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Love and Freindship [sic]

by Jane Austen · in Spanish

AMOR Y AMISTAD Y OTRAS OBRAS DE JUVENTUD

Una colección de escritos juveniles

Por Jane Austen

CONTENIDO

AMOR Y AMISTAD CARTA PRIMERA De ISABEL a LAURA CARTA 2.ª LAURA a ISABEL CARTA 3.ª LAURA a MARIANNE CARTA 4.ª Laura a MARIANNE CARTA 5.ª LAURA a MARIANNE CARTA 6.ª LAURA a MARIANNE CARTA 7.ª LAURA a MARIANNE CARTA 8.ª LAURA a MARIANNE, continuación CARTA 9.ª De la misma a la misma CARTA 10.ª LAURA, continuación CARTA 11.ª LAURA, continuación CARTA 12.ª LAURA, continuación CARTA 13.ª LAURA, continuación CARTA 14.ª LAURA, continuación CARTA 15.ª LAURA, continuación.

NOVELA INACABADA EN CARTAS LESLEY CASTLE CARTA PRIMERA de la Srta. MARGARET LESLEY a la Srta. CHARLOTTE LUTTERELL CARTA SEGUNDA De la Srta. C. LUTTERELL a la Srta. M. LESLEY en respuesta. CARTA TERCERA De la Srta. MARGARET LESLEY a la Srta. C. LUTTERELL CARTA CUARTA De la Srta. C. LUTTERELL a la Srta. M. LESLEY CARTA QUINTA De la Srta. MARGARET LESLEY a la Srta. CHARLOTTE LUTTERELL CARTA SEXTA LADY LESLEY a la Srta. CHARLOTTE LUTTERELL CARTA SÉPTIMA De la Srta. C. LUTTERELL a la Srta. M. LESLEY CARTA OCTAVA La Srta. LUTTERELL a la Sra. MARLOWE CARTA NOVENA La Sra. MARLOWE a la Srta. LUTTERELL CARTA DÉCIMA De la Srta. MARGARET LESLEY a la Srta. CHARLOTTE LUTTERELL

LA HISTORIA DE INGLATERRA

UNA COLECCIÓN DE CARTAS A la Srta. COOPER CARTA PRIMERA De una MADRE a su AMIGA. CARTA SEGUNDA De una JOVEN DESPECHADA a su amiga CARTA TERCERA De una JOVEN en circunstancias difíciles a su amiga CARTA CUARTA De una JOVEN un tanto impertinente a su amiga CARTA QUINTA De una JOVEN muy enamorada a su Amiga

LA FILÓSOFA FEMENINA

EL PRIMER ACTO DE UNA COMEDIA

UNA CARTA de una JOVEN, cuyos sentimientos siendo demasiado intensos UN RECORRIDO POR GALES —en una CARTA de una JOVEN—

UN CUENTO.

AMOR Y AMISTAD

A MADAME LA COMTESSE DE FEUILLIDE, ESTA NOVELA ES DEDICADA POR SU OBLIGADA Y HUMILDE SERVIDORA, LA AUTORA.

«Engañada en la Amistad y Traicionada en el Amor».

CARTA PRIMERA De ISABEL a LAURA

¿Cuántas veces, en respuesta a mis repetidas súplicas de que le dieras a mi Hija un relato pormenorizado de las Desdichas y Aventuras de tu Vida, has dicho: «No, amiga mía, nunca accederé a tu petición hasta que ya no corra el peligro de volver a experimentar unas tan terribles»?

Seguramente ese momento está cerca. Cumples hoy 55 años. Si alguna vez puede decirse de una mujer que está a salvo de la tenaz Perseverancia de amantes desagradables y de las crueles Persecuciones de padres obstinados, seguramente debe ser a tal edad.

Isabel

CARTA 2.ª LAURA a ISABEL

Aunque no puedo coincidir contigo en suponer que nunca volveré a estar expuesta a Desdichas tan inmerecidas como las que ya he experimentado, para evitar la imputación de Obstinación o mala voluntad, satisfaré la curiosidad de tu hija; y ojalá la fortaleza con la que he sufrido las muchas aflicciones de mi vida pasada, le resulte una lección útil para sobrellevar aquellas que puedan acaecerle en la suya.

Laura

CARTA 3.ª LAURA a MARIANNE

Como Hija de mi amiga más íntima, creo que tienes derecho a conocer mi infeliz historia, que tu Madre me ha solicitado tantas veces que te contara.

Mi Padre era natural de Irlanda y habitante de Gales; mi Madre era la Hija natural de un noble escocés y una cantante de ópera italiana; yo nací en España y recibí mi educación en un convento en Francia.

Cuando hube alcanzado mi decimoctavo año, fui reclamada por mis Padres al hogar paterno en Gales. Nuestra mansión estaba situada en una de las partes más románticas del Valle de Uske. Aunque mis encantos se han suavizado considerablemente y se han visto algo mermados por las Desdichas que he padecido, fui hermosa una vez. Pero, por muy adorable que fuera, los Gracia de mi Persona eran lo menos importante de mis Perfecciones. Era dueña de todos los logros habituales en mi sexo. Cuando estaba en el convento, mi progreso siempre había superado mis instrucciones, mis Conocimientos habían sido maravillosos para mi edad, y pronto sobrepasé a mis Maestros.

En mi Mente, cada Virtud que pudiera adornarla estaba concentrada; era el Punto de encuentro de toda buena Cualidad y de todo noble sentimiento.

Una sensibilidad demasiado trémulamente viva ante cada aflicción de mis Amigos, mis Conocidos y, particularmente, ante cada aflicción propia, era mi único defecto, si es que se le podía llamar defecto. ¡Ay! ¡Qué alterada estoy ahora! Aunque, en verdad, mis propias Desdichas no me causan menos impresión que siempre, ahora ya nunca me compadezco de las de los demás. Mis logros, también, comienzan a desvanecerse; ya no puedo cantar tan bien ni Bailar con tanta gracia como antes, y he olvidado por completo el _Minuet Dela Cour_.

Adiós. Laura.

CARTA 4.ª LAURA a MARIANNE

Nuestro vecindario era pequeño, pues consistía solo en tu Madre. Es probable que ella ya te haya contado que, habiendo quedado en circunstancias indigentes por sus Padres, se había retirado a Gales por motivos económicos. Allí fue donde comenzó nuestra amistad. Isabel tenía entonces veintiún años. Aunque agradable tanto en su Persona como en sus Modales (entre nosotras), nunca poseyó ni la centésima parte de mi Belleza o mis Logros. Isabel había visto el Mundo. Había pasado 2 años en uno de los mejores internados de Londres; había pasado una quincena en Bath y había cenado una noche en Southampton.

«Ten cuidado, mi Laura —solía decirme—, ten cuidado con las vanidades insípidas y las ociosas disipaciones de la Metrópolis de Inglaterra; ten cuidado con los lujos sin sentido de Bath y con el pescado hediondo de Southampton».

«¡Ay! —exclamé yo—. ¿Cómo voy a evitar esos males a los que nunca estaré expuesta? ¿Qué probabilidad hay de que algún día pruebe las disipaciones de Londres, los lujos de Bath o el pescado hediondo de Southampton? Yo, que estoy condenada a malgastar mis días de juventud y belleza en una humilde cabaña en el Valle de Uske».

Ah, poco pensaba entonces que estaba destinada a abandonar tan pronto esa humilde cabaña por los Engañosos Placeres del mundo.

Adiós. Laura.

CARTA 5.ª LAURA a MARIANNE

Una tarde de diciembre, mientras mi Padre, mi Madre y yo estábamos dispuestos en amena charla alrededor de nuestra chimenea, quedamos de repente muy asombrados al oír un golpe violento en la puerta exterior de nuestra rústica cabaña.

Mi Padre se sobresaltó: «¿Qué ruido es ese?», dijo él. «Suena como un golpe fuerte en la puerta», respondió mi Madre. «Ciertamente», grité yo. «Soy de tu opinión —dijo mi Padre—, ciertamente parece proceder de una violencia poco común ejercida contra nuestra inofensiva puerta». «Sí —exclamé yo—, no puedo dejar de pensar que debe ser alguien que llama para que lo admitan».

«Ese es otro punto —respondió él—. No debemos pretender determinar con qué motivo llama la persona; aunque estoy casi convencido de que alguien golpea la puerta».

Aquí, un segundo golpe tremendo interrumpió a mi Padre en su discurso y nos alarmó algo a mi Madre y a mí.

«¿No será mejor que vayamos a ver quién es? —dijo ella—. Los criados están fuera». «Creo que deberíamos», respondí yo. «Ciertamente —añadió mi Padre—, por todos los medios». «¿Vamos ahora?», dijo mi Madre. «Cuanto antes, mejor», respondió él. «¡Oh, no perdamos tiempo!», grité yo.

Un tercer golpe, más violento que nunca, volvió a asaltar nuestros oídos. «Estoy segura de que hay alguien llamando a la puerta», dijo mi Madre. «Creo que sí», respondió mi Padre. «Me imagino que los criados han vuelto —dije yo—; creo oír a Mary yendo a la puerta». «Me alegro —gritó mi Padre—, pues ansío saber quién es».

Mi conjetura era correcta; pues Mary, entrando instantáneamente en la habitación, nos informó de que un joven caballero y su criado estaban en la puerta, que habían perdido el camino, tenían mucho frío y pedían permiso para calentarse junto a nuestra chimenea.

«¿No los vas a admitir?», dije yo. «¿No tienes objeción, querida?», dijo mi Padre. «Ninguna en el mundo», respondió mi Madre.

Mary, sin esperar más órdenes, abandonó inmediatamente la habitación y regresó rápidamente presentando al Joven más hermoso y amable que jamás hubiera contemplado. Al criado se lo quedó ella.

Mi sensibilidad natural ya se había visto muy afectada por los sufrimientos del desafortunado extraño y, no bien lo contemplé por primera vez, sentí que de él dependería la felicidad o la Miseria de mi futura Vida.

Adiós. Laura.

CARTA 6.ª LAURA a MARIANNE

El noble Joven nos informó de que su nombre era Lindsay; por razones particulares, sin embargo, lo ocultaré bajo el de Talbot. Nos contó que era hijo de un baronet inglés, que su Madre había fallecido hacía muchos años y que tenía una Hermana de estatura mediana. «Mi Padre —continuó— es un miserable y mercenario infeliz; solo ante amigos tan particulares como este Querido Grupo traicionaría así sus defectos. Vuestras Virtudes, mi amable Polydore —dirigiéndose a mi padre—, las tuyas querida Claudia y las tuyas, mi encantadora Laura, me llaman a depositar en vosotros mi confianza». Hicimos una reverencia. «Mi Padre, seducido por el falso brillo de la Fortuna y la Delirante Pompa de los Títulos, insistió en que entregara mi mano a Lady Dorothea. ¡No, jamás!, exclamé. Lady Dorothea es encantadora y atrayente; no prefiero a ninguna mujer sobre ella, pero sepa, señor, que desdeño casarme con ella en cumplimiento de sus Deseos. ¡No! Nunca se dirá que obedecí a mi Padre».

Todos admiramos la noble Hombría de su respuesta. Él continuó:

«Sir Edward estaba sorprendido; quizás poco esperaba encontrarse con una oposición tan enérgica a su voluntad. “¿Dónde, Edward, en nombre de la maravilla —dijo él—, has recogido esta jerga sin sentido? Sospecho que has estado estudiando Novelas”. Desdeñé responder: habría estado por debajo de mi dignidad. Monté en mi Caballo y, seguido por mi fiel William, partí hacia casa de mis Tías».

«La casa de mi Padre está situada en Bedfordshire, la de mi Tía en Middlesex, y aunque me halaga el creer que soy un competente experto en Geografía, no sé cómo sucedió, pero me encontré entrando en este hermoso Valle que descubro está en Gales del Sur, cuando esperaba haber llegado a casa de mi Tía».

«Después de haber vagado algún tiempo por las orillas del Uske sin saber qué camino tomar, comencé a lamentar mi cruel Destino de la manera más amarga y patética. Estaba ya perfectamente oscuro, no había una sola estrella que guiara mis pasos, y no sé qué me habría ocurrido si no hubiera divisado finalmente, a través de la solemne Penumbra que me rodeaba, una luz distante que, al acercarme, descubrí que era el alegre Resplandor de vuestro fuego. Impulsado por la combinación de Desdichas bajo las que laboraba, a saber: Miedo, Frío y Hambre, no dudé en pedir admisión, la cual finalmente he obtenido; y ahora, mi Adorable Laura —continuó tomando mi mano—, ¿cuándo puedo esperar recibir esa recompensa a todos los dolorosos sufrimientos que he padecido durante el curso de mi apego a ti, a la cual siempre he aspirado? ¡Oh, cuándo me recompensarás con tu Persona?».

«En este instante, querido y amable Edward», respondí. Fuimos unidos inmediatamente por mi Padre, quien, aunque nunca había recibido las órdenes, había sido educado para la Iglesia.

Adiós. Laura.

CARTA 7.ª LAURA a MARIANNE

Permanecimos solo unos días después de nuestra Boda en el Valle de Uske. Tras despedirme afectuosamente de mi Padre, mi Madre y mi Isabel, acompañé a Edward a casa de su tía en Middlesex. Philippa nos recibió a ambos con toda expresión de Amor afectuoso. Mi llegada fue, en efecto, una sorpresa muy agradable para ella, ya que no solo había ignorado totalmente mi Matrimonio con su sobrino, sino que nunca había tenido la más mínima idea de que existiera tal persona en el Mundo.

Augusta, la hermana de Edward, estaba de visita con ella cuando llegamos. La encontré exactamente como su hermano la había descrito: de estatura mediana. Me recibió con igual sorpresa aunque no con igual Cordialidad que Philippa. Había una frialdad desagradable y una Reserva Prohibitiva en su acogida que resultaba igualmente angustiante e Inesperada. Nada de esa Sensibilidad interesante o amable simpatía en sus modales y su trato hacia mí cuando nos conocimos que debería haber distinguido nuestra presentación. Su lenguaje no era ni cálido ni afectuoso, sus expresiones de consideración no eran ni animadas ni cordiales; sus brazos no se abrieron para recibirme en su Corazón, aunque los míos estaban extendidos para estrecharla contra el mío.

Una breve Conversación entre Augusta y su hermano, que escuché accidentalmente, aumentó mi desagrado hacia ella y me convenció de que su Corazón no estaba más formado para los suaves lazos del Amor que para el trato entrañable de la Amistad.

«¿Pero crees que mi Padre se reconciliará alguna vez con esta imprudente conexión?», dijo Augusta.

«Augusta —respondió el noble Joven—, pensaba que tenías una mejor opinión de mí que imaginar que me degradaría tan abyectamente como para considerar la conformidad de mi Padre en cualquiera de mis asuntos, ya fuera de Consecuencia o interés para mí. Dime, Augusta, con sinceridad: ¿alguna vez me has visto consultar sus inclinaciones o seguir sus Consejos en el más mínimo detalle trivial desde la edad de quince años?».

«Edward —respondió ella—, seguramente eres demasiado modesto en tu propia alabanza. ¡Desde que tenías solo quince años! Mi querido Hermano, desde que tenías cinco años, te absuelvo por completo de haber contribuido voluntariamente a la satisfacción de tu Padre. Pero aun así, no carezco de temores de que te veas obligado en breve a degradarte ante tus propios ojos buscando un sustento para tu esposa en la Generosidad de Sir Edward».

«Jamás, jamás, Augusta, me rebajaré de tal modo —dijo Edward—. ¡Sustento! ¿Qué sustento querrá Laura que pueda recibir de él?».

«Solo esos tan insignificantes de Víveres y Bebida», respondió ella.

«¡Víveres y Bebida! —respondió mi Esposo de una manera noblemente desdeñosa—. ¿Y acaso imaginas que no hay otro sustento para una mente exaltada (como la de mi Laura) que el vil e indelicado empleo de Comer y Beber?».

«Ninguno que yo sepa tan eficaz», replicó Augusta.

«¿Y es que nunca has sentido los agradables Dolores del Amor, Augusta? —respondió mi Edward—. ¿Te parece imposible a tu vil y corrompido Paladar existir a base de Amor? ¿No puedes concebir el Lujo de vivir en cada angustia que la Pobreza pueda infligir, con el objeto de tu afecto más tierno?».

«Eres demasiado ridículo —dijo Augusta— para discutir contigo; tal vez, sin embargo, con el tiempo te convenzas de que...».

Aquí me vi impedida de escuchar el resto de su discurso por la aparición de una joven muy Hermosa, que fue introducida en la Habitación a cuya puerta yo había estado escuchando. Al oírla anunciada con el nombre de «Lady Dorothea», abandoné al instante mi puesto y la seguí hasta el salón, pues recordaba bien que ella era la Dama propuesta como Esposa para mi Edward por el Cruel e Implacable Baronet.

Aunque la visita de Lady Dorothea era nominalmente para Philippa y Augusta, tengo motivos para imaginar que (conocedora del Matrimonio y la llegada de Edward) verme era un motivo principal.

Pronto percibí que, aunque encantadora y elegante en su Persona y aunque fácil y educada en su trato, era de ese orden inferior de seres con respecto al Sentimiento Delicado, los sentimientos tiernos y la Sensibilidad refinada del que Augusta era una.

Se quedó solo media hora y ni en el transcurso de su Visita me confió ninguno de sus pensamientos secretos, ni me solicitó que le confiara ninguno de los Míos. Imaginarás, por tanto, mi querida Marianne, que no pude sentir ningún afecto ardiente o apego muy sincero por Lady Dorothea.

Adiós. Laura.

CARTA 8.ª LAURA a MARIANNE, continuación

Lady Dorothea no nos había dejado mucho tiempo antes de que fuera anunciado otro visitante, tan inesperado como su señoría. Era Sir Edward, quien, informado por Augusta del matrimonio de su hermano, vino sin duda a reprocharle el haberse atrevido a unirse a mí sin su consentimiento. Pero Edward, previendo su designio, se acercó a él con heroica fortaleza tan pronto como entró en la Habitación y se dirigió a él de la siguiente manera:

«Sir Edward, conozco el motivo de su Viaje aquí; viene usted con el vil Diseño de reprocharme haber contraído un compromiso indisoluble con mi Laura sin su Consentimiento. Pero, señor, me glorío del Acto. ¡Es mi mayor orgullo haber incurrido en el desagrado de mi Padre!».

Dicho esto, tomó mi mano y mientras Sir Edward, Philippa y Augusta reflexionaban sin duda con admiración sobre su intrépida Valentía, me condujo del Salón al Carruaje de su Padre que aún permanecía a la Puerta y en el cual fuimos transportados al instante lejos de la persecución de Sir Edward.

Los postillones habían recibido órdenes al principio de tomar solo el camino de Londres; sin embargo, tan pronto como hubimos reflexionado lo suficiente, les ordenamos que condujeran a M..., la residencia del amigo más particular de Edward, que estaba a pocas millas de distancia.

A M... llegamos en pocas horas; y al enviar nuestros nombres fuimos admitidos inmediatamente ante Sophia, la Esposa del amigo de Edward. Después de haber estado privada durante 3 semanas de una verdadera amiga (pues así llamo a tu Madre), imagina mis transportes al contemplar a una, verdaderamente digna del Nombre. Sophia era más bien de estatura superior a la mediana; formadísima. Una suave languidez se extendía sobre sus hermosos rasgos, pero aumentaba su Belleza. Era la Característica de su Mente. Era toda sensibilidad y Sentimiento. Volamos a los brazos de la otra y, tras haber intercambiado votos de Amistad mutua para el resto de nuestras Vidas, desplegamos al instante los secretos más íntimos de nuestros Corazones. Fuimos interrumpidas en el delicioso Empleo por la entrada de Augustus (el amigo de Edward), que acababa de regresar de un paseo solitario.

Nunca vi Escena tan conmovedora como el encuentro de Edward y Augustus.

«¡Mi Vida! ¡Mi Alma!», exclamó el primero. «¡Mi adorable ángel!», respondió el segundo, mientras volaban a los brazos del otro. Fue demasiado patético para los sentimientos de Sophia y los míos; nos desmayamos alternativamente en un sofá.

Adiós Laura.

CARTA 9.ª De la misma a la misma

Hacia el final del día recibimos la siguiente Carta de Philippa:

«Sir Edward está muy indignado por vuestra abrupta partida; se ha llevado de vuelta a Augusta a Bedfordshire. Por mucho que desee disfrutar de nuevo de vuestra encantadora compañía, no puedo decidirme a arrebataros de la de tan queridos y merecedores Amigos. Cuando vuestra Visita a ellos termine, confío en que volveréis a los brazos de vuestra»

«Philippa».

Respondimos a esta afectuosa Nota con una respuesta adecuada y, tras agradecerle su amable invitación, le aseguramos que sin duda nos aprovecharíamos de ella cuando no tuviéramos otro lugar adonde ir. Aunque a cualquier Ser razonable nada podría haberle parecido más satisfactorio que una respuesta tan agradecida a su invitación, no sé cómo ocurrió, pero ella fue sin duda lo bastante caprichosa como para sentirse disgustada por nuestro comportamiento y, pocas semanas después, ya fuera para vengarse de nuestra Conducta o para aliviar su propia soledad, se casó con un joven e iletrado cazafortunas. Este paso imprudente (aunque éramos conscientes de que probablemente nos privaría de esa fortuna que Philippa siempre nos había hecho esperar) no pudo, por nuestra propia cuenta, arrancar de nuestras exaltadas mentes un solo suspiro; sin embargo, temerosas de que pudiera resultar ser una fuente de infinita miseria para la engañada Novia, nuestra trémula Sensibilidad se vio profundamente afectada cuando fuimos informadas por primera vez del Suceso. Los afectuosos Ruegos de Augustus y Sophia de que consideráramos para siempre su Casa como nuestro Hogar prevalecieron fácilmente sobre nuestra determinación de no abandonarles nunca más. En la compañía de mi Edward y de esta Amable Pareja, pasé los momentos más felices de mi Vida; nuestro tiempo transcurría de la manera más deliciosa, entre mutuas Protestas de Amistad y votos de Amor inalterable, en los cuales estábamos seguras de no ser interrumpidas por Visitantes intrusos y desagradables, pues Augustus y Sophia, a su llegada al Vecindario, se habían encargado debidamente de informar a las Familias de los alrededores de que, como su felicidad se centraba enteramente en ellos mismos, no deseaban otra sociedad. Pero ¡ay!, mi querida Marianne, tal Felicidad como la que entonces disfrutaba era demasiado perfecta para ser duradera. Un golpe de lo más severo e inesperado destruyó de una vez toda sensación de Placer. Convencida como debes estar, por lo que ya te he contado acerca de Augustus y Sophia, de que nunca hubo una Pareja más feliz, imagino que no hace falta informarte de que su unión había sido contraria a las inclinaciones de sus Crueles y Mercenarios Padres; quienes habían intentado vanamente, con obstinada Perseverancia, forzarles a un Matrimonio con aquellos a quienes siempre habían aborrecido; pero, con una Heroica Fortaleza digna de ser relatada y admirada, ambos se habían negado constantemente a someterse a tal poder despótico.

Tras haberse desembarazado tan noblemente de los grilletes de la Autoridad Paterna mediante un Matrimonio Clandestino, estaban decididos a no perder nunca la buena opinión que habían ganado en el Mundo al hacerlo, aceptando cualquier propuesta de reconciliación que pudieran ofrecerles sus Padres; sin embargo, nunca fueron expuestos a esta prueba adicional de su noble independencia.

No llevaban casados más que unos pocos meses cuando comenzó nuestra visita, tiempo durante el cual habían sido ampliamente mantenidos por una suma considerable de dinero que Augustus había sustraído con elegancia del Escritorio de su indigno padre, pocos días antes de su unión con Sophia.

Con nuestra llegada, sus Gastos aumentaron considerablemente, aunque sus medios para cubrirlos estaban entonces casi agotados. Pero ellos, ¡Criaturas Exaltadas!, desdeñaban reflexionar un momento sobre sus Penurias pecuniarias y se habrían sonrojado ante la idea de pagar sus Deudas. ¡Ay!, ¿cuál fue su Recompensa por tal comportamiento desinteresado? El apuesto Augustus fue arrestado y todas nosotras quedamos arruinadas. Tal pérfida Traición por parte de los despiadados autores del Hecho escandalizará a tu naturaleza gentil, Querida Marianne, tanto como afectó entonces a la Delicada sensibilidad de Edward, Sophia, tu Laura y del propio Augustus. Para colmo de tal Barbarie sin parangón, se nos informó de que en breve tendría lugar un Embargo en la Casa. ¡Ah!, ¿qué podíamos hacer sino lo que hicimos? Suspiramos y nos desmayamos en el sofá.

Adiós. Laura.

CARTA 10.ª LAURA en continuación

Cuando nos recuperamos algo de las agobiantes Efusiones de nuestro dolor, Edward deseó que consideráramos cuál era el paso más prudente a dar en nuestra desgraciada situación mientras él se dirigía a ver a su amigo encarcelado para lamentar sus infortunios. Prometimos que así lo haríamos, y él partió en su viaje a la Ciudad. Durante su ausencia cumplimos fielmente con su Deseo y, tras la más madura Deliberación, acordamos finalmente que lo mejor que podíamos hacer era abandonar la Casa, de la cual esperábamos a cada momento que los oficiales de Justicia tomaran posesión. Aguardamos, pues, con la mayor impaciencia el regreso de Edward para comunicarle el resultado de nuestras Deliberaciones. Pero no apareció ningún Edward. En vano contamos los tediosos momentos de su ausencia; en vano lloramos; en vano suspiramos incluso; ningún Edward regresó. Aquello fue un Golpe demasiado cruel, demasiado inesperado para nuestra Gentil Sensibilidad; no pudimos soportarlo; solo pudimos desmayarnos. Finalmente, reuniendo toda la Resolución de la que era dueña, me levanté y, tras empaquetar algunas prendas necesarias para Sophia y para mí, la arrastré hasta un Coche que había pedido e instantáneamente partimos hacia Londres. Como la Habitación de Augustus estaba a doce millas de la Ciudad, no pasó mucho tiempo hasta que llegamos allí, y apenas entramos en Holborn, bajando uno de los Cristales delanteros, pregunté a toda Persona de aspecto decente con la que nos cruzábamos: «¿Habéis visto a mi Edward?».

Pero como conducíamos con demasiada rapidez para permitirles responder a mis repetidas Preguntas, obtuve poca, o mejor dicho, ninguna información sobre él. «¿Adónde debo conducir?», dijo el Postillón. «A Newgate, Gentil Joven (le respondí), a ver a Augustus». «¡Oh, no, no! (exclamó Sophia), no puedo ir a Newgate; no seré capaz de soportar la visión de mi Augustus en un confinamiento tan cruel; mis sentimientos ya están suficientemente escandalizados por el relato de su Angustia, pero contemplarla abrumará mi Sensibilidad». Como estuve perfectamente de acuerdo con ella en la Justicia de sus Sentimientos, se ordenó instantáneamente al Postillón que regresara al Campo. Quizás te hayas sorprendido un poco, mi Queridísima Marianne, de que en la Angustia que entonces padecía, carente de cualquier apoyo y sin Habitación alguna, no hubiera recordado ni una sola vez a mi Padre y a mi Madre o a mi Cottaje paterno en el Valle de Uske. Para explicar este aparente olvido, debo informarte de una circunstancia trivial sobre ellos que aún no he mencionado. La muerte de mis Padres, pocas semanas después de mi Partida, es la circunstancia a la que aludo. Por su fallecimiento me convertí en la legítima Heredera de su Casa y Fortuna. Pero ¡ay!, la Casa nunca había sido suya y su Fortuna solo había sido una Anualidad sobre sus propias Vidas. ¡Tal es la Depravación del Mundo! A tu Madre habría regresado con Placer, habría sido feliz de presentarle a mi encantadora Sophia y habría pasado con Alegría el resto de mi Vida en su querida compañía en el Valle de Uske, de no haber intervenido un obstáculo para la ejecución de tan agradable plan; el cual fue el Matrimonio y el Traslado de tu Madre a una parte distante de Irlanda.

Adiós. Laura.

CARTA 11.ª LAURA en continuación

«Tengo un Pariente en Escocia (me dijo Sophia mientras dejábamos Londres) que estoy segura de que no dudaría en recibirme». «¿Le ordeno al muchacho que conduzca hasta allí?», dije yo; pero, recordándome a mí misma al instante, exclamé: «¡Ay!, me temo que será un viaje demasiado largo para los Caballos». Sin embargo, no deseando actuar solo según mi propia e inadecuada Sabiduría sobre la Fuerza y las Capacidades de los Caballos, consulté al Postillón, quien estuvo totalmente de acuerdo conmigo respecto al Asunto. Determinamos, pues, cambiar de Caballos en el siguiente Pueblo y viajar en Posta el resto del Viaje. Cuando llegamos a la última Posada en la que debíamos detenernos, que estaba a solo unas millas de la Casa del Pariente de Sophia, no deseando importunarle con nuestra Sociedad de forma inesperada y sin previo aviso, le escribimos una Nota muy elegante y bien redactada conteniendo un relato de nuestra Destituida y melancólica Situación, y de nuestra intención de pasar algunos meses con él en Escocia. Tan pronto como despachamos esta Carta, nos preparamos inmediatamente para seguirla en persona y estábamos subiendo al Coche con ese propósito cuando nuestra atención se vio atraída por la Entrada de un Coche con corona y 4 caballos en el patio de la Posada. Un Caballero considerablemente avanzado en años descendió de él. A su primera Aparición mi Sensibilidad se vio maravillosamente afectada y antes de que lo hubiera mirado por 2.ª vez, una simpatía instintiva susurró a mi Corazón que era mi Abuelo. Convencida de que no podía equivocarme en mi conjetura, salté instantáneamente del Coche al que acababa de subir y, siguiendo al Venerable Extraño hasta la Habitación a la que había sido conducido, me arrojé de rodillas ante él y le rogué que me reconociera como su Nieta. Él se sobresaltó y, tras examinar atentamente mis facciones, me levantó del Suelo y, arrojando sus brazos de Abuelo alrededor de mi Cuello, exclamó: «¡Reconocerte! Sí, querida semejanza de mi Laurina y de la Hija de Laurina, dulce imagen de mi Claudia y de la Madre de mi Claudia, te reconozco como la Hija de una y la Nieta de la otra». Mientras me abrazaba así tiernamente, Sophia, asombrada por mi precipitada Partida, entró en la Habitación en mi busca. Tan pronto como fue captada por la mirada del venerable Par, él exclamó con todas las muestras de Asombro: «¡Otra Nieta! Sí, sí, veo que eres la Hija de la hija mayor de mi Laurina; tu semejanza con la hermosa Matilda lo proclama suficientemente». «¡Oh! (respondió Sophia), cuando le contemplé por primera vez, el instinto de la Naturaleza me susurró que estábamos en cierto grado relacionados; pero si eran Abuelos o Abuelas, no podría pretender determinarlo». Él la estrechó en sus brazos y, mientras se abrazaban tiernamente, la Puerta del Aposento se abrió y apareció un joven de lo más hermoso. Al percibirle, Lord St. Clair se sobresaltó y, retrocediendo unos pocos pasos con las Manos en alto, dijo: «¡Otro Nieto! ¡Qué Felicidad tan inesperada es esta! ¡Descubrir en el espacio de 3 minutos a otros tantos de mis Descendientes! Este estoy seguro de que es Philander, el hijo de la 3.ª hija de mi Laurina, la amable Bertha; solo falta ahora la presencia de Gustavus para completar la Unión de los Nietos de mi Laurina».

«Y aquí está (dijo un Gracioso Joven que en ese instante entró en la habitación); aquí está el Gustavus que desea ver. Soy el hijo de Agatha, la 4.ª y menor hija de su Laurina». «Veo que lo eres, en efecto (respondió Lord St. Clair); pero dime (continuó mirando con temor hacia la Puerta), dime, ¿tengo algún otro Nieto en la Casa?». «Ninguno, mi Lord». «Entonces os proveeré a todos sin más demora; aquí hay 4 Billetes de banco de 50£ cada uno; tomadlos y recordad que he cumplido con el Deber de un Abuelo». Salió instantáneamente de la Habitación e inmediatamente después de la Casa.

Adiós. Laura.

CARTA 12.ª LAURA en continuación

Puedes imaginar cuán grandemente nos sorprendimos por la repentina partida de Lord St. Clair. «¡Ignoble Abuelo!», exclamó Sophia. «¡Indigno Abuelo!», dije yo, y al instante nos desmayamos en los brazos la una de la otra. Cuánto tiempo permanecimos en esta situación, no lo sé; pero cuando nos recuperamos nos encontramos solas, sin Gustavus, sin Philander ni los Billetes de banco. Mientras deplorábamos nuestro infeliz destino, la Puerta del Aposento se abrió y se anunció a «Macdonald». Era primo de Sophia. La prontitud con la que acudió en nuestro auxilio tan poco después de recibir nuestra Nota habló tan bien en su favor que no dudé en pronunciarle, a primera vista, un Amigo tierno y lleno de simpatía. ¡Ay!, poco merecía el nombre, pues aunque nos dijo que estaba muy preocupado por nuestras Desgracias, por su propio relato parecía que la lectura de las mismas no le había arrancado ni un solo suspiro ni le había inducido a lanzar ni una sola maldición contra nuestras vengativas estrellas. Dijo a Sophia que su Hija dependía de que ella regresara con él a Macdonald-Hall, y que, como amiga de su Prima, estaría feliz de verme allí también. A Macdonald-Hall, pues, fuimos, y fuimos recibidas con gran amabilidad por Janetta, la Hija de Macdonald y Dueña de la Mansión. Janetta tenía entonces solo quince años; naturalmente bien dispuesta, dotada de un Corazón susceptible y una Disposición comprensiva, podría, de haber sido alentadas adecuadamente estas amables cualidades, haber sido un ornamento para la Naturaleza humana; pero, desgraciadamente, su Padre no poseía un alma lo suficientemente exaltada como para admirar una Disposición tan prometedora, y había intentado por todos los medios a su alcance evitar que aumentara con sus Años. De hecho, había extinguido tanto la noble Sensibilidad natural de su Corazón como para convencerla de que aceptara una oferta de un joven de su Recomendación. Debían casarse en pocos meses, y Graham estaba en la Casa cuando llegamos. Pronto vimos a través de su carácter. Era exactamente el tipo de hombre que uno podría haber esperado que fuera la elección de Macdonald. Decían que era Sensato, bien informado y Agradable; nosotras no pretendimos Juzgar tales trivialidades, pero como estábamos convencidas de que no tenía alma, de que nunca había leído las penas de Werter y de que su Cabello no guardaba la menor semejanza con el color castaño, estábamos seguras de que Janetta no podía sentir ningún afecto por él, o al menos que no debía sentir ninguno. La misma circunstancia de ser la elección de su padre también estaba tan en su contra que, aunque hubiera sido merecedor de ella en cualquier otro aspecto, eso por sí solo debería haber sido una razón suficiente a los Ojos de Janetta para rechazarle. Estas consideraciones estábamos decididas a exponérselas bajo su luz adecuada y no dudamos de obtener el éxito deseado con alguien naturalmente tan bien dispuesto; cuyos errores en el asunto solo habían surgido de una falta de confianza adecuada en su propia opinión y un desprecio adecuado por la de su padre. La encontramos, en efecto, todo lo que nuestros deseos más fervientes podrían haber esperado; no tuvimos dificultad para convencerla de que era imposible que pudiera amar a Graham, o de que era su Deber desobedecer a su Padre; lo único sobre lo que parecía dudar un poco era nuestra afirmación de que debía estar apegada a alguna otra Persona. Durante algún tiempo, persistió en declarar que no conocía a ningún otro joven por quien tuviera el menor Afecto; pero al explicarle la imposibilidad de tal cosa, dijo que creía que le gustaba el Capitán M’Kenrie más que a cualquier otro que conociera. Esta confesión nos satisfizo y, tras haber enumerado las buenas Cualidades de M’Kenrie y asegurarle que estaba violentamente enamorada de él, deseamos saber si él había declarado alguna vez de algún modo su afecto hacia ella.

«Tan lejos de haberlo declarado, no tengo razones para imaginar que haya sentido nunca ninguno por mí», dijo Janetta. «Que él te adora ciertamente (respondió Sophia), no puede haber duda. El Apego debe ser recíproco. ¿Nunca te miró con admiración, te apretó tiernamente la mano, dejó caer una lágrima involuntaria y salió bruscamente de la habitación?». «Nunca (respondió ella) que yo recuerde; siempre ha salido de la habitación, ciertamente, cuando su visita ha terminado, pero nunca se ha ido de forma particularmente brusca ni sin hacer una reverencia». «En efecto, mi Amor (dije yo), debes estar equivocada, pues es absolutamente imposible que nunca te haya dejado sino con Confusión, Desesperación y Precipitación. Considera solo por un momento, Janetta, y estarás convencida de lo absurdo que es suponer que pudiera hacer nunca una Reverencia o comportarse como cualquier otra Persona». Tras haber resuelto este Punto a nuestra satisfacción, lo siguiente que tomamos en consideración fue determinar de qué manera informaríamos a M’Kenrie de la opinión favorable que Janetta albergaba de él... Finalmente acordamos comunicárselo mediante una Carta anónima que Sophia redactó de la siguiente manera:

«¡Oh, feliz Amante de la hermosa Janetta, oh, amable Poseedor de su Corazón cuya mano está destinada a otro, por qué retrasas así una confesión de tu apego al amable Objeto del mismo? ¡Oh, considera que unas pocas semanas pondrán fin de una vez a toda Esperanza halagadora que ahora puedas albergar, uniendo a la infortunada Víctima de la Crueldad de su padre con el execrable y detestado Graham!».

«¡Ay!, ¿por qué consientes así tan cruelmente en la proyectada Miseria de ella y de ti mismo retrasando la comunicación de ese plan que sin duda ha poseído desde hace mucho tu imaginación? Una Unión secreta asegurará de una vez la felicidad de ambos».

El amable M’Kenrie, cuya modestia, como nos aseguró después, había sido la única razón por la que había ocultado durante tanto tiempo la violencia de su afecto por Janetta, al recibir este Billete voló sobre las alas del Amor a Macdonald-Hall, y tan poderosamente alegó su Apego a aquella que lo inspiraba, que, tras unas pocas entrevistas privadas más, Sophia y yo experimentamos la satisfacción de verlos partir hacia Gretna-Green, que eligieron para la celebración de sus Nupcias por encima de cualquier otro lugar, aunque estaba a una distancia considerable de Macdonald-Hall.

Adiós. Laura.

CARTA 13.ª LAURA en continuación

Se habían ido casi un par de Horas antes de que Macdonald o Graham hubieran albergado sospecha alguna del asunto. Y puede que ni siquiera entonces lo hubieran sospechado, de no ser por el pequeño Accidente siguiente. Sophia, al abrir un día un Cajón privado en la Biblioteca de Macdonald con una de sus propias llaves, descubrió que era el Lugar donde guardaba sus Papeles de importancia y entre ellos algunos billetes de banco de cantidad considerable. Este descubrimiento me lo comunicó; y habiendo acordado juntas que sería un trato apropiado para un Miserable tan vil como Macdonald privarle de dinero, tal vez ganado deshonestamente, se determinó que la próxima vez que alguna de nosotras pasara por allí, tomaríamos uno o más de los Billetes de banco del cajón. Este plan, bien intencionado, lo habíamos puesto en Ejecución a menudo con éxito; pero ¡ay!, el mismo día de la Fuga de Janetta, mientras Sophia retiraba majestuosamente el 5.º Billete de banco del Cajón para su propia cartera, fue interrumpida repentinamente de la forma más impertinente en su ocupación por la entrada del propio Macdonald, de una Manera de lo más abrupta y precipitada. Sophia (quien, aunque era naturalmente toda dulzura cautivadora, podía cuando las ocasiones lo exigían invocar la Dignidad de su sexo) adoptó al instante una mirada de lo más prohibitiva y, lanzando una mirada airada al impávido culpable, exigió en tono altivo: «¿Por qué se irrumpía así insolentemente en su retiro?». El descarado Macdonald, sin intentar siquiera exculparse del crimen del que se le acusaba, intentó vilmente reprochar a Sophia el haberle defraudado innoblemente su dinero... La dignidad de Sophia se vio herida; «¡Miserable! (exclamó ella, reemplazando apresuradamente el Billete de banco en el Cajón), ¿cómo te atreves a acusarme de un Acto cuya sola idea me hace sonrojar?». El vil miserable siguió sin estar convencido y continuó reprendiendo a la justamente ofendida Sophia en un Lenguaje tan oprobioso que, al final, provocó tanto la dulce bondad de su Naturaleza que le indujo a vengarse de él informándole de la Fuga de Janetta y del papel activo que ambas habíamos tomado en el asunto. En este período de su Disputa entré en la Biblioteca y quedé, como puedes imaginar, tan ofendida como Sophia por las acusaciones infundadas del malévolo y despreciable Macdonald. «¡Vil Malhechor! (grité), ¿cómo puedes intentar tan impávidamente mancillar la reputación inmaculada de tal Excelencia brillante? ¿Por qué no sospechas de mi inocencia tan pronto?». «Esté satisfecha, Señora (respondió él), sospecho de ella, y por tanto debo desear que ambas abandonen esta Casa en menos de media hora».

«Nos iremos voluntariamente (respondió Sophia); nuestros corazones te han detestado durante mucho tiempo, y nada más que nuestra amistad por tu Hija podría habernos inducido a permanecer tanto tiempo bajo tu techo».

«Vuestra Amistad por mi Hija ha sido en verdad ejercida de la manera más poderosa al lanzarla a los brazos de un cazafortunas sin principios» (respondió él).

«Sí (exclamé yo), en medio de toda desgracia, nos proporcionará algún consuelo reflexionar que, mediante este único acto de Amistad hacia Janetta, hemos saldado ampliamente toda obligación que hemos recibido de su padre».

«Debe ser en verdad una reflexión de lo más gratificante para vuestras mentes exaltadas» (dijo él).

As soon as we had packed up our wardrobe and valuables, we left Macdonald Hall, and after having walked about a mile and a half we sate down by the side of a clear limpid stream to refresh our exhausted limbs. The place was suited to meditation. A grove of full-grown Elms sheltered us from the East—. A Bed of full-grown Nettles from the West—. Before us ran the murmuring brook and behind us ran the turn-pike road. We were in a mood for contemplation and in a Disposition to enjoy so beautifull a spot. A mutual silence which had for some time reigned between us, was at length broke by my exclaiming—“What a lovely scene! Alas why are not Edward and Augustus here to enjoy its Beauties with us?” -> Paragraph 1

2: “Ah! my beloved Laura... -> Paragraph 2

3: “Excuse me my Sophia... -> Paragraph 3

4: I was silent... -> Paragraph 4

5: “Why do you not speak... -> Paragraph 5

6: “What a beautifull sky!... -> Paragraph 6

7: “Oh! my Laura... -> Paragraph 7

8: From this Dilemma... -> Paragraph 8

9: She had not time... -> Paragraph 9

10: I was overjoyed... -> Paragraph 10

11: “Oh! tell me Edward... -> Paragraph 11

12: “I will”... -> Paragraph 12

13:

¡Qué horror! ¡Qué noticia tan espantosa, mi querida Charlotte! ¡Mi padre casado! ¡Mi padre, que se ha pasado la vida fingiendo ser joven y que ahora, a la edad de cincuenta y siete años, ha cometido una locura tan impía! ¿Quién podrá ser la mujer tan carente de juicio como para aceptar a sir George Lesley? ¿Quién podrá ser esa criatura tan desafortunada, o más bien, tan detestable? ¡Susan no nos dice nada! Se limita a confirmar el hecho, sin añadir ni una palabra sobre la identidad de la dama. ¡Qué cruel reserva! ¡Qué falta de consideración hacia nosotras, sus hijas, que nos vemos así convertidas, en nuestras propias casas, en las hijas de una madrastra! ¡Una madrastra! ¡Qué palabra tan odiosa! ¡Qué idea tan insoportable! ¿Será joven? ¿Será vieja? ¿Será rica? ¿Será pobre? Sea lo que sea, es la esposa de nuestro padre, y por tanto, la mujer que usurpará el lugar que nuestra propia madre ocupó una vez. ¡Oh, Charlotte! ¡Qué golpe para la felicidad de Matilda y para la mía! Nuestro querido castillo, nuestro retiro, nuestro hogar, pronto se verá invadido por la presencia de una extraña, de una intrusa que, bajo el nombre de lady Lesley, vendrá a dictar leyes en nuestra propia mesa y a alterar la paz que hasta ahora hemos disfrutado. ¿No es suficiente con que la infortunada Louisa haya deshonrado el nombre de nuestro hermano? ¿Debemos también soportar la humillación de ver a nuestro padre entregado a un nuevo y tardío matrimonio? Ay, el pobre Lesley, si se enterara de esto, ¡qué nuevas penas no se añadirían a su corazón ya herido! Pero debemos ocultárselo, Charlotte, debemos mantenerle en la ignorancia, al menos por ahora, mientras él busca en el viaje el olvido de sus propias desdichas. ¡Qué suerte la tuya, mi querida amiga, que aunque afligida por la pérdida de un pretendiente y la preocupación por la salud de tu hermana, al menos te ves libre de una desgracia familiar como la que ahora nos abruma! Espero con ansias tu próxima carta, y te ruego, por todo lo que más quieras, que hagas todo lo posible por averiguar quién es esa mujer.

M. Lesley.

He reflexionado sobre la carta que me adjuntaste, mi querida Charlotte, y ahora te contaré cuáles fueron esas reflexiones. Reflexioné que si, mediante este segundo matrimonio, sir George tuviera una segunda familia, nuestras fortunas se verían considerablemente disminuidas; que si su esposa fuera de carácter extravagante, le animaría a persistir en ese modo de vida alegre y disipado para el que poco estímulo sería necesario, y que me temo que ya ha resultado demasiado perjudicial para su salud y su fortuna; que ella se convertiría ahora en dueña de aquellas joyas que antaño adornaron a nuestra madre, y que sir George siempre nos había prometido; que si no venían a Perthshire, no podría satisfacer mi curiosidad de contemplar a mi madrastra, y que si venían, Matilda ya no se sentaría a la cabecera de la mesa de su padre. Estas, mi querida Charlotte, fueron las melancólicas reflexiones que se agolparon en mi imaginación tras leer la carta de Susan para ti, y que acudieron al instante a la mente de Matilda cuando la hubo leído también. Las mismas ideas, los mismos temores, ocuparon inmediatamente su mente, y no sé qué reflexión la angustió más, si la probable disminución de nuestras fortunas o la de su propia importancia. Ambas deseamos mucho saber si Lady Lesley es hermosa y cuál es tu opinión sobre ella; como la honras con el apelativo de tu amiga, nos halagamos pensando que debe de ser amable. Mi hermano ya está en París. Tiene intención de abandonarlo en unos días y comenzar su ruta hacia Italia. Escribe de una manera de lo más alegre, dice que el aire de Francia ha recuperado en gran medida tanto su salud como su ánimo; que ahora ha dejado por completo de pensar en Louisa con ningún grado de lástima ni de afecto, que incluso se siente agradecido con ella por su fuga, ya que le parece muy divertido volver a estar soltero. Por esto, puedes percibir que ha recuperado totalmente esa alegre jovialidad y ese ingenio vivaz por el que una vez fue tan notable. Cuando conoció a Louisa, lo cual fue hace poco más de tres años, era uno de los jóvenes más vivaces y agradables de la época. Creo que nunca has oído los detalles de su primer encuentro. Comenzó en casa de nuestro primo, el coronel Drummond, en cuya residencia de Cumberland pasó las Navidades en las que cumplió los veintidós años. Louisa Burton era hija de un pariente lejano de la señora Drummond, quien, al morir unos meses antes en la miseria extrema, dejó a su única hija, de entonces unos dieciocho años, bajo la protección de cualquiera de sus parientes que quisiera protegerla. La señora Drummond fue la única que se sintió dispuesta a ello; por tanto, Louisa fue trasladada de una miserable cabaña en Yorkshire a una elegante mansión en Cumberland, y de todas las penurias pecuniarias que la pobreza puede infligir, a todos los goces elegantes que el dinero podía comprar. Louisa era naturalmente malhumorada y astuta; pero un padre que sabía demasiado bien que casarse sería la única oportunidad que ella tendría de no morir de hambre le había enseñado a disfrazar su verdadera disposición bajo la apariencia de una dulzura insinuante, y quien se halagaba pensando que, con tal extraordinario grado de belleza personal, unido a una gentileza de modales y un trato cautivador, podría tener una buena oportunidad de complacer a algún joven que pudiera permitirse casarse con una chica sin un chelín. Louisa comprendió perfectamente los planes de su padre y estaba decidida a impulsarlos con todo su cuidado y atención. A fuerza de perseverancia y aplicación, logró finalmente disfrazar tan a fondo su disposición natural bajo la máscara de la inocencia y la suavidad, que engañó a todo aquel que no hubiera descubierto su verdadero carácter mediante una larga y constante intimidad con ella. Tal era Louisa cuando el desdichado Lesley la vio por primera vez en Drummond-house. Su corazón, que (por usar tu comparación favorita) era tan delicado, dulce y tierno como una crema batida, no pudo resistirse a sus encantos. En muy pocos días, se estaba enamorando, poco después se enamoró realmente, y antes de haberla conocido un mes, se había casado con ella. Mi padre estuvo al principio muy disgustado por un vínculo tan precipitado e imprudente; pero cuando vio que a ellos no les importaba, pronto se reconcilió por completo con el enlace. La propiedad cerca de Aberdeen que mi hermano posee por la generosidad de su tío abuelo, independiente de sir George, era totalmente suficiente para mantenerlos a él y a mi hermana con elegancia y comodidad. Durante el primer año, nadie pudo ser más feliz que Lesley, y nadie más amable en apariencia que Louisa, y actuó de forma tan plausible y se comportó con tanta cautela que, aunque Matilda y yo a menudo pasábamos varias semanas con ellos, ninguna de las dos tuvimos sospecha alguna de su verdadera disposición. Sin embargo, tras el nacimiento de Louisa, lo que uno habría pensado que fortalecería su afecto por Lesley, la máscara que ella había mantenido durante tanto tiempo fue poco a poco arrojada, y como probablemente se creía entonces segura en el afecto de su marido (que de hecho parecía, si acaso, aumentado por el nacimiento de su hija), no pareció tomarse molestias en evitar que ese afecto disminuyera. Por tanto, nuestras visitas a Dunbeath fueron a partir de entonces menos frecuentes y mucho menos agradables de lo que solían ser. Sin embargo, nuestra ausencia nunca fue mencionada ni lamentada por Louisa, quien en la sociedad del joven Danvers, con quien trabó conocimiento en Aberdeen (estaba en una de las universidades de allí), se sentía infinitamente más feliz que en la de Matilda y tu amiga, aunque ciertamente nunca hubo chicas más agradables que nosotras. Ya conoces el triste final de toda la felicidad conyugal de Lesley; no lo repetiré. Adiós, mi querida Charlotte; aunque aún no he mencionado nada sobre el asunto, espero que me hagas justicia al creer que pienso y siento mucho la aflicción de tu hermana. No dudo que el aire saludable de las colinas de Bristol la eliminará por completo, borrando de su mente el recuerdo de Henry. Soy, mi querida Charlotte, tuya siempre.

M. L.

CARTA CUARTA De la señorita C. LUTTERELL a la señorita M. LESLEY

Bristol, 27 de febrero

Mi querida Peggy

Acabo de recibir tu carta, la cual, al estar dirigida a Sussex mientras yo estaba en Bristol, tuvo que ser enviada aquí, y por algún retraso inexplicable, acaba de llegar a mis manos. Te doy muchas gracias por el relato que contiene sobre el conocimiento, el amor y el matrimonio de Lesley con Louisa, que no me ha entretenido menos por habérmelo repetido a menudo antes.

Tengo la satisfacción de informarte de que tenemos todas las razones para imaginar que nuestra despensa ya está casi vacía, pues dejamos órdenes precisas a los criados de que comieran todo lo que pudieran y llamaran a un par de mujeres de servicio para que los ayudaran. Trajimos con nosotras un pastel de paloma frío, un pavo frío, una lengua fría y media docena de gelatinas, de las cuales tuvimos la suerte, con la ayuda de nuestra casera, su marido y sus tres hijos, de deshacernos en menos de dos días tras nuestra llegada. La pobre Eloisa sigue tan indiferente tanto en salud como en ánimo que mucho me temo que el aire de las colinas de Bristol, por saludable que sea, no ha sido capaz de alejar al pobre Henry de su recuerdo.

Me preguntas si tu nueva madrastra es hermosa y amable; ahora te daré una descripción exacta de sus encantos corporales y mentales. Es baja y extremadamente bien hecha; es naturalmente pálida, pero se maquilla bastante; tiene ojos bonitos y dientes bonitos, como se encargará de hacerte saber en cuanto te vea, y en conjunto es muy guapa. Es notablemente bondadosa cuando se hace su voluntad, y muy vivaz cuando no está de mal humor. Es naturalmente extravagante y no muy afectada; nunca lee nada más que las cartas que recibe de mí, y nunca escribe nada más que sus respuestas a ellas. Toca, canta y baila, pero no tiene gusto por ninguna de las tres cosas, y no destaca en ninguna, aunque dice que le apasionan todas. Quizá me halagues hasta el punto de sorprenderte de que alguien de quien hablo con tan poco afecto sea mi amiga particular; pero, a decir verdad, nuestra amistad surgió más por capricho de su parte que por estima de la mía. Pasamos dos o tres días juntas con una dama de Berkshire con la que ambas estábamos relacionadas. Durante nuestra visita, siendo el tiempo notablemente malo y nuestro grupo particularmente estúpido, tuvo la bondad de concebir una violenta parcialidad por mí, que muy pronto se convirtió en una amistad absoluta y terminó en una correspondencia establecida. Probablemente para estas alturas ella esté tan cansada de mí como yo de ella; pero como ella es demasiado educada y yo demasiado cortés para decirlo, nuestras cartas siguen siendo tan frecuentes y afectuosas como siempre, y nuestro vínculo tan firme y sincero como cuando comenzó. Como ella tenía un gran gusto por los placeres de Londres y de Brighthelmstone, me atrevo a decir que encontrará alguna dificultad en convencerse siquiera de satisfacer la curiosidad que imagino siente por contemplarte, a costa de abandonar esos lugares favoritos de disipación por la melancólica, aunque venerable penumbra del castillo que habitas. Quizá, sin embargo, si encuentra su salud deteriorada por demasiada diversión, pueda adquirir la fortaleza suficiente para emprender un viaje a Escocia con la esperanza de que resulte al menos beneficioso para su salud, si no conducente a su felicidad. Tus temores, lamento decir, sobre la extravagancia de tu padre, tus propias fortunas, las joyas de tu madre y la importancia de tu hermana, supongo que están demasiado bien fundados. Mi amiga tiene por su parte cuatro mil libras, y probablemente gastará casi lo mismo cada año en vestidos y lugares públicos, si puede conseguirlo; ciertamente no intentará que sir George abandone el modo de vida al que ha estado tan acostumbrado durante tanto tiempo, y por lo tanto hay alguna razón para temer que serás muy afortunada si consigues fortuna alguna. Las joyas, imagino también, serán sin duda suyas, y hay demasiadas razones para pensar que presidirá la mesa de su marido con preferencia a su hija. Pero como un tema tan melancólico debe necesariamente angustiarte mucho, no me detendré más en ello.

La indisposición de Eloisa nos ha traído a Bristol en una época del año tan poco de moda que, en realidad, solo hemos visto a una familia distinguida desde que llegamos. El señor y la señora Marlowe son personas muy agradables; la mala salud de su hijo pequeño provocó su llegada aquí; puedes imaginar que, siendo la única familia con la que podemos conversar, estamos, por supuesto, en pie de intimidad con ellos; de hecho, los vemos casi todos los días y cenamos con ellos ayer. Pasamos un día muy agradable y tuvimos una cena muy buena, aunque, para ser sinceros, la ternera estaba terriblemente poco hecha y al curry le faltaba condimento. No pude evitar desear durante toda la cena haber estado yo en la preparación. Un hermano de la señora Marlowe, el señor Cleveland, está con ellos actualmente; es un joven apuesto y parece tener mucho que decir. Le digo a Eloisa que debería intentar ganárselo, pero no parece apreciar en absoluto la propuesta. Me gustaría ver a la chica casada y Cleveland tiene una muy buena fortuna. Quizá te preguntes por qué no me considero a mí misma tanto como a mi hermana en mis proyectos matrimoniales; pero, a decir verdad, nunca deseo representar un papel más principal en una boda que el de supervisar y dirigir la cena, y por eso, mientras pueda conseguir que alguna de mis amistades se case por mí, nunca pensaré en hacerlo yo misma, pues sospecho mucho que no tendría tanto tiempo para preparar mi propia cena de boda como para preparar la de mis amigas.

Tuyo sinceramente C. L.

CARTA QUINTA De la señorita MARGARET LESLEY a la señorita CHARLOTTE LUTTERELL

Castillo de Lesley, 18 de marzo

El mismo día que recibí tu última y amable carta, Matilda recibió una de sir George que estaba fechada en Edimburgo, y nos informaba de que se tomaría el placer de presentarnos a Lady Lesley a la tarde siguiente. Esto, como puedes suponer, nos sorprendió considerablemente, especialmente porque tu relato sobre su señoría nos había dado razones para imaginar que había pocas posibilidades de que visitara Escocia en un momento en que Londres debe de estar tan alegre. Sin embargo, como era nuestra obligación estar encantadas ante tal muestra de condescendencia como una visita de sir George y Lady Lesley, nos preparamos para devolverles una respuesta que expresara la felicidad que disfrutábamos ante la expectativa de tal bendición, cuando, recordando afortunadamente que como llegarían al castillo a la tarde siguiente, sería imposible para mi padre recibirla antes de partir de Edimburgo, nos conformamos con dejarles suponer que estábamos tan felices como debíamos estar. A las nueve de la noche del día siguiente llegaron, acompañadas por uno de los hermanos de Lady Lesley. Su señoría responde perfectamente a la descripción que me enviaste de ella, excepto que no creo que sea tan guapa como parece que tú la consideras. No tiene mal rostro, pero hay algo tan extremadamente poco majestuoso en su figura pequeña y diminuta, que la convierte, en comparación con la elegante estatura de Matilda y la mía, en una enana insignificante. Habiendo sido satisfecha ya perfectamente su curiosidad por vernos (que debe haber sido grande para traerla a más de cuatrocientas millas), ya empieza a mencionar su regreso a la ciudad, y nos ha pedido que la acompañemos. No podemos rechazar su petición ya que está secundada por las órdenes de nuestro padre y terciada por las súplicas del señor Fitzgerald, quien es ciertamente uno de los jóvenes más agradables que jamás he contemplado. Todavía no está determinado cuándo nos iremos, pero cuando lo hagamos, sin duda nos llevaremos a nuestra pequeña Louisa con nosotras. Adiós, mi querida Charlotte; Matilda se une a mí en los mejores deseos para ti y para Eloisa, de tu siempre,

M. L.

CARTA SEXTA De LADY LESLEY a la señorita CHARLOTTE LUTTERELL

Castillo de Lesley, 20 de marzo

Llegamos aquí, mi dulce amiga, hace cosa de quince días, y ya me arrepiento sinceramente de haber abandonado nuestra encantadora casa en Portman-square por un castillo tan lúgubre, viejo y azotado por el clima como este. No puedes formarte una idea suficientemente espantosa de su forma de mazmorra. Está encaramado sobre una roca que, al parecer, es tan totalmente inaccesible que esperaba ser izada mediante una cuerda, y me arrepentí sinceramente de haber satisfecho mi curiosidad por ver a mis hijas a costa de verme obligada a entrar en su prisión de una manera tan peligrosa y ridícula. Pero tan pronto como me vi sana y salva en el interior de este tremendo edificio, me consolé con la esperanza de ver mis ánimos reavivados por la vista de dos chicas hermosas, tal y como me habían representado a las señoritas Lesley en Edimburgo. Pero aquí, de nuevo, no me encontré más que con decepción y sorpresa. Matilda y Margaret Lesley son dos chicas grandes, altas, desmesuradas y crecidas, justo del tamaño adecuado para habitar un castillo casi tan grande en comparación como ellas mismas. Desearía, mi querida Charlotte, que pudieras ver a estas gigantes escocesas; estoy segura de que te asustarían hasta perder el juicio. Irán muy bien como contraste a mi persona, así que las he invitado a acompañarme a Londres, donde espero estar en el transcurso de quince días. Además de estas dos bellas damiselas, encontré aquí a una pequeña mocosa malhumorada que creo es algún pariente suyo; me dijeron quién era y me dieron una larga e incoherente historia sobre su padre y una señorita fulana que he olvidado por completo. Odio los chismes y detesto a los niños. He sido atormentada desde que llegué aquí con visitas pesadas de un grupo de desgraciados escoceses, con nombres terriblemente difíciles; fueron tan amables, me hicieron tantas invitaciones y hablaron de volver tan pronto, que no pude evitar ofenderlos. Supongo que no los veré más, y sin embargo, como grupo familiar, somos tan estúpidos que no sé qué hacer conmigo misma. Estas chicas no tienen otra música que aires escoceses, ni dibujos que no sean montañas escocesas, ni libros que no sean poemas escoceses; y odio todo lo escocés. Por lo general, puedo pasar la mitad del día ante mi tocador con mucho placer, pero ¿por qué debería vestirme aquí, si no hay ni una criatura en la casa a quien desee complacer? Acabo de tener una conversación con mi hermano en la que me ha ofendido mucho, y de la cual, como no tengo nada más entretenido que enviarte, te daré los detalles. Debes saber que durante estos cuatro o cinco días he sospechado fuertemente que William siente una inclinación por mi hija mayor. Admito, de hecho, que si me hubiera sentido inclinada a enamorarme de alguna mujer, no habría elegido a Matilda Lesley como objeto de mi pasión, pues no hay nada que odie tanto como a una mujer alta; pero, sin embargo, no se puede explicar el gusto de algunos hombres, y como William mide él mismo casi seis pies, no es extraño que se sienta atraído por esa estatura. Ahora bien, como tengo un gran afecto por mi hermano y me sentiría extremadamente apenada de verlo infeliz, lo cual supongo que pretende estar si no puede casarse con Matilda, y como además sé que sus circunstancias no le permitirán casarse con nadie sin fortuna, y que la de Matilda depende enteramente de su padre, quien no tendrá ni la inclinación ni mi permiso para darle nada en este momento, pensé que sería una acción bondadosa por parte de mi hermano hacérselo saber, para que pudiera elegir por sí mismo si vencer su pasión o amar y desesperar. En consecuencia, encontrándome esta mañana a solas con él en una de las horribles habitaciones antiguas de este castillo, le abrí la cuestión de la siguiente manera.

"Bueno, mi querido William, ¿qué opinas de estas chicas? Por mi parte, no las encuentro tan poco agraciadas como esperaba; pero quizá puedas pensar que soy parcial con las hijas de mi marido y quizá tengas razón; de hecho, se parecen tanto a sir George que es natural pensar..."

"Mi querida Susan (exclamó él en un tono de gran asombro), ¡no creerás realmente que tienen el menor parecido con su padre! ¡Es tan poco agraciado!... pero te pido perdón; había olvidado por completo con quién estaba hablando..."

"¡Oh! Por favor, no te preocupes por mí —respondí—; todo el mundo sabe que sir George es horriblemente feo, y te aseguro que siempre me pareció un espanto".

"Me sorprendes extremadamente —respondió William— por lo que dices tanto respecto a sir George como a sus hijas. No puedes creer que tu marido carezca tanto de encantos personales como dices, ni seguramente puedes ver parecido alguno entre él y las señoritas Lesley, quienes, en mi opinión, son perfectamente diferentes a él y perfectamente hermosas".

"Si esa es tu opinión respecto a las chicas, ciertamente no es prueba de la belleza de su padre, pues si son perfectamente diferentes a él y muy hermosas al mismo tiempo, es natural suponer que él es muy poco agraciado".

"De ninguna manera —dijo él—, pues lo que puede ser bonito en una mujer, puede resultar muy desagradable en un hombre".

"Pero tú mismo —repliqué— hace apenas unos minutos admitiste que él era muy poco agraciado".

"Los hombres no son jueces de la belleza en su propio sexo", dijo él.

"Ni hombres ni mujeres pueden pensar que sir George sea tolerable".

«Bien, bien —dijo él—, no disputaremos sobre su belleza, pero tu opinión sobre sus hijas es ciertamente muy singular, pues si te entendí bien, ¡dijiste que no las encontrabas tan sosas como esperabas!»

«¿Por qué, acaso tú las encuentras más sosas? —dije yo—.

«Apenas puedo creer que hables en serio —respondió él— cuando te refieres a su persona de una manera tan extraordinaria. ¿No te parecen las señoritas Lesley dos jóvenes muy hermosas?»

«¡Dios mío! ¡No! —exclamé yo—. ¡Me parecen terriblemente sosas!»

«¡Sosas! —replicó él—. ¡Mi querida Susan, no puedes pensar eso realmente! ¿Por qué, qué rasgo único en el rostro de cualquiera de ellas podrías criticar?»

«¡Oh! Confía en mí para eso —repliqué yo—. Vamos, empezaré por la mayor, por Matilda. ¿Lo haré, William?». (Puse la cara más astuta que pude al decirlo, con el fin de avergonzarlo).

«Son tan parecidas —dijo él— que supondría que los defectos de una serían los defectos de ambas».

«Bien, pues, en primer lugar, ¡ambas son horriblemente altas!»

«Son más altas que tú, ciertamente», dijo él con una sonrisa pícara.

«Bah —dije yo—, no sé nada de eso».

«Bien, pero —continuó—, aunque puedan estar por encima de la estatura común, sus figuras son perfectamente elegantes; y en cuanto a sus rostros, sus ojos son hermosos».

«Jamás podré considerar tales figuras tremendas y aplastantes en lo más mínimo elegantes, y en cuanto a sus ojos, son tan altos que nunca pude estirar el cuello lo suficiente como para mirarlos».

«Bah —replicó él—, no sé si no tendrás razón al no intentarlo, pues quizás podrían deslumbrarte con su brillo».

«Oh, ciertamente —dije yo, con la mayor complacencia, pues te aseguro, mi queridísima Charlotte, que no me sentí ofendida en lo más mínimo, aunque, por lo que siguió, uno supondría que William era consciente de haberme dado motivos justos para estarlo, ya que, acercándose a mí y tomándome la mano, dijo—: No debes ponerte tan seria, Susan; ¡harás que tema haberte ofendido!»

«¡Ofenderme! Querido hermano, ¡cómo se te ocurre tal pensamiento! —respondí yo—. ¡No, de verdad! Te aseguro que no me sorprende en lo más mínimo que seas un defensor tan apasionado de la belleza de estas chicas».

«Bien, pero —interrumpió William—, recuerda que aún no hemos concluido nuestra disputa sobre ellas. ¿Qué defecto encuentras en su tez?»

«Son horriblemente pálidas».

«Siempre tienen un poco de color, y después de cualquier ejercicio se intensifica considerablemente».

«Sí, pero si alguna vez llegara a llover en esta parte del mundo, nunca serían capaces de reunir más que su reserva habitual, excepto, claro, si se entretienen corriendo arriba y abajo por estas horribles galerías y antesalas antiguas».

«Bien —respondió mi hermano en tono de fastidio, lanzándome una mirada impertinente—, si tienen poco color, al menos es todo suyo».

Esto fue demasiado, mi querida Charlotte, pues estoy segura de que tuvo la insolencia, con esa mirada, de pretender sospechar de la realidad del mío. Pero tú, estoy segura, defenderás mi carácter cada vez que lo oigas tan cruelmente denigrado, pues puedes dar fe de cuántas veces he protestado contra el uso de colorete y cuánto te he dicho siempre que me desagradaba. Y te aseguro que mis opiniones siguen siendo las mismas. Bien, al no soportar ser sospechosa ante mi hermano, abandoné la habitación inmediatamente, y desde entonces he estado en mi tocador escribiéndote. ¡Qué carta tan larga he hecho! Pero no debes esperar recibir tales cosas de mí cuando llegue a la ciudad; pues solo en Lesley Castle se tiene tiempo de escribir incluso a una Charlotte Lutterell. Estaba tan molesta por la mirada de William que no pude reunir la suficiente paciencia para quedarme y darle aquel consejo respecto a su apego a Matilda que me había inducido, por puro amor hacia él, a comenzar la conversación; y ahora estoy tan completamente convencida, por ello, de su violenta pasión por ella, que estoy segura de que nunca entraría en razón sobre el tema, y por lo tanto, no me tomaré más molestias ni por él ni por su favorita. Adiós, mi querida amiga.

Afectuosamente tuya, Susan L.

CARTA SÉPTIMA De la señorita C. LUTTERELL a la señorita M. LESLEY

Bristol, 27 de marzo

He recibido cartas tuyas y de tu suegra esta semana que me han entretenido enormemente, pues encuentro en ellas que ambas están verdaderamente celosas de la belleza de la otra. Es muy extraño que dos mujeres bonitas, aunque sean madre e hija, no puedan estar en la misma casa sin pelearse por sus rostros. Convéncete de que ambas son perfectamente hermosas y no hables más del asunto. Supongo que esta carta deberá dirigirse a Portman Square, donde probablemente (por grande que sea tu afecto por Lesley Castle) no te sentirás a disgusto al encontrarte. A pesar de todo lo que la gente pueda decir sobre los campos verdes y el campo, siempre fui de la opinión de que Londres y sus diversiones deben ser muy agradables por un tiempo, y sería muy feliz si los ingresos de mi madre nos permitieran colarnos en sus lugares públicos durante el invierno. Siempre deseé particularmente ir a Vauxhall, para ver si la carne fría que allí sirven se corta tan fina como dicen, pues tengo la astuta sospecha de que pocas personas entienden el arte de cortar una loncha de carne fría tan bien como yo: es más, sería extraño que no supiera algo del asunto, pues fue una parte de mi educación a la que dediqué, con mucho, más empeño. Mamá siempre me encontró su mejor alumna, aunque cuando papá vivía, Eloisa era la suya. Sin duda, nunca hubo dos disposiciones más diferentes en el mundo. Ambas amábamos la lectura. Ella prefería las historias, y yo las recetas. Ella amaba dibujar cuadros, y yo dibujar pollos. Nadie podía cantar una canción mejor que ella, y nadie hacer un pastel mejor que yo. Y así ha sido siempre desde que dejamos de ser niñas. La única diferencia es que todas las disputas sobre la superior excelencia de nuestros empleos, entonces tan frecuentes, ya no existen. Durante muchos años hemos llegado al acuerdo de admirar siempre los trabajos de la otra; nunca dejo de escuchar su música, y ella es tan constante en comer mis pasteles. Tal fue al menos el caso hasta que Henry Hervey hizo su aparición en Sussex. Antes de la llegada de su tía a nuestro vecindario, donde se estableció, sabes, hace cosa de un año, sus visitas a ella eran en momentos determinados y de duración igual y establecida; pero tras su traslado al Hall, que está a poca distancia a pie desde nuestra casa, se volvieron tanto más frecuentes como más largas. Esto, como puedes suponer, no podía ser agradable para la señora Diana, que es una enemiga declarada de todo lo que no esté dirigido por el decoro y la formalidad, o que guarde la menor semejanza con la soltura y los buenos modales. Es más, tan grande era su aversión al comportamiento de su sobrino que a menudo la he oído lanzar tales indirectas delante de él que, si Henry no hubiera estado en esos momentos enfrascado en una conversación con Eloisa, habrían captado su atención y lo habrían angustiado mucho. La alteración en el comportamiento de mi hermana, que ya he mencionado, tuvo lugar entonces. El acuerdo al que habíamos llegado de admirar las producciones de la otra ya no pareció importarle, y aunque yo aplaudía constantemente incluso cada contradanza que ella tocaba, ni siquiera un pastel de pichón hecho por mí podía obtener de ella una sola palabra de aprobación. Esto era ciertamente suficiente para poner a cualquiera furioso; sin embargo, yo estaba tan fría como un queso crema y, habiendo formado mi plan y concertado una estratagema de venganza, estaba decidida a dejar que hiciera lo que quisiera y no dirigirle ni un solo reproche. Mi plan era tratarla como ella me trataba a mí, y aunque ella llegara incluso a dibujar mi propio retrato o a tocar «Malbrook» (que es la única melodía que realmente me ha gustado), no decirle ni un «gracias, Eloisa»; aunque durante muchos años había gritado constantemente cada vez que tocaba: «Bravo, Bravissimo, her, Da capo, allegretto con espressione, y Poco presto» con muchas otras palabras tan extranjeras, todas ellas, como me decía Eloisa, expresivas de mi admiración; y así es, supongo, ya que veo algunas de ellas en cada página de cada libro de música, siendo los sentimientos, imagino, del compositor.

Ejecuté mi plan con gran puntualidad. No puedo decir con éxito, pues, ¡ay!, mi silencio mientras ella tocaba no pareció desagradarle en lo más mínimo; al contrario, ella realmente me dijo un día: «Bien, Charlotte, me alegra mucho encontrar que al fin has dejado esa costumbre ridícula de aplaudir mi ejecución en el clavecín hasta hacerme doler la cabeza y quedarte tú ronca. Me siento muy agradecida por mantener tu admiración para ti misma». Nunca olvidaré la respuesta tan ingeniosa que le di a este discurso. «Eloisa —le dije—, te ruego que estés tranquila respecto a todos esos temores en el futuro, pues ten por seguro que siempre guardaré mi admiración para mí misma y para mis propios asuntos, y nunca la extenderé a los tuyos». Esta fue la única cosa muy severa que dije en mi vida; no es que no me haya sentido a menudo extremadamente satírica, pero fue la única vez que hice públicos mis sentimientos.

Supongo que nunca hubo dos jóvenes que sintieran mayor afecto el uno por el otro que Henry y Eloisa; no, el amor de tu hermano por la señorita Burton no pudo ser tan fuerte, aunque pudo ser más violento. Puedes imaginar, por tanto, cuán provocada debió de sentirse mi hermana al ver que él le jugaba una broma así. ¡Pobre chica! Todavía lamenta su muerte con constancia inquebrantable, a pesar de que lleva muerto más de seis semanas; pero algunas personas se preocupan más por estas cosas que otras. El mal estado de salud en que la ha sumido su pérdida la hace tan débil, y tan incapaz de soportar el menor esfuerzo, que ha estado llorando toda la mañana simplemente por haberse despedido de la señora Marlowe, quien con su esposo, hermano e hijo abandonan Bristol esta mañana. Siento que se vayan porque son la única familia con la que tenemos aquí alguna relación, pero nunca se me pasó por la cabeza llorar; por supuesto, Eloisa y la señora Marlowe siempre han estado más juntas que conmigo, y por tanto han contraído una especie de afecto la una por la otra, lo que no hace que las lágrimas sean tan inexcusables en ellas como lo serían en mí. Los Marlowe van a la ciudad; Cliveland los acompaña; como ni Eloisa ni yo pudimos atraparlo, espero que tú o Matilda tengáis mejor suerte. No sé cuándo dejaremos Bristol; el ánimo de Eloisa está tan bajo que es muy reacia a moverse, y sin duda no ha mejorado en absoluto con su residencia aquí. Una semana o dos, espero, determinarán nuestras medidas; mientras tanto, créeme,

etcétera, etcétera, Charlotte Lutterell.

CARTA OCTAVA De la señorita LUTTERELL a la señora MARLOWE

Bristol, 4 de abril

Me siento grandemente obligada hacia ti, mi querida Emma, por tal muestra de afecto como la que me halaga pensar que se transmitía en la propuesta que me hiciste de que mantuviéramos correspondencia; te aseguro que será un gran alivio para mí escribirte y, mientras mi salud y mi ánimo me lo permitan, me encontrarás una corresponsal muy constante; no diré entretenida, pues conoces mi situación lo suficiente como para no ignorar que, en mí, la alegría sería inapropiada y conozco demasiado bien mi propio corazón como para no darme cuenta de que sería antinatural. No debes esperar noticias, pues no vemos a nadie con quien tengamos la menor relación, o en cuyos asuntos tengamos algún interés. No debes esperar escándalos, pues por la misma regla estamos igualmente impedidas tanto de oírlos como de inventarlos. No debes esperar de mí nada más que las melancólicas efusiones de un corazón roto que vuelve siempre a la felicidad que una vez disfrutó y que soporta mal su presente desgracia. La posibilidad de ser capaz de escribir, de hablarte de mi perdido Henry, será un lujo para mí, y tu bondad no me negará, lo sé, leer lo que tanto aliviará mi corazón escribir. Una vez pensé que tener lo que generalmente se llama una amiga (quiero decir, una de mi propio sexo a quien pudiera hablar con menos reserva que a cualquier otra persona), independiente de mi hermana, nunca sería un objeto de mis deseos, ¡pero qué equivocada estaba! Charlotte está demasiado ocupada con dos corresponsales confidenciales de esa clase para suplir el lugar de una para mí, y espero que no me consideres infantilmente romántica cuando digo que tener alguna amiga amable y compasiva que pudiera escuchar mis penas sin intentar consolarme era lo que desde hacía algún tiempo deseaba, cuando nuestra relación contigo, la intimidad que la siguió y la atención particular y afectuosa que me prestaste casi desde el principio, me hicieron albergar la halagadora idea de que esas atenciones se convirtieran, en una relación más estrecha, en una amistad que, si fueras lo que mis deseos formaron, sería la mayor felicidad que podría llegar a disfrutar. Encontrar que tales esperanzas se hacen realidad es una satisfacción en verdad, una satisfacción que es ahora casi la única que podré experimentar jamás. Me siento tan lánguida que estoy segura de que si estuvieras conmigo me obligarías a dejar de escribir, y no puedo darte mayor prueba de mi afecto por ti que actuando, como sé que desearías que hiciera, tanto si estás ausente como presente. Soy, de mi querida Emma, su sincera amiga,

E. L.

CARTA NOVENA De la señora MARLOWE a la señorita LUTTERELL

Grosvenor Street, 10 de abril

¿Necesito decir, mi querida Eloisa, cuán bienvenida fue tu carta para mí? No puedo dar mayor prueba del placer que recibí de ella, o del deseo que siento de que nuestra correspondencia pueda ser regular y frecuente, que dándote tan buen ejemplo como ahora hago al responderla antes de que acabe la semana. Pero no imagines que pretendo mérito alguno al ser tan puntual; al contrario, te aseguro que es una gratificación mucho mayor para mí escribirte que pasar la tarde en un concierto o en un baile. El señor Marlowe desea tanto que aparezca en algunos de los lugares públicos cada tarde que no me gusta negárselo, pero al mismo tiempo deseo tanto quedarme en casa que, independientemente del placer que experimento al dedicar cualquier porción de mi tiempo a mi querida Eloisa, la libertad que reclamo de tener una carta que escribir para pasar una tarde en casa con mi hijito, me conoces lo suficiente para ser consciente de que, por sí misma, será un incentivo suficiente (si es que alguno es necesario) para mantener con gusto una correspondencia contigo. En cuanto al tema de tus cartas para mí, ya sea grave o alegre, si te concierne a ti, debe ser igualmente interesante para mí; no es que piense que la melancólica complacencia de tus propias penas, repitiéndolas y deteniéndote en ellas conmigo, solo las alentará y aumentará, y que sería más prudente de tu parte evitar un tema tan triste; pero aun así, sabiendo como sé qué placer tan suave y melancólico debe proporcionarte, no puedo prevalecer sobre mí misma para negarte tan gran indulgencia, y solo insistiré en que no esperes que te aliente en ello con mis propias cartas; al contrario, pretendo llenarlas de tal ingenio vivo y humor vivificante que incluso provoque una sonrisa en el dulce pero triste semblante de mi Eloisa.

En primer lugar, debes saber que he conocido a las tres amigas de tus hermanas, Lady Lesley y sus hijas, dos veces en público desde que estoy aquí. Sé que estarás impaciente por oír mi opinión sobre la belleza de las tres damas de las que tanto has oído hablar. Ahora, como estás demasiado enferma y demasiado infeliz como para ser vanidosa, creo que puedo aventurarme a informarte de que no me gusta ninguno de sus rostros tanto como el tuyo. Sin embargo, todas son hermosas; a Lady Lesley, de hecho, la he visto antes; creo que en general se diría que sus hijas tienen un rostro más fino que su señoría, y aun así, con los encantos de una tez floreciente, un poco de afectación y una gran cantidad de cháchara (en cada una de las cuales es superior a las jóvenes damas), me atrevo a decir que ganará tantos admiradores como los rasgos más regulares de Matilda y Margaret. Estoy segura de que estarás de acuerdo conmigo en decir que ninguna de ellas puede tener una estatura adecuada para la verdadera belleza cuando sepas que dos de ellas son más altas y la otra más baja que nosotras. A pesar de este defecto (o más bien debido a él), hay algo muy noble y majestuoso en las figuras de las señoritas Lesley, y algo agradablemente vivo en la apariencia de su bonita y pequeña suegra. Pero aunque una pueda ser majestuosa y la otra viva, aun así, el rostro de ninguna posee esa dulzura hechizante de mi Eloisa, que su languidez actual está lejos de disminuir. Qué dirían mi esposo y mi hermano de nosotras si supieran todas las cosas hermosas que he estado diciéndote en esta carta. Es muy duro que a una mujer bonita nunca le digan que lo es ninguna persona de su propio sexo sin que se sospeche que esa persona es su enemiga declarada o su aduladora profesional. ¡Qué más amables son las mujeres en ese particular! Un hombre puede decir cuarenta cosas amables a otro sin que supongamos que le pagan por ello, y siempre que cumpla con su deber hacia nuestro sexo, no nos importa cuán cortés sea con el suyo.

La señora Lutterell será tan amable de aceptar mis cumplidos, Charlotte, mi amor, y Eloisa los mejores deseos para la recuperación de su salud y ánimo que puedan ser ofrecidos por su afectuosa amiga,

E. Marlowe.

Me temo que esta carta será solo una pobre muestra de mis facultades ingeniosas; y tu opinión sobre ellas no aumentará mucho cuando te asegure que he sido tan entretenida como me fue posible.

CARTA DÉCIMA De la señorita MARGARET LESLEY a la señorita CHARLOTTE LUTTERELL

Portman Square, 13 de abril

MI QUERIDA CHARLOTTE

Dejamos Lesley-Castle el día 28 del mes pasado y llegamos a salvo a Londres tras un viaje de siete días; tuve el placer de encontrar su carta esperándome aquí a mi llegada, por lo cual le doy mis más sinceras gracias. ¡Ah! querida amiga, cada día lamento más los serenos y tranquilos placeres del castillo que hemos dejado atrás, a cambio de las inciertas y desiguales diversiones de esta vanagloriada ciudad. No pretendo afirmar que estas inciertas y desiguales diversiones me sean en absoluto desagradables; al contrario, las disfruto enormemente y las disfrutaría aún más si no estuviera segura de que cada aparición que hago en público no hace sino remachar las cadenas de aquellos seres infelices cuya pasión es imposible no compadecer, aunque esté fuera de mi poder corresponderles. En resumen, mi querida Charlotte, mi sensibilidad ante el sufrimiento de tantos jóvenes amables, mi aversión a la extrema admiración que encuentro, y mi rechazo a ser tan celebrada tanto en público como en privado, en los periódicos y en las imprentas, son las razones por las que no puedo disfrutar más plenamente de las tan variadas y placenteras diversiones de Londres. ¡Cuántas veces he deseado poseer tan poca belleza física como tú; que mi figura fuera tan inelegante; mi rostro tan poco agraciado; y mi apariencia tan poco agradable como la tuya! Pero ah, qué pocas probabilidades hay de un acontecimiento tan deseable; he tenido viruelas, y por tanto debo someterme a mi infeliz destino.

Ahora voy a confiarte, mi querida Charlotte, un secreto que ha perturbado durante mucho tiempo la tranquilidad de mis días, y que es de tal clase que requiere de ti la más inviolable reserva. El lunes de la semana pasada, Matilda y yo acompañamos a Lady Lesley a una reunión en casa de la honorable Mrs. Kickabout; fuimos escoltadas por Mr. Fitzgerald, quien es un joven muy amable en esencia, aunque quizás un poco singular en sus gustos; él está enamorado de Matilda. Apenas habíamos presentado nuestros respetos a la dueña de la casa y hecho una reverencia a una decena de personas diferentes, cuando mi atención fue atraída por la aparición de un joven, el más encantador de su sexo, que en ese momento entró en la sala con otro caballero y una dama. Desde el primer momento en que lo vi, tuve la certeza de que de él dependía la felicidad futura de mi vida. Imagina mi sorpresa cuando fue presentado ante mí con el nombre de Cleveland; al instante lo reconocí como el hermano de Mrs. Marlowe, y el conocido de mi Charlotte en Bristol. Mr. y Mrs. M. eran el caballero y la dama que le acompañaban. (¿No te parece a ti que Mrs. Marlowe es guapa?) El porte elegante de Mr. Cleveland, sus modales pulidos y su maravillosa inclinación de cabeza confirmaron de inmediato mi apego. Él no habló, pero puedo imaginar todo lo que habría dicho si hubiera abierto la boca. Puedo representarme el entendimiento cultivado, los nobles sentimientos y el lenguaje elegante que habrían brillado con tanta notoriedad en la conversación de Mr. Cleveland. La aproximación de Sir James Gower (uno de mis demasiado numerosos admiradores) impidió el descubrimiento de tales facultades al poner fin a una conversación que ni siquiera habíamos comenzado, y al atraer mi atención hacia sí mismo. Pero, ¡oh!, ¡cuán inferiores son los logros de Sir James a los de su tan envidiado rival! Sir James es uno de los más frecuentes visitantes, y casi siempre está en nuestras reuniones. Desde entonces nos hemos encontrado a menudo con Mr. y Mrs. Marlowe, pero no con Cleveland; siempre está ocupado en algún otro lugar. Mrs. Marlowe me fatiga hasta la muerte cada vez que la veo con sus tediosas conversaciones sobre ti y Eloisa. ¡Es tan estúpida! Vivo con la esperanza de ver a su irresistible hermano esta noche, pues vamos a casa de Lady Flambeau, quien sé que es íntima de los Marlowe. Nuestro grupo estará compuesto por Lady Lesley, Matilda, Fitzgerald, Sir James Gower y yo misma. Vemos poco a Sir George, quien casi siempre está en la mesa de juego. Ah, mi pobre fortuna, ¿dónde estarás a estas alturas? Vemos más a Lady L., quien siempre hace su aparición (muy maquillada) a la hora de la cena. ¡Ay, qué joyas tan deliciosas lucirá esta tarde en casa de Lady Flambeau! Sin embargo, me pregunto cómo puede ella misma disfrutar llevándolas; seguramente debe ser consciente de la ridícula impropiedad de cargar su pequeña y diminuta figura con adornos tan superfluos; ¿es posible que no sepa cuánto superior es una elegante sencillez al atuendo más estudiado? Si tan solo nos las regalara a Matilda y a mí, ¡cuánto se lo agradeceríamos! ¡Cómo resaltarían los diamantes en nuestras figuras finas y majestuosas! Y es sorprendente que tal idea nunca se le haya ocurrido. Estoy segura de que si he reflexionado de esta manera una vez, lo he hecho cincuenta. Siempre que veo a Lady Lesley vestida con ellas, tales reflexiones acuden inmediatamente a mi mente. ¡Las joyas de mi propia madre también! Pero no diré nada más sobre un tema tan melancólico; déjame entretenerte con algo más agradable. Matilda recibió esta mañana una carta de Lesley, por la cual tenemos el placer de saber que está en Nápoles, se ha convertido al catolicismo, obtuvo una de las bulas del Papa para anular su primer matrimonio y desde entonces se ha casado realmente con una dama napolitana de gran rango y fortuna. Nos dice además que un asunto muy similar le ha ocurrido a su primera esposa, la despreciable Louisa, quien también está en Nápoles, se ha convertido al catolicismo y pronto se casará con un noble napolitano de gran y distinguido mérito. Dice que en la actualidad son muy buenos amigos, han perdonado todos los errores pasados y pretenden ser en el futuro muy buenos vecinos. Nos invita a Matilda y a mí a hacerle una visita a Italia y a llevarle a su pequeña Louisa, a quien tanto su madre, su madrastra como él mismo están igualmente deseosos de ver. En cuanto a aceptar su invitación, es en este momento muy incierto; Lady Lesley nos aconseja ir sin pérdida de tiempo; Fitzgerald se ofrece a escoltarnos hasta allí, pero Matilda tiene algunas dudas sobre la propiedad de tal plan; ella admite que sería muy agradable. Estoy segura de que le gusta el sujeto. Mi padre desea que no tengamos prisa, ya que quizás si esperamos unos meses, tanto él como Lady Lesley se tomarán el placer de acompañarnos. Lady Lesley dice que no, que nada la tentará jamás a renunciar a las diversiones de Brighthelmstone por un viaje a Italia simplemente para ver a nuestro hermano. "No (dice la desagradable mujer), una vez en mi vida fui lo bastante tonta como para viajar no sé cuántos cientos de millas para ver a dos de la familia, y descubrí que no valía la pena, así que que me lleve el diablo si vuelvo a ser tan tonta". Eso dice su señoría, pero Sir George persiste en decir que quizás en un mes o dos nos acompañen.

Adiós mi querida Charlotte. Tu fiel Margaret Lesley.

LA HISTORIA DE INGLATERRA

DESDE EL REINADO DE ENRIQUE IV HASTA LA MUERTE DE CARLOS I

POR UNA HISTORIADORA PARCIAL, PREJUICIOSA E IGNORANTE.

A la señorita Austen, hija mayor del reverendo George Austen, esta obra es dedicada con todo el debido respeto por

LA AUTORA.

N.B. Habrá muy pocas fechas en esta Historia.

LA HISTORIA DE INGLATERRA

ENRIQUE IV

Enrique IV ascendió al trono de Inglaterra con gran satisfacción propia en el año 1399, después de haber convencido a su primo y predecesor Ricardo II de que se lo cediera y de que se retirara el resto de su vida al castillo de Pomfret, donde por casualidad fue asesinado. Es de suponer que Enrique estaba casado, puesto que ciertamente tuvo cuatro hijos, pero no está en mi mano informar al lector de quién fue su esposa. Sea como fuere, no vivió para siempre, sino que al caer enfermo, su hijo el Príncipe de Gales vino y se llevó la corona; tras lo cual el Rey pronunció un largo discurso, para el cual debo remitir al lector a las obras de Shakespeare, y el Príncipe pronunció uno aún más largo. Una vez resueltas así las cosas entre ellos, el Rey murió y fue sucedido por su hijo Enrique, quien previamente había golpeado a Sir William Gascoigne.

ENRIQUE V

Este príncipe, tras suceder al trono, se reformó por completo y se volvió amable, abandonando a todos sus disipados compañeros y no volviendo a azotar nunca más a Sir William. Durante su reinado, Lord Cobham fue quemado vivo, pero olvido por qué. Su Majestad dirigió entonces sus pensamientos hacia Francia, donde fue y libró la famosa batalla de Azincourt. Después se casó con la hija del Rey, Catalina, una mujer muy agradable según el relato de Shakespeare. A pesar de todo esto, sin embargo, murió y fue sucedido por su hijo Enrique.

ENRIQUE VI

No puedo decir mucho a favor del juicio de este monarca. Ni lo haría si pudiera, pues era un Lancaster. Supongo que saben todo sobre las guerras entre él y el Duque de York, quien estaba en el bando correcto; si no es así, será mejor que lean alguna otra historia, pues yo no seré muy prolija en esta, pretendiendo con ella solo desahogar mi malicia contra, y mostrar mi odio a, todas aquellas personas cuyas facciones o principios no coinciden con los míos, y no dar información. Este Rey se casó con Margarita de Anjou, una mujer cuyas angustias y desgracias fueron tan grandes que casi me hacen, a mí que la odio, compadecerla. Fue en este reinado cuando Juana de Arco vivió e hizo tal alboroto entre los ingleses. No deberían haberla quemado, pero lo hicieron. Hubo varias batallas entre los yorkistas y los lancasterianos, en las que los primeros (como era justo) salieron usualmente victoriosos. A la larga fueron completamente derrotados; el Rey fue asesinado, la Reina fue enviada a casa y Eduardo IV ascendió al trono.

EDUARDO IV

Este monarca fue famoso solo por su belleza y su valentía, de las cuales el retrato que aquí hemos dado de él, y su comportamiento impávido al casarse con una mujer mientras estaba comprometido con otra, son pruebas suficientes. Su esposa fue Elizabeth Woodville, una viuda que, ¡pobre mujer!, fue después confinada en un convento por ese monstruo de iniquidad y avaricia que fue Enrique VII. Una de las amantes de Eduardo fue Jane Shore, sobre quien se ha escrito una obra de teatro, pero es una tragedia y, por lo tanto, no merece la pena leerla. Habiendo realizado todas estas nobles acciones, su Majestad murió y fue sucedido por su hijo.

EDUARDO V

Este desafortunado príncipe vivió tan poco tiempo que nadie tuvo ocasión de retratarle. Fue asesinado por instigación de su tío, cuyo nombre era Ricardo III.

RICARDO III

El carácter de este príncipe ha sido en general tratado muy severamente por los historiadores, pero como era un York, estoy más bien inclinada a suponer que fue un hombre muy respetable. Se ha afirmado con seguridad, ciertamente, que mató a sus dos sobrinos y a su esposa, pero también se ha declarado que no mató a sus dos sobrinos, lo cual estoy inclinada a creer que es cierto; y si este es el caso, también puede afirmarse que no mató a su esposa, pues si Perkin Warbeck era realmente el Duque de York, ¿por qué no podría Lambert Simnel ser la viuda de Ricardo? Inocente o culpable, no reinó mucho tiempo en paz, pues Enrique Tudor, conde de Richmond, un villano tan grande como jamás haya existido, hizo un gran alboroto para conseguir la corona y, habiendo matado al Rey en la batalla de Bosworth, la obtuvo él.

ENRIQUE VII

Este monarca, poco después de su acceso, se casó con la princesa Isabel de York, con cuya alianza demostró claramente que consideraba su propio derecho inferior al de ella, aunque pretendía lo contrario. De este matrimonio tuvo dos hijos y dos hijas, la mayor de las cuales se casó con el Rey de Escocia y tuvo la felicidad de ser abuela de uno de los personajes más importantes del mundo. Pero de ella tendré ocasión de hablar más extensamente en el futuro. La menor, María, se casó primero con el Rey de Francia y en segundo lugar con el Duque de Suffolk, con quien tuvo una hija, más tarde madre de Lady Jane Grey, quien aunque era inferior a su encantadora prima la Reina de Escocia, era sin embargo una joven amable y famosa por leer griego mientras otros estaban de caza. Fue en el reinado de Enrique VII cuando Perkin Warbeck y Lambert Simnel, mencionados anteriormente, hicieron su aparición; el primero de ellos fue puesto en el cepo, se refugió en la abadía de Beaulieu y fue decapitado junto con el conde de Warwick, y el segundo fue llevado a la cocina del Rey. Su Majestad murió y fue sucedido por su hijo Enrique, cuyo único mérito fue el no ser tan malo como su hija Isabel.

ENRIQUE VIII

Sería una ofensa a mis lectores si supusiera que no están tan bien acquainted con los detalles del reinado de este Rey como yo misma. Por lo tanto, les ahorraré la tarea de leer de nuevo lo que ya han leído, y a mí misma el trabajo de escribir lo que no recuerdo perfectamente, dando solo un ligero esbozo de los acontecimientos principales que marcaron su reinado. Entre estos se pueden contar cuando el cardenal Wolsey dijo al padre abad de la abadía de Leicester que "había venido a dejar sus huesos entre ellos", la reforma de la religión y el paseo del Rey por las calles de Londres con Ana Bolena. Es, sin embargo, de justicia, y mi deber declarar que esta amable mujer fue totalmente inocente de los crímenes de los que fue acusada, y de los cuales su belleza, su elegancia y su vivacidad eran pruebas suficientes, por no mencionar sus solemnes protestas de inocencia, la debilidad de los cargos en su contra y el carácter del Rey; todo lo cual añade alguna confirmación, aunque quizás leve cuando se compara con las alegadas anteriormente en su favor. Aunque no profeso dar muchas fechas, como considero apropiado dar algunas y, por supuesto, elegiré aquellas que es más necesario que el lector conozca, creo correcto informarle de que su carta al Rey estaba fechada el 6 de mayo. Los crímenes y crueldades de este príncipe fueron demasiado numerosos para ser mencionados (como esta historia, confío, ha demostrado plenamente), y nada puede decirse en su defensa sino que su abolición de las casas religiosas y el dejarlas a las ruinosas depredaciones del tiempo ha sido de infinita utilidad para el paisaje de Inglaterra en general, lo que probablemente fue un motivo principal para hacerlo, pues de lo contrario, ¿por qué un hombre que no tenía ninguna religión se tomaría tantas molestias para abolir una que había estado establecida en el reino durante siglos? La quinta esposa del Rey fue la sobrina del Duque de Norfolk quien, aunque universalmente absuelta de los crímenes por los que fue decapitada, ha sido considerada por mucha gente como alguien que llevó una vida disoluta antes de su matrimonio; de esto, sin embargo, tengo muchas dudas, ya que ella era pariente de aquel noble Duque de Norfolk que estuvo tan involucrado en la causa de la Reina de Escocia, y que finalmente cayó víctima de ella. La última esposa del Rey logró sobrevivirle, pero con dificultad. Fue sucedido por su único hijo Eduardo.

EDUARDO VI

Como este príncipe solo tenía nueve años en el momento de la muerte de su padre, muchas personas le consideraron demasiado joven para gobernar, y como el difunto Rey resultó ser de la misma opinión, el hermano de su madre, el Duque de Somerset, fue elegido Protector del reino durante su minoría de edad. Este hombre fue, en conjunto, de un carácter muy amable, y es algo así como un favorito para mí, aunque de ninguna manera pretendería afirmar que fuera igual a esos primeros entre los hombres, Robert, conde de Essex, Delamere o Gilpin. Fue decapitado, de lo cual podría haber estado orgulloso con razón, de haber sabido que tal fue la muerte de María, Reina de Escocia; pero como era imposible que fuera consciente de lo que nunca había sucedido, no parece que se sintiera particularmente encantado con la manera en que ocurrió. Tras su fallecimiento, el Duque de Northumberland tuvo el cuidado del Rey y del reino, y cumplió su encargo de ambos tan bien que el Rey murió y el reino quedó para su nuera, Lady Jane Grey, quien ya ha sido mencionada como lectora de griego. Si realmente entendía ese idioma o si tal estudio procedía solo de un exceso de vanidad, por el cual creo que ella siempre fue más bien notable, es incierto. Cualquiera que fuera la causa, mantuvo la misma apariencia de conocimiento, y desprecio por lo que generalmente se consideraba placer, durante toda su vida, pues se declaró disgustada por ser nombrada Reina, y mientras era conducida al cadalso, escribió una frase en latín y otra en griego al ver el cuerpo muerto de su esposo pasando accidentalmente por aquel camino.

MARÍA

Esta mujer tuvo la suerte de ser ascendida al trono de Inglaterra, a pesar de las superiores pretensiones, méritos y belleza de sus primas María, Reina de Escocia, y Jane Grey. Tampoco puedo compadecer al reino por las desgracias que experimentaron durante su reinado, ya que las merecían plenamente por haber permitido que ella sucediera a su hermano, lo cual fue un doble acto de locura, ya que podrían haber previsto que, como ella murió sin hijos, sería sucedida por esa vergüenza para la humanidad, esa plaga de la sociedad, Isabel. Muchos fueron los que cayeron mártires de la religión protestante durante su reinado; supongo que no menos de una docena. Se casó con Felipe, Rey de España, quien en el reinado de su hermana fue famoso por construir armadas. Murió sin descendencia, y entonces llegó el momento terrible en el que la destructora de todo consuelo, la engañosa traidora de la confianza depositada en ella, y la asesina de su prima, ascendió al trono.

ISABEL

Fue la peculiar desgracia de esta Mujer tener malos Ministros, pues, por muy malvada que ella misma fuera, no podría haber cometido tan extensos daños si estos viles y abandonados Hombres no hubieran consentido y alentado sus Crímenes. Sé que muchas personas han asegurado y creído que Lord Burleigh, Sir Francis Walsingham y el resto de los que ocuparon los principales cargos del Estado eran Ministros merecedores, experimentados y capaces. Pero, ¡oh!, cuán cegados deben estar tales escritores y tales Lectores ante el verdadero Mérito, ante el Mérito despreciado, descuidado y difamado, si pueden persistir en tales opiniones al reflexionar que estos hombres, estos hombres tan jactados, fueron tales escándalos para su País y su sexo como para permitir y ayudar a su Reina a confinar, durante el espacio de diecinueve años, a una Mujer que, si los reclamos de Parentesco y Mérito no valían, al menos como Reina y como alguien que condescendió a depositar su confianza en ella, tenía todas las razones para esperar asistencia y protección; y finalmente, al permitir que Isabel llevara a esta amable Mujer a una Muerte prematura, inmerecida y escandalosa. ¿Puede alguien, si reflexiona aunque sea un momento sobre esta mancha, esta mancha eterna sobre su entendimiento y su Carácter, permitir elogio alguno a Lord Burleigh o a Sir Francis Walsingham? ¡Oh!, qué debe haber sufrido esta encantadora Princesa cuya única amiga era entonces el Duque de Norfolk, y cuyos únicos ahora son el Sr. Whitaker, la Sra. Lefroy, la Sra. Knight y yo misma, que fue abandonada por su hijo, confinada por su Prima, ultrajada, reprochada y vilipendiada por todos; ¡qué no habrá sufrido su mente tan noble cuando se le informó que Isabel había dado órdenes para su Muerte! Sin embargo, lo soportó con una fortaleza inquebrantable, firme en su mente; constante en su Religión; y se preparó para enfrentar el cruel destino al que estaba condenada con una magnanimidad que solo podía provenir de una Inocencia consciente. Y, sin embargo, ¿podrían ustedes, Lector, haber creído posible que algunos endurecidos y fanáticos Protestantes incluso la hayan ultrajado por esa firmeza en la Religión católica que tanto crédito le reportó? Pero esta es una prueba sorprendente de las almas estrechas y los Juicios prejuiciosos de quienes la acusan. Fue ejecutada en el Gran Salón del Castillo de Fortheringay (¡lugar sagrado!) el miércoles 8 de febrero de 1586, para el eterno Reproche de Isabel, sus Ministros y de Inglaterra en general. Puede que no sea innecesario, antes de concluir por completo mi relato de esta Reina malhadada, observar que fue acusada de varios crímenes durante el tiempo de su reinado en Escocia, de los cuales ahora aseguro muy seriamente a mi Lector que era totalmente inocente; pues nunca fue culpable de nada más que de Imprudencias en las que la traicionaron la apertura de su Corazón, su Juventud y su Educación. Habiendo, confío, desvanecido por completo con esta seguridad toda Sospecha y toda duda que pudiera haber surgido en la mente del Lector por lo que otros Historiadores han escrito de ella, procederé a mencionar los Eventos restantes que marcaron el reinado de Isabel. Fue por esta época que Sir Francis Drake, el primer Navegante inglés que dio la vuelta al Mundo, vivió para ser el ornamento de su País y de su profesión. Sin embargo, grande como fue, y justamente célebre como marino, no puedo evitar prever que será igualado en este o en el próximo Siglo por alguien que, aunque ahora es solo joven, ya promete responder a todas las expectativas ardientes y optimistas de sus Parientes y Amigos, entre quienes puedo clasificar a la amable Dama a quien esta obra está dedicada, y a mi no menos amable persona.

Aunque de una profesión diferente, y brillando en una esfera de Vida distinta, pero igualmente conspicuo en el Carácter de Conde, como Drake lo fue en el de Marino, fue Robert Devereux, Lord Essex. Este desafortunado joven no era diferente en carácter a aquel igualmente desafortunado Frederic Delamere. El símil puede llevarse aún más lejos, y Isabel, el tormento de Essex, puede compararse con la Emmeline de Delamere. Sería interminable relatar las desgracias de este noble y galante Conde. Basta decir que fue decapitado el 25 de febrero, después de haber sido Lord Teniente de Irlanda, después de haber puesto su mano sobre su espada y después de realizar muchos otros servicios a su País. Isabel no sobrevivió mucho tiempo a su pérdida, y murió tan miserable que, si no fuera una injuria a la memoria de María, me compadecería de ella.

JAIME I

Aunque este Rey tuvo algunos fallos, entre los cuales y como el principal, estaba el haber permitido la muerte de su Madre, sin embargo, considerado en conjunto, no puedo evitar que me guste. Se casó con Ana de Dinamarca y tuvo varios Hijos; afortunadamente para él, su hijo mayor, el Príncipe Enrique, murió antes que su padre, o podría haber experimentado los males que le sobrevinieron a su desafortunado Hermano.

Como yo misma soy parcial a la religión católica romana, es con infinito pesar que me veo obligada a culpar el Comportamiento de cualquier Miembro de ella: sin embargo, siendo la Verdad creo muy excusable en una Historiadora, me veo en la necesidad de decir que en este reinado los católicos romanos de Inglaterra no se comportaron como Caballeros con los protestantes. Su Comportamiento, de hecho, hacia la Familia Real y ambas Cámaras del Parlamento podría ser considerado justamente por ellos como muy descortés, e incluso Sir Henry Percy, aunque ciertamente el hombre mejor educado del partido, no tenía nada de esa cortesía general que es tan universalmente agradable, ya que sus atenciones se limitaban enteramente a Lord Mounteagle.

Sir Walter Raleigh floreció en este y en el reinado precedente, y es tenido por muchas personas en gran veneración y respeto; pero como fue enemigo del noble Essex, no tengo nada que decir en elogio de él, y debo remitir a todos aquellos que deseen conocer los detalles de su vida a la obra de teatro el Crítico del Sr. Sheridan, donde encontrarán muchas anécdotas interesantes tanto de él como de su amigo Sir Christopher Hatton. Su Majestad era de esa disposición amable que se inclina a la Amistad, y en tales puntos poseía una penetración más aguda para descubrir el Mérito que muchas otras personas. Una vez escuché un excelente Acertijo sobre una Alfombra, cuyo tema me recuerda el que estoy tratando ahora, y como creo que puede proporcionar a mis Lectores algo de diversión el resolverlo, me tomaré aquí la libertad de presentárselo.

ACERTIJO

Mi primero es lo que mi segundo fue para el Rey Jaime I, y tú pisas mi todo.

Los principales favoritos de Su Majestad fueron Car, quien más tarde fue creado Conde de Somerset y cuyo nombre quizás pueda tener alguna parte en el Acertijo antes mencionado, y George Villiers, más tarde Duque de Buckingham. A la muerte de Su Majestad, le sucedió su hijo Carlos.

CARLOS I

Este amable Monarca parece haber nacido para sufrir desgracias iguales a las de su encantadora Abuela; desgracias que no podría merecer ya que era su descendiente. Ciertamente, nunca antes hubo tantos Caracteres detestables al mismo tiempo en Inglaterra como en este Periodo de su Historia; nunca fueron tan escasos los hombres amables. El número de ellos en todo el Reino ascendía solo a cinco, además de los habitantes de Oxford, quienes siempre fueron leales a su Rey y fieles a sus intereses. Los nombres de estos cinco nobles que nunca olvidaron el deber del súbdito, ni se desviaron de su apego a Su Majestad, eran los siguientes: el Rey mismo, siempre firme en su propio apoyo; el Arzobispo Laud, el Conde de Strafford, el Vizconde Faulkland y el Duque de Ormond, quienes apenas fueron menos enérgicos o celosos en la causa. Mientras que los villanos de la época formarían una lista demasiado larga para ser escrita o leída; por lo tanto, me contentaré con mencionar a los líderes de la Pandilla. Cromwell, Fairfax, Hampden y Pym pueden considerarse como los Causantes originales de todos los disturbios, Penurias y Guerras Civiles en los que Inglaterra estuvo envuelta durante muchos años. En este reinado, así como en el de Isabel, me veo obligada, a pesar de mi apego a los escoceses, a considerarlos igualmente culpables que la generalidad de los ingleses, ya que se atrevieron a pensar de manera diferente a su Soberano, a olvidar la Adoración que, como Estuardos, era su Deber pagarles, a rebelarse contra, destronar y encarcelar a la desafortunada María; a oponerse, a engañar y a vender al no menos desafortunado Carlos. Los Eventos del reinado de este Monarca son demasiado numerosos para mi pluma, y de hecho, el relato de cualquier Evento (excepto los que yo misma invento) es poco interesante para mí; mi razón principal para emprender la Historia de Inglaterra es probar la inocencia de la Reina de Escocia, lo cual me alabo de haber hecho efectivamente, y abusar de Isabel, aunque temo haber fallado en la última parte de mi plan. Como, por lo tanto, no es mi intención dar un relato particular de las penurias en las que este Rey se vio involucrado a través de la mala conducta y la Crueldad de su Parlamento, me satisfaré con vindicarlo del Reproche de Gobierno Arbitrario y tiránico con el que a menudo ha sido acusado. Esto, siento, no es difícil de hacer, pues con un argumento estoy segura de satisfacer a toda persona sensata y bien dispuesta cuyas opiniones hayan sido guiadas adecuadamente por una buena Educación; y este Argumento es que él era un ESTUARDO.

FIN

Sábado, 26 de noviembre de 1791.

UNA COLECCIÓN DE CARTAS

A la Srta. COOPER

PRIMA

Consciente del Encantador Carácter que en cada País, y cada Clima de la Cristiandad es Cantado, Concerniente a usted, con Cautela y Cuidado Comiendo a su Caritativa Crítica esta Cleve Colección de Curiosos Comentarios, que han sido Cuidadosamente Cultivados, Coleccionados y Clasificados por su Cómica Prima

La Autora

UNA COLECCIÓN DE CARTAS

CARTA PRIMERA De una MADRE a su AMIGA.

Mis Hijos comienzan ahora a reclamar toda mi atención de una manera diferente a aquella en la que estaban acostumbrados a recibirla, ya que han llegado a esa edad en la que es necesario para ellos, en alguna medida, familiarizarse con el Mundo. Mi Augusta tiene 17 años y su hermana apenas un año menos. Me alabo de que su educación haya sido tal que no deshonrará su aparición en el Mundo, y tengo todas las razones para creer que no deshonrarán su Educación. De hecho, son dulces Muchachas: Sensatas pero naturales; Cultas pero Desenvueltas; Animadas pero Gentiles. Como su progreso en todo lo que han aprendido ha sido siempre el mismo, estoy dispuesta a olvidar la diferencia de edad e introducirlas juntas en Público. Esta misma Tarde está fijada como su primera entrada en la Vida, ya que vamos a tomar el té con la Sra. Cope y su Hija. Me alegra que no vayamos a conocer a nadie, por el bien de mis Muchachas, ya que sería incómodo para ellas entrar en un Círculo demasiado amplio el primer día. Pero procederemos gradualmente. Mañana la familia del Sr. Stanly tomará el té con nosotras, y quizás las Srta. Phillips se reúnan con ellos. El martes haremos Visitas Matutinas. El miércoles cenaremos en Westbrook. El jueves tenemos Compañía en casa. El viernes estaremos en un Concierto Privado en casa de Sir John Wynna, y el sábado esperamos que la Srta. Dawson llame por la Mañana, lo que completará la Introducción de mis Hijas a la Vida. Cómo soportarán tanta disipación no puedo imaginarlo; de su ánimo no tengo miedo, solo temo por su salud.

Este gran asunto ya ha terminado felizmente, y mis Muchachas están fuera. Mientras se acercaba el momento de nuestra partida, no tienen idea de cómo temblaban las dulces Criaturas de miedo y expectación. Antes de que el Carruaje llegara a la puerta, las llamé a mi tocador, y tan pronto como estuvieron sentadas, me dirigí a ellas así: "Mis queridas Muchachas, ha llegado el momento en que voy a cosechar los frutos de todas mis Ansiedades y Labores hacia ustedes durante su Educación. Esta Tarde van a entrar en un Mundo en el que se encontrarán con muchas cosas maravillosas; sin embargo, déjenme advertirles contra permitirse ser influenciadas vilmente por las Locuras y Vicios de los demás, porque créanme, mis amadas Hijas, que si lo hacen, lo lamentaré mucho". Ambas me aseguraron que recordarían siempre mi consejo con Gratitud, y que lo seguirían con atención; que estaban preparadas para encontrar un Mundo lleno de cosas que las asombraran y escandalizaran, pero que confiaban en que su comportamiento nunca me daría razones para arrepentirme del Cuidado Vigilante con el que había presidido su infancia y formado sus Mentes. "Con tales expectativas y tales intenciones —exclamé—, no puedo tener nada que temer de ustedes, y puedo llevarlas alegremente a casa de la Sra. Cope sin miedo a que sean seducidas por su Ejemplo, o contaminadas por sus Locuras. Vengan, pues, mis Hijas —añadí—, el Carruaje llega a la puerta, y no retrasaré ni un momento la felicidad que están tan impacientes por disfrutar". Cuando llegamos a Warleigh, la pobre Augusta apenas podía respirar, mientras que Margaret estaba llena de Vida y Arrebato. "El momento largamente esperado ha llegado —dijo ella— y pronto estaremos en el Mundo". En pocos Momentos estábamos en el salón de la Sra. Cope, donde con su hija estaba sentada lista para recibirnos. Observé con deleite la impresión que mis Hijas les causaron. Eran, de hecho, dos Muchachas dulces y de aspecto elegante, y aunque algo cohibidas por la peculiaridad de su situación, había una facilidad en sus Modales y trato que no podía dejar de agradar. Imaginen, mi querida Señora, cuán encantada debí estar al contemplar, como lo hice, cuán atentamente observaban cada objeto que veían, cuán disgustadas con algunas Cosas, cuán encantadas con otras, ¡cuán asombradas de todo! En conjunto, sin embargo, regresaron encantadas con el Mundo, sus Habitantes y sus Modales.

Suyo siempre, A. F.

CARTA SEGUNDA De una JOVEN DAMA contrariada en el Amor a su amiga

¿Por qué debería esta última decepción pesar tanto en mi ánimo? ¿Por qué debería sentirla más, por qué debería herirme más profundamente que aquellas que he experimentado antes? ¿Puede ser que tenga un mayor afecto por Willoughby del que tenía por sus amables predecesores? ¿O es que nuestros sentimientos se vuelven más agudos por ser heridos a menudo? Debo suponer, mi querida Belle, que este es el Caso, ya que no soy consciente de estar más sinceramente unida a Willoughby de lo que lo estaba a Neville, Fitzowen o a cualquiera de los Crawford, por todos los cuales sentí una vez el afecto más duradero que jamás haya calentado el corazón de una Mujer. Dime entonces, querida Belle, por qué sigo suspirando cuando pienso en el infiel Edward, o por qué lloro cuando contemplo a su Novia, pues demasiado seguramente este es el caso. Mis Amigos están todos alarmados por mí; temen mi salud en declive; lamentan mi falta de ánimo; temen los efectos de ambos. Con la esperanza de aliviar mi melancolía, dirigiendo mis pensamientos a otros objetos, han invitado a varios de sus amigos a pasar la Navidad con nosotros. Se espera a Lady Bridget Darkwood y a su cuñada, la Srta. Jane, el viernes; y la familia del Coronel Seaton estará con nosotros la próxima semana. Todo esto está muy bien intencionado por parte de mi Tío y mis Primos; pero ¿qué puede hacer la presencia de una docena de personas indiferentes por mí, sino cansarme y angustiarme? No terminaré mi Carta hasta que algunos de nuestros Visitantes hayan llegado.

Viernes por la noche. Lady Bridget vino esta mañana, y con ella, su dulce hermana, la Srta. Jane. Aunque he conocido a esta encantadora Mujer desde hace más de quince Años, nunca antes observé cuán hermosa es. Tiene ahora unos 35 años y, a pesar de la enfermedad, la tristeza y el Tiempo, está más floreciente de lo que jamás vi a una Muchacha de 17. Quedé encantada con ella en el momento en que entró en la casa, y ella pareció igualmente complacida conmigo, pegándose a mí durante el resto del día. Hay algo tan dulce, tan suave en su Rostro, que parece más que Mortal. Su Conversación es tan hechizante como su apariencia; no pude evitar decirle cuánto atraía mi admiración. "¡Oh! Srta. Jane —dije—, y me detuve por una incapacidad en ese momento de expresarme como deseaba—. ¡Oh! Srta. Jane —repetí—, no podía encontrar palabras que se ajustaran a mis sentimientos—. Ella parecía esperar mi discurso. Yo estaba confundida, angustiada, mis pensamientos estaban desconcertados, y solo pude añadir: "¿Cómo está usted?". Ella vio y sintió mi Embarazo y, con una admirable presencia de ánimo, me alivió diciendo: "Mi querida Sophia, no te sientas incómoda por haberte expuesto; cambiaré la Conversación sin parecer notarlo". ¡Oh, cuánto la amé por su bondad! "¿Montas tanto a caballo como solías hacerlo?", dijo ella. "Me aconseja montar mi Médico. Tenemos paseos deliciosos a nuestro alrededor, tengo un caballo Encantador, soy inusualmente aficionada a la Diversión —respondí, totalmente recuperada de mi Confusión—, y, en resumen, monto mucho". "Tienes razón, mi Amor", dijo ella. Luego, repitiendo la siguiente línea, que fue improvisada e igualmente adaptada para recomendar tanto Montar como la Franqueza:

"Monta donde puedas, Sé Franca donde puedas", añadió: "Monté una vez, pero hace muchos años". Habló esto con una Voz tan baja y temblorosa, que guardé silencio. Impresionada por su manera de hablar, no pude responder. "No he montado", continuó ella, fijando sus Ojos en mi rostro, "desde que me casé". Nunca estuve tan sorprendida. "¿Casada, Señora?", repetí. "Puedes bien llevar esa mirada de asombro", dijo ella, "ya que lo que he dicho debe parecerte improbable. Sin embargo, nada es más cierto que el hecho de que una vez estuve casada".

"Entonces, ¿por qué te llaman Srta. Jane?"

"Me casé, mi Sophia, sin el consentimiento ni el conocimiento de mi padre, el difunto Almirante Annesley. Por lo tanto, fue necesario mantener el secreto de él y de todos, hasta que se presentara alguna oportunidad afortunada de revelarlo. Tal oportunidad, ¡ay!, fue dada demasiado pronto con la muerte de mi querido Capitán Dashwood. Perdona estas lágrimas", continuó la Srta. Jane, secándose los Ojos, "se las debo a la memoria de mi Esposo. Cayó, mi Sophia, mientras luchaba por su País en América después de una unión de siete años de lo más feliz. Mis Hijos, dos dulces Niños y una Niña, que habían residido constantemente con mi Padre y conmigo, pasando ante él y ante todos como los Hijos de un Hermano (aunque yo siempre había sido hija única), habían sido hasta entonces los consuelos de mi Vida. Pero apenas había perdido a mi Enrique, cuando estas dulces Criaturas enfermaron y murieron. Concebir, querida Sophia, cuáles debieron ser mis sentimientos cuando, como Tía, asistí a mis Hijos a su temprana Tumba. Mi Padre no les sobrevivió muchas semanas; murió, pobre buen anciano, felizmente ignorante hasta su última hora de mi Matrimonio".

"¿Pero no lo confesaste y asumiste su nombre a la muerte de tu esposo?"

"No; no pude obligarme a hacerlo; más especialmente cuando en mis Hijos perdí todo incentivo para hacerlo. Lady Bridget y usted son las únicas personas que están al tanto de que alguna vez fui Esposa o Madre. Como no pude convencerme de tomar el nombre de Dashwood (un nombre que, después de la muerte de mi Enrique, nunca pude oír sin emoción) y como era consciente de no tener derecho al de Annesley, abandoné todos los pensamientos de ambos, y me he hecho un punto de honor llevar solo mi nombre de pila desde la muerte de mi Padre". Ella hizo una pausa. "¡Oh!, mi querida Srta. Jane —dije—, ¡qué infinitamente agradecida le estoy por una historia tan entretenida! ¡No puede imaginar cuánto me ha divertido! ¿Pero ha terminado por completo?"

«Solo me queda añadir, mi querida Sophia, que como el hermano mayor de mi Enrique murió casi al mismo tiempo, Lady Bridget se convirtió en viuda como yo, y como siempre nos habíamos querido en idea por el alto concepto que siempre se había tenido de nosotras, aunque nunca nos habíamos conocido, determinamos vivir juntas. ¡Nos escribimos la una a la otra sobre el mismo asunto por el mismo correo, tan exactamente coincidieron nuestros sentimientos y nuestras acciones! Ambas aceptamos con entusiasmo las propuestas que dimos y recibimos de convertirnos en una sola familia, y desde entonces hemos vivido juntas con el mayor afecto».

«¿Y eso es todo? —dije—. Espero que no haya terminado».

«Ciertamente lo he hecho; ¿y has oído alguna vez una historia más patética?»

«Nunca —y es por esa razón que me agrada tanto, pues cuando una es infeliz nada es tan delicioso para los sentidos como oír hablar de una miseria igual».

«¡Ah!, pero mi Sophia, ¿por qué eres infeliz?»

«¿No has oído, señora, hablar del matrimonio de Willoughby?»

«Pero, querida mía, ¿por qué lamentar su perfidia, cuando soportaste tan bien la de muchos otros jóvenes antes?»

«¡Ah!, señora, entonces estaba acostumbrada a ello, pero cuando Willoughby rompió sus compromisos no llevaba ni medio año decepcionada».

«¡Pobre muchacha!», dijo la Srta. Jane.

CARTA TERCERA De una JOVEN DAMA en circunstancias difíciles a su amiga

Hace unos días estuve en un baile privado ofrecido por el Sr. Ashburnham. Como mi madre nunca sale, me confió al cuidado de Lady Greville, quien me hizo el honor de pasar a buscarme de camino y de permitirme sentar mirando hacia adelante, lo cual es un favor ante el que soy muy indiferente, especialmente porque sé que se considera que me confiere una gran obligación. «Así que, Srta. Maria —dijo su señoría mientras me veía avanzar hacia la puerta del carruaje—, pareces muy elegante esta noche. Mis pobres muchachas aparecerán en gran desventaja al lado tuyo. Solo espero que tu madre no se haya angustiado para lucirte. ¿Llevas un vestido nuevo?»

«Sí, señora», repliqué con toda la indiferencia que pude asumir.

«Ajá, y uno fino también, creo —palpándolo, mientras con su permiso me sentaba a su lado—. Me atrevo a decir que todo es muy elegante. Pero debo confesar, pues sabes que siempre digo lo que pienso, que me parece que fue un gasto bastante innecesario. ¿Por qué no pudiste haberte puesto tu viejo vestido de rayas? No es mi estilo criticar a la gente porque sea pobre, pues siempre pienso que son más dignos de desprecio y lástima que de reproche por ello, especialmente si no pueden evitarlo, pero al mismo tiempo debo decir que, en mi opinión, tu viejo vestido de rayas habría sido lo bastante fino para quien lo lleva; pues, a decir verdad (siempre digo lo que pienso), me temo mucho que la mitad de la gente en el salón no sabrá si llevas vestido o no. Pero supongo que pretendes hacer fortuna esta noche. Bien, cuanto antes, mejor; y te deseo éxito».

«Ciertamente, señora, no tengo tal intención...»

«¿Quién ha oído alguna vez a una joven admitir que es una cazafortunas?». La Srta. Greville se rio, pero estoy segura de que Ellen sintió lástima por mí.

«¿Se había ido tu madre a dormir antes de que la dejaras?», dijo su señoría.

«Querida señora —dijo Ellen—, no son más que las nueve».

«Es verdad, Ellen, pero las velas cuestan dinero, y la Sra. Williams es demasiado sabia para ser extravagante».

«Estaba sentándose a cenar, señora».

«¿Y qué tenía para cenar?». «No me fijé». «Pan y queso, supongo». «Nunca desearía una cena mejor», dijo Ellen. «Nunca tienes motivos —respondió su madre—, ya que siempre se te proporciona una mejor». La Srta. Greville rio excesivamente, como hace constantemente con el ingenio de su madre.

Tal es la humillante situación en la que me veo obligada a aparecer mientras viajo en el carruaje de su señoría. No me atrevo a ser impertinente, ya que mi madre siempre me amonesta a ser humilde y paciente si deseo abrirme camino en el mundo. Insiste en que acepte cada invitación de Lady Greville, o puedes estar segura de que nunca entraría en su casa ni en su carruaje con la desagradable certeza que siempre tengo de que me insultarán por mi pobreza mientras esté en ellos. Cuando llegamos a Ashburnham, eran casi las diez, lo que era una hora y media más tarde de lo que se nos pidió estar allí; pero Lady Greville es demasiado moderna (o se cree tal) para ser puntual. Sin embargo, el baile no había comenzado, ya que esperaban a la Srta. Greville. No llevaba mucho tiempo en el salón cuando el Sr. Bernard me pidió bailar, pero justo cuando íbamos a levantarnos, recordó que su criado tenía sus guantes blancos e inmediatamente salió corriendo a buscarlos. Entretanto, el baile comenzó y Lady Greville, al pasar a otra habitación, pasó exactamente frente a mí. Me vio e instantáneamente deteniéndose, me dijo, aunque había varias personas cerca de nosotros:

«¡Vaya, Srta. Maria! ¿Qué, no puedes conseguir pareja? ¡Pobre joven! Me temo que tu vestido nuevo fue puesto para nada. Pero no desesperes; tal vez consigas un baile antes de que termine la velada». Diciendo esto, siguió adelante sin oír mi repetida seguridad de que estaba comprometida, y dejándome muy provocada por estar tan expuesta ante todos. El Sr. Bernard, sin embargo, volvió pronto y, al venir a mí en el momento en que entró al salón y llevarme con los bailarines, espero que mi carácter quedara limpio de la imputación que Lady Greville le había arrojado, a ojos de todas las ancianas que habían oído su discurso. Pronto olvidé todas mis vejaciones en el placer de bailar y de tener a la pareja más agradable del salón. Como además es heredero de una propiedad muy grande, pude ver que Lady Greville no parecía muy complacida cuando descubrió quién había sido su elección. Estaba decidida a mortificarme y, en consecuencia, cuando nos sentábamos entre bailes, vino hacia mí con más de su habitual importancia insultante, acompañada por la Srta. Mason, y dijo lo suficientemente alto como para ser oído por la mitad de la gente en el salón: «Dígame, Srta. Maria, ¿en qué tipo de negocios estaba su abuelo? Pues la Srta. Mason y yo no podemos ponernos de acuerdo sobre si era tendero o encuadernador». Vi que quería mortificarme y resolví, si me era posible, evitar que viera que su plan tenía éxito. «Ninguno, señora; era comerciante de vinos». «Ajá, sabía que estaba en algún negocio tan bajo... ¿Quebró, no es así?». «Creo que no, señora». «¿No huyó?». «Nunca oí que lo hiciera». «¿Al menos murió insolvente?». «Nunca me dijeron eso». «¿Por qué, no era su padre tan pobre como una rata?». «Me parece que no». «¿No estuvo en la cárcel del King’s Bench una vez?». «Nunca lo vi allí». Me lanzó una mirada y se dio la vuelta en un gran ataque de furia; mientras yo estaba a medio camino entre encantada conmigo misma por mi impertinencia y temerosa de ser considerada demasiado descarada. Como Lady Greville estaba extremadamente enfadada conmigo, no me prestó más atención en toda la velada y, de hecho, si hubiera estado en su favor, habría sido igualmente ignorada, ya que ella se había metido en un grupo de grandes personajes y nunca me habla cuando puede hacerlo con cualquier otra persona. La Srta. Greville estaba con el grupo de su madre en la cena, pero Ellen prefirió quedarse con los Bernard y conmigo. Tuvimos un baile muy agradable y, como Lady G. durmió todo el camino a casa, tuve un viaje muy cómodo.

Al día siguiente, mientras estábamos almorzando, el carruaje de Lady Greville se detuvo en la puerta, pues esa es la hora del día que ella generalmente elige para ello. Envió un mensaje con el criado para decir que «ella no bajaría, pero que la Srta. Maria debía acudir a la puerta del carruaje, ya que quería hablar con ella, y que debía darse prisa y venir inmediatamente». «¡Qué mensaje tan impertinente, mamá!», dije. «Ve, Maria», replicó ella. En consecuencia fui, y me vi obligada a estar allí a merced de su señoría, aunque el viento era extremadamente fuerte y muy frío.

«Vaya, creo, Srta. Maria, que no estás tan elegante como anoche. Pero no he venido a examinar tu vestido, sino a decirte que puedes cenar con nosotros pasado mañana. No mañana, recuerda, no vengas mañana, pues esperamos a Lord y Lady Clermont y a la familia de Sir Thomas Stanley. No habrá ocasión de que vayas muy elegante, pues no enviaré el carruaje. Si llueve, puedes llevar un paraguas». Casi no pude evitar reírme al oírla darme permiso para mantenerme seca. «Y recuerda llegar a tiempo, pues no esperaré. Odio mis viandas demasiado hechas. Pero no necesitas venir antes de la hora. ¿Cómo está tu madre? Está almorzando, ¿no?». «Sí, señora, estábamos a mitad de la comida cuando llegó su señoría». «Me temo que sientes mucho frío, Maria», dijo Ellen. «Sí, es un horrible viento del este —dijo su madre—. Te aseguro que apenas puedo soportar la ventanilla bajada. Pero estás acostumbrada a que el viento te sacuda, Srta. Maria, y eso es lo que ha hecho que tu tez sea tan ruda y basta. Ustedes, jóvenes damas, que a menudo no pueden viajar en carruaje, no se preocupan por el tiempo que haga cuando caminan, o por cómo el viento muestra sus piernas. No permitiría que mis hijas estuvieran a la intemperie como tú en un día como este. Pero cierto tipo de personas no tienen sentimientos ni de frío ni de delicadeza. Bien, recuerda que te esperamos el jueves a las cinco. Debes decir a tu criada que venga por ti por la noche. No habrá luna, y tendrás un horrible camino a casa. Mis cumplidos a tu madre. Me temo que tu cena estará fría. ¡Sigue adelante!». Y se marchó, dejándome en un gran ataque de furia con ella, como siempre hace.

Maria Williams.

CARTA CUARTA De una JOVEN DAMA más bien impertinente a su amiga

Ayer cenamos con el Sr. Evelyn, donde nos presentaron a una muchacha de aspecto muy agradable, su prima. Quedé extremadamente complacida con su apariencia, pues, sumado a los encantos de un rostro atrayente, su manera y su voz tenían algo peculiarmente interesante. Tanto es así, que me inspiraron una gran curiosidad por conocer la historia de su vida, quiénes eran sus padres, de dónde venía y qué le había sucedido, pues entonces solo se sabía que era pariente del Sr. Evelyn y que su nombre era Grenville. Por la tarde, se me presentó una oportunidad favorable para intentar al menos saber lo que deseaba conocer, pues todos jugaban a las cartas excepto la Sra. Evelyn, mi madre, el Dr. Drayton, la Srta. Grenville y yo, y como las dos primeras estaban ocupadas en una conversación susurrante y el doctor se quedó dormido, nos vimos obligadas por necesidad a entretenernos mutuamente. Esto era lo que deseaba y, estando decidida a no permanecer en la ignorancia por falta de preguntas, comencé la conversación de la siguiente manera.

«¿Lleva mucho tiempo en Essex, señora?».

«Llegué el martes».

«¿Viene de Derbyshire?».

«¡No, señora! —apareciendo sorprendida por mi pregunta—, de Suffolk». Pensarás que este fue un buen atrevimiento por mi parte, mi querida Mary, pero sabes que no me falta descaro cuando tengo algún fin a la vista. «¿Está complacida con el condado, Srta. Grenville? ¿Le parece igual al que ha dejado?».

«Mucho superior, señora, en cuanto a belleza». Suspiró. Deseaba saber por qué.

«Pero la faz de cualquier condado, por hermoso que sea —dije—, puede ser un pobre consuelo para la pérdida de los amigos más queridos». Negó con la cabeza, como si sintiera la verdad de lo que decía. Mi curiosidad aumentó tanto que resolví a toda costa satisfacerla.

«¿Lamenta entonces haber dejado Suffolk, Srta. Grenville?». «Ciertamente lo hago». «Nació allí, supongo». «Sí, señora, lo hice y pasé muchos años felices allí».

«Eso es un gran consuelo —dije—. Espero, señora, que nunca haya pasado uno infeliz allí».

«La felicidad perfecta no es propiedad de los mortales, y nadie tiene derecho a esperar una felicidad ininterrumpida. Algunas desgracias he encontrado ciertamente».

«¿Qué desgracias, querida señora? —repliqué, ardiendo de impaciencia por saberlo todo—. Ninguna, señora, espero, que haya sido efecto de alguna falta voluntaria por mi parte». «Me atrevo a decir que no, señora, y no tengo duda de que cualquier sufrimiento que haya experimentado solo pudo surgir de las crueldades de los parientes o de los errores de los amigos». Suspiró. «Parece infeliz, mi querida Srta. Grenville. ¿Está en mi poder suavizar sus desgracias?». «¿En su poder, señora? —respondió ella, extremadamente sorprendida—; no está en el poder de nadie hacerme feliz». Pronunció estas palabras con un acento tan lúgubre y solemne que, durante algún tiempo, no tuve valor para responder. Me quedé realmente silenciada. Sin embargo, me recuperé en pocos momentos y, mirándola con todo el afecto que pude, dije: «Mi querida Srta. Grenville, parece extremadamente joven, y probablemente necesite el consejo de alguien cuya consideración por usted, unida a una edad superior, quizás un juicio superior, podría autorizarla a darlo. Soy esa persona, y ahora le desafío a aceptar la oferta que le hago de mi confianza y amistad, a cambio de lo cual solo pediré la suya».

«Es usted extremadamente amable, señora —dijo ella—, y me siento altamente halagada por su atención hacia mí. Pero no estoy en ninguna dificultad, ninguna duda, ninguna incertidumbre de situación en la que se necesite consejo alguno». Sin embargo, continuó, iluminándose con una sonrisa complaciente, «cuando lo esté, sabré a quién acudir».

Hice una reverencia, pero me sentí bastante mortificada por tal rechazo; aun así, no había renunciado a mi objetivo. Descubrí que con la apariencia de sentimiento y amistad no se ganaba nada y decidí, por tanto, renovar mis ataques con preguntas y suposiciones. «¿Tiene intención de quedarse mucho tiempo en esta parte de Inglaterra, Srta. Grenville?».

«Sí, señora, algún tiempo, creo».

«¿Pero cómo soportarán el Sr. y la Sra. Grenville su ausencia?».

«Ninguno de los dos está vivo, señora». Esta fue una respuesta que no esperaba; me quedé completamente silenciada y nunca me sentí tan torpe en mi vida.

CARTA QUINTA De una JOVEN DAMA muy enamorada a su amiga

Mi tío se vuelve más tacaño, mi tía más particular y yo más enamorada cada día. ¡En qué nos convertiremos todos a este paso para fin de año! Tuve esta mañana la felicidad de recibir la siguiente carta de mi querido Musgrove.

Sackville St: 7 de enero

Hace un mes hoy desde que contemplé por primera vez a mi encantadora Henrietta, y el sagrado aniversario debe y será celebrado de una manera digna del día: escribiéndole. Nunca olvidaré el momento en que sus bellezas aparecieron ante mi vista por primera vez. Ningún tiempo, como bien sabes, puede borrarlo de mi memoria. Fue en casa de Lady Scudamore. ¡Feliz Lady Scudamore de vivir a una milla de la divina Henrietta! Cuando la encantadora criatura entró por primera vez en la habitación, ¡oh!, ¿cuáles fueron mis sensaciones? La vista de usted fue como la vista de una cosa maravillosamente fina. Me sobresalté; la contemplé con admiración; parecía cada momento más encantadora, y el infortunado Musgrove se convirtió en cautivo de sus encantos antes de que tuviera tiempo de mirar a mi alrededor. Sí, señora, tuve la felicidad de adorarla, una felicidad por la que no puedo estar lo suficientemente agradecido. «¿Qué —se dijo a sí mismo—, se le permite a Musgrove morir por Henrietta? ¡Envidiable mortal! ¡Y puede suspirar por ella, quien es objeto de admiración universal, quien es adorada por un coronel y brindada por un baronet! Adorable Henrietta, ¡qué hermosa es usted! ¡Declaro que es usted completamente divina! Usted es más que mortal. Usted es un ángel. Usted es la misma Venus. En resumen, señora, usted es la chica más bonita que he visto en mi vida», y su belleza aumenta a los ojos de su Musgrove al permitirle que la ame y al permitirme esperar. Y, ¡ah!, angelical Srta. Henrietta, el cielo es mi testigo de cuán ardientemente espero la muerte de su villano tío y su abandonada esposa, ya que mi hermosa no consentirá en ser mía hasta que su fallecimiento la haya colocado en una opulencia superior a la que mi fortuna puede procurar... Aunque es una propiedad mejorable. ¡Cruel Henrietta, persistir en tal resolución! Estoy actualmente con mi hermana, donde pretendo continuar hasta que mi propia casa, que, aunque es excelente, está actualmente algo necesitada de reparaciones, esté lista para recibirme. Amable princesa de mi corazón, adiós. De ese corazón que tiembla mientras se firma como su más ardiente admirador y devoto humilde servidor.

T. Musgrove.

¡Ahí tienes un modelo para una carta de amor, Matilda! ¿Has leído alguna vez tal obra maestra de la escritura? ¿Tal sentido, tal sentimiento, tal pureza de pensamiento, tal fluidez de lenguaje y tal amor sincero en una sola hoja? No, nunca, puedo dar fe de ello, puesto que un Musgrove no se encuentra en el camino de cualquier chica. ¡Oh, cuánto deseo estar con él! Pretendo enviarle mañana la siguiente respuesta a su carta.

Mi queridísimo Musgrove: Las palabras no pueden expresar cuán feliz me hizo su carta; pensé que lloraría de alegría, pues lo amo más que a nadie en el mundo. Creo que es usted el hombre más amable y apuesto de Inglaterra, y así, por supuesto, lo es. Nunca leí una carta tan dulce en mi vida. Escríbame otra exactamente igual y dígame que está enamorado de mí en cada línea. Me muero por verlo. ¿Cómo nos las arreglaremos para vernos?, pues estamos tan enamorados que no podemos vivir separados. ¡Oh, mi querido Musgrove!, no puede imaginar con cuánta impaciencia espero la muerte de mi tío y mi tía. Si no mueren pronto, creo que me volveré loca, pues cada día de mi vida estoy más enamorada de usted.

Qué feliz es su hermana de disfrutar del placer de su compañía en su casa, y qué feliz debe ser todo el mundo en Londres porque usted está allí. Espero que sea tan amable de escribirme de nuevo pronto, pues nunca leí cartas tan dulces como las suyas. Soy, mi queridísimo Musgrove, más verdadera y fielmente suya por siempre jamás.

Henrietta Halton.

Espero que le guste mi respuesta; es tan buena como puedo escribirla, aunque nada comparada con la suya; de hecho, siempre había oído lo hábil que era para una carta de amor. Lo vi, ya sabes, por primera vez en casa de Lady Scudamore. Y cuando vi a su señoría después, me preguntó qué me había parecido su primo Musgrove.

«Pues, sinceramente —dije—, creo que es un joven muy apuesto».

«Me alegra que pienses eso —replicó ella—, pues está locamente enamorado de ti».

«¡Vaya, Lady Scudamore! —dije—, ¿cómo puede hablar tan ridículamente?».

«No, es muy cierto —respondió ella—, te lo aseguro, pues estuvo enamorado de ti desde el primer momento en que te vio».

«Ojalá sea cierto —dije—, pues ese es el único tipo de amor por el que daría un centavo. Hay algo de sentido en enamorarse a primera vista».

«Bien, te felicito por tu conquista —replicó Lady Scudamore—, y creo que ha sido muy completa; estoy segura de que no es despreciable, pues mi primo es un joven encantador, ha visto mucho mundo y escribe las mejores cartas de amor que he leído jamás».

Esto me hizo muy feliz y quedé excesivamente complacida con mi conquista. Sin embargo, pensé que era apropiado darme aires, así que le dije:

«Todo esto es muy bonito, Lady Scudamore, pero ya sabe que nosotras, las jóvenes damas que somos herederas, no debemos desperdiciarnos con hombres que no tienen fortuna alguna».

«Mi querida señorita Halton —dijo ella—, estoy tan convencida de ello como pueda estarlo usted, y le aseguro que sería la última persona en animarla a casarse con alguien que no tuviese ciertas pretensiones de esperar una fortuna con usted. El señor Musgrove está muy lejos de ser pobre, pues posee una propiedad de varios cientos al año que es capaz de grandes mejoras, y una casa excelente, aunque en el presente no esté del todo en buen estado».

«Si ese es el caso —respondí yo—, no tengo nada más que objetar en su contra, y si, como usted dice, es un joven instruido y puede escribir una buena carta de amor, estoy segura de que no tengo motivos para encontrarle falta por admirarme, aunque quizá no me case con él a pesar de todo, Lady Scudamore».

«Usted ciertamente no tiene obligación alguna de casarse con él —respondió su señoría—, salvo la que el amor mismo le dicte, pues si no me equivoco mucho, en este preciso momento, sin usted saberlo, está albergando un afecto de lo más tierno hacia él».

«¡Válgame, Lady Scudamore! —respondí sonrojándome—, ¿cómo puede pensar tal cosa?».

«Porque cada mirada, cada palabra lo traiciona —respondió ella—. Vamos, mi querida Henrietta, considéreme una amiga y sea sincera conmigo. ¿Acaso no prefiere usted al señor Musgrove por encima de cualquier otro hombre de su conocimiento?».

«Le ruego que no me haga tales preguntas, Lady Scudamore —dije apartando la vista—, pues no es propio de mí responderlas».

«Vaya, querida mía —respondió ella—, ahora confirma mis sospechas. Pero, ¿por qué, Henrietta, habría de sentir vergüenza de admitir un amor bien correspondido, o por qué rehusar confiar en mí?».

«No me avergüenzo de admitirlo —dije armándome de valor—. No rehúso confiar en usted ni me sonrojo al decir que amo a su primo, el señor Musgrove, que estoy sinceramente apegada a él, pues no es ninguna deshonra amar a un hombre apuesto. Si fuera feo, ciertamente, podría haber tenido motivos para avergonzarme de una pasión que habría sido ruin, puesto que el objeto habría sido indigno. Pero con tal figura y rostro, y con el cabello tan hermoso que tiene su primo, ¿por qué habría de sonrojarme al admitir que tal mérito superior ha causado impresión en mí?».

«Mi dulce niña —dijo Lady Scudamore abrazándome con gran afecto—, ¡qué manera tan delicada de pensar tiene usted en estos asuntos, y qué discernimiento tan rápido para alguien de su edad! ¡Oh, cómo la honro por tan nobles sentimientos!».

«¿Lo hace, señora? —dije yo—. Es usted sumamente amable. Pero dígame, Lady Scudamore, ¿acaso su primo le habló él mismo de su afecto por mí? Me agradará más si lo hizo, pues, ¿qué es un amante sin un confidente?».

«¡Oh, querida mía! —respondió ella—, nacieron el uno para el otro. Cada palabra que usted dice me convence más profundamente de que sus mentes están actuando bajo el poder invisible de la simpatía, pues sus opiniones y sentimientos coinciden con tanta exactitud. Es más, el color de su cabello no es muy diferente. Sí, mi querida niña, el pobre y desesperado Musgrove me reveló la historia de su amor. Ni siquiera me sorprendió; no sé cómo fue, pero tuve una especie de presentimiento de que se enamoraría de usted».

«Bien, ¿pero cómo se lo confesó?».

«No fue hasta después de la cena. Estábamos sentados alrededor del fuego charlando de asuntos indiferentes, aunque, a decir verdad, la conversación corrió principalmente por mi cuenta, pues él estaba pensativo y silencioso, cuando de repente me interrumpió en medio de algo que yo decía, exclamando en un tono de lo más teatral:

Sí, estoy enamorado, lo siento ahora, y Henrietta Halton me ha perdido.

«¡Oh, qué forma tan dulce —respondí yo— de declarar su pasión! ¡Hacer un par de versos tan encantadores sobre mí! ¡Qué lástima que no rimen!».

«Me alegra mucho que le guste —respondió ella—. Sin duda, había mucho gusto en ello. “¿Y estás enamorado de ella, primo?”, le pregunté. “Lo siento mucho, pues, por muy irreprochable que seas en todos los aspectos, con una bonita propiedad capaz de grandes mejoras y una casa excelente aunque algo deteriorada, ¿quién puede esperar aspirar con éxito a la adorable Henrietta, que ha recibido una oferta de un coronel y ha sido brindada por un baronet?”». «¡Que lo he hecho! —exclamé yo. Lady Scudamore continuó: «“Ah, querida prima —respondió él—, estoy tan bien convencido de la poca oportunidad que puedo tener de ganar a quien es adorada por miles, que no necesito seguridades de tu parte para estar más convencido de ello. Sin embargo, seguramente ni tú ni la bella Henrietta misma me negaréis la gratificación exquisita de morir por ella, de caer víctima de sus encantos. Y cuando esté muerto” —continuó ella—».

«¡Oh, Lady Scudamore! —dije secándome los ojos—, ¡que una criatura tan dulce hable de morir!».

«Es una circunstancia conmovedora, en verdad —respondió Lady Scudamore—. “Cuando esté muerto —dijo él—, que me lleven y me depositen a sus pies, y quizá ella no desdeñe dejar caer una lágrima de compasión sobre mis pobres restos”».

«Querida Lady Scudamore —interrumpí yo—, no diga más sobre este tema tan conmovedor. No puedo soportarlo».

«¡Oh, cómo admiro la dulce sensibilidad de su alma! Y como no quisiera por nada del mundo herirla demasiado profundamente, guardaré silencio».

«Por favor, continúe», dije. Ella lo hizo.

«Y luego añadió: “¡Ah, prima, imagina cuáles serán mis transportes cuando sienta que las gotas preciosas y queridas resbalan por mi rostro! ¡Quién no moriría por conocer tal éxtasis! Y cuando sea enterrado, que la divina Henrietta bendiga con su afecto a algún joven más afortunado. ¡Que él esté tan tiernamente apegado a ella como el desventurado Musgrove y, mientras él se desmorona en polvo, que vivan ellos como un ejemplo de felicidad en el estado conyugal!”».

¿Ha escuchado alguna vez algo tan patético? ¡Qué deseo tan encantador, ser depositado a mis pies cuando estuviera muerto! ¡Oh, qué mente tan exaltada debe tener para ser capaz de tal deseo! Lady Scudamore continuó:

«“¡Ah, mi querido primo! —le respondí—, un comportamiento tan noble como este debe derretir el corazón de cualquier mujer, por muy obstinada que sea naturalmente; y si la divina Henrietta pudiera escuchar tus generosos deseos por su felicidad, siendo su mente tan gentil, no me cabe duda de que se compadecería de tu afecto e intentaría corresponderlo”. “¡Oh, prima! —respondió él—, no intentes aumentar mis esperanzas con tales seguridades halagadoras. No, no puedo esperar complacer a esta mujer ángel, y lo único que me queda por hacer es morir”. “El verdadero amor siempre desanima —respondí yo—, pero yo, mi querido Tom, te daré esperanzas aún mayores de conquistar el corazón de esta bella dama de las que te he dado hasta ahora, asegurándote que la observé con la más estricta atención durante todo el día y pude descubrir claramente que ella alberga en su pecho, aunque sin saberlo ella misma, un afecto de lo más tierno hacia ti”».

«¡Querida Lady Scudamore! —exclamé yo—, ¡esto es más de lo que jamás supe!».

«¿No dije que era sin que usted misma lo supiera? No le di ánimos —continué diciéndole a él— diciendo esto al principio, para que la sorpresa pudiera hacer el placer aún mayor». «“No, prima —respondió él con voz lánguida—, nada me convencerá de que he podido tocar el corazón de Henrietta Halton, y si tú misma estás engañada, no intentes engañarme a mí”». «En fin, querida mía, me costó unas cuantas horas persuadir al pobre y desesperado joven de que usted realmente sentía preferencia por él; pero cuando al fin ya no pudo negar la fuerza de mis argumentos, ni desacreditar lo que le dije, sus transportes, sus raptos, sus éxtasis están más allá de mi capacidad de descripción».

«¡Oh, la querida criatura! —exclamé yo—, ¡cómo me ama apasionadamente! Pero, querida Lady Scudamore, ¿le dijo usted que yo dependía totalmente de mis tíos?».

«Sí, le dije todo».

«¿Y qué dijo él?».

«Exclamó con virulencia contra los tíos y tías; acusó a las leyes de Inglaterra de permitirles poseer sus propiedades cuando las necesitan sus sobrinos o sobrinas, y deseó estar en la Cámara de los Comunes para poder reformar la legislación y rectificar todos sus abusos».

«¡Oh, el dulce hombre! ¡Qué espíritu tiene!», dije.

«No podía halagarse —añadió— con que la adorable Henrietta se dignara, por su causa, renunciar a esos lujos y a ese esplendor a los que había estado acostumbrada, y aceptar solo a cambio las comodidades y elegancias que sus limitados ingresos podían ofrecerle, incluso suponiendo que su casa estuviera lista para recibirla. Le dije que no cabía esperar que ella lo hiciera; sería hacerle una injusticia suponerla capaz de renunciar al poder que ahora posee y tan noblemente usa de hacer tanto bien a la parte más pobre de sus semejantes, simplemente por la gratificación de usted y la suya propia».

«Sin duda —dije—, soy muy caritativa de vez en cuando. ¿Y qué dijo el señor Musgrove a esto?».

«Respondió que estaba bajo la melancólica necesidad de reconocer la verdad de lo que decía, y que, por lo tanto, si él fuera la criatura afortunada destinada a ser el marido de la bella Henrietta, tendría que acostumbrarse a esperar, por muy impacientemente que fuera, el día afortunado en que ella pudiera verse libre del poder de parientes indignos y pudiera entregarse a él».

¡Qué criatura tan noble es! ¡Oh, Matilda, qué afortunada soy al ser su esposa! Mi tía me llama para que vaya a hacer los pasteles, así que adiós, mi querida amiga, y créeme tuya, etcétera.

H. Halton.

Finis.

FRAGMENTOS

A la señorita FANNY CATHERINE AUSTEN

MI QUERIDA SOBRINA

Como la gran distancia entre Rowling y Steventon me impide supervisar personalmente tu educación, cuyo cuidado probablemente recaerá por esa razón en tu padre y tu madre, creo que es mi deber particular evitar que sientas, en la medida de lo posible, la falta de mis instrucciones personales, dirigiéndote por escrito mis opiniones y advertencias sobre la conducta de las mujeres jóvenes, que encontrarás expresadas en las siguientes páginas.

Soy, mi querida sobrina, tu afectuosa tía, La autora.

LA FILÓSOFA FEMENINA

UNA CARTA

MI QUERIDA LOUISA

Tu amigo, el señor Millar, nos visitó ayer de camino a Bath, adonde se dirige por su salud; dos de sus hijas estaban con él, pero la mayor y los tres muchachos están con su madre en Sussex. Aunque a menudo me has dicho que la señorita Millar era notablemente hermosa, nunca mencionaste nada de la belleza de sus hermanas; sin embargo, son ciertamente extremadamente bonitas. Te daré su descripción: Julia tiene dieciocho años; con un semblante en el que la modestia, el juicio y la dignidad están felizmente mezclados, tiene una forma que de inmediato te presenta gracia, elegancia y simetría. Charlotte, que tiene apenas dieciséis años, es más baja que su hermana, y aunque su figura no puede presumir de la dignidad fácil de la de Julia, tiene una redondez agradable que es, de otra manera, igual de estimable. Es rubia y su rostro es expresivo a veces de la dulzura más hechizante, y en otras, de la vivacidad más llamativa. Parece tener un ingenio infinito y un buen humor inalterable; su conversación durante la media hora que estuvieron sentados con nosotros estuvo repleta de ocurrencias humorísticas, juegos de palabras y réplicas; mientras que la sensata, la amable Julia, pronunciaba sentimientos de moralidad dignos de un corazón como el suyo. El señor Millar pareció responder al carácter que siempre había recibido de él. Mi padre lo recibió con esa mirada de amor, ese apretón de manos social y ese beso cordial que marcaba su alegría al ver a un viejo y valioso amigo de quien, por diversas circunstancias, había estado separado casi veinte años. El señor Millar observó (y con mucha justicia también) que muchos acontecimientos habían ocurrido a cada uno durante ese intervalo de tiempo, lo que dio ocasión a la encantadora Julia para hacer reflexiones de lo más sensatas sobre los muchos cambios en su situación que un período tan largo había ocasionado, sobre las ventajas de algunos y las desventajas de otros. A partir de este tema hizo una breve digresión sobre la inestabilidad de los placeres humanos y la incertidumbre de su duración, lo que la llevó a observar que todas las alegrías terrenales deben ser imperfectas. Se disponía a ilustrar esta doctrina con ejemplos de las vidas de grandes hombres cuando el carruaje llegó a la puerta y la amable moralista, con su padre y su hermana, se vio obligada a partir; pero no sin la promesa de pasar cinco o seis meses con nosotros a su regreso. Por supuesto, te mencionamos y te aseguro que se hizo amplia justicia a tus méritos por parte de todos. «Louisa Clarke (dije) es en general una chica muy agradable, sin embargo, a veces su buen humor está nublado por la malhumorada envidia y el despecho. Ni le falta entendimiento ni carece de algunas pretensiones a la belleza, pero estas son tan triviales que el valor que ella otorga a sus encantos personales y la adoración que espera que se les ofrezca son, a la vez, un ejemplo sorprendente de su vanidad, su orgullo y su insensatez». Así dije, y a mi opinión todos añadieron peso con la concurrencia de la suya propia.

Tu afectuosa, Arabella Smythe.

EL PRIMER ACTO DE UNA COMEDIA

Personajes

Popgun Maria Charles Pistolletta Postillón Casera Coro de gañanes Cocinera y y Strephon Chloe

ESCENA: UNA POSADA

Entran la Casera, Charles, Maria y la Cocinera.

Casera a Maria Si la nobleza en el León necesitara camas, enséñales la número 9.

Maria Sí, señora. —sale Maria

Casera a Cocinera Si sus señorías en la Luna piden la carta, dásela.

Cocinera Lo haré, lo haré. —sale Cocinera

Casera a Charles Si sus señorías en el Sol tocan la campanilla, contesta.

Charles Sí, señora. —salen por separado

LA ESCENA CAMBIA A LA LUNA, y aparecen Popgun y Pistoletta.

Pistoletta Dígame, papá, ¿qué tan lejos está Londres?

Popgun Hija mía, mi querida, mi favorita de todos mis hijos, que eres el retrato de tu pobre madre que murió hace dos meses, con quien voy a la ciudad para casarte con Strephon, y a quien pretendo legar toda mi fortuna, faltan siete millas.

LA ESCENA CAMBIA AL SOL—

Entran Chloe y un coro de gañanes.

Chloe ¿Dónde estoy? En Hounslow. ¿A dónde voy? A Londres. ¿A qué hacer? A casarme. ¿Con quién? Con Strephon. ¿Quién es él? Un joven. Entonces cantaré una canción.

CANCIÓN

Voy a la ciudad Y cuando baje Me casaré con Strephon.* Y eso para mí será divertido.

[* Nótense las dos e]

Coro

Divertido, divertido, divertido, Y eso para mí será divertido.

Entra la Cocinera—

Cocinera Aquí está la carta.

Chloe lee 2 patos, una pata de buey, una perdiz apestosa y una tarta. —Quiero la pata de buey y la perdiz.

Sale Cocinera.

Y ahora cantaré otra canción.

CANCIÓN

Voy a cenar, Después de lo cual no estaré más delgada, Ojalá estuviera aquí Strephon Porque él cortaría la perdiz si estuviera dura.

Coro

Dura, dura, dura, Porque él cortaría la perdiz si Estuviera dura.

Salen Chloe y el Coro.—

LA ESCENA CAMBIA AL INTERIOR DEL LEÓN.

Entran Strephon y Postillón.

Streph: Me condujiste desde Staines a este lugar, desde donde pretendo ir a la ciudad para casarme con Chloe. ¿Cuánto se te debe?

Post: Dieciocho peniques.

Streph: Ay, amigo mío, solo tengo una guinea mala con la que pretendo mantenerme en la ciudad. Pero te empeñaré una carta sin dirección que recibí de Chloe.

Post: Señor, acepto su oferta.

FIN DEL PRIMER ACTO.

UNA CARTA de una JOVEN DAMA, cuyos sentimientos, al ser demasiado fuertes para su criterio, la llevaron a la comisión de errores que su corazón desaprobaba.

Muchos han sido los cuidados y vicisitudes de mi vida pasada, mi amada Ellinor, y el único consuelo que siento por su amargura es que, tras un examen minucioso de mi conducta, estoy convencida de que los he merecido estrictamente. Asesiné a mi padre en una etapa muy temprana de mi vida, desde entonces he asesinado a mi madre y ahora voy a asesinar a mi hermana. He cambiado de religión tantas veces que en este momento no tengo idea de ninguna que me quede. He sido testigo perjuro en cada juicio público durante los últimos doce años; y he falsificado mi propio testamento. En resumen, casi no hay crimen que no haya cometido, pero ahora voy a reformarme. El coronel Martin, de la Guardia a Caballo, me ha cortejado y nos casaremos en unos días. Como hay algo singular en nuestro noviazgo, te daré cuenta de ello. El coronel Martin es el segundo hijo del difunto Sir John Martin, quien murió inmensamente rico, pero al legar solo cien mil libras a cada uno de sus tres hijos menores, dejó el grueso de su fortuna, unos ocho millones, al actual Sir Thomas. Con su pequeña miseria, el coronel vivió tolerablemente contento durante casi cuatro meses cuando se le metió en la cabeza decidir obtener la totalidad de la fortuna de su hermano mayor. Se falsificó un nuevo testamento y el coronel lo presentó ante el tribunal, pero nadie quiso jurar que fuera el testamento correcto excepto él mismo, y había jurado tanto que nadie le creyó. En ese momento, yo pasaba por la puerta del tribunal y fui llamada por el juez, quien le dijo al coronel que yo era una dama dispuesta a testificar cualquier cosa por la causa de la justicia, y le aconsejó que recurriera a mí. En fin, el asunto se arregló pronto. El coronel y yo juramos que era el testamento correcto, y Sir Thomas se ha visto obligado a renunciar a toda su riqueza mal habida. El coronel, en gratitud, me visitó al día siguiente con una oferta de matrimonio. Ahora voy a asesinar a mi hermana.

Tuya siempre, Anna Parker.

UN VIAJE POR GALES— en una CARTA de una JOVEN DAMA—

MI QUERIDA CLARA

He estado tanto tiempo deambulando que hasta ahora no he tenido la oportunidad de agradecerte tu carta. Dejamos nuestro querido hogar el mes pasado, el lunes pasado; y procedimos en nuestro viaje por Gales, que es un principado contiguo a Inglaterra y da título al Príncipe de Gales. Viajamos a caballo por preferencia. Mi madre montó en nuestro pequeño poni y Fanny y yo caminamos a su lado o, mejor dicho, corrimos, pues a mi madre le gusta tanto montar rápido que galopó todo el camino. Puedes estar segura de que estábamos en un buen sudor cuando llegamos a nuestro lugar de descanso. Fanny ha tomado una gran cantidad de dibujos del país, que son muy hermosos, aunque quizás no sean representaciones tan exactas como se desearía, por haber sido tomados mientras ella corría. Te asombraría ver todos los zapatos que gastamos en nuestro viaje. Decidimos llevar un buen surtido con nosotras y por eso cada una tomó un par propio además de los que llevábamos puestos. Sin embargo, nos vimos obligadas a que nos los remendaran y pusieran tapas en Carmarthen, y al final, cuando ya no servían, mamá tuvo la amabilidad de prestarnos un par de zapatillas de satén azul, de las cuales tomamos una cada una y saltamos hasta Hereford encantadoramente.

Soy tu siempre afectuosa, Elizabeth Johnson.

UN CUENTO.

Un caballero, cuyo apellido ocultaré, compró una pequeña casa de campo en Pembrokeshire hace unos dos años. Esta acción audaz le fue sugerida por su hermano mayor, quien prometió amueblar dos habitaciones y un armario para él, siempre que tomara una casa pequeña cerca de los límites de un extenso bosque y a unas tres millas del mar. Wilhelminus aceptó alegremente la oferta y continuó durante algún tiempo buscando tal retiro cuando fue una mañana agradablemente aliviado de su suspenso al leer este anuncio en un periódico.

SE ALQUILA

Una casita pulcra en los límites de un extenso bosque y a unas tres millas del mar. Está amueblada, salvo por dos habitaciones y un armario.

El encantado Wilhelminus partió de inmediato hacia donde estaba su hermano y le mostró el anuncio. Robertus lo felicitó y lo envió en su carruaje a tomar posesión de la casita. Tras viajar durante tres días y seis noches sin detenerse, llegaron al bosque y, siguiendo una senda que bordeaba una colina empinada sobre la cual serpenteaban diez arroyuelos, alcanzaron la casita en media hora. Wilhelminus bajó y, tras llamar durante algún tiempo sin recibir respuesta ni oír a nadie moverse en el interior, abrió la puerta, que estaba asegurada solo por un pestillo de madera, y entró en una pequeña habitación que de inmediato percibió como una de las dos que estaban sin amueblar. De allí pasó a un armario igualmente desprovisto de todo. Un par de escaleras que salían del mismo lo condujeron a una estancia superior, no menos desamparada, y descubrió que estos aposentos componían la totalidad de la casa. No se sintió en absoluto disgustado por este descubrimiento, pues le reconfortaba pensar que no tendría que gastar nada él mismo en muebles. Regresó de inmediato junto a su hermano, quien lo llevó al día siguiente a todas las tiendas de la ciudad y compró todo lo necesario para amueblar las dos habitaciones y el armario. En pocos días todo estuvo completo y Wilhelminus regresó para tomar posesión de su casita. Robertus lo acompañó, junto a su esposa, la amable Cecilia, y sus dos encantadoras hermanas, Arabella y Marina, a quienes Wilhelminus profesaba un tierno afecto, además de un gran número de criados. Un genio común se habría visto probablemente en un aprieto al intentar alojar a un grupo tan numeroso, pero Wilhelminus, con una admirable presencia de ánimo, dio órdenes para la erección inmediata de dos nobles tiendas de campaña en un claro del bosque contiguo a la casa. Su construcción era a la vez sencilla y elegante: un par de mantas viejas, cada una sostenida por cuatro palos, dieron una prueba sorprendente de ese gusto por la arquitectura y esa feliz facilidad para superar las dificultades que eran algunas de las virtudes más notables de Wilhelminus.

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