanto encontrar a George Talboys esperándole en la pequeña salita, que la ausencia de aquel caballero pareció conferir a la estancia un aspecto desolador, y Robert gimió en voz alta.
—¡Esto es animado! —dijo—. ¡Una cena fría y nadie con quien compartirla!
El posadero del Sun acudió en persona a disculparse por sus platos arruinados.
—Un par de patos tan buenos, señor Audley, como los que jamás haya visto, pero reducidos a cenizas por haberlos tenido al fuego.
—No se preocupe por los patos —dijo Robert con impaciencia—, ¿dónde está el señor Talboys?
—No ha entrado, señor, desde que salieron juntos esta mañana.
—¡Qué! —exclamó Robert—. ¿Por qué, en nombre del cielo, qué ha hecho el hombre consigo mismo?
Se dirigió a la ventana y miró hacia el ancho y blanco camino real. Había un carro cargado con fardos de heno pasando lentamente; los perezosos caballos y el perezoso carretero dejaban caer la cabeza con un cansado arqueo bajo el sol de la tarde. Había un rebaño de ovejas dispersas por la carretera, con un perro que se ponía febril en su empeño por mantenerlas decentemente juntas. Había algunos albañiles recién salidos del trabajo, un hojalatero arreglando unos calderos al borde del camino; había un coche de caballos bajando a toda velocidad por la carretera, llevando al amo de los sabuesos de Audley a su cena de las siete; había una docena de escenas y sonidos comunes del pueblo que se mezclaban en un alegre bullicio y confusión, pero no había rastro de George Talboys.
—De todas las cosas extraordinarias que me han ocurrido en el curso de mi vida —dijo el señor Robert Audley—, ¡esta es la más milagrosa!
El posadero, aún presente, abrió mucho los ojos al oír este comentario. ¿Qué podía haber de extraordinario en el simple hecho de que un caballero llegara tarde a cenar?
—Voy a ir a buscarlo —dijo Robert, agarrando su sombrero y saliendo directamente de la casa.
Pero la cuestión era dónde buscarlo. Ciertamente no estaba junto al arroyo de las truchas, así que no servía de nada volver allí en su busca. Robert estaba de pie ante la posada, deliberando sobre qué era lo mejor, cuando el posadero salió tras él.
—Olvidaba decirle, señor Audley, que su tío llamó aquí cinco minutos después de que usted se fuera y dejó un recado pidiéndoles a usted y al otro caballero que fueran a cenar a la mansión.
—Entonces no me extrañaría —dijo Robert— que George Talboys se haya ido a la mansión a visitar a mi tío. No es propio de él, pero es posible que lo haya hecho.
Eran las seis cuando Robert llamó a la puerta de la casa de su tío. No pidió ver a ninguno de los familiares, sino que preguntó directamente por su amigo.
Sí, le dijo el sirviente; el señor Talboys había estado allí a las dos o poco después.
—¿Y no ha vuelto?
—No, desde entonces no.
Robert preguntó si el hombre estaba seguro de que el señor Talboys llamó a las dos.
Sí, perfectamente seguro. Recordaba la hora porque era la hora de la cena de los criados y él había dejado la mesa para abrir la puerta al señor Talboys.
—¿Qué puede haber sido del hombre? —pensó Robert mientras daba la espalda a la mansión—. De las dos a las seis, cuatro buenas horas, ¡y ni rastro de él!
Si alguien se hubiera atrevido a decirle al señor Robert Audley que podía sentir un fuerte apego por cualquier criatura viviente, aquel caballero cínico habría arqueado las cejas con supremo desprecio ante la idea absurda. Sin embargo, allí estaba, alterado y ansioso, devanándose los sesos con toda clase de conjeturas sobre su amigo desaparecido y, siendo falso a cada atributo de su naturaleza, caminando deprisa.
—No he caminado deprisa desde que estaba en Eton —murmuró, mientras se apresuraba a cruzar uno de los prados de Sir Michael en dirección al pueblo—; y lo peor de todo es que no tengo la más remota idea de a dónde voy.
Aquí cruzó otro prado y, tras sentarse en un montante, apoyó los codos en las rodillas, hundió el rostro entre las manos y se dispuso seriamente a pensar en el asunto.
—Lo tengo —dijo, tras unos minutos de reflexión—, ¡la estación de tren! —Saltó por encima del montante y se dirigió a toda prisa hacia el pequeño edificio de ladrillo rojo.
No se esperaba ningún tren hasta dentro de media hora y el empleado estaba tomando el té en una estancia a un lado de la oficina, en cuya puerta figuraba, con grandes letras blancas, la palabra «Privado».
Pero el señor Audley estaba demasiado ocupado con la idea de buscar a su amigo como para prestar atención a aquella advertencia. Se dirigió directamente a la puerta y, haciendo sonar su bastón contra ella, obligó al empleado a salir de su santuario, sudoroso por el té caliente y con la boca llena de pan con mantequilla.
—¿Recuerda usted al caballero que vino a Audley conmigo, Smithers? —preguntó Robert.
—Bueno, para decirle la verdad, señor Audley, no puedo decir que lo recuerde. Usted vino en el de las cuatro, si mal no recuerdo, y siempre hay muchos pasajeros en ese tren.
—¿Entonces no lo recuerda?
—Que yo sepa, no, señor.
—¡Eso es exasperante! Quiero saber, Smithers, si ha sacado un billete para Londres desde las dos de hoy. Es un joven alto, de pecho ancho y con una gran barba castaña. No podría confundirlo fácilmente.
—Hubo cuatro o cinco caballeros que sacaron billetes para el de las 3.30 en dirección a Londres —dijo el empleado con bastante vaguedad, lanzando una mirada ansiosa por encima del hombro a su esposa, que no parecía nada complacida por aquella interrupción de la armonía de la hora del té.
—¡Cuatro o cinco caballeros! Pero, ¿alguno de ellos encajaba con la descripción de mi amigo?
—Bueno, creo que uno de ellos tenía barba, señor.
—¿Una barba castaño oscuro?
—Bueno, no sé, pero era tirando a castaña.
—¿Iba vestido de gris?
—Creo que era gris; muchos caballeros visten de gris. Pidió el billete de forma rápida y seca, y cuando lo obtuvo, salió directamente al andén silbando.
—Ese es George —dijo Robert—. Gracias, Smithers; no hace falta que le moleste más. Está más claro que el agua —murmuró mientras salía de la estación—; tiene uno de sus ataques de melancolía y se ha vuelto a Londres sin decir ni una palabra al respecto. Yo mismo dejaré Audley mañana por la mañana; y por esta noche, pues bien, podría bajar a la mansión y conocer a la joven esposa de mi tío. No cenan hasta las siete; si regreso a través de los campos, llegaré a tiempo. Bob, o mejor dicho, Robert Audley, este tipo de cosas no pueden ser; te estás enamorando perdidamente de tu tía.
CAPÍTULO XI.
LA MARCA EN LA MUÑECA DE MI LADY.
Robert encontró a Sir Michael y a Lady Audley en el salón. Mi lady estaba sentada en un taburete frente al piano de cola, pasando las hojas de una partitura nueva. Giró sobre el asiento giratorio, haciendo crujir los volantes de seda de su vestido al anunciarse el nombre del señor Robert Audley; luego, dejando el piano, le hizo a su sobrino una bonita y simulada reverencia ceremoniosa.
—Muchas gracias por las pieles —dijo, tendiéndole sus pequeños dedos, todos brillantes y centelleantes con los diamantes que lucía en ellos—; gracias por esas hermosas pieles. Qué amable fue por su parte conseguírmelas.
Robert casi había olvidado el encargo que había ejecutado para Lady Audley durante su expedición a Rusia. Tenía la mente tan llena de George Talboys que solo reconoció la gratitud de mi lady con una inclinación de cabeza.
—¿Lo creería, Sir Michael? —dijo—. Ese tonto de mi amigo se ha vuelto a Londres dejándome en la estacada.
—¿El señor George Talboys ha regresado a la ciudad? —exclamó mi lady, levantando las cejas—. ¡Qué catástrofe tan terrible! —dijo Alicia, con malicia—, puesto que Pítias, en la persona del señor Robert Audley, no puede existir durante media hora sin Damón, comúnmente conocido como George Talboys.
—Es un buen tipo —dijo Robert con firmeza—, y para decir la verdad, estoy bastante inquieto por él.
—¡Inquieto por él! —Mi lady estaba muy deseosa de saber por qué Robert estaba inquieto por su amigo.
—Le diré por qué, Lady Audley —respondió el joven abogado—. George sufrió un duro golpe hace un año con la muerte de su esposa. Nunca ha superado ese problema. Se toma la vida con bastante calma, casi tanta como yo, pero a menudo habla de forma muy extraña y a veces pienso que un día este dolor podrá con él y hará alguna locura.
El señor Robert Audley habló de forma vaga, pero los tres oyentes sabían que esa «locura» a la que aludía era aquel único acto para el cual no existe arrepentimiento.
Hubo una breve pausa, durante la cual Lady Audley arregló sus rizos amarillos con ayuda del espejo sobre la consola frente a ella.
—¡Dios mío! —dijo—. Esto es muy extraño. No pensé que los hombres fueran capaces de esos afectos profundos y duraderos. Pensaba que una cara bonita valía tanto como otra para ellos; y que cuando la primera, de ojos azules y cabellos rubios, moría, solo tenían que buscar a la segunda, de ojos oscuros y cabellos negros, para variar.
—George Talboys no es uno de esos hombres. Creo firmemente que la muerte de su esposa le rompió el corazón.
—¡Qué triste! —murmuró Lady Audley—. Parece casi cruel que la señora Talboys muriera y afligiera tanto a su pobre esposo.
«Alicia tenía razón, es infantil», pensó Robert al mirar el bonito rostro de su tía.
Mi lady estuvo muy encantadora en la mesa; profesó la más cautivadora incapacidad para trinchar el faisán que le sirvieron y llamó a Robert en su ayuda.
—Podía trinchar una pierna de cordero en casa del señor Dawson —dijo riendo—, pero una pierna de cordero es tan fácil, y además solía ponerme de pie.
Sir Michael observó la impresión que mi lady causaba en su sobrino con un orgulloso deleite por su belleza y fascinación.
—Me alegra tanto ver a mi pobre mujercita con su buen humor habitual una vez más —dijo—. Estaba muy desanimada ayer por una decepción que tuvo en Londres.
—¿Una decepción?
—Sí, señor Audley, muy cruel —respondió mi lady—. Recibí la otra mañana un mensaje telegráfico de mi querida vieja amiga y maestra, diciéndome que se estaba muriendo y que, si quería volver a verla, debía acudir a ella inmediatamente. El despacho telegráfico no contenía ninguna dirección y, por supuesto, por esa misma circunstancia, imaginé que debía de estar viviendo en la casa en la que la dejé hace tres años. Sir Michael y yo fuimos corriendo a la ciudad inmediatamente y nos dirigimos directamente a la vieja dirección. La casa estaba ocupada por gente extraña que no pudo darme noticias de mi amiga. Está en un lugar retirado donde hay muy pocos comerciantes. Sir Michael preguntó en las pocas tiendas que hay, pero, tras tomarse muchísimas molestias, no pudo descubrir absolutamente nada que condujera a la información que buscábamos. No tengo amigos en Londres y, por lo tanto, no tuve a nadie que me ayudara, salvo mi querido y generoso esposo, quien hizo todo lo que estuvo en su mano, pero en vano, para encontrar la nueva residencia de mi amiga.
—Fue muy imprudente no enviar la dirección en el mensaje telegráfico —dijo Robert.
—Cuando la gente se está muriendo no es tan fácil pensar en todas estas cosas —murmuró mi lady, mirando con reproche al señor Audley con sus suaves ojos azules.
A pesar de la fascinación de Lady Audley y a pesar de la admiración tan incondicional de Robert por ella, el abogado no podía superar una vaga sensación de inquietud en aquella tranquila tarde de septiembre.
Mientras estaba sentado en el profundo hueco de una ventana ajimezada, hablando con mi lady, su mente divagaba hacia el sombrío Figtree Court y pensaba en el pobre George Talboys fumando su cigarro solitario en la habitación con los pájaros y los canarios.
«Ojalá nunca hubiera sentido amistad por ese tipo», pensó. «Me siento como un hombre que tiene un hijo único cuya vida ha salido mal. Ojalá pudiera devolverle a su esposa y enviarlo a Ventnor a terminar sus días en paz».
Aun así, el parloteo bonito y musical de mi lady seguía tan alegre y continuo como el balbuceo de un arroyo; y aun así, los pensamientos de Robert vagaban, a pesar de sí mismo, hacia George Talboys.
Pensó en él corriendo hacia Southampton en el tren correo para ver a su hijo. Pensó en él tal como le había visto a menudo deletreando los anuncios de barcos en el Times, buscando un buque que le llevara de vuelta a Australia. Una vez pensó en él con un escalofrío, tendido, frío y rígido, en el fondo de algún arroyo poco profundo con su rostro muerto vuelto hacia el cielo oscurecido.
Lady Audley notó su distracción y le preguntó en qué estaba pensando.
—En George Talboys —respondió bruscamente.
Ella dio un pequeño escalofrío nervioso.
—Por mi palabra —dijo—, me pone usted bastante incómoda con la forma en que habla del señor Talboys. Uno pensaría que le ha sucedido algo extraordinario.
—¡Dios no lo quiera! Pero no puedo evitar sentirme inquieto por él.
Más tarde, durante la velada, Sir Michael pidió algo de música y mi lady fue al piano. Robert Audley paseó tras ella hasta el instrumento para pasar las hojas de su música; pero ella tocaba de memoria y él se libró del esfuerzo que su caballerosidad le habría impuesto.
Llevó un par de velas encendidas al piano y las colocó convenientemente para la bonita música. Ella tocó unos pocos acordes y luego se perdió en una sonata pensativa de Beethoven. Era una de las muchas paradojas de su carácter, aquel amor por las melodías sombrías y melancólicas, tan opuesto a su naturaleza alegre.
Robert Audley permaneció a su lado y, como no tenía ocupación pasando las hojas de música, se entretuvo observando sus manos blancas y enjoyadas deslizándose suavemente sobre las teclas, con las mangas de encaje cayendo sobre sus gráciles muñecas arqueadas. Miró sus bonitos dedos uno a uno; este, centelleante con un corazón de rubí; aquel, rodeado por una serpiente de esmeraldas; y sobre todos ellos, un brillo estrellado de diamantes. Desde los dedos, sus ojos vagaron hacia las muñecas redondeadas: el brazalete ancho y plano de oro en su muñeca derecha se deslizó sobre su mano mientras ella ejecutaba un pasaje rápido. Se detuvo bruscamente para recolocarlo; pero antes de que pudiera hacerlo, Robert Audley notó un hematoma en su delicada piel.
—¡Se ha lastimado el brazo, Lady Audley! —exclamó. Ella volvió a colocarse el brazalete apresuradamente.
—No es nada —dijo—. Tengo la desgracia de tener una piel que se amorata con el más mínimo roce.
Continuó tocando, pero Sir Michael cruzó la habitación para examinar el asunto del hematoma en la bonita muñeca de su esposa.
—¿Qué es, Lucy? —preguntó—, ¿y cómo ha ocurrido?
—¡Qué tontos son todos al preocuparse por algo tan absurdo! —dijo Lady Audley riendo—. Estoy algo distraída y me divertí hace unos días atando una cinta alrededor de mi brazo tan fuerte, que dejó un hematoma cuando me la quité.
«¡Hum!», pensó Robert. «Mi lady dice pequeñas mentiras infantiles; el hematoma es de una fecha más reciente que hace unos días; la piel apenas ha empezado a cambiar de color».
Sir Michael tomó la delgada muñeca en su mano fuerte.
—Sostén la vela, Robert —dijo—, y miremos este pobre bracito.
No era un hematoma, sino cuatro marcas delgadas y púrpuras, tales como las que podrían haber hecho los cuatro dedos de una mano poderosa que hubiera agarrado la delicada muñeca un poco demasiado fuerte. Una cinta estrecha, atada con fuerza, podría haber dejado algunas marcas así, es cierto, y mi lady protestó una vez más diciendo que, según recordaba, así debía haber sido como se hicieron.
A través de una de las tenues marcas púrpuras había un tinte más oscuro, como si un anillo llevado en uno de esos dedos fuertes y crueles se hubiera clavado en la carne tierna.
«Estoy seguro de que mi lady debe decir pequeñas mentiras, pues no puedo creer la historia de la cinta», pensó Robert.
Dio las buenas noches y se despidió de sus familiares alrededor de las diez y media; debía subir a Londres en el primer tren para buscar a George en Figtree Court.
—Si no lo encuentro allí, iré a Southampton —dijo—; y si no lo encuentro allí...
—¿Qué entonces? —preguntó mi lady.
—Pensaré que ha ocurrido algo extraño.
Robert Audley se sintió muy desanimado mientras caminaba lentamente a casa entre los prados sombríos; aún más desanimado cuando volvió a entrar en la sala de estar del Sun Inn, donde él y George habían descansado juntos, mirando por la ventana y fumando sus cigarros.
—¡Pensar —dijo, meditativo— que es posible preocuparse tanto por un tipo! Pero pase lo que pase, iré a la ciudad a buscarlo a primera hora de mañana; y, antes que dejarme obstaculizar en encontrarlo, iré hasta el fin del mundo.
Con la naturaleza linfática del señor Audley, la determinación era mucho más la excepción que la regla, de modo que cuando por una vez en su vida se decidía a seguir cualquier curso de acción, poseía una cierta obstinación tenaz y férrea que lo empujaba a cumplir su propósito.
La inclinación perezosa de su mente, que le impedía pensar en media docena de cosas a la vez y no pensar a fondo en ninguna de ellas, como es la costumbre de la gente más enérgica, lo hacía notablemente clarividente en cualquier punto al que dedicara su seria atención.
En realidad, a fin de cuentas, aunque los solemnes magistrados se rieran de él y los abogados emergentes se encogieran de hombros bajo sus crujientes togas de seda cuando la gente hablaba de Robert Audley, dudo que, de haberse tomado la molestia de conseguir un caso, no habría sorprendido a los magnates que subestimaban sus capacidades.
CAPÍTULO XII.
AÚN DESAPARECIDO.
La luz del sol de septiembre brillaba sobre la fuente en los Temple Gardens cuando Robert Audley regresó a Figtree Court temprano a la mañana siguiente.
Encontró a los canarios cantando en la bonita habitación en la que George había dormido, pero el apartamento estaba en el mismo orden pulcro en que la lavandera lo había dejado tras la partida de los dos jóvenes; ni una silla movida, ni siquiera la tapa de una caja de cigarros levantada para indicar la presencia de George Talboys. Con una última y persistente esperanza, registró las repisas de la chimenea y las mesas de sus habitaciones, ante la posibilidad de encontrar alguna carta dejada por George.
—Puede que haya dormido aquí anoche y haya salido hacia Southampton temprano esta mañana —pensó—. Es muy probable que la señora Maloney haya estado aquí para dejarlo todo ordenado tras su partida.
Pero mientras se sentaba a mirar perezosamente alrededor de la habitación, silbando de vez en cuando a sus encantados canarios, un paso arrastrado en la escalera exterior anunció la llegada de la propia señora Maloney, quien atendía a los dos jóvenes.
No, el señor Talboys no había vuelto; ella había pasado a echar un vistazo tan temprano como a las seis de esa misma mañana y encontró las habitaciones vacías.
—¿Le habrá pasado algo al pobre y querido caballero? —preguntó, al ver el rostro pálido de Robert Audley.
Él se giró hacia ella con bastante brusquedad ante esta pregunta.
¡Pasarle algo a él! ¿Qué iba a pasarle? Solo se habían despedido a las dos de la tarde del día anterior.
La señora Maloney le habría relatado la historia de un pobre y querido joven maquinista que alguna vez se había alojado con ella y que salió, después de comer una cena abundante y con el mejor de los ánimos, para encontrar la muerte por la colisión de un tren expreso y uno de mercancías; pero Robert se puso el sombrero de nuevo y salió directamente de la casa antes de que la honesta irlandesa pudiera comenzar su triste historia.
Anochecía cuando llegó a Southampton. Conocía el camino hacia la pobre y pequeña hilera de casas, en una calle concurrida que bajaba hacia el agua, donde vivía el suegro de George. El pequeño Georgey estaba jugando junto a la ventana abierta del salón cuando el joven bajó por la calle.
Quizás fue este hecho, junto con el aspecto sordo y silencioso de la casa, lo que llenó la mente de Robert Audley con la vaga convicción de que el hombre a quien venía a buscar no estaba allí. El anciano mismo abrió la puerta y el niño se asomó desde el salón para ver al caballero extraño.
Era un niño apuesto, con los ojos castaños y el cabello oscuro y ondulado de su padre, y con alguna expresión latente que no era la de su padre y que impregnaba todo su rostro, de modo que, aunque cada rasgo del niño se asemejaba al mismo rasgo en George Talboys, el chico no se parecía realmente a él.
El señor Maldon estaba encantado de ver a Robert Audley; recordaba haber tenido el placer de conocerlo en Ventnor, en la melancólica ocasión de... Se secó sus ojos llorosos de anciano a modo de conclusión de la frase. ¿Pasaría el señor Audley? Robert entró a zancadas en el salón. El mobiliario era destartalado y lúgubre, y el lugar apestaba a tabaco rancio y a brandy con agua. Los juguetes rotos del niño, las viejas pipas de arcilla del anciano y los periódicos rasgados y manchados de brandy y agua estaban esparcidos sobre la alfombra sucia. El pequeño Georgey se arrastró hacia el visitante, observándolo furtivamente con sus grandes ojos castaños. Robert tomó al niño sobre su rodilla y le dio la cadena de su reloj para que jugara mientras hablaba con el anciano.
—Casi no hace falta que haga la pregunta que vengo a plantear —dijo—; tenía la esperanza de haber encontrado a su yerno aquí.
—¡Cómo! ¿Sabía usted que venía a Southampton?
—¿Sabía que venía? —exclamó Robert, animándose—. ¿Está aquí, entonces?
—No, no está aquí ahora; pero ha estado.
—¿Cuándo?
—Tarde anoche; vino en el correo.
—¿Y se marchó de nuevo inmediatamente?
—Se quedó poco más de una hora.
—¡Dios mío! —dijo Robert—. ¡Qué ansiedad inútil me ha causado ese hombre! ¿Qué puede significar todo esto?
—¿No sabía usted nada de su intención, entonces?
—¿De qué intención?
—Me refiero a su determinación de irse a Australia.
—Sé que siempre estaba en su mente más o menos, pero no más que de costumbre en este momento.
—Zarpa esta noche desde Liverpool. Vino aquí a la una de esta mañana para echar un vistazo al niño, dijo, antes de irse de Inglaterra, quizás para no volver nunca. Me dijo que estaba harto del mundo y que la vida dura allí era lo único que le convenía. Se quedó una hora, besó al niño sin despertarlo y abandonó Southampton en el correo que parte a las dos y cuarto.
—¿Qué puede significar todo esto? —dijo Robert—. ¿Cuál podría ser su motivo para abandonar Inglaterra de esta manera, sin una palabra para mí, su amigo más íntimo, sin siquiera un cambio de ropa; pues lo ha dejado todo en mis habitaciones? ¡Es el procedimiento más extraordinario!
El anciano parecía muy serio. —Sabe, señor Audley —dijo, dándose unos golpecitos significativos en la frente—, a veces me imagino que la muerte de Helen tuvo un efecto extraño en el pobre George.
—¡Tonterías! —gritó Robert con desdén—; sintió el golpe con gran crueldad, pero su cerebro estaba tan sano como el suyo o el mío.
—Quizás le escriba desde Liverpool —dijo el suegro de George. Parecía ansioso por suavizar cualquier indignación que Robert pudiera sentir por la conducta de su amigo.
—Debería —dijo Robert gravemente—, pues hemos sido buenos amigos desde los días en que estábamos juntos en Eton. No es amable por parte de George Talboys tratarme así.
Pero incluso en el momento en que pronunciaba el reproche, una extraña punzada de remordimiento le atravesó el corazón.
—No es propio de él —dijo—, no es propio de George Talboys.
El pequeño Georgey captó el sonido. —Ese es mi nombre —dijo—, y el nombre de mi papá, el nombre del caballero grande.
—Sí, pequeño Georgey, y tu papá vino anoche y te besó mientras dormías. ¿Lo recuerdas?
—No —dijo el niño, sacudiendo su pequeña cabeza rizada.
—Debes haber estado muy profundamente dormido, pequeño Georgey, para no ver al pobre papá.
El niño no respondió, pero poco después, fijando sus ojos en el rostro de Robert, dijo bruscamente:
—¿Dónde está la dama bonita?
—¿Qué dama bonita?
—La dama bonita que solía venir hace mucho tiempo.
—Se refiere a su pobre mamá —dijo el anciano.
—No —gritó el niño con determinación—, no mamá. Mamá siempre estaba llorando. No me gustaba mamá...
—¡Shhh, pequeño Georgey!
—Pero no me gustaba, y yo no le gustaba a ella. Siempre estaba llorando. Me refiero a la dama bonita; la dama que iba vestida tan elegante y que me dio mi reloj de oro.
—Se refiere a la esposa de mi antiguo capitán, una criatura excelente que tomó mucho cariño a Georgey y le hizo algunos regalos valiosos.
—¿Dónde está mi reloj de oro? Déjeme mostrarle al caballero mi reloj de oro —gritó Georgey.
—Ha ido a que lo limpien, Georgey —respondió su abuelo.
—Siempre lo están llevando a limpiar —dijo el niño.
—El reloj está perfectamente seguro, se lo aseguro, señor Audley —murmuró el anciano con tono de disculpa; y sacando un resguardo de empeño, se lo entregó a Robert.
Estaba a nombre del capitán Mortimer: "Reloj, engastado con diamantes, 11 libras".
—A menudo estoy en apuros por unos pocos chelines, señor Audley —dijo el anciano—. Mi yerno ha sido muy generoso conmigo; pero hay otros, hay otros, señor Audley... y... y... no he sido bien tratado. —Se secó unas lágrimas genuinas al decir esto con una voz lastimera y llorosa—. Vamos, Georgey, es hora de que el valiente hombrecito esté en la cama. Ven con el abuelo. Discúlpeme por un cuarto de hora, señor Audley.
El niño fue muy voluntariamente. En la puerta de la habitación, el anciano miró hacia atrás a su visitante y dijo con la misma voz irritable: —Este es un lugar pobre para que yo pase mis años de declive, señor Audley. He hecho muchos sacrificios, y sigo haciéndolos, pero no he sido bien tratado.
Dejado solo en el sombrío saloncito, Robert Audley cruzó los brazos y se quedó mirando al suelo distraídamente.
George se había ido, pues; quizás recibiría alguna carta de explicación cuando regresara a Londres, pero lo más probable era que no volviera a ver a su viejo amigo nunca más.
—¡Y pensar que debería importarme tanto el tipo! —dijo, elevando las cejas hasta el centro de su frente.
—El lugar huele a tabaco rancio como una taberna —murmuró poco después—; no puede haber daño en que fume un cigarro aquí.
Sacó uno de la pitillera que llevaba en el bolsillo: había una chispa de fuego en la pequeña rejilla y buscó algo con qué encender su cigarro.
Un trozo de papel retorcido yacía medio quemado sobre la alfombra de la chimenea; lo recogió y lo desplegó para conseguir una mejor llama al doblarlo por el otro lado del papel. Mientras lo hacía, mirando distraídamente la escritura a lápiz sobre el fragmento de papel fino, una parte de un nombre llamó su atención, una parte del nombre que más ocupaba sus pensamientos. Llevó el trozo de papel a la ventana y lo examinó bajo la luz decreciente.
Era parte de un despacho telegráfico. La parte superior se había quemado, pero la parte más importante, la mayor parte del mensaje en sí, permanecía.
"—alboys llegó a —— anoche, y partió en el correo hacia Londres, de camino a Liverpool, desde donde debía zarpar hacia Sídney."
La fecha, el nombre y la dirección del remitente del mensaje se habían quemado con el encabezado. El rostro de Robert Audley palideció hasta adquirir una blancura mortal. Dobló cuidadosamente el trozo de papel y lo colocó entre las páginas de su cartera.
—¡Dios mío! —dijo—. ¿Qué significa esto? ¡Iré a Liverpool esta noche y haré averiguaciones allí!
CAPÍTULO XIII.
SUEÑOS TURBADORES.
Robert Audley dejó Southampton en el correo y entró en sus habitaciones justo cuando el amanecer se deslizaba fría y gris por las solitarias estancias, y los canarios comenzaban a sacudir sus plumas débilmente en la madrugada.
Había varias cartas en el buzón detrás de la puerta, pero no había ninguna de George Talboys.
El joven abogado estaba agotado por un largo día pasado apresurándose de un lugar a otro. La habitual monotonía perezosa de su vida se había roto como nunca antes en veintiocho años tranquilos y despreocupados. Su mente comenzaba a confundirse en cuanto al tiempo. Le parecía que habían pasado meses desde que perdió de vista a George Talboys. Era tan difícil creer que habían pasado menos de cuarenta y ocho horas desde que el joven lo dejó dormido bajo los sauces junto al arroyo de truchas.
Sus ojos estaban dolorosamente cansados por la falta de sueño. Buscó por la habitación durante algún tiempo, mirando en todo tipo de lugares imposibles para encontrar una carta de George Talboys, y luego se arrojó, vestido, sobre la cama de su amigo, en la habitación con los canarios y los geranios.
—Esperaré al correo de mañana por la mañana —dijo—; y si eso no trae ninguna carta de George, saldré hacia Liverpool sin un momento de demora.
Estaba completamente exhausto y cayó en un sueño pesado, un sueño que era profundo sin ser en modo alguno reparador, pues fue atormentado todo el tiempo por sueños desagradables, sueños que eran dolorosos, no por ningún horror en sí mismos, sino por una vaga y fatigante sensación de su confusión y absurdo.
En un momento estaba persiguiendo a gente extraña y entrando en casas extrañas en el esfuerzo por desentrañar el misterio del despacho telegráfico; en otro estaba en el cementerio de Ventnor, contemplando la lápida que George había encargado para la tumba de su esposa muerta. Una vez, en el largo y errante misterio de estos sueños, fue a la tumba y encontró que esta lápida había desaparecido, y al protestar ante el cantero, le dijeron que el hombre tenía una razón para eliminar la inscripción; una razón que Robert aprendería algún día.
En otro sueño vio la tumba de Helen Talboys abierta, y mientras esperaba, con el frío horror erizándole el cabello, ver a la mujer muerta levantarse y ponerse ante él con su rígido sudario mortuorio adherido a sus miembros rígidos, la esposa de su tío salió alegremente de la tumba abierta, vestida con las túnicas de terciopelo carmesí en las que el artista la había pintado, y con sus rizos brillando como oro rojo bajo la luz sobrenatural que resplandecía a su alrededor.
Pero en todos estos sueños, los lugares en los que había estado últimamente y las personas con las que había estado involucrado últimamente estaban vagamente entretejidos; a veces su tío; a veces Alicia; la mayoría de las veces mi señora; el arroyo de truchas en Essex; el paseo de tilos en la Corte. Una vez estaba caminando en las sombras negras de esta larga avenida, con Lady Audley colgada de su brazo, cuando de repente escucharon un gran golpe a lo lejos, y la esposa de su tío envolvió sus brazos delgados a su alrededor, gritando que era el día del juicio final y que todos los secretos perversos debían contarse ahora. Mirándola mientras gritaba esto en su oído, vio que su rostro se había vuelto horriblemente blanco y que sus hermosos rizos dorados se estaban convirtiendo en serpientes, arrastrándose lentamente por su cuello hermoso.
Se sobresaltó de su sueño al descubrir que alguien estaba realmente golpeando a la puerta exterior de sus habitaciones.
Era una mañana lúgubre y húmeda, la lluvia golpeaba contra las ventanas y los canarios piaban tristemente el uno al otro, quejándose, quizás, del mal tiempo. Robert no podía decir cuánto tiempo llevaba la persona golpeando. Había mezclado el sonido con sus sueños y, cuando despertó, solo era medio consciente de otras cosas.
—Es esa estúpida señora Maloney, me atrevería a decir —murmuró—. Puede seguir golpeando todo lo que quiera. ¿Por qué no usa su llave duplicada, en lugar de sacar a un hombre de la cama cuando está medio muerto de fatiga?
La persona, fuera quien fuese, volvió a golpear y luego desistió, aparentemente cansada; pero alrededor de un minuto después, una llave giró en la puerta.
—Entonces tenía su llave consigo todo el tiempo —dijo Robert—. Me alegro mucho de no haberme levantado.
La puerta entre la sala de estar y el dormitorio estaba entreabierta y podía ver a la lavandera moviéndose afanosamente, quitando el polvo de los muebles y reorganizando cosas que nunca habían sido desorganizadas.
—¿Es usted, señora Maloney? —preguntó.
—Sí, señor.
—Entonces, ¿por qué demonios armó ese escándalo en la puerta cuando tenía una llave consigo todo el tiempo?
—¿Un escándalo en la puerta, señor?
—Sí; ese maldito golpeteo.
—Seguro que nunca golpeé, señor Audley, sino que entré directamente con mi llave...
—¿Entonces quién golpeó? Ha estado alguien armando un alboroto en esa puerta durante un cuarto de hora, diría yo; debe haberlo visto bajar las escaleras.
—Pero voy algo tarde esta mañana, señor, porque he estado primero en las habitaciones del señor Martin y he venido directamente desde el piso de arriba.
—¿Entonces no vio a nadie en la puerta o en las escaleras?
—Ni a un alma viviente, señor.
—¿Hubo alguna vez algo tan provocador? —dijo Robert—. ¡Pensar que debería haber dejado que esta persona se fuera sin averiguar quién era o qué quería! ¿Cómo sé que no fue alguien con un mensaje o una carta de George Talboys?
—Seguro que si fuera así, señor, volverá —dijo la señora Maloney, tratando de calmarlo.
—Sí, por supuesto, si fuera algo de importancia volverá —murmuró Robert. El hecho era que, desde el momento de encontrar el mensaje telegráfico en Southampton, toda esperanza de saber de George se había desvanecido de su mente. Sentía que había algún misterio involucrado en la desaparición de su amigo, alguna traición hacia él mismo o hacia George. ¿Qué pasaría si el codicioso y anciano suegro del joven hubiera intentado separarlos debido al fideicomiso monetario depositado en manos de Robert Audley? ¿O qué si, dado que incluso en estos días civilizados se cometen constantemente todo tipo de horrores insospechados, qué si el anciano hubiera atraído a George hasta Southampton y se hubiera deshecho de él para obtener posesión de esas 20.000 libras, dejadas bajo la custodia de Robert para el uso del pequeño Georgey?
Pero ninguna de estas suposiciones explicaba el mensaje telegráfico, y fue el mensaje telegráfico el que había llenado la mente de Robert con una vaga sensación de alarma. El cartero no trajo ninguna carta de George Talboys, y la persona que había golpeado a la puerta de las habitaciones no regresó entre las siete y las nueve de la mañana, por lo que Robert Audley abandonó Figtree Court una vez más en busca de su amigo. Esta vez le dijo al taxista que condujera a la estación de Euston, y en veinte minutos estaba en el andén, haciendo averiguaciones sobre los trenes.
El expreso de Liverpool había partido media hora antes de que él llegara a la estación, y tuvo que esperar una hora y cuarto para que un tren lento lo llevara a su destino.
Robert Audley se irritó cruelmente ante este retraso. Media docena de barcos podrían zarpar hacia Australia mientras él vagaba arriba y abajo por el largo andén, tropezando con carretillas y mozos, y maldiciendo su mala suerte.
Compró el periódico The Times y miró instintivamente la segunda columna, con un interés morboso en los anuncios de personas desaparecidas: hijos, hermanos y esposos que habían dejado sus hogares para no volver nunca más o de los que nunca más se supo.
Había un anuncio de un joven encontrado ahogado en algún lugar de la orilla de Lambeth.
¿Qué pasaría si ese hubiera sido el destino de George? No; el mensaje telegráfico involucraba a su suegro en el hecho de su desaparición, y toda especulación sobre él debía partir de ese punto.
Eran las ocho de la tarde cuando Robert llegó a Liverpool; demasiado tarde para cualquier cosa excepto para hacer averiguaciones sobre qué buque había zarpado en los últimos dos días hacia las antípodas.
Un barco de emigrantes había zarpado a las cuatro de esa tarde: el Victoria Regia, con destino a Melbourne.
El resultado de sus averiguaciones se reducía a esto: si quería averiguar quiénes habían zarpado en el Victoria Regia, debía esperar hasta la mañana siguiente y solicitar información sobre ese buque.
Robert Audley estaba en la oficina a las nueve de la mañana siguiente, y fue la primera persona después de los empleados que entró en ella.
Se encontró con toda la amabilidad del empleado al que se dirigió. El joven consultó sus libros y, pasando su pluma por la lista de pasajeros que habían zarpado en el Victoria Regia, le dijo a Robert que no había nadie entre ellos con el nombre de Talboys. Llevó sus averiguaciones más lejos. ¿Había alguno de los pasajeros registrado su nombre poco tiempo antes de que el buque zarpara?
Uno de los otros empleados levantó la vista de su escritorio mientras Robert hacía esta pregunta. Sí, dijo; recordaba que un joven había entrado en la oficina a las tres y media de la tarde y pagado el precio de su pasaje. Su nombre era el último de la lista: Thomas Brown.
Robert Audley se encogió de hombros. No podía haber ninguna razón posible para que George usara un nombre falso. Le preguntó al empleado que había hablado por última vez si podía recordar el aspecto de este señor Thomas Brown.
No; la oficina estaba llena en ese momento; la gente entraba y salía, y él no se había fijado particularmente en este último pasajero.
Robert les agradeció su amabilidad y les deseó buenos días. Mientras salía de la oficina, uno de los jóvenes lo llamó:
«Oh, a propósito, señor —dijo—, recuerdo una cosa sobre este señor Thomas Brown: llevaba el brazo en cabestrillo».
No quedaba nada más por hacer a Robert Audley que regresar a la ciudad. Volvió a entrar en sus aposentos a las seis de la tarde, totalmente agotado una vez más por su inútil búsqueda.
La señora Maloney le trajo la cena y una pinta de vino de una taberna del Strand. La tarde era cruda y fría, y la lavandera había encendido un buen fuego en la chimenea de la sala de estar.
Tras comer aproximadamente la mitad de una chuleta de cordero, Robert se sentó con el vino sin probar sobre la mesa ante él, fumando puros y mirando fijamente la llamarada.
«George Talboys nunca zarpó hacia Australia —dijo, tras una larga y dolorosa reflexión—. Si está vivo, sigue en Inglaterra; y si está muerto, su cuerpo está escondido en algún rincón de Inglaterra».
Se sentó durante horas a fumar y pensar; preocupaciones y pensamientos sombríos dejando una oscura sombra sobre su rostro taciturno, que ni la brillante luz del gas ni el rojo resplandor del fuego lograban disipar.
Muy entrada la noche se levantó de su silla, apartó la mesa, acercó su escritorio a la chimenea, sacó una hoja de papel de oficio y mojó una pluma en el tintero.
Pero tras hacer esto se detuvo, apoyó la frente en la mano y una vez más cayó en sus pensamientos.
«Redactaré un registro de todo lo ocurrido entre nuestra partida hacia Essex y esta noche, empezando desde el mismo principio».
Redactó este registro en oraciones cortas y separadas, que numeró a medida que escribía.
Decía así:
«Diario de hechos relacionados con la desaparición de George Talboys, incluidos hechos que no tienen relación aparente con esa circunstancia».
A pesar del estado turbado de su mente, se sintió algo inclinado a estar orgulloso del aspecto oficial de este encabezado. Se sentó durante un tiempo mirándolo con afecto, y con la pluma entre los labios. «Por mi palabra —dijo—, empiezo a pensar que debería haber seguido mi profesión, en lugar de perder mi vida holgazaneando como he hecho».
Fumó medio puro antes de haber encauzado correctamente sus pensamientos, y luego comenzó a escribir:
«1. Escribo a Alicia, proponiendo llevar a George a la Court».
«2. Alicia escribe, oponiéndose a la visita, por parte de Lady Audley».
«3. Vamos a Essex a pesar de esa objeción. Veo a mi señora. Mi señora se niega a ser presentada a George esa tarde en particular alegando fatiga».
«4. Sir Michael nos invita a George y a mí a cenar a la tarde siguiente».
«5. Mi señora recibe un despacho telegráfico a la mañana siguiente que la convoca en Londres».
«6. Alicia me muestra una carta de mi señora, en la que solicita que se le avise cuándo yo y mi amigo, el señor Talboys, tenemos intención de abandonar Essex. A esta carta se añade una posdata, reiterando la solicitud anterior».
«7. Visitamos la Court y pedimos ver la casa. Los aposentos de mi señora están cerrados con llave».
«8. Accedemos a dichos aposentos mediante un pasadizo secreto, cuya existencia es desconocida para mi señora. En una de las habitaciones encontramos su retrato».
«9. George está asustado por la tormenta. Su conducta es extremadamente extraña durante el resto de la tarde».
«10. George vuelve a ser él mismo a la mañana siguiente. Propongo abandonar Audley Court inmediatamente; él prefiere permanecer hasta la tarde».
«11. Salimos a pescar. George me deja para ir a la Court».
«12. La última información positiva que puedo obtener de él en Essex es en la Court, donde el criado dice que cree que el señor Talboys le dijo que iría a buscar a mi señora a los jardines».
«13. Recibo información sobre él en la estación que puede ser correcta o no».
«14. Oigo hablar de él positivamente una vez más en Southampton, donde, según su suegro, había estado durante una hora la noche anterior».
«15. El mensaje telegráfico».
Cuando Robert Audley hubo completado este breve registro, que redactó con gran deliberación y frecuentes pausas para la reflexión, alteraciones y borraduras, se sentó durante mucho tiempo contemplando la página escrita.
Al final la leyó cuidadosamente, deteniéndose en algunos de los párrafos numerados y marcando algunos de ellos con una cruz a lápiz; luego dobló la hoja de papel de oficio, fue hacia un gabinete en el lado opuesto de la habitación, lo abrió y colocó el papel en aquel mismo compartimento en el que había metido la carta de Alicia: el compartimento marcado como Importante.
Tras haber hecho esto, regresó a su sillón junto al fuego, apartó el escritorio y encendió un puro. «Está oscuro como la medianoche de principio a fin —dijo—; y la pista del misterio debe encontrarse en Southampton o en Essex. Sea como sea, mi decisión está tomada. Iré primero a Audley Court y buscaré a George Talboys en un radio estrecho».
CAPÍTULO XIV.
EL PRETENDIENTE DE PHOEBE.
«Señor George Talboys. Cualquier persona que haya conocido a este caballero desde el día 7 del presente, o que posea alguna información relativa a él posterior a esa fecha, será generosamente recompensada al comunicarse con A.Z., 14 Chancery Lane».
Sir Michael Audley leyó el anuncio anterior en la segunda columna del Times, mientras desayunaba con mi señora y Alicia dos o tres días después del regreso de Robert a la ciudad.
«Entonces, aún no se ha tenido noticias del amigo de Robert», dijo el baronet, tras leer el anuncio a su esposa e hija.
«En cuanto a eso —respondió mi señora—, no puedo evitar asombrarme de que alguien pueda ser lo suficientemente tonto como para publicar un anuncio buscándolo. El joven era evidentemente de una disposición inquieta y errante; una especie de Bamfyld Moore Carew de la vida moderna, a quien ninguna atracción podría mantener nunca en un solo lugar».
Aunque el anuncio apareció tres veces consecutivas, el grupo en la Court no otorgó ninguna importancia a la desaparición del señor Talboys; y tras esta única ocasión su nombre nunca volvió a ser mencionado por Sir Michael, mi señora ni Alicia.
Alicia Audley y su bonita madrastra no eran, ni mucho menos, mejores amigas después de aquella tranquila tarde en la que el joven abogado había cenado en la Court.
«Es una pequeña coqueta vana, frívola y sin corazón —decía Alicia, dirigiéndose a su perro Terranova César, que era el único receptor de las confidencias de la joven—; es una coqueta practicante y consumada, César; y no contenta con lucir sus tirabuzones amarillos y su risita tonta ante la mitad de los hombres de Essex, tiene que hacer que ese estúpido primo mío baile a su son. No tengo paciencia con ella».
Como prueba de esta última afirmación, la señorita Alicia Audley trató a su madrastra con tal impertinencia, tan palpable, que Sir Michael se sintió obligado a reprender a su única hija.
«La pobre mujercita es muy sensible, ya sabes, Alicia —dijo el baronet con gravedad—, y siente tu conducta muy profundamente».
«No lo creo ni un poco, papá —respondió Alicia con firmeza—. Crees que es sensible porque tiene manos pequeñas, blancas y suaves, y grandes ojos azules con pestañas largas, y toda clase de maneras afectadas y fantásticas que ustedes, hombres estúpidos, llaman fascinantes. ¿Sensible? Vaya, la he visto hacer cosas crueles con esos dedos blancos y delgados, y reírse del dolor que infligía. Lo siento mucho, papá —añadió, ablandada un poco por la mirada de angustia de su padre—; aunque se ha interpuesto entre nosotros y ha robado a la pobre Alicia el amor de ese corazón querido y generoso, desearía poder quererla por tu bien; pero no puedo, no puedo, y tampoco puede César. Se acercó a él una vez con los labios rojos entreabiertos y sus pequeños dientes blancos brillando entre ellos, y le acarició la gran cabeza con su mano suave; pero si yo no le hubiera sujetado del collar, se le habría echado al cuello y la habría estrangulado. Puede embrujar a todos los hombres de Essex, pero nunca se hará amiga de mi perro».
«Tu perro será fusilado —respondió Sir Michael con ira— si su carácter vicioso pone alguna vez en peligro a Lucy».
El Terranova giró lentamente los ojos en dirección al orador, como si entendiera cada palabra que se había dicho. Lady Audley entró en la habitación en ese preciso momento, y el animal se encogió al lado de su dueña con un gruñido reprimido. Había algo en el modo del perro que era, si acaso, más indicativo de terror que de furia; por increíble que parezca que César pudiera ser asustado por una criatura tan frágil como Lucy Audley.
Por muy amable que fuera la naturaleza de mi señora, no podía vivir mucho tiempo en la Court sin descubrir la aversión que Alicia sentía por ella. Solo aludió a ello una vez; entonces, encogiéndose de hombros con elegancia, dijo con un suspiro:
«Parece muy duro que no puedas quererme, Alicia, pues nunca he estado acostumbrada a hacerme enemigos; pero ya que parece que debe ser así, no puedo evitarlo. Si no podemos ser amigas, seamos neutrales. ¿No intentarás hacerme daño?»
«¡Hacerte daño! —exclamó Alicia—. ¿Cómo iba a hacerte daño?»
«¿No intentarás privarme del afecto de tu padre?»
«Quizás no sea tan amable como tú, mi señora, y quizás no tenga las mismas sonrisas dulces y palabras bonitas para cada extraño que conozco, pero no soy capaz de una mezquindad despreciable; e incluso si lo fuera, creo que estás tan segura del amor de mi padre que nada, salvo tus propios actos, te privará jamás de él».
«¡Qué criatura tan severa eres, Alicia! —dijo mi señora, haciendo una pequeña mueca—. Supongo que pretendes inferir con todo eso que soy engañosa. Vaya, no puedo evitar sonreír a la gente y hablarles de forma bonita. Sé que no soy mejor que el resto del mundo; pero no puedo evitarlo si soy más agradable. Es constitucional».
Habiendo cerrado Alicia así por completo la puerta a toda intimidad entre Lady Audley y ella misma, y estando Sir Michael ocupado principalmente en actividades agrícolas y deportes varoniles que le mantenían lejos de casa, era quizá natural que mi señora, siendo de una disposición eminentemente social, se viera obligada a depender en gran medida de su doncella de pestañas blancas para hacer vida social.
Phoebe Marks era exactamente el tipo de chica que generalmente es ascendida del puesto de doncella a la de compañera. Tenía la educación justa para permitirle entender a su ama cuando Lucy decidía permitirse correr desenfrenadamente en una especie de tarantela intelectual, en la que su lengua se volvía loca al son de su propio traqueteo, como el bailarín español al ruido de sus castañuelas. Phoebe sabía suficiente del idioma francés como para hojear las novelas de cubierta de papel amarillo que mi señora encargaba en Burlington Arcade, y para conversar con su ama sobre los dudosos temas de esos romances. El parecido que la doncella guardaba con Lucy Audley era, quizás, un punto de simpatía entre las dos mujeres. No se podía llamar un parecido sorprendente; un extraño podría haberlas visto a ambas juntas y, aun así, no haberlo notado. Pero había ciertas luces tenues y sombrías en las que, al encontrarse con Phoebe Marks deslizándose suavemente por los oscuros pasadizos de roble de la Court, o bajo las avenidas cubiertas en el jardín, uno podría haberla confundido fácilmente con mi señora.
Los vientos cortantes de octubre barrían las hojas de los tilos en la larga avenida y las arrastraban en montones marchitos con un ruido fantasmal a lo largo de los senderos secos de grava. El viejo pozo debía de estar medio atascado con las hojas que flotaban a su alrededor y giraban en círculos arremolinados hacia su boca negra y rota. En el seno inmóvil del estanque de peces, las mismas hojas marchitas se pudrían lentamente, mezclándose con las malas hierbas enredadas que descolorían la superficie del agua. Todos los jardineros que Sir Michael pudiera emplear no lograban evitar la huella de la mano destructora del otoño en los terrenos de la Court.
«¡Cómo odio este mes desolado! —dijo mi señora, mientras paseaba por el jardín, tiritando bajo su manto de piel de marta—. Todo cayendo en la ruina y la decadencia, y el frío parpadeo del sol iluminando la fealdad de la tierra, como el resplandor de las farolas de gas ilumina las arrugas de una anciana. ¿Llegaré a ser vieja, Phoebe? ¿Se me caerá el pelo alguna vez como caen las hojas de esos árboles, y me dejará pálida y desnuda como ellos? ¿Qué será de mí cuando envejezca?»
Tiritó al pensar en esto más de lo que lo había hecho con la fría brisa invernal, y envolviéndose estrechamente en su piel, caminó tan rápido que a su doncella le resultó difícil seguirle el ritmo.
«¿Recuerdas, Phoebe —dijo al poco, relajando el paso—, recuerdas aquel cuento francés que leímos? La historia de una mujer hermosa que había cometido algún crimen —olvido cuál— en el cenit de su poder y hermosura, cuando todo París brindaba por ella cada noche, y cuando la gente huía del carruaje del rey para arremolinarse alrededor del suyo y echar un vistazo a su rostro. ¿Recuerdas cómo mantuvo el secreto de lo que había hecho durante casi medio siglo, pasando su vejez en su castillo familiar, amada y honrada por toda la provincia como una santa no canonizada y benefactora de los pobres; y cómo, cuando su cabello era blanco y sus ojos estaban casi ciegos por la edad, el secreto fue revelado a través de uno de esos extraños accidentes por los cuales tales secretos siempre son revelados en los romances, y fue juzgada, declarada culpable y condenada a ser quemada viva? El rey que había llevado sus colores estaba muerto y enterrado; la corte de la que ella había sido una estrella había desaparecido; poderosos funcionarios y grandes magistrados, que quizás podrían haberla ayudado, se estaban pudriendo en sus tumbas; valientes jóvenes caballeros, que habrían muerto por ella, habían caído en lejanos campos de batalla; ella había vivido para ver la época a la que había pertenecido desvanecerse como un sueño; y fue a la hoguera, seguida solo por unos pocos campesinos ignorantes, que olvidaron todas sus bondades y le gritaron por ser una malvada hechicera».
«No me gustan esas historias lúgubres, mi señora —dijo Phoebe Marks con un escalofrío—. Uno no necesita leer libros para tener pesadillas en este lugar aburrido».
Lady Audley se encogió de hombros y se rió de la franqueza de su doncella.
«Es un lugar aburrido, Phoebe —dijo—, aunque no sirve de nada decírselo a mi querido y viejo esposo. Aunque soy la esposa de uno de los hombres más influyentes del condado, no sé si no estaba casi igual de bien en casa del señor Dawson; y aun así, es algo llevar pieles que cuestan sesenta guineas y que se gasten mil libras en la decoración de los aposentos de una».
Tratada como compañera por su ama, recibiendo el salario más liberal y con propinas como quizás ninguna doncella había tenido antes, era extraño que Phoebe Marks deseara dejar su puesto; pero no dejaba de ser un hecho que estaba ansiosa por cambiar todas las ventajas de Audley Court por el futuro poco prometedor que le esperaba como esposa de su primo Luke.
El joven se las había arreglado de alguna manera para asociarse a la mejora de la fortuna de su novia. Nunca había dejado a Phoebe en paz hasta que ella consiguió para él, con la ayuda de la intervención de mi señora, un puesto como mozo de cuadra en la Court.
Nunca salía a montar ni con Alicia ni con Sir Michael; pero en una de las pocas ocasiones en que mi señora montó el bonito caballo gris de pura sangre reservado para su uso, él se las arregló para acompañarla en su paseo. Vio suficiente, en la primera media hora que estuvieron fuera, para descubrir que, por muy elegante que pudiera parecer Lucy Audley en su largo hábito de paño azul, era una amazona tímida y totalmente incapaz de manejar al animal que montaba.
Lady Audley reprendió a su doncella por su locura al querer casarse con el rudo mozo de cuadra.
Las dos mujeres estaban sentadas juntas junto al fuego en el vestidor de mi señora, el cielo gris cerrándose sobre la tarde de octubre y el trazado negro de la hiedra oscureciendo las ventanas conopiales.
«Seguramente no estarás enamorada de esa criatura torpe y fea, ¿verdad, Phoebe?», preguntó mi señora bruscamente.
La chica estaba sentada en un taburete bajo a los pies de su ama. No respondió a la pregunta de mi señora de inmediato, sino que se quedó un rato mirando al vacío hacia el abismo rojo en el hueco del fuego.
Al poco dijo, más como si hubiera estado pensando en voz alta que respondiendo a la pregunta de Lucy:
«No creo que pueda quererle. Hemos estado juntos desde niños, y prometí, cuando apenas tenía más de quince años, que sería su esposa. No me atrevo a romper esa promesa ahora. Ha habido momentos en los que he preparado la misma frase que pretendía decirle, diciéndole que no podía mantener mi palabra con él; pero las palabras han muerto en mis labios, y me he sentado a mirarlo, con una sensación de asfixia en la garganta que no me dejaba hablar. No me atrevo a negarme a casarme con él. A menudo le he observado y observado, mientras se sentaba a rebanar una estaca de seto con su gran navaja de bolsillo, hasta que he llegado a pensar que son hombres como él los que han atraído a sus novias a lugares solitarios y las han asesinado por faltar a su palabra. Cuando era niño siempre fue violento y vengativo. Le vi una vez tomar ese mismo cuchillo en una pelea con su madre. Le digo, mi señora, que debo casarme con él».
«¡Niña tonta, no harás nada parecido! —respondió Lucy—. Crees que te asesinará, ¿verdad? ¿Piensas, entonces, que si el asesinato está en él, estarías más segura siendo su esposa? Si le contrariaras, o le pusieras celoso; si quisiera casarse con otra mujer, o hacerse con algún dinero tuyo, por poco que fuera, ¿no podría asesinarte entonces? Te digo que no te casarás con él, Phoebe. En primer lugar, odio al hombre; y en segundo lugar, no puedo permitirme prescindir de ti. Le daremos unas cuantas libras y le enviaremos a ocuparse de sus asuntos».
Phoebe Marks atrapó la mano de mi señora entre las suyas y las estrechó convulsivamente.
«¡Mi señora, mi buena y amable ama! —exclamó con vehemencia—, no intente contrariarme en esto, no me pida que le contraríe. Le digo que debo casarme con él. Usted no sabe cómo es. Será mi ruina, y la ruina de otros, si falto a mi palabra. ¡Debo casarme con él!»
«Muy bien, entonces, Phoebe —respondió su ama—, no puedo oponerme. Debe haber algún secreto en el fondo de todo esto». «Lo hay, mi señora», dijo la chica, con el rostro apartado de Lucy.
«Sentiré mucho perderte; pero he prometido ser tu amiga en todo. ¿Qué piensa hacer tu primo para ganarse la vida cuando estéis casados?»
«Le gustaría llevar una taberna».
«Entonces llevará una taberna, y cuanto antes se beba hasta la muerte, mejor. Sir Michael cena esta noche en una reunión de solteros en casa del mayor Margrave, y mi hijastra está fuera con sus amigos en The Grange. Puedes traer a tu primo al salón después de la cena, y le diré lo que pienso hacer por él».
«Usted es muy buena, mi señora», respondió Phoebe con un suspiro.
Lady Audley estaba sentada al resplandor del fuego y de las velas de cera en el lujoso salón; los cojines de damasco ámbar del sofá contrastaban con su vestido de terciopelo violeta oscuro, y su cabello ondulado caía alrededor de su cuello en una neblina dorada. Por todas partes a su alrededor había evidencias de riqueza y esplendor; mientras que, en extraño contraste con todo esto, y con su propia belleza, el torpe mozo de cuadra estaba de pie frotándose la cabeza redonda mientras mi señora le explicaba lo que pretendía hacer por su doncella de confianza. Las promesas de Lucy fueron muy liberales, y había esperado que, por muy rudo que fuera el hombre, hubiera expresado, a su manera tosca, su gratitud.
Para su sorpresa, él se quedó mirando el suelo sin pronunciar una palabra en respuesta a su ofrecimiento. Phoebe estaba de pie cerca de su codo y parecía angustiada por la rudeza del hombre.
—Dile a mi señora lo agradecido que estás, Luke —dijo ella.
—Pero no estoy tan agradecido —respondió su amante, con ferocidad—. Cincuenta libras no es mucho para empezar en una taberna. ¿Lo subirá a cien, mi señora?
—No haré nada por el estilo —dijo Lady Audley, con sus claros ojos azules destellando indignación—, y me asombra la impertinencia con la que lo pide.
—Oh, sí que lo hará, sin embargo —respondió Luke, con una insolencia tranquila que escondía un significado oculto—. Lo subirá a cien, mi señora.
Lady Audley se levantó de su asiento, miró al hombre fijamente a la cara hasta que su mirada resuelta se hundió bajo la de ella; luego, caminando directamente hacia su doncella, dijo con una voz aguda y penetrante, peculiar en ella en momentos de intensa agitación:
—¡Phoebe Marks, se lo has contado a este hombre!
La joven cayó de rodillas a los pies de mi señora.
—¡Oh, perdóneme, perdóneme! —exclamó—. ¡Él me obligó a decírselo, o nunca, nunca se lo habría contado!
CAPÍTULO XV.
VIGILANDO.
En una mañana nublada a finales de noviembre, con la niebla amarilla baja sobre los prados llanos, y el ganado cegado buscando el camino a través de la tenue oscuridad, chocando estúpidamente contra setos negros y sin hojas, o tropezando en zanjas indistinguibles en la atmósfera brumosa; con la iglesia del pueblo surgiendo marrón y deslucida a través de la luz incierta; con cada sendero sinuoso y puerta de cabaña, cada extremo de hastial y vieja chimenea gris, cada niño del pueblo y perro callejero pareciendo extraño y sobrenatural en la semioscuridad, Phoebe Marks y su primo Luke se abrieron paso a través del cementerio de Audley, y se presentaron ante un coadjutor tembloroso, cuya sobrepelliz colgaba en pliegues húmedos, empapada por la niebla matutina, y cuyo temperamento no mejoró por haber esperado cinco minutos a la novia y al novio.
Luke Marks, vestido con su traje de domingo que no le ajustaba bien, no parecía de ninguna manera más apuesto que con su ropa de diario; pero Phoebe, vestida con una seda crujiente de un gris delicado, que había sido usada unas media docena de veces por su ama, parecía, como señalaron los pocos espectadores de la ceremonia, «toda una dama».
Una dama muy tenue y sombría, vaga en sus contornos y débil en su colorido, con ojos, cabello, tez y vestido fundiéndose en tonos tan pálidos e inciertos que, en la luz oscura de la brumosa mañana de noviembre, un extraño supersticioso podría haber confundido a la novia con el fantasma de alguna otra novia, muerta y enterrada en la cripta bajo la iglesia.
El señor Luke Marks, el héroe de la ocasión, pensaba muy poco en todo esto. Había asegurado a la esposa de su elección y el objetivo de toda su vida: una taberna. Mi señora había proporcionado las setenta y cinco libras necesarias para la compra del fondo de comercio y el mobiliario, junto con las existencias de cervezas y licores, de una pequeña posada en el centro de un pequeño y solitario pueblo, encaramado en la cima de una colina y llamado Mount Stanning. No era una casa muy bonita a la vista; tenía un aspecto algo destartalado y desgastado por la intemperie, pues se alzaba en terreno elevado, protegida solo por cuatro o cinco álamos desnudos y crecidos, que habían brotado demasiado rápido para su fuerza y, en consecuencia, tenían un aspecto marchito y desolado. El viento había hecho lo que quiso con la Castle Inn, y a veces había hecho un uso cruel de su poder. Fue el viento el que golpeó y dobló los bajos techos de paja de las dependencias y establos, hasta que quedaron colgando e inclinados hacia adelante, como un sombrero de ala caída cuelga sobre la frente baja de algún rufián de pueblo; fue el viento el que sacudió y traqueteó las contraventanas de madera ante las estrechas ventanas, hasta que quedaron rotas y destartaladas sobre sus bisagras oxidadas; fue el viento el que derribó el palomar y rompió la veleta que se había instalado imprudentemente para anunciar los movimientos de su poder; fue el viento el que no hizo caso de cualquier pequeño enrejado de madera, planta trepadora, pequeño balcón o cualquier decoración modesta, y la arrancó y esparció en su furia desdeñosa; fue el viento el que dejó secreciones musgosas en la superficie descolorida de las paredes de yeso; fue el viento, en resumen, el que destrozó, arruinó, desgarró y pisoteó el tambaleante conjunto de edificios, y luego salió volando chillando, para alborozarse y gloriarse en su fuerza destructora. El desalentado propietario se cansó de su larga lucha contra este poderoso enemigo; así que el viento pudo hacer su voluntad, y la Castle Inn cayó lentamente en la decadencia. Pero, a pesar de todo lo que sufría por fuera, no era menos próspera por dentro. Los robustos pastores se detenían a beber en la pequeña barra; los granjeros acomodados pasaban sus tardes y hablaban de política en el salón bajo y revestido de madera, mientras sus caballos masticaban alguna mezcla sospechosa de heno mohoso y frijoles aceptables en los establos destartalados. A veces, incluso los miembros de la partida de caza de Audley se detenían a beber y dar de comer a sus caballos en la Castle Inn; mientras que, en una gran e inolvidable ocasión, el maestro de los sabuesos había encargado una cena para unos treinta caballeros, y el propietario estuvo a punto de volverse loco por la importancia de la demanda.
Así que Luke Marks, a quien no le preocupaba en absoluto el ojo para lo bello, se consideró muy afortunado al convertirse en el dueño de la Castle Inn, en Mount Stanning.
Un carromato esperaba en la niebla para llevar a la novia y al novio a su nuevo hogar; y unos pocos aldeanos, que habían conocido a Phoebe desde niña, se demoraban alrededor de la puerta del cementerio para despedirla. Sus ojos pálidos eran aún más pálidos por las lágrimas que había derramado y los bordes rojos que los rodeaban. El novio estaba molesto por esta muestra de emoción.
—¿Por qué estás gimoteando, muchacha? —dijo con ferocidad—. Si no querías casarte conmigo, deberías habérmelo dicho. No voy a asesinarte, ¿o sí?
La doncella de la dama se estremeció mientras él le hablaba y se envolvió con su pequeña capa de seda.
—Tienes frío con todos estos adornos —dijo Luke, mirando su costoso vestido sin ninguna expresión de benevolencia—. ¿Por qué no pueden vestirse las mujeres según su posición? No tendrás vestidos de seda de mi bolsillo, te lo aseguro.
Subió a la chica temblorosa al carromato, la envolvió en un abrigo grueso y se marchó a través de la niebla amarilla, seguido por un débil aplauso de dos o tres pilluelos agrupados alrededor de la puerta.
Se trajo una nueva doncella de Londres para reemplazar a Phoebe Marks al servicio de mi señora: una damisela muy llamativa, que vestía un vestido de satén negro y cintas de color rosa en su cofia, y se quejaba amargamente del aburrimiento de Audley Court.
Pero la Navidad trajo visitantes a la extensa mansión antigua. Un terrateniente rural y su gorda esposa ocuparon la cámara tapizada; chicas alegres correteaban por los largos pasillos, y jóvenes miraban por las ventanas enrejadas, esperando vientos del sur y cielos nublados; no quedaba un establo vacío en las espaciosas cuadras; se había instalado una fragua improvisada en el patio para herrar a los cazadores; perros ladradores llenaban el lugar con su clamor perpetuo; sirvientes extraños se apiñaban en el piso del desván; y cada pequeña ventana oculta bajo algún hastial puntiagudo, y cada ventana abuhardillada en el pintoresco techo antiguo, brillaba en la noche invernal con su propia vela, hasta que, al llegar repentinamente a Audley Court, el viajero extraviado, engañado por la luz, el ruido y el bullicio del lugar, podría haber caído fácilmente en el error del joven Marlowe y haber confundido la hospitalaria mansión con una buena posada a la antigua usanza, como las que han desaparecido de esta tierra desde que el último coche de correo y los corceles encabritados hicieron su último viaje melancólico al matadero.
Entre otros visitantes, el señor Robert Audley bajó a Essex para la temporada de caza, con media docena de novelas francesas, una caja de puros y tres libras de tabaco turco en su maleta.
Los honestos jóvenes terratenientes rurales, que hablaban durante todo el desayuno de potros de Flying Dutchman y potros de Voltigeur; de gloriosas carreras de siete horas de dura monta a través de tres condados, y un viaje de regreso a casa a medianoche de treinta millas en sus caballos de caza; y que salían corriendo de la mesa bien servida con la boca llena de solomillo frío para mirar ese menudillo, o ese antebrazo esguinzado, o el potro que acababa de regresar del veterinario, consideraban a Robert Audley, holgazaneando sobre una rebanada de pan con mermelada, como una persona totalmente indigna de cualquier comentario.
El joven abogado había traído un par de perros consigo; y el caballero rural que pagaba cincuenta libras por un perro de muestra, y viajaba un par de cientos de millas para ver una pareja de setters antes de cerrar el trato, se reía a carcajadas de los dos perros miserables, uno de los cuales había seguido a Robert Audley a través de Chancery Lane, y la mitad de la longitud de Holborn; mientras que su compañero había sido tomado por el abogado vi et armis de un vendedor ambulante que lo estaba maltratando. Y como Robert, además, insistía en tener a estos dos animales deplorables bajo su sillón en el salón, para gran molestia de mi señora, quien, como sabemos, odiaba a todos los perros, los visitantes de Audley Court consideraban al sobrino del baronet como un tipo inofensivo de maníaco.
Durante otras visitas a la corte, Robert Audley había hecho un débil intento de unirse a los deportes de la alegre asamblea. Había trotado a través de media docena de campos arados en un tranquilo poni gris de Sir Michael, y deteniéndose sin aliento ante la puerta de alguna granja, había expresado su intención de no seguir a los sabuesos más esa mañana. Incluso había llegado a ponerse, con gran esfuerzo, un par de patines, con la intención de dar una vuelta por la superficie helada del estanque de peces, y había caído ignominiosamente en el primer intento, permaneciendo plácidamente extendido sobre su espalda hasta que los espectadores consideraron oportuno recogerlo. Había ocupado el asiento trasero en un carromato durante un agradable paseo matutino, protestando vehementemente contra ser llevado cuesta arriba, y requiriendo que el vehículo se detuviera cada diez minutos para reajustar los cojines. Pero este año no mostró inclinación por ninguna de estas diversiones al aire libre, y pasó su tiempo completamente descansando en el salón, y haciéndose agradable, a su manera perezosa, con mi señora y Alicia.
Lady Audley recibió las atenciones de su sobrino con esa elegante forma medio infantil que sus admiradores encontraban tan encantadora; pero Alicia estaba indignada por el cambio en la conducta de su primo.
—Siempre has sido un tipo pobre y sin espíritu, Bob —dijo la joven, con desdén, mientras entraba de un salto en el salón con su hábito de montar, después de un desayuno de caza, del cual Robert se había ausentado, prefiriendo una taza de té en el tocador de mi señora—; pero este año no sé qué te ha pasado. No sirves para nada más que para sostener una madeja de seda o leer a Tennyson a Lady Audley.
—Mi querida, apresurada e impetuosa Alicia, no seas violenta —dijo el joven implorante—. Una conclusión no es una valla de cinco barras; y no necesitas dar rienda suelta a tu juicio, como le das a tu yegua Atalanta, cuando vas volando a campo traviesa tras los talones de un desafortunado zorro. Lady Audley me interesa, y los amigos del condado de mi tío no. ¿Es esa una respuesta suficiente, Alicia?
La señorita Audley sacudió la cabeza con desdén.
—Es tan buena respuesta como obtendré jamás de ti, Bob —dijo con impaciencia—; pero por favor, diviértete a tu manera; recuéstate en un sillón todo el día, con esos dos perros absurdos durmiendo en tus rodillas; arruina las cortinas de la ventana de mi señora con tus puros y molesta a todos en la casa con tu estúpido e inanimado semblante.
El señor Robert Audley abrió sus hermosos ojos grises al máximo ante esta diatriba y miró con impotencia a la señorita Alicia.
La joven caminaba de un lado a otro de la habitación, azotando la falda de su hábito con su fusta. Sus ojos brillaban con un destello de ira, y un resplandor carmesí ardía bajo su piel morena y clara. El joven abogado sabía muy bien, por estos diagnósticos, que su prima estaba furiosa.
—Sí —repitió—, tu estúpido e inanimado semblante. ¿Sabes, Robert Audley, que con toda tu fingida amabilidad, estás lleno de engreimiento y arrogancia? Menosprecias nuestras diversiones; levantas las cejas, te encoges de hombros, te echas hacia atrás en tu silla y te lavas las manos con nosotros y nuestros placeres. Eres un sibarita egoísta y de corazón frío...
—¡Alicia! ¡Santo—cielo—mío!
El periódico de la mañana se le cayó de las manos y se quedó mirando débilmente a su agresora.
—¡Sí, egoísta, Robert Audley! Recoges perros medio muertos de hambre porque te gustan los perros medio muertos de hambre. Te agachas y acaricias la cabeza de cada perro callejero inútil en la calle del pueblo, porque te gustan los perros callejeros inútiles. Te fijas en los niños pequeños y les das monedas, porque te divierte hacerlo. Pero levantas las cejas un cuarto de yarda cuando el pobre Sir Harry Towers cuenta una historia estúpida, y dejas al pobre hombre fuera de sí con tu perezosa insolencia. En cuanto a tu amabilidad, dejarías que un hombre te golpeara y dirías «Gracias» por el golpe, antes que tomarte la molestia de golpearlo de nuevo; pero no te desviarías ni media milla de tu camino para servir a tu mejor amigo. Sir Harry vale veinte como tú, aunque escribiera para preguntar si mi y-e-g-u-a Atalanta se había recuperado del esguince. No sabe deletrear, ni levantar las cejas hasta la raíz de su cabello; pero atravesaría fuego y agua por la chica que ama; mientras que tú...
En este mismo punto, cuando Robert estaba más preparado para enfrentarse a la violencia de su prima, y cuando la señorita Alicia parecía a punto de lanzar su ataque más fuerte, la joven se desmoronó por completo y estalló en lágrimas.
Robert saltó de su sillón, derribando a sus perros en la alfombra.
—Alicia, querida, ¿qué pasa?
—Es... es... es la pluma de mi sombrero que se me metió en los ojos —sollozó su prima; y antes de que él pudiera investigar la veracidad de esta afirmación, Alicia había salido corriendo de la habitación.
Robert Audley se preparaba para seguirla cuando escuchó su voz en el patio de abajo, en medio del pisoteo de los caballos y el clamor de visitantes, perros y mozos de cuadra. Sir Harry Towers, el joven deportista más aristocrático del vecindario, acababa de tomar su pequeño pie en su mano mientras ella saltaba a su silla de montar.
—¡Buen cielo! —exclamó Robert, mientras observaba al alegre grupo de jinetes hasta que desaparecieron bajo el arco—. ¿Qué significa todo esto? ¡Qué bien monta a caballo! Qué figura tan bonita también, y una cara morena y rosada, cándida y fina: ¡pero lanzarse contra alguien así, sin la menor provocación! Esa es la consecuencia de dejar que una chica siga a los sabuesos. Aprende a mirar todo en la vida como lo hace con seis pies de madera o una zanja hundida; atraviesa el mundo como atraviesa el campo: recto hacia adelante, y sobre todo. Qué chica tan agradable podría haber sido también, si hubiera sido educada en Figtree Court. Si alguna vez me caso y tengo hijas (que este remoto evento lo evite el Cielo), serán educadas en Paper Buildings, harán todo su ejercicio en los Jardines del Temple, y nunca irán más allá de las puertas hasta que sean casaderas, cuando las llevaré directamente a través de Fleet Street hasta la iglesia de St. Dunstan, y las entregaré en manos de sus esposos.
Con tales reflexiones, el señor Robert Audley pasó el tiempo hasta que mi señora volvió a entrar en el salón, fresca y radiante con su elegante traje de mañana, sus rizos amarillos brillando con las aguas perfumadas en las que se había bañado, y su cuaderno de dibujo cubierto de terciopelo en sus brazos. Colocó un pequeño caballete sobre una mesa junto a la ventana, se sentó frente a él y comenzó a mezclar los colores en su paleta, mientras Robert la observaba con sus ojos entrecerrados.
—¿Está segura de que mi cigarro no le molesta, Lady Audley?
—Oh, no, en absoluto; estoy muy acostumbrada al olor del tabaco. El señor Dawson, el cirujano, fumaba toda la tarde cuando yo vivía en su casa.
—Dawson es un buen tipo, ¿verdad? —preguntó Robert, con indiferencia.
Mi señora estalló en su risa bonita y efusiva.
—La mejor de las criaturas —dijo—. Me pagaba veinticinco libras al año; imagínese, ¡veinticinco libras! Eso eran seis libras con cinco al trimestre. ¡Qué bien recuerdo recibir el dinero: seis soberanos viejos y sucios, y un pequeño montón de plata desordenada y sucia, que venía directamente de la caja en la cirugía! ¡Y entonces qué contenta estaba de conseguirlo! Mientras que ahora... no puedo evitar reírme mientras pienso en ello... estos colores que estoy usando cuestan una guinea cada uno en Winsor & Newton; el carmín y el ultramarino, treinta chelines. Le di a la señora Dawson uno de mis vestidos de seda el otro día, y la pobre mujer me besó, y el cirujano llevó el paquete a casa bajo su capa.
Mi señora se rió larga y alegremente ante el pensamiento. Sus colores estaban mezclados; estaba copiando un boceto a acuarela de una atmósfera imposiblemente al estilo de Turner. El boceto estaba casi terminado, y solo tenía que añadir algunos pequeños toques críticos con el más delicado de sus pinceles de marta. Se preparó delicadamente para el trabajo, mirando de reojo la pintura.
Todo este tiempo, los ojos del señor Robert Audley estaban fijos intensamente en su bonita cara.
—Es un cambio —dijo, después de una pausa tan larga que mi señora podría haber olvidado de qué estaba hablando—, ¡es un cambio! Algunas mujeres harían mucho para lograr un cambio como ese.
Los claros ojos azules de Lady Audley se dilataron al fijarlos repentinamente en el joven abogado. La luz del sol invernal, brillando intensamente sobre su rostro desde una ventana lateral, iluminaba el azul de esos hermosos ojos, hasta que su color parecía parpadear y temblar entre el azul y el verde, como los tintes ópalos del mar cambian en un día de verano. El pequeño pincel cayó de su mano y borró la cara de la campesina bajo un círculo creciente de laca carmesí.
Robert Audley acariciaba tiernamente la hoja desmoronada de su cigarro con dedos cautelosos.
—Mi amigo en la esquina de Chancery Lane no me ha dado tan buenos Manila como de costumbre —murmuró—. Si alguna vez fuma, mi querida tía (y me han dicho que muchas mujeres toman un cigarrillo tranquilo en secreto), tenga mucho cuidado al elegir sus cigarros.
Mi señora respiró hondo, recogió su pincel y se rió a carcajadas ante el consejo de Robert.
—¡Qué criatura tan excéntrica es usted, señor Audley! ¿Sabe que a veces me desconcierta...?
—No más de lo que usted me desconcierta a mí, querida tía.
Mi señora guardó sus colores y su cuaderno de bocetos, y sentándose en el profundo hueco de otra ventana, a una distancia considerable de Robert Audley, se acomodó para realizar una gran labor de punto de Berlín, un tipo de bordado que a las Penélopes de hace diez o doce años les gustaba mucho practicar: «Los viejos tiempos en Bolton Abbey».
Sentada en el hueco de esta ventana, mi señora estaba separada de Robert Audley por toda la longitud de la habitación, y el joven solo podía vislumbrar ocasionalmente su rostro hermoso, rodeado por su brillante aureola de cabello dorado y brumoso.
Robert Audley había estado una semana en la corte, pero hasta ahora ni él ni mi señora habían mencionado el nombre de George Talboys.
Esta mañana, sin embargo, después de agotar los temas habituales de conversación, Lady Audley hizo una pregunta sobre el amigo de su sobrino; «Ese señor George... George...» dijo, dudando.
—Talboys —sugerió Robert.
—Sí, por supuesto: el señor George Talboys. Un nombre bastante singular, por cierto, y ciertamente, según todos los informes, una persona muy singular. ¿Lo ha visto últimamente?
—No lo he visto desde el 7 de septiembre pasado, el día en que me dejó dormido en los prados al otro lado del pueblo.
—¡Dios mío! —exclamó mi señora—. ¡Qué joven tan extraño debe ser este señor George Talboys! Por favor, cuéntamelo todo.
Robert contó, en pocas palabras, su visita a Southampton y su viaje a Liverpool, con sus diferentes resultados, mientras mi señora escuchaba muy atentamente.
Para contar esta historia con mayor ventaja, el joven dejó su silla y, cruzando la habitación, tomó su lugar frente a Lady Audley, en el hueco de la ventana.
—¿Y qué infiere de todo esto? —preguntó mi señora, después de una pausa.
—Es un misterio tan grande para mí —respondió él—, que apenas me atrevo a sacar conclusión alguna; pero en la oscuridad creo que puedo tantear mi camino hacia dos suposiciones que, para mí, parecen casi certezas.
—Y son...
—Primero, que George Talboys nunca fue más allá de Southampton. Segundo, que nunca fue a Southampton en absoluto.
—Pero usted le siguió la pista hasta allí. Su suegro lo había visto.
—Tengo motivos para dudar de la integridad de su suegro.
—¡Dios mío! —exclamó mi señora, lastimeramente—. ¿Qué quiere decir con todo esto?
—Lady Audley —respondió el joven con gravedad—, nunca he ejercido como abogado. Me he alistado en las filas de una profesión cuyos miembros tienen solemnes responsabilidades y sagrados deberes que cumplir; y he rehuido esas responsabilidades y deberes, tal como lo he hecho con todas las fatigas de esta vida problemática. Pero a veces nos vemos forzados a la misma posición que más hemos evitado, y últimamente me he visto obligado a pensar en estas cosas. Lady Audley, ¿alguna vez ha estudiado la teoría de la prueba circunstancial?
—¿Cómo puede preguntarle a una pobre mujercita sobre cosas tan horribles? —exclamó mi señora.
—La prueba circunstancial —continuó el joven, como si apenas hubiera escuchado la interrupción de Lady Audley—, ese tejido maravilloso que se construye con pajas recogidas en todos los puntos cardinales y que, sin embargo, es lo suficientemente fuerte como para ahorcar a un hombre. ¡Sobre qué pequeñeces infinitesimales puede pender a veces todo el secreto de algún misterio perverso, inexplicable hasta ahora para los más sabios de la tierra! Un trozo de papel, un jirón de alguna prenda desgarrada, el botón de una chaqueta, una palabra soltada imprudentemente de los labios demasiado cautelosos de la culpa, el fragmento de una carta, el cierre o apertura de una puerta, una sombra en una persiana, la exactitud de un momento comprobada por uno de los relojes de Benson; mil circunstancias tan leves que el criminal las olvida, pero que son eslabones de hierro en la maravillosa cadena forjada por la ciencia del oficial de policía; y he aquí que la horca está construida; la solemne campana tañe a través del gris lúgubre de la madrugada, la trampilla cruje bajo los pies culpables y el castigo del crimen es pagado.
Débiles sombras verdes y carmesíes caían sobre el rostro de mi señora desde los escudos pintados en la ventana ajimezada junto a la cual estaba sentada; pero todo rastro del color natural de aquel rostro se había desvanecido, dejándolo de un gris ceniciento y cadavérico.
Sentada tranquilamente en su silla, con la cabeza caída hacia atrás sobre los cojines de damasco ámbar y sus pequeñas manos yaciendo inertes en su regazo, Lady Audley se había desmayado.
—El radio se estrecha día tras día —dijo Robert Audley—. George Talboys nunca llegó a Southampton.
CAPÍTULO XVI.
ROBERT AUDLEY RECIBE SU DESPIDO.
La semana de Navidad había terminado y, uno a uno, los visitantes rurales fueron abandonando Audley Court. El gordo hacendado y su esposa abandonaron la habitación gris de tapices y dejaron a los guerreros de cejas negras emergiendo de la pared para mirar con desdén y amenazar a los nuevos huéspedes, o para fulminar vengativamente el vacío. Las chicas alegres del segundo piso empacaron, o hicieron empacar, sus baúles y maletas, y los vestidos de gasa arrugados que habían llegado frescos a Audley fueron llevados de vuelta a casa. Los viejos y torpes carruajes familiares, con caballos cuyos menudillos sin recortar delataban un trabajo más duro que los simples caminos rurales, fueron llevados al amplio espacio frente a la lúgubre puerta de roble y cargados con caóticos montones de equipaje femenino. Caras bonitas y sonrosadas se asomaban por las ventanas de los carruajes para sonreír en la última despedida al grupo en la puerta del vestíbulo, mientras el vehículo traqueteaba y retumbaba bajo el arco cubierto de hiedra. Sir Michael era requerido por todas partes. Dando la mano a los jóvenes deportistas; besando a las chicas de mejillas sonrosadas; abrazando a veces incluso a las robustas matronas que venían a agradecerle su agradable visita; por doquier cordial, hospitalario, generoso, feliz y querido, el baronet corría de habitación en habitación, del vestíbulo a los establos, de los establos al patio, del patio a la puerta arqueada para despedir al huésped que se marchaba.
Los rizos amarillos de mi señora destellaban aquí y allá como errantes rayos de sol en estos días ajetreados de despedidas. Sus grandes ojos azules tenían una mirada bonita y melancólica, en encantadora armonía con la suave presión de su pequeña mano y aquel discurso amistoso, aunque quizás un tanto estereotipado, en el que decía a sus visitantes cuánto lamentaba perderlos y cómo no sabía qué haría hasta que volvieran una vez más a animar la corte con su encantadora sociedad.
Pero por mucho que mi señora lamentara perder a sus visitantes, había al menos un huésped de cuya sociedad no se veía privada. Robert Audley no mostró intención alguna de abandonar la casa de su tío. No tenía deberes profesionales, decía; Figtree Court era deliciosamente sombreada en tiempo caluroso, pero había una esquina afilada por donde el viento entraba en los meses de verano, armado con reumatismos e influenzas vengativas. Todo el mundo era tan bueno con él en la Corte que, en realidad, no tenía inclinación a marcharse apresuradamente.
Sir Michael solo tenía una respuesta para esto: "Quédate, querido muchacho; quédate, querido Bob, todo el tiempo que quieras. No tengo hijos y ocupas para mí el lugar de uno. Hazte agradable a Lucy y considera la Corte tu hogar mientras vivas".
A lo que Robert solo respondía agarrando la mano de su tío con vehemencia y murmurando algo sobre "un viejo príncipe alegre".
Se observaba que a veces había una cierta tristeza vaga en el tono del joven cuando llamaba a Sir Michael "un viejo príncipe alegre"; alguna sombra de pesar afectuoso que nublaba los ojos de Robert, mientras se sentaba en un rincón de la habitación mirando pensativo al baronet de barba blanca.
Antes de que el último de los jóvenes deportistas partiera, Sir Harry Towers exigió y obtuvo una entrevista con la señorita Alicia Audley en la biblioteca de roble; una entrevista en la que el vigoroso joven cazador de zorros mostró una emoción considerable; tanta emoción, de hecho, y de un carácter tan genuino y honesto, que Alicia se derrumbó sinceramente cuando le dijo que siempre lo estimaría y respetaría por su corazón verdadero y noble, pero que nunca, nunca, a menos que quisiera causarle la angustia más cruel, debía pedirle más que esta estima y respeto.
Sir Harry abandonó la biblioteca por la ventana francesa que daba al jardín del estanque. Paseó por aquel mismo paseo de tilos que George Talboys había comparado con una avenida en un cementerio y, bajo los árboles sin hojas, luchó la batalla de su valiente y joven corazón.
—¡Qué tonto soy al sentirlo así! —gritó, golpeando el suelo helado con el pie—. Siempre supe que sería así; siempre supe que ella era cien veces demasiado buena para mí. ¡Que Dios la bendiga! Qué noble y tiernamente habló; qué hermosa se veía con los rubores carmesíes bajo su piel morena y las lágrimas en sus grandes ojos grises, ¡casi tan guapa como el día que tomó la valla hundida y dejó que le pusiera la cola de zorro en el sombrero mientras cabalgábamos a casa! ¡Que Dios la bendiga! Puedo superar cualquier cosa siempre y cuando ella no se preocupe por ese abogado rastrero. Pero eso no podría soportarlo.
Aquel abogado rastrero, apelativo con el que Sir Harry aludía al Sr. Robert Audley, estaba de pie en el vestíbulo, mirando un mapa de los condados centrales, cuando Alicia salió de la biblioteca con los ojos rojos tras su entrevista con el baronet cazador de zorros.
Robert, que era corto de vista, tenía los ojos a medio centímetro de la superficie del mapa cuando la joven se acercó a él.
—Sí —dijo—, Norwich está en Norfolk, y ese tonto del joven Vincent dijo que estaba en Herefordshire. Ah, Alicia, ¿eres tú?
Se dio la vuelta para interceptar a la señorita Audley en su camino a la escalera.
—Sí —respondió su prima cortésmente, intentando pasar junto a él.
—Alicia, has estado llorando.
La joven no se dignó a responder.
—Has estado llorando, Alicia. Sir Harry Towers, de Towers Park, en el condado de Herts, te ha pedido matrimonio, ¿eh?
—¿Ha estado escuchando tras la puerta, señor Audley?
—No, señorita Audley. Por principio, me opongo a escuchar y, en la práctica, creo que es un procedimiento muy problemático; pero soy abogado, señorita Alicia, y capaz de sacar una conclusión por inducción. ¿Sabe qué es la prueba inductiva, señorita Audley?
—No —respondió Alicia, mirando a su primo como una joven pantera podría mirar a su audaz torturador.
—No lo creía. Me atrevo a decir que Sir Harry preguntaría si era una nueva clase de píldora para caballos. Sabía por inducción que el baronet iba a pedirle matrimonio; primero, porque bajó las escaleras con el pelo partido por el lado equivocado y la cara tan pálida como un mantel; segundo, porque no pudo desayunar nada y dejó que el café se le fuera por el camino equivocado; y tercero, porque pidió una entrevista con usted antes de irse de la Corte. Bueno, ¿cómo va a ser, Alicia? ¿Nos casamos con el baronet y el pobre primo Bob va a ser el padrino en la boda?
—Sir Harry Towers es un joven de corazón noble —dijo Alicia, intentando todavía pasar junto a su primo.
—¿Pero lo aceptamos, sí o no? ¿Vamos a ser Lady Towers, con una magnífica propiedad en Hertfordshire, alojamiento de verano para nuestros caballos de caza y un coche con lacayos para conducirnos hasta la finca de papá en Essex? ¿Va a ser así, Alicia, o no?
—¿Qué le importa eso a usted, señor Robert Audley? —gritó Alicia, apasionadamente—. ¿Qué le importa lo que sea de mí o con quién me case? Si me casara con un deshollinador, usted solo levantaría las cejas y diría: "Dios mío, siempre fue excéntrica". He rechazado a Sir Harry Towers; pero cuando pienso en su afecto generoso y desinteresado, y lo comparo con la indiferencia despiadada, perezosa, egoísta y altanera de otros hombres, tengo muchas ganas de correr tras él y decirle...
—¿Que te retractas y serás mi Lady Towers?
—Sí.
—Entonces no lo hagas, Alicia, no lo hagas —dijo Robert Audley, agarrando la delgada muñequita de su prima y llevándola escaleras arriba—. Ven al salón conmigo, Alicia, mi pobre primita; mi encantadora, impetuosa y alarmante primita. Siéntate aquí en esta ventana ajimezada y hablemos seriamente y dejemos de pelear si podemos.
Los primos tenían el salón para ellos solos. Sir Michael estaba fuera, mi señora en sus propios aposentos y el pobre Sir Harry Towers caminando de un lado a otro sobre el camino de grava, oscurecido por las sombras parpadeantes de las ramas sin hojas bajo la fría luz del sol invernal.
—Mi pobre pequeña Alicia —dijo Robert, tan tiernamente como si se hubiera dirigido a una niña mimada—, ¿supones que porque la gente no usa caras de vinagre, o se parte el pelo por el lado equivocado, o se comporta en general al estilo de los maníacos bienintencionados para demostrar la vehemencia de su pasión; supones por esto, Alicia Audley, que no pueden ser tan sensibles a los méritos de una querida chica afectuosa y de buen corazón como sus vecinos pueden serlo? La vida es un asunto tan problemático, cuando todo está dicho y hecho, que es bueno incluso tomar sus bendiciones con calma. No hago un gran alboroto porque pueda conseguir buenos cigarros a una puerta de la esquina de Chancery Lane y tener una querida y buena chica como prima; pero no por eso dejo de estar agradecido a la Providencia de que así sea.
Alicia abrió sus ojos grises al máximo, mirando a su primo de frente con una mirada de desconcierto. Robert había recogido al más feo y flaco de sus perros acompañantes y acariciaba plácidamente las orejas del animal.
—¿Es esto todo lo que tiene que decirme, Robert? —preguntó la señorita Audley, mansamente.
—Bueno, sí, eso creo —respondió su primo, después de una considerable deliberación—. Me imagino que lo que quería decir era esto: no te cases con el baronet cazador de zorros si te gusta alguien más; pues si solo eres paciente y te tomas la vida con calma, e intentas reformarte de cerrar puertas de golpe, entrar y salir de las habitaciones a saltos, hablar de los establos y montar a campo traviesa, no me cabe duda de que la persona que prefieras te hará un excelente marido.
—Gracias, primo —dijo la señorita Audley, enrojeciendo con rubores brillantes e indignados hasta las raíces de su cabello castaño ondulado—; pero como es posible que no sepa a quién prefiero, creo que sería mejor que no se tomara la molestia de responder por él.
Robert tiró de las orejas del perro pensativamente durante unos momentos.
—No, por supuesto —dijo, tras una pausa—. Por supuesto, si no lo conozco... Creía que lo conocía.
—¿Lo creía? —exclamó Alicia; y abriendo la puerta con una violencia que hizo estremecerse a su primo, salió saltando del salón.
—Solo dije que creía conocerlo —llamó Robert tras ella; y luego, mientras se hundía en un sillón, murmuró pensativo: "Es una chica tan simpática, si no saltara tanto".
Así que el pobre Sir Harry Towers se alejó de Audley Court, luciendo muy desanimado y abatido.
Tenía muy poco placer en regresar a la majestuosa mansión, escondida entre robles protectores y hayas venerables. La casa de ladrillo rojo y cuadrada, que brillaba al final de una larga arcada de árboles sin hojas, iba a estar desolada para siempre, pensó, ya que Alicia no vendría a ser su dueña.
Cientos de mejoras planeadas y pensadas fueron descartadas de su mente como inútiles ahora. El caballo de caza que Jim, el entrenador, estaba domando para una dama; los dos cachorros de pointer que estaban siendo criados para la próxima temporada de caza; el gran retriever negro que habría llevado la sombrilla de Alicia; el pabellón del jardín, en desuso desde la muerte de su madre, pero que había pensado restaurar para la señorita Audley; todas estas cosas eran ahora vanidad y aflicción de espíritu.
—¿De qué sirve ser rico si uno no tiene a nadie que le ayude a gastar su dinero? —dijo el joven baronet—. Uno solo se vuelve un mendigo egoísta y se dedica a beber demasiado oporto. Es duro que una chica pueda rechazar un corazón verdadero y unos establos como los que tenemos en el parque. A uno lo desequilibra de alguna manera.
En efecto, este rechazo inesperado había desequilibrado mucho las pocas ideas que componían la pequeña suma de la mente del baronet.
Había estado desesperadamente enamorado de Alicia desde la última temporada de caza, cuando la conoció en el baile del condado. Su pasión, acariciada durante la lenta monotonía de un verano, había estallado de nuevo en los alegres meses de invierno, y solo la timidez del joven había retrasado la oferta de su mano. Pero nunca supuso por un momento que sería rechazado; estaba tan acostumbrado a la adulación de las madres que tenían hijas para casar, e incluso de las propias hijas; estaba tan acostumbrado a sentirse el personaje principal en una asamblea, aunque la mitad de los ingenios de la época hubieran estado allí, y él solo pudiera decir "¡Vaya, por supuesto!" y "¡Por Júpiter, ejem!"; había sido tan mimado por los halagos de ojos brillantes que miraban, o parecían mirar, más intensamente cuando él se acercaba, que sin poseer una sola sombra de vanidad personal, había llegado a pensar que solo tenía que pedir matrimonio a la chica más bonita de Essex para verse inmediatamente aceptado.
—Sí —decía complacientemente a algún satélite admirador—, sé que soy un buen partido y sé lo que hace que las chicas sean tan amables. Son muy bonitas y muy amistosas con uno; pero no me importan. Son todas iguales; solo pueden bajar los ojos y decir: "¿Dios mío, Sir Harry, por qué llama a ese perro negro rizado un retriever?" o "¿Oh, Sir Harry, y la pobre yegua realmente se torció el omóplato?". No tengo mucho cerebro, lo sé —añadía el baronet con modestia—, y no quiero a una mujer de mentalidad fuerte, que escribe libros y usa gafas verdes; pero, ¡maldita sea!, me gusta una chica que sepa de lo que habla.
Así que cuando Alicia dijo "no", o más bien hizo aquel bonito discurso sobre la estima y el respeto que las jóvenes bien educadas sustituyen por el odioso monosílabo, Sir Harry Towers sintió que todo el tejido del futuro que había construido tan complacientemente se hacía añicos en un montón de ruinas lúgubres.
Sir Michael lo agarró calurosamente de la mano justo antes de que el joven montara su caballo en el patio.
—Lo siento mucho, Towers —dijo—. Eres un tipo tan bueno como el que más y habrías hecho a mi chica un marido excelente; pero ya sabes que hay un primo, y creo que...
—No diga eso, Sir Michael —interrumpió el cazador de zorros, enérgicamente—. Puedo superar cualquier cosa menos eso. ¡Un tipo cuya mano sobre las riendas pesa media tonelada (¡vaya, hizo pedazos la boca del Cavalier, señor, el día que usted le dejó montar el caballo!); un tipo que se baja los cuellos de la camisa y come pan con mermelada! No, no, Sir Michael; es un mundo extraño, pero no puedo pensar eso de la señorita Audley. Tiene que haber alguien en segundo plano, señor; no puede ser el primo.
Sir Michael negó con la cabeza mientras el pretendiente rechazado se alejaba.
—No sé nada de eso —murmuró—. Bob es un buen muchacho y la chica podría hacerlo peor; pero se contiene como si no le importara. ¡Hay algún misterio, hay algún misterio!
El viejo baronet dijo esto en ese tono semipensativo con el que hablamos de los asuntos de los demás. Las sombras del crepúsculo del invierno temprano, acumulándose más densamente bajo el bajo techo de roble del vestíbulo y la curiosa curva de la puerta arqueada, caían oscuramente alrededor de su hermosa cabeza; pero la luz del ocaso de su vida, su hermosa y amada esposa joven, estaba cerca de él, y él no podía ver sombras cuando ella estaba presente.
Ella vino saltando por el vestíbulo a su encuentro y, sacudiendo sus rizos dorados, enterró su brillante cabeza en el pecho de su marido.
—Así que el último de nuestros visitantes se ha ido, querido, y estamos solos —dijo—. ¿No es agradable?
—Sí, cariño —respondió él con ternura, acariciando su brillante cabello.
—Excepto el Sr. Robert Audley. ¿Cuánto tiempo va a quedarse aquí ese sobrino suyo?
—Todo el tiempo que quiera, mi tesoro; siempre es bienvenido —dijo el baronet; y luego, como si se acordara de sí mismo, añadió con ternura—: Pero no a menos que su visita sea agradable para ti, cariño; no si sus hábitos perezosos, o su tabaco, o sus perros, o cualquier cosa sobre él te desagrada.
Lady Audley frunció sus labios sonrosados y miró pensativamente al suelo.
—No es eso —dijo, dudando—. El Sr. Audley es un joven muy agradable y un joven muy honorable; pero sabe, Sir Michael, que soy una tía más bien joven para tal sobrino, y...
—¿Y qué, Lucy? —preguntó el baronet, con vehemencia.
—La pobre Alicia está un poco celosa de cualquier atención que el Sr. Audley me preste y... y... creo que sería mejor para su felicidad que su sobrino pusiera fin a su visita.
—Se irá esta noche, Lucy —exclamó Sir Michael—. Soy un tonto ciego y negligente por no haber pensado en esto antes. Mi encantador tesorito, apenas fue justo con Bob exponer al pobre muchacho a tus fascinaciones. Sé que es tan buen tipo y de corazón tan sincero como el que más, pero... pero... se irá esta noche.
—¿Pero no serás demasiado brusco, querido? ¿No serás grosero?
—¡Grosero! No, Lucy. Lo dejé fumando en el paseo de los tilos. Iré a decirle que debe salir de la casa en una hora.
Así que en aquella avenida sin hojas, bajo cuya sombra lúgubre George Talboys había permanecido en aquella tarde tormentosa antes del día de su desaparición, Sir Michael Audley le dijo a su sobrino que la Corte no era un hogar para él y que mi señora era demasiado joven y bonita para aceptar las atenciones de un apuesto sobrino de veintiocho años.
Robert solo se encogió de hombros y elevó sus cejas negras y gruesas mientras Sir Michael insinuaba delicadamente todo esto.
—He sido atento con mi señora —dijo—. Me interesa; y luego, con un cambio en su voz y una emoción que no le era común, se volvió hacia el baronet y, agarrándole la mano, exclamó: "¡Dios no permita, mi querido tío, que yo traiga problemas a un corazón tan noble como el suyo! ¡Dios no permita que la más mínima sombra de deshonor caiga jamás sobre su honrada cabeza, y menos aún por mi causa!".
El joven pronunció estas pocas palabras de una manera quebrada y entrecortada, como Sir Michael nunca le había oído hablar antes, y luego, apartando la cabeza, se derrumbó por completo.
Abandonó la corte esa misma noche, pero no fue muy lejos. En lugar de tomar el tren de la tarde hacia Londres, se dirigió directamente al pequeño pueblo de Mount Stanning y, entrando en la pulcra posada, preguntó a Phoebe Marks si podía alojarle.
CAPÍTULO XVII.
EN LA POSADA DEL CASTILLO.
La pequeña sala de estar a la que Phoebe Marks condujo al sobrino del baronet estaba situada en la planta baja y solo estaba separada por un tabique de listones y yeso del pequeño bar-salón ocupado por el posadero y su mujer.
Parecía como si el sabio arquitecto que había supervisado la construcción de la Posada del Castillo se hubiera encargado especialmente de que no se utilizara nada más que el material más frágil y endeble, y de que el viento, que sentía una predilección especial por este lugar desprotegido, tuviera plena libertad para dar rienda suelta a sus caprichos.
Para este fin, se utilizó una carpintería lamentable en lugar de una mampostería sólida; techos tambaleantes habían sido apuntalados por vigas frágiles, y travesaños que amenazaban cada noche de tormenta con caer sobre las cabezas de quienes estaban debajo; puertas cuya especialidad era no cerrarse nunca, y sin embargo estar siempre golpeando; ventanas construidas con la peculiar visión de dejar entrar la corriente cuando estaban cerradas y mantener el aire fuera cuando estaban abiertas. La mano del genio había ideado esta solitaria posada rural; y no había una pulgada de madera, ni una paletada de yeso empleada en toda la tambaleante construcción que no ofreciera su propio punto débil a cada asalto de su infatigable enemigo.
Robert miró a su alrededor con una débil sonrisa de resignación.
Era un cambio, decididamente, respecto a las lujosas comodidades de Audley Court, y resultaba un capricho bastante extraño el del joven abogado preferir holgazanear en esta lúgubre posada de pueblo antes que regresar a sus cómodas cámaras en Figtree Court.
Pero había traído consigo sus lares y penates, en forma de su pipa alemana, su bote de tabaco, media docena de novelas francesas y sus dos perros favoritos, de mala condición, que se sentaban a temblar ante el humeante fueguecillo, ladrando breve y agudamente de vez en cuando, a modo de insinuación para algún pequeño refrigerio.
Mientras el señor Robert Audley contemplaba sus nuevos aposentos, Phoebe Marks llamó a un pequeño muchacho del pueblo que solía hacer recados para ella y, llevándolo a la cocina, le dio una nota diminuta, cuidadosamente doblada y sellada.
—¿Conoces Audley Court?
—Sí, señora.
—Si corres allá con esta carta esta noche y te aseguras de que se ponga a buen recaudo en manos de Lady Audley, te daré un chelín.
—Sí, señora.
—¿Entiendes? Pide ver a mi señora; puedes decir que tienes un mensaje —no una nota, recuerda—, sino un mensaje de Phoebe Marks; y cuando la veas, entrégaselo en su propia mano.
—Sí, señora.
—¿No se te olvidará?
—No, señora.
—Entonces, lárgate.
El muchacho no esperó a una segunda orden, sino que en otro momento ya estaba escabulléndose a lo largo del solitario camino real, bajando la pronunciada cuesta que conducía a Audley.
Phoebe Marks fue a la ventana y miró la figura negra del muchacho apresurándose a través de la oscura tarde de invierno.
—Si hay alguna mala intención en que él venga aquí —pensó—, mi señora lo sabrá a tiempo, de todos modos.
Phoebe misma trajo la bandeja de té cuidadosamente dispuesta y el pequeño plato cubierto de jamón y huevos que se había preparado para este visitante inesperado. Su cabello pálido estaba trenzado con suavidad y su vestido gris claro se ajustaba con tanta precisión como siempre. Los mismos tonos neutros impregnaban su persona y su vestimenta; ninguna cinta de color rosa llamativa ni vestido de seda crujiente proclamaba a la acomodada esposa del posadero. Phoebe Marks era una persona que nunca perdía su individualidad. Silenciosa y contenida, parecía mantenerse dentro de sí misma y no tomar color del mundo exterior.
Robert la miró pensativo mientras extendía el mantel y acercaba la mesa a la chimenea.
—Esa —pensó— es una mujer que podría guardar un secreto.
Los perros miraron con cierta sospecha la figura silenciosa de la señora Marks deslizándose suavemente por la habitación, desde la tetera hasta la caja del té, y desde la caja hasta el hervidor que cantaba sobre la hornilla.
—¿Quiere servirme el té, señora Marks? —dijo Robert, sentándose en un sillón cubierto de crin, que le ajustaba tan estrechamente en todas direcciones como si le hubieran tomado las medidas para él.
—¿Ha venido directamente de la Corte, señor? —dijo Phoebe mientras le entregaba el azucarero a Robert.
—Sí; solo hace una hora que dejé la casa de mi tío.
—¿Y mi señora, señor, estaba bien?
—Sí, muy bien.
—¿Tan alegre y despreocupada como siempre, señor?
—Tan alegre y despreocupada como siempre.
Phoebe se retiró respetuosamente después de haber dado el té al señor Audley, pero mientras permanecía con la mano en la cerradura de la puerta, él habló de nuevo.
—Usted conocía a Lady Audley cuando era la señorita Lucy Graham, ¿no es así? —preguntó.
—Sí, señor. Yo trabajaba en casa de la señora Dawson cuando mi señora era institutriz allí.
—¡De veras! ¿Estuvo mucho tiempo en la familia del cirujano?
—Año y medio, señor.
—¿Y vino de Londres?
—Sí, señor.
—Y era huérfana, creo, ¿verdad?
—Sí, señor.
—¿Siempre tan alegre como ahora?
—Siempre, señor.
Robert vació su taza de té y se la entregó a la señora Marks. Sus ojos se encontraron: una mirada perezosa en los de él, y una mirada activa y escrutadora en los de ella.
—Esta mujer sería buena en el estrado de los testigos —pensó—; haría falta un abogado inteligente para molestarla en un interrogatorio.
Terminó su segunda taza de té, apartó el plato, alimentó a sus perros y encendió su pipa, mientras Phoebe se llevaba la bandeja del té.
El viento venía silbando a través del gélido campo abierto y a través de los bosques sin hojas, y traqueteaba ferozmente contra los marcos de las ventanas.
—Hay una corriente triangular desde esas dos ventanas y la puerta que apenas contribuye a la comodidad de este apartamento —murmuró Robert—; y ciertamente hay sensaciones más placenteras que la de estar de pie hasta las rodillas en agua fría.
Removió el fuego, acarició a sus perros, se puso su abrigo, arrastró un viejo sofá tambaleante cerca de la chimenea, envolvió sus piernas en su manta de viaje y, estirándose a lo largo sobre el estrecho cojín de crin, fumó su pipa y observó las volutas gris azuladas que se enroscaban hacia el techo deslucido.
—No —murmuró de nuevo—; esa es una mujer que puede guardar un secreto. Un abogado de la acusación podría sacar muy poco de ella.
He dicho que el bar-salón solo estaba separado de la sala de estar ocupada por Robert por un tabique de listones y yeso. El joven abogado podía oír a los dos o tres comerciantes del pueblo y a un par de granjeros riendo y hablando alrededor de la barra, mientras Luke Marks les servía de su reserva de licores.
Muy a menudo, incluso podía oír sus palabras, especialmente las del posadero, pues hablaba con una voz ronca y fuerte, y tenía un aire más jactancioso que cualquiera de sus clientes.
—El hombre es un necio —dijo Robert mientras dejaba su pipa—. Iré y hablaré con él dentro de poco.
Esperó hasta que los pocos visitantes del Castillo se hubieron marchado uno a uno, y cuando Luke Marks hubo cerrado la puerta bajo llave tras el último de sus clientes, entró tranquilamente en el bar-salón, donde el posadero estaba sentado con su esposa.
Phoebe estaba ocupada en una pequeña mesa sobre la que había un costurero pulcro, con cada carrete de hilo y cada acerico de acero brillante en su lugar designado. Estaba remendando los calcetines grises y ásperos que adornaban los pies torpes de su marido, pero hacía su trabajo con tanta delicadeza como si se trataran de las finas medias de seda de mi señora.
Digo que ella no tomaba color de las cosas externas, y que el aire vago de refinamiento que impregnaba su naturaleza se aferraba a ella tan estrechamente en la sociedad de su marido patán en la Posada del Castillo como en el tocador de Lady Audley en la Corte.
Ella levantó la vista de repente cuando Robert entró en el bar-salón. Había cierta sombra de contrariedad en sus ojos gris pálido, que cambió a una expresión de ansiedad —o mejor dicho, casi de terror— mientras miraba del señor Audley a Luke Marks.
—He venido para una pequeña charla de unos minutos antes de irme a la cama —dijo Robert, acomodándose muy confortablemente ante el alegre fuego—. ¿Le molestaría un cigarro, señora Marks? Quiero decir, por supuesto, que yo lo fumara —añadió, a modo de explicación.
—En absoluto, señor.
—Sería bueno que ella se opusiera a un poco de tabaco —gruñó el señor Marks—, cuando yo y los clientes fumamos todo el día.
Robert encendió su cigarro con una cerilla de papel dorado hecha por Phoebe que adornaba la repisa de la chimenea, y dio media docena de caladas reflexivas antes de hablar.
—Quiero que me cuente todo sobre Mount Stanning, señor Marks —dijo al poco tiempo.
—Entonces eso se cuenta bastante pronto —respondió Luke con una risa áspera y chirriante—. De todos los agujeros aburridos en los que un hombre haya puesto el pie, este es casi el más aburrido. No es que el negocio no rinda bastante bien; no me quejo de eso; pero me hubiera gustado una taberna en Chelmsford, o Brentwood, o Romford, o algún lugar donde haya un poco de vida en las calles; y podría haberla tenido —añadió, descontento—, si la gente no hubiera sido tan rematadamente tacaña.
Mientras su marido murmuraba esta queja en un tono de voz gruñón, Phoebe levantó la vista de su labor y le habló.
—Olvidamos la puerta de la cervecería, Luke —dijo—. ¿Vendrás conmigo y me ayudarás a poner la barra?
—La puerta de la cervecería puede esperar a esta noche —dijo el señor Marks—; no voy a moverme ahora. Me he sentado para una fumada cómoda.
Tomó una larga pipa de arcilla de un rincón de la rejilla mientras hablaba y comenzó a llenarla deliberadamente.
—No me siento tranquila respecto a esa puerta de la cervecería, Luke —objetó su esposa—; siempre hay vagabundos por ahí, y pueden entrar fácilmente cuando la barra no está puesta.
—Ve y pon la barra tú misma, entonces, ¿no puedes? —respondió el señor Marks.
—Es demasiado pesada para que yo pueda levantarla.
—Entonces que se quede así, si eres una dama demasiado fina para ocuparte tú misma. Estás muy ansiosa de repente por esta maldita puerta de la cervecería. Supongo que no quieres que abra la boca ante este caballero, eso es todo. ¡Oh, no necesitas fruncir el ceño para detenerme! Siempre estás metiendo la lengua y cortando mis palabras antes de haber dicho la mitad; pero no voy a aguantarlo.
—¿Oyes? ¡No voy a aguantarlo!
Phoebe Marks se encogió de hombros, dobló su labor, cerró su costurero y, cruzando las manos en su regazo, se sentó con sus ojos grises fijos en el rostro de toro de su marido.
—Entonces, ¿no le importa particularmente vivir en Mount Stanning? —dijo Robert, cortésmente, como si estuviera ansioso por cambiar la conversación.
—No, no me importa —respondió Luke—; y no me importa quién lo sepa; y, como dije antes, si la gente no hubiera sido tan rematadamente tacaña, podría haber tenido una taberna en una ciudad de mercado próspera, en lugar de este viejo lugar en ruinas, donde a un hombre se le vuela el pelo de la cabeza en un día ventoso. Qué son cincuenta libras, o qué son cien libras...
—¡Luke! ¡Luke!
—No, no vas a cerrarme la boca con todos tus "¡Luke, Lukes!" —respondió el señor Marks a la amonestación de su esposa—. Digo de nuevo, ¿qué son cien libras?
—No —respondió Robert Audley, con una claridad maravillosa, y dirigiendo sus palabras a Luke Marks, pero fijando sus ojos en el rostro ansioso de Phoebe—. ¿Qué son, en efecto, cien libras para un hombre que posee el poder que usted tiene, o mejor dicho, que su esposa tiene, sobre la persona en cuestión?
El rostro de Phoebe, casi incoloro en todo momento, parecía apenas capaz de ponerse más pálido; pero mientras sus párpados caían bajo la mirada escrutadora de Robert Audley, un cambio visible se produjo sobre los tonos pálidos de su tez.
—Un cuarto para las doce —dijo Robert, mirando su reloj.
—Horas tardías para un pueblo tan tranquilo como Mount Stanning. Buenas noches, mi digno anfitrión. Buenas noches, señora Marks. No hace falta que me envíe mi agua de afeitar hasta las nueve de la mañana de mañana.
CAPÍTULO XVIII.
ROBERT RECIBE UNA VISITA QUE APENAS ESPERABA.
Dieron las once a la mañana siguiente y el señor Robert Audley seguía holgazaneando sobre la pequeña y bien ordenada mesa del desayuno, con uno de sus perros a cada lado de su sillón, mirándolo con ojos vigilantes y bocas abiertas, esperando el bocado de jamón o tostada previsto. Robert tenía un periódico del condado sobre las rodillas e hizo un esfuerzo débil de vez en cuando para leer la primera página, que estaba llena de anuncios de ganado, medicinas curanderas y otros asuntos interesantes.
El tiempo había cambiado y la nieve, que durante los últimos días había estado asomando negruzca en el cielo gélido, caía en grandes copos plumosos contra las ventanas y yacía amontonada en el pequeño trozo de jardín exterior.
El camino largo y solitario que conducía hacia Audley parecía no haber sido hollado por ninguna pisada, mientras Robert Audley miraba el paisaje invernal.
—Animado —dijo— para un hombre acostumbrado a las fascinaciones de Temple Bar.
Mientras observaba cómo los copos de nieve caían cada momento más espesos y rápidos sobre el camino solitario, se sorprendió al ver un coche de caballos subiendo lentamente la colina.
—Me pregunto qué desgraciado tendrá un espíritu demasiado inquieto como para quedarse en casa en una mañana como esta —murmuró, mientras regresaba al sillón junto al fuego.
Apenas se había vuelto a sentar cuando Phoebe Marks entró en la habitación para anunciar a Lady Audley.
—¡Lady Audley! Por favor, ruéguele que pase —dijo Robert; y entonces, mientras Phoebe salía de la habitación para dar entrada a esta visitante inesperada, murmuró entre dientes—: Una jugada en falso, mi señora, y una que nunca esperé de usted.
Lucy Audley estaba radiante en esta fría y nevada mañana de enero. Las narices de los demás son rudamente asaltadas por los dedos afilados del sombrío rey del hielo, pero no la de mi señora; los labios de los demás se vuelven pálidos y azules con la influencia escalofriante del tiempo amargo, pero la pequeña y bonita boca de capullo de rosa de mi señora conservaba su color más brillante y su frescura más alegre.
Estaba envuelta en las mismas pieles de marta que Robert Audley había traído de Rusia y llevaba un manguito que el joven pensó que parecía casi tan grande como ella misma.
Parecía una criatura pequeña, indefensa y aniñada; y Robert la miró con cierto toque de lástima en sus ojos, mientras ella se acercaba a la chimenea junto a la cual él estaba de pie y calentaba sus diminutas manos enguantadas ante la llama.
—¡Qué mañana, señor Audley! —dijo ella—. ¡Qué mañana!
—¡Sí, en efecto! ¿Por qué salió con un tiempo así?
—Porque deseaba verle... particularmente.
—¿De veras?
—Sí —dijo mi señora, con un aire de considerable embarazo, jugando con el botón de su guante y casi arrancándolo en su inquietud—; sí, señor Audley, sentí que usted no había sido bien tratado; que... que usted tenía, en resumen, razones para quejarse; y que se le debía una disculpa.
—No deseo ninguna disculpa, Lady Audley.
—Pero tiene derecho a una —respondió mi señora, tranquilamente—. ¿Por qué, mi querido Robert, habríamos de ser tan ceremoniosos el uno con el otro? Usted estaba muy cómodo en Audley; estábamos muy contentos de tenerle allí; pero mi querido y tonto marido tuvo que meterse en su tonta cabeza que es peligroso para la tranquilidad de su pobre mujercita tener a un sobrino de veintiocho o veintinueve años fumando sus cigarros en su tocador, y, he aquí, nuestro agradable y pequeño círculo familiar se ha roto.
Lucy Audley habló con esa peculiar vivacidad infantil que parecía tan natural en ella, mientras Robert miraba casi tristemente su rostro brillante y animado.
—Lady Audley —dijo él—, ¡que el cielo no permita que ni usted ni yo traigamos nunca dolor o deshonor al generoso corazón de mi tío! ¡Mejor, tal vez, que yo estuviera fuera de la casa; mejor, tal vez, que nunca hubiera entrado en ella!
Mi señora había estado mirando el fuego mientras su sobrino hablaba, pero ante sus últimas palabras, levantó la cabeza de repente y lo miró directamente a la cara con una expresión de asombro; una mirada seria, interrogadora, cuyo significado pleno comprendió el joven abogado.
—Oh, por favor, no se alarme, Lady Audley —dijo él, gravemente—. No tiene usted ninguna tontería sentimental, ningún enamoramiento tonto, tomado de Balzac o Dumas hijo, que temer de mí. Los jueces del Inner Temple le dirán que a Robert Audley no le preocupa ninguna de las epidemias cuyos signos externos son los cuellos vueltos y las corbatas byronianas. Digo que desearía no haber entrado nunca en la casa de mi tío durante el último año; pero lo digo con un significado mucho más solemne que cualquier sentimiento.
Mi señora se encogió de hombros.
—Si usted insiste en hablar en enigmas, señor Audley —dijo ella—, debe perdonar a una pobre mujercita si se niega a responderles.
Robert no respondió a este discurso.
—Pero dígame —dijo mi señora, con un cambio total de tono—, ¿qué pudo inducirle a venir a este lugar lúgubre?
—Curiosidad.
—¿Curiosidad?
—Sí; sentí interés por ese hombre de cuello de toro, con el cabello rojo oscuro y los ojos grises malvados. Un hombre peligroso, mi señora; un hombre en cuyo poder no me gustaría estar.
Un cambio repentino se produjo en el rostro de Lady Audley; el bonito rubor rosado se desvaneció de sus mejillas y las dejó blancas como la cera, y destellos de ira iluminaron sus ojos azules.
—¿Qué le he hecho yo, Robert Audley —gritó apasionadamente—, qué le he hecho para que usted me odie tanto?
Él le respondió muy gravemente:
—Tuve un amigo, Lady Audley, a quien amaba muy profundamente, y desde que lo he perdido, me temo que mis sentimientos hacia otras personas se han amargado extrañamente.
—¿Se refiere al señor Talboys que se fue a Australia?
—Sí, me refiero al señor Talboys quien, según se me dijo, partió hacia Liverpool con la idea de ir a Australia.
—¿Y usted no cree que haya zarpado hacia Australia?
—No lo creo.
—¿Pero por qué no?
—Perdóneme, Lady Audley, si me niego a responder a esa pregunta.
—Como usted guste —dijo ella, despreocupada.
—Una semana después de que mi amigo desapareciera —continuó Robert—, envié un anuncio a los periódicos de Sídney y Melbourne, instándole a que, si se encontraba en cualquiera de las ciudades cuando apareciera el anuncio, me escribiera y me contara su paradero, y también instando a cualquiera que lo hubiera conocido, ya fuera en las colonias o durante el viaje, a que me diera cualquier información sobre él. George Talboys dejó Essex, o desapareció de Essex, el 6 de septiembre pasado. Debería recibir alguna respuesta a este anuncio para finales de este mes. Hoy es el 27; el tiempo se acerca mucho.
—¿Y si no recibe ninguna respuesta? —preguntó Lady Audley.
—Si no recibo respuesta, pensaré que mis temores no han sido infundados y haré todo lo posible por actuar.
—¿Qué quiere decir con eso?
—Ah, Lady Audley, usted me recuerda cuán impotente soy en este asunto. Podrían haber acabado con mi amigo en esta misma posada, y yo podría quedarme aquí durante un año y marcharme al final tan ignorante de su destino como si nunca hubiera cruzado el umbral. ¿Qué sabemos de los misterios que pueden rodear las casas en las que entramos? Si fuera mañana a esa casa vulgar y plebeya de ocho habitaciones en la que Maria Manning y su marido asesinaron a su invitado, no tendría ninguna premonición terrible de aquel horror pasado. Se han cometido actos viles bajo los techos más hospitalarios; se han cometido crímenes terribles en medio de los paisajes más hermosos y no han dejado rastro en el lugar donde fueron cometidos. No creo en la mandrágora, ni en manchas de sangre que ningún tiempo pueda borrar. Creo más bien que podemos caminar inconscientemente en una atmósfera de crimen y respirar no menos libremente. Creo que podemos mirar el rostro sonriente de un asesino y admirar su tranquila belleza.
Mi señora se rió ante la seriedad de Robert.
—Parece tener usted bastante gusto por discutir estos temas horribles —dijo, bastante desdeñosa—; debería haber sido un oficial de policía detective.
—A veces pienso que habría sido uno bueno.
—¿Por qué?
—Porque soy paciente.
—Pero volviendo al señor George Talboys, a quien perdimos de vista en su elocuente discusión. ¿Qué pasa si no recibe respuesta a sus anuncios?
—Entonces me consideraré justificado al concluir que mi amigo ha muerto.
—Sí, ¿y entonces...?
—Examinaré las pertenencias que dejó en mis aposentos.
—¡De verdad! ¿Y qué son? Abrigos, chalecos, botas barnizadas y pipas de espuma de mar, supongo —dijo Lady Audley, riendo.
—No; cartas; cartas de sus amigos, de sus antiguos compañeros de escuela, de su padre, de sus compañeros oficiales.
—¿Sí?
—Cartas, también, de su esposa.
Mi señora guardó silencio durante algunos momentos, mirando pensativa el fuego.
—¿Ha visto alguna vez alguna de las cartas escritas por la difunta señora Talboys? —preguntó al poco rato.
—Nunca. ¡Pobre alma! Es poco probable que sus cartas arrojen mucha luz sobre el destino de mi amigo. Me atrevería a decir que escribía el habitual garabato femenino. Hay muy pocos que escriban una mano tan encantadora e insólita como la suya, Lady Audley.
—Ah, usted conoce mi letra, por supuesto.
—Sí, la conozco muy bien, en efecto.
Mi señora se calentó las manos una vez más y, tomando el gran manguito que había dejado a un lado sobre una silla, se preparó para marcharse.
—Usted se ha negado a aceptar mis disculpas, señor Audley —dijo—; pero confío en que no por ello esté menos seguro de mis sentimientos hacia usted.
—Perfectamente seguro, Lady Audley.
—Entonces adiós, y permítame recomendarle que no permanezca mucho tiempo en este lugar miserable y lleno de corrientes, si no desea llevarse un reumatismo de vuelta a Figtree Court.
—Regresaré a la ciudad mañana por la mañana para ocuparme de mis cartas.
—Entonces, una vez más, adiós.
Ella le tendió la mano; él la tomó con laxitud en la suya. Parecía una mano tan pequeña y débil que podría haberla aplastado con su fuerte agarre, de haber elegido ser tan despiadado.
Él la acompañó hasta su carruaje y lo observó mientras se alejaba, no hacia Audley, sino en dirección a Brentwood, que estaba a unas seis millas de Mount Stanning.
Aproximadamente una hora y media después de esto, mientras Robert estaba de pie en la puerta de la posada, fumando un cigarro y observando la nieve caer sobre los campos blanqueados de enfrente, vio el brougham regresar, esta vez vacío, a la puerta de la posada.
—¿Ha llevado a Lady Audley de regreso a la mansión? —dijo al cochero, que se había detenido para pedir una jarra de cerveza caliente con especias.
—No, señor; acabo de llegar de la estación de Brentwood. Mi señora partió hacia Londres en el tren de las 12:40.
—¿Hacia la ciudad?
—Sí, señor.
—¡Mi señora se ha ido a Londres! —dijo Robert, mientras regresaba a la pequeña sala de estar—. Entonces la seguiré en el próximo tren; y si no me equivoco mucho, sé dónde encontrarla.
Hizo su maleta, pagó la cuenta, ató a sus perros con un par de collares de cuero y una cadena, y subió al traqueteante coche de alquiler que mantenía la posada Castle para comodidad de Mount Stanning. Tomó un expreso que salía de Brentwood a las tres en punto, y se acomodó confortablemente en un rincón de un vagón de primera clase vacío, acurrucado en un par de mantas de viaje y fumando un cigarro en leve desafío a las autoridades.
CAPÍTULO XIX.
LA ESCRITURA EN EL LIBRO.
Eran exactamente las cuatro y cinco minutos cuando el señor Robert Audley bajó al andén en Shoreditch, y esperó plácidamente hasta que sus perros y su maleta fueran entregados al mozo de equipajes que había llamado a su coche y se había hecho cargo de la gestión general de sus asuntos, con esa cortesía desinteresada que tanto crédito da a una clase de servidores a quienes se les prohíbe aceptar el tributo de un público agradecido.
Robert Audley esperó con suma paciencia durante un tiempo considerable; pero como el expreso era generalmente un tren largo, y como había una gran cantidad de pasajeros de Norfolk llevando escopetas, perros de muestra y otros pertrechos de naturaleza crítica, llevó mucho tiempo hacer que las cosas fueran agradables para todos los reclamantes, e incluso la seráfica indiferencia del abogado por los asuntos mundanos casi se vino abajo.
—Quizás, cuando ese caballero que está armando tanto alboroto por un perro de muestra con manchas de color hígado, haya descubierto el perro y las manchas particulares que quiere —cuya feliz combinación de eventos parece poco probable que llegue—, me darán mi equipaje y me dejarán ir. Los astutos bribones supieron de un vistazo que yo había nacido para que se aprovecharan de mí; y que si me pisotearan hasta quitarme la vida en este mismo andén, nunca tendría el espíritu para entablar una demanda contra la compañía.
De repente, una idea pareció asaltarlo, y dejó al mozo luchando por la custodia de sus bienes, y caminó hacia el otro lado de la estación.
Oyó sonar una campana y, al mirar el reloj, recordó que el tren con destino a Colchester salía a esa hora. Había aprendido lo que era tener un propósito serio desde la desaparición de George Talboys; y llegó al andén opuesto a tiempo para ver a los pasajeros ocupar sus asientos.
Había una dama que evidentemente acababa de llegar a la estación; pues se apresuró hacia el andén en el preciso momento en que Robert se acercaba al tren, y casi chocó contra ese caballero en su prisa y agitación.
—Le pido perdón —comenzó, ceremoniosa; luego, levantando los ojos del chaleco del señor Audley, que estaba aproximadamente al nivel de su bonita cara, exclamó—: ¡Robert, ya en Londres!
—Sí, Lady Audley; tenía usted toda la razón; la posada Castle es un lugar lúgubre, y...
—Se cansó de él; sabía que lo haría. Por favor, ábrame la puerta del vagón: el tren saldrá en dos minutos.
Robert Audley estaba mirando a la esposa de su tío con una expresión de perplejidad en el rostro.
—¿Qué significa esto? —pensó—. Es un ser completamente diferente a la criatura miserable e indefensa que dejó caer su máscara por un momento, y me miró con su propio rostro lastimero, en la pequeña habitación de Mount Stanning, hace cuatro horas. ¿Qué ha sucedido para causar el cambio?
Él le abrió la puerta mientras pensaba esto, y la ayudó a acomodarse en su asiento, extendiendo sus pieles sobre sus rodillas y arreglando el enorme manto de terciopelo en el que su esbelta y pequeña figura estaba casi oculta.
—Muchas gracias; qué bueno es conmigo —dijo ella, mientras él hacía esto—. Pensará que soy muy tonta por viajar en un día así, y además sin que mi querido amor lo sepa; pero fui a la ciudad para saldar una factura de sombrerera muy terrible, que no quería que mi mejor de los esposos viera; pues, por muy indulgente que sea, podría pensar que soy extravagante; y no puedo soportar sufrir ni siquiera en sus pensamientos.
—El cielo no quiera que usted lo haga nunca, Lady Audley —dijo Robert, gravemente.
Ella lo miró por un momento con una sonrisa que tenía algo desafiante en su brillo.
—El cielo no lo quiera, en efecto —murmuró—. No creo que lo haga nunca.
La segunda campana sonó, y el tren se movió mientras ella hablaba. Lo último que Robert Audley vio de ella fue esa sonrisa brillante y desafiante.
—Cualquiera que sea el objetivo que la trajo a Londres, se ha cumplido con éxito —pensó—. ¿Me ha desconcertado con alguna artimaña femenina? ¿Nunca llegaré a acercarme a la verdad, y estaré atormentado toda mi vida por vagas dudas y miserables sospechas que pueden crecer en mí hasta convertirme en un monomaníaco? ¿Por qué vino a Londres?
Se seguía haciendo mentalmente esta pregunta mientras subía las escaleras en Figtree Court, con uno de sus perros bajo cada brazo y sus mantas de viaje sobre el hombro.
Encontró sus aposentos en su orden habitual. Los geranios habían sido cuidadosamente atendidos, y los canarios se habían retirado a dormir bajo la cubierta de un cuadrado de bayeta verde, dando testimonio del cuidado de la honesta señora Maloney. Robert lanzó una mirada apresurada por la sala de estar; luego, dejando a los perros sobre la alfombra de la chimenea, caminó directamente a la pequeña habitación interior que servía como su vestidor.
Era en esta habitación donde guardaba las maletas en desuso, las cajas de metal lacado golpeadas y otros trastos; y era en esta habitación donde George Talboys había dejado su equipaje. Robert levantó una maleta de encima de un baúl grande y, arrodillándose ante él con una vela encendida en la mano, examinó cuidadosamente la cerradura.
A toda apariencia, estaba exactamente en la misma condición en la que George la había dejado, cuando dejó a un lado sus vestiduras de luto y las colocó en este desaliñado depósito junto con todos los demás recuerdos de su difunta esposa. Robert pasó la manga de su abrigo por la tapa gastada y cubierta de cuero, sobre la cual las iniciales G. T. estaban inscritas con grandes clavos de cabeza de latón; pero la señora Maloney, la lavandera, debía haber sido la más precisa de las amas de casa, pues ni la maleta ni el baúl tenían polvo.
El señor Audley envió a un chico a buscar a su asistente irlandesa y paseó de un lado a otro de su sala de estar esperando ansiosamente su llegada.
Ella entró unos diez minutos después y, tras expresar su deleite por el regreso de "el señor", esperó humildemente sus órdenes.
—Solo la envié a buscar para preguntarle si alguien ha estado aquí; es decir, si alguien le ha pedido la llave de mis habitaciones hoy, ¿alguna dama?
—¿Dama? No, ciertamente, su señoría; no ha venido ninguna dama por la llave; a no ser que sea el herrero.
—¡El herrero!
—Sí; el herrero que su señoría ordenó que viniera hoy.
—¡Yo ordenar a un herrero! —exclamó Robert—. Dejé una botella de brandy francés en el armario —pensó—, y la señora M. evidentemente se ha estado divirtiendo.
—Seguro, y el herrero que su señoría dijo que viera las cerraduras —respondió la señora Maloney—. Es el que vive en una de las pequeñas calles junto al puente —añadió, dando una descripción muy lúcida del paradero del hombre.
Robert levantó las cejas con muda desesperación.
—Si quiere sentarse y serenarse, señora M. —dijo él —abrevió su nombre así por principio, para evitar trabajos innecesarios—, tal vez seamos capaces de entendernos poco a poco. ¿Dice que un herrero ha estado aquí?
—Seguro y lo dije, señor.
—¿Hoy?
—Muy correcto, señor.
Paso a paso, el señor Audley obtuvo la siguiente información: un cerrajero había llamado a la señora Maloney esa tarde a las tres en punto, y había pedido la llave de los aposentos del señor Audley, con el fin de poder revisar las cerraduras de las puertas, que afirmó que estaban todas en mal estado. Declaró que actuaba bajo las propias órdenes del señor Audley, transmitidas a él mediante una carta desde el campo, donde el caballero pasaba sus Navidades. La señora Maloney, creyendo en la veracidad de esta afirmación, había admitido al hombre en los aposentos, donde permaneció cerca de media hora.
—Pero usted estuvo con él mientras examinaba las cerraduras, supongo —preguntó el señor Audley.
—Seguro que estuve, señor, entrando y saliendo, por así decirlo, todo el tiempo, porque he estado limpiando las escaleras esta tarde, y aproveché la oportunidad para comenzar a fregar mientras el hombre estaba trabajando.
—Oh, usted estuvo entrando y saliendo todo el tiempo. Si pudiera darme convenientemente una respuesta clara, señora M., me gustaría saber cuál fue el tiempo máximo que estuvo fuera mientras el cerrajero estaba en mis aposentos.
Pero la señora Maloney no pudo dar una respuesta clara. Podrían haber sido diez minutos; aunque no pensaba que fuera tanto. Podrían haber sido un cuarto de hora; pero estaba segura de que no era más. No le parecieron más de cinco minutos, pero "esas escaleras, su señoría"; y aquí se perdió en una disquisición sobre el fregado de escaleras en general, y las escaleras fuera de los aposentos de Robert en particular.
El señor Audley suspiró el suspiro fatigado de la resignación lúgubre.
—No importa, señora M. —dijo—; el cerrajero tuvo tiempo de sobra para hacer cualquier cosa que quisiera hacer, me atrevo a decir, sin que usted fuera más sabia.
La señora Maloney miró a su empleador con una mezcla de sorpresa y alarma.
—Seguro, no había nada para que él robara, su señoría, a menos que fueran los pájaros y los geranios, y...
—No, no, lo entiendo. Ya está, eso es todo, señora M. Dígame dónde vive el hombre, e iré a verlo.
—¿Pero tomará un bocado de cena primero, señor?
—Iré a ver al cerrajero antes de cenar.
Tomó su sombrero al anunciar su determinación y caminó hacia la puerta.
—¿La dirección del hombre, señora M.?
La mujer irlandesa le indicó una pequeña calle detrás de la iglesia de St. Bride, y hacia allí se dirigió tranquilamente el señor Robert Audley, a través del fango cenagoso que los sencillos londinenses llaman nieve.
Encontró al cerrajero y, a costa de la copa de su sombrero, se las arregló para entrar por la puerta baja y estrecha de una pequeña tienda abierta. Un chorro de gas ardía en el escaparate sin cristales, y había una fiesta muy alegre en la pequeña habitación detrás de la tienda; pero nadie respondió al "¡Hola!" de Robert. La razón de esto era suficientemente obvia. La alegre fiesta estaba tan absorta en su propia alegría que era sorda a todas las llamadas comunes del mundo exterior; y fue solo cuando Robert, avanzando más hacia el cavernoso local, se atrevió a abrir la puerta de medio cristal que lo separaba de los juerguistas, que logró llamar su atención.
Una imagen muy jovial de la escuela de Teniers se presentó ante el señor Robert Audley al abrir esta puerta.
El cerrajero, con su esposa y familia, y dos o tres invitados de sexo femenino, estaban agrupados alrededor de una mesa, que estaba adornada por dos botellas; no botellas vulgares de ese extracto incoloro de la baya del enebro, muy afectado por las masas; sino de oporto y jerez de buena fe; jerez ferozmente fuerte, que dejaba un sabor ardiente en la boca, jerez color nuez, un poco antinaturalmente marrón, si acaso, y oporto viejo y fino; ninguna cosecha enfermiza, descolorida y delgada por la edad excesiva, sino un vino rico, de mucho cuerpo, dulce, sustancial y de color intenso.
El cerrajero estaba hablando cuando Robert Audley abrió la puerta.
—Y con eso —dijo—, se marchó, tan elegante como quieran.
Todo el grupo se sumió en la confusión ante la aparición del señor Audley, pero se observó que el cerrajero estaba más avergonzado que sus compañeros. Dejó su vaso con tanta prisa que derramó su vino y se limpió la boca nerviosamente con el dorso de su mano sucia.
—Usted llamó a mis aposentos hoy —dijo Robert, tranquilamente—. No deje que los interrumpa, señoras. —Esto a las invitadas—. Usted llamó a mis aposentos hoy, señor White, y...
El hombre lo interrumpió.
—Espero, señor, que sea tan amable de pasar por alto el error —tartamudeó—. Estoy seguro, señor, de que lamento mucho que haya ocurrido. Me enviaron a los aposentos de otro caballero, el señor Aulwin, en Garden Court; y el nombre se me escapó de la memoria; y habiendo hecho trabajos ocasionales antes para usted, pensé que debía ser usted quien me necesitaba hoy; y pasé por casa de la señora Maloney por la llave, según; pero directamente vi las cerraduras en sus aposentos, me dije a mí mismo, las cerraduras del caballero no están en mal estado; el caballero no quiere que reparen todas sus cerraduras.
—Pero usted se quedó media hora.
—Sí, señor; porque había una cerradura en mal estado, la puerta más cercana a la escalera, y la quité, la limpié y la puse de nuevo. No le cobraré nada por el trabajo, y espero que sea tan bueno de pasar por alto el error que ha ocurrido, ya que llevo trece años en el negocio hasta julio, y...
—Nunca sucedió nada de este tipo antes, supongo —dijo Robert, gravemente—. No, es un asunto bastante singular, que no suele ocurrir todos los días. Se ha estado divirtiendo esta noche, veo, señor White. Ha hecho un buen trabajo hoy, apostaría; ha tenido un golpe de suerte, y está lo que llaman "invitando", ¿eh?
Robert Audley miró directamente al rostro sucio del hombre mientras hablaba. El cerrajero no era un tipo mal parecido, y no había nada de lo que tuviera que avergonzarse en su rostro, excepto la suciedad, y eso, como dice la madre de Hamlet, "es común"; pero a pesar de esto, los párpados del señor White cayeron bajo el examen tranquilo del joven abogado, y tartamudeó una especie de discurso de disculpa sobre su "señora", y los vecinos de su señora, y el vino de oporto y el jerez, con tanta confusión como si él, un mecánico honesto en un país libre, tuviera que justificarse ante Robert Audley por ser sorprendido en el acto de divertirse en su propio salón.
Robert lo cortó con un asentimiento descuidado.
—Por favor, no se disculpe —dijo—; me gusta ver a la gente divertirse. Buenas noches, señor White, buenas noches, señoras.
Se levantó el sombrero ante "la señora" y los vecinos de la señora, quienes quedaron muy fascinados por sus modales fáciles y su rostro apuesto, y salió de la tienda.
—Y así —murmuró para sí mismo mientras regresaba a sus aposentos—, "con eso se marchó, tan elegante como quieran". ¿Quién fue la que se marchó; y cuál era la historia que el cerrajero estaba contando cuando lo interrumpí en esa frase? Oh, George Talboys, George Talboys, ¿alguna vez llegaré a acercarme al secreto de tu destino? ¿Me estoy acercando a él ahora, lenta pero seguramente? ¿El radio debe hacerse más estrecho día a día hasta que dibuje un círculo oscuro alrededor del hogar de aquellos a quienes amo? ¿Cómo terminará todo esto?
Suspiró con cansancio mientras caminaba lentamente de regreso a través de los cuadrángulos empedrados en el Temple hacia sus propios aposentos solitarios.
La señora Maloney le había preparado esa cena de soltero que, por muy excelente y nutritiva que sea en sí misma, no tiene pretensiones del encanto especial de la novedad. Le había cocinado una chuleta de cordero, que se estaba empapando entre dos platos en la pequeña mesa cerca del fuego.
Robert Audley suspiró al sentarse a la comida familiar, recordando al cocinero de su tío con una tristeza cariñosa y llena de arrepentimiento.
—Sus chuletas a la Maintenon hacían que el cordero pareciera más que cordero; una carne sublimada que difícilmente podría haber crecido en ninguna oveja mundana —murmuró sentimentalmente—, y las chuletas de la señora Maloney suelen ser duras; pero así es la vida, ¿qué importa?
Apartó su plato con impaciencia después de comer unos bocados.
—Nunca he comido una buena cena en esta mesa desde que perdí a George Talboys —dijo—. El lugar parece tan sombrío como si el pobre hombre hubiera muerto en la habitación de al lado, y nunca lo hubieran sacado para enterrarlo. ¡Qué lejana parece aquella tarde de septiembre cuando miro hacia atrás, aquella tarde de septiembre en la que me despedí de él vivo y sano; y lo perdí tan repentina e inexplicablemente como si una trampilla se hubiera abierto en la tierra sólida y lo hubiera dejado caer al otro lado del mundo!
El señor Audley se levantó de la mesa y caminó hacia el gabinete en el que guardaba el documento que había redactado sobre George Talboys. Abrió las puertas de su gabinete, sacó el papel del casillero marcado como importante y se sentó en su escritorio para escribir. Añadió varios párrafos a los del documento, numerando los nuevos párrafos tan cuidadosamente como había numerado los antiguos.
—Que el cielo nos ayude a todos —murmuró una vez—; ¿es este papel, en el que ningún abogado ha tenido parte, mi primer caso?
Escribió durante aproximadamente media hora, luego volvió a colocar el documento en el casillero y cerró el gabinete con llave. Cuando hubo hecho esto, tomó una vela en la mano y fue a la habitación en la que estaban sus propias maletas y el baúl que pertenecía a George Talboys.
Sacó un manojo de llaves de su bolsillo y las probó una por una. La cerradura del viejo y desaliñado baúl era común, y al quinto intento la llave giró fácilmente.
—No habría necesidad de que nadie rompiera una cerradura como esta —murmuró Robert, mientras levantaba la tapa del baúl.
Lentamente lo vació de su contenido, sacando cada artículo por separado y depositándolo con cuidado sobre una silla a su lado. Manipuló las cosas con una ternura respetuosa, como si estuviera levantando el cuerpo sin vida de su amigo perdido. Una a una, colocó las prendas de luto cuidadosamente dobladas sobre la silla. Encontró viejas pipas de espuma de mar y guantes sucios y arrugados que alguna vez habían estado frescos de manos del fabricante parisino; viejos programas de teatro, cuyas letras más grandes deletreaban los nombres de actores que habían muerto y desaparecido; frascos de perfume antiguos, fragantes con esencias cuya moda había pasado; pequeños paquetes de cartas pulcramente atados, cada uno cuidadosamente etiquetado con el nombre del remitente; fragmentos de periódicos viejos; y un pequeño montón de libros raídos y destartalados, cada uno de los cuales se desmoronaba en tantas piezas como una baraja de cartas en la mano incauta de Robert. Pero entre toda la masa de basura sin valor, cada retazo de la cual alguna vez tuvo su propósito particular, Robert Audley buscó en vano aquello que pretendía hallar: el paquete de cartas escritas al hombre desaparecido por su difunta esposa, Helen Talboys. Había oído a George aludir más de una vez a la existencia de estas cartas. Lo había visto una vez clasificar los papeles descoloridos con mano reverente; y lo había visto volver a colocarlos, cuidadosamente atados con una cinta desteñida que alguna vez fue de Helen, entre las prendas de luto en el baúl. Si él las había retirado después, o si alguien más las había retirado desde su desaparición, no era fácil de decir; pero habían desaparecido.
Robert Audley suspiró con cansancio mientras volvía a colocar las cosas en la caja vacía, una a una, tal como las había sacado. Se detuvo con el pequeño montón de libros andrajosos en la mano y dudó por un momento.
—Los dejaré fuera —murmuró—, puede que haya algo en uno de ellos que me ayude.
La biblioteca de George no era una colección de literatura muy brillante. Había un viejo Nuevo Testamento griego y la Gramática latina de Eton; un panfleto francés sobre el ejercicio con espada de caballería; un volumen suelto de Tom Jones con la mitad de su rígida cubierta de cuero colgando de un hilo; el Don Juan de Byron, impreso en un tipo de letra asesino, que debió de ser inventado para beneficio especial de oculistas y ópticos; y un libro grueso de cubierta de color carmesí y oro descolorido.
Robert Audley cerró el baúl con llave y tomó los libros bajo el brazo. La señora Maloney estaba retirando los restos de su comida cuando él regresó a la sala de estar. Dejó los libros a un lado en una pequeña mesa en un rincón de la chimenea y esperó pacientemente mientras la lavandera terminaba su trabajo. No estaba de humor ni siquiera para su consuelo de espuma de mar; las ficciones de papel amarillo en los estantes sobre su cabeza le parecían rancias y estériles. Abrió un volumen de Balzac, pero los rizos dorados de la esposa de su tío bailaban y temblaban en una bruma brillante, tanto sobre la diabólica metafísica de la Peau de Chagrin como sobre los horrores sociales de "Cousine Bette". El volumen cayó de su mano y se sentó, observando con cansancio a la señora Maloney mientras barría las cenizas del hogar, reponía el fuego, corría las cortinas de damasco oscuro, atendía las simples necesidades de los canarios y se ponía el sombrero en la oficina abandonada del escribiente, antes de desearle las buenas noches a su empleador. Cuando la puerta se cerró tras la mujer irlandesa, se levantó con impaciencia de su silla y caminó de un lado a otro de la habitación.
—¿Por qué continúo con esto? —se dijo—, cuando sé que me está llevando, paso a paso, día a día, hora a hora, más cerca de esa conclusión que, sobre todas las demás, debería evitar. ¿Estoy atado a una rueda y debo ir con cada una de sus revoluciones, deje que me lleve a donde sea? ¿O puedo sentarme aquí esta noche y decir que he cumplido con mi deber hacia mi amigo desaparecido, que lo he buscado pacientemente, pero que he buscado en vano? ¿Estaría justificado al hacer esto? ¿Estaría justificado al dejar caer en este punto la cadena que he construido lentamente, eslabón a eslabón, o debo continuar añadiendo eslabones frescos a esa cadena fatal hasta que el último remache caiga en su lugar y el círculo se complete? Pienso y creo que nunca volveré a ver el rostro de mi amigo; y que ningún esfuerzo mío podrá ser de beneficio alguno para él. En palabras más llanas y crueles, creo que está muerto. ¿Estoy obligado a descubrir cómo y dónde murió? o, estando, como creo, en el camino hacia ese descubrimiento, ¿cometeré una injusticia contra la memoria de George Talboys al retroceder o al detenerme? ¿Qué debo hacer?, ¿qué debo hacer?
Apoyó los codos en las rodillas y hundió el rostro en las manos. El único propósito que había crecido lentamente en su naturaleza despreocupada hasta volverse lo suficientemente poderoso como para obrar un cambio en esa misma naturaleza, lo hizo lo que nunca antes había sido: un cristiano; consciente de su propia debilidad; ansioso por mantenerse en la línea estricta del deber; temeroso de desviarse del cumplimiento concienzudo de la extraña tarea que se le había impuesto; y confiado en una mano más fuerte que la suya para señalar el camino que debía seguir. Quizás pronunció su primera oración sincera esa noche, sentado junto a su solitaria chimenea, pensando en George Talboys. Cuando levantó la cabeza de aquel largo y silencioso ensueño, sus ojos tenían una mirada brillante y decidida, y cada rasgo de su rostro parecía llevar una nueva expresión.
—Primero la justicia para los muertos; después la misericordia para los vivos.
Acercó su sillón a la mesa, ajustó la lámpara y se dispuso al examen de los libros.
Los tomó, uno a uno, y los revisó cuidadosamente, mirando primero la página en la que habitualmente se escribe el nombre del propietario, y luego buscando cualquier trozo de papel que pudiera haber quedado entre las hojas. En la primera página de la Gramática latina de Eton, el nombre de Master Talboys estaba escrito con una letra escolar y pulcra; el panfleto francés tenía un descuido "G.T." garabateado en la cubierta a lápiz, con la caligrafía grande y desaliñada de George; el Tom Jones había sido comprado evidentemente en un puesto de libros y llevaba una inscripción, fechada el 14 de marzo de 1788, que declaraba que el libro era un tributo de respeto al Sr. Thos. Scrowton, de su obediente servidor, James Anderley; el Don Juan y el Testamento estaban en blanco. Robert Audley respiró con más libertad; había llegado al penúltimo de los libros sin ningún resultado, y solo quedaba el grueso volumen encuadernado en carmesí y oro por examinar antes de que su tarea terminara.
Era un anuario del año 1845. Los grabados en placa de cobre de damas encantadoras, que habían florecido en aquel día, estaban amarillentos y manchados por el moho; los trajes, grotescos y extravagantes; las bellezas que sonreían con afectación, descoloridas y comunes. Incluso los pequeños grupos de versos (en los que la débil vela del poeta arrojaba su luz enfermiza sobre las oscuridades del significado del artista) tenían un tono anticuado; como música en una lira cuyas cuerdas están flojas por la humedad del tiempo. Robert Audley no se detuvo a leer ninguna de las suaves producciones. Hurgó rápidamente entre las hojas, buscando cualquier trozo de escritura o fragmento de carta que pudiera haber sido utilizado para marcar una página. No encontró nada más que un brillante anillo de cabello dorado, de ese tono resplandeciente que tan raramente se ve excepto en la cabeza de un niño: un mechón soleado, que se rizaba tan naturalmente como el zarcillo de una vid; y era muy opuesto en textura, si no diferente en tono, a las trenzas suaves y lisas que la casera de Ventnor le había dado a George Talboys después de la muerte de su esposa. Robert Audley suspendió su examen del libro y dobló este mechón amarillo en una hoja de papel de carta, que selló con su anillo de sello y dejó a un lado, junto al memorando sobre George Talboys y la carta de Alicia, en el casillero marcado como importante. Estaba a punto de volver a colocar el grueso anuario entre los otros libros, cuando descubrió que las dos hojas en blanco al principio estaban pegadas. Estaba tan decidido a llevar su búsqueda hasta el final, que se tomó la molestia de separar estas hojas con el extremo afilado de su cortapapeles, y se vio recompensado por su perseverancia al encontrar una inscripción en una de ellas. Esta inscripción estaba en tres partes y con tres caligrafías diferentes. El primer párrafo estaba fechado tan atrás como el año en que se había publicado el anuario, y declaraba que el libro era propiedad de una tal señorita Elizabeth Ann Bince, quien había obtenido el precioso volumen como recompensa por sus hábitos de orden y por su obediencia a las autoridades del Seminario Camford House, en Torquay. El segundo párrafo estaba fechado cinco años después y estaba escrito de puño y letra de la propia señorita Bince, quien regaló el libro, como muestra de afecto imperecedero y estima inmarcesible (la señorita Bince era evidentemente de temperamento romántico), a su amada amiga, Helen Maldon. El tercer párrafo estaba fechado en septiembre de 1853 y estaba escrito por Helen Maldon, quien le dio el anuario a George Talboys; y fue al ver este tercer párrafo que el rostro del Sr. Robert Audley cambió de su tono natural a una palidez enfermiza y plomiza.
—Pensé que sería así —dijo el joven, cerrando el libro con un suspiro de cansancio—. Dios sabe que estaba preparado para lo peor, y lo peor ha llegado. Ahora puedo entenderlo todo. Mi próxima visita debe ser a Southampton. Debo poner al niño en mejores manos.
CAPÍTULO XX.
LA SRA. PLOWSON.
Entre el paquete de cartas que Robert Audley había encontrado en el baúl de George, había una etiquetada con el nombre del padre del hombre desaparecido: el padre, que nunca había sido un amigo demasiado indulgente con su hijo menor, y que se había aprovechado con alegría de la excusa que le brindaba el imprudente matrimonio de George para abandonar al joven a sus propios recursos. Robert Audley nunca había visto al Sr. Harcourt Talboys; pero la charla despreocupada de George sobre su padre le había dado a su amigo alguna idea del carácter de ese caballero. Había escrito al Sr. Talboys inmediatamente después de la desaparición de George, redactando cuidadosamente su carta, que insinuaba vagamente el temor del autor de que hubiera algún juego sucio en el misterioso asunto; y, después de transcurridas varias semanas, había recibido una epístola formal, en la que el Sr. Harcourt Talboys declaraba expresamente que se había lavado las manos de toda responsabilidad en los asuntos de su hijo George desde el día de la boda del joven; y que su absurda desaparición solo estaba en consonancia con su estrafalario matrimonio. El autor de esta carta paternal añadía en una posdata que, si George Talboys tenía algún designio innoble de alarmar a sus amigos mediante esta fingida desaparición, y así jugar con sus sentimientos con miras a una ventaja pecuniaria, estaba muy engañado sobre el carácter de las personas con las que tenía que tratar.
Robert Audley había respondido a esta carta con unas pocas líneas indignadas, informando al Sr. Talboys de que su hijo difícilmente se escondería para fomentar cualquier plan profundo sobre los bolsillos de sus parientes, ya que había dejado veinte mil libras en manos de sus banqueros en el momento de su desaparición. Después de enviar esta carta, Robert había abandonado todo pensamiento de recibir ayuda del hombre que, en el curso natural de las cosas, debería haber estado más interesado en el destino de George; pero ahora que se encontraba avanzando cada día un paso más hacia el final que se abría tan oscuramente ante él, su mente volvió a este indiferente y desalmado Sr. Harcourt Talboys.
—Iré a Dorsetshire después de dejar Southampton —dijo—, y veré a este hombre. Si él está contento con dejar que el destino de su hijo permanezca como un misterio oscuro y cruel para todos los que lo conocieron —si está contento con bajar a su tumba sin estar seguro hasta el final del fin de este pobre muchacho—, ¿por qué debería yo tratar de desenredar la madeja enredada, encajar las piezas del terrible rompecabezas y reunir los fragmentos dispersos que, una vez recogidos, pueden formar un todo tan espantoso? Iré a él y le expondré libremente mis dudas más oscuras. Corresponderá a él decirme qué debo hacer.
Robert Audley partió en un expreso temprano hacia Southampton. La nieve yacía espesa y blanca sobre la agradable campiña por la que pasaba; y el joven abogado se había envuelto en tantas bufandas y mantas de ferrocarril que parecía una masa ambulante de artículos de lana, más que un miembro vivo de una profesión docta. Miró sombríamente por la ventanilla empañada, opaca por el aliento suyo y el de un anciano oficial indio, que era su único compañero, y observó el paisaje fugaz, que tenía una cierta apariencia fantasmagórica en su sudario de nieve. Se envolvió en los vastos pliegues de su manta con un escalofrío de mal humor y se sintió inclinado a pelear con el destino que le obligaba a viajar en un tren temprano en un día de invierno despiadado.
—¿Quién hubiera pensado que podría haberme encariñado tanto con el tipo —murmuró—, o sentirme tan solo sin él? Tengo una pequeña fortuna cómoda en los bonos al tres por ciento; soy el heredero presuntivo del título de mi tío; y conozco a una pequeña niña querida que, creo, haría todo lo posible por hacerme feliz; pero declaro que renunciaría libremente a todo y me quedaría sin un centavo en el mundo mañana, si este misterio pudiera aclararse satisfactoriamente y George Talboys pudiera estar a mi lado.
Llegó a Southampton entre las once y las doce y cruzó el andén, con la nieve azotándole el rostro, hacia el muelle y el extremo inferior de la ciudad. El reloj de la iglesia de St. Michael marcaba las doce cuando cruzó la pintoresca y antigua plaza en la que se encuentra ese edificio y se abrió paso a tientas a través de las estrechas calles que conducen hacia el agua.
El Sr. Maldon había establecido sus descuidados dioses domésticos en una de esas vías lúgubres que a los constructores especuladores les encanta levantar sobre algún fragmento miserable de terreno baldío que cuelga de las faldas de una ciudad próspera. Brigsome’s Terrace era, quizás, uno de los bloques de edificios más sombríos que jamás se haya compuesto de ladrillo y mortero desde que el primer albañil manejó su paleta y el primer arquitecto trazó su plano. El constructor que había especulado con las diez lúgubres prisiones de ocho habitaciones se había ahorcado detrás de la puerta de la sala de una taberna adyacente mientras los esqueletos aún estaban sin terminar. El hombre que había comprado los esqueletos de ladrillo y mortero pasó por el tribunal de quiebras mientras los empapeladores seguían ocupados en Brigsome’s Terrace, y había encalado sus techos y a sí mismo simultáneamente. La mala suerte y la insolvencia se aferraban a las miserables habitaciones. El alguacil y el agente judicial eran tan conocidos como el carnicero y el panadero por los niños ruidosos que jugaban en el terreno baldío frente a las ventanas de la sala. Los inquilinos solventes eran perturbados a horas impías por el ruido de furgonetas de mudanza fantasmales que se alejaban sigilosamente en la noche sin luna. Los inquilinos insolventes desafiaban abiertamente al cobrador de la tasa del agua desde sus bastiones de diez habitaciones, y existían durante semanas sin medios visibles para obtener ese fluido necesario.
Robert Audley miró a su alrededor con un escalofrío mientras se desviaba de la orilla hacia esta localidad sumida en la pobreza. Un funeral de niño estaba saliendo de una de las casas cuando se acercó, y pensó con un escalofrío de horror que, si el pequeño ataúd hubiera contenido al hijo de George, él habría sido en cierta medida responsable de la muerte del niño.
—El pobre niño no pasará otra noche en este miserable tugurio —pensó, mientras llamaba a la puerta de la casa del Sr. Maldon—. Es el legado de mi mejor amigo, y será mi tarea asegurar su bienestar.
Una sirvienta desaliñada abrió la puerta y miró al Sr. Audley con bastante sospecha mientras le preguntaba, muy por la nariz, qué era lo que deseaba. La puerta de la pequeña sala de estar estaba entreabierta, y Robert podía oír el tintineo de cuchillos y tenedores y la voz infantil del pequeño George parloteando alegremente. Le dijo a la sirvienta que venía de Londres, que quería ver a Master Talboys y que él mismo se anunciaría; y pasando junto a ella, sin más ceremonia, abrió la puerta de la sala. La chica lo miró horrorizada mientras hacía esto; y como golpeada por alguna convicción repentina y terrible, se echó el delantal sobre la cabeza y salió corriendo hacia la nieve. Se lanzó a través del terreno baldío, se sumergió en un callejón estrecho y no recuperó el aliento hasta que se encontró en el umbral de cierta taberna llamada Coach and Horses, muy frecuentada por el Sr. Maldon. La fiel servidora del teniente había tomado a Robert Audley por algún nuevo y decidido cobrador de tasas municipales —rechazando la explicación de ese caballero sobre sí mismo como una ficción astuta ideada para la destrucción de los deudores parroquiales— y había salido corriendo para avisar a su amo de la llegada del enemigo a tiempo.
Cuando Robert entró en la sala de estar, se sorprendió al encontrar al pequeño George sentado frente a una mujer que estaba haciendo los honores de una comida raída, servida sobre un mantel sucio y flanqueada por una jarra de cerveza de peltre. La mujer se levantó cuando Robert entró e hizo una reverencia muy humilde al joven abogado. Parecía tener unos cincuenta años y estaba vestida con ropas de luto oxidadas. Su tez era insípidamente clara, y las dos bandas lisas de cabello debajo de su cofia eran de ese tono pajizo y sin sol que generalmente acompaña a las mejillas rosadas y las pestañas blancas. Había sido una belleza rústica, tal vez, en su tiempo, pero sus rasgos, aunque bastante regulares en su forma, tenían un aspecto mezquino y contraído, como si hubieran sido hechos demasiado pequeños para su rostro. Este defecto era particularmente notable en su boca, que era un desajuste obvio para el conjunto de dientes que contenía. Sonrió mientras hacía una reverencia al Sr. Robert Audley, y su sonrisa, que dejaba al descubierto la mayor parte de este conjunto de dientes cuadrados y hambrientos, de ninguna manera añadía belleza a su apariencia personal.
—El Sr. Maldon no está en casa, señor —dijo, con una amabilidad insinuante—, pero si es por la tasa del agua, me pidió que le dijera que...
Fue interrumpida por el pequeño George Talboys, quien bajó de la silla alta en la que había estado encaramado y corrió hacia Robert Audley.
—Te conozco —dijo—; viniste a Ventnor con el gran caballero, y viniste aquí una vez, y me diste algo de dinero, y se lo di al abuelo para que lo guardara, y el abuelo lo guardó, y siempre lo hace.
Robert Audley tomó al niño en sus brazos y lo llevó a una pequeña mesa en la ventana.
—Quédate ahí, Georgey —dijo—, quiero echarte un buen vistazo.
Volvió el rostro del niño hacia la luz y apartó los rizos castaños de su frente con ambas manos.
—Cada día te pareces más a tu padre, Georgey; y también te estás convirtiendo en todo un hombre —dijo—; ¿te gustaría ir a la escuela?
—Oh, sí, por favor, me gustaría mucho —respondió el niño, con entusiasmo—. Fui a la escuela de la Srta. Pevins una vez —escuela diurna, ya sabes—, a la vuelta de la esquina en la calle siguiente; pero pesqué el sarampión y el abuelo no me dejó ir más, por miedo a que volviera a pescarlo; y el abuelo no me deja jugar con los niños pequeños de la calle, porque son niños groseros; dijo que niños maleducados; pero dijo que no debía decir niños maleducados, porque es travieso. Él dice "maldición" y "diablo", pero dice que puede porque es viejo. Yo diré "maldición" y "diablo" cuando sea viejo; y me gustaría ir a la escuela, por favor, y puedo ir hoy, si quieres; la Sra. Plowson preparará mis vestidos, ¿verdad, Sra. Plowson?
—Ciertamente, Master Georgey, si su abuelo lo desea —respondió la mujer, mirando con bastante inquietud al Sr. Robert Audley.
—¿Qué demonios le pasa a esta mujer? —pensó Robert mientras se apartaba del niño para mirar a la viuda rubia, que se acercaba lentamente a la mesa sobre la cual el pequeño George Talboys estaba hablando con su tutor—. ¿Acaso me sigue tomando por un recaudador de impuestos con intenciones hostiles hacia estos míseros bienes y enseres? ¿O puede que la causa de su comportamiento inquieto sea aún más profunda? Aunque eso es poco probable, pues, sean cuales sean los secretos que el teniente Maldon pueda tener, no es muy verosímil que esta mujer sepa nada de ellos.
La Sra. Plowson se había acercado ya a la mesita y estaba realizando un sigiloso descenso sobre el niño cuando Robert se giró bruscamente.
—¿Qué va a hacer con el niño? —dijo.
—Solo iba a llevármelo para lavarle su carita bonita y peinarle el cabello, señor —respondió la mujer, en el tono más insinuante que había empleado al hablar del impuesto del agua—. No puede usted apreciar lo guapo que es mientras tenga la carita sucia. No tardaré ni cinco minutos en dejarlo impecable.
Tenía sus brazos largos y delgados alrededor del niño mientras hablaba y, evidentemente, se disponía a llevárselo en peso cuando Robert la detuvo.
—Prefiero verlo como está, gracias —dijo—. Mi tiempo en Southampton no es muy largo y quiero escuchar todo lo que el pequeño hombrecito pueda decirme.
El pequeño se acercó a Robert y miró con confianza a los ojos grises del abogado.
—Me gusta mucho usted —dijo—. Antes me asustaba cuando vino, porque era tímido. Ya no soy tímido; tengo casi seis años.
Robert le dio unas palmaditas de ánimo en la cabeza al niño, pero no estaba mirando al pequeño George; observaba a la viuda rubia, que se había movido hacia la ventana y miraba hacia el terreno baldío.
—Me temo que está usted algo inquieta por alguien, señora —dijo Robert.
Ella se sonrojó violentamente ante el comentario del abogado y le respondió de forma confusa.
—Estaba buscando al Sr. Maldon, señor —dijo—; se sentirá muy decepcionado si no le ve.
—¿Entonces sabe usted quién soy?
—No, señor, pero...
El niño la interrumpió sacando un pequeño reloj de joyas de su pecho y mostrándoselo a Robert.
—Este es el reloj que me dio la dama guapa —dijo—. Lo tengo ahora, pero no lo he tenido mucho tiempo, porque el joyero que lo limpia es un hombre perezoso, dice el abuelo, y siempre lo tiene mucho tiempo; y el abuelo dice que habrá que limpiarlo otra vez por culpa de los impuestos. Siempre lo lleva a limpiar cuando hay impuestos, pero dice que si lo perdiera, la dama guapa me daría otro. ¿Conoce usted a la dama guapa?
—No, Georgey, pero cuéntame sobre ella.
La Sra. Plowson hizo otro descenso sobre el niño. Esta vez iba armada con un pañuelo y mostró gran ansiedad por el estado de la nariz del pequeño George, pero Robert apartó la temida arma y alejó al niño de su perseguidora.
—El niño estará muy bien, señora —dijo—, si tiene la bondad de dejarlo tranquilo cinco minutos. Ahora, Georgey, supongo que te sentarás en mis rodillas y me contarás todo sobre la dama guapa.
El niño trepó desde la mesa a las rodillas del Sr. Audley, ayudando a su descenso con una manipulación nada ceremoniosa del cuello de la chaqueta de su tutor.
—Le contaré todo sobre la dama guapa —dijo—, porque me gusta mucho usted. El abuelo me dijo que no se lo contara a nadie, pero se lo contaré, sabe, porque me gusta usted y porque me va a llevar a la escuela. La dama guapa vino aquí una noche, hace mucho tiempo, oh, hace tanto tiempo —dijo el niño, sacudiendo la cabeza con un rostro cuya solemnidad expresaba un lapso prodigioso—. Vino cuando yo no era ni de lejos tan grande como ahora, y vino de noche, después de que yo me hubiera acostado, y subió a mi habitación, se sentó en la cama y lloró, y dejó el reloj bajo mi almohada, y ella... ¿Por qué me hace muecas, Sra. Plowson? Puedo contárselo a este caballero —añadió Georgey, dirigiéndose de repente a la viuda, que estaba de pie tras el hombro de Robert.
La Sra. Plowson masculló alguna disculpa confusa en el sentido de que temía que el joven George fuera molesto.
—Supongo que esperará a que yo lo diga, señora, antes de tapar la boca del pequeño —dijo Robert Audley, secamente—. Una persona sospechosa podría pensar, por su comportamiento, que el Sr. Maldon y usted tienen alguna conspiración entre manos y que temen lo que la charla del niño pueda dejar escapar.
Se levantó de su silla y miró de frente a la Sra. Plowson al decir esto. El rostro de la viuda rubia estaba tan blanco como su cofia cuando intentó responderle, y sus labios pálidos estaban tan secos que se vio obligada a humedecerlos con la lengua antes de que las palabras salieran.
El niño pequeño alivió su embarazo.
—No se enfade con la Sra. Plowson —dijo—. La Sra. Plowson es muy amable conmigo. La Sra. Plowson es la madre de Matilda. Usted no conoce a Matilda. La pobre Matilda siempre estaba llorando; estaba enferma, ella...
El niño fue detenido por la repentina aparición del Sr. Maldon, que permanecía en el umbral de la puerta del salón mirando fijamente a Robert Audley con un aspecto medio borracho y medio aterrorizado, apenas consistente con la dignidad de un oficial naval retirado. La criada, sin aliento y jadeante, estaba justo detrás de su señor. A pesar de que era temprano, el habla del anciano era pastosa y confusa al dirigirse ferozmente a la Sra. Plowson.
—¿Eres una criatura mona para llamarte mujer sensata? —dijo—. ¿Por qué no te llevas al niño o le lavas la cara? ¿Quieres arruinarme? ¿Quieres destruirme? ¡Llévate al niño! Sr. Audley, señor, me alegra mucho verle; muy feliz de recibirle en mi humilde morada —añadió el anciano con cortesía ebria, dejándose caer en una silla mientras hablaba e intentando mirar fijamente a su inesperado visitante.
—Sean cuales sean los secretos de este hombre —pensó Robert, mientras la Sra. Plowson sacaba al pequeño George Talboys de la habitación—, esa mujer tiene una parte nada desdeñable en ellos. Sea cual sea el misterio, se vuelve más oscuro y denso a cada paso; pero intento en vano retroceder o detenerme en el camino, pues una mano más fuerte que la mía señala el camino hacia la tumba desconocida de mi amigo perdido.
CAPÍTULO XXI.
EL PEQUEÑO GEORGEY DEJA SU ANTIGUO HOGAR.
—Voy a llevarme a su nieto conmigo, Sr. Maldon —dijo Robert gravemente, mientras la Sra. Plowson se retiraba con su joven pupilo.
La imbecilidad borracha del anciano se estaba disipando lentamente como las densas nieblas de Londres, a través de las cuales el débil sol lucha tenuemente por aparecer. El brillo muy incierto del intelecto del teniente Maldon tardó un tiempo considerable en atravesar los nebulosos vapores del ron con agua; pero la luz parpadeante finalmente brilló débilmente a través de las nubes, y el anciano tensó sus pobres facultades hasta el límite.
—Sí, sí —dijo débilmente—; llévese al niño lejos de su pobre viejo abuelo; siempre lo pensé.
—¿Siempre pensó que me lo llevaría? —dijo Robert, escudriñando el rostro medio borracho con una mirada inquisitiva—. ¿Por qué lo pensó, Sr. Maldon?
Las nieblas de la embriaguez se impusieron a la luz de la sobriedad por un momento, y el teniente respondió vagamente:
—Lo pensé... porque lo pensé.
Al encontrarse con el ceño impaciente del joven abogado, hizo otro esfuerzo y la luz brilló de nuevo.
—Porque pensé que usted o su padre vendrían a buscarlo.
—Cuando estuve por última vez en esta casa, Sr. Maldon, usted me dijo que George Talboys había zarpado hacia Australia.
—Sí, sí... lo sé, lo sé —respondió el anciano, confundido, revolviendo sus escasos y lacios cabellos grises con sus dos manos errantes—; lo sé; pero podría haber vuelto, ¿no? Estaba inquieto y... y... raro de mente, quizás, a veces. Podría haber vuelto.
Repitió esto dos o tres veces con tonos débiles y murmurantes, palpando en la repisa de la chimenea llena de desperdicios en busca de una pipa de arcilla de aspecto sucio, y llenándola y encendiéndola con manos que temblaban violentamente.
Robert Audley observó esos dedos pobres, marchitos y trémulos dejando caer trozos de tabaco sobre la alfombra de la chimenea, y apenas capaces de encender una cerilla por su inestabilidad. Luego, caminando una o dos veces de un lado a otro de la pequeña habitación, dejó al anciano dar unas cuantas caladas al gran consuelo.
De repente, se volvió hacia el teniente en retiro con una oscura solemnidad en su atractivo rostro.
—Sr. Maldon —dijo, observando lentamente el efecto de cada sílaba mientras hablaba—, George Talboys nunca zarpó hacia Australia, eso lo sé. Más aún, nunca vino a Southampton; y la mentira que me dijo el 8 de septiembre pasado le fue dictada por el mensaje telegráfico que recibió ese día.
La sucia pipa de arcilla cayó de la mano trémula y se hizo añicos contra el guardafuego de hierro, pero el anciano no hizo esfuerzo alguno por buscar otra; se quedó temblando en cada extremidad y mirando, Dios sabe cuán lastimosamente, a Robert Audley.
—La mentira le fue dictada y usted repitió su lección. Pero usted no vio a George Talboys aquí el 7 de septiembre más de lo que yo lo veo en esta habitación ahora. Usted pensó que había quemado el mensaje telegráfico, pero solo había quemado una parte; el resto está en mi poder.
El teniente Maldon estaba completamente sobrio ahora.
—¿Qué he hecho? —murmuró sin esperanza—. ¡Oh, Dios mío! ¿Qué he hecho?
—A las dos de la tarde del 7 de septiembre pasado —continuó la voz despiadada y acusadora—, George Talboys fue visto vivo y bien en una casa de Essex.
Robert hizo una pausa para ver el efecto de estas palabras. No habían producido cambio alguno en el anciano. Seguía sentado temblando de pies a cabeza y mirando con la mirada fija y sólida de algún desgraciado indefenso cuyos sentidos se van entumeciendo gradualmente por el terror.
—A las dos de ese día —señaló Robert Audley—, mi pobre amigo fue visto vivo y bien en..., en la casa de la que hablo. Desde esa hora hasta hoy no he podido saber que haya sido visto por ninguna criatura viviente. He tomado las medidas que debían haber resultado en la obtención de información sobre su paradero, si estuviera vivo. Lo he hecho paciente y cuidadosamente, al principio incluso con esperanza. Ahora sé que está muerto.
Robert Audley se había preparado para presenciar una agitación considerable en el comportamiento del anciano, pero no estaba preparado para la terrible angustia, el terror espantoso que convulsionó el rostro demacrado del Sr. Maldon cuando pronunció la última palabra.
—No, no, no, no —reiteró el teniente, con una voz aguda y casi chillona—; ¡no, no! ¡Por el amor de Dios, no diga eso! ¡No lo piense, no me deje pensarlo, no me deje soñarlo! ¡No muerto, cualquier cosa menos muerto! Escondido, tal vez, sobornado para mantenerse alejado, tal vez; ¡pero no muerto, no muerto, no muerto!
Gritó estas palabras en voz alta, como alguien fuera de sí, golpeándose las manos contra su cabeza gris y balanceándose hacia adelante y hacia atrás en su silla. Sus manos débiles ya no temblaban; estaban fortalecidas por alguna fuerza convulsiva que les dio un nuevo poder.
—Creo —dijo Robert, con la misma voz solemne e implacable— que mi amigo dejó Essex; y creo que murió el 7 de septiembre pasado.
El desgraciado anciano, todavía golpeándose las manos contra sus finos cabellos grises, se deslizó de su silla al suelo y se arrastró a los pies de Robert.
—¡Oh! ¡No, no, por el amor de Dios, no! —gritó con voz ronca—. ¡No! ¡No sabe lo que dice, no sabe lo que significan sus palabras!
—Sé su peso y su valor demasiado bien, tanto como veo que usted los conoce, Sr. Maldon. ¡Que Dios nos ayude!
—Oh, ¿qué estoy haciendo? ¿Qué estoy haciendo? —murmuró el anciano débilmente; luego, levantándose del suelo con un esfuerzo, se irguió a toda su estatura y dijo, de una manera que le era nueva y que no carecía de cierta dignidad propia —esa dignidad que siempre debe estar unida a la miseria inefable, en cualquier forma en que aparezca—, dijo gravemente:
—Usted no tiene derecho a venir aquí y aterrorizar a un hombre que ha estado bebiendo y que no está en sus cabales. Usted no tiene derecho a hacerlo, Sr. Audley. Incluso el..., el oficial, señor, que..., que... —no tartamudeaba, pero sus labios temblaban tan violentamente que sus palabras parecían sacudirse hasta hacerse pedazos con su movimiento—. El oficial, repito, señor, que arresta a un..., ladrón, o a un... —se detuvo para secarse los labios y tratar de calmarlos si podía haciéndolo, lo cual no pudo—. A un ladrón o a un asesino... —su voz se apagó repentinamente en la última palabra, y solo por el movimiento de esos labios temblorosos supo Robert a qué se refería—. Le da una advertencia, señor, una advertencia justa, para que no diga nada que pueda comprometerse a sí mismo... o... o... a otras personas. La..., la..., ley, señor, tiene esa cantidad de misericordia para un... un... criminal sospechoso. Pero usted, señor, usted viene a mi casa, y viene en un momento en que..., cuando, al contrario de mis hábitos habituales, que, como la gente le dirá, son sobrios, usted aprovecha la oportunidad para... aterrorizarme, y no es correcto, señor, es...
Lo que fuera que hubiera querido decir se convirtió en jadeos inarticulados que parecieron asfixiarlo, y hundiéndose en una silla, dejó caer el rostro sobre la mesa y lloró en voz alta. Quizás en todas las escenas lúgubres de miseria doméstica que se habían representado en esas casas escasas y lúgubres, en todas las miserias mezquinas, las vergüenzas ardientes, los dolores crueles, las amargas desgracias que reconocen a la pobreza como padre, nunca hubo una escena como esta. Un anciano ocultando su rostro de la luz del día y sollozando en voz alta en su desdicha. Robert Audley contempló la dolorosa estampa con un rostro desesperanzado y compasivo.
—Si hubiera sabido esto —pensó—, podría haberle ahorrado el trago. Hubiera sido mejor, quizás, haberle ahorrado esto.
La habitación destartalada, la suciedad, la confusión, la figura del anciano con su cabeza gris sobre el mantel manchado, entre los restos revueltos de una cena miserable, se volvieron borrosas ante la vista de Robert Audley al pensar en otro hombre, tan viejo como este, pero, ¡ah!, ¡cuán ampliamente diferente en cualquier otra cualidad!, que podría llegar tarde o temprano a sentir lo mismo, o incluso una angustia peor, y a derramar, quizás, lágrimas aún más amargas. El momento en que las lágrimas acudieron a sus ojos y nublaron la escena lastimosa ante él, fue lo suficientemente largo como para llevarlo de vuelta a Essex y mostrarle la imagen de su tío, abatido por la agonía y la vergüenza.
—¿Por qué continúo con esto? —pensó—; qué despiadado soy y qué implacablemente me llevan. No soy yo; es la mano que me está llamando más y más lejos por el camino oscuro, cuyo final no me atrevo a imaginar.
Pensó esto, y cien veces más que esto, mientras el anciano permanecía sentado con el rostro todavía oculto, luchando con su angustia, pero sin poder reprimirla.
—Sr. Maldon —dijo Robert Audley después de una pausa—, no le pido que me perdone por lo que le he traído, porque el sentimiento es fuerte en mí de que le habría llegado tarde o temprano; si no a través de mí, a través de alguien más. Hay... —se detuvo por un momento dudando. Los sollozos no cesaron; a veces eran bajos, a veces fuertes, estallando con nueva violencia o desvaneciéndose por un instante, pero nunca cesando—. Hay cosas que, como dice la gente, no pueden ocultarse. Creo que hay verdad en ese dicho común que tuvo su origen en esa vieja sabiduría mundana que la gente recogió de la experiencia y no de los libros. Si..., si yo estuviera contento con dejar a mi amigo descansar en su tumba oculta, es muy probable que algún extraño que nunca hubiera oído el nombre de George Talboys pudiera caer por el más remoto accidente sobre el secreto de su muerte. Mañana, tal vez; o dentro de diez años, o en otra generación, cuando la..., la mano que le agravió esté tan fría como la suya. Si pudiera dejar que el asunto descansara; si..., si pudiera dejar Inglaterra para siempre y huir deliberadamente de la posibilidad de encontrar alguna vez otra pista del secreto, lo haría; lo haría con gusto, agradecido; pero no puedo. Una mano que es más fuerte que la mía me llama. No deseo sacar ninguna ventaja baja de usted, menos que de todas las demás personas; pero debo continuar; debo continuar. Si hay alguna advertencia que quiera dar a alguien, déla. Si el secreto hacia el que viajo día a día, hora a hora, involucra a alguien en quien usted tenga un interés, deje que esa persona huya antes de que yo llegue al final. Que dejen este país; que dejen a todos los que les conocen, a todos cuya paz su maldad ha puesto en peligro; que se vayan; no serán perseguidos. Pero si desprecian su advertencia, si intentan mantener su posición actual desafiando lo que estará en su poder decirles, que se guarden de mí, porque, cuando llegue la hora, juro que no los perdonaré.
El anciano levantó la vista por primera vez y se secó el rostro arrugado con un pañuelo de seda harapiento.
—Le declaro que no le entiendo —dijo—. Le declaro solemnemente que no puedo entender; y no creo que George Talboys esté muerto.
—Darí diez años de mi propia vida si pudiera verlo vivo —respondió Robert, tristemente—. Lo siento por usted, Sr. Maldon; lo siento por todos nosotros.
—No creo que mi yerno esté muerto —dijo el teniente—; no creo que el pobre muchacho esté muerto.
Se esforzó de forma débil por mostrar a Robert Audley que su estallido salvaje de angustia había sido causado por su dolor por la pérdida de George; pero el pretexto era miserablemente superficial.
La Sra. Plowson volvió a entrar en la habitación, llevando al pequeño Georgey, cuyo rostro brillaba con ese pulido brillante que el jabón amarillo y la fricción pueden producir en el semblante humano.
—¡Cielo santo! —exclamó la Sra. Plowson—, ¿por qué se habrá estado lamentando tanto el pobre anciano? Podíamos oírlo en el pasillo, sollozando terriblemente.
El pequeño George se acercó a su abuelo y le acarició el rostro húmedo y arrugado con su manita regordeta.
—No llores, abuelo —dijo—, no llores. Tendrás mi reloj para que lo limpien, y el joyero amable te prestará el dinero para pagar al recaudador mientras limpia el reloj; no me importa, abuelo. Vamos al joyero, al joyero de High Street, ya sabes, con bolas doradas pintadas en su puerta, para demostrar que viene de Lombar... Lombardshire —dijo el niño, lanzándose a por el nombre—. Vamos, abuelo.
El pequeño tomó el juguete con joyas de su pecho y se dirigió a la puerta, orgulloso de poseer un talismán, que había visto tan a menudo hacerse útil.
—Hay lobos en Southampton —dijo, con un asentimiento bastante triunfante a Robert Audley—. Mi abuelo dice cuando toma mi reloj que lo hace para mantener al lobo lejos de la puerta. ¿Hay lobos donde usted vive?
El joven abogado no respondió a la pregunta del niño, sino que lo detuvo cuando arrastraba a su abuelo hacia la puerta.
—Tu abuelo no quiere el reloj hoy, Georgey —dijo, gravemente.
—¿Por qué está triste, entonces? —preguntó Georgey, ingenuamente—; cuando quiere el reloj siempre está triste, y se golpea su pobre frente así —el niño se detuvo para hacer mímica con sus puños pequeños— y dice que ella... la dama guapa, creo que quiere decir... le trata muy duramente, y que no puede mantener al lobo lejos de la puerta; y entonces yo digo: "Abuelo, toma el reloj"; y entonces él me toma en sus brazos y dice: "¡Oh, mi ángel bendito! ¿Cómo puedo robar a mi ángel bendito?"; y entonces llora, pero no como hoy, no fuerte, ¿sabe?; solo lágrimas corriendo por sus pobres mejillas, no de modo que pudiera oírlo en el pasillo.
—¿Y qué es lo que hace usted cuando él llora así, Georgey? —preguntó Robert, haciendo un esfuerzo por hablar con naturalidad.
—Le doy un beso —respondió el niño con sencillez—, y le digo que no sea un tonto, y que el abuelo Maldon es el mejor abuelo del mundo. Y entonces él se ríe y me dice que soy un pequeño bribón, y me da un penique si tiene alguno, o si no, me deja jugar con sus viejas medallas. Pero usted no se llevará al abuelo, ¿verdad, señor? Porque el abuelo se moriría sin mí.
Robert Audley sintió un escalofrío al oír esta pregunta. ¿Acaso no estaba él mismo a punto de arrebatarle al viejo su único consuelo, con el fin de obtener, quizás, una pieza más en el rompecabezas que le atormentaba?
—No, Georgey —respondió—, el abuelo se quedará en su casa. Solo te llevaré a ti a una escuela donde aprenderás a ser un hombre sabio y fuerte.
El niño pareció satisfecho con esta promesa y se quedó en silencio durante el resto del trayecto, observando con curiosidad las tiendas y los transeúntes de la ciudad. Robert, sumido en sus propios pensamientos, le llevaba de la mano, sintiendo el peso de la responsabilidad que había asumido. Al llegar al hotel Dolphin, entregó al pequeño al camarero, quien, con una sonrisa bondadosa, se ofreció a entretener al niño mientras él terminaba sus asuntos.
Robert subió a su habitación y se dejó caer en un sillón junto a la ventana. El cielo se había oscurecido y empezaba a nevar de nuevo, una nieve fina y gris que cubría los tejados de Southampton con un manto helado. Sacó del bolsillo la carta que había escrito para el señor Marchmont y la leyó una vez más.
«Es necesario», se dijo a sí mismo. «Si este niño sabe algo, si puede arrojar alguna luz sobre el pasado de su madre, debo alejarlo de la influencia de ese hombre. Si Maldon ha estado ocultando algo, si el viejo ha sido cómplice de algún engaño, Georgey estará más seguro entre extraños que en ese hogar miserable».
Sin embargo, una voz en su interior le reprochaba su dureza. ¿Era justo castigar al anciano por sus faltas, por muy graves que fueran, privándole de la única criatura que le profesaba afecto? Robert cerró los ojos y trató de visualizar el rostro de George Talboys, aquel amigo desaparecido cuya memoria le impulsaba a seguir adelante a pesar de sus dudas y su hastío.
«Si George estuviera vivo —pensó—, ¿qué diría? ¿Me aprobaría? ¿O me maldeciría por esta intrusión en la vida de sus seres queridos?».
No hubo respuesta. Solo el tintineo de los cascos de los caballos sobre el pavimento helado y el murmullo de la ciudad que se preparaba para la noche. Robert se levantó, se puso el abrigo y bajó a buscar al niño para llevarle a cenar, tal como había prometido. El deber le reclamaba, y en su mente, el camino hacia Dorsetshire se presentaba ahora como una necesidad imperiosa, el único modo de cerrar aquel capítulo sombrío y encontrar, al fin, la paz o la verdad.
Robert Audley partió de Southampton en un tren que salió antes del amanecer y llegó a la estación de Wareham temprano durante el día. En Wareham alquiló un vehículo para que lo llevara a Grange Heath.
La nieve se había endurecido sobre el suelo, y el día estaba despejado y gélido; cada objeto del paisaje se recortaba con nitidez contra el frío cielo azul. Los cascos de los caballos resonaban con fuerza sobre el camino helado, y las herraduras de hierro golpeaban un suelo casi tan férreo como ellas mismas. El día invernal guardaba cierto parecido con el hombre a quien Robert iba a visitar. Como él, era cortante, frígido e intransigente; como él, era despiadado ante la aflicción e inexpugnable al poder suavizante del sol. No aceptaba más luz solar que aquella claridad de enero que iluminaba el páramo sombrío y desnudo sin llegar a alegrarlo; y, de este modo, se asemejaba a Harcourt Talboys, quien tomaba el lado más severo de cada verdad y declaraba a voces ante el mundo incrédulo que nunca había existido, ni podría existir, otro lado.
El corazón de Robert Audley se hundió cuando el desvencijado vehículo de alquiler se detuvo ante una valla de aspecto adusto y barras de hierro, y el cochero bajó para abrir un amplio portón que osciló hacia atrás con un chasquido metálico, quedando sujeto por un gran diente de hierro, hincado en el suelo, que se cerró sobre la barra inferior de la puerta como si quisiera morderla.
Esta verja de hierro daba paso a una escasa plantación de abetos de tronco recto, que crecían en hileras y sacudían su robusto follaje invernal desafiando los dientes de la brisa helada. Un camino de carruajes, recto y de grava, discurría entre aquellos árboles rectilíneos a través de un césped cuidadosamente mantenido hasta llegar a una mansión cuadrada de ladrillo rojo, cuyas ventanas guiñaban y centelleaban bajo la luz solar de enero como si hubieran sido limpiadas en aquel mismo instante por alguna criada infatigable.
No sé si Junio Bruto era un incordio en su propia casa, pero, entre otras de sus virtudes romanas, el señor Talboys poseía una aversión extrema al desorden y era el terror de todo el personal doméstico de su establecimiento.
Las ventanas guiñaban y la escalinata de piedra brillaba bajo el sol; los senderos del jardín, de estilo recatado, estaban tan recién cubiertos de grava que daban al lugar un aspecto arenoso y cobrizo, recordando de forma desagradable al cabello pelirrojo. El césped estaba adornado principalmente por arbustos invernales y oscuros de aspecto funerario, que crecían en parterres semejantes a problemas de álgebra; y la escalinata de piedra que conducía a la puerta cuadrada, mitad de cristal, del vestíbulo, estaba decorada con cubas de madera de color verde oscuro que contenían los mismos robustos árboles de hoja perenne.
«Si el hombre es parecido a su casa», pensó Robert, «no me extraña que el pobre George y él se separaran».
Al final de una escueta avenida, el camino de carruajes giraba en un ángulo agudo (cualquier otra persona habría hecho que trazara una curva en sus terrenos) y pasaba ante las ventanas de la planta baja de la casa. El cochero bajó en los escalones, los ascendió y tocó un timbre con mango de latón, que regresó a su hueco con un chasquido metálico y colérico, como si se hubiera sentido insultado por el contacto plebeyo de la mano del hombre.
Un hombre con pantalones negros y una chaqueta de lino a rayas, que evidentemente estaba recién salida de las manos de la lavandera, abrió la puerta. El señor Talboys estaba en casa. ¿Podría el caballero enviar su tarjeta?
Robert esperó en el vestíbulo mientras llevaban su tarjeta al dueño de la casa.
El vestíbulo era amplio y elevado, pavimentado con piedra. Los paneles del friso de roble brillaban con el mismo pulido intransigente que poseía cada objeto dentro y fuera de la mansión de ladrillo rojo.
Hay personas tan débiles de espíritu que se dejan llevar por cuadros y estatuas. El señor Harcourt Talboys era demasiado práctico para entregarse a tales fantasías insensatas. Un barómetro y un paragüero eran los únicos adornos de su vestíbulo.
Robert Audley observaba estos objetos mientras su nombre era presentado al padre de George.
El sirviente de chaqueta de lino regresó poco después. Era un hombre de rostro pálido y complexión cuadrada, de casi cuarenta años, y tenía el aspecto de haber sobrevivido a toda emoción a la que la humanidad está sujeta.
—Si desea pasar por aquí, señor —dijo—, el señor Talboys le recibirá, aunque esté desayunando. Me ha rogado que le comunique que todo Dorsetshire conoce su hora de desayuno.
Esto pretendía ser una solemne reprimenda para el señor Robert Audley. Sin embargo, tuvo muy poco efecto sobre el joven abogado. Se limitó a arquear las cejas en una plácida desaprobación hacia sí mismo y hacia todo el mundo.
—No pertenezco a Dorsetshire —dijo—. El señor Talboys debería haberlo sabido si me hubiera hecho el honor de ejercer sus facultades de raciocinio. Siga adelante, amigo mío.
El hombre imperturbable miró a Robert Audley con una mirada vacía de horror absoluto y, abriendo una de las pesadas puertas de roble, le condujo a un gran comedor amueblado con la severa sencillez de una estancia destinada a comer, pero nunca a vivir; y, a la cabecera de una mesa que habría acomodado a dieciocho personas, Robert contempló al señor Harcourt Talboys.
El señor Talboys estaba ataviado con una bata de tela gris, sujeta a la cintura con un cinturón. Era una prenda de aspecto severo, y quizás lo más parecido a una toga que podía obtenerse dentro del rango del vestuario moderno. Llevaba un chaleco color ante, una corbata de cambray almidonada con rigidez y un cuello de camisa impecable. El gris frío de su bata era casi igual al gris frío de sus ojos, y el pálido color ante de su chaleco era el mismo pálido tono de su tez.
Robert Audley no esperaba encontrar a Harcourt Talboys parecido a George en sus modales o carácter, pero sí esperaba ver algún rasgo familiar entre padre e hijo. No había ninguno. Hubiera sido imposible imaginar a alguien más diferente de George que el autor de su existencia. Robert apenas se extrañó de la cruel carta que recibió del señor Talboys al ver al autor de la misma. Un hombre así difícilmente podría haber escrito otra cosa.
Había una segunda persona en la gran estancia, hacia quien Robert dirigió una mirada tras saludar a Harcourt Talboys, dudoso de cómo proceder. Esta segunda persona era una dama que estaba sentada en la última de una hilera de cuatro ventanas, ocupada con una costura, del tipo que generalmente se llama labor sencilla, y con una gran cesta de mimbre, llena de telas de algodón y franela, apoyada junto a ella.
Toda la longitud de la estancia separaba a esta dama de Robert, pero pudo ver que era joven y que se parecía a George Talboys.
«¡Su hermana!», pensó durante aquel breve momento en que se atrevió a apartar la vista del dueño de la casa hacia la figura femenina junto a la ventana. «Su hermana, sin duda. Sé que la quería. ¿Seguramente no le será del todo indiferente su destino?».
La dama se levantó a medias de su asiento, dejando que su labor, que era grande y aparatosa, se cayera de su regazo al hacerlo, y dejando caer un carrete de hilo que rodó sobre el pulido suelo de roble, más allá del borde de la alfombra turca.
—Siéntate, Clara —dijo la dura voz del señor Talboys.
Aquel caballero no pareció dirigirse a su hija, ni su rostro se había vuelto hacia ella cuando se levantó. Parecía como si lo hubiera sabido por algún magnetismo social peculiar de su persona; parecía, como sus sirvientes solían observar con falta de respeto, como si tuviera ojos en la nuca.
—Siéntate, Clara —repitió—, y guarda el hilo en tu costurero.
La dama se sonrojó ante esta reprimenda y se inclinó para buscar el hilo. El señor Robert Audley, a quien la severa presencia del dueño de la casa no amilanaba, se arrodilló sobre la alfombra, encontró el carrete y se lo devolvió a su dueña; Harcourt Talboys observaba el suceso con una expresión de absoluto asombro.
—Quizás, señor... ¡señor Robert Audley! —dijo, mirando la tarjeta que sostenía entre sus dedos—, quizás cuando haya terminado de buscar carretes de hilo, ¿será tan amable de decirme a qué debo el honor de esta visita?
Agitó su mano bien formada con un gesto que podría haber sido admirado en el majestuoso John Kemble; y el sirviente, comprendiendo el gesto, acercó una pesada silla de marroquín rojo.
El procedimiento fue tan lento y solemne que, al principio, Robert pensó que algo extraordinario estaba a punto de suceder; pero la verdad amaneció en él finalmente, y se dejó caer en la maciza silla.
—Puedes retirarte, Wilson —dijo el señor Talboys, cuando el sirviente estaba a punto de irse—; al señor Audley quizás le apetezca café.
Robert no había comido nada esa mañana, pero echó una mirada a la larga extensión de mantel lúgubre, al servicio de té y café de plata, al esplendor rígido y a la escasa apariencia de cualquier refrigerio sustancial, y declinó la invitación del señor Talboys.
—El señor Audley no tomará café, Wilson —dijo el amo de la casa—. Puedes irte.
El hombre hizo una reverencia y se retiró, abriendo y cerrando la puerta con tanta cautela como si estuviera cometiendo un atrevimiento al hacerlo, o como si el respeto debido al señor Talboys exigiera que atravesara el panel de roble como un fantasma en una historia alemana.
El señor Harcourt Talboys se sentó con sus ojos grises fijos con severidad en su visitante, sus codos apoyados en los brazos de marroquín rojo de su silla y las puntas de los dedos unidas. Era la postura en la que, de haber sido Junio Bruto, se habría sentado durante el juicio de su hijo. Si Robert Audley hubiera sido fácil de avergonzar, el señor Talboys podría haber logrado hacerlo sentir así; pero como se habría sentado con total tranquilidad sobre un barril de pólvora encendiendo su cigarro, no se sintió en absoluto perturbado en esta ocasión. La dignidad del padre le pareció algo muy pequeño cuando pensó en las posibles causas de la desaparición del hijo.
—Le escribí hace algún tiempo, señor Talboys —dijo con calma, cuando vio que se esperaba que iniciara la conversación.
Harcourt Talboys hizo una inclinación de cabeza. Sabía que era de su hijo perdido de quien Robert venía a hablar. Que el Cielo conceda que su estoicismo helado fuera la pobre afectación de un hombre vanidoso, más que la absoluta falta de corazón que Robert pensaba que era. Inclinó la cabeza sobre las puntas de sus dedos hacia su visitante. El juicio había comenzado, y Junio Bruto se estaba divirtiendo.
—Recibí su comunicación, señor Audley —dijo—. Está entre otras cartas de negocios; fue debidamente contestada.
—Aquella carta concernía a su hijo.
Se oyó un pequeño ruido de roce en la ventana donde estaba sentada la dama, mientras Robert decía esto; la miró casi instantáneamente, pero ella no pareció haberse movido. No estaba trabajando, pero permanecía perfectamente quieta.
«Es tan desalmada como su padre, supongo, aunque se parezca a George», pensó el señor Audley.
—Si su carta concernía a la persona que fue alguna vez mi hijo, tal vez, señor —dijo Harcourt Talboys—, debo pedirle que recuerde que ya no tengo un hijo.
—No tiene razones para recordármelo, señor Talboys —respondió Robert, con gravedad—; lo recuerdo demasiado bien. Tengo razones fatales para creer que ya no tiene un hijo. Tengo motivos amargos para pensar que ha muerto.
Puede que la tez del señor Talboys se desvaneciera a un tono más pálido de color ante cuando Robert dijo esto; pero solo elevó sus erizadas cejas grises y negó con la cabeza suavemente.
—No —dijo—, no, se lo aseguro, no.
—Creo que George Talboys murió en el mes de septiembre.
La joven a quien se habían dirigido como Clara permanecía sentada con la labor pulcramente doblada sobre su regazo y las manos entrelazadas sobre ella, sin moverse cuando Robert habló de la muerte de su amigo. Él no podía ver claramente su rostro, pues ella estaba sentada a cierta distancia y de espaldas a la ventana.
—No, no, se lo aseguro —repitió el señor Talboys—, usted padece un triste error.
—¿Cree usted que estoy equivocado al pensar que su hijo ha muerto? —preguntó Robert.
—Ciertamente —respondió el señor Talboys, con una sonrisa que expresaba la serenidad de la sabiduría—. Ciertamente, mi querido señor. La desaparición fue un truco muy ingenioso, sin duda, pero no lo suficientemente ingenioso como para engañarme. Debe permitirme comprender este asunto un poco mejor que usted, señor Audley, y debe también permitirme asegurarle tres cosas. En primer lugar, su amigo no está muerto. En segundo lugar, se está manteniendo alejado con el propósito de alarmarme, de jugar con mis sentimientos como... como un hombre que fue alguna vez su padre, y de obtener finalmente mi perdón. En tercer lugar, no obtendrá ese perdón, por mucho tiempo que le plazca mantenerse alejado; y, por lo tanto, actuaría con prudencia regresando sin demora a su residencia y ocupaciones habituales.
—¿Entonces usted se imagina que él se oculta a propósito de todos los que le conocen, con el fin de...?
—Con el fin de influir en mí —exclamó el señor Talboys, quien, tomando posición sobre su propia vanidad, rastreaba cada acontecimiento de la vida desde ese único centro y se negaba rotundamente a mirarlo desde cualquier otro punto de vista—. Con el fin de influir en mí. Conocía la inflexibilidad de mi carácter; en cierto grado me conocía, y sabía que todos los intentos de ablandar mi decisión, o de moverme del propósito fijo de mi vida, fracasarían. Por tanto, intentó medios extraordinarios; se ha mantenido alejado para alarmarme, y cuando, tras el debido tiempo, descubra que no me ha alarmado, regresará a sus viejos refugios. Cuando lo haga —dijo el señor Talboys, elevándose a la sublimidad—, le perdonaré. Sí, señor, le perdonaré. Le diré: Has intentado engañarme, y te he demostrado que no soy alguien a quien se pueda engañar; has intentado asustarme, y te he convencido de que no soy alguien a quien se pueda asustar; no creías en mi generosidad, te mostraré que puedo ser generoso.
Harcourt Talboys pronunció estos soberbios párrafos con una manera estudiada que demostraba que habían sido cuidadosamente compuestos hacía mucho tiempo.
Robert Audley suspiró al escucharlos.
—Que el Cielo le conceda la oportunidad de decirle esto a su hijo, señor —respondió con tristeza—. Me alegra mucho ver que está usted dispuesto a perdonarle, pero temo que nunca volverá a verle sobre esta tierra. Tengo mucho que decirle sobre este... este triste asunto, señor Talboys; pero preferiría decírselo a solas —añadió, mirando a la dama junto a la ventana.
—Mi hija conoce mis ideas sobre este tema, señor Audley —dijo Harcourt Talboys—; no hay razón para que no escuche todo lo que usted tiene que decir. Señorita Clara Talboys, señor Robert Audley —añadió, agitando su mano majestuosamente.
La joven inclinó la cabeza en reconocimiento a la reverencia de Robert.
«Que lo escuche», pensó. «Si tiene tan poco sentimiento como para no mostrar emoción alguna ante un tema así, que escuche lo peor que tengo que contar».
Hubo unos minutos de silencio, durante los cuales Robert sacó unos papeles de su bolsillo; entre ellos, el documento que había escrito inmediatamente después de la desaparición de George.
—Requeriré toda su atención, señor Talboys —dijo—, pues lo que tengo que revelarle es de naturaleza muy dolorosa. Su hijo era mi muy querido amigo; querido para mí por muchas razones. Quizás, más que nada, querido porque le había conocido y acompañado a través del gran problema de su vida; y porque estaba comparativamente solo en el mundo; repudiado por usted, quien debería haber sido su mejor amigo, privado de la única mujer que había amado.
—La hija de un mendigo borracho —comentó el señor Talboys, entre paréntesis.
—Si hubiera muerto en su cama, como a veces pensé que lo haría —continuó Robert Audley—, de un corazón roto, le habría llorado muy sinceramente, incluso si hubiera cerrado sus ojos con mis propias manos y le hubiera visto depositado en su lugar de descanso. Habría sentido el duelo por mi viejo compañero de estudios, y por el compañero que me había sido querido. Pero este duelo habría sido muy pequeño comparado con el que siento ahora, creyendo, como creo demasiado firmemente, que mi pobre amigo ha sido asesinado.
—¡Asesinado!
El padre y la hija repitieron simultáneamente la horrible palabra. El rostro del padre cambió a una tonalidad cenicienta y sombría; el rostro de la hija cayó sobre sus manos entrelazadas y no volvió a levantarse durante el resto de la entrevista.
—Señor Audley, ¡usted está loco! —exclamó Harcourt Talboys—; usted está loco, o si no, está comisionado por su amigo para jugar con mis sentimientos. ¡Protesto contra este procedimiento como una conspiración, y yo... yo revoco mi pretendido perdón a la persona que fue alguna vez mi hijo!
Volvió a ser él mismo al decir esto. El golpe había sido duro, pero su efecto había sido momentáneo.
—Está lejos de mi deseo alarmarle innecesariamente, señor —respondió Robert—. Que el Cielo conceda que usted tenga razón y yo esté equivocado. Rezo por ello, pero no puedo pensarlo; ni siquiera puedo esperarlo. Vengo a pedirle consejo. Le expondré con claridad y sin apasionamiento las circunstancias que han despertado mis sospechas. Si usted dice que esas sospechas son absurdas e infundadas, estoy dispuesto a someterme a su mejor juicio. Abandonaré Inglaterra y renunciaré a mi búsqueda de las pruebas necesarias para... para confirmar mis temores. Si usted dice que continúe, continuaré.
Nada podría haber sido más gratificante para la vanidad del señor Harcourt Talboys que esta apelación. Se declaró listo para escuchar todo lo que Robert tuviera que decir, y listo para ayudarle en todo lo que estuviera en su poder.
Puso cierto énfasis en esta última seguridad, restando valor a su consejo con una afectación que era tan transparente como su propia vanidad.
Robert Audley acercó su silla a la del señor Talboys y comenzó un relato detallado de todo lo que le había ocurrido a George desde el momento de su llegada a Inglaterra hasta la hora de su desaparición, así como de todo lo que había ocurrido desde su desaparición, de cualquier manera relacionada con ese asunto en particular. Harcourt Talboys escuchó con una atención demostrativa, interrumpiendo de vez en cuando al orador para hacer alguna pregunta de tipo judicial. Clara Talboys no levantó ni una vez el rostro de sus manos entrelazadas.
Las manecillas del reloj señalaban las once y cuarto cuando Robert comenzó su historia. El reloj dio las doce cuando terminó.
Había suprimido cuidadosamente los nombres de su tío y de la esposa de su tío al relatar las circunstancias en las que ellos habían estado involucrados.
—Ahora, señor —dijo, cuando la historia terminó—, aguardo su decisión. Ha escuchado mis razones para llegar a esta terrible conclusión. ¿De qué manera le influyen estas razones?
—No me desvían en absoluto de mi opinión anterior —respondió el señor Harcourt Talboys, con el orgullo irracional de un hombre obstinado—. Sigo pensando, como pensaba antes, que mi hijo está vivo y que su desaparición es una conspiración contra mí mismo. Me niego a convertirme en víctima de esa conspiración.
—¿Y me dice usted que me detenga? —preguntó Robert, solemnemente.
—Le digo solo esto: si usted continúa, continúa por su propia satisfacción, no por la mía. No veo nada en lo que me ha contado que me alarme por la seguridad de... su amigo.
—¡Sea así, entonces! —exclamó Robert, de repente—; a partir de este momento me lavo las manos en este asunto. A partir de este momento, el propósito de mi vida será olvidarlo.
Se levantó mientras hablaba y tomó su sombrero de la mesa donde lo había dejado. Miró a Clara Talboys. Su actitud no había cambiado desde que dejó caer su rostro sobre sus manos. —Buenos días, señor Talboys —dijo, con gravedad—. Que Dios conceda que usted tenga razón. Que Dios conceda que yo esté equivocado. Pero temo que llegará un día en que usted tendrá razones para lamentar su apatía respecto al destino prematuro de su único hijo.
Hizo una grave inclinación de cabeza ante el señor Harcourt Talboys y ante la dama, cuyo rostro estaba oculto por sus manos.
Se demoró un momento mirando a la señorita Talboys, pensando que ella levantaría la vista, que haría alguna señal o mostraría algún deseo de retenerlo.
El señor Talboys tocó la campanilla para llamar al impasible sirviente, quien condujo a Robert hacia la puerta del vestíbulo con una solemnidad de modales que habría resultado perfectamente adecuada si lo hubiera estado llevando al cadalso.
«Es como su padre», pensó el señor Audley mientras echaba un último vistazo a aquella cabeza inclinada. «Pobre George, necesitabas un amigo en este mundo, pues has tenido muy pocos que te quisieran».
CAPÍTULO XXIII.
CLARA.
Robert Audley encontró al cochero dormido sobre el pescante de su pesado vehículo. Había sido agasajado con una cerveza de naturaleza tan fuerte como para inducir una estrangulación temporal en el audaz consumidor de la misma, y se alegró mucho de dar la bienvenida al regreso de su pasajero. El viejo caballo blanco, que parecía haber nacido en el año en que se construyó el carruaje y que parecía, al igual que este, haber sobrevivido a su época, estaba tan dormido como su amo y se despertó de un tirón cuando Robert bajó por la escalinata de piedra, escoltado por su verdugo, quien esperó respetuosamente hasta que el señor Audley hubo subido al vehículo y fue despachado.
El caballo, espoleado por un chasquido del látigo de su conductor y una sacudida de las raídas riendas, se puso en marcha en un estado semisomnoliento; y Robert, con el sombrero calado hasta los ojos, pensó en su amigo desaparecido.
Había jugado en aquellos jardines rígidos y bajo aquellos lúgubres abetos hace años, quizá —si es que era posible que el más alegre de los jóvenes fuera juguetón dentro del alcance de los duros ojos grises del señor Harcourt Talboys. Había jugado bajo aquellos árboles oscuros, quizá, con la hermana que había oído hablar de su destino hoy sin una sola lágrima. Robert Audley observó la rígida pulcritud de los ordenados terrenos, preguntándose cómo George pudo haber crecido en un lugar así para convertirse en el amigo franco, generoso y despreocupado que él había conocido. ¿Cómo era posible que, con su padre perpetuamente ante sus ojos, no hubiera crecido siguiendo el desagradable modelo paterno hasta convertirse en una molestia para sus semejantes? ¿Cómo era posible? Porque tenemos a Alguien superior a nuestros padres a quien agradecer por las almas que nos hacen grandes o pequeños; y porque, mientras que las narices y las barbillas de familia pueden descender en orden secuencial de padres a hijos, de abuelos a nietos, tal como la moda de las flores marchitas de un año se reproduce en los brotes del siguiente, el espíritu, más sutil que el viento que sopla entre esas flores, independiente de toda regla terrenal, no reconoce otro orden que la armoniosa ley de Dios.
«¡Gracias a Dios!», pensó Robert Audley; «¡gracias a Dios! Ha terminado. Mi pobre amigo debe descansar en su tumba anónima; y yo no seré el medio para traer la desgracia sobre aquellos a quienes amo. Llegará, tal vez, tarde o temprano, pero no será por mi causa. La crisis ha pasado y soy libre».
Sintió un alivio inefable ante este pensamiento. Su naturaleza generosa se rebelaba contra el oficio en el que se había visto involucrado: el de espía, el recopilador de hechos condenatorios que conducían a deducciones horribles.
Respiró profundamente, un suspiro de alivio por su liberación. Todo había terminado ahora.
El coche de alquiler salía de la puerta de la plantación mientras pensaba esto, y se puso de pie en el vehículo para mirar hacia atrás, a los tristes abetos, los senderos de grava, la hierba cuidada y la gran mansión de ladrillo rojo de aspecto desolado.
Se sobresaltó ante la aparición de una mujer que corría, casi volando, a lo largo del camino de carruajes por el que él había venido, agitando un pañuelo en su mano alzada.
Se quedó mirando esta singular aparición durante algunos momentos con silencioso asombro antes de poder reducir su estupor a palabras.
«¿Es a mí a quien quiere la mujer voladora?», exclamó al fin. «Quizá sea mejor que pare», añadió al cochero. «Es una era de excentricidad, una época anormal en la historia del mundo. Puede que me quiera a mí. Es muy probable que me haya dejado el pañuelo y el señor Talboys haya enviado a esta persona con él. Tal vez sea mejor que me baje y vaya a su encuentro. Es de educación devolver mi pañuelo».
El señor Robert Audley descendió deliberadamente del coche y caminó lentamente hacia la figura femenina que se apresuraba y que ganaba terreno rápidamente.
Era algo corto de vista, y no fue hasta que ella estuvo muy cerca cuando vio quién era.
«¡Dios mío!», exclamó, «es la señorita Talboys».
Era la señorita Talboys, sonrojada y sin aliento, con un chal de lana echado sobre la cabeza.
Robert Audley vio ahora su rostro con claridad por primera vez, y notó que era muy hermosa. Tenía ojos castaños, como los de George, una tez pálida (estaba sonrojada cuando se acercó a él, pero el color se desvaneció a medida que recuperaba el aliento), rasgos regulares, con una movilidad de expresión que dejaba constancia de cada cambio de sentimiento. Vio todo esto en pocos momentos, y solo se maravilló más ante el estoicismo de sus modales durante su entrevista con el señor Talboys. No había lágrimas en sus ojos, pero brillaban con un lustre febril, terriblemente brillantes y secos, y pudo ver que sus labios temblaban mientras le hablaba.
«Señorita Talboys», dijo, «qué puedo... por qué...»
Ella lo interrumpió de repente, sujetándolo por la muñeca con su mano libre; sostenía el chal con la otra.
«Oh, déjeme hablarle», gritó, «déjeme hablarle, o me volveré loca. Lo oí todo. Creo lo que usted cree, y me volveré loca a menos que pueda hacer algo... algo para vengar su muerte».
Durante unos instantes, Robert Audley estuvo demasiado desconcertado para responderle. De todas las cosas posibles en la tierra, era lo último que esperaba presenciar.
«Tome mi brazo, señorita Talboys», dijo. «Le ruego que se calme. Caminemos un poco de vuelta hacia la casa y hablemos tranquilamente. No habría hablado como lo hice ante usted si hubiera sabido...»
«¿Si hubiera sabido que amaba a mi hermano?», dijo ella rápidamente. «¿Cómo iba a saber usted que lo amaba? ¿Cómo iba a pensar nadie que lo amaba, cuando nunca he tenido poder para darle la bienvenida bajo ese techo, ni una palabra amable de parte de su padre? ¿Cómo iba a atreverme a traicionar mi amor por él en esa casa cuando sabía que incluso el afecto de una hermana se volvería en su contra? Usted no conoce a mi padre, señor Audley. Yo sí. Sabía que interceder por George habría sido arruinar su causa. Sabía que dejar las cosas en manos de mi padre y confiar en el tiempo era mi única oportunidad de volver a ver a ese querido hermano. Y esperé... esperé pacientemente, siempre esperando lo mejor; pues sabía que mi padre amaba a su único hijo. Veo su sonrisa de desprecio, señor Audley, y me atrevo a decir que es difícil para un extraño creer que, bajo su fingido estoicismo, mi padre oculta cierto grado de afecto por sus hijos; quizá no sea un apego muy cálido, pues siempre ha dirigido su vida por la estricta ley del deber. Espere», dijo de repente, poniendo su mano sobre el brazo de él y mirando hacia atrás a través de la recta avenida de pinos; «salí de la casa por la puerta trasera. Papá no debe verme hablando con usted, señor Audley, y no debe ver el coche esperando en la puerta. ¿Querría salir a la carretera principal y decirle al hombre que avance un poco? Yo saldré de la plantación por una pequeña puerta más adelante y me reuniré con usted en el camino».
«Pero se resfriará, señorita Talboys», objetó Robert, mirándola con ansiedad, pues vio que estaba temblando. «Está tiritando ahora».
«No es de frío», respondió ella. «Estoy pensando en mi hermano George. Si tiene alguna compasión por la única hermana de su amigo perdido, haga lo que le pido, señor Audley. Debo hablar con usted... debo hablar con usted... con calma, si puedo».
Se llevó la mano a la cabeza como si intentara ordenar sus pensamientos, y luego señaló la puerta. Robert hizo una inclinación y la dejó. Le dijo al hombre que condujera lentamente hacia la estación y caminó por el lado de la valla alquitranada que rodeaba los terrenos del señor Talboys. Unos cien metros más allá de la entrada principal, llegó a una pequeña puerta de madera en la valla y esperó allí a la señorita Talboys.
Ella se le unió poco después, con el chal todavía sobre la cabeza y los ojos aún brillantes y sin lágrimas.
«¿Quiere caminar conmigo dentro de la plantación?», dijo. «Podrían vernos en la carretera».
Él hizo una inclinación, pasó por la puerta y la cerró tras de sí.
Cuando ella tomó el brazo que él le ofrecía, descubrió que ella seguía temblando, temblando con mucha violencia.
«Le ruego, le ruego que se calme, señorita Talboys», dijo; «puede que me haya equivocado en la opinión que me he formado; puede que...»
«No, no, no», exclamó ella, «no se ha equivocado. Mi hermano ha sido asesinado. Dígame el nombre de esa mujer, la mujer a la que sospecha que está relacionada con su desaparición, con su asesinato».
«Eso no puedo hacerlo hasta que...»
«¿Hasta cuándo?»
«Hasta que sepa que ella es culpable».
«Usted le dijo a mi padre que abandonaría toda idea de descubrir la verdad, que se daría por satisfecho dejando el destino de mi hermano como un horrible misterio que nunca se resolvería en esta tierra; pero usted no hará tal cosa, señor Audley, usted no será falso a la memoria de su amigo. Usted verá cómo se hace justicia contra aquellos que lo han destruido. Usted hará esto, ¿no es así?»
Una sombra lúgubre se extendió como un velo oscuro sobre el atractivo rostro de Robert Audley.
Recordó lo que había dicho el día anterior en Southampton:
«Una mano más fuerte que la mía me atrae hacia adelante, en el camino oscuro».
Un cuarto de hora antes, él había creído que todo había terminado y que estaba liberado del terrible deber de descubrir el secreto de la muerte de George. Ahora esta joven, esta joven aparentemente sin pasiones, había encontrado voz y lo estaba empujando hacia su destino.
«Si usted supiera qué miseria para mí puede implicar descubrir la verdad, señorita Talboys», dijo, «apenas me pediría que siguiera adelante con este asunto».
«Pero se lo pido», respondió ella, con pasión contenida, «se lo pido. Le pido que vengue la muerte prematura de mi hermano. ¿Lo hará? ¿Sí o no?»
«¿Y si respondo que no?»
«Entonces lo haré yo misma», exclamó, mirándolo con sus brillantes ojos castaños. «Yo misma seguiré la pista de este misterio; encontraré a esta mujer, aunque usted se niegue a decirme en qué parte de Inglaterra desapareció mi hermano. Viajaré de un extremo a otro del mundo para encontrar el secreto de su destino, si usted se niega a encontrarlo por mí. Soy mayor de edad; dueña de mí misma; rica, pues tengo dinero que me dejó una de mis tías; seré capaz de emplear a quienes me ayuden en mi búsqueda, y haré que les interese servirme bien. Elija entre las dos alternativas, señor Audley. ¿Encontraremos el asesino de mi hermano usted o yo?»
Él la miró a la cara y vio que su resolución era fruto de ningún entusiasmo femenino pasajero que fuera a ceder bajo la mano de hierro de la dificultad. Sus hermosos rasgos, naturalmente estatuarios en sus nobles contornos, parecían transformados en mármol por la rigidez de su expresión. El rostro que él contemplaba era el rostro de una mujer a quien solo la muerte podría apartar de su propósito.
«He crecido en una atmósfera de represión», dijo ella con calma; «he sofocado y atrofiado los sentimientos naturales de mi corazón, hasta que se han vuelto antinaturales en su intensidad; no se me ha permitido tener amigos ni amantes. Mi madre murió cuando yo era muy joven. Mi padre siempre ha sido para mí lo que usted vio hoy. No he tenido a nadie más que a mi hermano. Todo el amor que mi corazón puede albergar se ha centrado en él. ¿Se sorprende, entonces, de que cuando oigo que su joven vida ha terminado por mano de la traición, desee ver hecha justicia sobre el traidor? Oh, Dios mío», gritó, juntando las manos de repente y mirando al frío cielo invernal, «guíame hasta el asesino de mi hermano, y deja que sea mi mano la que vengue su muerte prematura».
Robert Audley se quedó mirándola con una admiración llena de asombro. Su belleza se elevaba hasta la sublimidad por la intensidad de su pasión contenida. Era diferente a todas las demás mujeres que él había visto jamás. Su prima era bonita, la esposa de su tío era encantadora, pero Clara Talboys era hermosa. El rostro de Níobe, sublimado por el dolor, apenas podría haber sido más puramente clásico que el suyo. Incluso su vestido, puritano en su gris sencillez, le sentaba mejor a su belleza que un vestido más hermoso a una mujer menos hermosa.
«Señorita Talboys», dijo Robert, tras una pausa, «su hermano no quedará sin venganza. No será olvidado. No creo que ninguna ayuda profesional que usted pudiera conseguir la llevara tan seguramente al secreto de este misterio como puedo llevarla yo, si usted es paciente y confía en mí».
«Confiaré en usted», respondió, «pues veo que me ayudará».
«Creo que es mi destino hacerlo», dijo él solemnemente.
En todo el curso de su conversación con Harcourt Talboys, Robert Audley había evitado cuidadosamente hacer deducciones a partir de las circunstancias que había expuesto al padre de George. Se había limitado a contar la historia de la vida del desaparecido, desde la hora de su llegada a Londres hasta la de su desaparición; pero vio que Clara Talboys había llegado a la misma conclusión que él, y que estaba tácitamente sobreentendido entre ambos.
«¿Tiene alguna carta de su hermano, señorita Talboys?», preguntó.
«Dos. Una escrita poco después de su matrimonio, la otra escrita en Liverpool, la noche antes de embarcarse para Australia».
«¿Me dejará verlas?»
«Sí, se las enviaré si me da su dirección. Me escribirá de vez en cuando, ¿no es así?, para decirme si se acerca a la verdad. Me veré obligada a actuar en secreto aquí, pero voy a salir de casa en dos o tres meses, y entonces seré perfectamente libre de actuar como quiera».
«¿No se va a ir de Inglaterra?», preguntó Robert.
«¡Oh, no! Solo voy a hacer una visita largamente prometida a unos amigos en Essex».
Robert se sobresaltó tan violentamente cuando Clara Talboys dijo esto, que ella lo miró de repente a la cara. La agitación visible allí traicionó parte de su secreto.
«Mi hermano George desapareció en Essex», dijo ella.
Él no pudo contradecirla.
«Lamento que haya descubierto tanto», respondió. «Mi posición se vuelve cada día más complicada, cada día más dolorosa. Adiós».
Ella le dio la mano mecánicamente, cuando él se la tendió; pero estaba fría como el mármol, y yacía indolente en la suya, y cayó como un leño a su costado cuando él la soltó.
«Le ruego que no pierda tiempo en regresar a la casa», dijo con seriedad. «Temo que sufrirá por lo de esta mañana».
«¿Sufrir?», exclamó ella con desprecio. «Me habla de sufrir, cuando la única criatura en este mundo que me amó ha sido arrebatada de él en la flor de la juventud. ¿Qué puede haber para mí de ahora en adelante sino sufrimiento? ¿Qué es el frío para mí?», dijo, apartando su chal y descubriendo su hermosa cabeza al viento cortante. «Caminaría desde aquí hasta Londres descalza a través de la nieve, y nunca me detendría en el camino, si pudiera devolverle la vida. ¿Qué no haría yo por traerlo de vuelta? ¿Qué no haría?»
Las palabras brotaron de ella en un lamento de dolor apasionado; y juntando las manos ante su rostro, lloró por primera vez aquel día. La violencia de sus sollozos sacudía su esbelta figura, y se vio obligada a apoyarse en el tronco de un árbol para sostenerse.
Robert la miró con una tierna compasión en su rostro; era tan parecida al amigo a quien había amado y perdido, que le resultaba imposible pensar en ella como en una extraña; imposible recordar que se habían conocido esa misma mañana por primera vez.
«Le ruego, le ruego que se calme», dijo: «tenga esperanza incluso contra toda esperanza. Ambos podemos estar equivocados; su hermano aún puede vivir».
«¡Oh! si fuera así», murmuró apasionadamente; «si pudiera ser así».
«Intentemos esperar que así sea».
«No», respondió ella, mirándolo a través de sus lágrimas, «no esperemos nada más que venganza. Adiós, señor Audley. Espere; su dirección».
Él le dio una tarjeta, que ella guardó en el bolsillo de su vestido.
«Le enviaré las cartas de George», dijo; «pueden ayudarle. Adiós».
Ella lo dejó medio desconcertado por la energía apasionada de sus modales y la noble belleza de su rostro. La observó mientras desaparecía entre los rectos troncos de los abetos, y luego salió lentamente de la plantación.
«Que el Cielo ayude a quienes se interpongan entre mí y el secreto», pensó, «pues serán sacrificados a la memoria de George Talboys».
CAPÍTULO XXIV.
LAS CARTAS DE GEORGE.
Robert Audley no regresó a Southampton, sino que tomó un billete para el primer tren que salía de Wareham hacia la capital, y llegó a Waterloo Bridge una o dos horas después de anochecer. La nieve, que había estado dura y crujiente en Dorsetshire, era una papilla negra y grasienta en Waterloo Road, derretida por las resplandecientes lámparas de las tabernas y el gas cegador de las carnicerías.
Robert Audley se encogió de hombros al mirar las lúgubres calles por las que lo llevaba el coche de alquiler, eligiendo el cochero —con ese instinto delicioso que parece innato en los conductores de vehículos de alquiler— todos aquellos callejones oscuros y horribles totalmente desconocidos para el peatón común.
«Qué cosa tan agradable es la vida», pensó el abogado. «¡Qué don inefable, qué bendición abrumadora! Que cualquier hombre haga un cálculo de su existencia, restando las horas en las que ha sido completamente feliz, realmente y del todo a gusto, sin un *arriere pensée* que empañara su disfrute, sin la más infinitesimal nube que ensombreciera la brillantez de su horizonte. Que haga esto, y seguramente se reirá con absoluta amargura de alma cuando sume el total de su felicidad y descubra la lastimosa pequeñez de la cifra. Quizá se haya sentido dichoso una semana o diez días en treinta años. En treinta años de aburridos diciembres, y marzos tempestuosos, y abriles lluviosos, y sombríos tiempos de noviembre, puede que haya habido siete u ocho días gloriosos de agosto, durante los cuales el sol ha brillado con un resplandor sin nubes y las brisas veraniegas han exhalado un bálsamo perpetuo. Con qué cariño recordamos estos solitarios días de placer, y esperamos que se repitan, e intentamos planear las circunstancias que los hicieron brillantes; y organizamos, y predestinamos, y parlamentamos con el destino para una renovación de la alegría recordada. ¡Como si alguna alegría pudiera construirse a partir de tales o cuales partes constituyentes! ¡Como si la felicidad no fuera esencialmente accidental, un pájaro brillante y errante, totalmente irregular en sus migraciones; con nosotros un día de verano, y para siempre lejos de nosotros al siguiente! Mira los matrimonios, por ejemplo», cavilaba Robert, que estaba tan meditativo en el vehículo traqueteante, por cuya ocupación iba a pagar seis peniques la milla, como si hubiera estado montando un mustang en la salvaje soledad de las praderas. «¡Mira el matrimonio! ¿Quién puede decir cuál será la única elección juiciosa entre novecientos noventa y nueve errores? ¿Quién decidirá, desde el primer aspecto de la criatura viscosa, cuál será la única anguila de la colosal bolsa de serpientes? Esa chica que está en el bordillo de allá, esperando para cruzar la calle cuando mi carro haya pasado, puede ser la única mujer de entre todos los seres femeninos de este vasto universo que podría hacerme un hombre feliz. Sin embargo, paso de largo, la salpico con el barro de mis ruedas, en mi ignorancia impotente, en mi ciega sumisión a la terrible mano de la fatalidad. Si esa chica, Clara Talboys, hubiera llegado cinco minutos más tarde, me habría ido de Dorsetshire pensando que era fría, dura y poco femenina, y me habría llevado a la tumba ese error como parte integrante de mi mente. La tomé por un autómata majestuoso y sin corazón; ahora sé que es una mujer noble y hermosa. Qué diferencia incalculable puede suponer esto en mi vida. Cuando dejé esa casa, salí al día invernal con la determinación de abandonar todo pensamiento ulterior sobre el secreto de la muerte de George. La veo, y ella me obliga a seguir adelante por el camino repugnante, el sendero torcido de la vigilancia y la sospecha. ¿Cómo puedo decirle a esta hermana de mi difunto amigo: "¡Creo que tu hermano ha sido asesinado! Creo saber por quién, pero no tomaré ninguna medida para aclarar mis dudas o confirmar mis temores"? No puedo decir esto. Esta mujer conoce la mitad de mi secreto; pronto se apoderará del resto, y entonces... y entonces...»
El coche se detuvo en medio de la meditación de Robert Audley, y tuvo que pagar al cochero y someterse a toda la lúgubre mecánica de la vida, que es la misma tanto si estamos alegres como apenados, si vamos a casarnos o a ser ahorcados, si somos elevados a la cancillería o inhabilitados por nuestros colegas en algún misterioso enredo técnico de irregularidades, lo cual es un enigma social para quienes están fuera del *forum domesticum* del Middle Temple.
Solemos enfadarnos con esta dureza cruel en nuestra vida, esta inquebrantable regularidad en las ruedas más pequeñas y la mecánica más mezquina de la máquina humana, que no conoce detención ni cese, aunque el resorte principal esté eternamente vacío y las manecillas apunten a cifras sin propósito en un cuadrante destrozado.
¿Quién no ha sentido, en la primera locura del dolor, una rabia irracional contra la muda propiedad de las sillas y mesas, la rígida cuadratura de las alfombras turcas, la obstinación inflexible del aparato externo de la existencia? Queremos arrancar árboles gigantescos en un bosque primigenio y desgarrar sus enormes ramas en nuestro agarre convulsivo; y lo máximo que podemos hacer para aliviar nuestra pasión es volcar una butaca o destrozar unos cuantos chelines de mercancía de la fábrica del Sr. Copeland.
Los manicomios son grandes y demasiado numerosos; pero, sin duda, es extraño que no sean mayores cuando pensamos en cuántos desdichados indefensos deben golpearse los sesos contra esta persistencia desesperada del mundo exterior ordenado, en comparación con la tormenta y la tempestad, el alboroto y la confusión interior; cuando recordamos cuántas mentes deben temblar en el estrecho límite entre la razón y la sinrazón, locas hoy y cuerdas mañana, locas ayer y cuerdas hoy.
Robert Audley había ordenado al cochero que lo dejara en la esquina de Chancery Lane, y ascendió por la brillantemente iluminada escalera que conducía al salón comedor de The London, y se sentó en una de las mesas acogedoras con una confusa sensación de vacío y cansancio, más que cualquier sensación agradable de hambre saludable. Había venido al lujoso restaurante a cenar porque era absolutamente necesario comer algo en alguna parte, y era mucho más fácil conseguir una cena muy buena del Sr. Sawyer que una muy mala de la Sra. Maloney, cuya mente corría por un solo canal estrecho de chuletas y filetes, solo variable por pequeñas calas y salidas en forma de «lenguado a la parrilla» o «caballa hervida». El solícito camarero intentó en vano despertar en el pobre Robert un sentido adecuado de la solemnidad de la cuestión de la cena. Él murmuró algo en el sentido de que el hombre podía traerle lo que quisiera, y el amable camarero, que conocía a Robert como cliente frecuente de las mesitas, volvió con su amo con rostro afligido, para decir que el Sr. Audley, de Figtree Court, estaba evidentemente sin ánimos. Robert cenó y bebió una pinta de Mosela; pero apreció poco la excelencia de los manjares o la delicada fragancia del vino. El monólogo mental continuaba, y el joven filósofo de la escuela moderna estaba discutiendo la cuestión moderna favorita de la nada de todo, y la tontería de tomarse demasiadas molestias para caminar por un camino que no iba a ninguna parte, o para realizar una obra que no significaba nada.
«Acepto el dominio de esa chica pálida, con los rasgos estatuarios y los tranquilos ojos castaños», pensó. «Reconozco el poder de una mente superior a la mía, y me rindo a él, y me inclino ante él. He estado actuando por mí mismo, y pensando por mí mismo, durante los últimos meses, y estoy cansado de este asunto antinatural. He sido falso con el principio rector de mi vida, y he sufrido por mi necedad. Encontré dos canas en mi cabeza la semana antepasada, y un cuervo impertinente ha plantado una delicada impresión de su pata bajo mi ojo derecho. Sí, me estoy haciendo viejo por el lado derecho; y por qué, ¿por qué debe ser así?»
Apartó el plato y levantó las cejas, mirando las migas sobre el damasco reluciente, mientras reflexionaba sobre la pregunta.
«¿Qué diablos hago en esta galera?», se preguntó. «Pero estoy en ella, y no puedo salir; así que será mejor que me someta a la chica de ojos castaños y haga lo que ella me diga, paciente y fielmente. ¡Qué solución maravillosa para el enigma de la vida hay en el gobierno de faldas! ¡El hombre podría tumbarse al sol, comer lotos e imaginar que es "siempre tarde", si su esposa se lo permitiera! ¡Pero no lo hará, bendito sea su corazón impulsivo y su mente activa! Ella sabe más que eso. ¿Quién ha oído hablar de una mujer que tome la vida como debe ser tomada? En lugar de soportarla como una molestia inevitable, solo redimible por su brevedad, la atraviesa como si fuera un desfile o una procesión. Se viste para ella, y sonríe, y hace muecas, y gesticula para ella. Empuja a sus vecinos, y lucha por un buen lugar en la lúgubre marcha; se abre paso a codazos, se retuerce, pisotea y se pavonea con el único fin de aprovechar al máximo la miseria. Se levanta temprano y se acuesta tarde, y es ruidosa, e inquieta, y escandalosa, y despiadada. Arrastra a su marido hacia la cancillería o lo empuja al Parlamento. Lo lanza de lleno contra la querida y perezosa maquinaria del gobierno, y lo golpea y sacude contra las ruedas, las manivelas, los tornillos y las poleas; hasta que alguien, por amor a la tranquilidad, lo convierte en algo que ella quería que fuera. Por eso, hombres incompetentes se sientan a veces en lugares elevados e interponen sus pobres y confusas inteligencias entre las cosas que hay que hacer y las personas que pueden hacerlas, creando una confusión universal en la inocencia indefensa de la incapacidad bien situada. Los hombres cuadrados en los agujeros redondos son empujados a ellos por sus esposas. El potentado oriental que declaró que las mujeres estaban en el fondo de todas las travesuras, debería haber ido un poco más lejos y haber visto por qué es así. Es porque las mujeres nunca son perezosas. No saben lo que es estar tranquilas. Son Semíramis, y Cleopatras, y Juana de Arco, la reina Isabel y Catalina la Segunda, y se entregan al desenfreno en la batalla, el asesinato, el clamor y la desesperación. Si no pueden agitar el universo y jugar a la pelota con los hemisferios, harán montañas de guerra y vejación a partir de toperas domésticas, y tormentas sociales en tazas de té. Prohibirles hablar sobre la libertad de las naciones y los males de la humanidad, y se pelearán con la Sra. Jones sobre la forma de un manto o el carácter de una criada. Llamarlas el sexo débil es proferir una burla espantosa. Son el sexo más fuerte, el más ruidoso, el más perseverante, el sexo que más se afirma a sí mismo. ¿Quieren libertad de opinión, variedad de ocupación? Que la tengan. Que sean abogados, médicos, predicadores, maestros, soldados, legisladores, cualquier cosa que les guste, pero que estén tranquilas, si pueden».
El Sr. Audley se pasó las manos por la espesa exuberancia de su lacio cabello castaño y levantó la oscura masa en su desesperación.
«Odio a las mujeres», pensó con salvajismo. «Son criaturas audaces, descaradas y abominables, inventadas para la molestia y destrucción de sus superiores. ¡Mira este asunto del pobre George! Es todo obra de mujeres de principio a fin. Se casa con una mujer, y su padre lo expulsa sin un penique y sin profesión. Se entera de la muerte de la mujer y se le rompe el corazón, su buen, honesto y varonil corazón, que vale un millón de los traicioneros trozos de interés propio y cálculo mercenario que laten en los pechos de las mujeres. Va a la casa de una mujer y nunca más se le vuelve a ver vivo. Y ahora me encuentro acorralado por otra mujer, en cuya existencia nunca había pensado hasta hoy. Y... y entonces», cavilaba el Sr. Audley, de forma bastante irrelevante, «está Alicia también; es otra molestia. Le gustaría que me casara con ella, lo sé; y me hará hacerlo, me atrevo a decir, antes de que termine conmigo. Pero preferiría no hacerlo; aunque es una querida, saltarina y generosa cosa, bendito sea su pobre corazoncito».
Robert pagó su cuenta y recompensó generosamente al camarero. El joven abogado estaba muy dispuesto a distribuir sus cómodos pequeños ingresos entre las personas que le servían, pues llevaba consigo su indiferencia hacia todas las cosas del universo, incluso hacia el asunto de las libras, chelines y peniques. Quizás era bastante excepcional en esto, ya que a menudo se puede encontrar que el filósofo que llama a la vida un engaño vacío es bastante astuto en la inversión de sus dineros, y reconoce la naturaleza tangible de los bonos de la India, los certificados españoles y los bonos egipcios, en contraste con la dolorosa incertidumbre de un Ego o un no-Ego en metafísica.
Las acogedoras habitaciones de Figtree Court le parecieron lúgubres en su ordenado silencio a Robert Audley aquella noche. No tenía inclinación por sus novelas francesas, aunque había un paquete de romances sin cortar, cómicos y sentimentales, pedidos un mes antes, esperando su placer sobre una de las mesas. Tomó su espuma de mar favorita y se dejó caer en su sillón favorito con un suspiro.
«Es cómodo, pero parece tan condenadamente solitario esta noche. Si el pobre George estuviera sentado frente a mí, o... o incluso la hermana de George, se le parece mucho, la existencia podría ser un poco más soportable. Pero cuando un tipo ha vivido solo durante ocho o diez años, empieza a ser mala compañía».
Se echó a reír al terminar su primera pipa.
«La idea de que yo esté pensando en la hermana de George», pensó; «¡qué idiota más absurdo soy!»
El correo del día siguiente le trajo una carta con una letra firme pero femenina, que le resultó extraña. Encontró el pequeño paquete sobre su mesa de desayuno, junto al bollo francés caliente envuelto en una servilleta por las manos cuidadosas pero algo sucias de la Sra. Maloney. Contempló el sobre durante algunos minutos antes de abrirlo, no con asombro por su corresponsal, pues la carta llevaba el matasellos de Grange Heath y sabía que solo había una persona probable que le escribiera desde aquel oscuro pueblo, sino con esa soñolienta pereza que formaba parte de su carácter.
«De Clara Talboys», murmuró lentamente, mientras observaba críticamente las letras claramente formadas de su nombre y dirección. «Sí, de Clara Talboys, muy decididamente; reconocí una semejanza femenina con la letra del pobre George; más pulcra que la suya, y más decidida que la suya, pero muy parecida, muy parecida».
Le dio la vuelta a la carta y examinó el sello, que llevaba el blasón familiar de su amigo.
«Me pregunto qué me dirá», pensó. «Es una carta larga, supongo; es el tipo de mujer que escribiría una carta larga, una carta que me urgirá, me impulsará, me arrancará de mí mismo, no me cabe duda. Pero eso no tiene remedio, ¡así que allá voy!»
Rasgó el sobre con un suspiro de resignación. No contenía más que las dos cartas de George y unas pocas palabras escritas en la solapa: «Envío las cartas; por favor guárdalas y devuélvelas, C.T.»
La carta, escrita desde Liverpool, no decía nada de la vida del escritor excepto su repentina determinación de partir hacia un nuevo mundo, para redimir las fortunas que habían sido arruinadas en el viejo. La carta, escrita casi inmediatamente después del matrimonio de George, contenía una descripción completa de su esposa, tal descripción como solo un hombre podría escribir a las tres semanas de un matrimonio por amor; una descripción en la que cada rasgo estaba minuciosamente catalogado, cada gracia de forma o belleza de expresión cariñosamente contemplada, cada encanto de modales amorosamente representado.
Robert Audley leyó la carta tres veces antes de dejarla.
«Si George hubiera sabido para qué propósito serviría esta descripción cuando la escribió», pensó el joven abogado, «seguramente su mano habría caído paralizada por el horror, e impotente para formar una sola sílaba de estas tiernas palabras».
CAPÍTULO XXV.
INVESTIGACIÓN RETROGRADA.
El lúgubre enero londinense arrastró su aburrida longitud lentamente. Los últimos escasos recuerdos de la época navideña fueron barridos, y Robert Audley aún permanecía en la ciudad, aún pasaba sus solitarias veladas en su silenciosa sala de estar en Figtree Court, aún vagaba desganado por los jardines del Temple en las mañanas soleadas, escuchando ausente el balbuceo de los niños, observando ociosamente sus juegos. Tenía muchos amigos entre los habitantes de los pintorescos edificios antiguos que le rodeaban; tenía otros amigos lejos, en agradables lugares campestres, cuyas habitaciones de invitados estaban siempre al servicio de Bob, cuyos alegres fuegos tenían sillas cómodamente lujosas especialmente asignadas para él. Pero parecía haber perdido todo gusto por la compañía, toda simpatía por los placeres y ocupaciones de su clase, desde la desaparición de George Talboys. Los ancianos abogados se entregaban a observaciones jocosas sobre el rostro pálido y el aire malhumorado del joven. Sugerían la probabilidad de algún afecto infeliz, algún maltrato femenino como causa secreta del cambio. Le decían que tuviera buen ánimo y le invitaban a fiestas, en las que «la hermosa mujer, con todos sus defectos, que Dios la bendiga», era brindada por caballeros que derramaban lágrimas al proponer el brindis, y estaban sentimentales e infelices en sus copas hacia el final del entretenimiento. Robert no tenía inclinación por la bebida y la preparación de ponche. La única idea de su vida se había convertido en su amo. Era el esclavo encadenado de un pensamiento sombrío, un presentimiento horrible. Una nube oscura se cernía sobre la casa de su tío, y era su mano la que debía dar la señal para el trueno y la tempestad que iban a arruinar aquella vida noble.
«Si tan solo ella prestara atención y huyera», se decía a sí mismo a veces. «Dios sabe que le he dado una oportunidad justa. ¿Por qué no la aprovecha y huye?»
Tenía noticias a veces de Sir Michael, a veces de Alicia. La carta de la joven rara vez contenía más que unas pocas líneas cortantes informándole de que su papá estaba bien; y que Lady Audley estaba de muy buen ánimo, divirtiéndose a su manera frívola habitual, y con su desprecio habitual por las demás personas.
Una carta del Sr. Marchmont, el maestro de escuela de Southampton, informó a Robert de que el pequeño Georgey iba muy bien, pero que estaba atrasado en su educación y aún no había pasado el Rubicón intelectual de las palabras de dos sílabas. El Capitán Maldon había llamado para ver a su nieto, pero ese privilegio le había sido negado, de acuerdo con las instrucciones del Sr. Audley. El anciano había enviado además un paquete de pasteles y dulces al niño, que también habían sido rechazados basándose en las tendencias indigestas y biliosas de los comestibles.
Hacia finales de febrero, Robert recibió una carta de su prima Alicia, que lo apresuró un paso más hacia su destino, al hacer que regresara a la casa de la que se había visto en cierto modo exiliado por instigación de la esposa de su tío.
«Papá está muy enfermo», escribió Alicia; «no peligrosamente enfermo, gracias a Dios; pero confinado a su habitación por un ataque de fiebre leve que ha sucedido a un resfriado violento. Ven a verlo, Robert, si tienes alguna consideración por tus parientes más cercanos. Ha hablado de ti varias veces; y sé que se alegrará de tenerte con él. Ven de inmediato, pero no digas nada sobre esta carta.
De tu afectuosa prima, ALICIA».
Un terror enfermizo y mortal enfrió el corazón de Robert Audley al leer esta carta, un miedo vago pero horrible que no se atrevía a convertir en ninguna forma definida.
«¿He hecho lo correcto?», pensó, en la primera agonía de este nuevo horror, «¿he hecho lo correcto al manipular la justicia; y al guardar el secreto de mis dudas con la esperanza de que estaba protegiendo a los que amo del dolor y la desgracia? ¿Qué haré si lo encuentro enfermo, muy enfermo, muriendo quizás, muriendo sobre su pecho? ¿Qué haré?»
Un camino se presentaba claro ante él; y el primer paso de ese camino era un rápido viaje a Audley Court. Empacó su maleta, subió a un coche de alquiler y llegó a la estación de ferrocarril a la hora de recibir la carta de Alicia, que había llegado por el correo de la tarde.
Las tenues luces del pueblo parpadeaban débilmente a través de la creciente oscuridad cuando Robert llegó a Audley. Dejó su maleta con el jefe de estación y caminó a paso pausado por los senderos tranquilos que conducían a la quieta soledad de la Corte. Los árboles que se arqueaban sobre él extendían sus ramas desnudas sobre su cabeza, desprovistas y extrañas en la luz crepuscular. Un viento bajo y gemebundo barría las tierras llanas de pradera y lanzaba aquellas ramas rugosas de un lado a otro contra el cielo gris oscuro. Parecían los brazos fantasmales de gigantes encogidos y marchitos, llamando a Robert hacia la casa de su tío. Parecían fantasmas amenazantes en el frío crepúsculo invernal, gesticulando para que se apresurara en su viaje. La larga avenida, tan brillante y agradable cuando los tilos perfumados esparcían su ligera flor sobre el camino, y los pétalos de las rosas silvestres flotaban en el aire veraniego, era terriblemente desolada y triste en el desabrido interregno que divide las alegrías familiares de la Navidad del pálido rubor de la primavera venidera; una pausa muerta en el año, en la que la Naturaleza parece yacer en un sueño de trance, esperando la maravillosa señal para la brotación de la flor.
Un triste presentimiento se deslizó en el corazón de Robert Audley a medida que se acercaba a la casa de su tío. Cada contorno cambiante del paisaje le era familiar; cada curva de los árboles; cada capricho de las ramas desenfrenadas; cada ondulación en el desnudo seto de espinos, interrumpido por castaños de Indias enanos, sauces raquíticos, zarzas y arbustos de avellano.
Sir Michael había sido un segundo padre para el joven, un amigo generoso y noble, un consejero grave y sincero; y quizás el sentimiento más fuerte del corazón de Robert era su amor por el baronet de barba gris. Pero aquel afecto agradecido era tan parte de sí mismo que rara vez encontraba una vía de escape en las palabras, y un extraño nunca habría sondeado la profundidad del sentimiento que yacía, como una corriente profunda y poderosa, bajo la superficie estancada del carácter del abogado.
—¿Qué sería de este lugar si mi tío muriera? —pensó, mientras se acercaba al arco cubierto de hiedra y a las charcas de agua inmóvil, fríamente grises en el crepúsculo—. ¿Vivirían otras personas en la vieja casa y se sentarían bajo los bajos techos de roble en las familiares y sencillas habitaciones?
Esa maravillosa facultad de asociación, tan entretejida en las fibras más íntimas incluso de la naturaleza más dura, llenó el pecho del joven con un dolor profético al recordar que, por muy largo o tardío que fuera, el día debía llegar en que los postigos de roble se cerrarían por un tiempo y la luz del sol sería excluida de la casa que amaba. Le resultaba doloroso incluso recordar esto; como siempre debe ser doloroso pensar en el estrecho arrendamiento que los más grandes de esta tierra pueden tener sobre sus grandezas. ¿Es tan maravilloso que algunos caminantes se queden dormidos bajo los setos, sin apenas preocuparse por seguir adelante en un viaje que no conduce a ninguna morada permanente? ¿Es maravilloso que haya habido quietistas en el mundo desde que la religión de Cristo fue predicada por primera vez en la tierra? ¿Es extraño que exista una paciente resistencia y una tranquila resignación, una calma espera de lo que ha de venir en la otra orilla del río de oscura corriente? ¿No es más bien de extrañar que alguien se preocupe por ser grande por el bien de la grandeza; por cualquier otra razón que no sea la pura conciencia; la sencilla fidelidad del siervo que teme guardar sus talentos en un pañuelo, sabiendo que la indiferencia está muy cerca de la deshonestidad? Si Robert Audley hubiera vivido en la época de Tomás de Kempis, muy probablemente se habría construido una estrecha ermita en medio de alguna soledad forestal, y habría pasado su vida en la tranquila imitación del reputado autor de La Imitación. Tal como estaban las cosas, Figtree Court era una agradable ermita a su manera, y para breviarios y Libros de Horas, me avergüenza decir que el joven abogado sustituía a Paul de Kock y a Dumas hijo. Pero sus pecados eran de un orden tan simplemente negativo que le habría resultado muy fácil abandonarlos por virtudes negativas.
Solo una luz solitaria era visible en la larga e irregular hilera de ventanas que daban al arco, mientras Robert pasaba bajo la sombra sombría de la hiedra susurrante, inquieta por el frío gemido del viento. Reconoció aquella ventana iluminada como el gran mirador en la habitación de su tío. La última vez que había mirado la vieja casa, esta bullía de visitantes, cada ventana brillando como una estrella baja en la penumbra; ahora, oscura y silenciosa, se enfrentaba a la noche de invierno como alguna lúgubre morada señorial, en lo profundo de una soledad boscosa.
El hombre que abrió la puerta al inesperado visitante se iluminó al reconocer al sobrino de su amo.
—A Sir Michael le animará un poco, señor, verle —dijo, mientras conducía a Robert Audley a la biblioteca iluminada por el fuego, que parecía desolada debido al sillón de descanso del baronet que permanecía vacío sobre la amplia alfombra de la chimenea—. ¿Quiere que le traiga algo de cenar aquí, señor, antes de subir? —preguntó el criado—. Mi señora y la señorita Audley han cenado temprano durante la enfermedad de mi amo, pero puedo traerle cualquier cosa que desee tomar, señor.
—No tomaré nada hasta que haya visto a mi tío —respondió Robert, apresuradamente—; es decir, si puedo verlo de inmediato. Supongo que no está demasiado enfermo para recibirme —añadió, ansioso.
—Oh, no, señor; no demasiado enfermo; solo un poco decaído, señor. Por aquí, si me hace el favor.
Condujo a Robert por el corto tramo de escaleras de roble de peldaños bajos hacia la cámara octogonal en la que George Talboys se había sentado hacía cinco largos meses, mirando distraídamente el retrato de mi señora. El cuadro estaba terminado ahora y colgaba en el lugar de honor frente a la ventana, entre Claudes, Poussins y Wouvermans, cuyos tonos menos brillantes eran anulados por el vívido colorido del artista moderno. El rostro luminoso miraba desde aquel enmarañado brillo de cabellos dorados, en el que se deleitan los prerrafaelitas, con una sonrisa burlona, mientras Robert se detenía un momento para observar el bien recordado retrato. Dos o tres momentos después, había atravesado el tocador y el vestidor de mi señora y se encontraba en el umbral de la habitación de Sir Michael. El baronet yacía en un sueño tranquilo, con el brazo fuera de la cama y su mano fuerte entrelazada con los delicados dedos de su joven esposa. Alicia estaba sentada en una silla baja junto a la ancha chimenea abierta, en la que enormes troncos ardían con fuerza en la atmósfera gélida. El interior de este lujoso dormitorio podría haber sido una estampa impactante para el lápiz de un artista. El mobiliario macizo, oscuro y sombrío, pero interrumpido y realzado aquí y allá por fragmentos de dorado y masas de color incandescente; la elegancia de cada detalle, en la que la riqueza estaba supeditada a la pureza del gusto; y, por último, lo más importante, las elegantes figuras de las dos mujeres y la noble forma del anciano habrían constituido un estudio digno para cualquier pintor.
Lucy Audley, con su cabello desordenado en un pálido halo de oro amarillo alrededor de su rostro pensativo, las líneas fluidas de su suave bata de muselina cayendo en pliegues rectos hasta sus pies, y abrochada en la cintura por un estrecho círculo de eslabones de ágata, podría haber servido de modelo para una santa medieval, en una de las diminutas capillas escondidas en los rincones de una vieja catedral gris, inalterada por la Reforma o Cromwell; ¿y qué santo mártir de la Edad Media podría haber tenido un aspecto más santo que el hombre cuya barba gris yacía sobre la oscura colcha de seda de la majestuosa cama?
Robert se detuvo en el umbral, temeroso de despertar a su tío. Las dos damas habían oído sus pasos, por cautelosos que hubieran sido, y levantaron la cabeza para mirarlo. El rostro de mi señora, vigilando en silencio al enfermo, había mostrado una ansiedad sincera que lo hacía aún más hermoso; pero el mismo rostro al reconocer a Robert Audley, se desvaneció de su delicada luminosidad y pareció asustado y pálido bajo la luz de la lámpara.
—¡Sr. Audley! —exclamó, con una voz débil y trémula.
—¡Chist! —susurró Alicia, con un gesto de advertencia—; despertarás a papá. Qué bueno que hayas venido, Robert —añadió, en el mismo tono susurrante, haciendo señas a su primo para que tomara una silla vacía cerca de la cama.
El joven se sentó en el asiento indicado al pie de la cama, frente a mi señora, que estaba sentada junto a las almohadas. Miró larga y atentamente el rostro del durmiente; aún más tiempo, aún más atentamente, el rostro de Lady Audley, que recuperaba lentamente sus tonos naturales.
—No ha estado muy enfermo, ¿verdad? —preguntó Robert, en el mismo tono en que había hablado Alicia.
Mi señora respondió a la pregunta.
—Oh, no, no peligrosamente enfermo —dijo, sin apartar los ojos del rostro de su marido—; pero aun así hemos estado ansiosos, muy, muy ansiosos.
Robert nunca relajó su escrutinio de aquel rostro pálido.
—Ella me mirará —pensó—; la obligaré a encontrarse con mis ojos y la leeré como la he leído antes. Sabrá cuán inútiles son sus artificios conmigo.
Hizo una pausa de unos minutos antes de volver a hablar. La respiración regular del durmiente, el tic-tac de un reloj de oro en la cabecera de la cama y el crepitar de los troncos ardientes eran los únicos sonidos que rompían la quietud.
—No me cabe duda de que ha estado ansiosa, Lady Audley —dijo Robert, tras una pausa, fijando la mirada de mi señora mientras ella vagaba furtivamente hacia su rostro—. No hay nadie para quien la vida de mi tío pueda tener más valor que para usted. Su felicidad, su prosperidad, su seguridad dependen por igual de su existencia.
El susurro en el que pronunció estas palabras fue demasiado bajo para llegar al otro lado de la habitación, donde estaba sentada Alicia.
Los ojos de Lucy Audley se encontraron con los del hablante con cierto brillo de triunfo en su luz.
—Lo sé —dijo—. Aquellos que me golpeen deben golpear a través de él.
Señaló al durmiente mientras hablaba, sin dejar de mirar a Robert Audley. Lo desafió con sus ojos azules, cuya brillantez se intensificaba por el triunfo en su mirada. Lo desafió con su tranquila sonrisa —una sonrisa de fatal belleza, llena de significado oculto y misterioso—, la sonrisa que el artista había exagerado en su retrato de la esposa de Sir Michael.
Robert se apartó del hermoso rostro y se cubrió los ojos con la mano; colocando una barrera entre mi señora y él mismo; una pantalla que frustraba su penetración y provocaba su curiosidad. ¿La estaba vigilando todavía o estaba pensando? ¿Y en qué estaba pensando?
Robert llevaba sentado junto a la cama más de una hora antes de que su tío despertara. El baronet estaba encantado con la llegada de su sobrino.
—Ha sido muy bueno de tu parte venir a verme, Bob —dijo—. He pensado mucho en ti desde que estoy enfermo. Tú y Lucy deben ser buenos amigos, ya sabes, Bob; y debes aprender a pensar en ella como tu tía, señor; aunque sea joven y hermosa; y... y... entiendes, ¿eh?
Robert agarró la mano de su tío, pero miró hacia abajo mientras respondía: —Le entiendo, señor —dijo, con calma—; y le doy mi palabra de honor de que estoy blindado contra las fascinaciones de mi señora. Ella lo sabe tan bien como yo.
Lucy Audley hizo una pequeña mueca con sus bonitos labios. —Bah, qué tonto eres, Robert —exclamó—; te tomas todo au sérieux. Si pensé que eras demasiado joven para ser sobrino, fue solo por mi miedo a los chismes tontos de los demás; no por ninguna...
Dudó un momento y evitó llegar a una conclusión en su frase gracias a la oportuna intervención del Sr. Dawson, su antiguo empleador, quien entró en la habitación durante su visita vespertina mientras ella hablaba.
Tomó el pulso al paciente; hizo dos o tres preguntas; declaró que el baronet estaba mejorando constantemente; intercambió algunos comentarios banales con Alicia y Lady Audley, y se preparó para salir de la habitación. Robert se levantó y lo acompañó a la puerta.
—Le alumbraré hasta la escalera —dijo, tomando una vela de una de las mesas y encendiéndola en la lámpara.
—No, no, Sr. Audley, le ruego que no se moleste —protestó el cirujano—; conozco muy bien el camino.
Robert insistió y los dos hombres salieron juntos de la habitación. Al entrar en la antecámara octogonal, el abogado se detuvo y cerró la puerta tras de sí.
—¿Quiere asegurarse de que la puerta está cerrada, Sr. Dawson? —dijo, señalando la que daba a la escalera—. Deseo tener una conversación privada de unos momentos con usted.
—Con mucho gusto —respondió el cirujano, accediendo a la petición de Robert—; pero si está alarmado por su tío, Sr. Audley, puedo tranquilizarle. No hay motivo para la menor inquietud. Si su enfermedad hubiera sido realmente grave, habría telegrafiado inmediatamente al médico de la familia.
—Estoy seguro de que usted habría cumplido con su deber, señor —respondió Robert, con gravedad—. Pero no voy a hablar de mi tío. Deseo hacerle dos o tres preguntas sobre otra persona.
—En efecto.
—La persona que una vez vivió en su familia como la señorita Lucy Graham; la persona que ahora es Lady Audley.
El Sr. Dawson levantó la vista con una expresión de sorpresa en su rostro tranquilo.
—Discúlpeme, Sr. Audley —respondió—; difícilmente puede esperar que responda a alguna pregunta sobre la esposa de su tío sin el permiso expreso de Sir Michael. No puedo comprender ningún motivo que pueda impulsarle a hacer tales preguntas; al menos, ningún motivo digno. —Miró severamente al joven, como queriendo decir: "Se ha enamorado de la bonita esposa de su tío, señor, y quiere que yo sea el intermediario en algún coqueteo traicionero; pero no funcionará, señor, no funcionará".
—Siempre respeté a la dama como la señorita Graham, señor —dijo—, y la estimo doblemente como Lady Audley; no por su posición alterada, sino porque es la esposa de uno de los hombres más nobles de la cristiandad.
—No puede usted respetar a mi tío o el honor de mi tío más sinceramente que yo —respondió Robert—. No tengo ningún motivo indigno para las preguntas que voy a hacer; y usted debe responderlas.
—¡Debo! —repitió el Sr. Dawson, indignado.
—Sí, usted es amigo de mi tío. Fue en su casa donde conoció a la mujer que ahora es su esposa. Ella se hizo llamar huérfana, creo, y se ganó su piedad tanto como su admiración. Le dijo que estaba sola en el mundo, ¿no es así?, sin amigos ni parientes. Esto es todo lo que pude averiguar de sus antecedentes.
—¿Qué razón tiene para querer saber más? —preguntó el cirujano.
—Una razón muy terrible —respondió Robert Audley—. Durante los últimos meses he luchado con dudas y sospechas que han amargado mi vida. Han crecido más fuertes cada día; y no se calmarán con los sofismas banales y los argumentos superficiales con los que los hombres intentan engañarse a sí mismos antes que creer aquello que, por encima de todas las cosas en la tierra, más temen creer. No creo que la mujer que lleva el nombre de mi tío sea digna de ser su esposa. Puedo estar equivocado respecto a ella. Que el cielo conceda que así sea. Pero si lo estoy, la cadena fatal de pruebas circunstanciales nunca se ha entrelazado tan estrechamente alrededor de una persona inocente. Deseo dejar descansar mis dudas o... o confirmar mis temores. Solo hay una manera en la que puedo hacer esto. Debo rastrear la vida de la esposa de mi tío hacia atrás, minuciosa y cuidadosamente, desde esta noche hasta un período de hace seis años. Este es el veinticuatro de febrero del cincuenta y nueve. Quiero conocer cada registro de su vida entre esta noche y febrero del año cincuenta y tres.
—¿Y su motivo es digno?
—Sí, deseo exculparla de una sospecha muy terrible.
—¿Que existe solo en su mente?
—Y en la mente de otra persona.
—¿Puedo preguntar quién es esa persona?
—No, Sr. Dawson —respondió Robert, con decisión—; no puedo revelar nada más de lo que ya le he dicho. Soy un hombre muy irresoluto y vacilante en la mayoría de las cosas. En este asunto me veo obligado a ser decidido. Repito una vez más que debo conocer la historia de la vida de Lucy Graham. Si usted se niega a ayudarme en la pequeña medida que está en su poder, encontraré a otros que me ayudarán. Por doloroso que sea, le pediré a mi tío la información que usted me oculta, antes que verme frustrado en el primer paso de mi investigación.
El Sr. Dawson estuvo en silencio durante unos minutos.
—No puedo expresar cuánto me ha sorprendido y alarmado, Sr. Audley —dijo—. Puedo decirle tan poco sobre los antecedentes de Lady Audley que sería mera obstinación retener la poca información que poseo. Siempre he considerado a la esposa de su tío como una de las mujeres más amables. No puedo llegar a pensar de otra manera. Sería desarraigar una de las convicciones más fuertes de mi vida si me viera obligado a pensar lo contrario. ¿Desea seguir su vida hacia atrás desde la hora actual hasta el año cincuenta y tres?
—Lo deseo.
—Se casó con su tío en junio del año pasado, en el solsticio de verano del cincuenta y siete. Había vivido en mi casa poco más de trece meses. Se convirtió en miembro de mi hogar el catorce de mayo del año cincuenta y seis.
—¿Y llegó a usted...?
—De una escuela en Brompton, una escuela dirigida por una dama llamada Vincent. Fue la firme recomendación de la Sra. Vincent lo que me indujo a recibir a la señorita Graham en mi familia sin tener un conocimiento más específico de sus antecedentes.
—¿Vio usted a esta Sra. Vincent?
—No. Puse un anuncio buscando una institutriz, y la señorita Graham respondió. En su carta me remitió a la Sra. Vincent, la propietaria de una escuela en la que entonces residía como maestra auxiliar. Mi tiempo está siempre tan ocupado que me alegré de evitar la necesidad de perder un día yendo de Audley a Londres para preguntar por las calificaciones de la señorita. Busqué el nombre de la Sra. Vincent en el directorio, lo encontré, concluí que era una persona responsable y le escribí. Su respuesta fue perfectamente satisfactoria; la señorita Lucy Graham era asidua y concienzuda, además de estar plenamente cualificada para el puesto que ofrecía. Acepté esta referencia y no he tenido motivos para lamentar lo que pudo haber sido una imprudencia. Y ahora, Sr. Audley, le he dicho todo lo que está en mi poder decirle.
—¿Sería tan amable de darme la dirección de esta Sra. Vincent? —preguntó Robert, sacando su libreta.
—Ciertamente; vivía entonces en el número 9 de Crescent Villas, Brompton.
—Ah, claro —murmuró el Sr. Audley, mientras un recuerdo del pasado septiembre acudía repentinamente a su mente mientras el cirujano hablaba.
—Crescent Villas, sí, he oído la dirección antes por la propia Lady Audley. Esta Sra. Vincent envió un telegrama a la esposa de mi tío a principios del pasado septiembre. Estaba enferma —muriendo, creo— y pidió ver a mi señora; pero se había mudado de su antigua casa y no se pudo dar con ella.
—¡En efecto! Nunca oí a Lady Audley mencionar la circunstancia.
—Quizás no. Ocurrió mientras yo estaba aquí abajo. Gracias, Sr. Dawson, por la información que tan amable y honestamente me ha dado. Me lleva dos años y medio atrás en la historia de la vida de mi señora; pero todavía tengo un vacío de tres años que llenar antes de poder exculparla de mi terrible sospecha. Buenas noches.
Robert estrechó la mano del cirujano y regresó a la habitación de su tío. Había estado fuera cerca de un cuarto de hora. Sir Michael se había quedado dormido una vez más, y las manos amorosas de mi señora habían bajado las pesadas cortinas y sombreado la lámpara junto a la cama. Alicia y la esposa de su padre tomaban el té en el tocador de Lady Audley, la habitación contigua a la antecámara en la que habían estado sentados Robert y el Sr. Dawson.
Lucy Audley levantó la vista de su ocupación entre las frágiles tazas de porcelana y observó a Robert con cierta ansiedad mientras caminaba suavemente hacia la habitación de su tío y regresaba de nuevo al tocador. Lucía muy bonita e inocente, sentada detrás del elegante conjunto de delicada porcelana ópalo y plata brillante. Sin duda, una mujer hermosa nunca se ve más hermosa que cuando prepara el té. La más femenina y doméstica de todas las ocupaciones imparte una armonía mágica a cada uno de sus movimientos, un hechizo a cada una de sus miradas. Las brumas flotantes del líquido hirviente en el que infunde las hierbas calmantes, cuyos secretos solo ella conoce, la envuelven en una nube de vapor perfumado, a través de la cual parece un hada social que teje potentes hechizos con Gunpowder y Bohea. En la mesa de té ella reina omnipotente, inalcanzable. ¿Qué saben los hombres de la misteriosa bebida? Lean cómo preparaba su té el pobre Hazlitt y estremézcanse ante la terrible barbarie. Qué torpemente intentan las infelices criaturas ayudar a la bruja presidenta de la bandeja de té; cuán desesperadamente sostienen la tetera, cuán continuamente ponen en peligro las frágiles tazas y platillos, o las manos afiladas de la sacerdotisa. Acabar con la mesa de té es robarle a la mujer su imperio legítimo. Enviar a un par de hombres grandes y torpes entre sus invitados, repartiendo una mezcla hecha en la habitación del ama de llaves, es reducir la más social y amistosa de las ceremonias a un formal reparto de raciones. Mejor la bonita influencia de las tazas y platillos de té manejados con gracia en la mano de una mujer que todo el poder inapropiado arrebatado a punta de pluma al reacio sexo fuerte. Imaginen a todas las mujeres de Inglaterra elevadas al alto nivel de la intelectualidad masculina, superiores a la crinolina; por encima del polvo de perlas y la Sra. Rachael Levison; por encima de tomarse la molestia de ser bonitas; por encima de las mesas de té y ese chisme cruelmente escandaloso y algo satírico del que incluso los hombres fuertes disfrutan; y qué vida tan triste, utilitaria y fea debe llevar el sexo fuerte.
Mi señora no era en absoluto de carácter fuerte. Los diamantes estrellados en sus dedos blancos destellaban aquí y allá entre los utensilios del té, y ella inclinó su bonita cabeza sobre el maravilloso bote de té indio de sándalo y plata, con tanta seriedad como si la vida no tuviera mayor propósito que la infusión de Bohea.
—¿Tomará una taza de té con nosotros, Sr. Audley? —preguntó, haciendo una pausa con la tetera en la mano para mirar a Robert, quien estaba de pie cerca de la puerta.
—Si no le molesta.
—Pero, ¿quizás no ha cenado? ¿Debo llamar y decirles que le traigan algo un poco más sustancioso que galletas y pan con mantequilla transparente?
—No, gracias, Lady Audley. Almorcé algo antes de salir de la ciudad. No le molestaré más que por una taza de té.
Él se sentó a la pequeña mesa y miró a través de ella a su prima Alicia, quien estaba sentada con un libro en su regazo y tenía el aire de estar muy absorta en sus páginas. La tez morena y brillante había perdido su carmesí resplandeciente, y la animación de los modales de la joven estaba suprimida; por la enfermedad de su padre, sin duda, pensó Robert.
—Alicia, querida —dijo el abogado, después de una contemplación muy pausada de su prima—, no te ves bien.
La señorita Audley se encogió de hombros, pero no se dignó a levantar los ojos de su libro.
—Quizás no —respondió con desprecio—. ¿Qué importa? Me estoy volviendo una filósofa de tu escuela, Robert Audley. ¿Qué importa? ¿A quién le importa si estoy bien o mal?
"Qué furia es", pensó el abogado. Siempre sabía que su prima estaba enfadada con él cuando se dirigía a él como "Robert Audley".
—No necesitas arremeter contra alguien porque te hace una pregunta educada, Alicia —dijo con reproche—. En cuanto a que a nadie le importa tu salud, eso es una tontería. A mí me importa. La señorita Audley levantó la vista con una sonrisa brillante. A Sir Harry Towers le importa. La señorita Audley volvió a su libro con el ceño fruncido.
—¿Qué estás leyendo ahí, Alicia? —preguntó Robert, después de una pausa, durante la cual se había sentado pensativo a remover su té.
—Cambios y Azares.
—¿Una novela?
—Sí.
—¿De quién es?
—Del autor de Locuras y Faltas —respondió Alicia, continuando con su estudio del romance en su regazo.
—¿Es interesante?
La señorita Audley frunció la boca y se encogió de hombros.
—No particularmente —dijo.
—Entonces creo que podrías tener mejores modales que leerlo mientras tu primo hermano está sentado frente a ti —observó el Sr. Audley, con cierta gravedad—, especialmente porque solo he venido a hacerte una visita rápida y me iré mañana por la mañana.
—¡Mañana por la mañana! —exclamó mi señora, levantando la vista de repente.
Aunque la mirada de alegría en el rostro de Lady Audley fue tan breve como un relámpago en un cielo de verano, no pasó desapercibida para Robert.
—Sí —dijo—; me veré obligado a ir a Londres mañana por negocios, pero regresaré al día siguiente, si me lo permiten, Lady Audley, y me quedaré aquí hasta que mi tío se recupere.
—Pero no está seriamente alarmado por él, ¿verdad? —preguntó mi señora, ansiosa.
—¿No cree que esté muy enfermo?
—No —respondió Robert—. Gracias al cielo, creo que no hay la menor causa de aprensión.
Mi señora permaneció en silencio durante unos momentos, mirando las tazas de té vacías con un rostro alegremente pensativo; un rostro grave con la seriedad inocente de un niño que reflexiona.
—Pero estuvo encerrado tanto tiempo con el Sr. Dawson, hace un momento —dijo, después de esta breve pausa—. Me alarmé bastante por la duración de su conversación. ¿Estaban hablando de Sir Michael todo el tiempo?
—No, ¿no todo el tiempo?
Mi señora miró hacia las tazas de té una vez más.
—Vaya, ¿qué podría encontrar para decirle al Sr. Dawson, o él para decirle a usted? —preguntó, después de otra pausa—. Son casi desconocidos el uno para el otro.
—Supongamos que el Sr. Dawson quisiera consultarme sobre algún asunto legal.
—¿Era eso? —exclamó Lady Audley, con entusiasmo.
—Sería bastante poco profesional decírselo si fuera así, mi señora —respondió Robert, con gravedad.
Mi señora se mordió el labio y volvió a guardar silencio. Alicia tiró su libro y observó el rostro preocupado de su primo. Él le habló de vez en cuando durante unos minutos, pero era evidente que le costaba salir de su ensueño.
—Dicho sea de paso, Robert Audley, eres un compañero muy agradable —exclamó Alicia al fin, su reserva de paciencia bastante limitada agotada por dos o tres de estos intentos fallidos de conversación—. Quizás la próxima vez que vengas a la Corte seas tan amable de traer tu mente contigo. Por tu aspecto inanimado actual, me imaginaría que habías dejado tu intelecto, tal como es, en algún lugar del Temple. Nunca fuiste una de las personas más animadas, pero últimamente te has vuelto casi insoportable. Supongo que estás enamorado, Sr. Audley, y que piensas en el honrado objeto de tus afectos.
Él estaba pensando en el rostro levantado de Clara Talboys, sublime en su dolor inefable; en sus palabras apasionadas que todavía resonaban en sus oídos tan claramente como cuando fueron pronunciadas por primera vez. De nuevo la vio mirándolo con sus brillantes ojos marrones. De nuevo escuchó esa pregunta solemne: "¿Encontraré yo o tú al asesino de mi hermano?". Y él estaba en Essex; en el pequeño pueblo del que creía firmemente que George Talboys nunca se había marchado. Estaba en el lugar donde todo registro de la vida de su amigo terminaba tan repentinamente como termina una historia cuando el lector cierra el libro. ¿Y podría retirarse ahora de la investigación en la que se encontraba involucrado? ¿Podría detenerse ahora? ¿Por alguna consideración? ¡No, mil veces no! No con la imagen de ese rostro afligido grabado en su mente. No con los acentos de ese súplica sincera resonando en su oído.
CAPÍTULO XXVI.
TAN LEJOS Y NO MÁS LEJOS.
Robert dejó Audley a la mañana siguiente en un tren temprano y llegó a Shoreditch poco después de las nueve. No regresó a sus habitaciones, sino que llamó a un coche y se dirigió directamente a Crescent Villas, West Brompton. Sabía que no encontraría a la dama que buscaba en esta dirección, ya que su tío había fallado unos meses antes, pero pensó que era posible obtener alguna pista sobre la nueva residencia de la maestra, a pesar del poco éxito de Sir Michael.
"La Sra. Vincent estaba en estado agónico, según el mensaje telegráfico", pensó Robert. "Si la encuentro, al menos lograré descubrir si ese mensaje era genuino".
Encontró Crescent Villas después de cierta dificultad. Las casas eran grandes, pero yacían medio incrustadas entre el caos de ladrillos y mortero en construcción a su alrededor. Nuevas terrazas, nuevas calles, nuevas plazas llevaban a masas desesperadas de piedra y yeso por todas partes. Los caminos estaban pegajosos por la arcilla húmeda, que obstruía las ruedas del coche y enterraba los menudillos del caballo. La desolación, ese aspecto terrible de incompletud e incomodidad que impregna un vecindario nuevo e inacabado, había dejado su sello lúgubre en las calles circundantes que habían surgido alrededor y atrincherado Crescent Villas; y Robert perdió cuarenta minutos según su reloj, y una hora y cuarto según el cálculo del cochero, conduciendo de arriba abajo por calles y terrazas deshabitadas, tratando de encontrar las Villas, cuyos techos de chimenea le miraban con severidad, negros y venerables, en medio de bosques de yeso virgen, sin atenuar por el tiempo o el humo.
Pero habiendo logrado finalmente llegar a su destino, el Sr. Audley bajó del coche, indicó al conductor que le esperara en una esquina determinada y partió en su viaje de descubrimiento.
"Si fuera un distinguido Consejero de la Reina, no podría hacer este tipo de cosas", pensó; "mi tiempo valdría una guinea por minuto más o menos, y estaría retenido en el gran caso de Hoggs contra Boggs, que se lleva a cabo este mismo día ante un jurado especial en Westminster Hall. Como están las cosas, puedo permitirme ser paciente".
Preguntó por la Sra. Vincent en el número que le había dado el Sr. Dawson. La criada que abrió la puerta nunca había oído el nombre de esa dama; pero después de ir a preguntar a su ama, regresó para decirle a Robert que la Sra. Vincent había vivido allí, pero que se había marchado dos meses antes de que los actuales ocupantes hubieran entrado en la casa, "y la señora ha estado aquí quince meses", añadió la chica con énfasis.
—¿Pero no puede decirme a dónde fue al dejar este lugar? —preguntó Robert, desanimado.
—No, señor; la señora dice que cree que la dama fracasó, y que se fue de repente, y no quería que su dirección fuera conocida en el vecindario.
El Sr. Audley se sintió estancado una vez más. Si la Sra. Vincent había abandonado el lugar debiendo dinero, sin duda había ocultado escrupulosamente su paradero. Había pocas esperanzas, entonces, de conocer su dirección a través de los comerciantes; y, sin embargo, por otro lado, era posible que algunos de sus acreedores más astutos se hubieran tomado la molestia de descubrir la retirada de la deudora.
Miró a su alrededor buscando las tiendas más cercanas y encontró una panadería, una papelería y una frutería a pocos pasos de la Crescent. Tres tiendas pretenciosas y de aspecto vacío, con escaparates de cristal y un aire desesperado de distinción.
Se detuvo en la panadería, que se hacía llamar pastelería y confitería, y mostraba algunas muestras de bizcocho petrificado en frascos de cristal y algunas tartas muy brillantes, cubiertas con gasa verde.
"Tiene que haber comprado pan", pensó Robert, mientras deliberaba frente a la panadería; "y es probable que lo haya comprado en el lugar más cercano. Probaré con el panadero".
El panadero estaba detrás del mostrador, discutiendo los artículos de una factura con una mujer joven de aspecto pobre pero distinguido. No se molestó en atender a Robert Audley hasta que hubo resuelto la disputa, pero levantó la vista mientras firmaba el recibo de la factura y preguntó al abogado qué era lo que quería.
—¿Puede decirme la dirección de una Sra. Vincent, que vivió en el número 9 de Crescent Villas hace un año y medio? —preguntó el Sr. Audley, amablemente.
—No, no puedo —respondió el panadero, poniéndose muy rojo en la cara y hablando con una voz innecesariamente fuerte—; y lo que es más, ojalá pudiera. Esa dama me debe más de once libras por el pan, y es bastante más de lo que puedo permitirme perder. Si alguien puede decirme dónde vive, le estaré muy agradecido.
Robert Audley se encogió de hombros y le deseó al hombre los buenos días. Sintió que su descubrimiento del paradero de la dama implicaría más problemas de los que esperaba. Podría haber buscado el nombre de la Sra. Vincent en el directorio de Correos, pero pensó que era poco probable que una dama que estaba en términos tan incómodos con sus acreedores les ofreciera un medio tan fácil de averiguar su residencia.
"Si el panadero no puede encontrarla, ¿cómo voy a encontrarla yo?", pensó, desesperado. "Si una criatura resuelta, optimista, activa y enérgica, como el panadero, no logra este asunto, ¿cómo puede una criatura linfática como yo esperar lograrlo? Donde el panadero ha sido derrotado, qué locura absurda sería intentar tener éxito".
El Sr. Audley se abandonó a estas sombrías reflexiones mientras caminaba lentamente hacia la esquina donde había dejado el coche. A mitad de camino entre la panadería y esa esquina, fue arrestado al escuchar los pasos de una mujer cerca de su lado y la voz de una mujer pidiéndole que se detuviera. Se volvió y se encontró cara a cara con la mujer mal vestida a la que había dejado saldando su cuenta con el panadero.
—¿Eh, qué? —preguntó, vagamente—. ¿Puedo hacer algo por usted, señora? ¿La Sra. Vincent también le debe dinero?
—Sí, señor —respondió la mujer, con un aire semi-distinguido que se correspondía con la elegancia desgastada de su vestido—. La Sra. Vincent está en deuda conmigo; pero no es eso, señor. Yo... yo quiero saber, por favor, cuál puede ser su negocio con ella... porque... porque...
—Puede darme su dirección si quiere, señora. Eso es lo que quiere decir, ¿no?
La mujer dudó un poco, mirando a Robert con bastante sospecha.
—Usted no está relacionado con... con el negocio de cuotas, ¿verdad, señor? —preguntó, después de considerar la apariencia personal del Sr. Audley durante unos momentos.
—¿El qué, señora? —preguntó el joven abogado, mirando horrorizado a su interlocutora.
—Estoy segura de que le pido perdón, señor —exclamó la pequeña mujer, al ver que había cometido algún error terrible—. Pensé que podría haberlo sido, sabe. Algunos de los caballeros que cobran para las tiendas de cuotas visten muy elegantemente; y sé que la Sra. Vincent debe mucho dinero.
Robert Audley puso su mano sobre el brazo de la interlocutora.
—Mi querida señora —dijo—, no quiero saber nada de los asuntos de la Sra. Vincent. Lejos de estar involucrado en lo que usted llama el negocio de cuotas, no tengo la más remota idea de lo que quiere decir con esa expresión. Puede referirse a una conspiración política; puede referirse a algún nuevo tipo de impuestos. Sin embargo, la Sra. Vincent no me debe dinero, por muy mal parada que pueda estar con ese panadero de aspecto terrible. Nunca la he visto en mi vida; pero deseo verla hoy con el simple propósito de hacerle unas cuantas preguntas muy sencillas sobre una joven que una vez residió en su casa. Si usted sabe dónde vive la Sra. Vincent y me da su dirección, me estará haciendo un gran favor.
Sacó su tarjetero y entregó una tarjeta a la mujer, quien examinó el trozo de cartulina con ansiedad antes de volver a hablar.
—Estoy segura de que se ve y habla como un caballero, señor —dijo, después de una breve pausa—, y espero que me disculpe si he parecido desconfiada; pero la pobre Sra. Vincent ha tenido dificultades terribles, y soy la única persona por aquí a la que le ha confiado sus direcciones. Soy modista, señor, y he trabajado para ella durante más de seis años, y aunque no me paga regularmente, sabe, señor, me da un poco de dinero a cuenta de vez en cuando, y me las arreglo lo mejor que puedo. ¿Puedo decirle dónde vive, entonces, señor? No me ha engañado, ¿verdad?
—En mi honor, no.
—Bueno, entonces señor —dijo la modista, bajando la voz como si pensara que el pavimento bajo sus pies, o las barandillas de hierro frente a las casas a su lado, podrían tener oídos para escucharla—, es Acacia Cottage, Peckham Grove. Llevé un vestido allí ayer para la Sra. Vincent.
—Gracias —dijo Robert, escribiendo la dirección en su libreta—. Le estoy muy agradecido, y puede estar segura de que la Sra. Vincent no sufrirá ningún inconveniente por mi causa.
Se quitó el sombrero, hizo una reverencia a la pequeña modista y regresó al coche.
"He vencido al panadero, al menos", pensó. "Ahora a la segunda etapa, viajando hacia atrás, en la vida de mi señora".
El viaje de Brompton a Peckham Road fue muy largo, y entre Crescent Villas y Acacia Cottage, Robert Audley tuvo tiempo suficiente para reflexionar. Pensó en su tío, débil y enfermo en la habitación de roble en Audley Court. Pensó en los hermosos ojos azules observando los sueños de Sir Michael; las suaves manos blancas cuidando sus momentos de vigilia; la voz baja y musical calmando su soledad, animando y consolando sus años de declive. Qué imagen tan agradable habría sido si hubiera podido mirarla con ignorancia, viendo nada más de lo que otros veían, sin mirar más allá de lo que un extraño podría mirar. Pero con la nube negra que veía cernirse sobre ella, qué burla, qué ilusión diabólica parecía.
Peckham Grove, bastante agradable en verano, tiene un aspecto bastante lúgubre en un aburrido día de febrero, cuando los árboles están desnudos y sin hojas, y los pequeños jardines desolados. Acacia Cottage mostraba pocas señales de la idoneidad de su nomenclatura, y miraba hacia la carretera con sus paredes de estuco resguardadas solo por un par de álamos atenuados. Pero anunciaba que era Acacia Cottage mediante una pequeña placa de latón en uno de los postes de la puerta, lo cual fue indicación suficiente para el cochero de vista aguda, que dejó al Sr. Audley en la acera frente a la pequeña verja.
Acacia Cottage estaba mucho más abajo en la escala social que Crescent Villas, y la pequeña criada que acudió a la verja de madera baja y parlamentó con el Sr. Audley, estaba evidentemente bien acostumbrada al encuentro de acreedores implacables a través de la misma barricada débil.
Murmuró la ficción doméstica familiar de la incertidumbre sobre el paradero de su ama; y le dijo a Robert que si quería declarar su nombre y su negocio, ella iría a ver si la Sra. Vincent estaba en casa.
El Sr. Audley produjo una tarjeta y escribió a lápiz debajo de su propio nombre: "un pariente de la difunta Srta. Graham".
Le indicó a la pequeña sirvienta que llevara su tarjeta a su ama, y esperó tranquilamente el resultado.
La sirvienta regresó en unos cinco minutos con la llave de la verja. Su ama estaba en casa, le dijo a Robert mientras le admitía, y estaría encantada de ver al caballero.
El salón cuadrado al que fue conducido Robert llevaba en cada adorno, en cada mueble, el sello inconfundible de esa especie de pobreza que es más incómoda porque nunca es estacionaria. El mecánico que amuebla su pequeña sala de estar con media docena de sillas de mimbre, una mesa Pembroke, un reloj holandés, un pequeño espejo, un pastor y una pastora de loza, y un juego de bandejas de té de hierro pintadas con colores chillones, aprovecha al máximo sus limitadas posesiones y generalmente se las arregla para obtener cierto grado de comodidad de ellas; pero la dama que pierde los muebles elegantes de la casa que se ve obligada a abandonar y acampa en alguna habitación más pequeña con el resto raído, comprado por algún amigo misericordioso en la venta de sus efectos, lleva consigo un aspecto de desolación distinguida y miseria llamativa que no es fácil de comparar en cuanto a la desgracia con ninguna otra fase que la pobreza pueda asumir.
La habitación que Robert Audley examinaba estaba amueblada con los restos más desgastados rescatados de la ruina que había alcanzado a la imprudente institutriz en Crescent Villas. Un piano de pared, una cómoda —seis tallas más grande que la habitación y lúgubremente suntuosa con molduras doradas que estaban astilladas y rotas—, y una mesa de juego de patas delgadas, situada en el lugar de honor, formaban las piezas principales del mobiliario. Un trozo raído de alfombra de Bruselas cubría el centro de la estancia y formaba un oasis de rosas y lirios sobre un desierto de estameña verde y deslucida. Unas cortinas de punto sombreaban las ventanas, en las que colgaban cestas de alambre con plantas de aspecto horrible de la especie de los cactus, que crecían hacia abajo como una clase de vegetación demente, cuyos miembros espinosos y parecidos a arañas tenían la manía de ponerse de cabeza.
La mesa de juego, cubierta con un tapete de bayeta verde, estaba adornada con anuales o libros de belleza de encuadernación llamativa, colocados en ángulos rectos; pero Robert Audley no se valió de estas distracciones literarias. Se sentó en una de las sillas tambaleantes y esperó pacientemente la llegada de la institutriz. Podía oír el zumbido de media docena de voces en una habitación cercana y las armonías tintineantes de un conjunto de variaciones de Deh Conte, en un piano cuyas cuerdas estaban evidentemente en la última etapa de su desgaste.
Había esperado alrededor de un cuarto de hora cuando la puerta se abrió y una dama, muy arreglada y con la puesta de sol de una belleza marchita en el rostro, entró en la habitación.
—Sr. Audley, supongo —dijo, haciendo señas a Robert para que volviera a sentarse y colocándose en una butaca frente a él—. Me perdonará, espero, por retenerle tanto tiempo; mis deberes...
—Soy yo quien debería disculparse por importunarle —respondió Robert cortésmente—; pero el motivo de mi visita es muy serio y debe servirme de excusa. ¿Recuerda a la dama cuyo nombre escribí en mi tarjeta?
—Perfectamente.
—¿Puedo preguntarle cuánto sabe de la historia de esa dama desde su partida de su casa?
—Muy poco. De hecho, apenas nada. La señorita Graham, creo, obtuvo un puesto en la familia de un cirujano residente en Essex. Es más, fui yo quien la recomendó a ese caballero. Nunca he sabido nada de ella desde que me dejó.
—¿Pero se ha comunicado con ella? —preguntó Robert con entusiasmo.
—No, ciertamente.
El Sr. Audley permaneció en silencio durante unos momentos, mientras la sombra de pensamientos sombríos se acumulaba oscuramente en su rostro.
—¿Puedo preguntarle si envió un despacho telegráfico a la señorita Graham a principios del pasado septiembre, afirmando que estaba gravemente enferma y que deseaba verla?
La Sra. Vincent sonrió ante la pregunta de su visitante.
—No tuve ocasión de enviar tal mensaje —dijo—; nunca he estado gravemente enferma en mi vida.
Robert Audley hizo una pausa antes de hacer más preguntas y garabateó unas pocas palabras a lápiz en su cuaderno.
—Si le hago algunas preguntas directas sobre la señorita Lucy Graham, señora —dijo—, ¿me hará el favor de responderlas sin preguntarme el motivo por el que hago tales averiguaciones?
—Ciertamente —respondió la Sra. Vincent—. No sé nada en perjuicio de la señorita Graham y no tengo justificación para hacer un misterio de lo poco que sé.
—Entonces, ¿me dirá en qué fecha llegó por primera vez la joven a su casa?
La Sra. Vincent sonrió y negó con la cabeza. Tenía una sonrisa bonita: la sonrisa franca de una mujer que había sido admirada y que durante demasiado tiempo se había sentido segura de poder complacer, como para ser totalmente subyugada por cualquier desgracia mundana.
—No sirve de nada preguntármelo, Sr. Audley —dijo—. Soy la criatura más descuidada del mundo; nunca pude recordar fechas, ni podré jamás, aunque hago todo lo que está en mi mano para inculcar a mis chicas lo importante que es para su bienestar futuro que sepan cuándo empezó a reinar Guillermo el Conquistador y toda esa clase de cosas. Pero no tengo la más remota idea de cuándo vino a mí la señorita Graham, aunque sé que fue hace siglos, pues fue el mismo verano que tuve mi seda color melocotón. Pero debemos consultar a Tonks; Tonks seguro que tiene razón.
Robert Audley se preguntó quién o qué podría ser Tonks; un diario, tal vez, o un libro de memorias, algún oscuro rival de Letsome.
La Sra. Vincent tocó el timbre, al que respondió la criada que había dejado entrar a Robert.
—Dile a la señorita Tonks que venga —dijo—. Quiero verla especialmente.
En menos de cinco minutos apareció la señorita Tonks. Tenía un aspecto invernal y algo entumecido por el frío, y parecía traer aire gélido en los escasos pliegues de su sombrío vestido de merino. No tenía edad en particular y parecía como si nunca hubiera sido más joven y nunca fuera a envejecer, sino que permanecería por siempre trabajando de un lado a otro en su estrecha rutina, como una máquina de autoalimentación para la instrucción de señoritas.
—Tonks, querida —dijo la Sra. Vincent sin ceremonias—, este caballero es pariente de la señorita Graham. ¿Recuerdas cuánto hace desde que vino a Crescent Villas?
—Vino en agosto de 1854 —respondió la señorita Tonks—; creo que fue el dieciocho de agosto, pero no estoy del todo segura de que no fuera el diecisiete. Sé que fue un martes.
—Gracias, Tonks; eres un tesoro inestimable —exclamó la Sra. Vincent con su sonrisa más dulce. Quizás era debido a la naturaleza inestimable de los servicios de la señorita Tonks que no hubiera recibido remuneración alguna de su empleadora durante los últimos tres o cuatro años. La Sra. Vincent podría haber dudado en pagar por puro desprecio hacia la naturaleza miserable del estipendio en comparación con los méritos de la maestra.
—¿Hay algo más que Tonks o yo podamos decirle, Sr. Audley? —preguntó la institutriz—. Tonks tiene mucha mejor memoria que yo.
—¿Puede decirme de dónde vino la señorita Graham cuando entró en su casa? —indagó Robert.
—No con mucha precisión —respondió la Sra. Vincent—. Tengo una vaga noción de que la señorita Graham dijo algo sobre venir de la costa, pero no dijo de dónde, o si lo dijo, lo he olvidado. Tonks, ¿te dijo la señorita Graham de dónde venía?
—¡Oh, no! —respondió la señorita Tonks, sacudiendo su sombría cabecita significativamente—. La señorita Graham no me dijo nada; era demasiado lista para eso. Sabe cómo guardar sus propios secretos, a pesar de sus maneras inocentes y su cabello rizado —añadió la señorita Tonks con despecho.
—¿Cree usted que tenía secretos? —preguntó Robert con bastante entusiasmo.
—Sé que los tenía —respondió la señorita Tonks con gélida determinación—; toda clase de secretos. Yo no habría contratado a tal persona como maestra ayudante en una escuela respetable sin ni siquiera una palabra de recomendación de ninguna criatura viviente.
—¿No tuvo entonces ninguna referencia de la señorita Graham? —preguntó Robert, dirigiéndose a la Sra. Vincent.
—No —respondió la dama con algo de embarazo—; prescindí de ello. La señorita Graham prescindió de la cuestión del salario; yo no podía hacer menos que prescindir de la cuestión de las referencias. Se peleó con su papá, me dijo, y quería encontrar un hogar lejos de todas las personas que había conocido. Deseaba mantenerse completamente separada de esa gente. Había sufrido mucho, decía, por joven que fuera, y quería escapar de sus problemas. ¿Cómo podía presionarla para que me diera una referencia en estas circunstancias, especialmente cuando vi que era toda una dama? Usted sabe que Lucy Graham era toda una dama, Tonks, y es muy desagradable por su parte decir cosas tan crueles sobre mi decisión de contratarla sin referencias.
—Cuando la gente tiene favoritos, tienden a ser engañados por ellos —respondió la señorita Tonks con gélida sentenciosidad y sin relevancia muy perceptible con el punto en discusión.
—Nunca la hice mi favorita, Tonks celosa —respondió la Sra. Vincent con reproche—. Nunca dije que fuera tan útil como tú, querida. Sabes que nunca lo hice.
—¡Oh, no! —respondió la señorita Tonks con un acento escalofriante—, nunca dijiste que fuera útil. Solo era ornamental; una persona para exhibirse ante las visitas y tocar fantasías en el piano del salón.
—Entonces, ¿no puede darme ninguna pista sobre la historia anterior de la señorita Graham? —preguntó Robert, mirando de la institutriz a su maestra. Vio muy claramente que la señorita Tonks guardaba un rencor envidioso contra Lucy Graham, un rencor que ni siquiera el paso del tiempo había curado.
—Si esta mujer sabe algo en detrimento de mi señora, lo dirá —pensó—. Lo dirá solo demasiado gustosamente.
Pero la señorita Tonks parecía no saber absolutamente nada, excepto que la señorita Graham se había declarado a veces una criatura maltratada, engañada por la bajeza de la humanidad y víctima de sufrimientos inmerecidos, en forma de pobreza y privaciones. Más allá de eso, la señorita Tonks no pudo decir nada; y aunque sacó el máximo partido de lo que sí sabía, Robert pronto sondeó la profundidad de su pequeño arsenal de información.
—Solo tengo una pregunta más que hacer —dijo finalmente—. Es esta: ¿Dejó la señorita Graham algún libro, baratija o cualquier otro tipo de propiedad cuando dejó su establecimiento?
—No que yo sepa —respondió la Sra. Vincent.
—Sí —gritó la señorita Tonks bruscamente—. Dejó algo. Dejó una caja. Está arriba en mi habitación. Tengo un sombrero viejo dentro. ¿Le gustaría ver la caja? —preguntó dirigiéndose a Robert.
—Si tiene la bondad de permitírmelo —respondió—, me gustaría mucho verla.
—La bajaré —dijo la señorita Tonks—. No es muy grande.
Salió corriendo de la habitación antes de que el Sr. Audley tuviera tiempo de pronunciar ninguna protesta educada.
—Qué despiadadas son estas mujeres las unas con las otras —pensó mientras la maestra estaba ausente—. Esta sabe intuitivamente que hay algún peligro para la otra acechando bajo mis preguntas. Husmea el problema venidero para su compañera de sexo y se regocija en ello, y se tomaría cualquier molestia para ayudarme. Qué mundo es este y cómo estas mujeres le arrebatan la vida de las manos. Helen Maldon, Lady Audley, Clara Talboys y ahora la señorita Tonks; todo el género femenino de principio a fin.
La señorita Tonks volvió a entrar mientras el joven abogado meditaba sobre la infamia de su sexo. Llevaba una destartalada caja de sombreros forrada de papel, que presentó a la inspección de Robert.
El Sr. Audley se arrodilló para examinar los trozos de etiquetas de ferrocarril y direcciones que estaban pegados aquí y allá en la caja. Había sido golpeada en muchas líneas diferentes de ferrocarril y evidentemente había viajado considerablemente. Muchas de las etiquetas habían sido arrancadas, pero quedaban fragmentos de algunas de ellas, y sobre un trozo de papel amarillo Robert leyó las letras: TURI.
—La caja ha estado en Italia —pensó—. Esas son las cuatro primeras letras de la palabra Turín, y la etiqueta es extranjera.
La única dirección que no había sido desfigurada o arrancada era la última, que llevaba el nombre de la señorita Graham, pasajera a Londres. Mirando muy de cerca esta etiqueta, el Sr. Audley descubrió que había sido pegada sobre otra.
—¿Sería tan amable de darme un poco de agua y un trozo de esponja? —dijo—. Quiero quitar esta etiqueta superior. Créame que estoy justificado en lo que hago.
La señorita Tonks salió corriendo de la habitación y regresó inmediatamente con un cuenco de agua y una esponja.
—¿Quiere que quite la etiqueta? —preguntó.
—No, gracias —respondió Robert fríamente—. Puedo hacerlo muy bien yo mismo.
Humedeció la etiqueta superior varias veces antes de poder aflojar los bordes del papel; pero tras dos o tres intentos cuidadosos, la superficie humedecida se desprendió sin dañar la dirección de debajo.
La señorita Tonks no pudo arreglárselas para leer esta dirección sobre el hombro de Robert, aunque exhibió una destreza considerable en sus intentos de lograr ese objetivo.
El Sr. Audley repitió sus operaciones sobre la etiqueta inferior, la cual retiró de la caja y colocó muy cuidadosamente entre dos hojas en blanco de su cartera.
—No necesito importunarles más, señoras —dijo, cuando hubo hecho esto—. Estoy extremadamente agradecido por haberme proporcionado toda la información a su alcance. Les deseo buenos días.
La Sra. Vincent sonrió e hizo una reverencia, murmurando alguna convencionalidad complaciente sobre el deleite que había sentido con la visita del Sr. Audley. La señorita Tonks, más observadora, miró el cambio pálido que se había apoderado del rostro del joven desde que había retirado la etiqueta superior de la caja.
Robert se alejó lentamente de Acacia Cottage. "Si esto que he encontrado hoy no es prueba para un jurado —pensó—, sin duda es suficiente para convencer a mi tío de que se ha casado con una mujer intrigante e infame".
CAPÍTULO XXVII.
EMPEZANDO POR EL OTRO EXTREMO.
Robert Audley caminó lentamente a través del bosque sin hojas, bajo los árboles desnudos y sin sombra en la gris atmósfera de febrero, pensando mientras avanzaba en el descubrimiento que acababa de hacer.
"Tengo en mi cartera —reflexionaba— lo que forma el eslabón de conexión entre la mujer cuya muerte leyó George Talboys en el periódico Times y la mujer que gobierna en la casa de mi tío. La historia de Lucy Graham termina abruptamente en el umbral de la escuela de la Sra. Vincent. Entró en ese establecimiento en agosto de 1854. La institutriz y su asistente pueden decirme esto, pero no pueden decirme de dónde vino. No pueden darme una sola pista sobre los secretos de su vida desde el día de su nacimiento hasta el día en que entró en esa casa. No puedo ir más lejos en esta investigación hacia atrás de los antecedentes de mi señora. ¿Qué voy a hacer, entonces, si pretendo cumplir mi promesa a Clara Talboys?"
Caminó unos pasos dándole vueltas a esta pregunta en su mente, con una sombra más oscura que las sombras del crepúsculo invernal que se acumulaba sobre su rostro, y una pesada opresión de dolor y temor mezclados pesando en su corazón.
"Mi deber es bastante claro —pensó—, no menos claro porque me lleve paso a paso, llevando ruina y desolación conmigo, al hogar que amo. Debo empezar por el otro extremo; debo empezar por el otro extremo y descubrir la historia de Helen Talboys desde la hora de la partida de George hasta el día del funeral en el cementerio de Ventnor".
El Sr. Audley llamó a un coche de punto que pasaba y volvió a sus despachos.
Llegó a Figtree Court a tiempo de escribir unas líneas a la señorita Talboys y de enviar su carta en St. Martin's-le-Grand antes de las seis de la tarde.
"Me ahorrará un día", pensó, mientras se dirigía a la Oficina General de Correos con esta breve misiva.
Había escrito a Clara Talboys para preguntar el nombre del pequeño pueblo costero en el que George había conocido al Capitán Maldon y a su hija; pues, a pesar de la intimidad entre los dos jóvenes, Robert Audley conocía muy pocos detalles de la breve vida matrimonial de su amigo.
Desde la hora en que George Talboys leyó el anuncio de la muerte de su esposa en las columnas del Times, había evitado toda mención a la tierna historia que había sido tan cruelmente rota, el registro familiar que había sido tan oscuramente borrado.
¡Había tanto de doloroso en esa breve historia! ¡Había tanto reproche amargo involucrado en el recuerdo de esa deserción que debe haber parecido tan cruel para ella, que esperaba y velaba en casa! Robert Audley comprendía esto y no se sorprendía del silencio de su amigo. La triste historia había sido tácitamente evitada por ambos, y Robert era tan ignorante de la infeliz historia de este único año en la vida de su compañero de estudios como si nunca hubieran vivido juntos en amistosa compañía en aquellos cómodos despachos del Temple.
La carta, escrita a la señorita Talboys por su hermano George, dentro del mes de su matrimonio, estaba fechada en Harrowgate. Fue en Harrowgate, por lo tanto, concluyó Robert, donde la joven pareja pasó su luna de miel.
Robert Audley había solicitado a Clara Talboys que teografiara una respuesta a su pregunta, para evitar la pérdida de un día en la realización de la investigación que había prometido llevar a cabo.
La respuesta telegráfica llegó a Figtree Court antes de las doce del día siguiente.
El nombre del pueblo costero era Wildernsea, Yorkshire.
En menos de una hora tras la recepción de este mensaje, el Sr. Audley llegó a la estación de King's Cross y tomó su billete para Wildernsea en un tren expreso que partía a las dos menos cuarto.
El motor chirriante lo llevó en el lúgubre viaje hacia el norte, girando sobre desiertos de tierras llanas y campos de maíz desnudos, ligeramente teñidos de verde brotante. Este camino del norte era extraño y desconocido para el joven abogado, y la amplia extensión del paisaje invernal lo enfriaba con su aspecto de desnuda soledad. El conocimiento del propósito de su viaje marchitaba cada objeto sobre el que sus miradas ausentes se fijaban por un momento, solo para vagar cansadamente lejos; solo para volverse hacia adentro sobre esa imagen mucho más oscura que siempre se presentaba a su mente ansiosa.
Ya había oscurecido cuando el tren llegó a la terminal de Hull, pero el viaje del Sr. Audley no había terminado. Entre una multitud de mozos y montones dispersos de ese equipaje incongruente y heterogéneo con el que los viajeros se molestan, fue llevado, desconcertado y medio dormido, a otro tren que debía llevarlo por la línea secundaria que bordeaba Wildernsea y bordeaba el límite del Océano Germánico.
Media hora después de salir de Hull, Robert sintió la frescura salina del mar en la brisa que soplaba por la ventana abierta del carruaje, y una hora después el tren se detuvo en una melancólica estación, construida en medio de un desierto arenoso e habitada por dos o tres funcionarios sombríos, uno de los cuales hizo sonar un repique terrorífico en una campana de sonido áspero mientras el tren se acercaba.
El Sr. Audley fue el único pasajero que bajó en la lúgubre estación. El tren siguió hacia escenas más alegres antes de que el abogado tuviera tiempo de recuperar el sentido o de recoger la maleta que había sido descubierta con alguna dificultad en medio de una caverna negra de equipajes solo iluminada por un farol.
"¿Me pregunto si los colonos en los bosques de América se sienten tan solitarios y extraños como me siento esta noche?", pensó, mientras miraba desesperanzado a su alrededor en la oscuridad.
Llamó a uno de los funcionarios y señaló su maleta.
"¿Llevará eso al hotel más cercano por mí?", preguntó, "es decir, si puedo conseguir una buena cama allí".
El hombre se rió mientras se echaba la maleta al hombro.
"Puede conseguir treinta camas, me atrevo a decir, señor, si las quisiera", dijo. "No estamos muy ocupados en Wildernsea en esta época del año. Por aquí, señor".
El mozo abrió una puerta de madera en el muro de la estación y Robert Audley se encontró en una amplia bolera de césped suave, que rodeaba un enorme edificio cuadrado que se alzaba oscuramente ante él a través de la noche invernal, su solidez negra solo aliviada por dos ventanas iluminadas, muy separadas entre sí, y que brillaban rojizamente como balizas en la oscuridad.
"Este es el Victoria Hotel, señor", dijo el mozo. "No creería las multitudes de compañía que tenemos aquí abajo en verano".
Ante el césped desnudo, los cenadores de madera desiertos y las ventanas oscuras del hotel, era de hecho bastante difícil imaginar que el lugar estuviera alguna vez alegre con gente feliz disfrutando del brillante clima veraniego; pero Robert Audley se declaró dispuesto a creer cualquier cosa que el mozo quisiera decirle, y siguió a su guía mansamente hasta una pequeña puerta al lado del gran hotel, que conducía a un cómodo bar, donde las clases más humildes de visitantes de verano eran acomodadas con tales refrigerios como quisieran pagar, sin pasar el guante de los camareros de chaleco blanco y severos de guardia en la entrada principal.
Pero quedaban muy pocos empleados en el hotel en la desolada estación de febrero, y fue el propio dueño quien introdujo a Robert en un desierto lúgubre de mesas de caoba pulida y sillas con cojines de crin, que llamó la sala de café.
El Sr. Audley se sentó cerca del ancho guardafuegos de acero y estiró sus piernas acalambradas sobre la alfombra del hogar, mientras el dueño metía el atizador en la vasta pila de carbón y enviaba una llamarada rojiza rugiendo hacia arriba por la chimenea.
"Si usted prefiriera una habitación privada, señor..." comenzó el hombre.
«No, gracias», dijo Robert, con indiferencia; «esta sala parece bastante privada por ahora. Si tiene la bondad de pedirme una chuleta de cordero y una pinta de jerez, se lo agradeceré».
«Ciertamente, señor».
«Y le estaré aún más agradecido si me concede unos minutos de conversación antes de hacerlo».
«Con mucho gusto, señor», respondió el dueño, con buen talante. «Vemos tan poca clientela en esta época del año que nos alegramos mucho de atender a los caballeros que nos visitan. Cualquier información que pueda ofrecerle sobre los alrededores de Wildernsea y sus atractivos», añadió el dueño, citando inconscientemente un pequeño manual sobre el balneario que vendía en la barra, «estaré encantado de...»
«Pero no quiero saber nada sobre los alrededores de Wildernsea», interrumpió Robert, con una débil protesta ante la locuacidad del dueño. «Quiero hacerle unas cuantas preguntas sobre algunas personas que vivieron aquí».
El dueño se inclinó y sonrió con un aire que sugería su disposición a recitar las biografías de todos los habitantes del pequeño puerto, si el Sr. Audley así se lo requiriese.
«¿Cuántos años lleva viviendo aquí?», preguntó Robert, sacando su libreta de notas del bolsillo. «¿Le molestará si tomo nota de sus respuestas a mis preguntas?»
«En absoluto, señor», respondió el dueño, disfrutando con pomposidad del aire de solemnidad e importancia que envolvía aquel asunto. «Cualquier información que pueda ofrecer y que sea de utilidad definitiva...»
«Sí, gracias», murmuró Robert, interrumpiendo el flujo de palabras. «Usted ha vivido aquí...»
«Seis años, señor».
«¿Desde el año cincuenta y tres?»
«Desde noviembre del año cincuenta y dos, señor. Antes de eso, tenía un negocio en Hull. Esta casa se terminó de construir justo en octubre antes de que yo entrara en ella».
«¿Recuerda a un teniente de la marina, en situación de retiro, creo, por aquel entonces, llamado Maldon?»
«¿El capitán Maldon, señor?»
«Sí, comúnmente llamado capitán Maldon. Veo que sí le recuerda».
«Sí, señor. El capitán Maldon era uno de nuestros mejores clientes. Solía pasar las veladas en esta misma sala, aunque por aquel entonces las paredes estaban húmedas y no pudimos empapelar el lugar hasta casi un año después. Su hija se casó con un joven oficial que vino aquí con su regimiento, en Navidad del cincuenta y dos. Se casaron aquí, señor, y viajaron por el continente durante seis meses, y volvieron otra vez. Pero el caballero se fugó a Australia y abandonó a la dama, una semana o dos después de que naciera su bebé. El asunto causó sensación en Wildernsea, señor, y la Sra.... Sra.... Olvidé el nombre...»
«Sra. Talboys», sugirió Robert.
«Sin duda, señor, la Sra. Talboys. La Sra. Talboys era muy compadecida por la gente de Wildernsea, señor, iba a decir, porque era muy bonita y tenía modales tan agradables y cautivadores que era la favorita de todos los que la conocían».
«¿Puede decirme cuánto tiempo permanecieron el Sr. Maldon y su hija en Wildernsea después de que el Sr. Talboys los abandonara?», preguntó Robert.
«Bueno, no, señor», respondió el dueño, tras unos momentos de deliberación. «No podría decir exactamente cuánto tiempo fue. Sé que el Sr. Maldon solía sentarse aquí, en este mismo salón, y contar a la gente lo mal que habían tratado a su hija y cómo había sido engañado por un joven en quien había depositado tanta confianza; pero no puedo decir cuánto tiempo pasó antes de que dejara Wildernsea. Pero la Sra. Barkamb podría decírselo, señor», añadió el dueño, vivazmente.
«La Sra. Barkamb».
«Sí, la Sra. Barkamb es la persona que posee el n.º 17 de North Cottages, la casa en la que vivían el Sr. Maldon y su hija. Es una mujer amable, de trato civil y maternal, señor, y estoy seguro de que le dirá cualquier cosa que quiera saber».
«Gracias, visitaré a la Sra. Barkamb mañana. Espere, una pregunta más. ¿Reconocería a la Sra. Talboys si la viera?»
«Ciertamente, señor. Con la misma seguridad que reconocería a una de mis propias hijas».
Robert Audley anotó la dirección de la Sra. Barkamb en su libreta, tomó su solitaria cena, bebió un par de copas de jerez, fumó un cigarro y luego se retiró al apartamento en el que se había encendido una chimenea para su comodidad.
Pronto se quedó dormido, agotado por la fatiga de ir de un lugar a otro durante los dos últimos días; pero su sueño no fue profundo, y escuchó el gemido desconsolado del viento sobre los páramos arenosos y las largas olas rodando monótonamente sobre la costa plana. Mezclándose con estos sonidos lúgubres, los pensamientos melancólicos engendrados por su viaje sin alegría se repetían en una sucesión inalterable en el caos de su cerebro dormido, convirtiéndose en visiones de cosas que nunca habían sido y nunca podrían ser sobre esta tierra, pero que tenían alguna relación vaga con hechos reales recordados por el durmiente.
En aquellos sueños inquietantes vio Audley Court, arrancado de entre los verdes pastos y los setos sombreados de Essex, erguido desnudo e indefenso sobre aquella desolada costa septentrional, amenazado por la rápida subida de un mar turbulento, cuyas olas parecían acumularse para descender y aplastar la casa que amaba. Mientras las olas apresuradas rodaban más y más cerca de la majestuosa mansión, el durmiente vio un rostro pálido y estrellado asomando entre la espuma plateada, y supo que era mi señora, transformada en sirena, haciendo señas a su tío hacia la destrucción. Más allá de aquel mar creciente, grandes masas de nubes, más negras que la tinta más negra, más densas que la noche más oscura, se cernían sobre los ojos del soñador; pero mientras observaba el lúgubre horizonte, las nubes de tormenta se separaron lentamente, y desde una estrecha rendija en la oscuridad un rayo de luz se derramó sobre las horribles olas, que lenta, muy lentamente, retrocedieron, dejando la vieja mansión a salvo y firmemente arraigada en la costa.
Robert despertó con el recuerdo de este sueño en su mente y una sensación de alivio físico, como si algún peso pesado, que le había oprimido toda la noche, se hubiera levantado de su pecho.
Se volvió a quedar dormido y no despertó hasta que la amplia luz del sol invernal brilló sobre la persiana de la ventana y la voz aguda de la camarera a su puerta anunció que eran las ocho y media. A las diez menos cuarto había dejado el Victoria Hotel y se dirigía a lo largo del solitario andén frente a una hilera de casas sin sombra que daban al mar.
Esta hilera de viviendas cuadradas, duras e intransigentes, se extendía hasta el pequeño puerto, donde estaban anclados dos o tres buques mercantes y un par de barcos de carbón. Más allá del puerto se alzaba, gris y fría en el horizonte invernal, una lúgubre barraca, separada de las casas de Wildernsea por un estrecho arroyo, salvado por un puente levadizo de hierro. La casaca escarlata del centinela que caminaba de un lado a otro entre dos cañones, colocados en ángulos remotos frente al muro de la barraca, era el único retazo de color que aliviaba el cuadro de tonos neutros de las casas de piedra gris y el mar plomizo.
A un lado del puerto, un largo muelle de piedra se extendía muy lejos hacia la cruel soledad del mar, como si hubiera sido construido para la especial acomodación de algún Timón moderno, demasiado misántropo para conformarse incluso con la soledad de Wildernsea y ansioso por alejarse aún más de sus semejantes.
Fue en aquel muelle donde George Talboys había conocido por primera vez a su esposa, bajo la gloria abrasadora de un cielo de pleno verano y al son de una banda de música estridente. Fue allí donde el joven alférez había cedido por primera vez a aquel dulce engaño, a aquella fatal infatuación que había ejercido una influencia tan oscura sobre su vida posterior.
Robert miró con ferocidad aquel solitario lugar de balneario, el puerto miserable.
«Es un lugar como este», pensó, «el que provoca la ruina de un hombre fuerte. Llega aquí, con el corazón intacto y feliz, sin más experiencia de las mujeres que la que se puede aprender en una exposición floral o en un salón de baile; sin más conocimiento familiar de la criatura que el que tiene de los satélites lejanos o los planetas más remotos; con una vaga noción de que es un trompo giratorio con gasa rosa o azul, o un gracioso autómata para mostrar las manufacturas de las modistas. Llega a un lugar de este tipo y el universo se reduce repentinamente a unos pocos acres; el grandioso esquema de la creación se aplasta en una caja de sombreros. Las criaturas lejanas que había visto flotar a su alrededor, hermosas e indistintas, son traídas ante sus propias narices; y antes de que tenga tiempo de recuperarse de su desconcierto, ¡ay, presto!, la brujería ha comenzado; el círculo mágico está trazado a su alrededor; los hechizos están funcionando, toda la fórmula de la hechicería está en pleno juego, y la víctima es tan incapaz de escapar como el príncipe de piernas de mármol en el cuento oriental».
Cavilando de este modo, Robert Audley llegó a la casa a la que había sido dirigido como la residencia de la Sra. Barkamb. Fue admitido inmediatamente por una criada mayor y estirada, que lo condujo a una sala de estar tan estirada y de aspecto mayor como ella misma. La Sra. Barkamb, una cómoda matrona de unos sesenta años, estaba sentada en un sillón ante un puñado brillante de fuego en la reluciente rejilla. Un terrier anciano, cuyo pelaje negro y fuego estaba densamente salpicado de gris, reposaba en el regazo de la Sra. Barkamb. Cada objeto en la tranquila sala de estar tenía un aspecto envejecido de sencilla comodidad y precisión, que es la evidencia de la calma exterior.
«Me gustaría vivir aquí», pensó Robert, «y ver el mar gris rodando lentamente sobre la arena gris bajo el cielo gris y quieto. Me gustaría vivir aquí, y contar las cuentas de mi rosario, y arrepentirme y descansar».
Se sentó en el sillón frente a la Sra. Barkamb, ante la invitación de la señora, y colocó su sombrero en el suelo. El anciano terrier descendió del regazo de su ama para ladrar y poner objeciones a aquel sombrero.
«Usted deseaba, supongo, señor, tomar una... esté quieto, Dash... una de las cabañas», sugirió la Sra. Barkamb, cuya mente seguía un único surco estrecho y cuya vida durante los últimos veinte años había sido una ronda invariable de alquiler de casas.
Robert Audley explicó el propósito de su visita.
«Vengo a hacer una pregunta sencilla», dijo, al concluir, «deseo descubrir la fecha exacta de la partida de la Sra. Talboys de Wildernsea. El propietario del Victoria Hotel me informó que usted era la persona más indicada para facilitarme esa información».
La Sra. Barkamb deliberó durante unos momentos.
«Puedo darle la fecha de la partida del capitán Maldon», dijo, «pues dejó el n.º 17 considerablemente en deuda conmigo, y tengo todo el asunto por escrito; pero con respecto a la Sra. Talboys...»
La Sra. Barkamb hizo una pausa durante unos momentos antes de continuar.
«¿Es usted consciente de que la Sra. Talboys se fue de forma bastante brusca?», preguntó.
«No era consciente de ese hecho».
«¡En efecto! Sí, se fue de repente, ¡pobre mujercita! Intentó mantenerse después del abandono de su marido dando clases de música; era una pianista muy brillante y tuvo bastante éxito, creo. Pero supongo que su padre le quitaba el dinero y se lo gastaba en las tabernas. Fuera como fuese, tuvieron un malentendido muy serio una noche; y a la mañana siguiente la Sra. Talboys dejó Wildernsea, dejando a su hijito, que estaba al cuidado de una nodriza en el vecindario».
«¿Pero no puede decirme la fecha de su partida?»
«Me temo que no», respondió la Sra. Barkamb; «y, sin embargo, espere. El capitán Maldon me escribió el día en que su hija se fue. Estaba en una gran angustia, el pobre viejo, y siempre acudía a mí en sus problemas. Si pudiera encontrar esa carta, podría estar fechada, ya sabe, ¿no es así?»
El Sr. Audley dijo que solo era probable que la carta estuviera fechada.
La Sra. Barkamb se retiró a una mesa junto a la ventana sobre la que se alzaba un escritorio de caoba de estilo antiguo, forrado con bayeta verde y que sufría de un exceso de documentos que rezumaban por todas partes. Cartas, recibos, facturas, inventarios y papeles de impuestos se mezclaban en una confusión sin esperanza; y entre ellos la Sra. Barkamb se puso a buscar la carta del capitán Maldon.
El Sr. Audley esperó con mucha paciencia, observando las nubes grises navegando a través del cielo gris, los barcos grises deslizándose sobre el mar gris.
Tras unos diez minutos de búsqueda, y una gran cantidad de crujidos, chasquidos, pliegues y desplegues de papeles, la Sra. Barkamb profirió una exclamación de triunfo.
«Tengo la carta», dijo; «y hay una nota dentro de ella de la Sra. Talboys».
El rostro pálido de Robert Audley se tiñó de un carmesí intenso mientras extendía la mano para recibir los papeles.
«Las personas que robaron las cartas de amor de Helen Maldon del baúl de George en mis habitaciones podrían haberse ahorrado la molestia», pensó.
La carta del viejo teniente no era larga, pero casi cada palabra estaba subrayada.
«Mi generoso amigo», comenzaba el escritor —el Sr. Maldon había puesto a prueba la generosidad de la dama con bastante severidad durante su estancia en su casa, pagando rara vez el alquiler hasta que le amenazaban con la presencia intrusiva del agente judicial—, «estoy en las profundidades de la desesperación. ¡Mi hija me ha dejado! ¡Puede imaginar mis sentimientos! Tuvimos unas palabras anoche sobre el tema de los asuntos de dinero, tema que siempre ha sido desagradable entre nosotros, y al levantarme esta mañana ¡descubrí que había sido abandonado! La adjunta de Helen me esperaba sobre la mesa del salón.
«Suyo en la distracción y la desesperación,
«HENRY MALDON.
«NORTH COTTAGES, 16 de agosto de 1854».
La nota de la Sra. Talboys era aún más breve. Comenzaba abruptamente así:
«Estoy cansada de mi vida aquí y deseo, si puedo, encontrar una nueva. Salgo al mundo, separada de cada eslabón que me une al odioso pasado, a buscar otro hogar y otra fortuna. Perdóname si he estado irritable, caprichosa, cambiante. Deberías perdonarme, pues sabes por qué lo he sido. Conoces el secreto que es la clave de mi vida.
«HELEN TALBOYS».
Aquellas líneas estaban escritas con una letra que Robert Audley conocía demasiado bien.
Se sentó durante un largo rato reflexionando en silencio sobre la carta escrita por Helen Talboys.
¿Cuál era el significado de esas dos últimas oraciones: «Deberías perdonarme, pues sabes por qué lo he sido. Conoces el secreto que es la clave de mi vida»?
Cansó su cerebro tratando de encontrar una pista sobre la significación de estas dos oraciones. No podía recordar nada, ni podía imaginar nada que arrojara luz sobre su significado. La fecha de la partida de Helen, según la carta del Sr. Maldon, era el 16 de agosto de 1854. La Srta. Tonks había declarado que Lucy Graham ingresó en la escuela en Crescent Villas el 17 o 18 de agosto del mismo año. Entre la partida de Helen Talboys del balneario de Yorkshire y la llegada de Lucy Graham a la escuela de Brompton, no pudieron haber transcurrido más de cuarenta y ocho horas. Esto constituía un eslabón muy pequeño en la cadena de pruebas circunstanciales, quizás; pero era un eslabón, no obstante, y encajaba perfectamente en su lugar.
«¿Tuvo noticias el Sr. Maldon de su hija después de que ella dejara Wildernsea?», preguntó Robert.
«Bueno, creo que tuvo noticias de ella», respondió la Sra. Barkamb; «pero no vi mucho al viejo caballero después de ese agosto. Me vi obligada a desahuciarlo en noviembre, pobre hombre, pues me debía quince meses de alquiler; y solo vendiendo sus pobres piececitas de muebles pude sacarlo de mi propiedad. Nos separamos siendo muy buenos amigos, a pesar de haber enviado a los agentes judiciales; y el viejo caballero se fue a Londres con la niña, que apenas tenía un año».
La Sra. Barkamb no tenía nada más que contar, y Robert no tenía más preguntas que hacer. Solicitó permiso para conservar las dos cartas escritas por el teniente y su hija, y abandonó la casa con ellas en su libreta.
Caminó directamente de vuelta al hotel, donde pidió un horario. Un expreso hacia Londres salía de Wildernsea a la una y cuarto. Robert envió su maleta a la estación, pagó su cuenta y caminó de un lado a otro de la terraza de piedra frente al mar, esperando la salida del tren.
«He seguido las historias de Lucy Graham y Helen Talboys hasta un punto de desaparición», pensó; «mi siguiente tarea es descubrir la historia de la mujer que yace enterrada en el cementerio de Ventnor».
CAPÍTULO XXVIII.
OCULTO EN LA TUMBA.
A su regreso de Wildernsea, Robert Audley encontró una carta de su prima Alicia, esperándole en sus habitaciones.
«Papá está mucho mejor», escribió la joven, «y está muy ansioso por tenerte en la Corte. Por alguna razón inexplicable, mi madrastra se ha metido en la cabeza que tu presencia es extremadamente deseable y me atormenta con sus preguntas frívolas sobre tus movimientos. Así que, por favor, ven sin demora y tranquiliza a estas personas. Tu afectuosa prima, A.A.»
«Así que mi señora está ansiosa por conocer mis movimientos», pensó Robert Audley, mientras permanecía sentado meditando y fumando junto a su solitaria chimenea. «Está ansiosa; y cuestiona a su hijastra de esa manera bonita y aniñada que tiene un aire tan cautivador de frívola inocencia. Pobre criaturita; pobre infeliz pecadora de cabellos dorados; la batalla entre nosotros parece terriblemente injusta. ¿Por qué no huye mientras todavía hay tiempo? Le he dado un aviso justo, le he mostrado mis cartas y he trabajado lo suficientemente abierto en este asunto, Dios sabe. ¿Por qué no huye?»
Repitió esta pregunta una y otra vez mientras llenaba y vaciaba su espuma de mar, rodeándose del vapor azul de su pipa hasta parecer algún mago moderno sentado en su laboratorio.
«¿Por qué no huye? No causaría vergüenza innecesaria a esa casa, de entre todas las demás casas sobre esta vasta tierra. Solo cumpliría con mi deber para con mi amigo desaparecido, y para con ese hombre valiente y generoso que ha empeñado su fe en una mujer indigna. Dios sabe que no tengo deseo de castigar. Dios sabe que nunca nací para ser el vengador de la culpa o el perseguidor de los culpables. Solo deseo cumplir con mi deber. Le daré una advertencia más, una completa y justa, y entonces...»
Sus pensamientos se desviaron hacia aquel lúgubre prospecto en el que no veía ningún rayo de brillo que aliviara la opaca y negra oscuridad que envolvía el futuro, cerrando su camino por todos lados y extendiendo un denso velo a su alrededor, que la Esperanza era incapaz de penetrar. Estaba siempre perseguido por la visión de la angustia de su tío, siempre torturado por el pensamiento de aquella ruina y desolación que, al ser provocada por su mediación, parecería en cierto modo obra suya. Pero en medio de todo, y a través de todo, Clara Talboys, con un gesto imperioso, le hacía señas hacia la tumba desconocida de su hermano.
«¿Debería ir a Southampton», pensó, «e intentar descubrir la historia de la mujer que murió en Ventnor? ¿Debería trabajar bajo tierra, sobornando a los mezquinos asistentes de esa vil conspiración, hasta encontrar mi camino hacia la tres veces culpable principal? ¡No! No hasta que haya probado otros medios de descubrir la verdad. ¿Debería ir a ese miserable viejo y acusarlo de su participación en la vergonzosa trampa que creo que se le ha tendido a mi pobre amigo? ¡No!; no torturaré a ese desgraciado aterrorizado como lo torturé hace unas semanas. Iré directamente a esa archiconspiradora, y rasgaré el hermoso velo bajo el cual esconde su maldad, y arrancaré de ella el secreto del destino de mi amigo, y la desterraré para siempre de la casa que su presencia ha contaminado».
Salió temprano a la mañana siguiente para Essex y llegó a Audley antes de las once.
Por muy temprano que fuera, mi señora estaba fuera. Había ido en coche a Chelmsford en una expedición de compras con su hijastra. Tenía varias visitas que hacer en los alrededores de la ciudad y no era probable que regresara hasta la hora de la cena. La salud de Sir Michael había mejorado mucho y bajaría por la tarde. ¿Iría el Sr. Audley a la habitación de su tío?
No; Robert no tenía deseo de encontrarse con aquel generoso pariente. ¿Qué podría decirle? ¿Cómo podría suavizar el camino hacia el problema que estaba por venir?; ¿cómo suavizar el golpe cruel del gran dolor que se estaba preparando para aquel corazón noble y confiado?
«Si pudiera perdonarle el daño hecho a mi amigo», pensó Robert, «todavía la aborrecería por la miseria que su culpa debe traer al hombre que ha creído en ella».
Le dijo al criado de su tío que daría un paseo hasta el pueblo y regresaría antes de la cena. Se alejó lentamente de la finca, vagando por los prados que se extendían entre la casa de su tío y el pueblo, sin rumbo y con indiferencia, con el gran pesar y la perplejidad de su vida estampados en el rostro y reflejados en sus modales.
«Iré al cementerio», pensó, «y me quedaré mirando las lápidas. No hay nada que pueda hacer que me haga sentir más sombrío de lo que ya estoy».
Se encontraba precisamente en aquellos prados a través de los cuales se había apresurado desde Audley Court hasta la estación aquel día de septiembre en que George Talboys había desaparecido. Miró el sendero por el que había ido aquel día y recordó su inusitada prisa y el vago sentimiento de terror que se había apoderado de él inmediatamente al perder de vista a su amigo.
«¿Por qué se apoderó de mí aquel terror inexplicable?», pensó. «¿Por qué vi algún extraño misterio en la desaparición de mi amigo? ¿Fue una premonición o una monomanía? ¿Y si estoy equivocado después de todo? ¿Y si esta cadena de pruebas que he construido eslabón por eslabón está tejida por mi propia locura? ¿Y si este edificio de horror y sospecha no es más que una colección de manías, las fantasías nerviosas de un soltero hipocondríaco? El señor Harcourt Talboys no ve significado alguno en los acontecimientos de los que yo he hecho un misterio horrible. Pongo los eslabones separados de la cadena ante él y no reconoce su encaje. Es incapaz de unirlos. ¡Oh, Dios mío, si todo este tiempo la miseria estuviera en mí mismo; si...», sonrió con amargura y sacudió la cabeza. «Tengo la caligrafía en mi cartera, que es la prueba de la conspiración», pensó. «Me queda descubrir la mitad más oscura del secreto de mi dama».
Evitó el pueblo, permaneciendo en los prados. La iglesia se encontraba un poco apartada de la irregular calle principal, y una rústica verja de madera abría el paso del cementerio a un amplio prado bordeado por un arroyo, que descendía hacia un valle herboso salpicado por grupos de ganado.
Robert subió lentamente por el estrecho sendero de la ladera que conducía a la verja del cementerio. La tranquila pesadez del solitario paisaje armonizaba con su propio abatimiento. La solitaria figura de un anciano que cojeaba hacia un paso de valla en el extremo más alejado del amplio prado era la única criatura humana visible en el área que contemplaba el joven abogado. El humo que ascendía lentamente de las casas dispersas en la larga calle principal era la única prueba de vida humana. El lento avance de las manecillas del viejo reloj en el campanario de la iglesia era el único indicio por el cual un viajero podía percibir que el lento curso de la vida rústica no se había detenido por completo en el pueblo de Audley.
Sí, había otra señal. Mientras Robert abría la verja del cementerio y paseaba sin interés por el pequeño recinto, se percató de la música solemne de un órgano, audible a través de una ventana entreabierta en el campanario.
Se detuvo a escuchar las lentas armonías de una melodía soñadora que sonaba como una composición improvisada de un músico consumado.
«¿Quién habría creído que la iglesia de Audley podía presumir de tal órgano?», pensó Robert. «La última vez que estuve aquí, el maestro de la escuela nacional solía acompañar a sus niños con una interpretación primitiva de acordes comunes. No creía que el viejo órgano tuviera semejante música dentro».
Se demoró junto a la verja, sin ganas de romper el hechizo perezoso que la monótona melancolía de la interpretación del organista había tejido a su alrededor. Los tonos del instrumento, ahora hinchándose hasta su máxima potencia, ahora hundiéndose en una suavidad baja y susurrante, flotaban hacia él en la brumosa atmósfera invernal, y tenían una influencia tranquilizadora que parecía reconfortarlo en su pesar.
Cerró la verja suavemente y cruzó el pequeño trozo de grava frente a la puerta de la iglesia. La puerta había quedado entreabierta, tal vez por el organista. Robert Audley la empujó y entró en el pórtico cuadrado, desde el cual un tramo de estrechos escalones de piedra se enroscaba hacia arriba hasta el coro y el campanario. El señor Audley se quitó el sombrero y abrió la puerta entre el pórtico y el cuerpo de la iglesia. Entró suavemente en el santo edificio, que despedía un olor húmedo y mohoso los días de diario. Caminó por el estrecho pasillo hasta las barandillas del altar y, desde ese punto de observación, examinó la iglesia. La pequeña galería estaba exactamente enfrente de él, pero las escasas cortinas verdes frente al órgano estaban bien cerradas y no pudo vislumbrar al intérprete.
La música continuaba rodando. El organista se había perdido en una melodía de Mendelssohn, un pasaje cuya tristeza soñadora fue directa al corazón de Robert. Se demoró en los rincones de la iglesia, examinando los deteriorados monumentos de los muertos casi olvidados y escuchando la música.
«Si mi pobre amigo, George Talboys, hubiera muerto en mis brazos, y lo hubiera enterrado en esta tranquila iglesia, en uno de los rincones de las bóvedas sobre las que camino hoy, cuánta angustia mental, vacilación y tormento me habría ahorrado», pensó Robert Audley, mientras leía las inscripciones desvaídas sobre las lápidas de mármol descolorido. «¡Habría sabido su destino, habría sabido su destino! Ah, cuánto habría significado eso. Es esta incertidumbre miserable, esta sospecha horrible, lo que ha envenenado mi propia vida».
Miró su reloj.
«La una y media», murmuró. «Tendré que esperar cuatro o cinco horas lúgubres antes de que mi dama regrese de sus visitas matutinas; sus encantadoras visitas de ceremonia o cortesía. ¡Buen cielo! Qué actriz es esta mujer. Qué architramposa, qué engañadora consumada. Pero no seguirá interpretando su bonita comedia bajo el techo de mi tío. He sido diplomático demasiado tiempo. Ella se ha negado a aceptar una advertencia indirecta. Esta noche hablaré claramente».
La música del órgano cesó y Robert escuchó el cierre del instrumento.
«Echaré un vistazo a este nuevo organista», pensó, «que puede permitirse enterrar su talento en Audley y tocar las mejores fugas de Mendelssohn por un estipendio de dieciséis libras al año». Se demoró en el pórtico, esperando a que el organista bajara por la incómoda escalerilla. En el cansado pesar de su mente, y con la perspectiva de pasar las cinco horas de la mejor manera posible, el señor Audley se alegró de cultivar cualquier distracción, por ociosa que fuera. Por lo tanto, satisfizo libremente su curiosidad sobre el nuevo organista.
La primera persona que apareció en los empinados escalones de piedra fue un niño con pantalones de pana y una blusa de lino oscuro, que bajó arrastrando los pies con bastante estrépito innecesario de sus zapatos con clavos, y que tenía el rostro encendido por el esfuerzo de accionar los fuelles del viejo órgano. Justo detrás de este chico venía una joven, vestida muy sencillamente con un vestido de seda negra y un gran chal gris, quien se sobresaltó y palideció al ver al señor Audley.
Esta joven era Clara Talboys.
De todas las personas del mundo, ella era la última que Robert esperaba o deseaba ver. Ella le había dicho que iba a visitar a unos amigos que vivían en Essex, pero el condado es extenso y el pueblo de Audley es uno de los lugares más oscuros y menos frecuentados de toda su extensión. Que la hermana de su amigo perdido estuviera aquí, aquí donde podía observar cada una de sus acciones y, a partir de ellas, deducir los procesos secretos de su mente, rastreando sus dudas hasta su objeto, suponía una complicación de sus dificultades que nunca habría podido prever. Le devolvió a esa conciencia de su propia impotencia, en la que había exclamado:
«Una mano más fuerte que la mía me está llamando hacia adelante en el oscuro camino que conduce a la tumba desconocida de mi amigo perdido».
Clara Talboys fue la primera en hablar.
«Le sorprende verme aquí, señor Audley», dijo.
«Muchísimo».
«Le dije que vendría a Essex. Salí de casa anteayer. Estaba saliendo cuando recibí su mensaje telegráfico. La amiga con la que me hospedo es la señora Martyn, la esposa del nuevo rector de Mount Stanning. Vine esta mañana a ver el pueblo y la iglesia, y como la señora Martyn tenía que hacer una visita a la escuela con el vicario y su esposa, me detuve aquí y me entretuve probando el viejo órgano. No sabía hasta que llegué aquí que había un pueblo llamado Audley. El lugar toma su nombre de su familia, supongo».
«Eso creo», respondió Robert, maravillado ante la calma de la dama, en contraste con su propia vergüenza. «Tengo un vago recuerdo de haber escuchado la historia de algún antepasado que fue llamado Audley de Audley en el reinado de Eduardo IV. La tumba dentro de las barandillas cerca del altar pertenece a uno de los caballeros de Audley, pero nunca me he tomado la molestia de recordar sus hazañas. ¿Va a esperar aquí a sus amigos, señorita Talboys?»
«Sí, regresarán por mí después de que terminen sus rondas».
«¿Y regresa a Mount Stanning con ellos esta tarde?»
«Sí».
Robert permaneció de pie con el sombrero en la mano, mirando distraídamente las lápidas y el muro bajo del cementerio. Clara Talboys observó su rostro pálido, demacrado bajo la sombra creciente que se había posado sobre él durante tanto tiempo.
«Ha estado enfermo desde la última vez que le vi, señor Audley», dijo, con una voz baja que tenía la misma tristeza melodiosa que las notas del viejo órgano bajo sus dedos.
«No, no he estado enfermo; solo he estado acosado, cansado por un centenar de dudas y perplejidades».
Él pensaba mientras le hablaba:
«¿Cuánto adivina? ¿Cuánto sospecha?»
Él le había contado la historia de la desaparición de George y de sus propias sospechas, omitiendo solo los nombres de los implicados en el misterio; pero ¿y si esta chica lograra sondear este leve disfraz y descubriera por sí misma lo que él había decidido ocultar?
Sus graves ojos estaban fijos en el rostro de él, y él supo que ella estaba tratando de leer los secretos más profundos de su mente.
«¿Qué soy en sus manos?», pensó. «¿Qué soy en las manos de esta mujer, que tiene el rostro de mi amigo perdido y los modales de Palas Atenea? Ella lee mi alma lastimera y vacilante, y arranca los pensamientos de mi corazón con la magia de sus solemnes ojos castaños. ¡Cuán desigual debe ser la lucha entre nosotros, y cómo puedo esperar jamás vencer contra la fuerza de su belleza y su sabiduría?»
El señor Audley se estaba aclarando la garganta preparándose para despedirse de su hermosa compañera y escapar de la esclavitud de su presencia hacia el solitario prado fuera del cementerio, cuando Clara Talboys lo detuvo al hablar sobre el mismo tema que él más deseaba evitar.
«Prometió escribirme, señor Audley», dijo, «si hacía algún descubrimiento que lo acercara al misterio de la desaparición de mi hermano. No me ha escrito, y supongo, por tanto, que no ha descubierto nada».
Robert Audley permaneció en silencio unos momentos. ¿Cómo podía responder a esta pregunta directa?
«La cadena de pruebas circunstanciales que une el misterio del destino de su hermano con la persona a la que sospecho», dijo, tras una pausa, «está formada por eslabones muy frágiles. Creo que he añadido otro eslabón a esa cadena desde que la vi en Dorsetshire».
«¿Y se niega a decirme qué es lo que ha descubierto?»
«Solo hasta que haya descubierto más».
«Por su mensaje, pensé que iba a Wildernsea».
«He estado allí».
«¿De verdad? Fue allí donde hizo algún descubrimiento, entonces».
«Así fue», respondió Robert. «Debe recordar, señorita Talboys, que el único fundamento sobre el que descansan mis sospechas es la identidad de dos individuos que no tienen conexión aparente: la identidad de una persona que se supone muerta con una que está viva. La conspiración de la que creo que su hermano ha sido víctima depende de esto. Si su esposa, Helen Talboys, murió cuando los periódicos registraron su muerte; si la mujer que yace enterrada en el cementerio de Ventnor era en realidad la mujer cuyo nombre está inscrito en la lápida de la tumba, no tengo caso, no tengo pista sobre el misterio del destino de su hermano. Estoy a punto de poner esto a prueba. Creo que ahora estoy en condiciones de jugar una partida atrevida, y creo que pronto llegaré a la verdad».
Habló con voz baja y con un énfasis solemne que delataba la intensidad de su sentimiento. La señorita Talboys extendió su mano sin guante y la puso en la de él. El contacto frío de aquella mano delgada envió un escalofrío por todo su cuerpo.
«No permitirá que el destino de mi hermano siga siendo un misterio, señor Audley», dijo con calma. «Sé que cumplirá con su deber hacia su amigo».
La esposa del rector y sus dos acompañantes entraron en el cementerio mientras Clara Talboys decía esto. Robert Audley apretó la mano que descansaba en la suya y la llevó a sus labios.
«Soy un tipo perezoso y bueno para nada, señorita Talboys», dijo; «pero si pudiera devolver a su hermano George a la vida y a la felicidad, me importaría muy poco cualquier sacrificio de mis propios sentimientos; temo que lo más que puedo hacer es sondear el secreto de su destino, y al hacer eso, debo sacrificar a aquellos que son más queridos para mí que yo mismo».
Se puso el sombrero y se apresuró a cruzar la verja que conducía al campo justo cuando la señora Martyn llegaba al pórtico.
«¿Quién es ese apuesto joven con el que te he sorprendido en tête-à-tête, Clara?», preguntó riendo.
«Es un tal señor Audley, un amigo de mi pobre hermano».
«¡De verdad! Es algún pariente de Sir Michael Audley, supongo».
«¡Sir Michael Audley!»
«Sí, querida; el personaje más importante de la parroquia de Audley. Pero haremos una visita a la Court en un par de días, y verás al baronet y a su joven y bonita esposa».
«¡Su joven esposa!», respondió Clara Talboys, mirando seriamente a su amiga. «¿Se ha casado hace poco Sir Michael Audley, entonces?»
«Sí. Fue viudo durante dieciséis años y se casó con una joven institutriz sin un céntimo hace un año y medio. La historia es bastante romántica, y Lady Audley es considerada la belleza del condado. Pero vamos, querida Clara, el poni está cansado de esperarnos y tenemos un largo camino antes de la cena».
Clara Talboys tomó asiento en el pequeño carruaje de cesta que esperaba en la puerta principal del cementerio, al cuidado del chico que había accionado los fuelles del órgano. La señora Martyn agitó las riendas y el robusto cob castaño trotó en dirección a Mount Stanning.
«¿Me contarás más sobre esta Lady Audley, Fanny?», dijo la señorita Talboys, tras una larga pausa. «Quiero saberlo todo sobre ella. ¿Has oído su apellido de soltera?»
«Sí; era una señorita Graham».
«¿Y es muy guapa?»
«Sí, muy, muy guapa. Aunque una belleza más bien infantil, con grandes ojos azules y claros, y rizos dorados pálidos que caen en una lluvia plumosa sobre su garganta y hombros».
Clara Talboys guardó silencio. No hizo más preguntas sobre mi dama.
Estaba pensando en un pasaje de aquella carta que George le había escrito durante su luna de miel, un pasaje en el que decía: «Mi pequeña e infantil esposa me observa mientras escribo esto. ¡Ah, cómo desearía que pudieras verla, Clara! Sus ojos son tan azules y claros como los cielos en un día brillante de verano, y su cabello cae sobre su rostro como el halo dorado pálido que ves alrededor de la cabeza de una Madonna en un cuadro italiano».
CAPÍTULO XXIX.
EN EL PASEO DE LOS TILOS.
Robert Audley estaba merodeando por la amplia plataforma de césped frente a la Court cuando el carruaje que traía a mi dama y a Alicia pasó bajo el arco y se detuvo ante la puerta baja de la torre. El señor Audley se presentó a tiempo para ayudar a las damas a bajar del vehículo.
Mi dama lucía muy guapa con un delicado capotillo azul y las pieles que su sobrino le había comprado en San Petersburgo. Parecía muy complacida de ver a Robert y sonrió de forma encantadora mientras le daba su manita exquisitamente enguantada.
«¿Así que has vuelto con nosotros, truhán?», dijo riendo. «Y ahora que has regresado, te mantendremos prisionero. No dejaremos que se escape otra vez, ¿verdad, Alicia?»
La señorita Audley sacudió la cabeza con un desdén que hizo temblar los pesados rizos bajo su sombrero de caballero.
«No tengo nada que ver con los movimientos de un individuo tan errático», dijo. «Desde que a Robert Audley se le ha metido en la cabeza comportarse como algún héroe perseguido por fantasmas en un cuento alemán, he renunciado a intentar comprenderlo».
El señor Audley miró a su prima con una expresión de perplejidad serio-cómica. «Es una chica agradable», pensó, «pero es una pesadilla. No sé cómo es, pero parece más una pesadilla de lo que solía ser».
Se tiró de los bigotes pensativamente mientras consideraba esta cuestión. Su mente se alejó por unos momentos del gran problema de su vida para detenerse en esta pequeña perplejidad.
«Es una chica querida», pensó; «una muchacha inglesa generosa, alegre y noble; y sin embargo...» Se perdió en un cenagal de dudas y dificultades. Había algo en su mente que no podía entender; algún cambio en sí mismo, más allá del cambio provocado por su ansiedad sobre George Talboys, que lo mistificaba y desconcertaba.
«Y, dígame, ¿por dónde ha estado vagando durante el último día o dos, señor Audley?», preguntó mi dama, mientras se demoraba con su hijastra en el umbral de la puerta de la torre, esperando a que Robert tuviera a bien hacerse a un lado y permitirles pasar. El joven se sobresaltó cuando ella hizo esta pregunta y la miró de repente. Algo en el aspecto de su brillante y joven belleza, algo en la inocencia infantil de su expresión, pareció golpearlo en el corazón, y su rostro se puso mortalmente pálido al mirarla.
«He estado... en Yorkshire», dijo; «en el pequeño balneario donde vivió mi pobre amigo George Talboys en la época de su matrimonio».
El cambio blanquecino en el rostro de mi dama fue la única señal de que había escuchado aquellas palabras. Sonrió, una sonrisa débil y enfermiza, e intentó pasar junto al sobrino de su esposo.
«Debo vestirme para la cena», dijo. «Voy a una cena, señor Audley; por favor, déjeme entrar».
«Debo pedirle que me conceda media hora, Lady Audley», respondió Robert con voz baja. «Vine a Essex a propósito para hablar con usted».
«¿Sobre qué?», preguntó mi dama.
Se había recuperado de cualquier conmoción que pudiera haber sufrido momentos antes, y fue con su habitual actitud como hizo esta pregunta. Su rostro expresaba más bien el desconcierto y la curiosidad mezclados de una niña perpleja, que la sorpresa seria de una mujer.
«¿De qué puede querer hablar conmigo, señor Audley?», repitió.
«Se lo diré cuando estemos solos», dijo Robert, mirando a su prima, quien permanecía un poco detrás de mi dama, observando este pequeño diálogo confidencial.
«Está enamorado de la belleza de muñeca de cera de mi madrastra», pensó Alicia, «y es por ella que se ha convertido en semejante objeto desconsolado. Es justo el tipo de persona que se enamora de su tía».
La señorita Audley se alejó hacia la plataforma de césped, dando la espalda a Robert y a mi dama.
«La criatura absurda se puso blanca como una sábana cuando la vio», pensó. «Así que puede estar enamorado, después de todo. Ese trozo lento de torpeza al que llama corazón puede latir, supongo, una vez cada cuarto de siglo; pero parece que nada más que una muñeca de cera de ojos azules puede ponerlo en marcha. Lo habría dado por perdido hace mucho tiempo si hubiera sabido que su idea de la belleza se encontraba en una juguetería».
«¿Y qué hay de mi dama?», preguntó Robert Audley, rompiendo el silencio que había seguido a la partida de la joven. «¿Qué dice ella de esta repentina desaparición?».
«¡Oh, a Alicia no le importa!», respondió el señor Maldon con una risotada algo forzada. «Es una criatura caprichosa, una criatura extraña. Se toma las cosas con mucha calma. Dice que George se ha ido a buscar fortuna, y que volverá cuando se haya cansado de la vida errante. Cree que es un romántico, supongo. Las mujeres siempre perdonan a un hombre por ser un poco loco».
Robert no respondió. Se quedó mirando las cenizas que se apagaban en la chimenea, con los ojos fijos en una brasa que se consumía lentamente.
«¿Se ha marchado ya?», preguntó al fin.
«Sí, esta mañana temprano. El señor Audley se ha ido a Londres, y desde allí, supongo, seguirá camino hacia donde le plazca».
Robert se despidió del anciano y salió de la casa. El aire fresco de la tarde le pareció un alivio tras el ambiente sofocante de la habitación, cargada con el olor a tabaco rancio y a decadencia. Caminó lentamente hacia la posada, con la mente ocupada en una red de conjeturas que no lograba desenredar.
«Es un misterio», se dijo para sus adentros, «un misterio que se esconde tras una máscara de indiferencia. ¿Por qué se ha ido así, sin una palabra, sin una despedida? ¿Y qué papel juega esa mujer, esa bella y enigmática dama, en el destino de mi pobre amigo?».
Mientras caminaba, una figura emergió de la penumbra de los árboles que bordeaban el sendero. Era Lady Audley, envuelta en su capa de piel, con el rostro oculto bajo un velo de encaje. Se detuvo al ver a Robert, y un leve temblor recorrió su cuerpo.
«Señor Audley», dijo con una voz que, aunque suave, resonó con una claridad cortante en la quietud del atardecer. «Estaba esperando verle. Me han dicho que tiene la intención de marcharse pronto de nuestra casa».
«Así es, mi dama», respondió Robert, haciendo una inclinación. «Mis asuntos en Londres requieren mi presencia. No puedo permitirme el lujo de una estancia más prolongada, por muy agradable que sea la compañía en Audley Court».
«¿Asuntos?», preguntó ella, acercándose un paso. «¿O son acaso dudas, señor Audley? ¿Dudas que le impiden disfrutar de la hospitalidad que mi marido le brinda con tanto afecto?».
Robert la miró fijamente. En la luz incierta del crepúsculo, sus ojos azules brillaban con una intensidad fría, casi sobrenatural.
«Las dudas, mi dama, son a veces necesarias para llegar a la verdad», dijo él con una calma imperturbable. «Y a veces, la verdad es un huésped que no siempre es bienvenido».
Lady Audley soltó una risita breve y argentina, un sonido que parecía desentonar con la seriedad de su interlocutor.
«La verdad es una palabra muy grandilocuente para un hombre joven con tanta imaginación», dijo ella. «Tenga cuidado, señor Audley. Las personas que buscan la verdad suelen encontrarse con cosas que desearían haber dejado enterradas bajo el olvido».
Se dio la vuelta y se alejó por el sendero, su figura grácil desvaneciéndose en la niebla que comenzaba a ascender desde el estanque. Robert se quedó solo, observando cómo la oscuridad envolvía el jardín, sintiendo que un frío glacial se instalaba en su pecho, un presagio de los horrores que, en su fuero interno, empezaba a vislumbrar.
—Sí —exclamó mi señora—, si me encontrara en un banquillo de acusados, podría, sin duda, presentar testigos para refutar su absurda acusación. Pero no estoy en un banquillo de acusados, señor Audley, y no me apetece hacer otra cosa que reírme de su ridícula insensatez. ¡Le digo que está loco! Si le place decir que Helen Talboys no ha muerto y que yo soy Helen Talboys, puede hacerlo. Si elige ir vagando por los lugares en los que he vivido, y por los lugares en los que esta señora Talboys ha vivido, debe seguir el curso de su propia inclinación, pero le advertiría que tales fantasías han conducido a veces a personas, aparentemente tan cuerdas como usted, al encarcelamiento de por vida en un manicomio privado.
Robert Audley dio un respingo y retrocedió unos pasos entre la maleza y los arbustos mientras mi señora decía esto.
«Sería capaz de cualquier nuevo crimen para protegerse de las consecuencias del antiguo», pensó. «Sería capaz de usar su influencia con mi tío para encerrarme en un manicomio».
No digo que Robert Audley fuera un cobarde, pero admitiré que un escalofrío de horror, algo parecido al miedo, le heló el corazón al recordar las cosas horribles que han hecho las mujeres desde aquel día en que Eva fue creada para ser compañera y ayuda de Adán en el jardín del Edén. «¿Qué pasaría si el poder infernal de disimulo de esta mujer fuera más fuerte que la verdad y me aplastara? No perdonó a George Talboys cuando se interpuso en su camino y la amenazó con un peligro cierto; ¿perdonaría a quien la amenaza con un peligro mucho mayor? ¿Son las mujeres misericordiosas, amorosas o amables en proporción a su belleza y gracia? ¿No hubo un tal Monsieur Mazers de Latude, que tuvo la mala suerte de ofender a la consumada Madame de Pompadour, quien expió su indiscreción juvenil con un encarcelamiento de por vida; que escapó dos veces de prisión para ser devuelto dos veces al cautiverio; quien, confiando en la tardía generosidad de su hermosa enemiga, se entregó a un demonio implacable?». Robert Audley miró el rostro pálido de la mujer que estaba a su lado; ese rostro bello y hermoso, iluminado por ojos azul estrellado, que tenían una extraña y ciertamente peligrosa luz en ellos; y recordando cien historias de perfidia femenina, se estremeció al pensar cuán desigual podría ser la lucha entre él y la esposa de su tío.
«Le he mostrado mis cartas —pensó—, pero ella ha mantenido las suyas ocultas para mí. La máscara que usa no puede ser arrancada. Mi tío preferiría pensar que estoy loco antes que creerla culpable».
El rostro pálido de Clara Talboys —ese rostro grave y serio, tan diferente en su carácter a la frágil belleza de mi señora— surgió ante él.
«Qué cobarde soy al pensar en mí mismo o en mi propio peligro», pensó. «Cuanto más veo a esta mujer, más razón tengo para temer su influencia sobre los demás; más razón para desearla lejos de esta casa».
Miró a su alrededor en la oscuridad crepuscular. El jardín solitario estaba tan silencioso como algún cementerio apartado, amurallado y oculto al mundo de los vivos.
«Fue en algún lugar de este jardín donde se encontró con George Talboys el día de su desaparición», pensó. «Me pregunto dónde se encontraron; me pregunto dónde fue que él miró su rostro cruel y la acusó de su falsedad».
Mi señora, con su pequeña mano descansando ligeramente sobre el poste opuesto a aquel contra el que Robert se apoyaba, jugaba con su bonito pie entre la maleza alta, pero vigilaba furtivamente el rostro de su enemigo.
—Va a ser un duelo a muerte, entonces, mi señora —dijo Robert Audley, solemnemente—. Se niega a aceptar mi advertencia. Se niega a huir y arrepentirse de su maldad en algún lugar extranjero, lejos del generoso caballero al que ha engañado y embaucado con sus falsos hechizos. Usted elige permanecer aquí y desafiarme.
—Lo hago —respondió Lady Audley, levantando la cabeza y mirando fijamente al joven abogado—. No es culpa mía si el sobrino de mi marido se vuelve loco y me elige como víctima de su monomanía.
—Que así sea, entonces, mi señora —respondió Robert—. Mi amigo George Talboys fue visto por última vez entrando en estos jardines por la pequeña puerta de hierro por la que entramos esta noche. Fue escuchado por última vez preguntando por usted. Se le vio entrar en estos jardines, pero nunca se le vio salir de ellos. Creo que encontró la muerte dentro del límite de estos terrenos; y que su cuerpo yace oculto bajo alguna agua tranquila, o en algún rincón olvidado de este lugar. Haré que se realice una búsqueda tal que reducirá esa casa a escombros y arrancará cada árbol de estos jardines, antes que fracasar en encontrar la tumba de mi amigo asesinado.
Lucy Audley profirió un grito largo, bajo y lastimero, y lanzó sus brazos sobre su cabeza con un gesto salvaje de desesperación, pero no dio respuesta a la espantosa acusación de su acusador. Sus brazos cayeron lentamente, y se quedó mirando a Robert Audley, su rostro blanco brillando a través del crepúsculo, sus ojos azules centelleantes y dilatados.
—Nunca vivirás para hacer esto —dijo—. Te mataré primero. ¿Por qué me has atormentado tanto? ¿Por qué no podías dejarme en paz? ¿Qué daño te había hecho yo para que te convirtieras en mi perseguidor, y siguieras mis pasos, y vigilaras mis miradas, y me espiaras? ¿Quieres volverme loca? ¿Sabes lo que es luchar con una loca? No —exclamó mi señora, con una carcajada—, no lo sabes, o nunca...
Se detuvo bruscamente y se irguió de repente a su máxima altura. Era el mismo gesto que Robert había visto en el viejo teniente medio borracho; y tenía esa misma dignidad: la sublimidad de la miseria extrema.
—Váyase, señor Audley —dijo—. Está loco, le digo, está loco.
—Me voy, mi señora —respondió Robert, tranquilamente—. Habría perdonado sus crímenes por piedad a su desdicha. Usted se ha negado a aceptar mi misericordia. Deseaba tener piedad de los vivos. De ahora en adelante solo recordaré mi deber hacia los muertos.
Se alejó del pozo solitario bajo la sombra de los tilos. Mi señora lo siguió lentamente por esa avenida larga y sombría, y a través del puente rústico hasta la puerta de hierro. Mientras él pasaba por la puerta, Alicia salió de una pequeña puerta de cristal que se abría desde un cuarto de desayuno con paneles de roble en un ángulo de la casa, y se encontró con su primo en el umbral de la entrada.
—Te he estado buscando por todas partes, Robert —dijo—. Papá ha bajado a la biblioteca y le alegrará verte.
El joven dio un respingo ante el sonido de la fresca voz de su prima. «¡Dios santo! —pensó—. ¿Pueden estas dos mujeres ser del mismo barro? ¿Puede esta chica franca y de buen corazón, que no puede ocultar ningún impulso de su naturaleza inocente, ser de la misma carne y sangre que esa criatura desgraciada cuya sombra cae sobre el camino a mi lado!».
Miró de su prima a Lady Audley, que estaba cerca de la puerta, esperando a que él se hiciera a un lado y la dejara pasar.
—No sé qué le ha pasado a tu primo, mi querida Alicia —dijo mi señora—. Es tan distraído y excéntrico que está totalmente fuera de mi comprensión.
—En efecto —exclamó la señorita Audley—; y, sin embargo, imaginaría, por la duración de su tête-a-tête, que usted había hecho algún esfuerzo por comprenderlo.
—Oh, sí —dijo Robert, tranquilamente—, mi señora y yo nos entendemos muy bien; pero como se hace tarde, les deseo buenas noches, damas. Dormiré esta noche en Mount Stanning, ya que tengo algunos asuntos que atender por allí, y bajaré a ver a mi tío mañana.
—¡Cómo, Robert! —exclamó Alicia—. ¿Seguramente no te irás sin ver a papá?
—Sí, querida —respondió el joven—. Estoy un poco perturbado por algunos asuntos desagradables en los que estoy muy interesado, y preferiría no ver a mi tío. Buenas noches, Alicia. Vendré o escribiré mañana.
Apretó la mano de su prima, hizo una reverencia a Lady Audley y se alejó bajo las negras sombras del arco, y hacia la tranquila avenida más allá de la Corte.
Mi señora y Alicia se quedaron observándolo hasta que estuvo fuera de vista.
—¿Qué demonios le pasa a mi primo Robert? —exclamó la señorita Audley, impaciente, mientras el abogado desaparecía—. ¿Qué significa con estos absurdos comportamientos? ¡Algún asunto desagradable que le perturba, de hecho! Supongo que la infeliz criatura ha tenido un caso forzado por algún abogado desafortunado, y se está hundiendo en un estado de imbecilidad por una vaga conciencia de su propia incompetencia.
—¿Alguna vez has estudiado el carácter de tu primo, Alicia? —preguntó mi señora, muy seriamente, después de una pausa.
—¿Estudiar su carácter? No, Lady Audley. ¿Por qué debería estudiar su carácter? —dijo Alicia—. Se requiere muy poco estudio para convencer a cualquiera de que es un sibarita perezoso y egoísta, que no se preocupa por nada en el mundo excepto por su propia comodidad y bienestar.
—¿Pero nunca has pensado que es excéntrico?
—¡Excéntrico! —repitió Alicia, frunciendo sus labios rojos y encogiéndose de hombros—. Bueno, sí, creo que esa es la excusa que generalmente se da para esas personas. Supongo que Bob es excéntrico.
—Nunca te he oído hablar de su padre y su madre —dijo mi señora, pensativa—. ¿Los recuerdas?
—Nunca vi a su madre. Era una señorita Dalrymple, una chica muy llamativa, que se fugó con mi tío y perdió una fortuna muy considerable como consecuencia. Murió en Niza cuando el pobre Bob tenía cinco años.
—¿Alguna vez oíste algo particular sobre ella?
—¿A qué te refieres con «particular»? —preguntó Alicia.
—¿Alguna vez oíste que era excéntrica, lo que la gente llama «rara»?
—Oh, no —dijo Alicia, riendo—. Mi tía era una mujer muy razonable, creo, aunque se casara por amor. Pero debes recordar que ella murió antes de que yo naciera, y por lo tanto, no he sentido mucha curiosidad por ella.
—Pero recuerdas a tu tío, supongo.
—¿Mi tío Robert? —dijo Alicia—. Oh, sí, lo recuerdo muy bien, de hecho.
—¿Era excéntrico? Quiero decir, ¿era peculiar en sus hábitos, como tu primo?
—Sí, creo que Robert hereda todas sus absurdidades de su padre. Mi tío expresaba la misma indiferencia por sus semejantes que mi primo, pero como era un buen marido, un padre afectuoso y un amo amable, nadie cuestionó nunca sus opiniones.
—¿Pero era excéntrico?
—Sí; supongo que generalmente se pensaba que era un poco excéntrico.
—Ah —dijo mi señora, gravemente—, eso pensaba. ¿Sabes, Alicia, que la locura se transmite más a menudo de padre a hija, y de madre a hija que de madre a hijo? Tu primo, Robert Audley, es un joven muy apuesto y, creo, un joven de muy buen corazón, pero debe ser vigilado, Alicia, ¡porque está loco!
—¡Loco! —gritó la señorita Audley, indignada—. Estás soñando, mi señora, o... o... estás tratando de asustarme —añadió la joven, con considerable alarma.
—Solo quiero ponerte en guardia, Alicia —respondió mi señora—. El señor Audley puede ser, como dices, simplemente excéntrico; pero me ha hablado esta tarde de una manera que me ha llenado de terror absoluto, y creo que se está volviendo loco. Hablaré muy seriamente con Sir Michael esta misma noche.
—Hablar con papá —exclamó Alicia—; ¡seguramente no angustiarás a papá sugiriendo tal posibilidad!
—Solo lo pondré en guardia, mi querida Alicia.
—Pero él nunca te creerá —dijo la señorita Audley—; se reirá de tal idea.
—No, Alicia; él creerá cualquier cosa que yo le diga —respondió mi señora, con una sonrisa tranquila.
CAPÍTULO XXX.
PREPARANDO EL TERRENO.
Lady Audley fue del jardín a la biblioteca, una habitación agradable, con paneles de roble y hogareña en la que a Sir Michael le gustaba sentarse a leer o escribir, o arreglar los asuntos de su patrimonio con su administrador, un robusto campesino, mitad agricultor, mitad abogado, que arrendaba una pequeña granja a pocos kilómetros de la Corte.
El baronet estaba sentado en un sillón espacioso cerca del hogar. El brillo intenso del fuego subía y bajaba, destellando ahora sobre las tallas pulidas de la estantería de roble negro, ahora sobre las encuadernaciones de oro y escarlata de los libros; a veces brillando sobre el casco ateniense de una Palas de mármol, a veces iluminando la frente de Sir Robert Peel.
La lámpara sobre la mesa de lectura aún no se había encendido, y Sir Michael se sentó a la luz del fuego esperando la llegada de su joven esposa.
Me es imposible decir la pureza de su amor generoso; es imposible describir ese afecto que era tan tierno como el amor de una madre joven por su primer hijo, tan valiente y caballeresco como la pasión heroica de un Bayardo por su señora feudal.
La puerta se abrió mientras él pensaba en esta esposa amada con ternura, y al levantar la vista, el baronet vio la esbelta figura de pie en el umbral.
—¡Vaya, querida! —exclamó, mientras mi señora cerraba la puerta tras ella y se acercaba a su sillón—, he estado pensando en ti y esperándote durante una hora. ¿Dónde has estado y qué has estado haciendo?
Mi señora, de pie en la sombra más que en la luz, hizo una pausa unos momentos antes de responder a esta pregunta.
—He estado en Chelmsford —dijo—, de compras; y...
Dudó, retorciendo los cordones de su sombrero en sus delgados dedos blancos con un aire de bonita vergüenza.
—¿Y qué, querida? —preguntó el baronet—, ¿qué has estado haciendo desde que volviste de Chelmsford? Escuché un carruaje detenerse ante la puerta hace una hora. Era el tuyo, ¿no?
—Sí, llegué a casa hace una hora —respondió mi señora, con el mismo aire de vergüenza.
—¿Y qué has estado haciendo desde que llegaste a casa?
Sir Michael Audley hizo esta pregunta con un tono ligeramente reprobatorio. La presencia de su joven esposa hacía el sol de su vida; y aunque no podía soportar encadenarla a su lado, le dolía pensar que ella pudiera permanecer voluntariamente ausente de él sin necesidad, perdiendo su tiempo en alguna charla infantil u ocupación frívola.
—¿Qué has estado haciendo desde que llegaste a casa, querida? —repitió—. ¿Qué te ha mantenido tanto tiempo lejos de mí?
—He estado... hablando... con... el señor Robert Audley.
Todavía retorcía el cordón de su sombrero alrededor de sus dedos.
Todavía hablaba con el mismo aire de vergüenza.
—¡Robert! —exclamó el baronet—, ¿está Robert aquí?
—Estuvo aquí hace poco.
—Y está aquí todavía, supongo.
—No, se ha marchado.
—¡Se ha marchado! —gritó Sir Michael—. ¿Qué quieres decir, querida?
—Quiero decir que tu sobrino vino a la Corte esta tarde. Alicia y yo lo encontramos holgazaneando por los jardines. Se quedó aquí hasta hace aproximadamente un cuarto de hora hablando conmigo, y luego se apresuró a irse sin una palabra de explicación; excepto, de hecho, alguna ridícula excusa sobre asuntos en Mount Stanning.
—¡Asuntos en Mount Stanning! Vaya, ¿qué asuntos puede tener posiblemente en ese lugar tan apartado? Se ha ido a dormir a Mount Stanning, entonces, ¿supongo?
—Sí; creo que dijo algo al respecto.
—Por mi palabra —exclamó el baronet—, creo que ese chico está medio loco.
El rostro de mi señora estaba tan en sombra, que Sir Michael Audley no se dio cuenta del cambio brillante que se produjo sobre su palidez enfermiza cuando hizo esta observación tan común. Una sonrisa triunfante iluminó el semblante de Lucy Audley, una sonrisa que decía claramente: «Se acerca, se acerca; puedo retorcerlo hacia donde quiera. Puedo ponerle el negro delante, y si digo que es blanco, me creerá».
Pero Sir Michael Audley, al declarar que el ingenio de su sobrino estaba desordenado, simplemente pronunció esa exclamación común que se sabe que tiene muy poco significado. El baronet tenía, es cierto, una estimación no muy grande de la capacidad de Robert para los asuntos de la vida cotidiana. Tenía la costumbre de considerar a su sobrino como una nulidad bondadosa: un hombre cuyo corazón había sido ampliamente abastecido por la naturaleza generosa con todas las mejores cosas que la diosa dadivosa tenía para otorgar, pero cuyo cerebro había sido algo descuidado en la distribución de los dones intelectuales. Sir Michael Audley cometió ese error que es muy comúnmente cometido por observadores acomodados y despreocupados, que no tienen ocasión de mirar bajo la superficie. Confundió la pereza con la incapacidad. Pensó que porque su sobrino era ocioso, necesariamente debía ser estúpido. Concluyó que si Robert no se distinguía, era porque no podía.
Olvidó a los mudos e ingloriosos Miltons, que mueren sin voz ni articulación por falta de esa perseverancia obstinada, ese coraje ciego, que el poeta debe poseer antes de que pueda encontrar un editor; olvidó a los Cromwells, que ven los nobles buques del estado zozobrando en un mar de confusión, y hundiéndose en una tempestad de desconcierto ruidoso, y que, sin embargo, son incapaces de llegar al timón; prohibidos incluso de enviar un bote salvavidas al barco que se hunde. Seguramente es un error juzgar lo que un hombre puede hacer por lo que ha hecho.
El Valhalla del mundo es un distrito cerrado, y quizás los hombres más grandes sean aquellos que perecen silenciosamente lejos del portal sagrado. Quizás los espíritus más puros y brillantes sean aquellos que se encogen ante el tumulto de la carrera, el alboroto y la confusión de la lucha. El juego de la vida es algo parecido al juego del écarte, y puede ser que las mejores cartas a veces se queden en la baraja.
Mi señora se quitó el sombrero y se sentó en un taburete cubierto de terciopelo a los pies de Sir Michael. No había nada estudiado o afectado en esta acción infantil. Era tan natural para Lucy Audley ser infantil, que nadie habría deseado verla de otra manera. Habría parecido tan tonto esperar una reserva digna o una gravedad femenina de esta sirena de cabello ámbar, como desear bajos ricos en medio del agudo claro del canto de una alondra.
Se sentó con su rostro pálido vuelto lejos de la luz del fuego, y con sus manos entrelazadas sobre el brazo del sillón de su marido. Estaban muy inquietas, estas manos blancas y esbeltas. Mi señora retorcía los dedos enjoyados uno dentro del otro mientras hablaba con su marido.
—Quería venir a ti, ya sabes, querido —dijo ella—, quería venir a ti directamente al llegar a casa, pero el señor Audley insistió en que me quedara a hablar con él.
—¿Pero sobre qué, mi amor? —preguntó el baronet—. ¿Qué podía tener Robert que decirte?
Mi señora no respondió a esta pregunta. Su hermosa cabeza cayó sobre la rodilla de su marido, sus rizos amarillos cayeron sobre su rostro.
Sir Michael levantó esa hermosa cabeza con sus manos fuertes, y alzó el rostro de mi señora. La luz del fuego brillando sobre ese rostro pálido iluminó los ojos azules, grandes y suaves, y los mostró inundados en lágrimas.
—¡Lucy, Lucy! —gritó el baronet—. ¿Cuál es el significado de esto? ¡Mi amor, mi amor! ¿Qué ha sucedido para angustiarte de esta manera?
Lady Audley trató de hablar, pero las palabras murieron inarticuladas en sus labios temblorosos. Una sensación de ahogo en su garganta parecía estrangular esas palabras falsas y plausibles, su única armadura contra sus enemigos. No podía hablar. La agonía que había soportado silenciosamente en el sombrío sendero de los tilos se había vuelto demasiado fuerte para ella, y estalló en una tempestad de sollozos histéricos. No fue una pena simulada lo que sacudió su esbelto cuerpo y la desgarró como alguna bestia voraz que la habría despedazado con su fuerza horrible. Fue una tormenta de angustia y terror reales, de remordimiento y miseria. Fue el único grito salvaje, en el que la naturaleza más débil de la mujer superó al arte de la sirena.
No fue de ese modo como ella había pretendido librar su terrible duelo con Robert Audley. Esas no fueron las armas que ella había intentado utilizar; pero quizás ningún artificio que hubiera podido idear le habría servido tan bien como este repentino estallido de dolor natural. Sacudió a su marido hasta lo más profundo de su alma. Lo desconcertó y lo aterrorizó. Redujo el poderoso intelecto de aquel hombre a una confusión y perplejidad indefensas. Golpeó el único punto débil en la naturaleza de un buen hombre. Apeló directamente al afecto de Sir Michael Audley por su esposa.
¡Ah, que el Cielo ayude a la tierna debilidad de un hombre fuerte por la mujer a la que ama! Que el Cielo se apiade de él cuando la criatura culpable lo ha engañado y acude con sus lágrimas y lamentaciones a arrojarse a sus pies en un abandono de sí misma y remordimiento; torturándolo con la visión de su agonía; desgarrando su corazón con sus sollozos, lacerando su pecho con sus gemidos, ¡multiplicando sus sufrimientos en una gran angustia para que él la soporte!; multiplicándolos veinte veces; multiplicándolos en una proporción de la capacidad de resistencia de un hombre valiente. Que el Cielo lo perdone si, enloquecido por esa cruel agonía, la balanza vacila por un momento y está dispuesto a perdonar cualquier cosa; dispuesto a llevar a esta criatura desdichada al refugio de su pecho y a perdonar aquello que la severa voz del honor varonil insta a que no debe ser perdonado. ¡Apiadaos de él, apiadaos de él! El peor remordimiento de la esposa cuando se encuentra fuera del umbral del hogar en el que nunca podrá volver a entrar no es igual a la agonía del marido que cierra el portal a ese rostro familiar y suplicante. La angustia de la madre que nunca podrá volver a mirar a sus hijos es menor que el tormento del padre que tiene que decir a esos pequeños: «Mis queridos, de ahora en adelante no tenéis madre».
Sir Michael Audley se levantó de su silla, temblando de indignación y dispuesto a presentar batalla inmediata a la persona que había causado el dolor de su esposa.
—Lucy —dijo—, Lucy, insisto en que me digas qué y quién te ha angustiado. Insisto en ello. Quienquiera que te haya molestado tendrá que responder ante mí por tu dolor. Vamos, querida, dime directamente qué es.
Se sentó e inclinó sobre la figura abatida a sus pies, calmando su propia agitación en su deseo de aliviar el desconsuelo de su esposa.
—Dime qué es, querida —susurró con ternura.
El agudo paroxismo había pasado y mi lady levantó la vista. Una luz brillante resplandecía a través de las lágrimas en sus ojos, y las líneas alrededor de su bonita boca rosada, esas líneas duras y crueles que Robert Audley había observado en el retrato prerrafaelita, eran claramente visibles bajo la luz del fuego.
—Soy muy tonta —dijo—, pero realmente me ha puesto muy histérica.
—¿Quién... quién te ha puesto histérica?
—Tu sobrino, el señor Robert Audley.
—Robert —exclamó el baronet—. Lucy, ¿qué quieres decir?
—Te dije que el señor Audley insistió en que fuera al sendero de los tilos, querido —dijo mi lady—. Quería hablar conmigo, dijo, y fui, y dijo cosas tan horribles que...
—¿Qué cosas horribles, Lucy?
Lady Audley se estremeció y se aferró con dedos convulsos a la mano fuerte que había descansado con caricia sobre su hombro.
—¿Qué dijo, Lucy?
—Oh, mi querido amor, ¿cómo puedo decírtelo? —exclamó mi lady—. Sé que te voy a angustiar, o te reirás de mí, y entonces...
—¿Reírme de ti? No, Lucy.
Lady Audley permaneció en silencio por un momento. Se sentó mirando fijamente al fuego, con los dedos aún entrelazados alrededor de la mano de su marido.
—Querido —dijo lentamente, vacilando de vez en cuando entre sus palabras, como si casi rehusara pronunciarlas—, ¿alguna vez... tengo tanto miedo de molestarte... has pensado alguna vez que el señor Audley está un poco... un poco...?
—¿Un poco qué, mi vida?
—¿Un poco fuera de sus cabales? —balbuceó Lady Audley.
—¡Fuera de sus cabales! —exclamó Sir Michael—. Mi querida niña, ¿en qué estás pensando?
—Dijiste hace poco, querido, que pensabas que estaba medio loco.
—¿Lo dije, mi amor? —dijo el baronet, riendo—. No recuerdo haberlo dicho, y era una mera façon de parler que no significaba absolutamente nada. Robert puede ser un poco excéntrico, un poco estúpido, tal vez; puede que no esté sobrecargado de ingenio, pero no creo que tenga suficientes sesos para la locura. Creo que, por lo general, son los grandes intelectos los que se desordenan.
—Pero la locura es a veces hereditaria —dijo mi lady—. El señor Audley puede haber heredado...
—No ha heredado ninguna locura de la familia de su padre —interrumpió Sir Michael—. Los Audley nunca han poblado manicomios privados ni han alimentado a médicos alienistas.
—¿Ni de la familia de su madre?
—No que yo sepa.
—La gente suele mantener estas cosas en secreto —dijo mi lady con gravedad—. Puede haber habido locura en la familia de tu cuñada.
—No lo creo, querida —respondió Sir Michael—. Pero, Lucy, dime qué, en nombre del Cielo, te ha metido esta idea en la cabeza.
—He estado tratando de explicarme la conducta de tu sobrino. No puedo explicarla de ninguna otra manera. Si hubieras oído las cosas que me dijo esta noche, Sir Michael, tú también podrías haberlo creído loco.
—Pero, ¿qué dijo, Lucy?
—Apenas puedo decírtelo. Puedes ver cuánto me ha dejado estupefacta y desconcertada. Creo que ha vivido demasiado tiempo solo en esas solitarias cámaras del Temple. Quizás lee demasiado o fuma demasiado. Sabes que algunos médicos declaran que la locura es una mera enfermedad del cerebro; una enfermedad a la que cualquiera está sujeto, y que puede ser producida por causas determinadas y curada por medios determinados.
Los ojos de Lady Audley seguían fijos en los carbones ardientes de la amplia rejilla. Hablaba como si hubiera estado discutiendo un tema que a menudo había oído discutir antes. Hablaba como si su mente casi se hubiera alejado del pensamiento del sobrino de su marido hacia la cuestión más amplia de la locura en abstracto.
—¿Por qué no habría de estar loco? —prosiguió mi lady—. La gente está loca durante años y años antes de que se descubra su demencia. Saben que están locos, pero saben cómo guardar su secreto; y, quizás, a veces puedan guardarlo hasta que mueran. A veces les sobreviene un paroxismo y, en una hora funesta, se traicionan a sí mismos. Cometen un crimen, tal vez. La horrible tentación de la oportunidad los asalta; el cuchillo está en su mano y la víctima inconsciente a su lado. Pueden vencer al demonio inquieto e irse y morir inocentes de cualquier acto violento; pero pueden sucumbir a la horrible tentación, el espantoso, apasionado y hambriento ansia de violencia y horror. A veces sucumben y están perdidos.
La voz de Lady Audley se elevó mientras argumentaba esta terrible cuestión. La excitación histérica de la que acababa de recuperarse había dejado sus efectos en ella, pero se controló y su tono se volvió más tranquilo a medida que reanudaba:
—Robert Audley está loco —dijo con decisión—. ¿Cuál es uno de los diagnósticos más extraños de la locura? ¿Cuál es el primer signo espantoso de la aberración mental? La mente se vuelve estacionaria; el cerebro se estanca; la corriente uniforme de la reflexión se interrumpe; el poder de pensamiento del cerebro se resuelve en un tono monótono. Como las aguas de una charca sin mareas se pudren debido a su estancamiento, la mente se vuelve turbia y corrupta por falta de acción; y la perpetua reflexión sobre un tema se resuelve en monomanía. Robert Audley es un monomaníaco. La desaparición de su amigo, George Talboys, lo afligió y lo desconcertó. Se obsesionó con esta idea hasta que perdió el poder de pensar en cualquier otra cosa. La idea, vista perpetuamente, se distorsionó ante su visión mental. Repite la palabra más común del idioma inglés veinte veces, y antes de la vigésima repetición habrás empezado a preguntarte si la palabra que repites es realmente la palabra que quieres pronunciar. Robert Audley ha pensado en la desaparición de su amigo hasta que la idea ha hecho su trabajo fatal y malsano. Mira un evento común con una visión que está enferma, y lo distorsiona en un horror sombrío engendrado por su propia monomanía. Si no quieres volverme tan loca como él, nunca debes dejar que lo vea de nuevo. Declaró esta noche que George Talboys fue asesinado en este lugar, y que arrancará cada árbol del jardín y derribará cada ladrillo de la casa en busca de...
Mi lady hizo una pausa. Las palabras se apagaron en sus labios. Se había agotado por la extraña energía con la que había hablado. Se había transformado de una belleza frívola e infantil en una mujer fuerte para argumentar su propia causa y defender su propia defensa.
—¿Derribar esta casa? —exclamó el baronet—. ¡George Talboys asesinado en Audley Court! ¿Dijo esto Robert, Lucy?
—Dijo algo parecido, algo que me asustó mucho.
—Entonces debe estar loco —dijo Sir Michael con gravedad—. Estoy desconcertado por lo que me cuentas. ¿Realmente dijo esto, Lucy, o lo entendiste mal?
—Yo... yo no creo que lo hiciera —balbuceó mi lady—. Viste lo asustada que estaba cuando entré. No me habría agitado tanto si no hubiera dicho algo horrible.
Lady Audley se había valido de los argumentos más fuertes con los que podía ayudar a su causa.
—Sin duda, mi vida, sin duda —respondió el baronet—. ¿Qué podría haber metido una fantasía tan horrible en la cabeza del pobre muchacho? ¡Este señor Talboys, un completo desconocido para todos nosotros, asesinado en Audley Court! Iré a Mount Stanning esta noche y veré a Robert. Lo conozco desde que era un bebé y no puedo equivocarme con él. Si realmente hay algo mal, no podrá ocultármelo.
Mi lady se encogió de hombros.
—Eso es una cuestión bastante abierta —dijo—. Por lo general, es un extraño quien es el primero en observar cualquier peculiaridad psicológica.
Las palabras altisonantes sonaban extrañas en los labios rosados de mi lady; pero su recién adoptada sabiduría tenía una cierta y pintoresca belleza que encantaba y desconcertaba a su marido.
—Pero no debes ir a Mount Stanning, mi querido amor —dijo con ternura—. Recuerda que tienes órdenes estrictas de quedarte dentro de casa hasta que el clima sea más suave y el sol brille sobre este cruel país helado.
Sir Michael Audley se reclinó en su espaciosa silla con un suspiro de resignación.
—Es verdad, Lucy —dijo—; debemos obedecer al señor Dawson. Supongo que Robert vendrá a verme mañana.
—Sí, querido. Creo que dijo que lo haría.
—Entonces debemos esperar hasta mañana, mi vida. No puedo creer que realmente haya algo mal con el pobre muchacho; no puedo creerlo, Lucy.
—Entonces, ¿cómo te explicas este extraordinario delirio sobre este señor Talboys? —preguntó mi lady.
Sir Michael negó con la cabeza.
—No lo sé, Lucy, no lo sé —respondió—. Siempre es tan difícil creer que cualquiera de las calamidades que continuamente sobrevienen a nuestros semejantes nos sucederá alguna vez a nosotros. No puedo creer que la mente de mi sobrino esté deteriorada; no puedo creerlo. Lo... lo haré quedarse aquí, Lucy, y lo vigilaré de cerca. Te digo, mi amor, que si hay algo mal, estoy seguro de que lo descubriré. No puedo equivocarme con un joven que siempre ha sido para mí como mi propio hijo. Pero, mi vida, ¿por qué te asustaste tanto por el discurso salvaje de Robert? No podría afectarte a ti.
Mi lady suspiró lastimeramente.
—Debes pensar que tengo una mente muy fuerte, Sir Michael —dijo con aire algo ofendido—, si imaginas que puedo oír este tipo de cosas con indiferencia. Sé que nunca podré volver a ver al señor Audley.
—Y no lo harás, querida, no lo harás.
—Dijiste hace poco que lo tendrías aquí —murmuró Lady Audley.
—Pero no lo haré, mi querida niña, si su presencia te molesta. ¡Buen Cielo, Lucy!, ¿puedes imaginar por un momento que tengo algún deseo más elevado que fomentar tu felicidad? Consultaré a algún médico de Londres sobre Robert y dejaré que descubra si realmente hay algo que le pase al único hijo de mi pobre hermano. No serás molestada, Lucy.
—Debes pensar que soy muy desagradable, querido —dijo mi lady—, y sé que no debería molestarme por el pobre muchacho; pero realmente parece haber tomado alguna noción absurda en su cabeza sobre mí.
—¿Sobre ti, Lucy? —exclamó Sir Michael.
—Sí, querido. Parece conectarme de alguna manera vaga, que no puedo entender del todo, con la desaparición de este señor Talboys.
—¡Imposible, Lucy! Debes haberlo entendido mal.
—No lo creo.
—Entonces debe estar loco —dijo el baronet—, debe estar loco. Esperaré a que regrese a la ciudad y luego enviaré a alguien a sus cámaras para hablar con él. ¡Buen Cielo!, qué asunto tan misterioso es este.
—Me temo que te he angustiado, querido —murmuró Lady Audley.
—Sí, querida, estoy muy angustiado por lo que me has contado; pero hiciste muy bien en hablarme francamente sobre este terrible asunto. Debo pensarlo bien, querida, y tratar de decidir qué es lo mejor que se puede hacer.
Mi lady se levantó de la otomana baja en la que había estado sentada. El fuego se había consumido y solo quedaba un tenue resplandor de luz roja en la habitación. Lucy Audley se inclinó sobre la silla de su marido y puso sus labios en su amplia frente.
—Qué bueno has sido siempre conmigo, querido —susurró suavemente—. Nunca dejarías que nadie te influyera en mi contra, ¿verdad, querido?
—¿Influirme en tu contra? —repitió el baronet—. No, mi amor.
—Porque sabes, querido —continuó mi lady—, que hay gente malvada tanto como gente loca en el mundo, y puede haber algunas personas a cuyo interés convendría perjudicarme.
—Más les vale que no lo intenten, entonces, querida —respondió Sir Michael—; se encontrarían en una posición bastante peligrosa si lo hicieran.
Lady Audley se rió en voz alta, con una risa alegre, triunfante y plateada que vibró por toda la habitación silenciosa.
—Mi propio amor querido —dijo—, sé que me amas. Y ahora debo irme corriendo, querido, porque pasan de las siete. Tenía el compromiso de cenar en casa de la señora Montford, pero debo enviar a un mozo con un mensaje de disculpa, porque el señor Audley me ha dejado totalmente incapacitada para la compañía. Me quedaré en casa y te cuidaré, querido. Te irás a la cama muy temprano, ¿no es así?, y te cuidarás mucho.
—Sí, querida.
Mi lady salió de la habitación dando saltitos para dar sus órdenes sobre el mensaje que debía llevarse a la casa donde iba a haber cenado. Hizo una pausa por un momento mientras cerraba la puerta de la biblioteca; hizo una pausa y puso su mano sobre su pecho para controlar el rápido latido de su corazón.
«He tenido miedo de ti, señor Robert Audley —pensó—; pero quizás llegue el momento en que tú tengas motivos para tenerme miedo a mí».
CAPÍTULO XXXI.
LA PETICIÓN DE PHOEBE.
La división entre Lady Audley y su hijastra no se había hecho más estrecha en los dos meses que habían transcurrido desde que se celebraron las agradables vacaciones de Navidad en Audley Court. No había una guerra abierta entre las dos mujeres; solo había una neutralidad armada, rota de vez en cuando por breves escaramuzas femeninas y pasajeras tempestades verbales. Lamento decir que a Alicia le habría gustado mucho más una batalla campal cordial que esta unión silenciosa y sin demostraciones; pero no era muy fácil pelear con mi lady. Tenía respuestas suaves para desviar la ira. Podía sonreír de forma cautivadora ante la abierta petulancia de su hijastra y reírse alegremente del mal genio de la joven. Quizás si hubiera sido menos amable, si hubiera sido más parecida a Alicia en su disposición, las dos damas podrían haber gastado su enemistad en una tremenda pelea y podrían haber sido cariñosas y amistosas después. Pero Lucy Audley no quería hacer la guerra. Llevaba adelante la suma de su disgusto y la colocaba a un tipo de interés constante, hasta que la brecha entre su hijastra y ella misma, ensanchándose un poco cada día, se convirtió en un gran abismo, totalmente infranqueable por palomas portadoras de ramas de olivo desde cualquier lado del abismo. No puede haber reconciliación donde no hay guerra abierta. Debe haber una batalla, una batalla valiente y ruidosa, con banderas ondeando y cañones rugiendo, antes de que pueda haber tratados pacíficos y apretones de manos entusiastas. Quizás la unión entre Francia e Inglaterra debe su mayor fuerza al recuerdo de Crécy y Waterloo, Navarino y Trafalgar. Nos hemos odiado y nos hemos dado una paliza y hemos resuelto nuestras diferencias, como dice la frase común; y ahora podemos permitirnos caer en brazos del otro y jurar eterna amistad y eterna hermandad. Esperemos que cuando el yanquismo del Norte haya diezmado y sido diezmado, el fanfarrón Jonathan pueda arrojarse al pecho de su hermano del Sur, perdonando y perdonado.
Alicia Audley y la bonita esposa de su padre tenían mucho espacio para el cómodo disfrute de su disgusto en la espaciosa mansión antigua. Mi lady tenía sus propios aposentos, como sabemos, cámaras lujosas en las que se habían reunido todas las elegancias imaginables para la comodidad de su ocupante. Alicia tenía sus propias habitaciones en otra parte de la gran casa. Tenía su yegua favorita, su perro Terranova y sus materiales de dibujo, y se hacía a sí misma tolerablemente feliz. No era muy feliz, esta chica franca y de corazón generoso, porque era casi imposible que pudiera estar del todo cómoda en la atmósfera constreñida de la Corte. Su padre había cambiado; ese querido padre sobre quien una vez había reinado suprema con la autoridad ilimitada de una niña mimada, había aceptado otra gobernante y se había sometido a una nueva dinastía. Poco a poco, el pequeño poder de mi lady se hizo sentir en aquel estrecho hogar; y Alicia vio a su padre ser gradualmente atraído a través del abismo que dividía a Lady Audley de su hijastra, hasta que al final se encontró totalmente al otro lado del abismo, y miró fríamente a su única hija a través de esa brecha que se ensanchaba.
Alicia sintió que él estaba perdido para ella. Las sonrisas radiantes de mi lady, sus palabras cautivadoras, sus miradas radiantes y sus gracias hechizantes habían hecho su trabajo de encantamiento, y Sir Michael había llegado a ver a su hija como una joven algo voluntariosa y caprichosa que se había comportado con una crueldad decidida hacia la esposa a la que él amaba.
La pobre Alicia veía todo esto y soportaba su carga lo mejor que podía. Parecía muy duro ser una heredera hermosa, de ojos grises, con perros, caballos y sirvientes a su mando, y sin embargo estar tan sola en el mundo como para no conocer ni un solo oído amistoso en el que pudiera verter sus penas.
«Si Bob sirviera para algo, podría haberle contado lo infeliz que soy —pensó la señorita Audley—, pero podría contarle mis problemas a César, pues obtendría el mismo consuelo del primo Robert».
Sir Michael Audley obedeció a su bonita enfermera y se fue a la cama poco después de las nueve de la noche en esta desolada tarde de marzo. Quizás el dormitorio del baronet era el refugio más agradable que un inválido podría haber elegido en un clima tan frío y desalentador. Las cortinas de terciopelo verde oscuro estaban corridas ante las ventanas y alrededor de la pesada cama. El fuego de leña ardía con un color rojizo en la amplia chimenea. La lámpara de lectura estaba encendida sobre una deliciosa mesita cerca de la almohada de Sir Michael, y un montón de revistas y periódicos habían sido dispuestos por las propias manos hermosas de mi lady para el placer del inválido.
Lady Audley se sentó junto a la cama durante unos diez minutos, hablando con su marido, hablando muy seriamente, sobre esta extraña y terrible cuestión: la demencia de Robert Audley; pero al final de ese tiempo se levantó y dio las buenas noches a su marido.
Bajó la pantalla de seda verde ante la lámpara de lectura, ajustándola cuidadosamente para el descanso de los ojos del baronet.
—Te dejaré, querido —dijo—. Si puedes dormir, mucho mejor. Si deseas leer, los libros y periódicos están cerca de ti. Dejaré abiertas las puertas entre las habitaciones y oiré tu voz si me llamas.
Lady Audley pasó por su vestidor hacia el boudoir, donde había estado sentada con su marido desde la cena.
La habitación era una muestra de todo aquello que denota el refinamiento femenino. El piano de mi señora estaba abierto, cubierto de partituras dispersas y colecciones de escenas y fantasías encuadernadas con exquisitez, que ningún maestro habría desdeñado estudiar. El caballete de mi señora se alzaba junto a la ventana, dando testimonio de su talento artístico en forma de un boceto a la acuarela de la Corte y sus jardines. Los bordados de encaje y muselina, cual obra de hadas, las sedas de colores del arcoíris y las lanas de tintes delicados, llenaban el lujoso aposento; mientras que los espejos, colocados con astucia en ángulos y esquinas opuestas por un tapicero artístico, multiplicaban la imagen de mi señora y, en esa imagen, reflejaban el objeto más hermoso de la estancia encantada.
Entre toda esta luz de lámparas, dorados, color, riqueza y belleza, Lucy Audley se sentó en un asiento bajo junto al fuego para pensar.
Si el señor Holman Hunt hubiera podido echar un vistazo a aquel bonito tocador, creo que la imagen habría quedado fotografiada en su mente para ser reproducida más tarde en el retrato de medio cuerpo de un obispo, para gloria de la hermandad prerrafaelita. Mi señora, en esa actitud medio recostada, con el codo apoyado en una rodilla y su barbilla perfecta sostenida por la mano, con los ricos pliegues del ropaje cayendo en largas líneas ondulantes desde el contorno exquisito de su figura, y la luz rosada y luminosa del fuego envolviéndola en una suave bruma, solo rota por el destello áureo de sus cabellos rubios; hermosa en sí misma, pero hecha fascinantemente bella por el suntuoso entorno que adorna el santuario de su lozanía. Copas de oro y marfil, cinceladas por Benvenuto Cellini; gabinetes de buhl y porcelana, con la cifra de la austriaca María Antonieta, entre diseños de capullos de rosa y nudos de enamorados, pájaros y mariposas, cupidillos y pastoras, diosas, cortesanos, aldeanos y lecheras; estatuillas de mármol de Paros y porcelana de biscuit; cestas doradas con flores de invernadero; cofres fantásticos de filigrana india; frágiles tazas de té de porcelana turquesa, adornadas con miniaturas en medallones de Luis el Grande y Luis el Bienamado, Louise de la Vallière, Athenais de Montespan y Marie Jeanne Gomard de Vaubernier: cuadros de gabinete y espejos dorados, satén brillante y encaje diáfano; todo lo que el oro puede comprar o el arte idear se había reunido para el embellecimiento de esta silenciosa cámara en la que mi señora se sentaba a escuchar el lamento del agudo viento de marzo y el aleteo de las hojas de hiedra contra los ventanales, mirando hacia los abismos rojos de los carbones encendidos.
Estaría predicando un sermón muy trillado y tocando una fibra muy familiar si aprovechara esta oportunidad para declamar contra el arte y la belleza, pues mi señora era más desdichada en este elegante aposento que muchas costureras medio hambrientas en su lúgubre buhardilla. Su desdicha provenía de una herida demasiado profunda para encontrar consuelo en parches como la riqueza y el lujo; pero su desdicha era de naturaleza anormal, y no veo motivo para aprovechar el hecho de su miseria como argumento a favor de la pobreza y la incomodidad frente a la opulencia. Las tallas de Benvenuto Cellini y la porcelana de Sèvres no podían darle felicidad porque ella había salido de su esfera. Ya no era inocente, y el placer que sentimos por el arte y la belleza, siendo un placer inocente, había quedado fuera de su alcance. Seis o siete años atrás, habría sido feliz poseyendo este pequeño palacio de Aladino; pero se había alejado del círculo de criaturas despreocupadas que buscan el placer, se había extraviado lejos en un desolado laberinto de culpa y traición, terror y crimen, y todos los tesoros recolectados para ella no habrían podido darle más placer que uno: el placer de arrojarlos en un montón bajo sus pies, pisotearlos y destruirlos en su cruel desesperación.
Había algunas cosas que le habrían inspirado una alegría terrible, un regocijo horrendo. Si Robert Audley, su implacable enemigo, su perseguidor incansable, hubiera yacido muerto en la habitación contigua, ella habría exultado sobre su féretro.
¿Qué placeres podían quedar para Lucrecia Borgia y Catalina de Médici, una vez cruzada la temible línea divisoria entre la inocencia y la culpa, cuando las criaturas perdidas permanecían en el solitario lado exterior? Solo alegrías horribles y vengativas, y deleites traicioneros, quedaban para estas mujeres miserables. Con qué amargura desdeñosa debieron observar las vanidades frívolas, los pequeños engaños y los pecados insignificantes de los transgresores comunes. Quizás sentían un orgullo horrible en la enormidad de su maldad; en esta "Divinidad del Infierno" que las hacía las más grandes entre las criaturas pecadoras.
Mi señora, meditando junto al fuego en su solitaria estancia, con sus grandes y claros ojos azules fijos en los abismos abiertos de un carmesí lívido en los carbones encendidos, puede haber pensado en muchas cosas muy alejadas de la lucha terriblemente silenciosa en la que estaba inmersa. Puede haber pensado en los años lejanos de inocencia infantil, en las tonterías y el egoísmo propios de la infancia, en los pecados femeninos y frívolos que habían pesado muy poco sobre su conciencia. Quizás en ese ensueño retrospectivo recordó aquel tiempo temprano en el que miró por primera vez en el espejo y descubrió que era hermosa; aquel tiempo temprano y fatal en el que comenzó a ver su lozanía como un derecho divino, una posesión ilimitada que debía compensar todas las faltas juveniles, un contrapeso a cada pecado de juventud. ¿Recordaba el día en que aquel don feérico de la belleza le enseñó por primera vez a ser egoísta y cruel, indiferente a las alegrías y penas de los demás, fría de corazón y caprichosa, ávida de admiración, exigente y tiránica con esa pequeña tiranía femenina que es el peor de los despotismos? ¿Rastreó cada pecado de su vida hasta su verdadera fuente? ¿Y descubrió aquella fuente envenenada en su propia estimación exagerada del valor de un rostro bonito? Sin duda, si sus pensamientos vagaron tan lejos a lo largo de la corriente retrospectiva de su vida, debe haberse arrepentido con amargura y desesperación de aquel primer día en que las pasiones dominantes de su vida se convirtieron en sus gobernantes, y los tres demonios de la Vanidad, el Egoísmo y la Ambición se dieron la mano y dijeron: "Esta mujer es nuestra esclava, veamos en qué se convertirá bajo nuestra guía".
¡Qué pequeños parecían aquellos primeros errores juveniles mientras mi señora miraba hacia atrás en ese largo ensueño junto al hogar solitario! ¡Qué pequeñas vanidades, qué crueldades insignificantes! Un triunfo sobre una compañera de escuela; un coqueteo con el amante de una amiga; una afirmación del derecho divino investido en ojos azules y cabellos de un oro brillante. Pero, ¡qué terriblemente se había ensanchado aquel estrecho sendero hasta convertirse en la ancha carretera del pecado, y qué rápidos se habían vuelto los pasos en aquel camino ahora familiar!
Mi señora retorció sus dedos en sus bucles sueltos color ámbar e hizo ademán de arrancárselos de la cabeza. Pero incluso en aquel momento de desesperación muda, el dominio inquebrantable de la belleza se impuso, y soltó el pobre brillo enmarañado de sus rizos, dejándolos formar un halo alrededor de su cabeza en la tenue luz del fuego.
"No era malvada cuando era joven", pensó, mientras observaba sombríamente el fuego, "solo era irreflexiva. Nunca hice daño, al menos no deliberadamente. Me pregunto, ¿alguna vez he sido realmente malvada?", cavilaba. "Mis peores maldades han sido el resultado de impulsos salvajes, no de planes profundamente trazados. No soy como las mujeres de las que he leído, que han permanecido noche tras noche en la oscuridad y el silencio horribles, planeando actos traicioneros y organizando cada circunstancia de un crimen determinado. Me pregunto si ellas sufrían, esas mujeres, si alguna vez sufrieron como..."
Sus pensamientos vagaron hacia un fatigoso laberinto de confusión. De repente, se irguió con un gesto orgulloso y desafiante, y sus ojos brillaron con una luz que no era totalmente reflejada por el fuego.
"Está loco, señor Robert Audley", dijo, "está loco, y sus fantasías son las fantasías de un loco. Sé lo que es la locura. Conozco sus signos y señales, y digo que usted está loco".
Se llevó la mano a la cabeza, como si pensara en algo que la confundía y desconcertaba, y que le resultaba difícil contemplar con calma.
"¿Me atrevo a desafiarlo?", murmuró. "¿Me atrevo? ¿Me atrevo? ¿Se detendrá ahora que ha llegado tan lejos? ¿Se detendrá por miedo a mí? ¿Se detendrá por miedo a mí cuando el pensamiento de lo que debe sufrir su tío no lo ha detenido? ¿Habrá algo que lo detenga, salvo la muerte?"
Pronunció las últimas palabras en un susurro aterrador; y con la cabeza inclinada hacia adelante, los ojos dilatados y los labios aún entreabiertos como lo habían estado al pronunciar esa palabra final, "muerte", se quedó mirando fijamente el fuego.
"No puedo tramar cosas horribles", murmuró al poco tiempo; "mi cerebro no es lo suficientemente fuerte, o no soy lo suficientemente malvada, o lo suficientemente valiente. Si me encontrara con Robert Audley en esos jardines solitarios, como yo..."
El curso de sus pensamientos fue interrumpido por un golpe cauteloso en la puerta. Se levantó de repente, sobresaltada por cualquier sonido en la quietud de su habitación. Se levantó y se dejó caer en una silla baja junto al fuego. Echó su hermosa cabeza hacia atrás sobre los suaves cojines y tomó un libro de la mesa cercana. Por insignificante que fuera esta acción, hablaba con mucha claridad. Hablaba muy claramente de miedos recurrentes, de necesidades fatales de ocultación, de una mente que, en sus agonías silenciosas, estaba siempre alerta a la importancia de la apariencia externa. Decía más claramente que cualquier otra cosa cuán completa actriz se había vuelto mi señora por la terrible necesidad de su vida.
El modesto golpe en la puerta se repitió.
"Pase", gritó Lady Audley con su tono más vivaz.
La puerta se abrió con esa silenciosa cortesía peculiar de un sirviente bien educado, y una joven, vestida con sencillez y que traía algo de los fríos vientos de marzo en los pliegues de sus ropas, cruzó el umbral del aposento y se detuvo cerca de la puerta, esperando permiso para acercarse a las regiones interiores del retiro de mi señora.
Era Phoebe Marks, la esposa de rostro pálido del posadero de Mount Stanning.
"Le pido perdón, mi señora, por entrar sin permiso", dijo; "pero pensé que podía aventurarme a subir directamente sin esperar autorización".
"Sí, sí, Phoebe, por supuesto. Quítate el gorro, criatura de aspecto tan frío y desdichado, y ven a sentarte aquí".
Lady Audley señaló el otomán bajo sobre el cual ella misma había estado sentada unos minutos antes. La doncella a menudo se había sentado allí escuchando las charlas de su ama en los viejos tiempos, cuando era su principal compañera y confidente.
"Siéntate aquí, Phoebe", repitió Lady Audley; "siéntate aquí y háblame; me alegra mucho que hayas venido esta noche. Estaba horriblemente sola en este lugar lúgubre".
Mi señora se estremeció y miró a su alrededor a la brillante colección de objetos de arte, como si el Sèvres y el bronce, el buhl y el ormolu, fueran los adornos mohosos de algún castillo en ruinas. La lúgubre desdicha de sus pensamientos se había comunicado a cada objeto a su alrededor, y todas las cosas externas tomaban su color de esa fatigosa vida interior que seguía su lento curso de angustia secreta en su pecho. Había dicho la absoluta verdad al decir que se alegraba de la visita de su doncella. Su naturaleza frívola se aferraba a este débil refugio en la hora de su miedo y sufrimiento. Había simpatías entre ella y esta chica, que era como ella, tanto interior como exteriormente; como ella, egoísta, fría y cruel, ávida de su propio progreso y codiciosa de opulencia y elegancia; enfadada con el destino que le había tocado y cansada de la aburrida dependencia. Mi señora odiaba a Alicia por su naturaleza franca, apasionada, generosa y audaz; odiaba a su hijastra y se aferraba a esta chica de rostro y cabello pálidos, a quien no consideraba ni mejor ni peor que ella misma.
Phoebe Marks obedeció las órdenes de su antigua ama y se quitó el gorro antes de sentarse en el otomán a los pies de Lady Audley. Sus bandas lisas de cabello claro no estaban despeinadas por los vientos de marzo; su vestido color arena, hecho con pulcritud, y su cuello de lino estaban tan ordenados como si acabara de terminar su aseo en ese instante.
"Sir Michael está mejor, espero, mi señora", dijo.
"Sí, Phoebe, mucho mejor. Está dormido. Puedes cerrar esa puerta", añadió Lady Audley, con un movimiento de cabeza hacia la puerta de comunicación entre las habitaciones, que había quedado abierta.
La señora Marks obedeció sumisamente y luego regresó a su asiento.
"Soy muy, muy infeliz, Phoebe", dijo mi señora con irritación; "miserablemente desdichada".
"¿Por el... secreto?", preguntó la señora Marks en un susurro.
Mi señora no notó la pregunta. Reanudó su tono de queja. Se alegraba de poder quejarse incluso ante esta doncella. Había reflexionado sobre sus miedos y sufrido en secreto durante tanto tiempo, que era un alivio inexpresable lamentar su suerte en voz alta.
"Soy cruelmente perseguida y hostigada, Phoebe Marks", dijo. "Soy perseguida y atormentada por un hombre al que nunca hice daño, al que nunca he deseado dañar. Este implacable tormento no me deja descansar nunca, y..."
Hizo una pausa, mirando el fuego de nuevo, como había hecho en su soledad. Perdida de nuevo en las oscuras complejidades de pensamientos que vagaban de aquí para allá en un caos terrible de desconcierto aterrorizado, no podía llegar a ninguna conclusión fija.
Phoebe Marks observaba el rostro de mi señora, mirando hacia arriba a su antigua ama con ojos pálidos y ansiosos, que solo relajaban su vigilancia cuando la mirada de Lady Audley se encontraba con la de su compañera.
"Creo que sé a quién se refiere, mi señora", dijo la esposa del posadero tras una pausa; "creo que sé quién es el que es tan cruel con usted".
"Oh, por supuesto", respondió mi señora con amargura; "mis secretos son los secretos de todos. Sabes todo al respecto, sin duda".
"La persona es un caballero, ¿no es así, mi señora?"
"Sí".
"Un caballero que vino a la posada Castle hace dos meses, cuando le avisé..."
"Sí, sí", respondió mi señora con impaciencia.
"Eso pensaba. El mismo caballero está en nuestro establecimiento esta noche, mi señora".
Lady Audley se levantó de su silla, se levantó como si hubiera hecho algo desesperado en su furia desesperada; pero volvió a hundirse con un suspiro fatigado y quejumbroso. ¿Qué guerra podía librar una criatura tan débil contra su destino? ¿Qué podía hacer sino dar vueltas como una liebre perseguida hasta encontrar el camino de regreso al punto de partida de la cruel persecución, para ser allí pisoteada por sus perseguidores?
"¿En la posada Castle?", exclamó. "Podría haberlo sabido. Ha ido allí para arrancar mis secretos a tu marido. ¡Estúpida!", exclamó, volviéndose de repente hacia Phoebe Marks en un arrebato de ira, "¿quieres destruirme al dejar a esos dos hombres juntos?"
La señora Marks juntó sus manos con piedad.
"No vine por voluntad propia, mi señora", dijo; "nadie podría haber estado más reacia a dejar la casa que yo esta noche. Me enviaron aquí".
"¿Quién te envió?"
"Luke, mi señora. No puede imaginar lo duro que puede ser conmigo si le llevo la contraria".
"¿Por qué te envió?"
La esposa del posadero bajó los párpados ante las miradas de ira de Lady Audley y dudó confundida antes de responder a esta pregunta.
"En realidad, mi señora", balbuceó, "no quería venir. Le dije a Luke que era demasiado que molestáramos a usted, primero pidiendo este favor y luego pidiendo aquel, sin dejarla en paz ni un mes seguido; pero... pero... él me venció con su charla ruidosa y fanfarrona, y me obligó a venir".
"Sí, sí", gritó Lady Audley con impaciencia. "Ya lo sé. Quiero saber por qué has venido".
"Bueno, usted sabe, mi señora", respondió Phoebe, a regañadientes, "Luke es muy derrochador; y por más que le digo, no consigo que sea cuidadoso o estable. No es sobrio; y cuando bebe con un grupo de gente ruda, y bebe quizás incluso más que ellos, no es probable que su cabeza esté muy clara para las cuentas. Si no fuera por mí, habríamos estado arruinados antes de esto; y por mucho que me he esforzado, no he podido evitar la ruina. ¿Recuerda haberme dado el dinero para la factura del cervecero, mi señora?"
"Sí, lo recuerdo muy bien", respondió Lady Audley con una risa amarga, "porque yo quería ese dinero para pagar mis propias facturas".
"Sé que sí, mi señora, y fue muy, muy difícil para mí tener que venir a pedírselo, después de todo lo que habíamos recibido de usted antes. Pero eso no es lo peor: cuando Luke me envió aquí para rogar el favor de esa ayuda, nunca me dijo que la renta de Navidad aún se debía; pero se debía, mi señora, y se sigue debiendo, y... y hay un alguacil en la casa esta noche, y nos venderán todo mañana a menos que..."
"A menos que yo pague su renta, supongo", gritó Lucy Audley. "Podría haber adivinado lo que venía".
"De verdad, de verdad, mi señora, no se lo habría pedido", sollozó Phoebe Marks, "pero él me obligó a venir".
"Sí", respondió mi señora con amargura, "te obligó a venir; y te obligará a venir siempre que le plazca, y siempre que quiera dinero para la gratificación de sus bajos vicios; y tú y él son mis pensionistas mientras yo viva, o mientras tenga dinero que dar; porque supongo que cuando mi bolsa esté vacía y mi crédito arruinado, tú y tu marido se volverán contra mí y me venderán al mejor postor. ¿Sabe usted, Phoebe Marks, que mi joyero ha sido vaciado a la mitad para cubrir sus demandas? ¿Sabe que mi dinero de bolsillo, que creía una asignación principesca cuando se hizo mi acuerdo matrimonial, y cuando yo era una pobre institutriz en casa del señor Dawson, ¡ay, Dios me ayude!, mi dinero de bolsillo ha estado sobregirado medio año para satisfacer sus exigencias? ¿Qué puedo hacer para apaciguarlos? ¿Debo vender mi gabinete de María Antonieta, o mi porcelana pompadour, los relojes de ormolu de Leroy y Benson, o mis sillas y otomanas con tapices de Gobelinos? ¿Cómo voy a satisfacerlos la próxima vez?"
"Oh, mi señora, mi señora", gritó Phoebe con piedad, "no sea tan cruel conmigo; usted sabe, sabe que no soy yo quien quiere abusar de usted".
"No sé nada", exclamó Lady Audley, "excepto que soy la más miserable de las mujeres. Déjame pensar", gritó, silenciando los murmullos de consuelo de Phoebe con un gesto imperioso. "Cállate, chica, y déjame pensar en este asunto, si puedo".
Se llevó las manos a la frente, cruzando sus dedos delgados sobre la frente, como si hubiera querido controlar la acción de su cerebro con su presión convulsiva.
"Robert Audley está con tu marido", dijo lentamente, hablando para sí misma más que para su compañera. "Estos dos hombres están juntos, y hay alguaciles en la casa, y tu marido brutal está sin duda brutalmente borracho a estas horas, y brutalmente obstinado y feroz en su embriaguez. Si me niego a pagar este dinero, su ferocidad se multiplicará por cien. Hay poco que discutir en ese asunto. El dinero debe ser pagado".
"Pero si lo paga", dijo Phoebe con entusiasmo, "espero que le haga entender a Luke que es el último dinero que le dará mientras permanezca en esa casa".
"¿Por qué?", preguntó Lady Audley, dejando caer sus manos en el regazo y mirando inquisitivamente a la señora Marks.
"Porque quiero que Luke deje el Castle".
"¿Pero por qué quieres que se vaya?"
"Oh, por muchísimas razones, mi señora", respondió Phoebe. "No es apto para ser el posadero de un establecimiento público. No lo sabía cuando me casé con él, o me habría opuesto al negocio e intentado convencerlo de dedicarse a la agricultura. No es que suponga que él habría renunciado a su propio capricho tampoco; porque es lo suficientemente obstinado, como usted sabe, mi señora. No es apto para su negocio actual. Casi nunca está sobrio después del anochecer; y cuando está borracho se vuelve casi salvaje y no parece saber lo que hace. Ya hemos tenido dos o tres estrechas escapadas con él".
"¿Estrechas escapadas?", repitió Lady Audley. "¿Qué quieres decir?"
"Bueno, hemos corrido el riesgo de quemarnos en nuestras camas por su descuido".
«¡Quemados en sus camas por su descuido! Vaya, ¿y cómo fue eso?», preguntó mi señora, con bastante desgana. Era demasiado egoísta y estaba demasiado absorta en sus propios problemas para interesarse mucho por cualquier peligro que hubiera podido correr su antigua doncella.
«Ya sabe lo extraño y viejo que es el lugar, el Castle, mi señora; todo carpintería que se desmorona, vigas podridas y cosas así. La compañía de seguros de Chelmsford no quiere asegurarlo; dicen que, si el lugar llegara a incendiarse en una noche de viento, ardería como yesca y nada en el mundo podría salvarlo. Bien, Luke sabe esto; y el propietario le ha advertido de ello muchas veces, pues vive muy cerca de nosotros y vigila bastante de cerca todas las andanzas de mi marido; pero cuando Luke está borracho no sabe lo que hace, y hace solo una semana dejó una vela encendida en uno de los cobertizos, y la llama alcanzó una de las vigas del techo inclinado, y si no hubiera sido porque yo lo descubrí al dar la última ronda por la casa, quizás nos habríamos quemado todos vivos. Y esa es la tercera vez que ocurre algo similar en los seis meses que llevamos en el lugar, y no puede extrañarle que esté asustada, ¿verdad, mi señora?»
Mi señora no se había extrañado, ni siquiera había pensado en el asunto. Apenas había escuchado estos detalles triviales; ¿por qué habría de importarle los peligros y problemas de esta criada de origen humilde? ¿Acaso no tenía ella sus propios terrores, sus propias perplejidades absorbentes para usurpar cada pensamiento del que su cerebro era capaz?
No hizo ningún comentario sobre lo que la pobre Phoebe acababa de contarle; apenas comprendió lo que se había dicho, hasta algunos momentos después de que la muchacha terminara de hablar, cuando las palabras adquirieron todo su significado, como sucede con algunas palabras después de haber sido escuchadas sin prestarles atención.
«Quemados en sus camas», dijo la joven, por fin. «Habría sido algo bueno para mí si esa criatura tan preciosa, su marido, se hubiera quemado en su cama antes de esta noche».
Una imagen vívida había destellado en su mente mientras hablaba. La imagen de aquella frágil construcción de madera, el Castle Inn, reducida a un caos sin techo de listones y yeso, vomitando llamas por su boca negra y escupiendo chispas ardientes hacia el frío cielo nocturno.
Soltó un suspiro de cansancio mientras alejaba esta imagen de su mente inquieta. No estaría mejor aunque este enemigo fuera silenciado para siempre. Tenía otro enemigo mucho más peligroso; un enemigo al que no se podía sobornar ni comprar, aunque fuera tan rica como una emperatriz.
«Te daré el dinero para enviar lejos a ese alguacil», dijo mi señora, tras una pausa. «Debo darte la última soberana de mi monedero, ¿pero qué importa eso? Sabes tan bien como yo que no me atrevo a negármelo».
Lady Audley se levantó y tomó la lámpara encendida de su escritorio. «El dinero está en mi vestidor», dijo; «iré a buscarlo».
«Oh, mi señora», exclamó Phoebe, de repente, «olvidé algo; estaba tan alterada por este asunto que lo olvidé por completo».
«¿Olvidaste qué?»
«Una carta que me dieron para traerle, mi señora, justo antes de salir de casa».
«¿Qué carta?»
«Una carta del señor Audley. Él oyó a mi marido mencionar que yo vendría aquí y me pidió que llevara esta carta».
Lady Audley dejó la lámpara sobre la mesa más cercana y extendió la mano para recibir la carta. Phoebe Marks difícilmente pudo dejar de observar que la pequeña mano enjoyada temblaba como una hoja.
«Dámela, dámela», gritó; «déjame ver qué más tiene que decir».
Lady Audley casi le arrebató la carta de la mano a Phoebe en su impaciencia salvaje. Rasgó el sobre y lo tiró; apenas pudo desplegar la hoja de papel de notas en su ansiosa agitación.
La carta era muy breve. Solo contenía estas palabras:
«Si la señora de George Talboys realmente hubiera sobrevivido a la fecha de su supuesta muerte, tal como consta en las publicaciones públicas y en la lápida del cementerio de Ventnor, y si ella existiera en la persona de la dama sospechada y acusada por el autor de esta, no puede haber gran dificultad en encontrar a alguien capaz y dispuesto a identificarla. La señora Barkamb, propietaria de North Cottages, en Wildernsea, sin duda consentiría en arrojar algo de luz sobre este asunto; ya sea para disipar una ilusión o para confirmar una sospecha.
«ROBERT AUDLEY.
«3 de marzo de 1859.
«The Castle Inn, Mount Stanning».
CAPÍTULO XXXII.
LA LUZ ROJA EN EL CIELO.
Mi señora estrujó la carta ferozmente en su mano y la arrojó a las llamas.
«Si él estuviera ante mí ahora, y pudiera matarlo», murmuró con un extraño susurro interior, «lo haría, ¡lo haría!». Arrebató la lámpara y se precipitó en la habitación contigua. Cerró la puerta tras de sí. No podía soportar ningún testigo de su horrible desesperación; no podía soportar nada, ni a sí misma ni a lo que la rodeaba.
La puerta entre el vestidor de mi señora y el dormitorio en el que yacía Sir Michael había quedado abierta. El baronet dormía plácidamente, su noble rostro claramente visible bajo la tenue luz de la lámpara. Su respiración era baja y regular, sus labios curvados en una media sonrisa; una sonrisa de tierna felicidad que a menudo lucía cuando miraba a su hermosa esposa, la sonrisa de un padre sumamente indulgente que mira con admiración a su hija favorita.
Un toque de sentimiento femenino, algún sentimiento de compasión, suavizó la mirada de Lady Audley al posarse sobre aquella figura noble y en reposo. Por un momento, el horrible egoísmo de su propia miseria cedió ante su tierna piedad por otro. Quizás no era más que una ternura semi-egoísta después de todo, en la que la piedad por sí misma era tan poderosa como la piedad por su marido; pero, por una vez, sus pensamientos salieron del estrecho cauce de sus propios terrores y problemas para detenerse con dolor profético en las aflicciones venideras de otro.
«Si le hacen creer, qué desgraciado será», pensó. Pero mezclado con ese pensamiento había otro; estaba el pensamiento de su rostro encantador, sus modales cautivadores, su sonrisa pícara, su risa baja y musical, que era como un repique de campanas plateadas sonando a través de una amplia extensión de prados llanos y un río ondulante en la brumosa tarde de verano. Pensó en todas estas cosas con un fugaz escalofrío de triunfo, que era aún más fuerte que su terror.
Si Sir Michael Audley viviera hasta los cien años, cualquier cosa que llegara a creer de ella, por mucho que llegara a despreciarla, ¿podría alguna vez disociarla de estos atributos? No; mil veces no. Hasta la última hora de su vida, su memoria se la presentaría investida de la hermosura que primero había ganado su entusiasta admiración y su devoto afecto. Sus peores enemigos no podían robarle ese don de hadas que había sido tan fatal en su influencia sobre su mente frívola.
Caminó de un lado a otro del vestidor bajo la luz plateada de la lámpara, reflexionando sobre la extraña carta que había recibido de Robert Audley. Caminó de ida y vuelta en ese vagar monótono durante algún tiempo antes de ser capaz de estabilizar sus pensamientos; antes de ser capaz de dirigir las fuerzas dispersas de su limitado intelecto hacia el único tema importante: la amenaza contenida en la carta del abogado.
«Él lo hará», dijo, entre los dientes apretados, «él lo hará, a menos que primero lo meta en un manicomio; o a menos que...»
No terminó el pensamiento con palabras. Ni siquiera terminó de pensar la frase; pero algún impulso nuevo y antinatural en su corazón parecía golpear cada sílaba contra su pecho.
El pensamiento era este: «Él lo hará, a menos que alguna extraña calamidad le sobrevenga y lo silencie para siempre». La sangre roja brotó en el rostro de mi señora con un resplandor tan repentino y fugaz como la llama parpadeante de un fuego, y se extinguió tan repentinamente, dejándola más pálida que la nieve del invierno. Sus manos, que antes habían estado entrelazadas convulsivamente, se separaron y cayeron pesadamente a sus costados. Se detuvo en su rápido caminar de un lado a otro; se detuvo como pudo haberse detenido la mujer de Lot, tras esa fatídica mirada hacia la ciudad en ruinas; con cada pulso ralentizándose, con cada gota de sangre congelándose en sus venas, en el terrible proceso que iba a transformarla de mujer en estatua.
Lady Audley permaneció inmóvil durante unos cinco minutos en esa actitud extrañamente escultórica, con la cabeza erguida, los ojos mirando fijamente hacia adelante; mirando mucho más allá del estrecho límite de la pared de su habitación, hacia oscuras distancias de peligro y horror.
Pero, poco después, se sobresaltó de esa rigidez casi tan abruptamente como había caído en ella. Se despertó de ese semi-letargo. Caminó rápidamente hacia su tocador y, sentándose frente a él, apartó el desorden de frascos de tapón dorado y delicadas cajas de esencia de porcelana, y miró su reflejo en el gran espejo ovalado. Estaba muy pálida; pero no había otro rastro de agitación visible en su rostro aniñado. Las líneas de sus labios, exquisitamente moldeados, eran tan hermosas que solo un observador muy atento podría haber percibido cierta rigidez inusual en ellos. Ella misma lo vio e intentó sonreír para alejar esa inmovilidad de estatua; pero esta noche los labios rosados se negaron a obedecerla; estaban firmemente cerrados y ya no eran esclavos de su voluntad y placer. Todas las fuerzas latentes de su carácter se concentraron en este único rasgo. Podía controlar sus ojos, pero no podía dominar los músculos de su boca. Se levantó de su tocador, tomó una capa de terciopelo oscuro y un sombrero de los recovecos de su armario, y se vistió para salir. El pequeño reloj de ormolu sobre la repisa de la chimenea dio las once y cuarto mientras Lady Audley estaba ocupada de esta manera; cinco minutos después, volvió a entrar en la habitación en la que había dejado a Phoebe Marks.
La mujer del posadero estaba sentada ante la chimenea baja en una actitud muy similar a aquella en la que su antigua señora había meditado sobre aquel hogar solitario al principio de la tarde. Phoebe había avivado el fuego y se había vuelto a poner su sombrero y su chal. Estaba ansiosa por volver a casa con aquel marido brutal, que era demasiado propenso a meterse en problemas en su ausencia. Levantó la vista cuando Lady Audley entró en la habitación y soltó una exclamación de sorpresa al ver a su antigua señora vestida para salir.
«Mi señora», gritó, «¿no saldrá esta noche?»
«Sí, Phoebe», respondió Lady Audley, muy tranquila. «Voy a Mount Stanning contigo para ver a este alguacil, y para pagarle y despedirlo yo misma».
«Pero, mi señora, olvida qué hora es; no puede salir a estas horas».
Lady Audley no respondió. Se quedó de pie con el dedo apoyado ligeramente sobre el pomo de la campana, meditando en silencio.
«Los establos siempre están cerrados con llave y los hombres en la cama a las diez», murmuró, «cuando estamos en casa. Será un alboroto terrible preparar un carruaje; pero aun así, supongo que uno de los sirvientes podría arreglar el asunto discretamente para mí».
«¿Pero por qué tiene que ir esta noche, mi señora?», gritó Phoebe Marks. «Mañana servirá perfectamente. Dentro de una semana también servirá. Nuestro propietario se llevaría al hombre si tuviera su promesa de saldar la deuda».
Lady Audley no prestó atención a esta interrupción. Fue apresuradamente al vestidor, se quitó el sombrero y la capa, y luego regresó al salón, con su sencillo vestido de cena, con los rizos peinados descuidadamente lejos de su rostro.
«Ahora, Phoebe Marks, escúchame», dijo, agarrando la muñeca de su confidente y hablando con voz baja y seria, pero con cierto aire imperioso que desafiaba la contradicción y exigía obediencia. «Escúchame, Phoebe», repitió. «Voy al Castle Inn esta noche; si es temprano o tarde es de poca importancia para mí; me he propuesto ir y lo haré. Me has preguntado por qué y te lo he dicho. Voy para poder pagar esta deuda yo misma; y para comprobar por mí misma que el dinero que doy se aplica al fin para el que lo doy. No hay nada fuera de lo común en mi actuar así. Voy a hacer lo que otras mujeres en mi posición hacen muy a menudo. Voy a ayudar a una sirviente favorita».
«Pero se acerca la medianoche, mi señora», suplicó Phoebe.
Lady Audley frunció el ceño con impaciencia ante esta interrupción.
«Si llegara a saberse que fui a tu casa a pagar a este hombre», continuó, manteniendo aún su sujeción en la muñeca de Phoebe, «estoy dispuesta a responder por mi conducta; pero preferiría que el asunto se mantuviera en silencio. Creo que puedo salir de esta casa sin ser vista por criatura viviente alguna, si haces lo que te digo».
«Haré lo que usted desee, mi señora», respondió Phoebe, sumisa.
«Entonces me desearás buenas noches dentro de poco, cuando mi doncella entre en la habitación, y permitirás que ella te acompañe a la salida. Cruzarás el patio y me esperarás en la avenida al otro lado del arco. Puede que pase media hora antes de que pueda reunirme contigo, pues no debo abandonar mi habitación hasta que todos los criados se hayan ido a dormir, pero puedes esperarme pacientemente, pues ocurra lo que ocurra me reuniré contigo».
El rostro de Lady Audley ya no estaba pálido. Un brillo antinatural resplandecía en sus grandes ojos azules. Hablaba con una rapidez antinatural. Tenía por completo la apariencia y el modo de una persona que se ha rendido a la influencia dominante de algún entusiasmo abrumador. Phoebe Marks miró a su antigua señora en un asombro mudo. Empezó a temer que mi señora se estuviera volviendo loca.
La campana que tocó Lady Audley fue respondida por la elegante doncella que usaba cintas de color rosa, vestidos de seda negra y otros adornos que eran desconocidos para la gente humilde que se sentaba por debajo de la sal en los buenos viejos tiempos en que los sirvientes vestían lana basta.
«No sabía que era tan tarde, Martin», dijo mi señora, en ese tono amable que siempre le ganaba el servicio voluntario de sus inferiores. «He estado hablando con la señora Marks y he dejado pasar el tiempo. No necesitaré nada esta noche, así que puedes irte a dormir cuando quieras».
«Gracias, mi señora», respondió la chica, que parecía muy soñolienta y tuvo alguna dificultad para reprimir un bostezo incluso ante la presencia de su ama, pues la servidumbre de los Audley solía seguir horarios muy tempranos. «Será mejor que acompañe a la señora Marks a la salida, ¿verdad, mi señora?», preguntó la doncella, «¿antes de irme a dormir?»
«Oh, sí, ciertamente; puedes dejar salir a Phoebe. Supongo que todos los demás sirvientes se han ido a dormir, ¿entonces?»
«Sí, mi señora».
Lady Audley rió mientras miraba el reloj.
«Hemos estado terriblemente disipadas aquí arriba, Phoebe», dijo. «Buenas noches. Puedes decirle a tu marido que su alquiler será pagado».
«Muchas gracias, mi señora, y buenas noches», murmuró Phoebe mientras salía de la habitación, seguida por la doncella.
Lady Audley escuchó en la puerta, esperando hasta que los sonidos amortiguados de sus pasos se desvanecieron en la cámara octogonal y en la escalera alfombrada.
«Martin duerme en la parte superior de la casa», dijo, «a media milla de esta habitación. En diez minutos puedo escapar con seguridad».
Regresó a su vestidor y se puso la capa y el sombrero por segunda vez. El color antinatural aún ardía como una llama en sus mejillas; la luz antinatural aún brillaba en sus ojos. La excitación bajo la que se encontraba la mantenía bajo un hechizo tan fuerte que ni su mente ni su cuerpo parecían tener conciencia de fatiga. Por muy prolijo que sea en mi descripción de sus sentimientos, nunca podré describir ni una décima parte de sus pensamientos o sus sufrimientos. Sufrió agonías que llenarían volúmenes densamente impresos, voluminosos con mil páginas, en esa única noche horrible. Atravesó volúmenes de angustia, duda y perplejidad; a veces repitiendo los mismos capítulos de sus tormentos una y otra vez; a veces apresurándose a través de mil páginas de su miseria sin una pausa, sin un solo momento de respiro. Permaneció junto a la chimenea baja en su salón, mirando el minutero del reloj y esperando a que llegara el momento de abandonar la casa con seguridad.
«Esperaré diez minutos», dijo, «ni un momento más, antes de entrar en mi nuevo peligro».
Escuchó el rugido salvaje del viento de marzo, que parecía haberse levantado con la quietud y la oscuridad de la noche.
La manecilla avanzó lentamente hacia las cifras que indicaban que los diez minutos habían pasado. Eran exactamente las doce menos cuarto cuando mi señora tomó su lámpara y se alejó suavemente de la habitación. Su paso era tan ligero como el de algún animal salvaje y elegante, y no había temor de que aquel paso aéreo despertara eco alguno en los pasillos y escaleras de piedra alfombrados. No hizo pausa hasta llegar al vestíbulo de la planta baja. Varias puertas se abrían al vestíbulo, que era octogonal, como la antecámara de mi señora. Una de estas puertas conducía a la biblioteca, y fue esta puerta la que Lady Audley abrió suave y cautelosamente.
Haber intentado salir de la casa secretamente por cualquiera de las salidas principales habría sido simple locura, pues la ama de llaves supervisaba personalmente el bloqueo de las grandes puertas, delantera y trasera. Los secretos de los cerrojos, barras, cadenas y campanas que aseguraban estas puertas, y proveían la seguridad de la habitación de plata de Sir Michael Audley, cuya puerta estaba forrada con chapa de hierro, eran conocidos solo por los sirvientes encargados de ellos. Pero, aunque todas estas precauciones se tomaban con las entradas principales de la ciudadela, una contraventana de madera y una delgada barra de hierro, lo suficientemente ligera como para ser levantada por un niño, se consideraban suficiente salvaguarda para la puerta medio acristalada que se abría desde la sala de desayunos hacia el sendero de grava y el césped liso en el patio.
Fue por esta salida por donde Lady Audley pretendía escapar. Podía fácilmente quitar la barra y desabrochar la contraventana, y podía aventurarse con seguridad a dejar la ventana entreabierta mientras estaba ausente. Había poco temor de que Sir Michael se despertara durante algún tiempo, pues era un sueño profundo en la primera parte de la noche y había dormido más profundamente de lo habitual desde su enfermedad.
Lady Audley cruzó la biblioteca y abrió la puerta de la sala de desayunos, que comunicaba con ella. Esta última estancia era una de las últimas adiciones a la Court. Era una cámara sencilla y alegre, con paredes de papel pintado brillante y bonitos muebles de arce, y era ocupada más por Alicia que por cualquier otra persona. Los accesorios de las aficiones favoritas de aquella joven estaban esparcidos por la habitación: materiales de dibujo, restos de trabajos inacabados, madejas de seda enredadas y todas las demás muestras de la presencia de una damisela descuidada; mientras que el retrato de la señorita Audley, un bonito boceto a pastel de una muchacha de rostro sonrosado con hábito de montar y sombrero, colgaba sobre los adornos de Wedgewood en la repisa de la chimenea. Mi señora contempló estos objetos familiares con un odio desdeñoso ardiendo en sus ojos azules.
«Qué contenta estará si me sucede alguna desgracia», pensó; «¡cómo se regocijará si me expulsan de esta casa!»
Lady Audley puso la lámpara sobre una mesa cerca de la chimenea y fue a la ventana. Quitó la barra de hierro y la contraventana de madera ligera, y luego abrió la puerta de cristal. La noche de marzo era negra y sin luna, y una ráfaga de viento sopló hacia ella al abrir esta puerta, llenando la habitación con su aliento gélido y extinguiendo la lámpara sobre la mesa.
«No importa», murmuró mi señora, «no podría haberla dejado encendida. Sabré cómo encontrar mi camino a través de la casa cuando vuelva. He dejado todas las puertas entreabiertas».
Salió rápidamente hacia la grava lisa y cerró la puerta de cristal tras de sí. Temía que aquel viento traicionero cerrara de golpe la puerta que daba a la biblioteca y la delatara así.
Se encontraba ahora en el patio, con ese viento gélido azotándola y haciendo girar sus prendas de seda a su alrededor con un ruido estridente y crujiente, como el silbido de una brisa fuerte contra las velas de un yate. Cruzó el patio y miró atrás; miró atrás un momento hacia la luz de la chimenea que resplandecía entre las cortinas de tonos rosados en su tocador, y el tenue fulgor de la lámpara a través de las ventanas con parteluz en la habitación donde Sir Michael Audley yacía dormido.
«Siento como si estuviera huyendo», pensó; «siento como si estuviera huyendo a escondidas en lo más profundo de la noche, para perderme y ser olvidada. Quizá sería más sensato por mi parte huir, aceptar la advertencia de este hombre y escapar de su poder para siempre. Si huyera y desapareciera como... como desapareció George Talboys. Pero ¿adónde podría ir? ¿Qué sería de mí? No tengo dinero; mis joyas no valen un par de cientos de libras, ahora que me he deshecho de la mayor parte de ellas. ¿Qué podría hacer? Tendría que volver a la vieja vida, a la vieja, dura, cruel y miserable vida; la vida de pobreza, y humillación, y vejación, y descontento. Tendría que volver y consumirme en esa larga lucha, y morir... ¡como murió mi madre, quizá!».
Mi señora permaneció inmóvil un momento sobre el césped liso entre el patio y el arco, con la cabeza gacha sobre el pecho y las manos entrelazadas, debatiendo esta cuestión en la antinatural actividad de su mente. Su actitud reflejaba el estado de esa mente; expresaba indecisión y perplejidad. Pero, de repente, un cambio repentino se produjo en ella; levantó la cabeza, la levantó con un gesto de desafío y determinación.
«¡No! Sr. Robert Audley», dijo en voz alta, con una voz baja y clara; «no volveré, no volveré. Si la lucha entre nosotros ha de ser un duelo a muerte, no hará que se me caiga el arma».
Caminó con paso firme y rápido bajo el arco. Al pasar bajo aquel macizo arco, parecía como si desapareciera en algún abismo negro que hubiera estado esperando abierto para recibirla. El estúpido reloj dio las doce, y todo el arco pareció vibrar bajo sus pesadas campanadas, mientras Lady Audley emergía por el otro lado y se reunía con Phoebe Marks, quien había esperado a su antigua ama muy cerca de la puerta de la Corte.
«Ahora, Phoebe», dijo, «hay tres millas desde aquí hasta Mount Stanning, ¿no es así?».
«Sí, mi señora».
«Entonces podemos recorrer esa distancia en una hora y media».
Lady Audley no se había detenido para decir esto; caminaba rápidamente por la avenida con su humilde compañera a su lado. Frágil y delicada como era en apariencia, era muy buena caminante. Había tenido la costumbre de dar largos paseos por el campo con los hijos del Sr. Dawson en sus viejos tiempos de dependencia, y una distancia de tres millas no le suponía casi nada.
«Tu hermoso marido te esperará despierto, supongo, ¿verdad, Phoebe?», dijo, mientras atravesaban un campo abierto que se utilizaba como atajo desde Audley Court hasta la carretera principal.
«Oh, sí, mi señora; seguro que se queda despierto. Estará bebiendo con el hombre, me temo».
«¡El hombre! ¿Qué hombre?».
«El hombre que está en posesión, mi señora».
«Ah, es cierto», dijo Lady Audley, con indiferencia.
Era extraño que los problemas domésticos de Phoebe parecieran estar tan lejos de sus pensamientos en el momento en que daba un paso tan extraordinario para arreglar las cosas en el Castle Inn.
Las dos mujeres cruzaron el campo y se desviaron hacia la carretera principal. El camino hacia Mount Stanning era todo cuesta arriba, y la larga carretera parecía negra y lúgubre en la oscura noche; pero mi señora siguió caminando con un valor desesperado, que no era un componente común en su naturaleza egoísta y sensual, sino una extraña facultad nacida de su gran desesperación. No volvió a hablar con su compañera hasta que estuvieron cerca de las luces mortecinas en la cima de la colina. Una de estas luces del pueblo, brillando intensamente a través de una cortina carmesí, marcaba la ventana particular detrás de la cual era probable que Luke Marks estuviera sentado, cabeceando somnoliento sobre su licor, y esperando la llegada de su esposa.
«No se ha ido a la cama, Phoebe», dijo mi señora, ansiosa. «Pero no hay ninguna otra luz encendida en la posada. Supongo que el Sr. Audley está en la cama durmiendo».
«Sí, mi señora, supongo que sí».
«¿Estás segura de que iba a quedarse en el Castle esta noche?».
«Oh, sí, mi señora. Ayudé a la chica a preparar su habitación antes de venirme».
El viento, alborotado en todas partes, era aún más estridente y despiadado en los alrededores de aquella desolada cima de la colina sobre la que el Castle Inn levantaba sus desvencijadas paredes. Las crueles ráfagas bramaban salvajemente alrededor de aquella frágil construcción. Se divertían con el palomar destrozado, la veleta rota, las tejas sueltas y las chimeneas deformes; golpeaban los cristales de las ventanas y silbaban en las rendijas; se burlaban del débil edificio desde los cimientos hasta el techo, y lo aporreaban, lo golpeaban y lo atormentaban en sus feroces juegos, hasta que temblaba y se mecía con la fuerza de su rudo jugueteo.
El Sr. Luke Marks no se había molestado en asegurar la puerta de su vivienda antes de sentarse a beber con el hombre que mantenía la posesión provisional de sus bienes y enseres. El posadero del Castle Inn era un bruto perezoso y sensual que no tenía otro pensamiento más elevado que una preocupación egoísta por sus propios placeres y un odio virulento hacia cualquiera que se interpusiera en su gratificación.
Phoebe abrió la puerta con la mano y entró en la casa, seguida por mi señora. El gas brillaba con fuerza en la barra, ahumando el techo bajo enyesado. La puerta de la sala de la taberna estaba entreabierta, y Lady Audley escuchó la brutal carcajada del Sr. Marks mientras cruzaba el umbral de la posada.
«Le diré que usted está aquí, mi señora», susurró Phoebe a su antigua ama. «Sé que estará borracho. Usted... no se sentirá ofendida, mi señora, si dice algo grosero, ¿verdad? Sabe que no fue mi deseo que usted viniera».
«Sí, sí», respondió Lady Audley, con impaciencia, «lo sé. ¡Qué me importa a mí su grosería! Que diga lo que quiera».
Phoebe Marks empujó la puerta de la sala, dejando a mi señora en la barra, justo detrás de ella.
Luke estaba sentado con sus piernas torpes estiradas sobre el hogar. Sostenía un vaso de ginebra con agua en una mano y el atizador en la otra. Acababa de meter el atizador en un montón de carbones negros y los estaba dispersando para avivar la llama, cuando su esposa apareció en el umbral de la habitación.
Él arrebató el atizador de entre los barrotes e hizo un gesto medio borracho, medio amenazante con él al verla.
«Así que has condescendido a volver a casa por fin, señora», dijo; «pensé que ya no volverías más».
Hablaba con una voz pastosa y embriagada, y no era precisamente muy inteligible. Estaba sumergido hasta los labios en alcohol. Sus ojos estaban turbios y llorosos; sus manos no estaban firmes; su voz estaba ahogada y amortiguada por la bebida. Un bruto, incluso cuando estaba más sobrio; un bruto, incluso cuando se comportaba de la mejor manera, era diez veces más brutal en su borrachera, cuando las pocas restricciones que mantenían a raya su ignorante brutalidad cotidiana eran arrojadas a un lado en la indolente imprudencia de la intoxicación.
«He... he estado más tiempo del que pretendía, Luke», respondió Phoebe, de la manera más conciliadora posible; «pero he visto a mi señora, y ha sido muy amable, y... y ella arreglará este asunto para nosotros».
«Ha sido muy amable, ¿eh?», murmuró el Sr. Marks, con una risa de borracho; «dale las gracias por nada. Conozco el valor de su amabilidad. Sería extraordinariamente amable, me atrevo a decir, si no estuviera obligada a serlo».
El hombre en posesión, que había caído en un estado de embriaguez sensiblera y semiconsciente tras haber consumido alrededor de un tercio del licor que el Sr. Marks había ingerido, solo miraba con débil asombro a su anfitrión y a su anfitriona. Estaba sentado cerca de la mesa. De hecho, se había enganchado a ella con los codos, como salvaguarda para no deslizarse por debajo, e intentaba imbécilmente encender su pipa con la llama de una vela de sebo que goteaba cerca de él.
«Mi señora ha prometido arreglar el asunto para nosotros, Luke», repitió Phoebe, sin prestar atención a los comentarios de Luke. Conocía lo suficiente la naturaleza obstinada de su marido como para saber que era peor que inútil tratar de impedir que hiciera o dijera cualquier cosa que su propia voluntad terca le llevara a hacer o decir. «Mi señora lo arreglará», dijo, «y ha venido hasta aquí para encargarse de ello esta noche», añadió.
El atizador se cayó de la mano del posadero y fue a dar con un estrépito entre las cenizas del hogar.
«¡Mi señora Audley vino aquí esta noche!», dijo.
«Sí, Luke».
Mi señora apareció en el umbral de la puerta mientras Phoebe hablaba.
«Sí, Luke Marks», dijo, «he venido a pagar a este hombre y a enviarlo a ocuparse de sus asuntos».
Lady Audley dijo estas palabras de una manera extraña, casi mecánica; como si hubiera aprendido la frase de memoria y la estuviera repitiendo sin saber lo que decía.
El Sr. Marks soltó un gruñido de descontento y dejó su vaso vacío sobre la mesa con un gesto impaciente.
«Podrías haberle dado el dinero a Phoebe», dijo, «en lugar de haberlo traído tú misma. No queremos damas elegantes aquí, fisgoneando y metiendo sus preciosas narices en todo».
«¡Luke, Luke!», reprendió Phoebe, «¡cuando mi señora ha sido tan amable!».
«¡Oh, al diablo con su amabilidad!», gritó el Sr. Marks; «no es su amabilidad lo que queremos, muchacha, es su dinero. No conseguirá ninguna gratitud llorosa por mi parte. Todo lo que hace por nosotros lo hace porque está obligada; y si no estuviera obligada, no lo haría...».
Dios sabe cuánto más habría dicho Luke Marks si mi señora no se hubiera vuelto hacia él de repente y lo hubiera silenciado con el brillo sobrenatural de su belleza. Su cabello había sido arrastrado por el viento fuera de su rostro y, al ser de una calidad ligera y plumosa, se había extendido en una masa enredada que rodeaba su frente como una llama amarilla. Había otra llama en sus ojos: una luz verdosa, como la que podría destellar de los orbes de tono cambiante de una sirena enfurecida.
«Basta», gritó. «No he venido aquí en mitad de la noche para escuchar tu insolencia. ¿Cuánto es esta deuda?».
«Nueve libras».
Lady Audley sacó su monedero —un juguete de marfil, plata y turquesa— y tomó de él un billete y cuatro soberanos. Los puso sobre la mesa.
«Que ese hombre me dé un recibo por el dinero», dijo, «antes de que me vaya».
Pasó algún tiempo antes de que el hombre pudiera ser despertado a la conciencia suficiente para la realización de este simple deber, y solo sumergiendo una pluma en la tinta y empujándola entre sus dedos torpes, se le hizo comprender finalmente que su autógrafo era requerido al pie del recibo que había redactado Phoebe Marks. Lady Audley tomó el documento tan pronto como la tinta se secó y se volvió para salir de la sala. Phoebe la siguió.
«No debe irse a casa sola, mi señora», dijo. «¿Me dejará ir con usted?».
«Sí, sí; vendrás a casa conmigo».
Las dos mujeres estaban de pie cerca de la puerta de la posada mientras mi señora decía esto. Phoebe miraba con asombro a su patrona. Había esperado que Lady Audley tuviera prisa por regresar a casa después de arreglar este asunto que ella misma había tomado caprichosamente sobre sus hombros; pero no fue así; mi señora permanecía apoyada contra la puerta de la posada mirando al vacío, y de nuevo la Sra. Marks empezó a temer que la desgracia hubiera vuelto loca a su antigua ama.
Un pequeño reloj holandés en la barra dio las dos mientras Lady Audley permanecía en esta actitud irresoluta y ausente. Se sobresaltó con el sonido y empezó a temblar violentamente.
«Creo que voy a desmayarme, Phoebe», dijo; «¿dónde puedo conseguir un poco de agua fría?».
«La bomba está en el lavadero, mi señora; correré a buscarle un vaso de agua fría».
«No, no, no», gritó mi señora, agarrando el brazo de Phoebe cuando estaba a punto de salir corriendo con este recado; «yo misma lo conseguiré. Debo sumergir la cabeza en un cuenco de agua si quiero evitar desmayarme. ¿En qué habitación duerme el Sr. Audley?».
Había algo tan irrelevante en esta pregunta que Phoebe Marks miró horrorizada a su ama antes de responderla.
«Fue en la número tres la que preparé, mi señora... la habitación del frente... la habitación de al lado de la nuestra», respondió, tras aquella pausa de asombro.
«Dame una vela», dijo mi señora. «Iré a tu habitación y conseguiré un poco de agua para mi cabeza; ¡quédate donde estás y asegúrate de que ese bruto de marido tuyo no me siga!».
Arrebató la vela que Phoebe había encendido de la mano de la muchacha y corrió por la desvencijada escalera de caracol que conducía al estrecho pasillo del piso superior. Cinco habitaciones se abrían desde este pasillo de techo bajo y olor cerrado; los números de estas habitaciones estaban indicados por figuras negras y achaparradas pintadas en los paneles de las puertas. Lady Audley había conducido hasta Mount Stanning para inspeccionar la casa cuando compró el negocio para el novio de su sirvienta, y conocía el camino por el destartalado lugar; sabía dónde encontrar el dormitorio de Phoebe, pero se detuvo ante la puerta de esa otra cámara que había sido preparada para el Sr. Robert Audley.
Se detuvo y miró el número en la puerta. La llave estaba en la cerradura, y su mano cayó sobre ella como inconscientemente. Pero, de repente, empezó a temblar de nuevo, como había temblado unos minutos antes con las campanadas del reloj. Permaneció unos instantes temblando así, con la mano todavía sobre la llave; entonces una expresión horrible cruzó su rostro y giró la llave en la cerradura. La giró dos veces, cerrando la puerta con doble llave.
No hubo sonido desde el interior; el ocupante de la cámara no hizo ninguna señal de haber escuchado ese siniestro chirrido de la llave oxidada en la cerradura oxidada.
Lady Audley se apresuró a entrar en la habitación de al lado. Dejó la vela sobre el tocador, se quitó el sombrero y se lo colgó holgadamente en el brazo; luego fue al lavabo y llenó el cuenco con agua. Sumergió su cabello dorado en esta agua y luego permaneció unos instantes en el centro de la habitación mirando a su alrededor, con un rostro blanco y serio, y una mirada ansiosa que parecía abarcar cada objeto en la habitación pobremente amueblada. El dormitorio de Phoebe estaba ciertamente muy mal amueblado; se había visto obligada a seleccionar todas las cosas más decentes para esas mejores habitaciones que estaban reservadas para cualquier viajero ocasional que pudiera detenerse para pasar una noche en el Castle Inn; pero Phoebe Marks había hecho todo lo posible por compensar la falta de muebles sustanciales en su apartamento con una superabundancia de cortinajes. Cortinas tiesas de cretona barata colgaban de la cama con dosel; cortinajes festoneados del mismo material envolvían la estrecha ventana, bloqueando la luz del día y ofreciendo un agradable refugio para tribus de moscas y bandas depredadoras de arañas. Incluso el espejo, una construcción miserablemente barata que distorsionaba cada rostro cuyo dueño tuviera la osadía de mirarse en él, se alzaba sobre un altar drapeado de muselina almidonada y percal rosa esmaltado, y estaba adornado con volantes de encaje y tejido de punto.
Mi señora sonrió al mirar los festones y adornos que se encontraban con sus ojos por todas partes. Tenía razones, quizás, para sonreír, recordando la costosa elegancia de sus propios apartamentos; pero había algo en esa sonrisa sardónica que parecía tener un significado más profundo que cualquier desprecio natural por los intentos de decoración de Phoebe. Fue al tocador, se alisó el cabello mojado ante el espejo y luego se puso el sombrero. Se vio obligada a colocar la vela de sebo llameante muy cerca de los adornos de encaje alrededor del espejo; tan cerca que la muselina almidonada parecía atraer la llama hacia sí por algún poder de atracción en su frágil tejido.
Phoebe esperaba ansiosamente junto a la puerta de la posada la llegada de mi señora. Observaba el minutero del pequeño reloj holandés, maravillándose de la lentitud de su avance. Solo habían pasado diez minutos de las dos cuando Lady Audley bajó las escaleras, con su sombrero puesto y el cabello aún mojado, pero sin la vela.
Phoebe se mostró inmediatamente ansiosa por esta vela perdida.
«La luz, mi señora», dijo, «¡la ha dejado arriba!».
«El viento la apagó mientras salía de tu habitación», respondió Lady Audley, tranquilamente. «La dejé allí».
«¿En mi habitación, mi señora?».
«Sí».
«¿Y estaba completamente apagada?».
«Sí, te lo digo; ¿por qué te preocupas por tu vela? Son más de las dos. Vamos».
Tomó el brazo de la muchacha y la condujo, casi arrastrándola, fuera de la casa. La presión convulsiva de su pequeña mano la sujetaba con tanta firmeza como si un tornillo de banco la hubiera retenido. El feroz viento de marzo cerró de golpe la puerta de la casa y dejó a las dos mujeres de pie afuera. El largo camino negro se extendía desolado ante ellas, tenuemente visible entre líneas rectas de setos sin hojas.
Un paseo de tres millas de longitud en un solitario camino rural, entre las horas de las dos y las cuatro de una fría mañana de invierno, apenas es una tarea agradable para una mujer delicada, una mujer cuyas inclinaciones se inclinan hacia la comodidad y el lujo. Pero mi señora se apresuró a lo largo de la dura y seca carretera, arrastrando a su compañera consigo como si hubiera sido impulsada por alguna horrible fuerza demoníaca que no conocía tregua. Con la noche negra sobre ellas, con el feroz viento aullando a su alrededor, barriendo una amplia extensión de campo oculto, soplando como si hubiera surgido simultáneamente de cada punto de la brújula, y haciendo de aquellas vagabundas el centro de su ferocidad, las dos mujeres caminaron a través de la oscuridad colina abajo sobre la que se alzaba Mount Stanning, a lo largo de una milla y media de camino llano, y luego colina arriba, en cuyo lado occidental se encontraba Audley Court en ese valle resguardado que parecía encerrar la vieja casa de todo el clamor y el bullicio del mundo cotidiano.
Mi señora se detuvo en la cima de esta colina para recuperar el aliento y juntar las manos sobre su corazón, con la vana esperanza de que pudiera calmar su cruel latido. Estaban ahora a menos de tres cuartos de milla de la Corte, y habían estado caminando durante casi una hora desde que salieron del Castle Inn.
Lady Audley se detuvo para descansar, con el rostro aún vuelto hacia el lugar de su destino. Phoebe Marks, deteniéndose también, y muy agradecida por un momento de pausa en aquel viaje apresurado, miró hacia la lejana oscuridad bajo la cual yacía aquel lúgubre refugio que le había causado tanta inquietud. Y al hacerlo, lanzó un grito agudo de horror y se agarró violentamente a la capa de su compañera.
El cielo nocturno ya no estaba todo oscuro. La espesa negrura estaba rota por un parche de luz lívida.
«¡Mi señora, mi señora!», gritó Phoebe, señalando este parche lívido; «¿lo ve?».
«Sí, niña, lo veo», respondió Lady Audley, tratando de sacudirse las manos que se aferraban a sus ropas. «¿Qué ocurre?».
«Es un fuego, ¡un fuego, mi señora!».
«Sí, me temo que es un fuego. En Brentwood, lo más probable. Suéltame, Phoebe; no es nada nuestro».
«Sí, sí, mi señora; está más cerca que Brentwood, mucho más cerca; es en Mount Stanning».
Lady Audley no respondió. Estaba temblando de nuevo, por el frío quizás, pues el viento le había arrancado la pesada capa de los hombros y había dejado su esbelta figura expuesta a la ráfaga.
«¡Es en Mount Stanning, mi señora!», gritó Phoebe Marks. «¡Es el castillo el que está en llamas, lo sé, lo sé! Pensé en el fuego esta noche y me sentía inquieta y nerviosa, pues sabía que esto sucedería algún día. ¡No me importaría si solo fuera ese lugar miserable, pero se perderán vidas, se perderán vidas!», sollozaba la joven, fuera de sí. «Ahí está Luke, demasiado borracho para ayudarse a sí mismo, a menos que otros lo hagan; ahí está el señor Audley durmiendo...».
Phoebe Marks se detuvo de repente al mencionar el nombre de Robert y cayó de rodillas, entrelazando sus manos alzadas y apelando desesperadamente a Lady Audley.
«¡Oh, Dios mío!», gritó. «¡Diga que no es cierto, mi señora, diga que no es cierto! ¡Es demasiado horrible, es demasiado horrible, es demasiado horrible!».
«¿Qué es demasiado horrible?».
«El pensamiento que tengo en mi mente; el pensamiento terrible que tengo en mi mente».
«¿Qué quieres decir, muchacha?», gritó mi señora con ferocidad.
«¡Oh, que Dios me perdone si me equivoco!», jadeó la mujer arrodillada en frases entrecortadas, «y que Dios conceda que así sea. ¿Por qué fue al castillo, mi señora? ¿Por qué se empeñó tanto en ir en contra de todo lo que pude decirle, usted que está tan resentida contra el señor Audley y contra Luke, y que sabía que ambos estaban bajo ese techo? Oh, dígame que le hago una ofensa cruel, mi señora; dígamelo, dígamelo, porque, tan cierto como que hay un cielo sobre mí, creo que fue a ese lugar esta noche con el propósito de prenderle fuego. Dígame que me equivoco, mi señora; dígame que le estoy haciendo una ofensa perversa».
«No te diré nada, salvo que eres una mujer loca», respondió Lady Audley con voz fría y dura. «¡Levántate, tonta, idiota, cobarde! ¿Es tu marido una ganga tan preciada como para que debas estar ahí arrastrándote, lamentándote y gimiendo por él? ¿Qué es Robert Audley para ti, que te comportas como una maníaca porque crees que está en peligro? ¿Cómo sabes que el incendio es en Mount Stanning? Ves una mancha roja en el cielo y gritas de inmediato que tu propia choza miserable está en llamas, como si no hubiera otro lugar en el mundo que pudiera arder más que ese. El incendio puede ser en Brentwood, o más lejos, en Romford, o aún más lejos, tal vez en el lado este de Londres. Levántate, mujer loca, y vuelve a cuidar de tus bienes y enseres, y de tu marido y tu inquilino. Levántate y vete; no te quiero aquí».
«¡Oh! mi señora, mi señora, perdóneme», sollozaba Phoebe; «no hay nada que pueda decirme que sea lo suficientemente duro por haberle hecho tal ofensa, incluso en mis pensamientos. No me importan sus palabras crueles, no me importa nada si estoy equivocada».
«Vuelve y compruébalo tú misma», respondió Lady Audley con severidad. «Te lo repito, no te quiero aquí».
Se alejó en la oscuridad, dejando a Phoebe Marks todavía arrodillada sobre el camino duro, donde se había arrojado en esa agonía de súplica. La esposa de Sir Michael caminó hacia la casa en la que dormía su marido con el resplandor rojo iluminando los cielos detrás de ella, y sin nada más que la negrura de la noche ante ella.
CAPÍTULO XXXIII.
EL PORTADOR DE LAS NOTICIAS.
Era muy tarde a la mañana siguiente cuando Lady Audley salió de su vestidor, exquisitamente vestida con un traje de mañana de delicada muselina, encajes finos y bordados, pero con un rostro muy pálido y con semicírculos de sombra púrpura bajo los ojos. Explicó este rostro pálido y estos ojos hundidos declarando que se había quedado despierta leyendo hasta una hora muy avanzada de la noche anterior.
Sir Michael y su joven esposa desayunaron en la biblioteca en una cómoda mesa redonda, arrimada al fuego ardiente; y Alicia se vio obligada a compartir esta comida con su madrastra, por mucho que evitara a esa señora en el largo intervalo entre el desayuno y la cena.
La mañana de marzo era desolada y apagada, y una llovizna caía incesantemente, oscureciendo el paisaje y borrando la distancia. Hubo muy pocas cartas en el correo de la mañana; los periódicos diarios no llegaron hasta el mediodía; y al faltar tales ayudas para la conversación, hubo muy poco que decir en la mesa del desayuno.
Alicia miró hacia la llovizna que se deslizaba contra los amplios cristales de la ventana.
«Nada de montar hoy», dijo; «y ninguna posibilidad de que vengan visitas para animarnos, a menos que ese ridículo Bob venga arrastrándose a través de la humedad desde Mount Stanning».
¿Alguna vez ha oído a alguien, a quien sabe muerto, ser mencionado de una manera ligera y despreocupada por otra persona que no sabe de su muerte, mencionado como haciendo esto o aquello, como realizando alguna operación trivial y cotidiana, cuando usted sabe que ha desaparecido de la faz de esta tierra y se ha separado para siempre de todas las criaturas vivientes y sus actividades comunes en la solemne y terrible majestad de la muerte? Tal mención casual, por insignificante que sea, tiende a enviar un extraño escalofrío de dolor a través de la mente. El comentario ignorante chirría discordante sobre el cerebro hipersensible; el Rey de los Terrores es profanado por ese irrespeto involuntario. El cielo sabe qué razón oculta pudo tener mi señora para experimentar tal repulsión al mencionar repentinamente el nombre del señor Audley, pero su rostro pálido se tornó de un blanco enfermizo cuando Alicia Audley habló de su primo.
«Sí, vendrá aquí bajo la lluvia, tal vez», continuó la joven, «con su sombrero elegante y brillante como si hubiera sido cepillado con una porción de mantequilla fresca, y con vapores blancos saliendo de su ropa, haciéndolo parecer un genio torpe recién salido de su botella. Vendrá aquí y dejará impresiones de sus botas embarradas por toda la alfombra, y se sentará en su tapiz Gobelinos, mi señora, con su abrigo mojado; y la insultará si usted lo reprende, y preguntará por qué la gente tiene sillas que no son para sentarse, y por qué usted no vive en Figtree Court, y...».
Sir Michael Audley observó a su hija con semblante pensativo mientras hablaba de su primo. A menudo hablaba de él, ridiculizándolo y arremetiendo contra él en términos poco moderados. Pero quizás el baronet pensaba en una tal Signora Beatrice que trataba muy cruelmente a un caballero llamado Benedick, pero que estaba, tal vez, profundamente enamorada de él al mismo tiempo.
«¿Qué crees que me dijo el comandante Melville cuando vino ayer, Alicia?», preguntó Sir Michael poco después.
«No tengo la más remota idea», respondió Alicia con bastante desdén. «Tal vez le dijo que tendríamos otra guerra dentro de poco, por Dios, señor; o tal vez le dijo que tendríamos un nuevo ministerio, por Dios, señor, porque esos tipos se están metiendo en un lío, señor; o que esos otros tipos estaban reformando esto, recortando aquello y alterando lo demás en el ejército, hasta que, por Dios, señor, no tendremos ejército en absoluto, tarde o temprano, nada más que un grupo de muchachos, señor, atiborrados hasta los ojos con un montón de basura sin sentido de maestros de escuela, y vestidos con chaquetas cortas y cascos de algodón. Sí, señor, están luchando en Oudh con cascos de algodón hoy mismo, señor».
«Eres una insolente, señorita», respondió el baronet. «El comandante Melville no me dijo nada de eso; pero me dijo que un admirador muy devoto tuyo, un tal Sir Harry Towers, ha abandonado su propiedad en Hertfordshire y su establo de caza, y se ha ido al continente para un viaje de doce meses».
La señorita Audley se sonrojó repentinamente ante la mención de su antiguo adorador, pero se recuperó muy rápidamente.
«Se ha ido al continente, ¿verdad?», dijo con indiferencia. «Me dijo que tenía la intención de hacerlo si... si no conseguía que todo fuera como él quería. ¡Pobre hombre! Es una criatura querida, bondadosa y estúpida, y veinte veces mejor que ese refrigerador patentado y peripatético, el señor Robert Audley».
«Desearía, Alicia, que no fueras tan aficionada a ridiculizar a Bob», dijo Sir Michael con gravedad. «Bob es un buen tipo, y le tengo tanto cariño como si hubiera sido mi propio hijo; y... y... he estado muy incómodo respecto a él últimamente. Ha cambiado mucho en los últimos días, y se le han metido en la cabeza todo tipo de ideas absurdas, y mi señora me ha alarmado por él. Ella piensa...».
Lady Audley interrumpió a su marido con un grave movimiento de cabeza.
«Es mejor no decir demasiado sobre ello todavía», dijo; «Alicia sabe lo que pienso».
«Sí», respondió la señorita Audley, «mi señora piensa que Bob se está volviendo loco, pero yo sé más que eso. Él no es para nada el tipo de persona que se vuelve loca. ¿Cómo podría un intelecto tan perezoso y estancado como el suyo revolverse alguna vez en una tempestad? Puede moverse por el resto de su vida, tal vez, en un estado tranquilo de semi-idiotez, comprendiendo imperfectamente quién es, a dónde va y qué hace, pero nunca se volverá loco».
Sir Michael no respondió a esto. Había quedado muy perturbado por su conversación con mi señora la noche anterior, y había debatido silenciosamente la dolorosa cuestión en su mente desde entonces.
Su esposa, la mujer que más amaba y en la que más creía, le había dicho, con toda apariencia de pesar y agitación, su convicción sobre la locura de su sobrino. Intentó en vano llegar a la conclusión a la que deseaba llegar con más ardor; intentó en vano pensar que mi señora estaba engañada por sus propias fantasías y que no tenía fundamento para lo que decía. Pero entonces, de nuevo, le vino a la mente de repente que pensar eso era llegar a una conclusión peor; era trasladar la horrible sospecha de su sobrino a su esposa. Ella parecía estar poseída por una convicción real de la locura de Robert. Imaginarla equivocada era imaginar alguna debilidad en su propia mente. Cuanto más pensaba en el asunto, más le acosaba y le desconcertaba. Era muy cierto que el joven siempre había sido excéntrico. Era sensato, era tolerablememente inteligente, era honorable y caballeroso en sus sentimientos, aunque quizás un poco descuidado en el cumplimiento de ciertos deberes sociales menores; pero había algunas diferencias leves, no fáciles de definir, que lo separaban de otros hombres de su edad y posición. Entonces, también, era igualmente cierto que había cambiado mucho en el período que siguió a la desaparición de George Talboys. Se había vuelto hosco y reflexivo, melancólico y distraído. Se había mantenido al margen de la sociedad, se había sentado durante horas sin hablar; había hablado de otros temas a trompicones; y se había excitado inusualmente en la discusión de temas que aparentemente estaban muy lejos de la región de su propia vida e intereses. Luego había incluso otra región que parecía fortalecer el caso de mi señora contra este infeliz joven. Había sido criado en la compañía frecuente de su prima, Alicia, su bonita y genial prima, a quien el interés, y uno habría pensado que el afecto, señalaba naturalmente como su novia más adecuada. Más que esto, la joven le había mostrado, en la inocente falta de astucia de una naturaleza transparente, que por su parte, al menos, el afecto no faltaba; y sin embargo, a pesar de todo esto, él se había mantenido al margen, y había permitido que otros propusieran su mano, y fueran rechazados por ella, y aún así no había dado ninguna señal.
Ahora bien, el amor es una esencia tan sutil, una maravilla metafísica tan indefinible, que su fuerza debida, aunque sentida muy cruelmente por el propio sufriente, nunca es claramente entendida por aquellos que observan sus tormentos y se preguntan por qué toma la fiebre común tan mal. Sir Michael argumentaba que, debido a que Alicia era una chica bonita y amable, era por tanto extraordinario y antinatural que Robert Audley no se hubiera enamorado debidamente de ella. Este baronet, que cerca de su sexagésimo cumpleaños, había encontrado por primera vez a esa única mujer que, de entre todas las mujeres del mundo, tenía el poder de acelerar los latidos de su corazón, se preguntaba por qué Robert no contraía la fiebre desde el primer aliento de contagio que soplaba hacia él. Olvidaba que hay hombres que siguen su camino ilesos entre legiones de mujeres hermosas y generosas, para sucumbir al fin ante alguna virago de rasgos duros, que conoce el secreto de ese único filtro que puede embriagarlo y hechizarlo. Había olvidado que hay ciertos Juanes que pasan por la vida sin conocer a la Juana destinada para ellos por Némesis, y mueren solteros, quizás, con la pobre Juana languideciendo como solterona al otro lado de la pared divisoria. Olvidaba que el amor, que es una locura, y un azote, y una fiebre, y un engaño, y una trampa, es también un misterio, y muy imperfectamente entendido por todos, excepto por el individuo que sufre bajo sus torturas. Jones, que está locamente enamorado de la señorita Brown, y que permanece despierto por la noche hasta que detesta su cómoda almohada y revuelve sus sábanas en dos jirones retorcidos de lino en sus agonías, como si fuera un prisionero y quisiera convertirlas en cuerdas improvisadas; este mismo Jones que piensa que Russell Square es un lugar mágico porque su divinidad lo habita, que piensa que los árboles en ese recinto y el cielo sobre él son más verdes y azules que otros árboles o cielos, y que siente una punzada, sí, una punzada real, de esperanza, alegría, expectativa y terror mezclados, cuando emerge de Guilford Street, descendiendo de las alturas de Islington, hacia esos recintos sagrados; este mismo Jones es duro e insensible hacia los tormentos de Smith, que adora a la señorita Robinson, y no puede imaginar qué puede ver el hombre infatuado en la chica. Así era con Sir Michael Audley. Miraba a su sobrino como una muestra de una clase muy numerosa de hombres jóvenes, y a su hija como una muestra de una clase igualmente extensa de bienes femeninos, y no podía ver por qué las dos muestras no podían hacer un matrimonio muy respetable. Ignoraba todas esas diferencias infinitesimales en la naturaleza que hacen que el alimento saludable de un hombre sea el veneno mortal de otro. Qué difícil es creer a veces que a un hombre no le guste tal o cual plato favorito. Si en una cena, un invitado de aspecto manso rechaza el salmón temprano con pepinos, o los guisantes verdes en febrero, lo consideramos un pariente pobre cuyos instintos le advierten contra esos platos caros. Si un concejal declarara que no le gusta la grasa verde, sería visto como un mártir social, un Marcus Curtius de la mesa, que se inmolaba por el beneficio de los suyos. Sus compañeros concejales creerían en cualquier cosa antes que en una aversión herética a la ambrosía municipal de la sopera. Pero hay personas a las que no les gusta el salmón, ni los pececillos, ni los patitos de primavera, ni toda clase de delicias consagradas, y hay otras personas que prefieren platos excéntricos y despreciables, generalmente estigmatizados como asquerosos.
¡Ay, mi pequeña y bonita Alicia, tu primo no te amaba! Admiraba tu rostro inglés sonrosado y tenía un tierno afecto por ti que tal vez se habría expandido más tarde en algo lo suficientemente cálido para el matrimonio, ese tipo de unión cotidiana y monótona que no exige una devoción muy apasionada, de no ser por un freno repentino que había recibido en Dorsetshire. Sí, el creciente afecto de Robert Audley por su prima, una planta de crecimiento muy lento, debo confesar, se había visto repentinamente atrofiado y atrofiado en aquel amargo día de febrero en el que se había parado bajo los pinos hablando con Clara Talboys. Desde aquel día, el joven había experimentado una sensación desagradable al pensar en la pobre Alicia. La miraba como si fuera de alguna manera vaga un estorbo para la libertad de sus pensamientos; tenía un miedo persistente de estar de alguna manera tácita comprometido con ella; de que ella tuviera una especie de reclamo sobre él, que le prohibía el derecho de pensar en otra mujer. Creo que fue la imagen de la señorita Audley presentándosele bajo esta luz la que incitó al joven abogado a esos arrebatos de rabia esplénica contra el sexo femenino a los que era propenso en ciertos momentos. Era estrictamente honorable, tan honorable que habría preferido inmolarse en el altar de la verdad y Alicia antes que haberle hecho la más mínima ofensa, aunque al hacerlo hubiera podido asegurar su propia comodidad y felicidad.
«Si la pobre pequeña me ama», pensaba, «y si piensa que la amo, y ha sido llevada a pensar así por alguna palabra o acto mío, estoy obligado por deber a dejar que lo piense hasta el fin de los tiempos, y a cumplir cualquier promesa tácita que pueda haber hecho inconscientemente. Pensé una vez... pretendí una vez... pedirle matrimonio más adelante, cuando este horrible misterio sobre George Talboys se hubiera aclarado y todo estuviera resuelto pacíficamente, pero ahora...».
Sus pensamientos vagaban ordinariamente en este punto de sus reflexiones, llevándolo a donde nunca había pretendido ir; llevándolo de regreso bajo los pinos en Dorsetshire, y poniéndolo una vez más cara a cara con la hermana de su amigo desaparecido, y generalmente era un viaje muy laborioso el que realizaba para volver al punto del que se había desviado. Era tan difícil para él alejarse del césped atrofiado y los pinos.
«¡Pobre pequeña!», pensaría al volver a Alicia. «Qué bueno es de su parte amarme, y cuán agradecido debería estar por su ternura. Cuántos hombres considerarían un corazón tan generoso y amoroso como el mayor regalo que la tierra podría darles. Ahí está Sir Harry Towers sumido en la desesperación por su rechazo. Me daría la mitad de su patrimonio, todo su patrimonio, el doble de su patrimonio, si lo tuviera, por estar en los zapatos que estoy ansioso por sacudirme de mis pies ingratos. ¿Por qué no la amo? ¿Por qué es que, aunque sé que es bonita, pura, buena y veraz, no la amo? Su imagen nunca me persigue, excepto de manera reprochable. Nunca la veo en mis sueños. Nunca me despierto repentinamente en la oscuridad de la noche con sus ojos brillando sobre mí y su aliento cálido en mi mejilla, o con los dedos de su suave mano aferrados a los míos. No, no estoy enamorado de ella, no puedo enamorarme de ella».
Se enfurecía y se rebelaba contra su ingratitud. Intentó convencerse a sí mismo de un apego apasionado por su prima, pero fracasó ignominiosamente, y cuanto más intentaba pensar en Alicia, más pensaba en Clara Talboys. Estoy hablando ahora de sus sentimientos en el período que transcurrió entre su regreso de Dorsetshire y su visita a Grange Heath.
Sir Michael se sentó junto al fuego de la biblioteca después del desayuno en esta miserable mañana lluviosa, escribiendo cartas y leyendo los periódicos. Alicia se encerró en su propio apartamento para leer el tercer volumen de una novela. Lady Audley cerró con llave la puerta de la antecámara octogonal y vagó por la serie de habitaciones desde el dormitorio hasta el tocador durante toda esa mañana tediosa.
Había cerrado la puerta para protegerse contra la posibilidad de que alguien entrara repentinamente y la observara antes de que ella fuera consciente, antes de que hubiera tenido suficiente advertencia para permitirle enfrentar su escrutinio. Su rostro pálido parecía volverse más pálido a medida que avanzaba la mañana. Un pequeño botiquín estaba abierto sobre el tocador, y pequeñas botellas con tapón de lavanda roja, sal volátil, cloroformo, clorodina y éter estaban esparcidas por todas partes. Una vez, mi señora se detuvo ante este botiquín y sacó las botellas restantes, quizás medio ausente, hasta que llegó a una que estaba llena de un líquido espeso y oscuro, y etiquetada como «opio: veneno».
Jugó mucho tiempo con esta última botella; sosteniéndola hacia la luz, e incluso quitando el tapón y oliendo el líquido enfermizo. Pero la apartó de sí repentinamente con un escalofrío. «¡Si pudiera!», murmuró, «¡si tan solo pudiera hacerlo! ¿Y, sin embargo, por qué debería hacerlo ahora?».
Apretó sus pequeñas manos al pronunciar las últimas palabras y caminó hacia la ventana del vestidor, que daba directamente hacia ese arco cubierto de hiedra bajo el cual debía pasar cualquiera que viniera de Mount Stanning a la Corte.
Había puertas más pequeñas en los jardines que conducían a los prados detrás de la Corte, pero no había otra forma de venir de Mount Stanning o Brentwood que no fuera por la entrada principal.
—¿Por qué debería hacerlo ahora? —repitió, con una voz que era poco más que un susurro de desesperación—. ¿Por qué debería decir algo, cuando mi silencio es mi única defensa? Me habéis perseguido, Robert Audley; me habéis acorralado como a una bestia salvaje, me habéis acechado con esa persistencia fría y analítica que es peor que la crueldad más feroz. ¿Qué derecho tenéis a interrogarme? ¿Qué derecho tenéis a ser mi juez?
Robert se mantuvo firme. La luz del fuego iluminaba su rostro, que parecía tallado en piedra, desprovisto de toda la ligereza de aquel joven ocioso que solía ser.
—El derecho que me da la verdad —respondió—. El derecho que me otorga el conocimiento de vuestra vida, de vuestro pasado, de esa existencia que habéis construido sobre una mentira que ha traído la ruina a los que os rodean. No os pregunto si sois culpable; os digo que lo sois, y que el tiempo de las evasivas ha terminado.
Ella se puso en pie lentamente. Sus movimientos, antes tan ágiles y gráciles, parecían ahora pesados y vacilantes. Se volvió hacia él, y en sus ojos, despojados de aquel brillo artificial que solía exhibir en las reuniones sociales, había una expresión de horror que ni siquiera su astucia podía ocultar.
—¿Y si fuera así? —preguntó, con una voz que, por primera vez, sonaba despojada de todo artificio—. ¿Y si esa mujer a la que llamáis "mi lady" fuera, en efecto, la criatura que vuestra imaginación ha creado? ¿Qué ganaríais con ello? ¿Destruiríais a Sir Michael? ¿Romperíais el corazón del hombre que os ha tratado como a un hijo? Porque eso es lo que haríais, Robert Audley. No podríais denunciarme sin condenarlo a él a una deshonra que no podría soportar.
—Esa es la única cadena que me ata —dijo él, con amargura—. Ese es el único motivo por el que aún no os he entregado a la justicia de este país. Por el amor y el respeto que siento por mi tío, guardaré vuestro secreto si es posible, pero no a costa de mi propia seguridad ni de mi conciencia. Debéis iros.
—¿Irme? ¿A dónde?
—A donde queráis, siempre que os alejéis de Audley Court. Le diré a Sir Michael que habéis sido llamada por un asunto urgente, que habéis partido por vuestra propia voluntad. Inventad cualquier excusa, fingid cualquier crisis, pero desapareced antes de que el sol vuelva a salir. Si os quedáis, mi mano se verá forzada por la necesidad de protegerme a mí mismo.
Ella lo miró fijamente, buscando en su rostro un atisbo de vacilación, una fisura en esa armadura de determinación. No encontró nada. El silencio en la habitación se volvió sofocante. La lluvia había comenzado a azotar de nuevo los cristales, un sonido monótono y constante que parecía marcar los latidos de su propio corazón.
—Me estáis enviando a mi perdición —dijo ella al fin, con una calma espantosa—. Pero, en fin, vuestra voluntad es la que prevalece esta noche. Me iré. No por miedo a vuestras amenazas, sino porque este lugar se ha convertido en una prisión donde cada pared me susurra vuestra acusación.
Se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo un instante antes de salir.
—Recordad esto, Robert Audley: habéis jugado con el destino de una mujer que no tenía nada que perder. Si hoy me voy, no penséis que habéis triunfado. Solo habéis cambiado el escenario de esta tragedia.
Salió de la biblioteca sin mirar atrás. Robert la escuchó subir las escaleras, sus pasos resonando en el silencio de la casa como una sentencia. Se quedó allí, solo frente al fuego que se apagaba, sintiendo que el peso de su deber, aunque cumplido, no le traía la paz que había esperado.
"No se perdió ninguna vida en el incendio de anoche. Dormí poco, mi señora, pues mi mente estaba turbada, como lo ha estado durante mucho tiempo, por la miseria que sabía que se cernía sobre esta casa. Fui yo quien descubrió el inicio del fuego a tiempo para dar la alarma y salvar a la criada y al pobre desgraciado borracho, quien resultó muy quemado a pesar de los esfuerzos, y que ahora yace en un estado precario en la casa de campo de su madre. Fue por él y por su mujer que supe quién había visitado el Castle Inn en la profundidad de la noche. La mujer estaba casi fuera de sí cuando me vio, y de ella descubrí los detalles de lo sucedido anoche. El cielo sabe qué otros secretos suyos pueda ella guardar, mi señora, o con qué facilidad podrían serle extorsionados si yo quisiera su ayuda, lo cual no deseo. Mi camino se extiende muy recto ante mí. He jurado llevar al asesino de George Talboys ante la justicia, y cumpliré mi juramento. Digo que fue por su mediación que mi amigo encontró la muerte. Si alguna vez me he preguntado, como era natural que lo hiciera, si no era yo víctima de alguna horrible alucinación, si tal alternativa no era más probable que el que una mujer joven y encantadora fuera capaz de un asesinato tan vil y traicionero, todo asombro ha terminado. Tras el hecho de horror de anoche, no hay crimen que usted pudiera cometer, por vasto y antinatural que sea, que pudiera causarme asombro. De ahora en adelante usted no debe parecerme ya una mujer, una mujer culpable con un corazón que, en su peor maldad, aún tiene alguna capacidad latente para sufrir y sentir; la considero desde este momento como la encarnación demoníaca de algún principio maligno. Pero usted no profanará más este lugar con su presencia. A menos que confiese lo que es y quién es en presencia del hombre al que ha engañado durante tanto tiempo, y acepte de él y de mí la clemencia que estemos dispuestos a extenderle, reuniré a los testigos que jurarán sobre su identidad, y a riesgo de cualquier vergüenza para mí mismo y para aquellos a quienes amo, haré caer sobre usted el justo y terrible castigo de su crimen."
La mujer se levantó de repente y se puso frente a él, erguida y resuelta, con el cabello apartado de su rostro y los ojos centelleantes.
"¡Traiga a Sir Michael!", gritó; "tráigalo aquí y confesaré cualquier cosa... todo. ¿Qué me importa? Dios sabe que he luchado lo suficiente contra usted, y he librado la batalla con suficiente paciencia; pero usted ha vencido, Sr. Robert Audley. Es un gran triunfo, ¿no es así?, una victoria maravillosa. Ha usado su intelecto frío, calculador, gélido y luminoso para un propósito noble. Ha vencido... ¡a una MUJER LOCA!"
"¡Una mujer loca!", exclamó el Sr. Audley.
"Sí, una mujer loca. Cuando dice que yo maté a George Talboys, dice la verdad. Cuando dice que lo asesiné de forma traicionera y vil, miente. ¡Lo maté porque ESTOY LOCA! porque mi intelecto está un poco más allá de ese estrecho límite entre la cordura y la locura; porque, cuando George Talboys me aguijoneaba, como usted me ha aguijoneado, y me reprochaba, y me amenazaba, mi mente, nunca debidamente equilibrada, perdió totalmente el equilibrio, ¡y estaba loca! Traiga a Sir Michael; y tráigalo pronto. Si se le ha de decir una cosa, que se le diga todo; ¡que escuche el secreto de mi vida!"
Robert Audley salió de la habitación en busca de su tío. Fue en busca de ese honrado pariente con, Dios sabe, cuán pesado peso de angustia en su corazón, pues sabía que estaba a punto de hacer añicos el sueño de la vida de su tío; y sabía que nuestros sueños no son menos terribles de perder por el hecho de que nunca hayan sido las realidades que tomamos por tales. Pero incluso en medio de su dolor por Sir Michael, no pudo evitar maravillarse ante las últimas palabras de mi señora: "el secreto de mi vida". Recordó aquellas líneas en la carta escrita por Helen Talboys en la víspera de su huida de Wildernsea, que tanto le habían desconcertado. Recordó aquellas frases suplicantes: "Deberías perdonarme, pues sabes por qué he sido así. Conoces el secreto de mi vida".
Se encontró con Sir Michael en el vestíbulo. No hizo ningún intento de preparar el camino para la terrible revelación que el baronet iba a escuchar. Solo lo llevó a la biblioteca iluminada por el fuego, y allí, por primera vez, se dirigió a él con calma de este modo: "Lady Audley tiene una confesión que hacerle, señor; una confesión que sé que será una sorpresa muy cruel, un dolor muy amargo. Pero es necesario para su honor presente, y para su paz futura, que usted la escuche. Ella le ha engañado, lamento decirlo, de la manera más vil; pero es justo que usted escuche de sus propios labios cualquier excusa que ella pueda tener para ofrecer por su maldad. ¡Que Dios suavice este golpe para usted!", sollozó el joven, derrumbándose de repente; "¡yo no puedo!"
Sir Michael levantó la mano como si quisiera ordenar a su sobrino que guardara silencio, pero aquella mano imperiosa cayó débil e impotente a su costado. Permaneció en el centro de la sala iluminada por el fuego, rígido e inamovible.
"¡Lucy!", gritó, con una voz cuya angustia golpeó como un latigazo los nervios tensos de quienes la escuchaban, como el grito de un animal herido duele al oyente: "¡Lucy, dime que este hombre es un loco! ¡dímelo así, mi amor, o lo mataré!"
Hubo una furia repentina en su voz cuando se volvió hacia Robert, como si realmente hubiera podido abatir al acusador de su esposa contra el suelo con la fuerza de su brazo levantado.
Pero mi señora cayó de rodillas a sus pies, interponiéndose entre el baronet y su sobrino, quien permanecía apoyado en el respaldo de un sillón, con el rostro oculto por su mano.
"Él le ha dicho la verdad", dijo mi señora, "¡y no está loco! Le he enviado por usted para poder confesarle todo. Sentiría lástima por usted si pudiera, porque usted ha sido muy, muy bueno conmigo, mucho mejor conmigo de lo que jamás merecí; pero no puedo, no puedo... no puedo sentir nada más que mi propia miseria. Le dije hace mucho tiempo que era egoísta; sigo siendo egoísta... más egoísta que nunca en mi miseria. Las personas felices y prósperas pueden sentir por los demás. Yo me río de los sufrimientos ajenos; parecen tan pequeños comparados con los míos".
Cuando mi señora cayó de rodillas por primera vez, Sir Michael había intentado levantarla y le había reprochado su actitud; pero mientras ella hablaba, él se dejó caer en una silla cerca del lugar donde ella estaba arrodillada, y con las manos entrelazadas y la cabeza inclinada para captar cada sílaba de aquellas horribles palabras, escuchó como si todo su ser se hubiera concentrado en ese único sentido del oído.
"Debo contarle la historia de mi vida, para decirle por qué me he convertido en la miserable criatura que no tiene otra esperanza que la de que se le permita huir y esconderse en algún rincón desolado de la tierra. Debo contarle la historia de mi vida", repitió mi señora, "pero no tema que me detenga mucho en ella. No ha sido tan placentera para que desee recordarla. Cuando era muy niña recuerdo haber hecho una pregunta que era bastante natural que hiciera, ¡que Dios me ayude! Pregunté dónde estaba mi madre. Tenía un vago recuerdo de un rostro, parecido a lo que es el mío ahora, mirándome cuando yo no era mucho más que un bebé; pero había perdido el rostro de repente y no lo había vuelto a ver desde entonces. Me dijeron que mamá estaba lejos. No era feliz, porque la mujer que estaba a cargo de mí era una mujer desagradable y el lugar donde vivíamos era un lugar solitario, un pueblo en la costa de Hampshire, a unas siete millas de Portsmouth. Mi padre, que estaba en la marina, solo venía de vez en cuando a verme; y me dejaron casi enteramente al cuidado de esta mujer, a quien se le pagaba irregularmente, y que descargaba su rabia conmigo cuando mi padre se retrasaba en enviarle el dinero. Así que ve que a una edad muy temprana descubrí lo que era ser pobre.
"Quizás fue más por estar descontenta con mi vida lúgubre que por cualquier impulso maravilloso de afecto, que preguntaba muy a menudo la misma pregunta sobre mi madre. Siempre recibía la misma respuesta: ella estaba lejos. Cuando preguntaba dónde, me decían que eso era un secreto. Cuando fui lo suficientemente mayor para entender el significado de la palabra muerte, pregunté si mi madre estaba muerta, y me dijeron: 'No, no estaba muerta; estaba enferma y estaba lejos'. Pregunté cuánto tiempo llevaba enferma, y me dijeron que había estado así algunos años, desde que yo era un bebé.
"Al fin se supo el secreto. Molesté a mi madre adoptiva con la vieja pregunta un día en que los pagos se habían retrasado mucho y su temperamento había sido inusualmente puesto a prueba. Montó en cólera y me dijo que mi madre era una mujer loca y que estaba en un manicomio a cuarenta millas de distancia. Apenas hubo dicho esto, se arrepintió y me dijo que no era la verdad, y que no debía creerlo, ni decir que ella me había contado tal cosa. Descubrí más tarde que mi padre le había hecho prometer solemnemente que nunca me contaría el secreto del destino de mi madre.
"Reflexioné horriblemente sobre el pensamiento de la locura de mi madre. Me perseguía de día y de noche. Siempre me estaba imaginando a esta mujer loca caminando de un lado a otro en alguna celda de prisión, con una prenda espantosa que ataba sus miembros torturados. Tenía ideas exageradas del horror de su situación. No tenía conocimiento de los diferentes grados de locura, y la imagen que me perseguía era la de una criatura trastornada y violenta, que caería sobre mí y me mataría si me ponía a su alcance. Esta idea creció en mí hasta que solía despertar en la profundidad de la noche, gritando en una agonía de terror, de un sueño en el que había sentido el agarre helado de mi madre en mi garganta, y escuchado sus desvaríos en mi oído.
"Cuando tenía diez años, mi padre vino a pagar los atrasos debidos a mi protectora y a llevarme a la escuela. Me había dejado en Hampshire más tiempo del que pretendía, por su incapacidad para pagar este dinero; así que ahí, de nuevo, sentí la amargura de la pobreza, y corrí el riesgo de crecer como una criatura ignorante entre niños rústicos y groseros, porque mi padre era pobre".
Mi señora hizo una pausa por un momento, pero solo para recuperar el aliento, pues había hablado rápidamente, como si estuviera ansiosa por contar esta historia odiada y terminar con ella. Todavía estaba de rodillas, pero Sir Michael no hizo ningún esfuerzo por levantarla.
Él permaneció sentado, silencioso e inamovible. ¿Qué era esta historia que estaba escuchando? ¿De quién era, y a qué iba a conducir? No podía ser la de su esposa; él había escuchado su sencilla cuenta sobre su juventud, y la había creído como había creído en el Evangelio. Ella le había contado una historia muy breve de una orfandad temprana y una juventud larga, tranquila e incolora pasada en la reclusión convencional de un internado inglés.
"Mi padre vino al fin, y le conté lo que había descubierto. Se sintió muy afectado cuando hablé de mi madre. No era lo que el mundo generalmente llama un buen hombre, pero supe después que había amado a su esposa muy profundamente, y que habría sacrificado voluntariamente su vida por ella, y se habría constituido en su guardián, de no haber estado obligado a ganar el pan diario de la mujer loca y su hija mediante el ejercicio de su profesión. Así que aquí, de nuevo, vi lo amargo que es ser pobre. Mi madre, que podría haber sido atendida por un esposo devoto, fue entregada al cuidado de enfermeras contratadas.
"Antes de que mi padre me enviara a la escuela en Torquay, me llevó a ver a mi madre. Esta visita sirvió al menos para disipar la idea que tan a menudo me había aterrorizado. No vi a ninguna maníaca desvariando con camisa de fuerza, custodiada por celosos carceleros, sino a una criatura infantil, de cabello dorado y ojos azules, que parecía tan frívola como una mariposa, y que saltó hacia nosotros con sus rizos amarillos decorados con flores naturales, y nos saludó con sonrisas radiantes y una charla alegre e incesante.
"Pero ella no nos conocía. Habría hablado de la misma manera a cualquier extraño que hubiera entrado por las puertas del jardín alrededor de su casa de prisión. Su locura era una enfermedad hereditaria transmitida a ella por su madre, quien había muerto loca. Ella, mi madre, había estado, o había parecido cuerda hasta la hora de mi nacimiento, pero desde esa hora su intelecto había decaído, y se había convertido en lo que vi.
"Me fui con el conocimiento de esto, y con el conocimiento de que la única herencia que tenía que esperar de mi madre era... ¡la locura!
"Me fui con este conocimiento en mi mente, y con algo más: un secreto que guardar. Era solo una niña de diez años, pero sentía todo el peso de esa carga. Debía guardar el secreto de la locura de mi madre; pues era un secreto que podría afectarme perjudicialmente en la vida posterior. Debía recordar esto.
"Recordé esto; y fue, quizás, esto lo que me hizo egoísta y sin corazón, pues supongo que no tengo corazón. A medida que crecí, me decían que era bonita... hermosa... encantadora... cautivadora. Escuché todas estas cosas al principio con indiferencia, pero poco a poco las escuché con avidez, y comencé a pensar que, a pesar del secreto de mi vida, podría tener más éxito en la gran lotería del mundo que mis compañeras. Había aprendido lo que, de alguna manera indefinida u otra, toda colegiala aprende tarde o temprano: aprendí que mi destino final en la vida dependía de mi matrimonio, y concluí que si era realmente más bonita que mis compañeras de escuela, debía casarme mejor que cualquiera de ellas.
"Dejé la escuela antes de cumplir los diecisiete años, con este pensamiento en mi mente, y me fui a vivir al otro extremo de Inglaterra con mi padre, quien se había retirado con su media paga y se había establecido en Wildernsea, con la idea de que el lugar era barato y selecto.
"El lugar era, en efecto, selecto. No había estado allí ni un mes cuando descubrí que incluso la chica más bonita podía esperar mucho tiempo por un marido rico. Deseo apresurarme sobre esta parte de mi vida. Me atrevo a decir que era muy despreciable. Usted y su sobrino, Sir Michael, han sido ricos toda su vida, y pueden permitirse muy bien despreciarme; pero yo sabía hasta qué punto la pobreza puede afectar una vida, y esperaba con un terror enfermizo una vida así afectada. Al final, el pretendiente rico, el príncipe errante, apareció".
Hizo una pausa por un momento y se estremeció convulsivamente. Era imposible ver ninguno de los cambios en su rostro, pues estaba obstinadamente inclinado hacia el suelo. A lo largo de su larga confesión, nunca lo levantó; a lo largo de su larga confesión, su voz nunca se quebró por una lágrima. Lo que tenía que decir, lo dijo en un tono frío y duro, muy parecido al tono en que algún criminal, obstinado y hosco hasta el final, podría haberse confesado ante un capellán de prisión.
"El príncipe errante apareció", repitió; "se llamaba George Talboys".
Por primera vez desde que comenzó la confesión de su esposa, Sir Michael Audley dio un salto. Comenzaba a entenderlo todo ahora. Una multitud de palabras ignoradas y circunstancias olvidadas que habían parecido demasiado insignificantes para comentarlas o recordarlas, volvieron a él tan vívidamente como si hubieran sido los incidentes principales de su vida pasada.
"El Sr. George Talboys era alférez en un regimiento de dragones. Era el único hijo de un rico caballero rural. Se enamoró de mí y se casó conmigo tres meses después de mi decimoséptimo cumpleaños. Creo que lo amé tanto como estaba en mi poder amar a alguien; no más de lo que lo he amado a usted, Sir Michael; no tanto, pues cuando se casó conmigo me elevó a una posición que él nunca habría podido darme".
El sueño estaba roto. Sir Michael Audley recordó aquella tarde de verano, hace casi dos años, cuando había declarado por primera vez su amor por la institutriz del Sr. Dawson; recordó la sensación enfermiza y casi estremecida de arrepentimiento y decepción que le había invadido entonces, y sintió como si de alguna manera hubiera presagiado tenuemente la agonía de esta noche.
Pero no creo que, incluso en su miseria, sintiera esa sorpresa total e inmitigada, esa absoluta repulsión de sentimientos que se siente cuando una mujer buena se aleja de sí misma y se convierte en la criatura perdida a la que su marido está obligado por honor a abjurar. No creo que Sir Michael Audley hubiera creído realmente en su esposa. La había amado y admirado; había sido hechizado por su belleza y desconcertado por sus encantos; pero esa sensación de que algo faltaba, ese vago sentimiento de pérdida y decepción que le había invadido en la noche de verano de su compromiso, lo había acompañado con mayor o menor claridad desde entonces. No puedo creer que un hombre honesto, por pura y sencilla que sea su mente, por muy simplemente confiada que sea su naturaleza, sea alguna vez realmente engañado por la falsedad. Hay, bajo la confianza voluntaria, una desconfianza involuntaria que no puede ser conquistada por ningún esfuerzo de la voluntad.
"Nos casamos", continuó mi señora, "y lo amé muy bien, lo suficiente para ser feliz con él mientras duró su dinero, y mientras estábamos en el continente, viajando con el mejor estilo y alojándonos siempre en los mejores hoteles. Pero cuando volvimos a Wildernsea y vivimos con papá, y todo el dinero se acabó, y George se volvió sombrío y miserable, y siempre estaba pensando en sus problemas, y parecía descuidarme, fui muy infeliz, y parecía como si este espléndido matrimonio solo me hubiera dado un año de alegría y extravagancia después de todo. Le rogué a George que apelara a su padre, pero se negó. Lo persuadí para que intentara conseguir empleo, y fracasó. Nació mi bebé, y surgió para mí la crisis que había sido fatal para mi madre. Escapé, pero quizás estaba más irritable después de mi recuperación, menos inclinada a librar la dura batalla del mundo, más dispuesta a quejarme de la pobreza y el descuido. Me quejé un día, fuerte y amargamente; reprendí a George Talboys por su crueldad al haber aliado a una chica indefensa con la pobreza y la miseria, y él montó en cólera conmigo y salió corriendo de la casa. Cuando desperté a la mañana siguiente, encontré una carta sobre la mesa junto a mi cama, diciéndome que se iba a las antípodas a buscar fortuna, y que nunca volvería a verme hasta que fuera un hombre rico.
Vi esto como un abandono y me sentí amargamente resentida; resentida hasta el punto de odiar al hombre que me había dejado sin más protector que un padre débil y aficionado a la bebida, y con un niño al que mantener. Tuve que trabajar duramente para ganarme la vida y, en cada hora de labor —¿y qué labor es más tediosa que la sorda esclavitud de una institutriz?—, reconocía una ofensa distinta cometida contra mí por George Talboys. Su padre era rico, su hermana vivía en el lujo y la respetabilidad, y yo, su esposa y madre de su hijo, era una esclava aliada con la mendicidad y la oscuridad. La gente me compadecía, y yo los odiaba por su lástima. No amaba al niño, pues se había quedado como una carga en mis manos. La mancha hereditaria que corría por mi sangre nunca se había manifestado hasta entonces por ninguna señal o indicio; pero, en aquel momento, comencé a sufrir ataques de violencia y desesperación. Creo que fue entonces cuando mi mente perdió el equilibrio por primera vez y, por primera vez, crucé esa línea invisible que separa la razón de la locura. He visto los ojos de mi padre fijos en mí con horror y alarma. Lo he visto consolarme como solo se consuela a los locos y a los niños, y me he irritado contra sus pequeños ardides, he resentido incluso su indulgencia.
Por fin, estos ataques de desesperación se resolvieron en un propósito desesperado. Decidí huir de este hogar miserable que mi esclavitud sostenía. Decidí abandonar a este padre que sentía más miedo que amor por mí. Decidí ir a Londres y perderme en aquel gran caos de humanidad.
Había visto un anuncio en el Times mientras estaba en Wildernsea y me presenté ante la señora Vincent, la anunciante, con un nombre falso. Me aceptó, renunciando a toda pregunta sobre mis antecedentes. Usted sabe el resto. Vine aquí y usted me hizo una oferta cuya aceptación me elevaría de inmediato a la esfera a la que mi ambición había apuntado desde que era una colegiala y supe por primera vez que era bonita.
Habían pasado tres años y no había recibido ninguna señal de la existencia de mi marido; pues, razonaba, si él hubiera regresado a Inglaterra, habría conseguido encontrarme bajo cualquier nombre y en cualquier lugar. Conocía lo suficiente la energía de su carácter como para saberlo.
Dije: «Tengo derecho a pensar que está muerto, o que desea que crea que lo está, y su sombra no se interpondrá entre mi prosperidad y yo». Dije esto y me convertí en su esposa, Sir Michael, con toda la determinación de ser tan buena esposa como mi naturaleza me permitiera. Las tentaciones comunes que asaltan y hacen naufragar a algunas mujeres no tenían terror para mí. Habría sido su esposa fiel y pura hasta el fin de los tiempos, aunque hubiera estado rodeada por una legión de tentadores. La loca locura que el mundo llama amor nunca había tenido parte en mi locura, y aquí, al menos, los extremos se tocaron, y el vicio de la insensibilidad se convirtió en la virtud de la constancia.
Fui muy feliz en el primer triunfo y grandeza de mi nueva posición, muy agradecida a la mano que me había elevado hasta ella. Bajo el sol de mi propia felicidad sentí, por primera vez en mi vida, las miserias de los demás. Yo misma había sido pobre, y ahora era rica, y podía permitirme compadecerme y aliviar la pobreza de mis vecinos. Disfruté con actos de bondad y benevolencia. Averigüé la dirección de mi padre y le envié grandes sumas de dinero, de forma anónima, pues no quería que descubriera qué había sido de mí. Aproveché al máximo el privilegio que su generosidad me brindaba. Repartí felicidad por todas partes. Me vi amada además de admirada, y creo que podría haber sido una buena mujer el resto de mi vida, si el destino me lo hubiera permitido.
Creo que en aquel momento mi mente recuperó su justo equilibrio. Me había vigilado muy de cerca desde que dejé Wildernsea; me había mantenido bajo control. A menudo me había preguntado, mientras estaba sentada en el tranquilo círculo familiar del cirujano, si alguna sospecha de aquella mancha hereditaria e invisible se le habría ocurrido alguna vez al señor Dawson.
El destino no permitió que fuera buena. Mi sino me obligó a ser una desdichada. Al mes de mi matrimonio, leí en uno de los periódicos de Essex el regreso de un tal señor Talboys, un afortunado buscador de oro, procedente de Australia. El barco había zarpado en el momento en que leí el párrafo. ¿Qué se podía hacer?
Dije hace un momento que conocía la energía del carácter de George. Sabía que el hombre que había ido a las antípodas y ganado una fortuna para su esposa no dejaría piedra sin mover en sus esfuerzos por encontrarla. Era inútil pensar en esconderme de él.
A menos que se le hiciera creer que yo estaba muerta, él no cesaría en su búsqueda.
Mi cerebro estaba aturdido al pensar en mi peligro. De nuevo el equilibrio tembló, de nuevo la línea invisible fue cruzada, de nuevo estaba loca.
Bajé a Southampton y encontré a mi padre, que vivía allí con mi hijo. Usted recuerda cómo se utilizó el nombre de la señora Vincent como excusa para este viaje apresurado, y cómo se planeó que yo fuera sin más escolta que Phoebe Marks, a quien dejé en el hotel mientras yo iba a casa de mi padre.
Le confié a mi padre todo el secreto de mi peligro. No se escandalizó mucho por lo que yo había hecho, pues la pobreza tal vez había embotado su sentido del honor y de los principios. No se escandalizó mucho, pero estaba asustado y prometió hacer todo lo que estuviera en su mano para ayudarme en mi horrible emergencia.
Él había recibido una carta dirigida a mí en Wildernsea, por parte de George, y reenviada desde allí a mi padre. Esta carta había sido escrita pocos días antes del zarpe del Argus, y anunciaba la fecha probable de llegada del barco a Liverpool. Por lo tanto, esta carta nos dio datos sobre los cuales actuar.
Decidimos de inmediato el primer paso. Este consistía en que, en la fecha de la probable llegada del Argus, o unos días después, se insertara un anuncio de mi muerte en el Times.
Pero casi inmediatamente después de decidir esto, vimos que había dificultades terribles para llevar a cabo un plan tan sencillo. Debía anunciarse la fecha de la muerte y el lugar en el que morí, además de la muerte misma. George se apresuraría inmediatamente a ese lugar, por muy lejano que fuera, por muy comparativamente inaccesible que resultara, y la superficial falsedad sería descubierta.
Conocía lo suficiente su temperamento optimista, su coraje y determinación, su disposición a esperar contra toda esperanza, como para saber que, a menos que viera la tumba en la que yo estaba enterrada y el registro de mi muerte, nunca creería que yo estaba perdida para él.
Mi padre estaba totalmente atónito y sin recursos. Solo podía derramar lágrimas infantiles de desesperación y terror. No me sirvió de nada en esta crisis.
Perdí toda esperanza de encontrar una salida a mis dificultades. Empecé a pensar que debía confiar en el azar y esperar que, entre otros rincones oscuros de la tierra, Audley Court fuera algo inimaginable para mi marido.
Estaba sentada con mi padre, tomando el té con él en su miserable choza, y jugando con el niño, que estaba complacido con mi vestido y mis joyas, pero que no era consciente de que yo era algo más que una desconocida para él. Tenía al niño en mis brazos cuando una mujer que lo cuidaba vino a buscarlo para que pudiera arreglarlo más para que lo viera la dama, según dijo.
Estaba ansiosa por saber cómo trataban al niño y retuve a esta mujer en conversación conmigo mientras mi padre dormitaba sobre la mesa del té.
Era una mujer de rostro pálido y cabello arenoso, de unos cuarenta y cinco años, y parecía muy contenta de tener la oportunidad de hablar conmigo tanto tiempo como yo quisiera permitirle. Sin embargo, pronto dejó de hablar del niño para contarme sus propias penas. Estaba en un gran apuro, me dijo. Su hija mayor se había visto obligada a dejar su empleo por mala salud; de hecho, el médico decía que la chica estaba consumiéndose; y era algo duro para una pobre viuda que había conocido tiempos mejores tener que mantener a una hija enferma, además de a una familia de niños pequeños.
Dejé que la mujer divagara durante mucho tiempo de esta manera, contándome las dolencias de la chica, su edad, las medicinas del médico, su piedad, sus sufrimientos y mucho más. Pero ni la escuché ni le presté atención. La oía, pero solo de una manera lejana, como oía el tráfico en la calle o el murmullo del arroyo al final de ella. ¿Qué eran las penas de esta mujer para mí? Yo tenía mis propias miserias, y miserias peores de las que su naturaleza tosca podría soportar jamás. Esta clase de gente siempre tenía maridos enfermos o niños enfermos, y esperaban ser ayudados en su enfermedad por los ricos. No era nada fuera de lo común. Estaba pensando esto, y estaba a punto de despedir a la mujer con una soberana para su hija enferma, cuando una idea se me cruzó por la mente con tal dolorosa rapidez que hizo que la sangre subiera a mi cerebro y que mi corazón latiera como solo lo hace cuando estoy loca.
Le pregunté su nombre a la mujer. Era una tal señora Plowson, que regentaba una pequeña tienda general, dijo, y solo corría de vez en cuando a cuidar de Georgey y a ver que la pequeña criada de todo servicio cuidara de él. El nombre de su hija era Matilda. Le hice varias preguntas sobre esta chica, Matilda, y comprobé que tenía veinticuatro años, que siempre había sido tuberculosa y que ahora, como decía el médico, se estaba extinguiendo en un rápido declive. Había declarado que no podría durar mucho más de una quincena.
En tres semanas se esperaba que el barco que transportaba a George Talboys anclara en el Mersey.
No necesito detenerme en este asunto. Visité a la chica enferma. Era rubia y esbelta. Su descripción, dada descuidadamente, podría coincidir casi lo suficiente con la mía, aunque no tenía ni sombra de parecido conmigo, excepto en estos dos puntos. Fui recibida por la chica como una rica dama que deseaba hacerle un servicio. Compré a la madre, que era pobre y codiciosa, y que, por una suma de dinero, más dinero del que jamás había recibido, consintió en someterse a todo lo que yo deseara. El segundo día después de mi presentación a esta señora Plowson, mi padre fue a Ventnor y alquiló habitaciones para su hija inválida y su pequeño hijo. A la mañana siguiente, temprano, llevó allí a la chica moribunda y a Georgey, a quien habían sobornado para que la llamara «mamá». Entró en la casa como la señora Talboys; fue atendida por un médico de Ventnor como la señora Talboys; murió, y su muerte y entierro fueron registrados bajo ese nombre.
El anuncio se insertó en el Times y, el segundo día después de su inserción, George Talboys visitó Ventnor y encargó la lápida que a esta hora registra la muerte de su esposa, Helen Talboys.
Sir Michael Audley se levantó lentamente y con un movimiento rígido y forzado, como si todo sentido físico hubiera quedado entumecido por ese único sentido de miseria.
—No puedo oír nada más —dijo en un susurro ronco—; si hay algo más que contar, no puedo escucharlo. Robert, tengo entendido que eres tú quien ha provocado este descubrimiento. No quiero saber nada más. ¿Quieres asumir la tarea de proveer la seguridad y el bienestar de esta dama a quien he considerado mi esposa? No hace falta que te pida que recuerdes en todo lo que hagas que la he amado muy querida y verdaderamente. No puedo despedirme de ella. No lo diré hasta que pueda pensar en ella sin amargura, hasta que pueda compadecerla, como ahora rezo para que Dios la compadezca esta noche.
Sir Michael salió lentamente de la habitación. No se atrevió a mirar aquella figura encogida. No quería ver a la criatura a la que había acariciado. Fue directamente a su vestidor, llamó a su ayuda de cámara y le ordenó que hiciera las maletas y tomara todas las medidas necesarias para acompañar a su amo en el último tren de regreso.
CAPÍTULO XXXV.
LA CALMA QUE SUCEDE A LA TEMPESTAD.
Robert Audley siguió a su tío al vestíbulo después de que Sir Michael hubiera pronunciado aquellas pocas palabras tranquilas que sonaron como el toque de difuntos de su esperanza y su amor. El Cielo sabe cuánto había temido el joven la llegada de este día. Había llegado; y aunque no hubo un gran estallido de desesperación, ningún torbellino de tormentosa aflicción, ninguna ruidosa tempestad de angustia y lágrimas, Robert no sacó ningún pensamiento reconfortante de aquella quietud antinatural. Sabía lo suficiente para saber que Sir Michael Audley se marchaba con la flecha con púas, que la mano de su sobrino había dirigido hacia su objetivo, hiriendo su corazón torturado; sabía que esta extraña y helada calma era el primer entumecimiento de un corazón golpeado por un dolor tan inesperado que, por un momento, quedó casi incomprensible por un vacío estupor de asombro; sabía que cuando esta sorda quietud hubiera pasado, cuando poco a poco, y una por una, cada horrible faceta del dolor del sufriente se volviera primero vagamente aparente y luego terriblemente familiar para él, la tormenta estallaría con fatal furia, y tempestades de lágrimas y crueles truenos de agonía desgarrarían aquel corazón generoso.
Robert había oído hablar de casos en los que hombres de la edad de su tío habían soportado algún gran dolor, como Sir Michael había soportado este, con una extraña quietud; y se habían alejado de aquellos que los habrían consolado, y cuyas ansiedades se habrían aliviado con esta paciente calma, para caer al suelo y morir bajo el golpe que al principio solo los había aturdido. Recordaba casos en los que la parálisis y la apoplejía habían golpeado a hombres tan fuertes como su tío en la primera hora de la horrible aflicción; y permaneció en el vestíbulo iluminado por las lámparas, preguntándose si no era su deber estar con Sir Michael, estar cerca de él, en caso de cualquier emergencia, y acompañarlo dondequiera que fuera.
Sin embargo, ¿sería prudente imponerse a aquel sufriente de cabellos grises en esta hora cruel, en la que había sido despertado del único engaño de una vida intachable para descubrir que había sido el incauto de un rostro falso y el tonto de una naturaleza que era demasiado fríamente mercenaria, demasiado cruelmente despiadada, como para ser consciente de su propia infamia?
«No», pensó Robert Audley, «no me entrometeré en la angustia de este corazón herido. Hay humillación mezclada con este dolor amargo. Es mejor que luche la batalla solo. He hecho lo que creo que ha sido mi deber solemne, sin embargo, apenas me extrañaría si me hubiera hecho odioso para él para siempre. Es mejor que luche la batalla solo. No puedo hacer nada para que la lucha sea menos terrible. Mejor que se luche solo».
Mientras el joven estaba con la mano en la puerta de la biblioteca, todavía medio dudando si debía seguir a su tío o volver a entrar en la habitación en la que había dejado a aquella criatura más desgraciada a la que había sido su tarea desenmascarar, Alicia Audley abrió la puerta del comedor y le reveló el antiguo apartamento con paneles de roble, la larga mesa cubierta con un vistoso damasco y brillante con un resplandor alegre de cristal y plata.
—¿Papá viene a cenar? —preguntó la señorita Audley—. Tengo mucha hambre; y el pobre Tomlins ha enviado a decir tres veces que el pescado se va a echar a perder. Para estas horas ya debe estar reducido a una especie de sopa de cola de pescado, supongo —añadió la joven mientras salía al vestíbulo con el periódico Times en la mano.
Había estado sentada junto al fuego leyendo el periódico y esperando a que sus mayores se unieran a ella en la mesa del comedor.
—Oh, es usted, señor Robert Audley —observó, indiferente—. Usted cenará con nosotros, por supuesto. Por favor, vaya a buscar a papá. Deben ser casi las ocho y se supone que cenamos a las seis.
El señor Audley respondió a su prima con bastante severidad. Su actitud frívola le chirriaba y olvidó en su desagrado irracional que la señorita Audley no sabía nada del terrible drama que se había estado representando durante tanto tiempo bajo sus propias narices.
—Tu padre acaba de sufrir una aflicción muy grande, Alicia —dijo el joven con gravedad.
El rostro alegre y risueño de la joven cambió en un momento a una mirada tiernamente sincera de tristeza y ansiedad. Alicia Audley amaba a su padre muy profundamente.
—¿Una aflicción? —exclamó—. ¿Papá afligido? Oh, Robert, ¿qué ha pasado?
—No puedo decirte nada todavía, Alicia —respondió Robert en voz baja.
Tomó a su prima por la muñeca y la llevó al comedor mientras hablaba. Cerró la puerta cuidadosamente detrás de él antes de continuar:
—Alicia, ¿puedo confiar en ti? —preguntó con seriedad.
—¿Confiar en mí para qué?
—Para ser un consuelo y una amiga para tu pobre padre bajo una aflicción muy pesada.
—¡Sí! —gritó Alicia con vehemencia—. ¿Cómo puedes hacerme tal pregunta? ¿Crees que hay algo que no haría para aliviar cualquier pena de mi padre? ¿Crees que hay algo que no sufriría si mi sufrimiento pudiera aliviar la suya?
Las lágrimas brotaron de los brillantes ojos grises de la señorita Audley mientras hablaba.
—¡Oh, Robert! ¡Robert! ¿Podías pensar tan mal de mí como para creer que no trataría de ser un consuelo para mi padre en su dolor? —dijo, con tono de reproche.
—No, no, querida —respondió el joven, con calma—; nunca dudé de tu afecto, solo dudé de tu discreción. ¿Puedo confiar en ella?
—Puedes, Robert —dijo Alicia, con resolución.
—Muy bien, entonces, querida, confiaré en ti. Tu padre va a dejar la Corte, al menos por un tiempo. El dolor que acaba de soportar —un dolor repentino e inesperado, recuerda— sin duda ha hecho que este lugar le resulte odioso. Se va; pero no debe ir solo, ¿verdad, Alicia?
—¿Solo? ¡No! ¡No! Pero supongo que mi señora...
—Lady Audley no irá con él —dijo Robert, gravemente—; está a punto de separarse de ella.
—¿Por un tiempo?
—No, para siempre.
—¡Separarse de ella para siempre! —exclamó Alicia—. Entonces este dolor...
—Está relacionado con Lady Audley. Lady Audley es la causa del dolor de tu padre.
El rostro de Alicia, que antes estaba pálido, se tiñó de carmesí. ¡Un dolor del que mi señora era la causa, un dolor que separaría a Sir Michael para siempre de su esposa! No había habido ninguna pelea entre ellos, nunca había habido nada más que armonía y luz de sol entre Lady Audley y su generoso esposo. Este dolor, entonces, seguramente habría surgido de algún descubrimiento repentino; sin duda, era un dolor asociado a la desgracia. Robert Audley comprendió el significado de aquel vívido rubor.
—Te ofrecerás a acompañar a tu padre a dondequiera que decida ir, Alicia —dijo—. Eres su consuelo natural en un momento como este, pero mejor le servirás en esta hora de prueba evitando toda intrusión en su dolor. Tu misma ignorancia sobre los detalles de ese dolor será una garantía para tu discreción. No le digas a tu padre nada que no pudieras haberle dicho hace dos años, antes de que se casara con una segunda esposa. Intenta ser para él lo que eras antes de que la mujer que está en aquella habitación se interpusiera entre tú y el amor de tu padre.
—Lo haré —murmuró Alicia—, lo haré.
«Naturalmente, evitarás toda mención al nombre de Lady Audley. Si tu padre guarda silencio a menudo, sé paciente; si a veces te parece que la sombra de este gran pesar nunca se apartará de su vida, sé paciente aún; y recuerda que no puede haber mejor esperanza de cura para su aflicción que la esperanza de que la devoción de su hija le lleve a recordar que hay una mujer sobre esta tierra que le amará verdadera y puramente hasta el final».
«Sí... sí, Robert, querido primo, lo recordaré».
El señor Audley, por primera vez desde que era un colegial, tomó a su prima entre sus brazos y besó su amplia frente.
«Mi querida Alicia —dijo—, haz esto y me harás feliz. He sido en cierta medida el medio de atraer este pesar sobre tu padre. Permíteme esperar que no sea duradero. Intenta devolver la felicidad a mi tío, Alicia, y te amaré con más cariño del que un hermano haya sentido jamás por una hermana de noble corazón; y un afecto fraternal puede valer la pena, tal vez, después de todo, querida, aunque es muy diferente a la adoración entusiasta del pobre Sir Harry».
La cabeza de Alicia estaba inclinada y su rostro oculto de su primo mientras él hablaba, pero ella levantó la vista cuando él hubo terminado, y le miró directamente al rostro con una sonrisa que solo resultó más brillante porque sus ojos estaban llenos de lágrimas.
«Eres un buen tipo, Bob —dijo—; y yo he sido muy necia y malvada al sentirme enfadada contigo porque...»
La joven se detuvo en seco.
«¿Porque qué, querida?», preguntó el señor Audley.
«Porque soy una tonta, primo Robert —dijo Alicia rápidamente—; no te preocupes por eso, Bob, haré todo lo que deseas, y no será culpa mía si mi queridísimo padre no olvida sus problemas dentro de poco. Iría al fin del mundo con él, pobre querido, si pensara que se puede encontrar algún consuelo para él en el viaje. Voy a prepararme ahora mismo. ¿Crees que papá se irá esta noche?».
«Sí, querida; no creo que Sir Michael descanse otra noche bajo este techo por el momento».
«El correo sale a las nueve y veinte —dijo Alicia—; debemos salir de la casa en una hora si hemos de viajar en él. ¿Te volveré a ver antes de irnos, Robert?».
«Sí, querida».
La señorita Audley corrió a su habitación para llamar a su doncella y hacer todos los preparativos necesarios para el repentino viaje, de cuyo destino final aún no sabía nada.
Se entregó en cuerpo y alma a llevar a cabo el deber que Robert le había dictado. Ayudó a empacar sus maletas y dejó a su doncella irremediablemente desconcertada al meter vestidos de seda en sus sombrereras y zapatos de raso en su neceser. Vagó por sus habitaciones reuniendo materiales de dibujo, libros de música, labores de costura, cepillos para el cabello, joyas y frascos de perfume, casi como si estuviera a punto de zarpar hacia algún país salvaje, desprovisto de todos los recursos civilizados. Pensaba todo el tiempo en el dolor desconocido de su padre, y quizás un poco en el rostro serio y la voz sincera que esa noche le había revelado a su primo Robert bajo una nueva faceta.
El señor Audley subió tras su prima y encontró el camino al vestidor de Sir Michael. Llamó a la puerta y escuchó, Dios sabe con cuánta ansiedad, la esperada respuesta. Hubo un momento de pausa, durante el cual el corazón del joven latía fuerte y rápido, y luego la puerta fue abierta por el propio baronet. Robert vio que el ayuda de cámara de su tío ya estaba trabajando arduamente para preparar el apresurado viaje de su señor.
Sir Michael salió al pasillo.
«¿Tienes algo más que decirme, Robert?», preguntó con calma.
«Solo vine a averiguar si podía ayudar en alguno de tus preparativos. ¿Vas a Londres en el correo?».
«Sí».
«¿Tienes alguna idea de dónde te alojarás?».
«Sí, me detendré en el Clarendon; allí me conocen. ¿Es eso todo lo que tienes que decir?».
«Sí; excepto que, ¿te acompañará Alicia?».
«¡Alicia!».
«No podría quedarse muy bien aquí, ya sabes, justo ahora. Sería mejor para ella dejar la mansión hasta que...».
«Sí, sí, lo entiendo —interrumpió el baronet—; pero ¿no hay otro lugar al que pueda ir? ¿debe estar conmigo?».
«No podría ir a ningún otro lugar tan inmediatamente, y no sería feliz en ninguna otra parte».
«Que venga, entonces —dijo Sir Michael—, que venga».
Habló con una voz extraña y apagada, y con un esfuerzo aparente, como si le resultara doloroso hablar en absoluto; como si todo este asunto ordinario de la vida fuera una cruel tortura para él, y chocara tanto con su dolor que fuera casi peor de soportar que ese mismo dolor.
«Muy bien, querido tío, entonces todo está arreglado; Alicia estará lista para partir a las nueve en punto».
«Muy bien, muy bien —murmuró el baronet—; que venga si le place, pobre niña, que venga».
Suspiró profundamente al hablar en ese tono medio compasivo sobre su hija. Estaba pensando en cuán comparativamente indiferente había sido hacia esa única hija por amor a la mujer que ahora estaba encerrada en la habitación iluminada por el fuego, abajo.
«Le veré otra vez antes de que se marche, señor —dijo Robert—; le dejaré hasta entonces».
«¡Espera! —dijo Sir Michael, de repente—; ¿se lo has dicho a Alicia?».
«No le he dicho nada, excepto que está a punto de dejar la mansión por algún tiempo».
«Eres muy bueno, hijo mío, eres muy bueno», murmuró el baronet con voz quebrada.
Extendió la mano. Su sobrino la tomó con las suyas y la presionó contra sus labios.
«¡Oh, señor! ¿Cómo podré perdonarme alguna vez? —dijo—; ¿cómo podré dejar de odiarme a mí mismo por haber atraído este pesar sobre usted?».
«No, no, Robert, hiciste lo correcto; desearía que Dios hubiera sido tan misericordioso conmigo como para llevarse mi miserable vida antes de esta noche; pero hiciste lo correcto».
Sir Michael volvió a entrar en su vestidor y Robert regresó lentamente al vestíbulo. Se detuvo en el umbral de aquella cámara en la que había dejado a Lucy: Lady Audley, o mejor dicho, Helen Talboys, la esposa de su amigo perdido.
Ella estaba tendida en el suelo, en el mismo lugar en el que se había acurrucado a los pies de su marido contando su historia culpable. Si estaba desmayada, o si yacía allí en la total indefensión de su miseria, a Robert apenas le importaba saberlo. Salió al vestíbulo y envió a uno de los sirvientes a buscar a su doncella, la joven inteligente y llena de cintas que se deshacía en asombro y consternación al ver a su ama.
«Lady Audley está muy enferma —dijo—; llévala a su habitación y asegúrate de que no salga de ella esta noche. Serás tan amable de permanecer cerca de ella, pero no hables con ella ni permitas que se excite hablando».
Mi señora no se había desmayado; permitió que la joven la ayudara y se levantó del suelo sobre el que se había arrastrado. Su cabello dorado caía en masas sueltas y desordenadas sobre su garganta y hombros de marfil, su rostro y sus labios estaban incoloros, sus ojos terribles en su luz antinatural.
«¡Llévame lejos —dijo— y déjame dormir! ¡Déjame dormir, porque mi cerebro está en llamas!».
Mientras abandonaba la habitación con su doncella, se volvió y miró a Robert. «¿Se ha ido Sir Michael?», preguntó.
«Se irá en media hora».
«¿No hubo víctimas en el incendio de Mount Stanning?».
«Ninguna».
«Me alegro de ello».
«El propietario de la casa, Marks, fue quemado terriblemente y se encuentra en un estado precario en la casa de su madre; pero puede recuperarse».
«Me alegro de ello; me alegro de que no se perdiera ninguna vida. Buenas noches, señor Audley».
«Pediré verla para una conversación de media hora en el transcurso de mañana, mi señora».
«Cuando usted quiera. Buenas noches».
«Buenas noches».
Ella se alejó tranquilamente apoyada en el hombro de su doncella, dejando a Robert con una sensación de extraño desconcierto que le resultaba muy dolorosa.
Se sentó junto al amplio hogar sobre el que las brasas rojas se desvanecían, y se maravilló del cambio en aquella antigua casa que, hasta el día de la desaparición de su amigo, había sido un hogar tan placentero para todos los que se refugiaban bajo su hospitalario techo. Se sentó a meditar sobre el desolado hogar y tratando de decidir qué debía hacerse en esta repentina crisis. Se sentó indefenso e impotente para determinar cualquier curso de acción, perdido en un ensimismamiento sordo, del que fue despertado por el sonido de las ruedas de un carruaje acercándose a la pequeña entrada de la torreta.
El reloj del vestíbulo dio las nueve cuando Robert abrió la puerta de la biblioteca. Alicia acababa de bajar las escaleras con su doncella; una joven campesina de rostro sonrosado.
«Adiós, Robert —dijo la señorita Audley, tendiendo la mano a su primo—; ¡adiós, y que Dios te bendiga! Puedes confiar en mí para cuidar de papá».
«Estoy seguro de que puedo. Que Dios te bendiga, querida».
Por segunda vez esa noche, Robert Audley presionó sus labios contra la cándida frente de su prima, y por segunda vez el abrazo fue de carácter fraternal o paternal, más que el acto arrobado que habría sido si Sir Harry Towers hubiera sido el privilegiado ejecutor.
Eran las nueve y cinco cuando Sir Michael bajó las escaleras, seguido por su ayuda de cámara, serio y de cabello gris como él mismo. El baronet estaba pálido, pero tranquilo y dueño de sí mismo. La mano que dio a su sobrino estaba fría como el hielo, pero fue con voz firme que se despidió del joven.
«Dejo todo en tus manos, Robert —dijo, mientras se volvía para abandonar la casa en la que había vivido tanto tiempo—. Puede que no haya oído el final, pero he oído suficiente. Dios sabe que no necesito oír más. Dejo todo en ti, pero no serás cruel; recordarás cuánto amé...»
Su voz se quebró ronca antes de que pudiera terminar la frase.
«Le recordaré en todo, señor —respondió el joven—. Haré todo lo mejor posible».
Una traicionera niebla de lágrimas le cegó y le ocultó el rostro de su tío, y en otro minuto el carruaje se había alejado y Robert Audley se sentó solo en la biblioteca oscura, donde solo una chispa roja brillaba entre las pálidas cenizas grises. Se sentó solo, tratando de pensar qué debía hacer, y con la terrible responsabilidad del destino de una mujer malvada sobre sus hombros.
«¡Buen Dios! —pensó—; seguramente esto debe ser el juicio de Dios sobre la vida sin propósito y vacilante que llevé hasta el séptimo día del pasado septiembre. Seguramente esta terrible responsabilidad se me ha impuesto para que pueda humillarme ante una Providencia ofendida, y confesar que un hombre no puede elegir su propia vida. No puede decir: "Tomaré la existencia a la ligera, y me mantendré fuera del camino de las criaturas miserables, equivocadas y enérgicas, que luchan tan profundamente en la gran batalla". No puede decir: "Me quedaré en las tiendas mientras se libra la contienda, y me reiré de los tontos que son pisoteados en la lucha inútil". No puede hacer esto. Solo puede hacer, humilde y temerosamente, aquello que el Hacedor que lo creó ha designado para que haga. Si tiene una batalla que luchar, que la luche fielmente; pero ¡ay de él si se esconde cuando su nombre es llamado en la poderosa lista de revista, ay de él si se esconde en las tiendas cuando el toque de rebato lo convoca al escenario de la guerra!».
Uno de los sirvientes trajo velas a la biblioteca y volvió a encender el fuego, pero Robert Audley no se movió de su asiento junto al hogar. Se sentó como a menudo se había sentado en sus habitaciones en Figtree Court, con los codos apoyados en los brazos de su silla y la barbilla sobre la mano.
Pero levantó la cabeza cuando el sirviente estaba a punto de salir de la habitación.
«¿Puedo enviar un mensaje desde aquí a Londres?», preguntó.
«Se puede enviar desde Brentwood, señor, no desde aquí».
El señor Audley miró su reloj pensativamente.
«Uno de los hombres puede cabalgar hasta Brentwood, señor, si desea enviar algún mensaje».
«Sí deseo enviar un mensaje; ¿podrás arreglártelas para mí, Richards?».
«Ciertamente, señor».
«Puedes esperar, entonces, mientras escribo el mensaje».
«Sí, señor».
El hombre trajo material de escritura de una de las mesas auxiliares y lo colocó ante el señor Audley.
Robert mojó una pluma en la tinta y miró pensativamente una de las velas durante unos momentos antes de empezar a escribir.
El mensaje decía así:
«De Robert Audley, de Audley Court, Essex, a Francis Wilmington, de Paper-buildings, Temple.
QUERIDO WILMINGTON: Si conoces a algún médico experimentado en casos de manía, y en quien se pueda confiar un secreto, sé tan amable de enviarme su dirección por telégrafo».
El señor Audley selló este documento en un sobre grueso y se lo entregó al hombre, con una soberana.
«Asegúrate de que esto se entregue a una persona de confianza, Richards —dijo—, y deja que el hombre espere en la estación por el mensaje de respuesta. Debería recibirlo en una hora y media».
El señor Richards, que había conocido a Robert Audley con chaqueta y cuello vuelto, partió para cumplir su encargo. Dios prohíba que le sigamos hasta el cómodo salón de los sirvientes en la mansión, donde el personal se sentaba alrededor del fuego ardiente, discutiendo con total desconcierto los acontecimientos del día.
Nada podía estar más lejos de la verdad que las especulaciones de estas dignas personas. ¿Qué pista tenían del misterio de aquella habitación iluminada por el fuego en la que una mujer culpable se había arrodillado a los pies de su amo para contar la historia de su vida pecaminosa? Solo sabían lo que el ayuda de cámara de Sir Michael les había contado sobre este repentino viaje. Cómo su señor estaba pálido como una sábana y hablaba con una voz extraña que no sonaba como la suya, de alguna manera, y cómo podrías haber derribado al señor Parsons, el ayuda de cámara, con una pluma, si hubieras tenido la intención de postrarlo con la ayuda de un arma tan débil.
Las mentes sabias del salón de los sirvientes decidieron que Sir Michael había recibido noticias repentinas a través del señor Robert —fueron lo suficientemente sabios como para conectar al joven con la catástrofe—, ya fuera la muerte de algún pariente cercano y querido —los sirvientes más antiguos diezmaron a la familia Audley en sus intentos de encontrar un pariente probable—, o de alguna caída alarmante en los fondos, o del fracaso de alguna especulación o banco en el que la mayor parte del dinero del baronet estaba invertido. La tendencia general era hacia el fracaso de un banco, y cada miembro de la asamblea parecía sentir un deleite lúgubre y cuervo ante la idea, aunque tal suposición implicaba su propia ruina en la destrucción general de esa casa liberal.
Robert se sentó junto al lúgubre hogar, que parecía lúgubre incluso ahora cuando el resplandor de un gran fuego de leña rugía en la ancha chimenea, y escuchó el gemido bajo del viento de marzo lamentándose alrededor de la casa y levantando la hiedra temblorosa de los muros que cobijaba. Estaba cansado y agotado, pues recuerden que había sido despertado de su sueño a las dos de la mañana por el aliento caliente de la madera en llamas y el chasquido agudo de la carpintería ardiendo. De no ser por su presencia de ánimo y su fría decisión, el señor Luke Marks habría muerto de una muerte terrible. Todavía conservaba las huellas del peligro de la noche, pues el cabello oscuro se había chamuscado a un lado de su frente, y su mano izquierda estaba roja e inflamada por el efecto de la atmósfera abrasadora de la que había arrastrado al propietario de la posada Castle. Estaba completamente agotado por la fatiga y la excitación, y cayó en un sueño profundo en su sillón ante el brillante fuego, del que solo fue despertado por la entrada del señor Richards con el mensaje de respuesta.
Este mensaje de respuesta era muy breve.
«QUERIDO AUDLEY: Siempre encantado de complacerte. Alwyn Mosgrave, M.D., 12 Saville Row. Seguro».
Esto, con nombres y direcciones, era todo lo que contenía.
«Necesitaré que se lleve otro mensaje a Brentwood mañana por la mañana, Richards —dijo el señor Audley, mientras doblaba el telegrama—. Me alegraría que el hombre fuera con él antes del desayuno. Tendrá media soberana por su molestia».
El señor Richards hizo una reverencia.
«Gracias, señor; no es necesario, señor; pero como usted desee, por supuesto, señor —murmuró—. ¿A qué hora desearía que fuera el hombre?».
El señor Audley desearía que el hombre fuera tan temprano como pudiera, así que se decidió que fuera a las seis.
«Mi habitación está lista, supongo, Richards», dijo Robert.
«Sí, señor; su antigua habitación».
«Muy bien. Iré a la cama de inmediato. Tráigame un vaso de brandy con agua lo más caliente que pueda hacerlo, y espere por el telegrama».
Este segundo mensaje era solo una petición muy sincera al doctor Mosgrave para que hiciera una visita inmediata a Audley Court sobre un asunto de serio momento.
Habiendo escrito este mensaje, el señor Audley sintió que había hecho todo lo que podía hacer. Bebió su brandy con agua. Tenía una necesidad real del alcohol diluido, pues se había quedado helado hasta los huesos por sus aventuras durante el incendio. Bebió lentamente el líquido dorado pálido y pensó en Clara Talboys, en esa joven sincera cuya memoria del hermano estaba ahora vengada, cuyo destructor del hermano estaba humillado en el polvo. ¿Había oído hablar del incendio en la posada Castle? ¿Cómo podría haber hecho otra cosa que oír de él en un lugar como Mount Stanning? Pero ¿había oído que él había estado en peligro y que se había distinguido por el rescate de un patán borracho? Temo que, incluso sentado junto a ese hogar desolado, y bajo el techo cuyo señor era un exiliado de su propia casa, Robert Audley fue lo suficientemente débil como para pensar en estas cosas; lo suficientemente débil como para dejar que su imaginación vagara hacia los lúgubres abetos bajo el frío cielo de marzo, y los ojos de color marrón oscuro que eran tan parecidos a los ojos de su amigo perdido.
CAPÍTULO XXXVI.
EL CONSEJO DEL DR. MOSGRAVE.
Mi señora durmió. Durante toda esa larga noche de invierno durmió profundamente. Los criminales a menudo han dormido así su último sueño en la tierra; y han sido encontrados en la gris mañana durmiendo pacíficamente, por el carcelero que venía a despertarlos.
La partida había sido jugada y perdida. No creo que mi señora hubiera desechado una carta, o perdido la oportunidad de hacer una baza que hubiera podido hacer por cualquier posibilidad; pero la mano de su oponente había sido demasiado poderosa para ella, y él había ganado.
Se consideraba a sí misma como una especie de prisionera de estado, de la que habría que cuidar bien. Una segunda Máscara de Hierro, que debía ser provista en algún lugar cómodo de confinamiento. Se abandonó a una sorda indiferencia. Había vivido cien vidas en el espacio de los últimos días de su existencia, y había agotado su capacidad de sufrimiento, al menos por un tiempo.
Desayunó, tomó su baño matutino y emergió, con el cabello perfumado y con el más exquisitamente descuidado de los atuendos matutinos, de su lujoso vestidor. Se miró en el espejo de cuerpo entero antes de salir de la habitación. Un largo descanso nocturno había devuelto los delicados tonos rosados de su tez y el brillo natural de sus ojos azules. Esa luz antinatural que había ardido tan terriblemente el día anterior se había ido, y mi señora sonrió triunfante mientras contemplaba el reflejo de su belleza. Los días en que sus enemigos podrían haberla marcado con hierros al rojo vivo y quemado la hermosura que había causado tanto daño habían pasado. Hicieran lo que hicieran con ella, debían dejarle su belleza, pensó. En el peor de los casos, eran impotentes para robarle eso.
El carruaje se detuvo ante un gran portal de hierro, que se abría en un muro de piedra alto y sombrío, cubierto de hiedra seca y marchita. Un hombre de aspecto severo, con una sotana negra que le daba un aire de eclesiástico, salió a recibirles. Era el señor Val. Robert Audley reconoció al instante a aquel hombre, cuyo rostro parecía tallado en madera vieja, como el guardián de la prisión que el médico de Londres le había descrito. Sin decir una palabra, el señor Val se inclinó ante la dama, cuyos ojos, fríos y expectantes, recorrieron el recinto con una mirada que buscaba cualquier posibilidad de escape.
Robert sintió un peso insoportable sobre sus hombros. Entregó la carta de presentación al señor Val, quien la tomó con una reverencia mecánica y la leyó bajo la vacilante luz de una lámpara de aceite que colgaba del arco de entrada. La mirada del director de la institución se posó brevemente sobre mi señora, no con curiosidad, sino con la misma indiferencia con la que un agrimensor examina una parcela de tierra que va a ser cercada.
"Todo está preparado, Monsieur Audley", dijo el hombre con un acento francés cargado de una monotonía glacial. "La habitación está lista. Las normas de la casa son estrictas, pero necesarias para el bienestar de la paciente".
Mi señora no soltó ni una lágrima. Caminó hacia el interior del edificio con la cabeza erguida, manteniendo esa elegancia que ni siquiera la perspectiva de una reclusión perpetua podía arrebatarle. Observaba los corredores con techos abovedados y las ventanas protegidas por gruesos barrotes con una serenidad que, a los ojos de Robert, resultaba más aterradora que cualquier grito de desesperación. Era la calma de quien sabe que el juego ha terminado y que, aunque ha perdido, aún conserva el orgullo de su astucia.
Robert Audley la acompañó hasta la puerta de la que sería su nueva morada. Por un momento, las miradas de ambos se cruzaron. En los ojos de ella no había súplica, sino un desprecio gélido, una voluntad que, aunque acorralada, permanecía indomable. Él se sintió, en aquel instante, más prisionero que ella; el ejecutor de una sentencia que le perseguiría hasta el fin de sus días.
"Adiós, milady", murmuró él, con la voz quebrada.
Ella no respondió. Entró en la estancia, y el sonido del cerrojo al echarse resonó en el pasillo como el golpe de una lápida cerrándose sobre una tumba. Robert se quedó inmóvil, escuchando el eco de sus propios pasos mientras se alejaba hacia el patio. El aire de Villebrumeuse era pesado, cargado de un vaho húmedo y sepulcral. Había cumplido con su deber; la amenaza había sido neutralizada, el nombre de los Audley estaba a salvo, pero el precio de aquella paz era una culpa que le acompañaría, en silencio, para siempre.
Cuando Robert salió al exterior, el cielo de marzo se cernía sobre el asilo con una negrura absoluta, desprovista de la pálida compasión de la luna. El aire, gélido y punzante, parecía impregnado del mismo hastío que se respiraba tras los muros de piedra. El cochero, impaciente por abandonar aquel recinto de sombras, aguardaba junto a los caballos, que resoplaban nerviosos ante el hedor a encierro y humedad que emanaba del patio.
Sin pronunciar palabra, el joven subió al carruaje. El traqueteo de las ruedas sobre los adoquines irregulares le resultó un sonido estridente, una intrusión violenta en el silencio sepulcral que dominaba aquel rincón del mundo. Cada vez que el vehículo saltaba sobre una piedra, la imagen del pozo y la caída de George Talboys le asaltaba con una claridad atroz. La confesión, vertida con una frialdad gélida por aquella mujer que ahora quedaba atrás, se había incrustado en su conciencia como un veneno.
Al dejar atrás el bulevar de los esqueletos arbóreos, Robert sintió un vacío inmenso. La justicia, tal como él la había entendido, carecía de la capacidad de redimir el horror. Había depositado a una asesina en un mausoleo para los vivos, creyendo que con ello purificaba su propio linaje, pero el peso de la verdad le resultaba ahora insoportable. Los árboles, despojados de sus hojas, se alzaban como dedos acusadores contra el cielo nocturno, observando su huida.
El coche se internó de nuevo en las calles adoquinadas, más allá de las plazas lúgubres y las catedrales invisibles, buscando la ruta que le devolvería a la realidad de su vida, una vida que ya nunca sería la misma. Robert cerró los ojos, intentando ahuyentar el recuerdo de aquel rostro, de aquellas manos enguantadas en diamantes que habían sellado el destino de su amigo. Pero los ecos de la historia de Lady Audley resonaban en el interior del carruaje, ocultos en los pliegues de la tapicería, como una presencia que se negaba a ser abandonada.
Finalmente, el cansancio se apoderó de sus miembros. La agitación del día dio paso a un entumecimiento que no era descanso, sino el embotamiento propio de quien ha sido testigo de un abismo. Robert Audley se acurrucó en un rincón del asiento, con la mirada perdida en la oscuridad exterior, mientras el carruaje, como una barca solitaria en un mar de tinieblas, lo alejaba de Villebrumeuse, llevándole, más que a su hogar, hacia el exilio de su propia memoria.
«Veis que no temo haceros mi confesión —dijo Helen Talboys—; por dos razones. La primera es que no osáis usarla contra mí, porque sabéis que mataría a vuestro tío verme en el banquillo de los acusados; la segunda es que la ley no podría pronunciar una sentencia peor que esta: una prisión vitalicia en un manicomio. Veis que no os agradezco vuestra clemencia, Sr. Robert Audley, pues sé exactamente lo que vale».
Se apartó de la puerta y Robert pasó a su lado sin una palabra, sin una mirada.
Media hora después se encontraba en uno de los principales hoteles de Villebrumeuse, sentado ante una mesa de cena cuidadosamente dispuesta, sin fuerzas para comer; sin fuerzas para apartar su mente, ni siquiera por un momento, de la imagen de aquel amigo perdido que había sido traidoramente asesinado en la espesura de Audley Court.
CAPÍTULO XXXVIII.
EL FANTASMA QUE ACECHA.
Ningún durmiente febril que viaje en un sueño extraño contempló jamás con más asombro un mundo que parecía irreal que Robert Audley, mientras miraba distraídamente los pantanos planos y los lúgubres álamos entre Villebrumeuse y Bruselas. ¿Era posible que estuviera regresando a la casa de su tío sin la mujer que había reinado en ella durante casi dos años como reina y señora? Sentía como si hubiera raptado a mi señora, y se hubiera deshecho de ella secreta y oscuramente, y ahora debiera rendir cuentas a Sir Michael sobre el destino de aquella mujer a quien el baronet tanto había amado.
«¿Qué le diré? —pensó—. ¿Diré la verdad, la horrible y espantosa verdad? No; eso sería demasiado cruel. Su espíritu generoso se hundiría bajo la espantosa revelación. Sin embargo, en su ignorancia sobre el alcance de la maldad de esta desgraciada mujer, quizá piense que he sido duro con ella».
Cavilando así, el Sr. Robert Audley observaba distraídamente el paisaje desolador desde su asiento en el desgastado cupé de la diligencia, y pensaba en qué gran página había sido arrancada de su vida, ahora que la oscura historia de George Talboys había terminado.
¿Qué debía hacer a continuación? Una multitud de pensamientos horribles se agolparon en su mente al recordar la historia que había escuchado de los labios pálidos de Helen Talboys. Su amigo, su amigo asesinado, yacía oculto entre las ruinas desmoronadas del viejo pozo de Audley Court. Había permanecido allí durante seis largos meses, sin sepultura, sin ser conocido; oculto en la oscuridad del antiguo pozo del convento. ¿Qué se debía hacer?
Instaurar una búsqueda de los restos del hombre asesinado supondría inevitablemente provocar una investigación forense. Si tal investigación se llevara a cabo, era casi imposible que la historia del crimen de mi señora no saliera a la luz. Demostrar que George Talboys encontró la muerte en Audley Court era demostrar casi con la misma certeza que mi señora había sido el instrumento de aquella muerte misteriosa; pues se sabía que el joven la había seguido al paseo de los tilos el día de su desaparición.
—¡Dios mío! —exclamó Robert, a medida que el horror absoluto de su posición se hacía evidente ante él—. ¿Ha de descansar mi amigo en este lugar de sepultura no consagrado porque yo he condonado las ofensas de la mujer que lo asesinó?
Sentía que no había salida a esta dificultad. A veces pensaba que poco le importaba a su amigo muerto si yacía sepultado bajo un monumento de mármol, cuya factura fuera la maravilla del universo, o en aquel oscuro escondite en la espesura de Audley Court. En otros momentos, se veía presa de un horror repentino por el agravio cometido contra el hombre asesinado, y habría deseado viajar aún más rápido de lo que el expreso entre Bruselas y París podía llevarlo, en su afán por llegar al final de su viaje para poder reparar esta cruel injusticia.
Se encontraba en Londres al anochecer del segundo día después de aquel en que dejó Audley Court, y se dirigió directamente al Clarendon para preguntar por su tío. No tenía intención de ver a Sir Michael, ya que aún no había determinado cuánto o qué poco debía contarle, pero estaba muy ansioso por saber cómo había soportado el anciano el cruel choque que había sufrido hacía tan poco tiempo.
«Veré a Alicia —pensó—, ella me contará todo sobre su padre. Solo han pasado dos días desde que dejó Audley. Difícilmente puedo esperar noticias de un cambio favorable».
Pero el Sr. Audley no estaba destinado a ver a su prima aquella tarde, pues los criados del Clarendon le informaron de que Sir Michael y su hija habían partido en el correo de la mañana hacia París, camino de Viena.
Robert se sintió muy complacido al recibir esta noticia; le brindaba una bienvenida tregua, pues sería decididamente mejor no decirle nada al baronet sobre su culpable esposa hasta que regresara a Inglaterra, con la salud intacta y el ánimo restablecido, eso cabía esperar.
El Sr. Audley se dirigió al Temple. Las habitaciones, que le habían parecido lúgubres desde la desaparición de George Talboys, lo eran el doble esta noche. Pues lo que solo había sido una oscura sospecha se había convertido ahora en una horrible certeza. Ya no quedaba espacio para el más pálido rayo, el más transitorio destello de esperanza. Sus peores temores habían estado demasiado bien fundados.
George Talboys había sido cruel y traidoramente asesinado por la esposa a quien había amado y llorado.
Había tres cartas esperando al Sr. Audley en sus habitaciones. Una era de Sir Michael y otra de Alicia. La tercera estaba dirigida con una letra que el joven abogado conocía demasiado bien, aunque solo la había visto una vez antes. Su rostro se encendió vivamente al ver la dirección, y tomó la carta en sus manos, con cuidado y ternura, como si fuera una cosa viva y sensible a su tacto. Le dio vueltas y más vueltas entre las manos, observando el escudo en el sobre, el sello postal, el color del papel, y luego la guardó en el pecho de su chaleco con una extraña sonrisa en el rostro.
«¡Qué tonto tan miserable y desmedido soy! —pensó—. ¿He reído de las locuras de los hombres débiles toda mi vida y voy a ser más tonto que el más débil de ellos al final? ¡La hermosa criatura de ojos castaños! ¿Por qué la vi alguna vez? ¿Por qué mi implacable Némesis señaló siempre el camino hacia aquella lúgubre casa en Dorsetshire?».
Abrió las dos primeras cartas. Tuvo la necedad de guardar la última para un bocado delicioso: un postre de cuento de hadas después de la sustancia mundana de una cena.
La carta de Alicia le contaba que Sir Michael había soportado su agonía con una perseverante tranquilidad tal, que ella había terminado sintiéndose mucho más alarmada por su paciente calma que por cualquier manifestación tormentosa de desesperación. Ante esta dificultad, ella había acudido en secreto al médico que atendía a la familia Audley en casos de enfermedad grave, y le había pedido a este caballero que hiciera a Sir Michael una visita aparentemente accidental. Él lo hizo y, tras pasar media hora con el baronet, dijo a Alicia que no había peligro inmediato de consecuencias graves a causa de este gran pesar, pero que era necesario hacer todo esfuerzo posible para despertar a Sir Michael y forzarlo, por reacio que estuviera, a entrar en acción.
Alicia había actuado inmediatamente siguiendo este consejo, había retomado su antiguo imperio como niña mimada y le recordó a su padre una promesa que había hecho de llevarla por toda Alemania. Con considerable dificultad le indujo a consentir en cumplir esta vieja promesa y, una vez logrado su objetivo, se las arregló para que salieran de Inglaterra tan pronto como fuera posible; y terminaba diciéndole a Robert que no traería a su padre de vuelta a su antigua casa hasta que le hubiera enseñado a olvidar las penas asociadas a ella.
La carta del baronet era muy breve. Contenía media docena de cheques en blanco de los banqueros londinenses de Sir Michael Audley.
«Necesitarás dinero, mi querido Robert —escribió—, para los arreglos que consideres oportuno hacer para el futuro bienestar de la persona que puse a tu cuidado. No necesito decirte que esos arreglos no pueden ser demasiado generosos. Pero tal vez sea bueno que te diga ahora, por primera y única vez, que es mi ferviente deseo no volver a oír nunca el nombre de esa persona. No tengo deseo de que se me informe de la naturaleza de los arreglos que puedas hacer para ella. Estoy seguro de que actuarás concienzudamente y con misericordia. No busco saber más. Siempre que necesites dinero, librarás contra mí las sumas que requieras; pero no tendrás ocasión de decirme para quién necesitas ese dinero».
Robert Audley exhaló un largo suspiro de alivio mientras doblaba esta carta. Lo liberaba de un deber que habría sido muy doloroso de cumplir, y decidía para siempre su curso de acción respecto al hombre asesinado.
George Talboys debía descansar en paz en su tumba desconocida, y Sir Michael Audley nunca debía enterarse de que la mujer a quien había amado llevaba la marca roja del asesinato en su alma.
A Robert solo le quedaba abrir la tercera carta: la carta que había guardado en su pecho mientras leía las otras; rasgó el sobre, manejándolo con cuidado y ternura como lo había hecho antes.
La carta era tan breve como la de Sir Michael. Solo contenía estas pocas líneas:
«QUERIDO SR. AUDLEY: El rector de este lugar ha ido dos veces a ver a Marks, el hombre al que salvasteis en el incendio de la Castle Inn. Se encuentra en un estado muy precario en la cabaña de su madre, cerca de Audley Court, y no se espera que viva muchos días. Su esposa lo está cuidando, y tanto él como ella han expresado un deseo muy ferviente de que le veáis antes de morir. Os ruego que vengáis sin demora.
Vuestro muy sinceramente,
CLARA TALBOYS.
Rectoría de Mount Stanning, 6 de marzo».
Robert Audley dobló esta carta con gran reverencia y la colocó debajo de esa parte de su chaleco que se suponía cubría la región del corazón. Tras esto, se sentó en su sillón favorito, llenó y encendió una pipa y la fumó hasta el final, mirando reflexivamente el fuego mientras duró su tabaco. «¿Qué puede querer ese hombre Marks de mí? —pensó el abogado—. Tiene miedo a morir sin haber confesado, tal vez. Desea contarme lo que ya sé: la historia del crimen de mi señora. Sabía que él estaba en el secreto. Estaba seguro de ello incluso la noche en que le vi por primera vez. Conocía el secreto y comerciaba con él».
Robert Audley retrocedió extrañamente ante la idea de regresar a Essex. ¿Cómo se encontraría con Clara Talboys ahora que conocía el secreto del destino de su hermano? ¿Cuántas mentiras tendría que decir, o cuánta equivocación tendría que emplear para mantener la verdad alejada de ella? Sin embargo, ¿habría alguna clemencia en contar aquella horrible historia, cuyo conocimiento debía marchitar su juventud y borrar toda esperanza que ella hubiera acariciado siquiera en secreto? Él sabía por propia experiencia lo posible que era esperar contra toda esperanza, y esperar inconscientemente; y no podía soportar que su corazón fuera aplastado como lo había sido el suyo por el conocimiento de la verdad. «Mejor que espere vanamente hasta el final —pensó—; mejor que pase por la vida buscando la clave del destino de su hermano perdido, a que yo ponga esa clave en sus manos y diga: "Nuestros peores temores se han hecho realidad. El hermano al que amaste ha sido vilmente asesinado en la temprana promesa de su juventud"».
Pero Clara Talboys le había escrito, implorándole que regresara a Essex sin demora. ¿Podía negarse a cumplir sus deseos, por doloroso que fuera su cumplimiento? Y, además, el hombre se estaba muriendo, tal vez, y había implorado verle. ¿No sería cruel negarse a ir, demorarse una hora innecesariamente? Miró su reloj. Faltaban solo cinco minutos para las nueve. No había tren a Audley después del correo de Ipswich, que salía de Londres a las ocho y media; pero había un tren que salía de Shoreditch a las once y se detenía en Brentwood entre las doce y la una. Robert decidió ir en este tren y caminar la distancia entre Brentwood y Audley, que era de más de seis millas.
Fleet Street estaba tranquila y solitaria a esta hora tardía, y Robert Audley, estando en un estado de ánimo propicio para ver fantasmas, apenas se habría asombrado si hubiera visto al grupo de Johnson llegar alborotadamente hacia el oeste bajo la luz de los faroles, o al ciego John Milton buscando su camino a tientas por los escalones ante la iglesia de Saint Bride.
El Sr. Audley llamó a un coche de alquiler en la esquina de Farrington Street, y fue sacudido rápidamente a través del desierto mercado de Smithfield y hacia un laberinto de calles lúgubres que lo sacaron a la amplia grandeza de Finsbury Pavement.
El coche avanzó traqueteando por la empinada y pedregosa entrada a la estación de Shoreditch y dejó a Robert ante las puertas de aquel templo poco encantador. Había muy poca gente que viajara en este tren de medianoche, y Robert caminó de un lado a otro por el largo andén de madera, leyendo los enormes anuncios cuyas letras esqueléticas parecían pálidas y espantosas bajo la tenue luz de los faroles.
Tenía el vagón en el que viajaba solo para él. ¿He dicho solo para él? ¿No había convocado últimamente a su lado aquella compañía fantasmal que, de todas las compañías, es la más tenaz? La sombra de George Talboys le perseguía, incluso en el cómodo vagón de primera clase, y estaba detrás de él cuando miraba por la ventana, y estaba aún mucho más adelante que él y que la apresurada locomotora, en aquella espesura hacia la cual se dirigía el tren, al lado del lugar de ocultamiento no consagrado en el que yacían los restos mortales del hombre muerto, descuidados y sin atención.
«Debo dar a mi amigo perdido una sepultura decente —pensó Robert, mientras el viento gélido barría el paisaje plano y le golpeaba con un aliento tan helado como el que podría haber emanado de los labios de un muerto—. Debo hacerlo; o moriré de algún pánico como este que se ha apoderado de mí esta noche. Debo hacerlo; a cualquier precio; a cualquier riesgo. Incluso al precio de aquella revelación que traerá a la loca de vuelta de su escondite seguro y la colocará en un banquillo de los acusados». Se sintió aliviado cuando el tren se detuvo en Brentwood pasados unos minutos de las doce.
Era la una y media cuando el caminante nocturno entró en el pueblo de Audley, y solo allí recordó que Clara Talboys había omitido darle ninguna dirección por la cual pudiera encontrar la cabaña en la que yacía Luke Marks.
«Fue Dawson quien recomendó que llevaran al pobre hombre a la cabaña de su madre —pensó Robert, poco después—, y me atrevería a decir que Dawson lo ha atendido desde el incendio. Él podrá indicarme el camino a la cabaña».
Siguiendo esta idea, el Sr. Audley se detuvo en la casa en la que Helen Talboys había vivido antes de su segundo matrimonio. La puerta de la pequeña consulta estaba entornada y había una luz encendida dentro. Robert empujó la puerta y echó un vistazo. El cirujano estaba de pie ante el mostrador de caoba, mezclando una poción en un vaso medidor, con su sombrero justo a su lado. Por tarde que fuera, evidentemente acababa de llegar. Los ronquidos armoniosos de su ayudante sonaban desde una pequeña habitación dentro de la consulta.
—Lamento molestarle, Sr. Dawson —dijo Robert, disculpándose, mientras el cirujano levantaba la vista y le reconocía—, pero he venido a ver a Marks, quien, según tengo entendido, está en muy mal estado, y quiero que me indique el camino a la cabaña de su madre.
—Yo le mostraré el camino, Sr. Audley —respondió el cirujano—, voy hacia allá en este mismo instante.
—¿El hombre está muy mal, entonces?
—Tan mal que no puede estar peor. El cambio que puede ocurrir es aquel que lo llevará más allá del alcance de cualquier sufrimiento terrenal.
—¡Extraño! —exclamó Robert—. No parecía estar muy quemado.
—No estaba muy quemado. Si lo hubiera estado, nunca habría recomendado que lo trasladaran de Mount Stanning. Es el choque lo que ha causado el asunto. Ha estado con una fiebre furiosa durante los últimos dos días; pero esta noche está mucho más tranquilo, y me temo que, antes de la noche de mañana, habremos visto el final de él.
—Me han dicho que ha pedido verme —dijo el Sr. Audley.
—Sí —respondió el cirujano con indiferencia—. Un capricho de enfermo, sin duda. Lo sacó usted de la casa e hizo todo lo posible por salvarle la vida. Me atrevo a decir que, por rudo y tosco que sea el pobre hombre, le da mucha importancia a eso.
Habían salido de la consulta, cuya puerta el Sr. Dawson había cerrado tras de sí. Había dinero en la caja, tal vez, pues seguramente el boticario del pueblo no habría temido que el más audaz ladrón de casas pusiera en peligro su libertad en pos de píldoras azules y colocíntida, de sales y senna.
El cirujano marcó el camino a lo largo de la calle silenciosa y pronto dobló hacia un callejón al final del cual Robert Audley vio el pálido resplandor de una luz; una luz que hablaba de la vigilancia que se guarda junto a los enfermos y moribundos; una luz pálida y melancólica, que siempre tiene un aspecto lúgubre cuando se observa en esta hora silenciosa entre la noche y la mañana. Brillaba desde la ventana de la cabaña en la que yacía Luke Marks, vigilado por su esposa y su madre.
El Sr. Dawson levantó el pestillo y entró en la habitación común de la pequeña vivienda, seguido por Robert Audley. Estaba vacía, pero una débil vela de sebo, con la espalda quebrada y una larga mecha con cabeza de coliflor, chisporroteaba sobre la mesa. El enfermo yacía en la habitación de arriba.
—¿Debo decirle que está aquí? —preguntó el Sr. Dawson.
—Sí, sí, por favor. Pero sea cauto en cómo se lo dice, si cree que la noticia puede agitarlo. No tengo prisa. Puedo esperar. Puede llamarme cuando piense que puedo subir arriba con seguridad.
El cirujano asintió y ascendió suavemente las estrechas escaleras de madera que conducían a la habitación superior.
Robert Audley se sentó en una silla Windsor junto al hogar frío y miró desconsoladamente a su alrededor. Pero finalmente se vio aliviado por la voz baja del cirujano, que miró desde lo alto de la pequeña escalera para decirle que Luke Marks estaba despierto y estaría encantado de verle.
Robert obedeció inmediatamente esta llamada. Subió suavemente las escaleras y se quitó el sombrero antes de inclinar la cabeza para entrar por el marco bajo de la humilde habitación rústica. Se quitó el sombrero en presencia de aquel hombre campesino común, porque sabía que había otra presencia más terrible rondando la habitación, impaciente por ser admitida.
Phoebe Marks estaba sentada al pie de la cama, con los ojos fijos en el rostro de su marido; no con una expresión muy tierna bajo la pálida luz, sino con una ansiedad aguda y aterrorizada que demostraba que era la llegada de la muerte misma lo que temía, más que la pérdida de su marido. La anciana estaba ocupada junto a la chimenea, aireando ropa blanca y preparando algún caldo que no era probable que el paciente llegara a comer. El enfermo yacía con la cabeza apoyada en almohadas, su rostro tosco mortalmente pálido y sus grandes manos vagando inquietas sobre la colcha. Phoebe le había estado leyendo, pues un Nuevo Testamento abierto yacía entre las botellas de medicina y loción sobre la mesa junto a la cama. Cada objeto de la habitación era limpio y ordenado, y daba testimonio de aquella delicada precisión que siempre había sido una característica distintiva de Phoebe.
La joven se levantó cuando Robert Audley cruzó el umbral y se apresuró hacia él.
—Permítame hablarle un momento, señor, antes de que hable con Luke —dijo, en un susurro ansioso—. Por favor, déjeme hablarle primero.
—¿Qué es lo que está diciendo la chica ahí? —preguntó el enfermo con un rugido contenido, que se extinguió con ronquera en sus labios. Se mostraba débilmente salvaje, incluso en su postración. El brillo mortecino de la muerte se estaba acumulando en sus ojos, pero aun así observaban a Phoebe con una mirada aguda de insatisfacción—. ¿Qué está tramando ahí? —dijo—. No permitiré conspiraciones ni maquinaciones contra mí. Quiero hablar con el señor Audley yo mismo; y responderé por todo lo que haya hecho. Si he causado algún daño, voy a intentar repararlo. ¿Qué es lo que está diciendo?
—No está diciendo nada, cariño —respondió la anciana, acercándose al lecho de su hijo, quien, incluso cuando su enfermedad lo hacía más interesante de lo habitual, no parecía un sujeto muy apropiado para este apelativo tierno.
—Solo le está contando al caballero lo mal que has estado, mi vida.
—Lo que voy a contar solo se lo voy a contar a él, recuerda —gruñó el señor Marks—; y mira si se lo cuento si no fuera por lo que hizo por mí la otra noche.
—Por supuesto que no, cariño —respondió la anciana con tono conciliador.
Phoebe Marks había llevado al señor Audley fuera de la habitación, hacia el estrecho rellano en lo alto de la pequeña escalera. Este rellano era una plataforma de unos tres pies cuadrados, y era todo lo que los dos podían ocupar sin empujarse contra la pared encalada o caer escaleras abajo.
—Oh, señor, necesitaba hablar con usted desesperadamente —respondió Phoebe, con ansiedad—; ¿sabe lo que le dije cuando lo encontré sano y salvo la noche del incendio?
—Sí, sí.
—Le dije lo que sospechaba; lo que sigo pensando.
—Sí, lo recuerdo.
—Pero nunca le he dicho ni una palabra a nadie más que a usted, señor, y creo que Luke se ha olvidado por completo de aquella noche; creo que lo que ocurrió antes del incendio se le ha borrado de la cabeza totalmente. Él estaba borracho, ya sabe, cuando mi se... cuando ella vino al Castillo; y creo que estaba tan aturdido y asustado por el fuego que todo desapareció de su memoria. Él no sospecha lo que yo sospecho, al menos, o se lo habría dicho a alguien o a todo el mundo; pero le tiene un rencor terrible a mi señora, porque dice que si ella le hubiera dado un puesto en Brentwood o Chelmsford, esto no habría pasado. Así que lo que quería suplicarle, señor, es que no deje escapar ni una palabra delante de Luke.
—Sí, sí, entiendo; tendré cuidado.
—¿Mi señora ha dejado la Corte, oí decir, señor?
—Sí.
—¿Para no volver nunca, señor?
—Para no volver nunca.
—¿Pero no se la han llevado a donde la traten con crueldad; donde la maltraten?
—No: la tratarán con mucha amabilidad.
—Me alegra oír eso, señor; le pido perdón por molestarle con la pregunta, señor, pero mi señora fue una ama amable conmigo.
La voz de Luke, ronca y débil, se oyó dentro de la pequeña estancia en ese momento de la conversación, preguntando con enfado cuándo "acabaría aquella chica de parlotear"; ante lo cual Phoebe se llevó el dedo a los labios y condujo al señor Audley de vuelta a la habitación del enfermo.
—No te quiero aquí —dijo el señor Marks, con decisión, mientras su esposa volvía a entrar en la estancia—; no te quiero; no tienes por qué escuchar lo que tengo que decir. Solo quiero al señor Audley, y quiero hablar con él a solas, sin que tú andes cotilleando tras las puertas, ¿me oyes? Así que puedes bajar las escaleras y quedarte allí hasta que te necesite; y puedes llevarte a madre... no, madre puede quedarse, la necesitaré luego.
La débil mano del enfermo señaló la puerta, por la cual su esposa salió muy sumisa.
—No tengo deseo de oír nada, Luke —dijo ella—, pero espero que no digas nada contra aquellos que han sido buenos y generosos contigo.
—Diré lo que me plazca —respondió el señor Marks, con fiereza—, y no voy a dejar que tú me des órdenes. Que yo sepa, tú no eres el párroco; ni tampoco la abogada.
El posadero del Castle Inn no había experimentado ninguna transformación moral por sus sufrimientos en el lecho de muerte, por muy feroces y rápidos que hubieran sido. Quizá algún débil destello de una luz que había estado muy lejos de su vida luchaba ahora tímidamente a través de las negras oscuridades de la ignorancia que entenebrecían su alma. Quizá un arrepentimiento entre colérico y hosco le impulsaba a hacer algún esfuerzo rudo para expiar una vida que había sido egoísta, borracha y malvada. Fuera como fuese, se limpió los labios blancos y, volviendo sus ojos demacrados con seriedad hacia Robert Audley, señaló una silla junto a la cama.
—Usted se burló de mí en términos generales, señor Audley —dijo al poco—, y me ha hecho hablar, y me ha zarandeado como a un caballero, hasta que no fui nada o cualquier cosa en sus manos; y me ha mirado de arriba abajo, y me ha dado la vuelta hasta que pensó que sabía tanto como yo. No tenía motivos particulares para estarle agradecido, no antes del incendio del Castillo la otra noche. Pero le estoy agradecido por eso. No suelo estar agradecido a la gente, quizá, porque las cosas que dan los caballeros han sido casi siempre las que yo no quería. Me han dado sopa, folletos, franela y carbón; pero, Dios, han hecho tanto alboroto al respecto que casi prefiero devolvérselo todo. Pero cuando un caballero va y pone su propia vida en peligro para salvar a un bruto borracho como yo, el bruto más borracho que haya existido se siente agradecido con ese caballero, y desea decir antes de morir —que ve en la cara del médico que no le queda mucho tiempo—: "Gracias, señor, estoy agradecido".
Luke Marks estiró su mano izquierda —la derecha había resultado herida por el fuego y estaba envuelta en lino— y buscó con torpeza la del señor Robert Audley.
El joven tomó la mano basta pero encogida entre las suyas y la apretó con cordialidad.
—No necesito agradecimientos, Luke Marks —dijo—; me alegré mucho de serte de ayuda.
El señor Marks no habló de inmediato. Estaba tumbado tranquilamente de lado, mirando pensativo a Robert Audley.
—Usted era muy aficionado a ese caballero que desapareció en la Corte, ¿verdad, señor? —dijo al fin.
Robert se sobresaltó ante la mención de su amigo muerto.
—Usted era muy aficionado a ese señor Talboys, he oído decir, señor —repitió Luke.
—Sí, sí —respondió Robert, algo impaciente—, era mi queridísimo amigo.
—He oído a los sirvientes en la Corte decir cómo se puso usted cuando no pudo encontrarlo. He oído al posadero del Sun Inn decir lo abatido que estaba cuando lo perdió de vista por primera vez. "Si los dos caballeros hubieran sido hermanos", decía el posadero, "nuestro caballero", refiriéndose a usted, señor, "no podría haber estado más abatido cuando perdió al otro".
—Sí, sí, lo sé, lo sé —dijo Robert—; le ruego que no hable más de este tema. No puedo decirle cuánto me aflige.
¿Iba a ser perseguido para siempre por el fantasma de su amigo insepulto? Había venido aquí a consolar al enfermo, e incluso aquí le perseguía esta sombra implacable; incluso aquí le recordaban el crimen secreto que había oscurecido su vida.
—Escúcheme, Marks —dijo con seriedad—; créame que aprecio sus palabras de gratitud y que me alegra mucho haber sido de servicio para usted. Pero antes de que diga nada más, permítame hacerle una petición muy solemne. Si me ha hecho llamar para decirme algo sobre el destino de mi amigo perdido, le ruego que se ahorre y me ahorre esa horrible historia. No puede decirme nada que yo no sepa ya. Lo peor que puede decirme de la mujer que estuvo una vez en su poder, ya me ha sido revelado por sus propios labios. Le ruego, pues, que guarde silencio sobre este tema; le digo de nuevo que no puede decirme nada que yo no sepa.
Luke Marks miró pensativo el rostro serio de su visitante, y alguna expresión sombría, que era casi como una sonrisa, revoloteó débilmente por las facciones demacradas del enfermo.
—¿No puedo decirle nada que usted no sepa? —preguntó.
—Nada.
—Entonces no sirve de nada que lo intente —dijo el enfermo, reflexivo—. ¿Ella se lo contó? —preguntó tras una pausa.
—Debo rogarle, Marks, que deje el tema —respondió Robert, casi con severidad—. Ya le he dicho que no deseo oír hablar de ello. Cualquier descubrimiento que hiciera, usted lo comercializó. Cualquier secreto culpable que poseyera, le fue pagado para mantener el silencio. Será mejor que mantenga el silencio hasta el final.
—¿Será mejor? —exclamó Luke Marks en un susurro ansioso—. ¿Será realmente mejor que mantenga la lengua hasta el final?
—Creo que sí, decididamente. Usted comerció con su secreto y le pagaron por guardarlo. Sería más honesto cumplir con su trato y seguir guardándolo.
—¿Lo sería? —dijo el señor Marks con una mueca espantosa—; pero suponga que mi señora tenía un secreto y yo otro. ¿Entonces qué?
—¿Qué quiere decir?
—Suponga que podría haber contado algo desde el principio; y lo habría contado, quizá, si me hubieran tratado un poco mejor; si lo que me dieron me lo hubieran dado con un poco más de generosidad, y no arrojado como si fuera un perro, al que solo le dan algo para que no muerda. Suponga que podría haber contado algo, y lo habría contado si no fuera por eso. ¿Entonces qué?
Era imposible describir lo espantoso de la mueca triunfal que iluminó el demacrado rostro del enfermo.
"Su mente está divagando", pensó Robert; "necesito ser paciente con él, pobre hombre. Sería extraño que no pudiera ser paciente con un moribundo".
Luke Marks se quedó mirando al señor Audley durante unos instantes con esa mueca triunfal en el rostro. La anciana, agotada de velar a su hijo moribundo, se había quedado dormida y estaba allí, cabeceando con su barbilla afilada sobre el puñado de fuego en el que el caldo, que nunca habría de comerse, seguía burbujeando y cociéndose a fuego lento.
El señor Audley esperó con mucha paciencia a que fuera el deseo del enfermo hablar. Cada sonido era dolorosamente distinto en aquella hora muerta de la noche. La caída de las cenizas en el hogar, el ominoso crepitar de las brasas encendidas, el lento y pesado tic-tac del reloj hosco en la habitación de abajo, el gemido bajo del viento de marzo (que podría haber sido la voz de una banshee inglesa, gritando su triste advertencia a los que velaban al moribundo), la respiración ronca del enfermo... cada sonido se mantenía aparte de todos los demás y se convertía en una voz propia, sonora de un sombrío presagio en la solemne quietud de la casa.
Robert se sentó con el rostro sombreado por sus manos, pensando qué sería de él ahora que se había contado el secreto del destino de su amigo y que la oscura historia de George Talboys y su malvada esposa había terminado en el manicomio belga. ¿Qué sería de él?
No tenía derecho sobre Clara Talboys; pues se había resuelto a guardar el horrible secreto que le habían contado. ¿Cómo, entonces, podría atreverse a reunirse con ella ocultándole ese secreto? ¿Cómo podría mirar jamás sus ojos serenos y, sin embargo, retener la verdad? Sentía que toda capacidad de reserva fallaría ante la mirada escrutadora de esos tranquilos ojos castaños. Si realmente iba a guardar este secreto, nunca debería volver a verla. Revelarlo sería amargar su vida. ¿Podía él, por algún motivo egoísta propio, contarle esta terrible historia?, ¿o podía pensar que, si se la contaba, ella permitiría que su hermano asesinado yaciera sin vengar y olvidado en su tumba no consagrada?
Cercado por todas partes por dificultades que parecían totalmente insuperables; con el temperamento despreocupado que le era natural amargado por la sombría carga que había llevado durante tanto tiempo, Robert Audley miró sin esperanza hacia la vida que tenía ante sí, y pensó que habría sido mejor para él haber perecido entre las ruinas ardientes del Castle Inn.
"¿Quién se habría apenado por mí? Nadie más que mi pobre pequeña Alicia", pensó, "y la suya habría sido solo una pena de abril. ¿Se habría apenado Clara Talboys? ¡No! Solo me habría lamentado como un eslabón perdido en el misterio de la muerte de su hermano. Solo habría...".
CAPÍTULO XXXIX.
LO QUE EL MORIBUNDO TENÍA QUE CONTAR.
El cielo sabe hacia dónde habrían vagado los pensamientos del señor Audley si no le hubiera sobresaltado un movimiento repentino del enfermo, que se irguió en su cama y llamó a su madre.
La anciana se despertó con un sobresalto y se volvió con bastante sueño para mirar a su hijo.
—¿Qué pasa, Luke, querido? —preguntó con dulzura—. Aún no es hora de la medicina del doctor. El señor Dawson dijo que no debías tomarla hasta dos horas después de que él se fuera, y aún no ha pasado ni una hora.
—¿Quién ha dicho que fuera la medicina del doctor lo que quería? —exclamó el señor Marks, con impaciencia—. Quiero preguntarte algo, madre. ¿Recuerdas el siete del pasado septiembre?
Robert se sobresaltó y miró con avidez al enfermo. ¿Por qué insistía en este tema prohibido? ¿Por qué insistía en recordar la fecha del asesinato de George? La anciana negó con la cabeza en una débil confusión mental.
—Dios mío, Luke —dijo—, ¿cómo puedes hacerme esas preguntas? Mi memoria me ha ido fallando estos ocho o nueve años; y nunca fui de las que recuerdan los días del mes, o algo por el estilo. ¿Cómo iba a recordar tales cosas una pobre mujer trabajadora?
Luke Marks se encogió de hombros con impaciencia.
—Eres buena para hacer lo que se te pide, madre —dijo, con irritación—. ¿No te dije que recordaras ese día? ¿No te dije que podría llegar el momento en que se te llamara a dar testimonio sobre ello, y a ponerte bajo juramento sobre la Biblia? ¿No te dije eso, madre?
La anciana negó con la cabeza sin esperanza.
—Si tú lo dices, no me cabe duda de que lo hiciste, Luke —dijo, con una sonrisa conciliadora—; pero no puedo recordarlo, cariño. Mi memoria me ha ido fallando estos nueve años, señor —añadió, dirigiéndose a Robert Audley—, y no soy más que una pobre criatura.
El señor Audley puso su mano sobre el brazo del enfermo.
—Marks —dijo—, le digo de nuevo, no tiene motivos para preocuparse por este asunto. No le hago preguntas, no tengo deseos de oír nada.
—Pero, suponga que quiero contar algo —exclamó Luke, con fiebre energética—, suponga que siento que no puedo morir con un secreto en mi mente, y he pedido verle a propósito para poder contárselo; suponga eso, y no supondrá más que la verdad. Me habría dejado quemar vivo antes de habérselo contado a ella. —Pronunció estas palabras entre dientes y frunció el ceño salvajemente al decirlas—. Me habría dejado quemar vivo antes. La hice pagar por sus modales bonitos e insolentes; la hice pagar por sus aires y sus gracias; nunca se lo habría contado, ¡nunca, nunca! Tuve mi poder sobre ella y lo mantuve; tuve mi secreto y me pagaron por él; ¡y no hubo un desprecio que ella me hiciera a mí o a los míos que no se lo pagara veinte veces más!
—Marks, Marks, por amor de Dios, cálmese —dijo Robert, seriamente—. ¿De qué está hablando? ¿Qué es lo que podría haber contado?
—Voy a decírselo —respondió Luke, limpiándose los labios—. Madre, dame de beber.
La anciana vertió un poco de bebida refrescante en una taza y se la llevó a su hijo.
Él la bebió con ansiosa prisa, como si sintiera que el breve resto de su vida debía ser una carrera contra el despiadado peatón, el Tiempo.
—Quédate donde estás —le dijo a su madre, señalando una silla a los pies de la cama.
La anciana obedeció y se sentó mansamente frente al señor Audley.
—Voy a hacerte otra pregunta, madre —dijo Luke—, y creo que será extraño si no puedes responderla. ¿Recuerdas cuando trabajaba en la granja de Atkinson; antes de casarme, sabes, y cuando vivía aquí abajo contigo?
—Sí, sí —respondió la señora Marks, asintiendo triunfalmente—, recuerdo eso, querido. Fue el otoño pasado, justo cuando se estaban recogiendo las manzanas en el huerto al otro lado de nuestro camino, y por la época en que tenías tu chaleco nuevo de flores. Lo recuerdo, Luke, lo recuerdo.
El señor Audley se preguntaba adónde llevaría todo esto, y cuánto tiempo tendría que sentarse junto a la cama del enfermo escuchando una conversación que no tenía sentido para él.
—Si recuerdas tanto, tal vez recuerdes más, madre —dijo Luke—. ¿Puedes recordar que llevara a alguien a casa una noche, mientras los Atkinson estaban apilando el último de sus cereales?
Una vez más, el señor Audley se sobresaltó violentamente, y esta vez miró con seriedad el rostro del que hablaba y escuchó, con un interés extraño y sin aliento que apenas él mismo entendía, lo que Luke Marks estaba diciendo.
—Recuerdo que trajiste a Phoebe a casa —respondió la anciana, con gran animación—. Recuerdo que trajiste a Phoebe a casa a tomar una taza de té, o un pequeño bocado de cena, un montón de veces.
—Tonterías con Phoebe —exclamó el señor Marks—, ¿quién está hablando de Phoebe? ¿Qué es Phoebe, para que alguien se preocupe por ella? ¿Recuerdas que traje a un caballero después de las diez de la noche, una noche de septiembre; un caballero que estaba empapado hasta los huesos, y cubierto de barro y fango, y baba verde y suciedad negra, desde la coronilla hasta la planta de los pies, y tenía el brazo roto y el hombro hinchado horriblemente; y era tal objeto que nadie lo habría reconocido; un caballero al que hubo que cortarle la ropa en algunas partes, y que se sentó junto al fuego de la cocina, mirando las brasas como si se hubiera vuelto loco o estúpido, y no supiera dónde estaba, o quién era; y al que hubo que cuidar como a un bebé, y vestir, y secar, y lavar, y alimentar a cucharadas de brandy, que hubo que forzar entre sus dientes cerrados, antes de que se pudiera conseguir que volviera la vida? ¿Recuerdas eso, madre?
La anciana asintió y murmuró algo en el sentido de que recordaba todas estas circunstancias vívidamente, ahora que Luke mencionaba todo aquello.
Robert Audley lanzó un grito salvaje y cayó de rodillas junto a la cama del enfermo.
—¡Dios mío! —exclamó—, te doy gracias por tus maravillosas misericordias. ¡George Talboys está vivo!
—Espere un poco —dijo el señor Marks—, no vaya tan rápido. Madre, bájame esa caja de hojalata del estante sobre la cómoda, ¿quieres?
La anciana obedeció y, tras buscar entre tazas de té rotas y jarras de leche, cajas de algodón de madera sin tapa y un revoltijo variado de trapos y loza, sacó una tabaquera de hojalata con tapa deslizante; una caja bastante cutre y de aspecto sucio.
Robert Audley seguía arrodillado junto a la cama con el rostro oculto por sus manos entrelazadas. Luke Marks abrió la caja de hojalata.
—No hay dinero dentro, lástima —dijo—, o si lo hubiera habido no habría durado mucho. Pero hay algo dentro que quizás usted considere tan valioso como el dinero, y es lo que voy a darle como prueba de que un bruto borracho puede sentirse agradecido con quienes son amables con él.
Sacó dos papeles doblados, que puso en las manos de Robert Audley.
Eran dos hojas arrancadas de una libreta, escritas a lápiz y con una caligrafía que le resultaba totalmente extraña al señor Audley: una mano estrecha, rígida y, sin embargo, garabateada, tal como podría haber escrito algún labrador.
—No reconozco esta letra —dijo Robert, mientras desplegaba con impaciencia el primero de los dos papeles—. ¿Qué tiene esto que ver con mi amigo? ¿Por qué me muestra esto?
—Supongo que primero los leerá —dijo el señor Marks— y después me hará las preguntas que quiera.
El primer papel que Robert Audley había desplegado contenía las siguientes líneas, escritas con esa letra apretada y a la vez garabateada que le resultaba tan extraña:
«MI QUERIDO AMIGO: Le escribo con una confusión mental tan absoluta como quizás ningún hombre haya sufrido jamás. No puedo decirle lo que me ha ocurrido, solo puedo decirle que ha sucedido algo que me obligará a partir de Inglaterra como un hombre con el corazón destrozado, a buscar algún rincón de la tierra en el que pueda vivir y morir desconocido y olvidado. Solo puedo pedirle que me olvide. Si su amistad pudiera haberme servido de algo, habría apelado a ella. Si su consejo hubiera podido ser de alguna ayuda para mí, me habría confiado a usted. Pero ni la amistad ni el consejo pueden ayudarme; y todo lo que puedo decirle es esto: que Dios le bendiga por el pasado y le enseñe a olvidarme en el futuro. G.T.»
El segundo papel estaba dirigido a otra persona y su contenido era más breve que el del primero.
«HELEN: Que Dios se apiade de ti y te perdone por lo que has hecho hoy, tan sinceramente como lo hago yo. Descansa en paz. Nunca volverás a saber de mí; para ti y para el mundo seré de ahora en adelante aquello que deseaste que fuera hoy. No tienes por qué temer ninguna molestia por mi parte. Dejo Inglaterra para no volver jamás.
G.T.»
Robert Audley se quedó mirando estas líneas en un desconcierto sin esperanza. No estaban escritas con la letra familiar de su amigo y, sin embargo, pretendían haber sido escritas por él y estaban firmadas con sus iniciales.
Observó con escrutinio el rostro de Luke Marks, pensando que quizás le estuvieran gastando alguna broma.
—Esto no lo escribió George Talboys —dijo.
—Sí que lo hizo —respondió Luke Marks—, lo escribió el señor Talboys, cada línea. Lo escribió con su propia mano; pero fue con la izquierda, porque no podía usar la derecha a causa del brazo roto.
Robert Audley levantó la vista de repente y la sombra de sospecha desapareció de su rostro.
—Entiendo —dijo—, entiendo. Cuéntemelo todo; dígame cómo fue que se salvó mi pobre amigo.
—Yo estaba trabajando en la granja de Atkinson, el pasado septiembre —dijo Luke Marks—, ayudando a apilar lo último del cereal, y como el camino más corto de la granja a la cabaña de mi madre era a través de los prados detrás de la finca, solía ir por allí, y Phoebe solía quedarse en el muro del jardín, más allá del paseo de los tilos, a veces, para charlar conmigo, sabiendo a qué hora llegaba yo a casa.
—No sé qué hacía Phoebe la tarde del siete de septiembre —recuerdo la fecha porque el granjero Atkinson me pagó mi salario de una sola vez ese día, y tuve que firmar un recibo por el dinero que me dio—, no sé qué hacía, pero no estaba en la puerta junto al paseo de los tilos, así que fui al otro lado de los jardines y salté la zanja seca, porque quería verla especialmente esa noche, ya que al día siguiente me iba a trabajar a una granja más allá de Chelmsford. El reloj de la iglesia de Audley dio las nueve mientras cruzaba los prados entre Atkinson y la finca, y debían de ser más o menos las nueve y cuarto cuando llegué al huerto.
—Crucé el huerto y entré en el paseo de los tilos; el camino más corto al salón de los sirvientes me llevaba a través del arbusto y pasando por el pozo seco. Era una noche oscura, pero conocía bastante bien el camino por aquel viejo lugar, y la luz en la ventana del salón de los sirvientes se veía roja y acogedora a través de la oscuridad. Estaba cerca de la boca del pozo seco cuando escuché un sonido que me hizo sentir escalofríos. Era un gemido, el gemido de un hombre con dolor, que yacía escondido en algún lugar entre los arbustos. No le tenía miedo a los fantasmas y no le tenía miedo a nada en general, pero había algo en escuchar aquel gemido que me heló hasta el corazón, y por un minuto me quedé paralizado, sin saber qué hacer. Pero escuché el gemido otra vez, y entonces comencé a buscar entre los arbustos. Encontré a un hombre yaciendo escondido bajo un montón de laureles, y al principio pensé que no tramaba nada bueno, y estaba a punto de agarrarlo para llevarlo a la casa, cuando me tomó por la muñeca sin levantarse del suelo, pero mirándome muy serio, como pude ver por la forma en que giró su rostro hacia mí en la oscuridad, y me preguntó quién era yo, qué era yo y qué tenía que ver con la gente de la finca.
—Había algo en su forma de hablar que me decía que era un caballero, aunque no lo conocía de nada y no podía ver su rostro; y respondí a sus preguntas con educación.
—«Quiero salir de este lugar —dijo—, sin ser visto por ninguna criatura viviente, recuerde eso. He estado yendo aquí desde las cuatro de la tarde de hoy, y estoy medio muerto, pero quiero irme sin ser visto, tenga eso en cuenta».
—Le dije que eso era bastante fácil, pero comencé a pensar que mis primeros pensamientos sobre él podrían ser ciertos después de todo, y que no podía tramar nada bueno para querer escabullirse tan discretamente.
—«¿Puede llevarme a algún lugar donde pueda cambiarme de ropa seca —dice—, sin que media docena de personas lo sepa?»
—Se había puesto en posición sentada para entonces, y pude ver que su brazo derecho colgaba pegado a su costado, y que estaba sufriendo.
—Señalé su brazo y le pregunté qué le pasaba; pero solo respondió, muy tranquilamente: «Roto, muchacho, roto. No es que sea gran cosa», dice en otro tono, hablando consigo mismo más que conmigo. «Hay corazones rotos además de extremidades rotas, y no son tan fáciles de remendar».
—Le dije que podía llevarlo a la cabaña de mi madre, y que podía secar su ropa allí, que sería bienvenido.
—«¿Puede su madre guardar un secreto?», preguntó.
—«Bueno, podría guardar uno bastante bien si pudiera recordarlo —le dije—; pero podría contarle todos los secretos de los francmasones, y los Foresters, y los Buffaloes y los Oddfellows que hayan existido, esta noche; y para mañana por la mañana se habría olvidado de todos ellos».
—Pareció satisfecho con esto, y se levantó apoyándose en mí, pues parecía que sus extremidades estaban agarrotadas, el uso de ellas casi había desaparecido. Sentí, mientras se apoyaba contra mí, que su ropa estaba mojada y sucia.
—«Usted no se habrá caído al estanque de los peces, ¿verdad, señor?», pregunté.
—No respondió a mi pregunta; ni siquiera pareció haberla escuchado. Podía ver ahora, mientras estaba de pie sobre sus pies, que era un hombre alto y bien hecho, una cabeza y hombros más alto que yo.
—«Lléveme a la cabaña de su madre —dijo—, y consígame algo de ropa seca si puede; le pagaré bien por su molestia».
—Sabía que la llave se dejaba casi siempre en la puerta de madera del muro del jardín, así que lo llevé por ese camino. Apenas podía caminar al principio, y fue solo apoyándose pesadamente sobre mi hombro que logró avanzar. Lo hice pasar por la puerta, dejándola sin llave detrás de mí, y confiando en la suerte de que eso no fuera notado por el jardinero ayudante, quien tenía el cuidado de la llave y era un tipo lo suficientemente descuidado. Lo llevé a través de los prados, y lo traje hasta aquí, manteniéndome alejado del pueblo, y en los campos, donde no había una criatura que nos viera a esas horas de la noche; y así lo metí en la habitación de abajo, donde mi madre estaba sentada junto al fuego preparando mi cena.
—Puse al extraño en una silla frente al fuego, y entonces por primera vez pude verlo bien. Nunca había visto a nadie en tal estado antes. Estaba cubierto de humedad verde y lodo, y sus manos estaban arañadas y cortadas en pedazos. Le quité la ropa como pude, pues estaba como un niño en mis manos, y se quedó mirando el fuego tan indefenso como un bebé; solo dando un largo y pesado suspiro de vez en cuando, como si su corazón estuviera a punto de estallar. Al final cayó en una especie de adormecimiento, un sueño estúpido, y comenzó a cabecear ante el fuego, así que corrí y busqué una manta, lo envolví en ella y logré que se acostara en la cama plegable en la habitación debajo de esta. Envié a mi madre a dormir, y me senté junto al fuego y lo vigilé, y mantuve el fuego hasta que casi amanecía, cuando se despertó de repente con un sobresalto, y dijo que debía irse, directamente en este minuto.
—Le rogué que no pensara en tal cosa y le dije que no estaba en condiciones de moverse por mucho tiempo; pero dijo que debía irse, y se levantó, y aunque se tambaleaba y al principio apenas podía mantenerse estable dos minutos seguidos, no quiso ser vencido, y me hizo vestirlo con su ropa, que yo había secado y limpiado lo mejor que pude mientras dormía. Logré hacerlo al final, pero la ropa estaba terriblemente estropeada, y él se veía como una visión espantosa, con su rostro pálido y un gran corte en la frente que yo había lavado y vendado con un pañuelo. Solo pudo ponerse el abrigo abotonándolo alrededor del cuello, pues no podía meter una manga en su brazo roto. Pero resistió contra todo, aunque gemía de vez en cuando; y con los rasguños y moretones en sus manos, y el corte en su frente, y sus miembros rígidos y su brazo roto, tenía muchas razones para gemir; y para cuando fue plena luz del día, estaba vestido y listo para irse.
—«¿Cuál es la ciudad más cercana a esta en el camino de Londres?», me preguntó.
—Le dije que la ciudad más cercana era Brentwood.
—«Muy bien, entonces —dice—, si viene conmigo a Brentwood y me lleva a algún cirujano que me ponga el brazo, le daré un billete de cinco libras por eso y por todas sus otras molestias».
—Le dije que estaba listo y dispuesto a hacer cualquier cosa que él quisiera que se hiciera; y le pregunté si no debería ir a ver si podía pedir prestado un carro a alguno de los vecinos para llevarlo, pues le dije que era una caminata de unas buenas seis millas.
—Sacudió la cabeza. No, no, no, dijo, no quería que nadie supiera nada sobre él; prefería caminar.
—Caminó; y caminó bien; aunque sé que cada paso que dio de esas seis millas lo dio con dolor; pero resistió como había resistido antes; nunca vi a un tipo resistir tanto en toda mi bendita vida. Tenía que detenerse a veces y apoyarse contra una puerta para recuperar el aliento; pero resistió aún, hasta que al fin llegamos a Brentwood, y entonces dice: «Lléveme al cirujano más cercano», y esperé mientras le ponían el brazo en férulas, lo cual tomó un tiempo precioso. El cirujano quería que se quedara en Brentwood hasta que estuviera mejor, pero dijo que eso no se podía ni oír, debía llegar a Londres sin perder un minuto de tiempo; así que el cirujano lo hizo sentir lo más cómodo posible, considerando la situación, y le vendó el brazo en un cabestrillo.
Robert Audley se sobresaltó. Una circunstancia relacionada con su visita a Liverpool regresó repentinamente a su memoria. Recordó al empleado que lo había llamado para decirle que había un pasajero que tomó su litera a bordo del Victoria Regia una hora más o menos antes de que el barco zarpara; un joven con el brazo en cabestrillo, que se había llamado a sí mismo con algún nombre común, que Robert había olvidado.
—Cuando le vendaron el brazo —continuó Luke—, le dice al cirujano: «¿Puede darme un lápiz para escribir algo antes de irme?». El cirujano sonríe y sacude la cabeza: «Nunca podrá escribir con esa mano hoy», dice, señalando el brazo que acababa de ser vendado. «Quizás no —responde el joven, bastante tranquilo—, pero puedo escribir con la otra». «¿No puedo escribirlo yo por usted?», dice el cirujano. «No, gracias —responde el otro—; lo que tengo que escribir es privado. Si puede darme un par de sobres, se lo agradeceré».
—Con eso, el cirujano va a buscar los sobres, y el joven saca una libreta del bolsillo de su abrigo con su mano izquierda; la cubierta estaba mojada y sucia, pero el interior estaba lo suficientemente limpio, y arranca un par de hojas y comienza a escribir en ellas como usted ve; y escribe terriblemente torpe con su mano izquierda, y escribe despacio, pero se las arregla para terminar lo que usted ve, y luego pone los dos trozos de escritura en los sobres que el cirujano le trae, y los sella, y pone una cruz con lápiz en uno de ellos, y nada en el otro: y luego le paga al cirujano por su molestia, y el cirujano dice, ¿no hay nada más que pueda hacer por él, y no puede convencerlo de que se quede en Brentwood hasta que su brazo esté mejor?; pero él dice no, no, no es posible; y luego me dice a mí: «Venga conmigo a la estación de ferrocarril y le daré lo que le he prometido».
—Así que fui a la estación con él. Llegamos a tiempo para tomar el tren que para en Brentwood a las ocho y media, y nos sobraron cinco minutos. Entonces me lleva a un rincón de la plataforma, y dice: «Quiero que entregue estas cartas por mí», a lo cual le dije que estaba dispuesto. «Muy bien, entonces —dice—; mire aquí; ¿conoce Audley Court?». «Sí —digo—, debería conocerlo, pues mi novia es doncella allí». «¿Doncella de quién?», dice. Entonces le digo: «De mi señora, la nueva señora que era institutriz en casa del señor Dawson». «Muy bien, entonces —dice—; esta carta con la cruz en el sobre es para Lady Audley, pero debe asegurarse de entregarla en sus propias manos; y recuerde tener cuidado de que nadie lo vea entregarla». Prometo hacer esto, y me entrega la primera carta. Y luego dice: «¿Conoce al señor Audley, que es sobrino de Sir Michael?», y dije: «Sí, he oído hablar de él, y he oído que era un caballero, pero afable y de trato fácil» (pues le había oído hablar de usted, ya sabe) —añadió Luke, entre paréntesis—. «Ahora mire aquí —dice el joven—, debe darle esta otra carta al señor Robert Audley, que se aloja en el Sun Inn, en el pueblo»; y le digo que está bien, que conozco el Sun desde que era un bebé. Entonces me da la segunda carta, la que no tiene nada escrito en el sobre, y me da un billete de cinco libras, según lo prometido; y luego dice: «Buen día, y gracias por todas sus molestias», y se sube a un vagón de segunda clase; y lo último que veo de él es un rostro tan blanco como una hoja de papel, y un gran parche de esparadrapo entrecruzado sobre su frente.
—¡Pobre George! ¡Pobre George!
—Regresé a Audley, y fui directo al Sun Inn, y pregunté por usted, con la intención de entregar ambas cartas fielmente, ¡que Dios me ayude! entonces; pero el posadero me dijo que usted había salido esa mañana hacia Londres, y no sabía cuándo volvería, y no sabía el nombre del lugar donde usted vivía en Londres, aunque dijo que pensaba que era en uno de esos tribunales, como Westminster Hall o Doctors' Commons, o algo así. Entonces, ¿qué iba a hacer? No podía enviar una carta por correo, al no saber dónde dirigirla, y no podía entregarla en sus propias manos, y me habían dicho especialmente que no dejara que nadie más supiera de ello; así que no tuve más remedio que esperar y ver si usted volvía, y aguardar mi momento para entregársela.
—Pensé que iría a la finca por la tarde y vería a Phoebe, y averiguaría por ella cuándo habría oportunidad de ver a su señora, pues sabía que ella podría arreglarlo si quería. Así que no fui a trabajar ese día, aunque debería haberlo hecho, y holgazaneé hasta casi el anochecer, y luego fui a los prados detrás de la finca, y allí encontré a Phoebe, por supuesto, esperando junto a la puerta de madera en el muro, buscándome.
—No llevaba mucho tiempo hablando con ella cuando vi que le pasaba algo malo y se lo dije.
—«Bueno —dice—, no estoy muy bien esta tarde, pues tuve un disgusto ayer, y todavía no me he recuperado».
—«Un disgusto —digo—. Supongo que ha tenido una pelea con su ama».
—No me respondió directamente, sino que sonrió con la sonrisa más extraña que jamás haya visto, y de repente dice:
—«No, Luke, no fue nada de eso; y lo que es más, nadie podría ser más amable conmigo que mi señora. Creo que haría cualquier cosa por mí casi; y creo que, ya fuera un poco de ganado o muebles o algo así, o fuera el traspaso de una taberna, no me negaría nada de lo que le pidiera».
—No pude entender esto, pues solo hacía unos días me había dicho que su señora era egoísta y extravagante, y que podríamos esperar mucho tiempo antes de conseguir lo que queríamos de ella.
—Así que le digo: «Vaya, esto es algo repentino, Phoebe»; y ella dice: «Sí, es repentino»; y vuelve a sonreír, exactamente con la misma clase de sonrisa que antes. Ante eso, me giro hacia ella bruscamente y digo:
—«Te diré lo que pasa, muchacha, me estás ocultando algo; algo que te han dicho, o algo que has descubierto; y si piensas que vas a probar ese juego conmigo, descubrirás que estás muy equivocada; así que te aviso».
—Pero ella se rio como si nada, y dice: «Vaya, Luke, ¿qué te ha podido meter tales fantasías en la cabeza?».
—«Quizás otras personas puedan guardar secretos tan bien como tú —dije—, y quizás otras personas puedan hacer amigos tan bien como tú. Ayer vino un caballero a ver a su señora, ¿verdad?, un joven alto con barba castaña».
—En lugar de responderme como una cristiana, mi prima Phoebe estalla en llanto, y se retuerce las manos, y sigue de forma horrible, hasta que si me maldigo si puedo entender qué es lo que le pasa.
—Pero poco a poco se lo saqué, pues no iba a soportar ninguna tontería; y me contó cómo había estado sentada trabajando en la ventana de su pequeña habitación, que estaba en lo alto de la casa, justo en uno de los hastiales, y daba al paseo de los tilos, y al arbusto y al pozo, cuando vio a mi señora caminando con un extraño caballero, y caminaron juntos durante mucho tiempo, hasta que poco a poco ellos...
—¡Basta! —gritó Robert—. Conozco el resto.
—Bien, Phoebe me contó todo lo que vio, y me dijo que se había encontrado con su señora casi inmediatamente después, y que algo había pasado entre ellas, no mucho, pero sí lo suficiente para que su ama supiera que la sirvienta a la que despreciaba había descubierto algo que la pondría en poder de esa sirvienta hasta el último día de su vida.
—«Y está en mi poder, Luke», dice Phoebe; «y hará cualquier cosa en el mundo por nosotros si guardamos su secreto».
—Así que ya ve, tanto mi Lady Audley como su doncella pensaban que el caballero al que vi partir sano y salvo en el tren de Londres yacía muerto en el fondo del pozo. Si entregaba la carta, descubrirían lo contrario; y si entregaba la carta, Phoebe y yo perderíamos la oportunidad de empezar una nueva vida gracias a su ama.
—Así que me quedé con la carta y guardé mi secreto, y mi señora guardó el suyo. Pero pensé que si actuaba con generosidad conmigo, y me daba el dinero que quería, voluntariamente, le contaría todo y le daría tranquilidad.
—Pero no lo hizo. Cualquier cosa que me diera, me la tiraba como si yo fuera un perro. Siempre que me hablaba, me hablaba como podría haberle hablado a un perro; y un perro era algo que no podía soportar ni ver. No había palabra en su boca que fuera demasiado mala para mí; no había movimiento de cabeza que pudiera hacer que fuera demasiado orgulloso y desdeñoso para mí; y mi sangre hervía contra ella, así que guardé mi secreto y dejé que ella guardara el suyo. Abrí las dos cartas, las leí, pero no pude encontrarles mucho sentido, así que las escondí; y ni una criatura más que yo las ha visto hasta esta noche.
Luke Marks había terminado su historia y yacía bastante tranquilo, agotado por haber hablado tanto tiempo. Observaba el rostro de Robert Audley, esperando alguna reprimenda, algún sermón grave; pues tenía una vaga conciencia de haber obrado mal.
Pero Robert no le sermoneó; no sentía inclinación por un oficio para el que no se creía capacitado.
Robert Audley permaneció mucho tiempo después del amanecer con el enfermo, que cayó en un profundo sueño poco después de haber terminado su relato. La anciana había dormitado plácidamente durante toda la confesión de su hijo. Phoebe dormía en el jergón en la habitación de abajo; así que el joven abogado era el único que velaba.
No podía dormir; solo podía pensar en la historia que había escuchado. Solo podía dar gracias a Dios por la supervivencia de su amigo y rezar para poder ir a ver a Clara Talboys y decirle: «Tu hermano sigue vivo y ha sido encontrado».
Phoebe subió las escaleras a las ocho, dispuesta a ocupar su lugar junto al lecho del enfermo, y Robert Audley se marchó a buscar una cama en la posada Sun Inn. Casi al anochecer despertó de un largo sueño sin sueños y se vistió antes de cenar en la pequeña sala de estar en la que él y George se habían sentado juntos unos meses antes.
El posadero le atendió durante la cena y le dijo que Luke Marks había muerto a las cinco de aquella tarde. «Se fue de forma bastante repentina», dijo el hombre, «pero muy tranquilo».
Robert Audley escribió esa misma tarde una larga carta dirigida a Madame Taylor, al cuidado de Monsieur Val, Villebrumeuse; una larga carta en la que le contaba a la desgraciada mujer que había llevado tantos nombres, y que iba a llevar uno falso por el resto de su vida, la historia que el moribundo le había contado.
«Puede que sea un consuelo para ella saber que su marido no pereció en su juventud a manos de su mano malvada», pensó, «si es que su alma egoísta puede albergar algún sentimiento de piedad o tristeza por los demás».
CAPÍTULO XL.
RESTABLECIDO.
Clara Talboys regresó a Dorsetshire para contarle a su padre que su único hijo había zarpado hacia Australia el 9 de septiembre, y que era muy probable que aún viviera y regresara para reclamar el perdón del padre al que nunca había perjudicado de forma especial, excepto por el hecho de haber cometido aquel terrible error matrimonial que tan fatal influencia había ejercido sobre su juventud.
El señor Harcourt-Talboys estaba completamente desconcertado. A Junio Bruto nunca se le había puesto en una situación como esta, y al no ver manera de salir de este dilema actuando según su modelo favorito, el señor Talboys se vio obligado a ser natural por una vez en su vida y a confesar que había sufrido mucha inquietud y dolor mental por su único hijo desde su conversación con Robert Audley, y que se alegraría sinceramente de estrechar a su pobre muchacho en sus brazos cuando regresara a Inglaterra. ¿Pero cuándo era probable que regresara? ¿Y cómo comunicarse con él? Esa era la cuestión. Robert Audley recordó los anuncios que había hecho insertar en los periódicos de Melbourne y Sídney. Si George había vuelto a entrar en cualquiera de las dos ciudades con vida, ¿cómo era que nunca se había prestado atención a aquel anuncio? ¿Era probable que su amigo fuera indiferente a su inquietud? Pero, por otra parte, era posible que George Talboys no hubiera llegado a ver aquel anuncio; y, como había viajado bajo un nombre falso, ni sus compañeros de viaje ni el capitán del barco habrían podido identificarlo con la persona buscada. ¿Qué se debía hacer? ¿Debían esperar pacientemente hasta que George se cansara de su exilio y regresara con sus amigos que lo amaban? ¿O había algún medio que pudiera acelerar su regreso? ¡Robert Audley estaba desconcertado! Quizás, en el alivio de espíritu indescriptible que había experimentado al descubrir la huida de su amigo, era incapaz de mirar más allá del hecho de aquella preservación providencial.
En este estado de ánimo, fue a Dorsetshire a visitar al señor Talboys, quien se había entregado a un torrente de impulsos generosos y había llegado al extremo de invitar al amigo de su hijo a compartir la sencilla hospitalidad de la mansión de ladrillo rojo.
El señor Talboys solo tenía dos sentimientos sobre el tema de la historia de George; uno era un alivio y una felicidad naturales ante la idea de que su hijo se había salvado, el otro era el ferviente deseo de que mi señora hubiera sido su esposa, y que así hubiera tenido el placer de dar un ejemplo ejemplar con ella.
—No me corresponde a mí culparle, señor Audley —dijo—, por haber sacado a esta mujer culpable del alcance de la justicia y, por decirlo así, haber jugado con las leyes de su país. Solo puedo señalar que, si la dama hubiera caído en mis manos, habría sido tratada de forma muy distinta.
A mediados de abril, Robert Audley se encontró una vez más bajo aquellos abetos negros bajo los cuales sus pensamientos errantes se habían detenido tantas veces desde su primer encuentro con Clara Talboys. Había primaveras y violetas tempranas en los setos ahora, y los arroyos, que en su primera visita habían estado duros y helados como el corazón de Harcourt Talboys, se habían descongelado, como aquel caballero, y corrían alegremente bajo los arbustos de endrinas bajo el caprichoso sol de abril.
Robert tenía un dormitorio sencillo y un vestidor austero asignados en la casa cuadrada, y se despertaba cada mañana sobre un colchón de muelles metálicos, que siempre le daba la idea de dormir sobre algún instrumento musical, para ver el sol entrando con fuerza a través de las persianas blancas y cuadradas e iluminando las dos urnas lacadas que adornaban la base de la cama de hierro azul, hasta que brillaban como dos pequeñas lámparas de bronce de la época romana. Imitaba al señor Harcourt Talboys en lo que respecta a las duchas y el agua fría, y surgía pulcro y azulado como el propio caballero, cuando el reloj del vestíbulo daba las siete, para unirse al dueño de la casa en su paseo constitucional antes del desayuno bajo los abetos de la rígida plantación.
Pero generalmente había una tercera persona que asistía a los paseos constitucionales, y esa tercera persona era Clara Talboys, que solía caminar al lado de su padre, más hermosa que la mañana —pues esta era a veces gris y nublada, mientras que ella estaba siempre fresca y radiante— con un sombrero de paja de ala ancha y cintas azules ondeantes, de las cuales el señor Audley habría considerado un cuarto de pulgada como una decoración más orgullosa de la que jamás adornó el ojal de ninguna criatura favorecida.
Al principio eran muy ceremoniosos el uno con el otro, y solo se mostraban familiares y amistosos en el único tema de las aventuras de George; pero poco a poco surgió una agradable intimidad entre ellos, y antes de que hubieran transcurrido las tres primeras semanas de la visita de Robert, la señorita Talboys le hizo feliz al tomarle seriamente bajo su tutela y sermonearle sobre la vida sin propósito que había llevado durante tanto tiempo, y el poco uso que había hecho de los talentos y oportunidades que se le habían dado.
¡Qué agradable era ser sermoneado por la mujer que amaba! ¡Qué agradable era humillarse y despreciarse ante ella! Qué encantador era obtener oportunidades tan espléndidas para insinuar que, si su vida hubiera sido santificada por un objetivo, tal vez habría luchado por ser algo mejor que un ocioso flâneur en los senderos suaves que no tienen un destino particular; que, bendecido por los lazos que habrían dado un propósito solemne a cada hora de su existencia, tal vez habría librado la batalla con seriedad y valentía. Generalmente terminaba con una sombría insinuación en el sentido de que solo era probable que se dejara caer tranquilamente por el borde de los jardines del Temple una tarde, cuando el río estuviera brillante y plácido bajo la luz del sol, y los niños pequeños se hubieran ido a casa a tomar el té.
—¿Cree que puedo leer novelas francesas y fumar tabaco turco suave hasta los setenta años, señorita Talboys? —preguntó—. ¿Cree que no llegará un día en que mis pipas de espuma de mar estén sucias, y las novelas francesas sean más estúpidas de lo habitual, y la vida sea en general una monotonía tan lúgubre que querré deshacerme de ella de una forma u otra?
Siento decir que, mientras este joven y hipócrita abogado disertaba de esta manera desalentadora, había vendido mentalmente sus posesiones de soltero, incluidas todas las publicaciones de Michel Levy, y media docena de pipas de espuma de mar montadas en plata maciza; jubilado a la señora Maloney, e invertido dos o tres mil libras en la compra de unos cuantos acres de verdor y césped inclinado, en cuyo seno debería haber una casa de campo de cuento, cuyos rústicos ventanales deberían brillar desde cenadores de mirto y clemátides para verse reflejados en el seno púrpura del lago.
Por supuesto, Clara Talboys estaba lejos de descubrir el trasfondo de estas melancólicas lamentaciones. Recomendó al señor Audley que estudiara mucho, que pensara seriamente en su profesión y que comenzara la vida de verdad. Era una existencia dura y seca, tal vez, la que ella recomendaba; una vida de trabajo serio y dedicación, en la que debería esforzarse por ser útil a sus semejantes y ganarse una reputación.
«Haría todo eso», pensó, «y lo haría seriamente, si pudiera estar seguro de una recompensa por mi trabajo. Si ella aceptara mi reputación una vez ganada, y me apoyara en la lucha con su amada compañía. ¿Pero qué pasa si me envía a librar la batalla y se casa con algún tosco hacendado mientras me doy la vuelta?»
Siendo naturalmente de carácter vacilante y tardío, no se sabe cuánto tiempo habría guardado el señor Audley su secreto, temeroso de hablar y romper el encanto de esa incertidumbre que, aunque no siempre esperanzadora, muy rara vez carecía por completo de ella, de no haber sido impulsado por el momento de un descuido a una confesión completa de la verdad.
Había pasado cinco semanas en Grange Heath y sentía que no podía, por simple decencia, quedarse más tiempo; así que había empacado su maleta una agradable mañana de mayo y había anunciado su partida.
El señor Talboys no era el tipo de hombre que profiriera lamentaciones apasionadas ante la perspectiva de perder a su huésped, pero se expresó con una fría cordialidad que para él servía como la mayor demostración de amistad.
—Nos hemos llevado muy bien, señor Audley —dijo—, y usted ha tenido a bien parecer suficientemente feliz en la tranquila rutina de nuestro ordenado hogar; es más, se ha ajustado a nuestras pequeñas normas domésticas de una manera que no puedo dejar de decir que tomo como un cumplido especial hacia mi persona.
Robert hizo una inclinación de cabeza. Qué agradecido estaba a la buena suerte que nunca le había permitido quedarse dormido ante la señal de la campana que sonaba, ni le había llevado más allá del alcance de los relojes a la hora del almuerzo del señor Talboys.
—Confío en que, como nos hemos llevado tan extraordinariamente bien —continuó el señor Talboys—, me hará el honor de repetir su visita a Dorsetshire siempre que le apetezca. Encontrará mucha caza en mis tierras y recibirá toda la cortesía y atención de mis arrendatarios, si le gusta traer su escopeta.
Robert respondió con la mayor sinceridad a estas amables propuestas. Declaró que no había ocupación terrenal que le fuera más agradable que la caza de perdices, y que estaría encantado de aprovechar el privilegio tan amablemente ofrecido. No pudo evitar mirar hacia Clara mientras decía esto. Los párpados perfectos se bajaron un poco sobre los ojos castaños, y el más leve rastro de sonrojo iluminó su hermoso rostro.
Pero este era el último día del joven abogado en el Elíseo, y debía pasar un intervalo triste de días, noches, semanas y meses antes de que el primero de septiembre le diera una excusa para volver a Dorsetshire; un intervalo triste que jóvenes hacendados de tez fresca o viudos gordos de cuarenta y ocho años podrían aprovechar en su perjuicio. No era de extrañar, por tanto, que contemplara esta perspectiva sombría con melancólico desaliento, y que fuera mala compañía para la señorita Talboys aquella mañana.
Pero por la noche, después de la cena, cuando el sol estaba bajo en el oeste y Harcourt Talboys estaba encerrado en su biblioteca en algún asunto judicial con su abogado y un arrendatario, el señor Audley se volvió un poco más agradable. Estaba de pie junto a Clara en una de las largas ventanas del salón, observando cómo las sombras se profundizaban en el cielo y la luz rosada se volvía cada vez más rosada a medida que el sol se apagaba. No pudo evitar disfrutar de aquel tête-à-tête tranquilo, aunque la sombra del expreso de la mañana siguiente, que debía llevarlo de regreso a Londres, se cernía oscuramente sobre el camino de su alegría. No pudo evitar ser feliz en su presencia; olvidadizo del pasado, imprudente ante el futuro.
Hablaron del único tema que siempre era un vínculo de unión entre ellos. Hablaron de su hermano perdido, George. Ella habló de él en un tono muy melancólico aquella tarde. ¿Cómo podía no estar triste, recordando que si él vivía —y ni siquiera estaba segura de eso— era un vagabundo solitario lejos de todos los que lo amaban, y llevando el recuerdo de una vida arruinada a dondequiera que iba.
—No entiendo cómo papá puede estar tan resignado a la ausencia de mi pobre hermano —dijo—, porque él lo quiere, señor Audley; incluso usted debe haber visto últimamente que lo quiere. Pero no entiendo cómo puede soportar tan tranquilamente su ausencia. Si yo fuera hombre, iría a Australia, lo encontraría y lo traería de vuelta; si es que todavía se le puede encontrar entre los vivos —añadió en voz más baja.
Apartó el rostro de Robert y miró al cielo que oscurecía. Él puso su mano sobre el brazo de ella. Tembló a pesar de sí mismo, y su voz también tembló al hablarle.
—¿Debo ir a buscar a tu hermano? —dijo.
—¡Usted! —Ella volvió la cabeza y lo miró seriamente a través de sus lágrimas—. ¡Usted, señor Audley! ¿Cree que podría pedirle que hiciera tal sacrificio por mí, o por aquellos a quienes amo?
—¿Y cree, Clara, que yo consideraría cualquier sacrificio demasiado grande si se hiciera por usted? ¿Cree que hay algún viaje que me negaría a hacer, si supiera que usted me daría la bienvenida cuando regresara a casa y me agradecería haberle servido fielmente? Iré de un extremo al otro del continente de Australia para buscar a su hermano, si usted quiere, Clara; y nunca regresaré vivo a menos que lo traiga conmigo, y me arriesgaré a ver qué recompensa me da por mi trabajo.
Ella tenía la cabeza inclinada, y pasaron varios momentos antes de que le respondiera.
—Usted es muy bueno y generoso, señor Audley —dijo finalmente—, y siento este ofrecimiento demasiado como para poder agradecérselo. Pero de lo que habla nunca podría ser. ¿Con qué derecho podría yo aceptar tal sacrificio?
—Con el derecho que me hace su esclavo obligado por los siglos de los siglos, lo quiera usted o no. Por derecho del amor que le profeso, Clara —exclamó el señor Audley, poniéndose de rodillas —bastante torpemente, hay que confesarlo— y cubriendo con besos apasionados una pequeña mano suave que había encontrado medio oculta entre los pliegues de un vestido de seda.
—La amo, Clara —dijo—, la amo. Puede llamar a su padre y hacer que me echen de la casa en este momento, si quiere; pero seguiré amándola de todos modos; y la amaré por los siglos de los siglos, lo quiera usted o no.
La pequeña mano fue retirada de la suya, pero no con un gesto repentino o enfadado, y descansó por un momento ligera y trémula sobre su oscuro cabello.
—¡Clara, Clara! —murmuró, con voz baja y suplicante—, ¿debo ir a Australia a buscar a tu hermano?
No hubo respuesta. No sé cómo es, pero casi no hay nada más delicioso que el silencio en tales casos. Cada momento de duda es una confesión tácita; cada pausa es una tierna confesión.
—¿Vamos ambos, querida? ¿Vamos como marido y mujer? ¿Vamos juntos, mi querido amor, y traemos a nuestro hermano de vuelta entre los dos?
El señor Harcourt Talboys, al entrar en la habitación iluminada por la lámpara un cuarto de hora después, encontró a Robert Audley solo y tuvo que escuchar una revelación que le sorprendió mucho. Como todas las personas autosuficientes, era bastante ciego a todo lo que sucedía bajo sus narices, y había creído plenamente que su propia compañía, y la regularidad espartana de su hogar, habían sido los atractivos que habían hecho que Dorsetshire fuera encantador para su huésped.
Por lo tanto, se sintió bastante decepcionado; pero soportó su decepción bastante bien y expresó una satisfacción plácida y bastante estoica ante el giro que habían tomado los asuntos.
Así que Robert Audley regresó a Londres para entregar sus aposentos en Figtree Court y hacer todas las averiguaciones debidas sobre los barcos que zarpaban de Liverpool hacia Sídney en el mes de junio.
Se había demorado hasta después del almuerzo en Grange Heath, y fue al anochecer cuando entró en los sombríos patios del Temple y encontró el camino a sus habitaciones. Encontró a la señora Maloney fregando las escaleras, como era su costumbre un sábado por la noche, y tuvo que abrirse paso hacia arriba en medio de una atmósfera de vapor jabonoso que hacía que las barandillas estuvieran grasientas bajo su tacto.
—Hay un montón de cartas, su señoría —dijo la lavandera, mientras se levantaba de rodillas y se pegaba a la pared para permitir que Robert pasara—, y hay algunos paquetes, y hay un caballero que ha llamado muchas veces, y está esperando esta noche, pues le dije que usted me había escrito diciendo que sus habitaciones debían ser ventiladas.
Abrió la puerta de su sala de estar y entró. Los canarios entonaban su despedida al sol poniente y la tenue luz amarillenta parpadeaba sobre las hojas de los geranios. El visitante, fuera quien fuese, estaba sentado de espaldas a la ventana con la cabeza inclinada sobre el pecho. Pero se levantó de un salto cuando Robert Audley entró en la habitación, y el joven lanzó un gran grito de deleite y sorpresa, y abrió los brazos a su perdido amigo, George Talboys.
Sabemos cuánto tenía que contar Robert. Tocó ligera y tiernamente aquel tema que sabía que era cruelmente doloroso para sus amigos; dijo muy poco de la desdichada mujer que estaba consumiendo el resto de su malvada vida en el tranquilo suburbio de la olvidada ciudad belga.
George Talboys habló muy brevemente de aquel soleado siete de septiembre, en el que había dejado a su amigo durmiendo junto al arroyo de las truchas mientras él iba a acusar a su falsa esposa de aquella conspiración que casi le había roto el corazón.
—Dios sabe que desde el momento en que me hundí en el pozo negro, conociendo la mano traicionera que me había enviado a lo que podría haber sido mi muerte, mi principal pensamiento fue la seguridad de la mujer que me había traicionado. Caí de pie sobre una masa de fango y cieno, pero mi hombro estaba magullado y mi brazo roto contra el costado del pozo. Estuve aturdido y desconcertado durante unos minutos, pero hice un esfuerzo y me levanté, pues sentía que el aire que respiraba era mortal. Tenía mis experiencias en Australia para ayudarme en mi peligro; podía trepar como un gato. Las piedras con las que estaba construido el pozo eran rugosas e irregulares, y pude abrirme camino hacia arriba plantando los pies en los intersticios de las piedras y apoyando la espalda a veces contra el lado opuesto del pozo, ayudándome como podía con las manos, aunque tenía un brazo inutilizado. Fue un trabajo duro, Bob, y parece extraño que un hombre que durante mucho tiempo se había profesado cansado de su vida, se tomara tantas molestias para conservarla. Creo que debí estar trabajando más de media hora antes de llegar a la cima; sé que el tiempo pareció una eternidad de dolor y peligro. Me era imposible abandonar el lugar hasta después del anochecer sin ser visto, así que me escondí detrás de un grupo de laureles y me tumbé en la hierba, débil y agotado, a esperar la llegada de la noche. El hombre que me encontró allí te contó el resto, Robert.
—Sí, mi pobre viejo amigo... sí, me lo contó todo.
George nunca había regresado a Australia después de todo. Había subido a bordo del Victoria Regia, pero después había cambiado su camarote por uno en otro buque perteneciente a los mismos propietarios, y se había marchado a Nueva York, donde se había quedado tanto tiempo como pudo soportar la soledad de una existencia que le separaba de todos los amigos que había conocido.
—Jonathan fue muy amable conmigo, Bob —dijo—; tenía suficiente dinero para permitirme salir adelante bastante bien a mi manera tranquila y tenía intención de partir hacia los campos de oro de California para conseguir más cuando aquello se agotara. Podría haber hecho muchos amigos si hubiera querido, pero llevaba la vieja bala en el pecho; ¿y qué simpatía podía tener con hombres que no sabían nada de mi dolor? Ansiaba el fuerte apretón de tu mano, Bob; el toque amistoso de la mano que me había guiado a través del pasaje más oscuro de mi vida.
CAPÍTULO XLI.
EN PAZ.
Han pasado dos años desde aquel crepúsculo de mayo en el que Robert encontró a su viejo amigo; y el sueño del Sr. Audley de una cabaña de cuento de hadas se ha hecho realidad entre las esclusas de Teddington y el puente de Hampton, donde, en medio de un pequeño bosque de follaje, hay una fantástica vivienda de madera rústica, cuyas ventanas enrejadas dan al río. Aquí, entre los lirios y los juncos de la orilla inclinada, un valiente niño de ocho años juega con un bebé que empieza a caminar, el cual mira con asombro desde los brazos de su niñera a ese otro bebé en la profundidad púrpura del agua tranquila.
El Sr. Audley es un hombre en ascenso en el circuito nacional por estas fechas, y se ha distinguido en el gran caso de incumplimiento de promesa de Hobbs contra Nobbs, y ha convulsionado al tribunal con su deliciosamente cómica interpretación de la correspondencia amorosa del infiel Nobbs. El apuesto niño de ojos oscuros es el joven George Talboys, quien declina la musa en Eton y pesca renacuajos en el agua clara bajo la extendida sombra más allá de los muros cubiertos de hiedra de la academia. Pero viene muy a menudo a la cabaña de cuento de hadas para ver a su padre, que vive allí con su hermana y el marido de su hermana; y es muy feliz con su tío Robert, su tía Clara y el bonito bebé que acaba de empezar a caminar sobre el césped suave que desciende hasta la orilla del agua, donde hay una pequeña casa de botes suiza y un embarcadero donde Robert y George amarran sus esbeltas barcas.
Otras personas vienen a la cabaña cerca de Teddington. Una joven brillante y alegre, y un caballero de barba gris que ha sobrevivido a los problemas de su vida y ha luchado contra ellos como debe hacerlo un cristiano.
Hace más de un año que llegó a Robert Audley una carta con borde negro, escrita en papel extranjero, para anunciar la muerte de una tal Madame Taylor, quien había fallecido pacíficamente en Villebrumeuse, tras una larga enfermedad que Monsieur Val describe como una maladie de langueur.
Otro visitante llega a la cabaña en este brillante verano de 1861: un joven franco y generoso, que lanza al bebé al aire y juega con Georgey, y es especialmente hábil en el manejo de los botes, que nunca están ociosos cuando Sir Harry Towers está en Teddington.
Hay una bonita sala de fumar rústica sobre la casa de botes suiza, en la que los caballeros se sientan a fumar en las tardes de verano, y de donde son llamados por Clara y Alicia para tomar el té y comer fresas con nata en el césped.
Audley Court está cerrado, y una severa y vieja ama de llaves reina por encima de todo en la mansión que la risa cristalina de mi señora hizo una vez musical. Una cortina cuelga ante el retrato prerrafaelista; y el moho azul que los artistas temen se acumula sobre los Wouvermans y Poussins, los Cuyps y Tintorettos. La casa se muestra a menudo a visitantes curiosos, aunque al baronet no se le informa de ese hecho, y la gente admira las habitaciones de mi señora y hace muchas preguntas sobre la bonita mujer rubia que murió en el extranjero.
Sir Michael no tiene deseos de volver al lugar familiar en el que una vez soñó un breve sueño de felicidad imposible. Permanecerá en Londres hasta que Alicia sea Lady Towers, momento en el que se trasladará a una casa que ha comprado recientemente en Hertfordshire, en los límites de la propiedad de su yerno. George Talboys es muy feliz con su hermana y su viejo amigo. Es un hombre joven todavía, recuerden, y no es del todo imposible que pueda, poco a poco, encontrar a alguien que le consuele por el pasado. Aquella oscura historia del pasado se desvanece poco a poco cada día, y puede llegar un momento en que la sombra que la maldad de mi señora ha proyectado sobre la vida del joven desaparezca por completo.
La espuma de mar y las novelas francesas han sido regaladas a un joven templario con quien Robert Audley había sido amigo en sus días de soltero; y la Sra. Maloney tiene una pequeña pensión, que se le paga trimestralmente, por su cuidado de los canarios y los geranios.
Espero que nadie se oponga a mi historia porque su final deje a todas las buenas personas felices y en paz. Si mi experiencia de la vida no ha sido muy larga, al menos ha sido múltiple; y puedo suscribir con seguridad lo que un poderoso rey y gran filósofo declaró, cuando dijo que ni la experiencia de su juventud ni la de su vejez le habían mostrado jamás "al justo desamparado, ni a su simiente mendigando el pan".