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Library of the World's Best Mystery and Detective Stories

by Unknown · in Spanish

BIBLIOTECA DE LAS MEJORES HISTORIAS DE MISTERIO Y DETECTIVES DEL MUNDO

EDITADA POR JULIAN HAWTHORNE

Ciento una historias de misterio De autores famosos de Oriente y Occidente

En seis volúmenes

Nueva York The Review of Reviews Company

1907

AMERICANAS :: FRANCESAS, ITALIANAS, ETC. INGLESAS: ESCOCESAS :: ALEMANAS, RUSAS, ETC. INGLESAS: IRLANDESAS :: ORIENTALES: MAGIA MODERNA

MAUPASSANT VOLTAIRE MILLE ALARÇON ADAM CAPUANA ERCKMANN-CHATRIAN APULEYO BALZAC PLINIO EL JOVEN

Tabla de contenidos

HENRI RENÉ ALBERT GUY DE MAUPASSANT (1850-93). El collar El hombre de los ojos pálidos Una cama incómoda Fantasmas Miedo La confesión El Horla

PIERRE MILLE. El milagro de Zobéide

VILLIERS DE L'ISLE ADAM. La tortura por la esperanza

ERCKMANN-CHATRIAN (1822-99)--(1826-90). El oído del búho El ojo invisible Las aguas de la muerte

HONORÉ DE BALZAC (1799-1850). Melmoth reconciliado El recluta

JEAN FRANÇOIS MARIE AROUET DE VOLTAIRE (1694-1778). Zadig el babilonio

PEDRO DE ALARÇON. El clavo

LUIGI CAPUANA (1839-00). La deposición

LUCIO APULEYO (Siglo II). La aventura de los tres ladrones

PLINIO EL JOVEN (Siglo I). Carta a Sura

Historias de misterio francesas--italianas--españolas--latinas

HENRI RENÉ ALBERT GUY DE MAUPASSANT

El collar

Era una de esas chicas bonitas y encantadoras que, como por un error del destino, nacen en una familia de empleados. No tenía dote, ni esperanzas, ni medios para ser conocida, comprendida, amada, casada por ningún hombre rico y distinguido; y se dejó casar con un pequeño empleado del Ministerio de Instrucción Pública.

Vestía con sencillez porque no podía vestir bien, pero era tan infeliz como si realmente hubiera caído de su posición adecuada; pues con las mujeres no hay ni casta ni rango; y la belleza, la gracia y el encanto actúan en lugar de la familia y el nacimiento. La finura natural, el instinto por lo elegante, la flexibilidad del ingenio, son la única jerarquía, y hacen de las mujeres del pueblo las iguales de las más grandes damas.

Sufría incesantemente, sintiéndose nacida para todas las delicadezas y todos los lujos. Sufría por la pobreza de su vivienda, por el aspecto miserable de las paredes, por las sillas desgastadas, por la fealdad de las cortinas. Todas esas cosas, de las que otra mujer de su rango ni siquiera se habría dado cuenta, la torturaban y la enfurecían. La vista de la pequeña campesina bretona que hacía sus humildes tareas domésticas le despertaba arrepentimientos desesperados y sueños distraídos. Pensaba en las antesalas silenciosas colgadas con tapices orientales, iluminadas por altos candelabros de bronce, y en los dos grandes lacayos con calzones cortos que duermen en los grandes sillones, adormecidos por el calor pesado de la estufa de aire caliente. Pensaba en los largos salones revestidos con seda antigua, en los muebles delicados que sostenían curiosidades invaluables, y en los coquetos y perfumados tocadores hechos para charlas a las cinco con amigos íntimos, con hombres famosos y codiciados, a quienes todas las mujeres envidian y cuya atención todas desean.

Cuando se sentaba a cenar, frente a la mesa redonda cubierta con un mantel de tres días de uso, frente a su marido, que destapaba la sopera y declaraba con aire encantado: "¡Ah, el buen pot-au-feu! No conozco nada mejor que eso", ella pensaba en cenas delicadas, en cubiertos de plata brillantes, en tapices que poblaban las paredes con personajes antiguos y con pájaros extraños volando en medio de un bosque de hadas; y pensaba en platos deliciosos servidos en vajillas maravillosas, y en las galanterías susurradas que se escuchan con una sonrisa de esfinge, mientras se come la carne rosada de una trucha o las alas de una codorniz.

No tenía vestidos, ni joyas, nada. Y no amaba más que eso; se sentía hecha para eso. Le hubiera gustado tanto complacer, ser envidiada, ser encantadora, ser buscada.

Tenía una amiga, una antigua compañera de escuela del convento, que era rica, y a quien ya no quería ir a ver porque sufría demasiado cuando regresaba.

Pero, una noche, su marido regresó a casa con aire triunfante, sosteniendo un sobre grande en la mano.

"Mira", dijo, "aquí tienes algo para ti".

Ella rasgó el papel bruscamente y sacó una tarjeta impresa que llevaba estas palabras:

"El Ministro de Instrucción Pública y la Sra. Georges Ramponneau solicitan el honor de la compañía del Sr. y la Sra. Loisel en el palacio del Ministerio el lunes por la noche, 18 de enero".

En lugar de estar encantada, como esperaba su marido, ella arrojó la invitación sobre la mesa con desdén, murmurando:

"¿Qué quieres que haga con eso?"

"Pero, querida, pensé que te alegrarías. Nunca sales, y esta es una oportunidad tan buena. Me costó un trabajo terrible conseguirla. Todo el mundo quiere ir; es muy selecto, y no dan muchas invitaciones a los empleados. Todo el mundo oficial estará allí".

Ella lo miró con ojos irritados y dijo con impaciencia:

"¿Y qué quieres que me ponga encima?"

Él no había pensado en eso; balbuceó:

"Pues el vestido con el que vas al teatro. Me parece que te queda muy bien".

Se detuvo, distraído, al ver que su mujer lloraba. Dos grandes lágrimas descendían lentamente de las comisuras de sus ojos hacia las comisuras de su boca. Él tartamudeó:

"¿Qué pasa? ¿Qué pasa?"

Pero, con un esfuerzo violento, ella había conquistado su dolor y respondió con voz tranquila, mientras se limpiaba las mejillas húmedas:

"Nada. Solo que no tengo vestido y, por tanto, no puedo ir a este baile. Dale tu tarjeta a algún colega cuya esposa esté mejor equipada que yo".

Él estaba desesperado. Reanudó:

"Vamos, veamos, Mathilde. ¿Cuánto costaría un vestido adecuado, que pudieras usar en otras ocasiones, algo muy sencillo?"

Ella reflexionó varios segundos, haciendo sus cálculos y preguntándose también qué suma podía pedir sin atraer sobre sí una negativa inmediata y una exclamación espantada del económico empleado.

Finalmente, respondió vacilante:

"No sé exactamente, pero creo que podría arreglármelas con cuatrocientos francos".

Él se había puesto un poco pálido, porque estaba reservando justo esa cantidad para comprar un rifle y darse el gusto de cazar un poco el verano siguiente en la llanura de Nanterre, con varios amigos que iban a cazar alondras por allí los domingos.

Pero dijo:

"Está bien. Te daré cuatrocientos francos. Y trata de tener un vestido bonito".

El día del baile se acercaba y la Sra. Loisel parecía triste, inquieta, ansiosa. Su vestido estaba listo, sin embargo. Su marido le dijo una noche:

"¿Qué te pasa? Vamos, has estado muy rara estos últimos tres días".

Y ella respondió:

"Me molesta no tener ni una joya, ni una sola piedra, nada que ponerme. Pareceré una desgraciada. Casi preferiría no ir".

Él reanudó:

"Podrías llevar flores naturales. Están muy de moda en esta época del año. Por diez francos puedes conseguir dos o tres rosas magníficas".

Ella no estaba convencida.

"No; no hay nada más humillante que parecer pobre entre otras mujeres que son ricas".

Pero su marido exclamó:

"¡Qué estúpida eres! Ve a buscar a tu amiga la Sra. Forestier y pídele que te preste algunas joyas. Tienes suficiente confianza con ella para hacer eso".

Ella lanzó un grito de alegría:

"Es verdad. Nunca se me ocurrió".

Al día siguiente fue a ver a su amiga y le contó su angustia.

La Sra. Forestier fue a un armario con puerta de cristal, sacó un joyero grande, lo trajo, lo abrió y dijo a la Sra. Loisel:

"Elige, querida".

Vio primero unas pulseras, luego un collar de perlas, luego una cruz veneciana, oro y piedras preciosas de una mano de obra admirable. Se probó los adornos frente al espejo, vaciló, no podía decidirse a separarse de ellos, a devolverlos. Seguía preguntando:

"¿No tienes más?"

"Pues sí. Mira. No sé qué es lo que te gusta".

De repente descubrió, en una caja de satén negro, un magnífico collar de diamantes, y su corazón empezó a latir con un deseo inmoderado. Sus manos temblaban mientras lo tomaba. Se lo abrochó alrededor de la garganta, sobre su vestido de cuello alto, y permaneció perdida en éxtasis ante su propia imagen.

Entonces preguntó, vacilante, llena de angustia:

"¿Puedes prestarme eso, solo eso?"

"Pues sí, ciertamente".

Se arrojó al cuello de su amiga, la besó apasionadamente, luego huyó con su tesoro.

* * * * *

Llegó el día del baile. La Sra. Loisel tuvo un gran éxito. Era más bonita que todas, elegante, graciosa, sonriente y loca de alegría. Todos los hombres la miraban, preguntaban su nombre, se esforzaban por ser presentados. Todos los agregados del Gabinete querían bailar con ella. Fue notada por el propio ministro.

Bailaba con embriaguez, con pasión, borracha de placer, olvidándolo todo, en el triunfo de su belleza, en la gloria de su éxito, en una especie de nube de felicidad compuesta de todos estos homenajes, de toda esta admiración, de todos estos deseos despertados y de esa sensación de victoria completa que es tan dulce para el corazón de una mujer.

Se fue alrededor de las cuatro de la mañana. Su marido había estado durmiendo desde medianoche, en una pequeña antecámara desierta, con otros tres caballeros cuyas esposas se estaban divirtiendo mucho.

Él le echó sobre los hombros los abrigos que había traído, abrigos modestos de la vida común, cuya pobreza contrastaba con la elegancia del vestido de baile. Ella lo sintió y quiso escapar para no ser notada por las otras mujeres, que se envolvían en costosas pieles.

Loisel la retuvo.

"Espera un poco. Te resfriarás afuera. Iré a llamar un coche".

Pero ella no lo escuchó y descendió rápidamente las escaleras. Cuando estuvieron en la calle no encontraron un carruaje; y empezaron a buscar uno, gritando a los cocheros que veían pasar a lo lejos.

Bajaron hacia el Sena, desesperados, temblando de frío. Por fin encontraron en el muelle uno de esos antiguos cupés noctámbulos que, exactamente como si tuvieran vergüenza de mostrar su miseria durante el día, no se ven por París hasta después de caer la noche.

Los llevó a su puerta en la Rue des Martyrs, y una vez más, tristemente, subieron a casa. Todo había terminado para ella. Y en cuanto a él, reflexionó que debía estar en el Ministerio a las diez.

Se quitó los abrigos que cubrían sus hombros frente al espejo, para verse una vez más en toda su gloria. Pero de repente lanzó un grito. ¡Ya no tenía el collar alrededor del cuello!

Su marido, ya medio desvestido, preguntó:

"¿Qué te pasa?"

Ella se volvió locamente hacia él:

"He... he... he perdido el collar de la Sra. Forestier".

Él se levantó, distraído.

"¡Qué!... ¿cómo?... ¡Imposible!"

Y buscaron en los pliegues de su vestido, en los pliegues de su capa, en sus bolsillos, en todas partes. No lo encontraron.

Él preguntó:

"¿Estás segura de que lo tenías puesto cuando saliste del baile?"

"Sí, lo sentí en el vestíbulo del palacio".

"Pero si lo hubieras perdido en la calle lo habríamos oído caer. Debe estar en el coche".

"Sí. Probablemente. ¿Tomaste su número?"

"No. ¿Y tú, no te fijaste?"

"No".

Se miraron, estupefactos, el uno al otro. Al final Loisel se vistió.

"Regresaré a pie", dijo, "por todo el camino que hemos recorrido, a ver si lo encuentro".

Y salió. Ella se sentó a esperar en una silla con su vestido de baile, sin fuerzas para irse a la cama, abrumada, sin fuego, sin un pensamiento.

Su marido regresó alrededor de las siete. No había encontrado nada.

Fue a la Jefatura de Policía, a las oficinas de los periódicos, a ofrecer una recompensa; fue a las compañías de coches, a todas partes, de hecho, adonde lo instaba la menor sospecha de esperanza.

Ella esperó todo el día, en el mismo estado de miedo loco ante esta terrible calamidad.

Loisel regresó por la noche con el rostro demacrado y pálido; no había descubierto nada.

"Debes escribir a tu amiga", dijo, "que has roto el cierre de su collar y que lo estás mandando a arreglar. Eso nos dará tiempo para maniobrar".

Ella escribió al dictado de él.

Al cabo de una semana habían perdido toda esperanza.

Y Loisel, que había envejecido cinco años, declaró:

"Debemos considerar cómo reemplazar ese adorno".

Al día siguiente tomaron la caja que lo había contenido y fueron al joyero cuyo nombre se encontraba dentro. Él consultó sus libros.

"No fui yo, señora, quien vendió ese collar; debo haber suministrado simplemente el estuche".

Entonces fueron de joyero en joyero, buscando un collar como el otro, consultando sus memorias, enfermos ambos de disgusto y de angustia.

Encontraron, en una tienda del Palais Royal, una sarta de diamantes que les pareció exactamente como la que buscaban. Valía cuarenta mil francos. Podían conseguirla por treinta y seis mil.

Así que rogaron al joyero que no la vendiera todavía durante tres días. E hicieron un trato para que él la recomprara por treinta y cuatro mil francos en caso de que encontraran la otra antes de finales de febrero.

Loisel poseía dieciocho mil francos que su padre le había dejado. Pediría prestado el resto.

Pidió prestado, pidiendo mil francos a uno, quinientos a otro, cinco luises aquí, tres luises allá. Firmó pagarés, asumió obligaciones ruinosas, trató con usureros y toda la raza de prestamistas. Comprometió el resto de su vida, arriesgó su firma sin siquiera saber si podría cumplirla; y, asustado por los dolores por venir, por la negra miseria que estaba a punto de caer sobre él, por la perspectiva de todas las privaciones físicas y de todas las torturas morales que iba a sufrir, fue a buscar el nuevo collar, poniendo sobre el mostrador del comerciante treinta y seis mil francos.

Cuando la Sra. Loisel recuperó el collar, la Sra. Forestier le dijo, con aire frío:

"Deberías habérmelo devuelto antes, podría haberlo necesitado".

No abrió el estuche, como su amiga tanto había temido. Si hubiera detectado la sustitución, ¿qué habría pensado, qué habría dicho? ¿No habría tomado a la Sra. Loisel por una ladrona?

La Sra. Loisel conoció ahora la horrible existencia de los necesitados. Asumió su papel, además, de repente, con heroísmo. Esa deuda espantosa debía ser pagada. Ella la pagaría. Despidieron a su sirvienta; cambiaron de alojamiento; alquilaron una buhardilla bajo el techo.

Llegó a conocer lo que significaban las pesadas tareas domésticas y los odiosos cuidados de la cocina. Lavaba los platos, usando sus uñas rosadas en las ollas y sartenes grasientas. Lavaba la ropa sucia, las camisas y los paños de cocina, que secaba en una cuerda; bajaba los desperdicios a la calle cada mañana y subía el agua, deteniéndose a tomar aliento en cada rellano. Y, vestida como una mujer del pueblo, iba al frutero, al tendero, al carnicero, con su cesta del brazo, regateando, insultada, defendiendo su miserable dinero sou a sou.

Cada mes tenían que hacer frente a algunos pagarés, renovar otros, obtener más tiempo.

Su marido trabajaba por la noche haciendo copias en limpio de las cuentas de algún comerciante, y a altas horas de la noche a menudo copiaba manuscritos por cinco sous la página.

Y esta vida duró diez años.

Al cabo de diez años lo habían pagado todo, todo, con las tasas de usura y la acumulación de los intereses compuestos.

La Sra. Loisel parecía vieja ahora. Se había convertido en la mujer de los hogares empobrecidos: fuerte, dura y ruda. Con el cabello despeinado, las faldas torcidas y las manos rojas, hablaba alto mientras fregaba el suelo con grandes chorros de agua. Pero a veces, cuando su marido estaba en la oficina, se sentaba cerca de la ventana y pensaba en aquella alegre velada de antaño, en aquel baile donde había sido tan hermosa y tan agasajada.

¿Qué habría pasado si no hubiera perdido aquel collar? ¿Quién sabe? ¿Quién sabe? ¡Qué extraña y cambiante es la vida! ¡Qué poca cosa hace falta para perdernos o salvarnos!

Pero, un domingo, habiendo ido a dar un paseo por los Campos Elíseos para refrescarse de las labores de la semana, percibió de repente a una mujer que llevaba a un niño. Era la Sra. Forestier, todavía joven, todavía hermosa, todavía encantadora.

La Sra. Loisel se sintió conmovida. ¿Iba a hablarle? Sí, ciertamente. Y ahora que había pagado, iba a contárselo todo. ¿Por qué no?

Se acercó.

"Buenos días, Jeanne".

La otra, asombrada de ser tratada familiarmente por esta sencilla mujer del pueblo, no la reconoció en absoluto y balbuceó:

"Pero... ¡señora!... no sé... Debe haberse equivocado".

"No. Soy Mathilde Loisel".

Su amiga lanzó un grito.

"¡Oh, mi pobre Mathilde! ¡Cómo has cambiado!"

"Sí, he pasado días bastante duros desde que te vi, días bastante miserables... ¡y eso por tu culpa!"

"¿Por mi culpa? ¿Cómo es eso?"

"¿Recuerdas aquel collar de diamantes que me prestaste para llevar al baile ministerial?"

"Sí. ¿Y bien?"

"Pues bien, lo perdí".

"¿Qué quieres decir? Me lo devolviste".

"Te devolví otro exactamente igual. Y por esto hemos estado diez años pagando. Puedes entender que no fue fácil para nosotros, que no teníamos nada. Al fin ha terminado, y estoy muy contenta".

La Sra. Forestier se había detenido.

"¿Dices que compraste un collar de diamantes para reemplazar el mío?"

"Sí. ¡Nunca te diste cuenta, entonces! Eran muy parecidos".

Y sonrió con una alegría que era orgullosa e ingenua a la vez.

La Sra. Forestier, profundamente conmovida, le tomó las dos manos.

"¡Oh, mi pobre Mathilde! Pero si mi collar era de pasta. ¡Valía como mucho quinientos francos!"

El hombre de los ojos pálidos

Monsieur Pierre Agénor De Vargnes, el juez de instrucción, era el polo opuesto a un bromista. Era la dignidad, la gravedad, la corrección personificada. Como hombre sensato, era completamente incapaz de ser culpable, ni siquiera en sus sueños, de nada que se pareciera a una broma pesada, por remota que fuera. No conozco a nadie con quien se le pueda comparar, a menos que sea al actual presidente de la República Francesa. Creo que es inútil llevar la analogía más lejos, y habiendo dicho esto, se entenderá fácilmente que un escalofrío me recorrió cuando Monsieur Pierre Agénor de Vargnes me hizo el honor de enviarme a una dama para esperarme.

Alrededor de las ocho de la mañana de un día del invierno pasado, cuando salía de casa para ir al Palacio de Justicia, su lacayo le entregó una tarjeta, en la que estaba impreso:

DOCTOR JAMES FERDINAND, _Miembro de la Academia de Medicina, Puerto Príncipe, Caballero de la Legión de Honor._

En la parte inferior de la tarjeta estaba escrito a lápiz:

De parte de Lady Frogère.

Monsieur de Vargnes conocía muy bien a la dama, que era una criolla muy agradable de Haití, a quien había conocido en muchos salones, y, por otra parte, aunque el nombre del doctor no le despertara ningún recuerdo, su calidad y títulos por sí solos exigían que le concediera una entrevista, por breve que fuera. Por lo tanto, aunque tenía prisa por salir, Monsieur de Vargnes dijo al lacayo que hiciera pasar a su temprano visitante, pero que le dijera de antemano que su amo tenía mucha prisa, pues debía ir a los Tribunales de Justicia.

Cuando el doctor entró, a pesar de su habitual imperturbabilidad, no pudo reprimir un movimiento de sorpresa, pues el doctor presentaba esa extraña anomalía de ser un negro del tipo más puro y negro, con los ojos de un hombre blanco, de un hombre del Norte, ojos pálidos, fríos, claros y azules, y su sorpresa aumentó cuando, tras unas pocas palabras de disculpa por su visita inoportuna, añadió, con una sonrisa enigmática:

"Mis ojos le sorprenden, ¿no es así? Estaba seguro de que lo harían, y, a decir verdad, vine aquí para que usted pudiera mirarlos bien, y nunca olvidarlos".

Su sonrisa, y sus palabras, aún más que su sonrisa, parecían ser las de un loco. Hablaba muy suavemente, con esa voz infantil y ceceante que es peculiar de los negros, y sus palabras misteriosas, casi amenazantes, sonaban, por consiguiente, mucho más como si fueran pronunciadas al azar por un hombre privado de su razón. Pero su mirada, la mirada de esos ojos pálidos, fríos, claros y azules, ciertamente no era la de un loco. Expresaba claramente amenaza, sí, amenaza, así como ironía, y, sobre todo, una ferocidad implacable, y su fulgor era como un relámpago que uno jamás podría olvidar.

"He visto", solía decir Monsieur de Vargnes cuando hablaba de ello, "la mirada de muchos asesinos, pero en ninguno de ellos he observado jamás tal profundidad de crimen y de insolente seguridad en el crimen".

Y esta impresión era tan fuerte que Monsieur de Vargnes pensó que era juguete de alguna alucinación, especialmente cuando, al hablar de sus ojos, el doctor continuó con una sonrisa y en su acento más infantil: "Por supuesto, Monsieur, no puede comprender lo que le digo, y debo pedirle perdón por ello. Mañana recibirá una carta que se lo explicará todo, pero, ante todo, era necesario que le permitiera echar un buen vistazo, un vistazo atento, a mis ojos, mis ojos, que son yo mismo, mi único y verdadero yo, como verá".

Con estas palabras, y con una cortés reverencia, el doctor salió, dejando a Monsieur de Vargnes sumamente sorprendido y presa de esta duda, mientras se decía a sí mismo:

"¿Es simplemente un loco? La expresión feroz y la profundidad criminal de su mirada son causadas, tal vez, solo por el extraordinario contraste entre su aspecto fiero y sus ojos pálidos".

Y absorto en estos pensamientos, Monsieur de Vargnes lamentablemente permitió que transcurrieran varios minutos, y entonces pensó de repente:

"No, no soy juguete de ninguna alucinación, y este no es un caso de fenómeno óptico. Este hombre es evidentemente algún terrible criminal, y he fallado por completo en mi deber al no arrestarlo yo mismo de inmediato, ilegalmente, aun a riesgo de mi vida".

El juez bajó corriendo las escaleras en persecución del doctor, pero era demasiado tarde; había desaparecido. Por la tarde, visitó a Madame Frogère para preguntarle si podía decirle algo sobre el asunto. Ella, sin embargo, no conocía en absoluto al doctor negro e incluso pudo asegurarle que se trataba de un personaje ficticio, pues, como conocía bien a las clases altas de Haití, sabía que la Academia de Medicina de Puerto Príncipe no tenía ningún médico con ese nombre entre sus miembros. Como Monsieur de Vargnes insistía y daba descripciones del doctor, mencionando especialmente sus extraordinarios ojos, Madame Frogère comenzó a reír y dijo:

"Ciertamente ha tenido que vérselas con un bromista, mi querido monsieur. Los ojos que ha descrito son ciertamente los de un hombre blanco, y el individuo debe haber estado pintado".

Al pensarlo mejor, Monsieur de Vargnes recordó que el doctor no tenía nada de negro salvo su piel oscura, su cabello y barba lanosos, y su forma de hablar, que era fácil de imitar, pero nada del negro, ni siquiera el característico caminar ondulante. Quizás, después de todo, solo era un bromista, y durante todo el día, Monsieur de Vargnes se refugió en esa opinión, que hería un poco su dignidad como hombre de importancia, pero que apaciguaba sus escrúpulos como magistrado.

Al día siguiente recibió la carta prometida, que estaba escrita, así como dirigida, con letras recortadas de los periódicos. Decía lo siguiente:

"MONSIEUR: El doctor James Ferdinand no existe, pero el hombre cuyos ojos vio sí existe, y sin duda reconocerá sus ojos. Este hombre ha cometido dos crímenes por los cuales no siente remordimiento alguno, pero, como es psicólogo, teme ceder algún día a la irresistible tentación de confesar sus crímenes. Usted sabe mejor que nadie (y esa es su ayuda más poderosa) con qué fuerza imperiosa los criminales, especialmente los intelectuales, sienten esta tentación. Ese gran poeta, Edgar Poe, ha escrito obras maestras sobre este tema que expresan la verdad con exactitud, pero ha omitido mencionar el último fenómeno, que yo le contaré. Sí, yo, un criminal, siento un deseo terrible de que alguien sepa de mis crímenes, y cuando este requerimiento sea satisfecho, cuando mi secreto haya sido revelado a un confidente, estaré tranquilo en el futuro y quedaré libre de este demonio de la perversidad, que solo nos tienta una vez. ¡Bien! Ahora eso está cumplido. Tendrá mi secreto; desde el día en que me reconozca por mis ojos, intentará descubrir de qué soy culpable y cómo lo fui, y lo descubrirá, siendo un maestro en su profesión, la cual, dicho sea de paso, le ha procurado el honor de haber sido elegido por mí para cargar con el peso de este secreto, que ahora es compartido por nosotros, y solo por nosotros dos. Digo, a sabiendas, solo por nosotros dos. Usted no podría, de hecho, probar la realidad de este secreto a nadie, a menos que yo lo confesara, y le desafío a obtener mi confesión pública, tal como se la he confesado a usted, y sin peligro para mí".

Tres meses después, Monsieur de Vargnes se encontró con el Monsieur X---- en una velada, y a primera vista, y sin la menor vacilación, reconoció en él aquellos ojos azules muy pálidos, muy fríos y muy claros, ojos que era imposible olvidar.

El hombre mismo permaneció perfectamente impasible, por lo que Monsieur de Vargnes se vio obligado a decirse a sí mismo:

"Probablemente soy juguete de una alucinación en este momento, o bien hay dos pares de ojos que son perfectamente similares en el mundo. ¡Y qué ojos! ¿Puede ser posible?"

El magistrado inició averiguaciones sobre su vida y descubrió algo que eliminó todas sus dudas.

Cinco años atrás, Monsieur X---- había sido un estudiante de medicina muy pobre pero brillante, quien, aunque nunca obtuvo su título de doctor, ya se había hecho notar por sus investigaciones microbiológicas.

Una viuda joven y muy rica se había enamorado de él y se había casado con él. Ella tenía un hijo de su primer matrimonio, y en el lapso de seis meses, primero el niño y luego la madre murieron de fiebre tifoidea, y así Monsieur X---- había heredado una gran fortuna, en debida forma y sin disputa posible. Todos decían que había atendido a los dos pacientes con la mayor devoción. Ahora bien, ¿eran esas dos muertes los dos crímenes mencionados en su carta?

Pero entonces, Monsieur X---- debió de haber envenenado a sus dos víctimas con los microbios de la fiebre tifoidea, que él había cultivado hábilmente en ellos para hacer la enfermedad incurable, incluso con los cuidados y atenciones más devotos. ¿Por qué no?

"¿Lo cree usted?", pregunté a Monsieur de Vargnes.

"Absolutamente", respondió. "Y lo más terrible de todo es que el villano tiene razón cuando me desafía a obligarlo a confesar su crimen públicamente, pues no veo medios para obtener una confesión, ninguno en absoluto. Por un momento pensé en el magnetismo, pero ¿quién podría magnetizar a ese hombre con esos ojos pálidos, fríos y brillantes? Con tales ojos, él obligaría al magnetizador a denunciarse a sí mismo como el culpable".

Y entonces dijo, con un profundo suspiro:

"¡Ah! ¡Antiguamente había algo bueno en la justicia!".

Y al ver mi mirada inquisitiva, añadió con voz firme y perfectamente convencida:

"Antiguamente, la justicia tenía la tortura a su disposición".

"Por mi palabra", respondí, con todo el egoísmo inconsciente y simple de un autor, "es bien cierto que sin la tortura, este extraño relato no tendrá conclusión, y eso es muy lamentable, en lo que respecta a la historia que pretendía sacar de él".

Una cama incómoda

Un otoño fui a pasar la temporada de caza con unos amigos a un castillo en Picardía.

A mis amigos les gustaban las bromas pesadas, como a todos mis amigos. No me interesa conocer a otro tipo de gente.

Cuando llegué, me dieron una recepción principesca que despertó de inmediato la desconfianza en mi pecho. Tuvimos unas cacerías excelentes. Me abrazaban, me halagaban, como si esperaran divertirse mucho a mi costa.

Me dije a mí mismo:

"¡Cuidado, viejo hurón! Tienen algo preparado para ti".

Durante la cena, la alegría fue excesiva, demasiado grande, de hecho. Pensé: "Aquí hay gente que toma una doble ración de diversión, y aparentemente sin razón. Deben estar buscando en su mente algún buen motivo de burla. Sin duda voy a ser la víctima de la broma. ¡Atención!".

Durante toda la velada, todos rieron de forma exagerada. Olí una broma pesada en el aire, como un perro huele la caza. Pero, ¿qué era? Estaba vigilante, inquieto. No dejaba escapar ni una palabra, ni un significado, ni un gesto. Todos me parecían un objeto de sospecha, e incluso miré con desconfianza los rostros de los sirvientes.

Sonó la hora de ir a dormir, y toda la casa vino a escoltarme a mi habitación. ¿Por qué? Me dijeron: "Buenas noches". Entré en el aposento, cerré la puerta y permanecí de pie, sin mover un solo paso, sosteniendo la vela de cera en mi mano.

Escuché risas y susurros en el pasillo. Sin duda me estaban espiando. Lancé una mirada alrededor de las paredes, los muebles, el techo, las cortinas, el suelo. No vi nada que justificara la sospecha. Escuché personas moviéndose fuera de mi puerta. No tuve dudas de que estaban mirando por el ojo de la cerradura.

Una idea vino a mi cabeza: "Mi vela puede apagarse de repente y dejarme en la oscuridad".

Entonces fui hacia la repisa de la chimenea y encendí todas las velas de cera que había en ella. Después de eso, eché otra mirada a mi alrededor sin descubrir nada. Avanzé con pasos cortos, examinando cuidadosamente el aposento. Nada. Inspeccioné cada objeto uno tras otro. Todavía nada. Fui hacia la ventana. Los postigos, grandes postigos de madera, estaban abiertos. Los cerré con gran cuidado y luego corrí las cortinas, enormes cortinas de terciopelo, y coloqué una silla frente a ellas, para no tener nada que temer del exterior.

Luego me senté con cautela. El sillón era sólido. No me aventuré a meterme en la cama. Sin embargo, el tiempo volaba; y terminé llegando a la conclusión de que era ridículo. Si me estaban espiando, como suponía, debían de haberse estado riendo enormemente de mi terror mientras esperaban el éxito de la broma que me habían preparado. Así que me decidí a ir a la cama. Pero la cama parecía particularmente sospechosa. Tiré de las cortinas. Parecían estar seguras. De todas formas, había peligro. Quizás iba a recibir una ducha de agua fría desde arriba, o quizás, en el momento en que me estirara, me encontraría hundiéndome bajo el suelo con mi colchón. Busqué en mi memoria todas las bromas pesadas de las que alguna vez tuve experiencia. Y no quería que me atraparan. ¡Ah! ¡Ciertamente no! ¡Ciertamente no! Entonces, de repente, me acordé de una precaución que considero de extrema eficacia: agarré el borde del colchón con delicadeza y, muy lentamente, lo atraje hacia mí. Se soltó, seguido de la sábana y el resto de la ropa de cama. Arrastré todos estos objetos hasta el centro mismo de la habitación, frente a la puerta de entrada. Hice mi cama de nuevo lo mejor que pude a cierta distancia del armazón sospechoso y del rincón que me había llenado de tanta ansiedad. Luego, apagué todas las velas y, a tientas, me deslicé bajo las mantas.

Durante al menos otra hora permanecí despierto, sobresaltándome ante el menor sonido. Todo parecía tranquilo en el castillo. Me quedé dormido.

Debí de haber estado en un sueño profundo durante mucho tiempo, pero de repente me desperté sobresaltado por la caída de un cuerpo pesado que se desplomó justo encima del mío y, al mismo tiempo, recibí en mi cara, en mi cuello y en mi pecho un líquido ardiente que me hizo soltar un aullido de dolor. Y un ruido espantoso, como si un aparador cargado de platos y vajilla se hubiera caído, penetró en mis oídos.

Me sentí asfixiar bajo el peso que me aplastaba y me impedía moverme. Extendí la mano para averiguar cuál era la naturaleza de aquel objeto. Sentí una cara, una nariz y bigotes. Entonces, con todas mis fuerzas, lancé un golpe sobre aquel rostro. Pero inmediatamente recibí una lluvia de bofetadas que me hizo saltar directamente fuera de las sábanas empapadas y correr en camisón hacia el pasillo, cuya puerta encontré abierta.

¡Oh, estupor! Era pleno día. El ruido hizo que mis amigos se apresuraran a entrar en el aposento, y encontramos, desparramado sobre mi cama improvisada, al consternado ayuda de cámara, quien, al traerme mi taza de té de la mañana, había tropezado con este obstáculo en medio del suelo y había caído de bruces, derramando, a pesar suyo, mi desayuno sobre mi cara.

Las precauciones que había tomado al cerrar los postigos y dormir en medio de la habitación solo habían provocado el entremés que me había esforzado en evitar.

¡Ah, cómo se rieron todos ese día!

Fantasmas

Justo en el momento en que el Concordato estaba en su condición más floreciente, un joven perteneciente a una familia de clase media rica y muy respetada fue a la oficina del jefe de policía en P---- y suplicó por su ayuda y consejo, lo cual le fue prometido de inmediato.

"Mi padre amenaza con desheredarme", comenzó entonces el joven, "aunque nunca he ofendido contra las leyes del Estado, de la moralidad o de su autoridad paterna, simplemente porque no comparto su ciega reverencia por la Iglesia Católica y sus ministros. Por esa razón me considera, no meramente como un latitudinario, sino como un perfecto ateo, y un fiel viejo criado nuestro, que me tiene mucho afecto y que vio accidentalmente el testamento de mi padre, me dijo en confianza que le había dejado todas sus propiedades a los jesuitas. Creo que esto es altamente sospechoso, y temo que los sacerdotes me hayan estado difamando ante mi padre. Hasta hace menos de un año, solíamos vivir muy tranquilos y felices juntos, pero desde que él tiene tanto trato con el clero, nuestra paz y felicidad doméstica han llegado a su fin".

"Lo que me ha contado", respondió el funcionario, "es tan probable como lamentable, pero no veo cómo puedo interferir en el asunto. Su padre está en pleno uso de todas sus facultades mentales y puede disponer de toda su propiedad exactamente como le plazca. También creo que su protesta es prematura; debe esperar hasta que su testamento pueda tener efecto legalmente, y entonces podrá invocar la ayuda de la justicia; lamento decir que no puedo hacer nada por usted".

"Creo que podrá hacerlo", respondió el joven; "pues creo que se está llevando a cabo una pieza de engaño muy inteligente aquí".

"¿Cómo? Por favor, explíquese más claramente".

"Cuando le reprendí ayer por la tarde, se refirió a mi madre muerta y finalmente me aseguró, con una voz de la más profunda convicción, que ella se le había aparecido frecuentemente y le había amenazado con todos los tormentos de los condenados si no desheredaba a su hijo, que se había apartado de Dios, y dejaba todas sus propiedades a la Iglesia. Ahora bien, yo no creo en fantasmas".

"Yo tampoco", respondió el director de policía; "pero no puedo hacer mucho en este terreno peligroso si no tengo nada más que supersticiones sobre las cuales basarme. Usted sabe cómo la Iglesia gobierna todos nuestros asuntos desde el Concordato con Roma, y si investigo este asunto y no obtengo resultados, estoy arriesgando mi puesto. Sería muy diferente si pudiera aducir alguna prueba de sus sospechas. No niego que me gustaría ver al partido clerical, que será, me temo, la ruina de Austria, recibir un golpe contundente; trate, por lo tanto, de llegar al fondo de este asunto, y luego hablaremos de ello de nuevo".

Pasó cerca de un mes sin que se supiera nada del joven latitudinario; pero entonces vino de repente una tarde, evidentemente en un gran estado de agitación, y le dijo que estaba en posición de exponer el engaño clerical que había mencionado, si las autoridades lo asistían. El director de policía pidió más información.

"He obtenido una serie de pistas importantes", dijo el joven. "En primer lugar, mi padre me confesó que mi madre no se le aparecía en nuestra casa, sino en el cementerio donde está enterrada. Mi madre fue tísica durante muchos años, y pocas semanas antes de su muerte fue al pueblo de S----, donde murió y fue enterrada. Además de esto, descubrí por nuestro lacayo que mi padre ya ha dejado la casa dos veces, a altas horas de la noche, en compañía de X----, el sacerdote jesuita, y que en ambas ocasiones no regresó hasta la mañana. Cada vez estuvo notablemente inquieto y desanimado después de su regreso, e hizo decir tres misas por mi madre muerta. También me dijo hace poco que tiene que salir de casa esta tarde por negocios, pero inmediatamente después de decirme eso, nuestro lacayo vio al jesuita salir de la casa. Podemos, por lo tanto, suponer que pretende esta tarde consultar el espíritu de mi madre muerta de nuevo, y esta sería una excelente oportunidad para seguir la pista del asunto, si usted no tiene inconveniente en oponerse a la fuerza más poderosa del Imperio, por el bien de un individuo tan insignificante como yo".

"Cada ciudadano tiene un derecho igual a la protección del Estado", respondió el director de policía; "y creo que he demostrado lo suficiente que no me falta valor para cumplir con mi deber, sin importar cuán graves puedan ser las consecuencias; pero solo los hombres muy jóvenes actúan sin ninguna perspectiva de éxito, ya que se dejan llevar por sus sentimientos. Cuando vino a mí por primera vez, me vi obligado a rechazar su solicitud de asistencia, pero hoy sus acciones han subido de valor. Son ahora las ocho, y le esperaré dentro de dos horas aquí en mi oficina. Por el momento, todo lo que tiene que hacer es mantener la boca cerrada; todo lo demás es asunto mío".

Tan pronto como oscureció, cuatro hombres subieron a un carruaje cerrado en el patio de la oficina de policía y fueron conducidos en dirección al pueblo de S----; su carruaje, sin embargo, no entró en el pueblo, sino que se detuvo al borde de un pequeño bosque en las inmediaciones. Aquí los cuatro descendieron; eran el director de policía, acompañado por el joven latitudinario, un sargento de policía y un agente ordinario, quien, sin embargo, iba vestido de civil.

"Lo primero que debemos hacer es examinar la localidad cuidadosamente", dijo el director de policía: "son las once y los ejercitantes de fantasmas no llegarán antes de medianoche, así que tenemos tiempo para mirar a nuestro alrededor y tomar nuestras medidas".

Los cuatro hombres fueron al cementerio, que yacía al final del pueblo, cerca del pequeño bosque. Todo estaba en silencio como la muerte, y no se veía un alma. El sacristán estaba evidentemente sentado en la taberna, pues encontraron la puerta de su casa cerrada, así como la puerta de la pequeña capilla que se alzaba en medio del cementerio.

"¿Dónde está la tumba de su madre?", preguntó el director de policía; pero como solo había unas pocas estrellas visibles, no fue fácil encontrarla, pero al final lo lograron, y el director de policía miró a su alrededor en la vecindad.

"La posición no es muy favorable para nosotros", dijo al final; "no hay nada aquí, ni siquiera un arbusto, detrás del cual pudiéramos escondernos".

Pero justo entonces, el policía dijo que había intentado entrar en la choza del sacristán por la puerta o la ventana, y que finalmente lo había logrado rompiendo un cuadro de una ventana que había sido remendado con papel, y que la había abierto y obtenido posesión de la llave, la cual llevó al director de policía.

Sus planes se establecieron muy rápidamente. Hizo abrir la capilla y entró con el joven latitudinario; luego le dijo al sargento de policía que cerrara la puerta tras él y que devolviera la llave al lugar donde la había encontrado, y que cerrara cuidadosamente la ventana de la cabaña del sacristán. Por último, tomó disposiciones sobre lo que debían hacer en caso de que ocurriera algo imprevisto, tras lo cual el sargento y el agente abandonaron el cementerio y se tendieron en una zanja a cierta distancia de la puerta, pero frente a ella.

Casi tan pronto como el reloj marcó las once y media, oyeron pasos cerca de la capilla, tras lo cual el director de policía y el joven latitudinario fueron a la ventana para observar el comienzo del exorcismo, y como la capilla estaba en total oscuridad, pensaron que podrían ver sin ser vistos; pero las cosas resultaron de manera diferente a como esperaban.

De repente, la llave giró en la cerradura y apenas tuvieron tiempo de esconderse detrás del altar antes de que entraran dos hombres, uno de los cuales llevaba una linterna sorda. Uno era el padre del joven, un hombre mayor de clase media, que parecía muy infeliz y deprimido; el otro, el padre jesuita K----, un hombre alto, delgado y de huesos grandes, con un rostro fino y bilioso en el que dos grandes ojos grises brillaban inquietos bajo sus pobladas cejas negras. Encendió los cirios que estaban sobre el altar y comenzó a decir una misa de réquiem, mientras el anciano se arrodillaba en los escalones del altar y le ayudaba.

Cuando terminó, el jesuita tomó el libro de los Evangelios y el hisopo de agua bendita y salió lentamente de la capilla, mientras el anciano le seguía con una pila de agua bendita en una mano y un cirio en la otra. Entonces el director de policía abandonó su escondite y, agachándose para no ser visto, se arrastró hasta la ventana de la capilla, donde se agazapó con cuidado, y el joven siguió su ejemplo. Ahora miraban directamente a la tumba de su madre.

El jesuita, seguido por el supersticioso anciano, caminó tres veces alrededor de la tumba, luego permaneció de pie ante ella y, a la luz del cirio, leyó algunos pasajes del Evangelio; después sumergió el hisopo tres veces en la pila de agua bendita y roció la tumba tres veces; entonces ambos regresaron a la capilla, se arrodillaron fuera de ella con los rostros hacia la tumba y comenzaron a rezar en voz alta, hasta que finalmente el jesuita se levantó de un salto, en una especie de éxtasis salvaje, y gritó tres veces con voz chillona:

"¡Exsurge! ¡Exsurge! ¡Exsurge!"[1]

[1] ¡Levántate!

Apenas se hubo apagado la última palabra del exorcismo cuando un humo espeso y azul se elevó de la tumba, que rápidamente creció hasta convertirse en una nube y comenzó a asumir los contornos de un cuerpo humano, hasta que al fin una figura alta y blanca se erigió detrás de la tumba y llamó con la mano.

"¿Quién eres?", preguntó solemnemente el jesuita, mientras el anciano comenzaba a llorar.

"Cuando estaba viva, me llamaban Anna Maria B----", respondió el fantasma con voz hueca.

"¿Responderás a todas mis preguntas?", continuó el sacerdote.

"Hasta donde pueda."

"¿No has sido liberada todavía del purgatorio por nuestras oraciones y todas las misas por tu alma que hemos dicho por ti?"

"Todavía no, pero pronto, pronto lo seré."

"¿Cuándo?"

"Tan pronto como ese blasfemo, mi hijo, sea castigado."

"¿Acaso no ha sucedido ya? ¿No ha desheredado tu marido a su hijo perdido y ha hecho a la Iglesia su heredera en su lugar?"

"Eso no es suficiente."

"¿Qué más debe hacer?"

"Debe depositar su testamento ante las autoridades judiciales como su última voluntad, y expulsar al réprobo de su casa."

"Considera bien lo que dices; ¿debe ser realmente así?"

"Debe ser, o de lo contrario tendré que languidecer en el purgatorio mucho más tiempo", respondió la voz sepulcral con un profundo suspiro; pero al momento siguiente gritó aterrorizada:

"¡Oh! ¡Dios mío!", y el fantasma comenzó a huir tan rápido como pudo. Se oyó un silbido agudo, luego otro, y el director de policía puso su mano sobre el hombro del exorcista con la observación:

"Usted está bajo arresto."

Mientras tanto, el sargento de policía y el policía, que habían entrado en el cementerio, habían atrapado al fantasma y lo habían arrastrado hacia adelante. Era el sacristán, que se había puesto un vestido blanco y fluido y llevaba una máscara de cera que guardaba un parecido sorprendente con su madre, como declaró el hijo.

Cuando se escuchó el caso, se demostró que la máscara había sido hecha con gran destreza a partir de un retrato de la mujer fallecida. El Gobierno dio órdenes de que el asunto se investigara lo más secretamente posible y dejó el castigo del padre K---- a las autoridades espirituales, lo cual era natural en una época en que los sacerdotes estaban fuera de la jurisdicción de las autoridades civiles; y huelga decir que estuvo muy cómodo durante su encarcelamiento en un monasterio en una parte del país que abundaba en caza y truchas.

El único resultado valioso de la divertida historia de fantasmas fue que provocó una reconciliación entre padre e hijo, y el primero, de hecho, sintió tal respeto por los sacerdotes y sus fantasmas a consecuencia de la aparición que, poco tiempo después de que su esposa hubiera dejado el purgatorio por última vez para hablar con él, se convirtió al protestantismo.

Miedo

Subimos a cubierta después de la cena. Ante nosotros, el Mediterráneo yacía sin una onda y resplandeciendo bajo la luz de la luna. El gran barco se deslizaba, proyectando hacia el cielo tachonado de estrellas una larga serpiente de humo negro. Detrás de nosotros, el agua blanca deslumbrante, agitada por el rápido avance del pesado barco y golpeada por la hélice, espumaba, parecía retorcerse, desprendía tanto brillo que se podría haber llamado luz de luna hirviente.

Éramos seis u ocho los que estábamos en silencio con admiración, mirando hacia la lejana África a donde nos dirigíamos. El comandante, que fumaba un cigarro con nosotros, reanudó bruscamente la conversación iniciada en la cena.

"Sí, tuve miedo entonces. Mi barco permaneció durante seis horas sobre esa roca, azotado por el viento y con un gran agujero en el costado. Por suerte, fuimos recogidos hacia el atardecer por un carbonero inglés que nos divisó."

Entonces, un hombre alto, de rostro bronceado y semblante grave, uno de esos hombres que evidentemente han viajado por tierras desconocidas y lejanas, cuyo ojo tranquilo parece conservar en sus profundidades algo de las escenas extranjeras que ha observado, un hombre del que uno está seguro de que está impregnado de valor, habló por primera vez.

"Usted dice, comandante, que tuvo miedo. Le ruego que discrepe de usted. Está usted en un error respecto al significado de la palabra y la naturaleza de la sensación que experimentó. Un hombre enérgico nunca tiene miedo en presencia de un peligro urgente. Está excitado, estimulado, lleno de ansiedad, pero el miedo es algo muy diferente."

El comandante rió y respondió: "¡Bah! Le aseguro que tuve miedo."

Entonces el hombre de rostro bronceado se dirigió a nosotros deliberadamente de la siguiente manera:

"Permítanme explicarme. El miedo —y los hombres más audaces pueden sentir miedo— es algo horrible, una sensación atroz, una especie de descomposición del alma, un terrible espasmo del cerebro y del corazón, cuyo recuerdo mismo provoca un escalofrío de angustia; pero cuando uno es valiente, no lo siente ni bajo el fuego ni en presencia de una muerte segura ni frente a cualquier peligro conocido. Surge bajo ciertas condiciones anormales, bajo ciertas influencias misteriosas en presencia de un peligro vago. El miedo real es una especie de reminiscencia del terror fantástico del pasado. Un hombre que cree en fantasmas e imagina ver un espectro en la oscuridad debe sentir miedo en todo su horror.

"En cuanto a mí, me sentí abrumado por el miedo a plena luz del día hace unos diez años y de nuevo una noche de diciembre el invierno pasado.

"Sin embargo, he pasado por muchos peligros, muchas aventuras que parecían prometer la muerte. A menudo he estado en batalla. Me han dejado por muerto los ladrones. En Estados Unidos fui condenado como insurgente a ser ahorcado, y frente a la costa de China fui arrojado al mar desde la cubierta de un barco. Cada vez que pensaba que estaba perdido, decidía de inmediato mi línea de acción sin arrepentimiento ni debilidad.

"Eso no es miedo.

"Lo he sentido en África, y sin embargo es hijo del norte. La luz del sol lo destierra como la niebla. Consideren este hecho, caballeros. Entre los orientales, la vida no tiene valor; la resignación es natural. Las noches son claras y están vacías del sombrío espíritu de inquietud que acecha al cerebro en tierras más frías. En Oriente se conoce el pánico, pero no el miedo.

"¡Bueno, pues! Aquí está el incidente que me ocurrió en África.

"Estaba cruzando las grandes arenas al sur de Onargla. Es uno de los distritos más curiosos del mundo. Han visto la arena sólida y continua de las interminables playas oceánicas. Bueno, imaginen el océano mismo convertido en arena en medio de una tormenta. Imaginen una tempestad silenciosa con olas inmóviles de polvo amarillo. Son altas como montañas, estas oleadas desiguales y variadas, que se elevan exactamente como olas desencadenadas, pero aún más grandes, y estratificadas como seda tornasolada. Sobre este mar salvaje, silencioso e inmóvil, los rayos abrasadores del sol tropical se vierten sin piedad y directamente. Tienes que escalar estas franjas de ceniza al rojo vivo, descender de nuevo por el otro lado, escalar de nuevo, escalar, escalar sin pausa, sin reposo, sin sombra. Los caballos tosen, se hunden de rodillas y se deslizan por las laderas de estas notables colinas.

"Éramos un par de amigos seguidos por ocho spahis y cuatro camellos con sus conductores. Ya no hablábamos, vencidos por el calor, la fatiga y una sed como la que había producido este desierto ardiente. De repente, uno de nuestros hombres lanzó un grito. Todos nos detuvimos, sorprendidos por un fenómeno sin resolver conocido solo por los viajeros en estos desiertos sin caminos.

"En algún lugar, cerca de nosotros, en una dirección indeterminable, un tambor estaba rodando, el misterioso tambor de las arenas. Golpeaba distintivamente, ahora con mayor resonancia y otras veces más débil, cesando, luego reanudando su extraño rodar.

"Los árabes, aterrorizados, se miraban unos a otros, y uno dijo en su idioma: 'La muerte está sobre nosotros'. Mientras hablaba, mi compañero, mi amigo, casi un hermano, cayó de su caballo, desplomándose de cara sobre la arena, vencido por una insolación.

"Y durante dos horas, mientras intentaba en vano salvarle, este tambor extraño llenó mis oídos con su tono monótono, intermitente e incomprensible, y sentí que se apoderaba de mis huesos el miedo, el miedo real, el miedo horrendo, en presencia de este cadáver amado, en este agujero quemado por el sol, rodeado por cuatro montañas de arena, y a doscientas leguas de cualquier asentamiento francés, mientras el eco asaltaba nuestros oídos con este furioso redoble de tambor.

"En ese día comprendí lo que era el miedo, pero desde entonces he tenido otra experiencia aún más vívida--"

El comandante interrumpió al orador:

"Le pido perdón, pero ¿qué era el tambor?"

El viajero respondió:

"No podría decirlo. Nadie lo sabe. Nuestros oficiales a menudo se sorprenden por este ruido singular y lo atribuyen generalmente al eco producido por una lluvia de granos de arena arrastrados por el viento contra las hojas secas y quebradizas de las malezas, pues siempre se ha notado que el fenómeno ocurre en proximidad a pequeñas plantas quemadas por el sol y duras como pergamino. Este sonido parece haberse magnificado, multiplicado y aumentado desmesuradamente en su paso a través de los valles de arena, y el tambor, por lo tanto, podría ser considerado una especie de espejismo sonoro. Nada más. Pero yo no supe eso hasta más tarde.

"Procederé a mi segundo caso.

"Fue el invierno pasado, en un bosque del noreste de Francia. El cielo estaba tan nublado que la noche llegó dos horas antes de lo habitual. Mi guía era un campesino que caminaba a mi lado a lo largo del camino estrecho, bajo la bóveda de abetos, a través de los cuales el viento aullaba con furia. Entre las copas de los árboles veía las nubes fugitivas, que parecían apresurarse como para escapar de algún objeto de terror. A veces, en una ráfaga de viento feroz, todo el bosque se inclinaba en la misma dirección con un gemido de dolor, y un escalofrío se apoderaba de mí, a pesar de mi paso rápido y mi ropa pesada.

"Debíamos cenar y dormir en la casa de un viejo guardabosques no mucho más adelante. Había salido de caza.

"Mi guía a veces levantaba los ojos y murmuraba: '¡Tiempo feo!'. Luego me contó sobre las personas entre las que debíamos pasar la noche. El padre había matado a un cazador furtivo dos años antes, y desde entonces había estado sombrío y se comportaba como si estuviera atormentado por un recuerdo. Sus dos hijos estaban casados y vivían con él.

"La oscuridad era profunda. No podía ver nada ante mí ni a mi alrededor, y la masa de árboles entrelazados que sobresalían se rozaban, llenando la noche con un susurro incesante. Finalmente vi una luz y pronto mi compañero estaba golpeando una puerta. Voces agudas de mujeres nos respondieron, luego una voz de hombre, una voz ahogada, preguntó: '¿Quién va?'. Mi guía dio su nombre. Entramos y contemplamos un cuadro memorable.

"Un anciano de cabello blanco, ojos salvajes y una escopeta cargada en sus manos, estaba esperándonos en medio de la cocina, mientras dos jóvenes robustos, armados con hachas, custodiaban la puerta. En los rincones sombríos distinguí a dos mujeres arrodilladas de cara a la pared.

"Se explicaron los asuntos, y el anciano apoyó su escopeta contra la pared, ordenando al mismo tiempo que me prepararan una habitación. Luego, como las mujeres no se movían: 'Mire usted, señor', dijo, 'hace dos años esta noche maté a un hombre, y el año pasado volvió para atormentarme. Le espero de nuevo esta noche'.

"Luego añadió en un tono que me hizo sonreír:

"'Y así estamos algo excitados'.

"Le tranquilicé lo mejor que pude, feliz de haber llegado en esa noche particular y de ser testigo de este terror supersticioso. Conté historias y casi logré calmar a toda la casa.

"Cerca de la chimenea dormía un perro viejo, bigotudo y casi ciego, con la cabeza entre las patas, un perro como el que te recuerda a personas que has conocido.

"Afuera, la tormenta furiosa golpeaba contra la pequeña casa, y de repente a través de un pequeño cristal, una especie de mirilla colocada cerca de la puerta, vi en un brillante relámpago toda una masa de árboles azotados por el viento.

"A pesar de mis esfuerzos, me di cuenta de que el terror se estaba apoderando de estas personas, y cada vez que dejaba de hablar, todos los oídos escuchaban sonidos distantes. Molesto por estos temores tontos, estaba a punto de retirarme a mi cama, cuando el viejo guardabosques saltó de repente de su silla, tomó su escopeta y balbuceó salvajemente: '¡Ahí está, ahí está! ¡Le oigo!'. Las dos mujeres volvieron a caer sobre sus rodillas en el rincón y escondieron sus rostros, mientras los hijos tomaban las hachas. Iba a intentar apaciguarlos una vez más, cuando el perro que dormía se despertó de repente y, levantando la cabeza y estirando el cuello, miró al fuego con sus ojos apagados y lanzó uno de esos aullidos lúgubres que hacen estremecer a los viajeros en la oscuridad y la soledad del campo. Todos los ojos estaban enfocados en él ahora mientras se levantaba sobre sus patas delanteras, como si estuviera atormentado por una visión, y comenzó a aullar a algo invisible, desconocido y sin duda horrible, pues estaba erizado por todas partes. El guardabosques, con el rostro lívido, gritó: '¡Lo huele! ¡Lo huele! Él estaba allí cuando lo maté'. Las dos mujeres, aterrorizadas, comenzaron a gemir al unísono con el perro.

"A pesar de mí, fríos escalofríos recorrieron mi columna vertebral. Esta visión del animal en tal momento y lugar, en medio de estas personas sobresaltadas, era algo espantoso de presenciar.

"Entonces, durante una hora, el perro aulló sin moverse; aullaba como si estuviera en la angustia de una pesadilla; y el miedo, el miedo horrible, se apoderó de mí. ¿Miedo de qué? ¿Cómo puedo decirlo? Era miedo, y eso es todo lo que sé.

"Permanecimos inmóviles y pálidos, esperando que ocurriera algo terrible. Nuestros oídos estaban tensos y nuestros corazones latían con fuerza mientras el menor ruido nos sobresaltaba. Entonces la bestia comenzó a caminar por la habitación, olfateando las paredes y gruñendo constantemente. ¡Sus maniobras nos estaban volviendo locos! Entonces el campesino, que me había llevado allí, en un paroxismo de rabia, agarró al perro y, llevándolo a una puerta que daba a un pequeño patio, lo empujó fuera.

"El ruido fue suprimido y quedamos sumidos en un silencio aún más terrible. Entonces, de repente, todos nos sobresaltamos. Alguien se deslizaba a lo largo de la pared exterior hacia el bosque; luego parecía estar palpando la puerta con una mano temblorosa; luego, durante dos minutos, no se oyó nada y casi perdemos la cabeza. Luego regresó, palpando todavía a lo largo de la pared, y arañó ligeramente la puerta como podría hacerlo un niño con sus uñas. De repente apareció un rostro detrás del cristal de la mirilla, un rostro blanco con ojos brillantes como los de la familia de los felinos. Se oyó un sonido, un murmullo indistinto y lastimero.

"Entonces hubo un estallido formidable de ruido en la cocina. El viejo guardabosques había disparado y los dos hijos se precipitaron de inmediato y barricaron la ventana con la gran mesa, reforzándola con el aparador.

"Les juro que ante el impacto de la descarga de la escopeta, que yo no esperaba, tal angustia se apoderó de mi corazón, mi alma y mi propio cuerpo que me sentí a punto de caer, a punto de morir de miedo.

"Permanecimos allí hasta el amanecer, incapaces de movernos, en resumen, presas de un entumecimiento indescriptible del cerebro.

"Nadie se atrevió a quitar la barricada hasta que un fino rayo de sol apareció a través de una grieta en la habitación trasera.

"En la base de la pared y debajo de la ventana, encontramos al viejo perro muerto, con el cráneo destrozado por una bala.

"Había escapado del pequeño patio cavando un agujero bajo una valla."

El hombre de rostro oscuro guardó silencio, luego añadió:

"Y, sin embargo, esa noche no corrí ningún peligro, pero preferiría pasar de nuevo todas las horas en las que me he enfrentado a los peligros más terribles que el minuto en que se disparó esa escopeta contra la cabeza barbuda en la ventana."

La confesión

Marguerite de Thérelles se estaba muriendo. Aunque solo tenía cincuenta y seis años, parecía tener al menos setenta y cinco. Jadeaba, más pálida que las sábanas, sacudida por horribles temblores, su rostro convulso, sus ojos demacrados, como si hubiera visto alguna cosa horrible.

Su hermana mayor, Suzanne, seis años mayor, sollozaba de rodillas junto a la cama. Una mesita acercada al lecho de la moribunda, y cubierta con una servilleta, sostenía dos velas encendidas; se esperaba al sacerdote de un momento a otro para administrar la extremaunción y la comunión, que debía ser la última.

El apartamento tenía ese aspecto siniestro, ese aire de despedidas desesperanzadas, que pertenece a las cámaras de los moribundos. Botellas de medicinas estaban desperdigadas por los muebles, la ropa de cama yacía en los rincones, apartada por el pie o la escoba. Las propias sillas desordenadas parecían asustadas, como si hubieran huido, en todos los sentidos de la palabra. La Muerte, la formidable, estaba allí, escondida, esperando.

La historia de las dos hermanas era muy conmovedora. Se citaba por todas partes; había hecho llorar a muchos ojos.

Suzanne, la mayor, había estado una vez locamente enamorada de un joven, que también había estado enamorado de ella. Estaban comprometidos y solo esperaban el día fijado para el contrato, cuando Henry de Lampierre murió repentinamente.

La desesperación de la joven fue terrible, y juró que nunca se casaría. Cumplió su palabra. Se puso ropas de viuda, que nunca se quitó.

Entonces su hermana, su hermana pequeña Marguérite, que solo tenía doce años, vino una mañana a echarse en los brazos de la mayor y le dijo: «Hermana mayor, no quiero que seas desgraciada. No quiero que llores toda tu vida. ¡Nunca te dejaré, nunca, nunca! Yo... yo tampoco me casaré jamás. ¡Me quedaré contigo siempre, siempre, siempre!».

Suzanne, conmovida por la devoción de la niña, la besó, pero no la creyó.

Sin embargo, la pequeña también cumplió su palabra y, a pesar de los ruegos de sus padres, a pesar de las súplicas de la mayor, nunca se casó. Era bonita, muy bonita; rechazó a muchos jóvenes que parecían amarla sinceramente; y nunca volvió a separarse de su hermana.

* * * * *

Vivieron juntas todos los días de su vida, sin separarse jamás ni una sola vez. Caminaron lado a lado, inseparablemente unidas. Pero Marguérite parecía siempre triste, oprimida, más melancólica que la mayor, como si quizá su sublime sacrificio le hubiera quebrantado el espíritu. Envejeció más deprisa, tuvo el cabello blanco a partir de los treinta años y, a menudo sufriente, parecía afligida por algún problema secreto y corrosivo.

Ahora iba a ser la primera en morir.

Desde ayer ya no podía hablar. Solo había dicho, a las primeras luces del alba:

«Ve a buscar al señor cura, ha llegado el momento».

Y había permanecido desde entonces de espaldas, sacudida por espasmos, con los labios agitados como si palabras terribles subieran de su corazón sin poder salir, con la mirada loca de miedo, terrible de ver.

Su hermana, desgarrada por el dolor, lloraba violentamente, con la frente apoyada en el borde de la cama, y repetía sin cesar:

«¡Margot, mi pobre Margot, mi pequeña!».

Siempre la había llamado «pequeña», igual que la menor siempre la había llamado «hermana mayor».

Se oyeron pasos en la escalera. La puerta se abrió. Apareció un monaguillo, seguido por un viejo sacerdote con sobrepelliz. En cuanto la percibió, la moribunda, con un estremecimiento, se incorporó, abrió los labios, balbuceó dos o tres palabras y comenzó a arañar las sábanas con las uñas como si hubiera querido hacer un agujero.

El abad Simon se acercó, le tomó la mano, le besó la frente y, con voz suave, dijo:

«Dios te perdone, hija mía; ten valor, el momento ha llegado, habla».

Entonces Marguérite, temblando de pies a cabeza, sacudiendo todo su lecho con movimientos nerviosos, balbuceó:

«Siéntate, hermana mayor... escucha».

El sacerdote se inclinó hacia Suzanne, que seguía desplomada a los pies de la cama. La levantó, la sentó en un sillón y, tomando una mano de cada una de las hermanas con la suya, pronunció:

«¡Señor, Dios mío! Dales fuerza, derrama Tu misericordia sobre ellas».

Y Marguérite comenzó a hablar. Las palabras salían de su garganta una a una, roncas, con pausas agudas, como si estuviera muy débil.

* * * * *

«Perdón, perdón, hermana mayor; ¡oh, perdóname! Si supieras cuánto he tenido miedo de este momento toda mi vida...».

Suzanne balbuceó entre lágrimas:

«¿Perdonarte qué, pequeña? Me lo has dado todo, sacrificaste todo; eres un ángel...».

Pero Marguérite la interrumpió:

«¡Calla, calla! Déjame hablar... no me detengas. Es terrible... déjame contarlo todo... hasta el final, sin flaquear. Escucha. Te acuerdas... te acuerdas... de Henry...».

Suzanne tembló y miró a su hermana. La menor continuó:

«Debes oírlo todo para entenderlo. Yo tenía doce años, solo doce años; lo recuerdas bien, ¿verdad? ¡Y estaba mimada, hacía todo lo que quería! ¿Recuerdas, sin duda, cómo me mimaban? Escucha. La primera vez que vino llevaba botas charoladas. Bajó de su caballo en la gran escalinata y pidió perdón por su atuendo, pero venía a traer algunas noticias a papá. Lo recuerdas, ¿verdad? No hables, escucha. Cuando lo vi, me sentí completamente arrebatada, me pareció tan hermoso; y me quedé de pie en un rincón del salón todo el tiempo que estuvo hablando. Los niños son extraños... y terribles. Oh, sí... he soñado con todo eso.

»Volvió otra vez... varias veces... lo miraba con todos mis ojos, con toda mi alma... era grande para mi edad... y mucho más sabia de lo que nadie pensaba. Volvía a menudo... solo pensaba en él. Decía muy bajo:

»"¡Henry... Henry de Lampierre!".

»Luego dijeron que se iba a casar contigo. Fue un dolor; ¡oh, hermana mayor, un dolor... un dolor! Lloré durante tres noches sin dormir. Volvía cada día, por la tarde, después de almorzar... lo recuerdas, ¿verdad? No digas nada... escucha. Le preparabas pasteles que le gustaban... con harina, con mantequilla y leche. Oh, sé muy bien cómo. Todavía podría hacerlos si fuera necesario. Se los comía de un bocado, y... y luego bebía una copa de vino, y entonces decía: "Es delicioso". ¿Recuerdas cómo lo decía?

»¡Estaba celosa, celosa! El momento de tu boda se acercaba. Solo quedaban dos semanas. Me volví loca. Me decía: "¡Él no se casará con Suzanne, no, no lo permitiré! Soy yo con quien se casará cuando sea mayor. Nunca encontraré a nadie a quien ame tanto". Pero una noche, diez días antes del contrato, diste un paseo con él frente al castillo a la luz de la luna... y allí... bajo el abeto, bajo el gran abeto... te besó... besó... sosteniéndote en sus dos brazos... tanto tiempo. Lo recuerdas, ¿verdad? Probablemente fue la primera vez... sí... Estabas tan pálida cuando volviste al salón.

»Os había visto a los dos; estaba allí, en el arbusto. ¡Estaba furiosa! ¡Si hubiera podido, os habría matado a los dos!

»Me dije: "¡Él no se casará con Suzanne, nunca! No se casará con nadie. Yo sería demasiado infeliz". Y de repente empecé a odiarlo terriblemente.

»Entonces, ¿sabes lo que hice? Escucha. Había visto al jardinero haciendo bolitas para matar a perros extraños. Machacaba una botella con una piedra y ponía el cristal pulverizado en una bolita de carne.

»Tomé un frasquito de medicina que tenía mamá; lo hice añicos con un martillo y escondí el cristal en mi bolsillo. Era un polvo brillante... Al día siguiente, en cuanto hiciste los pastelitos... los abrí con un cuchillo y puse el cristal dentro... Se comió tres de ellos... Yo también, comí uno... Tiré los otros seis al estanque. Los dos cisnes murieron tres días después... ¿Recuerdas? Oh, no digas nada... escucha, escucha. Yo, yo sola no morí... pero siempre he estado enferma. Escucha... Él murió, bien lo sabes... escucha... eso, eso no es nada. Es después, más tarde... siempre... lo peor... escucha.

»Mi vida, toda mi vida... ¡qué tortura! Me decía: "Nunca dejaré a mi hermana. Y en la hora de la muerte se lo contaré todo...". ¡Ahí está! Y desde entonces, siempre he pensado en ese momento en el que te lo contaría todo. Ahora ha llegado. Es terrible. ¡Oh... hermana mayor!

»Siempre he pensado, por la mañana y por la noche, de noche y de día: "Alguna vez debo contarle eso...". Esperaba... ¡Qué agonía!... Ya está hecho. No digas nada. Ahora tengo miedo... tengo miedo... oh, tengo miedo. Si voy a volver a verlo, pronto, cuando esté muerta. Volver a verlo... ¡piénsalo! ¡El primero! ¡Antes que tú! No me atreveré. Debo... voy a morir... quiero que me perdones. Lo quiero... no puedo irme a su encuentro sin eso. Oh, dile que me perdone, señor cura, dígaselo... le suplico que lo haga. No puedo morir sin eso...».

* * * * *

Se calló y permaneció jadeando, siempre arañando la sábana con sus uñas marchitas.

Suzanne había escondido el rostro entre las manos y no se movía. ¡Pensaba en aquel a quien podría haber amado tanto tiempo! ¡Qué buena vida habrían vivido juntos! Volvió a verlo en ese tiempo pasado desaparecido, en ese viejo pretérito que se apagó para siempre. Los amados muertos, ¡cómo desgarran el corazón! ¡Oh, aquel beso, su único beso! Lo había escondido en su alma. ¡Y después nada, nada más en toda su vida!

* * * * *

De repente, el sacerdote se puso derecho y, con una voz fuerte y vibrante, exclamó:

«¡Mademoiselle Suzanne, su hermana está muriendo!».

Entonces Suzanne, abriendo las manos, mostró su rostro empapado en lágrimas y, arrojándose sobre su hermana, la besó con todas sus fuerzas, balbuceando:

«Te perdono, te perdono, pequeña».

El Horla, o Fantasmas modernos

8 de mayo. ¡Qué día tan hermoso! He pasado toda la mañana tumbado en la hierba frente a mi casa, bajo el enorme plátano que la cubre, y la da sombra y cobijo por completo. Me gusta esta parte del campo y me gusta vivir aquí porque estoy atado a ella por raíces profundas, raíces profundas y delicadas que unen a un hombre a la tierra en la que nacieron y murieron sus antepasados, que lo unen a lo que la gente piensa y lo que come, a los usos tanto como a la comida, las expresiones locales, el lenguaje peculiar de los campesinos, al olor de la tierra, de los pueblos y de la atmósfera misma.

Amo mi casa en la que crecí. Desde mis ventanas puedo ver el Sena que fluye al lado de mi jardín, al otro lado de la carretera, casi a través de mis terrenos, el gran y ancho Sena, que va a Rouen y Havre, y que está cubierto de barcos que pasan de un lado a otro.

A la izquierda, allá abajo, se encuentra Rouen, esa gran ciudad con sus tejados azules, bajo sus puntiagudas torres góticas. Son innumerables, delicadas o anchas, dominadas por la aguja de la catedral, y llenas de campanas que suenan a través del aire azul en las hermosas mañanas, enviándome su dulce y lejano fragor de hierro; su sonido metálico que la brisa lleva en mi dirección, ahora más fuerte y ahora más débil, según sea el viento más fuerte o más ligero.

¡Qué mañana tan deliciosa fue!

Alrededor de las once, una larga fila de barcos remolcados por un remolcador a vapor, tan grande como una mosca, y que apenas resoplaba mientras emitía su espeso humo, pasó por mi puerta.

Después de dos goletas inglesas, cuya bandera roja ondeaba hacia el cielo, vino un magnífico tres mástiles brasileño; era perfectamente blanco y maravillosamente limpio y brillante. Lo saludé, apenas sé por qué, salvo que la visión del barco me produjo un gran placer.

12 de mayo. He tenido un ligero ataque febril durante los últimos días, y me siento mal, o más bien, me siento deprimido.

¿De dónde vienen estas misteriosas influencias, que cambian nuestra felicidad en desaliento, y nuestra confianza en nosotros mismos en desconfianza? Casi se podría decir que el aire, el aire invisible, está lleno de Fuerzas incognoscibles, cuya misteriosa presencia tenemos que soportar. Me despierto con el mejor ánimo, con una inclinación a cantar en mi garganta. ¿Por qué? Bajo al lado del agua, y de repente, después de caminar una corta distancia, vuelvo a casa desgraciado, como si alguna desgracia me estuviera esperando allí. ¿Por qué? ¿Es un escalofrío que, pasando sobre mi piel, ha alterado mis nervios y me ha dado tristeza? ¿Es la forma de las nubes, o el color del cielo, o el color de los objetos circundantes que es tan cambiante, lo que ha turbado mis pensamientos mientras pasaban ante mis ojos? ¿Quién puede decirlo? Todo lo que nos rodea, todo lo que vemos sin mirarlo, todo lo que tocamos sin saberlo, todo lo que manejamos sin sentirlo, todo lo que encontramos sin distinguirlo claramente, tiene un efecto rápido, sorprendente e inexplicable sobre nosotros y sobre nuestros órganos, y a través de ellos sobre nuestras ideas y sobre nuestro propio corazón.

¡Qué profundo es ese misterio de lo Invisible! No podemos sondearlo con nuestros miserables sentidos, con nuestros ojos que son incapaces de percibir lo que es demasiado pequeño o demasiado grande, demasiado cerca o demasiado lejos de nosotros; ni los habitantes de una estrella ni de una gota de agua... con nuestros oídos que nos engañan, pues nos transmiten las vibraciones del aire en notas sonoras. Son hadas que hacen el milagro de cambiar ese movimiento en ruido, y mediante esa metamorfosis dan nacimiento a la música, que hace musical la muda agitación de la naturaleza... con nuestro sentido del olfato que es menor que el de un perro... con nuestro sentido del gusto que apenas puede distinguir la edad de un vino.

¡Oh! Si solo tuviéramos otros órganos que hicieran otros milagros a nuestro favor, ¡cuántas cosas nuevas podríamos descubrir a nuestro alrededor!

16 de mayo. ¡Estoy enfermo, decididamente! ¡Estaba tan bien el mes pasado! Tengo fiebre, horriblemente febril, o más bien estoy en un estado de enervación febril, que hace que mi mente sufra tanto como mi cuerpo. Tengo sin cesar esa horrible sensación de algún peligro que me amenaza, esa aprensión de alguna desgracia venidera o de una muerte cercana, ese presentimiento que es, sin duda, un ataque de alguna enfermedad aún desconocida, que germina en la carne y en la sangre.

18 de mayo. Acabo de venir de consultar a mi médico, pues ya no podía conciliar el sueño. Encontró que mi pulso estaba alto, mis ojos dilatados, mis nervios muy tensos, pero sin síntomas alarmantes. Debo hacer un tratamiento de duchas y de bromuro de potasio.

25 de mayo. ¡Sin cambios! Mi estado es realmente muy peculiar. Al llegar la tarde, un sentimiento incomprensible de inquietud se apodera de mí, como si la noche ocultara alguna terrible amenaza contra mí. Ceno rápidamente, y luego trato de leer, pero no entiendo las palabras, y apenas puedo distinguir las letras. Entonces camino de un lado a otro por mi salón, oprimido por un sentimiento de miedo confuso e irresistible, el miedo al sueño y el miedo a mi cama.

Alrededor de las diez subo a mi habitación. En cuanto he entrado, cierro con doble llave y echo el cerrojo: estoy asustado, ¿de qué? Hasta el presente no he tenido miedo de nada; abro mis armarios y miro debajo de mi cama; escucho... escucho... ¿qué? ¡Qué extraño es que un simple sentimiento de malestar, una circulación impedida o aumentada, quizás la irritación de un hilo nervioso, una ligera congestión, una pequeña perturbación en las imperfectas y delicadas funciones de nuestra maquinaria viviente, pueda convertir al más alegre de los hombres en uno melancólico, y hacer un cobarde del más valiente! Entonces, me voy a la cama, y espero al sueño como un hombre podría esperar al verdugo. Espero su llegada con pavor, y mi corazón late y mis piernas tiemblan, mientras todo mi cuerpo se estremece bajo la calidez de las mantas, hasta el momento en que me quedo dormido repentinamente, como uno se arrojaría a un charco de agua estancada para ahogarse. No siento venir sobre mí, como solía hacer antiguamente, este sueño pérfido que está cerca de mí y observándome, que va a agarrarme por la cabeza, a cerrar mis ojos y aniquilarme.

Duermo... un largo tiempo... dos o tres horas quizás... luego un sueño... no... una pesadilla se apodera de mí. Siento que estoy en la cama y dormido... lo siento y lo sé... y siento también que alguien se acerca a mí, me mira, me toca, se sube a mi cama, se arrodilla sobre mi pecho, toma mi cuello entre sus manos y lo aprieta... lo aprieta con todas sus fuerzas para estrangularme.

Lucho, atado por ese terrible poder que nos paraliza en nuestros sueños; trato de gritar... pero no puedo; quiero moverme... no puedo; trato, con los esfuerzos más violentos y sin aliento, de darme la vuelta y arrojar lejos a este ser que me está aplastando y asfixiando... ¡no puedo!

Y entonces, de repente, me despierto, sacudido y bañado en sudor; enciendo una vela y descubro que estoy solo, y después de esa crisis, que ocurre cada noche, por fin caigo dormido y reposo tranquilamente hasta la mañana.

2 de junio. Mi estado ha empeorado. ¿Qué me pasa? El bromuro no me hace ningún bien, y las duchas no tienen efecto alguno. A veces, para cansarme, aunque ya estoy bastante fatigado, voy a dar un paseo por el bosque de Roumare. Solía pensar al principio que la luz fresca y el aire suave, impregnado con el olor de las hierbas y las hojas, infundiría sangre nueva en mis venas e impartiría nueva energía a mi corazón. Entré en un ancho camino en el bosque, y luego me dirigí hacia La Bouille, a través de un sendero estrecho, entre dos filas de árboles excesivamente altos, que colocaban un techo espeso, verde, casi negro entre el cielo y yo.

Un repentino escalofrío me recorrió, no un escalofrío de frío, sino un escalofrío de agonía, así que apresuré mis pasos, inquieto por estar solo en el bosque, asustado estúpidamente y sin razón, ante la profunda soledad. De repente me pareció que me estaban siguiendo, que alguien caminaba sobre mis talones, cerca, muy cerca de mí, lo suficientemente cerca para tocarme.

Me di la vuelta repentinamente, pero estaba solo. No vi nada detrás de mí excepto el recto y ancho camino, vacío y bordeado por altos árboles, horriblemente vacío; en el otro lado también se extendía hasta que se perdía en la distancia, y se veía igual, terrible.

Cerré los ojos. ¿Por qué? Y entonces comencé a girar sobre un talón muy rápidamente, justo como un trompo. Casi me caigo, y abrí los ojos; los árboles bailaban a mi alrededor y la tierra se levantaba; me vi obligado a sentarme. Entonces, ¡ah! ¡Ya no recordaba cómo había llegado! ¡Qué extraña idea! ¡Qué extraña, extraña idea! No lo sabía en absoluto. Salí hacia la derecha, y regresé a la avenida que me había llevado al medio del bosque.

3 de junio. He tenido una noche terrible. Me iré por unas semanas, pues sin duda un viaje me restablecerá.

2 de julio. He vuelto, completamente curado, y he tenido un viaje de lo más encantador para colmo. He estado en el Mont Saint-Michel, que no había visto antes.

¡Qué vista, cuando uno llega como hice yo, a Avranches hacia el final del día! La ciudad se alza sobre una colina, y me llevaron al jardín público en el extremo de la ciudad. Lancé un grito de asombro. Una bahía extraordinariamente grande se extendía ante mí, hasta donde alcanzaba mi vista, entre dos colinas que se perdían de vista en la niebla; y en medio de esta inmensa bahía amarilla, bajo un cielo claro y dorado, una colina peculiar se alzaba, sombría y puntiaguda en medio de la arena. El sol acababa de desaparecer, y bajo el cielo todavía llameante se destacaba el contorno de esa roca fantástica, que lleva en su cima un monumento fantástico.

Al amanecer fui hacia ella. La marea estaba baja como lo había estado la noche anterior, y vi aquella maravillosa abadía alzarse ante mí mientras me acercaba. Después de varias horas de caminata, llegué a la enorme masa de rocas que sostiene la pequeña ciudad, dominada por la gran iglesia. Habiendo subido por la empinada y estrecha calle, entré en el edificio gótico más maravilloso que jamás se haya construido para Dios en la tierra, tan grande como una ciudad, lleno de habitaciones bajas que parecen enterradas bajo techos abovedados, y elevadas galerías sostenidas por columnas delicadas.

Entré en esta gigantesca joya de granito que es tan ligera como un trozo de encaje, cubierta de torres, con esbeltos campanarios a los que ascienden escaleras de caracol, y que alzan sus extrañas cabezas erizadas de quimeras, de diablos, de animales fantásticos, de flores monstruosas, y que están unidas por arcos finamente tallados, al cielo azul de día, y al cielo negro de noche.

Cuando hube llegado a la cumbre, le dije al monje que me acompañaba: "Padre, ¡qué feliz debe ser usted aquí!". Y él respondió: "Hace mucho viento, Monsieur"; y así comenzamos a hablar mientras observábamos la marea creciente, que corría sobre la arena y la cubría con una coraza de acero.

Y entonces el monje me contó historias, todas las historias antiguas que pertenecen al lugar, leyendas, nada más que leyendas.

Una de ellas me impresionó profundamente. La gente del campo, los que pertenecen al Mornet, declaran que por la noche se puede oír hablar en la arena, y que luego se oyen balar dos cabras, una con voz fuerte y la otra con voz débil. Los incrédulos declaran que no es más que el grito de las aves marinas, que a veces se parece a balidos, y a veces a lamentaciones humanas; pero los pescadores retrasados juran que se han encontrado con un viejo pastor, cuya cabeza, cubierta por su capa, nunca pueden ver, vagando por las dunas, entre dos mareas, alrededor de la pequeña ciudad situada tan lejos del mundo, y que guía y camina delante de ellos a un macho cabrío con cara de hombre, y a una cabra con cara de mujer, ambos de pelo blanco; y hablando incesantemente, discutiendo en una lengua extraña, y luego cesando repentinamente de hablar para balar con todas sus fuerzas.

"¿Lo cree usted?", le pregunté al monje. "Difícilmente lo sé", respondió, y yo continué: "Si existen otros seres además de nosotros en esta tierra, ¿cómo es que no lo hemos sabido desde hace tanto tiempo, o por qué no los ha visto usted? ¿Cómo es que yo no los he visto?". Él respondió: "¿Vemos acaso la centésima milésima parte de lo que existe? Mire aquí; está el viento, que es la fuerza más poderosa de la naturaleza, que derriba hombres, y derriba edificios, arranca árboles, eleva el mar en montañas de agua, destruye acantilados y lanza grandes barcos contra los rompeolas; el viento que mata, que silba, que suspira, que ruge... ¿alguna vez lo ha visto usted, y puede verlo? Existe a pesar de todo, sin embargo".

Me quedé en silencio ante este razonamiento sencillo. Aquel hombre era un filósofo, o quizás un loco; no podría decir exactamente cuál, así que me guardé la lengua. Lo que había dicho, había estado a menudo en mis propios pensamientos.

3 de julio. He dormido mal; ciertamente hay alguna influencia febril aquí, pues mi cochero sufre de la misma manera que yo. Cuando regresé a casa ayer, noté su singular palidez, y le pregunté: "¿Qué te pasa, Jean?". "Lo que pasa es que nunca descanso, y mis noches devoran mis días. Desde su partida, monsieur, hay un hechizo sobre mí".

Sin embargo, los otros sirvientes están todos bien, pero tengo mucho miedo de tener otro ataque yo mismo.

4 de julio. Estoy decididamente atrapado de nuevo; pues mis viejas pesadillas han regresado. Anoche sentí a alguien apoyado sobre mí que succionaba mi vida de entre mis labios con su boca. Sí, la succionaba de mi cuello, como lo habría hecho una sanguijuela. Luego se levantó, saciado, y me desperté tan golpeado, aplastado y aniquilado que no podía moverme. Si esto continúa por unos días, ciertamente me iré de nuevo.

5 de julio. ¿He perdido la razón? ¡Lo que ha sucedido, lo que vi anoche, es tan extraño, que mi cabeza divaga cuando pienso en ello!

Como hago ahora todas las noches, había cerrado mi puerta con llave, y luego, teniendo sed, bebí medio vaso de agua, y accidentalmente noté que la botella de agua estaba llena hasta el tapón de cristal tallado.

Luego me fui a la cama y caí en uno de mis terribles sueños, del que fui despertado unas dos horas después por un impacto aún más terrible.

Imagínese a un hombre dormido al que están asesinando y que se despierta con un cuchillo en el pecho, y que está estertorando en su garganta, cubierto de sangre, y que ya no puede respirar, y va a morir, y no entiende absolutamente nada de ello... ahí está.

Habiendo recuperado mis sentidos, volví a tener sed, así que encendí una vela y fui a la mesa sobre la que estaba mi botella de agua. La levanté y la incliné sobre mi vaso, pero no salió nada. ¡Estaba vacía! ¡Estaba completamente vacía! Al principio no pude entenderlo en absoluto, y luego, de repente, fui presa de un sentimiento tan terrible que tuve que sentarme, o más bien, ¡caí en una silla! ¡Entonces salté de un brinco para mirar a mi alrededor, y luego me senté de nuevo, superado por el asombro y el miedo, frente a la botella de cristal transparente! ¡La miré con ojos fijos, tratando de conjeturar, y mis manos temblaban! Alguien había bebido el agua, ¿pero quién? ¿Yo? Yo sin ninguna duda. ¿Seguramente solo podía ser yo? En ese caso era sonámbulo. Vivía, sin saberlo, esa doble vida misteriosa que nos hace dudar de si no hay dos seres en nosotros, o si un ser extraño, incognoscible e invisible no anima, en tales momentos en que nuestra alma está en estado de sopor, nuestro cuerpo cautivo que obedece a este otro ser, como lo hace con nosotros mismos, y más que con nosotros mismos.

¡Oh! ¿Quién entenderá mi horrible agonía? ¿Quién entenderá la emoción de un hombre que está sano de mente, completamente despierto, lleno de buen sentido, y que mira con horror los restos de un poco de agua que ha desaparecido mientras él dormía, a través del cristal de una botella de agua? Y me quedé allí hasta que amaneció, sin aventurarme a volver a la cama.

6 de julio. Me estoy volviendo loco. De nuevo todo el contenido de mi botella de agua ha sido bebido durante la noche... ¡o más bien, lo he bebido yo!

¿Pero soy yo? ¿Soy yo? ¿Quién podría ser? ¿Quién? ¡Oh! ¡Dios! ¿Me estoy volviendo loco? ¿Quién me salvará?

10 de julio. Acabo de pasar por algunas pruebas sorprendentes. ¡Decididamente estoy loco! ¡Y sin embargo!...

El 6 de julio, antes de ir a dormir, puse un poco de vino, leche, agua, pan y fresas sobre mi mesa. Alguien bebió... yo bebí... toda el agua y un poco de la leche, pero ni el vino, ni el pan, ni las fresas fueron tocados.

El siete de julio repetí el mismo experimento, con los mismos resultados, y el 8 de julio, dejé el agua y la leche y nada fue tocado.

Por último, el 9 de julio puse solo agua y leche sobre mi mesa, cuidando de envolver las botellas en muselina blanca y atar los tapones. Luego me froté los labios, mi barba y mis manos con grafito de lápiz, y me fui a la cama.

Un sueño irresistible me atrapó, que pronto fue seguido por un despertar terrible. No me había movido, y mis sábanas no estaban marcadas. Corrí a la mesa. La muselina alrededor de las botellas permanecía intacta; deshice la cuerda, temblando de miedo. ¡Toda el agua había sido bebida, y también la leche! ¡Ah! ¡Gran Dios!...

Debo partir hacia París inmediatamente.

12 de julio. París. ¡Debo haber perdido la cabeza durante los últimos días! Debo ser el juguete de mi imaginación enervada, a menos que sea realmente sonámbulo, o que haya sido puesto bajo el poder de una de esas influencias cuya existencia ha sido demostrada, pero que hasta ahora han sido inexplicables, que se llaman sugestiones. En cualquier caso, mi estado mental bordeaba la locura, y veinticuatro horas de París bastaron para devolverme mi equilibrio.

Ayer, después de hacer algunos negocios y pagar algunas visitas que infundieron un aire mental fresco y vigorizante en mí, terminé mi tarde en el Théâtre Français. Se representaba una obra de Alejandro Dumas hijo, y su mente activa y poderosa completó mi cura. Ciertamente, la soledad es peligrosa para las mentes activas. Necesitamos hombres que puedan pensar y hablar, a nuestro alrededor. Cuando estamos solos por mucho tiempo, poblamos el espacio con fantasmas.

Regresé a lo largo de los bulevares a mi hotel con un excelente estado de ánimo. Entre el empujón de la multitud pensaba, no sin ironía, en mis terrores y conjeturas de la semana anterior, porque creía, sí, creía, que un ser invisible vivía bajo mi techo. Qué débil es nuestra cabeza, y qué rápido se aterroriza y se extravía, tan pronto como somos golpeados por un pequeño hecho incomprensible.

En lugar de concluir con estas sencillas palabras: "No entiendo porque la causa se me escapa", imaginamos inmediatamente terribles misterios y poderes sobrenaturales.

14 de julio. Fiesta de la República. Caminé por las calles, y los petardos y las banderas me divertían como a un niño. Aún así, es muy tonto estar alegre en una fecha fija, por decreto gubernamental. La población es un rebaño imbécil de ovejas, ahora constantemente paciente, y ahora en feroz revuelta. Dígale: "Diviértete", y se divierte. Dígale: "Ve y pelea con tu vecino", y va y pelea. Dígale: "Vota por el Emperador", y vota por el Emperador, y luego dígale: "Vota por la República", y vota por la República.

Aquellos que la dirigen también son estúpidos; pero en lugar de obedecer a los hombres obedecen a principios, que solo pueden ser estúpidos, estériles y falsos, por la misma razón de que son principios, es decir, ideas que se consideran como ciertas e inmutables, en este mundo donde uno no está seguro de nada, ya que la luz es una ilusión y el ruido es una ilusión.

16 de julio. Vi algunas cosas ayer que me perturbaron mucho.

Estaba cenando en casa de mi prima, Madame Sablé, cuyo marido es coronel del 76º de Cazadores en Limoges. Había dos mujeres jóvenes allí, una de las cuales se había casado con un médico, el Dr. Parent, quien se dedica mucho a las enfermedades nerviosas y a las manifestaciones extraordinarias a las que en este momento dan lugar los experimentos en hipnotismo y sugestión.

Nos relató con cierta extensión los enormes resultados obtenidos por los científicos ingleses y los médicos de la escuela de medicina de Nancy, y los hechos que adujo me parecieron tan extraños, que declaré que era totalmente incrédulo.

"Estamos", declaró, "a punto de descubrir uno de los secretos más importantes de la naturaleza, quiero decir, uno de sus secretos más importantes en esta tierra, pues ciertamente hay algunos que son de una clase diferente de importancia allá arriba, en las estrellas. Desde que el hombre piensa, desde que ha podido expresar y escribir sus pensamientos, se ha sentido cerca de un misterio que es impenetrable para sus sentidos burdos e imperfectos, y se esfuerza por complementar la falta de poder de sus órganos con los esfuerzos de su intelecto. Mientras ese intelecto permaneció en su etapa elemental, este intercambio con espíritus invisibles asumió formas que eran comunes aunque aterradoras. De ahí surgió la creencia popular en lo sobrenatural, las leyendas de espíritus errantes, de hadas, de gnomos, fantasmas, incluso podría decir la leyenda de Dios, pues nuestras concepciones del artesano-creador, de cualquier religión que nos hayan llegado, son ciertamente las invenciones más mediocres, las más estúpidas y las más inaceptables que jamás hayan surgido del cerebro aterrorizado de cualquier criatura humana. Nada es más cierto que lo que dice Voltaire: 'Dios hizo al hombre a Su imagen, pero el hombre ciertamente se la ha devuelto'".

"Pero desde hace algo más de un siglo, los hombres parecen haber tenido un presentimiento de algo nuevo. Mesmer y algunos otros nos han puesto en una pista inesperada, y especialmente en los últimos dos o tres años, hemos llegado a resultados realmente sorprendentes".

Mi prima, que también es muy incrédula, sonrió, y el Dr. Parent le dijo: "¿Le gustaría que intente hacerla dormir, Madame?". "Sí, ciertamente".

Ella se sentó en un sillón, y él comenzó a mirarla fijamente, para fascinarla. De repente me sentí algo incómodo, con el corazón latiendo y una sensación de asfixia en la garganta. Vi que los ojos de Madame Sablé se volvían pesados, su boca se contraía y su pecho se agitaba, y al cabo de diez minutos estaba dormida.

"Póngase detrás de ella", me dijo el doctor, y así tomé asiento detrás de ella. Él puso una tarjeta de visita en sus manos, y le dijo: "Esto es un espejo; ¿qué ve usted en él?". Y ella respondió: "Veo a mi primo". "¿Qué está haciendo?". "Está retorciéndose el bigote". "¿Y ahora?". "Está sacando una fotografía de su bolsillo". "¿De quién es la fotografía?". "Es la suya propia".

Eso era cierto, y esa fotografía me la habían dado esa misma tarde en el hotel.

"¿Cuál es su actitud en este retrato?". "Está de pie con su sombrero en la mano".

Así que ella veía en esa tarjeta, en ese trozo de cartón blanco, como si lo hubiera visto en un espejo.

Las mujeres jóvenes estaban asustadas y exclamaron: "¡Eso es suficiente! ¡Suficiente, bastante suficiente!".

Pero el doctor le dijo autoritariamente: "Usted se levantará a las ocho de la mañana de mañana; luego irá a visitar a su primo en su hotel y le pedirá que le preste cinco mil francos que su marido le exige, y que él pedirá cuando parta en su próximo viaje".

Luego la despertó.

Al regresar a mi hotel, reflexioné sobre esta curiosa sesión y fui asaltado por dudas, no en cuanto a la buena fe absoluta e indudable de mi prima, pues la conocía tan bien como si hubiera sido mi propia hermana desde que era niña, sino en cuanto a un posible truco por parte del doctor. ¿No habría, tal vez, mantenido un cristal oculto en su mano, que mostró a la mujer joven en su sueño, al mismo tiempo que lo hizo con la tarjeta? Los prestidigitadores profesionales hacen cosas que son igual de singulares.

Así que fui a casa y me acosté, y esta mañana, alrededor de las ocho y media, fui despertado por mi criado, quien me dijo: "Madame Sablé ha pedido verlo inmediatamente, Monsieur", así que me vestí apresuradamente y fui a verla.

Se sentó con cierta agitación, con los ojos en el suelo, y sin levantar el velo me dijo: "Querido primo, voy a pedirte un gran favor". "¿Qué es, prima?". "No me gusta decírtelo, y sin embargo debo. Estoy en absoluta necesidad de cinco mil francos". "¿Qué, tú?". "Sí, yo, o más bien mi marido, quien me ha pedido que se los procure".

Estaba tan estupefacto que balbuceé mis respuestas. Me preguntaba si realmente no se había estado burlando de mí con el Doctor Parent, si no era simplemente una farsa muy bien actuada que se había preparado de antemano. Al mirarla atentamente, sin embargo, mis dudas desaparecieron. Estaba temblando de dolor, tan doloroso era este paso para ella, y estaba seguro de que su garganta estaba llena de sollozos.

Sabía que ella era muy rica, así que continué: "¡Qué! ¿No tiene tu marido cinco mil francos a su disposición? Vamos, piensa. ¿Estás segura de que te encargó que me los pidieras?".

Vaciló durante unos segundos, como si estuviera haciendo un gran esfuerzo para buscar en su memoria, y luego respondió: "Sí... sí, estoy completamente segura de ello". "¿Te ha escrito?".

Vaciló de nuevo y reflexionó, y adiviné la tortura de sus pensamientos. Ella no sabía. Solo sabía que debía pedirme cinco mil francos prestados para su marido. Así que mintió. "Sí, me ha escrito". "¿Cuándo, por favor? No me lo mencionaste ayer". "Recibí su carta esta mañana". "¿Puedes mostrármela?". "No; no... no... contenía asuntos privados... cosas demasiado personales para nosotros... La quemé". "¿Así que tu marido se endeuda?".

Vaciló de nuevo, y luego murmuró: "No lo sé". Entonces dije bruscamente: "No tengo cinco mil francos a mi disposición en este momento, querida prima".

Ella lanzó una especie de grito como si estuviera sufriendo y dijo: "¡Oh! ¡oh! Te suplico, te suplico que los consigas para mí...".

¡Se excitó y juntó sus manos como si me estuviera rezando! Oí cómo su voz cambiaba de tono; lloraba y balbuceaba, acosada y dominada por la orden irresistible que había recibido.

"¡Oh! ¡oh! Te ruego que... si supieras lo que estoy sufriendo... los quiero hoy".

Tuve piedad de ella: "Los tendrás dentro de poco, te lo juro". "¡Oh! ¡gracias! ¡gracias! ¡Qué amable eres!".

Continué: "¿Recuerdas lo que sucedió en tu casa anoche?". "Sí". "¿Recuerdas que el Doctor Parent te hizo dormir?". "Sí". "Oh! Muy bien entonces; él te ordenó venir a verme esta mañana para pedir prestados cinco mil francos, y en este momento estás obedeciendo esa sugestión".

Ella consideró por unos momentos, y luego respondió:

"Pero como es mi marido quien los necesita...".

Durante toda una hora intenté convencerla, pero no pude lograrlo, y cuando se fue, fui a ver al doctor. Estaba a punto de salir, y me escuchó con una sonrisa, y dijo: "¿Cree usted ahora?". "Sí, no puedo evitarlo". "Vayamos a casa de su prima".

Ella ya estaba adormilada en un sofá, vencida por la fatiga. El doctor le tomó el pulso, la miró durante algún tiempo con una mano levantada hacia sus ojos que ella cerraba por grados bajo el poder irresistible de esta influencia magnética, y cuando estuvo dormida, dijo:

"¡Su marido ya no necesita los cinco mil francos! Por lo tanto, usted debe olvidar que le pidió a su primo que se los prestara, y, si él le habla de ello, usted no lo entenderá".

Luego la despertó, y yo saqué una cartera y dije: "Aquí está lo que me pediste esta mañana, querida prima". Pero ella estaba tan sorprendida que no me aventuré a insistir; sin embargo, intenté recordarle la circunstancia, pero ella la negó vigorosamente, pensó que me estaba burlando de ella, y al final estuvo a punto de perder los estribos.

* * * * *

¡Ahí está! Acabo de regresar, y no he podido almorzar, pues este experimento me ha trastornado por completo.

19 de julio. Muchas personas a quienes les he contado la aventura se han reído de mí. Ya no sé qué pensar. El hombre sabio dice: ¿Quizás?

21 de julio. Cené en Bougival, y luego pasé la tarde en un baile de barqueros. Decididamente todo depende del lugar y el entorno. Sería el colmo de la locura creer en lo sobrenatural en la île de la Grenouillière... ¿pero en la cima del Mont Saint-Michel?... ¿y en la India? Estamos terriblemente bajo la influencia de nuestro entorno. Regresaré a casa la próxima semana.

30 de julio. Regresé a mi propia casa ayer. Todo va bien.

2 de agosto. Nada nuevo; hace un tiempo espléndido, y paso mis días viendo pasar el Sena.

4 de agosto. Peleas entre mis sirvientes. Declaran que los vasos se rompen en los armarios por la noche. El criado acusa a la cocinera, quien acusa a la costurera, quien acusa a los otros dos. ¿Quién es el culpable? Una persona inteligente, para ser capaz de decirlo.

6 de agosto. Esta vez no estoy loco. ¡He visto... he visto... he visto!... Ya no puedo dudar... ¡Lo he visto!...

Caminaba a las dos de la tarde entre mis rosales, bajo un sol radiante... en la alameda bordeada de rosas de otoño que empiezan a caer. Al detenerme para observar un Géant de Bataille, que tenía tres flores espléndidas, vi distintamente cómo el tallo de una de las rosas se doblaba, cerca de mí, como si una mano invisible lo hubiera curvado, y luego se rompía, ¡como si esa misma mano lo hubiera cortado! Entonces la flor se elevó, siguiendo la curva que habría descrito una mano al llevarla hacia una boca, y permaneció suspendida en el aire transparente, sola e inmóvil, una terrible mancha roja, a tres metros de mis ojos. ¡Desesperado, me lancé hacia ella para agarrarla! No encontré nada; había desaparecido. Entonces me invadió una furia terrible contra mí mismo, pues no es admisible que un hombre razonable y serio tenga tales alucinaciones.

¿Pero fue una alucinación? Me di la vuelta para buscar el tallo y lo encontré inmediatamente bajo el arbusto, recién roto, entre otras dos rosas que permanecían en la rama, y regresé a casa entonces, con el espíritu muy perturbado; pues ahora estoy seguro, tan seguro como de la alternancia del día y la noche, de que existe cerca de mí un ser invisible que se alimenta de leche y de agua, que puede tocar objetos, tomarlos y cambiar su lugar; que está, por consiguiente, dotado de una naturaleza material, aunque sea imperceptible a nuestros sentidos, y que vive como yo, bajo mi techo...

7 de agosto. He dormido tranquilo. Él bebió el agua de mi jarra, pero no perturbó mi sueño.

Me pregunto si estoy loco. Mientras caminaba hace un momento bajo el sol junto al río, surgieron en mí dudas sobre mi propia cordura; no dudas vagas como las que he tenido hasta ahora, sino dudas precisas y absolutas. He visto locos, y he conocido a algunos que eran bastante inteligentes, lúcidos, incluso perspicaces en todos los asuntos de la vida, excepto en un punto. Hablaban con claridad, con prontitud, profundamente sobre todo, cuando de repente sus pensamientos chocaban contra los arrecifes de su locura y se hacían añicos allí, dispersándose y naufragando en ese mar furioso y terrible, lleno de olas saltarinas, nieblas y turbonadas, que se llama locura.

Ciertamente pensaría que estoy loco, absolutamente loco, si no fuera consciente, si no conociera perfectamente mi estado, si no lo sondeara analizándolo con la mayor lucidez. Sería, de hecho, un hombre razonable que padece una alucinación. Alguna perturbación desconocida debe haberse excitado en mi cerebro, una de esas perturbaciones que los fisiólogos de hoy en día tratan de notar y fijar con precisión, y esa perturbación debe haber causado un abismo profundo en mi mente y en el orden y la lógica de mis ideas. Fenómenos similares ocurren en los sueños que nos llevan a través de la más inverosímil fantasmagoría, sin causarnos ninguna sorpresa, porque nuestro aparato de verificación y nuestro sentido de control se han ido a dormir, mientras nuestra facultad imaginativa despierta y trabaja. ¿No es posible que una de las teclas imperceptibles del teclado cerebral se haya paralizado en mí? Algunos hombres pierden el recuerdo de los nombres propios, o de los verbos, o de los números, o simplemente de las fechas, a consecuencia de un accidente. La localización de todas las partículas del pensamiento ha sido demostrada hoy en día; ¡qué tendría entonces de sorprendente el hecho de que mi facultad de controlar la irrealidad de ciertas alucinaciones esté destruida por el momento!

Pensaba en todo esto mientras caminaba a la orilla del agua. El sol brillaba intensamente sobre el río y hacía la tierra encantadora, mientras llenaba mis ojos de amor por la vida, por las golondrinas, cuya agilidad es siempre un deleite para mi vista, por las plantas de la ribera, cuyo susurro es un placer para mis oídos.

Poco a poco, sin embargo, un inexplicable sentimiento de malestar se apoderó de mí. Me parecía como si alguna fuerza desconocida me estuviera entorpeciendo y deteniendo, impidiéndome ir más lejos y llamándome de vuelta. Sentía ese doloroso deseo de regresar que te oprime cuando has dejado a un ser querido enfermo en casa, y cuando te embarga el presentimiento de que está peor.

Regresé, pues, a pesar de mí mismo, sintiéndome seguro de que encontraría alguna mala noticia esperándome, una carta o un telegrama. No había nada, sin embargo, y me sentí más sorprendido e inquieto que si hubiera tenido otra visión fantástica.

8 de agosto. Pasé una velada terrible ayer. Ya no se muestra, pero siento que está cerca de mí, observándome, mirándome, penetrándome, dominándome, y es más temible cuando se oculta así que si manifestara su presencia constante e invisible mediante fenómenos sobrenaturales. Sin embargo, dormí.

9 de agosto. Nada, pero tengo miedo.

10 de agosto. Nada; ¿qué sucederá mañana?

11 de agosto. Todavía nada; no puedo quedarme en casa con este miedo colgando sobre mí y estos pensamientos en mi mente; me iré.

12 de agosto. Diez de la noche. Todo el día he estado tratando de irme y no he podido. Deseaba realizar este acto sencillo y fácil de libertad —salir, subir a mi carruaje para ir a Rouen— y no he podido hacerlo. ¿Cuál es la razón?

13 de agosto. Cuando uno es atacado por ciertas enfermedades, todos los resortes de nuestro ser físico parecen romperse, todas nuestras energías destruirse, todos nuestros músculos relajarse, nuestros huesos volverse tan blandos como nuestra carne y nuestra sangre tan líquida como el agua. Estoy experimentando eso en mi ser moral de una manera extraña y angustiante. Ya no tengo ninguna fuerza, ningún valor, ningún autocontrol, ni siquiera el poder de poner en marcha mi propia voluntad. No me queda poder para querer nada, pero alguien lo hace por mí y yo obedezco.

14 de agosto. ¡Estoy perdido! ¡Alguien posee mi alma y la gobierna! Alguien ordena todos mis actos, todos mis movimientos, todos mis pensamientos. Ya no soy nada en mí mismo, nada más que un espectador esclavizado y aterrorizado de todas las cosas que hago. Deseo salir; no puedo. Él no desea, y por tanto permanezco, temblando y distraído en el sillón en el que me mantiene sentado. Simplemente deseo levantarme y espabilarme, para pensar que todavía soy dueño de mí mismo: ¡no puedo! Estoy remachado a mi silla, y mi silla se adhiere al suelo de tal manera que ninguna fuerza podría movernos.

Entonces, de repente, debo, debo ir al fondo de mi jardín para recoger algunas fresas y comerlas, y voy allí. ¡Recojo las fresas y las como! ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Existe un Dios? ¡Si existe uno, líbrame! ¡Sálvame! ¡Socórreme! ¡Perdón! ¡Piedad! ¡Misericordia! ¡Sálvame! ¡Oh! ¡Qué sufrimientos! ¡Qué tortura! ¡Qué horror!

15 de agosto. Ciertamente esta es la forma en que mi pobre prima estaba poseída y dominada, cuando vino a pedirme cinco mil francos. Estaba bajo el poder de una voluntad extraña que había entrado en ella, como otra alma, como otra alma parasitaria y gobernante. ¿Se acerca el fin del mundo?

Pero, ¿quién es él, este ser invisible que me gobierna? ¿Este ser incognoscible, este vagabundo de una raza sobrenatural?

¡Existen, pues, seres invisibles! ¿Cómo es entonces que desde el comienzo del mundo nunca se han manifestado de una manera tan precisa como lo hacen conmigo? Nunca he leído nada que se parezca a lo que sucede en mi casa. Oh, si tan solo pudiera dejarla, si tan solo pudiera irme y huir, para no volver jamás, estaría a salvo; pero no puedo.

16 de agosto. Logré escapar hoy durante dos horas, como un prisionero que encuentra la puerta de su mazmorra accidentalmente abierta. Sentí de repente que era libre y que él estaba lejos, así que di órdenes de enganchar los caballos tan rápido como fuera posible, y me dirigí a Rouen. ¡Oh! Qué deleite poder decir a un hombre que te obedecía: "¡Ve a Rouen!".

Hice que se detuviera ante la biblioteca y les rogué que me prestaran el tratado del doctor Herrmann Herestauss sobre los habitantes desconocidos del mundo antiguo y moderno.

Entonces, mientras subía a mi carruaje, tuve la intención de decir: "¡A la estación de ferrocarril!", pero en lugar de esto grité —no dije, sino que grité— con una voz tan fuerte que todos los transeúntes se dieron la vuelta: "¡A casa!", y caí desplomado sobre el cojín de mi carruaje, superado por la agonía mental. Me había descubierto y recuperado la posesión de mí.

17 de agosto. ¡Oh! ¡Qué noche! ¡Qué noche! Y sin embargo, me parece que debería regocijarme. ¡Leí hasta la una de la madrugada! Herestauss, doctor en Filosofía y Teogonía, escribió la historia y la manifestación de todos esos seres invisibles que rondan al hombre, o con los que sueña. Describe su origen, sus dominios, su poder; pero ninguno de ellos se parece al que me acosa. Se podría decir que el hombre, desde que piensa, ha tenido el presentimiento y el temor de un nuevo ser, más fuerte que él mismo, su sucesor en este mundo, y que, sintiéndolo cerca y no siendo capaz de predecir la naturaleza de ese amo, ha creado, en su terror, toda la raza de seres ocultos, de vagos fantasmas nacidos del miedo.

Habiendo, por tanto, leído hasta la una de la madrugada, fui y me senté junto a la ventana abierta, para refrescar mi frente y mis pensamientos en el aire tranquilo de la noche. ¡Era muy agradable y cálido! ¡Cómo habría disfrutado de una noche así anteriormente!

No había luna, pero las estrellas lanzaban sus rayos en el oscuro firmamento. ¿Quién habita esos mundos? ¿Qué formas, qué seres vivos, qué animales hay allí? ¿Qué saben aquellos que son pensadores en esos mundos distantes más que nosotros? ¿Qué pueden hacer más que nosotros? ¿Qué ven que nosotros no conocemos? ¿No aparecerá uno de ellos, algún día u otro, atravesando el espacio, en nuestra tierra para conquistarla, tal como los nórdicos cruzaron antaño el mar para subyugar a naciones más débiles que ellos mismos?

Somos tan débiles, tan desarmados, tan ignorantes, tan pequeños, nosotros que vivimos en esta partícula de barro que gira en una gota de agua.

Me quedé dormido, soñando así en el aire fresco de la noche, y luego, después de haber dormido durante unos tres cuartos de hora, abrí los ojos sin moverme, despertado por no sé qué sensación confusa y extraña. Al principio no vi nada, y luego de repente me pareció como si una página de un libro que había quedado abierta sobre mi mesa se pasara por sí sola. Ni un soplo de aire había entrado por mi ventana, y me sorprendí y esperé. En unos cuatro minutos, vi, vi, sí vi con mis propios ojos otra página levantarse y caer sobre las otras, como si un dedo la hubiera pasado. Mi sillón estaba vacío, parecía vacío, pero yo sabía que él estaba allí, él, y sentado en mi lugar, y que estaba leyendo. Con un salto furioso, el salto de una fiera enfurecida que desea destripar a su domador, crucé mi habitación para agarrarlo, para estrangularlo, para matarlo... Pero antes de que pudiera alcanzarlo, mi silla cayó como si alguien hubiera huido de mí... mi mesa se tambaleó, mi lámpara cayó y se apagó, y mi ventana se cerró como si algún ladrón hubiera sido sorprendido y hubiera huido hacia la noche, cerrándola detrás de él.

Así que había huido: ¡había tenido miedo; él, miedo de mí!

Así que... así que... mañana... o más tarde... algún día u otro... ¡sería capaz de sujetarlo entre mis garras y aplastarlo contra el suelo! ¿No muerden y estrangulan a veces los perros a sus amos?

18 de agosto. He estado pensando todo el día. Oh, sí, le obedeceré, seguiré sus impulsos, cumpliré todos sus deseos, me mostraré humilde, sumiso, cobarde. Él es el más fuerte; pero llegará una hora...

19 de agosto. Lo sé... lo sé... ¡lo sé todo! Acabo de leer lo siguiente en la Revue du Monde Scientifique: "Una curiosa noticia nos llega de Río de Janeiro. La locura, una epidemia de locura, que puede compararse con esa locura contagiosa que atacó a los pueblos de Europa en la Edad Media, está en este momento azotando la provincia de San Paulo. Los habitantes aterrorizados están abandonando sus casas, dejando sus aldeas, abandonando sus tierras, diciendo que son perseguidos, poseídos, gobernados como ganado humano por seres invisibles, aunque tangibles, una especie de vampiro, que se alimenta de su vida mientras duermen, y que, además, beben agua y leche sin parecer tocar ningún otro alimento.

"El profesor Dom Pedro Henriques, acompañado por varios sabios médicos, ha ido a la provincia de San Paulo, con el fin de estudiar el origen y las manifestaciones de esta sorprendente locura in situ, y proponer al Emperador las medidas que le parezcan más adecuadas para devolver la razón a la población loca".

¡Ah! ¡Ah! ¡Recuerdo ahora ese hermoso tres mástiles brasileño que pasó frente a mis ventanas mientras remontaba el Sena, el 8 de mayo pasado! ¡Pensé que se veía tan bonito, tan blanco y brillante! Ese Ser estaba a bordo, viniendo de allí, donde su raza nació. ¡Y me vio! Vio mi casa que también era blanca, y saltó del barco a tierra. ¡Oh! ¡Dios mío!

Ahora lo sé, puedo adivinarlo. El reinado del hombre ha terminado, y él ha llegado. Aquel a quien los sacerdotes inquietos exorcizaban, a quien los hechiceros evocaban en las noches oscuras, sin verle aparecer todavía, a quien los presentimientos de los maestros pasajeros del mundo prestaron todas las formas monstruosas o graciosas de gnomos, espíritus, genios, hadas y espíritus familiares. Tras las burdas concepciones del miedo primitivo, hombres más perspicaces lo previeron con mayor claridad. Mesmer lo adivinó, y hace diez años los médicos descubrieron con exactitud la naturaleza de su poder, incluso antes de que él mismo lo ejerciera. Jugaron con esa arma de su nuevo Señor, el dominio de una voluntad misteriosa sobre el alma humana, que se había convertido en esclava. Lo llamaron magnetismo, hipnotismo, sugestión... ¿qué sé yo? ¡Los he visto divertirse como niños impudentes con este horrible poder! ¡Ay de nosotros! ¡Ay del hombre! Él ha llegado, el... el... ¿cómo se llama a sí mismo?... el... me imagino que me está gritando su nombre y no lo oigo... el... sí... lo está gritando... estoy escuchando... no puedo... repetir... el... Horla... lo he oído... el Horla... es él... el Horla... ¡ha llegado!...

Ah! el buitre ha comido a la paloma, el lobo ha comido al cordero; el león ha devorado al búfalo de cuernos afilados; el hombre ha matado al león con una flecha, con una espada, con pólvora; pero el Horla hará del hombre lo que nosotros hemos hecho del caballo y del buey: su bien mueble, su esclavo y su alimento, por el mero poder de su voluntad. ¡Ay de nosotros!

Pero, sin embargo, el animal a veces se rebela y mata al hombre que lo ha subyugado... Yo también quisiera... ¡seré capaz!... ¡pero debo conocerlo, tocarlo, verlo! Los sabios dicen que los ojos de las bestias, al ser diferentes a los nuestros, no distinguen como los nuestros... Y mi ojo no puede distinguir a este recién llegado que me está oprimiendo.

¿Por qué? ¡Oh! Ahora recuerdo las palabras del monje en el Mont Saint-Michel: "¿Podemos ver la cienmilésima parte de lo que existe? Mire aquí; ahí está el viento que es la fuerza más poderosa de la naturaleza, que golpea a los hombres, y derriba edificios, arranca árboles, levanta el mar en montañas de agua, destruye acantilados y arroja grandes barcos a los arrecifes; el viento que mata, que silba, que suspira, que ruge... ¿lo ha visto alguna vez, y puede verlo? ¡Existe a pesar de todo, sin embargo!".

Y seguí pensando: mis ojos son tan débiles, tan imperfectos, que ni siquiera distinguen los cuerpos duros, ¡si son tan transparentes como el vidrio!... Si un cristal sin azogue detrás me cerrara el paso, chocaría contra él, igual que un pájaro que ha volado dentro de una habitación se rompe la cabeza contra los cristales de la ventana. Mil cosas, además, lo engañan y lo extravían. ¿Cómo iba a ser sorprendente entonces que no pueda percibir un cuerpo fresco que es atravesado por la luz?

¡Un nuevo ser! ¿Por qué no? ¡Estaba asegurado que debía llegar! ¿Por qué íbamos a ser nosotros los últimos? No lo distinguimos, como a todos los otros creados antes que nosotros. La razón es que su naturaleza es más perfecta, su cuerpo más fino y más acabado que el nuestro, que el nuestro es tan débil, tan torpemente concebido, cargado de órganos que siempre están cansados, siempre en tensión como cerraduras demasiado complicadas, que vive como una planta y como una bestia, nutriéndose con dificultad de aire, hierbas y carne, una máquina animal que es presa de enfermedades, de malformaciones, de decadencia; asmática, mal regulada, simple y excéntrica, ingeniosamente mal hecha, una obra burda y delicada, el esbozo de un ser que podría llegar a ser inteligente y grande.

Solo somos unos pocos, tan pocos en este mundo, desde la ostra hasta el hombre. ¿Por qué no debería haber uno más, una vez que ese período se cumple, el cual separa las apariciones sucesivas de todas las especies diferentes?

¿Por qué no uno más? ¿Por qué no, también, otros árboles con flores inmensas y espléndidas, que perfumen regiones enteras? ¿Por qué no otros elementos además del fuego, el aire, la tierra y el agua? ¡Hay cuatro, solo cuatro, esos padres nodriza de varios seres! ¡Qué lástima! ¡Por qué no son cuarenta, cuatrocientos, cuatro mil! ¡Qué pobre es todo, qué mezquino y miserable! ¡Dados de mala gana, inventados secamente, hechos torpemente! ¡Ah! el elefante y el hipopótamo, ¡qué gracia! ¡Y el camello, qué elegancia!

Pero, la mariposa diréis, ¡una flor que vuela! Sueño con una que sea tan grande como cien mundos, con alas cuya forma, belleza, colores y movimiento ni siquiera puedo expresar. Pero la veo... ¡aletea de estrella en estrella, refrescándolas y perfumándolas con el aliento ligero y armonioso de su vuelo!... ¡Y la gente allá arriba la mira pasar en un éxtasis de deleite!...

* * * * *

¿Qué me pasa? ¡Es él, el Horla quien me acosa, y quien me hace pensar en estas cosas tontas! Él está dentro de mí, se está convirtiendo en mi alma; ¡lo mataré!

19 de agosto. Lo mataré. ¡Lo he visto! Ayer me senté a mi mesa y fingí escribir muy asiduamente. Sabía muy bien que vendría merodeando a mi alrededor, muy cerca de mí, tan cerca que tal vez podría tocarlo, atraparlo. Y entonces... entonces tendría la fuerza de la desesperación; tendría mis manos, mis rodillas, mi pecho, mi frente, mis dientes para estrangularlo, para aplastarlo, para morderlo, para hacerlo pedazos. Y lo aceché con todos mis órganos sobreexcitados.

Había encendido mis dos lámparas y las ocho velas de cera sobre mi repisa de la chimenea, como si con esta luz hubiera podido descubrirlo.

Mi cama, mi vieja cama de roble con sus columnas, estaba frente a mí; a mi derecha estaba la chimenea; a mi izquierda la puerta que estaba cuidadosamente cerrada, después de haberla dejado abierta durante algún tiempo, con el fin de atraerlo; detrás de mí había un armario muy alto con un espejo en él, que me servía para hacer mi aseo todos los días, y en el que tenía la costumbre de mirarme de pies a cabeza cada vez que pasaba frente a él.

Así que fingí estar escribiendo para engañarlo, pues él también me observaba, y de pronto sentí, tuve la certeza de que estaba leyendo por encima de mi hombro, de que estaba allí, casi rozándome la oreja.

Me levanté tan rápido, con las manos extendidas, que casi caigo. ¡Eh! ¿bien?... ¡Estaba tan iluminado como a mediodía, pero no me vi en el espejo!... ¡Estaba vacío, claro, profundo, lleno de luz! Pero mi figura no se reflejaba en él... ¡y yo, yo estaba frente a él! Vi el espejo grande y claro de arriba abajo, y lo miré con ojos vacilantes; y no me atreví a avanzar; no me aventuré a hacer un movimiento, sintiendo sin embargo perfectamente que él estaba allí, pero que volvería a escapárseme, él, cuyo cuerpo imperceptible había absorbido mi reflejo.

¡Qué miedo sentí! Y entonces, de pronto, empecé a verme a través de una niebla en las profundidades del espejo, en una niebla como si fuera a través de una lámina de agua; y me pareció como si esta agua fluyera lentamente de izquierda a derecha, y haciendo mi figura más clara a cada momento. Era como el final de un eclipse. Lo que fuera que me ocultaba, no parecía poseer contornos claramente definidos, sino una suerte de transparencia opaca, que gradualmente se volvía más clara.

Por fin pude distinguirme por completo, como hago todos los días cuando me miro.

¡Lo había visto! Y el horror de aquello permaneció conmigo y me hace estremecer incluso ahora.

20 de agosto. ¿Cómo podría matarlo, ya que no podía atraparlo? ¿Veneno? Pero me vería mezclarlo con el agua; y además, ¿tendrían nuestros venenos algún efecto sobre su cuerpo impalpable? No... no... no hay duda al respecto... ¿Entonces?... ¿entonces?...

21 de agosto. Hice venir a un herrero de Rouen, y le encargué persianas de hierro para mi habitación, tales como las que tienen algunos hoteles particulares en París en la planta baja, por miedo a los ladrones, y también va a hacerme una puerta similar. Me he hecho pasar por cobarde, ¡pero no me importa eso!...

10 de septiembre. Rouen, Hotel Continental. Está hecho; ... está hecho... ¿pero está muerto? Mi mente está completamente trastornada por lo que he visto.

Pues bien, ayer, habiendo instalado el cerrajero las persianas y la puerta de hierro, dejé todo abierto hasta medianoche, aunque empezaba a refrescar.

De pronto sentí que estaba allí, y una alegría, una alegría loca, se apoderó de mí. Me levanté suavemente, y caminé de derecha a izquierda durante algún tiempo, para que no sospechara nada; luego me quité las botas y me puse las zapatillas descuidadamente; entonces aseguré las persianas de hierro y, volviendo rápidamente a la puerta, la cerré con llave y con candado, metiéndome la llave en el bolsillo.

De repente noté que se movía inquieto a mi alrededor, que a su vez estaba asustado y me ordenaba dejarlo salir. Casi cedo, aunque todavía no lo hice, pero apoyando la espalda contra la puerta la entreabrí, lo justo para permitirme salir de espaldas, y como soy muy alto, mi cabeza tocó el dintel. Estaba seguro de que no había podido escapar, y lo encerré completamente solo, completamente solo. ¡Qué felicidad! Lo tenía atrapado. Entonces bajé corriendo; en el salón, que estaba debajo de mi dormitorio, tomé las dos lámparas y vertí todo el aceite sobre la alfombra, los muebles, por todas partes; luego le prendí fuego y escapé, después de haber cerrado la puerta cuidadosamente con doble llave.

Fui y me escondí en el fondo del jardín, en un grupo de laureles. ¡Qué largo fue! ¡Qué largo fue! Todo estaba oscuro, silencioso, inmóvil, ni un soplo de aire y ni una estrella, sino pesados bancos de nubes que uno no podía ver, pero que pesaban, ¡oh!, tan pesadamente sobre mi alma.

Miré mi casa y esperé. ¡Qué largo fue! Ya empezaba a pensar que el fuego se había apagado por sí solo, o que él lo había extinguido, cuando una de las ventanas inferiores cedió ante la violencia de las llamas, y una larga, suave y acariciadora lámina de fuego rojo subió por la pared blanca y la besó hasta la altura del tejado. ¡La luz cayó sobre los árboles, las ramas y las hojas, y un escalofrío de miedo los invadió también a ellos! Los pájaros se despertaron; un perro empezó a aullar, ¡y me pareció como si estuviera amaneciendo! Casi inmediatamente otras dos ventanas volaron en fragmentos, y vi que toda la parte inferior de mi casa no era más que un terrible horno. Pero un grito, un grito horrible, agudo, desgarrador, un grito de mujer, resonó en la noche, ¡y dos ventanas de la buhardilla se abrieron! ¡Había olvidado a los sirvientes! ¡Vi los rostros aterrorizados y sus brazos agitándose frenéticamente!...

Entonces, abrumado por el horror, salí corriendo hacia el pueblo, gritando: "¡Socorro! ¡socorro! ¡fuego! ¡fuego!". ¡Me encontré con algunas personas que ya estaban acudiendo al lugar, y volví con ellos para ver!

Para entonces la casa no era más que una horrible y magnífica pira funeraria, una monstruosa pira funeraria que iluminaba todo el país, una pira funeraria donde se estaban quemando hombres, y donde él se estaba quemando también, Él, Él, mi prisionero, ese nuevo Ser, el nuevo amo, ¡el Horla!

De repente todo el tejado se hundió entre las paredes, y un volcán de llamas se disparó hacia el cielo. A través de todas las ventanas que se abrían a aquel horno vi las llamas dispararse, y pensé que él estaba allí, en ese crisol, muerto.

¿Muerto? ¿quizás?... ¿Su cuerpo? ¿No era su cuerpo, que era transparente, indestructible por medios tales como los que matarían al nuestro?

¿Si no estaba muerto?... Quizás solo el tiempo tiene poder sobre ese Ser Invisible y Temible. ¿Por qué este cuerpo transparente e irreconocible, este cuerpo perteneciente a un espíritu, si también tenía que temer males, enfermedades y una destrucción prematura?

¿Destrucción prematura? ¡Todo el terror humano nace de eso! Después del hombre, el Horla. ¡Después de aquel que puede morir cada día, a cualquier hora, en cualquier momento, por cualquier accidente, vino aquel que solo debía morir a su propia hora y minuto precisos, porque había tocado los límites de su existencia!

No... no... sin ninguna duda... no está muerto. Entonces... entonces... ¡supongo que debo matarme!

NOTA.--Este relato es una experiencia trágica y una profecía. Fue la locura lo que robó al mundo a su escritor de cuentos más acabado, el autor de este relato; e incluso antes de que su locura se hiciera abrumadora, de Maupassant se quejaba de estar perseguido por su doble, por una visión de otro Yo que lo confrontaba y lo amenazaba. Había llevado la vida a su máxima velocidad; esta alucinación fue el resultado.

La ciencia médica define en tales casos "una imagen de la memoria que difiere en intensidad de la normal", es decir, una idea fija tan persistente y creciente que para el pensador parece totalmente real.

--EL EDITOR.

PIERRE MILLE

El milagro de Zobéide

Siempre sabia y prudente, Zobéide apartó con cautela las ramas de mirto y miró a través de ellas para ver quiénes eran las personas que hablaban junto a la fuente, bajo la fresca sombra del muro de arenisca rosada. Y cuando vio que solo era el reverendo John Feathercock, su señor y amo, departiendo como de costumbre con Mohammed-si-Koualdia, se dirigió hacia ellos franca pero lentamente.

Cuando estuvo muy cerca se detuvo, y por la luz que brillaba en sus profundos ojos negros habríais pensado que sin duda estaba escuchando con la más profunda atención. Pero la verdad es que con todo su pequeño cerebro, con toda su boca y con todo su estómago, ansiaba la pulpa amarilla y olorosa de un melón que había sido cortado y puesto sobre la mesa, cerca de dos altos vasos medio llenos de nieve fresca. Porque Zobéide era una tortuga de la clase común que se encuentra en la hierba de todas las praderas alrededor de la ciudad de Damasco.

Mientras esperaba, Mohammed continuó su historia:

"Y, como le digo, oh reverendo colmado de virtudes, este león que aún vive cerca de Tabariat, era antiguamente un león fuerte, un león maravilloso, ¡un león entre los leones! Hoy mismo, puede matar a un camello de un solo golpe de su garra, y luego, hundiendo sus colmillos en la columna vertebral del animal muerto, arrojarlo sobre sus hombros con un solo movimiento de su cuello. Pero desgraciadamente, habiendo derribado un día una cabra en la caza simplemente soplando sobre ella el aliento de sus narices, el león se infló de orgullo y gritó: 'No hay más dios que Dios, pero yo soy tan fuerte como Dios. ¡Que Él lo reconozca!'. Alá, que lo escuchó, Alá, el Todopoderoso, dijo con voz potente: '¡Oh, león de Tabariat, intenta ahora llevarte a tu presa!'. Entonces el león clavó sus grandes dientes firmemente en la columna vertebral del animal, justo debajo de las orejas, e intentó lanzárselo al lomo. ¡Onallahi! Fue como si hubiera intentado levantar el monte Líbano, y su pata derecha cayó coja al suelo. Y la voz de Alá lo retuvo todavía, declarando: '¡León, nunca más matarás a una cabra!'. Y ha permanecido así hasta el día de hoy: el león de Tabariat aún conserva todo su poder de antaño para llevarse camellos, pero nunca puede hacer el menor daño ni siquiera a un cabrito recién nacido. Las cabras de los rebaños bailan frente a él por la noche, burlándose en su propia cara, y desde aquel momento su pata derecha ha estado siempre rígida y coja".

"Mohammed", dijo el reverendo Sr. Feathercock con desprecio, "estas son historias aptas solo para bebés".

"¡Cómo, entonces!", replicó Mohammed-si-Koualdia. "¿Se niega usted a creer que Dios es capaz de hacer lo que desee, que el mundo mismo no es más que un sueño perpetuo de Dios y que, en consecuencia, Dios puede cambiar este sueño a su antojo? ¿Es usted cristiano si niega el poder del Todopoderoso?".

"Soy cristiano", respondió el clérigo con un rastro de embarazo; "pero desde hace mucho tiempo nos hemos visto obligados a admitir, nosotros, los pastores de la Iglesia civilizada de Occidente, que Dios no sería capaz, sin desmentirse a sí mismo, de cambiar el orden de las cosas que estableció cuando creó el universo. Consideramos que la fe en los milagros es una superstición que debemos dejar a los monjes de las Iglesias de Roma y de Rusia, y también a sus musulmanes que viven en la ignorancia de la verdad. Y es para enseñarles esta verdad que he venido aquí a su país, y al mismo tiempo para luchar contra la perniciosa influencia política ejercida por estos mismos monjes romanos y griegos de los que acabo de hablar".

"Invocando el nombre de Alá", respondió Mohammed con intensa solemnidad, "y en virtud de la clavícula del poderoso Salomón, puedo realizar grandes milagros. ¿Ve a esta tortuga ante nosotros? ¡Haré que crezca cada día el ancho de un dedo!".

Al decir estas palabras hizo un movimiento repentino con el pie hacia Zobéide, y Zobéide metió rápidamente la cabeza en su caparazón.

"¡Pretende ser capaz de obrar un milagro como ese!", dijo el clérigo con desdén. "¡Usted, Mohammed, un hombre sumido en el pecado, un musulmán al que he visto borracho!".

"Estaba borracho", respondió Mohammed con calma, "pero no tan borracho como otros".

"¡Así que se cree capaz de forzar el poder de Alá!", continuó el Sr. Feathercock, desdeñando la interrupción.

"Podría hacerlo sin la menor dificultad", dijo Mohammed.

Tomando a Zobéide en su mano la levantó a la mesa. La asustada tortuga había vuelto a meter la cabeza. No se veía nada más que los cuadrados dorados bordeados de negro de su caparazón sobre un fondo de jugosa pulpa de melón. Mohammed cantó:

"_Tú misma eres un milagro, oh tortuga! Pues tu cabeza es la cabeza de una serpiente, tu cola la cola de una rata de agua, tus huesos son huesos de pájaro y tu cobertura es de piedra; y sin embargo conoces el amor como lo conocen los hombres. Y de tus huevos, oh tortuga de piedra, salen otras tortugas_.

"_Tú misma eres un milagro, oh tortuga! Pues uno diría que eres un caparazón, nada más que un caparazón, ¡y he aquí! eres una bestia que come. ¡Come de este melón, oh tortuga, y crece esta noche el largo de mi uña, si Alá lo permite!_

"_Y cuando hayas crecido el ancho de un dedo, oh tortuga, come más de este melón, o de su hermana, otro melón, y crece más el ancho de un dedo hasta que hayas alcanzado el tamaño de una mezquita. ¡Tú misma eres un milagro, oh caparazón dotado de vida! ¡Realiza aún otro milagro, si Alá lo permite, si Alá lo permite!_".

Zobéide, tranquilizada por la monotonía de su voz, decidió por fin salir de su caparazón. Primero mostró la punta de su pequeña nariz córnea, luego sus ojos negros, su cola plana y puntiaguda, y finalmente sus fuertes piececitos con garras. Al ver el melón, hizo un gesto de asentimiento y comenzó a comer.

"¡No pasará nada en absoluto!", comentó el reverendo John Feathercock con bastante escepticismo.

"Espere y verá", respondió Mohammed gravemente. "¡Volveré mañana!".

A la mañana siguiente regresó, midió a Zobéide con sus dedos y declaró:

"¡Ha crecido!".

"¿Se imagina que puede hacerme creer tal cosa?", gritó el Sr. Feathercock con ansiedad.

"Está escrito en el Corán", respondió Mohammed: "'¡Juro por el resplandor rosado que llena el aire cuando el sol se pone, por las sombras de la noche y por la luz de la luna, que todos cambiaréis, en sustancia y en tamaño!'. Alá se ha manifestado; el tamaño de esta tortuga ha cambiado. Continuará cambiando. Mídala usted mismo y verá".

El Sr. Feathercock midió a Zobéide, y se vio obligado a admitir que, en efecto, había crecido el ancho de un dedo. Se quedó pensativo.

Así, día a día, Zobéide creció en tamaño, en vigor y en apetito. Al principio solo había sido del tamaño de un platillo, y tomaba cada día solo unas pocas onzas de alimento. Luego alcanzó el tamaño de un plato de postre, luego de un plato hondo. Con su fuerte pico podía partir la corteza de un melón de un solo golpe; se podía escuchar claramente el sonido de sus pesadas mandíbulas mientras trituraba la dulce pulpa de las frutas que amaba, y que devoraba en grandes cantidades. En una semana había crecido tanto que era del tamaño de una bandeja de carne. El reverendo Sr. Feathercock ya no se atrevía a acercarse a este monstruo, de cuyos ojos parecía brillar una mirada de diablura. Y, siempre y para siempre, aparentemente devorado por un hambre perpetua, el monstruo comía.

Los miembros de la congregación del Sr. Feathercock llegaron a saber que guardaba en su casa una tortuga que había sido encantada en nombre de Alá y no por el poder de la Divinidad occidental: esto resultó ser todo menos útil para las labores evangélicas del clérigo. Pero él mismo se negaba firme y obstinadamente a creer en el milagro, aunque Mohammed-si-Koualdia nunca había vuelto a poner un pie en la casa desde el día en que invocó el hechizo. Permanecía fuera de la propiedad, sentado a la puerta de un pequeño café, sumido en la meditación o en los sueños, y consumiendo hachís en grandes cantidades. Al cabo de algún tiempo, el Sr. Feathercock logró persuadirse a sí mismo de que lo que estaba presenciando no era más ni menos que un fenómeno perfectamente simple y natural, quizá no bien comprendido hasta entonces, y debido enteramente a la acción extraordinariamente favorable de la pulpa de melón en el desarrollo físico de las tortugas. Decidió cortar el suministro de melones a Zobéide.

Finalmente llegó un día en que Mohammed, borracho de hachís, vio a Hakem, el criado del Sr. Feathercock, regresando del mercado con un gran manojo de verduras frescas. Se levantó majestuosamente, aunque con las facciones distorsionadas por la droga, y siguió al muchacho con pasos apresurados.

"¡Miserable!", le gritó al Sr. Feathercock. "¡Despreciable gusano, has intentado romper el hechizo! Alégrate entonces, pues has tenido éxito y está roto. Pero que la desesperación siga los pasos de tu éxtasis, pues está roto de una manera que ni imaginas. ¡De ahora en adelante tu tortuga se irá reduciendo día a día!".

El reverendo Sr. Feathercock intentó reír, pero no se sentía del todo feliz. Los domingos, en los servicios, las pocas almas fieles que quedaban en su congregación lo miraban con sospecha. En el consulado británico hablaban muy claramente, diciéndole sin compasión que cualquiera que hiciera amistad con un hombre como Mohammed-si-Koualdia y que se mezclara "indiscriminadamente" con tal chusma, no debía esperar nada más que daño de ello.

Zobéide, cuando se enfrentó por primera vez a las verduras frescas y húmedas, mostró el más profundo desprecio por ellas. Indiscutiblemente prefería los melones. El Sr. Feathercock aplaudió su propia perspicacia. "Estaba comiendo demasiado; ese era todo el problema", se dijo a sí mismo. "Y eso era lo que la hacía crecer tan notablemente. Si come menos probablemente no crecerá tanto. Y si por casualidad llegara a morir, me libraré de ella. Pase lo que pase, será para mejor".

Pero al día siguiente Zobéide dejó de hacer pucheros y comenzó muy dócilmente a comer las verduras, y cuando el muchacho Hakem le llevó su siguiente manojo, dijo con picardía:

"¡Effendi, se está haciendo más pequeña!".

El clérigo intentó encogerse de hombros, pero le era imposible ocultarse el hecho: ¡Zobéide sin duda se había encogido! Y en menos de una hora todo Damasco supo que Zobéide se había encogido. Cuando el Sr. Feathercock fue a la barbería, el barbero griego le dijo: "¡Señor, su tortuga no es una tortuga común!". Cuando fue a visitar a la Sra. Hollingshead, una dama que siempre estaba intensamente interesada en todos los temas que no lograba comprender y que los discutía con una hermosa libertad, le dijo: "Estimado señor, su tortuga. ¡Qué emocionante debe ser verla encogerse! Ciertamente vendré yo misma a verla". Cuando fue al Orfanato Anglicano, todos los pequeños sirios, todos los pequeños árabes, todos los pequeños armenios, todos los pequeños judíos, dibujaron tortugas en sus cuadernos, tortugas de todos los tamaños y todas las descripciones, las grandes caminando detrás de las pequeñas, la cola de cada una en la boca de otra, formando una línea interminable. Y en la calle los conductores de burros, los aguadores, los pescaderos, los vendedores de carnes asadas, de panes horneados, de judías, de crema, todos gritaban: "¡Señor Tortuga, Señor Tortuga! Pruebe nuestras mercancías. ¡Compre algo para su pobre y obstinada bestia que se está consumiendo!".

Y, en verdad, la tortuga continuó encogiéndose. Volvió a ser del tamaño de un plato hondo, luego de un plato de postre, luego de un platillo, hasta que finalmente una mañana no hubo allí nada más que una pequeña cosa redonda, diminuta, frágil, translúcida, una mancha tan grande como el reloj de una dama, casi invisible en la base de la fuente. Y al día siguiente... ¡ah! al día siguiente no había nada allí, absolutamente nada, ni tortuga ni la sombra de una tortuga, ¡o más rastro de una tortuga que de un elefante en toda la propiedad!

Mohammed-si-Koualdia había dejado de tomar hachís, porque estaba saturado de él. Pero permanecía todo el día, acurrucado en un montón a la puerta del pequeño café inmediatamente opuesto a la casa del clérigo, sus ojos agrandados fuera de toda proporción, hundidos en un rostro del color de la muerte, le daban el aspecto de un verdadero hechicero. En ese momento el reverendo Sr. Feathercock regresaba de una visita al cónsul británico, quien le había dicho fríamente:

"Todo lo que puedo decirle es que se ha comportado como un asno o, como diría un francés, ha hecho el burro para oírse rebuznar. Lo mejor que puede hacer es ir a buscar una congregación a otra parte".

El reverendo John Feathercock aceptó el consejo con deferencia y tomó el tren hacia Bayreuth. Esa misma tarde, Mohammed-si-Koualdia se dirigió a la casa de un tal Antonio, intérprete y escribano público, y le ordenó traducir al francés la siguiente carta, que dictó en árabe. Después, llevó esta misiva al padre Stephen, prior del monasterio de los hierosolimitanos griegos:

"¡Que el cielo pinte sus mejillas con los colores de la salud, venerable padre, y que la felicidad reine en su corazón! Tengo el honor de informarle que el reverendo John Feathercock acaba de partir hacia Bayreuth, pero que ha hecho poner en sus baúles la dirección de una ciudad llamada Liverpool, la cual, según tengo entendido, se encuentra en el reino de Inglaterra; y, además, todo apunta a creer que nunca regresará. Por tanto, me atrevo a esperar que me envíe la segunda parte de la recompensa acordada, así como un generoso presente para Hakem, el criado del señor Feathercock, quien llevaba cada día una tortuga nueva a casa del clérigo y se llevaba la vieja bajo su capa.

"También le ruego que diga a sus amigos que tengo a la venta, a precios excepcionalmente bajos, cincuenta y cinco tortugas, todas de diferentes tamaños, la última y más pequeña de las cuales no es mayor que el reloj de una hurí europea. Me ha costado un esfuerzo infinito encontrarlas, y me han servido para comprobar con qué exquisito cuidado Alá da forma a los miembros de la menor de Sus criaturas y adorna sus cuerpos con los diseños más delicados".

VILLIERS DE L'ISLE-ADAM

La tortura por la esperanza

Hace muchos años, al caer la tarde, el venerable Pedro Arbués d'Espila, sexto prior de los dominicos de Segovia y tercer Gran Inquisidor de España, seguido por un fra redemptor y precedido por dos familiares del Santo Oficio, estos últimos portando linternas, se dirigieron a un calabozo subterráneo. El cerrojo de una puerta maciza chirrió y entraron en un in-pace mefítico, donde la luz tenue revelaba, entre anillas fijadas a la pared, un potro manchado de sangre, un brasero y un jarro. Sobre un montón de paja, cargado de grilletes y con el cuello rodeado por un carcan de hierro, estaba sentado un hombre demacrado, de edad incierta, vestido con harapos.

Este prisionero no era otro que el rabino Aser Abarbanel, un judío de Aragón, quien —acusado de usura y de un desprecio despiadado por los pobres— había sido sometido diariamente a tortura durante más de un año. Sin embargo, "su ceguera era tan densa como su piel" y se había negado a abjurar de su fe.

Orgulloso de una filiación que se remontaba a miles de años, orgulloso de sus antepasados —pues todos los judíos dignos de tal nombre se envanecen de su sangre—, descendía talmúdicamente de Otoniel y, por consiguiente, de Ipsiboa, la esposa del último juez de Israel, circunstancia que había sostenido su valor en medio de la tortura incesante. Con lágrimas en los ojos ante el pensamiento de aquella alma resuelta que rechazaba la salvación, el venerable Pedro Arbués d'Espila, acercándose al rabino que temblaba, se dirigió a él de la siguiente manera:

"Hijo mío, regocíjate: tus pruebas aquí abajo están a punto de terminar. Si ante tal obstinación me vi obligado a permitir, con profundo pesar, el uso de una gran severidad, mi labor de corrección fraternal tiene sus límites. Eres la higuera que, tras haber fallado tantas veces en dar fruto, finalmente se marchitó, pero solo Dios puede juzgar tu alma. ¡Quizás la Misericordia Infinita brille sobre ti en el último momento! Debemos esperarlo. Hay ejemplos. Así que duerme tranquilo esta noche. Mañana serás incluido en el auto de fe: es decir, serás expuesto al quemadero, las llamas simbólicas del Fuego Eterno: este arde, como sabes, solo a distancia, hijo mío; y la Muerte tarda al menos dos horas (a menudo tres) en llegar, debido a los vendajes húmedos y helados con los que protegemos las cabezas y los corazones de los condenados. Seréis cuarenta y tres. Colocado en la última fila, tendrás tiempo de invocar a Dios y ofrecerle este bautismo de fuego, que es el del Espíritu Santo. Espera en la Luz, y descansa".

Con estas palabras, tras haber hecho señas a sus compañeros para que desencadenaran al prisionero, el prior lo abrazó tiernamente. Luego llegó el turno del fra redemptor, quien, en voz baja, imploró el perdón del judío por lo que le había hecho sufrir con el propósito de redimirlo; después, los dos familiares lo besaron en silencio. Terminada esta ceremonia, el cautivo fue dejado, solitario y desconcertado, en la oscuridad.

* * * * *

El rabino Aser Abarbanel, con los labios resecos y el rostro desgastado por el sufrimiento, miró al principio la puerta cerrada con ojos vacíos. ¿Cerrada? La palabra despertó inconscientemente una vaga fantasía en su mente: la de haber visto por un instante la luz de las linternas a través de una rendija entre la puerta y la pared. Una idea morbosa de esperanza, debida a la debilidad de su cerebro, agitó todo su ser. Se arrastró hacia aquella extraña aparición. Entonces, muy suave y cautelosamente, deslizando un dedo en la grieta, atrajo la puerta hacia sí. ¡Maravilloso! Por un accidente extraordinario, el familiar que la cerró había girado la enorme llave un instante antes de que golpeara el marco de piedra, de modo que, al no haber entrado el cerrojo oxidado en el orificio, la puerta volvió a girar sobre sus bisagras.

El rabino se aventuró a echar un vistazo al exterior. Con la ayuda de una especie de penumbra luminosa, distinguió al principio un semicírculo de muros hendidos por escaleras de caracol; y frente a él, en lo alto de cinco o seis escalones de piedra, una especie de portal negro que se abría a un pasillo inmenso, cuyos primeros arcos solo eran visibles desde abajo.

Estirándose, se arrastró hasta el umbral. Sí, era realmente un pasillo, pero de longitud infinita. Una luz pálida lo iluminaba: lámparas suspendidas del techo abovedado aclaraban a intervalos el tono apagado de la atmósfera; la distancia estaba velada por la sombra. ¡Ni una sola puerta aparecía en toda su extensión! Solo en un lado, el izquierdo, unas aspilleras fuertemente enrejadas, hundidas en las paredes, dejaban entrar una luz que debía ser la de la tarde, pues barras carmesíes reposaban a intervalos sobre las losas del pavimento. ¡Qué terrible silencio! ¡Sin embargo, allá, al final de aquel pasaje, podría haber una puerta de escape! La vacilante esperanza del judío era tenaz, pues era la última.

Sin dudarlo, se aventuró sobre las losas, manteniéndose cerca de las aspilleras, tratando de hacerse parte de la negrura de los largos muros. Avanzaba lentamente, arrastrándose sobre su pecho, reprimiendo el grito de dolor cuando alguna herida viva enviaba una punzada aguda a través de todo su cuerpo.

De repente, el sonido de un pie calzado con sandalias que se aproximaba llegó a sus oídos. Tembló violentamente, el miedo lo sofocó, su vista se nubló. Bueno, estaba acabado, sin duda. Se presionó contra una hornacina y, medio sin vida por el terror, esperó.

Era un familiar que se apresuraba. Pasó velozmente, sosteniendo en su mano cerrada un instrumento de tortura —una figura espantosa— y se desvaneció. El suspense que el rabino había soportado parecía haber suspendido las funciones de la vida, y permaneció casi una hora sin poder moverse. Temiendo un aumento de las torturas si era capturado, pensó en regresar a su calabozo. Pero la vieja esperanza susurraba en su alma aquel divino quizás, que nos consuela en nuestras pruebas más dolorosas. Un milagro había ocurrido. Ya no podía dudar. Comenzó a arrastrarse hacia la posibilidad de escapar. Agotado por el sufrimiento y el hambre, temblando de dolor, siguió adelante. El corredor sepulcral parecía alargarse misteriosamente, mientras él, avanzando todavía, miraba hacia la penumbra donde debía haber alguna vía de escape.

¡Oh! ¡Oh! Volvió a oír pasos, pero esta vez eran más lentos, más pesados. Las formas blancas y negras de dos inquisidores aparecieron, emergiendo de la oscuridad más allá. Conversaban en voz baja y parecían discutir algún asunto importante, pues gesticulaban vehementemente.

Ante este espectáculo, el rabino Aser Abarbanel cerró los ojos: su corazón latía tan violentamente que casi lo sofocaba; sus harapos estaban húmedos por el sudor frío de la agonía; permaneció inmóvil junto a la pared, con la boca abierta, bajo los rayos de una lámpara, rezando al Dios de David.

Justo frente a él, los dos inquisidores se detuvieron bajo la luz de la lámpara, sin duda debido a algún contratiempo en el curso de su argumentación. Uno, mientras escuchaba a su compañero, ¡miró al rabino! Y, bajo aquella mirada —cuya ausencia de expresión el desdichado no notó al principio—, creyó sentir de nuevo las tenazas ardientes chamuscar su carne, iba a ser una vez más una herida viviente. Desmayado, sin aliento, con los párpados revoloteando, se estremeció al contacto de la túnica flotante del monje. Pero —hecho extraño, aunque natural— la mirada del inquisidor era evidentemente la de un hombre profundamente absorto en su respuesta prevista, ensimismado por lo que estaba oyendo; sus ojos estaban fijos y parecían mirar al judío sin verlo.

De hecho, tras el transcurso de unos minutos, las dos figuras sombrías prosiguieron lentamente su camino, aún conversando en voz baja, hacia el lugar de donde había venido el prisionero; ¡NO HABÍA SIDO VISTO! En medio de la horrible confusión de los pensamientos del rabino, la idea cruzó su cerebro: "¿Acaso estoy ya muerto, pues no me vieron?". Una impresión espantosa lo sacó de su letargo: al mirar la pared contra la cual estaba presionado su rostro, ¡imaginó ver dos ojos feroces observándolo! ¡Lanzó la cabeza hacia atrás en un repentino frenesí de miedo, con los cabellos erizados! ¡Sin embargo, no! No. Su mano palpó las piedras: era el reflejo de los ojos del inquisidor, aún retenido en los suyos, el que se había refractado desde dos puntos en la pared.

¡Adelante! Debía apresurarse hacia aquel objetivo que creía (absurdamente, sin duda) ser la liberación, hacia la oscuridad de la cual estaba ahora apenas a treinta pasos de distancia. Se lanzó hacia adelante más rápido sobre sus rodillas, con las manos extendidas, arrastrándose dolorosamente, y pronto entró en la parte oscura de este terrible pasillo.

De repente, el pobre desdichado sintió una ráfaga de aire frío en las manos que descansaban sobre las losas; venía de debajo de la pequeña puerta a la que conducían los dos muros.

Oh, Cielo, si esa puerta se abriera hacia afuera. Cada nervio del cuerpo del miserable fugitivo vibró con esperanza. La examinó de arriba abajo, aunque apenas capaz de distinguir sus contornos en la oscuridad circundante. Pasó la mano sobre ella: ¡ningún cerrojo, ninguna cerradura! ¡Un pestillo! Se incorporó, el pestillo cedió a la presión de su pulgar: la puerta se abrió silenciosamente ante él.

"¡ALELUYA!", murmuró el rabino en un transporte de gratitud cuando, de pie en el umbral, contempló la escena ante él.

¡La puerta se había abierto a los jardines, sobre los cuales se arqueaba un cielo estrellado, a la primavera, a la libertad, a la vida! Revelaba los campos vecinos, extendiéndose hacia las sierras, cuyas sinuosas líneas azules se recortaban contra el horizonte. ¡Allá yacía la libertad! ¡Oh, escapar! Viajaría toda la noche a través de los limoneros, cuya fragancia llegaba hasta él. ¡Una vez en las montañas, estaría a salvo! Inhaló el aire delicioso; la brisa lo reanimó, ¡sus pulmones se expandieron! ¡Sintió en su corazón henchido el Veni foràs de Lázaro! Y para agradecer una vez más al Dios que le había otorgado esta misericordia, extendió los brazos, alzando los ojos hacia el Cielo. ¡Era un éxtasis de alegría!

Entonces creyó ver la sombra de sus brazos acercarse a él; creyó sentir que estos brazos sombríos lo encerraban, lo abrazaban, y que era presionado tiernamente contra el pecho de alguien. Una figura alta, en efecto, estaba directamente frente a él. Bajó los ojos y permaneció inmóvil, jadeando por respirar, aturdido, con los ojos fijos, babeando de terror.

¡Horror! Estaba en el abrazo del mismísimo Gran Inquisidor, el venerable Pedro Arbués d'Espila, quien lo miraba con ojos llorosos, como un buen pastor que hubiera encontrado a su oveja perdida.

El sacerdote de túnica oscura apretó al desdichado judío contra su corazón con un estallido de amor tan ferviente que los bordes del cilicio monacal rozaron el pecho del dominico. Y mientras Aser Abarbanel, con los ojos saltones, jadeaba de agonía en el abrazo del asceta, comprendiendo vagamente que *todas las fases de esta fatal velada no eran más que una tortura preestablecida, la de la* ESPERANZA, el Gran Inquisidor, con un acento de conmovedor reproche y una mirada de consternación, murmuró en su oído, con el aliento reseco y ardiente por el largo ayuno:

"¡Cómo, hijo mío! En vísperas, quizá, de la salvación... ¿querías dejarnos?".

ERCKMANN-CHATRIAN

La oreja del búho

El 29 de julio de 1835, Kasper Boeck, pastor del pequeño pueblo de Hirschwiller, con su gran sombrero de fieltro echado hacia atrás, su zurrón de tela bastarda colgando de la cadera y su gran perro leonado a los talones, se presentó hacia las nueve de la noche en casa del burgomaestre, Petrus Mauerer, quien acababa de terminar la cena y tomaba una copita de kirschwasser para facilitar la digestión.

Este burgomaestre era un hombre alto y delgado, y lucía un espeso bigote gris. Había servido en los ejércitos del archiduque Carlos. Tenía un carácter jovial y gobernaba el pueblo, según se dice, con mano dura.

"Señor burgomaestre", exclamó el pastor visiblemente emocionado.

Pero Petrus Mauerer, sin esperar al final de su discurso, frunció el entrecejo y dijo:

"Kasper Boeck, empiece por quitarse el sombrero, saque a su perro de la habitación y luego hable con claridad, inteligiblemente, sin tartamudear, para que pueda entenderle".

Acto seguido, el burgomaestre, de pie junto a la mesa, vació tranquilamente su copita y se secó sus grandes bigotes grises con indiferencia.

Kasper echó a su perro y regresó con el sombrero en la mano.

"¡Bien!", dijo Petrus, al ver que guardaba silencio, "¿qué ha ocurrido?".

"¡Ocurre que el espíritu ha vuelto a aparecer en las ruinas de Geierstein!".

"¡Ja! Lo dudo. ¿Lo ha visto usted mismo?".

"Muy claramente, señor burgomaestre".

"¿Sin cerrar los ojos?".

"Sí, señor burgomaestre; mis ojos estaban bien abiertos. Había mucha luz de luna".

"¿Qué forma tenía?".

"La forma de un hombre pequeño".

"¡Bien!".

Y volviéndose hacia una puerta acristalada a la izquierda:

"¡Katel!", gritó el burgomaestre.

Una vieja sirvienta abrió la puerta.

"¿Señor?".

"Voy a dar un paseo por la ladera; espéreme hasta las diez. Aquí tiene la llave".

"Sí, señor".

Entonces el viejo soldado bajó su escopeta del gancho sobre la puerta, examinó la cazoleta y se la echó al hombro; luego se dirigió a Kasper Boeck:

"Vaya y dígale al guardia rural que se reúna conmigo en el sendero del acebo, y dígale que detrás del molino. Su espíritu debe ser algún merodeador. Pero si es un zorro, le haré una fina capucha, con largas orejeras".

El maestro Petrus Mauerer y el humilde Kasper salieron entonces. El tiempo era magnífico, las estrellas innumerables. Mientras el pastor iba a llamar a la puerta del guardia rural, el burgomaestre se adentró entre los arbustos de saúco, en un pequeño callejón que serpenteaba detrás de la vieja iglesia.

Dos minutos más tarde, Kasper y Hans Goerner, con el cuchillo al cinto, alcanzaron corriendo al maestro Petrus en el sendero del acebo.

Los tres se dirigieron juntos hacia las ruinas de Geierstein.

Estas ruinas, que se encuentran a veinte minutos a pie del pueblo, parecen ser bastante insignificantes; consisten en las crestas de unos muros decrépitos, de cuatro a seis pies de altura, que se extienden entre los matorrales. Los arqueólogos las llaman acueductos de Serano, campamento romano de Holderlock o vestigios de Teodorico, según su fantasía. Lo único de estas ruinas que podría considerarse notable es una escalera hacia una cisterna tallada en la roca. Dentro de esta escalera de caracol, en lugar de círculos concéntricos que giran con cada vuelta completa, las involuciones se vuelven más anchas a medida que avanzan, de tal manera que el fondo del pozo es tres veces más grande que la abertura. ¿Es un capricho arquitectónico o alguna razón razonable determinó tal construcción tan extraña? Poco nos importa. El resultado fue provocar en la cisterna aquella vaga reverberación que cualquiera puede escuchar al colocar una concha en su oreja, y hacer notar los pasos sobre el camino de grava, murmullos del aire, crujidos de las hojas e incluso palabras lejanas pronunciadas por personas que pasan por el pie de la colina.

Nuestros tres personajes siguieron entonces el sendero entre los viñedos y jardines de Hirschwiller.

"No veo nada", decía el burgomaestre, arrugando la nariz con burla.

"Ni yo tampoco", repetía el guardia rural, imitando el tono del otro.

"Está abajo en el agujero", murmuró el pastor.

"Ya veremos, ya veremos", respondió el burgomaestre.

Fue de esta manera, después de un cuarto de hora, como llegaron a la abertura de la cisterna. Como he dicho, la noche era clara, límpida y perfectamente tranquila.

La luna retrataba, hasta donde alcanzaba la vista, uno de aquellos paisajes nocturnos en líneas azuladas, salpicado de árboles delgados, cuyas sombras parecían haber sido dibujadas con un lápiz negro. La retama y el tojo en flor perfumaban el aire con un olor bastante penetrante, y las ranas de un pantano vecino cantaban su himno aceitoso, intercalado con silencios. Pero todos estos detalles escaparon a la atención de nuestros buenos rústicos; no pensaban más que en echar mano al espíritu.

Cuando llegaron a la escalera, los tres se detuvieron y escucharon, luego miraron hacia las sombras oscuras. Nada aparecía, nada se movía.

"¡Diablos!", dijo el burgomaestre, "olvidamos traer un trozo de vela. Baje, Kasper, usted conoce el camino mejor que yo; le seguiré".

Ante esta propuesta, el pastor retrocedió rápidamente. Si hubiera consultado sus inclinaciones, el pobre hombre habría emprendido la huida; su expresión lastimera hizo que el burgomaestre estallara en carcajadas.

"Bueno, Hans, ya que él no quiere bajar, enséñeme el camino", le dijo al guarda de caza.

"Pero, señor burgomaestre", dijo este último, "sabe muy bien que faltan escalones; nos arriesgaríamos a rompernos el cuello".

"¿Entonces qué se puede hacer?".

"Sí, ¿qué se puede hacer?".

"Mande a su perro", respondió Petrus.

El pastor silbó a su perro, le mostró la escalera, lo instó, pero él no quiso correr riesgos más que los otros.

En ese momento, una idea brillante golpeó al guardia rural.

"¡Ja! Señor burgomaestre", dijo, "si disparara su escopeta hacia adentro...".

"Fe", exclamó el otro, "tiene razón, al menos echaremos un vistazo".

Y sin dudarlo, el digno hombre se acercó a la escalera y apuntó su escopeta.

Pero, por el efecto acústico que ya he señalado, el espíritu, el merodeador, el individuo que casualmente se encontraba en la cisterna, lo había oído todo. La idea de detener un disparo de escopeta no le pareció divertida, pues con una voz aguda y penetrante gritó:

"¡Alto! ¡No disparen, ya voy!".

Entonces los tres funcionarios se miraron y rieron suavemente, y el burgomaestre, inclinándose de nuevo sobre la abertura, gritó bruscamente:

"¡Dense prisa, granuja, o dispararé! ¡Dense prisa!".

Montó su escopeta y el chasquido pareció acelerar el ascenso de la misteriosa persona; lo oyeron rodar algunas piedras. Sin embargo, todavía le llevó otro minuto antes de aparecer, pues la cisterna tenía una profundidad de sesenta pies.

¿Qué hacía este hombre en una oscuridad tan profunda? ¡Debía ser algún gran criminal! Eso pensaban al menos Petrus Mauerer y sus acólitos.

Por fin se pudo distinguir una forma vaga en la oscuridad, luego lentamente, por grados, un hombrecito, de cuatro pies y medio de altura como máximo, frágil, harapiento, con el rostro marchito y amarillo, el ojo brillando como el de una urraca y el cabello enmarañado, salió gritando:

"¿Con qué derecho vienen a perturbar mis estudios, criaturas miserables?".

Este grandilocuente apóstrofe apenas estaba en consonancia con su vestimenta y fisonomía. Por consiguiente, el burgomaestre respondió con indignación:

"Intente demostrar que es honrado, pícaro, o empezaré administrándole una corrección".

"¡Una corrección!", dijo el hombrecito, saltando de ira y estirándose bajo las narices del burgomaestre.

"Sí", respondió el otro, que, sin embargo, no dejó de admirar el valor del pigmeo; "si no responde satisfactoriamente a las preguntas que voy a hacerle. Soy el burgomaestre de Hirschwiller; aquí están el guardia rural, el pastor y su perro. Somos más fuertes que usted: sea sabio y dígame pacíficamente quién es, qué hace aquí y por qué no se atreve a aparecer a plena luz del día. Entonces veremos qué se hace con usted".

—Todo eso no es asunto suyo —respondió el hombrecito con su voz quebrada—. No responderé.

—En ese caso, adelante, marche —ordenó el burgomaestre, que lo agarró con firmeza por la nuca—; va a dormir en la cárcel.

El hombrecito se retorcía como una comadreja; incluso intentó morder, y el perro olfateaba sus pantorrillas, cuando, completamente agotado, dijo, no sin cierta dignidad:

—Suélteme, señor, me rindo ante una fuerza superior... ¡Soy suyo!

El burgomaestre, a quien no le faltaba del todo la buena educación, se calmó.

—¿Lo promete? —dijo él.

—¡Lo prometo!

—Muy bien, camine delante.

Y así fue como, la noche del 29 de julio de 1835, el burgomaestre tomó cautivo a un hombrecito pelirrojo que salía de la caverna de Geierstein.

Al llegar a Hirschwiller, el guardia rural corrió a buscar la llave de la prisión, y el vagabundo fue encerrado y clausurado con doble llave, sin olvidar el cerrojo exterior y el candado.

Todo el mundo pudo entonces reposar después de sus fatigas, y Petrus Mauerer se fue a la cama y soñó hasta medianoche con esta singular aventura.

A la mañana siguiente, hacia las nueve, Hans Goerner, el guardia rural, habiendo recibido la orden de llevar al prisionero al ayuntamiento para otro interrogatorio, se dirigió a la celda con cuatro tipos fornidos y atrevidos. Abrieron la puerta, todos ellos curiosos por ver al fuego fatuo. ¡Pero imaginen su asombro al verlo colgado de los barrotes de la ventana por su corbata! Algunos dijeron que todavía se retorcía; otros, que ya estaba rígido. Sea como fuere, corrieron a casa de Petrus Mauerer para informarle del hecho, y lo que es seguro es que, a la llegada de este último, el hombrecito había exhalado su último aliento.

El juez de paz y el médico de Hirschwiller redactaron un acta formal del suceso; luego enterraron al desconocido en un campo de hierba y ¡eso fue todo!

Ahora bien, unas tres semanas después de estos sucesos, fui a ver a mi primo, Petrus Mauerer, de quien yo era el pariente más cercano y, por consiguiente, su heredero. Esta circunstancia mantenía un conocimiento íntimo entre nosotros. Estábamos cenando, hablando de asuntos indiferentes, cuando el burgomaestre relató la pequeña historia anterior, tal como acabo de contarla.

—Es extraño, primo —dije yo—, verdaderamente extraño. ¿Y no tiene usted ninguna otra información sobre el desconocido?

—Ninguna.

—¿Y no ha encontrado nada que pueda darle una pista sobre su propósito?

—Absolutamente nada, Christian.

—Pero, en realidad, ¿qué podría haber estado haciendo en la cisterna? ¿De qué vivía?

El burgomaestre se encogió de hombros, volvió a llenar nuestras copas y respondió con:

—A su salud, primo.

—A la suya.

Permanecimos en silencio unos minutos. Me era imposible aceptar la abrupta conclusión de la aventura y, a pesar de mí mismo, reflexioné con cierta melancolía sobre el triste destino de ciertos hombres que aparecen y desaparecen en este mundo como la hierba del campo, sin dejar el menor recuerdo o el menor pesar.

—Primo —continué—, ¿qué tan lejos puede estar de aquí a las ruinas de Geierstein?

—Veinte minutos a pie como mucho. ¿Por qué?

—Porque me gustaría verlas.

—Ya sabe que tenemos una reunión del consejo municipal y que no puedo acompañarlo.

—¡Oh! Puedo encontrarlas yo solo.

—No, el guardia rural le mostrará el camino; no tiene nada mejor que hacer.

Y mi digno primo, tras golpear su copa, llamó a su sirvienta:

—Katel, ve a buscar a Hans Goerner; que se dé prisa y que esté aquí a las dos en punto. Debo marcharme.

La sirvienta salió y el guardia rural no tardó en llegar.

Se le ordenó llevarme a las ruinas.

Mientras el burgomaestre se dirigía gravemente hacia la sala del consejo municipal, nosotros ya estábamos subiendo la colina. Hans Goerner, con un ademán, indicó los restos del acueducto. En el mismo momento, las costillas rocosas de la meseta, las distancias azules de Hundsrück, los tristes muros desmoronados cubiertos por una hiedra sombría, el tañido de la campana de Hirschwiller llamando a los notables al consejo, el guardia rural jadeando y agarrándose a las zarzas, adquirieron ante mis ojos un matiz triste y severo, del cual no podía dar razón: era la historia del ahorcado lo que le quitaba color al panorama.

La escalera de la cisterna me pareció sumamente curiosa, con su elegante espiral. Los arbustos erizados en las fisuras a cada paso, el aspecto desierto de sus alrededores, todo armonizaba con mi tristeza. Descendimos, y pronto el punto luminoso de la abertura, que parecía contraerse cada vez más y tomar la forma de una estrella con rayos curvos, solo nos envió su pálida luz. Cuando llegamos al fondo mismo de la cisterna, encontramos que se podía disfrutar de una vista magnífica de todos aquellos escalones, iluminados desde arriba y recortando sus sombras con una precisión maravillosa. Entonces escuché el zumbido del que ya he hablado: ¡la inmensa caracola de granito tenía tantos ecos como piedras!

—¿Nadie ha bajado aquí desde el hombrecito? —pregunté al guardia rural.

—No, señor. Los campesinos tienen miedo. Se imaginan que el ahorcado volverá.

—¿Y usted?

—Yo... oh, no soy curioso.

—¿Pero el juez de paz? Su deber era...

—¡Ja! ¿Qué habría venido a hacer al Oído del Búho?

—¿Llaman a esto el Oído del Búho?

—Sí.

—Es bastante parecido —dije, levantando los ojos—. Esta bóveda invertida forma el pabellón bastante bien; la cara inferior de los escalones forma la cubierta del tímpano, y el giro de la escalera, la cóclea, el laberinto y el vestíbulo del oído. Esa es la causa del murmullo que oímos: estamos en la parte posterior de un oído colosal.

—Es muy probable —dijo Hans Goerner, que no parecía haber entendido mis observaciones.

Comenzamos a subir de nuevo, y había ascendido los primeros escalones cuando sentí que algo se aplastaba bajo mi pie; me detuve para ver qué podía ser y en ese momento percibí un objeto blanco ante mí. Era una hoja de papel rasgada. En cuanto al objeto duro, que había sentido triturarse, lo reconocí como una especie de jarra de loza vidriada.

—¡Ajá! —me dije—, esto podría aclarar la historia del burgomaestre.

Me reuní con Hans Goerner, que ahora me esperaba en el borde del foso.

—Ahora, señor —exclamó—, ¿a dónde le gustaría ir?

—Primero, sentémonos un rato. Ya veremos después.

Me senté sobre una piedra grande, mientras el guardia rural lanzaba sus ojos de halcón sobre el pueblo para ver si por casualidad había algún intruso en los jardines. Examiné cuidadosamente el jarrón vidriado, del cual no quedaban más que astillas. Estos fragmentos presentaban el aspecto de un embudo, forrado con lana. Me fue imposible percibir su propósito. Luego leí el trozo de una carta, escrita con una letra fácil, fluida y firme. La transcribo aquí abajo, palabra por palabra. Parece seguir a la otra mitad de la hoja, que busqué en vano por todas las ruinas:

"Mi trompetilla microacústica tiene así la doble ventaja de multiplicar infinitamente la intensidad de los sonidos y de introducirlos en el oído sin causar al observador la menor molestia. Nunca habría imaginado, querido maestro, el encanto que uno siente al percibir estos miles de sonidos imperceptibles que se confunden, en un hermoso día de verano, en un inmenso murmullo. El abejorro tiene su canto al igual que el ruiseñor, la abeja melífera es el ruiseñor de los musgos, el grillo es la alondra de la hierba alta, el gusano es el chochín; solo tiene un suspiro, ¡pero el suspiro es melodioso!

"Este descubrimiento, desde el punto de vista del sentimiento, que nos hace vivir en la vida universal, supera en su importancia todo lo que podría decir sobre el asunto.

"Después de tanto sufrimiento, privaciones y cansancio, ¡qué feliz se siente uno al recoger los frutos de todos sus trabajos! ¡Cómo se eleva el alma hacia el divino Autor de todos estos mundos microscópicos, cuya magnificencia se nos revela! ¿Dónde están ahora las largas horas de angustia, hambre y desprecio que nos abrumaban antes? ¡Se han ido, señor, se han ido! Lágrimas de gratitud humedecen nuestros ojos. Uno se siente orgulloso de haber logrado, a través del sufrimiento, nuevos goces para la humanidad y haber contribuido a su desarrollo mental. Pero por vastos, por admirables que sean los primeros frutos de mi trompetilla microacústica, estos no delimitan sus ventajas. Hay otras más positivas, más materiales, y que pueden expresarse en cifras.

"Del mismo modo que el telescopio trajo el descubrimiento de miríadas de mundos realizando sus armoniosas revoluciones en el espacio infinito, así también mi trompetilla microacústica extenderá el sentido de lo inaudible más allá de todos los límites posibles. Así, señor, la circulación de la sangre y de los fluidos del cuerpo no me detendrán; los oirá fluir con la impetuosidad de las cataratas; los percibirá con tanta claridad que le asustará; la más mínima irregularidad del pulso, el menor obstáculo, es sorprendente y produce el mismo efecto que una roca contra la que chocan las olas de un torrente.

"Es sin duda una inmensa conquista en el desarrollo de nuestro conocimiento de la fisiología y la patología, pero este no es el punto en el que quisiera hacer hincapié. Al aplicar su oído al suelo, señor, puede oír las aguas minerales brotando a profundidades inconmensurables; ¡puede juzgar su volumen, sus corrientes y los obstáculos que encuentran!

"¿Desea ir más allá? Entre en una bóveda subterránea que esté construida de tal manera que reúna una cantidad de sonidos fuertes; luego, por la noche, cuando el mundo duerme, cuando nada se confundirá con los ruidos interiores de nuestro globo, ¡escuche!

"Señor, todo lo que es posible decirle en este momento —pues en medio de mi profunda miseria, de mis privaciones y a menudo de mi desesperación, solo me quedan unos pocos instantes lúcidos para seguir mis observaciones geológicas—, todo lo que puedo afirmar es que el hervidero de las luciérnagas, las explosiones de los fluidos hirvientes, es algo aterrador y sublime, que solo puede compararse con la impresión del astrónomo cuyo cristal sonda profundidades de extensión ilimitada.

"No obstante, debo confesar que estas impresiones deben estudiarse más a fondo y clasificarse de manera metódica, a fin de que se puedan derivar de ellas conclusiones definitivas. Asimismo, tan pronto como usted haya tenido a bien, querido y noble maestro, transmitir la pequeña suma para usarla en Neustadt como le pedí, para satisfacer mis primeras necesidades, veremos la manera de llegar a un acuerdo respecto al establecimiento de tres grandes observatorios subterráneos, uno en el valle de Catania, otro en Islandia, luego un tercero en Capac-Uren, Songay o Cayembé-Uren, el más profundo de las Cordilleras, y por consiguiente..."

Aquí se detenía la carta.

Dejé caer mis manos con estupefacción. ¿Había leído las concepciones de un idiota o las inspiraciones de un genio que se habían hecho realidad? ¿Qué debo decir? ¿Qué pensar? ¡Así que este hombre, esta miserable criatura, que vivía en el fondo de una madriguera como un zorro, muriendo de hambre, había tenido quizás una de esas inspiraciones que el Ser Supremo envía a la tierra para iluminar a las generaciones futuras!

¡Y este hombre se había ahorcado por disgusto, por desesperación! Nadie había respondido a su súplica, aunque solo pedía una corteza de pan a cambio de su descubrimiento. Era horrible. Largo, largo tiempo me quedé allí soñando, agradeciendo al Cielo por haber limitado mi inteligencia a las necesidades de la vida ordinaria, por no haber deseado hacerme un hombre superior en la comunidad de los mártires. Finalmente, el guardia rural, al verme con la mirada fija y la boca abierta, se atrevió a tocarme en el hombro.

—Señor Christian —dijo—, mire, se está haciendo tarde; el burgomaestre debe haber vuelto del consejo.

—¡Ja! Es verdad —exclamé, arrugando el papel—, vamos.

Descendimos la colina.

Mi digno primo me recibió, con rostro sonriente, en el umbral de su casa.

—¡Bueno! ¡Bueno! Christian, ¿así que no ha encontrado rastro del imbécil que se ahorcó?

—No.

—Eso pensaba. Era algún lunático que escapó de Stefansfeld o algún lugar. A fe mía, hizo bien en ahorcarse. Cuando uno no sirve para nada, ese es el camino más sencillo.

Al día siguiente dejé Hirschwiller. Nunca volveré.

El ojo invisible

Por aquella época (dijo Christian), pobre como una rata de iglesia, me refugié en el desván de una vieja casa en la calle Minnesänger, en Núremberg, e hice mi nido en un rincón de la buhardilla.

Me veía obligado a trabajar sobre mi jergón de paja para llegar a la ventana, pero esta ventana estaba en el hastial, y la vista desde ella era magnífica; tanto la ciudad como el campo se extendían ante mí.

Podía ver a los gatos caminando gravemente por las canaletas; a las cigüeñas, con los picos llenos de ranas, llevando alimento a su voraz nidada; a las palomas, saltando desde sus palomares, con las colas desplegadas como abanicos, sobrevolando las calles.

Por la tarde, cuando las campanas llamaban al mundo al Ángelus, con los codos sobre el borde del tejado, escuchaba sus melancólicas campanadas; observaba las ventanas a medida que, una a una, se iban iluminando; a los buenos burgueses fumando sus pipas en las aceras; a las jóvenes con sus faldas rojas, con sus cántaros bajo el brazo, riendo y charlando alrededor de la fuente "Saint Sebalt". Insensiblemente todo esto se desvanecía, los murciélagos comenzaban su rápida carrera y yo me retiraba a mi colchón en dulce paz y tranquilidad.

El viejo vendedor de antigüedades, Toubac, conocía el camino a mi pequeño alojamiento tan bien como yo, y no temía subir por la escalera. Cada semana su fea cabeza, adornada con un gorro rojizo, levantaba la trampilla, sus dedos agarraban el borde y gritaba con tono nasal:

—Bueno, bueno, maestro Christian, ¿tiene algo?

A lo que yo respondía:

—Entre. ¿Por qué diablos no entra? Estoy terminando un pequeño paisaje y debe decirme qué piensa de él.

Entonces su gran espalda, pareciendo alargarse, crecía hasta el techo, y el buen hombre se reía en silencio.

Debo hacer justicia a Toubac: nunca regateaba conmigo los precios; compraba todas mis pinturas a quince florines, una con otra, y las volvía a vender por cuarenta cada una. "¡Era un judío honrado!".

Comencé a tomarle gusto a este modo de existencia y a encontrar nuevos encantos en él día tras día.

Justo en este momento, la ciudad de Núremberg estaba agitada por un evento extraño y misterioso. No lejos de mi ventana abuhardillada, un poco a la izquierda, se encontraba la posada Boeuf-Gras, un viejo albergue muy frecuentado en toda la comarca. Tres o cuatro carros, llenos de sacos o barriles, estaban siempre aparcados ante la puerta, donde los conductores rústicos tenían la costumbre de detenerse, de camino al mercado, para tomar su trago de vino de la mañana.

El hastial de la posada se distinguía por su peculiar forma. Era muy estrecho, puntiagudo y, en dos lados, cortado en dientes, como una sierra. Las tallas eran extrañamente grotescas, entrelazadas y ornamentando las cornisas y rodeando las ventanas; pero el hecho más notable era que la casa de enfrente reproducía exactamente las mismas esculturas, los mismos adornos; incluso el letrero, con su poste y su espiral de hierro, estaba copiado con exactitud.

Uno habría podido pensar que aquellas dos antiguas casas se reflejaban la una a la otra. Detrás de la posada, sin embargo, había un gran roble viejo cuyas hojas sombrías oscurecían las piedras del tejado, mientras que la otra casa se destacaba en relieve contra el cielo. Para completar la descripción, este antiguo edificio era tan silencioso y lúgubre como la posada Boeuf-Gras era ruidosa y animada.

Por un lado, una multitud de alegres bebedores entraba y salía continuamente, cantando, dando saltos, haciendo chasquear sus látigos; por el otro, reinaba un silencio profundo.

Quizás, una o dos veces durante el día, la pesada puerta parecía abrirse sola, para dejar salir a una viejecita, con la espalda casi en semicírculo, su vestido ceñido alrededor de las caderas, una enorme cesta en el brazo y la mano contraída contra el pecho.

Me parecía ver de un vistazo, al mirarla, toda una existencia de buenas obras y meditaciones piadosas.

La fisonomía de esta anciana me había llamado la atención más de una vez: sus pequeños ojos verdes, su nariz larga y fina, los inmensos ramos de flores en su chal, que debía de tener al menos cien años, la sonrisa marchita que fruncía sus mejillas en forma de escarapela, el encaje de su gorro cayendo hasta sus cejas... todo esto era fantástico y me interesaba mucho. ¿Por qué vivía esta anciana en aquella gran casa desierta? Deseé explorar el misterio.

Un día, mientras me detenía en la calle y la seguía con la mirada, ella se volvió de repente y me lanzó una mirada cuya horrible expresión no sé cómo pintar; hizo tres o cuatro muecas horribles y luego, dejando caer su cabeza paralizada sobre su pecho, se envolvió bien su gran chal y avanzó lentamente hacia la pesada puerta, tras la cual la vi desaparecer.

—¡Es una vieja loca! —me dije a mí mismo, en una especie de estupor. ¡Por mi fe, era el colmo de la insensatez que yo me interesara por ella!

Sin embargo, me gustaría volver a ver su mueca; el viejo Toubac me daría con gusto quince florines si pudiera pintársela.

Debo confesar que estas bromas mías no me tranquilizaban del todo.

La mirada odiosa que la vieja bruja me había lanzado me perseguía a todas partes. Más de una vez, mientras subía por la escalera casi perpendicular a mi buhardilla, al sentir que mi ropa se enganchaba en algún punto, temblaba de pies a cabeza, imaginando que la vieja miserable estaba colgada de los faldones de mi casaca para destruirme.

Toubac, a quien relaté esta aventura, estaba lejos de reírse de ella; de hecho, adoptó un aire grave y solemne.

—Maestro Christian —dijo—, si la vieja lo quiere a usted, ¡tenga cuidado! Sus dientes son pequeños, puntiagudos y de una blancura maravillosa, y eso no es natural a su edad. Ella tiene el "mal de ojo". Los niños huyen de ella, y la gente de Núremberg la llama "Fledermausse".

Admiré el intelecto claro y sagaz del judío, y sus palabras me dieron motivo de reflexión.

Pasaron varias semanas durante las cuales a menudo me encontré con Fledermausse sin ninguna consecuencia alarmante. Mis temores se disiparon y no volví a pensar en ella.

Pero llegó una noche en la que, mientras dormía profundamente, me despertó una extraña armonía. Era una especie de vibración, tan dulce, tan melodiosa, que el susurro de la brisa entre las hojas apenas puede dar una idea de su encanto.

Durante mucho tiempo escuché atentamente, con los ojos muy abiertos y conteniendo el aliento, para no perderme ni una nota. Al final miré hacia la ventana y vi dos alas revoloteando contra el cristal. Pensé, al principio, que era un murciélago atrapado en mi habitación; pero, al salir la luna en ese instante, vi las alas de una magnífica mariposa nocturna delineadas sobre su disco brillante. Sus vibraciones eran a menudo tan rápidas que no se podían distinguir; luego reposaban, extendidas sobre el cristal, y sus frágiles fibras quedaban de nuevo a la vista.

Esta brumosa aparición, que llegaba en medio del silencio universal, abrió mi corazón a todas las emociones dulces. Me pareció que un sílfide etéreo, conmovido por mi soledad, había venido a visitarme, y esta idea me hizo derramar casi lágrimas.

—Tranquila, dulce cautiva, tranquila —dije—, tu confianza no será traicionada. No te retendré contra tu voluntad. Regresa al cielo y a la libertad. Entonces abrí mi pequeña ventana. La noche estaba en calma y millones de estrellas brillaban en el cielo. Por un momento contemplé este sublime espectáculo, y palabras de oración y alabanza acudieron naturalmente a mis labios; pero, juzguen mi asombro cuando, al bajar los ojos, vi a un hombre colgado de la viga transversal del letrero de la posada Boeuf-Gras, con el cabello despeinado, los brazos rígidos, las piernas alargadas hasta un punto, ¡y proyectando sus gigantescas sombras hasta la calle!

La inmovilidad de esta figura bajo los rayos de la luna era terrible. Sentí que mi lengua se congelaba, mis dientes se apretaban. Estaba a punto de gritar de terror cuando, por alguna incomprensible y misteriosa atracción, mi mirada cayó hacia abajo y distinguí, confusamente, a la vieja encogida en su ventana en medio de las sombras oscuras, y contemplando al muerto con un aire de diabólica satisfacción.

Entonces tuve un vértigo de terror. Toda mi fuerza me abandonó y, retrocediendo hacia la pared de mi buhardilla, me desplomé y perdí el sentido.

No sé cuánto tiempo continuó este sueño de muerte. Al recuperar la conciencia, vi que era pleno día. Las nieblas de la noche habían penetrado en mi desván y depositado su rocío fresco sobre mi cabello, y los confusos murmullos de la calle ascendían hasta mi pequeño alojamiento. Miré hacia afuera. El burgomaestre y su secretario estaban apostados en la puerta de la posada y permanecieron allí mucho tiempo; multitudes de personas iban y venían, y se detenían a mirar; luego recomenzaban su camino. Las buenas mujeres del vecindario, que barrían frente a sus puertas, observaban desde lejos y hablaban gravemente entre sí.

Por fin una litera, y sobre esta litera un cuerpo, cubierto con un paño de lino, salió de la posada, cargado por dos hombres. Bajaron a la calle y los niños, camino a la escuela, corrieron detrás de ellos.

Toda la gente se apartó a medida que avanzaban.

La ventana de enfrente seguía abierta; el extremo de una cuerda flotaba desde la viga transversal.

No había soñado. En efecto, había visto a la mariposa de la noche; había visto al hombre colgado y había visto a Fledermausse.

Ese día Toubac me hizo una visita y, cuando su gran nariz apareció al nivel del suelo, exclamó:

—Maestro Christian, ¿no tiene nada que vender?

No lo escuché. Estaba sentado en mi única silla, con las manos entrelazadas sobre las rodillas y los ojos fijos frente a mí.

Toubac, sorprendido por mi falta de atención, repitió con voz más alta:

—¡Maestro Christian, maestro Christian! —Entonces, pasando sobre el umbral, se adelantó y me golpeó en el hombro.

—Bueno, bueno, ¿qué pasa ahora?

—Ah, ¿es usted, Toubac?

—¡Eh, parbleu! Creo que sí; ¿está enfermo?

—No, solo estoy pensando.

—¿En qué diablos está pensando?

—En el hombre que fue ahorcado.

—¡Oh, oh! —gritó el vendedor de curiosidades—. ¿Lo ha visto, entonces? ¡El pobre muchacho! ¡Qué historia tan singular! El tercero en el mismo lugar.

—¿Cómo, el tercero?

—¡Ah, sí! Debería haberle advertido; pero no es demasiado tarde. Ciertamente habrá un cuarto, que seguirá el ejemplo de los otros. Il n'y a que le premier pas qui coûte.

Diciendo esto, Toubac tomó asiento en la esquina de mi baúl, golpeó su caja de yescas, encendió su pipa y lanzó tres o cuatro potentes bocanadas de humo con aire meditativo.

—Mi fe —dijo—, no soy miedoso; pero, si tuviera pleno permiso para pasar la noche en esa habitación, preferiría dormir en otra parte.

—Escuche, maestro Christian. Hace nueve o diez meses, un buen hombre de Tubinga, comerciante mayorista de pieles, se apeó en la posada Boeuf-Gras. Pidió la cena; comió bien; bebió bien; y finalmente fue conducido a esa habitación en el tercer piso; la llaman la Habitación Verde. Pues bien, a la mañana siguiente fue encontrado colgado de la viga transversal del letrero.

—Bueno, eso podría pasar una vez; no se podía decir nada.

—Se hizo toda la investigación adecuada y el extraño fue enterrado al fondo del jardín. Pero, mire usted, unos seis meses después llegó un valiente soldado de Neustadt; había recibido su licenciamiento final y se regocijaba ante la idea de regresar a su pueblo natal. Durante toda la noche, mientras vaciaba sus copas de vino, habló con cariño de su pequeña prima que esperaba para casarse con él. Al final, este gran monsieur fue conducido a su habitación, la Habitación Verde, y, esa misma noche, el vigilante, al pasar por la calle Minnesänger, percibió algo colgando de la viga transversal; levantó su linterna y, ¡he aquí!, era el soldado, con su licenciamiento final en un lazo en su cadera izquierda, y sus manos recogidas hacia la costura de sus pantalones, como si estuviera en formación.

—"¡A decir verdad, esto es extraordinario!", gritó el burgomaestre; "el diablo anda suelto". Bueno, la habitación fue muy visitada; las paredes fueron revocadas y el muerto fue enviado a Neustadt.

—El secretario escribió esta nota marginal:

—"Murió de apoplejía".

—Todo Núremberg estaba enfurecido contra el posadero. Hubo muchos, de hecho, que quisieron obligarlo a quitar su viga transversal de hierro, bajo el pretexto de que inspiraba a la gente ideas peligrosas; pero bien puede creer que el viejo Michael Schmidt no prestó oídos a esta proposición.

—"Esta viga transversal", decía él, "fue colocada aquí por mi abuelo; ha sostenido el letrero de Boeuf-Gras durante ciento cincuenta años, de padres a hijos; no hace daño a nadie, ni siquiera a los carros de heno que pasan por debajo, pues está a treinta pies de altura. Aquellos a quienes no les guste pueden volver la cabeza y no verla".

—Bueno, gradualmente la ciudad se calmó y, durante varios meses, ningún nuevo evento la agitó. Desgraciadamente, un estudiante de Heidelberg, que regresaba a la universidad, se detuvo, anteayer, en la posada Boeuf-Gras y pidió alojamiento. Era hijo de un ministro del evangelio.

—¿Cómo podría alguien suponer que el hijo de un pastor podría concebir la idea de ahorcarse en la viga transversal de un letrero, porque un gran monsieur y un viejo soldado lo habían hecho? Debemos admitir, maestro Christian, que la cosa no era probable; estas razones no me habrían parecido suficientes ni a mí ni a usted.

—¡Basta, basta! —exclamé—; ¡esto es demasiado horrible! Veo un misterio espantoso involucrado en todo esto. No es la viga transversal; no es la habitación...

—¿Qué? ¿Sospecha del posadero, el hombre más honesto del mundo, y perteneciente a una de las familias más antiguas de Núremberg?

—No, no; ¡que Dios me preserve de caer en sospechas injustas! Pero hay un abismo ante mí, en el que apenas me atrevo a mirar.

—Tiene razón —dijo Toubac, asombrado por la violencia de mi agitación—. Hablaremos de otras cosas. A propósito, maestro Christian, ¿dónde está nuestro paisaje de "Saint Odille"?

Esta pregunta me devolvió al mundo de las realidades. Mostré al viejo la pintura que acababa de terminar. El asunto se concluyó pronto y Toubac, bien satisfecho, bajó la escalera, rogándome que no pensara más en el estudiante de Heidelberg.

Habría seguido gustosamente el consejo de mi buen amigo; pero, cuando el diablo se mezcla una vez en nuestros asuntos, no es fácil desembarazarse de él.

En mis horas solitarias, todos estos eventos se reproducían con una nitidez espantosa en mi mente.

"Esta vieja miserable", me dije a mí mismo, "es la causa de todo; ella sola ha concebido estos crímenes y los ha consumado. ¿Pero por qué medios? ¿Ha recurrido solo a la astucia, o ha obtenido la intervención de poderes invisibles?" Caminaba de un lado a otro en mi refugio. Una voz interior gritaba: "No es en vano que la Providencia permitió que vieras a Fledermausse contemplar las agonías de su víctima. No es en vano que el alma del pobre joven viniera en forma de mariposa de la noche para despertarte. No, no; todo esto no fue accidental, Christian. Los cielos te imponen una misión terrible. Si no la cumples, ¡tiembla de no caer tú mismo en manos de la vieja asesina! Quizás, en este momento, ella esté preparando sus trampas en la oscuridad".

Durante varios días, estas imágenes horrendas me siguieron sin interrupción. Perdí el sueño; me era imposible hacer nada; mi pincel caía de mi mano; y, horrible es confesarlo, me encontraba a veces mirando la viga transversal con una especie de complacencia. Al fin no pude soportarlo más y una noche bajé la escalera y me escondí detrás de la puerta de Fledermausse, esperando sorprender su fatal secreto.

Desde entonces no pasó un día en el que no estuviera en camino, siguiendo a la vieja miserable, vigilando, espiando, sin perderla nunca de vista; pero ella era tan astuta, tenía un olfato tan sutil que, sin siquiera girar la cabeza, sabía que estaba detrás de ella.

Sin embargo, fingía no percibir esto; iba al mercado, al carnicero, como cualquier mujer buena y sencilla, solo apresurando sus pasos y murmurando palabras confusas.

Al finalizar el mes vi que me era imposible alcanzar mi objetivo de esta manera, y esta convicción me entristeció inexpresablemente.

"¿Qué puedo hacer?", me dije. "La vieja adivina mis planes; está en guardia; toda esperanza me abandona. ¡Ah!, vieja bruja, crees que ya me ves al final de tu cuerda". Me preguntaba continuamente esta pregunta: "¿Qué puedo hacer? ¿Qué puedo hacer?". Al fin una idea luminosa me golpeó. Mi habitación daba a la casa de Fledermausse; pero no había ventana de este lado. Levanté hábilmente una pizarra, y ninguna pluma podría pintar mi alegría cuando todo el antiguo edificio quedó así expuesto ante mí. "¡Al fin, te tengo!", exclamé; "ya no puedes escaparme; desde aquí puedo ver todo lo que pasa: tus idas, tus venidas, tus artes y trampas. No sospecharás de este ojo invisible, este ojo vigilante, que sorprenderá al crimen en el momento en que florece. ¡Oh, Justicia, Justicia! Ella marcha lentamente; pero llega".

Nada podría ser más siniestro que la guarida que ahora se extendía ante mí: un gran patio, cuyas grandes losas estaban cubiertas de musgo; en un rincón, un pozo, cuyas aguas estancadas te hacían estremecer al mirar; una escalera cubierta de viejas conchas; al fondo una galería, con balaustrada de madera, y colgando de ella algo de ropa vieja y el relleno de un viejo colchón de paja; en el primer piso, a la izquierda, la cubierta de piedra de una alcantarilla común indicaba la cocina; a la derecha, las altas ventanas del edificio daban a la calle; luego algunas macetas de flores secas y marchitas; todo estaba agrietado, sombrío, húmedo. Solo una o dos horas durante el día podía el sol penetrar en este lugar repugnante; después, las sombras tomaban posesión; entonces el sol caía sobre las paredes locas, el balcón carcomido, el vidrio opaco y empañado, y sobre el torbellino de átomos flotando en sus rayos dorados, no perturbados por ningún soplo de aire.

Apenas había terminado estas observaciones y reflexiones cuando la vieja entró, habiendo regresado recién del mercado. Escuché el crujido de su pesada puerta. Luego apareció con su cesta. Parecía fatigada, casi sin aliento. El encaje de su gorro caía hasta su nariz. Con una mano se agarró de la barandilla y subió las escaleras.

El calor era intolerable, sofocante; era precisamente uno de esos días en los que todos los insectos —grillos, arañas, mosquitos, etc.— hacen que las viejas ruinas resuenen con sus extraños sonidos.

Fledermausse cruzó la galería lentamente, como un viejo hurón que se siente en casa. Permaneció más de un cuarto de hora en la cocina, luego regresó, extendió su ropa, tomó la escoba y barrió algunas briznas de paja del suelo. Al fin levantó la cabeza y giró sus pequeños ojos verdes en todas direcciones, buscando, investigando cuidadosamente.

¿Podría, por alguna extraña intuición, sospechar algo? No lo sé; pero bajé suavemente la pizarra y abandoné mi vigilancia por ese día.

Por la mañana, Fledermausse apareció tranquilizada. Un ángulo de luz caía sobre la galería. Al pasar, atrapó una mosca al vuelo y la presentó delicadamente a una araña establecida en un rincón del techo. Esta araña estaba tan hinchada que, a pesar de la distancia, la vi descender de vuelta en vuelta, luego deslizarse a lo largo de una fina red, como una gota de veneno, arrebatar su presa de las manos de la vieja arpía y remontar rápidamente. Fledermausse la miró muy atentamente, con los ojos entrecerrados; luego estornudó y se dijo a sí misma, en tono burlón: "¡Dios te bendiga, hermosa; Dios te bendiga!".

Vigilé durante seis semanas y no pude descubrir nada respecto al poder de Fledermausse. A veces, sentada en un taburete, pelaba sus patatas, luego colgaba su ropa sobre la balaustrada.

A veces la veía hilando; pero nunca cantaba, como las buenas y amables viejecitas suelen hacer, sus voces temblorosas mezclándose bien con el zumbido de la rueca.

Un silencio profundo reinaba siempre a su alrededor; no tenía gato —esa compañía preciada de las viejas—; ni siquiera un gorrión venía a descansar bajo su techo. Parecía como si toda la naturaleza animada se encogiera ante su mirada. Solo la araña hinchada se deleitaba con su compañía.

No puedo concebir ahora cómo mi paciencia pudo soportar esas largas horas de observación: nada se me escapaba; nada era materia de indiferencia. Al menor sonido levantaba mi pizarra; mi curiosidad era ilimitada, insaciable.

Toubac se quejaba mucho.

—Maestro Christian —decía—, ¿cómo diablos pasa su tiempo? Antiguamente me pintaba algo cada semana; ahora no termina una pieza ni una vez al mes. ¡Oh, ustedes, pintores! "Perezoso como un pintor" es un buen y sabio proverbio. ¡Tan pronto como tienen unos kreutzers en posesión, se meten las manos en los bolsillos y se van a dormir!

Confieso que comencé a perder el coraje; había vigilado, espiado y no había descubierto nada. Me dije a mí mismo que la vieja no podía ser tan peligrosa como había supuesto; que tal vez le había hecho una injusticia con mis sospechas; en resumen, comencé a inventar excusas para ella. Una hermosa tarde, con el ojo fijo en mi puesto de observación, me entregué a estas benévolas reflexiones, cuando de repente la escena cambió: Fledermausse cruzó la galería con la rapidez del rayo. Ya no era la misma persona; estaba erguida, sus mandíbulas estaban apretadas, su mirada fija, su cuello extendido; caminaba con grandes zancadas, sus mechones grises flotando detrás de ella.

"Oh, al fin", me dije a mí mismo, "algo va a suceder, ¡atención!". Pero, ¡ay!, las sombras de la tarde descendieron sobre el viejo edificio, los ruidos de la ciudad expiraron y el silencio prevaleció.

Fatigado y decepcionado, me acosté en mi cama, cuando, lanzando mis ojos hacia mi ventana abuhardillada, vi la habitación de enfrente iluminada. ¡Así que un viajero ocupaba la Habitación Verde, fatal para los extranjeros!

Ahora, todos mis temores se reavivaron; la agitación de Fledermausse se explicaba: ella olfateaba una nueva víctima.

No hubo sueño para mí esa noche; el crujido de la paja, el roer de los ratones bajo el suelo, me causaban escalofríos nerviosos.

Me levanté y me asomé por mi ventana; escuché. La luz en la habitación de enfrente se apagó. En uno de esos momentos de ansiedad punzante, no puedo decir si fue ilusión o realidad, me pareció ver a la vieja miserable también vigilando y escuchando.

La noche pasó y el amanecer gris llegó a mis ventanas; poco a poco el ruido y los movimientos en la calle ascendieron a mi desván. Acosado por la fatiga y la emoción me quedé dormido, pero mi sueño fue corto, y a las ocho ya había reanudado mi puesto de observación.

Parecía como si la noche hubiera sido tan perturbada y tempestuosa para Fledermausse como para mí. Cuando abrió la puerta de la galería, vi que una palidez lívida cubría sus mejillas y su cuello delgado; solo tenía puesta su camisa y una falda de lana; algunos mechones de cabello gris rojizo caían sobre sus hombros. Miró hacia mi escondite con un aire soñador y abstraído, pero no vio nada; estaba pensando en otras cosas.

De repente bajó, dejando sus viejos zapatos al pie de los escalones. "Sin duda", pensé, "va a ver si la puerta de abajo está bien cerrada".

La vi remontar apresuradamente, saltando de tres o cuatro escalones a la vez; era terrible.

Se precipitó en la habitación vecina y escuché algo como la caída de la tapa de un gran cofre; luego Fledermausse apareció en la galería, arrastrando un maniquí tras ella, y este maniquí estaba vestido como el estudiante de Heidelberg.

Con sorprendente destreza, la vieja suspendió este objeto horrible de una viga del cobertizo, luego bajó rápidamente al patio para contemplarlo. Un estallido de risa sardónica escapó de sus labios; remontó, luego volvió a bajar como una maniaca, y cada vez pronunciaba nuevos gritos y nuevos estallidos de risa.

Se escuchó un ruido cerca de la puerta y la vieja saltó hacia adelante, desenganchó el maniquí y se lo llevó; luego, inclinándose sobre la balaustrada con la garganta alargada, los ojos centelleantes, escuchó con atención. El ruido se perdió en la distancia, los músculos de su rostro se relajaron y respiró profundamente. Era solo un carruaje que había pasado.

La vieja miserable se había asustado.

Ahora regresó a la habitación y escuché el cofre cerrarse. Esta extraña escena confundió todas mis ideas. ¿Qué significaba este maniquí? Me volví más atento que nunca.

Fledermausse salió ahora de la casa con su cesta en el brazo. La seguí con mis ojos hasta que dobló la esquina de la calle. Había reasumido el aire de una vieja temblorosa, daba pasos cortos y de vez en cuando giraba parcialmente la cabeza, para espiar detrás por el rabillo del ojo.

Fledermausse estuvo ausente por lo menos cinco horas. Por mi parte, iba, venía, meditaba. El tiempo parecía insoportable. El sol calentaba la pizarra del techo y chamuscaba mi cerebro.

Ahora vi, en la ventana, al buen hombre que ocupaba la fatal Habitación Verde; era un valiente campesino de Nassau, con un gran sombrero de tres picos, un chaleco escarlata y una cara risueña; fumaba su pipa de Ulm con tranquilidad y parecía no temer mal alguno.

Sentí un fuerte deseo de gritarle: "¡Buen hombre, esté en guardia! No se deje atrapar por la vieja miserable; ¡desconfíe de sí mismo!". Pero él no me habría comprendido. Hacia las dos, Fledermausse regresó. El ruido de su puerta resonó por el vestíbulo. Entonces sola, toda sola, entró en el patio y se sentó en el escalón interior de la escalera; puso su cesta delante de ella y sacó primero algunos paquetes de hierbas, luego verduras, luego un chaleco rojo, luego un sombrero de tres picos, un abrigo de terciopelo marrón, pantalones de felpa y gruesas medias de lana; el vestuario completo del campesino de Nassau.

Por un momento me sentí aturdido; luego llamas pasaron ante mis ojos.

Recordé aquellos precipicios que seducen con un poder irresistible; aquellos pozos o fosas, que la policía se ha visto obligada a cerrar porque los hombres se arrojaban a ellos; aquellos árboles que habían sido cortados porque inspiraban a los hombres la idea de ahorcarse; esa contagio de suicidios, de robos, de asesinatos, en ciertas épocas, por medios desesperados; ese extraño y sutil incentivo del ejemplo, que te hace bostezar porque otro bosteza, sufrir porque ves a otro sufrir, matarte porque ves a otros matarse... y mi cabello se erizó de horror.

¿Cómo pudo esta Fledermausse, esta criatura vil y sórdida, haber derivado una ley tan profunda de la naturaleza humana? ¿Cómo había encontrado los medios para usar esta ley en beneficio o indulgencia de sus instintos sanguinarios? Esto no podía comprenderlo; superaba mis más salvajes imaginaciones.

Pero reflexionando más tiempo sobre este inexplicable misterio, resolví volver la ley fatal contra ella, y atraer a la vieja asesina a su propia red.

¡Tantas víctimas inocentes clamaban por venganza!

Me sentí en el camino correcto.

Fui a todos los vendedores de ropa vieja de Núremberg y regresé por la tarde a la posada Boeuf-Gras, con un enorme paquete bajo el brazo.

Nichel Schmidt me conocía desde hace mucho tiempo; su esposa era gorda y atractiva; yo había pintado su retrato.

—Ah, maestro Christian —dijo él, apretándome la mano—, ¿qué feliz circunstancia lo trae por aquí? ¿Qué me procura el placer de verlo?

—Mi querido señor Schmidt, siento un deseo vehemente, insaciable, de dormir en la Habitación Verde.

Estábamos parados en el umbral de la posada y señalé la habitación. El buen hombre me miró con desconfianza.

—No tema nada —dije—; no tengo deseo de ahorcarme.

«¡Enhorabuena! ¡Enhorabuena! Pues, francamente, eso me causaría dolor; ¡un artista de tal mérito! ¿Para cuándo desea la habitación, maestro Christian?»

«Esta tarde».

«¡Imposible! ¡Está ocupada!»

«El señor puede entrar inmediatamente», dijo una voz justo detrás de mí, «no seré un estorbo».

Nos giramos con gran sorpresa; el campesino de Nassau estaba ante nosotros, con su sombrero de tres picos y su hatillo al extremo de su bastón. Acababa de conocer la historia de sus tres predecesores en la Habitación Verde y temblaba de rabia.

«¡Habitaciones como la suya!», gritó, tartamudeando; «¡pero es criminal meter a la gente allí, es un asesinato! ¡Merecen ser enviados a galeras inmediatamente!»

«Vaya, vaya, cálmese», dijo el posadero; «eso no le impidió dormir bien».

«Afortunadamente, recé mis oraciones por la noche», dijo el campesino; «sin eso, ¿dónde estaría yo?», y se retiró con las manos elevadas al cielo.

«Bien», dijo Nichel Schmidt, estupefacto, «la habitación está vacante, pero le ruego que no me gaste una mala broma».

«Sería una broma peor para mí que para usted, monsieur».

Entregué mi hatillo a los criados y me instalé por el momento con los bebedores. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan tranquilo y feliz. Después de tantas dudas e inquietudes, tocaba la meta. El horizonte parecía despejarse y parecía que un poder invisible me tendía la mano. Encendí mi pipa, apoyé el codo en la mesa, mi vino ante mí y escuché el coro de «Freischütz», interpretado por una tropa de gitanos de la Selva Negra. Las trompetas, el clamor de la caza, los oboes, me sumieron en una vaga ensoñación y, a veces, al despertarme para mirar la hora, me preguntaba gravemente si todo lo que me había sucedido no era un sueño. Pero el sereno vino a pedirnos que dejáramos la sala y pronto otros pensamientos más solemnes surgieron en mi alma, y en profunda meditación seguí a la pequeña Charlotte, quien me precedía con una vela hasta mi habitación.

Subimos las escaleras hasta el tercer piso. Charlotte me dio la vela y señaló la puerta.

«Ahí», dijo, y descendió rápidamente.

Abrí la puerta. La Habitación Verde era como cualquier otra habitación de posada. El techo era muy bajo, la cama muy alta. Con una mirada exploré el interior y luego me deslicé hacia la ventana.

No se veía nada en la casa de Fledermausse; solo, en alguna habitación distante, una luz oscura ardía. Alguien estaba de guardia. «Eso está bien», dije, cerrando la cortina. «Tengo todo el tiempo necesario».

Abrí mi hatillo, me puse un gorro de mujer con encajes colgantes; luego, colocándome frente a un espejo, tomé un pincel y pinté arrugas en mi rostro. Esto me llevó casi una hora. Luego me puse el vestido y un gran chal, y realmente tuve miedo de mí mismo. Fledermausse me pareció mirarme desde el espejo.

En ese momento el sereno gritó: «¡Las once!». Agarré el maniquí que había traído en mi hatillo y lo envolví en un traje exactamente similar al que usaba la vieja miserable. Entonces abrí la cortina.

Ciertamente, después de todo lo que había visto de Fledermausse, de su astucia infernal, su prudencia, su destreza, no podía sorprenderme de ninguna manera; y sin embargo, tenía miedo. La luz que había observado en la cámara seguía inmóvil y ahora arrojaba sus rayos amarillos sobre el maniquí del campesino de Nassau, que estaba agazapado en el rincón de la cama, con la cabeza colgando sobre el pecho, el sombrero de tres picos calado sobre el rostro, los brazos suspendidos y todo el aspecto de una desesperación absoluta.

Las sombras, manejadas con arte diabólico, no dejaban ver más que el efecto general del rostro. El chaleco rojo y seis botones redondos parecían brillar solos en la oscuridad. Pero el silencio de la noche, la completa inmovilidad de la figura, el aire agotado y lúgubre, estaban bien calculados para apoderarse de un espectador con un poder extraño. Por mi parte, aunque advertido, sentí escalofríos hasta los huesos.

¿Qué le habría pasado, entonces, al pobre y sencillo campesino si hubiera sido sorprendido desprevenido? Habría quedado totalmente abatido. Desesperado, habría perdido todo control sobre sí mismo y el espíritu de imitación habría hecho el resto.

Apenas moví la cortina, vi a Fledermausse vigilando detrás de su ventana. Ella no podía verme. Abrí mi ventana suavemente; ¡la ventana opuesta se abrió! Entonces su maniquí pareció levantarse lentamente y avanzar ante mí. Yo también adelanté mi maniquí y, tomando mi antorcha con una mano, con la otra abrí rápidamente las contraventanas. Y ahora la anciana y yo estábamos cara a cara. ¡Golpeada por un terror repentino, había dejado caer su maniquí!

Nos miramos con un horror casi igual. Ella extendió el dedo; yo adelanté el mío. Ella movió los labios; yo agité los míos. Ella exhaló un profundo suspiro y se apoyó en el codo. Yo la imité.

Describir todos los terrores de esta escena sería imposible. Rozaba la confusión, la locura, el delirio. Era una lucha a muerte entre dos voluntades; entre dos inteligencias; entre dos almas, cada una deseando destruir a la otra; y, en esta lucha, yo tenía la ventaja; sus víctimas luchaban conmigo.

Después de haber imitado durante algunos segundos cada movimiento de Fledermausse, saqué una cuerda de debajo de mi falda y la até a la viga transversal.

La anciana me miró con la boca abierta. Pasé la cuerda alrededor de mi cuello; sus pupilas se dilataron, brillaron; su rostro se convulsionó.

«¡No, no!», dijo con una voz silbante.

La perseguí con la impasibilidad de un verdugo.

Entonces la rabia pareció apoderarse de ella.

«¡Viejo loco!», exclamó, enderezándose, y sus manos se contrajeron sobre la viga. «¡Viejo loco!» No le di tiempo a seguir apagando mi lámpara. Me agaché, como un hombre a punto de dar un salto vigoroso y, agarrando mi maniquí, pasé la cuerda alrededor de su cuello y lo precipité abajo.

Un grito terrible resonó por la calle y luego el silencio, que me pareció sentir. El sudor bañaba mi frente. Escuché durante mucho tiempo. Al cabo de un cuarto de hora oí, muy lejos, muy lejos, la voz del sereno gritando: «¡Habitantes de Nuremberg, medianoche, suenan las doce!».

«¡Ahora la justicia está satisfecha!», grité, «y tres víctimas han sido vengadas. ¡Perdóneme, oh Señor!».

Unos cinco minutos después del grito del sereno, vi a Fledermausse atraída, seducida por mi maniquí (su imagen exacta), saltar por la ventana, con una cuerda alrededor del cuello, y quedar suspendida de la viga transversal.

Vi la sombra de la muerte ondulando a través de su cuerpo, mientras la luna, tranquila, silenciosa, majestuosa, inundaba la cima del tejado y sus fríos y pálidos rayos reposaban sobre la vieja cabeza desgreñada y espantosa.

Tal como había visto al pobre joven estudiante de Heidelberg, así vi ahora a Fledermausse.

Por la mañana, todo Nuremberg supo que la vieja miserable se había ahorcado, y este fue el último suceso de ese tipo en la calle Minnesänger.

Las aguas de la muerte

Las cálidas aguas minerales de Spinbronn, situadas en el Hundsrück, a varias leguas de Pirmesens, gozaban antiguamente de una magnífica reputación. Todos los que padecían gota o cálculos en Alemania acudían allí; el aspecto salvaje del país no los disuadía. Se alojaban en bonitas cabañas al inicio del desfiladero; se bañaban en la cascada, que caía en grandes sábanas de espuma desde la cima de las rocas; bebían uno o dos decantadores de agua mineral diariamente, y el médico del lugar, Daniel Hâselnoss, que distribuía sus recetas vestido con una gran peluca y levita castaña, tenía una clientela excelente.

Hoy en día, las aguas de Spinbronn ya no figuran en el «Codex»;[1] en este pobre pueblo ya no se ve a nadie más que a unos pocos leñadores miserables y, por desgracia, ¡el doctor Hâselnoss se ha marchado!

[1] Una colección de recetas respaldada por la Facultad de París.

Todo esto resultó de una serie de catástrofes muy extrañas de las que el abogado Brêmer de Pirmesens me habló el otro día.

Debe saber, maestro Frantz (dijo él), que el manantial de Spinbronn brota de una especie de caverna, de unos cinco pies de altura y doce o quince de ancho; el agua tiene una temperatura de sesenta y siete grados centígrados; es salada. En cuanto a la caverna, enteramente cubierta por fuera de musgo, hiedra y maleza, su profundidad es desconocida porque las exhalaciones calientes impiden toda entrada.

Sin embargo, extrañamente, se notó a principios del siglo pasado que los pájaros de los alrededores —zorzales, palomas, halcones— eran engullidos en ella en pleno vuelo, y nunca se supo a qué influencia misteriosa atribuir este detalle.

En 1801, en el apogeo de la temporada, debido a alguna circunstancia que aún no se ha explicado, el manantial se volvió más abundante y los bañistas, caminando abajo sobre la hierba, vieron caer un esqueleto humano tan blanco como la nieve desde la cascada.

Puede juzgar, maestro Frantz, el susto general; se pensó naturalmente que se había cometido un asesinato en Spinbronn en años recientes y que el cuerpo de la víctima había sido arrojado al manantial. Pero el esqueleto no pesaba más de una docena de francos, y Hâselnoss concluyó que debía haber permanecido más de tres siglos en la arena para haber quedado reducido a tal estado de desecación.

Este razonamiento muy plausible no impidió que una multitud de clientes, furiosos ante la idea de haber bebido el agua salina, se marcharan antes de que terminara el día; los que más padecían de gota y cálculos se consolaron. Pero como el desbordamiento continuaba, todos los escombros, el lodo y los detritos que contenía la caverna fueron expulsados en los días siguientes; un verdadero cementerio de huesos bajó de la montaña: esqueletos de animales de todo tipo —de cuadrúpedos, pájaros y reptiles—, en resumen, todo lo que uno pudiera concebir como más horrible.

Hâselnoss publicó un panfleto demostrando que todos estos huesos procedían de un mundo antediluviano: que eran huesos fósiles, acumulados allí en una especie de embudo durante el diluvio universal —es decir, cuatro mil años antes de Cristo— y que, por consiguiente, uno podía considerarlos como nada más que piedras, y que no era necesario sentir asco. Pero su obra apenas había tranquilizado a los gotosos cuando, una buena mañana, el cadáver de un zorro, luego el de un halcón con todas sus plumas, cayó de la cascada.

Era imposible establecer que estos restos fueran anteriores al Diluvio. De todos modos, el asco fue tan grande que todos hicieron sus hatillos y se fueron a tomar las aguas a otra parte.

«¡Qué infamia!», gritaban las hermosas damas, «¡qué horror! ¡Así que de ahí provenía la virtud de estas aguas minerales! Oh, ¡sería mejor morir de cálculos que continuar con tal remedio!».

Al cabo de una semana solo quedaba en Spinbronn un gran inglés que tenía gota tanto en las manos como en los pies, que se hacía llamar Sir Thomas Hawerburch, comodoro; y traía un gran séquito, según el uso de un súbdito británico en tierras extranjeras.

Este personaje, grande y gordo, de tez florida, pero con las manos simplemente anudadas por la gota, habría bebido sopa de esqueleto si eso hubiera curado su dolencia. Se reía de buena gana de la deserción de los otros pacientes y se instaló en el chalet más bonito a mitad de precio, anunciando su intención de pasar el invierno en Spinbronn.

* * * * *

(Aquí el abogado Brêmer absorbió lentamente una amplia pizca de rapé como para avivar sus recuerdos; se sacudió su gorguera de encaje con la punta de los dedos y continuó:)

* * * * *

Cinco o seis años antes de la Revolución de 1789, un joven médico de Pirmesens, llamado Christian Weber, se había ido a Santo Domingo con la esperanza de hacer fortuna. Había amasado realmente unos cien mil francos en el ejercicio de su profesión cuando estalló la revuelta de los negros.

No necesito recordarle el trato bárbaro al que fueron sometidos nuestros desafortunados compatriotas en Haití. El doctor Weber tuvo la suerte de escapar de la masacre y salvar parte de su fortuna. Luego viajó por América del Sur y, especialmente, por la Guayana Francesa. En 1801 regresó a Pirmesens y se estableció en Spinbronn, donde el doctor Hâselnoss le cedió su casa y su difunta clientela.

Christian Weber trajo consigo a una vieja negra llamada Agatha: una criatura espantosa, con la nariz chata y los labios tan grandes como su puño, y la cabeza atada con tres pañuelos de colores cortantes. Esta pobre anciana adoraba el rojo; tenía pendientes que le colgaban hasta los hombros, y los montañeses del Hundsrück venían de seis leguas a la redonda para mirarla.

En cuanto al doctor Weber, era un hombre alto y delgado, vestido invariablemente con una casaca azul cielo con faldones de bacalao y calzones de piel de ciervo. Usaba un sombrero de paja flexible y botas con las vueltas de color amarillo brillante, en cuya parte delantera colgaban dos borlas de plata. Hablaba poco; su risa era como un ataque nervioso, y sus ojos grises, habitualmente tranquilos y meditativos, brillaban con un brillo singular ante la menor señal de contradicción. Cada mañana daba una vuelta alrededor de la montaña, dejando que su caballo vagara a su suerte, silbando siempre la misma melodía, alguna melodía negra o similar. Por último, este tipo raro había traído de Haití un montón de cajas de sombreros llenas de insectos extraños: algunos negros y de color marrón rojizo, grandes como huevos; otros pequeños y brillantes como chispas. Parecía darles más valor que a sus pacientes y, de vez en cuando, al regresar de sus paseos, traía una cantidad de mariposas prendidas en el ala de su sombrero.

Apenas se hubo instalado en la vasta casa de Hâselnoss cuando pobló el patio trasero con pájaros exóticos: ocas de Berbería con mejillas escarlatas, gallinas de Guinea y un pavo real blanco, que se posaba habitualmente en el muro del jardín y que compartía con la negra la admiración de los montañeses.

Si entro en estos detalles, maestro Frantz, es porque recuerdan mi primera juventud; el doctor Christian resultó ser al mismo tiempo mi primo y mi tutor, y tan pronto como regresó a Alemania vino a buscarme y a instalarme en su casa en Spinbronn. La negra Agatha a primera vista me inspiró cierto miedo, y solo me acostumbré a ese rostro fantástico con considerable dificultad; pero era una mujer tan buena, sabía tan bien cómo hacer pasteles especiados, tarareaba canciones tan extrañas con voz gutural, chasqueando los dedos y llevando el ritmo con un andar pesado, que terminé tomándole un gran cariño.

El doctor Weber era naturalmente íntimo de Sir Thomas Hawerburch, al representar al único de su clientela entonces presente, y no tardé en percibir que estos dos excéntricos mantenían largas conversaciones juntos. Conversaban sobre asuntos misteriosos, sobre la transmisión de fluidos, y se entregaban a ciertos signos extraños que uno u otro había recogido en sus viajes: Sir Thomas en Oriente y mi tutor en América. Esto me intrigaba mucho. Como hacen los niños, siempre estaba al acecho de lo que parecían querer ocultarme; pero desesperando al final de descubrir algo, tomé el camino de interrogar a Agatha, y la pobre anciana, después de hacerme prometer que no diría nada al respecto, admitió que mi tutor era un hechicero.

Por lo demás, el doctor Weber ejercía una influencia singular sobre la mente de esta negra, y esta mujer, habitualmente tan alegre y siempre lista para divertirse con nada, temblaba como una hoja cuando los ojos grises de su amo se posaban por casualidad en ella.

Todo esto, maestro Frantz, parece no tener relación con los manantiales de Spinbronn. Pero espere, espere; verá por qué singular concurso de circunstancias mi historia está conectada con ello.

Le dije que los pájaros se lanzaban a la caverna, e incluso otras criaturas más grandes. Tras la partida definitiva de los clientes, algunos de los antiguos habitantes del pueblo recordaron que una joven llamada Louise Müller, que vivía con su anciana abuela enferma en una cabaña en la ladera de la pendiente, había desaparecido repentinamente medio siglo antes. Había salido a buscar hierbas en el bosque y nunca más se supo nada de ella, excepto que, tres o cuatro días después, unos leñadores que bajaban de la montaña habían encontrado su hoz y su delantal a pocos pasos de la caverna.

Desde ese momento fue evidente para todos que el esqueleto que había caído de la cascada, sobre cuyo tema Hâselnoss había pronunciado frases tan refinadas, no era otro que el de Louise Müller. ¡La pobre chica había sido arrastrada sin duda al abismo por la influencia misteriosa que casi a diario se apoderaba de los seres más débiles!

¿Qué podría ser esta influencia? Nadie lo sabía. Pero los habitantes de Spinbronn, supersticiosos como todos los montañeses, sostenían que el diablo vivía en la caverna, y el terror se extendió por toda la región.

* * * * *

Ahora, una tarde a mediados del mes de julio de 1802, mi primo emprendió una nueva clasificación de los insectos en sus cajas. Había conseguido varios bastante curiosos la tarde anterior. Yo estaba con él, sosteniendo la vela encendida con una mano y con la otra una aguja que calentaba al rojo vivo.

Sir Thomas, sentado, con su silla inclinada contra el alféizar de una ventana, los pies sobre un taburete, nos observaba trabajar y fumaba su cigarro con aire soñador.

Yo me llevaba bien con Sir Thomas Hawerburch y lo acompañaba todos los días al bosque en su carruaje. Le gustaba oírme parlotear en inglés y deseaba hacer de mí, como él decía, un caballero completo.

Etiquetadas las mariposas, el doctor Weber abrió finalmente la caja de los insectos más grandes y dijo:

«Ayer conseguí un magnífico escarabajo ciervo, el gran Lucanus cervus de los robles del Hartz. Tiene esta peculiaridad: la garra derecha se divide en cinco ramas. Es un espécimen raro».

Al mismo tiempo le ofrecí la aguja y, mientras perforaba el insecto antes de fijarlo en el corcho, Sir Thomas, hasta entonces impasible, se levantó y, acercándose a una caja, comenzó a examinar el cangrejo araña de la Guayana con un sentimiento de horror que se reflejaba de manera sorprendente en su rostro gordo y bermellón.

«Esa es ciertamente», gritó, «la obra más espantosa de la creación. El mero hecho de verlo, ¡me hace estremecer!».

En verdad, una palidez repentina cubrió su rostro.

«¡Bah!», dijo mi tutor, «todo eso no es más que un prejuicio de la infancia: uno oye a su niñera gritar, uno tiene miedo y la impresión se queda. Pero si considerara a la araña con un microscopio potente, se asombraría del acabado de sus miembros, de su admirable disposición e incluso de su elegancia».

«Me da asco», interrumpió el comodoro bruscamente. «¡Puaj!».

Se había volteado entre sus dedos.

«¡Oh! No sé por qué», declaró, «¡las arañas siempre me han helado la sangre!».

El doctor Weber comenzó a reír y yo, que compartía los sentimientos de Sir Thomas, exclamé:

«Sí, primo, deberías sacar a esta bestia vil de la caja; es repugnante, lo estropea todo».

«Pequeño tonto», dijo, con los ojos centelleantes, «¿qué te hace mirarla? Si no te gusta, vete a otra parte».

Evidentemente se había ofendido; y Sir Thomas, que estaba entonces ante la ventana contemplando la montaña, se volvió de repente, me tomó de la mano y me dijo de una manera llena de buena voluntad:

«Tu tutor, Frantz, le tiene mucho aprecio a su araña; a nosotros nos gustan más los árboles, el verdor. Vamos, demos un paseo».

«Sí, vayan», gritó el doctor, «y vuelvan para cenar a las seis».

Luego, elevando la voz:

«Sin resentimientos, Sir Hawerburch».

El comodoro respondió riendo y subimos al carruaje, que siempre estaba esperando frente a la puerta de la casa.

Sir Thomas quería conducir él mismo y despidió a su criado. Me hizo sentar a su lado en el mismo asiento y partimos hacia Rothalps.

Mientras el carruaje ascendía lentamente por el camino de arena, una tristeza invencible se apoderó de mi espíritu. Sir Thomas, por su parte, estaba grave. Percibió mi tristeza y dijo:

«No te gustan las arañas, Frantz, y a mí tampoco. Pero, gracias al Cielo, no hay ninguna peligrosa en este país. El cangrejo araña que tu tutor tiene en su caja proviene de la Guayana Francesa. Habita en los grandes bosques pantanosos llenos de vapores cálidos, de exhalaciones abrasadoras; esta temperatura es necesaria para su vida. Su telaraña, o más bien su vasta trampa, envuelve un matorral entero. En ella atrapa pájaros como nuestras arañas atrapan moscas. Pero aleja estas imágenes repugnantes de tu mente y bebe un trago de mi viejo Borgoña».

Entonces, girándose, levantó la cubierta del asiento trasero y sacó de la paja una especie de calabaza de la que me sirvió un trago lleno en una copa de cuero.

Cuando hube bebido, todo mi buen humor regresó y comencé a reír de mi susto.

El carruaje era tirado por un pequeño caballo de las Ardenas, flaco y nervioso como una cabra, que trepaba por el camino casi perpendicular. Miles de insectos zumbaban en los arbustos. A nuestra derecha, a cien pasos o más, los sombríos confines de los bosques de Rothalp se extendían bajo nosotros, cuyas profundas sombras, ahogadas por zarzas y maleza fétida, mostraban aquí y allá una abertura llena de luz. A nuestra izquierda se desplomaba el arroyo de Spinbronn, y cuanto más subíamos, más se teñían de azur sus láminas plateadas, flotando en el abismo, y redoblaban su sonido de címbalos.

Yo estaba cautivado por este espectáculo. Sir Thomas, recostado en el asiento, con las rodillas tan altas como su barbilla, se abandonaba a sus habituales ensueños, mientras el caballo, trabajando con sus patas y colgando la cabeza sobre su pecho como contrapeso al carruaje, se sostenía como si estuviera suspendido en el flanco de la roca. Pronto, sin embargo, llegamos a una pendiente menos pronunciada: la guarida del corzo, rodeada de sombras trémulas. Siempre perdía la cabeza, y los ojos también, en una inmensa perspectiva. Ante la aparición de las sombras giré la cabeza y vi la caverna de Spinbronn muy cerca. Las brumas envolventes eran de un verde magnífico, y el arroyo que, antes de caer, se extiende sobre un lecho de arena negra y guijarros, era tan claro que uno habría pensado que estaba helado si vapores pálidos no siguieran su superficie.

El caballo acababa de detenerse por su propia voluntad para respirar; Sir Thomas, levantándose, lanzó su mirada sobre el campo.

«¡Qué calma está todo!», dijo él.

Luego, tras un instante de silencio:

«Si tú no estuvieras aquí, Frantz, sin duda me bañaría en la poza».

«Pero, comodoro», dije yo, «¿por qué no bañarse? Yo haría bien en pasear por los alrededores. En la siguiente colina hay un gran claro lleno de fresas silvestres. Iré a recoger algunas. Estaré de vuelta en una hora».

«¡Ja! Me gustaría, Frantz; es una buena idea. El doctor Weber sostiene que bebo demasiado Borgoña. Es necesario compensar el vino con agua mineral. Este pequeño lecho de arena me agrada».

Entonces, tras poner ambos pies en el suelo, ató el caballo al tronco de un pequeño abedul y agitó la mano como para decir:

«Puedes irte».

Lo vi sentarse sobre el musgo y quitarse las botas. Mientras me alejaba, se giró y gritó:

«En una hora, Frantz».

Fueron sus últimas palabras.

Una hora después regresé a la fuente. El caballo, el carruaje y la ropa de Sir Thomas fueron lo único que encontraron mis ojos. El sol se estaba poniendo. Las sombras se alargaban. Ni el canto de un pájaro bajo el follaje, ni el zumbido de un insecto en la hierba alta. ¡Un silencio como de muerte dominaba esta soledad! El silencio me asustó. Subí a la roca que domina la caverna; miré a la derecha y a la izquierda. ¡Nadie! Llamé. ¡Sin respuesta! El sonido de mi voz, repetido por los ecos, me llenó de miedo. La noche cayó lentamente. Una vaga sensación de horror me oprimía. De repente, la historia de la joven que había desaparecido acudió a mí; y comencé a descender a la carrera; pero, al llegar ante la caverna, me detuve, presa de un terror inexplicable: al lanzar una mirada a las sombras profundas de la fuente, había vislumbrado dos puntos rojos inmóviles. Luego vi largas líneas oscilando de una manera extraña en medio de la oscuridad, y eso a una profundidad donde ningún ojo humano había penetrado jamás. El miedo prestó a mi vista, y a todos mis sentidos, una sutileza de percepción inaudita. Durante varios segundos escuché muy distintamente el lamento vespertino de un grillo al borde del bosque, un perro ladrando muy lejos, muy lejos en el valle. ¡Entonces mi corazón, comprimido por un instante por la emoción, comenzó a latir furiosamente y ya no escuché nada más!

Luego, soltando un grito horrible, huí, abandonando el caballo y el carruaje. En menos de veinte minutos, saltando sobre las rocas y la maleza, llegué al umbral de nuestra casa y grité con voz sofocada:

«¡Corran! ¡Corran! ¡Sir Hawerburch ha muerto! ¡Sir Hawerburch está en la caverna—!»

Tras estas palabras, pronunciadas en presencia de mi tutor, de la vieja Agatha y de dos o tres personas invitadas esa noche por el doctor, me desmayé. He sabido desde entonces que durante toda una hora deliré.

Todo el pueblo había salido en busca del comodoro. Christian Weber los apresuró. A las diez de la noche toda la multitud regresó, trayendo el carruaje, y en el carruaje la ropa de Sir Hawerburch. No habían descubierto nada. Era imposible dar diez pasos en la caverna sin asfixiarse.

Durante su ausencia, Agatha y yo esperamos sentados en el rincón de la chimenea. Yo, aullando palabras incoherentes de terror; ella, con las manos cruzadas sobre las rodillas, los ojos muy abiertos, yendo de vez en cuando a la ventana para ver qué estaba ocurriendo, pues desde el pie de la montaña se podían ver antorchas revoloteando en los bosques. Se podían oír voces roncas, a lo lejos, llamándose en la noche.

Al acercarse su amo, Agatha comenzó a temblar. El doctor entró bruscamente, pálido, con los labios apretados, la desesperación escrita en su rostro. Una veintena de leñadores lo seguía tumultuosamente, con grandes sombreros de fieltro de alas anchas —de tez oscura— sacudiendo la ceniza de sus antorchas. Apenas estuvo en el vestíbulo, los ojos brillantes de mi tutor parecieron buscar algo. Vio a la negra y, sin que se intercambiara una palabra entre ellos, la pobre mujer comenzó a llorar:

«¡No! ¡no! ¡No quiero!».

«Y yo lo deseo», respondió el doctor en tono duro.

Se habría dicho que la negra había sido presa de un poder invencible. Se estremeció de pies a cabeza y, al mostrarle Christian Weber un banco, se sentó con una rigidez cadavérica.

Todos los presentes, testigos de este impactante espectáculo, buena gente de costumbres primitivas y rudas, pero llena de sentimientos piadosos, se santiguaron, y yo, que no conocía entonces, ni siquiera de nombre, el terrible poder magnético de la voluntad, comencé a temblar, creyendo que Agatha estaba muerta.

Christian Weber se acercó a la negra y, haciendo un pase rápido sobre su frente, dijo:

«¿Estás ahí?».

«Sí, maestro».

«¿Sir Thomas Hawerburch?».

Ante estas palabras, ella se estremeció de nuevo.

«¿Lo ves?».

«Sí... sí», jadeó con voz estrangulada, «lo veo».

«¿Dónde está?».

«Allí arriba... en el fondo de la caverna... ¡muerto!».

«¡Muerto!», dijo el doctor, «¿cómo?».

«La araña... ¡Oh! el cangrejo araña... ¡Oh!...».

«Controla tu agitación», dijo el doctor, que estaba muy pálido, «dinos claramente...».

«El cangrejo araña lo sostiene por la garganta... está allí... en el fondo... bajo la roca... envuelto en telarañas... ¡Ah!».

Christian Weber lanzó una fría mirada hacia sus ayudantes, quienes, apiñados a su alrededor y con los ojos saltándoles de las órbitas, escuchaban atentamente, y le oí murmurar:

«¡Es horrible! ¡horrible!».

Luego continuó:

«¿Lo ves?».

«Lo veo...».

«Y la araña... ¿es grande?».

«Oh, maestro, nunca... nunca he visto una tan grande... ni siquiera a orillas del Mocaris... ni en las tierras bajas de Konanama. ¡Es tan grande como mi cabeza!».

Hubo un largo silencio. Todos los ayudantes se miraron unos a otros, con los rostros lívidos y los cabellos erizados. Solo Christian Weber parecía calmado; tras pasar varias veces la mano por la frente de la negra, continuó:

«Agatha, dinos cómo le sobrevino la muerte a Sir Hawerburch».

«Se estaba bañando en la poza de la fuente... la araña lo vio por detrás, con la espalda desnuda. Tenía hambre, había ayunado durante mucho tiempo; lo vio con los brazos sobre el agua. De repente salió como un relámpago y clavó sus colmillos alrededor del cuello del comodoro, y él gritó: '¡Oh! ¡oh! ¡Dios mío!'. Picó y huyó. Sir Hawerburch se hundió en el agua y murió. Luego la araña regresó y lo rodeó con su telaraña, y él flotó suavemente, suavemente, hasta el fondo de la caverna. Tiró de la telaraña. Ahora está todo negro».

El doctor, volviéndose hacia mí, que ya no sentía la conmoción, preguntó:

«¿Es cierto, Frantz, que el comodoro fue a bañarse?».

«Sí, primo Christian».

«¿A qué hora?».

«A las cuatro».

«A las cuatro... hacía mucho calor, ¿verdad?».

«¡Oh, sí!».

«Ciertamente es así», dijo él, golpeándose la frente. «El monstruo podía salir sin miedo...».

Pronunció unas cuantas palabras ininteligibles y, luego, mirando hacia los montañeses:

«¡Amigos míos!», gritó, «de ahí es de donde provenía esta masa de escombros... de esqueletos... que sembraban el terror entre los bañistas. ¡Eso es lo que los ha arruinado a todos... es el cangrejo araña! ¡Está allí... escondido en su telaraña... esperando a su presa en el fondo de la caverna! ¿Quién puede decir el número de sus víctimas?».

Y lleno de furia, abrió camino, gritando:

«¡Faginas! ¡Faginas!».

Los leñadores lo siguieron, vociferando.

Diez minutos después, dos grandes carros cargados de faginas subían lentamente la cuesta. Una larga fila de leñadores, con las espaldas dobladas, seguía, envuelta en la sombría noche. Mi tutor y yo caminábamos delante, llevando a los caballos por las bridas, y la melancólica luna iluminaba vagamente esta marcha fúnebre. De vez en cuando las ruedas chirriaban. Luego, los carros, elevados por las irregularidades del camino rocoso, volvían a caer en la huella con una fuerte sacudida.

Al acercarnos a la caverna, en el terreno de juego de los corzos, nuestro cortejo se detuvo. Se encendieron las antorchas y la multitud avanzó hacia el abismo. El agua límpida, corriendo sobre la arena, reflejaba la llama azulada de las antorchas de resina, cuyos rayos revelaban las copas de los abetos negros inclinados sobre la roca.

«Este es el lugar para descargar», dijo entonces el doctor. «Es necesario bloquear la boca de la caverna».

Y no fue sin una sensación de terror que cada uno asumió el deber de ejecutar sus órdenes. Las faginas cayeron desde lo alto de las cargas. Algunas estacas clavadas ante la abertura de la fuente impidieron que el agua se las llevara.

Hacia medianoche, la boca de la caverna estaba completamente cerrada. El agua que corría se extendió hacia ambos lados sobre el musgo. Las faginas superiores estaban perfectamente secas; entonces el doctor Weber, provisto de una antorcha, encendió él mismo el fuego. Las llamas corrieron de rama en rama con un crepitar airado, y pronto saltaron hacia el cielo, persiguiendo nubes de humo ante ellas.

Era un espectáculo extraño y salvaje, la gran hoguera con sombras temblorosas iluminadas de esta manera.

Esta caverna arrojaba humo negro, incesantemente renovado y vomitado. Alrededor estaban los leñadores, sombríos, inmóviles, expectantes, con los ojos fijos en la abertura; y yo, aunque temblando de pies a cabeza por el miedo, no podía apartar la mirada.

Fue un buen cuarto de hora el que esperamos, y el doctor Weber empezaba a impacientarse, cuando un objeto negro, con largas garras ganchudas, apareció de repente en la sombra y se precipitó hacia la abertura.

Un grito resonó alrededor de la pira.

La araña, repelida por las brasas, volvió a entrar en su cueva. Luego, sofocada sin duda por el humo, volvió a la carga y saltó hacia afuera en medio de las llamas. Sus largas patas se enroscaron. Era tan grande como mi cabeza y de un rojo violeta.

Uno de los leñadores, temiendo que saltara fuera del fuego, le lanzó su hacha, y con tan buena puntería que al instante el fuego a su alrededor quedó cubierto de sangre. Pero pronto las llamas estallaron con más fuerza sobre ella y consumieron a la horrible destructora.

* * * * *

Tal, maestro Frantz, fue el extraño acontecimiento que destruyó la buena reputación de la que gozaban antaño las aguas de Spinbronn. Puedo certificar la escrupulosa precisión de mi relato. Pero en cuanto a darle una explicación, me sería imposible hacerlo. Al mismo tiempo, permítame decirle que no me parece absurdo admitir que una araña, bajo la influencia de una temperatura elevada por aguas termales, que ofrece las mismas condiciones de vida y desarrollo que los climas abrasadores de África y América del Sur, alcance un tamaño fabuloso. ¡Fue este mismo calor extremo el que explica la prodigiosa exuberancia de la creación antediluviana!

Sea como fuere, mi tutor, juzgando que sería imposible tras este suceso restablecer las aguas de Spinbronn, vendió la casa a Hâselnoss, para regresar a América con su negra y sus colecciones. Fui enviado a estudiar como interno a Estrasburgo, donde permanecí hasta 1809.

Los grandes acontecimientos políticos de la época que absorbían entonces la atención de Alemania y Francia explican por qué el asunto que acabo de contarles pasó completamente inadvertido.

HONORÉ DE BALZAC

Melmoth reconciliado

Al señor general barón de Pommereul, prueba de la amistad entre nuestros padres, que sobrevive en sus hijos.

DE BALZAC.

Existe una variedad especial de la naturaleza humana que se obtiene en el Reino Social mediante un proceso análogo al del oficio del jardinero en el Reino Vegetal, es decir, mediante el invernadero: una especie de híbrido que no puede ser criado ni a partir de semillas ni de esquejes. Este producto se conoce como el Cajero, un crecimiento antropomorfo, regado por la doctrina religiosa, formado en el miedo a la guillotina, podado por el vicio, para florecer en un tercer piso con una esposa estimable a su lado y una familia poco interesante. El número de cajeros en París debe ser siempre un problema para el fisiólogo. ¿Ha sido alguien capaz hasta ahora de exponer correctamente los términos del problema de proporción en el que el cajero figura como la x desconocida? ¿Dónde encontrará al hombre que viva con la riqueza, como un gato con un ratón enjaulado? Este hombre, para mayor calificación, deberá ser capaz de permanecer encerrado tras una reja de hierro durante siete u ocho horas al día durante siete octavos del año, encaramado sobre una silla de rejilla en un espacio tan estrecho como el camarote de un teniente a bordo de un barco de guerra. Tal hombre debe ser capaz de desafiar la anquilosis de las articulaciones de la rodilla y el muslo; debe tener un alma superior a la mezquindad, para poder vivir mezquinamente; debe perder todo gusto por el dinero a fuerza de manejarlo. Exija este espécimen peculiar a cualquier credo, sistema educativo, escuela o institución que desee, y seleccione París, esa ciudad de pruebas de fuego y sucursal del infierno, como el suelo en el que plantar a dicho cajero. Sea así. Credos, escuelas, instituciones y sistemas morales, todas las reglas y reglamentos humanos, grandes y pequeños, presentarán, uno tras otro, el mismo rostro que le muestra un amigo íntimo cuando le pide que le preste mil francos. Con una dolorosa caída de mandíbula, le señalarán la guillotina, casi como su amigo antes mencionado le proporcionará la dirección del prestamista, señalándole una de las cien puertas por las que un hombre llega al último refugio de los desamparados.

Sin embargo, la Naturaleza tiene sus caprichos al crear la mente de un hombre; se complace a sí misma y crea algunos hombres honestos de vez en cuando, y de vez en cuando un cajero.

Por lo tanto, esa raza de corsarios a la que dignificamos con el título de banqueros, la gente que obtiene una licencia por la que paga mil coronas, como el corsario obtiene sus patentes de corso, tiene en tal estima a estos raros productos de las incubaciones de la virtud que los encierran en jaulas en sus casas de contabilidad, tal como los gobiernos obtienen y mantienen especímenes de bestias extrañas a sus propias expensas.

Si el cajero posee imaginación o un temperamento ferviente; si, como a veces le sucederá al cajero más completo, ama a su esposa, y esa esposa se cansa de su suerte, tiene ambiciones o simplemente algo de vanidad en su composición, el cajero está perdido. Busque en las crónicas de la casa de contabilidad. No encontrará un solo caso de un cajero que alcance una posición, como se le llama. Son enviados a los presidios; se van a partes extranjeras; vegetan en un segundo piso en la Rue Saint-Louis entre los huertos del Marais. Algún día, cuando los cajeros de París cobren conciencia de su verdadero valor, apenas se podrá conseguir un cajero ni por dinero. Aún así, es cierto que hay personas que no sirven para nada más que para ser cajeros, del mismo modo que la inclinación de cierto tipo de mente conduce inevitablemente a la picardía. ¡Pero, oh maravilla de nuestra civilización! La sociedad recompensa la virtud con una renta de cien luises en la vejez, una vivienda en un segundo piso, pan suficiente, pañuelos de bandana nuevos de vez en cuando, una esposa anciana y su descendencia.

Hasta aquí la virtud. Pero para el curso opuesto, un poco de audacia, una facultad para mantenerse en el lado de barlovento de la ley, como Turenne flanqueó a Montecuculli, y la Sociedad sancionará el robo de millones, colmará al ladrón de cintas, lo atiborrará de honores y lo sofocará con consideración.

El gobierno, además, trabaja en armonía con este razonador profundamente ilógico: la Sociedad. El gobierno impone una conscripción a la inteligencia joven del reino a la edad de diecisiete o dieciocho años, una conscripción de poder precoz. La gran habilidad se agota prematuramente por el exceso de trabajo cerebral antes de ser enviada para ser sometida a un proceso de selección. Los viveristas clasifican y seleccionan las semillas de la misma manera. A este proceso, el Gobierno aporta tasadores de talento profesionales, hombres que pueden analizar cerebros como los expertos analizan el oro en la Casa de la Moneda. Quinientas de esas cabezas, encendidas por la esperanza, son enviadas anualmente por la parte más progresista de la población; y de ellas, el Gobierno toma un tercio, los mete en sacos llamados Écoles y los agita todos juntos durante tres años. Aunque cada una de estas plantas jóvenes representa un vasto poder productivo, se las convierte, por así decirlo, en cajeros. Reciben nombramientos; la base de los ingenieros está compuesta por ellos; son empleados como capitanes de artillería; no hay grado (subalterno) al que no puedan aspirar. Finalmente, cuando estos hombres, la flor y nata de la juventud de la nación, engordados con matemáticas y rellenos de conocimientos, han alcanzado la edad de cincuenta años, tienen su recompensa y reciben como precio por sus servicios el alojamiento en el tercer piso, la esposa y la familia, y todas las comodidades que endulzan la vida de la mediocridad. Si de entre esta raza de incautos escaparan cinco o seis hombres de genio que escalan las cumbres más altas, ¿no es acaso milagroso?

Esta es una declaración exacta de las relaciones entre el Talento y la Probidad por un lado, y el Gobierno y la Sociedad por otro, en una era que se considera progresista. Sin esta explicación previa, un hecho reciente en París parecería improbable; pero precedido por este resumen de la situación, quizás reciba algo de atención reflexiva por parte de mentes capaces de reconocer los verdaderos puntos de peste de nuestra civilización, una civilización que desde 1815 ha sido movida por el espíritu de lucro más que por los principios del honor.

Hacia las cinco, en una sosa tarde de otoño, el cajero de uno de los bancos más grandes de París seguía en su escritorio, trabajando bajo la luz de una lámpara que llevaba tiempo encendida. De acuerdo con el uso y costumbre del comercio, el despacho estaba en el rincón más oscuro de la planta entresuelo, de techo bajo y lejos de ser espaciosa, y al final mismo de un pasillo iluminado solo por luces prestadas. Las puertas de las oficinas a lo largo de este corredor, cada una con su etiqueta, le daban al lugar el aspecto de un establecimiento de baños. A las cuatro, el impasible portero había proclamado, según sus órdenes: «El banco está cerrado». Y a esas horas los departamentos estaban desiertos, las cartas despachadas, los empleados se habían retirado. Las esposas de los socios de la firma esperaban a sus amantes; los dos banqueros cenaban con sus queridas. Todo estaba en orden.

El lugar donde las cajas fuertes habían sido empotradas en chapa de hierro estaba justo detrás del pequeño santuario donde el cajero estaba ocupado. Sin duda, estaba cuadrando sus libros. El frente abierto dejaba ver una caja de hierro martillado, tan enormemente pesada (gracias a la ciencia del inventor moderno) que los ladrones no podían llevársela. La puerta solo se abría a placer de quienes conocían su contraseña. La cerradura de letras era un guardián que guardaba su propio secreto y no podía ser sobornado; la misteriosa palabra era una ingeniosa realización del «¡Ábrete sésamo!» de las *Mil y una noches*. Pero incluso esto no era nada. Un hombre podría descubrir la contraseña; pero a menos que conociera el secreto final de la cerradura, la *ultima ratio* de este dragón de la ciencia mecánica que custodiaba el oro, esta descargaba un trabucazo en su cabeza.

La puerta de la habitación, las paredes de la habitación, los postigos de las ventanas de la habitación, todo el lugar, de hecho, estaba forrado con chapa de hierro de un tercio de pulgada de espesor, oculto tras el fino panelado de madera. Los postigos habían sido cerrados, la puerta había sido echada. Si algún hombre podía sentirse seguro de que estaba absolutamente solo, y de que no existía la remota posibilidad de ser observado por ojos curiosos, ese hombre era el cajero de la casa de Nucingen y Compañía en la Rue Saint-Lazare.

Por consiguiente, el más profundo silencio reinaba en aquella cueva de hierro. El fuego se había extinguido en la estufa, pero la habitación estaba llena de ese calor tibio que produce la pesadez adormecedora y el mareo nauseabundo de la mañana siguiente a una orgía. La estufa es un mesmerizador que desempeña un papel nada desdeñable en la reducción de los empleados bancarios y porteros a un estado de idiotez.

Una habitación con una estufa dentro es un alambique en el que se evapora el vigor de los hombres fuertes, donde se agota su vitalidad y se debilitan sus voluntades. Las oficinas gubernamentales son parte de un gran esquema para la fabricación de la mediocridad necesaria para el mantenimiento de un Sistema Feudal sobre una base pecuniaria —y el dinero es el fundamento del Contrato Social—. (Véase *Les Employés*). Los vapores mefíticos en la atmósfera de una habitación atestada contribuyen en no pequeña medida a provocar un deterioro gradual de las inteligencias; el cerebro que despide la mayor cantidad de nitrógeno asfixia a los otros, a la larga.

El cajero era un hombre de cuarenta y cinco años o algo así. Mientras estaba sentado a la mesa, la luz de una lámpara moderadora brillaba de lleno sobre su cabeza calva y el reluciente fleco de pelo gris hierro que la rodeaba —esta calvicie y los contornos redondos de su rostro hacían que su cabeza se pareciera mucho a una bola—. Su tez era de un rojo ladrillo, unas pocas arrugas se habían reunido alrededor de sus ojos, pero tenía las manos suaves y regordetas de un hombre corpulento. Su casaca de paño azul, un poco rozada y gastada, y los pliegues y el brillo de sus pantalones, rastros de uso intenso que el cepillo de ropa no logra eliminar, impresionarían a un observador superficial con la idea de que se trataba de un ser humano ahorrador y recto, lo suficientemente filósofo o aristócrata como para vestir ropa vieja. Pero, por desgracia, es fácil encontrar personas ahorradoras en lo poco que resultarán débiles, derrochadoras o incompetentes en las cosas capitales de la vida.

El cajero llevaba la cinta de la Legión de Honor en el ojal, pues había sido mayor de dragones en tiempos del Emperador. M. de Nucingen, que había sido contratista antes de convertirse en banquero, había tenido motivos en aquellos días para conocer la disposición honorable de su cajero, quien entonces ocupaba una posición elevada. Reveses de fortuna habían sobrevenido al mayor, y el banquero, por consideración hacia él, le pagaba quinientos francos al mes. El soldado se había convertido en cajero en el año 1813, tras su recuperación de una herida recibida en Studzianka durante la Retirada de Moscú, seguida de seis meses de ocio forzoso en Estrasburgo, adonde varios oficiales habían sido trasladados por orden del Emperador para que recibieran atención especializada. Este oficial en particular, de nombre Castanier, se retiró con el grado honorífico de coronel y una pensión de dos mil cuatrocientos francos.

En diez años, el cajero había borrado por completo al soldado, y Castanier inspiraba al banquero tal confianza que estaba asociado en las transacciones que tenían lugar en el despacho privado detrás de su pequeña oficina de contabilidad. El barón mismo tenía acceso a ella mediante una escalera secreta. Allí se decidían los asuntos de negocios. Era la sala de cribado donde se filtraban las propuestas; la cámara del consejo privado donde se analizaban los informes del mercado monetario; desde allí se emitían las letras circulares; y, finalmente, allí se guardaban el libro mayor privado y el diario que resumía el trabajo de todos los departamentos.

Castanier había ido él mismo a cerrar la puerta que daba a una escalera que conducía al salón ocupado por los dos banqueros en el primer piso de su hotel. Hecho esto, se había sentado de nuevo a su escritorio y por un momento contempló una pequeña colección de cartas de crédito giradas contra la firma de Watschildine de Londres. Luego tomó la pluma e imitó la firma del banquero en cada una. «Nucingen», escribió, y observó las firmas falsificadas críticamente para ver cuál parecía la copia más perfecta.

De repente levantó la vista como si una aguja le hubiera pinchado. «¡No estás solo!», pareció gritar una voz agorera en su corazón; y, en efecto, el falsificador vio a un hombre de pie ante la pequeña ventanilla enrejada de la oficina, un hombre cuya respiración era tan silenciosa que no parecía respirar en absoluto. Castanier miró y vio que la puerta al final del pasillo estaba abierta de par en par; el extraño debía haber entrado por allí.

Por primera vez en su vida, el viejo soldado sintió una sensación de pavor que le hizo mirar boquiabierto y con los ojos muy abiertos al hombre que tenía delante; y, a decir verdad, la apariencia de la aparición era lo suficientemente alarmante incluso si no fuera acompañada por las circunstancias misteriosas de una entrada tan repentina. La frente redondeada, el color áspero del rostro largo y ovalado, indicaban tan claramente como el corte de su ropa que el hombre era un inglés, que apestaba a sus islas natales. Solo bastaba mirar el cuello de su sobretodo, la voluminosa corbata que ahogaba los volantes aplastados de una pechera tan blanca que resaltaba el inmutable tono plomizo de un rostro impasible, y la fina línea roja de los labios que parecían hechos para succionar la sangre de los cadáveres; y uno podía adivinar de inmediato las polainas negras abotonadas hasta la rodilla y el traje semipuritano de un rico inglés vestido para una excursión a pie. El brillo intolerable de los ojos del extraño producía una impresión vívida y desagradable, que solo se profundizaba por los contornos rígidos de sus rasgos. La criatura seca y demacrada parecía llevar dentro de sí algún pensamiento roedor que lo consumía y no podía ser apaciguado.

Debía haber digerido su comida tan rápidamente que sin duda podía comer continuamente sin traer rastro alguno de color a su rostro o facciones. Un barril de Tokay *vin de succession* no habría causado vacilación alguna en aquella mirada penetrante que leía los pensamientos más íntimos de los hombres, ni destronado la despiadada facultad de razonamiento que siempre parecía ir al fondo de las cosas. Había algo de la majestad feroz y tranquila de un tigre en él.

—He venido a cobrar este pagaré, señor —dijo. Castanier sintió que los tonos de su voz vibraban a través de cada nervio con un choque violento similar al producido por una descarga de electricidad.

—La caja fuerte está cerrada —dijo Castanier.

—Está abierta —dijo el inglés, mirando alrededor de la oficina—. Mañana es domingo y no puedo esperar. El importe es de quinientos mil francos. Usted tiene el dinero ahí y yo debo tenerlo.

—Pero, ¿cómo ha entrado, señor?

El inglés sonrió. Esa sonrisa asustó a Castanier. Ninguna palabra podría haber respondido más plena ni más perentoriamente que aquel rizo desdeñoso e imperial de los labios del extraño. Castanier se dio la vuelta, tomó cincuenta paquetes, cada uno conteniendo diez mil francos en billetes de banco, y se los extendió al extraño, recibiendo a cambio de ellos un pagaré aceptado por el Barón de Nucingen. Una especie de temblor convulsivo lo recorrió al ver un brillo rojo en los ojos del extraño cuando se posaron en la firma falsificada en la carta de crédito.

—... requiere su firma... —balbuceó Castanier, devolviendo el pagaré.

—Demé su pluma —respondió el inglés.

Castanier le entregó la pluma con la que acababa de cometer la falsificación. El extraño escribió *John Melmoth*, luego devolvió el trozo de papel y la pluma al cajero. Castanier miró la caligrafía, notando que se inclinaba de derecha a izquierda al estilo oriental, y Melmoth desapareció tan silenciosamente que cuando Castanier volvió a levantar la vista, una exclamación se le escapó, en parte porque el hombre ya no estaba allí, en parte porque sintió una extraña y dolorosa sensación tal como nuestra imaginación podría tomar por un efecto de veneno.

La pluma que Melmoth había manejado le envió el mismo calor enfermizo que produce un emético. Pero le parecía imposible a Castanier que el inglés hubiera adivinado su crimen. Atribuyó sus desasosiegos internos a la palpitación del corazón que, según las ideas recibidas, seguramente seguiría de inmediato a un «susto» como el que el extraño le había dado.

—Al diablo con esto; soy muy estúpido. La Providencia me está cuidando; porque si ese bruto hubiera venido a ver a mis caballeros mañana, ¡mi suerte habría estado echada! —dijo Castanier, y quemó los intentos fallidos de falsificación en la estufa.

Puso el pagaré que pretendía llevarse en un sobre y tomó quinientos mil francos en billetes de banco franceses e ingleses de la caja fuerte, que cerró con llave. Luego dejó todo en orden, encendió una vela, apagó la lámpara, tomó su sombrero y su paraguas y salió con serenidad, como de costumbre, para dejar una de las dos llaves de la cámara acorazada con Madame de Nucingen, en ausencia de su esposo el barón.

—Tiene suerte, M. Castanier —dijo la esposa del banquero mientras él entraba en su habitación—; tenemos fiesta el lunes; puede ir al campo o a Soizy.

—Madame, ¿sería tan amable de decirle a su esposo que el pagaré sobre Watschildine, que estaba fuera de plazo, acaba de ser presentado? Los quinientos mil francos han sido pagados; así que no volveré hasta el mediodía del martes.

—Adiós, monsieur; espero que se divierta.

—Lo mismo le deseo a usted, madame —respondió el viejo dragón mientras salía. Lanzó una mirada mientras hablaba a un joven muy conocido en la alta sociedad de aquel entonces, un M. de Rastignac, quien era considerado el amante de Madame de Nucingen.

—Madame —observó este último—, el viejo me parece como si tuviera intención de jugarle alguna mala pasada.

—¡Bah! imposible; es demasiado estúpido.

—Piquoizeau —dijo el cajero, entrando en la habitación del portero—, ¿qué te hizo dejar subir a alguien después de las cuatro?

—He estado fumando una pipa aquí en la puerta desde las cuatro —dijo el hombre—, y nadie ha entrado en el banco. Nadie ha salido tampoco, excepto los señores...

—¿Estás completamente seguro?

—Sí, bajo mi palabra y honor. Aunque, espere, a las cuatro vino el amigo de M. Werbrust, un joven de los señores du Tillet & Co., en la Rue Joubert.

—Está bien —dijo Castanier, y se apresuró a marcharse.

La sensación enfermiza de calor que había sentido cuando recuperó la pluma regresó con mayor intensidad. «¡Mille diables!», pensó mientras se abría camino por el Boulevard de Gand, «¿no he tomado las precauciones adecuadas? ¡Déjame pensar! Dos días completos, domingo y lunes, luego un día de incertidumbre antes de que empiecen a buscarme; en total, tres días y cuatro noches de respiro. Tengo un par de pasaportes y dos disfraces diferentes; ¿no es eso suficiente para despistar al detective más inteligente? El martes por la mañana retiraré un millón de francos en Londres antes de que se haya despertado la más mínima sospecha. Dejo mis deudas atrás para beneficio de mis acreedores, que pondrán una 'P' en las letras, y viviré cómodamente en Italia el resto de mis días como el Conte Ferraro. Estaba solo con él cuando murió, pobre diablo, en el pantano de Zembin, y me deslizaré en su pellejo... ¡Mille diables! ¡la mujer que ha de seguirme podría darles una pista! ¡Pensar en un viejo veterano como yo tan encaprichado como para atarme a la falda de una mujer!... ¿Por qué llevarla? Debo dejarla atrás. Sí, podría decidirme a ello; pero... me conozco... sería lo bastante idiota como para volver por ella. Aun así, nadie conoce a Aquilina. ¿La llevo o la dejo?».

—¡No la llevarás! —gritó una voz que llenó a Castanier de un pavor enfermizo. Se volvió bruscamente y vio al inglés.

—¡El diablo está en esto! —gritó el cajero en voz alta.

Melmoth había pasado a su víctima en ese momento; y si el primer impulso de Castanier había sido buscar una pelea con un hombre que leía sus propios pensamientos, estaba tan desgarrado por sentimientos opuestos que el resultado inmediato fue una parálisis temporal. Cuando reanudó su camino, volvió a caer en esa fiebre de irresolución que acosa a aquellos que están tan arrastrados por la pasión que están listos para cometer un crimen, pero no tienen suficiente fuerza de carácter para guardárselo sin sufrir terriblemente en el proceso. Así, aunque Castanier se había decidido a cosechar los frutos de un crimen que ya estaba medio ejecutado, dudaba en llevar a cabo sus designios. Para él, como para muchos hombres de carácter mixto en los que la debilidad y la fuerza están igualmente mezcladas, la consideración más insignificante determina si continuarán llevando vidas irreprochables o se volverán activamente criminales. En las vastas masas de hombres alistados en los ejércitos de Napoleón había muchos que, como Castanier, poseían el valor puramente físico exigido en el campo de batalla, pero carecían del valor moral que hace a un hombre tan grande en el crimen como podría haberlo sido en la virtud.

La carta de crédito estaba redactada en tales términos que inmediatamente a su llegada podría retirar veinticinco mil libras de la firma Watschildine, los corresponsales londinenses de la casa Nucingen. La casa de Londres ya había sido avisada del giro que estaba a punto de realizarse contra ellos; él mismo les había escrito. Había dado instrucciones a un agente (elegido al azar) para que tomara su pasaje en un barco que debía salir de Portsmouth con una familia inglesa acomodada a bordo, que iba a Italia, y el pasaje había sido pagado en nombre del Conte Ferraro. Los detalles más pequeños del plan habían sido pensados. Había arreglado las cosas de modo que desviaran la búsqueda que se haría de él hacia Bélgica y Suiza, mientras él mismo estaba en el mar en el barco inglés. Entonces, para cuando Nucingen pudiera halagarse de estar sobre la pista de su antiguo cajero, dicho cajero, como el Conte Ferraro, esperaba estar a salvo en Nápoles. Había decidido desfigurarse el rostro para disfrazarse más completamente y, mediante un ácido, imitar las cicatrices de la viruela. Sin embargo, a pesar de todas estas precauciones, que seguramente parecían como si debieran asegurarle una inmunidad total, su conciencia lo atormentaba; tenía miedo. La vida tranquila y pacífica que había llevado durante tanto tiempo había modificado la moralidad del campamento. Su vida estaba sin mancha hasta entonces; no podía ensuciarla sin un dolor. Así que, por última vez, se abandonó a todas las influencias de su mejor yo que se resistía enérgicamente.

—¡Bah! —dijo al fin, en la esquina del Boulevard y la Rue Montmartre—, tomaré un coche después del teatro esta noche y me iré a Versalles. Una posta estará lista para mí en casa de mi antiguo sargento mayor. Él guardaría mi secreto incluso si una docena de hombres estuvieran listos para acribillarlo. Las probabilidades están todas a mi favor, por lo que veo; así que llevaré a mi pequeña Naqui conmigo, y me iré.

—¡No te irás! —exclamó el inglés, y los extraños tonos de su voz devolvieron toda la sangre del cajero a su corazón.

Melmoth subió a un tilbury que lo estaba esperando y fue llevado tan rápidamente que cuando Castanier levantó la vista vio a su enemigo a unos cien pasos de distancia de él, y antes de que siquiera se le pasara por la mente cortar la retirada del hombre, el tilbury estaba lejos, subiendo por el Boulevard Montmartre.

—Bueno, por mi palabra, ¡hay algo sobrenatural en esto! —dijo para sí mismo—. Si fuera tan tonto como para creer en Dios, pensaría que ha puesto a San Miguel tras mis pasos. ¿Suponiendo que el diablo y la policía me dejaran hacer lo que quisiera, para agarrarme en el momento justo? ¿Alguien vio algo igual? Pero bueno, esto es una locura...

Castanier fue por la Rue du Faubourg-Montmartre, disminuyendo el paso a medida que se acercaba a la Rue Richer. Allí, en el segundo piso de un bloque de edificios que daba a unos jardines, vivía la causa inconsciente del crimen de Castanier: una joven conocida en el barrio como Mme. de la Garde. Debe darse una breve historia de ciertos eventos en la vida pasada del cajero para explicar estos hechos, y para dar una presentación completa de la crisis cuando cedió a la tentación.

Mme. de la Garde decía que era piamontesa. Nadie, ni siquiera Castanier, sabía su verdadero nombre. Era una de esas jóvenes que son empujadas por la miseria extrema, por la incapacidad de ganarse la vida o por el miedo a morir de hambre, a recurrir a un oficio que la mayoría de ellas detesta, muchas consideran con indiferencia y algunas pocas siguen en obediencia a las leyes de su constitución. Pero al borde del abismo de la prostitución en París, la joven de dieciséis años, hermosa y pura como la Virgen, se había encontrado con Castanier. El viejo dragón era demasiado rudo y sencillo para abrirse camino en la sociedad, y estaba cansado de caminar por el bulevar por la noche y del tipo de conquistas hechas allí con oro. Desde hacía algún tiempo deseaba traer cierta regularidad a una vida irregular. Quedó impresionado por la belleza de la pobre criatura que había llegado por azar a sus brazos, y su determinación de rescatarla de la vida de las calles era mitad benevolente, mitad egoísta, como suelen ser algunos de los pensamientos de los mejores hombres. Las condiciones sociales mezclan elementos de maldad con los impulsos de bondad natural del corazón, y la mezcla de motivos subyacente a las intenciones de un hombre debería juzgarse con indulgencia. Castanier tenía la suficiente inteligencia como para ser muy astuto donde estaban en juego sus propios intereses. Así que decidió ser un filántropo en ambos aspectos, y al principio la convirtió en su amante.

«¡Eh! ¡eh!», se dijo a sí mismo, a su manera soldadesca, «soy un viejo lobo, y una oveja no me va a tomar el pelo. Castanier, viejo, antes de instalarte en la casa, reconoce un poco el carácter de la chica y mira si es de una clase constante».

Esta unión irregular dio al piamontés un estatus lo más cercano posible a la respetabilidad entre aquellos que el mundo se niega a reconocer. Durante el primer año ella tomó el nombre de guerra de Aquilina, uno de los personajes de *Venice Preserved* que había leído por casualidad. Imaginaba que se parecía a la cortesana en el rostro y en su aspecto general, y en cierta precocidad de corazón y cerebro de la que era consciente. Cuando Castanier descubrió que su vida era tan ordenada y virtuosa como era posible para una proscrita social, manifestó el deseo de que vivieran como marido y mujer. Así que ella tomó el nombre de Mme. de la Garde, para acercarse, tanto como los usos parisinos lo permiten, a las condiciones de un verdadero matrimonio. De hecho, muchas de estas desafortunadas chicas tienen una idea fija: ser consideradas como mujeres respetables de clase media, que llevan vidas monótonas de fidelidad a sus maridos; mujeres que serían excelentes madres, encargadas de las cuentas del hogar y remendadoras de la ropa de casa. Este anhelo nace de un sentimiento tan loable que la sociedad debería tenerlo en cuenta. Pero la sociedad, incorregible como siempre, persistirá sin duda en considerar a la mujer casada como una corbeta debidamente autorizada por su bandera y sus papeles para seguir su propio curso, mientras que la mujer que es esposa en todo menos en el nombre es una pirata y una proscrita por falta de un documento. Llegó un día en que Mme. de la Garde habría querido firmar como «Mme. Castanier». El cajero se sintió molesto por esto.

«¿Así que no me amas lo suficiente como para casarte conmigo?», dijo ella.

Castanier no respondió; estaba absorto en sus pensamientos. La pobre chica se resignó a su destino. El ex dragón estaba desesperado. El corazón de Naqui se ablandó hacia él al ver su problema; trató de calmarlo, pero ¿qué podía hacer ella cuando no sabía qué le afligía? Cuando Naqui se decidió a conocer el secreto, aunque nunca le hizo una pregunta, el cajero confesó tristemente la existencia de una Mme. Castanier. Esta esposa legítima, mil veces maldita, vivía de forma humilde en Estrasburgo en una pequeña propiedad; él le escribía dos veces al año y guardaba el secreto de su existencia tan bien, que nadie sospechaba que estuviera casado. ¿La razón de esta reserva? Si es familiar para muchos militares que pueden encontrarse en una situación similar, tal vez valga la pena contar la historia.

Tu soldado genuino (si es lícito aquí emplear la palabra que en el ejército significa un hombre destinado a morir como capitán) es una especie de siervo, parte integrante de su regimiento, una criatura esencialmente simple, y Castanier estaba marcado por la naturaleza como víctima de las artimañas de las madres con hijas mayores que llevaban demasiado tiempo sin casarse. Fue en Nancy, durante uno de esos breves intervalos de reposo en los que los ejércitos imperiales no estaban en servicio activo en el extranjero, que Castanier tuvo la mala suerte de prestar algo de atención a una joven con la que bailó en un *ridotto*, el nombre provincial para los entretenimientos que a menudo daban los militares a los habitantes de la ciudad, o viceversa, en las ciudades de guarnición. Se puso en marcha inmediatamente un plan para atraer al galante capitán al matrimonio, uno de esos planes por los cuales las madres aseguran cómplices en un corazón humano tocando todos sus resortes, mientras convierten a todos sus amigos en co-conspiradores. Como todas las personas poseídas por una idea, estas damas lo presionan todo al servicio de su gran proyecto, elaborando lentamente sus trampas, casi como la hormiga león excava su embudo en la arena y aguarda en el fondo a su víctima. ¿Supongamos que nadie se extravía, después de todo, en ese laberinto cuidadosamente construido? ¿Supongamos que la hormiga león muere de hambre y sed en su fosa? Tales cosas pueden ser, pero si alguna criatura desprevenida entra alguna vez, nunca sale. Se probaron todos los hilos que se podían tirar para inducir la acción por parte del capitán; se hicieron llamamientos a los motivos secretos interesados que siempre entran en juego en tales casos; trabajaron en las esperanzas de Castanier y en las debilidades y la vanidad de la naturaleza humana. Por desgracia, él había elogiado a la hija ante su madre cuando la devolvió después de un vals, siguió una pequeña charla y luego una invitación de la manera más natural del mundo. Una vez introducido en la casa, el dragón quedó deslumbrado por la hospitalidad de una familia que parecía ocultar su verdadera riqueza bajo un espectáculo de cuidadosa economía. Fue hábilmente halagado por todos lados, y todos elogiaron para su beneficio los diversos tesoros allí exhibidos. Una cena bien programada, servida en vajilla prestada por un tío, la atención mostrada hacia él por la única hija de la casa, los chismes del pueblo, un subteniente acomodado que parecía probable que le cortara el paso... todas las innumerables trampas, en resumen, de la hormiga león provincial le fueron tendidas, y con tan buen propósito, que Castanier dijo cinco años después: «¡Hasta el día de hoy no sé cómo ocurrió!».

El dragón recibió quince mil francos con la dama, quien, tras dos años de matrimonio, se convirtió en la mujer más fea y, por consiguiente, más irritable de la tierra. Por suerte, no tuvieron hijos. La tez clara (mantenida por un régimen espartano), el color fresco y brillante de su rostro, que hablaba de una modestia encantadora, se cubrió de manchas y granos; su figura, que había parecido tan erguida, se volvió torcida, el ángel se convirtió en una criatura sospechosa y gruñona que volvía loco a Castanier. Entonces la fortuna levantó el vuelo. Por fin, el dragón, al no reconocer ya a la mujer con la que se había casado, la dejó vivir en una pequeña propiedad en Estrasburgo, hasta el momento en que le pluguiera a Dios llevársela para adornar el Paraíso. Era una de esas mujeres virtuosas que, por falta de otra ocupación, cansarían la vida de un ángel con quejas, que rezan hasta que (si sus oraciones son escuchadas en el cielo) deben agotar la paciencia del Todopoderoso, y dicen todo lo que es malo de sus maridos en murmullos de paloma durante una partida de *boston* con sus vecinos. Cuando Aquilina se enteró de todos estos problemas, se aferró aún más afectuosamente a Castanier, y le hizo tan feliz, variando con el ingenio de una mujer los placeres con los que llenaba su vida, que sin saberlo ella fue la causa de la caída del cajero.

Como muchas mujeres que parecen destinadas por naturaleza a sondear todas las profundidades del amor, Mme. de la Garde era desinteresada. No pedía oro ni joyas, no pensaba en el futuro, vivía enteramente para el presente y para los placeres del presente. Aceptaba adornos y vestidos caros, el carruaje tan codiciado por las mujeres de su clase, como una armonía más en el cuadro de la vida. No había absolutamente nada de vanidad en su deseo de no aparecer con mejor ventaja, sino de verse más hermosa, y, además, ninguna mujer podría vivir sin lujos más alegremente. Cuando un hombre de naturaleza generosa (y los militares son mayormente de este tipo) se encuentra con una mujer así, siente una especie de exasperación al encontrarse en deuda con ella en cuanto a generosidad. Siente que podría detener un coche de correo para conseguir dinero para ella si no tiene suficiente para sus caprichos. Cometerá un crimen si así puede ser grande y noble a los ojos de alguna mujer o de su público especial; tal es la naturaleza del hombre. Tal amante es como un jugador que se sentiría deshonrado a sus propios ojos si no devolviera la suma que pidió prestada a un camarero en una casa de juego; pero no retrocederá ante ningún crimen, dejará a su mujer y a sus hijos sin un centavo, y robará y asesinará, si así puede llegar a la mesa de juego con una bolsa llena, y su honor permanecerá inmaculado entre los frecuentadores de esa fatal morada. Así fue con Castanier.

Había comenzado instalando a Aquilina en una modesta vivienda en el cuarto piso, siendo los muebles del tipo más sencillo. Pero cuando vio la belleza y las grandes cualidades de la chica, cuando hubo conocido una felicidad inexpresable e inesperada con ella, comenzó a adorarla, y anheló adornar a su ídolo. Entonces, el vestuario de Aquilina estaba tan cómicamente fuera de lugar en su pobre morada, que por el bien de ambos era claramente necesario mudarse. El cambio se tragó casi todos los ahorros de Castanier, pues amuebló su paraíso doméstico con toda la prodigalidad que se prodiga a una amante mantenida. Una mujer bonita debe tener todo bonito a su alrededor; la unidad de encanto en la mujer y su entorno la distingue de entre su sexo. Este sentimiento de homogeneidad, de hecho, aunque a menudo ha escapado a la atención de los observadores, es instintivo en la naturaleza humana; y el mismo impulso lleva a las solteronas ancianas a rodearse de lúgubres reliquias del pasado. Pero la encantadora piamontesa debía tener las modas más nuevas y recientes, y todo lo que hubiera más delicado y bonito en telas para cortinajes, en sedas o joyas, en porcelana fina y otros artículos quebradizos y frágiles. Ella no pedía nada; pero cuando se le pedía que hiciera una elección, cuando Castanier le preguntaba: «¿Cuál te gusta?», ella respondía: «¡Vaya, este es el más bonito!». El amor nunca cuenta el costo, y por lo tanto Castanier siempre tomaba el «más bonito».

Una vez establecido el estándar, no quedaba más remedio que hacer que todo en el hogar estuviera en conformidad, desde la ropa de cama, la plata y el cristal a través de mil y un artículos de gasto hasta las ollas y sartenes en la cocina. Castanier había querido «hacer las cosas de forma sencilla», como suele decirse, pero gradualmente se encontró cada vez más endeudado. Un gasto traía consigo otro. El reloj pedía apliques de velas. Debían encenderse fuegos en las rejillas ornamentales, pero las cortinas y los cortinajes eran demasiado frescos y delicados para ser ensuciados por el hollín, así que debían ser reemplazados por chimeneas patentadas y elaboradas, garantizadas para no emitir humo, invenciones recientes de la gente que es hábil en la elaboración de un prospecto. Luego, a Aquilina le parecía tan agradable correr descalza sobre la alfombra de su habitación que Castanier tuvo que hacer colocar alfombras suaves por todas partes para el placer de jugar con Naqui. Se construyó también un cuarto de baño para ella, todo con el fin de que estuviera más cómoda.

Los comerciantes, obreros y fabricantes de París tienen una misteriosa habilidad para agrandar un agujero en la bolsa de un hombre. No pueden dar el precio de nada al preguntar; y como el paroxismo del anhelo no puede soportar la demora, los pedidos se hacen a la luz tenue de una estimación aproximada del costo. Las mismas personas nunca envían las facturas de inmediato, sino que inundan al comprador con muebles hasta que le da vueltas la cabeza. Todo es tan bonito, tan encantador; y todo el mundo está satisfecho.

Unos meses después, los solícitos vendedores de muebles se metamorfosean y reaparecen en forma de totales alarmantes en facturas que llenan el alma con su horrible clamor; necesitan urgentemente el dinero; están, por así decirlo, al borde de la bancarrota, sus lágrimas fluyen, ¡es desgarrador escucharlos! Y entonces... el abismo se abre y entrega columnas cerradas de cifras que marchan de cuatro en fondo; cuando, de hecho, deberían haber salido inocentemente de tres en tres.

Antes de que Castanier tuviera idea de cuánto había gastado, había hecho arreglos para que Aquilina tuviera un carruaje de una casa de alquiler cuando saliera, en lugar de un coche de punto. Castanier era un glotón; contrató a un excelente cocinero; y Aquilina, para complacerlo, hacía ella misma las compras de frutas y verduras tempranas, manjares raros y vinos exquisitos. Pero, como Aquilina no tenía nada propio, estos regalos suyos, tan preciosos por razón del pensamiento, el tacto y la amabilidad que los motivaban, no dejaban de ser un drenaje para la bolsa de Castanier; no le gustaba que a su Naqui le faltara dinero, y Naqui no podía guardar dinero en su bolsillo. Así que la mesa era un gasto pesado para un hombre con los ingresos de Castanier. El ex dragón se vio obligado a recurrir a varios subterfugios para obtener dinero, pues no podía resignarse a renunciar a esta vida deliciosa. Amaba demasiado a la mujer como para oponerse a los caprichos de la amante. Era uno de esos hombres que, por amor propio o por debilidad de carácter, no pueden negar nada a una mujer; la falsa vergüenza los domina, y prefieren enfrentar la ruina que hacer las admisiones: «No puedo...» «Mis medios no me lo permitirán...» «No puedo permitírmelo...».

Cuando, por tanto, Castanier vio que si quería salir del abismo de deudas en el que se había hundido, debía separarse de Aquilina y vivir de pan y agua, era tan incapaz de prescindir de ella o de cambiar sus hábitos de vida, que diariamente posponía sus planes de reforma hasta el día siguiente. Las deudas eran apremiantes, y comenzó pidiendo dinero prestado. Su posición y carácter previo inspiraban confianza, y de esto se aprovechó para idear un sistema de pedir prestado dinero según lo necesitaba. Luego, como la cantidad total de la deuda aumentaba rápidamente, recurrió a esos inventos comerciales conocidos como *letras de favor*. Este tipo de letra no representa bienes u otro valor recibido, y el primer endosante paga la cantidad mencionada por la persona solícita que la acepta. Esta especie de fraude es tolerado porque es imposible detectarlo, y, además, es un fraude imaginario que solo se vuelve real si el pago es finalmente rechazado.

Cuando, finalmente, fue evidentemente imposible pedir prestado por más tiempo, ya fuera porque la cantidad de la deuda era ahora mucho mayor, o porque Castanier era incapaz de pagar la gran cantidad de intereses sobre las sumas de dinero mencionadas, el cajero vio la bancarrota ante él. Al hacer este descubrimiento, decidió por una bancarrota fraudulenta en lugar de un fallo ordinario, y prefirió un crimen a un delito menor. Decidió, al estilo del célebre cajero de la Tesorería Real, abusar de la confianza merecidamente ganada, y aumentar el número de sus acreedores realizando un préstamo final de la suma suficiente para mantenerlo cómodamente en un país extranjero por el resto de sus días. Todo esto, como se ha visto, se había preparado para hacerlo.

Aquilina no sabía nada de las molestas preocupaciones de esta vida; disfrutaba de su existencia, como hace muchas mujeres, sin hacer ninguna pregunta sobre de dónde venía el dinero, del mismo modo que otras personas comerán sus panecillos con mantequilla sin ser perturbadas por ningún espíritu inquieto de curiosidad sobre el cultivo y el crecimiento del trigo; pero así como el trabajo y los errores de cálculo de la agricultura yacen al otro lado del horno del panadero, así, bajo el lujo no apreciado de muchos hogares parisinos yacen ansiedades intolerables y un trabajo exorbitante.

Mientras Castanier soportaba la tortura de la tensión, y sus pensamientos estaban llenos del acto que cambiaría toda su vida, Aquilina estaba tumbada lujosamente en un gran sillón junto a la chimenea, distrayendo el tiempo charlando con su doncella. Como sucede frecuentemente en tales casos, la criada se había convertido en confidente de la amante, después de que Jenny se hubiera asegurado de que el ascendiente de su ama sobre Castanier era completo.

«¿Qué vamos a hacer esta noche? León parece decidido a venir», decía Mme. de la Garde, mientras leía una apasionada epístola redactada en un papel de notas gris claro.

«¡Aquí está el amo!», dijo Jenny.

Castanier entró. Aquilina, de ninguna manera desconcertada, arrugó la carta, la tomó con las tenazas y la sostuvo en las llamas.

«Así que eso es lo que haces con tus cartas de amor, ¿es eso?», preguntó Castanier.

«Oh, Dios, sí», dijo Aquilina; «¿no es la mejor manera de mantenerlas a salvo? Además, el fuego debería ir al fuego, como el agua busca el río».

«Estás hablando como si fuera una verdadera carta de amor, Naqui...»

«Bueno, ¿no soy lo suficientemente hermosa para recibirlas?», dijo, levantando la frente para un beso. Había un descuido en su manera que le habría dicho a cualquier hombre menos ciego que Castanier que era solo una pieza de deber conyugal, por así decirlo, dar este placer al cajero; pero el uso y la costumbre habían llevado a Castanier al punto donde la claridad de visión ya no es posible para el amor.

«He tomado un palco en el Gymnase esta noche», dijo; «cenemos temprano, y así no tendremos que cenar de prisa».

«Ve y lleva a Jenny. Estoy cansada de las obras de teatro. No sé qué me pasa esta noche; prefiero quedarme aquí junto al fuego».

«Ven, de todos modos, Naqui; no estaré aquí para aburrirte mucho más. Sí, Quiqui, voy a partir esta noche, y pasará algún tiempo antes de que vuelva. Lo dejo todo bajo tu cuidado. ¿Guardarás tu corazón para mí también?»

«Ni mi corazón ni ninguna otra cosa», dijo ella; «pero cuando vuelvas, Naqui seguirá siendo Naqui para ti».

«Bueno, esto es franqueza. ¿Así que no me seguirías?»

«No».

«¿Por qué no?»

«¡Eh! bueno, ¿cómo puedo dejar al amante que me escribe notas tan dulces?», preguntó, señalando el trozo de papel ennegrecido con una sonrisa burlona.

«¿Hay algo de verdad en ello?», preguntó Castanier. «¿Tienes realmente un amante?»

«¡De verdad!», gritó Aquilina; «¿y nunca lo has pensado seriamente, querido? Para empezar, tienes cincuenta años. Luego tienes justo el tipo de cara para poner en un puesto de frutas; si la mujer intentara venderte como una calabaza, nadie la contradiría. Jadeas y resoplas como una foca cuando subes las escaleras; ¡tu barriga sube y baja como el diamante en la frente de una mujer! Está bastante claro que serviste en los dragones; eres un hombre viejo de aspecto muy feo. Patrañas. Si tienes alguna intención de mantener mi respeto, te recomiendo que no añadas imbecilidad a estas cualidades imaginando que una chica como yo se contentará con tu amor asmático, y no buscará juventud, buen aspecto y placer como variedad...»

«¡Aquilina! te estás riendo, ¿verdad?»

«Oh, muy bien; ¿y no te estás riendo tú también? ¿Me tomas por tonta, diciéndome que te vas a ir? "¡Voy a partir esta noche!"», dijo, imitando sus tonos. «¡Pamplinas! ¿Hablarías así si realmente te fueras a ir de tu Naqui? ¡Llorarías, como el bobo que eres!»

«Después de todo, si me voy, ¿me seguirás?», preguntó.

«Dime primero si este viaje tuyo es una mala broma o no».

«Sí, en serio, me voy».

«Bueno, entonces, en serio, me quedaré. ¡Buen viaje, chico! Esperaré hasta que vuelvas. Antes dejaría la vida que dejar mi querido y acogedor París...»

«¿No vendrás a Italia, a Nápoles, y llevarás una vida agradable allí... una vida deliciosa y lujosa, con este viejo gordo tuyo, que jadea y resopla como una foca?»

«No».

«¡Chica desagradecida!»

«¿Desagradecida?», gritó, poniéndose en pie. «Podría dejar esta casa en este momento y no llevarme nada de ella más que a mí misma. Te habré dado todos los tesoros que una chica joven puede dar, y algo que no todas las gotas en tus venas y las mías podrán devolverme nunca. Si, por cualquier medio, vendiendo mis esperanzas de eternidad, por ejemplo, pudiera recuperar mi pasado, tanto en cuerpo como en alma (pues tal vez he redimido mi alma), y ser pura como un lirio para mi amante, ¡no dudaría ni un momento! ¿Qué clase de devoción ha recompensado la mía? Me has alojado y alimentado, igual que das comida y una caseta a un perro porque es una protección para la casa, y puede recibir patadas cuando estamos de mal humor, y lamer nuestras manos tan pronto como nos complace llamarlo. ¿Y cuál de nosotros dos habrá sido el más generoso?»

—¡Oh, querida niña! ¿No ves que estoy bromeando? —respondió Castanier—. Voy a hacer un viaje corto; no estaré fuera mucho tiempo. Pero ven conmigo al Gymnase; partiré justo antes de medianoche, después de que haya tenido tiempo de despedirme de ti.

—¡Pobre tesoro! Así que te vas de verdad, ¿no es así? —dijo ella. Le rodeó el cuello con los brazos y atrajo su cabeza hacia su corpiño.

—¡Me estás asfixiando! —gritó Castanier, con el rostro enterrado en el pecho de Aquilina. Aquella joven se volvió para decir al oído de Jenny: —Ve a buscar a Léon y dile que no venga hasta la una. Si no lo encuentras y viene aquí durante la despedida, retenlo en tu habitación. Bien —continuó, soltando a Castanier y dándole un tirón en la punta de la nariz—, no importa, el más guapo de los focas que eres. Iré contigo al teatro esta noche. Pero todo a su tiempo; ¡vamos a cenar! Hay una cena deliciosa para ti, justo como te gusta.

—¡Es muy difícil separarse de una mujer como tú! —exclamó Castanier.

—Muy bien, entonces, ¿por qué te vas? —preguntó ella.

—¡Ah! ¿Por qué? ¿Por qué? Si empezara a explicar las razones del porqué, tendría que decirte cosas que te probarían que te amo casi hasta la locura. ¡Ah! Si tú has sacrificado tu honor por mí, yo he vendido el mío por ti; estamos a mano. ¿Es eso amor?

—¿A qué viene todo esto? —dijo ella—. Vamos, prométeme que si yo tuviera un amante, seguirías amándome como un padre; ¡eso sería amor! Vamos, promételo ahora mismo y dame tu mano por ello.

—Te mataría —y Castanier sonrió mientras hablaba.

Se sentaron a la mesa y de allí fueron al Gymnase. Cuando terminó la primera parte de la función, a Castanier se le ocurrió dejarse ver por algunos de sus conocidos en la sala, para disipar cualquier sospecha sobre su partida. Dejó a Mme. de la Garde en el palco de esquina donde estaba sentada, según su modesta costumbre, y se fue a pasear por el vestíbulo. No había dado muchos pasos cuando vio al inglés y, con un repentino retorno de la náusea febril que ya una vez había vibrado a través de él, y del terror que ya había sentido, se encontró cara a cara con Melmoth.

—¡Falsificador!

Ante esa palabra, Castanier miró a las personas que se movían a su alrededor. Le pareció ver asombro y curiosidad en sus ojos y, deseando librarse de aquel inglés de inmediato, levantó la mano para golpearlo; pero sintió su brazo paralizado por un poder invisible que minó sus fuerzas y lo clavó en el sitio. Permitió que el extraño lo tomara del brazo y caminaron juntos hacia el camerino como dos amigos.

—¿Quién es lo bastante fuerte para resistirse a mí? —dijo el inglés, dirigiéndose a él—. ¿No sabes que todo aquí en la tierra debe obedecerme, que está en mi poder hacerlo todo? Leo los pensamientos de los hombres, veo el futuro y conozco el pasado. Estoy aquí, y puedo estar en otros lugares también. El tiempo, el espacio y la distancia no son nada para mí. El mundo entero está a mi disposición. Tengo el poder del disfrute continuo y de dar alegría. Puedo ver a través de las paredes, descubrir tesoros ocultos y llenarme las manos con ellos. Los palacios surgen a mi gesto, y mi arquitecto no comete errores. Puedo hacer que todas las tierras florezcan, amontonar su oro y sus piedras preciosas, y rodearme de mujeres hermosas y rostros siempre nuevos; todo se rinde a mi voluntad. Podría apostar en la Bolsa, y mis especulaciones serían infalibles; pero un hombre que puede encontrar los tesoros que los avaros han escondido en la tierra no necesita preocuparse por las acciones. Siente la fuerza de la mano que te agarra; ¡pobre desgraciado, condenado a la vergüenza! ¡Intenta doblar el brazo de hierro! ¡Intenta ablandar el corazón de diamante! ¡Huye de mí si te atreves! Escucharías mi voz en las profundidades de las cavernas que yacen bajo el Sena; podrías esconderte en las Catacumbas, ¿pero no me verías allí? Mi voz podría escucharse a través del estruendo del trueno, mis ojos brillan tanto como el sol, ¡pues soy igual a Lucifer!

Castanier escuchó las terribles palabras y no sintió protesta ni contradicción alguna en su interior. Caminaba lado a lado con el inglés y no tenía poder para dejarlo.

—Eres mío; acabas de cometer un crimen. He encontrado por fin al compañero que he buscado. ¿Tienes ganas de conocer tu destino? ¡Ajá! Viniste aquí a ver una obra, y verás una obra; no, dos. Ven. Preséntame a Mme. de la Garde como uno de tus mejores amigos. ¿No soy tu última esperanza de escape?

Castanier, seguido por el extraño, regresó a su palco; y, de acuerdo con la orden que acababa de recibir, se apresuró a presentar a Melmoth a Mme. de la Garde. Aquilina no pareció sorprendida en lo más mínimo. El inglés se negó a tomar asiento en la parte delantera y Castanier se encontró una vez más junto a su amante; el más mínimo deseo de aquel hombre debía ser obedecido. La última pieza estaba a punto de comenzar, pues, en aquel entonces, los teatros pequeños solo daban tres piezas. Uno de los actores había puesto de moda el Gymnase, y esa noche Perlet (el actor en cuestión) iba a actuar en un vodevil llamado *Le Comédien d'Étampes*, en el cual interpretaba cuatro papeles diferentes.

Cuando se alzó el telón, el extraño extendió su mano sobre la multitud. El grito de terror de Castanier se apagó, pues las paredes de su garganta parecieron quedar pegadas mientras Melmoth señalaba el escenario, y el cajero supo que la obra había sido cambiada a deseo del inglés.

Vio la cámara acorazada del banco; vio al barón de Nucingen en conferencia con un agente de policía de la prefectura, quien le informaba de la conducta de Castanier, explicando que el cajero se había fugado con dinero tomado de la caja fuerte, contando la historia de la firma falsificada. La información fue puesta por escrito; el documento firmado y debidamente enviado al fiscal del Estado.

—¿Llegamos a tiempo, cree usted? —preguntó Nucingen.

—Sí —dijo el agente de policía—; está en el Gymnase y no sospecha nada.

Castanier se removió en su silla e hizo ademán de abandonar el teatro, pero la mano de Melmoth reposaba sobre su hombro y se vio obligado a sentarse y observar; el poder espantoso de aquel hombre producía un efecto parecido al de una pesadilla, y no podía mover un solo miembro. Es más, el hombre mismo era la pesadilla; su presencia pesaba sobre su víctima como una atmósfera envenenada. Cuando el desgraciado cajero se volvió para implorar la misericordia del inglés, se encontró con aquellos ojos llameantes que descargaban corrientes eléctricas, las cuales lo atravesaban y lo traspasaban como dardos de acero.

—¿Qué te he hecho? —dijo, en su postrada impotencia, y respiraba con dificultad como un ciervo a la orilla del agua—. ¿Qué quieres de mí?

—¡Mira! —gritó Melmoth.

Castanier miró al escenario. La escena había cambiado. La obra parecía haber terminado y Castanier se vio bajando del carruaje con Aquilina; pero mientras entraba en el patio de la casa de la Rue Richer, la escena cambió súbitamente de nuevo y vio su propia casa. Jenny estaba charlando junto al fuego en la habitación de su ama con un suboficial de un regimiento de línea destinado entonces en París.

—Se va, ¿verdad? —dijo el sargento, que parecía pertenecer a una familia acomodada—. ¡Puedo ser feliz a mis anchas! ¡Amo demasiado a Aquilina como para permitir que pertenezca a ese viejo sapo! ¡Yo mismo me voy a casar con Mme. de la Garde! —gritó el sargento.

—¡Viejo sapo! —murmuró Castanier lastimeramente.

—Ahí vienen el amo y la ama; ¡escóndete! Vamos, métete aquí, señor Léon —dijo Jenny—. El amo no se quedará mucho tiempo.

Castanier vio al sargento esconderse entre los vestidos de Aquilina en su vestidor. Casi inmediatamente, él mismo apareció en escena y se despidió de su amante, quien se burlaba de él con comentarios al oído de Jenny, mientras le dirigía las palabras más dulces y tiernas. Lloraba con un lado de la cara y reía con el otro. El público pidió un bis.

—¡Criatura maldita! —gritó Castanier desde su palco.

Aquilina reía hasta que las lágrimas le llenaron los ojos.

—¡Cielo santo! —gritó—. ¡Qué divertido es Perlet haciendo de inglesa!... ¿Por qué no te ríes? Todos los demás en la sala se están riendo. ¡Ríete, cariño! —le dijo a Castanier.

Melmoth soltó una carcajada y el infeliz cajero se estremeció. La risa del inglés le desgarró el corazón y le torturó el cerebro; era como si un cirujano le hubiera taladrado el cráneo con un hierro al rojo vivo.

—¡Riendo! ¿Se están riendo? —balbuceó Castanier.

No veía a la recatada dama inglesa que Perlet interpretaba con efecto tan ridículo, ni escuchaba el inglés-francés que había llenado la sala de carcajadas; en lugar de todo eso, se veía a sí mismo saliendo a toda prisa de la Rue Richer, llamando a un coche de punto en el bulevar, regateando con el cochero para que lo llevara a Versalles. Entonces, una vez más, la escena cambió. Reconoció la triste posada en la esquina de la Rue de l'Orangerie y la Rue des Récollets, que era regentada por su antiguo sargento de intendencia. Eran las dos de la mañana, reinaba una calma absoluta, nadie estaba allí para vigilar sus movimientos. Los caballos de posta fueron enganchados al carruaje (procedía de una casa en la Avenue de Paris en la que vivía un inglés, y había sido pedido en nombre del extranjero para evitar levantar sospechas). Castanier vio que tenía sus letras y sus pasaportes, subió al carruaje y partió. Pero en la barrera vio a dos gendarmes al acecho del carruaje. Un grito de horror brotó de él, pero Melmoth le lanzó una mirada y, de nuevo, el sonido murió en su garganta.

—¡Mantén tus ojos en el escenario y guarda silencio! —dijo el inglés.

En otro momento, Castanier se vio arrojado a prisión en la Conciergerie; y en el quinto acto del drama, titulado *El cajero*, se vio a sí mismo, tres meses después, condenado a veinte años de trabajos forzados. De nuevo brotó un grito de él. Fue expuesto en la Place du Palais-de-Justice, y el verdugo lo marcó con un hierro al rojo vivo. Luego llegó la última escena de todas; entre unos sesenta convictos en el patio de la prisión de Bicêtre, esperaba su turno para que le remacharan las cadenas en los miembros.

—¡Dios mío! ¡Ya no puedo reír más!... —dijo Aquilina—. Estás muy solemne, querido chico; ¿qué puede pasarte? El caballero se ha ido.

—Una palabra contigo, Castanier —dijo Melmoth cuando la pieza terminó y el acomodador abrochaba la capa de Mme. de la Garde.

El pasillo estaba abarrotado y la huida era imposible.

—Muy bien, ¿qué es?

—Ningún poder humano puede impedirte llevar a Aquilina a casa y luego ir a Versalles, para ser arrestado allí.

—¿Cómo es eso?

—Porque estás en una mano que nunca relajará su presa —respondió el inglés.

Castanier deseó tener el poder de pronunciar alguna palabra que lo borrara de entre los hombres vivos y lo ocultara en las profundidades más bajas del infierno.

—Supongamos que el diablo hiciera una oferta por tu alma, ¿no se la darías ahora a cambio del poder de Dios? Una sola palabra, y esos quinientos mil francos volverán a la caja fuerte del barón de Nucingen; entonces podrás romper tu carta de crédito y todos los rastros de tu crimen desaparecerán. Además, tendrías oro a raudales. ¿Casi no crees en nada, tal vez? Pues bien, si todo esto sucede, creerás al menos en el diablo.

—¡Si tan solo fuera posible! —dijo Castanier con alegría.

—El hombre que puede hacerlo todo te da su palabra de que es posible —respondió el inglés.

Melmoth, Castanier y Mme. de la Garde estaban parados en el bulevar cuando Melmoth levantó su brazo. Caía una lluvia fina, las calles estaban embarradas, el aire era denso, había una espesa oscuridad en lo alto; pero en un instante, mientras el brazo permanecía extendido, París se llenó de luz solar; era pleno mediodía de un brillante día de julio. Los árboles estaban cubiertos de hojas; una doble corriente de alegres paseantes paseaba bajo ellos. Los vendedores de agua de regaliz gritaban sus bebidas frías. Espléndidos carruajes pasaban rodando por las calles. Un grito de terror brotó del cajero, y ante ese grito, la lluvia y la oscuridad se asentaron de nuevo sobre el bulevar.

Mme. de la Garde había subido al carruaje. —¡Date prisa, querido! —gritó—; o subes o te quedas fuera. De verdad, estás tan soso como el agua estancada esta noche...

—¿Qué debo hacer? —le preguntó Castanier a Melmoth.

—¿Te gustaría tomar mi lugar? —inquirió el inglés.

—Sí.

—Muy bien, pues; estaré en tu casa en unos momentos.

—A propósito, Castanier, estás un poco fuera de tus cabales —observó Aquilina—. Hay algo turbio gestándose; estuviste muy melancólico y pensativo durante toda la obra. ¿Quieres algo que yo pueda darte, querido? Dímelo.

—Estoy esperando a que estemos en casa para saber si me amas.

—No hace falta que esperes hasta entonces —dijo, rodeándole el cuello con los brazos—. ¡Toma! —dijo, mientras lo abrazaba, apasionadamente en apariencia, y lo colmaba con las caricias seductoras que son parte del oficio de una vida como la suya, como la acción escénica para una actriz.

—¿Dónde está la música? —preguntó Castanier.

—¿Y ahora qué? ¡Pensar que escuchas música ahora!

—¡Música celestial! —continuó—. Los sonidos parecen venir de arriba.

—¿Qué? Siempre te has negado a darme un palco en los Italiens porque no podías soportar la música, ¿y te estás volviendo loco por la música a estas alturas? ¡Loco, eso es lo que estás! ¡La música está dentro de tu propia mollera, viejo cabeza hueca! —continuó, mientras tomaba su cabeza entre las manos y la mecía de un lado a otro sobre su hombro—. Dime ahora, viejo; ¿no es el chirrido de las ruedas lo que canta en tus oídos?

—¡Escucha, Naqui! Si los ángeles hacen música para Dios Todopoderoso, debe ser música como esta la que estoy absorbiendo por cada poro, más que escuchando. No sé cómo explicártelo; ¡es tan dulce como el agua con miel!

—Bueno, por supuesto, tienen música en el cielo, pues los ángeles en todos los cuadros tienen arpas en sus manos. ¡Está loco, palabra de honor! —se dijo a sí misma, al ver la actitud de Castanier; parecía un comedor de opio en un éxtasis dichoso.

Llegaron a la casa. Castanier, absorto en el pensamiento de todo lo que acababa de oír y ver, no sabía si creerlo o no; estaba como un hombre ebrio, completamente incapaz de pensar con coherencia. Recobró el sentido en la habitación de Aquilina, adonde había sido sostenido por los esfuerzos conjuntos de su amante, el portero y Jenny; pues se había desmayado al bajar del carruaje.

—¡Estará aquí pronto! ¡Oh, amigos míos, amigos míos! —gritó, y se arrojó desesperadamente a lo profundo de un sillón junto al fuego.

Jenny oyó el timbre mientras él hablaba y dejó pasar al inglés. Anunció que «había llegado un caballero que había concertado una cita con el amo», cuando Melmoth apareció de repente, y un profundo silencio le siguió. Miró al portero: el portero se fue; miró a Jenny: y Jenny se fue de igual manera.

—Madame —dijo Melmoth, dirigiéndose a Aquilina—, con su permiso, concluiremos un asunto urgente.

Tomó la mano de Castanier, y Castanier se levantó, y los dos hombres fueron al salón. No había luz en la habitación, pero los ojos de Melmoth iluminaban la oscuridad más espesa. La mirada de aquellos extraños ojos había dejado a Aquilina como hechizada; estaba indefensa, incapaz de pensar en su amante; además, lo creía a salvo en la habitación de Jenny, mientras que su temprano regreso había tomado a la doncella por sorpresa, y esta había escondido al oficial en el vestidor. Todo había sucedido exactamente como en el drama que Melmoth había desplegado para su víctima. Poco después, la puerta de la casa se cerró violentamente y Castanier reapareció.

—¿Qué te pasa? —gritó la horrorizada Aquilina.

Había un cambio en el aspecto del cajero. Una palidez extraña se extendió sobre su rostro, antaño rubicundo; lucía el aspecto peculiarmente siniestro y pétreo del misterioso visitante. El brillo hosco de sus ojos era intolerable, la luz feroz en ellos parecía abrasar. El hombre que había parecido tan bonachón y bondadoso se había vuelto repentinamente tiránico y orgulloso. La cortesana pensó que Castanier había adelgazado; había una terrible majestad en su frente; era como si un dragón exhalara una influencia maligna que pesaba sobre los demás como una atmósfera densa y cargada. Por un momento, Aquilina no supo qué hacer.

—¿Qué pasó entre tú y ese hombre de aspecto diabólico en esos pocos minutos? —preguntó al fin.

—He vendido mi alma a él. Lo siento; ya no soy el mismo. Él ha tomado mi ser y me ha dado su alma a cambio.

—¿Qué?

—No lo entenderías en absoluto... ¡Ah! Tenía razón —continuó Castanier—, ¡el demonio tenía razón! Lo veo todo y lo sé todo. ¡Me has estado engañando!

Aquilina se quedó helada de terror. Castanier encendió una vela y entró en el vestidor. La infeliz joven lo siguió aturdida por el desconcierto, y grande fue su asombro cuando Castanier apartó los vestidos que colgaban allí y descubrió al sargento.

—Sal, muchacho —dijo el cajero; y, tomando a Léon por un botón de su abrigo, sacó al oficial a su habitación.

La piamontesa, demacrada y desesperada, se había arrojado a su sillón. Castanier se sentó en un sofá junto al fuego y dejó al amante de Aquilina en posición de pie.

—Has estado en el ejército —dijo Léon—; estoy listo para darte satisfacción.

—Eres un tonto —dijo Castanier secamente—. No tengo motivos para pelear. Podría matarte con una mirada si tuviera ganas de hacerlo. Te diré lo que hay, jovencito; ¿por qué debería matarte? Veo una línea roja alrededor de tu cuello; la guillotina te espera. Sí, terminarás en la Place de Grève. ¡Eres propiedad del verdugo! No hay escape para ti. Perteneces a una *vendita* de los Carbonarios. Estás conspirando contra el Gobierno.

—No me habías dicho eso —gritó la piamontesa, volviéndose hacia Léon.

—¿Así que no sabes que el Ministro decidió esta mañana acabar con vuestra Sociedad? —continuó el cajero—. El Procureur-Général tiene una lista con vuestros nombres. Habéis sido traicionados. Están ocupados redactando la acusación en este preciso momento.

—¡Entonces fuiste tú quien lo traicionó! —gritó Aquilina, y con un sonido ronco en la garganta como el gruñido de una tigresa, se puso en pie; parecía como si fuera a despedazar a Castanier.

—Me conoces demasiado bien para creerlo —replicó Castanier. Aquilina quedó entumecida por su frialdad.

—¿Entonces cómo lo supiste? —murmuró ella.

—No lo sabía hasta que entré al salón; ahora lo sé; ahora veo y sé todas las cosas, y puedo hacer todas las cosas.

El sargento estaba superado por el asombro.

—¡Está muy bien, sálvalo, sálvalo, querido! —gritó la joven, arrojándose a los pies de Castanier—. Si para ti nada es imposible, ¡sálvalo! Te amaré, te adoraré, seré tu esclava y no tu amante. Obedeceré tus deseos más desenfrenados; harás conmigo lo que quieras. Sí, sí, te daré más que amor; tendrás la devoción de una hija además de... ¡Rodolphe! ¿por qué no quieres entenderlo? Después de todo, por muy violentas que sean mis pasiones, ¡seré tuya para siempre! ¿Qué debo decir para convencerte? Inventaré placeres... yo... ¡Dios mío! ¡un momento! lo que sea que me pidas —tirarme por la ventana, por ejemplo—, solo necesitarás decir una palabra: «¡Léon!», y me precipitaré al infierno. ¡Soportaría cualquier tortura, cualquier dolor de cuerpo o de alma, cualquier cosa que pudieras infligirme!

Castanier la escuchó con indiferencia. Como toda respuesta, le señaló a Léon con una risa demoníaca.

—La guillotina le espera —repitió.

—¡No, no, no! No saldrá de esta casa. ¡Yo le salvaré! —gritó ella—. ¡Sí, mataré a cualquiera que le ponga un dedo encima! ¿Por qué no quieres salvarlo? —chilló en voz alta; sus ojos centelleaban, su cabello estaba suelto—. ¿Puedes salvarlo?

—Puedo hacerlo todo.

—¿Por qué no lo salvas?

—¿Por qué? —rugió Castanier, y su voz hizo retemblar el techo—. ¡Eh! ¡es mi venganza! ¡Hacer el mal es mi oficio!

—¿Morir? —dijo Aquilina—. ¿Debe morir, mi amante? ¿Es posible?

Se levantó de un salto, arrebató un estilete de una cesta que estaba sobre la cómoda y se dirigió a Castanier, quien comenzó a reír.

—Sabes muy bien que el acero no puede herirme ahora...

El brazo de Aquilina cayó de repente como la cuerda de un arpa rota.

—Lárgate, buen amigo —dijo el cajero, volviéndose hacia el sargento—, y ocúpate de tus asuntos.

Le tendió la mano; el otro sintió el poder superior de Castanier y no tuvo más remedio que obedecer.

—Esta casa es mía; podría llamar al comisario de policía si quisiera y entregarte como a un hombre que se ha ocultado en mis dominios, pero prefiero dejarte ir; soy un demonio, no un espía.

—¡Le seguiré! —dijo Aquilina.

—Entonces síguele —respondió Castanier—. Aquí, Jenny...

Jenny apareció.

—Dile al portero que les busque un coche de alquiler. Aquí, Naqui —dijo Castanier, sacando un fajo de billetes de su bolsillo—; no te irás como una mendiga de manos de un hombre que aún te ama.

Le tendió trescientos mil francos. Aquilina tomó los billetes, los arrojó al suelo, los escupió y los pisoteó en un frenesí de desesperación.

—Saldremos de esta casa a pie —gritó—, sin un céntimo de tu dinero. Jenny, quédate donde estás.

—¡Buenas noches! —respondió el cajero, mientras recogía de nuevo los billetes—. He vuelto de mi viaje. Jenny —añadió, mirando a la aturdida doncella—, me pareces una buena chica. Ya no tienes ama. Ven aquí. Esta noche tendrás un amo.

Aquilina, que no se sentía segura en ninguna parte, se fue inmediatamente con el sargento a casa de una de sus amigas. Pero todos los movimientos de Léon fueron vigilados sospechosamente por la policía y, al cabo de un tiempo, él y tres de sus amigos fueron arrestados. Toda la historia puede encontrarse en los periódicos de aquel día.

* * * * *

Castanier sintió que había experimentado una transformación tanto mental como física. El Castanier de antaño ya no existía: el muchacho, el joven seductor, el soldado que había demostrado su valor, que había sido engañado para casarse y desilusionado, el cajero, el amante apasionado que había cometido un crimen por causa de Aquilina. Su naturaleza más íntima se había manifestado de repente. Su cerebro se había expandido, sus sentidos se habían desarrollado. Sus pensamientos abarcaban el mundo entero; veía todas las cosas de la tierra como si hubiera sido elevado a un alto pináculo por encima del mundo.

Hasta aquella tarde en el teatro, había amado a Aquilina con locura. Antes que renunciar a ella, habría cerrado los ojos ante sus infidelidades; y ahora toda aquella pasión ciega había desaparecido como una nube que se desvanece bajo la luz del sol.

Jenny estaba encantada de suceder en la posición y fortuna de su ama, y hacía la voluntad del cajero en todo; pero Castanier, que podía leer los pensamientos más recónditos del alma, descubrió el verdadero motivo que subyacía a aquella devoción puramente física. Sin embargo, se divirtió con ella como un niño travieso que chupa con avidez el jugo de la cereza y tira el hueso. A la mañana siguiente, a la hora del desayuno, cuando ella estaba plenamente convencida de que era una dama y la señora de la casa, Castanier pronunció uno a uno los pensamientos que llenaban la mente de ella mientras bebía su café.

—¿Sabes lo que estás pensando, niña? —dijo, sonriendo—. Te lo diré: «¡Así que todos esos hermosos muebles de palisandro que tanto codiciaba, y los bonitos vestidos que solía probarme, son míos ahora! Todo en condiciones tan fáciles que madame rechazaba, no sé por qué. ¡Vaya! ¡si pudiera pasear en carruaje, tener joyas y cosas bonitas, un palco en el teatro y ahorrar algo! conmigo llevaría una vida de placer capaz de matarlo si no fuera tan fuerte como un turco. ¡Nunca vi a un hombre así!». ¿No era exactamente lo que estabas pensando? —continuó, y algo en su voz hizo que Jenny palideciera—. Pues sí, niña; no podrías soportarlo, y te envío lejos por tu propio bien; perecerías en el intento. Vamos, separémonos como buenos amigos —y la despidió fríamente con una suma de dinero muy pequeña.

El primer uso que Castanier se había prometido dar al terrible poder comprado al precio de su felicidad eterna era la plena y completa complacencia de todos sus gustos.

Primero puso sus asuntos en orden, liquidó rápidamente su cuenta con el señor de Nucingen, quien encontró a un alemán digno para sucederle, y luego decidió organizar una juerga digna de los días más esplendorosos del Imperio romano. Se sumergió en el libertinaje con tanta imprudencia como el antiguo Baltasar en aquel último festín de Babilonia. Como Baltasar, vio claramente a través de sus festines una mano resplandeciente que trazaba su perdición en letras de fuego, no en las estrechas paredes de la cámara de banquetes, sino sobre los vastos espacios del cielo que abarca el arco iris. Su festín no fue, en verdad, una orgía confinada dentro de los límites de un banquete, pues derrochó todos los poderes del alma y del cuerpo en agotar todos los placeres de la tierra. La mesa era, en cierto modo, la tierra misma, la tierra que temblaba bajo sus pies. Fue el último festival del derrochador imprudente que ha arrojado toda prudencia a los vientos. El diablo le había dado la llave del almacén de los placeres humanos; había llenado y rellenado sus manos, y se acercaba rápidamente al fondo. En un momento había sentido todo lo que aquel enorme poder podía lograr; en un momento lo había ejercido, probado y cansado de él. Lo que hasta entonces había sido la suma de los deseos humanos se convirtió en nada. Tan a menudo sucede que, con la posesión, la vasta poesía del deseo debe terminar, y la cosa poseída rara vez es la cosa que soñamos.

Bajo la omnipotencia de Melmoth acechaba este trágico anticlímax de tantas pasiones, y ahora la inanidad de la naturaleza humana se revelaba a su sucesor, a quien el poder infinito traía la Nada como dote.

Para llegar a una comprensión clara de la extraña posición de Castanier, debe tenerse en cuenta cuán repentinamente se habían producido estas revoluciones de pensamiento y sentimiento; cuán rápidamente se habían sucedido unas a otras; y de estas cosas es difícil dar una idea a aquellos que nunca han roto los lazos de la prisión del tiempo, el espacio y la distancia. Su relación con el mundo exterior había cambiado por completo con la expansión de sus facultades.

Al igual que el propio Melmoth, Castanier podía viajar en pocos momentos por las fértiles llanuras de la India, podía elevarse sobre las alas de demonios por encima de los espacios desérticos africanos o rozar la superficie de los mares. La misma perspicacia que podía leer los pensamientos más íntimos de los demás, podía comprender de un vistazo la naturaleza de cualquier objeto material, tal como captaba por así decirlo todos los sabores a la vez en su lengua. Tomaba su placer como un déspota; un golpe de hacha derribaba el árbol para que pudiera comer sus frutos. Las transiciones, las alternancias que miden la alegría y el dolor y diversifican la felicidad humana, ya no existían para él. Había saciado sus apetitos tan completamente que el placer debía sobrepasar los límites del placer para hacer cosquillas a un paladar empalagado por la saciedad, y de repente vuelto exigente sin medida, de modo que los placeres ordinarios se volvieron desagradables. Consciente de que a voluntad era el amo de todas las mujeres que podía desear, sabiendo que su poder era irresistible, no le importaba ejercerlo; eran dóciles a sus deseos inexpresados, a sus caprichos más extravagantes, hasta que sintió una horrible sed de amor y quiso un amor que estuviera más allá de lo que ellas podían dar.

El mundo no le negaba nada salvo la fe y la oración, el amor reconfortante y consolador que no es de este mundo. Era obedecido; era una posición horrible.

Los torrentes de dolor, placer y pensamiento que sacudían su alma y su cuerpo habrían abrumado al ser humano más fuerte; pero en él había un poder de vitalidad proporcionado al poder de las sensaciones que le asaltaban. Sentía dentro de sí una vaga inmensidad de anhelo que la tierra no podía satisfacer. Pasaba sus días con las alas desplegadas, deseando atravesar los luminosos campos del espacio hacia otras esferas que conocía desde lejos por percepción intuitiva, un conocimiento claro y desesperado. Su alma se secaba dentro de él, pues sentía hambre y sed de cosas que no pueden ser ni bebidas ni comidas, pero por las cuales no podía dejar de ansiar. Sus labios, como los de Melmoth, ardían de deseo; jadeaba por lo desconocido, pues lo conocía todo.

El mecanismo y el esquema del mundo eran evidentes para él, y su funcionamiento ya no le interesaba; no ocultó el profundo desdén que convierte a un hombre de poderes extraordinarios en una esfinge que lo sabe todo y no dice nada, y lo ve todo con semblante impasible. No sintió el menor deseo de comunicar su conocimiento a otros hombres. Era rico con toda la riqueza del mundo, con un esfuerzo podía dar la vuelta al globo, y las riquezas y el poder carecían de sentido para él. Sentía la terrible melancolía de la omnipotencia, una melancolía que Satanás y Dios alivian mediante el ejercicio de un poder infinito de maneras misteriosas conocidas solo por ellos. Castanier no tenía, como su Amo, la energía inextinguible del odio y la malicia; se sentía un demonio, pero un demonio al que aún no le había llegado su hora, mientras que Satanás es un demonio por toda la eternidad y, estando condenado sin redención, se deleita en remover el mundo, como un montón de estiércol, con su tridente y en frustrar en él los designios de Dios. Pero Castanier, para su desgracia, tenía una esperanza.

Si en un momento podía moverse de un polo al otro como un pájaro salta inquieto de un lado a otro en su jaula, cuando, como el pájaro, había cruzado su prisión, veía la vasta inmensidad del espacio más allá. Esa visión del Infinito le dejó para siempre incapaz de ver a la humanidad y sus asuntos como los veían los demás hombres. Los insensatos necios que anhelan el poder del Diablo miden su deseabilidad desde un punto de vista humano; no ven que con el poder del Diablo asumirán también sus pensamientos, y que estarán condenados a permanecer como hombres entre criaturas que ya no les entenderán. El Nerón desconocido para la historia que sueña con incendiar París para su entretenimiento privado, como la exhibición de una casa en llamas en las tablas de un teatro, no sospecha que si tuviera ese poder, París sería para él tan poco interesante como un hormiguero al borde del camino para un transeúnte apresurado. El círculo de las ciencias era para Castanier algo así como un logogrifo para un hombre que no conoce la clave. Los reyes y los gobiernos eran despreciables a sus ojos. Su gran libertinaje había sido en cierto modo un deplorable adiós a su vida como hombre. La tierra se había vuelto demasiado estrecha para él, pues los dones infernales dejaban al descubierto para él los secretos de la creación; veía la causa y preveía su fin. Estaba excluido de todo lo que los hombres llaman «cielo» en todos los idiomas bajo el sol; ya no podía pensar en el cielo.

Entonces comprendió la mirada en el rostro de su predecesor y el secamiento de la vida interior; entonces supo todo lo que significaba la esperanza frustrada que brillaba en los ojos de Melmoth; él también conoció la sed que quemaba aquellos labios rojos, y la agonía de una lucha continua entre dos naturalezas convertidas en gigantes. Incluso ahora podría ser un ángel, y se sabía un demonio. El suyo era el destino de una criatura dulce y gentil a la que la malicia de un mago ha encarcelado en una forma deforme, atrapándola mediante un pacto, de modo que la voluntad de otro debe liberarla de su odiado envoltorio.

Como un engaño solo aumenta el ardor con el que un hombre de naturaleza realmente grande explora el infinito del sentimiento en el corazón de una mujer, así Castanier despertó para descubrir que una idea pesaba como un lastre sobre su alma, una idea que era quizás la clave de esferas más elevadas. El hecho mismo de haber cambiado su felicidad eterna le llevó a reflexionar sobre el futuro de aquellos que rezan y creen. A raíz de su libertinaje, cuando entró en la sobria posesión de su poder, esta idea le hizo sentirse prisionero; conoció el peso de la aflicción que los poetas, los profetas y los grandes oráculos de la fe nos han expuesto con palabras tan poderosas; sintió la punta de la Espada Llameante clavada en su costado y se apresuró en busca de Melmoth. ¿Qué había sido de su predecesor?

El inglés vivía en una mansión en la Rue Férou, cerca de Saint-Sulpice, una morada sombría, oscura, húmeda y fría. La propia Rue Férou es una de las calles más lúgubres de París; tiene orientación norte como todas las calles que se encuentran en ángulo recto con la margen izquierda del Sena, y las casas están en consonancia con el lugar. Cuando Castanier se detuvo en el umbral, descubrió que la propia puerta, al igual que el techo abovedado, estaba cubierta de negro; filas de cirios encendidos brillaban intensamente como si algún rey estuviera siendo velado; y un sacerdote estaba a cada lado de un catafalco que se había erigido allí.

—No hay necesidad de preguntar por qué ha venido, señor —dijo el viejo portero a Castanier—; es usted tan parecido a nuestro pobre y querido amo que se ha ido. Pero si usted es su hermano, ha llegado demasiado tarde para despedirse. El buen caballero murió anteayer.

—¿Cómo murió? —preguntó Castanier a uno de los sacerdotes.

—Descanse su mente —dijo un viejo sacerdote; mientras hablaba, levantó parcialmente el paño negro que cubría el catafalco.

Castanier, al mirarle, vio uno de esos rostros que la fe ha hecho sublimes; el alma parecía brillar a través de cada línea de él, trayendo luz y calor para otros hombres, encendida por la inagotable caridad interior. Este era el confesor de Sir John Melmoth.

—Su hermano tuvo un final que los hombres pueden envidiar, y que debe regocijar a los ángeles. ¿Sabe qué alegría hay en el cielo por un pecador que se arrepiente? Sus lágrimas de penitencia, provocadas por la gracia, fluyeron sin cesar; solo la muerte las detuvo. El Espíritu Santo habitaba en él. Sus palabras ardientes, llenas de viva fe, eran dignas del Profeta-Rey. Si en el curso de mi vida nunca he escuchado una confesión más espantosa que de los labios de este caballero irlandés, tampoco he oído jamás oraciones tan fervientes y apasionadas. Por muy grande que haya sido la medida de sus pecados, su arrepentimiento ha llenado el abismo hasta desbordarse. La mano de Dios estaba visiblemente extendida sobre él, pues estaba completamente cambiado, había una belleza tan celestial en su rostro. Los ojos duros se suavizaron con las lágrimas; la voz resonante que infundía terror a quienes la oían tomó los tonos tiernos y compasivos de aquellos que han pasado ellos mismos por una profunda humillación. Edificó tanto a quienes oyeron sus palabras que algunos que se habían sentido atraídos a ver el espectáculo de la muerte de un cristiano cayeron de rodillas mientras él hablaba de las cosas celestiales y de la gloria infinita de Dios, y le dieron gracias y alabanzas. Si no deja riqueza mundana a su familia, ninguna familia puede poseer una bendición mayor que esta que él seguramente ganó para ellos: un alma entre los bienaventurados, que velará por todos ustedes y los dirigirá por el camino al cielo.

Estas palabras causaron una impresión tan vívida en Castanier que abandonó inmediatamente la casa hacia la Iglesia de Saint-Sulpice, obedeciendo lo que podría llamarse un decreto del destino. El arrepentimiento de Melmoth le había dejado estupefacto.

En aquella época, ciertas mañanas de la semana, un predicador, famoso por su elocuencia, solía celebrar conferencias en las que demostraba las verdades de la fe católica para la juventud de una generación proclamada indiferente en materia de creencias por otra voz no menos elocuente que la suya propia. La conferencia se había pospuesto para una hora más tarde debido al funeral de Melmoth, así que Castanier llegó justo cuando el gran predicador estaba resumiendo las pruebas de una existencia futura de felicidad con todo el encanto de la elocuencia y la fuerza de expresión que le han hecho famoso. Las semillas de la doctrina divina cayeron en una tierra preparada para ellas en el viejo dragón, en quien el Diablo se había deslizado. De hecho, si hay un fenómeno bien atestiguado por la experiencia, ¿no es el fenómeno espiritual comúnmente llamado «la fe del campesino»? La fuerza de la creencia varía inversamente con la cantidad de uso que un hombre ha hecho de sus facultades de razonamiento. La gente sencilla y los soldados pertenecen a la clase que no razona. Aquellos que han marchado a través de la vida bajo el estandarte del instinto están mucho más dispuestos a recibir la luz que las mentes y los corazones hastiados de los sofismas del mundo.

Castanier tenía el temperamento meridional; se había alistado en el ejército cuando era un muchacho de dieciséis años y había seguido la bandera francesa hasta casi los cuarenta. Como soldado raso, había luchado día y noche, y día tras día, y, como era su deber, había pensado primero en su caballo y después en sí mismo. Por lo tanto, mientras servía en su aprendizaje militar, apenas tuvo tiempo para reflexionar sobre el destino del hombre, y cuando se convirtió en oficial tuvo que pensar en sus hombres. Había sido arrastrado de un campo de batalla a otro, pero nunca había pensado en lo que viene después de la muerte. La vida de un soldado no exige mucho pensamiento. Aquellos que no pueden comprender los altos fines políticos implicados y los intereses de nación a nación; que no pueden captar los esquemas políticos tanto como los planes de campaña y combinar la ciencia del estratega con la del administrador, están condenados a vivir en un estado de ignorancia; el campesino más rústico del distrito más atrasado de Francia apenas está en peor situación. Hombres como estos soportan el peso de la guerra, obedecen pasivamente al cerebro que los dirige y derriban a los hombres que se les oponen como el leñador tala madera en el bosque. Al esfuerzo físico violento le suceden tiempos de inercia, cuando reparan el desgaste. Luchan y beben, luchan y comen, luchan y duermen, para poder propinar mejor golpes fuertes; los poderes de la mente no se ejercitan mucho en esta turbulenta ronda de existencia, y el carácter es tan simple como siempre.

Cuando los hombres que han mostrado tal energía en el campo de batalla regresan a la civilización ordinaria, la mayoría de los que no han alcanzado un alto rango parecen no haber adquirido ninguna idea, y no tener aptitud, ni capacidad para captar nuevas ideas. Para asombro absoluto de una generación más joven, aquellos que hicieron a nuestros ejércitos tan gloriosos y tan terribles son tan simples como niños, y tan lentos de ingenio como un empleado en su peor momento, y el capitán de un escuadrón atronador apenas está capacitado para llevar el libro de caja de un comerciante. Los viejos soldados de este cuño, por tanto, al ser inocentes de cualquier intento de usar sus facultades de razonamiento, actúan según sus impulsos más fuertes. El crimen de Castanier fue uno de esos asuntos que suscitan tantas preguntas que, para debatir sobre él, un moralista podría pedir su «discusión por cláusulas», por usar una expresión parlamentaria.

La pasión había aconsejado el crimen; el poder cruelmente irresistible de la hechicería femenina lo había impulsado a cometerlo; ningún hombre puede decir de sí mismo: «Nunca haré eso», cuando una sirena se une al combate y lanza sus hechizos sobre él.

Así, la palabra de la vida cayó sobre una conciencia recién despertada a las verdades de la religión que la Revolución Francesa y la carrera de soldado habían obligado a Castanier a descuidar. Las solemnes palabras: «¡Serás feliz o miserable por toda la eternidad!» produjeron en él una impresión tanto más terrible cuanto que había agotado la tierra y la había sacudido como un árbol estéril; porque sus deseos podían lograr todas las cosas, de modo que bastaba con que cualquier lugar en la tierra o en el cielo le fuera prohibido, y acto seguido no pensaba en otra cosa. Si fuera lícito comparar tales grandes cosas con las locuras sociales, la posición de Castanier no era diferente a la de un banquero que, al descubrir que sus todopoderosos millones no pueden obtenerle una entrada en la sociedad de la nobleza, debe poner su corazón en entrar en ese círculo, y todos los privilegios sociales que ya ha adquirido no son nada a sus ojos desde el momento en que descubre que le falta uno solo.

Aquí estaba un hombre más poderoso que todos los reyes de la tierra juntos; un hombre que, como Satanás, podía luchar con Dios mismo; apoyado contra uno de los pilares de la Iglesia de Saint-Sulpice, abrumado por los sentimientos y pensamientos que le oprimían, y absorto en el pensamiento de un Futuro, el mismo pensamiento que había engullido a Melmoth.

—¡Era muy feliz, Melmoth! —exclamó Castanier—. Murió con la certeza de que iría al cielo.

En un momento se había producido el mayor cambio posible en las ideas del cajero. Durante varios días había sido un demonio, ahora no era más que un hombre; una imagen del Adán caído, de la sagrada tradición encarnada en todas las cosmogonías. Pero mientras se había reducido así a la condición de hombre, conservaba un germen de grandeza, había sido imbuido por el Infinito. El poder del infierno había revelado el poder divino. Sentía sed del cielo como nunca había sentido sed de los placeres de la tierra, que tan pronto se agotan. Los goces que promete el demonio no son más que los goces de la tierra a mayor escala, pero para los goces del cielo no hay límite. Creía en Dios, y el hechizo que le daba los tesoros del mundo no era nada para él ahora; los tesoros mismos le parecían tan despreciables como guijarros para un admirador de diamantes; no eran más que chucherías comparadas con las glorias eternas de la otra vida. Una maldición pesaba, pensaba, sobre todas las cosas que provenían de esta fuente. Sondó oscuras profundidades de pensamiento doloroso mientras escuchaba el servicio realizado para Melmoth. El Dies iræ le llenó de sobrecogimiento; sintió toda la grandeza de ese grito de un alma arrepentida temblando ante el Trono de Dios. El Espíritu Santo, como una llama devoradora, pasó a través de él como el fuego consume la paja.

Las lágrimas caían de sus ojos cuando... —¿Es usted pariente del difunto? —le preguntó el bedel.

—Soy su heredero —respondió Castanier.

—¡Dé algo para los gastos de los servicios! —gritó el hombre.

—No —dijo el cajero. (El dinero del Diablo no debía ir a la Iglesia).

—¡Para los pobres!

—No.

—¡Para reparar la Iglesia!

—No.

—¡Para la Capilla de la Virgen!

—No.

—¡Para las escuelas!

—No.

Castanier se marchó, sin querer exponerse a las miradas agrias que los irritados funcionarios le dirigían.

Afuera, en la calle, miró hacia la Iglesia de Saint-Sulpice. «¿Qué hizo que la gente construyera las catedrales gigantescas que he visto en todos los países?», se preguntó. «El sentimiento compartido tan ampliamente a través de todos los tiempos debe estar seguramente basado en algo».

—¡Algo! ¿Llamas algo a Dios? —gritó su conciencia—. ¡Dios! ¡Dios! ¡Dios!...

La palabra fue repetida una y otra vez por una voz interior, hasta que lo abrumó; pero su sentimiento de terror disminuyó al escuchar dulces sonidos distantes de música que había captado débilmente antes. Estaban cantando en la iglesia, pensó, y sus ojos escudriñaron la gran entrada. Pero al escuchar más de cerca, los sonidos se derramaron sobre él desde todos lados; miró alrededor de la plaza, pero no había señal de músicos. La melodía traía visiones de un cielo distante y lejanos destellos de esperanza; pero también avivó el remordimiento que había puesto a la alma perdida en fermento. Siguió su camino por París, caminando como caminan los hombres que están aplastados bajo la carga de su dolor, viendo todo con ojos que no ven, holgazaneando como un ocioso, deteniéndose sin causa, murmurando para sí mismo, sin preocuparse por el tráfico, sin hacer esfuerzo por evitar un golpe de un tablón de madera.

Imperceptiblemente, el arrepentimiento lo puso bajo la influencia de la gracia divina que calma mientras magulla el corazón tan terriblemente. Su rostro comenzó a mostrar una mirada a lo Melmoth, algo grande, con un rastro de locura en la grandeza. Una mirada de angustia sorda y desesperanzada, mezclada con el ansioso entusiasmo de la esperanza, y, bajo todo ello, un sentimiento corrosivo de repugnancia por todo lo que el mundo puede dar. La más humilde de las plegarias acechaba en los ojos que veían con tal claridad aterradora. Su poder era la medida de su angustia. Su cuerpo estaba encorvado por la terrible tormenta que sacudía su alma, como los altos pinos se doblan ante la ráfaga. Al igual que su predecesor, no podía negarse a soportar la carga de la vida; tenía miedo de morir mientras cargaba con el yugo del infierno. El tormento se volvió intolerable.

Al fin, una mañana, recordó cómo Melmoth (ahora entre los bienaventurados) había hecho la propuesta de un intercambio, y cómo él la había aceptado; otros, sin duda, seguirían su ejemplo; pues en una época proclamada, por los herederos de la elocuencia de los Padres de la Iglesia, como fatalmente indiferente a la religión, debería ser fácil encontrar a un hombre que aceptara las condiciones del contrato para probar sus ventajas.

«Hay un lugar donde puedes aprender lo que valen los reyes en el mercado; donde las naciones son pesadas en la balanza y los sistemas tasados; donde el valor de un gobierno se expresa en términos de la pieza de cinco francos; donde las ideas y creencias tienen su precio, y todo se descuenta; donde Dios mismo, en cierto modo, pide prestado con la garantía de Sus ingresos de almas, pues el Papa tiene una cuenta corriente allí. ¿No es allí donde debería ir a traficar con almas?»

Castanier fue muy alegremente a la Bolsa, pensando que sería tan fácil comprar un alma como invertir dinero en los Fondos. Cualquier persona corriente habría temido el ridículo, pero Castanier sabía por experiencia que un hombre desesperado se toma todo en serio. Un prisionero bajo sentencia de muerte escucharía al loco que le dijera que al pronunciar un galimatías podría escapar por el ojo de la cerradura; pues el sufrimiento es crédulo, y se aferra a una idea hasta que falla, como el nadador llevado por la corriente se aferra a la rama que se rompe en su mano.

Hacia las cuatro de esa tarde, Castanier apareció entre los pequeños grupos de hombres que estaban realizando negocios privados después de la Bolsa. Era conocido personalmente por algunos de los corredores; y mientras fingía estar en busca de un conocido, se las arregló para recoger los chismes actuales y los rumores de quiebra.

—Atrapame negociando letras para Claparon & Co., muchacho. El cobrador del banco pasó a devolverles sus aceptaciones esta mañana —dijo un banquero gordo con su manera directa—. Si tienes algún papel suyo, ten cuidado.

Claparon estaba en el edificio, en profunda consulta con un hombre bien conocido por la tasa ruinosa a la que prestaba dinero. El prestamista se alejó cuando Castanier se acercó. Un gesto reveló la desesperación del especulador.

—Bueno, Claparon, el banco quiere cien mil francos tuyos, y son las cuatro; el asunto se sabe, y es demasiado tarde para arreglar tu pequeña quiebra cómodamente —dijo Castanier.

—¡Señor!

—Hable más bajo —continuó el cajero—. ¿Cómo sería si le propusiera un negocio que le reportaría tanto dinero como necesita?

—No saldaría mis pasivos; cualquier negocio del que haya oído hablar necesita un poco de tiempo para cocinarse.

—Conozco algo que lo pondrá derecho en un momento —respondió Castanier—; pero primero tendría que...

—¿Hacer qué?

—Vender su parte del Paraíso. Es un asunto de negocios como cualquier otro, ¿no es así? Todos tenemos acciones en la gran Especulación de la Eternidad.

—Le diré esto —dijo Claparon con enojo—, que soy justo el hombre para darle una bofetada. Cuando un hombre está en problemas, no es momento de hacerle bromas tontas.

—Estoy hablando en serio —dijo Castanier, y sacó un fajo de billetes de su bolsillo.

—En primer lugar —dijo Claparon—, no voy a vender mi alma al Diablo por una pequeñez. Quiero quinientos mil francos antes de cerrar...

—¿Quién habla de escatimarle? —preguntó Castanier, interrumpiéndolo—. Tendría más oro del que podría guardar en los sótanos del Banco de Francia.

Le extendió un puñado de billetes. Eso decidió a Claparon.

—Hecho —gritó—; ¿pero cómo se hace el trato?

—Vayamos allá, nadie está de pie allí —dijo Castanier, señalando a un rincón del patio.

Claparon y su tentador intercambiaron unas pocas palabras, con sus rostros vueltos hacia la pared. Ninguno de los espectadores adivinó la naturaleza de este juego, aunque su curiosidad estaba vivamente excitada por los extraños gestos de las dos partes contratantes. Cuando Castanier regresó, hubo un repentino estallido de exclamaciones de asombro. Como en la Asamblea donde el menor evento atrae inmediatamente la atención, todos los rostros se volvieron hacia los dos hombres que habían causado la sensación, y un escalofrío recorrió a todos los presentes ante el cambio que había tenido lugar en ellos.

Los hombres que forman la multitud en movimiento que llena la Bolsa pronto se conocen entre sí de vista. Se observan como jugadores alrededor de una mesa de cartas. Algunos observadores astutos pueden decir cómo jugará un hombre y la condición de su erario con solo observar su rostro; y la Bolsa no es más que una vasta mesa de cartas. Todos, por tanto, habían notado a Claparon y a Castanier. Este último (como el irlandés antes que él) había sido musculoso y poderoso, sus ojos estaban llenos de luz, su color subido. La dignidad y el poder en su rostro habían infundido asombro en todos ellos; se preguntaban cómo el viejo Castanier había llegado a tenerlo; y ahora contemplaban a Castanier despojado de su poder, encogido, arrugado, envejecido y débil. Había sacado a Claparon de la multitud con la energía de un hombre enfermo en un ataque de fiebre; había parecido un comedor de opio durante el breve período de excitación que la droga puede dar; ahora, a su regreso, parecía estar en la condición de agotamiento total en la que el paciente muere después de que la fiebre desaparece, o estar sufriendo la horrible postración que sigue al exceso en el disfrute de narcóticos. El poder infernal que lo había sostenido a través de sus orgías lo había abandonado, y el cuerpo quedó sin ayuda y solo para soportar la agonía del remordimiento y la pesada carga del arrepentimiento sincero. Los problemas de Claparon todos podían adivinarlos; pero Claparon reapareció, por otro lado, con ojos brillantes, manteniendo la cabeza alta con el orgullo de Lucifer. La crisis había pasado de un hombre al otro.

—Ahora puedes irte con la mente tranquila, viejo —dijo Claparon a Castanier.

—Por piedad, mande a buscar un coche y a un sacerdote; ¡mande a buscar al cura de Saint-Sulpice! —respondió el viejo dragón, hundiéndose sobre el bordillo.

Las palabras «un sacerdote» llegaron a los oídos de varias personas, y produjeron burlas estruendosas entre los corredores de bolsa, pues la fe para estos caballeros significa la creencia de que un trozo de papel llamado hipoteca representa una propiedad, y la Lista de los Fondos Públicos es su Biblia.

—¿Tendré tiempo para arrepentirme? —se dijo Castanier a sí mismo, con una voz lastimera, que impresionó a Claparon.

Un coche se llevó al moribundo; el especulador fue al banco de inmediato para cumplir con sus letras; y la sensación momentánea producida en la multitud de hombres de negocios por el cambio repentino en los dos rostros, se desvaneció como el surco cortado por la quilla de un barco en el mar. Noticias de la mayor importancia mantuvieron la atención del mundo del comercio alerta; y cuando los intereses comerciales están en juego, Moisés podría aparecer con sus dos cuernos luminosos, y su llegada apenas recibiría los honores de un juego de palabras; los caballeros cuyo negocio es escribir los Informes del Mercado ignorarían su existencia.

Cuando Claparon hubo hecho sus pagos, el miedo se apoderó de él. No había error sobre su poder. Volvió a la Bolsa, y ofreció su trato a otros hombres en circunstancias embarazosas. El bono del Diablo, «junto con los derechos, servidumbres y privilegios inherentes al mismo» —por usar la expresión del notario que sucedió a Claparon—, cambió de manos por la suma de setecientos mil francos. El notario a su vez se desprendió del acuerdo con el Diablo por quinientos mil francos a un contratista de obras en dificultades, quien de igual manera se deshizo de él ante un comerciante de hierro a cambio de cien mil coronas. De hecho, a las cinco la gente había dejado de creer en el extraño contrato, y los compradores faltaban por falta de confianza.

A las cinco y media, el poseedor del bono era un pintor de brocha gorda, que descansaba junto a la puerta del edificio en la Rue Feydeau, donde en aquel momento los corredores de bolsa se congregaban temporalmente. El pintor de brocha gorda, un tipo sencillo, no podía pensar qué le pasaba. Se sentía «de cualquier manera»; así que le dijo a su esposa cuando llegó a casa.

La Rue Feydeau, como saben los ociosos de la ciudad, es un lugar de peregrinaje para jóvenes que, por falta de una amante, otorgan su afecto ardiente a todo el sexo. En el primer piso del domicilio más rígidamente respetable de allí vivía una de esas exquisitas criaturas a las que ha complacido al cielo dotar con la belleza más rara y sobrepasante. Como es imposible que todas sean duquesas o reinas (ya que hay muchas más mujeres bonitas en el mundo que títulos y tronos para que ellas los adornen), se contentan con hacer feliz a un corredor de bolsa o a un banquero a un precio fijo. A esta belleza de buen carácter, llamada Eufrasia, una ambición desmedida había llevado a aspirar a un empleado de notario. En resumen, el segundo empleado en la oficina del notario Maître Crottat se había enamorado de ella, como la juventud a los veintidós años puede enamorarse. El escribiente habría asesinado al Papa y se habría lanzado a través de todo el colegio sagrado para obtener la miserable suma de cien luises para pagar un chal que había trastornado la cabeza de Eufrasia, precio por el cual su doncella había prometido que Eufrasia sería suya. El joven infatuado caminaba de un lado a otro bajo las ventanas de Madame Eufrasia, como los osos polares en su jaula en el Jardin des Plantes, con su mano derecha metida bajo su chaleco en la región del corazón, que estaba listo para arrancar de su pecho, pero hasta ahora solo había tirado del elástico de sus tirantes.

—¿Qué se puede hacer para reunir diez mil francos? —se preguntaba—. ¿Debo escapar con el dinero que debo pagar por el registro de esa escritura? ¡Dios mío! mi préstamo no arruinaría al comprador, ¡un hombre con siete millones! Y luego al día siguiente me arrojaría a sus pies y diría: «He tomado diez mil francos que le pertenecen, señor; tengo veintidós años y estoy enamorado de Eufrasia; esa es mi historia. Mi padre es rico, él se lo devolverá; ¡no me arruine! ¿Acaso no ha tenido usted veintidós años y ha estado locamente enamorado?» ¡Pero estos propietarios miserables no tienen alma! Sería muy probable que me entregara al fiscal público, en lugar de compadecerse de mí. ¡Dios mío! ¡si fuera posible vender tu alma al Diablo! Pero no hay Dios ni Diablo; todo es una tontería de cuentos de niños y charlas de viejas. ¿Qué haré?

—Si tiene intención de vender su alma al Diablo, señor —dijo el pintor de brocha gorda, que había escuchado algo que el empleado dejó caer—, puede tener los diez mil francos.

—¡Y a Eufrasia! —gritó el empleado, mientras cerraba un trato con el diablo que habitaba en el pintor de brocha gorda.

Concluido el pacto, el frenético empleado fue a buscar el chal y subió por la escalera de Madame Eufrasia; y como (literalmente) el diablo estaba en él, no bajó durante doce días, ahogando el pensamiento del infierno y de sus privilegios en doce días de amor y desenfreno y olvido, por los cuales había cambiado todas sus esperanzas de un paraíso venidero.

Y de esta manera el secreto del vasto poder descubierto y adquirido por el irlandés, el vástago del cerebro de Maturin, se perdió para la humanidad; y los diversos orientalistas, místicos y arqueólogos que se interesan por estos asuntos fueron incapaces de transmitir a la posteridad el método adecuado para invocar al Diablo, por las siguientes razones suficientes:

En el decimotercer día después de estas frenéticas nupcias, el miserable empleado yacía en un jergón en un desván en la casa de su maestro en la Rue Saint-Honoré. La vergüenza, la estúpida diosa que no se atreve a contemplarse a sí misma, se había apoderado del joven. Había caído enfermo; intentó curarse a sí mismo; calculó mal la cantidad de un remedio ideado por la habilidad de un profesional bien conocido en los muros de París, y sucumbió a los efectos de una sobredosis de mercurio. Su cadáver estaba tan negro como el lomo de un topo. Un demonio había dejado huellas inconfundibles de su paso por allí; ¿podría haber sido Astaroth?

* * * * *

—El estimable joven al que usted se refiere ha sido llevado al planeta Mercurio —dijo el empleado principal a un demonólogo alemán que vino a investigar el asunto de primera mano.

—Estoy perfectamente preparado para creerlo —respondió el teutón.

—¡Oh!

—Sí, señor —respondió el otro—. La opinión que usted adelanta coincide con las palabras mismas de Jacob Boehme. En la cuadragésima octava proposición de La vida triple del hombre, él dice que «si Dios ha hecho que todas las cosas lleguen a pasar con un HÁGASE, el FIAT es la matriz secreta que comprende y aprehende la naturaleza que es formada por el espíritu nacido de Mercurio y de Dios».

—¿Qué dice usted, señor?

El alemán entregó su cita nuevamente.

—No la conocemos —dijeron los empleados.

—¿Fiat? —dijo un empleado—. ¡Fiat lux!

—Pueden verificar la cita ustedes mismos —dijo el alemán—. Encontrarán el pasaje en el Tratado de la vida triple del hombre, página 75; la edición fue publicada por el Sr. Migneret en 1809. Fue traducida al francés por un filósofo que sentía una gran admiración por el famoso zapatero.

—Oh, ¿era zapatero, verdad? —dijo el empleado principal.

—En Prusia —dijo el alemán.

—¿Trabajaba para el Rey de Prusia? —preguntó un beocio a un segundo empleado.

«Debe haber retocado su prosa», dijo un tercero.

«¡Ese hombre es colosal!», gritó el cuarto, señalando al teutón.

Aquel caballero, aunque era un demonólogo de primer rango, desconocía la cantidad de diabluras que pueden encontrarse en un escribiente de notario. Se marchó sin la menor idea de que se estaban burlando de él, y con la impresión absoluta de que los jóvenes consideraban a Boehme un genio colosal.

«La educación está dando pasos agigantados en Francia», se dijo para sus adentros.

El recluta

[El yo interior] ... mediante un fenómeno de visión o de locomoción, se sabe que a veces ha abolido el Espacio en sus dos modos: Tiempo y Distancia; el uno intelectual, el otro físico.

--HISTORIA DE LOUIS LAMBERT.

En una tarde de noviembre del año 1793, los principales ciudadanos de Carentan estaban reunidos en el salón de la Mme. de Dey. Mme. de Dey ofrecía esta recepción todas las noches de la semana, pero un interés inusitado se unía al encuentro de aquella velada debido a ciertas circunstancias que habrían pasado totalmente inadvertidas en una gran ciudad, aunque en un pequeño pueblo de provincias despertaban la mayor curiosidad. Desde hacía dos días, Mme. de Dey no había recibido a sus visitantes y, la tarde anterior, su puerta había permanecido cerrada bajo el pretexto de una indisposición. Dos acontecimientos semejantes, en cualquier época ordinaria, habrían producido en Carentan la misma sensación que París conoce en las noches en que no hay representación en los teatros: la existencia se vuelve, en cierto modo, incompleta; pero, en aquellos tiempos en que la menor indiscreción por parte de un aristócrata podía ser cuestión de vida o muerte, esta conducta de Mme. de Dey corría el riesgo de acarrear las consecuencias más desastrosas para ella. Su posición en Carentan debe ser aclarada si el lector desea apreciar la expresión de viva curiosidad y fanatismo astuto en los rostros de estos ciudadanos normandos y, lo que es más importante, el papel que la dama desempeñaba entre ellos. Más de uno durante los días de la Revolución ha pasado, sin duda, por una crisis tan difícil como la suya en aquel momento, y las simpatías de más de un lector completarán todo el colorido del cuadro.

Mme. de Dey era viuda de un teniente general, caballero de las órdenes de San Miguel y del Espíritu Santo. Había abandonado la Corte cuando comenzó la Emigración y se había refugiado en las cercanías de Carentan, donde poseía grandes fincas, con la esperanza de que la influencia del Reinado del Terror se sentiría poco allí. Sus cálculos, basados en un conocimiento exhaustivo de la región, resultaron acertados. La Revolución apenas causó disturbios en la Baja Normandía. Antiguamente, cuando Mme. de Dey pasaba algún tiempo en el campo, su círculo de conocidos se limitaba a las familias nobles de la zona; pero ahora, por motivos políticos, abría su casa a los principales ciudadanos y a las autoridades revolucionarias de la ciudad, esforzándose por halagar y satisfacer su orgullo social sin despertar odio ni celos. Graciosa y amable, poseedora del encanto indescriptible que gana voluntades sin perder la dignidad ni esforzarse en adular a nadie, había logrado obtener una estima universal; las discretas advertencias de un tacto exquisito le permitían navegar por un rumbo difícil entre las exigentes demandas de esta sociedad mixta, sin herir el amor propio desmedido de los advenedizos, por un lado, ni las susceptibilidades de sus viejos amigos, por el otro.

Tenía unos treinta y ocho años y conservaba aún, no la belleza fresca y encendida de las bas-normandes, sino una fragilidad encantadora de lo que podría llamarse tipo aristocrático. Su figura era esbelta y grácil, sus rasgos delicados y claramente definidos; el rostro pálido parecía iluminarse y cobrar vida cuando hablaba; pero había una mirada tranquila y devota en sus grandes ojos oscuros, a pesar de toda su gracia de expresión, una mirada que parecía decir que los manantiales de su vida residían fuera de su propia existencia.

En su primera juventud se había casado con un soldado anciano y celoso. Su falsa posición en medio de una corte alegre había contribuido, sin duda, a velar de tristeza un rostro que debió brillar una vez con los encantos de una vida y un amor de pulso rápido. Se había visto obligada a imponer una restricción constante a sus impulsos y emociones francos a una edad en que una mujer siente más de lo que piensa, y las profundidades de la pasión en su corazón nunca se habían agitado. En esto residía el secreto de su mayor encanto: una juventud del alma interior, revelada a veces por su rostro, y cierto matiz de inocente melancolía en sus ideas. Era reservada en su comportamiento, pero en su porte y en los tonos de su voz había todavía algo que hablaba de anhelos juveniles dirigidos hacia un futuro vago. Al poco tiempo, el menos susceptible se enamoraba de ella y, sin embargo, sentía cierto respeto por su dignidad y sus modales refinados. Su gran alma, fortalecida por las crueles ordalías que había pasado, parecía situarla demasiado por encima del nivel común, y aquellos hombres, al medirse, sentían instintivamente que no estaban a la altura. Tal naturaleza exigía una pasión exaltada.

Por otra parte, los afectos de Mme. de Dey se concentraban en un solo sentimiento: el amor de una madre por su hijo. Toda la felicidad y la alegría que no había conocido como esposa, las había encontrado después en su amor ilimitado por él. La coquetería de una amante, los celos de una esposa, se mezclaban con el afecto puro y profundo de una madre. Se sentía miserable cuando estaban separados y nerviosa por él mientras él estaba fuera; nunca se cansaba de verlo y vivía a través de él y solo para él. Se puede dar una idea de la fuerza de este vínculo al entendimiento masculino añadiendo que este no era solo el único hijo de Mme. de Dey, sino todo lo que ella tenía de parentela en el mundo, el único ser humano en la tierra unido a ella por todos los temores, esperanzas y alegrías de su vida.

El difunto conde de Dey era el último de su linaje, y ella, su esposa, era la única heredera y descendiente de su casa. Así, las ambiciones mundanas y las consideraciones familiares, además de los deseos más nobles del alma, se combinaban para intensificar en la condesa un sentimiento que es fuerte en el corazón de toda mujer. El niño era tanto más querido cuanto que solo con infinito cuidado había logrado criarlo hasta la edad adulta; la ciencia médica había predicho su muerte una veintena de veces, pero ella se había aferrado a sus presentimientos y a sus esperanzas, y había conocido la alegría indescriptible de verlo superar a salvo los peligros de la infancia, de ver cómo su constitución se fortalecía a pesar de los decretos de la Facultad.

Gracias a sus cuidados constantes, el niño había crecido y se había desarrollado tan favorablemente que, a los veinte años, era considerado uno de los caballeros más consumados de la Corte de Versalles. Una última felicidad que no siempre corona los esfuerzos de una madre le pertenecía: su hijo la adoraba; y entre ambos existía la profunda simpatía de almas afines. Si no hubieran estado unidos ya por un vínculo natural y sagrado, habrían sentido instintivamente el uno por el otro una amistad que rara vez se encuentra entre dos hombres.

A la edad de dieciocho años, el joven conde había recibido el nombramiento de subteniente en un regimiento de dragones, y se había hecho una cuestión de honor seguir a los príncipes emigrados al exilio.

Entonces, Mme. de Dey se enfrentó a los peligros de su cruel posición. Era rica, noble y madre de un emigrado. Con el único deseo de cuidar la gran fortuna de su hijo, se había negado la felicidad de estar con él; y cuando leía las leyes rigurosas en virtud de las cuales la República confiscaba diariamente los bienes de los emigrados en Carentan, se felicitaba por el curso valiente que había tomado. ¿Acaso no vigilaba la riqueza de su hijo a riesgo de su vida? Más tarde, cuando llegaron noticias de las horribles ejecuciones ordenadas por la Convención, dormía feliz sabiendo que su propio tesoro estaba a salvo, fuera del alcance del peligro, lejos de los cadalsos de la Revolución. Le encantaba pensar que había seguido el mejor camino, que había salvado a su amado y la fortuna de su amado; y a este pensamiento secreto hacía las concesiones que las desgracias de los tiempos exigían, sin comprometer su dignidad ni sus principios aristocráticos, envolviendo sus penas en reserva y misterio. Había previsto las dificultades que la acecharían en Carentan. ¿Acaso no tentaba al cadalso por el simple hecho de ir allí a ocupar un lugar destacado? Sin embargo, sostenida por el valor de una madre, logró ganarse el afecto de los pobres, atendiendo sin distinción a todo el que tuviera problemas; y se hizo necesaria para los acomodados, proporcionándoles diversiones.

El procurador de la comuna podía ser visto en su casa; el alcalde, el presidente del «distrito», el fiscal público e incluso los jueces de los tribunales revolucionarios acudían allí. Los cuatro primeros caballeros mencionados no estaban casados, y cada uno le hacía la corte con la esperanza de que Mme. de Dey lo tomara por marido, ya fuera por miedo a crearse un enemigo o por el deseo de encontrar un protector.

El fiscal público, antiguo abogado en Caen y gestor de negocios de la condesa, hacía lo que podía para inspirar amor mediante un sistema de devoción y generosidad: ¡un peligroso juego de astucia! Era el más formidable de todos sus pretendientes. Él solo conocía la cuantía de la gran fortuna de su antigua clienta, y su fervor se veía inevitablemente incrementado por la codicia y por la conciencia de que ejercía un poder enorme: el poder de vida y muerte en el distrito. Seguía siendo joven y, debido a la generosidad de su comportamiento, Mme. de Dey aún no podía juzgarlo con exactitud. Pero, a pesar del peligro de enfrentarse a la astucia normanda, empleó toda la destreza e inventiva que la Naturaleza ha otorgado a las mujeres para hacer que los pretendientes rivales se enfrentaran entre sí. Esperaba, ganando tiempo, salir sana y salva de sus dificultades; pues, en aquella época, los realistas de provincias se halagaban con una esperanza, renovada diariamente, de que el mañana vería el fin de la Revolución: una convicción que resultó fatal para muchos de ellos.

A pesar de las dificultades, la condesa había mantenido su independencia con considerable habilidad hasta el día en que, por una inexplicable falta de prudencia, decidió cerrar su salón. Tan profundo y sincero era el interés que despertaba, que quienes solían llenar su salón sintieron una viva inquietud cuando se difundió la noticia; entonces, con la curiosidad franca característica de las costumbres provincianas, fueron a indagar sobre la desgracia, el dolor o la enfermedad que habían caído sobre Mme. de Dey.

Ante todas estas preguntas, Brigitte, el ama de llaves, respondía con la misma fórmula: su señora guardaba habitación y no vería a nadie, ni siquiera a sus propios sirvientes. Las vidas casi claustrales de los habitantes de los pequeños pueblos fomentan el hábito del análisis y de la explicación conjetural de los asuntos de los demás; es tan fuerte que, cuando todos se hubieron lamentado por la pobre Mme. de Dey (sin saber si la dama estaba superada por la alegría o la tristeza), cada uno comenzó a indagar en las causas de su repentino aislamiento.

«Si estuviera enferma, habría enviado a buscar al médico», dijo el chismoso número uno; «ahora bien, el médico ha estado jugando al ajedrez en mi casa todo el día. Me dijo, riendo, que en estos tiempos solo hay una enfermedad y que, por desgracia, es incurable».

La broma fue lanzada con discreción. Mujeres y hombres, ancianos y jovencitas, se entregaron de inmediato a los vastos campos de la conjetura. Todos imaginaban que había algún secreto en ello, y todas las cabezas estaban ocupadas con el secreto. Al día siguiente, las sospechas se volvieron malignas. Todos viven en público en un pueblo pequeño, y las mujeres fueron las primeras en descubrir que Brigitte había comprado una reserva extra de provisiones. El asunto no podía ser discutido. Brigitte había sido vista en el mercado temprano esa mañana y, cosa maravillosa, había comprado la única liebre que había. Todo el pueblo sabía que a Mme. de Dey no le gustaba la caza. La liebre se convirtió en un punto de partida para conjeturas sin fin.

Los caballeros ancianos, durante su paseo, notaron una especie de ajetreo reprimido en la casa de la condesa; los síntomas eran más evidentes porque los sirvientes se esforzaban visiblemente por ocultarlos. El criado estaba sacudiendo una alfombra en el jardín. Apenas ayer nadie habría notado el hecho, pero hoy todos empezaron a tejer romances sobre ese inofensivo objeto doméstico. Todo el mundo tenía su versión.

Al día siguiente, aquel en que Mme. de Dey hizo saber que no se encontraba bien, los magnates de Carentan fueron a pasar la velada a casa del hermano del alcalde. Era un comerciante retirado, hombre casado, un alma estrictamente honorable; todos lo respetaban y la condesa lo tenía en gran estima. Allí, todos los pretendientes de la rica viuda se esforzaron por inventar ficciones más o menos probables, mientras cada uno pensaba en cómo sacar provecho del secreto que la obligaba a comprometerse de tal manera.

El fiscal público tejió todo un drama para llevar al hijo de Mme. de Dey a su casa durante la noche. El alcalde tenía fe en un sacerdote que había rechazado el juramento, un refugiado de La Vendée; pero esto lo dejaba bastante avergonzado para explicar la compra de una liebre un viernes. El presidente del distrito tenía fuertes inclinaciones hacia un jefe chouan o un líder vendeano intensamente perseguido. Otros apostaban por un noble escapado de las prisiones de París. En resumen, todos y cada uno sospechaban que la condesa había sido culpable de algún acto de generosidad que la ley de aquellos días definía como un crimen, una ofensa que estaba a punto de llevarla al cadalso. El fiscal público, además, dijo en voz baja que debían silenciar el asunto e intentar salvar a la desafortunada dama del abismo hacia el que se precipitaba.

«Si difunden rumores», añadió, «me veré obligado a tomar cartas en el asunto, a registrar la casa, ¡y entonces!...»

No dijo más, pero todos entendieron lo que quedaba implícito.

Los verdaderos amigos de la condesa estaban tan alarmados por ella que, en la mañana del tercer día, el Procureur Syndic de la comuna hizo que su esposa escribiera unas líneas para persuadir a Mme. de Dey de que celebrara su recepción como de costumbre aquella tarde. El viejo comerciante dio un paso más audaz. Visitó a la dama esa misma mañana. Fortalecido por el pensamiento del servicio que pretendía prestarle, insistió en que debía ver a Mme. de Dey, y se quedó más que asombrado al encontrarla en el jardín, ocupada recogiendo las últimas flores del otoño en sus parterres para llenar los jarrones.

«Ha dado refugio a su amante, sin duda», pensó el anciano, embargado por la compasión hacia la encantadora mujer que tenía ante sí.

El rostro de la condesa mostraba una mirada extraña que confirmaba sus sospechas. Profundamente conmovido por la devoción tan natural en las mujeres, pero que siempre nos conmueve porque todos los hombres se sienten halagados por los sacrificios que cualquier mujer hace por cualquiera de ellos, el comerciante contó a la condesa los chismes que circulaban por el pueblo y le mostró el peligro que corría. Terminó diciendo que «si hay algunos de nuestros funcionarios públicos que están lo suficientemente dispuestos a perdonar un acto de heroísmo por su parte siempre que sea un sacerdote al que desea salvar, nadie le mostrará piedad si se descubre que se está sacrificando a los dictados de su corazón».

Ante estas palabras, Mme. de Dey contempló a su visitante con una agitación salvaje en su forma de actuar que le hizo temblar, a pesar de su edad.

«Entre», dijo, tomándolo de la mano para llevarlo a su habitación, y tan pronto como se aseguró de que estaban solos, sacó una carta sucia y desgarrada de su corpiño. «¡Lea esto!», gritó, con un esfuerzo violento por pronunciar las palabras.

Cayó exhausta en su sillón. Mientras el viejo comerciante buscaba sus anteojos y los limpiaba, ella levantó los ojos y, por primera vez, lo miró con curiosidad; luego, con voz incierta: «Confío en usted», dijo suavemente.

«¿Por qué vine sino para compartir su crimen?», dijo el viejo comerciante con sencillez.

Ella tembló. Por primera vez desde que había llegado al pequeño pueblo, su alma encontró simpatía en otra alma. Una luz repentina amaneció mientras tanto en el viejo comerciante; comprendió la alegría y la postración de la condesa.

Su hijo había participado en la expedición de Granville; le escribía a su madre desde su prisión, y la carta le traía una esperanza triste y dulce. Sin dudar de sus medios de escape, escribía que en tres días estaba seguro de llegar hasta ella, disfrazado. La misma carta que traía estas noticias importantes estaba llena de despedidas desgarradoras en caso de que el autor no estuviera en Carentan al atardecer del tercer día, y suplicaba a su madre que enviara una suma considerable de dinero con el portador, quien había pasado por peligros innumerables para entregarla. El papel temblaba en las manos del anciano.

«¡Y hoy es el tercer día!», gritó Mme. de Dey. Se puso de pie, recuperó la carta y comenzó a caminar de un lado a otro.

«Ha actuado con imprudencia», observó el comerciante dirigiéndose a ella. «¿Por qué compró provisiones?»

«Bueno, puede llegar muriéndose de hambre, agotado por la fatiga y...» Se interrumpió.

«Estoy seguro de mi hermano», continuó el viejo comerciante; «lo comprometeré en sus intereses».

El comerciante, en esta crisis, recuperó su antigua astucia comercial, y el consejo que dio a Mme. de Dey estaba lleno de prudencia y sabiduría. Después de que ambos se pusieron de acuerdo sobre lo que debían hacer y decir, el viejo comerciante fue, bajo varios pretextos ingeniosos, a realizar visitas a las casas principales de Carentan, anunciando dondequiera que iba que acababa de ver a Mme. de Dey y que, a pesar de su indisposición, recibiría esa tarde. Enfrentando su astucia a la de los normandos en el interrogatorio al que fue sometido en cada familia sobre la dolencia de la condesa, logró desviar casi a todos los que se interesaban por el misterioso asunto.

Su primera visita hizo maravillas. Contó, ante una anciana que sufría de gota, cómo Mme. de Dey había estado a punto de morir de un ataque de gota en el estómago; cómo el ilustre Tronchin le había recomendado en tal caso ponerse la piel de una liebre viva sobre el pecho, quedarse en cama y mantener una calma absoluta. La condesa, dijo, había estado en peligro de muerte durante los últimos dos días; pero, tras seguir cuidadosamente la singular receta de Tronchin, ya estaba lo suficientemente recuperada como para recibir visitas esa tarde.

Esta historia tuvo un éxito inmenso en Carentan. El médico local, realista *in petto*, añadió efecto al mismo discutiendo gravemente el remedio. La sospecha, sin embargo, había echado raíces demasiado profundas en algunas mentes perversas o filosóficas como para ser disipada por completo; por lo que sucedió que aquellos que tenían derecho de entrada al salón de Mme. de Dey se apresuraron a ir a una hora temprana, unos para observar su rostro, otros por amistad, pero la mayoría atraídos por la fama de la maravillosa cura.

Encontraron a la condesa sentada en un rincón de la gran chimenea de su estancia, la cual estaba amueblada de forma casi tan modesta como apartamentos similares en Carentan; pues había renunciado al disfrute de lujos a los que antes estaba acostumbrada, por miedo a ofender los estrechos prejuicios de sus invitados, y no había hecho cambios en su casa. El suelo ni siquiera estaba encerado. Había dejado los viejos y sombríos tapices en las paredes, conservado los muebles rurales de antaño, quemado velas de sebo, se había adaptado a las costumbres del lugar y adoptado la vida provincial sin amilanarse ante su estrechez de miras, rígida como el hierro, ni ante sus penalidades más desagradables; pero sabiendo que sus invitados le perdonarían cualquier prodigalidad que redundara en su comodidad, no dejaba nada al azar cuando de su disfrute personal se trataba; sus cenas, por ejemplo, eran excelentes. Incluso llegó al extremo de fingir avaricia para congraciarse con esas naturalezas sórdidas; y tuvo el ingenio de hacer parecer que ciertas concesiones al lujo habían sido hechas a instancias de otros, ante quienes ella había cedido gentilmente.

Hacia las siete de aquella tarde, por tanto, la muestra más cercana a la alta sociedad de la que Carentan podía jactarse estaba reunida en el salón de Mme. de Dey, en un amplio círculo alrededor del fuego. Las miradas comprensivas del anciano comerciante sostuvieron a la dueña de la casa a través de esta ordalía; con una fuerza de espíritu maravillosa, se sometió al curioso escrutinio de sus invitados y soportó sus triviales discursos. Cada vez que llamaban a la puerta, ante cada sonido de pasos en la calle, ocultaba su agitación planteando cuestiones de interés absorbente para la comarca. Dirigió la conversación hacia el candente tema de la calidad de las distintas sidras, y fue tan bien secundada por su amigo, quien compartía su secreto, que los invitados casi olvidaron observarla, y su rostro recuperó su aspecto habitual; su serenidad permaneció inquebrantable. El fiscal público y uno de los jueces del Tribunal Revolucionario, sin embargo, guardaron silencio; notando el más mínimo cambio que parpadeaba en sus facciones, escuchando a través de la ruidosa charla cada sonido en la casa. Varias veces plantearon preguntas incómodas, que la condesa respondió con una presencia de ánimo maravillosa. ¡Tan valiente es el corazón de una madre!

Mme. de Dey había atraído a sus visitantes a pequeños grupos, había organizado partidas de whist, boston o reversis, y se sentó a charlar con algunos de los jóvenes; parecía vivir completamente en el momento presente y desempeñó su papel como una actriz consumada. Suscitó una sugerencia de jugar al loto y, diciendo que nadie más sabía dónde encontrar el juego, salió de la estancia.

—¡Mi buena Brigitte, no puedo respirar ahí abajo! —exclamó, secándose las lágrimas que brotaban de sus ojos, los cuales brillaban de fiebre, dolor e impaciencia—. Había subido a la habitación de su hijo y estaba echando un vistazo a su alrededor—. No viene —dijo—. Aquí puedo respirar y vivir. Unos minutos más y estará aquí, porque está vivo, ¡estoy segura de que está vivo! Mi corazón me lo dice. ¿No oyes nada, Brigitte? ¡Oh! Daría el resto de mi vida por saber si todavía está en prisión o caminando por el campo. Preferiría no pensar.

Una vez más, se aseguró de que todo estuviera en orden. Un fuego brillante ardía en el hogar, los postigos estaban cuidadosamente cerrados, los muebles relucían de limpieza, la cama había sido hecha de una manera que demostraba que Brigitte y la condesa habían dedicado su atención a cada detalle insignificante. Era imposible no leer sus esperanzas en los delicados y atentos preparativos de la habitación; el amor y las caricias más tiernas de una madre parecían impregnar el aire con el aroma de las flores. Solo una madre podría haber previsto las necesidades de un soldado y haber dispuesto todo tan completamente para su satisfacción. Una comida delicada, el mejor vino, ropa limpia, zapatillas; no faltaba ninguna necesidad, ninguna comodidad para el viajero fatigado, y todos los deleites del hogar acumulados sobre él debían revelarle el amor de su madre.

—¡Oh, Brigitte!… —exclamó la condesa, con una inflexión desgarradora en su voz. Acercó una silla a la mesa como para fortalecer sus ilusiones y materializar sus anhelos.

—Ah, madame, está llegando. No está lejos… No tengo duda de que está vivo y en camino —respondió Brigitte—. Puse una llave en la Biblia y la sostuve sobre mis dedos mientras Cottin leía el Evangelio de San Juan, y la llave no se movió, madame.

—¿Es esa una señal segura? —preguntó la condesa.

—¡Pues sí, madame! Todo el mundo lo sabe. Todavía está vivo; apostaría mi salvación a ello; Dios no puede equivocarse.

—Si tan solo pudiera verlo aquí en la casa, a pesar del peligro.

—¡Pobre Monsieur Auguste! —exclamó Brigitte—; ¡me imagino que estará caminando por los senderos!

—¡Y son las ocho en punto! —exclamó la condesa con terror.

Temía haber estado demasiado tiempo en la habitación donde se sentía segura de que su hijo estaba vivo; todos esos preparativos hechos para él significaban que estaba vivo. Bajó, pero se demoró un momento en el peristilo por si algún sonido pudiera despertar los ecos dormidos del pueblo. Sonrió al marido de Brigitte, que estaba allí de guardia; los ojos del hombre parecían estúpidos por el esfuerzo de escuchar los tenues sonidos de la noche. Miró hacia la oscuridad, viendo a su hijo en cada sombra, en todas partes; pero solo fue por un instante. Luego regresó al salón con una apariencia de gran ánimo y comenzó a jugar al loto con las niñas. Pero de vez en cuando se quejaba de sentirse indispuesta y se iba a sentar en su gran sillón junto a la chimenea. Así iban las cosas en la casa de Mme. de Dey y en las mentes de quienes estaban bajo su techo.

Mientras tanto, en el camino de París a Cherburgo, un joven, vestido con la inevitable carmañola marrón de aquellos días, avanzaba con dificultad hacia Carentan. Cuando se hicieron las primeras levas, apenas se mantenía la disciplina. Las exigencias del momento apenas permitían que los soldados fueran equipados de inmediato, y no era raro ver los caminos abarrotados de reclutas con su ropa de diario. Los jóvenes se adelantaban a su compañía hacia el siguiente lugar de parada, o se rezagaban; dependía de su aptitud para soportar las fatigas de una larga marcha. Este caminante en particular llevaba bastante ventaja sobre una compañía de reclutas en camino a Cherburgo, cuya llegada esperaba el alcalde a cada hora, pues era su deber distribuir sus alojamientos. Los pasos del joven seguían siendo firmes mientras caminaba con dificultad, y su porte parecía indicar que no era ajeno a la vida dura de un soldado. La luna brillaba sobre los pastos alrededor de Carentan, pero él había notado grandes masas de nubes blancas que estaban a punto de esparcir chubascos de nieve sobre el campo, y sin duda el miedo a ser alcanzado por una tormenta había acelerado su paso a pesar de su cansancio.

La cartera que llevaba a la espalda estaba casi vacía y llevaba un bastón en la mano, cortado de uno de los altos y espesos setos de boj que rodean la mayoría de las granjas en la Baja Normandía. Cuando el caminante solitario llegó a Carentan, los perfiles relucientes de sus torres bajo la luz de la luna destacaron por un momento con efecto fantasmal contra el cielo. No se encontró con nadie en las calles silenciosas que resonaban con los ecos de sus propios pasos, y se vio obligado a preguntar el camino a la casa del alcalde a un tejedor que trabajaba hasta tarde. El magistrado no fue difícil de encontrar, y en pocos minutos el recluta estaba sentado en un banco de piedra en el porche del alcalde esperando su billete de alojamiento. Sin embargo, lo mandaron llamar y lo pusieron frente a frente con aquel funcionario, quien lo examinó atentamente. El soldado de infantería era un joven apuesto, que parecía ser de noble cuna. Había algo aristocrático en su porte y signos en su rostro de inteligencia desarrollada por una buena educación.

—¿Cómo te llamas? —preguntó el alcalde, mirándolo con astucia.

—Julien Jussieu —respondió el recluta.

—¿De…? —preguntó el funcionario, y una sonrisa incrédula se dibujó en sus rasgos.

—De París.

—Tus camaradas deben de estar bastante atrás —observó el normando en tono sarcástico.

—Llevo tres leguas de ventaja sobre el batallón.

—Algún sentimiento te atrae a Carentan, por supuesto, ciudadano recluta —dijo el alcalde con sagacidad—. ¡Está bien, está bien! —añadió, con un gesto de la mano, viendo que el joven estaba a punto de hablar—. Sabemos dónde enviarte. Toma, lárgate, *Ciudadano Jussieu* —y le entregó el billete.

Había un tinte de ironía en el énfasis que el magistrado puso en las dos últimas palabras mientras le extendía un billete para casa de Mme. de Dey. El recluta leyó la dirección con curiosidad.

—Sabe muy bien que no tiene mucho camino, y cuando salga cruzará muy pronto la plaza del mercado —se dijo el alcalde, mientras el otro salía—. ¡Es inusualmente audaz! ¡Que Dios lo guíe!… Tiene una respuesta preparada para todo. Sí, ¡pero si alguien más hubiera pedido ver sus documentos, todo habría acabado para él!

Los relojes de Carentan dieron las nueve y media mientras él hablaba. Se estaban encendiendo linternas en la antecámara de Mme. de Dey, los criados ayudaban a sus amos y amas a ponerse los zuecos, sobretodos y calesas. Los jugadores de cartas liquidaron sus cuentas y todos salieron juntos, según la costumbre de todos los pequeños pueblos rurales.

—Parece que el fiscal tiene intención de quedarse —dijo una dama, quien notó que ese importante personaje no estaba en el grupo de la plaza del mercado, donde todos se despedían antes de seguir sus caminos por separado hacia sus casas. Y, a decir verdad, aquel temible funcionario estaba a solas con la condesa, quien esperaba temblando a que él se fuera. Había algo espantoso en su largo silencio.

—Ciudadana —dijo él por fin—, estoy aquí para velar por que se cumplan las leyes de la República…

Mme. de Dey se estremeció.

—¿No tiene nada que decirme?

—¡Nada! —respondió ella, asombrada.

—Ah, madame —exclamó el fiscal, sentándose a su lado y cambiando de tono—. En este momento, por falta de una palabra, uno de nosotros —usted o yo— podríamos llevar nuestras cabezas al cadalso. He observado su carácter, su alma, su actitud, demasiado de cerca para compartir el error en el que usted ha logrado conducir a sus visitantes esta noche. Usted está esperando a su hijo, no podría dudarlo.

La condesa hizo un gesto involuntario de negación, pero su rostro se había vuelto blanco y demacrado por la lucha para mantener la compostura que no sentía, y ningún temblor pasó inadvertido para el despiadado fiscal.

—Muy bien —continuó el funcionario revolucionario—, recíbalo; pero no permita que se quede bajo su techo más allá de las siete de la mañana de mañana; pues mañana, tan pronto como aclare el día, vendré con una denuncia que habré redactado, y…

Ella lo miró, y la miseria sorda en sus ojos habría ablandado a un tigre.

—Dejaré claro que la denuncia era falsa haciendo un registro exhaustivo —continuó con voz suave—; mi informe será tal que usted estará a salvo de cualquier sospecha posterior. Haré mención de sus donaciones patrióticas, su civismo, y todos estaremos a salvo.

Mme. de Dey, temerosa de una trampa, permaneció inmóvil, con el rostro encendido y la lengua helada. Un golpe en la puerta resonó por toda la casa.

—¡Oh!… —exclamó la madre aterrorizada, cayendo de rodillas—; ¡sálvenlo! ¡sálvenlo!

—¡Sí, salvémoslo! —respondió el fiscal público, y sus ojos se iluminaron al mirarla—, ¡aunque nos cueste la vida!

—¡Perdido! —se lamentó ella. El fiscal la levantó cortésmente.

—Madame —dijo él con un despliegue de elocuencia—, solo a su propia voluntad le deberé…

—Madame, él está… —gritó Brigitte, pensando que su ama estaba sola. Al ver al fiscal público, el semblante de la vieja criada, sonrosado por la alegría, se volvió demacrado e impasible.

—¿Quién es, Brigitte? —preguntó el fiscal amablemente, como si él también estuviera al corriente del secreto de la casa.

—Un recluta que el alcalde ha enviado aquí para pasar la noche —respondió la mujer, sosteniendo el billete.

—Así es —dijo el fiscal, cuando hubo leído el trozo de papel—. Un batallón vendrá aquí esta noche.

Y se fue.

La necesidad de la condesa de creer en la fe de quien fuera su abogado era tan grande que no se atrevió a albergar ninguna sospecha hacia él. Subió corriendo las escaleras; sintió que apenas tenía fuerzas para mantenerse en pie; abrió la puerta y se lanzó, medio muerta de miedo, a los brazos de su hijo.

—¡Oh, hijo mío! ¡Hijo mío! —sollozaba, cubriéndolo con besos casi frenéticos.

—¡Madame!… —dijo una voz extraña.

—¡Oh! ¡No es él! —gritó, retrocediendo con terror, y se encontró cara a cara con el recluta, mirándolo con ojos demacrados.

—¡O santo buen Dios! ¡Qué parecido tiene! —gritó Brigitte.

Hubo un silencio por un momento; incluso el extraño tembló al ver el rostro de Mme. de Dey.

—Ah, monsieur —dijo ella, apoyándose en el brazo del marido de Brigitte, sintiendo por primera vez toda la extensión de un dolor que casi la había matado en su primera amenaza—; ah, monsieur, no puedo quedarme a verlo más tiempo… permita que mis criados ocupen mi lugar y se aseguren de que tenga todo lo que necesita.

Bajó a su propia habitación, con Brigitte y el viejo criado llevándola casi en vilo. El ama de llaves sentó a su ama en una silla y estalló:

—¡Cómo, madame! ¿Ese hombre va a dormir en la cama de Monsieur Auguste, y a usar las zapatillas de Monsieur Auguste, y a comer el pastel que hice para Monsieur Auguste? Pues si me guillotinasen por ello, yo…

—¡Brigitte! —gritó Mme. de Dey.

Brigitte no dijo nada más.

—Cierra la boca, charlatana —dijo su marido en voz baja—; ¿acaso quieres matar a madame?

Un sonido provino de la habitación del recluta mientras acercaba su silla a la mesa.

—No me quedaré aquí —gritó Mme. de Dey—; iré al invernadero; allí oiré mejor si alguien pasa en la noche.

Todavía vacilaba entre el miedo a haber perdido a su hijo y la esperanza de verlo una vez más. Aquella noche fue horriblemente silenciosa. Hubo un intervalo terrible para la condesa, cuando el batallón de reclutas entró en la ciudad y los hombres pasaron, uno a uno, a sus alojamientos. Cada pisada, cada sonido en la calle, alimentaba esperanzas que luego se veían defraudadas; pero no fue por mucho tiempo, el silencio espantoso volvió a reinar. Hacia la mañana, la condesa se vio obligada a regresar a su habitación. Brigitte, vigilando siempre los movimientos de su ama, no la vio salir de nuevo; y cuando entró, encontró a la condesa allí, muerta.

—Supongo que oyó a ese recluta —gritó Brigitte—, caminando por la habitación de Monsieur Auguste, silbando esa maldita Marsellesa suya mientras se vestía, ¡como si hubiera estado en un establo! Eso debe de haberla matado.

Pero fue una emoción más profunda y solemne, y sin duda alguna visión espantosa, lo que había causado la muerte de Mme. de Dey; pues en la misma hora en que moría en Carentan, su hijo era fusilado en le Morbihan.

* * * * *

Esta historia trágica puede sumarse a todos los casos registrados del funcionamiento de simpatías no controladas por las leyes del tiempo y el espacio. Estas observaciones, recopiladas con curiosidad científica por unos pocos individuos aislados, servirán algún día como documentos sobre los cuales basar los fundamentos de una nueva ciencia a la que hasta ahora le ha faltado su hombre de genio.

Introducción al Zadig babilónico

Una obra (dice el autor) que hace más de lo que promete.

Voltaire nunca oyó hablar de una "novela detectivesca"; y, sin embargo, escribió la primera en la literatura moderna, tan ingeniosa que es un modelo para todas las demás que le siguieron.

Describe así a su héroe Zadig: "Su talento principal consistía en descubrir la verdad", en hacer deducciones rápidas y maravillosas, dignas de Sherlock Holmes o de cualquier otra de las ingeniosas "máquinas de pensar" modernas.

Pero nadie estaría más sorprendido que Voltaire al ver el papel que Zadig "desempeña" ahora. El divertido babilonio, considerado hoy como el antepasado aristocrático de los detectives de ficción modernos, fue creado como un burlón principal en una sátira sobre las costumbres, la moral y la metafísica del siglo XVIII.

Voltaire infundió su brillo deslumbrante en "Zadig" como lo hizo en otros cien personajes, con un propósito político. Su sátira velada y amarga pretendía hacer pensar a Europa, aguijonear a la razón para que entrara en acción, ridiculizar hasta la extinción un sistema engañoso de privilegios especiales. Lo logró, a través de la Revolución Francesa y las convulsiones resultantes. Sus novelas son las más perfectas de las múltiples expresiones de Voltaire con este fin, lo que lo marca como el hombre de letras más poderoso del siglo.

Pero el archingenioso de su época se superó a sí mismo en "Zadig". Tan sorprendentemente agudo y rápido era este detective consumado que sus métodos sobrevivieron mucho más allá de su misión satírica. Su mente afilada como una navaja fue reencarnada un siglo después como el fascinador de naciones: M. Dupin. Y desde el mago de Poe hasta Sherlock Holmes, no hay uno de los miles de "detectives", dibujados en una miríada de escenas que emocionan al mundo de los lectores, que no deba sus rasgos, al menos, a "Zadig".

"No uses tu razón, actúa como tus amigos, respeta las convenciones; de lo contrario, el mundo se negará absolutamente a dejarte ser feliz". Esto resume la teoría de la vida que satiriza Zadig. Sus cómicos problemas provienen enteramente de su uso de la razón independiente en oposición a las costumbres de su tiempo.

La sátira encajaba en la antigua Babilonia, encajaba en la Francia del siglo XVIII, y quizás el lector de estos volúmenes pueda encontrar algunos puntos de contacto con su propio entorno.

Sigue siendo picante, sin embargo, recordar la *raison d'être* original de Zadig. Resultó elegido para el papel de lo que hoy conocemos como "un detective" simplemente porque Voltaire había estado leyendo historias en las "Mil y una noches" cuyos héroes salen de apuros mediante deducciones maravillosas a partir de signos simples. (Véase Vol. VI.)

Voltaire debe de haber sonreído ante el delicioso interés humano, la sutil ironía para perforar a los farsantes complacientes, que acechaba detrás de estas situaciones orientales. Aprovechó al máximo su oportunidad para una parábola pintoresca, aplicable a las cortes, la iglesia y la ciencia de Europa. A medida que avanza la historia, entre muchas y repentinas aventuras, el babilonio lee causas a partir de eventos de manera ingenua, entusiasta como Sherlock Holmes, y no menos eficiente; y mientras tanto, detrás de esta máscara inocente, Voltaire está insinuando una comparación entre los resultados prácticos del sentido común de Zadig y las inútiles telarañas mentales hiladas por el supuesto pensamiento de la época.

Especialmente caricaturizó "Zadig" la ciencia ortodoxa y a los metafísicos, cuyas búsquedas solemnes de causas finales, tras la realidad detrás de la apariencia de las cosas, deambulaban mayormente en enredos desesperados, y así formaban una gran arma de opresión política, al posponer la era de la razón y el pensamiento independiente. Zadig "no se empleaba en calcular cuántas pulgadas de agua fluyen en un segundo de tiempo bajo los arcos de un puente, o si caía una línea cúbica de lluvia más en el mes del Ratón que en el mes de la Oveja. Nunca soñó con hacer seda de telarañas, o porcelana de botellas rotas; pero estudió principalmente las propiedades de las plantas y los animales; y pronto adquirió una sagacidad que le hizo *descubrir mil diferencias donde otros hombres no ven más que uniformidad*."

FRANÇOIS MARIE AROUET DE VOLTAIRE

Zadig el babilonio

EL TUERTO

Vivía en Babilonia, en el reinado del rey Moabdar, un joven llamado Zadig, de buena disposición natural, fortalecida y mejorada por la educación. Aunque rico y joven, había aprendido a moderar sus pasiones; no tenía nada de rígido o afectado en su comportamiento, no pretendía examinar cada acción con las estrictas reglas de la razón, sino que siempre estaba dispuesto a hacer las concesiones apropiadas ante la debilidad de la humanidad.

Era motivo de sorpresa que, a pesar de su ingenio vivaz, nunca expusiera mediante sus burlas esos discursos vagos, incoherentes y ruidosos, esas censuras temerarias, decisiones ignorantes, bromas groseras y todo ese tintineo vacío de palabras que en Babilonia pasaba por conversación. Había aprendido, en el primer libro de Zoroastro, que el amor propio es un balón hinchado de aire, del cual, cuando se pincha, brotan las tempestades más terribles.

Sobre todo, Zadig nunca se jactó de sus conquistas entre las mujeres, ni afectó tener una opinión despreciable del bello sexo. Era generoso y nunca temió obligar a los ingratos, recordando el gran precepto de Zoroastro: "Cuando comas, da a los perros, aunque te muerdan". Era tan sabio como le es posible serlo al hombre, pues buscaba vivir con los sabios.

Instruido en las ciencias de los antiguos caldeos, comprendía los principios de la filosofía natural, tales como se suponían entonces, y sabía tanto de metafísica como se ha conocido jamás en cualquier época, es decir, poco o nada en absoluto. Estaba firmemente persuadido, a pesar de la nueva filosofía de los tiempos, de que el año constaba de trescientos sesenta y cinco días y seis horas, y que el sol estaba en el centro del mundo. Pero cuando los principales magos le dijeron, con aire altivo y desdeñoso, que sus sentimientos eran de tendencia peligrosa y que era ser enemigo del Estado creer que el sol giraba sobre su propio eje y que el año tenía doce meses, guardó silencio con gran modestia y mansedumbre.

Poseedor como era de grandes riquezas, y por consiguiente de muchos amigos, bendecido con una buena constitución, una figura apuesto, una mente justa y moderada, y un corazón noble y sincero, imaginaba ingenuamente que podría ser feliz fácilmente. Iba a casarse con Semira, quien, en cuanto a belleza, nacimiento y fortuna, era el mejor partido de Babilonia. Él tenía un afecto real y virtuoso por esta dama, y ella lo amaba con la más apasionada ternura.

El momento feliz estaba casi llegado, el que debía unirlos para siempre en los lazos del matrimonio, cuando, al pasear juntos hacia una de las puertas de Babilonia, bajo las palmeras que adornan las riberas del Éufrates, vieron acercarse a unos hombres armados con sables y flechas. Eran los secuaces del joven Orcan, sobrino del ministro, a quien las criaturas de su tío habían halagado hasta el punto de hacerle creer que podía hacer cualquier cosa con impunidad. Él no tenía ninguna de las gracias ni virtudes de Zadig; pero, considerándose un hombre mucho más consumado, se enfurecía al ver que el otro era preferido antes que él. Esta envidia, que era meramente el efecto de su vanidad, le hizo imaginar que estaba desesperadamente enamorado de Semira; y, en consecuencia, resolvió raptarla. Los raptores la tomaron; en la violencia del ultraje la hirieron e hicieron fluir la sangre de una persona cuya visión habría ablandado a los tigres del monte Imaus. Ella traspasó los cielos con sus quejas. Gritó: "¡Mi querido esposo! Me arrancan del hombre al que adoro". Sin importarle su propio peligro, solo se preocupaba por el destino de su querido Zadig, quien, mientras tanto, se defendía con toda la fuerza que el coraje y el amor podían inspirar. Asistido solo por dos esclavos, puso en fuga a los raptores y llevó a casa a Semira, insensible y ensangrentada como estaba.

Al abrir los ojos y contemplar a su salvador, "¡Oh Zadig!", dijo ella, "te amaba antiguamente como mi futuro esposo; ahora te amo como el preservador de mi honor y de mi vida". Nunca un corazón fue más profundamente afectado que el de Semira. Jamás una boca más encantadora expresó sentimientos más conmovedores, en esas palabras ardientes inspiradas por el sentido del mayor de todos los favores y por los transportes más tiernos de una pasión legítima.

Su herida era leve y pronto sanó. Zadig estaba más peligrosamente herido; una flecha lo había atravesado cerca del ojo y penetrado a una profundidad considerable. Semira cansaba al Cielo con sus oraciones por la recuperación de su amante. Sus ojos estaban constantemente bañados en lágrimas; esperaba ansiosamente el momento feliz en que los de Zadig pudieran encontrar los suyos; pero un absceso que crecía en el ojo herido daba motivos para temerlo todo. Se despachó inmediatamente un mensajero a Menfis por el gran médico Hermes, quien llegó con un numeroso séquito. Visitó al paciente y declaró que perdería el ojo. Incluso predijo el día y la hora en que ocurriría este suceso fatal. "Si hubiera sido el ojo derecho", dijo, "fácilmente lo habría curado; pero las heridas del ojo izquierdo son incurables". Toda Babilonia lamentó el destino de Zadig y admiró los profundos conocimientos de Hermes.

A los dos días el absceso se rompió por sí solo y Zadig quedó perfectamente curado. Hermes escribió un libro para probar que no debería haber sanado. Zadig no lo leyó; pero, tan pronto como pudo salir, fue a hacer una visita a aquella en quien se centraban todas sus esperanzas de felicidad, y por cuya causa únicamente deseaba tener ojos. Semira había estado en el campo durante los tres últimos días. Se enteró en el camino de que esa fina dama, habiendo declarado abiertamente que sentía una aversión invencible hacia los hombres tuertos, la noche anterior había dado su mano a Orcan. Ante esta noticia, cayó al suelo sin habla. Su dolor lo llevó casi al borde de la tumba. Estuvo mucho tiempo indispuesto; pero la razón finalmente se impuso a su aflicción, y la severidad de su destino sirvió para consolarlo.

"Puesto que", dijo, "he sufrido tanto por el cruel capricho de una mujer educada en la corte, debo pensar ahora en casarme con la hija de un ciudadano". Se decidió por Azora, una dama de la mayor prudencia y de la mejor familia de la ciudad. Se casó con ella y vivió con ella durante tres meses en todos los deleites de la unión más tierna. Solo observó que ella tenía un poco de ligereza, y que era demasiado propensa a encontrar que aquellos jóvenes que tenían los físicos más apuestos estaban asimismo dotados de más ingenio y virtud.

LA NARIZ

Una mañana, Azora regresó de un paseo en una pasión terrible, pronunciando las exclamaciones más violentas. "¿Qué te aflige", dijo él, "mi querida esposa? ¿Qué es lo que puede haberte descompuesto de tal manera?"

"Ay", dijo ella, "estarías tan enfurecido como yo si hubieras visto lo que acabo de presenciar. He estado consolando a la joven viuda Cosrou, quien, en estos dos días, ha levantado una tumba a su joven esposo, cerca del arroyo que baña las orillas de este prado. Juró al cielo, en la amargura de su dolor, permanecer en esta tumba mientras el agua del arroyo continuara corriendo cerca de ella".

"Bueno", dijo Zadig, "es una mujer excelente y amaba a su esposo con el afecto más sincero".

"Ah", replicó Azora, "¿supieras en qué estaba empleada cuando fui a visitarla!"

"¿En qué, por favor, hermosa Azora? ¿Estaba desviando el curso del arroyo?"

Azora estalló en invectivas tan largas y cargó a la joven viuda con reproches tan amargos, que Zadig estuvo lejos de estar complacido con esta ostentación de virtud.

Zadig tenía un amigo llamado Cador, uno de esos jóvenes en quienes su esposa descubría más probidad y mérito que en otros. Lo hizo su confidente y aseguró su fidelidad tanto como fue posible mediante un regalo considerable. Azora, habiendo pasado dos días con una amiga en el campo, regresó a casa al tercero. Los sirvientes le dijeron, con lágrimas en los ojos, que su esposo había muerto repentinamente la noche anterior; que temían enviarle noticia de este luctuoso suceso; y que acababan de depositar su cadáver en la tumba de sus antepasados, al final del jardín. Ella lloró, se arrancó los cabellos y juró que lo seguiría hasta la tumba.

Por la tarde, Cador pidió permiso para visitarla y unió sus lágrimas a las de ella. Al día siguiente lloraron menos y cenaron juntos. Cador le contó que su amigo le había dejado la mayor parte de sus bienes; y que se consideraría extremadamente feliz compartiendo su fortuna con ella. La dama lloró, se enfureció y al final se volvió más suave y gentil. Se sentaron más tiempo a cenar que a comer. Ahora hablaban con mayor confianza. Azora elogió al difunto; pero reconoció que tenía muchos defectos de los que Cador estaba libre.

Durante la cena, Cador se quejó de un dolor violento en el costado. La dama, grandemente preocupada y ansiosa por servirle, hizo traer toda clase de esencias, con las cuales lo ungió, para probar si alguna de ellas podría aliviarle el dolor. Lamentó que el gran Hermes ya no estuviera en Babilonia. Incluso se dignó tocar el costado en el que Cador sentía un dolor tan exquisito.

"¿Eres propenso a este trastorno cruel?", le dijo con aire compasivo.

"A veces me lleva", respondió Cador, "al borde de la tumba; y no hay más que un remedio que puede darme alivio, y es aplicar a mi costado la nariz de un hombre que haya muerto hace poco".

"¡Un remedio extraño, en verdad!", dijo Azora.

"No más extraño", replicó él, "que las bolsitas de Arnon contra la apoplejía". Esta razón, sumada al gran mérito del joven, determinó finalmente a la dama.

"Después de todo", dice ella, "cuando mi esposo cruce el puente Tchinavar, en su viaje al otro mundo, el ángel Asrael no le negará el paso porque su nariz sea un poco más corta en la segunda vida de lo que era en la primera". Entonces tomó una navaja, fue a la tumba de su esposo, la regó con sus lágrimas y se acercó para cortar la nariz de Zadig, a quien encontró extendido a todo lo largo en la tumba. Zadig se levantó, sosteniendo su nariz con una mano, y, apartando la navaja con la otra, "Señora", dijo, "no exclame tan violentamente contra la joven Cosrou; el proyecto de cortarme la nariz es igual al de desviar el curso de un arroyo".

EL PERRO Y EL CABALLO

Zadig descubrió por experiencia que el primer mes de matrimonio, como está escrito en el libro de Zend, es la luna de miel, y que el segundo es la luna de ajenjo. Algún tiempo después se vio obligado a repudiar a Azora, quien se volvió demasiado difícil de complacer; y buscó entonces la felicidad en el estudio de la naturaleza. "Ningún hombre", dijo, "puede ser más feliz que un filósofo que lee en este gran libro que Dios ha puesto ante nuestros ojos. Las verdades que descubre son suyas, nutre y exalta su alma; vive en paz; no teme nada de los hombres; y su tierna esposa no vendrá a cortarle la nariz".

Poseedor de estas ideas, se retiró a una casa de campo a orillas del Éufrates. Allí no se ocupó en calcular cuántas pulgadas de agua fluyen en un segundo de tiempo bajo los arcos de un puente, o si caía una línea cúbica de lluvia más en el mes del Ratón que en el mes de la Oveja. Nunca soñó con hacer seda de telas de araña, o porcelana de botellas rotas; pero estudió principalmente las propiedades de las plantas y los animales; y pronto adquirió una sagacidad que le hacía descubrir mil diferencias donde otros hombres no ven más que uniformidad.

Un día, mientras paseaba cerca de un pequeño bosque, vio a uno de los eunucos de la reina corriendo hacia él, seguido por varios oficiales, que parecían estar en gran perplejidad, y que corrían de un lado a otro como hombres distraídos, buscando ansiosamente algo que habían perdido de gran valor. "Joven", dijo el primer eunuco, "¿has visto al perro de la reina?" "Es una hembra", respondió Zadig. "Tienes razón", replicó el primer eunuco. "Es una perra spaniel muy pequeña", añadió Zadig; "ha parido hace poco; cojea de la pata delantera izquierda y tiene orejas muy largas". "La has visto", dijo el primer eunuco, sin aliento. "No", respondió Zadig, "no la he visto, ni siquiera sabía que la reina tuviera un perro".

Exactamente al mismo tiempo, por uno de los caprichos comunes de la fortuna, el mejor caballo del establo del rey se había escapado del jinete en las llanuras de Babilonia. El cazador principal y todos los demás oficiales corrieron tras él con tanta avidez y ansiedad como el primer eunuco tras la spaniel. El cazador principal se dirigió a Zadig y le preguntó si no había visto pasar al caballo del rey. "Es el caballo más veloz del establo del rey", respondió Zadig; "mide cinco pies de altura, con cascos muy pequeños, y una cola de tres pies y medio de largo; los adornos de su freno son de oro de veintitrés quilates, y sus herraduras son de plata de once dineros". "¿Qué camino tomó? ¿dónde está?", demandó el jefe de cazadores. "No lo he visto", respondió Zadig, "y nunca había oído hablar de él antes".

El cazador principal y el primer eunuco no dudaron de que Zadig había robado el caballo del rey y la spaniel de la reina. Por lo tanto, hicieron que lo condujeran ante la asamblea del gran desterham, que lo condenó al knut y a pasar el resto de sus días en Siberia. Apenas dictada la sentencia, el caballo y la spaniel fueron ambos encontrados. Los jueces se vieron reducidos a la desagradable necesidad de revocar su sentencia; pero condenaron a Zadig a pagar cuatrocientas onzas de oro por haber dicho que no había visto lo que había visto. Esta multa se vio obligado a pagar; tras lo cual se le permitió defender su causa ante el consejo del gran desterham, donde habló de la siguiente manera:

"Estrellas de la justicia, abismo de las ciencias, espejos de la verdad, que tenéis el peso del plomo, la dureza del hierro, el esplendor del diamante y muchas propiedades del oro: puesto que se me permite hablar ante esta augusta asamblea, os juro por Oramades que nunca he visto a la respetable spaniel de la reina, ni al sagrado caballo del rey de reyes. La verdad del asunto es la siguiente: paseaba hacia el pequeño bosque, donde más tarde encontré al venerable eunuco y al ilustrísimo jefe de cazadores. Observé en la arena las huellas de un animal, y pude percibir fácilmente que eran las de un perro pequeño. Los surcos ligeros y largos impresos en pequeñas eminencias de arena entre las marcas de las patas descubrieron claramente que era una hembra, cuyas ubres estaban colgando, y que, por lo tanto, debía haber parido hacía pocos días. Otras huellas de un tipo diferente, que siempre parecían haber rozado suavemente la superficie de la arena cerca de las marcas de las patas delanteras, me mostraron que tenía orejas muy largas; y como remarqué que siempre había una impresión más leve hecha en la arena por una pata que por las otras tres, encontré que la spaniel de nuestra augusta reina era un poco coja, si se me permite la expresión.

"Con respecto al caballo del rey de reyes, os complacerá saber que, caminando por los senderos de este bosque, observé las marcas de las herraduras de un caballo, todas a distancias iguales. Este debe ser un caballo, me dije a mí mismo, que galopa excelentemente. El polvo de los árboles en el camino, que solo tenía siete pies de ancho, estaba un poco despejado, a una distancia de tres pies y medio del centro del camino. Este caballo, dije, tiene una cola de tres pies y medio de largo, la cual, al ser agitada a derecha e izquierda, ha barrido el polvo. Observé bajo los árboles que formaban una pérgola de cinco pies de altura, que las hojas de las ramas estaban recién caídas; de donde inferí que el caballo las había tocado, y que debía, por tanto, tener cinco pies de altura. En cuanto a su freno, debe ser de oro de veintitrés quilates, pues había frotado sus adornos contra una piedra que supe que era una piedra de toque, y que he probado. En una palabra, por las marcas hechas por sus herraduras en pedernales de otro tipo, concluí que estaba herrado con plata de once dineros de pureza".

Todos los jueces admiraron a Zadig por su discernimiento agudo y profundo. La noticia de este discurso llegó incluso al rey y a la reina. No se hablaba más que de Zadig en las antecámaras, las cámaras y el gabinete; y aunque muchos de los magos opinaban que debía ser quemado por hechicero, el rey ordenó a sus oficiales que le devolvieran las cuatrocientas onzas de oro que se había visto obligado a pagar. El registrador, los abogados y los alguaciles fueron a su casa con gran formalidad, para devolverle sus cuatrocientas onzas. Solo retuvieron trescientas noventa y ocho de ellas para sufragar los gastos de justicia; y sus sirvientes exigieron sus honorarios.

Zadig vio cuán extremadamente peligroso es a veces parecer demasiado sabio, y por tanto resolvió que en la próxima ocasión de naturaleza similar no contaría lo que había visto.

Tal oportunidad pronto se presentó. Un prisionero de Estado escapó y pasó bajo la ventana de la casa de Zadig. Zadig fue interrogado y no dio respuesta. Pero se demostró que había mirado al prisionero desde esta ventana. Por este crimen fue condenado a pagar quinientas onzas de oro; y, según la cortés costumbre de Babilonia, agradeció a sus jueces por su indulgencia.

"¡Gran Dios!", se dijo a sí mismo, "¡qué desgracia es pasear por un bosque por el que ha pasado la spaniel de la reina o el caballo del rey! ¡qué peligroso es mirar por una ventana! ¡y qué difícil es ser feliz en esta vida!"

EL HOMBRE ENVIDIOSO

Zadig resolvió consolarse mediante la filosofía y la amistad de los males que había sufrido por la fortuna. Tenía en los suburbios de Babilonia una casa elegantemente amueblada, en la que reunía todas las artes y todos los placeres dignos de la búsqueda de un caballero. Por la mañana su biblioteca estaba abierta a los eruditos. Por la noche su mesa estaba rodeada de buena compañía. Pero pronto descubrió cuán peligrosos invitados son estos hombres de letras. Surgió una acalorada disputa sobre una de las leyes de Zoroastro, que prohíbe comer grifos. "¿Por qué", dijeron algunos de ellos, "prohibir comer grifo, si no existe tal animal en la naturaleza?" "Debe existir necesariamente tal animal", dijeron los otros, "puesto que Zoroastro nos prohíbe comerlo". Zadig habría querido reconciliarlos diciendo: "Si no hay grifos, no podemos comerlos; y así, de cualquier manera, obedeceremos a Zoroastro".

Un hombre erudito que había compuesto trece volúmenes sobre las propiedades del grifo, y era además el principal teúrgo, se apresuró a acusar a Zadig ante uno de los principales magos, llamado Yebor, el mayor necio y por tanto el mayor fanático entre los caldeos. Este hombre habría empalado a Zadig para hacer honores al sol, y luego habría recitado el breviario de Zoroastro con mayor satisfacción. El amigo Cador (un amigo vale más que cien sacerdotes) fue a Yebor y le dijo: "Larga vida al sol y a los grifos; cuídate de castigar a Zadig; es un santo; tiene grifos en su patio interior y no los come; y su acusador es un hereje, que se atreve a sostener que los conejos tienen pezuñas hendidas y no son inmundos".

"Bueno", dijo Yebor, sacudiendo su cabeza calva, "debemos empalar a Zadig por haber pensado despectivamente de los grifos, y al otro por haber hablado irrespetuosamente de los conejos". Cador acalló el asunto por medio de una dama de honor con la que tenía un amorío, y que tenía gran influencia en el Colegio de los Magos. Nadie fue empalado.

Esta ligereza ocasionó un gran murmullo entre algunos de los doctores, quienes desde allí predijeron la caída de Babilonia. "¿De qué depende la felicidad?", dijo Zadig. "Soy perseguido por todo en el mundo, incluso a causa de seres que no tienen existencia". Maldijo a esos hombres de saber, y resolvió en el futuro vivir solo con buena compañía.

El problema de Zadig fue su mérito. El rey estaba cada día más convencido de su valor, y la reina le profesaba un afecto que, a la larga, resultaba peligroso para ella misma, para el rey, para Zadig y para el reino en su conjunto. Zadig comenzó a creer que la felicidad no era algo tan inalcanzable como había imaginado. Sin embargo, un nuevo incidente estaba a punto de arruinarlo todo.

Había en Babilonia un hombre llamado Orcan, quien por su nacimiento y su fortuna era uno de los más poderosos del reino. Era un hombre violento, vanidoso y carente de toda delicadeza, que, al no poder obtener el amor de la joven Almona, una mujer de una virtud y una belleza excepcionales, decidió valerse de su poder para doblegarla. La joven, acosada, buscó la protección de Zadig, el ministro, sabiendo que él era el único capaz de hacer justicia.

Zadig, conmovido por la situación de la joven, se presentó ante el rey para interceder por ella. Orcan, al enterarse, se sintió humillado y comenzó a tejer una intriga contra el ministro. Se unió a los cortesanos envidiosos, quienes desde hacía tiempo buscaban cualquier pretexto para derribar a aquel que, por su rectitud, les recordaba constantemente su propia vileza. Argumentaron ante el rey que el interés de Zadig por Almona no era un acto de justicia, sino de deseo, y que el ministro pretendía socavar la autoridad real para sus propios fines.

El rey, aunque de natural noble, era susceptible a las sospechas que los celos siembran en los corazones de los monarcas. Sus conversaciones con la reina, que a menudo giraban en torno a la sabiduría y las virtudes de Zadig, empezaron a ser interpretadas por él bajo un prisma de desconfianza. Cada vez que la reina elogiaba al ministro, el rey sentía una punzada de amargura. Los cortesanos, viendo esta debilidad, redoblaron sus calumnias.

Fue entonces cuando la intriga alcanzó su punto álgido. Se hizo llegar al rey una carta falsificada, supuestamente escrita por Zadig, en la que se sugerían planes de traición y una correspondencia secreta con príncipes enemigos de Babilonia. La caligrafía había sido imitada con tal maestría que ni el propio Zadig, de haberla visto, habría podido negar que parecía suya. La envidia, que siempre encuentra el camino más corto hacia la ruina de los hombres justos, había triunfado una vez más.

El rey, cegado por la ira y el despecho, ordenó el arresto inmediato de su primer ministro. Zadig fue conducido a una mazmorra oscura, lejos de la luz del sol y del favor real. Sus amigos, temiendo ser arrastrados por la misma corriente de desgracia, se alejaron de él. La misma multitud que días antes lo aclamaba como el hombre más feliz del imperio, ahora se agolpaba en las calles para pedir su cabeza, convencida de su traición. Zadig, en su celda, recordaba las palabras del loro y la profecía de su sueño. La serpiente había aparecido, y su veneno era la ingratitud de un rey y la maldad de los hombres.

"La razón es más antigua y más autorizada que la costumbre", respondió Zadig. "En todas tus conferencias, apela a la razón antes de que el tiempo haya consagrado el error".

Setoc se dispuso a ir a ver a los caciques de la tribu con Zadig, y se reunieron con ellos. Zadig habló con tanta elocuencia y con tanta dulzura que logró convencer a los principales de la tribu de que era un horror dejar perecer a jóvenes viudas que podían ser útiles al Estado. Almona, quien estaba presente, apoyó sus argumentos. Zadig fue aún más lejos; propuso que se estableciera la costumbre de que una viuda no pudiera ser quemada hasta que no hubiera conversado con un hombre joven en privado durante una hora. La propuesta fue aprobada por unanimidad.

Almona, que era muy bella, fue la primera en aprovechar esta nueva ley. Ella envió a buscar a Zadig para una conversación privada, tal como lo dictaba la prudencia de la costumbre. Después de una hora de diálogo, el joven Zadig logró persuadirla de que la vida era demasiado hermosa para ser abandonada en una hoguera, y ella, agradecida, le permitió salvarla.

Aquel día, la noticia de esta reforma se extendió por toda Arabia. Zadig se convirtió en el hombre más admirado y respetado de la región. Sin embargo, no pudo evitar sentirse melancólico al recordar a Astarte, cuya suerte le era desconocida, y su corazón seguía habitado por la sombra de un amor que ninguna lógica podía disipar.

«La razón es más antigua», respondió Zadig; «mientras tanto, habla tú con los jefes de las tribus y yo iré a atender a la joven viuda».

En consecuencia, fue presentado ante ella; y, tras haberse granjeado su benevolencia con algunos cumplidos sobre su belleza y decirle cuánto lamentaba que se entregaran tantas gracias a las llamas, finalmente la elogió por su constancia y valentía. «Debes de haber amado a tu esposo», le dijo, «con la más apasionada ternura».

«¿Quién, yo?», respondió la dama. «No lo amaba en absoluto. Era un miserable brutal, celoso e insoportable; pero estoy firmemente resuelta a arrojarme sobre su pira funeraria».

«Parecería entonces», dijo Zadig, «que debe haber un placer muy delicioso en ser quemada viva».

«¡Oh! hace estremecer a la naturaleza», respondió la dama, «pero eso debe pasarse por alto. Soy una devota, y perdería mi reputación y todo el mundo me despreciaría si no me quemara». Habiéndola hecho reconocer Zadig que se quemaba para ganar la buena opinión de los demás y para satisfacer su propia vanidad, la entretuvo con un largo discurso, calculado para hacerla un poco amante de la vida, e incluso llegó tan lejos como para inspirarle cierto grado de buena voluntad hacia la persona que le hablaba.

«¡Ay!», dijo la dama, «creo que debería desear que te casaras conmigo».

La mente de Zadig estaba demasiado absorta con la idea de Astarte como para no eludir esta declaración; pero fue al instante ante los jefes de las tribus, les contó lo sucedido y les aconsejó promulgar una ley por la cual no se permitiera a una viuda quemarse hasta haber conversado en privado con un hombre joven durante el espacio de una hora. Desde ese tiempo, ni una sola mujer se ha quemado en Arabia. Fueron deudores a Zadig solo por destruir en un día una costumbre cruel que había durado por tantos siglos y así se convirtió en el benefactor de Arabia.

LA CENA

Setoc, que no podía separarse de este hombre en quien moraba la sabiduría, lo llevó a la gran feria de Balzora, adonde acudían los mercaderes más ricos de la tierra. Zadig estaba muy complacido de ver a tantos hombres de diferentes países reunidos en el mismo lugar. Consideraba el universo entero como una gran familia reunida en Balzora.

Setoc, tras haber vendido sus mercancías a muy alto precio, regresó a su propia tribu con su amigo Zadig; quien supo, a su llegada, que había sido juzgado en su ausencia y que ahora iba a ser quemado a fuego lento. Solo la amistad de Almona salvó su vida. Como tantas mujeres hermosas, poseía gran influencia sobre el sacerdocio. Zadig pensó que lo mejor era dejar Arabia.

Setoc quedó tan encantado con el ingenio y la destreza de Almona que la hizo su esposa. Zadig partió, tras haberse arrojado a los pies de su bella salvadora. Setoc y él se despidieron con lágrimas en los ojos, jurándose una amistad eterna y prometiendo que el primero de ellos que adquiriera una gran fortuna la compartiría con el otro.

Zadig dirigió su rumbo a lo largo de las fronteras de Asiria, aún meditando sobre la infeliz Astarte y reflexionando sobre la severidad de la fortuna, que parecía decidida a hacerlo el juguete de su crueldad y el objeto de su persecución. «¿Qué», se dijo a sí mismo, «cuatrocientas onzas de oro por haber visto un perro faldero! ¡condenado a perder mi cabeza por cuatro malos versos en alabanza al rey! ¡listo para ser estrangulado porque la reina tenía zapatos del color de mi bonete! ¡reducido a la esclavitud por haber socorrido a una mujer que era golpeada! ¡y a punto de ser quemado por haber salvado la vida de todas las viudas jóvenes de Arabia!»

EL LADRÓN

Al llegar a las fronteras que dividen Arabia Pétrea de Siria, pasó junto a un castillo bastante fuerte, del cual salió un grupo de árabes armados. Lo rodearon al instante y gritaron: «Todo lo que tienes nos pertenece, y tu persona es propiedad de nuestro amo». Zadig respondió desenvainando su espada; su criado, que era un hombre de valor, hizo lo mismo. Mataron a los primeros árabes que se atrevieron a ponerles las manos encima; y, aunque el número se redobló, no se desanimaron, sino que resolvieron perecer en el conflicto. Dos hombres se defendieron contra una multitud; y tal combate no podía durar mucho.

El amo del castillo, cuyo nombre era Arbogad, habiendo observado desde una ventana los prodigios de valor realizados por Zadig, concibió una alta estima por este heroico extranjero. Descendió a toda prisa y fue en persona a llamar a sus hombres y liberar a los dos viajeros.

«Todo lo que pasa por mis tierras», dijo, «me pertenece, así como lo que encuentro sobre las tierras de otros; pero pareces ser un hombre de tal valor intrépido que te eximiré de la ley común». Luego lo condujo a su castillo, ordenando a sus hombres que lo trataran bien; y por la tarde Arbogad cenó con Zadig.

El señor del castillo era uno de esos árabes a quienes comúnmente se llama ladrones; pero de vez en cuando realizaba algunas buenas acciones en medio de una multitud de malas. Robaba con una rapacidad furiosa y concedía favores con gran generosidad; era intrépido en la acción; afable en compañía; un libertino en la mesa, pero alegre en el libertinaje; y particularmente notable por su comportamiento franco y abierto. Estaba muy complacido con Zadig, cuya viva conversación alargó el banquete.

Al final Arbogad le dijo: «Te aconsejo que inscribas tu nombre en mi catálogo; no puedes hacer nada mejor; este no es un mal oficio; y algún día podrás convertirte en lo que soy en la actualidad».

«¿Puedo tomarme la libertad de preguntarte», dijo Zadig, «desde hace cuánto tiempo ejerces esta noble profesión?»

«Desde mi más tierna juventud», respondió el señor. «Yo era sirviente de un árabe bastante bondadoso, pero no podía soportar las penurias de mi situación. Me molestaba descubrir que el destino no me había dado ninguna parte de la tierra, que pertenece igualmente a todos los hombres. Comunicué la causa de mi inquietud a un viejo árabe, que me dijo: "Hijo mío, no desesperes; hubo una vez un grano de arena que se lamentaba de no ser más que un átomo descuidado en los desiertos; al cabo de unos años se convirtió en un diamante; y ahora es el adorno más brillante en la corona del rey de las Indias"». Este discurso causó una profunda impresión en mi mente. Yo era el grano de arena, y resolví convertirme en el diamante. Comencé robando dos caballos; pronto conseguí un grupo de compañeros; me puse en condiciones de robar pequeñas caravanas; y así, poco a poco, destruí la diferencia que antiguamente había subsistido entre mí y los demás hombres. Tuve mi parte de los bienes de este mundo; e incluso fui recompensado con usura por las penurias que había sufrido. Fui muy respetado y me convertí en el capitán de una banda de ladrones. Me apoderé de este castillo por la fuerza. El sátrapa de Siria tuvo la intención de desposeerme de él; pero yo era demasiado rico para tener algo que temer. Le di al sátrapa un regalo generoso, por cuyo medio conservé mi castillo y aumenté mis posesiones. Incluso me nombró tesorero de los tributos que Arabia Pétrea paga al rey de reyes. Desempeño mi cargo de receptor con gran puntualidad; pero me tomo la libertad de prescindir del de pagador.

«El gran Desterham de Babilonia envió aquí a un lindo sátrapa en nombre del rey Moabdar, para que me estrangulara. Este hombre llegó con sus órdenes: yo estaba al tanto de todo; hice estrangular en su presencia a las cuatro personas que había traído consigo para tirar del lazo; después de lo cual le pregunté cuánto podría valer su comisión de estrangularme. Me respondió que sus honorarios ascenderían a más de trescientas piezas de oro. Entonces le convencí de que podría ganar más quedándose conmigo. Lo hice un ladrón subordinado; y ahora es uno de mis mejores y más ricos oficiales. Si quieres seguir mi consejo, tu éxito puede ser igual al suyo; nunca hubo mejor temporada para el pillaje, ya que el rey Moabdar ha muerto y toda Babilonia está sumida en la confusión».

«¡Moabdar muerto!», dijo Zadig, «¿y qué ha sido de la reina Astarte?»

«No lo sé», respondió Arbogad. «Todo lo que sé es que Moabdar perdió el juicio y fue asesinado; que Babilonia es una escena de desorden y derramamiento de sangre; que todo el imperio está desolado; que aún hay algunos buenos golpes que dar; y que, por mi parte, he dado algunos que son admirables».

«Pero la reina», dijo Zadig; «por el cielo, ¿no sabes nada del destino de la reina?»

«Sí», respondió él, «he oído algo sobre un príncipe de Hircania; si no fue asesinada en el tumulto, probablemente sea una de sus concubinas; pero soy mucho más aficionado al botín que a las noticias. He tomado varias mujeres en mis excursiones; pero no me quedo con ninguna. Las vendo a alto precio, cuando son hermosas, sin preguntar quiénes son. En mercancías de esta clase el rango no hace diferencia, y una reina que sea fea nunca encontrará un comprador. Quizás haya vendido a la reina Astarte; quizás esté muerta; pero, sea como sea, es de poca importancia para mí, e imaginaría que de igual importancia para ti». Dicho esto, bebió un gran trago que puso todas sus ideas en tal confusión que Zadig no pudo obtener más información.

Zadig permaneció algún tiempo sin habla, sentido ni movimiento. Arbogad continuó bebiendo; contó historias; repitió constantemente que era el hombre más feliz del mundo; y exhortó a Zadig a ponerse en la misma condición. Por fin, los vapores soporíferos del vino lo adormecieron en un suave reposo.

Zadig pasó la noche en la más violenta perturbación. «¿Qué», se dijo, «perdió el rey el juicio? ¿y ha sido asesinado? No puedo evitar lamentar su destino. El imperio está desgarrado en pedazos; y este ladrón es feliz. ¡Oh fortuna! ¡Oh destino! Un ladrón es feliz, y la más bella de las obras de la naturaleza quizás haya perecido de una manera bárbara o vive en un estado peor que la muerte. ¡Oh Astarte! ¿qué ha sido de ti?»

Al amanecer interrogó a todos los que encontró en el castillo; pero todos estaban ocupados y no recibió respuesta. Durante la noche habían hecho una nueva captura y ahora estaban empleados en dividir el botín. Todo lo que pudo obtener en este apuro y confusión fue una oportunidad de partir, que aprovechó de inmediato, sumergido más profundamente que nunca en las reflexiones más sombrías y dolorosas.

Zadig prosiguió su viaje con la mente llena de inquietud y perplejidad, y ocupado por completo en la infeliz Astarte, en el rey de Babilonia, en su fiel amigo Cador, en el feliz ladrón Arbogad; en una palabra, en todas las desgracias y decepciones que había sufrido hasta entonces.

EL PESCADOR

A pocas leguas de distancia del castillo de Arbogad, llegó a las orillas de un pequeño río, deplorando aún su destino y considerándose como el más desgraciado de los mortales. Vio a un pescador tendido a la orilla del río, sosteniendo apenas, en su mano débil y feble, una red que parecía a punto de soltar, y levantando los ojos al Cielo.

«Soy ciertamente», decía el pescador, «el hombre más infeliz del mundo. Se admitía universalmente que yo era el comerciante de queso crema más famoso de Babilonia, y sin embargo estoy arruinado. Tenía la esposa más hermosa que cualquier hombre en mi posición pudiera tener; y por ella he sido traicionado. Todavía me quedaba una casa miserable, y esa la he visto saqueada y destruida. Por fin me refugié en esta choza, donde no tengo otro recurso que la pesca, y sin embargo no puedo pescar ni un solo pez. ¡Oh, mi red! ya no te arrojaré al agua; me arrojaré yo en tu lugar». Dicho esto, se levantó y avanzó en la actitud de un hombre listo para arrojarse al río, y así terminar su vida.

«¡Qué!», se dijo Zadig a sí mismo, «¿hay hombres tan desgraciados como yo?» Su afán por salvar la vida del pescador fue tal con esta reflexión. Corrió hacia él, lo detuvo y le habló con un aire tierno y compasivo. Se supone comúnmente que somos menos miserables cuando tenemos compañeros en nuestra miseria. Esto, según Zoroastro, no proviene de la malicia, sino de la necesidad. Nos sentimos insensiblemente atraídos hacia una persona infeliz como hacia uno semejante a nosotros. La alegría de los felices sería un insulto; pero dos hombres en apuros son como dos árboles delgados, que, apoyándose mutuamente, se fortalecen contra la tormenta.

«¿Por qué», dijo Zadig al pescador, «te hundes bajo tus desgracias?»

«Porque», respondió él, «no veo medios de alivio. Yo era el hombre más considerable en el pueblo de Derlback, cerca de Babilonia, y con la ayuda de mi esposa hacía el mejor queso crema del imperio. La reina Astarte y el famoso ministro Zadig eran extremadamente aficionados a ellos».

Zadig, transportado, dijo: «¿Qué, no sabes nada del destino de la reina?»

«No, mi señor», respondió el pescador; «pero sé que ni la reina ni Zadig me han pagado mis quesos crema; que he perdido a mi esposa, y ahora estoy reducido a la desesperación».

«Me halaga la idea», dijo Zadig, «de que no perderás todo tu dinero. He oído hablar de este Zadig; es un hombre honrado; y si regresa a Babilonia, como espera, te dará más de lo que te debe. Créeme, ve a Babilonia. Estaré allí antes que tú, porque estoy a caballo, y tú vas a pie. Acude al ilustre Cador; dile que has encontrado a su amigo; espérame en su casa; ve, quizás no siempre serás infeliz.

«¡Oh, poderoso Oromazes!», continuó, «tú me empleas para consolar a este hombre; ¿a quién emplearás tú para darme consuelo?» Dicho esto, le dio al pescador la mitad del dinero que había traído de Arabia. El pescador, sorprendido y arrebatado de alegría, besó los pies del amigo de Cador, y dijo: «¡Seguramente eres un ángel enviado del Cielo para salvarme!»

Mientras tanto, Zadig continuó haciendo nuevas indagaciones y derramando lágrimas. «¡Qué, mi señor!», gritó el pescador, «¿eres entonces tan infeliz, tú que otorgas favores?»

«Cien veces más infeliz que tú», respondió Zadig.

«Pero, ¿cómo es posible», dijo el buen hombre, «que el que da pueda ser más desgraciado que el que recibe?»

«Porque», respondió Zadig, «tu mayor miseria surgió de la pobreza, y la mía está asentada en el corazón».

«¿Te quitó Orcan a tu esposa?», dijo el pescador.

Esta palabra recordó a la mente de Zadig el conjunto de sus aventuras. Repitió el catálogo de sus desgracias, comenzando con el perro faldero de la reina y terminando con su llegada al castillo del ladrón Arbogad. «¡Ah!», le dijo al pescador, «Orcan merece ser castigado; pero comúnmente son hombres como esos quienes son los favoritos de la fortuna. Sin embargo, ve tú a la casa del señor Cador, y allí espera mi llegada». Luego se separaron, el pescador caminó, agradeciendo al Cielo por la felicidad de su condición; y Zadig cabalgó, acusando a la fortuna por la dureza de su suerte.

EL BASILISCO

Al llegar a una hermosa pradera, vio allí a varias mujeres que buscaban algo con gran aplicación. Se tomó la libertad de acercarse a una de ellas y preguntar si podría tener el honor de ayudarlas en su búsqueda. «Cuida de no hacerlo», respondió la siria; «lo que estamos buscando solo puede ser tocado por mujeres».

«Extraño», dijo Zadig, «¿me permites preguntarte qué es eso que solo a las mujeres les está permitido tocar?»

«Es un basilisco», dijo ella.

«¡Un basilisco, señora! y, por favor, ¿con qué propósito buscas un basilisco?»

«Es para nuestro señor y amo Ogul, cuyo ganado ves en la orilla de ese río al final de la pradera. Somos sus más humildes esclavas. El señor Ogul está enfermo. Su médico le ha ordenado comer un basilisco, guisado en agua de rosas; y como es un animal muy raro, y solo puede ser capturado por mujeres, el señor Ogul ha prometido elegir por su amada esposa a la mujer que le traiga un basilisco; déjame seguir en mi búsqueda; pues ves lo que perderé si mis compañeras me llevan ventaja».

Zadig la dejó a ella y a las otras asirias en busca de su basilisco, y continuó caminando por la pradera; cuando al llegar a la orilla de un pequeño arroyo, encontró a otra dama tendida sobre la hierba, que no estaba buscando nada. Su persona parecía ser majestuosa; pero su rostro estaba cubierto con un velo. Estaba inclinada hacia el arroyo, y profundos suspiros brotaban de su boca. En su mano sostenía una pequeña vara con la que estaba trazando caracteres en la fina arena que yacía entre el césped y el arroyo. Zadig tuvo la curiosidad de examinar qué estaba escribiendo esta mujer. Se acercó; vio la letra Z, luego una A; quedó asombrado; luego apareció una D; se sobresaltó. Pero nunca fue la sorpresa igual a la suya cuando vio las dos últimas letras de su nombre.

Permaneció algún tiempo inmóvil. Al final, rompiendo el silencio con voz vacilante: «¡Oh, generosa señora! ¡perdona a un extraño, a un hombre desafortunado, por presumir preguntarte por qué sorprendente aventura encuentro aquí el nombre de Zadig trazado por tu mano divina!»

Ante esta voz, y estas palabras, la dama levantó el velo con mano temblorosa, miró a Zadig, lanzó un grito de ternura, sorpresa y alegría, y hundiéndose bajo las diversas emociones que a la vez asaltaron su alma, cayó sin habla en sus brazos. Era la mismísima Astarte; era la reina de Babilonia; era ella a quien Zadig adoraba, y a quien se había reprochado a sí mismo por adorar; era ella cuyas desgracias había lamentado tan profundamente, y por cuyo destino se había preocupado tan ansiosamente.

Quedó por un momento privado del uso de sus sentidos, cuando fijó sus ojos en los de Astarte, que ahora comenzaban a abrirse de nuevo con un languidecer mezclado de confusión y ternura: «¡Oh, poderes inmortales!», gritó él, «que presiden los destinos de los débiles mortales, ¡me devolvéis realmente a Astarte! ¡en qué momento, en qué lugar y en qué condición vuelvo a contemplarla!» Cayó de rodillas ante Astarte y puso su rostro en el polvo a sus pies. La reina de Babilonia lo levantó e hizo que se sentara a su lado en la orilla del arroyo. Ella se enjugaba frecuentemente los ojos, de los cuales las lágrimas continuaban brotando de nuevo. Reanudó veinte veces su discurso, que sus suspiros interrumpían con la misma frecuencia; preguntaba por qué extraño accidente se habían reunido, y de repente impedía sus respuestas con otras preguntas; dejaba de lado el relato de sus propias desgracias y deseaba ser informada de las de Zadig.

Al final, habiendo ambos calmado un poco el tumulto de sus almas, Zadig le dio a conocer en pocas palabras por qué aventura fue llevado a aquella pradera. «Pero, ¡oh, infeliz y respetable reina! ¿por qué medios te encuentro en este lugar solitario, vestida con el hábito de una esclava y acompañada por otras esclavas que están buscando un basilisco, el cual, por orden del médico, ha de ser guisado en agua de rosas?»

«Mientras buscan su basilisco», dijo la bella Astarte, «te pondré al tanto de todo lo que he sufrido, por lo cual el Cielo me ha recompensado suficientemente devolviéndote a mi vista. Sabes que el rey, mi esposo, estaba irritado al verte como el más amable de los hombres; y que, por esta razón, una noche decidió estrangularte y envenenarme a mí. Sabes cómo permitió el Cielo que mi pequeño mudo me informara de las órdenes de su sublime majestad. Apenas el fiel Cador te hubo aconsejado partir, obedeciendo a mis órdenes, cuando se aventuró a entrar en mis aposentos a medianoche por un pasaje secreto. Me sacó de allí y me condujo al templo de Oromazes, donde el mago, hermano suyo, me encerró en esa enorme estatua cuya base llega hasta los cimientos del templo y cuya cima se eleva hasta lo alto de la cúpula. Allí estuve enterrada, en cierto modo; pero fui salvada por los magos y provista de todo lo necesario para la vida. Al romper el día, el boticario de su majestad entró en mi cámara con una poción compuesta de una mezcla de beleño, opio, cicuta, eléboro negro y acónito; y otro oficial fue a la tuya con una cuerda de arco de seda azul. Ninguno de los dos fue hallado. Cador, para mejor engañar al rey, fingió venir a acusarnos a ambos. Dijo que tú habías tomado el camino de las Indias, y yo el de Menfis, por lo que los guardias del rey fueron enviados inmediatamente en nuestra persecución.

«Los correos que me persiguieron no me conocían. Apenas había mostrado mi rostro a nadie más que a ti, y a ti solo en presencia y por orden de mi marido. Se guiaron en la persecución por la descripción que se les había dado de mi persona. En las fronteras de Egipto se encontraron con una mujer de la misma estatura que yo, y poseedora quizá de mayores encantos. Estaba llorando y vagando. No tuvieron duda de que esta mujer era la reina de Babilonia y, en consecuencia, la llevaron ante Moabdar. Su error, al principio, sumió al rey en una violenta pasión; pero tras haber observado a esta mujer más atentamente, la encontró extremadamente hermosa y se consoló. Se llamaba Missouf. Desde entonces me he enterado de que este nombre, en la lengua egipcia, significa la bella caprichosa. Lo era en realidad; pero tenía tanta astucia como capricho. Complació a Moabdar y ganó tal ascendencia sobre él que le hizo elegirla como esposa. Su carácter entonces empezó a mostrarse con sus verdaderos colores. Se entregó, sin escrúpulos, a todos los desvaríos de una imaginación desenfrenada. Hubiera obligado al jefe de los magos, que era anciano y gotoso, a bailar ante ella; y, ante su negativa, le persiguió con la crueldad más implacable. Ordenó a su caballerizo mayor que le hiciera un pastel de dulces. En vano representó él que no era pastelero; se vio obligado a hacerlo y perdió su puesto porque se coció un poco demasiado. El puesto de caballerizo mayor se lo dio a su enano, y el de canciller a su paje. De esta manera gobernaba Babilonia. Todo el mundo lamentaba mi pérdida. El rey, quien hasta el momento de decidir envenenarme y estrangularte a ti había sido un hombre bastante bueno, parecía haber ahogado todas sus virtudes en su desmedida afición por esta bella caprichosa. Vino al templo en el gran día de la fiesta celebrada en honor del fuego sagrado. Le vi implorar a los dioses en favor de Missouf, a los pies de la estatua en la que yo estaba encerrada. Elevé mi voz, grité: "Los dioses rechazan las oraciones de un rey que ahora se ha convertido en un tirano, y que intentó asesinar a una esposa razonable para casarse con una mujer que no destaca por nada más que por su locura y extravagancia". Ante estas palabras, Moabdar quedó confundido y su cabeza se trastornó. El oráculo que yo había pronunciado y la tiranía de Missouf conspiraron para privarle del juicio, y en pocos días su razón lo abandonó por completo.

«La locura de Moabdar, que parecía ser el juicio del Cielo, fue la señal para una revuelta. El pueblo se levantó y corrió a las armas; y Babilonia, que tanto tiempo había estado sumida en la ociosidad y la molicie, se convirtió en el teatro de una sangrienta guerra civil. Fui sacada del corazón de mi estatua y colocada a la cabeza de un partido. Cador voló a Menfis para traerte de regreso a Babilonia. El príncipe de Hircania, informado de estos funestos sucesos, regresó con su ejército e hizo un tercer partido en Caldea. Atacó al rey, quien huyó ante él con su caprichosa egipcia. Moabdar murió atravesado por heridas. Yo misma tuve la desgracia de ser capturada por un partido de hircanos, que me condujeron a la tienda de su príncipe, en el mismo momento en que Missouf era llevada ante él. Sin duda te complacerá saber que el príncipe me encontró hermosa; pero te pesará saber que me destinaba a su serrallo. Me dijo, con aire brusco y resuelto, que tan pronto como hubiera terminado una expedición militar que estaba a punto de emprender, vendría a por mí. Juzga cuán grande debió de ser mi dolor. Mis lazos con Moabdar ya estaban disueltos; podría haber sido la esposa de Zadig; y había caído en manos de un bárbaro. Le respondí con todo el orgullo que mi alto rango y mis nobles sentimientos podían inspirar. Siempre había oído afirmar que el Cielo imprimía en las personas de mi condición una marca de grandeza, la cual, con una sola palabra o mirada, podía reducir a la humildad del más profundo respeto a aquellas personas temerarias y atrevidas que presumen de desviarse de las reglas de la cortesía. Hablé como una reina, pero fui tratada como una sirvienta. El hircano, sin siquiera dignarse a hablarme, dijo a su eunuco negro que yo era impertinente, pero que me encontraba hermosa. Le ordenó que cuidara de mí y que me pusiera bajo el régimen de las favoritas, para que, mejorada mi tez, fuera más digna de sus favores cuando tuviera tiempo de honrarme con ellos. Le dije que, antes que someterme a sus deseos, pondría fin a mi vida. Él respondió, con una sonrisa, que creía que las mujeres no eran tan sanguinarias, y que estaba acostumbrado a tales expresiones violentas; y luego me dejó con el aire de un hombre que acaba de meter otro loro en su pajarera. ¡Qué estado para la primera reina del universo, y, lo que es más, para un corazón entregado a Zadig!»

Ante estas palabras, Zadig se arrojó a sus pies y los bañó con sus lágrimas. Astarte lo levantó con gran ternura y continuó así su historia: «Ahora me veía en poder de un bárbaro y rival de la mujer insensata con la que estaba confinada. Ella me dio cuenta de sus aventuras en Egipto. Por la descripción que me diste de tu persona, por el tiempo, por el dromedario en el que ibas montado y por cualquier otra circunstancia, deduje que Zadig era el hombre que había luchado por ella. No dudé que estuvieras en Menfis y, por tanto, decidí dirigirme allí. Bella Missouf, le dije, tú eres más hermosa que yo y complacerás mucho mejor al príncipe de Hircania. Ayúdame a idear los medios para mi huida; entonces reinarás sola; me harás feliz al instante y te librarás de una rival. Missouf concertó conmigo los medios de mi huida; y partí secretamente con una esclava egipcia.

«Al acercarme a las fronteras de Arabia, un famoso ladrón, llamado Arbogad, me apresó y me vendió a unos mercaderes, quienes me trajeron a este castillo, donde reside el señor Ogul. Me compró sin saber quién era yo. Es un voluptuoso, que no ambiciona nada más que la buena mesa, y piensa que Dios le envió al mundo con el único propósito de sentarse a comer. Es tan extremadamente corpulento que siempre está en peligro de asfixia. Su médico, que tiene poco crédito con él cuando tiene una buena digestión, le gobierna con un poder despótico cuando ha comido demasiado. Le ha persuadido de que un basilisco guisado en agua de rosas le proporcionará una cura completa. El señor Ogul ha prometido su mano a la esclava que le traiga un basilisco. Ves que dejo que compitan entre ellas por merecer este honor; y nunca estuve menos deseosa de encontrar el basilisco que desde que el Cielo te ha devuelto a mi vista».

A este relato le sucedió una larga conversación entre Astarte y Zadig, que consistió en todo lo que sus sentimientos reprimidos durante tanto tiempo, sus grandes sufrimientos y su amor mutuo podían inspirar en los corazones más nobles y tiernos; y los genios que presiden el amor llevaron sus palabras a la esfera de Venus.

Las mujeres regresaron a Ogul sin haber encontrado el basilisco. Zadig fue presentado a este poderoso señor y le habló en los siguientes términos: «¡Que la salud inmortal descienda del cielo para bendecir todos tus días! Soy médico; al primer aviso de tu indisposición volé a tu castillo y te he traído un basilisco guisado en agua de rosas. No es que pretenda casarme contigo. Todo lo que pido es la libertad de una esclava babilonia, que ha estado en tu poder durante unos pocos días; y, si no tuviera la suerte de curarte, magnífico señor Ogul, consiento en permanecer como esclavo en su lugar».

La propuesta fue aceptada. Astarte partió hacia Babilonia con el sirviente de Zadig, prometiendo, inmediatamente después de su llegada, enviar un correo para informarle de todo lo que había sucedido. Su despedida fue tan tierna como su encuentro. El momento del encuentro y el de la partida son las dos grandes épocas de la vida, como dice el gran libro del Zend. Zadig amaba a la reina con tanto ardor como profesaba; y la reina más de lo que creía oportuno reconocer.

Mientras tanto, Zadig habló así a Ogul: «Señor mío, mi basilisco no debe ser comido; todas sus virtudes deben entrar a través de tus poros. Lo he encerrado en una pequeña pelota, inflada y cubierta con una fina piel. Debes golpear esta pelota con todas tus fuerzas y yo debo devolvértela durante un tiempo considerable; y observando este régimen durante unos pocos días verás los efectos de mi arte». El primer día Ogul se quedó sin aliento y pensó que moriría de fatiga. El segundo estuvo menos fatigado, durmió mejor. En ocho días recuperó toda la fuerza, toda la salud, toda la agilidad y la alegría de sus años más agradables.

«Has jugado a la pelota y has sido moderado», dijo Zadig; «sabe que no existe tal cosa en la naturaleza como un basilisco; que la templanza y el ejercicio son los dos grandes conservantes de la salud; y que el arte de reconciliar la intemperancia y la salud es tan quimérico como la piedra filosofal, la astrología judicial o la teología de los magos».

El primer médico de Ogul, observando lo peligroso que este hombre podría resultar para el arte médico, formó un plan, en unión con el boticario, para enviar a Zadig a buscar un basilisco al otro mundo. Así, tras haber sufrido una larga serie de calamidades por sus buenas acciones, estaba ahora a punto de perder la vida por curar a un señor glotón. Fue invitado a una excelente cena y debía ser envenenado en el segundo plato, pero, durante el primero, recibió felizmente un correo de la bella Astarte. «Cuando uno es amado por una mujer hermosa», dice el gran Zoroastro, «siempre tiene la suerte de salir de cualquier tipo de dificultad y peligro».

LOS COMBATES

La reina fue recibida en Babilonia con todos los transportes de alegría que siempre se sienten ante el regreso de una bella princesa que ha estado envuelta en calamidades. Babilonia estaba ahora en mayor tranquilidad. El príncipe de Hircania había muerto en la batalla. Los victoriosos babilonios declararon que la reina debería casarse con el hombre que ellos eligieran para su soberano. Estaban decididos a que el primer lugar del mundo, el de ser esposo de Astarte y Rey de Babilonia, no dependiera de cábalas e intrigas. Juraron reconocer como rey al hombre que, tras ser puesto a prueba, resultara poseedor del mayor valor y de la mayor sabiduría. En consecuencia, a pocos kilómetros de la ciudad, se marcó un lugar espacioso para la liza, rodeado de magníficos anfiteatros. Allí debían presentarse los combatientes con armadura completa. Cada uno de ellos tenía un aposento separado detrás de los anfiteatros, donde nadie podía verlos ni conocerlos. Cada uno debía enfrentarse a cuatro caballeros, y aquellos que tuvieran la suerte de vencer a cuatro debían luego enfrentarse entre sí; de modo que el que permaneciera como último dueño del campo sería proclamado vencedor en los juegos.

Cuatro días después debía regresar con las mismas armas y explicar los enigmas propuestos por los magos. Si no explicaba los enigmas no sería rey; y la justa de las lanzas debía comenzar de nuevo hasta que se encontrara a un hombre que fuera vencedor en ambos combates; pues estaban absolutamente decididos a tener un rey poseedor de la mayor sabiduría y del valor más invencible. La reina debía estar todo el tiempo bajo estricta vigilancia: solo se le permitía estar presente en los juegos, y aun allí debía estar cubierta con un velo; pero no se le permitía hablar con ninguno de los competidores, para que así no recibieran favores ni sufrieran injusticias.

Estos detalles los comunicó Astarte a su amante, esperando que, para obtenerla, demostrara poseer mayor valor y sabiduría que cualquier otra persona. Zadig inició su viaje, rogando a Venus que fortaleciera su valor e iluminara su entendimiento. Llegó a las orillas del Éufrates en la víspera de este gran día. Hizo inscribir su divisa entre las de los combatientes, ocultando su rostro y su nombre, como la ley ordenaba; y luego fue a reposar al aposento que le tocó por sorteo. Su amigo Cador, que, tras la infructuosa búsqueda que había hecho de él en Egipto, había regresado a Babilonia, envió a su tienda una armadura completa, que era un regalo de la reina; así como, de su parte, uno de los mejores caballos de Persia. Zadig percibió enseguida que estos regalos eran enviados por Astarte; y de ello su valor derivó nueva fuerza, y su amor las esperanzas más alentadoras.

Al día siguiente, estando la reina sentada bajo un dosel de joyas, y los anfiteatros llenos de todos los caballeros y damas de rango de Babilonia, los combatientes aparecieron en el circo. Cada uno de ellos vino y dejó su divisa a los pies del gran mago. Sortearon sus divisas; y la de Zadig fue la última. El primero que avanzó fue cierto señor, llamado Itobad, muy rico y muy vanidoso, pero poseedor de poco valor, de menos destreza y apenas de juicio alguno. Sus sirvientes le habían convencido de que un hombre como él debía ser rey; él había respondido: «Un hombre como yo debe reinar»; y así le habían armado de pies a cabeza. Llevaba una armadura de oro esmaltada en verde, un penacho de plumas verdes y una lanza adornada con cintas verdes. Se percibió al instante, por la forma en que Itobad manejaba su caballo, que no era para un hombre como él para quien el Cielo reservaba el cetro de Babilonia. El primer caballero que corrió contra él lo lanzó fuera de la silla; el segundo lo dejó tendido sobre las ancas de su caballo, con las piernas al aire y los brazos extendidos. Itobad se recuperó, pero con tan mala gracia que todo el anfiteatro estalló en carcajadas. El tercer caballero desdeñó hacer uso de su lanza; pero, dando una estocada, le tomó por la pierna derecha y, haciéndole girar medio círculo, le dejó postrado sobre la arena. Los escuderos del juego corrieron hacia él riendo y le volvieron a colocar en su silla. El cuarto combatiente le tomó por la pierna izquierda y lo tiró al otro lado. Fue conducido de vuelta con gritos de desprecio a su tienda, donde, según la ley, debía pasar la noche; y mientras cojeaba con gran dificultad decía: «¡Qué aventura para un hombre como yo!».

Los otros caballeros se comportaron con mayor habilidad y éxito. Algunos de ellos vencieron a dos combatientes; pocos de ellos vencieron a tres; pero ninguno, salvo el príncipe Otamus, venció a cuatro. Al final, Zadig luchó contra él a su vez. Lanzó sucesivamente a cuatro caballeros de sus sillas con toda la gracia imaginable. Quedaba por ver quién sería el vencedor, si Otamus o Zadig. Las armas del primero eran de oro y azul, con un penacho del mismo color; las del último eran blancas. Los deseos de todos los espectadores estaban divididos entre el caballero de azul y el caballero de blanco. La reina, cuyo corazón estaba en una violenta palpitación, ofreció oraciones al Cielo por el éxito del color blanco.

Los dos campeones hicieron sus pases y saltos con tanta agilidad, se dieron y recibieron mutuamente tan diestros golpes con sus lanzas, y se sentaron tan firmemente en sus sillas, que todos, menos la reina, desearon que hubiera dos reyes en Babilonia. Al final, estando sus caballos cansados y sus lanzas rotas, Zadig recurrió a esta estratagema: pasa por detrás del príncipe azul; salta sobre las ancas de su caballo; lo agarra por el medio; lo arroja a la tierra; se coloca en la silla; y gira alrededor de Otamus mientras yacía extendido en el suelo. Todo el anfiteatro gritó: «¡Victoria para el caballero blanco!».

Otamus se levanta con violenta pasión y desenvaina su espada; Zadig salta de su caballo con el sable en la mano. Ambos están ahora en el suelo, enzarzados en un nuevo combate, donde la fuerza y la agilidad triunfan por turnos. Los penachos de sus cascos, los tachones de sus brazaletes, las anillas de su armadura, son arrastrados a gran distancia por la violencia de mil furiosos golpes. Golpean con la punta y con el filo; a la derecha, a la izquierda, en la cabeza, en el pecho; retroceden; avanzan; miden las espadas; se cierran; se agarran; se doblan como serpientes; atacan como leones; y el fuego centellea en cada momento con sus golpes.

Al final Zadig, habiendo recuperado el aliento, se detiene; hace una finta; salta sobre Otamus; lo arroja al suelo y lo desarma; y Otamus grita: «¡Eres tú solo, oh caballero blanco, quien debe reinar sobre Babilonia!». La reina estaba ahora en la cumbre de su alegría. El caballero de armadura azul y el caballero de blanco fueron conducidos cada uno a su aposento, así como todos los demás, según la intención de la ley. Mudos vinieron a atenderlos y a servirles en la mesa. Puede suponerse fácilmente que el pequeño mudo de la reina atendió a Zadig. Luego fueron dejados a solas para disfrutar de las dulzuras del reposo hasta la mañana siguiente, momento en el que el vencedor debía llevar su divisa al gran mago, para compararla con la que había dejado, y darse a conocer.

Itobad, que no dormía, entró en el aposento del mudo de la reina durante la noche, tomó la armadura blanca de Zadig, su divisa y dejó en su lugar su propia armadura verde. Al amanecer, fue al gran mago, se declaró vencedor y se hizo proclamar como tal mientras Zadig dormía todavía. Astarte, sorprendida y desesperada, regresó a Babilonia. El anfiteatro estaba casi vacío cuando Zadig despertó; buscó sus armas, pero no encontró más que la armadura verde. Se vio obligado a cubrirse con ella, pues no tenía otra cosa a mano. Lleno de asombro y rabia, se la puso presa de un furor violento y se presentó con aquel equipaje.

El pueblo que aún quedaba en el anfiteatro y el circo lo recibió con burlas y silbidos. Lo rodearon e insultaron en su propia cara. Jamás hombre alguno sufrió mortificaciones tan crueles. Perdió la paciencia; con su sable dispersó a los miembros de la plebe que se atrevieron a afrentarlo, pero no sabía qué camino tomar. No podía ver a la reina; no podía reclamar la armadura blanca que ella le había enviado sin exponerla; y así, mientras ella estaba sumida en el dolor, él se hallaba lleno de furia y distracción. Caminó a orillas del Éufrates, plenamente convencido de que su estrella lo había destinado a una miseria inevitable, y repasando en su mente todas sus desgracias, desde la aventura de la mujer que odiaba a los tuertos hasta la de su armadura. «Esto —dijo— es la consecuencia de haber dormido demasiado. Si hubiera dormido menos, ahora sería rey de Babilonia y poseedor de Astarte. El saber, la virtud y el valor solo me han servido hasta ahora para hacerme desgraciado». Entonces dejó escapar algunos murmullos secretos contra la Providencia, y estuvo tentado de creer que el mundo estaba gobernado por un destino cruel que oprimía a los buenos y favorecía a los caballeros de armadura verde. Una de sus mayores mortificaciones era verse obligado a llevar aquella armadura verde que lo había expuesto a tan injurioso trato. Al pasar un mercader, se la vendió por una bagatela y compró una túnica y un gorro largo. Con este atuendo prosiguió su camino a lo largo del Éufrates, lleno de desesperación y acusando secretamente a la Providencia, que continuaba así persiguiéndolo con severidad incesante.

EL ERMITAÑO

Mientras paseaba así, se encontró con un ermitaño cuya barba blanca y venerable le llegaba hasta el cinturón. Sostenía un libro en la mano, el cual leía con gran atención. Zadig se detuvo y le hizo una profunda reverencia. El ermitaño le devolvió el saludo con un aire tan noble y atrayente que Zadig tuvo la curiosidad de entablar conversación con él. Le preguntó qué libro era el que estaba leyendo. «Es el Libro de los Destinos —dijo el ermitaño—; ¿querrías echarle una ojeada?». Puso el libro en manos de Zadig, quien, aunque muy versado en varios idiomas, no pudo descifrar ni un solo carácter. Esto solo redobló su curiosidad.

«Pareces —dijo aquel buen padre— estar en gran angustia».

«Ay —respondió Zadig—, tengo demasiadas razones para ello».

«Si me permites acompañarte —prosiguió el anciano—, tal vez pueda serte de algún servicio. A menudo he vertido el bálsamo del consuelo en el corazón sangrante de los infelices».

Zadig se sintió inspirado por el respeto hacia el aire, la barba y el libro del ermitaño. Descubrió, en el curso de la conversación, que poseía grados superiores de conocimiento. El ermitaño habló del destino, de la justicia, de la moral, del bien supremo, de la debilidad humana, y de la virtud y el vicio, con una elocuencia tan viva y conmovedora que Zadig se sintió atraído hacia él por un encanto irresistible. Le suplicó fervientemente el favor de su compañía hasta el regreso a Babilonia.

«Te pido el mismo favor —dijo el anciano—; júrame por Oromazes que, haga lo que haga, no me dejarás durante algunos días». Zadig juró, y partieron juntos.

Al anochecer, los dos viajeros llegaron a un castillo soberbio. El ermitaño solicitó una recepción hospitalaria para él y para el joven que lo acompañaba. El portero, a quien fácilmente se podría haber confundido con un gran señor, los introdujo con una especie de cortesía desdeñosa. Los presentó a un doméstico principal, que les mostró los magníficos aposentos de su amo. Fueron admitidos en el extremo inferior de la mesa, sin ser honrados con la menor muestra de consideración por parte del señor del castillo; pero fueron servidos, como los demás, con delicadeza y profusión. Luego les presentaron agua para lavarse las manos en una palangana de oro adornada con esmeraldas y rubíes. Por fin fueron conducidos a dormir a un hermoso aposento; y por la mañana, un doméstico trajo a cada uno una pieza de oro, tras lo cual se despidieron y partieron.

«El dueño de la casa —dijo Zadig mientras proseguían el viaje— parece ser un hombre generoso, aunque algo demasiado orgulloso; cumple noblemente con los deberes de la hospitalidad». En ese instante observó que una especie de bolsillo grande que tenía el ermitaño estaba lleno y abultado; y al mirar con más atención, descubrió que contenía la palangana de oro adornada con piedras preciosas que el ermitaño había robado. No se atrevió a decir nada al respecto, pero estaba lleno de una extraña sorpresa.

Hacia el mediodía, el ermitaño llegó a la puerta de una casa ruinosa habitada por un avaro rico, y suplicó el favor de una recepción hospitalaria por algunas horas. Un viejo sirviente, con un atuendo harapiento, los recibió con aire brusco y rudo, y los llevó al establo, donde les dio algunas aceitunas podridas, pan mohoso y cerveza agria. El ermitaño comió y bebió con tanta apariencia de satisfacción como lo había hecho la noche anterior; y luego, dirigiéndose al viejo sirviente, que los vigilaba a ambos para evitar que robaran algo y les instaba rudamente a marcharse, le dio las dos piezas de oro que había recibido por la mañana y le agradeció su gran cortesía.

«Por favor —añadió—, permíteme hablar con tu amo». El sirviente, lleno de asombro, introdujo a los dos viajeros. «Magnífico señor —dijo el ermitaño—, no puedo dejar de darte mis más humildes gracias por la noble manera en que nos has entretenido. Ten a bien aceptar esta palangana de oro como pequeña muestra de mi gratitud». El avaro se sobresaltó y estuvo a punto de caer hacia atrás; pero el ermitaño, sin darle tiempo a recuperarse de su sorpresa, partió al instante con su joven compañero de viaje.

«Padre —dijo Zadig—, ¿qué significa todo esto? Me pareces ser totalmente diferente a los demás hombres; le robas una palangana de oro adornada con piedras preciosas a un señor que te recibió magníficamente, y se la das a un avaro que te trata con indignidad».

«Hijo —respondió el anciano—, este magnífico señor, que recibe a los extranjeros solo por vanidad y ostentación, se verá así vuelto más sabio; y el avaro aprenderá a practicar los deberes de la hospitalidad. No te sorprendas de nada, sino sígueme».

Zadig no sabía aún si estaba en compañía del más necio o del más prudente de los hombres; pero el ermitaño hablaba con tal ascendiente que Zadig, quien además estaba atado por su juramento, no pudo negarse a seguirlo.

Al anochecer llegaron a una casa construida con tanta elegancia como sencillez, donde nada favorecía ni a la prodigalidad ni a la avaricia. Su dueño era un filósofo que se había retirado del mundo y que cultivaba en paz el estudio de la virtud y la sabiduría, sin ninguna de esa severidad rígida y hosca que suele encontrarse en hombres de su carácter. Había elegido construir esta casa de campo, en la que recibía a los extranjeros con una generosidad libre de ostentación. Él mismo salió al encuentro de los dos viajeros, a quienes condujo a un cómodo aposento donde les rogó que reposaran un poco. Poco después vino y los invitó a una comida decente y bien ordenada, durante la cual habló con gran sensatez de las últimas revoluciones en Babilonia. Parecía estar fuertemente apegado a la reina y deseaba que Zadig hubiera aparecido en las listas para disputar la corona. «Pero el pueblo —añadió— no merece tener un rey como Zadig».

Zadig se sonrojó y sintió que sus penas se redoblaban. Estuvieron de acuerdo, en el curso de la conversación, en que las cosas de este mundo no siempre responden a los deseos de los sabios. El ermitaño sostenía aún que los caminos de la Providencia eran inescrutables; y que los hombres se equivocaban al juzgar un todo del cual solo comprendían la parte más pequeña.

Hablaron de las pasiones. «¡Ah! —dijo Zadig—, ¡qué fatales son sus efectos!».

«Son como los vientos —respondió el ermitaño— que hinchan las velas del navío; es cierto que a veces lo hunden, pero sin ellos no podría navegar en absoluto. La bilis nos enferma y nos vuelve coléricos; pero sin bilis no podríamos vivir. Todo en este mundo es peligroso y, sin embargo, todo es necesario».

La conversación derivó hacia el placer; y el ermitaño demostró que era un regalo otorgado por la deidad. «Porque —dijo—, el hombre no puede darse a sí mismo ni sensaciones ni ideas; todo lo recibe; y el dolor y el placer proceden de una causa ajena tanto como su propio ser».

Zadig estaba sorprendido de ver a un hombre que había cometido acciones tan extravagantes, capaz de razonar con tanta sensatez y propiedad. Por fin, tras una conversación tan entretenida como instructiva, el anfitrión condujo de vuelta a sus dos huéspedes a su aposento, bendiciendo al Cielo por haberle enviado a dos hombres poseedores de tanta sabiduría y virtud. Les ofreció dinero con un aire tan sencillo y noble que no podía ofender a nadie. El ermitaño lo rechazó y dijo que debía despedirse, pues partía hacia Babilonia antes de que amaneciera. Su despedida fue tierna; Zadig, en especial, se sintió lleno de estima y afecto por un hombre de tan amable carácter.

Cuando él y el ermitaño estuvieron solos en su aposento, pasaron mucho tiempo alabando a su anfitrión. Al romper el día, el anciano despertó a su compañero. «Debemos partir ahora —dijo—, pero mientras toda la familia duerme todavía, le dejaré a este hombre una muestra de mi estima y afecto». Diciendo esto, tomó una vela y prendió fuego a la casa.

Zadig, sobrecogido de horror, gritó en voz alta e intentó impedirle cometer tan bárbara acción; pero el ermitaño lo arrastró con una fuerza superior, y la casa pronto estuvo en llamas. El ermitaño, que con su compañero se hallaba ya a una distancia considerable, miró hacia el incendio con gran tranquilidad.

«¡Gracias sean dadas a Dios —dijo—, la casa de mi querido anfitrión ha sido destruida por completo! ¡Feliz hombre!».

Ante estas palabras, Zadig se vio tentado a la vez a estallar en carcajadas, a reprochar al reverendo padre, a golpearlo y a salir huyendo. Pero no hizo nada de esto, pues, subyugado todavía por el poderoso ascendiente del ermitaño, lo siguió, a su pesar, hasta la siguiente etapa.

Esta fue en la casa de una viuda caritativa y virtuosa que tenía un sobrino de catorce años, un joven apuesto y prometedor, y su única esperanza. Ella cumplió con los honores de su casa lo mejor que pudo. Al día siguiente, ordenó a su sobrino que acompañara a los extranjeros hasta un puente que, habiéndose derrumbado recientemente, se había vuelto extremadamente peligroso de cruzar. El joven caminó delante de ellos con gran alegría. Mientras cruzaban el puente: «Ven —dijo el ermitaño al joven—, debo mostrar mi gratitud a tu tía». Entonces lo tomó por el cabello y lo hundió en el río. El muchacho se hundió, volvió a aparecer en la superficie del agua y fue engullido por la corriente.

«¡Oh, monstruo! ¡Oh, el más malvado de los hombres!», gritó Zadig.

«Prometiste comportarte con mayor paciencia —dijo el ermitaño, interrumpiéndolo—. Sabe que bajo las ruinas de esa casa que la Providencia ha incendiado, el amo ha encontrado un tesoro inmenso. Sabe que este joven, cuya vida la Providencia ha acortado, habría asesinado a su tía en el espacio de un año, y a ti en el de dos».

«¿Quién te lo ha dicho, bárbaro? —gritó Zadig—; y aunque hubieras leído este suceso en tu Libro de los Destinos, ¿se te permite ahogar a un joven que nunca te hizo daño alguno?».

Mientras el babilonio exclamaba así, observó que el anciano ya no tenía barba y que su rostro asumía los rasgos y la tez de la juventud. El hábito del ermitaño desapareció, y cuatro hermosas alas cubrieron un cuerpo majestuoso resplandeciente de luz.

«¡Oh, enviado del cielo! ¡Oh, ángel divino! —gritó Zadig, postrándose humildemente en el suelo—, ¿has descendido entonces del Empíreo para enseñar a un débil mortal a someterse a los decretos eternos de la Providencia?».

«Los hombres —dijo el ángel Jesrad— juzgan todo sin saber nada; y, de todos los hombres, tú eres quien mejor merece ser iluminado».

Zadig pidió permiso para hablar. «Desconfío de mí mismo —dijo—, pero ¿me atreveré a pedirte el favor de aclarar una duda que aún permanece en mi mente? ¿No habría sido mejor corregir a este joven y hacerlo virtuoso, en lugar de ahogarlo?».

«Si hubiera sido virtuoso —respondió Jesrad— y hubiera disfrutado de una vida más larga, su destino habría sido ser asesinado él mismo, junto con la mujer con la que se habría casado y el hijo que habría tenido con ella».

«Pero ¿por qué —dijo Zadig— es necesario que existan crímenes y desgracias, y que estas desgracias caigan sobre los buenos?».

«Los malvados —respondió Jesrad— son siempre infelices; sirven para probar y poner a prueba al pequeño número de justos que están dispersos por la tierra; y no hay mal que no sea productivo de algún bien».

«Pero —dijo Zadig—, supongamos que no hubiera más que bien y ningún mal en absoluto».

«Entonces —respondió Jesrad—, esta tierra sería otra tierra. La cadena de acontecimientos estaría dispuesta en otro orden y dirigida por la sabiduría; pero este otro orden, que sería perfecto, solo puede existir en la morada eterna del Ser Supremo, a la cual no puede acercarse mal alguno. La Deidad ha creado millones de mundos, entre los cuales no hay uno que se parezca a otro. Esta inmensa variedad es el efecto de Su inmenso poder. No hay dos hojas entre los árboles de la tierra, ni dos globos en la ilimitada extensión del cielo que sean exactamente similares; y todo lo que ves en el pequeño átomo en el que has nacido, debe estar en su momento y lugar apropiados, de acuerdo con el decreto inmutable de Aquel que lo comprende todo. Los hombres piensan que este niño que acaba de perecer ha caído al agua por azar; y que es por el mismo azar que esta casa se ha quemado; pero no existe tal cosa como el azar; todo es o una prueba, o un castigo, o una recompensa, o una previsión. Recuerda al pescador que se creía el más desgraciado de los hombres. Oromazes te envió a cambiar su destino. Deja, pues, mortal frágil, de disputar contra lo que debes adorar».

«Pero...» —dijo Zadig. Al pronunciar la palabra «pero», el ángel emprendió su vuelo hacia la décima esfera. Zadig, de rodillas, adoró a la Providencia y se sometió. El ángel le gritó desde lo alto: «Dirige tu curso hacia Babilonia».

LOS ENIGMAS

Zadig, como en trance y como un hombre sobre cuya cabeza hubiera estallado un trueno, caminaba al azar. Entró en Babilonia el mismo día en que los que habían luchado en los torneos estaban reunidos en el gran vestíbulo del palacio para explicar los enigmas y responder a las preguntas de los grandes magos. Todos los caballeros habían llegado ya, excepto el caballero de la armadura verde. Tan pronto como Zadig apareció en la ciudad, el pueblo se apiñó a su alrededor; todos los ojos estaban fijos en él; todas las bocas lo bendecían y todos los corazones lo deseaban para el imperio. El hombre envidioso lo vio pasar; frunció el ceño y se apartó. El pueblo lo condujo al lugar donde se celebraba la asamblea. La reina, al ser informada de su llegada, se convirtió en presa de las más violentas agitaciones de esperanza y miedo. Estaba llena de ansiedad y aprensión. No podía comprender por qué Zadig estaba sin armas, ni por qué Itobad llevaba la armadura blanca. Un murmullo confuso surgió al ver a Zadig. Estaban igualmente sorprendidos y encantados de verlo; pero solo a los caballeros que habían luchado se les permitió comparecer en la asamblea.

«He luchado tan bien como los otros caballeros —dijo Zadig—, pero otro lleva aquí mis armas; y mientras espero el honor de probar la verdad de mi afirmación, demando la libertad de presentarme para explicar los enigmas». La cuestión fue sometida a votación, y su reputación de probidad estaba aún tan profundamente impresa en sus mentes que lo admitieron sin escrúpulos.

La primera pregunta propuesta por los grandes magos fue: «¿Qué es, de todas las cosas del mundo, lo más largo y lo más corto, lo más veloz y lo más lento, lo más divisible y lo más extendido, lo más descuidado y lo más lamentado, sin lo cual nada puede hacerse, que devora todo lo que es pequeño y vivifica todo lo que es grande?».

Le tocó hablar a Itobad. Respondió que un hombre tan grande como él no entendía de enigmas, y que le bastaba con haber vencido por su fuerza y valor. Algunos dijeron que el significado de los enigmas era la Fortuna; otros, la Tierra; y otros, la Luz. Zadig dijo que era el Tiempo. «Nada —añadió— es más largo, puesto que es la medida de la eternidad; nada es más corto, puesto que es insuficiente para el cumplimiento de nuestros proyectos; nada más lento para quien espera, nada más rápido para quien disfruta; en la grandeza, se extiende hasta el infinito; en la pequeñez, es infinitamente divisible; todos los hombres lo descuidan; todos lamentan su pérdida; nada puede hacerse sin él; consigna al olvido todo lo que es indigno de ser transmitido a la posteridad, e inmortaliza las acciones que son verdaderamente grandes». La asamblea reconoció que Zadig tenía razón.

La siguiente pregunta fue: «¿Qué es aquello que recibimos sin agradecimiento, que disfrutamos sin saber cómo, que damos a otros cuando no sabemos dónde estamos, y que perdemos sin darnos cuenta?».

Cada uno dio su propia explicación. Solo Zadig adivinó que era la Vida, y explicó todos los demás enigmas con la misma facilidad. Itobad decía siempre que nada era más fácil, y que podría haberlos respondido con la misma prontitud de haber querido tomarse la molestia. Se propusieron entonces preguntas sobre la justicia, sobre el bien soberano y sobre el arte de gobernar. Las respuestas de Zadig fueron juzgadas como las más sólidas. «¡Qué lástima —decían— que un genio tan grande sea tan mal caballero!».

«Ilustres señores —dijo Zadig—, he tenido el honor de vencer en los torneos. A mí es a quien pertenece la armadura blanca. El señor Itobad tomó posesión de ella durante mi sueño. Probablemente pensó que le quedaría mejor que la verde. Estoy ahora listo para probar en vuestra presencia, con mi túnica y mi espada, contra toda esa hermosa armadura blanca que me quitó, que soy yo quien ha tenido el honor de vencer al valiente Otamus».

Itobad aceptó el desafío con la mayor confianza. No dudó ni un momento de que, armado como estaba con casco, coraza y brazales, obtendría una fácil victoria sobre un campeón en gorro y camisón. Zadig desenvainó su espada, saludando a la reina, quien lo miraba con una mezcla de miedo y alegría. Itobad desenvainó la suya sin saludar a nadie. Se lanzó contra Zadig como un hombre que no tenía nada que temer; estaba dispuesto a partirlo en dos. Zadig supo esquivar sus golpes oponiendo la parte más fuerte de su espada a la más débil de la de su adversario, de tal modo que la espada de Itobad se rompió. Acto seguido, Zadig, agarrando a su enemigo por la cintura, lo arrojó al suelo y, fijando la punta de su espada en el peto, le dijo: «Déjate desarmar, o eres hombre muerto».

Itobad, siempre sorprendido por las desgracias que le ocurrían a un hombre como él, se vio obligado a rendirse ante Zadig, quien le quitó con gran compostura su magnífico casco, su soberbia coraza, sus finos brazales y sus brillantes escarcelas; se vistió con ellos y, con este atuendo, corrió a echarse a los pies de Astarté. Cador demostró fácilmente que la armadura pertenecía a Zadig. Fue reconocido rey por el consentimiento unánime de toda la nación, y especialmente por el de Astarté, quien, después de tantas calamidades, saboreaba ahora el exquisito placer de ver a su amante digno, ante los ojos de todo el mundo, de ser su esposo. Itobad se fue a su casa para que lo llamaran señor en su propio hogar. Zadig era rey y era feliz. La reina y Zadig adoraban a la Providencia. Él envió a buscar al ladrón Arbogad, a quien dio un puesto honorable en su ejército, prometiéndole ascenderlo a las primeras dignidades si se comportaba como un verdadero guerrero, y amenazándolo con ahorcarlo si seguía la profesión de ladrón.

Setoc, con la bella Almona, fue llamado desde el corazón de Arabia y puesto al frente del comercio de Babilonia. Cador fue favorecido y distinguido de acuerdo con sus grandes servicios. Era el amigo del rey; y el rey era entonces el único monarca sobre la tierra que tenía un amigo. El pequeño mudo no fue olvidado.

Pero ni la hermosa Semira pudo consolarse por haber creído que Zadig se quedaría tuerto; ni Azora dejó de lamentar haber intentado cortarle la nariz. Sin embargo, él suavizó sus penas con sus presentes. El envidioso murió de rabia y vergüenza. El imperio disfrutó de paz, gloria y abundancia. Esta fue la edad más feliz de la tierra; estaba gobernada por el amor y la justicia. El pueblo bendecía a Zadig, y Zadig bendecía al Cielo.

PEDRO DE ALARCÓN

El clavo

I

Lo que un hombre desea con mayor ardor al entrar en una diligencia, resuelto a hacer un largo viaje, es que sus compañeros sean agradables, que tengan los mismos gustos, posiblemente los mismos vicios, que sean bien educados y que sepan lo suficiente como para no ser demasiado familiares.

Cuando abrí la puerta del carruaje sentí miedo de encontrarme con una anciana que sufriera de asma, una fea que no pudiera soportar el olor a humo de tabaco, una de esas que se marean cada vez que van en carruaje, y angelitos que no dejan de gritar y llorar por Dios sabe qué.

A veces uno puede haber tenido la esperanza de tener a una mujer hermosa como compañera de viaje; por ejemplo, una viuda de veinte o treinta años (digamos, treinta y seis), cuya conversación encantadora le ayude a pasar el tiempo. Pero si alguna vez tuvo esta idea, como hombre razonable la desecharía rápidamente, pues sabe que tal buena fortuna no cae en suerte al común de los mortales. Estos pensamientos pasaban por mi mente cuando abrí la puerta de la diligencia exactamente a las once de una tormentosa noche del otoño de 1844. Yo tenía el billete número 2, y me preguntaba quién sería el número 1. El agente de billetes me había asegurado que el número 3 no se había vendido.

Dentro estaba oscuro como boca de lobo. Cuando entré, dije: «Buenas noches», pero no obtuve respuesta. «¡Al diablo!», me dije a mí mismo. «¿Será mi compañero de viaje sordo, mudo o dormido?». Entonces dije en un tono más fuerte: «Buenas noches», pero no obtuve respuesta.

Todo este tiempo la diligencia iba a toda velocidad, tirada por diez caballos.

Estaba desconcertado. ¿Quién era mi acompañante? ¿Era un hombre? ¿Era una mujer? ¿Quién era el silencioso número 1 y, fuera quien fuera, por qué no respondía a mi cortés saludo? Hubiera sido bueno encender una cerilla, pero no fumaba entonces y no llevaba ninguna conmigo. ¿Qué debía hacer? Decidí confiar en mi sentido del tacto y extendí la mano hacia el lugar donde debería haber estado el número 1, preguntándome si tocaría un vestido de seda o un abrigo, pero no había nada allí. En ese momento, un relámpago, heraldo de una tormenta que se acercaba rápidamente, iluminó la noche y percibí que no había nadie en el carruaje excepto yo. Estallé en una carcajada, y sin embargo, un momento después, no pude evitar preguntarme qué habría sido del número 1.

Media hora después llegamos a la primera parada, y estaba a punto de preguntarle al guardia, que iluminaba el compartimento con su linterna, por qué no había un número 1, cuando ella entró. Bajo los rayos amarillos me pareció una visión: una mujer pálida, graciosa y hermosa, vestida de riguroso luto.

Aquí estaba el cumplimiento de mi sueño, la viuda que había esperado.

Extendí mi mano a la desconocida para ayudarla a subir al carruaje, y ella se sentó a mi lado, murmurando: «Gracias, señor. Buenas noches», pero en un tono tan triste que me llegó al corazón.

«Qué infortunio», pensé. «Solo hay cincuenta millas de aquí a Málaga. Ojalá el cielo quisiera que este carruaje fuera a Kamchatka». El guardia cerró la puerta de un golpe y nos quedamos a oscuras. Deseé que la tormenta continuara y que pudiéramos tener algunos relámpagos más. Pero la tormenta no lo hizo. Huyó, dejando solo unas pocas estrellas pálidas cuya luz prácticamente no significaba nada. Hice un esfuerzo valiente por iniciar una conversación.

—¿Se siente bien?

—¿Va a Málaga?

—¿Le gustó la Alhambra?

—¿Viene de Granada?

—¿No está húmeda la noche?

A cuyas preguntas ella respondió, respectivamente:

—Gracias, muy bien.

—Sí.

—No, señor.

—¡Sí!

—¡Horrible!

Estaba bastante claro que mi compañera de viaje no estaba inclinada a la conversación. Traté de pensar en algo original que decirle, pero no se me ocurrió nada, así que me perdí por un momento en la meditación. ¿Por qué esta mujer había subido a la diligencia en la primera parada en lugar de en Granada? ¿Por qué estaba sola? ¿Estaba casada? ¿Era realmente viuda? ¿Por qué estaba tan triste? Ciertamente no tenía derecho a hacerle ninguna de estas preguntas, y sin embargo, me interesaba. Cómo deseaba que saliera el sol. De día uno puede hablar libremente, pero en la oscuridad total uno siente cierta opresión; parece como si se estuviera tomando una ventaja injusta.

Mi desconocida no durmió ni un momento durante la noche. Podía notarlo por su respiración y por sus suspiros. Probablemente sea innecesario añadir que yo tampoco dormí. Una vez le pregunté: «¿Se siente mal?», y ella respondió: «No, señor, gracias. Le pido perdón si he interrumpido su sueño».

—¡Sueño! —exclamé con desdén—. No me importa dormir. Temía que usted estuviera sufriendo.

—Oh, no —exclamó, con una voz que contradecía sus palabras—, no estoy sufriendo.

Por fin salió el sol. ¡Qué hermosa era! Me refiero a la mujer, no al sol. ¡Qué profundo sufrimiento había marcado su rostro y acechaba en las profundidades de sus hermosos ojos!

Iba elegantemente vestida y evidentemente pertenecía a una buena familia. Cada gesto llevaba el sello de la distinción. Era el tipo de mujer que esperas ver en el palco principal de la ópera, resplandeciente de joyas, rodeada de admiradores.

Desayunamos en Colmenar. Después de eso mi compañera se volvió más confidencial, y me dije a mí mismo cuando volvimos a entrar en el carruaje: «Felipe, has conocido a tu destino. Ahora o nunca».

II

Me arrepentí de la primera palabra que le mencioné respecto a mis sentimientos. Se convirtió en un bloque de hielo, y perdí de inmediato todo lo que podría haber ganado en su gracia. Aun así, me respondió muy amablemente: «No es porque sea usted, señor, quien me habla de amor, sino que el amor mismo es algo que tengo horrorizado».

—¿Pero por qué, querida señora? —pregunté.

—Porque mi corazón está muerto. Porque he amado hasta el delirio y he sido engañada.

Sentí que debía hablarle de una manera filosófica y tenía un montón de lugares comunes en la punta de la lengua, pero me abstuve. Sabía que decía la verdad. Cuando llegamos a Málaga, me dijo en un tono que nunca olvidaré mientras viva: «Le agradezco mil veces su amable atención durante el viaje, y espero que me perdone si no le digo mi nombre y dirección».

—¿Quiere decir entonces que no nos volveremos a ver?

—¡Nunca! Y usted, especialmente, no debería lamentarlo. Y entonces, con una sonrisa que estaba totalmente desprovista de alegría, extendió su exquisita mano hacia mí y dijo: «Rece a Dios por mí».

Le apreté la mano e hice una profunda reverencia. Subió a una hermosa victoria que la estaba esperando, y mientras se alejaba, me volvió a saludar con la cabeza.

* * * * *

Dos meses después volví a encontrarla.

A las dos de la tarde iba traqueteando en un viejo carro por el camino que lleva a Córdoba. El objetivo de mi viaje era examinar unas tierras que poseía en aquel vecindario y pasar tres o cuatro semanas con uno de los jueces del Tribunal Supremo, que era un amigo íntimo mío y había sido mi compañero de estudios en la Universidad de Granada.

Me recibió con los brazos abiertos. Al entrar en su hermosa casa no pude dejar de notar el gusto perfecto y la elegancia de los muebles y la decoración.

—Ah, Zarco —le dije—, te has casado y nunca me has contado nada. ¡Seguramente esta no era la manera de tratar a un hombre que te quería tanto como yo!

—No estoy casado, y lo que es más, nunca me casaré —respondió el juez con tristeza.

—Creo que no estás casado, querido amigo, ya que lo dices, pero no puedo entender la declaración de que nunca lo harás. Debes estar bromeando.

—Juro que te digo la verdad —replicó.

—¡Pero qué metamorfosis! —exclamé—. Siempre fuiste un partidario del matrimonio, y durante los últimos dos años me has estado escribiendo y aconsejándome que buscara una compañera de vida. ¿A qué se debe este cambio maravilloso, querido amigo? Algo debe haberte pasado, algo desafortunado, me temo.

—¿A mí? —respondió el juez algo avergonzado.

—Sí, a ti. Ha pasado algo, y vas a contármelo todo. Vives aquí solo, prácticamente te has enterrado en esta gran casa. Vamos, cuéntamelo todo.

El juez me apretó la mano. —Sí, sí, lo sabrás todo. No hay hombre más infortunado que yo. Pero escucha, este es el día en que todos los habitantes van al cementerio, y debo estar allí, aunque solo sea por cumplir. Ven conmigo. Es una tarde agradable y el paseo te hará bien después de ir tanto tiempo en ese viejo carro. La ubicación del cementerio es hermosa, y estoy seguro de que disfrutarás el paseo. De camino, te contaré el incidente que arruinó mi vida, y tú mismo juzgarás si estoy justificado en mi odio a las mujeres.

Mientras caminábamos juntos por el camino bordeado de flores, mi amigo me contó la siguiente historia:

Hace dos años, cuando yo era ayudante del fiscal de distrito en ----, obtuve permiso de mi jefe para pasar un mes en Sevilla. En el hotel donde me alojaba había una hermosa joven que se hacía pasar por viuda, pero cuyo origen, así como sus razones para estar en aquella ciudad, eran un misterio para todos. Su instalación, su riqueza, su total falta de amigos o conocidos y la tristeza de su expresión, junto con su belleza incomparable, dieron lugar a mil conjeturas.

Sus habitaciones estaban directamente enfrente de las mías, y la encontraba con frecuencia en el pasillo o en la escalera, demasiado feliz de tener la oportunidad de saludarla. Ella era inabordable, sin embargo, y me fue imposible conseguir una presentación. Dos semanas después, el destino iba a darme la oportunidad de entrar en su apartamento. Había estado en el teatro esa noche, y cuando regresé a mi habitación abrí sin pensar la puerta de su apartamento en lugar de la mía. La hermosa mujer estaba leyendo a la luz de la lámpara y se sobresaltó al verme. Me sentí tan avergonzado por mi error que por un momento solo pude balbucear palabras ininteligibles. Mi confusión era tan evidente que ella no pudo dudar ni por un momento de que había cometido un error. Me giré hacia la puerta, con la intención de aliviarla de mi presencia lo más rápido posible, cuando ella dijo con la mayor cortesía exquisita: «Para mostrarle que no dudo de su buena fe y que no estoy en absoluto ofendida, le ruego que vuelva a visitarme, intencionadamente».

Pasaron tres días antes de que tuviera el valor suficiente para aceptar su invitación. Sí, estaba locamente enamorado de ella; acostumbrado como estoy a analizar mis propias sensaciones, sabía que mi pasión solo podía terminar en la mayor felicidad o el más profundo sufrimiento. Sin embargo, al final de los tres días fui a su apartamento y pasé la velada allí. Me dijo que su nombre era Blanca, que había nacido en Madrid y que era viuda. Tocó y cantó para mí y me hizo mil preguntas sobre mí mismo, mi profesión, mi familia, y cada palabra que decía aumentaba mi amor por ella. Desde aquella noche mi alma fue esclava de la suya; sí, y lo será para siempre.

La visité de nuevo la noche siguiente, y desde entonces cada tarde y noche estaba con ella. Nos amábamos, pero nunca se había pronunciado una palabra de amor entre nosotros.

Una tarde me dijo: «Me casé con un hombre sin amarlo. Poco después de casarme lo odiaba. Ahora está muerto. Solo Dios sabe lo que sufrí. Ahora entiendo lo que significa el amor; es el cielo o es el infierno. Para mí, hasta el momento presente, ha sido el infierno».

No pude dormir esa noche. Me quedé despierto pensando en estas últimas palabras de Blanca. De alguna manera esta mujer me asustaba. ¿Sería yo su cielo y ella mi infierno?

Mi permiso de ausencia expiró. Podría haber pedido una prórroga, fingiendo enfermedad, pero la pregunta era, ¿debería hacerlo? Consulté a Blanca.

—¿Por qué me preguntas? —dijo, tomándome la mano.

—Porque te amo. ¿Estoy haciendo mal en amarte?

—No —dijo, poniéndose muy pálida, y luego puso ambos brazos alrededor de mi cuello y sus hermosos labios tocaron los míos.

Bueno, pedí otro mes y, gracias a ti, querido amigo, me fue concedido. Nunca me lo habrían dado sin tu influencia.

Mis relaciones con Blanca eran más que amor; eran delirio, locura, fanatismo, llámalo como quieras. Cada día mi pasión por ella aumentaba, y el mañana parecía abrir perspectivas de una nueva felicidad. Y sin embargo, no podía evitar sentir a veces un misterioso e indefinible miedo. Y esto sabía que ella lo sentía tanto como yo. Ambos temíamos perdernos el uno al otro. Un día le dije a Blanca:

—Debemos casarnos, lo más rápido posible.

Ella me miró de forma extraña. —¿Quieres casarte conmigo?

—Sí, Blanca —dije—, estoy orgulloso de ti. Quiero mostrarte al mundo entero. Te amo y te quiero, pura, noble y santa como eres.

—No puedo casarme contigo —respondió esta mujer incomprensible. Nunca quiso dar una razón.

Finalmente mi permiso de ausencia expiró, y le dije que al día siguiente debíamos separarnos.

—¿Separarnos? ¡Es imposible! —exclamó—. Te amo demasiado para eso.

—Pero sabes, Blanca, que te adoro.

—Entonces deja tu profesión. Soy rica. Viviremos nuestras vidas juntos —dijo, poniendo su mano suave sobre mi boca para evitar mi respuesta.

Besé la mano y luego, retirándola suavemente, respondí: —Aceptaría esta oferta de mi esposa, aunque sería un sacrificio para mí renunciar a mi carrera; pero no la aceptaré de una mujer que se niega a casarse conmigo.

Blanca permaneció pensativa durante varios minutos; luego, levantando la cabeza, me miró y dijo muy tranquilamente, pero con una determinación que no podía ser malinterpretada: «Seré tu esposa, y no te pido que renuncies a tu profesión. Regresa a tu oficina. ¿Cuánto tiempo te llevará arreglar tus asuntos y conseguir del gobierno otro permiso de ausencia para volver a Sevilla?».

—Un mes.

—¿Un mes? Pues bien, aquí te esperaré. Regresa dentro de un mes y seré tu esposa. Hoy es quince de abril. ¿Estarás aquí el quince de mayo?

—Puedes estar segura de ello.

—¿Lo juras?

—Lo juro.

—¿Me amas?

—Más que a mi vida.

—Ve, pues, y regresa. Adiós.

Me fui el mismo día. En el momento en que llegué a casa empecé a preparar mi vivienda para recibir a mi novia. Como sabes, solicité otro permiso de ausencia, y tan rápidamente arreglé mis asuntos que al final de dos semanas estaba listo para regresar a Sevilla.

Debo decirte que durante esta quincena no recibí ni una sola carta de Blanca, aunque le escribí seis. Salí de inmediato para Sevilla, llegando a esa ciudad el treinta de abril, y fui directo al hotel donde nos habíamos conocido.

Me enteré de que Blanca se había ido de allí dos días después de mi partida sin decirle a nadie su destino.

Imagina mi indignación, mi decepción, mi sufrimiento. Se fue sin siquiera dejarme una línea, sin decirme adónde iba. Nunca se me ocurrió quedarme en Sevilla hasta el quince de mayo para comprobar si regresaría en esa fecha. Tres días después retomé mi trabajo judicial y me esforcé por olvidarla.

* * * * *

Pocos momentos después de que mi amigo Zarco terminara la historia, llegamos al cementerio.

Este es solo un pequeño terreno cubierto con un verdadero bosque de cruces y rodeado por un bajo muro de piedra. Como sucede a menudo en España, cuando los cementerios son muy pequeños, es necesario desenterrar un ataúd para bajar otro. Aquellos así desenterrados son arrojados en un montón en un rincón del cementerio, donde cráneos y huesos se amontonan como un pajar. Mientras pasábamos, Zarco y yo miramos los cráneos, preguntándonos a quién podrían haber pertenecido, a ricos o pobres, nobles o plebeyos.

De repente el juez se agachó y, recogiendo un cráneo, exclamó con asombro:

—Mira aquí, amigo mío, ¿qué es esto? ¡Es seguramente un clavo!

Sí, un clavo largo había sido clavado en la parte superior del cráneo que sostenía en su mano. El clavo había sido clavado en la cabeza y la punta había penetrado lo que había sido el paladar.

¿Qué podría significar esto? Comenzó a conjeturar, y pronto ambos nos sentimos llenos de horror.

«¡Reconozco la mano de la Providencia!», exclamó el juez. «Evidentemente se ha cometido un crimen terrible, que nunca habría salido a la luz de no ser por este accidente. Cumpliré con mi deber y no descansaré hasta haber llevado al asesino al cadalso».

III

Mi amigo Zarco era uno de los jueces de instrucción más agudos de España. En pocos días descubrió que el cadáver al que pertenecía este cráneo había sido enterrado en un tosco ataúd de madera que el sepulturero se había llevado a casa, con la intención de usarlo como leña. Afortunadamente, el hombre aún no lo había quemado, y en la tapa el juez logró descifrar las iniciales: «A.G.R.», junto con la fecha del entierro. De inmediato había revisado los libros parroquiales de todas las iglesias de la vecindad, y una semana después encontró la siguiente entrada:

«En la iglesia parroquial de San Sebastián del pueblo de ----, el 4 de mayo de 1843, se celebraron los ritos funerarios prescritos por nuestra santa religión sobre el cuerpo de Don Alfonzo Gutiérrez Romeral, y fue enterrado en el cementerio. Era natural de este pueblo y no recibió el santo sacramento, ni se confesó, pues murió repentinamente de apoplejía a la edad de treinta y un años. Estaba casado con Doña Gabriela Zahara del Valle, natural de Madrid, y no dejó descendencia».

El juez me entregó el certificado anterior, debidamente autenticado por el párroco, y exclamó: «Ahora todo está claro como el día, y estoy seguro de que en una semana el asesino será arrestado. La apoplejía en este caso resulta ser un clavo de hierro incrustado en la cabeza del hombre, lo que provocó la muerte rápida y súbita de A.G.R. Tengo el clavo y pronto encontraré el martillo».

Según el testimonio de los vecinos, el Señor Romeral era un joven y rico terrateniente que provenía originalmente de Madrid, donde se había casado con una hermosa mujer; cuatro meses antes de la muerte del marido, su esposa se había ido a Madrid a pasar unos meses con su familia; la joven regresó a casa alrededor del último día de abril, es decir, unos tres meses y medio después de haber dejado la residencia de su marido para ir a Madrid; la muerte del Señor Romeral ocurrió aproximadamente una semana después de su regreso. La impresión causada a la viuda por la repentina muerte de su marido fue tan grande que enfermó e informó a sus amigos que no podía seguir viviendo en el mismo lugar donde todo le recordaba al hombre que había perdido, y justo antes de mediados de mayo había partido hacia Madrid, diez o doce días después de la muerte de su marido.

Los criados del difunto habían testificado que la pareja no vivía amigablemente y tenía frecuentes disputas; que la ausencia de tres meses y medio que precedió a los últimos ocho días que la pareja vivió junta era prácticamente un acuerdo de que finalmente se separarían debido a desacuerdos misteriosos que habían existido entre ellos desde la fecha de su matrimonio; que en la fecha de la muerte del difunto, tanto el marido como la esposa estaban juntos en el dormitorio de este; que a medianoche la campanilla fue tocada violentamente y oyeron los gritos de la esposa; que corrieron a la habitación y fueron recibidos en la puerta por la esposa, quien estaba muy pálida y profundamente perturbada, y ella gritó: «¡Una apoplejía! ¡Corran por un médico! ¡Mi pobre marido se muere!». Que cuando entraron en la habitación encontraron a su amo tendido sobre un diván, y estaba muerto. El médico que fue llamado certificó que el Señor Romeral había muerto de congestión cerebral.

Tres expertos médicos testificaron que una muerte provocada como esta no podía distinguirse de una apoplejía. El médico que había sido llamado no había pensado en buscar la cabeza del clavo, que estaba oculta por el cabello de la víctima, ni tenía culpa alguna por este descuido.

El juez emitió inmediatamente una orden de arresto para Doña Gabriela Zahara del Valle, viuda del Señor Romeral.

«Dígame», pregunté al juez un día, «¿cree que capturará alguna vez a esta mujer?».

«Estoy seguro de ello».

«¿Por qué?».

«Porque en medio de todos estos asuntos criminales rutinarios ocurre de vez en cuando lo que se puede llamar una fatalidad dramática que nunca falla. Dicho de otro modo: cuando los huesos salen de la tumba para testificar, queda muy poco por hacer al juez».

A pesar de las esperanzas de mi amigo, Gabriela no fue encontrada, y tres meses después fue, según las leyes de España, juzgada, declarada culpable y condenada a muerte en rebeldía.

Regresé a casa, no sin antes prometer estar con Zarco al año siguiente.

IV

Ese invierno lo pasé en Granada. Una noche fui invitado a un gran baile ofrecido por una prominente dama española. Mientras subía las escaleras de la magnífica residencia, me sobresalté al ver un rostro que era fácilmente distinguible incluso en esta multitud de bellezas sureñas. Era ella, mi desconocida, la misteriosa mujer de la diligencia, de hecho, la número 1, de la que hablé al principio de esta narración.

Me dirigí hacia ella, extendiendo mi mano en señal de saludo. Me reconoció al instante.

«Señora», dije, «he cumplido mi promesa de no buscarla. No sabía que la encontraría aquí. De haberlo sospechado, me habría abstenido de venir, por temor a molestarla. Ahora que estoy aquí, dígame si puedo reconocerla y hablar con usted».

«Veo que es usted vengativo», respondió ella con gracia, poniendo su pequeña mano en la mía. «Pero lo perdono. ¿Cómo está usted?».

«En verdad, no lo sé. Mi salud —es decir, la salud de mi alma, pues no me preguntaría por ninguna otra cosa en un salón de baile— depende de la salud de la suya. Lo que quiero decir es que solo podría ser feliz si usted es feliz. ¿Puedo preguntar si aquella herida del corazón de la que me habló cuando la conocí en la diligencia ha sanado?».

«Sabe tan bien como yo que hay heridas que nunca sanan».

Con una elegante inclinación se dio la vuelta para hablar con un conocido, y le pregunté a un amigo mío que pasaba: «¿Puede decirme quién es esa mujer?».

«Una sudamericana cuyo nombre es Mercedes de Meridanueva».

Al día siguiente hice una visita a la dama, que residía en aquel momento en el Hotel de los Siete Planetas. La encantadora Mercedes me recibió como si fuera un amigo íntimo y me invitó a pasear con ella por la maravillosa Alhambra y, posteriormente, a cenar con ella. Durante las seis horas que estuvimos juntos habló de muchas cosas, y como siempre volvíamos al tema del amor desengañado, me sentí impulsado a contarle la experiencia de mi amigo, el juez Zarco.

Me escuchó muy atentamente y cuando concluí se rió y dijo: «Que esto le sirva de lección para no enamorarse de mujeres a las que no conoce».

«No piense ni por un momento», respondí, «que he inventado esta historia».

«Oh, no dudo de la verdad de la misma. Quizás pueda haber una mujer misteriosa en el Hotel de los Siete Planetas de Granada, y quizás no se parezca a la que su amigo amó en Sevilla. En lo que a mí respecta, no hay riesgo de que me enamore de nadie, pues nunca hablo tres veces con el mismo hombre».

«¡Señora! ¡Eso equivale a decirme que se niega a verme de nuevo!».

«No, solo deseo informarle de que me voy de Granada mañana, y es probable que nunca volvamos a vernos».

«¿Nunca? Me dijo eso durante nuestro memorable viaje en la diligencia, y ve que no es usted una buena profeta».

Noté que se había puesto muy pálida. Se levantó de la mesa bruscamente, diciendo: «Bueno, dejemos eso al Destino. Por mi parte repito que le digo un eterno adiós».

Dijo estas últimas palabras con mucha solemnidad, y luego, con una elegante inclinación, se dio la vuelta y subió la escalera que conducía al piso superior del hotel.

Confieso que estaba algo molesto por la forma desdeñosa en que parecía haber terminado nuestro conocimiento, sin embargo, este sentimiento se perdió en la lástima que sentí por ella cuando noté su expresión de sufrimiento.

Nos habíamos visto por última vez. ¡Quiera Dios que hubiera sido por última vez! El hombre propone, pero Dios dispone.

V

Unos días después, asuntos de negocios me llevaron a la ciudad donde residía mi amigo el juez Zarco. Lo encontré tan solitario y triste como en el momento de mi última visita. No había logrado averiguar nada sobre Blanca, pero no podía olvidarla ni por un momento. Indiscutiblemente, esta mujer era su destino; su cielo o su infierno, como solía decir el infortunado hombre.

Pronto íbamos a saber que su superstición judicial estaba a punto de ser plenamente justificada.

La tarde del día de mi llegada estábamos sentados en su despacho, leyendo los últimos informes de la policía, que en vano habían intentado localizar a Gabriela, cuando entró un oficial y entregó al juez una nota que decía lo siguiente:

«En el Hotel del León hay una dama que desea hablar con el juez Zarco».

«¿Quién trajo esto?», preguntó el juez.

«Un criado».

«¿Quién lo envió?».

«No dio nombre».

El juez miró pensativo el humo de su cigarro durante unos momentos, y luego dijo: «¡Una mujer! ¿Para verme? No sé por qué, pero esto me asusta. ¿Qué piensas de ello, Felipe?».

«Que es su deber como juez atender la llamada, por supuesto. Quizás ella pueda darle alguna información con respecto a Gabriela».

«Tienes razón», respondió Zarco, levantándose. Se puso un revólver en el bolsillo, se echó la capa sobre los hombros y salió.

Dos horas después regresó.

Vi de inmediato por su rostro que debía haberle sobrevenido alguna gran felicidad. Me rodeó con sus brazos y me abrazó convulsivamente, exclamando: «¡Oh, querido amigo, si tan solo supieras, si tan solo supieras!».

«Pero no sé nada», respondí. «¿Qué demonios te ha pasado?».

«¡Soy simplemente el hombre más feliz del mundo!».

«¿Pero qué es?».

«La nota que me llamó al hotel era de ella».

«¿Pero de quién? ¿De Gabriela Zahara?».

«¡Oh, deja ya esas tonterías! ¿Quién está pensando en esas cosas ahora? ¡Era ella, te lo digo, la otra!».

«En nombre del cielo, cálmate y dime de quién estás hablando».

«¿Quién podría ser sino Blanca, mi amor, mi vida?».

«¿Blanca?», respondí con asombro. «Pero la mujer te engañó».

«Oh, no; todo eso fue un error estúpido por mi parte».

«Explícate».

«Escucha: ¡Blanca me adora!».

«¿Oh, crees que lo hace? Bueno, continúa».

«Cuando Blanca y yo nos separamos el quince de abril, se entendió que nos veríamos de nuevo el quince de mayo. Poco después de que me fui, recibió una carta llamándola a Madrid por asuntos familiares urgentes, y ella no me esperaba de vuelta hasta el quince de mayo, así que permaneció en Madrid hasta el primero. Pero, como sabes, yo, en mi impaciencia, no pude esperar y regresé quince días antes de lo acordado, y al no encontrarla en el hotel llegué a la conclusión de que me había engañado, y no esperé. He pasado por dos años de tormento y sufrimiento, todo debido a mi propia estupidez».

«Pero ella podría haberte escrito una carta».

«Dijo que había olvidado la dirección».

«Ah, mi pobre amigo», exclamé, «veo que te esfuerzas por convencerte a ti mismo. Bueno, tanto mejor. Ahora, ¿cuándo se celebra la boda? Supongo que después de una noche tan larga y oscura saldrá radiante el sol del matrimonio».

«No te rías», exclamó Zarco; «serás mi padrino».

«Con mucho gusto».

* * * * *

El hombre propone, pero Dios dispone. Seguíamos sentados en la biblioteca, charlando juntos, cuando llamaron a la puerta. Eran alrededor de las dos de la mañana. El juez y yo nos sobresaltamos, pero no hubiéramos podido decir por qué. El criado abrió la puerta, y un momento después un hombre entró precipitadamente en la biblioteca tan falto de aliento por la carrera que apenas podía hablar.

«¡Buenas noticias, juez, grandes noticias!», dijo cuando recuperó el aliento. «¡Hemos ganado!».

El hombre era el fiscal.

«Explíquese, mi querido amigo», dijo el juez, señalándole una silla. «¿Qué suceso notable podría haberle traído aquí con tanta prisa y a esta hora de la mañana?».

«Hemos arrestado a Gabriela Zahara».

«¿La han arrestado?», exclamó el juez con alegría.

«Sí, señor, la tenemos. Uno de nuestros detectives la ha estado siguiendo durante un mes. La ha capturado, y ahora está encerrada en una celda de la prisión».

«¡Entonces vayamos allí de inmediato!», exclamó el juez. «La interrogaremos esta noche. Hágame el favor de avisar a mi secretario. Debido a la gravedad del caso, usted mismo debe estar presente. Avise también al guardia que tiene a su cargo la cabeza del Señor Romeral. Ha sido mi opinión desde el principio que esta mujer criminal no se atrevería a negar el horrible asesinato cuando fuera confrontada con la evidencia de su crimen. En cuanto a usted», dijo el juez, dirigiéndose a mí, «lo nombraré secretario auxiliar, para que pueda estar presente sin violar la ley».

No respondí. Una horrible sospecha había ido creciendo dentro de mí, una sospecha que, como algún animal infernal, me desgarraba el corazón con garras de acero. ¿Podrían ser Gabriela y Blanca una misma persona? Me volví hacia el ayudante del fiscal de distrito.

«Por cierto», pregunté, «¿dónde estaba Gabriela cuando fue arrestada?».

«En el Hotel del León».

Mi sufrimiento era espantoso, pero no podía decir nada, no podía hacer nada sin comprometer al juez; además, no estaba seguro. Incluso si estuviera seguro de que Gabriela y Blanca eran la misma persona, ¿qué podría hacer mi infortunado amigo? ¿Fingir una enfermedad repentina? ¿Huir del país? Mi única vía era guardar silencio y dejar que Dios actuara a su propia manera. Las órdenes del juez ya habían sido comunicadas al jefe de policía y al alcaide de la prisión. Incluso a esta hora la noticia se había extendido por toda la ciudad y los curiosos se reunían para ver a la rica y hermosa mujer que subiría al cadalso. Todavía me aferraba a la tenue esperanza de que Gabriela y Blanca no fueran la misma persona. Pero cuando caminé hacia la prisión me tambaleé como un borracho y me vi obligado a apoyarme en el hombro de uno de los oficiales, quien me preguntó ansiosamente si estaba enfermo.

VI

Llegamos a la prisión a las cuatro de la mañana. La gran sala de recepción estaba brillantemente iluminada. El guardia, sosteniendo una caja negra en la que estaba el cráneo del Señor Romeral, nos estaba esperando.

El juez tomó asiento a la cabecera de la larga mesa; el fiscal se sentó a su derecha, y el jefe de policía permaneció de pie con los brazos cruzados. Yo y el secretario nos sentamos a la izquierda del juez. Varios oficiales de policía y detectives estaban de pie cerca de la puerta.

El juez tocó su campanilla y dijo al alcaide:

«¡Traiga a Doña Gabriela Zahara!».

Sentí como si me estuviera muriendo, y en lugar de mirar hacia la puerta, miré al juez para ver si podía leer en su rostro la solución de este terrible problema.

Lo vi ponerse lívido y sujetarse la garganta con ambas manos, como para detener un grito de agonía, y luego se volvió hacia mí con una mirada de infinita súplica.

«¡Quédate quieto!», susurré, poniendo mi dedo sobre mis labios, y luego añadí: «Lo sabía».

El infortunado hombre se levantó de su silla.

«¡Juez!», exclamé, y en esa única palabra le transmití el pleno sentido de su deber y de los peligros que le rodeaban. Se controló y volvió a tomar asiento, pero si no fuera por el brillo en sus ojos, podría haber sido tomado por un hombre muerto. Sí, el hombre estaba muerto; solo el juez vivía.

Cuando me convencí de esto, me volví y miré a la acusada. ¡Dios mío! ¡Gabriela Zahara no solo era Blanca, la mujer a la que mi amigo amaba tan profundamente, sino que también era la mujer que había conocido en la diligencia y posteriormente en Granada, la hermosa sudamericana, Mercedes!

Todas estas mujeres fantásticas se habían fusionado ahora en una, la verdadera que estaba ante nosotros, acusada del asesinato de su marido y que había sido condenada a morir.

Todavía quedaba una posibilidad de demostrar su inocencia. ¿Podría hacerlo? Esta era mi única esperanza suprema, como lo era la de mi pobre amigo.

Gabriela (la llamaremos ahora por su nombre real) estaba mortalmente pálida, pero aparentemente tranquila. ¿Estaba confiando en su inocencia o en la debilidad del juez? Nuestras dudas fueron resueltas pronto. Hasta ese momento la acusada no había mirado a nadie más que al juez. No sabía si deseaba alentarlo o amenazarlo, o decirle que su Blanca no podía ser una asesina. Pero notando la impasibilidad del magistrado y que su rostro estaba tan inexpresivo como el de un cadáver, se volvió hacia los demás, como buscando ayuda en ellos. Entonces sus ojos se posaron en mí, y se sonrojó ligeramente.

El juez pareció despertar de su estupor y preguntó con voz áspera:

«¿Cuál es su nombre?».

«Gabriela Zahara, viuda de Romeral», respondió la acusada con voz suave.

Zarco tembló. ¡Acababa de enterarse de que su Blanca nunca había existido; ella misma se lo dijo, ella, quien solo tres horas antes había consentido en convertirse en su esposa!

Afortunadamente, nadie miraba al juez, todos los ojos estaban fijos en Gabriela, cuya maravillosa belleza y comportamiento tranquilo transmitían a todos una convicción casi irresistible de su inocencia.

El juez se recuperó, y luego, como un hombre que se juega más que la vida en el azar de un dado, ordenó al guardia que abriera la caja negra.

«¡Señora!», dijo el juez con severidad, con los ojos pareciendo lanzar llamas, «¡acérquese y dígame si reconoce esta cabeza!».

A una señal del juez, el guardia abrió la caja negra y sacó el cráneo.

Un grito de agonía mortal resonó en aquella sala; no se podía decir si era de miedo o de locura. La mujer retrocedió, sus ojos se dilataron de terror, y gritó: «¡Alfonzo, Alfonzo!».

Luego pareció caer en un estupor. Todos se volvieron hacia el juez, murmurando: «Es culpable sin duda alguna».

«¿Reconoce el clavo que privó a su marido de la vida?», dijo el juez, levantándose de su silla, pareciendo un cadáver levantándose de la tumba.

«Sí, señor», respondió Gabriela mecánicamente.

«Es decir, ¿admite que asesinó a su marido?», preguntó el juez, con una voz que temblaba por su gran sufrimiento.

«Señor», respondió la acusada, «ya no me importa vivir, pero antes de morir me gustaría hacer una declaración».

El juez cayó hacia atrás en su silla y luego me preguntó con una mirada: «¿Qué va a decir?».

Yo mismo estaba casi estupefacto por el miedo.

Gabriela estaba ante ellos, con las manos juntas y una mirada perdida en sus grandes ojos oscuros.

«Voy a confesar», dijo, «y mi confesión será mi defensa, aunque no será suficiente para salvarme del cadalso. ¡Escúchenme todos ustedes! ¿Por qué negar lo que es evidente? Estaba sola con mi marido cuando murió. Los criados y el médico han testificado esto. Por lo tanto, solo yo pude haberlo matado. Sí, cometí el crimen, pero otro hombre me obligó a hacerlo».

El juez tembló al oír estas palabras, pero, dominando su emoción, preguntó con valentía:

—¿El nombre de ese hombre, madame? ¡Díganos de inmediato el nombre del canalla!

Gabriela miró al juez con una expresión de infinito amor, como una madre miraría al niño al que adoraba, y respondió: «Con una sola palabra podría arrastrar a este hombre a las profundidades conmigo. Pero no lo haré. Nadie sabrá jamás su nombre, porque él me ha amado y yo lo amo. Sí, lo amo, ¡aunque sé que no hará nada para salvarme!».

El juez se levantó a medias de su silla y extendió las manos implorante, pero ella lo miró como diciendo: «¡Ten cuidado! Te traicionarás y no servirá de nada».

Él se hundió de nuevo en su silla y Gabriela continuó su historia con una voz tranquila y firme:

«Me vi obligada a casarme con un hombre al que odiaba. Lo odié más después de casarme con él que antes. Viví tres años en el martirio. Un día entró en mi vida un hombre al que amé. Exigió que me casara con él, me pidió que huyera a su lado a un cielo de felicidad y amor. Era un hombre de carácter excepcional, alto y noble, cuyo único defecto era que me amaba demasiado. Si le hubiera dicho: "Te he engañado, no soy viuda; mi marido vive", me habría dejado al instante. Inventé mil excusas, pero él siempre respondía: "¡Sé mi esposa!". ¿Qué podía hacer? Estaba atada a un hombre del carácter y los hábitos más viles, al que detestaba. Pues bien, maté a este hombre, creyendo que cometía un acto de justicia, y Dios me castigó, pues mi amante me abandonó. Y ahora estoy muy, muy cansada de la vida, y todo lo que les pido es que la muerte llegue lo más pronto posible».

Gabriela dejó de hablar. El juez se había hundido el rostro entre las manos, como si estuviera pensando, pero pude ver que temblaba como un epiléptico.

—Su señoría —repitió Gabriela—, conceda mi petición de que pueda morir pronto.

El juez hizo una señal a los guardias para que retiraran a la prisionera.

Antes de seguirlos, me lanzó una mirada terrible en la que había más orgullo que arrepentimiento.

* * * * *

No deseo entrar en detalles sobre la condición del juez durante el día siguiente. En la gran lucha emocional que tuvo lugar, el oficial de la ley venció al hombre, y confirmó la sentencia de muerte.

Al día siguiente, los documentos fueron enviados al Tribunal de Apelaciones, y entonces Zarco se acercó a mí y dijo: «Espera aquí hasta que vuelva. Cuida a esta infortunada mujer, pero no la visites, pues tu presencia la humillaría en lugar de consolarla. No me preguntes a dónde voy, y no pienses que voy a cometer el acto tan estúpido de quitarme la propia vida. Adiós, y perdóname toda la preocupación que te he causado».

Veinte días después, el Tribunal de Apelaciones confirmó la sentencia, y Gabriela Zahara fue trasladada a la celda de los condenados a muerte.

* * * * *

Llegó la mañana del día fijado para la ejecución, y el juez aún no había regresado. El cadalso había sido erigido en el centro de la plaza y una enorme multitud se había reunido. Yo permanecía junto a la puerta de la prisión, pues, aunque había obedecido el deseo de mi amigo de no visitar a Gabriela en su encierro, creía que era mi deber representarlo en aquel momento supremo y acompañar a la mujer que él había amado hasta el pie del cadalso.

Cuando apareció, rodeada por sus guardias, apenas la reconocí. Había adelgazado mucho y parecía apenas tener fuerzas para llevar a sus labios el pequeño crucifijo que sostenía en la mano.

—Estoy aquí, señora. ¿Puedo serle de utilidad? —le pregunté a medida que pasaba a mi lado.

Ella alzó sus ojos profundos y hundidos hacia los míos y, cuando me reconoció, exclamó:

—¡Oh, gracias, gracias! Este es un gran consuelo para mí en mi última hora de vida. Padre —añadió, volviéndose hacia el sacerdote que estaba a su lado—, ¿puedo dirigir unas palabras a este generoso amigo?

—Sí, hija mía —respondió el venerable ministro.

Entonces Gabriela me preguntó: —¿Dónde está él?

—Está ausente...

—¡Que Dios lo bendiga y lo haga feliz! Cuando lo veas, pídele que me perdone, así como creo que Dios ya me ha perdonado. Dile que todavía lo amo, aunque este amor es la causa de mi muerte.

Habíamos llegado al pie de la escalera del cadalso, donde me vi obligado a dejarla. Una lágrima, tal vez la última que quedaba en aquel corazón sufriente, rodó por su mejilla. Una vez más dijo: «Dile que morí bendiciéndolo».

De repente, se oyó un rugido como de trueno. La masa de gente se balanceó, gritó, bailó, rió como maniáticos, y por encima de todo este tumulto, una palabra resonó con claridad:

—¡Indultada! ¡Indultada!

A la entrada de la plaza apareció un hombre a caballo, galopando locamente hacia el cadalso. En su mano agitaba un pañuelo blanco, y su voz resonó por encima del clamor de la multitud: «¡Indultada! ¡Indultada!».

Era el juez. Refrenando a su caballo espumante al pie del cadalso, extendió un papel al jefe de policía.

Gabriela, que ya había subido algunos escalones, se volvió y dedicó al juez una mirada de infinito amor y gratitud.

—¡Que Dios lo bendiga! —exclamó, y luego cayó desmayada.

Tan pronto como las firmas y sellos en el documento fueron verificados por las autoridades, el sacerdote y el juez corrieron hacia la acusada para deshacer las cuerdas que ataban sus manos y brazos y para reanimarla.

Todos sus esfuerzos fueron inútiles, sin embargo. Gabriela Zahara estaba muerta.

LUIGI CAPUANA

La deposición

—¡No sé absolutamente nada al respecto, su señoría!

—¿Absolutamente nada? ¿Cómo puede ser eso? Todo sucedió a menos de cincuenta yardas de su tienda.

—«Absolutamente nada», dije..., de una forma descuidada; pero, en realidad, casi nada. Soy barbero, su señoría, y ¡alabado sea el Cielo! tengo suficiente clientela para mantenerme ocupado desde la mañana hasta la noche. Somos tres en la tienda y, entre afeitar, peinar y cortar el pelo, ninguno de los tres tiene tiempo de detenerse a rascarse la cabeza, y yo menos que nadie. Muchos de mis clientes son tan amables que prefieren mis servicios a los de mis dos jóvenes; quizá porque los divierto con mis pequeñas bromas. Y, entre enjabonar y afeitar una cara y otra, y peinar el pelo de tantas cabezas... ¿cómo espera su señoría que preste atención a los asuntos ajenos? Y la mañana que leí sobre ello en el periódico, pues, me quedé allí con la boca abierta y dije: «¡Bueno, así es como tenía que terminar!».

—¿Por qué dijo: «Así es como tenía que terminar»?

—Pues... ¡porque había terminado de esa manera! Verá, al instante recordé la fea cara del marido. Cada vez que lo veía pasar por la calle —una de esas impresiones de las que nadie puede dar cuenta—, solía pensar: «¡Ese tipo tiene cara de presidiario!». Pero, por supuesto, eso no prueba nada. Hay muchos que tienen la mala suerte de ser más feos que un pecado mortal, pero que son personas muy dignas de todos modos. Pero, en este caso, no creí estar equivocado.

—Pero eran amigos. Él solía venir muy a menudo y sentarse a la entrada de su barbería.

—¿Muy a menudo? ¡Solo de vez en cuando, su señoría! «Con su permiso, vecino», decía. Siempre me llamaba «vecino»; ese era su nombre para todos. Y yo decía: «Pues, claro que sí». La silla estaba allí, vacía. Su señoría comprenderá que difícilmente podría ser tan descortés como para decirle: «No, no puede sentarse». Una barbería es un lugar público, como un café o una cervecería. En cualquier caso, ¡uno puede sentarse sin pagar por ello, y sin necesidad de afeitarse o cortarse el pelo tampoco! «Con su permiso, vecino», y allí se sentaba, en silencio, fumando y frunciendo el ceño, con los ojos entrecerrados. Holgazaneaba allí durante media hora, una hora, a veces más. Me molestaba, no lo niego, desde el principio. Se hablaba mucho.

—¿Qué clase de habladurías?

—Se hablaba mucho. Su señoría sabe, mejor que yo, lo malintencionada que es la gente. Tengo por costumbre no creer ni una sílaba de lo que me dicen sobre alguien, bueno o malo; esa es la forma de mantenerse fuera de problemas.

—Vamos, vamos, ¿qué clase de habladurías? Vaya al grano.

—¿Qué clase de habladurías? Pues, un día decían esto, y al siguiente decían aquello, y de tanto insistir en ello, llegaron a creerse que la esposa... Bueno, su señoría sabe que una esposa bonita es un castigo de Dios. Y, después de todo, ¡hay algunas cosas que uno no puede evitar ver a menos que no quiera ver!

—Entonces era él, el marido...

—¡No sé nada al respecto, su señoría, nada en absoluto! Pero es muy cierto que cada vez que venía y se sentaba junto a mi puerta o dentro de la tienda, solía decirme: «Si ese hombre no ve, ¡ciertamente debe estar ciego! Y si no quiere ver, ciertamente debe estar...». Su señoría sabe a qué me refiero. Ciertamente no había escapatoria de eso... de eso... ¿Quizá su señoría pueda ayudarme con la palabra correcta?

—¿Dilema?

—Dilema, sí, su señoría. Y Biasi, el notario, que viene a afeitarse conmigo, usa otra palabra que encaja perfectamente en el caso, pidiendo perdón a su señoría.

—Entonces, según usted, este Don Nicasio...

—¡Oh, no meteré el dedo en la llaga! Que responda él mismo. Cada uno tiene su propia conciencia; y Jesucristo ha dicho: «No juzguéis, para no ser juzgados». Pues bien, una mañana... ¿o fue por la tarde? No recuerdo exactamente... sí, ahora recuerdo que fue por la mañana... lo vi pasar, con el ceño fruncido y la cabeza baja; yo estaba en mi puerta, afilando una navaja. Por curiosidad le dirigí una palabra al pasar, además de un gesto que equivalía a una pregunta. Se acercó a mí, me miró directo a la cara y respondió: «¿No te he dicho que, tarde o temprano, haré una locura? ¡Y la haré, vecino, sí, la haré! ¡Me están arrastrando por los pelos!». «¡Entonces déjeme cortárselos!», respondí en broma, para hacer que se olvidara de sí mismo.

—Entonces, ¿ya se lo había dicho antes? ¿Cómo es que se lo dijo antes?

—Oh, su señoría sabe cómo se escapan las palabras de la boca en ciertos momentos. ¿Quién les presta atención? Por mi parte, tengo demasiadas otras cosas en la cabeza...

—Vamos, vamos... ¿de qué había estado hablando cuando se lo dijo antes?

—¡Cielos, déme tiempo para pensar, su señoría! ¿De qué había estado hablando? Pues de su esposa, por supuesto. ¿Quién sabe? Alguien debe haberle metido una pulga en el oído. Basta media palabra para arruinar la paz mental de un pobre diablo. Y así es como un hombre deja escapar palabras de su boca como «¡Tarde o temprano haré una locura!». Eso es todo. ¡No sé nada más al respecto, su señoría!

—¿Y la única respuesta que le dio fue una broma?

—No podía decirle: «Adelante, hazlo», ¿verdad? Tal como estaba, se fue, sacudiendo la cabeza. Y qué idea estuvo rumiando después de eso, ¿quién sabe? Uno no puede ver dentro del cerebro de otro hombre. Pero a veces, cuando lo escuchaba desahogarse...

—Entonces, ¿solía desahogarse con usted?

—Pues, sí, conmigo, y quizá con otros además. Verá, uno soporta cosas y soporta cosas y soporta cosas; y al final, antes que estallar con ellas, uno se desahoga con el primero que aparece.

—Pero usted no era el primero que aparecía. Usted solía llamar a su casa...

—¡Solo como barbero, su señoría! Solo cuando Don Nicasio solía enviarme a llamar. Y muy a menudo llegaba demasiado tarde, aunque lo intentaba lo mejor posible.

—¿Y es muy probable que a veces fuera allí cuando sabía que él no estaba en casa?

—¿A propósito, su señoría? ¡No, nunca!

—Y cuando encontraba a su esposa sola, usted se permitía...

—¡Calumnias, su señoría! ¿Quién se atreve a decir tal cosa? ¿Ella lo dice? Puede ser que una o dos veces se me escaparan algunas palabras en broma. Usted sabe cómo es... cuando me encontraba cara a cara con una mujer bonita... usted sabe cómo es... ¡aunque solo fuera para no quedar como un tonto!

—¡Pero estaba muy lejos de ser una broma! ¡Terminó amenazándola!

—¡Qué calumnias! ¿Amenazarla? ¿Para qué? ¡Una mujer de su calaña no necesita ser amenazada! ¡Nunca me habría rebajado a tanto! ¡No soy un colegial!

—La pasión lleva a los hombres a toda clase de locuras.

—¡Esa mujer es capaz de cualquier cosa! ¡Difamaría a nuestro Señor mismo en su cara! ¿Pasión? ¿Yo? ¿A mi edad? Estoy bien entrado en los cuarenta, su señoría, y con muchas canas además. Muchas locuras cometí en mi juventud, como todo el mundo. Pero ahora... ¡Además, con una mujer así! Yo no era un ciego, aunque Don Nicasio lo fuera. Sabía que ese joven... pobre tonto, pagó caro por ella... sabía que le había trastornado la cabeza. Así son algunas mujeres: siguen su propio camino, dejan a uno y se van con otro, ¡y luego terminan convirtiéndose en esclavas de algún granuja que les roba y las maltrata! ¡Él solía golpearla, su señoría, muchas y muchas veces, su señoría! Y yo, por el bien del pobre marido, a quien compadecía... Sí, por eso ella dice que la amenacé. Ella lo dice porque fui lo suficientemente estúpido como para ir a darle un sermón el día que Don Nicasio me dijo: «¡Haré una locura!». Ella sabía a qué me refería, o al menos fingió saberlo.

—No; esto fue lo que usted dijo...

—Sí, su señoría, recuerdo ahora exactamente lo que dije: «¡Arruinaré tu juego —le dije—, aunque me envíe a presidio!», pero estaba hablando en nombre del marido. En el calor del momento uno asume un papel...

—El marido no sabía nada de todo esto.

—¿Iba yo a presumir ante él de lo que había hecho? Un amigo presta sus servicios o no los presta. Así es como yo lo entiendo.

—¿Por qué estaba usted tan preocupado por ello?

—No debería haberlo estado, su señoría. Tengo el corazón demasiado blando.

—Sus amenazas se volvieron problemáticas. ¡Y no solo amenazas, sino promesa tras promesa! Y regalos además, un anillo y un par de pendientes...

—Eso es cierto. No lo negaré. Los encontré en mi bolsillo, por pura casualidad. Pertenecían a mi esposa. Fue una extravagancia, pero lo hice para evitar que el pobre Don Nicasio hiciera una locura. Si tan solo pudiera ganar mi punto, me dije, si tan solo pudiera sacar a ese joven del camino, entonces sería momento de decirle a Don Nicasio: «Amigo mío, devuélveme mi anillo y mis pendientes». No habría necesitado que se lo dijeran dos veces. ¡Es un hombre de honor, Don Nicasio!

—Pero cuando ella le respondió: «¡Quédatelos tú, no los quiero!», usted comenzó a rogarle, casi entre lágrimas...

—¡Ah, su señoría! puesto que hay que decírselo... no sé cómo logré controlarme... ¡me había puesto tan completamente en el lugar del marido! ¡Podría haberla estrangulado con mis propias manos! ¡Podría haber cometido esa misma locura que Don Nicasio pensaba cometer!

—Sin embargo, fue usted muy prudente, eso es evidente. Se dijo a sí mismo: «¡Si no es para mí, entonces no será para él!». El amante, quiero decir, no Don Nicasio. Y comenzó a trabajar sobre el marido, quien, hasta ese momento, había dejado pasar las cosas, ya sea porque no creía, o porque prefería cargar con el mal menor...

—Puede ser que se me escapara alguna palabra al azar. Hay momentos en que un hombre de honor pierde la cabeza... pero más allá de eso, nada, su señoría. El propio Don Nicasio dará fe de ello.

—Pero Don Nicasio dice...

—¿Él también? ¿Me ha fallado? ¿Se ha vuelto contra mí? ¡Una buena manera de mostrar su gratitud!

—Él no tiene nada que agradecer. ¡No se excite! Siéntese de nuevo. Usted comenzó protestando que no sabía absolutamente nada al respecto. Y, sin embargo, sabía tantas cosas. Debe saber unas cuantas más. No se excite.

—¡Quiere arrastrarme por un precipicio, su señoría! ¡Empiezo a entenderlo!

—Los hombres cegados por la pasión caminan hacia los precipicios por sus propios pies.

—Pero... ¿entonces su señoría imagina que yo, personalmente...?

—No imagino nada. Es evidente que usted fue el instigador, y algo más que el instigador también.

—¡Calumnia, calumnia, su señoría!

—Esa misma tarde fue visto hablando con el marido hasta bastante tarde.

—Estaba tratando de persuadirlo de que no lo hiciera. Le dije: «¡Deja las cosas como están! Puesto que es tu desgracia que sea así, ¿qué diferencia hace si es él, o alguien más?». Y él seguía repitiendo: «Alguien más, sí, ¡pero no esa bestia inmunda!». Sus propias palabras, su señoría.

—Usted estaba en la esquina de la calle contigua, acechando.

—¿Quién me vio allí? ¿Quién nos vio, su señoría?

—Fue visto. Vamos, decídase a contar todo lo que sabe. Será mejor para usted. La mujer testifica: «Había dos de ellos», pero en la oscuridad no pudo reconocer al otro.

—¡Justo porque quería hacer una buena acción! ¡Esto es lo que me he buscado por intentar hacer una buena acción!

—Usted estaba en la esquina de la calle...

—Fue así, su señoría. Lo había acompañado hasta allí. Pero cuando vi que no servía de nada intentar detenerlo —daban las once—, las calles estaban desiertas... comencé a dejarlo con indignación, sin una palabra de despedida...

—Bueno, ¿qué sigue? ¿Necesito tenazas para sacarle las palabras de la boca?

—¿Qué sigue? Pues su señoría sabe cómo es por la noche, bajo la luz de la farola. Ves y luego no ves... así es. Me di la vuelta —Don Nicasio se había sumergido en el portal de su casa—, justo a la entrada del pequeño callejón. ¡Un grito! ¡Luego nada más!

—¿Corrió hacia adelante? Eso era bastante natural.

—Vacilé en el umbral... el pasillo estaba muy oscuro.

—No podría haber hecho eso. La mujer lo habría reconocido por la luz de la farola de la calle.

—La farola está a cierta distancia.

—Entraron uno tras otro. ¿Cuál de ustedes cerró la puerta? Porque la puerta se cerró inmediatamente.

—En la confusión del momento... dos hombres forcejeando... podía oírlos jadear... quería pedir ayuda... ¡luego una caída! Y entonces sentí que me agarraban del brazo: «¡Corre, vecino, corre! ¡Esto no es asunto tuyo!». No sonaba como la voz de un ser humano. Y así fue... así fue como terminé allí, un testigo indefenso. Creo que Don Nicasio pretendía matar a su esposa también; pero la desgraciada mujer escapó. Corrió y se encerró en su habitación. Es decir... lo leí después, en los periódicos. El marido habría sido más sabio si la hubiera matado primero. Es mejor arrancar las malas hierbas de raíz. ¿Qué está haciendo escribir a ese hombre, su señoría?

—Absolutamente nada, como usted lo llama. Solo su deposición. El secretario se la leerá ahora y usted la firmará.

«¿Puede serme adverso? ¡Soy inocente! Solo he dicho lo que usted quería que dijera. ¡Me ha enredado en una fina red, como a un pececillo de agua dulce!».

«Espere un momento. Y esto es lo más importante de todo. ¿Cómo es posible que las heridas mortales del cuerpo del difunto fueran causadas por una navaja de afeitar?».

«¡Oh, la traición de Don Nicasio! ¡Dios mío! ¡Dios mío! Sí, señoría. Dos días antes —nadie puede pensar en todo, nadie puede preverlo todo— vino a la tienda y me dijo: "Vecino, préstame una navaja; tengo un callo que me está molestando". Fue tan natural al pedirlo que no dudé ni un instante. Incluso le advertí: "¡Tenga cuidado! ¡Con los callos no se bromea! ¡Un poco de sangre y puede provocar un cáncer!". "No se busque problemas, vecino", me respondió».

«Pero la navaja no pudo ser encontrada. Usted debe de habérsela llevado».

«¿Yo? ¿Quién iba a recordar una pequeñez así? Yo estaba más muerto que vivo, señoría. ¿A dónde intenta llevarme con sus preguntas? ¡Le digo que soy inocente!».

«No lo niegue con tanta obstinación. Una confesión franca le ayudará mucho más que protestar su inocencia. Los hechos hablan con suficiente claridad. Es bien sabido cómo la pasión enloquece al corazón y al cerebro. Un hombre en ese estado ya no es él mismo».

«¡Eso es la verdad, señoría! ¡Aquella desgraciada mujer me embrujó! ¡Me envía a las galeras! Cuanto más decía ella: "¡No, no, no!", más sentía que me volvía loco, de pies a cabeza, como si me estuviera vertiendo fuego encima con sus "¡No, no, no!". Pero ahora... no quiero que otro hombre sufra en mi lugar. ¡Sí, fui yo, fui yo quien lo mató! ¡Estaba embrujado, señoría! Estoy dispuesto a ir a las galeras. Pero volveré aquí, si tengo la suerte de sobrevivir a mi condena. ¡Oh, la justicia de este mundo! ¡Pensar que ella se va de rositas, siendo la verdadera y única causa de todo el daño! Pero haré que se haga justicia, eso lo juro solemnemente, ¡con estas dos manos mías, señoría! En la cárcel no pensaré en otra cosa. Y si vuelvo y la encuentro viva —aunque haya envejecido y se haya vuelto fea, no importa—, tendrá que pagar por ello, ¡tendrá que resarcirme! Ah, "¡no, no, no!". Pero yo diré: "¡Sí, sí, sí!". Y le drenaré hasta la última gota de sangre, aunque tenga que terminar mis días en las galeras. ¡Y cuanto antes, mejor!».

LUCIO APULEYO

La aventura de los tres ladrones

La gran sátira de Lucio Apuleyo, la obra a través de la cual su nombre perdura tras el transcurso de casi dieciocho siglos, es «El asno de oro», una novela de la que se ha seleccionado y traducido el siguiente pasaje para estas Historias de misterio. Lucio, el personaje que narra la historia, es considerado en algunos círculos como un retrato del propio autor. El propósito de «El asno de oro» era satirizar a los falsos sacerdotes y a otros farsantes contemporáneos. Pero entre medias se intercalan muchos episodios de aventuras y situaciones extrañas, uno de los cuales se ofrece aquí.

Cuando Télefron llegó a ese punto de su historia, sus compañeros de juerga, aturdidos por el vino, renovaron el alboroto tumultuoso. Y mientras los viejos bebedores clamaban por la acostumbrada libación a la risa, Birrena me explicó que el día siguiente era una jornada observada religiosamente por su ciudad desde su misma cuna; un día en el que ellos, solos entre los mortales, propiciaban a ese dios tan sagrado, la Risa, con ritos hilarantes y alegres. «El hecho de que estés aquí», añadió, «lo hará todo mucho más alegre. Y deseo de verdad que aportes algo divertido de tu propio ingenio, en honor al dios, para ayudarnos a adorar debidamente a tan importante divinidad».

«Sin duda», dije yo, «lo que pides se hará. ¡Y, por Júpiter!, espero dar con algo lo bastante bueno como para hacer que este poderoso dios vuestro revele su presencia».

Acto seguido, recordándome mi esclavo qué hora de la noche era, me puse en pie rápidamente, aunque no con mucha firmeza tras mis libaciones, y, habiéndome despedido debidamente de Birrena, dirigí mis pasos zigzagueantes hacia el camino de vuelta a casa. Pero en la primera esquina que doblamos, una ráfaga repentina de viento apagó la única antorcha de la que dependíamos y nos dejó, sumidos en la inesperada negrura de la noche, tropezando cansada y dolorosamente hacia nuestra morada, golpeándonos los pies contra cada piedra del camino.

Pero cuando al fin, sosteniéndonos el uno al otro, nos acercamos a nuestro destino, allí frente a nosotros había otros tres, de complexión grande y robusta, descargando toda la energía de su fuerza sobre los postes de nuestra puerta. Y lejos de desanimarse lo más mínimo por nuestra llegada, parecieron solo encenderse con un mayor celo y arremetieron con más ferocidad. Con toda naturalidad, nos pareció claro a ambos, y especialmente a mí, que eran ladrones, y de la especie más peligrosa. Así que desenvainé al instante el acero que llevo oculto bajo mi capa para tales emergencias y me lancé, sin arredrarme, en medio de aquellos salteadores. Uno tras otro, a medida que intentaban resistirme, los atravesé, hasta que finalmente los tres quedaron tendidos a mis pies, acribillados por muchas heridas abiertas a través de las cuales exhalaron su aliento. Para entonces, Fótide, la sirvienta, había sido despertada por el estruendo de la batalla, y todavía jadeante y sudando profusamente me deslicé a través de la puerta que se abría y, tan cansado como si hubiera luchado contra el tricéfalo Gerión en lugar de contra aquellos pendencieros ladrones, me entregué en un mismo instante a la cama y al sueño.

Pronto la Aurora de dedos rosados, sacudiendo las riendas púrpuras, guiaba a sus corceles a través del sendero del cielo; y, arrebatándome de mi tranquilo descanso, la noche me devolvió al día. El desaliento se apoderó de mi alma ante el recuerdo de mis actos de la noche anterior. Me senté allí, encogido en mi cama, con los dedos entrelazados abrazando mis rodillas, y me entregué libremente a mi angustia; ya veía en mi imaginación el tribunal, el jurado, el veredicto, el verdugo. ¿Cómo podría esperar encontrar a un juez tan clemente, tan benévolo como para declararme inocente, manchado como estaba con un triple asesinato, teñido con la sangre de tantos ciudadanos? ¿Era este el glorioso clímax de mis viajes que el caldeo, Diófanes, había predicho con tanta confianza para mí? Una y otra vez repasaba todo el asunto lamentando mi dura suerte.

Acto seguido se oyeron golpes en nuestras puertas y un clamor cada vez mayor en el umbral. No bien se dio paso cuando, con una acometida impetuosa, toda la casa se llenó de magistrados, policía y la variopinta multitud que los seguía. Dos oficiales, por orden de los magistrados, me echaron mano sin demora y comenzaron a arrastrarme, aunque la resistencia era lo último en lo que habría pensado. Para cuando llegamos a la primera encrucijada, toda la ciudad ya iba pisándonos los talones en una masa asombrosamente densa. Y yo marchaba sombríamente con la cabeza colgando hasta la misma tierra; podría decir incluso que hasta las regiones inferiores bajo la tierra.

Finalmente, tras haber dado la vuelta a cada plaza de la ciudad, exactamente de la manera en que las víctimas son conducidas alrededor antes de un sacrificio destinado a alejar los malos augurios, fui llevado al foro y obligado a enfrentarme al tribunal de justicia. Los magistrados habían tomado asiento sobre la plataforma elevada, el pregonero judicial había ordenado silencio, cuando de repente todos los presentes, como si fuera una sola voz, protestaron porque en una reunión tan vasta había peligro por el hacinamiento denso, y exigieron que un caso de tal importancia fuera juzgado en su lugar en el teatro público. No bien dicho esto, toda la población se precipitó hacia adelante, a la desbandada, y en un tiempo maravillosamente corto había llenado todo el auditorio hasta que cada pasillo y galería era una masa sólida. Muchos treparon por las columnas, otros colgaban de las estatuas, mientras que unos pocos se posaron, casi fuera de la vista, en los alféizares de las ventanas y las cornisas; pero todos, en su asombroso entusiasmo, parecían no preocuparse por cuánto arriesgaban sus vidas. Al estilo de un sacrificio, fui conducido por los funcionarios públicos por el centro del escenario y me dejaron de pie en medio de la orquesta. Una vez más, la voz del pregonero judicial retumbó, llamando al fiscal, momento en el que un anciano se levantó y, tras haber tomado primero un pequeño vaso, cuyo fondo terminaba en un embudo estrecho, y haberlo llenado de agua, que al escapar gota a gota debía marcar la duración de su discurso, se dirigió a la población de la siguiente manera:

«Este no es un caso trivial, honorables ciudadanos, sino uno que concierne directamente a la paz de toda nuestra ciudad, y uno que será transmitido como un grave precedente. Por lo tanto, sus intereses individuales y comunes exigen por igual que sostengan la dignidad del Estado y no permitan que este brutal asesino escape a la pena de la matanza indiscriminada que resultó de sus sangrientos actos. Y no crean que estoy influenciado por motivos privados o dando rienda suelta a una animosidad personal. Pues estoy al mando de la guardia nocturna y, hasta este momento, creo que no hay nadie que cuestione mi vigilante diligencia. En consecuencia, expondré el caso y presentaré fielmente los acontecimientos de la noche pasada».

«Era cerca de la hora de la tercera guardia, y yo estaba haciendo mi ronda por toda la ciudad, yendo de puerta en puerta con escrupulosa vigilancia, cuando de repente contemplé a este joven sediento de sangre, espada en mano, extendiendo la carnicería a su alrededor; ya tres víctimas de su salvajismo yacían retorciéndose a sus pies, exhalando su aliento en un charco de sangre. Aterrado, como bien podría estarlo, por la culpa de un crimen tan grande, el individuo huyó y, deslizándose en una de las casas al amparo de la oscuridad, permaneció oculto el resto de la noche. Pero, gracias a los dioses que no permiten que ningún pecador quede sin castigo, le intercepté al amanecer, antes de que pudiera escapar por caminos secretos, y le he traído aquí para ser juzgado ante su sagrado tribunal de justicia. El prisionero en el banquillo es un triple asesino; fue sorprendido en el mismo acto; y, además, es un extranjero. Por consiguiente, es su claro deber devolver un veredicto de culpabilidad contra este hombre de una tierra extraña por un crimen que castigarían severamente incluso en el caso de uno de sus propios ciudadanos».

Tras haber hablado así, el implacable fiscal suspendió su vengativa perorata, y el pregonero judicial me ordenó inmediatamente comenzar mi defensa, si tenía alguna que hacer. Al principio, no pude controlar lo suficiente mi voz para hablar, aunque menos superado, por desgracia, por la dureza de la acusación que por mi propia conciencia culpable. Pero al fin, milagrosamente inspirado con valor, respondí de la siguiente manera:

«Comprendo lo difícil que es para un hombre acusado de asesinato, y confrontado con los cuerpos de tres de sus ciudadanos, persuadir a una multitud tan grande de su inocencia, incluso aunque diga la verdad exacta y admita voluntariamente los hechos. Pero si en su misericordia me conceden una audiencia atenta, les aclararé fácilmente que, lejos de merecer ser puesto a juicio por mi vida, he incurrido injustamente en el pesado estigma de tal crimen como resultado casual de una justa indignación».

«Me dirigía a casa desde una cena a una hora bastante tardía, después de haber bebido bastante libremente, no intentaré negarlo —pues ese fue el quid de mi ofensa— cuando, ¡he aquí!, ante las mismas puertas de mi morada, ante el hogar del buen Milón, su conciudadano, contemplé a varios ladrones villanos tratando de entrar y forzando ya las puertas de sus bisagras retorcidas. Todos los candados y cerrojos, tan cuidadosamente cerrados para la noche, habían sido arrancados, y los ladrones planeaban la masacre de los habitantes. Finalmente, uno de ellos, más grande y activo que el resto, les instó a la acción con estas palabras:

"¡Vamos, muchachos! ¡Demuestren la madera de la que están hechos y ataquen con todas sus fuerzas mientras duermen! ¡Nada de cuartel ahora, nada de debilitarse con cobardía! ¡Que la muerte recorra la casa con la espada desenvainada! Si encuentran a alguien en la cama, degüellen antes de que despierten; si alguno intenta resistirse, acaben con él. Nuestra única oportunidad de salir sanos y salvos es no dejar a nadie más sano y salvo en toda la casa"».

«Confieso, ciudadanos, que estaba muy asustado, tanto por mis anfitriones como por mí mismo; y creyendo que estaba cumpliendo con el deber de un buen ciudadano, desenvainé la espada que siempre me acompaña en preparación para tales peligros, y comencé a ahuyentar o abatir a esos desesperados ladrones. Pero los bárbaros e inhumanos villanos, lejos de ahuyentarse, tuvieron la audacia de enfrentarse a mí, aunque vieron que yo estaba armado. Sus filas cerradas se opusieron a mí. Luego, el líder y abanderado de la banda, asaltándome con fuerza robusta, me agarró con ambas manos por el cabello y, doblándome hacia atrás, se preparó para aplastarme el cráneo con una piedra de pavimentar; pero mientras aún gritaba pidiendo una, con un golpe certero tuve la suerte de atravesarlo y tenderlo a mis pies. Poco después, un segundo golpe, dirigido entre los hombros, acabó con otro de ellos, mientras se aferraba con uñas y dientes a mis piernas; mientras que al tercero, a medida que avanzaba temerariamente, lo apuñalé de lleno en el pecho».

«Puesto que había luchado del lado de la ley y el orden, en defensa de la seguridad pública y del hogar de mi anfitrión, me sentí no solo libre de culpa, sino merecedor de alabanza pública. Nunca antes se me ha acusado ni siquiera de la más mínima infracción de la ley; gozo de una alta reputación entre mi propia gente, y toda mi vida he valorado una conciencia limpia por encima de todas las posesiones materiales. Ni puedo entender por qué debería sufrir este procesamiento por haber tomado una justa venganza sobre esos ladrones despreciables, ya que nadie puede demostrar que hubiera existido antes alguna enemistad entre nosotros, o, dicho sea de paso, que yo tuviera algún conocimiento previo de los ladrones. Ni siquiera han establecido ningún motivo por el cual se suponga que he cometido un crimen tan grande».

En este punto, mi emoción me superó de nuevo y, con las manos extendidas en súplica, me volví de uno a otro, implorándoles que me perdonaran en nombre de la humanidad común, por el bien de todo lo que apreciaban. Pensé que a estas alturas ya habrían sido movidos a la compasión, emocionados con simpatía por mi miseria; en consecuencia, llamé a testificar al Ojo de la Justicia y a la Luz del Día, y confié mi caso a la providencia de Dios, cuando al levantar los ojos descubrí que toda la asamblea estaba convulsionada de risa, sin exceptuar a mi propio buen anfitrión y pariente, Milón, que se estaba sacudiendo de regocijo. «¡Tanto por la amistad!», pensé para mis adentros, «¡tanto por la gratitud! Al proteger a mi anfitrión, me he convertido en un asesino, juzgado por mi vida; mientras que él, lejos de levantar un dedo para ayudarme, se burla de mi miseria».

En ese momento, una mujer vestida de negro se precipitó por el centro del escenario, llorando y lamentándose y estrechando a un niño pequeño contra su pecho. Una mujer mayor, cubierta de harapos y sacudida de manera similar por los sollozos, la siguió, ambas agitando ramas de olivo mientras pasaban alrededor del féretro en el que yacían los cuerpos cubiertos de los asesinados, y elevaron sus voces en un lamento fúnebre: «Por el bien de la humanidad común», clamaban, «por todas las leyes universales de la justicia, ¡muévanse a compasión por la muerte inmerecida de estos jóvenes! ¡Den a una esposa y madre solitaria el consuelo de la venganza! Vengan en ayuda de este infeliz niño que ha quedado huérfano de padre en sus tiernos años, y ofrezcan la sangre del asesino ante el altar de la ley y el orden».

Acto seguido, el magistrado presidente se levantó y se dirigió al pueblo:

«El crimen por el cual el prisionero pagará más tarde la pena completa, ni siquiera él intenta negarlo. Pero aún queda otro deber por realizar, y es averiguar quiénes fueron sus cómplices en este acto perverso; ya que no parece probable que un solo hombre pudiera haber superado a otros tres tan jóvenes y fuertes como estos. Debemos aplicar tortura para extraer la verdad; y puesto que el esclavo que lo acompañaba ha escapado, no nos queda otra alternativa que arrancar los nombres de sus compañeros al propio prisionero, a fin de que podamos aliviar efectivamente al público de toda aprensión de peligro por parte de esta banda desesperada».

Inmediatamente, de acuerdo con el uso griego, se trajeron el fuego y la rueda, junto con todos los demás instrumentos de tortura. Ahora, de hecho, mi angustia no solo aumentó, sino que se multiplicó al ver que estaba destinado a perecer poco a poco. Pero en este punto, la anciana, cuyos ruidosos lamentos se habían convertido en una molestia, estalló con esta exigencia:

«Honorables ciudadanos, antes de que procedan a torturar al prisionero, por causa de los seres queridos a quienes me ha arrebatado, ¿no permitirán que los cuerpos de los difuntos sean descubiertos para que la vista de su juventud y belleza los inflame con una justa ira y una severidad proporcionada al crimen?».

Estas palabras fueron recibidas con aplausos, y al instante el magistrado ordenó que yo mismo, con mi propia mano, quitara la cubierta de los cuerpos que yacían en el féretro. A pesar de mis forcejeos y mi determinación desesperada de no volver a mirar las consecuencias de mis actos de la noche anterior, los funcionarios del tribunal me arrastraron prontamente hacia adelante, en obediencia a la orden del juez, y doblando mi brazo por la fuerza desde su lugar a mi costado, lo extendieron sobre los tres cadáveres. Vencido en la lucha, cedí a la necesidad y, muy contra mi voluntad, retiré la cubierta y expuse los cuerpos.

¡Grandes cielos, qué visión! ¡Qué milagro! ¡Qué transformación en todo mi destino! Ya había comenzado a considerarme un vasallo de Proserpina, un siervo del Hades, y ahora solo podía jadear en un asombro impotente ante la repentina naturaleza del cambio; me faltan palabras para expresar adecuadamente la asombrosa metamorfosis. Pues los cuerpos de mis víctimas descuartizadas no eran más ni menos que tres odres inflados, cuyos costados todavía mostraban las cicatrices de numerosas perforaciones, las cuales, al recordar mi batalla de la noche anterior, estaban situadas en los mismos puntos donde yo había infligido heridas abiertas a mis adversarios. Acto seguido, la hilaridad, que hasta este momento había sido contenida bastante bien, barrió a la multitud como un incendio. Algunos se entregaron sin remedio a una extravagancia desenfrenada de regocijo; otros hicieron lo posible por controlarse, sosteniéndose sus doloridos costados con ambas manos. Y después de haber reído todos hasta que no pudieron reír más, salieron del teatro, con sus miradas retrospectivas todavía centradas en mí.

Desde el momento en que retiré aquel sudario fúnebre, permanecí inmóvil como si me hubiera quedado congelado en piedra, tan impotente para moverme como cualquiera de las estatuas o columnas del teatro. Tampoco salí de mi estupor hasta que Milón, mi anfitrión, se acercó a mí mismo y dándome una palmada en el hombro, me alejó con gentil violencia, fluyendo ahora mis lágrimas libremente y sofocando los sollozos mi voz. Me condujo de vuelta a la casa por un camino indirecto a través de las calles menos frecuentadas, haciendo todo lo posible mientras tanto para calmar mis nervios y sanar mis sentimientos heridos. Pero nada de lo que pudiera decir sirvió para disminuir mi amarga indignación por haber sido hecho tan inmerecidamente ridículo. Pero de repente, los propios magistrados, todavía luciendo sus insignias de cargo, llegaron a la casa e hicieron personalmente las paces con las siguientes palabras:

«Somos plenamente conscientes, maestro Lucio, tanto de su gran mérito como del de su familia, pues la fama de su nombre se extiende por toda la tierra. En consecuencia, debe comprender que el trato que con tanto rigor resiente no tuvo en absoluto la intención de ser un insulto. Por tanto, destierre su actual estado de ánimo sombrío y aparte toda ira de su mente. Pues el festival, que solemnemente celebramos con cada retorno del año en honor al Dios de la Risa, siempre debe depender de la novedad para su éxito. Y así nuestro dios, que tanto le debe hoy a usted, decreta que su presencia favorable le seguirá dondequiera que vaya, y que su rostro alegre será en todas partes señal de hilaridad. Toda la ciudad, en señal de gratitud, le otorga honores excepcionales, inscribiendo su nombre como uno de sus patronos y decretando que su efigie en bronce sea erigida como memorial perpetuo del día de hoy».

PLINIO, EL JOVEN

Carta a Sura

Nuestro ocio me proporciona la oportunidad de aprender de usted, y a usted la de instruirme. Por consiguiente, deseo saber especialmente si piensa que existen cosas tales como los fantasmas, que poseen una apariencia peculiar propia y cierto poder sobrenatural, o si se trata de meras ilusiones vacías que cobran forma a partir de nuestros temores. Por mi parte, me inclino a creer en su existencia, especialmente por lo que oí decir que le ocurrió a Curtius Rufus. Cuando aún era de condición humilde y oscura, era un seguidor en el séquito del gobernador de África. Mientras paseaba por la columnata una tarde, se le apareció una forma femenina de estatura y belleza sobrehumanas. Informó al aterrado hombre de que ella era «África» y que había venido a predecir sucesos futuros; pues él iría a Roma, desempeñaría allí cargos públicos, regresaría incluso a esa misma provincia con los más altos poderes y moriría en ella. Todas estas cosas se cumplieron. Es más, cuando hacía escala en Cartago y desembarcaba de su nave, se dice que la misma forma se le presentó en la orilla. Es cierto que, al ser presa de la enfermedad y augurar el futuro a partir del pasado y la desgracia de su anterior prosperidad, él mismo abandonó toda esperanza de vida, aunque ninguno de los que le rodeaban desesperaba.

¿No es la siguiente historia aún más espantosa y no menos maravillosa? La relataré tal como llegó a mis oídos:

Había en Atenas una mansión, espaciosa y cómoda, pero de mala reputación y peligrosa para la salud. En lo más profundo de la noche se oía un ruido como de hierro, y, si uno escuchaba con más atención, se oía el tintineo de cadenas, primero a lo lejos y después muy cerca. Al poco tiempo solía aparecer un espectro, un anciano consumido por la demacración y la sordidez, con una larga barba y el pelo erizado, que llevaba grilletes en las piernas y esposas en las manos, y las sacudía. De ahí que los inquilinos, debido a sus temores, pasaran noches miserables y horribles en vela. A esta falta de sueño le seguía la enfermedad y, al aumentar sus terrores, la muerte. Pues incluso durante el día, aunque la aparición se hubiera desvanecido, una reminiscencia de ella revoloteaba ante sus ojos y su pavor sobrevivía a su causa. La mansión fue, por consiguiente, desertada y, condenada a la soledad, fue abandonada por completo al terrible fantasma. Sin embargo, se anunció, con la esperanza de que alguien, ignorante de la temible maldición que la aquejaba, estuviera dispuesto a comprarla o alquilarla. Athenodorus, el filósofo, llegó a Atenas y leyó el anuncio. Cuando se le informaron las condiciones, que eran tan bajas que parecían sospechosas, indagó y se enteró de todos los detalles. Sin embargo, no por ello, sino más bien con mayor prontitud, alquiló la casa. Al empezar a caer la tarde, ordenó que le prepararan un sofá en la parte delantera de la casa y pidió sus cuadernos, instrumentos de escritura y una luz. Despidió a todos sus sirvientes a los aposentos interiores y aplicó su alma, ojos y mano a la composición, para que su mente no pudiera, por falta de ocupación, imaginar los fantasmas de los que había oído hablar, o cualquier terror vacío. Al principio hubo el silencio universal de la noche. Pronto se oyó el sacudir de hierros y el tintineo de cadenas, mas él nunca levantó los ojos ni aflojó su pluma, sino que endureció su alma y entumeció sus oídos con su ayuda. El ruido creció y se acercó: ahora parecía oírse en la puerta, y luego dentro de la puerta. Miró a su alrededor, vio y reconoció la figura de la que le habían hablado. Estaba de pie y le hacía señales con el dedo, como si le invitara. Él, en respuesta, hizo una señal con la mano para que esperara un momento, y se aplicó de nuevo a sus tablillas y pluma. Ante esto, la figura siguió haciendo sonar sus cadenas sobre su cabeza mientras él escribía. Al mirar de nuevo a su alrededor, la vio haciendo la misma señal que antes y, sin demora, tomó una luz y la siguió. Se movió con paso lento, como si estuviera oprimida por sus cadenas, y, tras girar hacia el patio de la casa, se desvaneció repentinamente y le dejó solo. Al quedarse así abandonado, marcó el lugar con un poco de hierba y hojas que arrancó. Al día siguiente se dirigió a los magistrados y les instó a que hicieran cavar el lugar en cuestión. Allí se encontraron unos huesos unidos y mezclados con grilletes; el cuerpo al que habían pertenecido, podrido por el tiempo y la tierra, los había abandonado así, desnudos y corroídos, a las cadenas. Fueron recogidos e inhumados a expensas públicas, y la casa quedó desde entonces libre del espíritu, que había obtenido la debida sepultura.

La historia anterior la creo gracias a quienes la afirman. Lo que sigue estoy yo mismo en posición de afirmarlo a otros. Tengo un liberto que no carece de ciertos conocimientos de letras. Un hermano menor suyo dormía con él en la misma cama. Este último soñó que veía a alguien sentado en el lecho, que acercaba un par de tijeras a su cabeza e incluso cortaba el cabello de la coronilla. Al amanecer, se le encontró con la coronilla trasquilada y sus mechones esparcidos alrededor. Muy poco tiempo después, otro suceso de la misma clase confirmó la verdad del primero. Un muchacho mío dormía, en compañía de varios otros, en el aposento de los pajes. Entraron por las ventanas (así cuenta él la historia) dos figuras con túnicas blancas, que le cortaron el cabello mientras yacía y partieron por donde vinieron. En su caso, también, la luz del día lo mostró trasquilado y sus mechones esparcidos. No siguió nada notable, excepto, quizá, esto: que yo no fui llevado a juicio, como lo habría sido si Domiciano (en cuyo reinado ocurrieron estos hechos) hubiera vivido más tiempo. Pues en su escritorio se encontró una denuncia contra mí que había sido presentada por Carus; circunstancia por la cual se puede conjeturar —puesto que es costumbre de los acusados dejarse crecer el cabello— que el corte del cabello de mis esclavos fue una señal de que el peligro que me amenazaba había sido desviado.

Le ruego, pues, que aplique su gran saber a este tema. El asunto es uno que merece una larga y profunda consideración por su parte; ni yo, por mi parte, soy indigno de que los frutos de su sabiduría me sean impartidos. Puede incluso argumentar en ambos sentidos (como es su costumbre), siempre que argumente con más fuerza en un sentido que en el otro, a fin de no despedirme en suspenso y ansiedad, cuando la causa misma de mi consulta ha sido poner fin a mis dudas.

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