LITTLE WOMEN O Meg, Jo, Beth y Amy
POR LOUISA M. ALCOTT
AUTORA DE "LITTLE MEN", "AN OLD-FASHIONED GIRL", "SPINNING-WHEEL STORIES", ETC.
_Con más de 200 ilustraciones de Frank T. Merrill y un dibujo de la casa de las mujercitas por Edmund H. Garrett_
BOSTON LITTLE, BROWN, AND COMPANY
Registrado según el Acta del Congreso, en los años 1868 y 1869, por LOUISA M. ALCOTT, En la oficina del Secretario del Tribunal de Distrito del Distrito de Massachusetts.
Copyright, 1880, POR LOUISA M. ALCOTT.
Copyright, 1896, POR JOHN S. P. ALCOTT.
BOSTON ALFRED MUDGE & SON INC. IMPRESORES
"_Ve pues, mi pequeño libro, y muestra a todos los que te reciban y den la bienvenida, lo que guardas bien cerrado en tu pecho; y desea que lo que les muestras sea una bendición para su bien, que pueda hacerles elegir ser peregrinos mejores, con mucho, que tú o que yo. Háblales de Mercy; ella es alguien que temprano ha comenzado su peregrinaje. Sí, que las jóvenes aprendan de ella a valorar el mundo que ha de venir, y así sean sabias; pues las pequeñas doncellas pueden seguir a Dios a lo largo de los caminos que los pies santos han pisado._"
Adaptado de JOHN BUNYAN.
Primera parte.
CAPÍTULO
I. JUGANDO A SER PEREGRINOS
II. UNA FELIZ NAVIDAD
III. EL CHICO LAURENCE
IV. CARGAS
V. SIENDO VECINOS
VI. BETH ENCUENTRA EL PALACIO HERMOSO
VII. EL VALLE DE LA HUMILLACIÓN DE AMY
VIII. JO CONOCE A APOLIÓN
IX. MEG VA A LA FERIA DE LAS VANIDADES
X. EL P. C. Y EL P. O.
XI. EXPERIMENTOS
XII. CAMPAMENTO LAURENCE
XIII. CASTILLOS EN EL AIRE
XIV. SECRETOS
XV. UN TELEGRAMA
XVI. CARTAS
XVII. LA PEQUEÑA FIEL
XVIII. DÍAS OSCUROS
XIX. EL TESTAMENTO DE AMY
XX. CONFIDENCIAL
XXI. LAURIE HACE TRAVESURAS Y JO HACE LAS PACES
XXII. PRADERAS AMABLES
XXIII. LA TÍA MARCH RESUELVE EL ASUNTO
Segunda parte.
XXIV. CHISMES
XXV. LA PRIMERA BODA
XXVI. INTENTOS ARTÍSTICOS
XXVII. LECCIONES LITERARIAS
XXVIII. EXPERIENCIAS DOMÉSTICAS
XXIX. VISITAS
XXX. CONSECUENCIAS
XXXI. NUESTRO CORRESPONSAL EXTRANJERO
XXXII. PROBLEMAS TIERNOS
XXXIII. EL DIARIO DE JO
XXXIV. UN AMIGO
XXXV. AFLICCIÓN
XXXVI. EL SECRETO DE BETH
XXXVII. NUEVAS IMPRESIONES
XXXVIII. EN EL ESTANTE
XXXIX. LAURENCE EL PEREZOSO
XL. EL VALLE DE LA SOMBRA
XLI. APRENDIENDO A OLVIDAR
XLII. TOTALMENTE SOLA
XLIII. SORPRESAS
XLIV. MI SEÑOR Y MI SEÑORA
XLV. DAISY Y DEMI
XLVI. BAJO EL PARAGUAS
XLVII. TIEMPO DE COSECHA
[Las ilustraciones, diseñadas por FRANK T. MERRILL, dibujadas, grabadas y impresas bajo la supervisión de GEORGE T. ANDREW.]
PÁGINA
Todas se acercaron al fuego, mamá en el sillón grande, con Beth a sus pies
Prefacio
Contenido
Adorno final del contenido
Lista de ilustraciones
Adorno final de las ilustraciones
La Navidad no será Navidad sin regalos
Beth puso un par de zapatillas a calentar
Solía asustarme mucho cuando me tocaba sentarme en el sillón grande
Hazlo de este modo, junta tus manos así
Era una carta alegre y llena de esperanza
Cómo solíais jugar a El Progreso del Peregrino
Nadie más que Beth podía sacar mucha música del viejo piano
A las nueve dejaron de trabajar y cantaron como siempre
Feliz Navidad
La procesión se puso en marcha
Salió Meg con crin de caballo gris colgando alrededor de su cara
Una pequeña figura de blanco nublado
Los amantes arrodillándose para recibir la bendición de Don Pedro
Hablamos por encima de la valla
Adorno final
Comiendo manzanas y llorando sobre el "Heredero de Redclyffe"
Jo se encargó de apretar los rizos con papeles
La señora Gardiner las saludó
Cara a cara con el chico Laurence
Se sentaron en la escalera
Cuéntanos sobre la fiesta
El gatito se pegó como una lapa justo fuera de su alcance
Acurrucándose en el sillón grande
Leyendo ese eterno Belsham
¡Le tiró de la oreja! ¡de la oreja!
El señor Laurence pescó un pez grande
Adorno final
Siendo vecinos
Laurie abrió la ventana
Poll le arrancó la peluca
Poniendo su dedo bajo su barbilla
Por favor, dales esto a tu madre
Adorno final
Oh señor, ellas se preocupan mucho
El señor Laurence abría a menudo la puerta de su estudio
Ella puso ambos brazos alrededor de su cuello y lo besó
El Cíclope
Amy soportó sin inmutarse varios golpes punzantes
Tú sí la conoces
Muchachas, ¿a dónde vais?
Lo quemé
Sostuvo a Amy por sus brazos y el hockey
Haciendo la maleta para el viaje al extranjero
Apareció la pareja de Meg
Pidió ser presentado
Yo no lo haría, Meg
Sosteniendo la mano de cada una, la señora March dijo, etc.
El señor Pickwick
Jo abrió de golpe la puerta del armario
Jo pasó la mañana en el río
Amy se sentó a dibujar
¡Oh Pip! ¡Oh Pip!
La señorita Crocker hizo una mueca
Trabajaremos como abejas
Beth era la jefa de correos
Amy puso el broche de oro poniéndose una pinza de ropa en la nariz
El señor Laurence agitando su sombrero
Ahora, señorita Jo, voy a ajustarle las cuentas
Fue un almuerzo muy alegre
Él iba trotando por una calle tranquila
"Oh, levántate", dijo ella
Un golpe aturdidor del gran léxico griego
Él estornudó
El portugués caminó sobre el tablón
¿Me darás una rosa?
La señorita Kate se puso su monóculo
Ellen Tree
Adorno final
Balanceándose de un lado a otro en su hamaca
Era un cuadrito bastante bonito
Agitó una rama ante su cara
Lo veo inclinarse y sonreír
Adorno final
Jo estaba muy ocupada
Hurra por la señorita March
Jo salió disparada
Jo se tumbó en el sofá y fingió leer
Noviembre es el mes más desagradable del año
Una de esas horribles cosas de telégrafo
Se encontró de repente con el señor Brooke
El hombre esquiló
Adorno final
Cartas
Ella se alejó rodando
Doy cuerda al reloj
Suyo respetuosamente, Hannah Mullet
Adorno final
No se movió, y supe que estaba muerto
Él se sentó a su lado
¿Qué quieres ahora?
Beth tuvo la fiebre
Acariciando suavemente su cabeza como solía hacer su madre
El testamento de Amy
Lustra las cucharas y la tetera de plata gruesa
De espaldas, con todas sus patas al aire
Yo elegiría este
Paseó gravemente de un lado a otro
El testamento de Amy
Adorno final
La señora March no dejaba el lado de Beth
Adorno final
Cartas
Jo y su madre estaban leyendo la nota
Levántate y no seas boba
"¡Cállate!", gritó Jo, tapándose los oídos
Él estaba al pie, como un león en el camino
Beth pronto pudo estar todo el día en el sofá del estudio
La Jungfrau
Asomando su cabeza de vez en cuando
Él se sentó en el sillón grande junto al sofá de Beth con las otras tres muy cerca
¿Quieres que te diga cómo?
Dios mío, ¿qué es todo esto?
Para la señora John Brooke
La casa de las mujercitas
La pajarera
Una pequeña carraca de vigilante
Adorno final
La primera boda
Intentos artísticos
Su pie quedó atrapado en una bandeja llena de yeso
Por favor, no lo hagas, es mío
Adorno final
Lecciones literarias
Un cheque por cien dólares
Adorno final
Experiencias domésticas
Ambas se sentían desesperadamente incómodas
Un buen trato, se lo aseguro, señora
Laurie cerró heroicamente los ojos mientras algo era puesto en sus brazos
Visitas
Ella llevó la silla de montar al caballo
Podría haber sido peor
La visita a casa de la tía March
Adorno final
Tendrás otra mesa
Compró todos los ramos
Adorno final
Flo y yo pedimos un coche de alquiler
Todo el mundo fue muy amable, especialmente los oficiales
He visto a la familia imperial varias veces
Tratando de dibujar la cabeza de león de piedra gris en la pared
Ella apoyó su cabeza sobre sus manos
Bueno, esto llena por el precio
Arriba con los gorros de Bonnie Dundee
Me divertí dejando caer galletas de jengibre sobre el asiento
Thou shalt haf thy Bhaer
Él agitó su mano, calcetín y todo
Dis is mine effalunt
Me senté en el suelo y leí y miré y comí
Adorno final
En presencia de tres caballeros
Un simposio selecto
Él no se arregla ante el espejo antes de venir
Jo metió todo el paquete en la estufa
Él puso a las hermanas en el carruaje
Él apoyó su cabeza en el poste cubierto de musgo
Oh Jo, ¿no puedes?
Adorno final
Con su cabeza en el regazo de Jo, mientras el viento soplaba saludablemente sobre ella
Adorno final
Él se apresuró hacia adelante para encontrarse con ella
Aquí están tus flores
Demi y Daisy
Mornin' now
Mi querido hombre, es un sombrero
Adorno final
Se sentó a tocar la flauta sobre una piedra mientras sus cabras saltaban
Laurie se tiró sobre el césped
Un boceto rápido de Laurie domando un caballo
El valle de la sombra
Adorno final
Se quedó mirando hacia los bustos
Girando el anillo pensativamente sobre su dedo
Oh Laurie, Laurie, sabía que vendrías
Qué bien tiramos juntos
Jo y su padre
Jo apoyó su cabeza en una cómoda bolsa de trapos y lloró
Un fantasma sustancial y realista inclinado sobre ella
El alto tío procedió a zarandear y despeinar al pequeño sobrino
Oh señor Bhaer, estoy tan contenta de verlo
El señor Bhaer cantó con entusiasmo
La señora Laurence sentada en el regazo de su madre
Empezaron a pasear de un lado a otro
Adorno final
Me loves evvybody
¿Qué hace que mis piernas se muevan, dranpa?
Dranpa, es un We
Adorno final
El señor Bhaer y Jo disfrutaban de paseos
Mirando hacia arriba vio al señor Bhaer
¿Le parece bien, señor Bhaer?
Bajo el paraguas
Adorno final
Tiempo de cosecha
Teddy tenía una vida protegida
Dejando a la señora March y a sus hijas bajo el árbol festivo
Adorno final
I.
JUGANDO A SER PEREGRINOS.
"La Navidad no será Navidad sin regalos", refunfuñó Jo, tumbada en la alfombra.
"¡Es tan terrible ser pobres!", suspiró Meg, mirando su viejo vestido.
"No me parece justo que algunas chicas tengan muchas cosas bonitas y otras chicas nada en absoluto", añadió la pequeña Amy, con un sollozo de indignación.
"Tenemos a papá, a mamá y las unas a las otras", dijo Beth contenta, desde su rincón.
Las cuatro caras jóvenes sobre las que brillaba la luz del fuego se iluminaron ante las alegres palabras, pero se ensombrecieron de nuevo cuando Jo dijo con tristeza:
"No tenemos a papá, y no lo tendremos durante mucho tiempo". No dijo "quizá nunca", pero cada una lo añadió en silencio, pensando en papá lejos, donde estaba la lucha.
Nadie habló durante un minuto; entonces Meg dijo en un tono alterado:
"Sabéis que la razón por la que mamá propuso no hacer ningún regalo esta Navidad es porque va a ser un invierno difícil para todos; y ella piensa que no deberíamos gastar dinero en placeres cuando nuestros hombres están sufriendo tanto en el ejército. No podemos hacer mucho, pero podemos hacer nuestros pequeños sacrificios, y deberíamos hacerlo con gusto. Pero me temo que no lo hago"; y Meg sacudió la cabeza, mientras pensaba con pesar en todas las cosas bonitas que quería.
"Pero no creo que lo poco que gastaríamos hiciera algún bien. Cada una tenemos un dólar, y el ejército no saldría muy ayudado si lo damos. Estoy de acuerdo en no esperar nada de mamá o de vosotras, pero quiero comprar Undine y Sintram para mí; lo he deseado durante tanto tiempo", dijo Jo, que era una devoradora de libros.
"Planeé gastar el mío en música nueva", dijo Beth, con un pequeño suspiro, que nadie escuchó más que el cepillo de la chimenea y el agarrador de ollas.
"Me compraré una bonita caja de lápices de dibujo de Faber; realmente los necesito", dijo Amy con decisión.
"Mamá no dijo nada sobre nuestro dinero, y no querrá que renunciemos a todo. Compremos cada una lo que queramos y divirtámonos un poco; estoy segura de que trabajamos lo suficiente para ganarlo", gritó Jo, examinando los talones de sus zapatos de una manera caballeresca.
"Sé que yo lo hago... enseñando a esos niños pesados casi todo el día, cuando estoy deseando disfrutar en casa", comenzó Meg, de nuevo en tono de queja.
"Tú no tienes ni la mitad de dificultades que yo", dijo Jo. "¿Cómo te gustaría estar encerrada durante horas con una vieja dama nerviosa y quisquillosa, que te tiene trotando, nunca está satisfecha y te preocupa hasta que estás lista para saltar por la ventana o llorar?"
"Es malo quejarse; pero creo que lavar los platos y mantener las cosas ordenadas es el peor trabajo del mundo. Me pone de mal humor; y mis manos se ponen tan rígidas que no puedo practicar nada bien"; y Beth miró sus manos ásperas con un suspiro que cualquiera pudo oír esa vez.
"No creo que ninguna de vosotras sufra como yo", gritó Amy; "porque no tenéis que ir a la escuela con chicas impertinentes, que te molestan si no sabes las lecciones, y se ríen de tus vestidos, y etiquetan a tu padre si no es rico, y te insultan cuando tu nariz no es bonita".
"Si quieres decir calumniar, diría eso, y no hablar de etiquetas, como si papá fuera un frasco de pepinillos", aconsejó Jo, riendo.
"Sé lo que quiero decir, y no hace falta que seas satírica al respecto. Es propio usar buenas palabras y mejorar tu vocabulario", respondió Amy, con dignidad.
"No os picoteéis unas a otras, niñas. ¿No deseáis que tuviéramos el dinero que papá perdió cuando éramos pequeñas, Jo? ¡Dios mío! ¡qué felices y buenas seríamos si no tuviéramos preocupaciones!", dijo Meg, que recordaba tiempos mejores.
"Dijiste el otro día que pensabas que éramos mucho más felices que los hijos de King, porque ellos se peleaban y se quejaban todo el tiempo, a pesar de su dinero".
"Eso dije, Beth. Bueno, creo que lo somos; porque, aunque tenemos que trabajar, creamos nuestra propia diversión y somos un grupo bastante alegre, como diría Jo".
"¡Jo usa muchas palabras de argot!", observó Amy, con una mirada reprobatoria a la larga figura estirada en la alfombra. Jo se sentó inmediatamente, metió las manos en los bolsillos y empezó a silbar.
"No, Jo; ¡es muy de chico!"
"Por eso lo hago".
"¡Detesto a las chicas groseras y poco femeninas!"
"¡Odio a las chicas afectadas y remilgadas!"
"'Los pajaritos en sus nidos están de acuerdo'", cantó Beth, la pacificadora, con una cara tan divertida que ambas voces agudas se suavizaron hasta convertirse en una risa, y el "picoteo" terminó por esa vez.
"De verdad, niñas, ambas tienen la culpa", dijo Meg, empezando a sermonear a su manera de hermana mayor. "Eres lo suficientemente mayor para dejar las artimañas de chico y comportarte mejor, Josephine. No importaba tanto cuando eras pequeña; pero ahora que eres tan alta y te recoges el pelo, deberías recordar que eres una señorita".
"¡No lo soy! Y si recogerme el pelo me hace ser una, lo llevaré en dos colas hasta los veinte", gritó Jo, quitándose la redecilla y sacudiendo una melena castaña. "¡Odio pensar que tengo que crecer, y ser la señorita March, y llevar vestidos largos, y parecer tan remilgada como una flor de China! ¡Es bastante malo ser una chica, de todos modos, cuando me gustan los juegos, el trabajo y los modales de los chicos! ¡No puedo superar mi decepción por no ser un chico; y es peor que nunca ahora, porque me muero por ir a luchar con papá, y solo puedo quedarme en casa y tejer, como una vieja pesada!" Y Jo sacudió el calcetín azul del ejército hasta que las agujas sonaron como castañuelas y su ovillo rebotó por toda la habitación.
"¡Pobre Jo! Es una pena, pero no se puede evitar; así que debes intentar contentarte con hacer tu nombre varonil y jugar a ser hermano para nosotras", dijo Beth, acariciando la cabeza áspera en su rodilla con una mano que todo el lavado de platos y el polvo del mundo no pudo hacer que perdiera la suavidad de su tacto.
"En cuanto a ti, Amy", continuó Meg, "eres demasiado particular y remilgada. Tus aires son graciosos ahora; pero crecerás siendo una pequeña gansa afectada si no tienes cuidado. Me gustan tus buenos modales y tu forma refinada de hablar, cuando no intentas ser elegante; pero tus palabras absurdas son tan malas como el argot de Jo".
"Si Jo es una marimacho y Amy una gansa, ¿qué soy yo, por favor?", preguntó Beth, lista para compartir el sermón.
"Eres un encanto, y nada más", respondió Meg calurosamente; y nadie la contradijo, pues la "Ratita" era la mascota de la familia.
Como a los jóvenes lectores les gusta saber "cómo se ve la gente", aprovecharemos este momento para hacerles un pequeño boceto de las cuatro hermanas, que se sentaron a tejer en el crepúsculo, mientras la nieve de diciembre caía silenciosamente afuera y el fuego crepitaba alegremente adentro. Era una habitación vieja y cómoda, aunque la alfombra estaba desteñida y los muebles eran muy sencillos; pues uno o dos cuadros bonitos colgaban de las paredes, los libros llenaban los huecos, crisantemos y rosas de Navidad florecían en las ventanas, y una atmósfera agradable de paz hogareña la invadía.
Margaret, la mayor de las cuatro, tenía dieciséis años y era muy bonita, siendo regordeta y clara, con grandes ojos, abundante pelo castaño suave, una boca dulce y manos blancas, de las cuales era algo vanidosa. Jo, de quince años, era muy alta, delgada y morena, y recordaba a un potro; pues nunca parecía saber qué hacer con sus largas extremidades, que le estorbaban mucho. Tenía una boca decidida, una nariz cómica y unos ojos grises y agudos, que parecían verlo todo y eran, por turnos, feroces, divertidos o reflexivos. Su pelo largo y grueso era su única belleza; pero solía llevarlo recogido en una redecilla para que no le estorbara. Jo tenía los hombros caídos, manos y pies grandes, un aspecto descuidado en su ropa y la apariencia incómoda de una chica que rápidamente se estaba convirtiendo en mujer y no le gustaba. Elizabeth, o Beth, como todos la llamaban, era una chica de trece años sonrosada, de pelo liso y ojos brillantes, con un modo tímido, una voz temerosa y una expresión pacífica que rara vez se perturbaba. Su padre la llamaba "Pequeña Tranquilidad", y el nombre le iba excelentemente; pues parecía vivir en un mundo feliz propio, aventurándose solo a salir para encontrarse con los pocos en quienes confiaba y a quienes amaba. Amy, aunque la menor, era una persona importantísima, al menos en su propia opinión. Una auténtica doncella de nieve, con ojos azules y pelo amarillo, rizado sobre los hombros, pálida y esbelta, y siempre llevándose a sí misma como una señorita consciente de sus modales. Cuáles eran los caracteres de las cuatro hermanas, dejaremos que se descubra.
El reloj dio las seis; y, después de barrer la chimenea, Beth puso un par de zapatillas a calentar. De alguna manera, la visión de los zapatos viejos tuvo un buen efecto en las chicas; pues mamá estaba llegando, y todas se animaron para darle la bienvenida. Meg dejó de sermonear y encendió la lámpara, Amy se levantó del sillón sin que se lo pidieran, y Jo olvidó lo cansada que estaba mientras se sentaba para acercar las zapatillas a la llama.
"Están totalmente gastadas; Marmee debe tener un par nuevo".
"Pensé en comprarle unas con mi dólar", dijo Beth.
"¡No, lo haré yo!", gritó Amy.
"Soy la mayor", comenzó Meg, pero Jo intervino con un decidido:
"Ahora que papá no está, soy el hombre de la familia, y yo proporcionaré las zapatillas, pues me dijo que cuidara especialmente a mamá mientras él no estuviera".
"Os diré lo que haremos", dijo Beth; "comprémosle cada una algo para Navidad y no compremos nada para nosotras".
"¡Eso es como tú, querida! ¿Qué conseguiremos?", exclamó Jo.
Todas pensaron con sobriedad durante un minuto; entonces Meg anunció, como si la idea le hubiera venido al ver sus propias manos bonitas: "Le daré un buen par de guantes".
"Zapatos militares, los mejores que haya", gritó Jo.
"Unos pañuelos, todos con dobladillo", dijo Beth.
"Compraré una botellita de colonia; le gusta, y no costará mucho, así que me quedará algo para comprar mis lápices", añadió Amy.
"¿Cómo le daremos las cosas?", preguntó Meg.
"Ponedlas sobre la mesa, tráedla y ved cómo abre los paquetes. ¿No recordáis cómo solíamos hacer en nuestros cumpleaños?", respondió Jo.
"Solía asustarme mucho cuando me tocaba sentarme en el sillón grande con la corona puesta y veros a todas marchar alrededor para darme los regalos, con un beso. Me gustaban las cosas y los besos, pero era terrible que os sentarais a mirarme mientras abría los paquetes", dijo Beth, que estaba tostándose la cara y el pan para el té, al mismo tiempo.
"Que Marmee piense que estamos comprando cosas para nosotras, y luego sorprendámosla. Tenemos que ir de compras mañana por la tarde, Meg; hay mucho que hacer para la obra de la noche de Navidad", dijo Jo, marchando de un lado a otro, con las manos a la espalda y la nariz en el aire.
"No pienso actuar más después de esta vez; me estoy haciendo demasiado mayor para esas cosas", observó Meg, que era tan niña como siempre respecto a las diversiones de "disfrazarse".
—No dejarás de hacerlo, lo sé, mientras puedas pasearte con un camisón blanco, el pelo suelto y joyas de papel dorado. Eres la mejor actriz que tenemos, y todo se acabará si dejas las tablas —dijo Jo—. Deberíamos ensayar esta noche. Ven aquí, Amy, y haz la escena del desmayo, porque estás tan rígida como un palo en ella.
—No puedo evitarlo; nunca he visto desmayarse a nadie y no pienso ponerme toda llena de moratones por caerme de plano como haces tú. Si puedo bajar suavemente, me dejaré caer; si no, me desplomaré en una silla y seré elegante; no me importa si Hugo viene hacia mí con una pistola —respondió Amy, quien no estaba dotada de talento dramático, pero fue elegida porque era lo bastante pequeña para ser sacada de escena gritando por el villano de la obra.
—Hazlo de esta manera; junta las manos así, y tambaléate por la habitación, gritando frenéticamente: "¡Roderigo! ¡sálvame! ¡sálvame!" —y Jo se lanzó, con un grito melodramático que fue verdaderamente emocionante.
Amy la siguió, pero sacó las manos rígidamente ante sí y se sacudió mientras avanzaba como si se moviera por mecanismos; y su "¡Ay!" sugería más que le estuvieran clavando alfileres que miedo y angustia. Jo lanzó un gemido de desesperación y Meg soltó una carcajada, mientras Beth dejaba que su pan se quemara mientras observaba la diversión con interés.
—¡No sirve de nada! Haz lo mejor que puedas cuando llegue el momento, y si el público se ríe, no me culpes a mí. Vamos, Meg.
Entonces las cosas fueron sobre ruedas, pues Don Pedro desafió al mundo en un discurso de dos páginas sin una sola pausa; Hagar, la bruja, cantó un conjuro terrible sobre su caldero lleno de sapos a fuego lento, con un efecto extraño; Roderigo rompió sus cadenas varonilmente, y Hugo murió en agonías de remordimiento y arsénico, con un salvaje "¡Ja! ¡ja!".
—Es lo mejor que hemos hecho hasta ahora —dijo Meg, mientras el villano muerto se sentaba y se frotaba los codos.
—No entiendo cómo puedes escribir y actuar cosas tan espléndidas, Jo. ¡Eres una Shakespeare en toda regla! —exclamó Beth, quien creía firmemente que sus hermanas estaban dotadas de un genio maravilloso para todo.
—No tanto —respondió Jo con modestia—. Creo que "La maldición de la bruja, una tragedia operística", es algo bastante bueno; pero me gustaría probar con Macbeth, si tan solo tuviéramos una trampilla para Banquo. Siempre he querido hacer la parte del asesinato. "¿Es eso una daga lo que veo ante mí?" —murmuró Jo, poniendo los ojos en blanco y agarrando el aire, tal como había visto hacer a un famoso tragediante.
—No, es el tenedor de tostar, con el zapato de mamá en lugar del pan. ¡Beth está contagiada por el teatro! —gritó Meg, y el ensayo terminó en un estallido general de risas.
—Me alegra verlas tan alegres, mis niñas —dijo una voz jovial en la puerta, y las actrices y el público se giraron para dar la bienvenida a una dama alta y maternal, con un aire de "¿puedo ayudaros?" que resultaba verdaderamente delicioso. No iba vestida con elegancia, pero era una mujer de aspecto noble, y las chicas pensaban que la capa gris y el sombrero pasado de moda cubrían a la madre más espléndida del mundo.
—Bueno, queridas, ¿cómo les ha ido hoy? Había tanto que hacer preparando las cajas para enviarlas mañana que no vine a comer a casa. ¿Ha llamado alguien, Beth? ¿Cómo va tu resfriado, Meg? Jo, pareces agotada. Ven y dame un beso, bebé.
Mientras hacía estas preguntas maternales, la señora March se quitó las cosas mojadas, se puso sus pantuflas calientes y, sentándose en el sillón, atrajo a Amy a su regazo, preparándose para disfrutar de la hora más feliz de su ajetreado día. Las chicas revoloteaban tratando de hacer las cosas cómodas, cada una a su manera. Meg preparó la mesa del té; Jo trajo leña y puso las sillas, dejando caer, volcando y haciendo ruido con todo lo que tocaba; Beth trotaba de un lado a otro entre el salón y la cocina, tranquila y ocupada; mientras Amy daba instrucciones a todas mientras permanecía sentada con las manos cruzadas.
Mientras se reunían alrededor de la mesa, la señora March dijo, con un rostro especialmente feliz: "Tengo un regalo para ustedes después de la cena".
Una sonrisa rápida y brillante recorrió la sala como un rayo de sol. Beth aplaudió, sin importarle la galleta que sostenía, y Jo lanzó su servilleta al aire, gritando: "¡Una carta! ¡una carta! ¡Tres hurras por papá!".
—Sí, una carta larga y agradable. Él está bien y cree que pasará la temporada de frío mejor de lo que temíamos. Envía toda clase de deseos cariñosos para Navidad y un mensaje especial para ustedes, chicas —dijo la señora March, dando palmaditas en su bolsillo como si tuviera allí un tesoro.
—¡Date prisa y termina! No te detengas a mover el dedo meñique ni a sonreír sobre tu plato, Amy —gritó Jo, atragantándose con su té y dejando caer su pan, con la parte de la mantequilla hacia abajo, sobre la alfombra en su prisa por llegar al regalo.
Beth no comió más, sino que se escabulló para sentarse en su rincón sombrío y reflexionar sobre la alegría que vendría, hasta que las demás estuvieron listas.
—Creo que fue espléndido por parte de papá ir como capellán cuando era demasiado mayor para ser reclutado y no tenía fuerzas para ser soldado —dijo Meg con entusiasmo.
—¿No desearía poder ir como tamborilera, una vivan... cómo se llame? o enfermera, para poder estar cerca de él y ayudarlo —exclamó Jo con un gemido.
—Debe ser muy desagradable dormir en una tienda de campaña, comer toda clase de cosas de mal sabor y beber de una taza de lata —suspiró Amy.
—¿Cuándo vendrá a casa, Mamá? —preguntó Beth, con un pequeño temblor en la voz.
—No antes de muchos meses, querida, a menos que esté enfermo. Se quedará y hará su trabajo fielmente mientras pueda, y no pediremos que regrese ni un minuto antes de que pueda ser relevado. Ahora vengan a escuchar la carta.
Todas se acercaron al fuego, mamá en el sillón grande con Beth a sus pies, Meg y Amy encaramadas en cada brazo de la silla, y Jo apoyada en el respaldo, donde nadie vería ninguna señal de emoción si la carta resultara ser conmovedora.
Muy pocas cartas se escribían en aquellos tiempos difíciles que no fueran conmovedoras, especialmente las que los padres enviaban a casa. En esta, poco se decía de las privaciones sufridas, los peligros afrontados o la nostalgia vencida; era una carta alegre y esperanzadora, llena de vívidas descripciones de la vida en el campamento, las marchas y las noticias militares; y solo al final el corazón del escritor se desbordó de amor paternal y anhelo por sus pequeñas niñas en casa.
"Dales a todas mi cariño y un beso. Diles que pienso en ellas de día, rezo por ellas de noche y encuentro mi mayor consuelo en su afecto en todo momento. Un año parece mucho tiempo de espera antes de verlas, pero recuérdales que mientras esperamos podemos trabajar todas, para que estos días difíciles no se desperdicien. Sé que recordarán todo lo que les dije, que serán hijas cariñosas para ti, cumplirán con su deber fielmente, lucharán valientemente contra sus enemigos internos y se vencerán a sí mismas tan maravillosamente que, cuando regrese a ellas, podré estar más encariñado y orgulloso que nunca de mis mujercitas".
Todas sollozaron cuando llegaron a esa parte; Jo no se avergonzó de la gran lágrima que cayó de la punta de su nariz, y a Amy no le importó el desorden de sus rizos mientras escondía la cara en el hombro de su madre y sollozaba: "¡Soy una niña egoísta! pero de verdad intentaré ser mejor, para que no se sienta decepcionado conmigo poco a poco".
—¡Todas lo intentaremos! —gritó Meg—. Pienso demasiado en mi aspecto y odio trabajar, pero no lo haré más, si puedo evitarlo.
—Intentaré ser lo que a él le encanta llamarme, 'una mujercita', y no ser ruda y salvaje; sino cumplir con mi deber aquí en lugar de querer estar en otro lugar —dijo Jo, pensando que mantener su temperamento en casa era una tarea mucho más difícil que enfrentarse a un rebelde o dos en el Sur.
Beth no dijo nada, sino que se secó las lágrimas con el calcetín militar azul y comenzó a tejer con todas sus fuerzas, sin perder tiempo en hacer el deber que tenía más cerca, mientras resolvía en su pequeña y tranquila alma ser todo lo que papá esperaba encontrarla cuando el año trajera el feliz regreso a casa.
La señora March rompió el silencio que siguió a las palabras de Jo diciendo con su voz alegre: "¿Recuerdan cómo solían jugar al Progreso del Peregrino cuando eran pequeñas? Nada les deleitaba más que el que yo atara mis bolsas de retales a sus espaldas como cargas, les diera sombreros, bastones y rollos de papel, y las dejara viajar por la casa desde el sótano, que era la Ciudad de la Destrucción, hasta arriba, arriba, a la azotea, donde tenían todas las cosas encantadoras que podían reunir para hacer una Ciudad Celestial".
—¡Qué divertido era, especialmente pasar por los leones, luchar contra Apolión y atravesar el Valle donde estaban los trasgos! —dijo Jo.
—A mí me gustaba el lugar donde los fardos se caían y rodaban por las escaleras —dijo Meg.
—Mi parte favorita era cuando salíamos a la azotea plana donde estaban nuestras flores, cenadores y cosas bonitas, y todas nos poníamos de pie y cantábamos de alegría allí arriba bajo el sol —dijo Beth, sonriendo, como si ese momento placentero hubiera regresado a ella.
—No recuerdo mucho al respecto, excepto que tenía miedo del sótano y de la entrada oscura, y siempre me gustaba el pastel y la leche que tomábamos arriba en la cima. Si no fuera demasiado mayor para esas cosas, me gustaría volver a jugarlo —dijo Amy, quien comenzaba a hablar de renunciar a las cosas infantiles a la madura edad de doce años.
—Nunca somos demasiado mayores para esto, querida, porque es un juego que jugamos todo el tiempo de una forma u otra. Nuestras cargas están aquí, nuestro camino está ante nosotros, y el anhelo de bondad y felicidad es la guía que nos conduce a través de muchos problemas y errores a la paz que es una verdadera Ciudad Celestial. Ahora, mis pequeñas peregrinas, supongo que empiezan de nuevo, no jugando, sino en serio, y vean qué tan lejos pueden llegar antes de que papá vuelva a casa.
—¿De verdad, mamá? ¿Dónde están nuestros fardos? —preguntó Amy, quien era una jovencita muy literal.
—Cada una de ustedes dijo cuál era su carga hace un momento, excepto Beth; me parece que ella no tiene ninguna —dijo su madre.
—Sí, la tengo; la mía son los platos y los trapos, y envidiar a las chicas con pianos bonitos, y tener miedo de la gente.
El fardo de Beth era tan divertido que todas querían reírse; pero nadie lo hizo, pues le habría herido mucho sus sentimientos.
—Hagámoslo —dijo Meg pensativa—. Es solo otro nombre para intentar ser buenas, y la historia puede ayudarnos; porque aunque queremos ser buenas, es un trabajo duro, y nos olvidamos, y no damos lo mejor de nosotras.
—Estábamos en el Pantano del Desaliento esta noche, y mamá vino y nos sacó como Ayuda en el libro. Deberíamos tener nuestro rollo de instrucciones, como Cristiano. ¿Qué haremos con eso? —preguntó Jo, encantada con la fantasía que daba un poco de romance a la tarea tan aburrida de cumplir con su deber.
—Miren debajo de sus almohadas, la mañana de Navidad, y encontrarán su guía —respondió la señora March.
Hablaron sobre el nuevo plan mientras la vieja Hannah despejaba la mesa; luego salieron las cuatro pequeñas cestas de costura, y las agujas volaron mientras las chicas hacían sábanas para la tía March. Era una costura poco interesante, pero esta noche nadie se quejó. Adoptaron el plan de Jo de dividir las costuras largas en cuatro partes, y llamar a los cuartos Europa, Asia, África y América, y de esa manera avanzaron estupendamente, especialmente cuando hablaban de los diferentes países mientras cosían a través de ellos.
A las nueve dejaron de trabajar y cantaron, como de costumbre, antes de irse a la cama. Nadie más que Beth podía sacar mucha música del viejo piano; pero ella tenía una forma de tocar suavemente las teclas amarillas y hacer un acompañamiento agradable para las canciones sencillas que cantaban. Meg tenía una voz como una flauta, y ella y su madre dirigían al pequeño coro. Amy gorjeaba como un grillo, y Jo vagaba por las melodías a su libre albedrío, saliendo siempre en el lugar equivocado con un graznido o un trémolo que arruinaba la melodía más pensativa. Siempre habían hecho esto desde que podían balbucear:
"Estrellita, ¿dónde estás?",
y se había convertido en una costumbre doméstica, pues la madre era una cantante nata. El primer sonido por la mañana era su voz, mientras recorría la casa cantando como una alondra; y el último sonido por la noche era el mismo sonido alegre, pues las chicas nunca se hicieron demasiado mayores para esa familiar canción de cuna.
II.
UNA FELIZ NAVIDAD.
Jo fue la primera en despertar en el gris amanecer de la mañana de Navidad. No había calcetines colgados en la chimenea, y por un momento se sintió tan decepcionada como hace mucho tiempo, cuando su pequeño calcetín se cayó porque estaba tan lleno de golosinas. Luego recordó la promesa de su madre y, deslizando la mano bajo la almohada, sacó un pequeño libro de cubierta carmesí. Lo conocía muy bien, pues era esa hermosa y vieja historia de la mejor vida jamás vivida, y Jo sintió que era una verdadera guía para cualquier peregrino que emprendiera el largo viaje. Despertó a Meg con un "Feliz Navidad" y le pidió que viera lo que había bajo su almohada. Apareció un libro de cubierta verde, con la misma imagen en el interior, y unas pocas palabras escritas por su madre, lo que hizo que su único regalo fuera muy preciado a sus ojos. Poco después, Beth y Amy despertaron para hurgar y encontrar también sus pequeños libros, uno color paloma, el otro azul; y todas se sentaron a mirarlos y hablar de ellos, mientras el este se teñía de color de rosa con la llegada del día.
A pesar de sus pequeñas vanidades, Margaret tenía una naturaleza dulce y piadosa, que influía inconscientemente en sus hermanas, especialmente en Jo, quien la amaba muy tiernamente y la obedecía porque sus consejos se daban con mucha delicadeza.
—Chicas —dijo Meg seriamente, mirando desde la cabeza despeinada a su lado hasta las dos pequeñas con gorro de dormir en la habitación de al lado—, mamá quiere que leamos, amemos y obedezcamos estos libros, y debemos comenzar de inmediato. Solíamos ser fieles en ello; pero desde que papá se fue, y todo este problema de la guerra nos inquietó, hemos descuidado muchas cosas. Pueden hacer lo que quieran; pero yo mantendré mi libro en la mesa aquí, y leeré un poco cada mañana apenas despierte, porque sé que me hará bien y me ayudará durante el día.
Entonces abrió su nuevo libro y comenzó a leer. Jo puso su brazo alrededor de ella y, apoyando mejilla contra mejilla, leyó también, con la expresión tranquila tan raramente vista en su rostro inquieto.
—¡Qué buena es Meg! Vamos, Amy, hagamos como ellas. Yo te ayudaré con las palabras difíciles, y ellas nos explicarán las cosas si no entendemos —susurró Beth, muy impresionada por los bonitos libros y el ejemplo de sus hermanas.
—Me alegra que el mío sea azul —dijo Amy; y luego las habitaciones estuvieron muy silenciosas mientras las páginas se pasaban suavemente y el sol de invierno se colaba para tocar las cabezas brillantes y los rostros serios con un saludo de Navidad.
—¿Dónde está mamá? —preguntó Meg, mientras ella y Jo corrían abajo para agradecerle sus regalos, media hora después.
—Solo Dios sabe. Alguna pobre criatura vino a mendigar, y su mamá se fue directamente a ver qué se necesitaba. Nunca hubo una mujer igual para regalar víveres y bebida, ropa y leña —respondió Hannah, quien había vivido con la familia desde que Meg nació, y era considerada por todas ellas más como una amiga que como una sirvienta.
—Volverá pronto, creo; así que frían sus pasteles y tengan todo listo —dijo Meg, revisando los regalos que estaban recogidos en una cesta y guardados debajo del sofá, listos para ser presentados en el momento adecuado. "Vaya, ¿dónde está el frasco de colonia de Amy?", añadió, al ver que el pequeño frasco no aparecía.
—Lo sacó hace un minuto y se fue con él para ponerle una cinta o alguna ocurrencia así —respondió Jo, bailando por la habitación para quitarle la rigidez a las nuevas pantuflas militares.
—Qué bonitos se ven mis pañuelos, ¿verdad? Hannah los lavó y planchó para mí, y yo misma los marqué todos —dijo Beth, mirando con orgullo las letras algo desiguales que le habían costado tanto trabajo.
—¡Bendita sea la niña! ha ido y ha puesto 'Mamá' en ellos en lugar de 'M. March'. ¡Qué gracioso! —gritó Jo, tomando uno.
—¿No está bien? Pensé que era mejor hacerlo así, porque las iniciales de Meg son 'M. M.', y no quiero que nadie use esto excepto Mamá —dijo Beth, con aspecto preocupado.
—Está bien, querida, y es una idea muy bonita, bastante sensata también, porque nadie puede confundirse ahora. Sé que le gustará mucho —dijo Meg, con un ceño fruncido para Jo y una sonrisa para Beth.
—Ahí está mamá. ¡Esconde la cesta, rápido! —gritó Jo, mientras una puerta se cerraba de golpe y se oían pasos en el pasillo.
Amy entró apresuradamente y se vio algo avergonzada al ver a sus hermanas esperando por ella.
—¿Dónde has estado y qué escondes detrás de ti? —preguntó Meg, sorprendida al ver, por su capucha y capa, que la perezosa Amy había salido tan temprano.
—¡No te rías de mí, Jo! No quería que nadie lo supiera hasta que llegara el momento. Solo quería cambiar el frasco pequeño por uno grande, y di todo mi dinero para conseguirlo, y de verdad estoy intentando no ser egoísta nunca más.
Mientras hablaba, Amy mostró el hermoso frasco que reemplazaba al barato; y se veía tan sincera y humilde en su pequeño esfuerzo por olvidarse de sí misma que Meg la abrazó en el acto, y Jo la declaró "una campeona", mientras Beth corría a la ventana y recogía su rosa más fina para adornar el majestuoso frasco.
—Verán, me sentí avergonzada de mi regalo, después de leer y hablar de ser buena esta mañana, así que corrí a la esquina y lo cambié en cuanto me levanté; y estoy tan contenta, porque el mío es el más hermoso ahora.
Otro golpe de la puerta de la calle envió la cesta debajo del sofá y a las chicas a la mesa, ansiosas por desayunar.
—¡Feliz Navidad, Mamá! ¡Muchas de ellas! Gracias por nuestros libros; leímos un poco y tenemos la intención de hacerlo todos los días —gritaron en coro.
—¡Feliz Navidad, mis pequeñas hijas! Me alegra que hayan comenzado de inmediato y espero que continúen. Pero quiero decir una palabra antes de sentarnos. No lejos de aquí vive una mujer pobre con un bebé recién nacido. Seis niños están apiñados en una sola cama para no congelarse, porque no tienen fuego. No hay nada que comer allí; y el hijo mayor vino a decirme que estaban sufriendo hambre y frío. Mis niñas, ¿le darán su desayuno como regalo de Navidad?
Todas estaban inusualmente hambrientas, habiendo esperado casi una hora, y por un minuto nadie habló; solo un minuto, pues Jo exclamó impetuosamente:
—¡Estoy tan contenta de que vinieras antes de que empezáramos!
—¿Puedo ir y ayudar a llevar las cosas a los pobres niños pequeños? —preguntó Beth, con entusiasmo.
—Yo llevaré la nata y los panecillos —añadió Amy, renunciando heroicamente a los artículos que más le gustaban.
Meg ya estaba cubriendo los pasteles de trigo sarraceno y apilando el pan en un plato grande.
—Sabía que lo harían —dijo la señora March, sonriendo como si estuviera satisfecha—. Irán todas y me ayudarán, y cuando regresemos tomaremos pan con leche para el desayuno y lo compensaremos a la hora de la cena.
Pronto estuvieron listas y la procesión se puso en marcha. Afortunadamente era temprano y fueron por calles traseras, por lo que poca gente las vio y nadie se rió del extraño grupo.
Era una habitación pobre, desnuda y miserable, con ventanas rotas, sin fuego, ropa de cama raída, una madre enferma, un bebé llorando y un grupo de niños pálidos y hambrientos acurrucados bajo una vieja colcha, tratando de mantenerse calientes.
¡Cómo se abrieron los ojos y sonrieron los labios azules cuando entraron las chicas!
—¡Ach, mein Gott! ¡son ángeles buenos los que han venido a nosotros! —dijo la pobre mujer, llorando de alegría.
—Ángeles divertidos con capuchas y mitones —dijo Jo, y las hizo reír.
En unos minutos, realmente parecía como si espíritus bondadosos hubieran trabajado allí. Hannah, que había acarreado leña, hizo fuego y tapó los cristales rotos con sombreros viejos y su propia capa. La señora March le dio a la madre té y gachas, y la consoló con promesas de ayuda, mientras vestía al bebé tan tiernamente como si fuera suyo. Las chicas, mientras tanto, pusieron la mesa, sentaron a los niños alrededor del fuego y los alimentaron como a una bandada de pájaros hambrientos; riendo, hablando e intentando entender el divertido inglés entrecortado.
—¡Das ist gut! ¡Die Engel-kinder! —gritaron los pobres mientras comían y calentaban sus manos moradas ante la agradable hoguera.
A las chicas nunca antes las habían llamado «niños ángel» y les pareció muy agradable, especialmente a Jo, a quien habían considerado un «Sancho» desde que nació. Aquel fue un desayuno muy feliz, aunque ellas no probaron bocado; y cuando se fueron, dejando tras de sí un poco de alivio, creo que no hubo en toda la ciudad cuatro personas más alegres que las niñas hambrientas que regalaron sus desayunos y se conformaron con pan y leche en la mañana de Navidad.
—Eso es amar a nuestro prójimo más que a nosotros mismos, y me gusta —dijo Meg mientras disponían sus regalos, mientras su madre estaba arriba recogiendo ropa para los pobres Hummel.
No era un despliegue muy espléndido, pero había mucho cariño envuelto en los pocos paquetitos; y el alto jarrón de rosas rojas, crisantemos blancos y enredaderas que estaba en el medio le daba un aire bastante elegante a la mesa.
—¡Ya viene! ¡Empieza, Beth! ¡Abre la puerta, Amy! ¡Tres hurras por Marmee! —gritó Jo, saltando de alegría, mientras Meg iba a conducir a mamá al lugar de honor.
Beth tocó su marcha más alegre, Amy abrió la puerta de par en par y Meg hizo de escolta con gran dignidad. La señora March se sintió sorprendida y conmovida; y sonrió con los ojos llenos de lágrimas mientras examinaba sus regalos y leía las pequeñas notas que los acompañaban. Las zapatillas se las puso al momento, un pañuelo nuevo fue deslizado en su bolsillo, bien perfumado con el agua de colonia de Amy, la rosa fue prendida en su pecho y los bonitos guantes fueron declarados como «un ajuste perfecto».
Hubo muchas risas, besos y explicaciones, de la manera sencilla y cariñosa que hace que estas fiestas hogareñas sean tan agradables en el momento, tan dulces de recordar mucho tiempo después, y luego todas se pusieron manos a la obra.
Las obras de caridad y ceremonias de la mañana llevaron tanto tiempo que el resto del día se dedicó a los preparativos para las festividades de la noche. Siendo aún demasiado jóvenes para ir a menudo al teatro, y no lo suficientemente ricas como para permitirse grandes gastos en representaciones privadas, las chicas pusieron a trabajar su ingenio y —siendo la necesidad la madre de la invención— fabricaron todo lo que necesitaban. Muy ingeniosas fueron algunas de sus producciones: guitarras de cartón, lámparas antiguas hechas de lecheras de estilo antiguo cubiertas con papel plateado, magníficas túnicas de algodón viejo que brillaban con lentejuelas de hojalata de una fábrica de conservas, y armaduras cubiertas con los mismos útiles trozos en forma de diamante, que quedaban en láminas cuando se recortaban las tapas de las latas de conserva. Los muebles estaban acostumbrados a ser puestos patas arriba, y la gran cámara fue el escenario de muchas diversiones inocentes.
No se admitían caballeros; así que Jo interpretaba papeles masculinos a su gusto, y sentía una inmensa satisfacción con un par de botas de cuero color rojizo que le regaló una amiga, que conocía a una señora que conocía a un actor. Estas botas, un viejo florete y un jubón acuchillado que una vez usó un artista para algún cuadro, eran los principales tesoros de Jo y aparecían en todas las ocasiones. La pequeñez de la compañía hacía necesario que las dos actrices principales interpretaran varios papeles cada una; y sin duda merecían cierto crédito por el duro trabajo que hicieron al aprender tres o cuatro partes diferentes, entrando y saliendo de varios vestuarios y ocupándose además de la dirección escénica. Fue un excelente ejercicio para sus memorias, una diversión inofensiva, y empleó muchas horas que de otro modo habrían sido ociosas, solitarias o pasadas en una sociedad menos provechosa.
En la noche de Navidad, una docena de chicas se amontonaron en la cama que servía de palco y se sentaron ante las cortinas de cretona azul y amarilla en un estado de expectación de lo más halagador. Hubo mucho crujido y susurros detrás de la cortina, un poco de humo de lámpara y una risita ocasional de Amy, que solía ponerse histérica ante la emoción del momento. De repente sonó una campana, las cortinas se abrieron de golpe y comenzó la Tragedia Operística.
«Un bosque sombrío», según el único programa de mano, estaba representado por unos cuantos arbustos en macetas, un tapete verde en el suelo y una cueva a lo lejos. Esta cueva estaba hecha con un tendedero de ropa como techo y cómodas como paredes; y en ella había un pequeño horno a toda marcha, con una olla negra encima y una vieja bruja inclinada sobre él. El escenario estaba oscuro y el resplandor del horno producía un efecto excelente, especialmente porque salía vapor real de la tetera cuando la bruja quitaba la tapa. Se dejó un momento para que la primera emoción disminuyera; entonces Hugo, el villano, entró caminando con zancadas, una espada tintineante a su costado, un sombrero de ala caída, barba negra, capa misteriosa y las botas. Después de pasear de un lado a otro con mucha agitación, se golpeó la frente y prorrumpió en una estrofa salvaje, cantando sobre su odio hacia Roderigo, su amor por Zara y su agradable resolución de matar al primero y conquistar a la segunda. Los tonos roncos de la voz de Hugo, con algún que otro grito cuando sus sentimientos lo superaban, eran muy impresionantes, y el público aplaudía en cuanto él hacía una pausa para tomar aire. Inclinándose con el aire de alguien acostumbrado a los elogios públicos, se deslizó hacia la caverna y ordenó a Hagar que saliera con un imperioso: «¡Qué hay, esbirro! ¡Te necesito!».
Salió Meg, con crines de caballo grises colgando alrededor de su rostro, una túnica roja y negra, un bastón y signos cabalísticos sobre su capa. Hugo exigió una poción para hacer que Zara lo adorara y otra para destruir a Roderigo. Hagar, en una hermosa melodía dramática, prometió ambas y procedió a invocar al espíritu que traería el filtro de amor:
«¡Ven, ven, desde tu hogar, espíritu aéreo, te ordeno venir! Nacido de rosas, nutrido de rocío, ¿puedes brebajes y filtros cocer? Tráeme aquí, con velocidad de elfo, el fragante filtro que necesito; hazlo dulce, veloz y fuerte, ¡espíritu, responde ahora a mi canto!»
Sonó una suave melodía y entonces, al fondo de la cueva, apareció una pequeña figura de un blanco nublado, con alas brillantes, cabello dorado y una guirnalda de rosas en la cabeza. Agitando una varita, cantó:
«Aquí vengo, desde mi hogar aéreo, lejos en la luna de plata. Toma el hechizo mágico, y úsalo bien, ¡o su poder pronto se desvanecerá!»
Y, dejando caer una pequeña botella dorada a los pies de la bruja, el espíritu se desvaneció. Otro canto de Hagar produjo otra aparición, aunque no una encantadora; pues, con un estruendo, apareció un feo diablillo negro y, tras croar una respuesta, arrojó una botella oscura a Hugo y desapareció con una risa burlona. Tras haber gorjeado sus agradecimientos y guardado las pociones en sus botas, Hugo se marchó; y Hagar informó al público de que, como él había matado a algunos de sus amigos en tiempos pasados, ella lo había maldecido y tenía la intención de frustrar sus planes y vengarse de él. Entonces cayó el telón y el público descansó y comió dulces mientras discutía los méritos de la obra.
Se martilleó mucho antes de que se levantara el telón de nuevo; pero cuando quedó claro qué obra maestra de carpintería escénica se había preparado, nadie murmuró por el retraso. ¡Fue verdaderamente soberbio! Una torre se elevaba hasta el techo; a mitad de altura apareció una ventana con una lámpara encendida y, detrás de la cortina blanca, apareció Zara con un hermoso vestido azul y plateado, esperando a Roderigo. Él llegó con un atuendo magnífico, con gorra emplumada, capa roja, rizos castaños de enamorado, una guitarra y las botas, por supuesto. Arrodillado al pie de la torre, cantó una serenata con tonos melosos. Zara respondió y, tras un diálogo musical, accedió a huir. Entonces llegó el gran efecto de la obra. Roderigo sacó una escalera de cuerda, con cinco peldaños, lanzó un extremo hacia arriba e invitó a Zara a descender. Tímidamente ella se arrastró desde su celosía, puso su mano sobre el hombro de Roderigo y estaba a punto de saltar con gracia cuando, «¡Ay! ¡ay por Zara!», olvidó su cola: se enganchó en la ventana; la torre se tambaleó, se inclinó hacia adelante, ¡cayó con un estrépito y sepultó a los infelices amantes en las ruinas!
Un grito universal surgió mientras las botas rojizas se agitaban salvajemente entre los restos y una cabeza dorada emergía exclamando: «¡Te lo dije! ¡Te lo dije!». Con maravillosa presencia de ánimo, Don Pedro, el padre cruel, irrumpió, sacó a su hija con un rápido aparte:
«¡No te rías! ¡Actúa como si todo estuviera bien!»; y, ordenando a Roderigo que se levantara, lo desterró del reino con ira y desprecio. Aunque ciertamente sacudido por la caída de la torre sobre él, Roderigo desafió al viejo caballero y se negó a moverse. Este ejemplo intrépido encendió a Zara: ella también desafió a su padre, y él los condenó a ambos a las mazmorras más profundas del castillo. Un pequeño y robusto sirviente entró con cadenas y se los llevó, pareciendo muy asustado y olvidando evidentemente el discurso que debería haber dicho.
El tercer acto era el salón del castillo; y aquí apareció Hagar, habiendo venido a liberar a los amantes y acabar con Hugo. Lo escucha venir y se esconde; lo ve poner las pociones en dos copas de vino y ordenar al tímido sirviente: «Llévalas a los cautivos en sus celdas y diles que iré pronto». El sirviente lleva a Hugo a un lado para decirle algo, y Hagar cambia las copas por otras dos que son inofensivas. Ferdinando, el «esbirro», se las lleva, y Hagar vuelve a colocar la copa que contiene el veneno destinado a Roderigo. Hugo, al sentir sed después de un largo gorjeo, la bebe, pierde el juicio y, tras mucho forcejear y dar pisotones, cae de bruces y muere; mientras Hagar le informa de lo que ha hecho en una canción de extraordinario poder y melodía.
Esta fue una escena verdaderamente emocionante, aunque algunas personas podrían haber pensado que la repentina caída de una cantidad de cabello largo estropeaba un poco el efecto de la muerte del villano. Fue llamado ante el telón y apareció con gran propiedad, guiando a Hagar, cuyo canto fue considerado más maravilloso que todo el resto de la actuación junta.
El cuarto acto mostró al desesperado Roderigo a punto de apuñalarse a sí mismo, porque le han dicho que Zara lo ha abandonado. Justo cuando la daga está en su corazón, se canta una hermosa canción bajo su ventana, informándole de que Zara es fiel, pero que está en peligro, y que él puede salvarla si quiere. Se lanza una llave que abre la puerta y, en un espasmo de arrebato, se arranca las cadenas y sale corriendo para encontrar y rescatar a su amada.
El quinto acto se abrió con una escena tormentosa entre Zara y Don Pedro. Él desea que ella entre en un convento, pero ella no quiere ni oír hablar de eso; y, tras una súplica conmovedora, está a punto de desmayarse cuando Roderigo irrumpe y exige su mano. Don Pedro se niega porque no es rico. Gritan y gesticulan enormemente, pero no llegan a un acuerdo, y Roderigo está a punto de llevarse a la exhausta Zara cuando el tímido sirviente entra con una carta y una bolsa de parte de Hagar, que ha desaparecido misteriosamente. Esta última informa al grupo de que lega una fortuna incalculable a la joven pareja, y un destino terrible a Don Pedro si no los hace felices. Se abre la bolsa y varios litros de dinero de hojalata llueven sobre el escenario hasta que queda glorificado por el brillo. Esto ablanda por completo al «padre severo»: accede sin rechistar, todos se unen en un coro alegre y el telón cae sobre los amantes arrodillados para recibir la bendición de Don Pedro en actitudes de la más romántica gracia.
Siguieron unos aplausos tumultuosos, pero recibieron un contratiempo inesperado; pues el catre, sobre el que estaba construido el «palco», se cerró de repente y extinguió al entusiasta público. Roderigo y Don Pedro volaron al rescate y todos fueron sacados ilesos, aunque muchos estaban sin habla por la risa. La emoción apenas había disminuido cuando apareció Hannah con el mensaje: «De parte de la señora March, que si las señoritas querrían bajar a cenar».
Esto fue una sorpresa, incluso para las actrices; y cuando vieron la mesa, se miraron unas a otras con un asombro arrebatador. Era propio de Marmee organizarles un pequeño banquete; pero algo tan elegante como esto era inaudito desde los días de abundancia ya pasados. ¡Había helado, de hecho dos platos, de fresa y de vainilla, además de pasteles, fruta y unos fascinantes bombones franceses, y, en medio de la mesa, cuatro grandes ramos de flores de invernadero!
Les quitó el aliento; y miraron primero a la mesa y luego a su madre, que parecía disfrutarlo inmensamente.
—¿Son hadas? —preguntó Amy.
—Es Santa Claus —dijo Beth.
—Lo hizo mamá —y Meg sonrió con su mejor sonrisa, a pesar de su barba gris y sus cejas blancas.
—La tía March tuvo un buen arrebato y envió la cena —gritó Jo, con una inspiración repentina.
—Todo equivocado. Lo envió el viejo señor Laurence —respondió la señora March.
—¡El abuelo del chico Laurence! ¿Qué demonios le hizo pensar en tal cosa? ¡No lo conocemos! —exclamó Meg.
—Hannah le contó a uno de sus sirvientes lo de vuestra fiesta de desayuno. Es un anciano extraño, pero eso le agradó. Conoció a mi padre hace años; y esta tarde me envió una nota cortés diciendo que esperaba que le permitiera expresar su sentimiento amistoso hacia mis hijas enviándoles unas cuantas naderías en honor al día. No pude negarme; así que tenéis un pequeño banquete por la noche para compensar el desayuno de pan y leche.
—¡Ese chico le dio la idea, lo sé! Es un tipo estupendo y desearía que pudiéramos conocerlo. Parece como si quisiera conocernos; pero es tímido y Meg es tan estirada que no me deja hablarle cuando pasamos —dijo Jo, mientras los platos circulaban y el helado comenzaba a desaparecer de la vista, entre «¡Ohs!» y «¡Ahs!» de satisfacción.
—Te refieres a las personas que viven en la casa grande de al lado, ¿verdad? —preguntó una de las chicas—. Mi madre conoce al viejo señor Laurence; pero dice que es muy orgulloso y que no le gusta mezclarse con sus vecinos. Mantiene a su nieto encerrado, cuando no está montando a caballo o caminando con su tutor, y le hace estudiar muy duro. Lo invitamos a nuestra fiesta, pero no vino. Mi madre dice que es muy agradable, aunque nunca nos habla a nosotras.
—Nuestro gato se escapó una vez, él lo trajo de vuelta y hablamos sobre la cerca, y nos llevábamos de maravilla, todo sobre críquet y demás, cuando vio venir a Meg y se alejó. Pienso conocerlo algún día; pues necesita diversión, estoy segura de que sí —dijo Jo con decisión.
—Me gustan sus modales y parece un pequeño caballero; así que no tengo objeción a que lo conozcáis, si surge una oportunidad adecuada. Él mismo trajo las flores; y lo habría invitado a entrar si hubiera estado segura de lo que estaba pasando arriba. Parecía tan anhelante al irse, escuchando la algarabía y evidentemente sin tener ninguna propia.
—¡Menos mal que no lo hiciste, mamá! —rió Jo, mirando sus botas—. Pero haremos otra obra, en algún momento, que él pueda ver. Quizás ayude a actuar; ¿no sería divertido?
—¡Nunca había tenido un ramo tan hermoso antes! ¡Qué bonito es! —Y Meg examinó sus flores con gran interés.
—¡Son encantadoras! Pero las rosas de Beth son más dulces para mí —dijo la señora March, oliendo el ramillete medio marchito en su cintura.
Beth se acurrucó junto a ella y susurró suavemente: —Ojalá pudiera enviarle mi ramo a papá. Me temo que no está teniendo una Navidad tan alegre como nosotros.
III.
EL CHICO LAURENCE.
—¡Jo! ¡Jo! ¿Dónde estás? —gritó Meg al pie de la escalera del desván.
—¡Aquí! —respondió una voz ronca desde arriba; y, subiendo corriendo, Meg encontró a su hermana comiendo manzanas y llorando sobre «El heredero de Redclyffe», envuelta en una manta en un viejo sofá de tres patas junto a la ventana soleada. Este era el refugio favorito de Jo; y allí le encantaba retirarse con media docena de manzanas y un buen libro, para disfrutar de la tranquilidad y la compañía de una rata mascota que vivía cerca y que no la molestaba en absoluto. Cuando Meg apareció, Scrabble se escabulló en su agujero. Jo se sacudió las lágrimas de las mejillas y esperó a escuchar las noticias.
—¡Qué divertido! ¡Mira! ¡Una nota de invitación en toda regla de la señora Gardiner para mañana por la noche! —gritó Meg, agitando el preciado papel y procediendo a leerlo con alegría juvenil.
«La señora Gardiner estaría feliz de ver a la señorita March y a la señorita Josephine en un pequeño baile en la víspera de Año Nuevo». Marmee está de acuerdo en que vayamos; ¿qué nos pondremos?
—¿Qué sentido tiene preguntar eso, cuando sabes que llevaremos nuestros vestidos de popelina, porque no tenemos nada más? —respondió Jo con la boca llena.
—¡Si al menos tuviera uno de seda! —suspiró Meg—. Mamá dice que quizás pueda cuando cumpla dieciocho; pero dos años es un tiempo eterno para esperar.
—Estoy segura de que nuestros vestidos parecen de seda y son lo suficientemente buenos para nosotras. El tuyo está como nuevo, pero olvidé la quemadura y el desgarro en el mío. ¿Qué voy a hacer? La quemadura se nota mucho y no puedo quitarla.
—Tienes que quedarte quieta todo lo que puedas y mantener tu espalda fuera de la vista; la parte delantera está bien. Yo tendré una cinta nueva para mi pelo, Marmee me prestará su pequeño broche de perlas, mis zapatillas nuevas son encantadoras y mis guantes servirán, aunque no son tan bonitos como me gustaría.
—Los míos están estropeados con limonada y no puedo conseguir otros nuevos, así que tendré que ir sin ellos —dijo Jo, quien nunca se preocupaba mucho por la ropa.
—Tienes que llevar guantes, o no iré —gritó Meg con decisión—. Los guantes son más importantes que cualquier otra cosa; no puedes bailar sin ellos, y si no lo haces, me sentiría tan mortificada.
—Entonces me quedaré quieta. No me importa mucho el baile social; no es divertido ir dando vueltas; me gusta volar y hacer cabriolas.
—No puedes pedirle a mamá otros nuevos, son muy caros y tú eres muy descuidada. Dijo, cuando estropeaste los otros, que no te compraría más este invierno. ¿No puedes arreglártelas con ellos? —preguntó Meg ansiosa.
—Puedo llevarlos arrugados en la mano, para que nadie sepa lo manchados que están; es todo lo que puedo hacer. ¡No! Te diré cómo podemos hacerlo: cada una lleva uno bueno y lleva uno malo; ¿no ves?
—Tus manos son más grandes que las mías y estirarás mi guante terriblemente —comenzó Meg, cuyos guantes eran un punto sensible para ella.
—Entonces iré sin ellos. ¡No me importa lo que diga la gente! —gritó Jo, tomando su libro.
—¡Puedes tenerlo, puedes! solo no lo manches y pórtate bien. No pongas las manos detrás de ti, ni mires fijamente, ni digas «¡Cristóbal Colón!», ¿lo harás?
—No te preocupes por mí; seré tan estirada como pueda y no me meteré en líos, si puedo evitarlo. Ahora ve y responde a tu nota, y déjame terminar esta historia espléndida.
Así que Meg se fue a «aceptar con agradecimiento», revisar su vestido y cantar alegremente mientras arreglaba su único volante de encaje real; mientras Jo terminaba su historia, sus cuatro manzanas y jugaba un juego de correteos con Scrabble.
En la víspera de Año Nuevo, el salón estaba desierto, pues las dos hermanas menores hacían de criadas y las dos mayores estaban absortas en el importantísimo asunto de «prepararse para la fiesta». Por muy sencillos que fueran los arreglos, hubo mucho correr de arriba abajo, risas y charlas, y en un momento dado un fuerte olor a pelo quemado impregnó la casa. Meg quería unos cuantos rizos alrededor de su cara y Jo se encargó de apretar los mechones envueltos en papel con unas tenacillas calientes.
—¿Deberían echar humo así? —preguntó Beth desde su posición en la cama.
—Es la humedad secándose —respondió Jo.
«¡Qué olor tan raro! Parece plumas quemadas», observó Amy, alisándose sus propios rizos bonitos con aire de superioridad.
«Ya verás, ahora quitaré los papeles y verás una nube de rizos», dijo Jo, dejando las tenacillas.
Quitó los papeles, pero no apareció ninguna nube de rizos, pues el pelo salió con el papel, y la horrorizada peluquera dejó una hilera de pequeños manojos chamuscados sobre el tocador ante su víctima.
«¡Oh, oh, oh! ¿Qué has hecho? ¡Estoy arruinada! ¡No puedo ir! ¡Mi pelo, oh, mi pelo!», se lamentaba Meg, mirando con desesperación el rizo desigual sobre su frente.
«¡Qué mala suerte la mía! No deberías haberme pedido que lo hiciera; siempre lo estropeo todo. Lo siento mucho, pero las tenacillas estaban demasiado calientes y he hecho un desastre», gimió la pobre Jo, mirando los panqueques negros con lágrimas de remordimiento.
«No está arruinado; solo enróscalo y átate la cinta de manera que las puntas caigan un poco sobre tu frente, y parecerá la última moda. He visto a muchas chicas hacerlo así», dijo Amy con tono consolador.
«Me lo tengo merecido por intentar ir elegante. Ojalá hubiera dejado mi pelo en paz», gritó Meg con petulancia.
«Yo también, estaba tan suave y bonito. Pero pronto volverá a crecer», dijo Beth, acercándose a besar y consolar a la oveja esquilada.
Tras varios percances menores, Meg estuvo lista al fin, y gracias a los esfuerzos conjuntos de la familia, el pelo de Jo estuvo arreglado y su vestido puesto. Lucían muy bien en sus sencillos conjuntos: Meg de color gris plateado, con una redecilla de terciopelo azul, volantes de encaje y el broche de perlas; Jo de color granate, con un cuello de lino rígido y masculino, y un par de crisantemos blancos como único adorno. Cada una se puso un guante limpio y llevó otro usado, y todas declararon que el efecto era «bastante natural y elegante». Las zapatillas de tacón alto de Meg eran muy estrechas y le hacían daño, aunque no quería admitirlo, y las diecinueve horquillas de Jo parecían clavadas directamente en su cabeza, lo cual no era exactamente cómodo; pero, ¡cielo santo, seamos elegantes o muramos!
«¡Que se diviertan, queridas!», dijo la señora March, mientras las hermanas bajaban delicadamente por el sendero. «No comáis mucho en la cena y venid a las once, cuando enviaré a Hannah por vosotras». Mientras la verja chirriaba tras ellas, una voz gritó desde una ventana:
«¡Muchachas, muchachas! ¿Lleváis ambas pañuelos limpios?»
«Sí, sí, impecables, y Meg lleva colonia en el suyo», gritó Jo, añadiendo con una risa, mientras seguían su camino: «Creo que Marmee preguntaría eso incluso si estuviéramos huyendo de un terremoto».
«Es uno de sus gustos aristocráticos, y muy apropiado, pues a una verdadera dama siempre se la reconoce por sus botas, guantes y pañuelo impecables», respondió Meg, quien tenía muchos «gustos aristocráticos» propios.
«Ahora no olvides mantener oculta la parte desgastada, Jo. ¿Está bien mi fajín? ¿Y se ve muy mal mi pelo?», dijo Meg mientras se giraba ante el espejo del vestidor de la señora Gardiner, tras un prolongado acicalamiento.
«Sé que me olvidaré. Si me ves haciendo algo incorrecto, solo recuérdamelo con un guiño, ¿quieres?», respondió Jo, dando un tirón a su cuello y un cepillado rápido a su cabeza.
«No, guiñar no es propio de una dama; levantaré las cejas si algo va mal y asentiré si todo está bien. Ahora mantén los hombros rectos, da pasos cortos y no des la mano si te presentan a alguien: no es lo que se hace».
«¿Cómo aprendes todas las formas correctas? Yo nunca podré. ¿No es alegre esa música?»
Bajaron sintiéndose un poco tímidas, pues rara vez iban a fiestas, y, por informal que fuera esta pequeña reunión, era todo un acontecimiento para ellas. La señora Gardiner, una anciana imponente, las saludó amablemente y las dejó al cuidado de la mayor de sus seis hijas. Meg conocía a Sallie y se sintió cómoda muy pronto; pero Jo, a quien no le importaban mucho las chicas ni los cotilleos femeninos, se quedó de pie, con la espalda cuidadosamente apoyada contra la pared, y se sintió tan fuera de lugar como un potro en un jardín de flores. Media docena de muchachos joviales hablaban de patines en otra parte de la habitación, y ella deseaba ir a unirse a ellos, pues patinar era una de las alegrías de su vida. Transmitió su deseo a Meg, pero las cejas subieron de forma tan alarmante que no se atrevió a moverse. Nadie vino a hablar con ella y, uno a uno, el grupo cercano fue disminuyendo hasta que se quedó sola. No podía pasear y divertirse, pues la parte quemada se vería, así que miraba a la gente con tristeza hasta que empezó el baile. Meg fue invitada de inmediato, y las zapatillas apretadas se movieron con tanta agilidad que nadie habría adivinado el dolor que su portadora sufría sonriendo. Jo vio a un joven pelirrojo acercándose a su rincón y, temiendo que pretendiera sacarla a bailar, se deslizó hacia un hueco tras las cortinas, con la intención de observar y disfrutar en paz. Por desgracia, otra persona tímida había elegido el mismo refugio; pues, al caer la cortina tras ella, se encontró cara a cara con el «chico Laurence».
«¡Cielo santo, no sabía que había alguien aquí!», balbuceó Jo, preparándose para salir tan rápido como había entrado.
Pero el chico se rió y dijo amablemente, aunque parecía un poco sorprendido:
«No se preocupe por mí; quédese, si quiere».
«¿No le molestaré?»
«Para nada; solo vine aquí porque no conozco a mucha gente y me sentí algo extraño al principio, ya sabe».
«Yo también. No se vaya, por favor, a menos que prefiera hacerlo».
El chico se sentó de nuevo y miró sus zapatos, hasta que Jo dijo, intentando ser educada y natural:
«Creo que he tenido el placer de verle antes; vive cerca de nosotras, ¿verdad?»
«Al lado»; y él levantó la vista y soltó una carcajada, pues los modales remilgados de Jo le resultaban bastante divertidos al recordar cómo habían charlado sobre críquet cuando él llevó el gato a casa.
Eso tranquilizó a Jo; y ella también se rió, diciendo con su habitual entusiasmo:
«Lo pasamos muy bien con su bonito regalo de Navidad».
«El abuelo lo envió».
«Pero usted se lo sugirió, ¿verdad que sí?»
«¿Cómo está su gato, señorita March?», preguntó el chico, tratando de parecer serio, mientras sus ojos negros brillaban de diversión.
«Muy bien, gracias, señor Laurence; pero no soy la señorita March, solo soy Jo», respondió la joven.
«Yo no soy el señor Laurence, solo soy Laurie».
«Laurie Laurence... ¡qué nombre tan extraño!»
«Mi nombre es Theodore, pero no me gusta, porque los chicos me llamaban Dora, así que hice que me llamaran Laurie».
«Yo también odio mi nombre... ¡tan sentimental! Ojalá todos dijeran Jo, en lugar de Josephine. ¿Cómo hizo para que los chicos dejaran de llamarle Dora?»
«Los apaleé».
«Yo no puedo apalear a la tía March, así que supongo que tendré que aguantarme»; y Jo se resignó con un suspiro.
«¿No le gusta bailar, señorita Jo?», preguntó Laurie, pareciendo pensar que el nombre le venía bien.
«Me gusta bastante si hay espacio de sobra y todo el mundo es alegre. En un lugar como este estoy segura de que tiraré algo, pisaré los pies a la gente o haré algo terrible, así que me mantengo alejada de los problemas y dejo que Meg se pasee. ¿Usted no baila?»
«A veces; verá, he estado en el extranjero muchos años y todavía no he frecuentado suficiente compañía como para saber cómo hacen las cosas aquí».
«¡En el extranjero!», exclamó Jo. «¡Oh, cuénteme sobre eso! Me encanta escuchar a la gente describir sus viajes».
Laurie no parecía saber por dónde empezar; pero las ansiosas preguntas de Jo pronto le pusieron en marcha, y le contó cómo había estado en el colegio en Vevay, donde los chicos nunca llevaban sombrero, tenían una flota de barcos en el lago y, como diversión en vacaciones, hacían excursiones a pie por Suiza con sus profesores.
«¡Quién pudiera haber estado allí!», gritó Jo. «¿Fue a París?»
«Pasamos el invierno pasado allí».
«¿Sabe hablar francés?»
«No se nos permitía hablar ninguna otra cosa en Vevay».
«¡Diga algo! Puedo leerlo, pero no sé pronunciarlo».
«Quel nom a cette jeune demoiselle en les pantoufles jolis?», dijo Laurie con buen humor.
«¡Qué bien lo dice! A ver... dijo: "¿Cuál es el nombre de la joven señorita de las bonitas zapatillas?", ¿verdad?»
«Oui, mademoiselle».
«Es mi hermana Margaret, ¡y usted sabía que lo era! ¿Cree que es bonita?»
«Sí; me recuerda a las chicas alemanas, se ve tan fresca y tranquila, y baila como una dama».
Jo brilló de placer ante este elogio juvenil hacia su hermana y lo guardó para repetírselo a Meg. Ambos observaron, criticaron y charlaron hasta que se sintieron como viejos conocidos. La timidez de Laurie pronto desapareció; pues el comportamiento caballeroso de Jo le divirtió y le hizo sentirse cómodo, y Jo volvió a ser su alegre yo, porque su vestido quedó olvidado y nadie arqueó las cejas ante ella. Le gustaba el «chico Laurence» más que nunca, y le echó varias miradas atentas para poder describirlo a las chicas; pues no tenían hermanos, apenas tenían primos varones y los chicos eran criaturas casi desconocidas para ellas.
«Pelo negro rizado; piel morena; grandes ojos negros; nariz guapa; dientes finos; manos y pies pequeños; más alto que yo; muy educado, para ser un chico, y en conjunto encantador. ¿Cuántos años tendrá?»
Jo tuvo la pregunta en la punta de la lengua; pero se contuvo a tiempo y, con inusual tacto, intentó averiguarlo de forma indirecta.
«Supongo que irá a la universidad pronto. Le veo aplicado con sus libros... no, quiero decir, estudiando mucho»; y Jo se sonrojó ante el terrible «aplicado» que se le había escapado.
Laurie sonrió, pero no pareció escandalizado, y respondió encogiéndose de hombros:
«No hasta dentro de un año o dos; no iré antes de los diecisiete, de todos modos».
«¿No tiene solo quince?», preguntó Jo, mirando al joven alto, a quien ya imaginaba de diecisiete años.
«Dieciséis, el mes que viene».
«¡Cómo me gustaría ir a la universidad! No parece que le guste».
«¡Lo odio! Solo es empollar o gastar bromas. Y tampoco me gusta la forma en que lo hacen los chicos en este país».
«¿Qué le gusta?»
«Vivir en Italia y divertirme a mi manera».
Jo tenía muchas ganas de preguntar cuál era su manera; pero sus cejas negras parecían bastante amenazantes al fruncirlas; así que cambió de tema diciendo, mientras su pie marcaba el ritmo: «¡Esa es una polca espléndida! ¿Por qué no va a probarla?»
«Si usted también viene», respondió con una pequeña y galante inclinación.
«No puedo; le dije a Meg que no lo haría, porque...» Ahí se detuvo Jo, y pareció indecisa sobre si contarlo o reírse.
«¿Porque qué?», preguntó Laurie con curiosidad.
«¿No lo contará?»
«¡Nunca!»
«Bueno, tengo la mala costumbre de ponerme delante de la chimenea y quemo mis vestidos, y chamusqué este; y, aunque está bien remendado, se nota, y Meg me dijo que me quedara quieta para que nadie lo viera. Puede reírse si quiere; es divertido, lo sé».
Pero Laurie no se rió; solo miró hacia abajo un momento, y la expresión de su cara dejó perpleja a Jo cuando dijo con mucha suavidad:
«No se preocupe por eso; le diré cómo podemos arreglarlo: hay un pasillo largo ahí fuera, podemos bailar estupendamente y nadie nos verá. ¿Por favor, viene?»
Jo le dio las gracias y fue encantada, deseando tener dos guantes limpios al ver los bonitos guantes color perla que llevaba su pareja. El pasillo estaba vacío y bailaron una polca estupenda; pues Laurie bailaba bien y le enseñó el paso alemán, lo cual deleitó a Jo por estar lleno de ritmo y vitalidad. Cuando la música se detuvo, se sentaron en las escaleras para recuperar el aliento; Laurie estaba contando un festival de estudiantes en Heidelberg cuando Meg apareció en busca de su hermana. Ella hizo una seña y Jo la siguió a regañadientes a una habitación lateral, donde la encontró en un sofá, sujetándose el pie y con aspecto pálido.
«Me he torcido el tobillo. Ese estúpido tacón alto se giró y me dio un mal tirón. Me duele tanto que apenas puedo estar de pie y no sé cómo voy a volver a casa», dijo, balanceándose de dolor.
«Sabía que te harías daño en los pies con esos zapatos absurdos. Lo siento. Pero no veo qué puedes hacer, salvo conseguir un carruaje o quedarte aquí toda la noche», respondió Jo, frotando suavemente el pobre tobillo mientras hablaba.
«No puedo coger un carruaje, costaría demasiado. Me temo que ni siquiera podré conseguir uno; la mayoría de la gente viene en los suyos, el establo está muy lejos y no hay nadie a quien enviar».
«Yo iré».
«¡No, en absoluto! Son más de las nueve y está oscuro como en Egipto. No puedo quedarme aquí, la casa está llena. Sallie tiene a unas chicas alojadas con ella. Descansaré hasta que venga Hannah y luego haré lo que pueda».
«Se lo pediré a Laurie; él irá», dijo Jo, sintiéndose aliviada al ocurrírsele la idea.
«¡Cielo santo, no! No le pidas nada a nadie ni se lo cuentes. Alcánzame mis chanclos y pon estas zapatillas con nuestras cosas. No puedo bailar más; pero en cuanto termine la cena, estate atenta a Hannah y dime en cuanto llegue».
«Van a salir a cenar ahora. Me quedaré contigo; prefiero hacerlo».
«No, querida, ve con ellos y tráeme un café. ¡Estoy tan cansada que no puedo moverme!»
Así que Meg se recostó, con los chanclos bien escondidos, y Jo salió dando tumbos hacia el comedor, que encontró tras entrar en una despensa y abrir la puerta de una habitación donde el viejo señor Gardiner estaba tomando un refrigerio privado. Lanzándose hacia la mesa, consiguió el café, que inmediatamente derramó, dejando la parte delantera de su vestido tan mal como la trasera.
«¡Oh, cielos, qué patosa soy!», exclamó Jo, terminando de limpiar el guante de Meg con su propio vestido.
«¿Puedo ayudarla?», dijo una voz amable; y allí estaba Laurie, con una taza llena en una mano y un plato de helado en la otra.
«Intentaba conseguir algo para Meg, que está muy cansada, alguien me empujó y aquí estoy, en este estado», respondió Jo, mirando con tristeza desde la falda manchada hasta el guante color café.
«¡Qué lástima! Estaba buscando a alguien a quien darle esto. ¿Puedo llevárselo a su hermana?»
«¡Oh, gracias! Le mostraré dónde está. No me ofrezco a llevarlo yo misma, pues solo me metería en otro lío si lo hiciera».
Jo abrió el camino; y, como si estuviera acostumbrado a servir a las damas, Laurie acercó una mesita, trajo una segunda ración de café y helado para Jo, y fue tan servicial que incluso la exigente Meg lo calificó de «buen chico». Pasaron un rato alegre con los bombones y las frases de los caramelos, y estaban en medio de una partida tranquila de «Buzz», con otros dos o tres jóvenes que se habían acercado, cuando apareció Hannah. Meg olvidó su pie y se levantó tan rápido que se vio obligada a agarrarse a Jo con una exclamación de dolor.
«¡Shh! No digas nada», susurró, añadiendo en voz alta: «No es nada. Me torcí un poco el pie, eso es todo»; y subió cojeando las escaleras para ponerse sus cosas.
Hannah regañó, Meg lloró y Jo estaba al límite de su ingenio, hasta que decidió tomar cartas en el asunto. Escabulléndose, bajó corriendo y, al encontrar a un criado, le preguntó si podía conseguirle un carruaje. Resultó ser un camarero contratado que no conocía el vecindario; Jo estaba buscando ayuda cuando Laurie, que había oído lo que decía, se acercó y le ofreció el carruaje de su abuelo, que acababa de llegar para él, dijo.
«¡Es tan pronto! ¿No querrá decir que se va ya?», comenzó Jo, sintiéndose aliviada pero dudando en aceptar la oferta.
«Siempre me voy pronto, ¡de verdad! ¿Por favor, me permite llevarlas a casa? Me queda de camino, ya sabe, y dicen que va a llover».
Eso decidió todo; y, contándole el percance de Meg, Jo aceptó agradecida y subió apresurada a bajar al resto del grupo. Hannah odiaba la lluvia tanto como un gato; así que no puso problemas, y se alejaron en el lujoso carruaje cerrado, sintiéndose muy elegantes y festivas. Laurie fue en el pescante; así que Meg pudo mantener el pie en alto y las chicas hablaron de su fiesta con libertad.
«Me lo pasé estupendamente. ¿Y tú?», preguntó Jo, despeinándose y poniéndose cómoda.
«Sí, hasta que me hice daño. La amiga de Sallie, Annie Moffat, me tomó cariño y me pidió que fuera a pasar una semana con ella, cuando vaya Sallie. Va a ir en primavera, cuando venga la ópera; y será perfectamente espléndido, si mamá me deja ir», respondió Meg, animándose ante la idea.
«Te vi bailar con el hombre pelirrojo del que huí. ¿Era agradable?»
«¡Oh, mucho! Su pelo es castaño rojizo, no rojo; fue muy educado y bailé un redowa delicioso con él».
«Parecía un saltamontes con un ataque cuando hacía el paso nuevo. Laurie y yo no pudimos evitar reírnos. ¿Nos oíste?»
«No; pero fue muy grosero. ¿Qué hacíais todo ese tiempo, escondidos ahí?»
Jo contó sus aventuras y, para cuando terminó, ya estaban en casa. Con muchas gracias, se despidieron y entraron de puntillas, esperando no despertar a nadie; pero en el instante en que chirrió la puerta, dos gorritos de dormir asomaron y dos voces soñolientas pero ansiosas gritaron:
«¡Cuéntanos sobre la fiesta! ¡Cuéntanos sobre la fiesta!»
Con lo que Meg llamó «una gran falta de modales», Jo había guardado algunos bombones para las niñas; y pronto se calmaron, después de escuchar los acontecimientos más emocionantes de la velada.
«Te aseguro que realmente parece ser una joven elegante, volver de la fiesta en carruaje y sentarme en mi bata, con una doncella que me atienda», dijo Meg, mientras Jo le vendaba el pie con árnica y le cepillaba el pelo.
«No creo que las jóvenes elegantes se diviertan ni un poco más que nosotras, a pesar de nuestro pelo quemado, vestidos viejos, un guante por persona y zapatillas apretadas que nos tuercen los tobillos cuando somos lo bastante tontas como para llevarlas». Y creo que Jo tenía toda la razón.
IV.
CARGAS.
«Oh, cielos, qué difícil parece cargar con nuestras mochilas y seguir adelante», suspiró Meg, la mañana siguiente a la fiesta; pues, ahora que las vacaciones habían terminado, la semana de juerga no la preparó para continuar fácilmente con la tarea que nunca le gustó.
«Ojalá fuera Navidad o Año Nuevo todo el tiempo; ¿no sería divertido?», respondió Jo, bostezando tristemente.
«No disfrutaríamos ni la mitad de lo que lo hacemos ahora. Pero parece tan agradable tomar pequeñas cenas y ramos, ir a fiestas, volver a casa en carruaje, leer y descansar, y no trabajar. Es como los demás, ya sabes, y siempre envidio a las chicas que hacen esas cosas; me gusta tanto el lujo», dijo Meg, tratando de decidir cuál de sus dos vestidos raídos era el menos raído.
«Bueno, no podemos tenerlo, así que no nos quejemos, carguemos con nuestras mochilas y caminemos tan alegremente como lo hace Marmee. Estoy segura de que la tía March es un verdadero Viejo del Mar para mí, pero supongo que cuando haya aprendido a llevarla sin quejarme, se caerá, o se volverá tan ligera que no me importará».
Esta idea hizo gracia a Jo y la puso de buen humor; pero Meg no se animó, pues su carga, consistente en cuatro niños malcriados, parecía más pesada que nunca. No tenía ganas ni siquiera de ponerse guapa, como de costumbre, poniéndose una cinta azul en el cuello y peinándose de la forma más favorecedora.
«¿De qué sirve verse bien, si nadie me ve más que esos mocosos malhumorados y a nadie le importa si soy guapa o no?», murmuró, cerrando su cajón de un golpe. «Tendré que trabajar y esforzarme todos mis días, solo con pequeños momentos de diversión de vez en cuando, y volverme vieja, fea y amargada, porque soy pobre y no puedo disfrutar de mi vida como hacen otras chicas. ¡Es una vergüenza!»
Así que Meg bajó, con aspecto dolido, y no estuvo nada agradable a la hora del desayuno. Todo el mundo parecía estar un poco indispuesto y con ganas de quejarse. Beth tenía dolor de cabeza y estaba tumbada en el sofá, intentando consolarse con la gata y sus tres gatitos; Amy estaba disgustada porque no se había aprendido las lecciones y no encontraba sus chanclos; Jo no paraba de silbar y de armar un gran alboroto mientras se preparaba; la señora March estaba muy ocupada intentando terminar una carta que debía salir inmediatamente; y Hannah estaba de mal humor, pues trasnochar no le sentaba bien.
—¡Nunca ha habido una familia tan intratable! —exclamó Jo, perdiendo los estribos al volcar un tintero, romper los dos cordones de sus botas y sentarse sobre su sombrero.
—¡Tú eres la persona más intratable de toda ella! —replicó Amy, borrando la suma, que estaba toda mal, con las lágrimas que habían caído sobre su pizarra.
—Beth, si no metes a estos horribles gatos en el sótano, haré que los ahoguen —exclamó Meg enfadada, mientras intentaba deshacerse del gatito, que le había trepado por la espalda y se le había quedado pegado como una lapa, justo fuera de su alcance.
Jo se rió, Meg regañó, Beth imploró y Amy gimió porque no podía recordar cuánto era nueve por doce.
—¡Niñas, niñas, estad tranquilas un minuto! Debo enviar esto por el correo temprano y me sacáis de quicio con vuestras preocupaciones —gritó la señora March, tachando la tercera frase estropeada de su carta.
Hubo una pausa momentánea, rota por Hannah, que entró a zancadas, puso dos empanadillas calientes sobre la mesa y volvió a salir a zancadas. Estas empanadillas eran una institución; las niñas las llamaban «manguitos», pues no tenían otros, y encontraban que los pasteles calientes eran muy reconfortantes para sus manos en las mañanas frías. Hannah nunca olvidaba prepararlas, por muy ocupada o gruñona que estuviera, pues el camino era largo y desolador; las pobres no recibían otro almuerzo y rara vez estaban en casa antes de las dos.
—Acaricia a tus gatos y supera tu dolor de cabeza, Bethy. Adiós, Marmee; somos un grupo de granujas esta mañana, pero volveremos a casa siendo unos ángeles. ¡Vamos, Meg! —y Jo se marchó a paso firme, sintiendo que las peregrinas no estaban partiendo como debían.
Siempre miraban hacia atrás antes de doblar la esquina, pues su madre siempre estaba en la ventana para asentir, sonreír y saludarlas con la mano. De alguna manera, parecía como si no hubieran podido sobrellevar el día sin eso; pues, fuera cual fuera su estado de ánimo, el último atisbo de aquel rostro maternal siempre les afectaba como un rayo de sol.
—Si Marmee nos sacudiera el puño en lugar de enviarnos un beso con la mano, nos lo mereceríamos, pues nunca se han visto unos seres más ingratos que nosotras —exclamó Jo, encontrando una satisfacción remordida en el camino nevado y el viento cortante.
—No uses expresiones tan espantosas —dijo Meg, desde lo profundo del velo en el que se había envuelto como una monja harta del mundo.
—Me gustan las palabras fuertes y buenas, que significan algo —respondió Jo, atrapando su sombrero cuando este daba un salto desde su cabeza, preparándose para salir volando por completo.
—Llámate como quieras; pero yo no soy ni una granuja ni una miserable, y no consiento que me llamen así.
—Eres un ser marchito y estás decididamente insoportable hoy porque no puedes sentarte en el regazo del lujo todo el tiempo. Pobre querida, espera a que haga mi fortuna y te deleitarás en carruajes, helados, zapatillas de tacón alto, ramilletes y chicos pelirrojos con quienes bailar.
—¡Qué ridícula eres, Jo! —pero Meg se rió de la tontería y se sintió mejor a pesar de sí misma.
—Suerte que lo soy; porque si me pusiera aires de grandeza e intentara ser triste, como tú, estaríamos en un buen aprieto. Gracias a Dios, siempre puedo encontrar algo divertido para animarme. No te quejes más, sino vuelve a casa alegre, sé buena.
Jo le dio a su hermana una palmadita de ánimo en el hombro mientras se separaban para el día, cada una yendo por un camino distinto, cada una abrazando su pequeña y cálida empanadilla, y cada una tratando de estar alegre a pesar del tiempo invernal, el duro trabajo y los deseos insatisfechos de la juventud amante del placer.
Cuando el señor March perdió su propiedad al intentar ayudar a un amigo desafortunado, las dos hijas mayores rogaron que se les permitiera hacer algo para contribuir, al menos, a su propio sustento. Creyendo que no podían empezar demasiado pronto a cultivar la energía, la laboriosidad y la independencia, sus padres consintieron, y ambas se pusieron a trabajar con la buena voluntad que, a pesar de todos los obstáculos, siempre acaba por tener éxito. Margaret encontró un puesto como institutriz y se sintió rica con su pequeño salario. Como ella decía, era «aficionada al lujo» y su principal problema era la pobreza. Le resultaba más difícil de soportar que a las demás, porque podía recordar una época en la que el hogar era hermoso, la vida estaba llena de comodidad y placer, y la necesidad de cualquier tipo era desconocida. Intentaba no ser envidiosa ni descontenta, pero era muy natural que la joven anhelara cosas bonitas, amigos alegres, educación y una vida feliz. En casa de los King veía a diario todo lo que deseaba, pues las hermanas mayores de los niños acababan de ser presentadas en sociedad, y Meg captaba frecuentes atisbos de delicados vestidos de baile y ramos de flores, oía chismes animados sobre teatros, conciertos, paseos en trineo y fiestas de todo tipo, y veía cómo se derrochaba dinero en pequeñeces que habrían sido tan valiosas para ella. La pobre Meg rara vez se quejaba, pero un sentimiento de injusticia a veces le hacía sentirse amargada hacia todo el mundo, pues aún no había aprendido a saber lo rica que era en las bendiciones que, por sí solas, pueden hacer feliz la vida.
Jo tuvo la suerte de encajar con la tía March, quien estaba coja y necesitaba a una persona activa que la atendiera. La anciana, sin hijos, se había ofrecido a adoptar a una de las chicas cuando llegaron los problemas, y se sintió muy ofendida porque su oferta fuera rechazada. Otros amigos dijeron a los March que habían perdido toda posibilidad de ser recordados en el testamento de la rica anciana; pero los March, ajenos a lo mundano, solo dijeron:
—No podemos renunciar a nuestras hijas por una docena de fortunas. Ricos o pobres, nos mantendremos unidos y seremos felices los unos con los otros.
La anciana no quiso hablarles durante un tiempo, pero al coincidir con Jo en casa de una amiga, algo en su rostro cómico y sus modales bruscos despertó la imaginación de la anciana, y propuso llevarla como compañera. Esto no le convenía en absoluto a Jo; pero aceptó el puesto ya que no aparecía nada mejor y, para sorpresa de todos, se llevó extraordinariamente bien con su irascible pariente. Había alguna que otra tempestad, y una vez Jo se había marchado a casa, declarando que no podía soportarlo más; pero la tía March siempre se calmaba rápidamente y la enviaba a llamar de vuelta con tal urgencia que no podía negarse, pues en el fondo le gustaba bastante la picante anciana.
Sospecho que la verdadera atracción era una gran biblioteca de excelentes libros, que había quedado abandonada al polvo y a las arañas desde que murió el tío March. Jo recordaba al amable anciano, que solía dejarla construir ferrocarriles y puentes con sus grandes diccionarios, contarle historias sobre los extraños dibujos de sus libros en latín y comprarle paquetes de pan de jengibre cada vez que la encontraba por la calle. La habitación tenue y polvorienta, con los bustos observando desde las altas estanterías, los cómodos sillones, los globos terráqueos y, lo mejor de todo, la selva de libros, en la que podía vagar a su antojo, hacían de la biblioteca una región de felicidad para ella. En el momento en que la tía March se echaba la siesta o estaba ocupada con visitas, Jo corría a este lugar tranquilo y, acurrucándose en el sillón, devoraba poesía, novelas, historia, viajes e ilustraciones, como un auténtico ratón de biblioteca. Pero, como toda felicidad, no duraba mucho; pues tan pronto como llegaba al corazón de la historia, al verso más dulce del poema o a la aventura más peligrosa de su viajero, una voz chillona llamaba: «¡Josy-phine! ¡Josy-phine!», y tenía que dejar su paraíso para devanar lana, bañar al caniche o leer los Ensayos de Belsham durante horas seguidas.
La ambición de Jo era hacer algo muy espléndido; qué era, aún no tenía idea, pero lo dejó para que el tiempo se lo dijera; y, mientras tanto, encontraba su mayor aflicción en el hecho de que no podía leer, correr y montar tanto como le gustaba. Un temperamento rápido, una lengua afilada y un espíritu inquieto la metían siempre en líos, y su vida era una serie de altibajos, a la vez cómicos y patéticos. Pero la formación que recibía en casa de la tía March era justo lo que necesitaba; y el pensamiento de que estaba haciendo algo para mantenerse la hacía feliz, a pesar del perpetuo «¡Josy-phine!».
Beth era demasiado tímida para ir a la escuela; se había intentado, pero sufría tanto que se desistió, y hacía sus lecciones en casa, con su padre. Incluso cuando él se fue, y su madre fue llamada para dedicar su destreza y energía a las Sociedades de Ayuda a los Soldados, Beth siguió fielmente por su cuenta, haciendo lo mejor que podía. Era una criaturita hacendosa y ayudaba a Hannah a mantener el hogar limpio y confortable para los trabajadores, sin pensar nunca en otra recompensa que ser amada. Pasaba largos y tranquilos días, ni sola ni ociosa, pues su pequeño mundo estaba poblado de amigos imaginarios y era por naturaleza una abeja ocupada. Había seis muñecas que debían ser levantadas y vestidas cada mañana, pues Beth aún era una niña y amaba a sus mascotas como siempre. Ni una sola era entera o hermosa; todas eran marginadas hasta que Beth las acogía; pues, cuando sus hermanas superaban la edad de estos ídolos, pasaban a ella, porque Amy no quería nada viejo o feo. Beth las apreciaba aún más tiernamente por esa misma razón y montó un hospital para muñecas enfermas. Nunca se clavaban alfileres en sus entrañas de algodón; nunca se les dirigían palabras duras ni golpes; ninguna negligencia entristecía el corazón de la más repulsiva: todas eran alimentadas y vestidas, cuidadas y acariciadas, con un afecto que nunca fallaba. Un fragmento desolado de muñequería había pertenecido a Jo; y, tras haber llevado una vida tempestuosa, quedó hecha un despojo en la bolsa de los trapos, de cuyo lúgubre hospicio fue rescatada por Beth y llevada a su refugio. Como no tenía parte superior de la cabeza, le ató un pequeño y pulcro gorro y, como le faltaban ambos brazos y piernas, ocultó esas deficiencias envolviéndola en una manta y dedicando su mejor cama a esta inválida crónica. Si alguien hubiera conocido el cuidado prodigado a esa muñeca, creo que les habría conmovido el corazón, incluso mientras se reían. Le llevaba trozos de ramos de flores; le leía, la sacaba a respirar aire puro, escondida bajo su abrigo; le cantaba nanas y nunca se iba a dormir sin besar su rostro sucio y susurrar tiernamente: «Espero que pases una buena noche, mi pobre querida».
Beth tenía sus problemas como las demás; y al no ser un ángel, sino una niña muy humana, a menudo «lloraba un llanto», como decía Jo, porque no podía tomar clases de música y tener un buen piano. Amaba tanto la música, se esforzaba tanto por aprender y practicaba tan pacientemente con el viejo instrumento tintineante, que parecía como si alguien (sin mencionar a la tía March) debiera ayudarla. Nadie lo hizo, sin embargo, y nadie vio a Beth limpiar las lágrimas de las teclas amarillas, que no querían mantenerse afinadas, cuando estaba completamente sola. Cantaba como una pequeña alondra en sus tareas, nunca estaba demasiado cansada para tocar para Marmee y las chicas, y día tras día se decía esperanzada: «Sé que conseguiré mi música algún día, si soy buena».
Hay muchas Beth en el mundo, tímidas y tranquilas, sentadas en los rincones hasta que se las necesita, y viviendo para los demás tan alegremente que nadie ve los sacrificios hasta que el pequeño grillo del hogar deja de cantar, y la presencia dulce y radiante desaparece, dejando atrás silencio y sombra.
Si alguien le hubiera preguntado a Amy cuál era la mayor prueba de su vida, habría respondido al instante: «Mi nariz». Cuando era un bebé, Jo la había dejado caer accidentalmente en el cubo del carbón, y Amy insistía en que la caída había arruinado su nariz para siempre. No era grande, ni roja, como la de la pobre «Petrea»; solo era más bien chata, y todos los pellizcos del mundo no podían darle una punta aristocrática. A nadie le importaba excepto a ella, y hacía todo lo posible por crecer, pero Amy sentía profundamente la falta de una nariz griega, y dibujaba hojas enteras de narices hermosas para consolarse.
La «pequeña Rafael», como la llamaban sus hermanas, tenía un talento decidido para el dibujo, y nunca era tan feliz como cuando copiaba flores, diseñaba hadas o ilustraba historias con extraños especímenes de arte. Sus profesores se quejaban de que, en lugar de hacer sus sumas, cubría su pizarra con animales; las páginas en blanco de su atlas se utilizaban para copiar mapas; y caricaturas de la descripción más ridícula salían revoloteando de todos sus libros en los momentos inoportunos. Superaba sus lecciones lo mejor que podía y lograba escapar de las reprimendas siendo un modelo de comportamiento. Era una gran favorita entre sus compañeras, al ser de buen carácter y poseer el feliz arte de complacer sin esfuerzo. Sus pequeños aires y gracias eran muy admirados, al igual que sus logros; pues, además de su dibujo, podía tocar doce melodías, hacer ganchillo y leer francés sin pronunciar mal más de dos tercios de las palabras. Tenía una forma lastimera de decir: «Cuando papá era rico hacíamos tal y tal cosa», lo cual era muy conmovedor; y sus palabras largas eran consideradas «perfectamente elegantes» por las chicas.
Amy estaba bien encaminada a ser mimada; pues todos la consentían, y sus pequeñas vanidades y egoísmos crecían adecuadamente. Una cosa, sin embargo, calmaba un poco las vanidades; tenía que usar la ropa de su prima. Ahora bien, la mamá de Florence no tenía ni una pizca de gusto, y Amy sufría profundamente al tener que usar un bonete rojo en lugar de uno azul, vestidos poco favorecedores y delantales chillones que no le quedaban bien. Todo era bueno, bien hecho y poco usado; pero los ojos artísticos de Amy estaban muy afligidos, especialmente este invierno, cuando su vestido de escuela era de un morado apagado, con puntos amarillos y sin adorno alguno.
—Mi único consuelo —le dijo a Meg, con lágrimas en los ojos— es que mamá no me hace pliegues en los vestidos cada vez que me porto mal, como hace la madre de Maria Parks. Querida, es realmente espantoso; porque a veces se porta tan mal que su falda le llega a las rodillas y no puede ir a la escuela. Cuando pienso en esta degradación, siento que puedo soportar incluso mi nariz chata y mi vestido morado, con fuegos artificiales amarillos en él.
Meg era la confidente y monitora de Amy, y, por alguna extraña atracción de los opuestos, Jo lo era de la gentil Beth. Solo a Jo le contaba la tímida niña sus pensamientos; y sobre su hermana mayor, alocada y desordenada, Beth ejercía inconscientemente más influencia que nadie en la familia. Las dos chicas mayores significaban mucho la una para la otra, pero cada una tomó a una de las menores bajo su custodia y veló por ella a su manera; «hacer de madre», lo llamaban, y ponían a sus hermanas en el lugar de las muñecas desechadas, con el instinto maternal de unas mujercitas.
—¿Alguna tiene algo que contar? Ha sido un día tan triste que realmente me muero por algo de diversión —dijo Meg, mientras cosían juntas esa noche.
—Tuve un momento extraño con la tía hoy, y, como saqué provecho de ello, os lo contaré —comenzó Jo, a quien le encantaba contar historias—. Estaba leyendo ese eterno Belsham, y zumbando como siempre hago, pues la tía pronto se queda dormida, y entonces saco algún buen libro y leo como una furia hasta que ella se despierta. De hecho, me dio sueño; y, antes de que empezara a cabecear, di un bostezo tan grande que me preguntó qué quería decir abriendo la boca lo suficiente como para meter todo el libro de una vez.
—«Ojalá pudiera, y acabar con ello», dije, intentando no ser insolente.
—Entonces me dio un largo sermón sobre mis pecados, y me dijo que me sentara a pensarlos mientras ella se «perdía» un momento. Nunca se encuentra a sí misma muy pronto; así que en el minuto en que su gorra empezó a balancearse, como una dalia pesada, saqué el «Vicario de Wakefield» de mi bolsillo y leí, con un ojo en él y otro en la tía. Acababa de llegar a donde todos caían al agua cuando me olvidé y me reí a carcajadas. La tía se despertó; y, estando más de buen humor tras su siesta, me dijo que leyera un poco y mostrara qué trabajo frívolo prefería sobre el digno e instructivo Belsham. Hice lo mejor que pude y le gustó, aunque solo dijo:
—«No entiendo de qué trata todo esto. Vuelve atrás y empieza de nuevo, niña».
—Volví atrás e hice a los Primrose tan interesantes como pude. Una vez fui lo suficientemente malvada como para detenerme en un lugar emocionante y decir humildemente: «Me temo que le cansa, señora; ¿no debería parar ahora?».
—Cogió su labor, que se le había caído de las manos, me lanzó una mirada aguda a través de sus gafas y dijo, a su manera cortante:
—«Termina el capítulo y no seas impertinente, señorita».
—¿Admitió que le gustó? —preguntó Meg.
—¡Oh, cielo santo, no! pero dejó descansar al viejo Belsham; y, cuando volví corriendo a buscar mis guantes esta tarde, allí estaba ella, tan absorta en el Vicario que no me oyó reír mientras bailaba una giga en el pasillo, debido a los buenos tiempos que vendrán. Qué vida tan agradable podría tener, si solo quisiera. No la envidio mucho, a pesar de su dinero, pues, después de todo, creo que la gente rica tiene tantos problemas como los pobres —añadió Jo.
—Eso me recuerda —dijo Meg— que tengo algo que contar. No es divertido, como la historia de Jo, pero pensé mucho en ello cuando llegué a casa. En casa de los King hoy encontré a todo el mundo agitado, y uno de los niños dijo que su hermano mayor había hecho algo terrible y papá lo había enviado lejos. Oí a la señora King llorar y al señor King hablar muy alto, y Grace y Ellen apartaron la cara cuando pasaron junto a mí, para que no viera lo rojos que tenían los ojos. No hice preguntas, por supuesto; pero sentí mucha pena por ellos y me alegré bastante de no tener hermanos salvajes que hicieran cosas malvadas y deshonraran a la familia.
—Creo que ser deshonrado en la escuela es mucho más difícil de soportar que cualquier cosa mala que puedan hacer los chicos —dijo Amy, sacudiendo la cabeza, como si su experiencia de vida hubiera sido profunda—. Susie Perkins vino a la escuela hoy con un anillo de cornalina roja precioso; lo quería desesperadamente y deseé ser ella con todas mis fuerzas. Bueno, dibujó una imagen del señor Davis, con una nariz monstruosa y una joroba, y las palabras: «¡Jovencitas, mi ojo está sobre vosotras!» saliendo de su boca en una especie de globo. Nos estábamos riendo de ello cuando, de repente, su ojo estaba sobre nosotras y le ordenó a Susie que trajera su pizarra. Estaba paralizada por el sustento, pero fue, y oh, ¿qué creéis que hizo? La tomó por la oreja, ¡por la oreja! ¡imagina qué horror! y la llevó a la plataforma de recitación, y la hizo estar allí media hora, sosteniendo esa pizarra para que todos pudieran verla.
—¿No se rieron las chicas del dibujo? —preguntó Jo, que disfrutaba con el apuro.
—¿Reír? ¡Ni una! Se sentaron tan quietas como ratones; y Susie lloró a mares, lo sé. No la envidié entonces; pues sentí que millones de anillos de cornalina no me habrían hecho feliz después de eso. Nunca, nunca habría superado una humillación tan agonizante. —Y Amy continuó con su trabajo, con la orgullosa conciencia de la virtud y la exitosa pronunciación de dos palabras largas en una sola frase.
—Vi algo que me gustó esta mañana y pretendía contarlo en la cena, pero se me olvidó —dijo Beth, mientras ordenaba el cesto desordenado de Jo al tiempo que hablaba—. Cuando fui a buscar unas ostras para Hannah, el señor Laurence estaba en la pescadería; pero no me vio, porque me quedé detrás de un barril, y él estaba ocupado con el señor Cutter, el pescadero. Una mujer pobre entró con un cubo y una fregona, y le preguntó al señor Cutter si le dejaría fregar un poco a cambio de algo de pescado, porque no tenía comida para sus hijos y se había quedado sin el trabajo de un día. El señor Cutter tenía prisa y dijo que «no» con bastante brusquedad; así que ella se iba, con aspecto hambriento y apenado, cuando el señor Laurence enganchó un pescado grande con el extremo curvo de su bastón y se lo tendió. Ella estaba tan contenta y sorprendida que lo tomó directamente en sus brazos y le dio las gracias una y otra vez. Él le dijo: «Váyase y cocínelo», y ella se apresuró a irse, ¡tan feliz! ¿No fue bueno por su parte? Oh, se veía muy graciosa, abrazando al pescado grande y resbaladizo, y esperando que el lecho del señor Laurence en el cielo fuera «cómodo».
Cuando se hubieron reído con la historia de Beth, le pidieron a su madre una; y, tras un momento de reflexión, ella dijo con seriedad:
—Mientras estaba hoy cortando chaquetas de franela azul en las salas, me sentí muy preocupada por papá y pensé en lo solos e indefensos que estaríamos si le ocurriera algo. No fue una actitud sensata; pero seguí dándole vueltas, hasta que entró un viejo con un pedido de ropa. Se sentó cerca de mí y comencé a hablar con él; pues parecía pobre, cansado y preocupado.
—«¿Tiene hijos en el ejército?», le pregunté; pues la nota que traía no era para mí.
—«Sí, señora. Tenía cuatro, pero dos murieron, uno es prisionero y voy camino de ver al otro, que está muy enfermo en un hospital de Washington», respondió con calma.
—«Ha hecho usted mucho por su país, señor», le dije, sintiendo respeto ahora, en lugar de lástima.
—«Ni un ápice más de lo que debía, señora. Yo mismo iría si sirviera de algo; como no es así, doy a mis muchachos y los doy de buena gana».
—Habló con tanta alegría, se veía tan sincero y parecía tan feliz de darlo todo, que me avergoncé de mí misma. Yo había dado a un hombre y pensé que era demasiado, mientras que él daba a cuatro, sin escatimar. Yo tenía a todas mis hijas para consolarme en casa; y su último hijo esperaba, a kilómetros de distancia, para decirle «adiós», ¡quizás! Me sentí tan rica, tan feliz, pensando en mis bendiciones, que le hice un buen paquete, le di algo de dinero y le agradecí de todo corazón la lección que me había enseñado.
—Cuenta otra historia, madre, una con moraleja, como esta. Me gusta pensar en ellas después, si son reales y no demasiado sermoneadoras —dijo Jo, tras un minuto de silencio.
La señora March sonrió y comenzó de inmediato; pues llevaba muchos años contando historias a este pequeño público y sabía cómo complacerlas.
—Había una vez cuatro chicas, que tenían suficiente para comer, beber y vestir, bastantes comodidades y placeres, amigos amables y padres que las querían entrañablemente, y aun así no estaban satisfechas. (Aquí las oyentes se lanzaron miradas furtivas y comenzaron a coser diligentemente). Estas chicas deseaban ser buenas y tomaron muchas resoluciones excelentes; pero no las cumplieron muy bien, y decían constantemente: «Si tan solo tuviéramos esto» o «Si tan solo pudiéramos hacer aquello», olvidando por completo cuánto tenían ya y cuántas cosas agradables podían hacer en realidad. Así que le preguntaron a una anciana qué hechizo podían usar para ser felices, y ella dijo: «Cuando se sientan descontentas, piensen en sus bendiciones y sean agradecidas». (Aquí Jo levantó la vista rápidamente, como si fuera a hablar, pero cambió de opinión al ver que la historia aún no había terminado).
—Siendo chicas sensatas, decidieron probar su consejo y pronto se sorprendieron al ver lo bien que estaban. Una descubrió que el dinero no podía evitar que la vergüenza y el dolor entraran en las casas de los ricos; otra, que, aunque era pobre, era mucho más feliz, con su juventud, su salud y su buen ánimo, que cierta anciana irritable y débil que no podía disfrutar de sus comodidades; una tercera, que, por desagradable que fuera ayudar a preparar la cena, era más difícil tener que ir a mendigarla; y la cuarta, que incluso los anillos de cornalina no eran tan valiosos como el buen comportamiento. Así que acordaron dejar de quejarse, disfrutar de las bendiciones ya poseídas e intentar merecerlas, no fuera que les fueran arrebatadas por completo, en lugar de aumentadas; y creo que nunca quedaron decepcionadas, ni se arrepintieron de haber seguido el consejo de la anciana.
—¡Ahora, Marmee, es muy astuto de tu parte volver nuestras propias historias contra nosotras y darnos un sermón en lugar de un romance! —exclamó Meg.
—Me gusta ese tipo de sermón. Es el tipo que papá solía decirnos —dijo Beth pensativa, colocando las agujas rectas en el cojín de Jo.
—Yo no me quejo ni de lejos tanto como las demás, y ahora seré más cuidadosa que nunca; pues he recibido una advertencia con la caída de Susie —dijo Amy moralmente.
—Necesitábamos esa lección y no la olvidaremos. Si lo hacemos, tú solo dinos, como hacía la vieja Chloe en «La cabaña del tío Tom»: «¡Pensad en vuestras mercedes, niños! ¡Pensad en vuestras mercedes!» —añadió Jo, quien no pudo, por nada del mundo, evitar sacar un ápice de diversión del pequeño sermón, aunque se lo tomó tan a pecho como cualquiera de ellas.
V.
SIENDO VECINOS.
—¿Qué diablos vas a hacer ahora, Jo? —preguntó Meg, una tarde nevada, mientras su hermana entraba pisando fuerte en el pasillo, con botas de goma, un saco viejo y una capucha, con una escoba en una mano y una pala en la otra.
—Salgo a hacer ejercicio —respondió Jo, con un brillo travieso en los ojos.
—¡Debería pensar que dos largos paseos esta mañana habrían sido suficientes! Hace frío y está nublado afuera; y te aconsejo que te quedes, abrigada y seca, junto al fuego, como yo —dijo Meg, con un escalofrío.
—¡Nunca aceptes consejos! No puedo quedarme quieta todo el día y, no siendo una gatita, no me gusta adormilarme junto al fuego. Me gustan las aventuras y voy a buscar algunas.
Meg volvió a calentar sus pies y a leer «Ivanhoe»; y Jo comenzó a cavar senderos con gran energía. La nieve era ligera y, con su escoba, pronto barrió un sendero por todo el jardín, para que Beth caminara cuando saliera el sol; y las muñecas inválidas necesitaban aire. Ahora bien, el jardín separaba la casa de los March de la del señor Laurence. Ambas se encontraban en un suburbio de la ciudad, que aún conservaba un aire rural, con arboledas y céspedes, grandes jardines y calles tranquilas. Un seto bajo separaba las dos propiedades. A un lado estaba una casa vieja y marrón, que parecía bastante desnuda y desgastada, despojada de las enredaderas que en verano cubrían sus muros y de las flores que entonces la rodeaban. Al otro lado había una señorial mansión de piedra, que denotaba claramente todo tipo de comodidades y lujos, desde la gran cochera y los jardines bien cuidados hasta el invernadero y los destellos de cosas encantadoras que uno captaba entre las ricas cortinas. Sin embargo, parecía una casa solitaria y sin vida; pues ningún niño correteaba por el césped, ningún rostro maternal sonreía jamás en las ventanas, y pocas personas entraban y salían, excepto el anciano caballero y su nieto.
Para la viva imaginación de Jo, esta hermosa casa parecía una especie de palacio encantado, lleno de esplendores y delicias que nadie disfrutaba. Hacía tiempo que quería contemplar estas glorias ocultas y conocer al «chico Laurence», quien parecía como si deseara ser conocido, si tan solo supiera cómo empezar. Desde la fiesta, había estado más ansiosa que nunca y había planeado muchas formas de entablar amistad con él; pero no se le había visto últimamente, y Jo empezaba a pensar que se había ido, cuando un día divisó una cara morena en una ventana superior, mirando con nostalgia hacia su jardín, donde Beth y Amy se lanzaban bolas de nieve.
—Ese chico está sufriendo por falta de compañía y diversión —se dijo a sí misma—. Su abuelo no sabe lo que es bueno para él y lo mantiene encerrado solo. Necesita un grupo de chicos alegres con quienes jugar, o alguien joven y vivaz. ¡Tengo muchas ganas de ir allí y decírselo al viejo caballero!
La idea divirtió a Jo, a quien le gustaba hacer cosas atrevidas y siempre escandalizaba a Meg con sus actuaciones extrañas. El plan de «ir allí» no se olvidó; y cuando llegó la tarde nevada, Jo resolvió intentar lo que se pudiera hacer. Vio al señor Laurence marcharse en coche y entonces salió para abrirse camino hasta el seto, donde se detuvo y echó un vistazo. Todo en calma; cortinas bajadas en las ventanas inferiores; criados fuera de la vista y nada humano visible salvo una cabeza negra rizada apoyada en una mano delgada en la ventana superior.
—Ahí está —pensó Jo—, ¡pobre chico! Solo y enfermo este día sombrío. ¡Es una lástima! Lanzaré una bola de nieve, haré que mire hacia afuera y luego le diré una palabra amable.
Un puñado de nieve blanda salió disparado hacia arriba, y la cabeza se giró de inmediato, mostrando una cara que perdió su aspecto apático en un minuto, mientras los grandes ojos se iluminaban y la boca comenzaba a sonreír. Jo asintió, se rio y agitó su escoba mientras gritaba:
—¿Cómo estás? ¿Estás enfermo?
Laurie abrió la ventana y graznó tan ronca como un cuervo:
—Mejor, gracias. He tenido un resfriado fuerte y he estado encerrado una semana.
—Lo siento. ¿Con qué te diviertes?
—Con nada; es tan aburrido como una tumba aquí arriba.
—¿No lees?
—No mucho; no me dejan.
—¿No puede alguien leerte?
—El abuelo lo hace, a veces; pero mis libros no le interesan y odio pedirle a Brooke todo el tiempo.
—Haz que alguien venga a verte, entonces.
—No hay nadie a quien me gustaría ver. Los chicos hacen tanto ruido y mi cabeza está débil.
—¿No hay alguna chica agradable que lea y te divierta? Las chicas son tranquilas y les gusta jugar a ser enfermeras.
—No conozco a ninguna.
—Nos conoces a nosotras —comenzó Jo, luego se rio y se detuvo.
—¡Es verdad! ¿Vendrás, por favor? —gritó Laurie.
—No soy tranquila ni agradable; pero iré, si mi madre me deja. Iré a preguntarle. Cierra esa ventana, como un buen chico, y espera hasta que venga.
Con esto, Jo se echó la escoba al hombro y entró en la casa, preguntándose qué dirían todos de ella. Laurie estaba en un revuelo de emoción ante la idea de tener compañía y voló para prepararse; pues, como dijo la señora March, él era «un pequeño caballero» y honraba a la invitada que venía cepillándose la cabeza rizada, poniéndose un cuello limpio e intentando ordenar la habitación que, a pesar de media docena de sirvientes, era cualquier cosa menos ordenada. Poco después se escuchó un fuerte timbre, luego una voz decidida preguntando por el «señor Laurie», y un criado con aspecto sorprendido vino corriendo a anunciar a una joven.
—Está bien, hazla pasar, es la señorita Jo —dijo Laurie, yendo a la puerta de su pequeño salón para recibir a Jo, quien apareció con aspecto sonrosado, amable y bastante cómoda, con un plato cubierto en una mano y los tres gatitos de Beth en la otra.
—Aquí estoy, con todo mi equipaje —dijo alegremente—. Mi madre envía sus recuerdos y se alegra de que pueda hacer algo por ti. Meg quería que te trajera un poco de su manjar blanco; lo hace muy bien, y Beth pensó que sus gatitos serían un consuelo. Sabía que te reirías de ellos, pero no pude negarme, estaba tan ansiosa por hacer algo.
Dio la casualidad de que el divertido préstamo de Beth fue justo lo que hacía falta; pues, al reírse de los gatitos, Laurie olvidó su timidez y se volvió sociable de inmediato.
—Eso parece demasiado bonito para comerlo —dijo, sonriendo con placer, mientras Jo destapaba el plato y mostraba el manjar blanco, rodeado por una guirnalda de hojas verdes y las flores escarlatas del geranio favorito de Amy.
—No es nada, solo que todas se sentían amables y querían demostrarlo. Dile a la criada que lo guarde para tu té: es tan sencillo que puedes comerlo; y, al ser blando, se deslizará sin lastimar tu garganta irritada. ¡Qué acogedora es esta habitación!
—Podría serlo si se mantuviera bonita; pero las criadas son perezosas y no sé cómo hacer que obedezcan. Aunque eso me preocupa.
—Lo arreglaré en dos minutos; pues solo necesita que se limpie la chimenea, así... y que las cosas se enderecen en la repisa de la chimenea así... y los libros puestos aquí, y las botellas allá, y tu sofá alejado de la luz, y las almohadas un poco ahuecadas. Ahora sí, estás listo.
Y así fue; pues, mientras reía y hablaba, Jo había colocado las cosas en su lugar y le había dado un aire completamente diferente a la habitación. Laurie la observó en respetuoso silencio; y cuando ella le hizo señas para que fuera a su sofá, él se sentó con un suspiro de satisfacción, diciendo con gratitud:
—¡Qué amable eres! Sí, eso era lo que le faltaba. Ahora, por favor, toma la silla grande y déjame hacer algo para divertir a mi compañía.
—No; he venido a divertirte. ¿Leo en voz alta? —y Jo miró con cariño algunos libros atractivos que había cerca.
—Gracias; ya los he leído todos y, si no te importa, preferiría hablar —respondió Laurie.
—Ni un poco; hablaré todo el día si solo me haces empezar. Beth dice que nunca sé cuándo parar.
—¿Beth es la de aspecto sonrosado, que se queda mucho en casa y a veces sale con una pequeña cesta? —preguntó Laurie, con interés.
—Sí, esa es Beth; es mi chica, y una realmente buena.
—La bonita es Meg, y la de pelo rizado es Amy, ¿creo?
—¿Cómo te enteraste de eso?
Laurie se sonrojó, pero respondió con franqueza: —Bueno, ya ves, a menudo las escucho llamarse unas a otras, y cuando estoy solo aquí arriba, no puedo evitar mirar hacia su casa, siempre parecen estar pasando momentos tan buenos. Te pido perdón por ser tan grosero, pero a veces te olvidas de bajar la cortina en la ventana donde están las flores; y cuando se encienden las lámparas, es como mirar un cuadro ver el fuego y a todas ustedes alrededor de la mesa con su madre; su cara está justo enfrente y se ve tan dulce detrás de las flores que no puedo evitar mirarla. No tengo madre, ya sabes; —y Laurie removió el fuego para ocultar un pequeño temblor de sus labios que no pudo controlar.
La mirada solitaria y hambrienta en sus ojos llegó directamente al corazón cálido de Jo. Había sido educada de forma tan sencilla que no había tonterías en su cabeza, y a los quince años era tan inocente y franca como cualquier niña. Laurie estaba enfermo y solo; y, sintiendo lo rica que era en amor hogareño y felicidad, intentó alegremente compartirlo con él. Su rostro era muy amable y su voz aguda inusualmente suave mientras decía:
—Nunca volveremos a correr esa cortina, y te doy permiso para mirar todo lo que quieras. Sin embargo, solo desearía que, en lugar de espiar, vinieras a vernos. Mi madre es tan espléndida que te haría mucho bien, Beth te cantaría si se lo pidiera, y Amy bailaría; Meg y yo te haríamos reír con nuestros divertidos accesorios teatrales, y pasaríamos momentos alegres. ¿No te dejaría tu abuelo?
—Creo que lo haría, si tu madre se lo pidiera. Es muy amable, aunque no lo parezca; y me deja hacer lo que quiera, más o menos, solo que tiene miedo de que pueda ser una molestia para los extraños —comenzó Laurie, animándose cada vez más.
—No somos extraños, somos vecinos, y no tienes que pensar que serías una molestia. Queremos conocerte, y he estado intentando hacerlo desde hace mucho tiempo. No llevamos mucho tiempo aquí, ya sabes, pero hemos conocido a todos nuestros vecinos excepto a ti.
—Ya ves, el abuelo vive entre sus libros y no le importa mucho lo que pase afuera. El señor Brooke, mi tutor, no se queda aquí, ya sabes, y no tengo a nadie con quien salir, así que simplemente me quedo en casa y me las arreglo como puedo.
—Eso es malo. Deberías esforzarte y visitar todos los lugares a los que te inviten; entonces tendrás muchos amigos y lugares agradables a los que ir. No te preocupes por ser tímido; no durará mucho si sigues saliendo.
Laurie se puso rojo otra vez, pero no se ofendió por ser acusado de timidez; pues había tanta buena voluntad en Jo que era imposible no tomar sus comentarios directos tan amablemente como fueron hechos.
—¿Te gusta tu escuela? —preguntó el chico, cambiando de tema, después de una pequeña pausa, durante la cual miró fijamente al fuego, y Jo miró a su alrededor, muy complacida.
—No voy a la escuela; soy una mujer de negocios; quiero decir, chica. Voy a servir a mi tía abuela, y es una querida anciana gruñona también —respondió Jo.
Laurie abrió la boca para hacer otra pregunta; pero recordando justo a tiempo que no eran buenos modales hacer demasiadas averiguaciones sobre los asuntos de la gente, la cerró de nuevo y pareció incómodo. A Jo le gustó su buena educación y no le importó reírse de la tía March, así que le dio una descripción vívida de la inquieta anciana, su caniche gordo, el loro que hablaba español y la biblioteca donde ella se deleitaba. Laurie disfrutó eso inmensamente; y cuando ella contó sobre el caballero mayor y estirado que vino una vez a cortejar a la tía March y, en medio de un discurso elegante, cómo Poll le había arrancado la peluca para su gran consternación, el chico se echó hacia atrás y se rio hasta que las lágrimas corrieron por sus mejillas y una criada asomó la cabeza para ver qué pasaba.
—¡Oh! Eso me hace mucho bien. Sigue contando, por favor —dijo, sacando su cara del cojín del sofá, roja y brillante de alegría.
Muy entusiasmada con su éxito, Jo «siguió contando», todo sobre sus juegos y planes, sus esperanzas y miedos por papá, y los eventos más interesantes del pequeño mundo en el que vivían las hermanas. Luego comenzaron a hablar de libros; y, para deleite de Jo, descubrió que a Laurie le encantaban tanto como a ella, y que había leído incluso más que ella misma.
—Si te gustan tanto, baja y mira los nuestros. El abuelo está fuera, así que no tienes que tener miedo —dijo Laurie, levantándose.
—No tengo miedo de nada —respondió Jo, con un movimiento de cabeza.
—¡No creo que lo tengas! —exclamó el chico, mirándola con mucha admiración, aunque pensaba en privado que ella tendría buenas razones para estar un poco asustada del anciano caballero, si lo encontrara en alguno de sus estados de ánimo.
Como la atmósfera de toda la casa era veraniega, Laurie abrió el camino de una habitación a otra, dejando que Jo se detuviera a examinar todo lo que le llamaba la atención; y así llegaron finalmente a la biblioteca, donde ella aplaudió y brincó, como siempre hacía cuando estaba especialmente encantada. Estaba llena de libros, y había cuadros y estatuas, y pequeños armarios fascinantes llenos de monedas y curiosidades, y sillones cómodos, y mesas extrañas, y bronces; y, lo mejor de todo, una gran chimenea abierta, con azulejos pintorescos por todas partes.
—¡Qué riqueza! —suspiró Jo, hundiéndose en la profundidad de una silla de terciopelo y mirando a su alrededor con un aire de intensa satisfacción—. Theodore Laurence, deberías ser el chico más feliz del mundo —añadió de forma impresionante.
—Un hombre no puede vivir solo de libros —dijo Laurie, sacudiendo la cabeza, mientras se posaba en una mesa de enfrente.
Antes de que pudiera decir más, sonó una campana y Jo saltó, exclamando con alarma: —¡Dios mío! ¡Es tu abuelo!
—Bueno, ¿y qué si lo es? No tienes miedo de nada, ya sabes —respondió el chico, con una mirada pícara.
—Creo que le tengo un poco de miedo, pero no sé por qué debería tenerlo. Marmee dijo que podía venir, y no creo que usted haya salido perdiendo con ello —dijo Jo, componiéndose, aunque mantuvo los ojos fijos en la puerta.
—He salido ganando mucho, y le estoy muy agradecido. Solo temo que se haya cansado de hablar conmigo; era tan agradable que no podía dejar de hacerlo —dijo Laurie con gratitud.
—El doctor viene a verle, señor —y la criada hizo un gesto con la mano mientras hablaba.
—¿Le importaría si la dejo un minuto? Supongo que debo verle —dijo Laurie.
—No se preocupe por mí. Soy tan feliz como una perdiz aquí —respondió Jo.
Laurie se marchó, y su invitada se entretuvo a su manera. Estaba de pie ante un magnífico retrato del anciano caballero cuando la puerta se abrió de nuevo y, sin volverse, dijo con decisión: —Ahora estoy segura de que no debería tenerle miedo, porque tiene unos ojos amables, aunque su boca es severa, y parece como si tuviera una voluntad tremenda. No es tan apuesto como mi abuelo, pero me agrada.
—Gracias, señorita —dijo una voz brusca detrás de ella; y allí, para su gran consternación, estaba el viejo Sr. Laurence.
La pobre Jo se sonrojó hasta que no pudo estar más roja, y su corazón comenzó a latir incómodamente rápido al pensar en lo que había dicho. Por un minuto le invadió un deseo loco de salir corriendo; pero eso era de cobardes, y las chicas se reirían de ella: así que decidió quedarse y salir del apuro como pudiera. Una segunda mirada le mostró que los ojos vivos, bajo las pobladas cejas grises, eran más amables incluso que los pintados; y había en ellos un brillo pícaro, lo que disminuyó bastante su miedo. La voz brusca fue más áspera que nunca cuando el anciano dijo abruptamente, tras esa terrible pausa: —Así que no me tienes miedo, ¿eh?
—No mucho, señor.
—¿Y no crees que soy tan apuesto como tu abuelo?
—No del todo, señor.
—¿Y tengo una voluntad tremenda, eh?
—Solo dije que eso pensaba.
—¿Pero te agrado, a pesar de ello?
—Sí, así es, señor.
Aquella respuesta complació al anciano; soltó una breve carcajada, le estrechó la mano y, poniéndole un dedo bajo la barbilla, le levantó el rostro, lo examinó con gravedad y lo soltó, diciendo con un asentimiento: —Tienes el espíritu de tu abuelo, aunque no tengas su rostro. Era un buen hombre, querida; pero, lo que es mejor, era un hombre valiente y honesto, y yo me sentía orgulloso de ser su amigo.
—Gracias, señor —y Jo se sintió muy cómoda después de aquello, pues le cuadraba exactamente.
—¿Qué le has estado haciendo a este chico mío, eh? —fue la siguiente pregunta, formulada con agudeza.
—Solo intentar ser buena vecina, señor —y Jo contó cómo se produjo su visita.
—¿Crees que necesita un poco de alegría, verdad?
—Sí, señor; parece un poco solitario, y la gente joven quizá le vendría bien. Solo somos chicas, pero nos alegraría ayudar si pudiéramos, pues no olvidamos el espléndido regalo de Navidad que nos envió —dijo Jo con entusiasmo.
—¡Bah, bah, bah! Eso fue asunto del chico. ¿Cómo está la pobre mujer?
—Muy bien, señor —y Jo se puso a hablar muy deprisa, contando todo sobre los Hummel, en quienes su madre había interesado a amigos más ricos que ellos.
—Exactamente la forma de hacer el bien de su padre. Vendré a ver a tu madre algún buen día. Díselo. Ahí está la campana del té; lo tomamos temprano, por el chico. Baja y sigue siendo buena vecina.
—Si le gustaría que lo fuera, señor.
—No te lo pediría si no fuera así —y el Sr. Laurence le ofreció el brazo con una cortesía a la antigua.
—¿Qué diría Meg de esto? —pensó Jo mientras era conducida lejos, mientras sus ojos bailaban de diversión al imaginarse contando la historia en casa.
—¡Eh! Pero, ¿qué rayos le ha pasado al chico? —dijo el anciano cuando Laurie bajó corriendo las escaleras y se detuvo con un sobresalto de sorpresa ante la asombrosa visión de Jo del brazo de su temible abuelo.
—No sabía que había venido, señor —comenzó, mientras Jo le lanzaba una pequeña mirada triunfal.
—Eso es evidente, por la forma en que bajas las escaleras alborotando. Ven a tomar tu té, señor, y compórtate como un caballero —y tras tirar del pelo al chico a modo de caricia, el Sr. Laurence siguió caminando, mientras Laurie realizaba una serie de evoluciones cómicas a sus espaldas, lo que casi provoca una explosión de risa en Jo.
El anciano no dijo mucho mientras tomaba sus cuatro tazas de té, pero observaba a los jóvenes, que pronto conversaban como viejos amigos, y el cambio en su nieto no le pasó desapercibido. Ahora había color, luz y vida en el rostro del chico, vivacidad en sus modales y una alegría genuina en su risa.
—Tiene razón; el muchacho está solo. Veré qué pueden hacer estas niñas por él —pensó el Sr. Laurence mientras miraba y escuchaba. Jo le agradaba, pues sus modales extraños y directos le encajaban; y ella parecía entender al chico casi tan bien como si hubiera sido uno de ellos.
Si los Laurence hubieran sido lo que Jo llamaba "formales y estirados", ella no se habría llevado nada bien, pues esa clase de gente siempre la volvía tímida y torpe; pero al encontrarlos naturales y sencillos, ella se sintió igual y causó una buena impresión. Cuando se levantaron, ella propuso marcharse, pero Laurie dijo que tenía algo más que enseñarle y la llevó al invernadero, que había sido iluminado para ella. A Jo le pareció algo de cuento de hadas mientras recorría los senderos, disfrutando de los muros florecidos a ambos lados, la luz suave, el aire húmedo y dulce, y las maravillosas enredaderas y árboles que colgaban sobre ella, mientras su nuevo amigo cortaba las flores más hermosas hasta que tuvo las manos llenas; luego las ató, diciendo, con la mirada feliz que a Jo le gustaba ver: —Por favor, dáselas a tu madre y dile que me ha gustado mucho la medicina que me envió.
Encontraron al Sr. Laurence de pie ante el fuego en el gran salón, pero la atención de Jo estaba totalmente absorbida por un piano de cola que estaba abierto.
—¿Tocas? —preguntó, volviéndose hacia Laurie con expresión respetuosa.
—A veces —respondió él con modestia.
—Por favor, hazlo ahora. Quiero escucharlo, para poder contárselo a Beth.
—¿No quieres hacerlo tú primero?
—No sé cómo; soy demasiado torpe para aprender, pero amo la música profundamente.
Así que Laurie tocó, y Jo escuchó, con la nariz lujosamente enterrada en el heliotropo y las rosas de té. Su respeto y consideración por el "chico Laurence" aumentaron mucho, pues tocaba maravillosamente bien y no se daba aires. Deseó que Beth pudiera oírle, pero no lo dijo; solo lo elogió hasta que él se sintió completamente abochornado y su abuelo acudió al rescate. —Ya basta, ya basta, joven. Demasiados dulces no son buenos para él. Su música no está mal, pero espero que lo haga igual de bien en cosas más importantes. ¿Te vas? Bueno, te estoy muy agradecido y espero que vuelvas. Mis respetos a tu madre. Buenas noches, Doctora Jo.
Le estrechó la mano con amabilidad, pero parecía como si algo no le complaciera. Cuando llegaron al vestíbulo, Jo le preguntó a Laurie si había dicho algo malo. Él negó con la cabeza.
—No, fui yo; no le gusta oírme tocar.
—¿Por qué no?
—Ya te lo contaré algún día. John te acompañará a casa, ya que yo no puedo.
—No hace falta; no soy una señorita y está a solo un paso. Cuídate, ¿no lo harás?
—Sí; pero espero que vuelvas, ¿verdad?
—Si prometes venir a vernos después de que estés bien.
—Lo haré.
—¡Buenas noches, Laurie!
—¡Buenas noches, Jo, buenas noches!
Cuando se contaron todas las aventuras de la tarde, la familia tuvo ganas de ir de visita en grupo, pues cada una encontró algo muy atractivo en la gran casa al otro lado del seto. La Sra. March quería hablar de su padre con el anciano que no lo había olvidado; Meg anhelaba pasear por el invernadero; Beth suspiraba por el piano de cola; y Amy estaba impaciente por ver los hermosos cuadros y estatuas.
—Madre, ¿por qué al Sr. Laurence no le gustaba que Laurie tocara? —preguntó Jo, que era de disposición inquisitiva.
—No estoy segura, pero creo que fue porque su hijo, el padre de Laurie, se casó con una dama italiana, una música, lo cual disgustó al anciano, que es muy orgulloso. La dama era buena, encantadora y culta, pero no le gustó y nunca volvió a ver a su hijo después de que se casara. Ambos murieron cuando Laurie era un niño pequeño, y entonces su abuelo lo acogió. Imagino que el chico, que nació en Italia, no es muy fuerte, y el anciano tiene miedo de perderle, lo que le hace ser tan cuidadoso. Laurie tiene de forma natural su amor por la música, pues es como su madre, y me atrevo a decir que su abuelo teme que quiera ser músico; en cualquier caso, su habilidad le recuerda a la mujer que no le gustaba, y por eso "fruncía el ceño", como dijo Jo.
—¡Dios mío, qué romántico! —exclamó Meg.
—¡Qué tontería! —dijo Jo—. Dejadle ser músico, si quiere, y no le amarguéis la vida enviándole a la universidad, cuando odia ir.
—Por eso tiene unos ojos negros tan bonitos y unos modales tan amables, supongo. Los italianos siempre son agradables —dijo Meg, que era un poco sentimental.
—¿Qué sabes tú de sus ojos y sus modales? Casi nunca has hablado con él —gritó Jo, que no era sentimental.
—Le vi en la fiesta, y lo que cuentas demuestra que sabe comportarse. Fue un discurso muy agradable el de la medicina que le envió madre.
—Se refería al blanc-mange, supongo.
—¡Qué estúpida eres, niña! Se refería a ti, por supuesto.
—¿De verdad? —y Jo abrió mucho los ojos como si nunca se le hubiera ocurrido antes.
—¡Nunca vi una chica igual! No sabes reconocer un cumplido cuando te lo hacen —dijo Meg, con aire de señorita que sabía todo sobre el asunto.
—Creo que son una gran tontería, y te agradeceré que no seas tonta y no me estropees la diversión. Laurie es un buen chico, me gusta y no quiero ninguna cursilería sentimental sobre cumplidos y basura por el estilo. Todas seremos buenas con él, porque no tiene madre, y puede venir a vernos, ¿verdad, Marmee?
—Sí, Jo, tu pequeño amigo es muy bienvenido, y espero que Meg recuerde que los niños deben ser niños tanto tiempo como puedan.
—Yo no me llamo a mí misma niña, y aún no he llegado a la adolescencia —observó Amy—. ¿Qué dices tú, Beth?
—Estaba pensando en nuestro "Progreso del peregrino" —respondió Beth, que no había oído una palabra—. Cómo salimos del Pantano y pasamos por la Puerta Estrecha al resolver ser buenas, y subimos la colina empinada esforzándonos; y que quizá la casa de allí, llena de cosas espléndidas, vaya a ser nuestro Palacio Hermoso.
—Primero tenemos que pasar por delante de los leones —dijo Jo, como si le gustara bastante la perspectiva.
VI.
BETH ENCUENTRA EL PALACIO HERMOSO.
La gran casa resultó ser un Palacio Hermoso, aunque llevó algo de tiempo a todas entrar, y a Beth le resultó muy difícil pasar por delante de los leones. El viejo Sr. Laurence era el más grande; pero después de que hubo llamado, dicho algo divertido o amable a cada una de las chicas y hablado de los viejos tiempos con su madre, nadie sintió mucho miedo de él, excepto la tímida Beth. El otro león era el hecho de que ellas eran pobres y Laurie rico; pues esto las hacía tímidas a la hora de aceptar favores que no podían devolver. Pero, al cabo de un tiempo, descubrieron que él las consideraba a ellas las benefactoras, y no podía hacer lo suficiente para demostrar lo agradecido que estaba por la maternal bienvenida de la Sra. March, su alegre compañía y el consuelo que encontraba en aquel humilde hogar. Así que pronto olvidaron su orgullo e intercambiaron bondades sin pararse a pensar cuál era mayor.
Todo tipo de cosas agradables sucedieron por aquel entonces; pues la nueva amistad floreció como la hierba en primavera. A todos les gustaba Laurie, y él informó en privado a su tutor de que "las March eran chicas realmente espléndidas". Con el encantador entusiasmo de la juventud, acogieron al chico solitario en medio de ellas, y le dieron mucha importancia, y él encontró algo muy encantador en la inocente compañía de estas chicas de corazón sencillo. Al no haber conocido nunca a una madre o hermanas, se sintió rápidamente afectado por las influencias que ellas trajeron a su alrededor; y sus formas ocupadas y vivaces le hicieron avergonzarse de la vida indolente que llevaba. Estaba cansado de los libros, y encontraba a la gente tan interesante ahora que el Sr. Brooke se veía obligado a dar informes muy insatisfactorios; pues Laurie siempre estaba haciendo novillos y corriendo a casa de las March.
—No importa; que se tome unas vacaciones y compense después —decía el anciano—. La buena señora de al lado dice que estudia demasiado y que necesita compañía joven, diversión y ejercicio. Sospecho que tiene razón y que he estado mimando al chico como si hubiera sido su abuela. Que haga lo que quiera, mientras sea feliz. No puede meterse en problemas en ese pequeño convento de allí; y la Sra. March está haciendo más por él de lo que podemos nosotros.
¡Qué buenos momentos pasaron, sin duda! Tales obras de teatro y cuadros vivientes, tales paseos en trineo y diversiones sobre patines, tales noches agradables en el viejo salón, y de vez en cuando, tales pequeñas fiestas alegres en la gran casa. Meg podía pasear por el invernadero siempre que quisiera y deleitarse con los ramos; Jo husmeaba vorazmente en la nueva biblioteca y convulsionaba al anciano con sus críticas; Amy copiaba cuadros y disfrutaba de la belleza a sus anchas; y Laurie hacía de "señor de la mansión" de la manera más encantadora.
Pero Beth, aunque anhelaba el piano de cola, no podía armarse de valor para ir a la "Mansión de la Felicidad", como la llamaba Meg. Fue una vez con Jo; pero el anciano, no siendo consciente de su flaqueza, la miró tan fijamente desde debajo de sus cejas pobladas, y dijo "¡Eh!" tan fuerte, que la asustó tanto que "sus pies castañetearon en el suelo", le dijo a su madre; y salió corriendo, declarando que nunca volvería a ir allí, ni siquiera por el querido piano. Ninguna persuasión o incentivo pudo vencer su miedo, hasta que, llegando el hecho a oídos del Sr. Laurence de alguna manera misteriosa, se puso manos a la obra para arreglar las cosas. Durante una de las breves visitas que hizo, dirigió astutamente la conversación hacia la música y habló de grandes cantantes que había visto, de magníficos órganos que había escuchado, y contó anécdotas tan encantadoras que Beth encontró imposible quedarse en su lejano rincón, sino que se acercó cada vez más, como fascinada. Detrás de su silla se detuvo y se quedó escuchando, con sus grandes ojos muy abiertos y las mejillas rojas por la emoción de esta actuación inusual. Sin prestarle más atención que si hubiera sido una mosca, el Sr. Laurence siguió hablando de las lecciones y los profesores de Laurie; y de repente, como si la idea se le acabara de ocurrir, le dijo a la Sra. March:
—El chico descuida su música ahora, y me alegro, porque se estaba volviendo demasiado aficionado a ella. Pero el piano sufre por falta de uso. ¿No les gustaría a alguna de sus chicas pasarse por aquí y practicar de vez en cuando, solo para mantenerlo afinado, ya sabe, señora?
Beth dio un paso adelante y apretó sus manos con fuerza para evitar aplaudir, pues esto era una tentación irresistible; y la idea de practicar en aquel espléndido instrumento le cortó la respiración. Antes de que la Sra. March pudiera responder, el Sr. Laurence continuó con un pequeño y extraño asentimiento y una sonrisa:
—No necesitan ver ni hablar con nadie, sino entrar en cualquier momento; pues yo estoy encerrado en mi estudio en el otro extremo de la casa, Laurie está mucho tiempo fuera, y los criados nunca están cerca del salón después de las nueve de la noche.
Aquí se levantó, como si fuera a marcharse, y Beth se decidió a hablar, pues aquel último arreglo no dejaba nada que desear. —Por favor, diga a las jóvenes lo que digo; y si no les apetece venir, bueno, no importa. Aquí una pequeña mano se deslizó en la suya, y Beth le miró con un rostro lleno de gratitud, mientras decía, a su manera sincera pero tímida:
—¡Oh, señor, sí que les apetece, mucho, mucho!
—¿Eres tú la chica musical? —preguntó, sin ningún "¡Eh!" alarmante, mientras la miraba con mucha amabilidad.
—Soy Beth. Me encanta profundamente, y vendré, si está usted muy seguro de que nadie me oirá... y se molestará —añadió, temiendo ser grosera y temblando ante su propia audacia mientras hablaba.
—Ni un alma, querida. La casa está vacía la mitad del día; así que ven y toca tanto como quieras, y te estaré agradecido.
—¡Qué amable es usted, señor!
Beth se sonrojó como una rosa ante la mirada amistosa que él lucía; pero ya no estaba asustada y apretó agradecida la mano grande, porque no tenía palabras para agradecerle el precioso regalo que le había hecho. El anciano apartó suavemente el cabello de su frente y, agachándose, la besó, diciendo, en un tono que pocas personas oyeron jamás:
—Tuve una niña una vez, con ojos como estos. ¡Dios te bendiga, querida! Buenos días, señora; —y se fue, a toda prisa.
Beth tuvo un arrebato de alegría con su madre, y luego salió corriendo para comunicar la gloriosa noticia a su familia de inválidos, ya que las chicas no estaban en casa. Qué alegremente cantó aquella tarde, y cómo se rieron todas de ella, porque despertó a Amy por la noche tocando el piano en su cara mientras dormía. Al día siguiente, habiendo visto salir de casa tanto al anciano como al joven caballero, Beth, tras dos o tres retrocesos, entró de verdad por la puerta lateral y se dirigió, tan silenciosamente como un ratón, al salón, donde estaba su ídolo. Por puro accidente, por supuesto, algo de música bonita y fácil estaba sobre el piano; y, con dedos temblorosos y frecuentes paradas para escuchar y mirar a su alrededor, Beth finalmente tocó el gran instrumento, y de inmediato olvidó su miedo, a sí misma y todo lo demás, excepto el deleite indescriptible que le proporcionaba la música, pues era como la voz de un amigo querido.
Se quedó hasta que Hannah vino a buscarla para ir a cenar; pero no tenía apetito y solo podía sentarse y sonreír a todos en un estado general de beatitud.
Después de eso, la pequeña capucha marrón se deslizaba por el seto casi todos los días, y el gran salón estaba embrujado por un espíritu melodioso que venía y se iba sin ser visto. Nunca supo que el Sr. Laurence a menudo abría la puerta de su estudio para escuchar las melodías de antaño que le gustaban; nunca vio a Laurie montar guardia en el vestíbulo para advertir a los criados; nunca sospechó que los libros de ejercicios y las canciones nuevas que encontraba en el atril estaban allí para su beneficio especial; y cuando él le hablaba de música en casa, ella solo pensaba en lo amable que era él al contarle cosas que la ayudaban tanto. Así que disfrutó de todo corazón y descubrió, lo cual no siempre sucede, que su deseo concedido era todo lo que había esperado. Quizá fue porque estaba tan agradecida por esta bendición que se le concedió otra mayor; en cualquier caso, merecía ambas.
—Madre, voy a hacerle al Sr. Laurence un par de zapatillas. Es tan amable conmigo que debo agradecérselo, y no conozco otra forma. ¿Puedo hacerlo? —preguntó Beth, unas semanas después de aquella trascendental visita suya.
—Sí, querida. Le complacerá mucho y será una buena forma de agradecérselo. Las chicas te ayudarán con ellas y yo pagaré la confección —respondió la Sra. March, que sentía un placer peculiar al conceder las peticiones de Beth, porque rara vez pedía nada para sí misma.
Tras muchas discusiones serias con Meg y Jo, se eligió el patrón, se compraron los materiales y se comenzaron las zapatillas. Se decidió que un ramillete de pensamientos graves, pero alegres, sobre un fondo de color púrpura más intenso, sería muy apropiado y bonito; y Beth trabajó en ellas de sol a sol, con ayuda ocasional en las partes difíciles. Era una costurera pequeña y ágil, y las terminó antes de que nadie se cansara de ellas. Luego escribió una nota muy breve y sencilla y, con la ayuda de Laurie, consiguió que las metieran de contrabando en la mesa del estudio una mañana, antes de que el anciano caballero se hubiera levantado.
Cuando esta emoción pasó, Beth esperó a ver qué sucedía. Transcurrió todo aquel día y parte del siguiente sin que llegara ningún agradecimiento, y empezó a temer haber ofendido a su caprichoso amigo. En la tarde del segundo día, salió a hacer un recado y a dar a la pobre Joanna, la muñeca inválida, su ejercicio diario. Al subir por la calle, a su regreso, vio tres, sí, cuatro cabezas asomándose y ocultándose por las ventanas del salón y, en cuanto la vieron, varias manos se agitaron y varias voces jubilosas gritaron:
—¡Aquí hay una carta del anciano caballero! ¡Ven rápido y léela!
—¡Oh, Beth, te ha enviado...! —comenzó Amy, gesticulando con una energía impropia; pero no llegó más lejos, pues Jo la silenció cerrando la ventana de golpe.
Beth se apresuró a llegar en un torbellino de suspense. En la puerta, sus hermanas la atraparon y la llevaron al salón en una procesión triunfal, todas señalando y diciendo a la vez: "¡Mira ahí! ¡mira ahí!". Beth miró y se puso pálida de deleite y sorpresa; pues allí estaba un pequeño piano de gabinete, con una carta sobre la tapa brillante, dirigida, como un cartel, a la "Srta. Elizabeth March".
—¿Para mí? —jadeó Beth, agarrándose a Jo y sintiendo como si fuera a desplomarse; era algo demasiado abrumador.
—Sí; ¡todo para ti, mi tesoro! ¿No es espléndido de su parte? ¿No crees que es el hombre más querido del mundo? Aquí está la llave en la carta. No la abrimos, pero nos morimos por saber qué dice —exclamó Jo, abrazando a su hermana y ofreciéndole la nota.
—¡Léela tú! ¡Yo no puedo, me siento tan rara! ¡Oh, es demasiado encantador! —y Beth escondió la cara en el delantal de Jo, completamente alterada por su regalo.
Jo abrió el papel y empezó a reír, pues las primeras palabras que vio fueron:
"SRTA. MARCH:
"Estimada señora..."
—¡Qué bien suena! ¡Ojalá alguien me escribiera así! —dijo Amy, que consideraba el anticuado tratamiento muy elegante.
"'He tenido muchos pares de zapatillas en mi vida, pero nunca tuve ningunas que me sentaran tan bien como las suyas'", continuó Jo. "'El pensamiento es mi flor favorita, y estas siempre me recordarán a la gentil donante. Me gusta pagar mis deudas; así que sé que usted permitirá que "el anciano caballero" le envíe algo que una vez perteneció a la pequeña nieta que perdió. Con sincero agradecimiento y los mejores deseos, permanezco,
"'Su agradecido amigo y humilde servidor,
"'JAMES LAURENCE'".
—¡Ahí tienes, Beth, es un honor del que estar orgullosa, sin duda! Laurie me contó cuánto quería el Sr. Laurence a la niña que murió y cómo conservaba todas sus cositas con esmero. Piensa, te ha dado su piano. Eso es lo que tiene tener grandes ojos azules y amar la música —dijo Jo, tratando de calmar a Beth, quien temblaba y parecía más emocionada de lo que nunca había estado.
—Mira los ingeniosos soportes para poner velas, y la bonita seda verde, fruncida, con una rosa dorada en medio, y el precioso atril y el taburete, todo completo —añadió Meg, abriendo el instrumento y mostrando sus bellezas.
—"Su humilde servidor, James Laurence"; solo piensa que te escribiera eso a ti. Se lo contaré a las chicas. Pensarán que es espléndido —dijo Amy, muy impresionada por la nota.
—Pruébalo, cariño. Vamos a oír el sonido del pianito —dijo Hannah, quien siempre participaba de las alegrías y tristezas de la familia.
Así que Beth lo probó; y todas declararon que era el piano más extraordinario que jamás se hubiera escuchado. Evidentemente, lo habían afinado de nuevo y puesto a punto perfectamente; pero, por perfecto que fuera, creo que el verdadero encanto residía en el más feliz de todos los rostros felices que se inclinaban sobre él, mientras Beth tocaba amorosamente las hermosas teclas blancas y negras y presionaba los brillantes pedales.
—Tendrás que ir a darle las gracias —dijo Jo, a modo de broma; pues la idea de que la niña fuera de verdad nunca pasó por su cabeza.
—Sí, eso haré. Supongo que iré ahora, antes de que me asuste de tanto pensarlo. —Y, ante el asombro absoluto de la familia reunida, Beth caminó deliberadamente por el jardín, a través del seto, y entró por la puerta de los Laurence.
—¡Bueno, ojalá me muera si no es lo más raro que he visto nunca! ¡El pianito le ha trastornado la cabeza! Nunca habría ido en sus cabales —exclamó Hannah, mirándola mientras se alejaba, mientras las chicas se quedaban sin habla ante el milagro.
Se habrían asombrado aún más si hubieran visto lo que Beth hizo después. Si me creen, fue y llamó a la puerta del estudio antes de darse tiempo a pensar; y cuando una voz ronca gritó: "¡Pase!", ella entró, directamente hasta el Sr. Laurence, quien parecía bastante sorprendido, y le tendió la mano diciendo, con solo un pequeño temblor en la voz: "He venido a darle las gracias, señor, por...". Pero no terminó; pues él parecía tan amable que ella olvidó su discurso y, recordando solo que él había perdido a la niña que amaba, le rodeó el cuello con ambos brazos y lo besó.
Si el tejado de la casa hubiera salido volando de repente, el anciano caballero no se habría quedado más atónito; pero le gustó, ¡oh, cielos, sí, le gustó increíblemente!, y se sintió tan conmovido y complacido por aquel besito confiado que toda su aspereza se esfumó; simplemente la sentó en su regazo y apoyó su mejilla arrugada contra la rosada de ella, sintiendo como si hubiera recuperado a su propia nieta. Beth dejó de temerle desde aquel momento y se sentó allí a hablar con él tan cómodamente como si lo hubiera conocido toda su vida; pues el amor expulsa el miedo y la gratitud puede vencer al orgullo. Cuando regresó a casa, él la acompañó hasta su propia verja, le estrechó la mano cordialmente y se tocó el sombrero mientras se marchaba de vuelta, luciendo muy majestuoso y erguido, como el apuesto y marcial anciano caballero que era.
Cuando las chicas vieron aquella escena, Jo empezó a bailar una giga para expresar su satisfacción; Amy casi se cae por la ventana por la sorpresa; y Meg exclamó, con las manos en alto: "¡Bueno, creo que el mundo se acaba!".
VII.
EL VALLE DE LA HUMILLACIÓN DE AMY.
—Ese chico es un cíclope perfecto, ¿verdad? —dijo Amy un día, mientras Laurie pasaba al galope a caballo, con un floreo de su látigo al pasar.
—¿Cómo te atreves a decir eso, cuando tiene sus dos ojos? Y unos muy hermosos, además —gritó Jo, quien se ofendía por cualquier comentario despectivo sobre su amigo.
—No dije nada sobre sus ojos, y no veo por qué tienes que enfadarte cuando admiro cómo monta.
—¡Oh, Dios mío! Esa pequeña gansa quiere decir centauro, y lo ha llamado cíclope —exclamó Jo con una carcajada.
—No hace falta ser tan grosera; es solo un "lapsus lingüe", como dice el Sr. Davis —replicó Amy, rematando a Jo con su latín—. Ojalá tuviera un poco del dinero que Laurie gasta en ese caballo —añadió, como para sí misma, pero esperando que sus hermanas la oyeran.
—¿Por qué? —preguntó Meg amablemente, pues Jo se había ido a otra carcajada por el segundo error de Amy.
—Lo necesito tanto; estoy terriblemente endeudada y no me toca recibir el dinero de los trapos hasta dentro de un mes.
—¿Endeudada, Amy? ¿Qué quieres decir? —y Meg puso cara seria.
—Bueno, debo al menos una docena de limas encurtidas, y no puedo pagarlas, ya sabes, hasta que tenga dinero, porque Marmee prohibió que me cargaran nada en la tienda.
—Cuéntamelo todo. ¿Están de moda ahora las limas? Solía ser pinchar trozos de goma para hacer pelotas —y Meg trató de mantener la compostura, pues Amy parecía tan grave e importante.
—Bueno, ves, las chicas siempre están comprándolas, y a menos que quieras que te consideren tacaña, debes hacerlo también. No es más que limas ahora, pues todas las están chupando en sus pupitres en horario escolar, y cambiándolas por lápices, anillos de cuentas, muñecas de papel o cualquier otra cosa en el recreo. Si una chica quiere a otra, le da una lima; si está enfadada con ella, se come una delante de su cara y ni siquiera le ofrece una chupada. Se invitan por turnos; yo he tenido muchísimas, pero no se las he devuelto, y debería, pues son deudas de honor, ya sabes.
—¿Cuánto hará falta para saldarlas y restaurar tu crédito? —preguntó Meg, sacando su monedero.
—Un cuarto de dólar sería más que suficiente, y dejaría unos centavos para un capricho para ti. ¿No te gustan las limas?
—No mucho; puedes quedarte con mi parte. Aquí tienes el dinero. Haz que dure lo más que puedas, porque no abunda mucho, ya sabes.
—¡Oh, gracias! ¡Debe ser tan agradable tener dinero de bolsillo! Tendré un gran festín, pues no he probado una lima esta semana. Me sentía delicada de tomar alguna, ya que no podía devolverlas, y estoy sufriendo de verdad por una.
Al día siguiente, Amy llegó algo tarde a la escuela; pero no pudo resistir la tentación de mostrar, con orgullo perdonable, un paquete de papel marrón húmedo antes de depositarlo en los rincones más profundos de su pupitre. Durante los minutos siguientes, el rumor de que Amy March tenía veinticuatro deliciosas limas (se comió una por el camino) y que iba a invitar, circuló por su "grupo", y las atenciones de sus amigas se volvieron bastante abrumadoras. Katy Brown la invitó a su próxima fiesta en el acto; Mary Kingsley insistió en prestarle su reloj hasta el recreo; y Jenny Snow, una joven satírica que había escarnecido vilmente a Amy por su falta de limas, enterró rápidamente el hacha de guerra y ofreció darle las respuestas a ciertas sumas espantosas. Pero Amy no había olvidado los hirientes comentarios de la Srta. Snow sobre "ciertas personas cuya nariz no era demasiado chata para oler las limas de los demás, y personas estiradas que no eran demasiado orgullosas para pedirlas"; y aplastó al instante las esperanzas de "esa niña Snow" con el fulminante telegrama: "No hace falta que seas tan educada de repente, porque no conseguirás ninguna".
Un personaje distinguido visitó la escuela aquella mañana, y los mapas bellamente dibujados de Amy recibieron elogios, cuyo honor hacia su enemiga irritó el alma de la Srta. Snow e hizo que la Srta. March asumiera los aires de un joven pavo real estudioso. Pero, ¡ay, ay!, el orgullo precede a la caída, y la vengativa Snow cambió las tornas con un éxito desastroso. Nada más que el invitado hubo prodigado los habituales cumplidos manidos y se hubo marchado, Jenny, bajo pretexto de hacer una pregunta importante, informó al Sr. Davis, el maestro, de que Amy March tenía limas encurtidas en su pupitre.
Ahora bien, el Sr. Davis había declarado que las limas eran un artículo de contrabando y había jurado solemnemente azotar públicamente a la primera persona a la que encontrara infringiendo la ley. Este hombre tan sufrido había logrado desterrar el chicle tras una larga y tormentosa guerra, había hecho una hoguera con las novelas y periódicos confiscados, había suprimido una oficina de correos privada, había prohibido las muecas, los motes y las caricaturas, y había hecho todo lo que un hombre podía hacer para mantener en orden a medio centenar de chicas rebeldes. Los chicos ya son bastante agotadores para la paciencia humana, ¡Dios sabe!, pero las chicas lo son infinitamente más, especialmente para caballeros nerviosos con temperamentos tiránicos y sin más talento para la enseñanza que el Dr. Blimber. El Sr. Davis sabía cantidades de griego, latín, álgebra y "ologías" de todo tipo, por lo que se le consideraba un buen maestro; y los modales, la moral, los sentimientos y los ejemplos no se consideraban de importancia particular. Fue un momento muy desafortunado para denunciar a Amy, y Jenny lo sabía. El Sr. Davis, evidentemente, había tomado su café demasiado fuerte aquella mañana; soplaba viento del este, que siempre afectaba a su neuralgia; y sus alumnas no le habían dado el crédito que él sentía merecer: por lo tanto, para usar el lenguaje expresivo, si no elegante, de una colegiala, "estaba nervioso como una bruja y cruzado como un oso". La palabra "limas" fue como fuego para la pólvora; su cara amarilla se sonrojó y golpeó su pupitre con una energía que hizo que Jenny saltara a su asiento con inusual rapidez.
—¡Señoritas, atención, si hacen el favor!
Ante la severa orden, el zumbido cesó y cincuenta pares de ojos azules, negros, grises y marrones se fijaron obedientemente en su rostro terrible.
—Srta. March, venga al pupitre.
Amy se levantó para cumplir con compostura externa, pero un miedo secreto la oprimía, pues las limas pesaban en su conciencia.
—Traiga consigo las limas que tiene en su pupitre —fue la inesperada orden que la detuvo antes de salir de su asiento.
—No las cojas todas —susurró su vecina, una joven de gran presencia de ánimo.
Amy sacudió apresuradamente media docena y dejó el resto ante el Sr. Davis, sintiendo que cualquier hombre que poseyera un corazón humano se ablandaría cuando ese delicioso perfume llegara a su nariz. Desafortunadamente, el Sr. Davis detestaba particularmente el olor del encurtido de moda, y el disgusto se sumó a su ira.
—¿Eso es todo?
—No del todo —tartamudeó Amy.
—Traiga el resto inmediatamente.
Con una mirada desesperada a su grupo, obedeció.
—¿Está segura de que no hay más?
—Nunca miento, señor.
—Ya veo. Ahora tome estas cosas asquerosas de dos en dos y tírelas por la ventana.
Hubo un suspiro simultáneo, que creó una pequeña ráfaga, mientras la última esperanza huía y el convite era arrebatado de sus labios ansiosos. Escarlata de vergüenza y rabia, Amy fue y vino seis veces terribles; y mientras cada pareja condenada —con un aspecto, ¡oh!, tan carnoso y jugoso— caía de sus manos reacias, un grito desde la calle completó la angustia de las chicas, pues les decía que su festín estaba siendo objeto de regocijo por parte de los niños irlandeses, que eran sus enemigos jurados. Esto... esto era demasiado; todas lanzaron miradas indignadas o suplicantes al inexorable Davis, y una apasionada amante de las limas rompió a llorar.
Cuando Amy regresó de su último viaje, el Sr. Davis soltó un portentoso "¡Ejem!" y dijo, de la manera más impresionante:
—Señoritas, recuerdan lo que les dije hace una semana. Siento que esto haya ocurrido, pero nunca permito que se infrinjan mis reglas y nunca falto a mi palabra. Srta. March, extienda la mano.
Amy se sobresaltó y puso ambas manos a la espalda, dirigiéndole una mirada implorante que suplicaba por ella mejor que las palabras que no podía articular. Era bastante favorita del "viejo Davis", como, por supuesto, le llamaban, y es mi creencia privada que habría faltado a su palabra si la indignación de una joven irreprimible no hubiera encontrado salida en un siseo. Ese siseo, por débil que fuera, irritó al irascible caballero y selló el destino de la culpable.
—¡Su mano, Srta. March! —fue la única respuesta que recibió su muda súplica; y, demasiado orgullosa para llorar o implorar, Amy apretó los dientes, echó la cabeza hacia atrás desafiante y soportó sin inmutarse varios golpes hormigueantes en la palma de su pequeña mano. No fueron muchos ni pesados, pero eso no marcó ninguna diferencia para ella. Por primera vez en su vida había sido golpeada; y la desgracia, a sus ojos, era tan profunda como si la hubiera derribado.
—Ahora se quedará en la tarima hasta el recreo —dijo el Sr. Davis, decidido a hacer las cosas a fondo, ya que había empezado.
Eso fue terrible. Habría sido bastante malo volver a su asiento y ver las caras de lástima de sus amigas, o las satisfechas de sus pocas enemigas; pero enfrentarse a toda la escuela, con aquella vergüenza fresca sobre ella, parecía imposible, y por un segundo sintió como si solo pudiera caer donde estaba y romper a llorar. Un amargo sentido de injusticia y el pensamiento de Jenny Snow la ayudaron a soportarlo; y, ocupando el ignominioso lugar, fijó sus ojos en el tubo de la estufa sobre lo que ahora parecía un mar de rostros, y se quedó allí, tan inmóvil y pálida que a las chicas les resultó muy difícil estudiar, con aquella figura patética ante ellas.
Durante los quince minutos que siguieron, la pequeña niña orgullosa y sensible sufrió una vergüenza y un dolor que nunca olvidó. Para otros podría parecer un asunto ridículo o trivial, pero para ella fue una dura experiencia; pues durante los doce años de su vida había sido gobernada solo por el amor, y un golpe de ese tipo nunca la había tocado antes. El escozor de su mano y el dolor de su corazón fueron olvidados ante el aguijón del pensamiento:
"¡Tendré que contarlo en casa, y estarán tan decepcionados de mí!".
Los quince minutos parecieron una hora; pero llegaron a su fin por fin, y la palabra "¡Recreo!" nunca le había parecido tan bienvenida antes.
—Puede irse, Srta. March —dijo el Sr. Davis, luciendo, como se sentía, incómodo.
No olvidó pronto la mirada de reproche que Amy le lanzó, mientras iba, sin decir una palabra a nadie, directamente al vestíbulo, arrebató sus cosas y abandonó el lugar "para siempre", como se declaró apasionadamente a sí misma. Estaba en un estado lamentable cuando llegó a casa; y cuando las chicas mayores llegaron, algún tiempo después, se celebró una reunión de indignación de inmediato. La Sra. March no dijo mucho, pero parecía perturbada y consoló a su afligida hijita de la manera más tierna. Meg bañó la mano insultada con glicerina y lágrimas; Beth sintió que incluso sus amados gatitos fallarían como bálsamo para penas como esta; Jo propuso iracundamente que arrestaran al Sr. Davis sin demora; y Hannah sacudió el puño ante el "villano" y machacó patatas para la cena como si lo tuviera bajo su mortero.
No se tomó nota de la huida de Amy, excepto por sus compañeras; pero las damiselas de ojos agudos descubrieron que el Sr. Davis estaba bastante benévolo por la tarde, también inusualmente nervioso. Justo antes de que cerrara la escuela, apareció Jo, con una expresión sombría, mientras se dirigía al pupitre y entregaba una carta de su madre; luego recogió las pertenencias de Amy y partió, limpiando cuidadosamente el barro de sus botas en el felpudo, como si sacudiera el polvo del lugar de sus pies.
—Sí, puedes tener vacaciones de la escuela, pero quiero que estudies un poco cada día, con Beth —dijo la Sra. March aquella tarde—. No apruebo el castigo corporal, especialmente para las chicas. No me gusta la manera de enseñar del Sr. Davis, y no creo que las chicas con las que te relacionas te estén haciendo ningún bien, así que pediré consejo a tu padre antes de enviarte a cualquier otro sitio.
—¡Eso es bueno! Ojalá todas las chicas se fueran y arruinaran su vieja escuela. Es perfectamente enloquecedor pensar en esas limas encantadoras —suspiró Amy, con aire de mártir.
—No lamento que las perdieras, pues rompiste las reglas y merecías algún castigo por desobediencia —fue la severa respuesta, que decepcionó bastante a la joven, quien no esperaba más que simpatía.
—¿Quieres decir que te alegras de que me hayan deshonrado ante toda la escuela? —gritó Amy.
—No habría elegido esa forma de enmendar una falta —respondió su madre—; pero no estoy segura de que no te haga más bien que un método más suave. Te estás volviendo algo presumida, querida, y ya es hora de que te pongas a corregirlo. Tienes muchos pequeños dones y virtudes, pero no hay necesidad de hacer alarde de ellos, pues la presunción arruina el genio más fino. No hay mucho peligro de que el verdadero talento o la bondad sean pasados por alto mucho tiempo; incluso si lo son, la conciencia de poseerlo y usarlo bien debería satisfacer a una, y el gran encanto de todo poder es la modestia.
—¡Así es! —gritó Laurie, que estaba jugando al ajedrez en un rincón con Jo—. Conocí a una chica, una vez, que tenía un talento realmente notable para la música, y no lo sabía; nunca adivinó qué cositas tan dulces componía cuando estaba sola, y no lo habría creído si alguien se lo hubiera dicho.
—Ojalá hubiera conocido a esa buena chica; quizá me habría ayudado, soy muy estúpida —dijo Beth, que estaba de pie a su lado, escuchando con avidez.
—La conoces, y te ayuda mejor de lo que nadie más podría hacerlo —respondió Laurie, mirándola con un significado tan travieso en sus alegres ojos negros, que Beth se puso muy colorada de repente y escondió la cara en el cojín del sofá, totalmente abrumada por un descubrimiento tan inesperado.
Jo dejó que Laurie ganara la partida, para compensar aquel elogio hacia su Beth, a quien no se pudo convencer de jugar para ellos después de su cumplido. Así que Laurie hizo lo mejor que pudo y cantó de forma encantadora, pues estaba de un humor particularmente animado, ya que a las March rara vez les mostraba el lado malhumorado de su carácter. Cuando él se hubo ido, Amy, que había estado pensativa toda la velada, dijo de pronto, como si estuviera absorta en alguna nueva idea:
—¿Es Laurie un chico culto?
—Sí; ha recibido una educación excelente y tiene mucho talento; llegará a ser un gran hombre, si no lo echan a perder con tantos mimos —respondió su madre.
—Y no es engreído, ¿verdad? —preguntó Amy.
—En absoluto; por eso es tan encantador y a todas nos gusta tanto.
—Ya veo; es bonito tener talentos y ser elegante, pero no presumir ni darse aires —dijo Amy pensativa.
—Estas cosas siempre se ven y se sienten en los modales y en la conversación de una persona, si se usan con modestia; pero no es necesario exhibirlas —dijo la señora March.
—Ni más ni menos que es apropiado ponerse todos tus sombreros, vestidos y cintas a la vez, para que la gente sepa que los tienes —añadió Jo; y la lección terminó entre risas.
VIII.
JO SE ENCUENTRA CON APOLIÓN.
—Chicas, ¿a dónde vais? —preguntó Amy, entrando en su habitación una tarde de sábado y encontrándolas preparándose para salir, con un aire de secreto que despertó su curiosidad.
—No importa; las niñas pequeñas no deben hacer preguntas —respondió Jo bruscamente.
Ahora bien, si hay algo mortificante para nuestros sentimientos cuando somos jóvenes, es que nos digan eso; y que nos manden a «irnos a jugar, querida», es aún más molesto para nosotras. Amy se encrespó ante este insulto y decidió descubrir el secreto, aunque tuviera que dar la lata durante una hora. Volviéndose hacia Meg, que nunca le negaba nada durante mucho tiempo, dijo con tono persuasivo: —¡Cuéntamelo! Deberíais dejarme ir también; porque Beth está trasteando con su piano, yo no tengo nada que hacer y me siento muy sola.
—No puedo, querida, porque no estás invitada —empezó Meg; pero Jo la interrumpió con impaciencia: —Vamos, Meg, cállate, o lo echarás todo a perder. No puedes venir, Amy; así que no seas una niña pequeña y no te quejes por ello.
—Vais a algún sitio con Laurie, lo sé; estabais susurrando y riendo juntos en el sofá anoche, y os callasteis cuando entré. ¿Acaso no vais con él?
—Sí, vamos; ahora quédate quieta y deja de molestar.
Amy cerró la boca, pero usó los ojos y vio cómo Meg se metía un abanico en el bolsillo.
—¡Lo sé! ¡Lo sé! ¡Vais al teatro a ver «Los siete castillos»! —exclamó; añadiendo con determinación—: y yo iré, porque mamá dijo que podía verlo; y tengo mi dinero de los trapos, y ha sido una mezquindad no decírmelo a tiempo.
—Escúchame un minuto y sé buena niña —dijo Meg en tono conciliador—. Mamá no quiere que vayas esta semana, porque tus ojos aún no están lo suficientemente bien para soportar la luz de esta obra de hadas. La semana que viene puedes ir con Beth y Hannah, y pasaréis un buen rato.
—No me gusta ni la mitad que ir con vosotras y Laurie. Por favor, dejadme; he estado enferma con este resfriado durante tanto tiempo y encerrada, que me muero por divertirme un poco. ¡Hazlo, Meg! Me portaré muy bien —suplicó Amy, poniendo la cara más patética que pudo.
—Supongamos que la llevamos. No creo que a mamá le importe si la abrigamos bien —empezó a decir Meg.
—Si ella va, yo no iré; y si yo no voy, a Laurie no le hará gracia; y sería muy grosero, después de que solo nos invitó a nosotras, ir y arrastrar a Amy. Me parece que debería darle vergüenza meterse donde no la quieren —dijo Jo con mal genio, pues le molestaba tener que supervisar a una niña inquieta cuando quería disfrutar.
Su tono y sus modales enfadaron a Amy, que empezó a ponerse las botas diciendo, de su forma más irritante: —Iré; Meg dice que puedo; y si me pago mi entrada, Laurie no tiene nada que ver con eso.
—No puedes sentarte con nosotras, porque nuestras localidades están reservadas, y no debes sentarte sola; así que Laurie te dará su sitio, y eso arruinará nuestro placer; o conseguirá otro asiento para ti, y eso no es apropiado cuando no te han invitado. No darás ni un paso; así que puedes quedarte donde estás —regañó Jo, más brusca que nunca, tras haberse pinchado un dedo por las prisas.
Sentada en el suelo, con una bota puesta, Amy empezó a llorar y Meg a razonar con ella, cuando Laurie llamó desde abajo, y las dos chicas bajaron corriendo, dejando a su hermana lamentándose; pues de vez en cuando olvidaba sus aires de mayor y actuaba como una niña mimada. Justo cuando el grupo se disponía a salir, Amy gritó desde la barandilla, con tono amenazador: —Te arrepentirás de esto, Jo March; ya verás como sí.
—¡Tonterías! —respondió Jo, dando un portazo.
Pasaron un rato encantador, pues «Los siete castillos del lago de diamante» fueron tan brillantes y maravillosos como el corazón podría desear. Pero, a pesar de los cómicos diablillos rojos, los elfos brillantes y los magníficos príncipes y princesas, el placer de Jo tuvo una gota de amargura; los rizos amarillos de la reina de las hadas le recordaron a Amy; y entre actos se entretenía preguntándose qué haría su hermana para hacerla «arrepentirse de ello». Ella y Amy habían tenido muchas escaramuzas animadas a lo largo de sus vidas, pues ambas tenían un genio vivo y tendían a ser violentas cuando se las provocaba de verdad. Amy provocaba a Jo, y Jo irritaba a Amy, y de vez en cuando ocurrían explosiones de las que ambas se avergonzaban mucho después. Aunque era la mayor, Jo tenía el menor autocontrol y las pasaba canutas intentando refrenar el espíritu fogoso que continuamente la metía en problemas; su ira nunca duraba mucho y, tras haber confesado humildemente su culpa, se arrepentía sinceramente e intentaba hacerlo mejor. Sus hermanas solían decir que les gustaba un poco poner a Jo furiosa, porque luego se convertía en un ángel. La pobre Jo intentaba desesperadamente ser buena, pero su enemiga íntima siempre estaba lista para inflamarse y derrotarla; y le costó años de paciente esfuerzo someterla.
Cuando llegaron a casa, encontraron a Amy leyendo en el salón. Adoptó un aire de ofendida cuando ellas entraron; no levantó los ojos de su libro ni hizo una sola pregunta. Quizá la curiosidad habría vencido al resentimiento si Beth no hubiera estado allí para preguntar y recibir una descripción entusiasta de la obra. Al subir para guardar su mejor sombrero, la primera mirada de Jo fue hacia la cómoda; pues, en su última pelea, Amy había calmado sus sentimientos poniendo patas arriba el cajón superior de Jo sobre el suelo. Sin embargo, todo estaba en su lugar; y tras un rápido vistazo a sus diversos armarios, bolsas y cajas, Jo decidió que Amy había perdonado y olvidado sus agravios.
En eso Jo se equivocaba; pues al día siguiente hizo un descubrimiento que provocó una tempestad. Meg, Beth y Amy estaban sentadas juntas, a última hora de la tarde, cuando Jo irrumpió en la habitación, con aspecto excitado, preguntando sin aliento: —¿Alguien ha cogido mi libro?
Meg y Beth dijeron «No» al instante y parecieron sorprendidas; Amy removió el fuego y no dijo nada. Jo vio subirle el color y se abalanzó sobre ella en un minuto.
—Amy, ¿lo tienes tú?
—No, no lo tengo.
—¿Sabes dónde está, entonces?
—No, no lo sé.
—¡Eso es mentira! —gritó Jo, agarrándola por los hombros y mirándola con la suficiente ferocidad como para asustar a una niña mucho más valiente que Amy.
—No lo es. No lo tengo, no sé dónde está ahora y no me importa.
—Sabes algo al respecto, y será mejor que lo digas ahora mismo o te obligaré —y Jo le dio una ligera sacudida.
—Regaña todo lo que quieras, nunca volverás a ver tu estúpido libro viejo —gritó Amy, excitándose a su vez.
—¿Por qué no?
—Lo he quemado.
—¿Qué? ¿Mi librito del que estaba tan orgullosa, en el que tanto trabajé y que pensaba terminar antes de que papá llegara a casa? ¿De verdad lo has quemado? —dijo Jo, poniéndose muy pálida, mientras sus ojos se encendían y sus manos agarraban a Amy nerviosamente.
—¡Sí, lo hice! Te dije que te haría pagar por ser tan grosera ayer, y lo he hecho, así que…
Amy no llegó más lejos, pues el acalorado temperamento de Jo la dominó y sacudió a Amy hasta que sus dientes castañetearon en su cabeza; gritando, en un arrebato de dolor y rabia:
—¡Eres una chica malvada, malvada! Nunca podré volver a escribirlo y nunca te perdonaré mientras viva.
Meg voló a rescatar a Amy, y Beth a calmar a Jo, pero Jo estaba completamente fuera de sí; y, con un último golpe en la oreja de su hermana, salió corriendo de la habitación hacia el viejo sofá del desván y terminó su lucha a solas.
La tormenta se despejó abajo, pues la señora March llegó a casa y, tras haber oído la historia, pronto hizo que Amy fuera consciente del daño que le había hecho a su hermana. El libro de Jo era el orgullo de su corazón y era considerado por su familia como un brote literario de gran promesa. Solo eran media docena de cuentos de hadas, pero Jo había trabajado en ellos pacientemente, poniendo todo su corazón en su labor, con la esperanza de crear algo lo suficientemente bueno como para imprimir. Acababa de copiarlos con gran esmero y había destruido el antiguo manuscrito, de modo que la hoguera de Amy había consumido el amoroso trabajo de varios años. Parecía una pérdida pequeña para los demás, pero para Jo era una calamidad terrible, y sintió que nunca podría ser compensada. Beth lloró como por un gatito fallecido, y Meg se negó a defender a su preferida; la señora March parecía grave y apenada, y Amy sintió que nadie la querría hasta que hubiera pedido perdón por el acto del que ahora se arrepentía más que nadie.
Cuando sonó la campana del té, Jo apareció con un aspecto tan sombrío e inaccesible que hizo falta todo el valor de Amy para decir con mansedumbre:
—Por favor, perdóname, Jo; estoy muy, muy arrepentida.
—Nunca te perdonaré —fue la respuesta severa de Jo; y, desde ese momento, ignoró a Amy por completo.
Nadie habló del gran problema —ni siquiera la señora March—, pues todas habían aprendido por experiencia que, cuando Jo estaba de ese humor, las palabras eran inútiles; y el curso más sabio era esperar hasta que algún pequeño accidente, o su propia naturaleza generosa, suavizara el resentimiento de Jo y cerrara la brecha. No fue una velada feliz; pues, aunque cosieron como de costumbre, mientras su madre leía en voz alta a Bremer, Scott o Edgeworth, faltaba algo y la dulce paz del hogar estaba perturbada. Lo sintieron más cuando llegó la hora de cantar; pues Beth solo podía tocar, Jo permanecía muda como una piedra y Amy rompía a llorar, así que Meg y su madre cantaron solas. Pero, a pesar de sus esfuerzos por estar tan alegres como alondras, las voces melodiosas no parecían armonizar tan bien como de costumbre, y todas se sintieron desafinadas.
Cuando Jo recibió su beso de buenas noches, la señora March susurró suavemente:
—Querida, no dejes que el sol se ponga sobre tu ira; perdonaos mutuamente, ayudaos y empezad de nuevo mañana.
Jo quería apoyar la cabeza en ese pecho maternal y llorar toda su pena y su ira; pero las lágrimas eran una debilidad poco varonil, y se sentía tan profundamente herida que realmente no podía perdonar todavía. Así que parpadeó con fuerza, sacudió la cabeza y dijo, con brusquedad porque Amy estaba escuchando:
—Fue una cosa abominable, y no merece ser perdonada.
Con eso se marchó a la cama, y no hubo chismes alegres ni confidenciales aquella noche.
Amy estaba muy ofendida porque sus propuestas de paz habían sido rechazadas, y empezó a desear no haberse humillado, a sentirse más herida que nunca y a pavonearse de su superior virtud de una manera particularmente exasperante. Jo seguía pareciendo una nube de tormenta, y nada salió bien en todo el día. Hacía un frío glacial por la mañana; se le cayó su preciada empanadilla en la cuneta, la tía March tuvo un ataque de nervios, Meg estaba pensativa, Beth miraba apenada y nostálgica cuando llegaba a casa, y Amy no paraba de hacer comentarios sobre las personas que siempre hablaban de ser buenas, pero que no se esforzaban, cuando otros les daban un ejemplo virtuoso.
—Todo el mundo es tan odioso que le pediré a Laurie que vayamos a patinar. Él siempre es amable y alegre, y sé que me pondrá en mi sitio —se dijo Jo a sí misma, y se marchó.
Amy oyó el choque de los patines y miró fuera con una exclamación de impaciencia:
—¡Ahí está! Me prometió que yo iría la próxima vez, porque este es el último hielo que tendremos. Pero no sirve de nada pedirle a un bicho tan gruñón que me lleve.
—No digas eso; fuiste muy traviesa, y es difícil perdonar la pérdida de su preciado librito; pero creo que podría hacerlo ahora, y supongo que lo hará si la tientas en el minuto adecuado —dijo Meg—. Ve tras ellos; no digas nada hasta que Jo se haya puesto de buen humor con Laurie, luego busca un minuto de tranquilidad, dale un beso o haz algún gesto amable, y estoy segura de que volverán a ser amigas, con todo su corazón.
—Lo intentaré —dijo Amy, pues el consejo le venía bien; y, tras un sofoco para prepararse, salió corriendo tras sus amigos, que acababan de desaparecer tras la colina.
No estaba lejos del río, pero ambos estaban listos antes de que Amy llegara a ellos. Jo la vio venir y le dio la espalda; Laurie no la vio, pues patinaba con cuidado a lo largo de la orilla, probando el hielo, ya que un período cálido había precedido a la ola de frío.
—Iré hasta la primera curva y veré si todo está bien, antes de que empecemos a correr —oyó decir a Amy, mientras salía disparado, pareciendo un joven ruso con su abrigo y gorro adornados con piel.
Jo oyó a Amy jadeando después de su carrera, golpeando sus pies y soplando sus dedos, mientras intentaba ponerse los patines; pero Jo nunca se volvió y fue bajando lentamente en zigzag por el río, sintiendo una satisfacción amarga e infeliz en los problemas de su hermana. Había acariciado su ira hasta que se hizo fuerte y se apoderó de ella, como siempre hacen los pensamientos y sentimientos malvados a menos que se expulsen de inmediato. Cuando Laurie dobló la curva, gritó de vuelta:
—Manteneos cerca de la orilla; no es seguro en el medio.
Jo lo oyó, pero Amy apenas estaba esforzándose por ponerse en pie y no captó ni una palabra. Jo miró por encima de su hombro, y el pequeño demonio que albergaba le dijo al oído:
—No importa si lo oyó o no, deja que se cuide sola.
Laurie había desaparecido tras la curva; Jo estaba justo en el giro, y Amy, muy atrás, lanzándose hacia el hielo más liso en medio del río. Durante un minuto, Jo se quedó inmóvil, con un sentimiento extraño en el corazón; luego decidió seguir adelante, pero algo la retuvo y la hizo girar justo a tiempo para ver a Amy levantar las manos y hundirse, con el crujido repentino del hielo podrido, el chapoteo del agua y un grito que hizo que el corazón de Jo se detuviera de miedo. Intentó llamar a Laurie, pero su voz había desaparecido; intentó correr hacia adelante, pero sus pies parecían no tener fuerza; y, por un segundo, solo pudo quedarse inmóvil, mirando con rostro aterrorizado la pequeña capucha azul sobre el agua negra. Algo pasó rápidamente a su lado y la voz de Laurie gritó:
—¡Traed una vara; rápido, rápido!
Cómo lo hizo, nunca lo supo; pero durante los siguientes minutos trabajó como poseída, obedeciendo ciegamente a Laurie, que estaba totalmente dueño de sí mismo y, tumbado plano, sostenía a Amy por el brazo y el palo de hockey hasta que Jo arrastró una vara de la cerca, y juntos sacaron a la niña, más asustada que herida.
—Ahora bien, debemos llevarla a casa andando tan rápido como podamos; poned nuestras cosas encima, mientras me quito estos malditos patines —gritó Laurie, envolviendo a Amy con su abrigo y tirando de las correas, que nunca parecieron tan complicadas antes.
Tiritando, empapadas y llorando, llevaron a Amy a casa; y, tras un momento emocionante, se quedó dormida, envuelta en mantas, frente a un fuego caliente. Durante el ajetreo, Jo apenas había hablado; pero había volado de un lado a otro, con aspecto pálido y salvaje, con la ropa medio caída, el vestido desgarrado y las manos cortadas y magulladas por el hielo, las varas y las hebillas rebeldes. Cuando Amy estuvo cómodamente dormida, la casa tranquila y la señora March sentada junto a la cama, llamó a Jo y comenzó a vendarle las manos heridas.
—¿Estás segura de que está a salvo? —susurró Jo, mirando con remordimiento la cabeza dorada, que podría haber sido arrastrada lejos de su vista para siempre bajo el traicionero hielo.
—Muy a salvo, querida; no está herida y creo que ni siquiera se resfriará, fuiste muy sensata al cubrirla y llevarla a casa rápidamente —respondió su madre alegremente.
—Laurie lo hizo todo; yo solo la dejé ir. Madre, si muriera, sería mi culpa —y Jo se dejó caer junto a la cama, en un arrebato de lágrimas penitentes, contando todo lo que había pasado, condenando amargamente su dureza de corazón y sollozando su gratitud por haberse librado del duro castigo que podría haber caído sobre ella.
—¡Es mi terrible temperamento! Intento curarlo; creo que lo he conseguido, y luego estalla peor que nunca. Oh, madre, ¿qué haré? ¿Qué haré? —gritó la pobre Jo, desesperada.
—Vela y reza, querida; nunca te canses de intentar; y nunca pienses que es imposible conquistar tu defecto —dijo la señora March, atrayendo la cabeza sofocada hacia su hombro y besando la mejilla húmeda con tanta ternura que Jo lloró más fuerte que nunca.
—¡No sabes, no puedes imaginar lo malo que es! Parece que podría hacer cualquier cosa cuando estoy apasionada; me pongo tan salvaje que podría herir a cualquiera y disfrutarlo. Temo que algún día haré algo terrible, arruinaré mi vida y haré que todo el mundo me odie. ¡Oh, madre, ayúdame, ayúdame!
—Lo haré, hija mía, lo haré. No llores tan amargamente, sino recuerda este día y resuélvete, con toda tu alma, a no volver a conocer otro igual. Jo, querida, todas tenemos nuestras tentaciones, algunas mucho mayores que las tuyas, y a menudo nos lleva toda la vida vencerlas. Crees que tu temperamento es el peor del mundo; pero el mío solía ser igual.
—¿El suyo, madre? ¡Pero si usted nunca se enfada! —y, por un momento, Jo olvidó el remordimiento por la sorpresa.
—He estado intentando curarlo durante cuarenta años, y solo he logrado controlarlo. Me enfado casi todos los días de mi vida, Jo; pero he aprendido a no mostrarlo; y todavía espero aprender a no sentirlo, aunque me lleve otros cuarenta años hacerlo.
La paciencia y la humildad del rostro que tanto amaba fueron una lección mejor para Jo que la lección más sabia o la reprimenda más dura. Se sintió reconfortada al instante por la simpatía y la confianza que se le brindaba; el saber que su madre tenía un defecto como el suyo, y que intentaba corregirlo, hizo el suyo más fácil de llevar y fortaleció su resolución de curarlo; aunque cuarenta años parecían mucho tiempo para velar y rezar, para una chica de quince años.
—Madre, ¿se enfada usted cuando aprieta los labios y sale de la habitación a veces, cuando la tía March regaña o la gente la molesta? —preguntó Jo, sintiéndose más cerca y más querida por su madre que nunca antes.
—Sí, he aprendido a frenar las palabras apresuradas que acuden a mis labios; y cuando siento que quieren estallar contra mi voluntad, simplemente me voy un minuto y me sacudo un poco, por ser tan débil y malvada —respondió la señora March, con un suspiro y una sonrisa, mientras alisaba y recogía el cabello desaliñado de Jo.
«¿Cómo aprendiste a mantener la calma? Eso es lo que me preocupa, pues las palabras cortantes salen volando antes de que me dé cuenta de lo que hago; y cuanto más hablo, peor me pongo, hasta que se convierte en un placer herir los sentimientos de los demás y decir cosas terribles. Dime cómo lo haces, querida Marmee».
«Mi buena madre solía ayudarme...»
«Como tú haces con nosotras...» interrumpió Jo con un beso agradecido.
«Pero la perdí cuando era un poco mayor que tú y, durante años, tuve que seguir luchando sola, porque era demasiado orgullosa para confesar mi debilidad a nadie más. Pasé momentos difíciles, Jo, y derramé muchas lágrimas amargas por mis fracasos; pues, a pesar de mis esfuerzos, parecía no avanzar nunca. Luego llegó tu padre, y fui tan feliz que me resultó fácil ser buena. Pero, poco a poco, cuando tuve a cuatro hijas pequeñas a mi alrededor y éramos pobres, el viejo problema volvió a surgir; porque no soy paciente por naturaleza, y me costaba mucho ver a mis hijas pasando necesidad».
«¡Pobre madre! ¿Qué te ayudó entonces?»
«Tu padre, Jo. Él nunca pierde la paciencia, nunca duda ni se queja, sino que siempre espera, trabaja y confía con tanta alegría que a uno le da vergüenza actuar de otro modo ante él. Él me ayudó y me consoló, y me mostró que debía intentar practicar todas las virtudes que quería que mis hijas poseyeran, pues yo era su ejemplo. Fue más fácil esforzarme por vosotras que por mí misma; una mirada de sobresalto o sorpresa de cualquiera de vosotras, cuando hablaba con brusquedad, me reprendía más de lo que cualquier palabra podría haberlo hecho; y el amor, el respeto y la confianza de mis hijas fueron la recompensa más dulce que pude recibir por mis esfuerzos para ser la mujer que quería que ellas imitaran».
«Oh, madre, si alguna vez soy la mitad de buena que tú, me daré por satisfecha», exclamó Jo, muy conmovida.
«Espero que seas mucho mejor, querida; pero debes vigilar a tu "enemigo íntimo", como lo llama papá, o podría entristecer, si no arruinar, tu vida. Has tenido una advertencia; recuérdala e intenta con alma y corazón dominar este pronto genio, antes de que te traiga mayores penas y pesares de los que has conocido hoy».
«Lo intentaré, madre; de verdad que lo haré. Pero debes ayudarme, recordármelo e impedirme que estalle. Solía ver a papá poner a veces su dedo sobre los labios y mirarte con un rostro muy amable, pero serio, y tú siempre apretabas los labios o te alejabas: ¿te estaba recordando algo entonces?», preguntó Jo en voz baja.
«Sí; le pedí que me ayudara así, y nunca lo olvidó; me salvó de muchas palabras hirientes con ese pequeño gesto y esa mirada amable».
Jo vio que los ojos de su madre se llenaban de lágrimas y que sus labios temblaban mientras hablaba; y, temiendo haber dicho demasiado, susurró con ansiedad: «¿Estuvo mal observarte y hablar de ello? No quería ser grosera, pero es tan reconfortante decirte todo lo que pienso y sentirme tan segura y feliz aquí».
«Mi Jo, puedes decirle cualquier cosa a tu madre, pues es mi mayor felicidad y orgullo sentir que mis hijas confían en mí y saben cuánto las amo».
«Pensé que te había entristecido».
«No, querida; pero hablar de papá me recordó cuánto le echo de menos, cuánto le debo y cuán fielmente debo vigilar y trabajar para mantener a sus pequeñas hijas sanas y buenas para él».
«Sin embargo, le dijiste que se fuera, madre, y no lloraste cuando se marchó, y nunca te quejas ahora, ni pareces necesitar ayuda», dijo Jo, extrañada.
«Entregué lo mejor de mí al país que amo y guardé mis lágrimas hasta que él se fue. ¿Por qué debería quejarme cuando ambos simplemente hemos cumplido con nuestro deber y seguramente seremos más felices al final por ello? Si no parezco necesitar ayuda, es porque tengo un amigo mejor, incluso que papá, para consolarme y sostenerme. Hija mía, las pruebas y tentaciones de tu vida están comenzando y pueden ser muchas; pero puedes vencerlas y sobrevivir a todas ellas si aprendes a sentir la fuerza y la ternura de tu Padre Celestial igual que sientes la de tu padre terrenal. Cuanto más le ames y confíes en Él, más cerca te sentirás de Él y menos dependerás del poder y la sabiduría humanos. Su amor y su cuidado nunca se cansan ni cambian, nunca pueden serte arrebatados, sino que pueden convertirse en la fuente de una paz, una felicidad y una fuerza duraderas. Cree esto de corazón y acude a Dios con todas tus pequeñas preocupaciones, esperanzas, pecados y penas, con tanta libertad y confianza como vienes a tu madre».
La única respuesta de Jo fue abrazar a su madre con fuerza y, en el silencio que siguió, la oración más sincera que jamás había rezado brotó de su corazón sin necesidad de palabras; pues en aquella hora, triste pero feliz, no solo había aprendido la amargura del remordimiento y la desesperación, sino la dulzura de la abnegación y el autocontrol; y, guiada por la mano de su madre, se había acercado al Amigo que da la bienvenida a cada niño con un amor más fuerte que el de cualquier padre, y más tierno que el de cualquier madre.
Amy se movió y suspiró mientras dormía; y, como si estuviera ansiosa por empezar de inmediato a enmendar su falta, Jo levantó la vista con una expresión en el rostro que nunca antes había tenido.
«Dejé que el sol se pusiera sobre mi ira; no quise perdonarla y, hoy, si no hubiera sido por Laurie, ¡podría haber sido demasiado tarde! ¿Cómo pude ser tan malvada?», dijo Jo, casi en voz alta, mientras se inclinaba sobre su hermana, acariciando suavemente el cabello húmedo esparcido sobre la almohada.
Como si la hubiera oído, Amy abrió los ojos y extendió los brazos, con una sonrisa que llegó directamente al corazón de Jo. Ninguna dijo una palabra, pero se abrazaron estrechamente, a pesar de las mantas, y todo quedó perdonado y olvidado en un beso sincero.
IX.
MEG VA A LA FERIA DE LAS VANIDADES.
«Creo que ha sido lo más afortunado del mundo que esos niños tuvieran el sarampión justo ahora», dijo Meg, un día de abril, mientras estaba de pie empacando el baúl de "viaje" en su habitación, rodeada por sus hermanas.
«Y muy amable por parte de Annie Moffat no olvidar su promesa. Una quincena entera de diversión será algo realmente espléndido», respondió Jo, pareciendo un molino de viento mientras doblaba faldas con sus largos brazos.
«Y hace un tiempo tan encantador; me alegro mucho por eso», añadió Beth, clasificando ordenadamente cintas para el cuello y el cabello en su mejor caja, prestada para la gran ocasión.
«Ojalá fuera a pasarlo bien y pudiera ponerme todas estas cosas lindas», dijo Amy, con la boca llena de alfileres, mientras reponía artísticamente el cojín de su hermana.
«Ojalá fuerais todas; pero, como no podéis, guardaré mis aventuras para contaros todo cuando vuelva. Estoy segura de que es lo menos que puedo hacer, ya que habéis sido tan amables, prestándome cosas y ayudándome a prepararme», dijo Meg, mirando alrededor de la habitación el atuendo tan sencillo, que parecía casi perfecto a sus ojos.
«¿Qué te dio mamá de la caja de los tesoros?», preguntó Amy, que no había estado presente en la apertura de cierto arcón de cedro, en el que la señora March guardaba algunas reliquias de pasados esplendores como regalos para sus hijas cuando llegara el momento adecuado.
«Un par de medias de seda, ese bonito abanico tallado y un precioso fajín azul. Quería el de seda violeta, pero no hay tiempo para arreglarlo, así que tendré que conformarme con mi vieja tarlatana».
«Se verá bien sobre mi falda de muselina nueva, y el fajín la resaltará maravillosamente. Ojalá no hubiera roto mi brazalete de coral, porque podrías haberlo llevado», dijo Jo, a quien le encantaba dar y prestar, pero cuyas posesiones solían estar demasiado deterioradas para ser de mucha utilidad.
«Hay un bonito juego de perlas a la antigua en la caja de los tesoros; pero mamá dijo que las flores naturales son el adorno más bonito para una joven, y Laurie prometió enviarme todas las que quiera», respondió Meg. «Ahora, veamos: tengo mi traje de calle gris nuevo —a ver, riza la pluma de mi sombrero, Beth—, luego mi popelina, para el domingo y la pequeña fiesta; parece pesada para la primavera, ¿verdad? La seda violeta sería tan bonita; ¡oh, cielo!».
«No importa; tienes la tarlatana para la gran fiesta, y siempre pareces un ángel de blanco», dijo Amy, contemplando el pequeño tesoro de galas en el que su alma se deleitaba.
«No es escotado y no tiene suficiente vuelo, pero tendrá que servir. Mi vestido de casa azul se ve tan bien, al darle la vuelta y adornarlo de nuevo, que siento como si tuviera uno nuevo. Mi chaqueta de seda no está nada de moda, y mi sombrero no se parece al de Sallie; no quería decir nada, pero me sentí muy decepcionada con mi paraguas. Le dije a mamá que negro, con mango blanco, pero se olvidó y compró uno verde, con un mango amarillento. Es fuerte y limpio, así que no debería quejarme, pero sé que me sentiré avergonzada de él al lado del de seda de Annie con remate dorado», suspiró Meg, observando el pequeño paraguas con gran disgusto.
«Cámbialo», aconsejó Jo.
«No seré tan tonta, ni heriré los sentimientos de Marmee cuando se tomó tantas molestias para conseguir mis cosas. Es una idea absurda mía, y no voy a ceder ante ella. Mis medias de seda y mis dos pares de guantes nuevos son mi consuelo. Eres un amor por prestarme los tuyos, Jo. Me siento tan rica y algo elegante con dos pares nuevos, y los viejos limpios para el uso diario»; y Meg echó un vistazo reconfortante a su caja de guantes.
«Annie Moffat lleva lazos azules y rosas en sus gorros de dormir; ¿me pondrías algunos en los míos?», preguntó, mientras Beth traía una pila de muselinas blancas, recién salidas de las manos de Hannah.
«No, no lo haría; pues los gorros elegantes no combinarán con los camisones sencillos, sin ningún adorno en ellos. La gente pobre no debe presumir», dijo Jo con firmeza.
«Me pregunto si alguna vez seré lo suficientemente feliz como para tener encaje de verdad en mi ropa y lazos en mis gorros», dijo Meg con impaciencia.
«Dijiste el otro día que serías perfectamente feliz si tan solo pudieras ir a casa de Annie Moffat», observó Beth, a su manera tranquila.
«¡Es verdad! Bueno, soy feliz y no me voy a quejar; pero parece que cuanto más tiene una, más quiere, ¿verdad? Ahí está, las bandejas están listas y todo guardado menos mi vestido de baile, que dejaré para que lo empaque mamá», dijo Meg, animándose mientras miraba desde el baúl medio lleno la tarlatana blanca, remendada y planchada muchas veces, a la que llamaba su "vestido de baile" con aire de importancia.
El día siguiente fue agradable y Meg partió, con estilo, para una quincena de novedad y placer. La señora March había consentido la visita con cierta renuencia, temiendo que Margaret regresara más descontenta de lo que se iba. Pero ella lo había rogado tanto, y Sallie había prometido cuidarla bien, y un poco de placer parecía tan delicioso después de un invierno de trabajo tedioso, que la madre cedió y la hija se fue a probar por primera vez la vida de moda.
Los Moffat eran muy elegantes, y la sencilla Meg se sintió algo intimidada, al principio, por el esplendor de la casa y la elegancia de sus ocupantes. Pero eran personas amables, a pesar de la vida frívola que llevaban, y pronto hicieron que su invitada se sintiera cómoda. Quizás Meg sintió, sin entender por qué, que no eran personas particularmente cultivadas o inteligentes, y que todo su dorado no podía ocultar del todo el material ordinario del que estaban hechas. Ciertamente era agradable comer suntuosamente, pasear en un carruaje fino, usar su mejor vestido todos los días y no hacer nada más que disfrutar. Le venía como anillo al dedo; y pronto empezó a imitar los modales y la conversación de quienes la rodeaban; a adoptar aires y gracias, usar frases en francés, rizar su cabello, entallar sus vestidos y hablar de modas tan bien como podía. Cuanto más veía las cosas bonitas de Annie Moffat, más la envidiaba y suspiraba por ser rica. El hogar le parecía ahora desnudo y lúgubre al pensarlo, el trabajo se volvía más duro que nunca y sentía que era una chica muy desamparada y muy agraviada, a pesar de los guantes nuevos y las medias de seda.
Sin embargo, no tuvo mucho tiempo para lamentarse, pues las tres jóvenes estaban ocupadas en "pasarlo bien". Compraban, paseaban, montaban a caballo y hacían visitas durante todo el día; iban a teatros y óperas, o se divertían en casa por la noche; pues Annie tenía muchas amigas y sabía cómo entretenerlas. Sus hermanas mayores eran señoritas muy distinguidas, y una estaba comprometida, lo cual era extremadamente interesante y romántico, pensó Meg. El señor Moffat era un caballero mayor, gordo y alegre, que conocía a su padre; y la señora Moffat, una señora mayor, gorda y alegre, que sintió tanto cariño por Meg como su hija había sentido. Todos la mimaban; y "Daisy", como la llamaban, estaba en camino de que se le subieran los humos a la cabeza.
Cuando llegó la noche de la "pequeña fiesta", descubrió que la popelina no servía en absoluto, pues las otras chicas se estaban poniendo vestidos finos y arreglándose mucho; así que salió la tarlatana, que se veía más vieja, lacia y deslucida que nunca al lado del vestido nuevo y crujiente de Sallie. Meg vio a las chicas mirar el suyo y luego mirarse unas a otras, y sus mejillas empezaron a arder, pues, a pesar de toda su dulzura, era muy orgullosa. Nadie dijo una palabra al respecto, pero Sallie se ofreció a peinarla, Annie a atarle el fajín y Belle, la hermana comprometida, elogió sus brazos blancos; pero en su amabilidad Meg solo vio lástima por su pobreza, y su corazón se sintió muy pesado mientras estaba sola, mientras las otras reían, charlaban y revoloteaban como mariposas de gasa. El sentimiento duro y amargo se estaba volviendo bastante fuerte cuando la doncella trajo una caja de flores. Antes de que pudiera hablar, Annie había quitado la tapa y todas exclamaban ante las hermosas rosas, el brezo y el helecho del interior.
«Es para Belle, por supuesto; George siempre le envía algunas, pero estas son absolutamente fascinantes», gritó Annie, con un gran olfateo.
«Son para la señorita March, dijo el hombre. Y aquí hay una nota», intervino la doncella, entregándosela a Meg.
«¡Qué divertido! ¿De quién son? No sabía que tuvieras un pretendiente», gritaron las chicas, revoloteando alrededor de Meg en un alto estado de curiosidad y sorpresa.
«La nota es de mi madre, y las flores son de Laurie», dijo Meg con sencillez, aunque muy gratificada de que él no la hubiera olvidado.
«¡Oh, ya veo!», dijo Annie, con una mirada divertida, mientras Meg guardaba la nota en su bolsillo, como una especie de talismán contra la envidia, la vanidad y el falso orgullo; pues las pocas palabras amorosas le habían hecho bien, y las flores la animaron con su belleza.
Sintiéndose casi feliz de nuevo, apartó algunos helechos y rosas para sí misma y rápidamente hizo el resto en delicados ramos para los corpiños, el cabello o las faldas de sus amigas, ofreciéndoselos de forma tan bonita que Clara, la hermana mayor, le dijo que era "la cosita más dulce que jamás había visto"; y se mostraron bastante encantadas con su pequeña atención. De alguna manera, el amable gesto terminó con su desánimo; y cuando todas las demás fueron a mostrarse a la señora Moffat, vio un rostro feliz y de ojos brillantes en el espejo, mientras colocaba sus helechos contra su cabello ondulado y prendía las rosas en el vestido que ya no le parecía tan raído.
Disfrutó mucho esa noche, pues bailó hasta que su corazón quedó satisfecho; todos fueron muy amables y recibió tres cumplidos. Annie la hizo cantar, y alguien dijo que tenía una voz notablemente fina; el mayor Lincoln preguntó quién era "la chica fresca, con los ojos hermosos", y el señor Moffat insistió en bailar con ella, porque "no remoloneaba, sino que tenía brío", como él expresó con gracia. Así que, en general, se lo pasó muy bien, hasta que escuchó un fragmento de conversación que la perturbó extremadamente. Estaba sentada justo dentro del invernadero, esperando a que su pareja le trajera un helado, cuando oyó una voz preguntar, al otro lado del muro de flores:
«¿Qué edad tiene él?»
«Dieciséis o diecisiete, diría yo», respondió otra voz.
«Sería una gran cosa para una de esas chicas, ¿no? Sallie dice que ahora son muy íntimos, y el viejo lo adora».
«La señora M. ha hecho sus planes, me atrevería a decir, y jugará bien sus cartas, por temprano que sea. La chica evidentemente aún no piensa en ello», dijo la señora Moffat.
«Ella contó esa mentira sobre su mamá, como si lo supiera, y se sonrojó cuando llegaron las flores, bastante bonito. ¡Pobre cosa! Sería tan agradable si solo fuera vestida con estilo. ¿Crees que se ofendería si le ofreciéramos prestarle un vestido para el jueves?», preguntó otra voz.
«Es orgullosa, pero no creo que le importe, pues esa tarlatana cursi es todo lo que tiene. Puede romperla esta noche, y esa será una buena excusa para ofrecerle uno decente».
«Ya veremos. Invitaré al joven Laurence, como un cumplido para ella, y nos divertiremos con eso después».
Aquí apareció la pareja de Meg, para encontrarla muy sonrojada y algo agitada. Era orgullosa, y su orgullo fue útil justo entonces, pues le ayudó a ocultar su mortificación, ira y disgusto por lo que acababa de oír; pues, por muy inocente y desprevenida que fuera, no pudo evitar entender el cotilleo de sus amigas. Intentó olvidarlo, pero no pudo, y siguió repitiéndose a sí misma: "La señora M. ha hecho sus planes", "esa mentira sobre su mamá" y "tarlatana cursi", hasta que estuvo lista para llorar y correr a casa a contar sus penas y pedir consejo. Como eso era imposible, hizo lo posible por parecer alegre; y, estando algo excitada, lo consiguió tan bien que nadie imaginó el esfuerzo que estaba haciendo. Se alegró mucho cuando todo terminó y estuvo tranquila en su cama, donde podía pensar, maravillarse y enfurecerse hasta que le doliera la cabeza y sus mejillas calientes fueran refrescadas por unas cuantas lágrimas naturales. Esas palabras tontas, aunque bien intencionadas, habían abierto un nuevo mundo a Meg y perturbado mucho la paz del anterior, en el que, hasta ahora, había vivido tan feliz como una niña. Su inocente amistad con Laurie quedó estropeada por los discursos tontos que había escuchado; su fe en su madre se vio un poco sacudida por los planes mundanos que le atribuía la señora Moffat, quien juzgaba a los demás por sí misma; y la sensata resolución de estar contenta con el sencillo guardarropa que convenía a la hija de un hombre pobre, se vio debilitada por la innecesaria lástima de unas chicas que pensaban que un vestido raído era una de las mayores calamidades bajo el cielo.
La pobre Meg tuvo una noche inquieta y se levantó con los ojos pesados, infeliz, medio resentida con sus amigas y medio avergonzada de sí misma por no hablar con franqueza y aclarar todo. Todo el mundo remoloneaba esa mañana, y era mediodía antes de que las chicas encontraran energía suficiente incluso para tomar sus labores de punto. Algo en la forma de actuar de sus amigas llamó la atención de Meg de inmediato; la trataban con más respeto, pensó; mostraban un interés bastante tierno en lo que decía y la miraban con ojos que claramente delataban curiosidad. Todo esto la sorprendió y halagó, aunque no lo entendió hasta que la señorita Belle levantó la vista de su escritura y dijo, con aire sentimental:
«Daisy, querida, he enviado una invitación a tu amigo, el señor Laurence, para el jueves. Nos gustaría conocerlo, y es solo un cumplido adecuado para ti».
Meg se sonrojó, pero una fantasía traviesa de provocar a las chicas le hizo responder con recato:
«Sois muy amables, pero me temo que no vendrá».
«¿Por qué no, chérie?», preguntó la señorita Belle.
«Es demasiado viejo».
«Hija mía, ¿qué quieres decir? ¡Qué edad tiene, te ruego que me lo digas!», gritó la señorita Clara.
«Casi setenta, creo», respondió Meg, contando los puntos para ocultar la alegría en sus ojos.
«¡Criatura astuta! Por supuesto que nos referíamos al joven», exclamó la señorita Belle, riendo.
«No hay ninguno; Laurie es solo un niño pequeño», y Meg también rió ante la extraña mirada que intercambiaron las hermanas cuando describió así a su supuesto pretendiente.
«De tu misma edad», dijo Nan.
«Más cerca de la de mi hermana Jo; cumplo diecisiete en agosto», replicó Meg, levantando la cabeza.
«Es muy amable de su parte enviarte flores, ¿no es así?», dijo Annie, pareciendo saber mucho sobre nada.
«Sí, lo hace a menudo, a todas nosotras; pues su casa está llena de ellas, y les tenemos mucho cariño. Mi madre y el viejo señor Laurence son amigos, ya sabes, así que es muy natural que nosotras, las niñas, juguemos juntos»; y Meg esperaba que no dijeran nada más.
«Es evidente que Daisy aún no ha sido presentada en sociedad», dijo la señorita Clara a Belle, con un gesto de cabeza.
«Todo un estado pastoral de inocencia por todas partes», respondió la señorita Belle, encogiéndose de hombros.
«Voy a salir a comprar algunas cosas para mis chicas; ¿puedo hacer algo por ustedes, jovencitas?», preguntó la señora Moffat, entrando pesadamente, como un elefante, envuelta en seda y encaje.
«No, gracias, señora», respondió Sallie. «Ya tengo mi nueva seda rosa para el jueves y no necesito nada».
«Ni yo...», comenzó a decir Meg, pero se detuvo porque recordó que sí necesitaba varias cosas y que no podía tenerlas.
«¿Qué te pondrás?», preguntó Sallie.
«Otra vez mi viejo vestido blanco, si puedo remendarlo para que sea presentable; se desgarró bastante anoche», dijo Meg, tratando de hablar con naturalidad, pero sintiéndose muy incómoda.
«¿Por qué no pides que te envíen otro desde casa?», dijo Sallie, que no era una joven muy observadora.
«No tengo ningún otro». A Meg le costó un esfuerzo decir eso, pero Sallie no se dio cuenta y exclamó con amable sorpresa:
«¿Solo ese? Qué curioso...». No terminó su frase, pues Belle sacudió la cabeza hacia ella e intervino diciendo amablemente:
«No es nada curioso; ¿qué sentido tiene tener montones de vestidos cuando ella aún no ha sido presentada? No hay necesidad de enviar a buscar uno a casa, Daisy, incluso si tuvieras una docena, pues tengo una dulce seda azul guardada que ya no me queda bien, y la usarás para complacerme, ¿verdad, querida?».
«Eres muy amable, pero no me importa usar mi vestido viejo si a ti no te importa; sirve perfectamente para una niña pequeña como yo», dijo Meg.
«Ahora, déjame complacerme vistiéndote con estilo. Me encanta hacerlo y serías una verdadera pequeña belleza con unos cuantos toques aquí y allá. No dejaré que nadie te vea hasta que estés lista, y entonces irrumpiremos ante ellos como Cenicienta y su hada madrina yendo al baile», dijo Belle con su tono persuasivo.
Meg no pudo rechazar la oferta hecha con tanta amabilidad, pues el deseo de ver si sería «una pequeña belleza» tras unos arreglos le hizo aceptar y olvidar todos sus sentimientos incómodos anteriores hacia los Moffat.
El jueves por la noche, Belle se encerró con su doncella; y, entre ambas, convirtieron a Meg en una gran dama. Ondularon y rizaron su cabello, pulieron su cuello y sus brazos con unos polvos fragantes, tocaron sus labios con un ungüento coralino para hacerlos más rojos, y Hortense habría añadido «un soupçon de rouge» si Meg no se hubiera rebelado. La ajustaron en un vestido azul celeste que estaba tan ceñido que apenas podía respirar, y tan escotado que la modesta Meg se sonrojó al verse en el espejo. Añadieron un juego de filigrana de plata, pulseras, collar, broche e incluso pendientes, pues Hortense los sujetó con un trozo de seda rosa que no se veía. Un ramillete de capullos de rosa de té en el pecho y una gorguera reconciliaron a Meg con la exhibición de sus bonitos hombros blancos, y un par de botas de seda azul de tacón alto satisficieron el último deseo de su corazón. Un pañuelo de encaje, un abanico de plumas y un ramo en un soporte de plata la dejaron lista; y la señorita Belle la observó con la satisfacción de una niña pequeña con una muñeca recién vestida.
«Mademoiselle es charmante, très jolie, ¿no es así?», gritó Hortense, juntando sus manos en un arrebato afectado.
«Ven a mostrarte», dijo la señorita Belle, guiando el camino hacia la habitación donde esperaban las demás.
Mientras Meg la seguía con un susurro, con sus largas faldas arrastrándose, sus pendientes tintineando, sus rizos ondeando y su corazón latiendo, sintió que su «diversión» realmente había comenzado al fin, pues el espejo le había dicho claramente que era «una pequeña belleza». Sus amigas repitieron la frase halagadora con entusiasmo; y, durante varios minutos, ella permaneció allí, como la grajilla de la fábula, disfrutando de sus plumas prestadas, mientras el resto charlaba como una partida de urracas.
«Mientras me visto, enséñale tú, Nan, a manejar la falda y esos tacones franceses, o se tropezará. Toma tu mariposa de plata y recoge ese rizo largo del lado izquierdo de su cabeza, Clara, y no molesten ninguna de ustedes la encantadora obra de mis manos», dijo Belle mientras se apresuraba a salir, pareciendo muy satisfecha con su éxito.
«Tengo miedo de bajar, me siento tan rara, rígida y medio desnuda», le dijo Meg a Sallie cuando sonó el timbre y la señora Moffat envió a pedir a las jovencitas que bajaran de inmediato.
«No te pareces en nada a ti misma, pero estás muy bien. Yo no soy nada a tu lado, pues Belle tiene montones de gusto y estás completamente francesa, te lo aseguro. Deja que tus flores cuelguen; no seas tan cuidadosa con ellas y asegúrate de no tropezar», respondió Sallie, intentando que no le importara que Meg fuera más bonita que ella.
Teniendo esa advertencia cuidadosamente en mente, Margaret bajó las escaleras a salvo y entró en los salones, donde los Moffat y unos pocos invitados tempranos estaban reunidos. Muy pronto descubrió que hay un encanto en las ropas finas que atrae a cierta clase de personas y asegura su respeto. Varias jóvenes, que antes no le habían prestado atención, de repente se mostraron muy afectuosas; varios jóvenes, que solo la habían mirado fijamente en la otra fiesta, ahora no solo la miraban, sino que pedían ser presentados y le decían toda clase de cosas tontas pero agradables; y varias señoras mayores, que se sentaban en los sofás y criticaban al resto de la fiesta, preguntaban quién era ella con aire de interés. Escuchó a la señora Moffat responder a una de ellas:
«Daisy March, hija de un coronel del ejército, una de nuestras mejores familias, pero con reveses de fortuna, ya sabe; íntimos amigos de los Laurence; una criatura dulce, se lo aseguro; mi Ned está loco por ella».
«¡Válgame Dios!», dijo la señora mayor, levantando sus gafas para una nueva observación de Meg, quien trató de parecer como si no hubiera oído y se sintió bastante escandalizada por las mentiras de la señora Moffat.
La «sensación rara» no desapareció, pero se imaginó a sí misma interpretando el nuevo papel de gran dama y, por lo tanto, se las arregló bastante bien, aunque el vestido ajustado le provocaba un dolor en el costado, la cola se le metía continuamente bajo los pies y estaba en constante temor de que sus pendientes salieran volando y se perdieran o rompieran. Estaba abanicándose y riendo de las débiles bromas de un joven que intentaba ser ingenioso, cuando de repente dejó de reír y se mostró confundida; pues, justo enfrente, vio a Laurie. Él la estaba mirando con sorpresa indisimulada y, pensó ella, también con desaprobación; pues, aunque hizo una reverencia y sonrió, algo en sus ojos honestos la hizo sonrojar y desear tener puesto su vestido viejo. Para completar su confusión, vio a Belle dar un codazo a Annie, y ambas miraron de ella a Laurie, quien, para su alegría, parecía inusualmente juvenil y tímido.
«¡Criaturas tontas, por poner tales pensamientos en mi cabeza! No me importará, ni dejaré que me cambie en lo más mínimo», pensó Meg, y cruzó la habitación con un susurro para saludar a su amigo.
«Me alegro de que hayas venido, temía que no lo hicieras», dijo con su aire más adulto.
«Jo quería que viniera y le contara cómo estabas, así que aquí estoy», respondió Laurie, sin dirigir sus ojos hacia ella, aunque sonrió a medias ante su tono maternal.
«¿Qué le vas a decir?», preguntó Meg, llena de curiosidad por saber su opinión sobre ella, aunque sintiéndose incómoda con él por primera vez.
«Le diré que no te reconocí; pues te ves tan adulta y tan diferente a ti misma que me das miedo», dijo, jugueteando con el botón de su guante.
«¡Qué absurdo eres! Las chicas me vistieron por diversión y me gusta bastante. ¿No se quedaría Jo boquiabierta si me viera?», dijo Meg, decidida a hacerle decir si pensaba que estaba mejor o no.
«Sí, creo que sí», respondió Laurie con gravedad.
«¿No te gusto así?», preguntó Meg.
«No, no me gustas», fue la respuesta directa.
«¿Por qué no?», con tono ansioso.
Él miró su cabeza encrespada, sus hombros desnudos y su vestido fantásticamente adornado, con una expresión que la abochornó más que su respuesta, la cual no tenía ni una pizca de su cortesía habitual.
«No me gustan los adornos ni las plumas».
Eso fue demasiado viniendo de un muchacho más joven que ella; y Meg se alejó diciendo con petulancia:
«Eres el chico más grosero que he visto nunca».
Sintiéndose muy alterada, se fue y se puso junto a una ventana tranquila para refrescarse las mejillas, pues el vestido ajustado le daba un color brillantemente incómodo. Mientras estaba allí, el comandante Lincoln pasó por su lado; y, un minuto después, lo oyó decirle a su madre:
«Están haciendo una tonta de esa pequeña; quería que la vieras, pero la han estropeado por completo; esta noche no es más que una muñeca».
«¡Oh, Dios mío!», suspiró Meg; «Ojalá hubiera sido sensata y me hubiera puesto mis propias cosas; entonces no habría disgustado a otros ni me habría sentido tan incómoda y avergonzada yo misma».
Apoyó la frente en el cristal fresco y se quedó medio oculta por las cortinas, sin prestar atención a que su vals favorito había comenzado, hasta que alguien la tocó; y, al darse la vuelta, vio a Laurie, con aspecto arrepentido, mientras decía, con su mejor reverencia y la mano extendida:
«Por favor, perdona mi grosería y ven a bailar conmigo».
«Temo que te resulte demasiado desagradable», dijo Meg, tratando de parecer ofendida y fracasando por completo.
«Ni un poco; me muero por hacerlo. Vamos, seré bueno; no me gusta tu vestido, pero sí creo que estás... sencillamente espléndida»; y agitó las manos como si las palabras no bastaran para expresar su admiración.
Meg sonrió y cedió, y susurró mientras esperaban a seguir el ritmo:
«Ten cuidado de que mi falda no te haga tropezar; es la plaga de mi vida, y fui una tonta al ponérmela».
«Pínchatela alrededor del cuello y así será útil», dijo Laurie, mirando hacia abajo a las pequeñas botas azules, que evidentemente aprobaba.
Se fueron, ligera y grácilmente; pues, al haber practicado en casa, estaban bien compenetrados, y la alegre pareja era un espectáculo agradable de ver mientras giraban alegremente una y otra vez, sintiéndose más amigos que nunca después de su pequeña disputa.
«Laurie, quiero que me hagas un favor; ¿lo harás?», dijo Meg mientras él estaba allí abanicándola, cuando se quedó sin aliento, lo cual sucedió muy pronto, aunque ella no quería admitir por qué.
«¡Claro que sí!», dijo Laurie con prontitud.
«Por favor, no les cuentes en casa lo de mi vestido esta noche. No entenderán la broma y eso preocupará a mamá».
«¿Entonces por qué lo hiciste?», dijeron los ojos de Laurie tan claramente que Meg añadió apresuradamente:
«Yo misma les contaré todo y le confesaré a mamá lo tonta que he sido. Pero prefiero hacerlo yo misma; así que no se lo contarás, ¿verdad?».
«Te doy mi palabra de que no lo haré; solo, ¿qué diré cuando me pregunten?».
«Solo di que me veía bastante bien y que me estaba divirtiendo».
«Diré lo primero con todo mi corazón; pero, ¿qué hay de lo segundo? No pareces estar pasando un buen rato; ¿es así?», y Laurie la miró con una expresión que la hizo responder en un susurro:
«No; no ahora mismo. No pienses que soy una odiosa; solo quería un poco de diversión, pero este tipo de cosas no compensan, me doy cuenta, y me estoy cansando de ello».
«Aquí viene Ned Moffat; ¿qué quiere?», dijo Laurie, frunciendo sus cejas negras, como si no considerara a su joven anfitrión como una adición agradable a la fiesta.
«Se apuntó para tres bailes y supongo que viene por ellos. ¡Qué fastidio!», dijo Meg, asumiendo un aire lánguido que divirtió inmensamente a Laurie.
No volvió a hablarle hasta la hora de la cena, cuando la vio bebiendo champán con Ned y su amigo Fisher, quienes se estaban comportando «como un par de tontos», como se dijo Laurie a sí mismo, pues sentía una especie de derecho fraternal de cuidar de las March y luchar sus batallas siempre que hiciera falta un defensor.
«Tendrás un dolor de cabeza atroz mañana si bebes mucho de eso. Yo no lo haría, Meg; a tu madre no le gusta, ya sabes», susurró, inclinándose sobre su silla mientras Ned se giraba para rellenar su copa y Fisher se agachaba para recoger su abanico.
«No soy Meg, esta noche; soy 'una muñeca' que hace todo tipo de locuras. Mañana guardaré mis 'adornos y plumas' y volveré a ser desesperadamente buena», respondió ella con una risita afectada.
«Ojalá mañana estuviera aquí, entonces», murmuró Laurie, alejándose, descontento con el cambio que veía en ella.
Meg bailó y coqueteó, charló y rio como las otras chicas; después de la cena, emprendió el alemán y tropezó durante todo el baile, casi volcando a su pareja con su larga falda, y retozando de una manera que escandalizó a Laurie, quien observaba y meditaba una reprimenda. Pero no tuvo oportunidad de pronunciarla, pues Meg se mantuvo alejada de él hasta que él vino a despedirse.
«¡Recuérdalo!», dijo ella, tratando de sonreír, pues el dolor de cabeza atroz ya había comenzado.
«Silence à la mort», respondió Laurie con un floreo melodramático mientras se marchaba.
Este pequeño intercambio despertó la curiosidad de Annie; pero Meg estaba demasiado cansada para los chismes y se fue a la cama, sintiéndose como si hubiera estado en un baile de máscaras y no se hubiera divertido tanto como esperaba. Estuvo enferma todo el día siguiente y el sábado regresó a casa, totalmente agotada por su quincena de diversión y sintiendo que había «estado en el regazo del lujo» suficiente tiempo.
«Parece agradable estar tranquila y no tener modales de visita todo el tiempo. El hogar es un lugar agradable, aunque no sea espléndido», dijo Meg, mirando a su alrededor con una expresión de descanso mientras estaba sentada con su madre y Jo en la tarde del domingo.
«Me alegra oírte decir eso, querida, porque temía que el hogar te pareciera aburrido y pobre después de tus refinados aposentos», respondió su madre, que le había dirigido muchas miradas ansiosas ese día; pues los ojos maternales son rápidos para ver cualquier cambio en los rostros de los hijos.
Meg había contado sus aventuras alegremente y dijo una y otra vez qué momento tan encantador había pasado; pero algo aún parecía pesar sobre su ánimo y, cuando las niñas más pequeñas se fueron a la cama, ella se sentó pensativa mirando el fuego, diciendo poco y luciendo preocupada. Cuando el reloj dio las nueve y Jo propuso ir a dormir, Meg dejó su silla de repente y, tomando el taburete de Beth, apoyó los codos en la rodilla de su madre, diciendo valientemente:
«Marmee, quiero confesarme».
«Eso pensaba; ¿qué es, querida?».
«¿Me voy?», preguntó Jo discretamente.
«Por supuesto que no; ¿acaso no les cuento siempre todo? Me avergonzaba hablar de ello delante de las niñas, pero quiero que sepan todas las cosas horribles que hice en casa de los Moffat».
«Estamos preparadas», dijo la señora March, sonriendo pero luciendo un poco ansiosa.
«Les dije que me vistieron, pero no les dije que me empolvaron, apretaron y rizaron, y me hicieron parecer una ilustración de modas. Laurie pensó que no era apropiado; sé que lo pensó, aunque no lo dijo, y un hombre me llamó 'una muñeca'. Sabía que era una tontería, pero me halagaron y dijeron que era una belleza, y cantidades de tonterías, así que dejé que me hicieran una tonta».
«¿Eso es todo?», preguntó Jo, mientras la señora March miraba en silencio el rostro cabizbajo de su bonita hija y no encontraba en su corazón fuerzas para culparla por sus pequeñas locuras.
«No; bebí champán, retozé, intenté coquetear y fui totalmente abominable», dijo Meg con autorreproche.
«Creo que hay algo más»; y la señora March acarició la suave mejilla, que de repente se tornó rosada, mientras Meg respondía lentamente:
«Sí; es muy tonto, pero quiero contarlo porque odio que la gente diga y piense tales cosas sobre nosotras y Laurie».
Entonces contó los diversos chismes que había oído en casa de los Moffat; y, mientras hablaba, Jo vio a su madre apretar los labios con fuerza, como si le disgustara que tales ideas se introdujeran en la mente inocente de Meg.
«Bueno, si eso no es la mayor basura que he oído nunca», gritó Jo indignada. «¿Por qué no saliste y se lo dijiste en su cara, en el momento?».
«No podía, era muy embarazoso para mí. No pude evitar oírlo al principio y luego estaba tan enfadada y avergonzada que no recordé que debía irme».
«Espera a que vea a Annie Moffat y te enseñaré cómo solucionar tales cosas ridículas. ¡La idea de tener 'planes' y ser amable con Laurie porque es rico y puede casarse con nosotras más tarde! ¿No gritará cuando le diga lo que esas tontas dicen de nosotras, pobres niñas?», y Jo rio como si, pensándolo bien, la cosa le pareciera una buena broma.
«¡Si se lo dices a Laurie, nunca te lo perdonaré! Ella no debe hacerlo, ¿verdad, madre?», dijo Meg, luciendo angustiada.
«No; nunca repitas esos chismes tontos y olvídalo tan pronto como puedas», dijo la señora March con gravedad. «Fui muy imprudente al dejarte ir entre gente de la que sé tan poco; amables, me atrevo a decir, pero mundanos, mal educados y llenos de estas ideas vulgares sobre los jóvenes. Siento más de lo que puedo expresar el daño que esta visita puede haberte hecho, Meg».
«No lo sientas, no dejaré que me haga daño; olvidaré todo lo malo y recordaré solo lo bueno; pues disfruté mucho y te agradezco mucho que me dejaras ir. No seré sentimental ni estaré insatisfecha, madre; sé que soy una niña tonta y me quedaré contigo hasta que sea capaz de cuidarme sola. Pero es agradable ser alabada y admirada, y no puedo evitar decir que me gusta», dijo Meg, pareciendo medio avergonzada de la confesión.
«Eso es perfectamente natural y bastante inofensivo, si el gusto no se convierte en una pasión y te lleva a hacer cosas tontas o impropias de una joven. Aprende a conocer y valorar el elogio que merece la pena, y a suscitar la admiración de personas excelentes siendo modesta además de bonita, Meg».
Margaret se quedó pensando un momento, mientras Jo estaba de pie con las manos a la espalda, pareciendo a la vez interesada y un poco perpleja; pues era algo nuevo ver a Meg sonrojándose y hablando de admiración, pretendientes y cosas de ese tipo; y Jo sintió que, durante esa quincena, su hermana había crecido increíblemente y se estaba alejando de ella hacia un mundo al que no podía seguirla.
«Madre, ¿tienes 'planes', como dijo la señora Moffat?», preguntó Meg tímidamente.
«Sí, querida, tengo muchos; todas las madres los tienen, pero sospecho que los míos difieren algo de los de la señora Moffat. Te contaré algunos de ellos, porque ha llegado el momento en que una palabra puede poner a esta cabecita y corazoncito románticos tuyos en el camino correcto sobre un asunto muy serio. Eres joven, Meg, pero no demasiado joven para entenderme; y los labios de las madres son los más aptos para hablar de tales cosas a chicas como tú. Jo, tu turno llegará a su tiempo, tal vez, así que escucha mis 'planes' y ayúdame a llevarlos a cabo, si son buenos».
Jo fue y se sentó en uno de los brazos de la silla, pareciendo como si pensara que estaban a punto de participar en algún asunto muy solemne. Sosteniendo la mano de cada una y observando los dos rostros jóvenes con nostalgia, la señora March dijo, en su tono serio pero alegre:
«Deseo que mis hijas sean hermosas, instruidas y buenas; que sean admiradas, amadas y respetadas; que tengan una juventud feliz, que se casen bien y con sabiduría, y que lleven vidas útiles y placenteras, con tan pocos cuidados y pesares para ponerlas a prueba como Dios considere oportuno enviar. Ser amada y elegida por un buen hombre es lo mejor y más dulce que puede ocurrirle a una mujer; y espero sinceramente que mis niñas puedan conocer esta hermosa experiencia. Es natural pensar en ello, Meg; es correcto esperarlo y aguardarlo, y es sensato prepararse para ello; de modo que, cuando llegue el momento feliz, te sientas preparada para los deberes y digna de la alegría. Mis queridas hijas, soy ambiciosa para ustedes, pero no para que intenten destacar en el mundo; no para que se casen con hombres ricos simplemente porque lo son, o para que tengan casas espléndidas que no son hogares porque falta el amor. El dinero es una cosa necesaria y preciosa —y, cuando se usa bien, una cosa noble—, pero nunca quiero que piensen que es el primero o el único premio por el que luchar. Preferiría verlas como esposas de hombres pobres, si fueran felices, amadas y estuvieran contentas, que como reinas en tronos, sin respeto por sí mismas ni paz».
«Las chicas pobres no tienen ninguna oportunidad, dice Belle, a menos que se abran camino», suspiró Meg.
«Entonces seremos solteronas», dijo Jo con firmeza.
«Cierto, Jo; mejor ser solteronas felices que esposas infelices, o chicas poco recatadas, correteando para encontrar marido», dijo la señora March con decisión. «No te preocupes, Meg; la pobreza rara vez amedrenta a un amante sincero. Algunas de las mejores y más honradas mujeres que conozco fueron chicas pobres, pero tan dignas de ser amadas que no se permitió que fueran solteronas. Deja estas cosas al tiempo; haz que este hogar sea feliz, para que puedas ser apta para hogares propios, si te son ofrecidos, y estar contenta aquí si no es así. Una cosa recuerden, mis niñas: mamá siempre está lista para ser su confidente, papá para ser su amigo; y ambos confiamos y esperamos que nuestras hijas, ya sea casadas o solteras, sean el orgullo y el consuelo de nuestras vidas».
«¡Lo seremos, Marmee, lo seremos!», gritaron ambas, con todo su corazón, mientras ella les daba las buenas noches.
X.
EL C. P. Y LA O. P.
Al llegar la primavera, un nuevo conjunto de diversiones se puso de moda, y los días más largos daban largas tardes para el trabajo y el juego de todo tipo. Había que poner en orden el jardín, y cada hermana tenía una cuarta parte del pequeño terreno para hacer lo que quisiera con él. Hannah solía decir: «Sabría a cuál de esos jardines pertenece cada uno, aunque los viera en la China»; y así podría ser, pues los gustos de las chicas diferían tanto como sus caracteres. El de Meg tenía rosas y heliotropo, mirto y un pequeño naranjo. El bancal de Jo nunca era igual dos temporadas, pues siempre estaba probando experimentos; este año iba a ser una plantación de girasoles, cuyas semillas de esta alegre y ambiciosa planta alimentarían a la «tía Cockle-top» y a su familia de polluelos. Beth tenía flores anticuadas y fragantes en su jardín: guisantes de olor y reseda, espuelas de caballero, claveles, pensamientos y abrótano, con pamplina para el pájaro y hierba gatera para las gatitas. Amy tenía un cenador en el suyo —bastante pequeño y lleno de tijeretas, pero muy bonito de ver—, con madreselvas y glorias de la mañana colgando sus trompetas y campanas de colores en graciosas guirnaldas por todas partes; lirios blancos altos, helechos delicados y tantas plantas brillantes y pintorescas como quisieran florecer allí.
La jardinería, los paseos, los paseos en barca por el río y la caza de flores ocupaban los días buenos; y para los lluviosos, tenían diversiones caseras —algunas viejas, otras nuevas—, todas más o menos originales. Una de ellas era el «C. P.»; pues, como las sociedades secretas estaban de moda, se pensó que era apropiado tener una; y, como todas las chicas admiraban a Dickens, se llamaron el Club Pickwick. Con algunas interrupciones, lo habían mantenido durante un año y se reunían todos los sábados por la tarde en el desván grande, ocasiones en las que las ceremonias eran las siguientes: se disponían tres sillas en fila frente a una mesa, sobre la que había una lámpara, además de cuatro insignias blancas, con una gran «C. P.» de diferentes colores en cada una, y el periódico semanal, llamado «El Portafolio Pickwick», al que todas contribuían con algo; mientras que Jo, que se deleitaba con las plumas y la tinta, era la editora. A las siete en punto, los cuatro miembros subían a la sala del club, se ataban las insignias alrededor de la cabeza y tomaban sus asientos con gran solemnidad. Meg, como la mayor, era Samuel Pickwick; Jo, por su inclinación literaria, Augustus Snodgrass; Beth, porque era redonda y sonrosada, Tracy Tupman, y Amy, que siempre intentaba hacer lo que no podía, era Nathaniel Winkle. Pickwick, el presidente, leía el periódico, que estaba lleno de cuentos originales, poesía, noticias locales, anuncios divertidos y consejos, en los que se recordaban mutuamente sus faltas y defectos de buena manera.
En una ocasión, el señor Pickwick se puso unas gafas sin cristales, dio unos golpecitos sobre la mesa, carraspeó y, tras mirar fijamente al señor Snodgrass, que se balanceaba en su silla, hasta que se acomodó debidamente, empezó a leer:
El Portafolio Pickwick.
20 DE MAYO DE 18--
Rincón del poeta.
ODA DE ANIVERSARIO.
De nuevo nos reunimos para celebrar Con insignia y rito solemne, Nuestro quincuagésimo segundo aniversario, En el Salón Pickwick, esta noche.
Estamos todas aquí con perfecta salud, Nadie falta de nuestra pequeña banda; De nuevo vemos cada rostro bien conocido, Y estrechamos cada mano amiga.
Nuestro Pickwick, siempre en su puesto, Con reverencia lo saludamos, Mientras, con gafas en la nariz, lee Nuestra bien provista hoja semanal.
Aunque sufre de un resfriado, Nos alegra oírlo hablar, Pues palabras de sabiduría caen de él, A pesar del graznido o el chirrido.
El viejo Snodgrass de seis pies se alza, Con gracia elefantiásica, Y sonríe a la compañía, Con rostro moreno y jovial.
Fuego poético ilumina su ojo, Lucha contra su destino. ¡Contemplad la ambición en su frente, Y en su nariz una mancha!
Luego viene nuestro pacífico Tupman, Tan sonrosado, regordete y dulce. Que se ahoga de risa con los juegos de palabras, Y se cae de su asiento.
El pulcro pequeño Winkle también está aquí, Con cada pelo en su lugar, Un modelo de propiedad, Aunque odia lavarse la cara.
El año ha pasado, seguimos unidas Para bromear, reír y leer, Y recorrer el camino de la literatura Que a la gloria conduce.
Que prospere largo tiempo nuestro papel, Que nuestro club permanezca unido, Y que los años venideros derramen sus bendiciones Sobre el útil y alegre «C. P.».
A. SNODGRASS.
EL MATRIMONIO ENMASCARADO.
UN CUENTO DE VENECIA.
Góndola tras góndola llegaba a los escalones de mármol y dejaba su carga encantadora para aumentar la brillante multitud que llenaba los majestuosos salones del Conde de Adelon. Caballeros y damas, elfos y pajes, monjes y vendedoras de flores, todos se mezclaban alegremente en el baile. Dulces voces y rica melodía llenaban el aire; y así, con alegría y música, continuaba la mascarada.
«¿Ha visto su Alteza a la Dama Viola esta noche?», preguntó un galante trovador a la reina de las hadas que flotaba por el salón del brazo de él.
«Sí; ¿acaso no es encantadora, aunque tan triste? Su vestido está bien elegido, también, pues en una semana se casa con el Conde Antonio, a quien odia apasionadamente».
«Por mi fe, le envidio. Allí viene, ataviado como un novio, excepto por la máscara negra. Cuando se la quite veremos cómo considera a la bella doncella cuyo corazón no puede ganar, aunque su severo padre entrega su mano», respondió el trovador.
«Se susurra que ella ama al joven artista inglés que sigue sus pasos, y es despreciado por el viejo conde», dijo la dama, mientras se unían al baile.
La juerga estaba en su apogeo cuando apareció un sacerdote y, llevando a la joven pareja a una alcoba tapizada con terciopelo púrpura, les hizo señas para que se arrodillaran. Un silencio instantáneo cayó sobre la alegre multitud; y ni un sonido, salvo el chapoteo de las fuentes o el susurro de los naranjales durmiendo a la luz de la luna, rompió la calma, mientras el Conde de Adelon hablaba así:
«Mis señores y damas, perdonen la artimaña con la que los he reunido aquí para presenciar el matrimonio de mi hija. Padre, esperamos sus servicios».
Todas las miradas se volvieron hacia la partida de bodas, y un murmullo de asombro recorrió la multitud, pues ni la novia ni el novio se quitaron las máscaras. La curiosidad y el asombro poseyeron todos los corazones, pero el respeto contuvo todas las lenguas hasta que el rito sagrado terminó. Entonces, los ansiosos espectadores se reunieron alrededor del conde, exigiendo una explicación.
«Con gusto la daría si pudiera; pero solo sé que fue el capricho de mi tímida Viola, y yo cedí ante él. Ahora, mis hijos, que termine la representación. Quítense las máscaras y reciban mi bendición».
Pero ninguno dobló la rodilla; pues el joven novio respondió, en un tono que sobresaltó a todos los oyentes, mientras la máscara caía, revelando el noble rostro de Ferdinand Devereux, el artista amante; y, apoyada en el pecho donde ahora brillaba la estrella de un conde inglés, estaba la encantadora Viola, radiante de alegría y belleza.
«Mi señor, usted me pidió con desdén que reclamara a su hija cuando pudiera presumir de un nombre tan alto y una fortuna tan vasta como la del Conde Antonio. Puedo hacer más; pues ni siquiera su ambiciosa alma puede rechazar al Conde de Devereux y De Vere, cuando él entrega su antiguo nombre y su riqueza ilimitada a cambio de la amada mano de esta bella dama, ahora mi esposa».
El conde permaneció como alguien convertido en piedra; y, dirigiéndose a la desconcertada multitud, Ferdinand añadió, con una alegre sonrisa de triunfo, «A ustedes, mis galantes amigos, solo puedo desearles que su cortejo prospere como el mío lo ha hecho; y que todos ganen una novia tan bella como la que yo tengo, mediante este matrimonio enmascarado».
S. PICKWICK.
* * * * *
¿Por qué el C. P. es como la Torre de Babel? Está lleno de miembros ingobernables.
* * * * *
LA HISTORIA DE UNA CALABAZA.
Érase una vez un granjero que plantó una pequeña semilla en su jardín, y al poco tiempo brotó y se convirtió en una enredadera, y dio muchas calabazas. Un día de octubre, cuando estaban maduras, recogió una y la llevó al mercado. Un tendero la compró y la puso en su tienda. Esa misma mañana, una niña pequeña, con sombrero marrón y vestido azul, de cara redonda y nariz chata, fue y la compró para su madre. La arrastró a casa, la cortó y la hirvió en la olla grande; machacó una parte, con sal y mantequilla, para cenar; y al resto le añadió una pinta de leche, dos huevos, cuatro cucharadas de azúcar, nuez moscada y algunas galletas; lo puso en un recipiente hondo, y lo horneó hasta que estuvo marrón y rico; y al día siguiente fue comido por una familia llamada March. T. TUPMAN.
* * * * *
SR. PICKWICK, señor:
Me dirijo a usted sobre el tema del pecado, el pecador, quiero decir, es un hombre llamado Winkle que causa problemas en su club riéndose y a veces no escribe su pieza en este fino papel. Espero que usted perdone su maldad y le deje enviar una fábula francesa porque no puede escribir de su cabeza ya que tiene tantas lecciones que hacer y no tiene cerebro. En el futuro trataré de tomar el tiempo por el mechón y preparar algún trabajo que sea todo commy la fo, lo que significa todo correcto. Estoy de prisa ya que es casi hora de la escuela.
Atentamente, N. WINKLE.
[Lo anterior es un reconocimiento varonil y elegante de faltas pasadas. Si nuestro joven amigo estudiara puntuación, sería bueno].
UN ACCIDENTE TRISTE.
El viernes pasado, nos sobresaltamos por un choque violento en nuestro sótano, seguido de gritos de angustia. Al correr, en grupo, al sótano, descubrimos a nuestro amado Presidente postrado sobre el suelo, habiendo tropezado y caído mientras buscaba leña para propósitos domésticos. Una escena perfecta de ruina se presentó ante nuestros ojos; pues en su caída el Sr. Pickwick había hundido su cabeza y hombros en un barreño de agua, volcado un barril de jabón blando sobre su varonil figura, y rasgado sus ropas gravemente. Al ser retirado de esta peligrosa situación, se descubrió que no había sufrido ninguna lesión más que varios moratones; y, nos complace añadir, ahora está bien. ED.
*************************************************************** * * * EL DUELO PÚBLICO. * * * * Es nuestro penoso deber registrar la repentina y misteriosa * * desaparición de nuestra querida amiga, la Sra. Snowball Pat * * Paw. Esta encantadora y amada gata era la mascota de un gran * * círculo de afectuosos y admiradores amigos; pues su belleza * * atraía todas las miradas, sus gracias y virtudes la hicieron * * querida para todos los corazones, y su pérdida es profundamente * * sentida por toda la comunidad. * * * * Cuando fue vista por última vez, estaba sentada en la puerta, observando la * * carreta del carnicero; y se teme que algún villano, tentado * * por sus encantos, la robara vilmente. Han pasado semanas, pero no se ha * * descubierto rastro alguno de ella; y renunciamos a toda * * esperanza, atamos una cinta negra a su cesta, apartamos su plato, * * y lloramos por ella como alguien perdida para nosotros para siempre. * * * ***************************************************************
* * * * *
Una amiga compasiva envía la siguiente joya:
UN LAMENTO
POR S. B. PAT PAW.
Lloramos la pérdida de nuestra pequeña mascota, Y suspiramos por su aciago destino, Pues nunca más se sentará junto al fuego, Ni jugará junto a la vieja verja verde.
La pequeña tumba donde su infante duerme, Está bajo el castaño; Pero sobre su tumba no podemos llorar, No sabemos dónde pueda estar.
Su cama vacía, su pelota ociosa, Nunca la verán más; Ni un suave toque, ni un amoroso ronroneo Se oye en la puerta del salón.
Otro gato viene tras sus ratones, Un gato con la cara sucia; Pero no caza como lo hacía nuestra querida, Ni juega con su gracia etérea.
Sus sigilosas patas pisan el mismo salón Donde Snowball solía jugar, Pero solo escupe a los perros que nuestra mascota Galantemente alejaba.
Es útil y mansa, y hace lo mejor que puede, Pero no es bella a la vista; Y no podemos darle tu lugar, querida, Ni adorarla como te adoramos a ti. A. S.
ANUNCIOS.
LA SRTA. ORANTHY BLUGGAGE, la consumada Conferenciante de Mente Fuerte, pronunciará su famosa conferencia sobre «LA MUJER Y SU POSICIÓN», en el Salón Pickwick, el próximo sábado por la noche, después de las actuaciones habituales.
UNA REUNIÓN SEMANAL se llevará a cabo en Kitchen Place, para enseñar a las jóvenes a cocinar. Hannah Brown presidirá; y todas están invitadas a asistir.
LA SOCIEDAD DEL RECOGEDOR se reunirá el próximo miércoles, y desfilará en el piso superior de la Casa Club. Todas las miembros deben presentarse en uniforme y cargar sus escobas a las nueve en punto.
LA SRA. BETH BOUNCER abrirá su nuevo surtido de Sombrerería para Muñecas la próxima semana. Han llegado las últimas modas de París, y se solicitan respetuosamente los pedidos.
UNA NUEVA OBRA aparecerá en el Teatro Barnville, en el transcurso de unas pocas semanas, que superará todo lo visto jamás en el escenario estadounidense. «LA ESCLAVA GRIEGA, o Constantino el Vengador», es el nombre de este emocionante drama!!!
CONSEJOS.
Si S. P. no usara tanto jabón en sus manos, no llegaría siempre tarde al desayuno. Se ruega a A. S. que no silbe en la calle. T. T., por favor, no olvides la servilleta de Amy. N. W. no debe preocuparse porque su vestido no tenga nueve pliegues.
INFORME SEMANAL.
Meg--Bien. Jo--Mal. Beth--Muy bien. Amy--Regular.
Cuando el Presidente terminó de leer el papel (que ruego a mis lectores que me permitan asegurar que es una copia auténtica de uno escrito por chicas auténticas en una época pasada), siguió una ronda de aplausos, y luego el Sr. Snodgrass se levantó para hacer una propuesta.
«Señor Presidente y caballeros», comenzó, asumiendo una actitud y un tono parlamentarios, «deseo proponer la admisión de un nuevo miembro; alguien que merece altamente el honor, estaría profundamente agradecido por ello, y añadiría inmensamente al espíritu del club, al valor literario del periódico, y sería infinitamente alegre y agradable. Propongo al Sr. Theodore Laurence como miembro honorario del C. P. Vamos, aceptadlo».
El repentino cambio de tono de Jo hizo reír a las chicas; pero todas parecían algo ansiosas, y nadie dijo una palabra, mientras Snodgrass tomaba asiento.
«Lo someteremos a votación», dijo el Presidente. «Todos los que estén a favor de esta moción, por favor, manifiéstense diciendo "Sí"».
Una respuesta fuerte de Snodgrass, seguida, para sorpresa de todos, por una tímida de Beth.
«Los que estén en contra digan "No"».
Meg y Amy estaban en contra; y el Sr. Winkle se levantó para decir, con gran elegancia: «No queremos chicos; solo bromean y saltan. Este es un club de damas, y deseamos ser privadas y decentes».
«Me temo que se reirá de nuestro periódico y se burlará de nosotras después», observó Pickwick, tirando del pequeño rizo en su frente, como siempre hacía cuando dudaba.
Se levantó Snodgrass, muy seria. «Señor, le doy mi palabra de caballero, Laurie no hará nada parecido. Le gusta escribir, y dará un tono a nuestras contribuciones, y evitará que seamos sentimentales, ¿no lo ve? Podemos hacer tan poco por él, y él hace tanto por nosotras, que creo que lo menos que podemos hacer es ofrecerle un lugar aquí, y darle la bienvenida si viene».
Esta astuta alusión a los beneficios conferidos puso a Tupman en pie, pareciendo como si hubiera tomado una decisión.
«Sí, deberíamos hacerlo, incluso si tenemos miedo. Digo que puede venir, y su abuelo también, si quiere».
Este enérgico estallido de Beth electrizó al club, y Jo dejó su asiento para estrecharle la mano con aprobación. «Ahora pues, votad de nuevo. Todas recordad que es nuestro Laurie, y decid "¡Sí!"», gritó Snodgrass emocionada.
«¡Sí! ¡sí! ¡sí!», respondieron tres voces a la vez.
«¡Bien! ¡Dios los bendiga! Ahora, como no hay nada como "tomar el tiempo por el mechón", como observa característicamente Winkle, permítanme presentar al nuevo miembro»; y, para consternación del resto del club, Jo abrió la puerta del armario y mostró a Laurie sentado sobre una bolsa de trapos, ruborizado y brillando con risa reprimida.
«¡Pícaro! ¡traidor! Jo, ¿cómo pudiste?», gritaron las tres chicas, mientras Snodgrass conducía a su amigo triunfalmente hacia afuera; y, produciendo tanto una silla como una insignia, lo instaló en un instante.
«La sangre fría de ustedes dos granujas es asombrosa», comenzó el Sr. Pickwick, tratando de poner un ceño terrible, y solo logrando producir una sonrisa amable. Pero el nuevo miembro estuvo a la altura de la ocasión; y, levantándose, con un saludo agradecido a la Presidencia, dijo, de la manera más atractiva: «Señor Presidente y damas —pido perdón, caballeros—, permítanme presentarme como Sam Weller, el muy humilde servidor del club».
«¡Bien! ¡bien!», gritó Jo, golpeando con el mango del viejo calientacamas en el que se apoyaba.
«Mi fiel amigo y noble patrón», continuó Laurie, con un ademán de la mano, «que tan halagadoramente me ha presentado, no debe ser culpado por la baja estratagema de esta noche. Yo lo planeé, y ella solo cedió después de muchos ruegos».
«Vamos, no lo cargues todo sobre ti; sabes que yo propuse el armario», interrumpió Snodgrass, que estaba disfrutando de la broma asombrosamente.
«No te preocupes por lo que ella dice. Soy el desgraciado que lo hizo, señor», dijo el nuevo miembro, con un asentimiento estilo Weller al Sr. Pickwick. «Pero bajo mi honor, nunca volveré a hacerlo, y de aquí en adelante me dedicaré a los intereses de este club inmortal».
«¡Oíd! ¡oíd!», gritó Jo, chocando la tapa del calientacamas como un címbalo.
«¡Sigue, sigue!», añadieron Winkle y Tupman, mientras el Presidente se inclinaba benévolamente.
«Simplemente deseo decir que, como una pequeña muestra de mi gratitud por el honor que se me ha hecho, y como un medio de promover relaciones amistosas entre naciones vecinas, he instalado una oficina de correos en el seto en la esquina inferior del jardín; un edificio fino y espacioso, con candados en las puertas, y toda comodidad para el correo —también para las hembras, si se me permite la expresión—. Es la vieja casa de los martines; pero he tapado la puerta y hecho que el techo se abra, de modo que contendrá todo tipo de cosas, y ahorrará nuestro valioso tiempo. Cartas, manuscritos, libros y paquetes pueden ser pasados por allí; y, como cada nación tiene una llave, será inusualmente agradable, me imagino. Permítanme presentar la llave del club; y, con muchas gracias por su favor, tomo asiento».
Un gran aplauso estalló cuando el Sr. Weller depositó una pequeña llave sobre la mesa y se sentó; el calentador de cama chocó y se agitó violentamente, y pasó algún tiempo antes de que pudiera restablecerse el orden. Siguió una larga discusión, y todas se lucieron de forma sorprendente, pues cada una hizo lo mejor que pudo; así que fue una reunión inusualmente animada, que no se levantó hasta una hora avanzada, cuando concluyó con tres vítores estridentes para el nuevo miembro.
Nadie lamentó jamás la admisión de Sam Weller, pues no podría haber club con un miembro más devoto, bien educado y jovial. Sin duda añadió "espíritu" a las reuniones y "un tono" al periódico; pues sus oraciones convulsionaban a sus oyentes, y sus contribuciones eran excelentes, ya fueran patrióticas, clásicas, cómicas o dramáticas, pero nunca sentimentales. Jo las consideraba dignas de Bacon, Milton o Shakespeare; y, pensaba ella, remodeló sus propias obras con buen efecto.
La O. P. era una pequeña institución magnífica y floreció maravillosamente, pues por ella pasaban casi tantas cosas extrañas como por la oficina real. Tragedias y corbatas, poesía y pepinillos, semillas de jardín y largas cartas, música y pan de jengibre, gomas, invitaciones, regañinas y cachorros. Al viejo caballero le gustaba la diversión y se entretenía enviando paquetes extraños, mensajes misteriosos y telegramas graciosos; y su jardinero, que estaba prendado de los encantos de Hannah, envió en realidad una carta de amor al cuidado de Jo. ¡Cómo se rieron cuando se descubrió el secreto, sin soñar jamás cuántas cartas de amor contendría esa pequeña oficina de correos en los años venideros!
XI.
EXPERIMENTOS.
—¡El primero de junio! Los King se van mañana a la orilla del mar y yo soy libre. Tres meses de vacaciones... ¡cómo los voy a disfrutar! —exclamó Meg, al llegar a casa un día caluroso y encontrar a Jo tendida en el sofá en un estado inusual de agotamiento, mientras Beth le quitaba las botas polvorientas y Amy preparaba limonada para refrescar a todo el grupo.
—La tía March se fue hoy, por lo cual, ¡oh, alegraos! —dijo Jo—. Tenía un miedo mortal de que me pidiera que fuera con ella; si lo hubiera hecho, me habría sentido obligada a hacerlo; pero Plumfield es casi tan alegre como un cementerio, ya sabes, y preferiría que me disculparan. Tuvimos un alboroto para sacar a la anciana de allí, y yo sentía un susto cada vez que me hablaba, pues tenía tanta prisa por terminar que fui extraordinariamente servicial y dulce, y temía que le resultara imposible separarse de mí. Temblé hasta que estuvo bien acomodada en el carruaje, y tuve un último susto, pues, al alejarse, asomó la cabeza diciendo: «Jo-se-fina, ¿no quieres...?». No oí nada más, pues vilmente me di la vuelta y huí; corrí de verdad y doblé la esquina, donde me sentí a salvo.
—¡Pobre Jo! Entró con cara de que la perseguían los osos —dijo Beth, mientras acariciaba los pies de su hermana con aire maternal.
—La tía March es un verdadero "hinojo marino", ¿no es así? —observó Amy, probando su mezcla con aire crítico.
—Quiere decir vampiro, no hinojo marino; pero no importa; hace demasiado calor para ser puntillosa con las partes de la oración —murmuró Jo.
—¿Qué vas a hacer durante todas tus vacaciones? —preguntó Amy, cambiando de tema con tacto.
—Me quedaré en la cama hasta tarde y no haré nada —respondió Meg, desde el fondo de la mecedora—. He estado levantándome temprano todo el invierno y teniendo que pasar mis días trabajando para otros; así que ahora voy a descansar y a disfrutar a mis anchas.
—No —dijo Jo—; esa forma de estar adormilada no me iría bien. He acumulado un montón de libros y voy a aprovechar mis horas de luz leyendo en mi percha del viejo manzano, cuando no esté de «alondras»...
—¡No digas «alondras»! —suplicó Amy, como un desaire en respuesta a la corrección del «hinojo marino».
—Diré «ruiseñores», entonces, con Laurie; eso es correcto y apropiado, ya que él es un cantor.
—No hagamos lecciones, Beth, por un tiempo, sino juguemos todo el día y descansemos, como las chicas pretenden hacer —propuso Amy.
—Bueno, lo haré, si a mamá no le importa. Quiero aprender algunas canciones nuevas y mis niñas necesitan prepararse para el verano; están terriblemente desaliñadas y realmente sufren por falta de ropa.
—¿Podemos, mamá? —preguntó Meg, dirigiéndose a la Sra. March, que estaba sentada cosiendo en lo que llamaban «el rincón de Mamá».
—Podéis probar vuestro experimento durante una semana y ver qué os parece. Creo que para el sábado por la noche descubriréis que jugar todo el tiempo sin trabajar es tan malo como trabajar todo el tiempo sin jugar.
—Oh, no, querida; será delicioso, estoy segura —dijo Meg con complacencia.
—Propongo un brindis, como dice mi «amiga y socia, Sairy Gamp». ¡Diversión para siempre y nada de trabajo duro! —gritó Jo, levantándose, vaso en mano, mientras la limonada pasaba de mano en mano.
Todas la bebieron alegremente y comenzaron el experimento holgazaneando el resto del día. A la mañana siguiente, Meg no apareció hasta las diez; su desayuno solitario no sabía bien, y la habitación parecía solitaria y desordenada; pues Jo no había llenado los jarrones, Beth no había quitado el polvo y los libros de Amy yacían esparcidos por todas partes. Nada estaba limpio y agradable, excepto el «rincón de Mamá», que parecía como siempre; y allí se sentó Meg a «descansar y leer», lo que significaba bostezar e imaginar qué bonitos vestidos de verano se compraría con su salario. Jo pasó la mañana en el río con Laurie, y la tarde leyendo y llorando sobre «La gran, gran vida» en lo alto del manzano. Beth comenzó hurgando en todo el gran armario donde residía su familia; pero, cansándose antes de terminar la mitad, dejó su establecimiento patas arriba y se fue a su música, alegrándose de no tener platos que lavar. Amy arregló su cenador, se puso su mejor vestido blanco, se alisó los rizos y se sentó a dibujar bajo las madreselvas, esperando que alguien la viera y preguntara quién era la joven artista. Como no apareció nadie más que una curiosa araña patona, que examinó su trabajo con interés, se fue a pasear, la sorprendió un chubasco y llegó a casa empapada.
A la hora del té compararon impresiones y todas estuvieron de acuerdo en que había sido un día delicioso, aunque inusualmente largo. Meg, que fue de compras por la tarde y consiguió una «dulce muselina azul», descubrió, después de haber cortado las piezas, que no se podía lavar, percance que la puso ligeramente de mal humor. Jo se había quemado la piel de la nariz navegando y tenía un dolor de cabeza atroz por leer demasiado tiempo. A Beth le preocupaba el desorden de su armario y la dificultad de aprender tres o cuatro canciones a la vez; y Amy lamentaba profundamente el daño sufrido por su vestido, pues la fiesta de Katy Brown iba a ser al día siguiente; y ahora, como Flora McFlimsey, no tenía «nada que ponerse». Pero estas eran meras pequeñeces; y aseguraron a su madre que el experimento estaba funcionando de maravilla. Ella sonrió, no dijo nada y, con la ayuda de Hannah, hizo el trabajo que ellas habían descuidado, manteniendo la casa agradable y la maquinaria doméstica funcionando sin problemas. Era asombroso el estado de cosas tan peculiar e incómodo que era
cada vez más largo; el tiempo era inusualmente variable, y también lo eran los temperamentos; un sentimiento de inestabilidad se apoderó de todas, y Satanás encontró abundancia de travesuras para las manos ociosas. Como colmo del lujo, Meg dio parte de su costura fuera, y luego descubrió que el tiempo se le hacía tan pesado que se puso a recortar y estropear sus vestidos, en sus intentos de arreglarlos a la moda de Moffat. Jo leyó hasta que se le cansó la vista y se hartó de los libros; se puso tan nerviosa que incluso el bondadoso Laurie tuvo una riña con ella, y se sintió tan decaída que deseó desesperadamente haber ido con la tía March. A Beth le fue bastante bien, pues olvidaba constantemente que todo debía ser juego y nada de trabajo, y caía en sus viejas costumbres de vez en cuando; pero algo en el aire la afectó y, más de una vez, su tranquilidad se vio muy perturbada; tanto es así que, en una ocasión, sacudió a la pobre y querida Joanna y le dijo que era «un esperpento». A Amy le fue peor que a ninguna, pues sus recursos eran escasos; y cuando sus hermanas la dejaron para que se divirtiera y cuidara de sí misma, pronto descubrió que su pequeña, consumada e importante persona era una gran carga. No le gustaban las muñecas, los cuentos de hadas eran infantiles y una no podía estar dibujando todo el tiempo; las meriendas no significaban gran cosa, ni tampoco los picnics, a menos que estuvieran muy bien organizados. «Si una pudiera tener una casa bonita, llena de chicas agradables, o ir de viaje, el verano sería delicioso; pero quedarse en casa con tres hermanas egoístas y un chico ya mayor era suficiente para poner a prueba la paciencia de un Booz», se quejó la señorita Malaprop, después de varios días dedicados al placer, el fastidio y el aburrimiento.
Nadie quería reconocer que estaban cansadas del experimento; pero, para el viernes por la noche, cada una admitió para sí misma que se alegraba de que la semana estuviera casi terminada. Con la esperanza de grabar la lección más profundamente, la Sra. March, que tenía buen sentido del humor, decidió terminar la prueba de una manera apropiada; así que le dio el día libre a Hannah y dejó que las chicas disfrutaran del efecto completo del sistema de juego.
Cuando se levantaron el sábado por la mañana, no había fuego en la cocina, ni desayuno en el comedor, ni mamá por ninguna parte.
—¡Dios nos asista! ¿Qué ha pasado? —gritó Jo, mirando a su alrededor con consternación.
Meg subió corriendo las escaleras y volvió pronto, pareciendo aliviada, pero bastante desconcertada y un poco avergonzada.
—Mamá no está enferma, solo muy cansada, y dice que va a quedarse tranquilamente en su habitación todo el día y dejarnos hacer lo mejor que podamos. Es algo muy extraño que ella haga; no actúa ni un poco como ella misma; pero dice que ha sido una semana dura para ella, así que no debemos refunfuñar, sino cuidarnos solas.
—Eso es fácil y me gusta la idea; me estoy muriendo por hacer algo, es decir, alguna diversión nueva, ya sabes —añadió Jo rápidamente.
De hecho, fue un alivio inmenso para todas ellas tener algo de trabajo, y se pusieron manos a la obra con voluntad, pero pronto se dieron cuenta de la verdad del dicho de Hannah: «El trabajo doméstico no es ninguna broma». Había mucha comida en la despensa y, mientras Beth y Amy ponían la mesa, Meg y Jo prepararon el desayuno, preguntándose, mientras lo hacían, por qué los criados hablaban siempre de trabajo duro.
—Le llevaré algo a mamá, aunque dijo que no debíamos pensar en ella, pues ella se cuidaría sola —dijo Meg, que presidía y se sentía muy maternal detrás de la tetera.
Así que se preparó una bandeja antes de que nadie empezara, y se llevó arriba, con los cumplidos de la cocinera. El té hervido estaba muy amargo, la tortilla quemada y los bizcochos salpicados de bicarbonato; pero la Sra. March recibió su refrigerio con agradecimiento y se rió de corazón después de que Jo se hubo ido.
—Pobres almas, me temo que lo pasarán mal; pero no sufrirán, y les hará bien —dijo, sacando las viandas más apetecibles con las que se había provisto y deshaciéndose del mal desayuno, para que sus sentimientos no se vieran heridos; un pequeño engaño maternal, por el que ellas estaban agradecidas.
Muchas fueron las quejas abajo y grande el disgusto de la jefa de cocina por sus fracasos. —No importa, yo haré la cena y seré la sirvienta; tú sé la señora, mantén tus manos bonitas, recibe visitas y da órdenes —dijo Jo, que sabía aún menos que Meg sobre asuntos culinarios.
Esta oferta servicial fue aceptada con gusto; y Margaret se retiró al salón, que ordenó apresuradamente escondiendo el desorden bajo el sofá y cerrando las persianas para ahorrarse la molestia de quitar el polvo. Jo, con plena fe en sus propias fuerzas y el deseo amistoso de arreglar la riña, puso inmediatamente una nota en la oficina invitando a Laurie a cenar.
—Más vale que veas lo que tienes antes de pensar en tener compañía —dijo Meg cuando fue informada del hospitalario pero imprudente acto.
—Oh, hay carne en conserva y muchas patatas; y conseguiré algo de espárragos y una langosta, «para darle sabor», como dice Hannah. Tendremos lechuga y haremos una ensalada. No sé cómo, pero el libro lo explica. Tendré manjar blanco y fresas de postre; y café, también, si quieres ser elegante.
—No intentes demasiados platos, Jo, porque no puedes hacer nada más que pan de jengibre y caramelo de melaza que sea digno de comerse. Me lavo las manos con respecto a la cena; y, como has invitado a Laurie bajo tu propia responsabilidad, puedes ocuparte de él tú sola.
—No quiero que hagas nada más que ser cortés con él y servir el pudin. Me darás tu consejo si me meto en un lío, ¿verdad? —preguntó Jo, algo dolida.
—Sí; pero no sé mucho, excepto sobre el pan y algunas pequeñeces. Será mejor que pidas permiso a mamá antes de pedir nada —respondió Meg con prudencia.
—Por supuesto que lo haré; no soy una tonta —y Jo se fue indignada por las dudas expresadas sobre sus facultades.
—Consigue lo que quieras y no me molestes; voy a salir a cenar y no puedo preocuparme por las cosas de casa —dijo la Sra. March cuando Jo le habló—. Nunca me gustó el trabajo doméstico y voy a tomarme unas vacaciones hoy, leer, escribir, ir de visitas y divertirme.
El espectáculo inusual de su ocupada madre meciéndose cómodamente y leyendo a primera hora de la mañana hizo que Jo sintiera como si hubiera ocurrido algún fenómeno natural, pues un eclipse, un terremoto o una erupción volcánica difícilmente hubieran parecido más extraños.
—Todo está fuera de lugar, de alguna manera —se dijo a sí misma, bajando las escaleras—. Ahí está Beth llorando; esa es una señal segura de que algo va mal en esta familia. Si Amy está molestando, la sacudiré.
Sintiéndose ella misma muy fuera de lugar, Jo se apresuró a entrar en el salón y encontró a Beth sollozando sobre Pip, el canario, que yacía muerto en la jaula con sus pequeñas garras extendidas patéticamente, como si implorara la comida por cuya falta había muerto.
—Todo es culpa mía... me olvidé de él... no queda ni una semilla ni una gota. ¡Oh, Pip! ¡Oh, Pip! ¿Cómo pude ser tan cruel contigo? —gritó Beth, tomando al pobre animal en sus manos e intentando reanimarlo.
Jo se asomó a su ojo entreabierto, sintió su pequeño corazón y, al encontrarlo rígido y frío, sacudió la cabeza y ofreció su caja de dominó para hacer de ataúd.
—Ponlo en el horno y quizás se caliente y reviva —dijo Amy con esperanza.
—Se ha muerto de hambre y no será horneado ahora que está muerto. Le haré una mortaja y será enterrado en el jardín; y nunca tendré otro pájaro, nunca, ¡mi Pip! pues soy demasiado mala para tener uno —murmuró Beth, sentándose en el suelo con su mascota recogida en las manos.
—El funeral será esta tarde e iremos todas. Ahora, no llores, Bethy; es una lástima, pero nada sale bien esta semana y Pip ha llevado la peor parte del experimento. Haz la mortaja y ponlo en mi caja; y, después de la cena, tendremos un bonito funeral —dijo Jo, empezando a sentir como si hubiera asumido un gran compromiso.
Dejando a las demás consolando a Beth, se marchó a la cocina, que estaba en un estado de confusión de lo más desalentador. Poniéndose un delantal grande, se puso a trabajar y dejó los platos amontonados listos para lavar, cuando descubrió que el fuego se había apagado.
—¡Aquí hay un dulce panorama! —masculló Jo, dando un portazo al horno y hurgando vigorosamente entre las cenizas.
Tras haber reavivado el fuego, pensó que iría al mercado mientras se calentaba el agua. El paseo le reanimó el ánimo; y, halagándose a sí misma por haber hecho buenos tratos, regresó a casa arrastrando los pies tras comprar una langosta muy joven, unos espárragos muy viejos y dos cajas de fresas ácidas. Para cuando terminó de recoger, llegó la hora de la cena y la estufa estaba al rojo vivo. Hannah había dejado una bandeja de pan para que subiera, Meg la había amasado temprano, la había puesto en la chimenea para un segundo levado y se había olvidado de ella. Meg estaba entreteniendo a Sallie Gardiner en el salón cuando la puerta se abrió de golpe y apareció una figura enharinada, sucia, sonrojada y despeinada, exigiendo con aspereza:
—Digo, ¿no ha subido ya suficiente el pan cuando se sale de los moldes?
Sallie empezó a reír; pero Meg asintió y levantó las cejas tanto como pudo, lo que hizo que la aparición se desvaneciera y metiera el pan agrio en el horno sin más demora. La Sra. March salió, después de mirar aquí y allá para ver cómo iban las cosas, diciendo también una palabra de consuelo a Beth, que estaba sentada haciendo un sudario mientras la querida difunta yacía de cuerpo presente en la caja de dominó. Una extraña sensación de impotencia cayó sobre las chicas cuando el capó gris desapareció tras la esquina; y la desesperación las invadió cuando, unos minutos después, apareció la señorita Crocker y dijo que había venido a cenar. Ahora bien, esta dama era una solterona delgada y amarillenta, con una nariz afilada y ojos inquisitivos, que lo veía todo y cotilleaba sobre todo lo que veía. No les gustaba, pero les habían enseñado a ser amables con ella simplemente porque era vieja, pobre y tenía pocos amigos. Así que Meg le dio la butaca e intentó entretenerla, mientras ella hacía preguntas, criticaba todo y contaba historias sobre la gente que conocía.
El lenguaje no puede describir las ansiedades, experiencias y esfuerzos que Jo sufrió esa mañana; y la cena que sirvió se convirtió en un chiste recurrente. Temiendo pedir más consejos, hizo lo mejor que pudo sola y descubrió que se necesita algo más que energía y buena voluntad para ser cocinera. Hirvió los espárragos durante una hora y se entristeció al encontrar que las puntas estaban cocidas y los tallos más duros que nunca. El pan se quemó hasta quedar negro; pues el aderezo de la ensalada la irritó tanto que dejó que todo lo demás siguiera su curso hasta convencerse de que no podía hacer que fuera digno de comerse. La langosta era un misterio escarlata para ella, pero golpeó y hurgó hasta que quedó sin cáscara, y sus escasas proporciones quedaron ocultas en un bosque de hojas de lechuga. Las patatas tuvieron que hacerse a toda prisa para no hacer esperar a los espárragos, y al final no estaban hechas. El manjar blanco tenía grumos y las fresas no estaban tan maduras como parecían, al haber sido hábilmente «maquilladas».
—Bueno, pueden comer carne y pan con mantequilla si tienen hambre; solo que es humillante tener que pasar toda la mañana para nada —pensó Jo, mientras tocaba el timbre media hora más tarde de lo habitual y permanecía allí, acalorada, cansada y desanimada, contemplando el festín servido para Laurie, acostumbrado a todo tipo de elegancia, y la señorita Crocker, cuyos ojos curiosos notarían todos los fallos y cuya lengua chismosa los informaría a diestro y siniestro.
La pobre Jo se habría escondido gustosamente bajo la mesa a medida que se probaba y se dejaba una cosa tras otra; mientras Amy se reía, Meg parecía angustiada, la señorita Crocker fruncía los labios y Laurie hablaba y se reía con todas sus fuerzas para dar un tono alegre a la escena festiva. El único punto fuerte de Jo fue la fruta, pues la había azucarado bien y tenía una jarra de rica nata para acompañarla. Sus mejillas calientes se enfriaron un poco y dio un largo suspiro cuando los bonitos platos de cristal pasaron de mano en mano y todo el mundo miró con benevolencia las pequeñas islas rosadas flotando en un mar de nata. La señorita Crocker probó primero, hizo una mueca y bebió agua apresuradamente. Jo, que se había negado pensando que podría no haber suficiente —pues disminuyeron tristemente después de elegirlas—, miró a Laurie, pero él estaba comiendo con valentía, aunque había una ligera contracción alrededor de su boca y mantenía los ojos fijos en su plato. Amy, a quien le gustaba la comida delicada, tomó una cucharada colmada, se atragantó, escondió la cara en su servilleta y dejó la mesa precipitadamente.
—¡Oh, qué es esto! —exclamó Jo temblando.
—Sal en lugar de azúcar y la nata está agria —respondió Meg con un gesto trágico.
Jo soltó un gemido y se dejó caer en su silla, recordando que había dado un último espolvoreo apresurado a las bayas de una de las dos cajas de la mesa de la cocina y que había olvidado poner la leche en el refrigerador. Se puso escarlata y estuvo a punto de llorar cuando se encontró con los ojos de Laurie, que parecían alegres a pesar de sus heroicos esfuerzos; el lado cómico del asunto la golpeó de repente y se rió hasta que las lágrimas le corrieron por las mejillas. También lo hicieron todos los demás, incluso «Croaker», como las chicas llamaban a la anciana; y la desafortunada cena terminó alegremente, con pan y mantequilla, aceitunas y diversión.
«No tengo suficiente presencia de ánimo para poner orden ahora, así que nos pondremos sobrios con un funeral», dijo Jo, mientras se levantaban; y la señorita Crocker se preparó para marcharse, ansiosa por contar la nueva historia en la mesa de otra amiga.
Se pusieron sobrios, por el bien de Beth; Laurie cavó una tumba bajo los helechos en la arboleda, el pequeño Pip fue depositado en ella, entre muchas lágrimas, por su tierna dueña, y cubierto de musgo, mientras una corona de violetas y pamplinas se colgaba sobre la piedra que llevaba su epitafio, compuesto por Jo mientras luchaba con la cena:--
«Aquí yace Pip March, Que murió el siete de junio; Amado y llorado amargamente, Y no olvidado pronto.»
Al concluir las ceremonias, Beth se retiró a su habitación, superada por la emoción y la langosta; pero no había lugar de reposo, pues las camas no estaban hechas, y encontró que su pena se mitigaba mucho al ahuecar las almohadas y poner las cosas en orden. Meg ayudó a Jo a retirar los restos del festín, lo que llevó la mitad de la tarde y las dejó tan cansadas que acordaron conformarse con té y tostadas para la cena. Laurie llevó a Amy a dar un paseo, lo cual fue un acto de caridad, pues la nata agria parecía haber tenido un mal efecto en su temperamento. La señora March llegó a casa para encontrar a las tres hijas mayores trabajando duro a mitad de la tarde; y una mirada al armario le dio una idea del éxito de una parte del experimento.
Antes de que las amas de casa pudieran descansar, varias personas llamaron a la puerta y hubo un alboroto para estar listas para recibirlas; luego hubo que preparar el té, hacer los recados; y uno o dos trozos necesarios de costura se descuidaron hasta el último minuto. Al caer el crepúsculo, húmedo y tranquilo, una a una se reunieron en el porche, donde las rosas de junio brotaban hermosamente, y cada una gimió o suspiró al sentarse, como si estuviera cansada o preocupada.
«¡Qué día tan terrible ha sido este!», comenzó Jo, por lo general la primera en hablar.
«Ha parecido más corto de lo habitual, pero tan incómodo», dijo Meg.
«Ni un poco como en casa», añadió Amy.
«No puede parecerlo sin Marmee y el pequeño Pip», suspiró Beth, mirando, con los ojos llenos, la jaula vacía sobre su cabeza.
«Aquí está mamá, querida, y tendrás otro pájaro mañana, si lo quieres».
Mientras hablaba, la señora March se acercó y tomó su lugar entre ellas, luciendo como si sus vacaciones no hubieran sido mucho más placenteras que las suyas.
«¿Están satisfechas con su experimento, chicas, o quieren otra semana así?», preguntó, mientras Beth se acurrucaba junto a ella, y el resto se giraba hacia ella con rostros iluminados, como las flores se vuelven hacia el sol.
«¡Yo no!», exclamó Jo con decisión.
«Ni yo», secundaron las otras.
«¿Piensan, entonces, que es mejor tener unos pocos deberes y vivir un poco para los demás?».
«Holgazanear y hacer travesuras no compensa», observó Jo, sacudiendo la cabeza. «Estoy cansada de ello y tengo la intención de ponerme a trabajar en algo de inmediato».
«Supongan que aprenden cocina sencilla; es un logro útil, del que ninguna mujer debería carecer», dijo la señora March, riendo inaudiblemente ante el recuerdo de la cena de Jo; pues se había encontrado con la señorita Crocker y escuchado su versión de los hechos.
«Madre, ¿te fuiste y dejaste todo así, solo para ver cómo nos las arreglábamos?», exclamó Meg, que había tenido sospechas todo el día.
«Sí; quería que vieran cómo la comodidad de todos depende de que cada una haga su parte fielmente. Mientras Hannah y yo hacíamos su trabajo, se las arreglaron bastante bien, aunque no creo que fueran muy felices o amables; así que pensé, como una pequeña lección, mostrarles lo que sucede cuando cada una piensa solo en sí misma. ¿No sienten que es más placentero ayudarse unas a otras, tener deberes diarios que hacen dulce el ocio cuando llega, y soportar y tolerar, para que el hogar pueda ser cómodo y encantador para todas nosotras?».
«¡Lo hacemos, madre, lo hacemos!», exclamaron las chicas.
«Entonces déjenme aconsejarles que retomen sus pequeñas cargas; porque aunque a veces parecen pesadas, son buenas para nosotras y se aligeran a medida que aprendemos a llevarlas. El trabajo es saludable y hay suficiente para todas; nos mantiene alejadas del hastío y las travesuras, es bueno para la salud y el ánimo, y da un sentido de poder e independencia mejor que el dinero o la moda».
«Trabajaremos como abejas, ¡y nos encantará también; ya verán!», dijo Jo. «Aprenderé cocina sencilla como tarea de vacaciones; y la próxima cena que dé será un éxito».
«Haré el juego de camisas para padre, en lugar de dejar que lo hagas tú, Marmee. Puedo y lo haré, aunque no me gusta coser; eso será mejor que preocuparme por mis propias cosas, que ya son bastante bonitas tal como están», dijo Meg.
«Haré mis lecciones todos los días y no pasaré tanto tiempo con mi música y mis muñecas. Soy una tonta y debería estar estudiando, no jugando», fue la resolución de Beth; mientras que Amy siguió su ejemplo declarando heroicamente: «Aprenderé a hacer ojales y prestaré atención a mis partes de la oración».
«¡Muy bien! Entonces estoy completamente satisfecha con el experimento, y me imagino que no tendremos que repetirlo; solo no se vayan al otro extremo y trabajen como esclavas. Tengan horarios regulares para el trabajo y el juego; hagan que cada día sea útil y placentero, y demuestren que comprenden el valor del tiempo empleándolo bien. Entonces la juventud será encantadora, la vejez traerá pocos arrepentimientos y la vida se convertirá en un hermoso éxito, a pesar de la pobreza».
«¡Lo recordaremos, madre!», y así lo hicieron.
XII.
CAMPAMENTO LAURENCE.
Beth era la cartera, pues, al estar más en casa, podía atenderlo regularmente y le gustaba mucho la tarea diaria de abrir la pequeña puerta y distribuir el correo. Un día de julio entró con las manos llenas y recorrió la casa dejando cartas y paquetes, como el correo ordinario.
«¡Aquí está tu ramillete, madre! Laurie nunca olvida eso», dijo, colocando el ramo fresco en el jarrón que estaba en el «rincón de Marmee» y que era abastecido por el afectuoso muchacho.
«Señorita Meg March, una carta y un guante», continuó Beth, entregando los artículos a su hermana, que estaba sentada cerca de su madre, cosiendo puños.
«Vaya, dejé un par por allí, y aquí solo hay uno», dijo Meg, mirando el guante de algodón gris.
«¿No dejaste caer el otro en el jardín?».
«No, estoy segura de que no; porque solo había uno en la oficina».
«¡Odio tener guantes desparejados! No importa, el otro puede aparecer. Mi carta es solo una traducción de la canción alemana que quería; creo que la hizo el señor Brooke, porque esta no es la letra de Laurie».
La señora March miró a Meg, quien lucía muy bonita con su vestido de mañana de guinga, con los pequeños rizos volando alrededor de su frente, y muy mujer, mientras estaba sentada cosiendo en su pequeña mesa de trabajo, llena de ordenados rollos blancos; tan inconsciente del pensamiento en la mente de su madre mientras cosía y cantaba, mientras sus dedos volaban y sus pensamientos se ocupaban de fantasías de chica tan inocentes y frescas como los pensamientos en su cinturón, que la señora March sonrió y quedó satisfecha.
«Dos cartas para la doctora Jo, un libro y un sombrero viejo y divertido, que cubría toda la oficina de correos, pegado afuera», dijo Beth, riendo, mientras entraba en el estudio, donde Jo estaba sentada escribiendo.
«¡Qué tipo tan astuto es Laurie! Dije que deseaba que los sombreros más grandes estuvieran de moda, porque me quemo la cara todos los días de calor. Él dijo: "¡Qué importa la moda? ¡Usa un sombrero grande y siéntete cómoda!". Dije que lo haría si tuviera uno, y él me ha enviado este, para ponerme a prueba. Lo usaré, por diversión, y le demostraré que no me importa la moda»; y, colgando el ala ancha antigua en un busto de Platón, Jo leyó sus cartas.
Una de su madre hizo que sus mejillas brillaran y sus ojos se llenaran, pues le decía:--
«MI QUERIDA:
«Te escribo unas pequeñas palabras para decirte con cuánta satisfacción observo tus esfuerzos por controlar tu temperamento. No dices nada sobre tus pruebas, fracasos o éxitos, y piensas, quizás, que nadie los ve sino el Amigo cuya ayuda pides a diario, si puedo confiar en la cubierta desgastada de tu guía. Yo, también, los he visto todos, y creo sinceramente en la sinceridad de tu resolución, ya que comienza a dar frutos. Sigue adelante, querida, paciente y valientemente, y cree siempre que nadie simpatiza más tiernamente contigo que tu amorosa
«MADRE».
«¡Eso me hace bien! Eso vale millones de dinero y montones de elogios. Oh, Marmee, ¡sí me esfuerzo! Seguiré esforzándome y no me cansaré, ya que te tengo a ti para ayudarme».
Apoyando la cabeza en sus brazos, Jo mojó su pequeño romance con unas pocas lágrimas felices, pues había pensado que nadie veía ni apreciaba sus esfuerzos por ser buena; y esta seguridad era doblemente preciosa, doblemente alentadora, porque era inesperada y provenía de la persona cuya recomendación valoraba más. Sintiéndose más fuerte que nunca para enfrentar y someter a su Apolión, se prendió la nota dentro de su vestido, como un escudo y un recordatorio, no fuera a ser tomada desprevenida, y procedió a abrir su otra carta, bastante preparada para noticias buenas o malas. Con una letra grande y audaz, Laurie escribió:--
«QUERIDA JO, ¡Hola!
Algunas chicas y chicos ingleses vienen a verme mañana y quiero pasar un buen rato. Si hace buen tiempo, voy a montar mi tienda de campaña en Longmeadow y llevar a todo el grupo a almorzar y jugar al croquet... hacer una fogata, preparar comidas al estilo gitano y todo tipo de diversiones. Son gente agradable y les gustan esas cosas. Brooke irá, para mantenernos a nosotros, los chicos, tranquilos, y Kate Vaughn hará de decoro para las chicas. Quiero que todas vengan; no puedo dejar que Beth falte, a ningún precio, y nadie la molestará. No se preocupen por las raciones... yo me encargaré de eso y de todo lo demás... ¡solo vengan, sean buenas chicas!
«Con mucha prisa, Siempre tuyo, LAURIE».
«¡Aquí hay riqueza!», gritó Jo, corriendo a contar la noticia a Meg.
«Por supuesto que podemos ir, ¿verdad madre? Será de gran ayuda para Laurie, pues yo puedo remar, Meg encargarse del almuerzo y las niñas ser útiles de alguna manera».
«Espero que los Vaughn no sean gente fina y adulta. ¿Sabes algo sobre ellos, Jo?», preguntó Meg.
«Solo que hay cuatro. Kate es mayor que tú, Fred y Frank (gemelos) de mi edad, y una niña pequeña (Grace), que tiene nueve o diez años. Laurie los conoció en el extranjero y le gustaban los chicos; me imaginé, por la forma en que fruncía la boca al hablar de ella, que no admiraba mucho a Kate».
«¡Estoy tan contenta de que mi estampado francés esté limpio; es justo lo que necesito, y me queda tan bien!», observó Meg con complacencia. «¿Tienes algo decente, Jo?».
«Traje de navegación escarlata y gris, lo suficientemente bueno para mí. Remaré y caminaré por todas partes, así que no quiero pensar en almidón. ¿Vendrás, Bethy?».
«Si no dejas que ninguno de los chicos me hable».
«¡Ni un chico!».
«Me gusta complacer a Laurie; y no le tengo miedo al señor Brooke, es muy amable; pero no quiero jugar, ni cantar, ni decir nada. Trabajaré duro y no molestaré a nadie; y tú cuidarás de mí, Jo, así que iré».
«Esa es mi buena chica; sí te esfuerzas por luchar contra tu timidez, y te quiero por ello. Luchar contra los defectos no es fácil, como sé; y una palabra alegre ayuda un poco. Gracias, madre», y Jo le dio a la mejilla delgada un beso agradecido, más preciado para la señora March que si le hubiera devuelto la redondez rosada de su juventud.
«Tenía una caja de gotas de chocolate y el cuadro que quería copiar», dijo Amy, mostrando su correo.
«Y recibí una nota del señor Laurence, pidiéndome que fuera a tocar para él esta noche, antes de que se enciendan las lámparas, y iré», añadió Beth, cuya amistad con el anciano prosperaba estupendamente.
«Ahora vamos a volar por todas partes y hacer doble trabajo hoy, para que podamos jugar mañana con la mente libre», dijo Jo, preparándose para reemplazar su pluma por una escoba.
Cuando el sol se asomó a la habitación de las chicas temprano a la mañana siguiente, para prometerles un buen día, vio una escena cómica. Cada una había hecho la preparación para la fiesta que parecía necesaria y adecuada. Meg tenía una fila extra de pequeños papeles para rizos en la frente, Jo se había untado copiosamente su cara afligida con crema fría, Beth se había llevado a Joanna a la cama con ella para compensar la próxima separación, y Amy había colmado el vaso poniéndose una pinza de ropa en la nariz, para elevar el rasgo ofensivo. Era uno de los tipos que los artistas usan para sujetar el papel en sus tableros de dibujo, por lo tanto, muy apropiado y eficaz para el propósito al que ahora se destinaba. Este divertido espectáculo pareció divertir al sol, pues estalló con tal resplandor que Jo se despertó y despertó a todas sus hermanas con una carcajada ante el adorno de Amy.
El sol y la risa fueron buenos augurios para una fiesta de placer, y pronto comenzó un bullicio animado en ambas casas. Beth, que fue la primera en estar lista, seguía informando lo que sucedía en la casa de al lado y amenizaba el aseo de sus hermanas con frecuentes telegramas desde la ventana.
«¡Ahí va el hombre con la tienda! Veo a la señora Barker preparando el almuerzo en una cesta y una gran canasta. Ahora el señor Laurence está mirando al cielo y a la veleta; ojalá él también fuera. Ahí está Laurie, pareciendo un marinero... ¡buen chico! ¡Oh, Dios mío! aquí hay un carruaje lleno de gente: una señora alta, una niña pequeña y dos chicos terribles. Uno es cojo; pobre, tiene una muleta. Laurie no nos dijo eso. ¡Deprisa, chicas! se está haciendo tarde. Vaya, ahí está Ned Moffat, lo aseguro. Mira, Meg, ¿no es ese el hombre que te saludó un día, cuando íbamos de compras?».
«Así es. Qué raro que haya venido. Pensé que estaba en las montañas. Ahí está Sallie; me alegro de que haya regresado a tiempo. ¿Estoy bien, Jo?», gritó Meg, nerviosa.
«Una margarita auténtica. Levanta tu vestido y ponte el sombrero derecho; se ve sentimental inclinado de esa manera, y saldrá volando a la primera ráfaga. ¡Ahora, vamos!».
«Oh, Jo, ¿no vas a usar ese sombrero horrible? ¡Es demasiado absurdo! No vas a hacer el ridículo», protestó Meg, mientras Jo se ataba, con una cinta roja, el sombrero de paja de ala ancha y anticuado que Laurie había enviado como broma.
«Lo haré, sin embargo, porque es excelente... tan sombreado, ligero y grande. Será divertido; y no me importa hacer el ridículo si estoy cómoda». Con eso, Jo se marchó directamente, y el resto la siguió; una brillante banda de hermanas, todas luciendo lo mejor posible, con trajes de verano, con caras felices bajo las alegres alas de los sombreros.
Laurie corrió a recibirlas y presentarlas a sus amigos, de la manera más cordial. El césped era la sala de recepción, y durante varios minutos se escenificó una escena animada allí. Meg estaba agradecida de ver que la señorita Kate, aunque tenía veinte años, estaba vestida con una sencillez que las chicas estadounidenses harían bien en imitar; y se sintió muy halagada por las seguridades del señor Ned de que vino especialmente a verla. Jo entendió por qué Laurie «fruncía la boca» al hablar de Kate, pues esa joven tenía un aire de «distante, no me toques», que contrastaba fuertemente con el comportamiento libre y fácil de las otras chicas. Beth observó a los nuevos chicos y decidió que el cojo no era «terrible», sino gentil y débil, y que sería amable con él por esa razón. Amy encontró a Grace una niña pequeña, alegre y de buenos modales; y después de mirarse estúpidamente durante unos minutos, de repente se hicieron muy buenas amigas.
Habiéndose enviado las tiendas, el almuerzo y los utensilios de croquet con antelación, el grupo se embarcó pronto, y los dos botes se alejaron juntos, dejando al señor Laurence agitando su sombrero en la orilla. Laurie y Jo remaron en un bote; el señor Brooke y Ned en el otro; mientras Fred Vaughn, el gemelo alborotador, hacía todo lo posible por volcar ambos remando en una barca como un insecto de agua perturbado. El divertido sombrero de Jo merecía un voto de agradecimiento, pues era de utilidad general; rompió el hielo al principio, provocando una carcajada; creó una brisa bastante refrescante, ondeando de un lado a otro mientras ella remaba, y sería un excelente paraguas para todo el grupo, si caía un chaparrón, decía. Kate parecía algo sorprendida por las acciones de Jo, especialmente cuando exclamó «¡Cristóbal Colón!» al perder su remo; y Laurie dijo: «Querido amigo, ¿te hice daño?», cuando tropezó con sus pies al tomar su lugar. Pero después de ponerse sus gafas para examinar a la chica rara varias veces, la señorita Kate decidió que era «rara, pero bastante inteligente», y le sonrió desde lejos.
Meg, en el otro bote, estaba deliciosamente situada, frente a los remeros, quienes admiraban el paisaje y remaban con una «habilidad y destreza» poco comunes. El señor Brooke era un joven serio y silencioso, con hermosos ojos marrones y una voz agradable. A Meg le gustaban sus modales tranquilos y lo consideraba una enciclopedia andante de conocimientos útiles. Nunca le hablaba mucho; pero la miraba mucho, y ella estaba segura de que no la miraba con aversión. Ned, al estar en la universidad, por supuesto se daba todos los aires que los estudiantes de primer año creen que es su deber asumir; no era muy sabio, pero sí muy bondadoso, y en general una excelente persona para llevar a cabo un picnic. Sallie Gardiner estaba absorta en mantener limpio su vestido de piqué blanco y charlar con el ubicuo Fred, quien mantenía a Beth en constante terror por sus bromas.
No estaba lejos de Longmeadow; pero la tienda ya estaba montada y los arcos puestos cuando llegaron. Un campo verde y agradable, con tres robles de amplia extensión en el medio, y una franja de césped lisa para el croquet.
«¡Bienvenidos al Campamento Laurence!», dijo el joven anfitrión, mientras desembarcaban con exclamaciones de deleite.
«Brooke es el comandante en jefe; yo soy el comisario general; los otros chicos son oficiales de estado mayor; y ustedes, damas, son la compañía. La tienda es para su beneficio especial, y ese roble es su sala de estar; este es el comedor, y el tercero es la cocina del campamento. Ahora, juguemos un partido antes de que haga calor, y luego veremos lo de la cena».
Frank, Beth, Amy y Grace se sentaron a observar el juego realizado por los otros ocho. El señor Brooke eligió a Meg, Kate y Fred; Laurie tomó a Sallie, Jo y Ned. Los ingleses jugaban bien; pero los estadounidenses jugaban mejor, y disputaban cada centímetro del terreno con tanta fuerza como si el espíritu del 76 los inspirara. Jo y Fred tuvieron varias escaramuzas, y una vez estuvieron a punto de llegar a las palabras fuertes. Jo pasó por el último arco, y había fallado el golpe, cuyo fracaso la molestó bastante. Fred estaba justo detrás de ella, y su turno llegó antes que el de ella; dio un golpe, su bola golpeó el arco y se detuvo a una pulgada del lado equivocado. Nadie estaba muy cerca; y corriendo a examinar, le dio un empujón furtivo con la punta del pie, que la puso justo una pulgada del lado correcto.
«¡Pasé! Ahora, señorita Jo, la voy a eliminar y entraré primero», gritó el joven, balanceando su mazo para otro golpe.
«Lo empujaste; te vi; ahora es mi turno», dijo Jo bruscamente.
«Por mi palabra, no lo moví; rodó un poco, tal vez, pero eso está permitido; así que apártate, por favor, y déjame intentar dar al poste».
«No hacemos trampas en Estados Unidos, pero puedes hacerlo, si quieres», dijo Jo enojada.
«Los yanquis son mucho más tramposos, todo el mundo lo sabe. ¡Ahí vas!», respondió Fred, enviando la bola de Jo lejos con un golpe de croquet.
Jo abrió los labios para decir algo grosero, pero se contuvo a tiempo, se sonrojó hasta la frente y se quedó un minuto, golpeando un arco con todas sus fuerzas, mientras Fred golpeaba el poste y se declaraba fuera con mucha exaltación. Se fue a buscar su bola y tardó mucho en encontrarla, entre los arbustos; pero regresó, luciendo fresca y tranquila, y esperó su turno pacientemente. Le tomó varios golpes recuperar el lugar que había perdido; y, cuando llegó allí, el otro bando casi había ganado, pues la bola de Kate era la penúltima y yacía cerca del poste.
—¡Por Jorge, estamos perdidos! Adiós, Kate. La señorita Jo me debe una, así que ustedes terminaron —gritó Fred con entusiasmo, mientras todos se acercaban para ver el desenlace.
—Los yanquis tienen la maña de ser generosos con sus enemigos —dijo Jo, con una mirada que hizo que el muchacho se sonrojara—, especialmente cuando los vencen —añadió, mientras, dejando intacta la bola de Kate, ganaba el juego con un hábil golpe.
Laurie lanzó su sombrero al aire; luego recordó que no estaba bien regocijarse ante la derrota de sus invitados, y se detuvo en mitad de un vítores para susurrar a su amiga:
—¡Bien por ti, Jo! Él hizo trampa, yo lo vi; no podemos decírselo, pero no volverá a hacerlo, créeme.
Meg la atrajo hacia un lado, con el pretexto de sujetarle una trenza suelta, y dijo con aprobación:
—Fue terriblemente provocador; pero mantuviste la calma, y me alegro mucho, Jo.
—No me alabes, Meg, porque podría darle un bofetón en este preciso instante. Sin duda habría estallado si no me hubiera quedado entre las ortigas hasta que mi rabia se calmó lo suficiente como para morderne la lengua. Ahora está a fuego lento, así que espero que se mantenga fuera de mi camino —respondió Jo, mordiéndose los labios mientras miraba a Fred desde debajo de su gran sombrero.
—Es hora de almorzar —dijo el señor Brooke, mirando su reloj—. Comisario general, ¿hará usted el fuego y traerá agua, mientras la señorita March, la señorita Sallie y yo preparamos la mesa? ¿Quién sabe hacer buen café?
—Jo sabe —dijo Meg, complacida de recomendar a su hermana. Así que Jo, sintiendo que sus recientes lecciones de cocina le darían prestigio, fue a presidir la cafetera, mientras los niños recogían ramas secas, y los muchachos hacían un fuego y sacaban agua de un manantial cercano. La señorita Kate dibujaba, y Frank hablaba con Beth, que estaba haciendo pequeñas esteras de juncos trenzados para servir como platos.
El comandante en jefe y sus ayudantes pronto cubrieron el mantel con una tentadora variedad de comestibles y bebidas, decorado primorosamente con hojas verdes. Jo anunció que el café estaba listo, y todos se acomodaron para una comida abundante; pues la juventud rara vez es dispéptica, y el ejercicio desarrolla apetitos saludables. Fue un almuerzo muy alegre; pues todo parecía fresco y divertido, y las frecuentes carcajadas sobresaltaban a un venerable caballo que pastaba cerca. Había una agradable irregularidad en la mesa, que causaba muchos percances con las tazas y los platos; bellotas caían en la leche, pequeñas hormigas negras participaban de los refrescos sin ser invitadas, y orugas peludas se balanceaban desde el árbol para ver qué estaba pasando. Tres niños rubios espiaban por encima de la valla, y un perro detestable les ladraba desde el otro lado del río con todas sus fuerzas.
—Aquí hay sal, si la prefieres —dijo Laurie mientras le pasaba a Jo un platillo con bayas.
—Gracias, prefiero las arañas —respondió ella, pescando a dos incautas que habían tenido una muerte cremosa—. ¿Cómo te atreves a recordarme aquella horrible cena, cuando la tuya es tan agradable en todos los aspectos? —añadió Jo, mientras ambos reían y comían de un mismo plato, pues la vajilla no había sido suficiente.
—Pasé un rato extraordinariamente bueno aquel día, y aún no me he recuperado. Esto no es mérito mío, ya sabes; no hago nada; son ustedes, Meg y Brooke quienes hacen que funcione, y les estoy infinitamente agradecido. ¿Qué haremos cuando ya no podamos comer más? —preguntó Laurie, sintiendo que su carta de triunfo había sido jugada cuando terminó el almuerzo.
—Jugar, hasta que refresque. Traje el juego de "Autores", y me atrevo a decir que la señorita Kate conoce algo nuevo y agradable. Ve y pregúntale; ella es la invitada, y deberías estar más con ella.
—¿Acaso tú no eres una invitada también? Pensé que ella congeniaría con Brooke; pero él no deja de hablar con Meg, y Kate simplemente los mira a través de ese ridículo cristal suyo. Me voy, así que no hace falta que intentes predicarme decoro, porque no puedes hacerlo, Jo.
La señorita Kate conocía varios juegos nuevos; y como las muchachas no querían, y los muchachos no podían comer más, todos se retiraron al salón para jugar al "Rigmarole".
—Una persona comienza una historia, cualquier tontería que guste, y cuenta todo lo que quiera, solo teniendo cuidado de detenerse en un punto emocionante, cuando el siguiente la retoma y hace lo mismo. Es muy divertido cuando se hace bien, y crea una mezcla perfecta de cosas cómicas y trágicas de las que reírse. Por favor, comience usted, señor Brooke —dijo Kate, con un aire de mando que sorprendió a Meg, quien trataba al tutor con tanto respeto como a cualquier otro caballero.
Tumbado sobre la hierba a los pies de las dos jóvenes, el señor Brooke comenzó obedientemente la historia, con los hermosos ojos castaños fijos en el río soleado.
—Érase una vez un caballero que salió al mundo a buscar fortuna, pues no tenía más que su espada y su escudo. Viajó durante mucho tiempo, casi veintiocho años, y pasó muchas dificultades, hasta que llegó al palacio de un buen rey anciano, que había ofrecido una recompensa a quien lograra domar y entrenar a un potro hermoso pero indómito, por el cual sentía mucho afecto. El caballero aceptó intentarlo, y avanzó lenta pero seguramente; pues el potro era un animal valiente y pronto aprendió a querer a su nuevo amo, aunque era caprichoso y salvaje. Todos los días, cuando daba sus lecciones a este favorito del rey, el caballero lo montaba por la ciudad; y, mientras cabalgaba, buscaba por todas partes un rostro hermoso, que había visto muchas veces en sus sueños, pero que nunca encontró. Un día, mientras paseaba al trote por una calle tranquila, vio en la ventana de un castillo en ruinas el rostro encantador. Se sintió encantado, preguntó quién vivía en aquel viejo castillo, y le dijeron que varias princesas cautivas eran retenidas allí por un hechizo, y tejían todo el día para ahorrar dinero y comprar su libertad. El caballero deseaba intensamente poder liberarlas; pero era pobre, y solo podía pasar por allí cada día, buscando el dulce rostro, y anhelando verlo bajo el sol. Finalmente, decidió entrar en el castillo y preguntar cómo podía ayudarlas. Fue y llamó; la gran puerta se abrió de golpe, y contempló...
—A una dama arrebatadoramente hermosa, que exclamó con un grito de éxtasis: "¡Por fin! ¡Por fin!" —continuó Kate, que había leído novelas francesas y admiraba el estilo—. "¡Es ella!", gritó el conde Gustave, y cayó a sus pies en un éxtasis de alegría. "¡Oh, levántese!", dijo ella, extendiendo una mano de blancura de mármol. "¡Jamás! Hasta que me diga cómo puedo rescatarla", juró el caballero, todavía arrodillado. "Por desgracia, mi cruel destino me condena a permanecer aquí hasta que mi tirano sea destruido". "¿Dónde está el villano?". "En el salón malva. Vaya, corazón valiente, y sálveme de la desesperación". "¡Obedezco, y regresaré victorioso o muerto!". Con estas emocionantes palabras salió corriendo, y al abrir de golpe la puerta del salón malva, estaba a punto de entrar, cuando recibió...
—Un golpe aturdidor con el gran léxico griego, que un viejo con toga negra le lanzó —dijo Ned—. Al instante, Sir Cual-sea-su-nombre se recuperó, lanzó al tirano por la ventana y se dio la vuelta para unirse a la dama, victorioso, pero con un chichón en la frente; encontró la puerta cerrada, arrancó las cortinas, hizo una escalera de cuerda, bajó hasta la mitad cuando la escalera se rompió, y cayó de cabeza al foso, a sesenta pies de profundidad. Podía nadar como un pato, remó alrededor del castillo hasta que llegó a una pequeña puerta custodiada por dos tipos robustos; chocó sus cabezas hasta que crujieron como un par de nueces, luego, con un ligero esfuerzo de su fuerza prodigiosa, destrozó la puerta, subió por un par de escalones de piedra cubiertos con un pie de polvo, sapos del tamaño de su puño, y arañas que le darían un ataque de histeria, señorita March. En lo alto de estos escalones se topó de frente con una visión que le cortó el aliento y le heló la sangre...
—Una figura alta, toda de blanco con un velo sobre el rostro y una lámpara en su mano consumida —continuó Meg—. Hacía señas, deslizándose sin ruido delante de él por un pasillo tan oscuro y frío como cualquier tumba. Efigies sombrías con armadura estaban a ambos lados, reinaba un silencio sepulcral, la lámpara ardía con llama azul, y la figura fantasmal giraba de vez en cuando su rostro hacia él, mostrando el brillo de unos ojos terribles a través de su velo blanco. Llegaron a una puerta con cortinas, tras la cual sonaba una música encantadora; él saltó hacia adelante para entrar, pero el espectro lo retuvo, y agitó amenazadoramente ante él una...
—Tabaquera —dijo Jo, en un tono sepulcral, que convulsionó a la audiencia—. "Gracias", dijo el caballero cortésmente, mientras tomaba un pellizco, y estornudó siete veces con tanta violencia que se le cayó la cabeza. "¡Ja, ja!", se rió el fantasma; y tras haber espiado por la cerradura a las princesas tejiendo por sus vidas, el espíritu maligno recogió a su víctima y la metió en una gran caja de hojalata, donde había otros once caballeros amontonados sin cabeza, como sardinas, quienes se levantaron todos y comenzaron a...
—Bailar un hornpipe —interrumpió Fred, mientras Jo tomaba aire; "y, mientras bailaban, el viejo castillo de basura se convirtió en un buque de guerra a toda vela. "¡Arriba el foque, rizad las drizas de la gavia, el timón a babor, y a los cañones!", rugió el capitán, mientras un pirata portugués aparecía en el horizonte, con una bandera negra como la tinta ondeando en su trinquete. "¡Adentro y ganen, mis valientes!", dijo el capitán; y comenzó una pelea tremenda. Por supuesto, ganaron los británicos; siempre lo hacen.
—¡No, no es así! —gritó Jo, aparte.
—Habiendo tomado prisionero al capitán pirata, navegaron directamente sobre la goleta, cuyas cubiertas estaban llenas de muertos, y cuyas amuradas chorreaban sangre, pues la orden había sido "¡Sables, y a morir luchando!". "Contramaestre, tome un seno de la driza del foque, y haga caminar a este villano si no confiesa sus pecados a toda prisa", dijo el capitán británico. El portugués mantuvo la lengua quieta como un ladrillo, y caminó por la plancha, mientras los alegres marineros vitoreaban como locos. Pero el astuto canalla se zambulló, apareció bajo el buque de guerra, le abrió una vía de agua, y se fue a pique, con toda la vela desplegada, "Al fondo del mar, mar, mar", donde...
—¡Oh, cielo santo! ¿Qué voy a decir? —gritó Sallie, mientras Fred terminaba su rigmarole, en el que había mezclado, atropelladamente, frases náuticas y hechos de uno de sus libros favoritos—. Bueno, se fueron al fondo, y una linda sirena les dio la bienvenida, pero se entristeció mucho al encontrar la caja de caballeros decapitados, y amablemente los conservó en salmuera, esperando descubrir el misterio que los rodeaba; pues, siendo mujer, era curiosa. Al poco tiempo bajó un buceador, y la sirena dijo: "Te daré esta caja de perlas si puedes subirla"; pues ella quería devolver la vida a los pobres seres, y no podía levantar la pesada carga por sí misma. Así que el buceador la izó, y se llevó una gran decepción, al abrirla, al no encontrar perlas. La dejó en un gran campo solitario, donde fue encontrada por una...
—Pequeña pastora de gansos, que guardaba cien gansos gordos en el campo —dijo Amy, cuando a Sallie se le agotó la invención—. La pequeña se compadeció de ellos, y le preguntó a una anciana qué debía hacer para ayudarlos. "Tus gansos te lo dirán, ellos lo saben todo", dijo la anciana. Así que preguntó qué debería usar para las nuevas cabezas, ya que las antiguas se habían perdido, y todos los gansos abrieron sus cien bocas y gritaron...
—"¡Coles!" —continuó Laurie prontamente—. "Justo lo que hace falta", dijo la niña, y corrió a buscar doce hermosas de su jardín. Se las puso, los caballeros revivieron al instante, le dieron las gracias, y siguieron su camino regocijándose, sin notar la diferencia, pues había tantas otras cabezas como esas en el mundo que nadie pensó en ello. El caballero que me interesa volvió para encontrar el rostro bonito, y supo que las princesas se habían tejido su propia libertad, y todas se habían ido a casar, excepto una. Él estaba muy preocupado por eso; y montando el potro, que estuvo con él en las buenas y en las malas, corrió al castillo para ver cuál quedaba. Espiando por encima del seto, vio a la reina de sus afectos recogiendo flores en su jardín. "¿Me darás una rosa?", dijo él. "Debes venir a buscarla. Yo no puedo ir hacia ti; no es propio", dijo ella, tan dulce como la miel. Intentó trepar por el seto, pero parecía crecer más y más; luego intentó empujar para atravesarlo, pero se volvió más y más espeso, y estaba desesperado. Así que pacientemente rompió rama tras rama, hasta que hubo hecho un pequeño agujero, a través del cual espió, diciendo suplicante: "¡Déjame entrar! ¡Déjame entrar!". Pero la bonita princesa no parecía entender, pues recogía sus rosas tranquilamente, y lo dejó luchar para entrar. Si lo hizo o no, Frank se lo dirá.
—No puedo; no estoy jugando, nunca lo hago —dijo Frank, consternado ante el predicamento sentimental del que debía rescatar a la absurda pareja. Beth había desaparecido detrás de Jo, y Grace estaba dormida.
—¿Así que el pobre caballero debe quedarse atascado en el seto? —preguntó el señor Brooke, todavía observando el río, y jugando con la rosa silvestre en su ojal.
—Supongo que la princesa le dio un ramillete, y abrió la puerta, después de un rato —dijo Laurie, sonriendo para sí mismo, mientras lanzaba bellotas a su tutor.
—¡Qué tontería hemos hecho! Con práctica podríamos hacer algo bastante ingenioso. ¿Conocen "Verdad"? —preguntó Sallie, después de que se rieran de su historia.
—Eso espero —dijo Meg seriamente.
—El juego, quiero decir.
—¿Qué es? —dijo Fred.
—Bueno, apilas tus manos, eliges un número, y sacas por turnos, y la persona que saca en el número tiene que responder con la verdad a cualquier pregunta que le hagan los demás. Es muy divertido.
—Probemos —dijo Jo, a quien le gustaban los experimentos nuevos.
La señorita Kate y el señor Brooke, Meg y Ned declinaron, pero Fred, Sallie, Jo y Laurie apilaron y sacaron; y la suerte cayó en Laurie.
—¿Quiénes son tus héroes? —preguntó Jo.
—El abuelo y Napoleón.
—¿Qué dama de aquí te parece la más bonita? —dijo Sallie.
—Margaret.
—¿A quién quieres más? —dijo Fred.
—A Jo, por supuesto.
—¡Qué preguntas tan tontas haces! —y Jo se encogió de hombros con desdén mientras los demás se reían del tono natural de Laurie.
—Intenta de nuevo; Verdad no es un mal juego —dijo Fred.
—Es un juego muy bueno para ti —replicó Jo, en voz baja.
Su turno vino a continuación.
—¿Cuál es tu mayor defecto? —preguntó Fred, a modo de poner a prueba en ella la virtud que le faltaba a él mismo.
—Un carácter irascible.
—¿Qué es lo que más deseas? —dijo Laurie.
—Un par de cordones para las botas —respondió Jo, adivinando y frustrando su propósito.
—No es una respuesta verdadera; debes decir qué es lo que realmente quieres más.
—Genio; ¿no desearías poder dármelo, Laurie? —y ella sonrió pícaramente ante su rostro decepcionado.
—¿Qué virtudes admiras más en un hombre? —preguntó Sallie.
—Coraje y honestidad.
—Ahora mi turno —dijo Fred, cuando su mano fue la última.
—Démosle nosotros —susurró Laurie a Jo, quien asintió, y preguntó de inmediato:
—¿No hiciste trampa en el croquet?
—Bueno, sí, un poquito.
—¡Bien! ¿No sacaste tu historia de "El León de Mar"? —dijo Laurie.
—Más o menos.
—¿No crees que la nación inglesa es perfecta en todos los aspectos? —preguntó Sallie.
—Me avergonzaría de mí mismo si no lo pensara.
—Es un auténtico John Bull. Ahora, señorita Sallie, tendrá una oportunidad sin esperar a sacar. Primero voy a atormentar sus sentimientos preguntándole si no cree que es un poco coqueta —dijo Laurie, mientras Jo asentía a Fred, como señal de que se había declarado la paz.
—¡Qué muchacho impertinente! Por supuesto que no —exclamó Sallie, con un aire que demostraba lo contrario.
—¿Qué es lo que más odias? —preguntó Fred.
—Las arañas y el arroz con leche.
—¿Qué es lo que más te gusta? —preguntó Jo.
—Bailar y los guantes franceses.
—Bueno, creo que Verdad es un juego muy tonto; juguemos a Autores, que es más sensato, para refrescar nuestras mentes —propuso Jo.
Ned, Frank y las niñas pequeñas se unieron, y, mientras continuaba, los tres mayores se sentaron aparte, charlando. La señorita Kate sacó su dibujo de nuevo, y Margaret la observaba, mientras el señor Brooke estaba tumbado sobre la hierba, con un libro, que no leía.
—¡Qué maravillosamente lo haces! Ojalá supiera dibujar —dijo Meg, con una mezcla de admiración y pesar en su voz.
—¿Por qué no aprendes? Me parece que tienes gusto y talento para ello —respondió la señorita Kate con amabilidad.
—No tengo tiempo.
—Tu mamá prefiere otros logros, imagino. La mía también; pero le demostré que tenía talento, tomando unas pocas lecciones en privado, y entonces estuvo muy dispuesta a que continuara. ¿No puedes hacer lo mismo con tu institutriz?
—No tengo ninguna.
—Olvidaba; las jóvenes en Estados Unidos van más a la escuela que nosotras. Son muy buenas escuelas también, dice papá. Vas a una privada, supongo.
—No voy a ninguna; yo misma soy institutriz.
—¡Oh, ya veo! —dijo la señorita Kate; pero bien podría haber dicho: "¡Cielo santo, qué horror!", pues su tono lo implicaba, y algo en su rostro hizo que Meg se sonrojara y deseara no haber sido tan franca.
El señor Brooke levantó la vista y dijo rápidamente: "Las jóvenes en Estados Unidos aman la independencia tanto como sus ancestros, y son admiradas y respetadas por mantenerse a sí mismas".
—Oh, sí; por supuesto que es muy bueno y apropiado que lo hagan. Tenemos muchas jóvenes muy respetables y dignas, que hacen lo mismo y son empleadas por la nobleza, porque, siendo hijas de caballeros, tienen buena educación y son cultas, sabe —dijo la señorita Kate, en un tono condescendiente, que hirió el orgullo de Meg, e hizo que su trabajo pareciera no solo más desagradable, sino degradante.
—¿Le gustó la canción alemana, señorita March? —preguntó el señor Brooke, rompiendo una pausa incómoda.
—¡Oh, sí! era muy dulce, y estoy muy agradecida a quienquiera que la haya traducido para mí —y el rostro cabizbajo de Meg se iluminó mientras hablaba.
—¿No lee alemán? —preguntó la señorita Kate, con una mirada de sorpresa.
—No muy bien. Mi padre, que me enseñaba, está lejos, y no avanzo muy rápido sola, pues no tengo a nadie que corrija mi pronunciación.
—Pruebe un poco ahora; aquí está "María Estuardo" de Schiller, y un tutor al que le encanta enseñar —y el señor Brooke colocó su libro en su regazo, con una sonrisa invitadora.
—Es tan difícil que me da miedo intentarlo —dijo Meg, agradecida, pero tímida en presencia de la joven culta a su lado.
—Leeré un poco para animarla —y la señorita Kate leyó uno de los pasajes más bellos, de una manera perfectamente correcta pero perfectamente inexpresiva.
El señor Brooke no hizo comentarios, mientras ella devolvía el libro a Meg, quien dijo inocentemente:
—Pensé que era poesía.
—Algo de ello lo es. Pruebe este pasaje.
Había una sonrisa extraña en la boca del señor Brooke mientras abría el libro en el lamento de la pobre María.
Meg, siguiendo obedientemente la larga brizna de hierba que su nuevo tutor usaba para señalar, leyó lenta y tímidamente, convirtiendo inconscientemente en poesía las palabras difíciles con la suave entonación de su voz musical. La guía verde recorrió la página, y pronto, olvidando a su oyente en la belleza de la triste escena, Meg leyó como si estuviera sola, dando un pequeño toque de tragedia a las palabras de la infeliz reina. Si hubiera visto los ojos castaños entonces, se habría detenido en seco; pero nunca levantó la vista, y la lección no se estropeó para ella.
—¡Muy bien, de verdad! —dijo el señor Brooke, cuando ella hizo una pausa, ignorando por completo sus muchos errores, y pareciendo como si, en efecto, le "encantara enseñar".
La señorita Kate se puso su cristal, y, tras haber hecho un reconocimiento del pequeño cuadro ante ella, cerró su cuaderno de dibujo, diciendo, con condescendencia:
—Tiene usted un buen acento y, con el tiempo, será una lectora inteligente. Le aconsejo que aprenda, pues el alemán es un logro valioso para los profesores. Debo cuidar de Grace, está retozando —y la señorita Kate se alejó paseando, añadiendo para sí misma, con un encogimiento de hombros—: No he venido a hacer de carabina de una institutriz, aunque sea joven y bonita. Qué gente tan rara son estos yanquis; me temo que Laurie se va a echar a perder completamente entre ellos.
—Olvidé que los ingleses suelen mirar por encima del hombro a las institutrices y no las tratan como nosotros —dijo Meg, mirando a la figura que se alejaba con expresión molesta.
—Los tutores también lo pasan bastante mal allí, como sé por experiencia propia. No hay lugar como Estados Unidos para nosotros, los trabajadores, señorita Margaret —y el señor Brooke parecía tan satisfecho y alegre que Meg se sintió avergonzada de lamentar su dura suerte.
—Me alegro de vivir en él, entonces. No me gusta mi trabajo, pero después de todo me proporciona una gran satisfacción, así que no me quejaré; solo desearía que me gustara enseñar tanto como a usted.
—Creo que le gustaría si tuviera a Laurie como alumno. Sentiré mucho perderle el año que viene —dijo el señor Brooke, haciendo agujeros afanosamente en el césped.
—¿Va a ir a la universidad, supongo? —los labios de Meg hicieron esa pregunta, pero sus ojos añadieron: "¿Y qué será de usted?".
—Sí; ya es hora de que vaya, pues está preparado; y en cuanto se marche, me haré soldado. Me necesitan.
—¡Me alegro de ello! —exclamó Meg—. Debería pensar que todo joven querría ir; aunque es duro para las madres y hermanas que se quedan en casa —añadió con tristeza.
—No tengo ninguna, y muy pocos amigos a quienes les importe si vivo o muero —dijo el señor Brooke, con algo de amargura, mientras colocaba distraídamente la rosa marchita en el hoyo que había hecho y la cubría, como si fuera una pequeña tumba.
—A Laurie y a su abuelo les importaría muchísimo, y a todas nos pesaría mucho que le ocurriera algún daño —dijo Meg con sinceridad.
—Gracias; eso suena agradable —comenzó el señor Brooke, volviendo a mostrarse alegre; pero antes de que pudiera terminar su discurso, Ned, montado sobre el viejo caballo, llegó tropezando para mostrar su destreza ecuestre ante las jóvenes, y no hubo más tranquilidad ese día.
—¿No te encanta montar? —preguntó Grace a Amy, mientras estaban de pie descansando, después de una carrera alrededor del campo con los demás, dirigida por Ned.
—Me chifla; mi hermana Meg solía montar cuando papá era rico, pero ya no tenemos caballos, excepto Ellen Tree —añadió Amy, riendo.
—Cuéntame sobre Ellen Tree; ¿es un burro? —preguntó Grace con curiosidad.
—Verás, Jo está loca por los caballos, y yo también, pero solo tenemos una silla de montar de lado y ningún caballo. En nuestro jardín hay un manzano que tiene una rama baja muy buena; así que Jo puso la silla en ella, fijó unas riendas en la parte que se curva hacia arriba, y saltamos sobre Ellen Tree siempre que queremos.
—¡Qué divertido! —rio Grace—. Tengo un poni en casa y monto casi todos los días en el parque con Fred y Kate; es muy agradable, porque mis amigos también van, y el Row está lleno de damas y caballeros.
—Cielo, ¡qué encantador! Espero ir al extranjero algún día; pero preferiría ir a Roma que al Row —dijo Amy, que no tenía la menor idea de qué era el Row y no habría preguntado ni por todo el oro del mundo.
Frank, sentado justo detrás de las niñas, oyó lo que decían y apartó su muleta con un gesto de impaciencia mientras observaba a los activos muchachos realizando toda clase de cómicas acrobacias. Beth, que estaba recogiendo las cartas de Autores dispersas, levantó la vista y dijo, a su manera tímida pero amistosa:
—Me temo que estás cansado; ¿puedo hacer algo por ti?
—Háblame, por favor; es aburrido estar sentado solo —respondió Frank, quien evidentemente estaba acostumbrado a que le hicieran mucho caso en casa.
Si le hubiera pedido que pronunciara un discurso en latín, no le habría parecido una tarea más imposible a la tímida Beth; pero no había lugar adonde huir, ni Jo detrás de quien esconderse ahora, y el pobre chico la miró con tanta nostalgia que ella resolvió valientemente intentarlo.
—¿Sobre qué te gusta hablar? —preguntó, hurgando entre las cartas y dejando caer la mitad mientras intentaba atarlas.
—Bueno, me gusta oír hablar de críquet, remo y caza —dijo Frank, que aún no había aprendido a adaptar sus diversiones a sus fuerzas.
—¡Dios mío! ¿Qué haré? No sé nada de eso —pensó Beth; y, olvidando la desgracia del chico en su nerviosismo, dijo, esperando hacerle hablar: —Nunca he visto cazar, pero supongo que tú lo sabes todo al respecto.
—Una vez lo supe; pero nunca podré volver a cazar, porque me hice daño saltando una maldita valla de cinco barrotes; así que para mí se acabaron los caballos y los sabuesos —dijo Frank, con un suspiro que hizo que Beth se odiara a sí misma por su inocente metedura de pata.
—Tus ciervos son mucho más bonitos que nuestros feos búfalos —dijo ella, recurriendo a las praderas en busca de ayuda y sintiéndose contenta de haber leído uno de los libros de chicos que tanto le gustaban a Jo.
Los búfalos resultaron ser reconfortantes y satisfactorios; y, en su afán por divertir a otro, Beth se olvidó de sí misma y no fue consciente de la sorpresa y deleite de sus hermanas ante el inusual espectáculo de Beth hablando animadamente con uno de los terribles chicos de los que había pedido protección.
—¡Bendito sea su corazón! Le tiene lástima, por eso es buena con él —dijo Jo, radiante desde el campo de croquet.
—Siempre dije que era una pequeña santa —añadió Meg, como si no pudiera haber más duda al respecto.
—Hace mucho que no oía a Frank reírse tanto —dijo Grace a Amy, mientras se sentaban a discutir sobre muñecas y a hacer juegos de té con las copas de las bellotas.
—Mi hermana Beth es una chica muy delicada cuando quiere serlo —dijo Amy, muy complacida por el éxito de Beth. Quería decir "fascinante", pero como Grace no conocía el significado exacto de ninguna de las dos palabras, "delicada" sonaba bien y causó una buena impresión.
Un circo improvisado, el juego del zorro y los gansos y una partida amistosa de croquet terminaron la tarde. Al atardecer, se desmontó la tienda, se empaquetaron las cestas, se quitaron los arcos, se cargaron las barcas y todo el grupo flotó río abajo, cantando a pleno pulmón. Ned, poniéndose sentimental, entonó una serenata con el pensativo estribillo:
"Solo, solo, ¡ay!, solo",
y al llegar a los versos:
"Somos jóvenes, cada uno tiene un corazón, ¡Oh!, ¿por qué debemos estar tan fríamente apartados?"
miró a Meg con una expresión tan lánguida que ella se rio a carcajadas y estropeó su canción.
—¿Cómo puedes ser tan cruel conmigo? —susurró él, al amparo de un animado coro—. Te has mantenido pegada a esa inglesa almidonada todo el día, y ahora me haces un desaire.
—No fue mi intención; pero te veías tan divertido que realmente no pude evitarlo —respondió Meg, pasando por alto la primera parte de su reproche; pues era muy cierto que le había rehuido, recordando la fiesta de los Moffat y la conversación posterior.
Ned se ofendió y se volvió hacia Sallie en busca de consuelo, diciéndole con bastante malhumor: —Esa chica no tiene ni una pizca de coqueta, ¿verdad?
—Ni una partícula; pero es un encanto —respondió Sallie, defendiendo a su amiga incluso mientras confesaba sus defectos.
—No es un ciervo herido, de todos modos —dijo Ned, tratando de ser ingenioso, y teniendo tanto éxito como suelen tener los caballeros muy jóvenes.
En el césped, donde se habían reunido, el pequeño grupo se separó con cordiales buenas noches y despedidas, pues los Vaughn se iban a Canadá. Mientras las cuatro hermanas regresaban a casa a través del jardín, la señorita Kate las miró diciendo, sin el tono condescendiente en su voz: —A pesar de sus modales demostrativos, las chicas estadounidenses son muy agradables cuando uno llega a conocerlas.
—Estoy totalmente de acuerdo con usted —dijo el señor Brooke.
XIII.
CASTILLOS EN EL AIRE.
Laurie yacía balanceándose lujosamente en su hamaca, una cálida tarde de septiembre, preguntándose qué estarían haciendo sus vecinas, pero demasiado perezoso para ir a averiguarlo. Estaba en uno de sus estados de ánimo; pues el día había sido a la vez improductivo e insatisfactorio, y deseaba poder volver a vivirlo. El calor le volvía indolente, había descuidado sus estudios, puesto a prueba la paciencia del señor Brooke al máximo, disgustado a su abuelo practicando durante media tarde, asustado a las criadas dejándolas casi sin sentido al insinuar maliciosamente que uno de sus perros se estaba volviendo rabioso, y, tras una acalorada discusión con el mozo de cuadra por un supuesto descuido con su caballo, se había arrojado a su hamaca para enfurecerse por la estupidez del mundo en general, hasta que la paz del hermoso día le calmó a pesar de sí mismo. Mirando fijamente a la verde penumbra de los castaños de indias sobre él, soñaba despierto con todo tipo de cosas, y estaba imaginándose a sí mismo agitándose en el océano, en un viaje alrededor del mundo, cuando el sonido de voces le trajo de vuelta a tierra en un instante. Mirando a través de las mallas de la hamaca, vio a las March salir, como si se dirigieran a alguna expedición.
"¿Qué estarán tramando esas chicas ahora?", pensó Laurie, abriendo sus ojos somnolientos para mirar bien, pues había algo bastante peculiar en la apariencia de sus vecinas. Cada una llevaba un sombrero grande y flexible, una bolsa de lino marrón colgada sobre un hombro y un bastón largo. Meg llevaba un cojín, Jo un libro, Beth una cesta y Amy un portafolio. Todas caminaron tranquilamente por el jardín, salieron por la pequeña puerta trasera y comenzaron a subir la colina que se interponía entre la casa y el río.
"¡Bueno, eso es pasarse!", se dijo Laurie, "hacer un picnic y no invitarme nunca. No pueden ir en la barca, porque no tienen la llave. Quizás la olvidaron; se la llevaré y veré qué está pasando".
Aunque poseía media docena de sombreros, le llevó algún tiempo encontrar uno; luego hubo una búsqueda de la llave, que finalmente fue descubierta en su bolsillo; de modo que las chicas ya estaban fuera de su vista cuando saltó la valla y corrió tras ellas. Tomando el camino más corto hacia el cobertizo de las barcas, esperó a que aparecieran: pero no vino nadie, así que subió la colina para observar. Un bosquecillo de pinos cubría una parte de ella, y desde el corazón de este lugar verde llegó un sonido más claro que el suave suspiro de los pinos o el adormecido canto de los grillos.
"¡Menudo paisaje!", pensó Laurie, mirando a través de los arbustos y mostrando ya un aspecto despejado y afable.
Era un cuadro bastante bonito; pues las hermanas estaban sentadas juntas en el rincón sombreado, con el sol y la sombra parpadeando sobre ellas, el viento aromático levantando su cabello y refrescando sus mejillas calientes, y todos los pequeños habitantes del bosque siguiendo con sus asuntos como si ellas no fueran extrañas, sino viejas amigas. Meg estaba sentada sobre su cojín, cosiendo delicadamente con sus manos blancas y luciendo tan fresca y dulce como una rosa, con su vestido rosa, entre el verde. Beth estaba clasificando las piñas que yacían espesas bajo la tsuga cercana, pues hacía cosas bonitas con ellas. Amy estaba dibujando un grupo de helechos y Jo tejía mientras leía en voz alta. Una sombra pasó sobre el rostro del chico mientras las observaba, sintiendo que debería irse por no haber sido invitado; pero quedándose, porque su hogar parecía muy solitario y esta tranquila fiesta en el bosque resultaba muy atractiva para su espíritu inquieto. Se quedó tan quieto que una ardilla, ocupada con su recolección, bajó por un pino muy cerca de él, lo vio de repente y saltó hacia atrás, regañando tan estridentemente que Beth levantó la vista, divisó el rostro anhelante detrás de los abedules y le hizo señas con una sonrisa tranquilizadora.
—¿Puedo pasar, por favor? ¿O seré una molestia? —preguntó, avanzando lentamente.
Meg arqueó las cejas, pero Jo le lanzó una mirada desafiante y dijo de inmediato: —Por supuesto que puedes. Deberíamos haberte invitado antes, solo que pensamos que no te interesaría un juego de chicas como este.
—Siempre me han gustado vuestros juegos; pero si Meg no me quiere, me iré.
—No tengo objeción, si haces algo; es contra las reglas estar ocioso aquí —respondió Meg, seria pero cortésmente.
—Muy agradecido; haré cualquier cosa si me dejan quedarme un poco, porque allí abajo es tan aburrido como el desierto del Sahara. ¿Debo coser, leer, recoger piñas, dibujar o hacer todo a la vez? Traed vuestros osos; estoy listo —y Laurie se sentó con una expresión sumisa encantadora de contemplar.
—Termina esta historia mientras pongo el talón —dijo Jo, entregándole el libro.
—Sí, señora —fue la respuesta humilde, mientras comenzaba, haciendo todo lo posible por demostrar su gratitud por el favor de ser admitido en la "Sociedad de la Abeja Laboriosa".
La historia no era larga y, cuando terminó, se aventuró a hacer algunas preguntas como recompensa al mérito.
—Por favor, señora, ¿podría preguntar si esta institución tan instructiva y encantadora es nueva?
—¿Se lo vas a decir? —preguntó Meg a sus hermanas.
—Se reirá —dijo Amy como advertencia.
—¿A quién le importa? —dijo Jo.
—Supongo que le gustará —añadió Beth.
—¡Por supuesto que sí! Les doy mi palabra de que no me reiré. Cuéntalo, Jo, y no tengas miedo.
—¡La idea de tener miedo de ti! Bueno, verás, solíamos jugar a "El progreso del peregrino" y hemos estado continuando con ello en serio, todo el invierno y el verano.
—Sí, lo sé —dijo Laurie, asintiendo sabiamente.
—¿Quién te lo dijo? —preguntó Jo.
—Los espíritus.
—No, fui yo; quería divertirlo una noche cuando estaban todas fuera y él estaba algo triste. Le gustó, así que no regañes a Jo —dijo Beth mansamente.
—No puedes guardar un secreto. No importa; ahora ahorra problemas.
—Continúa, por favor —dijo Laurie, mientras Jo se absorbía en su trabajo, pareciendo un poco disgustada.
—Oh, ¿no te contó acerca de este nuevo plan nuestro? Bueno, hemos intentado no desperdiciar nuestras vacaciones, pero cada una ha tenido una tarea y la ha trabajado con ganas. Las vacaciones están casi terminadas, las cuotas están todas cumplidas y estamos muy contentas de no haber holgazaneado.
—Sí, eso supongo —y Laurie pensó con arrepentimiento en sus propios días de ocio.
—A mamá le gusta que estemos al aire libre tanto como sea posible; así que traemos nuestro trabajo aquí y pasamos buenos ratos. Por diversión llevamos nuestras cosas en estas bolsas, usamos los sombreros viejos, usamos bastones para subir la colina y jugamos a ser peregrinos, como hacíamos hace años. Llamamos a esta colina la "Montaña Deleitable", porque podemos mirar a lo lejos y ver el país donde esperamos vivir algún día.
Jo señaló, y Laurie se incorporó para examinar; pues a través de una abertura en el bosque uno podía mirar al otro lado del ancho río azul, los prados al otro lado, más allá de las afueras de la gran ciudad, hacia las colinas verdes que se alzaban para encontrarse con el cielo. El sol estaba bajo y el cielo estaba surcado por el esplendor de una puesta de sol otoñal. Nubes doradas y púrpuras yacían sobre las cimas de las colinas; y elevándose alto hacia la luz rojiza había picos blancos plateados que brillaban como las agujas etéreas de alguna Ciudad Celestial.
—¡Qué hermoso es eso! —dijo Laurie suavemente, pues era rápido para ver y sentir la belleza de cualquier tipo.
—A menudo es así; y nos gusta observarlo, pues nunca es lo mismo, pero siempre espléndido —respondió Amy, deseando poder pintarlo.
—Jo habla sobre el país donde esperamos vivir algún día... se refiere al país real, con cerdos, pollos y recolección de heno. Sería agradable, pero desearía que el hermoso país de allá arriba fuera real y pudiéramos ir a él alguna vez —dijo Beth pensativa.
—Hay un país aún más encantador que ese, al que iremos, poco a poco, cuando seamos lo suficientemente buenos —respondió Meg, con su dulce voz.
—Parece tan largo de esperar, tan difícil de conseguir; quiero salir volando de inmediato, como vuelan esas golondrinas, y entrar por esa espléndida puerta.
—Llegarás, Beth, tarde o temprano; no hay duda de eso —dijo Jo—; yo soy la que tendrá que luchar y trabajar, escalar y esperar, y quizás nunca llegue a entrar después de todo.
—Me tendrás como compañía, si eso sirve de consuelo. Tendré que viajar mucho antes de ver tu Ciudad Celestial. Si llego tarde, dirás una buena palabra por mí, ¿verdad, Beth?
Algo en el rostro del chico inquietó a su pequeña amiga; pero ella dijo alegremente, con sus ojos tranquilos en las nubes cambiantes: —Si la gente realmente quiere ir, y realmente lo intenta toda su vida, creo que entrarán; pues no creo que haya cerraduras en esa puerta, ni guardias en la entrada. Siempre imagino que es como en el cuadro, donde los seres resplandecientes extienden sus manos para dar la bienvenida al pobre Cristiano mientras sale del río.
—¿No sería divertido si todos los castillos en el aire que construimos pudieran hacerse realidad y pudiéramos vivir en ellos? —dijo Jo, tras una pequeña pausa.
—He construido tantos que sería difícil elegir cuál tendría —dijo Laurie, acostándose y lanzando piñas a la ardilla que lo había delatado.
—Tendrías que elegir tu favorito. ¿Cuál es? —preguntó Meg.
—Si digo el mío, ¿diréis los vuestros?
—Sí, si las chicas también lo hacen.
—Lo haremos. Ahora, Laurie.
—Después de haber visto tanto mundo como quiero, me gustaría establecerme en Alemania y tener tanta música como elija. Quiero ser un músico famoso y que toda la creación se apresure a escucharme; y nunca tener que preocuparme por el dinero o los negocios, sino simplemente disfrutar y vivir de lo que me gusta. Ese es mi castillo favorito. ¿Cuál es el tuyo, Meg?
A Margaret pareció costarle un poco contar el suyo y agitó un helecho frente a su rostro, como para dispersar mosquitos imaginarios, mientras decía lentamente: —Me gustaría una casa encantadora, llena de todo tipo de cosas lujosas... buena comida, ropa bonita, muebles hermosos, gente agradable y montones de dinero. Seré la dueña y la administraré como me guste, con muchos sirvientes, para que nunca tenga que trabajar en absoluto. ¡Cómo lo disfrutaría! Pues no estaría ociosa, sino que haría el bien y haría que todos me quisieran profundamente.
—¿No tendrías un dueño para tu castillo en el aire? —preguntó Laurie con picardía.
—Dije "gente agradable", ya sabes —y Meg ató cuidadosamente su zapato mientras hablaba, de modo que nadie viera su rostro.
—¿Por qué no dices que tendrías un marido espléndido, sabio y bueno, y algunos niños angelicales? Sabes que tu castillo no sería perfecto sin ellos —dijo la directa Jo, que aún no tenía fantasías tiernas y más bien desdeñaba el romance, excepto en los libros.
—Tú no tendrías más que caballos, tinteros y novelas en el tuyo —respondió Meg con petulancia.
—¿Que no? Tendría un establo lleno de corceles árabes, habitaciones llenas de libros, y escribiría con un tintero mágico, de modo que mis obras fueran tan famosas como la música de Laurie. Quiero hacer algo espléndido antes de entrar en mi castillo... algo heroico o maravilloso, que no se olvide después de mi muerte. No sé qué, pero estoy a la espera de ello, y tengo la intención de asombraros a todos algún día. Creo que escribiré libros y me haré rica y famosa: eso me vendría bien, así que ese es mi sueño favorito.
—El mío es quedarme en casa a salvo con papá y mamá, y ayudar a cuidar de la familia —dijo Beth con satisfacción.
—¿No deseas nada más? —preguntó Laurie.
—Desde que tuve mi pequeño piano, estoy perfectamente satisfecha. Solo deseo que todos estemos bien y juntos; nada más.
—Yo tengo muchísimos deseos; pero el principal es ser artista, ir a Roma, hacer cuadros hermosos y ser la mejor artista de todo el mundo —fue el modesto deseo de Amy.
—Somos un grupo ambicioso, ¿verdad? Todos nosotros, menos Beth, queremos ser ricos y famosos, y espléndidos en todos los sentidos. Me pregunto si alguno de nosotros llegará a ver cumplidos sus deseos —dijo Laurie, masticando hierba como un ternero pensativo.
—Tengo la llave de mi castillo en el aire; pero si podré abrir la puerta o no, está por verse —observó Jo misteriosamente.
—Yo tengo la llave del mío, pero no me dejan probarla. ¡Al diablo con la universidad! —masculló Laurie con un suspiro de impaciencia.
—¡Aquí está la mía! —y Amy agitó su lápiz.
—Yo no tengo ninguna —dijo Meg con tristeza.
—Sí que la tienes —dijo Laurie al instante.
—¿Dónde?
—En tu cara.
—Tonterías; eso no sirve de nada.
—Espera y verás si no te trae algo que valga la pena —respondió el muchacho, riéndose al pensar en un pequeño y encantador secreto que creía conocer.
Meg se sonrojó detrás del helecho, pero no hizo más preguntas y miró al otro lado del río con la misma expresión expectante que había lucido el señor Brooke cuando contó la historia del caballero.
—Si todos seguimos vivos dentro de diez años, reunámonos para ver cuántos hemos conseguido lo que deseábamos, o cuánto nos hemos acercado —dijo Jo, siempre lista con un plan.
—¡Dios mío! ¡Qué vieja seré, veintisiete años! —exclamó Meg, quien se sentía ya toda una mujer al haber cumplido apenas los diecisiete.
—Tú y yo tendremos veintiséis, Teddy, Beth veinticuatro y Amy veintidós. ¡Qué grupo tan venerable! —dijo Jo.
—Espero haber hecho algo de lo que sentirme orgulloso para entonces; pero soy un perro tan perezoso que me temo que me «quedaré holgazaneando», Jo.
—Necesitas un motivo, dice mamá; y cuando lo tengas, está segura de que trabajarás espléndidamente.
—¿Lo está? ¡Por Júpiter, que lo haré, si tan solo tengo la oportunidad! —exclamó Laurie, incorporándose con repentina energía—. Debería estar satisfecho con complacer al abuelo, y lo intento, pero es nadar contra corriente, ya sabes, y resulta difícil. Él quiere que sea comerciante de la India, como lo fue él, y preferiría que me dispararan. Odio el té, la seda, las especias y toda clase de basura que traen sus viejos barcos, y no me importa lo pronto que se vayan al fondo del mar cuando sean míos. Ir a la universidad debería satisfacerle, pues si le doy cuatro años debería dejarme en paz con el negocio; pero es obstinado, y tengo que hacer exactamente lo que él hizo, a menos que me libere y haga lo que me plazca, como hizo mi padre. Si quedara alguien más para acompañar al viejo caballero, lo haría mañana mismo.
Laurie hablaba con excitación y parecía listo para llevar su amenaza a la práctica ante la menor provocación; pues estaba creciendo muy rápido y, a pesar de sus maneras indolentes, sentía el odio de un joven hacia la sumisión, el anhelo inquieto de un joven por probar el mundo por sí mismo.
—Te aconsejo que te embarques en uno de tus barcos y no vuelvas nunca a casa hasta que hayas probado tu propio camino —dijo Jo, cuya imaginación se encendió ante la idea de tan audaz hazaña, y cuya compasión se vio despertada por lo que ella llamaba «las injusticias de Teddy».
—Eso no está bien, Jo; no debes hablar de ese modo y Laurie no debe aceptar tus malos consejos. Deberías hacer justo lo que tu abuelo desea, mi querido muchacho —dijo Meg con su tono más maternal—. Haz lo mejor que puedas en la universidad y, cuando vea que intentas complacerlo, estoy segura de que no será duro ni injusto contigo. Como bien dices, no hay nadie más para estar con él y quererlo, y nunca te perdonarías si lo dejaras sin su permiso. No seas sombrío ni te preocupes, cumple con tu deber; y recibirás tu recompensa, como el buen señor Brooke, siendo respetado y amado.
—¿Qué sabes tú de él? —preguntó Laurie, agradecido por el buen consejo, pero objetando la lección y contento de desviar la conversación de sí mismo, tras su inusual arrebato.
—Solo lo que tu abuelo nos contó sobre él: cómo cuidó bien de su propia madre hasta que murió, y cómo no quiso ir al extranjero como tutor de alguien importante porque no quería dejarla; y cómo ahora mantiene a una anciana que cuidó a su madre; y nunca se lo dice a nadie, pero es tan generoso, paciente y bueno como puede serlo.
—¡Es cierto, es un buen hombre! —dijo Laurie con entusiasmo, mientras Meg se detenía, luciendo sonrojada y sincera con su relato—. Es propio del abuelo averiguar todo sobre él sin que lo sepa, y contar su bondad a los demás para que lo aprecien. Brooke no podía entender por qué tu madre era tan amable con él, invitándolo a casa conmigo y tratándolo de esa manera tan hermosa y amistosa. Pensaba que ella era perfecta, hablaba de eso durante días y días, y no paraba de elogiar a todas vosotras con gran pasión. Si alguna vez consigo mi deseo, verás lo que haré por Brooke.
—Empieza a hacer algo ahora, dejando de atormentar su vida —dijo Meg bruscamente.
—¿Cómo sabes que lo hago, señorita?
—Siempre puedo saberlo por su cara cuando se va. Si te has portado bien, se le ve satisfecho y camina con paso ligero; si lo has atormentado, está serio y camina despacio, como si quisiera volver y hacer mejor su trabajo.
—¡Vaya, eso me gusta! Así que llevas la cuenta de mis buenas y malas acciones en la cara de Brooke, ¿eh? Lo veo saludar y sonreír cuando pasa frente a tu ventana, pero no sabía que habías montado un telégrafo.
—No lo hemos hecho; no te enfades, y oh, ¡no le digas que he dicho nada! Solo era para demostrar que me importa cómo te va, y lo que se dice aquí se dice en confianza, ya sabes —gritó Meg, muy alarmada ante la idea de lo que podría suceder por sus palabras descuidadas.
—Yo no cuento chismes —respondió Laurie con su aire «altanero», como Jo llamaba a cierta expresión que él lucía ocasionalmente—. Solo que, si Brooke va a ser un termómetro, tendré que cuidar de que haga buen tiempo para que él lo informe.
—Por favor, no te ofendas. No pretendía sermonear, ni contar chismes, ni ser tonta; solo pensé que Jo te estaba animando en un sentimiento del que pronto te arrepentirías. Eres tan amable con nosotras que sentimos como si fueras nuestro hermano, y decimos exactamente lo que pensamos. Perdóname, lo dije con buena intención. —Y Meg le ofreció la mano con un gesto a la vez afectuoso y tímido.
Avergonzado por su momentáneo despecho, Laurie apretó la amable manita y dijo con franqueza: —Soy yo quien debe ser perdonado; estoy de mal humor y he estado indispuesto todo el día. Me gusta que me digas mis errores y que seas como una hermana, así que no te preocupes si a veces soy gruñón; te lo agradezco de todos modos.
Empeñado en demostrar que no estaba ofendido, se hizo tan agradable como pudo: devanó algodón para Meg, recitó poesía para complacer a Jo, sacudió piñas para Beth y ayudó a Amy con sus helechos, demostrando ser una persona apta para pertenecer a la «Sociedad de la Abeja Laboriosa». En medio de una animada discusión sobre los hábitos domésticos de las tortugas (una de esas amables criaturas había paseado desde el río), el débil sonido de una campana les advirtió que Hannah había puesto el té «a infusionar», y que tendrían justo el tiempo de llegar a casa para la cena.
—¿Puedo volver? —preguntó Laurie.
—Sí, si te portas bien y amas tus libros, como se les dice a los niños en el silabario —dijo Meg sonriendo.
—Lo intentaré.
—Entonces puedes venir, y te enseñaré a tejer como hacen los escoceses; hay demanda de calcetines ahora mismo —añadió Jo, agitando el suyo como un gran estandarte de lana azul, mientras se despedían en la verja.
Aquella noche, cuando Beth tocaba para el señor Laurence al atardecer, Laurie, de pie en la sombra de la cortina, escuchaba a la pequeña David, cuya música sencilla siempre calmaba su espíritu melancólico, y observaba al anciano, que estaba sentado con su cabeza gris apoyada en la mano, pensando con ternura en la niña muerta a la que tanto había amado. Recordando la conversación de la tarde, el muchacho se dijo a sí mismo, con la resolución de hacer el sacrificio alegremente: —Dejaré ir mi castillo y me quedaré con el querido viejo caballero mientras me necesite, pues soy todo lo que tiene.
XIV.
SECRETOS.
Jo estaba muy ocupada en el desván, pues los días de octubre comenzaban a refrescar y las tardes eran cortas. Durante dos o tres horas el sol entraba cálidamente por la ventana alta, mostrando a Jo sentada en el viejo sofá, escribiendo con afán, con sus papeles extendidos sobre un baúl frente a ella, mientras Scrabble, la rata mascota, paseaba por las vigas del techo, acompañado por su hijo mayor, un buen mozo que evidentemente estaba muy orgulloso de sus bigotes. Completamente absorta en su trabajo, Jo garabateó hasta que se llenó la última página, momento en el que firmó con un floreo, dejó caer la pluma y exclamó:
—¡Listo, he hecho lo mejor que he podido! Si esto no sirve, tendré que esperar hasta que pueda hacerlo mejor.
Reclinada en el sofá, leyó el manuscrito cuidadosamente, haciendo trazos aquí y allá, y añadiendo muchos signos de exclamación que parecían pequeños globos; luego lo ató con una coqueta cinta roja y se quedó un minuto mirándolo con una expresión seria y melancólica que mostraba claramente lo intenso que había sido su trabajo. El escritorio de Jo aquí arriba era una vieja cocina de hojalata que colgaba de la pared. En ella guardaba sus papeles y unos pocos libros, a salvo de Scrabble, quien, siendo también de inclinación literaria, gustaba de convertir en biblioteca circulante los libros que quedaban a su alcance, comiéndose las hojas. De este recipiente de hojalata Jo sacó otro manuscrito; y, metiéndose ambos en el bolsillo, bajó sigilosamente las escaleras, dejando a sus amigos que mordisquearan sus plumas y probaran su tinta.
Se puso el sombrero y la chaqueta con el menor ruido posible y, acercándose a la ventana de la entrada trasera, salió al tejado de un porche bajo, se dejó caer hasta el banco de hierba y tomó un camino rodeado de árboles hacia la carretera. Una vez allí, se compuso, llamó a un ómnibus que pasaba y se alejó hacia la ciudad, luciendo muy alegre y misteriosa.
Si alguien la hubiera estado observando, habría pensado que sus movimientos eran decididamente peculiares; pues, al bajar, se alejó a gran paso hasta llegar a un número determinado en una calle concurrida; tras encontrar el lugar con cierta dificultad, entró en el portal, miró hacia las sucias escaleras y, tras quedarse inmóvil un minuto, se lanzó de repente a la calle y se alejó tan rápido como había venido. Esta maniobra la repitió varias veces, para gran diversión de un joven de ojos negros que descansaba en la ventana de un edificio enfrente. Al regresar por tercera vez, Jo se sacudió, se bajó el sombrero sobre los ojos y subió las escaleras, pareciendo como si fuera a sacarse todas las muelas.
Había un cartel de dentista, entre otros, que adornaba la entrada, y, tras mirar un momento el par de mandíbulas artificiales que se abrían y cerraban lentamente para llamar la atención sobre una buena dentadura, el joven se puso el abrigo, tomó su sombrero y bajó para apostarse en el portal de enfrente, diciendo con una sonrisa y un escalofrío:
—Es propio de ella venir sola, pero si lo pasa mal necesitará a alguien que la ayude a volver a casa.
A los diez minutos Jo bajó corriendo las escaleras con la cara muy roja y el aspecto general de una persona que acaba de pasar por un calvario de algún tipo. Cuando vio al joven, no pareció nada complacida y pasó junto a él con un asentimiento; pero él la siguió, preguntando con aire de simpatía:
—¿Lo has pasado mal?
—No mucho.
—Has terminado rápido.
—¡Sí, gracias al cielo!
—¿Por qué has ido sola?
—No quería que nadie lo supiera.
—Eres el tipo más extraño que he visto nunca. ¿Cuántas te han sacado?
Jo miró a su amigo como si no lo entendiera; luego comenzó a reír, como si estuviera muy divertida por algo.
—Hay dos que quiero que me saquen, pero debo esperar una semana.
—¿De qué te ríes? Estás tramando alguna travesura, Jo —dijo Laurie, pareciendo desconcertado.
—Tú también. ¿Qué hacías, señor, en esa sala de billar?
—Pido perdón, señorita, no era una sala de billar, sino un gimnasio, y estaba recibiendo una lección de esgrima.
—Me alegro de eso.
—¿Por qué?
—Puedes enseñarme, y luego cuando representemos Hamlet, tú puedes ser Laertes, y haremos una gran escena de la esgrima.
Laurie soltó una carcajada de niño que hizo que varios transeúntes sonrieran a pesar de sí mismos.
—Te enseñaré, representemos Hamlet o no; es una diversión magnífica y te enderezará de maravilla. Pero no creo que esa fuera tu única razón para decir «me alegro» de esa forma tan decidida; ¿o sí?
—No, me alegraba de que no estuvieras en la sala, porque espero que nunca vayas a esos sitios. ¿Vas?
—No a menudo.
—Ojalá no fueras.
—No hay daño, Jo. Tengo billar en casa, pero no tiene gracia a menos que tengas buenos jugadores; así que, como me gusta, vengo a veces y juego una partida con Ned Moffat o alguno de los otros chicos.
—Oh, querido, lo siento tanto, porque terminará gustándote cada vez más, perderás tiempo y dinero, y te volverás como esos chicos terribles. Tenía la esperanza de que siguieras siendo respetable y fueras una satisfacción para tus amigos —dijo Jo, negando con la cabeza.
—¿No puede un chico divertirse un poco inocentemente de vez en cuando sin perder su respetabilidad? —preguntó Laurie, pareciendo molesto.
—Eso depende de cómo y dónde se divierta. No me gustan Ned y su grupo, y desearía que te mantuvieras alejado de él. Mamá no nos deja tenerlo en nuestra casa, aunque él quiere venir; y si te vuelves como él, ella no estará dispuesta a que retocemos juntos como hacemos ahora.
—¿No lo estará? —preguntó Laurie con ansiedad.
—No, no soporta a los jóvenes de moda, y nos encerraría a todas en cajas de sombreros antes que dejarnos asociar con ellos.
—Bueno, no necesita sacar sus cajas de sombreros todavía; no soy un joven de moda, y no pretendo serlo; pero sí me gustan las bromas inofensivas de vez en cuando, ¿a ti no?
—Sí, a nadie le molestan, así que bromea, pero no te vuelvas salvaje, ¿quieres? o será el fin de todos nuestros buenos momentos.
—Seré un santo de doble destilación.
—No soporto a los santos: solo sé un chico sencillo, honesto y respetable, y nunca te abandonaremos. No sé qué haría si actuaras como el hijo del señor King; tenía mucho dinero, pero no sabía cómo gastarlo, se emborrachaba, jugaba, se escapaba y falsificaba el nombre de su padre, creo, y era del todo horrible.
—¿Crees que es probable que haga lo mismo? Muchas gracias.
—No, no lo creo, oh, querido, ¡no! —pero oigo a la gente decir que el dinero es una tentación tan grande, y a veces desearía que fueras pobre; así no me preocuparía.
—¿Te preocupas por mí, Jo?
—Un poco, cuando te veo de mal humor o descontento, como a veces haces; pues tienes una voluntad tan fuerte que, si una vez empiezas por el mal camino, me temo que sería difícil detenerte.
Laurie caminó en silencio unos minutos y Jo lo observó, deseando haberse mordido la lengua, pues sus ojos parecían enfadados, aunque sus labios aún sonreían como si fuera ante sus advertencias.
—¿Vas a darme lecciones durante todo el camino a casa? —preguntó al poco tiempo.
—Por supuesto que no; ¿por qué?
—Porque si lo vas a hacer, tomaré un autobús; si no, me gustaría caminar contigo y contarte algo muy interesante.
—No sermoneo más, y me gustaría muchísimo oír las noticias.
—Muy bien, entonces; ven. Es un secreto, y si te lo cuento, tú debes contarme el tuyo.
—No tengo ninguno —comenzó Jo, pero se detuvo de repente, recordando que sí tenía.
—Sabes que tienes, no puedes ocultar nada; así que suéltalo y confiesa, o no te lo contaré —gritó Laurie.
—¿Tu secreto es bueno?
—¡Oh, y tanto! ¡Todo sobre gente que conoces, y es muy divertido! Deberías oírlo, y me moría de ganas por contarlo hace mucho tiempo. Vamos, empieza tú.
—No dirás nada de esto en casa, ¿verdad?
—Ni una palabra.
—¿Y no te burlarás de mí en privado?
—Nunca me burlo.
—Sí que lo haces; consigues todo lo que quieres de la gente. No sé cómo lo haces, pero eres un halagador nato.
—Gracias; dispara.
—Bueno, he dejado dos historias con el redactor de un periódico, y me dará su respuesta la semana que viene —susurró Jo al oído de su confidente.
—¡Hurra por la señorita March, la célebre escritora estadounidense! —gritó Laurie, lanzando su sombrero al aire y atrapándolo de nuevo, para gran deleite de dos patos, cuatro gatos, cinco gallinas y media docena de niños irlandeses; pues ya estaban fuera de la ciudad.
—¡Shh! No llegará a nada, me temo; pero no podía descansar hasta haberlo intentado, y no dije nada porque no quería que nadie más se sintiera decepcionado.
—No fallará. Vamos, Jo, tus historias son obras de Shakespeare comparadas con la mitad de la basura que se publica todos los días. ¿No será divertido verlas impresas? ¿Y no nos sentiremos orgullosos de nuestra escritora?
A Jo le brillaron los ojos, pues siempre es agradable que crean en una; y el elogio de un amigo es siempre más dulce que una docena de críticas de periódico.
—¿Dónde está tu secreto? Juega limpio, Teddy, o no volveré a creerte nunca —dijo ella, tratando de extinguir las brillantes esperanzas que ardían con una palabra de aliento.
—Podría meterme en un lío por contarlo; pero no prometí no hacerlo, así que lo haré, pues nunca me siento tranquilo hasta que te cuento cualquier trozo de noticia suculenta que consigo. Sé dónde está el guante de Meg.
—¿Eso es todo? —dijo Jo, pareciendo decepcionada, mientras Laurie asentía y parpadeaba con una cara llena de misteriosa inteligencia.
—Es suficiente por el momento, como estarás de acuerdo cuando te diga dónde está.
—Dilo, entonces.
Laurie se inclinó y susurró tres palabras al oído de Jo, lo que produjo un cambio cómico. Ella se quedó de pie mirándolo durante un minuto, pareciendo a la vez sorprendida y disgustada, luego siguió caminando, diciendo bruscamente: —¿Cómo lo sabes?
—Lo vi.
—¿Dónde?
—En el bolsillo.
—¿Todo este tiempo?
—Sí; ¿no es romántico?
—No, es horrible.
—¿No te gusta?
—Por supuesto que no. Es ridículo; no se permitirá. ¡Por mi paciencia!, ¿qué diría Meg?
—No debes decírselo a nadie; tenlo en cuenta.
—No lo prometí.
—Eso se daba por hecho, y confié en ti.
—Bueno, no lo haré por el momento, de todos modos; pero estoy disgustada y ojalá no me lo hubieras contado.
—Pensé que te alegrarías.
—¿Ante la idea de que alguien venga a llevarse a Meg? No, gracias.
—Te sentirás mejor al respecto cuando venga alguien a llevarte a ti.
—Me gustaría ver a alguien que lo intentara —gritó Jo con ferocidad.
—¡A mí también! —y Laurie se rio ante la idea.
—No creo que los secretos me sienten bien; me siento revuelta por dentro desde que me contaste eso —dijo Jo, con bastante ingratitud.
—Haz una carrera colina abajo conmigo y estarás bien —sugirió Laurie.
No había nadie a la vista; el camino suave se inclinaba tentadoramente ante ella; y, encontrando la tentación irresistible, Jo salió disparada, pronto dejando atrás sombrero y peine, y esparciendo horquillas mientras corría. Laurie llegó primero a la meta y quedó bastante satisfecho con el éxito de su tratamiento; pues su Atalanta llegó jadeando, con el pelo al viento, ojos brillantes, mejillas sonrosadas y sin signos de insatisfacción en su rostro.
—Ojalá fuera un caballo; entonces podría correr durante kilómetros en este aire espléndido y no perder el aliento. Fue magnífico; pero mira qué adefesio me ha hecho esto. Ve, recoge mis cosas, como el querubín que eres —dijo Jo, dejándose caer bajo un arce que alfombraba la orilla con hojas carmesíes.
Laurie se marchó tranquilamente a recuperar la propiedad perdida, y Jo se recogió sus trenzas, esperando que nadie pasara por allí hasta que estuviera presentable de nuevo. Pero alguien pasó, y quién iba a ser sino Meg, luciendo particularmente elegante con su traje de fiesta y gala, pues había estado haciendo visitas.
—¿Qué haces aquí en el mundo? —preguntó, observando a su desaliñada hermana con una sorpresa refinada.
—Recogiendo hojas —respondió mansamente Jo, clasificando el puñado sonrosado que acababa de barrer.
—Y horquillas —añadió Laurie, arrojando media docena al regazo de Jo—. Crecen en este camino, Meg; al igual que los peines y los sombreros de paja marrón.
—Has estado corriendo, Jo; ¿cómo has podido? ¿Cuándo dejarás esas maneras tan alborotadoras? —dijo Meg reprobatoriamente, mientras se ajustaba los puños y se alisaba el pelo, del cual el viento se había tomado libertades.
—Nunca, hasta que esté rígida y vieja y tenga que usar un bastón. No intentes hacerme crecer antes de tiempo, Meg: ya es bastante difícil que cambies de repente; déjame ser una niña pequeña tanto tiempo como pueda.
Mientras hablaba, Jo se inclinó sobre las hojas para ocultar el temblor de sus labios; pues últimamente sentía que Margaret se estaba convirtiendo rápidamente en mujer, y el secreto de Laurie le hacía temer la separación que seguramente llegaría en algún momento, y que ahora parecía muy cercana. Él vio el problema en su rostro y desvió la atención de Meg preguntando rápidamente: —¿A quién has estado visitando, tan elegante?
—A los Gardiner, y Sallie me ha contado todo sobre la boda de Belle Moffat. Fue muy espléndida, y se han ido a pasar el invierno en París. ¡Solo piensa lo encantador que debe ser eso!
—¿La envidias, Meg? —dijo Laurie.
—Me temo que sí.
—¡Me alegro de ello! —masculló Jo, atándose el sombrero de un tirón.
—¿Por qué? —preguntó Meg, luciendo sorprendida.
—Porque si te importan mucho las riquezas, nunca irás a casarte con un hombre pobre —dijo Jo, frunciendo el ceño a Laurie, quien le advertía en silencio que tuviera cuidado con lo que decía.
—Yo nunca «iré a casarme» con nadie —observó Meg, caminando con gran dignidad, mientras los otros la seguían, riendo, susurrando, saltando piedras y «portándose como niños», como dijo Meg para sí misma, aunque podría haber estado tentada de unirse a ellos si no hubiera llevado su mejor vestido.
Durante una o dos semanas, Jo se portó de manera tan extraña que sus hermanas estaban completamente desconcertadas. Corría a la puerta cuando llamaba el cartero; era grosera con el Sr. Brooke siempre que se encontraban; se sentaba a mirar a Meg con una cara de aflicción, saltando ocasionalmente para sacudirla y luego besarla, de una manera muy misteriosa; Laurie y ella siempre estaban haciéndose señas y hablando de «Águilas Desplegadas», hasta que las chicas declararon que ambos habían perdido el juicio. El segundo sábado después de que Jo saliera por la ventana, Meg, mientras estaba sentada cosiendo en su ventana, se escandalizó al ver a Laurie persiguiendo a Jo por todo el jardín, para finalmente capturarla en el cenador de Amy. Qué sucedió allí, Meg no pudo verlo; pero se oyeron gritos de risa, seguidos por el murmullo de voces y un gran aleteo de periódicos.
—¿Qué vamos a hacer con esa chica? Nunca se portará como una señorita —suspiró Meg, mientras observaba la carrera con rostro de desaprobación.
—Espero que no lo haga; es tan divertida y querida como es —dijo Beth, quien nunca había revelado que le dolía un poco que Jo tuviera secretos con alguien más que con ella.
—Es muy irritante, pero nunca podremos hacer que sea *comme il faut* —añadió Amy, quien estaba sentada haciendo unos volantes nuevos para sí misma, con sus rizos atados de una manera muy favorecedora; dos cosas agradables que la hacían sentirse inusualmente elegante y señorita.
En pocos minutos Jo entró de un salto, se tumbó en el sofá y fingió leer.
—¿Tienes algo interesante ahí? —preguntó Meg con condescendencia.
—Nada más que un cuento; no será gran cosa, supongo —respondió Jo, manteniendo cuidadosamente oculto el nombre del periódico.
—Sería mejor que lo leyeras en voz alta; eso nos divertirá y te mantendrá alejada de las travesuras —dijo Amy, en su tono más adulto.
—¿Cómo se llama? —preguntó Beth, preguntándose por qué Jo mantenía su cara detrás de la hoja.
—Los pintores rivales.
—Eso suena bien; léelo —dijo Meg.
Con un sonoro «¡Ejem!» y una larga respiración, Jo comenzó a leer muy rápido. Las chicas escucharon con interés, pues el cuento era romántico y algo patético, ya que la mayoría de los personajes morían al final.
—Me gusta eso sobre el cuadro espléndido —fue el comentario aprobatorio de Amy, mientras Jo hacía una pausa.
—Yo prefiero la parte amorosa. Viola y Angelo son dos de nuestros nombres favoritos; ¿no es curioso? —dijo Meg, secándose los ojos, pues la «parte amorosa» era trágica.
—¿Quién lo escribió? —preguntó Beth, quien había vislumbrado el rostro de Jo.
La lectora se incorporó de repente, tiró el papel, mostrando un semblante sonrojado y, con una divertida mezcla de solemnidad y entusiasmo, respondió en voz alta: —Tu hermana.
—¿Tú? —gritó Meg, dejando su labor.
—Es muy bueno —dijo Amy críticamente.
—¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡Oh, mi Jo, estoy tan orgullosa! —y Beth corrió a abrazar a su hermana y a exultar por este espléndido éxito.
¡Dios mío, qué encantadas estaban todas, ciertamente! cómo Meg no quiso creerlo hasta que vio las palabras «Srta. Josephine March» realmente impresas en el papel; cómo Amy criticó gentilmente las partes artísticas del cuento y ofreció sugerencias para una secuela, la cual desafortunadamente no podía llevarse a cabo, ya que el héroe y la heroína estaban muertos; cómo Beth se emocionó, saltó y cantó de alegría; cómo Hannah entró a exclamar «¡Cielos, bueno, nunca tal vi!», con gran asombro ante «las hazañas de esa Jo»; cuán orgullosa estaba la Sra. March cuando lo supo; cómo Jo rió, con lágrimas en los ojos, mientras declaraba que bien podría ser un pavo real y acabar con ello; y cómo se podría decir que el «Águila Desplegada» batía sus alas triunfalmente sobre la Casa March, mientras el periódico pasaba de mano en mano.
—Cuéntanos todo sobre ello. —¿Cuándo llegó? —¿Cuánto te dieron por él? —¿Qué dirá padre? —¿No se reirá Laurie? —gritaba la familia, toda al mismo tiempo, mientras se apiñaban alrededor de Jo; pues estas personas tontas y afectuosas hacían un jubileo de cada pequeña alegría doméstica.
—Dejen de parlotear, chicas, y les contaré todo —dijo Jo, preguntándose si la Srta. Burney se sintió más grandiosa con su «Evelina» de lo que ella se sentía con sus «Pintores rivales». Después de contar cómo dispuso de sus cuentos, Jo añadió: —Y cuando fui a buscar mi respuesta, el hombre dijo que le gustaban ambos, pero que no pagaba a los principiantes, solo dejaba que imprimieran en su periódico y reseñaba los cuentos. Era una buena práctica, decía; y cuando los principiantes mejoraran, cualquiera pagaría. Así que le dejé los dos cuentos, y hoy me enviaron esto, y Laurie me sorprendió con él e insistió en verlo, así que le dejé; y dijo que era bueno, y escribiré más, y él va a conseguir que paguen el próximo, y estoy tan feliz, porque con el tiempo podré mantenerme a mí misma y ayudar a las chicas.
Aquí se le acabó el aliento a Jo; y, envolviendo su cabeza en el papel, roció su pequeño cuento con unas pocas lágrimas naturales; pues ser independiente y ganarse el elogio de quienes amaba eran los deseos más caros de su corazón, y esto parecía ser el primer paso hacia ese fin feliz.
XV.
UN TELEGRAMA.
—Noviembre es el mes más desagradable de todo el año —dijo Margaret, de pie junto a la ventana una tarde apagada, mirando hacia el jardín helado.
—Esa es la razón por la que nací en él —observó Jo pensativamente, totalmente inconsciente de la mancha en su nariz.
—Si algo muy agradable sucediera ahora, pensaríamos que es un mes encantador —dijo Beth, quien tenía una visión optimista de todo, incluso de noviembre.
—Eso supongo; pero nunca sucede nada agradable en esta familia —dijo Meg, quien estaba de mal humor—. Vamos arrastrándonos día tras día, sin un ápice de cambio y muy poca diversión. Podríamos estar perfectamente en una cinta de correr.
—¡Cielos, qué melancólicos estamos! —gritó Jo—. No me extraña mucho, pobre querida, pues ves a otras chicas pasando momentos espléndidos, mientras tú trabajas, trabajas, año tras año. ¡Oh, no desearía poder manejar las cosas por ti como hago con mis heroínas! Ya eres lo suficientemente bonita y buena, así que haría que algún pariente rico te dejara una fortuna inesperadamente; entonces te lanzarías como una heredera, despreciarías a todos los que te han menospreciado, viajarías al extranjero y volverías a casa siendo mi Lady Algo, en un resplandor de esplendor y elegancia.
—La gente no recibe fortunas dejadas en ese estilo hoy en día; los hombres tienen que trabajar y las mujeres casarse por dinero. Es un mundo terriblemente injusto —dijo Meg amargamente.
—Jo y yo vamos a hacer fortunas para todas ustedes; solo esperen diez años y verán si no lo hacemos —dijo Amy, quien estaba sentada en un rincón, haciendo pasteles de barro, como llamaba Hannah a sus pequeños modelos de arcilla de pájaros, frutas y caras.
—No puedo esperar, y me temo que no tengo mucha fe en la tinta y la tierra, aunque estoy agradecida por sus buenas intenciones.
Meg suspiró y volvió a mirar el jardín helado; Jo gimió y apoyó ambos codos sobre la mesa en una actitud desanimada, pero Amy trabajaba enérgicamente; y Beth, que estaba sentada en la otra ventana, dijo, sonriendo: —Dos cosas agradables van a suceder de inmediato: mamá viene por la calle y Laurie está pisando fuerte por el jardín como si tuviera algo agradable que contar.
Ambos entraron, la Sra. March con su pregunta habitual: —¿Alguna carta de papá, chicas?, y Laurie para decir en su forma persuasiva: —¿No vendrán algunas de ustedes a dar un paseo? He estado trabajando tanto en matemáticas que mi cabeza es un lío, y voy a refrescar mi ingenio con una vuelta rápida. Es un día aburrido, pero el aire no está mal, y voy a llevar a Brooke a casa, así que será alegre por dentro, si no lo es por fuera. Vamos, Jo, tú y Beth vendrán, ¿verdad?
—Por supuesto que iremos.
—Muy agradecida, pero estoy ocupada —y Meg sacó su cesta de costura, pues había acordado con su madre que era mejor, al menos para ella, no pasear a menudo con el joven caballero.
—Nosotras tres estaremos listas en un minuto —gritó Amy, corriendo a lavarse las manos.
—¿Puedo hacer algo por usted, señora madre? —preguntó Laurie, inclinándose sobre la silla de la Sra. March, con la mirada y el tono afectuosos que siempre le dedicaba.
—No, gracias, excepto pasar por la oficina, si fueras tan amable, querido. Es nuestro día para una carta y el cartero no ha pasado. Papá es tan regular como el sol, pero quizás haya algún retraso en el camino.
Un timbre agudo la interrumpió, y un minuto después Hannah entró con una carta.
—Es una de esas cosas horribles de telegrama, señora —dijo, entregándola como si temiera que fuera a explotar y causar algún daño.
Ante la palabra «telegrama», la Sra. March lo arrebató, leyó las dos líneas que contenía y cayó de nuevo en su silla, tan blanca como si el pequeño papel hubiera enviado una bala a su corazón. Laurie corrió escaleras abajo por agua, mientras Meg y Hannah la sostenían, y Jo leía en voz alta, con voz asustada:
«SRA. MARCH:
Su esposo está muy enfermo. Venga de inmediato. S. HALE, Hospital Blank, Washington»
Qué silenciosa estaba la habitación mientras escuchaban sin aliento, qué extrañamente se oscurecía el día afuera y qué repentinamente parecía cambiar el mundo entero, mientras las chicas se reunían alrededor de su madre, sintiendo como si toda la felicidad y el apoyo de sus vidas estuviera a punto de serles arrebatado. La Sra. March volvió a ser ella misma de inmediato; leyó el mensaje de nuevo y extendió sus brazos hacia sus hijas, diciendo, en un tono que nunca olvidaron: —Iré de inmediato, pero puede ser demasiado tarde. ¡Oh, niñas, niñas, ayúdenme a soportarlo!
Durante varios minutos no hubo más que el sonido de sollozos en la habitación, mezclado con palabras entrecortadas de consuelo, tiernas seguridades de ayuda y susurros esperanzadores que se extinguían en lágrimas. La pobre Hannah fue la primera en recuperarse, y con una sabiduría inconsciente dio a todas las demás un buen ejemplo; pues, para ella, el trabajo era la panacea para la mayoría de las aflicciones.
—¡Que el Señor proteja al buen hombre! No perderé tiempo llorando, sino que dejaré sus cosas listas de inmediato, señora —dijo, con entusiasmo, mientras se secaba la cara con el delantal, le daba a su ama un cálido apretón de manos con la suya endurecida y se marchaba para trabajar como tres mujeres en una.
—Tiene razón; no hay tiempo para lágrimas ahora. Estén tranquilas, chicas, y déjenme pensar.
Intentaron estar tranquilas, pobres cosas, mientras su madre se sentaba, luciendo pálida pero firme, y dejaba de lado su dolor para pensar y planificar por ellas.
—¿Dónde está Laurie? —preguntó poco después, cuando hubo reunido sus pensamientos y decidido los primeros deberes a realizar.
—Aquí, señora. ¡Oh, déjeme hacer algo! —gritó el chico, apresurándose desde la habitación contigua, adonde se había retirado, sintiendo que su primer dolor era demasiado sagrado incluso para sus ojos amistosos.
—Envíe un telegrama diciendo que iré de inmediato. El próximo tren sale temprano por la mañana. Tomaré ese.
—¿Qué más? Los caballos están listos; puedo ir a cualquier parte, hacer cualquier cosa —dijo, pareciendo listo para volar a los confines de la tierra.
—Deje una nota en casa de la tía March. Jo, deme ese papel y pluma.
Arrancando el lado en blanco de una de sus páginas recién copiadas, Jo acercó la mesa ante su madre, sabiendo bien que el dinero para el largo y triste viaje debía ser prestado, y sintiendo como si pudiera hacer cualquier cosa para añadir un poco a la suma para su padre.
—Ahora ve, querido; pero no te mates conduciendo a un ritmo desesperado; no hay necesidad de eso.
La advertencia de la Sra. March fue evidentemente ignorada; pues cinco minutos después Laurie pasó a toda velocidad por la ventana en su propio caballo veloz, cabalgando como si le fuera la vida en ello.
—Jo, corre a las salas y dile a la Sra. King que no puedo ir. De camino, consigue estas cosas. Las pondré por escrito; serán necesarias y debo ir preparada para cuidar enfermos. Los suministros hospitalarios no siempre son buenos. Beth, ve y pídele al Sr. Laurence un par de botellas de vino viejo: no soy demasiado orgullosa para mendigar por papá; él tendrá lo mejor de todo. Amy, dile a Hannah que baje el baúl negro; y, Meg, ven y ayúdame a encontrar mis cosas, pues estoy medio desconcertada.
Escribir, pensar y dirigir, todo al mismo tiempo, bien podría desconcertar a la pobre señora, y Meg le rogó que se sentara tranquilamente en su habitación por un rato y los dejara trabajar a ellas. Todas se dispersaron como hojas ante una ráfaga de viento; y el hogar tranquilo y feliz se rompió tan repentinamente como si el papel hubiera sido un hechizo maligno.
El Sr. Laurence vino apresuradamente con Beth, trayendo cada comodidad que el amable anciano pudo pensar para el enfermo, y las promesas más amistosas de protección para las chicas durante la ausencia de la madre, lo cual la consoló mucho. No hubo nada que él no ofreciera, desde su propia bata hasta él mismo como escolta. Pero esto último era imposible. La Sra. March no quiso oír hablar de que el anciano emprendiera el largo viaje; sin embargo, una expresión de alivio fue visible cuando él habló de ello, pues la ansiedad no sienta bien para viajar. Él vio la mirada, frunció sus pesadas cejas, se frotó las manos y se marchó bruscamente, diciendo que volvería enseguida. Nadie tuvo tiempo de pensar en él de nuevo hasta que, mientras Meg corría por el vestíbulo, con un par de chanclos en una mano y una taza de té en la otra, se encontró repentinamente con el Sr. Brooke.
—Lamento mucho escuchar esto, Srta. March —dijo, en el tono amable y tranquilo que sonó muy agradablemente a su espíritu perturbado—. Vine a ofrecerme como escolta para su madre. El Sr. Laurence tiene encargos para mí en Washington, y me dará una verdadera satisfacción serle de servicio allí.
Los chanclos cayeron y el té estuvo a punto de seguir, mientras Meg extendía su mano, con un rostro tan lleno de gratitud que el Sr. Brooke se habría sentido recompensado por un sacrificio mucho mayor que el insignificante de tiempo y comodidad que estaba a punto de hacer.
—¡Qué amables son todos! Mamá aceptará, estoy segura; y será un gran alivio saber que ella tiene a alguien que la cuide. ¡Muchas, muchísimas gracias!
Meg habló con sinceridad y se olvidó de sí misma por completo hasta que algo en los ojos castaños que la miraban hacia abajo la hizo recordar el té enfriándose, y guió el camino hacia el salón, diciendo que llamaría a su madre.
Todo estuvo arreglado para cuando Laurie regresó con una nota de la tía March, incluyendo la suma deseada y unas pocas líneas repitiendo lo que ya había dicho a menudo antes: que siempre les había dicho que era absurdo que March fuera al ejército, siempre predijo que no saldría nada bueno de ello, y esperaba que tomaran su consejo la próxima vez. La Sra. March puso la nota en el fuego, el dinero en su monedero y continuó con sus preparativos, con los labios apretados, de una manera que Jo habría entendido si hubiera estado allí.
La corta tarde se fue consumiendo; todos los demás recados fueron hechos, y Meg y su madre ocupadas en algunas labores de costura necesarias, mientras Beth y Amy preparaban el té, y Hannah terminaba de planchar con lo que ella llamaba un «golpe y un estallido», pero aun así Jo no llegaba. Empezaron a inquietarse; y Laurie se fue a buscarla, pues nadie sabía nunca qué capricho podía pasarle por la cabeza a Jo. Él la perdió de vista, sin embargo, y ella entró caminando con una expresión muy extraña en el rostro, pues había una mezcla de diversión y miedo, satisfacción y arrepentimiento en ella, lo cual desconcertó a la familia tanto como el rollo de billetes que puso ante su madre, diciendo, con un pequeño nudo en la voz: —¡Esa es mi contribución para hacer que papá esté cómodo y traerlo a casa!
—Querida, ¿dónde lo conseguiste? ¡Veinticinco dólares! Jo, espero que no hayas hecho nada precipitado.
—No, es mío honestamente; no rogué, pedí prestado ni robé. Lo gané; y no creo que me culpes, pues solo vendí lo que era mío.
Mientras hablaba, Jo se quitó el sombrero y se produjo un clamor general, pues todo su abundante cabello estaba cortado al rape.
—¡Tu cabello! ¡Tu hermoso cabello! —¡Oh Jo, cómo pudiste! Tu única belleza. —Querida niña, no había necesidad de esto. —¡Ya no parece mi Jo, pero la amo profundamente por ello!
Mientras todas exclamaban y Beth abrazaba la cabeza rapada con ternura, Jo asumió un aire indiferente, que no engañó a nadie ni un poco, y dijo, revolviendo el arbusto castaño e intentando parecer como si le gustara: —No afecta al destino de la nación, así que no se lamenten, Beth. Será bueno para mi vanidad; me estaba volviendo demasiado orgullosa de mi peluca. Le hará bien a mi cerebro que me quiten ese estropajo; mi cabeza se siente deliciosamente ligera y fresca, y el barbero dijo que pronto podría tener una melena rizada, que será varonil, favorecedora y fácil de mantener en orden. Estoy satisfecha; así que, por favor, tomen el dinero y cenemos.
—Cuéntamelo todo, Jo. No estoy del todo satisfecha, pero no puedo culparte, pues sé cuán voluntariamente sacrificaste tu vanidad, como la llamas, por tu amor. Pero, querida, no era necesario, y me temo que lo lamentarás, uno de estos días —dijo la Sra. March.
—¡No, no lo haré! —respondió Jo con firmeza, sintiéndose muy aliviada de que su travesura no fuera completamente condenada.
—¿Qué te hizo hacerlo? —preguntó Amy, quien habría pensado lo mismo de cortarse la cabeza que su bonito cabello.
—Bueno, estaba desesperada por hacer algo por papá —respondió Jo, mientras se reunían alrededor de la mesa, pues la gente joven y sana puede comer incluso en medio de la adversidad—. Odio pedir prestado tanto como lo hace mamá, y sabía que la tía March pondría el grito en el cielo; siempre lo hace si le pides un penique. Meg dio todo su salario trimestral para el alquiler, y yo solo conseguí algo de ropa con el mío, así que me sentí malvada y estaba decidida a conseguir algo de dinero, aunque tuviera que vender la nariz de mi cara para obtenerlo.
—No tienes por qué sentirte malvada, hija mía: no tenías cosas de invierno y compraste lo más sencillo con tus propios y duros ahorros —dijo la Sra. March, con una mirada que calentó el corazón de Jo.
—No tuve la menor idea de vender mi cabello al principio, pero mientras iba de camino seguía pensando qué podía hacer, y sentía como si quisiera meterme en alguna de las tiendas ricas y ayudarme a mí misma. En el escaparate de un barbero vi colas de cabello con los precios marcados; y una cola negra, no tan espesa como la mía, costaba cuarenta dólares. Me sobrevino de repente la idea de que tenía una cosa con la que hacer dinero, y sin detenerme a pensar, entré, pregunté si compraban cabello y cuánto darían por el mío.
—No veo cómo te atreviste a hacerlo —dijo Beth, en un tono de asombro.
—Oh, era un hombrecillo que parecía vivir únicamente para embadurnarse el pelo con aceite. Se quedó mirando, al principio, como si no estuviera acostumbrado a que las chicas irrumpieran en su tienda para pedirle que les comprara el cabello. Dijo que el mío no le interesaba, que no era el color de moda y que, además, nunca pagaba mucho por él; el trabajo que requería lo encarecía, y cosas así. Se estaba haciendo tarde y temía que, si no lo hacía de inmediato, no llegaría a hacerlo nunca, y ya sabes que cuando empiezo a hacer algo, odio dejarlo a medias; así que le rogué que lo aceptara y le conté por qué tenía tanta prisa. Fue una tontería, lo admito, pero le hizo cambiar de opinión, pues me puse algo nerviosa y le conté la historia a mi manera atropellada, y su esposa me oyó y dijo con mucha amabilidad:
—«Tómalo, Thomas, y hazle el favor a la jovencita; yo haría lo mismo por nuestro Jimmy cualquier día si tuviera un mechón de pelo que valiera la pena vender».
—¿Quién era Jimmy? —preguntó Amy, a quien le gustaba que le explicaran las cosas a medida que sucedían.
—Su hijo, dijo, que estaba en el ejército. Qué amistosos hacen sentirse a los desconocidos esas cosas, ¿verdad? Ella estuvo hablando todo el tiempo que el hombre cortaba, y distrajo mi mente muy bien.
—¿No sentiste una impresión terrible cuando llegó el primer corte? —preguntó Meg, con un escalofrío.
—Eché un último vistazo a mi cabello mientras el hombre preparaba sus cosas, y eso fue todo. Nunca lloro por pequeñeces como esa; aunque confieso que me sentí extraña cuando vi mi querido y viejo cabello extendido sobre la mesa y sentí solo los extremos cortos y ásperos en mi cabeza. Casi parecía como si me hubieran cortado un brazo o una pierna. La mujer me vio mirarlo y eligió un largo mechón para que lo guardara. Te lo daré a ti, Marmee, solo para recordar glorias pasadas; pues un corte de pelo es tan cómodo que no creo que vuelva a tener una melena jamás.
La Sra. March dobló el ondulado mechón castaño y lo guardó junto a uno gris corto en su escritorio. Solo dijo «Gracias, querida», pero algo en su rostro hizo que las chicas cambiaran de tema y hablaran tan alegremente como pudieron sobre la amabilidad del Sr. Brooke, la perspectiva de un buen día para mañana y los momentos felices que pasarían cuando papá volviera a casa para ser cuidado.
Nadie quería irse a dormir cuando, a las diez, la Sra. March dejó el último trabajo terminado y dijo: «Vamos, chicas». Beth fue al piano y tocó el himno favorito de su padre; todas comenzaron con valentía, pero se quebraron una a una, hasta que Beth quedó sola, cantando con todo su corazón, pues para ella la música siempre fue un dulce consuelo.
—Váyanse a la cama y no hablen, pues debemos levantarnos temprano y necesitaremos todo el sueño que podamos conseguir. Buenas noches, mis queridas —dijo la Sra. March, cuando terminó el himno, pues nadie quiso probar con otro.
La besaron en silencio y se fueron a la cama con tanta calma como si el querido enfermo estuviera en la habitación contigua. Beth y Amy pronto se quedaron dormidas a pesar del gran problema, pero Meg permaneció despierta, pensando los pensamientos más serios que había conocido en su corta vida. Jo yacía inmóvil, y su hermana imaginó que estaba dormida, hasta que un sollozo ahogado la hizo exclamar, mientras tocaba una mejilla húmeda:
—Jo, querida, ¿qué pasa? ¿Estás llorando por papá?
—No, ahora no.
—¿Entonces qué?
—¡Mi... mi cabello! —estalló la pobre Jo, intentando en vano ahogar su emoción en la almohada.
No sonó para nada cómico para Meg, quien besó y acarició a la afligida heroína de la manera más tierna.
—No me arrepiento —protestó Jo, entrecortadamente—. Lo volvería a hacer mañana, si pudiera. Es solo la parte vanidosa y egoísta de mí la que se pone a llorar de esta manera tan tonta. No se lo digas a nadie, ya pasó todo. Pensé que estabas dormida, así que solo hice un pequeño lamento privado por mi única belleza. ¿Cómo es que tú estás despierta?
—No puedo dormir, estoy muy ansiosa —dijo Meg.
—Piensa en algo agradable y pronto te dormirás.
—Lo intenté, pero me sentí más despierta que nunca.
—¿En qué pensaste?
—Caras hermosas... ojos particularmente —respondió Meg, sonriendo para sí misma en la oscuridad.
—¿Qué color te gusta más?
—Castaños... es decir, a veces; los azules son preciosos.
Jo se rio, y Meg le ordenó bruscamente que no hablara, luego le prometió amablemente hacerle rizos en el cabello y se quedó dormida para soñar con vivir en su castillo en el aire.
Los relojes daban la medianoche y las habitaciones estaban muy quietas, mientras una figura se deslizaba silenciosamente de cama en cama, alisando una colcha aquí, acomodando una almohada allá, y deteniéndose para mirar larga y tiernamente cada rostro inconsciente, para besar a cada una con labios que bendecían en silencio, y para rezar las fervientes oraciones que solo las madres pronuncian. Mientras levantaba la cortina para mirar hacia la noche sombría, la luna salió repentinamente de detrás de las nubes y brilló sobre ella como un rostro brillante y benigno, que parecía susurrar en el silencio: «¡Consuélate, alma querida! Siempre hay luz detrás de las nubes».
XVI.
CARTAS.
En el frío gris del amanecer, las hermanas encendieron su lámpara y leyeron su capítulo con una seriedad nunca antes sentida; pues ahora que la sombra de un problema real había llegado, los pequeños libros estaban llenos de ayuda y consuelo; y, mientras se vestían, acordaron despedirse con alegría y esperanza, y enviar a su madre a su ansioso viaje sin entristecerla con lágrimas o quejas por su parte. Todo parecía muy extraño cuando bajaron: tan tenue y quieto afuera, tan lleno de luz y bullicio adentro. El desayuno a esa hora temprana parecía extraño, e incluso el rostro familiar de Hannah se veía antinatural mientras revoloteaba por su cocina con su gorro de dormir puesto. El gran baúl estaba listo en el vestíbulo, la capa y el bonete de mamá estaban sobre el sofá, y mamá misma estaba sentada tratando de comer, pero luciendo tan pálida y agotada por el insomnio y la ansiedad que a las chicas les resultó muy difícil mantener su resolución. Los ojos de Meg seguían llenándose de lágrimas a pesar de sí misma; Jo se vio obligada a esconder su rostro en la toalla de la cocina más de una vez; y las niñas pequeñas tenían una expresión grave y preocupada, como si la tristeza fuera una experiencia nueva para ellas.
Nadie habló mucho, pero a medida que el tiempo se acercaba y se sentaban a esperar el carruaje, la Sra. March dijo a las chicas, que estaban todas ocupadas a su alrededor, una doblando su chal, otra alisando las cintas de su bonete, una tercera poniéndole los chanclos y una cuarta cerrando su bolsa de viaje:
—Hijas, las dejo al cuidado de Hannah y bajo la protección del Sr. Laurence. Hannah es la fidelidad misma, y nuestro buen vecino las protegerá como si fueran suyas. No tengo temores por ustedes, sin embargo, estoy ansiosa de que tomen este problema correctamente. No se aflijan ni se inquieten cuando me haya ido, ni piensen que pueden consolarse estando ociosas y tratando de olvidar. Continúen con su trabajo como de costumbre, pues el trabajo es un bálsamo bendito. Tengan esperanza y manténganse ocupadas; y pase lo que pase, recuerden que nunca podrán quedar huérfanas de padre.
—Sí, mamá.
—Meg, querida, sé prudente, cuida de tus hermanas, consulta a Hannah y, en cualquier perplejidad, acude al Sr. Laurence. Sé paciente, Jo, no te desanimes ni hagas cosas precipitadas; escríbeme a menudo y sé mi chica valiente, dispuesta a ayudar y animarnos a todos. Beth, confórtate con tu música y sé fiel a las pequeñas tareas del hogar; y tú, Amy, ayuda todo lo que puedas, sé obediente y mantente feliz y segura en casa.
—¡Lo haremos, mamá! ¡Lo haremos!
El traqueteo de un carruaje que se acercaba las hizo a todas sobresaltarse y escuchar. Ese fue el minuto difícil, pero las chicas lo soportaron bien: nadie lloró, nadie huyó ni profirió un lamento, aunque sus corazones estaban muy pesados mientras enviaban mensajes cariñosos a papá, recordando, mientras hablaban, que podría ser demasiado tarde para entregarlos. Besaron a su madre en silencio, se aferraron a ella tiernamente e intentaron agitar sus manos alegremente cuando ella se alejó.
Laurie y su abuelo vinieron a despedirla, y el Sr. Brooke se veía tan fuerte, sensato y amable que las chicas lo bautizaron como «Sr. Corazón Grande» en el acto.
—¡Adiós, mis queridas! ¡Que Dios nos bendiga y nos guarde a todos! —susurró la Sra. March, mientras besaba una tras otra las caras queridas y se apresuraba a subir al carruaje.
Mientras se alejaba, el sol salió, y, mirando hacia atrás, lo vio brillando sobre el grupo en la puerta, como un buen augurio. Ellas también lo vieron, sonrieron y agitaron sus manos; y lo último que vio, al doblar la esquina, fueron las cuatro caras brillantes y, detrás de ellas, como una guardia de honor, el viejo Sr. Laurence, la fiel Hannah y el devoto Laurie.
—¡Qué amables son todos con nosotras! —dijo ella, girándose para encontrar nuevas pruebas de ello en la respetuosa simpatía del rostro del joven.
—No veo cómo podrían evitarlo —respondió el Sr. Brooke, riendo de forma tan contagiosa que la Sra. March no pudo evitar sonreír; y así comenzó el largo viaje con los buenos augurios del sol, las sonrisas y las palabras alegres.
—Siento como si hubiera habido un terremoto —dijo Jo, mientras sus vecinos se iban a casa a desayunar, dejándolas descansar y refrescarse.
—Parece como si la mitad de la casa hubiera desaparecido —añadió Meg con tristeza.
Beth abrió los labios para decir algo, pero solo pudo señalar la pila de calcetines cuidadosamente remendados que yacía sobre la mesa de mamá, lo que demostraba que incluso en sus últimos momentos apresurados había pensado y trabajado para ellas. Fue algo pequeño, pero llegó directo a sus corazones; y, a pesar de sus valientes resoluciones, todas se derrumbaron y lloraron amargamente.
Hannah, sabiamente, les permitió desahogar sus sentimientos y, cuando la lluvia dio señales de cesar, vino al rescate, armada con una cafetera.
—Ahora, mis queridas señoritas, recuerden lo que dijo su madre y no se aflijan. Vengan a tomar una taza de café todas juntas, y luego pongámonos a trabajar, y seamos un crédito para la familia.
El café era un regalo, y Hannah mostró gran tacto al prepararlo esa mañana. Nadie pudo resistirse a sus asentimientos persuasivos, ni a la fragante invitación que salía de la boquilla de la cafetera. Se acercaron a la mesa, cambiaron sus pañuelos por servilletas y en diez minutos estaban todas bien de nuevo.
—«Tengan esperanza y manténganse ocupadas»; ese es nuestro lema, así que veamos quién lo recordará mejor. Yo iré donde la tía March, como de costumbre. ¡Oh, pero no saben la lección que me dará! —dijo Jo, mientras bebía con renovado espíritu.
—Yo iré a mis Kings, aunque preferiría quedarme en casa y atender las cosas aquí —dijo Meg, deseando no haber puesto sus ojos tan rojos.
—No hay necesidad de eso; Beth y yo podemos mantener la casa perfectamente bien —intervino Amy, con aire importante.
—Hannah nos dirá qué hacer; y tendremos todo impecable cuando regresen —añadió Beth, sacando su fregona y su cubo sin demora.
—Creo que la ansiedad es muy interesante —observó Amy, comiendo azúcar pensativamente.
Las chicas no pudieron evitar reírse y se sintieron mejor por ello, aunque Meg negó con la cabeza ante la joven que podía encontrar consuelo en un azucarero.
La vista de las empanadillas hizo que Jo se pusiera seria de nuevo; y cuando las dos salieron a sus tareas diarias, miraron con tristeza hacia la ventana donde estaban acostumbradas a ver el rostro de su madre. Ya no estaba; pero Beth había recordado la pequeña ceremonia doméstica, y allí estaba ella, asintiendo hacia ellas como un mandarín de cara sonrosada.
—¡Eso es tan propio de mi Beth! —dijo Jo, agitando su sombrero con un rostro agradecido—. Adiós, Meggy; espero que los Kings no se pongan difíciles hoy. No te preocupes por papá, querida —añadió, al despedirse.
—Y yo espero que la tía March no ponga el grito en el cielo. Tu cabello te favorece, y se ve muy varonil y bonito —respondió Meg, tratando de no sonreír ante la cabeza rizada, que se veía cómicamente pequeña sobre los hombros de su alta hermana.
—Ese es mi único consuelo —y, tocándose el sombrero al estilo de Laurie, Jo se marchó, sintiéndose como una oveja esquilada en un día de invierno.
Las noticias de su padre reconfortaron mucho a las chicas; pues, aunque estaba peligrosamente enfermo, la presencia de la mejor y más tierna de las enfermeras ya le había hecho bien. El Sr. Brooke enviaba un boletín todos los días y, como jefa de la familia, Meg insistió en leer los despachos, que se volvieron cada vez más alentadores a medida que pasaba la semana. Al principio, todas estaban ansiosas por escribir, y los sobres abultados eran cuidadosamente introducidos en el buzón por una u otra de las hermanas, que se sentían bastante importantes con su correspondencia de Washington. Como uno de estos paquetes contenía notas características de los miembros del grupo, robaremos un correo imaginario y las leeremos:
«MI QUERIDÍSIMA MADRE:
Es imposible decirte lo feliz que nos hizo tu última carta, pues las noticias eran tan buenas que no pudimos evitar reír y llorar al leerlas. Qué amable es el Sr. Brooke, y qué afortunado que los negocios del Sr. Laurence lo mantengan cerca de ustedes tanto tiempo, ya que es de tanta utilidad para ti y para papá. Las chicas son todas tan buenas como el oro. Jo me ayuda con la costura e insiste en hacer todo tipo de tareas difíciles. Temería que se excediera, si no supiera que su "ataque moral" no durará mucho. Beth es tan regular con sus tareas como un reloj, y nunca olvida lo que le dijiste. Se aflige por papá y se muestra seria, excepto cuando está en su pequeño piano. Amy me obedece muy bien y yo la cuido mucho. Se peina sola y le estoy enseñando a hacer ojales y a remendar sus medias. Se esfuerza mucho y sé que estarás complacida con su mejora cuando vuelvas. El Sr. Laurence nos vigila como una vieja gallina maternal, como dice Jo; y Laurie es muy amable y servicial. Él y Jo nos mantienen alegres, pues a veces nos ponemos bastante tristes y nos sentimos como huérfanas, contigo tan lejos. Hannah es una santa perfecta; no regaña en absoluto, siempre me llama "Señorita Margaret", lo cual es muy apropiado, ya sabes, y me trata con respeto. Todas estamos bien y ocupadas; pero anhelamos, día y noche, tenerte de vuelta. Dale mi más querido amor a papá, y créeme, siempre tuya, MEG».
Esta nota, escrita de forma bonita en papel perfumado, era un gran contraste con la siguiente, que estaba garabateada en una gran hoja de papel fino extranjero, adornada con borrones y todo tipo de florituras y letras de cola rizada:
«MI PRECIOSA MARMEE:
¡Tres hurras por el querido papá! Brooke fue un as al telegrafiar de inmediato y hacernos saber en el minuto en que estuvo mejor. Corrí al desván cuando llegó la carta e intenté darle gracias a Dios por ser tan bueno con nosotras; pero solo pude llorar y decir: "¡Estoy contenta! ¡Estoy contenta!". ¿No sirvió eso tanto como una oración formal? Pues sentí muchas en mi corazón. Pasamos momentos tan divertidos; y ahora puedo disfrutarlos, pues todas son tan desesperadamente buenas, que es como vivir en un nido de tórtolas. Te reirías al ver a Meg presidir la mesa e intentar ser maternal. Se pone más bonita cada día, y a veces estoy enamorada de ella. Las niñas son arcángeles, y yo... bueno, soy Jo, y nunca seré otra cosa. Oh, debo decirte que estuve a punto de pelearme con Laurie. Le dije lo que pensaba sobre una tontería y se ofendió. Yo tenía razón, pero no hablé como debía, y él se marchó a casa diciendo que no volvería hasta que yo le pidiera perdón. Declaré que no lo haría y me enfadé. Duró todo el día; me sentí mal y te extrañé mucho. Laurie y yo somos tan orgullosos, que es difícil pedir perdón; pero pensé que él cedería, pues yo tenía la razón. Él no vino; y justo al anochecer recordé lo que dijiste cuando Amy cayó al río. Leí mi pequeño libro, me sentí mejor, resolví no dejar que el sol se pusiera sobre mi ira y corrí a decirle a Laurie que lo sentía. Me lo encontré en la puerta, viniendo a lo mismo. Ambos nos reímos, nos pedimos perdón y nos sentimos bien y cómodos de nuevo.
Hice un "poema" ayer, cuando ayudaba a Hannah a lavar; y, como a papá le gustan mis pequeñas tonterías, lo incluyo para divertirlo. Dale el abrazo más amoroso que jamás haya existido, y bésate a ti misma una docena de veces por tu JO LA ATROPELLADA».
«UNA CANCIÓN DE LA ESPUMA.
Reina de mi tina, canto alegremente, Mientras la blanca espuma sube alto; Y lavo, enjuago y escurro con energía, Y cuelgo la ropa a secar; Luego en el aire fresco y libre se balancean, Bajo el cielo soleado.
Desearía que pudiéramos lavar de nuestros corazones y almas Las manchas de la semana, Y dejar que el agua y el aire con su magia nos hagan Tan puros como ellos; ¡Entonces en la tierra habría, en verdad, Un glorioso día de lavado!
A lo largo del camino de una vida útil, ¿Florecerá siempre la paz del corazón? La mente ocupada no tiene tiempo para pensar En la tristeza, el cuidado o la penumbra; Y los pensamientos ansiosos pueden ser barridos, Mientras empuñamos con valentía una escoba.
Me alegra que se me haya dado una tarea, Para trabajar día a día; Pues me trae salud, fuerza y esperanza, Y alegremente aprendo a decir: "¡Cabeza, puedes pensar; Corazón, puedes sentir, Pero, Mano, siempre trabajarás!"»
«QUERIDA MADRE:
Solo queda espacio para enviarte mi amor y algunos pensamientos prensados de la raíz que he estado manteniendo a salvo en casa para que papá los vea. Leo cada mañana, trato de ser buena todo el día y me canto a mí misma para dormir con la melodía de papá. No puedo cantar "La tierra de los leales" ahora; me hace llorar. Todos son muy amables y somos tan felices como podemos ser sin ti. Amy quiere el resto de la página, así que debo parar. No olvidé cubrir los agarradores, doy cuerda al reloj y ventilo las habitaciones todos los días.
Besa al querido papá en la mejilla que él llama mía. Oh, ven pronto a tu amorosa PEQUEÑA BETH».
«MA CHÈRE MAMMA,—
«Estamos todos bien. Hago mis lecciones siempre y nunca corroboro, las chicas... Meg dice que quiero decir contradigo, así que pongo ambas palabras y tú puedes tomar la más apropiada. Meg es un gran consuelo para mí y me deja tomar jalea cada noche a la hora del té, es tan buena para mí, dice Jo, porque me mantiene de buen humor. Laurie no es tan respetuoso como debería ser ahora que casi estoy en mi adolescencia, me llama Pollita y hiere mis sentimientos hablándome en francés muy rápido cuando digo Merci o Bon jour, como hace Hattie King. Las mangas de mi vestido azul estaban todas gastadas y Meg les puso nuevas, pero la parte delantera fruncida quedó mal y son más azules que el vestido. Me sentí mal pero no me quejé, sobrellevo bien mis penas pero desearía que Hannah pusiera más almidón en mis delantales y tuviera pasteles de trigo sarraceno todos los días. ¿No puede? ¿No hice bien ese signo de interrogación? Meg dice que mi puntuación y mi ortografía son vergonzosas y estoy mortificada, pero cielos, tengo tantas cosas que hacer que no puedo parar. Adieu, envío montones de amor a papá. »Tu afectuosa hija, »AMY CURTIS MARCH».
«QUERIDA SEÑORITA MARCH,—
»Solo le escribo estas líneas para decirle que nos va de primera. Las chicas son listas y se mueven con mucha destreza. La señorita Meg va a ser una muy buena ama de llaves; tiene afición por ello y le toma el truco a las cosas sorprendentemente rápido. Jo es la que más se adelanta a todas, pero no se detiene a calcular primero y nunca se sabe dónde va a terminar. Lavó una tina de ropa el lunes, pero la almidonó antes de enjuagarla y tiñó de azul un vestido de percal rosa hasta que pensé que me moriría de risa. Beth es la mejor de las criaturitas y de gran ayuda para mí, al ser tan previsora y confiable. Intenta aprender todo y realmente va al mercado más allá de sus años; asimismo lleva las cuentas, con mi ayuda, de forma bastante maravillosa. Hemos sido muy económicas hasta ahora; no dejo que las chicas tomen café sino una vez a la semana, según su deseo, y las mantengo con alimentos sencillos y saludables. Amy se porta bien con las quejas, usando su mejor ropa y comiendo cosas dulces. El señor Laurie está tan lleno de travesuras como de costumbre y pone la casa patas arriba frecuentemente; pero anima a las chicas, así que dejo que se diviertan a sus anchas. El viejo caballero envía montones de cosas y es algo agotador, pero tiene buenas intenciones y no es mi lugar decir nada. Mi pan ha leudado, así que no hay más por esta vez. Envío mis respetos al señor March y espero que haya visto el final de su Peumonía. »Atentamente suya, »HANNAH MULLET».
«JEFA DE ENFERMERAS DE LA SALA N.º 2,—
»Todo sereno en el Rappahannock, tropas en excelente condición, departamento de comisaría bien dirigido, la Guardia Nacional bajo el mando del coronel Teddy siempre de servicio, el comandante en jefe general Laurence pasa revista al ejército diariamente, el intendente Mullett mantiene el orden en el campamento y el mayor León realiza patrullas nocturnas. Se disparó un saludo de veinticuatro cañonazos al recibir buenas noticias de Washington y tuvo lugar un desfile de gala en el cuartel general. El comandante en jefe envía sus mejores deseos, a los que se une de todo corazón »EL CORONEL TEDDY».
«QUERIDA SEÑORA,—
»Las niñas están todas bien; Beth y mi muchacho informan a diario; Hannah es una criada modelo y protege a la bonita Meg como un dragón. Me alegra que el buen tiempo continúe; por favor, haga que Brooke sea útil y solicite fondos si los gastos superan su estimación. No deje que a su marido le falte nada. Gracias a Dios se está recuperando. »Su sincera amiga y servidor, »JAMES LAURENCE».
XVII.
LA PEQUEÑA FIEL.
Durante una semana, la cantidad de virtud en la vieja casa habría bastado para abastecer a todo el vecindario. Fue realmente asombroso, pues todas parecían tener un estado de ánimo celestial y la abnegación estaba de moda. Aliviadas de su primera ansiedad por su padre, las chicas aflojaron imperceptiblemente sus loables esfuerzos un poco y comenzaron a caer de nuevo en las viejas costumbres. No olvidaron su lema, pero esperar y mantenerse ocupadas parecía volverse más fácil; y después de tales esfuerzos tremendos, sintieron que el Esfuerzo merecía unas vacaciones y le dieron unas cuantas.
Jo cogió un fuerte resfriado por negligencia al no cubrirse lo suficiente la cabeza rapada y se le ordenó quedarse en casa hasta que mejorara, pues a la tía March no le gustaba oír leer a la gente con resfriados en la cabeza. A Jo le gustó esto y, tras un enérgico registro desde el desván hasta el sótano, se instaló en el sofá para cuidar su resfriado con arsenicum y libros. Amy descubrió que las tareas domésticas y el arte no se llevaban bien y volvió a sus pasteles de barro. Meg iba a diario con sus alumnos y cosía, o creía hacerlo, en casa, pero pasaba mucho tiempo escribiendo largas cartas a su madre o leyendo los despachos de Washington una y otra vez. Beth siguió adelante, con solo ligeras recaídas en la ociosidad o la tristeza. Todos los pequeños deberes se cumplían fielmente cada día, y muchos de los de sus hermanas también, pues ellas eran olvidadizas y la casa parecía un reloj cuyo péndulo se había ido de visita. Cuando su corazón se ponía pesado de anhelos por su madre o temores por su padre, se retiraba a cierto armario, escondía el rostro entre los pliegues de cierto querido vestido viejo, sollozaba un poco y rezaba su pequeña oración en silencio a solas. Nadie sabía qué la animaba tras un ataque de melancolía, pero todas sentían cuán dulce y servicial era Beth, y adquirieron la costumbre de acudir a ella en busca de consuelo o consejo en sus pequeños asuntos.
Todas ignoraban que esta experiencia era una prueba de carácter; y, cuando pasó la primera excitación, sintieron que lo habían hecho bien y merecían elogios. Así fue; pero su error estuvo en dejar de hacerlo bien, y aprendieron esta lección a través de mucha ansiedad y arrepentimiento.
—Meg, desearía que fueras a ver a los Hummel; sabes que mamá nos dijo que no los olvidáramos —dijo Beth, diez días después de la partida de la señora March.
—Estoy demasiado cansada para ir esta tarde —respondió Meg, balanceándose cómodamente mientras cosía.
—¿No puedes tú, Jo? —preguntó Beth.
—Demasiado tormentoso para mí con mi resfriado.
—Pensé que ya estaba casi curado.
—Está lo suficientemente curado para salir con Laurie, pero no para ir a casa de los Hummel —dijo Jo, riendo, pero con aspecto un poco avergonzado por su inconsistencia.
—¿Por qué no vas tú misma? —preguntó Meg.
—He ido todos los días, pero el bebé está enfermo y no sé qué hacer por él. La señora Hummel se va a trabajar y Lottchen lo cuida; pero se pone cada vez más enfermo, y creo que tú o Hannah deberían ir.
Beth habló con seriedad y Meg prometió que iría mañana.
—Pídele a Hannah algo rico y sencillo, y llévaselo, Beth; el aire te hará bien —dijo Jo, añadiendo a modo de disculpa—: Iría yo, pero quiero terminar mi escrito.
—Me duele la cabeza y estoy cansada, así que pensé que quizás alguna de ustedes iría —dijo Beth.
—Amy vendrá en un momento y bajará por nosotras —sugirió Meg.
—Bueno, descansaré un poco y la esperaré.
Así que Beth se tumbó en el sofá, las otras volvieron a su trabajo y los Hummel fueron olvidados. Pasó una hora: Amy no vino; Meg fue a su habitación a probarse un vestido nuevo; Jo estaba absorta en su historia y Hannah estaba profundamente dormida ante el fuego de la cocina, cuando Beth se puso tranquilamente su capota, llenó su cesta con sobras y baratijas para los niños pobres y salió al aire frío, con la cabeza pesada y una mirada apenada en sus ojos pacientes. Era tarde cuando regresó y nadie la vio subir sigilosamente las escaleras y encerrarse en la habitación de su madre. Media hora después, Jo fue al «armario de mamá» a buscar algo y encontró allí a Beth sentada en el botiquín, con expresión muy grave, los ojos rojos y una botella de alcanfor en la mano.
—¡Cristóbal Colón! ¿Qué ocurre? —gritó Jo, mientras Beth extendía la mano como para advertirle que se alejara y preguntaba rápidamente:
—Has tenido la escarlatina, ¿verdad?
—Hace años, cuando la tuvo Meg. ¿Por qué?
—Entonces te lo diré. ¡Oh, Jo, el bebé ha muerto!
—¿Qué bebé?
—El de la señora Hummel; murió en mi regazo antes de que ella llegara a casa —exclamó Beth, con un sollozo.
—¡Mi pobre querida, qué terrible para ti! Debí haber ido yo —dijo Jo, tomando a su hermana en brazos mientras se sentaba en el gran sillón de su madre, con el rostro lleno de remordimiento.
—No fue terrible, Jo, ¡solo muy triste! Vi en un momento que estaba más enfermo, pero Lottchen dijo que su madre había ido a buscar a un médico, así que tomé al bebé y dejé que Lotty descansara. Parecía dormido, pero de repente dio un pequeño grito, tembló y luego quedó muy quieto. Intenté calentarle los pies y Lotty le dio un poco de leche, pero no se movió y supe que estaba muerto.
—¡No llores, querida! ¿Qué hiciste?
—Solo me senté y lo sostuve suavemente hasta que la señora Hummel llegó con el médico. Él dijo que estaba muerto y miró a Heinrich y Minna, que tienen dolor de garganta. «Escarlatina, señora. Deberían haberme llamado antes», dijo con brusquedad. La señora Hummel le dijo que era pobre y que había intentado curar al bebé ella misma, pero que ahora era demasiado tarde y solo podía pedirle que ayudara a los otros y confiar en la caridad para su pago. Él sonrió entonces y fue más amable; pero fue muy triste y lloré con ellos hasta que él se dio la vuelta, de repente, y me dijo que fuera a casa y tomara belladona enseguida, o tendría la fiebre.
—¡No, no la tendrás! —gritó Jo, abrazándola fuertemente con una mirada de miedo—. ¡Oh, Beth, si llegaras a enfermar, nunca podría perdonarme! ¿Qué vamos a hacer?
—No te asustes, supongo que no la tendré fuerte. Miré en el libro de mamá y vi que empieza con dolor de cabeza, dolor de garganta y sensaciones raras como las mías, así que tomé un poco de belladona y me siento mejor —dijo Beth, apoyando sus manos frías sobre su frente caliente e intentando parecer sana.
—¡Si mamá estuviera en casa! —exclamó Jo, tomando el libro y sintiendo que Washington estaba inmensamente lejos. Leyó una página, miró a Beth, le tocó la cabeza, le examinó la garganta y luego dijo con gravedad—: Has estado encima del bebé todos los días durante más de una semana, y entre los otros que van a tenerla; así que me temo que vas a tenerla, Beth. Llamaré a Hannah, ella sabe todo sobre enfermedades.
—No dejes que venga Amy; nunca la ha tenido y odiaría contagiársela. ¿No pueden tú y Meg tenerla otra vez? —preguntó Beth, ansiosa.
—Supongo que no; no me importa si la tengo; me lo merezco, ¡cerda egoísta, por dejarte ir y quedarme yo escribiendo tonterías! —murmuró Jo, mientras iba a consultar a Hannah.
La buena mujer estuvo completamente despierta en un minuto y tomó el mando de inmediato, asegurando a Jo que no había necesidad de preocuparse; todo el mundo tenía escarlatina y, si se trataba correctamente, nadie moría... todo lo cual Jo creyó y se sintió muy aliviada mientras subían a llamar a Meg.
—Ahora te diré lo que haremos —dijo Hannah, después de haber examinado e interrogado a Beth—: llamaremos al doctor Bangs, solo para que te eche un vistazo, querida, y veamos que empezamos bien; luego enviaremos a Amy a casa de la tía March por una temporada, para mantenerla fuera de peligro, y una de ustedes, chicas, puede quedarse en casa y entretener a Beth por un día o dos.
—Me quedaré yo, por supuesto; soy la mayor —comenzó Meg, luciendo ansiosa y llena de autorreproche.
—Me quedaré yo, porque es mi culpa que esté enferma; le dije a mamá que yo haría los recados y no lo he hecho —dijo Jo con decisión.
—¿A quién prefieres, Beth? No hay necesidad de más de una —dijo Hannah.
—A Jo, por favor; —y Beth apoyó la cabeza contra su hermana, con una mirada de satisfacción que zanjó efectivamente el punto.
—Iré a decírselo a Amy —dijo Meg, sintiéndose un poco herida, aunque más aliviada, en conjunto, pues no le gustaba cuidar enfermos y a Jo sí.
Amy se rebeló rotundamente y declaró apasionadamente que preferiría tener la fiebre antes que ir a casa de la tía March. Meg razonó, suplicó y ordenó: todo en vano. Amy protestó que no iría; y Meg la dejó desesperada para preguntarle a Hannah qué debía hacerse. Antes de que regresara, Laurie entró en el salón y encontró a Amy sollozando con la cabeza entre los cojines del sofá. Ella le contó su historia, esperando ser consolada; pero Laurie solo se metió las manos en los bolsillos y caminó por la habitación, silbando suavemente mientras fruncía el ceño en profunda reflexión. Poco después se sentó a su lado y dijo en su tono más persuasivo: —Ahora sé una mujercita sensata y haz lo que dicen. No, no llores, sino escucha qué plan tan divertido tengo. Ve a casa de la tía March y yo vendré a sacarte a pasear todos los días, en coche o a pie, y lo pasaremos de maravilla. ¿No será eso mejor que estar aquí languideciendo?
—No deseo que me envíen lejos como si estorbara —comenzó Amy, con voz ofendida.
—Cielo santo, niña, es para mantenerte sana. No querrás estar enferma, ¿verdad?
—No, estoy segura de que no; pero me temo que lo estaré, pues he estado con Beth todo el tiempo.
—Esa es precisamente la razón por la que deberías irte de inmediato, para poder evitarla. El cambio de aires y el cuidado te mantendrán sana, me atrevo a decir; o, si no lo hace por completo, tendrás la fiebre más levemente. Te aconsejo que te vayas tan pronto como puedas, pues la escarlatina no es ninguna broma, señorita.
—Pero es aburrido en casa de la tía March y ella es muy gruñona —dijo Amy, luciendo bastante asustada.
—No será aburrido conmigo apareciendo cada día para decirte cómo está Beth y llevarte a dar una vuelta. Le caigo bien a la vieja señora y seré lo más dulce posible con ella, así que no nos picoteará, hagamos lo que hagamos.
—¿Me llevarás a pasear en el coche de trote con Puck?
—Por mi honor de caballero.
—¿Y vendrás cada día sin falta?
—Ya verás.
—¿Y me traerás de vuelta en el minuto en que Beth esté bien?
—En el minuto exacto.
—¿E iremos al teatro, de verdad?
—A una docena de teatros, si podemos.
—Bueno... supongo... que iré —dijo Amy lentamente.
—¡Buena chica! Llama a Meg y dile que cedes —dijo Laurie, con una palmada de aprobación que molestó a Amy más que el «ceder».
Meg y Jo bajaron corriendo para presenciar el milagro que se había obrado; y Amy, sintiéndose muy preciosa y abnegada, prometió ir si el médico decía que Beth iba a estar enferma.
—¿Cómo está la pequeña querida? —preguntó Laurie; pues Beth era su favorita especial y se sentía más ansioso por ella de lo que le gustaba mostrar.
—Está acostada en la cama de mamá y se siente mejor. La muerte del bebé la perturbó, pero me atrevo a decir que solo se ha resfriado. Hannah dice que eso piensa; pero se la ve preocupada y eso me pone nerviosa —respondió Meg.
—¡Qué mundo tan difícil es este! —dijo Jo, alborotándose el pelo de una manera irritada—. En cuanto salimos de un problema, aparece otro. No parece haber nada a qué agarrarse cuando mamá no está; así que estoy perdida.
—Bueno, no te conviertas en un puercoespín, no es favorecedor. Acomódate la peluca, Jo, y dime si debo telegrafiar a tu madre o hacer algo —preguntó Laurie, quien nunca se había reconciliado con la pérdida del único rasgo de belleza de su amiga.
—Eso es lo que me preocupa —dijo Meg—. Creo que deberíamos avisarle si Beth está realmente enferma, pero Hannah dice que no debemos hacerlo, pues mamá no puede dejar a papá y solo los pondrá ansiosos. Beth no estará enferma mucho tiempo, y Hannah sabe exactamente qué hacer, y mamá dijo que debíamos obedecerla, así que supongo que debemos, pero no me parece del todo correcto.
—Hum, bueno, no puedo decir; supongo que deberías preguntarle al abuelo después de que haya venido el médico.
—Lo haremos. Jo, ve a buscar al doctor Bangs de inmediato —ordenó Meg—; no podemos decidir nada hasta que él haya venido.
—Quédate donde estás, Jo; yo soy el chico de los recados de este establecimiento —dijo Laurie, tomando su gorra.
—Temo que estés ocupado —comenzó Meg.
—No, he terminado mis lecciones por hoy.
—¿Estudias en tiempo de vacaciones? —preguntó Jo.
—Sigo el buen ejemplo que me dan mis vecinos —fue la respuesta de Laurie, mientras salía de la habitación de un salto.
—Tengo grandes esperanzas en mi muchacho —observó Jo, mirándolo volar sobre la valla con una sonrisa de aprobación.
—Lo hace bastante bien... para un chico —fue la respuesta algo poco amable de Meg, pues el tema no le interesaba.
El doctor Bangs vino, dijo que Beth tenía síntomas de fiebre, pero pensó que la tendría levemente, aunque se mostró sobrio al conocer la historia de los Hummel. Se ordenó la salida inmediata de Amy y, provista de algo para evitar el peligro, partió con gran pompa, con Jo y Laurie como escolta.
La tía March los recibió con su habitual hospitalidad.
—¿Qué quieren ahora? —preguntó, mirando fijamente por encima de sus gafas, mientras el loro, sentado en el respaldo de su silla, gritaba:
—Váyanse. No se permiten chicos aquí.
Laurie se retiró a la ventana y Jo contó su historia.
—Nada más de lo que esperaba, si se les permite andar husmeando entre la gente pobre. Amy puede quedarse y hacerse útil si no está enferma, lo cual no dudo que estará... tiene aspecto de ello ahora. No llores, niña, me pone nerviosa oír a la gente sorberse la nariz.
Amy estaba a punto de llorar, pero Laurie tiró astutamente de la cola del loro, lo que provocó que Polly emitiera un graznido de asombro y gritara:
—¡Benditas mis botas! —de una manera tan graciosa que ella se rio en su lugar.
—¿Qué noticias tienen de su madre? —preguntó la anciana con brusquedad.
—Papá está mucho mejor —respondió Jo, tratando de mantenerse seria.
—¿Oh, sí? Bueno, eso no durará mucho, imagino; March nunca tuvo ninguna resistencia —fue la animada respuesta.
—¡Ja, ja! ¡Nunca digas morir, toma una pizca de rapé, adiós, adiós! —chilló Polly, bailando en su percha y arañando la cofia de la anciana mientras Laurie le tiraba de la parte trasera.
—¡Cierra el pico, pájaro irrespetuoso! Y, Jo, será mejor que te vayas de inmediato; no es apropiado andar de un lado a otro tan tarde con un chico alocado como...
—¡Cierra el pico, pájaro irrespetuoso! —gritó Polly, cayendo de la silla con un rebote y corriendo a picotear al chico «alocado», que se sacudía de risa ante la última frase.
—No creo que pueda soportarlo, pero lo intentaré —pensó Amy, mientras se quedaba sola con la tía March.
—¡Largo de aquí, espantajo! —chilló Polly; y ante ese discurso grosero, Amy no pudo reprimir un sollozo.
XVIII.
DÍAS OSCUROS.
Beth, en efecto, tenía fiebre, y estaba mucho más enferma de lo que nadie, salvo Hannah y el médico, sospechaba. Las chicas no sabían nada de enfermedades, y al señor Laurence no se le permitía verla, de modo que Hannah hacía todo a su manera, y el atareado doctor Bangs hacía lo que podía, pero dejaba gran parte del trabajo a la excelente enfermera. Meg se quedó en casa, no fuera a contagiar a los King, y se ocupó de las tareas domésticas, sintiéndose muy ansiosa y un poco culpable cuando escribía cartas en las que no se mencionaba la enfermedad de Beth. No le parecía correcto engañar a su madre, pero le habían ordenado obedecer a Hannah, y esta no quería ni oír hablar de que "se le dijera a la señora March, para preocuparla solo por una pequeñez". Jo se dedicó a Beth en cuerpo y alma día y noche; no era una tarea difícil, pues Beth era muy paciente y soportaba su dolor sin quejarse mientras pudo controlarse. Pero llegó un momento en que, durante los ataques de fiebre, comenzó a hablar con voz ronca y entrecortada, a tocar sobre la colcha como si fuera su querido pianito, y a intentar cantar con la garganta tan inflamada que ya no quedaba música en ella; un momento en el que no reconocía los rostros familiares que la rodeaban, sino que los llamaba por nombres equivocados y pedía a gritos a su madre. Entonces Jo se asustó, Meg suplicó que la dejaran escribir la verdad, e incluso Hannah dijo que "lo pensaría, aunque aún no había peligro". Una carta de Washington aumentó su preocupación, pues el señor March había sufrido una recaída y no podría pensar en volver a casa en mucho tiempo.
¡Qué oscuros parecían ahora los días, qué triste y solitaria la casa, y qué pesados estaban los corazones de las hermanas mientras trabajaban y esperaban, mientras la sombra de la muerte se cernía sobre el otrora feliz hogar! Fue entonces cuando Margaret, sentada sola y con lágrimas cayendo a menudo sobre su costura, sintió lo rica que había sido en cosas más valiosas que cualquier lujo que el dinero pudiera comprar: en amor, protección, paz y salud, las verdaderas bendiciones de la vida. Fue entonces cuando Jo, viviendo en la habitación a oscuras, con esa hermanita sufriente siempre ante sus ojos y aquella voz patética resonando en sus oídos, aprendió a ver la belleza y la dulzura de la naturaleza de Beth, a sentir el lugar profundo y tierno que ocupaba en todos los corazones, y a reconocer el valor de la ambición desinteresada de Beth: vivir para los demás y hacer feliz el hogar mediante el ejercicio de esas virtudes sencillas que todos pueden poseer, y que todos deberían amar y valorar más que al talento, la riqueza o la belleza. Y Amy, en su exilio, anhelaba fervientemente estar en casa para poder trabajar para Beth, sintiendo ahora que ningún servicio sería duro o molesto, y recordando, con doloroso arrepentimiento, cuántas tareas descuidadas habían hecho por ella aquellas manos dispuestas. Laurie rondaba la casa como un fantasma inquieto, y el señor Laurence cerró el piano de cola porque no podía soportar que le recordaran a la joven vecina que solía hacerle agradable el crepúsculo. Todos echaban de menos a Beth. El lechero, el panadero, el tendero y el carnicero preguntaban por ella; la pobre señora Hummel vino a pedir perdón por su falta de consideración y a buscar una mortaja para Minna; los vecinos enviaron toda clase de consuelos y buenos deseos, e incluso quienes mejor la conocían se sorprendieron al descubrir cuántas amistades había hecho la tímida y pequeña Beth.
Mientras tanto, ella yacía en su cama con la vieja Joanna a su lado, pues ni siquiera en sus delirios olvidaba a su desamparada protegida. Anhelaba a sus gatos, pero no quería que los trajeran por miedo a que se enfermaran; y, en sus horas de calma, estaba llena de preocupación por Jo. Enviaba mensajes cariñosos a Amy, les pedía que le dijeran a su madre que escribiría pronto; y a menudo pedía lápiz y papel para intentar decir unas palabras, para que su padre no pensara que le había descuidado. Pero pronto terminaron incluso estos intervalos de lucidez y permaneció hora tras hora dando vueltas de un lado a otro, con palabras incoherentes en los labios, o se hundía en un sueño profundo que no le traía alivio alguno. El doctor Bangs venía dos veces al día, Hannah se quedaba despierta por la noche, Meg mantenía un telegrama en su escritorio listo para enviar en cualquier momento, y Jo no se apartaba ni un instante del lado de Beth.
El primero de diciembre fue un día verdaderamente invernal para ellas, pues soplaba un viento amargo, la nieve caía rápidamente y el año parecía prepararse para su muerte. Cuando el doctor Bangs llegó aquella mañana, miró largamente a Beth, sostuvo su mano caliente entre las suyas durante un minuto y la dejó suavemente, diciendo en voz baja a Hannah:
—Si la señora March puede dejar a su marido, sería mejor que la llamaran.
Hannah asintió sin hablar, pues sus labios se contraían nerviosamente; Meg se dejó caer en una silla al sentir cómo la fuerza abandonaba sus extremidades al oír aquellas palabras; y Jo, tras quedarse un minuto con el rostro pálido, corrió al salón, arrebató el telegrama y, poniéndose sus cosas, salió a la tormenta. Pronto regresó y, mientras se quitaba el abrigo sin hacer ruido, llegó Laurie con una carta diciendo que el señor March se estaba recuperando de nuevo. Jo la leyó con gratitud, pero el pesado peso no parecía haberse levantado de su corazón, y su rostro estaba tan lleno de miseria que Laurie preguntó rápidamente:
—¿Qué pasa? ¿Está Beth peor?
—He llamado a mamá —dijo Jo, tirando de sus botas de goma con una expresión trágica.
—¡Bien hecho, Jo! ¿Lo hiciste bajo tu propia responsabilidad? —preguntó Laurie, mientras la sentaba en la silla del recibidor y le quitaba las rebeldes botas, viendo cómo le temblaban las manos.
—No, el médico nos lo dijo.
—Oh, Jo, ¿no es para tanto? —exclamó Laurie, con rostro sobresaltado.
—Sí, lo es; no nos conoce, ni siquiera habla de las bandadas de palomas verdes, como llama a las hojas de la parra en la pared; no parece mi Beth, y no hay nadie que nos ayude a soportarlo; mamá y papá se han ido, y Dios parece estar tan lejos que no puedo encontrarlo.
Mientras las lágrimas corrían rápidamente por las mejillas de la pobre Jo, ella extendió la mano de forma desvalida, como buscando en la oscuridad, y Laurie la tomó entre las suyas, susurrando, como pudo, con un nudo en la garganta:
—Aquí estoy. ¡Agárrate a mí, querida Jo!
Ella no pudo hablar, pero sí "se agarró", y el cálido apretón de la amistosa mano humana consoló su dolorido corazón y pareció llevarla más cerca del brazo divino que era el único que podía sostenerla en su aflicción. Laurie deseaba decir algo tierno y reconfortante, pero no le salieron las palabras adecuadas, así que permaneció en silencio, acariciando suavemente la cabeza inclinada de ella como solía hacer su madre. Fue lo mejor que pudo haber hecho; mucho más tranquilizador que las palabras más elocuentes, pues Jo sintió la simpatía tácita y, en el silencio, aprendió el dulce consuelo que el afecto administra a la tristeza. Pronto se secó las lágrimas que la habían aliviado y levantó la vista con expresión agradecida.
—Gracias, Teddy, ahora estoy mejor; ya no me siento tan desamparada y trataré de soportarlo si llega el momento.
—Sigue esperando lo mejor; eso te ayudará, Jo. Pronto tu madre estará aquí y entonces todo estará bien.
—Me alegra tanto que papá esté mejor; ahora ella no se sentirá tan mal por dejarlo. ¡Ay de mí! Parece que todas las desgracias vienen juntas, y a mí me ha tocado la parte más pesada sobre mis hombros —suspiró Jo, extendiendo su pañuelo mojado sobre las rodillas para que se secara.
—¿Meg no tira por igual? —preguntó Laurie, pareciendo indignado.
—Oh, sí; ella lo intenta, pero no puede querer a Bethy como yo; y no la echará de menos como yo lo haré. Beth es mi conciencia, y no puedo renunciar a ella. ¡No puedo! ¡No puedo!
El rostro de Jo se hundió en el pañuelo mojado y lloró desesperadamente; pues se había mantenido valiente hasta ahora y no había derramado ni una lágrima. Laurie se pasó la mano por los ojos, pero no pudo hablar hasta que hubo dominado la sensación de ahogo en su garganta y estabilizado sus labios. Podía parecer poco varonil, pero no pudo evitarlo, y me alegro de ello. Poco después, mientras los sollozos de Jo se calmaban, dijo con esperanza: "No creo que muera; es tan buena, y todos la queremos tanto, que no creo que Dios se la lleve todavía".
—Las personas buenas y queridas siempre mueren —gimió Jo, pero dejó de llorar, pues las palabras de su amigo la animaron, a pesar de sus propias dudas y temores.
—Pobre chica, estás agotada. No es propio de ti estar tan desamparada. Espera un poco; te animaré en un santiamén.
Laurie subió los escalones de dos en dos, y Jo apoyó su cansada cabeza en la capota marrón de Beth, que nadie había pensado en quitar de la mesa donde ella la dejó. Debía de poseer algo de magia, pues el espíritu sumiso de su gentil dueña pareció entrar en Jo; y, cuando Laurie bajó corriendo con un vaso de vino, ella lo tomó con una sonrisa y dijo valientemente: "Bebo por la salud de mi Beth. Eres un buen médico, Teddy, y un amigo tan reconfortante; ¿cómo podré pagártelo alguna vez?", añadió, mientras el vino refrescaba su cuerpo, tal como las amables palabras lo habían hecho con su mente atribulada.
—Te pasaré la cuenta, más adelante; y esta noche te daré algo que calentará los rincones de tu corazón mejor que litros de vino —dijo Laurie, irradiando hacia ella una cara de satisfacción contenida por algo.
—¿Qué es? —gritó Jo, olvidando sus penas por un minuto en su asombro.
—Ayer telegrafié a tu madre, y Brooke respondió que vendría de inmediato, y estará aquí esta noche, y todo saldrá bien. ¿No te alegras de que lo haya hecho?
Laurie habló muy rápido, y se puso rojo y excitado en un minuto, pues había mantenido su plan en secreto, por miedo a decepcionar a las chicas o dañar a Beth. Jo se puso blanca como el papel, salió disparada de su silla y, en cuanto él terminó de hablar, lo electrizó rodeándole el cuello con los brazos y gritando, con un grito de alegría: "¡Oh, Laurie! ¡Oh, mamá! ¡Estoy tan contenta!". No volvió a llorar, sino que se rió histéricamente, tembló y se aferró a su amigo como si estuviera un poco desconcertada por la repentina noticia. Laurie, aunque decididamente asombrado, se comportó con gran presencia de ánimo; le dio palmaditas tranquilizadoras en la espalda y, al ver que se estaba recuperando, lo siguió con un par de besos tímidos que hicieron que Jo reaccionara de inmediato. Agarrándose a la barandilla, lo apartó suavemente, diciendo sin aliento: "¡Oh, no! No quería; fue terrible por mi parte; pero fuiste tan querido al ir y hacerlo a pesar de Hannah que no pude evitar lanzarme sobre ti. Cuéntamelo todo, y no me des más vino; hace que actúe así".
—No me importa —rio Laurie, mientras se arreglaba la corbata—. Verás, me puse nervioso, y el abuelo también. Pensamos que Hannah se estaba excediendo con su autoridad y que tu madre debía saberlo. Nunca nos perdonaría si Beth... bueno, si pasara algo, ya sabes. Así que convencí al abuelo de que ya era hora de que hiciéramos algo, y salí disparado hacia la oficina ayer, porque el médico parecía serio, y Hannah casi me arranca la cabeza cuando propuse el telegrama. Nunca soporto que me "manden"; así que eso decidió mi mente y lo hice. Tu madre vendrá, lo sé, y el último tren llega a las dos de la madrugada. Iré a buscarla; y tú solo tienes que embotellar tu arrebato y mantener a Beth tranquila hasta que esa bendita señora llegue aquí.
—¡Laurie, eres un ángel! ¿Cómo podré agradecértelo?
—Lánzate sobre mí otra vez; me gusta bastante —dijo Laurie, con aspecto travieso, algo que no había hecho en quince días.
—No, gracias. Lo haré por delegación cuando venga tu abuelo. No te burles, vete a casa y descansa, porque estarás levantado media noche. ¡Bendito seas, Teddy, bendito seas!
Jo se había retirado a un rincón; y, al terminar su discurso, desapareció precipitadamente en la cocina, donde se sentó sobre un aparador y les dijo a los gatos reunidos que estaba "feliz, oh, tan feliz!", mientras Laurie se marchaba, sintiendo que había hecho algo bastante bien.
—Ese es el chico más entrometido que he visto nunca; pero se lo perdono, y espero que la señora March venga enseguida —dijo Hannah, con aire de alivio, cuando Jo le dio la buena noticia.
Meg tuvo un arrebato de alegría tranquila y luego se quedó pensativa ante la carta, mientras Jo ordenaba la habitación de la enferma y Hannah "preparaba un par de pasteles por si aparecía alguien inesperado". Un soplo de aire fresco pareció atravesar la casa, y algo mejor que el sol iluminó las tranquilas habitaciones. Todo parecía sentir el cambio esperanzador; el pájaro de Beth comenzó a piar de nuevo, y se descubrió una rosa a medio abrir en el arbusto de Amy en la ventana; los fuegos parecían arder con una alegría inusual; y cada vez que las chicas se encontraban, sus pálidos rostros estallaban en sonrisas mientras se abrazaban, susurrando con ánimo: "¡Mamá viene, querida! ¡Mamá viene!". Todos se alegraban menos Beth; ella permanecía en aquel estupor pesado, inconsciente tanto de la esperanza como de la alegría, de la duda y del peligro. Era un espectáculo lastimoso: el rostro antaño sonrosado tan cambiado y vacío, las manos antaño ocupadas tan débiles y marchitas, los labios antaño sonrientes completamente mudos, y el cabello antaño bonito y bien cuidado esparcido, áspero y enredado sobre la almohada. Todo el día permaneció así, despertando solo de vez en cuando para murmurar "¡Agua!", con los labios tan resecos que apenas podían articular la palabra; todo el día Jo y Meg se cernieron sobre ella, observando, esperando, confiando en Dios y en mamá; y todo el día cayó la nieve, el viento amargo rugió y las horas pasaron lentamente. Pero finalmente llegó la noche; y cada vez que el reloj daba la hora, las hermanas, aún sentadas a ambos lados de la cama, se miraban con ojos brillantes, pues cada hora acercaba más la ayuda. El médico había pasado a decir que algún cambio, para mejor o peor, tendría lugar probablemente alrededor de la medianoche, momento en el que regresaría.
Hannah, totalmente agotada, se acostó en el sofá a los pies de la cama y se quedó profundamente dormida; el señor Laurence marchaba de un lado a otro en el salón, sintiendo que preferiría enfrentarse a una batería rebelde que al rostro ansioso de la señora March al entrar; Laurie yacía en la alfombra, fingiendo descansar, pero mirando al fuego con la mirada pensativa que hacía que sus ojos negros fueran hermosamente suaves y claros.
Las chicas nunca olvidaron aquella noche, pues no pudieron dormir mientras hacían su guardia, con esa terrible sensación de impotencia que nos invade en horas como aquellas.
—Si Dios perdona a Beth, nunca volveré a quejarme —susurró Meg con seriedad.
—Si Dios perdona a Beth, trataré de amarle y servirle toda mi vida —respondió Jo, con igual fervor.
—Ojalá no tuviera corazón, me duele mucho —suspiró Meg, tras una pausa.
—Si la vida es a menudo tan dura como esto, no veo cómo vamos a superarla —añadió su hermana con desánimo.
Aquí el reloj dio las doce, y ambas se olvidaron de sí mismas al observar a Beth, pues imaginaron que un cambio pasaba sobre su rostro pálido. La casa estaba en silencio sepulcral, y nada más que el lamento del viento rompía el profundo silencio. La cansada Hannah seguía durmiendo, y nadie más que las hermanas vio la pálida sombra que pareció caer sobre la pequeña cama. Pasó una hora y no ocurrió nada, salvo la tranquila partida de Laurie hacia la estación. Otra hora... y seguía sin llegar nadie; y los miedos ansiosos por la demora en la tormenta, o los accidentes en el camino, o, lo que es peor, una gran aflicción en Washington, atormentaban a las pobres chicas.
Pasaban de las dos, cuando Jo, que estaba en la ventana pensando en lo triste que se veía el mundo en su mortaja de nieve, escuchó un movimiento junto a la cama y, girándose rápidamente, vio a Meg arrodillada ante el sillón de su madre, con el rostro oculto. Un miedo terrible recorrió fríamente a Jo al pensar: "Beth está muerta y Meg tiene miedo de decírmelo".
Volvió a su puesto en un instante y, ante sus ojos excitados, pareció haberse producido un gran cambio. El rubor de la fiebre y el gesto de dolor habían desaparecido, y el pequeño rostro querido se veía tan pálido y pacífico en su total reposo, que Jo no sintió deseo de llorar ni de lamentarse. Inclinándose sobre esta más querida de sus hermanas, besó la frente húmeda con el corazón en los labios y susurró suavemente: "¡Adiós, mi Beth; adiós!".
Como despertada por el movimiento, Hannah se sobresaltó de su sueño, corrió a la cama, miró a Beth, le tocó las manos, escuchó sus labios y luego, echándose el delantal sobre la cabeza, se sentó a balancearse de un lado a otro, exclamando en voz baja: "La fiebre ha cedido; duerme naturalmente; tiene la piel húmeda y respira con facilidad. ¡Alabado sea Dios! ¡Oh, Dios mío!".
Antes de que las chicas pudieran creer la feliz verdad, llegó el médico para confirmarlo. Era un hombre sencillo, pero les pareció que su rostro era celestial cuando sonrió y dijo, mirándolas con aire paternal: "Sí, mis queridas, creo que la pequeña se salvará esta vez. Mantened la casa en silencio; dejadla dormir y, cuando despierte, dadle...".
Qué debían darle, ninguna lo oyó; pues ambas se deslizaron hacia el pasillo oscuro y, sentadas en las escaleras, se abrazaron fuertemente, regocijándose con el corazón demasiado lleno para las palabras. Cuando volvieron para ser besadas y abrazadas por la fiel Hannah, encontraron a Beth acostada, como solía hacer, con la mejilla apoyada en la mano, la terrible palidez desaparecida, y respirando tranquilamente, como si acabara de quedarse dormida.
—¡Si mamá solo viniera ahora! —dijo Jo, mientras la noche de invierno empezaba a declinar.
—Mira —dijo Meg, acercándose con una rosa blanca a medio abrir—, pensé que esto apenas estaría listo para ponerlo en la mano de Beth mañana si ella... se iba de nuestro lado. Pero ha florecido durante la noche, y ahora pienso ponerlo en mi jarrón aquí, para que cuando la querida despierte, lo primero que vea sea la pequeña rosa y el rostro de mamá.
Nunca el sol había salido tan hermosamente, y nunca el mundo había parecido tan encantador como lo hizo ante los pesados ojos de Meg y Jo, mientras miraban hacia afuera en la madrugada, cuando su larga y triste vigilia había terminado.
—Parece un mundo de hadas —dijo Meg, sonriendo para sí misma, mientras estaba de pie detrás de la cortina, observando la visión deslumbrante.
—¡Escucha! —gritó Jo, poniéndose en pie de un salto.
Sí, hubo un sonido de campanas en la puerta de abajo, un grito de Hannah y luego la voz de Laurie diciendo, en un susurro alegre: "¡Chicas, ha venido! ¡Ha venido!".
Mientras estas cosas sucedían en casa, Amy pasaba por momentos difíciles en casa de la tía March. Sentía profundamente su exilio y, por primera vez en su vida, comprendió cuánto la querían y la mimaban en su hogar. La tía March nunca mimaba a nadie; no lo aprobaba; pero tenía la intención de ser amable, pues la niña de buen comportamiento le agradaba mucho, y la tía March tenía un lugar tierno en su viejo corazón para los hijos de su sobrino, aunque no consideraba apropiado confesarlo. Realmente hacía lo posible por hacer feliz a Amy, pero, ¡cielo santo!, ¡qué errores cometía! Algunas personas mayores conservan la juventud en su corazón a pesar de las arrugas y las canas, pueden simpatizar con las pequeñas preocupaciones y alegrías de los niños, hacerles sentir como en casa y ocultar sabias lecciones bajo juegos placenteros, dando y recibiendo amistad de la manera más dulce. Pero la tía March no poseía este don, y atormentaba mucho a Amy con sus reglas y órdenes, sus modales rígidos y sus largas y tediosas charlas. Al encontrar a la niña más dócil y amable que a su hermana, la anciana sintió que era su deber intentar contrarrestar, en la medida de lo posible, los malos efectos de la libertad e indulgencia del hogar. Así que tomó a Amy bajo su tutela y le enseñó como a ella misma le habían enseñado sesenta años atrás; un proceso que sembraba la consternación en el alma de Amy y la hacía sentirse como una mosca en la telaraña de una araña muy estricta.
Tenía que lavar las tazas cada mañana y pulir las cucharas a la antigua, la gorda tetera de plata y los vasos, hasta que brillaran. Luego debía limpiar el polvo de la habitación, ¡y qué tarea tan agotadora era esa! Ni una mota escapaba al ojo de la tía March, y todos los muebles tenían patas de garra y muchas tallas que nunca quedaban lo suficientemente limpias a su gusto. Después, había que alimentar a Polly, peinar al perro faldero y hacer una docena de viajes arriba y abajo para buscar cosas o entregar órdenes, pues la anciana era muy coja y rara vez dejaba su gran sillón. Tras estas tediosas labores, debía hacer sus lecciones, lo cual era una prueba diaria de cada virtud que poseía. Entonces se le permitía una hora para hacer ejercicio o jugar, ¿y acaso no la disfrutaba? Laurie venía todos los días y convencía a la tía March hasta que a Amy se le permitía salir con él, cuando paseaban, montaban a caballo y se lo pasaban en grande. Después de la cena, tenía que leer en voz alta y quedarse quieta mientras la anciana dormía, lo cual solía hacer durante una hora, pues se quedaba dormida sobre la primera página. Luego aparecían los trabajos de retazos o las toallas, y Amy cosía con mansedumbre exterior y rebelión interior hasta el anochecer, cuando se le permitía divertirse como quisiera hasta la hora del té. Las veladas eran lo peor de todo, pues la tía March se ponía a contar largas historias sobre su juventud, que eran tan indeciblemente aburridas que Amy siempre estaba lista para irse a la cama, con la intención de llorar por su duro destino, pero por lo general quedándose dormida antes de haber soltado más de una lágrima o dos.
Si no hubiera sido por Laurie y la vieja Esther, la criada, sentía que nunca habría podido superar aquel tiempo tan terrible. El loro por sí solo era suficiente para volverla loca, pues pronto sintió que ella no lo admiraba y se vengó siendo lo más travieso posible. Le tiraba del pelo siempre que ella se acercaba, volcaba su pan con leche para molestarla cuando acababa de limpiar su jaula, hacía que Mop ladrara picoteándolo mientras la señora dormitaba; la insultaba delante de las visitas y se comportaba en todos los aspectos como un pájaro viejo y reprensible. Luego, no podía soportar al perro, una bestia gorda y gruñona que le gruñía y ladraba cuando ella le aseaba, y que se tumbaba de espaldas, con todas las patas al aire y una expresión de lo más idiota en el rostro cuando quería comer, lo cual era como una docena de veces al día. La cocinera era de mal genio, el viejo cochero sordo y Esther la única que prestaba atención a la joven dama.
Esther era una francesa que había vivido con "Madame", como llamaba a su ama, durante muchos años, y que más bien tiranizaba a la anciana, quien no podía arreglárselas sin ella. Su nombre real era Estelle, pero la tía March le ordenó cambiarlo, y ella obedeció, con la condición de que nunca se le pidiera cambiar su religión. Tomó cariño a Mademoiselle y la divertía mucho con historias extrañas de su vida en Francia, cuando Amy se sentaba con ella mientras preparaba los encajes de Madame. También le permitía vagar por la gran casa y examinar las cosas curiosas y bonitas guardadas en los grandes armarios y los antiguos baúles; pues la tía March acumulaba cosas como una urraca. El mayor deleite de Amy era un gabinete indio, lleno de cajones raros, pequeños huecos y lugares secretos, en los que se guardaban toda clase de adornos, algunos valiosos, otros meramente curiosos, todos más o menos antiguos. Examinar y ordenar estas cosas proporcionaba a Amy una gran satisfacción, especialmente los joyeros, en los que, sobre cojines de terciopelo, reposaban los adornos que habían engalanado a una belleza cuarenta años atrás. Estaba el juego de granates que la tía March usó cuando se presentó en sociedad, las perlas que su padre le regaló el día de su boda, los diamantes de su amante, los anillos y alfileres de azabache de luto, los medallones extraños con retratos de amigos fallecidos y sauces llorones hechos de pelo en su interior; los brazaletes de bebé que su única hijita había usado; el gran reloj del tío March, con el sello rojo que tantas manos infantiles habían tocado, y en una caja, sola, yacía la alianza de boda de la tía March, demasiado pequeña ya para su dedo gordo, pero guardada cuidadosamente, como la joya más preciosa de todas.
—¿Cuál elegiría Mademoiselle si tuviera su voluntad? —preguntó Esther, que siempre se sentaba cerca para vigilar y cerrar bajo llave los objetos de valor.
—Me gustan más los diamantes, pero no hay ningún collar entre ellos, y me encantan los collares, son muy favorecedores. Elegiría este si pudiera —respondió Amy, mirando con gran admiración un hilo de cuentas de oro y ébano, del cual colgaba una pesada cruz del mismo material.
—Yo también codicio ese, pero no como un collar; ¡ah, no! Para mí es un rosario, y como tal lo usaría como una buena católica —dijo Esther, mirando el hermoso objeto con nostalgia.
—¿Está destinado a usarse como usas el hilo de cuentas de madera que huelen bien que cuelga sobre tu espejo? —preguntó Amy.
—Ciertamente, sí, para rezar. Sería agradable a los santos si una usara un rosario tan fino como este, en lugar de llevarlo como una joya vana.
—Pareces encontrar mucho consuelo en tus oraciones, Esther, y siempre bajas luciendo tranquila y satisfecha. Ojalá yo pudiera.
—Si Mademoiselle fuera católica, encontraría un verdadero consuelo; pero, como eso no puede ser, sería bueno que te apartaras cada día para meditar y rezar, como hacía la buena ama a la que serví antes que a Madame. Ella tenía una pequeña capilla, y en ella encontró consuelo para muchas penas.
—¿Sería correcto que yo también lo hiciera? —preguntó Amy, quien, en su soledad, sentía la necesidad de ayuda de algún tipo y descubría que tendía a olvidar su librito, ahora que Beth no estaba allí para recordárselo.
—Sería excelente y encantador; y con gusto arreglaré el pequeño vestidor para ti si te gusta. No digas nada a Madame, pero cuando ella duerma, ve tú y siéntate sola un rato para pensar pensamientos buenos y rezar al buen Dios para que preserve a tu hermana.
Esther era verdaderamente piadosa y muy sincera en sus consejos; pues tenía un corazón afectuoso y sentía mucho por las hermanas en su ansiedad. A Amy le gustó la idea y le dio permiso para arreglar el pequeño armario contiguo a su habitación, esperando que le hiciera bien.
—Ojalá supiera dónde irían todas estas cosas bonitas cuando la tía March muera —dijo, mientras volvía a colocar lentamente el brillante rosario y cerraba los joyeros uno a uno.
—Para ti y tus hermanas. Lo sé; Madame confía en mí; fui testigo de su testamento, y así será —susurró Esther, sonriendo.
—¡Qué bien! pero ojalá nos dejara tenerlas ahora. La pos-ter-ga-ción no es agradable —observó Amy, echando un último vistazo a los diamantes.
—Todavía es pronto para que las jóvenes lleven estas cosas. La primera que se comprometa tendrá las perlas; Madame lo ha dicho; y tengo el presentimiento de que el pequeño anillo de turquesa te será dado a ti cuando te vayas, pues Madame aprueba tu buen comportamiento y tus modales encantadores.
—¿Crees eso? ¡Oh, seré un cordero, si tan solo puedo tener ese precioso anillo! Es mucho más bonito que el de Kitty Bryant. Después de todo, sí me gusta la tía March; —y Amy se probó el anillo azul con un rostro encantado y una firme resolución de ganárselo.
Desde ese día fue un modelo de obediencia, y la anciana admiraba complacida el éxito de su entrenamiento. Esther equipó el armario con una mesita, colocó un escabel ante ella y sobre él un cuadro tomado de una de las habitaciones cerradas. Pensó que no tenía gran valor, pero, al ser apropiado, lo tomó prestado, sabiendo bien que Madame nunca lo sabría, ni le importaría si lo hiciera. Sin embargo, era una copia muy valiosa de uno de los cuadros famosos del mundo, y los ojos de Amy, amantes de la belleza, nunca se cansaban de mirar el dulce rostro de la madre divina, mientras tiernos pensamientos de la suya propia ocupaban su corazón. Sobre la mesa puso su pequeño Testamento y su libro de himnos, mantenía un jarrón siempre lleno de las mejores flores que Laurie le traía, y acudía cada día a "sentarse sola, pensando pensamientos buenos y rezando al buen Dios para que preservara a su hermana". Esther le había dado un rosario de cuentas negras con una cruz de plata, pero Amy lo colgó y no lo usó, sintiéndose dudosa sobre su adecuación para las oraciones protestantes.
La niña era muy sincera en todo esto, pues, al estar sola fuera del seguro nido del hogar, sentía la necesidad de alguna mano amable a la que aferrarse tan profundamente que, instintivamente, se volvió hacia el fuerte y tierno Amigo, cuyo amor paternal rodea más estrechamente a sus pequeños hijos. Echaba de menos la ayuda de su madre para comprenderse y gobernarse a sí misma, pero habiendo sido enseñada dónde buscar, hizo lo mejor que pudo para encontrar el camino y caminar por él con confianza. Pero Amy era una joven peregrina, y justo ahora su carga parecía muy pesada. Intentó olvidarse de sí misma, mantenerse alegre y estar satisfecha con hacer lo correcto, aunque nadie la viera ni la elogiara por ello. En su primer esfuerzo por ser muy, muy buena, decidió hacer su testamento, tal como la tía March había hecho; de modo que si caía enferma y moría, sus posesiones pudieran ser justa y generosamente repartidas. Le costó un dolor incluso pensar en desprenderse de los pequeños tesoros que, a sus ojos, eran tan preciosos como las joyas de la anciana.
Durante una de sus horas de juego escribió el importante documento lo mejor que pudo, con algo de ayuda de Esther en cuanto a ciertos términos legales, y, cuando la bondadosa francesa hubo firmado su nombre, Amy se sintió aliviada y lo guardó para enseñárselo a Laurie, a quien quería como segundo testigo. Como era un día lluvioso, subió a divertirse a una de las grandes cámaras y llevó a Polly con ella para hacerle compañía. En esta habitación había un armario lleno de trajes a la antigua, con los que Esther le permitía jugar, y era su pasatiempo favorito engalanarse con los brocados desteñidos y desfilar de arriba abajo ante el largo espejo, haciendo cortesías señoriales y arrastrando su cola con un susurro que deleitaba sus oídos. Estaba tan ocupada ese día que no oyó llamar a Laurie, ni vio su rostro asomándose mientras ella paseaba gravemente de un lado a otro, abanicándose y lanzando al aire su cabeza, en la que llevaba un gran turbante rosa, que contrastaba extrañamente con su vestido de brocado azul y su enagua acolchada amarilla. Estaba obligada a caminar con cuidado, pues llevaba zapatos de tacón alto, y, como Laurie dijo después a Jo, era un espectáculo cómico verla caminar con pasos menudos en su alegre traje, con Polly caminando de lado y engalanándose justo detrás de ella, imitándola lo mejor que podía y deteniéndose ocasionalmente para reír o exclamar: "¿No estamos elegantes? ¡Muévete, espanto! ¡Cierra el pico! ¡Bésame, querida! ¡Ja! ¡ja!".
Habiendo reprimido con dificultad una explosión de alegría, por temor a ofender a su majestad, Laurie llamó, y fue recibido gentilmente.
—Siéntate y descansa mientras guardo estas cosas; luego quiero consultarte sobre un asunto muy serio —dijo Amy, cuando hubo mostrado su esplendor y llevado a Polly a un rincón—. Ese pájaro es la prueba de mi vida —continuó, retirando la montaña rosa de su cabeza, mientras Laurie se sentaba a horcajadas en una silla—. Ayer, cuando la tía dormía y yo intentaba estar tan quieta como un ratón, Polly empezó a graznar y a aletear en su jaula; así que fui a dejarlo salir y encontré una gran araña allí. La saqué y corrió bajo la estantería; Polly marchó directamente tras ella, se agachó y miró bajo la estantería, diciendo a su manera divertida, con un giro de ojo: "Sal y da un paseo, querida mía". No pude evitar reírme, lo que hizo que Poll maldijera, y la tía se despertó y nos regañó a ambos.
—¿Aceptó la araña la invitación del viejo amigo? —preguntó Laurie, bostezando.
—Sí; salió, y Polly salió corriendo, muerto de miedo, y trepó a la silla de la tía, gritando: "¡Atrápala! ¡atrápala! ¡atrápala!", mientras yo perseguía a la araña.
—¡Eso es mentira! ¡Oh, cielos! —gritó el loro, picoteando los dedos de los pies de Laurie.
—Te retorcería el cuello si fueras mío, viejo tormento —gritó Laurie, agitando el puño hacia el pájaro, que inclinó la cabeza hacia un lado y graznó gravemente: "¡Aleluya! ¡bendice tus botones, querida!".
—Ahora estoy lista —dijo Amy, cerrando el armario y sacando un papel de su bolsillo—. Quiero que leas eso, por favor, y me digas si es legal y correcto. Sentí que debía hacerlo, porque la vida es incierta y no quiero ningún mal sentimiento sobre mi tumba.
Laurie se mordió los labios y, apartándose un poco de la pensativa oradora, leyó el siguiente documento, con una gravedad digna de elogio, considerando la ortografía:
"MI ÚLTIMO TESTAMENTO Y VOLUNTAD.
"Yo, Amy Curtis March, estando en mi sano juicio, doy y lego toda mi propiedad terrenal, a saber:
"A mi padre, mis mejores cuadros, bocetos, mapas y obras de arte, incluidos los marcos. También mis 100 dólares, para que haga con ellos lo que quiera.
"A mi madre, toda mi ropa, excepto el delantal azul con bolsillos; también mi retrato y mi medalla, con mucho amor.
"A mi querida hermana Margaret, le doy mi anillo de turquesa (si lo consigo), también mi caja verde con las palomas, también mi pieza de encaje real para su cuello, y mi boceto de ella como recuerdo de su 'pequeña'.
"A Jo le dejo mi broche, el que está arreglado con lacre, también mi tintero de bronce (ella perdió la tapa) y mi preciadísimo conejo de yeso, porque siento haber quemado su historia.
"A Beth (si vive después de mí) le doy mis muñecas y la pequeña cómoda, mi abanico, mis cuellos de lino y mis zapatillas nuevas si puede usarlas al ser delgadas cuando se recupere. Y por la presente le dejo también mi pesar por haberme burlado de la vieja Joanna.
"A mi amigo y vecino Theodore Laurence le lego mi portafolio de papel maché, mi modelo de arcilla de un caballo aunque él dijo que no tenía cuello. También, a cambio de su gran bondad en la hora de la aflicción, cualquiera de mis obras artísticas que le guste, Noter Dame es la mejor.
"A nuestro venerable benefactor, el señor Laurence, le dejo mi caja morada con un espejo en la tapa, que será agradable para sus plumas y le recordará a la chica fallecida que le agradece sus favores a su familia, especialmente a Beth.
"Deseo que mi compañera de juegos favorita, Kitty Bryant, tenga el delantal de seda azul y mi anillo de cuentas de oro con un beso.
"A Hannah le doy la sombrerera que quería y todos los trabajos de retazos, esperando que 'se acuerde de mí cuando los vea'.
"Y ahora, habiendo dispuesto de mis propiedades más valiosas, espero que todos estén satisfechos y no culpen a la muerta. Perdono a todo el mundo y confío en que nos reunamos todos cuando suene la trompeta. Amén.
"A este testamento y voluntad pongo mi mano y sello este día 20 de noviembre del Anni Domino 1861. "AMY CURTIS MARCH.
{ESTELLE VALNOR, "Testigos: { {THEODORE LAURENCE."
El último nombre estaba escrito a lápiz, y Amy explicó que él debía volver a escribirlo con tinta y sellarlo adecuadamente para ella.
—¿Qué se te pasó por la cabeza? ¿Te contó alguien lo de que Beth repartía sus cosas? —preguntó Laurie con seriedad, mientras Amy ponía una cinta roja, lacre, una vela y un tintero ante él.
Ella se lo explicó; y luego preguntó ansiosamente: "¿Qué pasa con Beth?".
—Siento haber hablado; pero ya que lo hice, te lo diré. Se sintió tan enferma un día que le dijo a Jo que quería darle su piano a Meg, sus gatos a ti y la pobre muñeca vieja a Jo, quien la amaría por ella. Sentía no tener mucho que dar, y dejó mechones de pelo al resto de nosotros, y su mayor amor al abuelo. Nunca pensó en un testamento.
Laurie estaba firmando y sellando mientras hablaba, y no levantó la vista hasta que una gran lágrima cayó sobre el papel. El rostro de Amy estaba lleno de problemas; pero solo dijo: "¿Acaso la gente no pone una especie de posdata a sus testamentos a veces?".
—Sí; "codicilos", los llaman.
—Pon uno en el mío entonces: que deseo que todos mis rizos sean cortados y entregados a mis amigos. Lo olvidé; pero quiero que se haga, aunque arruinará mi aspecto.
Laurie lo añadió, sonriendo ante el último y mayor sacrificio de Amy. Luego la divirtió durante una hora y se mostró muy interesado en todas sus pruebas. Pero cuando llegó el momento de irse, Amy lo retuvo para susurrarle, con labios temblorosos: "¿Hay realmente algún peligro con Beth?".
—Me temo que sí; pero debemos esperar lo mejor, así que no llores, querida; —y Laurie la rodeó con el brazo con un gesto fraternal que fue muy reconfortante.
Cuando él se hubo ido, ella fue a su pequeña capilla y, sentada en la penumbra, rezó por Beth, con lágrimas corriendo por sus mejillas y el corazón dolorido, sintiendo que un millón de anillos de turquesa no la consolarían por la pérdida de su dulce hermanita.
XX.
CONFIDENCIAL.
No creo tener palabras para contar el encuentro de la madre y las hijas; tales horas son hermosas de vivir, pero muy difíciles de describir, así que lo dejaré a la imaginación de mis lectores, simplemente diciendo que la casa estaba llena de felicidad genuina y que la tierna esperanza de Meg se hizo realidad; pues cuando Beth despertó de aquel largo sueño reparador, los primeros objetos en los que se posaron sus ojos fueron la pequeña rosa y el rostro de su madre. Demasiado débil para maravillarse por nada, solo sonrió y se acurrucó cerca de los brazos amorosos que la rodeaban, sintiendo que el ansioso deseo quedaba satisfecho al fin. Luego volvió a dormir, y las chicas atendieron a su madre, pues ella no quería soltar la mano delgada que se aferraba a la suya incluso en sueños. Hannah había "servido" un desayuno sorprendente para la viajera, al encontrar imposible expresar su emoción de ninguna otra manera; y Meg y Jo alimentaron a su madre como jóvenes cigüeñas obedientes, mientras escuchaban su relato susurrado sobre el estado del padre, la promesa del señor Brooke de quedarse a cuidarlo, los retrasos que la tormenta ocasionó en el viaje de regreso y el consuelo indecible que el rostro esperanzado de Laurie le había dado cuando llegó, agotada por la fatiga, la ansiedad y el frío.
¡Qué día tan extraño y, sin embargo, agradable fue aquel! Tan brillante y alegre por fuera, pues todo el mundo parecía estar en la calle para dar la bienvenida a la primera nieve; tan tranquilo y reposado por dentro, pues todos dormían, agotados de tanto velar, y una calma de día de reposo reinaba en la casa, mientras la adormilada Hannah montaba guardia en la puerta. Con una dichosa sensación de haber dejado atrás las cargas, Meg y Jo cerraron sus cansados ojos y descansaron, como barcas azotadas por la tormenta, a salvo en el ancla de un puerto tranquilo. La señora March no quiso separarse del lado de Beth, sino que descansó en el gran sillón, despertándose a menudo para mirar, tocar y velar a su hija, como un avaro sobre un tesoro recuperado.
Laurie, mientras tanto, salió disparado para consolar a Amy, y contó su historia tan bien que la tía March incluso se «sonó» la nariz, y ni una sola vez dijo: «Ya te lo decía yo». Amy se mostró tan fuerte en esta ocasión que creo que los buenos pensamientos en la pequeña capilla empezaron realmente a dar frutos. Se secó las lágrimas rápidamente, contuvo su impaciencia por ver a su madre y ni siquiera pensó en el anillo de turquesa, cuando la anciana estuvo cordialmente de acuerdo con la opinión de Laurie de que se había comportado «como una mujercita excelente». Incluso Polly pareció impresionado, pues la llamó «buena chica», bendijo sus botones y le rogó que «viniera a dar un paseo, querida», en su tono más afable. Ella habría salido muy gustosa a disfrutar del brillante clima invernal; pero, al descubrir que Laurie se caía de sueño a pesar de sus denodados esfuerzos por ocultar el hecho, le convenció para que descansara en el sofá, mientras ella escribía una nota a su madre. Tardó mucho tiempo en hacerlo; y, cuando regresó, él estaba estirado, con ambos brazos bajo la cabeza, profundamente dormido, mientras la tía March había bajado las cortinas y estaba sentada sin hacer nada en un inusual ataque de benignidad.
Al cabo de un rato, empezaron a pensar que no iba a despertarse hasta la noche, y no estoy segura de que lo hubiera hecho, de no haber sido despertado eficazmente por el grito de alegría de Amy al ver a su madre. Probablemente hubo muchas niñas felices en la ciudad y sus alrededores aquel día, pero es mi opinión personal que Amy fue la más feliz de todas, cuando se sentó en el regazo de su madre y le contó sus tribulaciones, recibiendo consuelo y compensación en forma de sonrisas de aprobación y tiernas caricias. Estaban a solas en la capilla, a lo cual su madre no puso objeción cuando se le explicó su propósito.
—Al contrario, me gusta mucho, querida —dijo, mirando desde el rosario polvoriento hasta el pequeño libro muy usado, y la hermosa imagen con su guirnalda de hojas perennes—. Es un plan excelente tener algún lugar adonde podamos ir a estar tranquilos, cuando las cosas nos molestan o nos afligen. Hay muchos momentos difíciles en esta vida nuestra, pero siempre podemos soportarlos si pedimos ayuda de la manera correcta. ¿Creo que mi pequeña está aprendiendo esto?
—Sí, madre; y cuando vuelva a casa tengo la intención de tener un rincón en el gran armario para poner mis libros, y la copia de ese cuadro que he intentado hacer. El rostro de la mujer no es bueno —es demasiado hermoso para que yo lo dibuje—, pero el bebé está mejor hecho, y lo quiero mucho. Me gusta pensar que Él fue un niño pequeño una vez, porque entonces no me parece estar tan lejos, y eso me ayuda.
Mientras Amy señalaba al sonriente Niño Jesús en el regazo de su madre, la señora March vio algo en la mano levantada que la hizo sonreír. No dijo nada, pero Amy comprendió la mirada y, tras una pausa de un minuto, añadió con gravedad:
—Quería hablarte de esto, pero se me olvidó. La tía me dio el anillo hoy; me llamó, me besó, me lo puso en el dedo y me dijo que era un orgullo para ella, y que le gustaría quedarse conmigo siempre. Me dio ese gracioso protector para sujetar la turquesa, ya que es demasiado grande. Me gustaría llevarlos, madre; ¿puedo?
—Son muy bonitos, pero creo que eres demasiado joven para tales adornos, Amy —dijo la señora March, mirando la pequeña mano regordeta, con la banda de piedras azul cielo en el dedo índice y el pintoresco protector, formado por dos diminutas manos de oro entrelazadas.
—Intentaré no ser vanidosa —dijo Amy—. No creo que me guste solo porque sea tan bonito; sino que quiero llevarlo como la chica del cuento llevaba su pulsera, para que me recuerde algo.
—¿Te refieres a la tía March? —preguntó su madre, riendo.
—No, para recordarme que no debo ser egoísta. —Amy parecía tan seria y sincera al respecto, que su madre dejó de reír y escuchó respetuosamente el pequeño plan.
—He pensado mucho últimamente en mi «fardo de travesuras», y ser egoísta es la mayor de todas; así que voy a esforzarme mucho por curarlo, si puedo. Beth no es egoísta, y esa es la razón por la que todos la quieren y se sienten tan mal ante la idea de perderla. La gente no se sentiría ni la mitad de mal por mí si estuviera enferma, y no merezco que lo hagan; pero me gustaría ser amada y extrañada por muchos amigos, así que voy a intentar ser como Beth todo lo que pueda. Suelo olvidar mis propósitos; pero si tuviera algo siempre conmigo para recordármelo, creo que lo haría mejor. ¿Puedo intentarlo de esta manera?
—Sí; pero tengo más fe en el rincón del gran armario. Lleva tu anillo, querida, y haz lo mejor que puedas; creo que prosperarás, porque el deseo sincero de ser buena es la mitad de la batalla. Ahora debo volver con Beth. Mantén el ánimo, pequeña hija, y pronto te tendremos de vuelta en casa.
Aquella tarde, mientras Meg escribía a su padre para informarle de la llegada segura del viajero, Jo subió las escaleras hasta la habitación de Beth y, al encontrar a su madre en su lugar habitual, se quedó un minuto retorciéndose los dedos en el pelo, con un gesto de preocupación y una mirada indecisa.
—¿Qué pasa, querida? —preguntó la señora March, tendiéndole la mano, con un rostro que invitaba a la confianza.
—Quiero contarte algo, madre.
—¿Sobre Meg?
—¡Qué rápido lo has adivinado! Sí, es sobre ella, y aunque es una tontería, me pone nerviosa.
—Beth está dormida; habla bajo y cuéntamelo todo. Espero que ese Moffat no haya estado aquí —preguntó la señora March con bastante severidad.
—No, le habría cerrado la puerta en las narices si lo hubiera hecho —dijo Jo, acomodándose en el suelo a los pies de su madre—. El verano pasado, Meg dejó un par de guantes en casa de los Laurence, y solo devolvieron uno. Nos olvidamos por completo hasta que Teddy me dijo que el señor Brooke lo tenía. Lo guardaba en el bolsillo de su chaleco, y una vez se cayó, y Teddy le tomó el pelo por ello, y el señor Brooke confesó que le gustaba Meg, pero que no se atrevía a decírselo, pues ella era muy joven y él muy pobre. Ahora, ¿no es una situación terrible?
—¿Crees que a Meg le importa él? —preguntó la señora March, con una mirada ansiosa.
—¡Dios mío! ¡No sé nada sobre el amor y esas tonterías! —exclamó Jo, con una divertida mezcla de interés y desprecio—. En las novelas, las chicas lo demuestran sobresaltándose y sonrojándose, desmayándose, adelgazando y actuando como tontas. Pues Meg no hace nada de eso: come, bebe y duerme como una criatura sensata: me mira directamente a la cara cuando hablo de ese hombre, y solo se sonroja un poquito cuando Teddy bromea sobre los amantes. Le prohíbo que lo haga, pero no me hace caso como debería.
—¿Entonces te imaginas que Meg no está interesada en John?
—¿Quién? —gritó Jo, mirando fijamente.
—El señor Brooke. Ahora le llamo «John»; nos acostumbramos a hacerlo en el hospital, y a él le gusta.
—¡Oh, cielos! Sé que te pondrás de su parte: ha sido bueno con papá, y no le despedirás, sino que dejarás que Meg se case con él, si ella quiere. ¡Qué mezquino! ir mimando a papá y ayudándote a ti, solo para engatusarte y que te caiga bien; —y Jo se tiró del pelo otra vez con un tirón lleno de ira.
—Querida, no te enfades por ello, y te contaré cómo ocurrió. John vino conmigo a petición del señor Laurence, y fue tan devoto con el pobre padre que no pudimos evitar tomarle cariño. Fue perfectamente abierto y honorable respecto a Meg, pues nos dijo que la amaba, pero que se ganaría un hogar cómodo antes de pedirle que se casara con él. Solo quería nuestro permiso para amarla y trabajar para ella, y el derecho a hacer que ella lo amara si pudiera. Es un joven verdaderamente excelente, y no pudimos negarnos a escucharle; pero no consentiré que Meg se comprometa siendo tan joven.
—¡Por supuesto que no; sería idiota! Sabía que se estaba tramando algo; lo sentí; y ahora es peor de lo que imaginaba. Ojalá pudiera casarme yo misma con Meg y mantenerla a salvo en la familia.
Este extraño arreglo hizo sonreír a la señora March; pero dijo con gravedad: —Jo, confío en ti, y no deseo que le digas nada a Meg todavía. Cuando John vuelva, y los vea juntos, podré juzgar mejor sus sentimientos hacia él.
—Ella verá los suyos en esos ojos hermosos de los que habla, y entonces todo habrá terminado para ella. Tiene un corazón tan blando que se derretirá como la mantequilla al sol si alguien la mira con sentimentalismo. Leyó los breves informes que envió más que tus cartas, y me pellizcó cuando hablé de ello, y le gustan los ojos marrones, y no piensa que John sea un nombre feo, y se irá y se enamorará, y se acabó la paz y la diversión, y los momentos acogedores juntos. ¡Lo veo todo! andarán por la casa de amantes, y tendremos que esquivarlos; Meg estará absorta, y ya no me servirá de nada; Brooke se buscará una fortuna de alguna manera, se la llevará y abrirá un hueco en la familia; y yo me romperé el corazón, y todo será abominablemente incómodo. Ay de mí, ¿por qué no seríamos todos chicos? Entonces no habría molestias.
Jo apoyó la barbilla en las rodillas, con actitud desconsolada, y sacudió el puño ante el reprensible John. La señora March suspiró, y Jo levantó la vista con aire de alivio.
—¿No te gusta, madre? Me alegro. Vamos a mandarlo a paseo, y no le digamos ni una palabra a Meg, sino que seamos todos felices juntos como siempre lo hemos sido.
—Hice mal en suspirar, Jo. Es natural y correcto que todas vayáis a vuestros propios hogares, con el tiempo; pero quiero mantener a mis chicas conmigo todo el tiempo que pueda; y lamento que esto haya ocurrido tan pronto, pues Meg solo tiene diecisiete años, y pasarán algunos años antes de que John pueda hacer un hogar para ella. Tu padre y yo hemos acordado que no se comprometa de ninguna manera, ni se case, antes de los veinte. Si ella y John se aman, pueden esperar, y probar ese amor haciéndolo. Ella es concienzuda, y no temo que lo trate con crueldad. ¡Mi linda y tierna chica! Espero que las cosas vayan felizmente con ella.
—¿No preferirías que se casara con un hombre rico? —preguntó Jo, mientras la voz de su madre flaqueaba un poco con las últimas palabras.
—El dinero es algo bueno y útil, Jo; y espero que mis hijas nunca sientan su necesidad con demasiada amargura, ni se sientan tentadas por tener demasiado. Me gustaría saber que John está firmemente establecido en algún buen negocio, que le diera unos ingresos lo suficientemente grandes como para mantenerse libre de deudas y hacer que Meg estuviera cómoda. No soy ambiciosa por una fortuna espléndida, una posición de moda o un gran nombre para mis hijas. Si el rango y el dinero vienen también con el amor y la virtud, los aceptaría con gratitud, y disfrutaría de vuestra buena fortuna; pero sé, por experiencia, cuánta felicidad genuina se puede tener en una casa sencilla y pequeña, donde se gana el pan de cada día, y algunas privaciones dan dulzura a los pocos placeres. Me conformo con ver a Meg empezar humildemente, porque, si no me equivoco, será rica con la posesión del corazón de un buen hombre, y eso es mejor que una fortuna.
—Lo entiendo, madre, y estoy totalmente de acuerdo; pero estoy decepcionada con respecto a Meg, porque había planeado que se casara con Teddy más adelante, y viviera en el regazo del lujo todos sus días. ¿No sería bonito? —preguntó Jo, levantando la vista, con un rostro más brillante.
—Él es más joven que ella, ya sabes —empezó a decir la señora March; pero Jo la interrumpió—:
—Solo un poco; es mayor para su edad, y alto; y puede ser bastante maduro en sus modales si quiere. Además es rico, generoso y bueno, y nos quiere a todas; y digo que es una lástima que mi plan se haya estropeado.
—Me temo que Laurie apenas es lo bastante maduro para Meg, y es demasiado veleta, ahora mismo, como para que alguien dependa de él. No hagas planes, Jo; deja que el tiempo y sus propios corazones emparejen a tus amigos. No podemos entrometernos sin peligro en tales asuntos, y sería mejor que no nos metiéramos «basura romántica», como tú la llamas, en la cabeza, no sea que estropee nuestra amistad.
—Bueno, no lo haré; pero odio ver cómo las cosas se cruzan y se enredan, cuando un tirón aquí y un corte allá lo enderezarían. Desearía que llevar planchas sobre nuestras cabezas evitara que creciéramos. Pero los capullos serán rosas, y los gatitos, gatos... ¡mayor es la pena!
—¿Qué es eso de las planchas y los gatos? —preguntó Meg, mientras entraba sigilosamente en la habitación, con la carta terminada en la mano.
—Solo uno de mis discursos estúpidos. Me voy a la cama; vamos, Peggy —dijo Jo, desplegándose como un rompecabezas animado.
—Bastante correcto, y hermosamente escrito. Por favor, añade que le envío mis recuerdos a John —dijo la señora March, mientras echaba un vistazo a la carta y la devolvía.
—¿Le llamas «John»? —preguntó Meg, sonriendo, con sus ojos inocentes mirando hacia los de su madre.
—Sí; ha sido como un hijo para nosotros, y le tenemos mucho cariño —respondió la señora March, devolviéndole la mirada con una penetrante.
—Me alegro de eso, él está tan solo. Buenas noches, madre querida. Es tan inexpresablemente cómodo tenerte aquí —fue la respuesta tranquila de Meg.
El beso que le dio su madre fue muy tierno; y, mientras se alejaba, la señora March dijo, con una mezcla de satisfacción y pesar: «Todavía no ama a John, pero pronto aprenderá a hacerlo».
XXI.
LAURIE HACE TRAVESURAS, Y JO HACE LAS PACES.
El rostro de Jo fue objeto de estudio al día siguiente, pues el secreto le pesaba bastante, y le resultaba difícil no parecer misteriosa e importante. Meg lo observó, pero no se molestó en hacer indagaciones, pues había aprendido que la mejor manera de manejar a Jo era mediante la ley de los contrarios, así que se sintió segura de que se lo contarían todo si no preguntaba. Se sorprendió bastante, por tanto, cuando el silencio se mantuvo ininterrumpido, y Jo asumió un aire condescendiente, lo que irritó decididamente a Meg, quien a su vez asumió un aire de digna reserva y se dedicó a su madre. Esto dejó a Jo a su suerte; pues la señora March había ocupado su lugar como enfermera, y le pidió que descansara, hiciera ejercicio y se divirtiera tras su largo encierro. Al haberse ido Amy, Laurie era su único refugio; y, por mucho que disfrutara de su compañía, le temía un poco en ese momento, pues él era un bromista incorregible, y temía que le sonsacara su secreto.
Tenía mucha razón, pues el joven amante de las travesuras, en cuanto sospechó que había un misterio, se propuso descubrirlo y le hizo la vida imposible a Jo. La engatusó, sobornó, ridiculizó, amenazó y regañó; fingió indiferencia, para poder sorprenderla y que dijera la verdad; declaró que lo sabía, luego que no le importaba; y, por fin, a fuerza de perseverancia, se convenció de que tenía que ver con Meg y el señor Brooke. Indignado por no haber sido tomado en confianza por su tutor, puso a trabajar su ingenio para idear alguna represalia adecuada por el desaire.
Meg, mientras tanto, al parecer había olvidado el asunto, y estaba absorta en los preparativos para el regreso de su padre; pero de repente pareció cambiar, y, durante uno o dos días, estuvo completamente distinta a sí misma. Se sobresaltaba cuando le hablaban, se sonrojaba cuando la miraban, estaba muy callada y se sentaba a coser, con una mirada tímida y turbada en el rostro. A las preguntas de su madre respondió que estaba perfectamente bien, y a las de Jo las silenció rogándole que la dejara en paz.
—Lo siente en el aire... el amor, quiero decir... y va muy rápido. Tiene la mayoría de los síntomas: está nerviosa y malhumorada, no come, pasa las noches en vela y se deprime en los rincones. La sorprendí cantando esa canción que él le dio, y una vez dijo «John», como tú, y luego se puso roja como una amapola. ¿Qué vamos a hacer? —dijo Jo, pareciendo dispuesta a tomar cualquier medida, por violenta que fuera.
—Nada más que esperar. Déjala en paz, sé amable y paciente, y la llegada de papá lo arreglará todo —respondió su madre.
—Aquí tienes una nota para ti, Meg, toda sellada. ¡Qué extraño! Teddy nunca sella las mías —dijo Jo, al día siguiente, mientras distribuía el contenido de la pequeña oficina de correos.
La señora March y Jo estaban inmersas en sus propios asuntos, cuando un sonido de Meg las hizo levantar la vista para verla mirando fijamente su nota, con rostro asustado.
—Hija mía, ¿qué pasa? —gritó su madre, corriendo hacia ella, mientras Jo intentaba coger el papel que había causado el daño.
—Es todo un error... él no la envió. Oh Jo, ¿cómo pudiste hacer esto? —y Meg escondió la cara entre las manos, llorando como si tuviera el corazón roto.
—¡Yo! ¡No he hecho nada! ¿De qué está hablando? —gritó Jo, desconcertada.
Los suaves ojos de Meg se encendieron de ira mientras sacaba una nota arrugada de su bolsillo y se la tiraba a Jo, diciendo con reproche:
—Tú la escribiste, y ese chico malo te ayudó. ¿Cómo pudiste ser tan grosera, tan mezquina y cruel con ambos?
Jo apenas la oyó, pues ella y su madre estaban leyendo la nota, que estaba escrita con una letra peculiar.
«MI QUERIDÍSIMA MARGARET,—
»Ya no puedo contener mi pasión, y debo conocer mi destino antes de regresar. Todavía no me atrevo a decírselo a tus padres, pero creo que consentirían si supieran que nos adoramos. El señor Laurence me ayudará a conseguir un buen puesto, y entonces, mi dulce niña, me harás feliz. Te imploro que no le digas nada a tu familia todavía, sino que envíes una palabra de esperanza a través de Laurie a »Tu devoto JOHN.»
—¡Oh, el pequeño villano! esa es la forma en que pensaba pagarme por mantener mi palabra a mamá. Le daré un buen rapapolvo y lo traeré para que pida perdón —gritó Jo, ardiendo por ejecutar justicia inmediata. Pero su madre la retuvo, diciendo, con una mirada que raramente usaba:
—Detente, Jo, debes aclararte primero. Has hecho tantas bromas, que me temo que has tenido algo que ver en esto.
—¡Por mi palabra, madre, no lo he hecho! ¡Nunca había visto esa nota antes, y no sé nada de ella, tan cierto como que vivo! —dijo Jo, tan seriamente que le creyeron—. Si yo hubiera tomado parte en esto, lo habría hecho mejor que esto, y habría escrito una nota sensata. Deberías haber sabido que el señor Brooke no escribiría tales estupideces —añadió, tirando el papel con desprecio.
—Es como su letra —dijo Meg, comparándola con la nota que tenía en la mano.
—Oh Meg, ¿no le respondiste? —gritó la señora March rápidamente.
—¡Sí, lo hice! —y Meg escondió la cara de nuevo, superada por la vergüenza.
—¡Vaya aprieto! Déjame traer a ese chico malvado para que lo explique y sea reprendido. No puedo descansar hasta echarle el guante; —y Jo volvió a dirigirse hacia la puerta.
—¡Shhh! déjame manejar esto, porque es peor de lo que pensaba. Margaret, cuéntame toda la historia —ordenó la señora March, sentándose junto a Meg, aunque manteniendo a Jo sujeta, no fuera a salir volando.
—Recibí la primera carta de Laurie, quien no parecía saber nada al respecto —comenzó Meg, sin levantar la vista—. Al principio me preocupé y tuve la intención de contártelo; luego recordé cuánto te gustaba el señor Brooke, así que pensé que no te importaría si guardaba mi pequeño secreto durante unos días. Soy tan tonta que me gustaba pensar que nadie lo sabía; y, mientras decidía qué decir, me sentí como las chicas de los libros, que tienen que pasar por esas cosas. Perdóname, madre, ahora pago por mi tontería; nunca podré volver a mirarlo a la cara.
—¿Qué le dijiste? —preguntó la señora March.
—Solo le dije que era demasiado joven para hacer nada al respecto todavía; que no deseaba tener secretos contigo y que él debía hablar con mi padre. Le agradecí mucho su amabilidad y le dije que sería su amiga, pero nada más, durante mucho tiempo.
La señora March sonrió, como si estuviera muy satisfecha, y Jo aplaudió, exclamando con una risotada:
—¡Eres casi igual a Caroline Percy, que era un modelo de prudencia! Continúa, Meg. ¿Qué respondió él a eso?
—Escribe de una manera totalmente distinta, diciéndome que él nunca envió ninguna carta de amor y que lamenta mucho que mi traviesa hermana, Jo, se tomara tales libertades con nuestros nombres. Es muy amable y respetuoso, ¡pero piensa qué terrible es para mí!
Meg se apoyó contra su madre, pareciendo la viva imagen de la desesperación, mientras Jo daba zancadas por la habitación, llamando a Laurie por nombres poco amables. De repente, se detuvo, tomó las dos notas y, tras observarlas detenidamente, dijo con decisión: —No creo que Brooke haya visto ninguna de estas cartas. Teddy escribió ambas y se guarda la tuya para presumir ante mí, porque no quise contarle mi secreto.
—No tengas secretos, Jo; cuéntaselo a mamá y mantente alejada de los problemas, como debería haber hecho yo —dijo Meg en tono de advertencia.
—¡Bendita seas, niña! Mamá ya me lo contó.
—Basta, Jo. Yo consolaré a Meg mientras tú vas a buscar a Laurie. Voy a llegar al fondo de este asunto y pondré fin a tales bromas de inmediato.
Jo salió corriendo, y la señora March le contó suavemente a Meg los verdaderos sentimientos del señor Brooke. —Ahora, querida, ¿cuáles son los tuyos? ¿Lo quieres lo suficiente como para esperar hasta que pueda ofrecerte un hogar, o prefieres mantenerte completamente libre por el momento?
—He estado tan asustada y preocupada que no quiero saber nada de pretendientes durante mucho tiempo... tal vez nunca —respondió Meg con petulancia—. Si John no sabe nada de esta tontería, no se lo digas, y haz que Jo y Laurie se muerdan la lengua. No permitiré que me engañen, me atormenten ni me tomen por tonta; ¡es una vergüenza!
Al ver que el temperamento habitualmente dulce de Meg estaba alterado y su orgullo herido por esta broma maliciosa, la señora March la calmó con promesas de silencio absoluto y gran discreción para el futuro. En el instante en que se escucharon los pasos de Laurie en el vestíbulo, Meg huyó al estudio y la señora March recibió al culpable a solas. Jo no le había dicho por qué lo llamaban, temiendo que no viniera; pero él lo supo en el momento en que vio el rostro de la señora March, y se quedó allí retorciendo su sombrero, con un aire culpable que lo delató de inmediato. Jo fue despedida, pero decidió marchar de arriba abajo por el pasillo como un centinela, por temor a que el prisionero pudiera escaparse. El sonido de las voces en el salón subió y bajó durante media hora; pero lo que ocurrió durante esa entrevista, las chicas nunca lo supieron.
Cuando fueron llamadas, Laurie estaba junto a su madre con un rostro tan arrepentido que Jo lo perdonó al instante, aunque no creyó prudente revelar el hecho. Meg aceptó sus humildes disculpas y se sintió muy reconfortada por la seguridad de que Brooke no sabía nada de la broma.
—Nunca se lo diré hasta el día de mi muerte; ni caballos salvajes podrían sacármelo; así que perdóname, Meg, y haré cualquier cosa para demostrar lo terriblemente arrepentido que estoy —añadió, luciendo muy avergonzado de sí mismo.
—Lo intentaré; pero fue algo muy poco propio de un caballero. No pensé que pudieras ser tan astuto y malicioso, Laurie —respondió Meg, tratando de ocultar su confusión de doncella bajo un aire grave y reprochador.
—Fue absolutamente abominable y no merezco que me hablen en un mes; pero tú lo harás, ¿verdad? —y Laurie juntó las manos con un gesto tan suplicante, hablando con su tono irresistiblemente persuasivo, que fue imposible fruncir el ceño ante él, a pesar de su comportamiento escandaloso. Meg lo perdonó, y el rostro grave de la señora March se relajó, a pesar de sus esfuerzos por mantenerse seria, cuando lo oyó declarar que expiaría sus pecados con todo tipo de penitencias y que se humillaría como un gusano ante la doncella agraviada.
Jo se mantuvo al margen, mientras tanto, tratando de endurecer su corazón contra él, logrando solo fruncir su rostro en una expresión de total desaprobación. Laurie la miró una o dos veces, pero, como ella no mostró señales de ceder, se sintió ofendido y le dio la espalda hasta que los demás terminaron con él, momento en el que le hizo una profunda reverencia y se marchó sin decir una palabra.
Tan pronto como se fue, deseó haber sido más indulgente; y cuando Meg y su madre subieron las escaleras, se sintió sola y anheló a Teddy. Tras resistirse durante un tiempo, cedió al impulso y, armada con un libro para devolver, se dirigió a la casa grande.
—¿Está el señor Laurence? —preguntó Jo a una criada que bajaba las escaleras.
—Sí, señorita; pero no creo que pueda recibirla todavía.
—¿Por qué no? ¿Está enfermo?
—Vaya, no, señorita, pero ha tenido una escena con el señor Laurie, quien está en uno de sus berrinches por algo, lo que enfada al viejo caballero, así que no me atrevo a acercarme a él.
—¿Dónde está Laurie?
—Encerrado en su habitación, y no responde, aunque he estado llamando. No sé qué será de la cena, porque ya está lista y no hay nadie que la coma.
—Iré a ver qué pasa. No tengo miedo de ninguno de los dos.
Jo subió y llamó con fuerza a la puerta del pequeño estudio de Laurie.
—¡Para con eso, o abriré la puerta y te obligaré a hacerlo! —gritó el joven en tono amenazador.
Jo llamó inmediatamente de nuevo; la puerta se abrió de golpe y ella entró de un salto antes de que Laurie pudiera recuperarse de su sorpresa. Al ver que realmente estaba de mal humor, Jo, que sabía cómo manejarlo, adoptó una expresión compungida y, arrodillándose artísticamente, dijo con mansedumbre: —Por favor, perdóname por ser tan grosera. He venido a reconciliarme y no puedo irme hasta que lo hayamos hecho.
—Está bien. Levántate y no seas boba, Jo —fue la respuesta caballeresca a su petición.
—Gracias; lo haré. ¿Podría preguntar qué pasa? No pareces estar muy tranquilo.
—¡Me han sacudido y no voy a tolerarlo! —gruñó Laurie indignado.
—¿Quién lo hizo? —exigió Jo.
—El abuelo; si hubiera sido cualquier otro, yo habría... —y el joven agraviado terminó su frase con un gesto enérgico de su brazo derecho.
—Eso no es nada; a menudo te sacudo yo y no te importa —dijo Jo con tono conciliador.
—¡Bah! Eres una chica y es divertido; pero no permitiré que ningún hombre me sacuda.
—No creo que nadie quisiera intentarlo si te vieras tan parecido a un nubarrón como ahora. ¿Por qué te trataron así?
—Solo porque no quise decir para qué me quería tu madre. Había prometido no contarlo y, por supuesto, no iba a romper mi palabra.
—¿No podías satisfacer a tu abuelo de ninguna otra manera?
—No; él quería la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Habría contado mi parte del aprieto si hubiera podido sin involucrar a Meg. Como no pude, mantuve la boca cerrada y soporté el regaño hasta que el viejo caballero me agarró por el cuello. Entonces me enfadé y me escapé, por miedo a perder los papeles.
—No estuvo bien, pero él está arrepentido, lo sé; así que baja y reconcíliate. Yo te ayudaré.
—¡Que me cuelguen si lo hago! No voy a dejar que todos me sermoneen y me golpeen solo por una pequeña travesura. Estaba arrepentido por lo de Meg y pedí perdón como un hombre; pero no lo volveré a hacer cuando no estaba equivocado.
—Él no sabía eso.
—Debería confiar en mí y no actuar como si fuera un bebé. No sirve de nada, Jo; tiene que aprender que soy capaz de cuidarme solo y que no necesito que nadie me sujete por las faldas.
—¡Qué mal genio tenéis! —suspiró Jo—. ¿Cómo piensas arreglar este asunto?
—Bueno, debería pedir perdón y creerme cuando digo que no puedo contarle de qué trata el alboroto.
—¡Bendito seas! Él no hará eso.
—No bajaré hasta que lo haga.
—Vamos, Teddy, sé sensato; deja que pase y yo explicaré lo que pueda. No puedes quedarte aquí, así que ¿qué sentido tiene ser melodramático?
—No pretendo quedarme aquí mucho tiempo, de todos modos. Me escabulliré y haré un viaje a alguna parte, y cuando el abuelo me eche de menos, cambiará de opinión rápidamente.
—Eso supongo; pero no deberías irte y preocuparlo.
—No sermonees. Iré a Washington a ver a Brooke; allí es divertido y me divertiré después de los problemas.
—¡Qué divertido sería! Ojalá yo pudiera escaparme también —dijo Jo, olvidando su papel de Mentor ante las vívidas visiones de la vida militar en la capital.
—¡Ven entonces! ¿Por qué no? Tú vas y sorprendes a tu padre, y yo al viejo Brooke. Sería una broma gloriosa; hagámoslo, Jo. Dejaremos una carta diciendo que estamos bien y saldremos pitando de inmediato. Tengo suficiente dinero; te hará bien y no habrá daño, ya que vas a ver a tu padre.
Por un momento, Jo pareció dispuesta a aceptar; pues, por muy descabellado que fuera el plan, le venía como anillo al dedo. Estaba cansada del cuidado y el confinamiento, anhelaba un cambio, y los pensamientos sobre su padre se mezclaban tentadoramente con los encantos novedosos de los campamentos, los hospitales, la libertad y la diversión. Sus ojos se encendieron mientras se volvían con nostalgia hacia la ventana, pero se posaron en la casa vieja de enfrente y ella negó con la cabeza con triste determinación.
—Si fuera un chico, nos escaparíamos juntos y pasaríamos un tiempo genial; pero como soy una chica miserable, debo ser correcta y quedarme en casa. No me tientes, Teddy, es un plan loco.
—Esa es la gracia —comenzó Laurie, a quien le había dado un ataque de obstinación y estaba poseído por el deseo de salirse de los límites de alguna manera.
—¡Cállate! —gritó Jo, tapándose los oídos—. "Ciruelas y prismas" es mi destino, y más vale que me haga a la idea. Vine aquí a moralizar, no a oír hablar de cosas que me hacen saltar de emoción al pensarlas.
—Sé que Meg le echaría agua fría a tal propuesta, pero pensé que tenías más espíritu —comenzó Laurie con tono insinuante.
—Chico malo, ¡estate quieto! Siéntate y piensa en tus propios pecados, no me hagas sumar a los míos. Si consigo que tu abuelo se disculpe por la sacudida, ¿renunciarás a escapar? —preguntó Jo seriamente.
—Sí, pero no lo conseguirás —respondió Laurie, quien deseaba "reconciliarse", pero sentía que su dignidad ultrajada debía ser calmada primero.
—Si puedo manejar al joven, puedo con el viejo —murmuró Jo mientras se alejaba, dejando a Laurie inclinado sobre un mapa ferroviario, con la cabeza apoyada sobre ambas manos.
—¡Adelante! —y la voz ronca del señor Laurence sonó más ronca que nunca cuando Jo llamó a su puerta.
—Solo soy yo, señor, he venido a devolver un libro —dijo ella con suavidad al entrar.
—¿Quieres más? —preguntó el anciano, luciendo sombrío y molesto, pero tratando de no demostrarlo.
—Sí, por favor. Me gusta tanto el viejo Sam que creo que probaré con el segundo volumen —respondió Jo, esperando propiciarlo aceptando una segunda dosis del "Johnson" de Boswell, ya que él había recomendado esa obra animada.
Las pobladas cejas se relajaron un poco mientras él acercaba la escalera al estante donde estaba colocada la literatura de Johnson. Jo subió de un salto y, sentada en el escalón superior, fingió buscar su libro, pero en realidad se preguntaba cómo introducir mejor el peligroso objeto de su visita. El señor Laurence pareció sospechar que algo se estaba gestando en su mente; pues, tras dar varias vueltas rápidas por la habitación, se encaró con ella, hablando tan bruscamente que "Rasselas" cayó de cara al suelo.
—¿Qué ha estado haciendo ese chico? No intentes protegerlo. Sé que ha estado metido en líos por cómo actuó cuando llegó a casa. No puedo sacarle una palabra; y cuando amenacé con sacudirle la verdad, subió corriendo las escaleras y se encerró en su habitación.
—Él hizo mal, pero lo perdonamos y todos prometimos no decirle ni una palabra a nadie —comenzó Jo a regañadientes.
—Eso no servirá; no se escudará tras una promesa de ustedes, chicas de corazón blando. Si ha hecho algo malo, confesará, pedirá perdón y será castigado. Suéltalo, Jo, no me mantendrán a oscuras.
El señor Laurence parecía tan alarmante y hablaba con tanta severidad que Jo habría huido encantada si hubiera podido, pero estaba encaramada en lo alto de la escalera y él estaba al pie, como un león en el camino, así que tuvo que quedarse y enfrentarlo.
—En verdad, señor, no puedo decírselo; mi madre lo prohibió. Laurie ha confesado, ha pedido perdón y ha sido castigado lo suficiente. No guardamos silencio para protegerlo a él, sino a otra persona, y causará más problemas si usted interfiere. Por favor, no lo haga; fue en parte culpa mía, pero ya está todo bien; así que olvidémoslo y hablemos del "Rambler" o de algo agradable.
—¡Al diablo con el "Rambler"! Baja y dame tu palabra de que este chico alocado mío no ha hecho nada desagradecido o impertinente. Si lo ha hecho, después de toda su amabilidad, lo azotaré con mis propias manos.
La amenaza sonó terrible, pero no alarmó a Jo, pues sabía que el irascible viejo nunca levantaría un dedo contra su nieto, por mucho que dijera lo contrario. Obedientemente descendió y restó importancia a la broma tanto como pudo sin traicionar a Meg ni olvidar la verdad.
—Hum... ha... bueno, si el chico mantuvo la lengua cerrada porque lo prometió, y no por obstinación, lo perdonaré. Es un tipo terco y difícil de manejar —dijo el señor Laurence, despeinándose el cabello hasta que pareció haber estado en un vendaval, y suavizando el ceño de su frente con aire de alivio.
—Yo también lo soy; pero una palabra amable me gobernará cuando todos los caballos y todos los hombres del rey no podrían —dijo Jo, intentando decir una palabra amable por su amigo, que parecía salir de un aprieto solo para caer en otro.
—¿Crees que no soy amable con él, eh? —fue la respuesta tajante.
—Oh, no, señor; usted es un poco demasiado amable a veces, y luego un poco precipitado cuando él pone a prueba su paciencia. ¿No cree que lo es?
Jo estaba decidida a terminar con eso ahora, y trató de parecer muy plácida, aunque temblaba un poco después de su audaz discurso. Para su gran alivio y sorpresa, el anciano solo arrojó sus gafas sobre la mesa con estrépito y exclamó con franqueza:
—¡Tienes razón, chica, lo soy! Quiero al chico, pero pone a prueba mi paciencia hasta límites insoportables, y no sé cómo terminará esto si seguimos así.
—Le diré que se escapará. —Jo se arrepintió de ese comentario en cuanto lo hizo; quería advertirle que Laurie no soportaría mucha restricción y esperaba que fuera más paciente con el joven.
El rostro rubicundo del señor Laurence cambió repentinamente y se sentó, con una mirada turbada hacia el retrato de un hombre apuesto que colgaba sobre su mesa. Era el padre de Laurie, quien se había escapado en su juventud y se había casado contra la voluntad del imperioso anciano. Jo imaginó que él recordaba y lamentaba el pasado, y deseó haberse mordido la lengua.
—No lo hará a menos que esté muy preocupado, y solo lo amenaza a veces, cuando se cansa de estudiar. A menudo pienso que me gustaría hacerlo, especialmente desde que me cortaron el pelo; así que, si alguna vez nos echa de menos, puede poner un anuncio buscando a dos chicos, y mirar entre los barcos con destino a la India.
Ella se rió mientras hablaba y el señor Laurence pareció aliviado, tomando evidentemente todo como una broma.
—Mozuela, ¿cómo te atreves a hablar de esa manera? ¿Dónde está tu respeto por mí y tu educación adecuada? ¡Benditos sean los chicos y las chicas! Qué tormentos son; sin embargo, no podemos vivir sin ellos —dijo, pellizcándole las mejillas con buen humor—. Ve y trae a ese chico a comer, dile que todo está bien y aconséjale que no se ponga en plan de tragedia con su abuelo. No lo toleraré.
—No vendrá, señor; se siente mal porque usted no le creyó cuando dijo que no podía contar lo que pasó. Creo que la sacudida hirió mucho sus sentimientos.
Jo trató de parecer patética, pero debe haber fallado, pues el señor Laurence comenzó a reír y ella supo que la batalla estaba ganada.
—Lamento eso, y supongo que debería agradecerle que no me sacudiera a mí. ¿Qué diablos espera el tipo? —y el anciano pareció un poco avergonzado de su propia irritabilidad.
—Si yo fuera usted, le escribiría una disculpa, señor. Dice que no bajará hasta que tenga una, habla de Washington y sigue con este modo absurdo. Una disculpa formal le hará ver lo tonto que es y lo hará bajar muy amable. Inténtelo; le gusta la diversión y esta forma es mejor que hablar. La llevaré arriba y le enseñaré su deber.
El señor Laurence le lanzó una mirada penetrante y se puso las gafas, diciendo lentamente: —Eres una pícara astuta, pero no me importa ser manejado por ti y Beth. Aquí, dame un trozo de papel y acabemos con esta tontería.
La nota fue escrita en los términos que un caballero usaría con otro después de ofrecer un insulto profundo. Jo depositó un beso en la coronilla calva del señor Laurence y subió corriendo para deslizar la disculpa bajo la puerta de Laurie, aconsejándole, a través de la cerradura, que fuera sumiso, decoroso y otras cuantas imposibilidades agradables. Al encontrar la puerta cerrada de nuevo, dejó que la nota hiciera su trabajo y se alejaba tranquilamente cuando el joven se deslizó por la barandilla y la esperó al pie, diciendo, con su expresión de rostro más virtuosa: —¡Qué buena eres, Jo! ¿Te han echado una bronca? —añadió, riendo.
—No; fue bastante suave, en general.
—¡Ah! Yo lo recibí por todas partes; incluso tú me rechazaste allí, y me sentí listo para irme al diablo —comenzó en tono disculpatorio.
—No hables así; pasa página y empieza de nuevo, Teddy, hijo mío.
—Sigo pasando páginas y estropeándolas, como solía estropear mis cuadernos de caligrafía; y hago tantos comienzos que nunca habrá un final —dijo con tristeza.
—Ve a comer; te sentirás mejor después. Los hombres siempre croan cuando tienen hambre —y Jo salió disparada por la puerta principal después de aquello.
—Eso es una "etiqueta" para mi "secta" —respondió Laurie, citando a Amy, mientras iba a participar de un humilde pastel servido obedientemente con su abuelo, quien estuvo muy santo de temperamento y abrumadoramente respetuoso de modales durante el resto del día.
Todos pensaron que el asunto había terminado y la pequeña nube se había disipado; pero el daño estaba hecho, pues, aunque otros lo olvidaron, Meg lo recordó. Nunca aludió a cierta persona, pero pensó mucho en él, soñó despierta más que nunca; y una vez Jo, rebuscando en el escritorio de su hermana en busca de sellos, encontró un trozo de papel garabateado con las palabras: "Sra. John Brooke"; ante lo cual gimió trágicamente y lo arrojó al fuego, sintiendo que la broma de Laurie había apresurado el mal día para ella.
"No, no se vaya, por favor; me gustaría hablar con usted un momento, si no es molestia", dijo el señor Brooke, deteniéndola con un tono de voz que la obligó a quedarse, aunque su corazón empezó a latir con una rapidez alarmante.
Se sentó de nuevo, sintiéndose muy pequeña y poco digna, y esperó a que el señor Brooke hablara. Él no parecía tan tranquilo como de costumbre, pues se retorcía los guantes entre las manos y miraba por la ventana con una expresión de resolución que no auguraba nada bueno para la "salida digna" que Meg había planeado.
"He venido a despedirme, pues debo regresar al trabajo mañana", comenzó, mirando a Meg con una seriedad que la hizo bajar la vista hacia su costura. "No me iría sin decirle algo que he querido decir desde hace mucho tiempo. Meg, ¿me quiere un poco?"
Aquella era una pregunta directa, y la respuesta que Meg había preparado se le escapó de la mente por completo. Se quedó en silencio, con las mejillas encendidas y las manos temblorosas.
"He intentado ser paciente y esperar, como su padre me pidió", continuó él, acercándose un paso. "Pero me resulta difícil dejarla sin saber si tengo alguna esperanza. No tengo mucho que ofrecerle, salvo mi amor y mi trabajo duro, pero si usted siente lo mismo por mí, trabajaré por un futuro que sea digno de usted".
Meg recordó su discurso, el "gracias, señor Brooke, es usted muy amable", pero las palabras le parecieron frías y artificiales ante la sinceridad del hombre que tenía delante. Antes de que pudiera articular nada, la puerta se abrió de golpe y apareció la tía March, con su rostro severo y su bastón golpeando el suelo con autoridad.
"¡Vaya, vaya! ¿Qué es esto? ¿Qué está pasando aquí?", exclamó la anciana, mirando de uno a otro con sus ojos vivaces y escrutadores. El señor Brooke se puso en pie de un salto, visiblemente turbado, y Meg, roja como una amapola, intentó recuperar la compostura.
"Tía March, no esperábamos verla hoy", dijo Meg, esforzándose por sonar natural.
"Ya veo que no. Y parece que interrumpo algo importante", replicó la tía, sentándose en la silla más cercana y observando al señor Brooke con desdén. "Joven, ¿qué pretende usted con esta niña? Sé muy bien lo que se rumorea por ahí, y he venido a dejar las cosas claras".
El señor Brooke, recuperando su aplomo, respondió con firmeza: "Señora, pretendo hacer de Meg mi esposa, si ella así lo desea".
"¿Su esposa? ¡Tonterías!", bufó la tía March. "Es una niña sin un céntimo, y usted no es más que un tutor sin fortuna. ¿Acaso pretende que se casen para pasar hambre? ¡Es una locura y no pienso permitirlo!"
Meg, sintiéndose ofendida por la forma en que su tía trataba al señor Brooke, sintió que un destello de orgullo surgía en su interior. "Tía March, no tiene derecho a hablarle así. El señor Brooke es un hombre honorable, y lo que hagamos es asunto nuestro".
"¡Vaya, vaya! ¡Así que la pequeña Meg tiene carácter!", se burló la anciana. "Pues escúchame bien, jovencita. Si decides casarte con este hombre, no esperes ni un centavo de mi herencia. Te desheredaré en el mismo instante en que firmes ese papel".
El señor Brooke dio un paso al frente, con la cabeza alta. "Señora, mi intención al pedir la mano de Meg no tiene nada que ver con su dinero. La amo por quien es, y si el precio de su mano es su herencia, estoy dispuesto a que la pierda, pues confío en que podremos salir adelante sin ella".
Meg miró al señor Brooke con admiración, y al ver su rostro lleno de devoción, supo que el discurso que había ensayado era innecesario. Se levantó, ignorando a su tía, y puso su mano en la del señor Brooke.
"No me importa su dinero, tía March", dijo Meg con voz clara y decidida. "Prefiero ser pobre con él que rica sin él".
La tía March se quedó boquiabierta, golpeando el suelo con su bastón. "¡Pues muy bien! ¡Que así sea! Habéis cavado vuestra propia tumba. No vuelvan a buscarme cuando la necesidad llame a vuestra puerta".
Y, con un último gesto de indignación, la anciana se levantó y salió de la habitación, dejando a los dos jóvenes solos en un silencio cargado de emoción. El señor Brooke miró a Meg, que todavía sostenía su mano, y vio en sus ojos la respuesta que había estado esperando. Aquel día, la pregunta había quedado resuelta, no con frialdad ni con dignidad fingida, sino con la valentía de dos corazones que habían encontrado su camino.
Meg se quedó un momento inmóvil, con el corazón acelerado, mientras la puerta se cerraba tras la tía March. El señor Brooke se acercó un paso, pero se detuvo, respetando la agitación de la joven.
—¿Te he ofendido, Margaret? —preguntó él con voz suave—. No ha sido mi intención apresurar las cosas, pero me ha sido imposible ocultar lo que siento al ver que mi futuro depende, en gran medida, de tu respuesta.
Meg levantó la vista. La sombra de la tía March se había disipado, dejando solo la presencia de aquel hombre cuya bondad hacia su padre le había ganado, sin que ella lo supiera, su absoluta confianza.
—No me has ofendido —respondió ella, recuperando la calma—. Me ha sorprendido la intensidad de todo esto. Y la tía March… ella no entiende que hay cosas que no se miden por el dinero.
John Brooke sonrió con una dulzura que hizo que Meg olvidara cualquier reserva.
—Entonces, ¿puedo mantener la esperanza? No te pido una decisión inmediata, sino la oportunidad de demostrarte que mi devoción es tan firme como mi deseo de construir algo junto a ti.
Meg, recordando la calidez de aquel momento en el salón y la firmeza con la que él había defendido su derecho a amarla frente a las injurias de su tía, sintió que el orgullo y la timidez se fundían en un sentimiento nuevo y sereno.
—Sí —murmuró ella, apenas audible—. Puedes mantener la esperanza.
El resto de la tarde transcurrió como un sueño para Meg. Cuando, poco después, la familia se reunió, el aire en la casa parecía distinto. Había una paz inusual, una alegría contenida que incluso Jo, a pesar de sus recelos iniciales sobre la pérdida de la compañía de su hermana, no pudo dejar de notar al observar la expresión de Meg.
El señor Brooke, lejos de la timidez que a veces le caracterizaba, se mostró elocuente y resuelto ante el señor y la señora March. Habló de sus planes, de sus ambiciones modestas pero firmes, y de su profundo respeto por la familia de Meg. Los padres de esta, que conocían bien la nobleza de espíritu de John, escucharon con satisfacción, viendo cómo el primer capítulo de una nueva vida se escribía ante sus ojos.
Cuando la noche cayó, la casa de los March parecía un refugio contra el mundo exterior. Beth, desde su rincón, observaba a la pareja con una sonrisa cómplice; Amy, siempre atenta a la belleza de los momentos, trataba de captar la luz que parecía rodear a su hermana mayor.
—¿Eres feliz, Meg? —preguntó Amy en un susurro, al verla mirar hacia la ventana con ojos soñadores.
—Más de lo que jamás imaginé serlo —respondió Meg, acariciando la mano que John le había tomado brevemente antes de despedirse.
El tiempo parecía haberse detenido. Afuera, el mundo seguía su curso, ajeno a la pequeña revolución que había transformado el corazón de Margaret March, pero dentro de aquellas paredes, la promesa de un futuro compartido se había consolidado, dando paso a una nueva etapa llena de esperanza y de la sencilla, pero inmensa, dicha de sentirse correspondida.
Estos atributos, a pesar de la pobreza y de la estricta integridad que le cerraban el paso a los éxitos más mundanos, le atraían a muchas personas admirables, tan naturalmente como las hierbas dulces atraen a las abejas, y con la misma naturalidad él les entregaba la miel en la que cincuenta años de dura experiencia no habían destilado ni una gota amarga. Jóvenes entusiastas encontraban al erudito de cabellos grises tan joven de espíritu como ellos; mujeres pensativas o atribuladas llevaban instintivamente sus dudas y penas ante él, seguras de encontrar la más amable simpatía y el más sabio consejo; los pecadores confesaban sus pecados al anciano de corazón puro y eran, a la vez, reprendidos y salvados; los hombres dotados hallaban en él a un compañero; los ambiciosos vislumbraban ambiciones más nobles que las propias; e incluso los mundanos confesaban que sus creencias eran hermosas y verdaderas, aunque "no dejaran dinero".
Para los extraños, las cinco mujeres enérgicas parecían gobernar la casa, y así era en muchos asuntos; pero el silencioso erudito, sentado entre sus libros, seguía siendo el cabeza de familia, la conciencia, el ancla y el consuelo del hogar; pues a él acudían siempre las ocupadas y ansiosas mujeres en tiempos de tribulación, encontrando en él, en el sentido más verdadero de esas palabras sagradas, a un esposo y a un padre.
Las chicas entregaron sus corazones al cuidado de su madre y sus almas al de su padre; y a ambos progenitores, que vivían y trabajaban tan fielmente por ellas, les dieron un amor que creció con su crecimiento y las unió tiernamente mediante el lazo más dulce que bendice la vida y sobrevive a la muerte.
La señora March está tan vivaz y alegre, aunque un poco más encanecida, que la última vez que la vimos, y precisamente ahora tan absorta en los asuntos de Meg que los hospitales y hogares, aún llenos de "muchachos" heridos y viudas de soldados, echan de menos sin duda las visitas de la maternal misionera.
John Brooke cumplió con su deber varonilmente durante un año, fue herido, enviado a casa y no se le permitió regresar. No recibió estrellas ni barras, pero las merecía, pues arriesgó alegremente todo lo que tenía; y la vida y el amor son muy preciosos cuando ambos están en plena floración. Perfectamente resignado a su baja, se dedicó a recuperarse, a prepararse para los negocios y a ganar un hogar para Meg. Con el buen sentido y la firme independencia que le caracterizaban, rechazó las ofertas más generosas del señor Laurence y aceptó el puesto de contable, sintiéndose más satisfecho comenzando con un salario ganado honestamente que corriendo riesgos con dinero prestado.
Meg había pasado el tiempo trabajando tanto como esperando, volviéndose más madura en su carácter, sabia en las artes domésticas y más bonita que nunca; pues el amor es un gran embellecedor. Tenía sus ambiciones y esperanzas de joven, y sintió cierta decepción por la forma humilde en que debía comenzar su nueva vida. Ned Moffat acababa de casarse con Sallie Gardiner, y Meg no podía evitar comparar su elegante casa y su carruaje, sus muchos regalos y su espléndido ajuar con los suyos, deseando en secreto poder tener lo mismo. Pero, de alguna manera, la envidia y el descontento se desvanecieron pronto cuando pensó en todo el amor paciente y el trabajo que John había puesto en el pequeño hogar que la aguardaba; y cuando se sentaban juntos al crepúsculo, hablando de sus pequeños planes, el futuro siempre se volvía tan hermoso y brillante que olvidaba el esplendor de Sallie y se sentía la chica más rica y feliz de la cristiandad.
Jo nunca volvió con la tía March, pues la anciana tomó tanto afecto a Amy que la sobornó ofreciéndole clases de dibujo con uno de los mejores maestros del momento; y, por el bien de esta ventaja, Amy habría servido a una ama mucho más severa. Así que dedicó sus mañanas al deber, sus tardes al placer, y prosperó estupendamente. Jo, mientras tanto, se dedicó a la literatura y a Beth, quien permaneció delicada mucho después de que la fiebre fuera cosa del pasado. No exactamente una inválida, pero nunca más la criatura rosada y saludable que había sido; sin embargo, siempre esperanzada, feliz y serena, ocupada con los deberes tranquilos que amaba, amiga de todos y un ángel en la casa, mucho antes de que aquellos que más la amaban hubieran aprendido a reconocerlo.
Mientras "The Spread Eagle" le pagara un dólar por columna por su "basura", como ella la llamaba, Jo se sentía una mujer con recursos y tejía sus pequeños romances con diligencia. Pero grandes planes fermentaban en su activo cerebro y en su mente ambiciosa, y la vieja cocina de hojalata en el desván guardaba una pila, que crecía lentamente, de manuscritos manchados, que algún día colocarían el nombre de March en el registro de la fama.
Laurie, tras haber ido obedientemente a la universidad para complacer a su abuelo, la estaba terminando ahora de la manera más sencilla posible para complacerse a sí mismo. Favorito universal, gracias al dinero, los modales, mucho talento y el corazón más bondadoso que jamás haya metido a su dueño en líos por intentar sacar a otros de ellos, corría un gran peligro de ser mimado, y probablemente lo habría sido, como muchos otros muchachos prometedores, si no hubiera poseído un talismán contra el mal en el recuerdo del amable anciano que estaba volcado en su éxito, la amiga maternal que velaba por él como si fuera su hijo y, por último, pero no menos importante, el conocimiento de que cuatro chicas inocentes lo amaban, admiraban y creían en él con todo su corazón.
Siendo solo "un glorioso chico humano", por supuesto, jugueteaba y coqueteaba, se volvía elegante, aficionado a los deportes acuáticos, sentimental o gimnasta, según dictaran las modas universitarias; gastaba bromas y las recibía, usaba jerga y, más de una vez, estuvo peligrosamente cerca de la suspensión y la expulsión. Pero como el buen humor y el amor a la diversión eran la causa de estas travesuras, siempre lograba salvarse mediante una confesión franca, una reparación honorable o el irresistible poder de persuasión que poseía a la perfección. De hecho, se enorgullecía un poco de sus escapadas y le gustaba emocionar a las chicas con vívidos relatos de sus triunfos sobre tutores iracundos, profesores dignos y enemigos vencidos. Los "hombres de mi clase" eran héroes a ojos de las chicas, quienes no se cansaban de las hazañas de "nuestros compañeros" y a menudo se les permitía disfrutar de las sonrisas de estos grandes seres cuando Laurie los traía a casa con él.
Amy, en especial, disfrutaba de este gran honor y se convirtió en toda una belleza entre ellos; pues su señoría sintió y aprendió a usar desde temprano el don de la fascinación con el que estaba dotada. Meg estaba demasiado absorta en su privado y particular John como para preocuparse por otros señores de la creación, y Beth era demasiado tímida para hacer algo más que echarles un vistazo y preguntarse cómo se atrevía Amy a darles órdenes; pero Jo se sentía completamente en su elemento y encontraba muy difícil abstenerse de imitar las actitudes, frases y gestas caballerosas, que le parecían más naturales que los decoros prescritos para las jovencitas. A todos les gustaba inmensamente Jo, pero nunca se enamoraron de ella, aunque muy pocos escaparon sin pagar el tributo de un suspiro sentimental o dos ante el altar de Amy. Y hablar de sentimentalismo nos lleva muy naturalmente al "Palomar".
Ese era el nombre de la pequeña casa marrón que el señor Brooke había preparado para el primer hogar de Meg. Laurie la había bautizado, diciendo que era muy apropiado para los dulces amantes, que "iban juntos como una pareja de tórtolas, con arrumacos y arrullos". Era una casa diminuta, con un pequeño jardín detrás y un césped delante de poco más que un pañuelo de bolsillo. Allí, Meg pretendía tener una fuente, arbustos y una profusión de flores hermosas; aunque, por el momento, la fuente estaba representada por una urna desgastada por la intemperie, muy parecida a un cuenco de desperdicios en mal estado; los arbustos consistían en varios alerces jóvenes, indecisos entre vivir o morir; y la profusión de flores solo estaba insinuada por regimientos de palos, para marcar dónde se habían plantado las semillas. Pero por dentro, era absolutamente encantadora, y la feliz novia no vio falta alguna desde el desván hasta el sótano. Eso sí, el recibidor era tan estrecho que afortunadamente no tenían piano, pues nunca se habría podido meter entero; el comedor era tan pequeño que seis personas apenas cabían; y las escaleras de la cocina parecían construidas con el propósito expreso de precipitar tanto a los criados como a la vajilla, de golpe, al depósito de carbón. Pero una vez acostumbrados a estas leves imperfecciones, nada podía ser más completo, pues el buen sentido y el buen gusto habían presidido el mobiliario, y el resultado fue altamente satisfactorio. No había mesas con tapa de mármol, espejos largos o cortinas de encaje en el pequeño salón, sino muebles sencillos, abundancia de libros, un par de cuadros finos, un soporte de flores en la ventana mirador y, esparcidos por todas partes, los bonitos regalos que llegaron de manos amigas y que eran más hermosos por los mensajes amorosos que traían.
No creo que la Psique de Parian que regaló Laurie perdiera nada de su belleza porque John colocara el soporte sobre el que se apoyaba; que ningún tapicero hubiera podido colocar las cortinas de muselina sencillas con más gracia que la mano artística de Amy; o que cualquier despensa haya estado mejor provista de buenos deseos, palabras alegres y esperanzas felices que aquella en la que Jo y su madre guardaron las pocas cajas, barriles y bultos de Meg; y estoy moralmente segura de que la cocina, reluciente y nueva, nunca podría haber lucido tan acogedora y ordenada si Hannah no hubiera acomodado cada olla y sartén una docena de veces y preparado el fuego listo para encender, en el minuto en que "la señora Brooke llegara a casa". También dudo que ninguna joven esposa comenzara su vida con un suministro tan rico de plumeros, agarraderas y bolsas de retazos; pues Beth hizo suficientes para que duraran hasta las bodas de plata, e inventó tres tipos diferentes de paños de cocina para el servicio expreso de la vajilla de boda.
La gente que contrata a otros para hacer todas estas cosas nunca sabe lo que pierde; pues las tareas más sencillas se embellecen si las realizan manos amorosas, y Meg encontró tantas pruebas de esto que todo en su pequeño nido, desde el rodillo de cocina hasta el jarrón de plata en la mesa de su salón, era elocuente sobre el amor hogareño y la tierna previsión.
Qué momentos felices pasaron planeando juntos, qué solemnes excursiones de compras; qué errores divertidos cometieron y qué estallidos de risa surgieron por las compras ridículas de Laurie. En su amor por las bromas, este joven, aunque casi terminaba la universidad, era tan niño como siempre. Su último capricho había sido traer consigo, en sus visitas semanales, algún artículo nuevo, útil e ingenioso para la joven ama de casa. Ahora una bolsa de pinzas para la ropa extraordinarias; luego, un maravilloso rallador de nuez moscada, que se deshizo al primer intento; un limpiador de cuchillos que estropeó todos los cuchillos; o una barredora que quitaba cuidadosamente la pelusa de la alfombra y dejaba la suciedad; un jabón que ahorraba trabajo pero que quitaba la piel de las manos; cementos infalibles que no se pegaban a nada más que a los dedos del comprador engañado; y todo tipo de utensilios de hojalata, desde una hucha de juguete para monedas sueltas hasta una caldera maravillosa que lavaba las prendas con su propio vapor, con todas las probabilidades de explotar en el proceso.
En vano le rogó Meg que parara. John se reía de él y Jo lo llamaba "señor Toodles". Estaba poseído por una manía de patrocinar el ingenio yanqui y ver a sus amigos debidamente equipados. Así que cada semana presenciaba alguna nueva absurdidad.
Todo estuvo hecho al final, hasta el punto de que Amy organizó jabones de diferentes colores para combinar con las habitaciones de diferentes colores, y Beth preparó la mesa para la primera comida.
—¿Estás satisfecha? ¿Te parece un hogar y sientes que serás feliz aquí? —preguntó la señora March, mientras ella y su hija recorrían el nuevo reino, del brazo; pues en aquel momento parecían aferrarse la una a la otra con más ternura que nunca.
—Sí, madre, perfectamente satisfecha, gracias a todas vosotras, y tan feliz que no puedo hablar de ello —respondió Meg, con una mirada que valía más que las palabras.
—Si al menos tuviera una o dos criadas, estaría todo perfecto —dijo Amy, saliendo del salón, donde había estado tratando de decidir si el Mercurio de bronce quedaba mejor en la estantería o en la repisa de la chimenea.
—Madre y yo lo hemos hablado, y me he decidido a probar su método primero. Habrá tan poco que hacer que, con Lotty para hacer mis recados y ayudarme aquí y allá, solo tendré suficiente trabajo para evitar ponerme perezosa o nostálgica —respondió Meg con tranquilidad.
—Sallie Moffat tiene cuatro —comenzó Amy.
—Si Meg tuviera cuatro, la casa no las albergaría, y el señor y la señora tendrían que acampar en el jardín —intervino Jo, quien, envuelta en un gran delantal azul, estaba dando el último pulido a los pomos de las puertas.
—Sallie no es la esposa de un hombre pobre, y muchas criadas están en consonancia con su gran establecimiento. Meg y John comienzan humildemente, pero tengo el presentimiento de que habrá tanta felicidad en la casa pequeña como en la grande. Es un gran error para chicas jóvenes como Meg dejarse sin nada que hacer más que vestirse, dar órdenes y cotillear. Cuando me casé, solía desear que mi ropa nueva se gastara o se rompiera, para tener el placer de remendarla; pues me cansé profundamente de hacer labores de adorno y cuidar mi pañuelo.
—¿Por qué no ibas a la cocina a hacer pasteles, como dice Sallie que hace para divertirse, aunque nunca le salen bien y los criados se ríen de ella? —dijo Meg.
—Lo hice, después de un tiempo; no para "hacer pasteles", sino para aprender de Hannah cómo debían hacerse las cosas, para que mis criados no se rieran de mí. Entonces era un juego; pero llegó un momento en que estuve verdaderamente agradecida de no solo poseer la voluntad, sino el poder de cocinar alimentos saludables para mis hijas y ayudarme a mí misma cuando ya no podía permitirme contratar ayuda. Tú comienzas por el otro extremo, querida Meg; pero las lecciones que aprendes ahora te serán útiles poco a poco, cuando John sea un hombre más rico, pues la dueña de una casa, por espléndida que sea, debe saber cómo debe hacerse el trabajo si desea ser servida bien y honestamente.
—Sí, madre, estoy segura de eso —dijo Meg, escuchando respetuosamente la pequeña lección; pues la mejor de las mujeres siempre dará un discurso sobre el tema absorbente de la administración del hogar—. ¿Sabes? Esta es la habitación que más me gusta de mi casa de muñecas —añadió Meg, un minuto después, mientras subían las escaleras y echaba un vistazo a su bien provisto armario de ropa blanca.
Beth estaba allí, colocando ordenadamente las pilas blancas en los estantes y regocijándose ante el buen despliegue. Las tres rieron cuando Meg habló; pues aquel armario de ropa blanca era una broma. Verán, tras haber dicho que si Meg se casaba con "ese Brooke" no recibiría ni un centavo de su dinero, la tía March se encontró en un dilema cuando el tiempo apaciguó su ira e hizo que se arrepintiera de su voto. Nunca faltaba a su palabra y estaba muy preocupada pensando en cómo evitarlo, hasta que al final ideó un plan con el que pudo satisfacerse. Se ordenó a la señora Carrol, la madre de Florence, que comprara, mandara hacer y marcara un generoso suministro de ropa de casa y de mesa, y lo enviara como su regalo, todo lo cual se hizo fielmente; pero el secreto se filtró y fue muy disfrutado por la familia; pues la tía March intentaba parecer totalmente ajena e insistía en que ella no podía dar nada más que las perlas de estilo antiguo, prometidas hacía tiempo a la primera novia.
—Ese es un gusto hogareño que me alegra ver. Tuve una joven amiga que comenzó a organizar su hogar con seis sábanas, pero tenía cuencos para lavarse los dedos para las visitas, y eso la satisfacía —dijo la señora March, palmeando los manteles de damasco con una apreciación verdaderamente femenina de su finura.
—No tengo ni un solo cuenco para los dedos, pero este es un "equipo" que me durará todos mis días, dice Hannah; y Meg se veía muy contenta, como bien podía estarlo.
—Toodles se acerca —gritó Jo desde abajo; y todas bajaron a recibir a Laurie, cuya visita semanal era un acontecimiento importante en sus tranquilas vidas.
Un joven alto y de hombros anchos, con la cabeza rapada, un sombrero de fieltro y un abrigo vaporoso, venía caminando por el camino a gran paso, cruzó la cerca baja sin detenerse a abrir la puerta y se dirigió directamente hacia la señora March con ambas manos extendidas y un cordial:
—¡Aquí estoy, madre! Sí, todo está bien.
Las últimas palabras fueron en respuesta a la mirada que la dama mayor le lanzó; una mirada de amable interrogación, que los hermosos ojos de él respondieron con tal franqueza que la pequeña ceremonia concluyó, como de costumbre, con un beso maternal.
—Para la señora John Brooke, con las felicitaciones y cumplidos del fabricante. ¡Dios te bendiga, Beth! Qué espectáculo refrescante eres, Jo. Amy, te estás volviendo demasiado hermosa para ser una dama soltera.
Mientras hablaba, Laurie entregó un paquete de papel marrón a Meg, tiró del lazo del pelo de Beth, miró fijamente el gran delantal de Jo y cayó en una actitud de burla arrobada ante Amy, luego dio la mano a todas y cada una comenzó a hablar.
—¿Dónde está John? —preguntó Meg ansiosa.
—Se detuvo a buscar la licencia para mañana, señora.
—¿Qué equipo ganó el último partido, Teddy? —preguntó Jo, quien persistía en mostrar interés por los deportes masculinos a pesar de sus diecinueve años.
—El nuestro, por supuesto. Ojalá hubieras estado allí para verlo.
—¿Cómo está la encantadora señorita Randal? —preguntó Amy, con una sonrisa significativa.
—Más cruel que nunca; ¿no ves cómo me estoy consumiendo? —y Laurie dio una palmada sonora a su ancho pecho y soltó un suspiro melodramático.
—¿Cuál es la última broma? Desenvuelve el paquete y mira, Meg —dijo Beth, mirando el paquete nudoso con curiosidad.
—Es algo útil para tener en la casa en caso de incendio o ladrones —observó Laurie, mientras aparecía una carraca de sereno en medio de las risas de las chicas.
—En cualquier momento en que John esté fuera y te asustes, señora Meg, solo agita eso por la ventana delantera y despertará al vecindario en un santiamén. Es algo bueno, ¿verdad? —y Laurie les dio una muestra de sus capacidades que las hizo taparse los oídos.
—¡Ahí tienen la gratitud! Y hablando de gratitud, me recuerda mencionar que pueden agradecer a Hannah por salvar su pastel de bodas de la destrucción. Lo vi entrando en su casa cuando pasaba por allí, y si ella no lo hubiera defendido valientemente, le habría dado un bocado, pues parecía uno con muchas pasas.
—Me pregunto si alguna vez crecerás, Laurie —dijo Meg, en un tono maternal.
—Estoy haciendo lo mejor que puedo, señora, pero me temo que no puedo subir mucho más, ya que seis pies es casi todo lo que los hombres pueden alcanzar en estos tiempos degenerados —respondió el joven, cuya cabeza estaba casi al nivel de la pequeña lámpara de araña—. Supongo que sería una profanación comer algo en este nido reluciente y nuevo, así que, como tengo una hambre tremenda, propongo un receso —añadió al poco rato.
—Madre y yo vamos a esperar a John. Hay algunas últimas cosas que resolver —dijo Meg, apresurándose.
—Beth y yo vamos a casa de Kitty Bryant a buscar más flores para mañana —añadió Amy, atándose un sombrero pintoresco sobre sus rizos pintorescos y disfrutando del efecto tanto como cualquiera.
—Vamos, Jo, no abandones a un amigo. Estoy en tal estado de agotamiento que no puedo llegar a casa sin ayuda. No te quites el delantal, hagas lo que hagas; te queda particularmente bien —dijo Laurie, mientras Jo guardaba su aversión particular en su espacioso bolsillo y le ofrecía el brazo para sostener sus débiles pasos.
—Ahora, Teddy, quiero hablar seriamente contigo sobre mañana —comenzó Jo, mientras paseaban juntos—. Debes prometer comportarte bien, no hacer bromas y estropear nuestros planes.
—Ni una broma.
—Y no digas cosas graciosas cuando debamos estar serios.
—Nunca lo hago; tú eres la indicada para eso.
—Y te imploro que no me mires durante la ceremonia; sin duda me reiré si lo haces.
—No me verás; estarás llorando tan fuerte que la espesa niebla que te rodeará ocultará la perspectiva.
—Nunca lloro a menos que sea por una gran aflicción.
—Como los chicos que van a la universidad, ¿eh? —intervino Laurie con una risa sugerente.
—No seas un pavo real. Solo me lamenté un poco para hacer compañía a las chicas.
—Exacto. Dime, Jo, ¿cómo está el abuelo esta semana? ¿Está bastante amable?
—Mucho; ¿por qué?, ¿te has metido en un lío y quieres saber cómo se lo tomará? —preguntó Jo con bastante agudeza.
—Ahora, Jo, ¿crees que podría mirar a tu madre a la cara y decir "todo está bien" si no lo estuviera? —y Laurie se detuvo en seco, con aire ofendido.
—No, no lo creo.
—Entonces no vayas a ser suspicaz; solo quiero algo de dinero —dijo Laurie, continuando su camino, apaciguado por su tono cordial.
—Gastas muchísimo, Teddy.
—Bendita seas, no lo gasto; se gasta solo, de algún modo, y desaparece antes de que me dé cuenta.
—Eres tan generoso y bondadoso que dejas que la gente te pida prestado y no puedes decir "no" a nadie. Nos enteramos de lo de Henshaw y de todo lo que hiciste por él. Si siempre gastaras el dinero de esa forma, nadie te culparía —dijo Jo con entusiasmo.
—Oh, hizo una montaña de un grano de arena. No querrías que dejara que ese buen tipo se matara trabajando, solo por falta de una pequeña ayuda, cuando vale más que una docena de nosotros, los holgazanes, ¿verdad?
—Por supuesto que no; pero no veo qué necesidad tienes de tener diecisiete chalecos, un sinfín de corbatas y un sombrero nuevo cada vez que vienes a casa. Pensé que habías superado la etapa de dandi; pero, de vez en cuando, le da por brotar en un sitio nuevo. Ahora mismo está de moda ser horrible: llevar la cabeza como un cepillo de fregar, vestir una camisa de fuerza, guantes naranjas y botas toscas de punta cuadrada. Si fuera una fealdad barata, no diría nada; pero cuesta tanto como la otra, y no saco ninguna satisfacción de ello.
Laurie echó la cabeza hacia atrás y se rió con tantas ganas ante este ataque que el sombrero de fieltro se le cayó, y Jo lo pisó, insulto que solo le brindó la oportunidad de explayarse sobre las ventajas de un atuendo práctico y sencillo, mientras doblaba el maltratado sombrero y lo metía en el bolsillo.
—¡No me sermonees más, alma de cántaro! Tengo suficiente durante toda la semana y me gusta disfrutar cuando vuelvo a casa. Mañana me pondré elegante sin reparar en gastos y seré una satisfacción para mis amigos.
—Te dejaré en paz si tan solo dejas crecer tu cabello. No soy aristocrática, pero me opongo a que me vean con una persona que parece un joven boxeador —observó Jo severamente.
—Este estilo sencillo fomenta el estudio; por eso lo adoptamos —respondió Laurie, a quien ciertamente no se podía acusar de vanidad, pues había sacrificado voluntariamente una hermosa cabellera rizada en favor de la exigencia de llevar el pelo a medio centímetro de largo.
—A propósito, Jo, creo que el pequeño Parker está realmente desesperado por Amy. Habla de ella constantemente, escribe poesía y se queda pensativo de una manera muy sospechosa. Haría bien en cortar su pequeña pasión de raíz, ¿no crees? —añadió Laurie, en un tono confidencial y fraternal, tras un minuto de silencio.
—Por supuesto que debería; no queremos más matrimonios en esta familia en los próximos años. Dios nos perdone, ¿en qué están pensando los niños? —y Jo pareció tan escandalizada como si Amy y el pequeño Parker aún no hubieran llegado a la adolescencia.
—Es una época acelerada, y no sé a dónde iremos a parar, señora. Tú eres una niña pequeña, pero tú serás la siguiente, Jo, y nos quedaremos lamentándolo —dijo Laurie, negando con la cabeza ante la degeneración de los tiempos.
—No te alarmes; no soy del tipo agradable. Nadie me querrá, y es una suerte, porque siempre debería haber una solterona en una familia.
—No le darás oportunidad a nadie —dijo Laurie, con una mirada de reojo y un poco más de color que antes en su rostro bronceado—. No quieres mostrar el lado tierno de tu carácter; y si alguien logra echarle un vistazo por accidente y no puede evitar demostrar que le gusta, lo tratas como la señora Gummidge a su pretendiente: le echas agua fría y te vuelves tan espinosa que nadie se atreve a tocarte ni a mirarte.
—No me gusta ese tipo de cosas; estoy demasiado ocupada para preocuparme por tonterías, y creo que es terrible romper así las familias. Ahora no digas más al respecto; la boda de Meg nos ha vuelto a todos locos y no hablamos de otra cosa que de amantes y absurdos semejantes. No deseo enfadarme, así que cambiemos de tema —y Jo parecía muy dispuesta a echar agua fría ante la menor provocación.
Cualesquiera que fueran sus sentimientos, Laurie encontró una salida en un largo y suave silbato y en la temible predicción, al despedirse en la verja: "Marca mis palabras, Jo, tú serás la siguiente".
XXV.
LA PRIMERA BODA.
Las rosas de junio sobre el porche estaban despiertas, brillantes y tempranas aquella mañana, regocijándose con todo su corazón bajo el sol sin nubes, como las amables vecinas que eran. Sus rostros sonrosados estaban muy encendidos por la emoción mientras se mecían con el viento, susurrándose unas a otras lo que habían visto; pues algunas espiaban por las ventanas del comedor, donde el banquete estaba servido, otras trepaban para saludar y sonreír a las hermanas mientras vestían a la novia, otras saludaban a quienes iban y venían en diversos recados por el jardín, el porche y el vestíbulo, y todas, desde la flor más esplendorosa y abierta hasta el capullo más tierno, ofrecían su tributo de belleza y fragancia a la dulce dueña que las había amado y cuidado durante tanto tiempo.
Meg parecía ella misma una rosa; pues todo lo mejor y más dulce de su corazón y de su alma parecía florecer en su rostro aquel día, haciéndolo hermoso y tierno, con un encanto más bello que la belleza misma. No quiso ni seda, ni encaje, ni azahares. "No quiero parecer extraña ni arreglada hoy", dijo. "No quiero una boda de moda, sino solo a quienes amo a mi alrededor, y ante ellos quiero lucir y ser mi yo habitual".
Así que se hizo ella misma su vestido de novia, cosiendo en él las tiernas esperanzas y los romances inocentes de un corazón juvenil. Sus hermanas le trenzaron su bonito cabello, y los únicos adornos que lució fueron los lirios del valle, que a "su John" le gustaban más que todas las flores que crecían.
—De verdad pareces nuestra querida Meg, solo que tan dulce y encantadora que te abrazaría si no fuera porque arrugaría tu vestido —exclamó Amy, observándola con deleite cuando todo terminó.
—Entonces estoy satisfecha. Pero, por favor, abrácenme y bésenme todas, y no les importe mi vestido; quiero que hoy se le pongan muchas arrugas de este tipo —y Meg abrió sus brazos a sus hermanas, quienes se aferraron a ella con rostros de abril por un minuto, sintiendo que el nuevo amor no había cambiado el antiguo.
—Ahora voy a atarle la corbata a John y luego a pasar unos minutos tranquilamente con papá en el estudio —y Meg corrió abajo para realizar estas pequeñas ceremonias, y luego para seguir a su madre adonde fuera, consciente de que, a pesar de las sonrisas en el rostro maternal, había una pena secreta escondida en el corazón materno ante el vuelo del primer pájaro fuera del nido.
Mientras las hermanas más jóvenes permanecen juntas, dando los últimos toques a su sencillo atuendo, puede ser un buen momento para hablar de algunos cambios que tres años han obrado en su apariencia; pues todas lucen lo mejor posible en este momento.
Los ángulos de Jo se han suavizado mucho; ha aprendido a llevarse con soltura, si no con gracia. La melena rizada se ha alargado hasta formar un grueso moño, más favorecedor para la pequeña cabeza sobre la figura alta. Hay un color fresco en sus mejillas morenas, un brillo suave en sus ojos, y solo palabras amables caen hoy de su afilada lengua.
Beth se ha vuelto esbelta, pálida y más silenciosa que nunca; los hermosos y bondadosos ojos son más grandes, y en ellos reside una expresión que entristece, aunque no sea triste en sí misma. Es la sombra del dolor la que toca el joven rostro con una paciencia tan patética; pero Beth rara vez se queja y siempre habla con esperanza de "estar mejor pronto".
Amy es considerada, con razón, "la flor de la familia"; pues a los dieciséis años tiene el aire y el porte de una mujer adulta: no bella, pero poseedora de ese encanto indescriptible llamado gracia. Uno lo veía en las líneas de su figura, en la forma y movimiento de sus manos, en la caída de su vestido, en la inclinación de su cabello: inconsciente, pero armonioso, y tan atractivo para muchos como la belleza misma. A Amy le seguía afligiendo su nariz, pues nunca quiso crecer al estilo griego; lo mismo le pasaba con su boca, por ser demasiado ancha, y por tener una barbilla decidida. Estos rasgos ofensivos daban carácter a todo su rostro, pero ella nunca pudo verlo y se consolaba con su cutis maravillosamente claro, sus agudos ojos azules y sus rizos, más dorados y abundantes que nunca.
Las tres llevaban trajes de un gris plateado tenue (sus mejores vestidos para el verano), con rosas sonrosadas en el cabello y en el pecho; y las tres parecían exactamente lo que eran: chicas de rostro fresco y corazón feliz, que hacían una pausa en sus ocupadas vidas para leer con ojos anhelantes el capítulo más dulce en el romance de la feminidad.
No iba a haber actuaciones ceremoniosas, todo debía ser lo más natural y hogareño posible; así que, cuando llegó la tía March, se escandalizó al ver a la novia correr a recibirla y guiarla hacia adentro, al encontrar al novio sujetando una guirnalda que se había caído, y al vislumbrar al paternal ministro marchando escaleras arriba con semblante grave y una botella de vino bajo cada brazo.
—¡Por mi palabra, qué situación es esta! —exclamó la anciana, tomando el asiento de honor preparado para ella y acomodando los pliegues de su muaré lavanda con un gran crujido—. No deberían verte hasta el último minuto, niña.
—No soy un espectáculo, tía, y nadie viene a mirarme fijamente, a criticar mi vestido o a contar el costo de mi almuerzo. Estoy demasiado feliz para preocuparme por lo que nadie diga o piense, y voy a tener mi pequeña boda tal y como me gusta. John, querido, aquí tienes tu martillo —y Meg se fue a ayudar a "ese hombre" en su empleo tan inapropiado.
El señor Brooke ni siquiera dijo "gracias", pero mientras se inclinaba por la herramienta poco romántica, besó a su pequeña novia tras la puerta plegable, con una mirada que hizo que la tía March sacara su pañuelo, con un rocío repentino en sus agudos y viejos ojos.
Un estrépito, un grito y una risa de Laurie, acompañados por la indecorosa exclamación: "¡Júpiter Amón! ¡Jo ha vuelto a volcar el pastel!", causaron un alboroto momentáneo, que apenas había terminado cuando llegó una bandada de primos, y "llegó la fiesta", como solía decir Beth cuando era niña.
—No dejes que ese joven gigante se me acerque; me molesta más que los mosquitos —susurró la anciana a Amy, mientras las habitaciones se llenaban y la cabeza negra de Laurie sobresalía por encima del resto.
—Ha prometido ser muy bueno hoy, y puede ser perfectamente elegante si quiere —respondió Amy, deslizándose para advertir a Hércules que tuviera cuidado con el dragón, advertencia que le hizo rondar a la anciana con una devoción que casi la volvió loca.
No hubo procesión nupcial, pero un silencio repentino cayó sobre la habitación cuando el señor March y la joven pareja tomaron sus lugares bajo el arco verde. Madre y hermanas se reunieron cerca, como si fueran reacias a dejar ir a Meg; la voz paternal se quebró más de una vez, lo que solo pareció hacer el servicio más hermoso y solemne; la mano del novio tembló visiblemente y nadie escuchó sus respuestas; pero Meg miró directamente a los ojos de su marido y dijo "¡Sí, acepto!" con tanta confianza tierna en su propio rostro y voz que el corazón de su madre se regocijó, y la tía March olisqueó audiblemente.
Jo no lloró, aunque estuvo a punto de hacerlo una vez, y solo se salvó de una demostración por la conciencia de que Laurie la estaba mirando fijamente, con una mezcla cómica de alegría y emoción en sus malvados ojos negros. Beth mantuvo el rostro oculto en el hombro de su madre, pero Amy permaneció como una estatua elegante, con un rayo de sol muy favorecedor tocando su frente blanca y la flor en su cabello.
No era en absoluto lo que correspondía, me temo, pero en cuanto estuvo casada, Meg gritó: "¡El primer beso para mamá!", y, girándose, lo dio con el corazón en los labios. Durante los siguientes quince minutos pareció más una rosa que nunca, pues todos aprovecharon sus privilegios al máximo, desde el señor Laurence hasta la vieja Hannah, quien, adornada con un tocado hecho de forma temible y maravillosa, se abalanzó sobre ella en el vestíbulo, gritando entre sollozos y risitas: "¡Dios te bendiga, querida, cien veces! El pastel no tiene ni un rasguño y todo se ve precioso".
Después de aquello, todos se animaron y dijeron algo brillante, o lo intentaron, lo cual sirvió igual, pues la risa está lista cuando los corazones están ligeros. No hubo despliegue de regalos, pues ya estaban en la pequeña casa, ni hubo un desayuno elaborado, sino un almuerzo abundante de pastel y fruta, adornado con flores. El señor Laurence y la tía March se encogieron de hombros y se sonrieron cuando descubrieron que el agua, la limonada y el café eran los únicos tipos de néctar que las tres Hebes repartían. Nadie dijo nada, sin embargo, hasta que Laurie, quien insistió en servir a la novia, apareció ante ella con una bandeja cargada en la mano y una expresión de perplejidad en el rostro.
—¿Ha roto Jo todas las botellas por accidente? —susurró—, ¿o es que simplemente estoy bajo la ilusión de haber visto algunas tiradas por ahí esta mañana?
—No; tu abuelo amablemente nos ofreció lo mejor que tenía, y la tía March realmente envió algo, pero papá guardó un poco para Beth y envió el resto al Hogar de Soldados. Sabes que él piensa que el vino debe usarse solo en caso de enfermedad, y mamá dice que ni ella ni sus hijas ofrecerán jamás vino a ningún joven bajo su techo.
Meg habló seriamente y esperaba ver a Laurie fruncir el ceño o reír; pero no hizo ninguna de las dos cosas, pues tras una rápida mirada hacia ella, dijo de forma impetuosa: "¡Me gusta eso! porque he visto hacer suficiente daño como para desear que otras mujeres pensaran como tú".
—Espero que no hayas aprendido eso por experiencia —y hubo un acento de ansiedad en la voz de Meg.
—No; te doy mi palabra. No pienses demasiado bien de mí, tampoco; esta no es una de mis tentaciones. Habiendo sido criado donde el vino es tan común como el agua, y casi tan inofensivo, no me importa; pero cuando una chica guapa te lo ofrece, a uno no le gusta rechazarlo, ya sabes.
—Pero lo harás, por el bien de los demás, si no por el tuyo propio. Vamos, Laurie, promételo y dame una razón más para llamar a este el día más feliz de mi vida.
Una exigencia tan repentina y seria hizo que el joven dudara un momento, pues el ridículo es a menudo más difícil de soportar que la abnegación. Meg sabía que si daba la promesa la cumpliría a toda costa; y, sintiendo su poder, lo usó como una mujer puede hacerlo para el bien de su amigo. No habló, pero lo miró con un rostro hecho muy elocuente por la felicidad, y una sonrisa que decía: "Nadie puede negarme nada hoy". Laurie ciertamente no pudo; y, con una sonrisa de respuesta, le dio la mano diciendo con entusiasmo: "¡Lo prometo, señora Brooke!".
—Te lo agradezco, muy, muy sinceramente.
—Y yo bebo por la "larga vida a tu resolución", Teddy —gritó Jo, bautizándolo con un chorro de limonada mientras agitaba su vaso y le sonreía con aprobación.
Así se brindó, se hizo la promesa y se mantuvo lealmente, a pesar de muchas tentaciones; pues, con instintiva sabiduría, las chicas habían aprovechado un momento feliz para hacerle a su amigo un servicio por el cual él les agradeció toda su vida.
Después del almuerzo, la gente paseaba de dos en tres por la casa y el jardín, disfrutando del sol por fuera y por dentro. Meg y John estaban parados juntos en medio de la parcela de hierba cuando a Laurie le sobrevino una inspiración que dio el toque final a esta boda poco convencional.
—¡Que todos los casados se den la mano y bailen alrededor del nuevo marido y mujer, como hacen los alemanes, mientras nosotros, solteros y solteras, retozamos en parejas por fuera! —gritó Laurie, paseando por el camino con Amy con un espíritu y una habilidad tan contagiosos que todos los demás siguieron su ejemplo sin rechistar. El señor y la señora March, la tía y el tío Carrol, comenzaron; otros se unieron rápidamente; incluso Sallie Moffat, tras un momento de duda, se echó la cola del vestido sobre el brazo y arrastró a Ned al círculo. Pero la broma culminante fueron el señor Laurence y la tía March; pues cuando el majestuoso anciano hizo un paso de baile solemnemente hacia la anciana, ella simplemente se metió el bastón bajo el brazo y saltó vivazmente para unirse a los demás y bailar alrededor de la pareja nupcial, mientras los jóvenes invadían el jardín como mariposas en un día de verano.
La falta de aliento puso fin al baile improvisado, y entonces la gente comenzó a irse.
—Te deseo lo mejor, querida, de corazón te deseo lo mejor; pero creo que te arrepentirás —dijo la tía March a Meg, añadiendo al novio, mientras la acompañaba al carruaje: "Tienes un tesoro, joven, asegúrate de merecerlo".
—Esa es la boda más bonita a la que he ido en mucho tiempo, Ned, y no sé por qué, porque no hubo ni una pizca de estilo en ella —observó la señora Moffat a su marido mientras se alejaban.
—Laurie, muchacho, si alguna vez quieres darte el capricho de hacer algo así, consigue a una de esas pequeñas para que te ayude, y estaré perfectamente satisfecho —dijo el señor Laurence, acomodándose en su sillón para descansar tras la emoción de la mañana.
—Haré todo lo posible para complacerlo, señor —fue la respuesta inusualmente obediente de Laurie, mientras desprendía con cuidado el ramillete que Jo le había puesto en el ojal.
La pequeña casa no estaba lejos, y el único viaje de novios que tuvo Meg fue el tranquilo paseo con John, desde el antiguo hogar al nuevo. Cuando bajó, pareciendo una bonita cuáquera con su traje color paloma y su sombrero de paja atado con blanco, todos se reunieron a su alrededor para despedirse, tan tiernamente como si fuera a emprender el gran viaje.
—No sientan que estoy separada de ustedes, querida mamá, ni que los quiero menos por amar tanto a John —dijo, aferrándose a su madre con los ojos llenos, por un momento—. Vendré todos los días, papá, y espero mantener mi viejo lugar en sus corazones, aunque esté casada. Beth va a estar mucho conmigo, y las otras chicas se pasarán de vez en cuando para reírse de mis luchas domésticas. Gracias a todos por mi feliz día de boda. ¡Adiós, adiós!
Permanecieron observándola, con rostros llenos de amor, esperanza y tierna alegría, mientras ella se alejaba apoyada en el brazo de su marido, con las manos llenas de flores y el sol de junio iluminando su rostro feliz; y así comenzó la vida de casada de Meg.
XXVI.
INTENTOS ARTÍSTICOS.
La gente tarda mucho en aprender la diferencia entre talento y genio, especialmente los jóvenes ambiciosos. Amy estaba aprendiendo esta distinción a través de muchas tribulaciones; pues, confundiendo el entusiasmo con la inspiración, intentaba todas las ramas del arte con audacia juvenil. Durante mucho tiempo hubo una calma en el negocio de las "tartas de barro", y se dedicó al dibujo más fino a pluma y tinta, en el que mostró tanto gusto y habilidad que su elegante trabajo manual resultó agradable y rentable. Pero el esfuerzo excesivo de sus ojos pronto causó que la pluma y la tinta fueran dejadas de lado por un audaz intento de pirograbado. Mientras duró este ataque, la familia vivió con el temor constante a una conflagración; pues el olor a madera quemada impregnaba la casa a todas horas; el humo salía del desván y del cobertizo con alarmante frecuencia, los hierros candentes yacían tirados por todas partes, y Hannah nunca se iba a dormir sin un cubo de agua y la campana de la cena junto a su puerta, en caso de incendio. El rostro de Rafael fue ejecutado con audacia en la parte inferior de la tabla de amasar, y Baco en la cabeza de un barril de cerveza; un querubín cantante adornaba la tapa del cubo de azúcar, y los intentos de retratar a Romeo y Julieta sirvieron de leña durante algún tiempo.
La transición del fuego al óleo fue natural para unos dedos quemados, y Amy se dedicó a pintar con un ardor que no disminuía. Un amigo artista la equipó con sus paletas, pinceles y colores desechados; y ella se puso a pintar, produciendo paisajes pastoriles y marinos como nunca se habían visto en tierra ni en mar. Sus monstruosidades en forma de ganado habrían ganado premios en una feria agrícola; y el peligroso cabeceo de sus embarcaciones habría provocado el mareo al observador más náutico, si el absoluto desdén por todas las reglas conocidas de construcción naval y aparejo no lo hubiera convulsionado de risa al primer vistazo. Muchachos morenos y madonas de ojos oscuros, mirándote fijamente desde un rincón del estudio, sugerían a Murillo; las sombras de rostros de color marrón aceitoso, con un trazo chillón en el lugar equivocado, significaban a Rembrandt; las damas robustas y los niños hidrópicos, a Rubens; y Turner aparecía en tempestades de trueno azul, relámpagos naranjas, lluvia marrón y nubes púrpuras, con una mancha color tomate en medio, que bien podía ser el sol o una boya, la camisa de un marinero o la túnica de un rey, según le placiera al espectador.
Siguieron los retratos al carboncillo; y toda la familia colgaba en una fila, luciendo tan salvajes y sucios como si acabaran de ser evocados de un cubo de carbón. Suavizados en bocetos al crayón, resultaron mejor; pues los parecidos eran buenos, y el cabello de Amy, la nariz de Jo, la boca de Meg y los ojos de Laurie fueron declarados "maravillosamente finos". Siguió un retorno a la arcilla y el yeso, y moldes fantasmales de sus conocidos rondaban los rincones de la casa, o caían de los estantes de los armarios sobre las cabezas de las personas. Se atraía a los niños como modelos, hasta que sus relatos incoherentes sobre sus misteriosos actos hicieron que la señorita Amy fuera considerada como una joven ogresa. Sus esfuerzos en este campo, sin embargo, tuvieron un final abrupto debido a un infortunado accidente que apagó su ardor. Al faltarle otros modelos por un tiempo, se dispuso a hacer un molde de su propio pie bonito, y la familia se alarmó un día por un ruido sordo y gritos sobrenaturales, y corriendo al rescate, encontraron a la joven entusiasta saltando salvajemente por el cobertizo, con el pie atrapado en una bandeja llena de yeso, que se había endurecido con inesperada rapidez. Con mucha dificultad y cierto peligro fue desenterrada; pues Jo estaba tan superada por la risa mientras excavaba, que su cuchillo fue demasiado lejos, cortó el pobre pie y dejó un recuerdo duradero de, al menos, un intento artístico.
Después de esto, Amy se calmó, hasta que una manía por dibujar del natural la llevó a rondar ríos, campos y bosques en busca de estudios pintorescos, y a suspirar por ruinas que copiar. Contrajo resfriados interminables sentada sobre la hierba húmeda para registrar "un trocito delicioso", compuesto por una piedra, un tocón, un hongo y un tallo de gordolobo roto, o "una masa celestial de nubes", que al terminar parecía una selecta exhibición de colchones de plumas. Sacrificó su cutis flotando en el río bajo el sol de pleno verano para estudiar la luz y la sombra, y le salió una arruga sobre la nariz tratando de encontrar "puntos de vista", o como quiera que se llame esa actuación de entrecerrar los ojos y usar cordeles.
Si "el genio es una paciencia eterna", como afirma Miguel Ángel, Amy ciertamente tenía algún derecho al atributo divino, pues perseveró a pesar de todos los obstáculos, fracasos y desalientos, creyendo firmemente que con el tiempo haría algo digno de ser llamado "gran arte".
Mientras tanto, estaba aprendiendo, haciendo y disfrutando de otras cosas, pues se había resuelto a ser una mujer atractiva y consumada, incluso si nunca llegaba a ser una gran artista. Aquí tuvo más éxito; pues era uno de esos seres felizmente creados que agradan sin esfuerzo, hacen amigos en todas partes y se toman la vida con tanta gracia y facilidad que las almas menos afortunadas se ven tentadas a creer que han nacido bajo una estrella afortunada. A todo el mundo le gustaba, pues entre sus buenos dones estaba el tacto. Tenía un sentido instintivo de lo que era agradable y apropiado, siempre decía lo correcto a la persona adecuada, hacía exactamente lo que se adaptaba al momento y al lugar, y era tan dueña de sí misma que sus hermanas solían decir: "Si Amy fuera a la corte sin ningún ensayo previo, sabría exactamente qué hacer".
Una de sus debilidades era el deseo de moverse en "nuestra mejor sociedad", sin estar muy segura de qué era realmente lo mejor. El dinero, la posición, los logros de moda y los modales elegantes eran cosas muy deseables a sus ojos, y le gustaba relacionarse con aquellos que los poseían, a menudo confundiendo lo falso con lo verdadero y admirando lo que no era admirable. Sin olvidar nunca que por nacimiento era una dama, cultivaba sus gustos y sentimientos aristocráticos, de modo que cuando llegara la oportunidad pudiera estar lista para ocupar el lugar del que la pobreza ahora la excluía.
"Mi señora", como la llamaban sus amigas, deseaba sinceramente ser una verdadera dama, y lo era de corazón, pero aún tenía que aprender que el dinero no puede comprar el refinamiento de la naturaleza, que el rango no siempre confiere nobleza y que la verdadera educación se hace sentir a pesar de los inconvenientes externos.
"Quiero pedirte un favor, mamá", dijo Amy, entrando un día con aire importante.
"Bien, pequeña, ¿de qué se trata?", respondió su madre, a cuyos ojos la joven distinguida seguía siendo "la bebé".
"Nuestra clase de dibujo termina la próxima semana, y antes de que las chicas se separen para el verano, quiero invitarlas aquí por un día. Están locas por ver el río, dibujar el puente roto y copiar algunas de las cosas que admiran en mi libro. Han sido muy amables conmigo de muchas maneras, y estoy agradecida, porque todas son ricas y saben que soy pobre, pero nunca han hecho ninguna diferencia".
"¿Por qué habrían de hacerlo?", y la señora March planteó la pregunta con lo que las chicas llamaban su "aire de María Teresa".
"Sabes tan bien como yo que sí marca una diferencia para casi todo el mundo, así que no te erices, como una querida gallina maternal, cuando tus polluelos son picoteados por pájaros más listos; el patito feo resultó ser un cisne, ya sabes"; y Amy sonrió sin amargura, pues poseía un temperamento alegre y un espíritu esperanzado.
La señora March rió y suavizó su orgullo maternal mientras preguntaba:
"Bien, mi cisne, ¿cuál es tu plan?"
"Me gustaría invitar a las chicas a almorzar la próxima semana, llevarlas a dar una vuelta por los lugares que quieren ver, un paseo en bote por el río, tal vez, y organizarles una pequeña fiesta artística".
"Eso parece factible. ¿Qué quieres para el almuerzo? Pastel, sándwiches, fruta y café será todo lo que se necesite, ¿supongo?"
"¡Oh, cielos, no! Debemos tener lengua fría y pollo, chocolate francés y helado, además. Las chicas están acostumbradas a esas cosas, y quiero que mi almuerzo sea apropiado y elegante, aunque trabaje para ganarme la vida".
"¿Cuántas señoritas hay?", preguntó su madre, empezando a ponerse seria.
"Doce o catorce en la clase, pero me atrevo a decir que no vendrán todas".
"Cielo santo, hija, tendrás que alquilar un ómnibus para llevarlas de un lado a otro".
"¿Por qué, madre, cómo puedes pensar en tal cosa? Probablemente no vendrán más de seis u ocho, así que alquilaré una carreta de playa y pediré prestado el *char-à-banc* del señor Laurence". (La pronunciación de Hannah de *char-à-banc*).
"Todo esto será costoso, Amy".
"No mucho; he calculado el costo y lo pagaré yo misma".
"¿No crees, querida, que como estas chicas están acostumbradas a tales cosas, y lo mejor que podemos hacer no será nada nuevo, que algún plan más sencillo sería más agradable para ellas, como un cambio, si no otra cosa, y mucho mejor para nosotros que comprar o pedir prestado lo que no necesitamos, e intentar un estilo que no va acorde con nuestras circunstancias?"
"Si no puedo tenerlo como me gusta, no me interesa tenerlo en absoluto. Sé que puedo llevarlo a cabo perfectamente bien, si tú y las chicas ayudan un poco; y no veo por qué no puedo si estoy dispuesta a pagarlo", dijo Amy, con la decisión que la oposición solía convertir en obstinación.
La señora March sabía que la experiencia era una excelente maestra, y cuando era posible dejaba que sus hijas aprendieran solas las lecciones que ella habría hecho con gusto más fáciles, si no se hubieran opuesto a aceptar consejos tanto como se oponían a tomar sales y sen.
"Muy bien, Amy; si tienes el corazón puesto en ello, y ves cómo lograrlo sin un desembolso demasiado grande de dinero, tiempo y temperamento, no diré más. Habla del asunto con las chicas, y de cualquier manera que decidan, haré lo posible por ayudarles".
"Gracias, madre; siempre eres tan amable"; y Amy se fue a exponer su plan a sus hermanas.
Meg estuvo de acuerdo de inmediato y prometió su ayuda, ofreciendo con gusto cualquier cosa que poseyera, desde su casita hasta sus mejores cucharas de sal. Pero Jo frunció el ceño ante todo el proyecto y al principio no quiso tener nada que ver con él.
"¿Por qué demonios ibas a gastar tu dinero, preocupar a tu familia y poner la casa patas arriba por un grupo de chicas a las que no les importas un bledo? Pensé que tenías demasiado orgullo y sentido común como para humillarte ante cualquier mujer mortal solo porque usa botas francesas y viaja en cupé", dijo Jo, quien, al ser llamada desde el clímax trágico de su novela, no estaba de humor para empresas sociales.
"¡No me humillo, y odio que me traten con condescendencia tanto como tú!", respondió Amy indignada, pues ambas seguían discutiendo cuando surgían tales preguntas. "A las chicas les importo, y a mí ellas, y hay mucha amabilidad, sentido común y talento entre ellas, a pesar de lo que llamas tonterías de moda. No te importa hacer que la gente te quiera, entrar en buena sociedad y cultivar tus modales y gustos. A mí sí, y pretendo aprovechar al máximo cada oportunidad que se presente. Puedes ir por el mundo con los codos fuera y la nariz al aire, y llamarlo independencia, si quieres. Ese no es mi camino".
Cuando Amy afilaba su lengua y decía lo que pensaba, solía ganar, pues rara vez dejaba de tener el sentido común de su lado, mientras que Jo llevaba su amor por la libertad y su odio por las convencionalismos a un extremo tan ilimitado que, naturalmente, se encontraba derrotada en una discusión. La definición de Amy sobre la idea de independencia de Jo fue un golpe tan bueno que ambas estallaron en carcajadas y la discusión tomó un giro más amable. Muy a su pesar, Jo finalmente consintió en sacrificar un día a la Señora Grundy y ayudar a su hermana en lo que ella consideraba "un asunto sin sentido".
Se enviaron las invitaciones, casi todas aceptadas, y se reservó el lunes siguiente para el gran evento. Hannah estaba de mal humor porque su trabajo de la semana se había visto alterado, y profetizó que "si el lavado y el planchado no se hacían con regularidad, nada saldría bien en ninguna parte". Este contratiempo en el resorte principal de la maquinaria doméstica tuvo un mal efecto en todo el conjunto; pero el lema de Amy era "*Nil desperandum*", y habiendo decidido qué hacer, procedió a hacerlo a pesar de todos los obstáculos. Para empezar, la cocina de Hannah no salió bien: el pollo estaba duro, la lengua demasiado salada y el chocolate no quería espumar adecuadamente. Luego, el pastel y el helado costaron más de lo que Amy esperaba, al igual que la carreta; y otros diversos gastos, que parecían triviales al principio, sumaron una cantidad alarmante después. Beth se resfrió y se metió en la cama, Meg tuvo un número inusual de visitas que la mantuvieron en casa, y Jo estaba en un estado mental tan dividido que sus roturas, accidentes y errores fueron inusualmente numerosos, graves y molestos.
"Si no hubiera sido por mamá, nunca lo habría logrado", como declaró Amy después, y recordó con gratitud cuando "la mejor broma de la temporada" fue completamente olvidada por todos los demás.
Si no hacía buen tiempo el lunes, las señoritas vendrían el martes, un arreglo que exasperó a Jo y Hannah hasta el último grado. El lunes por la mañana el tiempo estaba en ese estado indeciso que es más exasperante que un aguacero constante. Lloviznó un poco, brilló un poco, sopló un poco, y no se decidió hasta que fue demasiado tarde para que nadie más decidiera nada. Amy estaba en pie al amanecer, apresurando a la gente a salir de sus camas y a desayunar, para que la casa pudiera estar en orden. El salón le pareció inusualmente descuidado; pero sin detenerse a suspirar por lo que no tenía, sacó el mejor provecho de lo que tenía, colocando sillas sobre las partes desgastadas de la alfombra, cubriendo las manchas en las paredes con cuadros enmarcados en hiedra y llenando las esquinas vacías con estatuas caseras, lo que le dio un aire artístico a la habitación, al igual que los encantadores jarrones con flores que Jo esparció por todas partes.
El almuerzo lucía encantador; y mientras lo inspeccionaba, esperaba sinceramente que tuviera buen sabor y que el cristal, la porcelana y la plata prestados llegaran sanos y salvos a casa de nuevo. Los carruajes estaban prometidos, Meg y su madre estaban listas para hacer los honores, Beth pudo ayudar a Hannah entre bambalinas, Jo se había comprometido a ser tan alegre y amable como una mente ausente, una cabeza dolorida y una desaprobación muy decidida hacia todos y todo le permitirían, y, mientras se vestía con cansancio, Amy se animó con la anticipación del feliz momento en que, con el almuerzo superado, saldría con sus amigas para una tarde de deleites artísticos; pues el *char-à-banc* y el puente roto eran sus puntos fuertes.
Luego vinieron dos horas de suspenso, durante las cuales vibró desde el salón hasta el porche, mientras la opinión pública variaba como la veleta. Un fuerte aguacero a las once había extinguido evidentemente el entusiasmo de las señoritas que debían llegar a las doce, pues nadie vino; y a las dos la exhausta familia se sentó bajo un sol radiante a consumir las porciones perecederas del festín, para que nada se perdiera.
"No hay duda sobre el clima hoy; sin duda vendrán, así que debemos darnos prisa y estar listas para ellas", dijo Amy, mientras el sol la despertaba a la mañana siguiente. Habló con vivacidad, pero en el fondo de su alma deseaba no haber dicho nada sobre el martes, pues su interés, al igual que su pastel, se estaba volviendo un poco rancio.
"No puedo conseguir langostas, así que tendrán que arreglárselas sin ensalada hoy", dijo el señor March, entrando media hora más tarde, con una expresión de plácida desesperación.
"Usa el pollo, entonces; la dureza no importará en una ensalada", aconsejó su esposa.
"Hannah lo dejó en la mesa de la cocina un minuto, y los gatitos lo agarraron. Lo siento mucho, Amy", añadió Beth, quien seguía siendo una protectora de los gatos.
"Entonces debo tener una langosta, pues la lengua sola no bastará", dijo Amy con decisión.
"¿Quieres que corra a la ciudad y exija una?", preguntó Jo, con la magnanimidad de un mártir.
"Vendrías trayéndola bajo el brazo, sin ningún papel, solo para ponerme a prueba. Iré yo misma", respondió Amy, cuyo temperamento comenzaba a fallar.
Envuelta en un grueso velo y armada con una cesta de viaje elegante, se marchó, sintiendo que un paseo fresco calmaría su espíritu alterado y la prepararía para las labores del día. Después de cierta demora, se consiguió el objeto de su deseo, así como una botella de aderezo, para evitar más pérdida de tiempo en casa, y se alejó de nuevo, muy complacida con su propia previsión.
Como el ómnibus contenía solo a otra pasajera, una anciana somnolienta, Amy se guardó el velo y pasó el tedio del camino tratando de averiguar a dónde había ido a parar todo su dinero. Estaba tan ocupada con su tarjeta llena de cifras rebeldes que no notó a un recién llegado, que entró sin detener el vehículo, hasta que una voz masculina dijo: "Buenos días, señorita March", y, al levantar la vista, contempló a uno de los amigos más elegantes de Laurie en la universidad. Deseando fervientemente que él se bajara antes que ella, Amy ignoró por completo la cesta a sus pies y, felicitándose por llevar su vestido de viaje nuevo, devolvió el saludo del joven con su suavidad y espíritu habituales.
Se llevaron excelentemente; pues la principal preocupación de Amy se calmó pronto al saber que el caballero se bajaría primero, y ella estaba charlando de manera particularmente altiva cuando la anciana se bajó. Al tropezar hacia la puerta, volcó la cesta, y... ¡oh, horror!, la langosta, en todo su vulgar tamaño y brillo, quedó revelada a los ojos de noble cuna de un Tudor.
"¡Por Jove, se ha olvidado su cena!", gritó el joven desprevenido, empujando al monstruo escarlata a su lugar con su bastón y preparándose para entregar la cesta después de la anciana.
"Por favor, no... es... es mía", murmuró Amy, con un rostro casi tan rojo como su pescado.
"Oh, realmente, pido perdón; es una inusualmente fina, ¿no es así?", dijo Tudor, con gran presencia de ánimo y un aire de interés sobrio que honraba a su educación.
Amy se recuperó en un suspiro, colocó su cesta audazmente en el asiento y dijo, riendo:
"¿No desearías probar algo de la ensalada que va a formar y ver a las encantadoras jóvenes que la van a comer?"
Eso fue tacto, pues se tocaron dos de los puntos débiles de la mente masculina: la langosta fue rodeada instantáneamente por un halo de recuerdos placenteros, y la curiosidad sobre "las encantadoras jóvenes" desvió su mente del cómico percance.
"Supongo que se reirá y bromeará sobre esto con Laurie, pero yo no los veré; eso es un consuelo", pensó Amy, mientras Tudor se inclinaba y se marchaba.
No mencionó este encuentro en casa (aunque descubrió que, gracias al vuelco, su vestido nuevo estaba muy dañado por los riachuelos de aderezo que serpenteaban por la falda), sino que llevó a cabo los preparativos que ahora parecían más molestos que antes; y a las doce todo estaba listo de nuevo. Sintiendo que los vecinos estaban interesados en sus movimientos, quiso borrar el recuerdo del fracaso de ayer con un gran éxito hoy; así que ordenó el *char-à-banc* y se marchó con pompa para encontrarse y escoltar a sus invitadas al banquete.
"¡Ahí está el retumbar, vienen! Iré al porche a recibirlas; parece hospitalario, y quiero que la pobre niña pase un buen rato después de todos sus problemas", dijo la señora March, adecuando la acción a la palabra. Pero después de un vistazo, se retiró, con una expresión indescriptible, pues, luciendo completamente perdida en el gran carruaje, estaban Amy y una sola señorita.
"Corre, Beth, y ayuda a Hannah a quitar la mitad de las cosas de la mesa; será demasiado absurdo poner un almuerzo para doce ante una sola chica", gritó Jo, alejándose apresuradamente hacia las regiones inferiores, demasiado emocionada para detenerse siquiera a reír.
Entró Amy, bastante tranquila y deliciosamente cordial con la única invitada que había cumplido su promesa; el resto de la familia, siendo de talante dramático, desempeñó sus papeles igualmente bien, y la señorita Eliott los encontró un grupo de lo más hilarante; pues era imposible controlar por completo la alegría que los poseía. Al haber compartido alegremente el almuerzo remodelado, visitado el estudio y el jardín, y discutido el arte con entusiasmo, Amy pidió un coche de caballos (¡ay del elegante *char-à-banc*!) y llevó a su amiga tranquilamente por el vecindario hasta la puesta del sol, cuando "la fiesta terminó".
Al entrar caminando, luciendo muy cansada, pero tan compuesta como siempre, observó que todo vestigio de la desafortunada fiesta había desaparecido, excepto un pliegue sospechoso en las comisuras de la boca de Jo.
"Has tenido una tarde encantadora para tu paseo, querida", dijo su madre, tan respetuosamente como si hubieran venido las doce.
"La señorita Eliott es una chica muy dulce, y me pareció que disfrutó", observó Beth, con una calidez inusual.
"¿Podrías darme algo de tu pastel? Realmente necesito un poco, tengo muchas visitas y no puedo hacer cosas tan deliciosas como las tuyas", pidió Meg sobriamente.
"Tómalo todo; soy la única aquí a la que le gustan las cosas dulces, y se enmohecerá antes de que pueda deshacerme de él", respondió Amy, pensando con un suspiro en la generosa provisión que había acumulado para un fin como este.
"Es una lástima que Laurie no esté aquí para ayudarnos", comenzó Jo, mientras se sentaban a comer helado y ensalada por segunda vez en dos días.
Una mirada de advertencia de su madre contuvo cualquier otro comentario, y toda la familia comió en un silencio heroico, hasta que el Sr. March observó con suavidad: "La ensalada era uno de los platos favoritos de los antiguos, y Evelyn"—aquí una explosión general de risas interrumpió la "historia de las ensaladas", para gran sorpresa del culto caballero.
"Llevad todo en una cesta y enviadlo a los Hummel: a los alemanes les gustan los mejunjes. Estoy harta de ver esto; y no hay razón para que todas muráis de indigestión porque yo haya sido una tonta", gritó Amy, secándose los ojos.
"Pensé que me moriría al veros a vosotras dos dando vueltas dentro de ese cómo-se-llame, como dos granitos en una cáscara de nuez muy grande, y a mamá esperando con pompa para recibir a la multitud", suspiró Jo, totalmente agotada por la risa.
"Siento mucho que te hayas sentido decepcionada, querida, pero todas hicimos lo posible por complacerte", dijo la Sra. March en un tono lleno de arrepentimiento maternal.
"Estoy satisfecha; he hecho lo que me propuse, y no es culpa mía que fallara; me consuelo con eso", dijo Amy, con un ligero temblor en la voz. "Os agradezco a todas mucho que me hayáis ayudado, y os agradeceré aún más si no hacéis alusión a ello durante un mes, al menos".
Nadie lo hizo durante varios meses; pero la palabra "fête" siempre producía una sonrisa general, y el regalo de cumpleaños de Laurie para Amy fue una pequeña langosta de coral en forma de dije para su cadena de reloj.
XXVII.
LECCIONES LITERARIAS.
La fortuna sonrió de pronto a Jo y dejó caer una moneda de buena suerte en su camino. No exactamente una moneda de oro, pero dudo que medio millón le hubiera dado más felicidad verdadera que la pequeña suma que llegó a ella de esta manera.
Cada pocas semanas se encerraba en su habitación, se ponía su traje de escribir y "caía en un vórtice", como ella lo expresaba, escribiendo su novela con todo su corazón y su alma, pues hasta que no estuviera terminada no podía hallar paz. Su "traje de escribir" consistía en un delantal de lana negra en el que podía limpiar su pluma a voluntad, y un gorro del mismo material, adornado con un alegre lazo rojo, dentro del cual metía su cabello cuando se despejaba el terreno para la acción. Este gorro era un faro para los ojos inquisitivos de su familia, quienes durante esos periodos mantenían su distancia, limitándose a asomar la cabeza de vez en cuando para preguntar, con interés: "¿Arde el genio, Jo?". No siempre se aventuraban siquiera a hacer esta pregunta, sino que observaban el gorro y juzgaban en consecuencia. Si esta expresiva prenda de vestir estaba calada hasta la frente, era señal de que el trabajo duro estaba en marcha; en momentos de emoción, se colocaba de lado con aire descarado; y cuando la desesperación se apoderaba de la autora, se lo arrancaba por completo y lo arrojaba al suelo. En tales momentos, el intruso se retiraba en silencio; y hasta que no se veía el lazo rojo alegremente erguido sobre la frente dotada, nadie se atrevía a dirigirse a Jo.
Ella no se consideraba una genio de ninguna manera; pero cuando le venía el ataque de escribir, se entregaba a él con abandono total y llevaba una vida dichosa, inconsciente de necesidades, preocupaciones o mal tiempo, mientras permanecía segura y feliz en un mundo imaginario, lleno de amigos casi tan reales y queridos para ella como cualquiera de carne y hueso. El sueño abandonaba sus ojos, las comidas quedaban sin probar, el día y la noche eran demasiado cortos para disfrutar de la felicidad que la bendecía solo en esos momentos, y hacían que estas horas valieran la pena, aunque no dieran otro fruto. El soplo divino solía durar una semana o dos, y luego emergía de su "vórtice", hambrienta, somnolienta, irritable o abatida.
Se estaba recuperando apenas de uno de estos ataques cuando la convencieron de acompañar a la Srta. Crocker a una conferencia, y a cambio de su virtud fue recompensada con una idea nueva. Era un curso popular, la conferencia sobre las pirámides, y Jo se sorprendió un poco ante la elección de tal tema para tal audiencia, pero dio por sentado que algún gran mal social se remediaría o alguna gran necesidad se cubriría al desplegar las glorias de los faraones ante una audiencia cuyos pensamientos estaban ocupados con el precio del carbón y la harina, y cuyas vidas transcurrían tratando de resolver acertijos más difíciles que el de la esfinge.
Llegaron temprano; y mientras la Srta. Crocker tejía el talón de su media, Jo se entretenía examinando los rostros de las personas que ocupaban el asiento con ellas. A su izquierda había dos matronas, con frentes macizas y sombreros a juego, discutiendo sobre los derechos de la mujer y haciendo encaje de bolillos. Más allá se sentaba una pareja de amantes humildes, sosteniéndose la mano con sencillez, una solterona sombría comiendo pastillas de menta de una bolsa de papel, y un anciano tomando su siesta preparatoria detrás de un pañuelo amarillo. A su derecha, su único vecino era un joven de aspecto estudioso absorto en un periódico.
Era una hoja ilustrada, y Jo examinó la obra de arte más cercana a ella, preguntándose ociosamente qué concatenación de circunstancias fortuitas requería la ilustración melodramática de un indio con traje de guerra completo, cayendo por un precipicio con un lobo en la garganta, mientras dos jóvenes enfurecidos, con pies antinaturalmente pequeños y ojos grandes, se apuñalaban mutuamente cerca, y una mujer desaliñada huía al fondo con la boca abierta. Al hacer una pausa para pasar la página, el joven la vio mirando y, con buen carácter juvenil, le ofreció la mitad de su periódico, diciendo sin rodeos: "¿Quieres leerlo? Es una historia de primera".
Jo lo aceptó con una sonrisa, pues nunca había dejado atrás su gusto por los muchachos, y pronto se vio envuelta en el laberinto habitual de amor, misterio y asesinato, ya que la historia pertenecía a esa clase de literatura ligera en la que las pasiones se toman unas vacaciones, y cuando la invención del autor falla, una gran catástrofe despeja el escenario de la mitad de los personajes, dejando que la otra mitad se regocije por su caída.
"Es excelente, ¿verdad?", preguntó el chico, mientras sus ojos bajaban por el último párrafo de su parte.
"Creo que tú y yo podríamos hacerlo igual de bien si lo intentáramos", respondió Jo, divertida por su admiración ante tal basura.
"Me consideraría un tipo bastante afortunado si pudiera. Dicen que ella se gana bien la vida con historias así"; y señaló el nombre de la Sra. S. L. A. N. G. Northbury, bajo el título del relato.
"¿La conoces?", preguntó Jo con repentino interés.
"No; pero leo todas sus piezas, y conozco a un tipo que trabaja en la oficina donde se imprime este periódico".
"¿Dices que se gana bien la vida con historias como esta?", y Jo miró con más respeto el grupo agitado y los signos de exclamación densamente esparcidos que adornaban la página.
"¡Supongo que sí! Sabe exactamente lo que le gusta a la gente y le pagan bien por escribirlo".
Aquí comenzó la conferencia, pero Jo escuchó muy poco de ella, pues mientras el Prof. Sands parloteaba sobre Belzoni, Keops, escarabeos y jeroglíficos, ella tomaba secretamente la dirección del periódico y resolvía audazmente intentar ganar el premio de cien dólares ofrecido en sus columnas por una historia sensacionalista. Para cuando terminó la conferencia y la audiencia despertó, ella había construido una fortuna espléndida para sí misma (no la primera fundada sobre papel), y ya estaba inmersa en la preparación de su historia, siendo incapaz de decidir si el duelo debía ocurrir antes de la fuga o después del asesinato.
No dijo nada de su plan en casa, pero se puso a trabajar al día siguiente, para inquietud de su madre, que siempre se mostraba un poco ansiosa cuando el "genio se ponía a arder". Jo nunca había probado este estilo antes, contentándose con romances muy suaves para el "Spread Eagle". Su experiencia teatral y sus lecturas misceláneas fueron de utilidad ahora, pues le dieron alguna idea del efecto dramático y le proporcionaron trama, lenguaje y vestuario. Su historia estaba tan llena de desesperación y desaliento como su limitado conocimiento de esas emociones incómodas le permitió hacerla, y, habiéndola ubicado en Lisboa, terminó con un terremoto, como un desenlace sorprendente y apropiado. El manuscrito fue enviado privadamente, acompañado de una nota que decía modestamente que si el relato no obtenía el premio, lo cual la autora apenas se atrevía a esperar, estaría muy contenta de recibir cualquier suma que se considerara que valía.
Seis semanas es mucho tiempo para esperar, y más aún para que una chica guarde un secreto; pero Jo hizo ambas cosas, y estaba empezando a perder toda esperanza de volver a ver su manuscrito cuando llegó una carta que casi le quita el aliento; pues al abrirla, un cheque por cien dólares cayó en su regazo. Durante un minuto se quedó mirando el cheque como si hubiera sido una serpiente, luego leyó su carta y empezó a llorar. Si el amable caballero que escribió esa bondadosa nota hubiera sabido cuánta felicidad intensa estaba dando a un semejante, creo que dedicaría sus horas de ocio, si es que tiene alguna, a ese pasatiempo; pues Jo valoró la carta más que el dinero, porque era alentadora; y después de años de esfuerzo era tan agradable descubrir que había aprendido a hacer algo, aunque solo fuera escribir una historia sensacionalista.
Rara vez se vio a una joven más orgullosa que ella, cuando, tras haberse compuesto, electrizó a la familia apareciendo ante ellos con la carta en una mano y el cheque en la otra, anunciando que había ganado el premio. Por supuesto, hubo un gran júbilo, y cuando llegó la historia, todos la leyeron y la elogiaron; aunque después de que su padre le dijera que el lenguaje era bueno, el romance fresco y sincero, y la tragedia bastante emocionante, sacudió la cabeza y dijo a su manera idealista:
"Puedes hacer algo mejor que esto, Jo. Apunta a lo más alto y no te preocupes por el dinero".
"Creo que el dinero es la mejor parte de ello. ¿Qué harás con tal fortuna?", preguntó Amy, observando el papel mágico con ojo reverencial.
"Enviar a Beth y a mamá a la playa por un mes o dos", respondió Jo prontamente.
"¡Oh, qué espléndido! No, no puedo hacerlo, querida, sería muy egoísta", gritó Beth, que había aplaudido con sus manos delgadas y tomado un largo respiro, como si anhelara las frescas brisas del océano; luego se contuvo y apartó el cheque que su hermana agitaba ante ella.
"Ah, pero iréis, me he propuesto que así sea; eso es por lo que me esforcé, y es por eso que tuve éxito. Nunca logro nada cuando pienso solo en mí misma, así que me ayudará a trabajar para vosotras, ¿no lo veis? Además, Marmee necesita el cambio y no os dejará, así que debéis ir. ¿No será divertido veros volver gorditas y sonrosadas de nuevo? ¡Hurra por la Dra. Jo, que siempre cura a sus pacientes!".
Se fueron a la orilla del mar, después de mucho discutir; y aunque Beth no volvió a casa tan gordita y sonrosada como se deseaba, estaba mucho mejor, mientras la Sra. March declaraba que se sentía diez años más joven; así que Jo quedó satisfecha con la inversión del dinero de su premio y se puso a trabajar con espíritu alegre, decidida a ganar más de esos deliciosos cheques. Ganó varios ese año y empezó a sentirse un poder en la casa; pues por la magia de una pluma, su "basura" se convertía en comodidades para todas. "La hija del duque" pagó la cuenta del carnicero, "Una mano fantasma" puso una alfombra nueva, y la "Maldición de los Coventry" resultó ser la bendición de los March en cuanto a comestibles y vestidos.
La riqueza es ciertamente algo muy deseable, pero la pobreza tiene su lado soleado, y uno de los dulces usos de la adversidad es la satisfacción genuina que proviene del trabajo sincero de la cabeza o de la mano; y a la inspiración de la necesidad debemos la mitad de las bendiciones sabias, bellas y útiles del mundo. Jo disfrutó de una muestra de esta satisfacción y dejó de envidiar a las chicas más ricas, encontrando gran consuelo en el conocimiento de que podía satisfacer sus propias necesidades y no tener que pedirle un centavo a nadie.
Sus historias no recibieron mucha atención, pero encontraron mercado; y, alentada por este hecho, decidió dar un golpe audaz por la fama y la fortuna. Habiendo copiado su novela por cuarta vez, leída a todos sus amigos confidentes y presentada con miedo y temblor a tres editores, finalmente la vendió con la condición de que la redujera en un tercio y omitiera todas las partes que ella particularmente admiraba.
"Ahora, o la devuelvo a mi cocina de hojalata para que se enmohezca, o pago yo misma la impresión, o la destrozo para satisfacer a los compradores y saco lo que pueda por ella. La fama es algo muy bueno para tener en casa, pero el efectivo es más conveniente; así que deseo conocer la opinión de la reunión sobre este importante asunto", dijo Jo, convocando un consejo familiar.
"No estropees tu libro, hija mía, pues hay más en él de lo que crees, y la idea está bien desarrollada. Deja que espere y madure", fue el consejo de su padre; y él practicaba lo que predicaba, habiendo esperado pacientemente treinta años a que madurara su propio fruto, y no teniendo prisa por recogerlo, incluso ahora, cuando estaba dulce y maduro.
"Me parece que a Jo le será más provechoso hacer la prueba que esperar", dijo la Sra. March. "La crítica es la mejor prueba para tal trabajo, pues le mostrará tanto méritos insospechados como defectos, y le ayudará a hacerlo mejor la próxima vez. Somos demasiado parciales; pero los elogios y las críticas de los extraños resultarán útiles, incluso si obtiene poco dinero".
"Sí", dijo Jo, frunciendo el ceño, "exactamente; he estado dándole tantas vueltas al asunto durante tanto tiempo que realmente no sé si es bueno, malo o indiferente. Será de gran ayuda que personas frías e imparciales le echen un vistazo y me digan qué piensan de él".
"Yo no omitiría ni una palabra; lo arruinarás si lo haces, pues el interés de la historia está más en las mentes que en las acciones de las personas, y todo será un lío si no vas explicando a medida que avanzas", dijo Meg, quien creía firmemente que este libro era la novela más notable jamás escrita.
"Pero el Sr. Allen dice: 'Omitid las explicaciones, hacedlo breve y dramático, y dejad que los personajes cuenten la historia'", interrumpió Jo, volviéndose hacia la nota del editor.
"Haz lo que él te dice; él sabe lo que se venderá y nosotras no. Haz un buen libro popular y obtén tanto dinero como puedas. Más adelante, cuando tengas un nombre, podrás permitirte divagar y tener personajes filosóficos y metafísicos en tus novelas", dijo Amy, quien tenía una visión estrictamente práctica del asunto.
"Bueno", dijo Jo riendo, "si mi gente es 'filosófica y metafísica', no es culpa mía, pues no sé nada de esas cosas, excepto lo que le oigo decir a papá, a veces. Si he mezclado algunas de sus sabias ideas con mi romance, tanto mejor para mí. Ahora, Beth, ¿qué dices tú?".
"Me gustaría tanto verlo impreso pronto", fue todo lo que dijo Beth, y sonrió al decirlo; pero hubo un énfasis inconsciente en la última palabra, y una mirada anhelante en sus ojos que nunca perdieron su candor infantil, lo que enfrió el corazón de Jo durante un minuto con un miedo premonitorio, y la decidió a realizar su pequeña aventura "pronto".
Así, con firmeza espartana, la joven autora puso a su primogénito sobre la mesa y lo destrozó tan despiadadamente como cualquier ogro. Con la esperanza de complacer a todos, siguió el consejo de todos; y, como el viejo y su burro en la fábula, no complació a nadie.
A su padre le gustaba el toque metafísico que inconscientemente se había colado; así que se permitió que permaneciera, aunque ella tenía sus dudas al respecto. Su madre pensó que había una pizca de demasiada descripción; por tanto, casi todo salió, y con ello muchos enlaces necesarios en la historia. Meg admiraba la tragedia; así que Jo amontonó la agonía para satisfacerla, mientras Amy objetaba la diversión, y, con las mejores intenciones del mundo, Jo apagó las escenas vivaces que aliviaban el carácter sombrío de la historia. Luego, para completar la ruina, la redujo en un tercio y confiadamente envió el pobre pequeño romance, como un petirrojo desplumado, al gran y ajetreado mundo para probar su suerte.
Bueno, se imprimió y obtuvo trescientos dólares por él; asimismo, muchos elogios y críticas, ambos mucho mayores de lo que esperaba, por lo que quedó en un estado de desconcierto del que le llevó algún tiempo recuperarse.
"Dijiste, madre, que la crítica me ayudaría; pero ¿cómo puede hacerlo cuando es tan contradictoria que no sé si he escrito un libro prometedor o he roto los diez mandamientos?", gritó la pobre Jo, hojeando un montón de reseñas, cuya lectura la llenaba de orgullo y alegría un minuto, y de ira y terrible consternación al siguiente. "Este hombre dice: 'Un libro exquisito, lleno de verdad, belleza y seriedad; todo es dulce, puro y saludable'", continuó la perpleja autora. "El siguiente: 'La teoría del libro es mala, llena de fantasías mórbidas, ideas espiritualistas y personajes antinaturales'. Ahora, como yo no tenía ninguna teoría de ningún tipo, no creo en el espiritualismo y copié a mis personajes de la vida real, no veo cómo este crítico puede tener razón. Otro dice: 'Es una de las mejores novelas estadounidenses que ha aparecido en años' (yo sé mejor que eso); y el siguiente afirma que 'aunque es original y está escrito con gran fuerza y sentimiento, es un libro peligroso'. ¡No lo es! Algunos se burlan de él, otros lo elogian demasiado, y casi todos insisten en que tenía una teoría profunda que exponer, cuando solo lo escribí por el placer y el dinero. Desearía haberlo impreso completo o no haberlo hecho, pues odio que me juzguen tan mal".
Su familia y sus amigos le administraron consuelo y elogios generosamente; sin embargo, fue un momento difícil para la sensible y enérgica Jo, que tenía tan buenas intenciones y aparentemente había hecho tan mal. Pero le hizo bien, pues aquellos cuya opinión tenía un valor real le dieron la crítica que es la mejor educación de un autor; y cuando pasó el primer dolor, pudo reírse de su pobre librito, aunque seguir creyendo en él y sentirse más sabia y fuerte por los golpes que había recibido.
"Como no soy una genio, como Keats, no me matará", dijo con firmeza; "y tengo la broma de mi lado, después de todo; pues las partes que fueron tomadas directamente de la vida real son denunciadas como imposibles y absurdas, y las escenas que inventé con mi propia cabecita tonta son declaradas 'encantadoramente naturales, tiernas y verdaderas'. Así que me consolaré con eso; y cuando esté lista, me levantaré de nuevo y tomaré otra".
XXVIII.
EXPERIENCIAS DOMÉSTICAS.
Como la mayoría de las jóvenes esposas, Meg comenzó su vida matrimonial con la determinación de ser un ama de casa modelo. John encontraría en el hogar un paraíso; siempre vería un rostro sonriente, comería suntuosamente todos los días y nunca conocería la pérdida de un botón. Aportó tanto amor, energía y alegría al trabajo que no podía sino tener éxito, a pesar de algunos obstáculos. Su paraíso no fue tranquilo; pues la mujercita se afanaba, estaba demasiado ansiosa por complacer y se movía de un lado a otro como una verdadera Marta, cargada de muchas preocupaciones. A veces estaba demasiado cansada incluso para sonreír; John se volvió dispéptico después de una serie de platos delicados e ingratamente exigía comida sencilla. En cuanto a los botones, pronto aprendió a preguntarse a dónde iban, a sacudir la cabeza ante el descuido de los hombres y a amenazar con hacer que él mismo se los cosiera, para ver si su trabajo resistía los tirones impacientes y los dedos torpes mejor que el suyo.
La vida doméstica, sin embargo, pronto le enseñó que incluso el amor más puro necesita un poco de sentido común para prosperar, y la luna de miel de las tareas caseras comenzó a desvanecerse. Meg descubrió que su marido, aunque devoto, tenía sus propios límites, y que los errores culinarios, aunque perdonables, son difíciles de digerir después de una jornada de trabajo. La pequeña casa, que al principio parecía un edén, se volvió un lugar donde se aprendía el valor de la economía y la paciencia. A pesar de los pequeños roces, el afecto entre ambos era profundo, aunque a veces se viera opacado por la fatiga o la inexperiencia. John, por su parte, trataba de ser comprensivo, pero no podía evitar sentir cierto desconcierto ante los repentinos cambios de humor de su esposa, mientras que Meg, con el orgullo herido por sus fracasos en la cocina, se volvía más sensible ante las críticas.
Aun así, la vida siguió su curso, y el joven matrimonio se adaptó a sus nuevas circunstancias. Aprendieron a valorar la sencillez y a encontrar alegría en las pequeñas cosas, a pesar de que el dinero fuera a veces motivo de preocupación. Las visitas de Sallie Moffat solían traer consigo un aire de mundanidad que perturbaba la paz de Meg, haciéndola desear una vida que no podía permitirse. Sallie, con sus consejos bienintencionados pero a menudo imprudentes, alentaba a Meg a comprar cosas que no necesitaba, lo cual, sumado a la inseguridad de la joven esposa sobre su estatus, creaba una grieta en su confianza.
Meg, en su afán por no parecer una mujer pobre ante su amiga, empezó a caer en la tentación de gastar más de lo debido en caprichos superfluos. Cada compra le dejaba una sensación de culpa, pero el deseo de mantener las apariencias era más fuerte. John, que confiaba plenamente en ella, no sospechaba nada; para él, el hogar seguía siendo su refugio tras el trabajo, y aunque no siempre estaba satisfecho con las complicaciones de la vida doméstica, valoraba a su esposa por encima de todo. Sin embargo, el secreto de las pequeñas deudas y los gastos ocultos comenzó a pesar sobre la conciencia de Meg, quien temía el momento en que sus libros de cuentas revelaran la verdad. La honestidad, que siempre había sido un pilar en su relación, empezaba a verse amenazada por la vanidad, y Meg se sentía atrapada en una red de pequeñas mentiras que, a medida que pasaba el otoño, se hacían más difíciles de ocultar.
El invierno se acercaba, trayendo consigo nuevas responsabilidades y la presión de las fiestas, lo que complicaba aún más la situación financiera. Meg, intentando compensar sus errores, se esforzaba el doble en ser la esposa perfecta, pero su mente estaba constantemente preocupada por la idea de ser descubierta. John, al notar su inquietud, intentaba animarla, sin saber que la raíz de su desasosiego era algo que él mismo, con su rectitud, consideraría un fallo imperdonable. El ambiente en la casa de los Brooke, antes tan alegre, se volvió más tenso a medida que Meg se sumía en sus cavilaciones, esperando, con una mezcla de esperanza y temor, que el tiempo le diera una oportunidad para rectificar sin tener que enfrentarse a la decepción de su marido.
Sin embargo, las pequeñeces costaban más de lo que uno imaginaría; y cuando hizo sus cuentas a final de mes, la suma total la asustó un poco. John estuvo ocupado aquel mes y le dejó las facturas a ella; el mes siguiente él estuvo ausente, pero al tercero hizo un gran ajuste trimestral, y Meg no lo olvidó nunca. Pocos días antes había hecho algo terrible, y eso pesaba en su conciencia. Sallie había estado comprando sedas, y Meg ansiaba una nueva; solo una bonita y clara para fiestas, pues su seda negra era muy corriente, y las cosas finas para vestir por la noche solo eran apropiadas para jovencitas. La tía March solía dar a las hermanas un regalo de veinticinco dólares a cada una por Año Nuevo; solo faltaba un mes, y allí había una preciosa seda violeta a precio de ganga, y ella tenía el dinero, si tan solo se atrevía a tomarlo. John siempre decía que lo suyo era de ella; pero ¿creería él que era correcto gastar no solo los veinticinco dólares venideros, sino otros veinticinco del fondo doméstico? Esa era la cuestión. Sallie le había insistido en que lo hiciera, le había ofrecido prestarle el dinero y, con las mejores intenciones del mundo, había tentado a Meg más allá de sus fuerzas. En un mal momento, el dependiente levantó los hermosos pliegues brillantes y dijo: «Es una ganga, se lo aseguro, señora». Ella respondió: «Me la quedo»; y se cortó y se pagó, y Sallie se había regocijado, y ella se había reído como si no fuera nada importante, y se había marchado sintiendo como si hubiera robado algo y la policía estuviera tras ella.
Cuando llegó a casa, intentó aliviar las punzadas del remordimiento extendiendo la hermosa seda; pero ahora parecía menos plateada, después de todo no le sentaba bien, y las palabras «cincuenta dólares» parecían estampadas como un patrón a lo largo de cada lienzo. La guardó; pero la perseguía, no de forma encantadora, como debería hacer un vestido nuevo, sino de forma terrible, como el fantasma de una locura que no era fácil de disipar. Cuando John sacó sus libros aquella noche, el corazón de Meg se hundió y, por primera vez en su vida matrimonial, tuvo miedo de su marido. Los amables ojos castaños parecían capaces de volverse severos; y aunque él estaba inusualmente alegre, ella se imaginó que la había descubierto, pero que no quería hacérselo saber. Las facturas de la casa estaban todas pagadas, los libros todos en orden. John la había elogiado y estaba desabrochando el viejo monedero que llamaban el «banco», cuando Meg, sabiendo que estaba completamente vacío, detuvo su mano diciendo nerviosamente:
—Todavía no has visto mi libro de gastos privados.
John nunca pedía verlo; pero ella siempre insistía en que lo hiciera, y solía disfrutar de su asombro masculino ante las cosas extrañas que querían las mujeres, y le hacía adivinar qué era un «ribete», le exigía ferozmente el significado de un «abrigate» o se preguntaba cómo una cosa pequeña compuesta por tres capullos de rosa, un poco de terciopelo y un par de cintas podía ser posiblemente un sombrero y costar cinco o seis dólares. Aquella noche, él parecía como si quisiera divertirse cuestionando sus cifras y fingiendo estar horrorizado por su extravagancia, como hacía a menudo, estando particularmente orgulloso de su prudente esposa.
El librito fue traído lentamente y puesto ante él. Meg se colocó detrás de su silla bajo el pretexto de alisar las arrugas de su frente cansada y, de pie allí, dijo, con su pánico aumentando con cada palabra:
—John, querido, me avergüenza mostrarte mi libro, pues realmente he sido terriblemente extravagante últimamente. Salgo tanto que debo tener cosas, ya sabes, y Sallie me aconsejó que lo comprara, así que lo hice; y mi dinero de Año Nuevo pagará parte de ello: pero me arrepentí después de hacerlo, pues sabía que pensarías que estaba mal por mi parte.
John se rió y la atrajo junto a él, diciendo con buen humor:
—No te escondas. No te pegaré si te has comprado un par de botas matadoras; estoy bastante orgulloso de los pies de mi esposa y no me importa si paga ocho o nueve dólares por sus botas, si son de buena calidad.
Aquella había sido una de sus últimas «pequeñeces», y los ojos de John habían caído sobre ella mientras hablaba. «¡Oh, qué dirá cuando llegue a esos horribles cincuenta dólares!», pensó Meg con un escalofrío.
—Es peor que unas botas, es un vestido de seda —dijo ella, con la calma de la desesperación, pues quería que lo peor terminara.
—Bueno, querida, ¿cuál es el «maldito total», como dice el señor Mantalini?
Eso no sonaba como John, y ella supo que él la estaba mirando con la mirada directa que ella siempre había estado dispuesta a afrontar y responder con una igual de franca hasta ese momento. Ella pasó la página y giró la cabeza al mismo tiempo, señalando la suma que habría sido bastante mala sin los cincuenta, pero que era espantosa para ella con ese añadido. Durante un minuto la habitación quedó muy quieta; luego John dijo lentamente —pero ella pudo sentir que le costó un esfuerzo no expresar descontento—:
—Bueno, no sé si cincuenta es mucho para un vestido, con todos los adornos y accesorios que tienes que tener para rematarlo en estos tiempos.
—No está hecho ni adornado —suspiró Meg débilmente, pues un recuerdo repentino del costo aún por incurrir la abrumó por completo.
—Veinticinco yardas de seda parecen mucho para cubrir a una mujer pequeña, pero no me cabe duda de que mi esposa lucirá tan elegante como la de Ned Moffat cuando se lo ponga —dijo John con sequedad.
—Sé que estás enfadado, John, pero no puedo evitarlo. No pretendo malgastar tu dinero, y no pensé que esas pequeñas cosas sumarían tanto. No puedo resistirme a ellas cuando veo a Sallie comprando todo lo que quiere y compadeciéndome porque yo no lo hago. Intento estar contenta, pero es difícil, y estoy cansada de ser pobre.
Las últimas palabras fueron pronunciadas tan bajo que ella pensó que él no las escuchó, pero sí lo hizo, y le hirieron profundamente, pues él se había negado muchos placeres por el bien de Meg. Ella podría haberse mordido la lengua en el minuto en que lo dijo, pues John apartó los libros y se levantó, diciendo, con un pequeño temblor en la voz: «Tenía miedo de esto; hago lo que puedo, Meg». Si él la hubiera regañado, o incluso sacudido, no le habría roto el corazón como esas pocas palabras. Ella corrió hacia él y lo abrazó con fuerza, llorando, con lágrimas de arrepentimiento: «¡Oh, John, mi querido, amable y trabajador chico, no lo decía en serio! Fue tan malvado, tan falso e ingrato, ¡cómo pude decirlo! ¡Oh, cómo pude decirlo!».
Él fue muy amable, la perdonó fácilmente y no profirió ni un reproche; pero Meg supo que había hecho y dicho algo que no sería olvidado pronto, aunque él quizás nunca volviera a aludir a ello. Ella había prometido amarlo en la salud y en la enfermedad; y entonces ella, su esposa, le había reprochado su pobreza, después de gastar sus ganancias imprudentemente. Fue terrible; y lo peor de todo fue que John siguió tan tranquilo después, como si no hubiera pasado nada, excepto que se quedaba en la ciudad hasta más tarde y trabajaba por la noche cuando ella se había ido a llorar hasta dormirse. Una semana de remordimiento casi hizo enfermar a Meg; y el descubrimiento de que John había cancelado el pedido de su nuevo abrigo la redujo a un estado de desesperación que era patético de contemplar. Él simplemente había dicho, en respuesta a sus sorprendidas preguntas sobre el cambio: «No puedo permitírmelo, querida».
Meg no dijo nada más, pero pocos minutos después él la encontró en el recibidor, con el rostro enterrado en el viejo abrigo, llorando como si su corazón fuera a romperse.
Tuvieron una larga conversación aquella noche, y Meg aprendió a amar más a su marido por su pobreza, porque parecía haber hecho de él un hombre, le había dado la fuerza y el coraje para luchar por su propio camino, y le había enseñado una tierna paciencia con la que soportar y consolar los anhelos y fracasos naturales de aquellos a quienes amaba.
Al día siguiente puso su orgullo en el bolsillo, fue a ver a Sallie, le contó la verdad y le pidió que comprara la seda como un favor. La bondadosa señora Moffat lo hizo de buena gana, y tuvo la delicadeza de no hacérselo un regalo inmediatamente después. Luego Meg encargó el abrigo para casa y, cuando John llegó, ella se lo puso y le preguntó qué le parecía su nuevo vestido de seda. Uno puede imaginar qué respuesta dio él, cómo recibió su regalo y qué estado de felicidad se produjo. John llegó a casa temprano, Meg no salió más; y aquel abrigo fue puesto por la mañana por un marido muy feliz, y quitado por la noche por una mujercita muy devota. Así pasó el año, y a mediados del verano llegó a Meg una nueva experiencia, la más profunda y tierna de la vida de una mujer.
Laurie llegó furtivamente a la cocina de Dove-cote, un sábado, con un rostro emocionado, y fue recibido con el choque de platillos; pues Hannah aplaudió con un cazo en una mano y la tapa en la otra.
—¿Cómo está la pequeña mamá? ¿Dónde está todo el mundo? ¿Por qué no me lo dijiste antes de que llegara a casa? —comenzó Laurie, en un susurro fuerte.
—¡Feliz como una reina, la querida! Toda su gente está arriba adorando; no queríamos huracanes por aquí. Ahora ve al salón y yo te los enviaré —con lo cual, esa respuesta algo complicada, Hannah se desvaneció, riendo extasiada.
Al poco tiempo apareció Jo, portando orgullosamente un bulto de franela extendido sobre una gran almohada. El rostro de Jo estaba muy serio, pero sus ojos brillaban, y había un sonido extraño en su voz de emoción reprimida de algún tipo.
—Cierra los ojos y extiende los brazos —dijo ella de forma invitante.
Laurie retrocedió precipitadamente hacia un rincón y puso sus manos a la espalda con un gesto suplicante: —No, gracias, preferiría que no. Lo dejaré caer o lo romperé, tan seguro como el destino.
—Entonces no verás a tu sobrino —dijo Jo decididamente, girándose como para irse.
—¡Lo haré, lo haré! solo que tú debes ser responsable de los daños; y, obedeciendo órdenes, Laurie cerró heroicamente sus ojos mientras algo era puesto en sus brazos. Un estallido de risas de Jo, Amy, la señora March, Hannah y John le hizo abrirlos al minuto siguiente, para encontrarse investido con dos bebés en lugar de uno.
No es de extrañar que rieran, pues la expresión de su rostro era lo bastante cómica como para convulsionar a un cuáquero, mientras estaba allí de pie y miraba salvajemente desde los inocentes inconscientes hasta los espectadores hilarantes, con tal desmayo que Jo se sentó en el suelo y gritó.
—¡Gemelos, por Júpiter! —fue todo lo que dijo por un minuto; luego, volviéndose a las mujeres con una mirada suplicante que era cómicamente lastimera, añadió—: ¡Lleváoslos rápido, alguien! Voy a reírme y se me van a caer.
John rescató a sus bebés y marchó de un lado a otro, con uno en cada brazo, como si ya hubiera sido iniciado en los misterios del cuidado de bebés, mientras Laurie reía hasta que las lágrimas le rodaron por las mejillas.
—Es la mejor broma de la temporada, ¿verdad? No quería que te lo dijeran, porque me propuse sorprenderte, y me halago a mí mismo al decir que lo he hecho —dijo Jo, cuando recuperó el aliento.
—Nunca estuve más asombrado en mi vida. ¿No es divertido? ¿Son niños? ¿Cómo vais a llamarlos? Dejadme echar otro vistazo. Sostenme, Jo; pues por mi vida es uno demasiado para mí —respondió Laurie, observando a los infantes con el aire de un gran y benevolente Terranova mirando a un par de gatitos infantiles.
—Niño y niña. ¿No son bellezas? —dijo el orgulloso papá, irradiando hacia los pequeños retorcientes rojos como si fueran ángeles sin alas.
—Los niños más extraordinarios que he visto nunca. ¿Cuál es cuál? —y Laurie se inclinó como el brazo de un pozo para examinar a los prodigios.
—Amy puso una cinta azul al niño y una rosa a la niña, a la moda francesa, para que siempre podáis distinguirlos. Además, uno tiene los ojos azules y el otro castaños. Bésalos, tío Teddy —dijo la malvada Jo.
—Me temo que podría no gustarles —comenzó Laurie, con una timidez inusual en tales asuntos.
—Por supuesto que les gustará; están acostumbrados ya. ¡Hazlo en este minuto, señor! —ordenó Jo, temiendo que pudiera proponer un sustituto.
Laurie arrugó su cara y obedeció con un beso cauto en cada mejilla pequeña que produjo otra risa e hizo que los bebés chillaran.
—¡Ahí, sabía que no les gustaba! Ese es el niño; miradle dar patadas; golpea con sus puños como un campeón. Vamos, joven Brooke, enfréntate a un hombre de tu propia talla, ¿quieres? —gritó Laurie, encantado con un toque en la cara de un puñito diminuto, aleteando sin rumbo.
—Se llamará John Laurence, y la niña Margaret, por madre y abuela. La llamaremos Daisy, para no tener dos Megs, y supongo que el hombrecito será Jack, a menos que encontremos un nombre mejor —dijo Amy, con interés de tía.
—Llamadlo Demijohn, y llamadle «Demi» para abreviar —dijo Laurie.
—Daisy y Demi, ¡justo lo que hace falta! Sabía que Teddy lo haría —gritó Jo, aplaudiendo.
Teddy ciertamente lo había hecho aquella vez, pues los bebés fueron «Daisy» y «Demi» hasta el final del capítulo.
XXIX.
VISITAS.
—Vamos, Jo, es la hora.
—¿Para qué?
—No querrás decir que has olvidado que prometiste hacer media docena de visitas conmigo hoy?
—He hecho muchas cosas precipitadas y tontas en mi vida, pero no creo haber estado nunca lo suficientemente loca como para decir que haría seis visitas en un día, cuando una sola me altera durante una semana.
—Sí, lo hiciste; fue un trato entre nosotras. Yo debía terminar el carboncillo de Beth para ti, y tú debías ir apropiadamente conmigo y devolver las visitas de nuestros vecinos.
—Si hacía buen tiempo, eso estaba en el contrato; y me atengo a la letra de mi contrato, Shylock. Hay un montón de nubes en el este; no hace buen tiempo, y no voy.
—Eso es escaquearse. Es un día precioso, no hay probabilidad de lluvia, y tú te enorgulleces de cumplir tus promesas; así que sé honorable; ven y cumple con tu deber, y luego estarás en paz por otros seis meses.
En ese minuto Jo estaba particularmente absorta en la costura; pues era la modista general de la familia y se atribuía especial mérito porque podía usar una aguja tan bien como una pluma. Era muy provocador ser arrestada en el acto de una primera prueba y recibir la orden de salir a hacer visitas con sus mejores galas en un día cálido de julio. Odiaba las visitas de tipo formal y nunca hacía ninguna hasta que Amy la obligaba con un trato, un soborno o una promesa. En el presente caso, no había escapatoria; y tras haber entrechocado sus tijeras rebeldes, mientras protestaba que olía a trueno, cedió, guardó su trabajo y, tomando su sombrero y guantes con aire de resignación, le dijo a Amy que la víctima estaba lista.
—Jo March, ¡eres lo suficientemente perversa como para provocar a un santo! No pretenderás hacer visitas en ese estado, espero —gritó Amy, observándola con asombro.
—¿Por qué no? Estoy pulcra, fresca y cómoda; bastante apropiado para un paseo polvoriento en un día cálido. Si a la gente le importa más mi ropa que yo misma, no deseo verlos. Puedes vestirte por las dos y ser tan elegante como te plazca: a ti te compensa estar fina; a mí no, y los adornos solo me preocupan.
—¡Oh, Dios! —suspiró Amy—; ahora está en un ataque de contrariedad y me volverá loca antes de que pueda prepararla adecuadamente. Estoy segura de que no es un placer para mí ir hoy, pero es una deuda que tenemos con la sociedad, y no hay nadie que la pague más que tú y yo. Haré cualquier cosa por ti, Jo, si solo te vistes bien y vienes a ayudarme a hacer lo civilizado. Puedes hablar tan bien, lucir tan aristocrática con tus mejores cosas y comportarte tan maravillosamente si te esfuerzas, que estoy orgullosa de ti. Tengo miedo de ir sola; por favor, ven y cuídame.
—Eres una gatita astuta al adular y engatusar a tu hermana mayor de mal genio de esa manera. ¡La idea de que yo sea aristocrática y bien educada, y que tú tengas miedo de ir a cualquier parte sola! No sé qué es lo más absurdo. Bueno, iré si debo hacerlo, y haré lo mejor que pueda. Tú serás la comandante de la expedición y yo obedeceré ciegamente; ¿te satisfará eso? —dijo Jo, con un cambio repentino de la perversidad a la sumisión como un cordero.
—¡Eres un querubín perfecto! Ahora ponte todas tus mejores cosas y te diré cómo comportarte en cada lugar, para que causes una buena impresión. Quiero que la gente te quiera, y lo harían si solo intentaras ser un poco más agradable. Hazte el peinado bonito y ponte la rosa rosa en tu sombrero; es favorecedor, y te ves demasiado sobria con tu traje sencillo. Toma tus guantes claros y el pañuelo bordado. Pasaremos por lo de Meg y pediremos prestada su sombrilla blanca, y entonces podrás tener la mía de color paloma.
Mientras Amy se vestía, daba sus órdenes, y Jo las obedecía; no sin presentar protesta, sin embargo, pues suspiraba mientras crujía su nuevo organdí, fruncía el ceño oscuramente hacia sí misma mientras ataba las cintas de su sombrero en un lazo irreprochable, luchaba viciosamente con los alfileres mientras se ponía el cuello, arrugaba sus rasgos en general mientras sacudía el pañuelo, cuyo bordado era tan irritante para su nariz como lo era la presente misión para sus sentimientos; y cuando hubo apretado sus manos dentro de guantes ajustados con tres botones y una borla, como el toque final de elegancia, se volvió hacia Amy con una expresión de rostro imbécil, diciendo mansamente:
—Estoy perfectamente miserable; pero si me consideras presentable, moriré feliz.
—Eres altamente satisfactoria; gira lentamente y déjame echar un vistazo cuidadoso. Jo giró, y Amy dio un toque aquí y allá, luego retrocedió, con la cabeza hacia un lado, observando graciosamente: —Sí, servirás; tu cabeza es todo lo que podría pedir, pues ese sombrero blanco con la rosa es bastante fascinante. Echa los hombros hacia atrás y lleva las manos con soltura, no importa si tus guantes te aprietan. Hay una cosa que puedes hacer bien, Jo, eso es, llevar un chal —yo no puedo—; pero es muy agradable verte, y estoy tan contenta de que la tía March te diera ese tan encantador; es sencillo, pero hermoso, y esos pliegues sobre el brazo son realmente artísticos. ¿Está la punta de mi mantilla en el medio, y he recogido mi vestido uniformemente? Me gusta mostrar mis botas, pues mis pies son bonitos, aunque mi nariz no lo sea.
—Eres una cosa de belleza y una alegría para siempre —dijo Jo, mirando a través de su mano con aire de experta a la pluma azul contra el cabello dorado. —¿Debo arrastrar mi mejor vestido por el polvo, o recogerlo, por favor, señora?
—Sostenlo cuando camines, pero déjalo caer en casa; el estilo de barrido te queda mejor, y debes aprender a arrastrar tus faldas con gracia. No has abotonado ni la mitad de un puño; hazlo de inmediato. Nunca te verás acabada si no tienes cuidado con los pequeños detalles, pues conforman el todo agradable.
Jo suspiró y procedió a reventar los botones de su guante al abrocharse el puño; pero al fin ambas estaban listas y se alejaron navegando, luciendo «tan bonitas como cuadros», dijo Hannah, mientras se asomaba por la ventana superior para observarlas.
—Ahora, Jo querida, los Chester se consideran personas muy elegantes, así que quiero que te pongas tu mejor comportamiento. No hagas ninguno de tus comentarios bruscos, ni hagas nada extraño, ¿quieres? Solo sé tranquila, fría y silenciosa; eso es seguro y propio de una dama; y puedes hacerlo fácilmente durante quince minutos —dijo Amy, mientras se acercaban al primer lugar, tras haber tomado prestada la sombrilla blanca y ser inspeccionadas por Meg, con un bebé en cada brazo.
—Déjame ver. «Tranquila, fría y silenciosa», sí, creo que puedo prometer eso. He interpretado el papel de una joven remilgada en el escenario, y lo intentaré fuera de él. Mis facultades son grandes, como verás; así que estate tranquila, hija mía.
Amy parecía aliviada, pero la pícara Jo la tomó al pie de la letra; pues, durante la primera visita, se sentó con cada extremidad compuesta con gracia, cada pliegue correctamente drapeado, tranquila como un mar de verano, fría como un banco de nieve y silenciosa como una esfinge. En vano la señora Chester aludió a su "encantadora novela", y las señoritas Chester introdujeron temas de fiestas, picnics, la ópera y la moda; a todas y cada una se les respondió con una sonrisa, una inclinación de cabeza y un recatado "Sí" o "No", con el punto gélido incluido. En vano Amy telegrafió la palabra "Habla", intentó sonsacarle y le propinó discretos codazos con el pie. Jo permanecía sentada como si fuera blandamente inconsciente de todo ello, con un porte como el rostro de Maud, "gélidamente regular, espléndidamente nulo".
"¡Qué criatura tan altiva y poco interesante es esa mayor de las señoritas March!", fue el comentario, desgraciadamente audible, de una de las damas, mientras la puerta se cerraba tras sus invitadas. Jo se rió sin hacer ruido por todo el pasillo, pero Amy miró con disgusto el fracaso de sus instrucciones y, muy naturalmente, echó la culpa a Jo.
"¿Cómo has podido malinterpretarme así? Solo pretendía que fueras propiamente digna y compuesta, y te has convertido en un verdadero tronco, en una piedra. Intenta ser sociable en casa de los Lamb, cotillea como hacen otras chicas, e interésate por la ropa, los coqueteos y cualquier tontería que surja. Ellos se mueven en la mejor sociedad, son personas valiosas para nosotros, y no dejaría de causar una buena impresión allí por nada del mundo".
"Seré agradable; cotillearé y me reiré, y sentiré horrores y arrebatos por cualquier insignificancia que quieras. Me divierte bastante esto, y ahora imitaré lo que se llama 'una chica encantadora'; puedo hacerlo, pues tengo a May Chester como modelo, y la superaré. Ya verás cómo los Lamb dicen: '¡Qué criatura tan viva y agradable es esa Jo March!'".
Amy se sintió ansiosa, y con razón, pues cuando a Jo le daban sus prontos no se sabía dónde se detendría. El rostro de Amy era un estudio cuando vio a su hermana deslizarse en el siguiente salón, besar a todas las jóvenes con efusión, irradiar gracia sobre los caballeros y unirse a la charla con un espíritu que asombraba a quien la miraba. Amy fue tomada bajo posesión por la señora Lamb, de quien era una favorita, y obligada a escuchar un largo relato del último ataque de Lucrecia, mientras tres encantadores jóvenes revoloteaban cerca, esperando una pausa para entrar al rescate. Situada así, fue incapaz de frenar a Jo, quien parecía poseída por un espíritu de travesura y hablaba con tanta volubilidad como la anciana. Un grupo de cabezas se reunió a su alrededor, y Amy tensó los oídos para escuchar lo que ocurría; pues frases entrecortadas la llenaban de alarma, los ojos redondos y las manos levantadas la atormentaban con la curiosidad, y los frecuentes estallidos de risa la volvían loca por compartir la diversión. Uno puede imaginar su sufrimiento al oír fragmentos de este tipo de conversación:
"Monta espléndidamente, ¿quién le enseñó?"
"Nadie; solía practicar el montaje, sostener las riendas y sentarse derecha sobre una vieja silla en un árbol. Ahora monta cualquier cosa, porque no sabe lo que es el miedo, y el mozo de cuadra le deja caballos baratos, porque ella los entrena para que lleven a las damas muy bien. Tiene tal pasión por ello que a menudo le digo que si todo lo demás falla puede ser domadora de caballos y ganarse la vida así".
Ante este terrible discurso, Amy se contuvo con dificultad, pues se estaba dando la impresión de que era una joven algo ligera, que era su especial aversión. Pero, ¿qué podía hacer? Pues la anciana estaba a mitad de su historia, y mucho antes de que terminara, Jo ya se había lanzado de nuevo, haciendo más revelaciones cómicas y cometiendo errores aún más temibles.
"Sí, Amy estaba desesperada ese día, porque todas las buenas bestias se habían ido, y de las tres que quedaban, una estaba coja, otra ciega y la otra era tan obstinada que tenías que ponerle tierra en la boca antes de que empezara a moverse. Bonito animal para una partida de placer, ¿no?"
"¿Cuál eligió ella?", preguntó uno de los caballeros que reían, quien disfrutaba del tema.
"Ninguno; oyó hablar de un caballo joven en la granja al otro lado del río, y aunque una dama nunca lo había montado, decidió intentarlo porque era hermoso y brioso. Sus esfuerzos fueron realmente patéticos; no había nadie que llevara el caballo a la silla, así que ella llevó la silla al caballo. ¡Mi querida criatura, realmente la remó a través del río, se la puso en la cabeza y marchó hacia el granero ante el asombro total del viejo!"
"¿Montó el caballo?"
"Por supuesto que sí, y lo pasó de maravilla. Esperaba verla traída a casa en pedazos, pero lo manejó perfectamente y fue el alma de la fiesta".
"¡Bueno, yo llamo a eso tener agallas!", y el joven señor Lamb dirigió una mirada de aprobación hacia Amy, preguntándose qué podría estar diciendo su madre para que la chica se viera tan roja e incómoda.
Estaba aún más roja e incómoda un momento después, cuando un giro repentino en la conversación introdujo el tema de la vestimenta. Una de las señoritas le preguntó a Jo de dónde había sacado el bonito sombrero color avellana que llevó al picnic; y la estúpida Jo, en lugar de mencionar el lugar donde fue comprado hace dos años, tuvo que responder, con innecesaria franqueza: "Oh, Amy lo pintó; no puedes comprar esos tonos suaves, así que pintamos los nuestros de cualquier color que nos guste. Es un gran consuelo tener una hermana artística".
"¿No es esa una idea original?", gritó la señorita Lamb, a quien Jo le parecía muy divertida.
"Eso no es nada comparado con algunas de sus brillantes actuaciones. No hay nada que la niña no pueda hacer. Vaya, ella quería un par de botas azules para la fiesta de Sallie, así que simplemente pintó sus botas blancas manchadas del tono de azul cielo más encantador que jamás hayas visto, y parecían exactamente de satén", añadió Jo, con un aire de orgullo por los logros de su hermana que exasperaba a Amy hasta el punto de sentir que sería un alivio lanzarle su tarjetero.
"Leímos una historia tuya el otro día, y la disfrutamos mucho", observó la mayor de las señoritas Lamb, deseando cumplimentar a la dama literaria, quien no parecía el personaje en ese momento, hay que confesarlo.
Cualquier mención de sus "obras" siempre tenía un mal efecto en Jo, quien o se volvía rígida y parecía ofendida, o cambiaba el tema con un comentario brusco, como ahora. "Lamento que no pudieras encontrar nada mejor que leer. Escribo esa basura porque se vende, y a la gente corriente le gusta. ¿Vas a ir a Nueva York este invierno?"
Como la señorita Lamb había "disfrutado" la historia, este discurso no fue precisamente agradecido ni halagador. En el minuto en que lo hizo, Jo vio su error; pero, temiendo empeorar las cosas, recordó de repente que le correspondía a ella hacer el primer movimiento hacia la partida, y lo hizo con una brusquedad que dejó a tres personas con frases a medio terminar en la boca.
"Amy, debemos irnos. Adiós, querida; ven a vernos; nos estamos consumiendo por una visita. No me atrevo a pedirle que venga, señor Lamb; pero si usted viniera, no creo que tenga el corazón para despedirlo".
Jo dijo esto con una imitación tan cómica del estilo efusivo de May Chester que Amy salió de la habitación lo más rápido posible, sintiendo un fuerte deseo de reír y llorar al mismo tiempo.
"¿No lo hice bien?", preguntó Jo, con aire satisfecho, mientras se alejaban.
"Nada podría haber sido peor", fue la respuesta demoledora de Amy. "¿Qué te poseyó para contar esas historias sobre mi silla de montar, los sombreros y las botas, y todo el resto?"
"Vaya, es divertido, y divierte a la gente. Saben que somos pobres, así que no sirve de nada fingir que tenemos mozos de cuadra, que compramos tres o cuatro sombreros por temporada y que tenemos las cosas tan fáciles y refinadas como ellos".
"No hace falta que vayas contándoles todos nuestros pequeños apuros y expongas nuestra pobreza de esa manera tan innecesaria. No tienes ni pizca de orgullo propio, y nunca aprenderás cuándo mantener la lengua quieta y cuándo hablar", dijo Amy desesperada.
La pobre Jo parecía avergonzada, y silenciosamente se frotó la punta de la nariz con el pañuelo almidonado, como si hiciera penitencia por sus fechorías.
"¿Cómo debo comportarme aquí?", preguntó, a medida que se acercaban a la tercera mansión.
"Haz lo que quieras; me lavo las manos contigo", fue la corta respuesta de Amy.
"Entonces me divertiré. Los chicos están en casa, y pasaremos un buen rato. Dios sabe que necesito un poco de cambio, porque la elegancia tiene un mal efecto en mi constitución", respondió Jo bruscamente, al estar molesta por sus fracasos en encajar.
Una bienvenida entusiasta de tres chicos grandes y varios niños lindos suavizó rápidamente sus sentimientos alterados; y, dejando a Amy para que entretuviera a la anfitriona y al señor Tudor, que también estaba de visita, Jo se dedicó a los jóvenes y encontró el cambio refrescante. Escuchó historias universitarias con profundo interés, acarició perros de caza y caniches sin murmurar, estuvo de acuerdo de todo corazón en que "Tom Brown era un pedazo de pan", sin importar la forma impropia del elogio; y cuando un muchacho propuso una visita a su tanque de tortugas, ella fue con una prontitud que hizo que mamá le sonriera, mientras esa dama maternal se acomodaba el gorro que quedó en una condición ruinosa por los abrazos filiales, como de oso pero afectuosos, y más queridos para ella que el peinado más impecable de las manos de una inspirada francesa.
Dejando a su hermana a su suerte, Amy procedió a disfrutar a sus anchas. El tío del señor Tudor se había casado con una dama inglesa que era prima tercera de un lord viviente, y Amy miraba a toda la familia con gran respeto; pues, a pesar de su nacimiento y crianza estadounidenses, poseía esa reverencia por los títulos que acecha a los mejores de nosotros; esa lealtad no reconocida a la fe primitiva en los reyes que puso a la nación más democrática bajo el sol en efervescencia con la llegada de un principito real de cabellos dorados, hace algunos años, y que todavía tiene algo que ver con el amor que el país joven siente por el viejo, como el de un hijo grande por una madre pequeña e imperiosa, que lo retuvo mientras pudo, y lo dejó ir con un regaño de despedida cuando se rebeló. Pero incluso la satisfacción de hablar con un pariente lejano de la nobleza británica no hizo que Amy se olvidara del tiempo; y cuando pasó el número adecuado de minutos, se arrancó a regañadientes de esta sociedad aristocrática, y buscó a Jo, esperando fervientemente que su incorregible hermana no fuera encontrada en ninguna posición que trajera desgracia al nombre de los March.
Podría haber sido peor, pero Amy lo consideró malo; pues Jo estaba sentada en el césped, con un campamento de chicos a su alrededor, y un perro de patas sucias reposando sobre el dobladillo de su vestido de gala y fiesta, mientras relataba una de las travesuras de Laurie a su audiencia admiradora. Un niño pequeño estaba pinchando tortugas con la preciada sombrilla de Amy, un segundo estaba comiendo pan de jengibre sobre el mejor sombrero de Jo, y un tercero jugaba a la pelota con sus guantes. Pero todos se estaban divirtiendo; y cuando Jo recogió sus pertenencias dañadas para irse, su escolta la acompañó, rogándole que volviera, "era tan divertido oír hablar de las travesuras de Laurie".
"Chicos excelentes, ¿verdad? Me siento bastante joven y vivaz de nuevo después de esto", dijo Jo, paseando con las manos a la espalda, en parte por hábito, en parte para ocultar la sombrilla salpicada.
"¿Por qué evitas siempre al señor Tudor?", preguntó Amy, absteniéndose sabiamente de cualquier comentario sobre la apariencia destartalada de Jo.
"No me gusta; se da aires, desprecia a sus hermanas, preocupa a su padre y no habla respetuosamente de su madre. Laurie dice que es un libertino, y no lo considero un conocido deseable; así que lo dejo en paz".
"Podrías tratarlo con cortesía, al menos. Le diste un asentimiento frío; y hace un momento inclinaste la cabeza y sonreíste de la manera más educada a Tommy Chamberlain, cuyo padre tiene una tienda de comestibles. Si hubieras invertido el asentimiento y la reverencia, habría sido lo correcto", dijo Amy con reproche.
"No, no lo habría sido", respondió la perversa Jo; "no me gusta, no respeto ni admiro a Tudor, aunque el sobrino del tío del abuelo de su abuelo fuera primo tercero de un lord. Tommy es pobre, tímido, bueno y muy inteligente; tengo una buena opinión de él, y me gusta demostrarlo, pues es un caballero a pesar de los paquetes de papel de estraza".
"No tiene sentido intentar discutir contigo", empezó Amy.
"Ni el más mínimo, querida", interrumpió Jo; "así que pongámonos amables y dejemos una tarjeta aquí, ya que los King están evidentemente fuera, por lo cual estoy profundamente agradecida".
Habiendo hecho su deber el tarjetero de la familia, las chicas siguieron caminando, y Jo pronunció otra acción de gracias al llegar a la quinta casa, y al ser informada de que las señoritas estaban ocupadas.
"Ahora vámonos a casa, y no te preocupes por la tía March hoy. Podemos bajar allí en cualquier momento, y es una lástima arrastrarnos por el polvo con nuestras mejores galas, cuando estamos cansadas y de mal humor".
"Habla por ti, si me haces el favor. A la tía le gusta que le hagamos el cumplido de venir con estilo y hacer una visita formal; es una pequeña cosa que hacer, pero le da placer, y no creo que dañe tus cosas ni la mitad que dejar que perros sucios y chicos torpes las estropeen. Agáchate y déjame quitarte las migas del sombrero".
"¡Qué buena chica eres, Amy!", dijo Jo, con una mirada de arrepentimiento de su propio traje dañado al de su hermana, que estaba fresco y sin manchas todavía. "Ojalá fuera tan fácil para mí hacer pequeñas cosas para complacer a la gente como lo es para ti. Pienso en ellas, pero lleva demasiado tiempo hacerlas; así que espero una oportunidad para conferir un gran favor, y dejo que las pequeñas se escapen; pero creo que al final son las que mejor cuentan".
Amy sonrió y se apaciguó de inmediato, diciendo con aire maternal:
"Las mujeres deberían aprender a ser agradables, particularmente las pobres; pues no tienen otra forma de pagar las bondades que reciben. Si recordaras eso y lo practicaras, serías mejor vista que yo, porque hay más de ti".
"Soy una vieja caprichosa, y siempre lo seré, pero estoy dispuesta a admitir que tienes razón; solo que es más fácil para mí arriesgar mi vida por una persona que ser agradable con ella cuando no tengo ganas. Es una gran desgracia tener gustos y aversiones tan fuertes, ¿no?"
"Es mayor no ser capaz de ocultarlos. No me importa decir que no apruebo a Tudor más de lo que tú lo haces; pero no estoy obligada a decírselo; tú tampoco, y no sirve de nada hacerte desagradable porque él lo es".
"Pero creo que las chicas deberían mostrar cuándo desaprueban a los jóvenes; y ¿cómo pueden hacerlo sino mediante sus modales? Predicar no sirve de nada, como sé por experiencia, desde que tengo a Teddy que manejar; pero hay muchas pequeñas formas en las que puedo influir en él sin decir una palabra, y digo que deberíamos hacerlo con los demás si podemos".
"Teddy es un chico notable, y no puede ser tomado como una muestra de otros chicos", dijo Amy, en un tono de convicción solemne, que habría convulsionado al "chico notable", si lo hubiera oído. "Si fuéramos beldades, o mujeres de riqueza y posición, podríamos hacer algo, quizás; pero fruncir el ceño ante un grupo de jóvenes porque no los aprobamos, y sonreír ante otro grupo porque lo hacemos, no tendría ni una pizca de efecto, y solo seríamos consideradas extrañas y puritanas".
"Así que debemos apoyar cosas y personas que detestamos, ¿simplemente porque no somos beldades y millonarias? Esa es una buena clase de moralidad".
"No puedo discutir sobre eso, solo sé que es la forma en que funciona el mundo; y las personas que se enfrentan a ello solo consiguen que se rían de ellas por sus esfuerzos. No me gustan los reformadores, y espero que nunca intentes ser uno".
"A mí sí me gustan, y seré una si puedo; pues a pesar de las risas, el mundo nunca saldría adelante sin ellos. No podemos estar de acuerdo en eso, pues tú perteneces al viejo grupo, y yo al nuevo: a ti te irá mejor, pero yo me lo pasaré más animadamente. Creo que prefiero disfrutar de los ladrillazos y los abucheos".
"Bueno, cálmate ahora, y no molestes a la tía con tus nuevas ideas".
"Intentaré no hacerlo, pero siempre me posee el impulso de soltar algún discurso particularmente contundente o sentimiento revolucionario delante de ella; es mi destino, y no puedo evitarlo".
Encontraron a la tía Carrol con la anciana, ambas absortas en algún tema muy interesante; pero lo dejaron cuando las chicas entraron, con una mirada consciente que delataba que habían estado hablando de sus sobrinas. Jo no estaba de buen humor, y el ataque de perversidad volvió; pero Amy, que había cumplido virtuosamente con su deber, mantuvo la calma y agradó a todos, estaba en un estado de ánimo de lo más angelical. Este espíritu amable se sintió de inmediato, y ambas tías la llamaron cariñosamente, pareciendo lo que más tarde dijeron enfáticamente: "Esa niña mejora cada día".
"¿Vas a ayudar con la feria, querida?", preguntó la señora Carrol, mientras Amy se sentaba a su lado con el aire confidencial que tanto les gusta a las personas mayores en los jóvenes.
"Sí, tía. La señora Chester me preguntó si lo haría, y me ofrecí a atender una mesa, ya que no tengo nada más que mi tiempo para dar".
"Yo no", intervino Jo decididamente. "Odio que me traten con condescendencia, y los Chester piensan que es un gran favor permitirnos ayudar en su feria altamente relacionada. Me extraña que aceptaras, Amy: solo quieren que trabajes".
"Estoy dispuesta a trabajar: es para los libertos tanto como para los Chester, y me parece muy amable de su parte dejarme compartir el trabajo y la diversión. La condescendencia no me molesta cuando es bienintencionada".
"Muy correcto y apropiado. Me gusta tu espíritu agradecido, querida; es un placer ayudar a las personas que aprecian nuestros esfuerzos: algunos no lo hacen, y eso es irritante", observó la tía March, mirando por encima de sus gafas a Jo, quien se sentaba aparte, meciéndose, con una expresión algo hosca.
Si Jo solo hubiera sabido qué gran felicidad estaba oscilando en la balanza para una de ellas, se habría vuelto dócil en un minuto; pero, desafortunadamente, no tenemos ventanas en nuestros pechos, y no podemos ver lo que sucede en las mentes de nuestros amigos; mejor para nosotros que no podamos por lo general, pero de vez en cuando sería un gran consuelo, un gran ahorro de tiempo y temperamento. Con su siguiente discurso, Jo se privó de varios años de placer, y recibió una lección oportuna en el arte de mantener la lengua quieta.
"No me gustan los favores; me oprimen y me hacen sentir como una esclava. Preferiría hacer todo por mí misma, y ser perfectamente independiente".
"¡Ejem!", tosió la tía Carrol suavemente, con una mirada a la tía March.
"Te lo dije", dijo la tía March, con un asentimiento decidido a la tía Carrol.
Misericordiosamente inconsciente de lo que había hecho, Jo se sentó con la nariz en el aire, y un aspecto revolucionario que no era nada invitante.
"¿Hablas francés, querida?", preguntó la señora Carrol, poniendo su mano sobre la de Amy.
"Bastante bien, gracias a la tía March, que deja que Esther hable conmigo tan a menudo como me gusta", respondió Amy, con una mirada agradecida, que hizo que la anciana sonriera afablemente.
"¿Cómo estás con los idiomas?", preguntó la señora Carrol a Jo.
"No sé ni una palabra; soy muy estúpida para estudiar cualquier cosa; no soporto el francés, es un idioma tan resbaladizo y tonto", fue la respuesta brusca.
Otra mirada pasó entre las damas, y la tía March dijo a Amy: "Estás bastante fuerte y bien, ahora, ¿verdad, querida? Los ojos ya no te molestan, ¿verdad?"
"En absoluto, gracias, señora. Estoy muy bien, y pretendo hacer grandes cosas el próximo invierno, para estar lista para Roma, cuando llegue ese momento dichoso".
"¡Buena chica! Mereces ir, y estoy segura de que lo harás algún día", dijo la tía March, con una palmadita de aprobación en la cabeza, mientras Amy recogía su ovillo para ella.
«Remienda el parche, echa el cerrojo, siéntate junto al fuego e hila»,
graznó Polly, inclinándose desde su percha en el respaldo de la silla para asomarse al rostro de Jo con un aire tan cómico de impertinente curiosidad que fue imposible no reírse.
—Pájaro de gran observación —dijo la anciana.
—¿Vienes a dar un paseo, querida? —exclamó Polly, saltando hacia el armario de la porcelana con una mirada que sugería terrones de azúcar.
—Gracias, lo haré. Vamos, Amy —y Jo puso fin a la visita, sintiendo con más fuerza que nunca que las visitas tenían un efecto nefasto en su constitución. Estrechó las manos de manera caballeresca, pero Amy besó a ambas tías y las jóvenes se marcharon, dejando tras de sí la impresión de sombra y sol; impresión que llevó a la tía March a decir, mientras se desvanecían:
—Será mejor que lo hagas, Mary; yo pondré el dinero —y a la tía Carrol a responder con decisión: —Ciertamente lo haré, si su padre y su madre dan su consentimiento.
XXX.
CONSECUENCIAS.
La feria de la señora Chester era tan elegante y selecta que las jóvenes del vecindario consideraban un gran honor ser invitadas a ocupar una mesa, y todas estaban muy interesadas en el asunto. A Amy se la invitó, pero a Jo no, lo cual fue afortunado para todas las partes, ya que sus codos estaban decididamente en jarras en esta época de su vida, y le costó muchos golpes duros aprender a desenvolverse con soltura. A la «criatura altiva y poco interesante» se la dejó tranquilamente de lado; pero el talento y el buen gusto de Amy fueron debidamente elogiados con el ofrecimiento de la mesa de arte, y ella se esforzó por preparar y asegurar contribuciones apropiadas y valiosas para la misma.
Todo marchaba sobre ruedas hasta el día anterior a la apertura de la feria; entonces ocurrió una de esas pequeñas escaramuzas que es casi imposible evitar cuando unas veinticinco mujeres, jóvenes y mayores, con todas sus rencillas y prejuicios privados, intentan trabajar juntas.
May Chester sentía algo de envidia de Amy porque esta última era una favorita mayor que ella, y, precisamente en ese momento, ocurrieron varias circunstancias triviales que aumentaron el sentimiento. El delicado trabajo de pluma y tinta de Amy eclipsaba por completo los jarrones pintados de May; esa fue una espina; luego, el invencible Tudor había bailado cuatro veces con Amy en una fiesta reciente y solo una vez con May; esa fue la espina número dos; pero la queja principal que enconaba su alma, y le daba una excusa para su conducta poco amistosa, era un rumor que alguna chismosa servicial le había susurrado: que las chicas March se habían burlado de ella en casa de los Lamb. Toda la culpa de esto debería haber recaído sobre Jo, pues su traviesa imitación había sido demasiado realista como para no ser descubierta, y los juguetones Lamb habían permitido que la broma se filtrara. Sin embargo, ninguna pista de esto había llegado a las culpables, y puede imaginarse el desconsuelo de Amy cuando, la misma víspera de la feria, mientras daba los últimos toques a su bonita mesa, la señora Chester, que, por supuesto, resentía la supuesta burla hacia su hija, dijo en tono amable, pero con una mirada fría:
—He descubierto, querida, que hay cierto malestar entre las jóvenes porque yo le dé esta mesa a alguien que no sea una de mis hijas. Como esta es la mesa más prominente y, según dicen algunos, la más atractiva de todas, y ellas son las principales organizadoras de la feria, se ha considerado mejor que ocupen ellas este lugar. Lo siento, pero sé que estás demasiado sinceramente interesada en la causa como para que te importe una pequeña decepción personal, y tendrás otra mesa si quieres.
La señora Chester había imaginado de antemano que sería fácil pronunciar este pequeño discurso; pero cuando llegó el momento, le resultó bastante difícil decirlo con naturalidad, con los ojos desprevenidos de Amy mirándola directamente, llenos de sorpresa y preocupación.
Amy sintió que había algo detrás de esto, pero no pudo adivinar qué, y dijo tranquilamente, sintiéndose herida y demostrándolo:
—¿Quizás prefiere usted que no ocupe ninguna mesa en absoluto?
—Ahora, querida, no guardes rencor, te lo ruego; es simplemente una cuestión de conveniencia, ya ves; mis hijas naturalmente llevarán la voz cantante, y esta mesa se considera su lugar propio. Me parece muy apropiada para ti y me siento muy agradecida por tus esfuerzos para hacerla tan bonita; pero debemos renunciar a nuestros deseos privados, por supuesto, y me aseguraré de que tengas un buen lugar en otra parte. ¿No te gustaría la mesa de flores? Las niñas pequeñas se encargaron de ella, pero están desanimadas. Podrías hacer una cosa encantadora con ella, y la mesa de flores siempre es atractiva, ya sabes.
—Especialmente para los caballeros —añadió May, con una mirada que iluminó a Amy sobre una de las causas de su repentina caída en desgracia. Se sonrojó con ira, pero no tomó otra nota de aquel sarcasmo juvenil y respondió con inesperada amabilidad:
—Será como usted quiera, señora Chester. Renunciaré a mi lugar aquí de inmediato y me ocuparé de las flores, si le parece bien.
—Puedes poner tus propias cosas en tu mesa, si lo prefieres —comenzó a decir May, sintiéndose un poco culpable al mirar los bonitos estantes, las conchas pintadas y las curiosas iluminaciones que Amy había hecho con tanto cuidado y arreglado con tanta gracia. Lo decía con buena intención, pero Amy malinterpretó el significado y dijo rápidamente:
—Oh, ciertamente, si estorban —y barriendo sus contribuciones hacia su delantal, a troche y moche, se alejó, sintiendo que ella misma y sus obras de arte habían sido insultadas más allá de toda posible perdón.
—Ahora está enfadada. Oh, Dios, ojalá no te hubiera pedido que hablaras, mamá —dijo May, mirando con desconsuelo los espacios vacíos en su mesa.
—Las riñas de las chicas pasan pronto —respondió su madre, sintiéndose un poco avergonzada de su propio papel en esta, como bien debía.
Las niñas pequeñas recibieron a Amy y a sus tesoros con deleite, cuya cordial bienvenida calmó un poco su espíritu perturbado, y se puso manos a la obra, decidida a triunfar floralmente, si no podía artísticamente. Pero todo parecía estar en su contra: era tarde y estaba cansada; todas estaban demasiado ocupadas con sus propios asuntos para ayudarla; y las niñas pequeñas solo eran un estorbo, pues las queridas niñas se alborotaban y parloteaban como urracas, creando una gran confusión en sus ingenuos esfuerzos por preservar el orden más perfecto. El arco de hoja perenne no se mantenía firme después de haberlo colocado, sino que se tambaleaba y amenazaba con caer sobre su cabeza cuando se llenaban las cestas colgantes; su mejor azulejo recibió una salpicadura de agua, que dejó una lágrima de sepia en la mejilla de Cupido; se magulló las manos con el martillo y se resfrió trabajando en una corriente de aire, cuya última aflicción la llenó de aprensiones para el día siguiente. Cualquier chica lectora que haya sufrido aflicciones similares simpatizará con la pobre Amy y le deseará un buen final en su tarea.
Hubo una gran indignación en casa cuando contó su historia esa noche. Su madre dijo que era una vergüenza, pero le dijo que había hecho lo correcto; Beth declaró que no iría a la feria en absoluto; y Jo preguntó por qué no se llevaba todas sus bonitas cosas y dejaba que esa gente mezquina se las arreglara sin ella.
—Porque ellos sean mezquinos no es razón para que yo lo sea. Odio esas cosas, y aunque creo que tengo derecho a sentirme herida, no pretendo demostrarlo. Lo sentirán más que con discursos enfadados o acciones bruscas, ¿verdad, mamá?
—Ese es el espíritu correcto, querida; un beso por un golpe es siempre lo mejor, aunque no es muy fácil darlo a veces —dijo su madre, con el aire de quien ha aprendido la diferencia entre predicar y practicar.
A pesar de varias tentaciones muy naturales de resentirse y tomar represalias, Amy se mantuvo firme en su resolución todo el día siguiente, decidida a conquistar a su enemiga con bondad. Empezó bien, gracias a un recordatorio silencioso que le llegó de forma inesperada, pero muy oportuna. Mientras arreglaba su mesa esa mañana, mientras las niñas pequeñas estaban en una antesala llenando las cestas, tomó su producción favorita: un pequeño libro, cuya cubierta antigua había encontrado su padre entre sus tesoros, y en el que, sobre hojas de vitela, había iluminado hermosamente diferentes textos. Al pasar las páginas, ricas en delicados diseños, con un orgullo muy perdonable, su ojo se posó en un verso que la hizo detenerse y pensar. Enmarcado en una brillante filigrana de color escarlata, azul y oro, con pequeños espíritus de buena voluntad ayudándose unos a otros a subir y bajar entre espinas y flores, estaban las palabras: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
«Debería, pero no lo hago», pensó Amy, mientras su mirada pasaba de la brillante página al rostro descontento de May tras los grandes jarrones, que no podían ocultar los vacíos que su bonito trabajo había ocupado alguna vez. Amy se quedó un minuto, pasando las hojas en su mano, leyendo en cada una algún dulce reproche por todos los ardores del corazón y la falta de caridad de espíritu. Muchos sermones sabios y verdaderos nos son predicados cada día por ministros inconscientes en la calle, la escuela, la oficina o el hogar; incluso una mesa de feria puede convertirse en un púlpito, si puede ofrecer las palabras buenas y útiles que nunca están fuera de temporada. La conciencia de Amy le predicó un pequeño sermón a partir de ese texto, allí mismo; e hizo lo que muchos de nosotros no siempre hacemos: tomó el sermón en serio y, de inmediato, lo puso en práctica.
Un grupo de chicas estaba de pie alrededor de la mesa de May, admirando las cosas bonitas y hablando sobre el cambio de vendedoras. Bajaron la voz, pero Amy sabía que hablaban de ella, escuchando un lado de la historia y juzgando en consecuencia. No fue agradable, pero un espíritu mejor se había apoderado de ella, y pronto se presentó la oportunidad de demostrarlo. Oyó a May decir con tristeza:
—Es una lástima, porque no hay tiempo para hacer otras cosas, y no quiero rellenar con baratijas. La mesa estaba completa entonces: ahora está estropeada.
—Me atrevería a decir que las volvería a poner si se lo pidieras —sugirió alguien.
—¿Cómo podría después de todo el alboroto? —comenzó a decir May, pero no terminó, pues la voz de Amy llegó al otro lado del salón, diciendo agradablemente:
—Puedes tenerlas, y de nada, sin pedirlas, si las quieres. Estaba pensando en ofrecerme a volver a ponerlas, porque pertenecen a tu mesa más que a la mía. Aquí están; por favor, tómalas, y perdóname si fui precipitada al llevármelas anoche.
Mientras hablaba, Amy devolvió su contribución, con un asentimiento y una sonrisa, y se apresuró a alejarse de nuevo, sintiendo que era más fácil hacer algo amistoso que quedarse y recibir agradecimientos por ello.
—Ahora, llamo a eso adorable por su parte, ¿no crees? —exclamó una chica.
La respuesta de May fue inaudible; pero otra joven, cuyo temperamento estaba evidentemente un poco agriado por hacer limonada, añadió, con una risa desagradable: —Muy adorable; porque sabía que no las vendería en su propia mesa.
Eso fue duro; cuando hacemos pequeños sacrificios nos gusta que se nos aprecie, al menos; y por un minuto Amy se arrepintió de haberlo hecho, sintiendo que la virtud no siempre era su propia recompensa. Pero lo es, como descubrió poco después; pues su ánimo empezó a elevarse y su mesa a florecer bajo sus hábiles manos; las chicas fueron muy amables, y ese pequeño acto pareció haber aclarado la atmósfera asombrosamente.
Fue un día muy largo y difícil para Amy, mientras se sentaba detrás de su mesa, a menudo bastante sola, pues las niñas pequeñas desertaron muy pronto: a pocas les importaba comprar flores en verano, y sus ramos empezaron a marchitarse mucho antes de la noche.
La mesa de arte era la más atractiva del salón; hubo una multitud a su alrededor durante todo el día, y las encargadas corrían constantemente de un lado a otro con rostros importantes y cajas de dinero traqueteantes. Amy a menudo miraba con nostalgia hacia el otro lado, deseando estar allí, donde se sentía como en casa y feliz, en lugar de en un rincón sin nada que hacer. Podría no parecer ninguna dificultad para algunos de nosotros; pero para una chica joven, bonita y alegre, no solo fue tedioso, sino muy penoso; y la idea de ser encontrada allí por la noche por su familia, Laurie y sus amigos, lo convirtió en un verdadero martirio.
No regresó a casa hasta la noche, y entonces se veía tan pálida y tranquila que supieron que el día había sido difícil, aunque no se quejó ni siquiera contó lo que había hecho. Su madre le dio una taza de té extra cordial, Beth la ayudó a vestirse y le hizo una corona encantadora para el pelo, mientras Jo asombraba a su familia arreglándose con inusual esmero e insinuando oscuramente que las tornas estaban a punto de cambiar.
—No hagas nada grosero, te lo ruego, Jo. No quiero que se arme ningún alboroto, así que deja que todo pase y compórtate —suplicó Amy, mientras partía temprano, esperando encontrar un refuerzo de flores para refrescar su pobre mesita.
—Simplemente pretendo hacerme entrañablemente agradable con todos los que conozco y retenerlos en tu rincón tanto tiempo como sea posible. Teddy y sus chicos echarán una mano, y aún nos divertiremos —respondió Jo, apoyándose en la verja para vigilar a Laurie. Pronto se oyó el familiar paso en la penumbra, y ella salió corriendo a su encuentro.
—¿Es ese mi chico?
—¡Tan seguro como que esta es mi chica! —y Laurie enganchó la mano de ella bajo su brazo, con el aire de un hombre cuyos deseos eran satisfechos.
—¡Oh, Teddy, qué cosas! —y Jo contó las ofensas de Amy con celo fraternal.
—Un grupo de nuestros compañeros vendrá en coche dentro de poco, y me colgarán si no los obligo a comprar todas las flores que tiene y acampar ante su mesa después —dijo Laurie, apoyando su causa con entusiasmo.
—Las flores no son nada buenas, dice Amy, y puede que las frescas no lleguen a tiempo. No deseo ser injusta o sospechosa, pero no me extrañaría que nunca llegaran. Cuando la gente hace una cosa mezquina es muy probable que haga otra —observó Jo, en un tono disgustado.
—¿Acaso Hayes no te dio lo mejor de nuestros jardines? Le dije que lo hiciera.
—No lo sabía; supongo que se olvidó; y, como tu abuelo no estaba bien, no quise preocuparlo pidiéndoselo, aunque sí que quería algunas.
—¡Jo, cómo puedes pensar que había necesidad de pedir! Son tan tuyas como mías. ¿No vamos siempre a medias en todo? —comenzó Laurie, en el tono que siempre hacía que Jo se volviera espinosa.
—¡Cielos, espero que no! La mitad de algunas de tus cosas no me vendrían nada bien. Pero no debemos quedarnos aquí perdiendo el tiempo; tengo que ayudar a Amy, así que ve y ponte espléndido; y si fueras tan amable de dejar que Hayes suba algunas flores bonitas al Salón, te bendeciré para siempre.
—¿No podrías hacerlo ahora? —preguntó Laurie, de forma tan sugerente que Jo cerró la verja en sus narices con inhospitalaria prisa, y gritó a través de los barrotes: —Vete, Teddy; estoy ocupada.
Gracias a los conspiradores, las tornas cambiaron esa noche; pues Hayes envió una selva de flores, con una cesta encantadora, arreglada a su mejor manera, como pieza central; luego la familia March se presentó en masa, y Jo se esforzó por una buena causa, pues la gente no solo vino, sino que se quedó, riendo de sus tonterías, admirando el gusto de Amy y aparentemente disfrutando mucho. Laurie y sus amigos se lanzaron valientemente a la brecha, compraron los ramos, acamparon ante la mesa e hicieron de ese rincón el lugar más animado del salón. Amy estaba en su elemento ahora, y, por gratitud, si no por otra cosa, estaba tan vivaz y amable como era posible, llegando a la conclusión, en aquel momento, de que la virtud era su propia recompensa, después de todo.
Jo se comportó con ejemplar propiedad; y cuando Amy estuvo felizmente rodeada por su guardia de honor, Jo circuló por el salón, recogiendo diversos retazos de cotilleo, que la iluminaron sobre el asunto del cambio de rumbo de las Chester. Se reprochó a sí misma su parte en el resentimiento y resolvió exonerar a Amy tan pronto como fuera posible; también descubrió lo que Amy había hecho con sus cosas por la mañana y la consideró un modelo de magnanimidad. Mientras pasaba por la mesa de arte, echó un vistazo buscando las cosas de su hermana, pero no vio señales de ellas. «Guardadas fuera de la vista, me atrevería a decir», pensó Jo, que podía perdonar sus propias ofensas, pero resentía con vehemencia cualquier insulto ofrecido a su familia.
—Buenas noches, señorita Jo. ¿Cómo le va a Amy? —preguntó May, con un aire conciliador, pues quería demostrar que ella también podía ser generosa.
—Ha vendido todo lo que tenía que mereciera la pena vender, y ahora se está divirtiendo. La mesa de flores siempre es atractiva, ya sabes, «especialmente para los caballeros».
Jo no pudo resistirse a dar ese pequeño golpe, pero May lo tomó tan dócilmente que ella se arrepintió un minuto después y se puso a elogiar los grandes jarrones, que aún permanecían sin vender.
—¿Está por ahí la iluminación de Amy? Me dio por comprarla para mi padre —dijo Jo, muy ansiosa por saber el destino del trabajo de su hermana.
—Todo lo de Amy se vendió hace mucho tiempo; me aseguré de que la gente adecuada los viera, y recaudaron una bonita suma de dinero para nosotras —respondió May, quien había superado ciertas pequeñas tentaciones, así como Amy, ese día.
Muy gratificada, Jo corrió de vuelta a contar las buenas noticias; y Amy se mostró tanto conmovida como sorprendida por el informe de las palabras y el modo de May.
—Ahora, caballeros, quiero que vayan y cumplan con su deber en las otras mesas tan generosamente como lo han hecho con la mía, especialmente con la mesa de arte —dijo, ordenando salir a «Los de Teddy», como llamaban las chicas a los amigos de la universidad.
—«¡Carga, Chester, carga!» es el lema para esa mesa; pero cumplan con su deber como hombres, y obtendrán el valor de su dinero en arte en todos los sentidos de la palabra —dijo la irreprimible Jo, mientras la devota falange se preparaba para tomar el campo.
—Oír es obedecer, pero March es mucho más justa que May —dijo el pequeño Parker, haciendo un esfuerzo frenético por ser ingenioso y tierno a la vez, y siendo rápidamente sofocado por Laurie, quien dijo: —Muy bien, hijo mío, para un chico pequeño —y lo alejó con una palmadita paternal en la cabeza.
—Compra los jarrones —susurró Amy a Laurie, como un último montón de brasas encendidas sobre la cabeza de su enemiga.
Para gran deleite de May, el señor Laurence no solo compró los jarrones, sino que invadió el salón con uno bajo cada brazo. Los otros caballeros especularon con igual imprudencia en todo tipo de frágiles naderías, y vagaron desamparados después, cargados con flores de cera, abanicos pintados, carteras de filigrana y otras compras útiles y apropiadas.
La tía Carrol estaba allí, escuchó la historia, pareció complacida y le dijo algo a la señora March en un rincón, lo que hizo que esta última señora irradiara satisfacción y observara a Amy con un rostro lleno de orgullo y ansiedad mezclados, aunque no reveló la causa de su placer hasta varios días después.
La feria fue declarada un éxito; y cuando May dio las buenas noches a Amy, no se «derramó» como de costumbre, sino que le dio un beso afectuoso y una mirada que decía: «Perdona y olvida». Eso satisfizo a Amy; y cuando llegó a casa encontró los jarrones exhibidos en la repisa de la chimenea del salón, con un gran ramo en cada uno. «La recompensa al mérito para una magnánima March», como anunció Laurie con un floreo.
—Tienes mucho más principio, generosidad y nobleza de carácter de lo que jamás te atribuí, Amy. Te has portado dulcemente, y te respeto con todo mi corazón —dijo Jo calurosamente, mientras se cepillaban el pelo juntas esa noche.
—Sí, todas lo hacemos, y la queremos por ser tan dispuesta a perdonar. Debe haber sido terriblemente duro, después de trabajar tanto tiempo y poner tu corazón en vender tus propias cosas bonitas. No creo que yo hubiera podido hacerlo tan amablemente como tú —añadió Beth desde su almohada.
—Por qué, chicas, no hace falta que me alabéis tanto; solo hice lo que me gustaría que hicieran conmigo. Os reís de mí cuando digo que quiero ser una dama, pero me refiero a una verdadera mujer refinada en mente y modales, y trato de hacerlo hasta donde sé cómo. No puedo explicarlo exactamente, pero quiero estar por encima de las pequeñas mezquindades, locuras y defectos que arruinan a tantas mujeres. Estoy lejos de ello ahora, pero hago lo mejor que puedo y espero con el tiempo ser lo que es mamá.
Amy habló con seriedad, y Jo dijo, dándole un abrazo cordial:
—Ahora comprendo a qué te refieres y no volveré a reírme de ti. Vas avanzando más rápido de lo que crees, y tomaré lecciones de ti sobre la verdadera cortesía, pues creo que has aprendido el secreto. Sigue intentándolo, querida; algún día recibirás tu recompensa y nadie estará más encantada que yo.
Una semana después, Amy recibió su recompensa, y a la pobre Jo le resultó difícil estar encantada. Llegó una carta de la tía Carrol, y el rostro de la señora March se iluminó de tal manera, al leerla, que Jo y Beth, que estaban con ella, preguntaron cuáles eran las buenas nuevas.
—La tía Carrol va a ir al extranjero el mes que viene, y quiere...
—¡Que vaya yo con ella! —exclamó Jo, saltando de su silla en un arrebato incontrolable.
—No, querida, tú no; es Amy.
—¡Oh, madre! Es demasiado joven; es mi turno primero. Lo he deseado tanto tiempo... me haría mucho bien y sería algo tan espléndido... tengo que ir.
—Me temo que es imposible, Jo. La tía dice Amy, decididamente, y no nos corresponde a nosotras dictar nada cuando ella ofrece tal favor.
—Siempre es así. Amy se lleva toda la diversión y yo todo el trabajo. ¡No es justo, oh, no es justo! —gritó Jo apasionadamente.
—Me temo que es en parte culpa tuya, querida. Cuando la tía habló conmigo el otro día, lamentó tus modales bruscos y tu espíritu demasiado independiente; y aquí escribe, como si citara algo que tú habías dicho: «Al principio planeé invitar a Jo; pero como los favores la agobian y odia el francés, creo que no me arriesgaré a invitarla. Amy es más dócil, será una buena compañera para Flo y recibirá con gratitud cualquier ayuda que el viaje pueda brindarle».
—¡Oh, mi lengua, mi abominable lengua! ¿Por qué no puedo aprender a mantenerla quieta? —gimió Jo, recordando las palabras que habían sido su perdición. Cuando hubo escuchado la explicación de las frases citadas, la señora March dijo con pesar:
—Ojalá hubieras podido ir, pero no hay esperanza de ello esta vez; así que trata de sobrellevarlo con alegría y no ensombrezcas el placer de Amy con reproches o lamentos.
—Lo intentaré —dijo Jo, parpadeando con fuerza mientras se arrodillaba para recoger la cesta que había volcado con alegría—. Tomaré ejemplo de ella e intentaré no solo parecer contenta, sino serlo, y no envidiarle ni un minuto de felicidad; pero no será fácil, pues es una decepción terrible —y la pobre Jo empapó el pequeño alfiletero gordo que sostenía con varias lágrimas muy amargas.
—Jo, querida, soy muy egoísta, pero no podría prescindir de ti, y me alegra que no te vayas todavía —susurró Beth, abrazándola, cesta y todo, con un toque tan aferrado y un rostro tan amoroso que Jo se sintió reconfortada a pesar del profundo pesar que le hacía querer darse de bofetadas a sí misma y rogar humildemente a la tía Carrol que la agobiara con ese favor, para ver cuán agradecidamente lo llevaría.
Para cuando llegó Amy, Jo ya era capaz de participar en el júbilo familiar; quizás no con tanto entusiasmo como de costumbre, pero sin lamentarse de la buena fortuna de Amy. La joven recibió la noticia como un anuncio de gran alegría, se paseó con una especie de arrebato solemne y esa misma noche comenzó a clasificar sus colores y a empaquetar sus lápices, dejando menudencias como la ropa, el dinero y los pasaportes a quienes estaban menos absortos en visiones artísticas que ella.
—Para mí no es un simple viaje de placer, chicas —dijo con énfasis, mientras raspaba su mejor paleta—. Decidirá mi carrera; pues si tengo algo de genio, lo descubriré en Roma y haré algo para demostrarlo.
—¿Y si no lo tienes? —dijo Jo, cosiendo afanosamente, con los ojos enrojecidos, los nuevos cuellos que iban a ser entregados a Amy.
—Entonces volveré a casa y daré clases de dibujo para ganarme la vida —respondió la aspirante a la fama con calma filosófica; pero hizo una mueca ante la perspectiva y rascó su paleta como si estuviera decidida a tomar medidas enérgicas antes de renunciar a sus esperanzas.
—No, no lo harás; odias el trabajo duro, te casarás con algún hombre rico y volverás a casa para vivir en el regazo del lujo todos tus días —dijo Jo.
—Tus predicciones a veces se cumplen, pero no creo que esa lo haga. Estoy segura de que desearía que así fuera, porque si no puedo ser artista yo misma, me gustaría poder ayudar a quienes lo son —dijo Amy, sonriendo, como si el papel de Lady Bountiful le sentara mejor que el de una pobre profesora de dibujo.
—¡Hum! —dijo Jo con un suspiro—; si lo deseas, lo tendrás, pues tus deseos siempre son concedidos; los míos nunca.
—¿Te gustaría ir? —preguntó Amy, acariciándose la nariz pensativamente con su cuchillo.
—¡Ya lo creo!
—Bueno, en un año o dos te mandaré llamar, y cavaremos en el Foro en busca de reliquias y llevaremos a cabo todos los planes que hemos hecho tantas veces.
—Gracias; te recordaré tu promesa cuando llegue ese día dichoso, si es que llega —respondió Jo, aceptando la vaga pero magnífica oferta tan agradecidamente como pudo.
No hubo mucho tiempo para los preparativos, y la casa estuvo en un hervidero hasta que Amy se fue. Jo aguantó muy bien hasta que el último movimiento de la cinta azul se desvaneció, momento en el que se retiró a su refugio, el desván, y lloró hasta que no pudo llorar más. Amy también aguantó con firmeza hasta que el vapor zarpó; entonces, justo cuando la pasarela estaba a punto de ser retirada, comprendió de repente que un océano entero pronto rodaría entre ella y quienes más la amaban, y se aferró a Laurie, el último en quedarse, diciendo con un sollozo:
—Oh, cuida de ellos por mí; y si algo sucediera...
—Lo haré, querida, lo haré; y si algo sucede, vendré a consolarte —susurró Laurie, sin imaginar que se le pediría cumplir su palabra.
Así, Amy navegó para encontrar el viejo mundo, que siempre es nuevo y hermoso ante ojos jóvenes, mientras su padre y su amigo la observaban desde la orilla, esperando fervientemente que solo destinos amables le ocurrieran a la chica de corazón alegre, que les agitó la mano hasta que no pudieron ver más que el sol del verano deslumbrando en el mar.
XXXI.
NUESTRA CORRESPONSAL EN EL EXTRANJERO.
«LONDRES. »QUERIDÍSIMA GENTE:
»Aquí estoy sentada, realmente en una ventana que da al frente del Bath Hotel, en Piccadilly. No es un lugar de moda, pero el tío se alojó aquí hace años y no quiere ir a ningún otro lado; sin embargo, no pensamos quedarnos mucho tiempo, así que no es de gran importancia. ¡Oh, no puedo empezar a deciros cuánto disfruto de todo esto! Nunca podré hacerlo, así que solo os daré fragmentos de mi cuaderno de notas, pues no he hecho más que dibujar y garabatear desde que partí.
»Envié unas líneas desde Halifax, cuando me sentía bastante miserable, pero después de eso me fue de maravilla, rara vez enferma, todo el día en cubierta, con mucha gente agradable para entretenerme. Todos fueron muy amables conmigo, especialmente los oficiales. No te rías, Jo; los caballeros son realmente muy necesarios a bordo de un barco, para sostenerse de ellos o para que te atiendan; y como no tienen nada que hacer, es una gracia hacerlos útiles, de lo contrario, me temo que se fumarían hasta morir.
»La tía y Flo estuvieron indispuestas durante todo el camino y preferían que las dejaran tranquilas, así que, cuando hice lo que pude por ellas, me fui a disfrutar. ¡Qué paseos por cubierta, qué puestas de sol, qué aire y olas tan espléndidos! Fue casi tan emocionante como montar a un caballo veloz, cuando íbamos avanzando tan grandiosamente. Ojalá Beth hubiera podido venir, le habría hecho mucho bien; en cuanto a Jo, ella habría subido y se habría sentado en el foque del palo mayor, o como se llame esa cosa alta, se habría hecho amiga de los ingenieros y habría tocado la bocina del capitán; habría estado en tal estado de arrebato.
»Todo fue celestial, pero me alegró ver la costa irlandesa, y la encontré muy hermosa, tan verde y soleada, con cabañas marrones aquí y allá, ruinas en algunas de las colinas y casas de campo de caballeros en los valles, con ciervos pastando en los parques. Era temprano por la mañana, pero no me arrepentí de levantarme para verlo, pues la bahía estaba llena de pequeñas embarcaciones, la orilla tan pintoresca y un cielo rosado sobre nuestras cabezas. Nunca lo olvidaré.
»En Queenstown, uno de mis nuevos conocidos nos dejó, el señor Lennox, y cuando dije algo sobre los Lagos de Killarney, él suspiró y cantó, mirándome:
»¡Oh, habéis oído hablar de Kate Kearney? »Ella vive en las orillas de Killarney; »Del brillo de sus ojos, »evitad el peligro y huid, »pues fatal es el brillo de Kate Kearney».
¿No fue una tontería?
»Solo nos detuvimos en Liverpool unas pocas horas. Es un lugar sucio y ruidoso, y me alegré de dejarlo. El tío salió corriendo y compró un par de guantes de piel de perro, unos zapatos gruesos y feos, y un paraguas, y se afeitó al estilo "chuleta de cordero", lo primero de todo. Luego se halagaba a sí mismo pensando que parecía un verdadero británico; pero la primera vez que le limpiaron el barro de los zapatos, el pequeño limpiabotas supo que un estadounidense estaba dentro de ellos y dijo, con una sonrisa: «Ahí los tiene, señor. Les he dado el último brillo yanqui». Divirtió al tío inmensamente. ¡Oh, debo contaros lo que hizo ese absurdo Lennox! Hizo que su amigo Ward, que vino con nosotros, encargara un ramo para mí, y lo primero que vi en mi habitación fue uno precioso, con «Saludos de Robert Lennox» en la tarjeta. ¿No fue divertido, chicas? Me gusta viajar.
»Nunca llegaré a Londres si no me doy prisa. El viaje fue como montar a través de una larga galería de arte, llena de paisajes encantadores. Las granjas eran mi deleite; con techos de paja, hiedra hasta los aleros, ventanas enrejadas y mujeres robustas con niños sonrosados en las puertas. Incluso el ganado parecía más tranquilo que el nuestro, mientras permanecían con las rodillas hundidas en el trébol, y las gallinas tenían un cacareo satisfecho, como si nunca se pusieran nerviosas, como las gallinas yanquis. Nunca vi un color tan perfecto: la hierba tan verde, el cielo tan azul, el grano tan amarillo, los bosques tan oscuros... estuve en un arrebato durante todo el camino. También Flo; y seguíamos saltando de un lado a otro, tratando de verlo todo mientras avanzábamos a una velocidad de sesenta millas por hora. La tía estaba cansada y se quedó dormida, pero el tío leía su guía y no se asombraba de nada. Así es como íbamos: Amy, saltando: «¡Oh, ese debe ser Kenilworth, ese lugar gris entre los árboles!». Flo, lanzándose a mi ventana: «¡Qué dulce! Alguna vez tenemos que ir allí, ¿verdad, papá?». El tío, admirando tranquilamente sus botas: «No, querida, a menos que quieras cerveza; eso es una cervecería».
»Una pausa, luego Flo gritó: «¡Dios mío, ahí hay una horca y un hombre subiendo!». «¿Dónde, dónde?», grita Amy, mirando hacia afuera a dos postes altos con una viga transversal y algunas cadenas colgantes. «Una mina de carbón», comenta el tío, con un brillo en los ojos. «Aquí hay un rebaño precioso de corderos todos acostados», dice Amy. «Mira, papá, ¿a que son bonitos?», añadió Flo sentimentalmente. «Gansos, señoritas», responde el tío, en un tono que nos mantiene calladas hasta que Flo se acomoda para disfrutar de "Los flirteos del Capitán Cavendish", y yo me quedo con el paisaje para mí sola.
»Por supuesto, llovió cuando llegamos a Londres, y no había nada que ver más que niebla y paraguas. Descansamos, deshicimos las maletas e hicimos algunas compras entre los chaparrones. La tía Mary me consiguió algunas cosas nuevas, pues salí con tanta prisa que no estaba ni medio lista. Un sombrero blanco con pluma azul, un vestido de muselina a juego y la capa más preciosa que jamás hayáis visto. Comprar en Regent Street es perfectamente espléndido; las cosas parecen tan baratas: cintas bonitas por solo seis peniques la yarda. Hice acopio de provisiones, pero compraré mis guantes en París. ¿No suena eso elegante y rico?
»Flo y yo, por diversión, pedimos un coche de caballos, mientras la tía y el tío estaban fuera, y fuimos a dar una vuelta, aunque después aprendimos que no era apropiado que las señoritas viajaran solas en ellos. ¡Fue tan divertido! Pues cuando estábamos encerradas por la capota de madera, el hombre conducía tan rápido que Flo se asustó y me dijo que lo detuviera. Pero él estaba afuera en la parte de atrás, en algún lugar, y no podía alcanzarlo. No me oyó llamar ni vio cómo agitaba mi sombrilla al frente, y allí estábamos, completamente indefensas, traqueteando y girando en las esquinas a una velocidad vertiginosa. Por fin, en mi desesperación, vi una pequeña puerta en el techo, y al abrirla, apareció un ojo rojo y una voz llena de cerveza dijo:
»—¿Y bien, señora?
»Di mi orden tan sobriamente como pude, y cerrando la puerta de un golpe, con un «Entendido, señora», el hombre hizo que su caballo caminara como si fuera a un funeral. Volví a hurgar y dije: «Un poco más rápido»; entonces salió disparado a toda prisa, como antes, y nos resignamos a nuestro destino.
»Hoy ha hecho buen tiempo y fuimos a Hyde Park, muy cerca, pues somos más aristocráticas de lo que parecemos. El Duque de Devonshire vive cerca. A menudo veo a sus lacayos descansando en la puerta trasera; y la casa del Duque de Wellington no está lejos. ¡Qué espectáculos vi, querida! Era tan bueno como un teatro de Punch, pues había duquesas gordas rodando en sus carruajes rojos y amarillos, con magníficos criados con medias de seda y abrigos de terciopelo detrás, y cocheros empolvados al frente. Criadas elegantes, con los niños más sonrosados que jamás he visto; chicas guapas, pareciendo medio dormidas; dandis, con sombreros ingleses extraños y guantes de cabritilla lavanda, descansando por ahí, y soldados altos, con chaquetas rojas cortas y gorros de tipo "muffin" clavados a un lado, pareciendo tan divertidos que ansiaba dibujarlos.
»Rotten Row significa "Route de Roi", o el camino del rey; pero ahora es más como una escuela de equitación que otra cosa. Los caballos son espléndidos, y los hombres, especialmente los mozos de cuadra, montan bien; pero las mujeres son rígidas y dan saltos, lo cual no es según nuestras reglas. Ansiaba mostrarles un galope americano desenfrenado, pues trotaban solemnemente de un lado a otro, con sus hábitos escasos y sombreros altos, pareciendo las mujeres de un Arca de Noé de juguete. Todo el mundo monta: hombres mayores, señoras robustas, niños pequeños... y los jóvenes flirtean mucho aquí; vi a una pareja intercambiando capullos de rosa, pues es costumbre llevar uno en el ojal, y me pareció una idea bastante bonita.
»Por la tarde a la Abadía de Westminster; pero no esperéis que la describa, eso es imposible, así que solo diré que fue sublime. Esta noche vamos a ver a Fechter, lo que será un final apropiado para el día más feliz de mi vida.
»MEDIANOCHE.
»Es muy tarde, pero no puedo dejar que mi carta se vaya por la mañana sin contaros lo que sucedió anoche. ¿Quién creéis que apareció mientras tomábamos el té? ¡Los amigos ingleses de Laurie, Fred y Frank Vaughn! Estaba tan sorprendida, pues no los habría reconocido si no fuera por las tarjetas. Ambos son tipos altos, con patillas; Fred guapo al estilo inglés, y Frank mucho mejor, pues solo cojea ligeramente y no usa muletas. Se habían enterado por Laurie de dónde estaríamos y vinieron a invitarnos a su casa; pero el tío no quiere ir, así que les devolveremos la visita y los veremos como podamos. Fueron al teatro con nosotros, y lo pasamos muy bien, pues Frank se dedicó a Flo, y Fred y yo hablamos sobre diversiones pasadas, presentes y futuras como si nos hubiéramos conocido toda la vida. Dile a Beth que Frank preguntó por ella y lamentó enterarse de su mala salud. Fred se rio cuando hablé de Jo y envió sus «respetuosos saludos al gran sombrero». Ninguno de los dos había olvidado el Camp Laurence, ni la diversión que tuvimos allí. Qué hace tanto tiempo de eso, ¿verdad?
»La tía está dando golpecitos en la pared por tercera vez, así que debo parar. Realmente me siento como una dama elegante y disipada de Londres, escribiendo aquí tan tarde, con mi habitación llena de cosas bonitas y mi cabeza un revoltijo de parques, teatros, vestidos nuevos y criaturas galantes que dicen «¡Ah!» y se retuercen sus bigotes rubios con la verdadera señoría inglesa. Ansiaba verlas a todas y, a pesar de mis tonterías, soy, como siempre, vuestra amorosa AMY».
«QUERIDAS CHICAS: »PARÍS.
»En mi última os conté sobre nuestra visita a Londres, lo amables que fueron los Vaughn y qué fiestas tan agradables organizaron para nosotros. Disfruté de los viajes a Hampton Court y al Museo de Kensington más que de ninguna otra cosa, pues en Hampton vi las caricaturas de Rafael, y en el Museo, habitaciones llenas de pinturas de Turner, Lawrence, Reynolds, Hogarth y las otras grandes criaturas. El día en Richmond Park fue encantador, pues tuvimos un picnic inglés auténtico, y tuve más robles espléndidos y grupos de ciervos de los que pude copiar; también escuché a un ruiseñor y vi alondras elevarse. "Hicimos" Londres a nuestro gusto, gracias a Fred y Frank, y nos dio pena irnos; pues, aunque los ingleses tardan en aceptarte, una vez que se deciden a hacerlo, creo que no pueden ser superados en hospitalidad. Los Vaughn esperan encontrarse con nosotros en Roma el próximo invierno, y me sentiré terriblemente decepcionada si no lo hacen, pues Grace y yo somos grandes amigas, y los chicos son tipos muy agradables, especialmente Fred.
»Bueno, apenas nos habíamos instalado aquí cuando él apareció de nuevo, diciendo que había venido de vacaciones y que iba a Suiza. La tía se mostró seria al principio, pero él estuvo tan tranquilo al respecto que ella no pudo decir ni palabra; y ahora nos llevamos muy bien, y estamos muy contentas de que haya venido, pues habla francés como un nativo y no sé qué haríamos sin él. El tío no sabe diez palabras e insiste en hablar inglés muy alto, como si eso hiciera que la gente lo entendiera. La pronunciación de la tía es anticuada, y Flo y yo, aunque nos halagábamos pensando que sabíamos mucho, descubrimos que no es así, y estamos muy agradecidas de tener a Fred para hacer el "parley vooing", como lo llama el tío.
»¡Qué tiempos tan deliciosos estamos pasando! Visitando lugares desde la mañana hasta la noche, deteniéndonos para comer rico en los cafés alegres y encontrándonos con todo tipo de aventuras divertidas. Los días de lluvia los paso en el Louvre, deleitándome con las pinturas. Jo torcería su nariz traviesa ante algunas de las mejores, porque no tiene alma para el arte; pero yo sí, y estoy cultivando el ojo y el gusto tan rápido como puedo. A ella le gustarían más las reliquias de los grandes personajes, pues he visto el sombrero de tres picos y el abrigo gris de Napoleón, la cuna de su bebé y su viejo cepillo de dientes; también el pequeño zapato de María Antonieta, el anillo de Saint Denis, la espada de Carlomagno y muchas otras cosas interesantes. Hablaré durante horas sobre ellas cuando vuelva, pero no tengo tiempo para escribir.
»El Palais Royale es un lugar celestial, tan lleno de bisutería y cosas encantadoras que estoy casi distraída porque no puedo comprarlas. Fred quería comprarme algunas, pero por supuesto no lo permití. Luego, el Bois y los Campos Elíseos son "très magnifique". He visto a la familia imperial varias veces: el emperador un hombre feo y de aspecto duro, la emperatriz pálida y bonita, pero vestida de mal gusto, pensé: vestido morado, sombrero verde y guantes amarillos. El pequeño Nap. es un chico guapo, que se sienta a charlar con su tutor y lanza besos con la mano a la gente mientras pasa en su coche de cuatro caballos, con postillones en chaquetas de satén rojo, y una guardia montada delante y detrás.
»A menudo caminamos por los Jardines de las Tullerías, pues son encantadores, aunque los antiguos Jardines de Luxemburgo me sientan mejor. Père Lachaise es muy curioso, pues muchas de las tumbas son como pequeñas habitaciones, y, mirando dentro, uno ve una mesa, con imágenes o cuadros de los muertos, y sillas para que los dolientes se sienten cuando vienen a lamentarse. Eso es tan francés.
«Nuestras habitaciones están en la Rue de Rivoli y, sentados en el balcón, miramos a lo largo de la calle larga y brillante. Es tan agradable que pasamos las veladas charlando allí, cuando estamos demasiado cansados del trabajo del día como para salir. Fred es muy entretenido y, en conjunto, es el joven más agradable que he conocido, excepto Laurie, cuyos modales son más encantadores. Desearía que Fred fuera moreno, pues no me gustan los hombres rubios; sin embargo, los Vaughn son muy ricos y proceden de una familia excelente, así que no pondré pegas a su cabello amarillo, ya que el mío es más amarillo aún.
»La semana que viene nos vamos a Alemania y a Suiza; y, como viajaremos rápido, solo podré enviarte cartas apresuradas. Llevo mi diario e intento "recordar correctamente y describir con claridad todo lo que veo y admiro", como me aconsejó padre. Es un buen ejercicio para mí y, junto con mi cuaderno de bocetos, te dará una idea mejor de mi viaje que estos garabatos.
»Adiós; te abrazo tiernamente. VOTRE AMIE.»
«QUERIDA MAMÁ: —HEIDELBERG.
»Teniendo una hora tranquila antes de partir hacia Berna, intentaré contarte lo que ha sucedido, pues parte de ello es muy importante, como verás.
»La navegación por el Rin fue perfecta, y simplemente me senté y la disfruté con todas mis fuerzas. Busca las viejas guías de padre y lee sobre ello; no tengo palabras lo bastante hermosas para describirlo. En Coblenza pasamos un rato encantador, pues unos estudiantes de Bonn, a quienes Fred conoció en el barco, nos dieron una serenata. Era una noche de luna y, cerca de la una, Flo y yo nos despertamos con la música más deliciosa bajo nuestras ventanas. Salimos volando y nos escondimos tras las cortinas; pero, mirando a escondidas, vimos a Fred y a los estudiantes cantando abajo. Fue lo más romántico que he visto nunca: el río, el puente de barcas, la gran fortaleza enfrente, luz de luna por todas partes y una música capaz de derretir un corazón de piedra.
»Cuando terminaron, arrojamos algunas flores y los vimos pelearse por ellas, lanzar besos a las damas invisibles y marcharse riendo, para fumar y beber cerveza, supongo. A la mañana siguiente, Fred me mostró una de las flores arrugadas en el bolsillo de su chaleco y se mostró muy sentimental. Me reí de él y le dije que no la había arrojado yo, sino Flo, lo cual pareció disgustarle, pues la tiró por la ventana y volvió a ponerse sensato. Me temo que voy a tener problemas con ese chico, empieza a parecerlo.
»Los baños en Nassau fueron muy alegres, al igual que Baden-Baden, donde Fred perdió algo de dinero y le reñí. Necesita a alguien que cuide de él cuando Frank no está con él. Kate dijo una vez que esperaba que se casara pronto, y estoy totalmente de acuerdo con ella en que sería bueno para él. Fráncfort fue delicioso; vi la casa de Goethe, la estatua de Schiller y la famosa "Ariadna" de Dannecker. Fue muy hermoso, pero lo habría disfrutado más si hubiera conocido mejor la historia. No quise preguntar, pues todo el mundo la conocía, o fingía conocerla. Ojalá Jo me lo contara todo; debería haber leído más, pues descubro que no sé nada y eso me mortifica.
»Ahora viene la parte seria, pues ocurrió aquí, y Fred acaba de irse. Ha sido tan amable y alegre que todos le hemos tomado mucho cariño; nunca pensé en nada que no fuera una amistad de viaje, hasta la noche de la serenata. Desde entonces he empezado a sentir que los paseos a la luz de la luna, las charlas en el balcón y las aventuras diarias eran algo más que diversión para él. No he coqueteado, madre, de verdad, sino que recordé lo que me dijiste y he hecho todo lo que he podido. No puedo evitar que la gente me quiera; no intento que lo hagan, y me preocupa si yo no siento lo mismo por ellos, aunque Jo dice que no tengo corazón. Ahora sé que mamá negará con la cabeza y las chicas dirán: "¡Oh, la pequeña miserable interesada!", pero me he decidido y, si Fred me lo pide, le aceptaré, aunque no estoy locamente enamorada. Me gusta y nos llevamos cómodamente. Es apuesto, joven, lo bastante inteligente y muy rico, muchísimo más rico que los Laurence. No creo que su familia pusiera objeciones y yo sería muy feliz, pues todos son personas amables, bien educadas y generosas, y les gusto. Fred, como el gemelo mayor, tendrá la propiedad, supongo, ¡y qué magnífica es! Una casa en la ciudad en una calle elegante, no tan vistosa como nuestras grandes casas, pero el doble de cómoda y llena de lujo sólido, tal como los ingleses creen en él. Me gusta, porque es auténtico. He visto la vajilla, las joyas de la familia, los viejos criados y las fotos de la casa de campo, con su parque, su gran casa, sus hermosos jardines y sus hermosos caballos. ¡Oh, sería todo lo que pediría! Y preferiría tener eso antes que cualquier título, como los que las chicas atrapan tan fácilmente y luego no encuentran nada detrás. Puede que sea interesada, pero odio la pobreza y no pretendo soportarla ni un minuto más de lo que pueda evitar. Una de nosotras debe casarse bien; Meg no lo hizo, Jo no lo hará, Beth aún no puede, así que lo haré yo y haré que todo sea acogedor para todos. No me casaría con un hombre al que odiara o despreciara. Puedes estar segura de eso; y, aunque Fred no es mi héroe ideal, me sirve perfectamente y, con el tiempo, le tomaría suficiente cariño si él me quisiera mucho y me dejara hacer exactamente lo que quisiera. Así que le he estado dando vueltas al asunto en mi cabeza la última semana, pues era imposible no ver que yo le gustaba a Fred. No dijo nada, pero pequeñas cosas lo demostraban; nunca va con Flo, siempre se pone a mi lado en el carruaje, en la mesa o en el paseo, se muestra sentimental cuando estamos a solas y frunce el ceño a cualquiera que se atreva a hablarme. Ayer, durante la cena, cuando un oficial austriaco se nos quedó mirando y luego le dijo algo a su amigo —un barón de aspecto licencioso— sobre "ein wonderschönes Blöndchen", Fred miró tan feroz como un león y cortó su carne con tanta violencia que casi sale volando del plato. No es de esos ingleses fríos y rígidos, sino que tiene un carácter bastante irascible, pues tiene sangre escocesa, como se podría adivinar por sus hermosos ojos azules.
»Bueno, anoche fuimos al castillo cerca del atardecer; al menos todos nosotros excepto Fred, que debía encontrarnos allí después de ir a la Oficina de Correos a buscar cartas. Pasamos un rato encantador curioseando por las ruinas, las bóvedas donde está el tonel gigante y los hermosos jardines creados hace mucho tiempo por el elector para su esposa inglesa. La gran terraza es lo que más me gustó, pues la vista era divina; así que, mientras los demás iban a ver las habitaciones del interior, me senté allí e intenté dibujar la cabeza de león de piedra gris en el muro, con ramas de madreselva escarlata colgando a su alrededor. Me sentí como si hubiera entrado en una novela, sentada allí, viendo el Neckar fluir por el valle, escuchando la música de la banda austriaca abajo y esperando a mi amante, como una verdadera chica de cuento. Tenía la sensación de que algo iba a suceder y estaba preparada para ello. No me sentí sonrojada ni temblorosa, sino bastante tranquila y solo un poco emocionada.
»Al poco rato oí la voz de Fred y luego vino apresurándose a través del gran arco para encontrarme. Parecía tan preocupado que me olvidé de mí misma y le pregunté qué ocurría. Dijo que acababa de recibir una carta rogándole que volviera a casa, pues Frank estaba muy enfermo; así que se marchaba de inmediato, en el tren nocturno, y solo tenía tiempo para despedirse. Sentí mucho pesar por él y me decepcionó por mí misma, pero solo por un minuto, porque dijo, mientras nos dábamos la mano —y lo dijo de una manera que no pude confundir—: "Volveré pronto; ¿no me olvidarás, Amy?"
»No hice ninguna promesa, pero lo miré y él pareció satisfecho, y no hubo tiempo para nada más que mensajes y despedidas, pues se marchaba en una hora y todos le echamos mucho de menos. Sé que quería hablar, pero creo, por algo que una vez insinuó, que había prometido a su padre no hacer nada parecido todavía, pues es un chico impulsivo y el anciano teme una nuera extranjera. Pronto nos encontraremos en Roma; y entonces, si no cambio de opinión, diré "Sí, gracias" cuando él diga "¿Quieres, por favor?".
»Por supuesto, esto es todo muy privado, pero quería que supieras lo que estaba pasando. No te preocupes por mí; recuerda que soy tu "prudente Amy" y ten por seguro que no haré nada precipitadamente. Envíame tantos consejos como quieras; los usaré si puedo. Ojalá pudiera verte para charlar tranquilamente, Marmee. Ámame y confía en mí.
»Siempre tuya, AMY.»
XXXII.
TENTADORES PROBLEMAS.
«Jo, me preocupa Beth.»
«¿Por qué, madre? Ha parecido estar inusualmente bien desde que nacieron los bebés.»
«No es su salud lo que me preocupa ahora; es su estado de ánimo. Estoy segura de que hay algo en su cabeza y quiero que descubras qué es.»
«¿Qué te hace pensar eso, madre?»
«Se sienta sola a menudo y no habla con su padre tanto como solía hacerlo. El otro día la encontré llorando sobre los bebés. Cuando canta, las canciones son siempre tristes, y de vez en cuando veo en su rostro una mirada que no entiendo. Esto no es propio de Beth y me preocupa.»
«¿Le has preguntado sobre ello?»
«Lo he intentado un par de veces; pero ella o bien esquivaba mis preguntas o me miraba tan angustiada que me detenía. Nunca fuerzo la confianza de mis hijos y rara vez tengo que esperar mucho para obtenerla.»
La señora March miró a Jo mientras hablaba, pero el rostro de enfrente parecía totalmente ajeno a cualquier inquietud secreta que no fuera la de Beth; y, tras coser pensativa durante un minuto, Jo dijo:
«Creo que se está haciendo mayor y que empieza a tener sueños, esperanzas, miedos y nervios, sin saber por qué ni ser capaz de explicarlos. Vaya, madre, Beth tiene dieciocho años, pero no nos damos cuenta y la tratamos como a una niña, olvidando que es una mujer.»
«Así es. Corazón querido, qué rápido creces», respondió su madre, con un suspiro y una sonrisa.
«No se puede evitar, Marmee, así que debes resignarte a toda clase de preocupaciones y dejar que tus pájaros salten fuera del nido, uno a uno. Prometo no saltar nunca demasiado lejos, si eso te sirve de consuelo.»
«Es un gran consuelo, Jo; siempre me siento fuerte cuando estás en casa, ahora que Meg se ha ido. Beth es demasiado débil y Amy demasiado joven como para depender de ellas; pero cuando llega el momento difícil, tú siempre estás lista.»
«Vaya, ya sabes que no me importan mucho los trabajos duros, y siempre debe haber alguien que se encargue de la limpieza en la familia. Amy es espléndida para los trabajos delicados, y yo no; pero me siento en mi elemento cuando hay que quitar todas las alfombras o media familia cae enferma a la vez. Amy se está distinguiendo en el extranjero; pero si algo va mal en casa, soy tu hombre.»
«Te dejo a Beth en tus manos, entonces, pues abrirá su tierno corazoncito a su Jo antes que a nadie más. Sé muy amable y no dejes que piense que alguien la observa o habla de ella. Si tan solo volviera a estar completamente fuerte y alegre, no tendría más deseos en el mundo.»
«¡Qué mujer más feliz! Yo tengo un montón.»
«Hija mía, ¿cuáles son?»
«Resolveré los problemas de Bethy y luego te contaré los míos. No son muy agotadores, así que pueden esperar»; y Jo siguió cosiendo con un movimiento de cabeza lleno de sabiduría que tranquilizó el corazón de su madre respecto a ella, al menos por el momento.
Aunque aparentemente absorta en sus propios asuntos, Jo observó a Beth; y, tras muchas conjeturas contradictorias, finalmente se decidió por una que parecía explicar el cambio en ella. Un pequeño incidente dio a Jo la clave del misterio, pensó, y su viva imaginación y su corazón afectuoso hicieron el resto. Estaba fingiendo escribir con mucho afán un sábado por la tarde, cuando ella y Beth estaban solas; sin embargo, mientras garabateaba, mantenía los ojos puestos en su hermana, que parecía inusualmente callada. Sentada a la ventana, el trabajo de Beth a menudo caía sobre su regazo y ella apoyaba la cabeza sobre la mano, en actitud abatida, mientras sus ojos descansaban sobre el apagado paisaje otoñal. De repente, alguien pasó por debajo, silbando como un mirlo operístico, y una voz gritó:
«¡Todo tranquilo! Vendré esta noche.»
Beth dio un brinco, se inclinó hacia adelante, sonrió y asintió, observó al transeúnte hasta que sus pasos rápidos se desvanecieron y luego dijo en voz baja, como para sí misma:
«Qué fuerte, sano y feliz se ve ese querido chico.»
«¡Hum!», dijo Jo, todavía atenta al rostro de su hermana; pues el color brillante se desvaneció tan rápido como apareció, la sonrisa desapareció y, poco después, una lágrima brilló en el alféizar de la ventana. Beth la apartó con rapidez y miró a Jo con recelo; pero ella estaba escribiendo a toda velocidad, aparentemente absorta en «El juramento de Olimpia». En cuanto Beth se volvió, Jo comenzó su vigilancia de nuevo, vio cómo la mano de Beth se dirigía silenciosamente a sus ojos más de una vez y, en su rostro medio vuelto, leyó una tierna tristeza que hizo que sus propios ojos se llenaran de lágrimas. Temiendo delatarse, se escabulló murmurando algo sobre necesitar más papel.
«¡Piedad de mí, Beth ama a Laurie!», dijo, sentándose en su habitación, pálida por la conmoción del descubrimiento que creía haber hecho. «Nunca soñé algo así. ¿Qué dirá madre? Me pregunto si él...» aquí Jo se detuvo y se puso escarlata con un pensamiento repentino. «Si él no correspondiera, ¡qué horror sería! ¡Debe hacerlo; haré que lo haga!», y sacudió la cabeza amenazadoramente hacia el retrato del chico de aspecto travieso que se reía de ella desde la pared. «Oh, Dios, estamos creciendo con una venganza. Aquí está Meg casada y convertida en mamá, Amy triunfando en París y Beth enamorada. Soy la única que tiene suficiente sentido común como para mantenerse alejada de problemas.» Jo pensó intensamente durante un minuto, con los ojos fijos en el retrato; luego alisó su frente arrugada y dijo, con un asentimiento decidido hacia el rostro de enfrente: «No, gracias, señor; usted es muy encantador, pero no tiene más estabilidad que una veleta; así que no hace falta que escriba notas conmovedoras ni sonría de esa manera insinuante, pues no servirá de nada y no lo permitiré.»
Luego suspiró y cayó en un ensueño del que no despertó hasta que el crepúsculo temprano la envió abajo para hacer nuevas observaciones, las cuales solo confirmaron su sospecha. Aunque Laurie coqueteaba con Amy y bromeaba con Jo, su trato hacia Beth siempre había sido peculiarmente amable y gentil, pero también lo era el de todos; por lo tanto, a nadie se le ocurrió imaginar que ella le importara más que las otras. De hecho, en el último tiempo había prevalecido en la familia la impresión general de que «nuestro chico» estaba cada vez más encariñado con Jo, quien, sin embargo, no quería oír ni una palabra al respecto y regañaba violentamente si alguien se atrevía a sugerirlo. Si hubieran conocido los diversos pasajes tiernos del último año, o más bien los intentos de pasajes tiernos que habían sido truncados en el brote, habrían tenido la inmensa satisfacción de decir: «Ya te lo dije». Pero Jo odiaba el «coqueteo» y no lo permitía, teniendo siempre una broma o una sonrisa lista ante el menor signo de peligro inminente.
Cuando Laurie fue a la universidad por primera vez, se enamoraba casi una vez al mes; pero esas pequeñas llamas eran tan breves como ardientes, no causaban daño y divertían mucho a Jo, que se interesaba mucho por las alternancias de esperanza, desesperación y resignación que él le confiaba en sus conferencias semanales. Pero llegó un momento en que Laurie dejó de adorar en tantos altares, insinuó oscuramente una pasión absorbente y se entregó ocasionalmente a ataques de melancolía al estilo de Byron. Entonces evitaba por completo el tema tierno, escribía notas filosóficas a Jo, se volvió estudioso y anunció que iba a «hincar los codos», con la intención de graduarse en un resplandor de gloria. Esto le venía mejor a la joven que las confidencias al crepúsculo, las tiernas presiones de mano y las elocuentes miradas; pues, en Jo, el cerebro se desarrolló antes que el corazón, y prefería los héroes imaginarios a los reales, porque, cuando se cansaba de ellos, los primeros podían guardarse en la cocina de hojalata hasta que se les necesitara, y los segundos eran menos manejables.
Las cosas estaban en este estado cuando se produjo el gran descubrimiento, y Jo observó a Laurie esa noche como nunca antes lo había hecho. Si no se le hubiera metido la nueva idea en la cabeza, no habría visto nada inusual en el hecho de que Beth estuviera muy callada y Laurie fuera muy amable con ella. Pero, habiendo dado rienda suelta a su viva imaginación, esta galopaba con ella a gran velocidad; y el sentido común, algo debilitado por un largo curso de escritura romántica, no acudió al rescate. Como de costumbre, Beth estaba tumbada en el sofá y Laurie sentado en una silla baja cerca de ella, divirtiéndola con toda clase de chismes; pues ella dependía de su «hilado» semanal, y él nunca la decepcionaba. Pero esa noche, Jo imaginó que los ojos de Beth descansaban sobre el rostro vivo y oscuro a su lado con un placer peculiar, y que escuchaba con intenso interés el relato de algún emocionante partido de críquet, aunque las frases «atrapado tras un lanzamiento», «eliminado fuera de su base» y «el golpe de pierna para tres» eran tan inteligibles para ella como el sánscrito. También imaginó, habiéndose empeñado en verlo, que observaba cierto aumento de dulzura en los modales de Laurie, que bajaba la voz de vez en cuando, reía menos de lo habitual, estaba algo distraído y acomodaba el afgano sobre los pies de Beth con una asiduidad que era realmente casi tierna.
«¿Quién sabe? Cosas más raras han pasado», pensó Jo, mientras se movía por la habitación. «Ella hará de él un ángel y él hará la vida deliciosamente fácil y agradable para la querida, si tan solo se aman. No veo cómo puede evitarlo; y sí creo que lo haría si el resto de nosotros estuviéramos fuera de su camino.»
Como todo el mundo estaba fuera de su camino excepto ella, Jo empezó a sentir que debía apartarse a toda prisa. ¿Pero adónde iría? Y ardiendo por sacrificarse en el altar de la devoción fraternal, se sentó a decidir ese punto.
Ahora bien, el viejo sofá era un patriarca de los sofás: largo, ancho, bien acolchado y bajo; un poco raído, como bien cabía esperar, pues las chicas habían dormido y se habían estirado en él de bebés, pescado sobre el respaldo, montado en los brazos y tenido casas de fieras debajo de niñas, y descansado cabezas cansadas, soñado sueños y escuchado tiernas charlas en él de jóvenes. Todas lo amaban, pues era un refugio familiar, y un rincón siempre había sido el lugar favorito de Jo para descansar. Entre los muchos cojines que adornaban el venerable sofá había uno duro, redondo, cubierto de crin espinosa y provisto de un botón nudoso en cada extremo; este cojín repulsivo era su propiedad especial, siendo usado como arma de defensa, barricada o un severo preventivo contra el exceso de sueño.
Laurie conocía bien este cojín y tenía motivos para mirarlo con profunda aversión, habiendo sido golpeado sin piedad con él en días pasados, cuando se permitía retozar, y ahora frecuentemente impedido por él de tomar el asiento que más codiciaba, junto a Jo en el rincón del sofá. Si «la salchicha», como la llamaban, estaba de pie, era señal de que podía acercarse y reposar; pero si yacía plana sobre el sofá, ¡ay del hombre, mujer o niño que se atreviera a molestarla! Esa noche, Jo olvidó barricar su rincón y no llevaba cinco minutos en su asiento cuando una forma maciza apareció a su lado y, con ambos brazos extendidos sobre el respaldo del sofá y ambas piernas largas estiradas ante él, Laurie exclamó, con un suspiro de satisfacción:
«Esto sí que llena por el precio.»
«Nada de jerga», espetó Jo, lanzando el cojín. Pero era demasiado tarde, no había espacio para él; y, deslizándose hasta el suelo, desapareció de una manera de lo más misteriosa.
«Vamos, Jo, no seas tan arisca. Después de estudiar hasta quedarse en los huesos toda la semana, un chico se merece que lo mimen, y debería conseguirlo.»
«Beth te mimará; yo estoy ocupada.»
«No, a ella no hay que molestarla conmigo; pero a ti te gustan esas cosas, a menos que le hayas perdido el gusto de repente. ¿Es así? ¿Odias a tu chico y quieres acribillarlo a cojinazos?»
Rara vez se oía algo más zalamero que aquel conmovedor ruego, pero Jo aplacó a «su chico» volviéndose hacia él con una severa pregunta:
«¿Cuántos ramos de flores le has enviado a la señorita Randal esta semana?»
«Ni uno solo, te lo juro por mi palabra. Está comprometida. Ea, pues.»
«Me alegro; esa es una de tus tontas extravagancias: andar enviando flores y tonterías a chicas por las que no te importa un bledo», continuó Jo con tono reprobatorio.
«Las chicas sensatas, por las que sí me importa un pimiento entero, no me dejan enviarles "flores y tonterías", así que ¿qué puedo hacer? Mis sentimientos tienen que tener un desahogo.»
«Madre no aprueba el coqueteo, ni siquiera en broma; y tú coqueteas desesperadamente, Teddy.»
«Daría cualquier cosa por poder responder: "Tú también". Como no puedo, me limitaré a decir que no veo ningún mal en ese simpático jueguito, si todas las partes entienden que no es más que un juego.»
«Bueno, sí parece simpático, pero yo no logro aprender cómo se hace. Lo he intentado, porque una se siente torpe en sociedad si no hace lo mismo que todo el mundo; pero parece que no se me da bien», dijo Jo, olvidándose de hacer de mentor.
«Toma lecciones de Amy; ella tiene un verdadero talento para eso.»
«Sí, lo hace con mucha gracia y nunca parece ir demasiado lejos. Supongo que en algunas personas es natural agradar sin esforzarse, y en otras decir y hacer siempre lo incorrecto en el lugar equivocado.»
«Me alegro de que no sepas coquetear; resulta verdaderamente reconfortante ver a una chica sensata y franca, que puede ser alegre y amable sin hacer el ridículo. Entre nosotros, Jo, algunas de las chicas que conozco se comportan de una manera que realmente me da vergüenza ajena. Estoy seguro de que no lo hacen con mala intención; pero si supieran cómo hablamos de ellas los chicos después, me imagino que corregirían sus modales.»
«Ellas hacen lo mismo; y, como sus lenguas son más afiladas, ustedes, los chicos, se llevan la peor parte, porque son tan tontos como ellas, hasta el último pelo. Si ustedes se comportaran como es debido, ellas también lo harían; pero, sabiendo que a ustedes les gustan sus tonterías, las siguen haciendo, y luego las culpan a ellas.»
«¡Mucho sabes tú de eso, señora!», dijo Laurie con tono de superioridad. «A nosotros no nos gustan las alborotadas ni las coquetas, aunque a veces actuemos como si fuera así. De las chicas bonitas y modestas nunca se habla, salvo con respeto, entre caballeros. ¡Bendita sea tu alma inocente! Si pudieras estar en mi lugar durante un mes, verías cosas que te asombrarían no poco. Te lo juro por mi palabra, cuando veo a una de esas muchachas alocadas, siempre me dan ganas de decir con nuestro amigo Cock Robin:
»"¡Fuera contigo, vergüenza de ti, descarada alborotadora!"»
Era imposible no reírse ante el divertido conflicto entre la caballeresca renuencia de Laurie a hablar mal del sexo femenino y su muy natural aversión a las necedades poco femeninas de las que la sociedad elegante le mostraba tantos ejemplos. Jo sabía que el «joven Laurence» era considerado un partido de lo más codiciable por las mamás mundanas, recibía abundantes sonrisas de sus hijas y era halagado por damas de todas las edades lo suficiente como para hacer de él un lechuguino; por lo que ella lo observaba con cierto celo,
esperando que su buen sentido lo protegiera de ser mimado. Afortunadamente, su naturaleza sencilla y su odio a la afectación lo salvaban; y aunque a veces se dejaba llevar por la diversión de la situación, pronto se cansaba de la farsa y volvía a buscar a Jo para que le contara sus historias, le diera lecciones de sentido común o, simplemente, para disfrutar de un rato de paz lejos de las «damas de sociedad».
—¿Y tú qué, Jo? —preguntó Laurie una tarde, mientras paseaban por el parque bajo el pálido sol de invierno—. ¿Sigues tan ocupada con el profesor y sus lecciones de gramática, o ya has aprendido lo suficiente como para escribir la gran novela americana?
Jo se rió, ajustándose la bufanda.
—No tan rápido, Laurie. El alemán es un campo de batalla lleno de trampas, y el señor Bhaer, aunque paciente, tiene la costumbre de corregirme con una seriedad que me desarma. Pero es un hombre excelente. A veces me pregunto cómo alguien tan amable puede ser tratado con tanta ligereza por los jóvenes de la pensión.
—Oh, los jóvenes de la pensión son unos bobos —respondió Laurie con desdén—. No entienden que el «Viejo Fritz» tiene más en la punta de un dedo que ellos en toda la cabeza. Pero dime, ¿es cierto lo que dicen de que te ayuda con tus escritos?
—Me da consejos, sí. Me hace mirar los personajes no como si fueran marionetas, sino como si tuvieran alma. A veces creo que él mismo es un personaje de Shakespeare, tan lleno de contradicciones y bondad. Pero basta de él, cuéntame de ti. ¿Cómo va tu música?
Laurie suspiró, un sonido que le resultó extraño a Jo.
—Va bien. Pero a veces, Jo, me pregunto si no debería estar haciendo algo más que simplemente disfrutar de la vida. Mi abuelo quiere que me centre, que tenga una carrera, y aunque la música es mi refugio, sé que espera algo de mí.
—Tú tienes el don, Laurie —dijo ella, con una seriedad que rara vez mostraba—. No dejes que las expectativas de otros ahoguen lo que realmente eres. Si la música es tu camino, camínalo con fuerza. Yo, por mi parte, seguiré escribiendo, aunque no sea más que para mis propios cajones, hasta que el mundo decida que mis historias merecen ser leídas.
Caminaron en silencio durante un rato, sintiendo esa complicidad que solo los años de amistad verdadera pueden forjar. Para Jo, Laurie era el ancla que la mantenía atada a la tierra, mientras ella, con su imaginación y sus ambiciones, intentaba alcanzar las estrellas. En aquel rincón del mundo, lejos de Concord, ambos sentían que estaban creciendo, transformándose en los adultos que, a veces, temían llegar a ser.
—Volvamos —dijo él finalmente, mirando el cielo que empezaba a teñirse de violeta—. La señora Kirke habrá preparado el té, y no querría que el profesor Bhaer pensara que te he secuestrado para una de mis expediciones.
Jo se rió, y juntos, con el paso ligero de la juventud, emprendieron el camino de regreso, sin saber que la vida tenía guardadas muchas lecciones, tanto para ella como para el profesor, en aquel invierno que marcaría un antes y un después en su historia.
Le agradecí tan bien como pude y ahora hablo de «mi biblioteca», como si tuviera cien libros. Nunca supe cuánto contenía Shakespeare antes; pero claro, nunca tuve a un Bhaer para explicármelo. Ahora, no te rías de su horrible apellido; no se pronuncia ni como Bear ni como Beer, como dice la gente, sino algo intermedio, como solo los alemanes pueden hacerlo. Me alegra que a ambas les guste lo que les cuento de él y espero que algún día lo conozcan. Mamá admiraría su corazón cálido; papá, su cabeza sabia. Yo admiro ambos y me siento rica con mi nuevo «amigo Friedrich Bhaer».
Como no tengo mucho dinero, ni sabía qué le gustaría, compré varias cositas y las puse por la habitación, donde él las encontraría inesperadamente. Eran útiles, bonitas o graciosas: un nuevo tintero para su mesa, un pequeño florero para su flor —siempre tiene una, o un poco de verde en un vaso, para mantenerse fresco, dice— y un soporte para su fuelle, de modo que no tuviera que quemar lo que Amy llama «mouchoirs». Lo hice como los que inventó Beth: una gran mariposa con un cuerpo gordo, alas negras y amarillas, antenas de lana y ojos de cuentas. Le llamó muchísimo la atención y lo puso en su repisa como un objeto de arte; así que, después de todo, fue un poco un fracaso. Por pobre que sea, no se olvidó de un solo criado o niño de la casa; y ni un alma aquí, desde la lavandera francesa hasta la señorita Norton, se olvidó de él. Me alegré tanto por eso.
Organizaron un baile de máscaras y pasaron un rato alegre en la víspera de Año Nuevo. No pensaba bajar, al no tener vestido; pero a última hora, la señora Kirke recordó unos brocados viejos y la señorita Norton me prestó encajes y plumas; así que me disfracé de la señora Malaprop y entré navegando con una máscara puesta. Nadie me reconoció, pues disfracé mi voz, y nadie soñó que la silenciosa y altiva señorita March (pues la mayoría cree que soy muy rígida y fría; y así lo soy con los estirados) pudiera bailar, vestirse y estallar en un «agradable desarreglo de epítetos, como una alegoría a orillas del Nilo». Lo disfruté mucho; y cuando nos quitamos las máscaras, fue divertido verlos mirarme boquiabiertos. Oí a uno de los jóvenes decirle a otro que sabía que yo había sido actriz; de hecho, creía recordar haberme visto en uno de los teatros menores. Meg disfrutará de esa broma. El señor Bhaer fue Nick Bottom, y Tina fue Titania, una pequeña hada perfecta en sus brazos. Verlos bailar fue «todo un paisaje», por usar un término de Teddy.
Pasé un Año Nuevo muy feliz, después de todo; y cuando reflexioné sobre ello en mi habitación, sentí que estaba progresando un poco a pesar de mis muchos fracasos; pues ahora estoy alegre todo el tiempo, trabajo con voluntad y me intereso más por los demás de lo que solía, lo cual es satisfactorio. ¡Bendiciones a todas! Siempre su amorosa,
JO.
XXXIV.
UN AMIGO.
Aunque muy feliz en el ambiente social que la rodeaba y muy ocupada con el trabajo diario que ganaba su pan y lo hacía más dulce por el esfuerzo, Jo aún encontraba tiempo para labores literarias. El propósito que ahora se apoderó de ella era natural para una chica pobre y ambiciosa; pero los medios que empleó para lograr su fin no fueron los mejores. Vio que el dinero confería poder: dinero y poder, por tanto, decidió tener; no para ser usados solo para ella, sino para aquellos a quienes amaba más que a sí misma.
El sueño de llenar el hogar de comodidades, darle a Beth todo lo que quisiera, desde fresas en invierno hasta un órgano en su dormitorio; viajar ella misma al extranjero y tener siempre más que suficiente, para poder entregarse al lujo de la caridad, había sido durante años el castillo en el aire más preciado de Jo.
La experiencia del cuento premiado había parecido abrir un camino que, tras un largo viaje y mucho trabajo cuesta arriba, podría conducir a este encantador *château en Espagne*. Pero el desastre de la novela apagó su valor por un tiempo, pues la opinión pública es un gigante que ha asustado a Jacks de corazón más firme en tallos de judía más grandes que el suyo. Como aquel héroe inmortal, descansó un tiempo después del primer intento, que resultó en una caída, y en el menos encantador de los tesoros del gigante, si recuerdo bien. Pero el espíritu de «levantarse de nuevo y probar otra vez» era tan fuerte en Jo como en Jack; así que trepó de nuevo, esta vez por el lado sombrío, y consiguió más botín, pero casi deja atrás lo que era mucho más valioso que las bolsas de dinero.
Se dedicó a escribir historias sensacionalistas; pues en aquellos siglos oscuros, incluso la perfecta América leía basura. No se lo dijo a nadie, pero redactó un «relato emocionante» y lo llevó ella misma con valentía al señor Dashwood, editor del «Weekly Volcano». Nunca había leído *Sartor Resartus*, pero tenía un instinto femenino de que la ropa posee una influencia más poderosa sobre muchos que el valor del carácter o la magia de los modales. Así que se vistió con sus mejores galas e, intentando persuadirse de que no estaba ni emocionada ni nerviosa, subió valientemente dos pares de escaleras oscuras y sucias para encontrarse en una habitación desordenada, una nube de humo de cigarro y la presencia de tres caballeros sentados con los talones bastante más altos que sus sombreros, artículos de vestir que ninguno se tomó la molestia de quitarse ante su aparición. Algo intimidada por esta recepción, Jo dudó en el umbral, murmurando con mucha vergüenza:
—Disculpen, buscaba la oficina del «Weekly Volcano»; deseaba ver al señor Dashwood.
Bajó el par de talones más alto, se levantó el caballero más humeante y, cuidando cuidadosamente su cigarro entre los dedos, se acercó con un asentimiento y un semblante que no expresaba más que sueño. Sintiéndose obligada a terminar el asunto de alguna manera, Jo sacó su manuscrito y, sonrojándose más y más con cada frase, balbuceó fragmentos del pequeño discurso cuidadosamente preparado para la ocasión.
—Una amiga mía deseaba que le ofreciera una historia, solo como experimento; le gustaría conocer su opinión; me alegraría escribir más si esto les sirve.
Mientras ella se sonrojaba y balbuceaba, el señor Dashwood había tomado el manuscrito y pasaba las hojas con un par de dedos bastante sucios, lanzando miradas críticas por las páginas pulcras.
—No es un primer intento, supongo —observó, al ver que las páginas estaban numeradas, escritas solo por una cara y no atadas con una cinta, señal segura de una novata.
—No, señor; ella tiene algo de experiencia y ganó un premio por un cuento en el «Blarneystone Banner».
—¿Ah, sí? —y el señor Dashwood le dio a Jo una mirada rápida, que pareció tomar nota de todo lo que llevaba puesto, desde el lazo de su capota hasta los botones de sus botas—. Bueno, puede dejarlo si quiere. Tenemos más de este tipo de cosas a mano de lo que sabemos qué hacer en este momento; pero echaré un vistazo y le daré una respuesta la próxima semana.
Ahora bien, a Jo no le gustaba dejarlo, pues el señor Dashwood no le caía nada bien; pero, dadas las circunstancias, no le quedaba más que hacer que inclinarse y alejarse, pareciendo particularmente alta y digna, como solía hacer cuando estaba irritada o abochornada. En ese momento estaba ambas cosas; pues era perfectamente evidente, por las miradas cómplices intercambiadas entre los caballeros, que su pequeña ficción de «mi amiga» se consideraba una buena broma; y una risa, producida por algún comentario inaudible del editor mientras cerraba la puerta, completó su desazón. Resolviendo a medias no volver nunca, se fue a casa y descargó su irritación cosiendo delantales vigorosamente; y en una o dos horas estuvo lo suficientemente tranquila como para reírse de la escena y desear que llegara la próxima semana.
Cuando fue de nuevo, el señor Dashwood estaba solo, de lo cual se alegró; el señor Dashwood estaba mucho más despierto que antes, lo cual era agradable; y el señor Dashwood no estaba demasiado absorto en un cigarro como para recordar sus modales: así que la segunda entrevista fue mucho más cómoda que la primera.
—Tomaremos esto —los editores nunca dicen «yo»—, si no le importa hacer unas pocas alteraciones. Es demasiado largo, pero omitir los pasajes que he marcado lo dejará con la longitud justa —dijo, en un tono profesional.
Jo apenas reconoció su propio manuscrito, tan arrugadas y subrayadas estaban sus páginas y párrafos; pero, sintiéndose como podría sentirse una madre cariñosa a la que le piden que le corte las piernas a su bebé para que quepa en una cuna nueva, miró los pasajes marcados y se sorprendió al encontrar que todas las reflexiones morales —que ella había puesto cuidadosamente como lastre para tanto romance— habían sido eliminadas.
—Pero, señor, pensé que toda historia debería tener algún tipo de moraleja, así que me aseguré de que algunos de mis pecadores se arrepintieran.
La gravedad editorial del señor Dashwood se relajó en una sonrisa, pues Jo había olvidado a su «amiga» y había hablado como solo una autora podía hacerlo.
—La gente quiere ser entretenida, no sermoneada, ya sabe. La moral no vende hoy en día —lo cual no era una afirmación del todo correcta, por cierto.
—¿Cree que funcionaría con estas alteraciones, entonces?
—Sí; es una trama nueva y bastante bien elaborada, el lenguaje es bueno, y demás —fue la afable respuesta del señor Dashwood.
—¿Qué... es decir, qué compensación...? —comenzó Jo, sin saber exactamente cómo expresarse.
—Oh, sí, bueno, damos de veinticinco a treinta por cosas de este tipo. Pagamos cuando se publica —respondió el señor Dashwood, como si ese punto se le hubiera escapado; se dice que tales pequeñeces a menudo escapan a la mente editorial.
—Muy bien; puede quedarse con él —dijo Jo, devolviendo la historia con aire satisfecho; pues, después del trabajo a dólar por columna, incluso veinticinco le parecía una buena paga.
—¿Le diré a mi amiga que aceptará otra si tiene una mejor que esta? —preguntó Jo, inconsciente de su pequeño desliz y envalentonada por su éxito.
—Bueno, le echaremos un vistazo; no puedo prometer aceptarla. Dígale que la haga corta y picante, y que no se preocupe por la moraleja. ¿Qué nombre le gustaría ponerle a su amiga? —en tono despreocupado.
—Ninguno en absoluto, si le parece bien; ella no desea que aparezca su nombre y no tiene *nom de plume* —dijo Jo, sonrojándose a pesar de sí misma.
—Como ella quiera, por supuesto. El cuento saldrá la próxima semana; ¿pasará a recoger el dinero o quiere que se lo envíe? —preguntó el señor Dashwood, quien sentía un deseo natural de saber quién podría ser su nueva colaboradora.
—Pasaré yo. Buenos días, señor.
Mientras se marchaba, el señor Dashwood subió los pies, con el elegante comentario: «Pobre y orgullosa, como de costumbre, pero servirá».
Siguiendo las instrucciones del señor Dashwood y tomando a la señora Northbury como modelo, Jo se lanzó temerariamente al mar espumoso de la literatura sensacionalista; pero, gracias al salvavidas que le lanzó un amigo, salió a flote, no mucho peor por su chapuzón.
Como la mayoría de los jóvenes escribas, buscó sus personajes y paisajes en el extranjero; y bandidos, condes, gitanos, monjas y duquesas aparecieron en su escenario y desempeñaron sus papeles con tanta precisión y espíritu como cabía esperar. A sus lectores no les importaban pequeñeces como la gramática, la puntuación y la verosimilitud, y el señor Dashwood le permitía amablemente llenar sus columnas a los precios más bajos, no creyendo necesario decirle que la verdadera causa de su hospitalidad era el hecho de que uno de sus plumíferos, al recibir una oferta de mejor sueldo, lo había abandonado vilmente en la estacada.
Pronto se interesó por su trabajo, pues su bolsillo emaciado crecía y el pequeño ahorro que estaba haciendo para llevar a Beth a las montañas el próximo verano crecía lenta pero seguramente a medida que pasaban las semanas. Una cosa perturbaba su satisfacción, y era que no se lo había contado a nadie en casa. Tenía la sensación de que papá y mamá no lo aprobarían, y prefería salirse con la suya primero y pedir perdón después. Fue fácil guardar su secreto, pues no aparecía ningún nombre en sus historias; el señor Dashwood, por supuesto, lo había descubierto muy pronto, pero prometió quedarse callado; y, para sorpresa de todos, mantuvo su palabra.
Pensó que no le haría daño, pues sinceramente no pretendía escribir nada de lo que tuviera que avergonzarse, y calmó todos los remordimientos de conciencia con las anticipaciones del feliz minuto en que mostraría sus ganancias y se reiría de su secreto bien guardado.
Pero el señor Dashwood rechazaba cualquier cosa que no fueran relatos emocionantes; y, como la emoción no podía producirse más que atormentando el alma de los lectores, hubo que saquear la historia y el romance, la tierra y el mar, la ciencia y el arte, los registros policiales y los manicomios para tal propósito. Jo pronto descubrió que su inocente experiencia solo le había dado breves vislumbres del mundo trágico que subyace a la sociedad; así que, viéndolo desde un punto de vista comercial, se puso a suplir sus deficiencias con energía característica. Ansiosa por encontrar material para sus historias y empeñada en hacerlas originales en la trama, si no magistrales en la ejecución, buscó en los periódicos accidentes, incidentes y crímenes; excitó las sospechas de los bibliotecarios públicos pidiendo obras sobre venenos; estudió rostros en la calle y personajes, buenos, malos e indiferentes, a su alrededor; profundizó en el polvo de los tiempos antiguos en busca de hechos o ficciones tan viejos que eran como nuevos, y se introdujo en la locura, el pecado y la miseria, tanto como sus limitadas oportunidades se lo permitieron. Pensó que estaba prosperando espléndidamente; pero, inconscientemente, empezaba a profanar algunos de los atributos más femeninos del carácter de una mujer. Vivía en mala sociedad; y, aunque imaginaria, su influencia le afectaba, pues estaba alimentando su corazón y su fantasía con comida peligrosa y poco sustancial, y estaba perdiendo rápidamente la inocencia de su naturaleza mediante un conocimiento prematuro del lado más oscuro de la vida, que llega lo suficientemente pronto a todos nosotros.
Empezaba a sentirlo más que a verlo, pues tanto describir las pasiones y sentimientos de los demás le hizo estudiar y especular sobre los suyos propios, un entretenimiento mórbido en el que las mentes jóvenes y sanas no se entregan voluntariamente. El hacer el mal siempre trae su propio castigo; y, cuando Jo más necesitó el suyo, lo recibió.
No sé si el estudio de Shakespeare le ayudó a leer el carácter, o el instinto natural de una mujer por lo honesto, valiente y fuerte; pero mientras dotaba a sus héroes imaginarios de toda perfección bajo el sol, Jo estaba descubriendo a un héroe vivo que le interesaba a pesar de muchas imperfecciones humanas. El señor Bhaer, en una de sus conversaciones, le había aconsejado estudiar personajes sencillos, verdaderos y encantadores dondequiera que los encontrara, como un buen entrenamiento para una escritora. Jo se tomó su palabra, pues se dio la vuelta fríamente y lo estudió a él, un procedimiento que le habría sorprendido mucho, de haberlo sabido, pues el digno profesor era muy humilde en su propia opinión.
Por qué a todo el mundo le gustaba era lo que desconcertaba a Jo, al principio. No era rico ni grandioso, joven ni apuesto; en ningún aspecto lo que se llama fascinante, imponente o brillante; y, sin embargo, era tan atractivo como un fuego cordial, y la gente parecía reunirse a su alrededor tan naturalmente como alrededor de un hogar cálido. Era pobre, pero siempre parecía estar regalando algo; un extraño, pero todo el mundo era su amigo; ya no era joven, pero tenía un corazón tan feliz como el de un niño; sencillo y peculiar, pero su rostro parecía hermoso para muchos, y sus rarezas eran libremente perdonadas por su bien. Jo a menudo lo observaba, intentando descubrir el encanto, y, al final, decidió que era la benevolencia la que obraba el milagro. Si tenía alguna pena, «se sentaba con la cabeza bajo el ala», y él solo mostraba su lado soleado al mundo. Había líneas en su frente, pero el tiempo parecía haberlo tocado con suavidad, recordando lo amable que era con los demás. Las agradables curvas de su boca eran el memorial de muchas palabras amistosas y risas alegres; sus ojos nunca eran fríos o duros, y su mano grande tenía un agarre cálido y fuerte que era más expresivo que las palabras.
Sus mismas ropas parecían participar de la naturaleza hospitalaria de quien las vestía. Parecían estar a gusto y les gustaba hacerlo sentir cómodo; su espacioso chaleco sugería un gran corazón debajo; su abrigo raído tenía un aire social, y los bolsillos abultados probaban claramente que las manos pequeñas a menudo entraban vacías y salían llenas; sus mismas botas eran benevolentes, y sus cuellos nunca estaban rígidos ni ásperos como los de los demás.
—¡Eso es! —se dijo Jo a sí misma, cuando finalmente descubrió que la buena voluntad genuina hacia los semejantes podía embellecer y dignificar incluso a un corpulento profesor alemán que devoraba su cena, zurcía sus propios calcetines y estaba cargado con el nombre de Bhaer.
Jo valoraba mucho la bondad, pero también poseía un respeto sumamente femenino por el intelecto, y un pequeño descubrimiento que hizo sobre el profesor aumentó mucho su estima por él. Nunca hablaba de sí mismo, y nadie supo jamás que en su ciudad natal había sido un hombre muy honrado y estimado por su saber e integridad, hasta que un compatriota vino a verlo y, en una conversación con la señorita Norton, divulgó el agradable hecho. De ella lo supo Jo, y le gustó mucho más porque el señor Bhaer nunca se lo había contado. Se sintió orgullosa de saber que él era un profesor honrado en Berlín, aunque solo fuera un pobre profesor de idiomas en América; y su vida sencilla y trabajadora estaba mucho más embellecida por la pizca de romance que este descubrimiento le daba.
Otro y mejor regalo que el intelecto se le mostró de la manera más inesperada. La señorita Norton tenía entrada en la sociedad literaria, que Jo no habría tenido oportunidad de ver de no ser por ella. La mujer solitaria sentía interés por la ambiciosa chica y bondadosamente otorgó muchos favores de este tipo tanto a Jo como al profesor. Los llevó con ella, una noche, a un simposio selecto, celebrado en honor de varias celebridades.
Jo fue preparada para inclinarse y adorar a los poderosos a quienes había venerado con entusiasmo juvenil desde lejos. Pero su reverencia por el genio recibió un duro golpe esa noche, y le llevó algún tiempo recuperarse del descubrimiento de que las grandes criaturas eran solo hombres y mujeres, después de todo. Imagínense su consternación, al robar una mirada de tímida admiración al poeta cuyas líneas sugerían a un ser etéreo alimentado con «espíritu, fuego y rocío», al verlo devorar su cena con un ardor que sonrojaba su semblante intelectual. Volviéndose como ante un ídolo caído, hizo otros descubrimientos que disiparon rápidamente sus ilusiones románticas. El gran novelista vibraba entre dos decantadores con la regularidad de un péndulo; el famoso clérigo coqueteaba abiertamente con una de las Madame de Staël de la época, que lanzaba miradas fulminantes a otra Corinne, que la satirizaba amablemente, tras haberla superado en sus esfuerzos por absorber al profundo filósofo, quien bebía té al estilo Johnson y parecía dormitar, pues la locuacidad de la dama hacía imposible hablar. Las celebridades científicas, olvidando sus moluscos y periodos glaciales, cotilleaban sobre arte mientras se dedicaban a las ostras y los helados con energía característica; el joven músico, que estaba hechizando a la ciudad como un segundo Orfeo, hablaba de caballos; y el espécimen de la nobleza británica presente resultó ser el hombre más ordinario de la fiesta.
Jo, por su parte, se sentía tan completamente desilusionada antes de que hubiera pasado la mitad de la velada, que se sentó en un rincón para sobreponerse. El señor Bhaer pronto se reunió con ella, luciendo un tanto fuera de lugar, y poco después varios de los filósofos, cada uno montado en su caballo de batalla, se acercaron al trote para celebrar un torneo intelectual en el hueco de la ventana. La conversación estaba a leguas de la comprensión de Jo, pero la disfrutó, aunque Kant y Hegel fueran dioses desconocidos y lo subjetivo y lo objetivo, términos ininteligibles; y lo único «evolucionado de su conciencia interior» fue un fuerte dolor de cabeza después de que todo terminara. Se le ocurrió gradualmente que el mundo estaba siendo despedazado y reconstruido bajo principios nuevos y, según los oradores, infinitamente mejores que los anteriores; que la religión estaba en camino de ser reducida a la nada mediante la razón, y que el intelecto iba a ser el único Dios. Jo no sabía nada sobre filosofía o metafísica de ningún tipo, pero una curiosa excitación, mitad placentera y mitad dolorosa, se apoderó de ella mientras escuchaba con la sensación de estar a la deriva en el tiempo y el espacio, como un globo joven de vacaciones.
Miró a su alrededor para ver si al profesor le gustaba aquello, y lo encontró mirándola con la expresión más sombría que jamás le hubiera visto. Él negó con la cabeza y le hizo señas para que se fuera; pero ella estaba fascinada, en ese momento, por la libertad de la filosofía especulativa, y permaneció en su asiento, tratando de descubrir en qué pretendían apoyarse aquellos sabios caballeros una vez que hubieran aniquilado todas las creencias antiguas.
Ahora bien, el señor Bhaer era un hombre tímido y lento para ofrecer sus propias opiniones, no porque fueran inestables, sino porque eran demasiado sinceras y profundas para ser expresadas a la ligera. Mientras miraba de Jo a otros jóvenes, atraídos por la brillantez de los fuegos artificiales filosóficos, frunció el ceño y sintió deseos de hablar, temiendo que alguna alma joven e inflamable fuera extraviada por los cohetes, para descubrir, cuando el espectáculo terminara, que solo tenían un palo vacío o una mano chamuscada.
Lo soportó tanto como pudo; pero cuando se le pidió su opinión, ardió con una indignación honesta y defendió la religión con toda la elocuencia de la verdad; una elocuencia que hacía que su inglés entrecortado fuera musical y que su rostro sencillo se volviera hermoso. Tuvo una dura pelea, pues los hombres sabios argumentaban bien; pero él no sabía cuándo estaba derrotado y se mantuvo fiel a sus principios como un hombre. De algún modo, mientras él hablaba, el mundo volvió a estar bien para Jo; las viejas creencias, que habían durado tanto tiempo, parecían mejores que las nuevas; Dios no era una fuerza ciega, y la inmortalidad no era una fábula bonita, sino un hecho bendito. Se sintió como si tuviera tierra firme bajo sus pies otra vez; y cuando el señor Bhaer hizo una pausa, superado en palabras pero no en lo más mínimo convencido, Jo sintió ganas de aplaudir y darle las gracias.
No hizo ninguna de las dos cosas; pero recordó esta escena y le otorgó al profesor su más sincero respeto, pues sabía que le había costado un esfuerzo hablar allí mismo, porque su conciencia no le permitía permanecer en silencio. Empezó a ver que el carácter es una posesión mejor que el dinero, el rango, el intelecto o la belleza; y a sentir que si la grandeza es lo que un hombre sabio ha definido como «verdad, reverencia y buena voluntad», entonces su amigo Friedrich Bhaer no era solo bueno, sino grande.
Esta creencia se fortaleció diariamente. Ella valoraba su estima, codiciaba su respeto, quería ser digna de su amistad; y, justo cuando el deseo era más sincero, estuvo a punto de perderlo todo. Todo surgió de un sombrero de tres picos; pues una tarde el profesor entró para darle a Jo su lección, con un sombrero de papel de soldado en la cabeza que Tina le había puesto y que él había olvidado quitarse.
«Es evidente que no se mira al espejo antes de bajar», pensó Jo, con una sonrisa, mientras él decía «Goot efening» y se sentaba seriamente, totalmente ajeno al ridículo contraste entre su materia y su tocado, pues iba a leerle la «Muerte de Wallenstein».
Ella no dijo nada al principio, porque le gustaba oírle soltar su gran y cordial carcajada cuando algo divertido sucedía, así que dejó que él mismo lo descubriera, y pronto se olvidó de ello; porque escuchar a un alemán leer a Schiller es una ocupación bastante absorbente. Después de la lectura vino la lección, que fue animada, pues Jo estaba de humor alegre esa noche, y el sombrero de tres picos hacía que sus ojos bailaran de diversión. El profesor no sabía qué pensar de ella y finalmente se detuvo para preguntar, con un aire de suave sorpresa que era irresistible:
—Mees Marsch, ¿por qué se ríe en la cara de su maestro? ¿Acaso no tiene respeto por mí, que se comporta tan mal?
—¿Cómo voy a ser respetuosa, señor, cuando olvida quitarse el sombrero? —dijo Jo.
Llevándose la mano a la cabeza, el distraído profesor palpó gravemente el pequeño sombrero de tres picos, lo retiró, lo miró un minuto y luego echó la cabeza hacia atrás y se rió como un alegre contrabajo.
—¡Ah! Ya lo veo; es esa diablilla de Tina quien me hace quedar como un tonto con mi gorro. Bueno, no es nada; pero mire usted, si esta lección no va bien, usted también lo llevará puesto.
Pero la lección no avanzó en absoluto durante unos minutos, porque el señor Bhaer vio una imagen en el sombrero y, al desplegarlo, dijo con aire de gran disgusto:
—Desearía que estos periódicos no entraran en la casa; no son para que los vean los niños, ni para que los lean los jóvenes. No está bien, y no tengo paciencia con quienes causan este daño.
Jo miró la hoja y vio una ilustración agradable compuesta por un lunático, un cadáver, un villano y una víbora. No le gustó; pero el impulso que la hizo darle la vuelta no fue de desagrado, sino de miedo, porque, por un minuto, imaginó que el papel era el «Volcano». No lo era, sin embargo, y su pánico disminuyó al recordar que, incluso si lo hubiera sido y uno de sus propios relatos estuviera en él, no habría habido nombre que la delatara. Se había delatado a sí misma, sin embargo, con una mirada y un rubor; pues, aunque era un hombre distraído, el profesor veía mucho más de lo que la gente imaginaba. Sabía que Jo escribía y se la había encontrado más de una vez cerca de las oficinas de los periódicos; pero como ella nunca hablaba de eso, él no hacía preguntas, a pesar de un fuerte deseo de ver su trabajo. Ahora se le ocurrió que ella estaba haciendo algo de lo que se avergonzaba de admitir, y eso le preocupaba. No se dijo a sí mismo: «No es asunto mío; no tengo derecho a decir nada», como mucha gente habría hecho; solo recordó que ella era joven y pobre, una chica lejos del amor de una madre y del cuidado de un padre; y se sintió impulsado a ayudarla con un impulso tan rápido y natural como el que le impulsaría a extender la mano para salvar a un bebé de un charco. Todo esto pasó por su mente en un minuto, pero ni un rastro de ello apareció en su rostro; y para cuando el papel fue volteado y la aguja de Jo enhebrada, él estaba listo para decir con toda naturalidad, pero muy gravemente:
—Sí, hace bien en apartarlo de usted. No me gusta pensar que las buenas jóvenes deban ver tales cosas. Son hechas agradables para algunos, pero preferiría darle pólvora a mis muchachos para jugar antes que esta mala basura.
—Puede que no todo sea malo, solo tonto, sabe; y si hay demanda para ello, no veo ningún daño en suministrarlo. Muchas personas muy respetables se ganan la vida honestamente con lo que se llaman historias sensacionalistas —dijo Jo, rascando los pliegues con tanta energía que una hilera de pequeñas grietas siguió a su alfiler.
—Hay demanda de whisky, pero creo que a usted y a mí no nos interesa venderlo. Si las personas respetables supieran el daño que hacen, no sentirían que el sustento es honesto. No tienen derecho a poner veneno en la golosina y dejar que los pequeños se lo coman. No; deberían pensar un poco y barrer el barro de la calle antes de hacer esto.
El señor Bhaer habló con entusiasmo y caminó hacia el fuego, arrugando el papel en sus manos. Jo se quedó sentada, luciendo como si el fuego hubiera llegado hasta ella; pues sus mejillas ardieron mucho después de que el sombrero de tres picos se hubiera convertido en humo y se hubiera ido inofensivamente por la chimenea.
—Me gustaría mucho enviar todo el resto tras él —murmuró el profesor, volviendo con un aire de alivio.
Jo pensó en la llamarada que armaría su pila de papeles de arriba, y el dinero que tanto le había costado ganar pesó bastante en su conciencia en ese minuto. Luego pensó de manera consoladora: «Los míos no son así; son solo tontos, nunca malos, así que no me preocuparé»; y tomando su libro, dijo, con rostro estudioso:
—¿Continuamos, señor? Seré muy buena y formal ahora.
—Eso espero —fue todo lo que dijo, pero quiso decir más de lo que ella imaginaba; y la mirada grave y amable que le dedicó le hizo sentir como si las palabras «Weekly Volcano» estuvieran impresas en letras grandes en su frente.
Tan pronto como fue a su habitación, sacó sus papeles y volvió a leer cuidadosamente cada uno de sus relatos. Siendo un poco miope, el señor Bhaer a veces usaba anteojos, y Jo los había probado una vez, sonriendo al ver cómo magnificaban la letra pequeña de su libro; ahora parecía haberse puesto también los anteojos mentales o morales del profesor; pues los defectos de estos pobres relatos la miraron espantosamente y la llenaron de consternación.
—Son basura, y pronto serán peor que basura si continúo; pues cada uno es más sensacional que el anterior. He seguido ciegamente, haciéndome daño a mí misma y a otras personas, por dinero; sé que es así, porque no puedo leer esto con seriedad sin sentirme horriblemente avergonzada; ¿y qué haría si los vieran en casa, o el señor Bhaer se hiciera con ellos?
Jo se puso caliente ante la mera idea y metió todo el paquete en su estufa, casi prendiendo fuego a la chimenea con la llamarada.
—Sí, ese es el mejor lugar para tal tontería inflamable; será mejor que incendie la casa, supongo, antes que dejar que otras personas se vuelen los sesos con mi pólvora —pensó, mientras observaba al «Demonio de Jura» desaparecer, una pequeña ceniza negra con ojos de fuego.
Pero cuando no quedó nada de todo su trabajo de tres meses excepto un montón de cenizas y el dinero en su regazo, Jo se quedó seria, sentada en el suelo, preguntándose qué debía hacer con sus ganancias.
—Creo que no he hecho mucho daño todavía, y puedo quedarme con esto para pagar mi tiempo —dijo, tras una larga meditación, añadiendo con impaciencia—: casi desearía no tener conciencia, es tan inconveniente. Si no me importara hacer lo correcto y no me sintiera incómoda al hacer lo incorrecto, me iría de maravilla. No puedo evitar desear a veces que mi padre y mi madre no hubieran sido tan estrictos con esas cosas.
Ah, Jo, en lugar de desear eso, da gracias a Dios de que «padre y madre fueran estrictos», y compadece de corazón a aquellos que no tienen tales guardianes para cercarlos con principios que pueden parecer muros de prisión para la juventud impaciente, pero que resultarán ser cimientos seguros sobre los cuales construir el carácter en la madurez.
Jo no escribió más historias sensacionalistas, decidiendo que el dinero no compensaba su parte en la sensación; pero, yéndose al otro extremo, como es costumbre en las personas de su tipo, tomó un curso de la señora Sherwood, la señorita Edgeworth y Hannah More; y luego produjo un relato que podría haber sido llamado más propiamente un ensayo o un sermón, tan intensamente moral era. Tuvo sus dudas al respecto desde el principio; pues su viva fantasía y su romance juvenil se sentían tan incómodas en el nuevo estilo como lo habría estado ella disfrazada con el rígido y engorroso traje del siglo pasado. Envió esta joya didáctica a varios mercados, pero no encontró comprador; y se inclinó a estar de acuerdo con el señor Dashwood en que la moral no se vendía.
Luego intentó una historia para niños, que podría haber vendido fácilmente si no hubiera sido tan mercenaria como para exigir dinero contante y sonante por ella. La única persona que ofreció lo suficiente para que valiera la pena intentar la literatura juvenil fue un caballero digno que sentía que su misión era convertir a todo el mundo a su creencia particular. Pero por mucho que le gustara escribir para niños, Jo no podía consentir en representar a todos sus niños traviesos siendo devorados por osos o corneados por toros bravos porque no iban a una escuela dominical en particular, ni a todos los bebés buenos, que sí iban, siendo recompensados por todo tipo de dicha, desde pan de jengibre dorado hasta escoltas de ángeles, cuando partían de esta vida con salmos o sermones en sus labios balbuceantes. Así que no salió nada de estos intentos; y Jo cerró su tintero y dijo, en un ataque de humildad muy saludable:
—No sé nada; esperaré hasta saberlo antes de intentarlo de nuevo y, mientras tanto, «barreré barro de la calle», si no puedo hacer algo mejor; eso es honesto, al menos —decisión que demostró que su segunda caída por la planta de judías le había hecho algo de bien.
Mientras estas revoluciones internas ocurrían, su vida externa había sido tan ocupada y sin sobresaltos como de costumbre; y si a veces parecía seria o un poco triste, nadie lo observaba sino el profesor Bhaer. Él lo hacía tan discretamente que Jo nunca supo que él estaba observando para ver si ella aceptaría y se aprovecharía de su reproche; pero ella superó la prueba, y él quedó satisfecho; pues, aunque no pasaron palabras entre ellos, él sabía que ella había dejado de escribir. No solo lo adivinó por el hecho de que el segundo dedo de su mano derecha ya no estaba manchado de tinta, sino que ella pasaba sus noches abajo ahora, ya no se la encontraba en las oficinas de los periódicos y estudiaba con una paciencia obstinada, que le aseguraba que estaba decidida a ocupar su mente con algo útil, si no placentero.
Él la ayudó de muchas maneras, demostrando ser un verdadero amigo, y Jo era feliz; pues, mientras su pluma permanecía ociosa, estaba aprendiendo otras lecciones además del alemán, y sentando las bases para la historia sensacionalista de su propia vida.
Fue un invierno agradable y largo, pues no dejó a la señora Kirke hasta junio. Todos parecían apenados cuando llegó el momento; los niños estaban desconsolados, y el cabello del señor Bhaer se erizaba recto sobre toda su cabeza, pues siempre lo despeinaba salvajemente cuando estaba perturbado mentalmente.
—¿Se va a casa? Ah, es usted feliz de tener un hogar al que ir —dijo él, cuando ella se lo contó, y se sentó silenciosamente tirando de su barba, en el rincón, mientras ella celebraba una pequeña recepción en esa última noche.
Ella se iba temprano, así que se despidió de todos la noche anterior; y cuando llegó su turno, dijo cálidamente:
—Ahora, señor, no se olvidará de venir a vernos si alguna vez viaja por nuestro camino, ¿verdad? Nunca se lo perdonaré si lo hace, porque quiero que todos conozcan a mi amigo.
—¿Lo quiere? ¿Debo ir? —preguntó, mirándola desde arriba con una expresión ansiosa que ella no vio.
—Sí, venga el mes que viene; Laurie se gradúa entonces, y disfrutaría de la ceremonia de graduación como algo nuevo.
—¿Ese es su mejor amigo, del que habla? —dijo él, en un tono alterado.
—Sí, mi chico Teddy; estoy muy orgullosa de él, y me gustaría que usted lo viera.
Jo miró hacia arriba entonces, totalmente ajena a otra cosa que no fuera su propio placer ante la perspectiva de mostrarles el uno al otro. Algo en el rostro del señor Bhaer le recordó de repente el hecho de que podría encontrar a Laurie como algo más que un «mejor amigo», y, simplemente porque deseaba particularmente no parecer como si algo ocurriera, comenzó involuntariamente a sonrojarse; y cuanto más intentaba no hacerlo, más roja se ponía. Si no hubiera sido por Tina en su rodilla, no sabía qué habría sido de ella. Afortunadamente, la niña se movió para abrazarla; así que logró esconder su rostro un instante, esperando que el profesor no lo viera. Pero él sí lo hizo, y el suyo cambió de nuevo de esa ansiedad momentánea a su expresión habitual, mientras decía cordialmente:
—Temo que no encontraré el tiempo para eso, pero le deseo al amigo mucho éxito, y a usted toda la felicidad. ¡Que Dios la bendiga! —y con eso, le estrechó la mano calurosamente, cargó a Tina y se fue.
Pero después de que los niños estuvieron acostados, él se sentó largo tiempo frente a su fuego, con la mirada cansada en su rostro, y el «heimweh», o nostalgia, pesando profundamente en su corazón. Una vez, cuando recordó a Jo, mientras estaba sentada con la niña en su regazo y esa nueva suavidad en su rostro, apoyó la cabeza en sus manos un minuto, y luego vagó por la habitación, como si buscara algo que no podía encontrar.
—No es para mí; no debo esperarlo ahora —dijo para sí mismo, con un suspiro que fue casi un gemido; luego, como reprochándose el anhelo que no podía reprimir, fue y besó las dos cabezas despeinadas sobre la almohada, bajó su espuma de mar, rara vez usada, y abrió su Platón.
Hizo lo mejor que pudo, y lo hizo varonilmente; pero no creo que encontrara que un par de muchachos alborotadores, una pipa, o incluso el divino Platón, fueran sustitutos muy satisfactorios para una esposa, un hijo y un hogar.
Por temprano que fuera, él estaba en la estación, a la mañana siguiente, para despedir a Jo; y, gracias a él, ella comenzó su viaje solitario con el recuerdo agradable de un rostro familiar sonriendo su adiós, un ramo de violetas para hacerle compañía, y, lo mejor de todo, el pensamiento feliz:
—Bueno, el invierno se ha ido, y no he escrito libros, no he ganado fortuna; pero he hecho un amigo que vale la pena tener, y trataré de mantenerlo toda mi vida.
XXXV.
DOLOR DE CORAZÓN.
Cualquiera que fuera su motivo, Laurie estudió con un propósito ese año, pues se graduó con honores y dio la oración en latín con la gracia de un Phillips y la elocuencia de un Demóstenes, según dijeron sus amigos. Todos estaban allí, su abuelo —¡oh, tan orgulloso!—, el señor y la señora March, John y Meg, Jo y Beth, y todos se regocijaron por él con la admiración sincera que los muchachos menosprecian en el momento, pero que no logran ganar del mundo con ningún triunfo posterior.
—Tengo que quedarme para esta cena condenada, pero estaré en casa mañana temprano; ¿vendrán a recibirme como de costumbre, chicas? —dijo Laurie, mientras metía a las hermanas en el carruaje después de que las alegrías del día terminaron. Dijo «chicas», pero se refería a Jo, pues ella era la única que mantenía la vieja costumbre; ella no tenía corazón para negarle nada a su espléndido y exitoso chico, y respondió cálidamente:
—Iré, Teddy, llueva o truene, y marcharé delante de ti, tocando «Llega el héroe conquistador» en un arpa de boca.
Laurie le agradeció con una mirada que la hizo pensar, en un pánico repentino: «¡Oh, Dios mío! Sé que va a decir algo, ¿y entonces qué haré?».
La meditación vespertina y el trabajo matutino calmaron un poco sus temores, y habiendo decidido que no sería tan vanidosa como para pensar que la gente iba a proponerle matrimonio cuando ella les había dado todas las razones para saber cuál sería su respuesta, partió a la hora señalada, esperando que Teddy no hiciera nada para hacerla herir sus pobres sentimientos. Una visita a casa de Meg, y un olfateo y sorbo refrescantes en la Margarita y el Demijohn, la fortalecieron aún más para el tête-à-tête, pero cuando vio una figura corpulenta asomando a lo lejos, sintió un fuerte deseo de dar media vuelta y salir corriendo.
—¿Dónde está el arpa de boca, Jo? —gritó Laurie, tan pronto como estuvo a distancia de voz.
—La olvidé —y Jo recobró el aliento, pues ese saludo no podía llamarse amoroso.
Siempre solía tomarlo del brazo en estas ocasiones; ahora no lo hizo, y él no se quejó, lo cual era una mala señal, sino que siguió hablando rápidamente sobre todo tipo de temas lejanos, hasta que se desviaron del camino hacia el pequeño sendero que conducía a casa a través de la arboleda. Entonces él caminó más despacio, perdió de repente su magnífica fluidez de palabra y, de vez en cuando, se producía un silencio aterrador. Para rescatar la conversación de uno de los pozos de silencio en los que seguía cayendo, Jo dijo apresuradamente:
—¡Ahora debes tomarte unas buenas y largas vacaciones!
—Eso pretendo.
Algo en su tono resuelto hizo que Jo levantara la vista rápidamente para encontrarlo mirándola con una expresión que le aseguró que había llegado el momento temido, y la obligó a extender la mano con un ruego:
—¡No, Teddy, por favor, no!
—Lo haré, y tienes que escucharme. No sirve de nada, Jo; tenemos que aclararlo, y cuanto antes mejor para ambos —respondió, poniéndose encendido y exaltado a la vez.
—Di lo que quieras, entonces; te escucharé —dijo Jo, con una especie de paciencia desesperada.
Laurie era un joven amante, pero hablaba en serio, y estaba decidido a «aclararlo» aunque muriera en el intento; así que se lanzó al asunto con su característica impetuosidad, diciendo con una voz que se le quebraba de vez en cuando, a pesar de sus esfuerzos varoniles por mantenerla firme:
—Te he amado desde que te conocí, Jo; no pude evitarlo, has sido tan buena conmigo. He intentado demostrarlo, pero no me has dejado; ahora voy a hacer que me escuches y me des una respuesta, porque no puedo seguir así por más tiempo.
—Quería evitarte esto; pensé que lo entenderías... —empezó Jo, descubriendo que era mucho más difícil de lo que esperaba.
—Sé que lo hiciste; pero las chicas son tan raras que nunca se sabe lo que quieren decir. Dicen que no cuando quieren decir que sí, y sacan a un hombre de sus casillas solo por diversión —replicó Laurie, atrincherándose tras un hecho innegable.
—Yo no lo hago. Nunca quise que te encariñaras conmigo así, y me fui para evitarlo si podía.
—Eso pensé; era propio de ti, pero no sirvió de nada. Solo te amé más, y me esforcé mucho por complacerte, y dejé el billar y todo lo que no te gustaba, y esperé y nunca me quejé, porque tenía la esperanza de que me amaras, aunque no soy ni la mitad de bueno... —aquí se produjo un ahogo que no pudo controlar, por lo que decapitó ranúnculos mientras se aclaraba su «maldita garganta».
—Sí lo eres; eres demasiado bueno para mí, y estoy tan agradecida contigo, y tan orgullosa y encariñada contigo, que no entiendo por qué no puedo amarte como quieres que lo haga. Lo he intentado, pero no puedo cambiar lo que siento, y sería mentira decir que lo hago cuando no es así.
—¿De verdad, de verdad, Jo?
Se detuvo en seco y le tomó ambas manos mientras formulaba su pregunta con una mirada que ella no olvidó pronto.
—De verdad, de verdad, querido.
Estaban ahora en la arboleda, junto a la cerca; y cuando las últimas palabras cayeron a regañadientes de los labios de Jo, Laurie soltó sus manos y se volvió como para seguir adelante, pero por una vez en su vida aquella cerca pudo más que él; así que simplemente apoyó la cabeza en el poste cubierto de musgo y se quedó tan quieto que Jo se asustó.
—¡Oh, Teddy, lo siento tanto, lo siento tan desesperadamente, que podría matarme si sirviera de algo! Desearía que no te lo tomaras tan a pecho. No puedo evitarlo; sabes que es imposible que la gente se obligue a amar a otros si no lo siente —gritó Jo de forma poco elegante pero arrepentida, mientras le daba palmaditas suaves en el hombro, recordando el tiempo en que él la había consolado hacía tanto tiempo.
—A veces lo hacen —dijo una voz ahogada desde el poste.
—No creo que sea el tipo de amor correcto, y prefiero no intentarlo —fue la respuesta decidida.
Hubo una larga pausa, mientras un mirlo cantaba alegremente en el sauce junto al río, y la hierba alta crujía con el viento. Al poco tiempo, Jo dijo con mucha seriedad, mientras se sentaba en el escalón de la cerca:
—Laurie, quiero decirte algo.
Él se sobresaltó como si le hubieran disparado, levantó la cabeza y gritó con tono feroz:
—¡No me digas eso, Jo; no puedo soportarlo ahora!
—¿Decirte qué? —preguntó ella, extrañada por su violencia.
—Que amas a ese viejo.
—¿Qué viejo? —preguntó Jo, pensando que se referiría a su abuelo.
—Ese endiablado profesor del que siempre escribías. Si dices que lo amas, sé que haré algo desesperado —y parecía dispuesto a cumplir su palabra, mientras apretaba los puños, con una chispa de ira en los ojos.
Jo quiso reír, pero se contuvo y dijo con calidez, pues ella también se estaba alterando con todo esto:
—¡No maldigas, Teddy! No es viejo, ni nada malo, sino bueno y amable, y el mejor amigo que tengo, después de ti. Por favor, no pierdas los estribos; quiero ser amable, pero sé que me enfadaré si insultas a mi profesor. No tengo la menor intención de amarlo a él ni a nadie más.
—Pero lo harás dentro de poco, ¿y entonces qué será de mí?
—Tú también amarás a otra persona, como un chico sensato, y olvidarás todo este problema.
—¡No puedo amar a nadie más; y nunca te olvidaré, Jo, nunca! ¡nunca! —dijo, dando un pisotón para enfatizar sus apasionadas palabras.
—¿Qué voy a hacer con él? —suspiró Jo, descubriendo que las emociones eran más difíciles de manejar de lo que esperaba—. No has escuchado lo que quería decirte. Siéntate y escucha; porque de verdad quiero hacer lo correcto y hacerte feliz —dijo, esperando calmarlo con un poco de razón, lo cual demostraba que no sabía nada sobre el amor.
Al ver un rayo de esperanza en esa última frase, Laurie se arrojó sobre la hierba a sus pies, apoyó el brazo en el escalón inferior de la cerca y la miró con cara expectante. Ahora bien, ese arreglo no favorecía la calma ni la claridad de pensamiento por parte de Jo; pues, ¿cómo podía decirle cosas duras a su chico mientras él la observaba con ojos llenos de amor y anhelo, y con las pestañas aún húmedas por la gota o dos de amargura que su dureza de corazón le había arrancado? Ella le apartó suavemente la cabeza, diciendo, mientras acariciaba el cabello ondulado que él había dejado crecer por ella —¡qué conmovedor era, a decir verdad!—:
—Estoy de acuerdo con mamá en que tú y yo no somos el uno para el otro, porque nuestros prontos y nuestras voluntades fuertes probablemente nos harían muy desdichados, si fuéramos tan tontos como para... —Jo hizo una pequeña pausa sobre la última palabra, pero Laurie la pronunció con expresión extasiada—:
—Casarnos... ¡no, no lo haríamos! Si me amaras, Jo, sería un santo perfecto, porque podrías hacerme cualquier cosa que quisieras.
—No, no puedo. Lo he intentado y he fracasado, y no arriesgaré nuestra felicidad con un experimento tan serio. No congeniamos y nunca lo haremos; así que seremos buenos amigos toda la vida, pero no haremos nada precipitado.
—Sí, lo haremos si tenemos la oportunidad —murmuró Laurie con rebeldía.
—Ahora sé razonable y adopta un punto de vista sensato del caso —suplicó Jo, casi perdiendo la cabeza.
—No seré razonable; no quiero adoptar lo que llamas «un punto de vista sensato»; no me ayudará y solo te hace más dura. No creo que tengas corazón.
—¡Ojalá no lo tuviera!
Hubo un pequeño temblor en la voz de Jo y, pensando que era un buen augurio, Laurie se dio la vuelta, poniendo en juego todas sus dotes de persuasión mientras decía, con el tono seductor que nunca antes había sido tan peligrosamente seductor:
—¡No nos decepciones, querida! Todo el mundo lo espera. El abuelo ha puesto su corazón en ello, a tu gente le gusta, y no puedo seguir sin ti. Di que sí, y seamos felices. ¡Hazlo, hazlo!
Solo meses después comprendió Jo cómo tuvo la fortaleza mental para mantenerse firme en la resolución que había tomado cuando decidió que no amaba a su chico y que nunca podría hacerlo. Fue muy difícil, pero lo hizo, sabiendo que la demora era inútil y cruel a la vez.
—No puedo decir «sí» con sinceridad, así que no lo diré en absoluto. Verás que tengo razón, más adelante, y me lo agradecerás —comenzó solemnemente.
—¡Me ahorcaré si lo hago! —y Laurie saltó de la hierba, ardiendo de indignación ante la sola idea.
—¡Sí, lo harás! —insistió Jo—; lo superarás dentro de un tiempo, y encontrarás a alguna chica encantadora y culta, que te adorará y será una buena señora para tu espléndida casa. Yo no lo sería. Soy sencilla, torpe, rara y vieja, y te avergonzarías de mí, y pelearíamos —no podemos evitarlo ni siquiera ahora, ya ves—, y a mí no me gustaría la sociedad elegante y a ti sí, y odiarías mis garabatos, y yo no podría seguir sin ellos, ¡y seríamos infelices, y desearíamos no haberlo hecho, y todo sería horrible!
—¿Algo más? —preguntó Laurie, a quien le costaba escuchar con paciencia este arrebato profético.
—Nada más, excepto que no creo que me case nunca. Soy feliz tal como soy, y amo demasiado mi libertad como para tener prisa en renunciar a ella por cualquier hombre mortal.
—¡Eso no me lo creo! —interrumpió Laurie—. Ahora piensas así; pero llegará un momento en que te preocuparás por alguien, y lo amarás tremendamente, y vivirás y morirás por él. Sé que lo harás, es tu forma de ser, y yo tendré que quedarme al margen y verlo —y el amante desesperado arrojó su sombrero al suelo con un gesto que habría parecido cómico, si su rostro no hubiera sido tan trágico.
—Sí, viviré y moriré por él, si alguna vez aparece y me hace amarlo a pesar de mí misma, ¡y tú tendrás que hacer lo mejor que puedas! —gritó Jo, perdiendo la paciencia con el pobre Teddy—. He hecho todo lo posible, pero no quieres ser razonable, y es egoísta de tu parte seguir insistiendo en lo que no puedo darte. Siempre te tendré cariño, muchísimo cariño, como amigo, pero nunca me casaré contigo; y cuanto antes lo creas, mejor para ambos... ¡así que ya está!
Ese discurso fue como fuego para la pólvora. Laurie la miró un minuto como si no supiera muy bien qué hacer consigo mismo, luego se dio la vuelta bruscamente, diciendo, con tono desesperado:
—Te arrepentirás algún día, Jo.
—¡Oh, adónde vas! —gritó ella, pues su rostro la asustaba.
—¡Al diablo! —fue la consoladora respuesta.
Por un minuto, el corazón de Jo se detuvo mientras él se lanzaba por la orilla hacia el río; pero se necesita mucha insensatez, pecado o miseria para llevar a un joven a una muerte violenta, y Laurie no era de los débiles que son vencidos por un solo fracaso. No pensó en una caída melodramática, pero algún instinto ciego le llevó a arrojar el sombrero y el abrigo a su bote y a remar con todas sus fuerzas, haciendo mejor tiempo río arriba de lo que había hecho en muchas carreras. Jo respiró hondo y soltó las manos mientras observaba al pobre muchacho intentando superar el problema que llevaba en su corazón.
—Eso le hará bien, y volverá a casa en un estado mental tan tierno y arrepentido que no me atreveré a verlo —dijo; y añadió, mientras se dirigía lentamente a casa, sintiendo como si hubiera asesinado algo inocente y lo hubiera enterrado bajo las hojas—:
—Ahora debo ir a preparar al señor Laurence para que sea muy amable con mi pobre chico. Desearía que amara a Beth; quizás lo haga, con el tiempo, pero empiezo a pensar que me equivoqué respecto a ella. Oh, cielos, cómo pueden las chicas querer tener amantes y rechazarlos. Me parece terrible.
Segura de que nadie podría hacerlo tan bien como ella, fue directamente a ver al señor Laurence, contó la dura historia con valentía hasta el final, y luego se derrumbó, llorando tan desconsoladamente por su propia insensibilidad que el amable anciano, aunque profundamente decepcionado, no le reprochó nada. Le resultaba difícil entender cómo alguna chica podía no amar a Laurie, y esperaba que ella cambiara de opinión, pero sabía mejor que Jo que el amor no se puede forzar, así que sacudió la cabeza con tristeza y decidió llevar a su chico lejos de todo peligro; pues las palabras de despedida del Joven Impetuoso a Jo le inquietaron más de lo que quería confesar.
Cuando Laurie llegó a casa, agotado, pero bastante sereno, su abuelo lo recibió como si no supiera nada, y mantuvo el engaño con bastante éxito durante una o dos horas. Pero cuando se sentaron juntos al crepúsculo, el tiempo que solían disfrutar tanto, fue un esfuerzo para el anciano seguir divagando como de costumbre, y aún más para el joven escuchar los elogios por el éxito del año pasado, que para él ahora parecían el trabajo perdido del amor. Lo soportó todo lo que pudo, luego se dirigió a su piano y empezó a tocar. Las ventanas estaban abiertas; y Jo, paseando por el jardín con Beth, por una vez entendió la música mejor que su hermana, pues él tocaba la «Sonata Patética», y la tocaba como nunca antes lo había hecho.
—Eso está muy bien, me atrevería a decir, pero es lo suficientemente triste como para hacer llorar a uno; danos algo más alegre, muchacho —dijo el señor Laurence, cuyo bondadoso corazón estaba lleno de simpatía, que ansiaba mostrar, pero no sabía cómo.
Laurie se lanzó a un tono más vivo, tocó con tormenta durante varios minutos y habría terminado con valentía si, en una calma momentánea, no se hubiera oído la voz de la señora March llamando:
—Jo, querida, entra; te necesito.
¡Justo lo que Laurie deseaba decir, con un significado diferente! Mientras escuchaba, perdió el ritmo; la música terminó con un acorde roto, y el músico se quedó en silencio en la oscuridad.
—No puedo soportar esto —murmuró el anciano. Se levantó, buscó a tientas el camino hacia el piano, puso una mano amable sobre cada uno de sus hombros anchos y dijo, tan suavemente como una mujer:
—Lo sé, hijo mío, lo sé.
Sin respuesta por un instante; luego Laurie preguntó bruscamente:
—¿Quién se lo ha dicho?
—La propia Jo.
—¡Entonces se acabó! —y se sacudió las manos del abuelo con un gesto impaciente; pues, aunque agradecido por la simpatía, el orgullo de hombre no podía soportar la lástima de otro hombre.
—No del todo; quiero decir una cosa, y entonces se habrá acabado —respondió el señor Laurence, con una suavidad inusual—. ¿No te apetecerá quedarte en casa ahora mismo, tal vez?
—No pienso huir de una chica. Jo no puede impedirme verla, y me quedaré y lo haré todo el tiempo que quiera —interrumpió Laurie, en tono desafiante.
—No si eres el caballero que creo. Estoy decepcionado, pero la chica no tiene la culpa; y lo único que te queda por hacer es irte una temporada. ¿Adónde irás?
—A cualquier parte. No me importa lo que sea de mí —y Laurie se levantó con una risa temeraria, que irritó los oídos de su abuelo.
—Tómalo como un hombre, y no hagas nada precipitado, por el amor de Dios. ¿Por qué no ir al extranjero, como planeaste, y olvidarlo?
—No puedo.
—Pero te morías por ir, y te prometí que irías cuando terminaras la universidad.
—¡Ah, pero no pretendía ir solo! —y Laurie caminó rápido por la habitación, con una expresión que fue una suerte que su abuelo no viera.
—No te pido que vayas solo; hay alguien listo y dispuesto a ir contigo, a cualquier parte del mundo.
—¿Quién, señor? —preguntando para escuchar.
—Yo mismo.
Laurie volvió tan rápido como se fue, y extendió la mano, diciendo con voz ronca:
—Soy una bestia egoísta; pero... ya sabes... abuelo...
—Que el Señor me ayude, sí, lo sé, porque ya he pasado por todo esto antes, una vez en mis años de juventud, y luego con tu padre. Ahora, querido muchacho, siéntate tranquilamente y escucha mi plan. Está todo decidido y puede llevarse a cabo de inmediato —dijo el señor Laurence, sujetando al joven, como si temiera que se escapara, como había hecho su padre antes que él.
—Bueno, señor, ¿cuál es? —y Laurie se sentó, sin rastro de interés en su rostro o su voz.
—Hay negocios en Londres que necesitan atención; pretendía que tú te ocuparas de ellos; pero yo puedo hacerlo mejor, y aquí las cosas irán muy bien con Brooke para gestionarlas. Mis socios hacen casi todo; yo solo espero hasta que tomes mi lugar, y puedo marcharme en cualquier momento.
—Pero usted odia viajar, señor; no puedo pedírselo a su edad —comenzó Laurie, quien estaba agradecido por el sacrificio, pero prefería mucho ir solo, si es que iba a ir.
El anciano lo sabía perfectamente, y deseaba evitarlo especialmente; pues el estado de ánimo en el que encontró a su nieto le aseguraba que no sería prudente dejarlo a su aire. Así que, reprimiendo un pesar natural al pensar en las comodidades del hogar que dejaría atrás, dijo con firmeza:
—Bendito sea Dios, todavía no estoy jubilado. Disfruto bastante de la idea; me hará bien, y mis viejos huesos no sufrirán, pues viajar hoy en día es casi tan fácil como sentarse en una silla.
Un movimiento inquieto de Laurie sugirió que su silla no era cómoda, o que no le gustaba el plan, e hizo que el anciano añadiera apresuradamente:
—No pretendo ser un aguafiestas ni una carga; voy porque creo que te sentirías más feliz que si me quedara. No pretendo ir de un lado a otro contigo, sino dejarte libre para ir a donde quieras, mientras yo me divierto a mi manera. Tengo amigos en Londres y París, y me gustaría visitarlos; mientras tanto, tú puedes ir a Italia, Alemania, Suiza, donde quieras, y disfrutar de cuadros, música, paisajes y aventuras a tu antojo.
Ahora bien, Laurie sintió en ese momento que su corazón estaba completamente roto, y el mundo un desierto aullante; pero al sonido de ciertas palabras que el anciano introdujo astutamente en su frase final, el corazón roto dio un salto inesperado, y uno o dos oasis verdes aparecieron de repente en el desierto aullante. Suspiró, y luego dijo, en tono desanimado:
—Como usted quiera, señor; no importa adónde vaya ni lo que haga.
—A mí sí, recuerda eso, muchacho; te doy total libertad, pero confío en que hagas un uso honesto de ella. Prométemelo, Laurie.
—Lo que usted quiera, señor.
—Bien —pensó el anciano—. Ahora no te importa, pero llegará un momento en que esa promesa te mantendrá alejado de los problemas, o mucho me equivoco.
Siendo un individuo enérgico, el señor Laurence golpeó mientras el hierro estaba caliente; y antes de que el ser marchito recuperara el ánimo suficiente para rebelarse, se fueron. Durante el tiempo necesario para los preparativos, Laurie se comportó como suelen hacer los jóvenes en tales casos. Estaba malhumorado, irritable y pensativo por turnos; perdió el apetito, descuidó su vestimenta y dedicó mucho tiempo a tocar tempestuosamente su piano; evitaba a Jo, pero se consolaba mirándola desde su ventana, con una cara trágica que perseguía sus sueños de noche y la oprimía con un pesado sentimiento de culpa durante el día. A diferencia de otros sufridores, nunca habló de su pasión no correspondida, y no permitió que nadie, ni siquiera la señora March, intentara consolarlo u ofrecerle simpatía. En algunos aspectos, esto fue un alivio para sus amigos; pero las semanas antes de su partida fueron muy incómodas, y todos se alegraron de que el «pobre y querido muchacho se fuera a olvidar su problema, y volviera a casa feliz». Por supuesto, él sonrió oscuramente ante su engaño, pero lo dejó pasar, con la triste superioridad de quien sabía que su fidelidad, al igual que su amor, era inalterable.
Cuando llegó el momento de la partida, él fingió estar muy animado para ocultar ciertas emociones inoportunas que parecían decididas a imponerse. Esta alegría no engañó a nadie, pero todos intentaron actuar como si lo hiciera, por su bien, y él se manejó muy bien hasta que la señora March lo besó con un susurro lleno de solicitud maternal; entonces, sintiendo que se desmoronaba rápidamente, los abrazó a todos a toda prisa, sin olvidar a la afligida Hannah, y bajó las escaleras como si le fuera la vida en ello. Jo le siguió un minuto después para saludarlo con la mano si él miraba hacia atrás. Él sí miró hacia atrás, volvió, la rodeó con sus brazos mientras ella estaba en el escalón por encima de él, y la miró con un rostro que hizo que su breve súplica fuera tanto elocuente como patética.
—¡Oh, Jo, no puedes?
—¡Teddy, querido, ojalá pudiera!
Eso fue todo, excepto una pequeña pausa; luego Laurie se enderezó, dijo: «Está bien, no importa», y se fue sin decir otra palabra. Ah, pero no estaba nada bien, y a Jo sí le importaba; pues mientras la cabeza rizada descansaba en su brazo un minuto después de su dura respuesta, sintió como si hubiera apuñalado a su mejor amigo; y cuando él la dejó sin mirar atrás, supo que el muchacho Laurie nunca volvería.
XXXVI.
EL SECRETO DE BETH.
Cuando Jo regresó a casa aquella primavera, le sorprendió el cambio en Beth. Nadie habló de ello ni pareció notarlo, pues había llegado de forma tan gradual que no alarmó a quienes la veían a diario; pero, para unos ojos agudizados por la ausencia, era muy evidente; y un gran peso cayó sobre el corazón de Jo al ver el rostro de su hermana. No estaba más pálida ni mucho más delgada que en otoño; sin embargo, había en él una extraña transparencia, como si lo mortal se estuviera refinando lentamente y lo inmortal brillara a través de la frágil carne con una belleza indescriptiblemente patética. Jo lo vio y lo sintió, pero no dijo nada en aquel momento, y pronto la primera impresión perdió gran parte de su fuerza; pues Beth parecía feliz, nadie parecía dudar de que estuviera mejor; y, poco después, ocupada en otros asuntos, Jo olvidó por un tiempo su miedo.
Pero cuando Laurie se fue y volvió a reinar la paz, la vaga ansiedad regresó y la atormentó. Ella había confesado sus pecados y había sido perdonada; pero cuando mostró sus ahorros y propuso el viaje a la montaña, Beth le agradeció de corazón, pero le rogó que no se alejara tanto de casa. Otra pequeña visita a la orilla del mar le vendría mejor y, como no se pudo convencer a la abuela de que dejara a los bebés, Jo llevó a Beth a aquel lugar tranquilo, donde podía vivir mucho al aire libre y dejar que las frescas brisas marinas devolvieran un poco de color a sus pálidas mejillas.
No era un lugar de moda, pero, incluso entre la gente agradable que allí había, las hermanas hicieron pocos amigos, prefiriendo vivir la una para la otra. Beth era demasiado tímida para disfrutar de la sociedad, y Jo estaba demasiado absorta en ella como para interesarse por alguien más; así que lo eran todo la una para la otra, y iban y venían, totalmente ajenas al interés que despertaban en quienes las rodeaban, que observaban con ojos compasivos a la hermana fuerte y a la débil, siempre juntas, como si sintieran instintivamente que una larga separación no estaba lejos.
Lo sentían, sí, pero ninguna de las dos hablaba de ello; pues, a menudo, entre nosotros y nuestros seres más queridos existe una reserva que es muy difícil de superar. Jo sentía como si un velo hubiera caído entre su corazón y el de Beth; pero cuando tendía la mano para levantarlo, parecía haber algo sagrado en el silencio, y esperaba a que Beth hablara. Se preguntaba, y también se sentía agradecida, que sus padres no parecieran ver lo que ella veía; y, durante las tranquilas semanas, cuando la sombra se volvió tan clara para ella, no dijo nada a los que estaban en casa, creyendo que el secreto se revelaría solo cuando Beth regresara sin haber mejorado. Se preguntaba aún más si su hermana realmente adivinaba la dura verdad, y qué pensamientos pasaban por su mente durante las largas horas en que yacía sobre las cálidas rocas, con la cabeza en el regazo de Jo, mientras los vientos soplaban saludablemente sobre ella y el mar hacía música a sus pies.
Un día, Beth se lo dijo. Jo pensó que estaba dormida, pues permanecía muy quieta; y, dejando su libro, se quedó mirándola con ojos anhelantes, intentando ver señales de esperanza en el tenue color de las mejillas de Beth. Pero no pudo encontrar lo suficiente para satisfacerse, pues las mejillas estaban muy delgadas y las manos parecían demasiado débiles para sostener incluso las pequeñas conchas rosadas que habían estado recogiendo. Entonces comprendió, más amargamente que nunca, que Beth se alejaba lentamente de ella, y sus brazos apretaron instintivamente el abrazo sobre el tesoro más preciado que poseía. Por un minuto sus ojos estuvieron demasiado nublados para ver, y, cuando se aclararon, Beth la miraba con tanta ternura que apenas hubo necesidad de decir:
—Jo, querida, me alegra que lo sepas. He intentado decírtelo, pero no podía.
No hubo respuesta salvo la mejilla de su hermana contra la suya, ni siquiera lágrimas; pues, cuando estaba profundamente conmovida, Jo no lloraba. Ella era la más débil, entonces, y Beth intentó consolarla y sostenerla, con sus brazos alrededor de ella y las palabras reconfortantes que le susurraba al oído.
—Lo sé desde hace bastante tiempo, querida, y ahora que estoy acostumbrada, no es difícil pensarlo ni soportarlo. Intenta verlo así y no te preocupes por mí, porque es lo mejor; de verdad, lo es.
—¿Es esto lo que te hacía tan infeliz en otoño, Beth? No lo sentías entonces, y te lo guardaste para ti tanto tiempo, ¿verdad? —preguntó Jo, negándose a ver o decir que fuera lo mejor, pero alegrándose de saber que Laurie no tenía parte en la pena de Beth.
—Sí, perdí la esperanza entonces, pero no quería reconocerlo. Intenté pensar que era una fantasía de enferma y no dejar que preocupara a nadie. Pero cuando os veía a todas tan sanas y fuertes, y llenas de planes felices, era difícil sentir que nunca podría ser como vosotras, y entonces me sentía desgraciada, Jo.
—¡Oh, Beth, y no me lo dijiste, no me dejaste consolarte y ayudarte! ¿Cómo pudiste excluirme y soportarlo todo sola?
La voz de Jo estaba llena de tierno reproche, y le dolía el corazón al pensar en la lucha solitaria que debió de haber tenido mientras Beth aprendía a decir adiós a la salud, al amor y a la vida, y a cargar con su cruz tan alegremente.
—Quizá estuvo mal, pero intenté hacer lo correcto; no estaba segura, nadie dijo nada y esperaba estar equivocada. Habría sido egoísta asustaros a todas cuando mamá estaba tan preocupada por Meg, y Amy estaba lejos, y tú tan feliz con Laurie... al menos eso pensé entonces.
—Y yo pensaba que lo amabas a él, Beth, y me fui porque no podía —exclamó Jo, contenta de decir toda la verdad.
Beth parecía tan asombrada ante la idea que Jo sonrió a pesar de su dolor, y añadió suavemente:
—¿Entonces no lo hacías, tesoro? Temía que fuera así, e imaginé tu pobre corazoncito lleno de desamor todo ese tiempo.
—Pero, Jo, ¿cómo podría, cuando él te quería tanto a ti? —preguntó Beth, tan inocente como una niña—. Lo quiero muchísimo; es tan bueno conmigo, ¿cómo podría evitarlo? Pero él nunca podría ser nada para mí más que mi hermano. Espero que de verdad lo sea, algún día.
—No a través de mí —dijo Jo con decisión—. Amy es para él, y congeniarían excelentemente; pero no tengo corazón para esas cosas ahora. No me importa lo que sea de nadie más que de ti, Beth. Tienes que ponerte bien.
—¡Quiero hacerlo, oh, tanto! Lo intento, pero cada día pierdo un poco y me siento más segura de que nunca lo recuperaré. Es como la marea, Jo, cuando cambia, va despacio, pero no se puede detener.
—Se detendrá, tu marea no debe cambiar tan pronto, diecinueve años es muy joven. Beth, no puedo dejarte ir. Trabajaré, rezaré y lucharé contra esto. Te retendré a pesar de todo; debe haber formas, no puede ser demasiado tarde. Dios no será tan cruel como para quitarte de mi lado —exclamó la pobre Jo con rebeldía, pues su espíritu era mucho menos piadosamente sumiso que el de Beth.
Las personas sencillas y sinceras rara vez hablan mucho de su piedad; se muestra en actos, más que en palabras, y tiene más influencia que las homilías o protestas. Beth no podía razonar ni explicar la fe que le daba valor y paciencia para renunciar a la vida y esperar alegremente la muerte. Como una niña confiada, no hacía preguntas, sino que dejaba todo en manos de Dios y la naturaleza, Padre y madre de todos nosotros, sintiéndose segura de que ellos, y solo ellos, podían enseñar y fortalecer el corazón y el espíritu para esta vida y la venidera. No reprendió a Jo con discursos santos, solo la amó más por su apasionado afecto y se aferró más estrechamente al querido amor humano, del cual nuestro Padre nunca pretende que nos destetemos, sino a través del cual Él nos acerca más a Sí mismo. No pudo decir «me alegra irme», pues la vida era muy dulce para ella; solo pudo sollozar: «Intento estar dispuesta», mientras se aferraba a Jo, al tiempo que la primera amarga ola de este gran dolor rompía sobre ellas juntas.
Poco después, Beth dijo, con la serenidad recuperada:
—¿Se lo dirás cuando volvamos a casa?
—Creo que lo verán sin palabras —suspiró Jo; pues ahora le parecía que Beth cambiaba cada día.
—Quizá no; he oído que las personas que más se aman son a menudo las más ciegas ante tales cosas. Si no lo ven, se lo dirás tú por mí. No quiero secretos, y es más amable prepararlos. Meg tiene a John y a los bebés para consolarla, pero tú debes apoyar a papá y a mamá, ¿no es así, Jo?
—Si puedo; pero, Beth, todavía no me rindo; voy a creer que es una fantasía de enferma y no dejaré que pienses que es verdad —dijo Jo, tratando de hablar con alegría.
Beth permaneció un minuto pensando y luego dijo a su manera tranquila:
—No sé cómo expresarme, y no debería intentarlo con nadie más que contigo, porque no puedo hablar abiertamente, excepto con mi Jo. Solo quiero decir que tengo la sensación de que nunca se pretendió que viviera mucho tiempo. No soy como el resto de vosotras; nunca hice planes sobre lo que haría cuando creciera; nunca pensé en casarme, como todas vosotras. No podía imaginarme siendo otra cosa que la estúpida pequeña Beth, trotando por casa, sin utilidad en ninguna parte más que allí. Nunca quise irme, y la parte difícil ahora es dejarlas a todas. No tengo miedo, pero parece que sentiría nostalgia de vosotras incluso en el cielo.
Jo no podía hablar; y durante varios minutos no hubo más sonido que el suspiro del viento y el chapoteo de la marea. Una gaviota de alas blancas pasó volando, con el destello del sol en su pecho plateado; Beth la observó hasta que desapareció, y sus ojos estaban llenos de tristeza. Un pequeño pájaro de arena con el dorso gris vino trotando por la playa, piando suavemente para sí mismo, como si disfrutara del sol y del mar; se acercó bastante a Beth, la miró con un ojo amistoso y se posó en una piedra caliente, arreglándose sus plumas mojadas, como en su casa. Beth sonrió y se sintió consolada, pues la pequeña criatura parecía ofrecer su pequeña amistad y recordarle que todavía quedaba un mundo agradable que disfrutar.
—¡Querido pajarito! Mira, Jo, qué manso es. Me gustan más los correlimos que las gaviotas: no son tan salvajes ni hermosos, pero parecen pequeñas criaturas felices y confiadas. Solía llamarlos mis pájaros el verano pasado; y mamá decía que le recordaban a mí: criaturas ocupadas, de color cuáquero, siempre cerca de la orilla y siempre piando esa pequeña canción contenta suya. Tú eres la gaviota, Jo, fuerte y salvaje, amante de la tormenta y del viento, volando lejos hacia el mar y feliz, sola. Meg es la tórtola, y Amy es como la alondra de la que escribe, intentando subir entre las nubes, pero siempre volviendo a caer en su nido. ¡Querida niña! Es tan ambiciosa, pero su corazón es bueno y tierno; y no importa lo alto que vuele, nunca olvidará su hogar. Espero volver a verla, pero parece tan lejana.
—Vendrá en primavera, y quiero que estés lista para verla y disfrutarla. Voy a hacer que estés bien y sonrosada para entonces —comenzó Jo, sintiendo que de todos los cambios en Beth, el cambio en el habla era el mayor, pues no parecía costar esfuerzo ahora, y pensaba en voz alta de una manera muy distinta a la tímida Beth.
—Jo, querida, no esperes más; no servirá de nada, estoy segura de ello. No seremos infelices, sino que disfrutaremos de estar juntas mientras esperamos. Pasaremos buenos ratos, pues no sufro mucho, y creo que la marea bajará fácilmente, si me ayudas.
Jo se inclinó para besar el rostro tranquilo; y con ese beso silencioso, se dedicó en cuerpo y alma a Beth.
Tenía razón: no hubo necesidad de palabras cuando llegaron a casa, pues padre y madre vieron claramente, ahora, aquello de lo que habían rezado para que se les librara. Cansada por su corto viaje, Beth se fue directamente a la cama, diciendo lo feliz que estaba de estar en casa; y cuando Jo bajó, descubrió que se le ahorraría la dura tarea de contar el secreto de Beth. Su padre estaba de pie, apoyando la cabeza en la repisa de la chimenea, y no se giró cuando ella entró; pero su madre extendió los brazos como pidiendo ayuda, y Jo fue a consolarla sin decir una palabra.
XXXVII.
NUEVAS IMPRESIONES.
A las tres de la tarde, todo el mundo elegante de Niza puede verse en el Paseo de los Ingleses, un lugar encantador; pues el ancho paseo, bordeado de palmeras, flores y arbustos tropicales, está delimitado por un lado por el mar y por el otro por la gran avenida, bordeada de hoteles y villas, mientras que más allá se extienden los naranjales y las colinas. Muchas naciones están representadas, muchos idiomas se hablan, muchos trajes se usan; y, en un día soleado, el espectáculo es tan alegre y brillante como un carnaval. Altivos ingleses, vivaces franceses, sobrios alemanes, apuestos españoles, feos rusos, humildes judíos, estadounidenses despreocupados, todos pasean, se sientan o deambulan por allí, charlando sobre las noticias y criticando a la última celebridad que ha llegado: Ristori o Dickens, Víctor Manuel o la Reina de las Islas Sandwich. Los carruajes son tan variados como la compañía y atraen tanta atención, especialmente los pequeños carruajes de mimbre en los que las damas conducen ellas mismas, con un par de briosos ponis, alegres redes para evitar que sus voluminosos volantes se desborden de los diminutos vehículos, y pequeños mozos en el pescante trasero.
A lo largo de este paseo, el día de Navidad, un joven alto caminaba lentamente, con las manos a la espalda y una expresión de semblante algo ausente. Parecía italiano, vestía como un inglés y tenía el aire independiente de un estadounidense: una combinación que hizo que varias miradas femeninas lo siguieran con aprobación, y que varios dandis con trajes de terciopelo negro, corbatas de color rosa, guantes de color ante y flores de azahar en los ojales, se encogieran de hombros y luego envidiaran su estatura. Había muchas caras bonitas que admirar, pero el joven apenas se fijaba en ellas, salvo para echar una mirada, de vez en cuando, a alguna chica rubia o a alguna dama de azul. Poco después, salió del paseo y se detuvo un momento en el cruce, como indeciso entre ir a escuchar a la banda en el Jardín Público o pasear por la playa hacia la Colina del Castillo. El rápido trote de los cascos de unos ponis le hizo levantar la vista, cuando uno de los pequeños carruajes, que contenía a una sola dama, bajó rápidamente por la calle. La dama era joven, rubia y vestía de azul. Él se quedó mirando un minuto, luego todo su rostro se iluminó y, agitando su sombrero como un niño, se apresuró a salir a su encuentro.
—¡Oh, Laurie, eres realmente tú? ¡Pensé que nunca vendrías! —exclamó Amy, soltando las riendas y extendiendo ambas manos, para gran escándalo de una madre francesa, que apresuró los pasos de su hija para que no se desmoralizara al contemplar los libres modales de estos «locos ingleses».
—Me retrasé en el camino, pero prometí pasar la Navidad contigo, y aquí estoy.
—¿Cómo está tu abuelo? ¿Cuándo viniste? ¿Dónde te alojas?
—Muy bien; anoche, en el Chauvain. Pasé por tu hotel, pero estabais todos fuera.
—¡Tengo tanto que decir que no sé por dónde empezar! Sube, y podremos hablar tranquilamente; iba a dar una vuelta y deseaba compañía. Flo está ahorrando fuerzas para esta noche.
—¿Qué ocurre entonces, un baile?
—Una fiesta de Navidad en nuestro hotel. Hay muchos estadounidenses allí, y la dan en honor al día. ¿Vendrás con nosotros, por supuesto? A mi tía le encantará.
—Gracias. ¿A dónde ahora? —preguntó Laurie, reclinándose y cruzándose de brazos, un gesto que complació a Amy, quien prefería conducir; pues su látigo de sombrilla y las riendas azules sobre el lomo de los ponis blancos le proporcionaban una satisfacción infinita.
—Voy primero al banco, a por cartas, y luego a la Colina del Castillo; la vista es tan hermosa, y me gusta alimentar a los pavos reales. ¿Has estado alguna vez allí?
—A menudo, hace años; pero no me importa echarle un vistazo.
—Ahora cuéntame todo sobre ti. Lo último que supe de ti es que tu abuelo escribió que te esperaba desde Berlín.
—Sí, pasé un mes allí, y luego me reuní con él en París, donde se ha instalado para el invierno. Tiene amigos allí y encuentra mucho con qué divertirse; así que voy y vengo, y nos va de maravilla.
—Es un arreglo sociable —dijo Amy, echando de menos algo en la actitud de Laurie, aunque no sabía qué.
—Bueno, ya ves que él odia viajar y yo odio estar quieto; así que cada uno se adapta a lo suyo y no hay problemas. A menudo estoy con él, y él disfruta de mis aventuras, mientras que a mí me gusta sentir que alguien se alegra de verme cuando regreso de mis viajes. Es un agujero viejo y sucio, ¿no es así? —añadió, con una mirada de disgusto, mientras conducían por el bulevar hacia la Plaza Napoleón, en la ciudad antigua.
—La suciedad es pintoresca, así que no me importa. El río y las colinas son deliciosos, y estos atisbos de las estrechas calles transversales son mi deleite. Ahora tendremos que esperar a que pase esa procesión; va a la Iglesia de San Juan.
Mientras Laurie observaba con indiferencia la procesión de sacerdotes bajo sus palios, monjas con velos blancos que portaban cirios encendidos y alguna cofradía de azul que cantaba mientras caminaba, Amy lo observaba y sintió que un nuevo tipo de timidez la invadía; pues él había cambiado, y no podía encontrar al chico de rostro alegre que dejó en el hombre de aspecto taciturno a su lado. Era más apuesto que nunca y había mejorado mucho, pensó; pero ahora que el rubor de placer por encontrarla había pasado, parecía cansado y sin espíritu; no enfermo, ni exactamente infeliz, sino más viejo y serio de lo que un año o dos de vida próspera deberían haberlo hecho. No podía entenderlo, y no se atrevió a hacer preguntas; así que sacudió la cabeza y tocó a sus ponis, mientras la procesión se alejaba por los arcos del puente Paglioni y desaparecía en la iglesia.
—¿Que pensez vous? —dijo, haciendo gala de su francés, que había mejorado en cantidad, si no en calidad, desde que llegó al extranjero.
—Que la señorita ha hecho buen uso de su tiempo, y el resultado es encantador —respondió Laurie, haciendo una reverencia con la mano en el corazón y una mirada de admiración.
Se sonrojó de placer, pero de algún modo el cumplido no la satisfizo como los elogios directos que él solía dedicarle en casa, cuando paseaba a su alrededor en ocasiones festivas y le decía que estaba «estupenda», con una sonrisa cordial y una palmada de aprobación en la cabeza. No le gustaba el nuevo tono; pues, aunque no era una blasé, sonaba indiferente a pesar de la mirada.
«Si así es como va a crecer, prefiero que siga siendo un muchacho», pensó, con una extraña sensación de decepción e incomodidad, tratando mientras tanto de parecer completamente tranquila y alegre.
En casa de Avigdor encontró las preciadas cartas del hogar y, entregándole las riendas a Laurie, las leyó con deleite mientras serpenteaban por el camino sombreado entre setos verdes, donde las rosas de té florecían tan frescas como en junio.
«Beth está muy mal, dice mamá. A menudo pienso que debería volver a casa, pero todos dicen "quédate"; así que eso hago, pues nunca tendré otra oportunidad como esta», dijo Amy, mirando con sobriedad una de las páginas.
«Creo que tienes razón en eso; no podrías hacer nada en casa, y es un gran consuelo para ellos saber que estás bien, feliz y disfrutando tanto, querida mía».
Él se acercó un poco más y pareció más su antiguo yo al decir aquello; y el miedo que a veces pesaba en el corazón de Amy se aligeró, pues la mirada, el gesto, el «querida mía» fraternal, parecían asegurarle que, si surgía algún problema, no estaría sola en una tierra extraña. Poco después, ella rió y le mostró un pequeño boceto de Jo con su traje de escribir, con el lazo erecto y rampante sobre su gorra, y de su boca salían las palabras: «¡El genio arde!».
Laurie sonrió, lo tomó, lo guardó en el bolsillo de su chaleco, «para que no se lo llevara el viento», y escuchó con interés la animada carta que Amy le leyó.
«Esta será una Navidad verdaderamente alegre para mí, con regalos por la mañana, tú y las cartas por la tarde, y una fiesta por la noche», dijo Amy, mientras bajaban entre las ruinas del antiguo fuerte, y una bandada de espléndidos pavos reales acudía hacia ellos, esperando dócilmente ser alimentados. Mientras Amy permanecía riendo en el terraplén sobre él, esparciendo migas a las brillantes aves, Laurie la miraba como ella lo había mirado a él, con la curiosidad natural de ver qué cambios habían obrado el tiempo y la ausencia. No halló nada que le desconcertara o decepcionara, mucho que admirar y aprobar; pues, pasando por alto algunas pequeñas afectaciones en el habla y en los modales, ella estaba tan vivaz y elegante como siempre, con el añadido de ese algo indescriptible en el vestir y el porte que llamamos elegancia. Siempre madura para su edad, había ganado cierto aplomo tanto en el caminar como en la conversación, lo que la hacía parecer más una mujer de mundo de lo que era; pero su antigua petulancia se dejaba ver de vez en cuando, su fuerte voluntad seguía firme y su natural franqueza estaba intacta, sin haber sido estropeada por el refinamiento extranjero.
Laurie no leyó todo esto mientras la observaba alimentar a los pavos reales, pero vio lo suficiente como para satisfacerlo e interesarlo, y se llevó consigo una hermosa y pequeña estampa de una joven de rostro radiante bajo la luz del sol, que resaltaba el suave tono de su vestido, el color fresco de sus mejillas, el brillo dorado de su cabello, y la convirtió en una figura prominente en la agradable escena.
Al subir a la meseta de piedra que corona la colina, Amy agitó la mano como dándole la bienvenida a su lugar favorito y dijo, señalando aquí y allá:
«¿Recuerdas la catedral y el Corso, los pescadores arrastrando sus redes en la bahía, y el precioso camino a Villa Franca, la torre de Schubert, justo debajo, y, lo mejor de todo, esa mota a lo lejos en el mar que dicen que es Córcega?».
«Lo recuerdo; no ha cambiado mucho», respondió él, sin entusiasmo.
«¡Lo que daría Jo por ver esa famosa mota!», dijo Amy, sintiéndose de buen humor y deseosa de verlo a él también así.
«Sí», fue lo único que dijo, pero se volvió y forzó la vista para contemplar la isla que un usurpador aún más grande que el propio Napoleón hacía ahora interesante a sus ojos.
«Échale un buen vistazo por ella, y luego ven y cuéntame qué has estado haciendo todo este tiempo», dijo Amy, sentándose, lista para una buena charla.
Pero no la consiguió; pues, aunque él se unió a ella y respondió a todas sus preguntas con libertad, solo pudo saber que había vagado por el continente y estado en Grecia. Así que, tras perder una hora, regresaron a casa; y, tras presentar sus respetos a la señora Carrol, Laurie se marchó, prometiendo volver por la noche.
Debe registrarse de Amy que deliberadamente se «arregló» esa noche. El tiempo y la ausencia habían hecho su trabajo en ambos jóvenes; ella había visto a su viejo amigo bajo una luz nueva, no como «nuestro chico», sino como un hombre apuesto y agradable, y era consciente de un deseo muy natural de encontrar favor ante sus ojos. Amy conocía sus puntos fuertes y los aprovechaba al máximo, con el gusto y la habilidad que son una fortuna para una mujer pobre y bonita.
El tarlatán y el tul eran baratos en Niza, así que se envolvió en ellos en tales ocasiones y, siguiendo la sensata moda inglesa de vestir de forma sencilla a las jóvenes, se preparó encantadores atuendos con flores frescas, algunas baratijas y todo tipo de dispositivos delicados, que eran a la vez económicos y efectivos. Debe confesarse que la artista a veces se apoderaba de la mujer y se entregaba a peinados antiguos, actitudes estatuarias y drapeados clásicos. Pero, corazón mío, todos tenemos nuestras pequeñas debilidades y nos resulta fácil perdonarlas en los jóvenes, que satisfacen nuestros ojos con su belleza y mantienen nuestros corazones alegres con sus vanidades ingenuas.
«Quiero que piense que me veo bien y que se lo diga a ellos en casa», se dijo Amy, mientras se ponía el viejo vestido de baile de seda blanca de Flo y lo cubría con una nube de tul fresco, del cual sus hombros blancos y su cabeza dorada emergían con un efecto de lo más artístico. Tuvo el buen juicio de no tocarse el cabello, después de recoger las espesas ondas y rizos en un moño al estilo Hebe en la parte posterior de la cabeza.
«No es la moda, pero me favorece y no puedo permitirme ponerme ridícula», solía decir cuando le aconsejaban rizarlo, ahuecarlo o trenzarlo, tal como dictaba el último estilo.
Al no tener adornos lo suficientemente finos para esta importante ocasión, Amy recogió sus faldas vaporosas con ramilletes rosados de azalea y enmarcó sus hombros blancos en delicadas enredaderas verdes. Recordando las botas pintadas, examinó sus zapatillas de satén blanco con satisfacción juvenil y dio unos pasos de baile por la habitación, admirando sus pies aristocráticos ella sola.
«Mi nuevo abanico combina justo con mis flores, mis guantes me quedan de maravilla y el encaje auténtico en el pañuelo de la tía le da un aire a todo mi vestido. Si al menos tuviera una nariz y una boca clásicas, sería perfectamente feliz», dijo, examinándose con ojo crítico y una vela en cada mano.
A pesar de esta aflicción, se veía inusualmente alegre y graciosa mientras se deslizaba; rara vez corría, pues pensaba que no encajaba con su estilo, ya que, al ser alta, lo majestuoso y junoniano era más apropiado que lo deportivo o picante. Caminó de un lado a otro del largo salón mientras esperaba a Laurie, y una vez se colocó bajo la lámpara de araña, lo cual tuvo un buen efecto en su cabello; luego lo pensó mejor y se fue al otro extremo de la habitación, como avergonzada por el deseo juvenil de que la primera impresión fuera propicia. Sucedió que no podría haber hecho nada mejor, pues Laurie entró tan silenciosamente que no lo oyó; y, mientras ella estaba de pie junto a la lejana ventana, con la cabeza medio vuelta y una mano recogiendo su vestido, la esbelta figura blanca contra las cortinas rojas era tan efectiva como una estatua bien situada.
«¡Buenas noches, Diana!», dijo Laurie, con la mirada de satisfacción que le gustaba ver en sus ojos cuando se posaban en ella.
«¡Buenas noches, Apolo!», respondió ella, devolviéndole la sonrisa, pues él también lucía inusualmente elegante, y el pensamiento de entrar en el salón de baile del brazo de un hombre tan apuesto hizo que Amy sintiera lástima por las cuatro sosas señoritas Davis desde el fondo de su corazón.
«Aquí tienes tus flores; las he arreglado yo mismo, recordando que no te gustaban lo que Hannah llama un "ramillete de pega"», dijo Laurie, entregándole un delicado ramillete en un soporte que ella había codiciado desde hacía mucho tiempo al pasar a diario por el escaparate de Cardiglia.
«¡Qué amable eres!», exclamó con gratitud. «Si hubiera sabido que venías, habría tenido algo preparado para ti hoy, aunque no tan bonito como esto, me temo».
«Gracias; no es lo que debería ser, pero tú lo has mejorado», añadió él, mientras ella se abrochaba la pulsera de plata en la muñeca.
«Por favor, no».
«¿Pensé que te gustaba ese tipo de cosas?».
«No de ti; no suena natural, y prefiero tu antigua franqueza».
«Me alegro de ello», respondió él, con una mirada de alivio; luego le abrochó los guantes y le preguntó si su corbata estaba recta, tal como solía hacer cuando iban juntos a fiestas en casa.
La compañía reunida en el largo comedor, aquella noche, era tal como uno no ve en ninguna parte más que en el continente. Los hospitalarios estadounidenses habían invitado a todos los conocidos que tenían en Niza y, al no tener prejuicios contra los títulos, consiguieron algunos para añadir lustre a su baile de Navidad.
Un príncipe ruso se dignó sentarse en un rincón durante una hora y hablar con una dama corpulenta, vestida como la madre de Hamlet, de terciopelo negro, con una brida de perlas bajo la barbilla. Un conde polaco, de dieciocho años, se dedicó a las damas, quienes lo calificaron de «un encanto fascinante», y un Sereno Algo alemán, que había venido solo por la cena, vagaba vagamente buscando qué devorar. El secretario privado del barón Rothschild, un judío de nariz grande y botas apretadas, sonreía afablemente al mundo, como si el nombre de su amo lo coronara con un halo dorado; un francés robusto, que conocía al Emperador, vino a dar rienda suelta a su manía por el baile, y Lady de Jones, una matrona británica, adornó la escena con su pequeña familia de ocho miembros. Por supuesto, había muchas chicas estadounidenses de pies ligeros y voz chillona, sus homólogas inglesas guapas pero inexpresivas, y algunas señoritas francesas sencillas pero picantes; asimismo el grupo habitual de jóvenes caballeros viajeros, que se divertían alegremente, mientras las mamás de todas las naciones bordeaban las paredes y les sonreían con benignidad cuando bailaban con sus hijas.
Cualquier joven puede imaginar el estado de ánimo de Amy cuando «salió a escena» esa noche, apoyada en el brazo de Laurie. Sabía que se veía bien, le encantaba bailar, sentía que estaba en su elemento en un salón de baile y disfrutaba de la deliciosa sensación de poder que llega cuando las jóvenes descubren por primera vez el nuevo y encantador reino que han nacido para gobernar en virtud de la belleza, la juventud y la feminidad. Sintió lástima por las hermanas Davis, que eran torpes, feas y carecían de escolta, salvo un papá severo y tres tías solteronas aún más severas, y las saludó de la manera más amistosa mientras pasaba; lo cual fue bueno por su parte, pues les permitió ver su vestido y arder de curiosidad por saber quién sería su distinguido amigo. Con el primer estallido de la banda, el color subió a las mejillas de Amy, sus ojos comenzaron a brillar y sus pies a golpear el suelo con impaciencia; pues bailaba bien y quería que Laurie lo supiera: por tanto, el impacto que recibió puede imaginarse mejor de lo que se puede describir, cuando él dijo, en un tono perfectamente tranquilo:
«¿Te apetece bailar?».
«Uno suele hacerlo en un baile».
Su mirada de asombro y su rápida respuesta hicieron que Laurie reparara su error tan rápido como pudo.
«Me refería al primer baile. ¿Me concedes el honor?».
«Puedo darte uno si pospongo al Conde. Baila divinamente; pero me disculpará, ya que tú eres un viejo amigo», dijo Amy, esperando que el nombre tuviera un buen efecto y le mostrara a Laurie que con ella no se jugaba.
«Buen chico, pero un polaco un poco bajo para sostener a
"Una hija de los dioses, Divinamente alta, y más divinamente hermosa"»,
fue toda la satisfacción que obtuvo, sin embargo.
El grupo en el que se encontraron estaba compuesto por ingleses, y Amy se vio obligada a caminar decorosamente a través de un cotillón, sintiendo todo el tiempo que podría bailar la tarántula con gusto. Laurie la cedió al «buen chico» y se fue a cumplir con su deber con Flo, sin asegurarse a Amy para los goces venideros, cuya reprensible falta de previsión fue debidamente castigada, pues ella se comprometió inmediatamente hasta la cena, con la intención de ceder si él mostraba entonces alguna señal de arrepentimiento. Le mostró su tarjeta de baile con modesta satisfacción cuando él paseó, en lugar de apresurarse, para reclamarla para el siguiente, una gloriosa polka-redowa; pero sus educados arrepentimientos no la engañaron, y cuando ella se alejó galopando con el Conde, vio a Laurie sentarse junto a su tía con una expresión de verdadero alivio.
Eso fue imperdonable; y Amy no le prestó más atención durante mucho tiempo, salvo una palabra de vez en cuando, cuando acudía a su chaperona, entre los bailes, para buscar un alfiler necesario o un momento de descanso. Su enfado tuvo un buen efecto, sin embargo, pues lo ocultó bajo una cara sonriente y pareció inusualmente alegre y brillante. Los ojos de Laurie la siguieron con placer, pues ella ni retozaba ni se paseaba, sino que bailaba con espíritu y gracia, haciendo del deleitable pasatiempo lo que debía ser. Él se puso naturalmente a estudiarla desde este nuevo punto de vista; y, antes de que la noche hubiera transcurrido a la mitad, había decidido que «la pequeña Amy se iba a convertir en una mujer muy encantadora».
Era una escena viva, pues pronto el espíritu de la temporada social se apoderó de todos, y la alegría navideña hizo que todos los rostros brillaran, los corazones fueran felices y los talones ligeros. Los músicos tocaban, pitaban y aporreaban los instrumentos como si disfrutaran de ello; todos los que podían bailaban, y los que no, admiraban a sus vecinos con una calidez poco común. El aire estaba oscuro de Davises, y muchos Joneses retozaban como una bandada de jóvenes jirafas. El secretario dorado cruzaba la sala como un meteoro, con una llamativa francesa, que alfombraba el suelo con su cola de satén rosa. El Sereno Teutón encontró la mesa del banquete y fue feliz, comiendo constantemente a través del menú, y consternó a los camareros por los estragos que cometió. Pero el amigo del Emperador se cubrió de gloria, pues bailaba todo, lo supiera o no, e introducía piruetas improvisadas cuando las figuras lo desconcertaban. El abandono juvenil de aquel hombre robusto era encantador de contemplar; pues, aunque «tenía peso», bailaba como una pelota de goma. Corría, volaba, retozaba; su rostro brillaba, su cabeza calva relucía; sus faldones se agitaban salvajemente, sus zapatos de baile realmente centelleaban en el aire, y cuando la música se detenía, se secaba las gotas de la frente y sonreía a sus semejantes como un Pickwick francés sin gafas.
Amy y su polaco se distinguieron por igual entusiasmo, pero con una agilidad más elegante; y Laurie se vio a sí mismo llevando el ritmo involuntariamente al rítmico ascenso y descenso de las zapatillas blancas mientras volaban tan infatigables como si tuvieran alas. Cuando el pequeño Vladimir finalmente la dejó, con la seguridad de que estaba «desolado por irse tan pronto», ella estaba lista para descansar y ver cómo su caballero renegado había soportado su castigo.
Había sido exitoso; pues, a los veintitrés años, los afectos marchitos encuentran un bálsamo en la sociedad amistosa, y los nervios jóvenes vibran, la sangre joven danza y los espíritus jóvenes y saludables se elevan cuando se ven sometidos al encantamiento de la belleza, la luz, la música y el movimiento. Laurie tenía una mirada despierta cuando se levantó para cederle su asiento; y cuando se apresuró a traerle algo de cenar, ella se dijo a sí misma, con una sonrisa satisfecha:
«¡Ah, pensé que eso le haría bien!».
«Te pareces a la "Femme peinte par elle-même" de Balzac», dijo él, mientras la abanicaba con una mano y sostenía su taza de café con la otra.
«Mi colorete no se quita»; y Amy se frotó la brillante mejilla y le mostró su guante blanco con una sobria sencillez que lo hizo reír a carcajadas.
«¿Cómo llamas a esta cosa?», preguntó, tocando un pliegue de su vestido que había volado sobre su rodilla.
«Ilusión».
«Buen nombre para ello; es muy bonito, algo nuevo, ¿no?».
«Es tan viejo como las colinas; lo has visto en docenas de chicas y nunca descubriste que era bonito hasta ahora, ¡estúpido!».
«Nunca lo vi en ti antes, lo cual explica el error, ya ves».
«Nada de eso, está prohibido; prefiero tomar café que cumplidos ahora mismo. No, no te recuestes, me pone nerviosa».
Laurie se sentó muy erguido y tomó dócilmente su plato vacío, sintiendo un extraño tipo de placer en que la «pequeña Amy» le diera órdenes; pues ella había perdido su timidez ahora y sentía un deseo irresistible de pisotearlo, como las chicas tienen una forma deliciosa de hacer cuando los señores de la creación muestran cualquier señal de sumisión.
«¿Dónde aprendiste todo este tipo de cosas?», preguntó, con una mirada burlona.
«Como "este tipo de cosas" es una expresión algo vaga, ¿podrías explicarte?», respondió Amy, sabiendo perfectamente a qué se refería, pero dejándolo maliciosamente describir lo que es indescriptible.
«Bueno... el aire general, el estilo, el aplomo, la... la... ilusión... ya sabes», rió Laurie, interrumpiéndose y ayudándose a salir de su aprieto con la nueva palabra.
Amy se sintió gratificada, pero, por supuesto, no lo demostró, y respondió con recato: «La vida en el extranjero te pule a pesar de ti misma; estudio tanto como juego; y en cuanto a esto» —con un pequeño gesto hacia su vestido— «pues, el tul es barato, las flores se consiguen gratis y estoy acostumbrada a aprovechar al máximo mis pobres cositas».
Amy lamentó un poco esa última frase, temiendo que no fuera de buen gusto; pero a Laurie le gustó más por ello, y se vio a sí mismo admirando y respetando la valiente paciencia que aprovechaba al máximo la oportunidad, y el espíritu alegre que cubría la pobreza con flores. Amy no sabía por qué él la miraba tan amablemente, ni por qué llenó su libro con su propio nombre y se dedicó a ella durante el resto de la velada de la manera más encantadora; pero el impulso que obró este cambio agradable fue el resultado de una de las nuevas impresiones que ambos estaban inconscientemente dando y recibiendo.
XXXVIII.
EN EL ESTANTE.
En Francia, las jóvenes tienen una vida aburrida hasta que se casan, cuando «Vive la liberté» se convierte en su lema. En Estados Unidos, como todo el mundo sabe, las chicas firman pronto la declaración de independencia y disfrutan de su libertad con entusiasmo republicano; pero las jóvenes matronas suelen abdicar con el primer heredero al trono y entran en una reclusión casi tan cerrada como un convento francés, aunque de ninguna manera tan tranquila. Ya les guste o no, son puestas virtualmente en el estante tan pronto como pasa la emoción de la boda, y la mayoría de ellas podría exclamar, como hizo una mujer muy hermosa el otro día: «Sigo estando tan guapa como siempre, pero nadie se fija en mí porque estoy casada».
Al no ser una belleza ni una dama de moda, Meg no experimentó esta aflicción hasta que sus bebés tuvieron un año de edad, pues en su pequeño mundo prevalecían las costumbres primitivas y se encontró más admirada y amada que nunca.
Pero el tiempo pasó, y la novedad de la maternidad perdió su brillo, dando paso a una rutina que, aunque bendita, resultaba agotadora. Como era una mujercita muy femenina, el instinto maternal era muy fuerte en ella, y estaba completamente absorta en sus hijos, con la exclusión absoluta de todo y de todos los demás. Día y noche los vigilaba con una devoción y una ansiedad incansables, dejando a John a la merced de la ayuda, pues una dama irlandesa presidía ahora el departamento de la cocina. Siendo un hombre hogareño, John echaba profundamente de menos las atenciones conyugales a las que estaba acostumbrado; pero, como adoraba a sus bebés, renunciaba alegremente a su comodidad por un tiempo, suponiendo, con ignorancia masculina, que la paz pronto se restablecería. Sin embargo, pasaron tres meses y no hubo retorno de la calma; Meg parecía consumida y nerviosa, los bebés absorbían cada minuto de su tiempo, la casa estaba descuidada y Kitty, la cocinera, que se tomaba la vida «con calma», lo tenía a raciones escasas. Cuando él salía por la mañana, quedaba desconcertado por los pequeños encargos para la mamá cautiva; si entraba alegremente por la noche, ansioso por abrazar a su familia, era sofocado por un «¡Chis! Acaban de dormirse después de estar dando guerra todo el día». Si proponía una pequeña diversión en casa, «No, eso despertaría a los bebés». Si insinuaba ir a una conferencia o a un concierto, le respondían con una mirada de reproche y un rotundo: «¡Dejar a mis hijos por placer, jamás!». Su sueño era interrumpido por los llantos infantiles y visiones de una figura fantasmagórica paseándose silenciosamente de un lado a otro en las horas de la noche; sus comidas eran interrumpidas por el frecuente vuelo del genio de la casa, que lo abandonaba, a medio servir, si un gorjeo amortiguado sonaba desde el nido de arriba; y cuando leía el periódico por la tarde, el cólico de Demi se colaba en la lista de envíos, y la caída de Daisy afectaba al precio de las acciones, pues la señora Brooke solo se interesaba por las noticias domésticas.
El pobre hombre estaba muy incómodo, pues los niños le habían arrebatado a su esposa; el hogar era meramente una guardería, y el perpetuo «¡chis!» lo hacía sentir como un intruso brutal cada vez que entraba en los recintos sagrados de la Tierra de los Niños. Lo soportó con mucha paciencia durante seis meses y, al no aparecer señales de mejora, hizo lo que hacen otros exiliados paternales: intentar encontrar un poco de consuelo en otra parte. Scott se había casado y se había instalado en una casa no muy lejos, y John tomó la costumbre de pasarse una hora o dos por la tarde, cuando su propio salón estaba vacío y su propia esposa cantaba canciones de cuna que parecían no tener fin. La señora Scott era una joven alegre y bonita, que no tenía nada que hacer más que ser agradable, y cumplía su misión con gran éxito. El salón estaba siempre brillante y atractivo, el tablero de ajedrez listo, el piano afinado, mucha conversación alegre y una pequeña y agradable cena dispuesta de manera tentadora.
John hubiera preferido su propio hogar si no hubiera estado tan solitario; pero, tal como estaban las cosas, aceptaba con gratitud lo que le seguía en importancia y disfrutaba de la compañía de su vecina.
Al principio, a Meg le pareció bien el nuevo arreglo y sintió un alivio al saber que John se estaba divirtiendo en lugar de dormitar en el salón o deambular por la casa despertando a los niños. Pero, poco a poco, cuando la preocupación por la dentición terminó y los ídolos se iban a dormir a sus horas, dejando a mamá tiempo para descansar, empezó a echar de menos a John y a encontrar que su cesta de costura era una compañía aburrida cuando él no estaba sentado enfrente, con su vieja bata, calentándose cómodamente las zapatillas en la rejilla de la chimenea. No quería pedirle que se quedara en casa, pero se sentía agraviada porque él no sabía que ella lo quería allí sin que se lo dijeran, olvidando por completo las muchas noches en que él la había esperado en vano. Ella estaba nerviosa y agotada por la vigilancia y la preocupación, y en ese estado de ánimo irracional que las mejores madres experimentan ocasionalmente cuando las preocupaciones domésticas las oprimen. La falta de ejercicio les roba la alegría, y demasiada devoción a ese ídolo de las mujeres estadounidenses, la tetera, las hace sentir como si fueran todo nervios y nada de músculo.
«Sí», se decía, mirándose en el espejo, «me estoy poniendo vieja y fea; John ya no me encuentra interesante, así que deja a su marchita esposa y va a ver a su linda vecina, que no tiene cargas. Bueno, los bebés me quieren; no les importa si estoy delgada y pálida, y no tengo tiempo para rizarme el pelo; ellos son mi consuelo, y algún día John verá lo que he sacrificado alegremente por ellos, ¿verdad, mi tesoro?».
A este patético llamamiento, Daisy respondía con un arrullo o Demi con un griterío, y Meg dejaba de lado sus lamentaciones para disfrutar de un deleite maternal, que calmaba su soledad por el momento. Pero el dolor aumentaba a medida que la política absorbía a John, quien siempre corría a discutir puntos interesantes con Scott, sin sospechar que Meg lo echaba de menos. Sin embargo, no dijo ni una palabra, hasta que su madre la encontró un día entre lágrimas e insistió en saber qué ocurría, pues el decaído ánimo de Meg no había escapado a su observación.
«No se lo diría a nadie excepto a ti, madre; pero realmente necesito consejo, porque, si John sigue así mucho más tiempo, casi podría estar viuda», respondió la señora Brooke, secándose las lágrimas con el babero de Daisy, con un aire de agraviada.
«¿Sigue cómo, hija mía?», preguntó su madre con ansiedad.
«Está fuera todo el día, y por la noche, cuando quiero verle, no deja de ir a casa de los Scott. No es justo que yo tenga el trabajo más duro y nunca tenga ninguna diversión. Los hombres son muy egoístas, incluso los mejores».
«Las mujeres también lo son; no culpes a John hasta que veas en qué te equivocas tú misma».
«Pero no puede estar bien que me descuide».
«¿Acaso no lo descuidas tú a él?».
«¡Pero madre, pensé que te pondrías de mi parte!».
«Lo hago, en lo que respecta a compadecerte; pero creo que la culpa es tuya, Meg».
«No veo cómo».
«Deja que te lo muestre. ¿Alguna vez John te descuidó, como tú dices, mientras te esforzabas por ofrecerle tu compañía por la tarde, su único tiempo libre?».
«No; pero no puedo hacerlo ahora, con dos bebés que atender».
«Creo que podrías, querida; y creo que deberías. ¿Puedo hablar con total libertad, y recordarás que es tu madre quien te reprende tanto como tu madre que te comprende?».
«¡Desde luego! Háblame como si fuera de nuevo la pequeña Meg. A menudo siento que necesito más enseñanzas que nunca, desde que estos bebés dependen de mí para todo».
Meg acercó su silla baja junto a la de su madre y, con una pequeña interrupción en el regazo de cada una, las dos mujeres se mecieron y hablaron cariñosamente, sintiendo que el vínculo de la maternidad las hacía más unidas que nunca.
«Has cometido el error que cometen la mayoría de las esposas jóvenes: olvidar tu deber hacia tu marido por tu amor hacia tus hijos. Un error muy natural y perdonable, Meg, pero que sería mejor remediar antes de que toméis caminos diferentes; porque los hijos deberían acercaros más que nunca, no separaros, como si fueran solo tuyos y John no tuviera nada que hacer más que mantenerlos. Lo he visto durante algunas semanas, pero no he dicho nada, segura de que se arreglaría con el tiempo».
«Me temo que no. Si le pido que se quede, pensará que estoy celosa; y no le insultaría con tal idea. Él no ve que le quiero, y no sé cómo decírselo sin palabras».
«Haz que sea tan agradable que no quiera irse. Hija mía, él anhela su pequeño hogar; pero no es un hogar sin ti, y tú siempre estás en la guardería».
«¿No debería estar allí?».
«No todo el tiempo; demasiado encierro te pone nerviosa, y entonces te vuelves incapaz para todo. Además, le debes algo a John tanto como a los bebés; no descuides al marido por los hijos, no le cierres la puerta de la guardería, sino enséñale a ayudar en ella. Su lugar está allí tanto como el tuyo, y los niños le necesitan; haz que sienta que tiene su parte que cumplir, y lo hará con alegría y fidelidad, y será mejor para todos vosotros».
«¿De verdad lo crees, madre?».
«Lo sé, Meg, porque yo lo he probado; y rara vez doy un consejo a menos que haya probado su viabilidad. Cuando tú y Jo erais pequeñas, yo hacía lo mismo que tú, sintiendo que no cumplía con mi deber a menos que me dedicara por completo a vosotras. El pobre padre se refugió en sus libros después de que yo rechazara toda oferta de ayuda, y me dejó intentar mi experimento sola. Luché como pude, pero Jo era demasiado para mí. Casi la echo a perder por exceso de indulgencia. Tú estabas delicada, y me preocupé tanto por ti que yo misma caí enferma. Entonces el padre vino al rescate, gestionó todo tranquilamente y se hizo tan servicial que vi mi error, y nunca he podido prescindir de él desde entonces. Ese es el secreto de nuestra felicidad doméstica: él no deja que los negocios lo alejen de los pequeños cuidados y deberes que nos afectan a todos, y yo intento no dejar que las preocupaciones domésticas destruyan mi interés por sus ocupaciones. Cada uno hace su parte solo en muchas cosas, pero en casa trabajamos juntos, siempre».
«Es así, madre; y mi mayor deseo es ser para mi marido y mis hijos lo que tú has sido para los tuyos. Enséñame cómo; haré todo lo que digas».
«Siempre fuiste mi hija dócil. Bueno, querida, si fuera tú, dejaría que John se ocupara más de la crianza de Demi, porque el chico necesita disciplina, y nunca es demasiado pronto para empezar. Luego, haría lo que he propuesto a menudo: deja que Hannah venga a ayudarte; es una niñera excelente, y puedes confiarle los preciosos bebés mientras haces más tareas domésticas. Necesitas el ejercicio, Hannah disfrutaría del descanso y John volvería a encontrar a su esposa. Sal más; mantente alegre además de ocupada, porque tú eres quien hace brillar el sol de la familia, y si te pones sombría no hay buen tiempo. Luego intentaría interesarme por lo que le gusta a John: hablar con él, dejar que te lea, intercambiar ideas y ayudarse mutuamente de esa manera. No te encierres en una caja de bombones por el hecho de ser mujer, sino comprende lo que sucede y edúcate para tomar parte en el trabajo del mundo, porque todo te afecta a ti y a los tuyos».
«John es tan sensato que me temo que pensará que soy tonta si le hago preguntas sobre política y cosas así».
«No creo que lo piense; el amor cubre multitud de pecados, ¿y de quién podrías preguntar con más libertad que de él? Pruébalo y verás si no encuentra tu compañía mucho más agradable que las cenas de la señora Scott».
«Lo haré. ¡Pobre John! Me temo que le he descuidado tristemente, pero pensé que estaba haciendo lo correcto y él nunca dijo nada».
«Intentó no ser egoísta, pero creo que se ha sentido bastante abandonado. Este es justo el momento, Meg, en que los recién casados suelen distanciarse, y el momento en que más deberían estar juntos; porque la primera ternura pronto se desvanece, a menos que se tenga cuidado de preservarla; y no hay tiempo más hermoso y precioso para los padres que los primeros años de las pequeñas vidas que les han sido entregadas para educar. No dejes que John sea un extraño para los bebés, porque ellos harán más por mantenerlo seguro y feliz en este mundo de pruebas y tentaciones que cualquier otra cosa, y a través de ellos aprenderéis a conoceros y amaros como deberíais. Ahora, querida, adiós; reflexiona sobre el sermón de mamá, actúa según él si te parece bien, ¡y que Dios os bendiga a todos!».
Meg reflexionó sobre ello, lo encontró acertado y actuó en consecuencia, aunque el primer intento no se realizó exactamente como había planeado. Por supuesto, los niños la tiranizaban y gobernaban la casa tan pronto como descubrieron que pataleando y gritando conseguían todo lo que querían. Mamá era una esclava absoluta de sus caprichos, pero papá no era tan fácil de someter y, a veces, afligía a su tierna esposa con un intento de disciplina paternal con su hijo revoltoso. Porque Demi heredaba una pizca de la firmeza de carácter de su padre —no lo llamaremos obstinación— y, cuando se le metía en su pequeña cabeza tener o hacer algo, ni todos los caballos ni todos los hombres del rey podían cambiar esa pertinaz cabecita. Mamá pensaba que el pequeño era demasiado joven para que se le enseñara a superar sus prejuicios, pero papá creía que nunca era demasiado pronto para aprender a obedecer; así que el pequeño Demi descubrió pronto que, cuando se proponía «luchar» con «parpar», siempre salía perdiendo; sin embargo, como buen inglés, el bebé respetaba al hombre que lo vencía y amaba al padre cuyo grave «no, no» era más impresionante que todas las caricias de mamá.
Unos días después de la charla con su madre, Meg decidió intentar una velada social con John; así que preparó una buena cena, ordenó el salón, se vistió de forma bonita y acostó a los niños temprano, para que nada interfiriera en su experimento. Pero, por desgracia, el prejuicio más incontrolable de Demi era irse a la cama, y esa noche decidió montar en cólera; así que la pobre Meg cantó y meció, contó cuentos e intentó todas las artimañas para inducir el sueño que pudo imaginar, pero todo fue en vano; los grandes ojos no querían cerrarse; y mucho después de que Daisy se hubiera ido al país de los sueños, como la pequeña bola de bondad y mofletes que era, el travieso Demi yacía mirando la luz, con una expresión de estar despierto de lo más desalentadora.
«¿Se quedará Demi quieto como un buen chico, mientras mamá baja y le da el té al pobre papá?», preguntó Meg, mientras la puerta del vestíbulo se cerraba suavemente y el conocido paso se dirigía de puntillas al comedor.
«¡Yo quiero té!», dijo Demi, preparándose para unirse a la juerga.
«No; pero te guardaré unas galletitas para el desayuno si te vas a dormir como Daisy. ¿Lo harás, mi amor?».
«¡Sí!», y Demi cerró los ojos con fuerza, como si quisiera atrapar el sueño y apresurar el deseado día.
Aprovechando el momento propicio, Meg se escabulló y bajó corriendo para saludar a su marido con una sonrisa y el pequeño lazo azul en el cabello, que era su especial admiración. Él lo vio de inmediato y dijo con agradable sorpresa:
«Vaya, madrecita, qué elegantes estamos esta noche. ¿Esperas visitas?».
«Solo a ti, querido».
«¿Es un cumpleaños, aniversario o algo así?».
«No; estoy cansada de ir hecha un desastre, así que me he arreglado para variar. Tú siempre te pones elegante para la mesa, sin importar lo cansado que estés; así que, ¿por qué no debería hacerlo yo cuando tengo tiempo?».
«Lo hago por respeto a ti, querida», dijo el anticuado John.
«Ídem, ídem, señor Brooke», rió Meg, pareciendo joven y bonita de nuevo, mientras le hacía un gesto por encima de la tetera.
«Bueno, es del todo encantador, y como en los viejos tiempos. Esto sabe bien. Brindo por tu salud, querida». Y John sorbió su té con un aire de reposado éxtasis, que duró muy poco, sin embargo; pues, al dejar su taza, el pomo de la puerta sonó misteriosamente y se oyó una vocecita decir con impaciencia:
«¡Abre doy; que ya vengo!».
«Es ese niño travieso. Le dije que se fuera a dormir solo, y aquí está, bajando las escaleras, cogiéndose un resfriado al pisar ese lienzo», dijo Meg, respondiendo a la llamada.
«Ya es de día», anunció Demi, en tono alegre, mientras entraba con su largo camisón graciosamente festoneado sobre el brazo, y cada rizo rebotando alegremente mientras retozaba alrededor de la mesa, mirando las «galletitas» con miradas amorosas.
«No, todavía no es de día. Debes irte a la cama y no molestar a la pobre mamá; entonces podrás tener la galletita con azúcar».
«Yo amo a parpar», dijo el astuto, preparándose para trepar por la rodilla paterna y deleitarse con los goces prohibidos. Pero John negó con la cabeza y le dijo a Meg:
«Si le dijiste que se quedara allí arriba y se durmiera solo, haz que lo haga, o nunca aprenderá a obedecerte».
«Sí, por supuesto. Ven, Demi»; y Meg se llevó a su hijo, sintiendo un fuerte deseo de darle un azote al pequeño saboteador que saltaba a su lado, bajo la ilusión de que el soborno le sería administrado tan pronto como llegaran a la guardería.
Tampoco se vio decepcionado; pues aquella mujer miope realmente le dio un terrón de azúcar, lo arropó en su cama y le prohibió más paseos hasta la mañana.
«¡Sí!», dijo Demi el perjuro, chupando alegremente su azúcar y considerando su primer intento como eminentemente exitoso.
Meg volvió a su sitio y la cena transcurría agradablemente, cuando el pequeño fantasma volvió a caminar y expuso las negligencias maternas exigiendo audazmente:
«Más asúcar, marmar».
«Esto no puede seguir así», dijo John, endureciendo su corazón contra el encantador pequeño pecador. «Nunca conoceremos la paz hasta que ese niño aprenda a irse a la cama como es debido. Te has convertido en una esclava durante mucho tiempo; dale una lección y entonces se acabará. Ponlo en su cama y déjalo, Meg».
«No se quedará allí; nunca lo hace, a menos que me siente a su lado».
«Yo me encargaré de él. Demi, sube arriba y métete en tu cama, como te manda mamá».
«¡No quiero!», respondió el joven rebelde, sirviéndose de la codiciada «galletita» y comenzando a comerla con calma audacia.
«Nunca debes decirle eso a papá; te llevaré yo si no vas tú mismo».
«Vete; yo no quiero a parpar»; y Demi se refugió en las faldas de su madre para protegerse.
Pero incluso ese refugio resultó inútil, pues fue entregado al enemigo con un «Sé amable con él, John», que golpeó al culpable con consternación; porque cuando mamá lo abandonaba, entonces el día del juicio final estaba cerca. Privado de su pastel, defraudado de su juego y llevado por una mano fuerte a esa cama detestada, el pobre Demi no pudo contener su ira, sino que desafió abiertamente a papá, y pataleó y gritó con fuerza durante todo el camino escaleras arriba. En el minuto en que fue puesto en la cama por un lado, rodó hacia el otro y se dirigió a la puerta, solo para ser capturado ignominiosamente por la cola de su pequeña toga y vuelto a poner en su sitio, cuya animada actuación se mantuvo hasta que las fuerzas del joven se agotaron, momento en el que se dedicó a rugir a pleno pulmón. Este ejercicio vocal solía conquistar a Meg; pero John permaneció tan impasible como el poste que popularmente se cree que es sordo. Nada de mimos, nada de azúcar, nada de canciones de cuna, nada de cuentos; incluso la luz se apagó, y solo el resplandor rojo del fuego animaba la «gran oscuridad» que Demi contemplaba con curiosidad más que con miedo. Este nuevo orden de cosas le disgustó, y aulló lúgubremente por «marmar», mientras sus pasiones coléricas se calmaban y los recuerdos de su tierna sierva volvían al cautivo autócrata. El gemido lastimero que siguió al rugido apasionado llegó al corazón de Meg, y ella subió diciendo suplicante:
«Déjame quedarme con él; será bueno ahora, John».
«No, querida, le he dicho que debe dormirse, como tú le mandaste; y debe hacerlo, aunque tenga que quedarme aquí toda la noche».
«Pero llorará hasta enfermar», suplicó Meg, reprochándose a sí misma por abandonar a su hijo.
«No, no lo hará, está tan cansado que pronto se quedará dormido, y entonces el asunto estará zanjado; porque entenderá que tiene que obedecer. No intervengas; yo me encargaré de él».
«Es mi hijo, y no puedo permitir que su espíritu se rompa por la severidad».
«Es mi hijo, y no permitiré que su temperamento se eche a perder por la indulgencia. Baja, querida, y déjame al niño a mí».
Cuando John hablaba con ese tono autoritario, Meg siempre obedecía, y nunca se arrepentía de su docilidad.
«¿Por favor, deja que le dé un beso, John?».
«Ciertamente. Demi, dile 'buenas noches' a mamá y deja que ella vaya a descansar, porque está muy cansada de cuidarte todo el día».
Meg siempre insistió en que el beso ganó la victoria; pues después de dárselo, Demi sollozó más tranquilamente y se quedó muy quieto al pie de la cama, adonde se había retorcido en su angustia mental.
«Pobre hombrecito, está agotado por el sueño y el llanto. Lo taparé y luego iré a tranquilizar el corazón de Meg», pensó John, acercándose a la cabecera de la cama, esperando encontrar a su heredero rebelde dormido.
Pero no lo estaba; pues en el momento en que su padre lo miró, los ojos de Demi se abrieron, su pequeña barbilla comenzó a temblar y levantó los brazos, diciendo, con un hipo penitente: «Ya soy güeno».
Sentada en las escaleras, afuera, Meg se maravillaba ante el largo silencio que siguió al alboroto; y, tras imaginar toda clase de accidentes imposibles, se deslizó en la habitación para calmar sus temores. Demi yacía profundamente dormido; no en su habitual postura de águila extendida, sino en un ovillo sosegado, acurrucado cerca en el círculo del brazo de su padre y sosteniendo el dedo de su progenitor, como si sintiera que la justicia estaba templada por la misericordia, y se hubiera quedado dormido como un bebé más triste y más sabio. Así abrazado, John había esperado con paciencia femenina hasta que la pequeña mano relajó su agarre; y, mientras esperaba, se había quedado dormido, más cansado por aquel forcejeo con su hijo que por todo su día de trabajo.
Mientras Meg observaba los dos rostros sobre la almohada, sonrió para sí misma y luego se escabulló de nuevo, diciendo, en tono satisfecho:
—Nunca tendré que temer que John sea demasiado duro con mis bebés: él sí sabe cómo manejarlos, y será de gran ayuda, pues Demi se está volviendo demasiado para mí.
Cuando John bajó al fin, esperando encontrar a una esposa pensativa o reprochadora, se llevó la agradable sorpresa de encontrar a Meg recortando plácidamente una capota, y de ser recibido con la petición de que leyera algo sobre las elecciones, si no estaba demasiado cansado. John vio en un minuto que una revolución de algún tipo estaba ocurriendo, pero sabiamente no hizo preguntas, sabiendo que Meg era una personita tan transparente que no podría guardar un secreto ni para salvar su vida, y por lo tanto, la pista aparecería pronto. Leyó un largo debate con la mayor prontitud amable, y luego lo explicó de su manera más lúcida, mientras Meg intentaba parecer profundamente interesada, hacer preguntas inteligentes y evitar que sus pensamientos divagaran del estado de la nación al estado de su capota. En el fondo de su alma, sin embargo, decidió que la política era tan mala como las matemáticas, y que la misión de los políticos parecía ser insultarse unos a otros; pero guardó estas ideas femeninas para sí misma, y cuando John hizo una pausa, sacudió la cabeza y dijo con lo que ella pensó era una ambigüedad diplomática:
—Bueno, realmente no veo a dónde vamos a parar.
John rió y la observó durante un minuto, mientras ella equilibraba un bonito y pequeño arreglo de encaje y flores en su mano, y lo contemplaba con el interés genuino que su perorata no había logrado despertar.
«Está tratando de que le guste la política por mi bien, así que yo intentaré que me guste la sombrerería por el suyo, eso es solo justo», pensó John el Justo, añadiendo en voz alta:
—Eso es muy bonito; ¿es lo que llamas un gorro de desayuno?
—¡Mi querido hombre, es una capota! Mi mejor capota para ir a conciertos y al teatro.
—Te pido perdón; era tan pequeña que naturalmente la confundí con una de esas cosas volátiles que a veces llevas. ¿Cómo haces para que se sujete?
—Estos trozos de encaje se sujetan bajo la barbilla con un capullo de rosa, así —y Meg lo ilustró poniéndose la capota y mirándolo con un aire de calma satisfacción que resultaba irresistible.
—Es un encanto de capota, pero prefiero el rostro que lleva dentro, porque se ve joven y feliz de nuevo —y John besó el rostro sonriente, con gran detrimento del capullo de rosa bajo la barbilla.
—Me alegra que te guste, porque quiero que me lleves a uno de los nuevos conciertos alguna noche; realmente necesito algo de música para ponerme a tono. ¿Lo harás, por favor?
—Por supuesto que lo haré, con todo mi corazón, o a cualquier otro lugar que te apetezca. Has estado encerrada tanto tiempo que te vendrá de maravilla, y yo lo disfrutaré, más que nada. ¿Qué te ha hecho pensar en ello, madrecita?
—Bueno, tuve una charla con Marmee el otro día, y le conté lo nerviosa, irritable y desanimada que me sentía, y ella dijo que necesitaba un cambio y menos cuidados; así que Hannah me ayudará con los niños, y yo me encargaré más de las cosas de la casa, y de vez en cuando me divertiré un poco, solo para evitar convertirme en una vieja nerviosa y acabada antes de tiempo. Es solo un experimento, John, y quiero intentarlo por tu bien tanto como por el mío, porque te he descuidado vergonzosamente últimamente, y voy a hacer que el hogar sea lo que solía ser, si puedo. No te opones, espero.
No importa lo que dijo John, o lo que le faltó muy poco para que la pequeña capota terminara en ruina total; todo lo que tenemos derecho a saber es que John no pareció oponerse, a juzgar por los cambios que gradualmente tuvieron lugar en la casa y sus habitantes. No fue un paraíso de ninguna manera, pero todos salieron ganando con el sistema de división del trabajo; los niños prosperaron bajo el gobierno paterno, pues el preciso y constante John trajo orden y obediencia al mundo de los bebés, mientras Meg recuperó el ánimo y calmó sus nervios con abundante ejercicio saludable, un poco de placer y muchas conversaciones confidenciales con su sensato esposo. El hogar volvió a parecerse a un hogar, y John no tenía deseos de abandonarlo, a menos que llevara a Meg consigo. Los Scott venían ahora a casa de los Brooke, y todos encontraban la pequeña casa un lugar alegre, lleno de felicidad, contento y amor familiar. Incluso la alegre Sallie Moffatt gustaba de ir allí. «Siempre es tan tranquilo y agradable aquí; me hace bien, Meg», solía decir, mirando a su alrededor con ojos anhelantes, como si intentara descubrir el encanto para poder usarlo en su gran casa, llena de espléndida soledad; pues allí no había bebés bulliciosos de rostro radiante, y Ned vivía en un mundo propio donde no había lugar para ella.
Esta felicidad doméstica no llegó de golpe, pero John y Meg habían encontrado la clave para ella, y cada año de vida matrimonial les enseñó cómo usarla, abriendo los tesoros del verdadero amor hogareño y la ayuda mutua, que los más pobres pueden poseer y los más ricos no pueden comprar. Esta es la clase de estante en el que las esposas y madres jóvenes pueden consentir ser colocadas, a salvo de la inquieta inquietud y la fiebre del mundo, encontrando amantes leales en los pequeños hijos e hijas que se aferran a ellas, sin dejarse intimidar por la pena, la pobreza o la edad; caminando lado a lado, a través del buen y mal tiempo, con un amigo fiel, que es, en el verdadero sentido de la antigua palabra sajona, el «vínculo del hogar», y aprendiendo, como aprendió Meg, que el reino más feliz de una mujer es su hogar, su mayor honor el arte de gobernarlo, no como una reina, sino como una sabia esposa y madre.
XXXIX.
LAURENCE EL PEREZOSO.
Laurie fue a Niza con la intención de quedarse una semana, y se quedó un mes. Estaba cansado de vagar solo, y la presencia familiar de Amy parecía dar un encanto hogareño a las escenas extranjeras en las que ella participaba. Echaba de menos los «mimos» que solía recibir, y disfrutó de volver a probarlos; pues ninguna atención, por muy halagadora que fuera, por parte de desconocidos, era ni la mitad de placentera que la adoración fraternal de las chicas en casa. Amy nunca lo mimaba como las otras, pero ahora se alegró mucho de verlo, y se aferró a él, sintiendo que era el representante de la querida familia que anhelaba más de lo que confesaría. Naturalmente, encontraron consuelo en la compañía del otro, y pasaban mucho tiempo juntos, montando a caballo, paseando, bailando o perdiendo el tiempo, pues, en Niza, nadie puede ser muy trabajador durante la temporada alta. Pero, mientras aparentemente se divertían de la manera más despreocupada, estaban, medio inconscientes, haciendo descubrimientos y formando opiniones el uno sobre el otro. Amy ascendía diariamente en la estima de su amigo, pero él descendía en la de ella, y cada uno sentía la verdad antes de que se pronunciara una palabra. Amy intentó complacer, y tuvo éxito, pues estaba agradecida por los muchos placeres que él le brindaba, y le recompensó con los pequeños servicios a los que las mujeres femeninas saben dar un encanto indescriptible. Laurie no hizo ningún esfuerzo de ningún tipo, sino que simplemente se dejó llevar tan cómodamente como fue posible, intentando olvidar, y sintiendo que todas las mujeres le debían una palabra amable porque una había sido fría con él. No le costó esfuerzo ser generoso, y le habría dado a Amy todas las baratijas de Niza si ella las hubiera aceptado; pero, al mismo tiempo, sentía que no podía cambiar la opinión que ella se estaba formando de él, y temía un poco esos ojos azules agudos que parecían observarlo con tal sorpresa, mitad dolorida, mitad desdeñosa.
—Todos los demás se han ido a Mónaco por el día; preferí quedarme en casa y escribir cartas. Ya están terminadas y voy a Valrosa a dibujar; ¿vendrás? —dijo Amy, mientras se unía a Laurie un día encantador, cuando él holgazaneaba como de costumbre, alrededor del mediodía.
—Bueno, sí; pero ¿no hace demasiado calor para un paseo tan largo? —respondió él lentamente, pues el salón sombreado parecía tentador tras el resplandor exterior.
—Voy a pedir el pequeño carruaje y Baptiste puede conducir, así que no tendrás nada que hacer más que sostener tu paraguas y mantener tus guantes impecables —respondió Amy, con una mirada sarcástica a los inmaculados guantes de cabritilla, que eran un punto débil en Laurie.
—Entonces iré con gusto —y extendió la mano para tomar su cuaderno de bocetos. Pero ella lo metió bajo su brazo con un agudo:
—No te molestes; no es ningún esfuerzo para mí, pero tú no pareces estar a la altura.
Laurie levantó las cejas y la siguió a paso pausado mientras ella bajaba las escaleras; pero cuando subieron al carruaje, él tomó las riendas y no dejó al pequeño Baptiste más que hacer que cruzar los brazos y dormirse en su pescante.
Ambos nunca se peleaban; Amy tenía demasiada buena educación y, en ese momento, Laurie era demasiado perezoso; así que, en un minuto, él espió bajo el ala de su sombrero con aire inquisitivo; ella respondió con una sonrisa, y continuaron juntos de la manera más amistosa.
Fue un paseo encantador, a lo largo de caminos sinuosos ricos en las escenas pintorescas que deleitan a los ojos amantes de la belleza. Allí, un antiguo monasterio, desde donde el canto solemne de los monjes bajaba hasta ellos. Allí, un pastor de piernas desnudas, con zuecos, sombrero puntiagudo y una chaqueta áspera sobre un hombro, sentado tocando la flauta sobre una piedra, mientras sus cabras saltaban entre las rocas o yacían a sus pies. Burros mansos, color ratón, cargados con alforjas de hierba recién cortada, pasaban, con una linda chica con cofia sentada entre los montones verdes, o una anciana hilando con una rueca mientras caminaba. Niños morenos de ojos dulces salían corriendo de las peculiares chozas de piedra para ofrecer ramilletes, o racimos de naranjas aún en la rama. Olivos nudosos cubrían las colinas con su follaje oscuro, la fruta colgaba dorada en el huerto y grandes anémonas escarlatas bordeaban el camino; mientras, más allá de las laderas verdes y las alturas escarpadas, los Alpes Marítimos se alzaban afilados y blancos contra el cielo azul italiano.
Valrosa merecía bien su nombre, pues, en ese clima de verano perpetuo, las rosas florecían en todas partes. Colgaban sobre el arco, se abrían paso entre los barrotes de la gran verja con una dulce bienvenida a los transeúntes, y bordeaban la avenida, serpenteando a través de limoneros y palmeras plumosas hasta la villa en la colina. Cada rincón sombreado, donde los asientos invitaban a detenerse y descansar, era una masa de flores; cada gruta fresca tenía su ninfa de mármol sonriendo desde un velo de flores, y cada fuente reflejaba rosas carmesíes, blancas o de color rosa pálido, inclinándose para sonreír ante su propia belleza. Las rosas cubrían los muros de la casa, drapeaban las cornisas, trepaban por las columnas y corrían desbocadas sobre la balaustrada de la amplia terraza, desde donde uno podía mirar hacia abajo al soleado Mediterráneo y a la ciudad de muros blancos en su orilla.
—Esto es un paraíso de luna de miel, ¿no? ¿Has visto alguna vez tales rosas? —preguntó Amy, deteniéndose en la terraza para disfrutar de la vista y de un lujoso soplo de perfume que pasaba vagando.
—No, ni sentido tales espinas —respondió Laurie, con el pulgar en la boca, tras un vano intento de capturar una solitaria flor escarlata que crecía justo fuera de su alcance.
—Prueba más abajo y recoge las que no tienen espinas —dijo Amy, reuniendo tres de las diminutas de color crema que salpicaban el muro detrás de ella. Las puso en su ojal, como una ofrenda de paz, y él permaneció un minuto mirándolas con una expresión curiosa, pues en la parte italiana de su naturaleza había un toque de superstición, y él estaba justo entonces en ese estado de melancolía agridulce en el que los jóvenes imaginativos encuentran significado en las pequeñeces y alimento para el romance en todas partes. Había pensado en Jo al estirarse hacia la espinosa rosa roja, pues las flores vívidas le sentaban bien, y ella solía llevar a menudo de esas del invernadero en casa. Las rosas pálidas que Amy le dio eran del tipo que los italianos colocan en manos de los muertos, nunca en coronas nupciales, y, por un momento, se preguntó si el presagio era para Jo o para él mismo; pero al instante siguiente su sentido común estadounidense se impuso sobre el sentimentalismo, y soltó una carcajada más sincera de la que Amy había oído desde que llegó.
—Es un buen consejo; mejor hazle caso y salva tus dedos —dijo ella, pensando que su discurso lo divertía.
—Gracias, lo haré —respondió él en broma, y unos meses después lo hizo en serio.
—Laurie, ¿cuándo irás a ver a tu abuelo? —preguntó ella poco después, mientras se acomodaba en un asiento rústico.
—Muy pronto.
—Has dicho eso una docena de veces en las últimas tres semanas.
—Supongo; las respuestas cortas ahorran problemas.
—Él te espera, y realmente deberías ir.
—¡Criatura hospitalaria! Lo sé.
—Entonces, ¿por qué no lo haces?
—Depravación natural, supongo.
—Indolencia natural, quieres decir. ¡Es realmente terrible! —y Amy pareció severa.
—No tan malo como parece, pues solo lo molestaría si fuera, así que podría quedarme y molestarte un poco más, tú puedes soportarlo mejor; de hecho, creo que te sienta excelentemente —y Laurie se dispuso a holgazanear en el ancho borde de la balaustrada.
Amy sacudió la cabeza y abrió su cuaderno de bocetos con aire de resignación; pero se había decidido a sermonear a «ese chico», y en un minuto comenzó de nuevo.
—¿Qué estás haciendo ahora mismo?
—Mirando lagartijas.
—No, no; quiero decir, ¿qué pretendes y deseas hacer?
—Fumar un cigarrillo, si me lo permites.
—¡Qué provocador eres! No apruebo los cigarros, y solo lo permitiré con la condición de que me dejes ponerte en mi boceto; necesito una figura.
—Con todo el placer del mundo. ¿Cómo me querrás: de cuerpo entero o tres cuartos, de cabeza o de talones? Respetuosamente sugeriría una postura recostada, luego ponte tú también, y llámalo «Dolce far niente».
—Quédate como estás, y duérmete si quieres. Yo pretendo trabajar duro —dijo Amy, en su tono más enérgico.
—¡Qué entusiasmo tan encantador! —y él se apoyó contra una urna alta con aire de completa satisfacción.
—¿Qué diría Jo si te viera ahora? —preguntó Amy impaciente, esperando agitarlo con la mención del nombre de su hermana aún más enérgica.
—Como de costumbre: «¡Vete, Teddy, estoy ocupada!». —Rió mientras hablaba, pero la risa no era natural y una sombra pasó por su rostro, pues la pronunciación del nombre familiar tocó la herida que aún no había sanado. Tanto el tono como la sombra golpearon a Amy, pues los había visto y oído antes, y ahora levantó la vista a tiempo para captar una nueva expresión en el rostro de Laurie: una mirada dura y amarga, llena de dolor, insatisfacción y arrepentimiento. Se desvaneció antes de que pudiera estudiarla, y la expresión lánguida volvió. Lo observó por un momento con placer artístico, pensando en lo mucho que se parecía a un italiano, mientras yacía tomando el sol con la cabeza descubierta y los ojos llenos de ensueño sureño; pues parecía haberla olvidado y haber caído en un ensueño.
—Pareces la efigie de un joven caballero dormido sobre su tumba —dijo, trazando cuidadosamente el perfil bien cortado definido contra la piedra oscura.
—¡Ojalá lo fuera!
—Ese es un deseo tonto, a menos que hayas arruinado tu vida. Estás tan cambiado, que a veces pienso... —allí Amy se detuvo, con una mirada medio tímida, medio anhelante, más significativa que su discurso inacabado.
Laurie vio y entendió la ansiedad afectuosa que ella dudaba en expresar, y mirándole directamente a los ojos, dijo, justo como solía decírselo a su madre:
—Todo está bien, señora.
Eso la satisfizo y calmó las dudas que habían comenzado a preocuparla últimamente. También la conmovió, y mostró que lo hacía, por el tono cordial en el que dijo:
—¡Me alegra eso! No creía que hubieras sido un chico muy malo, pero imaginé que podrías haber malgastado dinero en ese malvado Baden-Baden, perdido tu corazón ante alguna encantadora francesa con marido, o metido en algunos de los líos que los jóvenes parecen considerar una parte necesaria de un tour por el extranjero. No te quedes ahí fuera al sol; ven y túmbate en la hierba aquí, y «seamos amigos», como solía decir Jo cuando nos metíamos en el rincón del sofá y contábamos secretos.
Laurie se arrojó obedientemente sobre el césped y comenzó a divertirse clavando margaritas en las cintas del sombrero de Amy, que yacía allí.
—Estoy listo para los secretos —y miró hacia arriba con una expresión decidida de interés en sus ojos.
—No tengo ninguno que contar; puedes empezar tú.
—No tengo ni uno con el que bendecirme. Pensé que quizás habrías tenido noticias de casa.
—Has oído todo lo que ha llegado últimamente. ¿No tienes noticias a menudo? Imaginé que Jo te enviaría volúmenes.
—Está muy ocupada; yo ando vagando tanto que es imposible ser regular, ya sabes. ¿Cuándo comienzas tu gran obra de arte, Rafaella? —preguntó, cambiando de tema bruscamente tras otra pausa, en la que se había estado preguntando si Amy conocía su secreto y quería hablar de ello.
—Nunca —respondió ella, con aire abatido pero decidido—. Roma me quitó toda la vanidad; pues después de ver las maravillas de allí, me sentí demasiado insignificante para vivir, y renuncié a todas mis tontas esperanzas en la desesperación.
—¿Por qué habrías de hacerlo, con tanta energía y talento?
—Justo por eso: porque el talento no es genio, y ninguna cantidad de energía puede hacerlo tal. Quiero ser grande, o nada. No seré una pintarrajeadora de pacotilla, así que no pretendo intentarlo más.
—¿Y qué vas a hacer contigo misma ahora, si se me permite preguntar?
—Pulir mis otros talentos y ser un adorno para la sociedad, si tengo la oportunidad.
Fue un discurso característico y sonó audaz; pero la audacia sienta bien a los jóvenes, y la ambición de Amy tenía una buena base. Laurie sonrió, pero le gustó el espíritu con el que ella asumía un nuevo propósito cuando uno largamente acariciado moría, y no perdía tiempo lamentándose.
—¡Bien! Y aquí es donde entra Fred Vaughn, me imagino.
Amy mantuvo un silencio discreto, pero había una mirada consciente en su rostro abatido que hizo que Laurie se incorporara y dijera gravemente:
—Ahora voy a hacer de hermano y a hacer preguntas. ¿Puedo?
—No prometo responder.
—Tu cara lo hará, si tu lengua no lo hace. Todavía no eres lo suficientemente mujer de mundo como para ocultar tus sentimientos, querida mía. Oí rumores sobre Fred y tú el año pasado, y es mi opinión privada que, si no lo hubieran llamado a casa tan repentinamente y retenido tanto tiempo, algo habría salido de ello... ¿eh?
—Eso no me corresponde a mí decirlo —fue la respuesta formal de Amy; pero sus labios sonreían, y había un destello traicionero en sus ojos que delataba que conocía su poder y disfrutaba del conocimiento.
—No estaréis comprometidos, espero —y Laurie pareció muy grave y paternal de repente.
—No.
—Pero lo estarás, si vuelve y se pone debidamente de rodillas, ¿no?
—Muy probable.
—Entonces, ¿te gusta el viejo Fred?
—Podría gustarme, si lo intentara.
—¿Pero no pretendes intentarlo hasta el momento adecuado? ¡Dios mío, qué prudencia tan sobrenatural! Es un buen tipo, Amy, pero no el hombre que imaginé que te gustaría.
—Es rico, un caballero y tiene modales encantadores —comenzó Amy, tratando de ser muy fría y digna, pero sintiéndose un poco avergonzada de sí misma, a pesar de la sinceridad de sus intenciones.
—Entiendo; las reinas de la sociedad no pueden arreglárselas sin dinero, así que ¿tienes la intención de hacer un buen partido y empezar de esa manera? Es muy correcto y apropiado, tal como va el mundo, pero suena extraño en labios de una de las chicas de tu madre.
—Cierto, sin embargo.
Un discurso breve, pero la tranquila determinación con la que fue pronunciado contrastaba curiosamente con la joven oradora. Laurie lo sintió instintivamente y se volvió a tumbar con una sensación de decepción que no podía explicar. Su mirada y su silencio, así como cierta desaprobación interna, molestaron a Amy y le hicieron decidirse a soltar su sermón sin más demora.
—Desearía que me hicieras el favor de despabilarte un poco —dijo ella bruscamente.
—Hazlo por mí, eres una chica encantadora.
—Podría, si lo intentara —y miró como si le gustara hacerlo de la forma más expeditiva.
—Inténtalo, entonces; tienes mi permiso —respondió Laurie, quien disfrutaba teniendo a alguien a quien molestar tras su larga abstinencia de su pasatiempo favorito.
—Te enfadarías en cinco minutos.
—Nunca me enfado contigo. Hacen falta dos piedras para hacer fuego: tú eres tan fría y suave como la nieve.
—No sabes lo que puedo hacer; la nieve produce un resplandor y un hormigueo si se aplica correctamente. Tu indiferencia es pura afectación, y una buena sacudida lo demostraría.
—Adelante, sacúdeme; no me hará daño y puede que te divierta, como dijo el gran hombre cuando su mujercita le pegaba. Considérame como un esposo o una alfombra, y golpea hasta que te canses, si esa clase de ejercicio te sienta bien.
Al sentirse decididamente irritada y deseosa de verlo sacudirse la apatía que tanto lo había cambiado, Amy afiló tanto su lengua como su lápiz y comenzó:
—Flo y yo tenemos un nuevo nombre para ti; es "Laurence el Perezoso". ¿Qué te parece?
Ella pensó que le molestaría, pero él solo cruzó los brazos bajo su cabeza con un imperturbable: —No está mal. Gracias, señoritas.
—¿Quieres saber lo que pienso honestamente de ti?
—Muero por saberlo.
—Bueno, te desprecio.
Si ella hubiera dicho siquiera "te odio" en un tono petulante o coqueto, él se habría reído y le habría gustado bastante; pero el acento grave, casi triste, de su voz le hizo abrir los ojos y preguntar rápidamente:
—¿Por qué, si me haces el favor?
—Porque, teniendo todas las oportunidades para ser bueno, útil y feliz, eres defectuoso, perezoso y miserable.
—Lenguaje fuerte, mademoiselle.
—Si te gusta, seguiré.
—Por favor, hazlo; es muy interesante.
—Pensé que te lo parecería; a las personas egoístas siempre les gusta hablar de sí mismas.
—¿Soy egoísta? —La pregunta se le escapó involuntariamente y en un tono de sorpresa, pues la única virtud de la que se enorgullecía era la generosidad.
—Sí, muy egoísta —continuó Amy con una voz tranquila y fría, el doble de efectiva, en ese momento, que una airada—. Te mostraré cómo, porque te he estudiado mientras nos divertíamos y no estoy nada satisfecha contigo. Aquí llevas casi seis meses en el extranjero y no has hecho nada más que malgastar tiempo y dinero y decepcionar a tus amigos.
—¿Acaso no tiene un tipo derecho a divertirse después de cuatro años de trabajo duro?
—No parece que te hayas divertido mucho; en cualquier caso, no te ha servido de nada, por lo que veo. Dije, cuando nos conocimos, que habías mejorado. Ahora me retracto, porque no te encuentro ni la mitad de agradable que cuando te dejé en casa. Te has vuelto abominablemente perezoso; te gusta el cotilleo y pierdes el tiempo en cosas frívolas; te conformas con ser mimado y admirado por gente tonta, en lugar de ser amado y respetado por los sabios. Con dinero, talento, posición, salud y belleza... ¡ah, eso te gusta, vieja vanidad!, pero es la verdad, así que no puedo evitar decirlo... con todas estas cosas espléndidas que usar y disfrutar, no puedes encontrar nada que hacer más que holgazanear; y, en lugar de ser el hombre que podrías y deberías ser, solo eres... —Ahí se detuvo, con una mirada que contenía tanto dolor como compasión.
—San Lorenzo en la parrilla —añadió Laurie, terminando la frase con suavidad. Pero el sermón comenzó a hacer efecto, pues ahora había un brillo de lucidez en sus ojos y una expresión mitad enfadada, mitad herida, reemplazó a la indiferencia anterior.
—Suponía que te lo tomarías así. Los hombres nos decís que somos ángeles y que podemos hacer de vosotros lo que queramos; pero en el instante en que intentamos sinceramente haceros el bien, os reís de nosotras y no escucháis, lo que demuestra cuánto vale vuestra adulación. —Amy habló con amargura y le dio la espalda al exasperante mártir a sus pies.
En un minuto, una mano cayó sobre la página para que no pudiera dibujar, y la voz de Laurie dijo, con una graciosa imitación de un niño arrepentido:
—¡Seré bueno, oh, seré bueno!
Pero Amy no se rió, pues hablaba en serio; y, golpeando la mano extendida con su lápiz, dijo con sobriedad:
—¿No te avergüenzas de una mano como esa? Es tan suave y blanca como la de una mujer, y parece que nunca hiciera otra cosa que llevar los mejores guantes de Jouvin y recoger flores para las damas. No eres un dandi, ¡gracias al cielo!, así que me alegra ver que no llevas diamantes ni grandes anillos de sello, solo el pequeño anillo viejo que Jo te dio hace tanto tiempo. ¡Querida alma, ojalá estuviera aquí para ayudarme!
—¡Yo también lo deseo!
La mano se desvaneció tan repentinamente como apareció, y había suficiente energía en el eco de su deseo como para satisfacer incluso a Amy. Ella lo miró de reojo con un nuevo pensamiento en mente; pero él estaba acostado con el sombrero medio sobre la cara, como para protegerse del sol, y su bigote ocultaba su boca. Ella solo vio su pecho subir y bajar con una larga respiración que podría haber sido un suspiro, y la mano que llevaba el anillo se acurrucó en la hierba, como para ocultar algo demasiado precioso o demasiado tierno para ser mencionado. En un instante, varias pistas y detalles cobraron forma y significado en la mente de Amy, y le revelaron lo que su hermana nunca le había confiado. Recordó que Laurie nunca hablaba voluntariamente de Jo; recordó la sombra en su rostro hace un momento, el cambio en su carácter y el uso del pequeño anillo viejo, que no era ningún adorno para una mano hermosa. Las chicas son rápidas para leer tales signos y sentir su elocuencia. Amy había imaginado que tal vez un problema amoroso estaba detrás de la alteración, y ahora estaba segura de ello. Sus agudos ojos se llenaron de lágrimas y, cuando volvió a hablar, lo hizo con una voz que podía ser maravillosamente suave y amable cuando decidía que así fuera.
—Sé que no tengo derecho a hablarte así, Laurie; y si no fueras el chico de mejor carácter del mundo, estarías muy enfadado conmigo. Pero todos te queremos tanto y estamos tan orgullosos de ti, que no podía soportar pensar que en casa se sientan decepcionados contigo como yo lo he estado, aunque, tal vez, ellos entenderían el cambio mejor que yo.
—Creo que sí —vino de debajo del sombrero, en un tono sombrío, tan conmovedor como uno roto.
—Deberían habérmelo dicho y no dejarme ir por ahí criticando y regañando, cuando debería haber sido más amable y paciente que nunca. Nunca me gustó esa tal señorita Randal, ¡y ahora la odio! —dijo la astuta Amy, queriendo asegurarse de sus hechos esta vez.
—¡Al diablo con la señorita Randal! —y Laurie se quitó el sombrero de la cara con una mirada que no dejaba dudas sobre sus sentimientos hacia esa joven.
—Pido perdón; pensé... —y allí se detuvo diplomáticamente.
—No, no lo hiciste; sabías perfectamente que nunca me importó nadie más que Jo. —Laurie dijo eso con su viejo tono impetuoso y volvió el rostro mientras hablaba.
—Eso sí lo pensaba; pero como nunca dijeron nada al respecto y tú te fuiste, supuse que estaba equivocada. ¿Y Jo no fue amable contigo? Vaya, estaba segura de que te quería mucho.
—Fue amable, pero no de la manera correcta; y es una suerte para ella que no me amara, si soy el tipo bueno para nada que crees que soy. Sin embargo, es culpa suya, y puedes decírselo.
La mirada dura y amarga regresó cuando dijo eso, y a Amy le preocupó, pues no sabía qué bálsamo aplicar.
—Me equivoqué, no lo sabía. Siento mucho haber sido tan antipática, pero no puedo evitar desear que lo lleves mejor, Teddy, querido.
—No, ¡ese es el nombre que ella usa para mí! —y Laurie levantó la mano con un gesto rápido para detener las palabras pronunciadas en el tono medio amable, medio reprochador de Jo—. Espera a que te pase a ti —añadió, en voz baja, mientras arrancaba la hierba a puñados.
—Yo lo tomaría con entereza y me haría respetar si no pudiera ser amada —dijo Amy, con la decisión de quien no sabe nada al respecto.
Ahora bien, Laurie se halagaba de haberlo llevado notablemente bien, sin lamentarse, sin pedir simpatía y llevándose su problema lejos para superarlo solo. El sermón de Amy puso el asunto bajo una nueva luz, y por primera vez sí parecía débil y egoísta perder el ánimo ante el primer fracaso y encerrarse en una indiferencia malhumorada. Se sintió como si de repente lo hubieran sacudido de un sueño pensativo, y le resultó imposible volver a dormirse. De repente, se sentó y preguntó lentamente:
—¿Crees que Jo me despreciaría como tú lo haces?
—Sí, si te viera ahora. Ella odia a la gente perezosa. ¿Por qué no haces algo espléndido y haces que te ame?
—Hice todo lo que pude, pero no sirvió de nada.
—¿Graduarte bien, quieres decir? Eso no era más de lo que debías haber hecho, por amor a tu abuelo. Habría sido vergonzoso fracasar después de gastar tanto tiempo y dinero, cuando todo el mundo sabía que podías hacerlo bien.
—Fracasé, digas lo que digas, porque Jo no quiso amarme —comenzó Laurie, apoyando la cabeza en la mano con actitud abatida.
—No, no lo hiciste, y lo dirás al final, porque te hizo bien y demostró que podías hacer algo si lo intentabas. Si tan solo te propusieras otra tarea de algún tipo, pronto volverías a ser tu yo alegre y entusiasta, y olvidarías tu problema.
—Eso es imposible.
—Inténtalo y verás. No hace falta que te encojas de hombros y pienses: "Qué sabrá ella de estas cosas". No pretendo ser sabia, pero soy observadora y veo mucho más de lo que imaginas. Me interesan las experiencias e inconsistencias de los demás; y, aunque no puedo explicarlas, las recuerdo y las uso para mi propio beneficio. Ama a Jo todos los días de tu vida, si quieres, pero no dejes que eso te arruine, porque es perverso tirar tantos buenos dones solo porque no puedes tener el que quieres. Ya, no te daré más sermones, porque sé que despertarás y serás un hombre a pesar de esa chica de corazón duro.
Ninguno habló durante varios minutos. Laurie se sentó girando el pequeño anillo en su dedo, y Amy dio los últimos retoques al boceto apresurado en el que había estado trabajando mientras hablaba. Al poco tiempo, lo puso en su rodilla, diciendo simplemente:
—¿Qué te parece?
Él miró y luego sonrió, como no pudo evitar hacer, pues estaba hecho magníficamente: la figura larga y perezosa sobre la hierba, con rostro lánguido, ojos entornados y una mano sosteniendo un cigarro, del cual salía la pequeña corona de humo que rodeaba la cabeza del soñador.
—¡Qué bien dibujas! —dijo, con genuina sorpresa y placer por su habilidad, añadiendo, con una media risa—: Sí, ese soy yo.
—Tal como eres: esto es tal como eras —y Amy colocó otro boceto junto al que él sostenía.
No estaba ni de lejos tan bien hecho, pero había una vida y un espíritu en él que compensaban muchas faltas, y recordaba el pasado con tanta viveza que un cambio repentino barrió el rostro del joven mientras miraba. Solo un boceto rápido de Laurie domando a un caballo; el sombrero y la chaqueta estaban fuera, y cada línea de la figura activa, el rostro resuelto y la actitud dominante estaba llena de energía y significado. La hermosa bestia, recién sometida, permanecía arqueando el cuello bajo las riendas fuertemente tiradas, con un pie cavando impacientemente el suelo y las orejas erguidas como si escuchara la voz que lo había dominado. En la crin revuelta, el cabello al viento del jinete y su actitud erguida, había una sugerencia de movimiento repentinamente detenido, de fuerza, coraje y vitalidad juvenil, que contrastaba fuertemente con la gracia supina del boceto del "Dolce far niente". Laurie no dijo nada; pero, mientras su mirada iba de uno a otro, Amy lo vio sonrojarse y apretar los labios como si leyera y aceptara la pequeña lección que le había dado. Eso la satisfizo; y, sin esperar a que él hablara, dijo, con su manera vivaz:
—¿No recuerdas el día que hiciste de Rarey con Puck, y todos mirábamos? Meg y Beth estaban asustadas, pero Jo aplaudía y saltaba, y yo me senté en la valla y te dibujé. Encontré ese boceto en mi portafolio el otro día, le di unos retoques y lo guardé para enseñártelo.
—Muy agradecido. Has mejorado inmensamente desde entonces, y te felicito. ¿Me atrevo a sugerir en este "Paraíso de luna de miel" que las cinco es la hora de la cena en tu hotel?
Laurie se levantó mientras hablaba, devolvió las imágenes con una sonrisa y una inclinación, y miró su reloj, como para recordarle que incluso los sermones morales deben tener un final. Intentó retomar su anterior aire despreocupado y fácil, pero era una afectación ahora, pues el despertar había sido más eficaz de lo que él admitiría. Amy sintió la sombra de frialdad en su manera de ser y se dijo a sí misma:
—Ahora le he ofendido. Bueno, si le sirve de algo, me alegro; si hace que me odie, lo siento; pero es la verdad, y no puedo retractarme de una sola palabra.
Rieron y charlaron todo el camino a casa; y el pequeño Baptiste, detrás, pensó que el señor y la señorita estaban de un humor encantador. Pero ambos se sentían incómodos; la franqueza amistosa estaba perturbada, la luz del sol tenía una sombra sobre ella y, a pesar de su aparente alegría, había un descontento secreto en el corazón de cada uno.
—¿Te veremos esta tarde, mon frère? —preguntó Amy mientras se separaban en la puerta de su tía.
—Desafortunadamente tengo un compromiso. Au revoir, mademoiselle —y Laurie se inclinó como para besar su mano, a la moda extranjera, que le sentaba mejor que a muchos hombres. Algo en su rostro hizo que Amy dijera rápida y cálidamente:
—No; sé tú mismo conmigo, Laurie, y despidámonos a la buena vieja usanza. Prefiero un cordial apretón de manos inglés que todas las salutaciones sentimentales de Francia.
—Adiós, querida —y con estas palabras, pronunciadas en el tono que a ella le gustaba, Laurie la dejó, tras un apretón de manos casi doloroso en su cordialidad.
A la mañana siguiente, en lugar de la visita habitual, Amy recibió una nota que la hizo sonreír al principio y suspirar al final:
"MI QUERIDA MENTORA,
"Por favor, presenta mis adioses a tu tía y regocíjate en tu interior, pues 'Laurence el Perezoso' se ha ido con su abuelo, como el mejor de los chicos. ¡Un invierno agradable para ti, y que los dioses te concedan una dichosa luna de miel en Valrosa! Creo que a Fred le vendría bien una sacudida. Díselo, con mis felicitaciones.
"Tuyo agradecido, TELÉMACO."
—¡Buen chico! Me alegro de que se haya ido —dijo Amy, con una sonrisa de aprobación; al minuto siguiente, su rostro decayó mientras miraba la habitación vacía, añadiendo, con un suspiro involuntario:
—Sí, me alegro, ¡pero cuánto le echaré de menos!
XL.
EL VALLE DE LA SOMBRA.
Cuando pasó la primera amargura, la familia aceptó lo inevitable e intentó sobrellevarlo con alegría, ayudándose mutuamente mediante el afecto creciente que une a los hogares con ternura en tiempos de dificultad. Dejaron a un lado su dolor y cada uno hizo su parte para hacer de aquel último año uno feliz.
La habitación más agradable de la casa fue reservada para Beth, y en ella se reunió todo lo que ella más amaba: flores, cuadros, su piano, la mesita de trabajo y los queridos gatitos. Los mejores libros de papá encontraron su camino allí, el sillón de mamá, el escritorio de Jo, los mejores bocetos de Amy; y cada día Meg traía a sus bebés en una amorosa peregrinación, para traer luz a la tía Beth. John reservó silenciosamente una pequeña suma, para poder disfrutar del placer de mantener a la enferma provista de la fruta que amaba y anhelaba; la vieja Hannah nunca se cansó de preparar platos delicados para tentar un apetito caprichoso, dejando caer lágrimas mientras trabajaba; y desde el otro lado del mar llegaron pequeños regalos y cartas alegres, que parecían traer soplos de calidez y fragancia de tierras que no conocen el invierno.
Aquí, atesorada como una santa del hogar en su santuario, se sentaba Beth, tan tranquila y ocupada como siempre; pues nada podía cambiar su naturaleza dulce y desinteresada, e incluso mientras se preparaba para dejar la vida, intentaba hacerla más feliz para aquellos que debían quedarse atrás. Los dedos débiles nunca estaban ociosos, y uno de sus placeres era hacer pequeñas cosas para los niños de la escuela que pasaban diariamente de un lado a otro: dejar caer un par de mitones desde su ventana para unas manos moradas, un costurero para alguna pequeña madre de muchas muñecas, limpiaplumas para jóvenes escribientes que se esforzaban a través de bosques de caligrafía, álbumes de recortes para ojos amantes de las imágenes y toda clase de artilugios agradables, hasta que los reacios escaladores de la escalera del aprendizaje encontraban su camino sembrado de flores, por así decirlo, y llegaban a considerar a la dulce dadora como una especie de hada madrina, que se sentaba allí arriba y derramaba dones milagrosamente adaptados a sus gustos y necesidades. Si Beth hubiera querido alguna recompensa, la habría encontrado en los rostros brillantes que siempre se volvían hacia su ventana, con saludos y sonrisas, y en las pequeñas cartas divertidas que le llegaban, llenas de borrones y gratitud.
Los primeros meses fueron muy felices, y Beth a menudo solía mirar alrededor y decir: "¡Qué hermoso es esto!", mientras todos se sentaban juntos en su soleada habitación, los bebés dando patadas y arrullando en el suelo, mamá y hermanas trabajando cerca, y papá leyendo, con su voz agradable, los sabios libros antiguos que parecían ricos en palabras buenas y reconfortantes, tan aplicables ahora como cuando fueron escritos hace siglos; una pequeña capilla, donde un sacerdote paternal enseñaba a su rebaño las duras lecciones que todos deben aprender, tratando de mostrarles que la esperanza puede consolar al amor, y la fe hacer posible la resignación. Sermones sencillos, que iban directos al alma de quienes escuchaban; pues el corazón del padre estaba en la religión del ministro, y el frecuente titubeo en la voz daba una doble elocuencia a las palabras que pronunciaba o leía.
Fue bueno para todos que este tiempo de paz les fuera dado como preparación para las horas tristes que vendrían; pues, poco a poco, Beth dijo que la aguja era "tan pesada" y la dejó para siempre; hablar la cansaba, los rostros la inquietaban, el dolor la reclamaba como suyo, y su espíritu tranquilo se veía dolorosamente perturbado por los males que atormentaban su débil carne. ¡Ay de mí! días tan pesados, noches tan largas, corazones tan doloridos y oraciones implorantes, cuando quienes más la amaban se veían obligados a ver las manos delgadas extendidas hacia ellos suplicantes, a escuchar el grito amargo: "¡Ayúdame, ayúdame!" y a sentir que no había ayuda. Un triste eclipse del alma serena, una lucha aguda de la joven vida con la muerte; pero ambos fueron misericordiosamente breves, y entonces, superada la rebelión natural, la vieja paz regresó más hermosa que nunca. Con el naufragio de su frágil cuerpo, el alma de Beth se fortaleció; y, aunque dijo poco, quienes la rodeaban sintieron que estaba lista, vieron que la primera peregrina llamada era también la más apta, y esperaron con ella en la orilla, tratando de ver a los Seres Brillantes que venían a recibirla cuando cruzara el río.
Jo no la dejó ni por una hora desde que Beth dijo: «Me siento más fuerte cuando estás aquí». Dormía en un sofá en la habitación, despertando a menudo para avivar el fuego, para alimentar, levantar o atender a la paciente criatura que rara vez pedía nada, y «trataba de no ser una molestia». Todo el día rondaba la habitación, celosa de cualquier otra enfermera, y más orgullosa de haber sido elegida entonces que de cualquier honor que su vida le hubiera traído jamás. Horas preciosas y útiles para Jo, pues ahora su corazón recibía la enseñanza que necesitaba; lecciones de paciencia le fueron enseñadas tan dulcemente que no podía dejar de aprenderlas; caridad para todos, el espíritu encantador que puede perdonar y verdaderamente olvidar la falta de amabilidad, la lealtad al deber que hace fácil lo más difícil, y la fe sincera que no teme a nada, sino que confía sin dudar.
A menudo, cuando despertaba, Jo encontraba a Beth leyendo en su pequeño libro bien gastado, la oía cantar suavemente para engañar a la noche sin sueño, o la veía apoyar el rostro sobre sus manos, mientras lágrimas lentas caían a través de sus dedos transparentes; y Jo se quedaba mirándola, con pensamientos demasiado profundos para las lágrimas, sintiendo que Beth, a su manera sencilla y desinteresada, estaba tratando de destetarse de la querida vieja vida, y prepararse para la vida venidera, con palabras sagradas de consuelo, oraciones tranquilas y la música que tanto amaba.
Ver esto hizo por Jo más que los sermones más sabios, los himnos más santos, las oraciones más fervientes que cualquier voz pudiera pronunciar; pues, con ojos aclarados por muchas lágrimas, y un corazón ablandado por el dolor más tierno, reconoció la belleza de la vida de su hermana... sin acontecimientos, sin ambiciones, pero llena de las virtudes genuinas que «huelen dulce y florecen en el polvo», el olvido de sí misma que hace que los más humildes en la tierra sean recordados antes en el cielo, el verdadero éxito que es posible para todos.
Una noche, cuando Beth buscaba entre los libros sobre su mesa, para encontrar algo que la hiciera olvidar el cansancio mortal que era casi tan difícil de soportar como el dolor, al pasar las hojas de su viejo favorito El progreso del peregrino, encontró un pequeño papel, garabateado con la letra de Jo. El nombre llamó su atención, y el aspecto borroso de las líneas le aseguró que habían caído lágrimas sobre él.
«¡Pobre Jo! Está profundamente dormida, así que no la despertaré para pedirle permiso; ella me muestra todas sus cosas, y no creo que le importe si miro esto», pensó Beth, con una mirada a su hermana, que yacía sobre la alfombra, con las tenazas a su lado, lista para despertarse en el momento en que el leño se desmoronara.
«MI BETH.
Sentada paciente en la sombra Hasta que llegue la luz bendita, Una presencia serena y santa Santifica nuestro hogar turbado. Los goces, esperanzas y penas terrenales Se rompen como ondas en la orilla Del río profundo y solemne Donde sus pies dispuestos ahora se hallan.
Oh, hermana mía, que pasas de mí, Fuera del cuidado y la lucha humana, Déjame, como regalo, esas virtudes Que han embellecido tu vida. Querida, légame esa gran paciencia Que tiene el poder de mantener Un espíritu alegre y sin quejas En su prisión de dolor.
Dame, pues lo necesito mucho, De ese valor, sabio y dulce, Que ha hecho el camino del deber Verde bajo tus pies dispuestos. Dame esa naturaleza desinteresada, Que con caridad divina Puede perdonar el mal por amor... ¡Corazón manso, perdona el mío!
Así nuestra partida pierde a diario Algo de su dolor amargo, Y mientras aprendo esta dura lección, Mi gran pérdida se convierte en mi ganancia. Pues el toque de la aflicción hará Mi naturaleza salvaje más serena, Dará a la vida nuevas aspiraciones, Una nueva confianza en lo invisible.
De ahora en adelante, a salvo al otro lado del río, Veré por siempre jamás Un espíritu amado del hogar Esperándome en la orilla. La esperanza y la fe, nacidas de mi pena, Se convertirán en ángeles guardianes, Y la hermana que se fue antes que yo Con sus manos me guiará a casa.»
Borrosas y manchadas, defectuosas y débiles como eran las líneas, trajeron un aspecto de consuelo inexpresable al rostro de Beth, pues su único pesar había sido haber hecho tan poco; y esto pareció asegurarle que su vida no había sido inútil, que su muerte no traería la desesperación que temía. Mientras estaba sentada con el papel doblado entre las manos, el leño carbonizado se separó. Jo se levantó de un salto, avivó la llama y se arrastró hasta la cabecera de la cama, esperando que Beth durmiera.
«No dormida, sino tan feliz, querida. Mira, encontré esto y lo leí; sabía que no te importaría. ¿He sido todo eso para ti, Jo?», preguntó, con una nostalgia y humildad sinceras.
«¡Oh, Beth, tanto, tanto!», y la cabeza de Jo se hundió en la almohada, junto a la de su hermana.
«Entonces no siento como si hubiera desperdiciado mi vida. No soy tan buena como me haces parecer, pero he tratado de hacer lo correcto; y ahora, cuando es demasiado tarde para empezar siquiera a mejorar, es un consuelo saber que alguien me quiere tanto, y siente como si le hubiera ayudado».
«Más que a nadie en el mundo, Beth. Solía pensar que no podría dejarte ir; pero estoy aprendiendo a sentir que no te pierdo; que serás más para mí que nunca, y que la muerte no puede separarnos, aunque lo parezca».
«Sé que no puede, y ya no la temo, porque estoy segura de que seguiré siendo tu Beth, para amarte y ayudarte más que nunca. Debes ocupar mi lugar, Jo, y ser todo para papá y mamá cuando yo me haya ido. Se volverán hacia ti, no les falles; y si es difícil trabajar sola, recuerda que no te olvido, y que serás más feliz haciendo eso que escribiendo libros espléndidos o viendo todo el mundo; pues el amor es lo único que podemos llevarnos con nosotros cuando nos vamos, y hace que el final sea tan fácil».
«Lo intentaré, Beth»; y allí mismo Jo renunció a su vieja ambición, se comprometió con una nueva y mejor, reconociendo la pobreza de otros deseos y sintiendo el bendito consuelo de una creencia en la inmortalidad del amor.
Así los días de primavera llegaron y se fueron, el cielo se volvió más claro, la tierra más verde, las flores brotaron hermosas y tempranas, y los pájaros regresaron a tiempo para decir adiós a Beth, quien, como una niña cansada pero confiada, se aferró a las manos que la habían guiado toda su vida, mientras papá y mamá la guiaban tiernamente a través del Valle de la Sombra, y la entregaban a Dios.
Rara vez, excepto en los libros, los moribundos pronuncian palabras memorables, ven visiones o parten con semblantes beatificados; y quienes han despedido a muchas almas saben que para la mayoría el final llega tan natural y sencillamente como el sueño. Como Beth había esperado, la «marea salió fácilmente»; y en la hora oscura antes del amanecer, en el pecho donde había dado su primer aliento, silenciosamente dio el último, sin más despedida que una mirada amorosa, un pequeño suspiro.
Con lágrimas, oraciones y manos tiernas, madre y hermanas la prepararon para el largo sueño que el dolor nunca volvería a estropear, viendo con ojos agradecidos la hermosa serenidad que pronto reemplazó la paciencia patética que había angustiado tanto sus corazones, y sintiendo, con alegría reverente, que para su querida la muerte era un ángel benigno, no un espectro lleno de pavor.
Cuando llegó la mañana, por primera vez en muchos meses el fuego estaba apagado, el lugar de Jo estaba vacío y la habitación estaba muy tranquila. Pero un pájaro cantaba alegremente en una rama en ciernes, muy cerca, las campanillas de invierno florecían frescas en la ventana, y el sol de primavera entraba como una bendición sobre el rostro plácido en la almohada... un rostro tan lleno de paz sin dolor que quienes más lo amaban sonreían a través de sus lágrimas, y agradecían a Dios que Beth estuviera bien por fin.
XLI.
APRENDIENDO A OLVIDAR.
La lección de Amy le hizo bien a Laurie, aunque, por supuesto, no lo admitió hasta mucho después; los hombres rara vez lo hacen, pues cuando las mujeres son las asesoras, los señores de la creación no aceptan el consejo hasta que se han persuadido a sí mismos de que es exactamente lo que pretendían hacer; entonces actúan en consecuencia, y, si tiene éxito, le dan al vaso más débil la mitad del crédito; si falla, generosamente le dan el todo. Laurie regresó con su abuelo, y fue tan devotamente obediente durante varias semanas que el anciano declaró que el clima de Niza lo había mejorado maravillosamente, y que sería mejor que lo intentara de nuevo. No había nada que al joven le hubiera gustado más, pero ni los elefantes lo habrían arrastrado de regreso después del regaño que había recibido; el orgullo lo prohibía, y cada vez que el anhelo se volvía muy fuerte, fortalecía su resolución repitiendo las palabras que habían dejado la impresión más profunda: «Te desprecio»; «Ve y haz algo espléndido que haga que ella te ame».
Laurie le dio tantas vueltas al asunto en su mente que pronto se llevó a sí mismo a confesar que había sido egoísta y perezoso; pero, cuando un hombre tiene una gran pena, se le debe permitir todo tipo de caprichos hasta que la haya superado. Sentía que sus afectos marchitos estaban bastante muertos ahora; y, aunque nunca dejaría de ser un fiel doliente, no había ocasión para usar su luto de manera ostentosa. Jo no lo amaría, pero él podría hacer que ella lo respetara y admirara haciendo algo que demostrara que un «No» de una chica no había arruinado su vida. Siempre había querido hacer algo, y el consejo de Amy fue bastante innecesario. Solo había estado esperando hasta que los mencionados afectos marchitos fueran decentemente enterrados; hecho eso, sintió que estaba listo para «esconder su corazón herido y seguir trabajando».
Como Goethe, cuando tenía una alegría o una pena, la ponía en una canción, así Laurie resolvió embalsamar su pena de amor en música y componer un Réquiem que desgarrara el alma de Jo y derritiera el corazón de todo oyente. Por lo tanto, la siguiente vez que el anciano lo encontró inquieto y de mal humor, y le ordenó marcharse, se fue a Viena, donde tenía amigos músicos, y se puso a trabajar con la firme determinación de distinguirse. Pero, ya fuera porque la pena era demasiado vasta para ser encarnada en música, o la música demasiado etérea para elevar una aflicción mortal, pronto descubrió que el Réquiem estaba fuera de su alcance, al menos por el momento. Era evidente que su mente aún no estaba en orden de trabajo, y sus ideas necesitaban aclararse; pues a menudo, en medio de una melodía lastimera, se encontraba tarareando una melodía de baile que recordaba vívidamente el baile de Navidad en Niza, especialmente al francés corpulento, y ponía un freno eficaz a la composición trágica por el momento.
Luego probó con una ópera, pues nada parecía imposible al principio; pero aquí, de nuevo, dificultades imprevistas lo acosaron. Quería a Jo como heroína y recurrió a su memoria para proporcionarle tiernos recuerdos y visiones románticas de su amor. Pero la memoria se convirtió en traidora; y, como poseída por el espíritu perverso de la chica, solo recordaba las excentricidades, fallas y rarezas de Jo, solo la mostraba en los aspectos más poco sentimentales... golpeando esteras con la cabeza atada en un pañuelo, atrincherándose con la almohada del sofá, o echando agua fría sobre su pasión al estilo de Gummidge, y una risa irresistible arruinaba la imagen pensativa que intentaba pintar. Jo no entraría en la ópera a ningún precio, y tuvo que renunciar a ella con un «¡Bendita sea esa chica, qué tormento es!», y un tirón de su cabello, como correspondía a un compositor distraído.
Cuando buscó a otra damisela menos intratable para inmortalizar en melodía, la memoria produjo una con la prontitud más servicial. Este fantasma tenía muchas caras, pero siempre tenía cabello dorado, estaba envuelta en una nube diáfana y flotaba alegremente ante el ojo de su mente en un caos agradable de rosas, pavos reales, ponis blancos y cintas azules. No le dio ningún nombre al espectro complaciente, pero la tomó como su heroína, y se encariñó bastante de ella, como bien podía; pues le dotó de todos los dones y gracias bajo el sol, y la escoltó, ilesa, a través de pruebas que habrían aniquilado a cualquier mujer mortal.
Gracias a esta inspiración, avanzó a la perfección por un tiempo, pero gradualmente el trabajo perdió su encanto, y olvidó componer, mientras se sentaba a reflexionar, pluma en mano, o vagaba por la alegre ciudad para obtener nuevas ideas y refrescar su mente, que parecía estar en un estado algo inestable aquel invierno. No hizo mucho, pero pensó mucho y fue consciente de un cambio de algún tipo que ocurría a pesar de sí mismo. «Es el genio hirviendo a fuego lento, tal vez. Dejaré que hierva, y veré qué sale de ello», dijo, con la sospecha secreta, todo el tiempo, de que no era genio, sino algo mucho más común. Fuera lo que fuera, hirvió con algún propósito, pues se volvió cada vez más descontento con su vida dispersa, comenzó a anhelar algún trabajo real y serio al que dedicarse en cuerpo y alma, y finalmente llegó a la sabia conclusión de que no todo el que amaba la música era un compositor. Regresando de una de las grandes óperas de Mozart, espléndidamente interpretada en el Teatro Real, repasó la suya, tocó algunas de las mejores partes, se quedó mirando los bustos de Mendelssohn, Beethoven y Bach, quienes le devolvían la mirada benignamente; luego, de repente, rompió sus partituras, una por una, y, mientras la última revoloteaba de su mano, se dijo sobriamente a sí mismo:
«¡Ella tiene razón! El talento no es genio, y no puedes hacer que lo sea. Esa música me ha quitado la vanidad como Roma se la quitó a ella, y no seré un fraude por más tiempo. ¿Ahora qué haré?».
Eso parecía una pregunta difícil de responder, y Laurie comenzó a desear tener que trabajar para ganarse el pan de cada día. Ahora, si alguna vez, ocurrió una oportunidad elegible para «irse al diablo», como dijo una vez con fuerza, pues tenía mucho dinero y nada que hacer, y Satanás es proverbialmente aficionado a proporcionar empleo a manos llenas y ociosas. El pobre muchacho tuvo bastantes tentaciones por fuera y por dentro, pero las resistió bastante bien; pues, por mucho que valorara la libertad, valoraba más la buena fe y la confianza, así que su promesa a su abuelo, y su deseo de poder mirar honestamente a los ojos de las mujeres que lo amaban y decir «Todo está bien», lo mantuvieron seguro y constante.
Muy probablemente alguna señora Grundy observará: «No lo creo; los chicos serán chicos, los jóvenes deben sembrar su avena silvestre, y las mujeres no deben esperar milagros». Me atrevo a decir que no lo crees, señora Grundy, pero es cierto, sin embargo. Las mujeres obran muchos milagros, y tengo la persuasión de que pueden realizar incluso el de elevar el nivel de la hombría al negarse a repetir tales dichos. Dejen que los chicos sean chicos, cuanto más tiempo mejor, y dejen que los jóvenes siembren su avena silvestre si deben; pero las madres, hermanas y amigas pueden ayudar a hacer que la cosecha sea pequeña, y evitar que muchas malas hierbas arruinen la cosecha, creyendo, y mostrando que creen, en la posibilidad de lealtad a las virtudes que hacen a los hombres más varoniles ante los ojos de las buenas mujeres. Si es un engaño femenino, déjennos disfrutarlo mientras podamos, pues sin él se pierde la mitad de la belleza y el romance de la vida, y los presagios dolorosos amargarían todas nuestras esperanzas en los valientes y tiernos muchachos, que aún aman a sus madres más que a sí mismos, y no se avergüenzan de admitirlo.
Laurie pensó que la tarea de olvidar su amor por Jo absorbería todas sus facultades durante años; pero, para su gran sorpresa, descubrió que se volvía más fácil cada día. Al principio se negó a creerlo, se enojó consigo mismo y no pudo entenderlo; pero estos corazones nuestros son cosas curiosas y contrarias, y el tiempo y la naturaleza hacen su voluntad a pesar de nosotros. El corazón de Laurie no quería doler; la herida persistió en sanar con una rapidez que lo asombró y, en lugar de tratar de olvidar, se encontró tratando de recordar. No había previsto este giro de los acontecimientos y no estaba preparado para él. Estaba disgustado consigo mismo, sorprendido por su propia inconstancia y lleno de una extraña mezcla de decepción y alivio por poder recuperarse de un golpe tan tremendo tan pronto. Removió cuidadosamente las brasas de su amor perdido, pero se negaron a estallar en llamas: solo había un brillo reconfortante que lo calentaba y le hacía bien sin ponerlo en fiebre, y se vio obligado a confesar, a regañadientes, que la pasión juvenil estaba disminuyendo lentamente hacia un sentimiento más tranquilo, muy tierno, un poco triste y resentido aún, pero que seguramente pasaría con el tiempo, dejando un afecto fraternal que duraría intacto hasta el final.
Mientras la palabra «fraternal» pasaba por su mente en uno de estos ensueños, sonrió y miró hacia la imagen de Mozart que tenía delante:
«Bueno, él fue un gran hombre; y cuando no pudo tener a una hermana, tomó a la otra, y fue feliz».
Laurie no pronunció las palabras, pero las pensó; y al instante siguiente besó el pequeño anillo viejo, diciéndose a sí mismo:
«No, no lo haré; no he olvidado, nunca podré. Lo intentaré de nuevo, y si eso falla, pues, entonces...».
Dejando su frase sin terminar, tomó papel y pluma y escribió a Jo, diciéndole que no podía decidirse por nada mientras hubiera la menor esperanza de que ella cambiara de opinión. ¿No podía, no quería ella, y dejarle venir a casa y ser feliz? Mientras esperaba una respuesta no hizo nada, pero lo hizo enérgicamente, pues estaba en una fiebre de impaciencia. Llegó al final y resolvió su mente efectivamente en un punto, pues Jo decididamente no podía y no quería. Estaba absorta en Beth y nunca deseó volver a oír la palabra «amor». Luego le suplicó que fuera feliz con alguien más, pero que siempre guardara un pequeño rincón de su corazón para su amorosa hermana Jo. En una posdata, le pidió que no le dijera a Amy que Beth estaba peor; ella vendría a casa en primavera, y no había necesidad de entristecer el resto de su estancia. Ya habría tiempo suficiente, si Dios quería, pero Laurie debía escribirle a menudo y no dejar que se sintiera sola, nostálgica o ansiosa.
«Así lo haré, de inmediato. Pobre pequeña; me temo que será un triste regreso a casa para ella»; y Laurie abrió su escritorio, como si escribirle a Amy hubiera sido la conclusión adecuada de la frase dejada sin terminar unas semanas antes.
Pero no escribió la carta aquel día; pues, mientras hurgaba en busca de su mejor papel, se encontró con algo que cambió su propósito. Revolviendo por una parte del escritorio, entre facturas, pasaportes y documentos comerciales de varios tipos, había varias cartas de Jo, y en otro compartimento había tres notas de Amy, cuidadosamente atadas con una de sus cintas azules, y dulcemente sugerentes de las pequeñas rosas muertas guardadas dentro. Con una expresión medio arrepentida, medio divertida, Laurie recogió todas las cartas de Jo, las alisó, dobló y puso ordenadamente en un pequeño cajón del escritorio, se quedó un minuto girando el anillo pensativamente en su dedo, luego lo sacó lentamente, lo puso con las cartas, cerró el cajón y salió a escuchar la Misa Mayor en San Esteban, sintiendo como si hubiera habido un funeral; y, aunque no estaba abrumado por la aflicción, esta parecía una forma más adecuada de pasar el resto del día que escribiendo cartas a encantadoras señoritas.
La carta se envió muy pronto, sin embargo, y fue respondida prontamente, pues Amy estaba nostálgica y lo confesó de la manera más deliciosamente confidencial. La correspondencia floreció famosamente, y las cartas volaron de un lado a otro, con incesante regularidad, durante toda la primavera. Laurie vendió sus bustos, hizo cerillas con su ópera y regresó a París, esperando que alguien llegara pronto. Quería desesperadamente ir a Niza, pero no lo haría hasta que se lo pidieran; y Amy no se lo pediría, pues justo entonces estaba teniendo pequeñas experiencias propias, que la hacían más bien desear evitar los ojos burlones de «nuestro chico».
Fred Vaughn había regresado y le había planteado la pregunta a la que ella alguna vez decidió responder: «Sí, gracias»; pero ahora decía: «No, gracias», con amabilidad pero con firmeza; pues, cuando llegó el momento, le faltó valor y descubrió que se necesitaba algo más que dinero y posición para satisfacer el nuevo anhelo que llenaba su corazón de tiernas esperanzas y temores. Las palabras: «Fred es un buen tipo, pero no es en absoluto el hombre que imaginé que te gustaría», y el rostro de Laurie cuando las pronunció, volvían a ella con tanta pertinacia como las suyas propias cuando dijo, con la mirada si no con palabras: «Me casaré por dinero». Le perturbaba recordarlo ahora; deseaba poder retractarse, sonaba tan poco femenino. No quería que Laurie la creyera una criatura sin corazón y mundana; ya no le importaba ser una reina de la sociedad ni la mitad de lo que le importaba ser una mujer amable; se alegraba tanto de que él no la odiara por las cosas terribles que dijo, sino que las tomara de forma tan hermosa y fuera más amable que nunca. Sus cartas eran un gran consuelo, pues las cartas de casa eran muy irregulares y no eran ni la mitad de satisfactorias que las suyas cuando llegaban. No solo era un placer, sino un deber responderlas, porque el pobre chico estaba desamparado y necesitaba mimos, ya que Jo persistía en tener el corazón de piedra. Debería haber hecho un esfuerzo e intentado quererlo; no podía ser muy difícil, mucha gente estaría orgullosa y feliz de que un chico tan querido se preocupara por ellos; pero Jo nunca actuaba como las otras chicas, así que no había nada que hacer más que ser muy amable y tratarlo como a un hermano.
Si a todos los hermanos se les tratara tan bien como a Laurie en este periodo, serían una raza de seres mucho más feliz de lo que son. Amy ya no le daba sermones; le pedía su opinión sobre todos los temas; se interesaba por todo lo que hacía, le preparaba encantadores regalitos y le enviaba dos cartas por semana, llenas de animado cotilleo, confidencias fraternales y cautivadores bocetos de los encantadores paisajes que la rodeaban. Como pocos hermanos son halagados llevando las cartas de sus hermanas en los bolsillos, leyéndolas y releyéndolas con diligencia, llorando sobre ellas cuando son cortas, besándolas cuando son largas y atesorándolas cuidadosamente, no sugeriremos que Amy hiciera ninguna de estas cosas cariñosas y tontas. Pero ciertamente se volvió un poco pálida y pensativa esa primavera, perdió gran parte de su gusto por la sociedad y salió a dibujar sola bastante a menudo. Nunca tenía mucho que mostrar cuando regresaba a casa, pero supongo que estudiaba la naturaleza mientras se sentaba durante horas, con las manos cruzadas, en la terraza de Valrosa, o dibujaba distraídamente cualquier fantasía que le viniera a la mente: un caballero robusto tallado en una tumba, un joven dormido en la hierba, con el sombrero sobre los ojos, o una chica de cabello rizado con un atuendo espléndido, paseando por un salón de baile del brazo de un caballero alto, quedando ambos rostros borrosos según la última moda en el arte, lo cual era seguro, pero no del todo satisfactorio.
Su tía pensaba que lamentaba su respuesta a Fred; y, al encontrar inútiles las negaciones e imposibles las explicaciones, Amy la dejó pensar lo que quisiera, cuidando de que Laurie supiera que Fred se había ido a Egipto. Eso fue todo, pero él lo entendió y pareció aliviado, mientras se decía a sí mismo, con aire venerable:
—Estaba seguro de que lo pensaría mejor. ¡Pobre hombre! He pasado por todo esto y puedo solidarizarme.
Con eso lanzó un gran suspiro y, como si hubiera cumplido con su deber para con el pasado, puso los pies sobre el sofá y disfrutó lujosamente de la carta de Amy.
Mientras estos cambios ocurrían en el extranjero, la desgracia había llegado a casa; pero la carta que informaba que Beth se estaba debilitando nunca llegó a Amy, y cuando la siguiente la encontró, la hierba estaba verde sobre su hermana. La triste noticia la recibió en Vevey, pues el calor los había expulsado de Niza en mayo, y habían viajado lentamente a Suiza, pasando por Génova y los lagos italianos. Lo sobrellevó muy bien y se sometió tranquilamente al decreto familiar de que no debía acortar su visita, pues, dado que ya era demasiado tarde para despedirse de Beth, era mejor quedarse y dejar que la ausencia suavizara su dolor. Pero su corazón estaba muy apesadumbrado; anhelaba estar en casa y todos los días miraba con nostalgia al otro lado del lago, esperando a que Laurie viniera a consolarla.
Él llegó muy pronto; pues el mismo correo les trajo cartas a ambos, pero él estaba en Alemania y pasaron algunos días hasta que le llegó. En el momento en que la leyó, empacó su mochila, se despidió de sus compañeros de caminata y partió para cumplir su promesa, con el corazón lleno de alegría y tristeza, esperanza y suspenso.
Conocía bien Vevey; y tan pronto como el bote tocó el pequeño muelle, se apresuró a lo largo de la orilla hacia La Tour, donde los Carrol vivían *en pension*. El *garçon* estaba desesperado porque toda la familia se había ido a dar un paseo por el lago; pero no, la *mademoiselle* rubia podría estar en el jardín del castillo. Si *monsieur* quisiera tomarse la molestia de sentarse, un instante de tiempo se la presentaría. Pero *monsieur* no pudo esperar ni siquiera un «instante de tiempo» y, en medio del discurso, se marchó para encontrar a *mademoiselle* él mismo.
Un agradable jardín antiguo a orillas del encantador lago, con castaños susurrando por encima, hiedra trepando por todas partes y la sombra negra de la torre cayendo a lo largo del agua soleada. En una esquina del muro ancho y bajo había un asiento, y allí Amy venía a menudo a leer o trabajar, o a consolarse con la belleza que la rodeaba. Estaba sentada allí ese día, apoyando la cabeza en la mano, con el corazón nostálgico y los ojos pesados, pensando en Beth y preguntándose por qué no venía Laurie. No lo oyó cruzar el patio más allá, ni lo vio detenerse en el arco que conducía desde el camino subterráneo al jardín. Se quedó un minuto mirándola con ojos nuevos, viendo lo que nadie había visto antes: el lado tierno del carácter de Amy. Todo en ella sugería silenciosamente amor y dolor: las cartas manchadas en su regazo, la cinta negra que ataba su cabello, el dolor y la paciencia femeninos en su rostro; incluso la pequeña cruz de ébano en su cuello le parecía patética a Laurie, pues él se la había regalado y ella la usaba como su único adorno. Si tenía alguna duda sobre la recepción que ella le daría, quedó disipada en el momento en que ella levantó la vista y lo vio; pues, soltándolo todo, corrió hacia él, exclamando, en un tono de amor y anhelo inconfundibles:
—¡Oh, Laurie, Laurie, sabía que vendrías a mí!
Creo que todo quedó dicho y resuelto entonces; pues, mientras permanecían juntos en silencio por un momento, con la cabeza oscura inclinada protectoramente sobre la clara, Amy sintió que nadie podía consolarla y sostenerla tan bien como Laurie, y Laurie decidió que Amy era la única mujer en el mundo que podía ocupar el lugar de Jo y hacerlo feliz. No se lo dijo; pero ella no se sintió decepcionada, pues ambos sintieron la verdad, quedaron satisfechos y alegremente dejaron el resto al silencio.
En un minuto, Amy volvió a su lugar; y, mientras se secaba las lágrimas, Laurie recogió los papeles esparcidos, encontrando en la vista de varias cartas muy gastadas y bocetos sugerentes buenos presagios para el futuro. Mientras se sentaba a su lado, Amy volvió a sentirse tímida y se puso roja como una amapola al recordar su efusivo saludo.
—No pude evitarlo; me sentía tan sola y triste, y me alegré tanto de verte. Fue una sorpresa levantar la vista y encontrarte, justo cuando empezaba a temer que no vendrías —dijo, tratando en vano de hablar con total naturalidad.
—Vine en cuanto me enteré. Desearía poder decir algo para consolarte por la pérdida de la querida pequeña Beth; pero solo puedo sentir, y... —No pudo continuar, porque él también se sintió cohibido de repente y no sabía muy bien qué decir. Deseaba apoyar la cabeza de Amy en su hombro y decirle que llorara a gusto, pero no se atrevió; así que tomó su mano y le dio un apretón comprensivo que valió más que las palabras.
—No necesitas decir nada; esto me consuela —dijo ella suavemente—. Beth está bien y feliz, y no debo desear que regrese; pero temo el regreso a casa, por mucho que anhele verlos a todos. No hablaremos de eso ahora, porque me hace llorar, y quiero disfrutar de ti mientras te quedas. No tienes que volver inmediatamente, ¿verdad?
—No si tú me quieres aquí, querida.
—Lo hago, muchísimo. La tía y Flo son muy amables; pero tú pareces uno de la familia y sería muy reconfortante tenerte por un tiempo.
Amy habló y miró como una niña nostálgica, cuyo corazón estaba lleno, que Laurie olvidó su timidez de repente y le dio justo lo que ella quería: los mimos a los que estaba acostumbrada y la alegre conversación que necesitaba.
—Pobre pequeña, ¡parece que te has entristecido hasta enfermar! Voy a cuidarte, así que no llores más, ven y camina conmigo; el viento es demasiado frío para que te quedes quieta —dijo, de la manera medio cariñosa, medio imperiosa que a Amy le gustaba, mientras le ataba el sombrero, le pasaba el brazo por el suyo y comenzaba a pasear arriba y abajo por el sendero soleado, bajo los castaños de hojas nuevas. Se sentía más cómodo sobre sus piernas; y Amy encontró muy agradable tener un brazo fuerte en el que apoyarse, un rostro familiar al que sonreír y una voz amable para hablar encantadoramente solo para ella.
El pintoresco jardín antiguo había dado refugio a muchas parejas de amantes y parecía hecho expresamente para ellos, tan soleado y apartado era, sin nada más que la torre para vigilarlos y el ancho lago para llevarse el eco de sus palabras, mientras ondulaba abajo. Durante una hora, esta nueva pareja caminó y habló, o descansó en el muro, disfrutando de las dulces influencias que daban tal encanto al tiempo y al lugar; y cuando una poco romántica campana de cena les advirtió, Amy sintió como si hubiera dejado su carga de soledad y dolor atrás, en el jardín del castillo.
En el momento en que la Sra. Carrol vio el rostro cambiado de la chica, se iluminó con una nueva idea y se exclamó a sí misma: «Ahora lo entiendo todo: la niña ha estado suspirando por el joven Laurence. ¡Bendito sea mi corazón, nunca pensé en tal cosa!».
Con loable discreción, la buena señora no dijo nada y no mostró ninguna señal de iluminación; pero instó cordialmente a Laurie a quedarse y le rogó a Amy que disfrutara de su compañía, pues le haría más bien que tanta soledad. Amy fue un modelo de docilidad; y, como su tía estaba muy ocupada con Flo, la dejaron para entretener a su amigo, y lo hizo con más éxito del habitual.
En Niza, Laurie había holgazaneado y Amy lo había regañado; en Vevey, Laurie nunca estaba ocioso, sino siempre caminando, montando a caballo, paseando en bote o estudiando, de la manera más enérgica, mientras Amy admiraba todo lo que él hacía y seguía su ejemplo tan lejos y tan rápido como podía. Él decía que el cambio se debía al clima, y ella no le contradijo, agradecida por una excusa similar para su propia salud y ánimo recuperados.
El aire vigorizante les hizo bien a ambos, y mucho ejercicio obró cambios saludables tanto en las mentes como en los cuerpos. Parecían obtener visiones más claras de la vida y el deber allí arriba, entre las colinas eternas; los vientos frescos se llevaron las dudas desalentadoras, las fantasías engañosas y las brumas melancólicas; el cálido sol de primavera hizo brotar todo tipo de ideas aspiracionales, tiernas esperanzas y pensamientos felices; el lago parecía lavar los problemas del pasado, y las grandes y viejas montañas parecían mirar benignamente hacia ellos, diciendo: «Pequeños niños, amaos los unos a los otros».
A pesar de la nueva tristeza, fue un tiempo muy feliz, tan feliz que Laurie no podía soportar perturbarlo con una palabra. Le tomó un poco de tiempo recuperarse de su sorpresa por la rápida cura de su primer, y, como había creído firmemente, su último y único amor. Se consoló de la aparente deslealtad con la idea de que la hermana de Jo era casi lo mismo que la propia Jo, y la convicción de que habría sido imposible amar a otra mujer que no fuera Amy tan pronto y tan bien. Su primer cortejo había sido de orden tempestuoso, y lo recordaba como si fuera a través de un largo lapso de años, con un sentimiento de compasión mezclado con pesar. No se avergonzaba de ello, sino que lo guardaba como una de las experiencias agridulces de su vida, por las cuales podía estar agradecido cuando el dolor terminaba. Decidió que su segundo cortejo fuera lo más tranquilo y sencillo posible; no había necesidad de tener una escena, apenas necesidad de decirle a Amy que la amaba; ella lo sabía sin palabras y le había dado su respuesta hacía mucho tiempo. Todo sucedió de forma tan natural que nadie podría quejarse, y él sabía que todos estarían complacidos, incluso Jo. Pero cuando nuestra primera pequeña pasión ha sido aplastada, solemos ser cautelosos y lentos en hacer un segundo intento; así que Laurie dejó pasar los días, disfrutando de cada hora y dejando al azar la pronunciación de la palabra que pondría fin a la primera y más dulce parte de su nuevo romance.
Había imaginado que el desenlace tendría lugar en el jardín del castillo a la luz de la luna, y de la manera más elegante y decorosa; pero resultó exactamente al revés, pues el asunto se resolvió en el lago, al mediodía, en unas pocas palabras directas. Habían estado flotando toda la mañana, desde el sombrío Saint-Gingolph hasta el soleado Montreux, con los Alpes de Saboya a un lado, el Mont Saint-Bernard y el Dent du Midi al otro, la bonita Vevey en el valle y Lausana en la colina más allá, un cielo azul sin nubes arriba y el lago más azul abajo, salpicado de los pintorescos botes que parecen gaviotas de alas blancas.
Habían estado hablando de Bonnivard, mientras se deslizaban más allá de Chillon, y de Rousseau, mientras miraban hacia Clarens, donde escribió su *Eloísa*. Ninguno de los dos la había leído, pero sabían que era una historia de amor, y cada uno se preguntaba en privado si era ni la mitad de interesante que la suya. Amy había estado metiendo la mano en el agua durante la pequeña pausa que cayó entre ellos, y, cuando levantó la vista, Laurie estaba apoyado en sus remos, con una expresión en los ojos que la hizo decir apresuradamente, simplemente por decir algo:
—Debes estar cansado; descansa un poco y déjame remar; me hará bien; pues, desde que viniste, he estado totalmente perezosa y lujosa.
—No estoy cansado; pero puedes tomar un remo, si quieres. Hay espacio suficiente, aunque tengo que sentarme casi en el medio, de lo contrario el bote no se equilibrará —respondió Laurie, como si le gustara bastante el arreglo.
Sintiendo que no había arreglado mucho las cosas, Amy tomó el tercio de asiento ofrecido, sacudió su cabello sobre su rostro y aceptó un remo. Remaba tan bien como hacía muchas otras cosas; y, aunque ella usaba ambas manos y Laurie solo una, los remos mantenían el ritmo y el bote avanzaba suavemente por el agua.
—Qué bien remamos juntos, ¿no? —dijo Amy, a quien no le gustaba el silencio en ese momento.
—Tan bien que desearía que pudiéramos remar siempre en el mismo bote. ¿Quieres, Amy? —dijo con mucha ternura.
—Sí, Laurie —muy bajo.
Entonces ambos dejaron de remar e inconscientemente añadieron un bonito pequeño cuadro de amor y felicidad humana a las vistas cambiantes reflejadas en el lago.
XLII.
SOLA.
Fue fácil prometer la abnegación cuando el yo estaba envuelto en otro, y el corazón y el alma estaban purificados por un dulce ejemplo; pero cuando la voz servicial calló, la lección diaria terminó, la presencia amada se fue y no quedó más que soledad y dolor, entonces Jo encontró que su promesa era muy difícil de cumplir. ¿Cómo podría «consolar a papá y mamá», cuando su propio corazón dolía con un anhelo incesante por su hermana; cómo podría «hacer alegre la casa», cuando toda su luz, calor y belleza parecían haberla abandonado cuando Beth dejó el viejo hogar por el nuevo; y dónde en todo el mundo podría «encontrar un trabajo útil y feliz que hacer», que reemplazara el servicio amoroso que había sido su propia recompensa? Intentó de una manera ciega y desesperanzada cumplir con su deber, rebelándose secretamente contra todo ello todo el tiempo, pues parecía injusto que sus pocas alegrías disminuyeran, sus cargas se hicieran más pesadas y la vida se volviera más y más difícil mientras se esforzaba por avanzar. Algunas personas parecían recibir todo el sol, y otras toda la sombra; no era justo, pues ella intentaba más que Amy ser buena, pero nunca obtenía ninguna recompensa, solo decepción, problemas y trabajo duro.
Pobre Jo, estos fueron días oscuros para ella, pues algo parecido a la desesperación se apoderó de ella cuando pensó en pasar toda su vida en esa casa tranquila, dedicada a preocupaciones monótonas, unos pocos placeres pequeños y el deber que nunca parecía ser más fácil. «No puedo hacerlo. No estaba hecha para una vida como esta, y sé que me escaparé y haré algo desesperado si alguien no viene a ayudarme», se dijo a sí misma, cuando sus primeros esfuerzos fracasaron y cayó en el estado de ánimo melancólico y miserable que a menudo sobreviene cuando las voluntades fuertes tienen que ceder ante lo inevitable.
Pero alguien vino y la ayudó, aunque Jo no reconoció a sus ángeles buenos de inmediato, porque vestían formas familiares y usaban los hechizos simples mejor adaptados a la pobre humanidad. A menudo se despertaba de noche, pensando que Beth la llamaba; y cuando la vista de la pequeña cama vacía la hacía llorar con el grito amargo de un dolor insumiso: «¡Oh, Beth, vuelve! ¡vuelve!», no extendía sus brazos anhelantes en vano; pues, tan rápida para escuchar sus sollozos como lo había sido para escuchar el más leve susurro de su hermana, su madre venía a consolarla, no solo con palabras, sino con la tierna paciencia que calma con un toque, lágrimas que eran mudos recordatorios de un dolor mayor que el de Jo, y susurros entrecortados, más elocuentes que las oraciones, porque la resignación esperanzada iba de la mano del dolor natural. Momentos sagrados, cuando el corazón hablaba al corazón en el silencio de la noche, convirtiendo la aflicción en una bendición, que refinaba el dolor y fortalecía el amor. Sintiendo esto, la carga de Jo parecía más fácil de llevar, el deber se volvía más dulce y la vida parecía más soportable, vista desde el refugio seguro de los brazos de su madre.
Cuando el corazón dolorido estuvo un poco consolado, la mente atribulada también encontró ayuda; pues un día fue al estudio y, apoyándose sobre la buena cabeza gris que se levantó para recibirla con una sonrisa tranquila, dijo con mucha humildad:
—Padre, háblame como le hiciste a Beth. Lo necesito más que ella, porque estoy totalmente equivocada.
—Querida, nada puede consolarme tanto como esto —respondió él, con un titubeo en la voz, y con ambos brazos rodeándola, como si él también necesitara ayuda y no temiera pedirla.
Entonces, sentándose en la pequeña silla de Beth junto a él, Jo le contó sus penas: la aflicción resentida por su pérdida, los esfuerzos infructuosos que la desanimaban, la falta de fe que hacía que la vida pareciera tan sombría, y todo ese triste desconcierto que llamamos desesperación. Ella le dio su entera confianza, él le dio la ayuda que necesitaba, y ambos encontraron consuelo en el acto; pues había llegado el momento en que podían hablar no solo como padre e hija, sino como hombre y mujer, capaces y felices de servirse mutuamente con simpatía y amor. Tiempos felices y reflexivos aquellos en el viejo estudio que Jo llamaba «la iglesia de un solo miembro», y del que salía con renovado valor, alegría recuperada y un espíritu más sumiso; pues los padres que habían enseñado a una hija a enfrentar la muerte sin miedo, intentaban ahora enseñar a otra a aceptar la vida sin abatimiento ni desconfianza, y a aprovechar sus hermosas oportunidades con gratitud y poder.
Otros auxilios tuvo Jo: deberes y deleites humildes y sanos que no se negaban a cumplir su parte en servirla, y que ella aprendió lentamente a ver y valorar. Las escobas y los paños de cocina jamás podrían ser tan desagradables como lo habían sido antes, pues Beth había presidido ambos; y algo del espíritu hacendoso de ella parecía persistir alrededor del pequeño trapeador y el viejo cepillo, que nunca fueron desechados. Mientras los usaba, Jo se sorprendía tarareando las canciones que Beth solía cantar, imitando los modos ordenados de Beth y dando los pequeños toques aquí y allá que mantenían todo fresco y acogedor, lo cual era el primer paso hacia hacer el hogar feliz, aunque ella no lo sabía, hasta que Hannah dijo con un apretón de manos aprobatorio:
—Eres una criatura tan considerada, estás decidida a que no extrañemos a ese querido cordero si está en tus manos. No decimos mucho, pero lo vemos, y el Señor te bendecirá por ello, ya verás si no.
Mientras se sentaban a coser juntas, Jo descubrió cuánto había mejorado su hermana Meg; qué bien sabía hablar, cuánto sabía sobre los buenos impulsos, pensamientos y sentimientos femeninos, qué feliz era con su esposo e hijos, y cuánto hacían todos los unos por los otros.
—El matrimonio es una cosa excelente, después de todo. Me pregunto si florecería la mitad de bien que tú, si lo intentara —dijo Jo, mientras construía una cometa para Demi en la desordenada guardería.
—Es justo lo que necesitas para sacar a relucir la mitad tierna y femenina de tu naturaleza, Jo. Eres como una cáscara de castaña, espinosa por fuera, pero sedosa por dentro, y con un dulce núcleo, si uno logra llegar a él. El amor hará que muestres tu corazón algún día, y entonces la áspera cáscara caerá.
—La escarcha abre las cáscaras de castaña, señora, y hace falta una buena sacudida para bajarlas. Los muchachos van a recoger nueces, y no me interesa que ellos me metan en el saco —respondió Jo, pegando con esmero la cometa que ningún viento que soplara lograría elevar jamás, pues Daisy se había atado a ella como contrapeso.
Meg rió, pues se alegraba de ver un destello del viejo espíritu de Jo, pero sintió que era su deber reforzar su opinión con cada argumento a su alcance; y las charlas fraternales no fueron desperdiciadas, especialmente porque dos de los argumentos más efectivos de Meg eran los bebés, a quienes Jo amaba tiernamente. El dolor es el mejor abridor para algunos corazones, y el de Jo estaba casi listo para el saco: un poco más de sol para madurar la nuez, entonces, no la sacudida impaciente de un muchacho, sino la mano de un hombre extendida para recogerla suavemente de la cáscara y encontrar el núcleo sano y dulce. Si ella hubiera sospechado esto, se habría cerrado herméticamente y habría estado más espinosa que nunca; afortunadamente, no estaba pensando en sí misma, así que, cuando llegó el momento, se dejó caer.
Ahora bien, si hubiera sido la heroína de un libro de cuentos moralizante, debería en este periodo de su vida haberse vuelto muy santa, renunciar al mundo y dedicarse a hacer el bien con un sombrero mortificado y tratados en el bolsillo. Pero, verá, Jo no era una heroína; era solo una chica humana luchadora, como cientos de otras, y simplemente actuaba según su naturaleza, estando triste, malhumorada, apática o enérgica, según dictara el estado de ánimo. Es altamente virtuoso decir que seremos buenos, pero no podemos hacerlo de una vez, y requiere un tirón largo, un tirón fuerte y un tirón de todos a la vez antes de que algunos de nosotros siquiera pongamos los pies en el camino correcto. Jo había llegado tan lejos, estaba aprendiendo a cumplir con su deber y a sentirse infeliz si no lo hacía; pero hacerlo con alegría... ¡ah, eso era otra cosa! A menudo había dicho que quería hacer algo espléndido, sin importar lo difícil que fuera; y ahora tenía su deseo, pues ¿qué podría ser más hermoso que dedicar su vida a su padre y a su madre, tratando de hacerles el hogar tan feliz como ellos lo habían hecho para ella? Y, si eran necesarias las dificultades para aumentar el esplendor del esfuerzo, ¿qué podría ser más duro para una chica inquieta y ambiciosa que renunciar a sus propias esperanzas, planes y deseos, y vivir alegremente para los demás?
La Providencia la había tomado por su palabra; aquí estaba la tarea, no lo que ella había esperado, sino mejor, porque el ego no tenía parte en ella: ahora, ¿podría hacerlo? Decidió que lo intentaría; y, en su primer intento, encontró las ayudas que he sugerido. Se le dio otra más, y la tomó, no como una recompensa, sino como un consuelo, como Cristiano tomó el refrigerio que le brindó la pequeña glorieta donde descansó mientras subía la colina llamada Dificultad.
—¿Por qué no escribes? Eso siempre solía hacerte feliz —dijo su madre, una vez, cuando el ataque de abatimiento ensombreció a Jo.
—No tengo corazón para escribir, y si lo tuviera, a nadie le importan mis cosas.
—A nosotros sí; escribe algo para nosotros y no te preocupes por el resto del mundo. Inténtalo, querida; estoy segura de que te haría bien y nos complacería mucho.
—No creo que pueda —pero Jo sacó su escritorio y comenzó a revisar sus manuscritos a medio terminar.
Una hora después su madre se asomó, y allí estaba ella, garabateando con su delantal negro y una expresión absorta, lo que hizo sonreír a la señora March y marcharse, muy complacida con el éxito de su sugerencia. Jo nunca supo cómo sucedió, pero algo entró en esa historia que fue directo al corazón de quienes la leyeron; pues, cuando su familia se hubo reído y llorado con ella, su padre la envió, muy a su pesar, a una de las revistas populares, y, para su absoluta sorpresa, no solo fue pagada, sino que solicitaron otras. Cartas de varias personas, cuyo elogio era un honor, siguieron a la aparición de la pequeña historia, los periódicos la copiaron y extraños tanto como amigos la admiraron. Para ser algo pequeño fue un gran éxito; y Jo estaba más asombrada que cuando su novela fue elogiada y condenada al mismo tiempo.
—No lo entiendo. ¿Qué puede haber en una historia tan sencilla y pequeña para que la gente la alabe tanto? —dijo, bastante desconcertada.
—Hay verdad en ella, Jo, ese es el secreto; el humor y el patetismo la hacen vivir, y has encontrado tu estilo al fin. Escribiste sin pensar en la fama o el dinero, y pusiste tu corazón en ello, hija mía; has tenido lo amargo, ahora viene lo dulce. Haz lo mejor que puedas y crece tan feliz como nosotros con tu éxito.
—Si hay algo bueno o verdadero en lo que escribo, no es mío; se lo debo todo a ti, a mamá y a Beth —dijo Jo, más conmovida por las palabras de su padre que por cualquier cantidad de elogios del mundo.
Así, enseñada por el amor y el dolor, Jo escribió sus pequeñas historias y las envió a hacer amigos para sí misma y para ellas, descubriendo que era un mundo muy caritativo con tales humildes errantes; pues fueron cordialmente recibidas y enviaron a casa cómodas muestras de gratitud a su madre, como hijos obedientes a quienes alcanza la buena fortuna.
Cuando Amy y Laurie escribieron sobre su compromiso, la señora March temió que a Jo le resultaría difícil alegrarse por ello, pero sus temores pronto se disiparon; pues, aunque Jo se mostró seria al principio, lo tomó con mucha calma y estaba llena de esperanzas y planes para «los niños» antes de leer la carta dos veces. Era una especie de dúo escrito, en el que cada uno glorificaba al otro de manera amorosa, muy agradable de leer y satisfactorio de pensar, pues nadie tenía objeción alguna que poner.
—¿Te gusta, mamá? —dijo Jo, mientras dejaban las hojas estrechamente escritas y se miraban la una a la otra.
—Sí, esperaba que fuera así, desde que Amy escribió que había rechazado a Fred. Me sentí segura entonces de que algo mejor que lo que tú llamas el «espíritu mercantil» se había apoderado de ella, y un indicio aquí y allá en sus cartas me hizo sospechar que el amor y Laurie ganarían la partida.
—¡Qué aguda eres, Marmee, y qué silenciosa! Nunca me dijiste ni una palabra.
—Las madres necesitan ojos agudos y lenguas discretas cuando tienen chicas que administrar. Tenía miedo de poner la idea en tu cabeza, no fuera que les escribieras para felicitarlos antes de que el asunto estuviera resuelto.
—Ya no soy la cabeza hueca que era; puedes confiar en mí, soy lo suficientemente seria y sensata para ser la confidente de cualquiera ahora.
—Así es, querida, y te habría hecho la mía, solo que imaginé que podría dolerte saber que tu Teddy amaba a otra persona.
—Ahora, mamá, ¿de verdad pensaste que podría ser tan tonta y egoísta, después de haber rechazado su amor, cuando era más fresco, si no el mejor?
—Sabía que eras sincera entonces, Jo, pero últimamente he pensado que si él regresaba y preguntaba de nuevo, tú podrías, tal vez, sentirte con ganas de dar otra respuesta. Perdóname, querida, no puedo evitar ver que estás muy sola, y a veces hay una mirada hambrienta en tus ojos que me parte el corazón; así que imaginé que tu muchacho podría llenar el lugar vacío si lo intentara ahora.
—No, mamá, es mejor como está, y me alegra que Amy haya aprendido a amarlo. Pero tienes razón en una cosa: estoy sola, y tal vez si Teddy hubiera intentado de nuevo, podría haber dicho «sí», no porque lo ame más, sino porque me importa más ser amada que cuando él se fue.
—Me alegra eso, Jo, porque demuestra que estás avanzando. Hay muchos que te aman, así que trata de estar satisfecha con papá y mamá, hermanas y hermanos, amigos y bebés, hasta que llegue el mejor amante de todos para darte tu recompensa.
—Las madres son las mejores amantes del mundo; pero no me importa susurrarle a Marmee que me gustaría probar todas las clases. Es muy curioso, pero cuanto más intento satisfacerme con toda clase de afectos naturales, más parece que quiero. No tenía idea de que los corazones pudieran albergar tantos; el mío es tan elástico que parece no estar nunca lleno ahora, y solía estar muy contenta con mi familia. No lo entiendo.
—Yo sí —y la señora March sonrió con su sabia sonrisa, mientras Jo daba vuelta a las hojas para leer lo que Amy decía de Laurie.
—Es tan hermoso ser amada como Laurie me ama; él no es sentimental, no dice mucho al respecto, pero lo veo y lo siento en todo lo que dice y hace, y me hace tan feliz y tan humilde que no parece que sea la misma chica que era. Nunca supe cuán bueno, generoso y tierno era hasta ahora, pues me deja leer su corazón, y lo encuentro lleno de nobles impulsos, esperanzas y propósitos, y estoy tan orgullosa de saber que es mío. Dice que se siente como si «pudiera hacer un viaje próspero ahora conmigo a bordo como compañera, y mucho amor como lastre». Rezo para que así sea, y trato de ser todo lo que él cree que soy, pues amo a mi valiente capitán con todo mi corazón, alma y fuerza, y nunca lo abandonaré, mientras Dios permita que estemos juntos. ¡Oh, mamá, nunca supe cuán parecido al cielo podría ser este mundo, cuando dos personas se aman y viven la una para la otra!
—¡Y esa es nuestra reservada, fría y mundana Amy! Verdaderamente, el amor hace milagros. ¡Qué muy, muy felices deben de ser! —Y Jo juntó las hojas crujientes con mano cuidadosa, como uno podría cerrar las cubiertas de un hermoso romance, que mantiene al lector cautivo hasta que llega el final, y se encuentra solo en el mundo cotidiano otra vez.
Poco después, Jo vagó hacia el piso de arriba, pues estaba lloviendo y no podía salir a caminar. Un espíritu inquieto la poseía, y el viejo sentimiento regresó, no tan amargo como alguna vez fue, sino con un asombro tristemente paciente sobre por qué una hermana debía tener todo lo que pedía, y la otra nada. No era verdad; ella lo sabía, e intentó apartarlo, pero el ansia natural de afecto era fuerte, y la felicidad de Amy despertaba el anhelo hambriento de alguien a quien «amar con corazón y alma, y a quien aferrarse mientras Dios permitiera que estuvieran juntos».
Arriba en el desván, donde terminaban las inquietas andanzas de Jo, había cuatro pequeños cofres de madera en fila, cada uno marcado con el nombre de su dueña, y cada uno lleno de reliquias de la infancia y la adolescencia que ya habían terminado para todas. Jo echó un vistazo a ellos, y cuando llegó al suyo, apoyó la barbilla en el borde y miró distraídamente la colección caótica, hasta que un fajo de viejos cuadernos de ejercicios llamó su atención. Los sacó, los hojeó y volvió a vivir aquel agradable invierno en la casa de la amable señora Kirke. Sonrió al principio, luego se puso pensativa, después triste, y cuando llegó a un pequeño mensaje escrito con la letra del profesor, sus labios comenzaron a temblar, los libros se deslizaron de su regazo y se quedó mirando las palabras amigables, como si cobraran un nuevo significado y tocaran un punto sensible en su corazón.
«Espérame, amiga mía. Puede que llegue un poco tarde, pero seguramente vendré».
—¡Oh, si tan solo lo hiciera! Tan amable, tan bueno, tan paciente conmigo siempre; mi querido viejo Fritz, no lo valoré ni la mitad de lo que debía cuando lo tenía, pero ahora cómo me encantaría verlo, pues todos parecen alejarse de mí, y estoy completamente sola.
Y sosteniendo el pequeño papel con fuerza, como si fuera una promesa aún por cumplirse, Jo apoyó la cabeza sobre una cómoda bolsa de trapos y lloró, como si se opusiera a la lluvia que tamborileaba en el techo.
¿Fue todo autocompasión, soledad o bajo estado de ánimo? ¿O fue el despertar de un sentimiento que había esperado su momento tan pacientemente como quien lo inspiró? ¿Quién podrá decirlo?
XLIII.
SORPRESAS.
Jo estaba sola en la penumbra, recostada en el viejo sofá, mirando el fuego y pensando. Era su manera favorita de pasar la hora del crepúsculo; nadie la molestaba, y solía quedarse allí, sobre la pequeña almohada roja de Beth, planeando historias, soñando sueños o pensando pensamientos tiernos sobre la hermana que nunca parecía estar lejos. Su rostro lucía cansado, serio y bastante triste; pues mañana era su cumpleaños, y pensaba en cuán rápido pasaban los años, qué vieja se estaba volviendo y qué poco parecía haber logrado. Casi veinticinco años, y nada que mostrar por ello. Jo estaba equivocada en eso; había mucho que mostrar, y poco a poco lo vio, y se sintió agradecida por ello.
—Una solterona, eso es lo que voy a ser. Una literata solterona, con una pluma por esposo, una familia de historias para niños, y dentro de veinte años un pedazo de fama, tal vez; cuando, como el pobre Johnson, sea vieja y no pueda disfrutarla, solitaria y no pueda compartirla, independiente y no la necesite. Bueno, no necesito ser una santa amargada ni una pecadora egoísta; y, me atrevo a decir, las solteronas son muy cómodas cuando se acostumbran; pero... —y allí Jo suspiró, como si la perspectiva no fuera atractiva.
Rara vez lo es, al principio, y los treinta parecen el fin de todas las cosas para los veinticinco; pero no es tan malo como parece, y uno puede seguir adelante con bastante felicidad si tiene algo en sí mismo en qué apoyarse. A los veinticinco, las chicas empiezan a hablar de ser solteronas, pero secretamente resuelven que nunca lo serán; a los treinta no dicen nada al respecto, pero aceptan tranquilamente el hecho, y, si son sensatas, se consuelan recordando que tienen veinte años más de utilidad y felicidad, en los que pueden estar aprendiendo a envejecer con gracia. No se rían de las solteronas, queridas chicas, pues a menudo romances muy tiernos y trágicos se esconden en los corazones que laten tan silenciosamente bajo los vestidos sobrios, y muchos sacrificios silenciosos de juventud, salud, ambición, amor mismo, hacen que los rostros marchitos sean hermosos a los ojos de Dios. Incluso a las hermanas tristes y amargadas se les debe tratar con amabilidad, porque han perdido la parte más dulce de la vida, si no por otra razón; y, mirándolas con compasión, no con desprecio, las chicas en su apogeo deberían recordar que ellas también pueden perder la época de florecimiento; que las mejillas rosadas no duran para siempre, que vendrán hilos de plata en el bonito cabello castaño, y que, poco a poco, la bondad y el respeto serán tan dulces como el amor y la admiración ahora.
Caballeros, lo que significa muchachos, sean corteses con las solteronas, sin importar cuán pobres, sencillas o mojigatas sean, pues la única caballerosidad que vale la pena es la que está más dispuesta a mostrar deferencia a los viejos, proteger a los débiles y servir al género femenino, sin importar rango, edad o color. Simplemente recuerden a las buenas tías que no solo han dado sermones y se han preocupado, sino que también han cuidado y mimado, a menudo sin agradecimiento; los apuros de los que los han ayudado a salir, las «propinas» que les han dado de sus pequeñas reservas, las puntadas que los pacientes dedos viejos han dado por ustedes, los pasos que los dispuestos pies viejos han dado, y agradecidos paguen a las queridas ancianas las pequeñas atenciones que las mujeres aman recibir mientras vivan. Las chicas de ojos brillantes son rápidas para ver tales rasgos, y les gustarán mucho más por ellos; y si la muerte, casi el único poder que puede separar a una madre de su hijo, los despojara de la suya, estarán seguros de encontrar una tierna bienvenida y un cariño maternal de alguna tía Priscilla, que ha guardado el rincón más cálido de su solitario viejo corazón para «el mejor sobrino del mundo».
Jo debe haberse quedado dormida (como me atrevo a decir que mi lector lo ha hecho durante esta pequeña homilía), pues de repente el fantasma de Laurie parecía estar frente a ella... un fantasma sustancial y realista... inclinándose sobre ella, con la misma mirada que solía usar cuando sentía mucho y no le gustaba mostrarlo. Pero, como Jenny en la balada:
«Ella no podía pensar que fuera él»,
y permaneció mirándolo fijamente en un silencio sobresaltado, hasta que él se inclinó y la besó. Entonces ella lo reconoció, y saltó, gritando alegremente:
—¡Oh, mi Teddy! ¡Oh, mi Teddy!
—Querida Jo, ¿te alegras de verme, entonces?
—¡Contenta! Mi bendito muchacho, las palabras no pueden expresar mi alegría. ¿Dónde está Amy?
—Tu madre la tiene allá en casa de Meg. Nos detuvimos allí en el camino, y no hubo forma de sacar a mi esposa de sus garras.
—¿Tu qué? —gritó Jo, pues Laurie pronunció esas dos palabras con un orgullo y satisfacción inconscientes que lo traicionaron.
—Oh, demonios; ahora lo he hecho —y él parecía tan culpable que Jo se lanzó sobre él como un rayo.
—¡Te has ido y te has casado!
—Sí, por favor, pero nunca lo volveré a hacer —y se puso de rodillas, con un penitente entrecruzamiento de manos y un rostro lleno de picardía, alegría y triunfo.
—¿Realmente casado?
—Muy casado, gracias.
—¡Piedad de nosotros! ¿Qué cosa terrible harás después? —y Jo cayó en su asiento, con un jadeo.
—Una felicitación característica, pero no exactamente halagadora —respondió Laurie, todavía en una actitud abyecta, pero radiante de satisfacción.
—¿Qué puedes esperar, cuando te quitas el aliento, entrando como un ladrón y soltando gatos de los sacos así? Levántate, muchacho ridículo, y cuéntamelo todo.
—Ni una palabra, a menos que me dejes entrar en mi antiguo lugar y prometas no poner barricadas.
Jo se rio de aquello como no lo había hecho en mucho tiempo, y palmeó el sofá de forma invitante, mientras decía, en un tono cordial:
—La vieja almohada está arriba en el desván, y ya no la necesitamos; así que ven y confiesa, Teddy.
—¡Qué bien suena oírte decir «Teddy»! Nadie me llama así más que tú —y Laurie se sentó con un aire de gran satisfacción.
—¿Cómo te llama Amy?
—Mi señor.
—Eso es propio de ella. Bueno, lo pareces —y los ojos de Jo delataron claramente que encontraba a su chico más apuesto que nunca.
La almohada había desaparecido, pero seguía habiendo una barricada, una natural, levantada por el tiempo, la ausencia y el cambio de corazón. Ambos la sintieron, y por un minuto se miraron como si esa barrera invisible proyectara una pequeña sombra sobre ellos. Sin embargo, desapareció de inmediato, pues Laurie dijo, con un vano intento de dignidad:
—¿No parezco un hombre casado y cabeza de familia?
—Ni un poco, y nunca lo parecerás. Te has vuelto más grande y más apuesto, pero eres el mismo granuja de siempre.
—Ahora, de verdad, Jo, deberías tratarme con más respeto —comenzó Laurie, quien disfrutaba todo aquello inmensamente.
—¿Cómo voy a hacerlo, cuando la mera idea de ti, casado y establecido, es tan irresistiblemente graciosa que no puedo ponerme seria! —respondió Jo, sonriendo con toda la cara, de forma tan contagiosa que volvieron a reírse, y luego se acomodaron para una buena charla, justo al agradable estilo de antaño.
—No sirve de nada que salgas al frío a buscar a Amy, pues todas vienen hacia aquí en un momento. No pude esperar; quería ser yo quien te contara la gran sorpresa, y llevarme la «primera nata», como solíamos decir cuando disputábamos por la crema.
—Por supuesto que sí, y echaste a perder tu historia empezando por el final. Ahora, empieza bien y cuéntame cómo sucedió todo; me muero por saberlo.
—Bueno, lo hice para complacer a Amy —comenzó Laurie, con un brillo en los ojos que hizo que Jo exclamara:
—Mentira número uno; Amy lo hizo para complacerte a ti. Continúa y di la verdad, si puedes, señor.
—Ahora empieza a refunfuñar; ¿no es divertido oírla? —dijo Laurie al fuego, y el fuego brilló y chisporroteó como si estuviera muy de acuerdo—. Es todo lo mismo, ya sabes, ella y yo siendo uno solo. Planeamos volver a casa con los Carrol, hace un mes o más, pero cambiaron de opinión repentinamente y decidieron pasar otro invierno en París. Pero el abuelo quería volver a casa; vino para complacerme a mí, y yo no podía dejarlo ir solo, ni tampoco podía dejar a Amy; y la señora Carrol tenía ideas inglesas sobre chaperonas y tonterías por el estilo, y no dejaba que Amy viniera con nosotros. Así que simplemente resolví la dificultad diciendo: «Casémonos, y así podremos hacer lo que queramos».
—Por supuesto que lo hiciste; siempre consigues que las cosas se hagan a tu manera.
—No siempre —y algo en la voz de Laurie hizo que Jo dijera apresuradamente:
—¿Cómo lograste que la tía estuviera de acuerdo?
—Fue un trabajo duro; pero, entre los dos, la convencimos, pues teníamos un montón de buenas razones de nuestra parte. No había tiempo para escribir y pedir permiso, pero a todos ustedes les gustaba, habrían consentido en ello poco después, y solo era «tomar al Tiempo por la crin», como dice mi esposa.
—¿Acaso no estamos orgullosos de esas dos palabras, y no nos gusta decirlas? —interrumpió Jo, dirigiéndose al fuego a su vez, y observando con deleite la luz feliz que parecía encenderse en los ojos que habían estado tan trágicamente sombríos la última vez que los vio.
—Un poco, quizás; es una mujercita tan cautivadora que no puedo evitar estar orgulloso de ella. Bueno, entonces, el tío y la tía estaban allí para guardar las apariencias; estábamos tan absortos el uno en el otro que no servíamos de nada por separado, y ese encantador arreglo haría que todo fuera fácil para todos; así que lo hicimos.
—¿Cuándo, dónde, cómo? —preguntó Jo, en una fiebre de interés y curiosidad femenina, pues no podía asimilarlo en absoluto.
—Hace seis semanas, en el consulado estadounidense, en París; una boda muy tranquila, por supuesto, pues incluso en nuestra felicidad no olvidamos a la querida y pequeña Beth.
Jo puso su mano en la de él cuando dijo aquello, y Laurie acarició suavemente la pequeña almohada roja, que recordaba muy bien.
—¿Por qué no nos lo hicieron saber después? —preguntó Jo, en un tono más tranquilo, cuando llevaban un minuto sentados en silencio.
—Queríamos sorprenderlas; pensamos que volvíamos directamente a casa, al principio; pero el querido anciano, apenas nos casamos, descubrió que no podía estar listo en menos de un mes, al menos, y nos envió a pasar nuestra luna de miel donde quisiéramos. Amy había llamado una vez a Valrosa un verdadero hogar de luna de miel, así que fuimos allí, y fuimos tan felices como la gente solo puede serlo una vez en la vida. ¡Por mi fe! ¡No fue acaso el amor entre las rosas!
Laurie pareció olvidar a Jo por un minuto, y Jo se alegró de ello; pues el hecho de que él le contara estas cosas de manera tan libre y natural le aseguró que él había perdonado y olvidado por completo. Intentó retirar su mano; pero, como si adivinara el pensamiento que provocó el impulso casi involuntario, Laurie la sostuvo con fuerza y dijo, con una gravedad varonil que nunca antes había visto en él:
—Jo, querida, quiero decir una cosa, y luego lo dejaremos de lado para siempre. Como te dije en mi carta, cuando escribí que Amy había sido muy amable conmigo, nunca dejaré de quererte; pero el amor ha cambiado, y he aprendido a ver que es mejor como está. Amy y tú cambian de lugar en mi corazón, eso es todo. Creo que estaba destinado a ser así, y habría sucedido naturalmente si hubiera esperado, como intentaste hacerme hacer; pero nunca pude ser paciente, y por eso tuve un dolor de corazón. Era un chico entonces, obstinado y violento; y hizo falta una dura lección para mostrarme mi error. Porque fue uno, Jo, como dijiste, y lo descubrí después de hacer el ridículo. Por mi palabra, estaba tan confundido en mi mente, en un momento dado, que no sabía a quién quería más, si a ti o a Amy, e intenté querer a ambas por igual; pero no pude, y cuando la vi en Suiza, todo pareció aclararse de repente. Ambas se colocaron en sus lugares correctos, y me sentí seguro de que era mejor terminar con el viejo amor antes de empezar con el nuevo; que podía compartir honestamente mi corazón entre la hermana Jo y la esposa Amy, y querer a ambas profundamente. ¿Me creerás y volveremos a los felices tiempos antiguos cuando nos conocimos por primera vez?
—Lo creeré, con todo mi corazón; pero, Teddy, nunca podremos ser chico y chica de nuevo: los felices tiempos antiguos no pueden volver, y no debemos esperarlo. Somos hombre y mujer ahora, con trabajo serio que hacer, pues el tiempo de juego ha terminado, y debemos dejar de retozar. Estoy segura de que sientes esto; veo el cambio en ti, y tú lo encontrarás en mí. Echaré de menos a mi chico, pero querré al hombre tanto como antes, y lo admiraré más, porque pretende ser lo que esperaba que fuera. Ya no podemos ser pequeños compañeros de juegos, pero seremos hermano y hermana, para amarnos y ayudarnos el uno al otro toda nuestra vida, ¿verdad, Laurie?
Él no dijo una palabra, pero tomó la mano que ella le ofrecía y apoyó su rostro en ella durante un minuto, sintiendo que de la tumba de una pasión juvenil había surgido una hermosa y fuerte amistad para bendecirlos a ambos. Poco después, Jo dijo alegremente, pues no quería que la llegada a casa fuera triste:
—No puedo creer que ustedes, niños, estén realmente casados y vayan a establecer su propio hogar. ¡Vaya, parece que fue ayer cuando le abotonaba el delantal a Amy y te tiraba del pelo cuando hacías bromas! ¡Dios mío, cómo vuela el tiempo!
—Como una de los niños es mayor que tú, no hace falta que hables como una abuela. Me halago a mí mismo de ser un «caballero hecho y derecho», como decía Peggotty de David; y cuando veas a Amy, la encontrarás una niña bastante precoz —dijo Laurie, viéndose divertido por su aire maternal.
—Puede que seas un poco mayor en años, pero yo soy mucho mayor en sentimientos, Teddy. Las mujeres siempre lo son; y este último año ha sido tan duro que me siento de cuarenta.
—¡Pobre Jo! Te dejamos cargando con ello sola, mientras nosotros nos íbamos de placer. Eres mayor; aquí hay una arruga, y allí otra; a menos que sonrías, tus ojos parecen tristes, y cuando toqué el cojín, hace un momento, encontré una lágrima en él. Has tenido mucho que soportar, y tuviste que soportarlo todo sola. ¡Qué bestia egoísta he sido! —y Laurie se tiró de su propio pelo, con una mirada de remordimiento.
Pero Jo solo dio la vuelta a la traicionera almohada y respondió, en un tono que intentó hacer del todo alegre:
—No, tuve a padre y madre para ayudarme, a los queridos bebés para consolarme, y el pensamiento de que tú y Amy estaban a salvo y felices, para hacer que los problemas aquí fueran más fáciles de soportar. A veces me siento sola, pero me atrevo a decir que es bueno para mí, y...
—Nunca volverás a estarlo —interrumpió Laurie, poniendo su brazo alrededor de ella, como para cercar cada mal humano—. Amy y yo no podemos arreglárnoslas sin ti, así que debes venir y enseñar a «los niños» a llevar la casa, e ir a medias en todo, tal como solíamos hacer, y dejarnos mimarte, y que todos seamos dichosamente felices y amistosos juntos.
—Si no estorbara, sería muy agradable. Empiezo a sentirme bastante joven ya; porque, de alguna manera, todos mis problemas parecieron volar cuando viniste. Siempre fuiste un consuelo, Teddy —y Jo apoyó su cabeza en su hombro, tal como lo hacía años atrás, cuando Beth estaba enferma y Laurie le dijo que se aferrara a él.
Él la miró, preguntándose si ella recordaba aquel tiempo, pero Jo sonreía para sí misma, como si, en verdad, sus problemas se hubieran desvanecido todos con su llegada.
—Sigues siendo la misma Jo, derramando lágrimas un minuto y riendo al siguiente. Te ves un poco maliciosa ahora; ¿qué es, abuelita?
—Me preguntaba cómo se llevan tú y Amy.
—¡Como ángeles!
—Sí, por supuesto, al principio; pero, ¿quién manda?
—No me importa decirte que ella lo hace, ahora; al menos dejo que piense eso... le complace, ya sabes. Poco a poco nos turnaremos, pues el matrimonio, dicen, divide por dos los derechos de uno y duplica sus deberes.
—Seguirás como empezaste, y Amy te gobernará todos los días de tu vida.
—Bueno, lo hace tan imperceptiblemente que no creo que me importe mucho. Ella es el tipo de mujer que sabe gobernar bien; de hecho, casi me gusta, pues te enrolla alrededor de su dedo tan suave y bonitamente como una madeja de seda, y te hace sentir como si te estuviera haciendo un favor todo el tiempo.
—¡Que haya vivido para verte un marido dominado y disfrutándolo! —exclamó Jo, con las manos levantadas.
Fue bueno ver a Laurie enderezar sus hombros y sonreír con desdén masculino ante esa insinuación, mientras respondía, con su aire «altivo y poderoso»:
—Amy es demasiado bien educada para eso, y yo no soy el tipo de hombre para someterme a ello. Mi esposa y yo nos respetamos a nosotros mismos y al otro demasiado como para tiranizar o pelear nunca.
A Jo le gustó aquello, y pensó que la nueva dignidad le sentaba muy bien, pero el chico parecía convertirse muy rápido en el hombre, y el pesar se mezclaba con su placer.
—Estoy segura de eso; Amy y tú nunca se pelearon como solíamos hacerlo nosotros. Ella es el sol y yo el viento, en la fábula, y el sol manejó mejor al hombre, ¿recuerdas?
—Ella puede hacerlo estallar tanto como brillar sobre él —rio Laurie—. ¡Tal reprimenda recibí en Niza! Te doy mi palabra de que fue mucho peor que cualquiera de tus regaños, una verdadera sacudida. Te contaré todo sobre eso algún día... ella nunca lo hará, porque, después de decirme que me despreciaba y se avergonzaba de mí, perdió su corazón ante el sujeto despreciable y se casó con el bueno para nada.
—¡Qué bajeza! Bueno, si te maltrata, ven a mí, y yo te defenderé.
—Parece que lo necesito, ¿verdad? —dijo Laurie, levantándose y adoptando una actitud que cambió repentinamente de lo imponente a lo extasiado, al oír la voz de Amy llamando:
—¿Dónde está? ¿Dónde está mi querida y vieja Jo?
Entró toda la familia, y cada uno fue abrazado y besado una vez más, y, tras varios intentos vanos, los tres viajeros fueron sentados para ser observados y exaltados. El señor Laurence, tan sano y robusto como siempre, estaba tanto o más mejorado que los otros por su viaje al extranjero, pues la aspereza parecía haber desaparecido casi por completo, y la cortesía a la antigua había recibido un pulimento que la hacía más amable que nunca. Era bueno verlo radiante ante «mis niños», como llamaba a la joven pareja; era mejor aún ver a Amy pagarle el deber y afecto filial que ganó por completo su viejo corazón; y lo mejor de todo, observar a Laurie girar en torno a ambos, como si nunca se cansara de disfrutar de la bonita estampa que formaban.
En el minuto que puso sus ojos en Amy, Meg se dio cuenta de que su propio vestido no tenía un aire parisino, que la joven señora Moffat quedaría completamente eclipsada por la joven señora Laurence, y que «su señoría» era, en conjunto, una mujer de lo más elegante y agraciada. Jo pensó, mientras observaba a la pareja: «¡Qué bien se ven juntos! Tenía razón, y Laurie ha encontrado a la hermosa y refinada joven que decorará su hogar mejor que la torpe vieja Jo, y será un orgullo, no un tormento para él». La señora March y su marido se sonrieron y asintieron el uno al otro con rostros felices, pues vieron que su hija menor lo había hecho bien, no solo en cosas mundanas, sino en la mejor riqueza del amor, la confianza y la felicidad.
Pues el rostro de Amy estaba lleno de la suave luminosidad que denota un corazón en paz, su voz tenía una nueva ternura, y el aire fresco y estirado había cambiado a una gentil dignidad, tanto femenina como cautivadora. Ninguna pequeña afectación lo estropeaba, y la dulzura cordial de sus modales era más encantadora que la nueva belleza o la vieja gracia, pues la sellaba de inmediato con el signo inconfundible de la verdadera dama en la que había esperado convertirse.
—El amor ha hecho mucho por nuestra niña —dijo su madre suavemente.
—Ha tenido un buen ejemplo ante sí toda su vida, querida —susurró el señor March, con una mirada amorosa hacia el rostro desgastado y la cabeza canosa a su lado.
Daisy encontraba imposible apartar sus ojos de su «linda tía», pero se adhirió como un faldero a la maravillosa chatelaine llena de encantos deliciosos. Demi hizo una pausa para considerar la nueva relación antes de comprometerse con la aceptación precipitada de un soborno, que tomó la tentadora forma de una familia de osos de madera de Berna. Un movimiento de flanco produjo, sin embargo, una rendición incondicional, pues Laurie sabía cómo atraparlo.
—Joven, cuando tuve el honor de conocerte por primera vez me golpeaste en la cara: ahora exijo la satisfacción de un caballero —y con eso, el alto tío procedió a zarandear y alborotar al pequeño sobrino de una manera que dañó su dignidad filosófica tanto como deleitó su alma infantil.
—¡Bendita sea, si no va vestida de seda de pies a cabeza! ¿No es una vista deliciosa verla sentada ahí tan fina como un violín, y oír a la gente llamar a la pequeña Amy, señora Laurence? —masculló la vieja Hannah, quien no pudo resistir frecuentes «vistazos» a través de la trampilla mientras ponía la mesa de una manera decididamente promiscua.
¡Cielo santo, cómo hablaban! Primero uno, luego el otro, luego todos estallaban a la vez, intentando contar la historia de tres años en media hora. Fue una suerte que el té estuviera a mano, para producir una pausa y proporcionar refresco, pues se habrían quedado roncos y débiles si hubieran seguido mucho más tiempo. ¡Qué feliz procesión desfiló hacia el pequeño comedor! El señor March escoltó orgullosamente a la «señora Laurence»; la señora March se apoyó con igual orgullo en el brazo de «mi hijo»; el anciano tomó a Jo, con un susurrado «Debes ser mi chica ahora», y una mirada al rincón vacío junto al fuego que hizo que Jo susurrara de vuelta, con los labios temblorosos: «Intentaré ocupar su lugar, señor».
Los gemelos correteaban detrás, sintiendo que el milenio estaba cerca, pues todos estaban tan ocupados con los recién llegados que los dejaron disfrutar a su antojo, y puedes estar seguro de que aprovecharon la oportunidad. ¿No se robaron sorbos de té, se atiborraron de pan de jengibre *ad libitum*, consiguieron un bizcocho caliente cada uno, y, como transgresión suprema, no se guardó cada uno una pequeña y cautivadora tarta en sus diminutos bolsillos, donde se pegaron y desmoronaron traidoramente, enseñándoles que tanto la naturaleza humana como la pastelería son frágiles? Cargados con la conciencia culpable de las tartas secuestradas, y temiendo que los ojos agudos de Dodo perforaran el fino disfraz de cambray y merino que ocultaba su botín, los pequeños pecadores se adhirieron a «Dranpa», que no llevaba sus gafas. Amy, que era llevada de un lado a otro como un refresco, regresó al salón del brazo del padre Laurence; los otros se emparejaron como antes, y este arreglo dejó a Jo sin compañía. No le importó en el momento, pues se quedó rezagada para responder a la pregunta ansiosa de Hannah:
—¿La señorita Amy viajará en su coche (coupé), y usará toda esa vajilla de plata encantadora que está guardada allá lejos?
—No me extrañaría que condujera seis caballos blancos, comiera en vajilla de oro, y usara diamantes y encajes cada día. Teddy no cree que nada sea demasiado bueno para ella —respondió Jo con infinita satisfacción.
—¡Ni lo es! ¿Quieres *hash* o croquetas de pescado para el desayuno? —preguntó Hannah, quien sabiamente mezclaba poesía y prosa.
—No me importa —y Jo cerró la puerta, sintiendo que la comida era un tema poco apropiado en ese momento. Se quedó un minuto mirando al grupo que se desvanecía arriba, y, mientras las cortas piernas a cuadros de Demi subían con esfuerzo el último escalón, una repentina sensación de soledad la invadió tan fuertemente que miró a su alrededor con ojos nublados, como si buscara algo en lo que apoyarse, pues incluso Teddy la había abandonado. Si hubiera sabido qué regalo de cumpleaños se acercaba cada minuto más y más, no se habría dicho a sí misma: «Lloraré un poquito cuando me vaya a la cama; no es momento de estar triste ahora». Luego se pasó la mano por los ojos —pues uno de sus hábitos infantiles era nunca saber dónde estaba su pañuelo— y acababa de lograr invocar una sonrisa cuando llamaron a la puerta del porche.
La abrió con hospitalidad apresurada, y se sobresaltó como si otro fantasma hubiera venido a sorprenderla; pues allí estaba un caballero alto y barbudo, brillando hacia ella desde la oscuridad como un sol de medianoche.
—¡Oh, señor Bhaer, me alegro tanto de verle! —exclamó Jo, agarrándolo como si temiera que la noche lo tragara antes de poder hacerlo entrar.
—Y yo de ver a la señorita Marsch... pero no, usted tiene una fiesta... —y el profesor hizo una pausa mientras el sonido de las voces y el golpeteo de pies bailando bajaba hacia ellos.
—No, no tenemos, solo la familia. Mi hermana y unos amigos acaban de volver a casa, y todos estamos muy felices. Entre y sea uno de nosotros.
Aunque era un hombre muy social, creo que el señor Bhaer se habría marchado decorosamente, y vuelto otro día; pero, ¿cómo podía, cuando Jo cerró la puerta tras él y lo despojó de su sombrero? Tal vez su rostro tuvo algo que ver con ello, pues ella olvidó ocultar su alegría al verlo, y la mostró con una franqueza que resultó irresistible para el hombre solitario, cuyo recibimiento superó con creces sus esperanzas más audaces.
—Si no voy a ser Monsieur de Trop, me alegrará mucho verlos a todos. ¿Ha estado enferma, mi amiga?
Hizo la pregunta bruscamente, pues, mientras Jo colgaba su abrigo, la luz cayó sobre su rostro y él vio un cambio en él.
—No enferma, sino cansada y triste. Hemos tenido problemas desde la última vez que le vi.
—Ah, sí, lo sé. Mi corazón se dolió por ustedes cuando me enteré —y estrechó su mano de nuevo, con un rostro tan comprensivo que Jo sintió que ningún consuelo podía igualar la mirada de sus ojos amables y el apretón de su mano grande y cálida.
—Padre, madre, este es mi amigo, el profesor Bhaer —dijo ella, con un rostro y un tono de orgullo y placer tan incontenibles que bien podría haber hecho sonar una trompeta y abierto la puerta con un ademán.
Si el extranjero tenía alguna duda sobre su recibimiento, estas se disiparon en un minuto gracias a la cordial bienvenida que recibió. Todos lo saludaron con afecto, al principio por Jo, pero muy pronto empezaron a apreciarlo por sí mismo. No podían evitarlo, pues él poseía el talismán que abre todos los corazones, y aquellas sencillas personas se encariñaron con él al instante, sintiéndose aún más amistosas debido a que era pobre; pues la pobreza enriquece a quienes viven por encima de ella y es un pasaporte seguro para los espíritus verdaderamente hospitalarios. El señor Bhaer se sentó mirando a su alrededor con el aire de un viajero que llama a una puerta extraña y, al abrirse, se encuentra en su propia casa. Los niños acudieron a él como abejas a un tarro de miel y, acomodándose en cada rodilla, procedieron a cautivarlo vaciándole los bolsillos, tirándole de la barba e investigando su reloj con audacia juvenil. Las mujeres se transmitieron su aprobación con la mirada y el señor March, sintiendo que había encontrado un espíritu afín, abrió sus mejores tesoros en beneficio de su invitado, mientras el silencioso John escuchaba y disfrutaba de la charla sin decir una palabra, y al señor Laurence le resultó imposible quedarse dormido.
Si Jo no hubiera estado ocupada de otra manera, el comportamiento de Laurie la habría divertido; pues una leve punzada, no de celos, sino algo parecido a la sospecha, hizo que aquel caballero se mantuviera al margen al principio y observara al recién llegado con circunspección fraternal. Pero no duró mucho. Se interesó a pesar de sí mismo y, antes de darse cuenta, fue arrastrado al círculo; pues el señor Bhaer hablaba bien en aquel ambiente cordial y se mostró a su altura. Rara vez le hablaba a Laurie, pero lo miraba a menudo, y una sombra pasaba por su rostro, como si lamentara su propia juventud perdida, al observar al joven en su mejor momento. Luego, su mirada se volvía hacia Jo con tanta añoranza que ella seguramente habría respondido a la muda pregunta si la hubiera visto; pero Jo tenía sus propios ojos de los que ocuparse y, sintiendo que no podía confiar en ellos, los mantuvo prudentemente sobre el calcetín que estaba tejiendo, como una tía soltera modelo.
Una mirada furtiva de vez en cuando la refrescaba como sorbos de agua fresca después de un camino polvoriento, pues los vistazos laterales le revelaban varios presagios propicios. El rostro del señor Bhaer había perdido la expresión distraída y se veía lleno de interés por el momento presente, incluso joven y apuesto, pensó ella, olvidando compararlo con Laurie, como solía hacer con los hombres extraños, para gran detrimento de estos. Luego pareció estar completamente inspirado, aunque las costumbres funerarias de los antiguos, hacia las cuales había derivado la conversación, podrían no considerarse un tema estimulante. Jo resplandeció de triunfo cuando Teddy quedó sofocado en una discusión, y pensó para sí misma, mientras observaba el rostro absorto de su padre: "¡Cómo disfrutaría él de tener a un hombre como mi profesor para hablar todos los días!". Por último, el señor Bhaer estaba vestido con un traje negro nuevo, lo que lo hacía parecer más un caballero que nunca. Su espeso cabello había sido cortado y cepillado suavemente, pero no permaneció en orden mucho tiempo, pues, en los momentos de emoción, lo alborotaba de la forma graciosa que solía hacer; y a Jo le gustaba más erguido que lacio, porque pensaba que le daba a su hermosa frente un aspecto jovial. Pobre Jo, cómo glorificaba a aquel hombre sencillo mientras se sentaba a tejer tan tranquilamente, sin dejar que nada se le escapara, ¡ni siquiera el hecho de que el señor Bhaer tenía botones de oro en sus inmaculados puños!
"¡Querido viejo! No podría haberse arreglado con más esmero si hubiera ido a cortejar", se dijo Jo; y entonces un pensamiento repentino, nacido de las palabras, la hizo sonrojar tan terriblemente que tuvo que soltar su ovillo y agacharse a buscarlo para ocultar su rostro.
La maniobra no tuvo tanto éxito como esperaba; pues, aunque estaba justo en el acto de prender fuego a una pira funeraria, el profesor dejó caer su antorcha, metafóricamente hablando, y se lanzó a por el pequeño ovillo azul. Por supuesto, chocaron sus cabezas con fuerza, vieron las estrellas y ambos se levantaron sonrojados y riendo, sin el ovillo, para retomar sus asientos deseando no haberlos dejado.
Nadie supo a dónde se fue la tarde; pues Hannah retiró hábilmente a los bebés a una hora temprana, cabeceando como dos amapolas rosadas, y el señor Laurence se fue a casa a descansar. Los demás se sentaron alrededor del fuego, charlando sin parar, sin importarles el paso del tiempo, hasta que Meg, cuya mente maternal estaba impresionada por la firme convicción de que Daisy se había caído de la cama y que Demi había prendido fuego a su camisón estudiando la estructura de las cerillas, hizo ademán de marcharse.
—Debemos tener nuestro canto, a la vieja usanza, pues estamos todos juntos una vez más —dijo Jo, sintiendo que un buen grito sería una válvula de escape segura y placentera para las emociones jubilosas de su alma.
No estaban todos. Pero nadie encontró las palabras desconsideradas o falsas; pues Beth todavía parecía estar entre ellos, una presencia pacífica, invisible, pero más querida que nunca, ya que la muerte no podía romper la liga doméstica que el amor hizo indisoluble. La pequeña silla estaba en su lugar de siempre; la cesta de labores, con el trozo de trabajo que dejó sin terminar cuando la aguja se volvió "tan pesada", seguía en su estante habitual; el amado instrumento, rara vez tocado ahora, no se había movido; y sobre él, el rostro de Beth, sereno y sonriente, como en los primeros días, los miraba desde arriba, pareciendo decir: "Sed felices. Estoy aquí".
—Toca algo, Amy. Deja que oigan cuánto has mejorado —dijo Laurie, con un orgullo perdonable en su prometedora alumna.
Pero Amy susurró, con los ojos llenos, mientras hacía girar el taburete descolorido:
—Esta noche no, querido. No puedo presumir esta noche.
Pero sí mostró algo mejor que brillantez o destreza; pues cantó las canciones de Beth con una música tierna en su voz que el mejor maestro no habría podido enseñar, y tocó los corazones de los oyentes con un poder más dulce que cualquier otra inspiración que hubiera podido darle. La habitación quedó muy silenciosa cuando la voz clara falló repentinamente en la última línea del himno favorito de Beth. Era difícil decir:
—"La tierra no tiene penas que el cielo no pueda curar";
y Amy se apoyó en su marido, que estaba detrás de ella, sintiendo que su bienvenida a casa no era del todo perfecta sin el beso de Beth.
—Ahora, debemos terminar con la canción de Mignon; pues el señor Bhaer canta eso —dijo Jo, antes de que la pausa se volviera dolorosa. Y el señor Bhaer se aclaró la garganta con un satisfecho "¡Ejem!" mientras caminaba hacia el rincón donde estaba Jo, diciendo:
—¿Cantarás conmigo? Vamos excelentemente bien juntos.
Una ficción agradable, por cierto; pues Jo no tenía más idea de música que un saltamontes. Pero habría aceptado si él hubiera propuesto cantar una ópera entera, y canturreó felizmente, ajena al ritmo y a la melodía. No importaba mucho; pues el señor Bhaer cantaba como un verdadero alemán, de corazón y bien; y Jo pronto se sumió en un zumbido tenue para poder escuchar la voz melodiosa que parecía cantar solo para ella.
"¿Conoces la tierra donde florece el limonero?",
solía ser la línea favorita del profesor, pues "das land" significaba Alemania para él; pero ahora parecía detenerse, con una calidez y melodía especiales, en las palabras:
—"¡Allí, oh allí, podría yo contigo, oh mi amado, ir!"
y una oyente quedó tan emocionada por la tierna invitación que anheló decir que sí conocía la tierra y que partiría alegremente hacia allí cuando él quisiera.
La canción fue considerada un gran éxito y el cantante se retiró cubierto de laureles. Pero pocos minutos después, olvidó sus modales por completo y se quedó mirando a Amy mientras se ponía el sombrero; pues la habían presentado simplemente como "mi hermana" y nadie la había llamado por su nuevo nombre desde que llegó. Olvidó aún más sus modales cuando Laurie dijo, de la manera más amable, al despedirse:
—Mi esposa y yo estamos muy contentos de conocerle, señor. Por favor, recuerde que siempre hay una bienvenida esperándole al otro lado.
Entonces el profesor le dio las gracias tan sinceramente, y se vio tan repentinamente iluminado por la satisfacción, que Laurie pensó que era el viejo más deliciosamente demostrativo que jamás hubiera conocido.
—Yo también me iré; pero volveré gustoso, si me dan permiso, querida madame, pues unos asuntos en la ciudad me mantendrán aquí algunos días.
Le habló a la señora March, pero miró a Jo; y la voz de la madre dio un asentimiento tan cordial como lo hicieron los ojos de la hija; pues la señora March no era tan ciega a los intereses de sus hijos como suponía la señora Moffat.
—Sospecho que es un hombre sabio —comentó el señor March, con plácida satisfacción, desde la alfombra de la chimenea, después de que el último invitado se hubiera ido.
—Sé que es un buen hombre —añadió la señora March, con decidida aprobación, mientras daba cuerda al reloj.
—Pensé que te gustaría —fue todo lo que dijo Jo, mientras se escabullía hacia su cama.
Se preguntó cuáles serían los asuntos que traían al señor Bhaer a la ciudad, y finalmente decidió que lo habían nombrado para algún gran honor en algún lugar, pero que había sido demasiado modesto para mencionar el hecho. Si hubiera visto su rostro cuando, a salvo en su propia habitación, miró la fotografía de una joven severa y rígida, con mucho cabello, que parecía mirar oscuramente hacia el futuro, podría haber arrojado algo de luz sobre el asunto, especialmente cuando apagó la luz de gas y besó la fotografía en la oscuridad.
XLIV.
MI SEÑOR Y MI SEÑORA.
—Por favor, señora madre, ¿podría prestarme a mi esposa por media hora? Ha llegado el equipaje y he estado revolviendo los adornos parisinos de Amy, intentando encontrar algunas cosas que necesito —dijo Laurie, al entrar al día siguiente y encontrar a la señora Laurence sentada en el regazo de su madre, como si volviera a ser "la pequeña".
—Ciertamente. Ve, querida; olvido que tienes otro hogar que no sea este —y la señora March presionó la mano blanca que lucía el anillo de bodas, como si pidiera perdón por su codicia maternal.
—No habría venido si hubiera podido evitarlo; pero no puedo seguir sin mi mujercita, igual que una...
—Veleta sin viento —sugirió Jo, mientras él se detenía en busca de un símil; Jo había vuelto a ser su atrevido yo de siempre desde que Teddy regresó a casa.
—Exactamente; pues Amy me mantiene apuntando al oeste casi todo el tiempo, con solo algún que otro giro ocasional hacia el sur, y no he tenido un episodio del este desde que me casé; no sé nada del norte, pero me siento del todo saludable y apacible, ¿eh, mi señora?
—Clima encantador hasta ahora; no sé cuánto durará, pero no temo a las tormentas, pues estoy aprendiendo a navegar mi barco. Ven a casa, querido, y encontraré tu calzador; supongo que es eso lo que estás buscando entre mis cosas. Los hombres son tan indefensos, madre —dijo Amy, con un aire maternal que deleitó a su marido.
—¿Qué vais a hacer cuando os instaléis? —preguntó Jo, abotonando la capa de Amy como solía abotonar sus delantales.
—Tenemos nuestros planes; no pretendemos decir mucho sobre ellos todavía, porque somos escobas muy nuevas, pero no tenemos intención de estar ociosos. Voy a dedicarme a los negocios con una devoción que deleitará al abuelo y le demostrará que no estoy echado a perder. Necesito algo así para mantenerme firme. Estoy cansado de holgazanear y quiero trabajar como un hombre.
—Y Amy, ¿qué va a hacer ella? —preguntó la señora March, muy complacida con la decisión de Laurie y la energía con la que habló.
—Después de cumplir con las cortesías y airear nuestro mejor sombrero, os asombraremos con las elegantes hospitalidades de nuestra mansión, la brillante sociedad que atraeremos a nuestro alrededor y la influencia beneficiosa que ejerceremos sobre el mundo en general. Eso es todo, ¿verdad, Madame Récamier? —preguntó Laurie, con una mirada burlona a Amy.
—El tiempo lo dirá. Vámonos, Impertinencia, y no escandalices a mi familia llamándome por apodos delante de ellos —respondió Amy, resolviendo que habría un hogar con una buena esposa en él antes de establecer un salón como reina de la sociedad.
—¡Qué felices parecen esos niños juntos! —observó el señor March, al que le resultaba difícil concentrarse en su Aristóteles después de que la joven pareja se hubiera marchado.
—Sí, y creo que durará —añadió la señora March, con la expresión tranquila de un piloto que ha llevado un barco sano y salvo a puerto.
—Sé que durará. ¡Feliz Amy! —y Jo suspiró, luego sonrió alegremente cuando el profesor Bhaer abrió la verja con un empujón impaciente.
Más tarde, por la noche, cuando su mente quedó tranquila respecto al calzador, Laurie le dijo de repente a su esposa, que revoloteaba arreglando sus nuevos tesoros artísticos:
—Señora Laurence.
—¡Mi señor!
—¡Ese hombre tiene la intención de casarse con nuestra Jo!
—Espero que sí; ¿no te parece, querido?
—Bueno, mi amor, lo considero un as, en el sentido más pleno de esa expresiva palabra, pero sí desearía que fuera un poco más joven y bastante más rico.
—Ahora, Laurie, no seas demasiado exigente ni mundano. Si se aman, no importa un ápice qué edad tengan ni cuán pobres sean. Las mujeres nunca deberían casarse por dinero... —Amy se interrumpió al escapar las palabras y miró a su marido, quien respondió con maliciosa gravedad:
—Ciertamente no, aunque escuches a chicas encantadoras decir que a veces pretenden hacerlo. Si la memoria no me falla, una vez pensaste que era tu deber hacer un matrimonio rico; eso explica, quizás, por qué te casaste con un bueno para nada como yo.
—¡Oh, mi queridísimo chico, no, no digas eso! Olvidé que eras rico cuando dije "sí". Me habría casado contigo aunque no tuvieras ni un centavo, y a veces desearía que fueras pobre para poder demostrarte cuánto te amo —y Amy, que era muy digna en público y muy cariñosa en privado, dio pruebas convincentes de la verdad de sus palabras.
—No crees realmente que soy una criatura tan mercenaria como intenté ser una vez, ¿verdad? Me rompería el corazón que no creyeras que remaría gustosa en el mismo bote que tú, incluso si tuvieras que ganarte la vida remando en el lago.
—¿Soy un idiota y un bruto? ¿Cómo podría pensar eso, cuando rechazaste a un hombre más rico por mí y no me dejas darte la mitad de lo que quiero ahora, cuando tengo el derecho? Las chicas lo hacen todos los días, pobres, y se les enseña a pensar que es su única salvación; pero tú tuviste mejores lecciones y, aunque temblé por ti en un tiempo, no me sentí decepcionado, pues la hija fue fiel a las enseñanzas de la madre. Se lo dije a mamá ayer, y se veía tan alegre y agradecida como si le hubiera dado un cheque por un millón para gastar en caridad. No estás escuchando mis observaciones morales, señora Laurence —y Laurie se detuvo, pues los ojos de Amy tenían una mirada ausente, aunque fija en su rostro.
—Sí, lo estoy haciendo, y admirando el hoyuelo de tu barbilla al mismo tiempo. No deseo hacerte vanidoso, pero debo confesar que estoy más orgullosa de mi apuesto marido que de todo su dinero. No te rías, pero tu nariz es un consuelo para mí —y Amy acarició suavemente el rasgo bien definido con satisfacción artística.
Laurie había recibido muchos cumplidos en su vida, pero nunca uno que le sentara mejor, como demostró claramente, aunque se rió del gusto peculiar de su esposa, mientras ella decía lentamente:
—¿Puedo hacerte una pregunta, querido?
—Por supuesto que puedes.
—¿Te importará si Jo se casa con el señor Bhaer?
—Oh, ese es el problema, ¿verdad? Pensé que había algo en el hoyuelo que no te sentaba bien. No siendo un perro del hortelano, sino el tipo más feliz del mundo, te aseguro que puedo bailar en la boda de Jo con un corazón tan ligero como mis talones. ¿Lo dudas, cariño?
Amy lo miró y quedó satisfecha; su último pequeño miedo celoso se desvaneció para siempre, y le dio las gracias con un rostro lleno de amor y confianza.
—Desearía que pudiéramos hacer algo por ese excelente viejo profesor. ¿No podríamos inventar un pariente rico que muera obligatoriamente allí en Alemania y le deje una bonita fortuna? —dijo Laurie, cuando empezaron a pasear de arriba abajo por el largo salón, brazo con brazo, como solían hacer, en memoria del jardín del castillo.
—Jo nos descubriría y lo estropearía todo; ella está muy orgullosa de él tal como es, y dijo ayer que pensaba que la pobreza era algo hermoso.
—¡Bendita sea su querida alma! No pensará eso cuando tenga un marido literato y una docena de pequeños profesores y profesoras que mantener. No interferiremos ahora, pero vigilaremos nuestra oportunidad y les haremos un favor a pesar de ellos mismos. Le debo a Jo parte de mi educación, y ella cree en que la gente debe pagar sus deudas honestas, así que la convenceré de esa manera.
—Qué encantador es poder ayudar a los demás, ¿verdad? Ese fue siempre uno de mis sueños, tener el poder de dar libremente; y gracias a ti, el sueño se ha hecho realidad.
—¡Ah! haremos montones de bien, ¿no? Hay un tipo de pobreza que me gusta ayudar especialmente. Los mendigos de pura cepa reciben cuidados, pero los hidalgos pobres lo pasan mal, porque no piden y la gente no se atreve a ofrecer caridad; sin embargo, hay mil maneras de ayudarles, si uno solo sabe cómo hacerlo con tanta delicadeza que no ofenda. Debo decir que me gusta servir a un caballero arruinado antes que a un mendigo adulador; supongo que está mal, pero me gusta, aunque es más difícil.
—Porque se necesita ser un caballero para hacerlo —añadió el otro miembro de la sociedad de admiración doméstica.
—Gracias, me temo que no merezco ese bonito cumplido. Pero iba a decir que, mientras holgazaneaba por el extranjero, vi a muchos jóvenes talentosos haciendo todo tipo de sacrificios y soportando verdaderas privaciones para poder hacer realidad sus sueños. Gente espléndida, algunos de ellos, trabajando como héroes, pobres y sin amigos, pero tan llenos de coraje, paciencia y ambición, que me avergoncé de mí mismo y anhelé darles un buen empujón. Esas son las personas a las que es una satisfacción ayudar, pues si tienen genio, es un honor que se permita servirles, y no dejar que se pierda o retrase por falta de combustible para mantener la olla hirviendo; si no lo tienen, es un placer consolar a las pobres almas y evitar que caigan en la desesperación cuando lo descubren.
—Sí, ciertamente; y hay otra clase que no puede pedir y que sufre en silencio. Sé algo de ello, pues pertenecía a esa clase antes de que me convirtieras en una princesa, como el rey hace con la doncella mendiga en la vieja historia. Las chicas ambiciosas lo pasan mal, Laurie, y a menudo tienen que ver pasar la juventud, la salud y las oportunidades preciosas, solo por falta de un poco de ayuda en el momento adecuado. La gente ha sido muy amable conmigo; y siempre que veo a chicas luchando, como hacíamos nosotros, quiero extender mi mano y ayudarlas, como fui ayudada.
—¡Y así lo harás, como el ángel que eres! —exclamó Laurie, resuelto, con un ardor de celo filantrópico, a fundar y dotar una institución para el beneficio expreso de jóvenes mujeres con inclinaciones artísticas—. La gente rica no tiene derecho a sentarse a disfrutar, o a dejar que su dinero se acumule para que otros lo malgasten. No es ni la mitad de sensato dejar legados al morir que usar el dinero sabiamente mientras se está vivo, y disfrutar haciendo felices a nuestros semejantes con él. Nosotros pasaremos un buen rato y daremos un toque extra de placer a nuestra propia dicha ofreciendo a otros una generosa muestra. ¿Serás una pequeña Dorcas, que va por ahí vaciando una gran cesta de consuelos y llenándola con buenas acciones?
—Con todo mi corazón, si tú eres un valiente San Martín, deteniéndote, mientras cabalgas galantemente por el mundo, para compartir tu capa con el mendigo.
—¡Es un trato, y saldremos ganando!
Así, la joven pareja se estrechó la mano y luego continuó su paseo felizmente, sintiendo que su agradable hogar era más hogareño porque esperaban alegrar otros hogares, creyendo que sus propios pies caminarían con más rectitud por el sendero florido que tenían ante sí si allanaban los caminos escabrosos para otros pies, y sintiendo que sus corazones estaban más estrechamente unidos por un amor que podía recordar tiernamente a aquellos menos bendecidos que ellos.
XLV.
DAISY Y DEMI.
No puedo sentir que he cumplido con mi deber como humilde historiadora de la familia March sin dedicar al menos un capítulo a los dos miembros más preciosos e importantes de la misma. Daisy y Demi habían llegado ya a la edad de la discreción; pues en esta época acelerada, los bebés de tres o cuatro años hacen valer sus derechos, y los consiguen, lo cual es más de lo que logran muchos de sus mayores. Si alguna vez hubo un par de gemelos en peligro de ser completamente malcriados por la adoración, eran estos parlanchines Brooke. Por supuesto, eran los niños más notables que jamás hubieran nacido, como se verá cuando mencione que caminaron a los ocho meses, hablaron con fluidez a los doce meses y, a los dos años, ocupaban sus lugares en la mesa y se comportaban con una propiedad que encantaba a todos los observadores. A los tres años, Daisy pidió una «aguja» y realmente hizo una bolsa con cuatro puntadas; asimismo, estableció su hogar en el aparador y manejó una estufa de juguete microscópica con una habilidad que provocó lágrimas de orgullo en los ojos de Hannah, mientras que Demi aprendió las letras con su abuelo, quien inventó un nuevo modo de enseñar el alfabeto formando las letras con sus brazos y piernas, uniendo así la gimnasia para la cabeza y los talones. El niño desarrolló pronto un genio mecánico que deleitaba a su padre y distraía a su madre, pues intentaba imitar cada máquina que veía y mantenía la guardería en un estado caótico con su «máquina de coser» —una estructura misteriosa de cuerda, sillas, pinzas de ropa y carretes para que las ruedas fueran «vuelta y vuelta»—; también una cesta colgada del respaldo de una silla grande, en la que intentaba inútilmente izar a su hermana, demasiado confiada, quien, con devoción femenina, permitía que su cabecita recibiera golpes hasta que era rescatada, momento en el cual el joven inventor comentaba indignado: «¿Por qué, mamá? Es mi montacargas, y estoy tratando de subirla».
Aunque totalmente diferentes en carácter, los gemelos se llevaban notablemente bien y rara vez se peleaban más de tres veces al día. Por supuesto, Demi tiranizaba a Daisy y la defendía valientemente de cualquier otro agresor; mientras que Daisy se convertía en una esclava de galera y adoraba a su hermano como el único ser perfecto en el mundo. Un alma pequeña, sonrosada, regordeta y alegre era Daisy, que encontraba el camino al corazón de todos y se acurrucaba allí. Una de esas niñas cautivadoras que parecen hechas para ser besadas y mimadas, adornadas y adoradas como pequeñas diosas, y presentadas para la aprobación general en todas las ocasiones festivas. Sus pequeñas virtudes eran tan dulces que habría sido completamente angelical si unas cuantas pequeñas travesuras no la hubieran mantenido deliciosamente humana. Todo era buen tiempo en su mundo, y cada mañana trepaba hasta la ventana en su camisón para mirar afuera y decir, sin importar si llovía o brillaba el sol: «¡Oh, qué día tan bonito, oh, qué día tan bonito!». Todos eran amigos, y ofrecía besos a los extraños con tanta confianza que el soltero más empedernido cedía, y los amantes de los bebés se convertían en fieles adoradores.
«Yo quiero a todo el mundo», dijo una vez, abriendo los brazos, con su cuchara en una mano y su taza en la otra, como si estuviera ansiosa por abrazar y alimentar al mundo entero.
A medida que crecía, su madre comenzó a sentir que el Palomar sería bendecido por la presencia de una habitante tan serena y amorosa como la que había ayudado a hacer del viejo hogar una casa, y a rezar para que se le ahorrara una pérdida como aquella que recientemente les había enseñado cuánto tiempo habían albergado a un ángel sin saberlo. Su abuelo a menudo la llamaba «Beth», y su abuela la vigilaba con devoción incansable, como si intentara expiar algún error pasado que ningún ojo más que el suyo podía ver.
Demi, como un verdadero yanqui, era de carácter inquisitivo, queriendo saberlo todo, y a menudo se perturbaba mucho porque no podía obtener respuestas satisfactorias a su perpetuo «¿Para qué?».
También poseía una inclinación filosófica, para gran deleite de su abuelo, que solía mantener conversaciones socráticas con él, en las cuales el precoz alumno ocasionalmente ponía en aprietos a su maestro, para satisfacción indisimulada de las mujeres de la casa.
—¿Qué hace que mis piernas se muevan, abuelo? —preguntó el joven filósofo, observando esas partes activas de su anatomía con aire meditativo, mientras descansaba después de un juego antes de ir a dormir, una noche.
—Es tu pequeña mente, Demi —respondió el sabio, acariciando la cabeza rubia con respeto.
—¿Qué es una pequeña mente?
—Es algo que hace que tu cuerpo se mueva, como el resorte hacía que las ruedas se movieran en mi reloj cuando te lo mostré.
—Ábreme; quiero ver cómo da vueltas.
—No puedo hacer eso, al igual que tú no podrías abrir el reloj. Dios te da cuerda, y tú sigues hasta que Él te detiene.
—¿Me la da? —y los ojos castaños de Demi se volvieron grandes y brillantes mientras asimilaba el nuevo pensamiento—. ¿Tengo cuerda como el reloj?
—Sí; pero no puedo mostrarte cómo; porque se hace cuando no vemos.
Demi se palpó la espalda, como si esperara encontrarla como la del reloj, y luego comentó con gravedad:
—Supongo que Dios lo hace cuando estoy dormido.
Siguió una cuidadosa explicación, a la que escuchó tan atentamente que su ansiosa abuela dijo:
—Querido, ¿crees que es sabio hablar de tales cosas a ese bebé? Le están saliendo grandes bultos sobre los ojos y aprendiendo a hacer las preguntas más irrespondibles.
—Si tiene edad suficiente para hacer las preguntas, tiene edad suficiente para recibir respuestas verdaderas. No estoy poniendo los pensamientos en su cabeza, sino ayudándole a desplegar los que ya están allí. Estos niños son más sabios que nosotros, y no tengo duda de que el niño entiende cada palabra que le he dicho. Ahora, Demi, dime, ¿dónde guardas tu mente?
Si el niño hubiera respondido como Alcibíades: «Por los dioses, Sócrates, no sabría decirlo», su abuelo no se habría sorprendido; pero cuando, después de pararse un momento sobre una pierna, como una joven cigüeña meditativa, respondió con tono de tranquila convicción: «En mi barriguita», el anciano solo pudo unirse a la risa de la abuela y despedir la clase de metafísica.
Podría haber habido motivos para la ansiedad materna si Demi no hubiera dado pruebas convincentes de que era un verdadero niño, además de un filósofo en ciernes; pues, a menudo, después de una discusión que provocaba que Hannah profetizara, con asentimientos ominosos: «Ese niño no durará mucho en este mundo», se daba la vuelta y calmaba sus temores con alguna de esas travesuras con las que los queridos, sucios y traviesos pequeños granujas distraen y deleitan las almas de sus padres.
Meg establecía muchas reglas morales e intentaba cumplirlas; pero ¿qué madre fue alguna vez inmune a las artimañas ganadoras, las ingeniosas evasiones o la tranquila audacia de los hombres y mujeres en miniatura que tan pronto se muestran como expertos pícaros consumados?
—No más pasas, Demi, te pondrán enfermo —dice mamá a la personita que ofrece sus servicios en la cocina con infalible regularidad el día del pudín de ciruelas.
—Me gusta estar enfermo.
—Yo no quiero que lo estés, así que vete y ayuda a Daisy a hacer pastelitos.
Él se marcha de mala gana, pero sus agravios pesan sobre su espíritu; y, más tarde, cuando surge la oportunidad de repararlos, supera a mamá con un astuto trato.
—Ahora habéis sido buenos niños, y jugaré a lo que queráis —dice Meg, mientras lleva a sus ayudantes de cocina escaleras arriba, cuando el pudín rebota a salvo en la olla.
—¿De verdad, mamá? —pregunta Demi, con una idea brillante en su cabeza bien empolvada.
—Sí, de verdad; a lo que digáis —responde la miope progenitora, preparándose para cantar «Los tres gatitos» media docena de veces, o para llevar a su familia a «Comprar un bollo de un penique», sin importar el viento o las extremidades. Pero Demi la acorrala con la respuesta tranquila:
—Entonces iremos a comernos todas las pasas.
La tía Dodo era la principal compañera de juegos y confidente de ambos niños, y el trío ponía la casita patas arriba. La tía Amy era hasta entonces solo un nombre para ellos, la tía Beth pronto se desvaneció en un recuerdo agradablemente vago, pero la tía Dodo era una realidad viviente, y aprovechaban al máximo su presencia, cumplido por el cual ella estaba profundamente agradecida. Pero cuando el Sr. Bhaer llegó, Jo descuidó a sus compañeros de juego, y la consternación y la desolación cayeron sobre sus pequeñas almas. Daisy, a quien le gustaba ir vendiendo besos, perdió a su mejor cliente y quedó en bancarrota; Demi, con penetración infantil, pronto descubrió que a Dodo le gustaba jugar con «el hombre oso» más que con él; pero, aunque herido, ocultó su angustia, pues no tenía corazón para insultar a un rival que guardaba una mina de gotas de chocolate en el bolsillo de su chaleco, y un reloj que podía sacarse de su caja y ser agitado libremente por sus fervientes admiradores.
Algunas personas podrían haber considerado estas agradables libertades como sobornos; pero Demi no lo veía bajo esa luz, y continuó patrocinando al «hombre oso» con pensativa afabilidad, mientras Daisy le otorgaba sus pequeños afectos a la tercera visita, y consideraba su hombro su trono, su brazo su refugio y sus regalos tesoros de valor insuperable.
Los caballeros son a veces presas de repentinos ataques de admiración por los jóvenes parientes de las damas a quienes honran con su estima; pero esta filoprogenitura artificial les sienta incómoda y no engaña a nadie en absoluto. La devoción del Sr. Bhaer era sincera, aunque también efectiva, pues la honestidad es la mejor política en el amor como en la ley; era uno de esos hombres que se sienten como en casa con los niños, y se veía particularmente bien cuando los rostros pequeños creaban un contraste agradable con el suyo, varonil. Sus asuntos, cualesquiera que fueran, lo retenían día tras día, pero rara vez la velada dejaba de traerlo a ver... bueno, siempre preguntaba por el Sr. March, así que supongo que él era la atracción. El excelente papá vivía bajo la ilusión de que lo era, y se deleitaba en largas discusiones con el espíritu afín, hasta que un comentario casual de su nieto, más observador, lo iluminó repentinamente.
El Sr. Bhaer entró una tarde para detenerse en el umbral del estudio, asombrado por el espectáculo que se presentó ante sus ojos. Tendido en el suelo yacía el Sr. March, con sus respetables piernas en el aire, y a su lado, también tendido, estaba Demi, intentando imitar la postura con sus propias piernas cortas, vestidas de rojo, ambos arrastrados por la tierra tan seriamente absortos que no se dieron cuenta de los espectadores hasta que el Sr. Bhaer soltó su sonora carcajada y Jo gritó, con el rostro escandalizado:
—¡Padre, padre, aquí está el Profesor!
Bajaron las piernas negras y subió la cabeza gris, mientras el preceptor decía, con imperturbable dignidad:
—Buenas tardes, Sr. Bhaer. Disculpe por un momento; estamos terminando nuestra lección. Ahora, Demi, haz la letra y di su nombre.
—¡Yo lo sé! —y, tras unos pocos esfuerzos convulsivos, las piernas rojas tomaron la forma de un par de compases, y el inteligente alumno gritó triunfante: —¡Es una U, abuelo, es una U!
—Es un Weller nato —rio Jo, mientras su progenitor se incorporaba y su sobrino intentaba pararse sobre su cabeza como la única forma de expresar su satisfacción de que la escuela había terminado.
—¿Qué has hecho hoy, pequeño? —preguntó el Sr. Bhaer, levantando al gimnasta.
—Fui a ver a la pequeña Mary.
—¿Y qué hiciste allí?
—La besé —comenzó Demi, con cándida franqueza.
—¡Prut! Empiezas temprano. ¿Qué dijo la pequeña Mary a eso? —preguntó el Sr. Bhaer, continuando la confesión del joven pecador, que estaba de pie sobre su rodilla, explorando el bolsillo del chaleco.
—Oh, le gustó, y me besó, y me gustó. ¿No les gustan a los niños pequeños las niñas pequeñas? —añadió Demi, con la boca llena y un aire de blanda satisfacción.
—¡Pequeño polluelo precoz! ¿Quién te metió eso en la cabeza? —dijo Jo, disfrutando de las inocentes revelaciones tanto como el Profesor.
—No está en mi cabeza; está en mi boca —respondió el literal Demi, sacando la lengua con una gota de chocolate sobre ella, pensando que ella se refería a la confitería, no a las ideas.
—Deberías guardar algo para la pequeña amiga: dulces para la dulce, hombrecito —y el Sr. Bhaer le ofreció algunos a Jo, con una mirada que la hizo preguntarse si el chocolate no era el néctar que bebían los dioses. Demi también vio la sonrisa, quedó impresionado por ella y preguntó con ingenuidad:
—¿A los chicos grandes les gustan las chicas grandes también, profesor?
Como el joven Washington, el Sr. Bhaer «no podía mentir»; así que dio la respuesta algo vaga de que creía que a veces sí, en un tono que hizo que el Sr. March dejara su cepillo de ropa, mirara el rostro retirado de Jo y luego se hundiera en su silla, luciendo como si el «polluelo precoz» le hubiera metido una idea en la cabeza que era tanto dulce como amarga.
Por qué Dodo, cuando lo atrapó en el armario de la porcelana media hora después, casi le saca el aliento de su pequeño cuerpo con un tierno abrazo, en lugar de sacudirlo por estar allí, y por qué siguió esta novedosa actuación con el regalo inesperado de una gran rebanada de pan con jalea, siguió siendo uno de los problemas sobre los que Demi devanaba su pequeño ingenio, viéndose obligado a dejarlo sin resolver para siempre.
XLVI.
BAJO EL PARAGUAS.
Mientras Laurie y Amy daban paseos conyugales sobre alfombras de terciopelo, mientras ponían su casa en orden y planeaban un futuro dichoso, el Sr. Bhaer y Jo disfrutaban de paseos de otro tipo, a lo largo de caminos embarrados y campos empapados.
—Siempre doy un paseo al atardecer, y no sé por qué debería dejarlo, solo porque a menudo me encuentro con el Profesor en su camino de salida —se dijo Jo a sí misma, después de dos o tres encuentros; pues, aunque había dos caminos hacia casa de Meg, tomara el que tomara, estaba segura de encontrarlo, ya fuera yendo o regresando. Siempre caminaba rápido y nunca parecía verla hasta estar muy cerca, momento en el cual miraba como si sus ojos miopes no hubieran logrado reconocer a la dama que se acercaba hasta ese instante. Entonces, si ella iba hacia casa de Meg, él siempre tenía algo para los bebés; si ella se dirigía hacia casa, él simplemente había bajado a ver el río y estaba a punto de regresar, a menos que ellos estuvieran cansados de sus frecuentes visitas.
Dadas las circunstancias, ¿qué podía hacer Jo sino saludarlo civilmente e invitarlo a pasar? Si estaba cansada de sus visitas, ocultaba su cansancio con perfecta habilidad y se aseguraba de que hubiera café para la cena, «ya que Friedrich —quiero decir el Sr. Bhaer— no gusta del té».
Para la segunda semana, todos sabían perfectamente lo que estaba ocurriendo, y aun así, todos intentaban parecer ciegos ante los cambios en el rostro de Jo. Nunca preguntaban por qué cantaba mientras trabajaba, se peinaba tres veces al día y se ponía tan radiante con su ejercicio vespertino; y nadie parecía tener la más mínima sospecha de que el Profesor Bhaer, mientras hablaba de filosofía con el padre, le estaba dando lecciones de amor a la hija.
Jo ni siquiera podía perder el corazón de manera decorosa, sino que intentaba con firmeza sofocar sus sentimientos; y, al no lograrlo, llevaba una vida algo agitada. Tenía un miedo mortal a que se burlaran de ella por rendirse, después de sus muchas y vehementes declaraciones de independencia. Laurie era su temor especial; pero, gracias al nuevo gerente, se comportó con una propiedad digna de elogio, nunca llamó al Sr. Bhaer «un excelente viejo» en público, nunca aludió, de la manera más remota, a la apariencia mejorada de Jo, ni expresó la menor sorpresa al ver el sombrero del Profesor en la mesa del recibidor de los March casi todas las noches. Pero se regocijaba en privado y anhelaba que llegara el momento en que pudiera darle a Jo una pieza de plata, con un oso y un bastón nudoso en ella como un escudo de armas apropiado.
Durante quince días, el Profesor fue y vino con una regularidad propia de un amante; luego se ausentó durante tres días enteros y no dio señales de vida, un proceder que hizo que todos se vieran serios, y que Jo se volviera pensativa al principio, y luego —¡ay del romance!— muy malhumorada.
—Disgustado, me atrevería a decir, y se ha ido a casa tan repentinamente como vino. No es nada para mí, por supuesto; pero pensaría que habría venido a despedirse, como un caballero —se dijo a sí misma, con una mirada de desesperación hacia la verja, mientras se ponía sus cosas para el paseo habitual, una tarde gris.
—Será mejor que lleves el paraguas pequeño, querida; parece que va a llover —dijo su madre, observando que llevaba su sombrero nuevo, pero sin aludir al hecho.
—Sí, mamita; ¿quieres algo en el pueblo? Tengo que ir a buscar algo de papel —respondió Jo, tirando del lazo bajo su barbilla frente al espejo como excusa para no mirar a su madre.
—Sí; quiero un poco de silesia, un paquete de agujas del número nueve y dos yardas de cinta estrecha color lavanda. ¿Llevas puestas tus botas gruesas y algo caliente debajo de tu capa?
—Creo que sí —respondió Jo distraídamente.
—Si te encuentras con el Sr. Bhaer, tráelo a casa a tomar el té. Realmente anhelo ver al querido hombre —añadió la Sra. March.
Jo escuchó eso, pero no respondió, excepto para besar a su madre y caminar rápidamente, pensando con un resplandor de gratitud, a pesar de su dolor de corazón:
—¡Qué buena es conmigo! ¿Qué hacen las chicas que no tienen madres que las ayuden en sus problemas?
Las tiendas de telas no estaban cerca de las oficinas contables, los bancos y los almacenes al por mayor, donde los caballeros más se congregan; pero Jo se encontró en esa parte de la ciudad antes de hacer un solo recado, merodeando como si esperara a alguien, examinando instrumentos de ingeniería en un escaparate y muestras de lana en otro con un interés poco femenino; tropezando con barriles, siendo medio asfixiada por fardos que descendían y siendo empujada sin ceremonias por hombres ocupados que parecían preguntarse «cómo demonios llegó ella allí». Una gota de lluvia en su mejilla recordó sus pensamientos de las esperanzas frustradas a las cintas arruinadas; pues las gotas continuaron cayendo y, siendo mujer además de amante, sintió que, aunque era demasiado tarde para salvar su corazón, podría salvar su sombrero. Ahora recordó el pequeño paraguas, que había olvidado llevar en su prisa por marcharse; pero el pesar era inútil, y no se podía hacer nada más que pedir uno prestado o someterse a un empapamiento. Miró hacia el cielo amenazante, hacia el lazo carmesí ya salpicado de negro, hacia adelante a lo largo de la calle embarrada, luego una larga y persistente mirada hacia atrás, a cierto almacén mugriento, con «Hoffmann, Swartz, & Co.» sobre la puerta, y se dijo a sí misma, con un aire severamente reprobatorio:
—¡Me está bien empleado! ¿Qué negocios tenía yo con ponerme todas mis mejores cosas y venir a merodear por aquí, esperando ver al Profesor? Jo, ¡me avergüenzo de ti! No, no irás allí a pedir prestado un paraguas, ni a averiguar dónde está, preguntando a sus amigos. Te irás arrastrando los pies y harás tus recados bajo la lluvia; y si pillas una pulmonía y arruinas tu sombrero, no es más de lo que mereces. ¡Ahora, pues!
Con esto, cruzó la calle tan impetuosamente que escapó por poco de ser aniquilada por un camión que pasaba, y se precipitó en los brazos de un distinguido caballero de edad, quien dijo: —Le ruego me perdone, señora —y la miró mortalmente ofendido. Algo amedrentada, Jo se enderezó, extendió su pañuelo sobre las abnegadas cintas y, dejando atrás la tentación, se apresuró a seguir su camino, con una humedad creciente en los tobillos y un gran entrechocar de paraguas sobre su cabeza. El hecho de que un paraguas azul, algo deteriorado, permaneciera inmóvil sobre el desprotegido sombrero atrajo su atención; y, al levantar la vista, vio al señor Bhaer mirando hacia abajo.
—Siento conocer a la dama de espíritu fuerte que camina tan valientemente bajo muchas narices de caballo y tan rápido a través de tanto barro. ¿Qué hace usted aquí abajo, mi amiga?
—Estoy de compras.
El señor Bhaer sonrió mientras echaba una ojeada desde la fábrica de encurtidos a un lado, hasta la empresa mayorista de pieles y cueros al otro; pero solo dijo cortésmente:
—Usted no tiene paraguas. ¿Puedo ir también y llevarle los paquetes?
—Sí, gracias.
Las mejillas de Jo estaban tan rojas como su cinta, y se preguntaba qué pensaría él de ella; pero no le importaba, pues en un minuto se encontró caminando del brazo de su Profesor, sintiendo como si el sol hubiera irrumpido de repente con una brillantez poco común, como si el mundo estuviera bien de nuevo y una mujer completamente feliz estuviera chapoteando a través de la humedad aquel día.
—Creíamos que se había ido —dijo Jo apresuradamente, pues sabía que él la estaba mirando. Su sombrero no era lo suficientemente grande como para ocultar su rostro, y temía que él pudiera pensar que la alegría que este delataba no era propia de una doncella.
—¿Creía usted que me iría sin una despedida para aquellos que han sido tan divinamente amables conmigo? —preguntó él con tal reproche que ella sintió como si lo hubiera insultado con la sugerencia, y respondió cordialmente:
—No, no lo creía; sabía que estaba ocupado con sus propios asuntos, pero le echamos un poco de menos; especialmente mi padre y mi madre.
—¿Y usted?
—Siempre me alegra verle, señor.
En su ansiedad por mantener la voz bastante calmada, Jo la hizo sonar un tanto fría, y el pequeño monosílabo gélido al final pareció enfriar al Profesor, pues su sonrisa se desvaneció mientras decía gravemente:
—Se lo agradezco, y vendré una vez más antes de irme.
—¿Se marcha, entonces?
—Ya no tengo más asuntos aquí; están terminados.
—¿Con éxito, espero? —dijo Jo, pues la amargura de la decepción estaba en aquella breve respuesta suya.
—Debería pensarlo, pues se me ha abierto un camino mediante el cual puedo ganarme el pan y dar a mis Jünglings mucha ayuda.
—¡Cuéntemelo, por favor! Me gusta saber todo sobre los... los chicos —dijo Jo con entusiasmo.
—Eso es muy amable, se lo contaré con gusto. Mis amigos me han encontrado un puesto en una universidad, donde enseñaré como en casa, y ganaré lo suficiente para allanar el camino a Franz y Emil. Por esto debería estar agradecido, ¿no es así?
—De hecho, debería estarlo. ¡Qué espléndido será que haga lo que le gusta, y poder verle a menudo, y a los chicos! —exclamó Jo, aferrándose a los muchachos como excusa por la satisfacción que no podía evitar delatar.
—¡Ah! Pero no nos veremos a menudo, me temo; este lugar está en el Oeste.
—¡Tan lejos! —y Jo dejó que sus faldas corrieran su propia suerte, como si ya no importara qué fuera de su ropa o de ella misma.
El señor Bhaer podía leer varios idiomas, pero aún no había aprendido a leer a las mujeres. Se halagaba pensando que conocía a Jo bastante bien, y por lo tanto, quedó muy asombrado por las contradicciones de voz, rostro y modales que ella le mostró en rápida sucesión aquel día, pues estuvo en media docena de estados de ánimo diferentes en el transcurso de media hora. Cuando lo encontró, pareció sorprendida, aunque era imposible no sospechar que había ido con ese propósito expreso. Cuando él le ofreció el brazo, ella lo tomó con una mirada que lo llenó de deleite; pero cuando él le preguntó si lo había echado de menos, ella dio una respuesta tan fría y formal que la desesperación cayó sobre él. Al enterarse de su buena fortuna, ella casi aplaudió; ¿era la alegría solo por los chicos? Luego, al oír su destino, dijo: "¡Tan lejos!", en un tono de desesperación que lo elevó a un pináculo de esperanza; pero al minuto siguiente lo hizo caer de nuevo al observar, como alguien totalmente absorto en el asunto:
—Este es el lugar para mis recados; ¿querrá entrar? No llevará mucho tiempo.
Jo se enorgullecía bastante de sus capacidades para ir de compras, y deseaba particularmente impresionar a su acompañante con la pulcritud y rapidez con las que llevaría a cabo el negocio. Pero, debido a la agitación en la que se encontraba, todo salió mal; volcó la bandeja de agujas, olvidó que la silesia debía ser "asargada" hasta que ya estuvo cortada, dio mal el cambio y se cubrió de confusión al pedir cinta de lavanda en el mostrador de percal. El señor Bhaer permaneció a su lado, observando sus sonrojos y errores; y, mientras observaba, su propio desconcierto pareció disiparse, pues empezaba a ver que en algunas ocasiones las mujeres, al igual que los sueños, funcionan a la inversa.
Cuando salieron, él puso el paquete bajo su brazo con un aspecto más alegre, y chapoteó a través de los charcos como si, en conjunto, lo disfrutara bastante.
—¿No deberíamos hacer un poco de lo que llaman compras para los niños, y tener un festín de despedida esta noche si voy a hacer mi última visita a su tan agradable hogar? —preguntó, deteniéndose ante un escaparate lleno de frutas y flores.
—¿Qué compraremos? —dijo Jo, ignorando la última parte de su discurso y olfateando los aromas mezclados con una afectación de deleite mientras entraban.
—¿Pueden ellos comer naranjas e higos? —preguntó el señor Bhaer, con un aire paternal.
—Los comen cuando pueden conseguirlos.
—¿Le gustan las nueces?
—Como a una ardilla.
—Uvas de Hamburgo; sí, ¿seguramente brindaremos por la Patria con ellas?
Jo frunció el ceño ante ese derroche y preguntó por qué no compraba una canasta de dátiles, un barril de pasas y una bolsa de almendras, y terminaba con eso. Ante lo cual el señor Bhaer confiscó su monedero, produjo el suyo y terminó la compra adquiriendo varios kilos de uvas, una maceta de margaritas rosadas y un bonito tarro de miel, que debía considerarse a la luz de una damajuana. Luego, distorsionando sus bolsillos con los bultos nudosos, y dándole las flores para que las sostuviera, levantó el viejo paraguas y siguieron adelante.
—Señorita March, tengo un gran favor que pedirle —comenzó el Profesor, después de un húmedo paseo de media manzana.
—Sí, señor —y el corazón de Jo comenzó a latir tan fuerte que temió que él pudiera oírlo.
—Me atrevo a decirlo a pesar de la lluvia, porque me queda muy poco tiempo.
—Sí, señor —y Jo casi aplastó la pequeña maceta con el repentino apretón que le dio.
—Deseo conseguir un pequeño vestido para mi Tina, y soy demasiado torpe para ir solo. ¿Podría amablemente darme una palabra de gusto y ayuda?
—Sí, señor —y Jo se sintió tan tranquila y serena, de repente, como si hubiera entrado en un refrigerador.
—Quizás también un chal para la madre de Tina, ella es tan pobre y está enferma, y el marido es una gran preocupación. Sí, sí, un chal grueso y cálido sería una cosa amistosa para llevar a la madrecita.
—Lo haré con mucho gusto, señor Bhaer. Voy muy rápido y él se vuelve más querido cada minuto —añadió Jo para sí misma; luego, con una sacudida mental, se involucró en el asunto con una energía que era agradable de contemplar.
El señor Bhaer lo dejó todo en sus manos, así que ella eligió un bonito vestido para Tina, y luego pidió los chales. El dependiente, siendo un hombre casado, se dignó a interesarse por la pareja, que parecía estar comprando para su familia.
—Su señora quizás prefiera este; es un artículo superior, un color de lo más deseable, bastante casto y distinguido —dijo, sacudiendo un cómodo chal gris y lanzándolo sobre los hombros de Jo.
—¿Le parece bien, señor Bhaer? —preguntó ella, dándole la espalda y sintiéndose profundamente agradecida por la oportunidad de ocultar su rostro.
—Excelentemente bien; lo tomaremos —respondió el Profesor, sonriendo para sí mismo mientras pagaba por él, mientras Jo continuaba hurgando en los mostradores como una experta cazadora de gangas.
—¿Ahora deberíamos ir a casa? —preguntó él, como si las palabras fueran muy agradables para él.
—Sí; es tarde y estoy muy cansada. La voz de Jo era más patética de lo que ella sabía; pues ahora el sol parecía haberse ocultado tan repentinamente como había salido, el mundo se volvió fangoso y miserable de nuevo, y por primera vez descubrió que tenía los pies fríos, le dolía la cabeza y que su corazón estaba más frío que lo primero, más lleno de dolor que lo segundo. El señor Bhaer se iba; ella solo le importaba como amiga; todo fue un error, y cuanto antes terminara, mejor. Con esta idea en la cabeza, llamó a un ómnibus que se acercaba con un gesto tan apresurado que las margaritas volaron fuera de la maceta y quedaron gravemente dañadas.
—Este no es nuestro ómnibus —dijo el Profesor, alejando al vehículo cargado y deteniéndose para recoger las pobres flores pequeñas.
—Le pido perdón, no vi el nombre claramente. No importa, puedo caminar. Estoy acostumbrada a caminar penosamente en el barro —respondió Jo, parpadeando con fuerza, porque habría muerto antes que secarse los ojos abiertamente.
El señor Bhaer vio las gotas en sus mejillas, aunque ella giró la cabeza; la visión pareció conmoverlo mucho, pues, inclinándose de repente, preguntó en un tono que significaba mucho:
—Lo más querido de mi corazón, ¿por qué lloras?
Ahora bien, si Jo no hubiera sido nueva en este tipo de cosas, habría dicho que no estaba llorando, que tenía un resfriado o cualquier otra mentira femenina propia de la ocasión; en lugar de lo cual, esa criatura sin dignidad respondió, con un sollozo incontenible:
—Porque usted se va.
—¡Ach, mein Gott, eso es tan bueno! —exclamó el señor Bhaer, logrando juntar sus manos a pesar del paraguas y los paquetes—. Jo, no tengo nada más que mucho amor para darte; vine a ver si podías sentir algo por ello, y esperé para estar seguro de que yo era algo más que un amigo. ¿Lo soy? ¿Puedes hacer un pequeño lugar en tu corazón para el viejo Fritz? —añadió, todo de un tirón.
—¡Oh, sí! —dijo Jo; y él quedó completamente satisfecho, pues ella dobló ambas manos sobre su brazo y lo miró con una expresión que mostraba claramente lo feliz que sería de caminar por la vida a su lado, aunque no tuviera mejor refugio que el viejo paraguas, si él lo llevaba.
Ciertamente era una propuesta en condiciones difíciles, pues, incluso si lo hubiera deseado, el señor Bhaer no podía arrodillarse, debido al barro; tampoco podía ofrecerle su mano a Jo, excepto figurativamente, pues ambas estaban llenas; mucho menos podía permitirse demostraciones tiernas en la calle abierta, aunque estaba cerca de ella: así que la única forma en que podía expresar su éxtasis era mirándola, con una expresión que glorificaba su rostro hasta tal grado que realmente parecía haber pequeños arcoíris en las gotas que brillaban en su barba. Si no hubiera amado tanto a Jo, no creo que hubiera podido hacerlo entonces, pues ella se veía lejos de ser encantadora, con sus faldas en un estado deplorable, sus botas de goma salpicadas hasta el tobillo y su sombrero en ruinas. Afortunadamente, el señor Bhaer la consideraba la mujer más hermosa que vivía, y ella lo encontró más "jovial" que nunca, aunque el borde de su sombrero estaba completamente flácido con los pequeños arroyos que goteaban desde allí sobre sus hombros (pues él sostenía el paraguas sobre toda Jo), y cada dedo de sus guantes necesitaba reparación.
Los transeúntes probablemente pensaron que eran un par de lunáticos inofensivos, pues olvidaron por completo llamar a un autobús y pasearon tranquilamente, ajenos al oscurecimiento del crepúsculo y la niebla. Poco les importaba lo que alguien pensara, pues estaban disfrutando de la hora feliz que rara vez llega más de una vez en cualquier vida, el momento mágico que otorga juventud a los viejos, belleza a los feos, riqueza a los pobres, y da a los corazones humanos un anticipo del cielo. El Profesor parecía como si hubiera conquistado un reino, y el mundo no tuviera nada más que ofrecerle en cuanto a dicha; mientras Jo caminaba pesadamente a su lado, sintiendo como si su lugar siempre hubiera estado allí, y preguntándose cómo pudo haber elegido jamás cualquier otro destino. Por supuesto, ella fue la primera en hablar —inteligiblemente, quiero decir, pues los comentarios emocionales que siguieron a su impetuoso "¡Oh, sí!" no fueron de carácter coherente o reportable.
—Friedrich, ¿por qué no...?
—¡Ah, cielo, ella me da el nombre que nadie pronuncia desde que Minna murió! —exclamó el Profesor, deteniéndose en un charco para mirarla con deleite agradecido.
—Siempre le llamo así para mis adentros; lo olvidé; pero no lo haré, a menos que le guste.
—¿Que me guste? Es más dulce para mí de lo que puedo decir. Di "tú", también, y diré que tu idioma es casi tan hermoso como el mío.
—¿No es "tú" un poco sentimental? —preguntó Jo, pensando privadamente que era un monosílabo encantador.
—¿Sentimental? Sí. Gracias a Dios, nosotros los alemanes creemos en el sentimiento, y nos mantenemos jóvenes con él. Tu "you" inglés es tan frío, di "tú", lo más querido de mi corazón, significa tanto para mí —suplicó el señor Bhaer, más como un estudiante romántico que como un grave profesor.
—Bueno, entonces, ¿por qué no me dijiste todo esto antes? —preguntó Jo tímidamente.
—Ahora tendré que mostrarte todo mi corazón, y lo haré con mucho gusto, porque tú debes cuidarlo de ahora en adelante. Mira, pues, mi Jo, ¡ah, el querido y divertido nombrecito! Tuve el deseo de decir algo el día que dije adiós, en Nueva York; pero pensé que el apuesto amigo estaba comprometido contigo, y así no hablé. ¿Habrías dicho "sí", entonces, si hubiera hablado?
—No lo sé; me temo que no, porque no tenía corazón en ese momento.
—¡Prut! Eso no lo creo. Estaba dormido hasta que el príncipe de cuento de hadas vino a través del bosque y lo despertó. Ah, bueno, "Die erste Liebe ist die beste"; pero eso no debería esperarlo.
—Sí, el primer amor es el mejor; así que conténtate, porque nunca tuve otro. Teddy era solo un chico y pronto superó su pequeño capricho —dijo Jo, ansiosa por corregir el error del Profesor.
—¡Bien! Entonces estaré feliz y estaré seguro de que me das todo. He esperado tanto tiempo, me he vuelto egoísta, como verás, Professorin.
—Me gusta eso —exclamó Jo, encantada con su nuevo nombre—. Ahora dime qué te trajo, al fin, justo cuando más te necesitaba.
—Esto —y el señor Bhaer sacó un pequeño papel desgastado de su bolsillo del chaleco.
Jo lo desplegó y pareció muy abochornada, pues era una de sus propias contribuciones a un periódico que pagaba por poesía, lo que explicaba que ella le enviara algún intento ocasional.
—¿Cómo pudo eso traerte? —preguntó, preguntándose a qué se refería.
—Lo encontré por casualidad; lo conocí por los nombres y las iniciales, y en él había un pequeño verso que parecía llamarme. Lee y encuéntralo; veré que no vayas bajo el agua.
Jo obedeció y repasó apresuradamente las líneas que había bautizado como—
"EN EL DESVÁN.
"Cuatro cofres pequeños, todos en fila, Tenues por el polvo, y desgastados por el tiempo, Todos formados y llenos, hace mucho, Por niños que ahora están en su plenitud. Cuatro llaves pequeñas colgadas lado a lado, Con cintas desteñidas, valientes y alegres Cuando se ataron allí, con orgullo infantil, Hace mucho tiempo, en un día lluvioso. Cuatro nombres pequeños, uno en cada tapa, Tallados por una mano infantil, Y debajo yace oculto Historias de la banda feliz Que una vez jugó aquí, y se detenía a menudo Para escuchar el dulce estribillo, Que iba y venía en el techo en lo alto, En la lluvia de verano que cae.
"'Meg' en la primera tapa, lisa y clara. Miro dentro con ojos amorosos, Pues plegado aquí, con bien conocido cuidado, Una buena reunión se encuentra, El registro de una vida pacífica; Regalos a la niña y doncella gentil, Un vestido de novia, líneas a una esposa, Un zapato pequeño, un rizo de bebé. No quedan juguetes en este primer cofre, Pues todos son llevados lejos, En su vejez, para unirse de nuevo En el juego de otra pequeña Meg. ¡Ah, madre feliz! bien sé Que escuchas, como un dulce estribillo, Canciones de cuna siempre suaves y bajas En la lluvia de verano que cae.
"'Jo' en la siguiente tapa, rayada y desgastada, Y dentro una variopinta provisión De muñecas sin cabeza, de libros escolares rotos, Pájaros y bestias que ya no hablan; Botines traídos a casa desde la tierra de hadas Solo pisada por pies juveniles, Sueños de un futuro nunca hallado, Recuerdos de un pasado todavía dulce; Poemas a medio escribir, historias salvajes, Cartas de abril, cálidas y frías, Diarios de una niña voluntariosa, Pistas de una mujer tempranamente vieja; Una mujer en un hogar solitario, Escuchando, como un triste estribillo, 'Sé digna de amor, y el amor vendrá', En la lluvia de verano que cae.
"¡Mi Beth! el polvo siempre es barrido De la tapa que lleva tu nombre, Como por ojos amorosos que lloraron, Por manos cuidadosas que a menudo vinieron. La muerte canonizó para nosotros a una santa, Siempre menos humana que divina, Y todavía depositamos, con tierna queja, Reliquias en este santuario doméstico; La campana de plata, tan raramente tocada, El pequeño gorro que usó por última vez, La bella Catherine muerta que colgaba Por ángeles llevada sobre su puerta; Las canciones que cantó, sin lamento, En su casa-prisión de dolor, Por siempre están dulcemente mezcladas Con la lluvia de verano que cae.
"Sobre el campo pulido de la última tapa; Leyenda ahora tanto bella como verdadera; Un galante caballero porta en su escudo, 'Amy', en letras de oro y azul. Dentro yacen cintas que ataban su cabello, Zapatillas que han bailado su último baile, Flores desteñidas puestas a un lado con cuidado, Abanicos cuyos trabajos aéreos han pasado; Alegres valentinas, todas ardientes llamas, Trifle que han tenido su parte En esperanzas, miedos y vergüenzas de doncella; El registro de un corazón de doncella Ahora aprendiendo hechizos más bellos y verdaderos, Escuchando, como un alegre estribillo, El sonido plateado de campanas de boda En la lluvia de verano que cae.
"Cuatro cofres pequeños, todos en fila, Tenues por el polvo, y desgastados por el tiempo, Cuatro mujeres, enseñadas por la dicha y el pesar A amar y trabajar en su plenitud. Cuatro hermanas, separadas por una hora, Ninguna perdida, solo una que se fue antes, Hechas por el poder inmortal del amor, Cercanas y queridas para siempre. Oh, cuando estas reservas nuestras ocultas Yacen abiertas a la vista del Padre, Que sean ricas en horas doradas, Hechos que se muestran más bellos por la luz, Vidas cuya valiente música largamente resonará, Como una melodía que conmueve el espíritu, Almas que alegremente se elevarán y cantarán En el largo sol después de la lluvia.
"J. M."
—Es una poesía muy mala, pero la sentí cuando la escribí, un día que estaba muy sola, y tuve un buen llanto sobre una bolsa de trapos. Nunca pensé que iría a donde pudiera contar historias —dijo Jo, rompiendo los versos que el Profesor había atesorado tanto tiempo.
—Déjalo ir, ha cumplido con su deber, y tendré uno fresco cuando lea todo el libro marrón en el que ella guarda sus pequeños secretos —dijo el señor Bhaer, con una sonrisa, mientras observaba los fragmentos volar en el viento—. Sí —añadió con seriedad—, lo leí, y pienso para mis adentros: "Ella tiene una pena, está sola, encontraría consuelo en el amor verdadero. Tengo un corazón lleno, lleno para ella; ¿no iré y diré: 'Si esto no es una cosa demasiado pobre para dar por lo que espero recibir, tómalo en nombre de Dios?'"
—Y así viniste a descubrir que no era demasiado pobre, sino la única cosa preciosa que necesitaba —susurró Jo.
—No tuve coraje para pensar eso al principio, por divinamente amable que fuera tu bienvenida para mí. Pero pronto comencé a esperar, y luego dije: "La tendré aunque muera por ello", ¡y así lo haré! —exclamó el señor Bhaer, con un asentimiento desafiante, como si las paredes de niebla que se cerraban alrededor de ellos fueran barreras que él iba a superar o a derribar valientemente.
Jo pensó que aquello era espléndido y decidió ser digna de su caballero, aunque él no viniera galopando sobre un corcel con magníficos arreos.
—¿Qué te hizo mantenerte alejado tanto tiempo? —preguntó ella al poco rato, hallando tan placentero hacer preguntas confidenciales y recibir respuestas encantadoras que no podía guardar silencio.
—No fue fácil, pero no tuve el valor de apartarte de aquel hogar tan feliz hasta que pude tener la perspectiva de uno que ofrecerte, después de mucho tiempo, tal vez, y mucho trabajo. ¿Cómo iba a pedirte que renunciaras a tanto por un pobre viejo, que no tiene más fortuna que un poco de saber?
—Me alegra que seas pobre; no podría soportar a un marido rico —dijo Jo con decisión, añadiendo, en un tono más suave—: No temas a la pobreza; la he conocido lo suficiente como para perderle el miedo y ser feliz trabajando para aquellos a quienes amo; y no te llames viejo... los cuarenta son la plenitud de la vida. ¡No podría evitar amarte aunque tuvieras setenta!
Al profesor le resultó tan conmovedor que se habría alegrado de tener su pañuelo, si hubiera podido alcanzarlo; como no pudo, Jo le secó los ojos y dijo, riendo, mientras apartaba uno o dos bultos:
—Puedo ser de ideas firmes, pero nadie podrá decir que me he salido de mi esfera ahora, pues se supone que la misión especial de la mujer es secar lágrimas y soportar cargas. Yo voy a llevar mi parte, Friedrich, y a ayudar a ganar el hogar. Hazte a la idea, o no iré nunca —añadió con resolución, mientras él intentaba recuperar su carga.
—Ya veremos. ¿Tienes paciencia para esperar mucho tiempo, Jo? Debo irme y hacer mi trabajo solo. Debo ayudar a mis chicos primero, porque, incluso por ti, no puedo faltar a mi palabra con Minna. ¿Puedes perdonar eso, y ser feliz mientras esperamos y tenemos esperanza?
—Sí, sé que puedo; porque nos amamos, y eso hace que todo lo demás sea fácil de soportar. Yo también tengo mi deber y mi trabajo. No podría disfrutar si los descuidara ni siquiera por ti, así que no hay necesidad de prisas ni de impaciencia. Tú puedes hacer tu parte en el Oeste, yo puedo hacer la mía aquí, y ambos ser felices esperando lo mejor, y dejando que el futuro sea como Dios quiera.
—¡Ah! Me das tanta esperanza y valor, y no tengo nada que devolverte más que un corazón lleno y estas manos vacías —exclamó el profesor, completamente abrumado.
Jo nunca, nunca aprendería a ser una señorita apropiada; pues cuando él dijo eso mientras estaban de pie en los escalones, ella simplemente puso ambas manos en las suyas, susurrando con ternura: "Ya no están vacías"; y, agachándose, besó a su Friedrich bajo el paraguas. Fue terrible, pero lo habría hecho aunque la bandada de gorriones de cola desaliñada en el seto hubieran sido seres humanos, pues estaba muy enamorada, de hecho, y sin importarle nada más que su propia felicidad. Aunque llegó bajo un aspecto muy sencillo, aquel fue el momento culminante de sus vidas, cuando, volviéndose de la noche, la tormenta y la soledad hacia la luz, el calor y la paz del hogar que esperaban recibirles, con un alegre "¡Bienvenida a casa!", Jo condujo a su amante adentro y cerró la puerta.
XLVII.
TIEMPO DE COSECHA.
Durante un año, Jo y su profesor trabajaron y esperaron, tuvieron esperanza y se amaron, se vieron ocasionalmente y escribieron cartas tan voluminosas que se explicó el aumento del precio del papel, decía Laurie. El segundo año comenzó con bastante sobriedad, pues sus perspectivas no mejoraban, y la tía March murió repentinamente. Pero cuando su primer pesar hubo pasado —pues amaban a la anciana a pesar de su lengua afilada—, descubrieron que tenían motivos para regocijarse, pues ella le había dejado Plumfield a Jo, lo que hizo posibles toda clase de cosas alegres.
—Es un buen lugar antiguo y reportará una suma considerable; pues, por supuesto, tienes la intención de venderlo —dijo Laurie, mientras todos comentaban el asunto, algunas semanas después.
—No, no la tengo —fue la respuesta decidida de Jo, mientras acariciaba al gordo caniche, al que había adoptado por respeto a su antigua dueña.
—¿No querrás decir que vas a vivir allí?
—Sí, eso quiero decir.
—Pero, querida amiga, es una casa inmensa y hará falta un dineral para mantenerla en orden. El jardín y el huerto por sí solos necesitan dos o tres hombres, y la agricultura no es lo de Bhaer, supongo.
—Él probará suerte allí, si yo se lo propongo.
—¿Y esperas vivir de los productos del lugar? Bueno, eso suena paradisíaco, pero descubrirás que es un trabajo desesperadamente duro.
—La cosecha que vamos a cultivar es rentable —y Jo rió.
—¿En qué va a consistir esta buena cosecha, señora?
—Chicos. Quiero abrir una escuela para muchachos pequeños; una escuela buena, feliz y hogareña, conmigo para cuidarlos y con Fritz para enseñarles.
—¡Ahí tienes un plan verdaderamente "joiano"! ¿No es propio de ella? —exclamó Laurie, apelando a la familia, que parecía tan sorprendida como él.
—Me gusta —dijo la señora March con decisión.
—A mí también —añadió su marido, quien acogió con satisfacción la idea de tener la oportunidad de probar el método socrático de educación con la juventud moderna.
—Será un cuidado inmenso para Jo —dijo Meg, acariciando la cabeza de su único y absorbente hijo.
—Jo puede hacerlo y ser feliz en ello. Es una idea espléndida. Cuéntanoslo todo —exclamó el señor Laurence, que había estado deseando echar una mano a los amantes, pero sabía que ellos rechazarían su ayuda.
—Sabía que me apoyarías, señor. Amy también lo hace; lo veo en sus ojos, aunque espera prudentemente a darle vueltas en su cabeza antes de hablar. Ahora, mis queridos —continuó Jo con entusiasmo—, entiendan que esta no es una idea nueva mía, sino un plan largamente acariciado. Antes de que llegara mi Fritz, solía pensar cómo, cuando hubiera hecho mi fortuna y nadie me necesitara en casa, alquilaría una casa grande y recogería a algunos muchachos pobres y desamparados, que no tuvieran madre, y los cuidaría, y haría la vida alegre para ellos antes de que fuera demasiado tarde. Veo a tantos arruinarse por falta de ayuda en el momento justo; me encanta hacer cualquier cosa por ellos; parece que siento sus necesidades y simpatizo con sus problemas, y, oh, ¡me gustaría tanto ser una madre para ellos!
La señora March tendió su mano a Jo, quien la tomó, sonriendo, con lágrimas en los ojos, y continuó de la antigua manera entusiasta, que no habían visto en mucho tiempo.
—Le conté mi plan a Fritz una vez, y dijo que era justo lo que le gustaría, y acordamos intentarlo cuando fuéramos ricos. Bendito sea su querido corazón, ha estado haciéndolo toda su vida; ayudando a chicos pobres, quiero decir, no haciéndose rico; eso nunca lo será; el dinero no permanece en su bolsillo el tiempo suficiente para ahorrar nada. Pero ahora, gracias a mi buena tía, que me quiso más de lo que jamás merecí, soy rica, o al menos eso siento, y podemos vivir en Plumfield perfectamente bien si tenemos una escuela próspera. Es justo el lugar para chicos, la casa es grande y los muebles son robustos y sencillos. Hay mucho espacio para docenas adentro, y unos jardines espléndidos afuera. Podrían ayudar en el huerto y en la huerta: ese trabajo es saludable, ¿no es así, señor? Entonces Fritz podrá entrenar y enseñar a su manera, y papá le ayudará. Yo podré alimentarlos, cuidarlos, mimarlos y reñirles; y mamá será mi apoyo. Siempre he deseado muchos chicos, y nunca he tenido suficientes; ahora puedo llenar la casa y disfrutar con los pequeños queridos a mis anchas. Piensa qué lujo: Plumfield para mí sola, y un ejército de chicos para disfrutarlo conmigo.
Mientras Jo agitaba las manos y suspiraba de éxtasis, la familia estalló en una oleada de regocijo, y el señor Laurence rio hasta que pensaron que le daría un ataque de apoplejía.
—No veo nada divertido —dijo ella con gravedad, cuando pudo ser escuchada—. Nada podría ser más natural o apropiado que el hecho de que mi profesor abra una escuela, y que yo prefiera residir en mi propia propiedad.
—Ya se está dando aires —dijo Laurie, que consideraba la idea como una broma excelente—. Pero, ¿puedo preguntar cómo piensa mantener el establecimiento? Si todos los alumnos son pequeños desharrapados, me temo que su cosecha no será rentable en un sentido mundano, señora Bhaer.
—No seas un aguafiestas, Teddy. Por supuesto, también tendré alumnos ricos; quizá empiece con ellos solamente; luego, cuando haya empezado, podré tomar a un par de desharrapados, solo para dar sabor. Los hijos de la gente rica a menudo necesitan cuidados y consuelo, igual que los pobres. He visto a pequeñas criaturas desafortunadas dejadas en manos de criados, o a los retrasados obligados a avanzar, cuando es una verdadera crueldad. Algunos son traviesos por mala gestión o negligencia, y otros pierden a sus madres. Además, los mejores tienen que pasar por la edad del patito feo, y ese es precisamente el momento en que necesitan más paciencia y bondad. La gente se ríe de ellos, los empuja de aquí para allá, intenta mantenerlos fuera de la vista y espera que se conviertan, de repente, de niños lindos en hombres jóvenes apuestos. No se quejan mucho —pequeñas almas valientes—, pero lo sienten. Yo he pasado por algo de eso y lo sé todo al respecto. Tengo un interés especial en esos jóvenes osos, y me gusta mostrarles que veo los corazones cálidos, honestos y bienintencionados de los chicos, a pesar de los brazos y piernas torpes y las cabezas alborotadas. Además, tengo experiencia, pues, ¿acaso no he criado a un chico para que sea un orgullo y un honor para su familia?
—Doy fe de que intentaste hacerlo —dijo Laurie, con una mirada de agradecimiento.
—Y he tenido éxito más allá de mis esperanzas; pues aquí estás, un hombre de negocios serio y sensato, que hace un montón de bien con su dinero y acumula las bendiciones de los pobres en lugar de dólares. Pero no eres solo un hombre de negocios: amas las cosas buenas y hermosas, las disfrutas tú mismo y dejas que otros participen, como siempre hiciste en los viejos tiempos. Estoy orgullosa de ti, Teddy, porque cada año eres mejor, y todo el mundo lo siente, aunque no dejes que lo digan. Sí, y cuando tenga mi bandada, simplemente te señalaré y diré: "Ahí tienen a su modelo, muchachos".
El pobre Laurie no sabía adónde mirar; pues, aunque era un hombre, algo de su antigua timidez se apoderó de él mientras este estallido de elogios hacía que todos los rostros se volvieran hacia él con aprobación.
—Digo, Jo, eso es demasiado —empezó, justo a su antigua manera infantil—. Todos ustedes han hecho por mí más de lo que jamás podré agradecerles, excepto haciendo todo lo posible por no decepcionarles. Últimamente me has dejado un poco de lado, Jo, pero, sin embargo, he tenido la mejor de las ayudas; así que, si he salido adelante, pueden agradecérselo a estos dos —y puso una mano suavemente sobre la blanca cabeza de su abuelo, y la otra sobre la dorada de Amy, pues los tres nunca estaban lejos el uno del otro.
—¡Creo que las familias son las cosas más hermosas de todo el mundo! —exclamó Jo, que estaba en un estado de ánimo inusualmente elevado en ese momento—. Cuando tenga la mía, espero que sea tan feliz como las tres que conozco y amo más. Si John y mi Fritz estuvieran aquí, sería un pequeño cielo en la tierra —añadió con más calma. Y esa noche, cuando fue a su habitación, después de una velada dichosa de consejos, esperanzas y planes familiares, su corazón estaba tan lleno de felicidad que solo pudo calmarlo arrodillándose junto a la cama vacía que siempre estaba cerca de la suya, y pensando pensamientos tiernos sobre Beth.
Fue un año muy asombroso en conjunto, pues las cosas parecían suceder de una manera inusualmente rápida y deliciosa. Casi antes de saber dónde estaba, Jo se encontró casada y establecida en Plumfield. Luego, una familia de seis o siete chicos surgió como hongos, y floreció sorprendentemente, tanto los chicos pobres como los ricos; pues el señor Laurence encontraba continuamente algún caso conmovedor de indigencia y rogaba a los Bhaer que se apiadaran del niño, y él pagaría con gusto una pequeña suma para su manutención. De esta manera, el viejo caballero astuto convencía a la orgullosa Jo y le proporcionaba el tipo de chico que más le deleitaba.
Por supuesto, fue un trabajo cuesta arriba al principio, y Jo cometió errores extraños; pero el sabio profesor la condujo a salvo a aguas más tranquilas, y el desharrapado más desenfrenado fue conquistado al final. ¡Cómo disfrutaba Jo de su "ejército de chicos", y cómo habría lamentado la pobre y querida tía March si hubiera estado allí para ver los sagrados recintos de la ordenada Plumfield invadidos por Toms, Dicks y Harrys! Había una especie de justicia poética en ello, después de todo, pues la anciana había sido el terror de los chicos a kilómetros a la redonda; y ahora los exiliados festejaban libremente con ciruelas prohibidas, pateaban la grava con botas profanas sin ser reprendidos y jugaban al críquet en el gran campo donde la irritable "vaca del cuerno retorcido" solía invitar a los jóvenes temerarios a que vinieran a ser lanzados por los aires. Se convirtió en una especie de paraíso para los chicos, y Laurie sugirió que debería llamarse el "Bhaer-garten", como cumplido a su maestro y apropiado para sus habitantes.
Nunca fue una escuela de moda, y el profesor no ahorró una fortuna; pero era justo lo que Jo pretendía que fuera: "un lugar feliz y hogareño para chicos que necesitaban enseñanza, cuidado y bondad". Cada habitación de la gran casa pronto estuvo llena; cada pequeño trozo de jardín pronto tuvo su dueño; una verdadera colección de animales apareció en el granero y el cobertizo, pues se permitían mascotas; y, tres veces al día, Jo sonreía a su Fritz desde la cabecera de una larga mesa alineada a ambos lados con filas de rostros jóvenes y felices, que se volvían hacia ella con ojos afectuosos, palabras confidentes y corazones agradecidos, llenos de amor por la "Madre Bhaer". Tenía suficientes chicos ahora, y no se cansaba de ellos, aunque no eran ángeles, de ninguna manera, y algunos de ellos causaban tanto al profesor como a la profesora muchas preocupaciones y ansiedad. Pero su fe en el punto bueno que existe en el corazón del más travieso, descarado y exasperante pequeño desharrapado le daba paciencia, habilidad y, con el tiempo, éxito; pues ningún chico mortal podía resistir mucho tiempo con el Padre Bhaer brillando sobre él tan benevolente como el sol, y la Madre Bhaer perdonándole setenta veces siete. Muy preciosa era para Jo la amistad de los muchachos; sus olfateos y susurros arrepentidos tras haber hecho algo malo; sus pequeñas confidencias divertidas o conmovedoras; sus agradables entusiasmos, esperanzas y planes; incluso sus desgracias, pues solo la hacían quererlos aún más. Había chicos lentos y chicos tímidos; chicos débiles y chicos revoltosos; chicos que ceceaban y chicos que tartamudeaban; uno o dos cojos; y un pequeño y alegre cuarterón, que no pudo ser admitido en otro lugar, pero que fue bienvenido al "Bhaer-garten", aunque algunas personas predijeron que su admisión arruinaría la escuela.
Sí; Jo era una mujer muy feliz allí, a pesar del trabajo duro, mucha ansiedad y un alboroto perpetuo. Lo disfrutaba de corazón, y encontraba que el aplauso de sus chicos era más satisfactorio que cualquier elogio del mundo; pues ahora no contaba historias más que a su bandada de creyentes y admiradores entusiastas. A medida que pasaban los años, dos pequeños muchachos propios vinieron a aumentar su felicidad: Rob, llamado así por el abuelo, y Teddy, un bebé despreocupado, que parecía haber heredado el temperamento alegre de su papá, así como el espíritu vivaz de su madre. Cómo llegaron a crecer vivos en aquel torbellino de chicos era un misterio para su abuela y sus tías; pero florecían como dientes de león en primavera, y sus rudas niñeras los amaban y servían bien.
Había muchas fiestas en Plumfield, y una de las más deliciosas era la recolección anual de manzanas; pues entonces los March, los Laurence, los Brooke y los Bhaer salían en pleno apogeo y pasaban el día juntos. Cinco años después de la boda de Jo, ocurrió uno de estos festivales fructíferos: un suave día de octubre, cuando el aire estaba lleno de una frescura estimulante que hacía que el espíritu se elevara y la sangre danzara saludablemente por las venas. El viejo huerto lucía su atuendo festivo; varas de oro y ásteres bordeaban los muros cubiertos de musgo; los saltamontes saltaban vivazmente en la hierba seca, y los grillos chirriaban como gaiteros de hadas en una fiesta; las ardillas estaban ocupadas con su pequeña cosecha; los pájaros gorjeaban sus adioses desde los alisos en el camino; y cada árbol estaba listo para enviar su lluvia de manzanas rojas o amarillas a la primera sacudida. Todo el mundo estaba allí; todo el mundo reía y cantaba, trepaba y se caía; todo el mundo declaraba que nunca había habido un día tan perfecto o un grupo tan alegre para disfrutarlo; y todos se entregaban a los placeres sencillos de la hora tan libremente como si no existieran cosas como las preocupaciones o el dolor en el mundo.
El señor March paseaba plácidamente, citando a Tusser, Cowley y Columella al señor Laurence, mientras disfrutaba:
"Del suave jugo vinoso de la manzana."
El profesor cargaba por los pasillos verdes como un fornido caballero teutónico, con una pértiga como lanza, dirigiendo a los chicos, que formaban una compañía de ganchos y escaleras, y realizaban maravillas en cuanto a piruetas en el suelo y en el aire. Laurie se dedicaba a los más pequeños, paseaba a su pequeña hija en una cesta de fanega, llevaba a Daisy entre los nidos de los pájaros y evitaba que el aventurero Rob se rompiera el cuello. La señora March y Meg se sentaban entre los montones de manzanas como un par de Pomonas, clasificando las contribuciones que seguían llegando; mientras Amy, con una hermosa expresión maternal en el rostro, esbozaba los diversos grupos y vigilaba a un chico pálido que se sentaba adorándola con su pequeña muleta a su lado.
Jo estaba en su elemento aquel día, y corría de un lado a otro, con el vestido prendido, el sombrero en cualquier parte menos en la cabeza, y a su bebé metido bajo el brazo, lista para cualquier aventura animada que pudiera surgir. El pequeño Teddy llevaba una vida encantada, pues nunca le ocurría nada, y Jo nunca sentía ninguna ansiedad cuando era elevado a un árbol por un chico, galopado en la espalda de otro, o provisto de manzanas ácidas por su indulgente papá, que sufría bajo la ilusión germánica de que los bebés podían digerir cualquier cosa, desde repollo en escabeche hasta botones, clavos y sus propios zapatos pequeños. Ella sabía que el pequeño Ted aparecería de nuevo a tiempo, sano y rosado, sucio y sereno, y siempre lo recibía de vuelta con una cálida bienvenida, pues Jo amaba tiernamente a sus bebés.
A las cuatro ocurrió una pausa, y las cestas permanecieron vacías, mientras los recolectores de manzanas descansaban y comparaban rasguños y moratones. Entonces Jo y Meg, con un destacamento de los chicos más grandes, prepararon la cena sobre la hierba, pues una merienda al aire libre era siempre la alegría culminante del día. La tierra fluía literalmente con leche y miel en tales ocasiones, pues no se requería que los muchachos se sentaran a la mesa, sino que se les permitía tomar refrigerios como quisieran; siendo la libertad la salsa más querida por el alma juvenil. Se aprovecharon del raro privilegio al máximo, pues algunos probaron el placentero experimento de beber leche mientras estaban parados sobre sus cabezas, otros daban encanto al juego de saltar sobre el burro comiendo pastel en las pausas del juego, las galletas se sembraban por todo el campo y las empanadillas de manzana se posaban en los árboles como un nuevo estilo de pájaro. Las niñas pequeñas tenían una fiesta privada, y Ted vagaba entre los comestibles a su antojo.
Cuando nadie pudo comer más, el profesor propuso el primer brindis formal, que siempre se bebía en tales ocasiones: "¡La tía March, que Dios la bendiga!". Un brindis hecho de todo corazón por el buen hombre, que nunca olvidó cuánto le debía, y bebido en silencio por los chicos, a quienes se les había enseñado a mantener viva su memoria.
—¡Ahora, el sexagésimo cumpleaños de la abuela! ¡Larga vida a ella, con tres veces tres!
Eso se brindó con voluntad, como bien podrán creer; y una vez comenzados los vítores, fue difícil detenerlos. Se propuso la salud de todos, desde el señor Laurence, a quien se consideraba su patrón especial, hasta el asombrado cobaya, que se había alejado de su esfera propia en busca de su joven amo. Demi, como el nieto mayor, presentó entonces a la reina del día diversos regalos, tan numerosos que fueron transportados a la escena festiva en una carretilla. Regalos curiosos, algunos de ellos, pero lo que para otros ojos habrían sido defectos, para la abuela eran adornos; pues los obsequios de los niños eran todos suyos. Cada puntada que los pacientes deditos de Daisy habían dado en los pañuelos que dobladilló era mejor que el bordado para la señora March; la caja de zapatos de Demi era un milagro de destreza mecánica, aunque la tapa no cerraba; el taburete de Rob tenía un bamboleo en sus patas desiguales que ella declaró muy relajante; y ninguna página del costoso libro que le regaló la hija de Amy era tan hermosa como aquella en la que aparecían, en mayúsculas tambaleantes, las palabras: "Para la querida abuela, de su pequeña Beth".
Durante esta ceremonia, los muchachos habían desaparecido misteriosamente; y, cuando la señora March había intentado agradecer a sus hijos y se echó a llorar, mientras Teddy le secaba los ojos con su delantal, el profesor comenzó a cantar de repente. Entonces, desde arriba de él, voz tras voz tomó las palabras, y de árbol en árbol resonó la música del coro invisible, mientras los muchachos cantaban, con todo su corazón, la pequeña canción que Jo había escrito, Laurie puesto música y el profesor enseñado a sus muchachos a interpretar con el mejor efecto. Esto era algo completamente nuevo y resultó un gran éxito; pues la señora March no podía salir de su asombro e insistió en dar la mano a cada uno de los pájaros sin plumas, desde los altos Franz y Emil hasta el pequeño cuarterón, que tenía la voz más dulce de todos.
Después de esto, los muchachos se dispersaron para una última travesura, dejando a la señora March y a sus hijas bajo el árbol festivo.
"No creo que deba volver a llamarme 'Jo la desafortunada', cuando mi mayor deseo ha sido gratificado tan hermosamente", dijo la señora Bhaer, sacando el pequeño puño de Teddy del tarro de leche, en el que estaba batiendo con entusiasmo.
"Y, sin embargo, tu vida es muy diferente a la que imaginaste hace tanto tiempo. ¿Recuerdas nuestros castillos en el aire?", preguntó Amy, sonriendo mientras observaba a Laurie y a John jugando al críquet con los muchachos.
"¡Queridos compañeros! Me hace bien al corazón verlos olvidar los negocios y retozar por un día", respondió Jo, quien ahora hablaba de toda la humanidad de manera maternal. "Sí, lo recuerdo; pero la vida que deseaba entonces me parece egoísta, solitaria y fría ahora. No he renunciado a la esperanza de escribir un buen libro todavía, pero puedo esperar, y estoy segura de que será mucho mejor gracias a experiencias e ilustraciones como estas"; y Jo señaló desde los animados muchachos a lo lejos hasta su padre, apoyado en el brazo del profesor, mientras caminaban de un lado a otro bajo el sol, inmersos en una de las conversaciones que ambos disfrutaban tanto, y luego hacia su madre, sentada entronizada entre sus hijas, con sus nietos en el regazo y a sus pies, como si todos encontraran ayuda y felicidad en el rostro que para ellos nunca podría envejecer.
"Mi castillo fue el que más cerca estuvo de realizarse de todos. Pedí cosas espléndidas, sin duda, pero en el fondo de mi corazón sabía que estaría satisfecha si tuviera un pequeño hogar, a John y a unos hijos queridos como estos. Los tengo a todos, gracias a Dios, y soy la mujer más feliz del mundo"; y Meg puso su mano sobre la cabeza de su alto hijo, con un rostro lleno de tierna y devota satisfacción.
"Mi castillo es muy diferente de lo que planeé, pero no lo cambiaría, aunque, al igual que Jo, no renuncio a todas mis esperanzas artísticas, ni me limito a ayudar a otros a cumplir sus sueños de belleza. He comenzado a modelar una figura del bebé, y Laurie dice que es lo mejor que he hecho nunca. Yo misma lo creo, y tengo la intención de hacerlo en mármol, para que, pase lo que pase, al menos pueda conservar la imagen de mi pequeño ángel".
Mientras Amy hablaba, una gran lágrima cayó sobre el cabello dorado de la niña que dormía en sus brazos; pues su única hija bienamada era una criaturita frágil y el miedo a perderla era la sombra sobre el sol de Amy. Esta cruz estaba haciendo mucho tanto por el padre como por la madre, pues un mismo amor y dolor los unía estrechamente. La naturaleza de Amy se volvía más dulce, más profunda y más tierna; Laurie se volvía más serio, fuerte y firme; y ambos estaban aprendiendo que la belleza, la juventud, la buena fortuna, incluso el amor mismo, no pueden evitar que el cuidado y el dolor, la pérdida y la tristeza, alcancen a los más bendecidos; pues...
"En cada vida algo de lluvia debe caer, Algunos días deben ser oscuros, tristes y lúgubres."
"Ella está mejorando, estoy segura de ello, querida. No te desanimes, sino ten esperanza y mantente feliz", dijo la señora March, mientras la bondadosa Daisy se inclinaba desde su rodilla para apoyar su mejilla rosada contra la pálida de su primita.
"Nunca debería hacerlo, mientras te tenga a ti para animarme, Marmee, y a Laurie para llevar más de la mitad de cada carga", respondió Amy con calidez. "Él nunca me deja ver su ansiedad, sino que es tan dulce y paciente conmigo, tan devoto de Beth, y siempre un apoyo y consuelo para mí, que no puedo amarlo lo suficiente. Así que, a pesar de mi única cruz, puedo decir con Meg: 'Gracias a Dios, soy una mujer feliz'".
"No hace falta que yo lo diga, pues todo el mundo puede ver que soy mucho más feliz de lo que merezco", añadió Jo, mirando desde su buen marido hasta sus niños regordetes, que daban volteretas en la hierba junto a ella. "Fritz se está poniendo canoso y corpulento; yo me estoy volviendo delgada como una sombra, y tengo treinta años; nunca seremos ricos, y Plumfield podría arder cualquier noche, porque ese incorregible Tommy Bangs fuma cigarros de helecho dulce bajo las mantas, aunque ya se ha prendido fuego a sí mismo tres veces. Pero, a pesar de estos hechos poco románticos, no tengo nada de qué quejarme y nunca he sido tan alegre en mi vida. Disculpa el comentario, pero viviendo entre muchachos, no puedo evitar usar sus expresiones de vez en cuando".
"Sí, Jo, creo que tu cosecha será buena", comenzó la señora March, espantando a un gran grillo negro que estaba mirando a Teddy desafiante.
"Ni la mitad de buena que la tuya, madre. Aquí está, y nunca podremos agradecerte lo suficiente por la paciente siembra y cosecha que has realizado", exclamó Jo, con la amorosa impetuosidad que nunca pudo superar.
"Espero que cada año haya más trigo y menos cizaña", dijo Amy suavemente.
"Una gavilla grande, pero sé que hay espacio en tu corazón para ella, querida Marmee", añadió la tierna voz de Meg.
Conmovida hasta el fondo del corazón, la señora March solo pudo extender sus brazos, como para reunir a sus hijos y nietos, y decir, con el rostro y la voz llenos de amor maternal, gratitud y humildad:
"¡Oh, mis niñas, por mucho tiempo que viváis, nunca podría desearos una felicidad mayor que esta!"
Y, con una última mirada a las queridas caras que la rodeaban, y una oración silenciosa de agradecimiento por la paz que había descendido sobre su pequeño hogar, la señora March se reclinó y cerró los ojos, no para dormir, sino para disfrutar de la felicidad que, durante mucho tiempo, había sido su más profunda esperanza. El sol se ponía, bañando la habitación con una luz cálida y dorada que parecía un augurio de los días venideros, mientras las sombras se alargaban, trayendo consigo el silencio de una tarde de otoño.
No era una tristeza, sino una serenidad que se posaba sobre cada corazón, una comprensión tácita de que el camino recorrido, aunque a veces lleno de espinas, había sido necesario para llegar a este momento de plenitud. Jo, siempre inquieta, se encontraba apoyada en el marco de la puerta, observando la escena con una mirada que delataba un pensamiento profundo, mientras Beth, con su habitual dulzura, se acercaba a colocar un chal sobre los hombros de su madre, un gesto pequeño pero cargado de todo el cariño que no siempre sabía expresar con palabras.
—Todo está bien —susurró Meg, rompiendo el silencio, con los ojos húmedos pero brillantes de alegría—. ¿No es cierto, Marmee?
La señora March, sintiendo el calor de sus hijas cerca, solo pudo asentir con una sonrisa, mientras el viento suave mecía las cortinas y el mundo exterior parecía desvanecerse, dejando solo aquel círculo de amor que nada podría romper. En aquel santuario, construido con años de esfuerzo y devoción, las penas habían dejado de ser pesadas cargas para convertirse en lecciones, y las alegrías, por pequeñas que fueran, se guardaban como los tesoros más grandes.
Y así, mientras la noche comenzaba a cubrir el valle con su manto de estrellas, la familia permaneció unida, sabiendo que, aunque el mañana trajera nuevos retos, el vínculo que las unía era inquebrantable, una luz que, sin importar los años, seguiría brillando en el corazón de cada una de ellas, guiándolas siempre hacia el hogar.