VIDA Y CARTAS DE CHARLES DARWIN
Por Charles Darwin
Incluyendo un capítulo autobiográfico
Editado por su hijo Francis Darwin
VOLUMEN I
PREFACIO
Al elegir las cartas para su publicación, me he guiado principalmente por el deseo de ilustrar el carácter personal de mi padre. Pero su vida fue tan esencialmente una vida de trabajo que no se podría haber escrito una historia del hombre sin seguir de cerca la carrera del autor. Así es como la mayor parte del libro se divide en capítulos cuyos títulos corresponden a los nombres de sus obras.
Al organizar las cartas, me he atenido en la medida de lo posible a la secuencia cronológica, pero el carácter y la variedad de sus investigaciones hacen que un orden estrictamente cronológico sea imposible. Tenía la costumbre de trabajar más o menos simultáneamente en varios temas. El trabajo experimental se realizaba a menudo como un refresco o una variedad, mientras se escribían los libros que implicaban razonamiento y la organización de grandes cuerpos de hechos. Además, muchas de sus investigaciones fueron abandonadas y solo se retomaron tras un intervalo de años. Por lo tanto, una serie de cartas rígidamente cronológica presentaría un mosaico de temas, cada uno de los cuales sería difícil de seguir. El índice mostrará de qué manera he intentado evitar este resultado.
Al imprimir las cartas he seguido (salvo en unos pocos casos) el plan habitual de indicar la existencia de omisiones o inserciones. Las cartas de mi padre dan frecuentes muestras de haber sido escritas cuando estaba cansado o apresurado, y llevan las marcas de esta circunstancia. Al escribir a un amigo, o a uno de sus familiares, a menudo omitía los artículos: estos se han insertado sin las indicaciones habituales, excepto en algunos casos, donde es de especial interés preservar intacto el carácter apresurado de la carta. Otras palabras pequeñas, como "de", "a", etc., se han insertado habitualmente entre corchetes. No he seguido los originales en lo que respecta a la ortografía de los nombres, el uso de mayúsculas o en materia de puntuación. Mi padre subrayó muchas palabras en sus cartas; estas no siempre se han presentado en cursiva, una interpretación que exageraría injustamente su efecto.
El diario o libreta, del cual aparecen citas en las páginas siguientes, ha sido valioso al proporcionar un marco de hechos alrededor del cual se pueden agrupar las cartas. Desafortunadamente, está escrito con gran brevedad, la historia de un año se comprime en una página o menos; y contiene poco más que las fechas de los principales acontecimientos de su vida, junto con entradas sobre su trabajo y sobre la duración de sus enfermedades más graves. Rara vez fechaba sus cartas, por lo que, de no ser por el diario, habría sido casi imposible desentrañar la historia de sus libros. También me ha permitido asignar fechas a muchas cartas que, de otro modo, habrían perdido la mitad de su valor.
De las cartas dirigidas a mi padre no he hecho mucho uso. Era su costumbre archivar todas las cartas recibidas, y cuando su escasa provisión de archivos ("pinchos", como él los llamaba) se agotaba, quemaba las cartas de varios años para poder hacer uso de los "pinchos" liberados. Este proceso, llevado a cabo durante años, destruyó casi todas las cartas recibidas antes de 1862. Después de esa fecha, fue persuadido de guardar las cartas más interesantes, y estas se conservan en una forma accesible.
He intentado dar, en el Capítulo III, una relación de su manera de trabajar. Durante los últimos ocho años de su vida actué como su asistente, y así tuve la oportunidad de conocer algo de sus hábitos y métodos.
He recibido mucha ayuda de mis amigos en el transcurso de mi trabajo. A algunos les estoy agradecido por las reminiscencias de mi padre, a otros por información, críticas y consejos. A todos estos amables colaboradores les agradezco con gusto mi deuda. Los nombres de algunos aparecen en relación con sus contribuciones, pero no nombro a aquellos a quienes estoy agradecido por críticas o correcciones, porque desearía cargar solo con el peso de mis deficiencias, en lugar de dejar que caiga algo de ello sobre quienes han hecho todo lo posible por aligerarlo.
Se verá cuánto le debo a Sir Joseph Hooker por los medios para ilustrar la vida de mi padre. Los lectores de estas páginas, creo, estarán agradecidos a Sir Joseph por el cuidado con el que ha conservado su valiosa colección de cartas, y quisiera añadir mi agradecimiento por la generosidad con la que la puso a mi disposición, y por el amable estímulo dado a lo largo de mi trabajo.
Al Sr. Huxley le debo una deuda de gratitud, no solo por mucha ayuda amable, sino por su voluntad de cumplir con mi petición de que contribuyera con un capítulo sobre la recepción de 'El origen de las especies'.
Finalmente, es un placer reconocer la cortesía de los editores de la 'Century Magazine', quienes me han dado libremente el uso de sus ilustraciones. A los señores Maull y Fox y a los señores Elliott y Fry también les estoy agradecido por su amabilidad al permitirme el uso de reproducciones de sus fotografías.
FRANCIS DARWIN.
Cambridge, octubre de 1887.
ÍNDICE.
VOLUMEN I.
CAPÍTULO 1.I.--La familia Darwin.
CAPÍTULO 1.II.--Autobiografía.
CAPÍTULO 1.III.--Reminiscencias.
CARTAS.
CAPÍTULO 1.IV.--Vida en Cambridge--1828-1831.
CAPÍTULO 1.V.--El nombramiento para el 'Beagle'--1831.
CAPÍTULO 1.VI.--El viaje--1831-1836.
CAPÍTULO 1.VII.--Londres y Cambridge--1836-1842.
CAPÍTULO 1.VIII.--Religión.
CAPÍTULO 1.IX.--Vida en Down--1842-1854.
CAPÍTULO 1.X.--El crecimiento de 'El origen de las especies'.
CAPÍTULO 1.XI.--El crecimiento de 'El origen de las especies'--Cartas--1843-1856.
CAPÍTULO 1.XII.--El libro inacabado--Mayo de 1856-junio de 1858.
CAPÍTULO 1.XIII.--La escritura de 'El origen de las especies'--18 de junio de 1858--noviembre de 1859.
CAPÍTULO 1.XIV.--El profesor Huxley sobre la recepción de 'El origen de las especies'.
VIDA Y CARTAS DE CHARLES DARWIN.
VOLUMEN I.
CAPÍTULO 1.I. -- LA FAMILIA DARWIN.
Los registros más antiguos de la familia muestran que los Darwin fueron labradores acomodados que residían en las fronteras septentrionales de Lincolnshire, cerca de Yorkshire. El nombre es hoy muy inusual en Inglaterra, pero creo que no es desconocido en los alrededores de Sheffield y en Lancashire. Hasta el año 1600 encontramos el nombre escrito de diversas maneras: Derwent, Darwen, Darwynne, etc. Es posible, por tanto, que la familia emigrara en una fecha desconocida desde Yorkshire, Cumberland o Derbyshire, donde Derwent aparece como nombre de un río.
El primer antepasado del que sabemos algo fue un tal William Darwin, que vivió, alrededor del año 1500, en Marton, cerca de Gainsborough. Su bisnieto, Richard Darwyn, heredó tierras en Marton y otros lugares, y en su testamento, fechado en 1584, "legó la suma de 3 chelines y 4 peniques para la colocación de las armas de Su Majestad la Reina sobre la puerta del coro en la iglesia parroquial de Marton". (Debemos el conocimiento de estos primeros miembros de la familia a las investigaciones entre los testamentos en Lincoln, realizadas por el conocido genealogista, el coronel Chester).
El hijo de este Richard, llamado William Darwin, y descrito como "caballero", parece haber sido un hombre exitoso. Mientras conservaba su tierra ancestral en Marton, adquirió a través de su esposa y por compra una finca en Cleatham, en la parroquia de Manton, cerca de Kirton Lindsey, y fijó allí su residencia. Esta finca permaneció en la familia hasta el año 1760. Una cabaña de muros gruesos, algunos estanques de peces y árboles antiguos, muestran ahora solo dónde estuvo una vez el "Old Hall", y un campo es conocido todavía localmente como la "Darwin Charity", por estar sujeto a un cargo en favor de los pobres de Marton. William Darwin debió, al menos en parte, su ascenso en la escala social a su nombramiento en 1613 por Jacobo I para el cargo de Yeoman de la Armería Real de Greenwich. El cargo parece haber valido solo 33 libras al año, y las funciones eran probablemente casi nominales; ocupó el puesto hasta su muerte durante las Guerras Civiles.
El hecho de que este William fuera un servidor real puede explicar por qué su hijo, también llamado William, sirvió cuando era casi un niño para el Rey, como "Capitán-Teniente" en la tropa de caballería de Sir William Pelham. Tras la dispersión parcial de los ejércitos reales y la retirada del resto a Escocia, las propiedades del joven fueron secuestradas por el Parlamento, pero fueron redimidas tras firmar el Solemne Pacto y Alianza, y tras pagar una multa que debió afectar gravemente a sus finanzas; pues en una petición a Carlos II habla de su ruina casi total por haberse adherido a la causa real.
Durante la Mancomunidad, William Darwin se convirtió en abogado de Lincoln's Inn, y esta circunstancia probablemente llevó a su matrimonio con la hija de Erasmus Earle, sargento de leyes; de ahí que su bisnieto, Erasmus Darwin, el poeta, derivara su nombre de pila. Finalmente se convirtió en Recaudador de la ciudad de Lincoln.
El hijo mayor del Recaudador, llamado de nuevo William, nació en 1655 y se casó con la heredera de Robert Waring, miembro de una buena familia de Staffordshire. Esta dama heredó de la familia Lassells, o Lascelles, la mansión y el salón de Elston, cerca de Newark, que ha permanecido desde entonces en la familia. (El capitán Lassells, o Lascelles, de Elston fue secretario militar de Monk, duque de Albemarle, durante las Guerras Civiles. Un gran volumen de libros de contabilidad, refrendados en muchos lugares por Monk, están ahora en posesión de mi primo Francis Darwin. Las cuentas podrían posiblemente resultar de interés para el anticuario o historiador. Un retrato del capitán Lassells con armadura, aunque utilizado en una época como blanco de tiro con arco por algunos niños de nuestro apellido, no quedó irremediablemente arruinado). Un retrato de este William Darwin en Elston lo muestra como un joven apuesto con una peluca de fondo completo.
Este tercer William tuvo dos hijos, William, y Robert, quien fue educado como abogado. La propiedad de Cleatham se dejó a William, pero al terminar su linaje en hijas revirtió al hermano menor, quien había recibido Elston. A la muerte de su madre, Robert abandonó su profesión y residió siempre después en Elston Hall. Sobre este Robert, Charles Darwin escribe (Lo que sigue es citado de la biografía de su abuelo hecha por Charles Darwin, que forma el aviso preliminar del interesante ensayo de Ernst Krause, 'Erasmus Darwin', Londres, 1879, página 4.):--
"Parece haber tenido cierto gusto por la ciencia, pues fue uno de los primeros miembros del conocido Spalding Club; y el célebre anticuario Dr. Stukeley, en 'Un relato del esqueleto casi completo de un gran animal', etc., publicado en las 'Philosophical Transactions', abril y mayo de 1719, comienza el artículo de la siguiente manera: 'Habiendo tenido un relato de mi amigo Robert Darwin, Esq., de Lincoln's Inn, una persona curiosa, de un esqueleto humano impreso en piedra, encontrado últimamente por el rector de Elston', etc. Stukeley habla luego de ello como una gran rareza, 'algo parecido a lo cual no se ha observado antes en esta isla que yo sepa'. A juzgar por una especie de letanía escrita por Robert, y transmitida en la familia, era un firme defensor de la templanza, lo cual su hijo siempre defendió después tan enérgicamente:--
De una mañana que brilla, De un chico que bebe vino, De una esposa que habla latín, ¡Buen Señor, líbrame!
"Se sospecha que la tercera línea puede explicarse por el hecho de que su esposa, la madre de Erasmus, fuera una dama muy culta. El hijo mayor de Robert, bautizado como Robert Waring, sucedió en la finca de Elston, y murió allí a la edad de noventa y dos años, soltero. Tenía un fuerte gusto por la poesía, como su hermano menor Erasmus. Robert también cultivó la botánica, y, cuando era un hombre de cierta edad, publicó sus 'Principia Botanica'. Este libro en manuscrito estaba hermosamente escrito, y mi padre [Dr. R.W. Darwin] declaró que creía que se publicó porque su viejo tío no podía soportar que una caligrafía tan fina se desperdiciara. Pero esto era apenas justo, ya que la obra contiene muchas notas curiosas sobre biología, un tema totalmente descuidado en Inglaterra en el siglo pasado. El público, además, apreció el libro, ya que el ejemplar que poseo es la tercera edición."
El segundo hijo, William Alvey, heredó Elston y lo transmitió a su nieta, la difunta Sra. Darwin, de Elston y Creskeld. Un tercer hijo, John, se convirtió en rector de Elston, estando el beneficio en manos de la familia. El cuarto hijo, el niño menor, fue Erasmus Darwin, el poeta y filósofo.
CUADRO DE PARENTESCO. (Una lista incompleta de miembros de la familia.)
ROBERT DARWIN de Elston, 1682-1754, tuvo tres hijos, William Alvey Darwin, 1726-1783, Robert Waring Darwin, 1724-1816, y Erasmus Darwin, 1731-1802.
William Alvey Darwin, 1726-1783, tuvo un hijo, William Brown Darwin, 1774-1841, y una hija, Anne Darwin.
William Brown Darwin, 1774-1841, tuvo dos hijas, Charlotte Darwin y Sarah Darwin.
Charlotte Darwin se casó con Francis Rhodes, ahora Francis Darwin de Creskeld y Elston.
Sarah Darwin se casó con Edward Noel.
Anne Darwin se casó con Samuel Fox y tuvo un hijo, William Darwin Fox.
ERASMUS DARWIN, 1731-1802, se casó (1) con MARY HOWARD, 1740-1770, con quien tuvo dos hijos, Charles Darwin, 1758-1778, y ROBERT WARING DARWIN, y (2) con Eliz. Chandos-Pole, 1747-1832, con quien tuvo una hija, Violetta Darwin, y un hijo, Francis Sacheverel Darwin.
ROBERT WARING DARWIN, 1767-1848, se casó con SUSANNAH WEDGWOOD y tuvo un hijo, CHARLES ROBERT DARWIN, n. 12 de febrero de 1809, m. 19 de abril de 1882.
Violetta Darwin se casó con Samuel Tertius Galton y tuvo un hijo, Francis Galton.
Francis Sacheverel Darwin, 1786-1859, tuvo dos hijos, Reginald Darwin y Edward Darwin, "High Elms".
El cuadro anterior muestra la ascendencia de Charles Darwin de Robert, y su parentesco con otros miembros de la familia, cuyos nombres aparecen en su correspondencia. Entre estos se incluyen William Darwin Fox, uno de sus primeros corresponsales, y Francis Galton, con quien mantuvo una cálida amistad durante muchos años. Aquí también aparece el nombre de Francis Sacheverel Darwin, quien heredó el amor por la historia natural de Erasmus, y lo transmitió a su hijo Edward Darwin, autor (bajo el nombre de "High Elms") de un 'Manual del guardabosques' (4ª edición, 1863), que muestra una aguda observación de los hábitos de varios animales.
Siempre es interesante ver hasta qué punto las características personales de un hombre pueden rastrearse en sus antepasados. Charles Darwin heredó la estatura alta, pero no la figura voluminosa de Erasmus; pero en sus rasgos no hay parecido rastreable con los de su abuelo. Tampoco, al parecer, tenía Erasmus el amor por el ejercicio y los deportes de campo, tan característicos de Charles Darwin cuando era joven, aunque tenía, como su nieto, un amor indomable por el trabajo mental duro. La benevolencia y la simpatía por los demás, y un gran encanto personal, eran comunes a ambos. Charles Darwin poseía, en el más alto grado, esa "viveza de imaginación" de la que habla como fuertemente característica de Erasmus, y como conducente "a su abrumadora tendencia a teorizar y generalizar". Esta tendencia, en el caso de Charles Darwin, fue plenamente mantenida bajo control por la determinación de probar sus teorías al máximo. Erasmus tenía un fuerte amor por todo tipo de mecanismos, por lo cual Charles Darwin no sentía gusto alguno. Tampoco tenía Charles Darwin el temperamento literario que hizo de Erasmus un poeta además de un filósofo. Escribe sobre Erasmus ('Vida de Erasmus Darwin', página 68): "A través de sus cartas me ha impresionado su indiferencia hacia la fama, y la completa ausencia de todos los signos de cualquier sobreestimación de sus propias capacidades, o del éxito de sus obras". Estos, de hecho, parecen indicios de rasgos más llamativamente prominentes en su propio carácter. Sin embargo, no obtenemos evidencia en Erasmus de la intensa modestia y sencillez que marcaron toda la naturaleza de Charles Darwin. Pero por los rápidos arrebatos de ira provocados en Erasmus ante la vista de cualquier inhumanidad o injusticia, se nos recuerda de nuevo a él.
En conjunto, sin embargo, me parece que no sabemos lo suficiente del tono personal esencial del carácter de Erasmus Darwin para intentar más que una comparación superficial; y me quedo con la impresión de que, a pesar de muchos parecidos, los dos hombres eran de un tipo diferente. Se ha demostrado que la señorita Seward y la Sra. Schimmelpenninck han tergiversado el carácter de Erasmus Darwin. (Ibíd., páginas 77, 79, etc.) Es, sin embargo, extremadamente probable que los defectos que exageran fueran hasta cierto punto característicos del hombre; y esto me lleva a pensar que Erasmus tenía cierta acritud o severidad de temperamento que no existía en su nieto.
Los hijos de Erasmus Darwin heredaron en cierto grado sus gustos intelectuales, pues Charles Darwin escribe sobre ellos lo siguiente:
"Su hijo mayor, Charles (nacido el 3 de septiembre de 1758), fue un joven de extraordinaria promesa, pero murió (15 de mayo de 1778) antes de cumplir los veintiún años, por los efectos de una herida recibida mientras diseccionaba el cerebro de un niño. Heredó de su padre un fuerte gusto por diversas ramas de la ciencia, por escribir versos y por la mecánica... También heredó el tartamudeo. Con la esperanza de curarlo, su padre lo envió a Francia, cuando tenía unos ocho años (1766-'67), con un tutor privado, pensando que si no se le permitía hablar inglés durante un tiempo, el hábito del tartamudeo podría perderse; y es un hecho curioso que, años después, al hablar francés, nunca tartamudeaba. A una edad muy temprana coleccionó especímenes de todo tipo. Cuando tenía dieciséis años fue enviado durante un año a [Christ Church] Oxford, pero no le gustó el lugar, y pensó (en palabras de su padre) que el 'vigor de su mente languidecía en la búsqueda de la elegancia clásica como Hércules en la rueca, y suspiraba por ser trasladado al ejercicio más robusto de la escuela de medicina de Edimburgo'. Permaneció tres años en Edimburgo, trabajando duro en sus estudios médicos, y atendiendo 'con diligencia a todos los enfermos pobres de la parroquia de Waterleith, y suministrándoles las medicinas necesarias'. La Sociedad Aesculapiana le otorgó su primera medalla de oro por una investigación experimental sobre el pus y la mucosidad. Aparecieron noticias sobre él en varias revistas; y todos los escritores están de acuerdo sobre su energía y capacidades poco comunes. Parece que, como su padre, excitó el cálido afecto de sus amigos. El profesor Andrew Duncan... habló... de él con el más cálido afecto cuarenta y siete años después de su muerte cuando yo era un joven estudiante de medicina en Edimburgo...
"Sobre el carácter de su segundo hijo, Erasmus (nacido en 1759), tengo poco que decir, pues aunque escribía poesía, parece que no tenía ninguno de los otros gustos de su padre. Tenía, sin embargo, sus propios gustos peculiares, a saber, la genealogía, la colección de monedas y la estadística. Cuando era niño contó todas las casas en la ciudad de Lichfield, y descubrió el número de habitantes en tantas como pudo; así hizo un censo, y cuando se hizo uno real por primera vez, se descubrió que su estimación era casi exacta. Su disposición era tranquila y retraída. Mi padre tenía una opinión muy alta de sus capacidades, y esto probablemente era justo, pues de otro modo no habría sido invitado a viajar con, y realizar largas visitas a, hombres tan distinguidos en diferentes aspectos como Boulton el ingeniero, y Day el moralista y novelista." Su muerte por suicidio, en 1799, parece haber tenido lugar en un estado de locura incipiente.
Robert Waring, el padre de Charles Darwin, nació el 30 de mayo de 1766, y entró en la profesión médica como su padre. Estudió durante unos meses en Leiden, y obtuvo su título de Doctor en Medicina (Debo esta información a la amabilidad del profesor Rauwenhoff, Director de los Archivos en Leiden. Cita del catálogo de doctores que "Robertus Waring Darwin, Anglo-britannus", defendió (26 de febrero de 1785) en el Senado una disertación sobre las imágenes coloreadas vistas después de mirar un objeto brillante, y "Medicinae Doctor creatus est a clar. Paradijs." Los archivos de la Universidad de Leiden están tan completos que el profesor Rauwenhoff es capaz de decirme que mi abuelo vivía junto con un tal "Petrus Crompton, Anglus", en un alojamiento en el Apothekersdijk. La disertación de Leiden del Dr. Darwin fue publicada en las 'Philosophical Transactions', y mi padre solía decir que el trabajo se debía de hecho a Erasmus Darwin.--F.D.) en esa Universidad el 26 de febrero de 1785. "Su padre" (Erasmus) "lo llevó ('Vida de Erasmus Darwin', página 85) a Shrewsbury antes de que cumpliera los veintiún años (1787), y le dejó 20 libras, diciendo: 'Avísame cuando necesites más, y te lo enviaré'. Su tío, el rector de Elston, después también le envió 20 libras, y esta fue la única ayuda pecuniaria que jamás recibió... Erasmus le dice al Sr. Edgeworth que su hijo Robert, después de establecerse en Shrewsbury durante solo seis meses, 'ya tenía entre cuarenta y cincuenta pacientes'. Para el segundo año tenía una práctica considerable, y siempre después una práctica muy grande."
Robert Waring Darwin se casó (18 de abril de 1796) con Susannah, la hija del amigo de su padre, Josiah Wedgwood, de Etruria, quien contaba entonces treinta y dos años. Conservamos una miniatura de ella, con un rostro notablemente dulce y feliz, que guarda cierto parecido con el retrato de su padre hecho por Sir Joshua Reynolds; un semblante expresivo de la naturaleza gentil y compasiva que la señorita Meteyard le atribuye. ('A Group of Englishmen', por la señorita Meteyard, 1871). Murió el 15 de julio de 1817, treinta y dos años antes que su marido, cuyo fallecimiento ocurrió el 13 de noviembre de 1848. El Dr. Darwin vivió antes de su matrimonio durante dos o tres años en St. John's Hill; después en el Crescent, donde nació su hija mayor, Marianne; por último en "Mount", en la parte de Shrewsbury conocida como Frankwell, donde nacieron los demás hijos. Esta casa fue construida por el Dr. Darwin alrededor de 1800, ahora es propiedad del Sr. Spencer Phillips y apenas ha sufrido alteraciones. Es una casa grande, sencilla, cuadrada, de ladrillo rojo, cuya característica más atractiva es el bonito invernadero que se abre desde la sala de estar.
La casa está encantadoramente situada en la cima de una empinada ladera que desciende hasta el Severn. La ladera aterrazada es atravesada por un largo sendero que va de un extremo a otro, todavía llamado "el paseo del Doctor". En un punto de este sendero crece un castaño de Indias, cuyas ramas se curvan hacia atrás paralelas a sí mismas de una manera curiosa, y este era el árbol favorito de Charles Darwin cuando era niño, donde él y su hermana Catherine tenían cada uno su asiento especial.
El Doctor sentía un gran placer en su jardín, plantándolo con árboles y arbustos ornamentales, y teniendo un éxito especial con los árboles frutales; y este amor por las plantas era, creo, el único gusto afín a la historia natural que poseía. Sobre las "palomas de Mount", que la señorita Meteyard describe como ilustrativas del gusto del Dr. Darwin por la historia natural, no he podido averiguar nada de aquellos más capaces de saberlo. El relato de la señorita Meteyard sobre él no es del todo exacto en algunos puntos. Por ejemplo, es incorrecto describir al Dr. Darwin como alguien con una mente filosófica; la suya era una mente especialmente dada al detalle, y no a la generalización. Además, quienes lo conocían íntimamente lo describen como alguien que comía notablemente poco, por lo que no era "un gran comedor, que engullía un ganso en su cena tan fácilmente como otros hombres hacen con una perdiz". ('A Group of Englishmen', página 263). En cuanto a la vestimenta, era conservador, y hasta el final de su vida usó calzones cortos y polainas de color gris, las cuales, sin embargo, ciertamente no se abotonaban por encima de la rodilla, como dice la señorita Meteyard: una forma de vestimenta conocida principalmente por nosotros en los granaderos de la época de la reina Ana, y en los leñadores y labradores modernos.
Charles Darwin sentía el más profundo amor y respeto por la memoria de su padre. Su recuerdo de todo lo relacionado con él era singularmente nítido, y hablaba de él con frecuencia; generalmente prefaciando una anécdota con alguna frase como: "Mi padre, que fue el hombre más sabio que he conocido, etc...". Era asombroso con qué claridad recordaba las opiniones de su padre, de modo que era capaz de citar algunas de sus máximas o consejos en la mayoría de los casos de enfermedad. Por norma, tenía poca fe en los médicos, y por ello su creencia ilimitada en el instinto médico y los métodos de tratamiento del Dr. Darwin era aún más sorprendente.
Su reverencia hacia él era ilimitada y de lo más conmovedora. Habría deseado juzgar todo lo demás en el mundo con imparcialidad, pero cualquier cosa que su padre hubiera dicho era recibida con una fe casi implícita. Su hija, la señora Litchfield, recuerda que él decía que esperaba que ninguno de sus hijos creyera nunca nada solo porque él lo dijera, a menos que ellos mismos estuvieran convencidos de su verdad; un sentimiento en sorprendente contraste con su propia manera de creer.
Una visita que Charles Darwin hizo a Shrewsbury en 1869 dejó en la mente de la hija que le acompañaba una fuerte impresión de su amor por su antiguo hogar. El entonces inquilino de Mount les enseñó la casa, etc., y con una hospitalidad equivocada permaneció con el grupo durante toda la visita. Mientras se marchaban, Charles Darwin dijo, con una mirada patética de pesar: "Si me hubieran dejado solo en ese invernadero durante cinco minutos, sé que habría sido capaz de ver a mi padre en su silla de ruedas tan vívidamente como si hubiera estado allí ante mí".
Quizás este incidente muestra lo que creo que es la verdad: que el recuerdo de su padre que más amaba era el de él como un anciano. La señora Litchfield ha anotado algunas palabras que ilustran bien su sentimiento hacia su padre. Ella lo describe diciendo, con el más tierno respeto: "Creo que mi padre fue un poco injusto conmigo cuando era joven, pero después me siento agradecido de pensar que me convertí en un gran favorito suyo". Ella tiene un recuerdo vívido de la expresión de feliz ensueño que acompañaba a estas palabras, como si estuviera revisando toda la relación, y el recuerdo dejaba una profunda sensación de paz y gratitud.
Lo que sigue fue añadido por Charles Darwin a sus 'Recuerdos' autobiográficos, y fue escrito alrededor de 1877 o 1878.
"Puedo añadir aquí algunas páginas sobre mi padre, que fue en muchos aspectos un hombre notable.
"Medía alrededor de 6 pies y 2 pulgadas de altura, con hombros anchos y muy corpulento, por lo que fue el hombre más grande que he visto jamás. Cuando se pesó por última vez, tenía 24 stone, pero después aumentó mucho de peso. Sus principales características mentales eran sus facultades de observación y su empatía, ninguna de las cuales he visto superada o incluso igualada. Su empatía no era solo con las desgracias de los demás, sino en mayor medida con los placeres de todos los que le rodeaban. Esto le llevaba a estar siempre planeando cómo dar placer a los demás y, aunque detestaba la extravagancia, a realizar muchas acciones generosas. Por ejemplo, el Sr. B--, un pequeño fabricante de Shrewsbury, vino a verlo un día y le dijo que se declararía en quiebra a menos que pudiera pedir prestadas de inmediato 10.000 libras, pero que no podía ofrecer ninguna garantía legal. Mi padre escuchó sus razones para creer que podría devolver el dinero finalmente, y por su percepción intuitiva del carácter se sintió seguro de que era alguien de fiar. Así que le adelantó esta suma, que era muy grande para él cuando era joven, y después de un tiempo fue reembolsada.
"Supongo que fue su empatía la que le dio un poder ilimitado para ganarse la confianza y, como consecuencia, le hizo tener mucho éxito como médico. Comenzó a ejercer antes de cumplir veintiún años, y sus honorarios durante el primer año pagaron la manutención de dos caballos y un sirviente. Al año siguiente su clientela era grande, y así continuó durante unos sesenta años, cuando dejó de atender a nadie. Su gran éxito como médico fue más notable, ya que me contó que al principio odiaba tanto su profesión que, si hubiera estado seguro de la más mínima retribución, o si su padre le hubiera dado alguna opción, nada le habría inducido a seguirla. Hasta el final de su vida, la idea de una operación casi le enfermaba, y apenas podía soportar ver a una persona desangrarse, un horror que me ha transmitido, y recuerdo el horror que sentí siendo colegial al leer sobre Plinio (creo) desangrándose hasta morir en un baño caliente...
"Debido al poder de mi padre para ganarse la confianza, muchos pacientes, especialmente damas, le consultaban cuando sufrían de alguna miseria, como una especie de Padre Confesor. Me contó que siempre comenzaban quejándose de manera vaga sobre su salud, y por la práctica pronto adivinaba qué era lo que realmente ocurría. Entonces sugería que habían estado sufriendo en sus mentes, y ahora ellas derramaban sus problemas, y ya no escuchaba nada más sobre el cuerpo... Debido a la habilidad de mi padre para ganarse la confianza, recibió muchas extrañas confesiones de miseria y culpa. A menudo comentaba cuántas esposas miserables había conocido. En varios casos, esposos y esposas habían seguido adelante bastante bien durante entre veinte y treinta años, y luego se odiaban amargamente; esto lo atribuía a que habían perdido un vínculo común al haber crecido sus hijos pequeños.
"Pero el poder más notable que poseía mi padre era el de leer los caracteres, e incluso los pensamientos de aquellos a quienes veía aunque fuera por poco tiempo. Tuvimos muchos ejemplos de este poder, algunos de los cuales parecían casi sobrenaturales. Salvó a mi padre de hacer jamás (con una excepción, y el carácter de este hombre fue descubierto pronto) un amigo indigno. Un clérigo extraño llegó a Shrewsbury y parecía ser un hombre rico; todo el mundo lo visitó y fue invitado a muchas casas. Mi padre lo visitó, y a su regreso a casa dijo a mis hermanas que bajo ninguna circunstancia lo invitaran a él o a su familia a nuestra casa, pues sentía seguridad de que el hombre no era de fiar. Después de unos meses salió huyendo repentinamente, estando muy endeudado, y se descubrió que no era mucho mejor que un estafador habitual. He aquí un caso de confianza que no muchos hombres se habrían atrevido a tener. Un caballero irlandés, un completo extraño, visitó a mi padre un día y dijo que había perdido su billetera, y que sería un grave inconveniente para él esperar en Shrewsbury hasta que pudiera recibir una remesa desde Irlanda. Entonces pidió a mi padre que le prestara 20 libras, lo cual fue hecho inmediatamente, ya que mi padre sentía certeza de que la historia era verdadera. Tan pronto como pudo llegar una carta desde Irlanda, llegó una con los agradecimientos más profusos, y adjuntando, según decía, un billete de 20 libras del Banco de Inglaterra, pero no se adjuntaba ningún billete. Pregunté a mi padre si esto no le había desconcertado, pero respondió 'en absoluto'. Al día siguiente llegó otra carta con muchas disculpas por haber olvidado (como un verdadero irlandés) poner el billete en su carta del día anterior...(Un caballero) trajo a su sobrino, que estaba loco pero era muy gentil, a mi padre; y la locura del joven le llevó a acusarse de todos los crímenes bajo el cielo. Cuando mi padre habló después del asunto con el tío, dijo: 'Estoy seguro de que su sobrino es realmente culpable de... un crimen atroz'. Ante lo cual [el caballero] dijo: '¡Dios mío, Dr. Darwin, quién se lo ha dicho; pensábamos que ningún ser humano conocía el hecho excepto nosotros!'. Mi padre me contó la historia muchos años después del suceso, y le pregunté cómo distinguía las acusaciones falsas de las verdaderas; y fue muy característico de mi padre que dijera que no podía explicar cómo era.
"La siguiente historia muestra qué buenas conjeturas podía hacer mi padre. Lord Shelburne, después el primer Marqués de Lansdowne, era famoso (como menciona Macaulay en algún lugar) por su conocimiento de los asuntos de Europa, de lo cual se enorgullecía mucho. Consultó a mi padre médicamente, y después le sermoneó sobre el estado de Holanda. Mi padre había estudiado medicina en Leiden, y un día [mientras estaba allí] dio un largo paseo por el campo con un amigo que lo llevó a la casa de un clérigo (diremos el Rev. Sr. A--, pues he olvidado su nombre), que se había casado con una inglesa. Mi padre tenía mucha hambre, y había poco para almorzar excepto queso, que él nunca podía comer. La anciana se sorprendió y se apenó por esto, y aseguró a mi padre que era un queso excelente, y que le había sido enviado desde Bowood, la residencia de Lord Shelburne. Mi padre se preguntó por qué se le enviaba un queso desde Bowood, pero no pensó más en ello hasta que le vino a la mente muchos años después, mientras Lord Shelburne hablaba sobre Holanda. Así que respondió: 'Por lo que vi del Rev. Sr. A--, diría que era un hombre muy capaz, y bien versado en el estado de Holanda'. Mi padre vio que el Conde, quien cambió inmediatamente de conversación, estaba muy sobresaltado. A la mañana siguiente mi padre recibió una nota del Conde, diciendo que había retrasado el inicio de su viaje, y que deseaba particularmente ver a mi padre. Cuando lo visitó, el Conde dijo: 'Dr. Darwin, es de la mayor importancia para mí y para el Rev. Sr. A-- saber cómo ha descubierto que él es la fuente de mi información sobre Holanda'. Así que mi padre tuvo que explicar el estado del caso, y supuso que Lord Shelburne quedó muy impresionado con su habilidad diplomática para adivinar, pues durante muchos años después recibió muchos mensajes amables de él a través de varios amigos. Creo que él debe haber contado la historia a sus hijos; pues Sir C. Lyell me preguntó hace muchos años por qué el Marqués de Lansdowne (el hijo o nieto del primer marqués) sentía tanto interés por mí, a quien nunca había visto, y por mi familia. Cuando se añadieron cuarenta nuevos miembros (los cuarenta ladrones, como se les llamaba entonces) al Athenaeum Club, hubo mucha campaña para ser uno de ellos; y sin que yo hubiera pedido a nadie, Lord Lansdowne me propuso y consiguió que me eligieran. Si estoy en lo cierto en mi suposición, fue una extraña concatenación de eventos que el hecho de que mi padre no comiera queso medio siglo antes en Holanda condujera a mi elección como miembro del Athenaeum.
"La agudeza de su observación le llevó a predecir con notable habilidad el curso de cualquier enfermedad, y sugería un sinfín de pequeños detalles de alivio. Me contaron que un joven médico en Shrewsbury, que detestaba a mi padre, solía decir que era totalmente acientífico, pero admitía que su poder para predecir el desenlace de una enfermedad no tenía parangón. Antaño, cuando pensaba que yo sería médico, me hablaba mucho de sus pacientes. En los viejos tiempos la práctica de sangrar profusamente era universal, pero mi padre sostenía que así se causaba mucho más mal que bien; y me aconsejó que si alguna vez yo mismo enfermaba, no permitiera que ningún médico extrajera más que una cantidad extremadamente pequeña de sangre. Mucho antes de que la fiebre tifoidea fuera reconocida como distinta, mi padre me dijo que dos tipos de enfermedades totalmente diferentes se confundían bajo el nombre de fiebre tifoidea. Él era vehemente contra la bebida, y estaba convencido tanto de los efectos nocivos directos como de los heredados del alcohol cuando se tomaba habitualmente incluso en cantidad moderada en una gran mayoría de los casos. Pero admitía y exponía ejemplos de ciertas personas que podían beber mucho durante toda su vida sin sufrir aparentemente ningún efecto nocivo, y creía que a menudo podía decir de antemano quién no sufriría de esta manera. Él mismo nunca bebió una gota de ningún líquido alcohólico. Este comentario me recuerda un caso que muestra cómo un testigo bajo las circunstancias más favorables puede estar totalmente equivocado. Un granjero caballero fue instado fuertemente por mi padre a no beber, y fue animado al decirle que él mismo nunca tocaba ningún licor espirituoso. Ante lo cual el caballero dijo: 'Vamos, vamos, Doctor, esto no sirve, aunque es muy amable de su parte decirlo por mi bien, pues sé que usted toma un vaso muy grande de ginebra caliente con agua cada noche después de su cena'. (Esta creencia aún sobrevive, y fue mencionada a mi hermano en 1884 por un antiguo habitante de Shrewsbury.—F.D.). Así que mi padre le preguntó cómo lo sabía. El hombre respondió: 'Mi cocinera fue su criada de cocina durante dos o tres años, y veía al mayordomo todos los días preparar y llevarle la ginebra con agua'. La explicación era que mi padre tenía el hábito extraño de beber agua caliente en un vaso muy alto y grande después de su cena; y el mayordomo solía poner primero un poco de agua fría en el vaso, lo cual la chica confundía con ginebra, y luego lo llenaba con agua hirviendo de la caldera de la cocina.
"Mi padre solía contarme muchas pequeñas cosas que había encontrado útiles en su práctica médica. Así, las damas a menudo lloraban mucho mientras le contaban sus problemas, y causaban así una gran pérdida de su precioso tiempo. Pronto descubrió que rogarles que se controlaran y contuvieran siempre las hacía llorar aún más, por lo que después siempre las animaba a seguir llorando, diciendo que esto las aliviaría más que cualquier otra cosa, y con el resultado invariable de que pronto dejaban de llorar, y él podía escuchar lo que tenían que decir y dar su consejo. Cuando los pacientes que estaban muy enfermos ansiaban algún alimento extraño y poco natural, mi padre les preguntaba qué les había metido tal idea en la cabeza; si respondían que no lo sabían, les permitía probar el alimento, y a menudo con éxito, ya que confiaba en que tenían una especie de deseo instintivo; pero si respondían que habían oído que el alimento en cuestión había hecho bien a alguien más, rechazaba firmemente su asentimiento.
"Contó un día una pequeña muestra extraña de la naturaleza humana. Cuando era un hombre muy joven, fue llamado a consultar con el médico de familia en el caso de un caballero de mucha distinción en Shropshire. El viejo médico le dijo a la esposa que la enfermedad era de tal naturaleza que debía terminar fatalmente. Mi padre tuvo una visión diferente y sostuvo que el caballero se recuperaría: resultó estar totalmente equivocado en todos los aspectos (creo que por autopsia) y admitió su error. Entonces quedó convencido de que nunca más sería consultado por esta familia; pero después de unos meses la viuda lo hizo llamar, habiendo despedido al viejo médico de familia. Mi padre estaba tan sorprendido por esto, que pidió a un amigo de la viuda que averiguara por qué se le consultaba de nuevo. La viuda respondió a su amigo, que '¡nunca volvería a ver al odioso viejo médico que dijo desde el principio que su marido moriría, mientras que el Dr. Darwin siempre sostuvo que se recuperaría!'. En otro caso, mi padre dijo a una dama que su marido moriría ciertamente. Algunos meses después vio a la viuda, que era una mujer muy sensata, y ella dijo: 'Usted es un hombre muy joven, y permítame aconsejarle que siempre dé, mientras pueda, esperanza a cualquier pariente cercano que cuide a un paciente. Usted me hizo desesperar, y desde ese momento perdí las fuerzas'. Mi padre dijo que a menudo había visto desde entonces la importancia primordial, por el bien del paciente, de mantener la esperanza y con ella la fuerza de la enfermera a cargo. Esto a veces le resultaba difícil de hacer de manera compatible con la verdad. Un anciano, sin embargo, no le causó tal perplejidad. Fue llamado por el Sr. P--, quien dijo: 'Por todo lo que he visto y oído de usted, creo que es el tipo de hombre que dirá la verdad, y si se lo pido, me dirá cuándo me estoy muriendo. Ahora, deseo mucho que usted me atienda, si promete, diga lo que diga, declarar siempre que no voy a morir'. Mi padre aceptó bajo el entendimiento de que sus palabras, de hecho, no tendrían significado."
«Mi padre poseía una memoria extraordinaria, especialmente para las fechas, de modo que conocía, cuando ya era muy anciano, el día del nacimiento, matrimonio y muerte de una multitud de personas en Shropshire; y una vez me dijo que esta facultad le molestaba, pues si escuchaba una fecha una sola vez, no podía olvidarla; y de este modo, las muertes de muchos amigos acudían a menudo a su mente. Debido a su potente memoria, conocía un número extraordinario de historias curiosas, que le gustaba contar, pues era un gran conversador. Por lo general estaba de buen ánimo, y reía y bromeaba con todo el mundo —a menudo con sus criados— con la mayor libertad; sin embargo, tenía el arte de hacer que todos le obedecieran al pie de la letra. Muchas personas le tenían mucho miedo. Recuerdo que mi padre nos contó un día, entre risas, que varias personas le habían preguntado si la Srta. --, una gran dama de Shropshire, le había hecho una visita, de modo que al final preguntó por qué se lo preguntaban; y le dijeron que la Srta. --, a quien mi padre había ofendido mortalmente de alguna manera, le decía a todo el mundo que iría a llamar a la puerta y le diría "a ese gordo y viejo doctor muy claramente lo que pensaba de él". Ya había ido, pero su valor le había fallado, y nadie podría haber sido más cortés y amistoso. Cuando era niño, fui a quedarme en casa de --, cuya esposa estaba loca; y la pobre criatura, en cuanto me vio, se sumió en el estado de terror más abyecto que he visto jamás, llorando amargamente y preguntándome una y otra vez: "¿Viene tu padre?", pero pronto se tranquilizó. A mi regreso a casa, le pregunté a mi padre por qué estaba tan asustada, y me respondió que se alegraba mucho de oírlo, pues la había asustado a propósito, sintiéndose seguro de que ella se mantendría a salvo y mucho más feliz sin restricción alguna, si su marido podía influir sobre ella, siempre que se pusiera algo violenta, proponiéndole enviar a buscar al Dr. Darwin; y estas palabras surtieron un efecto perfecto durante el resto de su larga vida.
Mi padre era muy sensible, por lo que muchos pequeños sucesos le molestaban o le dolían mucho. Una vez le pregunté, cuando era anciano y no podía caminar, por qué no salía en coche para hacer ejercicio; y me respondió: "Cada camino que sale de Shrewsbury está asociado en mi mente con algún acontecimiento doloroso". Sin embargo, por lo general estaba de buen ánimo. Se enfadaba con facilidad, pero su bondad no tenía límites. Fue amplia y profundamente amado.
Era un hombre de negocios cauteloso y bueno, por lo que casi nunca perdió dinero en una inversión, y dejó a sus hijos una propiedad muy grande. Recuerdo una historia que demuestra con qué facilidad se originan y extienden las creencias totalmente falsas. El Sr. E --, un hacendado de una de las familias más antiguas de Shropshire y socio principal de un banco, se suicidó. Enviaron a buscar a mi padre por una cuestión de formalidad, y lo encontró muerto. Puedo mencionar, de paso, para mostrar cómo se gestionaban los asuntos en aquellos viejos tiempos, que debido a que el Sr. E -- era un hombre bastante importante y universalmente respetado, no se celebró ninguna investigación forense sobre su cuerpo. Mi padre, al regresar a casa, consideró apropiado pasar por el banco (donde tenía una cuenta) para informar del suceso a los socios directores, ya que no era improbable que provocara una retirada masiva de depósitos en el banco. Pues bien, la historia se extendió por todas partes: que mi padre entró en el banco, retiró todo su dinero, salió del banco, volvió a entrar y dijo: "Solo debo decirles que el Sr. E -- se ha suicidado", y luego se marchó. Parece ser que entonces era una creencia común que el dinero retirado de un banco no estaba seguro hasta que la persona hubiera pasado por la puerta del establecimiento. Mi padre no escuchó esta historia hasta pasado un tiempo, cuando el socio director le dijo que se había desviado de su regla invariable de no permitir nunca a nadie ver la cuenta de otro hombre, al haber mostrado el libro mayor con la cuenta de mi padre a varias personas, ya que esto demostraba que mi padre no había retirado ni un penique aquel día. Hubiera sido deshonroso por parte de mi padre haber utilizado sus conocimientos profesionales para su beneficio privado. No obstante, el supuesto acto fue muy admirado por algunas personas; y muchos años después, un caballero comentó: "¡Ah, Doctor, qué espléndido hombre de negocios fue usted al conseguir sacar con tanta astucia todo su dinero a salvo de ese banco!".
La mente de mi padre no era científica, y no intentó generalizar sus conocimientos bajo leyes generales; sin embargo, formaba una teoría para casi todo lo que ocurría. No creo haber obtenido mucho de él intelectualmente; pero su ejemplo debería haber sido de gran servicio moral para todos sus hijos. Una de sus reglas de oro (difícil de seguir) era: "Nunca te hagas amigo de alguien a quien no puedas respetar"».
El Dr. Darwin tuvo seis hijos (De ellos, la Sra. Wedgwood es hoy la única superviviente): Marianne, que se casó con el Dr. Henry Parker; Caroline, que se casó con Josiah Wedgwood; Erasmus Alvey; Susan, que murió soltera; Charles Robert; Catherine, que se casó con el reverendo Charles Langton.
El hijo mayor, Erasmus, nació en 1804 y murió soltero a la edad de setenta y siete años.
Él, al igual que su hermano, se educó en la Shrewsbury School y en el Christ's College de Cambridge. Estudió medicina en Edimburgo y en Londres, y obtuvo el título de Bachiller en Medicina en Cambridge. Nunca tuvo pretensión alguna de ejercer como médico y, tras dejar Cambridge, llevó una vida tranquila en Londres.
Había algo patético en el afecto de Charles Darwin por su hermano Erasmus, como si siempre recordara su vida solitaria y la conmovedora paciencia y dulzura de su carácter. A menudo hablaba de él como "el pobre y viejo Ras" o "el pobre y querido viejo Philos" —imagino que Philos (filósofo) era un vestigio de los días en que trabajaban en química en el cobertizo de herramientas de Shrewsbury—, una época de la que siempre conservó un recuerdo agradable. Siendo Erasmus poco más de cuatro años mayor que Charles Darwin, no estuvieron mucho tiempo juntos en Cambridge, pero anteriormente, en Edimburgo, vivieron en la misma pensión, y después del Viaje vivieron una temporada juntos en la casa de Erasmus en Great Marlborough Street. En esta época también habla a menudo con mucho afecto de Erasmus en sus cartas a Fox, usando palabras como "mi querido y buen viejo hermano". En años posteriores, Erasmus Darwin venía de vez en cuando a Down o se unía a la familia de su hermano en las vacaciones de verano. Pero gradualmente sucedió que no pudo, debido a su mala salud, decidirse a dejar Londres, y entonces solo se veían cuando Charles Darwin iba durante una semana cada vez a la casa de su hermano en Queen Anne Street.
La siguiente nota sobre el carácter de su hermano fue escrita por Charles Darwin aproximadamente al mismo tiempo que se añadió el esbozo de su padre a los 'Recuerdos':--
"Mi hermano Erasmus poseía una mente notablemente clara con gustos y conocimientos extensos y diversificados en literatura, arte e incluso en ciencia. Durante un breve periodo coleccionó y secó plantas, y durante un tiempo algo más largo experimentó con la química. Era extremadamente agradable, y su ingenio a menudo me recordaba al de las cartas y obras de Charles Lamb. Era muy bondadoso... Su salud desde la infancia había sido débil y, como consecuencia, le faltaba energía. Su ánimo no era alto, a veces bajo, más especialmente durante su juventud y madurez temprana. Leía mucho, incluso cuando era niño, y en la escuela me animó a leer, prestándome libros. Nuestras mentes y gustos eran, sin embargo, tan diferentes, que no creo deberle mucho intelectualmente. Me inclino a estar de acuerdo con Francis Galton en creer que la educación y el entorno producen solo un pequeño efecto en la mente de cualquier persona, y que la mayoría de nuestras cualidades son innatas".
El nombre de Erasmus Darwin, aunque no conocido por el público en general, puede recordarse por el esbozo de su carácter en las 'Reminiscencias' de Carlyle, que reproduzco aquí en parte:--
"Erasmus Darwin, una clase de mortal muy diversa, vino a buscarnos muy pronto ('había oído hablar de Carlyle en Alemania, etc.') y continúa desde entonces siendo un tranquilo amigo de la casa, honestamente unido; aunque sus visitas últimamente han sido más y más raras, salud tan pobre, yo tan ocupado, etc., etc. Tenía algo original y sarcásticamente ingenioso en él, uno de los hombres más sinceros, naturalmente verdaderos y más modestos; hermano mayor de Charles Darwin (el famoso Darwin sobre las Especies de estos días), a quien prefiero más en cuanto a intelecto, si su salud no lo hubiera condenado totalmente al silencio y a la paciente ociosidad... Mi querida tenía siempre una gran predilección por este honesto Darwin; por muchos caminos, a las tiendas y similares, la llevó en su coche de punto (Darwingium Cabbum comparable a Georgium Sidus) en aquellos primeros días en que incluso el coste de los omnibuses era una consideración, y sus escasas expresiones, a menudo sardónicas, eran una gran diversión para ella. 'Un perfecto caballero', discernió de inmediato que era, y de sólida valía y bondad en la forma más natural". (Carlyle's 'Reminiscences', vol. ii. página 208).
Charles Darwin no apreció este esbozo de su hermano; pensaba que Carlyle no había captado la esencia de su carácter más adorable.
Me siento tentado, por el deseo de ilustrar aún más el carácter de alguien tan sinceramente amado por todos los hijos de Charles Darwin, a reproducir una carta al "Spectator" (3 de septiembre de 1881) de su prima, la Srta. Julia Wedgwood.
"Un retrato del portafolio del Sr. Carlyle, que no lamentan quienes amaron al original, confiere sin duda suficiente distinción como para justificar unas pocas palabras de atención, cuando el carácter que describe se retira de la mirada mortal. Erasmus, el único hermano de Charles Darwin y el fiel y afectuoso viejo amigo de ambos Carlyle, ha dejado un círculo de dolientes que no necesitan tributo de pluma ilustre alguna para embalsamar el recuerdo tan querido para sus corazones; pero un círculo más amplio debe haber sentido cierto interés despertado por ese tributo, y puede recibir con cierta atención el registro de una impresión única e indeleble, aunque solo esté hecha en los corazones de aquellos que no pueden legarla, y con quienes, por lo tanto, debe desaparecer rápidamente. Lo recuerdan con la misma nitidez con que recuerdan una creación de genio; de igual modo ha enriquecido y endulzado la vida, formado un punto de encuentro común para quienes no tenían otro; y, en su fuerte fragancia de individualidad, reforzó ese respeto por las idiosincrasias del carácter humano sin el cual el juicio moral es siempre duro y superficial, y a menudo injusto. Carlyle era alguien que encontraba un disfrute peculiar en la combinación de vivacidad y reposo que daba a la sociedad de su amigo una influencia a la vez estimulante y relajante, y la calidez de su aprecio no se dio a conocer primero en su expresión póstuma; sus cartas de ansiedad de hace casi treinta años, cuando la frágil vida que se ha prolongado hasta la vejez se vio amenazada por una grave enfermedad, siguen frescas en mi memoria. La amistad era igualmente cálida con ambos, marido y mujer. Recuerdo bien una pequeña y patética reconvención de ella, provocada por una confesión de Erasmus Darwin de que prefería los gatos a los perros, lo cual ella sintió como un desprecio hacia su pequeño 'Nero'; y los tonos en los que dijo: '¡Oh, pero si a usted le gustan los perros! usted es demasiado amable para no gustarle', hablaban de una larga perspectiva de pequeñas y amables bondades, recordadas con una tierna gratitud. También fue íntimo de una persona cuyos amigos, como los del Sr. Carlyle, no siempre han tenido motivos para felicitarse por su lugar en su galería: Harriet Martineau. Le he oído más de una vez llamarla amiga fiel, y siempre me pareció un curioso tributo a algo en la amistad que él solo aportaba; pero si ella hubiera escrito algo sobre él, creo que la mención, en su cordialidad de apreciación, habría proporcionado un raro y curioso punto de encuentro con las otras 'Reminiscencias', tan parecidas y a la vez tan distintas. No es posible transferir la impresión de un carácter; solo podemos sugerirla mediante alguna semejanza; y es una ilustración singular de esa ironía que controla o dirige nuestras simpatías, que al intentar dar alguna noción del hombre a quien, entre los que no eran sus parientes, Carlyle parece haber amado más, no puedo decir nada más descriptivo que el hecho de que me parece haber tenido algo en común con el hombre a quien Carlyle menos apreció. La sociedad de Erasmus Darwin tenía, en mi opinión, mucho del mismo encanto que los escritos de Charles Lamb. Había el mismo tipo de jovialidad, la misma ligereza de tacto, la misma ternura, quizás las mismas limitaciones. Por otro lado de su naturaleza, a menudo me he sentido recordada por él gracias al humor pintoresco y delicado, la intolerancia superficial, los profundos manantiales de piedad, la peculiar mezcla de algo patético con una especie de desprecio alegre, totalmente alejado del menosprecio, que distinguen al Ellesmere de los primeros diálogos de Sir Arthur Helps. Quizás recordamos a tales naturalezas con mayor nitidez cuando tal semejanza es todo lo que queda de ellas. El carácter no se fusiona en la creación; y lo que perdemos en el poder de comunicar nuestra impresión, parece que lo ganamos en su viveza. Erasmus Darwin ha fallecido en la vejez, sin embargo, su memoria conserva algo de una fragancia juvenil; su influencia dio mucha felicidad, de un tipo habitualmente asociado a la juventud, a muchas vidas además de la ilustre cuyos registros justifican, aunque ciertamente no inspiran, el deseo de colocar esta corona marchita sobre su tumba".
Las páginas anteriores dan, de manera fragmentaria, tanto quizás como sea necesario contar de la familia de la que provino Charles Darwin, y pueden servir como introducción al capítulo autobiográfico que sigue.
CAPÍTULO 1.II. -- AUTOBIOGRAFÍA.
[Los recuerdos autobiográficos de mi padre, expuestos en el presente capítulo, fueron escritos para sus hijos, y escritos sin pensamiento alguno de que llegarían a publicarse jamás. Para muchos esto puede parecer una imposibilidad; pero quienes conocieron a mi padre entenderán cómo no solo era posible, sino natural. La autobiografía lleva el título de 'Recuerdos del desarrollo de mi mente y carácter', y termina con la siguiente nota:--
"3 de agosto de 1876. Este esbozo de mi vida comenzó alrededor del 28 de mayo en Hopedene (la casa del Sr. Hensleigh Wedgwood en Surrey), y desde entonces he escrito durante casi una hora la mayoría de las tardes". Se entenderá fácilmente que, en una narración de carácter personal e íntimo escrita para su esposa e hijos, deban aparecer pasajes que aquí deben omitirse; y no he creído necesario indicar dónde se realizan tales omisiones. Se ha considerado necesario realizar unas pocas correcciones de evidentes errores verbales, pero el número de tales alteraciones se ha mantenido al mínimo.—F.D.]
Habiéndome escrito un editor alemán solicitándome un relato del desarrollo de mi mente y carácter junto con algún esbozo de mi autobiografía, he pensado que el intento me divertiría, y podría posiblemente interesar a mis hijos o a los hijos de estos. Sé que me habría interesado enormemente haber leído aunque fuera un esbozo tan corto y aburrido de la mente de mi abuelo, escrito por él mismo, y lo que pensó e hizo, y cómo trabajó. He intentado escribir el siguiente relato sobre mí mismo, como si fuera un hombre muerto en otro mundo mirando hacia atrás a mi propia vida. Tampoco he encontrado esto difícil, pues la vida casi ha terminado para mí. No me he esforzado en mi estilo de escritura.
Nací en Shrewsbury el 12 de febrero de 1809, y mi primer recuerdo se remonta solo a cuando tenía unos meses más de cuatro años, cuando fuimos cerca de Abergele para tomar baños de mar, y recuerdo algunos sucesos y lugares de allí con cierta claridad.
Mi madre murió en julio de 1817, cuando yo tenía poco más de ocho años, y es extraño que apenas pueda recordar nada de ella excepto su lecho de muerte, su vestido de terciopelo negro y su mesa de trabajo de construcción curiosa. En la primavera de este mismo año fui enviado a una escuela diurna en Shrewsbury, donde estuve un año. Me han dicho que era mucho más lento en el aprendizaje que mi hermana menor Catherine, y creo que era en muchos aspectos un niño travieso.
Para cuando fui a esta escuela diurna (dirigida por el reverendo G. Case, ministro de la Capilla Unitaria en High Street. La Sra. Darwin era unitaria y asistía a la capilla del Sr. Case, y mi padre de niño iba allí con sus hermanas mayores. Pero tanto él como su hermano fueron bautizados y destinados a pertenecer a la Iglesia de Inglaterra; y tras su primera infancia parece que habitualmente iba a la iglesia y no a la del Sr. Case. Parece ("St. James' Gazette", 15 de diciembre de 1883) que se ha erigido una placa mural en su memoria en la capilla, que ahora se conoce como la 'Free Christian Church') mi gusto por la historia natural, y más especialmente por el coleccionismo, estaba bien desarrollado. Intenté averiguar los nombres de las plantas (el reverendo W.A. Leighton, que fue compañero de escuela de mi padre en la escuela del Sr. Case, recuerda que él traía una flor a la escuela y decía que su madre le había enseñado cómo, mirando el interior de la flor, se podía descubrir el nombre de la planta. El Sr. Leighton continúa: "Esto despertó enormemente mi atención y curiosidad, y le pregunté repetidamente cómo podía hacerse" —pero su lección, naturalmente, no era transmisible.—F.D.), y coleccionaba toda clase de cosas, conchas, sellos, firmas, monedas y minerales. La pasión por el coleccionismo que lleva a un hombre a ser un naturalista sistemático, un virtuoso o un avaro, era muy fuerte en mí, y era claramente innata, ya que ninguno de mis hermanos tuvo jamás este gusto.
Un pequeño suceso durante este año se ha fijado con mucha firmeza en mi mente, y espero que lo haya hecho debido a que mi conciencia se vio después gravemente perturbada por ello; es curioso como muestra que, al parecer, ¡yo estaba interesado a esta temprana edad en la variabilidad de las plantas! Le dije a otro niño (creo que fue Leighton, que más tarde se convirtió en un conocido liquenólogo y botánico) que podía producir primaveras y poliantos de diversos colores regándolos con ciertos fluidos coloreados, lo cual era, por supuesto, una fábula monstruosa, y nunca había sido probado por mí. También puedo confesar aquí que, de niño, era muy dado a inventar falsedades deliberadas, y esto siempre lo hacía con el fin de causar excitación. Por ejemplo, una vez recogí mucha fruta valiosa de los árboles de mi padre y la escondí en el arbusto, y luego corrí con aliento entrecortado a difundir la noticia de que había descubierto un tesoro de fruta robada.
Debí de ser un niño muy ingenuo cuando fui por primera vez a la escuela. Un chico llamado Garnett me llevó un día a una pastelería y compró unos pasteles por los que no pagó, ya que el dependiente se fiaba de él. Cuando salimos le pregunté por qué no pagaba por ellos, y respondió al instante: "¿Pues no sabes que mi tío dejó una gran suma de dinero al pueblo con la condición de que todo comerciante debía dar lo que se quisiera sin pago a cualquiera que llevara su viejo sombrero y lo moviera [de] una manera particular?", y luego me enseñó cómo se movía. Después entró en otra tienda donde se fiaban de él, y pidió algún artículo pequeño, moviendo su sombrero de la manera adecuada, y por supuesto lo obtuvo sin pago. Cuando salimos dijo: "Ahora, si quieres ir tú solo a esa pastelería (qué bien recuerdo su posición exacta) te prestaré mi sombrero, y puedes conseguir lo que quieras si mueves el sombrero en tu cabeza correctamente". Acepté con gusto la generosa oferta, entré y pedí unos pasteles, moví el viejo sombrero y salía de la tienda cuando el dependiente se lanzó hacia mí, así que solté los pasteles y corrí por mi vida, y me quedé atónito al ser recibido con gritos de risa por mi falso amigo Garnett.
Puedo decir en mi favor que de niño era humano, pero esto se lo debía por completo a las enseñanzas y al ejemplo de mis hermanas. De hecho, dudo que la humanidad sea una cualidad natural o innata. Me gustaba mucho coleccionar huevos, pero nunca tomé más de un solo huevo de un nido de pájaro, excepto en una ocasión, en la que los tomé todos, no por su valor, sino por una especie de bravuconada.
Tenía una gran afición por la pesca con caña, y podía pasar cualquier cantidad de horas en la orilla de un río o estanque observando el flotador; cuando estaba en Maer (la casa de mi tío, Josiah Wedgwood), me dijeron que podía matar a los gusanos con agua y sal, y desde ese día nunca ensarté un gusano vivo, aunque probablemente a costa de perder algo de éxito.
Una vez, siendo muy pequeño, mientras estaba en la escuela diurna, o antes de esa época, actué con crueldad, pues golpeé a un cachorro, creo que simplemente por disfrutar de la sensación de poder; pero el golpe no debió de ser fuerte, pues el cachorro no aulló, de lo cual estoy seguro, ya que el lugar estaba cerca de la casa. Este acto pesaba mucho en mi conciencia, como lo demuestra el hecho de que recuerdo el lugar exacto donde se cometió el crimen. Probablemente pesaba tanto más por el hecho de que mi amor por los perros era entonces, y durante mucho tiempo después, una pasión. Los perros parecían saberlo, pues yo era un experto en robarles el amor a sus amos.
Recuerdo claramente solo otro incidente durante este año en la escuela diurna del Sr. Case: el entierro de un soldado dragón; y es sorprendente lo claramente que todavía puedo ver el caballo con las botas vacías del hombre y la carabina suspendida en la silla de montar, y el disparo sobre la tumba. Esta escena conmovió profundamente cualquier fantasía poética que hubiera en mí.
En el verano de 1818 fui a la gran escuela del Dr. Butler en Shrewsbury, y permanecí allí durante siete años hasta el solsticio de verano de 1825, cuando tenía dieciséis años. Estuve interno en esta escuela, por lo que tuve la gran ventaja de vivir la vida de un verdadero escolar; pero como la distancia a mi casa apenas era de más de una milla, muy a menudo corría hacia allí en los intervalos más largos entre los pases de lista y antes del cierre por la noche. Esto, creo, fue en muchos sentidos ventajoso para mí al mantener los afectos e intereses del hogar. Recuerdo que en la primera parte de mi vida escolar a menudo tenía que correr muy rápido para llegar a tiempo, y por ser un corredor veloz generalmente tenía éxito; pero cuando estaba en duda rezaba fervientemente a Dios para que me ayudara, y recuerdo bien que atribuía mi éxito a las oraciones y no a mi rapidez al correr, y me maravillaba de lo general que era mi auxilio.
He oído decir a mi padre y a mi hermana mayor que, de niño muy pequeño, tenía una fuerte afición por los largos paseos solitarios; pero qué pensaba, no lo sé. A menudo me quedaba completamente absorto, y una vez, mientras regresaba a la escuela por la cima de las antiguas fortificaciones que rodeaban Shrewsbury, que habían sido convertidas en un sendero público sin parapeto a un lado, me salí caminando y caí al suelo, pero la altura era de solo siete u ocho pies. Sin embargo, el número de pensamientos que pasaron por mi mente durante esta caída tan corta, pero repentina y totalmente inesperada, fue asombroso, y parece apenas compatible con lo que, según creo, los fisiólogos han demostrado acerca de que cada pensamiento requiere una cantidad de tiempo bastante apreciable.
Nada podría haber sido peor para el desarrollo de mi mente que la escuela del Dr. Butler, ya que era estrictamente clásica, y no se enseñaba nada más, salvo un poco de geografía e historia antigua. La escuela como medio de educación para mí fue simplemente un vacío. Durante toda mi vida he sido singularmente incapaz de dominar cualquier idioma. Se prestaba especial atención a la composición de versos, y esto nunca pude hacerlo bien. Tenía muchos amigos y reuní una buena colección de versos antiguos, los cuales, al unirlos, a veces ayudado por otros chicos, podía adaptar a cualquier tema. Se prestaba mucha atención a aprender de memoria las lecciones del día anterior; esto podía lograrlo con gran facilidad, aprendiendo cuarenta o cincuenta versos de Virgilio u Homero mientras estaba en la capilla por la mañana; pero este ejercicio era totalmente inútil, pues cada verso se olvidaba en cuarenta y ocho horas. No era ocioso y, con la excepción de la versificación, generalmente trabajaba concienzudamente en mis clásicos, sin usar traducciones. El único placer que alguna vez recibí de tales estudios fue de algunas de las odas de Horacio, que admiraba enormemente.
Cuando dejé la escuela no estaba, para mi edad, ni arriba ni abajo en ella; y creo que fui considerado por todos mis maestros y por mi padre como un chico muy corriente, más bien por debajo del estándar común en intelecto. Para mi profunda mortificación, mi padre me dijo una vez: "No te importa nada más que disparar, los perros y cazar ratas, y serás una vergüenza para ti mismo y para toda tu familia". Pero mi padre, que fue el hombre más amable que he conocido y cuya memoria amo con todo mi corazón, debía estar enfadado y algo injusto cuando usó tales palabras.
Mirando hacia atrás lo mejor que puedo a mi carácter durante mi vida escolar, las únicas cualidades que en este período prometían bien para el futuro eran que tenía gustos fuertes y diversificados, mucho celo por lo que me interesaba y un placer agudo por comprender cualquier tema o cosa compleja. Un tutor privado me enseñó Euclides, y recuerdo claramente la intensa satisfacción que me proporcionaron las claras pruebas geométricas. Recuerdo, con igual claridad, el deleite que me produjo mi tío (el padre de Francis Galton) al explicarme el principio del vernier de un barómetro; con respecto a los gustos diversificados, independientemente de la ciencia, me gustaba leer varios libros, y solía sentarme durante horas a leer las obras históricas de Shakespeare, generalmente en una vieja ventana en los gruesos muros de la escuela. Leí también otra poesía, como 'Las estaciones' de Thomson, y los poemas recientemente publicados de Byron y Scott. Menciono esto porque más tarde en la vida perdí por completo, para mi gran pesar, todo placer por la poesía de cualquier tipo, incluido Shakespeare. En relación con el placer por la poesía, puedo añadir que en 1822 despertó por primera vez en mi mente un vívido deleite por el paisaje, durante un viaje a caballo por las fronteras de Gales, y esto ha durado más que cualquier otro placer estético.
Al principio de mis días escolares, un chico tenía un ejemplar de las 'Maravillas del Mundo', que leía a menudo, y discutía con otros chicos sobre la veracidad de algunas de las declaraciones; y creo que este libro me dio por primera vez el deseo de viajar a países remotos, que finalmente se cumplió con el viaje del "Beagle". En la última parte de mi vida escolar me volví apasionadamente aficionado a disparar; no creo que nadie pudiera haber mostrado más celo por la causa más sagrada que yo por disparar a los pájaros. Qué bien recuerdo haber matado a mi primera agachadiza, y mi emoción fue tan grande que tuve muchas dificultades para recargar mi arma debido al temblor de mis manos. Este gusto continuó durante mucho tiempo, y llegué a ser un muy buen tirador. Cuando estaba en Cambridge, solía practicar disparando mi arma al hombro frente a un espejo para ver si la levantaba recta. Otro plan mejor era conseguir que un amigo agitara una vela encendida, y luego dispararle con un fulminante en la chimenea, y si el objetivo era preciso, la pequeña ráfaga de aire apagaba la vela. La explosión del fulminante causaba un chasquido agudo, y me dijeron que el tutor del colegio comentó: "Qué cosa tan extraordinaria, el Sr. Darwin parece pasar horas chasqueando un látigo en su habitación, pues a menudo oigo el chasquido cuando paso bajo sus ventanas".
Tuve muchos amigos entre los escolares, a quienes quería entrañablemente, y creo que mi disposición era entonces muy afectuosa.
Respecto a la ciencia, continué coleccionando minerales con mucho celo, pero de manera totalmente acientífica; todo lo que me importaba era un mineral nuevo con nombre, y apenas intenté clasificarlos. Debo haber observado a los insectos con cierto cuidado, pues cuando tenía diez años (1819) fui durante tres semanas a Plas Edwards, en la costa de Gales, y me interesó mucho y me sorprendió ver un gran insecto hemíptero negro y escarlata, muchas polillas (Zygaena) y una Cicindela que no se encuentran en Shropshire. Casi decidí empezar a coleccionar todos los insectos que pudiera encontrar muertos, pues al consultar a mi hermana concluí que no era correcto matar insectos en aras de hacer una colección. Al leer 'Selborne' de White, sentí mucho placer observando los hábitos de las aves, e incluso hice notas sobre el tema. En mi simplicidad, recuerdo haberme preguntado por qué todo caballero no se convertía en ornitólogo.
Hacia el final de mi vida escolar, mi hermano trabajó duro en química e hizo un laboratorio bastante bueno con el equipo adecuado en la casa de herramientas del jardín, y se me permitió ayudarle como sirviente en la mayoría de sus experimentos. Hacía todos los gases y muchos compuestos, y leí con gran cuidado varios libros sobre química, como el 'Catecismo Químico' de Henry y Parkes. El tema me interesaba mucho, y a menudo solíamos seguir trabajando hasta bastante tarde por la noche. Esta fue la mejor parte de mi educación en la escuela, pues me mostró prácticamente el significado de la ciencia experimental. El hecho de que trabajáramos en química se supo de alguna manera en la escuela, y como era un hecho sin precedentes, me apodaron "Gas". También fui reprendido públicamente una vez por el director, el Dr. Butler, por perder así mi tiempo en temas tan inútiles; y me llamó muy injustamente un "poco curante", y como no entendía lo que quería decir, me pareció un reproche terrible.
Como no estaba haciendo ningún bien en la escuela, mi padre sabiamente me retiró a una edad algo más temprana de lo habitual y me envió (octubre de 1825) a la Universidad de Edimburgo con mi hermano, donde permanecí durante dos años o sesiones. Mi hermano estaba terminando sus estudios de medicina, aunque no creo que realmente tuviera la intención de ejercer, y yo fui enviado allí para comenzarlos. Pero poco después de este período me convencí, por diversas pequeñas circunstancias, de que mi padre me dejaría bienes suficientes para subsistir con cierta comodidad, aunque nunca imaginé que sería un hombre tan rico como soy; pero mi creencia fue suficiente para frenar cualquier esfuerzo intenso por aprender medicina.
La instrucción en Edimburgo era totalmente mediante conferencias, y estas eran intolerablemente aburridas, a excepción de las de química impartidas por Hope; pero en mi opinión no hay ventajas y sí muchas desventajas en las conferencias comparadas con la lectura. Las conferencias del Dr. Duncan sobre Materia Médica a las 8 de la mañana de un día de invierno son algo terrible de recordar. El Dr. -- hizo que sus conferencias sobre anatomía humana fueran tan aburridas como él mismo, y el tema me causó disgusto. Ha resultado ser uno de los mayores males de mi vida que no se me instara a practicar la disección, pues pronto habría superado mi disgusto; y la práctica habría sido inestimable para todo mi trabajo futuro. Este ha sido un mal irremediable, así como mi incapacidad para dibujar. También asistí regularmente a las salas clínicas en el hospital. Algunos de los casos me angustiaron bastante, y todavía tengo imágenes vívidas de algunos de ellos ante mí; pero no fui tan tonto como para permitir que esto disminuyera mi asistencia. No puedo entender por qué esta parte de mi curso médico no me interesó en mayor medida; ya que durante el verano antes de llegar a Edimburgo comencé a atender a algunas de las personas pobres, principalmente niños y mujeres en Shrewsbury: escribía un relato tan completo como podía del caso con todos los síntomas, y los leía en voz alta a mi padre, quien sugería más investigaciones y me aconsejaba qué medicinas dar, que yo mismo preparaba. En un momento dado tuve al menos una docena de pacientes, y sentí un gran interés por el trabajo. Mi padre, que era con mucho el mejor juez de carácter que he conocido, declaró que yo sería un médico exitoso, queriendo decir con esto alguien que conseguiría muchos pacientes. Sostenía que el elemento principal del éxito era inspirar confianza; pero lo que vio en mí que le convenció de que yo inspiraría confianza, no lo sé. También asistí en dos ocasiones al teatro de operaciones del hospital en Edimburgo, y vi dos operaciones muy malas, una en un niño, pero salí corriendo antes de que terminaran. Tampoco volví a asistir nunca más, pues apenas cualquier incentivo habría sido lo suficientemente fuerte como para hacerme hacerlo; esto siendo mucho antes de los benditos días del cloroformo. Los dos casos me persiguieron durante muchos largos años.
Mi hermano permaneció solo un año en la Universidad, por lo que durante el segundo año me dejaron a mis propios recursos; y esto fue una ventaja, pues me familiaricé bien con varios jóvenes aficionados a la ciencia natural. Uno de ellos fue Ainsworth, quien más tarde publicó sus viajes por Asiria; era un geólogo werneriano y sabía un poco sobre muchos temas. El Dr. Coldstream era un joven muy diferente, serio, formal, muy religioso y de gran corazón; más tarde publicó algunos buenos artículos zoológicos. Un tercer joven era Hardie, quien creo que habría sido un buen botánico, pero murió joven en la India. Por último, el Dr. Grant, mayor que yo por varios años, pero cómo llegué a conocerle no puedo recordarlo; publicó algunos artículos zoológicos de primera categoría, pero tras llegar a Londres como profesor en el University College, no hizo nada más en ciencia, un hecho que siempre ha sido inexplicable para mí. Le conocía bien; era seco y formal en sus modales, con mucho entusiasmo bajo esta corteza exterior. Un día, cuando caminábamos juntos, estalló en gran admiración por Lamarck y sus puntos de vista sobre la evolución. Escuché con silencioso asombro y, hasta donde puedo juzgar, sin ningún efecto en mi mente. Había leído anteriormente la 'Zoonomia' de mi abuelo, en la que se mantienen puntos de vista similares, pero sin producir ningún efecto en mí. Sin embargo, es probable que el haber escuchado con bastante antelación en la vida tales puntos de vista mantenidos y alabados haya favorecido que yo los defendiera bajo una forma diferente en mi 'Origen de las especies'. En ese momento admiraba enormemente la 'Zoonomia'; pero al leerla por segunda vez después de un intervalo de diez o quince años, me sentí muy decepcionado; la proporción de especulación era demasiado grande respecto a los hechos dados.
Los doctores Grant y Coldstream se dedicaron mucho a la zoología marina, y a menudo acompañé al primero a recoger animales en las pozas de marea, los cuales diseccioné lo mejor que pude. También me hice amigo de algunos de los pescadores de Newhaven, y a veces les acompañaba cuando pescaban ostras con red, y así conseguí muchos especímenes. Pero al no haber tenido ninguna práctica regular en disección, y al poseer solo un microscopio lamentable, mis intentos fueron muy pobres. Sin embargo, hice un pequeño descubrimiento interesante, y leí, hacia principios del año 1826, un breve documento sobre el tema ante la Sociedad Pliniana. Este era que los llamados óvulos de Flustra tenían el poder de movimiento independiente mediante cilios, y eran de hecho larvas. En otro breve documento demostré que los pequeños cuerpos globulares que se había supuesto que eran el estado joven de Fucus loreus eran las cápsulas de huevos del gusano Pontobdella muricata.
La Sociedad Pliniana fue fomentada y, creo, fundada por el profesor Jameson: consistía en estudiantes y se reunía en una sala subterránea de la Universidad con el fin de leer documentos sobre ciencia natural y discutirlos. Yo solía asistir regularmente, y las reuniones tuvieron un buen efecto en mí al estimular mi celo y darme nuevos conocidos afines. Una noche, un joven pobre se levantó, y después de tartamudear durante un tiempo prodigioso, sonrojándose hasta los oídos, finalmente soltó lentamente las palabras: "Sr. Presidente, he olvidado lo que iba a decir". El pobre hombre parecía completamente abrumado, y todos los miembros estaban tan sorprendidos que nadie pudo pensar en una palabra que decir para cubrir su confusión. Los documentos que se leyeron ante nuestra pequeña sociedad no se imprimieron, por lo que no tuve la satisfacción de ver mi documento impreso; pero creo que el Dr. Grant mencionó mi pequeño descubrimiento en su excelente memoria sobre Flustra.
También fui miembro de la Real Sociedad Médica, y asistí con bastante regularidad; pero como los temas eran exclusivamente médicos, no me interesaban mucho. Se decían muchas tonterías allí, pero había algunos buenos oradores, de los cuales el mejor era el actual Sir J. Kay-Shuttleworth. El Dr. Grant me llevaba ocasionalmente a las reuniones de la Sociedad Werneriana, donde se leían, discutían y luego se publicaban diversos documentos sobre historia natural en las 'Transacciones'. Escuché a Audubon pronunciar allí algunos discursos interesantes sobre los hábitos de las aves de Norteamérica, burlándose de forma algo injusta de Waterton. Por cierto, un negro vivía en Edimburgo, quien había viajado con Waterton, y se ganaba la vida disecando pájaros, lo que hacía excelentemente: me dio lecciones a cambio de pago, y solía sentarme a menudo con él, pues era un hombre muy agradable e inteligente.
El Sr. Leonard Horner también me llevó una vez a una reunión de la Real Sociedad de Edimburgo, donde vi a Sir Walter Scott en la presidencia como presidente, y se disculpó ante la reunión por no sentirse apto para tal posición. Miré hacia él y hacia toda la escena con cierto asombro y reverencia, y creo que fue debido a esta visita durante mi juventud, y a haber asistido a la Real Sociedad Médica, que sentí el honor de ser elegido hace unos años miembro honorario de ambas sociedades, más que cualquier otro honor similar. Si me hubieran dicho en aquel momento que algún día sería así honrado, declaro que lo habría considerado tan ridículo e improbable como si me hubieran dicho que sería elegido Rey de Inglaterra.
Durante mi segundo año en Edimburgo asistí a las conferencias de -- sobre Geología y Zoología, pero eran increíblemente aburridas. El único efecto que produjeron en mí fue la determinación de no leer nunca mientras viviera un libro sobre Geología, ni estudiar la ciencia de ninguna manera. Sin embargo, estoy seguro de que estaba preparado para un tratamiento filosófico del tema; pues un anciano, el Sr. Cotton en Shropshire, que sabía mucho sobre rocas, me había señalado dos o tres años antes un conocido y gran bloque errático en la ciudad de Shrewsbury, llamado la "piedra de la campana"; me dijo que no había ninguna roca del mismo tipo más cerca que Cumberland o Escocia, y me aseguró solemnemente que el mundo llegaría a su fin antes de que alguien fuera capaz de explicar cómo esta piedra llegó a donde ahora yacía. Esto produjo una profunda impresión en mí, y medité sobre esta maravillosa piedra. Así que sentí el mayor deleite cuando leí por primera vez sobre la acción de los icebergs en el transporte de bloques, y me glorié en el progreso de la Geología. Igualmente sorprendente es el hecho de que yo, aunque ahora solo tengo sesenta y siete años, escuché al profesor, en una conferencia de campo en Salisbury Craigs, disertando sobre un dique de trampa, con márgenes amigdaloidales y los estratos endurecidos a cada lado, con rocas volcánicas a nuestro alrededor, decir que era una fisura llena de sedimentos desde arriba, añadiendo con una burla que había hombres que sostenían que había sido inyectada desde abajo en estado fundido. Cuando pienso en esta conferencia, no me extraña que decidiera no dedicarme nunca a la Geología.
A través de la asistencia a las conferencias de --, llegué a conocer al conservador del museo, el señor Macgillivray, quien más tarde publicó un libro extenso y excelente sobre las aves de Escocia. Tuve con él muchas conversaciones interesantes sobre historia natural, y fue muy amable conmigo. Me regaló algunas conchas raras, pues por aquel entonces yo coleccionaba moluscos marinos, aunque sin gran entusiasmo.
Mis vacaciones de verano durante estos dos años estuvieron dedicadas por completo a las diversiones, aunque siempre tenía algún libro entre manos que leía con interés. Durante el verano de 1826 realicé una larga excursión a pie con dos amigos, mochila a la espalda, a través del norte de Gales. Caminábamos unos cincuenta kilómetros la mayoría de los días, incluyendo una jornada de ascenso al Snowdon. También hice con mi hermana un viaje a caballo por el norte de Gales, con un criado que transportaba nuestra ropa en alforjas. Los otoños los dedicaba a la caza, principalmente en la finca del señor Owen, en Woodhouse, y en la de mi tío Jos (Josiah Wedgwood, hijo del fundador de la fábrica Etruria) en Maer. Mi celo era tal que solía dejar mis botas de caza junto a la cama al acostarme para no perder ni medio minuto en ponérmelas por la mañana; y en una ocasión llegué a una parte lejana de la finca de Maer, el 20 de agosto, para la caza del urogallo negro, antes de que hubiera luz suficiente para ver: luego me esforcé durante todo el día junto al guardabosques a través de espesos brezales y jóvenes pinos silvestres.
Llevaba un registro exacto de cada ave que disparaba durante toda la temporada. Un día, mientras cazaba en Woodhouse con el capitán Owen, el hijo mayor, y el mayor Hill, su primo, más tarde Lord Berwick, a quienes apreciaba mucho, pensé que se estaban burlando de mí de forma vergonzosa, pues cada vez que, tras haber disparado, creía haber abatido un ave, uno de los dos actuaba como si estuviera cargando su escopeta y gritaba: "No debes contar ese pájaro, porque yo disparé al mismo tiempo", y el guardabosques, percibiendo la broma, les apoyaba. Al cabo de unas horas me contaron el chiste, pero para mí no tuvo gracia, pues había disparado a un gran número de aves, pero no sabía cuántas, y no podía añadirlas a mi lista, lo cual solía hacer haciendo un nudo en un trozo de cuerda atado a un ojal. Mis malvados amigos se habían dado cuenta de ello.
¡Cómo disfrutaba de la caza! Pero creo que debí sentirme medio consciente de la vergüenza que me causaba mi propio celo, pues intentaba convencerme de que cazar era casi una ocupación intelectual; requería tanta habilidad para juzgar dónde encontrar más piezas y para manejar bien a los perros.
Una de mis visitas otoñales a Maer en 1827 resultó memorable por el encuentro allí con Sir J. Mackintosh, quien fue el mejor conversador que jamás haya escuchado. Más tarde supe con un brillo de orgullo que había dicho: "Hay algo en ese joven que me interesa". Esto debió deberse principalmente a que percibió que yo escuchaba con mucho interés todo lo que decía, pues yo era tan ignorante como un cerdo en sus temas de historia, política y filosofía moral. Escuchar elogios de una persona eminente, aunque sin duda es propenso o seguro a excitar la vanidad, es, creo, bueno para un joven, ya que ayuda a mantenerlo en el buen camino.
Mis visitas a Maer durante estos dos o tres años siguientes fueron realmente encantadoras, independientemente de la caza otoñal. La vida allí era perfectamente libre; el campo era muy agradable para caminar o montar a caballo; y por la noche había mucha conversación muy agradable, no tan personal como suele ser en las grandes reuniones familiares, junto con música. En verano, toda la familia solía sentarse a menudo en los escalones del viejo pórtico, con el jardín de flores delante, y con la empinada orilla boscosa frente a la casa reflejada en el lago, con algún que otro pez saltando o una ave acuática remando por ahí. Nada ha dejado una imagen más vívida en mi mente que estas veladas en Maer. También estaba muy apegado a mi tío Jos y le veneraba enormemente; era silencioso y reservado, hasta el punto de ser un hombre algo imponente; pero a veces hablaba abiertamente conmigo. Era el tipo mismo de hombre íntegro, con el juicio más claro. No creo que ningún poder en la tierra hubiera podido hacerle desviarse ni un milímetro de lo que consideraba el camino correcto. Solía aplicarle en mi mente la conocida oda de Horacio, hoy olvidada por mí, en la que aparecen las palabras "nec vultus tyranni, etc.". (Justum et tenacem propositi virum Non civium ardor prava jubentium Non vultus instantis tyranni Mente quatit solida.)
CAMBRIDGE 1828-1831.
Después de haber pasado dos cursos en Edimburgo, mi padre percibió, o escuchó de mis hermanas, que no me gustaba la idea de ser médico, así que propuso que me convirtiera en clérigo. Se mostró muy acertadamente vehemente contra mi transformación en un ocioso deportista, que entonces parecía ser mi destino probable. Pedí algo de tiempo para considerar, ya que, por lo poco que había oído o pensado sobre el tema, tenía escrúpulos sobre declarar mi creencia en todos los dogmas de la Iglesia de Inglaterra; aunque, por lo demás, me gustaba la idea de ser un clérigo rural. En consecuencia, leí con atención 'Pearson on the Creed', y algunos otros libros de teología; y como entonces no dudaba en lo más mínimo de la verdad estricta y literal de cada palabra de la Biblia, pronto me convencí de que nuestro Credo debía ser aceptado plenamente.
Considerando lo ferozmente que he sido atacado por los ortodoxos, resulta irónico que una vez tuviera la intención de ser clérigo. Tampoco es que esta intención y el deseo de mi padre fueran abandonados formalmente, sino que murieron de muerte natural cuando, al dejar Cambridge, me uní al "Beagle" como naturalista. Si hay que creer a los frenólogos, en un aspecto estaba bien preparado para ser clérigo. Hace unos años, los secretarios de una sociedad psicológica alemana me pidieron encarecidamente por carta una fotografía mía; y algún tiempo después recibí las actas de una de las reuniones, en las que parecía que la forma de mi cabeza había sido objeto de un debate público, y uno de los oradores declaró que tenía el bulto de la veneración lo suficientemente desarrollado como para diez sacerdotes.
Como se decidió que debía ser clérigo, era necesario que fuera a una de las universidades inglesas y obtuviera un título; pero como nunca había abierto un libro clásico desde que dejé la escuela, descubrí con consternación que, en los dos años intermedios, había olvidado realmente, por increíble que parezca, casi todo lo que había aprendido, incluso algunas pocas letras griegas. Por lo tanto, no fui a Cambridge en la fecha habitual de octubre, sino que trabajé con un tutor privado en Shrewsbury, y fui a Cambridge después de las vacaciones de Navidad, a principios de 1828. Pronto recuperé mi nivel escolar de conocimientos y pude traducir libros griegos fáciles, como Homero y el Nuevo Testamento griego, con moderada facilidad.
Durante los tres años que pasé en Cambridge, mi tiempo se perdió, en lo que respecta a los estudios académicos, tan completamente como en Edimburgo y en la escuela. Intenté con las matemáticas, e incluso fui durante el verano de 1828 con un tutor privado (un hombre muy aburrido) a Barmouth, pero progresé muy lentamente. El trabajo me resultaba repugnante, principalmente porque no era capaz de ver ningún significado en los primeros pasos del álgebra. Esta impaciencia fue muy insensata, y en años posteriores he lamentado profundamente no haber avanzado lo suficiente al menos para entender algo de los grandes principios fundamentales de las matemáticas, pues los hombres así dotados parecen tener un sentido extra. Pero no creo que hubiera tenido éxito más allá de un grado muy bajo. Con respecto a los clásicos, no hice nada más que asistir a unas pocas conferencias universitarias obligatorias, y la asistencia era casi nominal. En mi segundo año tuve que trabajar durante un mes o dos para aprobar el "Little-Go", lo cual hice fácilmente. De nuevo, en mi último año trabajé con cierta seriedad para mi título final de Bachiller en Artes, y repasé mis clásicos, junto con un poco de álgebra y Euclides, lo cual último me produjo mucho placer, como me ocurría en la escuela. Para aprobar el examen de Bachiller en Artes, también era necesario aprender las 'Evidences of Christianity' de Paley, y su 'Moral Philosophy'. Esto se hizo de manera exhaustiva, y estoy convencido de que podría haber escrito la totalidad de las 'Evidences' con perfecta exactitud, aunque por supuesto no con el lenguaje claro de Paley. La lógica de este libro y, debo añadir, de su 'Natural Theology', me produjo tanto placer como Euclides. El estudio cuidadoso de estas obras, sin intentar aprender ninguna parte de memoria, fue la única parte del curso académico que, como sentí entonces y como todavía creo, me fue de la menor utilidad en la educación de mi mente. En aquel momento no me preocupé por las premisas de Paley; y tomándolas como ciertas, quedé encantado y convencido por la larga línea de argumentación. Al responder bien a las preguntas del examen sobre Paley, al hacer bien a Euclides y al no fracasar miserablemente en los clásicos, obtuve un buen lugar entre los oi polloi o la multitud de hombres que no optan a honores. Curiosamente, no puedo recordar qué puesto ocupé, y mi memoria fluctúa entre el quinto, décimo o duodécimo nombre de la lista. (Décimo en la lista de enero de 1831.)
Se impartían conferencias públicas sobre varias ramas en la Universidad, siendo la asistencia totalmente voluntaria; pero estaba tan harto de las conferencias en Edimburgo que ni siquiera asistí a las elocuentes e interesantes conferencias de Sedgwick. Si lo hubiera hecho, probablemente me habría convertido en geólogo antes de lo que lo hice. Asistí, sin embargo, a las conferencias de botánica de Henslow, y me gustaron mucho por su extrema claridad y sus admirables ilustraciones; pero no estudié botánica. Henslow solía llevar a sus alumnos, incluidos varios de los miembros de mayor edad de la Universidad, a excursiones de campo, a pie o en coche, a lugares distantes, o en una barcaza río abajo, y daba conferencias sobre las plantas y animales más raros que se observaban. Estas excursiones eran encantadoras.
Aunque, como veremos pronto, hubo algunos aspectos positivos en mi vida en Cambridge, mi tiempo allí se perdió tristemente, y peor que perdido. Por mi pasión por la caza y por la equitación, y cuando esto fallaba, por cabalgar a campo traviesa, entré en un grupo de aficionados al deporte, que incluía a algunos jóvenes disipados y de mente estrecha. A menudo solíamos cenar juntos por la noche, aunque estas cenas a menudo incluían a hombres de mayor categoría, y a veces bebíamos demasiado, con cantos alegres y jugando a las cartas después. Sé que debería sentirme avergonzado de los días y noches pasados así, pero como algunos de mis amigos eran muy agradables, y todos estábamos de muy buen ánimo, no puedo evitar mirar atrás a estos tiempos con mucho placer.
Pero me alegra pensar que tuve muchos otros amigos de una naturaleza muy diferente. Fui muy íntimo de Whitley (Rvdo. C. Whitley, canónigo honorario de Durham, anteriormente lector de filosofía natural en la Universidad de Durham), que más tarde fue "Senior Wrangler", y solíamos dar largos paseos juntos continuamente. Él me inoculó el gusto por los cuadros y los buenos grabados, de los cuales compré algunos. Fui frecuentemente a la Galería Fitzwilliam, y mi gusto debió ser bastante bueno, pues ciertamente admiraba los mejores cuadros, que discutía con el antiguo conservador. Leí también con mucho interés el libro de Sir Joshua Reynolds. Este gusto, aunque no era natural en mí, duró varios años, y muchos de los cuadros de la Galería Nacional de Londres me produjeron mucho placer; el de Sebastián del Piombo despertó en mí un sentido de lo sublime.
También entré en un grupo musical, creo que gracias a mi amigo de buen corazón, Herbert (el difunto John Maurice Herbert, juez del tribunal de condado de Cardiff y del circuito de Monmouth), que obtuvo un alto título de "wrangler". Al relacionarme con estos hombres y escucharles tocar, adquirí un fuerte gusto por la música, y solía cronometrar mis paseos muy a menudo para escuchar los días de diario el himno en la capilla del King's College. Esto me producía un placer intenso, de modo que mi espina dorsal a veces se estremecía. Estoy seguro de que no había afectación o mera imitación en este gusto, pues solía ir generalmente solo al King's College, y a veces contrataba a los niños del coro para que cantaran en mis habitaciones. Sin embargo, carezco tanto de oído, que no puedo percibir una disonancia, ni llevar el ritmo y tararear una melodía correctamente; y es un misterio cómo pude haber derivado placer de la música.
Mis amigos musicales pronto percibieron mi estado, y a veces se divertían haciéndome pasar un examen, que consistía en averiguar cuántas melodías podía reconocer cuando se tocaban un poco más rápido o más lento de lo habitual. 'God save the King', cuando se tocaba así, era un doloroso rompecabezas. Había otro hombre con casi tan mal oído como yo, y por extraño que parezca, tocaba un poco la flauta. Una vez tuve el triunfo de vencerle en uno de nuestros exámenes musicales.
Pero ninguna actividad en Cambridge fue seguida con tanta avidez ni me dio tanto placer como la recolección de escarabajos. Era la mera pasión por coleccionar, pues no los diseccionaba, y rara vez comparaba sus caracteres externos con las descripciones publicadas, sino que los nombraba de cualquier manera. Daré una prueba de mi celo: un día, al arrancar un poco de corteza vieja, vi dos escarabajos raros, y agarré uno en cada mano; luego vi un tercer tipo nuevo, que no podía soportar perder, así que me metí el que tenía en la mano derecha en la boca. ¡Ay! expulsó un fluido intensamente acre, que me quemó la lengua de modo que me vi obligado a escupir el escarabajo, que se perdió, al igual que el tercero.
Tuve mucho éxito en la recolección, e inventé dos nuevos métodos; contraté a un trabajador para que durante el invierno raspase el musgo de los árboles viejos y lo pusiera en una bolsa grande, y también para que recogiera los restos del fondo de las barcazas en las que se traen los juncos de los pantanos, y así obtuve algunas especies muy raras. Ningún poeta sintió jamás más deleite al ver publicado su primer poema que yo al ver, en las 'Illustrations of British Insects' de Stephens, las palabras mágicas: "capturado por C. Darwin, Esq.". Fui introducido en la entomología por mi primo segundo W. Darwin Fox, un hombre inteligente y muy agradable, que entonces estaba en el Christ's College, y con quien me hice extremadamente íntimo. Más tarde llegué a conocer bien, y salí a coleccionar, con Albert Way del Trinity, quien en años posteriores se convirtió en un conocido arqueólogo; también con H. Thompson del mismo colegio, que más tarde fue un destacado agricultor, presidente de un gran ferrocarril y miembro del Parlamento. ¡Parece, por tanto, que el gusto por coleccionar escarabajos es un indicio de éxito futuro en la vida!
Me sorprende la impresión indeleble que muchos de los escarabajos que atrapé en Cambridge han dejado en mi mente. Puedo recordar el aspecto exacto de ciertos postes, árboles viejos y orillas donde hice una buena captura. El bonito Panagaeus crux-major era un tesoro en aquellos días, y aquí en Down vi un escarabajo corriendo por un camino, y al recogerlo percibí al instante que difería ligeramente del P. crux-major, y resultó ser P. quadripunctatus, que es solo una variedad o especie estrechamente relacionada, que difiere de él muy ligeramente en el contorno. En aquellos viejos tiempos nunca había visto a un Licinus vivo, que para un ojo inexperto apenas difiere de muchos de los escarabajos carábidos negros; pero mis hijos encontraron aquí un espécimen, y al instante reconocí que era nuevo para mí; sin embargo, no había mirado un escarabajo británico en los últimos veinte años.
Todavía no he mencionado una circunstancia que influyó en toda mi carrera más que ninguna otra. Esta fue mi amistad con el profesor Henslow. Antes de llegar a Cambridge, había oído hablar de él a través de mi hermano como un hombre que conocía todas las ramas de la ciencia, y en consecuencia estaba preparado para venerarle. Mantenía las puertas abiertas una vez a la semana, cuando todos los estudiantes universitarios, y algunos miembros mayores de la Universidad que se interesaban por la ciencia, solían reunirse por la noche. Pronto conseguí, a través de Fox, una invitación, y fui allí regularmente. Poco después llegué a conocer bien a Henslow, y durante la segunda mitad de mi estancia en Cambridge di largos paseos con él la mayoría de los días; de modo que algunos de los profesores me llamaban "el hombre que pasea con Henslow"; y por la noche a menudo se me pedía que me uniera a su cena familiar. Sus conocimientos eran grandes en botánica, entomología, química, mineralogía y geología. Su mayor afición era extraer conclusiones a partir de observaciones minuciosas y prolongadas. Su juicio era excelente, y toda su mente estaba bien equilibrada; pero no supongo que nadie dijera que poseía mucho genio original. Era profundamente religioso, y tan ortodoxo que me dijo un día que se sentiría afligido si se alterara una sola palabra de los Treinta y Nueve Artículos. Sus cualidades morales eran admirables en todos los sentidos. Estaba libre de cualquier tinte de vanidad u otro sentimiento mezquino; y nunca vi a un hombre que pensara tan poco en sí mismo o en sus propios asuntos. Su temperamento era imperturbablemente bueno, con los modales más atrayentes y corteses; sin embargo, como he visto, podía ser despertado por cualquier mala acción a la más cálida indignación y a una pronta actuación.
Una vez vi en su compañía en las calles de Cambridge una escena casi tan horrible como la que se pudo haber presenciado durante la Revolución Francesa. Dos profanadores de tumbas habían sido arrestados, y mientras eran llevados a prisión habían sido arrebatados al agente de policía por una multitud de los hombres más rudos, que los arrastraron por las piernas a lo largo del camino fangoso y pedregoso. Estaban cubiertos de pies a cabeza de barro, y sus caras sangraban, ya fuera por haber sido pateados o por las piedras; parecían cadáveres, pero la multitud era tan densa que solo pude vislumbrar fugazmente a las desgraciadas criaturas. Nunca en mi vida he visto tal ira pintada en el rostro de un hombre como la que mostró Henslow ante esta horrible escena. Intentó repetidamente penetrar en la multitud; pero era sencillamente imposible. Luego corrió hacia el alcalde, diciéndome que no le siguiera, sino que consiguiera más policías. Olvidé el resultado, excepto que los dos hombres fueron llevados a la prisión sin ser asesinados.
La benevolencia de Henslow era ilimitada, como demostró con sus muchos planes excelentes para sus feligreses pobres, cuando en años posteriores ocupó el curato de Hitcham. Mi intimidad con tal hombre debería haber sido, y espero que fue, un beneficio inestimable. No puedo resistirme a mencionar un incidente trivial, que mostró su amable consideración. Mientras examinaba algunos granos de polen sobre una superficie húmeda, vi los tubos extendidos, e instantáneamente salí corriendo para comunicar mi sorprendente descubrimiento a él. Ahora bien, no supongo que ningún otro profesor de botánica hubiera podido evitar reírse de que yo fuera con tanta prisa a hacer tal comunicación. Pero él coincidió en lo interesante que era el fenómeno, y explicó su significado, pero me hizo entender claramente lo bien conocido que era; así que le dejé no en absoluto mortificado, sino muy complacido por haber descubierto por mí mismo un hecho tan notable, pero decidido a no tener tanta prisa en comunicar mis descubrimientos de nuevo.
El Dr. Whewell era uno de los hombres mayores y distinguidos que a veces visitaban a Henslow, y en varias ocasiones caminé con él hasta su casa por la noche. Después de Sir J. Mackintosh, fue el mejor conversador sobre temas graves que jamás escuché. Leonard Jenyns (el conocido Soame Jenyns era primo del padre del Sr. Jenyns), quien más tarde publicó algunos buenos ensayos sobre Historia Natural (el Sr. Jenyns (ahora Blomefield) describió los peces para la Zoología del "Beagle"; y es autor de una larga serie de artículos, principalmente zoológicos), se alojaba a menudo con Henslow, que era su cuñado. Le visité en su rectoría en los límites de los Fens [Swaffham Bulbeck], y tuve muchos buenos paseos y charlas con él sobre Historia Natural. También trabé amistad con otros hombres mayores que yo, que no se preocupaban mucho por la ciencia, pero que eran amigos de Henslow. Uno era escocés, hermano de Sir Alexander Ramsay y tutor del Jesus College: era un hombre encantador, pero no vivió muchos años. Otro era el Sr. Dawes, más tarde deán de Hereford, y famoso por su éxito en la educación de los pobres. Estos hombres y otros de la misma posición, junto con Henslow, solían hacer excursiones lejanas por el campo, a las que se me permitía unirme, y eran de lo más agradables.
Mirando hacia atrás, deduzco que debía haber algo en mí un poco superior a la media de los jóvenes, de lo contrario los hombres mencionados, mucho mayores que yo y más altos en posición académica, nunca me habrían permitido asociarme con ellos. Ciertamente, yo no era consciente de tal superioridad, y recuerdo a uno de mis amigos deportistas, Turner, que al verme trabajar con mis escarabajos, dijo que algún día sería miembro de la Royal Society, y la idea me pareció absurda.
Durante mi último año en Cambridge, leí con cuidado y profundo interés la 'Narración personal' de Humboldt. Esta obra, y la 'Introducción al estudio de la filosofía natural' de Sir J. Herschel, despertaron en mí un celo ardiente por añadir incluso la más humilde contribución a la noble estructura de la Ciencia Natural. Ningún otro libro, ni una docena de ellos, me influyó tanto como estos dos. Copié de Humboldt largos pasajes sobre Tenerife, y los leí en voz alta en una de las excursiones mencionadas, a (creo) Henslow, Ramsay y Dawes, pues en una ocasión anterior había hablado de las glorias de Tenerife, y algunos de los presentes declararon que intentarían ir allí; pero creo que solo hablaban medio en serio. Yo, sin embargo, estaba totalmente en serio, y conseguí una carta de presentación para un comerciante en Londres para informarme sobre barcos; pero el plan, por supuesto, se vino abajo con el viaje del "Beagle".
Mis vacaciones de verano las dedicaba a coleccionar escarabajos, a algo de lectura y a pequeñas excursiones. En otoño, todo mi tiempo estaba dedicado a la caza, principalmente en Woodhouse y Maer, y a veces con el joven Eyton de Eyton. En conjunto, los tres años que pasé en Cambridge fueron los más alegres de mi feliz vida; pues entonces gozaba de excelente salud y casi siempre estaba de muy buen humor.
Como al principio había llegado a Cambridge en Navidad, me vi obligado a cursar dos trimestres después de aprobar mi examen final, a principios de 1831; y entonces Henslow me convenció para que empezara el estudio de la geología. Por lo tanto, a mi regreso a Shropshire examiné cortes geológicos y coloreé un mapa de las partes alrededor de Shrewsbury. El profesor Sedgwick tenía la intención de visitar el norte de Gales a principios de agosto para proseguir sus famosas investigaciones geológicas entre las rocas más antiguas, y Henslow le pidió que me permitiera acompañarle. (En relación con este viaje, mi padre solía contar una historia sobre Sedgwick: habían salido de su posada una mañana y habían caminado una o dos millas, cuando Sedgwick se detuvo de repente y juró que regresaría, estando seguro de que "ese maldito sinvergüenza" (el camarero) no había dado a la camarera los seis peniques que le había confiado para tal fin. Finalmente fue convencido de abandonar el proyecto, al ver que no había razón para sospechar del camarero de especial perfidia.--F.D.) En consecuencia, vino y durmió en la casa de mi padre.
Una breve conversación con él durante esta velada produjo una fuerte impresión en mi mente. Mientras examinaba una vieja gravera cerca de Shrewsbury, un trabajador me dijo que había encontrado en ella una gran concha tropical de Voluta desgastada, como las que se pueden ver en las repisas de las chimeneas de las casas de campo; y como no quería vender la concha, me convencí de que realmente la había encontrado en la cantera. Le conté a Sedgwick el hecho, y él dijo de inmediato (sin duda con razón) que debía haber sido arrojada por alguien a la cantera; pero luego añadió que, si realmente estaba incrustada allí, sería la mayor desgracia para la geología, ya que echaría por tierra todo lo que sabemos sobre los depósitos superficiales de los condados de las Midlands. Estos lechos de grava pertenecen, de hecho, al período glacial, y años después encontré en ellos conchas árticas rotas. Pero entonces me quedé totalmente asombrado de que Sedgwick no se alegrara ante un hecho tan maravilloso como el de encontrar una concha tropical cerca de la superficie en el centro de Inglaterra. Nada antes me había hecho comprender completamente, aunque había leído varios libros científicos, que la ciencia consiste en agrupar hechos para que se puedan extraer de ellos leyes o conclusiones generales.
A la mañana siguiente partimos hacia Llangollen, Conway, Bangor y Capel Curig. Este viaje fue de indudable utilidad para enseñarme un poco cómo descifrar la geología de un país. Sedgwick a menudo me enviaba por una línea paralela a la suya, diciéndome que trajera muestras de las rocas y que marcara la estratificación en un mapa. No tengo muchas dudas de que lo hizo por mi bien, ya que yo era demasiado ignorante para haberle ayudado. En este viaje tuve un ejemplo sorprendente de lo fácil que es pasar por alto fenómenos, por conspicuos que sean, antes de que hayan sido observados por alguien. Pasamos muchas horas en Cwm Idwal, examinando todas las rocas con extremo cuidado, ya que Sedgwick estaba ansioso por encontrar fósiles en ellas; pero ninguno de nosotros vio rastro de los maravillosos fenómenos glaciales que nos rodeaban; no observamos las rocas claramente estriadas, los bloques erráticos, las morrenas laterales y terminales. Sin embargo, estos fenómenos son tan evidentes que, como declaré en un artículo publicado muchos años después en la 'Philosophical Magazine' ('Philosophical Magazine', 1842), una casa incendiada no contaba su historia con más claridad que este valle. Si todavía hubiera estado lleno de un glaciar, los fenómenos habrían sido menos distintos de lo que son ahora.
En Capel Curig dejé a Sedgwick y fui en línea recta por brújula y mapa a través de las montañas hasta Barmouth, sin seguir nunca ningún camino a menos que coincidiera con mi rumbo. Así llegué a algunos lugares extraños y salvajes, y disfruté mucho de esta manera de viajar. Visité Barmouth para ver a unos amigos de Cambridge que estaban estudiando allí, y desde allí regresé a Shrewsbury y a Maer para cazar; pues en aquel entonces me habría considerado loco si hubiera renunciado a los primeros días de caza de perdices por la geología o cualquier otra ciencia.
"VIAJE DEL 'BEAGLE' DESDE EL 27 DE DICIEMBRE DE 1831 HASTA EL 2 DE OCTUBRE DE 1836."
Al regresar a casa de mi breve viaje geológico por el norte de Gales, encontré una carta de Henslow, informándome de que el capitán Fitz-Roy estaba dispuesto a ceder parte de su propio camarote a cualquier joven que se ofreciera como voluntario para ir con él sin paga como naturalista en el viaje del "Beagle". He dado, según creo, en mi Diario manuscrito un relato de todas las circunstancias que ocurrieron entonces; solo diré aquí que instantáneamente estuve ansioso por aceptar la oferta, pero mi padre se opuso fuertemente, añadiendo las palabras, afortunadas para mí: "Si puedes encontrar a algún hombre de sentido común que te aconseje ir, daré mi consentimiento". Así que escribí esa misma tarde y rechacé la oferta. A la mañana siguiente fui a Maer para estar listo para el 1 de septiembre y, mientras estaba de caza, mi tío (Josiah Wedgwood) me envió a llamar, ofreciéndose a llevarme en coche a Shrewsbury y hablar con mi padre, ya que mi tío pensaba que sería sensato que aceptara la oferta. Mi padre siempre sostuvo que él era uno de los hombres más sensatos del mundo, y de inmediato consintió de la manera más amable. Yo había sido bastante extravagante en Cambridge, y para consolar a mi padre, le dije "que tendría que ser endiabladamente listo para gastar más de mi asignación mientras estuviera a bordo del 'Beagle'"; pero él respondió con una sonrisa: "Pero me dicen que eres muy listo".
Al día siguiente partí hacia Cambridge para ver a Henslow, y de allí a Londres para ver a Fitz-Roy, y todo quedó arreglado pronto. Después, al intimar mucho con Fitz-Roy, supe que había corrido un riesgo muy grande de ser rechazado, ¡debido a la forma de mi nariz! Era un ardiente discípulo de Lavater, y estaba convencido de que podía juzgar el carácter de un hombre por el contorno de sus rasgos; y dudaba de que alguien con mi nariz pudiera poseer suficiente energía y determinación para el viaje. Pero creo que después quedó bien satisfecho de que mi nariz había hablado falsamente.
El carácter de Fitz-Roy era singular, con muchísimos rasgos nobles: estaba dedicado a su deber, generoso hasta el extremo, audaz, decidido e indomablemente enérgico, y un amigo ardiente de todos los que estaban bajo su mando. Se tomaba cualquier molestia para ayudar a quienes consideraba que merecían ayuda. Era un hombre apuesto, sorprendentemente parecido a un caballero, con modales muy corteses, que se asemejaban a los de su tío materno, el famoso Lord Castlereagh, según me dijo el ministro en Río. Sin embargo, debe de haber heredado mucho en su apariencia de Carlos II, pues el Dr. Wallich me dio una colección de fotografías que había hecho, y me llamó la atención el parecido de una con Fitz-Roy; y al mirar el nombre, encontré que era Ch. E. Sobieski Stuart, conde d'Albanie, un descendiente del mismo monarca.
El temperamento de Fitz-Roy era de lo más desafortunado. Por lo general, era peor a primera hora de la mañana, y con su ojo de águila solía detectar algo que no iba bien en el barco, y entonces no escatimaba en reproches. Fue muy amable conmigo, pero era un hombre con el que era muy difícil vivir en los términos íntimos que necesariamente se derivaban de comer solos en el mismo camarote. Tuvimos varias peleas; por ejemplo, al principio del viaje en Bahía, en Brasil, defendió y elogió la esclavitud, que yo abominaba, y me dijo que acababa de visitar a un gran dueño de esclavos, que había llamado a muchos de sus esclavos y les había preguntado si eran felices y si deseaban ser libres, y todos respondieron "No". Entonces le pregunté, quizás con una mueca de desprecio, si pensaba que la respuesta de unos esclavos en presencia de su amo tenía algún valor. Esto le hizo enfurecer excesivamente, y dijo que, como dudaba de su palabra, no podíamos seguir viviendo juntos. Pensé que me vería obligado a abandonar el barco; pero tan pronto como la noticia se extendió, lo cual hizo rápidamente, ya que el capitán envió a buscar al primer teniente para calmar su ira abusando de mí, me sentí profundamente gratificado al recibir una invitación de todos los oficiales de la cámara para comer con ellos. Pero después de unas horas, Fitz-Roy mostró su magnanimidad habitual enviándome un oficial con una disculpa y una solicitud de que siguiera viviendo con él.
Su carácter era en varios aspectos uno de los más nobles que he conocido.
El viaje del "Beagle" ha sido, con mucho, el acontecimiento más importante de mi vida, y ha determinado toda mi carrera; sin embargo, dependió de una circunstancia tan pequeña como que mi tío se ofreciera a llevarme treinta millas hasta Shrewsbury, lo que pocos tíos habrían hecho, y de una pequeñez como la forma de mi nariz. Siempre he sentido que le debo al viaje el primer entrenamiento o educación real de mi mente; me llevó a prestar mucha atención a varias ramas de la historia natural, y así mis facultades de observación mejoraron, aunque siempre estuvieron bastante desarrolladas.
La investigación de la geología de todos los lugares visitados fue mucho más importante, ya que aquí entra en juego el razonamiento. Al examinar por primera vez un distrito nuevo, nada puede parecer más desesperado que el caos de rocas; pero al registrar la estratificación y la naturaleza de las rocas y los fósiles en muchos puntos, razonando siempre y prediciendo lo que se encontrará en otros lugares, la luz pronto comienza a amanecer en el distrito, y la estructura del conjunto se vuelve más o menos inteligible. Había traído conmigo el primer volumen de los 'Principios de geología' de Lyell, que estudié atentamente; y el libro fue de la mayor utilidad para mí de muchas maneras. El primer lugar que examiné, a saber, San Jago en las islas de Cabo Verde, me mostró claramente la maravillosa superioridad de la manera de tratar la geología de Lyell, comparada con la de cualquier otro autor cuyas obras tuviera conmigo o haya leído después.
Otra de mis ocupaciones fue recoger animales de todas las clases, describiendo brevemente y diseccionando someramente muchos de los marinos; pero como no podía dibujar y no tenía suficientes conocimientos anatómicos, una gran pila de manuscritos que hice durante el viaje ha resultado casi inútil. Así perdí mucho tiempo, con la excepción del tiempo dedicado a adquirir algún conocimiento de los crustáceos, ya que esto fue de utilidad cuando años después emprendí una monografía de los Cirripedia.
Durante una parte del día escribía mi Diario, y me esforzaba mucho en describir cuidadosa y vívidamente todo lo que había visto; y esto fue una buena práctica. Mi Diario servía también, en parte, como cartas para mi hogar, y porciones se enviaban a Inglaterra cada vez que había una oportunidad.
Los diversos estudios especiales anteriores, sin embargo, no tenían importancia comparados con el hábito de industriosa energía y de atención concentrada en cualquier cosa en la que estuviera ocupado, que adquirí entonces. Todo sobre lo que pensaba o leía se hacía recaer directamente sobre lo que había visto o era probable que viera; y este hábito mental continuó durante los cinco años del viaje. Estoy seguro de que fue este entrenamiento el que me ha permitido hacer todo lo que he hecho en la ciencia.
Mirando hacia atrás, ahora puedo percibir cómo mi amor por la ciencia predominó gradualmente sobre cualquier otro gusto. Durante los dos primeros años, mi antigua pasión por la caza sobrevivió con casi toda su fuerza, y yo mismo cazaba todos los pájaros y animales para mi colección; pero gradualmente fui entregando mi arma más y más, y finalmente por completo, a mi sirviente, ya que la caza interfería con mi trabajo, más especialmente con la determinación de la estructura geológica de un país. Descubrí, aunque inconsciente e insensiblemente, que el placer de observar y razonar era mucho más elevado que el de la habilidad y el deporte. Que mi mente se desarrolló a través de mis actividades durante el viaje lo hace probable una observación hecha por mi padre, que era el observador más agudo que jamás he visto, de disposición escéptica, y lejos de ser un creyente en la frenología; pues al verme por primera vez después del viaje, se giró hacia mis hermanas y exclamó: "Vaya, la forma de su cabeza ha cambiado por completo".
Para volver al viaje. El 11 de septiembre (1831), hice una visita relámpago con Fitz-Roy al "Beagle" en Plymouth. De allí a Shrewsbury para desear un largo adiós a mi padre y mis hermanas. El 24 de octubre me instalé en Plymouth y permanecí allí hasta el 27 de diciembre, cuando el "Beagle" dejó finalmente las costas de Inglaterra para su circunnavegación del mundo. Hicimos dos intentos anteriores de zarpar, pero fuimos obligados a regresar cada vez por fuertes vendavales. Estos dos meses en Plymouth fueron los más miserables que he pasado, aunque me esforcé de varias maneras. Estaba desanimado ante la idea de dejar a toda mi familia y amigos por tanto tiempo, y el tiempo me parecía inexpresablemente sombrío. También me preocupaban palpitaciones y dolor en el corazón, y como muchos jóvenes ignorantes, especialmente uno con nociones de medicina, estaba convencido de que tenía una enfermedad cardíaca. No consulté a ningún médico, ya que esperaba plenamente escuchar el veredicto de que no era apto para el viaje, y estaba resuelto a ir a toda costa.
No necesito referirme aquí a los acontecimientos del viaje —adónde fuimos y qué hicimos— ya que he dado un relato suficientemente completo en mi Diario publicado. Las glorias de la vegetación de los trópicos surgen ante mi mente en el momento actual más vívidamente que cualquier otra cosa; aunque el sentido de sublimidad, que los grandes desiertos de la Patagonia y las montañas cubiertas de bosques de Tierra del Fuego excitaron en mí, ha dejado una impresión indeleble en mi mente. La visión de un salvaje desnudo en su tierra natal es un acontecimiento que nunca se puede olvidar. Muchas de mis excursiones a caballo a través de tierras salvajes, o en los botes, algunas de las cuales duraron varias semanas, fueron profundamente interesantes: su incomodidad y cierto grado de peligro apenas fueron un inconveniente en aquel entonces, y ninguno en absoluto después. También reflexiono con gran satisfacción sobre algunos de mis trabajos científicos, como resolver el problema de las islas de coral y determinar la estructura geológica de ciertas islas, por ejemplo, Santa Elena. Tampoco debo pasar por alto el descubrimiento de las singulares relaciones de los animales y plantas que habitan las diversas islas del archipiélago de Galápagos, y de todos ellos con los habitantes de América del Sur.
Hasta donde puedo juzgarme a mí mismo, trabajé al máximo durante el viaje por el mero placer de la investigación, y por mi fuerte deseo de añadir unos pocos hechos a la gran masa de hechos de la Ciencia Natural. Pero también era ambicioso de ocupar un lugar digno entre los hombres de ciencia —si era más o menos ambicioso que la mayoría de mis compañeros de trabajo, no puedo formarme una opinión.
La geología de San Jago es muy llamativa, aunque sencilla: una corriente de lava fluyó anteriormente sobre el lecho del mar, formado por conchas y corales recientes triturados, que ha horneado hasta convertirlo en una dura roca blanca. Desde entonces, toda la isla ha sido levantada. Pero la línea de roca blanca me reveló un hecho nuevo e importante, a saber, que hubo posteriormente un hundimiento alrededor de los cráteres, que desde entonces han estado en actividad y han derramado lava. Fue entonces cuando me di cuenta por primera vez de que quizás podría escribir un libro sobre la geología de los diversos países visitados, y esto me hizo vibrar de deleite. Esa fue una hora memorable para mí, y cuán claramente puedo recordar el bajo acantilado de lava bajo el cual descansaba, con el sol brillando intensamente, algunas plantas desérticas extrañas creciendo cerca, y con corales vivos en las pozas de marea a mis pies. Más tarde en el viaje, Fitz-Roy me pidió que leyera parte de mi Diario, y declaró que valdría la pena publicarlo; ¡así que aquí había un segundo libro en perspectiva!
Hacia el final de nuestro viaje recibí una carta estando en Ascensión, en la que mis hermanas me contaban que Sedgwick había visitado a mi padre y dicho que yo debería ocupar un lugar entre los hombres de ciencia más destacados. En aquel momento no pude comprender cómo pudo haberse enterado de mis actividades, pero escuché (creo que más tarde) que Henslow había leído ante la Sociedad Filosófica de Cambridge algunas de las cartas que le escribí (leídas en la reunión celebrada el 16 de noviembre de 1835, e impresas en un folleto de 31 páginas para su distribución entre los miembros de la Sociedad), y las había impreso para su distribución privada. Mi colección de huesos fósiles, que había sido enviada a Henslow, también despertó una atención considerable entre los paleontólogos. Tras leer esta carta, trepé por las montañas de Ascensión con paso saltarín e hice resonar las rocas volcánicas bajo mi martillo geológico. Todo esto demuestra cuán ambicioso era yo; pero creo que puedo decir con sinceridad que, en años posteriores, aunque me importaba en grado sumo la aprobación de hombres como Lyell y Hooker, que eran mis amigos, no me preocupaba mucho el público en general. No quiero decir que una reseña favorable o una gran venta de mis libros no me complaciera enormemente, pero el placer era pasajero, y estoy seguro de que nunca me he desviado ni un ápice de mi camino para ganar fama.
DESDE MI REGRESO A INGLATERRA (2 DE OCTUBRE DE 1836) HASTA MI MATRIMONIO (29 DE ENERO DE 1839.)
Estos dos años y tres meses fueron los más activos que jamás pasé, aunque ocasionalmente estuve indispuesto y perdí algo de tiempo. Tras ir y venir varias veces entre Shrewsbury, Maer, Cambridge y Londres, me instalé en una pensión en Cambridge (en Fitzwilliam Street) el 13 de diciembre, donde todas mis colecciones quedaron bajo el cuidado de Henslow. Permanecí allí tres meses y logré que mis minerales y rocas fueran examinados con la ayuda del profesor Miller.
Comencé a preparar mi 'Diario de viajes', lo cual no fue una labor ardua, ya que mi diario manuscrito había sido escrito con cuidado, y mi tarea principal consistió en hacer un resumen de mis resultados científicos más interesantes. Envié también, a petición de Lyell, un breve relato de mis observaciones sobre la elevación de la costa de Chile a la Sociedad Geológica. (Geolog. Soc. Proc. ii. 1838, páginas 446-449.)
El 7 de marzo de 1837, tomé una pensión en Great Marlborough Street en Londres, y permanecí allí durante casi dos años, hasta que me casé. Durante estos dos años terminé mi Diario, leí varios trabajos ante la Sociedad Geológica, comencé a preparar el manuscrito para mis 'Observaciones geológicas' y realicé los preparativos para la publicación de la 'Zoología del viaje del "Beagle"'. En julio abrí mi primer cuaderno de notas para hechos relacionados con el Origen de las Especies, sobre lo cual había reflexionado largamente, y nunca dejé de trabajar durante los veinte años siguientes.
Durante estos dos años también frecuenté un poco la sociedad y actué como uno de los secretarios honorarios de la Sociedad Geológica. Vi mucho a Lyell. Una de sus características principales era su simpatía por el trabajo de los demás, y quedé tan asombrado como encantado por el interés que mostró cuando, a mi regreso a Inglaterra, le expliqué mis puntos de vista sobre los arrecifes de coral. Esto me alentó enormemente, y su consejo y ejemplo tuvieron mucha influencia en mí. Durante este tiempo vi también mucho a Robert Brown; solía visitarlo a menudo y sentarme con él durante su desayuno los domingos por la mañana, y él derramaba un rico tesoro de observaciones curiosas y comentarios agudos, pero casi siempre se referían a puntos minuciosos, y nunca discutió conmigo cuestiones amplias o generales de la ciencia.
Durante estos dos años hice varias excursiones cortas como relajación, y una más larga a los Caminos Paralelos de Glen Roy, un relato de la cual fue publicado en las 'Philosophical Transactions'. (1839, páginas 39-82.) Este trabajo fue un gran fracaso, y me avergüenzo de él. Habiendo quedado profundamente impresionado con lo que había visto de la elevación de la tierra en América del Sur, atribuí las líneas paralelas a la acción del mar; pero tuve que abandonar este punto de vista cuando Agassiz propuso su teoría de los lagos glaciares. Debido a que no era posible ninguna otra explicación bajo nuestro estado de conocimiento de entonces, argumenté a favor de la acción del mar; y mi error ha sido una buena lección para nunca confiar en la ciencia al principio de exclusión.
Como no podía trabajar todo el día en ciencia, leí mucho durante estos dos años sobre diversos temas, incluyendo algunos libros de metafísica; pero no estaba bien adaptado para tales estudios. Por aquella época sentía gran deleite por la poesía de Wordsworth y Coleridge; y puedo jactarme de haber leído el 'Excursion' dos veces. Antiguamente, el 'Paraíso perdido' de Milton había sido mi gran favorito, y en mis excursiones durante el viaje del "Beagle", cuando solo podía llevar un único volumen, siempre elegía a Milton.
DESDE MI MATRIMONIO, 29 DE ENERO DE 1839, Y RESIDENCIA EN UPPER GOWER STREET, HASTA QUE DEJAMOS LONDRES Y NOS ESTABLECIMOS EN DOWN, 14 DE SEPTIEMBRE DE 1842.
(Después de hablar de su feliz vida matrimonial y de sus hijos, continúa:)
Durante los tres años y ocho meses que residimos en Londres, hice menos trabajo científico, aunque trabajé tan duro como me fue posible, que durante cualquier otro periodo de igual duración en mi vida. Esto se debió a indisposiciones frecuentemente recurrentes, y a una larga y grave enfermedad. La mayor parte de mi tiempo, cuando podía hacer algo, estuvo dedicado a mi trabajo sobre los 'Arrecifes de coral', que había comenzado antes de mi matrimonio, y del cual corregí las últimas pruebas de imprenta el 6 de mayo de 1842. Este libro, aunque pequeño, me costó veinte meses de duro trabajo, ya que tuve que leer cada obra sobre las islas del Pacífico y consultar muchas cartas náuticas. Fue muy bien considerado por los hombres de ciencia, y la teoría allí expuesta está, creo, ahora bien establecida.
Ninguna otra obra mía fue iniciada con un espíritu tan deductivo como esta, pues toda la teoría fue pensada en la costa oeste de América del Sur, antes de haber visto un verdadero arrecife de coral. Por lo tanto, solo tuve que verificar y extender mis puntos de vista mediante un examen cuidadoso de los arrecifes vivos. Pero debe observarse que, durante los dos años anteriores, había estado prestando atención incesantemente a los efectos en las costas de América del Sur de la elevación intermitente de la tierra, junto con la denudación y la deposición de sedimentos. Esto me llevó necesariamente a reflexionar mucho sobre los efectos del hundimiento, y fue fácil reemplazar en la imaginación la continua deposición de sedimentos por el crecimiento ascendente de los corales. Hacer esto fue formular mi teoría de la formación de arrecifes de barrera y atolones.
Además de mi trabajo sobre los arrecifes de coral, durante mi residencia en Londres, leí ante la Sociedad Geológica trabajos sobre los Bloques Erráticos de América del Sur ('Geolog. Soc. Proc.' iii. 1842.), sobre Terremotos ('Geolog. Trans. v. 1840.), y sobre la Formación de mantillo por la acción de las lombrices de tierra. ('Geolog. Soc. Proc. ii. 1838.) También continué supervisando la publicación de la 'Zoología del viaje del "Beagle"'. Tampoco dejé nunca de recopilar hechos relacionados con el origen de las especies; y a veces podía hacer esto cuando no podía hacer nada más debido a la enfermedad.
En el verano de 1842 estaba más fuerte de lo que había estado durante algún tiempo, e hice un pequeño viaje por mi cuenta al norte de Gales, con el fin de observar los efectos de los antiguos glaciares que antiguamente llenaban todos los valles más grandes. Publiqué un breve relato de lo que vi en la 'Philosophical Magazine'. ('Philosophical Magazine', 1842.) Esta excursión me interesó mucho, y fue la última vez que estuve lo suficientemente fuerte como para escalar montañas o hacer largas caminatas como las necesarias para el trabajo geológico.
Durante la primera parte de nuestra vida en Londres, estaba lo suficientemente fuerte como para ir a reuniones sociales generales, y vi mucho a varios hombres de ciencia y a otros hombres más o menos distinguidos. Daré mis impresiones respecto a algunos de ellos, aunque tengo poco que decir que valga la pena decir.
Vi más a Lyell que a cualquier otro hombre, tanto antes como después de mi matrimonio. Su mente se caracterizaba, tal como me parecía a mí, por la claridad, la cautela, el juicio sensato y una buena dosis de originalidad. Cuando le hacía algún comentario sobre geología, nunca descansaba hasta ver todo el caso con claridad, y a menudo me hacía verlo con mayor claridad de la que yo había tenido antes. Él presentaba todas las objeciones posibles a mi sugerencia, e incluso después de agotadas estas, permanecía largo tiempo dudoso. Una segunda característica era su sincera simpatía por el trabajo de otros hombres de ciencia. (La ligera repetición aquí observable se explica porque las notas sobre Lyell, etc., fueron añadidas en abril de 1881, unos pocos años después de que el resto de las 'Recolecciones' fueran escritas.)
A mi regreso del viaje del "Beagle", le expliqué mis puntos de vista sobre los arrecifes de coral, que diferían de los suyos, y quedé muy sorprendido y alentado por el vivo interés que mostró. Su deleite por la ciencia era ardiente, y sentía el más vivo interés por el progreso futuro de la humanidad. Era de corazón muy bondadoso, y completamente liberal en sus creencias religiosas, o más bien descreencias; pero era un firme teísta. Su franqueza era altamente notable. Demostró esto al convertirse en converso a la teoría de la Descendencia, aunque había ganado mucha fama oponiéndose a las ideas de Lamarck, y esto después de haber envejecido. Me recordó que yo le había dicho muchos años antes, al discutir la oposición de la vieja escuela de geólogos a sus nuevos puntos de vista: "Qué bueno sería si todo hombre de ciencia muriera a los sesenta años, pues después de esa edad seguramente se opondrá a todas las nuevas doctrinas". Pero él esperaba que ahora se le permitiera vivir.
La ciencia de la geología está enormemente en deuda con Lyell; más, según creo, que con cualquier otro hombre que haya existido. Cuando partía en el viaje del "Beagle", el sagaz Henslow, quien, como todos los demás geólogos, creía en aquel entonces en cataclismos sucesivos, me aconsejó que consiguiera y estudiara el primer volumen de los 'Principios', que acababa de publicarse, pero que bajo ninguna circunstancia aceptara los puntos de vista allí defendidos. ¡Qué diferente hablaría ahora cualquiera de los 'Principios'! Me enorgullece recordar que el primer lugar, a saber, Santiago, en el archipiélago de Cabo Verde, en el que hice geología, me convenció de la infinita superioridad de los puntos de vista de Lyell sobre los defendidos en cualquier otra obra conocida por mí.
Los poderosos efectos de las obras de Lyell podían verse claramente antaño en el diferente progreso de la ciencia en Francia e Inglaterra. El total olvido actual de las salvajes hipótesis de Elie de Beaumont, tales como sus 'Cráteres de elevación' y 'Líneas de elevación' (hipótesis esta última que escuché a Sedgwick alabar hasta los cielos en la Sociedad Geológica), puede atribuirse en gran medida a Lyell.
Vi mucho a Robert Brown, "facile Princeps Botanicorum", como le llamaba Humboldt. Me pareció notable principalmente por la minuciosidad de sus observaciones y su perfecta exactitud. Su conocimiento era extraordinariamente grande, y mucho murió con él, debido a su excesivo temor a cometer algún error. Derramaba su conocimiento ante mí de la manera más desinhibida, sin embargo, era extrañamente celoso en algunos puntos. Lo visité dos o tres veces antes del viaje del "Beagle", y en una ocasión me pidió que mirara a través de un microscopio y describiera lo que veía. Lo hice, y creo ahora que eran las maravillosas corrientes de protoplasma en alguna célula vegetal. Entonces le pregunté qué había visto; pero me respondió: "Ese es mi pequeño secreto".
Era capaz de las acciones más generosas. Cuando era viejo, estaba muy enfermo y totalmente incapacitado para cualquier esfuerzo, visitaba diariamente (como me contó Hooker) a un viejo criado, que vivía lejos (y al que él mantenía), y le leía en voz alta. Esto es suficiente para compensar cualquier grado de tacañería o celos científicos.
Puedo mencionar aquí a algunos otros hombres eminentes a quienes he visto ocasionalmente, pero tengo poco que decir sobre ellos que valga la pena decir. Sentía una gran reverencia por Sir J. Herschel, y me encantó cenar con él en su encantadora casa en el Cabo de Buena Esperanza, y más tarde en su casa de Londres. Lo vi, también, en algunas otras ocasiones. Nunca hablaba mucho, pero cada palabra que pronunciaba valía la pena escucharla.
Una vez conocí en el desayuno, en casa de Sir R. Murchison, al ilustre Humboldt, quien me honró expresando su deseo de verme. Quedé un poco decepcionado con el gran hombre, pero mis expectativas probablemente eran demasiado altas. No puedo recordar nada distintamente sobre nuestra entrevista, excepto que Humboldt era muy alegre y hablaba mucho.
--me recuerda a Buckle, a quien conocí una vez en casa de Hensleigh Wedgwood. Me alegró mucho aprender de él su sistema de recopilación de hechos. Me dijo que compraba todos los libros que leía y hacía un índice completo, para cada uno, de los hechos que pensaba que podrían resultarle útiles, y que siempre podía recordar en qué libro había leído algo, pues su memoria era maravillosa. Le pregunté cómo al principio podía juzgar qué hechos serían útiles, y respondió que no lo sabía, pero que una especie de instinto lo guiaba. Gracias a este hábito de hacer índices, fue capaz de proporcionar la asombrosa cantidad de referencias sobre toda clase de temas que se pueden encontrar en su 'Historia de la civilización'. Este libro me pareció muy interesante y lo leí dos veces, pero dudo que sus generalizaciones valgan algo. Buckle era un gran conversador, y yo le escuchaba sin decir apenas una palabra, ni de hecho podría haberlo hecho, pues no dejaba lagunas. Cuando la Sra. Farrer comenzó a cantar, salté y dije que debía escucharla; después de que me alejé, se volvió hacia un amigo y dijo (según lo escuchó mi hermano): "Bueno, los libros del Sr. Darwin son mucho mejores que su conversación".
De otros grandes hombres de letras, una vez conocí a Sydney Smith en casa del Deán Milman. Había algo inexplicablemente divertido en cada palabra que pronunciaba. Quizás esto se debía en parte a la expectativa de ser divertido. Estaba hablando sobre Lady Cork, que entonces era extremadamente anciana. Esta era la dama que, como él dijo, una vez quedó tan afectada por uno de sus sermones de caridad que PRESTÓ una guinea de un amigo para ponerla en la bandeja. Ahora dijo: "Es creencia general que mi querida vieja amiga Lady Cork ha sido pasada por alto", y dijo esto de tal manera que nadie pudo dudar ni por un momento de que quería decir que su querida vieja amiga había sido pasada por alto por el diablo. Cómo logró expresar esto, no lo sé.
Asimismo, una vez conocí a Macaulay en casa de Lord Stanhope (el historiador), y como solo había otro hombre en la cena, tuve una gran oportunidad de oírle conversar, y fue muy agradable. No hablaba para nada demasiado; ni de hecho podría tal hombre hablar demasiado, siempre que permitiera a otros desviar el curso de su conversación, y esto él sí lo permitía.
Lord Stanhope me dio una vez una curiosa prueba de la exactitud y plenitud de la memoria de Macaulay: muchos historiadores solían reunirse a menudo en casa de Lord Stanhope, y al discutir varios temas a veces diferían de Macaulay, y antiguamente recurrían a menudo a algún libro para ver quién tenía razón; pero últimamente, como notó Lord Stanhope, ningún historiador se tomaba esa molestia, y lo que Macaulay decía era definitivo.
En otra ocasión conocí, en casa de Lord Stanhope, a una de sus reuniones de historiadores y otros hombres de letras, y entre ellos estaban Motley y Grote. Después del almuerzo caminé por Chevening Park durante casi una hora con Grote, y quedé muy interesado por su conversación y complacido por la sencillez y ausencia de toda pretensión en sus modales.
Hace mucho tiempo cené ocasionalmente con el viejo Conde, el padre del historiador; era un hombre extraño, pero lo poco que sabía de él me gustaba mucho. Era franco, afable y agradable. Tenía rasgos muy marcados, con una tez morena, y su ropa, cuando lo veía, era toda marrón. Parecía creer en todo lo que para otros era totalmente increíble. Un día me dijo: "¿Por qué no abandonas tu trivialidad de la geología y la zoología, y te dedicas a las ciencias ocultas?". El historiador, entonces Lord Mahon, pareció escandalizado ante tal discurso hacia mí, y su encantadora esposa, muy divertida.
El último hombre que mencionaré es Carlyle, visto por mí varias veces en casa de mi hermano, y dos o tres veces en mi propia casa. Su charla era muy vivaz e interesante, igual que sus escritos, pero a veces se extendía demasiado sobre el mismo tema. Recuerdo una divertida cena en casa de mi hermano, donde, entre algunos otros, estaban Babbage y Lyell, a quienes les gustaba hablar. Carlyle, sin embargo, silenció a todos arengando durante toda la cena sobre las ventajas del silencio. Después de la cena Babbage, en su manera más sombría, agradeció a Carlyle por su muy interesante conferencia sobre el silencio.
Carlyle se burlaba de casi todo el mundo: un día en mi casa llamó a la 'Historia' de Grote "un cenagal fétido, sin nada espiritual al respecto". Siempre pensé, hasta que aparecieron sus 'Reminiscencias', que sus burlas eran en parte bromas, pero esto ahora parece bastante dudoso. Su expresión era la de un hombre deprimido, casi abatido, pero benevolente; y es notorio lo mucho que reía. Creo que su benevolencia era real, aunque manchada por no pocos celos. Nadie puede dudar de su extraordinario poder para dibujar imágenes de cosas y hombres, mucho más vívidas, como me parece a mí, que cualquiera dibujada por Macaulay. Si sus imágenes de hombres eran verdaderas es otra cuestión.
Ha sido todopoderoso al imprimir algunas grandes verdades morales en las mentes de los hombres. Por otro lado, sus puntos de vista sobre la esclavitud eran repugnantes. A sus ojos, la fuerza era el derecho. Su mente me pareció muy estrecha; incluso si todas las ramas de la ciencia, que él despreciaba, son excluidas. Me resulta asombroso que Kingsley se refiriera a él como un hombre bien preparado para hacer avanzar la ciencia. Se burló de la idea de que un matemático, como Whewell, pudiera juzgar, como yo sostenía que podía, los puntos de vista de Goethe sobre la luz. Pensaba que era una cosa de lo más ridícula que a alguien le importara si un glaciar se movía un poco más rápido o un poco más lento, o si se movía en absoluto. Hasta donde pude juzgar, nunca conocí a un hombre con una mente tan mal adaptada para la investigación científica.
Mientras vivía en Londres, asistía tan regularmente como podía a las reuniones de varias sociedades científicas, y actué como secretario de la Sociedad Geológica. Pero tal asistencia, y la vida social ordinaria, le sentaban tan mal a mi salud que resolvimos vivir en el campo, lo que ambos preferíamos y de lo cual nunca nos hemos arrepentido.
RESIDENCIA EN DOWN DESDE EL 14 DE SEPTIEMBRE DE 1842 HASTA EL PRESENTE, 1876.
Después de varias búsquedas infructuosas en Surrey y otros lugares, encontramos esta casa y la compramos. Quedé complacido con la apariencia diversificada de la vegetación propia de un distrito calcáreo, y tan diferente a lo que estaba acostumbrado en los condados del centro; y aún más complacido con la extrema tranquilidad y rusticidad del lugar. No es, sin embargo, un lugar tan retirado como dice un escritor en un periódico alemán, ¡quien afirma que a mi casa solo se puede llegar por un sendero de mulas! Nuestra instalación aquí ha resultado admirable de una manera, la cual no previmos, a saber, ser muy conveniente para las visitas frecuentes de nuestros hijos.
Pocas personas habrán llevado una vida más retirada que la nuestra. Además de breves visitas a las casas de parientes, y ocasionalmente a la costa o a otros lugares, no hemos ido a ninguna parte. Durante la primera parte de nuestra residencia salimos un poco a la vida social y recibimos a algunos amigos aquí; pero mi salud casi siempre se resentía con la excitación, provocándome así fuertes ataques de escalofríos y vómitos. Por lo tanto, me he visto obligado durante muchos años a renunciar a todas las cenas; y esto ha sido una pequeña privación para mí, ya que tales reuniones siempre me ponían de muy buen ánimo. Por la misma causa, he podido invitar aquí a muy pocos conocidos científicos.
Mi mayor disfrute y única ocupación a lo largo de mi vida ha sido el trabajo científico; y la excitación de tal labor me hace olvidar por un tiempo, o aleja por completo, mi malestar diario. Por lo tanto, no tengo nada que registrar durante el resto de mi vida, salvo la publicación de mis diversos libros. Quizás valga la pena dar algunos detalles sobre cómo surgieron.
MIS DIVERSAS PUBLICACIONES.
A principios de 1844, se publicaron mis observaciones sobre las islas volcánicas visitadas durante el viaje del "Beagle". En 1845, me esforcé mucho en corregir una nueva edición de mi 'Diario de investigaciones', que fue publicado originalmente en 1839 como parte de la obra de Fitz-Roy. El éxito de este, mi primer hijo literario, siempre halaga mi vanidad más que el de cualquiera de mis otros libros. Incluso hoy en día se vende de manera constante en Inglaterra y los Estados Unidos, y ha sido traducido por segunda vez al alemán, y al francés y otros idiomas. Este éxito de un libro de viajes, especialmente uno científico, tantos años después de su primera publicación, es sorprendente. Se han vendido diez mil ejemplares en Inglaterra de la segunda edición. En 1846 se publicaron mis 'Observaciones geológicas sobre América del Sur'. Registro en un pequeño diario, que siempre he llevado, que mis tres libros geológicos (incluidos los 'Arrecifes de coral') consumieron cuatro años y medio de trabajo constante; "y ahora hace diez años desde mi regreso a Inglaterra. ¿Cuánto tiempo he perdido por enfermedad?". No tengo nada que decir sobre estos tres libros, excepto que, para mi sorpresa, últimamente se han solicitado nuevas ediciones. ('Observaciones geológicas', 2.ª ed., 1876. 'Arrecifes de coral', 2.ª ed., 1874.)
En octubre de 1846, comencé a trabajar en los 'Cirripedia'. Cuando estaba en la costa de Chile, encontré una forma de lo más curiosa, que perforaba las conchas de Concholepas, y que difería tanto de todos los demás cirrípedos que tuve que formar un nuevo suborden solo para su clasificación. Últimamente se ha encontrado un género perforador aliado en las costas de Portugal. Para comprender la estructura de mi nuevo cirrípedo tuve que examinar y disecar muchas de las formas comunes; y esto me llevó gradualmente a ocuparme de todo el grupo. Trabajé constantemente en este tema durante los ocho años siguientes, y finalmente publiqué dos volúmenes gruesos (publicados por la Ray Society), describiendo todas las especies vivas conocidas, y dos cuartos delgados sobre las especies extintas. No dudo que Sir E. Lytton Bulwer tenía en mente cuando introdujo en una de sus novelas a un profesor Long, que había escrito dos enormes volúmenes sobre las lapas.
Aunque estuve empleado durante ocho años en este trabajo, registro en mi diario que perdí cerca de dos años de este tiempo debido a la enfermedad. Por este motivo, fui en 1848 durante algunos meses a Malvern para recibir tratamiento hidroterápico, lo cual me hizo mucho bien, de modo que a mi regreso a casa pude reanudar el trabajo. Estaba tan delicado de salud que cuando mi querido padre murió el 13 de noviembre de 1848, no pude asistir a su funeral ni actuar como uno de sus albaceas.
Mi trabajo sobre los Cirripedia posee, creo, un valor considerable, ya que además de describir varias formas nuevas y notables, determiné las homologías de las diversas partes —descubrí el aparato cementante, aunque cometí errores terribles respecto a las glándulas del cemento— y, por último, probé la existencia en ciertos géneros de diminutos machos complementarios y parásitos de los hermafroditas. Este último descubrimiento ha sido finalmente confirmado en su totalidad; aunque en una ocasión un escritor alemán tuvo a bien atribuir todo el relato a mi fértil imaginación. Los cirrípedos forman un grupo de especies altamente variable y difícil de clasificar; y mi trabajo me fue de considerable utilidad cuando tuve que discutir en el 'Origen de las especies' los principios de una clasificación natural. No obstante, dudo que el trabajo valiera el consumo de tanto tiempo.
Desde septiembre de 1854 dediqué todo mi tiempo a organizar mi enorme pila de notas, a observar y a experimentar en relación con la transmutación de las especies. Durante el viaje del "Beagle" me había impresionado profundamente descubrir en la formación pampeana grandes animales fósiles cubiertos con una armadura similar a la de los armadillos existentes; en segundo lugar, por la manera en que animales estrechamente aliados se reemplazan unos a otros al avanzar hacia el sur por el continente; y en tercer lugar, por el carácter sudamericano de la mayoría de las producciones del archipiélago de las Galápagos, y más especialmente por la manera en que difieren ligeramente en cada isla del grupo; sin que ninguna de las islas parezca ser muy antigua en un sentido geológico.
Era evidente que hechos como estos, así como muchos otros, solo podían explicarse bajo la suposición de que las especies se modifican gradualmente; y el tema me obsesionaba. Pero era igualmente evidente que ni la acción de las condiciones circundantes, ni la voluntad de los organismos (especialmente en el caso de las plantas) podían explicar los innumerables casos en los que los organismos de todo tipo están bellamente adaptados a sus hábitos de vida —por ejemplo, un pájaro carpintero o una rana arbórea para trepar árboles, o una semilla para su dispersión mediante ganchos o plumas. Siempre me habían llamado mucho la atención tales adaptaciones, y hasta que estas no pudieran explicarse, me parecía casi inútil intentar probar mediante evidencia indirecta que las especies han sido modificadas.
Tras mi regreso a Inglaterra, me pareció que siguiendo el ejemplo de Lyell en Geología, y recopilando todos los hechos que tuvieran alguna relación con la variación de los animales y las plantas bajo domesticación y en la naturaleza, quizás se podría arrojar algo de luz sobre el tema en su conjunto. Abrí mi primer cuaderno de notas en julio de 1837. Trabajé bajo los verdaderos principios baconianos y, sin ninguna teoría, recopilé hechos a gran escala, más especialmente con respecto a las producciones domesticadas, mediante consultas impresas, conversaciones con criadores y jardineros expertos, y mediante una lectura extensa. Cuando veo la lista de libros de todo tipo que leí y resumí, incluyendo series completas de revistas y actas, me sorprendo de mi laboriosidad. Pronto percibí que la selección era la piedra angular del éxito del hombre en la creación de razas útiles de animales y plantas. Pero cómo podía aplicarse la selección a los organismos que viven en estado natural siguió siendo un misterio para mí durante algún tiempo.
En octubre de 1838, es decir, quince meses después de haber comenzado mi investigación sistemática, leí por entretenimiento 'Malthus sobre la población', y estando bien preparado para apreciar la lucha por la existencia que ocurre en todas partes debido a la observación prolongada de los hábitos de los animales y las plantas, me impactó de inmediato que, bajo estas circunstancias, las variaciones favorables tenderían a preservarse y las desfavorables a ser destruidas. El resultado de esto sería la formación de nuevas especies. Aquí, pues, tenía al fin una teoría con la cual trabajar; pero estaba tan ansioso por evitar prejuicios que decidí no escribir ni siquiera el esbozo más breve durante algún tiempo. En junio de 1842 me permití por primera vez la satisfacción de escribir un resumen muy breve de mi teoría a lápiz en 35 páginas; y este fue ampliado durante el verano de 1844 hasta uno de 230 páginas, que hice copiar limpiamente y que todavía conservo.
Pero en aquel momento pasé por alto un problema de gran importancia; y me resulta asombroso, excepto bajo el principio de Colón y su huevo, cómo pude pasarlo por alto a él y a su solución. Este problema es la tendencia de los seres orgánicos descendientes del mismo tronco a divergir en carácter a medida que se modifican. Que han divergido enormemente es obvio por la manera en que las especies de todo tipo pueden clasificarse bajo géneros, los géneros bajo familias, las familias bajo subórdenes, y así sucesivamente; y puedo recordar el lugar exacto en el camino, mientras iba en mi carruaje, cuando para mi alegría se me ocurrió la solución; y esto fue mucho después de haber llegado a Down. La solución, según creo, es que los descendientes modificados de todas las formas dominantes y crecientes tienden a adaptarse a muchos y muy diversificados lugares en la economía de la naturaleza.
A principios de 1856, Lyell me aconsejó que escribiera mis puntos de vista con bastante detalle, y comencé de inmediato a hacerlo a una escala tres o cuatro veces más extensa que la que se siguió posteriormente en mi 'Origen de las especies'; sin embargo, era solo un resumen de los materiales que había recopilado, y terminé aproximadamente la mitad del trabajo a esta escala. Pero mis planes se vieron trastocados, pues a principios del verano de 1858 el Sr. Wallace, que se encontraba entonces en el archipiélago malayo, me envió un ensayo "Sobre la tendencia de las variedades a apartarse indefinidamente del tipo original"; y este ensayo contenía exactamente la misma teoría que la mía. El Sr. Wallace expresó el deseo de que, si me parecía bien su ensayo, lo enviara a Lyell para su lectura.
Las circunstancias bajo las cuales consentí, a petición de Lyell y Hooker, permitir que un extracto de mi manuscrito, junto con una carta a Asa Gray fechada el 5 de septiembre de 1857, se publicara al mismo tiempo que el ensayo de Wallace, se detallan en el 'Journal of the Proceedings of the Linnean Society', 1858, página 45. Al principio me negué a consentir, pues pensé que el Sr. Wallace podría considerar injustificable mi proceder, ya que no conocía entonces cuán generosa y noble era su disposición. El extracto de mi manuscrito y la carta a Asa Gray no tenían como objetivo su publicación y estaban mal escritos. El ensayo del Sr. Wallace, por otro lado, estaba admirablemente expresado y era bastante claro. No obstante, nuestras producciones conjuntas suscitaron muy poca atención, y la única nota publicada sobre ellas que puedo recordar fue la del profesor Haughton de Dublín, cuyo veredicto fue que todo lo que era nuevo en ellas era falso, y lo que era verdadero era viejo. Esto demuestra cuán necesario es que cualquier punto de vista nuevo sea explicado con considerable extensión para despertar la atención pública.
En septiembre de 1858 comencé a trabajar, por el firme consejo de Lyell y Hooker, en la preparación de un volumen sobre la transmutación de las especies, pero fui interrumpido a menudo por problemas de salud y breves visitas al encantador establecimiento hidroterápico del Dr. Lane en Moor Park. Resumí el manuscrito comenzado a una escala mucho mayor en 1856 y completé el volumen a la misma escala reducida. Me costó trece meses y diez días de arduo trabajo. Fue publicado bajo el título 'El origen de las especies' en noviembre de 1859. Aunque se le añadieron y corrigieron muchas cosas en las ediciones posteriores, ha seguido siendo sustancialmente el mismo libro.
Es, sin duda, la principal obra de mi vida. Fue desde el principio muy exitosa. La primera pequeña edición de 1250 ejemplares se vendió el día de su publicación, y una segunda edición de 3000 ejemplares poco después. Dieciséis mil ejemplares se han vendido ya (1876) en Inglaterra; y considerando lo difícil que es el libro, esta es una gran cifra de ventas. Ha sido traducido a casi todas las lenguas europeas, incluso a idiomas como el español, el bohemio, el polaco y el ruso. También ha sido, según la Srta. Bird, traducido al japonés (la Srta. Bird está equivocada, según supe por el Prof. Mitsukuri.—F.D.), y allí es muy estudiado. ¡Incluso ha aparecido un ensayo en hebreo sobre él, demostrando que la teoría está contenida en el Antiguo Testamento! Las reseñas fueron muy numerosas; durante algún tiempo coleccioné todas las que aparecieron sobre el 'Origen' y sobre mis libros relacionados, y estas ascienden (excluyendo las reseñas de periódicos) a 265; pero después de un tiempo abandoné el intento por desesperación. Han aparecido muchos ensayos y libros separados sobre el tema; y en Alemania ha aparecido cada año o cada dos años un catálogo o bibliografía sobre el "Darwinismus".
El éxito del 'Origen' puede, creo, atribuirse en gran parte a que mucho antes había escrito dos esbozos condensados y a que finalmente había resumido un manuscrito mucho más amplio, que a su vez era un resumen. Por este medio pude seleccionar los hechos y conclusiones más llamativos. También había seguido, durante muchos años, una regla de oro, a saber: que siempre que un hecho publicado, una nueva observación o un pensamiento se cruzaba en mi camino, y se oponía a mis resultados generales, debía tomar nota de ello sin falta y de inmediato; pues había descubierto por experiencia que tales hechos y pensamientos eran mucho más propensos a escapar de la memoria que los favorables. Debido a este hábito, se plantearon muy pocas objeciones contra mis puntos de vista que yo no hubiera al menos notado e intentado responder.
Se ha dicho a veces que el éxito del 'Origen' demostró "que el tema estaba en el aire" o "que las mentes de los hombres estaban preparadas para ello". No creo que esto sea estrictamente cierto, pues ocasionalmente sondeé a no pocos naturalistas y nunca me topé con uno solo que pareciera dudar de la permanencia de las especies. Incluso Lyell y Hooker, aunque me escuchaban con interés, nunca parecieron estar de acuerdo. Intenté una o dos veces explicar a hombres capaces lo que entendía por selección natural, pero fracasé estrepitosamente. Lo que creo que era estrictamente cierto es que innumerables hechos bien observados estaban almacenados en las mentes de los naturalistas, listos para ocupar sus lugares adecuados tan pronto como cualquier teoría que los acogiera fuera explicada suficientemente. Otro elemento en el éxito del libro fue su tamaño moderado; y esto se lo debo a la aparición del ensayo del Sr. Wallace; si hubiera publicado a la escala en la que comencé a escribir en 1856, el libro habría sido cuatro o cinco veces más grande que el 'Origen', y muy pocos habrían tenido la paciencia de leerlo.
Gané mucho con mi demora en publicar desde aproximadamente 1839, cuando la teoría fue claramente concebida, hasta 1859; y no perdí nada con ello, pues me importaba muy poco si los hombres atribuían la mayor originalidad a mí o a Wallace; y su ensayo sin duda ayudó en la recepción de la teoría. Solo me adelantaron en un punto importante, que mi vanidad siempre me ha hecho lamentar, a saber: la explicación mediante el periodo glacial de la presencia de las mismas especies de plantas y de algunos pocos animales en cumbres montañosas distantes y en las regiones árticas. Este punto de vista me gustó tanto que lo escribí por extenso, y creo que fue leído por Hooker algunos años antes de que E. Forbes publicara su célebre memoria ('Geolog. Survey Mem.', 1846) sobre el tema. En los muy pocos puntos en los que diferimos, sigo pensando que yo estaba en lo cierto. Nunca, por supuesto, he aludido en letra impresa a que yo hubiera elaborado independientemente este punto de vista.
Casi ningún punto me dio tanta satisfacción cuando trabajaba en el 'Origen' como la explicación de la amplia diferencia en muchas clases entre el embrión y el animal adulto, y del estrecho parecido de los embriones dentro de la misma clase. No se tomó nota de este punto, hasta donde recuerdo, en las primeras reseñas del 'Origen', y recuerdo haber expresado mi sorpresa a este respecto en una carta a Asa Gray. En los últimos años, varios críticos han dado todo el crédito a Fritz Müller y Haeckel, quienes sin duda lo han desarrollado mucho más plenamente y, en algunos aspectos, más correctamente que yo. Tenía materiales para todo un capítulo sobre el tema, y debería haber hecho la discusión más larga; pues está claro que fracasé en impresionar a mis lectores; y aquel que logra hacerlo merece, en mi opinión, todo el crédito.
Esto me lleva a señalar que casi siempre he sido tratado honestamente por mis críticos, pasando por alto a aquellos sin conocimientos científicos por no ser dignos de mención. Mis puntos de vista han sido a menudo gravemente tergiversados, amargamente opuestos y ridiculizados, pero esto se ha hecho generalmente, según creo, de buena fe. En general, no dudo que mis obras han sido una y otra vez grandemente sobreestimadas. Me alegro de haber evitado controversias, y esto se lo debo a Lyell, quien hace muchos años, en referencia a mis obras geológicas, me aconsejó encarecidamente que nunca me enredara en una controversia, ya que rara vez servía de algo y causaba una pérdida miserable de tiempo y temperamento.
Siempre que he descubierto que he cometido un error, o que mi trabajo ha sido imperfecto, y cuando he sido criticado con desprecio, e incluso cuando he sido sobreestimado, de modo que me he sentido mortificado, ha sido mi mayor consuelo decirme cientos de veces a mí mismo que "he trabajado tan duro y tan bien como he podido, y ningún hombre puede hacer más que esto". Recuerdo cuando estaba en la bahía Good Success, en Tierra del Fuego, pensar (y creo que escribí a casa al respecto) que no podría emplear mejor mi vida que añadiendo un poco a la ciencia natural. Esto lo he hecho lo mejor que he podido, y los críticos pueden decir lo que quieran, pero no pueden destruir esta convicción.
Durante los dos últimos meses de 1859 estuve plenamente ocupado en preparar una segunda edición del 'Origen' y en una enorme correspondencia. El 1 de enero de 1860, comencé a organizar mis notas para mi trabajo sobre la 'Variación de los animales y las plantas bajo domesticación'; pero no se publicó hasta principios de 1868; la demora fue causada en parte por enfermedades frecuentes, una de las cuales duró siete meses, y en parte por la tentación de publicar sobre otros temas que en ese momento me interesaban más.
El 15 de mayo de 1862, se publicó mi pequeño libro sobre la 'Fertilización de las orquídeas', que me costó diez meses de trabajo: la mayoría de los hechos habían sido acumulados lentamente durante varios años anteriores. Durante el verano de 1839, y creo que durante el verano anterior, me vi llevado a atender a la fertilización cruzada de las flores con la ayuda de insectos, al haber llegado a la conclusión en mis especulaciones sobre el origen de las especies de que el cruce desempeñaba un papel importante en mantener constantes las formas específicas. Atendí el tema más o menos durante cada verano subsiguiente; y mi interés en él se vio enormemente reforzado al haber conseguido y leído en noviembre de 1841, gracias al consejo de Robert Brown, una copia del maravilloso libro de C.K. Sprengel, 'Das entdeckte Geheimniss der Natur'. Durante algunos años antes de 1862 me había dedicado especialmente a la fertilización de nuestras orquídeas británicas; y me pareció el mejor plan preparar un tratado lo más completo posible sobre este grupo de plantas, en lugar de utilizar la gran masa de material que había acumulado lentamente con respecto a otras plantas.
Mi resolución resultó ser sabia; pues desde la aparición de mi libro, ha aparecido un número sorprendente de artículos y trabajos separados sobre la fertilización de todo tipo de flores: y estos están mucho mejor hechos de lo que yo podría haber logrado. Los méritos del pobre viejo Sprengel, tan olvidados durante tanto tiempo, son ahora plenamente reconocidos muchos años después de su muerte.
Durante el mismo año publiqué en el 'Journal of the Linnean Society' un artículo titulado "On the Two Forms, or Dimorphic Condition of Primula", y durante los cinco años siguientes, otros cinco artículos sobre plantas dimórficas y trimórficas. No creo que nada en mi vida científica me haya dado tanta satisfacción como el descifrar el significado de la estructura de estas plantas. Había observado en 1838 o 1839 el dimorfismo de Linum flavum, y al principio había pensado que era meramente un caso de variabilidad sin sentido. Pero al examinar la especie común de Primula, descubrí que las dos formas eran demasiado regulares y constantes para ser consideradas de ese modo. Me convencí, por tanto, casi por completo de que la prímula y el primavera comunes estaban en el camino directo a convertirse en dioicas; que el pistilo corto en una forma y los estambres cortos en la otra tendían a la atrofia. Las plantas fueron, pues, sometidas a prueba desde este punto de vista; pero tan pronto como se comprobó que las flores con pistilos cortos fertilizadas con polen de los estambres cortos producían más semillas que cualquier otra de las cuatro uniones posibles, la teoría de la atrofia quedó descartada. Tras algunos experimentos adicionales, resultó evidente que las dos formas, aunque ambas eran hermafroditas perfectas, guardaban casi la misma relación entre sí que los dos sexos de un animal ordinario. Con Lythrum tenemos el caso aún más maravilloso de tres formas que mantienen una relación similar entre sí. Posteriormente descubrí que la descendencia del cruce de dos plantas pertenecientes a las mismas formas presentaba una analogía estrecha y curiosa con los híbridos resultantes de la unión de dos especies distintas.
En el otoño de 1864 terminé un largo artículo sobre 'Plantas trepadoras' y lo envié a la Linnean Society. La redacción de este trabajo me costó cuatro meses; pero cuando recibí las pruebas de imprenta me sentía tan mal que me vi obligado a dejarlas muy mal redactadas y a menudo expresadas de forma oscura. El artículo apenas fue notado, pero cuando en 1875 fue corregido y publicado como libro independiente, se vendió bien. Me vi llevado a tratar este tema tras leer un breve artículo de Asa Gray, publicado en 1858. Él me envió semillas y, al cultivar algunas plantas, quedé tan fascinado y perplejo por los movimientos giratorios de los zarcillos y tallos, movimientos que en realidad son muy simples, aunque a primera vista parecen muy complejos, que conseguí otros tipos de plantas trepadoras y estudié todo el tema. Me sentí aún más atraído por él al no estar en absoluto satisfecho con la explicación que Henslow nos dio en sus conferencias sobre las plantas enredaderas, a saber, que tenían una tendencia natural a crecer en espiral. Esta explicación resultó ser completamente errónea. Algunas de las adaptaciones que muestran las plantas trepadoras son tan hermosas como las de las orquídeas para asegurar la fertilización cruzada.
Mi 'Variación de los animales y las plantas bajo domesticación' fue comenzada, como ya he dicho, a principios de 1860, pero no se publicó hasta principios de 1868. Fue un libro grande y me costó cuatro años y dos meses de duro trabajo. Contiene todas mis observaciones y una inmensa cantidad de hechos recogidos de diversas fuentes sobre nuestras producciones domésticas. En el segundo volumen se discuten las causas y leyes de la variación, la herencia, etc., hasta donde nuestro estado actual de conocimiento lo permite. Hacia el final de la obra expongo mi muy criticada hipótesis de la Pangenesis. Una hipótesis no verificada tiene poco o ningún valor; pero si alguien se ve llevado en el futuro a realizar observaciones mediante las cuales pueda establecerse una hipótesis de este tipo, habré hecho un buen servicio, ya que un número asombroso de hechos aislados puede conectarse así y hacerse inteligible. En 1875 apareció una segunda edición, ampliamente corregida, que me costó mucho trabajo.
Mi 'Descendencia del hombre' fue publicada en febrero de 1871. Tan pronto como me convencí, en el año 1837 o 1838, de que las especies eran producciones mutables, no pude evitar la creencia de que el hombre debía estar bajo la misma ley. En consecuencia, recopilé notas sobre el tema para mi propia satisfacción, y durante mucho tiempo sin intención alguna de publicar. Aunque en el 'Origen de las especies' nunca se discute la derivación de ninguna especie en particular, pensé que era mejor, para que ningún hombre honorable me acusara de ocultar mis puntos de vista, añadir que con la obra "se arrojaría luz sobre el origen del hombre y su historia". Habría sido inútil y perjudicial para el éxito del libro haber hecho alarde, sin dar prueba alguna, de mi convicción con respecto a su origen.
Pero cuando descubrí que muchos naturalistas aceptaban plenamente la doctrina de la evolución de las especies, me pareció aconsejable redactar las notas que poseía y publicar un tratado especial sobre el origen del hombre. Me alegré tanto más de hacerlo, ya que me dio la oportunidad de discutir plenamente la selección sexual, un tema que siempre me había interesado enormemente. Este tema, junto con el de la variación de nuestras producciones domésticas y las causas y leyes de la variación, la herencia y el cruce de las plantas, son los únicos temas sobre los que he podido escribir extensamente, de modo que he utilizado todos los materiales que he recopilado. Escribir la 'Descendencia del hombre' me llevó tres años, pero, como de costumbre, parte de este tiempo se perdió debido a problemas de salud, y otra parte se consumió preparando nuevas ediciones y otras obras menores. Una segunda edición, ampliamente corregida, de la 'Descendencia' apareció en 1874.
Mi libro sobre la 'Expresión de las emociones en el hombre y en los animales' se publicó en el otoño de 1872. Mi intención original era incluir solo un capítulo sobre el tema en la 'Descendencia del hombre', pero tan pronto como comencé a reunir mis notas, vi que requeriría un tratado aparte.
Mi primer hijo nació el 27 de diciembre de 1839, y de inmediato comencé a tomar notas sobre el primer amanecer de las diversas expresiones que mostraba, pues me sentía convencido, incluso en esa etapa temprana, de que los matices más complejos y sutiles de expresión debían haber tenido todos un origen gradual y natural. Durante el verano del año siguiente, 1840, leí la admirable obra del Sir C. Bell sobre la expresión, y esto aumentó enormemente el interés que sentía por el tema, aunque no podía estar en absoluto de acuerdo con su creencia de que varios músculos habían sido creados especialmente para la expresión. A partir de ese momento, presté atención ocasionalmente al tema, tanto con respecto al hombre como a nuestros animales domesticados. Mi libro se vendió en gran número; 5267 copias se habían distribuido el día de la publicación.
En el verano de 1860 estaba ocioso y descansando cerca de Hartfield, donde abundan dos especies de Drosera; y noté que numerosos insectos habían sido atrapados por las hojas. Llevé algunas plantas a casa, y al darles insectos vi los movimientos de los tentáculos, lo que me hizo pensar que era probable que los insectos fueran capturados con algún propósito especial. Afortunadamente, se me ocurrió una prueba crucial: colocar un gran número de hojas en diversos fluidos nitrogenados y no nitrogenados de igual densidad; y tan pronto como descubrí que solo los primeros excitaban movimientos enérgicos, fue obvio que este era un campo nuevo y excelente para la investigación.
Durante los años siguientes, siempre que tenía tiempo libre, continué mis experimentos, y mi libro sobre 'Plantas insectívoras' se publicó en julio de 1875, es decir, dieciséis años después de mis primeras observaciones. La demora en este caso, al igual que con todos mis otros libros, ha sido una gran ventaja para mí; pues un hombre, tras un largo intervalo, puede criticar su propia obra casi tan bien como si fuera la de otra persona. El hecho de que una planta pueda secretar, cuando se la excita adecuadamente, un fluido que contiene un ácido y un fermento, estrechamente análogo al fluido digestivo de un animal, fue ciertamente un descubrimiento notable.
Durante este otoño de 1876 publicaré sobre los 'Efectos de la fertilización cruzada y autofecundación en el reino vegetal'. Este libro formará un complemento al de la 'Fertilización de las orquídeas', en el cual mostré cuán perfectos eran los medios para la fertilización cruzada, y aquí mostraré cuán importantes son los resultados. Me vi llevado a realizar, durante once años, los numerosos experimentos registrados en este volumen por una mera observación accidental; y de hecho, fue necesario que el accidente se repitiera antes de que mi atención se despertara por completo al notable hecho de que las plántulas de ascendencia autofecundada son inferiores, incluso en la primera generación, en altura y vigor a las plántulas de ascendencia cruzada. Espero también volver a publicar una edición revisada de mi libro sobre las orquídeas, y en el futuro mis artículos sobre plantas dimórficas y trimórficas, junto con algunas observaciones adicionales sobre puntos relacionados que nunca he tenido tiempo de organizar. Mis fuerzas estarán entonces probablemente agotadas, y estaré listo para exclamar "Nunc dimittis".
ESCRITO EL 1 DE MAYO DE 1881.
'Los efectos de la fertilización cruzada y autofecundación' se publicó en el otoño de 1876; y los resultados allí alcanzados explican, según creo, los infinitos y maravillosos artificios para el transporte de polen de una planta a otra de la misma especie. Ahora creo, sin embargo, principalmente a partir de las observaciones de Hermann Muller, que debería haber insistido con más fuerza de la que lo hice en las muchas adaptaciones para la autofecundación; aunque era muy consciente de muchas de esas adaptaciones. En 1877 se publicó una edición mucho más ampliada de mi 'Fertilización de las orquídeas'.
En ese mismo año apareció 'Las diferentes formas de las flores, etc.', y en 1880 una segunda edición. Este libro consiste principalmente en los diversos artículos sobre flores heterostilas publicados originalmente por la Linnean Society, corregidos y con mucho material nuevo añadido, junto con observaciones sobre otros casos en los que la misma planta porta dos tipos de flores. Como se mencionó antes, ningún descubrimiento pequeño mío me dio tanto placer como descifrar el significado de las flores heterostilas. Los resultados del cruce de tales flores de manera ilegítima, creo que son muy importantes, al influir en la esterilidad de los híbridos; aunque estos resultados han sido notados por solo unas pocas personas.
En 1879, hice publicar una traducción de la 'Vida de Erasmus Darwin' del Dr. Ernst Krause, y añadí un esbozo de su carácter y hábitos a partir de material en mi posesión. Muchas personas se han interesado mucho por esta pequeña biografía, y me sorprende que solo se vendieran 800 o 900 copias.
En 1880 publiqué, con la ayuda de [mi hijo] Frank, nuestro 'Poder del movimiento en las plantas'. Este fue un trabajo arduo. El libro guarda una relación similar con mi pequeño libro sobre 'Plantas trepadoras' que la 'Fertilización cruzada' con la 'Fertilización de las orquídeas'; pues, de acuerdo con el principio de la evolución, era imposible explicar que las plantas trepadoras se hubieran desarrollado en tantos grupos ampliamente diferentes a menos que todo tipo de plantas poseyeran algún ligero poder de movimiento de un tipo análogo. Esto demostré que era el caso; y además me vi llevado a una generalización bastante amplia, a saber, que las grandes e importantes clases de movimientos, excitados por la luz, la atracción de la gravedad, etc., son todas formas modificadas del movimiento fundamental de circumnutación. Siempre me ha complacido elevar a las plantas en la escala de los seres organizados; y por lo tanto sentí un placer especial al mostrar cuántos y qué movimientos admirablemente bien adaptados posee la punta de una raíz.
He enviado ya (1 de mayo de 1881) a los impresores el manuscrito de un pequeño libro sobre 'La formación del mantillo vegetal a través de la acción de las lombrices'. Este es un tema de poca importancia; y no sé si interesará a algún lector (Entre noviembre de 1881 y febrero de 1884 se han vendido 8500 copias.), pero me ha interesado a mí. Es la conclusión de un breve artículo leído ante la Geological Society hace más de cuarenta años, y ha revivido antiguos pensamientos geológicos.
He mencionado ahora todos los libros que he publicado, y estos han sido los hitos de mi vida, por lo que queda poco por decir. No soy consciente de ningún cambio en mi mente durante los últimos treinta años, excepto en un punto que mencionaré a continuación; ni, de hecho, podría haberse esperado ningún cambio, a menos que fuera uno de deterioro general. Pero mi padre vivió hasta su octogésimo tercer año con su mente tan viva como siempre y todas sus facultades intactas; y espero morir antes de que mi mente falle en una medida sensible. Creo que me he vuelto un poco más hábil al adivinar las explicaciones correctas y al idear pruebas experimentales; pero esto es probablemente el resultado de la simple práctica y de una mayor reserva de conocimientos. Sigo teniendo tantas dificultades como siempre para expresarme con claridad y concisión; y esta dificultad me ha causado una gran pérdida de tiempo, pero ha tenido la ventaja compensatoria de obligarme a pensar larga e intensamente sobre cada frase, y así me he visto llevado a ver errores en el razonamiento y en mis propias observaciones o en las de otros.
Parece haber una especie de fatalidad en mi mente que me lleva a poner al principio mi declaración o proposición en una forma errónea o torpe. Antiguamente solía pensar en mis frases antes de escribirlas; pero desde hace varios años he descubierto que ahorra tiempo garabatear con una letra vil páginas enteras tan rápido como puedo, contrayendo la mitad de las palabras, y luego corregirlas deliberadamente. Las frases garabateadas de este modo son a menudo mejores que las que habría escrito deliberadamente.
Habiendo dicho tanto sobre mi manera de escribir, añadiré que con mis libros grandes paso una buena cantidad de tiempo sobre la disposición general del contenido. Primero hago el esquema más tosco en dos o tres páginas, y luego uno más grande en varias páginas, donde unas pocas palabras o una sola palabra representan toda una discusión o serie de hechos. Cada uno de estos encabezados se amplía de nuevo y a menudo se transfiere antes de que comience a escribir in extenso. Como en varios de mis libros se han utilizado de forma muy extensa hechos observados por otros, y como siempre he tenido varios temas bastante distintos entre manos al mismo tiempo, puedo mencionar que guardo de treinta a cuarenta carpetas grandes, en gabinetes con estantes etiquetados, en los que puedo poner inmediatamente una referencia o memorando suelto. He comprado muchos libros, y al final de ellos hago un índice de todos los hechos que conciernen a mi trabajo; o, si el libro no es mío, escribo un resumen separado, y de tales resúmenes tengo un cajón grande lleno. Antes de comenzar cualquier tema, consulto todos los índices cortos y hago un índice general y clasificado, y tomando la carpeta o carpetas adecuadas tengo toda la información recopilada durante mi vida lista para su uso.
He dicho que en un aspecto mi mente ha cambiado durante los últimos veinte o treinta años. Hasta la edad de treinta años, o más, la poesía de muchos tipos, como las obras de Milton, Gray, Byron, Wordsworth, Coleridge y Shelley, me daba gran placer, e incluso cuando era escolar sentía un deleite intenso con Shakespeare, especialmente en las obras históricas. También he dicho que antiguamente los cuadros me daban un placer considerable, y la música un deleite muy grande. Pero ahora, desde hace muchos años, no puedo soportar leer una línea de poesía: he intentado últimamente leer a Shakespeare y lo encontré tan intolerablemente aburrido que me causaba náuseas. También he perdido casi por completo el gusto por los cuadros o la música. La música generalmente me hace pensar con demasiada energía en lo que he estado trabajando, en lugar de darme placer. Conservo cierto gusto por los paisajes hermosos, pero no me causan el placer exquisito que antes me producían. Por otro lado, las novelas, que son obras de la imaginación, aunque no de un orden muy elevado, han sido durante años un maravilloso alivio y placer para mí, y a menudo bendigo a todos los novelistas. Un número sorprendente de ellas me ha sido leído en voz alta, y me gustan todas si son moderadamente buenas y si no terminan de forma infeliz, algo contra lo cual debería dictarse una ley. Una novela, según mi gusto, no entra en la primera clase a menos que contenga a alguien a quien uno pueda amar profundamente, y si es una mujer bonita, mejor.
Esta curiosa y lamentable pérdida de los gustos estéticos superiores es aún más extraña, ya que los libros de historia, biografías y viajes (independientemente de cualquier hecho científico que puedan contener), y los ensayos sobre todo tipo de temas me interesan tanto como siempre. Mi mente parece haberse convertido en una especie de máquina para extraer leyes generales de grandes colecciones de hechos, pero por qué esto debería haber causado la atrofia de esa parte del cerebro de la que dependen los gustos superiores, no puedo concebirlo. Un hombre con una mente organizada de forma más elevada o mejor constituida que la mía, supongo que no habría sufrido así; y si tuviera que vivir mi vida de nuevo, habría hecho una regla de leer algo de poesía y escuchar algo de música al menos una vez a la semana; pues quizás las partes de mi cerebro ahora atrofiadas se habrían mantenido activas mediante el uso. La pérdida de estos gustos es una pérdida de felicidad, y posiblemente pueda ser perjudicial para el intelecto, y más probablemente para el carácter moral, al debilitar la parte emocional de nuestra naturaleza.
Mis libros se han vendido mucho en Inglaterra, han sido traducidos a muchos idiomas y han pasado por varias ediciones en países extranjeros. He oído decir que el éxito de una obra en el extranjero es la mejor prueba de su valor duradero. Dudo que esto sea en absoluto fiable; pero juzgado bajo este estándar, mi nombre debería durar algunos años. Por lo tanto, puede valer la pena tratar de analizar las cualidades mentales y las condiciones de las que ha dependido mi éxito; aunque soy consciente de que ningún hombre puede hacer esto correctamente.
No tengo una gran rapidez de aprehensión o ingenio, algo que es tan notable en algunos hombres inteligentes, por ejemplo, Huxley. Por lo tanto, soy un mal crítico: un artículo o libro, cuando lo leo por primera vez, generalmente excita mi admiración, y solo después de una considerable reflexión percibo los puntos débiles. Mi poder para seguir un tren de pensamiento largo y puramente abstracto es muy limitado; y por lo tanto nunca podría haber tenido éxito con la metafísica o las matemáticas. Mi memoria es extensa, pero confusa: basta para hacerme cauteloso al decirme vagamente que he observado o leído algo opuesto a la conclusión que estoy extrayendo, o, por otro lado, a favor de ella; y después de un tiempo, generalmente puedo recordar dónde buscar mi autoridad. Tan pobre es mi memoria en cierto sentido, que nunca he sido capaz de recordar durante más de unos pocos días una sola fecha o una línea de poesía.
Algunos de mis críticos han dicho: "¡Oh, es un buen observador, pero no tiene poder de razonamiento!". No creo que esto pueda ser cierto, pues el 'Origen de las especies' es un largo argumento de principio a fin, y ha convencido a no pocos hombres capaces. Nadie podría haberlo escrito sin tener cierto poder de razonamiento. Tengo una buena dosis de invención y de sentido común o juicio, como todo abogado o médico con bastante éxito debe tener, pero no, creo, en un grado superior.
En el lado favorable de la balanza, creo que soy superior al común de los hombres en notar cosas que fácilmente escapan a la atención, y en observarlas cuidadosamente. Mi industria ha sido casi tan grande como podría haber sido en la observación y recolección de hechos. Lo que es mucho más importante, mi amor por la ciencia natural ha sido constante y ardiente.
Este amor puro, sin embargo, se ha visto muy favorecido por la ambición de ser estimado por mis colegas naturalistas. Desde mi temprana juventud he tenido el más fuerte deseo de comprender o explicar todo lo que observaba; es decir, de agrupar todos los hechos bajo algunas leyes generales. Estas causas combinadas me han dado la paciencia para reflexionar o meditar durante cualquier número de años sobre cualquier problema sin explicación. Hasta donde puedo juzgar, no soy propenso a seguir ciegamente el liderazgo de otros hombres. Me he esforzado constantemente por mantener mi mente libre, de modo que pudiera abandonar cualquier hipótesis, por muy querida que fuera (y no puedo resistirme a formar una sobre cada tema), tan pronto como se demuestre que los hechos se le oponen. De hecho, no he tenido más remedio que actuar de esta manera, pues con la excepción de los Arrecifes de Coral, no puedo recordar una sola hipótesis formada originalmente que no tuviera que ser abandonada o modificada en gran medida al poco tiempo. Esto me ha llevado naturalmente a desconfiar mucho del razonamiento deductivo en las ciencias mixtas. Por otro lado, no soy muy escéptico, un estado de ánimo que creo que es perjudicial para el progreso de la ciencia. Es aconsejable que un hombre de ciencia sea bastante escéptico para evitar una gran pérdida de tiempo, pero he conocido a no pocos hombres que, estoy seguro, se han visto disuadidos a menudo de realizar experimentos u observaciones que habrían resultado directa o indirectamente útiles.
Como ilustración, daré el caso más extraño que he conocido. Un caballero (quien, como supe después, es un buen botánico local) me escribió desde los condados del este diciendo que las semillas o habas de la habichuela común habían crecido este año en todas partes por el lado equivocado de la vaina. Le respondí pidiéndole más información, ya que no entendía lo que quería decir; pero no recibí respuesta durante mucho tiempo. Luego vi en dos periódicos, uno publicado en Kent y el otro en Yorkshire, párrafos que afirmaban que era un hecho de lo más notable que "las habas este año habían crecido todas por el lado equivocado". Así que pensé que debía haber algún fundamento para una afirmación tan general. En consecuencia, fui a ver a mi jardinero, un anciano de Kent, y le pregunté si había oído algo al respecto, y él respondió: "Oh, no, señor, debe ser un error, pues las habas solo crecen por el lado equivocado en los años bisiestos, y este no es año bisiesto". Entonces le pregunté cómo crecían en los años comunes y cómo en los bisiestos, pero pronto descubrí que no sabía absolutamente nada de cómo crecían en ningún momento, aunque se aferró a su creencia.
Después de un tiempo suí de mi primer informante, quien, con muchas disculpas, dijo que no me habría escrito si no hubiera escuchado la afirmación de boca de varios agricultores inteligentes; pero que desde entonces había vuelto a hablar con cada uno de ellos, y ni uno solo sabía en absoluto qué era lo que había querido decir. De modo que aquí una creencia —si es que puede llamarse creencia a una afirmación sin ninguna idea definida asociada a ella— se había extendido por casi toda Inglaterra sin vestigio alguno de evidencia.
He conocido en el transcurso de mi vida solo tres declaraciones intencionalmente falsificadas, y una de ellas puede haber sido un engaño (y ha habido varios engaños científicos) que, sin embargo, engañó a un diario agrícola estadounidense. Se refería a la formación en Holanda de una nueva raza de bueyes mediante el cruce de distintas especies de Bos (algunas de las cuales sé que son estériles entre sí), y el autor tuvo la desfachatez de afirmar que había mantenido correspondencia conmigo y que yo había quedado profundamente impresionado por la importancia de su resultado. El artículo me fue enviado por el editor de un diario agrícola inglés, pidiéndome mi opinión antes de volver a publicarlo.
Un segundo caso fue el relato de varias variedades, criadas por el autor a partir de varias especies de Primula, que habían producido espontáneamente un complemento completo de semillas, aunque las plantas progenitoras habían sido cuidadosamente protegidas del acceso de los insectos. Este relato fue publicado antes de que yo hubiera descubierto el significado del heterostilismo, y toda la declaración debe haber sido fraudulenta, o hubo una negligencia al excluir a los insectos tan grave que resulta apenas creíble.
El tercer caso fue más curioso: el Sr. Huth publicó en su libro sobre 'Matrimonio consanguíneo' algunos extractos largos de un autor belga, quien afirmaba haber cruzado conejos de la manera más estrecha durante muchísimas generaciones, sin el menor efecto perjudicial. El relato fue publicado en un diario de lo más respetable, el de la Royal Society de Bélgica; pero no pude evitar sentir dudas —apenas sé por qué, excepto porque no hubo percances de ningún tipo, y mi experiencia en la cría de animales me hizo pensar que esto era muy improbable.
Así que, con muchas dudas, escribí al profesor Van Beneden preguntándole si el autor era un hombre digno de confianza. Pronto supe en la respuesta que la Sociedad había quedado muy conmocionada al descubrir que todo el relato era un fraude. (La falsedad de las declaraciones publicadas en las que se basó el Sr. Huth ha sido señalada por él mismo en una nota insertada en todos los ejemplares de su libro que quedaban sin vender). El escritor había sido desafiado públicamente en el Diario para que dijera dónde había residido y mantenido su gran reserva de conejos mientras realizaba sus experimentos, lo que debió consumir varios años, y no se pudo obtener respuesta alguna de él.
Mis hábitos son metódicos, y esto ha sido de no poca utilidad para mi línea de trabajo particular. Por último, he tenido un amplio ocio al no tener que ganarme el pan. Incluso la mala salud, aunque ha aniquilado varios años de mi vida, me ha salvado de las distracciones de la sociedad y la diversión.
Por lo tanto, mi éxito como hombre de ciencia, sea cual sea el alcance que haya tenido, ha estado determinado, hasta donde puedo juzgar, por cualidades y condiciones mentales complejas y diversificadas. De ellas, las más importantes han sido el amor por la ciencia, una paciencia ilimitada para reflexionar largamente sobre cualquier tema, la industria en la observación y recolección de hechos, y una buena dosis tanto de invención como de sentido común. Con las capacidades moderadas que poseo, es verdaderamente sorprendente que haya influido en una medida considerable en las creencias de los hombres de ciencia sobre algunos puntos importantes.
CAPÍTULO 1.III. -- RECUERDOS DE LA VIDA COTIDIANA DE MI PADRE.
Es mi deseo en el presente capítulo dar alguna idea de la vida cotidiana de mi padre. Me ha parecido que podría llevar a cabo este objetivo en forma de un esbozo aproximado de la vida de un día en Down, entremezclado con aquellos recuerdos que son evocados por el registro. Muchos de estos recuerdos, que tienen un significado para quienes conocieron a mi padre, parecerán incoloros o triviales para los extraños. No obstante, los ofrezco con la esperanza de que puedan ayudar a preservar esa impresión de su personalidad que permanece en la mente de quienes lo conocieron y amaron; una impresión a la vez tan vívida y tan intraducible en palabras.
Sobre su apariencia personal (en estos días de fotografías multiplicadas) apenas es necesario decir mucho. Medía cerca de seis pies de altura, pero apenas parecía tan alto, ya que se encorvaba bastante; en sus últimos días se abandonó al encorvamiento; pero puedo recordar haberlo visto hace mucho tiempo balanceando sus brazos hacia atrás para abrir su pecho, y manteniéndose erguido con un tirón. Daba la idea de que había sido activo más que fuerte; sus hombros no eran anchos para su altura, aunque ciertamente no eran estrechos. De joven debió tener mucha resistencia, pues en una de las excursiones a tierra desde el "Beagle", cuando todos sufrían por la falta de agua, él fue uno de los dos que mejor pudieron seguir esforzándose en busca de ella. De niño era activo y podía saltar una barra colocada a la altura de la "nuez de Adán" en su cuello.
Caminaba con un movimiento oscilante, usando un bastón fuertemente reforzado con hierro, que golpeaba ruidosamente contra el suelo, produciendo a medida que recorría el "Sand-walk" en Down un chasquido rítmico que es para todos nosotros un recuerdo muy distintivo. Cuando regresaba del paseo del mediodía, a menudo cargando el impermeable o la capa que habían resultado demasiado calientes, se podía ver que el paso oscilante se mantenía mediante un cierto esfuerzo. En el interior, su paso era a menudo lento y laborioso, y mientras subía las escaleras por la tarde se le podía oír ascender con una pisada pesada, como si cada escalón fuera un esfuerzo. Cuando estaba interesado en su trabajo se movía con bastante rapidez y facilidad, y a menudo, en medio de un dictado, iba con entusiasmo al vestíbulo para tomar una pizca de rapé, dejando la puerta del estudio abierta y gritando las últimas palabras de su frase mientras se alejaba. En el interior, a veces usaba un bastón de roble como un pequeño alpenstock, y esto era señal de que sentía mareos.
A pesar de su fuerza y actividad, creo que siempre debió tener una torpeza de movimiento. Era naturalmente torpe con las manos y era incapaz de dibujar nada bien. (La figura que representa los contenidos celulares agregados en 'Plantas insectívoras' fue dibujada por él). Esto siempre lo lamentó mucho, y con frecuencia instaba a la importancia primordial de que un joven naturalista se hiciera un buen dibujante.
Podía disecar bien bajo el microscopio simple, pero creo que era a fuerza de su gran paciencia y cuidado. Era característico de él que considerara muchos pequeños fragmentos de disección hábil como algo casi sobrehumano. Solía hablar con admiración de la habilidad con la que vio a Newport disecar un abejorro, sacando el sistema nervioso con unos pocos cortes de un par de tijeras finas, sostenidas, como mi padre solía mostrar, con el codo levantado y en una postura que ciertamente requeriría una gran firmeza. Solía considerar que cortar secciones era una gran hazaña, y en el último año de su vida, con una energía maravillosa, se tomó la molestia de aprender a cortar secciones de raíces y hojas. Su mano no era lo suficientemente firme para sostener el objeto que se iba a cortar, y empleó un micrótomo común, en el que la médula para sostener el objeto estaba sujeta, y la navaja se deslizaba sobre una superficie de vidrio al hacer las secciones. Solía reírse de sí mismo y de su propia habilidad en el corte de secciones, sobre lo cual decía que se quedaba "sin habla de admiración". Por otro lado, debió tener precisión de ojo y poder de coordinar sus movimientos, ya que era un buen tirador con escopeta de joven, y de niño era hábil lanzando objetos. Una vez mató una liebre que estaba sentada en el jardín de flores de Shrewsbury lanzándole una canica, y, ya adulto, una vez mató un picogordo con una piedra. Se sintió tan infeliz por haber matado inútilmente al picogordo que no lo mencionó durante años, y luego explicó que nunca le habría lanzado si no hubiera estado seguro de que su vieja habilidad le había abandonado.
Al caminar tenía un movimiento inquieto con los dedos, que ha descrito en uno de sus libros como el hábito de un anciano. Cuando se sentaba quieto, a menudo tomaba una muñeca con la otra mano; se sentaba con las piernas cruzadas, y al ser tan delgadas podían cruzarse mucho, como se puede ver en una de las fotografías. Hizo que su silla en el estudio y en la sala de estar fuera elevada para que fuera mucho más alta que las sillas comunes; esto se hizo porque sentarse en una silla baja o incluso en una ordinaria le causaba cierta incomodidad. Solíamos reírnos de él por hacer que su silla alta de la sala de estar fuera aún más alta poniendo reposapiés sobre ella, y luego neutralizando el resultado al descansar los pies en otra silla.
Su barba era poblada y casi sin recortar, siendo el pelo gris y blanco, fino más que grueso, y ondulado o rizado. Su bigote estaba algo desfigurado por estar cortado corto y cuadrado. Se volvió muy calvo, teniendo solo un flequillo de pelo oscuro detrás.
Su rostro era de color rojizo, y esto quizás hacía que la gente pensara que era menos inválido de lo que realmente era. Le escribió al Dr. Hooker (13 de junio de 1849): "Todos me dicen que luzco bastante sonrosado y hermoso; y la mayoría piensa que estoy fingiendo, pero tú nunca has sido uno de ellos". Y debe recordarse que en este momento estaba miserablemente enfermo, mucho peor que en años posteriores. Sus ojos eran de color gris azulado bajo cejas profundas y sobresalientes, con cejas espesas y pobladas. Su alta frente estaba muy arrugada, pero por lo demás su rostro no estaba muy marcado o surcado. Su expresión no mostraba signos de la incomodidad continua que sufría.
Cuando estaba emocionado con una charla agradable, todo su comportamiento era maravillosamente brillante y animado, y su rostro participaba plenamente de la animación general. Su risa era un repique libre y sonoro, como el de un hombre que se entrega con simpatía y disfrute a la persona y a la cosa que lo han divertido. A menudo usaba algún tipo de gesto con su risa, levantando las manos o bajando una de ellas con una palmada. Creo que, en términos generales, era dado a los gestos, y a menudo usaba las manos para explicar cualquier cosa (por ejemplo, la fertilización de una flor) de una manera que parecía más una ayuda para sí mismo que para el oyente. Hacía esto en ocasiones en las que la mayoría de la gente ilustraría sus explicaciones mediante un boceto a lápiz rápido.
Usaba ropa oscura, de corte holgado y cómodo. En los últimos años renunció al sombrero de copa incluso en Londres, y usaba uno negro y suave en invierno, y un sombrero de paja grande en verano. Su vestimenta habitual al aire libre era la capa corta en la que la fotografía de Elliot y Fry lo representa apoyado contra el pilar de la veranda. Dos peculiaridades de su vestimenta interior eran que casi siempre usaba un chal sobre los hombros, y que tenía grandes botas de tela holgadas forradas con piel que podía deslizar sobre sus zapatos de interior. Como la mayoría de las personas delicadas, sufría tanto por el calor como por la frialdad; era como si no pudiera encontrar el equilibrio entre demasiado calor y demasiado frío; a menudo, una causa mental lo hacía sentir demasiado calor, por lo que se quitaba la chaqueta si algo salía mal en el curso de su trabajo.
Se levantaba temprano, principalmente porque no podía permanecer en la cama, y creo que le habría gustado levantarse antes de lo que lo hacía. Daba un corto paseo antes del desayuno, un hábito que comenzó cuando fue por primera vez a un establecimiento de cura por agua. Este hábito lo mantuvo casi hasta el final de su vida. A mí me gustaba, de niño, salir con él, y tengo una sensación vaga del rojo del amanecer de invierno, y un recuerdo del agradable compañerismo, y cierto honor y gloria en ello. Solía deleitarme de niño contándome cómo, en paseos aún más tempranos, en las oscuras mañanas de invierno, había visto una o dos veces zorros trotando hacia casa al amanecer.
Después de desayunar solo alrededor de las 7:45, se ponía a trabajar de inmediato, considerando la hora y media entre las 8 y las 9:30 uno de sus mejores momentos de trabajo. A las 9:30 entraba en la sala de estar para recoger sus cartas, regocijándose si el correo era ligero y a veces preocupándose mucho si no lo era. Luego escuchaba cualquier carta familiar leída en voz alta mientras yacía en el sofá.
La lectura en voz alta, que también incluía parte de una novela, duraba hasta cerca de las diez y media, cuando regresaba al trabajo hasta las doce o las doce y cuarto. Para entonces consideraba terminado su día de trabajo, y a menudo decía, con voz satisfecha: "HE hecho un buen día de trabajo". Luego salía al aire libre, ya fuera que estuviera húmedo o soleado; Polly, su terrier blanca, lo acompañaba con buen tiempo, pero bajo la lluvia se negaba o se la podía ver dudando en la veranda, con una expresión mixta de disgusto y vergüenza por su propia falta de valor; generalmente, sin embargo, su conciencia ganaba la partida, y tan pronto como él se había ido visiblemente, ella no podía soportar quedarse atrás.
Mi padre siempre fue aficionado a los perros, y de joven tuvo la capacidad de robar el afecto de las mascotas de su hermana; en Cambridge, se ganó el amor del perro de su primo W.D. Fox, y este quizás haya sido el pequeño animal que solía arrastrarse dentro de su cama y dormir a los pies cada noche. Mi padre tuvo un perro hosco, que le era devoto, pero poco amistoso con todos los demás, y cuando regresó del viaje del "Beagle", el perro lo reconoció, pero de una manera curiosa, que a mi padre le gustaba contar. Fue al patio y gritó a su manera antigua; el perro salió corriendo y se fue con él en su paseo, sin mostrar más emoción o entusiasmo que si lo mismo hubiera sucedido el día anterior, en lugar de cinco años atrás. Esta historia se utiliza en 'El origen del hombre', 2ª edición, página 74.
En mi memoria, solo hubo dos perros que tuvieron mucha conexión con mi padre. Uno era un gran retriever mestizo blanco y negro, llamado Bob, al que, de niños, éramos muy devotos. Él era el perro de quien se cuenta la historia de la "cara de invernadero" en 'La expresión de las emociones'.
Pero el perro más estrechamente asociado con mi padre era la ya mencionada Polly, una terrier blanca de pelo duro. Era una perra ingeniosa y cariñosa; cuando su amo se iba de viaje, ella siempre descubría el hecho por las señales de empaque en el estudio, y se sentía desanimada en consecuencia. También comenzaba a emocionarse al ver el estudio preparado para su regreso a casa. Era una criaturita astuta, y solía temblar o adoptar un aire de miseria cuando mi padre pasaba, mientras ella esperaba la cena, como si supiera que él diría (como decía a menudo) que "ella estaba famélica". Mi padre solía hacer que atrapara galletas sobre su nariz, y tenía una forma cariñosa y falsamente solemne de explicarle de antemano que ella debía "ser una niña muy buena". Tenía una marca en su espalda donde se había quemado, y donde el pelo había vuelto a crecer rojo en lugar de blanco, y mi padre solía elogiarla por este mechón de pelo como algo conforme a su teoría de la pangénesis; su padre había sido un bull-terrier rojo, por lo que el pelo rojo que aparecía después de la quemadura mostraba la presencia de gémulas rojas latentes. Era deliciosamente tierno con Polly, y nunca mostró impaciencia ante las atenciones que ella requería, como ser dejada entrar por la puerta, o salir por la ventana de la veranda, para ladrar a la "gente traviesa", un deber autoinpuesto que ella disfrutaba mucho. Murió, o mejor dicho, tuvo que ser sacrificada, unos días después de su fallecimiento. (La cesta en la que solía estar acurrucada junto al fuego en su estudio está fielmente representada en el dibujo del Sr. Parson, "El estudio en Down").
El paseo del mediodía de mi padre generalmente comenzaba con una visita al invernadero, donde observaba cualquier semilla en germinación o planta experimental que requiriera un examen casual, pero casi nunca hacía ninguna observación seria en este momento. Luego continuaba con su paseo constitucional, ya sea alrededor del "Sand-walk", o fuera de sus propios terrenos en las inmediaciones de la casa. El "Sand-walk" era una franja estrecha de tierra de un acre y medio de extensión, con un camino de grava a su alrededor. A un lado había un antiguo seto ancho con robles de buen tamaño, que formaba un paseo sombreado y protegido; el otro lado estaba separado de un campo de hierba vecino por un seto bajo, sobre el cual se podía contemplar la vista que hubiera, un tranquilo valle que se perdía en el campo alto hacia el borde de la colina de Westerham, con sotos de avellanos y bosques de alerces, los restos de lo que alguna vez fue un gran bosque, que se extendía hacia el camino de Westerham. He oído a mi padre decir que el encanto de este sencillo y pequeño valle ayudó a que decidiera instalarse en Down.
El Sand-walk fue plantado por mi padre con una variedad de árboles, tales como avellanos, alisos, tilos, carpes, abedules, aligustres y cornejos, además de una larga hilera de acebos a todo lo largo del lado expuesto. En tiempos anteriores, daba un cierto número de vueltas cada día, y solía contarlas mediante un montón de pedernales, de los cuales apartaba uno hacia el sendero cada vez que pasaba. En los últimos años, creo que ya no se ceñía a un número fijo de vueltas, sino que daba tantas como sus fuerzas le permitían. El Sand-walk era nuestro patio de recreo cuando niños, y allí veíamos continuamente a mi padre mientras caminaba. Le gustaba ver lo que hacíamos, y siempre estaba dispuesto a participar en cualquier diversión que estuviera en marcha. Es curioso pensar cómo, con respecto al Sand-walk en relación con mi padre, mis primeros recuerdos coinciden con los últimos; esto demuestra cuán invariables han sido sus hábitos.
A veces, cuando estaba solo, se quedaba quieto o caminaba sigilosamente para observar pájaros o animales. Fue en una de estas ocasiones cuando unas ardillas jóvenes treparon por su espalda y sus piernas, mientras su madre les ladraba desde el árbol en un estado de agonía. Él siempre encontraba nidos de pájaros, incluso hasta los últimos años de su vida, y nosotros, de niños, considerábamos que tenía un genio especial para ello. En sus paseos silenciosos se encontraba con los pájaros menos comunes, pero imagino que solía ocultármelo a mí, cuando era un niño pequeño, porque observaba la angustia mental que yo sufría al no haber visto al lúgano, al jilguero, o fuera cual fuese el ave en cuestión. Solía contarnos cómo, mientras avanzaba sin hacer ruido por el "Big-Woods", se topó con un zorro dormido a plena luz del día, el cual quedó tan asombrado que se le quedó mirando fijamente antes de salir corriendo. Un perro Spitz que le acompañaba no mostró signo alguno de excitación ante el zorro, y él solía terminar la historia preguntándose cómo el perro había podido ser tan pusilánime.
Otro lugar favorito era "Orchis Bank", sobre el tranquilo valle de Cudham, donde las orquídeas mosca y las orquídeas almizcleras crecían entre los enebros, y las Cephalanthera y Neottia bajo las ramas de las hayas; el pequeño bosque "Hangrove", justo encima de este, también le gustaba, y aquí recuerdo que recolectaba hierbas, cuando le dio por identificar los nombres de todas las clases comunes. Le gustaba citar el dicho de uno de sus hijos pequeños, quien, tras haber encontrado una hierba que su padre no había visto antes, la dejó junto a su plato durante la cena, comentando: "¡Soy un buscador de hierbas extraordinario!".
Mi padre disfrutaba mucho paseando lentamente por el jardín con mi madre o con alguno de sus hijos, o formando parte de un grupo, sentado en un banco en el césped; no obstante, por lo general se sentaba en la hierba, y recuerdo que a menudo se tumbaba bajo uno de los grandes tilos, con la cabeza sobre el montículo verde que había al pie. En el tiempo seco del verano, cuando a menudo nos sentábamos fuera, solía oírse el gran volante del pozo girando, y así el sonido quedó asociado a aquellos días agradables. Le gustaba vernos jugar al tenis sobre hierba, y a menudo nos devolvía alguna pelota perdida con el mango curvado de su bastón. Aunque no participaba personalmente en la gestión del jardín, sentía un gran deleite por la belleza de las flores; por ejemplo, por el grupo de azaleas que solía haber en el salón. Creo que a veces fusionaba su admiración por la estructura de una flor con su belleza intrínseca; por ejemplo, en el caso de las grandes flores rosadas y blancas colgantes de la Dielytra. Del mismo modo, sentía un afecto, mitad artístico, mitad botánico, por la pequeña Lobelia azul. Al admirar las flores, a menudo se reía de los colores apagados y pretenciosos, y los contrastaba con los brillantes matices de la naturaleza. Me gustaba oírle admirar la belleza de una flor; era una forma de gratitud hacia la flor misma, y un amor personal por su delicada forma y color. Me parece recordarle tocando suavemente una flor que le deleitaba; era la misma admiración sencilla que podría tener un niño.
No podía evitar personificar las cosas naturales. Este sentimiento afloraba tanto en el reproche como en el elogio; por ejemplo, con algunos brotes: "Los pequeños granujas están haciendo exactamente lo que no quiero que hagan". Hablaba de una forma mitad molesta, mitad admirada, del ingenio de una hoja de Mimosa al intentar zafarse de una palangana de agua en la que él había intentado fijarla. Uno debe ver el mismo espíritu en su forma de hablar de la Drosera, las lombrices de tierra, etcétera. (Véase 'Swift', de Leslie Stephen, 1882, página 200, donde la inspección de Swift sobre las costumbres de los sirvientes se compara con las observaciones de mi padre sobre las lombrices: "La diferencia", dice el Sr. Stephen, "es que Darwin no sentía más que buenos sentimientos por las lombrices").
Dentro de mi memoria, su única recreación al aire libre, además de caminar, era montar a caballo, algo que empezó a hacer por recomendación del Dr. Bence Jones, y tuvimos la suerte de encontrar para él al poni más fácil y tranquilo del mundo, llamado "Tommy". Disfrutaba enormemente de estos paseos, e ideaba una serie de rutas cortas que le llevaban a casa a tiempo para el almuerzo. Nuestro terreno es bueno para este propósito, debido al número de pequeños valles que dan variedad a lo que en un terreno llano sería un bucle de camino aburrido. No creo que fuera un amante natural de los caballos, ni tenía una alta opinión de su inteligencia, y a menudo se reían de Tommy por la alarma que mostraba al pasar y volver a pasar ante el mismo montón de recortes de seto mientras recorría el campo. Creo que solía sentirse sorprendido de sí mismo cuando recordaba lo audaz que había sido como jinete, y cómo la vejez y la mala salud le habían quitado el valor por completo. Solía decir que montar a caballo le impedía pensar de manera mucho más eficaz que caminar; que tener que atender al caballo le daba ocupación suficiente para evitar cualquier pensamiento realmente intenso. Y el cambio de aires que le proporcionaba era bueno para su estado de ánimo y su salud.
Desgraciadamente, Tommy un día cayó pesadamente con él en Keston common. Esto, y un accidente con otro caballo, alteraron sus nervios, y le aconsejaron dejar de montar.
Si voy más allá de mi propia experiencia, y recuerdo lo que le he oído decir sobre su amor por el deporte, etcétera, puedo pensar en muchas cosas, pero gran parte de ello sería una repetición de lo que contienen sus 'Recollections'. En la escuela le gustaba el bat-fives, y este era el único juego en el que era hábil. Le gustaba su escopeta siendo apenas un muchacho, y llegó a ser un buen tirador; solía contar cómo en Sudamérica mató a veintitrés agachadizas de veinticuatro disparos. Al contar la historia, tenía cuidado de añadir que pensaba que no eran tan esquivas como las agachadizas inglesas.
El almuerzo en Down llegaba después de su paseo de mediodía; y aquí puedo decir una o dos palabras sobre sus comidas en general. Tenía un amor infantil por los dulces, para su desgracia, puesto que constantemente se le prohibía tomarlos. No tuvo mucho éxito manteniendo los "votos", como él los llamaba, que hacía contra el consumo de dulces, y nunca los consideró vinculantes a menos que los hiciera en voz alta.
Bebía muy poco vino, pero disfrutaba, y se sentía reanimado por, lo poco que bebía. Tenía horror a la bebida, y advertía constantemente a sus hijos de que cualquiera podía verse arrastrado a beber demasiado. Recuerdo, en mi inocencia de niño pequeño, preguntarle si alguna vez se había emborrachado; y él respondió con mucha gravedad que le avergonzaba decir que una vez había bebido demasiado en Cambridge. Quedé muy impresionado, de modo que ahora sé el lugar exacto donde se hizo la pregunta.
Después de almorzar, leía el periódico, tumbado en el sofá del salón. Creo que el periódico era el único material no científico que leía para sí mismo. Todo lo demás, novelas, viajes, historia, se le leía en voz alta. Tenía un interés tan amplio por la vida que había mucho que le ocupaba en los periódicos, aunque se reía de la verborrea de los debates; leyéndolos, creo, solo en extractos. Su interés por la política era considerable, pero su opinión sobre estos asuntos se formaba más bien de pasada que con una cantidad seria de reflexión.
Después de leer su periódico, llegaba su hora de escribir cartas. Estas, así como el manuscrito de sus libros, las escribía mientras estaba sentado en un enorme sillón de crin junto al fuego, con el papel apoyado en una tabla que descansaba sobre los brazos del sillón. Cuando tenía muchas cartas o cartas largas que escribir, las dictaba a partir de un borrador; estos borradores estaban escritos en el reverso de manuscritos o pruebas de imprenta, y eran casi ilegibles, a veces incluso para él mismo. Se impuso la regla de guardar TODAS las cartas que recibía; este era un hábito que aprendió de su padre, y que decía que le había sido de gran utilidad.
Recibía muchas cartas de gente necia y sin escrúpulos, y todas ellas recibían respuesta. Solía decir que si no les contestaba, le quedaba en la conciencia después, y sin duda fue en gran medida la cortesía con la que respondía a todo el mundo lo que produjo el sentido universal y extendido de su bondad de carácter, que fue tan evidente a su muerte.
Era considerado con sus corresponsales en otras cosas menores; por ejemplo, al dictar una carta a un extranjero, casi nunca dejaba de decirme: "Será mejor que intentes escribir bien, ya que es para un extranjero". Sus cartas solían escribirse bajo la premisa de que serían leídas descuidadamente; por ello, cuando dictaba, tenía cuidado de decirme que hiciera que una cláusula importante comenzara con un párrafo evidente "para que le llame la atención", como decía a menudo. Cuánto pensaba en las molestias que causaba a otros al hacer preguntas quedará suficientemente demostrado por sus cartas. Es difícil decir algo sobre el tono general de sus cartas, ellas hablarán por sí mismas. La cortesía invariable de las mismas es muy llamativa. Tuve una prueba de esta cualidad en el sentimiento con el que el Sr. Hacon, su abogado, le consideraba. Nunca había visto a mi padre, y sin embargo sentía una sincera amistad por él, y hablaba especialmente de sus cartas como si fueran tales que un hombre rara vez recibe en el curso de los negocios: "Todo lo que hice estuvo bien, y todo fue profusamente agradecido".
Tenía un formulario impreso para responder a los corresponsales molestos, pero casi nunca lo usaba; supongo que nunca encontró una ocasión que pareciera exactamente adecuada. Recuerdo una ocasión en la que podría haberse utilizado con ventaja. Recibió una carta de un desconocido afirmando que el escritor se había comprometido a defender la Evolución en una sociedad de debate, y que, siendo un joven ocupado y sin tiempo para leer, deseaba tener un esbozo de las opiniones de mi padre. Incluso este maravilloso joven obtuvo una respuesta civil, aunque creo que no consiguió mucho material para su discurso. Su regla era agradecer a los donantes de libros, pero no a los de folletos. A veces expresaba su sorpresa por el hecho de que tan poca gente le agradeciera los libros que él regalaba generosamente; las cartas que sí recibía le causaban mucho placer, porque habitualmente tenía una estimación tan humilde del valor de todas sus obras, que por lo general se sorprendía del interés que despertaban.
En cuestiones de dinero y negocios era notablemente cuidadoso y exacto. Llevaba las cuentas con gran esmero, clasificándolas y haciendo balance a fin de año como un comerciante. Recuerdo la rapidez con la que alargaba la mano hacia su libro de cuentas para anotar cada cheque pagado, como si tuviera prisa por registrarlo antes de haberlo olvidado. Su padre debió de permitirle creer que sería más pobre de lo que realmente era, pues parte de la dificultad que experimentó para encontrar una casa en el campo debió surgir de la modesta suma que se sentía preparado para ofrecer. Sin embargo, sabía, por supuesto, que estaría en una situación desahogada, pues en sus 'Recollections' menciona esto como una de las razones por las que no trabajó en la medicina con tanto celo como lo habría hecho si hubiera estado obligado a ganarse la vida.
Tenía una economía favorita con el papel, pero era más un pasatiempo que una economía real. Todas las hojas en blanco de las cartas recibidas se guardaban en una carpeta para ser utilizadas al tomar notas; era su respeto por el papel lo que le hacía escribir tanto en el reverso de sus viejos manuscritos, y de este modo, desgraciadamente, destruyó grandes partes del manuscrito original de sus libros. Su sentimiento sobre el papel se extendía al papel de desecho, y objetaba, medio en broma, a la costumbre descuidada de tirar una cerilla de papel al fuego después de haber sido usada para encender una vela.
Mi padre era maravillosamente liberal y generoso con todos sus hijos en lo que al dinero se refiere, y tengo motivos especiales para recordar su bondad cuando pienso en la forma en que pagó algunas deudas mías en Cambridge, haciendo que pareciera casi una virtud por mi parte habérselas contado. En sus últimos años tenía el bondadoso y generoso plan de dividir su superávit a fin de año entre sus hijos.
Sentía un gran respeto por la capacidad empresarial pura, y a menudo hablaba con admiración de un pariente que había duplicado su fortuna. Y de sí mismo solía decir en broma que de lo que realmente estaba orgulloso era del dinero que había ahorrado. También sentía satisfacción por el dinero que ganaba con sus libros. Su ansiedad por ahorrar provenía en gran medida de sus temores a que sus hijos no tuvieran salud suficiente para ganarse la vida, un presentimiento que le persiguió durante muchos años. Y tengo un vago recuerdo de que decía: "Gracias a Dios, tendréis pan y queso", cuando yo era tan pequeño que estaba más inclinado a tomármelo literalmente.
Cuando terminaba las cartas, alrededor de las tres de la tarde, descansaba en su dormitorio, tumbado en el sofá, fumando un cigarrillo y escuchando una novela u otro libro que no fuera científico. Solo fumaba cuando descansaba, mientras que el rapé era un estimulante, y lo tomaba durante las horas de trabajo. Tomó rapé durante muchos años de su vida, habiendo aprendido el hábito en Edimburgo como estudiante. Tenía una bonita tabaquera de plata que le regaló la Sra. Wedgwood de Maer, que valoraba mucho, pero rara vez la llevaba consigo, porque le tentaba a tomar demasiadas pizcas. En una de sus primeras cartas habla de haber dejado el rapé durante un mes, y se describe a sí mismo sintiéndose "sumamente letárgico, estúpido y melancólico". Nuestro antiguo vecino y clérigo, el Sr. Brodie Innes, me cuenta que en una ocasión mi padre tomó la resolución de no tomar rapé excepto fuera de casa, "un arreglo de lo más satisfactorio para mí", añade, "ya que guardaba una caja en mi estudio a la que se podía acceder desde el jardín sin tener que llamar a los criados, y tuve más a menudo, de lo que podría haber sido el caso de otra forma, el privilegio de unos minutos de conversación con mi querido amigo". Por lo general, tomaba rapé de un tarro que había en la mesa del vestíbulo, porque tener que recorrer esa distancia para una pizca era un ligero freno; el tintineo de la tapa del tarro de rapé era un sonido muy familiar. A veces, cuando estaba en el salón, se le ocurría que el fuego del estudio debía estar apagándose, y cuando alguno de nosotros se ofrecía a ocuparse de ello, resultaba que él también deseaba tomar una pizca de rapé.
Solo empezó a fumar permanentemente en los últimos años, aunque en sus paseos por las Pampas aprendió a fumar con los gauchos, y le he oído hablar del gran consuelo que suponía una taza de mate y un cigarrillo cuando se detenía tras un largo paseo y no podía conseguir comida durante algún tiempo.
La lectura en voz alta a menudo le enviaba al sueño, y él solía lamentar perderse partes de una novela, pues mi madre continuaba constantemente no fuera que el cese del sonido le despertara. Bajaba a las cuatro para vestirse para su paseo, y era tan regular que uno podía estar bastante seguro de que faltaban pocos minutos para las cuatro cuando se oían sus pasos al bajar.
De alrededor de las cuatro y media a las cinco y media trabajaba; luego venía al salón, y estaba ocioso hasta que llegaba la hora (alrededor de las seis) de subir para otro descanso con lectura de novelas y un cigarrillo.
Últimamente dejó la cena tardía, y tomaba un té sencillo a las siete y media (mientras nosotros cenábamos), con un huevo o un trozo pequeño de carne. Después de cenar nunca se quedaba en la habitación, y solía disculparse diciendo que era una anciana, a la que había que dejar salir con las damas. Este era uno de los muchos signos y resultados de su constante debilidad y mala salud. Media hora más o menos de conversación supondría para él la diferencia de una noche de insomnio, y de la pérdida quizás de la mitad del trabajo del día siguiente.
Después de cenar jugaba al backgammon con mi madre, jugando dos partidas cada noche; durante muchos años se llevó una puntuación de las partidas que cada uno ganaba, y en esta puntuación él ponía el mayor interés. Se mostraba extremadamente animado durante estos juegos, lamentando amargamente su mala suerte y estallando en una exagerada falsa ira ante la buena fortuna de mi madre.
Después del backgammon leía algún libro científico para sí mismo, ya fuera en el salón, o, si se hablaba mucho, en el estudio.
Por la noche, esto es, después de haber leído todo lo que sus fuerzas le permitían, y antes de que comenzara la lectura en voz alta, a menudo se tumbaba en el sofá y escuchaba a mi madre tocar el piano. No tenía buen oído, sin embargo, a pesar de ello, tenía un verdadero amor por la buena música. Solía lamentar que su disfrute de la música se hubiera embotado con la edad, pero dentro de mis recuerdos, su amor por una buena melodía era fuerte. Nunca le oí tararear más de una melodía, la canción galesa "Ar hyd y nos", que interpretaba correctamente; también, creo, solía tararear una pequeña canción de Tahití. Debido a su falta de oído, era incapaz de reconocer una melodía cuando la oía de nuevo, pero permanecía fiel a lo que le gustaba, y solía decir, cuando se tocaba una de sus viejas favoritas: "Eso es una cosa fina; ¿qué es?". Le gustaban especialmente partes de las sinfonías de Beethoven, y fragmentos de Handel. Hizo una pequeña lista de todas las piezas que le gustaban especialmente entre las que tocaba mi madre —dando en pocas palabras la impresión que cada una le causaba—, pero estas notas se han perdido desgraciadamente. Era sensible a las diferencias de estilo, y disfrutaba intensamente de la interpretación de la difunta Sra. Vernon Lushington, y en junio de 1881, cuando Hans Richter hizo una visita a Down, se sintió incitado a un fuerte entusiasmo por su magnífica ejecución al piano. Disfrutaba mucho del buen canto, y se sentía conmovido casi hasta las lágrimas por canciones grandiosas o patéticas. El canto de su sobrina, Lady Farrer, de la canción "Will he come" de Sullivan, era un disfrute constante para él. Era extremadamente humilde respecto a su propio gusto, y correspondientemente complacido cuando encontraba que otros estaban de acuerdo con él.
Se cansaba mucho por las noches, especialmente en los últimos años, cuando dejaba el salón alrededor de las diez, yéndose a la cama a las diez y media. Sus noches eran generalmente malas, y a menudo permanecía despierto o sentado en la cama durante horas, sufriendo muchas molestias. Le preocupaba por la noche la actividad de sus pensamientos, y se sentía agotado por el hecho de que su mente trabajara en algún problema que habría deseado haber descartado. Por la noche, también, cualquier cosa que le hubiera molestado o inquietado durante el día le obsesionaba, y creo que era entonces cuando sufría si no había contestado a la carta de alguna persona molesta.
Las lecturas regulares, que he mencionado, continuaron durante tantos años que le permitieron terminar gran cantidad de literatura de corte más ligero. Le gustaban muchísimo las novelas y recuerdo bien la forma en que anticipaba el placer de que le leyeran una novela mientras se acostaba o encendía su cigarrillo. Sentía un vivo interés tanto por la trama como por los personajes, y bajo ningún concepto quería saber de antemano cómo terminaba una historia; consideraba que mirar el final de una novela era un vicio femenino. No podía disfrutar de ninguna historia con un final trágico, razón por la cual no apreciaba especialmente a George Eliot, aunque a menudo hablaba con entusiasmo de "Silas Marner". Walter Scott, Miss Austen y Mrs. Gaskell fueron leídos y releídos hasta que ya no pudieron leerse más. Tenía dos o tres libros entre manos al mismo tiempo: una novela y, quizás, una biografía y un libro de viajes. No leía a menudo libros poco comunes o clásicos antiguos, sino que generalmente se ceñía a los libros del día obtenidos de una biblioteca circulante.
No creo que sus gustos y opiniones literarias estuvieran al nivel del resto de su mente. Él mismo, aunque tenía claro lo que consideraba bueno, opinaba que en cuestiones de gusto literario estaba completamente fuera del círculo, y a menudo hablaba de lo que les gustaba o disgustaba a quienes estaban dentro como si formaran una clase a la que él no tenía derecho a pertenecer.
En todos los asuntos de arte, se inclinaba a reírse de los críticos profesionales y a decir que sus opiniones estaban formadas por la moda. Así, en pintura, solía decir cómo en su época todos admiraban a maestros que ahora están descuidados. Su amor por los cuadros cuando era joven es casi una prueba de que debía de tener una apreciación del retrato como obra de arte, no como una semejanza. Sin embargo, a menudo hablaba riendo del poco valor de los retratos y decía que una fotografía valía por cualquier cantidad de cuadros, como si estuviera ciego a la calidad artística de un retrato pintado. Pero esto se decía generalmente en sus intentos de persuadirnos para que abandonáramos la idea de que le pintaran su retrato, una tarea muy molesta para él.
Esta forma de considerarse un ignorante en todas las cuestiones de arte se veía reforzada por la ausencia de pretensión, que era parte de su carácter. Con respecto a las cuestiones de gusto, así como a las cosas más serias, siempre tuvo el valor de sus opiniones. Recuerdo, sin embargo, un caso que suena a contradicción con esto: cuando miraba los Turner en el dormitorio de Mr. Ruskin, no confesó, como hizo después, que no podía entender absolutamente nada de lo que Mr. Ruskin veía en ellos. Pero esta pequeña pretensión no fue por su propio bien, sino por cortesía hacia su anfitrión. Se sintió complacido y divertido cuando, posteriormente, Mr. Ruskin le trajo algunas fotografías de cuadros (creo que retratos de Vandyke) y cortésmente pareció valorar la opinión de mi padre sobre ellos.
Gran parte de su lectura científica era en alemán, y esto le suponía un gran esfuerzo; al leer un libro después de él, a menudo me sorprendía ver, por las marcas de lápiz hechas cada día donde lo dejaba, lo poco que podía leer de una vez. Solía llamar al alemán el "Verdammte", pronunciado como si fuera en inglés. Estaba especialmente indignado con los alemanes, porque estaba convencido de que podían escribir con sencillez si querían, y a menudo elogiaba al Dr. F. Hildebrand por escribir un alemán tan claro como el francés. A veces le daba una frase en alemán a una amiga, una dama alemana patriota, y solía reírse de ella si no la traducía con fluidez. Él mismo aprendió alemán simplemente martilleando con un diccionario; decía que su única forma era leer una frase muchas veces y, al final, el significado se le ocurría. Cuando empezó con el alemán hace mucho tiempo, se jactó del hecho (como solía contar) ante Sir J. Hooker, quien le respondió: "Ah, mi querido amigo, eso no es nada; yo lo he empezado muchas veces".
A pesar de su falta de gramática, se las arreglaba para arreglárselas maravillosamente con el alemán, y las frases que no lograba descifrar eran generalmente las realmente difíciles. Nunca intentó hablar alemán correctamente, sino que pronunciaba las palabras como si fueran inglesas; y esto hacía que no fuera poco difícil ayudarle cuando leía una frase en alemán y pedía una traducción. Ciertamente tenía mal oído para los sonidos vocales, por lo que le resultaba imposible percibir pequeñas diferencias en la pronunciación.
Su amplio interés por ramas de la ciencia que no eran especialmente las suyas era notable. En las ciencias biológicas, sus doctrinas se hacen sentir tan ampliamente que había algo interesante para él en la mayoría de sus departamentos. Leyó mucho de muchas obras muy especializadas y grandes partes de libros de texto, como la 'Anatomía de los invertebrados' de Huxley, o un libro como la 'Embriología' de Balfour, donde el detalle, al menos, no era especialmente de su propia rama. Y en el caso de libros elaborados del tipo monográfico, aunque no los estudió, sentía por ellos la mayor admiración.
En las ciencias no biológicas sentía una profunda simpatía por trabajos que realmente no podía juzgar. Por ejemplo, solía leer casi la totalidad de 'Nature', aunque gran parte trata de matemáticas y física. A menudo le he oído decir que obtenía una especie de satisfacción al leer artículos que (según él mismo) no podía entender. Ojalá pudiera reproducir la forma en que se reía de sí mismo por ello.
Era notable, también, cómo mantenía su interés por temas en los que había trabajado anteriormente. Este fue el caso de la geología de manera sorprendente. En una de sus cartas a Mr. Judd le ruega que le haga una visita, diciendo que desde la muerte de Lyell casi nunca tiene una charla sobre geología. Sus observaciones, hechas solo unos años antes de su muerte, sobre los guijarros verticales en el sedimento en Southampton, y discutidas en una carta a Mr. Geikie, ofrecen otro ejemplo. De nuevo, en las cartas al Dr. Dohrn, muestra cómo su interés por los percebes permanecía vivo. Creo que todo se debió a la vitalidad y persistencia de su mente, una cualidad de la que le he oído hablar como si sintiera que estaba fuertemente dotado en ese aspecto. No es que usara tales frases sobre sí mismo, sino que decía que tenía el poder de mantener un tema o cuestión más o menos ante sí durante muchos años. El grado en que poseía este poder aparece cuando consideramos el número de problemas diferentes que resolvió, y el período temprano en que algunos de ellos comenzaron a ocuparle.
Era una señal segura de que no estaba bien cuando estaba ocioso en momentos distintos a sus horas de descanso regulares; porque, mientras se mantuvo moderadamente bien, no hubo interrupción en la regularidad de su vida. Los días de semana y los domingos pasaban por igual, cada uno con sus intervalos establecidos de trabajo y descanso. Es casi imposible, excepto para aquellos que observaron su vida diaria, darse cuenta de cuán esencial para su bienestar era la rutina regular que he esbozado: y con qué dolor y dificultad se intentaba cualquier cosa más allá de ella. Cualquier aparición pública, incluso de la clase más modesta, era un esfuerzo para él. En 1871 fue a la pequeña iglesia del pueblo para la boda de su hija mayor, pero apenas pudo soportar la fatiga de estar presente durante el breve servicio. Lo mismo puede decirse de las pocas otras ocasiones en las que estuvo presente en ceremonias similares.
Lo recuerdo hace muchos años en un bautizo; un recuerdo que ha permanecido conmigo, porque para nosotros, los niños, parecía un acontecimiento extraordinario y anormal. Recuerdo su aspecto con mucha claridad en el funeral de su hermano Erasmus, mientras permanecía de pie bajo la dispersión de la nieve, envuelto en una larga capa negra de funeral, con una mirada grave de triste ensoñación.
Cuando, tras un intervalo de muchos años, asistió de nuevo a una reunión de la Linnean Society, se sintió que era, y fue de hecho, una empresa seria; una que no se debía decidir sin mucho hundimiento de corazón, y difícilmente se podía llevar a cabo sin pagar la pena de un sufrimiento posterior. De la misma manera, un desayuno en casa de Sir James Paget, con algunos de los visitantes distinguidos al Congreso Médico (1881), fue para él un esfuerzo severo.
La madrugada era el único momento en que podía hacer cualquier esfuerzo de ese tipo, con relativa impunidad. Así ocurrió que las visitas que hacía a sus amigos científicos en Londres se realizaban preferentemente tan temprano como a las diez de la mañana. Por la misma razón, comenzaba sus viajes en el tren más temprano posible y solía llegar a las casas de sus familiares en Londres cuando estaban empezando su día.
Llevaba un diario preciso de los días en que trabajaba y aquellos en los que su mala salud le impedía trabajar, de modo que sería posible decir cuántos fueron días de ocio en cualquier año dado. En este diario —un pequeño diario amarillo de Lett, que estaba abierto en su repisa de la chimenea, amontonado sobre los diarios de años anteriores— también anotaba el día en que salía de vacaciones y el de su regreso.
Las vacaciones más frecuentes eran visitas de una semana a Londres, ya fuera a casa de su hermano (6 Queen Anne Street) o a la de su hija (4 Bryanston Street). Mi madre solía convencerlo de que se tomara estas cortas vacaciones cuando quedaba claro, por la frecuencia de los "días malos" o por el mareo de su cabeza, que estaba trabajando demasiado. Iba de mala gana e intentaba cerrar tratos duros, estipulando, por ejemplo, que volvería a casa en cinco días en lugar de seis. Incluso si no dejaba su casa por más de una semana, el equipaje debía empezarse temprano el día anterior, y la mayor parte lo hacía él mismo. La incomodidad de un viaje para él era, al menos últimamente, principalmente en la anticipación y en la miserable sensación de hundimiento que sufría inmediatamente antes de la partida; incluso un viaje bastante largo, como el de Coniston, lo cansaba sorprendentemente poco, considerando lo enfermo que estaba; y ciertamente lo disfrutaba de una manera casi infantil, y hasta un grado curioso.
Aunque, como ha dicho, algunos de sus gustos estéticos habían sufrido un decaimiento gradual, su amor por el paisaje permanecía fresco y fuerte. Cada paseo en Coniston era un deleite fresco, y nunca se cansaba de elogiar la belleza del terreno montañoso y accidentado en la cabecera del lago.
Uno de los recuerdos felices de esta época [1879] es el de una deliciosa visita a Grasmere: "El día perfecto", escribe mi hermana, "y el vivo disfrute y el flujo de espíritu de mi padre forman una imagen en mi mente que me gusta pensar. Apenas podía quedarse quieto en el carruaje por estar girando y levantándose para admirar la vista desde cada punto nuevo, e incluso al regresar estaba lleno de la belleza de Rydal Water, aunque no admitiría que Grasmere igualara en absoluto a su amado Coniston".
Además de estas vacaciones más largas, hubo visitas más cortas a varios parientes: a la casa de su cuñado, cerca de Leith Hill, y a la de su hijo cerca de Southampton. Siempre disfrutaba particularmente de pasear por terreno áspero y abierto, como los comunes cerca de Leith Hill y Southampton, los páramos cubiertos de brezo de Ashdown Forest o el delicioso "Rough" cerca de la casa de su amigo Sir Thomas Farrer. Nunca estaba completamente ocioso ni siquiera en estas vacaciones, y encontraba cosas que observar. En Hartfield observó a la Drosera atrapando insectos, etc.; en Torquay observó la fertilización de una orquídea (Spiranthes) y también descubrió las relaciones de los sexos en el tomillo.
Siempre se alegraba de llegar a casa después de sus vacaciones; solía disfrutar mucho de la bienvenida que recibía de su perra Polly, que se volvía loca de emoción, jadeando, chillando, corriendo alrededor de la habitación y saltando sobre las sillas; y solía inclinarse, presionando su cara contra la de ella, dejando que lo lamiera y hablándole con una voz peculiarmente tierna y cariñosa.
Mi padre tenía el poder de dar a estas vacaciones de verano un encanto que era fuertemente sentido por toda su familia. La presión de su trabajo en casa lo mantenía al límite extremo de sus capacidades de resistencia y, cuando se liberaba de él, comenzaba unas vacaciones con una juventud de disfrute que hacía que su compañía fuera encantadora; sentíamos que veíamos más de él en una semana de vacaciones que en un mes en casa.
Algunas de estas ausencias de casa, sin embargo, tenían un efecto deprimente en él; cuando había estado anteriormente muy sobrecargado de trabajo, parecía como si la ausencia de la tensión habitual le permitiera caer en una condición peculiar de salud miserable.
Además de las vacaciones que he mencionado, estaban sus visitas a establecimientos de hidroterapia. En 1849, cuando estaba muy enfermo, sufriendo de náuseas constantes, un amigo le instó a probar la hidroterapia y al final accedió a ir al establecimiento del Dr. Gully en Malvern. Sus cartas a Mr. Fox muestran cuánto bien le hizo el tratamiento; parece haber pensado que había encontrado una cura para sus problemas, pero, al igual que todos los demás remedios, tuvo solo un efecto pasajero en él. Sin embargo, lo encontró, al principio, tan bueno para él que cuando llegó a casa se construyó una ducha, y el mayordomo aprendió a ser su bañista.
Hizo muchas visitas a Moor Park, el establecimiento de hidroterapia del Dr. Lane en Surrey, no lejos de Aldershot. Estas visitas fueron placenteras y siempre las recordaba con placer. El Dr. Lane ha dado sus recuerdos de mi padre en la 'Conferencia sobre Charles Darwin' del Dr. Richardson, el 22 de octubre de 1882, de la cual cito:
"En una institución pública como la mía, estaba rodeado, por supuesto, por tipos multifacéticos de carácter, por personas de ambos sexos, en su mayoría muy diferentes a él; personas comunes, en resumen, como la mayoría son en todas partes, pero iguales a él al menos en esto, que eran compañeros de criaturas y compañeros de pacientes. Y nunca hubo nadie más afable, más considerado, más amistoso, más encantador en conjunto de lo que él era universalmente". ... "Nunca aspiró, como sucede a menudo con los buenos conversadores, a monopolizar la conversación. Era su placer más bien dar y recibir, y era tan buen oyente como orador. Nunca predicaba ni parloteaba, pero su charla, ya fuera grave o alegre (y era cada una por turnos), estaba llena de vida y sal; picante, brillante y animada".
Alguna idea de su relación con su familia y sus amigos puede extraerse de lo que ha precedido; sería imposible intentar un relato completo de estas relaciones, pero un esquema ligeramente más completo puede no estar fuera de lugar. De su vida matrimonial no puedo hablar, salvo de la manera más breve. En su relación hacia mi madre, su naturaleza tierna y compasiva se mostró en su aspecto más hermoso. En su presencia encontró su felicidad y, a través de ella, su vida —que podría haber estado ensombrecida por la tristeza— se convirtió en una de contenido y alegría tranquila.
La 'Expresión de las emociones' muestra cuán de cerca observaba a sus hijos; era característico de él que (como le he oído contar), aunque estaba tan ansioso por observar con precisión la expresión de un niño que llora, su simpatía por el dolor estropeaba su observación. Su cuaderno, en el que se registran dichos de sus hijos pequeños, muestra su placer en ellos. Parecía conservar una especie de memoria de arrepentimiento de las infancias que se habían desvanecido, y así escribió en sus 'Recuerdos': "Cuando eras muy joven era mi deleite jugar con todos vosotros, y pienso con un suspiro que tales días nunca pueden volver".
Puedo citar, como muestra de la ternura de su naturaleza, algunas frases de un relato de su pequeña hija Annie, escrito unos días después de su muerte:
"Nuestra pobre hija, Annie, nació en Gower Street, el 2 de marzo de 1841, y expiró en Malvern al mediodía del 23 de abril de 1851.
"Escribo estas pocas páginas, ya que pienso que en años futuros, si vivimos, las impresiones ahora anotadas recordarán más vívidamente sus características principales. Desde cualquier punto que mire hacia atrás a ella, la característica principal en su disposición que surge de inmediato ante mí es su alegría boyante, templada por otras dos características, a saber, su sensibilidad, que podría haber sido fácilmente pasada por alto por un extraño, y su fuerte afecto. Su alegría y sus espíritus animales irradiaban de todo su semblante, y hacían que cada movimiento fuera elástico y lleno de vida y vigor. Era encantador y alegre contemplarla. Su querido rostro ahora surge ante mí, como solía venir a veces corriendo escaleras abajo con una pizca robada de rapé para mí, toda su forma radiante con el placer de dar placer. Incluso cuando jugaba con sus primos, cuando su alegría casi pasaba a ser bulliciosa, una sola mirada de mis ojos, no de desagrado (porque agradezco a Dios que apenas le lancé uno), sino de falta de simpatía, alteraría durante algunos minutos todo su semblante.
"El otro punto en su carácter, que hacía que su alegría y espíritu fueran tan encantadores, era su fuerte afecto, que era de una naturaleza muy aferrada y cariñosa. Cuando era muy pequeña, esto se mostraba en no estar nunca cómoda sin tocar a su madre, cuando estaba en la cama con ella; y hace poco, cuando estaba indispuesta, acariciaba durante cualquier cantidad de tiempo uno de los brazos de su madre. Cuando estaba muy enferma, su madre acostándose a su lado parecía calmarla de una manera muy diferente a lo que lo habría hecho con cualquiera de nuestros otros hijos. Así, de nuevo, solía dedicar casi cualquier momento a arreglarme el pelo, 'haciéndolo', como ella decía, 'hermoso', o a alisar, la pobre querida, mi cuello o puños; en resumen, a acariciarme.
"Además de su alegría así templada, era en sus modales notablemente cordial, franca, abierta, directa, natural y sin ninguna sombra de reserva. Toda su mente era pura y transparente. Uno sentía que la conocía a fondo y podía confiar en ella. Siempre pensé que, viniera lo que viniera, habríamos tenido en nuestra vejez al menos un alma amorosa que nada podría haber cambiado. Todos sus movimientos eran vigorosos, activos y generalmente elegantes. Cuando iba por el Sand-walk conmigo, aunque yo caminaba rápido, ella a menudo solía ir delante, haciendo piruetas de la manera más elegante, su querido rostro brillante todo el tiempo con las más dulces sonrisas. Ocasionalmente tenía una bonita manera coqueta hacia mí, cuyo recuerdo es encantador. A menudo usaba un lenguaje exagerado, y cuando la interrogaba exagerando lo que había dicho, ¡qué claramente puedo ver ahora el pequeño movimiento de cabeza y la exclamación de 'Oh, papá, ¡qué vergüenza de ti!' En la última breve enfermedad su conducta en verdad simple fue angelical. Nunca se quejó ni una vez; nunca se volvió irritable; siempre fue considerada con los demás, y estaba agradecida de la manera más suave y patética por todo lo que se hacía por ella. Cuando estaba tan agotada que apenas podía hablar, elogiaba todo lo que se le daba y decía que un poco de té 'estaba maravillosamente bueno'. Cuando le di un poco de agua dijo: 'Te agradezco mucho'; y estas, creo, fueron las últimas preciosas palabras dirigidas por sus queridos labios hacia mí.
"Hemos perdido la alegría del hogar y el consuelo de nuestra vejez. Debe haber sabido cuánto la amábamos. ¡Oh, que pudiera ahora saber cuán profundamente, cuán tiernamente, todavía amamos y siempre amaremos su querido rostro alegre! ¡Bendiciones sobre ella!
"30 de abril de 1851."
Nosotros, sus hijos, todos sentíamos un placer especial en los juegos a los que jugaba con nosotros, pero no creo que retozara mucho con nosotros; supongo que su salud impedía cualquier juego brusco. Solía contarnos historias a veces, que se consideraban especialmente encantadoras, en parte debido a su rareza.
La forma en que nos educó queda patente en una pequeña historia sobre mi hermano Leonard, que a mi padre le gustaba contar. Entró en el salón y encontró a Leonard saltando sobre el sofá, lo cual estaba prohibido por el bien de los muelles, y le dijo: "Oh, Lenny, Lenny, eso va contra todas las reglas", a lo que recibió como respuesta: "Entonces creo que será mejor que salgas de la habitación". No creo que jamás pronunciara una palabra airada a ninguno de sus hijos en toda su vida; pero estoy seguro de que nunca pasó por nuestras cabezas desobedecerle. Recuerdo bien una ocasión en la que mi padre me reprendió por un descuido; y aún puedo rememorar la sensación de abatimiento que me invadió, y el cuidado que puso en disiparla hablándome poco después con especial amabilidad. Mantuvo su manera encantadora y afectuosa hacia nosotros durante toda su vida. A veces me maravilla que pudiera hacerlo, con una raza tan poco demostrativa como la nuestra; pero espero que supiera cuánto nos deleitaban sus amorosas palabras y su trato. ¡Cuántas veces, siendo ya un hombre, he deseado, cuando mi padre estaba detrás de mi silla, que pasara su mano por mi cabello, como solía hacer cuando yo era un niño! Permitía que sus hijos adultos rieran con él y de él, y, por lo general, estaba en términos de perfecta igualdad con nosotros.
Siempre se mostraba lleno de interés por los planes o éxitos de cada uno. Solíamos reírnos de él y decir que no creía en sus hijos porque, por ejemplo, se mostraba un poco dudoso sobre si debían emprender algún trabajo para el cual él no estaba seguro de que tuvieran suficientes conocimientos. Por otro lado, estaba más que inclinado a tener una opinión favorable de nuestro trabajo. Cuando yo pensaba que había valorado demasiado algo que yo había hecho, solía indignarse e inclinarse a estallar en una ira fingida. Sus dudas eran parte de su humildad respecto a lo que estuviera de cualquier modo relacionado con él mismo; su opinión demasiado favorable sobre nuestro trabajo se debía a su naturaleza compasiva, que le hacía ser indulgente con todo el mundo.
Mantuvo hacia sus hijos su encantadora manera de expresar su gratitud; y nunca escribí una carta, ni le leí una página en voz alta, sin recibir unas amables palabras de reconocimiento. Su amor y bondad hacia su pequeño nieto Bernard eran grandes; y a menudo hablaba del placer que le suponía ver "su carita frente a él" en el almuerzo. Él y Bernard solían comparar sus gustos; por ejemplo, en preferir el azúcar moreno al blanco, etc.; siendo el resultado: "Siempre estamos de acuerdo, ¿verdad?".
Mi hermana escribe:
"Mis primeros recuerdos de mi padre son de las delicias de sus juegos con nosotros. Estaba apasionadamente unido a sus propios hijos, aunque no era un amante indiscriminado de los niños. Para todos nosotros fue el más encantador compañero de juegos y el más perfecto confidente. En verdad, es imposible describir adecuadamente lo deliciosa que era su relación con su familia, ya fuera cuando éramos niños o en nuestra vida posterior.
"Es una prueba de los términos en los que estábamos, y también de cuánto se le valoraba como compañero de juegos, el hecho de que uno de sus hijos, cuando tenía unos cuatro años, intentara sobornarle con seis peniques para que viniera a jugar en horas de trabajo. Todos conocíamos la sagralidad del tiempo de trabajo, pero que alguien pudiera resistirse a seis peniques parecía una imposibilidad.
"Debió de ser el más paciente y encantador de los cuidadores. Recuerdo el refugio de paz y consuelo que me parecía, cuando no me encontraba bien, estar acurrucada en el sofá del estudio, considerando ociosamente el viejo mapa geológico colgado en la pared. Esto debió de ocurrir en sus horas de trabajo, pues siempre le imagino sentado en la butaca de crin junto a la esquina de la chimenea.
"Otra muestra de su paciencia ilimitada era la forma en que se nos permitía hacer incursiones en el estudio cuando teníamos una necesidad absoluta de esparadrapo, cuerda, alfileres, tijeras, sellos, regla o martillo. Estos y otros artículos de primera necesidad se encontraban siempre en el estudio, y era el único lugar donde esto era una certeza. Solíamos sentir que estaba mal entrar durante el tiempo de trabajo; aun así, cuando la necesidad era grande, lo hacíamos. Recuerdo su mirada paciente cuando dijo una vez: '¿No creéis que podríais no volver a entrar? Me han interrumpido muy a menudo'. Solíamos temer entrar a por esparadrapo, porque a él le desagradaba ver que nos habíamos cortado, tanto por nosotros como por su aguda sensibilidad ante la vista de la sangre. Recuerdo bien acechar por el pasillo hasta que él estaba a buen recaudo, y luego entrar a hurtadillas a por el esparadrapo.
"La vida me parece, al mirar atrás, haber sido muy regular en aquellos primeros días, y excepto los parientes (y unos pocos amigos íntimos), no creo que nadie viniera a la casa. Después de las lecciones, siempre éramos libres de ir donde quisiéramos, y eso era principalmente al salón y por el jardín, así que estábamos mucho tanto con mi padre como con mi madre. Solíamos pensar que era de lo más delicioso cuando nos contaba historias sobre el 'Beagle', o sobre sus primeros días en Shrewsbury: pequeños fragmentos sobre la vida escolar y sus gustos infantiles. A veces también nos leía en voz alta a sus hijos libros como las novelas de Scott, y recuerdo algunas pequeñas lecciones sobre la máquina de vapor.
"Estuve más o menos enferma durante los cinco años que mediaron entre mis trece y dieciocho años, y durante mucho tiempo (años, me parece) solía jugar un par de partidas de backgammon conmigo cada tarde. Las jugaba con el mayor entusiasmo, y recuerdo que en una época solíamos llevar la cuenta de las partidas, y como este registro salía a su favor, guardábamos una lista de los dobles sacados por cada uno, ya que yo estaba convencida de que él tiraba mejor que yo.
"Su paciencia y simpatía fueron ilimitadas durante esta tediosa enfermedad, y a veces, cuando me sentía más desgraciada, notaba que su simpatía era casi demasiado intensa. Cuando estuve peor, fuimos a casa de mi tía en Hartfield, Sussex, y tan pronto como hicimos el traslado con seguridad, él se fue a Moor Park para una cura de agua de quince días. Puedo recordar ahora cómo, a su regreso, apenas podía soportar tenerle en la habitación; la expresión de tierna simpatía y emoción en su rostro era demasiado agitadora, llegando a mí fresca tras su pequeña ausencia.
"Se preocupaba por todas nuestras ocupaciones e intereses, y vivía nuestras vidas con nosotros de una manera que muy pocos padres hacen. Pero estoy segura de que ninguno de nosotros sintió que esta intimidad interfiriera lo más mínimo con nuestro respeto u obediencia. Cualquier cosa que dijera era verdad absoluta y ley para nosotros. Siempre ponía toda su mente en responder a cualquiera de nuestras preguntas. Un detalle trivial me hace sentir cómo se preocupaba por lo que a nosotros nos importaba. No tenía especial afición por los gatos, aunque admiraba los bonitos modales de un gatito. Pero aun así conocía y recordaba las individualidades de mis muchos gatos, y hablaba sobre los hábitos y caracteres de los más notables años después de que hubieran muerto.
"Otra característica de su trato con sus hijos era su respeto por su libertad y por su personalidad. Incluso siendo apenas una niña, recuerdo regocijarme en este sentido de libertad. Nuestro padre y nuestra madre ni siquiera querían saber lo que estábamos haciendo o pensando a menos que deseáramos contarlo. Siempre nos hacía sentir que éramos cada uno de nosotros criaturas cuyas opiniones y pensamientos eran valiosos para él, de modo que lo mejor que había en nosotros salía a la luz bajo el sol de su presencia.
"No creo que su sentido exagerado de nuestras buenas cualidades, intelectuales o morales, nos hiciera vanidosos, como cabría esperar, sino más bien más humildes y agradecidos hacia él. La razón es, sin duda, que la influencia de su carácter, de su sinceridad y grandeza de espíritu, tuvo un efecto mucho más profundo y duradero que cualquier pequeña exaltación que sus elogios o admiración pudieran haber causado a nuestra vanidad".
Como cabeza de familia era muy amado y respetado; siempre hablaba a los sirvientes con cortesía, usando la expresión "¿sería usted tan amable?" al pedir cualquier cosa. Casi nunca se enfadaba con sus sirvientes; demuestra lo poco que esto ocurría el hecho de que, cuando era un niño pequeño, oí a un criado siendo regañado y a mi padre hablando con ira, y me impresionó como una circunstancia espantosa, y recuerdo subir las escaleras con un sentimiento general de asombro. No se preocupaba por la gestión del jardín, las vacas, etc. Consideraba que los caballos eran tan poco asunto suyo que solía preguntar con dudas si podía disponer de un caballo y un carro para enviar a Keston a por Drosera, o a los viveros de Westerham a por plantas, o cosas similares.
Como anfitrión, mi padre tenía un encanto peculiar: la presencia de visitantes le excitaba y le hacía aparecer en su mejor faceta. En Shrewsbury, solía decir, era el deseo de su padre que los invitados fueran atendidos constantemente, y en una de las cartas a Fox habla de la imposibilidad de escribir una carta mientras la casa estaba llena de compañía. Creo que siempre se sentía inquieto por no hacer más por el entretenimiento de sus invitados, pero el resultado era exitoso; y, para compensar cualquier pérdida, estaba la ganancia de que los invitados se sentían perfectamente libres de hacer lo que quisieran. Los visitantes más habituales eran los que se quedaban de sábado a lunes; los que permanecían más tiempo eran generalmente parientes, y se consideraban más bien asunto de mi madre que suyo.
Además de estos visitantes, había extranjeros y otros desconocidos, que venían a almorzar y se marchaban por la tarde. Solía exponerles concienzudamente la enorme distancia de Down a Londres, y el trabajo que supondría venir hasta allí, dando por sentado inconscientemente que encontrarían el viaje tan penoso como él mismo. Si, sin embargo, no se sentían disuadidos, solía organizarles los viajes, diciéndoles cuándo venir y, prácticamente, cuándo irse. Era agradable ver la forma en que estrechaba la mano a un invitado al que daba la bienvenida por primera vez; su mano solía salir disparada de una forma que daba la sensación de que se apresuraba a encontrarse con las manos del invitado. Con los viejos amigos, su mano bajaba con un balanceo cordial hacia la otra mano de una manera que siempre me producía satisfacción ver. Su despedida se caracterizaba principalmente por la forma agradable en que agradecía a sus invitados, mientras permanecía en la puerta, que hubieran venido a verle.
Estos almuerzos eran entretenimientos muy exitosos, no había pesadez ni decaimiento en ellos, mi padre estaba brillante y excitado durante toda la visita. El profesor De Candolle ha descrito una visita a Down en su admirable y compasivo esbozo de mi padre. ('Darwin considéré au point de vue des causes de son succès'.--Ginebra, 1882). Habla de sus modales como similares a los de un "savant" de Oxford o Cambridge. Esto no me parece una comparación del todo acertada; en su sencillez y naturalidad había más de los modales de algunos soldados; unos modales que surgían de la ausencia total de pretensión o afectación. Era esta ausencia de pose, y la forma natural y sencilla en que empezaba a hablar con sus invitados, de modo que les llevaba a su propio terreno, lo que le hacía un anfitrión tan encantador para un desconocido. Su feliz elección de temas para hablar parecía fluir de su naturaleza compasiva y su humilde y vívido interés por el trabajo de los demás.
A algunos, creo, les causaba un dolor real por su modestia; he visto al difunto Francis Balfour quedar totalmente desconcertado al atribuírsele a él mismo conocimiento sobre un punto en el que mi padre afirmaba ser absolutamente ignorante.
Es difícil captar las características de la conversación de mi padre.
Tenía más miedo que la mayoría de la gente a repetir sus historias, y continuamente decía: "Debes de haberme oído contar", o "Me atrevería a decir que ya te lo he contado". Tenía una peculiaridad que daba un efecto curioso a su conversación. Las primeras palabras de una frase a menudo le recordaban alguna excepción a, o alguna razón en contra de, lo que iba a decir; y esto a su vez sacaba a colación algún otro punto, de modo que la frase se convertía en un sistema de paréntesis dentro de paréntesis, y a menudo era imposible entender el sentido de lo que estaba diciendo hasta que llegaba al final de su oración. Solía decir de sí mismo que no era lo suficientemente rápido para mantener una discusión con nadie, y creo que esto era cierto. A menos que fuera un tema en el que estuviera trabajando en ese momento, no podía poner el hilo del argumento en orden de funcionamiento lo suficientemente rápido. Esto se demuestra incluso en sus cartas; así, en el caso de dos cartas al Prof. Semper sobre el efecto del aislamiento, no recordó la serie de hechos que quería hasta unos días después de haber enviado la primera carta.
Cuando se sentía desconcertado al hablar, tenía un tartamudeo peculiar en la primera palabra de una frase. Solo recuerdo que esto ocurriera con palabras que empezaban por w; posiblemente tenía una dificultad especial con esta letra, pues le he oído decir que de niño no podía pronunciar la w, y que le ofrecieron seis peniques si podía decir "white wine", que él pronunciaba "rite rine". Posiblemente pudo haber heredado esta tendencia de Erasmus Darwin, quien tartamudeaba. (Mi padre relató una respuesta johnsoniana de Erasmus Darwin: "¿No le resulta muy inconveniente tartamudear, Dr. Darwin?" "No, señor, porque tengo tiempo para pensar antes de hablar, y no hago preguntas impertinentes").
A veces combinaba sus metáforas de una manera curiosa, usando una frase como "aferrarse como la vida", una mezcla de "aferrarse por su vida" y "aferrarse como la muerte sombría". Venía de su forma entusiasta de poner énfasis en lo que estaba diciendo. Esto a veces daba un aire de exageración donde no se pretendía; pero daba, también, un aire noble de convicción fuerte y generosa; como, por ejemplo, cuando dio su testimonio ante la Comisión Real sobre la vivisección y salió con sus palabras sobre la crueldad: "Merece detestación y aborrecimiento". Cuando se sentía fuertemente sobre cualquier cuestión similar, apenas podía confiar en sí mismo para hablar, ya que entonces se enfadaba fácilmente, una cosa que le desagradaba excesivamente. Era consciente de que su ira tenía tendencia a multiplicarse en la expresión, y por esta razón temía (por ejemplo) tener que regañar a un criado.
Era una gran prueba de la modestia de su estilo de hablar que, cuando, por ejemplo, un número de visitantes venía de casa de Sir John Lubbock para una visita de domingo por la tarde, nunca parecía estar predicando o dando lecciones, a pesar de que él llevaba gran parte de la conversación. Era particularmente encantador cuando estaba "bromeando" con alguien, y de muy buen humor por ello. Sus modales en tales momentos eran ligeros y juveniles, y su refinamiento de naturaleza salía con más fuerza. Así, cuando hablaba con una dama que le complacía y divertía, la combinación de burla y deferencia en sus modales era encantadora de ver.
Cuando mi padre tenía varios invitados, los manejaba bien, consiguiendo hablar con cada uno, o reuniendo a dos o tres alrededor de su silla. En estas conversaciones siempre había una buena dosis de diversión, y, hablando en general, había un giro humorístico en su charla, o una soleada cordialidad que servía como sustituto. Quizá mi recuerdo de un elemento omnipresente de humor sea más vívido porque las mejores charlas eran con el Sr. Huxley, en quien hay la aptitud que es afín al humor, incluso cuando el humor mismo no está allí. Mi padre disfrutaba enormemente del humor del Sr. Huxley, y a menudo decía: "¡Qué diversión tan espléndida es Huxley!". Creo que probablemente tenía más discusiones científicas (de la naturaleza de una pelea) con Lyell y Sir Joseph Hooker.
Solía decir que le apenaba descubrir que para los amigos de sus últimos años no tenía el afecto cálido de su juventud. Ciertamente, en sus primeras cartas desde Cambridge da pruebas de una amistad muy fuerte por Herbert y Fox; pero nadie excepto él mismo habría dicho que su afecto por sus amigos no fuera, durante toda su vida, del tipo más cálido posible. Al servir a un amigo no se ahorraba, y el tiempo y la fuerza preciosos se daban voluntariamente. Indudablemente tenía, en un grado inusual, el poder de unir a sus amigos a él. Tuvo muchas amistades cálidas, pero a Sir Joseph Hooker le unían lazos de afecto más fuertes de los que vemos a menudo entre los hombres. Escribió en sus 'Recollections': "He conocido a casi ningún hombre más adorable que Hooker".
Su relación con la gente del pueblo era agradable; los trataba a todos y cada uno con cortesía, cuando entraba en contacto con ellos, y se interesaba por todo lo relativo a su bienestar. Algún tiempo después de venir a vivir a Down, ayudó a fundar un Club Amistoso, y sirvió como tesorero durante treinta años. Se tomó muchas molestias con el club, llevando sus cuentas con una exactitud minuciosa y escrupulosa, y disfrutando de su condición próspera. Cada Lunes de Pentecostés el club solía desfilar con banda y bandera, y desfilaba en el césped frente a la casa. Allí se reunía con ellos, y les explicaba su posición financiera en un pequeño discurso sazonado con unas cuantas bromas muy usadas. A menudo estaba lo suficientemente indispuesto como para hacer que incluso esta pequeña ceremonia fuera un esfuerzo, pero creo que nunca dejó de reunirse con ellos.
También era tesorero del Club del Carbón, lo que le daba algo de trabajo, y actuó durante algunos años como Magistrado del Condado.
Con respecto al interés de mi padre en los asuntos del pueblo, el Sr. Brodie Innes ha sido tan amable de darme sus recuerdos:
"Al convertirme en Vicario de Down en 1846, nos hicimos amigos, y así continuamos hasta su muerte. Su conducta hacia mí y mi familia fue de una bondad inalterable, y nosotros la pagamos con un afecto cálido.
"En todos los asuntos parroquiales era un asistente activo; en asuntos relacionados con las escuelas, caridades y otros negocios, su contribución liberal estaba siempre lista, y en las diferencias que a veces ocurrían en esa, como en otras parroquias, siempre estaba seguro de su apoyo. Sostenía que, donde realmente no había ninguna objeción importante, su asistencia debía darse al clérigo, quien debía conocer mejor las circunstancias, y era el principal responsable".
Su trato con los extraños estaba marcado por una cortesía escrupulosa y bastante formal, pero de hecho tenía pocas oportunidades de conocer a extraños.
El Dr. Lane ha descrito (Conferencia del Dr. B.W. Richardson, en St. George's Hall, 22 de octubre de 1882) cómo, en la rara ocasión en que mi padre asistió a una conferencia (la del Dr. Sanderson) en la Royal Institution, "toda la asamblea... se puso en pie para darle la bienvenida", mientras él parecía "apenas consciente de que tal estallido de aplausos pudiera estar destinado a él mismo". La vida tranquila que llevaba en Down le hacía sentirse confundido en una gran sociedad; por ejemplo, en las veladas de la Royal Society se sentía oprimido por las multitudes. La sensación de que debía conocer a la gente, y la dificultad que tenía para recordar caras en sus últimos años, también añadían a su incomodidad en tales ocasiones. No se daba cuenta de que sería reconocido por sus fotografías, y recuerdo su inquietud al ser obviamente reconocido por un extraño en el Acuario del Crystal Palace.
Debo decir algo sobre su forma de trabajar: una característica de la misma era su respeto por el tiempo; nunca olvidaba cuán valioso era. Esto se demostraba, por ejemplo, en la manera en que intentaba acortar sus vacaciones; también, y más claramente, con respecto a periodos más cortos. Solía decir que ahorrar minutos era la forma de lograr que el trabajo se hiciera; mostraba su afición por ahorrar minutos en la diferencia que percibía entre un cuarto de hora y diez minutos de trabajo; nunca desperdiciaba unos pocos minutos libres pensando que no valía la pena ponerse a trabajar. A menudo me llamaba la atención su forma de trabajar hasta el mismo límite de sus fuerzas, de modo que se detenía repentinamente al dictar, con las palabras: "Creo que no debo hacer más". El mismo deseo ferviente de no perder tiempo se veía en sus rápidos movimientos cuando estaba trabajando. Recuerdo particularmente haber notado esto cuando realizaba un experimento sobre las raíces de las judías, que requería cierto cuidado en la manipulación; fijar los trocitos de cartulina sobre las raíces se hacía con cuidado y necesariamente despacio, pero los movimientos intermedios eran todos rápidos; tomar una judía fresca, ver que la raíz estuviera sana, ensartarla en un alfiler, fijarla en un corcho y ver que estuviera vertical, etc.; todos estos procesos se realizaban con una especie de entusiasmo contenido. Siempre le daba a uno la impresión de trabajar con placer, y no con desgana. Tengo, además, una imagen suya registrando el resultado de algún experimento, mirando con avidez cada raíz, etc., y luego escribiendo con igual avidez. Recuerdo el movimiento rápido de su cabeza hacia arriba y hacia abajo mientras miraba del objeto a las notas.
Ahorraba una gran cantidad de tiempo al no tener que hacer las cosas dos veces. Aunque pacientemente continuaba repitiendo experimentos cuando había algún beneficio que obtener, no podía soportar tener que repetir un experimento que debería, si se hubiera tenido un cuidado completo, haber tenido éxito a la primera; y esto le producía una ansiedad continua de que el experimento no fuera desperdiciado; sentía que el experimento era sagrado, por insignificante que fuera. Deseaba aprender tanto como fuera posible de un experimento, de modo que no se limitaba a observar el único punto al que estaba dirigido el experimento, y su capacidad para ver una serie de otras cosas era maravillosa. No creo que le importaran las observaciones preliminares o superficiales destinadas a servir de guía y a ser repetidas. Cualquier experimento realizado debía ser de alguna utilidad, y en este sentido recuerdo con qué firmeza instaba a la necesidad de guardar las notas de los experimentos que fracasaban, y a esta regla siempre se adhirió.
En la parte literaria de su trabajo tenía el mismo horror a perder el tiempo, y el mismo celo en lo que estaba haciendo en ese momento, y esto le hacía tener cuidado de no verse obligado innecesariamente a leer nada por segunda vez.
Su tendencia natural era utilizar métodos sencillos y pocos instrumentos. El uso del microscopio compuesto ha aumentado mucho desde su juventud, y esto a expensas del simple. Nos resulta extraordinario hoy en día que no tuviera microscopio compuesto cuando realizó su viaje en el "Beagle"; pero en esto siguió el consejo de Robt. Brown, quien era una autoridad en tales asuntos. Siempre tuvo una gran predilección por el microscopio simple, y sostenía que hoy en día estaba demasiado descuidado, y que uno siempre debería ver tanto como fuera posible con el simple antes de pasar al microscopio compuesto. En una de sus cartas habla sobre este punto, y comenta que siempre sospecha del trabajo de un hombre que nunca utiliza el microscopio simple.
Su mesa de disección era una tabla gruesa, encajada en una ventana del estudio; era más baja que una mesa ordinaria, de modo que no podría haber trabajado en ella de pie; pero esto, por deseo de ahorrar fuerzas, no lo habría hecho en ningún caso. Se sentaba en su mesa de disección en un curioso taburete bajo que había pertenecido a su padre, con un asiento que giraba sobre un eje vertical, y montado sobre grandes ruedas, de modo que podía girar fácilmente de un lado a otro. Sus herramientas habituales, etc., yacían sobre la mesa, pero además de estas, una cantidad de objetos diversos se guardaban en una mesa redonda llena de cajones radiales, que giraba sobre un eje vertical, y que estaba cerca de su lado izquierdo, mientras se sentaba en su mesa del microscopio. Los cajones estaban etiquetados como "mejores herramientas", "herramientas toscas", "especímenes", "preparaciones para especímenes", etc. La peculiaridad más marcada del contenido de estos cajones era el cuidado con el que se conservaban los pequeños restos y cosas casi inútiles; mantenía la creencia bien conocida de que, si tirabas una cosa, seguro que la necesitarías inmediatamente; y así las cosas se acumulaban.
Si alguien hubiera mirado sus herramientas, etc., tendidas sobre la mesa, le habría llamado la atención un aire de sencillez, improvisación y rareza.
A su mano derecha había estantes, con una cantidad de otros objetos diversos, vasos, platillos, cajas de hojalata de galletas para germinar semillas, etiquetas de zinc, platillos llenos de arena, etc., etc. Considerando lo ordenado y metódico que era en las cosas esenciales, es curioso que soportara tantas improvisaciones: por ejemplo, en lugar de tener una caja hecha con la forma deseada y teñida de negro por dentro, buscaba algo parecido a lo que quería y conseguía que lo oscurecieran por dentro con betún para zapatos; no le importaba tener cubiertas de vidrio hechas para los vasos en los que germinaba semillas, sino que utilizaba trozos rotos de forma irregular, tal vez con un ángulo estrecho sobresaliendo inútilmente por un lado. Pero gran parte de su experimentación era de un tipo sencillo, por lo que no necesitaba ninguna elaboración, y creo que su hábito a este respecto se debía en gran medida a su deseo de ahorrar fuerzas y no desperdiciarlas en cosas no esenciales.
Su forma de marcar objetos puede mencionarse aquí. Si tenía varias cosas que distinguir, como hojas, flores, etc., les ataba hilos de diferentes colores. En particular, utilizaba este método cuando solo tenía dos clases de objetos que distinguir; así, en el caso de flores cruzadas y autofecundadas, un grupo se marcaba con hilo negro y otro con hilo blanco, atado alrededor del tallo de la flor. Recuerdo bien el aspecto de dos grupos de cápsulas, recolectadas y esperando a ser pesadas, contadas, etc., con trozos de hilo negro y blanco para distinguir las bandejas en las que yacían. Cuando tenía que comparar dos grupos de plántulas, sembradas en la misma maceta, las separaba por una partición de placa de zinc; y la etiqueta de zinc, que daba los detalles necesarios sobre el experimento, siempre se colocaba en un lado determinado, de modo que se volvía instintivo para él saber, sin leer la etiqueta, cuáles eran las "cruzadas" y cuáles eran las "autofecundadas".
Su amor por cada experimento en particular, y su celo ferviente por no perder el fruto del mismo, se manifestaban notablemente en estos experimentos de cruce, en el cuidado minucioso que ponía en no crear confusión al poner cápsulas en bandejas equivocadas, etc., etc. Puedo recordar su aspecto mientras contaba semillas bajo el microscopio simple con una agilidad que no suele caracterizar un trabajo tan mecánico como contar. Creo que personificaba a cada semilla como un pequeño demonio que intentaba eludirlo metiéndose en el montón equivocado, o saltando por completo; y esto le daba al trabajo la emoción de un juego. Tenía gran fe en los instrumentos, y no creo que se le ocurriera naturalmente dudar de la precisión de una balanza o un vaso medidor, etc. Se quedaba asombrado cuando descubríamos que uno de sus micrómetros difería del otro. No requería una gran precisión en la mayoría de sus mediciones, y no tenía buenas balanzas; tenía una vieja regla de tres pies, que era propiedad común de la casa, y que constantemente era prestada, porque era la única que estaba segura en su lugar; a menos, claro, que el último prestatario se hubiera olvidado de devolverla. Para medir la altura de las plantas tenía una vara de abeto de siete pies, graduada por el carpintero del pueblo. Últimamente empezó a usar escalas de papel graduadas en milímetros. Para objetos pequeños utilizaba un compás y un transportador de marfil. Era característico de él que pusiera un cuidado escrupuloso en realizar mediciones con sus escalas algo toscas. Un ejemplo trivial de su fe en la autoridad es que tomó su "pulgada en términos de milímetros" de un libro antiguo, en el que resultó estar indicada de forma inexacta. Tenía una balanza química que databa de los días en que trabajaba en química con su hermano Erasmus. Las mediciones de capacidad se hacían con un vaso medidor de farmacéutico: recuerdo bien su aspecto tosco y su mala graduación. Con este, también, recuerdo el gran cuidado que ponía en llevar la línea del fluido hasta la graduación. No quiero decir con este relato de sus instrumentos que ninguno de sus experimentos sufriera por falta de precisión en la medición; los doy como ejemplos de sus métodos sencillos y su fe en los demás, fe al menos en los fabricantes de instrumentos, cuyo oficio era todo un misterio para él.
Me vienen a la mente algunas de sus características mentales, relativas especialmente a su modo de trabajar. Había una cualidad de la mente que parecía ser de especial y extrema ventaja al llevarle a realizar descubrimientos. Era el poder de nunca dejar pasar por alto las excepciones. Todo el mundo nota un hecho como una excepción cuando es llamativo o frecuente, pero él tenía un instinto especial para detener una excepción. Un punto aparentemente leve y no relacionado con su trabajo actual es pasado por alto por muchos hombres casi inconscientemente con alguna explicación a medio considerar, que de hecho no es ninguna explicación. Fueron precisamente estas cosas las que él aprovechó para comenzar. En cierto sentido, no hay nada especial en este procedimiento, ya que muchos descubrimientos se hacen por medio de él. Solo lo menciono porque, mientras le observaba trabajar, el valor de esta capacidad para un experimentador me impresionó profundamente.
Otra cualidad que se mostraba en sus trabajos experimentales era su capacidad para aferrarse a un tema; solía casi disculparse por su paciencia, diciendo que no podía soportar ser derrotado, como si esto fuera más bien una señal de debilidad por su parte. A menudo citaba el dicho: "Es la tenacidad lo que lo hace"; y creo que tenacidad expresa su estado de ánimo casi mejor que perseverancia. Perseverancia parece apenas expresar su deseo casi feroz de forzar a la verdad a revelarse. A menudo decía que era importante que un hombre supiera el punto justo en el que abandonar una investigación. Y creo que fue su tendencia a pasar este punto lo que le inclinaba a disculparse por su perseverancia, y le daba el aire de tenacidad a su trabajo.
A menudo decía que nadie podía ser un buen observador a menos que fuera un teorizador activo. Esto me devuelve a lo que dije acerca de su instinto para detener excepciones: era como si estuviera cargado de poder para teorizar, listo para fluir hacia cualquier canal ante la más mínima perturbación, de modo que ningún hecho, por pequeño que fuera, podía evitar liberar una corriente de teoría, y así el hecho se magnificaba en importancia. De esta manera sucedía naturalmente que se le ocurrían muchas teorías insostenibles; pero afortunadamente su riqueza de imaginación estaba igualada por su poder de juzgar y condenar los pensamientos que se le ocurrían. Era justo con sus teorías, y no las condenaba sin haberlas escuchado; y así sucedía que estaba dispuesto a probar lo que a la mayoría de la gente no le parecería digno de probar en absoluto. A estos ensayos bastante descabellados los llamaba "experimentos de loco", y disfrutaba enormemente. Como ejemplo, puedo mencionar que, al encontrar que los cotiledones de Biophytum eran altamente sensibles a las vibraciones de la mesa, imaginó que podrían percibir las vibraciones del sonido, y por lo tanto me hizo tocar mi fagot cerca de una planta. (Esto no es tanto un ejemplo de teorización superabundante a partir de una causa pequeña, sino solo de su deseo de probar las ideas más improbables).
El amor por el experimento era muy fuerte en él, y puedo recordar la forma en que decía: "No estaré tranquilo hasta que lo haya probado", como si una fuerza externa lo impulsara. Disfrutaba experimentando mucho más que el trabajo que solo implicaba razonamiento, y cuando estaba ocupado en uno de sus libros que requería argumentación y la organización de hechos, sentía que el trabajo experimental era un descanso o unas vacaciones. Así, mientras trabajaba en la 'Variación de los animales y las plantas', en 1860-61, descubrió la fertilización de las orquídeas, y se consideró ocioso por dedicarles tanto tiempo. Es interesante pensar que una investigación tan importante debiera haber sido emprendida y trabajada en gran medida como pasatiempo en lugar de un trabajo más serio. Las cartas a Hooker de este periodo contienen expresiones tales como: "Que Dios me perdone por ser tan ocioso; estoy estúpidamente interesado en este trabajo". El placer intenso que sentía al comprender las adaptaciones para la fertilización se muestra claramente en estas cartas. Habla en una de sus cartas de su intención de trabajar en Drosera como un descanso de 'La descendencia del hombre'. Ha descrito en sus 'Recuerdos' la fuerte satisfacción que sintió al resolver el problema del heterostilismo. Y le he oído mencionar que la Geología de Sudamérica le proporcionó casi más placer que cualquier otra cosa. Fue quizás este deleite en el trabajo que requería una observación aguda lo que le hizo valorar el elogio dado a sus facultades de observación casi más que la apreciación de sus otras cualidades.
Por los libros no tenía respeto, sino que simplemente los consideraba como herramientas con las que trabajar. Así, no los encuadernaba, e incluso cuando un libro de papel se deshacía por el uso, como sucedió con el 'Befruchtung' de Müller, lo preservaba de la disolución completa poniendo un clip de metal sobre su lomo. De la misma manera, cortaba un libro pesado por la mitad, para hacerlo más cómodo de sostener. Solía jactarse de haber hecho que Lyell publicara la segunda edición de uno de sus libros en dos volúmenes en lugar de uno, contándole cómo se había visto obligado a cortarlo por la mitad. Los panfletos a menudo eran tratados aún más severamente que los libros, pues arrancaba, para ahorrar espacio, todas las páginas excepto la que le interesaba. La consecuencia de todo esto era que su biblioteca no era ornamental, sino que llamaba la atención por ser tan evidentemente una colección de libros de trabajo.
Era metódico en su manera de leer libros y panfletos relacionados con su propio trabajo. Tenía un estante en el que se apilaban los libros que aún no había leído, y otro al que eran trasladados después de haber sido leídos, y antes de ser catalogados. A menudo se lamentaba por sus libros no leídos, porque había muchos que sabía que nunca leería. Muchos libros eran trasladados inmediatamente al otro montón, marcados con una cifra al final, para mostrar que no contenían pasajes marcados, o inscritos, tal vez, "no leído", o "solo hojeado". Los libros se acumulaban en el montón de "leídos" hasta que los estantes se desbordaban, y entonces, con muchos lamentos, se dedicaba un día a la catalogación. Le disgustaba este trabajo, y a medida que la necesidad de emprenderlo se volvía imperativa, a menudo decía, con voz de desesperación: "Realmente debemos hacer estos libros pronto".
En cada libro, a medida que lo leía, marcaba los pasajes relacionados con su trabajo. Al leer un libro o panfleto, etc., hacía líneas a lápiz al lado de la página, añadiendo a menudo breves comentarios, y al final hacía una lista de las páginas marcadas. Cuando iba a ser catalogado y guardado, se miraban las páginas marcadas, y así se hacía un resumen tosco del libro. Este resumen tal vez se escribiría bajo tres o cuatro encabezados en diferentes hojas, clasificando los hechos y añadiéndolos a los hechos previamente recopilados sobre diferentes temas. Tenía otros conjuntos de resúmenes organizados, no según el tema, sino según la publicación periódica. Cuando recopilaba hechos a gran escala, en años anteriores, solía leer y hacer resúmenes, de esta manera, de series completas de publicaciones periódicas.
En algunas de sus primeras cartas habla de llenar varios cuadernos con hechos para su libro sobre las especies; pero fue ciertamente pronto cuando adoptó su plan de utilizar carpetas tal como se describe en los 'Recuerdos'. (Los estantes en los que se colocaban las carpetas se muestran en la ilustración, "El estudio en Down", en el hueco a la derecha de la chimenea). Mi padre y M. de Candolle se alegraron mutuamente al descubrir que habían adoptado el mismo plan de clasificar los hechos. De Candolle describe el método en su 'Fitología', y en su boceto de mi padre menciona la satisfacción que sintió al verlo en acción en Down.
Además de estas carpetas, de las cuales hay algunas docenas llenas de notas, hay grandes paquetes de manuscritos marcados como "usados" y guardados. Sentía el valor de sus notas, y tenía horror a que fueran destruidas por el fuego. Recuerdo, cuando ocurrió alguna alarma de incendio, cómo me rogaba que fuera especialmente cuidadoso, añadiendo muy seriamente, que el resto de su vida sería miserable si sus notas y libros fueran destruidos.
Muestra el mismo sentimiento al escribir sobre la pérdida de un manuscrito, siendo el sentido de sus palabras: "Tengo una copia, o la pérdida me habría matado". Al escribir un libro, dedicaba mucho tiempo y trabajo a hacer un esqueleto o plan del todo, y a ampliar y subclasificar cada encabezado, como se describe en sus 'Recuerdos'. Creo que esta cuidadosa disposición del plan no era en absoluto esencial para la construcción de su argumento, sino para su presentación y para la organización de sus hechos. En su 'Vida de Erasmus Darwin', tal como se imprimió por primera vez en tiras, el crecimiento del libro a partir de un esqueleto era claramente visible. La disposición se alteró después, porque era demasiado formal y categórica, y parecía dar el carácter de su abuelo más bien mediante una lista de cualidades que como un cuadro completo.
Fue solo en los últimos años cuando adoptó un plan de escritura que estaba convencido de que le convenía más, y que se describe en los 'Recuerdos'; a saber, escribir una copia tosca directamente sin la menor atención al estilo. Era característico de él que se sintiera incapaz de escribir con la falta de cuidado suficiente si usaba su mejor papel, y por eso escribía en el reverso de pruebas antiguas o manuscritos. La copia tosca era luego reconsiderada, y se hacía una copia en limpio. Para este propósito tenía papel de tamaño folio rayado a amplios intervalos, siendo necesarias las líneas para evitar que escribiera tan apretado que la corrección se volviera difícil. La copia en limpio era luego corregida, y era copiada de nuevo antes de ser enviada a los impresores. La copia la hacía el Sr. E. Norman, quien comenzó este trabajo hace muchos años cuando era maestro de escuela en el pueblo de Down. Mi padre se acostumbró tanto a la letra del Sr. Norman, que no podía corregir un manuscrito, incluso cuando estaba claramente escrito por uno de sus hijos, hasta que no hubiera sido copiado de nuevo por el Sr. Norman. El manuscrito, al regresar del Sr. Norman, era corregido una vez más, y luego enviado a los impresores. Luego venía el trabajo de revisar y corregir las pruebas, lo que mi padre encontraba especialmente tedioso.
Fue en esta etapa cuando consideró por primera vez seriamente el estilo de lo que había escrito. Cuando esto estaba sucediendo, solía comenzar algún otro trabajo como alivio. La corrección de las tiras consistía de hecho en dos procesos, pues las correcciones se escribían primero a lápiz, y luego se reconsideraban y se escribían con tinta.
Cuando el libro pasaba por la etapa de las "tiras", le alegraba contar con las correcciones y sugerencias de otros. Así, mi madre revisó las pruebas del 'Origen'. En algunos de los últimos trabajos, mi hermana, la señora Litchfield, se encargó de gran parte de la corrección. Tras el matrimonio de mi hermana, tal vez la mayor parte del trabajo recayó sobre mi parte.
Mi hermana, la señora Litchfield, escribe:--
"Este trabajo era muy interesante en sí mismo, y resultaba inexpresablemente estimulante trabajar para él. Siempre estaba tan dispuesto a ser convencido de que cualquier alteración sugerida era una mejora, y tan lleno de gratitud por las molestias que uno se tomaba. No creo que olvidara nunca decirme qué mejora pensaba que yo había hecho, y casi solía disculparse si no estaba de acuerdo con alguna corrección. Creo que sentí la singular modestia y amabilidad de su naturaleza al trabajar así para él, de una manera que nunca habría hecho de otro modo.
"No escribía con facilidad, y tendía a invertir sus frases tanto al escribir como al hablar, poniendo la cláusula calificativa antes de que quedara claro qué era lo que debía calificar. Corregía mucho, y estaba ansioso por expresarse tan bien como le fuera posible."
Quizás las correcciones más comunes que necesitaba eran las de oscuridades debidas a la omisión de un eslabón necesario en el razonamiento, algo que evidentemente había omitido por su familiaridad con el tema. No es que hubiera fallo alguno en la secuencia de los pensamientos, sino que, por la familiaridad con su argumento, no notaba cuándo las palabras dejaban de reproducir su pensamiento. También solía poner demasiada materia en una sola frase, de modo que había que cortarla en dos.
En general, creo que el esmero que mi padre puso en la parte literaria de la obra fue muy notable. A menudo se reía o se quejaba de sí mismo por la dificultad que encontraba para escribir en inglés, diciendo, por ejemplo, que si una mala disposición de una frase era posible, él seguramente la adoptaría. Una vez obtuvo mucha diversión y satisfacción de la dificultad que uno de los miembros de la familia encontró al escribir una circular corta. Tuvo el placer de corregir y reírse de las oscuridades, las frases enrevesadas y otros defectos, y así tomó su venganza por toda la crítica que él mismo tuvo que soportar. Solía citar con asombro el consejo de la señorita Martineau a los jóvenes autores: escribir directamente y enviar el manuscrito a la imprenta sin corrección. Pero en algunos casos actuaba de una manera algo similar. Cuando una frase se volvía irremediablemente confusa, se preguntaba: "¿ahora qué QUIERES decir?", y su respuesta, puesta por escrito, a menudo desenredaba la confusión.
Su estilo ha sido muy alabado; por otro lado, al menos un buen juez me ha comentado que no es un buen estilo. Es, por encima de todo, directo y claro; y es característico de él mismo en su sencillez, que roza la ingenuidad, y en su ausencia de pretensiones. Tenía la mayor desconfianza hacia la idea común de que un erudito clásico debe escribir un buen inglés; de hecho, pensaba que ocurría todo lo contrario. Al escribir, a veces mostraba la misma tendencia a las expresiones fuertes que tenía en la conversación. Así, en el 'Origen', página 440, hay una descripción de un cirrípedo larval, "con seis pares de patas natatorias hermosamente construidas, un par de magníficos ojos compuestos y antenas extremadamente complejas". Solíamos reírnos de él por esta frase, que comparábamos con un anuncio. Esta tendencia a dejarse llevar por el giro entusiasta de su pensamiento, sin miedo a resultar ridículo, aparece en otros lugares de sus escritos.
Su tono cortés y conciliador hacia el lector es notable, y debe ser en parte esta cualidad la que reveló su dulzura personal de carácter a tantos que nunca lo habían visto. Siempre he sentido que es un hecho curioso que quien alteró la faz de la Ciencia Biológica, y es en este sentido el jefe de los modernos, haya escrito y trabajado con un espíritu y una manera esencialmente no modernos. Al leer sus libros, uno recuerda a los naturalistas de antaño más que a la escuela moderna de escritores. Era un Naturalista en el viejo sentido de la palabra, es decir, un hombre que trabaja en muchas ramas de la ciencia, no solo un especialista en una. Así es que, aunque fundó divisiones enteras de temas especiales —como la fertilización de las flores, las plantas insectívoras, el dimorfismo, etc.—, ni siquiera al tratar estos mismos temas impresiona al lector como un especialista. El lector se siente como un amigo al que le habla un caballero cortés, no como un alumno al que le da una lección un profesor. El tono de un libro como el 'Origen' es encantador y casi patético; es el tono de un hombre que, convencido de la verdad de sus propios puntos de vista, apenas espera convencer a otros; es justo lo contrario del estilo de un fanático, que quiere obligar a la gente a creer. El lector nunca es despreciado por cualquier cantidad de dudas que pueda sentir, y su escepticismo es tratado con paciente respeto. Un lector escéptico, o quizás incluso un lector poco razonable, parece haber estado generalmente presente en sus pensamientos. Fue a consecuencia de este sentimiento, tal vez, que se tomó tantas molestias en puntos que imaginó que impresionarían al lector, o le ahorrarían molestias, y así le tentarían a leer.
Por la misma razón, se interesó mucho en las ilustraciones de sus libros, y creo que valoró demasiado su importancia. Las ilustraciones de sus primeros libros fueron dibujadas por artistas profesionales. Este fue el caso en 'Animales y plantas', el 'Origen del hombre' y la 'Expresión de las emociones'. Por otro lado, 'Plantas trepadoras', 'Plantas insectívoras', los 'Movimientos de las plantas' y las 'Formas de las flores' fueron, en gran medida, ilustrados por algunos de sus hijos; mi hermano George fue quien dibujó la mayor parte, con diferencia. Era encantador dibujar para él, ya que era entusiasta en su elogio de ejecuciones muy moderadas. Recuerdo bien su manera encantadora de recibir los dibujos de una de sus nueras, y cómo terminaba sus palabras de elogio diciendo: "Dile a A-- que Miguel Ángel no es nada comparado con esto". Aunque elogiaba tan generosamente, siempre miraba de cerca el dibujo y detectaba fácilmente los errores o el descuido.
Tenía horror a ser prolijo, y parece haber estado realmente muy molesto y afligido cuando vio cómo las 'Variaciones de los animales y plantas' crecían bajo sus manos. Recuerdo que estuvo cordialmente de acuerdo con las palabras de 'Tristram Shandy': "Que nadie diga: 'Vamos, voy a escribir un duodécimo'".
Su consideración por otros autores fue una característica tan marcada como su tono hacia el lector. Habla de todos los demás autores como personas dignas de respeto. En los casos en que, como en el de los experimentos de -- sobre la Drosera, tenía una opinión baja del autor, habla de él de tal manera que nadie lo sospecharía. En otros casos, trata los escritos confusos de personas ignorantes como si la culpa fuera suya por no apreciarlos o entenderlos. Además de este tono general de respeto, tenía una forma agradable de expresar su opinión sobre el valor de una obra citada, o su gratitud por una pieza de información privada.
Su sentimiento respetuoso no solo era moralmente hermoso, sino que creo que era de utilidad práctica al hacerlo estar dispuesto a considerar las ideas y observaciones de todo tipo de personas. Casi solía disculparse por ello, y decía que al principio estaba inclinado a valorar todo demasiado alto.
Fue un gran mérito en su mente que, a pesar de tener un sentimiento tan respetuoso hacia lo que leía, tuviera los instintos más agudos sobre si un hombre era de fiar o no. Parecía formarse una opinión muy definida sobre la exactitud de los hombres cuyos libros leía; y utilizaba este juicio en su elección de hechos para su uso en argumentos o como ilustraciones. Obtuve la impresión de que sentía que este poder de juzgar la fiabilidad de un hombre era de mucho valor.
Tenía un agudo sentido del honor que debería reinar entre los autores, y tenía horror a cualquier tipo de laxitud al citar. Sentía desprecio por el amor al honor y a la gloria, y en sus cartas a menudo se culpa a sí mismo por el placer que sentía en el éxito de sus libros, como si se estuviera apartando de su ideal: un amor por la verdad y la indiferencia ante la fama. A menudo, al escribir a sir J. Hooker lo que él llama una carta jactanciosa, se ríe de sí mismo por su vanidad y falta de modestia. Hay una carta maravillosamente interesante que escribió a mi madre legándole, en caso de su muerte, el cuidado de publicar el manuscrito de su primer ensayo sobre la evolución. Esta carta me parece llena del intenso deseo de que su teoría tuviera éxito como una contribución al conocimiento, y al margen de cualquier deseo de fama personal. Ciertamente tenía el deseo saludable de éxito que debería tener un hombre de sentimientos fuertes. Pero en el momento de la publicación del 'Origen' es evidente que estaba abrumadoramente satisfecho con la adhesión de hombres como Lyell, Hooker, Huxley y Asa Gray, y no soñaba ni deseaba tal fama amplia y general como la que alcanzó.
Relacionado con su desprecio por el amor indebido a la fama, estaba una aversión igualmente fuerte a todas las cuestiones de prioridad. Las cartas a Lyell, en la época del 'Origen', muestran la ira que sentía consigo mismo por no ser capaz de reprimir un sentimiento de decepción ante lo que pensaba que era el hecho de que el señor Wallace se hubiera adelantado a todos sus años de trabajo. Su sentido del honor literario sale fuertemente en estas cartas; y su sentimiento sobre la prioridad se muestra de nuevo en la admiración expresada en sus 'Recuerdos' sobre la autoaniquilación del señor Wallace.
Su sentimiento sobre las reclamaciones, incluyendo las respuestas a ataques y todo tipo de discusiones, era fuerte. Está expresado simplemente en una carta a Falconer (¿1863?): "Si alguna vez me sintiera enojado contigo, por quien siento una amistad sincera, empezaría a sospechar que estoy un poco loco. Sentí mucho lo de tu reclamación, pues creo que en todos los casos es un error y debería dejarse a otros. Si yo actuaría así bajo provocación es una cuestión distinta". Era un sentimiento dictado en parte por una delicadeza instintiva, y en parte por un fuerte sentido del desperdicio de tiempo, energía y temperamento así causado. Dijo que debía su determinación de no entrar en discusiones (se apartó de su regla en su "Nota sobre los hábitos del carpintero de las pampas, Colaptes campestris", 'Proc. Zool. Soc.', 1870, página 705; también en una carta publicada en el 'Athenaeum' (1863, página 554), caso en el que después lamentó no haber permanecido en silencio. Sus respuestas a las críticas, en las ediciones posteriores del 'Origen', difícilmente pueden clasificarse como infracciones de su regla) al consejo de Lyell, consejo que transmitió a aquellos de sus amigos que eran dados a la guerra de papel.
Si se quiere entender el carácter de la vida laboral de mi padre, deben tenerse constantemente presentes las condiciones de mala salud bajo las cuales trabajaba. Soportaba su enfermedad con tal paciencia, sin quejarse, que incluso sus hijos apenas pueden, creo, comprender el alcance de su sufrimiento habitual. En su caso, la dificultad aumenta por el hecho de que, desde los días de sus primeros recuerdos, lo vieron en constante mala salud, y lo vieron, a pesar de ello, lleno de placer por lo que a ellos les complacía. Así, en la vida posterior, su percepción de lo que él soportaba tuvo que ser desenredada de la impresión producida en la infancia por una constante y amable bondad bajo condiciones de dificultad no reconocida. Nadie, en verdad, excepto mi madre, conoce la cantidad total de sufrimiento que soportó, o la cantidad total de su maravillosa paciencia. Durante todos los últimos años de su vida ella nunca lo dejó ni una noche; y sus días estaban tan planeados que todas sus horas de descanso pudieran ser compartidas con ella. Ella lo protegió de toda molestia evitable, y no omitió nada que pudiera ahorrarle problemas, o evitar que se fatigara demasiado, o que pudiera aliviar las muchas incomodidades de su mala salud. Dudo en hablar tan libremente de algo tan sagrado como la devoción de toda una vida que impulsó todo este cuidado constante y tierno. Pero es, repito, un rasgo principal de su vida, que durante casi cuarenta años nunca conoció un día de la salud de los hombres comunes, y que por tanto su vida fue una larga lucha contra el cansancio y la tensión de la enfermedad. Y esto no puede decirse sin hablar de la única condición que le permitió soportar la tensión y luchar hasta el final.
CARTAS.
Las cartas más tempranas a las que tengo acceso son las escritas por mi padre cuando era estudiante en Cambridge.
La historia de su vida, tal como se cuenta en su correspondencia, debe por tanto comenzar con este período.
CAPÍTULO 1.IV. -- VIDA EN CAMBRIDGE.
[La vida de mi padre en Cambridge comprende el tiempo entre el trimestre de Cuaresma de 1828, cuando llegó como estudiante de primer año, y el final del trimestre de mayo de 1831, cuando obtuvo su título y dejó la Universidad.]
Parece, por los libros del Colegio, que mi padre "admissus est pensionarius minor sub Magistro Shaw" el 15 de octubre de 1827. No entró a residir hasta el trimestre de Cuaresma de 1828, de modo que, aunque pasó su examen a su debido tiempo, no pudo obtener su título en el momento habitual: el comienzo del trimestre de Cuaresma de 1831. En tal caso, un hombre solía obtener su título antes del Miércoles de Ceniza, cuando era llamado "Baccalaureus ad Diem Cinerum", y clasificado con los B.A. del año. El nombre de mi padre, sin embargo, aparece en la lista de Bachilleres "ad Baptistam", o aquellos admitidos entre el Miércoles de Ceniza y el día de San Juan Bautista (24 de junio); ("El martes pasado Charles Darwin, del Christ's College, fue admitido B.A." -- "Cambridge Chronicle", viernes, 29 de abril de 1831); por tanto, tomó rango entre los Bachilleres de 1832.
"Se alojó" durante un trimestre o dos en viviendas sobre Bacon el estanquero; no, sin embargo, sobre la tienda en la Plaza del Mercado, ahora tan bien conocida por los hombres de Cambridge, sino en Sidney Street. Durante el resto de su tiempo tuvo habitaciones agradables en el lado sur del primer patio de Christ's. (Las habitaciones están en el primer piso, en el lado oeste de la escalera central. Un medallón (donado por mi hermano) ha sido recientemente incrustado en la pared de la sala de estar.)
Qué determinó la elección de este colegio para su hermano Erasmus y para él mismo no tengo forma de saberlo. Erasmus el mayor, su abuelo, había estado en St. John's, y este colegio podría haber sido razonablemente seleccionado para ellos, estando conectado con la Shrewsbury School. Pero la vida de un estudiante en St. John's parece, en aquellos días, haber sido problemática, si puedo juzgar por el hecho de que un pariente mío emigró desde allí a Christ's para escapar de la disciplina acosadora del lugar. Una historia contada por el señor Herbert ilustra el mismo estado de cosas:--
"A principios del trimestre de octubre de 1830, ocurrió un incidente que tuvo consecuencias algo desagradables, aunque irrisorias, para mí. Darwin me pidió que diera un largo paseo con él por los Fens, para buscar algunos objetos naturales que deseaba tener. Después de un día de trabajo muy largo y agotador, cenamos juntos, tarde en la noche, en sus habitaciones en Christ's College; y tan pronto como terminamos de cenar, nos arrojamos en sillones y nos quedamos profundamente dormidos. Fui el primero en despertar, alrededor de las tres de la mañana, cuando, habiendo mirado mi reloj y conociendo la estricta regla de St. John's, que requería que los hombres in statu pupillari llegaran al colegio antes de medianoche, corrí hacia casa a la mayor velocidad, por miedo a las consecuencias, pero esperando que el Decano aceptara la excusa como suficiente cuando le contara los hechos reales. Él, sin embargo, fue inexorable, y se negó a recibir mis explicaciones, o cualquier evidencia que pudiera traer; y aunque durante mi etapa de estudiante nunca había sido reportado por llegar tarde al Colegio, ahora, cuando era un B.A. trabajador y tenía cinco o seis alumnos, me sentenció al confinamiento dentro de las paredes del Colegio por el resto del trimestre. La indignación de Darwin no conoció límites, y la estúpida injusticia y tiranía del Decano provocó no solo una fermentación perfecta entre mis amigos, sino que fue objeto de expostulación por parte de algunos de los principales miembros de la Universidad."
Mi padre parece no haber encontrado dificultad alguna en vivir en paz con todos los hombres dentro y fuera de la administración en la otra fundación de Lady Margaret. La impresión de un contemporáneo de mi padre es que Christ's, en su día, era un colegio agradable y bastante tranquilo, con cierta tendencia a la afición por los caballos; muchos de los hombres tenían la costumbre de ir a Newmarket durante las carreras, aunque las apuestas no eran una práctica regular. En esto no fueron de ninguna manera desalentados por el tutor principal, el señor Shaw, a quien, por lo general, se le podía ver en el Heath en estas ocasiones. Había una proporción algo alta de Fellow-Commoners —ocho o nueve, frente a sesenta o setenta Pensioners—, y esto indicaría que no era un colegio desagradable para hombres con dinero para gastar y sin gran amor por la disciplina estricta.
La forma en que se llevaba a cabo el servicio en la capilla muestra que el Decano, al menos, no era demasiado entusiasta. He oído a mi padre contar cómo, en la capilla de la tarde, el Decano solía leer versículos alternos de los Salmos, sin hacer ni siquiera el intento de esperar a que la congregación tomara su parte. Y cuando la lección era larga, se levantaba y continuaba con los cánticos después de que el estudiante hubiera leído quince o veinte versículos.
Es curioso que mi padre a menudo hablara de su vida en Cambridge como si hubiera sido mucho tiempo perdido, olvidando que, aunque los estudios establecidos del lugar eran bastante estériles para él, obtuvo en el más alto grado las mejores ventajas de una vida universitaria: el contacto con los hombres y una oportunidad para que su mente creciera vigorosamente. Es cierto que valoraba al máximo las ventajas que obtuvo al asociarse con el profesor Henslow y algunos otros, pero parecía considerar esto como un resultado casual de su vida en Cambridge, no una ventaja de la que la Alma Mater pudiera reclamar mérito alguno. Uno de los amigos de Cambridge de mi padre fue el difunto señor J.M. Herbert, juez del Tribunal del Condado para Gales del Sur, de quien tuve la suerte de obtener algunas notas que nos ayudan a hacernos una idea de cómo impresionó mi padre a sus contemporáneos. El señor Herbert escribe: "Creo que fue en la primavera de 1828 cuando conocí a Darwin, ya sea en las habitaciones de mi primo Whitley en St. John's, o en las habitaciones de algún otro de sus antiguos compañeros de escuela de Shrewsbury, con muchos de los cuales estaba en términos de gran intimidad. Pero ciertamente fue en el verano de ese año cuando nuestro conocimiento maduró hasta convertirse en intimidad, cuando casualmente estuvimos juntos en Barmouth, durante las largas vacaciones, estudiando con tutores privados; él con Batterton de St. John's, su tutor de clásicas y matemáticas, y yo con Yate de St. John's".
El trato entre ellos cesó prácticamente en 1831, cuando mi padre se despidió de Herbert en Cambridge, al partir en su viaje en el "Beagle". Una vez conocí al señor Herbert, entonces casi un anciano, y me impresionó mucho la evidente calidez y frescura del afecto con el que recordaba a mi padre. Las notas de las que cito terminan con este elogio lleno de corazón: "Sería ocioso hablar de sus vastos poderes intelectuales... pero no puedo terminar este boceto rápido y errante sin testificar, y no dudo que todos sus amigos universitarios supervivientes estarían de acuerdo conmigo, que era el más genial, cálido, generoso y afectuoso de los amigos; que sus simpatías estaban con todo lo que era bueno y verdadero; y que tenía un odio cordial por todo lo falso, o vil, o cruel, o mezquino, o deshonroso. No solo fue grande, sino preeminentemente bueno, justo y adorable".
Dos anécdotas contadas por el Sr. Herbert demuestran que el sentimiento de mi padre hacia el sufrimiento, ya fuera de hombres o bestias, era tan intenso en él cuando era joven como lo fue en sus últimos años: «Antes de dejar Cambridge me dijo que había tomado la resolución de no volver a disparar; que había pasado dos días de caza en casa de su amigo, el Sr. Owen de Woodhouse; y que el segundo día, mientras recorría parte del terreno que habían batido el día anterior, recogió un pájaro que no estaba del todo muerto, sino agonizante por un disparo recibido el día anterior; y que aquello le había causado y dejado una impresión tan dolorosa en su mente que no podía reconciliarlo con su conciencia para seguir obteniendo placer de un deporte que infligía un sufrimiento tan cruel».
Para comprender la fuerza del sentimiento que le llevó a esta resolución, debemos recordar cuán apasionado era su amor por el deporte. Debemos recordar al muchacho disparando a su primera agachadiza ('Recollections.') y temblando de emoción hasta el punto de que apenas podía recargar su escopeta. O pensar en una frase como: «Por mi alma, solo falta una quincena para el 'Primero', entonces si hay una dicha en la tierra, es esa». (Carta de C. Darwin a W.D. Fox.)
Otra anécdota contada por el Sr. Herbert ilustra de nuevo su ternura de corazón:--
«Cuando estábamos en Barmouth, él y yo fuimos a una exhibición de 'perros sabios'. En medio del espectáculo, uno de los perros falló al realizar el truco que su amo le ordenó hacer. Cuando el hombre le reprendió, el perro puso una expresión de lo más lastimera, como si temiera el látigo. Darwin, al verlo, me pidió que me fuera con él, diciendo: 'Vamos, no puedo soportar esto ni un minuto más; cuánto deben haber sido azotados esos pobres perros'».
Es curioso que el mismo sentimiento volviera a mi padre más de cincuenta años después, al ver unos perros amaestrados en el Acuario de Westminster; en esta ocasión se tranquilizó al decirle el director que a los perros se les enseñaba más con recompensas que con castigos. El Sr. Herbert continúa: «Conmovía lo más profundo del sentimiento escucharle disertar y lamentarse sobre los horrores de la trata de esclavos, o sobre las crueldades a las que estaban sometidos los sufridos polacos en Varsovia... Estas y otras pruebas similares han dejado en mi mente la convicción de que nunca vivió un hombre más humano o de corazón más tierno».
Sus viejos amigos de la universidad coinciden en hablar con afectuosa calidez de su carácter agradable y afable cuando era joven. Por lo que me han podido contar, saco la impresión de un joven rebosante de alegría de vivir —que llevaba una vida variada y saludable—, no demasiado aplicado en los estudios propios del lugar, pero lleno de otras ocupaciones, que seguía con un entusiasmo jubiloso. La entomología, la equitación, la caza en los pantanos, las cenas y el juego de cartas, la música en la Capilla del King's, los grabados en el Museo Fitzwilliam, los paseos con el profesor Henslow, todo se combinaba para llenar una vida feliz. Parece haber contagiado a otros con su entusiasmo. El Sr. Herbert relata cómo, durante aquel mismo verano en Barmouth, fue reclutado al servicio de «la ciencia» —como mi padre llamaba a la recolección de escarabajos. Daban sus paseos diarios juntos por las colinas detrás de Barmouth, o navegaban en el estuario del Mawddach, o navegaban hasta Sarn Badrig para desembarcar allí con la marea baja, o iban a pescar con mosca en los lagos Cors-y-gedol. «En estas ocasiones, Darwin entomologizaba de lo más industriosamente, recogiendo criaturas mientras caminaba y embolsando todo lo que parecía digno de ser perseguido o de un examen posterior. Y muy pronto me armó con un frasco de alcohol, en el que yo debía dejar caer cualquier escarabajo que me pareciera que no era de una clase común. Cumplí con este deber con cierta diligencia en mis paseos constitucionales; pero, ¡ay!, mis facultades de discriminación rara vez me permitían asegurar un premio —siendo el resultado habitual, al examinar él el contenido de mi frasco, una exclamación: 'Bueno, viejo Cherbury' (Sin duda en alusión al título de Lord Herbert of Cherbury) (el apodo que me puso, y por el cual solía dirigirse a mí), 'ninguno de estos servirá'». Por otra parte, el reverendo T. Butler, que formaba parte del grupo de estudio de Barmouth en 1828, dice: «Me inoculó un gusto por la Botánica que me ha acompañado toda la vida».
El archidiácono Watkins, otro viejo amigo universitario de mi padre, le recuerda desenterrando escarabajos en los sauces entre Cambridge y Grantchester, y habla de cierto escarabajo cuyo nombre recuerda que es «Crux major». (Panagaeus crux-major.) ¡Con qué entusiasmo debió de haberse regocijado mi padre por este escarabajo para haber impresionado su nombre en un compañero de tal manera que lo recuerda después de medio siglo! El archidiácono Watkins continúa: «No olvido las largas y muy interesantes conversaciones que tuvimos sobre el paisaje brasileño y la vegetación tropical de todo tipo. Tampoco olvido la forma y la vehemencia con la que se frotaba la barbilla cuando se emocionaba con tales temas, y disertaba elocuentemente sobre lianas, orquídeas, etc.».
Se hizo íntimo de Henslow, el profesor de Botánica, y a través de él de algunos otros miembros mayores de la Universidad. «Pero», escribe el Sr. Herbert, «siempre mantuvo la conexión más estrecha con los amigos de su misma promoción; y en nuestras frecuentes reuniones sociales —en desayunos, tertulias con vino o cenas— siempre fue uno de los más alegres, los más populares y los más bienvenidos».
Mi padre formaba parte de un club para cenar una vez a la semana, llamado el Gourmet (el Sr. Herbert menciona el nombre como 'The Glutton Club'.) Club, siendo los miembros, además de él mismo y el Sr. Herbert (de quien cito), Whitley de St. John's, ahora canónigo honorario de Durham (Anteriormente lector de Filosofía Natural en la Universidad de Durham.); Heaviside de Sidney, ahora canónigo de Norwich; Lovett Cameron de Trinity, ahora vicario de Shoreham; Blane de Trinity, que ocupó un alto cargo durante la guerra de Crimea; H. Lowe (Hermano de Lord Sherbrooke.) (Ahora Sherbrooke) de Trinity Hall; y Watkins de Emmanuel, ahora archidiácono de York. El origen del nombre del club parece haberse sumido ya en la oscuridad. El Sr. Herbert dice que fue elegido en burla a otro «grupo de hombres que se llamaban a sí mismos con un largo nombre griego que significaba 'aficionado a los manjares', pero que falsificaban su pretensión a tal designación con su costumbre semanal de cenar en alguna posada de carretera, a seis millas de Cambridge, chuletas de cordero o judías con tocino». Otro antiguo miembro del club me cuenta que el nombre surgió porque los miembros eran dados a hacer experimentos con «pájaros y bestias que eran desconocidos para el paladar humano». Dice que probaron el halcón y el avetoro, y que su celo se vino abajo con un viejo búho pardo, «que era indescriptible». En cualquier caso, las reuniones parecían haber sido un éxito, y haber terminado con «una partida de suave vingt-et-un».
El Sr. Herbert ofrece un relato divertido de los exámenes musicales descritos por mi padre en sus «Recollections». El Sr. Herbert habla con énfasis de su amor por la música y añade: «Lo que le producía el mayor deleite era alguna gran sinfonía u obertura de Mozart o Beethoven, con sus armonías completas». En una ocasión, Herbert recuerda «haberle acompañado al servicio de tarde en el King's, cuando escuchamos un himno muy hermoso. Al final de una de las partes, que era sumamente impresionante, se volvió hacia mí y dijo, con un profundo suspiro: '¿Cómo tienes la columna vertebral?'». A menudo hablaba de una sensación de frío o escalofrío en la espalda al escuchar música hermosa.
Además de su amor por la música, ciertamente tenía en esta época un amor por la buena literatura; y el Sr. Cameron me cuenta que solía leer a Shakespeare a mi padre en sus habitaciones en Christ's, quien disfrutaba mucho con ello. También habla de su «gran gusto por los grabados de líneas de primera clase, especialmente los de Raphael Morghen y Muller; y pasaba horas en el Museo Fitzwilliam mirando las láminas de esa colección».
Las cartas de mi padre a Fox muestran lo profundamente oprimido que se sentía por la lectura de un examen: «Estoy estudiando mucho, y no tengo ánimo para nada. De hecho, no he pinchado ni un escarabajo este trimestre». Su desesperación por las matemáticas debió de ser profunda, cuando expresó la esperanza de que el silencio de Fox se debiera a «que estás diez brazas hundido en las Matemáticas; y si lo estás, Dios te ayude, porque yo también lo estoy, solo que con esta diferencia, yo me quedo atascado en el barro del fondo, y ahí es donde permaneceré». El Sr. Herbert dice: «No tenía, imagino, ninguna inclinación natural por las matemáticas, y abandonó su lectura matemática antes de haber dominado la primera parte del Álgebra, habiendo tenido una pelea especial con los radicales y el Teorema del Binomio».
Obtenemos algunas pruebas de sus cartas a Fox de la intención de mi padre de entrar en la Iglesia. «Me alegra», escribe (18 de marzo de 1829.), «oír que estás leyendo teología. Me gustaría saber qué libros estás leyendo, y tus opiniones sobre ellos; no necesitas tener miedo de predicarme prematuramente». El boceto del Sr. Herbert muestra cómo surgieron dudas en la mente de mi padre sobre la posibilidad de ordenarse. Escribe: «Tuvimos una conversación seria sobre entrar en las Sagradas Órdenes; y recuerdo que me preguntó, con referencia a la pregunta formulada por el Obispo en el servicio de ordenación, '¿Confías en que eres movido interiormente por el Espíritu Santo, etc.', si yo podía responder afirmativamente, y al decirle que no podía, dijo: 'Ni yo tampoco, y por lo tanto no puedo ordenarme'». Esta conversación parece haber tenido lugar en 1829, y si es así, las dudas expresadas aquí debieron de ser acalladas, pues en mayo de 1830 habla de tener algunas ideas de leer teología con Henslow.
[La mayor parte de las siguientes cartas están dirigidas por mi padre a su primo, William Darwin Fox. El parentesco del Sr. Fox con mi padre se muestra en el árbol genealógico dado en el Capítulo I. El grado de parentesco parece haber seguido siendo un problema para mi padre, ya que firma en una carta como «primo/n elevado a la potencia 2». Su amistad se debió, de hecho, a que fueron estudiantes juntos. Las cartas de mi padre muestran con suficiente claridad cuán genuina era esa amistad. En años posteriores, la distancia, las familias numerosas y la mala salud de ambas partes restringieron el trato; pero permaneció un cálido sentimiento de amistad. La correspondencia nunca se abandonó del todo y continuó hasta la muerte del Sr. Fox en 1880. El Sr. Fox se ordenó y trabajó como clérigo rural hasta que la mala salud le obligó a dejar su parroquia en el Bosque de Delamare. Su amor por la historia natural siguió siendo fuerte, y se convirtió en un experto aficionado a muchos tipos de pájaros, etc. El índice de 'Animals and Plants' y la posterior correspondencia de mi padre muestran cuánta ayuda recibió de su viejo amigo de la Universidad.]
CHARLES DARWIN A J.M. HERBERT. Sábado por la tarde [14 de septiembre de 1828]. (El sello postal de Derby parece mostrar que la carta fue escrita desde la casa de su primo, W.D. Fox, Osmaston, cerca de Derby.)
Mi querido viejo Cherbury,
Estoy a punto de cumplir mi promesa de escribirte, pero lamento añadir que hay un motivo muy egoísta de fondo. Voy a pedirte un gran favor, y no puedes imaginar cuánto me obligarás si consigues algunos especímenes más de algunos insectos que me atrevo a decir que puedo describir. En primer lugar, debo informarte de que he capturado algunos de los insectos británicos más raros, y el hecho de que se encuentren cerca de Barmouth es completamente desconocido para el mundo entomológico: creo que escribiré e informaré a algunos de los entomólogos de primera categoría.
Pero ahora al grano. VARIOS especímenes más, si puedes conseguirlos sin mucha molestia, de los siguientes insectos:--El escarabajo de color negro violáceo, encontrado en Craig Storm (La cima de la colina inmediatamente detrás de Barmouth se llamaba Craig-Storm, una palabra híbrida cambro-inglesa.), bajo piedras, también uno grande negro y liso muy parecido a él; un escarabajo pelotero de color metálico azulado, que es MUY común en las laderas de las colinas; también, si fueras tan amable de cruzar el transbordador, y encontrarás un gran número bajo las piedras en el terreno baldío de un escarabajo largo, liso, de color negro azabache (muchos de estos); también, en la misma situación, un insecto muy pequeño y rosáceo, con manchas negras, con un tórax curvado que sobresale más allá de la cabeza; también, en el terreno pantanoso al otro lado del transbordador, cerca del mar, bajo algas viejas, piedras, etc., encontrarás un escarabajo pequeño, amarillento y transparente, con dos o cuatro marcas negruzcas en el dorso. Bajo estas piedras hay dos tipos, uno mucho más oscuro que el otro; el de color más claro es el que quiero. Estos dos últimos insectos son EXCESIVAMENTE RAROS, y realmente me obligarías EXTREMADAMENTE si te tomaras todas estas molestias bastante pronto; recuérdame muy amablemente a Butler, cuéntale de mi éxito, y me atrevo a decir que ambos reconoceréis fácilmente estos insectos. Espero que sus orugas vayan bien. Creo que muchas de las crisálidas merecen la pena conservarlas. Realmente me avergüenzo [de] una carta tan larga todo sobre mis propios asuntos; pero devuelve bien por mal, y envíame un largo relato de todos tus procedimientos.
En la primera semana maté setenta y cinco piezas de caza —un número muy despreciable— pero hay muy pocos pájaros. Maté, sin embargo, un par de gallos negros. Desde entonces me he quedado en casa de los Fox, cerca de Derby; es una casa muy agradable, y la reunión de música salió muy bien. Quiero saber cómo le gusta a Yates su escopeta, y qué uso ha hecho de ella.
Si el frasco no es grande puedes comprar otro para mí, y cuando pases por Shrewsbury puedes dejar estos tesoros, y espero, si posiblemente puedes, que te quedes un día o dos conmigo, ya que espero no tener que decir cuán feliz seré de verte de nuevo. Fox comentó qué tipos de tan buen carácter deben ser tus amigos en Barmouth; y si no supiera cómo sois tú y Butler, no pensaría en darte tantas molestias.
Créeme, mi querido Herbert, Tuyo, más sinceramente, CHARLES DARWIN. Recuérdame a todos los amigos.
[El siguiente enero le encontramos esperando con placer el comienzo de otro año de su vida en Cambridge: escribe a Fox--
«Esperé hasta hoy por la posibilidad de una carta, pero no esperaré más. Debo felicitarte más sincera y cordialmente por haber terminado todos tus trabajos. Creo que tu puesto es MUY BUENO considerando por cuánto has vencido a muchos hombres que tenían ventaja sobre ti en la lectura. Desearía estar ahora en Cambridge (un deseo muy egoísta, sin embargo, ya que no estuve contigo en todos tus problemas y miseria), para unirme a toda la gloria y felicidad que pueden dar los peligros pasados. ¡Cómo hablaríamos, caminaríamos y entomologizaríamos! Safo debería ser la mejor de las perras, y Dash, de los perros: entonces habría 'paz en la tierra, buena voluntad para con los hombres'--lo cual, por cierto, siempre pienso que es la descripción más perfecta de la felicidad que las palabras pueden dar».]
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. Cambridge, jueves [26 de febrero de 1829].
Mi querido Fox,
Cuando llegué aquí el martes encontré, para mi gran dolor y sorpresa, una carta sobre mi mesa que te había escrito hace unas dos semanas; el estúpido portero nunca se tomó la molestia de hacer que la carta se enviara. Supongo que habrás estado insultándome por ser el más ingrato de los desdichados; pero estoy seguro de que me compadecerás ahora, ya que nada es más vejatorio que haber escrito una carta en vano.
El jueves pasado dejé Shrewsbury para Londres, y me quedé allí hasta el martes, día en que bajé aquí en el 'Times'. Pasé los dos primeros días completamente con el Sr. Hope (Fundador de la Cátedra de Zoología en Oxford.), y hice poco más que hablar y mirar insectos; su colección es de lo más magnífica, y él mismo es el más generoso de los entomólogos; me ha dado unas 160 especies nuevas, y de hecho a menudo quería darme los insectos más raros de los que solo tenía dos especímenes. Hizo muchos discursos amables, y esperaba que le visitaras alguna vez conmigo, siempre que estuviéramos en Londres. Elogia mucho nuestros esfuerzos en Entomología, y dice que hemos capturado un número maravillosamente grande de buenos insectos. El domingo pasé el día con Holland, quien me prestó un caballo para montar en el Parque.
El lunes por la tarde tomé el té con Stephens (J.F. Stephens, autor de 'A Manual of British Coleoptera', 1839, y otras obras.); su gabinete es más magnífico de lo que el entomólogo más entusiasta podría soñar; parece ser un hombrecillo de buen humor y agradable. Mientras estuve en la ciudad fui a la Royal Institution, la Linnean Society, y los Zoological Gardens, y muchos otros lugares donde los naturalistas son gregarios. Si hubieras estado conmigo, creo que Londres sería un lugar muy encantador; tal como fueron las cosas, fue mucho más agradable de lo que podría haber supuesto que fuera un desierto tan lúgubre de casas.
Disparé mientras estaba en Shrewsbury a un Dundiver (hembra de serreta grande, como supongo que sabes). Shaw la ha disecado, y cuando tenga una oportunidad se la enviaré a Osmaston. También se han disparado cinco ampelis europeos, tres de los cuales Shaw tiene a la venta; ¿te gustaría comprar un espécimen? Todavía no te he agradecido tu última carta, muy larga y agradable. Hubiera sido aún más agradable si hubiera contenido la alegre noticia de que ibas a venir aquí; mis dos desayunos solitarios ya me han hecho consciente de cuánto, cuánto te voy a echar de menos.
...
Créeme, mi querido viejo Fox, más sinceramente tuyo, C. DARWIN.
[Más adelante en el trimestre de Cuaresma escribe a Fox:--
«Llevo una vida tranquila de todos los días; un poco de la Historia de Gibbon por la mañana, y una buena cantidad de "Van John" por la noche; esto, con un paseo ocasional con Simcox y un paseo constitucional con Whitley, constituye la rutina regular de mis días. Veo bastante tanto a Herbert como a Whitley, y cuanto más les veo, más aumenta cada día el respeto que tengo por sus excelentes entendimientos y disposiciones. Han estado dando algunas fiestas muy alegres, casi sesenta hombres allí ambas noches».]
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. Christ's College [Cambridge], 1 de abril [1829].
Mi querido Fox,
En tu carta a Holden te complace observar «que de todos los sinvergüenzas que has conocido, soy el mayor». Sobre esta observación no haré comentarios, excepto que debo darte todo el crédito que mereces por actuar en consecuencia de la forma más rígida. Y ahora me gustaría saber, ¿en qué aspecto eres menos sinvergüenza que yo? ¿Viejo vago, por qué no has respondido a mi última carta, que estoy seguro de que envié a Clifton hace casi tres semanas? Si no estuviera realmente muy ansioso por saber qué estás haciendo, te habría dejado permanecer hasta que pensaras que valía la pena tratarme como a un caballero. Y ahora, habiendo desahogado mi bilis regañándote, y habiéndote dicho, lo que debes saber, cuánto y cuán ansiosamente quiero saber cómo os va a ti y a tu familia en Clifton, el propósito de esta carta ha terminado. Si supieras cuántas veces pienso en ti, y cuántas veces lamento tu ausencia, estoy seguro de que habría tenido noticias tuyas hace mucho tiempo.
Encuentro Cambridge bastante estúpido, y como casi no conozco a nadie que pasee, y esto unido a que mis labios no están del todo bien, me ha reducido a una especie de hibernación... He pillado al Sr. Harbour dejando que — tuviera la primera elección de los escarabajos; por consiguiente, nos hemos despedido definitivamente, mi parte en la conmovedora escena consistió en decirle que era un maldito sinvergüenza y en indicarle que le daría una patada para bajarlo por las escaleras si volvía a aparecer en mis habitaciones. Pareció sorprender sobremanera al joven caballero. No tengo noticias que contarte; de hecho, cuando una correspondencia se ha interrumpido como la nuestra, es difícil hacer el primer inicio de nuevo. Anoche hubo un incendio terrible en Linton, a once millas de Cambridge. Al ver el reflejo tan claramente en el cielo, Hall, Woodyeare, Turner y yo pensamos que iríamos a caballo a verlo. Salimos a las nueve y media, cabalgamos como demonios encarnados hasta allí y no regresamos hasta las dos de la mañana. En conjunto, fue una visión de lo más aterradora. No puedo concluir sin decirte que, de todos los granujas que he conocido, tú eres el mayor y el mejor.
C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. [Cambridge, jueves, 23 de abril de 1829.]
Mi querido Fox,
He retrasado la respuesta a tu última carta durante estos pocos días, ya que pensé que bajo circunstancias tan melancólicas el escribirte probablemente solo te causaría problemas. Esta mañana recibí una carta de Catherine informándome de ese suceso (La muerte de la hermana de Fox, la Sra. Bristowe), que, de hecho, por tu carta, apenas me había atrevido a esperar que hubiera ocurrido de otra manera. Siento más sincera y profundamente por ti y por toda tu familia; pero al mismo tiempo, en la medida en que alguien pueda ser apoyado por sus propios buenos principios y religión ante tal desgracia, estoy seguro de que sabrás dónde buscar tal apoyo. Y después de un consuelo tan puro y santo como el que brinda la Biblia, estoy igualmente seguro de cuán inútil debe parecer la simpatía de todos los amigos, aunque sea tan sentida y sincera como espero que creas que soy capaz de sentir. En un momento de tan profunda angustia no diré nada más, excepto que confío en que tu padre y la Sra. Fox soporten este golpe tan bien como, dadas las circunstancias, cabe esperar.
Me temo que pasará mucho tiempo, mi querido Fox, antes de que nos veamos; hasta entonces, créeme siempre,
Tuyo muy afectuosamente, CHARLES DARWIN.
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. Shrewsbury, viernes [4 de julio de 1829].
Mi querido Fox,
Te habría escrito antes, solo que mientras duró nuestra expedición estuve demasiado ocupado, y la conclusión fue tan desafortunada que estuve demasiado infeliz para escribirte hasta la tranquilidad de esta semana en casa. El pensamiento de Woodhouse la próxima semana me ha dado por fin valor para relatar mi desafortunado caso.
Partí de este lugar hace aproximadamente una quincena para hacer un viaje entomológico con el Sr. Hope por todo el norte de Gales; y Barmouth fue nuestro primer destino. Los dos primeros días me fue bastante bien, capturando varios buenos insectos; pero durante el resto de esa semana mis labios se pusieron repentinamente tan mal (Probablemente con eccema, del que solía sufrir a menudo), y yo mismo no muy bien, que fui incapaz de salir de la habitación, y el lunes me retiré con pena y dolor de vuelta a Shrewsbury. Los dos primeros días capturé algunos buenos insectos... Pero los días que no pude salir, el Sr. Hope hizo maravillas... y hoy he recibido otro paquete de insectos de su parte, tales Colymbetes, tales Carabi y tales magníficos Elaters (dos especies de la clase de color escarlata brillante). Estoy seguro de que simpatizarás adecuadamente con mi desafortunada situación: estoy decidido a recorrer el mismo terreno que él antes de que llegue el otoño, y si trabajar duro consigue insectos, traeré a casa un lote glorioso...
Mi querido Fox, Tuyo muy sinceramente, CHAS. DARWIN.
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. Shrewsbury, 18 de julio de 1829.
Voy a ir a Maer la próxima semana con el fin de entomologizar, y me quedaré allí una semana, y durante el resto de este verano pretendo llevar una vida perfectamente ociosa y errante... Ya ves que estoy mucho en el mismo estado que tú, con esta diferencia, tú haces buenos propósitos y nunca los cumples; yo nunca los hago, así que no puedo cumplirlos; está muy bien escribir de esta manera, pero debo estudiar para mi Little-go. Graham sonrió y se inclinó tan cortésmente cuando me dijo que era uno de los seis designados para hacer el examen más estricto, y que estaban decididos a que esto lo convirtiera en algo muy diferente a cualquier examen anterior, que por todo esto estoy seguro de que será el propio demonio para todos los hombres ociosos y entomólogos. A Erasmus lo esperamos en casa dentro de unas pocas semanas: tiene la intención de pasar el próximo invierno en París. Asegúrate de pedir las dos listas de insectos publicadas por Stephens, una impresa por ambos lados y la otra solo por uno; las encontrarás muy útiles desde muchos puntos de vista.
Querido viejo Fox, tuyo, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. Christ's College, jueves [16 de octubre de 1829].
Mi querido Fox,
Me temo que estarás muy enfadado conmigo por no haberte escrito durante la Reunión Musical, pero realmente estuve trabajando tan duro que no tuve tiempo; llegué aquí el lunes y encontré mis habitaciones en una confusión espantosa, ya que han estado levantando el suelo, y puedes suponer que he tenido mucho que hacer durante estos dos días. La Reunión Musical (En Birmingham) fue lo más glorioso que he experimentado jamás; y en cuanto a Malibran, las palabras no pueden alabarla lo suficiente, es absolutamente la persona más encantadora que he visto nunca. Tuvimos extractos de varias de las mejores óperas, actuadas con caracterización, y no puedes imaginar cuán superior hizo esto a los conciertos respecto a cualquiera que haya escuchado antes. J. de Begnis (El nombre de pila de De Begnis era Giuseppe) actuó en 'Il Fanatico' caracterizado; estar vestido de una figura extraordinaria le da un efecto mucho mayor a su actuación. Mantuvo a todo el teatro en carcajadas. Me gustó mucho Madame Blasis, pero nada sirve después de Malibran, que cantó algunas canciones cómicas, y el corazón de una persona tendría que haber sido de piedra para no haberlo perdido por ella. Me alojé muy cerca de los Wedgwood, y viví enteramente con ellos, lo cual fue muy agradable, y si hubieras estado allí habría sido absolutamente perfecto. Me dejó agotadísimo, y nunca más intentaré hacer dos cosas el mismo día.
...
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. [Cambridge] jueves [marzo de 1830].
Mi querido Fox,
¡¡¡He aprobado mi Little-Go!!! Estoy demasiado exaltado para humillarme disculpándome por no haberte escrito antes. Pero te aseguro que antes de presentarme, y cuando mis nervios estaban en una condición destrozada y débil, tu persona herida a menudo se levantaba ante mis ojos y me atormentaba con mi pereza. Pero he aprobado, he aprobado, he aprobado. Podría escribir toda la hoja llena con esta palabra encantadora. Me presenté ayer y acabo de recibir la alegre noticia. No sabré hasta dentro de una semana en qué clase estoy. Todo el examen se lleva a cabo con un sistema diferente. Tiene una gran ventaja: terminar en un solo día. Son bastante estrictos y hacen un número maravilloso de preguntas.
Y ahora quiero saber algo sobre tus planes; por supuesto, tienes la intención de venir aquí: qué diversión tendremos juntos; qué escarabajos capturaremos; le hará bien a mi corazón volver a ir juntos una vez más a algunos de nuestros viejos refugios. Tengo dos alumnos muy prometedores en Entomología, y haremos campañas regulares a los Fens. Que el Cielo proteja a los escarabajos y al Sr. Jenyns, porque no le dejaremos ni una pareja en todo el país. Mi nuevo gabinete ha llegado, y es un pequeño asunto alegre.
Y ahora sobre el tiempo: creo que iré unos días a la ciudad para escuchar una ópera y ver al Sr. Hope; por no mencionar a mi hermano también, a quien no me importaría ver. Si voy bastante pronto, tú puedes venir después, pero si estableces tus planes definitivamente, yo arreglaré los míos, así que envíame una carta por correo de vuelta. Y te encargo que sea favorable, es decir, ven directamente. Holden ha sido ordenado, y condujo el carruaje el lunes. No creo que se vea muy bien. Chapman quiere que tú y yo le hagamos una visita cuando vengáis, y pide que te recuerde a ti. Debes perdonar esta breve carta, ya que no tengo fin de cosas que enviar por el correo de este día. Anhelo volver a verte, y hasta entonces,
Mi querido buen viejo Fox, Tuyo muy sinceramente, CHARLES DARWIN.
[En agosto estuvo en el norte de Gales y escribió a Fox:--
"He estado intentando escribir cada hora durante la última quincena, pero REALMENTE no he tenido tiempo. Salí de Shrewsbury hace hoy una quincena, y desde ese momento he estado trabajando de la mañana a la noche atrapando peces o escarabajos. Este es literalmente el primer día de ocio que he tenido para mí; pues en los días lluviosos voy a pescar, en los buenos a entomologizar. Puedes recordar que durante la quincena anterior a todo esto, me dijiste que no escribiera, así que espero haber logrado algún tipo de defensa por no haber respondido antes a tus dos largas y muy agradables cartas."]
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. [Cambridge, 5 de noviembre de 1830.]
Mi querido Fox,
Tengo tan poco tiempo en la actualidad, y estoy tan disgustado de leer que no tengo fuerzas para escribir a nadie. Solo he escrito una vez a casa desde que llegué. Esto debe disculparme por no haber respondido a tus tres cartas, por las que realmente te estoy muy agradecido...
No he pinchado un insecto este trimestre, y apenas he abierto una caja. Si hubiera tenido tiempo te habría enviado los insectos que tanto tiempo llevo prometiéndote; pero realmente no tengo ánimos ni tiempo para hacer nada. Leer me pone bastante desesperado; la plaga de preparar todas mis asignaturas es casi intolerable. Henslow es mi tutor, y hace un trabajo de lo más ADMIRABLE; la hora con él es la más agradable de todo el día. Creo que es absolutamente el hombre más perfecto que he conocido. He estado en algunas fiestas muy agradables allí este trimestre. Su bondad es ilimitada.
Estoy seguro de que lamentarás saber que el padre del pobre viejo Whitley ha muerto. Desde un punto de vista mundano es de gran consecuencia para él, ya que le impedirá ir a la Abogacía durante algún tiempo. —(Asegúrate de responder a esto:) ¿Cuánto pagaste por el aro de hierro que hiciste hacer en Shrewsbury? Porque no pretendo pagar la totalidad de la factura del hombre de Cambridge. No necesitas preocuparte por el Phallus, ya que he comprado ambas especies. He oído a hombres decir que Henslow tiene algunas opiniones religiosas curiosas. Nunca percibí nada de ello, ¿tú sí? Me alegra mucho saber, después de todas tus demoras, que has oído hablar de una curia donde puedes leer todos los mandamientos sin poner en peligro tu garganta. También me alegra aún más saber que tu madre continúa mejorando constantemente. Confío en que no tendrás más motivos para la inquietud. Con todos mis deseos por tu felicidad, mi querido viejo Fox,
Créeme tuyo muy sinceramente, CHARLES DARWIN.
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. Cambridge, domingo, 23 de enero de 1831.
Mi querido Fox,
Espero sinceramente que me disculpes por no escribir antes de obtener mi título. Sentí una aversión bastante inexplicable a escribir a nadie. Pero ahora te felicito de todo corazón por haber aprobado tu examen, y espero que encuentres tu curato cómodo. Si es mi último chelín (no tengo muchos), vendré a hacerte una visita.
No sé por qué el título debería poner a uno tan miserable, tanto antes como después. Recuerdo que tú estabas lo suficientemente desgraciado antes, y puedo asegurarte que yo lo estoy ahora, y lo que lo hace más ridículo es que no sé por qué. Creo que es una hermosa provisión de la naturaleza hacer que uno lamente menos dejar un lugar tan agradable como Cambridge; y entre todos sus placeres —lo digo por una vez y para siempre— ninguno tan grande como mi amistad contigo. Ayer te envié un periódico, en el que verás qué buen puesto [10º] he conseguido en el Poll. En cuanto a Christ's, ¿alguna vez viste tal universidad para producir Capitanes y Apóstoles? (El "Capitán" está a la cabeza del "Poll": los "Apóstoles" son los doce últimos en el Tripos Matemático). No hay hombres ni en Emmanuel ni en Christ's suspendidos. ¡Cameron está "gulfed", junto con otros tres becarios de Trinity! Mis planes no están para nada asentados. Creo que mantendré este trimestre, y luego iré a economizar a Shrewsbury, regresaré y obtendré mi título.
A un hombre se le puede disculpar por escribir tanto sobre sí mismo cuando acaba de aprobar el examen; así que debes disculparme. Y bajo el mismo principio, escribe tú una carta llena de ti mismo y de tus planes. Quiero saber algo sobre tu examen. Cuéntame sobre el estado de tus nervios; qué libros preparaste, y cuán perfecto. Me interesa ese tipo de cosas, ya que llegará el momento en que debo sufrir. Tu tutor, Thompson, pidió que te recordara a ti, y también Whitley. Si respondes a esto, te enviaré tantas respuestas estúpidas como puedas desear.
Créeme, querido Fox, CHAS. DARWIN.
CAPÍTULO 1.V. — EL NOMBRAMIENTO PARA EL 'BEAGLE'.
[En una carta dirigida al Capitán Fitz-Roy, antes de que el "Beagle" zarpara, mi padre escribió: "Qué día tan glorioso será para mí el 4 de noviembre (El "Beagle" no hizo, sin embargo, su partida definitiva y exitosa hasta el 27 de diciembre) — mi segunda vida comenzará entonces, y será como un cumpleaños por el resto de mi vida."]
Las circunstancias que llevaron a este segundo nacimiento — mucho más importante de lo que mi padre imaginaba entonces — están relacionadas con su vida en Cambridge, pero pueden contarse más apropiadamente en el presente capítulo. Lo primero en la cadena de circunstancias que condujeron a su nombramiento en el "Beagle", fue la amistad de mi padre con el profesor Henslow. Escribió en una libreta o diario, que contiene un breve registro de fechas, etc., a lo largo de su vida:
"1831. NAVIDAD. — Aprobé mi examen para el título de B.A. y mantuve los dos trimestres siguientes.
"Durante estos meses viví mucho con el profesor Henslow, cenando a menudo con él y paseando con él; me familiaricé ligeramente con varios de los hombres eruditos de Cambridge, lo cual avivó mucho el celo que las cenas y la caza no habían destruido.
"En la primavera visité al Sr. Dawes con Ramsay y Kirby, y hablamos sobre una excursión a Tenerife. En la primavera Henslow me persuadió para pensar en la Geología, y me presentó a Sedgwick. Durante el solsticio de verano hice un poco de geología en Shropshire.
"AGOSTO. — Fui a una gira geológica (Mencionada por Sedgwick en su prefacio al 'Catálogo de Fósiles Cámbricos y Silúricos' de Salter, 1873) por Llangollen, Ruthin, Conway, Bangor y Capel Curig, donde dejé al profesor Sedgwick, y crucé la montaña hasta Barmouth."
En una carta a Fox (mayo de 1831), mi padre escribe: "Estoy muy ocupado... y veo mucho a Henslow, a quien no sé si amo o respeto más". Sus sentimientos hacia este admirable hombre se expresan finamente en una carta que escribió al Rev. L. Blomefield (entonces Rev. L. Jenyns), cuando este último estaba ocupado en su 'Memoria del profesor Henslow' (publicada en 1862). El pasaje ('Memoria del Rev. John Stevens Henslow, M.A.', por el Rev. Leonard Jenyns. 8vo. Londres, 1862, página 51) se ha utilizado en el primero de los avisos conmemorativos escritos para 'Nature', y el Sr. Romanes señala que mi padre, "al describir el carácter de otro, está dando inconscientemente una descripción muy precisa del suyo propio":
"Llegué a Cambridge a principios del año 1828, y pronto conocí, a través de algunos de mis compañeros entomólogos, al profesor Henslow, pues todos los que se preocupaban por cualquier rama de la historia natural eran igualmente alentados por él. Nada podría ser más simple, cordial y sin pretensiones que el ánimo que brindaba a todos los jóvenes naturalistas. Pronto me hice íntimo de él, pues tenía una notable capacidad para hacer que los jóvenes se sintieran completamente cómodos con él; aunque todos estábamos asombrados por la cantidad de sus conocimientos. Antes de conocerlo, oí a un joven resumir sus logros simplemente diciendo que lo sabía todo. Cuando reflexiono sobre cuán inmediatamente nos sentimos perfectamente cómodos con un hombre mayor, y en todos los sentidos inmensamente superior a nosotros, pienso que se debió tanto a la transparencia de la sinceridad de su carácter como a su bondad de corazón; y, quizás, incluso más, a una ausencia altamente notable en él de toda autoconciencia. Uno percibía de inmediato que nunca pensaba en sus propios conocimientos variados o intelecto claro, sino únicamente en el tema que se trataba. Otro encanto, que debe haber sorprendido a todos, era que su trato con personas mayores y distinguidas y con el estudiante más joven era exactamente el mismo: y a todos mostraba la misma cortesía ganadora. Recibía con interés la observación más trivial en cualquier rama de la historia natural; y por muy absurdo que fuera el error que uno pudiera cometer, lo señalaba tan clara y amablemente, que uno se iba de su lado sin desanimarse en absoluto, sino solo decidido a ser más preciso la próxima vez. En resumen, ningún hombre podría estar mejor formado para ganarse la entera confianza de los jóvenes, y alentarlos en sus actividades.
"Sus conferencias sobre Botánica eran universalmente populares, y tan claras como la luz del día. Tan populares eran, que varios de los miembros de mayor edad de la Universidad asistían a cursos sucesivos. Una vez a la semana mantenía casa abierta por la noche, y todos los que se preocupaban por la historia natural asistían a estas fiestas, las cuales, al favorecer así la intercomunicación, hacían el mismo bien en Cambridge, de una manera muy agradable, que las Sociedades Científicas hacen en Londres. A estas fiestas asistían ocasionalmente muchos de los miembros más distinguidos de la Universidad; y cuando solo había unos pocos presentes, he escuchado a los grandes hombres de aquellos días, conversando sobre todo tipo de temas, con los poderes más variados y brillantes. Esto no fue una pequeña ventaja para algunos de los hombres más jóvenes, ya que estimulaba su actividad mental y ambición. Dos o tres veces por sesión hacía excursiones con su clase de botánica; ya fuera una larga caminata al hábitat de alguna planta rara, o en una barcaza por el río hasta los pantanos, o en carruajes a algún lugar más lejano, como a Gamlingay, para ver el lirio de los valles silvestre, y para atrapar en el brezal al raro sapo corredor. Estas excursiones han dejado una impresión deliciosa en mi mente. Estaba, en tales ocasiones, tan animado como un niño, y se reía tan cordialmente como un niño ante las desventuras de aquellos que perseguían a las espléndidas mariposas macaón a través de los pantanos rotos y traicioneros. Solía detenerse de vez en cuando para dar una lección sobre alguna planta u otro objeto; y algo podía decirnos sobre cada insecto, concha o fósil recolectado, pues había prestado atención a todas las ramas de la historia natural. Después de nuestra jornada de trabajo solíamos cenar en alguna posada o casa, y muy joviales éramos entonces. Creo que todos los que se unieron a estas excursiones estarán de acuerdo conmigo en que han dejado una impresión duradera de deleite en nuestras mentes.
"A medida que pasaba el tiempo en Cambridge me hice muy íntimo del profesor Henslow, y su bondad fue ilimitada; continuamente me invitaba a su casa, y me permitía acompañarlo en sus paseos. Hablaba de todos los temas, incluido su profundo sentido de la religión, y era completamente abierto. Debo más de lo que puedo expresar a este excelente hombre..."
"Durante los años en que frecuenté tanto al profesor Henslow, nunca vi que su temperamento se alterase ni lo más mínimo. Jamás juzgó de mala manera el carácter de nadie, aunque estaba muy lejos de ser ciego ante las debilidades ajenas. Siempre me dio la impresión de que su mente no podía ser tocada siquiera por ningún sentimiento mezquino de vanidad, envidia o celos. Con toda esta ecuanimidad de carácter y notable benevolencia, no había insipidez alguna en su personalidad. Un hombre tendría que haber sido ciego para no percibir que, bajo ese exterior plácido, había una voluntad vigorosa y determinada. Cuando los principios entraban en juego, ninguna fuerza en la tierra le habría hecho desviarse ni un ápice...
"Reflexionando sobre su carácter con gratitud y reverencia, sus atributos morales se elevan, como debería suceder en el carácter más elevado, por encima de su intelecto".
En una carta al reverendo L. Blomefield (Jenyns), el 24 de mayo de 1862, mi padre escribió con los mismos sentimientos que había expresado en sus cartas treinta años antes:--
"Le agradezco sinceramente su amable regalo de su Memoria sobre Henslow. He leído aproximadamente la mitad y me ha interesado mucho. No creo que pudiera haberlo venerado más de lo que lo hice; pero su libro ha exaltado aún más su carácter ante mis ojos. Al hojear las páginas de la segunda mitad, me parece que su relato sería invaluable para cualquier clérigo que deseara seguir el noble ejemplo del pobre y querido Henslow. Qué hombre tan admirable era".
El trabajo geológico mencionado en la cita de la libreta de mi padre fue sin duda de importancia por darle cierta experiencia práctica, y tal vez de mayor importancia al ayudarle a ganar cierta confianza en sí mismo. En julio del mismo año, 1831, estaba "trabajando como un tigre" en Geología e intentando hacer un mapa de Shropshire, pero sin encontrarlo "tan fácil como esperaba".
Al escribir a Henslow por la misma época, da cuenta de su trabajo:--
"Debería haberle escrito hace algún tiempo, pero estaba decidido a esperar el clinómetro, y me alegra mucho decir que creo que funcionará admirablemente. Coloqué todas las mesas en mi dormitorio en todos los ángulos y direcciones concebibles. Me atreveré a decir que las he medido con tanta precisión como cualquier geólogo que se precie podría hacerlo... He estado trabajando en tantas cosas que no he avanzado mucho en geología. Sospecho que la primera expedición que haga, con clinómetro y martillo en mano, me hará regresar poco más sabio y mucho más desconcertado que cuando empecé. Por ahora solo me he entregado a hipótesis, pero son tan poderosas que supongo que, si se pusieran en práctica por un solo día, el mundo llegaría a su fin".
Evidentemente, estaba muy interesado en ponerse a trabajar con Sedgwick, pues escribió a Henslow: "No he tenido noticias del profesor Sedgwick, así que me temo que no visitará las formaciones del Severn. Espero y confío en que hizo todo lo posible por instarlo".
Mi padre ha dado en sus Recuerdos cierto relato de este viaje.
Allí también leemos sobre la proyectada excursión a las Canarias, de la que hay una leve mención en las cartas a Fox y a Henslow.
En abril de 1831 le escribe a Fox: "En este momento hablo, pienso y sueño con un plan que casi he fraguado de ir a las Islas Canarias. Hace mucho que tengo el deseo de ver paisajes y vegetación tropicales y, según Humboldt, Tenerife es un espécimen muy bonito". Y de nuevo en mayo: "En cuanto a mi plan canario, es temerario que hagas preguntas; mis otros amigos desean sinceramente que esté allí, pues los atormento tanto hablando de paisajes tropicales, etc. Eyton irá el próximo verano y estoy aprendiendo español".
Más avanzado el verano, el plan tomó una forma más definida y la fecha parece haberse fijado para junio de 1832. Obtuvo información en Londres sobre el precio del pasaje y en julio estaba trabajando en español y llamando a Fox "un grandísimo lebrón", como prueba de su conocimiento de la lengua; lo cual, sin embargo, encontró "intensamente estúpido". Pero incluso entonces parece haber tenido algunas dudas sobre el celo de sus compañeros, pues escribe a Henslow (27 de julio de 1831): "Espero que continúe avivando su ardor por Canarias. Leo y releo a Humboldt; ¿hace usted lo mismo? Estoy seguro de que nada nos impedirá ver el Gran Drago".
El trabajo geológico y los sueños con Tenerife lo llevaron durante el verano, hasta que al regresar de Barmouth para el sagrado 1 de septiembre, recibió la oferta de nombramiento como naturalista del "Beagle".
El siguiente extracto de la libreta será de ayuda al leer las cartas:--
"Regresé a Shrewsbury a finales de agosto. Rechacé la oferta del viaje.
"Septiembre.--Fui a Maer, regresé con el tío Jos a Shrewsbury, y de allí a Cambridge. Londres.
"11.--Fui con el capitán Fitz-Roy en vapor a Plymouth para ver el "Beagle".
"22.--Regresé a Shrewsbury, pasando por Cambridge.
"2 de octubre.--Me despedí de mi hogar. Permanecí en Londres.
"24.--Llegué a Plymouth.
"Octubre y noviembre.--Estos meses muy miserables.
"10 de diciembre.--Zarpamos, pero nos vimos obligados a regresar.
"21.--Nos hicimos a la mar de nuevo y fuimos obligados a volver.
"27.--Zarpamos de Inglaterra en nuestra circunnavegación".
GEORGE PEACOCK (Antiguo decano de Ely y profesor Lowndean de Astronomía en Cambridge.) A J.S. HENSLOW. 7 Suffolk Street, Pall Mall East. [1831.]
Mi querido Henslow,
El capitán Fitz-Roy va a salir para inspeccionar la costa sur de Tierra del Fuego y, posteriormente, visitar muchas de las islas del Mar del Sur, para regresar por el archipiélago de la India. El buque está equipado expresamente para fines científicos, combinados con la inspección; proporcionará, por lo tanto, una rara oportunidad para un naturalista, y sería una gran desgracia que se perdiera.
Se me ha hecho una oferta para recomendar a una persona adecuada que vaya como naturalista en esta expedición; será tratada con toda consideración. El capitán es un hombre joven de modales muy agradables (sobrino del duque de Grafton), de gran celo en su profesión y de quien se habla muy bien; si Leonard Jenyns pudiera ir, qué tesoros podría traer a casa consigo, ya que el barco estaría a su disposición siempre que sus investigaciones lo hicieran necesario o deseable. En ausencia de un naturalista tan consumado, ¿hay alguna persona a la que usted pueda recomendar encarecidamente? Debe ser una persona que haga honor a nuestra recomendación. Piense en este tema, sería una pérdida grave para la causa de la ciencia natural si se perdiera esta magnífica oportunidad...
El barco zarpa alrededor de finales de septiembre.
Escriba inmediatamente y dígame qué se puede hacer.
Créame, mi querido Henslow, muy sinceramente suyo, GEORGE PEACOCK.
J.S. HENSLOW A C. DARWIN. Cambridge, 24 de agosto de 1831.
Mi querido Darwin,
Antes de entrar en el asunto inmediato de esta carta, condolámonos juntos por la pérdida de nuestro inestimable amigo el pobre Ramsay, de cuya muerte sin duda habrá oído hablar mucho antes de esto.
No me detendré ahora en este doloroso tema, pues espero verle en breve, esperando plenamente que acepte con entusiasmo la oferta que probablemente se le hará de un viaje a Tierra del Fuego y regreso por las Indias Orientales. Peacock, quien leerá y le reenviará esto desde Londres, me ha pedido que le recomiende un naturalista como compañero del capitán Fitz-Roy, empleado por el Gobierno para inspeccionar el extremo sur de América. He declarado que le considero la persona mejor calificada que conozco y que probablemente emprendería tal situación. Lo afirmo no bajo la suposición de que usted sea un naturalista TERMINADO, sino como plenamente calificado para recolectar, observar y anotar cualquier cosa digna de ser anotada en Historia Natural. Peacock tiene el nombramiento a su disposición, y si no puede encontrar un hombre dispuesto a ocupar el cargo, la oportunidad probablemente se perderá. El capitán Fitz-Roy quiere un hombre (entiendo) más como compañero que como un mero recolector, y no llevaría a nadie, por muy buen naturalista que fuera, que no le fuera recomendado también como CABALLERO. Sobre detalles de salario, etc., no sé nada. El viaje durará dos años y, si lleva bastantes libros consigo, se puede hacer cualquier cosa que desee. Tendrá amplias oportunidades a su mando. En resumen, supongo que nunca hubo una mejor oportunidad para un hombre de celo y espíritu; el capitán Fitz-Roy es un hombre joven. Lo que deseo que haga es que venga al instante a consultar con Peacock (en el n.º 7 de Suffolk Street, Pall Mall East, o bien en el University Club) y conozca más detalles. No se ponga modestas dudas o miedos sobre sus descalificaciones, pues le aseguro que creo que es el hombre que están buscando; así que siéntase tocado en el hombro por su alguacil y afectísimo amigo,
J.S. HENSLOW.
La expedición debe zarpar el 25 de septiembre (a más tardar), así que no hay tiempo que perder.
G. PEACOCK A C. DARWIN. [1831.]
Mi querido señor,
Recibí la carta de Henslow anoche demasiado tarde para enviársela por correo; una circunstancia que no lamento, ya que me ha dado la oportunidad de ver al capitán Beaufort en el Almirantazgo (el hidrógrafo) y de comunicarle la oferta que tengo que hacerle. Él la aprueba totalmente y puede considerar la situación como a su absoluta disposición. Confío en que la acepte, ya que es una oportunidad que no debe perderse, y espero con gran interés el beneficio que nuestras colecciones de Historia Natural puedan recibir de sus trabajos.
Las circunstancias son estas:--
El capitán Fitz-Roy (sobrino del duque de Grafton) zarpa a finales de septiembre en un barco para inspeccionar, en primera instancia, la costa sur de Tierra del Fuego, para luego visitar las islas del Mar del Sur y regresar por el archipiélago de la India a Inglaterra. La expedición es totalmente para fines científicos y el barco generalmente esperará su tiempo para investigaciones en Historia Natural, etc. El capitán Fitz-Roy es un oficial de espíritu público y celoso, de modales encantadores y muy querido por todos sus compañeros oficiales. Fue con el capitán Beechey (Lea 'King' en lugar de 'Beechey'. No encuentro el nombre de Fitz-Roy en la lista de oficiales de Beechey. Los fueguinos fueron traídos de regreso del viaje del capitán King.), y gastó 1500 libras en traer y educar a sus propias expensas a tres nativos de la Patagonia. Él contrata a su cargo a un artista a 200 libras al año para que le acompañe. Puede estar seguro, por lo tanto, de tener un compañero muy agradable, que se interesará de corazón en todos sus puntos de vista.
El barco zarpa alrededor de finales de septiembre y no debe perder tiempo en dar a conocer su aceptación al capitán Beaufort, hidrógrafo del Almirantazgo. He tenido mucha correspondencia sobre este asunto [¿con Henslow?], quien siente, al igual que yo, la mayor ansiedad por que usted vaya. Espero que ningún otro arreglo interfiera con ello...
El Almirantazgo no está dispuesto a dar un salario, aunque le proporcionarán un nombramiento oficial y todas las comodidades. Si se requiriera un salario, sin embargo, me inclino a pensar que sería concedido.
Créame, mi querido señor, muy verdaderamente suyo, GEORGE PEACOCK.
CHARLES DARWIN A J.S. HENSLOW. Shrewsbury, martes [¿30 de agosto?, 1831].
Mi querido señor,
La carta del Sr. Peacock llegó el sábado y la recibí ayer tarde. En lo que respecta a mi propia mente, creo que, CIERTAMENTE, habría aceptado con mucho gusto la oportunidad que tan amablemente me ha ofrecido. Pero mi padre, aunque no me rechaza decididamente, da consejos tan firmes en contra de ir, que no me sentiría cómodo si no los siguiera.
Las objeciones de mi padre son estas: el hecho de que me incapacite para establecerme como clérigo, mi poca costumbre de navegar, LA BREVEDAD DEL TIEMPO y la posibilidad de no encajar con el capitán Fitz-Roy. Es ciertamente una objeción muy seria, el tiempo tan breve para todos mis preparativos, ya que no solo el cuerpo sino también la mente necesita prepararse para tal empresa. Pero si no fuera por mi padre, habría asumido todos los riesgos. ¿Cuál fue la razón por la que no se fijó un naturalista hace mucho tiempo? Estoy muy agradecido por las molestias que se ha tomado al respecto; ciertamente no podría haber habido una oportunidad mejor...
Mi viaje con Sedgwick respondió perfectamente. No me enteré de la pérdida del pobre Sr. Ramsay hasta unos días antes de su carta. He tenido suerte hasta ahora al no perder nunca a ninguna persona por la que tuviera estima o afecto. Mi conocimiento, aunque muy breve, fue suficiente para darme esos sentimientos en gran medida. Difícilmente puedo hacerme creer que ya no está. Era el carácter más noble que jamás conocí.
Suyo muy sinceramente, mi querido señor, CH. DARWIN.
He escrito al Sr. Peacock y mencioné que le he pedido a usted que envíe una línea por si acaso él no recibe mi carta. También le he pedido que se comunique con el capitán Fitz-Roy. Incluso si fuera a ir, el disgusto de mi padre me quitaría toda energía, y necesitaría una buena provisión de ella. Nuevamente debo agradecerle, esto añade un poco a la pesada pero agradable carga de gratitud que le debo.
CHARLES DARWIN A R.W. DARWIN. [Maer] 31 de agosto [1831].
Mi querido padre,
Me temo que voy a hacer que se sienta de nuevo muy incómodo. Pero, considerándolo bien, creo que me disculpará una vez más al exponer mis opiniones sobre la oferta del viaje. Mi excusa y razón es la forma diferente en que todos los Wedgwood ven el tema de lo que usted y mis hermanas lo ven.
Le he dado al tío Jos (Josiah Wedgwood.) lo que confío fervientemente es una lista precisa y completa de sus objeciones, y él es tan amable como para dar sus opiniones sobre todas ellas. La lista y sus respuestas se incluirán. Pero, ¿puedo pedirle un favor? Me haría el mayor bien si me enviara una respuesta decidida, ¿sí o no? Si es esto último, sería muy ingrato si no me sometiera implícitamente a su mejor juicio y a la más amable indulgencia que me ha mostrado a lo largo de toda mi vida; y puede estar seguro de que nunca volveré a mencionar el tema. Si su respuesta fuera sí; iré directamente a Henslow y consultaré deliberadamente con él, y luego vendré a Shrewsbury.
El peligro no me parece grande, ni a mí ni a todos los Wedgwood. El gasto no puede ser serio, y el tiempo, de todos modos, no creo que estuviera más desperdiciado que si me quedara en casa. Pero le ruego que no considere que estoy tan decidido a ir que dudaría por un SOLO MOMENTO si pensara que después de un corto período usted continuaría sintiéndose incómodo.
Debo afirmar nuevamente que no puedo pensar que esto me incapacitaría en el futuro para una vida estable. Espero que esta carta no le cause mucho malestar. La envío por el carruaje mañana por la mañana; si se decide directamente, ¿me enviará una respuesta al día siguiente por el mismo medio? Si esta carta no le encuentra en casa, espero que responda tan pronto como le sea conveniente.
No sé qué decir sobre la bondad del tío Jos; nunca podré olvidar cómo se interesa por mí.
Créame, mi querido padre, su afectísimo hijo, CHARLES DARWIN.
[Aquí sigue la lista de objeciones a las que se hace referencia en la siguiente carta:--
1. Deshonroso para mi carácter como clérigo en el futuro.
2. Un plan descabellado.
3. Que deben haber ofrecido el puesto de naturalista a muchos otros antes que a mí.
4. Y al no haber sido aceptado, debe haber alguna objeción seria al buque o a la expedición.
5. Que nunca me establecería en una vida estable en el futuro.
6. Que mis alojamientos serían muy incómodos.
7. Que usted [es decir, el Dr. Darwin] lo consideraría como un nuevo cambio de profesión.
8. Que sería una empresa inútil.]
JOSIAH WEDGWOOD A R.W. DARWIN. Maer, 31 de agosto de 1831. [Lea esto al final.] (De la letra de C. Darwin.)
Mi querido doctor,
Siento que la responsabilidad de su solicitud hacia mí sobre la oferta que se le ha hecho a Charles es pesada, pero como usted ha deseado que Charles me consulte, no puedo negarme a dar el resultado de tal consideración como he podido darle.
Charles ha anotado lo que considera sus principales objeciones, y creo que el mejor curso que puedo tomar será exponer lo que se me ocurre sobre cada una de ellas.
1. No creo que sea en absoluto deshonroso para su carácter como clérigo. Debería, por el contrario, considerar la oferta honorable para él; y la búsqueda de la Historia Natural, aunque ciertamente no es profesional, es muy adecuada para un clérigo.
2. Difícilmente sé cómo enfrentar esta objeción, pero él tendría objetivos definidos en los cuales emplearse, y podría adquirir y fortalecer hábitos de aplicación, y creo que sería tan probable que lo hiciera como de cualquier otra forma en que probablemente pase los próximos dos años en casa.
3. La idea no se me ocurrió al leer las cartas; y al leerlas de nuevo con ese objetivo en mi mente no veo fundamento para ello.
4. No puedo concebir que el Almirantazgo envíe un mal buque en tal servicio. En cuanto a las objeciones a la expedición, diferirán en el caso de cada hombre, y nada se inferiría, creo, en el caso de Charles si se supiera que otros han objetado.
5. Usted es mucho mejor juez del carácter de Charles de lo que yo puedo ser. Si al comparar esta forma de pasar los próximos dos años con la forma en que probablemente los pasará si no acepta esta oferta, piensa que es más probable que se vuelva inestable e incapaz de establecerse, es sin duda una objeción de peso. ¿No es el caso de que los marineros son propensos a establecerse en hábitos domésticos y tranquilos?
6. No puedo formarme ninguna opinión al respecto más allá de que, si es nombrado por el Almirantazgo, tendrá derecho a estar tan bien alojado como el buque lo permita.
7. Si viera a Charles ahora absorto en estudios profesionales, probablemente pensaría que no sería aconsejable interrumpirlos; pero este no es, y creo que no será, el caso con él. Su actual búsqueda de conocimiento está en el mismo camino que tendría que seguir en la expedición.
8. La empresa sería inútil con respecto a su profesión, pero considerándolo como un hombre de curiosidad ampliada, le ofrece tal oportunidad de ver hombres y cosas como ocurre a pocos.
Tenga en cuenta que he tenido muy poco tiempo para la consideración y que usted y Charles son las personas que deben decidir.
Soy, mi querido doctor, afectuosamente suyo, JOSIAH WEDGWOOD.
CHARLES DARWIN A J.S. HENSLOW. Cambridge, Red Lion [2 de septiembre], 1831.
Mi querido señor,
Acabo de llegar; usted adivinará la razón. Mi padre ha cambiado de opinión. Confío en que el puesto no se haya dado.
Estoy muy fatigado y me voy a la cama.
Me atrevo a decir que aún no ha recibido mi segunda carta.
¿Cuán pronto iré a verle por la mañana? Envíe una respuesta verbal.
Buenas noches, suyo, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A LA SRTA. SUSAN DARWIN. Cambridge, domingo por la mañana [4 de septiembre].
Mi querida Susan,
Como una carta no habría salido ayer, pospuse la escritura hasta hoy. Tuve un viaje más bien fatigoso, pero llegué a Cambridge muy despejado. Pasé todo el día de ayer con Henslow, pensando en lo que hay que hacer, y descubro que es una gran cantidad. Por gran fortuna conozco a un hombre llamado Wood, sobrino de Lord Londonderry. Es un gran amigo del capitán Fitz-Roy y le ha escrito sobre mí. Escuché una parte de la carta del capitán Fitz-Roy, fechada hace algún tiempo, en la que dice: "Tengo un buen grupo de oficiales y la mayoría de mis hombres han estado allí antes". Parece que ha estado allí los últimos años; entonces era segundo al mando en la misma embarcación que ahora ha elegido. Solo tiene veintitrés años, pero ha visto mucho servicio y ganó la medalla de oro en Portsmouth. El Almirantazgo dice que sus mapas son perfectos. Tuvo la elección de dos embarcaciones y eligió la más pequeña. Henslow me dará cartas para todos los viajeros de la ciudad que crea que pueden ayudarme.
Peacock tiene el nombramiento exclusivo de naturalista. La primera persona a la que se le ofreció fue Leonard Jenyns, quien estuvo tan cerca de aceptarlo que empacó su ropa. Pero como tenía un curato, no creyó correcto dejarlo, para gran pesar de toda su familia. El propio Henslow no estuvo muy lejos de aceptarlo, pues la señora Henslow, con la mayor generosidad y sin que se lo pidieran, dio su consentimiento; pero se la veía tan miserable que Henslow decidió el asunto de inmediato...
Me temo que habrá muchos gastos al principio. Henslow está muy en contra de llevar muchas cosas; es el error en el que caen todos los viajeros jóvenes. Escribo como si estuviera decidido, pero Henslow me dice QUE DE NINGUNA MANERA tome una decisión hasta haber tenido largas conversaciones con los capitanes Beaufort y Fitz-Roy. Adiós. Tendrán noticias mías constantemente. Dirijan a 17 Spring Gardens. NO LE DIGAN NADA a nadie en Shropshire todavía. Asegúrense de ello.
C. DARWIN.
Estaba tan cansado esa noche que estuve en Shrewsbury que no agradecí a ninguno de ustedes por su amabilidad ni la mitad de lo que sentía.
Cariños a mi padre.
La razón por la que no quiero que se le diga a la gente en Shropshire es que, en caso de que no vaya, resultará más decepcionante.
CHARLES DARWIN A LA SRTA. S. DARWIN. 17 Spring Gardens, lunes [5 de septiembre de 1831].
Tengo tan poco tiempo libre que no tengo ninguno que desperdiciar volviendo a escribir cartas, así que deben disculpar que traiga la otra conmigo y la altere. La última carta fue escrita por la mañana. A mitad del día, Wood recibió una carta del capitán Fitz-Roy, la cual debo decir que fue MUY directa y CABALLEROSA, pero tan en contra de mi partida que abandoné el plan inmediatamente; y Henslow hizo lo mismo, diciendo que pensaba que Peacock había actuado MUY MAL al tergiversar tanto las cosas.
Casi no pensaba ir a la ciudad, pero aquí estoy; y ahora más detalles, y mucho más prometedores. El capitán Fitz-Roy está en la ciudad y lo he visto; no tiene sentido intentar elogiarlo tanto como me siento inclinado a hacerlo, pues no me creerían. De una cosa estoy seguro, nada podría ser más abierto y amable de lo que fue conmigo. Parece que había prometido llevar consigo a un amigo que está en el servicio y no puede ir, y solo recibió la carta cinco minutos antes de que yo entrara; y esto hace que las cosas sean mucho mejores para mí, ya que la falta de espacio era una de las mayores objeciones de Fitz-Roy. Me ofrece compartir todo en su camarote si deseo ir, y toda clase de comodidades que pueda tener, pero no serán numerosas. Dice que nada sería tan miserable para él como tenerme consigo si me sintiera incómodo, ya que en una embarcación pequeña debemos estar juntos, y pensó que era su deber exponer todo desde el peor punto de vista. Creo que iré el domingo a Plymouth a ver la embarcación.
Hay algo extremadamente atractivo en sus modales y en su manera de ir directo al grano. Si vivo con él, dice que debo vivir humildemente: sin vino y con las cenas más sencillas. El plan ciertamente no es tan bueno como lo describe Peacock. El capitán Fitz-Roy me aconseja no tomar una decisión todavía, pero que, seriamente, piensa que me dará mucho más placer que dolor. La embarcación no zarpa hasta el 10 de octubre. Contiene sesenta hombres, cinco o seis oficiales, etc., pero es una embarcación pequeña. Probablemente estará fuera casi tres años. Pagaré al rancho lo mismo que el Capitán, 30 libras al año; y Fitz-Roy dice que si gasto, incluyendo mi equipo, 500 libras, será más que el extremo. Pero ahora vienen noticias aún peores. La vuelta al mundo no es SEGURA, pero la posibilidad es excelente. Hasta que ese punto se decida, no lo estaré. Y pueden creer, después de los muchos cambios que he hecho, que nada más que mi razón me decidirá.
Fitz-Roy dice que el mar tormentoso está exagerado; que si no elijo permanecer con ellos, en cualquier momento puedo regresar a Inglaterra, ya que muchas embarcaciones navegan por esa ruta, y que durante el mal tiempo (probablemente dos meses), si quiero, me dejarán en algún país saludable, seguro y agradable; que siempre tendré asistencia; que él tiene muchos libros, todos los instrumentos, armas, a mi servicio; que cuanta menos ropa y más barata lleve, mejor. La manera de proceder me vendrá muy bien. Anclan el barco y luego permanecen quince días en un lugar. He hecho que el capitán Beaufort me entienda perfectamente. Dice que si parto y no doy la vuelta al mundo, tendré buenas razones para pensarme engañado. Debo llamar pasado mañana y, si es posible, recibir instrucciones más precisas. La falta de espacio es decididamente la objeción más grave; pero el capitán Fitz-Roy (probablemente debido a la carta de Wood) parece decidido a hacerme sentir tan cómodo como sea posible. Me gusta su forma de proceder. Me preguntó de inmediato: "¿Soportarás que te digan que quiero el camarote para mí cuando quiera estar solo? Si nos tratamos de esta manera, espero que encajemos; si no, probablemente desearíamos que el otro se fuera al diablo".
Nos detendremos una semana en las islas Madeira y veremos la mayoría de las grandes ciudades de América del Sur. El capitán Beaufort está trazando la ruta a través del mar del Sur. Escribo con mucha prisa; no sé si les interesa lo suficiente como para disculpar el triple franqueo. Espero estar juzgando razonablemente, y no por prejuicios, sobre el capitán Fitz-Roy; si es así, estoy seguro de que encajaremos. Ceno con él hoy. Podría escribir mucho más si pensara que les gustaría, y si tuviera tiempo en este momento. Verdaderamente hay una marea en los asuntos de los hombres, y la he experimentado, y yo lo había abandonado TOTALMENTE hasta la una de hoy.
Cariños a mi padre. Queridísima Susan, adiós.
CH. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.S. HENSLOW. Londres, lunes [5 de septiembre de 1831].
Mi querido señor,
Gloria in excelsis es el comienzo más moderado que se me ocurre. Las cosas son más prósperas de lo que hubiera creído posible. El capitán Fitz-Roy es todo lo encantador que pueda haber. Si tuviera que elogiar la mitad de lo que me siento inclinado, dirían que es absurdo, habiéndolo visto solo una vez. Creo que realmente desea tenerme. Me ofrece comer con él y se asegurará de que tenga el espacio posible. Pero sobre los baúles dice que debo limitarme; aunque él piensa como marinero en cuanto al tamaño. El capitán Beaufort dice que estaré en las planchas, y entonces solo me costará como a los demás oficiales. El barco zarpa el 10 de octubre. Pasa una semana en las islas Madeira; y luego Río de Janeiro. Todos piensan que es extremadamente probable el regreso por el archipiélago indio; pero hasta que eso se decida, no lo estaré.
Lo que ha inducido al capitán Fitz-Roy a tener una mejor visión del caso es que el Sr. Chester, que iba como amigo, no puede ir, así que tendré su lugar en todos los aspectos.
El capitán Fitz-Roy tiene un buen surtido de libros, muchos de los cuales estaban en mi lista, y rifles, etc., así que el equipo será mucho menos costoso de lo que suponía.
La embarcación estará fuera tres años. No me opongo, siempre que mi padre no lo haga. El miércoles tengo otra entrevista con el capitán Beaufort, y el domingo lo más probable es que vaya con el capitán Fitz-Roy a Plymouth. Así que espero que siga pensando en el tema y tome notas de lo que se le ocurra. Probablemente llamaré al Sr. Burchell y me presentaré. Estoy alojado en 17 Spring Gardens. No puede imaginar nada más agradable, amable y abierto que los modales del capitán Fitz-Roy conmigo. Estoy seguro de que será mi culpa si no encajamos.
Qué cambios he tenido. Hasta la una de hoy construía castillos en el aire sobre cazar zorros en Shropshire, ahora llamas en América del Sur.
Verdaderamente hay una marea en los asuntos de los hombres. Si ve al Sr. Wood, recuérdeme muy afectuosamente ante él.
Adiós. Mi querido Henslow, Su más sincero amigo, CHAS. DARWIN.
Disculpe esta carta con tanta prisa.
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. 17 Spring Gardens, Londres, 6 de septiembre de 1831...
Tu carta me dio un gran placer. No puedes imaginar cuánto me molestó y dolió tu carta anterior. (Había malinterpretado una carta de Fox como una implicación de falsedad). Pero, gracias al cielo, creo firmemente que fue MI ENTERA culpa al interpretar tu carta de esa manera. Perdí a un amigo el otro día, y dudo si la muerte moral (como supuse maliciosamente entonces) de nuestra amistad no me dolió tanto como la muerte real y repentina del pobre Ramsay. Nos conocemos desde hace demasiado tiempo para necesitar, confío, más explicaciones. Pero mencionaré solo una cosa: que en mi lecho de muerte, creo que podría decir que nunca pronuncié una expresión insincera (que en ese momento no sintiera plenamente) sobre mi consideración por ti. Una cosa más: el envío INMEDIATO de los insectos, bajo mi honor, fue una desafortunada coincidencia. Olvidé cómo los tomarías naturalmente. Cuando los mires ahora, espero que no surjan sentimientos desagradables en tu mente, y que creas que siempre has tenido en mí a un amigo sincero, y añadiré, agradecido. Los muchísimos minutos agradables que pasamos juntos en Cambridge surgieron como espíritus difuntos en juicio contra mí. Que tengamos muchos más así, será uno de mis últimos deseos al dejar Inglaterra. Dios te bendiga, querido viejo Fox. Que siempre seas feliz.
Sinceramente tuyo, CHAS. DARWIN.
He dejado tu carta atrás, así que no sé si dirijo bien.
CHARLES DARWIN A LA SRTA. SUSAN DARWIN. 17 Spring Gardens, martes [6 de septiembre de 1831].
Mi querida Susan,
De nuevo voy a molestarte. Sospecho que, si sigo a este ritmo, desearás sinceramente que esté en Tierra del Fuego, o cualquier otra Tierra, menos Inglaterra. Primero daré mis encargos. Dile a Nancy que me haga unas doce camisas en lugar de ocho. Dile a Edward que me envíe en mi maleta (puede deslizar la llave en la bolsa atada a un cordel), mis pantuflas, un par de zapatos ligeros para caminar, mis libros en español, mi nuevo microscopio (de unas seis pulgadas de largo y tres o cuatro de profundidad), que debe tener algodón relleno dentro; mi brújula geológica; mi padre sabe cuál; un librito, si lo tengo en mi dormitorio: 'Taxidermia'. Pregúntale a mi padre si cree que habría algún inconveniente en que tome arsénico durante un tiempo, ya que mis manos no están del todo bien, y siempre he observado que si logro curarlas y cambio mi forma de vivir al mismo tiempo, generalmente permanecen bien. ¿Cuál es la dosis? Dile a Edward que mi arma está sucia. ¿Cuál es la dirección de Erasmus? Dime si crees que hay tiempo para escribir y recibir una respuesta antes de que parta, ya que me gustaría particularmente saber qué piensa él al respecto. Supongo que no conoces la dirección de Sir J. Mackintosh.
Escribo todo esto como si estuviera decidido, pero no lo está más que antes, salvo que, por el deseo del capitán Fitz-Roy de que vaya y por su amabilidad, siento una predestinación de que partiré. Pasé una velada muy agradable con él ayer. Debe tener más de veintitrés años; es de figura esbelta, y una versión morena pero atractiva del Sr. Kynaston, y, según mis nociones, de modales eminentemente buenos. Él es todo economía, excepto en un punto: las armas de fuego. Me recomienda encarecidamente que consiga un estuche de pistolas como el suyo, ¡¡que cuesta 60 libras!! y que nunca salga a tierra en ningún lugar sin unas cargadas, y está dudando sobre un rifle; dice que no puedo apreciar el lujo de la carne fresca aquí. Por supuesto, no compraré nada hasta que todo esté decidido; pero trabajo todo el día en mis listas, añadiendo y tachando artículos. Este es el primer día realmente alegre que paso desde que recibí la carta, y todo se debe al tipo de confianza involuntaria que deposito en mi ideal de Capitán.
Nos detendremos en Tenerife. Su objetivo es detenerse en tantos lugares como sea posible. Lleva veinte cronómetros, y será un "pecado" no determinar la longitud. Me dice que consiga por escrito en el Almirantazgo que tengo la libre elección de irme tan pronto y cuando quiera. Me atrevo a decir que esperas que regrese en Madeira; si me queda un ápice de estómago, no me rendiré. Disculpa que te moleste y escriba tan a menudo: lo primero es de gran utilidad, lo segundo un gran entretenimiento para mí. Lo más probable es que escriba mañana. Responde por correo de vuelta. Cariños a mi padre, queridísima Susan.
C. DARWIN.
Como mis instrumentos necesitan ser alterados, envía mis cosas por el 'Oxonian' la misma noche.
CHARLES DARWIN A LA SRTA. SUSAN DARWIN. Londres, viernes por la mañana, 9 de septiembre de 1831.
Mi querida Susan,
Acabo de recibir el paquete. Supongo que no fue entregado ayer debido a la Coronación. Estoy muy agradecido con mi padre y con todos los demás. Todo está hecho perfectamente bien. Supongo que a estas alturas habrás recibido mi carta escrita al día siguiente, y espero que envíes las cosas. Mis asuntos permanecen in statu quo. El capitán Beaufort dice que estoy en las listas para las raciones, y cree que no tendré dificultad con mis colecciones cuando regrese a casa. Pero es un pez demasiado astuto para que yo pueda descifrarlo. Lo único que ahora me impide tomar una decisión definitiva es la falta de certeza sobre las islas del mar del Sur; aunque moralmente no tengo dudas de que iríamos allí, esté o no en las instrucciones. El capitán Fitz-Roy dice que hago bien en molestar al capitán Beaufort, eso lo estimula con una vara larga. El capitán Fitz-Roy dice que está seguro de tener suficiente influencia (particularmente si esta Administración no es eterna... ¡pronto me volveré Tory!), de todos modos, incluso cuando esté fuera, para conseguir que el barco regrese por la ruta que él quiera. Por lo que dice Wood, supongo que los duques de Grafton y Richmond se interesan por él. Por cierto, Wood me ha sido de gran utilidad; y estoy seguro de que su presentación personal me inclinó al capitán Fitz-Roy a aceptarme.
Para explicar las cosas desde el principio: el capitán Fitz-Roy primero deseaba tener un naturalista, y luego parece haber sentido un horror repentino ante las posibilidades de tener a alguien que no le gustara a bordo. Confiesa que su carta a Cambridge fue para echar agua fría sobre el plan. No creo que nos peleemos por política, aunque Wood (como cabría esperar de un Londonderry) advirtió solemnemente a Fitz-Roy que yo era Whig. El capitán Fitz-Roy estaba ante el tío Jos., dijo: "ahora tus amigos te dirán que un capitán de barco es la mayor bestia de la creación. No sé cómo ayudarte en este caso, excepto esperando que me des una oportunidad". ¡Cómo cambia uno! De hecho, ahora deseo que el viaje fuera más largo antes de tocar tierra. Siento que se me hiela la sangre ante la cantidad de cosas que tengo que hacer. Todo el mundo parece dispuesto a ayudarme. La Sociedad Zoológica quiere hacerme miembro correspondiente. Todo esto puedo construirlo sin cruzar el Ecuador. Pero un amigo es absolutamente invaluable, es decir, el Sr. Yarrell, vendedor de artículos de papelería y excelente naturalista. (William Yarrell, bien conocido por su 'Historia de las aves británicas' y 'Historia de los peces británicos', nació en 1784. Heredó de su padre un negocio de prensa, al que se dedicó constantemente hasta su muerte, "en su 73º año". Era un hombre de carácter completamente amable y honorable, y fue un valioso miembro de varias de las Sociedades científicas). Él va a las tiendas conmigo y presiona sobre los precios (no es que yo compre todavía): que me ahorquen si doy 60 libras por unas pistolas.
Ayer todas las tiendas estaban cerradas, así que no pude hacer nada; y fui lo suficientemente niño como para dar 1 libra y 1 chelín por un excelente asiento para ver la Procesión. (La Coronación de Guillermo IV). Y ciertamente valió mucho la pena verla. Me sorprendió que cualquier cantidad de oro pudiera hacer que una larga fila de personas brillara de tal manera. Solo se parecía a lo que uno ve en los libros de imágenes de procesiones orientales. El Rey se veía muy bien y parecía popular, pero hubo poco entusiasmo; tan poco que difícilmente puedo pensar que habrá una coronación dentro de cincuenta años.
La Guardia de Corps me complació tanto como cualquier otra cosa: son absolutamente magníficos; y es hermoso verlos despejar una multitud. Uno piensa que deben matar al menos a una veintena, y aparentemente no lastiman a nadie, pero los asustan terriblemente. Siempre que una multitud era tan densa que la gente se veía obligada a abandonar la calzada, uno de estos caballeros de seis pies, sobre un caballo negro, cabalgaba directamente hacia el lugar, haciendo que su caballo se encabritara muy alto y cayera sobre el punto más espeso. Uno supondría que los hombres están hechos de esponja al verlos encogerse.
Por la noche hubo una iluminación, y mucho más grandiosa que la del Proyecto de Ley de Reforma. Todas las calles principales estaban llenas como un hipódromo. Los carruajes generalmente iban seis en fila, y me atrevo a decir que no iban a una milla por hora. El Duque de Northumberland aprendió la lección la última vez, pues su casa estaba muy grandiosa; mucho más que la de la otra gran nobleza, y con mucho mejor gusto; cada ventana de su casa estaba llena de líneas rectas de luces brillantes, y por su extrema regularidad y número tenían un efecto hermoso. La escasez de invención era muy llamativa, coronas, anclas y "W.R.'s" se repetían en una sucesión interminable. Las más bonitas eran las tuberías de gas con pequeños agujeros; eran casi dolorosamente brillantes. He escrito tanto sobre la Coronación que creo que no tendrán ocasión de leer el "Morning Herald".
Por primera vez en mi vida encuentro Londres muy agradable; el ajetreo, el bullicio y el ruido están en total consonancia con mis sentimientos. Y tengo mucho que hacer en los momentos libres. Trabajo en astronomía, pues supongo que a un marino le asombraría que uno no supiera calcular la latitud y la longitud. Ahora voy a ver al capitán Fitz-Roy y dejaré esta carta abierta hasta la noche por si surge algo. Le daré una prueba de que Fitz-Roy es un buen oficial: todos los oficiales son los mismos que antes; dos tercios de su tripulación y los ocho infantes de marina que fueron anteriormente se ofrecieron todos a volver, así que el servicio no debe ser tan malo. El Almirantazgo acaba de emitir órdenes para una gran provisión de carne en conserva y zumo de limón, etc., etc. Acabo de regresar de pasar un largo día con el capitán Fitz-Roy, paseando en su calesa y de compras. Esta carta llega tarde para el correo de hoy. Puede dar por sentado que voy. Sin embargo, hay margen para cambios si ocurriera algún accidente imprevisto; no veo motivos para esperar tal cosa. Me siento convencido de que nada alterará mi deseo de ir. He empezado a pedir cosas. He adquirido un estuche de buenas y resistentes pistolas y un excelente rifle por 50 libras, ahí hay un ahorro; un buen telescopio, con brújula, 5 libras, y estos son casi los únicos instrumentos costosos que necesitaré. El capitán Fitz-Roy tiene de todo. Nunca vi a un hombre tan (lo que yo llamaría, él dice que no) extravagante respecto a sí mismo, pero tan económico conmigo. ¡Cómo pedía las cosas! Sus armas de fuego costarán al menos 400 libras. Encontré la bolsa de viaje cuando llegué, todo bien, y muy agradecido. No creo que lleve arsénico; enviaré perdices al Sr. Yarrell; muy agradecido. Pídele a Edward que NEGOCIE CON Clemson la fabricación para mi arma de: DOS martillos o percutores de repuesto, dos muelles reales, dos muelles del fiador, cuatro chimeneas o pistones —quiero decir uno para cada cañón, excepto las chimeneas, de las cuales debe haber dos para cada uno, todo de excelente calidad, y que se ponga con ello inmediatamente; dile a Edward que indague sobre los precios. El domingo salgo en el paquete hacia Plymouth, me quedaré uno o dos días, luego regresaré y espero encontrar una carta suya; unos días en Londres; luego Cambridge, Shrewsbury, Londres, Plymouth, Madeira, esa es mi ruta. Es un gran fastidio que escriba tanto sobre la Coronación; podría llenar otra hoja. Acabo de estar con el capitán King, oficial superior de Fitz-Roy en la última expedición; piensa que la expedición me vendrá bien. Sin pedírselo, dijo que el carácter de Fitz-Roy era perfecto. Envía a su propio hijo con él como guardiamarina. La llave de mi microscopio se olvidó; no tiene importancia. Saludos a todos.
CHAS. DARWIN.
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. 17 Spring Gardens (y aquí permaneceré hasta que parta) [19 de septiembre de 1831].
Mi querido Fox,
Regresé de mi expedición para ver el "Beagle" en Plymouth el sábado y encontré su carta, de lo más bienvenida, sobre mi mesa. Es realmente ridículo el período tan largo que me han parecido estos últimos veinte días, ciertamente mucho más que otras tantas semanas en ocasiones normales; esto explicará que no recuerde cuánto le conté de mis planes...
Pero, en general, es una oportunidad magnífica y afortunada; habrá tantas cosas que me interesarán: hermosos paisajes y una ocupación y diversión interminables en las diferentes ramas de la Historia Natural; luego, además, la navegación y la meteorología me divertirán durante el viaje, sumado al gran requisito de contar con un grupo agradable de oficiales, y, hasta donde puedo juzgar, esto es seguro. Por otro lado, existe un riesgo muy considerable para la vida y la salud, y dejar por tanto tiempo a tantas personas a las que amo profundamente es a menudo un sentimiento tan doloroso que requiere toda mi resolución para superarlo. Pero todo está ya decidido, y antes del 20 de octubre confío en estar en alta mar. Mi objeción al barco es su pequeñez, lo que a uno le limita mucho el espacio para empacar mi propio cuerpo y todos mis baúles, etc., etc. En cuanto a su seguridad, espero que el Almirantazgo sea el mejor juez; para el ojo de un profano parece muy pequeño. Es un bergantín de diez cañones y tres mástiles, pero, creo, un excelente barco. Hasta aquí mis planes futuros, y ahora los presentes. Esta noche tomo el correo hacia Cambridge y desde allí, tras arreglar mis asuntos, procederé a Shrewsbury (muy probablemente el viernes 23, o quizás antes); allí me quedaré unos días, estaré en Londres para el 1 de octubre y partiré hacia Plymouth el 9.
Y ahora, la parte principal de mi carta. No sé cómo decirle lo amable que me parece su ofrecimiento de venir a verme antes de abandonar Inglaterra. De hecho, me gustaría mucho; pero debo decirle decididamente que tendré muy poco tiempo libre, y ese poco tiempo estará casi echado a perder por tener tanto en qué pensar; y en segundo lugar, difícilmente creo que valga la pena que deje su parroquia por tal causa. Pero nunca olvidaré tan generosa bondad. Ahora sé que actuará tal como crea conveniente; pero no venga por mi causa. Cualquier momento es igual para mí. Creo que por esta carta sabrá tanto de mis planes como yo mismo, y juzgará en consecuencia el dónde y cuándo escribirme. De vez en cuando tengo momentos de glorioso entusiasmo, cuando pienso en los dátiles y los cocoteros, las palmeras y los helechos tan altos y hermosos, todo nuevo, todo sublime. Y si vivo para ver años en la vida futura, ¡qué grandiosos deben ser tales recuerdos! ¿Conoce a Humboldt? (Si no lo hace, hágalo directamente). Con qué intenso placer parece recordar siempre los días pasados en los países tropicales. Espero que cuando escriba a Osmaston, les cuente mi proyecto y les dé mis más cordiales saludos y despedidas.
Adiós, mi querido Fox, suyo siempre sinceramente, CHAS. DARWIN.
CHARLES DARWIN A R. FITZ-ROY. 17 Spring Gardens [¿17 de octubre? 1831].
Estimado Fitz-Roy,
Muchísimas gracias por su carta; me ha dejado de lo más tranquilo, pues habría sido desgarrador haber dejado algo atrás, y nunca se me habría ocurrido enviar cosas en otro barco. Esta carta, confío, acompañará algo de talco. Leí su carta sin prestar atención al nombre. Pero ahora he conseguido algo de Jones, que parece muy bueno, y lo enviaré esta noche por correo. Se sorprenderá al no verme propria persona en lugar de mi letra. Pero acababa de enterarme de que el gran barco de vapor no tenía intención de zarpar el domingo, y me estaba imaginando un camarote pequeño y sucio, con la proporción de 39/40 de los pasajeros muy enfermos, cuando el Sr. Earl entró y me dijo que el "Beagle" no zarparía hasta principios de noviembre. Esto, por supuesto, zanjó la cuestión; así que permanezco en Londres una semana más. Entonces enviaré las mercancías pesadas por vapor y partiré yo mismo en el carruaje el domingo por la noche.
¿Tiene un buen juego de barómetros de montaña? Varios grandes nombres en el mundo científico me han señalado algunos puntos en geología que determinar dependen totalmente de su altura relativa. Si no tiene un buen surtido, añadiré uno más a la lista. Debería avergonzarme de molestarle tanto, pero ¿sería tan amable de ENVIAR UNA LÍNEA para informarme? Cada día estoy más ansioso por partir, y si yo lo estoy, usted debe de estar en una fiebre absoluta. ¡Qué día tan glorioso será el 4 de noviembre para mí! Mi segunda vida comenzará entonces, y será como un cumpleaños para el resto de mi existencia.
Créame, estimado Fitz-Roy, suyo muy sinceramente, CHAS. DARWIN.
LUNES.—Espero no haberle causado muchos inconvenientes al pedir que la habitación esté lista.
CHARLES DARWIN A J.S. HENSLOW. Devonport, 15 de noviembre de 1831.
Mi querido Henslow,
Las órdenes han llegado del Almirantazgo y todo está finalmente resuelto. Zarparmos positivamente el último día de este mes, y creo que para esa fecha el barco estará listo. Tiene un aspecto hermosísimo, incluso un profano debe admirarlo. TODOS pensamos que es el barco más perfecto que jamás haya salido de los astilleros. Una cosa es segura: ningún barco ha sido equipado de forma tan costosa y con tanto esmero. Todo lo que puede serlo es de caoba, y nada puede superar la pulcritud y belleza de todas las comodidades. Las instrucciones son muy generales y dejan mucho a la discreción y juicio del capitán, rindiéndole un cumplido tanto sustancial como verbal...
Ningún barco ha salido nunca de Inglaterra con semejante juego de cronómetros, a saber, veinticuatro, todos muy buenos. En resumen, todo va bien, y ahora solo me queda rezar para que el mareo modere su ferocidad, y me irá muy bien. Sin embargo, no debería llamarlo una de las mejores oportunidades para la historia natural que jamás hayan ocurrido. La absoluta falta de espacio es un mal que nada puede superar. Creo que L. Jenyns hizo muy sabiamente al no venir, es decir, juzgando por mis propios sentimientos, pues estoy seguro de que si hubiera dejado la universidad hace algunos años, o hubiera sido algunos años mayor, NUNCA podría haberlo soportado. Los oficiales (exceptuando al capitán) son como los estudiantes de primer año más frescos, es decir, en sus modales; en todo lo demás, son muy diferentes. Recuérdeme muy cordialmente a él y dígale que, si alguna vez sueña de noche con palmeras, puede consolarse por la mañana con la seguridad de que el viaje no le habría sentado bien.
Estoy muy agradecido por su consejo, de Mathematicis. Sospecho que, cuando esté luchando con un triángulo, a menudo desearé estar en su habitación, y en cuanto a esos malvados y huraños números irracionales, no sé qué haré sin usted para conjurarlos. Mi tiempo pasa muy agradablemente. Conozco a una o dos personas agradables, el primero de ellos es el Sr. Truenos-y-relámpagos Harris (William Snow Harris, el electricista), de quien supongo habrá oído hablar. Mi ocupación principal es ir a bordo del "Beagle" e intentar parecer lo más posible un marinero. No tengo pruebas de haber engañado a hombre, mujer o niño.
Voy a pedirle que haga un último encargo, y confío en que será el último. Cuando estaba en Cambridge, escribí al Sr. Ash pidiéndole que enviara mi cuenta de la universidad a mi padre, tras haber restado unas 30 libras por mis muebles. Esto ha olvidado hacerlo, y mi padre ha pagado la factura, y quiero que el dinero de los muebles sea transferido a mi padre. Quizás sería tan amable de hablar con el Sr. Ash. Le he costado a mi padre tanto dinero que me siento completamente avergonzado.
Escribiré una vez más antes de zarpar, y quizás usted me escriba antes de entonces.
Recuérdeme al profesor Sedgwick y al Sr. Peacock.
Créame, suyo afectuosamente, CHAS. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.S. HENSLOW. Devonport, 3 de diciembre de 1831.
Mi querido Henslow,
Es tarde en la noche y esta noche voy a dormir a bordo. El lunes zarparemos sin falta, así que puede adivinar el estado de desesperada confusión en el que estamos todos. Si oyera las diversas exclamaciones de los oficiales, supondría que apenas hemos tenido una semana de aviso. Yo estoy igual, totalmente DESCONCERTADO, y en tal ajetreo que apenas sé qué hacer. El número de cosas por hacer es infinito. Espero incluso el mareo con algo parecido a la satisfacción; cualquier cosa debe ser mejor que este estado de ansiedad. Estoy muy agradecido por su última carta, amable y cariñosa. Siempre me gustan sus consejos, y nadie a quien tenga la suerte de conocer es más capaz de darlos que usted mismo. Recuerde, cuando escriba, que soy una especie de protegido suyo, y que es su deber ineludible darme lecciones.
Ahora le daré mi dirección; al principio es Río; pero si me envía una carta el primer martes (cuando sale el paquete) de febrero, dirigida a Montevideo, me dará un gran placer; disfrutaré mucho escuchando algunas noticias de Cambridge. ¡Pobre y querida vieja Alma Mater! Soy un hijo muy digno en lo que a afecto se refiere. Tengo poco más sobre lo que escribir... No puedo terminar esto sin decirle cuán cordialmente agradecido me siento por la bondad que me ha mostrado durante mi vida en Cambridge. Gran parte del placer y la utilidad que pueda haber derivado de ella se la debo a usted. Anhelo el momento en que nos volvamos a encontrar, y hasta entonces créame, mi querido Henslow,
Su afectuoso y agradecido amigo, CH. DARWIN.
Recuérdeme muy cordialmente a aquellos que tengan algún interés en mí.
CAPÍTULO 1.VI. -- EL VIAJE.
"Hay una energía natural y buen humor en sus cartas que es justo como él."--De una carta del Dr. R.W. Darwin al Prof. Henslow.
[El objetivo del viaje del "Beagle" se describe brevemente en el 'Diario de Investigaciones' de mi padre, página 1, como: "completar el levantamiento de Patagonia y Tierra del Fuego, iniciado bajo el capitán King de 1826 a 1830; levantar las costas de Chile, Perú y algunas islas del Pacífico; y realizar una cadena de mediciones cronométricas alrededor del mundo".]
El "Beagle" se describe como un pequeño barco bien construido, de 235 toneladas, aparejado como bricbarca y que portaba seis cañones. Pertenecía a la antigua clase de bergantines de diez cañones, a los que apodaban "ataúdes" por su propensión a hundirse en condiciones climáticas severas. Eran muy "profundos de cintura", es decir, sus amuradas eran altas en proporción a su tamaño, por lo que un mar grueso rompiendo sobre ellas podía ser altamente peligroso. No obstante, sobrevivió a cinco años de trabajo, en las regiones más tormentosas del mundo, bajo el mando de los comandantes Stokes y Fitz-Roy, sin un accidente grave. Cuando fue reequipado en 1831 para su segundo viaje, se descubrió (según supe del almirante Sir James Sulivan) que estaba tan podrido que prácticamente tuvo que ser reconstruido, y esto fue lo que causó el largo retraso en el reacondicionamiento. Se levantó la cubierta superior, haciéndolo mucho más seguro en clima severo y dándole un alojamiento mucho más cómodo abajo. Con estas alteraciones y el fuerte forro añadido a su casco, alcanzó las 242 toneladas de arqueo. Es una prueba de la espléndida pericia marinera del capitán Fitz-Roy y sus oficiales que regresara sin haber perdido un solo mástil, y que en solo una de las fuertes tormentas que encontró estuviera en gran peligro.
Fue equipado para la expedición con todo el cuidado posible, siendo provisto de mástiles y cabos cuidadosamente seleccionados, seis botes y un "dinghy"; pararrayos, "inventados por el Sr. Harris, fueron fijados en todos los mástiles, los baupreses e incluso en el botalón del foque". Citando la descripción de mi padre, escrita desde Devonport, el 17 de noviembre de 1831: "Todos los que pueden juzgar dicen que es uno de los viajes más grandiosos que casi nunca se han enviado. Todo es a gran escala. Veinticuatro cronómetros. Todo el barco está equipado con caoba; es la admiración de todo el lugar. En resumen, todo es tan próspero como los medios humanos pueden hacerlo".
Debido a la pequeñez del barco, todos a bordo estaban limitados de espacio, y el alojamiento de mi padre parece haber sido bastante reducido: "Solo tengo espacio para darme la vuelta", le escribe a Henslow, "y eso es todo". El almirante Sir James Sulivan me escribe: "El estrecho espacio al final de la mesa de cartas era su único alojamiento para trabajar, vestirse y dormir; la hamaca se dejaba colgada sobre su cabeza durante el día, cuando el mar estaba algo agitado, para que pudiera tumbarse en ella con un libro en la mano cuando ya no podía sentarse más a la mesa. Su único almacenamiento para la ropa eran varios cajones pequeños en la esquina, que iban de cubierta a cubierta; el superior se sacaba cuando se colgaba la hamaca, sin lo cual no había longitud para ella, así que entonces los cabos de los pies ocupaban el lugar del cajón superior. Para las muestras tenía un camarote muy pequeño bajo el castillo de proa".
Sin embargo, de este estrecho espacio escribió con entusiasmo, el 17 de septiembre de 1831:--
"Cuando escribí la última vez estaba muy alarmado por mi camarote. Los camarotes no estaban marcados entonces, pero cuando me fui, sí, y el mío es uno capital, ciertamente el mejor después del del capitán y notablemente luminoso. Mi compañero, afortunadamente, creo, resultará ser el oficial que más me gustará. El capitán Fitz-Roy dice que se asegurará de que una esquina esté tan bien equipada que estaré cómodo en ella y la consideraré mi hogar, pero que también tendré libre acceso al suyo. Mi camarote es el de dibujo; y en el medio hay una mesa grande, sobre la cual los dos dormimos en hamacas. Pero durante los dos primeros meses no habrá dibujos que hacer, así que será una habitación bastante lujosa, y bastante más grande que el camarote del capitán".
Mi padre solía decir que fue la absoluta necesidad de orden en el espacio reducido del "Beagle" lo que ayudó a 'darle sus hábitos metódicos de trabajo'. También en el "Beagle", solía decir, aprendió lo que consideraba la regla de oro para ahorrar tiempo: es decir, cuidar los minutos.
Sir James Sulivan me dice que el principal defecto en el equipo de la expedición fue la falta de un segundo barco más pequeño que actuara como apoyo. Esta carencia fue tan sentida por el capitán Fitz-Roy que contrató dos botes con cubierta para levantar la costa de Patagonia, a un costo de 1100 libras, una suma que él tuvo que sufragar, aunque los botes ahorraron varios miles de libras al país. Posteriormente compró una goleta para actuar como apoyo, ahorrando así al país una cantidad adicional importante. Finalmente se le ordenó vender la goleta y se vio obligado a cargar con la pérdida él mismo, y solo después de su muerte se hizo una compensación inadecuada por todas las pérdidas que sufrió debido a su celo.
Por falta de un barco de apoyo adecuado, gran parte del trabajo tuvo que hacerse en pequeños botes balleneros abiertos, que eran enviados lejos del barco durante semanas enteras, y esto en un clima donde las tripulaciones estaban expuestas a severas penurias debido a las lluvias casi constantes, que a veces continuaban durante semanas. La integridad del equipo también se debió en otros aspectos en gran medida al espíritu público del capitán Fitz-Roy. Proveyó a su propia costa un artista y un fabricante de instrumentos experto para cuidar los cronómetros. (Uno o ambos estaban en las listas para las raciones). El deseo del capitán Fitz-Roy era llevar a "alguna persona culta y científica" como su invitado privado, pero esta generosa oferta solo fue aceptada por mi padre bajo la condición de que se le permitiera pagar una parte justa de los gastos de la mesa del capitán; además, estaba en las listas del barco para las raciones.
En una carta a su hermana (julio de 1832) escribe con satisfacción sobre su modo de vida en el mar: «No creo haberte dado nunca una descripción de cómo transcurre el día. Desayunamos a las ocho en punto. La máxima invariable es desechar toda cortesía; es decir, no esperarse nunca unos a otros, y salir disparado en cuanto uno ha terminado de comer, etcétera. En el mar, cuando el tiempo está en calma, trabajo con animales marinos, de los cuales abunda todo el océano. Si hay algo de marejada, o bien estoy enfermo o me las arreglo para leer algún viaje o relato de aventuras. A la una comemos. Vosotros, la gente de tierra, estáis lamentablemente equivocados sobre el modo de vivir a bordo. Nunca hemos comido (ni lo haremos) carne salada. El arroz, los guisantes y las habichuelas son excelentes verduras y, con buen pan, ¿quién podría desear más? El juez Alderson no podría ser más moderado, ya que no llega a la mesa otra cosa que agua. A las cinco tomamos el té. El sollado de los guardiamarinas hace todas sus comidas una hora antes que nosotros, y la cámara de oficiales, una hora después».
La tripulación del «Beagle» consistía en el capitán Fitz-Roy, «comandante y agrimensor», dos tenientes, uno de los cuales (el primer teniente) fue el difunto capitán Wickham, gobernador de Queensland; el actual almirante Sir James Sulivan, K.C.B., era el segundo teniente. Además del patrón y dos oficiales, había un agrimensor auxiliar, el actual almirante Lort Stokes. También había un cirujano, un cirujano ayudante, dos guardiamarinas, un oficial de derrota, un voluntario (de 1.ª clase), un sobrecargo, un carpintero, un escribiente, un contramaestre, ocho infantes de marina, treinta y cuatro marineros y seis muchachos.
No quedan ahora (1882) muchos supervivientes de los antiguos compañeros de barco de mi padre. El almirante Mellersh, el Sr. Hammond y el Sr. Philip King, del Consejo Legislativo de Sídney, y el Sr. Usborne, se encuentran entre ellos. El almirante Johnson murió casi al mismo tiempo que mi padre.
Conservó hasta el final un recuerdo muy grato del viaje del «Beagle» y de los amigos que hizo a bordo. Para sus hijos, sus nombres eran familiares por sus muchas historias del viaje, y captamos su sentimiento de amistad por muchos que para nosotros no eran más que nombres.
Es grato saber con cuánto cariño le recordaban sus antiguos compañeros.
Sir James Sulivan siguió siendo, durante toda la vida de mi padre, uno de sus mejores y más fieles amigos. Escribe: «Puedo expresar con confianza mi convicción de que, durante los cinco años en el "Beagle", nunca se supo que perdiera los estribos ni que dijera una palabra poco amable o precipitada SOBRE o A nadie. Entenderéis, pues, fácilmente cómo esto, unido a la admiración por su energía y capacidad, nos llevó a darle el nombre de "el viejo y querido filósofo"». (Su otro apodo era «el cazamoscas». He oído a mi padre contar cómo oyó al contramaestre del «Beagle» enseñando el barco a otro contramaestre y señalando a los oficiales: «Ese es nuestro primer teniente; ese es nuestro médico; ese es nuestro cazamoscas»). El almirante Mellersh me escribe: «Tu padre está tan vívidamente en mi mente como si solo hubiera pasado una semana desde que estuve en el "Beagle" con él; su sonrisa afable y su conversación nunca podrán ser olvidadas por nadie que las haya visto y oído. En dos o tres ocasiones fui enviado en una barca con él en algunas de sus excursiones científicas, y siempre esperaba estos viajes con gran placer, una anticipación que, a diferencia de muchas otras, siempre se veía cumplida. Creo que fue el único hombre que he conocido de quien nunca oí decir una mala palabra; y como la gente, cuando está encerrada en un barco durante cinco años, tiende a enfadarse entre sí, eso ya es decir mucho. Ciertamente, siempre estábamos tan ocupados que no teníamos tiempo para discutir, pero si lo hubiéramos hecho, estoy seguro de que tu padre habría intentado (y lo habría logrado) echar aceite sobre las aguas turbulentas».
El almirante Stokes, el Sr. King, el Sr. Usborne y el Sr. Hamond hablan de su amistad con él de la misma manera afectuosa.
Sus cartas dan una idea de la vida a bordo y en tierra. El capitán Fitz-Roy era un oficial estricto y se hizo respetar a fondo tanto por los oficiales como por los hombres. La severidad ocasional de su trato era soportada porque todos a bordo sabían que su primer pensamiento era su deber y que sacrificaría cualquier cosa por el bienestar real del barco. Mi padre escribe, en julio de 1834: «Todos avanzamos muy bien juntos; no hay peleas a bordo, lo cual es algo que decir. El capitán mantiene todo en orden reprendiendo a cada uno a su turno». La mejor prueba de que Fitz-Roy era valorado como comandante viene dada por el hecho de que muchos ('Voyage of the "Adventure" and "Beagle"', vol. ii, página 21) de la tripulación habían navegado con él en el viaje anterior del «Beagle», y hubo algunos oficiales, así como marineros e infantes de marina, que habían servido en el «Adventure» o el «Beagle» durante toda aquella expedición.
Mi padre habla de los oficiales como un grupo de hombres decididos y excelentes, y especialmente de Wickham, el primer teniente, como un «tipo glorioso». Este último, siendo responsable de la elegancia y el aspecto del barco, objetaba enérgicamente que llenara las cubiertas de basura, y se refería a los especímenes como «maldita y sucia porquería», y solía añadir: «Si yo fuera el patrón, pronto los sacaría a ti y a toda tu maldita confusión de aquí».
Una especie de aureola de santidad envolvía a mi padre por el hecho de cenar en el camarote del capitán, de modo que los guardiamarinas empezaron llamándole «Señor», una formalidad que, sin embargo, no impidió que se hiciera buenos amigos de los oficiales más jóvenes. Escribió hacia los años 1861 o 1862 al Sr. P.G. King, M.L.C., de Sídney, quien, como se ha dicho antes, era guardiamarina a bordo del «Beagle»: «El recuerdo de los viejos tiempos, cuando solíamos sentarnos a hablar en las botavaras del "Beagle", me hará siempre, hasta el día de mi muerte, alegrarme de saber de tu felicidad y prosperidad». El Sr. King describe el placer que mi padre parecía sentir «señalándome, cuando yo era un muchacho, las delicias de las noches tropicales, con sus brisas balsámicas arremolinándose en las velas sobre nosotros, y el mar iluminado por el paso del barco a través de las interminables corrientes de animalículos fosforescentes».
Se ha supuesto que su mala salud en sus últimos años se debió a haber sufrido tanto de mareo. Él mismo no lo creía, sino que atribuía su mala salud al defecto hereditario que se manifestó como gota en algunas de las generaciones pasadas. No tengo muy claro cuánto sufrió realmente de mareo; mi impresión es clara de que, según su propia memoria, no estuvo realmente enfermo después de las primeras tres semanas, pero que estaba constantemente incómodo cuando el barco cabeceaba con fuerza. Sin embargo, a juzgar por sus cartas y por el testimonio de algunos de los oficiales, parece que en sus últimos años olvidó el grado de incomodidad que sufrió. Escribiendo el 3 de junio de 1836, desde el Cabo de Buena Esperanza, dice: «Es una suerte para mí que el viaje esté llegando a su fin, pues positivamente sufro más de mareo ahora que hace tres años». El almirante Lort Stokes escribió al «Times» el 25 de abril de 1883:
«¿Podría pedir un rincón para mi débil testimonio sobre la maravillosa y perseverante resistencia en la causa de la ciencia de ese gran naturalista, mi viejo y perdido amigo, el Sr. Charles Darwin, cuyos restos van a ser tan justamente honrados con un lugar de descanso en la Abadía de Westminster?
»Quizá nadie pueda atestiguar mejor sus tempranas y agotadoras labores que yo mismo. Trabajamos juntos durante varios años en la misma mesa del camarote de popa del "Beagle" durante su célebre viaje, él con su microscopio y yo con las cartas. A menudo era un extremo muy movido de la pequeña embarcación, y angustiosamente para mi viejo amigo, que sufría mucho de mareo. Después de tal vez una hora de trabajo, me decía: "Viejo amigo, debo tomar la horizontal", que era la mejor posición de alivio contra el movimiento del barco; estirarse a un lado de la mesa durante algún tiempo le permitía reanudar sus labores por un rato, hasta que tenía que volver a tumbarse.
»Era angustioso presenciar este temprano sacrificio de la salud del Sr. Darwin, quien siempre sintió seriamente los malos efectos del viaje del "Beagle"».
El Sr. A.B. Usborne escribe: «Sufría terriblemente de mareo y, a veces, cuando yo era oficial de guardia y reducía las velas, haciendo el barco más estable y aliviándole así, él me declaraba "un buen oficial", y reanudaba sus observaciones microscópicas en el camarote de popa». La cantidad de trabajo que realizó en el «Beagle» demuestra que estaba habitualmente en plena forma; tuvo, sin embargo, una enfermedad grave, en América del Sur, cuando fue acogido en la casa de un inglés, el Sr. Corfield, quien le atendió con cuidadosa amabilidad. Le he oído decir que en esta enfermedad cada secreción del cuerpo se vio afectada y que, cuando describió los síntomas a su padre, el Dr. Darwin no pudo adivinar la naturaleza de la dolencia. Mi padre se inclinaba a veces a pensar que el deterioro de su salud se debió en parte a este ataque.
Las cartas del «Beagle» dan amplia prueba de su gran amor por el hogar y por todo lo relacionado con él, desde su padre hasta Nancy, su antigua niñera, a quien a veces envía recuerdos.
Su deleite en las cartas del hogar se muestra en pasajes como: «Pero si supieras el resplandeciente e indecible deleite que sentí al estar seguro de que mi padre y todos vosotros estabais bien, hace solo cuatro meses, no lamentarías el trabajo perdido en mantener la serie regular de cartas».
O bien, su anhelo de volver, con palabras como estas: «Es demasiado delicioso pensar que veré caer las hojas y oiré cantar al petirrojo el próximo otoño en Shrewsbury. Mis sentimientos son los de un colegial hasta el último detalle; dudo que algún chico haya deseado tanto sus vacaciones como yo deseo veros a todos de nuevo. Actualmente, aunque casi medio mundo me separa de casa, empiezo a organizar lo que haré, a dónde iré durante la primera semana».
Otra característica de sus cartas es la sorpresa y el deleite con los que escucha que sus colecciones y observaciones son de alguna utilidad. Parece que solo gradualmente se le ocurrió que llegaría a ser algo más que un recolector de especímenes y hechos, de los que los grandes hombres habrían de hacer uso. E incluso sobre el valor de sus colecciones parece haber tenido muchas dudas, pues escribió a Henslow en 1834: «Realmente empecé a pensar que mis colecciones eran tan pobres que estabais desconcertados sobre qué decir; el caso es ahora justo lo contrario, pues sois culpables de excitar todos mis sentimientos de vanidad hasta un punto muy cómodo; si el trabajo duro compensa estos pensamientos, juro que no será escatimado».
Tras su regreso y establecimiento en Londres, empezó a darse cuenta del valor de lo que había hecho y escribió al capitán Fitz-Roy: «Por mucho que otros miren atrás al viaje del "Beagle", ahora que las pequeñas partes desagradables están casi olvidadas, creo que es, con mucho, LA CIRCUNSTANCIA MÁS AFORTUNADA DE MI VIDA que la oportunidad brindada por tu oferta de llevar a un naturalista cayera sobre mí. A menudo tengo los cuadros más vívidos y deliciosos de lo que vi a bordo del "Beagle" pasando ante mis ojos. Estos recuerdos, y lo que aprendí sobre Historia Natural, no los cambiaría por diez mil libras al año».
[Al seleccionar la siguiente serie de cartas, me he guiado por el deseo de dar tantos detalles personales como fuera posible. He incluido solo unas pocas cartas científicas, para ilustrar la forma en que trabajaba y cómo consideraba sus propios resultados. En su 'Diario de investigaciones' da incidentalmente alguna idea de su carácter personal; las cartas que aparecen en el presente capítulo sirven para ampliar con palabras más frescas y espontáneas esa impresión de su personalidad que el 'Diario' ha dado a tantos lectores].
CHARLES DARWIN A R.W. DARWIN. Bahía, o San Salvador, Brasil [8 de febrero de 1832].
Descubro que después de la primera página he estado escribiendo a mis hermanas.
Mi querido padre:
Escribo esto el 8 de febrero, un día de navegación después de pasar St. Jago (Cabo Verde), y tengo la intención de aprovechar la oportunidad de encontrar algún barco con rumbo a casa en algún lugar cerca del ecuador. La fecha, sin embargo, lo dirá cuando se presente la oportunidad. Ahora empezaré desde el día en que salimos de Inglaterra y daré una breve descripción de nuestro progreso. Zarpamos, como sabes, el 27 de diciembre, y hemos tenido la suerte de disfrutar desde entonces hasta el presente de una brisa favorable y moderada. Resultó después que habíamos escapado de un fuerte vendaval en el Canal, otro en Madeira y otro en la costa de África. Pero al escapar del vendaval, sentimos sus consecuencias: un mar agitado. En el golfo de Vizcaya hubo un oleaje largo y continuo, y la miseria que soporté por el mareo está mucho más allá de lo que jamás imaginé. Creo que tienes curiosidad por ello. Te daré toda mi cara experiencia. Nadie que solo haya estado en el mar durante veinticuatro horas tiene derecho a decir que el mareo es siquiera incómodo. La verdadera miseria solo comienza cuando estás tan agotado que un pequeño esfuerzo provoca una sensación de desmayo. No encontré nada que me hiciera bien, salvo estar tumbado en mi hamaca. Debo exceptuar especialmente tu receta de pasas, que es el único alimento que el estómago tolera.
El 4 de enero no estábamos a muchas millas de Madeira, pero como había un mar agitado y la isla estaba a barlovento, no se consideró que valiera la pena luchar por llegar a ella. Después resultó una suerte habernos ahorrado la molestia. Yo estaba demasiado enfermo incluso para levantarme a ver el lejano contorno. El 6, por la tarde, navegamos hacia el puerto de Santa Cruz. Ahora me sentí por primera vez moderadamente bien, y me estaba imaginando todos los deleites de las frutas frescas que crecían en hermosos valles, y leyendo las descripciones de Humboldt de las gloriosas vistas de la isla, cuando quizás puedas adivinar casi nuestra decepción, cuando un hombre pequeño y pálido nos informó que debíamos realizar una estricta cuarentena de doce días. Hubo una calma sepulcral en el barco hasta que el capitán gritó «¡arriba el foque!» y dejamos este lugar tan deseado.
Estuvimos en calma durante un día entre Tenerife y Gran Canaria, y aquí experimenté por primera vez algo de disfrute. La vista era gloriosa. El pico de Tenerife se veía entre las nubes como otro mundo. Nuestro único inconveniente fue el extremo deseo de visitar esta gloriosa isla. DILE A EYTON QUE NO OLVIDE NI LAS ISLAS CANARIAS NI AMÉRICA DEL SUR; que estoy seguro de que compensará bien la molestia necesaria, pero que debe hacerse a la idea de encontrar una buena cantidad de esta última. Estoy seguro de que se arrepentirá si no lo intenta. De Tenerife a St. Jago el viaje fue extremadamente agradable. Tenía una red a popa del barco que atrapaba gran cantidad de animales curiosos, y ocupaba completamente mi tiempo en mi camarote, y en cubierta el tiempo era tan delicioso y claro, que el cielo y el agua juntos formaban un cuadro. El 16 llegamos a Port Praya, la capital de Cabo Verde, y allí permanecimos veintitrés días, es decir, hasta ayer, 7 de febrero. El tiempo ha volado de la manera más encantadora, de hecho nada puede ser más placentero; extremadamente ocupado, y ese trabajo es tanto un deber como un gran deleite. No creo haber pasado ni media hora ociosa desde que dejé Tenerife. St. Jago me ha proporcionado una cosecha extraordinariamente rica en varias ramas de la Historia Natural. Descubro que las descripciones de muchos de los animales más comunes que habitan en los Trópicos no valen casi nada. Me refiero, por supuesto, a los de las clases inferiores.
Hacer geología en un país volcánico es de lo más delicioso; además del interés que conlleva por sí mismo, te lleva a los lugares más hermosos y retirados. Nadie, salvo una persona aficionada a la Historia Natural, puede imaginar el placer de pasear bajo cocoteros en un matorral de plátanos y plantas de café, y un sinfín de flores silvestres. Y esta isla, que me ha dado tanta instrucción y deleite, está considerada el lugar más poco interesante que quizás toquemos durante nuestro viaje. Ciertamente es generalmente muy árida, pero los valles son exquisitamente hermosos, por el propio contraste. Es totalmente inútil decir algo sobre el paisaje; sería tan provechoso explicar los colores a un ciego como a una persona que no ha salido de Europa la total desemejanza de una vista tropical. Siempre que disfruto de algo, siempre espero escribirlo, ya sea en mi diario de a bordo (que aumenta en volumen), o en una carta; así que debes disculpar los arrebatos, y esos arrebatos mal expresados. Encuentro que mis colecciones están aumentando maravillosamente, y desde Río creo que me veré obligado a enviar una carga a casa.
Todos los retrasos interminables que experimentamos en Plymouth han sido de lo más afortunados, ya que creo sinceramente que nadie salió mejor provisto para coleccionar y observar en las diferentes ramas de la Historia Natural. En la multitud de consejeros ciertamente encontré bien. Descubro, para mi gran sorpresa, que un barco es singularmente cómodo para todo tipo de trabajo. Todo está tan a mano, y estar apretado te hace tan metódico, que al final he salido ganando. Ya he llegado a ver el ir al mar como un lugar regular y tranquilo, como volver a casa después de estar fuera de ella. En resumen, encuentro que un barco es una casa muy cómoda, con todo lo que necesitas, y si no fuera por el mareo, todo el mundo sería marinero. No creo que haya mucho peligro de que Erasmus siga el ejemplo, pero en caso de que lo hiciera, puede estar seguro de que no conoce ni la décima parte de los sufrimientos del mareo.
Los oficiales me gustan mucho más que al principio, especialmente Wickham, y los jóvenes King y Stokes, y de hecho todos ellos. El capitán sigue siendo constantemente muy amable y hace todo lo que está en su mano para ayudarme. Nos vemos muy poco cuando estamos en puerto; nuestras actividades nos llevan por caminos tan diferentes. Nunca en mi vida conocí a un hombre que pudiera soportar una parte tan grande de fatiga. Trabaja incesantemente, y cuando aparentemente no está empleado, está pensando. Si no se mata, hará durante este viaje una cantidad maravillosa de trabajo. Encuentro que estoy muy bien, y soporto el poco calor que hemos tenido hasta ahora tan bien como cualquiera. Pronto lo tendremos de verdad. Ahora navegamos hacia Fernando de Noronha, frente a la costa de Brasil, donde no nos quedaremos mucho tiempo, y luego examinaremos los bajíos entre allí y Río, tocando quizás en Bahía. Terminaré esta carta cuando surja la oportunidad de enviarla.
26 DE FEBRERO.
A unas 280 millas de Bahía. El día 10 hablamos con el paquebote "Lyra", en su viaje a Río. Envié por su conducto una breve carta, para que sea remitida a Inglaterra a la primera oportunidad. Hemos tenido una suerte singular al no encontrar ningún barco que regresara a casa, pero supongo que en Bahía ciertamente podremos escribir a Inglaterra. Desde que escribí la primera parte de esta carta no ha ocurrido nada, salvo cruzar el Ecuador y ser afeitados. Esta operación, de lo más desagradable, consiste en que le froten a uno la cara con pintura y alquitrán, lo que forma una espuma para una sierra que representa la navaja, y luego ser medio ahogado en una vela llena de agua salada. Unas 50 millas al norte de la línea tocamos las rocas de San Pablo; este pequeño punto (de cerca de 1/4 de milla de ancho) en el Atlántico ha sido visitado en raras ocasiones. Es totalmente estéril, pero está cubierto por legiones de aves; estaban tan poco acostumbradas al hombre que descubrimos que podíamos matar muchas con piedras y palos. Tras permanecer algunas horas en la isla, regresamos a bordo con el bote cargado de nuestra presa. Desde allí fuimos a Fernando de Noronha, una pequeña isla donde los brasileños envían a sus exiliados. El desembarco allí se vio acompañado de tanta dificultad, debido a un fuerte oleaje, que el Capitán decidió zarpar al día siguiente de nuestra llegada. Mi único día en tierra fue sumamente interesante; toda la isla es un solo bosque tan enmarañado por plantas trepadoras que resulta muy difícil moverse fuera del camino trillado. Encuentro que la Historia Natural de todos estos lugares poco frecuentados es sumamente interesante, especialmente la geología. He escrito esto para ahorrar tiempo en Bahía.
Sin duda, lo más llamativo de los Trópicos es la novedad de las formas vegetales. Los cocoteros bien podrían imaginarse a partir de dibujos, si se les añade una graciosa ligereza de la que ningún árbol europeo participa. Los plátanos y los bananos son exactamente iguales a los de los invernaderos, las acacias o los tamarindos son llamativos por la azulura de su follaje; pero de los gloriosos naranjos, ninguna descripción ni dibujo podrá dar una idea justa; en lugar del verde enfermizo de nuestras naranjas, las nativas superan al laurel de Portugal en la oscuridad de su tinte, y lo superan infinitamente en belleza de forma. Cocoteros, papayos, los plátanos de color verde claro y los naranjos cargados de fruta rodean por lo general las aldeas más exuberantes. Al contemplar tales escenas, uno siente la imposibilidad de que cualquier descripción se acerque a la realidad, y mucho menos que sea exagerada.
1 DE MARZO.
Bahía, o San Salvador. Llegué a este lugar el 28 de febrero, y estoy escribiendo esta carta después de haber paseado de verdad por los bosques del nuevo mundo. Nadie podría imaginar nada tan hermoso como la antigua ciudad de Bahía; está literalmente rodeada por un bosque exuberante de bellos árboles, situada en una ladera empinada y domina las tranquilas aguas de la gran bahía de Todos los Santos. Las casas son blancas y elevadas, y, dado que las ventanas son estrechas y largas, tienen un aspecto muy ligero y elegante. Conventos, pórticos y edificios públicos varían la uniformidad de las casas; la bahía está salpicada de grandes barcos; en fin, y qué más se puede decir, es una de las vistas más bellas del Brasil. Pero el exquisito y glorioso placer de caminar entre tales flores y tales árboles no puede ser comprendido sino por quienes lo han experimentado. Aunque en una latitud tan baja la localidad no es desagradablemente calurosa, en este momento es muy húmeda, pues es la estación de las lluvias. Encuentro que, hasta ahora, el clima me sienta admirablemente; me hace desear vivir tranquilamente durante algún tiempo en un país así. Si realmente quiere tener una idea de los países tropicales, estudie a Humboldt. Salte las partes científicas y comience después de dejar Tenerife. Mis sentimientos llegan a la admiración cuanto más lo leo. Dígale a Eyton (¡veo que estoy escribiendo a mis hermanas!) lo mucho que disfruto de América, y que estoy seguro de que será una gran lástima si no se anima a partir.
Esta carta saldrá el día 5, y me temo que pasará algún tiempo antes de que llegue a sus manos; debe servir de advertencia sobre cómo en otras partes del mundo uno puede estar mucho tiempo sin tener noticias. Por accidente, podría pasar un año así. Hacia el día 12 partiremos hacia Río, pero permaneceremos algún tiempo en el camino sondeando los bajíos de los Abrolhos. Dígale a Eyton que, según mi experiencia, estudie español, francés, dibujo y a Humboldt. Espero sinceramente tener noticias suyas (si no verlo) en Sudamérica. Espero con ansias las cartas en Río; hasta que cada una sea reconocida, mencione su fecha en la siguiente.
Hemos superado a todos los barcos en maniobras, tanto es así que el oficial al mando dice que no necesitamos seguir su ejemplo, porque hacemos todo mejor que su gran barco. Empiezo a interesarme mucho por los asuntos navales, más aún ahora, al descubrir que todos dicen que somos el número 1 en Sudamérica. Supongo que el Capitán es un oficial excelente. Fue glorioso hoy ver cómo superamos al "Samarang" en recoger velas. Es algo completamente nuevo que un "barco de sondeo" supere a un buque de guerra regular; y, sin embargo, el "Beagle" no es en absoluto un barco especial. Erasmus lo percibirá claramente cuando oiga que, por la noche, me he sentado realmente en los recintos sagrados de la cubierta de popa. Deben disculpar estas cartas extrañas, y recordar que suelen escribirse por la tarde, después de mi trabajo diario. Me esmero más en mi cuaderno de bitácora, para que finalmente tengan una buena relación de todos los lugares que visito. Hasta ahora, el viaje me ha resultado ADMIRABLE, y sin embargo soy ahora más consciente de su sabiduría al echar agua fría sobre todo el plan; las posibilidades de que resulte todo lo contrario son tan numerosas; hasta tal punto lo siento, que si alguien me pidiera consejo en una ocasión similar, sería muy cauteloso a la hora de animarle. No tengo tiempo para escribir a nadie más, así que envíen a Maer para que sepan que, en medio del glorioso paisaje tropical, no olvido lo mucho que contribuyeron a colocarme allí. No volveré a extasiarme, pero me doy mucho crédito por no estar loco de puro deleite.
Den recuerdos a todos en casa, y a los Owen.
Creo que el afecto de uno, como otras cosas buenas, florece y aumenta en estas regiones tropicales.
La convicción de que estoy caminando en el Nuevo Mundo es incluso ahora maravillosa a mis propios ojos, y me atrevo a decir que no lo es menos para ustedes recibir una carta de un hijo suyo en tales latitudes.
Créanme, mi querido Padre, su hijo más afectuoso, CHARLES DARWIN.
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. Bahía de Botafogo, cerca de Río de Janeiro, mayo de 1832.
Mi querido Fox,
He retrasado escribirle a usted y a todos mis otros amigos hasta llegar aquí y tener algo de tiempo libre. Mi mente ha estado, desde que dejé Inglaterra, en un perfecto HURACÁN de deleite y asombro, y hasta esta hora apenas ha pasado un minuto en la ociosidad...
En Santiago comenzaron mi historia natural y mis labores más gratas. Durante las tres semanas reuní una multitud de animales marinos y disfruté de muchos buenos paseos geológicos. Tocando algunas islas, navegamos hacia Bahía y desde allí a Río, donde ya llevo algunas semanas. Mis colecciones avanzan admirablemente en casi todas las ramas. En cuanto a los insectos, confío en enviar a Inglaterra una multitud de especies no descritas. Creo que no tienen ninguna pequeña en las colecciones, y aquí esta mañana he tomado diminutos Hydropori, Noterus, Colymbetes, Hydrophilus, Hydrobius, Gromius, etc., etc., como especímenes de escarabajos de agua dulce. Estoy completamente ocupado con los animales terrestres, ya que la playa es solo arena. Las arañas y las tribus adyacentes quizás me hayan dado, por su novedad, el mayor placer. Creo que ya he tomado varios géneros nuevos.
Pero la Geología gana la partida: es como el placer del juego. Especulando, al llegar, sobre cómo pueden ser las rocas, a menudo grito mentalmente "3 a 1 terciario contra primitivo"; pero estos últimos han ganado hasta ahora todas las apuestas. Tanto para el gran fin de mi viaje; en otros aspectos las cosas son igualmente florecientes. Mi vida, cuando estoy en el mar, es tan tranquila que, para una persona que sabe emplearse, nada puede ser más placentero; la belleza del cielo y el brillo del océano forman un cuadro. Pero cuando estoy en tierra, y vagando por los sublimes bosques, rodeado de vistas más hermosas de lo que incluso Claudio imaginó jamás, disfruto de un deleite que nadie más que quienes lo han experimentado puede entender. Si hay que hacerlo, debe ser estudiando a Humboldt. En nuestros antiguos y acogedores desayunos en Cambridge, poco pensaba yo que el ancho Atlántico nos separaría alguna vez; pero es un raro privilegio que con el cuerpo no se dividan los sentimientos y la memoria. Por el contrario, las escenas más placenteras de mi vida, muchas de las cuales han sido en Cambridge, surgen del contraste con el presente, más vívidamente en mi imaginación. ¿Crees que algún escarabajo diamante me dará jamás tanto placer como nuestro viejo amigo crux major?... Es una de mis diversiones más constantes dibujar imágenes del pasado; y en ellas a menudo les veo a usted y al pobre pequeño Fran. ¡Oh, Señor, y luego el viejo Dash, el pobre! ¿Recuerdas cómo me atormentaban todos con su hermosa cola?
...Piense cuando usted esté recogiendo insectos de un seto de espino en un buen día de mayo (miserablemente frío, no tengo duda), piense en mí recolectando entre piñas y naranjos; mientras se mancha los dedos con moras sucias, piense y envidie las naranjas maduras. Esto es una buena pieza de bravuconada, pues caminaría muchas millas entre aguanieve, nieve o lluvia para darle un apretón de manos. Mi querido y viejo Fox, que Dios le bendiga. Créame,
Suyo afectuosamente, CHAS. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.S. HENSLOW. Río de Janeiro, 18 de mayo de 1832.
Mi querido Henslow...
Hasta llegar a Tenerife (no tocamos en Madeira) apenas salí de mi hamaca, y realmente sufrí más de lo que usted puede imaginar por tal causa. En Santa Cruz, mientras buscaba entre las nubes el Pico y repetía para mis adentros las sublimes descripciones de Humboldt, se anunció que debíamos cumplir doce días de estricta cuarentena. Habíamos hecho un viaje corto, así que "izad el foque" y rumbo a Santiago. Dirá usted que todo esto suena muy mal, y así fue; pero desde entonces hasta hoy ha sido casi una escena de continuo disfrute. Una red sobre la popa me mantuvo ocupado hasta que llegamos a Santiago. Aquí pasamos tres semanas de lo más encantadoras. La geología fue eminentemente interesante, y creo que completamente nueva; hay algunos hechos a gran escala de costa alzada (que es una excelente época para datar todas las rocas volcánicas), que interesarían al Sr. Lyell.
Una gran fuente de perplejidad para mí es mi total ignorancia sobre si anoto los hechos correctos, y si son de suficiente importancia para interesar a otros. En lo único que es recolectar no puedo equivocarme. Santiago es singularmente estéril y produce pocas plantas o insectos, por lo que mi martillo fue mi compañero habitual, y en su compañía pasé horas de lo más encantadoras. En la costa recolecté muchos animales marinos, principalmente gasterópodos (creo que algunos nuevos). Examiné con bastante precisión una Caryophyllia, y, si mis ojos no están embrujados, las descripciones anteriores no tienen la menor semejanza con el animal. Tomé varios especímenes de un pulpo que poseía un poder maravilloso para cambiar sus colores, igualando a cualquier camaleón, y evidentemente adaptando los cambios al color del terreno sobre el que pasaba. El verde amarillento, el marrón oscuro y el rojo eran los colores predominantes; este hecho parece ser nuevo, hasta donde he podido averiguar. La geología y los animales invertebrados serán mi principal objeto de persecución a lo largo de todo el viaje.
Luego navegamos hacia Bahía y tocamos en la roca de San Pablo. Esta es una formación serpentina. ¿No es la única isla del Atlántico que no es volcánica? También nos quedamos unas horas en Fernando de Noronha; corría un oleaje tremendo, tanto que un bote se inundó y el Capitán no quiso esperar. Encuentro que mi vida a bordo cuando estamos en aguas abiertas es de lo más encantadora, tan cómoda y tranquila; es casi imposible estar ocioso, y eso para mí es decir mucho. Nadie podría estar mejor dotado en todos los aspectos para recolectar que yo; muchos cocineros no han estropeado el caldo esta vez. Los pequeños consejos del Sr. Brown sobre microscopios, etc., han sido invaluables. Estoy bien provisto de libros, el 'Dictionnaire Classique' ES MÁS ÚTIL. Si usted pensara en alguna cosa o libro que me fuera útil, si escribiera una línea a E. Darwin, Wyndham Club, St. James's Street, él los obtendrá y los enviará con otras cosas a Montevideo, que durante el próximo año será mi cuartel general.
Tocando en los Abrolhos, llegamos aquí el 4 de abril, cuando entre otras cosas recibí su amabilísima carta. Puede estar seguro de que durante la tarde pensé en las muchas horas felices que he pasado con usted en Cambridge. Ahora vivo en Botafogo, una aldea a una legua de la ciudad, y podré permanecer un mes más. El "Beagle" ha vuelto a Bahía y me recogerá a su regreso. Hay un error muy importante en la longitud de Sudamérica, para resolver el cual se ha emprendido este segundo viaje. Nuestros cronómetros, al menos dieciséis de ellos, funcionan magníficamente; ninguno registrado ha funcionado jamás como ellos.
Unos días después de llegar, me embarqué en una expedición de 150 millas a Río Macao, que duró dieciocho días. Aquí vi por primera vez un bosque tropical en toda su sublime grandeza; nada más que la realidad puede dar una idea de lo maravilloso y magnífico que es el escenario. Si tuviera que especificar una sola cosa, daría la preeminencia a la multitud de plantas parásitas. Su grabado es exactamente fiel, pero subestima antes que exagerar la exuberancia. Nunca experimenté un deleite tan intenso. Antiguamente admiraba a Humboldt, ahora casi lo adoro; solo él da alguna noción de los sentimientos que se despiertan en la mente al entrar por primera vez en los Trópicos. Ahora estoy recolectando animales de agua dulce y terrestres; si es cierto lo que me dijeron en Londres, a saber, que no hay insectos pequeños en las colecciones de los Trópicos, diré a los entomólogos que tengan cuidado y sus plumas listas para describir. He tomado tan diminutos (si no más) como en Inglaterra: Hydropori, Hygroti, Hydrobii, Pselaphi, Staphylini, Curculio, etc. etc. Es sumamente interesante observar la diferencia de géneros y especies con respecto a los que conozco; sin embargo, es mucho menor de lo que esperaba. Actualmente estoy ardiendo con las arañas; son muy interesantes y, si no me equivoco, ya he tomado algunos géneros nuevos. Pronto tendré una caja grande para enviar a Cambridge, y con ella mencionaré algunos detalles más de historia natural.
El Capitán hace todo lo que está en su mano para ayudarme, y nos llevamos muy bien, pero agradezco a mi buena fortuna que no me haya hecho renegado de los principios Whig. No sería Tory, si fuera solo por sus corazones fríos respecto a esa vergüenza para las naciones cristianas: la Esclavitud. Soy muy buen amigo de todos los oficiales.
Acabo de regresar de un paseo, y como muestra de lo poco que se conocen los insectos: Noterus, según el 'Dictionnaire Classique', contiene únicamente tres especies europeas. Yo, en una sola pasada de mi red, tomé cinco especies distintas; ¿no es esto extraordinario?...
Dígale al profesor Sedgwick que no sabe cuánto le estoy agradecido por la Expedición de Gales; me ha dado un interés por la Geología que no daría por nada del mundo. No creo haber pasado tres semanas más encantadoras que golpeando las montañas del Noroeste. Espero con interés la geología de Montevideo, pues oigo que allí hay pizarras, así que supongo que en ese distrito encontraré las uniones de las Pampas y la enorme formación granítica del Brasil. En Bahía, la pegmatita y el gneis en lechos tenían la misma dirección, como observó Humboldt, predominante en Colombia, a 1300 millas de distancia; ¿no es maravilloso? Montevideo será por mucho tiempo mi dirección. Espero que vuelva a escribirme; no hay nadie de quien me guste recibir consejos tanto como de usted... Disculpe esta carta casi ininteligible, y créame, mi querido Henslow, con los más cálidos sentimientos de respeto y amistad,
Suyo afectuosamente, CHAS. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.M. HERBERT. Bahía de Botafogo, Río de Janeiro, junio de 1832.
Mi querido viejo Herbert,
Su carta llegó aquí cuando había perdido todas las esperanzas de recibir otra, por lo que me produjo un grado adicional de placer. A tal intervalo de tiempo y espacio uno aprende a sentirse verdaderamente obligado con aquellos que no le olvidan. La memoria, al recordar escenas pasadas, nos brinda a nosotros, los EXILIADOS, uno de los mayores placeres. A menudo, muy a menudo, mientras vago por estas colinas, pienso en Barmouth y, puedo añadir, deseo igual de a menudo tener tal compañía. ¡Qué contraste ofrece un paseo en estos dos lugares! Aquí, picos abruptos y pedregosos están encerrados hasta la misma cima por bosques exuberantes; toda la superficie del país, excepto donde ha sido despejada por el hombre, es un bosque impenetrable. ¡Qué diferente de Gales, con sus colinas inclinadas cubiertas de césped y sus valles abiertos! No era consciente anteriormente de cuán íntimamente lo que puede llamarse la parte moral está conectado con el disfrute del paisaje. Me refiero a ideas tales como la historia del país, la utilidad de los productos y, más especialmente, la felicidad de las personas que viven con ellos. Cambie al trabajador inglés por un pobre esclavo, trabajando para otro, y difícilmente reconocerá la misma vista. Estoy seguro de que se alegrará de saber lo bien que ha respondido cada parte de la expedición (el cielo no lo quiera, excepto el mareo). Ya hemos visto Tenerife y la Gran Canaria; Santiago, donde pasé tres semanas de lo más encantadoras, deleitándome con las alegrías de naturalizar por primera vez una isla volcánica tropical, y además de otras islas, los dos famosos puertos del Brasil, a saber, Bahía y Río.
Estuve en mi hamaca hasta que llegamos a las Canarias, y nunca olvidaré la sublime impresión que la primera vista de Tenerife causó en mi mente. La primera llegada al clima cálido fue sumamente placentera; el cielo azul claro de los Trópicos no fue un cambio común después de esos malditos vendavales del suroeste en Plymouth. Cerca de la Línea se volvió un calor sofocante. Pasamos un día en San Pablo, un pequeño grupo de rocas de aproximadamente un cuarto de milla de circunferencia, asomándose en medio del Atlántico. Allí hubo tal escena. Wickham (primer teniente) y yo fuimos los únicos dos que desembarcamos con escopetas, martillos geológicos, etc. Las aves, por miríadas, estaban demasiado cerca para disparar; luego probamos con piedras, pero al final, ¡proh pudor!, mi martillo geológico fue el instrumento de la muerte. Pronto cargamos el bote con aves y huevos. Mientras estábamos tan ocupados, los hombres en el bote se peleaban literalmente con los tiburones por peces tan magníficos como los que no se podrían ver en el mercado de Londres. Nuestro bote habría sido un buen tema para Snyders, tal era la mezcla de caza que contenía. Hemos estado aquí diez semanas, y ahora partiremos hacia Montevideo, donde espero con ansias muchos galopes por las Pampas. Me avergüenza enviar una carta tan desordenada, pero si usted viera el montón de cartas en mi mesa, entendería la razón...
La estancia en este puerto ha sido, en conjunto, una de las más interesantes de todo el viaje. La costa de la Patagonia, aunque desde el mar parece una desolada y vasta llanura, contiene, al ser examinada, muchas cosas curiosas. He reunido un gran número de especímenes, especialmente de aves y mamíferos, cuya distribución geográfica es un tema que, creo, resultará ser de gran importancia. Sin embargo, me temo que mi colección de geología no está a la altura de mis expectativas; las rocas son, en su mayoría, de una naturaleza poco variada, aunque la presencia de formaciones terciarias con fósiles abundantes me ha proporcionado un material de estudio excelente.
Debo confesarle, querido Henslow, que a menudo me siento abrumado por la vastedad de los horizontes que se abren ante nosotros. El capitán Fitz-Roy es un hombre de una energía inagotable, y sus planes para el levantamiento cartográfico son tan ambiciosos como rigurosos. A veces, mientras observo las costas desconocidas que se perfilan en el horizonte, me pregunto si seré capaz de asimilar tanta información y transformarla en algo digno de la ciencia. Mi única ambición es que, al regresar a Inglaterra, pueda presentar ante la Sociedad Geológica algo más que un simple montón de piedras y huesos.
El aislamiento es, a veces, una carga pesada. La vida a bordo, con sus rutinas y sus limitaciones, es un contraste violento con la libertad que uno siente al desembarcar en estas tierras salvajes. No obstante, el espíritu de descubrimiento compensa con creces cualquier privación. Espero que, al llegar a Montevideo, podamos reabastecernos adecuadamente y que el correo me depare noticias gratas de mis amigos y familiares.
Le ruego acepte mis más sinceras disculpas por lo fragmentario de estas notas. Mi mente está siempre ocupada en mil tareas distintas y, a menudo, me resulta difícil poner orden en mis pensamientos. Siga usted, le pido, enviándome sus consejos, pues sus palabras son para mí como un faro que me guía en medio de esta incertidumbre constante.
Quedo, mi querido Henslow, como siempre, su afectuoso y muy obligado amigo,
CHARLES DARWIN.
Y ahora, para mi segunda SECCIÓN, Zoología. Me he ocupado principalmente en prepararme para el Mar del Sur examinando los pólipos de los Corales más pequeños en estas latitudes. Muchos de ellos son, de por sí, muy curiosos, y creo que no han sido descritos en absoluto; había uno espantoso, emparentado con una Flustra, que me atrevería a decir que mencioné haber encontrado hacia el norte, donde las celdillas tienen un órgano móvil (como la cabeza de un buitre, con un pico dilatador), fijado en el borde. Pero lo que es de mayor interés general es la incuestionable (según me parece) existencia de otra especie de avestruz, además del Struthio rhea. Todos los gauchos e indios afirman que es así, y pongo la mayor fe en sus observaciones. Tengo la cabeza, el cuello, un trozo de piel, plumas y patas de uno. Las diferencias radican principalmente en el color de las plumas y de las escamas en las patas, que están cubiertas de plumas por debajo de las rodillas, en la nidificación y en la distribución geográfica. Hasta aquí lo que he hecho últimamente; el panorama que tengo ante mí está lleno de sol, buen tiempo, paisajes gloriosos, la geología de los Andes, llanuras abundantes en restos orgánicos (que quizás tenga la suerte de atrapar en el preciso acto de moverse) y, por último, un océano cuyas costas rebosan vida, así que, si no ocurre nada imprevisto, me mantendré firme en el viaje, aunque por lo que veo esto podría durar hasta que regresemos convertidos en un buen grupo de caballeros de cabellos blancos. Tengo que agradecerle muy cordialmente el envío de los libros. Ahora estoy leyendo el 'Informe' de Oxford (La segunda reunión de la Asociación Británica se celebró en Oxford en 1832, al año siguiente fue en Cambridge.); todo el relato de sus sesiones es de lo más glorioso; usted, que permanece en Inglaterra, no puede imaginar lo excesivamente interesantes que encuentro los informes. Estoy seguro, por mis propias sensaciones emocionantes al leerlos, de que no pueden dejar de tener un efecto excelente en todos aquellos que residen en colonias distantes y que tienen pocas oportunidades de ver las publicaciones periódicas. Mi martillo ha caído con redoblada fuerza sobre los bloques devotos; mientras reflexionaba sobre la elocuencia del Presidente de Cambridge, asestaba golpes cada vez más fuertes. Espero dar a mis brazos fuerza para las Cordilleras. Usted me enviará a través del Capitán Beaufort una copia del 'Informe' de Cambridge.
He olvidado mencionar que, desde hace algún tiempo y para el futuro, pondré una cruz a lápiz en las cajas de píldoras que contienen insectos, ya que estas son las únicas que requieren mantenerse particularmente secas; tal vez esto le ahorre algunas molestias. No sé cuándo saldrá esta carta, ya que esta pequeña sede de discordia ha estado últimamente envuelta en una terrible escena de asesinato, y en la actualidad hay más prisioneros que habitantes. Si se fleta un buque mercante para llevarlos a Río, enviaré algunos especímenes (especialmente mis pocas plantas y semillas). Recuérdeme a todos mis amigos de Cambridge. Amo y atesoro cada recuerdo de la querida y vieja Cambridge. Le estoy muy agradecido por incluir mi nombre en el monumento del pobre Ramsay; nunca pienso en él sin la más cálida admiración. Adiós, mi querido Henslow.
Créame su más obligado y afectuoso amigo, CHARLES DARWIN.
CHARLES DARWIN A LA SRTA. C. DARWIN. Isla Soledad, 6 de abril de 1834.
Mi querida Catherine,
No sé cuándo llegará esta carta a sus manos, pero probablemente algún buque de guerra hará escala aquí antes de que, en el curso normal de los acontecimientos, tenga otra oportunidad de escribir...
Después de visitar algunas de las islas del sur, navegamos a través del magnífico paisaje del Canal Beagle hasta el país de Jemmy Button. (Jemmy Button, York Minster y Fuegia Basket eran nativos de Tierra del Fuego, traídos a Inglaterra por el Capitán Fitz-Roy en su viaje anterior, y devueltos a su país por él en 1832.) Apenas pudimos reconocer al pobre Jemmy. En lugar del muchacho limpio, bien vestido y robusto que dejamos, lo encontramos como un salvaje desnudo, delgado y miserable. York y Fuegia se habían trasladado a su propio país hacía algunos meses, habiendo robado el primero toda la ropa de Jemmy. Ahora no tenía nada, salvo un trozo de manta alrededor de la cintura. El pobre Jemmy se alegró mucho de vernos y, con su habitual buen sentimiento, trajo varios regalos (pieles de nutria, que son muy valiosas para ellos) para sus viejos amigos. El Capitán se ofreció a llevarlo a Inglaterra, pero, para nuestra sorpresa, se negó al instante. Por la tarde, su joven esposa vino a bordo y nos mostró la razón. Él estaba completamente contento. El año pasado, en el colmo de su indignación, decía que "la gente de su país no sabe nada, son unos malditos tontos"; ahora eran muy buena gente, con DEMASIADO para comer y todos los lujos de la vida. Jemmy y su esposa se alejaron remando en su canoa cargados de regalos, y muy felices. Lo más curioso es que Jemmy, en lugar de recuperar su propia lengua, ha enseñado un poco de inglés a todos sus amigos. "La canoa de J. Button" y "Viene la esposa de Jemmy", "Dame un cuchillo", etc., fue lo que dijeron varios de ellos.
Luego pusimos rumbo a esta isla, esta pequeña y miserable sede de discordia. Descubrimos que los gauchos, bajo pretexto de una revolución, habían asesinado y saqueado a todos los ingleses que pudieron atrapar, y a algunos de sus propios compatriotas. Toda la economía en casa hace que los movimientos exteriores de Inglaterra sean de lo más despreciables. Qué diferente a la vieja España. Aquí, al estilo del perro del hortelano, tomamos una isla y dejamos para protegerla una bandera Union Jack; el poseedor, por supuesto, ha sido asesinado; ahora enviamos a un teniente con cuatro marineros, sin autoridad ni instrucciones. Un buque de guerra, sin embargo, se aventuró a dejar un destacamento de infantes de marina, y con su ayuda, y la traición de algunos de los miembros del grupo, los asesinos han sido todos capturados, habiendo ahora tantos prisioneros como habitantes. Esta isla debe convertirse algún día en un lugar de escala muy importante en el mar más turbulento del mundo. Está a medio camino entre Australia y el Mar del Sur hacia Inglaterra; entre Chile, Perú, etc., y el Río de la Plata y Río de Janeiro. Hay buenos puertos, mucha agua dulce y buena carne de res. Sin duda produciría las verduras más toscas. En otros aspectos es un lugar miserable. Hace poco tiempo, cabalgué por la isla y regresé en cuatro días. Mi excursión habría sido más larga, pero durante todo el tiempo sopló un vendaval, con granizo y nieve. No hay leña más grande que el brezo, y todo el país es, más o menos, una turbera elástica. Dormir fuera por la noche era un trabajo demasiado miserable para soportarlo por todas las rocas de Sudamérica.
Dejaremos esta escena de iniquidad en dos o tres días, e iremos al Río de la Santa Cruz. Uno de los objetivos es examinar el casco del barco. Golpeamos fuertemente contra una roca desconocida cerca de Puerto Deseado, y parte de su cobre está arrancado. Una vez reparado esto, el Capitán tiene un plan glorioso; es ir hasta la mismísima cabecera de este río, es decir, probablemente a los Andes. Es algo completamente desconocido; los indios nos dicen que tiene doscientos o trescientos metros de ancho, y que los caballos no pueden cruzarlo en ninguna parte. No puedo imaginar nada más interesante. Nuestros planes entonces son ir a Fuerte Hambre, y allí nos reuniremos con el "Adventure", que está empleado en hacer la Carta de las Malvinas. Esto será a mediados de invierno, así que veré Tierra del Fuego con su ropaje blanco. Dejaremos el estrecho para entrar en el Pacífico por el Canal Bárbara, uno muy poco conocido, y que pasa cerca del pie del Monte Sarmiento (la montaña más alta del sur, exceptuando el Monte!! Darwin!!). Luego saldremos disparados hacia Concepción en Chile. Creo que el barco debe dirigirse una vez más hacia el sur, pero si alguien me vuelve a atrapar allí, le daré permiso para que me cuelgue como espantapájaros para todos los futuros naturalistas. Anhelo trabajar en las Cordilleras, la geología de este lado, que entiendo bastante bien, está tan íntimamente conectada con los períodos de violencia en esa gran cadena de montañas. El futuro es, en verdad, un panorama brillante para mí. Usted dice que su mismo brillo le asusta; pero realmente soy muy cuidadoso; puedo mencionar como prueba que, en todas mis excursiones, nunca he tenido ningún accidente o apuro... Continúe con su buena costumbre de escribir muchos chismes; me gusta mucho escuchar sobre todas las cosas. Recuérdeme muy afectuosamente al tío Jos y a todos los Wedgwood. Dígale a Charlotte (sus nombres de casada suenan francamente antinaturales) que me gustaría haberle escrito, haberle contado lo bien que va todo; pero solo habría sido una transcripción de esta carta, y tengo una multitud de animales en este minuto rodeándome que requieren todos ser embalsamados y numerados. No he olvidado el consuelo que recibí aquel día en Maer, cuando mi mente era como un péndulo oscilante. Dele mi más sincero cariño a mi padre. Espero que perdone toda mi extravagancia, pero no como cristiano, pues entonces supongo que no me enviaría más dinero.
Adiós, querida, a usted y a toda su buena hermandad.
Su afectuoso hermano, CHAS. DARWIN.
Mi cariño a Nancy (Su vieja niñera.); dígale que, si me viera ahora con mi gran barba, pensaría que soy algún digno Salomón, venido a vender baratijas.
CHARLES DARWIN A C. WHITLEY. Valparaíso, 23 de julio de 1834.
Mi querido Whitley,
Hace mucho que pretendo escribir, solo para recordarle que todavía existe cierto cazador de escarabajos y machacador de rocas. Por qué no lo he hecho antes, no lo sé, pero me estará bien empleado si me ha olvidado por completo. Hace mucho tiempo que no tengo noticias de Cambridge; no sé dónde vive ni qué está haciendo. Vi su nombre en la lista como uno de los incansables guardianes de los mil ochocientos filósofos. Me encantó ver esto, porque cuando dejamos Cambridge por última vez, usted estaba en triste desacuerdo con la pobre ciencia; parecía considerarla una prostituta pública trabajando para la popularidad. Si sus opiniones son las mismas que antes, estaría de acuerdo de la forma más admirable con el Capitán Fitz-Roy; el objeto de su más devota aborrecimiento es uno de esos malditos científicos Whigs. Como los capitanes de los buques de guerra son los hombres más grandes que existen, mucho más grandes que los reyes o los maestros de escuela, estoy obligado a contarle todo a mi favor. A menudo he dicho que una vez tuve un muy buen amigo, un Tory de pura cepa, y nos las arreglamos para llevarnos muy bien. Pero él está muy inclinado a dudar de si alguna vez realmente fui tan honrado; en la actualidad apenas escuchamos nada sobre política; esto ahorra muchos problemas, pues todos nos aferramos a nuestras opiniones anteriores con algo más de obstinación que antes, y podemos dar bastantes menos razones para hacerlo.
Espero que me escriba: ('H.M.S. "Beagle", Estación Sudamericana' me encontrará). Me gustaría mucho saber en qué estado se encuentran ambos, en cuerpo y alma. ?Quien sabe?, como dice la gente aquí (y Dios sabe que bien pueden decirlo, pues ellos sí que saben poco), si no es usted un hombre casado, y puede estar cuidando, como dice Miss Austen, de pequeñas ramas de olivo, pequeñas promesas de afecto mutuo. ¡Eheu! ¡Eheu! esto me recuerda a antiguas visiones de vislumbres del futuro, donde imaginaba ver retiros, casas de campo verdes y enaguas blancas. Qué será de mí en el futuro, no lo sé; me siento como un hombre arruinado, que no ve ni le importa cómo salir de ella. Mi razón me dice que este viaje debe llegar a una conclusión, pero, por otra parte, no le veo fin. Es imposible no lamentar amargamente a los amigos y otras fuentes de placer que uno deja atrás en Inglaterra; en su lugar, hay mucho goce sólido, algo presente, pero más en anticipación, cuando las ideas ganadas durante el viaje pueden compararse con las frescas. Encuentro en la Geología un interés inagotable; como se ha señalado, crea las mismas ideas grandiosas respecto a este mundo que la Astronomía para el universo. Hemos visto muchos paisajes hermosos; el de los Trópicos, en su gloria y exuberancia, supera incluso el lenguaje de Humboldt para describirlo. Un escritor persa sería el único capaz de hacerle justicia y, si lo lograra, en Inglaterra sería llamado el 'Abuelo de todos los mentirosos'.
Pero no he visto nada que me haya asombrado más completamente que la primera visión de un salvaje. Era un fueguino desnudo, con su largo cabello ondeando, su rostro embadurnado con pintura. Hay en sus semblantes una expresión que creo que, para aquellos que no la han visto, debe ser inconcebiblemente salvaje. De pie sobre una roca, emitía tonos y hacía gesticulaciones frente a los cuales los gritos de los animales domésticos son mucho más inteligibles.
Cuando regrese a Inglaterra, debe tomarme a su cargo con respecto a las bellas artes. Todavía recuerdo que había un hombre llamado Raffaelle Sanctus. Qué encantador será ver una vez más, en el Fitzwilliam, la Venus de Tiziano. Qué mucho más que encantador será ir a algún buen concierto o a una buena ópera. Estos recuerdos no sirven. Mañana no podré diseccionar las entrañas de algún pequeño animal con la mitad de mi entusiasmo habitual. Por favor, cuénteme alguna novedad sobre Cameron, Watkins, Marindin, los dos Thompson de Trinity, Lowe, Heaviside, Matthew. He tenido noticias de Herbert. ¿Cómo le va a Henslow? ¿Y a todos los demás buenos amigos de la querida Cambridge? A menudo pienso en esas horas pasadas, tantas de las cuales han transcurrido en su compañía. Tales momentos nunca pueden regresar, pero su recuerdo nunca podrá morir.
Que Dios le bendiga, mi querido Whitley, créame, su más sincero amigo, CHAS. DARWIN.
CHARLES DARWIN A LA SRTA. C. DARWIN. Valparaíso, 8 de noviembre de 1834.
Mi querida Catherine,
Mi última carta fue un poco sombría, pues no estaba muy bien cuando la escribí. Ahora todo está tan brillante como el sol. Estoy completamente bien de nuevo después de estar por segunda vez en cama durante quince días. El Capitán Fitz-Roy, muy generosamente, ha retrasado el barco diez días por mi cuenta, y sin decirme en ese momento por qué razón.
Hemos tenido algunos procedimientos extraños a bordo del "Beagle", pero que han terminado de manera excelente para todos. El Capitán Fitz-Roy ha estado trabajando DURAMENTE durante los últimos dos meses, y al mismo tiempo constantemente molesto por las interrupciones de los oficiales de otros barcos; la venta de la goleta y sus consecuencias fueron muy vejatorias; la forma fría con la que el Almirantazgo (solo creo porque es un Tory) lo ha tratado, y otros mil, etc., etc., lo ha hecho estar muy delgado y mal de salud. Esto fue acompañado por una depresión anímica mórbida, y una pérdida de toda decisión y resolución... Todo lo que Bynoe [el cirujano] pudo decir, que era meramente el efecto de la salud corporal y el agotamiento tras tal aplicación, no sirvió de nada; pidió la baja por enfermedad, y Wickham fue nombrado para el mando. Según las instrucciones, Wickham solo podía terminar el estudio de la parte sur, y entonces se habría visto obligado a regresar directamente a Inglaterra. El dolor a bordo del "Beagle" por la decisión del Capitán fue universal y profundamente sentido; una gran fuente de su molestia era el sentimiento de que era imposible cumplir todas las instrucciones; desde su estado mental nunca se le ocurrió que las instrucciones mismas le ordenaban hacer tanta parte de la costa oeste COMO TUVIERA TIEMPO PARA ELLO, y luego proceder a través del Pacífico.
Wickham (renunciando muy desinteresadamente a su propio ascenso) instó esto con mucha fuerza, declaró que cuando tomara el mando nada le induciría a ir a Tierra del Fuego de nuevo; y luego preguntó al Capitán qué se ganaría con su dimisión. ¿Por qué no hacer la parte más útil y regresar como se le ordenó por el Pacífico? El Capitán al fin, para alegría de todos, consintió, y la dimisión fue retirada.
¡Hurra! ¡hurra! está fijado que el "Beagle" no irá ni una milla al sur del Cabo Tres Montes (unas 200 millas al sur de Chiloé), y desde ese punto hasta Valparaíso se terminará en unos cinco meses. Examinaremos el Archipiélago de los Chonos, enteramente desconocido, y el curioso mar interior detrás de Chiloé. Para mí es glorioso. El Cabo Tres Montes es el punto más meridional donde hay mucho interés geológico, ya que allí terminan los lechos modernos. El Capitán habla entonces de cruzar el Pacífico; pero creo que le convenceremos de terminar la Costa de Perú, donde el clima es delicioso, el país horriblemente estéril, pero abundante en el más alto interés para un geólogo. Por primera vez desde que salí de Inglaterra veo ahora una perspectiva clara y no tan distante de regresar con todos ustedes: cruzar el Pacífico, y desde Sídney a casa, no llevará mucho tiempo.
Tan pronto como el Capitán pidió la baja, determiné de inmediato dejar el "Beagle", pero fue bastante absurdo la revolución que en cinco minutos se efectuó en todos mis sentimientos. He estado mucho tiempo apenado y muy triste por la interminable duración del viaje (aunque nunca lo habría abandonado); pero en el minuto en que todo terminó, no pude decidirme a regresar. No podía renunciar a todos los castillos geológicos en el aire que había estado construyendo durante los dos últimos años. Una noche entera traté de pensar en el placer de ver Shrewsbury de nuevo, pero las áridas llanuras de Perú ganaron la partida. Hice el siguiente plan (sé que me insultará, y quizás si lo hubiera puesto en ejecución, mi padre habría enviado un mandato tras de mí); era examinar las Cordilleras de Chile durante este verano, y en invierno ir de puerto en puerto en la costa de Perú hasta Lima, regresando por esta fecha el próximo año a Valparaíso, cruzar las Cordilleras hasta Buenos Aires, y tomar un barco a Inglaterra. ¿No habría sido esta una excursión magnífica, y en dieciséis meses habría estado con todos ustedes? Haber soportado Tierra del Fuego y no haber visto el Pacífico habría sido miserable...
Mañana voy a bordo; he estado durante las últimas seis semanas en la casa de Corfield. No puede imaginar qué clase de amigo he encontrado en él. Es universalmente querido y respetado por los nativos y extranjeros. Varias señoritas chilenas están muy obligadamente ansiosas por convertirse en las señoras de esta casa. Dígale a mi padre que he cumplido mi promesa de ser extravagante en Chile. He librado una letra de 100 libras (¿no sería mejor notificarlo a los señores Robarts & Co.?); 50 libras van al Capitán para el año siguiente, y 30 libras las llevo al mar para los puertos pequeños; así que, bona fide, no he gastado 180 libras durante estos últimos cuatro meses. Espero no librar otra letra en seis meses. Todos los detalles anteriores se resolvieron recién ayer. Me ha hecho más bien que una pinta de medicina, y no he estado tan feliz en el último año. Si no hubiera sido por mi enfermedad, estos cuatro meses en Chile habrían sido muy placenteros. He tenido mala suerte, sin embargo, al haber ocurrido solo un pequeño terremoto. Estaba acostado en la cama cuando había una fiesta cenando en la casa; de repente escuché tal alboroto en el comedor; sin decir palabra, fue el diablo se lleve al último quien pudiera salir primero; en el mismo momento sentí que mi cama vibraba LIGERAMENTE en dirección lateral. Los invitados eran veteranos, y escucharon el ruido que siempre precede a un choque; y ningún veterano mira un terremoto con ojos filosóficos...
Adiós a todos ustedes; no tendrán otra carta en algún tiempo.
Mi querida Catherine, afectuosamente suya, CHAS. DARWIN.
Mi más sincero cariño a mi padre, y a todos ustedes. Cariño a Nancy.
CHARLES DARWIN A LA SRTA. S. DARWIN. Valparaíso, 23 de abril de 1835.
Mi querida Susan,
Recibí, hace unos días, su carta de noviembre; las tres cartas que mencioné anteriormente siguen sin aparecer, pero no dudo que verán la luz. Regresé hace una semana de mi excursión a través de los Andes hasta Mendoza. Desde que dejé Inglaterra nunca he realizado un viaje tan exitoso; ha sido, sin embargo, muy costoso. Estoy seguro de que mi padre no se arrepentiría, si pudiera saber cuán profundamente lo he disfrutado: fue algo más que un disfrute; no puedo expresar el deleite que sentí ante un cierre tan célebre de toda mi geología en América del Sur. Literalmente, apenas pude dormir por las noches de tanto pensar en el trabajo del día. El paisaje era tan nuevo y tan majestuoso; todo, a una elevación de 12.000 pies, tiene un aspecto tan distinto al de un país más bajo. He visto muchas vistas más hermosas, pero ninguna con un carácter tan fuertemente marcado. Para un geólogo, además, existen pruebas tan manifiestas de una violencia excesiva; los estratos de los pináculos más altos están revueltos como la corteza de un pastel roto.
Crucé por el paso del Portillo, que en esta época del año suele ser peligroso, así que no podía permitirme retrasarme allí. Tras pasar un día en la estúpida ciudad de Mendoza, comencé mi regreso por Uspallata, lo cual hice con mucha calma. Todo mi viaje solo ocupó veintidós días. Viajé con, para mí, una comodidad inusual, ¡pues llevé una CAMA! Mi grupo consistía en dos peones y diez mulas, dos de las cuales iban con equipaje, o más bien comida, en caso de quedar cubiertos por la nieve. Todo, sin embargo, me favoreció; ni siquiera una mota de la nieve de este año había caído en el camino. No supongo que a ninguno de ustedes le interesen mucho los detalles geológicos, pero solo mencionaré mis resultados principales: además de comprender hasta cierto punto la descripción y el modo de la fuerza que ha elevado esta gran línea de montañas, puedo demostrar claramente que una parte de la doble línea es de una edad muy posterior a la otra. En la línea más antigua, que es la verdadera cadena de los Andes, puedo describir la clase y el orden de las rocas que la componen. Estas son principalmente notables por contener un lecho de yeso de casi 2000 pies de espesor, una cantidad de esta sustancia que considero inigualable en el mundo. Lo que es de mucha mayor consecuencia, he conseguido conchas fósiles (desde una elevación de 12.000 pies). Creo que un examen de estas dará una edad aproximada a estas montañas, en comparación con los estratos de Europa. En la otra línea de las Cordilleras existe una fuerte presunción (en mi propia mente, convicción) de que la enorme masa de montañas, cuyos picos se alzan hasta los 13.000 y 14.000 pies, son tan modernas como para ser contemporáneas con las llanuras de la Patagonia (o aproximadamente con los estratos SUPERIORES de la Isla de Wight). Si este resultado se considera probado (La importancia de estos resultados ha sido plenamente reconocida por los geólogos), es un hecho muy importante en la teoría de la formación del mundo; porque, si cambios tan maravillosos han tenido lugar tan recientemente en la corteza del globo, no puede haber razón para suponer épocas anteriores de violencia excesiva. Estos estratos modernos son muy notables por estar atravesados por vetas metálicas de plata, oro, cobre, etc.; hasta ahora se consideraba que estas pertenecían a formaciones más antiguas. En estos mismos lechos, y cerca de una mina de oro, encontré un grupo de árboles petrificados, erguidos, con capas de arenisca fina depositadas a su alrededor, que conservan la impresión de su corteza. Estos árboles están cubiertos por otras areniscas y corrientes de lava hasta un espesor de varios miles de pies. Estas rocas han sido depositadas bajo el agua; sin embargo, está claro que el lugar donde crecieron los árboles debe haber estado una vez por encima del nivel del mar, por lo que es seguro que la tierra debió haber sido deprimida al menos por tantos miles de pies como el grosor de los depósitos subacuáticos superpuestos. Pero me temo que me dirán que soy pesado con mis descripciones y teorías geológicas...
Su relato de la visita de Erasmus a Cambridge me ha hecho ansiar volver allí. No puedo imaginar nada más delicioso que su ronda dominical por King's, Trinity, y esos gigantes de la conversación, Whewell y Sedgwick; espero que sus gustos musicales continúen con la debida fuerza. Estaré hambriento por el pianoforte...
No he determinado del todo si dormiré en el 'Lion' la primera noche cuando llegue en el 'Wonder', o si los despertaré a todos en mitad de la noche; todo lo que no sea eso está absolutamente planeado. Todo lo relacionado con Shrewsbury está creciendo en mi mente, volviéndose más grande y más hermoso; estoy seguro de que la acacia y el haya cobriza son dos árboles magníficos; conoceré cada arbusto, y les pediré, jovencitas, cuando cada una de ustedes corte su árbol, que perdonen algunos. En cuanto a la vista detrás de la casa, no he visto nada igual. Es lo mismo con Gales del Norte; Snowdon, en mi opinión, parece mucho más alto y mucho más hermoso que cualquier pico de las Cordilleras. Así que dirán ustedes, con mis facultades sumidas en la oscuridad, que es hora de volver, y así es, y ansío estar con ustedes. Sean como sean los árboles, sé lo que encontraré en todos ustedes. Estoy escribiendo tonterías, así que adiós. Mi más afectuoso cariño a todos, y ruego el perdón de mi padre.
Suyo muy afectuosamente, CHARLES DARWIN.
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. Lima, julio de 1835.
Mi querido Fox,
Últimamente he recibido dos de sus cartas, una fechada en junio y la otra en noviembre de 1834 (me llegaron, sin embargo, en orden invertido). Me alegró mucho recibir una historia de este año tan importante en su vida. Anteriormente solo había oído el simple hecho de que se había casado. Usted es un verdadero cristiano y devuelve bien por mal, al enviar dos cartas así a un corresponsal tan malo como he sido yo. Que Dios lo bendiga por escribir tan amable y afectuosamente; si es un placer tener amigos en Inglaterra, lo es el doble pensar y saber que uno no es olvidado por estar ausente. Este viaje es terriblemente largo. Deseo tan fervientemente regresar, sin embargo, apenas me atrevo a mirar hacia el futuro, pues no sé qué será de mí. Su situación está por encima de la envidia: no me atrevo ni siquiera a forjar visiones tan felices. Para una persona apta para asumir el cargo, la vida de un clérigo es un tipo de todo lo que es respetable y feliz. Usted me tienta al hablar de su hogar, mientras que es un tipo de escena en la que nunca debería pensar. El otro día vi un barco zarpar hacia Inglaterra; fue bastante peligroso saber cuán fácilmente podría convertirme en desertor. En cuanto a una dama inglesa, casi he olvidado lo que es; algo muy angelical y bueno. En cuanto a las mujeres en estos países, usan cofias y enaguas, y unas pocas tienen rostros bonitos, y eso es todo. Pero si no naufragamos en algún arrecife desafortunado, me sentaré junto a ese mismo fuego en Vale Cottage y contaré algunas de las historias maravillosas que usted parece anticipar y, supongo, no está muy dispuesto a creer. Gracias a Dios, la perspectiva de tales tiempos es algo más corta que antes.
Desde esta más desgraciada 'Ciudad de los Reyes' zarpamos en quince días, de allí a Guayaquil, Galápagos, Marquesas, Islas de la Sociedad, etc., etc. Espero con más interés las Galápagos que cualquier otra parte del viaje. Abundan en volcanes activos y, esperaría, contienen estratos terciarios. Me alegra saber que tiene algunas ideas de comenzar Geología. Espero que lo haga; hay un campo mucho más amplio para el pensamiento que en las otras ramas de la Historia Natural. Me he convertido en un discípulo celoso de los puntos de vista del Sr. Lyell, tal como se conocen en su admirable libro. Geologizando en América del Sur, me siento tentado a llevar partes a un grado incluso mayor que él. La geología es una ciencia excelente para empezar, ya que no requiere nada más que un poco de lectura, reflexión y martilleo. Tengo un cuerpo considerable de notas reunidas; pero es un tema constante de perplejidad para mí si tienen el valor suficiente para todo el tiempo que he pasado en ellas, o si los animales no habrían sido de un valor más cierto.
De hecho, me alegrará verle una vez más y decirle cuán agradecido me siento por su constante amistad. Que Dios le bendiga, mi muy querido Fox.
Créame, suyo afectuosamente, CHAS. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.S. HENSLOW. Sídney, enero de 1836.
Mi querido Henslow,
Esta es la última oportunidad de comunicarme con usted antes de ese día alegre en que llegaré a Cambridge. Tengo muy poco que decir: pero debo escribir aunque solo sea para expresar mi alegría de que el último año ha concluido, y que el presente, en el que el "Beagle" regresará, sigue avanzando. Todos nos hemos sentido decepcionados aquí al no encontrar ni una sola carta; de hecho, estamos un poco antes de nuestro tiempo esperado, de lo contrario, me atrevo a decir, habría visto su caligrafía. Debo alimentarme del futuro, y es infinitamente delicioso sentir la certeza de que en ocho meses residiré una vez más muy tranquilamente en Cambridge. Ciertamente, nunca estuve destinado a ser viajero; mis pensamientos siempre divagan sobre escenas pasadas o futuras; no puedo disfrutar de la felicidad presente por anticipar el futuro, lo cual es casi tan tonto como el perro que soltó el hueso real por su sombra...
En nuestra travesía por el Pacífico solo tocamos en Tahití y Nueva Zelanda; en ninguno de estos lugares ni en el mar tuve mucha oportunidad de trabajar. Tahití es un lugar encantador. Todo lo que los navegantes anteriores han escrito es cierto. 'Una nueva Citerea ha surgido del océano.' El paisaje delicioso, el clima, las costumbres de la gente, todo está en armonía. Es, además, admirable contemplar lo que los misioneros tanto aquí como en Nueva Zelanda han logrado. Creo firmemente que son hombres buenos trabajando por el bien de una buena causa. Sospecho mucho que aquellos que han abusado o se han burlado de los misioneros han sido generalmente aquellos que no estaban muy ansiosos por encontrar a los nativos como seres morales e inteligentes. Durante el resto de nuestro viaje solo visitaremos lugares generalmente reconocidos como civilizados, y casi todos bajo la bandera británica. Estos serán un campo pobre para la Historia Natural, y sin ella he descubierto recientemente que el placer de ver nuevos lugares no es nada. Debo volver a mi viejo recurso y pensar en el futuro, pero para no volverme más pesado, me despediré hasta que llegue el día en que vea a mi Maestro en Historia Natural, y pueda decirle cuán agradecido me siento por su bondad y amistad.
Créame, querido Henslow, siempre suyo, muy fielmente, CHAS. DARWIN.
CHARLES DARWIN A LA SRTA. S. DARWIN. Bahía, Brasil, 4 de agosto [1836].
Mi querida Susan,
Solo escribiré unas pocas líneas para explicar la causa de que esta carta esté fechada en la costa de América del Sur. Algunos desacuerdos singulares en las longitudes hicieron que el capitán Fitz-Roy estuviera ansioso por completar el círculo en el hemisferio sur, y luego desandar nuestros pasos por nuestra primera línea hacia Inglaterra. Esta manera de proceder en zigzag es muy penosa; ha dado el golpe final a mis sentimientos. Detesto, abomino el mar y todos los barcos que navegan en él. Pero todavía creo que llegaremos a Inglaterra en la segunda mitad de octubre. En Ascensión recibí la carta de Catherine de octubre, y la tuya de noviembre; la carta en el Cabo era de una fecha posterior, pero las cartas de todo tipo son tesoros inestimables, y les agradezco a ambas por ellas. El desierto, las rocas volcánicas y el mar salvaje de Ascensión, tan pronto como supe que había noticias de casa, de repente adquirieron un aspecto agradable, y me puse a trabajar con buena voluntad en mi viejo trabajo de Geología. Te sorprendería saber cuánto depende enteramente el placer de llegar a un nuevo lugar de las cartas. Solo nos quedamos cuatro días en Ascensión, y luego hicimos una muy buena travesía hasta Bahía.
Poco pensé que volvería a poner el pie en la costa sudamericana. Ha sido casi doloroso descubrir cuánto buen entusiasmo se ha evaporado durante los últimos cuatro años. Ahora puedo caminar sobriamente a través de un bosque brasileño; no es que no sea exquisitamente hermoso, pero ahora, en lugar de buscar contrastes espléndidos, comparo los señoriales mangos con los castaños de Indias de Inglaterra. Aunque este zigzag nos ha hecho perder al menos una quincena, en algunos aspectos me alegro de ello. Creo que podré llevarme una imagen vívida del paisaje intertropical. Vamos desde aquí a Cabo Verde; es decir, si los vientos o las calmas ecuatoriales nos lo permiten. Tengo algunas ligeras esperanzas de que un viento contrario constante pueda inducir al Capitán a proceder directamente a las Azores. Por cuyo evento de lo más inoportuno rezo sinceramente.
Ambas cartas estaban llenas de buenas noticias; especialmente las expresiones que me cuentas que el profesor Sedgwick usó sobre mis colecciones. Confieso que son profundamente gratificantes; confío en que una parte al menos resulte verdadera, y que actuaré como pienso ahora; pues un hombre que se atreve a desperdiciar una hora de tiempo no ha descubierto el valor de la vida. Que el profesor Sedgwick mencione mi nombre en absoluto me da esperanzas de que me ayude con sus consejos, de los cuales, en mis cuestiones geológicas, tengo mucha necesidad. Es inútil decirte, por el estado vergonzoso de este garabato, que estoy escribiendo contra el reloj, habiendo estado fuera toda la mañana, y ahora hay algunos extranjeros a bordo con quienes debo bajar y hablar con cortesía. Además, como esta carta va en un barco extranjero, es dudoso que llegue alguna vez. Adiós, mi muy querida Susan y todos ustedes. Adiós.
C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.S. HENSLOW. Santa Elena, 9 de julio de 1836.
Mi querido Henslow,
Voy a pedirle que me haga un favor. Estoy muy ansioso por pertenecer a la Sociedad Geológica. No sé, pero supongo que es necesario ser propuesto algún tiempo antes de ser sometido a votación; si ese es el caso, ¿sería tan amable de dar los pasos preparatorios adecuados? El profesor Sedgwick muy amablemente se ofreció a proponerme antes de dejar Inglaterra, si coincidía que estaba en Londres. Me atrevo a decir que todavía lo haría.
Tengo muy poco que escribir. No hemos visto, hecho, ni oído nada particular desde hace mucho tiempo; y de hecho si en este momento las maravillas de otro planeta pudieran desplegarse ante nosotros, creo que exclamaríamos unánimemente, qué plaga consumada. Ningún colegial cantó jamás la tonada medio sentimental y medio jovial de 'dulce domum' con más fervor del que todos nos sentimos inclinados a hacer. Pero todo el tema de 'dulce domum', y el deleite de ver a los amigos de uno, es de lo más peligroso; infaliblemente debe hacerlo a uno muy pesado o muy bullicioso. ¡Oh, el grado en el que ansío volver a vivir tranquilamente sin un solo objeto nuevo cerca de mí! Nadie puede imaginarlo hasta que ha sido arremolinado por el mundo durante cinco largos años en un bergantín de diez cañones. Actualmente vivo en una pequeña casa (entre las nubes) en el centro de la isla, y a un tiro de piedra de la tumba de Napoleón. Sopla un vendaval con fuertes lluvias y un frío miserable; si el fantasma de Napoleón frecuenta su triste lugar de confinamiento, esta sería una noche excelente para tales espíritus errantes. Si el clima decide permitírmelo, espero ver un poco de la Geología (tan a menudo descrita parcialmente) de la isla. Sospecho que, a diferencia de la mayoría de las islas volcánicas, su estructura es bastante complicada. Parece extraño que este pequeño centro de una creación distinta deba, como se afirma, llevar marcas de una elevación reciente.
El "Beagle" procede de este lugar a Ascensión, luego a Cabo Verde (¡qué lugares tan miserables!), a las Azores, a Plymouth, y luego a casa. El más glorioso de todos los días de mi vida no llegará, sin embargo, hasta mediados de octubre. En algún momento de ese mes me verá en Cambridge, donde debo venir directamente a reportarme con usted, como mi primer Lord del Almirantazgo. En el Cabo de Buena Esperanza todos a bordo sufrimos una amarga decepción al perder nueve meses de cartas, que nos están persiguiendo de un lado a otro del globo. Me atrevo a decir que entre ellas había una carta suya; hace mucho que no veo su caligrafía, pero pronto le veré a usted mismo, lo cual es mucho mejor. Como soy su alumno, usted está obligado a emprender la tarea de criticarme y regañarme por todas las cosas mal hechas y no hechas, que me temo que necesitaré mucho; pero espero lo mejor, y estoy seguro de que tengo un capataz bueno, si no demasiado fácil.
En el Cabo, el capitán Fitz-Roy y yo disfrutamos de una memorable pieza de buena fortuna al conocer a Sir J. Herschel. Cenamos en su casa y le vimos algunas veces más. Fue excesivamente amable, pero sus modales al principio me parecieron bastante imponentes. Vive en una casa de campo muy cómoda, rodeada de abetos y robles, que solos en un país tan abierto dan un aire de lo más encantador de aislamiento y confort. Parece encontrar tiempo para todo; nos mostró un bonito jardín lleno de bulbos del Cabo recolectados por él mismo, y después entendí que todo era obra de sus propias manos... Soy muy estúpido y no tengo nada más que decir; el viento silba tan lúgubremente sobre las colinas desoladas, que me iré a la cama a soñar con Inglaterra.
Buenas noches, mi querido Henslow, suyo muy agradecido y afectuosamente, CHAS. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.S. HENSLOW. Shrewsbury, jueves, 6 de octubre [1836].
Mi querido Henslow,
Estoy seguro de que me felicitará por el deleite de estar una vez más en casa. El "Beagle" llegó a Falmouth el domingo por la noche, y llegué a Shrewsbury ayer por la mañana. Estoy excesivamente ansioso por verle, y como será necesario en cuatro o cinco días regresar a Londres para sacar mis bienes y enseres del "Beagle", me parece que mi mejor plan es pasar por Cambridge. Quiero su consejo en muchos puntos; de hecho, estoy en las nubes, y no sé qué hacer ni a dónde ir. Mi mayor rompecabezas es sobre los especímenes geológicos: ¿quién tendrá la caridad de ayudarme a describir su naturaleza mineralógica? ¿Sería tan amable de escribirme una línea por CORREO DE VUELTA, diciendo si está ahora en Cambridge? Tengo dudas hasta que oiga del capitán Fitz-Roy sobre si no estaré obligado a partir antes de que llegue la respuesta, pero le ruego que intente la oportunidad. Mi querido Henslow, ansío verle; ha sido el amigo más amable que jamás hombre haya poseído. No puedo escribir más, pues estoy mareado de alegría y confusión.
Adiós por el momento, suyo muy agradecido, CHARLES DARWIN.
Me siento profundamente avergonzado del estado de semimuerto en el que pasé los últimos días a bordo; mi única excusa es que, ciertamente, no me encontraba bien. El primer día en el correo me fatigó, pero a medida que me acercaba a Shrewsbury todo parecía más hermoso y alegre. Al pasar por Gloucestershire y Worcestershire, deseé mucho que usted estuviera conmigo para admirar los campos, los bosques y los huertos. Los estúpidos pasajeros del carruaje no parecieron pensar que los campos estuvieran ni un ápice más verdes de lo habitual; pero estoy seguro de que habríamos estado totalmente de acuerdo en que el ancho mundo no contiene una perspectiva más feliz que la rica tierra cultivada de Inglaterra.
Espero que no olvide enviarme una nota contándome cómo le va. Verdaderamente espero que todas sus contrariedades y problemas con respecto a nuestro viaje, que ahora sabemos que TIENE un fin, hayan llegado a su término. Si no recibe una gran satisfacción por toda la energía mental y física que ha gastado al servicio de Su Majestad, será tratado muy duramente. Puse a mis hermanas radicales en un alboroto ante algunos de los prudentes (si no fueran Whigs honestos, diría que mezquinos) procedimientos de nuestro Gobierno. Por cierto, debo decirle, para honor y gloria de la familia, que mi padre tiene un gran grabado del Rey Jorge IV colgado en su sala de estar. Pero no soy un renegado, y para cuando nos encontremos, mis políticas estarán tan firmemente fijadas y tan sabiamente fundadas como siempre lo estuvieron.
Pensé, cuando comencé esta carta, que le convencería de en qué estado de ánimo tan sereno y sobrio me encontraba. Pero me doy cuenta de que estoy escribiendo tonterías muy valiosas. Dos o tres de nuestros trabajadores se pusieron ayer mismo manos a la obra y se emborracharon excesivamente en honor a la llegada del Maestro Charles. ¿Quién osará entonces contradecir si el propio Maestro Charles elige hacerse el tonto? Adiós. ¡Que Dios le bendiga! Espero que sea tan feliz, pero mucho más sabio, que su más sincero aunque indigno filósofo,
CHAS. DARWIN.
CAPÍTULO 1.VII. -- LONDRES Y CAMBRIDGE.
1836-1842.
[El periodo ilustrado por las siguientes cartas incluye los años transcurridos entre el regreso de mi padre del viaje del "Beagle" y su establecimiento en Down. Está marcado por la aparición gradual de esa debilidad de salud que finalmente le obligó a abandonar Londres y a fijar su residencia por el resto de su vida en una tranquila casa de campo.]
En junio de 1841, escribe a Lyell: "Mi padre apenas parece esperar que me vuelva fuerte en algunos años; ha sido una amarga mortificación para mí digerir la conclusión de que 'la carrera es para los fuertes', y que probablemente haré poco más que contentarme con admirar los pasos que otros dan en la ciencia".
No hay evidencia de ninguna intención de ingresar en una profesión tras su regreso del viaje, y a principios de 1840 escribió a Fitz-Roy: "No tengo nada que desear, salvo una salud más fuerte para seguir con los temas a los que he determinado alegremente dedicar mi vida".
Estas dos condiciones —salud permanentemente precaria y un amor apasionado por el trabajo científico por sí mismo— determinaron así, al principio de su carrera, el carácter de toda su vida futura. Le impulsaron a llevar una vida retirada de trabajo constante, llevado hasta los límites extremos de su fuerza física, una vida que desmintió notablemente su melancólica profecía.
El final del último capítulo vio a mi padre llegar a salvo a Shrewsbury el 4 de octubre de 1836, "tras una ausencia de cinco años y dos días". Escribió a Fox: "No puedes imaginar lo gloriosamente encantadora que fue mi primera visita a casa; valió la pena el destierro". Pero fue un placer que no pudo disfrutar mucho tiempo, pues en los últimos días de octubre estaba en Greenwich desembalando especímenes del "Beagle". Sobre el destino de las colecciones, escribe, algo desalentado, a Henslow:--
"No he hecho mucho progreso con los grandes hombres. Encuentro, como usted me dijo, que todos están abrumados con sus propios asuntos. El Sr. Lyell ha entrado, de la manera MÁS amable, y casi sin que se lo pidieran, en todos mis planes. Me cuenta, sin embargo, la misma historia, que debo hacerlo todo yo mismo. El Sr. Owen parece ansioso por diseccionar algunos de los animales en alcohol, y, además de estos dos, apenas he conocido a nadie que parezca desear poseer alguno de mis especímenes. Debo exceptuar al Dr. Grant, que está dispuesto a examinar algunos de los coralinos. Veo que es totalmente irracional esperar ni un minuto que hombre alguno emprenda el examen de todo un orden. Está claro que los coleccionistas superan tanto en número a los naturalistas reales que estos últimos no tienen tiempo que perder.
"Ni siquiera encuentro que las Colecciones se preocupen por recibir los especímenes sin nombre. El Museo Zoológico (El Museo de la Sociedad Zoológica, entonces en el 33 de Bruton Street. La colección fue años más tarde desmantelada y dispersada.) está casi lleno, y más de mil especímenes permanecen sin montar. Me atrevo a decir que el Museo Británico los recibiría, pero no puedo sentir, por todo lo que oigo, gran respeto ni siquiera por el estado actual de ese establecimiento. Su plan no solo será el mejor, sino el único, a saber: venir a Cambridge, organizar y agrupar las diferentes familias, y luego esperar hasta que las personas que ya están trabajando en diferentes ramas puedan necesitar especímenes. Pero me parece [que] para hacer esto será casi necesario residir en Londres. Hasta donde puedo ver todavía, mi mejor plan será pasar varios meses en Cambridge, y luego, cuando, con su ayuda, sepa sobre qué terreno estoy, emigrar a Londres, donde pueda completar mi Geología e intentar impulsar la Zoología. Le aseguro que me entristece descubrir cuántas cosas me hacen ver la necesidad de vivir durante algún tiempo en este sucio y odioso Londres. Pues incluso en Geología sospecho que será necesaria mucha ayuda y comunicación en este ámbito, por ejemplo, en los huesos fósiles, de los cuales ninguno, salvo los fragmentos de Megatherium, ha sido examinado, y veo claramente que sin mi presencia nunca lo serían....
"Solo desearía haber sabido que los Botánicos se preocupaban tanto por los especímenes (Un pasaje en una carta posterior muestra que sus plantas también le causaron cierta ansiedad. "Conocí al Sr. Brown pocos días después de que usted lo visitara; me preguntó de una manera más bien ominosa qué pensaba hacer con mis plantas. En el transcurso de la conversación, el Sr. Broderip, que estaba presente, le comentó: 'Olvida cuánto tiempo hace desde la expedición del Capitán King'. Él respondió: 'De hecho, tengo algo en forma de plantas no descritas del Capitán King para hacérmelo recordar'. ¿Podría darse una razón mejor, si me lo hubieran preguntado a mí, para no entregar las plantas al Museo Británico?") y los Zoológicos tan poco; el número proporcional de especímenes en las dos ramas debería haber tenido un aspecto muy diferente. Estoy fuera de paciencia con los Zoológicos, no porque estén sobrecargados de trabajo, sino por su espíritu mezquino y pendenciero. Fui la otra noche a la Sociedad Zoológica, donde los oradores se gruñían unos a otros de una manera que no tenía nada de caballeroso. ¡Gracias a los Cielos! mientras permanezca en Cambridge no habrá peligro de caer en tales disputas despreciables, mientras que en Londres no veo cómo evitarlo. De los Naturalistas, F. Hope está fuera de Londres; a Westwood no le he visto, así que sobre mis insectos no sé nada. He visto al Sr. Yarrell dos veces, pero está tan evidentemente oprimido por los negocios que es demasiado egoísta molestarlo con mis asuntos. Me ha pedido que cene con la Linnean el martes, y el miércoles ceno con la Geological, así que veré a todos los grandes hombres. El Sr. Bell, según oigo, está tan ocupado que no hay posibilidad de que desee especímenes de reptiles. He olvidado mencionar al Sr. Lonsdale (William Lonsdale, 1794-1871, estuvo originalmente en el ejército, y sirvió en las batallas de Salamanca y Waterloo. Después de la guerra dejó el servicio y se entregó a la ciencia. Actuó como secretario asistente de la Sociedad Geológica desde 1829-42, cuando renunció debido a su mala salud.), quien me dio una recepción de lo más cordial, y con quien tuve una conversación muy interesante. Si no estuviera mucho más inclinado por la geología que por las otras ramas de la Historia Natural, estoy seguro de que la amabilidad del Sr. Lyell y de Lonsdale debería fijarme. No puede concebir nada más completamente bondadoso que la manera en que, con alma y corazón, se puso en mi lugar y pensó qué sería lo mejor que debía hacer. Al principio estaba todo a favor de Londres frente a Cambridge, pero al final le hice confesar que, al menos por un tiempo, lo segundo sería para mí mucho mejor. No hay otra alma a quien pueda pedir, excepto a usted, que se abra paso a través de algunos de esos documentos que he dejado con usted y los critique. El Sr. Lyell admitió que, después de Londres, no había lugar en Inglaterra tan bueno para un Naturalista como Cambridge. Por mi palabra, me avergüenzo de escribir tantos detalles tontos; ninguna joven describió jamás su primer baile con más minuciosidad".
Unos días después escribe con más alegría: "Me familiaricé con el Sr. Bell (T. Bell, F.R.S., anteriormente Prof. de Zoología en el King's College, Londres, y durante algún tiempo secretario de la Royal Society. Posteriormente describió los reptiles para la zoología del viaje del "Beagle".) quien, para mi sorpresa, expresó un gran interés por mis crustáceos y reptiles, y parece dispuesto a trabajar en ellos. También oí que el Sr. Broderip estaría encantado de revisar las conchas sudamericanas, así que las cosas florecen bien para mí".
Sobre sus plantas escribe con la apertura característica sobre su propia ignorancia: "Usted me ha dado a conocer entre los botánicos, pero me sentí muy tonto cuando el Sr. Don comentó el hermoso aspecto de alguna planta con un nombre asombrosamente largo, y me preguntó sobre su hábitat. Alguien más pareció bastante sorprendido de que yo no supiera nada sobre una Carex de no sé dónde. Al final me vi obligado a alegar la inocencia más completa, y que yo no sabía más sobre las plantas que había recolectado que el hombre de la luna".
En cuanto a parte de su Colección Geológica pronto pudo escribir: "He dispuesto la parte más importante [de] mis colecciones, entregando todos los huesos fósiles al Colegio de Cirujanos; se distribuirán moldes de ellos y se publicarán descripciones. Son muy curiosos y valiosos; ¡una cabeza pertenecía a algún animal roedor, pero del tamaño de un Hipopótamo! ¡Otra, a un oso hormiguero del tamaño de un caballo!"
Vale la pena señalar que en ese momento los únicos mamíferos extintos de América del Sur que habían sido descritos eran el Mastodonte (tres especies) y el Megatherium. Los restos de los otros Edentata extintos de la colección de Sir Woodbine Parish no habían sido descritos. Los especímenes de mi padre incluían (además de los mencionados Toxodon y Scelidotherium) los restos de Mylodon, Glossotherium, otro animal gigantesco aliado del oso hormiguero, y Macrauchenia. Su descubrimiento de estos restos es un asunto de interés en sí mismo, pero tiene una importancia especial como punto en su propia vida, ya que fue la vívida impresión (le oí hablar de la desesperación con la que tuvo que romper la extremidad que sobresalía de un enorme hueso parcialmente excavado, cuando el bote que le esperaba no quiso esperar más) que formó uno de los principales puntos de partida de su especulación sobre el origen de las especies. Esto se muestra en el siguiente extracto de su Cuaderno de bolsillo de este año (1837): "En julio abrí el primer cuaderno sobre la Transmutación de las Especies. Me había impresionado mucho, desde aproximadamente el mes de marzo anterior, el carácter de los fósiles sudamericanos y las especies en el Archipiélago de Galápagos. Estos hechos (especialmente el último), origen de todas mis opiniones".
1836-1837.
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. 43 Great Marlborough Street, 6 de noviembre [1836].
Mi querido Fox,
Me ha tomado una cantidad de tiempo vergonzosamente larga responder a su carta. Pero el tiempo más ocupado de todo el viaje ha sido la tranquilidad misma comparado con este último mes. Tras pagar a Henslow una visita breve pero muy agradable, subí a la ciudad para esperar la llegada del "Beagle". Por fin he retirado todas mis pertenencias de a bordo y he enviado los especímenes de Historia Natural a Cambridge, así que ahora soy un hombre libre. Mi visita a Londres ha sido totalmente ociosa en lo que respecta a la Historia Natural, pero ha pasado en una disipación de lo más emocionante entre los Doctos en ciencia. Todos mis asuntos, de hecho, son de lo más prósperos; encuentro que hay muchos que emprenderán la descripción de tribus enteras de animales, de las cuales no sé nada. Así que espero que para este día del próximo mes pueda ponerme a trabajar a capa y espada en la Geología, que publicaré por separado.
Es bastante ridículo el periodo inmensamente largo que me parece desde el desembarco en Falmouth. El hecho es que he hablado y reído lo suficiente para años en lugar de semanas, así [que] mi memoria está bastante confundida con el ruido. Me encanta saber que se ha convertido en geólogo: cuando haga una visita a la Isla de Wight, lo cual estoy decidido a que de alguna manera suceda, usted será un cicerone capital para la famosa línea de dislocación. Realmente supongo que hay pocas partes del mundo más interesantes para un geólogo que su isla. Entre los grandes hombres científicos, nadie ha sido ni de lejos tan amistoso y amable como Lyell. Le he visto varias veces y me siento inclinado a quererle mucho. No puede imaginar cuán bondadosamente entró en todos mis planes. Hablo ahora solo de los hombres de Londres, pues Henslow fue justo como su antiguo yo, y por tanto un amigo de lo más cordial y afectuoso. Cuando haga una visita a Londres, estaré muy orgulloso de llevarle a la Sociedad Geológica, pues, que se sepa, fui propuesto para ser F.G.S. el pasado martes. Sin embargo, es una gran lástima que estas y las otras letras, especialmente F.R.S., sean tan sumamente caras.
No tengo escrúpulos en pedirle que me escriba en el plazo de una semana a Shrewsbury, pues usted es un buen escritor de cartas, y si la gente quiere tener tan buenos caracteres debe pagar la pena. Adiós, querido Fox.
Suyo, C.D.
[Estando sus asuntos así de prósperamente gestionados, pudo poner en ejecución su plan de vivir en Cambridge, donde se estableció el 10 de diciembre de 1836. Al principio fue invitado en el cómodo hogar de los Henslow, pero después, por el bien del trabajo sin interrupciones, se mudó a una pensión.]
Escribe así a Fox, el 13 de marzo de 1837, desde Londres:--
"Mi residencia en Cambridge fue algo más larga de lo que esperaba, debido a un trabajo que determiné terminar allí, a saber, revisar todos mis especímenes geológicos. Cambridge continúa siendo un lugar muy agradable, pero ni la mitad de alegre que antes. Caminar por los patios del Christ's College y no conocer a un habitante de una sola habitación, le daba a uno una sensación medio melancólica. El único mal que encontré en Cambridge fue que es demasiado agradable: había alguna fiesta agradable u otra cada noche, y uno no puede decir que está ocupado con tanta impunidad allí como en esta gran ciudad".
Un registro trivial de la presencia de mi padre en Cambridge ocurre en el libro que se guardaba en la sala de combinación del Christ's College, donde se registraban multas y apuestas, y las entradas anteriores daban una impresión curiosa del estado de ánimo de los miembros después de la cena. No se permitía que las apuestas se hicieran en dinero, sino que, como las multas, se pagaban en vino. La apuesta que mi padre hizo y perdió se registra así:--
"23 DE FEBRERO DE 1837."
Sr. Darwin contra Sr. Baines, sobre que la sala de combinación mide desde el techo hasta el suelo más de (x) pies. 1 Botella pagada el mismo día.
"N.B. El Sr. Darwin puede medir en cualquier parte de la sala que le plazca".
Además de organizar los especímenes geológicos y mineralógicos, tenía su 'Diario de Investigaciones' en el que trabajar, lo que ocupaba sus noches en Cambridge. También leyó un breve artículo en la Sociedad Zoológica ("Notas sobre Rhea Americana", 'Zool. Soc. Proc.' v. 1837, páginas 35, 36.), y otro en la Sociedad Geológica ('Geol. Soc. Proc.' ii. 1838, páginas 446- 449.), sobre la elevación reciente de la costa de Chile.
A principios de la primavera de 1837 (6 de marzo) dejó Cambridge por Londres, y una semana después estaba instalado en una pensión en el 36 de Great Marlborough Street; y, salvo por una "breve visita a Shrewsbury" en junio, trabajó hasta septiembre, estando casi totalmente empleado en su 'Diario'. Encontró tiempo, sin embargo, para dos artículos en la Sociedad Geológica. ("Un bosquejo de los depósitos que contienen mamíferos extintos en la vecindad del Plata", 'Geol. Soc. Proc.' ii. 1838, páginas 542-544; y "Sobre ciertas áreas de elevación y hundimiento en los océanos Pacífico e Índico, según se deduce del estudio de las formaciones de coral." 'Geol. Soc. Proc' ii. 1838, páginas 552- 554.)
Escribe sobre su trabajo a Fox (marzo de 1837):--
"En su última carta me insta a preparar EL libro. Ahora estoy trabajando duro y dejo todo lo demás por ello. Nuestro plan es el siguiente: el Capitán Fitz-Roy escribe dos volúmenes de los materiales recopilados durante el último viaje bajo el mando del Capitán King a Tierra del Fuego, y durante nuestra circunnavegación. Yo he de tener el tercer volumen, en el cual pretendo dar una especie de diario de un naturalista, sin seguir, sin embargo, siempre el orden del tiempo, sino más bien el orden de posición. Los hábitos de los animales ocuparán una gran porción; bocetos de la geología, el aspecto del país y detalles personales harán que el revoltijo esté completo. Después escribiré un relato de la geología en detalle y redactaré algunos artículos zoológicos. Así que tengo mucho trabajo para el próximo año o dos, y hasta que eso esté terminado no tendré vacaciones".
Otra carta a Fox (julio) da cuenta del progreso de su trabajo:--
"Me di unas vacaciones y una visita a Shrewsbury [en junio], ya que había terminado mi Diario. Ahora estaré muy ocupado rellenando huecos y dejándolo listo para la imprenta para el primero de agosto. Siempre sentiré respeto por cualquiera que haya escrito un libro, sea cual sea, pues no tenía idea del problema que puede costarle a uno intentar escribir un inglés común. Y, por desgracia, aún queda la peor parte de todas, corregir las pruebas. Tan pronto como eso esté hecho, debo arrimar el hombro y comenzar con la Geología. He leído algunos artículos breves ante la Sociedad Geológica, y fueron recibidos favorablemente por los grandes cañones, y esto me da mucha confianza, y espero que no una gran cantidad de vanidad, aunque confieso que me siento demasiado a menudo como un pavo real admirando su cola. Nunca esperé que mi Geología fuera alguna vez digna de la consideración de hombres como Lyell, quien ha sido para mí, desde mi regreso, un amigo de lo más activo. Mi vida es muy ocupada en el presente, y espero que siempre lo siga siendo; aunque el Cielo sabe que hay muchos inconvenientes serios en tal vida, y el principal entre ellos es el poco tiempo que le permite a uno ver a sus amigos naturales. Durante los últimos tres años he estado anhelando y anhelando vivir en Shrewsbury, y después de todo, ahora, en el transcurso de varios meses, veo a mi querida buena gente en Shrewsbury durante una semana. Susan y Catherine, sin embargo, han estado quedándose con mi hermano aquí durante algunas semanas, pero ya habían regresado a casa antes de mi visita".
[Además del trabajo ya mencionado, tuvo mucho que ocuparle en hacer arreglos para la publicación de la 'Zoología del Viaje del "Beagle"'. Las siguientes cartas ilustran este tema.]
CHARLES DARWIN A L. JENYNS. (Ahora Rev L. Blomefield.) 36 Great Marlborough Street, 10 de abril de 1837.
Querido Jenyns,
Durante la última semana, varios de los zoólogos de este lugar me han estado instando a considerar la posibilidad de publicar la 'Zoología del viaje del "Beagle"' bajo un plan uniforme. El Sr. Macleay (William Sharp Macleay era hijo de Alexander Macleay, antiguo Secretario Colonial de Nueva Gales del Sur y durante muchos años Secretario de la Sociedad Linneana. El hijo, que era un naturalista muy entusiasta y había heredado de su padre una colección general muy grande de insectos, hizo de la Entomología su estudio principal y ganó gran notoriedad por su ahora olvidado "Sistema Quinario", expuesto en la Segunda Parte de su 'Horae Entomologicae', publicada en 1821.--[Estoy en deuda con el Rev. L. Blomefield por la nota anterior.]) se ha interesado mucho en el tema y sostiene que tal publicación es muy deseable, porque mantiene unida una serie de observaciones realizadas respecto a animales que habitan la misma parte del mundo, y permite que cualquier viajero futuro los lleve consigo. Tengo muchas dudas sobre hasta qué punto esta facilidad de referencia tiene alguna importancia; pero si ese fuera el caso, para mí sería más satisfactorio ver los frutos de mis manos, después de haber pasado por el cerebro de otros naturalistas, reunidos en una sola obra. Pero tales consideraciones no deberían tener mucho peso. Todo el esquema flota actualmente en el aire; pero estaba decidido a hacérselo saber, ya que me gustaría mucho conocer lo que piensa al respecto y si tendría algún inconveniente en proporcionar descripciones de los peces para tal obra en lugar de para las 'Transactions'. Temo que todo sea impracticable, a menos que el Gobierno ayude a grabar las láminas, y esto me temo que es una mera posibilidad, solo que creo que puedo presentar una fuerte reclamación y conseguir el respaldo de los naturalistas de este lugar, quienes casi todos se interesan bastante por mis colecciones. Mañana tengo intención de ver al Sr. Yarrell; si él aprueba, comenzaré a tomar medidas más activas; pues he oído que es de lo más prudente y juicioso. Difícilmente sirve de algo especular sobre cualquier plan, pero pensé en conseguir suscriptores y publicar la obra por partes (mientras duren los fondos, pues yo mismo no quiero perder dinero con ella). En tal caso, quien tuviera su parte lista en cualquier orden podría publicarla por separado (y finalmente las partes podrían venderse por separado), de modo que nadie se viera retrasado por el otro. El plan se parecería, a pequeña escala, al 'Atlas' de Ruppel o a la 'Zoologie' de Humboldt, donde Latreille, Cuvier, etc., escribieron diferentes partes. Yo mismo tendría poco que hacer en ella; salvo añadir en algunos órdenes hábitos y rangos, etc., y bocetos geográficos, y quizás más tarde algunas descripciones de animales invertebrados...
Estoy trabajando en mi Diario; avanza lentamente, aunque no estoy ocioso. Pensé que Cambridge era un mal lugar por las buenas cenas y otras tentaciones, pero no encuentro que Londres sea mejor, y temo que pueda empeorar. Tengo un excelente amigo en Lyell, y le veo mucho, lo cual es muy ventajoso para mí a la hora de discutir gran parte de la geología sudamericana. Echo mucho de menos un paseo por el campo; este Londres es un lugar vil y lleno de humo, donde un hombre pierde una gran parte de los mejores goces de la vida. Pero no veo ninguna posibilidad de escapar, ni siquiera por una semana, de esta prisión durante mucho tiempo. Temo que pasará algún tiempo antes de que nos veamos; pues supongo que usted no vendrá por aquí durante la primavera, y no creo que pueda bajar a Cambridge. Cómo me gustaría dar un buen paseo por el camino de Newmarket mañana, pero Oxford Street debe servir de reemplazo. Odio las calles de Londres. ¿Le dirá a Henslow que tenga cuidado con los hongos COMESTIBLES de Tierra del Fuego?, pues necesitaré algunos especímenes para el Sr. Brown, quien parece PARTICULARMENTE interesado en ellos. Dígale a Henslow que creo que mi madera silicificada ha "despedernido" el corazón del Sr. Brown, pues fue muy amable conmigo y habló sobre las plantas de Galápagos; pero antes nunca quería decir una palabra. Acaban de dar las doce; así que le deseo muy buenas noches.
Mi querido Jenyns, suyo muy sinceramente, CHARLES DARWIN.
[Unas semanas más tarde el plan parece haber madurado, y la idea de buscar la ayuda del Gobierno haber sido adoptada.]
CHARLES DARWIN A J.S. HENSLOW. 36 Great Marlborough Street, [18 de mayo de 1837].
Mi querido Henslow,
Me alegré mucho de recibir su carta. Deseaba mucho saber cómo le iban sus múltiples trabajos. De hecho, no me extraña que su cabeza empezara a doler; es casi un milagro que le quede alguna cabeza. Su relato de la expedición a Gamlingay fue cruelmente tentador, pero de ninguna manera puedo dejar Londres. Quería hacer una visita de unos días a mi buena y querida gente en Shrewsbury, pero vi que no podía arreglármelas; en este momento estoy esperando las firmas del Duque de Somerset, como Presidente de la Linneana, y de Lord Derby y Whewell, para una declaración del valor de mi colección; en cuanto obtenga esto, solicitaré ayuda al Gobierno para el grabado y así publicar la 'Zoología' bajo un plan uniforme. Es absolutamente ridículo el tiempo que requiere cualquier operación que dependa de muchas personas.
He estado trabajando muy constantemente, pero solo he completado dos tercios de la parte del Diario. Encuentro que, aunque permanezco diariamente muchas horas trabajando, el progreso es muy lento: es algo terrible decirse a uno mismo, cada tonto y cada hombre inteligente en Inglaterra, si lo desea, puede hacer tantos comentarios malintencionados como quiera sobre esta desafortunada frase....
En agosto escribe a Henslow para anunciar el éxito del esquema para la publicación de la 'Zoología del viaje del "Beagle"', mediante la promesa de una subvención de 1000 libras del Tesoro: "He retrasado escribirle para agradecerle lo más sinceramente posible por haber gestionado tan eficazmente mi asunto. Esperé hasta tener una entrevista con el Canciller de la Hacienda (T. Spring Rice). Acordó verme esta mañana y tuve una larga conversación con él, estando presente el Sr. Peacock. Nada podría ser más completamente amable y bondadoso que todo su comportamiento. No puso ningún tipo de restricción, solo me dijo que aprovechara al máximo el dinero, lo cual por supuesto estoy muy dispuesto a hacer.
"Esperaba una entrevista bastante terrible, pero nunca encontré nada menos así en mi vida. Será culpa mía si no hago una buena obra; pero a veces me entra un susto terrible de no tener suficientes materiales. Será excesivamente satisfactorio al final de unos dos años encontrar que se ha aprovechado al máximo todo el material."
Más tarde, en otoño, escribió a Henslow: "No he estado muy bien últimamente, con una incómoda palpitación del corazón, y mis médicos me instan ENCARECIDAMENTE a dejar todo el trabajo e ir a vivir al campo durante unas semanas." En consecuencia, se tomó unas vacaciones de aproximadamente un mes en Shrewsbury y Maer, e hizo una visita a la Isla de Wight. Fue, creo, durante esta visita, en la casa del Sr. Wedgwood en Maer, donde realizó sus primeras observaciones sobre el trabajo realizado por las lombrices de tierra, y a finales de otoño leyó un documento sobre el tema en la Sociedad Geológica. ("Sobre la formación del mantillo", 'Geol. Soc. Proc.' ii. 1838, páginas 574-576.) Durante estos dos meses también estuvo ocupado preparando el esquema de la 'Zoología del viaje del "Beagle"' y comenzando a reunir los resultados geológicos de sus viajes.
La siguiente carta se refiere a la propuesta de que acepte la Secretaría de la Sociedad Geológica.]
CHARLES DARWIN A J.S. HENSLOW. 14 de octubre, [1837].
Mi querido Henslow,
...Le estoy muy agradecido por su mensaje sobre la Secretaría. Estoy extremadamente ansioso por que escuche mi lado de la cuestión, y tendría la amabilidad de darme después su juicio imparcial. El tema me ha perseguido todo el verano. No estoy dispuesto a asumir el cargo por las siguientes razones: Primero, mi absoluta ignorancia de la Geología inglesa, cuyo conocimiento sería casi necesario para abreviar muchos de los documentos antes de leerlos ante la Sociedad, o mejor dicho, para saber qué partes saltarse. Además, mi ignorancia de todos los idiomas y el no saber cómo pronunciar UNA sola palabra de francés, un idioma tan perpetuamente citado. Sería vergonzoso para la Sociedad tener un Secretario que no pudiera leer francés. En segundo lugar, la pérdida de tiempo; le ruego considere que tendría que ocuparme de los artistas, supervisar y proporcionar materiales para el trabajo del Gobierno, que saldrá por partes y que debe aparecer regularmente. Todas mis notas geológicas están en un estado muy borrador; ninguno de mis fósiles de conchas procesado; y tengo mucho que leer. He tenido esperanzas, renunciando a la vida social y sin desperdiciar una hora, de terminar mi Geología en año y medio, momento en el cual la descripción de los animales superiores por parte de otros estaría terminada, y entonces todo mi tiempo sería necesariamente requerido para completar yo mismo la descripción de los invertebrados. Si este plan falla, como el trabajo del Gobierno debe continuar, la Geología se vería necesariamente pospuesta hasta probablemente al menos tres años a partir de este momento. En el estado actual de la ciencia, gran parte de la utilidad de lo poco que he hecho se perdería, y toda frescura y placer me serían completamente arrebatados.
Sé por experiencia el tiempo que requiere hacer resúmenes INCLUSO de mis propios artículos para las 'Proceedings'. Si fuera Secretario y tuviera que hacer resúmenes dobles de cada artículo, estudiándolos antes de leerlos, y la asistencia me costaría AL MENOS tres días (y a menudo más) cada quince días. También hay otras pérdidas de tiempo accidentales y contingentes; sé que el Dr. Royle descubrió que el cargo consumía gran parte de su tiempo. Si simplemente renunciando a cualquier diversión, o trabajando más duro de lo que lo he hecho, pudiera ahorrar tiempo, asumiría la Secretaría; pero apelo a usted si, con mi lenta manera de escribir, con dos obras entre manos y con la certeza de que, si no puedo completar la parte geológica dentro de un período fijo, su publicación debe retrasarse por mucho tiempo, si es que alguna Sociedad tiene derecho a reclamarme tres días de trabajo desagradable cada quince días. No puedo aceptar que sea un deber por mi parte, como seguidor de la ciencia, mientras me dedico a la finalización de la obra que tengo entre manos, retrasarla asumiendo lo que puede ser hecho por cualquier persona que tenga más tiempo libre del que yo tengo actualmente. Además, tan temprano en mi vida científica, con tanto como tengo que aprender, el cargo, aunque sin duda un gran honor, etc., para mí, sería más gravoso. El Sr. Whewell (le conozco muy bien), juzgando por sí mismo, pensará que exagero el tiempo que requeriría la Secretaría; pero sé absolutamente el tiempo que me consume la escritura más sencilla. No me gusta en absoluto parecer tan egoísta como para rechazar al Sr. Whewell, más especialmente porque siempre ha mostrado, de la manera más amable, interés en mis asuntos. Pero no puedo mirar hacia adelante con una comodidad siquiera tolerable a asumir un cargo sin dedicarme a él en cuerpo y alma, y eso sería imposible con el trabajo del Gobierno y la Geología entre manos.
Mi última objeción es que dudo hasta qué punto mi salud soportará el encierro de lo que tengo que hacer, sin ningún trabajo adicional. Simplemente repito, para que sepa que no hablo por hablar, que cuando consulté al Dr. Clark en la ciudad, al principio me instó a abandonar por completo toda escritura e incluso la corrección de pruebas durante algunas semanas. Últimamente, cualquier cosa que me aturda me deja completamente agotado después y me provoca una violenta palpitación del corazón. Ahora bien, la Secretaría sería una fuente periódica de problemas más molestos para mí que todo el resto de la quincena junta. De hecho, hasta que vuelva a la ciudad y vea cómo me va, aunque deseara el cargo por encima de todo, NO podría decir que lo aceptaría positivamente. Le ruego que me excuse por esta prosa tan larga sobre mí mismo, pero el punto es de gran interés. No puedo soportar pensar que soy muy egoísta y huraño, ni puedo ver la posibilidad de asumir la Secretaría sin hacer un sacrificio de todos mis planes y de una buena parte de mi comodidad.
Si ve a Whewell, ¿le diría la sustancia de esta carta? o, si él se toma la molestia, puede leerla. Mi querido Henslow, apelo a usted in loco parentis. Le ruego que me diga qué piensa. Pero no me juzgue por la actividad mental que usted y unos pocos poseen, pues en ese caso cuanto más difíciles sean las cosas entre manos, más placentero es el trabajo; pero, aunque espero nunca estar ocioso, no es el caso conmigo.
Siempre, querido Henslow, suyo muy sinceramente, C. DARWIN.
[Finalmente aceptó el puesto y lo ocupó durante tres años, desde el 16 de febrero de 1838 hasta el 19 de febrero de 1841.
Después de asegurarse la Subvención para la publicación de la 'Zoología del viaje del "Beagle"', hubo mucho que hacer para organizar el esquema de la publicación, y esto le ocupó durante parte de octubre y noviembre.]
CHARLES DARWIN A J.S. HENSLOW. [4 de noviembre de 1837].
Mi querido Henslow,
...Le ruego que le diga a Leonard (Rev. L. Jenyns) que mi trabajo para el Gobierno va sobre ruedas y espero que sea próspero. Verá en el Prospecto su nombre adjunto a los peces; me puse hombro con hombro al trabajo con buen ánimo. Estoy mucho mejor de lo que estaba durante el último mes antes de mi visita a Shrewsbury. Temo que la Geología me llevará mucho tiempo; estuve revisando una serie de notas y la cantidad que encontré que tenía que leer para ese solo lugar era espantosa. Si vivo hasta los ochenta años, no dejaré de maravillarme al encontrarme siendo autor; en el verano antes de partir, si alguien me hubiera dicho que para este momento habría sido un ángel, habría pensado que era una imposibilidad igual. Esta maravillosa transformación se debe enteramente a usted.
Lamento encontrar que quedan un buen número de erratas en la parte de mi volumen que está impresa. Durante mi ausencia, el Sr. Colburn empleó a algún ganso para revisar, y ha multiplicado, en lugar de disminuir, mis descuidos; pero a pesar de todo, el papel suave y la tipografía clara tienen una apariencia encantadora, ¡y la otra noche me senté contemplando en silencio y admiración la primera página de mi propio volumen, cuando lo recibí de los impresores!
Adiós, mi querido Henslow, C. DARWIN.
1838.
[Desde principios de este año hasta casi finales de junio, estuvo ocupado trabajando en los resultados zoológicos y geológicos de su viaje. Este período de trabajo fue interrumpido solo por una visita de tres días a Cambridge, en mayo; e incluso estas breves vacaciones se tomaron a consecuencia de una salud debilitada, como podemos suponer por la entrada en su diario: "1 de mayo, indispuesto", y por una carta a su hermana (16 de mayo de 1838), cuando escribió:--
"Mi viaje de tres días a Cambridge me ha hecho un bien maravilloso y ha llenado mis miembros de tanta elasticidad que debo sacar un poco de trabajo de mi cuerpo antes de otras vacaciones." Estas vacaciones parecen haber sido disfrutadas plenamente; escribió a su hermana:--
"Ahora sobre Cambridge: me quedé en la casa de Henslow y disfruté mucho de mi visita. Mis amigos me dieron una bienvenida muy cordial. De hecho, fui todo un león allí. La Sra. Henslow lamentablemente tuvo que irse el viernes para una visita al campo. Esa noche tuvimos en casa de Henslow una brillante fiesta de todos los genios de Cambridge, y un grupo de hombres de lo más notable que sin duda alguna son. El sábado cabalgué hasta donde estaba L. Jenyns y pasé la mañana con él. Le encontré muy alegre, pero quejándose amargamente de su soledad. El sábado por la noche cené en uno de los Colegios, jugué a los bolos en el césped del Colegio después de la cena y quedé ensordecido por el canto de los ruiseñores. Domingo, cené en Trinity; cena excelente, y me alegré mucho de sentarme junto al Profesor Lee (Samuel Lee, de Queens', fue Profesor de Árabe de 1819 a 1831, y Profesor Regius de Hebreo de 1831 a 1848.)...; le encontré un hombre muy agradable para conversar, y con gran ánimo como un niño, por haber regresado recientemente de una vicaría o curato, durante siete años en Somersetshire, a la sociedad civilizada y a los manuscritos orientales. Había cambiado su vicaría por una a catorce millas de Cambridge y parecía perfectamente feliz. Por la noche asistí a la Capilla de Trinity y escuché 'Los cielos cuentan la gloria de Dios' en un estilo magnífico; el último coro parecía hacer temblar las mismas paredes del Colegio. Después de la capilla, una gran fiesta en las habitaciones de Sedgwick. Tanto por mis Anales."
Partió, hacia finales de junio, en su expedición a Glen Roy, de lo cual escribe a Fox: "No he estado muy bien últimamente, lo que me ha determinado repentinamente a dejar Londres antes de lo que había previsto. Voy en el barco de vapor a Edimburgo, daré un paseo solitario por Salisbury Craigs y evocaré viejos pensamientos de tiempos pasados, luego iré a Glasgow y al gran valle de Inverness, cerca del cual pretendo detenerme una semana para geologizar los caminos paralelos de Glen Roy, desde allí a Shrewsbury, Maer por un día, y Londres por el humo, la mala salud y el trabajo duro."
Pasó "ocho buenos días" sobre los Caminos Paralelos. Su ensayo sobre este tema fue escrito durante el mismo verano y publicado por la Royal Society. ('Phil. Trans.' 1839, páginas 39-82.) Escribió en su libreta: "6 de septiembre [1838]. Terminé el artículo sobre 'Glen Roy', una de las tareas más difíciles e instructivas en las que me he visto involucrado." Se recordará que en sus 'Recuerdos' habla de este artículo como un fracaso, del cual se avergonzaba.
En el momento en que escribió, la última teoría sobre la formación de los Caminos Paralelos era la de Sir Lauder Dick y el Dr. Macculloch, quienes creían que antiguamente habían existido lagos en Glen Roy, causados por presas de roca o aluvión. Al argumentar contra esta teoría, concibió que había refutado la admisibilidad de cualquier teoría de lagos, pero en este punto estaba equivocado. Escribió (artículo de Glen Roy, página 49) "la conclusión es inevitable, que ninguna hipótesis fundada en la supuesta existencia de una lámina de agua confinada por BARRERAS, es decir, un lago, puede admitirse como solución del origen problemático de los caminos paralelos de Lochaber."
El Sr. Archibald Geikie ha tenido la gentileza de permitirme citar un pasaje de una carta dirigida a mí (19 de noviembre de 1884) en cumplimiento de mi solicitud de su opinión sobre el carácter del trabajo de mi padre en Glen Roy:--
"El artículo de 'Glen Roy' del Sr. Darwin, no hace falta decirlo, está marcado por toda su característica agudeza de observación y determinación de considerar todas las objeciones posibles. Es un ejemplo curioso, sin embargo, del peligro de razonar por un método de exclusión en Ciencias Naturales. Al descubrir que las aguas que formaron las terrazas en la región de Glen Roy no podían haber sido retenidas por barreras de roca o detritos, no vio otra alternativa que considerarlas obra del mar. Si se le hubiera ocurrido la idea de las barreras transitorias de hielo glaciar, habría visto desaparecer las dificultades de la teoría de los lagos a la que se oponía, y no habría sido conducido inconscientemente a minimizar las objeciones absolutamente abrumadoras a la suposición de que las terrazas son de origen marino."
Puede añadirse que la idea de que las barreras estuvieran formadas por glaciares difícilmente podría habérsele ocurrido, considerando cuál era el estado del conocimiento en ese momento, y teniendo en cuenta su falta de oportunidades de observar la acción glaciar a gran escala.
La segunda mitad de julio transcurrió en Shrewsbury y Maer. La única anotación de interés es una sobre estar «muy ocioso» en Shrewsbury y abrir «un cuaderno relacionado con investigaciones metafísicas». En agosto registra que leyó «una buena cantidad de diversos libros amenos y prestó cierta atención a temas metafísicos».
El trabajo realizado durante el resto del año comprende el libro sobre los arrecifes de coral (comenzado en octubre) y algo de trabajo sobre los fenómenos de elevación en Sudamérica.]
CHARLES DARWIN A C. LYELL. 36 Great Marlborough Street, 9 de agosto [1838].
Mi querido Lyell,
No le escribo a Norwich, pues pensé que tendría más que decir si esperaba unos días más. Muchísimas gracias por el regalo de sus 'Elements', que recibí (y creo que es el PRIMER ejemplar distribuido) junto con su nota. Lo he leído palabra por palabra y estoy lleno de admiración por él, y como ahora no veo a ningún geólogo, debo hablar con usted al respecto. No hay placer en leer un libro si uno no puede tener una buena charla sobre él; repito, estoy lleno de admiración por él, es claro como la luz del día; de hecho, en muchas partes sentí cierta mortificación al pensar en cómo los geólogos han trabajado y luchado para probar lo que parece, tal como usted lo ha expuesto, tan evidentemente probable. Leí con mucho interés su esbozo de los depósitos secundarios; se las ha arreglado para hacerlo bastante "jugoso", como solíamos decir de niños de una buena historia. También hubo mucho nuevo para mí, y tengo que copiar unas cincuenta notas y referencias. Debe ser beneficioso, los herejes contra el sentido común deben ceder... A propósito, ¿recuerda que le conté cuánto me disgustaba la manera en que — se refería a sus otras obras, como diciendo: «Usted debe, debería y comprará todo lo que he escrito»? A mi modo de ver, usted ha evitado esto por completo de alguna manera; sus referencias solo parecen decir: «No puedo contárselo todo en esta obra, de lo contrario lo haría, así que debe acudir a los 'Principles'»; y a muchos, confío, enviará allí, y los hará, como a mí, adoradores de la buena ciencia de romper rocas. Verá que estoy en un ataque de entusiasmo, y tengo buenas razones para estarlo, al encontrar que usted ha hecho un uso infinitamente mayor de mi Journal de lo que podría haber anticipado. No diré nada más sobre el libro, pues todo es elogio. Debo, sin embargo, admirar la elaborada honestidad con la que cita las palabras de todos los geólogos vivos y muertos.
Mi expedición escocesa resultó brillante; mi viaje en el barco de vapor fue absolutamente placentero, y disfruté el espectáculo, desgraciado de mí, de dos señoras y algunos niños pequeños completamente mareados, estando yo bien. Además, a mi regreso de Glasgow a Liverpool, triunfé de manera similar sobre algunos hombres adultos. Me quedé un día entero en Edimburgo, o más verdaderamente en Salisbury Craigs; quiero oír algún día qué piensa usted sobre ese terreno clásico; la estructura fue para mí nueva y bastante curiosa, es decir, si la entiendo bien. Crucé desde Edimburgo en gigs y carros (y carros sin muelles, como nunca olvidaré) hasta Loch Leven. Me decepcionó el paisaje y llegué a Glen Roy el sábado por la tarde, una semana después de dejar Marlborough Street. Aquí disfruté cinco [?] días del clima más hermoso con puestas de sol espléndidas, y toda la naturaleza luciendo tan feliz como me sentía yo. Vagué por las montañas en todas direcciones y examiné ese distrito tan extraordinario. Creo que, sin excepción, ni siquiera la primera isla volcánica, la primera playa elevada o el paso de la Cordillera, fueron tan interesantes para mí como esta semana. Es, con mucho, el área más notable que jamás haya examinado. Me he convencido plenamente (después de dudar un poco al principio) de que los estantes son playas marinas, aunque no pude encontrar ni rastro de una concha; y creo que puedo explicar la mayoría, si no todas, las dificultades. Encontré un trozo de camino en otro valle, no observado hasta ahora, lo cual es importante; y tengo algunos datos curiosos sobre bloques erráticos, uno de los cuales estaba posado sobre un pico a 2200 pies sobre el mar. Ahora estoy empleado escribiendo un artículo sobre el tema, lo cual encuentro un trabajo muy ameno, excepto que no puedo de ninguna manera condensarlo en límites razonables. En algún futuro espero hablar con usted sobre algunas de las conclusiones a las que me ha llevado el examen de Glen Roy. Ahora que me he desahogado, estoy mucho más tranquilo, pues puedo asegurarle que Glen Roy me ha asombrado.
Vivo muy tranquilamente, y por tanto placenteramente, y voy avanzando lenta pero constantemente con mi trabajo. He llegado a una conclusión que usted pensará que demuestra que soy un hombre muy sensato, a saber, que todo lo que usted dice resulta ser correcto; y como prueba de ello, estoy adoptando su modo de trabajar solo unas dos horas de una vez; luego salgo y hago mis asuntos en las calles, regreso y me pongo a trabajar de nuevo, y así hago dos días separados de uno. El nuevo plan funciona de maravilla; después de terminar la segunda mitad del día, voy a cenar al Athenaeum como un caballero, o mejor dicho como un lord, porque estoy seguro de que la primera noche que me senté en ese gran salón, todo en un sofá solo, me sentí exactamente como un duque. Estoy lleno de admiración por el Athenaeum, uno se encuentra allí con tanta gente que a uno le gusta ver. La primera vez que cené allí (es decir, la semana pasada) me encontré con el Dr. Fitton (W.H. Fitton (1780-1861) fue un médico y geólogo, y en algún momento presidente de la Sociedad Geológica. Estableció los 'Proceedings', un modo de publicación adoptado después por otras sociedades.) en la puerta, y reunió todo un grupo: Robert Brown, que se ha ido a París y Auvergne, Macleay [?] y el Dr. Boott. (Francis Boott (1792-1863) es conocido principalmente como botánico por su trabajo sobre el género Carex. También fue muy conocido en relación con la Sociedad Linneana, de la cual fue durante muchos años funcionario. Se le describe (en un esbozo biográfico publicado en el "Gardener's Chronicle", 1864) como uno de los primeros médicos en Londres que abandonó el traje negro habitual, calzones y medias de seda, y adoptó la vestimenta ordinaria de la época, una chaqueta azul con botones de latón y un chaleco de ante, un traje que continuó usando hasta el final. Después de dejar la práctica, lo que hizo al principio de su vida, pasó gran parte de su tiempo en actos de filantropía sin pretensiones.) Su ayuda para entrar en el Athenaeum no ha sido en vano, y lo disfruto más porque esperaba totalmente detestarlo.
Le estoy escribiendo una carta despiadada, pero conseguiré que Owen la lleve a Newcastle. Si tiene ganas de ser un hombre muy generoso, me escribirá desde Kinnordy (La casa del padre de Lyell.), y me contará algunas noticias de Newcastle, además de sobre el Craig, sobre usted y la Sra. Lyell, y todo lo demás en el mundo. Enviaré por Hall los 'Entomological Transactions', que he tomado prestados para usted; se sentirá decepcionado con los artículos de —, eso si supone que mi querido amigo tiene una sola idea clara sobre cualquier tema. Ha mezclado tanto los insectos recientes y los verdaderos insectos fósiles en una tabla que me temo que no sacará mucho de ello, aunque es un tema que debería, creo yo, entrar en los 'Principles'. Le divertirán algunos de los pasajes ridículo-sublimes en los artículos, y sin duda sentirá profundamente una burla que hay hacia usted. He oído por más de una parte que se esperan disputas en Newcastle (En la reunión de la Asociación Británica.); siento oírlo. Me encontré con el viejo — esta noche en el Athenaeum, y murmuró algo sobre escribirle a usted o a alguien sobre el tema; sin embargo, estoy totalmente a oscuras. Supongo, no obstante, que seré iluminado, pues voy a cenar con él en unos días, ya que mis poderes inventivos fallaron para poner cualquier excusa. Un amigo mío cenó con él el otro día, un grupo de cuatro, y terminaron diez botellas de vino; una perspectiva agradable para mí, pero estoy decidido a no probar ni siquiera su vino, en parte por la diversión de ver su infinito disgusto y sorpresa...
Le compadezco por la imposición de esta carta tan despiadada. Por favor, recuérdeme amablemente a la Sra. Lyell cuando llegue a Kinnordy. Vi su nombre en el libro del propietario de Inverorum. Dígale a la Sra. Lyell que lea la segunda serie de los 'Mr. Slick of Slickville's Sayings'... Casi supera a "Samivel", ese príncipe de los héroes. Buenas noches, mi querido Lyell; pensará que he estado bebiendo algo fuerte para escribir tantas tonterías, pero hoy ni siquiera probé la cerveza floja de Minerva.
Suyo sinceramente, CHAS. DARWIN.
CHARLES DARWIN A C. LYELL. Viernes por la noche, 13 de septiembre [1838].
Mi querido Lyell,
Estaba asombrado y encantado con su gloriosamente larga carta, y estoy seguro de que estoy muy agradecido a la Sra. Lyell por haberse tomado la molestia de escribir tanto. (Lyell dictaba gran parte de su correspondencia.) Tengo la intención de disfrutar de una buena hora y garabatear para usted, quien tiene tanta simpatía geológica que no me importa cuán egoístamente escriba...
Tengo tanto que decir sobre todo tipo de cosas triviales que apenas sé por dónde empezar. No hace falta decir cuán complacido estoy de saber que el Sr. Lyell (Padre del geólogo.) aprecia mi Journal. Oír tales noticias es una especie de resurrección, pues siento hacia mi hijo primogénito como si hubiera muerto, sido enterrado y olvidado hace mucho tiempo; pero el pasado no es nada y el futuro es todo para nosotros los geólogos, como usted muestra en su excelente lema de los 'Elements'. A propósito, ¿ha leído el artículo en la 'Edinburgh Review' sobre M. Comte, 'Cours de la Philosophie' (o algún título similar)? Es excelente; hay algunas frases refinadas sobre que la esencia misma de la ciencia es la predicción, lo que me recordó a «su ley es el progreso».
Ahora empezaré y recorreré su carta seriatim. Me atrevo a decir que su plan de poner el capítulo de Elie de Beaumont por separado y al principio será muy bueno; de todos modos, es mostrar un frente audaz en la primera edición que será traducida al francés. Será un punto curioso para los geólogos en el futuro notar cuánto tiempo apoyará el nombre de un hombre una teoría tan completamente expuesta como la de De Beaumont ha sido por usted; usted dice que «empieza a esperar que los grandes principios allí insistidos resistan la prueba del tiempo». EMPIEZA A ESPERAR: por qué, la POSIBILIDAD de una duda nunca ha cruzado mi mente en muchos días. Esto puede ser muy antifilosófico, pero mi salvación geológica está apostada en ello. Después de haber vuelto justo de Glen Roy, y encontrar cómo las dificultades se suavizan bajo sus principios, me indigna que usted hable de ESPERAR. Con respecto a la cuestión de hasta qué punto mi teoría del coral influye en la teoría de De Beaumont, creo que sería prudente citarme con gran cautela hasta que se publique mi relato completo, y entonces usted (y otros) podrán juzgar hasta qué punto hay fundamento para tal generalización. Tenga en cuenta que no dudo de su verdad; pero la extensión de cualquier visión sobre espacios tan grandes, a partir de comparativamente pocos hechos, debe recibirse con mucha cautela. Yo mismo no dudo en lo más mínimo de que dentro del período reciente (o como usted, para mi molestia, llamaría, «Nuevo Plioceno»), bandas tortuosas —no todas las bandas paralelas entre sí— han sido elevadas y otras correspondientes se han hundido, aunque dentro del mismo período algunas partes probablemente permanecieron por un tiempo estacionarias, o incluso se hundieron. No creo que se pudiera haber inventado una visión más totalmente falsa que la de grandes líneas rectas siendo levantadas repentinamente.
Cuándo se publicará mi libro sobre Volcanes y Arrecifes de Coral apenas lo sé; me temo que serán al menos cuatro o cinco meses; aunque, tenga en cuenta, la mayor parte está escrita. Encuentro que se pierde mucho tiempo corrigiendo detalles y verificando su exactitud. El trabajo zoológico del Gobierno es una piedra de molino alrededor de mi cuello, y el artículo de Glen Roy me ha hecho perder seis semanas. No diré, sin embargo, perdido; pues, suponiendo que pueda probar a satisfacción de otros lo que me he convencido a mí mismo que es el caso, la inferencia creo que admitirá que es importante. No puedo dudar de que la materia fundida bajo la corteza terrestre posee un alto grado de fluidez, casi como el mar bajo el hielo en bloques. A propósito, espero que me dé algún caso sueco para citar, de conchas conservadas en la superficie, pero no en lechos contemporáneos de grava...
Recuerde lo que a menudo le he oído decir: el campo es muy malo para el intelecto; las brumas escocesas apagarán algunas especulaciones volcánicas. Vea que estoy fingiendo volverme muy urbanita y despreciar a la pobre gente del campo, que respira aire fresco en lugar de humo, y ve los hermosos campos en lugar de las casas de ladrillo en Marlborough Street, cuya sola vista confieso que aborrezco. Me alegra oír qué informe tan favorable da de la Asociación Británica. Estoy más complacido porque he estado luchando sus batallas con Basil Hall, Stokes y varios otros, habiendo decidido, a partir del informe en el "Athenaeum", que debe haber sido una excelente reunión. Me he divertido mucho con un relato que he recibido de las guerras de Don Roderick (Murchison.) y Babbage. Qué lástima tan grave es que este último sea tan implacable... Esta es una carta de lo más disparatada, pues después de cada frase tomo aliento, y usted lo necesitará al leerla...
Deseo con todo mi corazón que mi libro Geológico estuviera terminado. Tengo todos los motivos para trabajar duro, y lo haré, siguiendo sus pasos, trabajaré justo ese grado de dureza para mantenerme bien. Me gustaría que mi volumen saliera antes de que aparezca su nueva edición de 'Principles'. Además de la teoría del Coral, los capítulos volcánicos, creo, contendrán algunos hechos nuevos. Últimamente he estado tristemente tentado de ser ocioso —es decir, en lo que a geología pura se refiere— por la encantadora cantidad de nuevas visiones que han estado llegando de manera densa y constante, sobre la clasificación y afinidades e instintos de los animales, incidiendo en la cuestión de las especies. Cuaderno tras cuaderno se ha llenado con hechos que comienzan a agruparse CLARAMENTE bajo sub-leyes.
Buenas noches, mi querido Lyell. He llenado mi carta y disfrutado de mi charla con usted tanto como puedo sin tenerlo in propria persona. Piense en los malos efectos del campo; así que una vez más, buenas noches.
Siempre suyo, CHAS. DARWIN.
Por favor, dé de nuevo mis mejores agradecimientos a la Sra. Lyell.
[El registro de lo que escribió durante el año no da un índice verdadero del trabajo más importante que estaba en curso: el establecimiento de las piedras angulares de lo que iba a ser el logro de su vida. Esto se muestra en la carta anterior a Lyell, donde habla de estar «ocioso», y el siguiente extracto de una carta a Fox, escrita en junio, es de interés desde este punto de vista:
«Estoy encantado de oír que usted es un hombre tan bueno por no haber olvidado mis preguntas sobre el cruce de animales. Es mi pasatiempo principal, y realmente creo que algún día podré hacer algo en ese tema tan intrincado, las especies y variedades».]
1839-1841.
[En el invierno de 1839 (29 de enero) mi padre se casó con su prima, Emma Wedgwood. (Hija de Josiah Wedgwood de Maer, y nieta del fundador de la fábrica de cerámica Etruria.) La casa en la que vivieron durante los primeros años de su vida matrimonial, el número 12 de Upper Gower Street, era una pequeña y anodina casa londinense, con un salón al frente y una pequeña habitación detrás, en la que vivían por el bien de la tranquilidad. En años posteriores, mi padre solía reírse de la suprema fealdad de los muebles, alfombras, etc., de la casa de Gower Street. El único rasgo redentor era un jardín mejor de lo que tienen la mayoría de las casas de Londres, una franja tan ancha como la casa y treinta yardas de largo. Incluso este pequeño espacio de hierba oscura hizo su casa londinense más tolerable para sus dos habitantes criados en el campo.
Sobre su vida en Londres escribe a Fox (octubre de 1839): «Vivimos una vida de extrema tranquilidad; Delamere mismo, que usted describe como un lugar tan aislado, es, se lo aseguro, bastante disipado comparado con Gower Street. Hemos renunciado a todas las fiestas, pues no nos sientan bien a ninguno de los dos; y si uno está tranquilo en Londres, no hay nada como su tranquilidad: hay una grandeza en sus nieblas ahumadas y los sonidos distantes y apagados de los taxis y coches; de hecho, puede percibir que me estoy convirtiendo en un urbanita de pura cepa, y me glorío en pensar que estaré aquí durante los próximos seis meses».
Las entradas de mala salud en el Diario aumentan en número durante estos años, y como consecuencia las vacaciones se vuelven más largas y frecuentes. Del 26 de abril al 13 de mayo de 1839 estuvo en Maer y Shrewsbury. Nuevamente, del 23 de agosto al 2 de octubre estuvo fuera de Londres en Maer, Shrewsbury y Birmingham para la reunión de la Asociación Británica.
La entrada bajo agosto de 1839 es: «Durante mi visita a Maer, leí un poco, estuve muy indispuesto y escandalosamente ocioso. He obtenido este bien, que NADA es tan intolerable como la ociosidad».
A finales de 1839 nació su primer hijo, y fue entonces cuando comenzó sus observaciones publicadas finalmente en 'La expresión de las emociones'. Su libro sobre este tema, y el breve artículo publicado en 'Mind' (julio de 1877), muestran cuán de cerca observaba a su hijo. Parece haberse sorprendido de sus propios sentimientos por un bebé recién nacido, pues escribió a Fox (julio de 1840): «Él [es decir, el bebé] es tan encantador que no puedo pretender ninguna modestia. Desafío a cualquiera a que nos adule sobre nuestro bebé, pues desafío a cualquiera a decir algo en su alabanza de lo que no seamos plenamente conscientes... No tenía la menor concepción de que hubiera tanto en un bebé de cinco meses. Percibirá por esto que tengo un buen grado de fervor paternal».
Durante estos años trabajó intermitentemente en 'Arrecifes de coral', siendo constantemente interrumpido por la mala salud. Así, habla de «recomenzar» el tema en febrero de 1839, y nuevamente en octubre del mismo año, y una vez más en julio de 1841, «después de más de trece meses de intervalo». Su otro trabajo científico consistió en una contribución a la Sociedad Geológica ('Geol. Soc. Proc.' iii. 1842, y 'Geol. Soc. Trans.' vi), sobre las rocas y el "till" de Sudamérica, así como algunos otros artículos menores sobre temas geológicos. También trabajó afanosamente en la parte ornitológica de la Zoología del "Beagle", es decir, el aviso de los hábitos y rangos de las aves que fueron descritas por Gould.]
CHARLES DARWIN A C. LYELL. Miércoles por la mañana [febrero de 1840].
Mi querido Lyell,
Muchas gracias por su amable nota. Pediré el "Scotsman". El Dr. Holland cree haber descubierto qué es lo que me ocurre, y ahora tiene la esperanza de poder ponerme en marcha de nuevo. ¿No es mortificante? Ya han pasado nueve semanas desde que pude realizar un día entero de trabajo, y no más de cuatro medios días. Pero no me quejaré más, aunque es un trabajo duro evitar hacerlo. Desde que recibí su nota he vuelto a leer mi capítulo sobre el Coral, y encuentro que estoy preparado para defender casi todo; está mucho más cautelosamente y precisamente escrito de lo que pensaba. Me había hecho ilusiones de tener mi volumen terminado antes de su nueva edición, pero no, puede creerme, para que usted note nada nuevo en él (pues hay muy poco además de detalles), sino porque usted es el único hombre en Europa cuya opinión sobre la veracidad general de un argumento arduo siempre estaría más ansioso de escuchar. Mi manuscrito está en tal confusión; de lo contrario, estoy seguro de que usted habría mirado muy gustosamente, si hubiera merecido la pena, cualquier parte que hubiera elegido...
[En una carta a Fox (enero de 1841) muestra que su "trabajo sobre las especies" seguía ocupando su mente:
"Si presta algo de atención a la Historia Natural, le envío esta posdata como recordatorio de que sigo recolectando todo tipo de hechos sobre 'Variedades y Especies' para mi trabajo de algún día que llevará ese título; las contribuciones más pequeñas serán aceptadas agradecidamente; las descripciones de la descendencia de todos los cruces entre todas las aves y animales domésticos, perros, gatos, etc., etc., son muy valiosas. No olvide, si su gato africano mestizo muriera, que le estaría muy agradecido si enviara su cadáver en una pequeña cesta para obtener el esqueleto; él, o cualquier paloma, ave de corral, pato, etc., etc., cruzados, serán más aceptables que el mejor pernil de venado o la mejor tortuga".
Más adelante en el año (septiembre) escribe a Fox sobre su salud, y también en referencia a su plan de mudarse al campo:
"He ido ganando terreno constantemente, y realmente creo ahora que algún día estaré completamente fuerte. Escribo a diario un par de horas en mi volumen sobre el Coral, y doy un pequeño paseo o paseo a caballo cada día. Me siento muy cansado por las noches, y no soy capaz de salir a esas horas, o apenas de recibir a mis parientes más cercanos; pero mi vida deja de ser gravosa ahora que puedo hacer algo. Estamos tomando medidas para dejar Londres y vivir a unas veinte millas de distancia en algún ferrocarril".]
1842.
[El registro de trabajo incluye su volumen sobre 'Arrecifes de Coral' (un aviso del trabajo sobre los Arrecifes de Coral apareció en el 'Geograph. Soc. Journal', xii., página 115.), cuyo manuscrito fue enviado finalmente a la imprenta en enero de este año, y la última prueba corregida en mayo. Así escribe sobre el trabajo en su diario:
"Comencé este trabajo hace tres años y siete meses. De este periodo, unos veinte meses (además del trabajo durante el viaje del 'Beagle') se han dedicado a él, y aparte de esto, solo he compilado la parte de las Aves de la Zoología; el Apéndice del Diario, un artículo sobre las Rocas, y corregido los artículos sobre Glen Roy y los terremotos, lectura sobre las especies, y el resto todo perdido por la enfermedad".
En mayo y junio estuvo en Shrewsbury y Maer, desde donde partió para hacer el pequeño viaje por Gales del que habló en sus 'Recollections', y cuyos resultados fueron publicados como "Notas sobre los efectos producidos por los antiguos glaciares de Caernarvonshire, y sobre las Rocas transportadas por el Hielo flotante". ('Philosophical Magazine', 1842, página 352.)
El Sr. Archibald Geikie habla de este artículo como situado "casi en la cima de la larga lista de contribuciones inglesas a la historia de la Edad de Hielo". (Charles Darwin, serie 'Nature', página 23.)
La última parte de este año pertenece al periodo que incluye el establecimiento en Down, y por lo tanto se trata en otro capítulo.]
CAPÍTULO 1.VIII. -- RELIGIÓN.
[La historia de esta parte de la vida de mi padre puede incluir justamente alguna mención de sus puntos de vista religiosos. Pues aunque, como él señala, no dedicó un pensamiento sistemático continuo a las cuestiones religiosas, sin embargo sabemos por sus propias palabras que alrededor de esta época (1836-39) el tema estuvo muy presente en su mente.]
En sus obras publicadas fue reticente sobre el asunto de la religión, y lo que ha dejado sobre el tema no fue escrito con vistas a su publicación. (Como excepción puede mencionarse unas pocas palabras de conformidad con 'Truths for the Times' del Dr. Abbot, que mi padre permitió que fueran publicadas en el "Index").
Creo que su reticencia surgió por varias causas. Sentía firmemente que la religión de un hombre es un asunto esencialmente privado, y que concierne solo a él mismo. Esto se indica en el siguiente extracto de una carta de 1879: (Dirigida al Sr. J. Fordyce, y publicada por él en sus 'Aspects of Scepticism', 1883.)
"Cuáles puedan ser mis propios puntos de vista es una cuestión sin consecuencia para nadie más que para mí. Pero, ya que usted pregunta, puedo declarar que mi juicio fluctúa a menudo... En mis fluctuaciones más extremas nunca he sido un ateo en el sentido de negar la existencia de un Dios. Creo que generalmente (y más y más a medida que envejezco), pero no siempre, que un agnóstico sería la descripción más correcta de mi estado mental".
Naturalmente, evitaba herir la sensibilidad de los demás en asuntos religiosos, y también estaba influido por la conciencia de que un hombre no debería publicar sobre un tema al que no ha dedicado un pensamiento especial y continuo. Que sentía que esta cautela se aplicaba a sí mismo en materia de religión se muestra en una carta al Dr. F. E. Abbot, de Cambridge, EE. UU. (6 de septiembre de 1871). Después de explicar que la debilidad derivada de su mala salud le impedía sentirse "igual a una reflexión profunda, sobre el tema más profundo que puede llenar la mente de un hombre", continúa diciendo: "Con respecto a mis notas anteriores para usted, olvido por completo su contenido. Tengo que escribir muchas cartas, y puedo reflexionar poco sobre lo que escribo; pero creo y espero plenamente que nunca he escrito una palabra que en ese momento no pensara; pero creo que estará de acuerdo conmigo en que cualquier cosa que vaya a darse al público debe ser maduramente sopesada y cautelosamente expuesta. Nunca se me ocurrió que usted desearía imprimir extracto alguno de mis notas: si lo hubiera hecho, habría guardado una copia. Puse 'privado' por costumbre, solo que parcialmente adquirida, debido a que se habían impreso algunas notas mías apresuradas, que no merecían en absoluto ser impresas, aunque por lo demás eran inobjetables. Es simplemente ridículo suponer que mi nota anterior para usted merecería ser enviada de vuelta, con cualquier parte marcada que usted desee imprimir; pero si le gusta hacerlo, le diré de inmediato si tendría alguna objeción. Me siento en cierto grado reacio a expresarme públicamente sobre temas religiosos, ya que no siento haber pensado lo suficientemente profundo como para justificar cualquier publicidad".
Puedo citar también de otra carta al Dr. Abbot (16 de noviembre de 1871), en la que mi padre da más ampliamente sus razones para no sentirse competente para escribir sobre temas religiosos y morales:
"Puedo decir con total verdad que me siento honrado por su petición de que me convierta en colaborador del 'Index', y le estoy muy agradecido por el borrador. Suscribo, también, plenamente la proposición de que es deber de todo el mundo difundir lo que cree que es la verdad; y le honro por hacerlo, con tanta devoción y celo. Pero no puedo acceder a su petición por las siguientes razones; y discúlpeme por darlas con cierto detalle, ya que lamentaría mucho parecer desagradable a sus ojos. Mi salud es muy débil: NUNCA paso 24 horas sin muchas horas de malestar, cuando no puedo hacer absolutamente nada. He perdido así, también, dos meses enteros consecutivos esta temporada. Debido a esta debilidad, y a que a menudo me mareo, soy incapaz de dominar nuevos temas que requieran mucho pensamiento, y solo puedo tratar con materiales antiguos. En ningún momento soy un pensador o escritor rápido: todo lo que he hecho en la ciencia ha sido únicamente mediante largas meditaciones, paciencia e industria.
"Ahora bien, nunca he pensado sistemáticamente mucho sobre la religión en relación con la ciencia, o sobre la moral en relación con la sociedad; y sin mantener establemente mi mente en tales temas por un LARGO periodo, soy realmente incapaz de escribir algo que merezca ser enviado al 'Index'".
Se le pidió más de una vez que diera sus puntos de vista sobre la religión, y por regla general no tenía objeción en hacerlo en una carta privada. Así, en respuesta a un estudiante holandés escribió (2 de abril de 1873):
"Estoy seguro de que usted disculpará que no escriba largo y tendido, cuando le diga que he estado mucho tiempo muy mal de salud, y ahora estoy lejos de mi hogar en busca de descanso.
"Es imposible responder a su pregunta brevemente; y no estoy seguro de que pudiera hacerlo, incluso si escribiera extensamente. Pero puedo decir que la imposibilidad de concebir que este gran y maravilloso universo, con nuestros seres conscientes, surgiera por azar, me parece el principal argumento para la existencia de Dios; pero si este es un argumento de valor real, nunca he sido capaz de decidirlo. Soy consciente de que si admitimos una causa primera, la mente todavía anhela saber de dónde vino y cómo surgió. Tampoco puedo pasar por alto la dificultad de la inmensa cantidad de sufrimiento en el mundo. También me inclino a ceder hasta cierto punto ante el juicio de los muchos hombres capaces que han creído plenamente en Dios; pero aquí, de nuevo, veo cuán pobre es este argumento. La conclusión más segura me parece que todo el tema está más allá del alcance del intelecto humano; pero el hombre puede cumplir con su deber".
De nuevo en 1879 fue interpelado por un estudiante alemán, de manera similar. La carta fue respondida por un miembro de la familia de mi padre, quien escribió:
"El Sr. Darwin me ruega que le diga que recibe tantas cartas que no puede responderlas todas.
"Él considera que la teoría de la Evolución es totalmente compatible con la creencia en un Dios; pero que usted debe recordar que diferentes personas tienen diferentes definiciones de lo que quieren decir con Dios".
Esto, sin embargo, no satisfizo al joven alemán, quien escribió de nuevo a mi padre, y recibió de él la siguiente respuesta:
"Estoy muy ocupado, soy un hombre viejo y estoy mal de salud, y no puedo dedicar tiempo a responder a sus preguntas completamente, ni de hecho pueden ser respondidas. La ciencia no tiene nada que ver con Cristo, excepto en la medida en que el hábito de la investigación científica hace a un hombre cauteloso al admitir pruebas. Por mi parte, no creo que haya habido nunca revelación alguna. En cuanto a una vida futura, cada hombre debe juzgar por sí mismo entre probabilidades vagas y contradictorias".
Los pasajes que siguen aquí son extractos, algo abreviados, de una parte de la Autobiografía, escrita en 1876, en la que mi padre da la historia de sus puntos de vista religiosos:
"Durante estos dos años (octubre de 1836 a enero de 1839) me llevaron a pensar mucho sobre la religión. Mientras estaba a bordo del 'Beagle' era totalmente ortodoxo, y recuerdo haber sido objeto de risas de corazón por parte de varios de los oficiales (aunque ellos mismos ortodoxos) por citar la Biblia como una autoridad irrefutable en algún punto de moralidad. Supongo que fue la novedad del argumento lo que les divirtió. Pero gradualmente había llegado para ese momento, es decir, de 1836 a 1839, a ver que el Antiguo Testamento no era más confiable que los libros sagrados de los hindúes. La cuestión entonces se planteaba continuamente ante mi mente y no podía ser desterrada: ¿es creíble que si Dios fuera ahora a hacer una revelación a los hindúes, permitiría que estuviera conectada con la creencia en Vishnu, Siva, etc., como el Cristianismo está conectado con el Antiguo Testamento? Esto me pareció totalmente increíble.
"Al reflexionar además que se requeriría la evidencia más clara para hacer que cualquier hombre cuerdo creyera en los milagros por los que el Cristianismo está respaldado —y que cuanto más sabemos de las leyes fijas de la naturaleza, más increíbles se vuelven los milagros—, que los hombres en aquel tiempo eran ignorantes y crédulos hasta un grado casi incomprensible para nosotros, que los Evangelios no pueden probarse que hayan sido escritos simultáneamente con los eventos, que difieren en muchos detalles importantes, demasiado importantes, según me parecía, para ser admitidos como las inexactitudes habituales de los testigos presenciales; mediante tales reflexiones como estas, que no presento como si tuvieran la menor novedad o valor, sino tal como me influyeron, gradualmente llegué a descreer del Cristianismo como una revelación divina. El hecho de que muchas falsas religiones se hayan extendido por grandes porciones de la tierra como fuego salvaje tuvo cierto peso conmigo.
"Pero yo estaba muy reacio a renunciar a mi creencia; me siento seguro de esto, porque puedo recordar bien, a menudo y a menudo, inventando sueños despierto sobre cartas antiguas entre romanos distinguidos, y manuscritos siendo descubiertos en Pompeya o en otro lugar, que confirmaban de la manera más sorprendente todo lo que estaba escrito en los Evangelios. Pero encontré cada vez más difícil, con libre alcance dado a mi imaginación, inventar evidencia que fuera suficiente para convencerme. Así, la incredulidad se apoderó de mí a un ritmo muy lento, pero fue finalmente completa. El ritmo fue tan lento que no sentí ninguna angustia.
"Aunque no pensé mucho sobre la existencia de un Dios personal hasta un periodo considerablemente posterior de mi vida, daré aquí las vagas conclusiones a las que me han llevado. El viejo argumento del diseño en la Naturaleza, tal como lo da Paley, que anteriormente me parecía tan concluyente, falla ahora que la ley de la selección natural ha sido descubierta. Ya no podemos argumentar que, por ejemplo, la hermosa bisagra de una concha bivalva debe haber sido hecha por un ser inteligente, como la bisagra de una puerta por el hombre. No parece haber más diseño en la variabilidad de los seres orgánicos, y en la acción de la selección natural, que en el curso por el que sopla el viento. Pero he discutido este tema al final de mi libro sobre 'La variación de los animales y las plantas bajo domesticación' (Mi padre pregunta si debemos creer que las formas están preordenadas de los fragmentos rotos de roca caídos de un precipicio que son encajados por el hombre para construir sus casas. Si no, ¿por qué deberíamos creer que las variaciones de los animales o plantas domésticos están preordenadas por el bien del criador? "Pero si renunciamos al principio en un caso... no se puede asignar ni una sombra de razón para la creencia de que las variaciones, iguales en naturaleza y resultado de las mismas leyes generales, que han sido la base a través de la selección natural de la formación de los animales más perfectamente adaptados en el mundo, hombre incluido, fueron intencional y especialmente guiadas". —'La variación de los animales y las plantas', 1ª edición, volumen ii, página 431.—F.D.), y el argumento allí dado nunca ha sido, por lo que veo, respondido.
"Pero dejando de lado las infinitas adaptaciones hermosas con las que nos encontramos en todas partes, puede preguntarse ¿cómo se puede explicar el arreglo generalmente beneficioso del mundo? Algunos escritores, de hecho, están tan impresionados con la cantidad de sufrimiento en el mundo que dudan, si miramos a todos los seres sintientes, si hay más miseria o felicidad; si el mundo como un todo es bueno o malo. Según mi juicio, la felicidad prevalece decididamente, aunque esto sería muy difícil de probar. Si se concede la verdad de esta conclusión, armoniza bien con los efectos que podríamos esperar de la selección natural. Si todos los individuos de cualquier especie sufrieran habitualmente hasta un grado extremo, descuidarían propagar su especie; pero no tenemos razón para creer que esto haya ocurrido nunca, o al menos a menudo. Algunas otras consideraciones, además, conducen a la creencia de que todos los seres sintientes han sido formados para disfrutar, por regla general, de felicidad.
"Todo aquel que crea, como yo, que todos los órganos corporales y mentales (exceptuando aquellos que no son ni ventajosos ni desventajosos para el poseedor) de todos los seres se han desarrollado a través de la selección natural, o la supervivencia del más apto, junto con el uso o hábito, admitirá que estos órganos han sido formados para que sus poseedores puedan competir exitosamente con otros seres, y así aumentar en número. Ahora bien, un animal puede ser llevado a seguir ese curso de acción que es más beneficioso para la especie por el sufrimiento, tal como el dolor, el hambre, la sed y el miedo; o por el placer, como al comer y beber, y en la propagación de la especie, etc.; o por ambos medios combinados, como en la búsqueda de alimento. Pero el dolor o sufrimiento de cualquier tipo, si es prolongado, causa depresión y disminuye el poder de acción, aunque está bien adaptado para hacer que una criatura se proteja contra cualquier mal grande o repentino. Las sensaciones placenteras, por otro lado, pueden ser prolongadas sin ningún efecto depresivo; al contrario, estimulan todo el sistema hacia una acción incrementada. De ahí que haya sucedido que la mayoría o todos los seres sintientes se han desarrollado de tal manera, a través de la selección natural, que las sensaciones placenteras sirven como sus guías habituales. Vemos esto en el placer del esfuerzo, incluso ocasionalmente del gran esfuerzo del cuerpo o la mente, en el placer de nuestras comidas diarias, y especialmente en el placer derivado de la sociabilidad, y de amar a nuestras familias. La suma de tales placeres como estos, que son habituales o frecuentemente recurrentes, dan, como apenas puedo dudar, a la mayoría de los seres sintientes un exceso de felicidad sobre la miseria, aunque muchos sufran mucho ocasionalmente. Tal sufrimiento es totalmente compatible con la creencia en la Selección Natural, que no es perfecta en su acción, sino que tiende solo a hacer a cada especie tan exitosa como sea posible en la batalla por la vida con otras especies, en circunstancias maravillosamente complejas y cambiantes.
"Que hay mucho sufrimiento en el mundo, nadie lo discute. Algunos han intentado explicar esto con referencia al hombre imaginando que sirve para su mejora moral. Pero el número de hombres en el mundo es como nada comparado con el de todos los otros seres sintientes, y a menudo sufren mucho sin ninguna mejora moral. Este argumento muy antiguo de la existencia del sufrimiento contra la existencia de una Causa Primera inteligente me parece fuerte; mientras que, como se acaba de señalar, la presencia de mucho sufrimiento concuerda bien con la visión de que todos los seres orgánicos se han desarrollado a través de la variación y la selección natural.
"En la actualidad, el argumento más usual para la existencia de un Dios inteligente se extrae de la profunda convicción interna y los sentimientos que experimenta la mayoría de las personas".
"Anteriormente, me sentía impulsado por sentimientos como los que acabo de mencionar (aunque no creo que el sentimiento religioso estuviera jamás fuertemente desarrollado en mí) hacia la firme convicción de la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma. En mi Diario escribí que, mientras estaba en medio de la grandeza de un bosque brasileño, "no es posible dar una idea adecuada de los sentimientos superiores de asombro, admiración y devoción que llenan y elevan la mente". Recuerdo bien mi convicción de que hay algo más en el hombre que el mero aliento de su cuerpo. Pero ahora las escenas más grandiosas no harían que tales convicciones y sentimientos surgieran en mi mente. Se puede decir verdaderamente que soy como un hombre que se ha vuelto daltónico, y la creencia universal de los hombres en la existencia de la rojez hace que mi actual pérdida de percepción carezca del menor valor como evidencia. Este argumento sería válido si todos los hombres de todas las razas tuvieran la misma convicción interna de la existencia de un solo Dios; pero sabemos que esto está muy lejos de ser el caso. Por lo tanto, no puedo ver que tales convicciones y sentimientos internos tengan peso alguno como evidencia de lo que realmente existe. El estado mental que las grandes escenas excitaban anteriormente en mí, y que estaba íntimamente relacionado con una creencia en Dios, no difería esencialmente de lo que a menudo se llama el sentido de lo sublime; y por muy difícil que sea explicar la génesis de este sentido, difícilmente puede presentarse como un argumento a favor de la existencia de Dios, más que los poderosos aunque vagos y similares sentimientos excitados por la música.
"Con respecto a la inmortalidad, nada me muestra [tan claramente] cuán fuerte y casi instintiva es esta creencia como la consideración del punto de vista que sostienen ahora la mayoría de los físicos, a saber, que el sol con todos los planetas se volverá con el tiempo demasiado frío para la vida, a menos que, en efecto, algún gran cuerpo choque contra el sol y le proporcione así una nueva vida. Creyendo como creo que el hombre en el futuro distante será una criatura mucho más perfecta de lo que es ahora, es un pensamiento intolerable que él y todos los demás seres sintientes estén condenados a la aniquilación completa después de tan prolongado y lento progreso. Para aquellos que admiten plenamente la inmortalidad del alma humana, la destrucción de nuestro mundo no parecerá tan terrible.
"Otra fuente de convicción en la existencia de Dios, conectada con la razón y no con los sentimientos, me impresiona por tener mucho más peso. Esto se deriva de la extrema dificultad, o más bien imposibilidad, de concebir este inmenso y maravilloso universo, incluyendo al hombre con su capacidad de mirar lejos hacia atrás y hacia el futuro, como el resultado de un azar ciego o de la necesidad. Al reflexionar así, me siento obligado a buscar una Causa Primera que posea una mente inteligente en cierto grado análoga a la del hombre; y merezco ser llamado teísta. Esta conclusión fue fuerte en mi mente alrededor de la época, hasta donde puedo recordar, en que escribí el 'Origen de las especies'; y es desde entonces que, muy gradualmente y con muchas fluctuaciones, se ha vuelto más débil. Pero entonces surge la duda: ¿puede confiarse en la mente del hombre, que ha sido, como creo plenamente, desarrollada a partir de una mente tan baja como la poseída por los animales más inferiores, cuando llega a conclusiones tan grandiosas?
"No puedo pretender arrojar la menor luz sobre problemas tan abstrusos. El misterio del comienzo de todas las cosas es insoluble para nosotros; y yo, por mi parte, debo contentarme con seguir siendo agnóstico."
[Las siguientes cartas repiten en cierta medida lo que se ha expuesto en la Autobiografía. La primera se refiere a 'Los límites de la ciencia, un diálogo', publicado en 'Macmillan's Magazine', en julio de 1861.]
CHARLES DARWIN A LA SRTA. JULIA WEDGWOOD. 11 de julio [1861].
Alguien nos ha enviado el 'Macmillan'; y debo decirle cuánto admiro su artículo; aunque al mismo tiempo debo confesar que no pude seguirle claramente en algunas partes, lo cual probablemente se deba en gran medida a que no estoy en absoluto acostumbrado a trenes de pensamiento metafísicos. Creo que usted entiende mi libro (el 'Origen de las especies') perfectamente, y eso me parece un evento muy raro entre mis críticos. Las ideas en la última página han cruzado varias veces vagamente por mi mente. Debido a varios corresponsales, me he visto llevado últimamente a pensar, o más bien a intentar pensar, sobre algunos de los puntos principales discutidos por usted. Pero el resultado ha sido para mí un laberinto, algo parecido a pensar en el origen del mal, al que usted alude. La mente se niega a considerar este universo, siendo lo que es, sin haber sido diseñado; sin embargo, donde uno esperaría más diseño, a saber, en la estructura de un ser sintiente, cuanto más pienso en el tema, menos pruebas puedo ver de diseño. Asa Gray y algunos otros consideran cada variación, o al menos cada variación beneficiosa (que A. Gray compararía con las gotas de lluvia (la metáfora de la gota de lluvia del Dr. Gray aparece en el ensayo 'Darwin y sus críticos' ('Darwiniana', página 157): "Toda la vida animada de un país depende absolutamente de la vegetación, la vegetación de la lluvia. La humedad es proporcionada por el océano, es elevada por el calor del sol desde la superficie del océano y es llevada tierra adentro por los vientos. Pero, ¡qué multitud de gotas de lluvia caen de vuelta al océano, careciendo tanto de una causa final como las variaciones incipientes que no llegan a nada! ¿Se sigue de ello que las lluvias que se otorgan al suelo con tal regla y regularidad promedio no fueron diseñadas para sustentar la vida vegetal y animal?") que no caen en el mar, sino en la tierra para fertilizarla) como algo providencialmente diseñado. Sin embargo, cuando le pregunto si considera cada variación en la paloma bravía, mediante la cual el hombre ha hecho por acumulación una paloma buchona o una pavipollo, como providencialmente diseñada para la diversión del hombre, no sabe qué responder; y si él, o cualquier otro, admite [que] estas variaciones son accidentales, en lo que respecta al propósito (por supuesto, no accidentales en cuanto a su causa u origen); entonces no veo ninguna razón por la que deba clasificar las variaciones acumuladas mediante las cuales se ha formado el pájaro carpintero, hermosamente adaptado, como providencialmente diseñadas. Pues sería fácil imaginar el buche agrandado de la buchona, o la cola de la pavipollo, como de alguna utilidad para las aves, en un estado de naturaleza, con hábitos de vida peculiares. Estas son las consideraciones que me desconciertan sobre el diseño; pero si a usted le interesará escucharlas, no lo sé...
[Sobre el tema del diseño, escribió (julio de 1860) al Dr. Gray:
"Una palabra más sobre 'leyes diseñadas' y 'resultados no diseñados'. Veo un pájaro que quiero para comer, tomo mi arma y lo mato; hago esto DELIBERADAMENTE. Un hombre inocente y bueno está bajo un árbol y es asesinado por un rayo. ¿Cree usted (y realmente me gustaría saberlo) que Dios mató DELIBERADAMENTE a este hombre? Muchas o la mayoría de las personas creen esto; yo no puedo ni lo creo. Si usted lo cree así, ¿cree que cuando una golondrina atrapa un mosquito, Dios diseñó que esa golondrina en particular atrapara a ese mosquito en particular en ese instante particular? Creo que el hombre y el mosquito están en la misma situación. Si la muerte ni del hombre ni del mosquito está diseñada, no veo ninguna buena razón para creer que su PRIMER nacimiento o producción deba ser necesariamente diseñado."]
CHARLES DARWIN A W. GRAHAM. Down, 3 de julio de 1881.
Estimado señor,
Espero que no considere intrusivo de mi parte agradecerle sinceramente por el placer que he derivado de la lectura de su admirablemente escrito 'Credo de la Ciencia', aunque todavía no lo he terminado del todo, ya que ahora que soy viejo leo muy lentamente. Ha pasado mucho tiempo desde que otro libro me haya interesado tanto. La obra debe haberle costado varios años y mucho trabajo duro con plena libertad para trabajar. Probablemente usted no esperaría que nadie esté totalmente de acuerdo con usted en tantos temas abstrusos; y hay algunos puntos en su libro que no puedo digerir. El principal es que la existencia de las llamadas leyes naturales implica un propósito. No puedo ver esto. Por no mencionar que muchos esperan que las diversas grandes leyes sean algún día inevitablemente derivadas de alguna ley única, sin embargo, tomando las leyes tal como las conocemos ahora, y mirando a la luna, donde la ley de la gravitación --y sin duda de la conservación de la energía-- de la teoría atómica, etc., etc., se cumplen, y no puedo ver que exista entonces necesariamente ningún propósito. ¿Habría propósito si solo existieran en la luna los organismos más bajos, desprovistos de conciencia? Pero no he tenido práctica en el razonamiento abstracto, y puedo estar completamente extraviado. Sin embargo, usted ha expresado mi convicción interna, aunque mucho más vívida y claramente de lo que yo podría haberlo hecho, de que el Universo no es el resultado del azar. (El Duque de Argyll ('Good Words', abril de 1885, página 244) ha registrado algunas palabras sobre este tema, pronunciadas por mi padre en el último año de su vida. "...en el transcurso de esa conversación le dije al Sr. Darwin, con referencia a algunas de sus propias obras notables sobre la 'Fertilización de las orquídeas' y sobre 'Las lombrices de tierra', y varias otras observaciones que hizo de los maravillosos artificios para ciertos propósitos en la naturaleza--dije que era imposible mirar estas sin ver que eran el efecto y la expresión de una mente. Nunca olvidaré la respuesta del Sr. Darwin. Me miró muy fijamente y dijo: 'Bueno, eso a menudo me viene con fuerza abrumadora; pero en otras ocasiones', y sacudió la cabeza vagamente, añadiendo, 'parece desaparecer'.") Pero entonces, en mí, surge siempre la horrible duda de si las convicciones de la mente del hombre, que ha sido desarrollada a partir de la mente de los animales inferiores, tienen algún valor o son dignas de confianza. ¿Confiaría alguien en las convicciones de la mente de un mono, si es que existen tales convicciones en tal mente? En segundo lugar, creo que podría argumentar algo contra la enorme importancia que usted atribuye a nuestros hombres más grandes; me he acostumbrado a pensar que los hombres de segunda, tercera y cuarta categoría son de gran importancia, al menos en el caso de la Ciencia. Por último, podría presentar batalla sobre que la selección natural ha hecho y hace más por el progreso de la civilización de lo que usted parece inclinado a admitir. ¡Recuerde qué riesgo corrieron las naciones de Europa, no hace tantos siglos, de ser arrolladas por los turcos, y cuán ridícula es ahora tal idea! Las razas más civilizadas, llamadas caucásicas, han vencido estrepitosamente a las turcas en la lucha por la existencia. Mirando al mundo en una fecha no muy lejana, qué sinfín de razas inferiores habrá sido eliminado por las razas civilizadas superiores en todo el mundo. Pero no escribiré más, y ni siquiera mencionaré los muchos puntos de su obra que me han interesado mucho. Ciertamente tengo motivos para disculparme por molestarle con mis impresiones, y mi única excusa es la agitación en mi mente que su libro ha provocado.
Le ruego que me permita permanecer, Estimado señor, Suyo fiel y agradecido, CHARLES DARWIN.
[Mi padre hablaba poco sobre estos temas, y no puedo contribuir con nada de mi propio recuerdo de su conversación que pueda añadir a la impresión aquí dada de su actitud hacia la Religión. Sin embargo, puede obtenerse una idea adicional de sus puntos de vista a partir de observaciones ocasionales en sus cartas.] (El Dr. Aveling ha publicado un relato de una conversación con mi padre. Creo que los lectores de este panfleto ('Las opiniones religiosas de Charles Darwin', Free Thought Publishing Company, 1883) pueden ser inducidos a error al ver más semejanza de la que realmente existía entre las posiciones de mi padre y el Dr. Aveling: y digo esto a pesar de mi convicción de que el Dr. Aveling da con bastante justicia sus impresiones sobre los puntos de vista de mi padre. El Dr. Aveling intentó mostrar que los términos "Agnóstico" y "Ateo" eran prácticamente equivalentes--que un ateo es alguien que, sin negar la existencia de Dios, está sin Dios, en la medida en que no está convencido de la existencia de una Deidad. Las respuestas de mi padre implicaban su preferencia por la actitud no agresiva de un Agnóstico. El Dr. Aveling parece (página 5) considerar la ausencia de agresividad en los puntos de vista de mi padre como algo que los distingue de manera no esencial de los suyos. Pero, a mi juicio, son precisamente las diferencias de este tipo las que lo distinguen tan completamente de la clase de pensadores a la que pertenece el Dr. Aveling.)
CAPÍTULO 1.IX. -- LA VIDA EN DOWN.
1842-1854.
"Mi vida sigue como un reloj, y estoy instalado en el lugar donde la terminaré."
Carta al capitán Fitz-Roy, octubre de 1846.
[Con miras a dar en los capítulos siguientes un relato conectado del crecimiento del 'Origen de las especies', he tomado las cartas más importantes relacionadas con ese tema fuera de su posición cronológica adecuada aquí, y las he colocado con el resto de la correspondencia relacionada con el mismo tema; de modo que en el presente grupo de cartas solo obtenemos indicios ocasionales del crecimiento de las opiniones de mi padre, y podemos suponer que estamos observando su vida, tal como podría haber sido vista por aquellos que no tenían conocimiento del desarrollo silencioso de su teoría de la evolución durante este período.]
El 14 de septiembre de 1842, mi padre dejó Londres con su familia y se estableció en Down. (No debo omitir mencionar a un miembro de la casa que lo acompañó. Este era su mayordomo, Joseph Parslow, quien permaneció en la familia, un valioso amigo y sirviente, durante cuarenta años, y se convirtió, como Sir Joseph Hooker me remarcó una vez, en "una parte integral de la familia, y sentido como tal por todos los visitantes de la casa.") En el capítulo autobiográfico, sus motivos para dar este paso en el campo se exponen brevemente. Habla de la asistencia a las sociedades científicas y los deberes sociales ordinarios como algo que se adaptaba tan "mal a su salud que resolvimos vivir en el campo, lo cual ambos preferíamos y de lo que nunca nos hemos arrepentido." Su intención de mantenerse al día con la vida científica en Londres se expresa en una carta a Fox (diciembre de 1842):--
"Espero, yendo a la ciudad una noche cada quince días o tres semanas, mantener mi comunicación con los hombres científicos y mi propio celo, y así no convertirme en un completo cerdo de Kent."
Las visitas a Londres de este tipo se mantuvieron durante algunos años a costa de mucho esfuerzo por su parte. A menudo le he oído hablar de los tediosos viajes de diez millas hacia o desde Croydon o Sydenham--las estaciones más cercanas--con un viejo jardinero que hacía las veces de cochero, quien conducía con gran precaución y lentitud subiendo y bajando las muchas colinas. En años posteriores, todo trato científico regular con Londres se convirtió, como se mencionó anteriormente, en una imposibilidad.
La elección de Down fue más bien el resultado de la desesperación que de una preferencia real; mi padre y mi madre estaban cansados de buscar casa, y los puntos atractivos del lugar les parecieron así compensar sus defectos algo más obvios. Tenía al menos un desiderátum, a saber, la tranquilidad. De hecho, habría sido difícil encontrar un lugar más apartado tan cerca de Londres. En 1842, un viaje en coche de unas veinte millas era el único medio de acceso a Down; e incluso ahora que los ferrocarriles se han acercado más, está singularmente fuera del mundo, sin nada que sugiera la proximidad de Londres, a menos que sea la bruma opaca de humo que a veces nubla el cielo. El pueblo se encuentra en un ángulo entre dos de las grandes carreteras del país, una que conduce a Tunbridge y la otra a Westerham y Edenbridge. Está separado del Weald por una línea de colinas de tiza empinadas en el sur, y una colina abrupta, ahora suavizada por un corte y un terraplén, debe haber sido anteriormente una especie de barrera contra las invasiones desde el lado de Londres. En tal situación, un pueblo, que se comunica con las principales vías de tráfico solo por caminos pedregosos y tortuosos, bien puede haber sido capaz de preservar su carácter retirado. Tampoco es difícil creer en los contrabandistas y sus recuas de caballos de carga abriéndose paso desde los viejos pueblos sin ley del Weald, de lo cual aún existía el recuerdo cuando mi padre se estableció en Down. El pueblo se encuentra en un campo solitario de tierras altas, de 500 a 600 pies sobre el nivel del mar--un país con poca belleza natural, pero que posee un cierto encanto en los 'shaws', o tiras de bosque dispersas, que coronan los bancos calcáreos y miran hacia abajo sobre los tranquilos campos arados de los valles. El pueblo, de tres o cuatrocientos habitantes, consiste en tres pequeñas calles de casas de campo que se encuentran frente a la pequeña iglesia construida de pedernal. Es un lugar donde rara vez se ven recién llegados, y los nombres que aparecen desde hace mucho tiempo en los antiguos registros de la iglesia todavía son bien conocidos en el pueblo. El 'smock-frock' (bata campesina) no está aún del todo extinguido, aunque se utiliza principalmente como vestimenta ceremonial por los "portadores" en los funerales: pero de niño recuerdo las batas moradas o verdes de los hombres en la iglesia.
La casa se encuentra a un cuarto de milla del pueblo, y está construida, como tantas casas del siglo pasado, lo más cerca posible del camino--un estrecho sendero que serpentea hacia la carretera principal de Westerham. En 1842, era lo suficientemente sosa y poco atractiva: un edificio cuadrado de ladrillo de tres pisos, cubierto con un encalado desaliñado y tejas colgantes. El jardín no tenía ninguno de los arbustos o muros que ahora proporcionan refugio; estaba dominado desde el camino, y era abierto, desolado y desierto. Una de las primeras empresas de mi padre fue rebajar el camino unos dos pies, y construir un muro de pedernal a lo largo de la parte que bordeaba el jardín. La tierra así excavada se utilizó para hacer terraplenes y montículos alrededor del césped: estos fueron plantados con plantas de hoja perenne, que ahora dan al jardín su carácter apartado y protegido.
La casa se hizo parecer más pulcra al cubrirla con estuco, pero la principal mejora efectuada fue la construcción de un gran arco que se extendía a través de tres pisos. Este arco quedó cubierto con un enredo de enredaderas, y variaba agradablemente el lado sur de la casa. El salón, con su veranda que se abre al jardín, así como el estudio en el que mi padre trabajó durante los últimos años de su vida, se añadieron en fechas posteriores.
Se vendieron dieciocho acres de tierra con la casa, de los cuales doce acres en el lado sur de la casa formaban un campo agradable, salpicado de robles y fresnos de buen tamaño. De este campo se cortó una franja y se convirtió en un huerto, en el que se situaba la parcela experimental de tierra, y donde finalmente se colocaron los invernaderos.
La siguiente carta al Sr. Fox (28 de marzo de 1843) da, entre otras cosas, las primeras impresiones de mi padre sobre Down:--
«Le contaré todos los detalles triviales sobre mí que se me ocurran. Estamos muy ocupados con el primer ladrillo colocado ayer para una ampliación de nuestra casa; con esto, con casi hacer un nuevo huerto y otros diversos proyectos, mis días están muy llenos. Encuentro que todo esto es muy malo para la geología, pero avanzo muy lentamente con un volumen, o más bien folleto, sobre las islas volcánicas que visitamos: solo logro dedicarle un par de horas al día y eso no de forma muy regular. Escribir libros es una tarea ardua, que cuesta dinero publicar y que ni siquiera los geólogos leen. Olvidé si alguna vez describí este lugar: es una casa buena, muy fea, con 18 acres, situada en una llanura de creta, a 560 pies sobre el nivel del mar. Hay atisbos de campo lejano y el paisaje es moderadamente bonito: su principal mérito es su extrema ruralidad. Creo que nunca estuve en un campo más perfectamente tranquilo. A tres millas al sur de nosotros, el gran escarpe de creta nos separa por completo de las tierras bajas de Kent, y entre nosotros y el escarpe no hay ningún pueblo ni casa de caballeros, sino solo grandes bosques y campos de cultivo (estos últimos en número tristemente preponderante), de modo que estamos absolutamente en el límite extremo del mundo. Todo el país está entrecruzado por senderos; pero la superficie sobre la creta es arcillosa y pegajosa, que es el peor rasgo de nuestra compra. Las cañadas y las orillas a menudo me recuerdan a Cambridgeshire y a los paseos contigo a Cherry Hinton y otros lugares, aunque el aspecto general del país es muy diferente. Estaba revisando mi gabinete ordenado (el único resto que he conservado de todos mis insectos ingleses) y admiraba al Panagaeus Crux-major: es curioso el modo vívido en que este insecto trae a mi mente tu apariencia, con la pequeña Fan trotando detrás, cuando fui presentado a ti por primera vez. Aquellos días entomológicos fueron muy agradables. Estoy MUCHO más fuerte corporalmente, pero apenas he mejorado en mi capacidad para soportar la fatiga mental, o más bien la excitación, por lo que no puedo cenar fuera ni recibir visitas, excepto parientes con quienes puedo pasar algún tiempo después de cenar en silencio».
Habría deseado dar aquí alguna idea de la posición que, en esta época de su vida, mi padre ocupaba entre los hombres de ciencia y el público lector en general. Pero las noticias contemporáneas son escasas y no tienen un valor particular para mi propósito, el cual, por tanto, debe permanecer incumplido, a pesar de muchos esfuerzos.
Su «Diario de investigaciones» era entonces el único de sus libros que tenía alguna posibilidad de ser conocido comúnmente. Pero el hecho de que se publicara con los «Viajes» de los capitanes King y Fitz-Roy probablemente interfirió con su popularidad general. Así, Lyell le escribió en 1838 («Vida de Lyell», vol. ii, pág. 43): «Le aseguro que mi padre está muy entusiasmado con su diario... y coincide conmigo en que tendría una gran venta si se publicara por separado. Se sintió decepcionado al oír que iba a estar encadenado a los otros volúmenes, pues, aunque él lo compraría igualmente, temía que a gran parte del público le disuadiera hacerlo». En una reseña de los tres viajes en la «Edinburgh Review» (julio de 1839), no hay nada que lleve a un lector a creer que lo encontraría más atractivo que los volúmenes compañeros. Y, de hecho, no llegó a ser ampliamente conocido hasta que se publicó por separado en 1845. Cabe señalar, sin embargo, que la «Quarterly Review» (diciembre de 1839) llamó la atención de sus lectores sobre los méritos del «Diario» como libro de viajes. El crítico habla del «encanto que surge de la frescura de corazón que se derrama sobre estas páginas vírgenes de un hombre de fuerte intelecto y un observador agudo y profundo».
La traducción al alemán (1844) del «Diario» recibió una reseña favorable en el n.º 12 de los «Heidelberger Jahrbücher der Literatur», 1847, donde el crítico habla del «variado lienzo del autor, sobre el cual esboza con colores vivos las extrañas costumbres de aquellas regiones lejanas con su notable fauna, flora y peculiaridades geológicas». Aludiendo a la traducción, mi padre escribe: «El Dr. Dieffenbach... ha traducido mi "Diario" al alemán, y debo, con imperdonable vanidad, presumir de que fue a instigación de Liebig y Humboldt».
El trabajo geológico del que habla en la carta anterior al Sr. Fox le ocupó todo el año 1843 y se publicó en la primavera del año siguiente. Se titulaba «Observaciones geológicas sobre las islas volcánicas, visitadas durante el viaje del H.M.S. "Beagle", junto con algunas breves notas sobre la geología de Australia y el Cabo de Buena Esperanza»: formaba la segunda parte de la «Geología del viaje del "Beagle"», publicada «con la aprobación de los Lores Comisionados del Tesoro de Su Majestad». El volumen sobre «Arrecifes de coral» forma la Parte I de la serie y se publicó, como hemos visto, en 1842. En beneficio del lector no geólogo, puedo citar aquí las palabras del profesor Geikie (Charles Darwin, serie «Nature», 1882) sobre estos dos volúmenes, que eran hasta entonces las principales obras geológicas de mi padre. Hablando de los «Arrecifes de coral», dice (pág. 17): «Este conocido tratado, el más original de todas las memorias geológicas de su autor, se ha convertido en uno de los clásicos de la literatura geológica. El origen de esos notables anillos de roca coralina en medio del océano ha dado lugar a muchas especulaciones, pero no se ha propuesto ninguna solución satisfactoria al problema. Tras visitar muchos de ellos y examinar también los arrecifes de coral que bordean islas y continentes, ofreció una teoría que por su sencillez y grandeza asombra a todo lector. Es agradable, tras el paso de muchos años, recordar el deleite con que uno leyó por primera vez los "Arrecifes de coral"; cómo uno observaba cómo los hechos eran colocados en sus lugares, sin ignorar ni pasar por alto nada; y cómo, paso a paso, uno era llevado a la gran conclusión de la amplia subsidencia oceánica. Nunca se ha dado al mundo un ejemplo más admirable de método científico, y aunque no hubiera escrito nada más, el tratado por sí solo habría colocado a Darwin en la vanguardia de los investigadores de la naturaleza».
Es interesante ver en el siguiente extracto de una de las cartas de Lyell (al Sr. John Herschel, 24 de mayo de 1837. «Vida de Sir Charles Lyell», vol. ii, pág. 12) con qué entusiasmo y prontitud abrazó la teoría. El extracto también da incidentalmente alguna idea de la teoría misma.
«Estoy muy lleno con la nueva teoría de Darwin sobre las Islas de Coral, y he instado a Whewell a que le haga leerla en nuestra próxima reunión. Debo abandonar mi teoría del cráter volcánico para siempre, aunque me costó una punzada al principio, pues explicaba muchas cosas: la forma anular, la laguna central, el repentino levantamiento de una montaña aislada en un mar profundo; todo encajaba tan bien con la noción de volcanes sumergidos, crateriformes y cónicos... ¡y luego el hecho de que en el Pacífico Sur apenas teníamos rocas en las regiones de islas de coral, salvo dos tipos, piedra caliza de coral y volcánica! Sin embargo, a pesar de todo esto, toda la teoría queda descartada, y la forma anular y la laguna central no tienen nada que ver con volcanes, ni siquiera con un fondo crateriforme. ¿Quizás Darwin le dijo cuando estaba en el Cabo cuál considera que es la verdadera causa? Deje que cualquier montaña sea sumergida gradualmente, y que el coral crezca en el mar en el que se está hundiendo, y habrá un anillo de coral, y finalmente solo una laguna en el centro. ¿Por qué? Por la misma razón que un arrecife de barrera de coral crece a lo largo de ciertas costas: Australia, etc. Las islas de coral son los últimos esfuerzos de los continentes que se ahogan por elevar sus cabezas sobre el agua. Las regiones de elevación y subsidencia en el océano pueden trazarse por el estado de los arrecifes de coral». Hay poco que decir sobre la crítica contemporánea publicada. El libro no fue reseñado en la «Quarterly Review» hasta 1847, cuando se dio una nota favorable. El crítico habla del carácter «audaz y sorprendente» de la obra, pero parece reconocer el hecho de que las opiniones son aceptadas generalmente por los geólogos. Para entonces, las mentes de los hombres estaban más dispuestas a recibir una geología de este tipo. Incluso diez años antes, en 1837, Lyell («Vida de Sir Charles Lyell», vol. ii, pág. 6) dice: «la gente está ahora mucho mejor preparada para creer a Darwin cuando presenta pruebas del lento ascenso de los Andes, de lo que estaban en 1830, cuando les sorprendí por primera vez con esa doctrina». Esta frase se refiere a la teoría elaborada en las observaciones geológicas de mi padre sobre América del Sur (1846), pero el cambio gradual en la receptividad de la mente geológica debe haber sido favorable para todo su trabajo geológico. Sin embargo, Lyell parece al principio no haber esperado una aceptación pronta de la teoría del Coral; así le escribió a mi padre en 1837: «No pude pensar en otra cosa durante días después de su lección sobre los arrecifes de coral, sino en las cimas de los continentes sumergidos. Es todo cierto, pero no se halague pensando que le creerán hasta que esté quedándose calvo como yo, con trabajo duro y vejación ante la incredulidad del mundo».
La segunda parte de la «Geología del viaje del "Beagle"», es decir, el volumen sobre las Islas Volcánicas, que nos ocupa especialmente ahora, no puede describirse mejor que citando de nuevo al profesor Geikie (pág. 18):
«Lleno de observaciones detalladas, este trabajo sigue siendo la mejor autoridad sobre la estructura geológica general de la mayoría de las regiones que describe. En el momento en que se escribió, la "teoría del cráter de elevación", aunque opuesta por Constant Prevost, Scrope y Lyell, era generalmente aceptada, al menos en el continente. Darwin, sin embargo, no pudo aceptarla como una explicación válida de los hechos; y aunque no compartió la opinión de sus principales oponentes, sino que se aventuró a proponer una hipótesis propia, las observaciones hechas e imparcialmente descritas por él en este volumen deben considerarse como haber contribuido a la solución final de la dificultad». El profesor Geikie continúa (pág. 21): «Es uno de los primeros escritores en reconocer la magnitud de la denudación a la que incluso las acumulaciones geológicas recientes han estado sujetas. Una de las lecciones más impresionantes que se pueden aprender de su relato de las "Islas Volcánicas" es la prodigiosa extensión a la que han sido denudadas... Se inclinaba a atribuir más de este trabajo al mar de lo que la mayoría de los geólogos admitirían ahora; pero él mismo vivió para modificar sus puntos de vista originales, y sobre este tema sus últimas declaraciones están bastante a la altura del tiempo».
Un extracto de una carta de mi padre a Lyell muestra su estima por su propio trabajo: «Me ha complacido mucho que diga que tiene la intención de revisar mis "Islas Volcánicas": ¡¡¡me costó dieciocho meses!!! y he oído hablar de muy pocos que lo hayan leído. Ahora sentiré que, cualquier poco (y poco es) que haya confirmatorio de trabajos antiguos, o nuevo, surtirá su efecto y no se perderá».
El tercero de sus libros geológicos, «Observaciones geológicas sobre América del Sur», puede mencionarse aquí, aunque no se publicó hasta 1846. «En este trabajo, el autor incorporó todos los materiales recopilados por él para la ilustración de la geología sudamericana, salvo algunos que han sido publicados en otros lugares. Una de las características más importantes del libro fue la evidencia que aportó para probar la lenta e interrumpida elevación del continente sudamericano durante un período geológico reciente». (Geikie, loc. cit.)
Sobre este libro, mi padre escribió a Lyell: «Mi volumen tendrá unas 240 páginas, terriblemente aburrido, aunque muy condensado. Creo que cuando tenga tiempo de revisarlo, pensará que la colección de hechos sobre la elevación de la tierra y sobre la formación de terrazas es bastante buena».
De su trabajo geológico especial en su conjunto, el profesor Geikie, al señalar que no fue «del mismo tipo trascendental que sus investigaciones biológicas», comenta que «dio un poderoso impulso» a la recepción general de la enseñanza de Lyell «por la forma en que reunió de todas partes del mundo hechos en su apoyo».
TRABAJO DEL PERÍODO DE 1842 A 1854.
El trabajo de estos años puede dividirse a grandes rasgos en un período de geología de 1842 a 1846, y uno de zoología de 1846 en adelante.
Extraigo de su diario notas sobre el tiempo dedicado a sus libros geológicos y a su «Diario».
«Islas Volcánicas». Verano de 1842 a enero de 1844.
«Geología de América del Sur». Julio de 1844 a abril de 1845.
Segunda edición de «El Diario», octubre de 1845 a octubre de 1846.
El tiempo entre octubre de 1846 y octubre de 1854 se dedicó prácticamente a trabajar en los Cirrípedos (percebes); los resultados fueron publicados en dos volúmenes por la Ray Society en 1851 y 1854. Sus volúmenes sobre los Cirrípedos fósiles fueron publicados por la Palaeontographical Society en 1851 y 1854.
Más adelante se dará cuenta de estos volúmenes.
Las obras menores pueden colocarse juntas, independientemente del tema.
«Observaciones sobre la estructura, etc., del género Sagitta», Ann. Nat. Hist. xiii., 1844, páginas 1-6.
«Breves descripciones de varias Planariae terrestres, etc.», Ann. Nat. Hist. xiv., 1844, páginas 241-251.
«Un relato del polvo fino (una oración aparece en este documento de interés, como muestra de que el autor era consciente de la importancia de todos los medios de distribución:
"El hecho de que partículas de este tamaño hayan sido traídas al menos a 330 millas de la tierra es interesante en relación con la distribución de las plantas criptogámicas") que a menudo cae sobre los barcos en el Océano Atlántico», Geol. Soc. Journ. ii., 1846, páginas 26-30.
«Sobre la geología de las islas Malvinas», Geol. Soc. Journ. ii., 1846, páginas 267-274.
«Sobre el transporte de bloques erráticos, etc.», Geol. Soc. Journ. iv., 1848, páginas 315-323. (Un extracto de una carta a Lyell, 1847, es de interés en relación con este ensayo: «¿Sería tan amable (si lo conoce) de poner la dirección de Maclaren en la carta adjunta y enviarla por correo? Es principalmente para preguntar en qué periódico ha descrito los bloques en Arthur's Seat. El Sr. D. Milne en el último "New Phil. Journal" de Edimburgo [1847], tiene un largo artículo al respecto. Dice: "Algunos glaciologistas se han aventurado a explicar el transporte de bloques incluso en la situación de los ahora referidos, imaginando que fueron transportados en témpanos de hielo", etc. Trata esta visión, y el rayado de rocas por icebergs, como casi absurdo... finalmente me ha agitado tanto que (a menos que usted le responda) creo que enviaré un artículo en oposición al mismo diario. Así puedo introducir algunos viejos comentarios míos, y algunos nuevos, e insistiré en sus excelentes observaciones en América del Norte. Es un fastidio detener el trabajo de uno, pero me ha puesto bastante colérico»).
El artículo «Geología», en el Manual de Investigación Científica del Almirantazgo (1849), páginas 156-195. Esto fue escrito en la primavera de 1848.
«Sobre los Lepadidae fósiles británicos», «Geol. Soc. Journ.» vi., 1850, páginas 439-440.
«Analogía de la estructura de algunas rocas volcánicas con la de los glaciares», «Edin. Roy. Soc. Proc.» ii., 1851, páginas 17-18.
El profesor Geikie ha tenido la amabilidad de darme (en una carta fechada en noviembre de 1885) sus impresiones sobre el artículo de mi padre en el «Manual del Almirantazgo». Menciona los siguientes puntos como característicos del trabajo:
«1. Gran amplitud de miras. Nadie que no hubiera estudiado prácticamente y reflexionado profundamente sobre las cuestiones discutidas podría haberlo escrito.
«2. La perspicacia tan notable en todo lo que el Sr. Darwin hizo alguna vez. La forma en que señala líneas de investigación que aclararían los problemas geológicos es eminentemente típica de él. Algunas de estas líneas nunca han sido seguidas adecuadamente; así que con respecto a ellas estaba por delante de su tiempo.
«3. Tratamiento interesante y comprensivo. El autor pone inmediatamente a sus lectores en armonía con él. Les da suficiente información para mostrar lo delicioso que es el campo al que los invita y cuánto podrían lograr en él. Hay un boceto amplio del tema que todo el mundo puede seguir, y hay suficiente detalle para instruir y guiar a un principiante y ponerlo en el camino correcto.
«Por supuesto, la geología ha dado grandes pasos desde 1849, y el artículo, si se escribiera ahora, necesitaría tomar nota de otras ramas de investigación y modificar declaraciones que ahora no son del todo precisas; pero la mayor parte del consejo que da el Sr. Darwin es tan necesario y valioso ahora como cuando se dio. Es curioso ver con qué instinto infalible parece haberse aferrado a los principios que resistirían la prueba del tiempo».
En una carta a Lyell (1853), mi padre escribió: «Fui por un artículo del Dr. Sutherland del Ártico, sobre la acción del hielo, leído solo en resumen, pero debería pensar que con mucha materia buena. Fue muy agradable escuchar que fue escrito gracias al Manual del Almirantazgo».
Para dar alguna idea de la vida retirada que ahora comenzaba para mi padre en Down, he anotado de su diario los cortos períodos durante los cuales estuvo lejos de casa entre el otoño de 1842, cuando llegó a Down, y finales de 1854.
1843 Julio.—Semana en Maer y Shrewsbury. Octubre.—Doce días en Shrewsbury.
1844 Abril.—Semana en Maer y Shrewsbury. Julio.—Doce días en Shrewsbury.
1845 Septiembre 15.—Seis semanas, «Shrewsbury, Lincolnshire, York, el Decano de Manchester, Waterton, Chatsworth».
1846 Febrero.—Once días en Shrewsbury. Julio.—Diez días en Shrewsbury. Septiembre.—Diez días en Southampton, etc., para la Asociación Británica.
1847 Febrero.—Doce días en Shrewsbury. Junio.—Diez días en Oxford, etc., para la Asociación Británica. Octubre.—Quincena en Shrewsbury.
1848 Mayo.—Quincena en Shrewsbury. Julio.—Semana en Swanage. Octubre.—Quincena en Shrewsbury. Noviembre.—Once días en Shrewsbury.
1849 Marzo a junio.—Dieciséis semanas en Malvern. Septiembre.—Once días en Birmingham para la Asociación Británica.
1850 Junio.—Semana en Malvern. Agosto.—Semana en Leith Hill, la casa de un pariente. Octubre.—Semana en la casa de otro pariente.
1851 Marzo.—Semana en Malvern. Abril.—Nueve días en Malvern. Julio.—Doce días en Londres.
1852 Marzo.—Semana en Rugby y Shrewsbury. Septiembre.—Seis días en la casa de un pariente.
1853 Julio.—Tres semanas en Eastbourne. Agosto.—Cinco días en el campamento militar de Chobham.
1854 Marzo.—Cinco días en la casa de un pariente. Julio.—Tres días en la casa de un pariente. Octubre.—Seis días en la casa de un pariente.
Se verá que estuvo ausente de casa sesenta semanas en doce años. Pero debe recordarse que gran parte del tiempo restante pasado en Down se perdió debido a la mala salud.]
CARTAS.
CHARLES DARWIN A R. FITZ-ROY. Down [31 de marzo de 1843].
Querido Fitz-Roy,
Leí ayer con sorpresa y el mayor interés su nombramiento como Gobernador de Nueva Zelanda. No sé si felicitarle por ello, pero estoy seguro de que puedo hacerlo con la Colonia, por poseer su celo y energía. Estoy muy ansioso por saber si el informe es cierto, pues no puedo soportar la idea de que abandone el país sin verle una vez más; el pasado está a menudo en mi memoria, y siento que le debo mucha diversión pasada, y todo el destino de mi vida, que (si mi salud hubiera sido más fuerte) habría sido una vida llena de satisfacción para mí. Durante los últimos tres meses nunca he ido a Londres sin la intención de llamar con la esperanza de ver a la Sra. Fitz-Roy y a usted; pero encuentro, muy desafortunadamente para mí, que la pequeña excitación de romper mi rutina más tranquila generalmente me agota tanto que apenas puedo hacer nada cuando estoy en Londres, y ni siquiera he podido asistir a una reunión vespertina de la Sociedad Geológica. Por lo demás, estoy muy bien, como lo están, gracias a Dios, mi esposa y mis dos hijos. El retiro extremo de este lugar nos sienta muy bien a todos, y disfrutamos mucho de nuestra vida en el campo. Pero estoy escribiendo trivialidades sobre mí mismo, cuando su mente y su tiempo deben estar completamente ocupados. Mi objetivo al escribir es rogarle a usted o a la Sra. Fitz-Roy que tengan la amabilidad de enviarme una línea para decirme si es cierto, y si zarpa pronto. Subiré la próxima semana por uno o dos días; ¿podría verme aunque sea por cinco minutos, si llamo temprano el jueves por la mañana, es decir, a las nueve o diez en punto, o a la hora que sea (si mantiene las horas tempranas del barco) que termine su desayuno? Por favor, recuérdeme muy amablemente a la Sra. Fitz-Roy, quien confío sea capaz de mirar su largo viaje con valentía.
Créame, querido Fitz-Roy, su siempre verdaderamente obligado, CHARLES DARWIN.
[Puede valer la pena incluir una cita de otra carta (1846) a Fitz-Roy, pues muestra el recuerdo afectuoso de mi padre hacia su antiguo capitán.
«Adiós, querido Fitz-Roy, a menudo pienso en tus muchos actos de bondad hacia mí, y no pocas veces en aquella ocasión, sin duda olvidada por ti, en la que, antes de llegar a Madeira, viniste y arreglaste mi hamaca con tus propias manos, lo cual, como supe después, hizo brotar lágrimas en los ojos de mi padre».]
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. [Down, 5 de septiembre de 1843.] Lunes por la mañana.
Mi querido Fox,
Cuando envié el artículo sobre los glaciares, estaba a punto de salir, así que no tuve tiempo de escribir. Espero que tu amigo disfrute (y ojalá fueras tú allí con él) de su viaje tanto como yo. Fue una especie de novela geológica. Pero tu amigo debe tener paciencia, pues no adquirirá un buen OJO GLACIAL en unos pocos días. ¡Murchison y el conde Keyserling ATRAVESARON el norte de Gales en el mismo otoño y no pudieron ver nada más que los efectos de la lluvia goteando sobre las rocas! Interrogué a Murchison un poco y vi claramente que no había observado nada con atención. Me siento SEGURO respecto a los efectos glaciares en el norte de Gales. Anímate, si este tiempo perdura, y haz una excursión por Gales; su glorioso paisaje debe hacer bien al corazón y al cuerpo de cualquiera. Ojalá tuviera energía para ir a Delamere e ir contigo; pero, como observas, podrías pedir lo mismo a la catedral de San Pablo. Siempre que me tome un viaje, creo que será a Escocia, para buscar más caminos paralelos. Mi teoría marina para estos caminos fue descartada por un tiempo debido al trabajo de hielo de Agassiz, pero ahora está resurgiendo de nuevo...
Adiós, estamos casi terminando; casi todos los obreros se han ido y la grava se está extendiendo por los senderos. ¡Ave María! cómo se va el dinero. Hay el doble de tentaciones para la extravagancia en el campo comparado con Londres. Adiós.
Tuyo, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down [¿1844?].
...También he leído los 'Vestiges', ('The Vestiges of the Natural History of Creation' fue publicado anónimamente en 1844, y se cree con seguridad que fue escrito por el difunto Robert Chambers. El ejemplar de mi padre muestra signos de haber sido leído cuidadosamente, con una larga lista de pasajes marcados sujeta al final. Parece haber aprendido una lección útil de él. Escribe: «La idea de un pez convirtiéndose en reptil, monstruosa. No especificaré ninguna genealogía; demasiado poco conocido en la actualidad». Se refiere de nuevo al libro en una carta a Fox, febrero de 1845: «¿Has leído ese extraño, infilosófico pero magníficamente escrito libro, los 'Vestiges': ha dado más que hablar que cualquier obra últimamente, y ha sido atribuido por algunos a mí; ante lo cual debería sentirme muy halagado y deshalagado»), pero me ha divertido algo menos de lo que parece haberlo hecho contigo: la redacción y la disposición son ciertamente admirables, pero su geología me parece mala, y su zoología mucho peor. Te estaría muy agradecido si en algún momento futuro o de ocio pudieras decirme en qué basas tu dudosa creencia de que la imaginación de una madre afecta a su descendencia. (Esto se refiere al caso de una pariente de Sir J. Hooker, quien insistía en que un lunar, que apareció en uno de sus hijos, era el efecto del susto que ella misma sufrió al haber, antes del nacimiento del niño, manchado con sepia un ejemplar del 'Liber Studiorum' de Turner, que le habían prestado con instrucciones especiales de tener cuidado.) He prestado atención a las diversas declaraciones dispersas por ahí, pero no creo en nada más que en coincidencias accidentales. W. Hunter le dijo a mi padre, entonces en un hospital de maternidad, que en muchos miles de casos, había preguntado a la madre, ANTES DEL PARTO, si algo había afectado su imaginación, y registró las respuestas; y absolutamente ningún caso resultó ser cierto, aunque, cuando el niño tenía algo notable, después hacían que el casquete encajara. La reproducción parece regida por leyes tan similares en todo el reino animal, que me resisto mucho [a creer]...
CHARLES DARWIN A J.M. HERBERT. Down [1844 o 1845].
Mi querido Herbert,
Me dio mucha alegría ver tu letra y saber un poco de noticias sobre ti. Aunque no puedas venir aquí este otoño, espero sinceramente que tú y la señora Herbert vengáis en invierno, y tendremos mucha conversación sobre los viejos tiempos y mucho Beethoven.
Tengo poco o más bien nada que decir sobre mí; vivimos como un reloj, y de la manera que la mayoría consideraría lo más aburrida posible. Últimamente he estado trabajando extra duro, para gran desconcierto de mis desgraciados órganos digestivos, en América del Sur, y gracias a todos los hados, he terminado las tres cuartas partes. Escribir un inglés sencillo es para mí cada vez más difícil, y nunca alcanzable. En cuanto a que pretendas que leerás algo tan aburrido como mis puras descripciones geológicas, no me apliques tal unción halagadora en el alma (Sobre el mismo tema escribió a Fitz-Roy: «He enviado mi 'Geología de América del Sur' a Dover Street, y la conseguirás, sin duda, con el paso del tiempo. No sabes lo que amenazas cuando propones leerla; es puramente geológica. Le dije a mi hermano: 'Por supuesto que la leerás', y su respuesta fue: 'Por mi vida, preferiría incluso comprarla'») porque es increíble. Hace mucho que descubrí que los geólogos nunca leen las obras de los demás, y que el único objeto de escribir un libro es una prueba de seriedad, y de que no formas tus opiniones sin someterte a un trabajo de algún tipo. La geología es actualmente muy oral, y lo que digo aquí es en gran medida muy cierto. Pero te estoy dando una discusión tan larga como un capítulo del odioso libro mismo.
He estado últimamente en Shrewsbury, y encontré a mi padre sorprendentemente bien y alegre.
Créeme, mi viejo y querido amigo, siempre tuyo, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, lunes [10 de febrero de 1845].
Mi querido Hooker,
Te estoy muy agradecido por tu carta tan agradable; fue muy amable, en medio de tu disipación científica y teatral, pensar en escribirme una carta tan larga. Estoy asombrado por tus noticias, y debo condolerme contigo en tu ACTUAL visión de la Cátedra (Sir J.D. Hooker era candidato a la Cátedra de Botánica en la Universidad de Edimburgo.), y deplorarlo de todo corazón por mi propia cuenta. Hay algo tan escalofriante en una separación de tantos cientos de millas, aunque no nos veíamos mucho cuando estábamos más cerca. Difícilmente creerás cuánto lamento PARA MÍ TUS perspectivas actuales. Había esperado que nos viéramos mucho durante nuestras vidas. Es una gran decepción; y desde un punto de vista meramente egoísta, como ayuda en mi trabajo, tu pérdida es de hecho irreparable. Pero, por otro lado, no puedo dudar de que tienes actualmente una visión desalentadora, en lugar de brillante, de tus perspectivas: seguramente hay grandes ventajas, así como desventajas. El puesto es eminente; y realmente me parece que hay tantos trabajadores indiferentes, y tan pocos lectores, que es una gran ventaja, desde un punto de vista puramente científico, que un buen trabajador ocupe una posición que lleve a otros a prestar atención a su trabajo. Olvido si asististe a Edimburgo como estudiante, pero en mi época había un grupo de hombres que estaban lejos de ser los oyentes indiferentes y aburridos que esperas para tu audiencia. Reflexiona sobre qué satisfacción y honor sería HACER un buen botánico; con tu disposición serás para muchos lo que Henslow fue en Cambridge para mí y para otros, un amigo y guía de lo más amable. Entonces, ¡qué jardín tan espléndido, y qué buena Biblioteca Pública! vaya, Forbes siempre lamenta las ventajas de Edimburgo para el trabajo: ¡piensa en la inestimable ventaja de estar a un corto paseo de esas nobles rocas y colinas y costas arenosas cerca de Edimburgo! De hecho, no puedo compadecerte mucho, aunque me compadezco excesivamente a mí mismo en tu pérdida. Seguramente dar clases se volverá fácil en un año o dos, con tu GRAN capacidad de trabajo (digas lo que digas en contra), y tendrás un tiempo justo para tu Flora Antártica y tus puntos de vista generales sobre la distribución. Si pensara que tu Cátedra detendría tu trabajo, desearía que ella y todas sus buenas consecuencias mundanas se fueran al diablo. Sé que viviré para verte como la primera autoridad en Europa en ese gran tema, esa casi piedra angular de las leyes de la creación, la Distribución Geográfica. Bueno, hay un consuelo, estarás en Kew, sin duda, cada año, así que terminaré forzándote a aceptar mis sinceras felicitaciones. Gracias por todas tus noticias. Me entristece saber que Humboldt está decayendo; uno no puede evitar sentir, aunque injustamente, que tal final es humillante: incluso cuando lo vi, hablaba más allá de toda razón. Si vuelves a verlo, por favor dale mis más respetuosos y amables cumplidos, y dile que nunca olvido que todo el curso de mi vida se debe a haber leído y releído de joven su 'Narrativa Personal'. Qué verdaderas y agradables son todas tus observaciones sobre su bondad; piensa en cuántas oportunidades tendrás, en tu nuevo lugar, de ser un Humboldt para otros. Pregúntale sobre el río en el noreste de Europa, con la Flora muy diferente en sus orillas opuestas. Tengo y he leído tu Wilkes; ¡qué libro tan flojo en materia y estilo, y qué espléndidamente editado! Escríbeme una línea desde Berlín. También gracias por las pruebas de imprenta. No me refiero, sin embargo, a las láminas de prueba; las valoro, ya que me ahorran copiar extractos. Adiós, mi querido Hooker, con el corazón apesadumbrado te deseo alegría por tus perspectivas.
Tu sincero amigo,
C. DARWIN.
[La segunda edición del 'Journal', a la que se refiere la siguiente carta, se completó entre el 25 de abril y el 25 de agosto. Fue publicada por el Sr. Murray en la 'Colonial and Home Library', y en esta forma más accesible pronto tuvo una gran venta.
Hasta el momento de sus primeras negociaciones con el Sr. Murray para su publicación en esta forma, solo había recibido el pago en forma de un gran número de copias de cortesía, y parece haberse alegrado de vender los derechos de autor de la segunda edición al Sr. Murray por 150 libras.
Los puntos de diferencia entre ella y la primera edición son de interés principalmente en relación con el crecimiento de los puntos de vista del autor sobre la evolución, y se considerarán más adelante.]
CHARLES DARWIN A C. LYELL. Down [julio de 1845].
Mi querido Lyell,
Te envío la primera parte (Sin duda pruebas de imprenta.) de la nueva edición [del 'Journal of Researches'], que te debo por completo. Verás que me he aventurado a dedicártela (La dedicatoria de la segunda edición del 'Journal of Researches' es la siguiente: «A Charles Lyell, Esq., F.R.S., esta segunda edición está dedicada con grato placer, como reconocimiento de que la parte principal de cualquier mérito científico que este Diario y las otras obras del Autor puedan poseer, se ha derivado del estudio de los bien conocidos y admirables 'Principios de Geología'»), y confío en que esto no pueda ser desagradable. He deseado durante mucho tiempo, no tanto por tu bien, como por mis propios sentimientos de honestidad, reconocer más claramente que por una mera referencia, cuánto te debo geológicamente. Aquellos autores, sin embargo, que como tú, educan las mentes de las personas tanto como les enseñan hechos específicos, nunca, debería pensar, pueden recibir plena justicia excepto por parte de la posteridad, pues la mente así mejorada insensiblemente apenas puede percibir su propio ascenso hacia arriba. Había tenido la intención de incluir el presente agradecimiento en la tercera parte de mi Geología, pero su venta es tan sumamente pequeña que no habría tenido la satisfacción de pensar que, en la medida de mis posibilidades, había reconocido, aunque imperfectamente, mi deuda. Por favor, no pienses que soy tan tonto como para suponer que mi dedicatoria pueda gratificarte de alguna manera, excepto en la medida en que confío en que la recibirás como una marca de lo más sincera de mi gratitud y amistad. Creo que he mejorado esta edición, especialmente la segunda parte, que acabo de terminar. He añadido mucho sobre los fueguinos, y he reducido a la mitad la despiadadamente larga discusión sobre el clima y los glaciares, etc. No recuerdo nada añadido a la primera parte que sea lo suficientemente largo como para llamar tu atención; hay una página de descripción de una raza de bueyes muy curiosa en la Banda Oriental. Me gustaría que leyeras las pocas últimas páginas; hay una pequeña discusión sobre la extinción, que quizás no te parecerá nueva, aunque a mí me lo ha parecido, y ha colocado en mi mente todas las dificultades respecto a las causas de la extinción en la misma clase con otras dificultades que generalmente son pasadas por alto y subestimadas por los naturalistas; debería, sin embargo, haber hecho mi discusión más larga y mostrar mediante hechos, como fácilmente podría, cuán constantemente debe estar controlada cada especie en su número.
Recibí tus 'Travels' ('Travels in North America', 2 volúmenes, 1845.) ayer; y me gusta excesivamente su aspecto externo e interno; leí solo unas doce páginas anoche (pues estaba cansado de hacer heno), pero vi lo suficiente para percibir CUÁNTO me interesará, y cuántos pasajes serán subrayados. Me complace encontrar una buena dosis de Historia Natural; me asombraría que no se venda muy ampliamente...
Qué pena me da pensar que no volveremos a verte aquí en tanto tiempo; desearía que pudieras agotarte un poquito antes de empezar y necesitar un día de aire fresco, antes de que las brisas oceánicas soplen sobre ti...
Siempre tuyo, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A C. LYELL. Down, sábado [1 de agosto de 1845].
Mi querido Lyell,
He estado deseando escribirte desde hace una semana, pero cada cinco minutos de fuerza han sido gastados en sacar mi segunda parte. (De la segunda edición del 'Journal of Researches'.) Tu nota me complació mucho más, me atrevo a decir, que mi dedicatoria a ti, y te lo agradezco mucho. Tu obra me ha interesado mucho, y te daré mis impresiones, aunque, como nunca pensé que te importaría saber qué pensaba de las partes no científicas, no hice notas, ni me esforcé por recordar ninguna impresión particular de dos tercios del primer volumen. La primera impresión, debería decir, sería para la mayoría (aunque literalmente no he visto a nadie desde que lo leí) el lamento de que no haya más de las [partes] no científicas. No soy un buen juez, pues no he leído nada, es decir, nada no científico sobre América del Norte, pero todo me pareció muy nuevo, fresco e interesante. Tus discusiones llevaban a mi mente el sello evidente de un pensamiento madurado, y de conclusiones extraídas de hechos observados por ti mismo, y no de las opiniones de las personas a las que conociste; y esto sospecho que es comparativamente raro.
Tu discusión sobre la esclavitud me perturbó mucho; pero como no te importaría más mi opinión al respecto que las cenizas de esta carta, no diré nada excepto que me dio algunas noches sin dormir y de lo más incómodas. Tu relato sobre el estado religioso de los Estados me interesó particularmente; estoy sorprendido en todo momento por tu muy apropiada audacia contra el Clero. En tu capítulo sobre la Universidad, el Clero, y no el Estado de la Educación, es manejado de manera más severa y justa, y esto creo que es muy audaz, pues concibo que podrías aplastar a un viejo Don de cabeza de plomo, como Don, con más seguridad, que tocar el dedo de ese Animal Corporativo, el Clero. ¡Qué contraste en la Educación muestra Inglaterra! Tu disculpa (usando el término, como los viejos religionistas que significaban cualquier cosa menos una disculpa) por las conferencias, me pareció muy inteligente; pero todos los argumentos del mundo a tu favor no igualan a un curso de conferencias de Jamieson en el otro lado, que antes sufrí por mis pecados. Aunque había leído sobre los 'Yacimientos de carbón en América del Norte', nunca en el más mínimo grado comprendí realmente su área, su grosor y su posición favorable; casi nada me asombró más en tu libro.
Algunas partes me parecieron algo heterogéneas, pero no sé si hasta un punto que significara algo. Eché de menos, sin embargo, bastante, algún encabezado general para los capítulos, como los dos o tres lugares principales visitados. Uno no tiene derecho a esperar que un autor escriba hasta el cero de ignorancia geográfica del lector; pero yo, no conociendo ni un solo lugar, fui ocasionalmente algo atormentado al seguir tu curso. A veces, al comienzo de un capítulo, en un párrafo, tu curso se trazaba a través de media docena de lugares; cualquiera, tan ignorante como yo, si pudiera encontrarse, preferiría que tal párrafo perturbador fuera omitido. Desprendí tu mapa, y encontré que eso era un gran alivio; no podía seguir tu rastro grabado. Creo que en una segunda edición, espacios intermedios aquí y allá de una línea abierta, serían una mejora. Por cierto, me atribuyo el mérito de darle a mi Diario un aire menos científico al haber impreso todos los nombres de especies y géneros en redonda; la impresión se ve, además, mejor. Todas las ilustraciones me parecen estupendas, y el mapa es un volumen admirable en sí mismo. Si tus 'Principios' no hubieran encontrado tal admiración universal, habría temido que hubiera habido demasiada geología en esto para el lector general; ciertamente, todo lo que el estilo más claro y ligero pudo hacer, se ha hecho. Para mí, la geología fue un excelente, bien condensado y bien digerido resumen de todo lo que se ha descubierto en América del Norte, y todo geólogo debería estarte agradecido. El resumen del capítulo del Niágara me pareció la parte más grandiosa; también me interesó profundamente tu discusión sobre el origen de las formaciones silúricas. He hecho montones de MONTONES marcando pasajes útiles para mí en el futuro.
Toda la teoría del carbón me pareció muy buena; pero no sirve de nada seguir enumerando de esta manera. Ojalá hubiera habido más Historia Natural; me gustaron TODOS los fragmentos dispersos. Ahora te he dado una transcripción exacta de mis pensamientos, pero apenas merecen tu lectura...
CHARLES DARWIN A C. LYELL. Down, 25 de agosto [1845].
Mi querido Lyell,
Este es literalmente el primer día en el que he tenido tiempo libre; y me divertiré comenzando una carta para ti...
Quedé encantado con tu carta en la que tocas el tema de la Esclavitud; ojalá los mismos sentimientos hubieran sido evidentes en tu discusión publicada. Pero no escribiré sobre este tema, quizás te molestaría, y ciertamente a mí mismo. Me he desahogado con un párrafo o dos en mi Diario sobre el pecado de la esclavitud brasileña; quizás pienses que es en respuesta a ti; pero no es el caso. No he comentado nada que no escuchara en la costa de América del Sur. Mis pocas frases, sin embargo, son meramente una explosión de sentimiento. Cómo pudiste relatar tan plácidamente ese sentimiento atroz (En el pasaje referido, Lyell no da sus propios puntos de vista, sino los de un plantador.) sobre separar a los niños de sus padres; y en la página siguiente hablar de estar afligido por que los blancos no hayan prosperado; te aseguro que el contraste me hizo exclamar. Pero he roto mi intención, así que no más sobre este odioso y mortal tema.
Hay una reseña favorable, pero no lo suficientemente fuerte, sobre ti, en el "Gardeners' Chronicle". Me entristece ver que Lindley se mantiene en la teoría del gas ácido carbónico. Por cierto, me complació mucho que Lindley eligiera mis párrafos sobre la extinción y los diera sin recortes. Para mi mente, poner la rareza comparativa de las especies existentes en la misma categoría que la extinción ha eliminado un gran peso; aunque por supuesto no explica nada, muestra que hasta que podamos explicar la rareza comparativa, no deberíamos sentir ninguna sorpresa por no explicar la extinción...
Me alegra mucho oír la noticia de la convocatoria para una nueva edición de los "Principios": qué gloria de bien ha hecho esa obra. Me temo que esta vez usted no estará entre las viejas rocas; cómo me alegraría vivir lo suficiente para verlo publicar y descubrir otro estrato por debajo del Silúrico; sería el paso más grandioso posible, creo yo. Me alegra mucho saber del progreso que Bunbury está haciendo en Botánica fósil; hay un buen hiato para que él lo llene en este país. Sin falta iré a visitarlo este invierno... Por lo poco que vi de él, puedo creer perfectamente todo lo que usted dice de sus talentos...
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Shrewsbury [¿1845?].
Mi querido Hooker,
Acabo de recibir su nota, la cual me ha dejado asombrado y me ha apenado profundamente. Ni por un minuto dudé de su éxito, pues erróneamente imaginé que el mérito siempre ganaría la partida. Estoy muy seguro de que llegará el día, pronto, en que aquellos que han votado en su contra, si tienen algo de vergüenza o conciencia, se avergonzarán de haber permitido que la política cegara sus ojos ante sus cualificaciones, ¡y unas cualificaciones avaladas por Humboldt y Brown! Bueno, esos testimonios deben ser un consuelo para usted. ¡Proh pudor! Me siento vexado e indignado por turnos. Ni siquiera puedo hallar consuelo al pensar que le veré más a menudo y extraeré más conocimiento de su bien organizado caudal. Me complace pensar que, después de haber leído algunas de sus cartas, nunca dudé de la posición que finalmente ocupará entre los botánicos europeos. No puedo pensar en otra cosa, de lo contrario me gustaría discutir el "Cosmos" (una traducción del "Kosmos" de Humboldt) con usted. Confío en que me visitará a mí y a mi esposa este otoño en Down. Estaré en Down el día 24, y hasta entonces estaré de aquí para allá.
Mi querido Hooker, permítame llamarme su muy verdadero amigo, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A C. LYELL. 8 de octubre [1845], Shrewsbury.
...Últimamente he estado haciendo un pequeño recorrido para ver una granja que he comprado en Lincolnshire (Él habla de su granja de Lincolnshire en una carta a Henslow (4 de julio): "He comprado una granja en Lincolnshire, y cuando vaya allí este otoño, pienso ver qué puedo hacer para dotar de jardines a cualquier casa de campo en mi pequeña propiedad. Es algo desesperanzador de considerar, pero creo que pocas cosas harían más bien a este país en edades venideras que la destrucción de la primogenitura, de modo que se reduzca la diferencia en la riqueza territorial y se creen más pequeños propietarios. Qué atrozmente injustas son las leyes de timbre, que hacen tan costoso para el hombre pobre comprar su cuarto de acre; le hacen a uno hervir la sangre de indignación") y luego a York, donde visité al Deán de Manchester (El Honorable y Reverendo W. Herbert. La visita se menciona en una carta al Dr. Hooker: "He estado haciendo un pequeño recorrido, en parte por negocios, y visité al Deán de Manchester, y tuve una charla muy interesante con él sobre híbridos, esterilidad, variación, etc., etc. Está lleno de conocimientos adquiridos por cuenta propia, pero sabe sorprendentemente poco de lo que otros han hecho sobre los mismos temas. Es muy heterodoxo respecto a las 'especies': no mucho mejor, como la mayoría de los naturalistas estimarían, que el pobre Sr. Vestigios") el gran creador de Híbridos, quien me dio mucha información curiosa. También visité a Waterton en Walton Hall, y me divertí mucho con mi visita allí. Es un tipo extraño y divertido; en nuestra cena temprana, ¡nuestro grupo consistió en dos sacerdotes católicos y dos mulatas! Tiene más de sesenta años, y el día anterior corrió y atrapó a una liebre joven en un campo de nabos. Es una hermosa casa antigua, y el lago rebosa de aves acuáticas. Luego vi Chatsworth, y quedé transportado con el gran invernadero; es un perfecto fragmento de un bosque tropical, y la visión me hizo pensar con deleite en viejos recuerdos. Mi pequeño viaje de diez días me hizo sentir maravillosamente fuerte en aquel momento, pero los buenos efectos no duraron. Mi esposa, lamento decir, no se pone muy fuerte, y los niños son la esperanza de la familia, pues todos son felicidad, vida y alegría. Me ha interesado mucho la reseña de Sedgwick (La reseña de Sedgwick sobre los "Vestigios de la Creación" en la "Edinburgh Review", julio de 1845), aunque encuentro que está lejos de ser popular entre nuestros lectores científicos. Creo que algunos pasajes rezuman el dogmatismo del púlpito, más que la filosofía de la cátedra del profesor; y parte del ingenio me parece digno solo de — en la "Quarterly". No obstante, es una gran pieza de argumentación contra la mutabilidad de las especies, y la leí con miedo y temblor, pero me complació mucho encontrar que no había pasado por alto ninguno de los argumentos, aunque los había planteado para mí mismo de forma tan débil como leche aguada. ¿Ha leído ya el "Cosmos"? La traducción inglesa es miserable, y las descripciones semimetafísico-político-descriptivas en la primera parte son apenas inteligibles; pero creo que la discusión volcánica merece mucho su atención, me ha asombrado por su vigor e información. Me apena encontrar a Humboldt como un adorador de Von Buch, con su clasificación de volcanes, cráteres de elevación, etc., etc., y su atmósfera de gas ácido carbónico. Es, en verdad, un hombre maravilloso.
Espero llegar a casa en quince días y ceñirme a mi fatigosa América del Sur hasta terminarla. Estaré muy ansioso por saber cómo les va a los Horner, pero no debe pensar en perder su tiempo escribiéndome. Echaremos de menos, ciertamente, sus visitas a Down, y me sentiré un hombre perdido en Londres sin mi "lugar de visita" matutino en Hart Street...
Créame, mi querido Lyell, siempre suyo, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, Farnborough, Kent. Jueves, septiembre de 1846.
Mi querido Hooker,
Espero que esta carta le encuentre en Clifton, pero me he visto impedido de escribir por no encontrarme bien, y por haber tenido a los Horner aquí como visitas, lo cual, con mi abominable trabajo de prensa, ha ocupado totalmente mi tiempo. Es, ciertamente, mucho tiempo desde que nos escribimos el uno al otro; aunque, le ruego que sepa que yo escribí el último, pero sobre qué no puedo recordar, excepto que sé que fue después de leer sus últimos números (Botánica Antártica, del Sir J.D. Hooker), y le envío una epístola singularmente laudatoria, considerando que era de un hombre que apenas conoce una Margarita de un Diente de león a un botánico profesional...
No puedo recordar qué artículos me han dado la impresión, pero tengo, lo cual usted declara que es el caso, firmemente fijado en mi mente, a saber, la poca importancia química del suelo para su vegetación. Qué hecho tan fuerte es, como R. Brown me remarcó una vez, el de ciertas plantas que son calcáreas aquí, las cuales no lo son bajo un clima más favorable en el Continente, o al revés, pues olvido cuál; pero usted, sin duda, sabrá a qué me refiero. Por cierto, hay algunos casos así en el artículo de Herbert en el "Horticultural Journal" ("Journal of the Horticultural Society", 1846). ¿Lo ha leído? Me pareció extremadamente original y trata DIRECTAMENTE sobre sus investigaciones actuales. (El Sir J.D. Hooker estaba en ese tiempo ocupándose del polimorfismo, variabilidad, etc.). Para un NO BOTÁNICO, la creta tiene el aspecto más peculiar de cualquier flora en Inglaterra; ¿por qué no viene aquí a hacer sus observaciones? NOSOTROS iremos a Southampton, si mi valor y estómago no fallan, para la Brit. Assoc. (¿No considera que es su deber estar allí?). ¿Y por qué no puede venir aquí después y TRABAJAR?...
LA MONOGRAFÍA DE LOS CIRRÍPEDOS,
Octubre de 1846 a octubre de 1854.
[Escribiendo al Sir J.D. Hooker en 1845, mi padre dice: "Espero que este próximo verano terminar mi Geología de América del Sur, luego sacar algo de Zoología, y ¡hurra por mi trabajo sobre las especies!...". Este pasaje sirve para mostrar que no tenía en ese momento intención de realizar un estudio exhaustivo de los Cirrípedos. De hecho, parecería que su intención original era, según aprendo del Sir J.D. Hooker, meramente resolver un problema especial. Esto está muy en consonancia con el siguiente pasaje en la Autobiografía: "Cuando estaba en la costa de Chile, encontré una forma de lo más curiosa, que excavaba en las conchas de Concholepas, y que difería tanto de todos los demás Cirrípedos que tuve que formar un nuevo suborden para su única recepción... Para entender la estructura de mi nuevo Cirrípedo tuve que examinar y diseccionar muchas de las formas comunes; y esto gradualmente me llevó a ocuparme de todo el grupo". En años posteriores parece haber sentido cierta duda sobre el valor de estos ocho años de trabajo; por ejemplo, cuando escribió en su Autobiografía: "Mi trabajo fue de considerable utilidad para mí, cuando tuve que discutir en el 'Origen de las Especies' los principios de una clasificación natural. No obstante, dudo si el trabajo valió el consumo de tanto tiempo". Sin embargo, aprendo del Sir J.D. Hooker que ciertamente reconoció en su momento su valor para sí mismo como entrenamiento sistemático. Sir Joseph me escribe: "Su padre reconoció tres etapas en su carrera como biólogo: el mero coleccionista en Cambridge; el coleccionista y observador en el "Beagle", y durante algunos años después; y el naturalista formado después, y solo después, del trabajo sobre los Cirrípedos. Que fue un pensador todo el tiempo es bastante cierto, y hay mucho en sus escritos previos a los Cirrípedos que un naturalista formado no podría sino emular... A menudo aludía a ello como una disciplina valorada, y añadía que incluso el 'odioso' trabajo de extraer sinónimos, y de describir, no solo mejoró sus métodos sino que le abrió los ojos a las dificultades y méritos de las obras de los más aburridos de los catalogadores. Un resultado fue que nunca permitiría que un comentario despectivo pasara sin ser cuestionado sobre la clase más pobre de trabajadores científicos, siempre que su trabajo fuera honesto, y bueno en su género. Siempre he considerado esto como uno de los rasgos más finos de su carácter; esta generosa apreciación de los peones de la ciencia, y de sus labores... y fue la monografía de los percebes lo que lo provocó"].
El profesor Huxley me permite citar su opinión sobre el valor de los ocho años dedicados a los Cirrípedos:--
"En mi opinión, su sagaz padre nunca hizo una cosa más sabia que cuando se dedicó a los años de trabajo paciente que le costó el libro de los Cirrípedos.
"Como el resto de nosotros, él no tenía una formación adecuada en ciencia biológica, y siempre me ha parecido un caso notable de su perspicacia científica que viera la necesidad de darse tal formación, y de su coraje, que no evitara el trabajo de obtenerla.
"El gran peligro que acecha a todos los hombres de gran facultad especulativa es la tentación de tratar con las declaraciones de hechos aceptadas en la ciencia natural como si no solo fueran correctas, sino exhaustivas; como si pudieran ser tratadas deductivamente, de la misma manera que las proposiciones en Euclides pueden ser tratadas. En realidad, cada declaración de este tipo, por muy cierta que sea, es verdadera solo en relación con los medios de observación y el punto de vista de aquellos que la han enunciado. Hasta ahí se puede confiar en ella. Pero si soportará toda conclusión especulativa que pueda deducirse lógicamente de ella, es una cuestión muy distinta.
"Su padre estaba construyendo una vasta superestructura sobre los cimientos provistos por los hechos reconocidos de la ciencia geológica y biológica. En Geografía Física, en Geología propiamente dicha, en Distribución Geográfica y en Paleontología, había adquirido una extensa formación práctica durante el viaje del "Beagle". Conocía por su propia experiencia la forma en que se adquieren las materias primas de estas ramas de la ciencia, y era, por tanto, un juez muy competente de la tensión especulativa que podían soportar. Lo que necesitaba, tras su regreso a Inglaterra, era un conocimiento correspondiente de Anatomía y Desarrollo, y su relación con la Taxonomía; y esto lo adquirió con su trabajo sobre los Cirrípedos.
"Así, en mi apreciación, el valor de la monografía de los Cirrípedos reside no solo en el hecho de que es una obra muy admirable, y constituyó una gran adición al conocimiento positivo, sino aún más en la circunstancia de que fue una pieza de autodisciplina crítica, cuyo efecto se manifestó en todo lo que su padre escribió después, y le salvó de un sinfín de errores de detalle.
"Lejos de ser una pérdida de tiempo tal trabajo, creo que habría valido mucho la pena, de haber sido practicable, que lo hubiera complementado con un estudio especial de embriología y fisiología. Sus manos se habrían visto grandemente fortalecidas por ello cuando llegó a escribir varios capítulos de el 'Origen de las Especies'. Pero, por supuesto, en aquellos días era casi imposible para él encontrar facilidades para tal trabajo".
Nadie puede mirar los dos volúmenes sobre los Cirrípedos recientes, de 399 y 684 páginas respectivamente (por no hablar de los volúmenes sobre las especies fósiles), sin quedar impresionado por la inmensa cantidad de trabajo detallado que contienen. Las cuarenta láminas, algunas de ellas con treinta figuras, y las catorce páginas de índice en los dos volúmenes juntos, dan una idea aproximada de la labor dedicada a la obra. (El lector no familiarizado con la Zoología encontrará una relación de los resultados más interesantes en el artículo del Sr. Romanes sobre "Charles Darwin" (Serie 'Nature', 1882)). El estado del conocimiento, en lo que respecta a los Cirrípedos, era muy insatisfactorio en el momento en que mi padre comenzó a trabajar en ellos. Como ilustración de este hecho, puede mencionarse que tuvo incluso que reorganizar la nomenclatura del grupo, o, como él lo expresó, "involuntariamente encontró indispensable dar nombres a varias valvas, y a algunas pocas de las partes más blandas de los Cirrípedos" (Vol. i, página 3). Es interesante aprender de su diario la cantidad de tiempo que dedicó a los diferentes géneros. Así, el género Chthamalus, cuya descripción ocupa veintidós páginas, le ocupó treinta y seis días; Coronula llevó diecinueve días, y está descrita en veintisiete páginas. Escribiendo a Fitz-Roy, habla de estar "durante el último medio mes trabajando duramente a diario en la disección de un pequeño animal del tamaño de la cabeza de un alfiler, del archipiélago de Chonos, y podría dedicar otro mes, y ver a diario estructuras más hermosas".
Aunque llegó a estar excesivamente fatigado del trabajo antes del final de los ocho años, tuvo mucho disfrute intenso en el curso del mismo. Así escribió al Sir J.D. Hooker (¿1847?):--"Como usted dice, hay un placer extraordinario en la observación pura; no es que sospeche que el placer en este caso deriva más bien de las comparaciones que se forman en la mente de uno con estructuras aliadas. Después de haber estado tanto tiempo empleado en escribir mis viejas observaciones geológicas, es delicioso volver a usar los ojos y los dedos". Era, de hecho, un retorno al trabajo que ocupó gran parte de su tiempo cuando estaba en el mar durante su viaje. Sus notas zoológicas de aquel periodo dan una impresión de trabajo vigoroso, obstaculizado por la ignorancia y la falta de instrumentos. Y su incesante industria en la disección de animales marinos, especialmente de Crustáceos, debe haber sido de valor para él como entrenamiento para su trabajo sobre los Cirrípedos. La mayor parte de su trabajo lo hizo con el microscopio de disección simple; pero fue la necesidad que encontró de mayores aumentos lo que le indujo, en 1846, a comprar un microscopio compuesto. Escribió a Hooker:--"Cuando estaba dibujando con L., estaba tan encantado con la apariencia de los objetos, especialmente con su perspectiva, tal como se veía a través de los débiles aumentos de un buen microscopio compuesto, que voy a pedir uno; de hecho, a menudo tengo estructuras en las que 1/30 no es suficiente potencia".
Durante parte del tiempo cubierto por el presente capítulo, mi padre sufrió quizás más de mala salud que en cualquier otro momento de su vida. Sintió severamente la influencia deprimente de estos largos años de enfermedad; así, ya en 1840 escribió a Fox: "Me he convertido en un perro soso, viejo y sin espíritu en comparación con lo que solía ser. Uno se vuelve más estúpido a medida que envejece, creo". No es extraño que haya escrito así, más bien es de extrañar que su espíritu resistiera una tensión tan grande y constante. Escribió al Sir J.D. Hooker en 1845: "Usted es muy amable en sus indagaciones sobre mi salud; no tengo nada que decir al respecto, estando siempre más o menos igual, algunos días mejor y otros peor. Creo que no he tenido ni un solo día entero, o mejor dicho noche, sin que mi estómago haya estado grandemente desordenado durante los últimos tres años, y la mayoría de los días una gran postración de fuerzas: gracias por su amabilidad; muchos de mis amigos, creo, me consideran un hipocondríaco".
De nuevo, en 1849, anota en su diario:--"1 de enero al 10 de marzo.-- Salud muy mala, con muchos vómitos y fallo de energía. Trabajé en todos los días buenos". Esto fue escrito justo antes de su primera visita al Establecimiento de Curas de Agua del Dr. Gully en Malvern. En abril del mismo año escribió:--"Creo que voy muy bien, pero estoy algo cansado de mi actual vida inactiva, y la cura de agua tiene el efecto más extraordinario en producir indolencia y estancamiento mental: hasta experimentarlo, no podría haber creído que fuera posible. Ahora aumento de peso, he escapado de los vómitos durante treinta días". Regresó en junio, después de dieciséis semanas de ausencia, mucho mejor de salud, y, como ya se ha descrito, continuó la cura de agua en casa durante algún tiempo.]
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down [octubre de 1846].
Mi querido Hooker,
No he tenido noticias de Sulivan (Almirante Sir B.J. Sulivan, anteriormente oficial del "Beagle") últimamente; cuando escribió por última vez nombró del 8 al 10 como el momento más probable. Inmediatamente que tenga noticias, le enviaré una línea, por la posibilidad de que usted pueda venir. Olvido si usted le conoce, pero supongo que sí; es un tipo realmente bueno. De cualquier modo, si usted no viene entonces, me alegra mucho que proponga venir poco después...
Voy a empezar algunos artículos sobre los animales marinos inferiores, lo cual me llevará algunos meses, quizás un año, y luego empezaré a revisar mi acumulación de notas de diez años sobre especies y variedades, lo cual, con la escritura, me atrevo a decir que me llevará cinco años, y entonces, cuando se publique, me atrevo a decir que quedaré infinitamente bajo en la opinión de todos los Naturalistas sensatos; así que este es mi futuro prospecto.
¿Es usted bueno inventando nombres? Tengo un género de percebe completamente nuevo y curioso, que quiero nombrar, y cómo inventar un nombre me deja completamente desconcertado.
Por cierto, no le he dicho nada sobre Southampton. Disfrutamos (mi esposa y yo) de nuestra semana más de lo que se puede medir: las ponencias fueron todas aburridas, pero conocí a tantos amigos y entablé tantos nuevos conocidos (especialmente algunos de los naturalistas irlandeses), e hice tantas excursiones placenteras. Desearía que usted hubiera estado allí. El domingo tuvimos una excursión tan agradable a Winchester con Falconer (Hugh Falconer, 1809-1865. Conocido principalmente como paleontólogo, aunque empleado como botánico durante toda su carrera en la India, donde también fue oficial médico en el servicio de la H.E.I.C.; fue superintendente del jardín de la Compañía, primero en Saharunpore y luego en Calcuta. Fue uno de los primeros exploradores botánicos de Cachemira. Los descubrimientos de Falconer de restos de mamíferos del Mioceno en las colinas de Sewalik fueron, en su momento, quizás los mayores "hallazgos" realizados. Su libro sobre el tema, 'Fauna Antiqua Sivalensis', quedó inacabado al momento de su muerte), el coronel Sabine (el difunto Sir Edward Sabine, anteriormente presidente de la Royal Society y autor de una larga serie de memorias sobre el magnetismo terrestre) y el Dr. Robinson (el difunto Dr. Thomas Romney Robinson, del Observatorio de Armagh), entre otros. Nunca he disfrutado tanto de un día en mi vida. Me perdí el echar un vistazo a H. Watson. (El difunto Hewett Cottrell Watson, autor de la 'Cybele Britannica', una de las series de obras más valiosas sobre la topografía y distribución geográfica de las plantas de las islas británicas). Supongo que habrá oído que se reunió con Forbes y le dijo que tenía un artículo mordaz en la prensa. Tengo entendido que Forbes le explicó que no tenía motivo de queja, pero como el artículo ya estaba impreso, no lo retiraría, aunque se lo ofreció a Forbes para que le añadiera notas, lo cual Forbes, naturalmente, rechazó...
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 7 de abril [¿1847?].
Mi querido Hooker,
Le habría escrito antes si no hubiera estado casi continuamente indispuesto, y en este momento sufro de cuatro forúnculos e inflamaciones, uno de los cuales apenas me permite el uso del brazo derecho, ha detenido todo mi trabajo y ha apagado todos mis ánimos. Me sentí muy decepcionado por perderme mi viaje a Kew, y más aún, ya que había olvidado que usted estaría fuera todo este mes; pero no tuve elección, y estuve en cama casi todo el viernes y el sábado. Le felicito por sus mejores perspectivas sobre la India (Sir J. Hooker salió de Inglaterra el 11 de noviembre de 1847 para su viaje al Himalaya y al Tíbet. La expedición fue apoyada por una pequeña subvención del Tesoro y, por lo tanto, asumió el carácter de una misión gubernamental), pero al mismo tiempo debo gemir sinceramente por ello. Me sentiré totalmente perdido sin usted para discutir muchos puntos y para señalar (mala suerte la suya) las dificultades y objeciones a mis hipótesis sobre las especies. Será una vergüenza horrible si el dinero detiene su expedición; pero el Gobierno seguramente le ayudará en cierta medida... Su viaje actual, con sus nuevos puntos de vista, entre las plantas carboníferas, será muy interesante. Si tiene tiempo libre, PERO NO SIN TENERLO, me gustaría recibir noticias de su progreso. Su viaje actual encajará bien si va a alguno de los distritos hulleros de la India. ¿No sería este un buen objetivo para exhibir ante el Gobierno?; las almas utilitarias comprenderían esto. Por cierto, le sacaré algo de trabajo sobre las razas domésticas de animales en la India...
CHARLES DARWIN A L. JENYNS (BLOMEFIELD). Down [1847].
Estimado Jenyns,
("Esta carta se refiere a un pequeño almanaque publicado por primera vez en 1843, bajo el nombre de 'The Naturalists' Pocket Almanack', por el Sr. Van Voorst, y que yo edité para él. Estaba destinado especialmente a aquellos que se interesan por los fenómenos periódicos de los animales y las plantas, de los cuales se daba una lista selecta en cada mes del año.
"El Pocket Almanack contenía, además, información miscelánea relativa a la zoología y la botánica; a la historia natural y otras sociedades científicas; a los museos y jardines públicos, además de los fenómenos celestes ordinarios que se encuentran en la mayoría de los demás almanaques. Se siguió publicando hasta 1847, año después del cual se abandonó la publicación".—De una carta del Rev. L. Blomefield a F. Darwin.)
Estoy muy agradecido por el magnífico pequeño almanaque; dio la casualidad de que deseaba uno para guardarlo en mi portafolios. Nunca había visto este tipo antes, y sin duda conseguiré uno para el futuro. Creo que es muy divertido tener ante los ojos una lista del orden de aparición de las plantas y los animales que nos rodean; le da un interés renovado a cada día soleado. Hay un punto que me gustaría ver un poco mejorado, a saber, la corrección del reloj a intervalos más cortos. Sospecho que la mayoría de las personas que, como yo, tienen relojes de sol, desearán ser más precisas que con un margen de tres minutos. Siempre compro un almanaque de un chelín para este ÚNICO fin. Por cierto, el SUYO, es decir, el almanaque de Van Voorst, es muy caro; debería, al menos, anunciarse con envío postal gratuito por el chelín. ¿No cree que una tabla (no reglas) de conversión de medidas francesas a inglesas, y quizás pesos, sería sumamente útil; también de centígrados a Fahrenheit, o poderes de aumento según las distancias focales? De hecho, podría convertirlo en la publicación más útil de la época. Sé lo que más me gustaría de todo, a saber, comentarios meteorológicos actuales para cada mes, con una declaración del curso promedio de los vientos y la predicción del tiempo, de acuerdo con los movimientos del barómetro. Creo que la gente siempre se divierte sabiendo los extremos y las medias de temperatura para épocas correspondientes en otros años.
Espero que continúe con él otro año. Con muchas gracias, mi querido Jenyns,
Suyo muy sinceramente, CHARLES DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, domingo [18 de abril de 1847].
Mi querido Hooker,
Le devuelvo con muchas gracias la carta de Watson, de la cual he hecho una copia. Es excelente, y le estoy sumamente agradecido por haberme proporcionado información tan valiosa. Seguramente tiene un poco de prisa cuando dice que las variedades intermedias deben ser casi necesariamente raras, de lo contrario serían tomadas como los tipos de la especie; pues pasa por alto la frecuencia numérica como elemento. Seguramente si A, B, C fueran tres variedades, y si A fuera mucho la más común (por lo tanto, también, la primera conocida), sería tomada como el tipo, sin considerar si B era realmente intermedia o no, o si era rara o no. ¡Qué excelentes ensayos escribiría W!; pero supongo que ha escrito mucho en el 'Phytologist'. Usted debería animarlo a publicar sobre la variación; es una vergüenza que tales hechos como los de su carta deban permanecer inéditos. Debo pedirle que me presente a él; ¿sería un hombre bueno y sociable para Dropmore? (Una expedición muy disfrutada desde Oxford, cuando la Asociación Británica se reunió allí en 1847). Aunque si él viene, Forbes no debe hacerlo (y creo que usted habló de invitar a Forbes), o tendremos una batalla gloriosa. Me gustaría ver alguna vez la correspondencia de guerra. ¿Tiene el 'Phytologist' y podría prescindir de él alguna vez? Lo repasaría rápidamente... He leído sus últimos cinco números (de la botánica del 'Viaje Antártico' de Hooker), y como de costumbre me han interesado mucho varios puntos, especialmente sus discusiones sobre el haya y la patata. Veo que ha introducido varias frases contra nosotros, los transmutacionistas. También he estado revisando los últimos volúmenes de los 'Annals of Natural History', y he leído dos artículos tan desalmados y pomposos de --, dignos del autor... El contraste de los artículos en los "Annals" con los de los "Annales" es bastante humillante; tantos artículos en los primeros, con descripciones breves de especies, sin una palabra sobre sus afinidades, estructura interna, rango o hábitos. Ahora estoy leyendo a --, y he extraído algunas cosas que me han interesado; pero me parece un poco aburrido, y con toda su Materia Médica huele a la botica del médico. Siempre odiaré el nombre de Materia Médica, desde que escuché las conferencias de Duncan a las ocho de la mañana de un día de invierno: ¡toda una hora fría y sin desayuno sobre las propiedades del ruibarbo!
Espero que su viaje sea muy próspero. Créame, mi querido Hooker,
Siempre suyo, C. DARWIN.
P.D.—Creo que solo he hecho un nuevo conocido últimamente, es decir, R. Chambers; y acabo de recibir un ejemplar de regalo de la sexta edición de los 'Vestiges'. De alguna manera ahora me siento perfectamente convencido de que él es el autor. Está en Francia y me ha escrito desde allí.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down [¿1847?].
...Estoy encantado de saber que Brongniart pensaba que la Sigillaria era acuática, y que Binney considera el carbón una especie de turba submarina. Apostaría 5 a 1 a que en veinte años esto será generalmente admitido (una profecía no cumplida); y no me importan cuáles sean las dificultades o imposibilidades botánicas. Si pudiera persuadirme de que la Sigillaria y compañía tenían un buen rango de profundidad, es decir, que podían vivir de 5 a 100 brazas bajo el agua, todas las dificultades de casi todo tipo quedarían eliminadas (pues el simple hecho de un mar fangoso y poco profundo implica proximidad a tierra). [Nota: Me estoy riendo entre dientes al pensar cómo se está burlando usted todo este tiempo]. No es mucha dificultad el que no haya conchas con el carbón, considerando cuán desfavorable es el lodo profundo para la mayoría de los moluscos, y que las conchas probablemente se descompondrían por el ácido húmico, como parece ocurrir en la turba y en los moldes NEGROS (como me dice Lyell) del Misisipi. Así que la cuestión del carbón está resuelta: Q.E.D. ¡Búrlense!
Muchas gracias por su bienvenida nota desde Cambridge, y me alegra que le guste mi alma mater, a la que desprecio de corazón como lugar de educación, pero que amo por muchos recuerdos muy placenteros...
Gracias por su oferta del 'Phytologist'; le estaré muy agradecido por ello, pues no supongo que podría pedirlo prestado a ninguna otra parte. No me dejaré llevar demasiado por sus elogios, pero no creo haber perdido nunca un libro ni olvidado devolverlo durante un largo lapso de tiempo. Su 'Webb' está bien envuelto, y con su nombre en letras grandes AFUERA.
Mi nuevo microscopio ha llegado a casa (un "juguete espléndido", como lo llamó el viejo R. Brown), y estoy encantado con él; realmente es un juguete espléndido. He estado en Londres durante tres días y vi a muchos de nuestros amigos. Sentí mucho escuchar una cuenta no muy buena de Sir William. Adiós, mi querido Hooker, y sea un buen chico, y haga de la Sigillaria una alga marina submarina.
Siempre suyo, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down [6 de mayo de 1847].
Mi querido Hooker,
Usted ha hecho un ataque salvaje, y debo intentar defenderme. Pero, primero, déjeme decir que nunca le escribo a usted excepto por mi propio buen placer; ahora me temo que usted me responde cuando está ocupado y sin inclinación (y estoy seguro de que yo no tendría ninguna si estuviera tan ocupado como usted). Por favor no lo haga, y si pensara que mi escritura conlleva una respuesta suya nolens volens, destruiría todo mi placer al escribir. En primer lugar, no consideré mi carta como RAZONAMIENTO, ni siquiera como ESPECULACIÓN, sino simplemente como un disturbio mental; y como estaba enviando el artículo de Binney, le vertí el resultado de leerlo. En segundo lugar, tiene razón, de hecho, al pensar que estoy loco si supone que clasificaría a algún helecho como planta marina; pero seguramente hay una gran distinción entre las plantas encontradas erguidas en los lechos de carbón y aquellas no erguidas, y que podrían haber sido arrastradas. ¿No es posible que las mismas circunstancias que han preservado la vegetación in situ, hayan preservado las plantas arrastradas? Sé que las Calamites se encuentran erguidas; pero imaginaba que sus afinidades eran muy oscuras, como las de la Sigillaria. En cuanto a la Lepidodendron, olvidé su existencia, como sucede cuando uno se desboca, y ahora no sé ni qué es, ni si está erguida. Si estas plantas, es decir, Calamites y Lepidodendron, tienen RELACIONES MUY CLARAS con los vegetales terrestres, como los helechos, y se encuentran erguidas in situ, por supuesto debo rendirme. Pero seguramente la Sigillaria es la principal planta erguida, y sobre sus afinidades oscuras le he escuchado explayarse.
En tercer lugar, nunca me pasó por la cabeza subestimar la evidencia botánica frente a la zoológica; excepto en la medida en que pensaba que se admitía que la estructura vegetativa rara vez proporcionaba evidencia de afinidad más cercana que la de las familias, y no siempre tanto. ¿Y no es en las plantas, como ciertamente lo es en los animales, peligroso juzgar los hábitos sin una afinidad muy cercana? ¿Podría un botánico saber solo por la estructura que la familia del manglar, casi o totalmente sola entre las dicotiledóneas, podría vivir en el mar, y la familia de la Zostera casi sola entre las monocotiledóneas? ¿Es un argumento seguro que, porque las algas son casi las únicas, o las únicas plantas marinas sumergidas, que antiguamente otros grupos no tenían miembros con tales hábitos? Con los animales tal argumento no sería concluyente, como podría ilustrar con muchos ejemplos; pero me estoy olvidando de mí mismo; quiero solo hasta cierto punto defenderme, y no quemarme los dedos atacándolo a usted. La base de mi carta, y lo que es mi opinión deliberada, aunque me atrevo a decir que le parecerá absurda, es que preferiría confiar, caeteris paribus, en una evidencia geológica pura que en una evidencia zoológica o botánica. No digo que preferiría confiar en una POBRE evidencia geológica que en una BUENA orgánica. Creo que la base del razonamiento geológico puro es más simple (consistiendo principalmente en la acción del agua sobre la corteza terrestre y sus movimientos ascendentes y descendentes) que una base extraída del difícil tema de las afinidades y la estructura en relación con los hábitos. Apenas puedo analizar los hechos sobre los que he llegado a esta conclusión; pero puedo ilustrarlo. El relato de Pallas llevaría a cualquiera a suponer que los estratos siberianos, con los cadáveres congelados, habían sido depositados rápidamente, y por lo tanto que los animales incrustados habían vivido en la vecindad; pero nuestro conocimiento zoológico de hace treinta años llevó a todos a rechazar falsamente esta conclusión.
Dígame que un helecho erguido in situ ocurre con Sigillaria y Stigmaria, o que las afinidades de Calamites y Lepidodendron (suponiendo que se encuentren in situ con Sigillaria) son tan CLARAS que no podrían haber sido marinas, como, pero en mayor grado, que el manglar y el sargazo, y me disculparé humildemente ante usted y todos los botánicos por haber dejado que mi mente se desbocara sobre un tema del que sin duda no sé nada. Pero hasta que escuche esto, mantendré en privado mi propia opinión con la misma pertinacidad y, como usted pensará, con el mismo espíritu filosófico con el que Koenig sostiene que las huellas de Cheirotherium son algas.
Si esta carta me hundirá más en su opinión, o me pondrá un poco en lo correcto, no lo sé, pero espero lo segundo. De cualquier manera, me he vengado aburriéndolo con una epístola muy larga. Adiós, y sea indulgente. Siempre suyo,
C. DARWIN.
P.D.—¿Cuándo volverá a Kew? He olvidado un objetivo principal de mi carta, agradecerle MUCHO su oferta del 'Hort. Journal', pero ya he pedido los dos números.
[Los dos extractos siguientes [1847] dan la continuación y conclusión de la batalla del carbón.
"Por cierto, como el carbón submarino le puso tan furioso, pensé en experimentar con Falconer y Bunbury (el difunto Sir C. Bunbury, bien conocido como paleobotánico) juntos, y [los] puso aún más salvajes; 'tales tonterías infernales deberían ser eliminadas de mí'. Bunbury fue más educado y desdeñoso. Así que ahora sé cómo incitar y mostrar a cualquier botánico. Me pregunto si los zoólogos y geólogos tienen sus puntos débiles; desearía poder descubrirlos".
"No puedo resistirme a agradecerle su nota tan amable. Por favor, no piense que me molestó su carta: percibí que había estado pensando con animación y, en consecuencia, se expresó con fuerza, y así lo entendí. Líbreme de un hombre que pesa cada expresión con prudencia escocesa. Le deseo de corazón todo el éxito en su noble problema, y tendré mucha curiosidad por charlar con usted y escuchar su ultimátum".]
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. (Partes de dos cartas). Down [octubre de 1847].
Le felicito de corazón por haber completado sus planes, con algunas perspectivas para el futuro. Será un noble viaje y travesía, pero desearía que hubiera terminado, le extrañaré egoístamente y en todos los sentidos en una medida espantosa... Estoy en gran perplejidad sobre cómo nos vamos a reunir... Puedo comprender bien cuán terriblemente ocupado debe estar. Si NO PUEDE venir aquí, DEBE dejar que yo vaya a usted por una noche; pues debo tener una charla más y una pelea más con usted sobre el carbón.
Por cierto, intenté incitar a Lyell (que ha estado alojado aquí algunos días conmigo) a teorizar sobre el carbón: sus Equisetums ERECTOS oolíticos son terribles para mi flora submarina. Moriría mucho más tranquilo si alguien me resolviera la cuestión del carbón. A veces pienso que no podría haberse formado en absoluto. El viejo Sir Anthony Carlisle me dijo una vez seriamente que suponía que el Megatherium y tal ganado fueron enviados desde el cielo solo para ver si la tierra los mantendría; y supongo que el carbón fue enviado desde el cielo para desconcertar a los mortales. Debe trabajar bien el carbón en la India.
Siempre suyo, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. [6 de noviembre de 1847].
Mi querido Hooker,
Acabo de recibir su nota con sincero dolor: no tiene remedio. Siempre consideraré su intención de venir aquí, bajo tales circunstancias, como la mayor prueba de amistad que he recibido de un ser humano. Mi conciencia me habría reprochado no haber ido a usted el jueves, pero, al final, no pude, porque estaba totalmente incapacitado para dejar Shrewsbury antes de ese día, y llegué a casa solo anoche, muy agotado. Si no tengo noticias mañana (lo cual es apenas posible), y si me siento bastante bien, iré a Kew el lunes por la mañana, solo para decir adiós. Solo me quedaré una hora...
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. [Noviembre de 1847].
Mi querido Hooker,
Estoy muy indispuesto e incapaz de hacer nada. Espero no haberle causado inconvenientes. Estuve tan indispuesto todo el día de ayer, que me alegraba de que usted no estuviera aquí; pues habría sido una amarga mortificación para mí haberlo tenido aquí y no disfrutar de su último día. Ya no le veré. Adiós, y que Dios le bendiga.
Su afectuoso amigo, C. DARWIN.
Le escribiré a la India.
[En 1847 apareció un artículo del Sr. D. Milne (ahora Sr. Milne Home. El ensayo fue publicado en Transactions of the Edinburgh Royal Society, vol. xvi.), en el cual se critica el trabajo de mi padre en Glen Roy, y al que se hace referencia en el siguiente extracto característico de una carta a Sir J. Hooker:] "He estado bastante mal estos últimos días, habiendo tenido que pensar y escribir demasiado sobre Glen Roy... El Sr. Milne habiendo atacado mi teoría, lo cual me puso horriblemente enfermo". No he podido encontrar ninguna respuesta publicada al Sr. Milne, por lo que imagino que el "escribir" mencionado se limitó a cartas. El artículo del Sr. Milne no fue destructivo para el artículo de Glen Roy, y esto lo reconoce mi padre en el siguiente extracto de una carta a Lyell (marzo de 1847). La referencia a Chambers se explica por el hecho de que acompañó al Sr. Milne en su visita a Glen Roy. "Logré que R. Chambers me diera un boceto de las opiniones de Milne sobre Glen Roy, y he vuelto a leer mi artículo, y ahora que he escuchado lo que se tiene que decir, ni siquiera me he tambaleado. Es provocativo y humillante encontrar que Chambers no solo no había leído con ningún cuidado mi artículo sobre este tema, o incluso mirado el mapa en color, de modo que el nuevo estante descrito por mí no había sido buscado, y mis argumentos y hechos de detalle no fueron atendidos en lo más mínimo. Me rendí por completo, y estaba bastante desanimado en la Sociedad Geológica, hasta que usted me tranquilizó y me recordó los hechos principales en todo el caso".
Las dos cartas siguientes dirigidas a Lyell, aunque de fecha posterior (junio de 1848), tratan el mismo tema:
"Estuve en la reunión vespertina [de la Sociedad Geológica], pero no logré acercarme a usted. Qué tonto (aunque debo decir que uno muy divertido) resultó ser —. Su discurso fue refrescante después de aquello, y fue bien caracterizado por Fox (mi primo) en tres palabras: '¡Qué contraste!'. Me pareció una especulación excelente la del hundimiento del continente Wealden. No escuché lo que decidieron en el Consejo; estaba completamente agotado y desconcertado. Encuentro que Smith, de Jordan Hill, tiene una opinión mucho peor del libro de R. Chambers que incluso la mía. Chambers me ha picado un poco ('Ancient Sea Margins, 1848.' Las palabras citadas por mi padre deberían ser "la movilidad de la tierra era una idea ascendente"); dice que yo 'propongo' y 'profeso mi creencia' de que Glen Roy es marino, y que la idea fue aceptada porque 'la movilidad de la tierra era la idea ascendente del día'. Añade algunas líneas SUPERIORES muy tenues en Glen Spean (vistas, por cierto, por Agassiz), y ha demostrado que Milne y Kemp tienen razón en que existen marcas acuosas horizontales (NO en niveles coincidentes con las de Glen Roy) en otras partes de Escocia a grandes alturas, y añade varios casos más. Esto es todo lo que aporta a los datos. No solo toma mi línea de razonamiento a partir de los contrafuertes y terrazas debajo del estante inferior y algunos otros argumentos (sin reconocimiento), sino que se burla de todos sus predecesores por no haber percibido la importancia de las breves porciones de líneas intermedias entre las principales en Glen Roy; mientras que yo comienzo la descripción de ellas diciendo que, 'percibiendo su importancia, las examiné con escrupuloso cuidado', y me extiendo bastante sobre ellas. Le he dicho indirectamente que no creo que tenga derecho a considerar que él solo (lo cual afirma bastante directamente) ha resuelto el problema de Glen Roy. Con respecto a las terrazas en niveles inferiores coincidentes en altura por toda Escocia e Inglaterra, estoy inclinado a creer que muestra cierta probabilidad de que haya algunas principales coincidentes, pero se requiere evidencia mucho más exacta. ¿Lo creería creíble? propone como solución probable para explicar el ascenso de Gran Bretaña que en algún gran océano una vigésima parte del fondo de toda la superficie acuosa del globo se ha hundido (no dice dónde lo sitúa) por un espesor de media milla, y esto ha calculado que produciría un ascenso aparente de 130 pies".
CHARLES DARWIN A C. LYELL. Down [junio de 1848].
Mi querido Lyell,
Por justicia hacia Chambers debo molestarle con una línea para decir que, en lo que a mí respecta personalmente en Glen Roy, ha hecho el amende honorable, y se declara culpable por inadvertencia de tomar mis dos líneas de argumentos y hechos sin reconocimiento. Concluyó diciendo que "llegué al mismo punto mediante un curso de investigación independiente, lo que en pequeña medida excusa esta inadvertencia". Su carta en conjunto muestra una muy buena disposición, y dice que está "muy gratificado con la MEDIDA de aprobación que usted otorga, etc." Estoy sinceramente contento de haber podido decir con verdad que pensaba que había prestado un buen servicio al llamar más la atención sobre el tema de las terrazas. Protesta que es injusto llamar al hundimiento del mar su teoría, pues siempre habla con cuidado de mero cambio de nivel, y esto es muy cierto; pero la única sección en la que muestra cómo concibe que el mar podría hundirse es tan asombrosa que creo que, con otros, al igual que conmigo, contrarrestará más que sobradamente su precaución anterior. Espero que usted piense mejor del libro que yo.
Suyo muy sinceramente, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. 6 de octubre de 1848.
...Últimamente he intentado promover una agitación (pero no tendré éxito, y de hecho dudo si tengo tiempo y fuerzas para continuarla), contra la práctica de los naturalistas de añadir a perpetuidad el nombre del PRIMER descriptor a las especies. Veo esto como una prima directa al trabajo apresurado, a NOMBRAR en lugar de DESCRIBIR. Una especie debería tener un nombre tan bien conocido que la adición del nombre del autor fuera superflua, y una [pieza] de vanidad vacía. (Su desprecio por el espíritu egoísta en un naturalista se ilustra con una anécdota, por la cual estoy en deuda con el reverendo L. Blomefield. Tras hablar del amor de mi padre por la entomología en Cambridge, el Sr. Blomefield continúa:--"Ocasionalmente venía desde Cambridge a mi vicaría en Swaffham Bulbeck, y salíamos juntos a recolectar insectos en los bosques de Bottisham Hall, muy cerca, o hacíamos excursiones más largas a los Fens. En una ocasión capturó con una red de bolsa grande, con la que solía barrer vigorosamente las malezas y la hierba alta, un raro insecto coleóptero, uno de los Lepturidae, que yo mismo nunca había capturado en Cambridgeshire. Quedó complacido con su captura y, por supuesto, se la llevó a casa en triunfo. Algunos años después, habiéndose realizado el viaje del 'Beagle' entretanto, hablando de los viejos tiempos con él, volví a esta circunstancia y le pregunté si la recordaba. 'Oh, sí', (dijo), 'la recuerdo bien; y fui lo suficientemente egoísta como para quedarme con el espécimen, cuando usted estaba recolectando materiales para una Fauna de Cambridgeshire, y para un museo local en la Sociedad Filosófica'. Siguió esto con algunos comentarios sobre la mezquindad de los coleccionistas, que no aspiraban a nada más allá de llenar sus gabinetes con cosas raras".) Por el momento, no bastaría con dar meros nombres específicos; pero creo que los zoólogos podrían abrir el camino a la omisión, refiriéndose a buenos escritores sistemáticos en lugar de a los primeros descriptores. La botánica, imagino, no ha sufrido tanto como la zoología por el mero NOMBRAR; los caracteres, afortunadamente, son más oscuros. ¿Ha pensado alguna vez en este punto? ¿Por qué los naturalistas deberían añadir sus propios nombres a las nuevas especies, cuando los mineralogistas y químicos no lo hacen con las sustancias nuevas? Cuando escriba a Falconer, por favor, recuérdeme afectuosamente. Lamento sinceramente saber que ha estado enfermo, mi querido Hooker, que Dios le bendiga, y que le vaya bien.
Su sincero amigo, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A HUGH STRICKLAND. (Hugh Edwin Strickland, M.A., F.R.S., nació el 2 de marzo de 1811, y se educó en Rugby, bajo Arnold, y en el Oriel College, Oxford. En 1835 y 1836 viajó por Europa hasta el Levante con W.J. Hamilton, el geólogo, pasando el invierno en Asia Menor. En 1841 presentó el tema de la nomenclatura de historia natural ante la Asociación Británica, y preparó el Código de Reglas para la Nomenclatura Zoológica, ahora conocido por su nombre —cuyos principios son adoptados muy generalmente. En 1843 fue uno de los fundadores (si no el proyectista original) de la Ray Society. En 1845 se casó con la segunda hija de Sir William Jardine, Bart. En 1850 fue nombrado, a consecuencia de la enfermedad de Buckland, lector adjunto de Geología en Oxford. Su prometedora carrera se vio repentinamente truncada el 14 de septiembre de 1853, cuando, mientras hacía geología en una trinchera ferroviaria entre Retford y Gainsborough, fue atropellado por un tren y murió instantáneamente. Una memoria suya y una reimpresión de sus principales contribuciones a revistas fue publicada por Sir William Jardine en 1858; pero también fue el autor de 'The Dodo and its Kindred' (1848); 'Bibliographia Zoologiae' (esta última en conjunto con Louis Agassiz, y publicada por la Ray Society); 'Ornithological Synonyms' (solo se publicó un volumen, y de forma póstuma). Un catálogo de su colección ornitológica, donada por su viuda a la Universidad de Cambridge, fue compilado por el Sr. Salvin y publicado en 1882. (Estoy en deuda con el Prof. Newton por la nota anterior.)) Down, 29 de enero [1849].
...Qué labor ha emprendido; HONRO su celo devoto en la buena causa de la ciencia natural. ¿Da la casualidad de que tenga una copia SOBRANTE de las reglas de nomenclatura publicadas en las 'Transactions' de la Asociación Británica? si la tiene, y me la diera, le estaría verdaderamente agradecido, pues me duele comprar el volumen solo por eso. He encontrado las reglas muy útiles, es todo un consuelo tener algo en lo que apoyarse en el turbulento océano de la nomenclatura (y por lo tanto le estoy agradecido), aunque me resulta muy difícil obedecer siempre. He aquí un caso (y creo que debería haberse notado en las reglas), Coronula, Cineras y Otion, son nombres adoptados por Cuvier, Lamarck, Owen, y casi CADA escritor bien conocido, pero encuentro que los tres nombres fueron anticipados por un alemán: ahora bien, creo que si siguiera la regla estricta de prioridad, se haría más daño que bien, y más especialmente porque estoy seguro de que los nombres recién pescados no serían adoptados. Casi he tomado la decisión de rechazar la regla de prioridad en este caso; ¿le molestaría el esfuerzo de enviarme su opinión? Me he visto llevado últimamente a reflexionar mucho sobre el tema de nombrar, y he llegado a una opinión fija de que el plan del nombre del primer descriptor, añadido a perpetuidad a una especie, ha sido la mayor maldición para la historia natural. Hace algunos meses, escribí el documento adjunto mal redactado, pensando que tal vez agitaría el tema; pero el arrebato ha pasado, y no supongo que lo haga nunca; se lo envío por la POSIBILIDAD de que le importe ver mis nociones. Me ha sorprendido encontrar en conversación que varios naturalistas pensaban casi como yo. Estoy seguro de que mientras los mercaderes de especies vean halagada su vanidad al ver sus propios nombres añadidos a una especie, porque la describieron miserablemente en dos o tres líneas, tendremos la misma VASTA cantidad de mal trabajo que en la actualidad, y que es suficiente para desalentar a cualquier hombre que esté dispuesto a trabajar cualquier rama con cuidado y tiempo. Encuentro que cada género de Cirripedia tiene media docena de nombres, y ni una sola descripción cuidadosa de ninguna especie en ningún género. No creo que este hubiera sido el caso si cada hombre supiera que el recuerdo de su propio nombre dependía de hacer bien su trabajo, y no de añadir simplemente un nombre con unas pocas líneas miserables que indican solo unos pocos caracteres externos prominentes. Pero no le cansaré con más diatribas. Lea mi documento o NO, como quiera, y devuélvalo cuando guste.
Suyo muy sinceramente, C. DARWIN.
HUGH STRICKLAND A CHARLES DARWIN. The Lodge, Tewkesbury, 31 de enero de 1849.
...Debo señalar a continuación su segunda objeción: que retener el nombre del PRIMER descriptor in perpetuum junto con el de la especie, es una prima al trabajo apresurado y descuidado. Esta es una cuestión muy diferente de la de la ley de prioridad en sí, y nunca se me ocurrió antes, aunque parece altamente probable que el reconocimiento general de esa ley pueda producir tal resultado. Debemos intentar contrarrestar este mal de alguna otra manera.
El objeto de añadir el nombre de un hombre al nombre de una especie no es satisfacer la vanidad del hombre, sino indicar con mayor precisión la especie. A veces dos hombres, por accidente, darán el mismo nombre (independientemente) a dos especies del mismo género. Más frecuentemente, un autor posterior aplicará mal el nombre específico de uno anterior. Así, la Helix putris de Montagu no es la H. putris de Linneo, aunque Montagu supuso que lo era. En tal caso, no podemos definir la especie solo por Helix putris, sino que debemos añadir el nombre del autor al que citamos. Pero cuando una especie nunca ha llevado más que un nombre (como Corvus frugilegus), y ninguna otra especie de Corvus ha llevado el mismo nombre, es, por supuesto, innecesario añadir el nombre del autor. Sin embargo, incluso aquí me gusta la forma Corvus frugilegus, Linn., ya que nos recuerda que esta es una de las especies antiguas, conocida desde hace mucho tiempo, y que se encuentra en el 'Systema Naturae', etc. Temo, por tanto, que (al menos hasta que nuestra nomenclatura esté más definitivamente establecida) será imposible indicar las especies con precisión científica sin añadir el nombre de su primer autor. Puede, ciertamente, hacerlo como propone, diciendo en Lam. An. Invert., etc., pero entonces esto sería incompatible con la ley de prioridad, pues donde Lamarck ha violado esa ley, uno no puede adoptar su nombre. No obstante, es altamente conducente a una indicación precisa añadir al nombre específico (más antiguo) UNA buena referencia a una obra estándar, especialmente a una FIGURA, con un sinónimo acompañante si fuera necesario. Este método puede ser engorroso, pero la engorrosidad es un mal mucho menor que la incertidumbre.
Además, parece difícilmente posible llevar a cabo el principio de PRIORIDAD, sin la ayuda histórica proporcionada por la adición del nombre del autor al nombre específico. Si yo, un HOMBRE DE PRIORIDAD, llamara a una especie C.D., implica que C.D. es el nombre más antiguo que conozco; pero para que usted y otros puedan juzgar la propiedad de ese nombre, deben determinar cuándo, y por quién, fue acuñado el nombre por primera vez. Ahora bien, si al nombre específico C.D., añado el nombre A.B., de su primer descriptor, le proporciono inmediatamente la clave de las fechas en que, y el libro en el que, esta descripción fue dada, y así le ayudo a determinar si C.D. es realmente la designación más antigua, y por tanto la correcta.
Sin embargo, admito que el principio de prioridad (excelente como es) tiene una tendencia, cuando se añade el nombre del autor, a fomentar la vanidad y el trabajo descuidado. Creo, no obstante, que mucho podría hacerse para desalentar esas definiciones oscuras e insatisfactorias de las que usted se queja tan justamente, mediante la ESCRITURA del ejercicio. Dejemos que los naturalistas mejor dispuestos se combinen para hacer una protesta formal contra todas las definiciones vagas, sueltas e inadecuadas de (supuestas) nuevas especies. Dejemos que un comité (digamos de la Asociación Británica) sea nombrado para preparar una especie de LISTA DE CLASES de las diversas obras modernas en las que se describen nuevas especies, ordenadas por mérito. La clase más baja contendría los peores ejemplos del tipo, y sus autores quedarían así expuestos al oprobio que merecen, y ser expuestos in terrorem para la edificación de aquellos que puedan venir después.
He declarado así con franqueza mis puntos de vista (espero que inteligiblemente) sobre lo que parece mejor hacerse en el presente estado transicional y peligroso de la zoología sistemática. Innumerables trabajadores, muchos de ellos caprichosos y semieducados, se están lanzando al campo, y depende, creo, de la presente generación si la ciencia descenderá a la posteridad como una masa caótica, o poseída de algunos vestigios de ley y organización. Si pudiéramos conseguir un congreso de diputados de los principales cuerpos científicos de Europa y América, algo podría hacerse, pero, tal como están las cosas, confieso que no veo claramente mi camino, más allá de intentar humildemente reformar el NÚMERO UNO.
Suyo siempre, H.E. STRICKLAND.
CHARLES DARWIN A HUGH STRICKLAND. Down, domingo [4 de febrero de 1849].
Mi querido Strickland,
Estoy, en verdad, ENORMEMENTE agradecido por su larga, interesantísima y clara carta, y el Informe. Consideraré sus argumentos, que son de gran peso, pero confieso que todavía no puedo decidirme a rechazar nombres muy BIEN CONOCIDOS, no en UN país, sino en todo el mundo, por otros oscuros —simplemente sobre la base de que no creo que fuera seguido. Por favor, crea que rompería la ley de prioridad solo en casos raros; ¿leerá lo adjunto (y lo devolverá), y me dirá si no le tambalea? (N.B. PROMETO que no le daré más molestias.) Quiero respuestas simples, y no que usted pierda su tiempo en razones; tengo curiosidad por su respuesta con respecto a Balanus. Presenté el caso de Otion, etc., a W. Thompson, quien es feroz respecto a la ley de prioridad, y se rindió en nombres tan bien conocidos. Estoy en un laberinto perfecto de dudas sobre la nomenclatura. En ni un solo gran género de Cirripedia ha sido definida correctamente NINGUNA especie; es puro trabajo de adivinación (guiado por el rango, la frecuencia y los hábitos) reconocer cualquier especie: así, apenas puedo distinguir, a partir de láminas o descripciones, ninguno de los cirrípedos sésiles británicos. No puedo soportar dar nuevos nombres a todas las especies, y sin embargo quizás haga mal al adjuntar nombres antiguos con poco más que una suposición; no puedo en absoluto distinguir cuál de las dos especies han querido decir todos los escritores con la común Anatifera laevis; he dado, por tanto, ese nombre a la que es más bien la más común. Literalmente, ni una sola especie está definida adecuadamente; ningún naturalista se ha tomado nunca la molestia de abrir la concha de ninguna especie para describirla científicamente, y sin embargo todos los géneros tienen media docena de sinónimos. POR ARGUMENTO, suponga que hago mi trabajo minuciosamente bien, cualquiera que tenga los especímenes originales nombrados, diré por Chenu, quien ha ilustrado y nombrado cientos de especies, será capaz de echar abajo todos mis nombres de acuerdo con la ley de prioridad (pues puede mantener que sus descripciones son suficientes), ¿cree usted ventajoso para la ciencia que esto se haga?: yo creo que no, y que la conveniencia y el alto mérito (aquí puesto como mero argumento) deberían entrar un poco en juego. El tema es desgarrador.
Espero que de vez en cuando considere mi argumento del mal hecho por el "mihi" añadido a los nombres específicos; puedo ver muy claramente el EXCESIVO mal que ha causado; en mineralogía he encontrado yo mismo que no hay rabia por nombrar simplemente; una persona no se ocupa del tema a menos que pretenda resolverlo, pues sabe que su ÚNICA pretensión de mérito reside en que su trabajo esté bien hecho, y no tiene ninguna relación con NOMBRAR. Cedo en un punto, y concedo que la referencia al nombre del primer descriptor debería darse en todas las obras sistemáticas, pero creo que se ganaría algo si se diera una referencia sin que el nombre del autor se añadiera realmente como parte del nombre binomial, y creo que, excepto en obras sistemáticas, una referencia, como la que propongo, disminuiría mucho la vanidad. Creo que un espíritu muy erróneo recorre toda la Historia Natural, como si se debiera algún mérito a un hombre por simplemente nombrar y definir una especie; creo que apenas se debe ninguno, o ninguno en absoluto; si trabaja MINUCIOSAMENTE y anatómicamente cualquier especie, o sistemáticamente un grupo entero, se debe crédito, pero debo pensar que la mera definición de una especie no es nada, y que no se le hace NINGUNA INJUSTICIA si se pasa por alto, aunque se cause así un gran inconveniente a la Historia Natural. No creo que se deba más crédito a un hombre por definir una especie, que a un carpintero por hacer una caja. Pero soy tonto y rabioso contra los mercaderes de especies, o más bien contra su vanidad; es un trabajo útil y necesario que debe hacerse; pero actúan como si hubieran creado realmente la especie, y fuera su propia propiedad.
Uso el nomenclátor de Agassiz; al menos dos tercios de las fechas en Cirripedia son groseramente erróneas.
Haré lo que pueda en Cirripedia fósiles, y estaría muy agradecido por especímenes; pero no creo que las especies (y apenas los géneros) puedan definirse por válvulas individuales; ya que en cada especie reciente aún examinada sus formas varían enormemente: describir una especie solo por válvulas, es lo mismo que describir un cangrejo solo por PEQUEÑAS porciones de su caparazón, siendo estas porciones altamente variables, y no, como en Crustacea, modeladas sobre vísceras. Me disculpo sinceramente por la molestia que le he dado, pero en verdad no daré más.
Suyo muy sinceramente, C. DARWIN.
P.D.—En conversación encontré a Owen y Andrew Smith muy inclinados a descartar la práctica de añadir los nombres de los autores; creo que si agitara podría conseguir que un gran partido se uniera. W. Thompson estuvo de acuerdo en cierta medida conmigo, pero no estaba preparado para ir ni de lejos tan lejos como yo.
CHARLES DARWIN A HUGH STRICKLAND. Down, 10 de febrero [1849].
Mi querido Strickland,
Nuevamente tengo que agradecerle cordialmente su carta. Sus observaciones fructificarán en cierta medida, y trataré de ser más fiel a la virtud rígida y a la prioridad; pero en cuanto a llamar «Lepas» al Balanus (lo cual no se me ocurrió), no puedo hacerlo, mi pluma no lo escribe; es IMPOSIBLE. Tengo grandes esperanzas de que algunas de mis dificultades desaparezcan debido a las fechas erróneas en Agassiz, y a que tendré que fusionar varios géneros en uno solo, pues hasta ahora, salvo en pocos casos, no he acudido a las fuentes originales. Con respecto a adoptar mis propias nociones en mi libro sobre los cirrípedos, no me gustaría hacerlo sin encontrar que otros lo aprueban, y de alguna manera pública; ni, en verdad, está bien adaptado, ya que nunca puedo reconocer una especie sin tener el espécimen original, el cual, afortunadamente, poseo en muchos casos en el Museo Británico. Hasta aquí, pretendo adoptar mi noción de no poner nunca mihi o «Darwin» después de mis propias especies, y en el texto anatómico no dar nombres de autores en absoluto, ya que la Parte sistemática servirá para aquellos que quieran conocer la Historia de una especie hasta donde yo pueda elaborarla imperfectamente...
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. [The Lodge, Malvern, 28 de marzo de 1849.]
Mi querido Hooker,
¡Su carta del 13 de octubre ha permanecido sin respuesta hasta el día de hoy! Qué ingrato retorno para una carta que me interesó tanto y que contenía información tan abundante y curiosa. Pero he tenido un mal invierno.
El 13 de noviembre murió mi pobre y querido padre, y nadie que no lo haya conocido creería que un hombre de más de ochenta y tres años pudiera haber conservado una disposición tan tierna y afectuosa, con toda su sagacidad sin nubes hasta el final. Yo estaba en ese momento tan indispuesto que no podía viajar, lo cual se sumó a mi miseria. De hecho, durante todo este invierno he estado bastante mal... y mi sistema nervioso comenzó a verse afectado, de modo que mis manos temblaban y a menudo sentía mareos en la cabeza. No era capaz de hacer nada un día de cada tres, y estaba demasiado desanimado para escribirle, o para hacer otra cosa que no fuera aquello a lo que estaba obligado. Pensé que estaba siguiendo rápidamente el camino de toda carne. Habiendo oído, por casualidad, hablar de dos personas que habían recibido mucho beneficio de la cura de agua, conseguí el libro del Dr. Gully, hice más averiguaciones y al final partí hacia aquí, con mi esposa, mis hijos y todos nuestros sirvientes. Hemos alquilado una casa por dos meses y llevamos aquí quince días. Ya estoy un poco más fuerte... El Dr. Gully se siente bastante seguro de que puede hacerme bien, lo cual, sin duda, los médicos habituales no pudieron... Me siento seguro de que la cura de agua no es charlatanería.
Cómo disfrutaré volver a Down con la salud renovada, si tal ha de ser mi buena fortuna, y reanudar el trabajo con los amados percebes. Ahora espero que me perdone por mi negligencia al no haber respondido antes a su carta. Me interesó extraordinariamente el esbozo que hace de su proyectada gran expedición, de la cual supongo que pronto estará regresando. Cuán fervientemente espero que resulte exitosa en todos los sentidos...
[Cuando mi padre estaba en el Establecimiento de Cura de Agua en Malvern, entró en contacto con la clarividencia, sobre la cual escribe en el siguiente extracto de una carta a Fox, septiembre de 1850.
«Hablas de la homeopatía, que es un tema que me provoca más ira que la clarividencia. La clarividencia trasciende tanto la creencia que nuestras facultades ordinarias quedan fuera de juego, pero en la homeopatía entran en juego el sentido común y la observación común, y ambos deben irse al diablo si las dosis infinitesimales tienen algún efecto. Qué cierta es una observación que vi el otro día de Quetelet, con respecto a la evidencia de los procesos curativos, a saber: que nadie sabe en la enfermedad cuál es el resultado simple de no hacer nada, como estándar con el cual comparar la homeopatía y todas esas otras cosas. Es un triste defecto, no puedo dejar de pensar, en mi querido Dr. Gully, que crea en todo. Cuando la señorita -- estaba muy enferma, ¡tenía una chica clarividente para informar sobre los cambios internos, un mesmerista para hacerla dormir, un homeópata, a saber, el Dr. --, y a él mismo como hidropático!, y la chica se recuperó».
Un pasaje de una carta anterior a Fox (diciembre de 1844) muestra que él era igualmente escéptico sobre el tema del mesmerismo: «Con respecto al mesmerismo, todo el país resuena con hechos o cuentos maravillosos... Acabo de oír hablar de un niño, de tres o cuatro años (cuyos padres y él mismo conocía bien), mesmerizado por su padre, lo cual es el primer hecho que me ha hecho dudar. No lo creeré completamente hasta que vea o tenga noticias de buena fuente sobre animales (como se ha afirmado que es posible), no drogados, siendo puestos en estupor; por supuesto, la imposibilidad no probaría que el mesmerismo es falso; pero es el único experimentum crucis claro, y me asombra que no haya sido probado sistemáticamente. Si el mesmerismo fuera investigado como una ciencia, esto no podría haber quedado hasta el día de hoy sin SER HECHO SATISFACTORIAMENTE, como creo que ha quedado. Ten algunos gatos tú mismo, y consigue que algún mesmerizador lo intente. Un hombre me dijo que había tenido éxito, pero sus experimentos eran de lo más vagos, y como era de esperar de un hombre que decía que los gatos eran más fáciles de mesmerizar que otros animales, ¡porque eran muy eléctricos!»]
CHARLES DARWIN A C. LYELL. Down, 4 de diciembre [1849].
Mi querido Lyell,
Esta carta no requiere respuesta, y escribo por exceso de vanidad. Dana me ha enviado la Geología de la Expedición de los Estados Unidos, y acabo de leer la parte sobre el Coral. Para empezar con un discurso modesto: ¡¡ESTOY ASOMBRADO DE MI PROPIA PRECISIÓN!! Si tuviera que reescribir ahora mi libro sobre el Coral, apenas hay una frase que tendría que alterar, excepto que debería haber atribuido más efecto a la reciente actividad volcánica en la inhibición del crecimiento del coral. Cuando digo todo esto, debo añadir que las CONSECUENCIAS de la teoría sobre las áreas de subsidencia se tratan en un capítulo separado al que no he llegado, y en este, sospecho, diferiremos más. Dana habla de estar de acuerdo con mi teoría EN LA MAYORÍA DE LOS PUNTOS; no puedo encontrar ni uno solo en el que difiera. Considerando cuánto más vio él de los Arrecifes de Coral que yo, esto es maravillosamente satisfactorio para mí. Me trata con suma cortesía. Ahí está, mi vanidad está bastante satisfecha...
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Malvern, 9 de abril de 1849.
Mi querido Hooker,
A la mañana siguiente de enviar mi última carta (creo que el 23 de marzo), recibí sus dos interesantes, chismosas y geológicas cartas; y estas últimas las he intercambiado desde entonces con Lyell por las suyas. Escribiré atropelladamente, tal como se me ocurran los temas. Vi la reseña en el 'Athenaeum', estaba escrita con un espíritu malintencionado; pero todo el veneno consistía en decir que no había suficiente novedad en sus observaciones para su publicación. A nadie, hoy en día, le importan las reseñas. Puedo mencionar que mi Diario recibió un abuso REALMENTE BUENO, «presunción», etc., terminando con decir que el volumen parecía «hecho de los retazos y la basura del portafolio del autor». Entiendo verdaderamente lo que usted dice, y creo plenamente que a usted solo le importa la reseña con respecto a su padre; y que esto SOLO le haría desear ver extractos de sus cartas más propiamente notados en esta misma publicación. He considerado a mi mejor juicio si alguna parte de sus cartas actuales es apta para el 'Athenaeum' (en el cual no tengo interés; los animales ni siquiera han NOTADO mis tres volúmenes geológicos que les envié), y he llegado a la conclusión de que es mejor no enviarlas. Estoy seguro, considerando todas las circunstancias, de que a menos que usted se tome la molestia y escriba CON CUIDADO un esbozo condensado y acabado de algún rasgo llamativo de sus viajes, es mejor no enviar nada. Estas dos cartas son, además, demasiado geológicas para el 'Athenaeum', y casi requieren grabados en madera. Por otro lado, apenas hay suficientes detalles para una comunicación a la Sociedad Geológica. No tengo la MENOR DUDA de que sus hechos son del mayor interés con respecto a la acción glacial en el Himalaya; pero tanto a Lyell como a mí nos pareció que su evidencia debería haberse dado más claramente...
He escrito hace tan poco que no tengo nada que decir sobre mí; mi salud me impidió continuar con una cruzada contra el «mihi» y el «nobis», de cuyos peligros usted me advierte. Mostré mi escrito a tres o cuatro naturalistas, y todos estuvieron de acuerdo conmigo hasta cierto punto: con salud y vigor, no habría mostrado bandera blanca, [y] con la ayuda de media docena de naturalistas realmente buenos, creo que algo se podría haber hecho contra la miserable y degradante pasión por la mera denominación de especies. En su carta se pregunta qué tienen que ver las «Aves de Corral Ornamentales» con los percebes; pero no se haga ilusiones de que no viviré para terminar los percebes, y luego haré el ridículo sobre el tema de las especies, bajo cuyo encabezado las Aves de Corral ornamentales son muy interesantes...
CHARLES DARWIN A C. LYELL. The Lodge, Malvern [junio de 1849].
...Tengo su libro ('A Second Visit to the United States'), y he leído todo el primer volumen y una pequeña parte del segundo (leer es el trabajo más duro permitido aquí), y me ha interesado enormemente. Me hace desear ser un yanqui. E. desea que le diga que ella simplemente «se regodeó» con la verdad de sus observaciones sobre el progreso religioso... Me deleita pensar en cómo disgustará a algunos de los fanáticos y doctores educativos. Hasta ahora no ha habido MUCHA Geología o Historia Natural, por lo cual espero que se sienta un poco avergonzado. Sus observaciones sobre todos los temas sociales me parecen dignas del autor de los 'Principios'. Y, sin embargo (sé que es prejuicio y orgullo), si yo hubiera escrito los 'Principios', nunca habría escrito ningún viaje; pero creo que estoy más celoso del honor y la gloria de los 'Principios' que usted mismo...
CHARLES DARWIN A C. LYELL. 14 de septiembre de 1849.
...Prosigo con mis procesos acuosos, y muy constante pero lentamente gano salud y fuerza. Contra todas las reglas, cené en Chevening con Lord Mahon, quien me hizo el gran honor de visitarme, y cómo supo de mí, no puedo imaginarlo. Quedé encantado con Lady Mahon, y cualquiera podría haberse sentido orgulloso por las piezas de amabilidad que brotaron de sus hermosos labios con respecto a usted. Me gusta mucho el viejo Lord Stanhope; aunque insultó a la Geología y a la Zoología de todo corazón. «Suponer que el Dios Omnipotente hizo un mundo, descubrió que era un fracaso, lo rompió, y luego lo hizo de nuevo, y de nuevo lo rompió, como dicen los geólogos, es pura tontería. Describir especies de aves y conchas, etc., es pura tontería...»
Estoy sinceramente contento de que nos encontraremos en Birmingham, como confío en que lo haremos, si mi salud se mantiene. Ahora trabajo todos los días en los Cirripedia durante 2 1/2 horas, y así avanzo un poco, pero muy lentamente. A veces, después de estar toda una semana empleado y haber descrito quizás solo dos especies, coincido mentalmente con Lord Stanhope en que todo es pura tontería; sin embargo, el otro día obtuve un caso curioso de un cirrípedo unisexual, en lugar de hermafrodita, en el que la hembra tenía el carácter cirripedial común, y en dos válvulas de su concha tenía dos pequeños bolsillos, en CADA uno de los cuales guardaba un pequeño marido; no conozco ningún otro caso en el que una hembra invariablemente tenga dos maridos. Tengo otro hecho aún más extraño, común a varias especies, a saber, que aunque son hermafroditas, tienen pequeños machos adicionales, o como yo los llamaré, machos complementarios; un espécimen hermafrodita tenía nada menos que SIETE de estos machos complementarios unidos a él. Verdaderamente, los esquemas y las maravillas de la Naturaleza son ilimitados. Pero estoy divagando tan mal sobre mis cirrípedos como sobre la Geología; me hace gemir pensar que probablemente nunca volveré a tener el placer exquisito de descubrir algún nuevo distrito, de obtener luz geológica de alguna región oscura y problemática. Así que debo aprovechar al máximo mis Cirripedia...
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 12 de octubre de 1849.
...Por cierto, una de las partes más agradables de la Asociación Británica fue mi viaje a Birmingham con la Sra. Sabine, la Sra. Reeve y el Coronel; también el Coronel Sykes y Porter. La Sra. Sabine y yo estuvimos maravillosamente de acuerdo en muchos puntos, y en ninguno más sinceramente que sobre usted. Hablamos de sus cartas desde el Erebus; y ella estuvo totalmente de acuerdo conmigo en que usted y el AUTOR (Sir J. Hooker escribió la animada descripción de la caza de ganado en el 'Viaje de Descubrimiento en las Regiones del Sur' de Sir J. Ross, 1847, vol. ii., página 245), de la descripción de la caza de ganado en las Malvinas, ¡habrían hecho un libro excelente juntos! Es una mujer muy agradable, y también lo es su madre, aguda y sagaz... Birmingham fue muy aburrido comparado con Oxford, aunque tenía a mi esposa conmigo. Vimos mucho a los Lyell, los Horner y los Robinson (el Presidente); pero el lugar era lúgubre, y se me impidió, por estar indispuesto, ir a Warwick, aunque eso, es decir, la fiesta, según todos los relatos, era maravillosamente inferior a Blenheim, por no decir nada de aquel día celestial en Dropmore. Uno se cansa de tanta perorata...
Me pregunta por mi cura de agua fría; voy muy bien, y ciertamente estoy un poco mejor cada mes, mis noches mejoran mucho más lento que mis días. He construido una ducha, y voy a continuar durante todo el invierno, con helada o sin ella. Mi tratamiento ahora es lámpara cinco veces por semana, y baño poco profundo durante cinco minutos después; ducha diaria durante cinco minutos y sábana húmeda diariamente. El tratamiento es maravillosamente tónico, y he tenido más días buenos consecutivos este mes que en cualquiera de los anteriores... Se me permite trabajar ahora dos horas y media diarias, y me parece todo lo que puedo hacer, pues la cura de agua fría, junto con tres caminatas cortas, es curiosamente agotadora; y estoy realmente OBLIGADO a irme a la cama a las ocho en punto completamente cansado. Gano peso constantemente, como inmensamente y nunca me siento oprimido por la comida. He perdido la contracción involuntaria del músculo, y todas las sensaciones de desmayo, etc., manchas negras ante los ojos, etc. El Dr. Gully piensa que me curará completamente en seis o nueve meses más.
La mayor molestia que encuentro en la cura de agua es haberme visto obligado a dejar de leer, excepto los periódicos; pues mis dos horas y media diarias con los percebes es todo lo que puedo hacer de cualquier cosa que ocupe la mente; por consiguiente, estoy terriblemente atrasado en todos los libros científicos. Últimamente he estado trabajando en la mera descripción de especies, lo cual es mucho más difícil de lo que esperaba, y tiene el mismo tipo de interés que un rompecabezas; pero confieso que a menudo me siento cansado del trabajo, y no puedo evitar preguntarme a veces qué bien hace pasar una semana o quince días en averiguar que ciertas diferencias apenas perceptibles se mezclan y constituyen variedades y no especies. Mientras estoy en la anatomía nunca me siento en ese humor repugnante, horrible, cui bono, de estar investigando. Qué trabajo tan miserable, además, es buscar la prioridad de los nombres. ¡Acabo de terminar dos especies que poseen siete nombres genéricos y veinticuatro específicos! Mi mayor consuelo es que el trabajo debe hacerse en algún momento, y puedo hacerlo yo tanto como cualquier otro.
He abandonado mi agitación contra el mihi y el nobis; mi escrito es demasiado largo para enviárselo, así que deberá verlo, si le interesa, a su regreso. Por cierto, dice en su carta que le importa más mi trabajo sobre especies que el de los percebes; pues esto es demasiado de su parte, ya que declaro que su aprobación decidida de mi trabajo sencillo sobre los percebes frente al trabajo teórico sobre especies tuvo una gran influencia en decidirme a continuar con lo primero y posponer mi escrito sobre especies...
[La siguiente carta se refiere a la muerte de su pequeña hija, que tuvo lugar en Malvern el 24 de abril de 1851:]
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. Down, 29 de abril [1851].
Mi querido Fox,
No supongo que habrá oído hablar de nuestra amarga y cruel pérdida. La pobre y querida pequeña Annie, cuando iba muy bien en Malvern, fue atacada por vómitos, a los que al principio se les dio la menor importancia; pero rápidamente asumió la forma de una fiebre baja y terrible, que se la llevó en diez días. Gracias a Dios, apenas sufrió, y expiró tan tranquilamente como un angelito. Nuestro único consuelo es que pasó una vida corta, aunque dichosa. Era mi hija favorita; su cordialidad, franqueza, alegría exuberante y fuertes afectos la hacían de lo más adorable. Pobre pequeña alma querida. Bueno, todo ha terminado...
Realmente ha pasado una era desde que tuvimos comunicación alguna, y me alegré mucho de recibir su nota. Nuestro largo silencio se me ocurrió hace unas semanas, y entonces había pensado en escribir, pero fui perezoso. Le felicito y le doy mi pésame por su DÉCIMO hijo; pero le ruego que observe que, cuando yo tenga un décimo, solo me envíe pésames. Ahora tenemos siete hijos, todos bien, gracias a Dios, al igual que su madre; de estos siete, cinco son varones; y mi padre solía decir que era seguro que un varón daba tanto trabajo como tres niñas; de modo que, bona fide, tenemos diecisiete hijos. Me enfermo cada vez que pienso en las profesiones; todas parecen irremediablemente malas, y hasta ahora no puedo ver un rayo de luz. Me gustaría mucho hablar sobre esto (por cierto, mis tres bestias negras son el oro californiano y australiano, que me arruinan al hacer que mi dinero hipotecado no valga nada; los franceses viniendo por los caminos de Westerham y Sevenoaks, y por lo tanto cercando Down; y en tercer lugar, las profesiones para mis muchachos), y me gustaría hablar sobre la educación, sobre la cual me pregunta qué estamos haciendo. Nadie puede despreciar más verdaderamente la vieja y estúpida educación clásica estereotipada que yo; pero aun así, no he tenido el valor de romper las trabas. Tras muchas dudas, acabamos de enviar a nuestro hijo mayor a Rugby, donde para su edad ha sido muy bien colocado... Le honro, admiro y envidio por educar a sus hijos en casa. ¿Qué diablos va a hacer con sus muchachos? Hacia finales de este mes vamos a ver a W. a Rugby, y de allí por cinco o seis días a ver a Susan (su hermana) a Shrewsbury; luego regreso a casa para cuidar de los bebés, y E. va a casa de F. Wedgwood, en Etruria, por una semana. Muchísimas gracias por su muy amable y generosa invitación a Delamere, pero me temo que difícilmente podemos lograrlo. Me aterra ir a cualquier parte, debido a que mi estómago falla tan fácilmente ante cualquier excitación. Rara vez voy incluso ahora a Londres; no es que esté peor en absoluto, quizá algo mejor, y llevo una vida muy cómoda con mis tres horas de trabajo diario, pero es la vida de un ermitaño. Mis noches son SIEMPRE malas, y eso impide que me vuelva vigoroso. Usted pregunta sobre la hidroterapia. Tomo a intervalos de dos o tres meses, cinco o seis semanas de tratamiento MODERADAMENTE severo, y siempre con buen efecto. Venga aquí, se lo ruego y se lo suplico siempre que pueda encontrar tiempo; no sabe cuánto placer nos daría a mí y a E. He terminado el primer volumen para la Ray Society sobre los Cirripedos pedunculados, el cual, como creo que usted es miembro, pronto recibirá. Lea lo que describo sobre los sexos de Ibla y Scalpellum. Ahora estoy trabajando en los Cirripedos sésiles, y estoy maravillosamente cansado de mi tarea: un hombre, para ser un naturalista sistemático, debería trabajar al menos ocho horas al día. Usted vio a través de mí cuando dijo que debía haber deseado haber visto los efectos de la [palabra ilegible] Debacle, pues le decía hace una semana a E. que, si yo hubiera estado como en los viejos tiempos, sin duda habría partido esa misma hora. Usted pregunta por Erasmus; está casi como siempre, y constantemente más o menos indispuesto. Susan (su hermana) está mucho mejor, y muy floreciente y feliz. Catherine (otra hermana) está en Roma, y lo ha disfrutado en un grado que resulta bastante asombroso para mis secos huesos viejos. Y ahora creo que le he dicho suficiente, y más que suficiente, sobre la casa de Darwin; así que, mi querido viejo amigo, adiós. Qué tiempos tan agradables pasamos bebiendo café en sus habitaciones en el Christ's College, y piense en las glorias de la Crux major. (El escarabajo Panagaeus crux-major). Ah, en aquellos días no había profesiones para los hijos, no había mala salud que temer para ellos, ni oro californiano, ni invasiones francesas. Cuán supremo es el futuro frente al presente cuando uno está rodeado de niños. Mi temor es la mala salud hereditaria. Incluso la muerte es mejor para ellos.
Mi querido Fox, su sincero amigo, C. DARWIN.
P.D. Susan ha estado trabajando últimamente de una manera que considero verdaderamente heroica acerca de la escandalosa violación de la Ley contra los niños que trepan por las chimeneas. Hemos establecido una pequeña Sociedad en Shrewsbury para procesar a quienes infrinjan la ley. Todo es obra de Susan. Ha recibido cartas muy amables de Lord Shaftesbury y del Duque de Sutherland, pero los brutales terratenientes de Shropshire son tan duros de mover como piedras. La Ley fuera de Londres parece ser violada muy comúnmente. A uno le estremece imaginar a uno de sus propios hijos a los siete años siendo forzado a subir por una chimenea..., por no mencionar la consiguiente enfermedad repugnante y las extremidades ulceradas, y la absoluta degradación moral. Si piensa profundamente sobre este tema, haga algunas averiguaciones; añada a sus muchas buenas obras esta otra, e intente incitar a los magistrados. Hay varias personas haciendo ruido en diferentes partes de Inglaterra sobre este asunto. No es muy probable que usted desee tales cosas, pero podría enviarle algunos ensayos e información si así lo quisiera, ya sea para usted o para repartir.
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. Down [24 de octubre de 1852].
Mi querido Fox,
Recibí su larga y muy bienvenida carta esta mañana, y la responderé esta misma noche, ya que estaré muy ocupado con un artista dibujando Cirripedia, y muy sobrecargado de trabajo durante la próxima quincena. Pero primero, usted merece ser bien reprendido —y le ruego que se considere bien reprendido— por pensar o escribir que yo podría estar ni por un minuto aburrido por cualquier cantidad de detalles sobre usted y los suyos. Es justo lo que me gusta escuchar; créame que a menudo pienso en los viejos días pasados con usted, y a veces apenas puedo creer qué individuo tan alegre y despreocupado era uno en aquellos viejos días. Una brillante tarde de otoño a menudo trae a mi mente alguna excursión de caza desde Osmaston. De verdad lamento que vivamos tan lejos el uno del otro, y que yo sea tan poco dado a viajar. He estado inusualmente bien últimamente (sin hidroterapia), pero no encuentro que pueda tolerar ningún cambio mejor que antes... El otro día fui a Londres y volví, y la fatiga, aunque tan insignificante, provocó mi mala forma de vómitos. Me apena oír que su pecho ha estado afligido, y muy sinceramente espero que sean solo los músculos; qué frecuentemente falla la voz en el clero. Puedo entender bien su renuencia a romper su gran y feliz grupo e irse al extranjero; pero su vida es muy valiosa, así que debería ser muy cauteloso a tiempo. Usted pregunta por todos nosotros, ahora cinco muchachos (¡oh!, las profesiones; ¡oh!, el oro; y ¡oh!, los franceses; estos tres "oh" cuentan todos como terribles bestias negras) y dos niñas... pero otra de mis bestias negras, y la peor, es la debilidad hereditaria. Todas mis hermanas están bien excepto la Sra. Parker, quien está muy delicada de salud; y también lo está Erasmus en su pobre promedio: recientemente se ha mudado a Queen Anne Street. Había oído hablar del matrimonio pretendido (con el Rev. J. Hughes) de su hermana Frances. Creo que la he visto desde entonces, pero mi memoria me lleva a unos veinticinco años atrás, cuando ella estaba acostada. Recuerdo bien la expresión encantadora de su semblante. Le deseo, muy sinceramente, toda la felicidad.
Veo que no he respondido a la mitad de sus preguntas. Nos gusta mucho todo lo que hemos visto y oído de Rugby, y nunca nos hemos arrepentido de enviar a [W.] allí. Estoy seguro de que las escuelas han mejorado enormemente desde nuestros días; pero odio las escuelas y todo el sistema de romper los afectos de la familia separando a los muchachos tan temprano en la vida; pero no veo remedio, y no me atrevo a correr el riesgo de que un joven sea expuesto a las tentaciones del mundo sin haber pasado por la prueba más suave de una gran escuela.
Veo que incluso pregunta por nuestras peras. Tenemos muchas Beurrees d'Aremberg, Winter Nelis, Marie Louise y "Ne plus Ultra", pero todas fuera del muro; los enanos estándar han dado algunas, pero no tengo espacio para más árboles, así que sus nombres me serían inútiles. Realmente debe tomarse unas vacaciones y hacernos una visita en algún momento; en ningún lugar podría ser más cordialmente bienvenido. Estoy trabajando en el segundo volumen de los Cirripedia, de cuyas criaturas estoy maravillosamente cansado. Odio a un percebe como ningún hombre lo ha hecho antes, ni siquiera un marinero en un barco de navegación lenta. Mi primer volumen ha salido; la única parte que vale la pena mirar es sobre los sexos de Ibla y Scalpellum. Espero para el próximo verano haber terminado con mi tedioso trabajo. Adiós... venga siempre que pueda lograrlo.
No puedo evitar esperar que el ántrax pueda hacerle algún bien: he oído hablar de todo tipo de debilidades que desaparecen tras un ántrax. Supongo que el dolor es terrible. Estoy totalmente de acuerdo, qué descubrimiento tan bendito es el cloroformo. Cuando uno piensa en sus hijos, supone una pequeña diferencia en la felicidad de uno. El otro día me sacaron cinco muelas (dos mediante el elevador) en una sola sesión bajo esta sustancia maravillosa, y casi no sentí nada.
Mi querido viejo amigo, suyo muy afectuosamente, CHARLES DARWIN.
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. Down, 29 de enero [1853].
Mi querido Fox,
Su último informe hace algunos meses fue tan poco satisfactorio que he estado pensando a menudo en usted, y le estaría realmente agradecido si me dedicara unas líneas y me dijera cómo están su voz y su pecho. Espero muy sinceramente que su informe sea bueno... Nuestro segundo muchacho tiene una fuerte inclinación mecánica, y pensamos en hacerlo ingeniero. Intentaré encontrar para él alguna escuela menos clásica, tal vez Bruce Castle. Ciertamente me gustaría ver más diversidad en la educación de la que hay en cualquier escuela ordinaria; ningún ejercicio de las facultades de observación o razonamiento, ningún conocimiento general adquirido; debo pensar que es un sistema miserable. Por otra parte, un chico que ha aprendido a esforzarse en el latín y conquistar sus dificultades, debería ser capaz de esforzarse en cualquier labor. Siempre me alegraría saber cualquier cosa sobre escuelas o educación por su parte. Estoy en mi viejo e interminable tema, pero confío en que realmente enviaré a imprenta en pocos meses mi segundo volumen sobre Cirripedes. Me ha complacido mucho encontrar algunos hechos extraños en mi primer volumen creídos por Owen y algunos otros, cuya buena opinión considero definitiva... Escríbame pronto, y cuénteme todo lo que pueda sobre usted y su familia; y confío en que su informe sobre sí mismo sea mucho mejor que el anterior.
...He estado muy poco en Londres últimamente, y no he visto a Lyell desde su regreso de América; qué afortunado fue al exhumar con su propia mano partes de tres esqueletos de reptiles de los estratos CARBONÍFEROS, y del interior de un árbol fósil, que había estado hueco por dentro.
Adiós, mi querido Fox, suyo afectuosamente, CHARLES DARWIN.
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. 13 Sea Houses, Eastbourne, [¿15 de julio? 1853].
Mi querido Fox,
Aquí estamos en un estado de profunda ociosidad, lo cual para mí es un lujo; y todos, creo, habríamos estado en un estado de gran disfrute, de no haber sido por los detestables vendavales fríos y la mucha lluvia, que siempre causan mucho hastío a los niños lejos de sus hogares. Recibí su carta del 13 de junio cuando trabajaba como un esclavo con el Sr. Sowerby dibujando para mi segundo volumen, por lo que pospuse responderla hasta cuando supe que estaría libre. Me alegré enormemente de recibir su carta. Había planeado hace un par de meses enviarle una severa o suplicante reprimenda para saber cómo estaba, cuando me encontré con Sir P. Egerton, quien me dijo que estaba bien y, como de costumbre, expresó su admiración por sus acciones, especialmente su agricultura, y la cantidad de animales, incluidos niños, que mantenía en su tierra. Once hijos, ¡ave María!, es un panorama serio para usted. De hecho, veo a mis cinco muchachos como algo terrible, y odio la sola idea de las profesiones, etc. Si uno pudiera asegurar una salud moderada para ellos, no importaría tanto, pues no puedo sino esperar que, con la enorme emigración, las profesiones mejoren algo. Pero mi bestia negra es la debilidad hereditaria. Me gusta particularmente escuchar todo lo que pueda decir sobre la educación, y usted merece ser regañado por decir que "no pretendía ATORMENTARME con un largo rollo". Pregunta sobre Rugby. Me gusta mucho, bajo el mismo principio que a mi vecino, Sir J. Lubbock, le gusta Eton, a saber, que no es peor que cualquier otra escuela; el gasto, CON TODO, ETC., ETC., incluyendo algo de ropa, gastos de viaje, etc., es de 110 a 120 libras por año. No creo que las escuelas sean tan malvadas como lo eran, y son mucho más industriosas. Los chicos, creo, viven demasiado aislados en sus estudios separados; y dudo que obtengan tanto conocimiento del carácter como los chicos solían obtener; y esto, en mi opinión, es el ÚNICO bien de las escuelas públicas sobre las escuelas pequeñas. Pensaría que la única superioridad de una escuela pequeña sobre el hogar era la regularidad forzada en su trabajo, que sus hijos tal vez obtienen en su hogar, pero que no creo que mis hijos obtuvieran en el mío. Por lo demás, es bastante lamentable enviar a los chicos tan temprano en la vida fuera de su hogar.
...Volviendo a las escuelas. Mi principal objeción a ellas, como lugares de educación, es la enorme proporción de tiempo dedicado a los clásicos. Imagino (aunque quizá sea solo imaginación) que puedo percibir el efecto nocivo y limitante en la mente de mi hijo mayor, al frenar el interés en cualquier cosa en la que intervengan el razonamiento y la observación. Parece que solo se trabaja la memoria. Ciertamente buscaré alguna escuela con estudios más diversificados para mis hijos menores. Hablaba hace poco con el Decano de Hereford, quien sostiene muy firmemente este punto de vista; y me dice que hay una escuela en Hereford que comienza con este plan; y que el Dr. Kennedy en Shrewsbury va a comenzar vigorosamente a modificar esa escuela...
Estoy EXTREMADAMENTE contento de saber que aprobó mi volumen cirripédico. He dedicado una cantidad casi ridícula de trabajo al tema, y ciertamente nunca lo habría emprendido de haber previsto qué trabajo era. Espero haber terminado para finales de año. Escríbame de nuevo antes de que pase mucho tiempo; es un verdadero placer para mí saber de usted. Adiós, con los más amables recuerdos de mi esposa para usted y la Sra. Fox.
Mi querido viejo amigo, suyo afectuosamente, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. Down, 10 de agosto [1853].
Mi querido Fox,
Le agradezco sinceramente por escribirme tan pronto después de su gravísima desgracia. Su carta me afectó mucho. Ambos simpatizamos verdaderamente con usted y la Sra. Fox. Nosotros también perdimos, como podrá recordar, no hace tanto tiempo, a una hija queridísima, de quien apenas puedo soportar pensar con tranquilidad; sin embargo, como debe saber por su propia experiencia más dolorosa, el tiempo suaviza y amortigua, de una manera verdaderamente maravillosa, los sentimientos y pesares de uno. Al principio es realmente amargo. Solo puedo esperar que su salud y la de la pobre Sra. Fox se preserven, y que el tiempo haga su obra suavemente, y los reúna a todos, una vez más, como la familia feliz que, como bien puedo creer, formaban hace tan poco tiempo.
Mi querido Fox, su afectuoso amigo, CHARLES DARWIN.
[La siguiente carta se refiere a la Medalla de la Royal Society, que le fue otorgada en noviembre de 1853:]
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 5 de noviembre [1853].
Mi querido Hooker,
Entre mis cartas recibidas esta mañana, abrí primero una del Coronel Sabine; el contenido ciertamente me sorprendió mucho, pero, aunque la carta era MUY AMABLE, de alguna manera, me importó muy poco el anuncio que contenía. Luego abrí la suya, y tal es el efecto de la calidez, la amistad y la bondad de alguien a quien se ama, que el mismo hecho, contado como usted lo contó, me hizo brillar de placer hasta que mi propio corazón palpitó. Créame, no olvidaré pronto el placer de su carta. Tal simpatía cordial y afectuosa vale más que todas las medallas que hayan sido o serán acuñadas. De nuevo, mi querido Hooker, le doy las gracias. Espero que Lindley (John Lindley, 1799-1865, fue hijo de un viverista cerca de Norwich, tras cuyo fracaso en los negocios se vio a la edad de veinte años dependiendo de sus propios recursos. Fue ayudado por Sir W. Hooker y empleado como bibliotecario asistente por Sir J. Banks. Parece haber tenido una enorme capacidad de trabajo, y se dice que tradujo la 'Analyse du Fruit' de Richard en una sola sesión de dos días y tres noches. Se convirtió en Secretario Asistente de la Sociedad de Horticultura, y en 1829 fue nombrado Profesor de Botánica en el University College, puesto que ocupó durante más de treinta años. Sus escritos son numerosos: el más conocido sea quizá su 'Vegetable Kingdom', publicado en 1846. Su influencia para ayudar a introducir el sistema natural de clasificación fue considerable, y aportó "todo el peso de su enseñanza y toda la fuerza de sus poderes polémicos para apoyarlo", frente al sistema linneano enseñado universalmente en la primera parte de su carrera. Sachs señala (Geschichte der Botanik, 1875, página 161) que, aunque Lindley adoptó en lo esencial una clasificación sólida de las plantas, solo lo hizo abandonando su propio principio teórico de que la importancia fisiológica de un órgano es una medida de su valor clasificatorio.) nunca oiga que él era un competidor contra mí; pues realmente es casi RIDÍCULO (por supuesto, usted nunca repetiría que dije esto, porque otros pensarían, aunque no, creo, usted, que es afectación) que él no tuviera la medalla mucho antes que yo; debo sentirme SEGURO de que usted hizo lo correcto al proponerlo; y qué buen, querido y amable compañero es usted, no obstante, al regocijarse de que este honor sea otorgado a mí.
Qué PLACER he sentido en la ocasión, se lo debo casi enteramente a usted.
Adiós, mi querido Hooker, suyo afectuosamente, C. DARWIN.
P.D. Puede creer qué sorpresa fue, pues nunca había oído que las medallas pudieran darse excepto por artículos en las 'Transactions'. Todo esto me hará trabajar con mejor ánimo para terminar el segundo volumen.
CHARLES DARWIN A C. LYELL. Down, 18 de febrero [1854].
Mi querido Lyell,
Debería haber escrito antes, de no haber parecido dudoso si usted iría hasta Tenerife, pero ahora me alegra extremadamente saber que su progreso posterior es seguro; no es que tenga mucho que decir de ningún tipo, como bien podrá creer cuando escuche que solo he estado una vez en Londres desde que usted partió. Me alegró particularmente ver, hace dos días, su carta al Sr. Horner, con sus noticias geológicas; qué afortunado para usted que sus rodillas se hayan recuperado. Estoy asombrado por lo que dice de la belleza, aunque la había imaginado grande. Realmente me da mucha envidia pensar en usted trepando arriba y abajo por esos valles escarpados. Y qué grupo tan agradable a su regreso de sus expediciones. A menudo pienso en el deleite que sentí al examinar islas volcánicas, y puedo recordar incluso rocas particulares que golpeé, y el olor de los acantilados calientes, negros y escoriáceos; pero de esos olores CALIENTES no parece haber tenido mucho. Realmente le envidio. Cómo me gustaría estar con usted, y especular sobre los valles profundos y estrechos.
Qué singular resulta el hecho que menciona sobre la inclinación de los estratos, que es mayor alrededor de la circunferencia que en el centro de la isla; ¿supone que la elevación tuvo la forma de una cúpula plana? Recuerdo que en la Cordillera me llamaba a menudo la atención la mayor brusquedad de los estratos en las cadenas exteriores más bajas y extremas, en comparación con la gran masa de las montañas interiores. Me atrevo a decir que habrá pensado en medir exactamente la anchura de cualquier dique en la parte superior e inferior de cualquier gran acantilado (lo cual fue hecho por el Sr. Searle [?] en Santa Elena), pues a menudo me ha parecido MUY EXTRAÑO que las grietas no desaparecieran MÁS A MENUDO hacia arriba. Apenas se me ocurre ninguna novedad que contarle, ya que no he visto a nadie desde que estuve en Londres, cuando me encantó ver a Forbes con tan buen aspecto, bastante grande y corpulento. Vi en el Museo parte del mineral de oro sorprendentemente rico del norte de Gales. Ramsay también me dijo que últimamente ha convertido una buena parte del Nuevo Arenisca Roja en Pérmico, junto con el Labyrinthodon. Sin duda usted lee los periódicos y sabe que E. de Beaumont es secretario perpetuo y será, supongo, más poderoso que nunca; y Le Verrier ocupa el lugar de Arago en el Observatorio. Hace poco hubo una reunión en la Sociedad Geológica, en la que Prestwich (a juzgar por lo que me contó R. Jones) presentó su teoría exacta, a saber, ¡que toda la arcilla roja y los pedernales sobre la meseta de creta de estos alrededores son el residuo de la lenta disolución de la creta!
En cuanto a nosotros, no tenemos noticias y todos estamos bien. Los Hooker, hace algún tiempo, pasaron quince días con nosotros y, para nuestro extremo deleite, Henslow bajó y estuvo de lo más tranquilo y cómodo aquí. Hace bien ver un semblante tan sereno, benevolente e intelectual. Ha habido grandes temores de que su corazón esté afectado; pero espero en Dios que no tengan fundamento. El libro de Hooker (el 'Diario del Himalaya' de Sir J. Hooker) ha salido a la luz y está MÁS HERMOSAMENTE editado. ¡Me ha honrado sin medida dedicándomelo! En cuanto a mí, he llegado a la página 112 de los percebes, y esa es la suma total de mi historia. A propósito, como le interesa tanto América del Norte, puedo mencionarle que recibí una larga carta de un compañero de barco en Australia, quien dice que la colonia se está volviendo decididamente republicana por la afluencia de estadounidenses, y que todos los grandes y novedosos planes para trabajar el oro son planeados y ejecutados por estos hombres. ¡Qué nación tan emprendedora es! Dé mis recuerdos más afectuosos a Lady Lyell, a la Sra. Bunbury y a Bunbury. Deseo de todo corazón que las Canarias sean diez veces más interesantes que Madeira, y que todo vaya de la forma más próspera con todo su grupo.
Mi querido Lyell, suyo más verdadera y afectuosamente, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 1 de marzo [1854].
Mi querido Hooker,
Terminé ayer por la tarde el primer volumen, y le felicito muy sinceramente por haber producido un libro de PRIMERA CLASE ('Diario del Himalaya'), un libro que sin duda perdurará. No puedo dudar de que ocupará su lugar como una obra de referencia, no tanto porque contenga materia sólida real, sino porque da una imagen de todo el país. Uno puede sentir que lo ha visto (y me sentí desesperadamente incómodo al cruzar algunos de los puentes y laderas empinadas), y uno COMPRENDE todas las grandes características físicas. Tiene, en verdad, motivos para estar orgulloso; piense en lo pocos viajeros que ha habido con un conocimiento profundo de un tema, y que además pudieran hacer un mapa (que, dicho sea de paso, es uno de los más claros que he visto jamás, por lo que las bendiciones caigan sobre su cabeza), ¡y estudiar geología y meteorología! Pensé que le conocía muy bien, pero no tenía la menor idea de que sus viajes fueran su pasatiempo; pero me alegro de corazón por ello, pues estoy seguro de que nunca llegará el momento en que usted y la Sra. Hooker no se sientan orgullosos de recordar el trabajo invertido en estos hermosos volúmenes.
Su carta, recibida esta mañana, me ha interesado EXTREMADAMENTE, y le agradezco sinceramente que me cuente sus antiguos pensamientos y aspiraciones. Todo lo que dice hace que me sienta aún más profundamente gratificado por la dedicatoria; pero usted, hombre malvado, ¿recuerda haberme preguntado cómo creía que a Lyell le gustaría que se le dedicara la obra? Recuerdo con cuánta firmeza respondí, y supongo que quería saber qué sentiría; ¿quién habría soñado que fuera tan astuto? Me alegro de que haya mostrado un poco de ambición respecto a su diario, pues debe saber que a menudo le he criticado por no preocuparse más por la fama, aunque, al mismo tiempo, debo confesar que le he envidiado y honrado por ser tan libre (demasiado libre, como siempre he pensado) de esta "última enfermedad de, etc.". No diga: "nunca hubo un pasado hasta ahora para mí, el fantasma siempre estuvo a la vista", pues pronto encontrará otros fantasmas a la vista. Qué bien conozco este sentimiento, y lo conocí antiguamente aún más vívidamente; pero creo que mi estómago ha adormecido mucho mi anterior entusiasmo puro por la ciencia y el conocimiento.
Estoy escribiendo una carta inaceptablemente larga, pero debo volver a los diarios, sobre los cuales apenas he dicho nada en detalle. Imprimis, las ilustraciones y los mapas me parecen los mejores que he visto nunca; el estilo me parece en todas partes perfectamente claro (¡qué rara virtud!), y algunos pasajes son realmente elocuentes. Qué excelentemente ha descrito los valles superiores, y qué detestable su clima; me sentí bastante ansioso en las laderas del Kinchin esa terrible noche de nieve. Nada me ha asombrado más que su fuerza física; ¡y todos esos puentes diabólicos! Bueno, ¡gracias a Dios! No es MUY probable que yo vaya nunca al Himalaya. Mucho desde el punto de vista científico me ha interesado, especialmente todo lo relacionado con esas maravillosas morenas. Ciertamente creo que comprendo los valles, quizá más vívidamente por haber visto los valles de Tahití. No puedo dudar de que el Himalaya debe casi todo su contorno al agua corriente, y que ha estado sujeto a tal acción durante más tiempo que ninguna otra montaña (hasta ahora descrita) en el mundo. ¡Qué contraste con los Andes!
Quizá le gustaría oír lo poco que puedo decir per contra, y esto solo aplicado al principio, en el cual (según me pareció) no había suficiente FLUJO hasta que se llega a Mirzapore en el Ganges (pero los Thugs eran MÁS interesantes), donde la corriente parecía llevarle a uno más equitativamente con frases más largas y hechos y discusiones más largos, etc. En otra edición (y estoy encantado de saber que Murray lo ha vendido todo), consideraría si esta parte no podría condensarse. Incluso si la meteorología se pusiera en notas al pie, creo que sería una mejora. Todo el mundo está en mi contra, pero me hace muy infeliz ver los nombres latinos todos en cursiva, y todos mezclados con nombres ingleses en letra redonda; pero debo soportar esta carga, pues todos los hombres de ciencia parecen pensar que corrompería el latín vestirlo con el mismo tipo de letra que el pobre y viejo inglés. Bueno, estoy muy orgulloso de MI libro; pero hay un fastidio, que no me gusta mucho preguntar a la gente si lo han visto, y si les gusta, pues me siento tan identificado con él, que tales preguntas se vuelven bastante personales. Por tanto, no puedo decirle la opinión de los demás. Habrá visto una crítica bastante buena en el 'Athenaeum'.
Qué excelentes noticias desde Tasmania: es realmente un hecho muy notable y meritorio para la colonia. (Esto se refiere a una subvención no solicitada por el Gobierno Colonial para los gastos de la 'Flora de Tasmania' de Sir J. Hooker). Siempre estoy construyendo verdaderos castillos en el aire sobre emigrar, y Tasmania ha sido mi cuartel general últimamente; así que me siento muy orgulloso de mi país adoptivo: es realmente un hecho muy singular y delicioso, contrastado con la escasa apreciación de la ciencia en el viejo país. Le agradezco de corazón su carta de esta mañana, y toda la satisfacción que su dedicatoria me ha dado; no pude evitar pensar en cuánto le despreciaría -- por no haberla dedicado a algún gran hombre, que le hubiera hecho algún bien a usted y a ella ante los ojos del mundo. Ah, mi querido Hooker, usted fue muy blando en este aspecto, y justifica lo que digo sobre no preocuparse lo suficiente por su propia fama. Desearía ser en todos los sentidos más digno de su buena opinión. Adiós. Qué placenteramente debemos descansar la Sra. Hooker y usted de uno de sus muchos trabajos...
De nuevo adiós: he escrito una carta maravillosamente larga. Adiós, y que Dios le bendiga.
Mi querido Hooker, siempre suyo, C. DARWIN.
P.D.--Acabo de echar un vistazo a mi carta divagante; veo que no he expresado en absoluto mi firme admiración por la cantidad de trabajo científico, en tantas ramas, que usted ha realizado. Es realmente grandioso. Tiene derecho a descansar en sus laureles; o incluso a decir, si así le place, que "su meridiano ha pasado"; pero bien seguro me siento de que el día de su reputación y reconocimiento general apenas acaba de empezar a amanecer.
[En septiembre de 1854, su trabajo sobre los cirrípedos estaba prácticamente terminado, y escribió al Dr. Hooker:
"He estado desperdiciando mi tiempo durante las últimas semanas de una manera tediosa, en parte ociosidad, y pequeños asuntos, y enviando diez mil percebes fuera de casa por todo el mundo. Pero ahora, en un día o dos, empezaré a revisar mis viejas notas sobre especies. ¡Qué cantidad de cosas tendré que discutir con usted!; tendré que tener cuidado de no 'progresar' hasta convertirme en uno de los mayores fastidios de la vida para unos pocos como usted con tanto conocimiento."]
CAPÍTULO 1.X. -- EL CRECIMIENTO DEL 'ORIGEN DE LAS ESPECIES.'
[El crecimiento del 'Origen de las especies' ha sido descrito brevemente en las palabras de mi padre (arriba). Las cartas presentadas en el presente y siguientes capítulos ilustrarán y ampliarán la historia así esbozada.]
Está claro que en la primera parte del viaje del "Beagle" no consideró inconsistente con sus puntos de vista expresarse en un lenguaje completamente ortodoxo en cuanto a la génesis de nuevas especies. Así, en 1834 escribió (Diarios MS, página 468.) en Valparaíso: "Ya he encontrado lechos de conchas recientes que aún conservan su color a una elevación de 1300 pies, y debajo, el terreno llano está sembrado de ellas. No parece una conjetura muy improbable que la falta de animales pueda deberse a que ninguno haya sido creado desde que este país se elevó del mar".
Este pasaje no aparece en el 'Diario' publicado, cuya última prueba fue terminada en 1837; y este hecho armoniza con el cambio que sabemos que estaba ocurriendo en sus puntos de vista. Pero en el 'Diario' publicado encontramos pasajes que muestran un punto de vista más acorde con la historia natural teológica ortodoxa que con sus puntos de vista posteriores. Así, al hablar de las aves Synallaxis y Scytalopus (1ª edición página 353; 2ª edición página 289), dice: "Al encontrar, como en este caso, cualquier animal que parece desempeñar un papel tan insignificante en el gran esquema de la naturaleza, uno tiende a preguntarse por qué debería haber sido creada una especie distinta".
Una comparación de las dos ediciones del 'Diario' es instructiva, al dar alguna idea del desarrollo de sus puntos de vista sobre la evolución. No nos da un índice verdadero de la masa de conjeturas que estaba tomando forma en su mente, pero nos muestra que se sentía lo suficientemente seguro de la verdad de su creencia como para permitir que un matiz más fuerte de evolución apareciera en la segunda edición. Ha mencionado en la Autobiografía que no fue hasta que leyó a Malthus que obtuvo una visión clara de la potencia de la selección natural. Esto fue en 1838, un año después de terminar la primera edición (no se publicó hasta 1839), y cinco años antes de que se escribiera la segunda edición (1845). Por lo tanto, el punto de inflexión en la formación de su teoría tuvo lugar entre la redacción de las dos ediciones.
Primero daré unos pocos pasajes que son prácticamente los mismos en las dos ediciones, y que son, por tanto, principalmente de interés como ilustración de su estado mental en 1837.
El caso de las dos especies de Molothrus (1ª edición página 61; 2ª edición página 53) debe haber sido uno de los primeros ejemplos notados por él de la existencia de especies representativas, un fenómeno que sabemos ('Autobiografía') le impresionó profundamente. La discusión sobre los animales introducidos (1ª edición página 139; 2ª edición página 120) muestra cuánto le impresionó la complicada interdependencia de los habitantes de un área determinada.
Un punto de vista análogo se da en la discusión (1ª edición página 98; 2ª edición página 85) de la creencia errónea de que los animales grandes requieren, para su sustento, una vegetación exuberante; la incorrección de este punto de vista se ilustra mediante la comparación de la fauna de Sudáfrica y Sudamérica, y la vegetación de ambos continentes. El interés de la discusión es que muestra claramente nuestra ignorancia a priori de las condiciones de vida adecuadas para cualquier organismo.
Hay un pasaje que ha sido citado más de una vez en relación con el origen de sus puntos de vista. Es donde discute la sorprendente diferencia entre las especies de ratones al este y al oeste de los Andes (1ª edición página 399): "A menos que supongamos que la misma especie fue creada en dos países diferentes, no deberíamos esperar una similitud más estrecha entre los seres orgánicos en lados opuestos de los Andes que en costas separadas por un ancho estrecho de mar". En la 2ª edición, página 327, el pasaje es casi verbalmente idéntico, y es prácticamente el mismo.
Hay otros pasajes de nuevo que son más fuertemente evolucionistas en la 2ª edición, pero por lo demás son similares a los pasajes correspondientes en la 1ª edición. Así, al describir el Tuco-tuco ciego (1ª edición página 60; 2ª edición página 52), en la primera edición no hace alusión a lo que Lamarck podría haber pensado, ni se utiliza el ejemplo como un ejemplo de modificación, como en la edición de 1845.
Un pasaje sorprendente ocurre en la 2ª edición (página 173) sobre la relación entre los "edentados extintos y los perezosos, osos hormigueros y armadillos vivos".
"Esta maravillosa relación en el mismo continente entre los muertos y los vivos, no dudo que arrojará más luz en lo sucesivo sobre la aparición de los seres orgánicos en nuestra tierra, y su desaparición de ella, que cualquier otra clase de hechos".
Esta frase no aparece en la 1ª edición, pero estaba evidentemente profundamente impresionado por la desaparición de los precursores gigantescos de los animales actuales. La diferencia entre las discusiones en las dos ediciones es muy instructiva. En ambas, se insiste en nuestra ignorancia de las condiciones de vida, pero en la segunda edición, la discusión se hace conducir a una fuerte declaración de la intensidad de la lucha por la vida. Luego sigue una comparación entre rareza (En la segunda edición, página 146, la destrucción del ganado Niata por sequías se da como un buen ejemplo de nuestra ignorancia de las causas de rareza o extinción. El pasaje no aparece en la primera edición.) y extinción, que introduce la idea de que la preservación y dominancia de las especies existentes dependen del grado en que están adaptadas a las condiciones circundantes. En la primera edición, él simplemente está "tentado a creer en relaciones tan simples como la variación del clima y los alimentos, o la introducción de enemigos, o el número creciente de otras especies, como causa de la sucesión de razas". Pero finalmente (1ª edición) termina el capítulo comparando la extinción de una especie con el agotamiento y desaparición de variedades de árboles frutales: como si pensara que un misterioso plazo de vida estaba impreso en cada especie en su creación.
La diferencia de tratamiento del problema de las Galápagos es de cierto interés. En el libro anterior, se nota el tipo americano de las producciones de las islas, así como el hecho de que las diferentes islas poseen formas especialmente suyas, pero la importancia de todo el problema no se expone tan fuertemente. Así, en la primera edición, simplemente dice:--
"Esta similitud de tipo entre islas lejanas y continentes, mientras las especies son distintas, apenas ha sido suficientemente notada. La circunstancia se explicaría, según las opiniones de algunos autores, diciendo que el poder creativo había actuado según la misma ley sobre una amplia área".--(1ª edición página 474.)
Este pasaje no se da en la segunda edición, y las generalizaciones sobre la distribución geográfica son mucho más amplias y completas. Así pregunta:--
"¿Por qué sus habitantes aborígenes, asociados... en diferentes proporciones tanto en tipo como en número de los del Continente, y por tanto actuando unos sobre otros de una manera diferente, ¿por qué fueron creados sobre tipos americanos de organización?"--(2ª edición página 393.)
La misma diferencia de tratamiento se muestra en otras partes de este capítulo. Así, la gradación en la forma del pico presentada por las trece especies aliadas de pinzón se describe en la primera edición (página 461) sin comentarios. Mientras que en la segunda edición (página 380) concluye:--
"Uno podría realmente imaginar que de una escasez original de aves en este archipiélago, una especie ha sido tomada y modificada para diferentes fines".
En general, me parece notable que la diferencia entre las dos ediciones no sea mayor; es otra prueba de la cautela y el autocontrol del autor en el tratamiento de su teoría. Después de leer la segunda edición del 'Diario', encontramos con una fuerte sensación de sorpresa cuán desarrollados estaban sus puntos de vista en 1837. Estamos habilitados para formarnos una opinión sobre este punto a partir de los cuadernos en los que escribió pensamientos y consultas aislados. Citaré del primer cuaderno, completado entre julio de 1837 y febrero de 1838: y esto es más valioso de hacer, ya que nos da una visión del estado de sus pensamientos antes de la lectura de Malthus. Las notas están escritas en su estilo más apresurado, omitiéndose tantas palabras que a menudo es difícil llegar al significado. Con pocas excepciones (indicadas por corchetes) (En los extractos del cuaderno los paréntesis ordinarios representan los paréntesis de mi padre.) he impreso los extractos tal como fueron escritos; la puntuación, sin embargo, ha sido alterada, y algunos errores obvios corregidos donde parecía necesario. Los extractos no están impresos en orden, sino que están clasificados a grandes rasgos. (En la primera página del cuaderno, está escrito "Zoonomia"; esto parece referirse a las pocas primeras páginas en las que se discute la reproducción por gemación, y donde se menciona la "Zoonomia". Muchas páginas han sido cortadas del cuaderno, probablemente para su uso en la redacción del Esbozo de 1844, y estas sin duda habrían contenido los extractos más interesantes.)
"La propagación explica por qué los animales modernos son del mismo tipo que los extintos, lo cual es ley, casi probado."
"Podemos ver por qué la estructura es común en ciertos países cuando difícilmente podemos creer que sea necesaria, pero si fuera necesaria para un antepasado, el resultado sería como es. De ahí los antílopes en el Cabo de Buena Esperanza; los marsupiales en Australia."
"Los países separados durante más tiempo muestran las mayores diferencias; si están separados por inmersión, posiblemente dos tipos distintos, pero cada uno teniendo sus representantes, como en Australia."
"¿Se aplicará esto a todo el reino orgánico cuando nuestro planeta se enfrió por primera vez?"
Los dos extractos siguientes muestran que aplicó la teoría de la evolución a "todo el reino orgánico", desde las plantas hasta el hombre.
"Si elegimos dejar que la conjetura corra libre, entonces los animales, nuestros hermanos compañeros en el dolor, la enfermedad, la muerte, el sufrimiento y la hambruna; nuestros esclavos en los trabajos más laboriosos, nuestros compañeros en nuestras diversiones, pueden compartir [¿de?] nuestro origen en un ancestro común; podemos estar todos fundidos juntos."
"Los diferentes intelectos del hombre y los animales no son tan grandes como entre los seres vivos sin pensamiento (plantas), y los seres vivos con pensamiento (animales)."
Los siguientes extractos están de nuevo relacionados con una visión a priori de la probabilidad del origen de las especies por descendencia ["propagación", la llamó].
"El árbol de la vida quizás debería llamarse el coral de la vida, la base de las ramas muerta; de modo que los pasajes no pueden ser vistos."
"Puede que nunca haya habido una graduación entre el cerdo y el tapir, y sin embargo provienen de algún progenitor común. Ahora bien, si los rangos intermedios hubieran producido infinitas especies, probablemente la serie habría sido más perfecta".
En otro lugar, al hablar de las formas intermedias, dice:--
"Cuvier objeta la propagación de las especies diciendo: ¿por qué no se han descubierto algunas formas intermedias entre el Palaeotherium, el Megalonyx, el Mastodon y las especies que viven actualmente? Ahora bien, según mi punto de vista (en Sudamérica), el antepasado de todos los armadillos podría ser hermano del Megatherium... un tío ya muerto".
Al hablar en otro sitio de las formas intermedias, observa:--
"Los oponentes dirán: 'muéstramelas'. Yo responderé que sí, si ustedes me muestran cada paso entre el bulldog y el galgo".
Aquí vemos que el caso de los animales domésticos ya estaba presente en su mente en relación con la producción de especies naturales. La desaparición de las formas intermedias conduce naturalmente al tema de la extinción, con el que comienza el siguiente extracto.
"Es un hecho maravilloso que el caballo, el elefante y el mastodonte se extinguieran más o menos al mismo tiempo en lugares tan diferentes.
"¿Dirá el Sr. Lyell que una misma circunstancia los mató en un territorio que va desde España hasta Sudamérica?--(Nunca).
"Mueren, a menos que cambien, como las manzanas golden pippin; es una GENERACIÓN DE ESPECIES como la generación DE INDIVIDUOS.
"¿Por qué muere el individuo? Para perpetuar ciertas peculiaridades (por lo tanto, adaptación), y obliterar variedades accidentales, y para acomodarse al cambio (pues, por supuesto, el cambio, incluso en las variedades, es acomodación). Ahora bien, este argumento se aplica a las especies.
"Si el individuo no puede propagarse, no tiene descendencia; así sucede con las especies.
"Si las ESPECIES generan otras ESPECIES, su linaje no se corta por completo: al igual que las golden pippins, si se producen por semilla, continúan; de lo contrario, todas mueren.
"El caballo fósil generó, en el sur de África, a la cebra, y continuó; en América pereció.
"Todos los animales de la misma especie están unidos entre sí al igual que los brotes de las plantas, que mueren a la vez, aunque se hayan producido antes o después. Demuestra que los animales son como las plantas; rastrea la gradación entre los animales asociados y los no asociados, y la historia estará completa".
Aquí tenemos la visión, ya aludida, de un plazo de vida impreso en una especie.
Pero en la siguiente nota relacionamos la extinción con la variación desfavorable, y se nos da así una pista de la selección natural:
"Con respecto a la extinción, podemos ver fácilmente que una variedad de avestruz (Petise) puede no estar bien adaptada y, por lo tanto, perecer; o, por otro lado, como ocurre con el Orpheus [un pájaro de las Galápagos], al ser favorable, podrían producirse muchos. Esto requiere el principio de que las variaciones permanentes producidas por la cría confinada y las circunstancias cambiantes se continúan y producen de acuerdo con la adaptación a tales circunstancias, y por lo tanto, que la muerte de la especie es una consecuencia (contrario a lo que parecería desde América) de la falta de adaptación a las circunstancias".
La primera parte del siguiente extracto tiene un alcance similar. El final del pasaje es de gran interés, ya que muestra que él tenía, en esta fecha temprana, visiones del carácter trascendental de la teoría de la evolución:--
"Con la creencia en la transmutación y el agrupamiento geográfico, nos vemos llevados a intentar descubrir las CAUSAS del cambio; el modo de adaptación (¿¿deseo de los padres??), el instinto y la estructura se llenan de especulaciones y líneas de observación. La visión de la generación como condensación (imagino que quiere decir que cada generación está "condensada" en un pequeño número de los individuos mejor organizados), prueba de que la organización superior es inteligible... Mi teoría daría entusiasmo a la anatomía comparada reciente y fósil; conduciría al estudio de los instintos, la herencia y la herencia mental, toda la metafísica.
"Llevaría al examen más minucioso de la hibridez y la generación, a las causas del cambio con el fin de saber de dónde venimos y hacia dónde tendemos; a qué circunstancias favorecen el cruce y qué lo impide; esto, y el examen directo de los pasos directos de la estructura en las especies, podría conducir a las leyes del cambio, que entonces serían el objeto principal de estudio, para guiar nuestras especulaciones".
Los siguientes dos extractos tienen un interés similar; el segundo es especialmente interesante, ya que contiene el germen de la frase final del 'Origen de las especies': ('Origen de las especies' (1ª edición), página 490:-- "Hay grandeza en esta concepción de la vida, con sus diversos poderes, habiendo sido insuflada originalmente en unas pocas formas o en una sola; y que mientras este planeta ha continuado girando de acuerdo con la ley fija de la gravedad, desde un comienzo tan sencillo han evolucionado y siguen evolucionando formas sin fin, bellísimas y maravillosas").--
"Antes de que se descubriera la atracción de la gravedad, podría haberse dicho que era una dificultad tan grande explicar el movimiento de todos [los planetas] mediante una sola ley como explicar cada uno por separado; así, decir que todos los mamíferos nacieron de un solo tronco, y desde entonces se distribuyeron por medios que podemos reconocer, puede pensarse que no explica nada.
"Los astrónomos podrían haber dicho anteriormente que Dios preordenó a cada planeta moverse en su destino particular. De la misma manera, Dios ordena que cada animal sea creado con ciertas formas en ciertos países, pero qué poder mucho más simple y sublime; dejemos que la atracción actúe de acuerdo con cierta ley, tales son las consecuencias inevitables; dejemos que los animales sean creados, luego, por las leyes fijas de la generación, tales serán sus sucesores.
"Dejemos que los poderes de transporte sean tales, y así serán las formas de un país a otro; ¡¡dejemos que los cambios geológicos sigan a tal ritmo, y así serán el número y la distribución de las especies!!"
Los tres extractos siguientes son de interés variado:--
"Cuando uno ve un pezón en el pecho del hombre, uno no dice que tiene algún uso, sino que el sexo no ha sido determinado; así sucede con las alas inútiles bajo los élitros de los escarabajos; nacidos de escarabajos con alas, y modificados; si fuera simplemente una creación, habrían nacido sin ellos".
"En una población en disminución, en cualquier momento dado, hay menos individuos estrechamente relacionados (pocas especies de géneros); en última instancia, pocos géneros (porque de lo contrario la relación convergería antes), y por último, tal vez, algún único individuo. ¿No explicará esto los extraños géneros con pocas especies que se interponen entre los grandes grupos, que estamos obligados a considerar como los crecientes?"
El último extracto que citaré da el germen de su teoría sobre la relación entre las plantas alpinas en varias partes del mundo, en cuya publicación se le adelantó E. Forbes (véase volumen i, página 72). Dice, en el cuaderno de notas de 1837, que las plantas alpinas "antiguamente descendieron más, por lo tanto [son] especies de géneros inferiores alterados, o plantas del norte".
Cuando pasamos al Bosquejo de su teoría, escrito en 1844 (por lo tanto, todavía antes de que se completara la segunda edición del 'Journal'), encontramos un avance enorme respecto al cuaderno de notas de 1837. El Bosquejo es, de hecho, una presentación sorprendentemente completa del argumento que nos resultaría familiar en el 'Origen de las especies'. Existe cierta oscuridad en cuanto a la fecha del breve Bosquejo que formó la base del Ensayo de 1844. Sabemos por sus propias palabras (volumen i, página 68) que fue en junio de 1842 cuando escribió por primera vez un breve bosquejo de sus puntos de vista. (Esta versión no la encuentro, y probablemente fue destruida, como gran parte de su manuscrito, después de haber sido ampliada y copiada de nuevo en 1844). Esta declaración se da con tanto detalle que es casi imposible suponer que contiene un error de fecha. Coincide también con el siguiente extracto de su diario.
1842. 18 de mayo. Fui a Maer.
"15 de junio a Shrewsbury, y el 18 a Capel Curig. Durante mi estancia en Maer y Shrewsbury (cinco años después del comienzo) escribí el bosquejo a lápiz de la teoría de las especies".
De nuevo, en la introducción al 'Origen', página 1, escribe: "después de un intervalo de cinco años de trabajo" [desde 1837, es decir, en 1842], "me permití especular sobre el tema y redacté algunas notas breves".
Sin embargo, en la carta firmada por Sir C. Lyell y Sir J.D. Hooker, que sirve de introducción al artículo conjunto de los Sres. C. Darwin y A. Wallace sobre la 'Tendencia de las especies a formar variedades' ('Linn. Soc. Journal', 1858, página 45), se dice que el ensayo de 1844 (cuyos extractos forman parte del artículo) fue "bosquejado en 1839 y copiado en 1844". Esta declaración se hace obviamente bajo la autoridad de una nota escrita de puño y letra de mi padre a través de la Tabla de Contenidos del Ensayo de 1844. Es al efecto siguiente: "Esto fue bosquejado en 1839, y copiado íntegramente, tal como está aquí escrito y leído por ti en 1844". Concluyo que esta nota fue añadida en 1858, cuando el manuscrito fue enviado a Sir J.D. Hooker (véase carta del 29 de junio de 1858, página 476). Hay también otras pruebas de este lado de la cuestión. Escribiendo al Sr. Wallace (25 de enero de 1859), mi padre dice:-- "Todo el mundo a quien he visto ha pensado que tu artículo está muy bien escrito e es interesante. Deja en la sombra a mis extractos (¡escritos en 1839, ahora hace justo veinte años!), que debo decir en mi defensa que nunca tuvieron la intención de ser publicados". La afirmación de que el primer bosquejo fue escrito en 1839 se ha hecho con frecuencia en las notas biográficas de mi padre, sin duda bajo la autoridad del 'Linnean Journal', pero debe, creo, considerarse errónea. El error puede haber surgido posiblemente de esta manera. Al escribir en la Tabla de Contenidos del manuscrito de 1844 que fue bosquejado en 1839, creo que mi padre pudo haber tenido la intención de dar a entender que el marco de la teoría fue claramente pensado por él en esa fecha. En la Autobiografía habla del momento, "alrededor de 1839, cuando la teoría fue claramente concebida", refiriéndose, sin duda, a finales de 1838 y principios de 1839, cuando la lectura de Malthus le dio la clave de la idea de la selección natural. Pero esta explicación no se aplica a la carta al Sr. Wallace; y con respecto al pasaje (Mi padre ciertamente vio las pruebas del artículo, pues añadió una nota a pie de página disculpándose por el estilo de los extractos, alegando que la "obra nunca tuvo la intención de ser publicada") en el 'Linnean Journal', es difícil entender cómo se permitió que permaneciera tal como está ahora, transmitiendo, como claramente lo hace, la impresión de que 1839 fue la fecha de su primer bosquejo escrito.
El bosquejo de 1844 está escrito con letra de escribiente, en doscientas treinta y una páginas en folio, alternándose hojas en blanco con el manuscrito con vistas a su ampliación. El texto ha sido revisado y corregido, con críticas escritas a lápiz por él mismo en el margen. Está dividido en dos partes: I. "Sobre la variación de los seres orgánicos bajo domesticación y en su estado natural". II. "Sobre las evidencias a favor y en contra de la opinión de que las especies son razas formadas naturalmente descendientes de troncos comunes". La primera parte contiene el argumento principal del 'Origen de las especies'. Se basa, al igual que el argumento de esa obra, en el estudio de los animales domésticos, y tanto el Bosquejo como el 'Origen' comienzan con un capítulo sobre la variación bajo domesticación y sobre la selección artificial. A esto le siguen, en ambos ensayos, discusiones sobre la variación en la naturaleza, sobre la selección natural y sobre la lucha por la vida. Aquí cesa cualquier parecido estrecho entre ambos ensayos en lo que respecta a la disposición. El Capítulo III del Bosquejo, que concluye la primera parte, trata de las variaciones que ocurren en los instintos y hábitos de los animales, y por lo tanto corresponde en cierta medida con el Capítulo VII del 'Origen' (1ª edición). Forma así un complemento a los capítulos que tratan de la variación en la estructura. Parece haber sido colocado tan pronto en el Ensayo para evitar el rechazo apresurado de toda la teoría por parte de un lector para quien la idea de la selección natural actuando sobre los instintos pudiera parecer imposible. Esto es más probable, ya que el Capítulo sobre el Instinto en el 'Origen' se menciona especialmente (Introducción, página 5) como una de las "dificultades más aparentes y graves de la teoría". Además, el capítulo del Bosquejo termina con una discusión sobre "si alguna estructura corporal particular... es tan maravillosa como para justificar el rechazo prima facie de nuestra teoría". Bajo este epígrafe se incluye la discusión sobre el ojo, que en el 'Origen' encuentra su lugar en el Capítulo VI bajo "Dificultades de la teoría". La segunda parte parece haber sido planeada de acuerdo con su punto de vista favorito con respecto a su teoría. Esto se da brevemente en una carta al Dr. Asa Gray, el 11 de noviembre de 1859: "No puedo creer de ninguna manera que una teoría falsa explicaría tantas clases de hechos, como creo que ciertamente explica. En estos fundamentos suelto mi ancla y creo que las dificultades desaparecerán lentamente". Sobre este principio, habiendo expuesto la teoría en la primera parte, procede a mostrar hasta qué punto pueden explicarse mediante ella diversas series amplias de hechos.
Así, la segunda parte del Bosquejo corresponde aproximadamente a los nueve capítulos finales de la Primera Edición del 'Origen'. Pero debemos excluir el Capítulo VII ('Origen') sobre el Instinto, que forma un capítulo en la primera parte del Bosquejo, y el Capítulo VIII ('Origen') sobre el Hibridismo, un tema tratado en el Bosquejo junto con la 'Variación bajo la naturaleza' en la primera parte.
La siguiente lista de los capítulos de la segunda parte del Bosquejo ilustrará su correspondencia con los capítulos finales del 'Origen'.
Capítulo I. "Sobre el tipo de intermediación necesaria, y el número de tales formas intermedias". Esto incluye una discusión geológica y corresponde a partes de los Capítulos VI y IX del 'Origen'.
Capítulo II. "La aparición y desaparición gradual de los seres orgánicos". Corresponde al Capítulo X del 'Origen'.
Capítulo III. "Distribución geográfica". Corresponde a los Capítulos XI y XII del 'Origen'.
Capítulo IV. "Afinidades y clasificación de los seres orgánicos".
Capítulo V. "Unidad de tipo", Morfología, Embriología.
Capítulo VI. Órganos rudimentarios.
Estos tres capítulos corresponden al Capítulo XII del 'Origen'.
Capítulo VII. Recapitulación y Conclusión. La frase final del Bosquejo, que vimos en su primera forma tosca en el Cuaderno de notas de 1837, se asemeja mucho a la frase final del 'Origen', siendo gran parte de ella idéntica. El 'Origen' no está dividido en dos "Partes", pero vemos rastros de que tal división estuvo presente en la mente del autor, en este parecido entre la segunda parte del Bosquejo y los capítulos finales del 'Origen'. Que él hable ('Origen', Introducción, página 5) de los capítulos sobre la transición, sobre el instinto, sobre el hibridismo y sobre el registro geológico como formando un grupo, puede deberse a la división de su primer manuscrito en dos partes.
El Sr. Huxley, que tuvo la amabilidad de leer el Bosquejo a petición mía, al tiempo que señalaba que las "líneas principales de argumentación" y las ilustraciones empleadas son las mismas, señala que en el Ensayo de 1844, "se da mucho más peso a la influencia de las condiciones externas en la producción de variación, y a la herencia de hábitos adquiridos, que en el 'Origen'".
Es extremadamente interesante encontrar en el Bosquejo la primera mención de principios que nos resultan familiares en el 'Origen de las especies'. Entre estos puede mencionarse en primer lugar el principio de la Selección Sexual, que se enuncia claramente. También se da la importante forma de selección conocida como "inconsciente". Aquí también aparece una declaración de la ley de que las peculiaridades tienden a aparecer en la descendencia a una edad correspondiente a aquella en la que ocurrieron en el progenitor.
El profesor Newton, que tuvo la amabilidad de revisar el Bosquejo de 1844, me dice que las observaciones de mi padre sobre la migración de las aves, dadas incidentalmente en más de un pasaje, muestran que se había anticipado a las opiniones de algunos escritores posteriores.
Con respecto al estilo general del Bosquejo, no cabe esperar que tenga todas las características del 'Origen', y, de hecho, no encontramos ese equilibrio y control, esa concentración y aprehensión, que son tan sorprendentes en la obra de 1859.
En la Autobiografía (página 68, volumen 1) mi padre ha expuesto lo que le pareció el principal defecto del Bosquejo de 1844; había pasado por alto "un problema de gran importancia", el problema de la divergencia de caracteres. Este punto se discute en el 'Origen de las especies', pero, como puede no ser familiar para todos los lectores, daré una breve explicación de la dificultad y su solución. El autor comienza afirmando que las variedades difieren entre sí menos que las especies, y luego continúa: "Sin embargo, según mi punto de vista, las variedades son especies en proceso de formación... ¿Cómo, pues, la menor diferencia entre las variedades llega a aumentarse hasta convertirse en la mayor diferencia entre las especies?" ('Origen', 1ª edición, página 111). Muestra cómo tiene lugar una divergencia análoga bajo la domesticación, donde un tronco originalmente uniforme de caballos se ha dividido en caballos de carreras, caballos de tiro, etc., y luego continúa explicando cómo el mismo principio se aplica a las especies naturales. "Por la sencilla circunstancia de que cuanto más diversificados se vuelvan los descendientes de cualquier especie en estructura, constitución y hábitos, tanto más serán capaces de apoderarse de muchos y muy diversificados lugares en la política de la naturaleza, y así ser capaces de aumentar en número".
El principio se ejemplifica con el hecho de que si en un terreno se siembra una sola variedad de trigo, y en otro una mezcla de variedades, en este último caso la producción es mayor. Más individuos han podido existir porque no todos eran de la misma variedad. Un organismo se vuelve más perfecto y más apto para sobrevivir cuando, mediante la división del trabajo, las diferentes funciones de la vida son realizadas por diferentes órganos. De la misma manera, una especie se vuelve más eficiente y más capaz de sobrevivir cuando diferentes secciones de la especie se diferencian para ocupar diferentes estaciones.
Al leer el Bosquejo de 1844, me ha resultado difícil reconocer la ausencia de cualquier declaración definitiva del principio de divergencia como un defecto en el Ensayo. La descendencia con modificación implica divergencia, y nos acostumbramos tanto a la creencia en la descendencia, y por tanto en la divergencia, que no notamos la ausencia de pruebas de que la divergencia sea en sí misma una ventaja. Como se muestra en la Autobiografía, mi padre en 1876 encontraba apenas creíble que hubiera pasado por alto el problema y su solución.
La siguiente carta estará más en su lugar aquí que en su posición cronológica, ya que muestra cuál era el sentimiento de mi padre respecto al valor del Bosquejo en el momento de su finalización.]
CHARLES DARWIN A LA SRA. DARWIN. Down, 5 de julio de 1844.
Acabo de terminar mi bosquejo de mi teoría de las especies. Si, como creo, mi teoría es aceptada con el tiempo incluso por un solo juez competente, será un paso considerable en la ciencia.
Por lo tanto, escribo esto en caso de mi muerte repentina, como mi más solemne y última petición, que estoy seguro de que considerarás como si estuviera legalmente inscrita en mi testamento, para que dediques 400 libras a su publicación, y además, que tú misma, o a través de Hensleigh (el Sr. H. Wedgwood), te tomes la molestia de promoverla. Deseo que mi bosquejo sea entregado a alguna persona competente, con esta suma para inducirle a tomarse la molestia de su mejora y ampliación. Le doy todos mis libros sobre Historia Natural, que están subrayados o tienen referencias al final a las páginas, rogándole que examine y considere cuidadosamente tales pasajes como que tienen relación, o por posibilidad, relación con este tema. Deseo que hagas una lista de todos esos libros como una tentación para un editor. También solicito que le entregues todos esos fragmentos divididos aproximadamente en ocho o diez carpetas de papel marrón. Los fragmentos, con citas copiadas de diversas obras, son los que pueden ayudar a mi editor. También solicito que tú, o algún amanuense, ayudes a descifrar cualquiera de los fragmentos que el editor pueda pensar que posiblemente sean de utilidad. Dejo al juicio del editor si interpolar estos hechos en el texto, o como notas, o bajo apéndices. Como revisar las referencias y los fragmentos será una labor larga, y como CORREGIR y ampliar y alterar mi bosquejo también llevará un tiempo considerable, dejo esta suma de 400 libras como alguna remuneración, y cualquier ganancia del trabajo. Considero que por esto el editor está obligado a conseguir que el bosquejo se publique ya sea bajo el riesgo de un editor o bajo el suyo propio. Muchos de los fragmentos en las carpetas contienen meras sugerencias rudas y puntos de vista tempranos, ahora inútiles, y muchos de los hechos probablemente resultarán no tener relación con mi teoría.
Respecto a los editores, el Sr. Lyell sería el mejor si quisiera encargarse de ello; creo que encontraría el trabajo agradable y aprendería algunos hechos nuevos para él. Como el editor debe ser geólogo además de naturalista, el siguiente mejor editor sería el profesor Forbes de Londres. El siguiente mejor (y realmente el mejor en muchos aspectos) sería el profesor Henslow. El Dr. Hooker sería MUY bueno. El siguiente, el Sr. Strickland. (Tras el nombre del Sr. Strickland aparece la siguiente frase, que ha sido borrada pero permanecía legible: "El profesor Owen sería muy bueno; pero supongo que no emprendería tal trabajo"). Si ninguno de ellos quisiera encargarse de ello, le pediría que consulte con el Sr. Lyell, o con algún otro hombre capaz, para buscar un editor, un geólogo y naturalista. Si otras cien libras marcaran la diferencia para conseguir un buen editor, le pido encarecidamente que reúna 500 libras.
Mis colecciones restantes de Historia Natural pueden darse a cualquiera o a cualquier museo donde sean aceptadas...
[La siguiente nota parece haber formado parte de la carta original, pero puede ser de fecha posterior:
"Lyell, especialmente con la ayuda de Hooker (y de cualquier buena ayuda zoológica), sería el mejor de todos. Si un editor no se compromete a dedicarle tiempo, no tendría sentido pagar tal suma.
"Si hubiera alguna dificultad para encontrar un editor que profundizara en el tema y pensara en el significado de los pasajes marcados en los libros y copiados en trozos de papel, entonces que mi bosquejo se publique tal como está, indicando que fue hecho hace varios años (Las palabras "hace varios años y" parecen haber sido añadidas en una fecha posterior) y de memoria sin consultar ninguna obra, y sin intención de publicación en su forma actual"].
La idea de que el Bosquejo de 1844 pudiera permanecer, en caso de su muerte, como el único registro de su trabajo, parece haber estado mucho tiempo en su mente, pues en agosto de 1854, cuando hubo terminado con los Cirripedios, y pensaba en comenzar su "trabajo sobre las especies", añadió al dorso de la carta anterior: "Hooker es con mucho el mejor hombre para editar mi volumen sobre las especies. Agosto de 1854".
CAPÍTULO 1.XI. -- EL CRECIMIENTO DEL 'ORIGEN DE LAS ESPECIES'.
CARTAS, 1843-1856.
[La historia de la vida de mi padre se narra más completamente en su correspondencia con Sir J.D. Hooker que en cualquier otra serie de cartas; y esto es especialmente cierto en la historia del crecimiento del 'Origen de las especies'. Este, por lo tanto, parece un lugar apropiado para las siguientes notas que Sir Joseph Hooker ha tenido la amabilidad de darme. Ofrecen, además, una imagen interesante de su temprana amistad con mi padre:--
"Mi primer encuentro con el Sr. Darwin fue en 1839, en Trafalgar Square. Yo caminaba con un oficial que había sido su compañero de barco durante poco tiempo en el "Beagle" siete años antes, pero que no creo que se hubiera reunido con él desde entonces. Fui presentado; la entrevista fue por supuesto breve, y el recuerdo que me llevé de él y que aún conservo era el de un hombre más bien alto y de hombros más bien anchos, con una ligera inclinación, una expresión agradable y animada al hablar, cejas pobladas y una voz profunda pero melodiosa; y que su saludo a su viejo conocido fue marinero, es decir, deliciosamente franco y cordial. Lo observé bien, pues ya conocía sus logros y labores, derivados de haber leído varias pruebas de imprenta de su entonces inédito 'Diario'. Estas habían sido enviadas al Sr. (después Sir Charles) Lyell por el Sr. Darwin, y por él enviadas a su padre, Ch. Lyell, Esq., de Kinnordy, quien (siendo un muy viejo amigo de mi padre y tomando un interés amable en mi proyectada carrera como naturalista) me había permitido leerlas. En ese momento yo estaba apresurando mis estudios para obtener mi título antes de ofrecerme voluntario para acompañar a Sir James Ross en la Expedición Antártica, que acababa de ser decidida por el Almirantazgo; y estaba tan presionado por el tiempo que solía dormir con las hojas del 'Diario' bajo mi almohada para poder leerlas entre el despertar y el levantamiento. Me impresionaron profundamente, podría decir que desesperadamente, con la variedad de conocimientos, mentales y físicos, requeridos en un naturalista que debiera seguir los pasos de Darwin, a la vez que me estimularon al entusiasmo en el deseo de viajar y observar.
"Ha sido una fuente permanente de felicidad para mí haber conocido tanto del trabajo científico del Sr. Darwin tantos años antes de que comenzara esa intimidad que maduró en sentimientos tan cercanos a los de reverencia por su vida, obras y carácter como es razonable y apropiado. Solo queda añadir a este pequeño episodio que recibí una copia del 'Diario' completa —un regalo del Sr. Lyell—, unos días antes de salir de Inglaterra.
"Muy poco después del regreso de la Expedición Antártica, mi correspondencia con el Sr. Darwin comenzó (diciembre de 1843) con el envío de una larga carta, felicitándome calurosamente por mi regreso con mi familia y amigos, y expresando el deseo de saber más de los resultados de la expedición, de los cuales había obtenido algún conocimiento por cartas privadas mías (escritas a o comunicadas a través del Sr. Lyell). Luego, sumergiéndose de inmediato en asuntos científicos, dirigió mi atención a la importancia de correlacionar la Flora fueguina con la de la Cordillera y la de Europa, y me invitó a estudiar las colecciones botánicas que había hecho en las Islas Galápagos, así como sus plantas patagónicas y fueguinas.
"Esto me llevó a enviarle un bosquejo de las conclusiones que había formado respecto a la distribución de las plantas en las regiones del sur, y la necesidad de asumir la destrucción de áreas considerables de tierra para explicar las relaciones de la flora de las llamadas Islas Antárticas. No supongo que ninguna de estas ideas fuera nueva para él, pero condujeron a una animada y larga correspondencia llena de instrucción".
Aquí sigue la carta (1843) a Sir J.D. Hooker referida anteriormente].
Mi querido señor,
Había esperado antes de este momento haber tenido el placer de verle y felicitarle por su regreso a salvo de su largo y glorioso viaje. Pero como rara vez voy a Londres, puede que no nos veamos todavía por algún tiempo —a menos que le lleven a asistir a las Reuniones Geológicas.
Estoy ansioso por saber qué pretende hacer con todos sus materiales. Tuve tanto placer al leer partes de algunas de sus cartas que sentiré mucho si yo, como parte del público, no tengo oportunidad de leer mucho más. Supongo que estará muy ocupado ahora y lleno de disfrute: ¡qué bien recuerdo la felicidad de mis primeros meses en Inglaterra, valía todas las molestias de muchos vendavales! Pero me he apartado del tema que me hizo escribir, el de expresar mi placer porque Henslow (como me informó hace unos días por carta) le haya enviado mi pequeña colección de plantas. No puede pensar cuánto me complace, pues temía que se hubieran perdido todas, y, pocas como son, me costaron una buena cantidad de problemas. Hay unas pocas notas, que creo que Henslow tiene, describiendo los hábitats, etc., de algunas de las plantas más notables. Presté especial atención a las flores alpinas de Tierra del Fuego, y estoy seguro de que obtuve cada planta que estaba en flor en Patagonia en las estaciones en que estuvimos allí. Durante mucho tiempo he pensado que algún bosquejo general de la Flora del punto de tierra, que se extiende tan lejos en los mares del sur, sería muy curioso. Haga comentarios comparativos sobre las especies aliadas a las especies europeas, para beneficio de los ignorantes botánicos como yo. A menudo me ha llamado la atención como un punto curioso descubrir si hay muchos géneros europeos en Tierra del Fuego que no se encuentran a lo largo de la cresta de la Cordillera; la separación en tal caso sería enorme. Señale en cualquier bosquejo que trace qué géneros son americanos y cuáles europeos, y cuán grandes son las diferencias de las especies cuando los géneros son europeos, por el bien de los ignorantes.
Espero que Henslow le envíe mis plantas de Galápagos (sobre las cuales incluso Humboldt me expresó una curiosidad considerable). Me tomé muchas molestias en recolectar todas las que pude. Una Flora de este archipiélago, sospecho, ofrecería un caso casi paralelo al de Santa Elena, que tanto tiempo ha suscitado interés. Le ruego que excuse esta larga nota divagante, y créame, mi querido señor, suyo muy sinceramente,
C. DARWIN.
¿Sería tan amable de presentar mis respetuosos cumplidos a Sir W. Hooker?
[Refiriéndose al trabajo de Sir J.D. Hooker sobre la Flora de Galápagos, mi padre escribió en 1846:
"No puedo decirle lo encantado y asombrado que estoy con los resultados de su examen; cuán maravillosamente apoyan mi afirmación sobre las diferencias en los animales de las distintas islas, sobre las cuales siempre he estado temeroso".
De nuevo escribió (1849):--
"Recibí hace unas semanas sus artículos sobre Galápagos (Estos artículos incluyen los resultados del examen de Sir J.D. Hooker de las plantas de Galápagos de mi padre, y fueron publicados por la Sociedad Linneana en 1849), y los he leído desde que estoy aquí. Realmente no puedo expresar con demasiada fuerza mi admiración por la discusión geográfica: a mi juicio es un modelo perfecto de lo que debería ser tal artículo; me llevó cuatro días leerlo y pensarlo. Qué interesante parece ser la Flora de las Islas Sandwich, cómo desearía que hubiera materiales para que usted tratara su flora como ha hecho con la de las Galápagos. En el artículo Sistemático quedé algo decepcionado al no encontrar observaciones generales sobre afinidades, estructuras, etc., tales como las que usted suele dar en conversación, y tales como De Candolle y St. Hilaire introdujeron en casi todos sus trabajos, y que los hacen interesantes incluso para un no botánico".
"Muy poco después [continúa Sir J.D. Hooker] en una carta fechada en enero de 1844, el tema del 'Origen de las especies' fue traído a colación por él, y creo que fui el primero a quien comunicó sus entonces nuevas ideas sobre el tema, y las cuales, siendo de interés como una contribución a la historia de la Evolución, copio aquí de su carta":--]
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. [11 de enero de 1844.]
Además de un interés general sobre las tierras del sur, he estado desde mi regreso ocupado en un trabajo muy presuntuoso, y no conozco a ningún individuo que no diría que muy insensato. Estaba tan impresionado con la distribución de los organismos de Galápagos, etc. etc., y con el carácter de los mamíferos fósiles americanos, etc. etc., que determiné recolectar ciegamente cada tipo de hecho que pudiera tener alguna relación con lo que son las especies. He leído montones de libros de agricultura y horticultura, y no he dejado de recolectar hechos. Por fin han venido rayos de luz, y estoy casi convencido (completamente al contrario de la opinión con la que empecé) de que las especies no son (es como confesar un asesinato) inmutables. ¡Que el cielo me libre de las tonterías de Lamarck de una "tendencia a la progresión", "adaptaciones por la lenta voluntad de los animales", etc.! Pero las conclusiones a las que llego no son muy diferentes de las suyas; aunque los medios de cambio lo son totalmente. Creo que he descubierto (¡aquí hay presunción!) la forma sencilla mediante la cual las especies se vuelven exquisitamente adaptadas a diversos fines. Ahora gemirá y pensará para sí mismo: "en qué hombre he estado perdiendo mi tiempo y escribiendo". Yo, hace cinco años, lo habría pensado...
[La siguiente carta escrita el 23 de febrero de 1844 muestra que el conocimiento con Sir J.D. Hooker estaba entonces madurando rápidamente en amistad. La carta es principalmente de interés al mostrar el tipo de problemas que ocupaban entonces la mente de mi padre]:
Querido Hooker,
Espero que excuse la libertad de mi trato, pero siento que como co-vagabundos y como compañeros de trabajo (aunque yo mismo uno muy débil) podemos dejar de lado algo de la formalidad del viejo mundo... Acabo de terminar un pequeño volumen sobre las islas volcánicas que visitamos. No sé hasta qué punto le interesa la geología seca y simple, pero espero que me deje enviarle una copia. Supongo que puedo enviarla desde Londres por transporte común de diligencia.
...Voy a hacerle algunas MÁS preguntas, aunque me atrevo a decir que, sin hacerlas, veré las respuestas en su trabajo, cuando sea publicado, lo cual será suficiente tiempo para mis propósitos. Primero para las Galápagos, verá en mi Diario, que las Aves, aunque son especies peculiares, tienen un aspecto sudamericano muy obvio: acabo de comprobar que lo mismo ocurre con las conchas marinas. Es así con aquellas plantas que son peculiares de este archipiélago; usted afirma que sus proporciones numéricas son continentales (¿no es esto un hecho muy curioso?) pero ¿están relacionadas en sus formas con Sudamérica? ¿Conoce algún otro caso de un archipiélago, con las islas separadas poseyendo distintas especies representativas? Siempre he intentado (pero aún no lo he hecho) examinar a Webb y Berthelot sobre las Islas Canarias para este objetivo. Hablando con el Sr. Bentham, me dijo que las islas separadas del Archipiélago Sandwich poseían distintas especies representativas de los mismos géneros de Labiadas: ¿no valdría la pena su investigación? ¿Cómo es con las Azores; ciertamente los fuertes vendavales del oeste tenderían a difundir las mismas especies sobre ese grupo?
Espero que (me atrevo a decir que mi esperanza es totalmente superflua) preste atención a este tipo general de afinidad en islas aisladas, aunque supongo que es más difícil percibir este tipo de relación en plantas que en aves o cuadrúpedos, cuyos grupos están, me imagino, un poco más confinados. ¿Puede clasificarse Santa Elena, aunque remotamente, ya sea con África o Sudamérica? Por algunos hechos que he recopilado, he sido llevado a concluir que la fauna de las montañas es O bien notablemente similar (a veces en la presencia de la misma especie y otras veces de los mismos géneros), O bien notablemente disímil; y se me ha ocurrido que posiblemente parte de esta peculiaridad de las floras de Santa Elena y Galápagos pueda atribuirse a que una gran parte de estas dos Floras son Floras de montaña. Temo que mis notas apenas servirán para distinguir gran parte de los hábitats de las plantas de Galápagos, pero pueden en algunos casos; la mayoría, si no todas, las plantas verdes y frondosas vienen de las cumbres de las islas, y las plantas finas, marrones y sin hojas vienen de las partes áridas inferiores: ¿sería tan amable de tener en cuenta esta observación cuando examine mi colección?
Le molestaré con una sola pregunta más. En discusión con el Sr. Gould, encontré que en la mayoría de los géneros de aves que se extienden por todo o la mayor parte del mundo, las especies individuales tienen rangos más amplios; así, el Búho es mundano, y muchas de las especies tienen rangos muy amplios. Así creo que es con las conchas terrestres y de agua dulce —y podría aducir otros casos—. ¿No es así con las plantas Criptógamas? ¿No tienen la mayoría de las especies rangos amplios, en aquellos géneros que son mundanos? No supongo que lo contrario se sostenga, a saber, que cuando una especie tiene un rango amplio, su género también tiene un rango amplio. ¿Me obligará usted tanto como para pensar ocasionalmente en esto? Me costaría un gran esfuerzo obtener una lista de géneros fanerogámicos mundanos y luego buscar hasta qué punto las especies de estos géneros tienden a extenderse ampliamente en sus respectivos países; pero usted podría ocasionalmente, en el curso de sus actividades, simplemente tener esto en cuenta, aunque tal vez el punto se le haya ocurrido hace mucho tiempo a usted u otros Botánicos. La geología está sacando a la luz hechos interesantes, referentes a los rangos de las conchas; creo que está bastante bien establecido que, a medida que el rango geográfico de una especie es amplio, así es su persistencia y duración en el tiempo. Espero que intente regatear lo menos posible la molestia de mis cartas, y le ruego que me crea muy verdaderamente suyo,
C. DARWIN.
P.D. Me sentiría extremadamente agradecido por su amable oferta del bosquejo de Humboldt; le venero, y después de haber tenido el placer de conversar con él en Londres, todavía me gustaría más tener cualquier retrato suyo.
[Lo que sigue está citado de las notas de Sir J. Hooker: "El siguiente acto en el drama de nuestras vidas se abre con el trato personal. Esto comenzó con una invitación a desayunar con él en la casa de su hermano (Erasmus Darwin) en Park Street; que fue poco después seguido por una invitación a Down para conocer a unos pocos compañeros naturalistas. En los cortos intervalos de buena salud que siguieron a las largas enfermedades que a menudo hacían de la vida una carga para él, entre 1844 y 1847, tuve muchas de tales invitaciones, y fueron deliciosas. No podría imaginarse un hogar más hospitalario y más atractivo bajo todo punto de vista —de la Sociedad, con mayor frecuencia estaban el Dr. Falconer, Edward Forbes, el profesor Bell y el Sr. Waterhouse— había largos paseos, juegos con los niños a cuatro patas, música que aún me persigue. El propio modo cordial de Darwin, su risa profunda y su absoluto disfrute de la vida hogareña con amigos; paseos con él todos juntos, y entrevistas con nosotros uno a uno en su estudio, para discutir cuestiones en cualquier rama del conocimiento biológico o físico que hubiéramos seguido; y que al menos yo siempre abandonaba con la sensación de que no había impartido nada y me había llevado más de lo que podía soportar. Últimamente, a medida que su salud se vio más seriamente afectada, fui durante días y semanas el único visitante, trayendo mi trabajo conmigo y disfrutando de su compañía a medida que se presentaba la oportunidad. Era una regla establecida que cada día me interrogaba, como él lo llamaba, durante media hora o algo así después del desayuno en su estudio, cuando primero sacaba un montón de tiras con preguntas botánicas, geográficas, etc., para que yo las respondiera, y concluía contándome el progreso que había hecho en su propio trabajo, pidiéndome mi opinión sobre varios puntos. No volvía a verle hasta cerca del mediodía, cuando escuchaba su voz melodiosa y resonante llamando mi nombre bajo mi ventana —esto era para unirme a él en su paseo diario de antes del mediodía alrededor del sendero de arena. Al reunirme con él lo encontraba con una chaqueta de caza gris y áspera en verano, y una capa gruesa sobre sus hombros en invierno, y un bastón robusto en su mano; nos alejábamos caminando con dificultad a través del jardín, donde siempre había algún experimento que visitar, y hacia el sendero de arena, alrededor del cual se daban un número fijo de vueltas, durante las cuales nuestra conversación solía girar en torno a tierras y mares extranjeros, viejos amigos, viejos libros y cosas lejanas tanto para la mente como para el ojo.
"Por la tarde había otro paseo similar, después del cual se retiraba de nuevo hasta la hora de la cena si estaba lo suficientemente bien como para unirse a la familia; si no, generalmente se las arreglaba para aparecer en el salón, donde sentado en su silla alta, con los pies en enormes zapatos de alfombra, apoyados en un taburete alto, disfrutaba de la música o la conversación de su familia"].
Aquí sigue una serie de cartas que ilustran el crecimiento de las opiniones de mi padre, y la naturaleza de su trabajo durante este período.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down [1844].
...La conclusión a la que he llegado es que aquellas áreas en las que las especies son más numerosas han sido frecuentemente divididas y aisladas de otras áreas, unidas y vueltas a dividir; un proceso que implica antigüedad y algunos cambios en las condiciones externas. Esto sonará, con justicia, muy hipotético. No puedo dar mis razones en detalle, pero la conclusión más general que la distribución geográfica de todos los seres orgánicos me parece indicar es que el aislamiento es el principal concomitante o causa de la aparición de NUEVAS formas (sé bien que hay algunas excepciones evidentes). En segundo lugar, al ver con qué frecuencia las plantas y animales pululan en un país cuando son introducidos en él, y al ver la gran cantidad de plantas que vivirían, por ejemplo en Inglaterra, si se mantuvieran LIBRES DE MALEZAS Y PLANTAS NATIVAS, me he visto llevado a considerar que la propagación y el número de seres orgánicos de cualquier país dependen menos de sus rasgos externos que del número de formas que allí fueron originalmente creadas o producidas. Dudo mucho que le resulte posible explicar el número de formas por diferencias proporcionales de exposición; y no puedo dudar que si la mitad de las especies de cualquier país fueran destruidas o no hubieran sido creadas, aun así ese país nos parecería plenamente poblado. Con respecto a la creación original o producción de nuevas formas, he dicho que el aislamiento parece ser el elemento principal. Por tanto, con respecto a las producciones terrestres, esperaría que una extensión de terreno que a menudo, dentro de los últimos períodos geológicos, se hubiera hundido y convertido en islas, y luego reunido, contuviera la mayoría de las formas.
Pero tales especulaciones solo son divertidas para uno mismo y, en este caso, inútiles, ya que no muestran ninguna línea directa de observación: si hubiera visto cuán hipotético es lo poco que he escrito de manera confusa, no le habría molestado con su lectura. Créame, al menos no hipotéticamente,
Suyo muy sinceramente, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 1844.
...Olvidé mi última carta, pero debe haber sido muy tonta, ya que parece que expuse mi noción de que el número de especies está en gran medida gobernado por el grado en que el área ha sido a menudo aislada y dividida; debo haber estado chiflado para escribirlo, pues no tengo pruebas, a menos que una persona esté dispuesta a admitir todos mis puntos de vista, y entonces sí se sigue; pero en mis momentos más optimistas, todo lo que espero es poder mostrar, incluso a naturalistas sensatos, que hay dos caras en la cuestión de la inmutabilidad de las especies; que los hechos pueden ser vistos y agrupados bajo la noción de que las especies afines han descendido de linajes comunes. Con respecto a los libros sobre este tema, no conozco ninguno sistemático, excepto el de Lamarck, que es una verdadera basura; pero hay muchos, como Lyell, Pritchard, etc., sobre la visión de la inmutabilidad. Agassiz últimamente ha aportado el argumento más fuerte a favor de la inmutabilidad. Isidore G. St. Hilaire ha escrito algunos buenos ensayos, que tienden hacia el lado de la mutabilidad, en las 'Suites a Buffon', titulados "Zoolog. Generale". ¿No es extraño que el autor de un libro como los 'Animaux sans Vertebres' haya escrito que los insectos, que nunca ven sus huevos, deben QUERER (y las plantas, sus semillas) ser de formas particulares, de modo que lleguen a adherirse a objetos particulares? La otra noción común (especialmente germánica) es apenas menos absurda, a saber: que el clima, el alimento, etc., deberían hacer que un Pediculus se forme para trepar el pelo, o un pájaro carpintero para trepar a los árboles. Creo que todas estas visiones absurdas surgen porque nadie, hasta donde yo sé, ha abordado el tema desde el lado de la variación bajo domesticación, y ha estudiado todo lo que se sabe sobre la domesticación. Me alegré mucho de escuchar su crítica sobre las floras insulares y sobre la no difusión de las plantas: el tema es demasiado largo para una carta: podría defenderme en una medida considerable, pero dudo que con éxito ante sus ojos, o incluso ante los míos...
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down [julio de 1844].
...Ahora estoy leyendo un libro maravilloso sobre hechos de variación: Bronn, 'Geschichte der Natur'. Es alemán difícil: se me adelanta, a veces creo que de forma encantadora y otras cruelmente. Usted estará diez veces más horrorizado conmigo en el futuro que con H. Watson. Odio los argumentos basados en resultados, pero bajo mis puntos de vista sobre el descenso, realmente la Historia Natural se convierte en un tema sublimemente grandioso y generador de resultados (ahora puede burlarse de mí por tal escape tonto de la boca)... Debo dejar esta carta hasta mañana, pues estoy cansado; pero disfruto tanto escribiéndole que debo infligirle un poco más.
¿Tiene alguna buena evidencia de la ausencia de insectos en pequeñas islas? Encontré trece especies en el atolón de Keeling. Las moscas son buenas fertilizadoras, y he visto un Thrips microscópico y una Cecidomya emprender el vuelo desde una flor en dirección a otra con polen adherido a ellas. En los países árticos, una abeja parece llegar tan al norte como cualquier flor...
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Shrewsbury [septiembre de 1845].
Mi querido Hooker,
Le escribo unas líneas para decirle que Cosmos (Una traducción del 'Kosmos' de Humboldt) llegó perfectamente [N.B. Una hoja llegó suelta en la Parte I.], y para agradecerle su amable nota. Acabo de empezar la introducción y gimo por el estilo, que en tales partes constituye la mitad de la batalla. Qué ciertas son muchas de las observaciones (es decir, en la medida en que puedo entender el miserable inglés) sobre el paisaje; es una expresión exacta de los pensamientos de uno mismo.
Ojalá tuviera algún libro para prestarle a cambio de los muchos que me ha prestado...
Todo lo que dice amablemente sobre mi trabajo de las especies no altera ni un ápice mi presunción, reconocida por mí mismo desde hace mucho tiempo, al acumular hechos y especular sobre el tema de la variación, sin haber trabajado mi parte debida de especies. Pero ahora, durante nueve años, ha sido de cualquier modo mi mayor diversión.
Adiós, mi querido Hooker, lamento más de lo que puede creer nuestra perspectiva de vernos tan poco.
Nunca he percibido más que un defecto en usted, y ese lo tiene gravemente, a saber: la modestia; usted forma una excepción al aforismo de Sydney Smith, de que el mérito y la modestia no tienen otra conexión, excepto en su primera letra.
Adiós, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A L. JENYNS (BLOMEFIELD). Down, 12 de octubre [1845].
Mi querido Jenyns,
Gracias por su nota. Siento decir que no tengo ni el cabo de un hecho en la zoología inglesa que comunicar. He descubierto que incluso las observaciones triviales requieren, en mi caso, algo de tiempo libre y energía, ingredientes de los cuales no he tenido ninguno de sobra, ya que escribir mi Geología agota ambos por completo. Siempre había pensado que llevaría un diario y registraría todo, pero en la forma en que vivo ahora encuentro que no observo nada para registrar. Cuidar mi jardín y mis árboles, y ocasionalmente un paseo muy breve con ánimo ocioso, llena todas las tardes de la misma manera. Me sorprende que, con todos sus asuntos parroquiales, haya tenido tiempo de hacer todo lo que ha hecho. Estaré muy contento de ver su pequeña obra (Observaciones sobre Historia Natural, del Sr. Jenyns. Está precedida por una Introducción sobre "Hábitos de observar relacionados con el estudio de la Historia Natural", y seguida por un "Calendario de fenómenos periódicos en Historia Natural", con "Observaciones sobre la importancia de tales registros". Mi padre parece estar aludiendo a este Registro en la posdata de la carta fechada el 17 de octubre de 1846) (y orgulloso habría estado si pudiera haber añadido un solo hecho a ella). Mi trabajo sobre la cuestión de las especies me ha impresionado muy fuertemente con la importancia de todas esas obras como la suya, que contienen lo que a la gente le place llamar generalmente hechos triviales. Estos son los hechos que le hacen a uno entender el funcionamiento o la economía de la naturaleza. Hay un tema sobre el cual siento mucha curiosidad, y que quizás usted pueda arrojar algo de luz si alguna vez ha pensado en ello; a saber, cuáles son los controles y cuáles los períodos de la vida, mediante los cuales se limita el aumento de cualquier especie dada. Calcule simplemente el aumento de cualquier ave, si asume que solo la mitad de las crías son criadas y estas se reproducen: dentro de la vida NATURAL (es decir, libre de accidentes) de los padres, el número de individuos se volverá enorme, y me ha sorprendido mucho pensar cuán gran destrucción DEBE estar cayendo anual u ocasionalmente sobre cada especie, y sin embargo, los medios y el período de tal destrucción apenas son percibidos por nosotros.
He continuado leyendo y recopilando hechos constantemente sobre la variación de animales y plantas domésticos, y sobre la cuestión de qué son las especies. Tengo un gran cuerpo de hechos, y creo que puedo sacar algunas conclusiones sensatas. Las conclusiones generales a las que me he visto arrastrado lentamente desde una convicción directamente opuesta, es que las especies son mutables, y que las especies afines son descendientes comunes de linajes comunes. Sé cuánto me expongo al reproche por tal conclusión, pero al menos he llegado a ella honesta y deliberadamente. No publicaré sobre este tema hasta dentro de varios años. Actualmente estoy en la Geología de América del Sur. Espero recoger de su libro algunos hechos sobre ligeras variaciones en la estructura o los instintos en los animales de su conocimiento.
Créame, siempre suyo, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A L. JENYNS (REV. L. BLOMEFIELD). Down [¿1845?].
Mi querido Jenyns,
Le estoy muy agradecido por la molestia que se ha tomado al escribirme una nota tan larga. La cuestión de dónde, cuándo y cómo cae el control sobre el aumento de una especie dada me parece particularmente interesante, y nuestra dificultad para responderlo demuestra lo realmente ignorantes que somos de las vidas y hábitos de nuestras especies más familiares. Yo estaba al tanto del hecho simple de que las aves viejas ahuyentan a sus crías, pero nunca había pensado en el efecto que usted señala tan claramente, de que los vacíos locales en el número sean así llenados inmediatamente. Pero la dificultad original permanece; pues si sus granjeros no hubieran matado a sus gorriones y cornejas, ¿qué habría sido de aquellos que ahora inmigran a su parroquia? En el centro de Inglaterra uno está demasiado lejos de los límites naturales de la corneja y el gorrión como para suponer que las crías son expulsadas tan lejos de Cambridgeshire. El control debe caer fuertemente en algún momento de la vida de cada especie; pues, si uno calcula que solo la mitad de la progenie es criada y se reproduce, ¡cuán enorme es el aumento! Uno no tiene, sin embargo, derecho a sentir tanta sorpresa por la propia ignorancia, cuando uno sabe cuán imposible es, sin estadísticas, conjeturar la duración de la vida y el porcentaje de muertes frente a nacimientos en la humanidad. Si pudiera demostrarse que, aparentemente, las aves de paso QUE SE REPRODUCEN AQUÍ y aumentan, regresan en los años sucesivos en aproximadamente el mismo número, mientras que aquellas que vienen aquí para su temporada de invierno y no reproductiva, vienen anualmente con los mismos números, pero regresan con números muy disminuidos, uno sabría (como de hecho parece probable) que el control recae principalmente en las aves adultas en la temporada de invierno, y no en los huevos y las aves muy jóvenes, que a menudo me ha parecido el período más probable. Si en algún momento se le ocurre alguna observación sobre este tema, le estaría muy agradecido por el beneficio de ellas.
Con respecto a mi lejano trabajo sobre las especies, debo haberme expresado con singular inexactitud si le hice suponer que quería decir que mis conclusiones eran inevitables. Se han vuelto así, después de años de sopesar acertijos, para mí SOLO; pero en mi más salvaje ensueño, nunca espero más que poder mostrar que hay dos caras en la cuestión de la inmutabilidad de las especies, es decir, si las especies son creadas DIRECTAMENTE o por leyes intermedias (como con la vida y la muerte de los individuos). No abordé el tema desde el lado de la dificultad para determinar qué son especies y qué son variedades, sino (aunque sería difícil decir por qué debería darle tal historia de mis actos) a partir de hechos como la relación entre los mamíferos vivos y extintos en América del Sur, y entre los que viven en el continente y en las islas adyacentes, como las Galápagos. Se me ocurrió que una colección de todos esos hechos análogos arrojaría luz a favor o en contra de la visión de que las especies relacionadas son descendientes de un linaje común. Una larga búsqueda entre libros y personas agrícolas y hortícolas me hace creer (sé bien cuán absurdamente presuntuoso debe parecer esto) que veo la forma en que las nuevas variedades se adaptan exquisitamente a las condiciones externas de la vida y a otros seres circundantes. Soy un hombre audaz al exponerme a ser considerado un completo tonto, y de manera muy deliberada. Por la naturaleza de las razones que me hacen creer que las especies son mutables en su forma, estas razones no pueden limitarse a las especies más estrechamente afines; pero hasta dónde se extienden no puedo decirlo, ya que mis razones desaparecen gradualmente cuando se aplican a especies cada vez más remotas entre sí. Por favor, no piense que soy tan ciego como para no ver que existen numerosas dificultades inmensas en mis nociones, pero me parecen menores que en la visión común. He redactado un bosquejo y lo he hecho copiar (en 200 páginas) de mis conclusiones; y si pensara en algún momento futuro que usted consideraría que vale la pena leerlo, estaría, por supuesto, muy agradecido de tener la crítica de un crítico tan competente. Disculpe esta carta tan larga, egoísta y mal escrita, a la que usted me ha llevado con sus observaciones, y créame,
Suyo muy verdaderamente, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A L. JENYNS (BLOMEFIELD). Down, 17 de octubre de 1846.
Querido Jenyns,
Me ha tomado un tiempo muy ingrato agradecerle su amable regalo de sus 'Observaciones'. Pero resultó que tenía entre manos varios otros libros, y terminé el suyo hace solo unos días. Me resultó una lectura muy agradable, y muchos de sus hechos me interesaron mucho. Creo que me interesaron más, lo cual es extraño, sus notas sobre algunos de los animales inferiores que sobre los superiores. La introducción me pareció muy buena; pero esto es lo que esperaba, pues recuerdo bien haber quedado encantado con un ensayo preliminar para el primer número de los 'Annals of Natural History'. Eché de menos una discusión, y me considero maltratado, pues recuerdo que dijo que haría algunas observaciones sobre el clima y el barómetro, como guía para el ignorante en la predicción. También había esperado encontrar quizás algunas observaciones sobre la cantidad de variación en nuestras especies comunes. Andrew Smith declaró una vez que obtendría algunos cientos de especímenes de alondras y gorriones de todas partes de Gran Bretaña, y vería si, con las mediciones más precisas, podía detectar alguna variación proporcional en los picos o extremidades, etc. Este punto me interesa por haber estado hojeando últimamente las conclusiones absurdamente opuestas de Gloger y Brehm; el uno haciendo media docena de especies de cada ave común, y el otro convirtiendo tantas especies reputadas en una sola. ¿Ha hecho alguna vez algo de este tipo, o ha estudiado alguna vez las obras de Gloger o Brehm? Me interesó su relato de las golondrinas, pues justo antes había estado totalmente perplejo al notar precisamente tal procedimiento como el que describe: conté siete, un día últimamente, visitando un solo nido y pegando barro en la pared contigua. Puedo mencionar que una vez vi a unas ardillas partiendo con entusiasmo esas pequeñas agallas esféricas semitransparentes en el reverso de las hojas de roble para obtener el gusano que había dentro; así que son insectívoras. Un Cychrus rostratus una vez me escupió en los ojos y me causó un dolor extremo; y debo contarle lo que me sucedió a orillas del Cam, en mis primeros días entomológicos: bajo un trozo de corteza encontré dos Carabi (olvido cuáles), y atrapé uno en cada mano, cuando ¡he aquí que vi un sagrado Panagaeus crux major! No podía soportar renunciar a ninguno de mis Carabi, y perder al Panagaeus estaba fuera de discusión; así que, desesperado, agarré suavemente a uno de los Carabi entre mis dientes, cuando para mi indecible disgusto y dolor, ¡la pequeña bestia inconsiderada escupió su ácido por mi garganta, y perdí tanto al Carabi como al Panagaeus! Quedé bastante asombrado al oír hablar de una Planaria terrestre; pues hace aproximadamente un año o dos describí en los 'Annals of Natural History' varias especies terrestres bellamente coloreadas del hemisferio sur, y pensé que era un hecho bastante nuevo. Por cierto, usted habla de una oveja con una pata rota que no tenía duelas: he oído a mi padre asegurar que una fiebre, o cualquier ACCIDENTE GRAVE, como una extremidad rota, causará que en un hombre se evacúen todas las lombrices intestinales. ¿No podría haber sido este posiblemente el caso de las duelas en su estado temprano?
Espero que no se sintiera peor por Southampton (La reunión de la Asociación Británica.); ojalá lo hubiera visto un poco más gordo. Disfruté muchísimo mi semana, y me hizo bien. Lo extrañé los últimos días, y nunca logramos vernos mucho; pero había tanta gente allí, que yo, por mi parte, apenas vi nada de nadie. Una vez más le agradezco muy cordialmente su amable regalo, y el placer que me ha dado, y créame,
Siempre suyo muy verdaderamente, C. DARWIN.
P.D. He olvidado por completo decir cuán interesado quedé con su discusión sobre la estadística de los animales: ¿cuándo será la Historia Natural tan perfecta que tales puntos como los que discute se conozcan perfectamente sobre cualquier animal?
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Malvern, 13 de junio [1849].
...Por fin voy a imprimir un pequeño y pobre primer fruto de mis condenados Cirripedia, a saber, los cirripedios pedunculados fósiles. Pregunta qué efecto ha tenido el estudio de las especies en mis teorías de variación; no creo que mucho: he sentido algunas dificultades más. Por otro lado, me ha impresionado (y probablemente injustamente por la clase) la variabilidad de cada parte en algún grado leve de cada especie. Cuando el mismo órgano se compara RIGUROSAMENTE en muchos individuos, siempre encuentro alguna variabilidad leve, y por consiguiente, que el diagnóstico de especies a partir de diferencias minuciosas es siempre peligroso. Había pensado que las mismas partes de la misma especie se parecían más (de lo que se parecen de todos modos en Cirripedia) a objetos fundidos en el mismo molde. El trabajo sistemático sería fácil si no fuera por esta condenada variación, que, sin embargo, es placentera para mí como especulador, aunque odiosa para mí como sistemático. Sus observaciones sobre la distinción (tan desagradable para mí) de los Rubi, sauces, etc., del Himalaya, en comparación con los del [Europa?] norte, etc., son muy interesantes; si mi rudo bosquejo de especies tuvo alguna PEQUEÑA parte en llevarle a estas observaciones, ya ha hecho un servicio bueno y amplio, y puede dejar sus huesos en la tierra en paz. Nunca oí nada tan extraño como el descuido de Falconer con sus cartas; estoy extremadamente contento de que sea cordial con él de nuevo, aunque debe haberle costado un esfuerzo. Falconer es un hombre al que uno debe amar... Que prospere en todos los sentidos, mi querido Hooker.
Su afectuoso amigo, C. DARWIN.
...Muchas gracias por su carta recibida ayer, la cual, como siempre, me hizo pensar: me reí de su ataque a mi tacañería en cuanto a los cambios de nivel con respecto a Forbes (Edward Forbes, 1815-1854, nacido en la Isla de Man. Su obra más conocida fue su Informe sobre la distribución de los animales marinos a diferentes profundidades en el Mediterráneo. Una memoria importante suya es mencionada en la 'Autobiografía' de mi padre. Ocupó sucesivamente los cargos de conservador del Museo de la Sociedad Geológica y de profesor de Historia Natural en el Museo de Geología Práctica; poco antes de morir fue nombrado profesor de Historia Natural en la Universidad de Edimburgo. Parece haber impresionado a sus contemporáneos como un hombre de una mente sorprendentemente versátil y vigorosa. La alusión anterior a los cambios de nivel se refiere a la tendencia de Forbes a explicar los hechos de la distribución geográfica mediante una imaginación geológica activa), siendo tan liberal conmigo mismo; pero debo mantener que nunca he hundido o levantado la superficie de nuestra madre tierra por el bien de explicar un solo fenómeno, y confío en que muy rara vez lo he hecho sin alguna prueba clara. Así que todavía debo pensar que es un paso audaz (tal vez uno muy cierto) hundir en las profundidades del océano, dentro del período de las especies existentes, una extensión tan grande de superficie. Pero no hay cantidad o extensión de cambio de nivel que no esté plenamente dispuesto a admitir, aunque debo decir que me gustaría una prueba mejor que la identidad de unas pocas plantas, que POSIBLEMENTE (no digo probablemente) podrían haber sido transportadas de otra manera. Gracias especiales por su intento de conseguirme una copia de 'L'Espece' (Probablemente el ensayo de Godron, publicado por la Academia de Nancy en 1848-49, y más tarde como libro separado en 1859), y gracias casi iguales por sus críticas sobre él: dudaba bastante de él y no me sentía muy inclinado a tomar sus hechos como evangelio. Encuentro que esta es una de mis mayores dificultades con los autores extranjeros, a saber, juzgar su credibilidad. Cuán dolorosamente (para mí) verdadera es su observación de que nadie tiene apenas derecho a examinar la cuestión de las especies si no ha descrito minuciosamente muchas. Sin embargo, me alegró saber de Owen (quien se opone vehementemente a cualquier mutabilidad en las especies) que pensaba que era un tema muy justo, y que había una masa de hechos que aportar a la cuestión, no recolectados hasta ahora. Mi único consuelo (ya que pretendo intentar el tema) es que he incursionado en varias ramas de la Historia Natural, y he visto a buenos hombres especialistas trabajar en mis especies, y sé algo de geología (una unión indispensable); y aunque recibiré más patadas que medios peniques, si la vida me lo permite, intentaré mi obra. Lamarck es la única excepción que puedo pensar de un descriptor preciso de especies, al menos en el reino de los invertebrados, que no ha creído en las especies permanentes, pero él, en su absurda aunque inteligente obra, ha hecho daño al tema, como lo ha hecho el Sr. Vestiges, y, como (algún futuro naturalista descuidado que intente las mismas especulaciones dirá tal vez) ha hecho el Sr. D...
C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 25 de septiembre [1853].
Mi querido Hooker,
He leído su artículo con gran interés; parece todo muy claro, y formará una admirable introducción a la Flora de Nueva Zelanda, o a cualquier Flora del mundo. Qué pocos generalizadores hay entre los sistematistas; realmente sospecho que hay algo absolutamente opuesto entre sí y hostil en los dos marcos mentales requeridos para sistematizar y razonar sobre grandes colecciones de hechos. Muchos de sus argumentos me parecen muy bien expuestos, y, hasta donde llega mi experiencia, la forma cándida en la que discute el tema es única. Todo esto me será muy útil siempre que emprenda mi volumen, aunque algunas partes me quitan el viento de las velas muy completamente; todo será pan comido para mí... pues hace tiempo que decidí exponer los argumentos en AMBOS lados (hasta donde pudiera), en lugar de argumentar solo sobre el lado de la mutabilidad.
En mi propio trabajo sobre los cirrípedos (por cierto, gracias por la dosis de halagos; le hace a uno —o al menos a mí— mucho bien)—en mi propio trabajo no me he sentido consciente de que no creer en la mera PERMANENCIA de las especies haya marcado mucha diferencia en un sentido o en otro; en algunos pocos casos (si publicara abiertamente sobre la doctrina de la no permanencia), NO habría puesto nombres, y en algunos pocos casos habría puesto nombres a variedades notables. Ciertamente me he sentido humillado, discutiendo, dudando y examinando una y otra vez, cuando en mi propia mente la única duda ha sido si la forma variaba HOY O AYER (por no hilar demasiado fino, como diría Snagsby (En 'Casa desolada')). Después de describir un conjunto de formas como especies distintas, romper mi manuscrito y hacerlas una sola especie, romper eso y hacerlas separadas, y luego hacerlas una de nuevo (lo que me ha sucedido), he rechinado los dientes, maldecido a las especies y preguntado qué pecado había cometido para ser tan castigado. Pero debo confesar que tal vez casi lo mismo me habría sucedido en cualquier esquema de trabajo.
Me alegra sinceramente saber que su Diario (el 'Diario del Himalaya' de Sir J.D. Hooker) está tan avanzado; ¡qué magníficamente parece estar ilustrado! Un "naturalista oriental", con mucha imaginación y no demasiada consideración por los hechos, ¡es justo el hombre para discutir sobre especies! Creo que su título de 'Un diario de un naturalista en el Este' es muy bueno; pero si "en el Himalaya" no sería mejor, lo he dudado, pues el Este suena bastante vago...
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. [1853].
Mi querido Hooker,
No tengo comentarios en absoluto que valga la pena enviarle, ni, de hecho, era probable que los tuviera, considerando lo perfecto y elaborado que es el ensayo. ('Flora de Nueva Zelanda', 1853.) Hasta donde alcanza mi juicio, es la discusión más importante sobre los puntos en cuestión jamás publicada. No puedo decir más. Estoy de acuerdo con casi todo lo que dice; pero requiero mucho tiempo para digerir un ensayo de tal calidad. Casi me puso sombrío, en parte por sentir que no podía responder a algunos puntos que teóricamente me habría gustado que fueran diferentes, y en parte por ver MUCHO MEJOR HECHAS de lo que YO PODRÍA haber hecho, discusiones sobre algunos puntos que había intentado abordar...
Disfruté mucho las bofetadas que ha dado a los mercaderes de especies provinciales. Ojalá hubiera podido ser de la más mínima utilidad: he estado profundamente interesado por todo el ensayo, y le felicito por haber producido una memoria que creo será memorable. Estaba inmerso en ella cuando llegó su nota más considerada, rogándome que no me apresurara. Agradezco a la Sra. Hooker y a usted más sinceramente por su deseo de verme. No dejaré pasar otro verano sin verle en Kew, pues de hecho lo disfrutaría mucho...
Usted me hace realmente más honor del que tengo derecho, poniéndome después de Lyell en los altibajos. En un año o dos, cuando esté en mi libro de especies (si no me desplomo), rechinaré los dientes y le insultaré por haber puesto tantos hechos hostiles tan condenadamente bien.
Siempre suyo afectuosamente, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 26 de marzo [1854].
Mi querido Hooker,
Había esperado que hubiera tenido un pequeño respiro después de su Diario, pero esto parece estar muy lejos de ser el caso; y estoy más agradecido (y algo contrito) por la larga carta recibida esta mañana, SUMAMENTE jugosa con noticias y SUMAMENTE interesante para mí en muchos sentidos. Me alegra mucho saber de las reformas, etc., en la Royal Society. Con respecto al Club (El Club Filosófico, al que mi padre fue elegido (como el profesor Bonney tiene la amabilidad de informarme) el 24 de abril de 1854. Renunció a su membresía en 1864. El Club fue fundado en 1847. Siendo el número de miembros limitado a 47, se propuso bautizarlo "el Club de los 47", pero el nombre nunca fue adoptado. La naturaleza del Club se puede deducir de su primera regla: "El propósito del Club es promover tanto como sea posible los objetivos científicos de la Royal Society; facilitar el intercambio entre aquellos miembros que están activamente comprometidos en cultivar las diversas ramas de la Ciencia Natural, y que han contribuido a su progreso; aumentar la asistencia a las reuniones vespertinas, y fomentar la contribución y discusión de trabajos." El Club se reunía para cenar (al principio) a las 6, y la presidencia debía abandonarse a las 8.15, esperándose que los miembros fueran a la Royal Society. En los últimos años la cena ha sido a las 6.30, reuniéndose la Sociedad por la tarde.), estoy profundamente interesado; hace solo dos o tres días, le estaba lamentando a mi esposa cómo estaba dejando caer y siendo dejado por casi todos mis conocidos, y que me esforzaría por ir más a menudo a Londres; no estaba entonces pensando en el Club, que, en cuanto a cualquier cosa, respondería a mi objetivo exacto de mantener viejas y hacer algunas nuevas amistades. Por lo tanto, iré a Londres para cada día de Club (con raras excepciones), y entonces mi cabeza, creo, me permitirá en promedio ir a cada otra reunión. Pero es penoso cuán a menudo cualquier cambio me abate. Me comprometeré además, como le dije a Lyell, a renunciar después de un año, si no asistiera bastante a menudo, para que EN EL PEOR DE LOS CASOS gravase al Club temporalmente. Si puede conseguir que me elijan, ciertamente estaré muy complacido. Muchísimas gracias por las respuestas sobre los glaciares. Me alegra mucho oír hablar de la segunda edición (del Diario del Himalaya) tan pronto; pero no me sorprende, pues he oído hablar de varios, en nuestro pequeño círculo, leyéndolo con mucho placer. Tendré curiosidad por saber qué dirá Humboldt: creo que le deleitará y recibirá más elogios de él que cualquier otro libro de viajes, pues no puedo recordar uno que tenga tantos temas en común con él. Qué viejo tan maravilloso es... Por cierto, espero que, cuando vaya a Hitcham, hacia finales de mayo, se vea obligado a descansar. Me apena saber que todos los malos síntomas no han dejado a Henslow; es tan extraño y nuevo sentir cualquier inquietud sobre su salud. Le estoy particularmente agradecido por enviarme la carta de Asa Gray; qué agradablemente escribe. Ver su cautela y la suya sobre la cuestión de las especies debería abrumarme de confusión y vergüenza; me hace sentir endiabladamente incómodo... Es encantador oír todo lo que dice sobre Agassiz: qué singular es que un hombre tan EMINENTEMENTE inteligente, con un conocimiento TAN INMENSO en muchas ramas de la Historia Natural, escriba como lo hace. Lyell me dijo que estaba tan encantado con una de sus (Agassiz) conferencias sobre desarrollo progresivo, etc., etc., que fue a verle después y le dijo, "que era tan encantador que no pudo evitar todo el tiempo desear que fuera verdad". Rara vez veo un trabajo zoológico de América del Norte sin observar la impronta de las doctrinas de Agassiz—otra prueba, por cierto, de lo gran hombre que es. Me complació y sorprendió ver las observaciones de A. Gray sobre el cruce, borrando variedades, sobre lo cual, como sabe, he estado recolectando hechos durante estos doce años. Qué terriblemente vacío me sentiré si, cuando reúna mis notas sobre especies, etc., etc., todo el asunto explota como un puff-ball vacío. No se mate trabajando.
Siempre suyo muy sinceramente, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 5 de noviembre [1854].
Mi querido Hooker,
Me encantó recibir su nota ayer. Le felicito muy sinceramente (por la concesión de la Medalla de la Royal Society), y tanto si le importa mucho como si poco, me regocija ver que el tribunal de juicio científico más alto de Gran Bretaña reconoce sus méritos. Espero que la Sra. Hooker esté complacida, y E. me desea particularmente que le envíe sus cordiales felicitaciones... Le compadezco desde el fondo de mi corazón por su discurso después de la cena, que me temo no escucharé. A menos que tenga un alma mucho más grande que la mía (y creo que la tiene), encontrará la medalla un pequeño estímulo agradable; cuando el trabajo va mal, y uno rumia que todo es vanidad, es agradable tener alguna prueba tangible de que otros han pensado algo de los trabajos de uno.
Adiós mi querido Hooker, le puedo asegurar [a usted] que ambos disfrutamos muy sinceramente de su visita y la de la Sra. Hooker aquí. Adiós.
Mi querido Hooker, su sincero amigo, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. 7 de marzo [1855].
...Acabo de terminar de trabajar bien en el 'Insecta Maderensia' de Wollaston (Thomas Vernon Wollaston murió (en su quincuagésimo séptimo año, según creo) el 4 de enero de 1878. Su salud obligándole en la temprana madurez a invernar en el sur, se dedicó al estudio de los coleópteros de Madeira, Cabo Verde y Santa Elena, de donde dedujo pruebas en apoyo de la creencia en el continente sumergido de la 'Atlántida'. En una nota necrológica del Sr. Rye ('Nature', 1878) se le describe trabajando persistentemente "sobre una amplia concepción de la ciencia a la que estaba dedicado", mientras que al mismo tiempo era "preciso, elaborado y exacto ad punctum, y naturalmente de un hábito minuciosamente crítico." Su primer trabajo científico fue escrito cuando era estudiante en el Jesus College, Cambridge. Mientras estaba en la Universidad, fue asociado y después miembro del Ray Club: esta es una pequeña sociedad que todavía se reúne una vez a la semana, y donde los miembros estudiantes, o asociados, reciben mucho amable aliento de sus mayores.): es una obra ADMIRABLE. Hay un punto muy curioso en la asombrosa proporción de coleópteros que son ápteros; y creo que he adivinado la razón, a saber, que los poderes de vuelo serían perjudiciales para los insectos que habitan una localidad confinada, y los expondrían a ser arrastrados al mar: para probar esto, encuentro que los insectos que habitan la Dezerte Grande, un islote bastante pequeño, estarían aún más expuestos a este peligro, y aquí la proporción de insectos ápteros es incluso considerablemente mayor que en Madeira propiamente dicha. Wollaston habla de Madeira y los otros archipiélagos como "testigos seguros y ciertos del viejo continente de Forbes", y, por supuesto, el mundo entomológico sigue implícitamente este punto de vista. Pero a mis ojos sería difícil imaginar hechos más opuestos a tal visión. Es realmente repugnante y humillante ver conclusiones directamente opuestas extraídas de los mismos hechos.
He tenido alguna correspondencia con Wollaston sobre este y otros temas, y encuentro que asume fríamente (1) que antiguamente los insectos poseían mayores poderes migratorios que ahora, (2) que la antigua tierra era ESPECIALMENTE rica en centros de creación, (3) que la tierra de unión fue destruida antes de que las creaciones especiales tuvieran tiempo de difundirse, y (4) que la tierra fue derribada antes de que ciertas familias y géneros tuvieran tiempo de llegar desde Europa o África a los puntos de tierra en cuestión. ¿No es este un lote alegre de suposiciones? y, sin embargo, veré durante los próximos doce o veinte años a Wollaston citado como prueba de la existencia anterior de la pobre Atlántida de Forbes.
Espero no haberle cansado, pero pensé que le gustaría saber sobre este libro, que me parece EXCELENTE en sus hechos, y el autor un hombre muy agradable y modesto.
Muy sinceramente suyo, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. Down, 19 de marzo [1855].
Mi querido Fox,
Cuánto tiempo hace que no tenemos comunicación, y realmente quiero saber cómo le va al mundo; pero mi objetivo inmediato es pedirle que observe un punto para mí, y como sé ahora que es un hombre muy ocupado con demasiado que hacer, tendré una buena oportunidad de que haga lo que quiero, ya que sería inútil pedirle a un hombre bastante ocioso. Como tiene un Arca de Noé, no dudo que tenga palomas. (¡Cómo desearía que por casualidad fueran colipavas!) Ahora, lo que quiero saber es a qué edad los pichones tienen sus plumas de la cola suficientemente desarrolladas para ser contadas. No creo haber visto nunca una paloma joven. Estoy trabajando duro en mis notas, recolectándolas y comparándolas, para en unos dos o tres años escribir un libro con todos los hechos y argumentos que pueda reunir, A FAVOR Y EN CONTRA de la inmutabilidad de las especies. Quiero conseguir las crías de nuestras razas domésticas para ver cuán jóvenes y hasta qué punto aparecen las diferencias. Debo criar yo mismo las palomas (lo cual no es diversión, sino un horroroso aburrimiento para mí) o comprar sus crías; y antes de ir a un vendedor, del que he oído hablar por Yarrell, estoy realmente ansioso por saber algo sobre su desarrollo, para no exponer mi excesiva ignorancia, y por lo tanto ser excesivamente propenso a ser engañado y estafado. Con respecto al ÚNICO punto de las plumas de la cola, es por supuesto en relación con el maravilloso desarrollo de las plumas de la cola en la colipava adulta. Si tuviera alguna raza de aves de corral pura, ¡le pediría un pollo con edad exacta declarada, de aproximadamente una semana o quince días! Para ser enviado en una caja por correo, si pudiera tener el corazón de matar uno; y en segundo lugar, si me dejara pagar el franqueo... De hecho, estaría muy contento de que me enviaran un pichón de paloma común, pues pretendo hacer esqueletos, y ya he empezado a comparar patos salvajes y domésticos. Y creo que los resultados son bastante curiosos ("Acabo de estar probando prácticamente lo que hace el desuso en la reducción de partes; he hecho el esqueleto de un pato salvaje y uno doméstico (¡¡oh, el olor del pato bien hervido y pasado!!) y encuentro que el ala del pato doméstico debería, según la escala del prototipo salvaje, tener sus dos alas 360 granos de peso, pero solo tiene 317." —Una carta a Sir J. Hooker, 1855.), pues al pesar los diversos huesos con mucho cuidado, cuando están perfectamente limpios, los pesos proporcionales de los dos han variado enormemente, habiendo aumentado mucho el pie del doméstico. Cómo desearía poder conseguir un patito salvaje de una semana de vida, pero eso sé que es casi imposible.
Con respecto a nosotros, no tengo mucho que decir; tenemos ahora una casa terriblemente ruidosa con la tos ferina, pero por lo demás estamos todos bien. De lejos el hecho más importante sobre mí es que por fin he terminado con los eternos percebes. A finales de año tuvimos dos de nuestros niños muy enfermos con fiebre y bronquitis, y todo tipo de dolencias. En parte por diversión y en parte por cambio de aire, fuimos a Londres y alquilamos una casa por un mes, pero resultó un gran fracaso, pues esa terrible helada comenzó justo cuando fuimos, y todos nuestros hijos se pusieron mal, y E. y yo tuvimos tos, resfriados y reumatismo casi todo el tiempo. Habíamos puesto primero en nuestra lista de cosas por hacer ir a ver a la Sra. Fox, pero literalmente, después de esperar algún tiempo para ver si el clima no mejoraba, no tuvimos un día en que ambos pudiéramos salir.
Espero que antes de mucho tiempo pueda arreglárselas para hacernos una visita. El tiempo se nos escapa y nos estamos poniendo algo viejos. Cuéntenos sobre usted y toda su gran familia.
Sé que me ayudará SI PUEDE con información sobre los pichones; y de cualquier manera escriba antes de mucho tiempo.
Mi querido Fox, su viejo y sincero amigo, C. DARWIN.
P.D.—Entre todo tipo de cosas diversas con las que me estoy divirtiendo, estoy comparando las semillas de las variaciones de las plantas. Tenía anteriormente algunas semillas de col silvestre, que le di a alguien, ¿fue a usted? Es MIL a uno que se tiró, si no, estaría muy contento con una pizca de ella.
[El siguiente extracto de una carta al Sr. Fox (27 de marzo de 1855) se refiere al mismo tema que la anterior y ofrece una explicación del «trabajo con especies»: «La forma en que mataré a las crías será poniéndolas bajo un vaso de precipitados con una cucharadita de éter o cloroformo, presionando el vaso contra una superficie flexible, y dejándolas allí una o dos horas, pues los jóvenes tienen tal capacidad de revivificación. (Así he matado polillas y mariposas). La mejor manera sería enviármelas a medida que las consiga, en una caja de cartón por correo, en la que usted podría escribir y simplemente atar con un cordel; y REALMENTE me hará más feliz si me permite llevar una cuenta del franqueo, etc. Por mi palabra, apenas puedo creer que ALGUIEN pueda ser tan bondadoso como para tomarse tal molestia y hacer algo tan desagradable como matar bebés; y estoy muy seguro de que no conozco a nadie que, excepto usted, lo haría. Voy a pedir una cosa más; si alguna gallina vieja de cualquiera de las aves de corral mencionadas (no pato) muriera o se volviera tan vieja como para ser INÚTIL, desearía que me la enviara por ferrocarril, dirigida a C. Darwin, al cuidado del Sr. Acton, Oficina de Correos, Bromley, Kent». ¿Guardará esta dirección? como la forma más rápida para los paquetes. Pero no me importa tanto esto, ya que podría comprar las aves viejas muertas en Baily para hacer esqueletos. Debería haber escrito de inmediato incluso si no hubiera tenido noticias suyas, para rogarle que no se tome molestias con las palomas, pues Yarrell me ha persuadido de que lo intente, y ahora estoy acondicionando un lugar, y he escrito a Baily sobre precios, etc., etc. EN ALGÚN MOMENTO (cuando esté mejor) me gustaría mucho saber un poco sobre su «Pato Cal del tamaño de un cerceta»; ¿por qué se llama así? ¿Y dónde lo consiguió? ¿Y cómo es?... Yo era tan ignorante que ni siquiera sabía que hubiera tres variedades de gallina Dorking: ¿en qué se diferencian?...
Olvido si alguna vez le dije cuál es el objetivo de mi trabajo actual: es observar todos los hechos que pueda dominar (eheu, eheu, qué ignorante me siento) en Historia Natural (como sobre distribución geográfica, paleontología, clasificación, hibridación, animales y plantas domésticos, etc., etc., etc.) para ver hasta qué punto favorecen o se oponen a la noción de que las especies silvestres son mutables o inmutables: quiero decir, con todas mis fuerzas, dar todos los argumentos y hechos de ambos lados. Tengo un NÚMERO de personas ayudándome de todas las formas posibles y brindándome una asistencia de lo más valiosa; pero a menudo dudo si el tema no terminará por superarme por completo.
Hasta aquí la parte casi comercial de mi carta. Siento mucho, mucho escuchar un informe tan indiferente sobre su salud: con su familia numerosa su vida es muy valiosa, y estoy seguro de que con toda su actividad y bondad debería ser una vida feliz, o tan feliz como razonablemente se pueda esperar con todas las preocupaciones del porvenir sobre uno.
Uno no puede esperar que el presente sea como los viejos días de Crux-major al pie de esos nobles tocones de sauce, cuya memoria venero. Ahora encuentro que mi pequeña entomología, que le debo enteramente a usted, resulta muy útil. Me alegra mucho saber que se ha dado un descanso de sus deberes dominicales. ¡Cuánta enfermedad ha tenido en su vida! Adiós mi querido Fox. Le aseguro que le agradezco de corazón la ayuda ofrecida.]
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. Down, 7 de mayo [1855].
Mi querido Fox,
Mi correspondencia le ha costado muchos problemas, aunque esta nota no lo hará. Encontré la suya a mi regreso a casa el sábado después de una semana de trabajo en Londres. Mientras estuve allí vi a Yarrell, quien me dijo que había examinado cuidadosamente todos los puntos del Pato Cal, y que no tenía ninguna duda de que fuera específicamente idéntico, y que se había cruzado libremente con variedades comunes en St. James's Park. Por lo tanto, me alegraría mucho recibir un patito de siete días y uno de los ejemplares adultos, en caso de que alguno muriera de muerte natural. Yarrell me dijo que Sabine había recolectado cuarenta variedades del pato común!... Bueno, volviendo a los negocios; nadie, estoy seguro, podría fijar mejor que usted la edad característica de los pollitos para mis fines; respecto a los esqueletos, he temido que sería imposible hacerlos, pero supongo que seré capaz de medir extremidades, etc., palpando las articulaciones. Lo que dice sobre los gallos viejos solo confirma lo que pensaba, y haré mis esqueletos de gallos viejos. Si alguna vez muriera un pavo silvestre viejo, por favor acuérdese de mí; no me interesa un bebé pavo, ni un mastín. Muchísimas gracias por su ofrecimiento. Tengo cachorros de bulldog y galgo en salmuera, y he hecho medir cuidadosamente potros jóvenes de caballo de carga y caballo de carreras. Si haré algún bien, lo dudo. Me estoy metiendo donde no doy pie.
Muy sinceramente suyo, C. DARWIN.
[Un extracto de una carta al Sr. Fox puede encontrar aquí un lugar, aunque de fecha posterior, a saber, julio de 1855]:
«Muchas gracias por el Dorking blanco de siete días, y por los otros prometidos. Me estoy haciendo toda una "cámara de los horrores", aprecio su amabilidad aún más que antes; porque he cometido el acto negro y he asesinado a un angelical pichón de cola de abanico y a uno de buche de diez días de vida. Probé cloroformo y éter para el primero, y aunque evidentemente fue una muerte perfectamente fácil, se prolongó; y para el segundo probé a poner trozos de cianuro de potasio en una botella húmeda muy grande, media hora antes de meter a la paloma, y el gas de ácido prúsico generado de esta forma fue fatal muy rápidamente».
Una carta al Sr. Fox (23 de mayo de 1855) da la primera mención de la laboriosa pieza de trabajo de mi padre sobre la cría de palomas:
«Escribo ahora para decir que he estado observando algunos de nuestros pollos mestizos, y diría que UNA SEMANA DE VIDA estaría muy bien. El punto principal sobre el que estoy, y he estado durante años, muy curioso, es averiguar si las CRÍAS de nuestras razas domésticas difieren tanto entre sí como lo hacen sus padres, y no tengo fe en nada que no sea la medición real y la Regla de Tres. Espero y creo que no estoy dando tantas molestias sin un motivo de suficiente valor. Tengo mis colipavos y buchones (aves selectas, espero, ya que pagué 20 chelines por cada pareja a Baily) en una gran jaula y palomar, y son una diversión decidida para mí, y una delicia para H.»
En el curso de la empresa de afición a las palomas de mi padre, necesariamente se familiarizó con los criadores, y le gustaba relatar sus experiencias como miembro de los clubes Columbarian y Philoperistera, donde conoció a los entusiastas más puros de la "afición", y aprendió mucho de los misterios de su arte. Al escribir al Sr. Huxley algunos años después, cita un libro sobre 'Palomas' del Sr. J. Eaton, como ilustración de la "atención extrema y observación cercana" necesaria para ser un buen aficionado.
«En su [del Sr. Eaton] tratado, dedicado SOLO al Almond Tumbler, que es una subvariedad de la variedad de cara corta, que es una variedad del Tumbler, como esta lo es de la paloma bravía, el Sr. Eaton dice: 'Hay algunos de los jóvenes aficionados que son demasiado codiciosos, que van a por las cinco propiedades a la vez [es decir, los cinco puntos característicos a los que se atiende principalmente, —C.D.], tienen su recompensa al no obtener nada'. En resumen, ¡está casi más allá del intelecto humano atender a TODAS las excelencias del Almond Tumbler!
«Para ser un buen criador, y tener éxito en la mejora de cualquier raza, por encima de todo se requiere entusiasmo. El Sr. Eaton ha ganado muchos premios, escúchenle.
«'Si fuera posible para los nobles y caballeros saber la asombrosa cantidad de consuelo y placer que se deriva del Almond Tumbler, cuando comienzan a entender sus (es decir, las del volteador) propiedades, pensaría que casi ningún noble o caballero estaría sin sus aviarios de Almond Tumblers'».
A mi padre le gustaba citar este pasaje, y siempre con un tono de empatía hacia el autor, aunque, sin duda, había olvidado sus propias maravillas de niño de que "todo caballero no se convirtiera en ornitólogo".—('Autobiografía', página 32.)
Al Sr. W.B. Tegetmeier, el conocido escritor sobre aves de corral, etc., le estaba agradecido por sus constantes consejos y cooperación. Su correspondencia comenzó en 1855 y duró hasta 1881, cuando mi padre escribió: «Puedo asegurarle que a menudo miro hacia atrás con placer a los viejos tiempos en que me dedicaba a las palomas, aves de corral, etc., y cuando usted me brindaba una asistencia tan valiosa. No raramente lamento que he tenido tan pocas fuerzas que no he sido capaz de mantener viejos conocidos y amistades». Las cartas de mi padre al Sr. Tegetmeier consisten casi enteramente en series de preguntas relacionadas con las diferentes razas de aves de corral, palomas, etc., y por lo tanto no son interesantes. Al leer la pila de cartas, uno queda muy impresionado por la diligencia de la búsqueda de hechos del escritor, y queda claro que el conocimiento y juicio del Sr. Tegetmeier eran completamente confiados y altamente valorados por él. Numerosas frases, tales como «su nota es una mina de riqueza para mí», ocurren, expresando su sentido del valor de la ayuda del Sr. Tegetmeier, así como palabras que expresan su cálido aprecio por el celo y la bondad sin límites del Sr. Tegetmeier, o su «puro y desinteresado amor por la ciencia». Sobre el tema de las abejas de miel y sus panales, la ayuda del Sr. Tegetmeier también fue valorada por mi padre, quien escribió: «su artículo sobre las 'Celdas de las abejas', leído ante la Asociación Británica, fue muy útil y sugerente para mí».
Para resolver los problemas sobre las Distribuciones Geográficas de animales y plantas bajo principios evolutivos, tuvo que estudiar los medios por los cuales las semillas, huevos, etc., pueden ser transportados a través de amplios espacios de océano. Fue esta necesidad la que dio interés a la clase de experimento a la que aluden las siguientes cartas.]
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. Down, 17 de mayo [1855].
Mi querido Fox,
Odiará la sola vista de mi letra; pero después de esta vez prometo que no pediré nada más, al menos por mucho tiempo. Como usted vive en suelo arenoso, ¿son sus lagartijas comunes? Si lo son, ¿creería demasiado ridículo ofrecer una recompensa por mí por huevos de lagartija a los chicos de su escuela; un chelín por cada media docena, o más si son raras, hasta que consiga dos o tres docenas y me las envíe? Si se trajeran huevos de serpiente por error sería muy bueno, pues también los quiero; y no tenemos ni lagartijas ni serpientes por aquí. Mi objetivo es ver si tales huevos flotarán en agua de mar, y si se mantendrán vivos así flotando durante un mes o dos en mi bodega. Estoy haciendo experimentos sobre el transporte de todos los seres orgánicos que puedo; y se encuentran lagartijas en todas las islas, y por lo tanto estoy muy ansioso por ver si sus huevos soportan el agua de mar. Por supuesto, no es necesario responder a esta nota, a menos que, por un extraño y favorable azar, pueda algún día responderla con los huevos.
Su amigo más molesto, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. 13 de abril [1855].
...He tenido un experimento en progreso hace algún tiempo, que creo que será interesante, a saber, semillas en agua salada sumergidas en agua de 32-33 grados, lo cual tengo y tendré por mucho tiempo, ya que llené un gran tanque con nieve. Cuando escribí la última vez iba a triunfar sobre usted, pues mi experimento había tenido éxito en un ligero grado; pero esto, con infinita bajeza, no lo dije, con la esperanza de que usted dijera que se comería todas las plantas que yo pudiera cultivar después de la inmersión. Es muy irritante que no pueda recordar en lo más mínimo lo que usted dijo anteriormente que me hizo pensar que usted se burlaba enormemente de los experimentos; pues ahora parece ver el experimento como un buen cristiano. Tengo en pequeñas botellas al aire libre, expuestas a la variación de temperatura, berro, rábano, coles, lechugas, zanahorias, y semillas de apio, y cebolla—cuatro grandes familias. Estas, después de la inmersión durante exactamente una semana, han germinado todas, lo cual no esperaba en lo más mínimo (y pensaba en cómo se burlaría de mí); pues el agua de casi todas, y especialmente la del berro, olía muy mal, y la semilla de berro emitió una maravillosa cantidad de mucosidad (los 'Vestigios' habrían esperado que se convirtieran en renacuajos), de modo que se adhirieron en una masa; pero estas semillas germinaron y crecieron espléndidamente. La germinación de todas (especialmente el berro y las lechugas) se ha acelerado, excepto las coles, que han brotado muy irregularmente, y muchas de ellas, creo, están muertas. Uno habría pensado, por su hábitat nativo, que la col habría resistido bien. Las Umbelliferae y las cebollas parecen resistir bien la sal. Lavo las semillas antes de plantarlas. He escrito al "Gardeners' Chronicle" (Unas pocas palabras pidiendo información. Los resultados fueron publicados en el 'Gardeners' Chronicle', 26 de mayo, 24 de noviembre de 1855. En el mismo año (página 789) envió una P.D. a su anterior artículo, corrigiendo una errata y añadiendo unas pocas palabras sobre las semillas de las Leguminosae. Un artículo más completo sobre la germinación de semillas después del tratamiento en agua salada, apareció en el 'Linnaean Soc. Journal', 1857, página 130.), aunque dudo si valió la pena. Si mi éxito parece hacer que valga la pena, enviaré una lista de semillas, para conseguir que usted marque algunas clases diferentes de semillas. Hoy replanto las mismas semillas que arriba después de catorce días de inmersión. Como muchas corrientes marinas van a una milla por hora, incluso en una semana podrían ser transportadas 168 millas; se dice que la Corriente del Golfo va a cincuenta y sesenta millas al día. Tanto y demasiado sobre este tema; pero mis ocas siempre son cisnes...
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. [14 de abril de 1855.]
...Usted es un buen hombre al confesar que esperaba que el berro muriera en una semana, pues esto me da un pequeño triunfo agradable. Los niños al principio estaban tremendamente ansiosos, y me preguntaban a menudo, "¿si vencería al Dr. Hooker!" El berro y la lechuga acaban de vegetar bien después de veintiún días de inmersión. Pero no escribiré más, lo cual es una gran virtud en mí; pues es para mí un placer muy grande contarle todo lo que hago.
...Si usted conociera algunos de los experimentos (si es que pueden llamarse así) que estoy probando, tendría un buen derecho a burlarse, pues son tan ABSURDOS incluso en MI opinión que no me atrevo a decírselo.
¿No tienen algunos hombres una buena noción de experimentar? He tenido una carta diciéndome que las semillas DEBEN tener un GRAN poder de resistir el agua salada, porque si no, ¿cómo podrían llegar a las islas? ¡Esta es la verdadera forma de resolver un problema!
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down [1855].
Mi querido Hooker,
Ha sido usted un muy buen hombre al exhalar algo de su satisfacción escribiéndome dos notas; no podría haber tomado un mejor camino en mi opinión; pero en cuanto a mostrar su satisfacción al confundir mis experimentos, le aseguro que estoy bastante confundido—esas horribles semillas, que, como usted observa con razón, si se hunden no flotarán.
He escrito a Scoresby y he tenido una respuesta bastante seca, pero muy al grano, y sin darme esperanzas de ninguna ley desconocida para mí que pudiera detener su eterno descenso a las profundidades más profundas del océano. Por cierto, fue muy extraño, pero hablé con el Coronel Sabine durante media hora sobre el tema, ¡y no pude hacerle ver con respecto al transporte la dificultad de la cuestión del hundimiento! El fastidio es, si las malditas semillas se hunden, he estado tomando toda esta molestia al salar a los ingratos granujas para nada.
Todo me ha salido mal últimamente; los peces de la Sociedad Zoológica se comieron un montón de semillas empapadas, y en mi imaginación habían sido tragadas, peces y todo, por una garza, habían sido transportadas cien millas, habían sido expulsadas en las orillas de algún otro lago y germinado espléndidamente, cuando he aquí, el pez expulsó vehementemente, y con un disgusto igual al mío, TODAS las semillas de sus bocas. (Al describir estos problemas al Sr. Fox, mi padre escribió:—"Toda la naturaleza es perversa y no quiere hacer como yo deseo; y justo en este momento desearía tener mis antiguos percebes con los que trabajar, y nada nuevo". El experimento finalmente tuvo éxito, y escribió a Sir J. Hooker:—"Encuentro que los peces comerán con avidez semillas de pastos acuáticos, y que las semillas de mijo puestas en los peces y dadas a una cigüeña, y luego expulsadas, germinarán. Así que esta es la rima infantil de 'este es el palo que golpea al cerdo', etc., etc.,")
Pero no voy a renunciar a la flotación todavía: en primer lugar debo probar semillas frescas, aunque por supuesto parece mucho más probable que se hundan; y en segundo lugar, como último recurso, debo creer en la vaina o incluso en la planta entera o rama siendo arrastrada al mar; con inundaciones y deslizamientos y terremotos; esto debe estar sucediendo continuamente, y si se mantienen húmedas, me imagino que las vainas, etc., etc., no se abrirían y soltarían sus semillas. Pruebe su semilla de Mimosa en Kew.
Había tenido la intención de haberle preguntado si la Mimosa scandens y Guilandina bonduc crecen en Kew, para probar semillas frescas. R. Brown me dice que cree que cuatro semillas de las Indias Occidentales han sido arrastradas a las costas de Europa. Me aseguraron en la Isla Keeling que las semillas no raramente eran arrastradas a la orilla: ¡así que flotar deben y flotarán! Qué largo hilo he estado hilando.
Si usted tiene varias de las semillas de Loffoden, empape algunas en agua tibia, y haga que se planten con el mayor cuidado: este es un experimento de mi propia cosecha, con probabilidades de 1000 a 1 en contra de su éxito.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 11 de mayo [1855].
Mi querido Hooker,—Acabo de recibir su nota. Estoy más sincera y profundamente contento por la noticia (El nombramiento de Sir J.D. Hooker como Director Asistente de los Reales Jardines en Kew.) que contiene, y también mi esposa. Aunque los ingresos son pobres, sin embargo la certeza, espero, es satisfactoria para usted y la Sra. Hooker. Como debe conducir en años futuros a la Dirección, espero que lo vea como un golpe de buena fortuna. Para mi propio gusto, no puedo imaginar una posición más placentera, que la jefatura de un lugar tan noble y espléndido; mucho mejor, debería pensar, que una Cátedra en una gran ciudad. Cuanto más pienso en ello, más contento estoy. Pero no diré más; excepto que espero que la Sra. Hooker esté bastante complacida...
Como el "Gardeners' Chronicle" incluyó mi pregunta, y tomó nota de ella, creo que estoy obligado a enviar, lo que había pensado hacer la próxima semana, mi primer informe a Lindley para darle la opción de insertarlo; pero creo probable que él no piense que es adecuado para una publicación periódica de Jardinería. Cuando mis experimentos terminen (si los resultados parecen dignos) y si el 'Linnean Journal' no se opone a la publicación previa de informes imperfectos y provisionales, estaría ENCANTADO de insertar el informe final allí; pues me ha costado tanta molestia, que pensaría que probablemente el resultado era digno de un registro más permanente que un periódico; pero creo que estoy obligado a enviárselo primero a Lindley.
Empiezo a pensar que la cuestión de la flotación es más seria que la de la germinación; y estoy haciendo todas las indagaciones que puedo sobre el tema, y espero obtener algo de luz sobre ello...
Espero que lograra una buena reunión en el Club. La Tesorería debe ser una plaga para usted, y espero que no sea Tesorero por mucho tiempo: sé que preferiría renunciar al Club que ser su Tesorero.
Adiós, Sr. Director Asistente y querido amigo, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. 5 de junio de 1855.
...La señorita Thorley (una dama que fue institutriz en la familia durante muchos años) y yo estamos realizando UN PEQUEÑO TRABAJO BOTÁNICO para nuestro entretenimiento, y de hecho me divierte mucho, a saber: hacer una colección de todas las plantas que crecen en un campo que se ha dejado baldío durante quince años, pero que antes estuvo cultivado desde tiempos inmemoriales; y también estamos recolectando todas las plantas en un campo colindante y SIMILAR, pero cultivado, simplemente por la diversión de ver qué plantas han sobrevivido o se han extinguido. Más adelante necesitaremos un poco de ayuda para nombrar los acertijos. Qué terriblemente difícil es nombrar las plantas.
Qué carta REMARCABLEMENTE amable y bondadosa me ha enviado el Dr. A. Gray en respuesta a mis problemáticas consultas; conservé su copia de su 'Manual' hasta tener noticias suyas, y cuando haya respondido a su carta, se la devolveré.
Le agradezco mucho el Hedysarum: espero de veras que no sea muy preciado, pues, como le dije, es para un propósito probablemente SUMAMENTE insensato. Leí en algún lugar que ninguna planta cierra sus hojas con tanta prontitud en la oscuridad, y quiero cubrirla diariamente durante media hora y ver si puedo enseñarle a cerrarse por sí misma, o con más facilidad que al principio en la oscuridad... No logro entender por qué preferiría una transmisión continental, como creo que hace, a un transporte por mar. Hubiera pensado que le complacería contar con tantos medios de transmisión como fuera posible. Para mis propias ideas teóricas favoritas, es totalmente indiferente si se transmiten por mar o por tierra, siempre que se muestre algún camino tolerable y probable. Pero me horroriza, desde el punto de vista filosófico, crear tierra sin alguna otra evidencia independiente. Siempre que nos veamos, creo que con muy pocas palabras entenderé mejor sus puntos de vista...
Acabo de identificar mi primera gramínea, ¡hurra! ¡hurra! Debo confesar que la fortuna favorece a los audaces, pues, por buena suerte, se trataba de la fácil Anthoxanthum odoratum: no obstante, es un gran descubrimiento; nunca esperé identificar una gramínea en toda mi vida, ¡así que hurra! Le ha sentado sorprendentemente bien a mi estómago...
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 15 de [junio], [1855].
Mi querido Hooker,
Solo le escribo unas líneas para decirle que el Hedysarum ha llegado COMPLETAMENTE A SALVO, y para darle las gracias por ello.
No se imagina el entretenimiento que me ha proporcionado al nombrar esas tres gramíneas: acabo de conseguir papel para secar y recolectar todas las gramíneas. Si alguna vez atrapa a un principiante absoluto y quiere darle una muestra de Botánica, dígale que haga una lista perfecta de algún pequeño campo o bosque. Tanto la señorita Thorley como yo estamos de acuerdo en que le da un interés realmente inusual al trabajo, al tener un pequeño mundo definido sobre el cual trabajar, en lugar del terrible abismo e inmensidad de todas las Plantas Británicas.
Adiós. Fui realmente consumadamente insolente al expresar mi opinión "sobre el paso retrógrado" ("Imaginar cambios geológicos tan enormes dentro del período de existencia de los seres vivos actuales, sin otra base que la de dar cuenta de su distribución, me parece, en nuestro actual estado de ignorancia sobre los medios de transporte, un paso casi retrógrado en la ciencia." —Extracto del artículo sobre 'Agua salada y semillas' en "Gardeners' Chronicle", 26 de mayo de 1855.), y merecía un buen desaire, y tras reflexionar me alegra mucho que no me respondiera en "Gardeners' Chronicle".
Me he sentido SUMAMENTE interesado con la Florula. (La 'Florula Juvenalis' de Godron, que ofrece un relato interesante de las plantas introducidas en la lana importada.)
[Al escribir el 5 de junio al Sr. J.D. Hooker, mi padre menciona una carta del Dr. Asa Gray. La carta a la que se refiere era una respuesta a la siguiente:]
CHARLES DARWIN A ASA GRAY. (El conocido botánico estadounidense. La amistad de mi padre con el Dr. Gray comenzó con la correspondencia de la cual la presente es la primera carta. Un extracto de una carta al Sr. J. Hooker, de 1857, muestra que el fuerte afecto personal de mi padre por el Dr. Gray tuvo un origen temprano: "Me ha alegrado ver las cartas de A. Gray; siempre hay algo en ellas que demuestra que es un hombre muy amable".) Down, 25 de abril [1855].
Mi querido señor,
Espero que recuerde que tuve el placer de ser presentado a usted en Kew. Quiero pedirle un gran favor, para el cual sé bien que no puedo ofrecer disculpa alguna. Pero el favor, creo, no le causará muchas molestias y me será de gran utilidad. Como no soy botánico, le parecerá absurdo que le plantee preguntas botánicas; así que debo comenzar diciendo que durante varios años he estado recopilando hechos sobre la "variación", y cuando encuentro que alguna observación general parece ser válida entre los animales, trato de comprobarla en las plantas. [Aquí sigue una solicitud de información sobre las plantas alpinas estadounidenses y una sugerencia sobre la publicación del tema.] Puedo asegurarle que percibo lo presuntuoso que es por mi parte, no siendo botánico, hacer incluso la sugerencia más insignificante a un botánico como usted; pero por lo que vi y he oído de usted a través de nuestro querido y amable amigo Hooker, espero y creo que me perdonará, y créame, con mucho respeto,
Querido señor, suyo muy fielmente, CHARLES DARWIN.
CHARLES DARWIN A ASA GRAY. Down, 8 de junio [1855].
Mi querido señor,
Le agradezco cordialmente su carta extraordinariamente amable del 22 del mes pasado, y el modo sumamente agradable y complaciente en que ha tomado mis preguntas, algo molestas. Difícilmente puedo decirle cuánto me ha interesado su lista de plantas alpinas, y ahora puedo, en cierto grado, imaginarme las plantas de sus cumbres alpinas. La nueva edición de su Manual es una noticia CAPITAL para mí. Sé por su prefacio lo presionado que está por el espacio, pero no ocuparía lugar añadir (Eu) entre paréntesis a cualquier planta europea, y, en lo que a mí respecta, esto bastaría para cualquier propósito. (Esta sugerencia fue adoptada por el Dr. Gray en ediciones posteriores.) Por mi propia experiencia, al identificar plantas inglesas en nuestros manuales, a menudo me ha llamado la atención cuánto interés daría si se hubiera dado alguna noción de su rango; y así, no puedo dudar de que a sus investigadores y principiantes estadounidenses les gustaría mucho saber cuáles de sus plantas eran autóctonas y cuáles europeas. ¿No sería bueno, en las plantas alpinas, añadir la misma adición que ahora me ha enviado en manuscrito? aunque aquí, gracias a su bondad, no hablo de forma egoísta, sino meramente pro bono Americano publico. Supongo que sería demasiado molesto dar en su manual los hábitats de aquellas plantas encontradas al oeste de las Montañas Rocosas, y asimismo las encontradas en Asia Oriental, tomando el Yenisei (?), —que, si mal no recuerdo, según Gmelin, es la principal línea divisoria de Siberia. Quizás Siberia concierne más a la Flora del norte de América del Norte. Los rangos de las plantas hacia el este y el oeste, es decir, si la mayoría se encuentran en Groenlandia y Europa Occidental, o en Asia Oriental, me parece un punto muy interesante por tender a mostrar si la migración ha sido hacia el este o hacia el oeste. Por favor, créame que soy plenamente consciente de que la ÚNICA UTILIDAD de estas observaciones es mostrar a un botánico qué puntos tiene curiosidad por aprender alguien que no lo es; pues creo que todo aquel que estudia profundamente un tema a menudo deja de ser consciente de sobre qué puntos los ignorantes requieren información. Me alegra mucho que piense en redactar alguna nota sobre su distribución geográfica, pues el aire del Manual me parece en algunos puntos mejor adaptado para la comparación con Europa que el de toda América del Norte. Me pide que defina algunos de los puntos sobre los que deseo información; pero realmente apenas puedo, pues son tan vagos; y prefiero ver qué resultados surgen de las comparaciones, antes que tener objetos definidos aún. Supongo que, como otros botánicos, daría, para su área, la proporción (dejando de lado las plantas introducidas) respecto al total de las grandes familias principales: este es un punto que había intentado (y, de hecho, he hecho de forma aproximada) tabular a partir de su libro, pero por supuesto solo podría haberlo hecho MUY IMPERFECTAMENTE. También habría, por supuesto, determinado la proporción, respecto a toda la Flora, de las plantas europeas (dejando de lado las introducidas) Y DE LAS SEPARADAS GRANDES FAMILIAS, con el fin de especular sobre los medios de transporte. Por cierto, me aventuré a enviar hace unos días un ejemplar del "Gardeners' Chronicle" con un breve informe mío sobre algunos experimentos insignificantes que he estado probando sobre la capacidad de las semillas para resistir el agua de mar. No sé si le habrá llamado la atención, pero a mí sí, que sería aconsejable que los botánicos dieran en NÚMEROS ENTEROS, así como en la fracción más baja, los números proporcionales de las familias; así, deduzco de su Manual que de las plantas AUTÓCTONAS la proporción de las Umbelliferae es 36/1798 = 1/49; pues, sin conocer los números ENTEROS, uno no puede juzgar cuán cercanos son realmente los números de plantas de la misma familia en dos países distantes; pero es muy probable que usted lo considere superfluo. Al mencionar estos números proporcionales, puedo darle un ejemplo del tipo de puntos, y lo vagos y fútiles que suelen ser, que INTENTO resolver...; reflexionando sobre la observación de R. Brown y Hooker, de que la casi identidad de los números proporcionales de las grandes familias en dos países muestra probablemente que una vez estuvieron unidos continuamente, pensé en calcular las proporciones de, por ejemplo, las Compuestas INTRODUCIDAS en Gran Bretaña respecto a todas las plantas introducidas, y el resultado fue 10/92 = 1/9.2. En nuestra flora ABORIGEN o indígena la proporción es 1/10; y en muchos otros casos encontré una correspondencia igualmente sorprendente. Entonces tomé su Manual y resolví la misma cuestión; aquí encuentro en las Compuestas una correspondencia casi igualmente sorprendente, a saber, 24/206 = 1/8 en las plantas introducidas, y 223/1798 = 1/8 en las indígenas; ¡pero cuando llegué a las otras familias encontré que la proporción era totalmente diferente, lo que demuestra que las coincidencias en la Flora Británica eran probablemente accidentales!
Supongo que dará la proporción de especies por géneros, es decir, mostrará en promedio cuántas especies contiene cada género; aunque yo he hecho esto por mi cuenta.
Si no fuera demasiado molesto, ¿no cree que sería muy interesante, y daría una muy buena idea de su Flora, dividir las especies en tres grupos, a saber: (a) especies comunes al viejo mundo, indicando los números comunes a Europa y Asia; (b) especies indígenas, pero pertenecientes a géneros encontrados en el viejo mundo; y (c) especies pertenecientes a géneros confinados a América o al Nuevo Mundo. Para hacer (según mis ideas) la perfección perfecta, uno debería saber si existen otros casos, como Erica, de géneros comunes en Europa o en el Viejo Mundo que no se encuentran en su área. Pero honestamente siento que es ridículo que le escriba con tanta extensión sobre el tema; pero, como usted me lo ha pedido, lo hago con gratitud, y le escribo como lo haría a Hooker, quien a menudo se ríe de mí despiadadamente, y estoy seguro de que usted tiene mejores razones para hacerlo.
Hay un punto sobre el que estoy SUMAMENTE ansioso por obtener información, y lo menciono con la mayor vacilación, y solo con la PLENA CREENCIA de que creerá que no tengo la insensatez y la presunción de esperar ni por un segundo que usted me lo dé, a menos que pueda hacerlo con muy poco esfuerzo. El punto no puede interesar actualmente a nadie más que a mí, lo que hace que el caso sea totalmente diferente al de la distribución geográfica. La única forma en que, creo, posiblemente podría hacerlo con poco esfuerzo sería tener en cuenta, mientras corrige sus pruebas de imprenta del Manual, mi pregunta y poner una cruz o marca a las especies, y siempre que envíe un paquete a Hooker, hacerme llegar esas hojas antiguas. Pero esto le daría la molestia de recordar mi pregunta, y apenas puedo esperar que lo haga. Pero solo mencionaré lo que quiero; es tener marcadas las "especies cercanas" en una Flora, para comparar en DIFERENTES Floras si los mismos géneros tienen "especies cercanas", y para otros propósitos demasiado vagos para enumerar. He intentado, con la ayuda de Hooker, determinar de manera similar si las diferentes especies de los mismos géneros en partes distantes del globo son variables o presentan variedades. La definición que yo daría de una "ESPECIE CERCANA" sería una que USTED considerara específicamente distinta, pero que pudiera concebir que algún otro BUEN botánico pudiera considerar solo una raza o variedad; o, de nuevo, una especie que a usted le costó trabajo, aun teniendo oportunidades de conocerla bien, distinguir de alguna otra especie. Suponiendo que estuviera inclinado a ser tan amable de hacer esto, y pudiera (lo cual no espero) dedicar el tiempo, como he dicho, una simple cruz a cada una de esas especies en cualquier prueba de imprenta inútil me daría la información deseada, la cual, debo añadir, sé que debe ser vaga.
¿Cómo puedo disculparme lo suficiente por toda mi presunción y la extensión extrema de esta carta? La gran bondad de su carta hacia mí ha sido en parte la causa, de modo que, como sucede demasiado a menudo en este mundo, usted es castigado por sus buenas acciones. Con sincero agradecimiento, créame,
Suyo muy sincera y agradecidamente, CH. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 18 de [julio, 1855].
...Creo que estoy teniendo un caso LEVE sobre la semilla de mostaza silvestre (En el "Gardeners' Chronicle", 1855, página 758, apareció una nota (de media columna de longitud) de mi padre sobre la "Vitalidad de las semillas". Los hechos relatados se refieren al "Sand-walk"; el bosque se plantó en 1846 en un terreno de pasto convertido en césped en 1840. En 1855, al cavarse el suelo en varios lugares, la mostaza silvestre (Brassica sinapistrum) brotó libremente. El tema siguió interesándole, y encuentro una nota fechada el 2 de julio de 1874, en la que mi padre registró que cuarenta y seis plantas de mostaza silvestre brotaron ese año sobre un espacio (14 x 7 pies) que había sido cavado a una profundidad considerable.); pero justo como sobre la salazón, maldita sea, no puedo recordar cuántos años permitiría usted que la semilla de mostaza silvestre pudiera vivir en el suelo. La próxima vez que escriba, muestre una cara audaz y diga en cuántos años, cree usted, la semilla de mostaza silvestre probablemente estaría toda muerta. Un hombre me contó el otro día un, como pensé, ejemplo espléndido... ¡y ESPLÉNDIDO fue, porque según su evidencia la semilla brotó viva de la PARTE INFERIOR de la ARCILLA DE LONDRES!! Le disgusté diciéndole que deberían haber brotado palmeras.
Me pregunta hasta dónde llego al atribuir los organismos a un origen común; respondo que no lo sé; la forma en que pretendo tratar el tema es mostrar (HASTA DONDE PUEDA) los hechos y argumentos a favor y en contra del origen común de las especies del mismo género; y luego mostrar hasta qué punto los mismos argumentos cuentan a favor o en contra de formas más y más ampliamente diferentes: y cuando llegamos a formas de diferentes órdenes y clases, solo quedan algunos argumentos como los que quizás puedan deducirse de estructuras rudimentarias similares, y muy pronto no queda ni un solo argumento.
[El siguiente extracto de una carta al Sr. Fox [octubre de 1855 (En este año publicó ('Phil. Mag.' x.) un artículo 'Sobre el poder de los icebergs para hacer surcos rectilíneos uniformemente dirigidos a través de una superficie submarina ondulatoria.") da una breve mención de la última reunión de la Asociación Británica a la que asistió:] "Realmente no tengo noticias: lo único que hemos hecho en mucho tiempo fue ir a Glasgow; pero la fatiga fue para mí más de lo que valía, y E. cogió un fuerte resfriado. A nuestro regreso nos quedamos un solo día en Shrewsbury, y disfrutamos viendo el viejo lugar. Vi un poco al Sir Philip (Sir P. Egerton era vecino del Sr. Fox.) (quien me gustó mucho), y me preguntó "¿por qué diablos instigué a usted a robar en su corral?'. La reunión fue buena, y el duque de Argyll habló excelentemente".]
CAPÍTULO 1.XII. -- EL LIBRO INACABADO.
MAYO DE 1856 A JUNIO DE 1858.
[En el capítulo autobiográfico (página 69), mi padre escribió:--"A principios de 1856, Lyell me aconsejó que escribiera mis puntos de vista con bastante amplitud, y comencé de inmediato a hacerlo a una escala tres o cuatro veces más extensa que la que se siguió posteriormente en mi 'Origen de las Especies'; sin embargo, era solo un resumen de los materiales que había recopilado". Las cartas en el presente capítulo tratan principalmente sobre la preparación de este libro inacabado.
El trabajo comenzó el 14 de mayo y continuó constantemente hasta junio de 1858, cuando fue interrumpido por la llegada del manuscrito del Sr. Wallace. Durante los dos años que estamos considerando ahora, escribió diez capítulos (es decir, alrededor de la mitad) del libro proyectado. Permaneció la mayor parte del tiempo en casa, pero realizó varias visitas al Establecimiento de Curas por Agua del Dr. Lane en Moor Park, durante una de las cuales hizo una peregrinación al santuario de Gilbert White en Selborne.]
CARTAS.
CHARLES DARWIN A C. LYELL. 3 de mayo [1856].
...Respecto a su sugerencia de un esbozo de mis puntos de vista, apenas sé qué pensar, pero reflexionaré sobre ello, aunque va en contra de mis prejuicios. Dar un esbozo justo sería absolutamente imposible, pues cada proposición requiere tal despliegue de hechos. Si fuera a hacer algo, solo podría referirse a la agencia principal del cambio: la selección, y quizás señalar algunas de las características principales que favorecen tal punto de vista, y algunas de las dificultades principales. Pero no sé qué pensar; más bien odio la idea de escribir por prioridad, aunque ciertamente me molestaría que alguien publicara mis doctrinas antes que yo. De cualquier modo, le agradezco sinceramente su simpatía. Estaré en Londres la próxima semana y le llamaré el jueves por la mañana durante una hora exacta, para no perder mucho de su tiempo ni del mío; pero ¿me permitiría esta vez ir tan temprano como a las 9 en punto, pues tengo mucho que debo hacer por la mañana en mi momento de mayor energía? Adiós, mi viejo y querido patrón.
Suyo, C. DARWIN.
Por cierto, TRES plantas han brotado de la tierra, perfectamente encerradas en las raíces de los árboles. Y veintinueve plantas en la cucharada de barro, de la pequeña charca; Hooker se sorprendió de esto, y quedó impresionado cuando le mostré cuánto barro había raspado de las patas de un pato.
Si publicara un breve esbozo, ¿dónde diablos debería publicarlo?
Si NO tengo noticias suyas, entenderé que puedo ir de 9 a 10 el jueves.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. 9 de mayo, [1856].
...Deseo mucho recibir consejo y un consuelo VERAZ, si puede dármelo. Tuve una buena conversación con Lyell acerca de mi trabajo sobre las especies, y me insta encarecidamente a que publique algo. Estoy decidido a no recurrir a ninguna revista o publicación periódica, pues no me expondré de ninguna manera a un editor o a un consejo que permita una publicación por la cual puedan ser injuriados. Si publico algo, debe ser un volumen MUY DELGADO y pequeño, que ofrezca un esbozo de mis puntos de vista y dificultades; pero resulta verdaderamente espantoso desde el punto de vista filosófico ofrecer un resumen, sin referencias exactas, de una obra inédita. No obstante, Lyell parecía pensar que podría hacerlo, bajo la sugerencia de amigos y basándome en el hecho, que podría exponer, de que he estado trabajando durante dieciocho (el intervalo de dieciocho años, desde 1837 cuando comenzó a recopilar hechos, situaría la fecha de esta carta en 1855, no en 1856; sin embargo, esta última parece la fecha más probable) años, y que aun así no podría publicar durante varios años más, y especialmente dado que podría señalar las dificultades que a mi juicio requieren una investigación especial. Ahora bien, ¿qué piensa usted? Le estaría realmente agradecido por su consejo. Pensé en dedicar un par de meses a redactar dicho esbozo e intentar mantener mi criterio abierto sobre si publicarlo o no una vez terminado. Me resultará simplemente imposible ofrecer referencias exactas; cualquier cosa importante la expondría bajo la autoridad del autor en general; y en lugar de presentar todos los hechos en los que fundamento mi opinión, podría dar uno o dos de memoria únicamente. En el prefacio declararía que la obra no puede considerarse estrictamente científica, sino un mero esbozo o esquema de una obra futura en la que se incluirían las referencias completas, etcétera. Eheu, eheu, creo que me burlaría de cualquiera que hiciera esto, y mi único consuelo es que, EN VERDAD, nunca lo soñé hasta que Lyell lo sugirió y parece pensar deliberadamente que es aconsejable.
Estoy en un mar de problemas y le ruego que me perdone por molestarle.
Suyo afectuosamente, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. 11 de mayo [1856].
...Ahora, hacia un tema ¡MÁS IMPORTANTE!, a saber, mi propia persona: me alegra enormemente que usted vea con buenos ojos un "Ensayo Preliminar" por separado (es decir, si es que se publica algo; pues Lyell parecía dudar un poco al respecto) (el significado de la frase entre paréntesis es oscuro); pero no soporto la idea de ROGAR a algún editor y a un consejo que lo publiquen, para luego tener que DISCULPARME humildemente por haberlos metido en un aprieto. En este único aspecto me encuentro en el estado que, según un dicho muy sabio de mi padre, es el único adecuado para pedir consejo, a saber, con la mente firmemente decidida, y entonces, como solía decir mi padre, el BUEN consejo es muy reconfortante, y es fácil rechazar el MAL consejo. Pero Dios sabe que no me encuentro en este estado con respecto a la publicación de ningún ensayo preliminar en absoluto. Me sigue pareciendo completamente antifilosófico publicar resultados sin los detalles completos que han conducido a tales resultados.
Es una visión melancólica, y espero que no del todo cierta por su parte, que los hechos prueben cualquier cosa, ¡y que por tanto sean superfluos! Pero veo que he exagerado un poco su doctrina. No temo quedar atado al error, es decir, me siento bastante seguro de que abandonaría cualquier falsedad publicada en el ensayo preliminar en mi obra de mayor envergadura; pero bien es cierto que podría causar daño difundiendo el error, el cual, como a menudo le he oído decir, es mucho más fácil de propagar que de corregir. Confieso que me inclino cada vez más a hacer al menos el intento, redactar un esbozo e intentar mantener mi criterio abierto sobre si publicarlo. Pero siempre regreso a mi idea fija de que es terriblemente antifilosófico publicar sin los detalles completos. Ciertamente creo que mi futura obra completa se beneficiaría al escuchar lo que mis amigos o críticos (si fuera reseñada) pensaran del esquema.
Ante cualquier otro que no fuera usted me disculparía por una discusión tan larga sobre un asunto tan personal; pero creo, y de hecho usted lo ha demostrado con las molestias que se ha tomado, que esto sería superfluo.
Suyo muy agradecido, CH. DARWIN.
P.D. Lo que usted dice (pues acabo de releer su carta), que el ensayo podría reemplazar y quitar toda novedad y valor a cualquier libro futuro de mayor envergadura, es muy cierto; y eso me afligiría más que nada. Por otro lado (de nuevo por el consejo urgente de Lyell), publiqué un esbozo preliminar de la Teoría del Coral, y esto no hizo ni bien ni mal. Empiezo a desear CON TODO MI CORAZÓN que Lyell nunca me hubiera metido esta idea de un ensayo en la cabeza.
DE UNA CARTA A SIR C. LYELL [julio de 1856].
"Estoy encantado de poder decir (con absoluta verdad) que mi ensayo se publica bajo su sugerencia, pero espero que no necesite tantas disculpas como pensé al principio; pues he resuelto hacerlo casi tan completo como mis materiales actuales permiten. No puedo incluir todo lo que usted sugiere, pues parecería demasiado presuntuoso".
DE UNA CARTA A W.D. FOX. Down, 14 de junio [1856].
"...Lo que dice acerca de mi ensayo, me atrevo a decir que es muy cierto; y me provocó otro ataque de nervios: espero lograr que sea modesto. Un gran motivo es obtener información sobre los muchos puntos en los que la necesito. Pero tiemblo al respecto, lo cual no haría si dejara pasar unos tres o cuatro años más antes de publicar nada..."
[Los siguientes extractos de cartas al Sr. Fox vale la pena incluirlos, por mostrar cuán grande era la acumulación de material que ahora debía ser tratado.
14 de junio [1856].
"Muchísimas gracias por la excelente información sobre los gatos; veo que me había equivocado mucho, pero sé que tenía en algún lugar sus notas originales; pero mis notas son tan numerosas durante diecinueve años de recopilación, que me llevaría al menos un año revisarlas y clasificarlas".
Noviembre de 1856.
"A veces temo que voy a colapsar, pues mi tema se vuelve más y más grande con cada mes de trabajo"].
CHARLES DARWIN A C. LYELL. Down, 16 [junio de 1856].
Mi querido Lyell,
Voy a cometer la mayor imprudencia del mundo. Pero mi sangre se calienta con pasión y se enfría alternativamente ante los pasos agigantados geológicos que muchos de sus discípulos están dando.
Aquí, el pobre Forbes creó un continente hasta [es decir, extendiéndose hasta] Norteamérica y otro (o el mismo) hasta el sargazo; Hooker crea uno desde Nueva Zelanda hasta Sudamérica y alrededor del mundo hasta la Tierra de Kerguelen. Aquí está Wollaston hablando de Madeira y Porto Santo "como testigos seguros y ciertos de un continente anterior". Aquí está Woodward, que me escribe: si concede un continente sobre 200 o 300 millas de profundidad oceánica (como si eso no fuera nada), ¿por qué no extender un continente a cada isla en los océanos Pacífico y Atlántico? ¡Y todo esto dentro de la existencia de las especies recientes! Si usted no detiene esto, si existe una región inferior para el castigo de los geólogos, creo, mi gran maestro, que irá allí. Vaya, sus discípulos, de una manera lenta y rastrera, superan a todos los antiguos catastrofistas que jamás hayan existido. Usted vivirá para ser el gran jefe de los catastrofistas.
Ahí está, me he hecho mucho bien a mí mismo y he explotado mi pasión.
Así que, mi maestro, perdóneme y créame, siempre suyo, C. DARWIN.
P.D. No responda a esto, lo hice para desahogarme.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 17 [junio] de 1856.
...Me he sentido muy profundamente interesado por el libro de Wollaston ('La variación de las especies', 1856.), aunque difiero GRANDEMENTE de muchas de sus doctrinas. ¿Alguna vez leyó algo tan rico, considerando lo lejos que llega, como sus denuncias contra quienes van más allá: "muy dañino", "absurdo", "insensato"? La teología está en el fondo de algo de esto. Le dije que era como Calvino quemando a un hereje. Es un libro muy valioso e inteligente en mi opinión. Evidentemente ha leído muy poco fuera de su propia línea. Le insté a leer el ensayo sobre Nueva Zelanda. Su geología también es algo eocénica, como le dije. De hecho, escribí con total franqueza; él dice estar seguro de que la ultra-honestidad es mi característica: no sé si lo dijo como una burla; espero que no. Hablando de geología eocénica, me puse tan furioso por lo del continente atlántico, más especialmente por una nota de Woodward (quien ha publicado un libro excelente sobre conchas), que no parece dudar de que cada isla en el Pacífico y el Atlántico son restos de continentes, sumergidos dentro del periodo de las especies existentes, que exploté por completo y escribí a Lyell para protestar, y resumí todos los continentes creados en los últimos años por Forbes (¡el principal pecador!), USTED MISMO, Wollaston y Woodward, ¡y vaya una pequeña y agradable extensión de tierra que forman todos juntos! Estoy bastante rabioso con la cuestión y, por lo tanto, si no estoy equivocado ya, estoy bastante seguro de llegar a estarlo...
He disfrutado mucho su nota. Adiós, C. DARWIN.
P.D. [18 de junio]. Lyell me ha escrito una carta EXCELENTE de su lado, que debería derrumbarme por completo, pero no puedo decir que lo haga del todo.
Aunque debo intentar dejar de estar rabioso e intentar sentirme humilde, y permitir que todos ustedes creen continentes, tan fácilmente como un cocinero hace panqueques.
CHARLES DARWIN A C. LYELL. Down, 25 de junio [1856].
Mi querido Lyell,
Haré que la siguiente carta tremenda sea copiada para facilitar su lectura, y porque quiero conservar una copia.
Como dice que le gustaría conocer mis razones para estar muy reacio a creer en las extensiones continentales de los autores recientes, las escribo con gusto, pues, a menos que me convenza de mi error, tendré que presentarlas condensadas en mi ensayo, cuando discuta la creación única y múltiple; por tanto, me alegrará especialmente conocer su opinión general al respecto. PUEDE QUE HAYA logrado persuadirme en mi ira de que hay más en ellas de lo que realmente hay. Si hubiera muchas más razones para admitir una extensión continental en uno o dos casos (como en Madeira) que en otros, no sentiría dificultad alguna. Pero si, debido a las plantas europeas y las conchas marinas litorales, se considera necesario unir Madeira al continente, Hooker tiene toda la razón al unir Nueva Holanda con Nueva Zelanda, y la isla Auckland (y la isla Raoul al noreste), y estas con Sudamérica y las Malvinas, y estas con Tristán de Acuña, y estas con la Tierra de Kerguelen; haciendo así, ya sea estrictamente al mismo tiempo, o en diferentes periodos, pero todo dentro de la vida de los seres recientes, un cinturón de tierra casi circumpolar. Así, de nuevo, Galápagos y Juan Fernández deben unirse a América; y si confiamos en las conchas marinas litorales, las Galápagos deben haber estado unidas a las islas del Pacífico (a 2400 millas de distancia), así como a América, y como parece pensar Woodward, todas las islas del Pacífico en un continente magnífico; también las islas del Océano Índico meridional en otro continente, con Madagascar y África, y quizás la India. En el Atlántico Norte, Europa se extenderá hasta la mitad del océano hacia las Azores, y más al norte, cruzándolo por completo. En resumen, debemos suponer probablemente que la mitad del océano actual fue tierra dentro del periodo de los organismos vivos. El globo dentro de este periodo debe haber tenido un aspecto completamente diferente. Ahora bien, la única forma de probar esto, que yo pueda ver, es considerar si los continentes han sufrido dentro de este mismo periodo permutaciones tan maravillosas. En toda América del Norte, del Sur y Central, tenemos conchas tanto recientes como del mioceno (o eoceno), bastante distintas en los lados opuestos, y por lo tanto no puedo dudar de que FUNDAMENTALMENTE América ha mantenido su lugar al menos desde el periodo mioceno. En África casi todas las conchas vivas son distintas en los lados opuestos de las regiones intertropicales, por corta que sea la distancia en comparación con el rango de los moluscos marinos, en mares ininterrumpidos; por lo tanto, infiero que África ha existido desde que nuestras especies actuales fueron creadas. Incluso el istmo de Suez y la cuenca aralo-caspiana han tenido una gran antigüedad. Así imagino, por los depósitos terciarios, que ha tenido la India. En Australia, la gran fauna de marsupiales extintos muestra que, antes de que aparecieran los mamíferos actuales, Australia era un continente separado. No dudo ni por un segundo que porciones muy grandes de todos estos continentes han sufrido GRANDES cambios de nivel dentro de este periodo, pero aun así concluyo que fundamentalmente permanecieron como barreras en el mar, donde están ahora; y por lo tanto requeriría la evidencia más contundente para hacerme creer en cambios tan inmensos dentro del periodo de los organismos vivos en nuestros océanos, donde, además, debido a las grandes profundidades, los cambios deben haber sido más vastos en un sentido vertical.
SEGUNDO.
Sumerjan nuestros continentes actuales, dejando unos pocos picos montañosos como islas, y ¿cuál será el carácter de las islas? Consideren que los Pirineos, Sierra Nevada, Apeninos, Alpes, Cárpatos, no son volcánicos; el Etna y el Cáucaso, volcánicos. En Asia, Altái y el Himalaya, creo que no son volcánicos. En el norte de África, los no volcánicos, según imagino, Alpes de Abisinia y del Atlas. En el sur de África, las Montañas de Nieve. En Australia, los Alpes no volcánicos. En Norteamérica, las Montañas Blancas, los Apalaches y las Montañas Rocosas; algunas de estas últimas únicamente, creo, volcánicas. En Sudamérica hacia el este, la [Silla?] de Caracas no volcánica, e Itacolumi de Brasil; más al sur la Sierra Ventanas, y en las Cordilleras, muchas volcánicas pero no todas. Ahora comparen estos picos con las islas oceánicas; hasta donde se sabe, todas son volcánicas, excepto San Pedro y San Pablo (una extraña roca endemoniada), y las Seychelles, si esta última puede llamarse oceánica, en la línea de Madagascar; las Malvinas, a solo 500 millas de distancia, son solo un banco poco profundo; Nueva Caledonia, apenas oceánica, es otra excepción. Este argumento tiene para mí un gran peso. Comparen en un mapa geográfico las islas que tenemos VARIAS razones para suponer que estaban conectadas con el continente, como Cerdeña, y cuán diferente parece. Creyendo, como estoy inclinado, que los continentes como continentes, y los océanos como océanos, son de inmensa antigüedad; diría que si alguna de las islas oceánicas existentes tiene relación de algún tipo con los continentes, es que están formando continentes; y que para cuando pudieran formar un continente, los volcanes estarían denudados hasta sus núcleos, dejando picos de sienita, diorita o pórfido. ¿Pero no tenemos en ninguna parte algún último resto de un continente, en medio del océano? La roca de San Pedro y San Pablo, y tales islas volcánicas viejas y maltratadas como Santa Elena, pueden serlo; pero creo que podemos ver alguna razón por la cual deberíamos tener menos evidencia de continentes que se hunden que de los que se elevan (si mi punto de vista en mi volumen sobre el Coral tiene algo de verdad, a saber: que las erupciones volcánicas acompañan a las áreas en elevación), pues durante la subsidencia no habrá ningún agente compensador en funcionamiento, mientras que en las áreas en elevación existirá el elemento ADICIONAL de materia volcánica vertida.
TERCERO.
Considerando la profundidad del océano, estaba, antes de recibir su carta, inclinado vehementemente a disputar la vasta cantidad de subsidencia, pero debo arriar mis banderas. Con respecto a los arrecifes de coral, me cuidé cuidadosamente de que no se supusiera que un continente estaba indicado por los grupos de atolones. Es difícil adivinar, como me parece, la cantidad de subsidencia indicada por los arrecifes de coral; pero en áreas tan grandes como el Archipiélago Low, el Archipiélago Marshall y el grupo de las Laquedivas, sería extraño, a juzgar por las alturas de los archipiélagos oceánicos existentes, que algunos picos de 8000 a 10,000 pies no hubieran sido enterrados. Incluso después de su carta me cruzó la sospecha de si sería justo argumentar a partir de las subsidencias en medio de los océanos más grandes hacia los continentes; pero refrescando mi memoria al hablar con Ramsay respecto al probable espesor en una línea vertical de las formaciones silúrica y carbonífera, parece que debe haber habido AL MENOS 10,000 pies de subsidencia durante estas formaciones en Europa y Norteamérica, y por lo tanto, durante la continuación de casi el mismo conjunto de seres orgánicos. Pero incluso 12,000 pies no serían suficientes para las Azores, o para el continente de Hooker; creo que Hooker no infiere un continente continuo, sino grupos aproximados de islas, con, si podemos juzgar por los continentes existentes, un mar no PROFUNDAMENTE profundo entre ellos; pero el argumento de la naturaleza volcánica de casi todas las islas oceánicas existentes cuenta en contra de tales supuestos grupos de islas; pues supongo que no supone una mera cadena de islas volcánicas que ciñe el hemisferio sur.
CUARTO.
Las supuestas extensiones continentales no me parecen explicar perfectamente todos los fenómenos de distribución en las islas; como la ausencia de mamíferos y batracios; la ausencia de ciertos grandes grupos de insectos en Madeira, y de acacias y banksias, etc., en Nueva Zelanda; la escasez de plantas en algunos casos, etc. No es que quienes creen en varios medios accidentales de dispersión puedan explicar la mayoría de estos casos; pero al menos pueden decir que estos hechos apenas parecen compatibles con tierras continuas anteriores.
FINALMENTE.
Por estas varias razones, y especialmente considerando cierto (en lo cual usted estará de acuerdo) que somos extremadamente ignorantes de los medios de dispersión, no puedo evitar pensar que la 'Atlántida' de Forbes fue un mal servicio a la ciencia, al impedir un estudio detallado de los medios de diseminación. Le estaré realmente agradecido de saber, tan brevemente como desee, si estos argumentos tienen algún peso para usted, poniéndose en la posición de un juez honesto. Le dije a Hooker que iba a escribirle sobre este tema; y me gustaría que él leyera esto; pero si él o usted pensarán que merece el tiempo y el franqueo, queda por demostrarse.
Suyo muy sinceramente, CHARLES DARWIN.
[El 8 de julio escribió a Sir Charles Lyell.
"Lamento que no pueda dar ningún veredicto sobre las extensiones continentales; e infiero que usted piensa que mi argumento no tiene mucho peso contra tales extensiones. Sé que desearía poder creerlo"].
CHARLES DARWIN A ASA GRAY. Down, 20 de julio [1856].
...No es poco egocéntrico, pero me gustaría decirle (y no CREO haberlo hecho) cómo veo mi trabajo. Hace diecinueve años (!) se me ocurrió que, mientras me dedicaba a la Historia Natural, tal vez podría hacer el bien si anotara cualquier tipo de hechos relacionados con la cuestión del origen de las especies, y eso es lo que he estado haciendo desde entonces. O bien las especies han sido creadas independientemente, o han descendido de otras especies, como las variedades de una misma especie. Creo que puede demostrarse que es probable que el hombre obtenga sus variedades más distintas conservando aquellas que valen la pena mantener y destruyendo las otras, pero llenaría un cuaderno si continuara. Para ser breve, ASUMO que las especies surgen como nuestras variedades domésticas con MUCHA extinción; y luego pongo a prueba esta hipótesis comparándola con tantas proposiciones generales y bastante bien establecidas como he podido encontrar —en la distribución geográfica, la historia geológica, las afinidades, etc., etc. Y me parece que, SUPONIENDO que dicha hipótesis explicara tales proposiciones generales, deberíamos, de acuerdo con la forma común de seguir todas las ciencias, admitirla hasta que se encuentre una hipótesis mejor. Pues, a mi modo de ver, decir que las especies fueron creadas así o asá no es una explicación científica, sino solo una forma reverente de decir que es así o asá. Pero es absurdo tratar de mostrar cómo intento proceder en el espacio de una nota. Pero como hombre honrado, debo decirle que he llegado a la conclusión heterodoxa de que no existen tales cosas como especies creadas independientemente; que las especies son solo variedades fuertemente definidas. Sé que esto le hará despreciarme. No subestimo mucho las muchas ENORMES dificultades de este punto de vista, pero aun así me parece que explica demasiado, por lo demás inexplicable, para ser falso. Solo para aludir a un punto en su última nota, a saber, sobre las especies del mismo género que GENERALMENTE tienen un área común o continua; si son descendientes lineales reales de una especie, este sería, por supuesto, el caso; y las tristemente demasiadas excepciones (para mí) tienen que explicarse por cambios climáticos y geológicos. A fortiori, bajo este punto de vista (pero exactamente sobre las mismas bases), todos los individuos de la misma especie deberían tener una distribución continua. Sobre esta última rama del tema he redactado un capítulo, y Hooker amablemente lo leyó. Pensé que las excepciones y dificultades eran tan grandes que, en conjunto, la balanza se inclinaba en contra de mis nociones, pero me complació mucho encontrar que parecía tener un peso considerable para Hooker, quien dijo que nunca se había sentido tan desconcertado sobre la permanencia de las especies.
Debo decir una palabra más en justificación (pues estoy seguro de que su tendencia será despreciarme a mí y a mis ocurrencias), que todas mis nociones sobre CÓMO cambian las especies se derivan de un estudio prolongado de las obras de (y conversaciones con) agricultores y horticultores; y creo que veo bastante claro el camino sobre los medios utilizados por la naturaleza para cambiar sus especies y ADAPTARLAS a las maravillosas y exquisitamente hermosas contingencias a las que todo ser vivo está expuesto...
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 30 de julio de 1856.
Mi querido Hooker,
Tu carta es de MUCHO valor para mí. No pude obtener una respuesta definitiva de Lyell (Sobre las extensiones continentales de Forbes y otros), como verás en las cartas adjuntas, aunque inferí que no pensaba nada de mis argumentos. De no haber sido por esta correspondencia, habría escrito con demasiada fuerza. Puedes estar seguro de que plantearé mis dudas con moderación. Nunca hubo un predicamento como el mío: aquí ustedes, extensionistas continentales, eliminarían enormes dificultades que se me oponen, y sin embargo no puedo admitir honestamente la doctrina, y por lo tanto debo decirlo. No puedo superar el hecho de que no se ha encontrado ni un fragmento de roca secundaria o paleozoica en ninguna isla a más de 500 o 600 millas de una masa continental. Más bien me malinterpretas cuando piensas que dudo de la POSIBILIDAD de un hundimiento de 20.000 o 30.000 pies; es solo una cuestión de probabilidad, considerando tal evidencia como tenemos independientemente de la distribución. Todavía no he trabajado con todo detalle la distribución de los mamíferos, tanto IDENTICOS como aliados, con respecto al UNICO ELEMENTO DE LA PROFUNDIDAD DEL MAR; pero hasta donde he llegado, los resultados son para mí sorprendentemente acordes con mi creencia más problemática de que no existen cambios geográficos tan grandes como crees; y en los mamíferos ciertamente conocemos más de los MEDIOS de distribución que en cualquier otra clase. Nada es tan vejatorio para mí como encontrarme constantemente extrayendo conclusiones diferentes de mejores jueces que yo, a partir de los mismos hechos.
Imagino que últimamente he eliminado muchas (no geográficas) grandes dificultades opuestas a mis nociones, pero Dios sabe que todo puede ser una alucinación.
Por favor, devuelve las cartas de Lyell.
Qué excelente carta la de Lyell para ti, y qué hombre maravilloso es. Difiero mucho de él al pensar que aquellos que creen que las especies NO son fijas multiplicarán los nombres específicos: sé que en mi propio caso mi fuente de duda más frecuente era si otros no pensarían que esto o aquello era un percebe creado por Dios, y que seguramente merecía un nombre. De lo contrario, solo habría pensado si la cantidad de diferencia y permanencia era suficiente para justificar un nombre: también me sorprende que piense que es inmaterial si las especies son absolutas o no: siempre que se demuestre que todas las especies son producidas por generación, por leyes de cambio, qué buena evidencia tendremos de los huecos en las formaciones. Y qué ciencia será la Historia Natural, cuando estemos en nuestras tumbas, cuando todas las leyes del cambio sean consideradas una de las partes más importantes de la Historia Natural.
No puedo concebir por qué Lyell piensa que nociones como las mías o las de 'Vestigios' invalidarán los centros específicos. Pero no debo seguir hablando y ocupar tu tiempo. Mi manuscrito no será copiado, me temo, antes de que te vayas al extranjero. Con sincero agradecimiento.
Siempre tuyo, C. DARWIN.
P.D.—Después de dar una versión muy condensada de mi argumento contra las extensiones continentales, añadiré una frase como que dos jueces mejores que yo han considerado estos argumentos y no les dan ningún peso.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 5 de agosto [1856].
...Estoy totalmente de acuerdo respecto a las cartas de Lyell para mí, las cuales, aunque interesantes, no me han proporcionado ninguna luz nueva. Tus cartas, bajo el punto de vista GEOLÓGICO, han sido más valiosas para mí. No puedes imaginar con qué fervor desearía poder tragarme la extensión continental, pero no puedo; cuanto más pienso (y no puedo quitarme el tema de la cabeza), más difícil me resulta. Si solo hubiera media docena de casos, no sentiría la menor dificultad; pero la generalidad de los hechos de que todas las islas (excepto una o dos) tengan una parte considerable de sus producciones en común con uno o más continentes me desconcierta por completo. ¡Qué maravilloso caso el de las Epacridáceas! Es muy vejatorio, además de humillante, para mí que no pueda seguir y suscribir la forma en que planteas de manera tan llamativa tu visión del caso. Considero tus hechos (sobre el Eucalipto, etc.) como CONDENATORIOS contra la extensión continental, y si quieres también condenatorios contra la migración, o al menos de una dificultad ENORME. Veo la base de nuestra diferencia (en una carta debo ponerme en igualdad de condiciones al argumentar) que radica, en mi opinión, en que apenas se sabe nada de los medios de distribución. Estoy totalmente de acuerdo con la opinión de A. De Candolle (y me atrevo a decir que la tuya) de que es un trabajo pobre reunir los medios meramente POSIBLES de distribución; pero no veo otra forma en la que se pueda atacar el tema, pues creo que el argumento de A. De Candolle, de que no se han introducido plantas en Inglaterra excepto por la acción del hombre, [es] de poco peso. No puedo evitar pensar que la teoría de la extensión continental hace algún pequeño daño al detener la investigación de los medios de dispersión, lo cual, ya sea NEGATIVO o positivo, me parece de valor; cuando se niega, entonces todos los que creen en centros únicos tendrán que admitir las extensiones continentales.
...Veo por tus comentarios que no entiendes mis nociones (valgan o no algo) sobre la modificación; atribuyo muy poco a la acción directa del clima, etc. Supongo que, con respecto a los centros específicos, estamos hablando de cosas distintas; ¡yo llamaría al huerto en el que se produjo la col lombarda, o a la granja en la que Bakewell hizo el ganado Shorthorn, el centro específico de estas ESPECIES! ¡Y seguramente esto es suficiente centralización!
Te agradezco sinceramente toda tu ayuda; y ya sea que mi libro sea miserable o no, has hecho lo mejor que has podido para hacerlo menos miserable. A veces estoy de muy buen humor y a veces muy bajo de moral al respecto. Mi propia mente está decidida sobre la cuestión del origen de las especies; pero, cielos, ¡qué poco vale eso!...
[Con respecto a los "centros específicos", un pasaje de una carta fechada el 25 de julio de 1856, de Sir Charles Lyell a Sir J.D. Hooker ('Life' ii. página 216) es de interés:
"Me temo mucho que si Darwin argumenta que las especies son fantasmas, también tendrá que admitir que los centros únicos de dispersión son fantasmas también, y eso me privaría de gran parte del valor que atribuyo a las provincias actuales de animales y plantas, como ilustración de los cambios modernos y terciarios en la geografía física".
Parece haber reconocido, sin embargo, que la doctrina fantasma pronto tendría que ser afrontada, pues escribió en la misma carta: "Ya sea que Darwin nos convenza a ti y a mí de renunciar a nuestra fe en las especies (cuando se consideran las épocas geológicas) o no, preveo que muchos se pasarán a la doctrina de la modificabilidad indefinida".
En el otoño mi padre todavía estaba trabajando en la distribución geográfica, y de nuevo buscó la ayuda de Sir J.D. Hooker.
UNA CARTA A SIR J.D. HOOKER [Septiembre de 1856].
"En el transcurso de unas semanas, desgraciado miserable, tendrás mi manuscrito sobre un punto de la Distribución Geográfica. Sin embargo, nunca volveré a pedir tal favor; pero con respecto a esta pieza de manuscrito, es de infinita importancia para mí que la veas; pues nunca en mi vida he sentido tal dificultad sobre qué hacer, y deseo de corazón poder pasar por alto todo el tema".
En una carta a Sir J.D. Hooker (junio de 1856), aparece el siguiente pasaje característico, sugerido, sin duda, por el tipo de trabajo que implicaba su capítulo sobre Distribución Geográfica:
"Hay una ilógica maravillosa en su [E. Forbes] famoso y admirable estudio sobre la distribución, tal como me parece ahora que lo he organizado para dar los puntos principales en una página. Confía en mí, mi dicho es verdadero, a saber, que un compilador es un GRAN hombre, y un hombre original un hombre común. Cualquier tonto puede generalizar y especular; pero, ¡oh, cielos! Obtener DE SEGUNDA MANO una Flora de Nueva Zelanda, eso sí es trabajo".
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. 3 de octubre [1856].
...Recuerdo que protestaste contra el consejo de Lyell de escribir un ESBOZO de mis doctrinas sobre las especies. Bueno, cuando empecé encontré que era un trabajo tan insatisfactorio que he desistido, y ahora estoy redactando mi trabajo tan perfecto como mis materiales de diecinueve años de recolección permiten, pero no pretendo detenerme para perfeccionar ninguna línea de investigación más allá del trabajo actual. Hasta aquí y no más lejos seguiré el consejo urgente de Lyell. Tus comentarios pesaron considerablemente en mí. Encuentro con tristeza que se convertirá en un libro bastante grande. He encontrado que mi cuidadoso trabajo con las palomas es realmente invaluable, al esclarecerme sobre muchos puntos de la variación bajo domesticación. La copiosa literatura antigua, por la cual puedo rastrear los cambios graduales en las razas de palomas, ha sido extraordinariamente útil para mí. ¡Acabo de recibir palomas y aves de corral VIVAS de Gambia! Estoy prestando atención a los conejos y patos con bastante cuidado, pero menos que a las palomas. Encuentro diferencias muy notables en los esqueletos de los conejos. ¿Has tenido alguna vez razas raras de conejos, y puedes darme algún detalle? Una pregunta más: solías tener halcones; ¿sabes en absoluto, después de comer un pájaro, cuánto tiempo después arrojan la egagrópila?
Ningún tema me da tantos problemas, dudas y dificultades como los medios de dispersión de las mismas especies de producciones terrestres en las islas oceánicas. Los moluscos terrestres me vuelven loco, y de ninguna manera puedo conseguir sus huevos para experimentar su poder de flotación y resistencia a la acción perjudicial del agua salada. No me disculparé por escribir tanto sobre mis propios asuntos, ya que creo que te gustará saberlo. Por favor, algún día, te lo ruego, déjame saber cómo vas de salud; y SI TE SIENTES INCLINADO, déjame tener algunas palabras sobre los patos señuelo.
Mi querido Fox, afectuosamente tuyo, CH. DARWIN.
[Con respecto a su libro escribió (10 de noviembre) a Sir Charles Lyell]:
"Estoy trabajando muy constantemente en mi gran libro; me ha resultado completamente imposible publicar ningún ensayo o esbozo preliminar; pero estoy haciendo mi trabajo tan completo como mis materiales actuales permiten sin esperar a perfeccionarlos. Y esta aceleración se la debo a usted".]
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, domingo [octubre de 1856].
Mi querido Hooker,
Las semillas han llegado todas a salvo, muchas gracias por ellas. Siento mucho haberme ido tan pronto y haberme perdido cualquier parte de mi MÁS agradable velada; y salí corriendo como un godo y vándalo sin despedirme de la Sra. Hooker; pero llegué justo a tiempo, pues cuando subí al andén el tren había llegado.
Me alegré especialmente de nuestra discusión después de la cena, librar una batalla contigo siempre me aclara la mente maravillosamente. Me lamento al saber que A. Gray está de acuerdo contigo sobre la condición de la Geografía Botánica. Todo lo que sé es que si hubieras tenido que buscar luz en la Geografía Zoológica, por contraste, respetarías tu propio tema mucho más de lo que ahora haces. ¡¡¡Los halcones se han portado como caballeros y han arrojado egagrópilas con muchas semillas dentro; y acabo de recibir un paquete de patas de perdiz bien cubiertas de barro!!! (El barro en tales casos a menudo contiene semillas, por lo que las plantas se transportan así). Adiós.
Tu loco y perverso amigo, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 4 de noviembre [1856].
Mi querido Hooker,
Te agradezco más CORDIALMENTE de lo que pensarás probable, por tu nota. Tu veredicto (Sobre el manuscrito relativo a la distribución geográfica) ha sido un gran alivio. Por mi honor, no tenía idea de si dirías que era (y sabía que lo dirías muy amablemente) tan malo que me habrías rogado que quemara todo. Para mi propia mente, mi manuscrito me liberó de algunas pocas dificultades, y las dificultades me parecían bastante bien expuestas, pero me había quedado tan desconcertado con hechos, evidencia, razonamiento y opiniones contradictorias, que sentí que había perdido todo juicio. Tu veredicto general es INCOMPARABLEMENTE más favorable de lo que había anticipado...
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 23 de noviembre [1856].
Mi querido Hooker,
Temo que te cansaré con cartas, pero no respondas a esta, porque en verdad y sin adulación, valoro tanto tus cartas que, después de un lote pesado, como últimamente, siento que he sido extravagante y he sacado demasiado dinero, y por lo tanto tendré que restringirme en otra ocasión.
Cuando envié mi manuscrito sentí fuertemente que deberían haberte enviado algunas preguntas preliminares sobre las causas de la variación. Si tengo razón o no en estos puntos es una cuestión completamente distinta, pero la conclusión a la que he llegado, independientemente de la distribución geográfica, es que las condiciones externas (a las que los naturalistas apelan tan a menudo) por sí mismas hacen MUY POCO. Cuánto hacen es el punto sobre el que me siento más débil. Juzgo por los hechos de la variación bajo domesticación, y todavía puedo obtener más luz. Pero en el presente, después de redactar una copia aproximada sobre este tema, mi conclusión es que las condiciones externas hacen EXTREMADAMENTE poco, excepto al causar mera variabilidad. Esta mera variabilidad (haciendo que el hijo NO se parezca estrechamente a su padre) la veo como MUY diferente de la formación de una variedad marcada o una nueva especie. (Sin duda, la variabilidad se rige por leyes, algunas de las cuales estoy tratando muy oscuramente de rastrear). La formación de una variedad o especie fuerte la veo casi totalmente debida a la selección de lo que puede llamarse incorrectamente variaciones o variabilidad al AZAR. Este poder de selección guarda la relación más directa con el tiempo, y en el estado de naturaleza solo puede ser excesivamente lento. Una vez más, las ligeras diferencias seleccionadas, por las cuales finalmente se forma una raza o especie, guardan, como creo que puede mostrarse (incluso con plantas, y obviamente con animales), una relación mucho más importante con sus asociados que con las condiciones externas. Por lo tanto, de acuerdo con mis principios, ya sean correctos o incorrectos, no puedo estar de acuerdo con tu proposición de que el tiempo, las condiciones alteradas y los asociados alterados, son "términos convertibles". Veo al primero y al último como MUCHO más importantes: el tiempo es importante solo en la medida en que da alcance a la selección. Dios sabe si percibirás a dónde quiero llegar. Tendré que discutir y pensar más sobre tu dificultad de las formas templadas y subárticas en el hemisferio sur de lo que he hecho hasta ahora. Pero me inclino a pensar que tengo razón (si mis principios generales son correctos), que habría poca tendencia a la formación de una nueva especie, durante el período de migración, ya sea más corto o más largo, aunque puede haber sobrevenido una variabilidad considerable...
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. 24 de diciembre [1856].
...Cómo desearía vivir cerca de ti para discutir asuntos. Acabo de comparar definiciones de especies, y exponiendo brevemente cómo los naturalistas sistemáticos trabajan sus temas. Aquilegia en la Flora Indica fue un excelente ejemplo para mí. Es realmente risible ver qué ideas diferentes son prominentes en las mentes de varios naturalistas, cuando hablan de "especies"; en algunos, el parecido es todo y el descenso de poco peso; en algunos, el parecido parece no valer nada, y la Creación la idea reinante; en algunos, el descenso es la clave; en algunos, la esterilidad una prueba infalible, con otros no vale un ardite. Todo viene, creo, de intentar definir lo indefinible. Supongo que has perdido la semilla negra extraña de los excrementos de los pájaros, que germinó; de todos modos, no vale la pena tomarse molestias. Ahora he conseguido alrededor de una docena de semillas de excrementos de pájaros pequeños. Adiós,
Mi querido Hooker, siempre tuyo, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A ASA GRAY. Down, 1 de enero [1857?].
Mi querido Dr. Gray,
He recibido la segunda parte de su trabajo ('Statistics of the Flora of the Northern United States.' "Silliman's Journal", 1857), y aunque no tengo nada en particular que decir, debo enviarle mi agradecimiento y sincera admiración. El artículo entero me parece que agota el tema por completo, y me gusta imaginar y halagarme pensando que ahora comprendo el carácter de su Flora. ¡Qué diferencia con respecto a Europa supone su observación en relación con los géneros! Me ha alegrado sobremanera ver su conclusión con respecto a las especies de grandes géneros de amplia distribución; está en estricta conformidad con los resultados que he obtenido por diversos medios. Es de gran importancia para mis nociones. Por cierto, me ha hecho un GRAN cumplido ("A partir de algunas investigaciones propias, este sagaz naturalista se inclina a pensar que [las especies de] los géneros grandes ocupan un área mayor que las especies de los géneros pequeños".—Asa Gray, loc. cit.): el ser SIMPLEMENTE mencionado incluso en un artículo así lo considero un honor muy grande. Una de sus conclusiones me hace gemir, a saber, que la línea de conexión de las plantas estrictamente alpinas es a través de Groenlandia. Me gustaría EXTREMADAMENTE ver sus razones publicadas en detalle, pues me "irrita" (esta es una expresión adecuada, ¿no es así?) terriblemente. Lyell me contó que Agassiz, al tener una teoría sobre cuándo fueron creados por primera vez los saurios, al escuchar algunas observaciones cuidadosas que se oponían a esto, dijo que no lo creía, "pues la Naturaleza nunca mentía". Me encuentro justo en este predicamento, y le repito que, "la Naturaleza nunca miente", ergo, los teorizantes siempre tienen razón...
Tan sobrecargado de trabajo como está, me atrevo a decir que dirá usted que soy una plaga odiosa; ¡pero aquí hay otra sugerencia! Me vi llevado por una de mis especulaciones descabelladas a concluir (aunque no tiene nada que ver con la distribución geográfica, sí tiene que ver con sus estadísticas) que los árboles tendrían una fuerte tendencia a tener flores con estructura dioica, monoica o polígama. Al ver que esto parecía ser así en Persoon, tomé una pequeña Flora británica y, distinguiendo los árboles de los arbustos según Loudon, he encontrado que el resultado fue, en especies, géneros y familias, tal como anticipé. Así que envié mis nociones a Hooker para pedirle que tabulara la Flora de Nueva Zelanda con este fin, y pensó que mi resultado era lo suficientemente curioso como para hacerlo; y la concordancia con Gran Bretaña es muy llamativa, y más aún, ya que hizo tres clases de árboles, arbustos y plantas herbáceas. (Dice además que trabajará la Flora de Tasmania bajo el mismo principio). Los arbustos mantienen una posición intermedia entre las otras dos clases. Me parece una relación curiosa en sí misma, y lo es mucho más si mi teoría y explicación son correctas. (Véase 'Origen', Edición i., página 100).
Con sinceros agradecimientos, su amigo más problemático, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 12 de abril [1857].
Mi querido Hooker,
Su carta me ha complacido mucho, pues nunca puedo quitarme de la cabeza que me aprovecho injustamente de su amabilidad, ya que recibo todo y no doy nada. ¡Qué magnífica discusión podría escribir sobre todo el tema de la variación! Los casos discutidos en su última nota son valiosos para mí (aunque odiosos y condenables), ya que muestran cuán profundamente ignorantes somos sobre las causas de la variación. Simplemente aludiré a estos casos, como una especie de subdivisión del polimorfismo un poco más definida, supongo, que la variación de, por ejemplo, los Rubi, e igual o más desconcertante.
Acabo de reunir mis notas sobre las variaciones APARENTEMENTE debidas a la acción inmediata y directa de causas externas; y me ha impresionado un resultado. Los defensores más firmes de la creación independiente admiten que el pelaje de la MISMA especie es más delgado hacia el sur del rango de la misma especie que hacia el norte; que las MISMAS conchas son de colores más brillantes hacia el sur que hacia el norte; que la misma [concha] es de color más pálido en aguas profundas; que los insectos son más pequeños y oscuros en las montañas; más lívidos y testáceos cerca del mar; que las plantas son más pequeñas y vellosas y con flores más brillantes en las montañas: ahora bien, en todos estos y otros casos, las especies distintas en las dos zonas siguen la misma regla, lo que me parece que se explica de la manera más sencilla mediante el hecho de que las especies son solo variedades fuertemente marcadas, y por lo tanto siguen las mismas leyes que las variedades reconocidas y admitidas. Menciono todo esto debido a la variación de las plantas al ascender montañas; he citado la observación anterior solo de forma general, sin ejemplos, pues añado que hay tantas dudas y disputas sobre qué llamar variedades; pero aun así me he topado con tantas observaciones casuales sobre VARIEDADES de plantas en las montañas que están así caracterizadas, que supongo que hay algo de verdad en ello. ¿Qué piensa usted? ¿Cree que existe ALGUNA tendencia en las VARIEDADES, tal como se las denomina GENERALMENTE, de las plantas a volverse más vellosas y con flores proporcionalmente más grandes y de colores más brillantes al ascender una montaña?
Me he interesado en mi "jardín de malas hierbas", de 3 x 2 pies cuadrados: marco cada plántula a medida que aparece, y estoy asombrado por el número que brota, y aún más por el número que matan las babosas, etc. Ya han sido muertas 59; esperaba unas cuantas, pero me había imaginado que este era un freno menos potente de lo que parece ser, y atribuía casi exclusivamente a la mera asfixia la destrucción de las plántulas. Las plántulas de pasto parecen sufrir mucho menos que las exógenas...
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Moor Park, Farnham [abril (?) 1857].
Mi querido Hooker,
Su carta me ha sido enviada aquí, donde me estoy sometiendo a hidroterapia durante quince días, habiendo estado aquí una semana, y habiendo recibido ya una cantidad de bien que es para mí completamente increíble e inexplicable. Puedo caminar y comer como un cristiano robusto, e incluso mis noches son buenas. No puedo entender en absoluto cómo la hidroterapia puede actuar como ciertamente lo hace sobre mí. Adormece el cerebro de forma espléndida; no he pensado en una sola especie de ningún tipo desde que salí de casa. Su nota me ha tomado por sorpresa; pensaba que el vello, etc., de las ESPECIES alpinas era generalmente admitido; estoy seguro de haberlo visto mencionado una veintena de veces. Falconer estaba pontificando sobre ello el otro día ante mí. Meyen o Gay, o algún tipo así (a quien usted despreciaría), recuerdo, hace alguna observación sobre las plantas de la Cordillera chilena. Wimmer ha escrito un librito sobre las mismas líneas, y sobre el hecho de que las VARIEDADES estén así caracterizadas en los Alpes. Pero después de escribirle, confieso que me quedé estupefacto al encontrar a un hombre (Moquin-Tandon, creo) diciendo que las flores alpinas están fuertemente inclinadas a ser blancas, ¡y Linneo diciendo que el frío hace que las plantas sean APÉTALAS, incluso la misma especie! ¿Son las plantas árticas a menudo apétalas? Mi creencia general a partir de mi trabajo de compilación es estar totalmente de acuerdo con lo que usted dice sobre la poca influencia directa del clima; y acabo de aludir al vello de las plantas alpinas como una EXCEPCIÓN. La odoriferidad sería un buen caso para mí si supiera de VARIEDADES que fueran más odoríferas en hábitats secos.
Me temo que he considerado el vello de las plantas alpinas como algo tan generalmente reconocido que no he marcado los pasajes, como para ver en absoluto qué tipo de evidencia presentan los autores. Debo confesar que, el otro día, cuando le pregunté a Falconer si conocía plantas INDIVIDUALES que perdieran o adquirieran vello al ser transportadas, no lo sabía. Pero ahora, EN ESTE SEGUNDO, mi memoria me trae un destello, y estoy seguro de que en algún lugar tengo marcado un caso de plantas vellosas de los Pirineos que perdieron vello al ser cultivadas en Montpellier. ¿Me considerará muy insolente si le digo que a veces he pensado que (con total independencia del caso presente), usted es un poco demasiado duro con los malos observadores; que una observación hecha por un mal observador NO PUEDE ser correcta; a un observador que merece ser condenado, usted lo condenaría por completo. Siento total deferencia por cualquier observación que usted haga por su propia cuenta; pero cuando está en oposición a algún pobre diablo, de alguna manera involuntariamente siento no tanta, pero sí mucha deferencia por su opinión. No sé en absoluto si hay alguna verdad en esta crítica mía contra usted, pero a menudo he pensado en decírsela.
Le estoy realmente muy agradecido por su carta, pues, aunque tenía la intención de poner solo una frase y de manera vaga, probablemente la habría puesto demasiado fuerte.
Siempre, mi querido Hooker, suyo muy sinceramente, C. DARWIN.
P.D. Esta nota, como ve, no tiene nada que requiera respuesta.
La distribución de los moluscos de agua dulce ha sido un horroroso incubo para mí, pero creo que ahora conozco el camino; cuando recién salen del huevo son muy activos, y he tenido treinta o cuarenta arrastrándose sobre la pata de un pato muerto; y no pueden ser sacudidos, y vivirán quince e incluso veinticuatro horas fuera del agua.
[La siguiente carta se refiere a la expedición de la fragata austriaca "Novara"; Lyell había pedido sugerencias a mi padre.]
CHARLES DARWIN A C. LYELL. Down, 11 de febrero [1857].
Mi querido Lyell,
Me alegró ver en los periódicos lo referente a la Expedición austriaca. No tengo nada que añadir geológicamente a mis notas en el Manual. (El artículo "Geology" en el Admiralty Manual of Scientific Enquiry.) No sé si la Expedición está limitada a hacer escala solo en puntos fijos. Pero si hubiera alguna elección o poder en los hombres de ciencia para influir en los lugares, esto sería muy deseable. Es mi convicción más deliberada que nada ayudaría más a la Historia Natural que la recolección e investigación cuidadosas de TODAS LAS PRODUCCIONES de las islas más aisladas, especialmente del hemisferio sur. Excepto Tristán da Cunha y la Tierra de Kerguelen, son muy imperfectamente conocidas; e incluso en la Tierra de Kerguelen, cuánto queda por averiguar sobre los lechos de lignito, y si hay signos de antigua acción glacial. Cada concha marina e insecto y planta es de valor en tales puntos. Alguien en la Expedición debería tener especialmente el Ensayo sobre Nueva Zelanda de Hooker. Qué gran trabajo sería explorar Rodríguez, con sus aves fósiles y sus producciones poco conocidas de todo tipo. De nuevo las Seychelles, que, con las Cocos tan cerca, deben ser un remanente de alguna tierra más antigua. La isla exterior de Juan Fernández es poco conocida. La investigación de estos pequeños puntos por parte de un grupo de naturalistas sería grandiosa; San Pablo y Ámsterdam serían gloriosas, botánica y geológicamente. ¿No puede recomendarles que consigan mi 'Diario' y 'Islas Volcánicas' por el tema de las Galápagos? Si vienen desde el norte, será una vergüenza y un pecado si no hacen escala en la isla de Cocos, una de las Galápagos. Siempre lamenté no haber podido examinar los grandes cráteres en la isla Albemarle, una de las Galápagos. En Nueva Zelanda, ínsteles a que busquen cantos rodados erráticos y marcas de antiguos glaciares.
Inste al uso de la draga en los trópicos; ¡qué poco o nada sabemos del límite de la vida hacia abajo en los mares cálidos?
Mi trabajo actual me lleva a percibir cuánto se ha descuidado a los animales domésticos en los países apartados.
La isla de Revillagigedo, frente a México, creo que nunca ha sido pisada por el pie de un naturalista.
Si la expedición se limita a lugares como Río, el Cabo de Buena Esperanza, Ceilán y Australia, etc., no hará mucho.
Siempre suyo muy sinceramente, C. DARWIN.
[El siguiente pasaje aparece en una carta al Sr. Fox, el 22 de febrero de 1857, y hace referencia al libro sobre la Evolución en el que todavía estaba trabajando. El resto de la carta está compuesto por detalles sin interés:
"Estoy profundamente interesado en mi tema; aunque desearía poder dar menos valor a la baratija de la fama, ya sea presente o póstuma, de lo que le doy, pero no creo, en ningún grado extremo: sin embargo, si me conozco a mí mismo, trabajaría igual de duro, aunque con menos gusto, si supiera que mi libro se publicaría para siempre de forma anónima".]
CHARLES DARWIN A A.R. WALLACE. Moor Park, 1 de mayo de 1857.
Mi querido señor,
Le estoy muy agradecido por su carta del 10 de octubre, desde Célebes, recibida hace unos días; en una tarea laboriosa, la simpatía es un estímulo valioso y real. Por su carta e incluso más aún por su artículo ('On the law that has regulated the introduction of new species.'—Ann. Nat. Hist., 1855) en los Annals, hace un año o más, puedo ver claramente que hemos pensado de manera muy similar y hasta cierto punto hemos llegado a conclusiones parecidas. Con respecto al Artículo en los Annals, estoy de acuerdo con la verdad de casi cada palabra de su escrito; y me atrevo a decir que estará de acuerdo conmigo en que es muy raro encontrarse de acuerdo bastante estrechamente con cualquier artículo teórico; pues es lamentable cómo cada hombre extrae sus propias conclusiones diferentes de los mismos hechos. Este verano hará el vigésimo año (!) desde que abrí mi primer cuaderno, sobre la cuestión de cómo y de qué manera las especies y variedades difieren entre sí. Ahora estoy preparando mi trabajo para su publicación, pero encuentro el tema tan vasto que, aunque he escrito muchos capítulos, no supongo que iré a la imprenta hasta dentro de dos años. Nunca he sabido cuánto tiempo pretende quedarse en el archipiélago malayo; desearía poder aprovechar la publicación de sus Viajes allí antes de que aparezca mi trabajo, pues sin duda recogerá una gran cosecha de hechos. Ya he actuado de acuerdo con su consejo de mantener distintas las variedades domésticas y aquellas que aparecen en estado de naturaleza; pero a veces he dudado de la sabiduría de esto, y por lo tanto me alegra estar respaldado por su opinión. Debo confesar, sin embargo, que dudo bastante de la verdad de la doctrina ahora muy prevalente de que todos nuestros animales domésticos han descendido de varias estirpes salvajes; aunque no dudo que sea así en algunos casos. Creo que hay evidencia algo mejor sobre la esterilidad de los animales híbridos de lo que parece admitir: y con respecto a las plantas, la colección de hechos cuidadosamente registrados por Kolreuter y Gaertner (y Herbert) es ENORME. Estoy totalmente de acuerdo con usted en los escasos efectos de las "condiciones climáticas", que uno ve mencionadas ad nauseam en todos los libros: supongo que algún efecto muy pequeño debe atribuirse a tales influencias, pero creo plenamente que son muy leves. Es realmente IMPOSIBLE explicar mis puntos de vista (en el espacio de una carta) sobre las causas y medios de la variación en estado de naturaleza; pero he adoptado lentamente una idea distinta y tangible... si es verdadera o falsa, otros deberán juzgar; pues la convicción más firme de la verdad de una doctrina por parte de su autor parece, ay, ¡no ser la más mínima garantía de verdad!...
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Moor Park, sábado [2 de mayo de 1857].
Mi querido Hooker,
Ha afeitado el vello de las plantas alpinas con bastante eficacia. El caso de la Anthyllis hará un "empate" con el caso creído de las plantas de los Pirineos que se vuelven glabras en niveles bajos. Si REALMENTE encuentro que he marcado tales hechos, pondré la evidencia ante usted. ¡Me pregunto cómo podría haberse originado la creencia! ¿Fue a través de causas finales para mantener a las plantas calientes? Falconer, en una charla, unió los dos hechos de las plantas y mamíferos alpinos lanudos. Qué franca y mansamente tomó mi jeremiada sobre su severidad con los hombres de segunda clase. Después de haberla enviado, una vocecita fea me preguntó, una o dos veces, cuánto de mi noble defensa de los pobres de espíritu y de hecho se debía a que usted no pocas veces había destrozado nociones favoritas mías. Silencié a la vocecita fea con desprecio, pero volvía a susurrar una y otra vez. A veces me desprecio a mí mismo como un mal compilador tan sinceramente como usted podría hacerlo, aunque NO desprecio todo mi trabajo, ya que creo que se sabe lo suficiente como para sentar las bases de la discusión sobre el origen de las especies. Me he visto llevado a despreciarme y reírme de mí mismo como compilador, por haber anotado que "las plantas alpinas tienen flores grandes", ¡y ahora tal vez pueda escribir sobre estas mismas palabras: "las plantas alpinas tienen flores pequeñas o apétalas"!...
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, [16 de mayo] de 1857.
Mi querido Hooker,
Dijo usted —espero que sinceramente— que no le disgustaba que le hiciera preguntas sobre puntos generales, respondiendo usted por supuesto o no según el tiempo o la inclinación. Encuentro en el reino animal que la proposición de que cualquier parte u órgano desarrollado normalmente (es decir, no una monstruosidad) en una especie en cualquier grado ALTO o INUSUAL, comparado con la misma parte u órgano en especies aliadas, tiende a ser ALTAMENTE VARIABLE. No puedo dudar de esto a partir de mi masa de hechos recolectados. Por dar un ejemplo, el piquituerto es muy anormal en la estructura de su pico en comparación con otros Fringillidae aliados, y el pico es EMINENTEMENTE VARIABLE. El Himantopus, notable por la maravillosa longitud de sus patas, es MUY variable en la longitud de sus patas. Podría dar MUCHAS ilustraciones muy sorprendentes y curiosas en todas las clases; tantas que creo que no puede ser casualidad. Pero no tengo NINGUNA en el reino vegetal, debido, según creo, a mi ignorancia. Si Nepenthes consistiera en UNA o dos especies en un grupo con un jarro desarrollado, entonces habría esperado que hubiera sido muy variable; pero no considero a Nepenthes un caso pertinente, pues cuando todo un género o grupo tiene un órgano, por anómalo que sea, no espero que sea variable; es solo cuando una o pocas especies difieren mucho en alguna parte u órgano de las formas ESTRECHAMENTE ALIADAS a ella en todos los demás aspectos, que creo que tal parte u órgano es altamente variable. ¿Le dará vueltas a esto en su mente? Es una importante ley aparente (!) para mí.
Siempre suyo, C. DARWIN.
P.D.—No sé hasta qué punto le interesará saberlo, pero encuentro que Moquin-Tandon trata en su 'Teratologie' sobre la vellosidad de las plantas, y parece atribuir más a la sequedad que a la altitud; pero parece pensar que debe admitirse que las plantas de montaña son vellosas, y que esta vellosidad solo se explica en parte por la observación de De Candolle de que la condición enana de las plantas de montaña condensaría los pelos, y así les daría la APARIENCIA de ser más vellosas. Cita a Senebier, 'Physiologie Vegetale', como autoridad —supongo que la primera autoridad— para que las plantas de montaña sean vellosas.
Si pudiera demostrar positivamente que las especies endémicas eran más vellosas en distritos secos, entonces el caso de las variedades que se vuelven más vellosas en terreno seco sería un hecho para mí.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 3 de junio [1857].
Voy a divertirme exponiéndole mis propios asuntos, y esto me supone un disfrute mayor del que usted podría comprender fácilmente, dado que paso meses enteros sin abrir la boca sobre Historia Natural. Su carta es de gran valor para mí, y me tambalea respecto a mi proposición. Me atrevo a decir que la ausencia de hechos botánicos puede explicarse en parte por la dificultad de medir variaciones leves. De hecho, después de escribir, esto se me ocurrió; pues tengo una Crucianella stylosa a punto de florecer, y el pistilo debería ser muy variable en longitud, y al pensar en esto sentí de inmediato cómo podría alguien juzgar si era variable en algún grado elevado. ¡Qué diferencia, por ejemplo, con el pico de un pájaro! Pero no estoy satisfecho con esta explicación, y estoy desconcertado. Sin embargo, creo que hay algo en la ley; he tenido tantos ejemplos, como el siguiente: escribí a Wollaston para pedirle que revisara los escarabajos de Madeira y me dijera si alguno presentaba algo muy anómalo en relación con sus aliados. Me dio un caso único de una cabeza enorme en una hembra, y luego encontré en su libro, ya expuesto, que el tamaño de la cabeza era ASOMBROSAMENTE variable. Parte de la diferencia con las plantas puede explicarse porque muchos de mis casos son caracteres secundarios masculinos o FEMENINOS, pero aun así tengo casos llamativos con cirrípedos hermafroditas. Los casos me parecen demasiado numerosos para ser coincidencias accidentales, de gran variabilidad y desarrollo anormal. Supongo que no le opondrá objeción a que incluya una nota diciendo que usted ha reflexionado sobre el caso, y aunque uno o dos casos parecían apoyarlo, otros tantos o más parecían totalmente contradictorios. Esta falta de pruebas es más sorprendente para mí, ya que generalmente encuentro cualquier proposición más fácil de comprobar mediante observaciones en obras botánicas, que he consultado, que en obras zoológicas. Nunca soñé que usted hubiera tenido el tema en absoluto presente. En conjunto, el caso es uno más de mis MUCHOS acertijos horribles. Mis observaciones, aunque a una escala infinitamente pequeña, sobre la lucha por la existencia, comienzan a hacerme ver un poco más claro cómo transcurre la pelea. De dieciséis tipos de semillas sembradas en mi prado, quince han germinado, pero ahora están pereciendo a tal ritmo que dudo que más de una florezca. Aquí tenemos el estrangulamiento que ha tenido lugar también a gran escala, con plantas que no son plántulas, en un trozo de mi césped al que se permitió crecer. Por otro lado, en un trozo de terreno, de 2 por 3 pies, he marcado diariamente cada plántula de maleza según ha aparecido durante marzo, abril y mayo, y han brotado 357, y de estas 277 ya han sido eliminadas, principalmente por babosas. Por cierto, en Moor Park, vi un caso bastante bonito de los efectos de los animales sobre la vegetación: hay comunes enormes con grupos de viejos pinos silvestres en las colinas, y hace unos ocho o diez años algunos de estos comunes fueron cercados, y alrededor de los grupos están brotando bonitos árboles jóvenes por millones, que parecen exactamente como si hubieran sido plantados, tantos son de la misma edad. En otras partes del común, aún no cercadas, busqué durante millas y no se veía NI UN solo árbol joven. Entonces me acerqué (a menos de un cuarto de milla de los grupos) y miré de cerca entre el brezo, y allí encontré decenas de miles de pinos silvestres jóvenes (treinta en una yarda cuadrada) con sus copas mordisqueadas por el escaso ganado que ocasionalmente vaga por estos páramos miserables. Un arbolito, de tres pulgadas de altura, por los anillos parecía tener veintiséis años, con un tallo corto casi tan grueso como una barra de lacre. ¡Qué problema tan maravilloso es, qué juego de fuerzas, determinar el tipo y la proporción de cada planta en una yarda cuadrada de césped! Es para mi mente verdaderamente maravilloso. Y sin embargo nos complacemos en maravillarnos cuando algún animal o planta se extingue.
Siento mucho que usted no vaya a estar en el Club. Veo que la señora Hooker va a Yarmouth; confío en que la salud de sus hijos no sea el motivo. Adiós.
Mi querido Hooker, siempre suyo, C. DARWIN.
P.D.--Creo que tiene miedo de enviarme una vaina madura de Edwardsia, ¡¡¡por miedo a que la haga flotar desde Nueva Zelanda hasta Chile!!!
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 5 de junio [1857].
Mi querido Hooker,
Honro su cuidado concienzudo sobre las medallas. (Las medallas de la Royal Society.) ¡Gracias a Dios! Solo soy un aficionado (pero uno muy interesado) en el tema.
Es una vieja idea mía que se hace más bien dando medallas a hombres más jóvenes al principio de su carrera, que como una mera recompensa a hombres cuya carrera científica está casi terminada. Si las medallas hacen algún bien es una pregunta que no nos concierne, ya que las medallas están ahí. Casi me inclino a pensar que preferiría bajar el nivel y dar medallas a trabajadores jóvenes antes que a viejos sin pretensiones ESPECIALES. Con respecto a las pretensiones especiales, creo que merece su atención que, si se admiten pretensiones generales, se abre la puerta a una gran laxitud al otorgarlas. Piense en el caso de un hombre muy rico, que ayudó ÚNICAMENTE con su dinero, pero en gran medida, o en un prodigio tan inconcebible como un ministro de la Corona al que realmente le importara la ciencia. ¿Daríais medallas a tales hombres? Quizás las medallas no podrían aplicarse mejor que EXCLUSIVAMENTE a tales hombres. Confieso que actualmente me inclino a ceñirme a pretensiones especiales que puedan ponerse por escrito...
Estoy muy confundido por el hecho de que usted muestre que no hay casos obvios de mi ley (o más bien la de Waterhouse) de desarrollos anormales siendo altamente variable. He estado pensando más en su observación sobre la dificultad de juzgar o comparar la variabilidad en las plantas debido a la gran variabilidad general de las partes. Consideraría la ley como más completamente destrozada si usted reflexionara un poco sobre casos de gran variabilidad de un órgano y me dijera si es moderadamente fácil elegir tales casos; porque SI SE PUEDEN ELEGIR y, a pesar de ello, no coinciden con un desarrollo grande o anormal, sería algo totalmente demoledor. Es solo empezar en su mente por el extremo de la variabilidad de la cuestión en lugar de por el extremo de la anormalidad. QUIZÁS los casos en los que una parte es altamente variable en todas las especies de un grupo deberían excluirse, como posiblemente algo distinto y relacionado con el desconcertante tema del polimorfismo. ¿Perfeccionará su ayuda considerando un poco más el tema de esta manera?
He estado muy interesado esta mañana en comparar todas mis notas sobre la variación de las diversas especies del género Equus y los resultados de sus cruces. ¡Tomando como guía los hechos más estrictamente análogos entre las benditas palomas, creo que puedo ver claramente el color y las marcas del abuelo del asno, el caballo, el quagga, el hemíono y la cebra, hace algunos millones de generaciones! ¿No me habría burlado de cualquiera que me hubiera hecho tal observación hace unos años? pero mi evidencia me parece tan buena que publicaré mi visión al final de mi pequeña discusión sobre este género.
Últimamente le he inundado con mis nociones, usted, el mejor de los amigos y filósofos.
Adiós, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Moor Park, Farnham, 25 de junio [1857].
Mi querido Hooker,
Esto no requiere respuesta, pero se lo pediré siempre que nos veamos. Mire las plántulas de aulaga adjuntas, especialmente una a la que se le ha golpeado la parte superior. Las hojas que siguen a los cotiledones siendo casi de forma de trébol, me parece débilmente análogo a las semejanzas embrionarias en animales jóvenes, como, por ejemplo, el cachorro de león siendo rayado. Le preguntaré si esto es así... (Véase 'Power of Movement in Plants', página 414).
El doctor Lane (El médico en Moor Park), su esposa y su suegra, Lady Drysdale, son algunas de las personas más agradables que he conocido.
Regreso a casa el 30. Adiós, mi querido Hooker.
Siempre suyo, C. DARWIN.
[Aquí sigue un grupo de cartas, de varias fechas, relacionadas con la cuestión de que los grandes géneros varían.]
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. 11 de marzo [1858].
Me llevó a todo este trabajo una observación de Fries, de que las especies en los grandes géneros estaban más estrechamente relacionadas entre sí que en los pequeños géneros; y si esto fuera así, viendo que las variedades y las especies son tan difícilmente distinguibles, concluí que encontraría más variedades en los grandes géneros que en los pequeños... Algún día espero que lea mi breve discusión sobre todo el tema. Me ha hecho un servicio infinito, cualquiera que sea la opinión a la que llegue, al llamar mi atención al menos sobre la posibilidad o la probabilidad de que los botánicos registren más variedades en los grandes que en los pequeños géneros. Será un trabajo duro para mí ser sincero al llegar a mi conclusión.
Siempre suyo, muy sinceramente, C. DARWIN.
P.S.--Estaré varias semanas en mi trabajo actual. El trabajo me ha salido mal esta mañana, y estoy enfermo de corazón; y, ¡oh!, cómo odio las especies y las variedades.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. 14 de julio [1857?].
...Escribo ahora para suplicar muy encarecidamente un favor, a saber, el préstamo de "Boreau, Flore du centre de la France", ya sea la 1ª o la 2ª edición, la última es la mejor; también "Flora Ratisbonensis", por el Dr. Furnrohr, en 'Naturhist. Topographie von Regensburg, 1839'. Si POSIBLEMENTE puede prescindir de ellos, ¿los enviará de inmediato a la dirección adjunta? Si no los tiene, ¿enviará una línea por correo de vuelta?, ya que debo intentar si Kippist (El difunto Sr. Kippist estaba en ese momento a cargo de la Biblioteca de la Sociedad Linneana) puede de alguna manera encontrarlos, lo cual me temo que será casi imposible en la Biblioteca Linneana, en la que sé que están.
He estado haciendo algunos cálculos sobre variedades, etc., y hablando ayer con Lubbock, me ha señalado el error más grave que he cometido en principio, y que conlleva dos o tres semanas de trabajo perdido; y estoy en un punto muerto hasta que tenga estos libros para volver a revisar, y ver cuál es el resultado del cálculo sobre el principio correcto. Soy el perro más miserable, confundido y estúpido de toda Inglaterra, y estoy listo para llorar de irritación por mi ceguera y presunción.
Siempre suyo, muy miserablemente, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A JOHN LUBBOCK. Down, [julio] 14 [1857].
Mi querido Lubbock,
Me ha hecho el mayor servicio posible ayudándome a aclarar mis sesos. Si estoy tan confundido en todos los temas como lo estoy en proporción y azar... ¡qué libro produciré!
He dividido la Flora de Nueva Zelanda como sugirió, hay 329 especies en géneros de 4 y más, y 323 en géneros de 3 y menos.
Las 339 especies tienen 51 especies que presentan una o más variedades. Las 323 especies tienen solo 37. Proporcionalmente (339: 323:: 51: 48,5) deberían haber tenido 48 1/2 especies que presentan variedades. Así que el caso va como quiero, pero no lo suficientemente fuerte, a menos que sea general, para que yo tenga mucha confianza en ello. Estoy bastante convencido de que la suya es la forma correcta; lo había pensado, pero nunca lo habría hecho si no hubiera sido por mi conversación más afortunada con usted.
Estoy bastante conmocionado al encontrar lo fácil que me confundo, pues antes había reflexionado mucho sobre el tema, y concluí que mi camino era justo. Es terriblemente erróneo.
De qué error vergonzoso me ha salvado. Le agradezco de corazón.
Siempre suyo, C. DARWIN.
P.S.--Es suficiente para hacerme romper todo mi manuscrito y rendirme en la desesperación.
Me llevará varias semanas repasar todos mis materiales. Pero oh, ¡si supiera lo agradecido que le estoy!
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, agosto [1857].
Mi querido Hooker,
Es un fastidio horrible que no pueda venir pronto, y me reprocho no haber escrito antes. ¡Qué ocupado debe estar! con tal montón de botánicos en Kew. Piense, ¡acabo de recibir una carta de Henslow, diciendo que vendrá aquí entre el 11 y el 15! ¿No es eso magnífico? Muchas gracias por lo de Furnrohr. Debo suplicar humildemente a Kippist que lo busque: él amablemente consiguió Boreau para mí.
Me he interesado extremadamente en tabular, según el mero tamaño de los géneros, las especies que tienen variedades marcadas con letras griegas o de otra manera: el resultado (hasta donde he llegado hasta ahora) me parece uno de los argumentos más importantes con los que me he encontrado, de que las variedades son solo especies pequeñas, o las especies solo variedades fuertemente marcadas. El tema es en muchos sentidos tan importante para mí; deseo mucho que piense en algunas Floras bien trabajadas con entre 1000 y 2000 especies, con las variedades marcadas. Es bueno tener a los que dividen el pelo y a los que agrupan. (Aquellos que hacen muchas especies son los "divisores", y aquellos que hacen pocas son los "agrupadores"). He hecho, o estoy haciendo:--
Babington....................... Henslow......................... British Flora. London Catalogue. H.C. Watson...
Boreau.......................... Francia.
Miquel.......................... Holanda.
Asa Gray........................ N.U. States.
Hooker.......................... Nueva Zelanda. Fragmento de la Flora india.
Wollaston....................... Insectos de Madeira.
¿No ha publicado Koch una buena Flora alemana? ¿Marca las variedades? ¿Podría enviármela? ¿No hay alguna gran Flora rusa, que quizás tenga las variedades marcadas? Las Floras deberían ser bien conocidas.
No tengo prisa por unas pocas semanas. ¿Le dará vueltas a esto cuando, si alguna vez, tenga tiempo libre? El tema es muy importante para mi trabajo, aunque veo claramente MUCHAS causas de error...
CHARLES DARWIN A ASA GRAY. Down, 21 de febrero [1859].
Mi querido Gray,
Mi última carta no pedía ningún favor, esta sí: pero realmente le costará muy poco trabajo responderme, y será de gran servicio para mí, debido a una observación que me hizo Hooker, que no puedo creer, y que le fue sugerida por una de mis cartas. Me sugirió que le preguntara a usted, y le dije que no daría la menor pista de lo que pensaba. Generalmente creo a Hooker implícitamente, pero a veces, creo, y él lo confiesa, es algo demasiado crítico, y su ingenio para descubrir fallas me parece admirable. Aquí está mi pregunta:--"¿Cree que los buenos botánicos al elaborar una Flora local, ya sea pequeña o grande, o al hacer un Prodromus como el de De Candolle, tenderían casi universalmente, pero involuntaria e inconscientemente, a registrar (es decir, marcando con letras griegas y dando caracteres breves) las variedades en los grandes o en los pequeños géneros? ¿O la tendencia sería a registrar las variedades aproximadamente por igual en géneros de todos los tamaños? ¿Es usted mismo consciente al reflexionar de que ha atendido y registrado más cuidadosamente las variedades en géneros grandes, pequeños o muy pequeños?"
Sé lo fugaces y triviales que son muy a menudo las variedades; pero mi consulta se aplica a aquellas que se ha considerado que vale la pena marcar y registrar. Si pudiera encontrar tiempo para enviarme una respuesta aunque fuera breve, bastante pronto, sería un gran servicio para mí.
Suyo muy agradecido, CH. DARWIN.
P.S.--¿Sabe si alguien ha publicado alguna vez comentarios sobre el rango geográfico de las variedades de plantas en comparación con las especies a las que se supone que pertenecen? He intentado en vano obtener alguna idea vaga, y con la excepción de un poco de información sobre este punto que me dio el Sr. Watson en un artículo sobre caracoles terrestres en Estados Unidos, he fallado completamente; pero quizás sería difícil para usted darme incluso una respuesta breve sobre este punto, y si es así no soy tan irracional, LE ASEGURO, como para esperarlo.
Si escribe pronto a Inglaterra, podría incluir otras cartas para que yo las reenvíe.
Por favor, observe que la pregunta no es si hay más o menos variedades en los géneros más grandes o más pequeños, sino si existe una tendencia más fuerte o más débil en las mentes de los botánicos a REGISTRAR tales en géneros grandes o pequeños.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 6 de mayo [1858].
...Envío por este correo mi manuscrito sobre la "comunidad", el "rango" y la "variación" de las especies en grandes y pequeños géneros. Usted ha emprendido un trabajo horrible al ofrecerse tan amablemente a leerlo, y se lo agradezco calurosamente. Acabo de corregir la copia, y estoy decepcionado al encontrar lo dura y oscura que es; no puedo hacerla más clara, y en este momento detesto la sola vista de ella. El estilo por supuesto requiere más corrección, y si se publica debo intentar, pero aún no veo cómo, hacerlo más claro.
Si tiene mucho que decir y puede tener paciencia para considerar todo el tema, me reuniré con usted en Londres el día del Phil. Club, para ahorrarle la molestia de escribir. Por el amor de Dios, usted, juez y escéptico severo y temible, recuerde que mis conclusiones pueden ser ciertas, a pesar de que los botánicos puedan haber registrado más variedades en los grandes que en los pequeños géneros. Me parece un mero equilibrio de probabilidades. De nuevo le agradezco más sinceramente, pero me temo que lo encontrará un trabajo horrible.
Siempre suyo, C. DARWIN.
P.S.--Como de costumbre, la hidroterapia me ha hecho hombre por un corto tiempo: espero que el mar le haga mucho bien a la señora Hooker.
CHARLES DARWIN A A.R. WALLACE. Down, 22 de diciembre de 1857.
Mi querido señor,
Le agradezco su carta del 27 de septiembre. Estoy extremadamente contento de escuchar cómo está atendiendo a la distribución de acuerdo con las ideas teóricas. Soy un firme creyente de que sin especulación no hay buena y original observación. Pocos viajeros han atendido a puntos tales como en los que usted está trabajando ahora; y, de hecho, todo el tema de la distribución de los animales está terriblemente por detrás del de las plantas. Usted dice que se ha sorprendido un poco de que no se haya tomado nota de su artículo en los Annals. ('On the law that has regulated the introduction of New Species.' Ann. Nat. Hist., 1855.) No puedo decir que yo lo esté, porque muy pocos naturalistas se preocupan por algo más allá de la mera descripción de las especies. Pero no debe suponer que no se ha prestado atención a su artículo: dos hombres muy buenos, Sir C. Lyell, y el Sr. E. Blyth en Calcuta, llamaron especialmente mi atención sobre él. Aunque estoy de acuerdo con usted en sus conclusiones en ese artículo, creo que voy mucho más lejos que usted; pero es un tema demasiado largo para entrar en mis nociones especulativas. Todavía no he visto su artículo sobre la distribución de los animales en las islas Aru. Lo leeré con el mayor interés; porque creo que ese es el cuarto más interesante de todo el globo con respecto a la distribución, y durante mucho tiempo he estado intentando muy imperfectamente recopilar datos para el archipiélago malayo. Estaré completamente preparado para suscribirme a su doctrina de subsidencia; de hecho, a partir de la evidencia bastante independiente de los arrecifes de coral, coloreé mi mapa original (en mi volumen sobre el coral) de las islas Aru como uno de subsidencia, pero me asusté y lo dejé sin colorear. Pero puedo ver que usted está inclinado a ir mucho más lejos que yo con respecto a la conexión anterior de las islas oceánicas con los continentes. Desde que el pobre E. Forbes propuso esta doctrina ha sido seguida con entusiasmo; y Hooker discute elaboradamente la conexión anterior de todas las islas antárticas y Nueva Zelanda y América del Sur. Hace aproximadamente un año discutí mucho este tema con Lyell y Hooker (pues tendré que tratarlo), y escribí mis argumentos en oposición; pero le alegrará saber que ni Lyell ni Hooker pensaron mucho en mis argumentos. Sin embargo, por una vez en mi vida, me atrevo a resistir la sagacidad casi sobrenatural de Lyell.
Usted pregunta por los caracoles terrestres en islas muy distantes de los continentes: Madeira tiene algunos idénticos a los de Europa, y aquí la evidencia es realmente buena, pues algunos de ellos son subfósiles. En las islas del Pacífico hay casos de identidad que, por el momento, no puedo persuadirme de atribuir a la introducción por medio de la intervención humana; aunque el Dr. Aug. Gould ha demostrado de manera concluyente que muchos caracoles terrestres han sido distribuidos así por el Pacífico mediante la intervención del hombre. Estos casos de introducción son de lo más molestos. ¿No lo ha encontrado así usted en el archipiélago malayo? Me ha parecido, en las listas de mamíferos de Timor y otras islas, que VARIOS han sido con toda probabilidad naturalizados...
Usted pregunta si discutiré sobre el "hombre". Creo que evitaré todo el tema, pues está tan rodeado de prejuicios; aunque admito plenamente que es el problema más elevado e interesante para el naturalista. Mi trabajo, en el que llevo trabajando más o menos veinte años, no fijará ni resolverá nada; pero espero que ayude al proporcionar una gran colección de hechos, con un fin definido. Avanzo muy lentamente, en parte por problemas de salud, en parte por ser un trabajador muy lento. Tengo escrita aproximadamente la mitad; pero no supongo que publicaré antes de un par de años. ¡He estado tres meses enteros en un solo capítulo sobre el hibridismo!
Me asombra ver que espera permanecer fuera tres o cuatro años más. ¡Qué cantidad maravillosa habrá visto, y qué áreas tan interesantes: el gran archipiélago malayo y las partes más ricas de América del Sur! Admiro y honro infinitamente su celo y coraje en la buena causa de la ciencia natural; y tiene mis deseos más sinceros y cordiales de éxito de todo tipo, y que todas sus teorías tengan éxito, excepto la relativa a las islas oceánicas, tema sobre el cual lucharé hasta la muerte.
Le ruego que me crea, mi querido señor, suyo muy sinceramente, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. 8 de febrero [1858].
...Estoy trabajando muy duro en mi libro, quizá demasiado duro. Será muy grande, y me he interesado profundamente en la forma en que los hechos caen en grupos. Soy como Creso, abrumado por mis riquezas en hechos, y pretendo hacer mi libro tan perfecto como pueda. No iré a la imprenta, como muy pronto, hasta dentro de un par de años...
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. 23 de febrero [1858].
...No me impresionó mucho el gran Buckle, y admiré la forma en que usted se mantuvo firme respecto a la deducción y la inducción. Estoy leyendo su libro ('La historia de la civilización'), que, con mucha sofistería, según me parece, es MARAVILLOSAMENTE inteligente y original, y con un conocimiento asombroso.
Vi que usted admiraba completamente la 'Questa tomba' de Beethoven de la señora Farrer; hay algo grandioso en sus dulces tonos.
Adiós. He escrito esta nota en parte para sacar las celdas de las abejas de mi cabeza; pues estoy medio loco con el tema de intentar encontrar algunos pasos sencillos de los cuales puedan resultar todos los ángulos maravillosos. (Mantuvo mucha correspondencia sobre este tema con el difunto profesor Miller de Cambridge.)
Me alegró mucho ver a la señora Hooker el viernes; qué bien parece estar y qué bien luce.
Perdone a su intolerable pero afectuoso amigo, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. Down, 16 de abril [1858].
Mi querido Fox,
Quiero que observe un punto por mí, en el cual estoy extremadamente interesado, y que no le dará más trabajo que mantener los ojos abiertos, y esa es una costumbre que sé muy bien que usted tiene.
Encuentro que los caballos de diversos colores suelen tener una banda o franja espinal de un tinte diferente y más oscuro que el resto del cuerpo; raramente barras transversales en las patas, generalmente en la cara interna de las patas delanteras, aún más raramente una franja transversal en el hombro muy tenue como la de un asno.
¿Existe alguna raza de ponis en el bosque de Delamere? He descubierto poco sobre los ponis a este respecto. El señor P. Egerton tiene, creo, algunos caballos castaños de pura raza; ¿alguno de ellos tiene la franja espinal? Los ponis de color ratón, o más bien caballos pequeños, suelen tener barras espinales y en las patas. También los caballos ruanos (por ruano entiendo el color real de crema mezclado con marrón, bayo o castaño). También a veces los castaños, pero todavía no he encontrado un caso de franja espinal en castaño, caballo de carreras, o en un caballo de tiro muy pesado. Cualquier hecho de esta naturaleza sobre tales franjas en los caballos sería MÁS útil para mí. Hay un caso paralelo en las patas del burro, y he recopilado algunos casos de lo más curiosos de franjas que aparecen en diversos animales equinos cruzados. También tengo una gran masa de hechos paralelos en las razas de palomas sobre las barras de las alas. SOSPECHO que arrojará luz sobre el color del caballo primitivo. Así que ayúdeme si surge la ocasión... Mi salud ha estado últimamente muy mal por exceso de trabajo, y el martes voy por quince días a un tratamiento de hidroterapia. Mi trabajo es eterno. Adiós.
Mi querido Fox, confío en que esté bien. Adiós, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Moor Park, Farnham [26 de abril de 1858].
...Me acaba de regocijar lo más profundo de mi corazón una carta de Lyell. Le dije (o él me dijo a mí) que creía, por el carácter de la flora de las Azores, que los icebergs debieron de haber encallado allí; y que esperaba que se detectaran bloques erráticos incrustados entre los lechos de lava levantados; e hice que Lyell escribiera a Hartung para preguntar, y ahora H. dice que mi pregunta explica lo que le había asombrado, a saber: grandes bloques (algunos pulidos) de micaesquisto, cuarzo, arenisca, etc., algunos incrustados y algunos a 40 y 50 pies sobre el nivel del mar, por lo que había deducido que no habían sido traídos como lastre. ¿No es hermoso esto?
La cura de agua me ha hecho algo de bien, pero [no] tengo nada de qué presumir hoy, así que adiós.
Mi querido amigo, suyo, C.D.
CHARLES DARWIN A C. LYELL. Moor Park, Farnham, 26 de abril [1858].
Mi querido Lyell,
He venido aquí para quince días de hidroterapia, ya que mi estómago se había puesto, por el trabajo constante, en un estado horrible. Le estoy sumamente agradecido por enviarme la interesante carta de Hartung. Los bloques erráticos son espléndidos. Es un gran caso de hielo flotante frente a glaciares. Debería haber comparado las costas norte y sur de las islas. Es eminentemente interesante para mí, pues he escrito un capítulo muy largo sobre el tema, recopilando brevemente toda la evidencia geológica de la acción glacial en diferentes partes del mundo, y luego, con gran detalle (sobre la teoría de que las especies cambian), he discutido la migración y modificación de plantas y animales, en mar y tierra, sobre una gran parte del mundo. A mi juicio, arroja un torrente de luz sobre todo el tema de la distribución, si se combina con la modificación de las especies. De hecho, me aventuro a hablar con cierta confianza sobre esto, pues Hooker, hace aproximadamente un año, leyó amablemente mi capítulo, y aunque entonces objetó gravemente la conclusión general, me encantó oír hace una o dos semanas que estaba inclinado a acercarse bastante a mis puntos de vista sobre la distribución y el cambio durante el período glacial. Tuve una carta de Thompson, de Calcuta, el otro día, que me ayuda mucho, ya que está determinando para mí qué calor pueden soportar nuestras plantas templadas. Pero es un tema demasiado largo para una nota; y he escrito esto solo porque la nota de Hartung ha puesto todo el tema de nuevo en marcha en mi mente. Pero no escribiré más, pues mi objetivo aquí es no pensar en nada, bañarme mucho, caminar mucho, comer mucho y leer muchas novelas. Adiós, con muchas gracias, y mis más cordiales recuerdos a lady Lyell.
Siempre suyo, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A LA SRA. DARWIN. Moor Park, miércoles, abril [1858].
El clima es simplemente delicioso. Ayer, después de escribirle, paseé un poco más allá del claro durante una hora y media, y disfruté: el verde fresco pero oscuro de los grandes abetos escoceses, el marrón de los amentos de los viejos abedules, con sus troncos blancos, y un borde de verde distante de los alerces conformaban una vista excesivamente bonita. Al final me quedé profundamente dormido sobre la hierba, y desperté con un coro de pájaros cantando a mi alrededor, ardillas corriendo por los árboles y algunos pájaros carpinteros riendo, y fue una escena tan agradable y rural como jamás haya visto, y no me importó ni un centavo cómo se hubieran formado las bestias o los pájaros. Me senté en el salón hasta después de las ocho, y luego fui y leí el resumen del Presidente del Tribunal Supremo, y pensé que Bernard (Simon Bernard fue juzgado en abril de 1858 como cómplice del atentado de Orsini contra la vida del emperador de los franceses. El veredicto fue "no culpable") era culpable, y luego leí un poco de mi novela, que es femenina, virtuosa, clerical, filantrópica y todo ese tipo de cosas, pero muy decididamente insípida. Digo femenina, porque la autora ignora los asuntos de dinero, y no es muy dama, pues hace que sus hombres digan, "Mi señora". Me gusta mucho la señorita Craik, aunque tenemos algunas batallas, y diferimos en todos los temas. Me gusta también el húngaro; un caballero consumado, antiguo agregado en París, luego en la caballería austríaca, y ahora un exiliado perdonado, con la salud quebrantada. No parece gustarle Kossuth, pero dice que está seguro de que es un patriota sincero, muy inteligente y elocuente, pero débil, sin determinación de carácter...
CAPÍTULO 1. XIII. -- LA ESCRITURA DEL 'ORIGEN DE LAS ESPECIES'.
18 DE JUNIO DE 1858, A NOVIEMBRE DE 1859.
[Las cartas presentadas en el presente capítulo cuentan su historia con suficiente claridad, y solo necesitan unas pocas palabras de explicación. El ensayo del señor Wallace, al que se hace referencia en la primera carta, llevaba el subtítulo 'Sobre la tendencia de las variedades a apartarse indefinidamente del tipo original', y fue publicado en el Journal de la Sociedad Linneana (1858, volumen iii, página 53) como parte del documento conjunto de los "señores C. Darwin y A. Wallace", cuyo título completo era 'Sobre la tendencia de las especies a formar variedades; y sobre la perpetuación de las variedades y especies por medios naturales de selección'.
La contribución de mi padre al documento consistió en (1) extractos del borrador de 1844; (2) parte de una carta dirigida al Dr. Asa Gray, fechada el 5 de septiembre de 1857, y que se da arriba. El documento fue "comunicado" a la Sociedad por Sir Charles Lyell y Sir Joseph Hooker, en cuya carta de presentación se da una relación clara de las circunstancias del caso.
Refiriéndose al ensayo del señor Wallace, escribieron:
"Tan altamente apreció el señor Darwin el valor de los puntos de vista allí expuestos, que propuso, en una carta a Sir Charles Lyell, obtener el consentimiento del señor Wallace para permitir que el ensayo se publicara lo antes posible. Aprobamos altamente este paso, siempre que el señor Darwin no retuviera del público, como estaba fuertemente inclinado a hacer (en favor del señor Wallace), la memoria que él mismo había escrito sobre el mismo tema, y que, como se ha dicho antes, uno de nosotros había leído en 1844, y cuyo contenido ambos conocíamos desde hacía muchos años. Al representar esto al señor Darwin, nos dio permiso para hacer el uso que consideráramos apropiado de su memoria, etc.; y al adoptar nuestro curso actual, de presentarla a la Sociedad Linneana, le hemos explicado que no estamos considerando únicamente las reivindicaciones relativas de prioridad de él y de su amigo, sino los intereses de la ciencia en general."]
CARTAS.
CHARLES DARWIN A C. LYELL. Down, 18 [de junio de 1858].
Mi querido Lyell,
Hace un año más o menos usted me recomendó leer un artículo de Wallace en los 'Annals' ('Annals and Magazine of Natural History', 1855), que le había interesado, y, como estaba escribiéndole, sabía que esto le agradaría mucho, así que se lo dije. Hoy me ha enviado lo adjunto, y me ha pedido que se lo remita a usted. Me parece que vale la pena leerlo. Sus palabras se han hecho realidad con venganza: que se me adelantaran. Usted dijo esto cuando le expliqué aquí muy brevemente mis puntos de vista sobre la 'Selección natural' dependiendo de la lucha por la existencia. Nunca vi una coincidencia más sorprendente; si Wallace tuviera mi borrador del manuscrito escrito en 1842, ¡no podría haber hecho un resumen corto mejor! Incluso sus términos ahora aparecen como encabezados de mis capítulos. Por favor, devuélvame el manuscrito, que no dice que desee que publique, pero por supuesto escribiré de inmediato y ofreceré enviarlo a cualquier revista. Así que toda mi originalidad, cualquiera que sea el valor que pueda tener, será aplastada, aunque mi libro, si alguna vez tiene algún valor, no se verá deteriorado; ya que todo el trabajo consiste en la aplicación de la teoría.
Espero que usted apruebe el borrador de Wallace, para que pueda decirle lo que piensa.
Mi querido Lyell, suyo más sinceramente, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A C. LYELL. Down, viernes [25 de junio de 1858].
Mi querido Lyell,
Lamento mucho molestarle, estando tan ocupado como está, en un asunto tan puramente personal; pero si usted me da su opinión deliberada, me hará un servicio tan grande como jamás hombre alguno haya hecho, pues tengo total confianza en su juicio y honor...
No hay nada en el borrador de Wallace que no esté escrito mucho más detalladamente en mi borrador, copiado en 1844, y leído por Hooker hace una docena de años. Hace un año aproximadamente envié un breve borrador, del cual tengo copia, de mis puntos de vista (debido a la correspondencia sobre varios puntos) a Asa Gray, de modo que podría decir y probar con mucha veracidad que no tomo nada de Wallace. Estaría extremadamente contento ahora de publicar un esbozo de mis puntos de vista generales en unas doce páginas o algo así; pero no puedo persuadirme de que pueda hacerlo honorablemente. Wallace no dice nada sobre la publicación, y adjunto su carta. Pero como no había tenido la intención de publicar ningún esbozo, ¿puedo hacerlo honorablemente, porque Wallace me ha enviado un esquema de su doctrina? Preferiría quemar todo mi libro antes que él o cualquier otro hombre piense que me he comportado con un espíritu despreciable. ¿No cree usted que el hecho de haberme enviado este borrador me ata las manos?... Si pudiera publicar honorablemente, declararía que me indujeron ahora a publicar un esbozo (y estaría muy contento de que se me permitiera decir, para seguir su consejo dado hace mucho tiempo) por el hecho de que Wallace me envió un esquema de mis conclusiones generales. Solo diferimos en que a mí me llevaron a mis puntos de vista por lo que la selección artificial ha hecho por los animales domésticos. Le enviaría a Wallace una copia de mi carta a Asa Gray, para mostrarle que no había robado su doctrina. Pero no puedo saber si publicar ahora no sería bajo y despreciable. Esta fue mi primera impresión, y sin duda habría actuado según ella de no haber sido por su carta.
Este es un asunto insignificante con el que molestarle, pero no sabe cuánto le agradecería su consejo.
Por cierto, ¿objetaría enviar esto y su respuesta a Hooker para que me lo remita, pues entonces tendré la opinión de mis dos mejores y más amables amigos? Esta carta está miserablemente escrita, y la escribo ahora, para poder por un tiempo desterrar todo el tema; y estoy agotado de tanto meditar...
Mi buen amigo, perdóneme. Esta es una carta insignificante, influenciada por sentimientos insignificantes.
Suyo más sinceramente, C. DARWIN.
Nunca volveré a molestarle a usted ni a Hooker sobre este tema.
CHARLES DARWIN A C. LYELL. Down, 26 [de junio de 1858].
Mi querido Lyell,
Perdóneme por añadir una posdata para hacer el caso tan fuerte como sea posible contra mí mismo.
Wallace podría decir: "Usted no tenía la intención de publicar un resumen de sus puntos de vista hasta que recibió mi comunicación. ¿Es justo aprovecharse de que yo le haya comunicado libremente, aunque sin que se me pidiera, mis ideas, y así evitar que me adelante a usted?" La ventaja que yo tomaría es que me siento inducido a publicar por saber privadamente que Wallace está en el campo. Parece duro para mí que deba ser así obligado a perder mi prioridad de muchos años de antigüedad, pero no puedo sentirme en absoluto seguro de que esto altere la justicia del caso. Las primeras impresiones suelen ser correctas, y al principio pensé que sería deshonroso para mí publicar ahora.
Suyo más sinceramente, C. DARWIN.
P.D. Siempre he pensado que usted sería un Lord Canciller de primera; y ahora apelo a usted como Lord Canciller.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, martes [29 de junio de 1858].
...He recibido sus cartas. No puedo pensar ahora (tan poco después de la muerte, por fiebre escarlatina, de su hijo pequeño) en el tema, pero pronto lo haré. Pero puedo ver que usted ha actuado con más amabilidad, y también Lyell, de lo que podría haber esperado de ambos, siendo ambos tan amables como son.
Puedo conseguir fácilmente que se copie mi carta a Asa Gray, pero es demasiado corta.
...Dios le bendiga. Sabrá de mí pronto, tan pronto como pueda pensar.
Suyo afectuosamente, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Martes por la noche [29 de junio de 1858].
Mi querido Hooker,
Acabo de leer su carta, y veo que quiere los documentos de inmediato. Estoy completamente postrado, y no puedo hacer nada, pero le envío a Wallace, y el extracto de mi carta a Asa Gray, que da de manera muy imperfecta solo los medios de cambio, y no toca las razones para creer que las especies cambian. Me atrevo a decir que todo es demasiado tarde. Apenas me importa. Pero usted es demasiado generoso al sacrificar tanto tiempo y amabilidad. Es de lo más generoso, de lo más amable. Envío mi borrador de 1844 solo para que pueda ver por su propia letra que usted sí lo leyó. Realmente no puedo soportar mirarlo. No pierda mucho tiempo. Es miserable para mí preocuparme en absoluto por la prioridad.
La tabla de contenido mostrará lo que es.
Haría un borrador similar, pero más corto y preciso para el 'Journal' de la Sociedad Linneana.
Haré cualquier cosa. Dios le bendiga, mi querido amigo amable.
No puedo escribir más. Envío esto a través de mi criado a Kew.
Suyo, C. DARWIN.
[La siguiente carta es la ya referida como parte del documento conjunto publicado en el 'Journal' de la Sociedad Linneana, 1858]:--
CHARLES DARWIN A ASA GRAY. Down, 5 de septiembre [1857]. (La fecha se da como octubre en el 'Journal' de la Sociedad Linneana. Los extractos fueron impresos de una copia duplicada sin fecha en posesión de mi padre, en la que él había escrito: "Esto fue enviado a Asa Gray hace 8 o 9 meses, creo que en octubre de 1857".)
Mi querido Gray,
--- esta doctrina ha sido seguida con entusiasmo; y Hooker discute elaboradamente la conexión anterior de todas las islas antárticas y Nueva Zelanda y América del Sur. Hace aproximadamente un año discutí mucho este tema con Lyell y Hooker (pues tendré que tratarlo), y escribí mis argumentos en oposición; pero le alegrará saber que ni Lyell ni Hooker pensaron mucho en mis argumentos. Sin embargo, por una vez en mi vida, me atrevo a resistir la sagacidad casi sobrenatural de Lyell.
Olvido las palabras exactas que utilicé en mi carta anterior, pero me atrevo a decir que mencioné que creía que usted me despreciaría por completo cuando le contase a qué conclusiones había llegado, algo que hice porque pensaba que, como hombre honrado, estaba obligado a hacerlo. Habría sido un mortal extraño, viendo cuánto debo a su extraordinaria amabilidad, si al decir esto hubiera tenido la intención de atribuirle el menor sentimiento negativo. Permítame decirle que, antes de haber mantenido correspondencia con usted, Hooker me había mostrado varias de sus cartas (no de carácter privado), y estas me produjeron el más cálido sentimiento de respeto hacia usted; y en verdad sería un desagradecido si sus cartas dirigidas a mí, y todo lo que he oído de usted, no hubieran reforzado poderosamente este sentimiento. Pero no me sentía en absoluto seguro de que, cuando supiera hacia dónde me dirigía, no fuera a considerarme tan descabellado y necio en mis puntos de vista (Dios sabe que llegué a ellos con suficiente lentitud, y espero que con conciencia), que no me consideraría digno de más atención o ayuda. Por poner un ejemplo: la última vez que vi a mi querido viejo amigo Falconer, me atacó con gran vigor, aunque con mucha amabilidad, y me dijo: «Harás más daño que lo que diez naturalistas harán de bien. ¡¡Puedo ver que ya has CORROMPIDO y medio estropeado a Hooker!!». Ahora, cuando veo un sentimiento tan fuerte en mis amigos más antiguos, no debe extrañarle que espere siempre que mis puntos de vista sean recibidos con desprecio. Pero basta, y demasiado de esto.
Le agradezco de todo corazón el amable espíritu de su última carta. Estoy de acuerdo con cada palabra en ella, y creo que llego tan lejos como casi cualquiera al ver las graves dificultades que se oponen a mi doctrina. Con respecto al alcance de mis ideas, todos los argumentos a favor de mis nociones caen RÁPIDAMENTE, cuanto mayor es el ámbito de las formas consideradas. Pero en los animales, la embriología me lleva a un rango enorme y aterrador. Los hechos que me mantuvieron científicamente ortodoxo durante más tiempo son los de la adaptación: las masas de polen en la asclepias; el muérdago, con su polen transportado por insectos, y sus semillas por aves; el pájaro carpintero, con sus patas y cola, pico y lengua, para trepar al árbol y asegurar los insectos. Hablar de que el clima o el hábito lamarckiano producen tales adaptaciones a otros seres orgánicos es fútil. Creo haber superado esta dificultad. Como parece estar interesado en el tema, y como es una ventaja INMENSA para mí escribirle y oír, aunque sea muy brevemente, lo que piensa, adjuntaré (copiado, para ahorrarle molestias en la lectura) el resumen más breve de mis nociones sobre los medios por los cuales la Naturaleza crea sus especies. El porqué creo que las especies han cambiado realmente depende de hechos generales en las afinidades, embriología, órganos rudimentarios, historia geológica y distribución geográfica de los seres orgánicos. En lo que respecta a mi Resumen, debe confiar inmensamente en mí, pues cada párrafo ocupa uno o dos capítulos de mi libro. Quizás piense que soy mezquino al pedirle que no mencione mi doctrina; la razón es que, si alguien, como el autor de los 'Vestigios', oyera hablar de ellas, podría fácilmente incorporarlas, y entonces tendría que citar una obra tal vez despreciada por los naturalistas, y esto perjudicaría enormemente cualquier posibilidad de que mis puntos de vista fueran aceptados solo por aquellos cuyas opiniones valoro. [Aquí sigue una discusión sobre los «grandes géneros que varían», que no tiene conexión directa con el resto de la carta.]
I. Es maravilloso lo que el principio de Selección por el Hombre, es decir, la elección de individuos con cualquier cualidad deseada, y la cría a partir de ellos, y la nueva elección, puede hacer. Incluso los criadores se han quedado asombrados de sus propios resultados. Pueden actuar sobre diferencias inapreciables para un ojo inexperto. La selección se ha seguido METÓDICAMENTE en Europa solo durante el último medio siglo. Pero ha sido seguida ocasionalmente, e incluso en cierto grado metódicamente, en los tiempos más antiguos. Debe haber existido también una especie de selección inconsciente desde los tiempos más antiguos, a saber, en la preservación de los animales individuales (sin pensar en su descendencia) más útiles para cada raza humana en sus circunstancias particulares. El «descarte», como llaman los viveristas a la destrucción de las variedades que se apartan de su tipo, es una forma de selección. Estoy convencido de que la selección intencional y ocasional ha sido el principal agente en la creación de nuestras razas domésticas. Pero, sea como sea, su gran poder de modificación ha quedado indiscutiblemente demostrado en los últimos tiempos. La selección actúa solo mediante la acumulación de variaciones muy leves o mayores, causadas por condiciones externas, o por el simple hecho de que en la generación el hijo no es absolutamente similar a su padre. El hombre, mediante este poder de acumular variaciones, adapta los seres vivos a sus necesidades; PODRÍA DECIRSE que hace la lana de una oveja buena para alfombras, y la de otra para tela, etcétera.
II. Ahora bien, supongamos que existiera un ser que no juzgara por la mera apariencia externa, sino que pudiera estudiar toda la organización interna; que nunca fuera caprichoso; que continuara seleccionando con un fin durante millones de generaciones; ¡quién dirá lo que no podría lograr! En la naturaleza tenemos algunas LIGERAS variaciones, ocasionalmente en todas las partes: y creo que puede demostrarse que un cambio en las condiciones de existencia es la causa principal de que el hijo no se parezca exactamente a sus padres; y en la naturaleza, la geología nos muestra qué cambios han tenido lugar y están teniendo lugar. Tenemos un tiempo casi ilimitado: nadie, excepto un geólogo práctico, puede apreciar esto plenamente; piense en el período Glacial, durante el cual han existido al menos las mismas especies de conchas; debe haber habido durante este período millones y millones de generaciones.
III. Creo que puede demostrarse que existe tal poder infalible en funcionamiento, o SELECCIÓN NATURAL (el título de mi libro), que selecciona exclusivamente para el bien de cada ser orgánico. El anciano De Candolle, W. Herbert y Lyell han escrito con fuerza sobre la lucha por la existencia; pero incluso ellos no han escrito con suficiente fuerza. Reflexione que cada ser (incluso el elefante) se reproduce a tal ritmo que, en pocos años, o como mucho en pocos siglos o miles de años, la superficie de la tierra no podría contener la progenie de ninguna especie. Me ha resultado difícil tener presente constantemente que el aumento de cada especie es frenado durante alguna parte de su vida, o durante alguna generación brevemente recurrente. Solo unos pocos de los que nacen anualmente pueden vivir para propagar su especie. Qué diferencia tan insignificante debe a menudo determinar quién sobrevivirá y quién perecerá.
IV. Tomemos ahora el caso de un país que experimenta algún cambio; esto tenderá a hacer que algunos de sus habitantes varíen ligeramente; no es que crea que la mayoría de los seres varían en todo momento lo suficiente como para que la selección actúe sobre ellos. Algunos de sus habitantes serán exterminados, y el resto quedará expuesto a la acción mutua de un grupo diferente de habitantes, lo cual creo que es más importante para la vida de cada ser que el simple clima. Considerando las maneras infinitamente variadas en que los seres obtienen alimento luchando con otros seres, escapando del peligro en varias etapas de la vida, haciendo que sus huevos o semillas se diseminen, etcétera, etcétera, no puedo dudar de que durante millones de generaciones nacerán individuos de una especie con alguna ligera variación provechosa para alguna parte de su economía; estos tendrán mejores posibilidades de sobrevivir, propagando esta variación, la cual a su vez será lentamente aumentada por la acción acumulativa de la selección natural; y la variedad así formada coexistirá con su forma parental, o, más comúnmente, la exterminará. Un ser orgánico como el pájaro carpintero, o el muérdago, puede llegar así a adaptarse a una veintena de contingencias; la selección natural acumula esas ligeras variaciones en todas las partes de su estructura que le son de alguna utilidad, durante cualquier etapa de su vida.
V. A todo el mundo se le ocurrirán dificultades multiformes sobre esta teoría. La mayoría pueden, creo, ser respondidas satisfactoriamente. «Natura non facit saltum» responde a algunas de las más obvias. La lentitud del cambio, y el hecho de que solo unos pocos experimenten cambios al mismo tiempo, responde a otras. Las extremas imperfecciones de nuestros registros geológicos responden a otras.
VI. Otro principio, que puede llamarse el principio de divergencia, desempeña, creo, un papel importante en el origen de las especies. El mismo lugar sustentará más vida si está ocupado por formas muy diversas: vemos esto en las muchas formas genéricas en un metro cuadrado de césped (he contado veinte especies pertenecientes a dieciocho géneros), o en las plantas e insectos, en cualquier islote pequeño y uniforme, pertenecientes a casi tantos géneros y familias como especies. Podemos entender esto con los animales superiores, cuyas costumbres comprendemos mejor. Sabemos que se ha demostrado experimentalmente que una parcela de tierra producirá mayor peso si se cultiva con varias especies de gramíneas que con dos o tres especies. Ahora bien, se puede decir que cada ser orgánico, al propagarse rápidamente, está esforzándose al máximo por aumentar en número. Así será con la descendencia de cualquier especie después de que se haya escindido en variedades, o subespecies, o especies verdaderas. Y se sigue, creo, de los hechos anteriores, que la descendencia variable de cada especie intentará (solo unos pocos tendrán éxito) apoderarse de tantos y tan diversos lugares en la economía de la naturaleza como sea posible. Cada nueva variedad o especie, cuando se forma, generalmente ocupará el lugar de su progenitor menos adaptado, y así lo exterminará. Esto, creo, es el origen de la clasificación o disposición de todos los seres orgánicos en todo momento. Estos siempre PARECEN ramificarse y sub-ramificarse como un árbol desde un tronco común; las ramitas florecientes destruyendo a las menos vigorosas; las ramas muertas y perdidas representando rudamente a los géneros y familias extintos.
Este boceto es MÁS QUE imperfecto; pero en tan breve espacio no puedo hacerlo mejor. Su imaginación debe completar muchos espacios en blanco. Sin cierta reflexión, parecerá pura basura; quizás parezca así después de la reflexión.
C.D.
P.D.—Este pequeño resumen toca solo el poder acumulativo de la selección natural, que considero con mucho el elemento más importante en la producción de nuevas formas. Las leyes que gobiernan la variación incipiente o primordial (poco importante excepto como base sobre la cual actúa la selección, aspecto en el que es importantísima), las discutiré bajo varios epígrafes, pero, como bien puede creer, solo puedo llegar a conclusiones muy parciales e imperfectas.
[El documento conjunto del Sr. Wallace y mi padre fue leído en la Sociedad Linneana en la tarde del 1 de julio. Sir Charles Lyell y Sir J.D. Hooker estuvieron presentes, y ambos, creo, hicieron algunas observaciones, principalmente con el fin de impresionar a los presentes sobre la necesidad de prestar la más cuidadosa atención a lo que habían escuchado. Sin embargo, no hubo apariencia de discusión. Sir Joseph Hooker me escribe: «El interés suscitado fue intenso, pero el tema era demasiado novedoso y demasiado ominoso para que la vieja escuela entrara en la palestra antes de armarse. Después de la reunión se habló de ello con voz contenida: la aprobación de Lyell, y quizás en pequeña medida la mía, como su lugarteniente en el asunto, intimidó más bien a los miembros, que de otro modo se habrían abalanzado contra la doctrina. Teníamos, además, la posición ventajosa de estar familiarizados con los autores y su tema».]
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 5 de julio [1858].
Mi querido Hooker,
Estamos más felices y menos aterrorizados ahora que hemos enviado fuera de la casa a todos los niños, y retiraremos a H. tan pronto como pueda moverse. La primera enfermera enfermó de garganta ulcerada y amigdalitis, y la segunda está ahora enferma de escarlatina, pero, gracias a Dios, se está recuperando. Puede imaginar lo asustados que hemos estado. Ha sido una quincena de lo más miserable. Muchas gracias por su nota, diciéndome que todo había ido prósperamente en la Sociedad Linneana. Debe permitirme decirle una vez más cuán profundamente siento su generosa amabilidad y la de Lyell en esta ocasión. Pero, en verdad, me avergüenza que haya perdido tiempo en una mera cuestión de prioridad. Tendré curiosidad por ver las pruebas. No entiendo en absoluto si mi carta a A. Gray debe imprimirse; supongo que no, solo su nota; pero me es indiferente, y me pongo absolutamente en sus manos y en las de Lyell.
Puedo preparar fácilmente un resumen de toda mi obra, pero difícilmente veo cómo puede hacerse científico para un Diario, sin aportar hechos, lo cual sería imposible. De hecho, un mero resumen no puede ser muy corto. ¿Podría darme alguna idea de cuántas páginas del Diario podrían probablemente reservarse para mí?
Inmediatamente después de mi regreso a casa, comenzaría a cortar mi tela según mi medida. Si los revisores lo rechazaran por no ser estrictamente científico, podría, quizás, publicarlo como folleto.
Con respecto a mi gran resumen intercalado (el Boceto de 1844), ¿podría enviarlo en cualquier momento antes de salir de Inglaterra a la dirección adjunta? Si no se va hasta el 7 u 10 de agosto, preferiría que se quedara con usted. Espero que haya anotado críticas en mi manuscrito sobre los grandes Géneros, etc., suficientes para que recuerde sus observaciones, ya que me pesaría infinitamente perderlas. Y no veo posibilidad de que nos reunamos si se va pronto al extranjero. Le agradecemos de corazón su invitación a unirnos a usted: no puedo imaginar nada que disfrutara más; pero nuestros hijos son demasiado delicados para que podamos dejarlos; yo sería solo un trasto viviente.
Por último, dijo que escribiría a Wallace; ciertamente me gustaría mucho esto, ya que me exoneraría por completo: si quisiera enviarme su nota, cerrada, yo la enviaría con la mía, ya que conozco la dirección, etc.
¿Me responderá algún día sobre sus nociones acerca de la extensión de mi resumen?
Si ve a Lyell, ¿le dirá cuán verdaderamente agradecido me siento por su amable interés en este asunto mío? Debe saber que lo considero muy importante para la aceptación de la visión de que las especies no son inmutables, el hecho de que el mayor Geólogo y Botánico de Inglaterra tome ALGÚN TIPO DE INTERÉS en el tema: estoy seguro de que hará mucho para romper prejuicios.
Suyo afectuosamente, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Miss Wedgwood's, Hartfield, Tunbridge Wells, [13 de julio de 1858].
Mi querido Hooker,
Su carta a Wallace me parece perfecta, muy clara y de lo más cortés. No creo que pueda ser mejorada, y hoy la he enviado con una carta propia. Siempre pensé que era muy posible que me adelantaran, pero me imaginaba que tenía un alma lo suficientemente grande como para no importarme; pero me descubrí equivocado y castigado; sin embargo, me había resignado por completo, y había escrito media carta a Wallace para cederle toda la prioridad, y ciertamente no habría cambiado de opinión si no hubiera sido por su amabilidad y la de Lyell, que es extraordinaria. Le aseguro que la siento, y no la olvidaré. Estoy MÁS que satisfecho con lo que ocurrió en la Sociedad Linneana. Había pensado que su carta y la mía a Asa Gray serían solo un apéndice del artículo de Wallace.
Nos vamos de aquí en unos días a la costa, probablemente a la Isla de Wight, y a mi regreso (después de una batalla con esqueletos de paloma) me pondré a trabajar en el resumen, aunque cómo diablos haré un resumen en treinta páginas del Diario, no lo sé, pero haré lo mejor que pueda. Pediré a Bentham; ¿no es una lástima que pierda tiempo tabulando variedades? ya que puedo conseguir que el maestro de escuela de Down lo haga a mi regreso, y puedo decirle todos los resultados.
Debo intentar verle antes de su viaje; pero no piense que estoy pescando para pedirle que venga a Down, ya que no tendrá tiempo para eso.
No puede imaginar lo complacido que estoy de que la noción de Selección Natural haya actuado como un purgante en sus entrañas de inmutabilidad. Siempre que los naturalistas puedan ver el cambio de las especies como algo seguro, qué campo magnífico se abrirá: sobre todas las leyes de la variación, sobre la genealogía de todos los seres vivos, sobre sus líneas de migración, etc., etc. Por favor, agradezca a la Sra. Hooker su muy amable notita, y por favor, diga cuán verdaderamente obligado estoy, y en verdad avergonzado al pensar que haya tenido la molestia de copiar mi feo manuscrito. Fue extraordinariamente amable por su parte. Adiós, mi querido y amable amigo.
Suyo afectuosamente, C. DARWIN.
P.D.—Me he divertido aquí observando a una hormiga esclavista; pues no podía evitar dudar un poco de las historias maravillosas, pero ahora he visto a una partida merodeadora derrotada, y he visto una migración de un nido a otro de las esclavistas, ¡llevando a sus esclavos (que son negros DOMÉSTICOS, y no de campo) en sus bocas!
Me inclino a pensar que es una verdadera generalización que, cuando la miel se secreta en un punto del círculo de la corola, si el pistilo se curva, siempre se curva hacia la línea del pasillo de la miel. La espuela de caballero es un buen ejemplo, en contraste con la aguileña; si lo piensa, preste atención a este pequeño punto.
CHARLES DARWIN A C. LYELL. King's Head Hotel, Sandown, Isla de Wight, 18 de julio [1858].
...Estamos establecidos aquí por diez días, y luego iremos a Shanklin, que parece más divertido para alguien, como yo, que no puede caminar. Esperamos mucho que el mar haga bien a H. y L. Y si lo hace, nuestra expedición habrá valido la pena, pero no de otra manera.
Nunca le he agradecido lo suficiente todas las molestias y la amabilidad extraordinarias que me mostró sobre el asunto de Wallace. Hooker me contó lo que se hizo en la Sociedad Linneana, y estoy mucho más que satisfecho, y no creo que Wallace pueda pensar que mi conducta es injusta al permitirles a usted y a Hooker hacer lo que consideraran justo. Ciertamente me molestó un poco perder toda la prioridad, pero me había resignado a mi suerte. Voy a preparar un resumen más largo; pero es realmente imposible hacer justicia al tema, excepto aportando los hechos en los que se basa cada conclusión, y eso será, por supuesto, absolutamente imposible. Su nombre y el de Hooker apareciendo como interesados en lo más mínimo en mi trabajo, estoy seguro, tendrá el peso más importante para llevar a la gente a considerar el tema sin prejuicios. Considero esto tan importante, que casi me alegro del artículo de Wallace por haber conducido a esto.
Mi querido Lyell, suyo más agradecido, CH. DARWIN.
[La siguiente carta se refiere a las pruebas de imprenta del artículo de la Linneana. La «introducción» significa la carta prefatoria firmada por Sir C. Lyell y Sir J.D. Hooker.]
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. King's Head Hotel, Sandown, Isla de Wight, 21 de julio [1858].
Mi querido Hooker,
Recibí ayer mismo las pruebas de imprenta, que ahora devuelvo. Creo que su introducción no puede mejorarse.
Estoy disgustado con mi mala escritura. No podría mejorarla sin reescribir todo, lo cual no sería justo ni valdría la pena, ya que he comenzado con un resumen mejor para la Sociedad Linneana. Mi excusa es que NUNCA estuvo destinado a la publicación. Solo he hecho unas pocas correcciones en el estilo; pero no puedo hacerlo decente, aunque espero que moderadamente inteligible. Supongo que alguien corregirá la revisión. (¿Lo haré yo?)
¿Podría tener una prueba limpia para enviársela a Wallace?
Aún no he considerado completamente sus observaciones sobre los grandes géneros (pero su concurrencia general es del MÁS ALTO INTERÉS POSIBLE para mí); ni podré hacerlo hasta que vuelva a leer mi manuscrito; pero puede estar seguro de que nunca me hace una observación que se pierda por FALTA DE ATENCIÓN. Estoy particularmente contento de que no se oponga a que exponga sus objeciones de forma modificada, pues siempre me parecieron muy importantes, y con mucho valor intrínseco, fueran o no fatales para mis nociones. Consideraré y volveré a considerar todas sus observaciones...
He pedido el Bentham, pues, como dice —, ¡será muy curioso ver una Flora escrita por un hombre que no sabe nada de plantas británicas!
Estoy muy contento con lo que dice sobre mi Resumen, pero puede confiar en que condensaré al máximo. Ayudaría con dinero si es demasiado largo. (Es decir, ayudaría a pagar la impresión, si resultara ser demasiado largo para la Linnean Society). ¡De cuántas maneras me ha ayudado usted!
Suyo afectuosamente, C. DARWIN.
[El «Resumen» mencionado en la última frase de la carta precedente era, de hecho, el «Origen de las especies», en el que ahora se puso a trabajar. En su «Autobiografía» habla de empezar a escribir en septiembre, pero en su Diario escribió: «20 de julio al 12 de agosto, en Sandown, comencé el Resumen del libro sobre las especies». «16 de septiembre, recomencé el Resumen». El libro se comenzó con la idea de que se publicaría como un artículo, o serie de artículos, de la Linnean Society, y solo a finales del otoño quedó claro que debía adoptar la forma de un volumen independiente].
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Norfolk House, Shanklin, Isla de Wight, viernes [30 de julio] [1858].
Mi querido Hooker,
¿Le entregará el papel adjunto a Sir William para agradecerle su amabilidad? Esto me sirve de excusa para entretenerme escribiéndole una nota a usted, que no requiere respuesta.
Este es un lugar muy encantador, y hemos conseguido una casa muy cómoda. Pero, por desgracia, no puedo decir que el mar les haya hecho mucho bien a H. o a L. Ni mi estómago se ha recuperado de todos nuestros problemas. Me alegro mucho de que hayamos dejado casa, pues seis niños han muerto ya de escarlatina en Down. Volveremos el 14 de agosto.
Tengo el Bentham («British Flora»), y estoy encantado con él, y William (que acaba de partir para un viaje al extranjero) ha estado identificando toda clase de plantas nuevas (para mí) de manera excelente. Los pequeños fragmentos de información son magníficos... Los nombres en inglés de las claves analíticas nos vuelven locos: inclúyalos sin falta, pero ¿por qué demonios [no] hacerlos subordinados a los latinos?; me pone furioso. W. cargó contra las Compositae y Umbelliferae como un héroe, y demolió un montón de ellas con gran estilo.
Paso mi tiempo haciendo diariamente un par de horas de mi Resumen, y me parece un trabajo divertido y enriquecedor. Ahora estoy muy sinceramente agradecido a usted y a Lyell por haberme puesto en esto; pues, cuando esté terminado, podré acabar mi trabajo con mayor facilidad y tranquilidad. Confieso que odiaba la idea de la tarea; y ahora me resulta muy insatisfactorio no ser capaz de dar mis razones para cada conclusión.
Seré más extenso de lo que esperaba; me llevará treinta y cinco de mis páginas de manuscrito en folio dar un resumen solo sobre la variación bajo domesticación; pero trataré de no incluir nada que no me parezca de algún interés, y que en su día fuera nuevo para mí. Parece un plan extraño dar un resumen de un trabajo inédito; sin embargo, repito, estoy extremadamente contento de haber comenzado en serio con él.
Espero que usted y la señora Hooker tengan un viaje muy, muy agradable. Adiós, mi querido Hooker.
Suyo afectuosamente, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Norfolk House, Shanklin, Isla de Wight, jueves [5 de agosto de 1858].
Mi querido Hooker,
Pensaría que la nota apologética sobre el estilo del resumen sería mejor como nota... Pero le escribo ahora para pedirle que me envíe por correo de vuelta el manuscrito sobre los grandes géneros, para que pueda hacer un resumen de un par de páginas de longitud. Supongo que ya ha terminado con él, de lo contrario no querría que me lo devolviera por nada del mundo. Si lo ata con una cuerda y lo marca como «MS. para imprimir», no costará, creo, más de 4 peniques. Desearé mucho decir que usted ha leído este manuscrito y está de acuerdo; pero antes de que lo lea ante la Sociedad, escuchará la frase.
Lo que me dice después de hablar con Busk sobre la longitud del Resumen es un INMENSO alivio para mí; hará que el trabajo sea mucho menor, al no tener que acortar tanto cada tema; pero trataré de no ser demasiado difuso. Me temo que arruinará todo el interés de mi libro (El libro más extenso iniciado en 1856), cuando sea publicado. El Resumen quedará muy bien dividido en varias partes: así, acabo de terminar «Variación bajo domesticación», en cuarenta y cuatro páginas de manuscrito, y eso serviría para una velada; pero me sentiría extremadamente apenado si no pudiera publicarse todo junto.
Lo demás que dice sobre mi Resumen me complace enormemente, pero me asusta, pues temo no ser capaz de hacerlo lo suficientemente bueno. ¡Pero cómo me extiendo sobre mis propios asuntos con usted!
Me sorprendió ver la tarjeta de Sir W. Hooker aquí hace dos o tres días: desgraciadamente estaba fuera paseando. Henslow también me ha escrito, proponiendo venir a Down el día 9, pero, ay, no vuelvo hasta el 13, y mi mujer no hasta una semana después; de modo que también lamento mucho pensar que no le veré, pues no me gustaría dejar casa tan pronto. Había pensado ir a Londres y acercarme una hora o dos a Kew...
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Norfolk House, Shanklin, Isla de Wight, [agosto] [1858].
Mi querido Hooker,
Le escribo simplemente para decirle que el manuscrito llegó a salvo hace dos o tres días. Le estoy muy agradecido por la corrección del estilo: me resulta indeciblemente difícil escribir con claridad. Cuando nos veamos, tendremos que hablar sobre algunos puntos del tema.
Usted habla de ir a la costa a algún lugar; nosotros pensamos que este es el sitio de costa más agradable que hemos visto nunca, y nos gusta Shanklin más que otros puntos de la costa sur de la isla, aunque muchos son encantadores y más bonitos, de modo que le sugeriría que pensara en este lugar. Estamos en la costa misma; pero los gustos difieren mucho sobre los lugares.
Si va a Broadstairs, cuando sople un viento fuerte desde la costa de Francia y haga buen tiempo, seco y cálido, esté atento, y PROBABLEMENTE (!) verá semillas de cardo arrastradas por el Canal. El otro día vi una arrastrada hacia el interior, y luego en unos minutos una segunda y después una tercera; y me dije a mí mismo: Dios mío, cuántos cardos debe haber en Francia; y le escribí una carta en mi imaginación. Pero luego miré las nubes BAJAS, y noté que no venían hacia el interior, así que temí que algo fallara. Caminé entonces más allá de un promontorio y encontré que el viento era paralelo a la costa, ¡y en este mismo promontorio había un noble lecho de cardos, que por cada remolino amplio eran arrastrados muy lejos hacia el mar, y luego volvían en ángulo recto hacia la orilla! Un día una gran cantidad de insectos fueron arrastrados por la marea, y devolví a la vida trece especies de coleópteros; no es que suponga que vinieron de Francia. Pero esté atento a las semillas de cardo mientras pasea a lo largo de la costa...
CHARLES DARWIN A ASA GRAY. 11 de agosto [1858].
Mi querido Gray,
Su nota del 27 de julio acaba de llegarme a la Isla de Wight. Es un placer real y grande para mí escribirle sobre mis ideas; e incluso si no fuera así, sería un perro de lo más desagradecido, después de toda la inestimable ayuda que me ha prestado, si no hiciera nada de lo que usted me pidiera.
He discutido en mi largo manuscrito los cambios climáticos tardíos y el efecto en la migración, y aquí le daré un RESUMEN de un RESUMEN (que este último estoy preparando de toda mi obra para la Linnean Society). No puedo darle hechos, y debo escribir dogmáticamente, aunque no me sienta así sobre ningún punto. Solo mencionaré, para que pueda creer que tengo ALGUNA base para mis puntos de vista, que Hooker ha leído mi manuscrito, y aunque al principio se opuso a mi punto principal, me ha dicho desde entonces que una reflexión posterior y nuevos hechos le han hecho convertirse.
En la edad del Plioceno más antigua, o quizás más reciente (un poco ANTES de la época glacial), la temperatura era más alta; de esto no puede haber pocas dudas; la tierra, a GRAN ESCALA, mantenía casi su disposición actual: las especies eran principalmente, a juzgar por las conchas, lo que son ahora. En este período, cuando todos los animales y plantas habitaban 10 o 15 grados más cerca de los polos, creo que la parte norte de Siberia y de América del Norte, siendo casi CONTINUA, estaban pobladas (es bastante posible, considerando las aguas poco profundas, que el estrecho de Bering estuviera unido, quizás un poco hacia el sur) por una fauna y flora casi uniformes, al igual que las regiones árticas lo son ahora. El clima se volvió entonces gradualmente más frío hasta llegar a lo que es ahora; y entonces las partes templadas de Europa y América estarían separadas, en lo que a migración se refiere, tal como lo están ahora. Luego llegó el período glacial, empujando muy hacia el sur a todos los seres vivos; la Europa media o incluso meridional estaba poblada por producciones árticas; a medida que regresaba el calor, las producciones árticas subían lentamente por las montañas a medida que estas quedaban despojadas de nieve; y ahora vemos en sus cumbres los restos de una flora y fauna antaño continuas. Esta es la teoría de E. Forbes, que, sin embargo, puedo añadir, yo había redactado cuatro años antes de que él la publicara.
Algunos hechos me han hecho SOSPECHAR vagamente que entre la temperatura glacial y la actual hubo un período de calor LIGERAMENTE mayor. Según mis doctrinas de modificación, considero a muchas de las especies de América del Norte que representan ESTRECHAMENTE a las de Europa como habiendo sido modificadas desde el período Plioceno, cuando en la parte norte del mundo había una comunicación casi libre entre el viejo y el nuevo mundo. Pero ahora viene una consideración más importante; hay un cuerpo considerable de evidencia geológica de que durante la época glacial el mundo entero estaba más frío; lo deduje, hace muchos años, a partir de fenómenos de bloques erráticos observados cuidadosamente por mí en ambas costas, este y oeste, de América del Sur. Ahora soy tan audaz como para creer que en el apogeo de la época glacial, Y CUANDO TODAS LAS PRODUCCIONES TROPICALES DEBIERON HABER ESTADO CONSIDERABLEMENTE AFLIGIDAS, varias formas templadas viajaron lentamente al corazón de los Trópicos, e incluso alcanzaron el hemisferio sur; y algunas pocas formas meridionales penetraron en dirección inversa hacia el norte. (Cumbres de Borneo con formas australianas, Abisinia con formas del Cabo). Siempre que había tierra ALTA casi continua, esta migración habría sido inmensamente facilitada; de ahí el carácter europeo de las plantas de Tierra del Fuego y las cumbres de las Cordilleras; de ahí ídem en el Himalaya. A medida que la temperatura subía, todos los intrusos templados trepaban por las montañas. De ahí las formas europeas en las Nilgiri, Ceilán, la cumbre de Java, las montañas de los Órganos de Brasil. Pero estos intrusos, al estar rodeados de nuevas formas, serían muy propensos a ser mejorados o modificados por selección natural, para adaptarse a las nuevas formas con las que tenían que competir; de ahí que la mayoría de las formas en las montañas de los Trópicos no sean idénticas, sino formas REPRESENTATIVAS de las plantas templadas del Norte.
Existen clases similares de hechos en las producciones marinas. Todo esto le parecerá muy precipitado, y puede serlo; pero estoy seguro de que no es tan precipitado como le parecerá al principio: Hooker no pudo digerirlo en absoluto al principio, pero se ha convertido en gran parte en un converso. Por los mamíferos y el mar poco profundo, creo que Japón estuvo unido a la tierra firme de China en un período no remoto; y entonces la migración hacia el norte y el sur antes, durante y después de la época glacial actuaría sobre Japón, como sobre la latitud correspondiente de China y Estados Unidos.
Me gustaría más que nada saber si tiene alguna colección alpina de Japón, y cuál es su carácter. Esta carta está miserablemente expresada, pero quizás baste para mostrar lo que creo que han sido las últimas migraciones principales y cambios de temperatura...
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. [Down] 6 de octubre de 1858.
...Si tiene o puede sacar tiempo, me gustaría mucho tener noticias de la señora Hooker, de usted y de los niños. ¿A dónde fueron, y qué hicieron y qué están haciendo? Ahí tiene un texto completo.
No puede imaginar cuánto disfruté de su pequeña visita aquí, me hizo mucho bien. Si Harvey todavía está con usted, por favor, recuérdeme muy cariñosamente a él.
...Estoy trabajando muy constantemente en mi Resumen, pero crece hasta una longitud desmedida; sin embargo, para dejar clara mi idea (y no dando nunca brevemente más que uno o dos hechos, y pasando por alto las dificultades), no puedo hacerlo más corto. Todavía me llevará tres o cuatro meses; tan lentamente trabajo, aunque nunca estoy ocioso. No puede imaginar qué servicio me ha hecho al hacerme realizar este Resumen; pues aunque pensaba que lo tenía todo claro, me ha aclarado mucho el cerebro, al hacerme sopesar la importancia relativa de los diversos elementos.
He estado leyendo con mucho interés su (según creo) excelente memoria sobre R. Brown en el "Gardeners' Chronicle"...
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 12 de octubre [1858].
...He enviado ocho copias (Del artículo conjunto de C. Darwin y A.R. Wallace) por correo a Wallace, y guardaré las otras para él, pues no pude pensar en nadie a quien enviar alguna.
Le ruego que no se pronuncie demasiado rotundamente contra la Selección Natural, hasta que haya leído mi resumen, pues aunque me atrevo a decir que eliminará MUCHAS dificultades, que nunca se me han ocurrido a mí; sin embargo, no puede haber pensado tanto en el tema como yo.
Espero que mi Resumen se convierta en un pequeño volumen, que tendrá que publicarse por separado...
Qué espléndida cantidad de trabajo tiene entre manos.
Siempre suyo, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 13 de octubre [1858].
...Me he sentido un poco molesto conmigo mismo por haberle pedido que no «se pronunciara demasiado rotundamente contra la Selección Natural». Siento haberle molestado, aunque me ha interesado mucho su nota de respuesta. Escribí la frase sin reflexión. Pero la verdad es que me he acostumbrado tanto, en parte por las burlas de mis parientes no naturalistas, a esperar oposición e incluso desdén, que olvidé por un momento que usted es el único alma viviente de quien he recibido constantemente simpatía. Crea [en mí] que nunca olvido ni por un minuto cuánta ayuda he recibido de usted. Tiene mucha razón en que nunca sospeché que mis especulaciones fueran un «tarro de mermelada» para usted; de hecho, pensé, hasta hace muy poco, que mi manuscrito no le había causado ningún efecto, y esto a menudo me ha dejado perplejo. Ni sabía que usted hubiera hablado en términos generales sobre mi trabajo a nuestros amigos, excepto al querido viejo Falconer, quien hace unos pocos años me dijo una vez que yo causaría más daño del que diez otros naturalistas harían bien, [y] ¡que ya me había medio echado a perder a usted! Todo esto es estúpida materia egoísta, y la escribo solo porque puede pensar que soy un desagradecido por no haber valorado y comprendido su simpatía; lo cual, Dios sabe, no es el caso. Es un mal maldito para un hombre el volverse tan absorbido en cualquier tema como yo lo estoy en el mío.
Estuve en Londres ayer durante unas horas con Falconer, y me dio una conferencia magnífica sobre la edad del hombre. No somos advenedizos; podemos presumir de un pedigrí que se remonta lejos en el tiempo, coetáneo con especies extintas. Tiene un gran hecho sobre algún diente molar grande en el Triásico.
Estoy completamente agotado, y voy el próximo lunes a revivir bajo la cura de agua en Moor Park.
Mi querido Hooker, suyo afectuosamente, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Noviembre de 1858.
...Había jurado no volver a mencionarle mi eterno Resumen, pues estoy seguro de que le he molestado mucho más de lo necesario al respecto; pero, como usted alude a su publicación previa, puedo decir que tengo que resumir los capítulos sobre el Instinto y el Hibridismo, lo que puede llevarme una quincena cada uno; y mis materiales para la Paleontología, la Distribución Geográfica y las Afinidades, al estar menos trabajados, me atrevo a decir que cada uno de ellos me llevará tres semanas, de modo que no habré terminado como muy pronto hasta abril, y entonces mi Resumen constituirá en volumen un pequeño libro. Nunca doy más que uno o dos ejemplos, y paso por alto brevemente todas las dificultades, y aun así no puedo hacer mi Resumen más corto, para ser satisfactorio, de lo que ahora lo estoy haciendo, y sin embargo se expandirá hasta un pequeño volumen...
[Por esta época mi padre reavivó sus viejos conocimientos sobre escarabajos ayudando a sus hijos en su colección. Envió una breve nota al 'Entomologist's Weekly Intelligencer', el 25 de junio de 1859, registrando la captura de Licinus silphoides, Clytus mysticus, Panagaeus 4-pustulatus. El aviso comienza con las palabras: «Nosotros, tres coleccionistas muy jóvenes, habiendo capturado recientemente en la parroquia de Down», etc., y está firmado por tres de sus hijos, pero claramente no fue escrito por ellos. Tengo un vívido recuerdo del placer de vaciar mi bote de escarabajos muertos para que mi padre los nombrara, y la emoción, en la que él participaba plenamente, cuando alguno de ellos resultaba ser poco común. Las siguientes cartas al Sr. Fox (13 de noviembre de 1858), y a Sir John Lubbock, ilustran este punto:]
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. Down, 13 de noviembre [1858].
...W., mi hijo, está ahora en el Christ's College, en las habitaciones sobre las suyas. Mi antiguo criado, Impey, se quedó estupefacto al oír que era mi hijo, y muy sencillamente preguntó: «¿Y bien, ha estado casado mucho tiempo?». ¡Qué horas tan agradables fueron aquellas cuando solía venir y tomar café con usted diariamente! Me recuerdan los viejos tiempos, pues mi tercer hijo acaba de empezar a coleccionar escarabajos, y el otro día capturó Brachinus crepitans, de inmortal memoria de Whittlesea Mere. Mi sangre hirvió con el antiguo ardor cuando capturó un Licinus, un premio desconocido para mí...
CHARLES DARWIN A JOHN LUBBOCK. Jueves [antes de 1857].
Estimado Lubbock,
No sé si le interesan los escarabajos, pero por si acaso le envío este en un frasco, que no recuerdo haber visto nunca; aunque es excesivamente precipitado hablar desde un recuerdo de hace veinticinco años. Cuando nos veamos podrá decirme si lo conoce...
Me siento como un viejo caballo de guerra al oír el sonido de la trompeta, cuando leo sobre la captura de escarabajos raros; ¿no es este un símil magnánimo para un entomólogo decadente? Realmente casi me dan ganas de empezar a coleccionar de nuevo. Adiós.
«¡Floreat Entomologia!»; brindis por el cual en Cambridge he bebido muchas copas de vino. Así que de nuevo, «Floreat Entomologia». N.B. NO he estado bebiendo ahora ninguna copa llena de vino.
Suyo, C.D.
CHARLES DARWIN A HERBERT SPENCER. Down, 25 de noviembre [1858].
Estimado señor,
Le ruego permiso para agradecerle sinceramente su muy amable regalo de sus Ensayos. ('Essays, Scientific, Political, and Speculative', por Herbert Spencer, 1858-74). Ya he leído varios de ellos con mucho interés. Sus observaciones sobre el argumento general de la llamada teoría del desarrollo me parecen admirables. Actualmente estoy preparando un Resumen de una obra más extensa sobre los cambios de las especies; pero trato el tema simplemente como naturalista, y no desde un punto de vista general, de lo contrario, en mi opinión, su argumento no podría haber sido mejorado, y podría haber sido citado por mí con gran ventaja. Su artículo sobre la Música también me ha interesado mucho, pues a menudo había pensado sobre el tema, y había llegado casi a la misma conclusión que usted, aunque incapaz de apoyar la idea con ningún detalle. Además, por una curiosa coincidencia, la expresión ha sido durante años un tema persistente para mí para especulaciones SUELTAS, y debo estar completamente de acuerdo con usted en que toda expresión tiene algún significado biológico. Espero aprovechar su crítica sobre el estilo, y con mis mejores agradecimientos, le ruego me permita seguir siendo, estimado señor,
Suyo muy agradecido, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 24 de diciembre [1858].
Mi querido Hooker,
Sus noticias sobre su salario y su casa no solicitados son alegres, y un crédito para el Gobierno. Mi habitación (28 x 19 pies), con un cuarto dividido arriba, con TODOS LOS ACCESORIOS (y pintada), no muebles, y enyesada por fuera, costó unas 500 libras. Me alegro de corazón de esta noticia.
Sus hechos sobre la distribución son, de hecho, muy llamativos. Recuerdo bien que ninguno de sus muchos hechos maravillosos en sus diversas obras me dejó tan perplejo, durante años, como el que la migración haya sido principalmente de norte a sur, y no en la dirección opuesta. Ahora por fin me he satisfecho A MÍ MISMO (pero eso es muy diferente de satisfacer a otros) sobre este particular; pero haría falta un pequeño volumen para explicarme por completo. No vi durante mucho tiempo el alcance de una conclusión a la que había llegado con respecto a este tema. Es que las especies que habitan un área muy grande, y que por tanto existen en gran número, y que han estado sometidas a la competencia más severa con muchas otras formas, habrán llegado, mediante la selección natural, a un estado de perfección más elevado que los habitantes de un área pequeña. Así explico el hecho de tantas anomalías, o lo que podría llamarse "fósiles vivientes", que habitan ahora solo en agua dulce, habiendo sido derrotados y exterminados en el mar por formas más perfeccionadas; así todos los peces ganoideos existentes son de agua dulce, como [lo son] el Lepidosiren y el Ornithorhynchus, etc. Las plantas de Europa y Asia, al ser el territorio más grande, las considero las más "mejoradas" y, por tanto, capaces de resistir a las plantas australianas menos perfeccionadas; [mientras que] estas no pudieron resistir a las indias. Vea cómo todas las producciones de Nueva Zelanda se rinden ante las de Europa. Me atrevo a decir que usted pensará que todo esto es una tontería absoluta, pero creo que es una verdad sólida.
Usted admitirá, creo, que el hecho de que las plantas australianas florezcan tanto en la India no es argumento de que pudieran mantenerse por sí mismas frente a las diez mil contingencias naturales de otras plantas, insectos, animales, etcétera. Con respecto al suroeste de Australia y el Cabo, estoy bloqueado, y solo puedo maldecir todo el caso.
...Usted dice que le gustaría ver mi manuscrito, pero usted leyó y aprobó mi largo capítulo sobre el Glacial, y aún no he escrito mi Resumen sobre toda la Distribución Geográfica, ni lo empezaré hasta dentro de dos o tres semanas. Pero ya sea el Resumen o el viejo manuscrito, estaría ENCANTADO de enviárselo, especialmente el capítulo del Resumen...
He escrito ya 330 páginas en folio de mi resumen, y requerirá 150-200 [más]; de modo que constituirá un volumen impreso de 400 páginas, y debe imprimirse por separado, lo que creo que será mejor en muchos aspectos. El tema realmente me parece demasiado grande para discutirlo en cualquier Sociedad, y creo que la religión sería introducida por hombres que conozco.
Estoy pensando en un volumen en 12mo, como la cuarta o quinta edición de los 'Principios' de Lyell...
Le he escrito una nota escandalosamente larga. Así que ahora adiós, mi querido Hooker,
Siempre suyo, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 20 de enero de 1859.
Mi querido Hooker,
Me gustaría mucho pedir prestado a Heer en algún momento futuro, pues no quiero leer nada desconcertante por ahora hasta que termine mi Resumen. Su última carta, muy instructiva, me hará ser muy cauteloso en los puntos hiperespeculativos que hemos estado discutiendo.
Cuando usted dice que no puede dominar el hilo de los pensamientos, sé perfectamente que son demasiado dudosos y oscuros para ser dominados. A menudo he experimentado lo que usted llama el sentimiento humillante de enredarse más y más en la duda cuanto más piensa uno en los hechos y el razonamiento sobre puntos dudosos. Pero siempre me consuelo pensando en el futuro, y en la plena creencia de que los problemas en los que apenas estamos entrando serán resueltos algún día; y si simplemente abrimos el camino habremos hecho algún servicio, aunque no cosechemos nada.
Estoy totalmente de acuerdo en que solo diferimos en GRADO sobre los medios de dispersión, y eso me parece una cantidad satisfactoria de concordancia. Usted plantea de manera muy llamativa la mutación de nuestros continentes, y estoy totalmente de acuerdo; solo dudo sobre nuestros océanos.
También estoy de acuerdo (estoy en un estado de ánimo muy de acuerdo) con su argumentum ad hominem, sobre la superioridad de la Flora australiana por el número de especies y géneros; pero aquí entra un elemento de duda superlativamente molesto, a saber, el efecto del aislamiento.
El único punto en el que PRESUNTUOSAMENTE discrepo un poco es sobre el estatus de las plantas naturalizadas en Australia. Creo que Muller habla de que se han extendido ampliamente más allá de las tierras cultivadas; y difícilmente puedo creer que nuestras plantas europeas ocuparían estaciones tan estériles que las plantas nativas no pudieran vivir allí. Requeriría mucha evidencia para hacerme creer esto. He escrito esta nota meramente para agradecerle, como verá, no requiere respuesta.
¡¡¡He oído para mi asombro esta mañana de parte de Phillips que el Consejo Geológico me ha concedido la Medalla Wollaston!!!
Siempre suyo, CHARLES DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 23 de enero de 1859.
...Adjunto cartas para usted y para mí de Wallace. Admiro extremadamente el espíritu en el que están escritas. Nunca me sentí muy seguro de lo que diría. Debe ser un hombre amable. Por favor, devuélvamelo, y a Lyell se le debería decir lo satisfecho que está. Estas cartas me han traído vívidamente ante mí cuánto le debo a su conducta y a la de Lyell, tan amable y generosa en todo este asunto.
...¡Qué contento estaré cuando el Resumen esté terminado y pueda descansar!...
CHARLES DARWIN A A.R. WALLACE. Down, 25 de enero [1859].
Mi querido señor,
Me complació extremadamente recibir hace tres días su carta dirigida a mí y la dirigida al Dr. Hooker. Permítame decir cuánto admiro de corazón el espíritu en el que están escritas. Aunque no tuve absolutamente nada que ver en guiar a Lyell y a Hooker hacia lo que consideraron un curso de acción justo, naturalmente no podía sino sentir ansiedad por escuchar cuál sería su impresión. Debo indirectamente mucho a usted y a ellos; pues casi creo que Lyell habría tenido razón, y nunca habría completado mi obra mayor, pues he encontrado mi Resumen bastante difícil con mi mala salud, pero ahora, gracias a Dios, estoy en mi penúltimo capítulo. Mi Resumen formará un pequeño volumen de 400 o 500 páginas. Cuando se publique, por supuesto, le enviaré una copia, y entonces verá a qué me refiero sobre la parte que creo que la selección ha desempeñado con las producciones domésticas. Es una parte muy diferente, como usted supone, de la desempeñada por la "Selección Natural". Envié, por la misma dirección que esta nota, una copia del 'Journal of the Linnean Society', y posteriormente he enviado media docena de copias del artículo. Tengo muchas otras copias a su disposición...
Me alegra saber que ha estado prestando atención a los nidos de pájaros. Yo lo he hecho, aunque casi exclusivamente bajo un punto de vista, a saber, para mostrar que los instintos varían, de modo que la selección pudiera actuar sobre ellos y mejorarlos. Pocos otros instintos, por así decirlo, pueden conservarse en un Museo.
Muchas gracias por su oferta de ocuparse de las rayas de los caballos; si hay algún asno, por favor agréguelo. Estoy encantado de saber que ha coleccionado panales de abejas... Este es un pasatiempo especial mío, y creo que puedo arrojar luz sobre el tema. Si puede coleccionar duplicados, sin un gasto muy grande, me gustaría tener algunos especímenes para mí con algunas abejas de cada tipo. Los panales jóvenes, en crecimiento e irregulares, y aquellos que no han tenido pupas, son los más valiosos para mediciones y exámenes. Sus bordes deben estar bien protegidos contra la abrasión.
Todos los que he visto han pensado que su artículo está muy bien escrito y es interesante. Pone en la sombra a mis extractos (¡escritos en 1839, hace ahora justo veinte años!), que debo decir en mi defensa nunca tuvieron la intención de ser publicados ni por un instante.
Usted pregunta sobre el estado de ánimo de Lyell. Creo que está algo desconcertado, pero no cede, y habla con horror, a menudo conmigo, de qué cosa sería, y qué trabajo sería para la próxima edición de 'Los Principios', si fuera "PERvertido". Pero es muy sincero y honesto, y creo que terminará siendo PERvertido. El Dr. Hooker se ha vuelto casi tan heterodoxo como usted o yo, y considero a Hooker como, CON MUCHO, el juez más capaz de Europa.
Le deseo de todo corazón salud y éxito total en todas sus actividades, y, Dios sabe, si un celo y una energía admirables merecen el éxito, usted lo merece con creces. Considero mi propia carrera casi terminada. Si puedo publicar mi Resumen y quizás mi obra mayor sobre el mismo tema, consideraré mi curso como concluido.
Créame, mi querido señor, suyo muy sinceramente, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 2 de marzo [1859].
Mi querido Hooker,
Aquí hay un hecho extraño, aunque muy pequeño. Creo que sería difícil nombrar un ave que aparentemente pudiera tener menos que ver con la distribución que un Petrel. Sir W. Milner, en St. Kilda, abrió algunos petreles jóvenes del nido y encontró nueces grandes y curiosas en sus buches; sospecho que recogidas por las aves parentales de la Corriente del Golfo. Parece valorar estas nueces excesivamente. Le he pedido (aunque dudo que lo haga) que envíe una nuez a Sir William Hooker (di esta dirección por razones de grandeza) para ver si alguno de ustedes puede identificarla y conocer su país de origen. ¿QUERRÍA MENCIONAR esto a Sir William Hooker, y si la nuez llega, me haría el favor de devolvérsela a "Sir W. Milner, Bart., Nunappleton, Tadcaster", en una carta certificada, y le reembolsaré el franqueo? Adjunte un papelito con el nombre y el país si puede, y hágamelo saber en el futuro. Perdóneme por pedirle que se tome esta molestia; pues es un hecho pequeño y divertido muy de mi agrado.
Ahora a otro tema. He terminado mi Resumen del capítulo sobre Distribución Geográfica, en lo que respecta a mi tema. Me gustaría mucho que lo leyera; pero digo esto, creyendo que no lo hará si, como creo que es el caso, está extraordinariamente ocupado. Bajo mi palabra, no me sentiré mortificado, y le ruego encarecidamente que no lo haga si le va a molestar. Lo quiero porque aquí me siento especialmente inseguro, y pueden haberse deslizado errores. Además, me gustaría mucho saber a qué partes se opondrá MÁS VEHEMENTEMENTE. Sé que diferimos, y debemos diferir, ampliamente en varios puntos. Por último, me gustaría saber particularmente si he tomado algo de usted que le gustaría conservar para su primera publicación; pero creo que he tomado principalmente de sus obras publicadas, y, aunque he reconocido varias veces, en este capítulo y en otros lugares, su ayuda, soy consciente de que no es posible para mí en el Resumen hacerlo suficientemente. ("Nunca le robé el bolsillo a nadie, pero mientras escribía mi presente capítulo sigo sintiendo (incluso cuando difiero más de usted) como si le estuviera robando, tanto le debo a sus escritos y conversaciones, mucho más de lo que muestran los simples reconocimientos".--Carta a Sir J.D. Hooker, 1859.) Pero de nuevo le digo que no debe ofrecerse a leerlo si es muy molesto. Es largo, unas noventa páginas, espero, cuando esté completamente copiado.
Espero que todos estén bien. Moor Park me ha hecho algo de bien.
Suyo afectuosamente, C. DARWIN.
P.D.--El cielo me perdone, aquí hay otra pregunta: ¿Hasta qué punto tengo razón al suponer que, con las plantas, los caracteres más importantes para las divisiones principales son Embriológicos? La semilla misma no puede considerarse como tal, supongo, ni la albúmina, etc. Pero supongo que los Cotiledones y su posición, y la posición de la plúmula y la radícula, y la posición y forma de todo el embrión en la semilla son embriológicos, ¿y hasta qué punto son estos muy importantes? Deseo usar las plantas como un caso de gran importancia de caracteres embriológicos en la clasificación. En el Reino Animal, por supuesto, no hay duda de esto.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 5 de marzo [1859].
Mi querido Hooker,
Muchas gracias por lo de la semilla... es curioso. Petreles en St. Kilda aparentemente alimentados por semillas cultivadas en las Indias Occidentales. Debería notarse si es una nuez que se importe alguna vez a Inglaterra. Me alegro MUCHO de que lea mi manuscrito sobre Geografía; ahora se está copiando, y (supongo) llevará diez días o más terminarlo; se enviará tan pronto como esté hecho...
Estaré muy contento de ver sus ideas embriológicas sobre las plantas; por la frase que le envié, verá que solo quiero una oración; si los hechos son en absoluto como supongo, y veré esto por su nota, por cuyo envío le doy muchas gracias.
He estado tan indispuesto los últimos tres días que a veces dudo si alguna vez terminaré mi pequeño volumen, aunque está tan cerca de completarse...
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 15 de marzo [1859].
Mi querido Hooker,
Estoy COMPLACIDO con lo que dice de mi capítulo. Usted no lo ha atacado tanto como temía. No parece haber detectado MUCHOS errores. Estaba casi todo escrito de memoria, y por eso estaba particularmente temeroso; hubiera sido mejor si todo se hubiera escrito cuidadosamente primero, y resumido después. Considero moralmente seguro que debe incluir mucho error en algunas de sus visiones generales. Pasaré rápidamente por algunos puntos de su nota, pero no se moleste en responder a menos que tenga algo importante que decir...
...Me gustaría saber si el caso de los murciélagos endémicos en las islas le llamó la atención; a mí sí, especialmente; quizás demasiado fuertemente.
Con sincero agradecimiento, siempre suyo, C. DARWIN.
P.D. No puede decir qué alivio ha sido para mí que usted revisara este capítulo, pues me sentía muy inseguro al respecto.
Mañana terminaré mi último capítulo (excepto una recapitulación) sobre Afinidades, Homologías, Embriología, etc., y los hechos me parecen salir MUY fuertes a favor de la mutabilidad de las especies.
Me ha interesado mucho trabajar en el capítulo.
Ahora, gracias a Dios, empezaré a revisar los viejos primeros capítulos para la imprenta.
Pero mi salud es ahora tan pobre que incluso esto me llevará mucho tiempo.
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. Down, [24 de] marzo [1859].
Mi querido Fox,
Fue muy bueno de su parte escribirme en medio de todos sus problemas, aunque parece haber superado algunos de ellos, con la recuperación de la salud de su esposa y la suya propia. No había tenido noticias últimamente de la salud de su madre, y lamento escuchar un informe tan pobre. Pero como ella no sufre mucho, eso es lo principal; pues no creo que la mera vida sea muy valorada por los ancianos. Qué tiempo debe haber pasado usted, cuando tenía que ir de un lado a otro.
Todos estamos bastante bien, y nuestra hija mayor está mejorando. Puedo ver la luz a través de mi trabajo, y ahora estoy corrigiendo finalmente mis capítulos para la imprenta; y espero en un mes o seis semanas tener las pruebas de imprenta. Estoy cansado de mi trabajo. Es una cosa muy extraña que no tenga la sensación de que sobrecargo mi cerebro; pero los hechos me obligan a concluir que mi cerebro nunca fue formado para pensar mucho. Estamos decididos a ir por dos o tres meses, cuando termine, a Ilkley, o algún lugar similar, para ver si de alguna manera puedo darle a mi salud un buen comienzo, pues ciertamente ha sido lamentable últimamente, y me ha incapacitado para todo. Usted me hace una injusticia cuando piensa que trabajo por la fama; la valoro hasta cierto punto; pero, si me conozco a mí mismo, trabajo por una especie de instinto para intentar descubrir la verdad. Qué contento estaría si usted pudiera venir alguna vez a Down; especialmente cuando me sienta un poco mejor, como todavía espero estar. Hemos instalado una mesa de billar, y encuentro que me hace mucho bien, y expulsa a las horribles especies de mi cabeza. Adiós, mi viejo y querido amigo.
Suyo afectuosamente, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A C. LYELL. Down, 28 de marzo [1859].
Mi querido Lyell,
Si me mantengo decentemente bien, espero poder ir a la imprenta con mi volumen a principios de mayo. Siendo así, quiero mucho pedirle un poco de consejo. Por una expresión en la nota de Lady Lyell, imagino que usted ha hablado con Murray. ¿Es así? ¿Y está él dispuesto a publicar mi Resumen? Si usted me dice si algo ha pasado, y qué es, entonces le escribiré. ¿Sabe él algo sobre el tema del libro? En segundo lugar, ¿puede aconsejarme si es mejor que yo indique qué términos de publicación preferiría, o pedirle primero a él que proponga términos? ¿Y qué piensa que serían términos justos para una edición? ¿Compartir beneficios, o qué?
Por último, ¿sería tan amable de mirar el título adjunto y darme su opinión y cualquier crítica? Debe recordar que, si tengo salud y parece que vale la pena, tengo un libro mucho más grande y completo sobre el mismo tema casi listo.
Mi Resumen será de unas quinientas páginas del tamaño de su primera edición de los 'Elementos de Geología'.
Le ruego me perdone por molestarle con las preguntas anteriores; y no tendrá más molestias sobre el tema. Espero que el mundo le vaya bien, y que esté avanzando con sus diversas obras.
Estoy trabajando muy duro para mí, y deseo terminar y ser libre e intentar recuperar algo de salud.
Mi querido Lyell, siempre suyo, C. DARWIN.
Sincérrimos agradecimientos por ser mi representante para la Medalla Wollaston.
P.D. ¿Me aconsejaría decirle a Murray que mi libro no es más NO-ortodoxo de lo que el tema hace inevitable? ¿Que no discuto el origen del hombre? ¿Que no introduzco ninguna discusión sobre el Génesis, etcétera, y solo doy hechos, y las conclusiones de ellos que me parecen justas?
¿O sería mejor que no dijera NADA a Murray, y asumiera que no puede objetar esta cantidad de heterodoxia, que de hecho no es más que cualquier Tratado Geológico que va directamente en contra del Génesis?
ANEXO.
UN RESUMEN DE UN ENSAYO
SOBRE EL
ORIGEN
DE LAS
ESPECIES Y VARIEDADES
A TRAVÉS DE LA SELECCIÓN NATURAL
POR
CHARLES DARWIN, M.A.
Miembro de las Sociedades Real Geológica y Linneana...
LONDRES:
etc., etc., etc., etc.
1859.
CHARLES DARWIN A C. LYELL. Down, 30 de marzo [1859].
Mi querido Lyell,
Ha sido extraordinariamente amable en todo lo que ha hecho. No solo me ha ahorrado mucha molestia y algo de ansiedad, sino que ha hecho todo incomparablemente mejor de lo que yo podría haberlo hecho. Estoy muy complacido con todo lo que dice sobre Murray. Le escribiré hoy o mañana, y enviaré pronto un gran paquete de manuscritos, pero desafortunadamente no puedo durante una semana, ya que los tres primeros capítulos están en manos de los copistas.
Lamento que Murray objete el término Resumen, ya que lo considero la única disculpa posible para NO dar referencias y hechos completos, pero cederé ante él y ante usted. También lamento el término "selección natural". Espero conservarlo con una explicación algo así como:
"A través de la selección natural, o la preservación de las Razas favorecidas".
Por qué me gusta el término es porque se usa constantemente en todas las obras sobre cría, y me sorprende que no sea familiar para Murray; pero he estudiado tales obras durante tanto tiempo que he dejado de ser un juez competente.
De nuevo, agradezco verdadera y cordialmente su ayuda realmente valiosa.
Suyo muy verdaderamente, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 2 de abril [1859].
...Le escribí [al Sr. Murray] y le di los encabezamientos de los capítulos, y le dije que no podría tener el manuscrito en diez días o más; y esta mañana recibí una carta en la que me ofrecía condiciones generosas y aceptaba publicar ¡sin ver el manuscrito! Así que está bastante ansioso; creo que, de todos modos, debería haber sido precavido, pero, gracias a su carta, le dije de la manera más EXPLÍCITA que acepto su oferta solo con la condición de que, después de haber visto parte o la totalidad del manuscrito, tenga plena facultad para retractarse. Pensará que soy presuntuoso, pero creo que mi libro será popular hasta cierto punto (lo suficiente como para asegurar [contra] una pérdida grave) entre los hombres de ciencia y los semicientíficos; el porqué lo pienso es porque he encontrado en la conversación un interés tan grande y sorprendente entre tales hombres, y algunos hombres no científicos, sobre este tema, y no todos mis capítulos son NI DE LEJOS tan secos y aburridos como el que usted ha leído sobre distribución geográfica. De cualquier modo, Murray debería ser el mejor juez, y si decide publicarlo, creo que puedo lavarme las manos de toda responsabilidad. Estoy seguro de que mis amigos, es decir, Lyell y usted, han sido EXTRAORDINARIAMENTE amables al tomarse la molestia de ocuparse del asunto.
Estaré encantado de verle el día anterior al Viernes Santo; habría una ventaja para usted en cualquier otro día —ya que creo que mis dos hijos vienen a casa ese día— y sería casi imposible que yo pudiera enviar el carruaje por usted. Creo que habrá algunos parientes en la casa, pero espero que no le importe, ya que fácilmente podremos charlar tanto como mi ESTADO DÉBIL lo permita. Disfrutaré profundamente viéndole.
...Estoy cansado, así que no más.
Mi querido Hooker, su afectuoso, C. DARWIN.
P.D.—Por favor, envíe, bien ATADO con un cordel fuerte, mi manuscrito geográfico, hacia la segunda mitad de la próxima semana —es decir, el 7 u 8— para que pueda enviarlo con más material a Murray; y que Dios lo ayude si intenta leerlo.
...No puedo evitar dudar un poco de si Lyell se tomaría muchas molestias para inducir a Murray a publicar mi libro; esto no se hizo por petición mía, y más bien me irrita el orgullo.
Sé que Lyell ha sido INFINITAMENTE amable con respecto a mi asunto, pero su "INDUCE" tachado (es decir, subrayado) da la idea de que Lyell había presionado injustamente a Murray.
CHARLES DARWIN A ASA GRAY. 4 de abril [1859].
...Usted pide ver mis pliegos tal y como se imprimen; le aseguro que será la MÁXIMA satisfacción para mí hacerlo: considero la petición como un gran cumplido. No olvidaré, puede estar seguro, una petición que considero un favor. Pero (y es un gran "pero" para mí) pasará mucho tiempo antes de que vaya a la imprenta; puedo decir con toda sinceridad que NUNCA estoy ocioso; de hecho, trabajo demasiado para mi salud tan debilitada; aun así, solo puedo hacer tres horas de trabajo diario, y no puedo ver en absoluto cuándo habré terminado: he hecho once largos capítulos, pero me quedan otros muy difíciles: como paleontología, clasificaciones, embriología, etc., y tengo que corregir y añadir mucho a todos los que he hecho. ¡Encuentro, por desgracia! que cada capítulo me lleva de media tres meses, tan lento soy. No hay fin a las digresiones necesarias. Acabo de terminar un capítulo sobre el Instinto, y aquí encontré que lidiar con un tema como las celdas de las abejas, y comparar todas mis notas hechas durante veinte años, ocupó un tiempo desesperante.
Pero estoy divagando sobre mí mismo con un estilo de lo más egoísta. ¡Sin embargo, debo decir simplemente lo útiles que he encontrado una y otra vez sus cartas, que he estado revisando y citando últimamente! pero no necesita temer que cite algo que a usted no le gustaría, pues trato de ser muy cauteloso en este punto. Espero de todo corazón que usted logre quitarse de encima su "íncubo" de viejo trabajo, y sea en cierto grado un hombre libre...
De nuevo permítame decirle que realmente me siento agradecido con usted...
CHARLES DARWIN A J. MURRAY. Down, 5 de abril [1859].
Mi querido señor,
Envío por este correo el Título (con algunas observaciones en una página separada) y los tres primeros capítulos. Si usted tiene paciencia para leer todo el Capítulo I, creo honestamente que tendrá una idea justa del interés de todo el libro. Puede ser presunción, pero creo que el tema interesará al público, y estoy seguro de que las perspectivas son originales. Si usted piensa lo contrario, debo repetir mi petición de que rechace libremente mi trabajo; y aunque estaré un poco decepcionado, no me veré perjudicado en modo alguno.
Si decide leer los Capítulos II y III, tendrá un capítulo aburrido y bastante abstruso, y uno sencillo e interesante, en mi opinión.
Tan pronto como haya terminado con el manuscrito, por favor envíelo por MENSAJERO CUIDADOSO, Y CLARAMENTE DIRIGIDO, a la Srta. G. Tollett, 14, Queen Anne Street, Cavendish Square.
Esta dama, al ser una excelente juez del estilo, va a buscar errores para mí.
Usted debe tomarse su tiempo, pero cuanto antes termine, antes terminará ella, y antes iré yo a la imprenta, lo cual deseo tan fervientemente.
Supongo que usted querrá ver el Capítulo IV, la piedra angular de mi arco, y los Capítulos X y XI, pero por favor infórmeme sobre este punto.
Mi querido señor, suyo sinceramente, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 11 de abril [1859].
...Escribo una línea para decir que ayer tuve noticias de Murray, y dice que ha leído los tres primeros capítulos de un manuscrito (y esto incluye uno muy aburrido), y se mantiene en su oferta. Por lo tanto, no quiere más manuscrito, y usted puede enviarme mi capítulo geográfico cuando le plazca...
[Parte del manuscrito parece haberse perdido en su camino de regreso a mi padre; él escribió (14 de abril) a Sir J.D. Hooker:]
"¡Tengo el antiguo manuscrito, de lo contrario, la pérdida me habría matado! Lo peor ahora es que causará retraso en llegar a la imprenta, y LO PEOR DE TODO, perder toda la ventaja de que usted haya revisado mi capítulo, excepto la tercera parte devuelta. Siento mucho que la Sra. Hooker se tomara la molestia de copiar las dos páginas."
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. [Abril o mayo de 1859].
...Por favor, no diga a nadie que pensé que mi libro sobre las Especies sería bastante popular, y tendría una venta bastante remunerativa (lo cual era el colmo de mi ambición), pues si resultara ser un fracaso rotundo, me haría aún más ridículo.
Adjunto una crítica, una muestra del futuro—
DISCURSO DEL REV. S. HAUGHTON ANTE LA SOCIEDAD GEOLÓGICA DE DUBLÍN. (9 de febrero de 1859.)
"Esta especulación de los Sres. Darwin y Wallace no sería digna de mención si no fuera por el peso de la autoridad de los nombres (es decir, los de Lyell y el suyo), bajo cuyos auspicios ha sido presentada. Si significa lo que dice, es una perogrullada; si significa algo más, es contrario a los hechos."
Q.E.D.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 11 de mayo [1859].
Mi querido Hooker,
Gracias por contarme lo de la oscuridad del estilo. Pero por mi vida que ningún negro con un látigo sobre él podría haber trabajado más duro en la claridad que yo. Pero la dificultad misma para mí conduce de por sí a la probabilidad de que falle. Sin embargo, una dama que ha leído todo mi manuscrito ha encontrado solo dos o tres oraciones oscuras, pero que la Sra. Hooker lo haya encontrado así me hace temblar. Haré lo mejor que pueda en las pruebas. Usted es un buen hombre al tomarse la molestia de escribir sobre ello.
Con respecto a nuestra confusión mutua ("Cuando revise el capítulo veré lo que puedo hacer, pero apenas sé cómo soy oscuro, y creo que de alguna manera estamos en una confusión mutua con respecto al otro, al partir de algunas nociones fundamentalmente diferentes."—Carta del 6 de mayo de 1859.), nunca pensé por un momento que no pudiéramos hacer claras nuestras ideas el uno al otro hablando, o si alguno de nosotros tuviera tiempo para escribir in extenso.
Imagino por algunas expresiones (pero si me pregunta cuáles, no podría responder) que usted considera la variabilidad como alguna contingencia necesaria en los organismos, y además que existe alguna tendencia necesaria en la variabilidad a seguir divergiendo en carácter o grado. SI USTED LO HACE, yo no estoy de acuerdo. La "reversión" de nuevo (una forma de herencia), la considero de ninguna manera directamente conectada con la Variación, aunque por supuesto la herencia es de fundamental importancia para nosotros, pues si una variación no se hereda, no tiene importancia para nosotros. Fue sobre puntos como estos que IMAGINÉ que quizás partíamos de forma diferente.
Me temo que mi libro no merecerá en absoluto las cosas agradables que dice sobre él; y, buen Dios, ¡cómo anhelo terminar con él!
Desde que escribí lo anterior, he recibido y he estado MUY INTERESADO por A. Gray. Estoy encantado con su nota sobre el artículo mío y de Wallace. Él cambiará de opinión, pues es inútil renunciar a muchísimas especies y detenerse en una línea arbitraria en otras. Es lo que mi abuelo llamaba unitarismo, "una cama de plumas para atrapar a un cristiano que cae"...
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 18 de mayo [1859].
Mi querido Hooker,
Mi salud ha fallado por completo. Me marcho mañana para una semana de Hidropatía. Lamento mucho, mucho decir que no puedo revisar ninguna prueba (de la Introducción de Sir J. Hooker a la 'Flora de Australia') en la semana, ya que mi objetivo es sacar el tema de mi cabeza. Regresaré la semana próxima. Si valiera la pena, que probablemente no lo sea, usted podría retener cualquier prueba hasta mi regreso a casa.
Con prisa, siempre suyo, C. DARWIN.
[Diez días después escribió a Sir J.D. Hooker:
"...Escribo una palabra para decir que regresaré el sábado, y si tiene alguna hoja de pruebas que enviar, estaré encantado de hacer lo mejor que pueda en cualquier crítica. Tuve... gran postración de mente y cuerpo, pero el descanso total, y la ducha, y 'Adam Bede', me han hecho un mundo de bien."]
CHARLES DARWIN A J. MURRAY. Down, 14 de junio [1859].
Mi querido señor,
El diagrama irá muy bien, y lo enviaré en breve al Sr. West para que le haga unas cuantas correcciones triviales.
Avanzo muy lentamente con las pruebas. Recuerdo haberle escrito que pensaba que no habría mucha corrección. Escribí honestamente lo que pensaba, pero estaba lamentablemente equivocado. Encuentro el estilo increíblemente malo, y muy difícil de hacer claro y fluido. Siento extremadamente decir, debido al gasto y a la pérdida de tiempo para mí, que las correcciones son muy pesadas, lo más pesadas posible. Pero por vistazos casuales, todavía espero que los capítulos posteriores no estén tan mal escritos. Cómo pude haber escrito tan mal es totalmente inconcebible, pero supongo que se debió a que toda mi atención estaba fijada en la línea general del argumento, y no en los detalles. Todo lo que puedo decir es que lo siento mucho.
Suyo muy sinceramente, C. DARWIN.
P.D. He estado mirando las correcciones, y considerándolas. Me parece que le causaré un gasto bastante injusto. Si le parece bien, me gustaría llegar a un acuerdo como el siguiente: cuando el trabajo esté terminado, que usted permita en la cuenta un cargo bastante moderadamente pesado por correcciones, y todo exceso sobre eso se deduzca de mis beneficios, o lo pague yo individualmente.
CHARLES DARWIN A C. LYELL. Down, 21 de junio [1859].
Estoy trabajando muy duro, pero avanzo lentamente, pues encuentro que mis correcciones son terriblemente pesadas, y el trabajo más difícil para mí. He corregido 130 páginas, y el volumen tendrá unas 500. He intentado hacer lo mejor para que sea claro y llamativo, pero temo mucho haber fallado —tantas discusiones son y deben ser muy desconcertantes. He hecho lo mejor que pude. Si usted tuviera todos mis materiales, estoy seguro de que habría hecho un libro espléndido. Anhelo terminar, pues estoy casi agotado.
Mi querido Lyell, siempre suyo más verdaderamente, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 22 de [junio de 1859].
Mi querido Hooker,
No respondí a su agradable nota, con una buena cantidad de noticias para mí, del 30 de mayo, ya que he estado esperando pruebas suyas. Pero ahora, no teniendo nada particular que hacer, volaré una nota, aunque no tengo nada particular que decir o pedir. De hecho, ¿cómo puede un hombre tener algo que decir, que pasa cada día corrigiendo pruebas malditas; y tales pruebas! Tengo que ennegrecerlas bastante, y pegar tiras de papel, tan miserable he encontrado el estilo. Usted dice que soñó que mi libro era ENTRETENIDO; ese sueño está bastante acabado para mí, y empiezo a temer que el público lo encuentre intolerablemente seco y desconcertante. Pero nunca renunciaré a que un hombre mejor podría haber hecho un libro espléndido con los materiales. Me alegré de oír sobre el artículo de Prestwich. (El Sr. Prestwich escribió sobre la aparición de instrumentos de sílex asociados con los restos de animales extintos en Francia.—(Proc. R. Soc., 1859.)) Mi duda ha sido (y veo que Wright ha insertado lo mismo en el 'Athenaeum') si los trozos de sílex son realmente herramientas; sus números me hacen dudar, y cuando anteriormente miré los dibujos de Boucher de Perthes, llegué a la conclusión de que eran fragmentos angulares rotos por la acción del hielo.
¿Hizo algún bien cruzar la Acacia? Estoy tan sobrecargado de trabajo que no puedo hacer experimentos. Solo he llegado a 150 páginas en la primera prueba.
Adiós, mi querido Hooker, siempre suyo, CHARLES DARWIN.
CHARLES DARWIN A J. MURRAY. Down, 25 de julio [1859].
Mi querido señor,
Escribo para decir que cinco hojas son devueltas a los impresores listas para tirar, y dos hojas más requieren solo una revisión; así que supongo que pronto tendrá que decidir qué número de copias imprimir.
Soy totalmente incapaz de formar una opinión. Creo que he conseguido el estilo BASTANTE bueno y claro, con un esfuerzo infinito. Pero si el libro tendrá éxito hasta un grado que le satisfaga a usted, realmente no puedo conjeturarlo. Espero de corazón que así sea.
Mi querido señor, suyo muy sinceramente, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A A.R. WALLACE. Down, 9 de agosto de 1859.
Mi querido Sr. Wallace,
Recibí su carta y memoria (Parece referirse al artículo del Sr. Wallace, "Sobre la geografía zoológica del archipiélago malayo", 'Linn. Soc. Journ', 1860.) el día 7, y la enviaré mañana a la Sociedad Linneana. Pero usted sabrá que no hay reunión hasta principios de noviembre. Su artículo me parece ADMIRABLE en materia, estilo y razonamiento; y le agradezco que me haya permitido leerlo. Si lo hubiera leído hace algunos meses, me habría beneficiado de él para mi próximo volumen. Pero mis dos capítulos sobre este tema están en tipo, y, aunque aún no corregidos, estoy tan agotado y débil de salud, que estoy plenamente resuelto a no añadir ni una palabra, y simplemente mejorar el estilo. Así que verá que mis puntos de vista son casi los mismos que los suyos, y puede confiar en que ni una palabra será alterada debido a que he leído sus ideas. ¿Sabe que el Sr. W. Earl (Probablemente el artículo del Sr. W. Earle, Geographical Soc. Journal, 1845.) publicó hace varios años el punto de vista de la distribución de los animales en el archipiélago malayo, en relación con la profundidad del mar entre las islas? Me llamó mucho la atención esto, y he estado acostumbrado a anotar todos los hechos de distribución en ese archipiélago, y en otros lugares, en esta relación. Me han llevado a concluir que ha habido una buena cantidad de naturalización en las diferentes islas malayas, y lo cual he pensado, hasta cierto punto, explicaría las anomalías. Timor ha sido mi mayor rompecabezas. ¿Qué dice usted del peculiar Felis allí? Desearía que hubiera visitado Timor; se ha afirmado que un diente de mastodonte o elefante fósil (olvido cuál) se ha encontrado allí, lo cual sería un gran hecho. Yo estaba al tanto de que Célebes era muy peculiar; pero la relación con África es bastante nueva para mí, y maravillosa, y casi sobrepasa la creencia. Es tan anómala como la relación de las PLANTAS en el suroeste de Australia con el Cabo de Buena Esperanza. Difiero TOTALMENTE de usted sobre la colonización de las islas oceánicas, pero usted tendrá a TODO el mundo de su lado. Estoy totalmente de acuerdo con respecto a todas las islas no situadas lejos en el océano. Estoy totalmente de acuerdo en la poca intermigración ocasional entre tierras [¿islas?] una vez que están bastante bien pobladas de habitantes, pero pienso que esto no se aplica a las islas emergentes y mal pobladas. ¿Sabe usted que ANUALMENTE los pájaros son arrastrados por el viento a Madeira, las Azores (y a las Bermudas desde América). Desearía haber dado un resumen más completo de mis razones para no creer en las grandes extensiones continentales de Forbes; pero es demasiado tarde, pues no alteraré nada —estoy agotado, y debo descansar. Owen, no lo dudo, se nos opondrá amargamente... Hooker está publicando una gran introducción a la Flora de Australia, y va a fondo. He visto pruebas de casi la mitad. Con todos mis mejores deseos.
Créame, suyo muy sinceramente, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 1 de septiembre [1859].
...No me sorprende que encuentre su Introducción muy difícil. Pero no se lamente del trabajo, y no diga que "se ha quemado los dedos", y está "sumido en el barro"; pues estoy seguro de que el resultado valdrá bien el esfuerzo. A menos que sea un tonto, debo ser juez hasta cierto punto del valor de tales ensayos generales, y estoy plenamente convencido de que los suyos son los más valiosos jamás publicados.
He corregido todos menos los dos últimos capítulos de mi libro, y espero haber terminado las revisiones y todo en unas tres semanas, y entonces yo (o todos nosotros) partiremos para algunos meses de hidropatía; mi salud ha sido muy mala, y me estoy volviendo tan débil como un niño, e incapaz de hacer nada en absoluto, excepto mis tres horas diarias de trabajo en las pruebas de imprenta. Dios sabe si volveré a ser bueno para algo alguna vez, quizás un largo descanso y la hidropatía puedan hacer algo.
No he tenido el Ensayo de A. Gray, y no me sentiría capaz de criticarlo, incluso si tuviera la impertinencia y el coraje. Usted creerá que hablo estrictamente la verdad cuando digo que su Ensayo Australiano es EXTREMADAMENTE interesante para mí, más bien demasiado. Disfruto leyéndolo, y si piensa que mis críticas valen algo para usted, le ruego que me envíe las hojas (si puede darme tiempo para días buenos); pero a menos que pueda prestarle alguna pequeña, aunque sea mínima ayuda, preferiría leer el ensayo cuando esté publicado. Por favor, entienda que estaría VERDADERAMENTE apenado de no leerlos, si usted lo desea por su propio bien.
Tuve un ataque de enfermedad terriblemente largo ayer, lo que hace que el mundo sea un poco más sombrío hoy, y tengo un deseo insensatamente fuerte de terminar mi libro maldito, tales correcciones ha requerido cada página como nunca antes vi. Es tan tedioso, matar toda la tarde, después de las 12 en punto sin hacer nada en absoluto. Pero no me quejaré más. Así que adiós, nos veremos en el invierno, confío.
Adiós, mi querido Hooker, su afectuoso amigo, C. DARWIN.
...me alegra mucho que desee ver mis pruebas limpias: debería habérselas ofrecido, pero no sabía si le molestarían; escribí esta mañana al correo a Murray para que se las enviara. Desafortunadamente, no he llegado a la parte que creo que le interesará más, y que habla más a favor de la visión, a saber: Sucesión Geológica, Distribución Geográfica y, especialmente, Morfología, Embriología y Órganos Rudimentarios. Me aseguraré de que las hojas restantes, cuando estén impresas, le sean enviadas. ¿Pero le gustaría que le enviara las últimas y perfectas revisiones de las hojas a medida que las corrija? Si es así, envíeme su dirección en un sobre en blanco. Espero que lea todo, ya sea aburrido (especialmente la última parte del Capítulo II) o no, pues estoy convencido de que no hay una oración que no tenga relación con todo el argumento. Encontrará el Capítulo IV desconcertante e ininteligible, sin la ayuda del extraño diagrama adjunto (El diagrama ilustra la descendencia con divergencia.), del cual le envío una prueba vieja e inútil. He corregido, como dice Murray, tan intensamente, que casi lo he reescrito; pero aun así temo que está mal escrito. Algunas partes son intrincadas; y no creo que ni siquiera usted pueda hacerlas del todo claras. Le ruego que no tenga prisa en comprometerse (como tantos naturalistas) a llegar hasta cierto punto y no más allá; pues estoy profundamente convencido de que es absolutamente necesario llegar hasta el final, o aferrarse a la creación de cada especie por separado; argumento este punto brevemente en el último capítulo. Recuerde que su veredicto probablemente tendrá más influencia que mi libro a la hora de decidir si puntos de vista como los que sostengo serán admitidos o rechazados en el presente; en el futuro no puedo dudar de su admisión, y nuestra posteridad se maravillará tanto de la creencia actual como nosotros de que se pensara que las conchas fósiles fueron creadas tal como las vemos ahora. Pero perdóneme por seguir hablando de mi obsesión...
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Down, 11 de [septiembre] [1859].
Mi querido Hooker,
Corregí la última prueba ayer, y ahora tengo mis revisiones, índice, etc., lo cual me llevará cerca de finales de mes. Así que la parte más dura de mi trabajo, gracias a Dios, ha terminado.
Le escribo ahora para decirle que me siento inquieto en mi conciencia por dudar en revisar sus pruebas, pero me sentía miserablemente mal y destrozado cuando escribí. No supongo que pueda ser de casi ninguna utilidad, pero si pudiera, le ruego que me envíe cualquier prueba. Sería (y temo que lo fui) el hombre más desagradecido al dudar en hacer algo por usted después de unos quince años o más de ayuda de su parte.
Tan pronto como haya terminado verdaderamente, me iré a Ilkley, o a algún otro establecimiento hidropático. Pero aún tardaré algún tiempo, ya que mis pruebas han estado tan completamente oscurecidas con correcciones, que tengo que corregir intensamente en las revisiones.
Murray propone publicar la primera semana de noviembre. ¡Oh, cielos, qué alivio para mi cabeza y mi cuerpo desterrar todo el tema de mi mente!
Espero por Dios que no me considere un bruto con respecto a sus hojas de prueba.
Adiós, atentamente suyo, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A C. LYELL. Down, 20 de septiembre [1859].
Mi querido Lyell,
Una vez me dio un placer intenso, o más bien deleite, por la forma en que se interesó, de un modo que nunca esperé, en mis nociones sobre los Arrecifes de Coral, y ahora me ha vuelto a dar un placer similar por la forma en que ha notado mi trabajo sobre las especies. (Sir Charles fue Presidente de la sección Geológica en la reunión de la Asociación Británica en Aberdeen en 1859. El siguiente pasaje aparece en el discurso: "Sobre este difícil y misterioso tema aparecerá muy pronto una obra del Sr. Charles Darwin, resultado de veinte años de observaciones y experimentos en Zoología, Botánica y Geología, por los cuales ha sido llevado a la conclusión de que esos poderes de la naturaleza que dan lugar a razas y variedades permanentes en animales y plantas, son los mismos que en períodos mucho más largos producen especies, y en una serie de edades aún más larga dan lugar a diferencias de rango genérico. Me parece que ha tenido éxito con sus investigaciones y razonamientos al arrojar un torrente de luz sobre muchas clases de fenómenos relacionados con las afinidades, la distribución geográfica y la sucesión geológica de los seres orgánicos, para los cuales ninguna otra hipótesis ha sido capaz, o siquiera ha intentado, dar cuenta".) Nada podría ser más satisfactorio para mí, y se lo agradezco por mí mismo, y aún más por el bien del tema, ya que sé bien que la oración hará que muchos consideren el tema con justicia, en lugar de ridiculizarlo. Aunque sus dudas previamente sentidas sobre la inmutabilidad de las especies pueden tener más influencia en convertirlo (si es que se convierte) que mi libro; sin embargo, como considero su veredicto mucho más importante a mis propios ojos, y creo que a los ojos del mundo, que el de cualquier otra docena de hombres, estoy naturalmente muy ansioso por él. Por lo tanto, déjeme rogarle que mantenga su mente abierta hasta que reciba (quizás en quince días) mis últimos capítulos, que son los más importantes de todos en el lado favorable. El último capítulo, que resume y equilibra en masa todos los argumentos a favor y en contra, creo que le será útil. No puedo expresar con demasiada fuerza mi convicción de la verdad general de mis doctrinas, y Dios sabe que nunca he rehuido una dificultad. Estoy tontamente ansioso por su veredicto, no es que me decepcione si no se convierte; pues recuerdo los largos años que me tomó a mí entrar en razón; pero estaré profundamente encantado si entra en razón, especialmente si tengo una parte justa en la conversión; entonces sentiré que mi carrera ha terminado, y me importará poco si alguna vez vuelvo a servir para algo en esta vida.
Muchas gracias por permitirme incluir la oración sobre su grave duda. (En cuanto a la inmutabilidad de las especies, 'Origin', Edición i., página 310.) Tanto y demasiado sobre mí mismo.
He leído con extremo interés en el periódico de Aberdeen sobre las herramientas de sílex; usted me ha hecho el caso mucho más claro; supongo que no consideró la evidencia suficiente sobre el período Glacial.
Con cordiales gracias por su espléndida mención de mi libro.
Créame, mi querido Lyell, su afectuoso discípulo, CHARLES DARWIN.
CHARLES DARWIN A W.D. FOX. Down, 23 de septiembre [1859].
Mi querido Fox,
Me alegró mucho recibir su carta hace unos días. Deseaba saber de usted, pero he estado en un estado tan absorto, servil y sobrecargado de trabajo, que no tuve corazón sin compulsión para escribir a nadie o hacer algo más allá de mi trabajo diario. Aunque su relato sobre sí mismo es mejor, no puedo pensar que sea del todo satisfactorio, y desearía que fuera pronto a Malvern de nuevo. Mi padre solía creer mucho en un viejo dicho que decía que, si un hombre se volvía más delgado entre los cincuenta y los sesenta años, su posibilidad de una larga vida era escasa, y que, por el contrario, era una muy buena señal si engordaba; así que su corpulencia, la considero como un muy buen presagio. Mi salud ha sido tan mala como bien podría serlo todo este verano; y me he mantenido en pie solo yendo a intervalos cortos a Moor Park; pero he estado mejor últimamente, y, gracias al Cielo, por fin he terminado casi mi libro, teniendo solo el índice y dos o tres revisiones por hacer. Se publicará en la primera semana de noviembre, y se le enviará una copia. Recuerde que es solo un Resumen (¡¡pero me ha costado más de trece meses escribirlo!!), y los hechos y las autoridades distan mucho de darse por completo. Tendré curiosidad por saber qué piensa de él, pero no soy tan tonto como para esperar convertirlo. Lyell ha leído cerca de la mitad del volumen en hojas limpias, y me da grandes elogios. Está dudando tanto sobre la inmutabilidad de las especies, que espero que entre en razón. Hooker ha entrado en razón, y publicará pronto su creencia. Tanto sobre mi abominable volumen, que me ha costado tanto trabajo que casi lo odio. El 3 de octubre parto para Ilkley, ¡pero tomaré tres días para el viaje! Es tan tarde que no alquilaremos una casa; pero voy allí solo durante tres o cuatro semanas, luego regreso a casa por una semana y voy a Moor Park por otras tres o cuatro semanas, y luego tendré un período moderado de hidroterapia: y pretendo, si puedo mantenerme en mi resolución, estar ocioso este invierno. Pero me temo que el hastío será tan malo como un mal estómago...
CHARLES DARWIN A C. LYELL. Down, 25 de septiembre [1859].
Mi querido Lyell,
Envío por este correo cuatro hojas corregidas. He alterado la oración sobre que la fauna del Eoceno fue superada por la reciente, gracias a su observación. Pero imaginé que habría quedado claro que suponía que el clima era casi similar; no dudo, imagino, que el clima de los períodos eoceno y reciente en DIFERENTES partes del mundo podría coincidir. No es que piense que el clima sea tan importante como la mayoría de los naturalistas parecen pensar. En mi opinión, ningún error es más dañino que este.
Me alegró mucho descubrir que Hooker, quien leyó en manuscrito mis capítulos Geográficos, estuvo totalmente de acuerdo en la visión de la mayor importancia de las relaciones orgánicas. Me gustaría que considere la página 77 y reflexione sobre el caso de cualquier organismo en medio de su área de distribución.
Tendré curiosidad en el futuro por saber qué piensa de la distribución durante el período glacial y los períodos más cálidos precedentes. Me alegra mucho que no considere exagerado el Capítulo sobre la Imperfección del Registro Geológico; estaba más temeroso sobre este capítulo que sobre cualquier otra parte.
La embriología en el Capítulo VIII es uno de mis puntos más fuertes, creo. Pero no debo molestarle hablando sin parar. Mi mente está tan tediosamente llena del tema.
Le agradezco su elogio en Aberdeen. He estado tan cansado y agotado últimamente que durante meses he dudado si no he estado desperdiciando tiempo y trabajo por nada. Pero ahora no me importa lo que diga el mundo universal; siempre le he encontrado a usted en lo cierto, y ciertamente en esta ocasión no voy a dudar por primera vez. Tanto si llega lejos como si solo recorre un corto camino conmigo y con otros que creen como yo, estoy contento, pues mi trabajo no puede ser en vano. Se reiría si supiera cuántas veces he leído su párrafo, y ha actuado como un pequeño trago...
Adiós, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A C. LYELL. Down, 30 de septiembre [1859].
Mi querido Lyell,
Envié esta mañana las últimas hojas, pero sin índice, que no está compuesto. Le considero mi Lord Canciller en Ciencias Naturales, y por tanto le ruego, después de que haya terminado, que vuelva a RELEER los encabezados en la parte de Recapitulación del último capítulo. Estaré profundamente ansioso por saber qué decide (si es capaz de decidir) sobre el balance de los pros y contras dados en mi volumen, y de otros pros y contras que puedan ocurrírsele. Espero que piense que he expuesto las dificultades con justicia. Siento una convicción total de que si ahora está vacilante en alguna medida moderada, entrará más y más en razón cuanto más mantenga el tema ante su mente. Recuerdo bien cuántos largos años pasaron antes de que pudiera mirar a la cara a algunas de las dificultades y no sentirme bastante avergonzado. Bajé mis banderas ante el caso de los insectos neutros.
Supongo que soy un pensador muy lento, pues le sorprendería el número de años que me tomó ver claramente cuáles eran algunos de los problemas que debían resolverse, como la necesidad del principio de divergencia de caracteres, la extinción de variedades intermedias, en un área continua, con condiciones graduadas; el doble problema de los primeros cruces estériles y los híbridos estériles, etc., etc.
Mirando hacia atrás, creo que fue más difícil ver cuáles eran los problemas que resolverlos, en la medida en que he tenido éxito haciéndolo, y esto me parece bastante curioso. Bien, bueno o malo, mi trabajo, gracias a Dios, ha terminado; y trabajo duro, puedo asegurárselo, he tenido, y mucho trabajo que nunca ha dado fruto. Puede ver, por la forma en que estoy garabateando, que tengo una tarde ociosa y lluviosa. No pude partir hacia Ilkley ayer ya que estaba demasiado indispuesto; pero espero llegar allí el martes o el miércoles. Le ruego, cuando haya terminado mi libro y haya pensado un poco sobre él, que me haga saber de usted. No le importe arremeter contra mí, si lo considera necesario; algún día futuro, posiblemente en Londres, podrá darme algunas críticas en detalle, es decir, si ha garabateado alguna observación al margen, por la posibilidad de una segunda edición.
Murray ha impreso 1250 ejemplares, lo que me parece una edición demasiado grande, pero espero que no pierda.
Hago tanto alboroto por mi libro como si fuera el primero. Perdóneme, y créame, mi querido Lyell,
Suyo más sinceramente, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Ilkley, Yorkshire, 15 de octubre [1859].
Mi querido Hooker,
Sea un buen hombre y saque suficiente tiempo para escribirme una nota y contarme un poco sobre usted, sus actividades y sus allegados.
¿Está su Introducción bastante terminada? Sé que abusará de ella, y sé bien cuánto me gustará. He estado aquí casi quince días, y me ha hecho mucho bien, aunque me esguincé el tobillo el domingo pasado, lo que ha detenido por completo mis caminatas. Toda mi familia viene aquí el lunes para quedarse tres o cuatro semanas, y luego volveré al gran establecimiento y me quedaré quince días; así que si puedo mantener el ánimo, me quedaré ocho semanas aquí, y así le daré a la hidroterapia una oportunidad justa. Antes de empezar aquí estaba en un estado terrible de estómago, fuerza, genio y ánimo. Mi libro ha estado completamente terminado hace poco tiempo; tan pronto como las copias estén listas, por supuesto se le enviará una. Espero que marque su copia con rayas, para que pueda beneficiarme de cualquier crítica. Me gustaría conocer su impresión general. Por las cartas de Lyell, piensa favorablemente de él, pero parece desconcertado por lo lejos que llego. Pero si usted llega a cualquier distancia considerable en la admisión de la modificación, no veo ninguna forma posible de trazar la línea y decir aquí debe detenerse. Lyell va a releer mi libro, y todavía albergo esperanzas de que se convierta, o pervierta, como él lo llama. Lyell ha sido EXTREMADAMENTE amable al escribirme tres cartas voluminosas; pero no dice nada sobre la dispersión durante el período glacial. Me gustaría saber qué piensa sobre este punto. Tengo una pregunta que hacer: ¿Serviría de algo enviar una copia de mi libro a Decaisne? ¿Y conoce a algún botánico filosófico en el Continente que lea inglés y se preocupe por tales temas? si es así, deme sus direcciones. ¿Qué hay de Andersson en Suecia? No puede pensar lo refrescante que es pasar el día ocioso, y casi nunca pensar en lo más mínimo sobre mi maldito libro que casi me mata. Deseo mucho poder saber que usted se está tomando un descanso real. Sé lo muy fuerte que es usted, mentalmente, pero nunca creeré que pueda seguir trabajando como ha trabajado últimamente con impunidad. Algún día estirará demasiado la cuerda. Adiós, mi buen, amable y querido amigo,
Suyo afectuosamente, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A T.H. HUXLEY. Ilkley, Otley, Yorkshire, 15 de octubre [1859].
Mi querido Huxley,
Estoy aquí hidroterapiándome y volviendo a la vida, después de haber terminado mi maldito libro, que habría sido un trabajo fácil para cualquier otro, pero que casi me mata. He pensado que me daría un poco de información, y no sé a quién más dirigirme; a saber, las direcciones de Barrande, Von Siebold, Keyserling (me atrevo a decir que Sir Roderick conocería a este último).
¿Puede decirme de algún extranjero bueno y ESPECULATIVO a quien valdría la pena enviar copias de mi libro, sobre el 'Origen de las Especies'? Dudo que valga la pena enviarlo a Siebold. Me gustaría enviar algunas copias, pero cuántas puedo permitirme no lo sé todavía hasta que escuche qué precio le pone Murray.
No hace falta decir que le enviaré, por supuesto, una a usted, en la primera semana de noviembre. Espero enviar copias al extranjero inmediatamente. Tendré una curiosidad INTENSA por saber qué efecto produce el libro en usted. Sé que habrá mucho en él a lo que usted se opondrá, y no dudo que haya muchos errores. Estoy muy lejos de esperar convertirlo a muchas de mis herejías; pero si, en conjunto, usted y otros dos o tres piensan que estoy en el camino correcto, no me importará lo que piense la turba de naturalistas. El penúltimo capítulo (el Capítulo XIII trata sobre Clasificación, Morfología, Embriología y Órganos Rudimentarios), aunque creo que incluye la verdad, me temo mucho que le pondrá salvaje. No actúe y diga, como Macleay contra Fleming: "Escribo con agua fuerte para morder el bronce".
Siempre suyo, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A C. LYELL. Ilkley, Yorkshire, 20 de octubre [1859].
Mi querido Lyell,
He estado leyendo todas sus cartas consecutivamente, y no siento que le haya agradecido lo suficiente por el placer extremo que me han brindado, y por su utilidad. Veo en ellas evidencia de fluctuación en el grado de credibilidad que le da a la teoría; ni me sorprende en absoluto esto, pues muchas, muchas fluctuaciones he experimentado yo.
Hay un punto en su carta que no noté, sobre los animales (y muchas plantas) naturalizados en Australia, que usted cree que no podrían soportar sin la ayuda del hombre. No puedo ver cómo el hombre ayuda al ganado asilvestrado. Pero, dejando eso de lado, parece pensar que debido a que sufren una destrucción prodigiosa durante las sequías, serían todos destruidos. En los "gran secos" de La Plata, los animales indígenas, como el ciervo americano, mueren por miles, y sufren aparentemente tanto como el ganado. En partes de la India, después de una sequía, toma diez o más años antes de que los mamíferos indígenas recuperen su número completo nuevamente. Su argumento se aplicaría, creo, tanto a los aborígenes como a los asilvestrados.
Un animal o planta que se vuelve asilvestrado en un territorio pequeño podría ser destruido por el clima, pero difícilmente puedo creerlo, una vez que es asilvestrado sobre varios territorios grandes. De nuevo, siento la inclinación de maldecir el clima: no me crea insolente por atacarle sobre el clima. Dice que duda de si el hombre podría haber existido bajo el clima del Eoceno, pero el hombre puede ahora soportar el clima de la tierra de los esquimales y el África Ecuatorial Occidental; ¿y seguramente no piensa que el clima del Eoceno difería del actual en toda Europa, tanto como las regiones árticas difieren del África Ecuatorial?
Con respecto a que los organismos sean creados en el tipo americano en América, podría decirse, creo, que fueron creados así para evitar que fueran creados demasiado bien, de modo que superaran a los aborígenes; pero esto me parece, de alguna manera, una doctrina monstruosa.
He reflexionado bastante sobre lo que dice acerca de la necesidad de una intervención continua de poder creativo. No puedo ver tal necesidad; y su admisión, creo, haría que la teoría de la Selección Natural careciera de valor. Concédese una criatura arquetípica simple, como el pez de fango o Lepidosiren, con los cinco sentidos y algún vestigio de mente, y creo que la selección natural dará cuenta de la producción de cada animal vertebrado.
Adiós; perdóneme por entregarme a esta prosa, y créame, con cordiales agradecimientos,
Su siempre afectísimo discípulo, C. DARWIN.
P.D.—Cuando, y si, lo relee, le suplico que escriba al margen la palabra "ampliar", cuando esté demasiado condensado, o "no está claro" o "?". Tales marcas le costarían pocas molestias, y yo podría copiarlas y reflexionar sobre ellas, y su valor sería infinito para mí.
Mi libro más extenso tendrá que ser reescrito por completo, y no simplemente ampliado el presente volumen; de modo que quiero perder el menor tiempo posible en este volumen, si se requiere otra edición; pero temo que el tema será demasiado desconcertante, tal como lo he tratado, para el público general.
CHARLES DARWIN A J.D. HOOKER. Ilkley, Yorkshire, domingo [23 de octubre de 1859].
Mi querido Hooker,
Le felicito porque su "Introducción" ("Flora Australiana") esté, de hecho, terminada. Estoy seguro, por lo que leí de ella (y me interesará profundamente leerla de cabo a rabo), de que le debe haber costado una cantidad prodigiosa de trabajo y pensamiento. Me gustará mucho ver la hoja que desea que observe. Ahora soy tan completamente un caballero, que a veces tengo un poco de dificultad para pasar el día; pero es asombroso lo ociosas que han sido las tres semanas que he pasado. Si le sirve de consuelo, ruéguele a usted mismo que se crea que tiene la intención de "ceñirse a la ciencia monótona". Pero lo creo tanto como si una planta dijera: "He estado creciendo toda mi vida y, por Júpiter, dejaré de crecer". No puede evitarlo; no es lo suficientemente inteligente para eso. ¡Ni siquiera podría permanecer ocioso, como he hecho yo, durante tres semanas! Lo que dice sobre Lyell me agrada sobremanera; no había inferido en absoluto de sus cartas que él hubiera cambiado tanto de parecer. Recuerdo haber pensado, hace más de un año, que si alguna vez vivía para ver a Lyell, a usted mismo y a Huxley cambiar de opinión, en parte por mi libro y en parte por sus propias reflexiones, sentiría que el tema está a salvo, y que todo el mundo podría despotricar, pero que a la larga la teoría de la Selección Natural (aunque, sin duda, imperfecta en su condición actual, y que abarca muchos errores) prevalecería. Nada me convencerá jamás de que tres hombres así, con conocimientos tan diversificados y tan bien acostumbrados a buscar la verdad, podrían errar grandemente. He hablado de usted aquí como un converso hecho por mí; pero sé bien cuánto mayor ha sido la parte de su propio pensamiento. Siento una curiosidad intensa por conocer la opinión de Huxley sobre mi libro. Temo que mi larga discusión sobre Clasificación le dé asco; pues es muy opuesta a lo que una vez me dijo.
Pero, cómo me estoy extendiendo. Ya ve cuán ocioso estoy; pero he disfrutado tanto de su carta que debe perdonarme. Respecto a la migración durante el período glacial: creo que Lyell lo comprende perfectamente, pues me ha dado un hecho de apoyo. Pero, tal vez, él odia inconscientemente (no se lo diga a él) la visión por desconcertarle ligeramente sobre su teoría favorita de que todos los cambios de clima se deben a cambios en la posición relativa de la tierra y el agua.
Enviaré copias de mi libro a todos los hombres especificados por usted;... sería usted tan amable de añadir el título, como Doctor, o Profesor, o Monsieur, o Von, y las iniciales (cuando sea necesario), y las direcciones a los nombres en la lista adjunta, y hacérmela llegar bastante PRONTO, ya que hacia el final de esta semana Murray dice que las copias que irán al extranjero estarán listas. Estoy ansioso por que mi visión se conozca generalmente, y no, espero y creo, por mera vanidad personal...
CHARLES DARWIN A C. LYELL. Ilkley, Yorkshire, 25 de octubre [1859].
...Nuestra diferencia sobre el "principio de mejora" y el "poder de adaptación" es demasiado profunda para discutirla por carta. Si estoy equivocado, estoy completamente ciego a mi error. Si tengo razón, nuestra diferencia se superará solo con que usted relea cuidadosamente y reflexione sobre mis cuatro primeros capítulos. Le suplico que lea esto de nuevo cuidadosamente. La llamada mejora de nuestro ganado Shorthorn, palomas, etc., no presupone ni requiere ningún "poder de adaptación" aborigen, ni "principio de mejora"; solo requiere variabilidad diversificada, y que el hombre seleccione o aproveche aquellas modificaciones que le son útiles; así, bajo la naturaleza, cualquier ligera modificación que SURJA por azar, y sea útil para cualquier criatura, es seleccionada o preservada en la lucha por la vida; cualquier modificación que sea perjudicial es destruida o rechazada; cualquiera que no sea ni útil ni perjudicial quedará como un elemento fluctuante. Cuando usted contrasta la selección natural y la "mejora", parece pasar siempre por alto (pues no veo cómo pueda negarlo) que cada paso en la selección natural de cada especie implica una mejora en esa especie en relación con sus condiciones de vida. Ninguna modificación puede ser seleccionada sin ser una mejora o ventaja. Mejora implica, supongo, que cada forma obtenga muchas partes u órganos, todos excelentemente adaptados para sus funciones. A medida que cada especie es mejorada, y a medida que el número de formas habrá aumentado, si observamos todo el curso del tiempo, la condición orgánica de vida para otras formas se volverá más compleja, y habrá una necesidad de que otras formas se mejoren, o serán exterminadas; y no puedo ver límite a este proceso de mejora, sin la intervención de ningún otro principio directo de mejora. Todo esto me parece completamente compatible con que ciertas formas adaptadas a condiciones simples permanezcan inalteradas, o sean degradadas.
Si tengo una segunda edición, reiteraré "Selección Natural" y, como consecuencia general, "Mejora Natural".
A medida que usted avanza, tanto como lo hace, empiezo a pensar firmemente, juzgando por mí mismo, que llegará mucho más lejos. ¡Cuán lentamente los geólogos más viejos admitieron sus grandes visiones sobre las causas geológicas existentes de cambio!
Si en cualquier momento cree que puedo responder a alguna pregunta, es un verdadero placer para mí escribir.
Suyo afectuosamente, C. DARWIN.
CHARLES DARWIN A J. MURRAY. Ilkley, Yorkshire [1859].
Mi querido señor,
He recibido su amable nota y la copia; estoy infinitamente complacido y orgulloso por la apariencia de mi hijo.
Estoy completamente de acuerdo con todo lo que propone sobre el precio. Pero usted es realmente demasiado generoso con las, para mí, escandalosamente pesadas correcciones. ¿No está actuando injustamente consigo mismo? ¿No sería mejor al menos compartir las 72 libras 8 chelines? Estaré plenamente satisfecho, pues no tenía derecho a enviar, aunque completamente involuntaria e inesperadamente, un manuscrito tan mal compuesto a los impresores.
Gracias por su amable oferta de distribuir las copias a mis amigos y ayudantes tan pronto como sea posible. No se preocupe mucho por los extranjeros, ya que los señores Williams y Norgate han ofrecido muy amablemente hacer lo posible, y están acostumbrados a enviar a todas partes del mundo.
Pagaré mis copias cuando usted quiera. Estoy muy contento de que haya sido tan bueno como para emprender la publicación de mi libro.
Mi querido señor, suyo muy sinceramente, CHARLES DARWIN.
P.D.—Por favor, no olvide dejarme saber unos dos días antes de que se distribuyan las copias.
No sé cuándo dejaré este lugar, ciertamente no en varias semanas. Cuando esté en Londres le visitaré.
CAPÍTULO 1.XIV. — POR EL PROFESOR HUXLEY.
SOBRE LA RECEPCIÓN DEL 'ORIGEN DE LAS ESPECIES'.
Para la generación actual, es decir, las personas algunos años a un lado u otro de los treinta, el nombre de Charles Darwin se sitúa junto a los de Isaac Newton y Michael Faraday; y, como ellos, evoca el gran ideal de un buscador de la verdad e intérprete de la Naturaleza. Piensan en quien lo llevó como una rara combinación de genio, laboriosidad y veracidad inquebrantable, que se ganó su lugar entre los hombres más famosos de la época por puro poder nativo, frente a un vendaval de prejuicios populares, y sin ser vitoreado por un signo de favor o aprecio desde las fuentes oficiales de honor; como alguien que, a pesar de una aguda sensibilidad a la alabanza y la culpa, y a pesar de provocaciones que podrían haber disculpado cualquier estallido, se mantuvo libre de toda envidia, odio y malicia, ni trató de otra manera que justa y equitativamente la injusticia y falta de equidad que se derramó sobre él; mientras que, hasta el final de sus días, estuvo dispuesto a escuchar con paciencia y respeto al más insignificante de los objetores razonables.
Y con respecto a esa teoría del origen de las formas de vida que pueblan nuestro globo, con la cual el nombre de Darwin está unido tan estrechamente como el de Newton con la teoría de la gravitación, nada parece estar más lejos de la mente de la generación actual que cualquier intento de sofocarla con ridículo o aplastarla mediante la vehemencia de la denuncia. "La lucha por la existencia" y la "Selección natural" se han convertido en palabras familiares y conceptos cotidianos. La realidad y la importancia de los procesos naturales sobre los que Darwin funda sus deducciones no se dudan más que las del crecimiento y la multiplicación; y, ya se admita o no la plena potencia que se les atribuye, nadie duda de su vasta y trascendental significación. Dondequiera que se estudian las ciencias biológicas, el 'Origen de las especies' ilumina los caminos del investigador; dondequiera que se enseñan, impregna el curso de instrucción. Tampoco ha sido menos profunda la influencia de las ideas darwinianas más allá de los reinos de la Biología. La más antigua de todas las filosofías, la de la Evolución, fue atada de pies y manos y arrojada a la oscuridad total durante el milenio de la escolástica teológica. Pero Darwin vertió nueva sangre vital en el antiguo marco; los lazos estallaron, y el pensamiento revivificado de la antigua Grecia ha demostrado ser una expresión más adecuada del orden universal de las cosas que cualquiera de los esquemas que han sido aceptados por la credulidad y acogidos por la superstición de setenta generaciones posteriores de hombres.
Para cualquiera que estudie los signos de los tiempos, el surgimiento de la filosofía de la Evolución, en la actitud de aspirante al trono del mundo del pensamiento, desde el limbo de las cosas odiadas y, como muchos esperaban, olvidadas, es el evento más prodigioso del siglo XIX. Pero las armas más eficaces de los modernos campeones de la Evolución fueron fabricadas por Darwin; y el 'Origen de las especies' ha alistado a un formidable cuerpo de combatientes, formados en la severa escuela de la Ciencia Física, cuyos oídos podrían haber permanecido sordos durante mucho tiempo a las especulaciones de los filósofos a priori.
No creo que ninguna persona cándida o instruida niegue la verdad de lo que se acaba de afirmar. Puede odiar el nombre mismo de Evolución, y puede negar sus pretensiones tan vehementemente como un jacobita negaba las de Jorge II. Pero ahí está, no solo tan sólidamente asentada como la dinastía hannoveriana, sino felizmente independiente de la sanción parlamentaria, y los antagonistas más obtusos han llegado a ver que tienen que tratar con un adversario cuyos huesos no han de ser rotos por ninguna cantidad de malas palabras.
Incluso los teólogos han dejado casi de enfrentar el significado sencillo del Génesis contra el significado no menos sencillo de la Naturaleza. Sus representantes más cándidos, o más cautelosos, han dejado de tratar la Evolución como si fuera una herejía condenable, y se han refugiado en uno de estos dos cursos. O bien niegan que el Génesis estuviera destinado a enseñar la verdad científica, salvando así la veracidad del registro a expensas de su autoridad; o bien gastan sus energías en idear las crueles ingeniosidades del reconciliador, y torturan los textos con la vana esperanza de hacer que confiesen el credo de la Ciencia. Pero cuando la peine forte et dure termina, la antigua sinceridad del venerable sufriente siempre se reafirma. El Génesis es honesto hasta la médula, y profesa no ser más de lo que es, un depósito de tradiciones venerables de origen desconocido, que no reclama ninguna autoridad científica y no posee ninguna.
A medida que mi pluma termina estos pasajes, no puedo dejar de divertirme al pensar en qué terrible alboroto se habría hecho (en verdad se hizo) sobre cualquier expresión de opinión similar hace un cuarto de siglo. De hecho, el contraste entre la condición actual de la opinión pública sobre la cuestión darwiniana; entre la estima en la que se tienen hoy las visiones de Darwin en el mundo científico; entre la aquiescencia, o al menos quietud, de los teólogos de orden respetable en la actualidad y el estallido de antagonismo por todas partes en 1858-9, cuando la nueva teoría respecto al origen de las especies se conoció por primera vez a la generación anterior a la que pertenezco, es tan sorprendente que, excepto por la evidencia documental, a veces estaría inclinado a pensar que mis recuerdos son sueños. Siento un gran respeto por la generación más joven (ellos pueden escribir nuestras vidas, y desentrañar todas nuestras locuras, si deciden tomarse la molestia, más adelante), y me alegraría que se me asegurara que el sentimiento es recíproco; pero me temo que la historia de nuestros tratos con Darwin pueda resultar un gran obstáculo para esa veneración por nuestra sabiduría que me gustaría que mostraran. Ni siquiera tenemos la excusa de que, hace treinta años, el Sr. Darwin era un novato oscuro, que no tenía derecho a nuestra atención. Por el contrario, sus notables investigaciones zoológicas y geológicas le habían dado desde hacía mucho tiempo una posición asegurada entre los investigadores más eminentes y originales del día; mientras que su encantador 'Viaje de un naturalista' le había ganado justamente una reputación generalizada entre el público en general. Dudo que hubiera algún hombre entonces vivo que tuviera mejor derecho a esperar que cualquier cosa que decidiera decir sobre una cuestión como el Origen de las Especies fuera escuchada con profunda atención y discutida con respeto; y ciertamente no había hombre cuyo carácter personal debiera haber proporcionado una mejor salvaguarda contra ataques, instintivos de malignidad y salpimentados con desvergonzadas impertinencias.
Sin embargo, tal fue la porción de uno de los hombres más amables y verdaderos que tuve la buena fortuna de conocer; y tuvieron que pasar años antes de que la tergiversación, el ridículo y la denuncia dejaran de ser los componentes más notables de la mayoría de las multitudinarias críticas de su obra que brotaron de la prensa. Me resisto a rastrillar cualquiera de estos antiguos escándalos de su merecido olvido; pero debo validar una declaración que puede parecer exagerada para la generación actual, y no hay pieza justificativa más apta para el propósito, o más digna de tal deshonor, que el artículo en la 'Quarterly Review' de julio de 1860. (No era consciente cuando escribí estos pasajes de que la autoría del artículo había sido reconocida públicamente. La confesión no acompañada de penitencia, sin embargo, no ofrece base para la mitigación del juicio; y la amabilidad con la que el Sr. Darwin habla de su agresor, el obispo Wilberforce (vol. ii.), es un ejemplo tan sorprendente de su singular gentileza y modestia, que aumenta más bien la propia indignación contra la presunción de su crítico.) Desde que Lord Brougham atacó al Dr. Young, el mundo no ha visto tal espécimen de la insolencia de un pretendiente superficial a Maestro en Ciencia como esta notable producción, en la que uno de los más exactos de los observadores, más cautos de los razonadores, y más cándidos de los expositores, de esta o cualquier otra edad, es expuesto al desprecio como una persona "alocada", que se esfuerza "por apuntalar su tejido totalmente podrido de conjetura y especulación", y cuyo "modo de tratar la naturaleza" es reprobado como "totalmente deshonroso para la Ciencia Natural". Y todo este discurso altanero y poderoso, que habría sido indecente en uno de los iguales del Sr. Darwin, proviene de un escritor cuya falta de inteligencia, o de conciencia, o de ambas, es tan grande que, a modo de objeción a las visiones del Sr. Darwin, puede preguntar: "¿Es creíble que todas las variedades favorables de nabos tiendan a convertirse en hombres?"; quien es tan ignorante en paleontología, que puede hablar de las "flores y frutos" de las plantas de la época carbonífera; en anatomía comparada, que puede afirmar gravemente que el aparato de veneno de las serpientes venenosas es "totalmente separado de las leyes ordinarias de la vida animal, y peculiar a sí mismo"; en los rudimentos de la fisiología, que puede preguntar: "¿qué ventaja de vida podría alterar la forma de los corpúsculos en los que la sangre puede evaporarse?". Tampoco deja de sazonar el reseñador este derroche de incapacidad disparatada con un poco de estimulación del odium theologicum. Alguna idea de la historia de los conflictos entre Astronomía, Geología y Teología le lleva a mantener un retiro abierto mediante la condición de que no puede "consentir en probar la verdad de la Ciencia Natural por la palabra de la Revelación"; pero, a pesar de todo, dedica páginas a la exposición de su convicción de que la teoría del Sr. Darwin "contradice la relación revelada de la creación con su Creador", y es "inconsistente con la plenitud de su gloria".
Si limito mi retrospectiva de la recepción del 'Origen de las especies' a un año, más o menos, desde el momento de su publicación, no recuerdo nada tan tonto y grosero como el artículo de la 'Quarterly Review', a menos que, quizás, el discurso de un Reverendo Profesor ante la Sociedad Geológica de Dublín pudiera entrar en competencia con él. Pero una gran proporción de los críticos del Sr. Darwin tenía una lamentable semejanza con el reseñador de la 'Quarterly', en la medida en que carecían de la voluntad, o del ingenio, para hacerse dueños de su doctrina; apenas nadie poseía el conocimiento requerido para seguirle a través del inmenso rango de ciencia biológica y geológica que cubría el 'Origen'; mientras que, con demasiada frecuencia, habían prejuzgado el caso por motivos teológicos, y, como parece inevitable cuando esto ocurre, completaban la falta de razón con la superfluidad de insultos.
Pero será más agradable y más provechoso considerar aquellas críticas que fueron reconocidas por escritores de autoridad científica, o que llevaban evidencia interna de la mayor o menor competencia y, a menudo, de la buena fe de sus autores. Restringiendo mi estudio a un año, más o menos, después de la publicación del 'Origen', encuentro entre tales críticos a Louis Agassiz ("Los argumentos presentados por Darwin a favor de una derivación universal de una forma primaria de todas las peculiaridades que existen ahora entre los seres vivos no han causado la más mínima impresión en mi mente".
"Hasta que se demuestre que los hechos de la Naturaleza han sido malentendidos por quienes los han recopilado, y que tienen un significado diferente al que ahora generalmente se les asigna, consideraré por tanto la teoría de la transmutación como un error científico, falso en sus hechos, acientífico en su método y pernicioso en su tendencia". —'Journal' de Silliman, julio de 1860, páginas 143, 154. Extracto del 3er volumen de 'Contribuciones a la Historia Natural de los Estados Unidos'); Murray, un excelente entomólogo; Harvey, un botánico de reputación considerable; y el autor de un artículo en la 'Edinburgh Review', todos fuertemente adversos a Darwin. Pictet, el distinguido y ampliamente instruido paleontólogo de Ginebra, trata al Sr. Darwin con un respeto que forma un contraste agradecido con el tono de algunos de los escritores precedentes, pero consiente en ir con él solo un poco de camino. ("No veo objeciones serias a la formación de variedades por selección natural en el mundo existente, y que, en lo que respecta a épocas anteriores, esta ley puede asumirse para explicar el origen de especies estrechamente aliadas, suponiendo para este propósito un período de tiempo muy largo".)
"Con respecto a las variedades simples y a las especies estrechamente aliadas, creo que la teoría del Sr. Darwin puede explicar muchas cosas y arrojar una gran luz sobre numerosas cuestiones".--'Sur l'Origine de l'Espece. Par Charles Darwin.' ('Archives des Sc. de la Bibliotheque Universelle de Geneve', páginas 242, 243, marzo de 1860.) Por otra parte, Lyell, hasta ese momento un pilar de los antitransmutacionistas (quienes lo consideraron, desde entonces, como Palas Atenea pudo haber mirado a Diana, después del asunto de Endimión), se declaró darwinista, aunque no sin añadir una seria advertencia. Sin embargo, era una torre de fuerza, y su valiente defensa de la verdad frente a la coherencia le honró infinitamente. Como evolucionistas, sans phrase, no recuerdo entre los biólogos a más de Asa Gray, quien libró la batalla espléndidamente en los Estados Unidos; Hooker, que no fue menos vigoroso aquí; el actual Sir John Lubbock y yo mismo. Wallace estaba muy lejos, en el archipiélago malayo; pero, aparte de su contribución directa a la promulgación de la teoría de la selección natural, ninguna enumeración de las influencias en juego, en el momento del que hablo, estaría completa sin la mención de su poderoso ensayo 'On the Law which has regulated the Introduction of New Species', que fue publicado en 1855. Al leerlo de nuevo, me he quedado asombrado al recordar cuán pequeña fue la impresión que causó.
En Francia, la influencia de Elie de Beaumont y de Flourens —de quien se dice que se "condenó a una fama eterna" al inventar el apodo de "la science moussante" para el evolucionismo (uno recuerda el efecto de otro pequeño epigrama académico. Se dice que la llamada teoría vertebral del cráneo fue truncada en ciernes en Francia por el susurro de un académico a su vecino, de que, en ese caso, la cabeza de uno era una "vertebre pensante")—, por no hablar de la mala voluntad de otros miembros poderosos del Institut, produjo durante mucho tiempo el efecto de una conspiración de silencio; y pasaron muchos años antes de que la Academia se redimiera del reproche de que el nombre de Darwin no se encontrara en la lista de sus miembros. Sin embargo, un escritor consumado, fuera del alcance de las influencias académicas, M. Laugel, dio una excelente y apreciativa reseña del 'Origin' en la 'Revue des Deux Mondes'. Alemania se tomó tiempo para considerar; Bronn produjo una traducción ligeramente purgada del 'Origin'; y 'Kladderadatsch' hizo sus bromas sobre el origen simiesco del hombre; pero no recuerdo que ninguna celebridad científica se declarara públicamente en 1860. (Sin embargo, el hombre que ocupa el lugar siguiente a Darwin en su influencia sobre los biólogos modernos, K.E. von Baer, me escribió, en agosto de 1860, expresando su asentimiento general a los puntos de vista evolucionistas. Su frase, "J'ai enonce les memes idees...que M. Darwin" (volumen ii.), demuestra por sus escritos posteriores que no significa más que esto). Ninguno de nosotros soñó que, en el transcurso de unos pocos años, la fuerza (y quizás pueda añadir la debilidad) del "Darwinismus" tendría sus ilustraciones más extensas y brillantes en la tierra del saber. Si un extranjero puede permitirse especular sobre la causa de este curioso intervalo de silencio, imagino que fue porque una mitad de los biólogos alemanes era ortodoxa a cualquier precio, y la otra mitad era tan claramente heterodoxa. Estos últimos eran evolucionistas, a priori, ya desde antes, y debieron sentir el disgusto natural de los filósofos deductivos al ver que se les ofrecía una base inductiva y experimental para una convicción a la que habían llegado por un camino más corto. Es indudablemente irritante aprender que, aunque tus conclusiones puedan ser correctas, tus razones para ellas son todas erróneas, o, al menos, insuficientes.
En general, pues, los partidarios de las opiniones del Sr. Darwin en 1860 eran numéricamente insignificantes. No hay la menor duda de que, si se hubiera celebrado un concilio general de la Iglesia científica en aquel momento, habríamos sido condenados por una mayoría abrumadora. Y hay tan pocas dudas de que, si tal concilio se reuniera ahora, el decreto sería de una naturaleza exactamente contraria. Indicaría una falta de sentido, así como de modestia, atribuir a los hombres de aquella generación menos capacidad o menos honestidad de la que poseen sus sucesores. ¿Cuáles son, pues, las causas que llevaron a hombres instruidos y de juicio imparcial de aquel día a llegar a un juicio tan diferente del que parece justo y equitativo para quienes les siguen? Esa es realmente una de las preguntas más interesantes de todas las relacionadas con la historia de la ciencia, y trataré de responderla. Temo que, para hacerlo, debo correr el riesgo de parecer egoísta. Sin embargo, si cuento mi propia historia es solo porque la conozco mejor que la de los demás.
Creo que debo haber leído el 'Vestiges' antes de dejar Inglaterra en 1846; pero, si lo hice, el libro me causó muy poca impresión, y no entré en contacto serio con la cuestión de las 'Especies' hasta después de 1850. En aquel momento, ya había dejado atrás la cosmogonía pentateúquica, que había sido grabada en mi entendimiento infantil como verdad divina, con toda la autoridad de padres e instructores, y de la cual me había costado muchas luchas liberarme. Pero mi mente no tenía prejuicios respecto a ninguna doctrina que se presentara, si profesaba basarse en un razonamiento puramente filosófico y científico. Me parecía entonces (como ahora) que la "creación", en el sentido ordinario de la palabra, es perfectamente concebible. No encuentro dificultad en imaginar que, en algún período anterior, este universo no existía; y que hizo su aparición en seis días (o instantáneamente, si se prefiere), como consecuencia de la voluntad de algún Ser preexistente. Entonces, como ahora, los llamados argumentos a priori contra el teísmo y, dada una Deidad, contra la posibilidad de actos creativos, me parecían desprovistos de fundamento razonable. No tenía entonces, y no tengo ahora, la menor objeción a priori que plantear al relato de la creación de animales y plantas dado en 'Paradise Lost', en el cual Milton encarna tan vívidamente el sentido natural del Génesis. Lejos de mí decir que es falso porque es imposible. Me limito a lo que debe considerarse como una solicitud modesta y razonable de alguna partícula de evidencia de que las especies existentes de animales y plantas se originaron de esa manera, como condición de mi creencia en una afirmación que me parece altamente improbable.
Y, a fin de ser perfectamente justo, tenía exactamente la misma respuesta que dar a los evolucionistas de 1851-8. Dentro de las filas de los biólogos, en aquel momento, no encontré a nadie, excepto al Dr. Grant, del University College, que tuviera algo que decir a favor de la evolución, y su defensa no estaba calculada para hacer avanzar la causa. Fuera de estas filas, la única persona conocida por mí cuyo conocimiento y capacidad inspiraban respeto, y que era, al mismo tiempo, un evolucionista a ultranza, era el Sr. Herbert Spencer, cuya amistad tracé, creo, en 1852, y entré entonces en los lazos de una amistad que, me alegra pensar, no ha conocido interrupción. Muchas y prolongadas fueron las batallas que luchamos sobre este tema. Pero ni siquiera la rara habilidad dialéctica y la abundancia de ilustraciones adecuadas de mi amigo pudieron apartarme de mi posición agnóstica. Me mantuve firme sobre dos fundamentos: en primer lugar, que hasta aquel momento, la evidencia a favor de la transmutación era totalmente insuficiente; y en segundo lugar, que ninguna sugerencia respecto a las causas de la transmutación asumida, que se hubiera hecho, era en modo alguno adecuada para explicar los fenómenos. Mirando hacia atrás al estado del conocimiento en aquel entonces, realmente no veo que ninguna otra conclusión fuera justificable.
En aquellos días ni siquiera había oído hablar de la 'Biologie' de Treviranus. Sin embargo, había estudiado a Lamarck atentamente y había leído el 'Vestiges' con el debido cuidado; pero ninguno de ellos me ofreció una buena base para cambiar mi actitud negativa y crítica. En cuanto al 'Vestiges', confieso que el libro simplemente me irritaba por la prodigiosa ignorancia y el hábito mental completamente anticientífico manifestado por el escritor. Si tuvo alguna influencia en mí, me puso en contra de la evolución; y la única reseña sobre la que tengo remordimientos de conciencia, por el motivo de una salvajería innecesaria, es una que escribí sobre el 'Vestiges' mientras estaba bajo esa influencia.
Con respecto a la 'Philosophie Zoologique', no es un reproche a Lamarck decir que la discusión de la cuestión de las especies en esa obra, lo que pudiera decirse a favor de ella en 1809, estaba miserablemente por debajo del nivel del conocimiento de medio siglo después. En ese intervalo de tiempo, la elucidación de la estructura de los animales y plantas inferiores había dado lugar a concepciones totalmente nuevas de sus relaciones; la histología y la embriología, en el sentido moderno, habían sido creadas; la fisiología había sido reconstituida; los hechos de la distribución, geológica y geográfica, habían sido prodigiosamente multiplicados y reducidos a orden. Para cualquier biólogo cuyos estudios le hubieran llevado más allá de la mera venta de especies en 1850, la mitad de los argumentos de Lamarck estaban obsoletos y la otra mitad eran erróneos, o defectuosos, en virtud de omitir tratar con las diversas clases de evidencia que habían salido a la luz desde su tiempo. Además, su única sugerencia sobre la causa de la modificación gradual de las especies —el esfuerzo excitado por el cambio de condiciones— era, a primera vista, inaplicable a todo el mundo vegetal. No creo que ningún juez imparcial que lea la 'Philosophie Zoologique' ahora, y que después tome la crítica mordaz y eficaz de Lyell (publicada ya en 1830), esté dispuesto a otorgar a Lamarck un lugar mucho más alto en el establecimiento de la evolución biológica que el que Bacon se asigna a sí mismo en relación con la ciencia física en general: buccinator tantum. (Erasmus Darwin promulgó por primera vez las concepciones fundamentales de Lamarck y, con mayor coherencia lógica, las había aplicado a las plantas. Pero los defensores de sus pretensiones no han logrado demostrar que él anticipara, en modo alguno, la idea central del 'Origin of Species').
Pero, por una curiosa ironía del destino, la misma influencia que me llevó a poner tan poca fe en las especulaciones modernas sobre este tema, como en las venerables tradiciones registradas en los dos primeros capítulos del Génesis, fue quizás más potente que cualquier otra para mantener viva una especie de convicción piadosa de que la evolución, después de todo, resultaría ser cierta. He leído recientemente de nuevo la primera edición de los 'Principles of Geology'; y cuando considero que este notable libro había estado casi treinta años en manos de todos, y que hace llegar a cualquier lector de inteligencia ordinaria un gran principio y un gran hecho —el principio, de que el pasado debe ser explicado por el presente, a menos que se demuestre una buena causa en contra; y el hecho, de que, hasta donde llega nuestro conocimiento de la historia pasada de la vida en nuestro globo, no se puede mostrar tal causa—, no puedo sino creer que Lyell, para otros, como para mí, fue el principal agente para allanar el camino a Darwin. Porque el uniformismo coherente postula la evolución tanto en el mundo orgánico como en el inorgánico. El origen de una nueva especie por otras que no fueran agencias ordinarias sería una "catástrofe" mucho mayor que cualquiera de las que Lyell eliminó con éxito de la especulación geológica sobria.
De hecho, nadie era más consciente de esto que el propio Lyell. (Lyell, con perfecto derecho, reclama esta posición para sí mismo. Habla de haber "defendido una ley de continuidad incluso en el mundo orgánico, en la medida de lo posible sin adoptar la teoría de la transmutación de Lamarck"...).
"Pero mientras enseñaba que tan a menudo como ciertas formas de animales y plantas desaparecían, por razones bastante inteligibles para nosotros, otras tomaban su lugar en virtud de una causalidad que estaba más allá de nuestra comprensión; quedaba para Darwin acumular pruebas de que no hay ruptura entre las especies entrantes y las salientes, que son obra de la evolución, y no de una creación especial...
"Ciertamente había preparado el camino en este país, en seis ediciones de mi obra antes de que apareciera el 'Vestiges of Creation' en 1842 [1844], para la recepción de la evolución gradual e insensible de las especies de Darwin."--('Life and Letters', Carta a Haeckel, volumen ii. página 436. 23 de noviembre de 1868). Si uno lee cualquiera de las primeras ediciones de los 'Principles' cuidadosamente (especialmente a la luz de la interesante serie de cartas publicadas recientemente por el biógrafo de Sir Charles Lyell), es fácil ver que, con toda su enérgica oposición a Lamarck, por una parte, y al cuasi-progresionismo ideal de Agassiz, por la otra, Lyell, en su propia mente, estaba fuertemente predispuesto a explicar el origen de todas las especies pasadas y presentes de seres vivos por causas naturales. Pero le habría gustado, al mismo tiempo, mantener el nombre de creación para un proceso natural que imaginaba incomprensible.
En una carta dirigida a Mantell (fechada el 2 de marzo de 1827), Lyell habla de haber leído recién a Lamarck; expresa su deleite ante las teorías de Lamarck, y su libertad personal de cualquier objeción basada en fundamentos teológicos. Y aunque está evidentemente alarmado por el origen pitecoide del hombre implicado en la doctrina de Lamarck, observa:--
"Pero, después de todo, ¡qué cambios pueden sufrir realmente las especies! Qué imposible será distinguir y establecer una línea, más allá de la cual algunas de las llamadas especies extintas nunca hayan pasado a las recientes".
De nuevo, el siguiente pasaje notable ocurre en la posdata de una carta dirigida a Sir John Herschel en 1836:--
"Con respecto al origen de nuevas especies, me alegra mucho encontrar que piensas que es probable que pueda llevarse a cabo mediante la intervención de causas intermedias. Dejé esto más bien a la inferencia, no pensando que valiera la pena ofender a cierta clase de personas incorporando en palabras lo que solo sería una especulación". (En el mismo sentido, véase la carta a Whewell, 7 de marzo de 1837, volumen ii., página 5):--
"Con respecto a este último tema [los cambios de un conjunto de especies animales y vegetales a otro]... recuerdas lo que dijo Herschel en su carta para mí. Si hubiera expuesto tan claramente como él la posibilidad de que la introducción u origen de especies frescas fuera un proceso natural, en contraposición a uno milagroso, habría levantado una hueste de prejuicios contra mí, que desgraciadamente se oponen a cada paso a cualquier filósofo que intente dirigirse al público sobre estos temas misteriosos". Véase también la carta a Sedgwick, 12 de enero de 1838 ii. página 35.) Continúa refiriéndose a las críticas que se han dirigido contra él sobre la base de que, al dejar que las especies sean originadas por milagro, es inconsistente con su propia doctrina del uniformismo; y deja entender que no había respondido, por su objeción general a la controversia.
Los contemporáneos de Lyell no carecían de algún indicio de su doctrina esotérica. La 'History of the Inductive Sciences' de Whewell, cualquiera que sea su valor filosófico, siempre merece la pena leerse y siempre es interesante, si no bajo otro aspecto que el de una evidencia de los límites especulativos dentro de los cuales un clérigo de alto rango podría, en aquel entonces, moverse libremente. En el curso de su discusión sobre el uniformismo, el enciclopédico Maestro del Trinity observa:--
"El Sr. Lyell, de hecho, ha hablado de una hipótesis de que 'la creación sucesiva de especies puede constituir una parte regular de la economía de la naturaleza', pero no ha descrito en ninguna parte, creo, este proceso de tal manera que haga aparecer en qué departamento de la ciencia debemos situar la hipótesis. ¿Son estas nuevas especies creadas por la producción, a largos intervalos, de una descendencia diferente en especie de los padres? ¿O son las especies así creadas producidas sin padres? ¿Están evolucionando gradualmente a partir de alguna sustancia embrionaria? ¿O surgen repentinamente del suelo, como en la creación del poeta?...
"Alguna selección de una de estas formas de la hipótesis, en lugar de las otras, con evidencia para la selección, es necesaria para permitirnos situarla entre las causas conocidas de cambio, que en este capítulo estamos considerando. La mera convicción de que ha tenido lugar una creación de especies, ya sea una o muchas veces, siempre que esté desconectada de nuestras ciencias orgánicas, es un principio de la Teología Natural más que de la Filosofía Física". (Whewell's 'History', volumen iii. página 639-640 (Edición 2, 1847.))
La parte anterior de esta crítica parece perfectamente justa y apropiada; pero, por el párrafo final, Whewell imagina evidentemente que por "creación" Lyell significa una intervención preternatural de la Deidad; mientras que la carta a Herschel muestra que, en su propia mente, Lyell significaba causalidad natural; y no veo ninguna razón para dudar (los siguientes pasajes en las cartas de Lyell me parecen decisivos en este punto):--
A Darwin, 3 de octubre de 1859 (ii, 325), al leer por primera vez el 'Origin'.
"He visto hace mucho tiempo muy claramente que si se hace alguna concesión, todo lo que afirmas en tus páginas finales se seguirá.
"Es esto lo que me ha hecho dudar tanto tiempo, sintiendo siempre que el caso del hombre y sus razas, y el de otros animales, y el de las plantas, es uno y el mismo, y que si se admite una vera causa por un instante, [en lugar] de una puramente desconocida e imaginaria, como la palabra 'creación', todas las consecuencias deben seguir".
A Darwin, 15 de marzo de 1863 (volumen ii. página 365).
"Recuerdo que fue la conclusión a la que llegó él [Lamarck] sobre el hombre lo que me fortaleció hace treinta años contra la gran impresión que sus argumentos causaron al principio en mi mente, tanto más grande porque Constant Prevost, alumno de Cuvier hace cuarenta años, me dijo su convicción 'de que Cuvier pensaba que las especies no eran reales, pero que la ciencia no podía avanzar sin asumir que lo eran'".
A Hooker, 9 de marzo de 1863 (volumen ii. página 361), en referencia al sentimiento de Darwin sobre la 'Antigüedad del Hombre'.
"Él [Darwin] parece muy decepcionado porque no voy más lejos con él, o no hablo más claramente. Solo puedo decir que he hablado hasta el límite total de mis convicciones actuales, e incluso más allá de mi estado de SENTIMIENTO en cuanto a la descendencia ininterrumpida del hombre de los animales, y encuentro que estoy convirtiendo a medias a no pocos que estaban en armas contra Darwin, y están incluso ahora contra Huxley". Habla de haber tenido que abandonar "viejas y largamente acariciadas ideas, que constituían el encanto para mí de la parte teórica de la ciencia en mis primeros días, cuando creía con Pascal en la teoría, como la llama Hallam, del 'arcángel arruinado'".
Véase el mismo sentimiento en la carta a Darwin, 11 de marzo de 1863, página 363:--
"Creo que la vieja 'creación' es casi tan necesaria como siempre, pero por supuesto toma una nueva forma si se adoptan las opiniones de Lamarck mejoradas por las tuyas" que, si Sir Charles hubiera podido evitar el corolario inevitable del origen pitecoide del hombre —por el cual, hasta el final de su vida, mantuvo una profunda antipatía—, habría defendido la eficiencia de las causas que actúan ahora para provocar la condición del mundo orgánico, tan firmemente como defendió esa doctrina en referencia a la naturaleza inorgánica.
El hecho es que un ojo perspicaz podría haber visto que alguna forma u otra de la doctrina de la transmutación era inevitable, desde el momento en que la verdad enunciada por William Smith de que los estratos sucesivos se caracterizan por diferentes tipos de restos fósiles, se convirtió en una ley de la naturaleza firmemente establecida. Nadie ha expuesto mejor las consecuencias especulativas de esta generalización que el historiador de las 'Inductive Sciences':--
«Pero el estudio de la geología nos abre el espectáculo de muchos grupos de especies que, en el transcurso de la historia de la Tierra, se han sucedido unos a otros en vastos intervalos de tiempo; un conjunto de animales y plantas desapareciendo, al parecer, de la faz de nuestro planeta, y otros, que antes no existían, convirtiéndose en los únicos ocupantes del globo. Y entonces se nos presenta de nuevo el dilema: o debemos aceptar la doctrina de la transmutación de las especies, y debemos suponer que las especies organizadas de una época geológica fueron transmutadas en las de otra por alguna agencia de causas naturales prolongada en el tiempo; o bien, debemos creer en muchos actos sucesivos de creación y extinción de especies, fuera del curso común de la naturaleza; actos que, por tanto, podemos llamar propiamente milagrosos». (Whewell, 'History of the Inductive Sciences'. Edición ii., 1847, volumen iii., páginas 624-625. Véase el veredicto del autor en las páginas 638-39).
El Dr. Whewell se decide a favor de esta última conclusión. Y si alguien le hubiera acosado con las cuatro preguntas que le plantea a Lyell en el pasaje ya citado, todo lo que puede decirse ahora es que sin duda habría rechazado la primera. Pero, ¿habría tenido realmente el valor de decir que un Rhinoceros tichorhinus, por ejemplo, «fue producido sin padres»; o que fue «evolucionado a partir de alguna sustancia embrionaria»; o que surgió repentinamente de la tierra como el león de Milton «forcejeando para liberar sus partes traseras»? Me permito dudar de que incluso el valor bien probado del Maestro del Trinity —físico, intelectual y moral— hubiera estado a la altura de tal proeza. Sin duda, la concurrencia repentina de media tonelada de moléculas inorgánicas en un rinoceronte vivo es concebible y, por tanto, puede ser posible. Pero, ¿se encuentra tal acontecimiento suficientemente dentro de los límites de la probabilidad como para justificar la creencia en su ocurrencia sobre la base de cualquier evidencia alcanzable o, de hecho, imaginable?
En vista de la afirmación (repetida a menudo en los primeros días de la oposición a Darwin) de que no había añadido nada a Lamarck, es muy interesante observar que la posibilidad de una quinta alternativa, además de las cuatro que ha expuesto, no ha pasado por la mente del Dr. Whewell. La sugerencia de que las nuevas especies pueden resultar de la acción selectiva de las condiciones externas sobre las variaciones de su tipo específico que presentan los individuos —y que llamamos «espontáneas» porque ignoramos su causalidad— es tan totalmente desconocida para el historiador de las ideas científicas como lo era para los especialistas biológicos antes de 1858. Pero esa sugerencia es la idea central del 'Origin of Species' y contiene la quintaesencia del darwinismo.
Así, mirando hacia el pasado, me parece que mi propia posición de expectativa crítica era justa y razonable, y debe haber sido adoptada, por las mismas razones, por muchas otras personas. Si Agassiz me decía que las formas de vida que habían habitado sucesivamente el globo eran las encarnaciones de pensamientos sucesivos de la Deidad; y que Él había borrado un conjunto de estas encarnaciones mediante una espantosa catástrofe geológica tan pronto como Sus ideas tomaban una forma más avanzada, me encontraba no solo incapaz de admitir la exactitud de las deducciones a partir de los hechos de la paleontología sobre los que se fundaba esta asombrosa hipótesis, sino que tenía que confesar mi falta de medios para comprobar la exactitud de su explicación de los mismos. Y además de eso, de ninguna manera podía ver qué explicaba la explicación. Tampoco me ayudaba que un eminente anatomista me dijera que las especies se habían sucedido unas a otras en el tiempo en virtud de «una ley creadora de operación continua». Eso me parecía no ser más que decir que las especies se habían sucedido unas a otras, en forma de una resolución para captar votos, con «ley» para complacer al hombre de ciencia, y «creadora» para atraer a los ortodoxos. Así que me refugié en ese «tätige Skepsis» que Goethe ha definido tan bien; y, revirtiendo el precepto apostólico de ser todo para todos, solía defender la viabilidad de las doctrinas recibidas cuando tenía que tratar con los transmutacionistas; y defendía la posibilidad de la transmutación entre los ortodoxos, aumentando así, sin duda, una reputación ya corriente, pero totalmente inmerecida, de combatividad innecesaria.
Recuerdo, en el transcurso de mi primera entrevista con el Sr. Darwin, haber expresado mi creencia en la nitidez de las líneas de demarcación entre los grupos naturales y en la ausencia de formas de transición, con toda la confianza de la juventud y el conocimiento imperfecto. No era consciente, en aquel momento, de que él llevaba muchos años rumiando la cuestión de las especies; y la sonrisa humorística que acompañó a su amable respuesta, de que esa no era del todo su opinión, me persiguió y me desconcertó durante mucho tiempo. Pero parece que cuatro o cinco años de duro trabajo me permitieron entender lo que significaba; pues Lyell ('Life and Letters', volumen ii., página 212), escribiendo a Sir Charles Bunbury (con fecha del 30 de abril de 1856), dice:
«Cuando Huxley, Hooker y Wollaston estuvieron en casa de Darwin la semana pasada, ellos (los cuatro) arremetieron contra las especies, más lejos, creo, de lo que están dispuestos a llegar».
No recuerdo nada de esto más allá del hecho de haberme reunido con el Sr. Wollaston; y, excepto por la clara seguridad de Sir Charles en cuanto a «los cuatro», habría pensado que mi «outrecuidance» era probablemente una respuesta al conservadurismo de Wollaston. En cuanto a Hooker, ya era, como el Habacuc de Voltaire, «capable du tout» en cuanto a defender la Evolución.
Como ya he dicho, imagino que la mayoría de mis contemporáneos que pensaban seriamente en el asunto estaban muy en mi mismo estado de ánimo: inclinados a decir tanto a los mosaístas como a los evolucionistas: «¡plaga sobre vuestras dos casas!», y dispuestos a apartarse de una discusión interminable y aparentemente infructuosa, para trabajar en los fértiles campos de los hechos comprobables. Y puedo, por tanto, suponer además que la publicación de los trabajos de Darwin y Wallace en 1858, y aún más la del 'Origin' en 1859, tuvo sobre ellos el efecto del destello de luz que, a un hombre que se ha perdido en una noche oscura, le revela repentinamente un camino que, tanto si le lleva directamente a casa como si no, ciertamente sigue su dirección. Lo que buscábamos y no podíamos encontrar era una hipótesis sobre el origen de las formas orgánicas conocidas, que no supusiera la operación de otras causas que aquellas cuya actuación real pudiera ser probada. No queríamos comprometer nuestra fe con esa o cualquier otra especulación, sino obtener conceptos claros y definidos que pudieran ser puestos frente a frente con los hechos y ver su validez probada. El 'Origin' nos proporcionó la hipótesis de trabajo que buscábamos. Además, hizo el inmenso servicio de liberarnos para siempre del dilema: rechaza aceptar la hipótesis de la creación, y ¿qué tienes para proponer que pueda ser aceptado por cualquier razonador cauteloso? En 1857, no tenía ninguna respuesta preparada, y no creo que nadie más la tuviera. Un año después, nos reprochábamos nuestra torpeza por habernos sentido perplejos ante tal investigación. Mi reflexión, cuando me hice dueño de la idea central del 'Origin', fue: «¡Qué extremadamente estúpido no haber pensado en eso!». Supongo que los compañeros de Colón dijeron lo mismo cuando hizo que el huevo se mantuviera en pie. Los hechos de la variabilidad, de la lucha por la existencia, de la adaptación a las condiciones, eran lo suficientemente notorios; pero ninguno de nosotros había sospechado que el camino hacia el corazón del problema de las especies pasaba por ellos, hasta que Darwin y Wallace disiparon la oscuridad, y la luz del faro del 'Origin' guió a los desamparados.
Si la forma particular que tomó la doctrina de la evolución, tal como se aplicó al mundo orgánico en manos de Darwin, resultaría definitiva o no, era para mí una cuestión de indiferencia. En mis primeras críticas al 'Origin' me aventuré a señalar que su base lógica era insegura mientras los experimentos de cría selectiva no hubieran producido variedades que fueran más o menos infértiles; y esa inseguridad permanece hasta el día de hoy. Pero, con toda y cada una de las dudas críticas que mi ingenio escéptico pudiera sugerir, la hipótesis darwiniana seguía siendo incomparablemente más probable que la hipótesis de la creación. Y si ninguno de nosotros hubiera sido capaz de discernir la importancia primordial de algunos de los hechos naturales más patentes y notorios, hasta que fueron, por así decirlo, puestos bajo nuestras narices, ¿qué fuerza quedaba en el dilema: creación o nada? Era obvio que, en adelante, la probabilidad sería inmensamente mayor de que los eslabones de la causalidad natural estuvieran ocultos a nuestros ojos miopes, a que la causalidad natural fuera incompetente para producir todos los fenómenos de la naturaleza. El único camino racional para aquellos cuyo único objeto era la obtención de la verdad, era aceptar el «darwinismo» como hipótesis de trabajo y ver qué se podía hacer con él. O bien demostraría su capacidad para dilucidar los hechos de la vida orgánica, o se vendría abajo bajo el esfuerzo. Este fue seguramente el dictado del sentido común; y, por una vez, el sentido común prevaleció. El resultado ha sido ese completo giro de ciento ochenta grados de todo el mundo científico, que debe parecer tan sorprendente para la generación actual. No quiero decir que todos los líderes de la ciencia biológica se hayan declarado darwinistas; pero no creo que haya un solo zoólogo, botánico o paleontólogo, entre la multitud de trabajadores activos de esta generación, que no sea un evolucionista, profundamente influido por las opiniones de Darwin. Cualquiera que sea el destino final de la teoría particular propuesta por Darwin, me atrevo a afirmar que, hasta donde llega mi conocimiento, todo el ingenio y toda la erudición de los críticos hostiles no les han permitido aducir un hecho solitario del que se pueda decir: esto es irreconciliable con la teoría darwiniana. En la prodigiosa variedad y complejidad de la naturaleza orgánica, hay multitud de fenómenos que no son deducibles de ninguna generalización a la que hayamos llegado todavía. Pero lo mismo puede decirse de cualquier otra clase de objetos naturales. Creo que los astrónomos aún no pueden conseguir que los movimientos de la Luna estén en perfecta concordancia con la teoría de la gravitación.
Sería inapropiado, incluso si fuera posible, discutir las dificultades y los problemas no resueltos que hasta ahora han encontrado los evolucionistas, y que probablemente seguirán desconcertándole durante generaciones, en el curso de esta breve historia de la recepción de la gran obra del Sr. Darwin. Pero hay dos o tres objeciones de carácter más general, basadas, o supuestamente basadas, en fundamentos filosóficos y teológicos, que fueron expresadas ruidosamente en los primeros días de la controversia darwiniana, y que, aunque han sido respondidas una y otra vez, surgen de vez en cuando hasta el día de hoy.
La más singular de estas falacias, quizás inmortales, que viven, al estilo de Titono, cuando el sentido y la fuerza las han abandonado hace mucho tiempo, es la que acusa al Sr. Darwin de haber intentado reinstaurar a la vieja diosa pagana, el Azar. Se dice que él supone que las variaciones ocurren «por azar», y que los más aptos sobreviven a los «azares» de la lucha por la existencia, y así se sustituye el «azar» por el diseño providencial.
No es poco maravilloso que una acusación como esta sea traída contra un escritor que ha advertido, una y otra vez, a sus lectores que cuando usa la palabra «espontáneo», simplemente significa que ignora la causa de lo que se denomina así; y cuya teoría entera se desmorona si se niega la uniformidad y regularidad de la causalidad natural durante inconmensurables edades pasadas. Pero probablemente la mejor respuesta a aquellos que hablan de que el darwinismo significa el reinado del «azar», es preguntarles ¿qué entienden ellos mismos por «azar»? ¿Creen que algo en este universo ocurre sin razón o sin causa? ¿Conciben realmente que algún acontecimiento no tiene causa, y que no podría haber sido predicho por nadie que tuviera una visión suficiente del orden de la Naturaleza? Si lo hacen, son ellos los herederos de la superstición y la ignorancia antiguas, y sus mentes nunca han sido iluminadas por un rayo de pensamiento científico. El único acto de fe del converso a la ciencia es la confesión de la universalidad del orden y de la validez absoluta en todos los tiempos y bajo todas las circunstancias, de la ley de la causalidad. Esta confesión es un acto de fe porque, por la naturaleza del caso, la verdad de tales proposiciones no es susceptible de prueba. Pero tal fe no es ciega, sino razonable; porque es invariablemente confirmada por la experiencia, y constituye el único fundamento fiable para toda acción.
Si uno de estos individuos, en quienes el culto al azar de nuestros ancestros más remotos sobrevive de forma tan extraña, estuviera al alcance del mar cuando sopla un fuerte vendaval, que se dirija a la orilla y observe la escena. Que note la infinita variedad de formas y tamaños de las olas que se agitan en el mar; o las curvas de sus rompientes coronadas de espuma, mientras se estrellan contra las rocas; que escuche el rugido y el grito del guijarro al ser arrojado y arrastrado por la playa; o que mire los copos de espuma mientras son arrastrados de aquí para allá por el viento; o note el juego de colores, que responde a un rayo de sol cuando cae sobre las innumerables burbujas. Seguramente aquí, si en algún lugar, dirá que el azar es supremo, y doblará la rodilla como alguien que ha entrado en los mismísimos penetralia de su divinidad. Pero el hombre de ciencia sabe que aquí, como en todas partes, se manifiesta un orden perfecto; que no hay una curva de las olas, ni una nota en el coro aullante, ni un destello de arco iris en una burbuja, que no sea una consecuencia necesaria de las leyes establecidas de la naturaleza; y que con un conocimiento suficiente de las condiciones, una habilidad físico-matemática competente podría explicar, e incluso predecir, cada uno de estos eventos de «azar».
Una segunda objeción muy común a las opiniones del Sr. Darwin fue (y es) que abolían la Teleología y vaciaban el argumento del diseño. Hace casi veinte años que me aventuré a ofrecer algunas observaciones sobre este tema, y como mis argumentos aún no han recibido refutación, espero que se me excuse por reproducirlos. Observé: «que la doctrina de la Evolución es la oponente más formidable de todas las formas más comunes y groseras de Teleología. Pero quizás el servicio más notable a la Filosofía de la Biología prestado por el Sr. Darwin es la reconciliación de la Teleología y la Morfología, y la explicación de los hechos de ambas, que ofrecen sus puntos de vista. La teleología que supone que el ojo, tal como lo vemos en el hombre, o en uno de los vertebrados superiores, fue hecho con la estructura precisa que exhibe, con el propósito de permitir ver al animal que lo posee, ha recibido indudablemente su golpe de gracia. No obstante, es necesario recordar que hay una teleología más amplia que no es tocada por la doctrina de la Evolución, sino que está realmente basada en la proposición fundamental de la Evolución. Esta proposición es que el mundo entero, vivo y no vivo, es el resultado de la interacción mutua, de acuerdo con leyes definidas, de las fuerzas (me gustaría ahora sustituir la palabra fuerzas por poderes) poseídas por las moléculas de las que estaba compuesta la nebulosidad primitiva del universo. Si esto es cierto, no es menos cierto que el mundo existente yacía potencialmente en el vapor cósmico, y que una inteligencia suficiente podría, a partir del conocimiento de las propiedades de las moléculas de ese vapor, haber predicho, digamos, el estado de la fauna de Gran Bretaña en 1869, con tanta certeza como uno puede decir lo que le sucederá al vapor del aliento en un día frío de invierno...
...Los puntos de vista teleológico y mecánico de la naturaleza no son, necesariamente, mutuamente excluyentes. Por el contrario, cuanto más puramente mecanicista es el especulador, más firmemente asume una disposición molecular primordial de la cual todos los fenómenos del universo son las consecuencias, y más completamente queda por ello a merced del teleólogo, quien siempre puede desafiarle a refutar que esta disposición molecular primordial no tenía la intención de evolucionar los fenómenos del universo». (El «Genealogy of Animals» ('The Academy', 1869), reimpreso en 'Critiques and Addresses'.)
El agudo campeón de la Teleología, Paley, no vio dificultad en admitir que la «producción de las cosas» puede ser el resultado de trenes de disposiciones mecánicas fijadas de antemano por designio inteligente y mantenidas en acción por un poder en el centro ('Natural Theology', capítulo xxiii.), es decir, aceptó proféticamente la doctrina moderna de la Evolución; y sus sucesores harían bien en seguir a su líder, o al menos en atender a sus importantes razonamientos, antes de precipitarse en un antagonismo que no tiene fundamento razonable.
Habiéndose librado de la creencia en el azar y la incredulidad en el diseño, como no siendo en ningún sentido accesorios de la Evolución, el tercer libelo contra esa doctrina, que es antiteísta, podría quizás dejarse a su propia suerte. Pero la persistencia con la que muchas personas se niegan a sacar las consecuencias más claras de las proposiciones que profesan aceptar, hace aconsejable señalar que la doctrina de la Evolución no es ni antiteísta ni teísta. Simplemente no tiene más que ver con el Teísmo que el primer libro de Euclides. Es bastante cierto que un huevo fresco normal no contiene ni gallo ni gallina; y también es tan cierto como cualquier proposición en física o moral, que si tal huevo se mantiene bajo condiciones adecuadas durante tres semanas, se encontrará en él un pollo, gallo o gallina. También es bastante cierto que si la cáscara fuera transparente, seríamos capaces de observar la formación de la joven ave, día a día, mediante un proceso de evolución, desde un germen celular microscópico hasta su tamaño y complicación de estructura completos. Por tanto, la Evolución, en el sentido más estricto, está ocurriendo realmente en este y en otros millones y millones de casos análogos, dondequiera que existan criaturas vivas. Por tanto, tomando prestado un argumento de Butler, como lo que ahora sucede debe ser consistente con los atributos de la Deidad, si tal Ser existe, la Evolución debe ser consistente con esos atributos. Y, si es así, la evolución del universo, que no es ni más ni menos explicable que la de un pollo, también debe ser consistente con ellos. La doctrina de la Evolución, por tanto, ni siquiera entra en contacto con el Teísmo, considerado como una doctrina filosófica. Con lo que sí colisiona, y con lo que es absolutamente inconsistente, es con la concepción de la creación, que los especuladores teológicos han basado en la historia narrada en el inicio del libro del Génesis.
Hay una gran cantidad de conversaciones y no pocas lamentaciones sobre las llamadas dificultades religiosas que la ciencia física ha creado. En la ciencia teológica, de hecho, no ha creado ninguna. No se presenta ni un solo problema al Teísta filosófico, en la actualidad, que no haya existido desde el momento en que los filósofos comenzaron a pensar en los fundamentos lógicos y las consecuencias lógicas del Teísmo. Todas las perplejidades reales o imaginarias que fluyen de la concepción del universo como un mecanismo determinado, están igualmente involucradas en la asunción de una Deidad Eterna, Omnipotente y Omnisciente. El equivalente teológico de la concepción científica de orden es la Providencia; y la doctrina del determinismo se sigue tan seguramente de los atributos de presciencia asumidos por el teólogo, como de la universalidad de la causalidad natural asumida por el hombre de ciencia. Los ángeles en 'Paradise Lost' habrían encontrado la tarea de iluminar a Adán sobre los misterios del «Destino, Presciencia y Libre albedrío» no un ápice más difícil, si su alumno hubiera sido educado en una «Real-schule» y formado en cada laboratorio de una universidad moderna. Con respecto a los grandes problemas de la Filosofía, la generación post-darwiniana está, en cierto sentido, exactamente donde estaban las generaciones pre-darwinianas. Permanecen insolubles. Pero la generación actual tiene la ventaja de estar mejor provista de los medios para liberarse de la tiranía de ciertas falsas soluciones.
Lo conocido es finito, lo desconocido infinito; intelectualmente nos encontramos en un islote en medio de un océano ilimitable de inexplicabilidad. Nuestra tarea en cada generación es reclamar un poco más de tierra, añadir algo a la extensión y la solidez de nuestras posesiones. Y aun un vistazo superficial a la historia de las ciencias biológicas durante el último cuarto de siglo es suficiente para justificar la afirmación de que el instrumento más potente para la extensión del reino del conocimiento natural que ha caído en manos de los hombres, desde la publicación de los 'Principia' de Newton, es el 'Origen de las especies' de Darwin.
Fue mal recibido por la generación a la que fue dirigido en primer lugar, y la efusión de disparates coléricos a la que dio lugar es triste de recordar. Pero la generación actual probablemente se comportará igual de mal si surgiera otro Darwin y les infligiera aquello que la generalidad de la humanidad más odia: la necesidad de revisar sus convicciones. Que sean, pues, caritativos con nosotros los antiguos; y si no se comportan mejor que los hombres de mis días ante algún nuevo benefactor, que recuerden que, después de todo, nuestra ira no llegó a mucho y se desahogó principalmente en el mal lenguaje de los regañones santurrones. Que realicen con la mayor rapidez una media vuelta estratégica y sigan a la verdad adondequiera que conduzca. Los oponentes de la nueva verdad descubrirán, como están haciendo los de Darwin, que, después de todo, las teorías no alteran los hechos y que el universo permanece inafectado aunque los textos se desmoronen. O puede ser que, como la historia se repite, su feliz ingenio también descubra que el vino nuevo es exactamente de la misma cosecha que el viejo, y que (visto correctamente) las botellas viejas demuestran haber sido hechas expresamente para contenerlo.