LOVE-AT-ARMS
Siendo una narración extraída de las crónicas de Urbino durante el dominio del Alto y Poderoso Messer Guidobaldo da Montefeltro
Por Raphael Sabatini
“Le donne, i cavalier', l'arme, gli amori, Le cortesie, l'audace imprese io canto.”
ARIOSTO
ÍNDICE
CAPÍTULO
I. VOX POPULI
II. EN UN SENDERO DE MONTAÑA
III. CILICIO Y ROPA DE ARLEQUÍN
IV. MONNA VALENTINA
V. GIAN MARIA
VI. EL DUQUE AMOROSO
VII. GONZAGA EL INSIDIOSO
VIII. ENTRE LOS POSOS DEL VINO
IX. LA “TRATTA DI CORDE”
X. EL REBUZNO DE UN ASNO
XI. CABALLEROS ANDANTES
XII. LA CURIOSIDAD DEL LOCO
XIII. GIAN MARIA HACE UN VOTO
XIV. FORTEMANI BEBE AGUA
XV. LA MISERICORDIA DE FRANCESCO
XVI. GONZAGA SE DESENMASCARA
XVII. EL ENEMIGO
XVIII. TRAICIÓN
XIX. CONSPIRACIÓN Y CONTRACONSPIRACIÓN
XX. LOS AMANTES
XXI. EL PENITENTE
XXII. UNA REVELACIÓN
XXIII. EN LA TORRE DE LA ARMERÍA
XXIV. LA MISA INTERRUMPIDA
XXV. LA CAPITULACIÓN DE ROCCALEONE
CAPÍTULO I. VOX POPULI
Desde el valle, transportado en las alas de la brisa vespertina, ascendía débilmente el tañido de una campana de Ángelus, y en la choza de un cabrero en las alturas, seis hombres permanecían con las cabezas descubiertas e inclinadas, obedeciendo a su llamada a la oración de la tarde. Una lámpara de latón, provista de tres picos, oscilaba desde el techo tiznado y, con más humo que llama, arrojaba una luz indiferente, y aún un olor más indiferente, a través de la oscura choza. Pero bastaba al menos para revelar en los arreos y atavíos de aquella compañía una riqueza que resultaba más llamativa por contraste con la miseria circundante.
Cuando la última campanada del Ave María se desvaneció en el viento que murmuraba lastimeramente a través de los alerces de la ladera, se santiguaron piadosamente y, reanudando pausadamente el uso de sus tocados, se miraron unos a otros con miradas interrogantes. Sin embargo, antes de que alguien pudiera expresar la duda que estaba en la mente de todos, un golpe resonó en las maderas podridas de la puerta.
—¡Al fin! —exclamó el viejo Fabrizio da Lodi, con una voz cargada de alivio, mientras un hombre más joven, de buena planta y alegres ropajes, se dirigía a la puerta obedeciendo a la mirada de Fabrizio y la abría de par en par.
A través del umbral pasó una figura alta bajo un sombrero ancho y sin plumas, envuelto en una capa que se soltó al entrar, revelando los más sencillos ropajes debajo. Un jubón de cuero estaba ceñido a la cintura por un cinturón de acero martillado, del cual pendía a su izquierda una larga espada con gavilanes de acero anillados, mientras que por detrás de su cadera derecha asomaba la empuñadura de una robusta daga de Pistoja. Sus calzas de paño rojo se perdían en botas de cuero sin curtir, atadas al frente y vueltas hacia abajo en las rodillas, completando en él la apariencia general de un mercenario en tiempos de paz, a pesar de lo cual los seis nobles, en aquel lugar de paradojas, se descubrieron de nuevo y permanecieron en actitudes de deferente atención.
Hizo una pausa un momento para despojarse de su capa, de la cual el joven que lo había dejado entrar se apresuró a aliviarlo tan prontamente como si hubiera nacido siendo servidor. Luego se quitó el sombrero y permitió que permaneciera colgando de sus hombros, mostrando, junto con un semblante aún juvenil de extraordinaria fuerza y nobleza, una melena de cabello negro azabache peinada en una amplia redecilla de hilo de oro; el único artículo de vestimenta que podría haber sugerido que su rango era superior al que en principio había parecido.
Se dirigió con paso vivo a la mesa basta y manchada de grasa, alrededor de la cual estaba la compañía, y sus ojos negros recorrieron rápidamente los rostros que lo enfrentaban.
—Señores —dijo finalmente—, estoy aquí. Mi caballo cojeó media legua más allá de Sant' Angelo, y me vi obligado a terminar el viaje a pie.
—Su Excelencia estará cansado —exclamó Fabrizio, con esa solicitud pronta que siempre está a las órdenes de los grandes—. Una copa de vino de Puglia, mi señor. Aquí, Fanfulla —llamó al joven noble que había actuado de ujier. Pero el recién llegado lo silenció y dejó de lado el asunto con un gesto.
—Dejad que eso espere. El tiempo apremia como poco imagináis. Bien podría suceder, ilustres señores, que de no haber venido así, no habría venido en absoluto.
—¿Cómo? —exclamó uno, expresando el asombro que surgía en cada mente, incluso cuando en cada rostro se mostraba cierta consternación—. ¿Estamos traicionados?
—Si estáis en situación de temer una traición, bien podría ser, amigos míos. Al cruzar el puente sobre el Metauro y tomar el sendero que conduce hasta aquí, mis ojos se vieron atraídos por una luz carmesí que brillaba desde un enredo de arbustos al borde del camino. Aquella llama carmesí era un reflejo del sol poniente destellando desde el yelmo de acero de un observador oculto. El camino me llevó más cerca, y con mi sombrero colocado de tal manera que ocultara mejor mi rostro, fui todo ojos. Y mientras pasaba por el lugar donde aquel espía estaba emboscado, discerní entre las hojas que bien podrían haberlo ocultado, de no ser porque el sol había descubierto su yelmo, el rostro malvado de Masuccio Torri.
Hubo un movimiento entre los oyentes, y su consternación aumentó, mientras uno o dos cambiaron de color.
—¿A quién esperaba? Esa fue la pregunta que me hice, y encontré la respuesta: me esperaba a mí. Si estaba en lo cierto, él también debía conocer la distancia que había recorrido, de modo que no esperaría verme a pie, ni tampoco, quizás, con ropajes como estos. Y así, gracias a todo esto y al sombrero y la capa con los que me cubrí estrechamente, me dejó pasar sin ser cuestionado.
—¡Por la Virgen! —exclamó Fabrizio acaloradamente—. Juraría que vuestras conclusiones fueron erróneas. En toda Italia no era conocido por nadie más que por nosotros seis que os reuniríais aquí, y con mi mano sobre los Evangelios podría jurar que ninguno de nosotros ha respirado palabra de ello.
Miró a su alrededor a sus compañeros como invitándolos a confirmar sus palabras, y no tardaron en confirmar lo que él había jurado, en términos tan vehementes como los suyos, hasta que al final el recién llegado los instó al silencio con un gesto.
—Ni yo lo he respirado —les aseguró—, pues respeté vuestra orden, Messer Fabrizio. Aun así... ¿qué hacía Masuccio allí, escondido como un ladrón, al borde del camino? Señores —continuó, en un tono ligeramente alterado—, no sé con qué fin me habéis llamado aquí, pero si algo de traición acecha en vuestros designios, ¡os advierto que tengáis cuidado! El Duque tiene conocimiento de ello, o al menos, sospecha. Si ese espía no fue puesto para vigilarme a mí, pues entonces fue puesto para vigilarlos a todos, para que pronto pueda informar a su señor qué hombres estuvieron presentes en esta reunión.
Fabrizio se encogió de hombros con una indiferencia desdeñosa que fue expresada por su vecino Ferrabraccio.
—Que se le informe —bufó este último, con una mueca sombría en su rostro rudo—. El conocimiento le llegará demasiado tarde.
El recién llegado echó la cabeza hacia atrás, y una mirada que era mitad asombro, mitad iluminación, brilló en las profundidades negras de sus ojos imperiosos. Respiró profundamente.
—Parecería, señores, que tenía razón —dijo, con un toque de severidad—, y que la traición es, efectivamente, vuestro asunto.
—Mi Señor de Aquila —le respondió Fabrizio—, somos traidores a un hombre para poder permanecer fieles y leales a un Estado.
—¿Qué Estado? —ladró el Señor de Aquila con desprecio.
—El Ducado de Babbiano —fue la respuesta.
—¿Seríais falsos con el Duque para poder ser fieles al Ducado? —cuestionó, con el desprecio corriendo cada vez más fuerte en su voz—. Señores, es un enigma que no pretendo resolver.
Se produjo una pausa en la que se miraron unos a otros, y sus miradas eran casi como las de hombres desconcertados. No habían esperado tal tono de él, y cuestionaron con sus ojos y mentes la prudencia de ir más allá. Al final, con un medio suspiro, Fabrizio da Lodi se volvió una vez más hacia Aquila.
—Señor Conde —comenzó, con una voz calmada e impresionante—, soy un hombre viejo; el nombre que llevo y la familia de la que provengo son igualmente honorables. No podéis pensar tan vilmente de mí como para opinar que en mi vejez debería hacer algo para manchar la buena fama de uno u otra. Ser llamado traidor, señor, es recibir un título duro, y uno, creo, que no podría encajar en nadie menos de lo que encaja en mí o en cualquiera de estos, mis compañeros. ¿Me haréis el honor, entonces, de escucharme, Excelencia; y cuando me hayáis escuchado, juzgadnos? No, más que juicio os pedimos, Señor Conde. Pedimos guía para que podamos salvar a nuestro país de la ruina que lo amenaza, y os prometemos que no daremos ningún paso que no cuente con vuestra sanción; que no sea instado por vos.
Francesco del Falco, Conde de Aquila, observó al viejo noble con una mirada que había cambiado mientras hablaba, de modo que, de desdeñosa que había sido, ahora se había vuelto llena de suave asombro e indagación. Inclinó ligeramente la cabeza en señal de aquiescencia.
—Os ruego que habléis —fue todo lo que dijo, y Fabrizio habría hablado de inmediato de no haber sido porque Ferrabraccio intervino para exigir que Aquila les diera su palabra de caballero de no traicionarlos en caso de rechazar las propuestas que tenían que hacerle. Cuando les dio su promesa, y se hubieron sentado en los toscos taburetes que el lugar ofrecía, Fabrizio reanudó su papel de portavoz y expuso el asunto por el cual había invitado al Conde a estar entre ellos.
En un breve preámbulo, tocó el carácter de Gian Maria Sforza, el reinante Duque de Babbiano, sentado en su trono por su poderoso tío, Lodovico Sforza, Señor de Milán. Expuso las imprudentes extravagancias del hombre, su continua autocomplacencia, su descuido en asuntos de gobierno y su aparente desinclinación a cumplir con los deberes que su alta posición le imponía. Sobre todo esto, Fabrizio se refirió con la más encomiable discreción y reserva, como exigía la circunstancia de que en Francesco del Falco se estaba dirigiendo al propio primo del Duque.
—Hasta aquí, Excelencia —continuó—, no podéis ignorar la insatisfacción general que prevalece entre los súbditos de nuestro ilustrísimo primo. Hubo la conspiración de Bacolino, hace un año, que, de haber tenido éxito, nos habría arrojado a las manos de Florencia. Fracasó, pero otra igual podría no fracasar de nuevo. El creciente disgusto de Su Alteza puede atraer más adeptos a una nueva conspiración de este carácter, y estaríamos perdidos como estado independiente. Y el peligro que nos amenaza es el peligro de perdernos de tal modo. No solo por la deserción de los nuestros, sino por la fuerza de las armas de otro. Ese otro es César Borgia. Su dominio se extiende como una plaga sobre la faz de esta Italia, a la que ha amenazado con devorar como una alcachofa, hoja por hoja. Sus ojos codiciosos ya están vueltos hacia nosotros, y ¿qué poder tenemos, tan desprevenidos como estamos, para oponernos con éxito al poder abrumador del Duque de Valentinois? Todo esto lo comprende Su Alteza, pues se lo hemos dejado más que claro, como también le hemos dejado claro el remedio. Sin embargo, parece tan indiferente a su peligro como a su salvación. Pasa su tiempo en orgías, bailando, en la cetrería y en vergonzosos devaneos, y si nos atrevemos a lanzar una palabra de advertencia, amenazas y maldiciones son la única respuesta que recibimos.
Da Lodi hizo una pausa, como si fuera consciente de que su manera se volvía demasiado vehemente. Pero de esto, sus compañeros, al menos, no eran conscientes, pues llenaron la pausa con un murmullo de airada confirmación. Francesco arrugó el entrecejo y suspiró.
—Soy, ¡ay!, plenamente consciente de este peligro del que habláis. Pero... ¿qué esperáis de mí? ¿Por qué me traéis vuestra queja? No soy un estadista.
—Aquí no se necesita un estadista, señor. Es un soldado lo que Babbiano requiere; un espíritu marcial para organizar un ejército contra la invasión que debe llegar, que ya está llegando. En resumen, Señor Conde, necesitamos un guerrero como vos. ¿Qué hombre hay en toda Italia, o, de hecho, qué mujer o qué niño, que no haya oído hablar de la proeza del Señor de Aquila? Vuestras hazañas caballerescas en las guerras entre Pisa y Florencia, vuestras proezas de armas y vuestro mando en el servicio de los venecianos, son materia para la creación de cantares épicos.
—¡Messer Fabrizio! —murmuró Paolo, tratando de contener a su interlocutor elogioso, mientras un tenue tinte se deslizaba por sus mejillas bronceadas. Pero Da Lodi continuó, sin prestar atención:
—¿Y dudaréis vos, mi señor, que os habéis comportado tan valientemente como condotiero al servicio del extranjero, en emplear vuestra habilidad y valor contra los enemigos de vuestra propia patria? No es así, Excelencia. Conocemos el alma patriótica de Francesco del Falco, y contamos con ella.
—Y hacéis bien —respondió firmemente—. Cuando llegue el momento me encontraréis listo. Pero hasta entonces, y en relación con los preparativos que deban hacerse... ¿por qué no os dirigís a Su Alteza como lo hacéis conmigo?
Una triste sonrisa cruzó el noble rostro de Lodi, mientras Ferrabraccio se reía abiertamente con frío desprecio, y con su característica aspereza respondió:
—¿Hablaremos con él —exclamó— de hazañas caballerescas, de proeza y de valor? Preferiría instar a Rodrigo Borgia a cumplir los sagrados deberes de su Vicariato; con igual provecho podría esparcir incienso en un muladar. Lo que podíamos decir a Gian Maria lo hemos dicho, y dado que habría sido ocioso haber apelado a él como hemos apelado a vos, le hemos mostrado otra vía por la cual Babbiano podría salvarse y el embate de Valentino evitarse.
—Ah. ¿Y esta otra vía? —inquirió el Conde, su mirada volviendo a Fabrizio.
—Una alianza con la casa de Urbino —respondió Lodi—. Guidobaldo tiene dos sobrinas. Lo hemos sondeado y lo hemos encontrado bien dispuesto hacia un matrimonio como el que sugerimos. Aliados así a la casa de Montefeltro, recibiríamos asistencia no solo de Guidobaldo, sino también de los señores de Bolonia, Perugia, Camerino y algunos estados menores cuyas fortunas ya están vinculadas a la de Urbino. De este modo, presentaríamos a César Borgia una coalición tan fuerte que nunca se atrevería a traer una lanza a nuestro territorio.
—Oí hablar algo de ello —dijo Paolo—. Hubiera sido un paso ciertamente sabio. ¡Lástima que las negociaciones no llegaran a nada!
—¿Pero por qué no llegaron a nada? ¡Cuerpo de Satanás! ¿Por qué? —rugió el impetuoso Ferrabraccio, mientras con su poderoso puño golpeaba la mesa con un golpe que casi la hizo pedazos—. ¡Porque Gian Maria no estaba de humor para casarse! La joven que le propusimos era hermosa como un ángel; pero él no quiso ni siquiera mirar. Había una mujer en Babbiano que...
—Mi señor —interrumpió Fabrizio apresuradamente, temiendo los extremos a los que el otro podría llegar—, es como dice Ferrabraccio. Su Alteza no quiso casarse. Y esto es lo que nos ha llevado a invitaros a reuniros con nosotros esta noche. Su Alteza no hará nada para salvar el Ducado, así que nos volvemos a vos. El pueblo está con nosotros; en cada calle de Babbiano se habla de vos abiertamente como el duque que quieren que los gobierne y defienda sus hogares. En el sagrado nombre del pueblo, entonces —concluyó el viejo, levantándose y hablando con una voz sacudida por la emoción—, y con la voz del pueblo, de la cual solo somos los portavoces, ahora os ofrecemos la corona de Babbiano. Regresad con nosotros esta noche, mi señor, y mañana, con solo veinte lanzas de escolta, cabalgaremos hacia Babbiano y os proclamaremos Duque. Ni necesitáis temer la menor oposición. Un solo hombre de Babbiano, ese mismo Masuccio al que os conté que visteis esta noche, permanece fiel a Gian Maria; fiel porque él y los cincuenta mercenarios suizos a sus espaldas son pagados para serlo. ¡Arriba, mi señor! Dejad que vuestro propio buen sentido os diga si un hombre honesto necesita escrúpulos para deponer a un príncipe cuyo trono no conoce defensa más allá de la protección alquilada de cincuenta lanzas extranjeras.
Siguió un silencio después de aquel apasionado discurso. Lodi permaneció de pie, los otros se sentaron, sus miradas ansiosas volcadas hacia el Conde, sus oídos ansiosamente alerta por su respuesta. Así permanecieron por un breve tiempo, el mismo Aquila tan quieto que apenas parecía respirar.
Se sentó, agarrando los brazos de su silla, su cabeza caída hacia adelante hasta que su barbilla descansó sobre su pecho, un ceño oscureciendo su frente elevada. Y mientras esperaban su respuesta, una gran batalla se libraba dentro de su alma. El poder tan repentina, tan inesperadamente, puesto a su alcance, y ofrecido si tan solo abriera sus manos para asirlo, lo deslumbró por un pequeño momento. Como en un destello, se vio a sí mismo Señor de Babbiano. Contempló una orgullosa carrera de hazañas caballerescas que debería hacer resonar su nombre y el de Babbiano a lo largo y ancho de Italia. Del estado oscuro que era, su patriotismo y su habilidad como condotiero deberían convertirlo en una de las grandes potencias italianas, rival de Florencia, Venecia o Milán. Tuvo una visión de territorios ampliados y de señores vecinos convirtiéndose en vasallos de su poder. Se vio arrancando la Romaña milla a milla del dominio del libertino Borgia, cazándolo hasta la muerte como acostumbraba a cazar el jabalí en los pantanos de Comacchio, o conduciéndolo al mismo Vaticano para buscar refugio dentro de las puertas de su padre, la última franja de tierra que le dejaría para señorear. Soñó con una Babbiano cortejada por las grandes repúblicas, y el honor de su alianza codiciado por ellas para que pudieran resistir los ataques de franceses y españoles. Todo esto vio en esa visión fugaz suya, y la Tentación atrapó su espíritu marcial en un abrazo de acero. Y entonces otra imagen surgió ante sus ojos. ¿Qué haría en tiempos de paz? La suya era un alma que languidecía en los palacios. Nació para el campamento, no para el aire insípido de las cortes. A cambio de este poder que se le ofrecía, ¿qué debía dar? Su gloriosa libertad. Convertirse en su señor en muchas cosas, para ser su esclavo en otras tantas. Nominalmente para gobernar, pero realmente para ser gobernado, hasta que, si fallara en hacer la voluntad de sus gobernantes, habría alguna noche otra reunión como esta, en la que los hombres conspirarían para lograr su caída y suplantarlo como se le invitaba a suplantar a Gian Maria. Por último, pensó en el hombre cuyo poder se le pedía usurpar. Su propio primo, el hijo de la hermana de su padre, en cuyas venas corría la misma sangre que en la suya.
Levantó la cabeza al final y se encontró con aquellos rostros ansiosos sobre los que la luz inconstante arrojaba duras sombras. El pálido fantasma de una sonrisa se posó por un segundo en las comisuras de su severa boca.
—Os agradezco, señores, el honor que me habéis hecho —respondió lentamente—, un honor del que temo ser indigno.
En un coro vigoroso, sus voces se alzaron para contradecirlo.
—Al menos, entonces, un honor que no puedo aceptar.
Hubo un momento de silencio, y sus rostros, de ansiosos que habían sido, se volvieron abatidos hasta el punto de la hosquedad.
—¿Pero por qué, mi señor? —exclamó el viejo Fabrizio al fin, sus brazos extendidos hacia el Conde, su voz temblando de intensidad—. ¡Santissima Vergine! ¿Por qué?
—Porque, por daros solo una razón entre muchas, el hombre al que me pedís que derroque y suplante es de mi propia sangre. —Y si su tono no hubiera sido calmado, podrían haber considerado que los reprendía.
—Había pensado —aventuró seriamente el alegre Fanfulla—, que con un hombre como vuestra Excelencia, el patriotismo y el amor por Babbiano habrían pesado incluso más que los lazos de sangre.
—Y habías pensado bien, Fanfulla. ¿Acaso no dije que la razón que os di no era más que una entre tantas? Decidme, señores, ¿qué causa tenéis para creer que os gobernaría sabia y rectamente? Da la casualidad de que en la crisis que ahora amenaza a Babbiano se necesita un capitán como gobernante. Pero que esto no os engañe, pues puede llegar una estación en la fortuna del Estado en la que un hombre así sea tan inepto para el dominio como lo es el actual Duque. ¿Entonces, qué? Un buen caballero andante es un cortesano mediocre y un mal estadista. Por último, amigos míos —ya que debéis saber todo lo que hay en mi corazón—, queda el hecho de que me amo un poco a mí mismo. Amo demasiado mi libertad, y no tengo intención de asfixiarme en la atmósfera perfumada de las cortes. Veis que soy franco con vosotros. Es mi placer recorrer el mundo, con mi arnés a la espalda, libre como el bendito viento del cielo. ¿Acaso una corona ducal y una capa de púrpura...? —Se interrumpió bruscamente con una carcajada—. ¡Ahí lo tenéis, amigos míos! Tenéis razones de sobra. De nuevo os agradezco, y lamento que, siendo como soy, no pueda llegar a ser como vosotros querríais que fuera.
Se hundió en su silla, observándolos con una mirada de lo más nostálgica, y tras un segundo de silencio, la voz de Da Lodi le imploró, en acentos que temblaban de patética insistencia, que reconsiderara su resolución. El anciano habría procedido con nuevos argumentos, pero Aquila le cortó en seco.
—Ya lo he considerado tan bien, Messer Fabrizio —respondió con determinación—, que nada podría hacerme cambiar de opinión. Pero esto, señores, os lo prometo: cabalgaré con vosotros a Babbiano e intentaré razonar con mi primo. Haré más: solicitaré de sus manos el cargo de Gonfaloniero, y si me lo concede, reorganizaré nuestras fuerzas y estableceré tales alianzas con nuestros vecinos que aseguren, al menos en cierto grado, la seguridad de nuestro Estado.
Aun así intentaron engatusarlo, pero él se mantuvo firme frente a sus esfuerzos, hasta que al final, con aire apesadumbrado, Da Lodi le agradeció su promesa de usar su influencia con Gian Maria.
—Por esto, al menos, agradecemos a vuestra Excelencia, y por nuestra parte ejerceremos el poder que aún conservamos en Babbiano con el fin de que se os confiera el alto cargo de Gonfaloniero. Hubiéramos preferido veros ocupar con honor una posición aún más elevada, y si más adelante llegarais a considerar...
—Descartad esas esperanzas —intervino el Conde, con un solemne movimiento de cabeza. Y entonces, antes de que se pronunciara otra palabra, el joven Fanfulla degli Arcipreti se puso en pie de un salto, con las cejas fruncidas y una expresión de alarma extendiéndose por su hermoso rostro. Permaneció así un segundo; luego, dirigiéndose rápidamente a la puerta, la abrió y se quedó escuchando, seguido por las miradas de sorpresa de la compañía reunida. Pero no hizo falta el grito de advertencia con el que se volvió para ofrecerles la explicación de su extraño comportamiento. En el tenso silencio que había seguido a su repentina apertura de la puerta, habían captado desde fuera el lejano eco de pasos de marcha.
CAPÍTULO II. EN UN SENDERO DE MONTAÑA
—¡Hombres armados, señores! —había sido el grito de Fanfulla—. ¡Estamos traicionados!
Se miraron unos a otros con ojos severos, y con esa dureza que ocupa el lugar que el miedo tendría en almas más viles.
Entonces Aquila se puso en pie lentamente, y con él se levantaron los demás, buscando sus armas. Pronunció suavemente un nombre: «Masuccio Torri».
—Sí —exclamó Lodi con amargura—, ¡ojalá hubiéramos prestado atención a vuestra advertencia! Será Masuccio, y tras sus talones, sus cincuenta mercenarios.
—No menos, lo juro, por el sonido que hacen —dijo Ferrabraccio—. Y nosotros apenas seis, sin nuestro arnés.
—Siete —corrigió el Conde lacónicamente, poniéndose de nuevo el sombrero y aflojando su espada en la vaina.
—No es así, mi señor —exclamó Lodi, poniendo una mano sobre el brazo del Conde—. No debéis quedaros con nosotros. Sois nuestra única esperanza, la única esperanza de Babbiano. Si en verdad estamos traicionados —aunque por qué medios infernales lo ignoro— y ellos tienen conocimiento de que seis traidores se reunieron aquí esta noche para conspirar contra el trono de Gian Maria, al menos, juraría que no saben que debíais haberos reunido con nosotros. Su Alteza puede conjeturar, pero no puede saberlo a ciencia cierta, y si solo lográis escapar, todo puede salir bien aún, salvo para nosotros, que no importamos. ¡Id, mi señor! Recordad vuestra promesa de buscar de manos de vuestro primo el gonfalón, y que Dios y Sus benditos Santos prosperen a vuestra Excelencia.
El anciano tomó la mano del joven y, bajando la cabeza hasta que su rostro quedó oculto por sus largos cabellos blancos, estampó en ella un beso de lealtad. Pero Aquila no se dejó despedir tan fácilmente.
—¿Dónde están vuestros caballos? —preguntó.
—Atados en la parte de atrás. ¿Pero quién se atrevería a montarlos de noche por este precipicio?
—Yo me atrevo, por una parte —respondió el joven con firmeza—, y así os atreveréis todos. Un cuello roto es lo peor que puede ocurrirnos, y preferiría romper el mío en las rocas de Sant' Angelo antes que dejar que lo rompa el verdugo de Babbiano.
—¡Bien dicho, por la Virgen! —rugió Ferrabraccio—. ¡A caballo, señores!
—Pero el único camino es por el que ellos vienen —objetó Fanfulla—. El resto es acantilado puro.
—Pues entonces, mi dulce seductor, iremos a su encuentro —replicó Ferrabraccio alegremente—. Van a pie, y les pasaremos por encima como un torrente de montaña. ¡Vamos, señores, daos prisa! Se acercan.
—Solo tenemos seis caballos, y somos siete —objetó otro.
—Yo no tengo caballo —dijo Francesco—, os seguiré a pie.
—¿Qué? —gritó Ferrabraccio, que parecía haber asumido ahora el mando de la empresa—. ¡Que nuestro San Miguel cierre la marcha! No, no. Vos, Da Lodi, sois demasiado viejo para este trabajo.
—¿Demasiado viejo? —bramó el anciano, erguiéndose hasta toda la altura de lo que aún era una figura muy imponente, y sus ojos parecieron encenderse ante esta reflexión sobre su valía caballeresca—. Si la estación fuera otra, Ferrabraccio, podría pedir permiso para mostrarte cuánta juventud me queda aún. Pero... —Se detuvo. Sus ojos airados se habían posado sobre el Conde, que esperaba junto a la puerta, y toda la expresión de su semblante cambió—. Tienes razón, Ferrabraccio, en verdad envejezco; soy un chocho. Toma mi caballo y márchate.
—¿Pero vos? —preguntó el Conde con solicitud.
—Yo me quedaré. Si cumplís bien vuestro deber con esos mercenarios, no me molestarán. No se les ocurrirá que alguien se quedó atrás. Solo pensarán en seguiros después de que los hayáis atravesado. Id, id, señores, o todo está perdido.
Le obedecieron ahora con una premura que parecía casi rayana en el pánico. Con prisa frenética, Fanfulla y otro desataron las ataduras, y un momento después estaban todos montados y listos para aquel viaje temible. La noche estaba oscura, aunque no demasiado. El cielo estaba despejado y cuajado de estrellas, mientras una luna menguante ayudaba a iluminar el camino por el que debían seguir. Pero en aquel sendero de montaña roto e incierto, las sombras eran lo suficientemente espesas como para hacer que su empresa fuera desesperada.
Ferrabraccio, reclamando un mejor conocimiento del camino que sus camaradas, se colocó a su cabeza, con el Conde a su lado. Detrás de ellos, de dos en dos, iban los otros cuatro. Se detuvieron en una pequeña repisa a la sombra del gran acantilado que se alzaba a su izquierda. Desde allí, la ladera de la montaña podía ser escrutada, tanto como cabía discernir bajo tal luz. El pisar de pies se había vuelto ahora más fuerte y cercano, y con él llegó el choque de las armaduras. Frente a ellos se abría el camino que descendía, durante cien yardas o más, hasta la primera curva. Debajo de ellos, a la derecha, el camino aparecía de nuevo en el punto donde sobresalía unas seis yardas en su curso zigzagueante, y allí Fanfulla captó el brillo del acero reflejando la débil luz de la luna. Llamó la atención de Ferrabraccio hacia él, y aquel valiente guerrero dio inmediatamente la orden de partir. Pero Francesco se interpuso.
—Si lo hacemos así —objetó—, llegaremos a ellos después de la curva, y en esa curva nos veremos obligados a reducir la velocidad para evitar caer por el borde del acantilado. Además, en tal situación nuestros caballos podrían fallarnos y rechazar el terreno. En cualquier caso, no descenderemos sobre ellos con la misma fuerza que si esperamos a que se pongan en línea recta con nosotros. Las sombras aquí nos ocultarán de ellos mientras tanto.
—Tenéis razón, Señor Conde. Esperaremos —fue la pronta respuesta. Y mientras esperaban, refunfuñó con fuerza.
—¡Caer en una trampa como esta! ¡Cuerpo de Satanás! Fue una locura reunirse en una choza con un solo acceso.
—Quizás podríamos habernos retirado por el acantilado de atrás —dijo Francesco.
—Podríamos, en efecto, si hubiéramos sido gorriones o gatos monteses. Pero siendo hombres, el camino por el que vamos es el único camino, y es un camino terriblemente malo. Me gustaría ser enterrado en Sant' Angelo, Señor Conde —continuó con capricho—. Estará convenientemente cerca; pues una vez que pase por la ladera de la montaña, juro que nada me detendrá hasta llegar al valle, convertido en un montón de huesos rotos.
—Calma, amigos míos —murmuró la voz de Aquila—. Vienen.
Y al doblar aquella fatídica curva, aparecieron ante su vista: una compañía con cascos y petos de acero, con la alabarda al hombro. Se detuvieron un momento, de modo que el grupo que esperaba casi se creyó descubierto. Pero pronto quedó claro que la parada era para que los rezagados pudieran alcanzarlos. Masuccio era un hombre que no dejaba nada al azar; quería a cada bribón de sus cincuenta antes de intentar el asalto.
—Ahora —murmuró el Conde, ajustándose el sombrero en la frente para que ocultara mejor sus rasgos. Luego, alzándose sobre sus estribos y levantando su espada en alto, dejó oír su voz de nuevo. Pero ya no en un susurro. Sonó como un toque de trompeta, repetido y resonado por toda la ladera de la montaña.
—¡Adelante! ¡San Miguel y la Virgen!
Aquel grito poderoso, seguido por un trueno de cascos, hizo que los mercenarios que avanzaban se detuvieran. Se oyó la voz de Masuccio, llamándoles a mantenerse firmes; ordenándoles arrodillarse y parar la carga con sus picas; asegurándoles con maldiciones que solo tenían que lidiar con media docena de hombres. Pero los ecos de la montaña eran engañosos, y aquel trueno de cascos descendentes no les pareció el de media docena, sino el de un regimiento. A pesar de las imprecaciones de Masuccio, los primeros se volvieron, y en ese momento los jinetes estaban sobre ellos, atravesándolos y arrollándolos, como el poderoso torrente del que había hablado Ferrabraccio.
Una docena de suizos cayó bajo aquel ataque, y otra docena que había sido barrida hacia un lado y por el precipicio estaba a mitad de camino hacia el valle antes de que aquella cabalgata encontrara resistencia. Los hombres restantes de Masuccio se esforzaron vigorosamente por contener aquella catarata humana, ahora que comprendían lo reducido del número de sus agresores. Pusieron sus alabardas en funcionamiento, y durante unos instantes la batalla arreció feroz en aquel estrecho camino. El aire estaba cargado con el rechinar y el tañido del acero, el pisar de hombres y caballos, y los gritos y maldiciones de los heridos.
El Señor de Aquila, siempre en primera fila, luchaba desesperadamente. No solo luchaba con su espada, sino también con su caballo. Levantando a la bestia sobre sus patas traseras, la hacía girar y la dejaba descender donde menos se esperaba, golpeando a su alrededor con su espada al mismo tiempo. En vano intentaron derribar a su montura con sus picas; tan rápida y furiosa era su acción que, antes de que pudieran llevar a cabo su plan, él estaba sobre aquellos que lo meditaban, dispersándolos fuera de su alcance para salvar sus pellejos.
De esta manera feroz se abrió camino ante sí, y la suerte le sirvió tan bien que los golpes dirigidos al azar contra él mientras pasaba a toda velocidad no lograron alcanzarlo. Por fin estaba casi fuera de la refriega, y solo tres hombres lo enfrentaban. De nuevo su montura se encabritó, resoplando y arañando el aire como un gato, y dos de los tres bribones ante él huyeron precipitadamente hacia un lado. Pero el tercero, que era de temple más valiente, cayó sobre una rodilla y presentó su pica al vientre del caballo. Francesco hizo un intento desesperado por salvar al ruano que tan galantemente le había servido, pero fue demasiado tarde. El animal cayó para empalarse en aquella alabarda en espera. Con un grito horrendo, el caballo se hundió sobre su matador, aplastándolo bajo su enorme peso y lanzando a su jinete hacia adelante, al suelo. En un instante estuvo en pie y se había vuelto, a pesar de estar medio aturdido por la caída y debilitado por la pérdida de sangre de una estocada de pica en el hombro, de la cual no se había percatado hasta entonces en el calor de la batalla. Dos mercenarios se abalanzaban sobre él: los mismos dos que habían sido los últimos en retroceder ante él. Se preparó para enfrentarlos, pensando que su última hora había llegado, cuando Fanfulla degli Arcipreti, que le había seguido de cerca a través de la refriega, descendió sobre sus agresores por la espalda y los arrolló. Junto al Conde detuvo su montura y extendió la mano.
—Subid detrás de mí, Excelencia —le instó.
—No hay tiempo —respondió Francesco, que divisaba media docena de figuras corriendo hacia ellos—. Me aferraré a la correa de vuestro estribo, así. ¡Ahora, espolead! —Y sin esperar a que Fanfulla obedeciera, golpeó al caballo con el plano de su espada en los cuartos traseros, lo que lo hizo saltar hacia adelante. Así continuaron aquel peligroso descenso, Fanfulla montando y el Conde medio corriendo, medio balanceándose desde su estribo. Al fin, cuando hubieron recorrido media milla de esta manera y el camino se había vuelto más fácil, se detuvieron para que el Conde pudiera montar detrás de su compañero, y mientras cabalgaban ahora a un paso más pausado, Francesco se dio cuenta de que él y Fanfulla eran los únicos dos que habían logrado atravesar aquel lugar nefasto. El galante Ferrabraccio, héroe de cien batallas extenuantes, había corrido hacia el destino innoble que él mismo había profetizado medio en broma. Su caballo le había fallado al inicio de la carga, y al asustarse, se había desviado a pesar de sus esfuerzos por controlarlo, hasta que, perdiendo el equilibrio, hombre y bestia habían salido precipitados por el acantilado. A Amerini, Fanfulla lo había visto morir, mientras que los dos restantes, al quedar sin caballo, serían sin duda prisioneros de Masuccio.
Unas tres millas más allá de Sant' Angelo, el cansado caballo de Fanfulla salpicó al cruzar un vado del Metauro, y así, hacia la segunda hora de la noche, llegaron al territorio de Urbino, donde por el momento podían considerarse a salvo de toda persecución.
CAPÍTULO III. CILICIO Y TRAJE DE ARLEQUÍN
El bufón y el fraile se habían puesto a pelear, y —para vergüenza del fraile y gloria del bufón sea dicho— su tema de contienda era una mujer. Ahora bien, el fraile, al encontrarse sin rival ante el bufón en palabras, y siendo tan ancho y robusto de circunferencia y miembros como el otro era menudo y deforme, se había quitado la sandalia para que, con ella, pudiera introducir toda la fuerza de sus argumentos a través del cráneo del bufón. Ante esto, el bufón, siendo un gran cobarde, había huido precipitadamente a través de los árboles.
Corriendo, como el necio que era, con la cabeza vuelta para saber si el buen padre lo seguía, nunca vio la figura que yacía medio oculta entre los helechos, y nunca hubiera adivinado su presencia de no ser porque, al tropezar con ella, salió disparado hacia adelante, con un tintineo de cascabeles, sobre su nariz torcida.
Se sentó con un gemido, al cual respondió un juramento del hombre en cuyos costados había clavado sus pies voladores. Los dos se miraron con sorpresa, atemperada con ira en uno y consternación en el otro.
—Un buen despertar para vos, noble señor —dijo el bufón cortésmente; pues por el porte y la estatura del hombre al que había despertado, pensó que la cortesía podría servirle mejor.
El otro lo observó con interés, como bien podía; pues una figura más extraña sería difícil de encontrar en Italia.
De espalda jorobada, de baja estatura y miembros frágiles, estaba vestido con jubón, calzas y capucha, cuya mitad era negra y la otra carmesí, mientras que sobre sus hombros caía de esa misma capucha —que enmarcaba apretadamente su feo y pequeño rostro— una capa foliada, de cada punta de la cual colgaba un diminuto cascabel de plata que brillaba bajo la luz del sol y tintineaba cuando se movía. Bajo unas cejas abultadas, un par de ojos brillantes, colocados tan separados como los de un búho, recogían el humor travieso de su boca prodigiosa.
—Una maldición sobre vos y sobre el que os envió —fue el saludo de respuesta que recibió. Entonces el hombre reprimió su ira y estalló en una carcajada al ver el miedo que brotó en los ojos del bufón.
—Os pido perdón, muy humildemente os lo pido, Ilustre —dijo el bufón, aún con miedo—. Estaba siendo perseguido.
—¿Perseguido? —se hizo eco el otro, en un tono no exento de una inquietud repentina—. ¿Y, por favor, por quién?
—Por el mismísimo demonio, disfrazado con la carne grosera y la apariencia de un hermano dominico.
—¿Os estáis burlando? —fue la pregunta airada.
—¿Burlando? Si hubierais recibido su villana sandalia entre los hombros, como yo, sabríais cuán poco humor tengo para burlarme.
—Ahora respondedme a una pregunta sencilla, si tenéis el ingenio para responder —dijo el otro, con la ira creciendo cada vez más en su voz—. ¿Hay aquí cerca un monje?
—Sí, lo hay —¡que una peste inmunda lo pudra!—, acechando en los arbustos de allá. Es demasiado gordo para correr, o lo habríais visto tras mis talones, ataviado con ese aparato de ira vengadora que es la insignia de la Iglesia Militante.
—Id a traerlo aquí —fue la breve respuesta.
—¡Gesù! —jadeó el bufón, con un miedo muy real—. No me acercaré a él hasta que su ira se enfríe, ni aunque me hicierais derecho y me sobornarais con el Patrimonio de San Pedro.
El hombre se alejó de él con impaciencia y, alzando la voz:
—¡Fanfulla! —llamó por encima de su hombro, y luego, tras una breve pausa, de nuevo—: ¡Olá, Fanfulla!
—Aquí estoy, mi señor —respondió una voz desde detrás de un grupo de arbustos a su derecha, y casi inmediatamente el espléndido joven que se había dormido a su sombra se puso en pie y se acercó a ellos. Al ver al bufón se detuvo para examinarlo, mientras el bufón le devolvía el cumplido con un interés lleno de asombro. Pues por mucho que el atuendo de Fanfulla hubiera sufrido en la refriega de la noche anterior, seguía siendo muy lujoso, y en la gorra de terciopelo que cubría su cabeza había entrelazada una hilera de joyas. Sin embargo, al bufón no le impresionó tanto la riqueza de sus arreos como el hecho de que alguien tan manifiestamente noble se dirigiera con tal título, y en un tono de tanta deferencia, a aquel sujeto vestido de forma indiferente sobre el que había tropezado. Entonces su mirada volvió al hombre que yacía apoyado sobre su codo, y notó ahora la redecilla de oro en la que estaba recogido su cabello, lo cual no era nada común en la gente humilde. Sus pequeños ojos parpadeantes centraron su atención en el rostro que tenía delante, y de repente un brillo de reconocimiento apareció en ellos. Su semblante experimentó un cambio, y de grotesco que era, se volvió aún más grotesco en su apresurada asunción de reverencia.
—¡Mi Señor de Aquila! —murmuró, poniéndose en pie a trompicones.
Apenas se había erguido cuando una mano lo agarró por el hombro y la daga de Fanfulla brilló ante sus ojos sobresaltados.
—Jurad sobre la cruz de esto no revelar nunca la presencia de su Excelencia aquí, o tomad la punta de ella en vuestro necio corazón.
—¡Lo juro, lo juro! —gritó con temeroso apresuramiento, poniendo su mano sobre la empuñadura que Fanfulla le ofrecía ahora.
—Ahora traed al sacerdote, buen bufón —dijo el Conde, con una sonrisa ante el repentino terror del jorobado—. No tenéis nada que temer de nosotros.
Cuando el bufón los dejó para cumplir su encargo, Francesco se volvió hacia su compañero.
—Fanfulla, eres demasiado precavido —dijo, con una sonrisa despreocupada—. ¿Qué importará que sea reconocido?
—No permitiría que sucediera por un reino mientras estéis tan cerca de Sant' Angelo. Los seis que nos reunimos anoche estamos condenados; aquellos de nosotros que no estamos muertos ya. Para mí, y para Lodi si es que no fue capturado, puede haber seguridad en la huida. Jamás volveré a poner un pie en el territorio de Babbiano mientras Gian Maria sea Duque, a menos que esté cansado de este mundo. Pero respecto al séptimo, vos mismo, oísteis al viejo Lodi jurar que el secreto no pudo haberse filtrado. Sin embargo, si su Alteza llegara a saber de vuestra presencia en estos lugares y en mi compañía, la sospecha podría ponerle en el camino que conduce al conocimiento.
—¡Ah! ¿Y entonces?
—¿Entonces? —respondió el otro, mirando a Francesco con sorpresa—. Pues entonces, las esperanzas que depositamos en vos, las esperanzas de cada hombre en Babbiano digno de tal nombre, se verían frustradas. Pero aquí viene nuestro amigo el loco y, tras él, el fraile.
Fra Domenico —así era muy acertadamente llamado este seguidor de Santo Domingo— se acercó con una solemnidad que provenía más de su gran corpulencia que de cualquier sentido inflado de la dignidad de su vocación. Se inclinó ante Fanfulla hasta que su gran rostro carmesí quedó oculto, mostrando en su lugar una coronilla amarilla y afeitada. Era como si el sol se hubiera puesto y la luna hubiera salido en su lugar.
—¿Sois experto en medicina? —preguntó Fanfulla secamente.
—Tengo algún conocimiento, Ilustrísimo.
—Entonces encargaos de las heridas de este caballero.
—¿Eh? ¡Dio mio! ¿Está herido, entonces? —comenzó a decir, volviéndose hacia el Conde, y habría añadido otras preguntas igual de apremiantes si Aquila, apartando su jubón en el hombro, no le hubiera respondido rápidamente:
—Aquí, señor sacerdote.
Frunciendo los labios con solicitud, el fraile habría caído de rodillas, pero Francesco, viendo con qué esfuerzo debía estar cargado tal movimiento, se levantó de inmediato.
—No es tan grave como para que no pueda estar en pie —dijo, sometiéndose al examen del monje.
Este último expresó la opinión de que no era en absoluto peligroso, por más molesto que pudiera resultar, tras lo cual el Conde le invitó a vendarla. A esto, Fra Domenico respondió que no tenía ni ungüentos ni lino, pero Fanfulla sugirió que podría obtener esas cosas en el convento de Acquasparta, muy cerca de allí, y se ofreció a acompañarle.
Decidido esto, partieron, dejando al Conde en compañía del bufón. Francesco extendió su capa y volvió a tumbarse, mientras el loco, pidiendo permiso para quedarse, se acomodó sobre sus talones como un turco.
—¿Quién es vuestro amo, loco? —preguntó el Conde, con espíritu ocioso.
—Hay un hombre que me viste y me alimenta, noble señor, pero la Locura es mi único amo.
—¿Con qué fin hace esto?
—Porque pretendo ser un loco mayor que él, de modo que, por contraste conmigo, él se cree sabio, lo cual halaga su vanidad. O tal vez, porque soy mucho más feo que él y, de nuevo por contraste, puede considerarse un prodigio de belleza.
—Extraño, ¿no es así? —le siguió la corriente el Conde.
—Ni la mitad de extraño que el hecho de que el Señor de Aquila yazca aquí, vestido toscamente, con una herida en el hombro, hablando con un loco.
Francesco le miró con una sonrisa.
—Dad gracias a Dios de que Fanfulla no esté aquí para oíros, o habrían sido vuestras últimas palabras, pues por muy bonito que sea, Messer Fanfulla es un verdadero monstruo de sed de sangre. Conmigo es diferente. Soy un hombre de maneras muy gentiles, como habréis oído, Messer Bufón. Pero aseguraos de olvidar de inmediato mi rango y mi nombre, o podréis daros cuenta de lo poco que necesitan bufones en la Corte del Cielo.
—Mi señor, perdonad. Os obedeceré —respondió el jorobado, con aire compungido. Y entonces, a través del claro, llegó una voz —una voz de mujer, maravillosamente dulce y rica— llamando: «¡Peppino! ¡Peppino!».
—Es mi ama llamándome —dijo el loco, saltando sobre sus pies.
—Así que tenéis un ama, aunque la Locura sea vuestro único amo —rió el Conde—. Me complacería contemplar a la dama cuya propiedad tenéis el honor de ser, Ser Peppino.
—Podéis contemplarla si solo giráis la cabeza —susurró Peppino.
Ociosamente, con una sonrisa en los labios que era casi desdeñosa, el Señor de Aquila volvió sus ojos en la dirección en la que el loco ya caminaba. Y al instante, toda su expresión cambió. El desdén divertido fue barrido de su rostro, y en su lugar se posó ahora una mirada de asombro que era casi reverencia.
De pie, en el borde del claro en el que él yacía, contempló a una mujer. Tuvo una vaga impresión de una esbelta y agraciada altura, una visión fugaz de un vestido de damasco blanco, una camorra de terciopelo verde y un cinturón de oro exquisitamente labrado. Pero fue la gloria de su rostro sin par lo que capturó y sostuvo su mirada con tan extasiado asombro; el milagro de sus ojos que, clavados en los suyos, devolvían su mirada con una de leve sorpresa. Casi parecía una niña, a pesar de su estatura y proporciones femeninas, tan fresco y juvenil era su semblante.
Apoyado sobre su codo, permaneció allí por un tiempo, contemplando y contemplando, mientras su mente divagaba en visiones que hombres piadosos han tenido de santos del Paraíso.
Al fin, el hechizo se rompió por la voz de Peppino, dirigiéndose a ella con la espalda servilmente encorvada. Francesco recordó la deferencia debida a alguien tan claramente noble y, saltando sobre sus pies, olvidada su herida, se inclinó profundamente. Un segundo después, jadeó por aire, se tambaleó y, desmayándose, se desplomó boca arriba entre los helechos.
CAPÍTULO IV. MONNA VALENTINA
En años posteriores, el Señor de Aquila solía afirmar con toda solemnidad que fue la visión de su maravillosa belleza lo que provocó tal desorden en su alma que superó sus sentidos y lo dejó desmayado a sus pies. Que él mismo lo creyera así no nos corresponde dudar, a pesar de que podamos estar más inclinados a coincidir con la opinión expresada más tarde por Fanfulla y el fraile —y profundamente resentida por el Conde— de que, al levantarse con una prisa demasiado violenta, su herida se reabrió, y el dolor de esto, combinado con la condición de debilidad resultante de su pérdida de sangre, había causado su repentino desfallecimiento.
—¿Quién es este, Peppe? —preguntó ella al loco, y él, consciente del juramento que había hecho, le respondió descaradamente que no lo sabía, añadiendo que era —como ella podía ver— algún pobre tipo herido.
—¿Herido? —repitió ella, y sus gloriosos ojos se volvieron muy compasivos—. ¿Y solo?
—Había un caballero aquí, cuidándolo, Madonna; pero se ha ido con Fra Domenico al Convento de Acquasparta para buscar lo necesario para remendar su hombro.
—Pobre caballero —murmuró, acercándose a la figura caída—. ¿Cómo consiguió su herida?
—Eso, Madonna, es más de lo que puedo decir.
—¿No podemos hacer nada por él hasta que regresen sus amigos? —fue su siguiente pregunta, inclinándose sobre el Conde mientras hablaba—. Vamos, Peppino —gritó—, préstame tu ayuda. Tráeme agua del arroyo, allá.
El loco buscó a su alrededor un recipiente y, al caer su vista sobre el amplio sombrero del Conde, lo arrebató y fue a cumplir su encargo. Cuando regresó, la dama estaba arrodillada con la cabeza del hombre inconsciente en su regazo. En el agua que Peppe le trajo, empapó un pañuelo y con él bañó la frente, sobre la cual su largo cabello negro yacía apelmazado y desordenado.
—Mira cómo ha sangrado, Peppe —dijo ella—. ¡Su jubón está empapado, y sigue sangrando! ¡Vergine Santa! —gritó al ver ahora la fea herida que se abría en su hombro, palideciendo ante la visión—. Seguramente morirá de esto, y él tan joven, Peppino, ¡y tan apuesto de contemplar!
Francesco se movió y un suspiro revoloteó a través de sus labios pálidos. Luego levantó sus pesados párpados y sus miradas se encontraron y se sostuvieron. Y así, ojos que eran castaños y tiernos miraron hacia abajo a febriles y lánguidos ojos negros, mientras su mano gentil sostenía el paño húmedo contra su frente dolorida.
—¡Ángel de belleza! —murmuró soñadoramente, estando aún medio despierto a su posición. Luego, siendo consciente de sus cuidados, —¡Ángel de bondad! —añadió con fervor aún más profundo.
Ella no tuvo respuesta para él, salvo la respuesta —y en sí misma era suficientemente elocuente— que sus sonrojos produjeron, pues ella estaba recién salida de un convento y era toda inocencia respecto a los caminos mundanos y los trucos del habla galante.
—¿Sufrís? —preguntó ella al fin.
—¿Sufrir? —dijo él, despertando ya más y más, y su voz sonando con una nota de desdén—. ¿Sufrir? ¿Con mi cabeza así apoyada y una santa del Cielo atendiendo mis males? No, no tengo dolor alguno, Madonna, sino un gozo más dulce del que jamás he conocido.
—¡Gesù! ¡Qué lengua tan ágil! —se burló el loco desde el fondo.
—¿Estás ahí también, Maestro Bufón? —dijo Francesco—. ¿Y Fanfulla? ¿No está aquí? Vaya, ahora recuerdo; se fue a Acquasparta con el fraile. —Empujó su codo hacia abajo para buscar más apoyo.
—No debéis moveros —dijo ella, pensando que intentaría levantarse.
—No lo haría, dama, si debiera —respondió solemnemente. Y entonces, con sus ojos puestos en su rostro, le preguntó audazmente su nombre.
—Mi nombre —respondió ella prontamente— es Valentina della Rovere, y soy sobrina de Guidobaldo de Urbino.
Sus cejas se alzaron.
—¿Vivo realmente? —preguntó—, ¿o solo sueño los recuerdos del cuento de algún antiguo novelista, en el cual un caballero errante es atendido así por una princesa?
—¿Sois un caballero? —preguntó ella, un asombro entrando ahora en sus ojos, pues incluso en el aislamiento de su vida conventual se habían filtrado extrañas historias de estos poderosos hombres de armas.
—Vuestro caballero al menos, dulce dama —respondió él—, y siempre vuestro humilde campeón si me hacéis tal honor.
Un rubor carmesí se deslizó ahora por sus mejillas, convocado por sus audaces palabras y sus más audaces miradas, y sus ojos cayeron. Sin embargo, el resentimiento no tuvo parte en su confusión. No encontró presunción en su discurso, ni nada que un valiente caballero no pudiera decir a la dama que le había socorrido en su angustia. Peppe, que permanecía escuchando y observando el modo del Conde, conociendo el rango del caballero, estaba ahora lleno de asombro, ahora de burla; aunque nunca intervino.
—¿Cuál es vuestro nombre, señor caballero? —preguntó ella después de una pausa.
Sus ojos parecieron preocupados y, mientras se disparaban más allá de ella hacia el loco, atraparon en el rostro de Peppe una sonrisa de astuta diversión.
—Mi nombre —dijo al fin— es Francesco. —Y entonces, para evitar que ella le hiciera más preguntas—, Pero decidme, Madonna —inquirió—, ¿cómo viene una dama de vuestro rango aquí, sola con esa pobre fracción de hombre? —Y señaló al sonriente Peppe.
—Mi gente está allá en el bosque, donde nos hemos detenido por un breve espacio. Voy camino a la corte de mi tío, desde el Convento de Santa Sofia, y como escolta tengo a Messer Romeo Gonzaga y veinte lanzas. Así que, como veis, estoy bien protegida, sin contar a Ser Peppe aquí y al santo Fra Domenico, mi confesor.
Hubo una pausa, terminada al fin por Francesco.
—¿Vos seréis la sobrina menor de su Alteza de Urbino? —dijo él.
—No es así, Messer Francesco —respondió ella prontamente—. Soy la mayor.
Ante eso, sus cejas se oscurecieron de repente.
—¿Podéis ser vos a quien quieren casar con Gian Maria? —exclamó, ante lo cual el loco aguzó los oídos, mientras ella miraba al Conde con una mirada que mostraba claramente cuán lejos estaba de comprenderlo.
—¿Habéis dicho? —preguntó ella.
—Vaya, nada —respondió él con un suspiro, y en ese momento la voz de un hombre vino sonando a través del bosque.
—¡Madonna! ¡Madonna Valentina!
Francesco y la dama volvieron sus ojos en la dirección de donde procedía la voz y contemplaron una figura magníficamente deslumbrante entrando en el claro. En belleza de persona y riqueza de vestimenta, era bien digno de la compañía de Valentina. Su jubón era de terciopelo gris, adornado con escamas de oro batido, y revelaba un chaleco bordado en oro debajo; su gorro combinaba con su jubón y estaba adornado por una pluma que brillaba con gemas costosas; su espada de empuñadura de oro estaba enfundada en una vaina también de terciopelo gris engastada con joyas. Su rostro era tan agraciado como el de una doncella, sus ojos azules y su cabello dorado.
—He aquí —anunció Peppino gravemente— la última traducción de Italia del Asno de Oro de Apuleyo.
Al ver a la noble sobrina de Guidobaldo arrodillada allí con la cabeza de Francesco todavía apoyada en su regazo, el recién llegado levantó sus brazos en un gesto de consternación.
—¡Santos en el Cielo! —exclamó, apresurándose hacia ellos—. ¿Qué ocupación habéis encontrado? ¿Quién es este tipo feo?
—¿Feo? —fue todo lo que le respondió ella, en acentos de profunda sorpresa.
—¿Quién es él? —insistió el joven, su tono volviéndose acalorado—. ¿Y qué hace aquí y así, con vos? ¡Gesù! ¿Qué diría su Alteza? ¿Cómo trataría conmigo si llegara a enterarse de esto? ¿Quién es el hombre, Madonna?
—Vaya, como veis, Messer Gonzaga —respondió ella con algo de calor—, un caballero herido.
—¿Un caballero él? —se burló Gonzaga—. Un ladrón más bien, un masnadiero merodeador. ¿Cuál es vuestro nombre? —preguntó bruscamente al Conde.
Alejándose un poco de Valentina y recostándose completamente sobre su codo, Francesco le hizo señas con un movimiento de mano para que no se acercara más.
—Ruego, dama, que ordenéis a vuestro bonito paje que retroceda un poco. Todavía estoy débil y sus perfumes me abruman.
Bajo la máscara de la petición educada, Gonzaga detectó la nota burlona y despectiva, y esto alimentó su ira.
—No soy ningún paje, loco —respondió, luego, aplaudiendo, alzó su voz para gritar—: ¡Olá, Beltrame! ¡A mí!
—¿Qué vais a hacer? —gritó la dama, levantándose para enfrentarlo.
—Llevar a este rufián encadenado a Urbino, como es mi deber.
—Señor, podríais herir vuestras bonitas manos al agarrarme —respondió el Conde, con fría indiferencia.
—¡Ah! ¿Me amenazaríais con violencia, vasallo? —gritó el otro, retrocediendo algunos pasos más mientras hablaba—. ¡Beltrame! —volvió a llamar—. ¿Nunca vais a venir? —Una voz le respondió desde la maleza y, con un choque de acero, media docena de hombres se lanzaron al claro.
—¿Vuestras órdenes, señor? —preguntó quien los guiaba, sus ojos vagando hacia el Conde, que aún permanecía postrado.
—Atadme a este perro —ordenó Gonzaga. Pero antes de que el sujeto pudiera mover un pie para llevar a cabo la orden, Valentina le cerró el paso.
—No lo haréis —ordenó, y tan transformada estaba de la niña ingenua que poco antes había hablado con él, que Francesco abrió la boca de puro asombro—. En nombre de mi tío, os ordeno que dejéis a este caballero donde yace. Es un caballero herido a quien me ha complacido atender; un asunto que parece haber despertado la ira de Messer Gonzaga contra él.
Beltrame hizo una pausa y miró de Valentina a Gonzaga, indeciso.
—Madonna —dijo Gonzaga, con humildad fingida—, vuestra palabra es ley para nosotros. Pero me gustaría que considerarais que lo que ordeno a Beltrame hacer es en interés de su Alteza, cuyo territorio está infestado por estos ladrones vagabundos. Es un hecho que puede no haber llegado a vos en vuestro retiro conventual, del mismo modo que no ha llegado a vos suficiente conocimiento todavía —en vuestra incomparable inocencia— para distinguir entre bribones y hombres honestos. Beltrame, haced lo que os ordeno.
El pie de Valentina golpeó el suelo con impaciencia, y en sus ojos apareció una mirada de ira que acentuó su parecido con su belicoso tío. Pero fue Peppe quien habló.
—A pesar de que parece haber suficientes locos ya entrometiéndose en este asunto —dijo, en tonos de burla lamentable—, permitid que me una a su número, Ser Romeo, y escuchad mi consejo.
—Fuera, loco —gritó Gonzaga, dándole un latigazo con su fusta de montar—, no necesitamos vuestras cabriolas.
—No, pero necesitáis mi sabiduría —replicó Ser Peppe, mientras saltaba fuera del alcance de Gonzaga—. ¡Escuchadme, Beltrame! Aunque no dudamos de la aguda discriminación de Messer Gonzaga al juzgar entre un bribón y un hombre honesto, os prometo, tan seguramente como si fuera el Destino mismo, que si le obedecéis ahora y atáis a ese caballero, seréis vosotros mismos atados por ello, más tarde, de una manera aún más fea.
Beltrame parecía alarmado; Gonzaga, incrédulo. Valentina agradeció a Peppe con los ojos, pensando que solo había recurrido a un subterfugio para servir a sus deseos, mientras Francesco, que ya se había puesto de pie, miraba con una sonrisa divertida como si el asunto no le concerniera personalmente en absoluto. Y entonces, en el momento crucial de la situación, Fanfulla y Fra Domenico aparecieron en la escena.
—¡Habéis regresado bien, Fanfulla! —le llamó el Conde—. Este bonito caballero habría querido que me ataran.
—¿Que os aten? —repitió Fanfulla, con horror airado—. ¿Bajo qué fundamentos, os ruego? —demandó, volviéndose ferozmente hacia Gonzaga.
Impresionado por el aire señorial de Fanfulla, Romeo Gonzaga se volvió increíblemente humilde para alguien que, momentos atrás, había sido tan arrogante.
—Parecería, señor, que mi juicio estuvo errado al estimar su condición —se excusó.
—¿Vuestro juicio? —respondió el irascible Fanfulla—. ¿Y quién os pidió que juzgarais? Id a mudaros los dientes de leche, muchacho, y no os entrometáis con hombres si queréis vivir para ser un hombre vos mismo algún día.
Valentina sonrió, Peppe rió abiertamente, mientras incluso Beltrame y sus seguidores sonreían, todo lo cual añadió no poco a la cólera de Gonzaga. Pero por escasa que fuera su sabiduría, bastaba para dictar prudencia.
—La presencia de Madonna aquí me contiene —respondió, con elaborada dignidad—. Pero si volvemos a encontrarnos, me tomaré la libertad de mostraros lo que significa ser un hombre.
—Quizás... si para entonces habéis llegado a serlo. —Y con un encogimiento de hombros, Fanfulla se volvió para prestar atención al Conde, a quien Fra Domenico ya estaba atendiendo.
Valentina, para aliviar la incomodidad del momento, propuso a Gonzaga que hiciera montar a caballo a su escolta y tuviera su litera lista, para que pudieran reanudar su viaje tan pronto como Fra Domenico hubiera concluido sus cuidados.
Gonzaga hizo una reverencia y, con una mirada viciosa a los extraños y un airado «¡Síganme!» a Beltrame y a los demás, se marchó con los hombres de armas pisándole los talones.
Valentina permaneció con Fanfulla y Peppe, mientras Fra Domenico vendaba la herida de Francesco, y, poco después, cuando la tarea fue cumplida, se marcharon, dejando a Fanfulla solo junto al Conde. Pero antes de irse, ella escuchó los agradecimientos de Francesco y permitió que él tocara sus dedos de marfil con sus labios.
Había mucho que podría haber dicho, pero la presencia de los otros tres le contuvo. Sin embargo, algo de eso pudo haber visto reflejado en sus ojos, pues durante todo ese día ella cabalgó pensativa, con una sonrisa cariñosa y melancólica en las comisuras de sus labios. Y aunque a Gonzaga no le manifestó resentimiento, sí le reprochó aquel error suyo. Dolido en su dignidad, le gustó poco su juguetona burla, aunque le gustaron aún menos las palabras con las que ella la enmarcó.
—¿Cómo caísteis en un error tan grave, Ser Romeo? —le preguntó, más de una vez—. ¿Cómo pudisteis considerarlo un bribón, él con un porte tan noble y un rostro tan hermoso? —Y sin prestar atención a la hosquedad de sus respuestas, ella volvía a caer con un suspiro en la reflexión, algo que irritaba a Gonzaga más, tal vez, que sus burlas.
CAPÍTULO V. GIAN MARIA
Fue una semana después del encuentro entre la sobrina de Guidobaldo y el Conde de Aquila cuando este último, estando su herida casi curada, cabalgó una mañana bajo el gran arco que era la entrada principal a la ciudad de Babbiano. El Capitán de la Puerta le saludó respetuosamente mientras pasaba y se permitió maravillarse ante la palidez del rostro de su Excelencia. Y sin embargo, la causa no estaba muy lejos de buscarse. Se erguía sobre cuatro lanzas, entre una ruidosa bandada de cuervos que daban vueltas, sobre esa misma Puerta —llamada de San Bacolo— y consistía en cuatro cabezas humanas decapitadas.
La visión de aquellos rostros muertos que hacían muecas horribles, con sus largos cabellos apelmazados ondeando como trapos bajo la brisa de abril, había captado la atención de Francesco al acercarse. Pero cuando, al poco, llegó más cerca y miró con mayor detenimiento, un escalofrío de reconocimiento lo recorrió, y un gran horror llenó su alma y palideció sus mejillas. La primera de aquellas cabezas era la del valiente y bien nombrado Ferrabraccio; la siguiente, la de Amerino Amerini; y las otras dos, las de sus compañeros capturados aquella noche en Sant' Angelo.
Así pues, parecía que Gian Maria había estado ocupado durante la semana que había pasado, y que allí, en los muros de Babbiano, se pudrían los únicos frutos que aquella desafortunada conspiración parecía destinada a dar.
Por un segundo le cruzó por la mente la idea de dar media vuelta. Pero su naturaleza firme y valerosa lo impulsó a seguir adelante, a pesar de ir completamente solo y a pesar de los vagos presentimientos que lo asediaban. ¿Cuánto, se preguntaba, podría saber Gian Maria de su propia participación en aquel encuentro en la montaña, y qué sería de él si su primo supiera que se había propuesto al Conde de Aquila para reemplazarlo?
No tardó mucho, sin embargo, en saber que no había fundamento para tales temores. Gian Maria lo recibió con una bienvenida incluso más cálida de lo habitual, pues valoraba mucho el juicio de Francesco y estaba muy necesitado de él en aquel momento.
Francesco lo encontró a la mesa, que había sido dispuesta para él en medio de los tesoros de arte y saber que enriquecían la espléndida biblioteca del Palacio. Era un lugar amado por Gian Maria por las comodidades materiales que le ofrecía, y así lo destinaba a una veintena de fines vulgares propios, aunque nunca al que estaba equipado, siendo un completo extraño a las letras e ignorante como un pastor.
Acomodado en un gran sillón de cuero carmesí, ante un tablero sobrecargado de exquisitas viandas y resplandeciente con frascos de cristal y vajilla de oro y esmalte, encontró Francesco a su primo, y el aire, que antaño había sido pesado con el olor erudito de pergaminos y tomos polvorientos, estaba ahora saturado de los penetrantes olores de la mesa.
En cuanto a su estatura, Gian Maria era bajo y tendente, a pesar de su juventud, a la corpulencia. Su rostro era redondo, pálido y fofo; sus ojos azules y abalorados; su boca sensual y cruel. Vestía un traje de terciopelo lila, adornado con piel de lince y acuchillado, al estilo español, en las mangas, para mostrar la camisa de fino lino de Reims debajo. Al cuello llevaba una cadena de oro con un Agnus Dei, que contenía una reliquia de la Verdadera Cruz, pues Gian Maria llevaba su devoción a extremos considerables.
Su bienvenida a Francesco fue más efusiva de lo habitual. Ordenó a los dos sirvientes que lo atendían que pusieran un plato para su ilustre primo, y cuando Aquila declinó breve aunque cortésmente, con la seguridad de que ya había cenado, el Duque insistió en que, al menos, bebiera una copa de Malvasía. Cuando, de una vasija de oro batido, hubieron llenado una copa para el Conde, su Alteza ordenó a los criados que se retiraran, y se relajó —si es que puede decirse tal cosa de alguien que nunca conoció mucha dignidad— ante su visitante.
—Oigo —dijo Aquila, una vez terminados los primeros cumplidos—, historias extrañas sobre una conspiración en tu Ducado, y en los muros de la Puerta de San Bacolo contemplé cuatro cabezas de hombres a quienes he conocido y honrado.
—Y que se deshonraron a sí mismos antes de que sus cabezas fueran hechas un banquete para los cuervos. ¡Vamos, Francesco! —Se estremeció y se santiguó—. Es de mala suerte hablar de los muertos en la mesa.
—Hablemos, pues, solo de su ofensa —insistió Francesco con sutileza—. ¿En qué consistió?
—¿En qué? —repuso el Duque divertido. Su voz era fina y tendente al chillido—. Es más de lo que puedo decir. Masuccio lo sabía. Pero el perro no quiso revelar su secreto ni los nombres de los conspiradores hasta que su tarea estuviera cumplida y los hubiera atrapado en la traición que sabía que habían fraguado. Pero —continuó, con una aceituna suspendida entre el pulgar y el índice—, parece que no eran tan fáciles de capturar como él pensaba. Me dijo que los traidores eran seis y que se encontrarían con un séptimo allí. Los hombres que regresaron de la empresa me dicen también, y sin vergüenza, que no eran más que unos seis o siete los que los asediaron. Aun así, dieron a los suizos suficientes problemas y mataron a unos nueve de ellos, además de una decena más o menos gravemente heridos, mientras que ellos solo mataron a dos de sus atacantes y capturaron a otros dos. Esas fueron las cuatro cabezas que viste en la Porta San Bacolo.
—¿Y Masuccio? —inquirió Francesco—. ¿No te ha dicho desde entonces quiénes fueron los otros que escaparon?
Su Alteza hizo una pausa para masticar la aceituna.
—Vaya, ahí reside la dificultad —dijo finalmente—. El perro está muerto. Fue asesinado en la refriega. Que se pudra en el infierno por su obstinada reticencia. ¡No, no! —se corrigió apresuradamente—. Está muerto, y el secreto de esta traición, así como los nombres de los traidores, han perecido con él. Sin embargo, soy un hombre clemente, Francesco, y por mucho que ese perro me haya agraviado con su silencio, agradezco al Cielo la gracia de decir: ¡Que Dios repose su vil alma!
El Conde se arrojó en una silla, tanto para disimular los signos de alivio que pudieran mostrarse en su rostro como porque deseaba sentarse.
—¡Pero seguramente Masuccio te dejó alguna información! —exclamó.
—La más escasa —repuso Gian Maria en tono contrariado—. Siempre fue el proceder de ese vasallo reservado. ¡Maldito sea! Me dijo francamente que si yo lo supiera, hablaría. ¿Has oído hablar alguna vez de tal insolencia insoportable hacia un príncipe? Todo lo que me dejó saber fue que había una conspiración en marcha para suplantarme y que iba a capturar a los conspiradores junto con el hombre al que estaban invitando a ocupar mi lugar. ¡Reflexiona, Francesco! Tales son los planes asesinos que mis queridos súbditos forman para mi perdición, yo, que los gobierno con vara de oro, el príncipe más clemente, justo y generoso de Italia. ¡Cristo buono! ¿Te extrañas de que perdiera la paciencia e hiciera colocar sus horribles cabezas sobre lanzas?
—¿Pero no dijiste que dos de estos conspiradores fueron traídos cautivos?
El Duque asintió, con la boca demasiado llena para hablar.
—Entonces, en su juicio, ¿qué trascendió?
—¿Juicio? No hubo juicio. —Gian Maria masticó vigorosamente por un momento—. Te digo que estaba tan acalorado por la ira ante esta vil ingratitud que no tuve ni la inteligencia de hacer que les torturaran los nombres de sus asociados. A la media hora de su llegada a Babbiano, las cabezas de estos hombres a quienes había complacido al Cielo entregarme estaban donde las viste hoy.
—¿Los enviaste así a la muerte? —jadeó Francesco, poniéndose de pie y mirando a su primo con una mezcla de asombro e ira—. ¿Enviaste a hombres de familias como estas al verdugo sin un juicio? Creo, Gian Maria, que debes estar loco si puedes derramar tan temerariamente tal sangre.
El Duque se hundió en su silla para mirar boquiabierto a su impetuoso primo. Luego, con una ira hosca: —¿A quién le hablas? —exigió.
—A un tirano que se hace llamar el príncipe más clemente, justo y generoso de Italia, y al que le falta la sabiduría para ver que está socavando con sus propias manos, y por sus propias acciones temerarias, un trono que ya se tambalea. ¿No puedes pensar que esto podría significar una revolución? Equivale a un asesinato, y aunque los duques recurren a él con bastante libertad en Italia, no se hace abierta y desafiantemente como este.
Había ira en el alma del Duque, pero aún había más miedo, tanto que apartó la ira a un lado.
—He tomado precauciones contra la rebelión —anunció, con una soltura que en vano se esforzaba por sentir—. He dado el mando de mis guardias a Martino Armstadt, y ha contratado para mí una compañía de quinientos lansquenetes suizos que estaban últimamente a sueldo de los Baglioni de Perugia.
—¿Y consideras esto seguridad? —respondió Francesco con una sonrisa de desdén—. ¿Cercar tu trono con lanzas extranjeras comandadas por un extranjero?
—Esto y la gracia de Dios —fue la piadosa respuesta.
—¡Bah! —respondió Francesco, impaciente ante la hipocresía—. Gánate los corazones de tu pueblo. Que eso sea tu escudo.
—¡Silencio! —susurró Gian Maria—. Blasfemas. ¿Acaso no apunta cada acto de mi vida de autosacrificio a tal fin? Vivo para mi pueblo. Pero, por mi alma, piden demasiado cuando piden que muera por ellos. Si sirvo a los que conspiran contra mi vida como he servido a estos hombres de los que hablas, ¿quién podrá culparme? Te digo, Francesco, que ojalá pudiera tener a esos otros que escaparon para poder hacer lo mismo con ellos. ¡Por el Dios viviente, lo digo! Y en cuanto al hombre que debía suplantarme... —hizo una pausa, una sonrisa mortal en su boca sensual completando la frase más eficazmente de lo que las palabras podían—. ¿Quién podría haber sido? —reflexionó—. He jurado que si el Cielo me concede descubrirlo, encenderé una vela a Santa Fosca cada sábado durante un año y ayunaré en la Vigilia de los Difuntos. ¿Quién... quién podría haber sido, Franceschino?
—¿Cómo iba a saberlo? —repuso Francesco, evadiendo la pregunta.
—Sabes tanto, Checco mio. Tu mente es tan rápida para sondear asuntos de esta clase. ¿Crees, ahora, que podría haber sido el Duca Valentino?
Francesco negó con la cabeza.
—Cuando César Borgia venga, no sentirá necesidad de recurrir a medios tan pobres. Vendrá armado para reducirte por su fuerza.
—¡Que Dios y los santos me protejan! —jadeó el Duque—. Hablas de ello como si ya estuviera marchando.
—Entonces hablo con conocimiento de causa. El suceso no está tan lejos como quisieras creer. ¡Escucha, Gian Maria! No he cabalgado desde Aquila solo por el placer de pasar el rato contigo. Fabrizio da Lodi y Fanfulla degli Arcipreti han estado conmigo últimamente.
—¿Contigo? —gritó el Duque, sus pequeños ojos entrecerrándose mientras miraba a su primo—. ¿Contigo... eh? —Se encogió de hombros y extendió las palmas ante sí—. ¡Psch! Mira en qué errores puede caer incluso una mente tan clara como la mía. ¿Sabes, Francesco, que al notar su ausencia desde que se fraguó esa conspiración, tuve la sospecha de que estaban conectados con ella? —Y dedicó su atención a un panal.
—No tienes en todo tu Ducado dos corazones más fieles a Babbiano —fue la respuesta equívoca—. Fue sobre el asunto de este mismo peligro que te amenaza por lo que vinieron a mí.
—¡Ah! —El rostro blanco de Gian Maria se mostró interesado.
Y ahora el Conde de Aquila le habló al Duque de Babbiano casi como Fabrizio da Lodi le había hablado al Conde aquella noche en Sant' Angelo. Habló del peligro que amenazaba por parte de los Borgia, de la absoluta falta de preparación y del desprecio de Gian Maria por los consejos que se le daban. Aludió al descontento reinante entre sus súbditos por este estado de cosas y a la necesidad urgente de ponerles remedio. Cuando terminó, el Duque permaneció en silencio un rato, con los ojos pensativos puestos en su plato, sobre el cual la comida yacía ahora sin ser tocada.
—Algo fácil, ¿no es así, Francesco, decirle a un hombre: esto está mal y aquello está mal? Pero, ¿quién hay, te pregunto, que lo arregle por mí?
—Eso, si solo dices la palabra, intentaré hacerlo yo.
—¿Tú? —gritó el Duque, y lejos de mostrar satisfacción por tener a alguien que se ofreciera a encargarse de arreglar este asunto tan turbio, el rostro de Gian Maria reflejó una ira incrédula y algo de desdén—. ¿Y cómo, mi maravilloso primo, te pondrías a ello? —preguntó, con una burla acechando en su tono.
—Pondría asuntos como la recaudación de dinero mediante impuestos en manos de Messer Despuglio, y, al sacrificio que fuera de tu propia extravagancia, me aseguraría de que durante los próximos meses la mayor parte de estos fondos se aplique a la leva y el armamento de hombres adecuados. Tengo algo de habilidad como condottiero; al menos, así más de un príncipe extranjero se ha visto obligado a reconocerlo. Lideraré tu ejército cuando lo haya levantado, y entraré en alianzas por ti con nuestros Estados vecinos, quienes, al vernos armados, nos considerarán un poder digno de su alianza. Y así, lo que un hombre pueda hacer para contener la inundación inminente de esta invasión, eso haré yo para defender tu Ducado. Hazme tu gonfaloniero, y en un mes te diré si está en mi poder o no salvar tu Estado.
Los ojos de Gian Maria se habían entrecerrado cada vez más mientras Francesco hablaba, y en su rostro superficial se había instalado una mirada malvada y sospechosa. Cuando el Conde calló, soltó una risa contenida, amarga y burlona.
—¿Hacerte mi gonfaloniero? —murmuró, con suma diversión—. ¿Y desde cuándo Babbiano es una república? ¿O es tu objetivo convertirla en una y establecerte como su magistrado principal?
—Si me malinterpretas así... —comenzó Francesco, pero su primo lo interrumpió con una burla creciente.
—¿Malinterpretarte, Messer Franceschino? No, no. Te entiendo demasiado bien. —Se levantó bruscamente de su comida interrumpida y dio un paso hacia su primo—. Escucho rumores de este creciente amor que mi pueblo manifiesta por el Conde de Aquila, y los he dejado sin atender. Ese pícaro de Masuccio me advirtió antes de morir, y le respondí con mi látigo en su rostro. Pero no estoy del todo seguro de haber procedido sabiamente. Tuve un sueño hace dos noches... ¡Pero que eso sea! Cuando sucede que en cualquier Estado hay un hombre al que el pueblo prefiere antes que al que los gobierna, y cuando sucede que este hombre es de tan buena sangre y alto nacimiento como tú, se convierte en un peligro para quien ocupa el trono. Apenas hace falta que te recuerde —añadió, con una mueca horrible— cómo tratan los Borgia a tales individuos, ni hace falta que añada que un Sforza puede ver oportuno emular esas medidas de precaución tan concluyentes. La familia de Sforza no ha criado todavía ningún tonto, ni probaré ser yo el primero poniendo en manos de otro el poder para convertirse en mi amo. Ves, mi gentil primo, cuán transparentes se vuelven tus objetivos bajo mis ojos. ¡Soy perspicaz, Franceschino, perspicaz! —Se tocó la nariz y soltó una risita de apreciación maliciosa de sus propias percepciones agudas.
Francesco lo miró con ojos de desdén pétreo. Podría haber respondido, si hubiera estado dispuesto, que el Ducado de Babbiano era suyo para tomarlo cuando quisiera. Podría habérselo dicho y haberlo desafiado. Pero fue más lento que este hombre de una familia que no crió tontos.
—¿Me conoces tan poco, pues, Gian Maria? —dijo, no sin amargura—, ¿que crees que tengo hambre de una cosa tan vacía como esta pompa ducal a la que te aferras tan miedosamente? Te digo, hombre, que prefiero mi libertad a un trono imperial. Pero pierdo el aliento contigo. Sin embargo, algún día, cuando tu corona haya pasado de ti y tu poder haya sido engullido por las fauces rapaces del Borgia, recuerda mi oferta que podría haberte salvado y que, con insultos, despreciaste, tal como despreciaste el consejo que te dieron tus consejeros más antiguos.
Gian Maria se encogió de hombros con sus hombros gordos.
—Si con ese otro consejo te refieres a la recomendación de que tome como esposa a la sobrina de Guidobaldo, puedes dar descanso a tu alma patriótica. He consentido en entrar en esta alianza. Y ahora —terminó, con otra de sus risitas infernales—, ves cuán poco debo temer a este terrible hijo del Papa Alejandro. Aliado con Urbino y los otros Estados que son sus amigos, puedo desafiar el poder de César Borgia. Dormiré tranquilo por las noches al lado de mi bella novia, seguro en la protección que los ejércitos de su tío me brindarán, y sin necesidad nunca ni siquiera de la ayuda de mi valiente primo como mi gonfaloniero.
El Conde de Aquila cambió de color a pesar de sí mismo, y los ojos sospechosos del Duque fueron tan rápidos en observarlo como su mente en malinterpretar su significado. Registró la promesa de poner vigilancia sobre este solícito primo que se ofrecía tan fácilmente a llevar su gonfalón.
—Te felicito, al menos —dijo Francesco gravemente—, por la sabiduría de ese paso. Si lo hubiera sabido, no te habría molestado con otras propuestas para la seguridad de tu Estado. Pero, ¿puedo preguntarte, Gian Maria, qué influencias te llevaron a un camino que, hasta ahora, te habías negado tan obstinadamente a seguir?
El Duque se encogió de hombros.
—Me atormentaron tanto —lamentó, con una mueca—, que al final consentí. Podía resistir a Lodi y a los demás, pero cuando mi madre se unió a ellos con sus oraciones —debería decir, sus mandatos— y señaló de nuevo mi peligro, cedí. Después de todo, un hombre debe casarse. Y como en mi posición no tiene por qué dejar que su matrimonio pese demasiado sobre él, me decidí por ello en aras de la seguridad y la paz.
Puesto que era la salvación de Babbiano lo que buscaba, el Conde de Aquila debería haberse regocijado ante la sabia resolución de Gian Maria, y ninguna otra consideración debería haber templado una cosa tan abarcadora como debió ser aquella alegría suya. Sin embargo, cuando más tarde abandonó la presencia de su primo, el único sentimiento que llevaba consigo era un profundo y amargo resentimiento contra el Destino que deseaba tales cosas, mezclado con una triste piedad por la muchacha que debía casarse con su primo y un odio creciente por el primo que le hacía sentir lástima por ella.
CAPÍTULO VI. EL DUQUE AMOROSO
Desde una ventana del Palacio de Babbiano, el Señor de Aquila observaba el asombroso bullicio en el patio de abajo, y a su lado estaba Fanfulla degli Arcipreti, a quien había convocado desde Perugia con garantías de que, estando Masuccio muerto, ningún peligro lo amenazaba ahora.
Era una semana después de aquella entrevista en la que Gian Maria había dado a conocer sus intenciones a su primo, y su Alteza estaba ahora a punto de partir hacia Urbino para representar la comedia de cortejar a la Dama Valentina. Esta era la explicación de aquel corretear de servidores y pajes, aquel desfile de hombres de armas y aquel pisotear de caballos y mulas en el cuadrilátero de abajo. Francesco observaba la escena con una sonrisa de cierta amargura, su compañero con una de suprema satisfacción.
—Alabado sea el Cielo por haber llevado por fin a su Alteza a un sentido de su deber —comentó el cortesano.
—A menudo me ha sucedido —dijo Francesco, sin prestar atención a las palabras de su compañero—, difamar a los Destinos por haberme traído al mundo como conde. Pero en el futuro les daré gracias, pues veo cuán peor podría haber sido: podría haber nacido príncipe, con un ducado que gobernar. Podría haber sido como ese pobre hombre, mi primo, una criatura cuya vida es toda pompa y ninguna dignidad real, toda festividad y ninguna alegría real; sin amor, aislado y vano.
—Pero —gritó el asombrado Fanfulla—, ¿ciertamente hay compensaciones?
—Ves ese bullicio. Sabes lo que presagia. ¿Qué compensación puede haber para eso?
—Es una pregunta que debería ser el último en hacer, mi señor. Has visto a la sobrina de Guidobaldo, y habiéndola visto, ¿puedes todavía preguntar qué compensación ofrece este matrimonio a Gian Maria?
—¿Entonces no comprendes? —replicó Aquila con una sonrisa lánguida—. ¿No ves la tragedia en ello? ¿Es nada que dos Estados, habiendo determinado que este matrimonio sería mutuamente ventajoso, hayan decidido que debe llevarse a cabo? Que, mientras tanto, los principales actores —las víctimas, casi podría llamarlos— no tengan oportunidad de elegir por sí mismos. Gian Maria lo afronta con resignación. Te dirá que siempre ha sabido que algún día debe casarse y hacer lo posible por engendrar un hijo. Se resistió el tiempo suficiente contra esta alianza, pero ahora que la necesidad lo empuja finalmente, lo afronta poco más o menos como afrontaría cualquier otro asunto de Estado: una coronación, un banquete o un baile. ¿Puedes extrañarte ahora de que no aceptara el trono de Babbiano cuando me fue ofrecido? Te digo, Fanfulla, que si yo estuviera en el lugar de mi primo, arrojaría la corona y la púrpura a quienquiera que tuviera afición por ellas antes de que aplastaran la vida dentro de mí y me dejaran como un pobre títere. Antes que soportar esa burla vacía de vida, me convertiría en campesino o vasallo; labraría la tierra y llevaría una vida humilde, pero la llevaría a mi manera, y daría gracias a Dios por la libertad que conlleva; elegiría a mis propios camaradas; viviría como me plazca, donde me plazca; amaría como me plazca, donde me plazca, y moriría cuando a Dios le plazca con el conocimiento de que mi vida no había sido del todo estéril. ¡Y esa pobre muchacha, Fanfulla! Piensa en ella. Va a ser unida en una unión sin amor a un patán tan grosero e insensible como Gian Maria. ¿No sientes compasión por ella?
Fanfulla suspiró, con el ceño nublado.
—No soy tan obtuso como para no ver por qué habrías de razonar así hoy —dijo—. Estos pensamientos han venido a ti desde que la has visto.
Francesco suspiró profundamente.
—¿Quién sabe? —respondió con melancolía—. En los pocos momentos que hablamos juntos, en el poco tiempo que la contemplé, puede que ella me infligiera una herida mucho más profunda que aquella a la que tan misericordiosamente buscó atender.
Ahora bien, aunque en lo que dijo el señor de Aquila respecto a la unión proyectada había mucha justicia, cuando afirmó que los principales actores no habrían de tener oportunidad de elegir por sí mismos, dijo demasiado. Esa oportunidad habrían de tenerla. Ocurrió tres días más tarde en Urbino, cuando el Duque y Valentina fueron reunidos en el banquete de bienvenida ofrecido por Guidobaldo a su pretendido sobrino político. La visión de su belleza resplandeciente supuso un choque alegre para Gian Maria, y lo llenó de tanta impaciencia por poseerla como su propia grosera fealdad la hacía ofensiva a los ojos de ella. Había sido reacia a esta boda desde el momento en que le fue propuesta. La vista de Gian Maria completó su repugnancia por el papel que le había sido asignado, y en su corazón registró un voto de que, antes que convertirse en la Duquesa de Babbiano, regresaría a su Convento de Santa Sofia y tomaría los hábitos.
Gian Maria se sentó a su lado en el banquete, y en los intervalos de la comida —que lo absorbía sobremanera—, susurró cumplidos ante los cuales ella se estremeció y palideció. Cuanto más se esforzaba él por complacer, a su manera grosera y torpe, más lograba repelerla y disgustarla, hasta que, al final, con toda su fatuidad, llegó a considerarla extrañamente fría. De esto, poco después, se quejó ante aquel magnífico príncipe, su tío. Pero Guidobaldo se burló de sus recelos.
—¿Acaso consideras a mi sobrina una campesina? —preguntó—. ¿Querrías que sonriera y se retorciera ante cada lisonja que pronuncias? Con tal de que se case con vuestra Alteza, ¿qué más significa el resto?
—Quisiera que me amara un poco —se quejó Gian Maria neciamente.
Guidobaldo lo examinó con una mirada que sonreía inescrutablemente, y puede que le haya pasado por la mente que este Duque tosco y de rostro pálido era demasiado ambicioso.
—No dudo que lo hará —respondió, en tonos tan inescrutables como su mirada—. Con tal de que cortejes con gracia y ardor, ¿qué mujer podría resistirse a vuestra Alteza? No te dejes desanimar por tal modestia como la que corresponde a una doncella.
Esas palabras de Guidobaldo insuflaron nuevo valor en él. Ni después pudo pensar que la frialdad de ella fuera otra cosa que una máscara, una especie de prenda virginal tras la cual la modestia le pedía ocultar las inclinaciones de su corazón. Razonando así, y teniendo en apoyo de ello su asombrosa fatuidad, sucedió que cuanto más lo rehuía y evitaba ella, más convicción cobraba él de la intensidad de su afecto; cuanta más repugnancia traicionaba ella, más prueba le proporcionaba a él de la naturaleza devoradora de su pasión. Al final, llegó incluso a aplaudir y estimar en ella esta conducta tan propia de una doncella.
Hubo partidas de caza, de cetrería, fiestas acuáticas, banquetes, comedias, bailes y festejos de toda clase, y durante una semana todo fue bien en Urbino. Entonces, tan repentinamente como si se hubiera disparado un cañón sobre el Palacio, los festejos fueron interrumpidos. La noticia de que un enviado de Cesare Borgia estaba en Babbiano con un mensaje de su amo cayó como una ducha fría sobre Gian Maria. Le fue llevada en una carta de Fabrizio da Lodi, implorando su regreso inmediato para tratar con este plenipotenciario de Valentino.
Ya no desoyó el peligro que lo amenazaba del todopoderoso Borgia, ya no consideró exagerada por sus consejeros la causa del miedo. Esta repentina presencia del mensajero de Valentino, que además llegaba en un momento en que casi parecía como si la inminente unión con Urbino hubiera incitado al Borgia a actuar antes de que la alianza se estableciera, lo llenó de aprensión.
En una de las cámaras principescas que habían sido reservadas para su uso durante su visita a Urbino, discutió la trágica noticia con los dos nobles que lo habían acompañado —Alvaro de Alvari y Gismondo Santi— y ambos, mientras lo instaban a seguir el consejo de Lodi y regresar de inmediato, lo instaron también a establecer su esponsales antes de marcharse.
—Lleve el asunto a una conclusión de inmediato, vuestra Alteza —dijo Santi—, y así regresará a Babbiano bien armado para enfrentarse al mensajero del Duca Valentino.
Aceptando de buena gana este consejo, Gian Maria fue en busca de Guidobaldo y le presentó sus propuestas, junto con las noticias que habían llegado y que eran la causa de la prisa que ahora manifestaba. Guidobaldo escuchó con gravedad. A su manera, las noticias le afectaban a él también, pues temía el poder de Cesare Borgia tanto como cualquier hombre en Italia, y estaba, por ello, más dispuesto a apresurar una alianza que traería a otro de los estados vecinos a la poderosa coalición que estaba formando.
—Será como deseas —le respondió el bondadoso Señor de Urbino—, y el esponsales será proclamado hoy, de modo que puedas llevar noticias de ello al mensajero de Valentino. Cuando hayas escuchado a este enviado, dale una respuesta de tal desafío o tal cautela como te plazca. Luego regresa dentro de diez días a Urbino, y todo estará listo para las nupcias. Pero, antes que nada, ve tú y díselo a Monna Valentina.
Confiado en el éxito, Gian Maria obedeció a su anfitrión y fue en busca de la dama. Llegó a su antecámara, y desde allí despachó a un paje ocioso para solicitarle el honor de una audiencia.
Mientras el joven pasaba por la puerta que conducía a la estancia contigua, Gian Maria captó por un momento los acentos de una exquisita voz masculina cantando una canción de amor con el acompañamiento de un laúd.
—Una donna più bella assai che 'l sole...
vinieron las palabras de Petrarca, y aún las escuchó, aunque amortiguadas, durante un momento o dos después de que el muchacho se hubiera ido. Luego cesó abruptamente, y siguió una pausa, al final de la cual regresó el paje. Levantando la cortina de azul y oro, invitó a Gian Maria a entrar.
Era una estancia que hablaba con elocuencia de la riqueza y el refinamiento de Montefeltro, desde el dorado y el ultramar del techo abovedado con su friso tallado de madera delicadamente incrustada, hasta los tapices invaluables que había debajo. Sobre un reclinatorio carmesí colgaba un crucifijo de plata, la exquisita obra del famoso Anichino de Ferrara. Allí había un gabinete incrustado, coronado por un espejo de cristal y algunas maravillas de vidrio de Murano. Había un cuadro de Mantegna, algunos camafeos costosos y esmaltes delicados, una abundancia de libros, un dulcémele que un paje de cabellos rubios estaba examinando con ojos inquisitivos, y junto a una ventana a la derecha se alzaba un arpa muy hermosa que Guidobaldo había comprado a su sobrina en Venecia.
En aquel selecto aposento suyo, el Duque encontró a Valentina rodeada de sus damas, de Peppe el bufón, un par de pajes y media docena de caballeros de la corte de su tío. Uno de ellos —aquel mismo Gonzaga que la había escoltado desde el Convento de Santa Sofia—, espléndidamente ataviado con tafetán blanco, su jubón y casaca ricos en oro, estaba sentado en un taburete bajo, jugueteando ociosamente con el laúd en su regazo, de lo cual Gian Maria infirió que la suya había sido la voz que le había llegado en la antecámara.
A la llegada del Duque, todos se levantaron salvo Valentina y lo recibieron con una ceremonia que enfrió un tanto su ardor. Él avanzó; luego se detuvo con torpeza, y de manera torpe formuló una petición de que pudiera hablar con ella a solas. De una manera cansada y resignada, ella despidió a su corte, y Gian Maria se quedó esperando hasta que el último de ellos hubo pasado a través de los ventanales que daban a una deliciosa terraza donde, en medio de una plaza verde, una fuente de mármol brillaba y centelleaba bajo la luz del sol.
—Señora —dijo, cuando al fin estuvieron solos—, tengo noticias de Babbiano que exigen mi regreso inmediato. —Y se acercó a ella un paso más.
En verdad era un hombre de mente obtusa o, de lo contrario, demasiado cegado por la fatuidad para ver e interpretar correctamente el brillo repentino en sus ojos, la súbita e inequívoca expresión de alivio que se extendió por su rostro.
—Mi señor —respondió ella, con voz baja y serena—, nos apenará su partida.
¡Tonto de un Duque que era! ¡Ciego, craso y el más fatuo de los pretendientes! ¿Había sido criado en cortes y sus oídos acostumbrados a palabras que no significaban nada, que eran solo los ecos vacíos de lo que debería haberse significado? ¿Era tan nuevo en cortesías en las que el corazón no tenía parte, que aquellas palabras de Valentina debían hacerlo caer de rodillas a su lado, para tomar sus dedos delicados en sus manos gordas, y transformarse en un amante rudo del tipo más escandaloso?
—¿Lo harán? —ceceó él, con su mirada volviéndose poderosamente amorosa—. ¿De verdad se apenarán?
Ella se puso en pie abruptamente.
—Ruego que vuestra Alteza se levante —le ordenó con frialdad, una frialdad que cambió rápidamente a alarma cuando sus intentos de liberar su mano resultaron vanos. Pues a pesar de sus esfuerzos, él se aferraba con firmeza. Esto era simple timidez, se aseguró a sí mismo, simple artificio virginal que debía soportar hasta que lo hubiera superado por siempre.
—¡Mi señor, se lo imploro! —continuó ella—. Piense en dónde está, en quién es.
—Aquí me quedaré hasta el día del juicio final —respondió él, con una extraña mezcla de humor, ardor y ferocidad—, a menos que consienta en escucharme.
—Estoy lista para escuchar, mi señor —respondió ella, sin ocultar una repugnancia que a él le faltaba ingenio para ver—. Pero no es necesario que sostenga mi mano, ni es apropiado que se arrodille.
—¿No es apropiado? —exclamó—. Señora, no me comprende bien. ¿No es apropiado que todos nosotros —seamos príncipes o vasallos— nos arrodillemos a veces?
—En sus oraciones, mi señor, sí, muy apropiado.
—¿Y no está un hombre en sus oraciones cuando corteja? ¿Qué santuario más apropiado en todo el mundo que los pies de su dama?
—Suélteme —ordenó ella, todavía luchando—. Vuestra Alteza se vuelve tedioso y ridículo.
—¿Ridículo?
Su boca grande y sensual se abrió. Sus mejillas blancas se mancharon, y sus ojos pequeños miraron hacia arriba con un brillo poderosamente maligno en su azul cruel. Un momento permaneció así, luego se levantó. Soltó sus manos como ella le había pedido, pero en cambio se aferró a sus brazos, lo cual era todavía peor.
—Valentina —dijo, con una voz que estaba lejos de ser firme—, ¿por qué me trata así de mal?
—Pero no lo hago —protestó ella con cansancio, retrocediendo con un estremecimiento ante el rostro blanco que estaba tan cerca del suyo, inspirándole una repugnancia que no podía reprimir—. No querría que vuestra Alteza pareciera tonto, y usted no puede concebir cómo...
—¿Puede usted concebir cuán profunda, cuán apasionadamente la amo? —interrumpió él, apretando su agarre.
—¡Mi señor, me está haciendo daño!
—¿Y no me está usted haciendo daño a mí? —gruñó él—. ¿Qué es un brazo pellizcado en comparación con tales heridas como las que sus ojos me están infligiendo? ¿No es usted...
Ella se había retorcido fuera de su alcance y, de un salto, había llegado a la puerta ventana por la que habían pasado sus asistentes.
—¡Valentina! —gritó él, mientras se lanzaba tras ella, y fue más parecido al gruñido de una bestia que al grito de un amante. La atrapó y, con poca ceremonia, la arrastró de nuevo al interior de la habitación.
Ante esto, su repugnancia latente, su desprecio y su indignación se alzaron en armas. Nunca había oído decir que a una mujer de su rango se la tratara de esta manera. Lo aborrecía, sin embargo, le había ahorrado la humillación de oírlo de sus propios labios, intentando luchar por su libertad con su tío. Pero ahora, dado que la manejaba como si hubiera sido una sirvienta; dado que parecía no saber nada de la deferencia debida a ella, nada de las delicadezas de personas bien nacidas y bien criadas, no soportaría más su odioso cortejo. Puesto que elegía proseguir su cortejo como un payaso, la impetuosa hija de Urbino se prometió a sí misma que de la misma manera trataría con él.
Liberándose de su agarre por segunda vez, le propinó una bofetada punzante en la mejilla ducal que —tan grande fue su sorpresa— casi lo hizo tambalearse.
—¡Madonna! —jadeó él—. ¡Esta indignidad hacia mí!
—¿Y qué indignidades no he sufrido yo a manos suyas? —replicó ella, con una ferocidad en la mirada ante la cual él retrocedió. Y mientras ella ahora se alzaba ante él, una hermosa encarnación de la ira, él no sabía si la amaba más de lo que la temía, pero el deseo de poseerla y domarla era fuerte dentro de él.
—¿Soy acaso una bagaje de sus campamentos —preguntó ella furiosamente— para ser tratada así por usted? ¿Olvida que soy la sobrina de Guidobaldo, una dama de la casa de Rovere, y que desde mi cuna no he conocido más que el respeto de todos los hombres, por muy alto que hayan nacido? ¿Que por tal derecho de nacimiento tengo el derecho? ¿Debo decirle en palabras claras, señor, que aunque nacido para un trono, sus modales son los de un caballerizo? ¿Y debo decirle, antes de que se dé cuenta, que ningún hombre a quien con mis propios labios no haya dado el derecho, pondrá manos sobre mí como lo ha hecho usted?
Sus ojos brillaron, su voz se alzó y más enfurecida rugió la tormenta; y Gian Maria estaba tan zarandeado y destrozado por ella que solo pudo pedir humildemente perdón.
—¿Qué significará que sea un Duque —suplicó tímidamente—, ya que me he convertido en amante? ¿Qué es entonces un Duque? No es más que un hombre, y como al más humilde de sus súbditos, su amor debe encontrar expresión. ¿Pues qué sabe el amor de rangos?
Ella se movía de nuevo hacia la ventana, y aunque él no se atrevió a arrestarla por la fuerza por segunda vez, buscó hacerlo con palabras.
—Madonna —exclamó—, le imploro que me escuche. En otra hora estaré en la silla de montar, camino de Babbiano.
—Eso, señor —le respondió ella—, es la mejor noticia que he escuchado desde su llegada. Y sin esperar su respuesta, salió a través de la ventana abierta hacia la terraza.
Por un segundo dudó, un sentimiento de airada humillación oprimiendo su ingenio. Luego comenzó a seguirla; pero al llegar a la ventana, la pequeña figura encorvada de Ser Peppe se interpuso repentinamente ante él con un tintineo de cascabeles y una mueca burlona iluminando su rostro.
—Apártate, tonto —gruñó el airado Duque. Pero la extraña figura en su atuendo de bufón rojo y negro continuó donde estaba.
—Si busca a Madonna Valentina —dijo—, véala allí.
Y Gian Maria, siguiendo la indicación del dedo delgado de Peppe, vio que ella se había reunido con sus damas y que, por tanto, su oportunidad de hablar con ella había llegado a su fin. Dio la espalda al bufón y se movió pesadamente hacia la puerta por la que había entrado originalmente a la habitación. Hubiera sido bueno para Ser Peppe que lo hubiera dejado ir. Pero el bufón, que amaba profundamente a su señora y tenía muchos de los instintos del perro fiel, amando donde ella amaba y odiando donde ella odiaba, no pudo reprimir el deseo de enviar una pulla tras la figura que se retiraba e infligir otra herida en aquel espíritu tan herido.
—Encuentra difícil el camino al corazón de Madonna, Magnífico —le gritó—. Donde su sabiduría es ciega, déjese ayudar por los ojos agudos de la locura.
El Duque se quedó quieto. Un hombre más digno habría dejado aquella lengua traicionera sin prestar atención. Pero la Dignidad y Gian Maria eran extraños. Se volvió y miró a la figura que ahora lo seguía dentro de la habitación.
—Tienes conocimientos que vender —adivinó con desprecio.
—Conocimientos tengo —un vasto almacén—, pero ninguno a la venta, Señor Duque. Aquello que le importe, se lo otorgaré si me lo pide, por nada más que la alegría de verlo sonreír.
—Habla —le ordenó el Duque, sin relajar la severidad que tensaba su rostro flácido.
Peppe hizo una reverencia.
—Sería algo fácil, Altísimo y Poderoso, ganar el amor de Madonna si... —Hizo una pausa dramática.
—Sí, sí. ¡E dunque! ¿Si...?
—Si usted tuviera el semblante noble, la espléndida estatura, los miembros bien formados, el habla cortesana y los modales principescos de alguien que yo conozco.
—¿Te estás burlando de mí? —preguntó el Duque, incrédulo.
—¡Ah, no, Alteza! Solo le digo cómo sería posible que mi señora llegara a amarlo. Si tuviera usted esos atributos gloriosos de quien hablo, y con quien ella sueña, podría ser fácil. Pero dado que Dios lo hizo tal como es —grosero de semblante, gordo y corto de estatura, rudo de...
Con un rugido, el enfurecido Duque se abalanzó sobre él. Pero el bufón, tan ágil de piernas como de lengua, eludió el agarre vicioso de aquellas manos gordas y, saltando a través de la ventana, corrió hacia el refugio de las faldas de su señora.
CAPÍTULO VII. GONZAGA EL INSIDIOSO
Bien le habría ido a Ser Peppe si hubiera reprimido su estado de ánimo malicioso y frenado el discurso burlón que había sido como vinagre para las heridas de Gian Maria. Pues cuando Gian Maria estaba dolido, solía ser vengativo, y en la ocasión presente era algo incluso peor.
Permanecía con él el recuerdo de las palabras del bufón y la sugerencia de que en el corazón de Valentina estaba grabada la imagen de algún otro hombre. Ahora, amándola, a su manera grosera y como él entendía el amor, el Duque rechazado se volvió furiosamente celoso de este otro cuya existencia Peppe había insinuado. Este desconocido se interponía en su camino hacia Valentina, y para despejar ese camino, se le ocurrió a Gian Maria que el método más sencillo era eliminar el obstáculo. Pero primero debía descubrirlo, y para esto pensó, con una sonrisa sombría, que el bufón podría —quieras o no— ayudarlo.
Regresó a sus propios aposentos, y mientras se realizaban los preparativos para su partida, ordenó a Alvaro que llamara a Martin Armstadt, el capitán de su guardia. Para este último, sus órdenes fueron breves y secretas.
—Toma cuatro hombres —le ordenó—, y permanece en Urbino después de que yo me haya ido. Descubre los lugares frecuentados por Peppe el bufón. Atrápalo y tráelo tras de mí. Asegúrate de hacerlo con diligencia y no permitas que surja sospecha alguna de tu tarea.
El bravo —que no era mucho mejor, a pesar de que comandaba la guardia del Duque de Babbiano— hizo una inclinación y respondió con su voz extranjera y gutural que su Alteza sería obedecida.
Después de aquello, Gian Maria se dispuso a partir. Se despidió de Guidobaldo, prometiendo regresar en pocos días para las nupcias, y dejando en la mente de su anfitrión la impresión de que su entrevista con Valentina había sido muy distinta a lo que en realidad fue.
Fue de la propia Valentina de quien Guidobaldo habría de conocer, tras la partida de Gian Maria, la verdadera naturaleza de aquel encuentro y lo que había pasado entre su sobrina y su invitado. Ella lo buscó en su gabinete, adonde él se había retirado, empujado por el demonio de la gota que ya habitaba en su cuerpo y que solía instarle a veces a aislarse de su corte. Lo encontró reclinado en un diván, buscando distracción en un volumen de las obras en prosa de Piccinino. Era un hombre apuesto, de excelente porte, apenas de treinta años de edad. Su rostro estaba pálido, y había círculos oscuros alrededor de sus ojos y líneas de dolor en torno a su boca firme.
Él se incorporó ante la llegada de ella y, dejando su libro sobre la mesa a su lado, escuchó sus airadas quejas.
Al principio, el cortesano Montefeltro se inclinó a la ira al enterarse de la rudeza con la que Gian Maria se había comportado. Pero enseguida sonrió.
—Al fin y al cabo, no veo en esto gran motivo de indignación —le aseguró—. Admito que puede carecer de la formalidad que debería acompañar a las pretensiones de un hombre en la posición del Duque hacia una dama en la tuya. Pero puesto que ha de casarte, y pronto, ¿por qué enfadarse porque intente cortejarte como cualquier otro hombre?
—He hablado en vano, entonces —respondió ella con petulancia—, y se me ha malinterpretado. No tengo intención de casarme con este patán ducal que habéis elegido para ser mi esposo.
Guidobaldo la miró con las cejas levantadas y asombro en sus bellos ojos. Luego se encogió de hombros con cierto cansancio. Este apuesto y querido Guidobaldo era un príncipe en toda regla, tan educado en los modos principescos que a veces olvidaba que era un hombre.
—Perdonamos mucho a la impetuosidad de la juventud —dijo muy fríamente—. Pero hay límites para la resistencia de cada uno de nosotros. Como tu tío y tu príncipe, reclamo un doble deber de ti, y tú debes una doble lealtad a mis deseos. Por mi doble autoridad, te he ordenado casarte con Gian Maria.
La princesa en ella quedó olvidada, y fue solo la mujer quien le respondió, con voz de protesta:
—Pero, Alteza, no le amo.
Una sombra de impaciencia cruzó su noble rostro.
—No recuerdo —respondió con cansancio— que yo amara a tu tía. Sin embargo, nos casamos, y por costumbre llegamos a amarnos y a ser felices juntos.
—Puedo entender que Monna Elizabetta llegara a amarte —replicó ella—. No eres como Gian Maria. No eras gordo ni feo, estúpido y cruel, como lo es él.
Fue una súplica que podría haberse ganado el corazón de un hombre a través del canal siempre dispuesto de su vanidad. Pero no fue así con Guidobaldo. Él solo negó con la cabeza.
—El asunto no es algo que vaya a discutir. Sería indigno para ambos. Los príncipes, hija mía, no son como la gente común.
—¿En qué son diferentes? —le espetó ella—. ¿Acaso no sienten hambre y sed como la gente común? ¿No están sujetos a los mismos males? ¿No experimentan las mismas alegrías? ¿No nacen y mueren, igual que la gente común? ¿En qué radica, pues, esa diferencia que les prohíbe aparearse como la gente común?
Guidobaldo lanzó los brazos al cielo, con los ojos llenos de una consternación que claramente desafiaba las palabras. La violencia de su gesto le arrancó un gemido de dolor. Por fin, cuando hubo logrado dominarse:
—Son diferentes —dijo— en que sus vidas no les pertenecen para disponer de ellas como quieran. Pertenecen al Estado que nacieron para gobernar, y en nada más cobra esto tanta importancia como en sus matrimonios. Les incumbe contraer alianzas tales que redunden en beneficio de su pueblo. Un movimiento de su cabeza castaña fue la interpelación de Valentina, pero su tío continuó implacablemente con su tono frío y formal, el mismo tono con el que podría haberse dirigido a una asamblea de sus capitanes:
—En este caso concreto, estamos amenazados —Babbiano y Urbino— por un enemigo común. Y mientras estemos divididos, ninguno de nosotros podría resistirle; unidos, nos combinaremos para su derrota. Por tanto, esta alianza se vuelve necesaria, imperativa.
—No comprendo la necesidad —respondió ella, con una voz que destilaba desafío—. Si una alianza como la que mencionáis es deseable, ¿por qué no puede hacerse una puramente política?, ¿una como, por ejemplo, la que ahora os une a Perugia y Camerino? ¿Qué necesidad hay de incluirme a mí en la cuestión?
—Un poco de conocimiento de historia os daría la respuesta. Tales alianzas políticas se hacen a diario, y se rompen a diario cuando se ofrece más provecho en otra parte. Pero cementado por el matrimonio, el vínculo, a la vez que sigue siendo político, se convierte también en uno de sangre. En el caso de Urbino y Babbiano, entra también en consideración que no tengo hijo varón. Bien podría ser, Valentina —continuó, con una frialdad calculadora que le resultó repulsiva—, que un hijo tuyo uniera aún con más fuerza los dos ducados. Con el tiempo, ambos podrían quedar unidos bajo él en una gran potencia que podría competir con éxito con cualquiera en Italia. Ahora déjame, hija. Como ves, estoy sufriendo, y cuando estoy así, y este mal tirano me tiene en sus garras, prefiero estar solo.
Hubo una pausa, y mientras sus ojos estaban sobre los de ella, los de ella estaban en el suelo para evitar su mirada. Un ceño frunció su blanca frente, sus labios estaban apretados y sus manos cerradas. La compasión por sus males físicos luchaba por momentos con la compasión por su propio tormento mental. Al fin, echó hacia atrás su hermosa cabeza, y el modo en que lo hizo estaba lleno de insubordinación.
—Me apena importunar a vuestra Alteza en tal momento —le aseguró—, pero debo pedir vuestra indulgencia. Estas cosas pueden ser como decís. Vuestros planes pueden ser los más nobles que jamás se hayan concebido, puesto que su consumación conllevaría el sacrificio de vuestra propia carne y sangre, en la persona de vuestra sobrina. Pero no tomaré parte en ellos. Puede que me falte una nobleza de alma semejante; puede que sea indigna de la alta posición en la que nací, sin culpa alguna por mi parte. Y así, señor —terminó, con su voz, su rostro y su gesto impartiendo una irrevocabilidad definitiva a sus palabras—, no me casaré con este Duque de Babbiano; no, ni aunque fuera para cimentar alianzas con cien ducados.
—¡Valentina! —exclamó él, despertado de su calma habitual—. ¿Olvidáis que sois mi sobrina?
—Puesto que vos parecéis haberlo olvidado.
—Estos caprichos de mujer... —comenzó él, cuando ella le interrumpió.
—Quizás sirvan para recordarle que soy una mujer, y quizás si recuerda eso, pueda considerar cuán natural es que, siendo mujer, me niegue a casarme por... por fines políticos.
—A vuestra alcoba —ordenó él, ya completamente irritado—. Y de rodillas, rogad a la gracia del Cielo que os ayude a ver vuestro deber, ya que mis palabras no prevalecen.
—Oh, si la Duquesa hubiera regresado ya de Mantua —suspiró ella—. La buena Monna Elizabetta podría ablandaros hacia algo de piedad.
—Monna Elizabetta es demasiado cumplidora como para hacer otra cosa que no sea instarte al deber. Vamos, hija —añadió en un tono más persuasivo—, deja de lado este humor desobediente, que no es propio de ti y te sienta mal. Te casarás con un esplendor y una magnificencia que pondrán a toda princesa de Italia verde de envidia. Tu dote está fijada en cincuenta mil ducados, y Giuliano della Rovere pronunciará la bendición. Ya he enviado órdenes a Ferrara, al incomparable Anichino, para el cinturón de majestad; enviaré a Venecia por pan de oro y...
—¿Pero no me oís cuando digo que no me casaré? —interrumpió ella con apasionada calma, con el rostro blanco y el pecho agitado.
Él se levantó, apoyándose pesadamente en un bastón de puño de oro, y la miró un momento sin hablar, con las cejas contraídas. Luego:
—Vuestro compromiso con Gian Maria está proclamado —anunció con una voz fría y definitiva—. He dado mi palabra al Duque, y vuestra boda tendrá lugar tan pronto como él regrese. Ahora idos. Escenas como estas son agotadoras para un hombre enfermo, y son indignas.
—Pero, Alteza —comenzó ella, con una nota de súplica ocupando el lugar que últimamente había tenido el desafío.
—¡Idos! —estalló él, golpeando el suelo con el pie, y luego, para salvar su dignidad —pues temía que ella pudiera permanecer allí—, él mismo dio media vuelta y salió de la estancia.
Dejada a su suerte, ella permaneció allí un momento, dejó escapar un suspiro y se secó una lágrima de rabia de sus ojos castaños. Luego, con un movimiento repentino que parecía implicar la supresión de su humor, caminó hacia la puerta por la que había entrado y abandonó la cámara.
Bajó por la larga galería, cuyas paredes brillaban con los nuevos frescos del pincel prodigioso de Andrea Mantegna; cruzó su antecámara y llegó a la misma sala donde, hacía algunas horas, había recibido el insulto de las odiosas pretensiones de Gian Maria. Atravesó la habitación, ahora vacía, y salió a la terraza que daba a los jardines paradisíacos del Palacio.
Cerca de la fuente había un asiento de mármol blanco sobre el que, más temprano aquel día, una de sus damas había arrojado una capa de terciopelo carmesí. Allí se sentó ahora para reflexionar sobre la monstruosa situación que la acosaba. El aire era cálido, balsámico y pesado por el aroma de las flores del jardín de abajo. El chapoteo de la fuente parecía calmarla, y durante un rato sus ojos se posaron en aquel agua resplandeciente, que se elevaba en una columna de cristal para luego romperse y caer, como una lluvia de joyas brillantes, en el ancho cuenco de mármol. Luego, al cansársele la vista, sus ojos vagaron hacia la balaustrada de mármol, donde un pavo real caminaba con dignidad desmesurada; pasaron a los jardines de abajo, alegres con los primeros brotes, en sus señoriales marcos de altos setos de boj, y flanqueados por mirtos y altos cipreses que se alzaban descarnados y negros contra el azafrán profundo del cielo vespertino.
Salvo por el chapoteo de la fuente y el ocasional chillido áspero del pavo real, todo estaba en paz, como en contraste con el tumulto que rugía en el alma de Valentina. Entonces, otro sonido rompió la quietud: un paso suave, crujiendo sobre la grava del sendero. Se volvió, y detrás de ella estaba el magnífico Gonzaga, con una sonrisa que reflejaba placer y sorpresa en su apuesto rostro.
—¿Sola, Madonna? —dijo, con acentos de leve asombro, mientras sus dedos acariciaban suavemente las cuerdas del laúd que llevaba, y sin el cual rara vez aparecía por la Corte.
—Como veis —respondió ella, y su tono fue el de alguien cuyos pensamientos están ocupados con otras cosas.
Su mirada se apartó de él de nuevo, y en un momento pareció como si hubiera olvidado su presencia, tan absorta se volvió la expresión de su rostro.
Pero Gonzaga no se desanimaba fácilmente. La paciencia era la única virtud que Valentina, más que ninguna otra mujer —y habían sido muchas en su joven vida—, había inculcado en un alma que, en esencia, era cualquier cosa menos virtuosa. Se acercó un paso más y se apoyó ligeramente contra el borde de su asiento, con las piernas bien formadas cruzadas y su cuerpo grácil inclinándose apenas un poco hacia ella.
—Estáis pensativa, Madonna —murmuró, con su voz rica y acariciadora.
—¿Por qué entonces —le reprochó, aunque en tono suave—, interrumpís mis pensamientos?
—Porque parecen pensamientos tristes, Madonna —respondió con soltura—, y sería un mal amigo si no intentara apartaros de ellos.
—¿Lo sois, Gonzaga? —cuestionó ella, sin mirarlo—. ¿Sois mi amigo?
Pareció estremecerse y luego enderezarse, mientras por su rostro cruzaba una sombra de algo que pudo haber sido bueno, malo o parte de ambos. Luego se inclinó hasta que su cabeza estuvo muy cerca de la de ella.
—¿Vuestro amigo? —dijo—. Ah, más que vuestro amigo. Consideradme vuestro esclavo, Madonna.
Ella lo miró ahora, y en su semblante vio un reflejo del ardor que había hablado en su voz. En sus ojos había una mirada de ardiente intensidad. Ella se apartó de él, y al principio él se consideró rechazado, pero señalando el espacio que ella había dejado:
—Sentaos aquí a mi lado, Gonzaga —dijo ella con calma, y él, apenas creyendo en su propia buena fortuna de que se le prodigara tanto favor, obedeció de una manera medio tímida que estaba en extraña contradicción con sus últimas palabras audaces.
Él rió ligeramente, quizás para ocultar la vergüenza que le invadía, y dejando caer su gorra enjoyada, lanzó una pierna enfundada en blanco sobre la otra y tomó su laúd en su regazo, volviendo sus dedos a las cuerdas.
—Tengo una canción nueva, Madonna —anunció, con una alegría que era obviamente forzada—. Está en octava rima, un tenue eco del inmortal Niccolò Correggio, compuesta en honor a alguien cuya descripción supera el vuelo del canto humano.
—¿Y sin embargo cantáis sobre ella?
—No es más que un reconocimiento de la imposibilidad de cantar sobre ella. Así... —Y golpeando un acorde o dos, comenzó, a media voz:
—Cuando sonreirán en el cielo Tus ojos a los santos...
Ella puso una mano sobre su brazo para detenerlo.
—Ahora no, Gonzaga —suplicó—, no estoy de humor para vuestra canción, por dulce que no dudo que sea.
Una sombra de decepción y vanidad herida cruzó su rostro. Las mujeres solían escuchar con avidez sus strambotti, cautivadas por la astucia de las palabras y la dulzura seductora de su voz.
—Ah, nunca pongáis esa cara —exclamó ella, sonriendo ahora ante su aire abatido—. Si no he escuchado ahora, lo haré de nuevo. Perdonadme, buen Gonzaga —le suplicó, con una dulzura a la que ningún hombre se habría podido resistir. Y luego un suspiro brotó de sus labios; un sonido que era como un sollozo vino después, y su mano se cerró sobre el brazo de él.
—Me están rompiendo el corazón, mi amigo. ¡Oh, si me hubierais dejado en paz en el Convento de Santa Sofia!
Él se volvió hacia ella, lleno de solicitud y gentileza, para indagar la razón de su arrebato.
—Es esta odiosa alianza en la que intentan obligarme con ese hombre de Babbiano. Le he dicho a Guidobaldo que no me casaré con este Duque. Pero con igual provecho podría decirle al Destino que no moriré. Uno es tan indiferente como el otro.
Gonzaga suspiró profundamente, en señal de simpatía, pero no dijo nada.
Aquí había un dolor ante el cual no podía hacer nada, un agravio que no podía remediar. Ella se apartó con un gesto de impaciencia.
—Suspiráis —exclamó— y lamentáis la crueldad del destino que me espera. Pero no podéis hacer nada por mí. Sois todo palabras, Gonzaga. Podéis llamaros más que mi amigo, mi verdadero esclavo. Sin embargo, cuando necesito vuestra ayuda, ¿qué me ofrecéis? ¡Un suspiro!
—Madonna, sois injusta —respondió él rápidamente, con cierta vehemencia—. No soñé... no me atreví a soñar que fuera mi ayuda lo que buscabais. Mi simpatía, creía, era todo lo que solicitabais, y por eso, no fuera que pareciera presuntuoso, fue todo lo que ofrecí. Pero si mi ayuda necesitáis; si buscáis un medio para evitar esta alianza que con razón describís como odiosa, tal ayuda como esté en el poder de un hombre brindar, la tendréis de mi parte.
Habló casi con ferocidad y con cierta confianza sombría, a pesar de que aún no se había formado ningún plan en su mente.
De hecho, si un curso hubiera estado claro para él, tal vez habría habido menos confianza en su tono, pues, después de todo, no era por naturaleza un hombre de acción, y su carácter era todo lo contrario a ser valiente. Sin embargo, era tan excelente actor que se engañaba incluso a sí mismo con su actuación, y en esta sugerencia de algunos vagos actos nobles que haría, se sintió agitado por un ardor marcial repentino, y capaz de todo. Le agitaba también la pasión con la que la belleza de Valentina lo llenaba, una pasión que estuvo más cerca de convertirlo en un hombre de lo que la Naturaleza había logrado hacer.
Que ahora, en la hora de su necesidad, ella se volviera tan fácilmente hacia él en busca de ayuda, lo aceptó como prueba de que ella no estaba sorda a la voz de este gran amor que él le profesaba, pero del cual nunca se había atrevido a mostrar señal. Los celos pasajeros que había sentido por aquel caballero herido que habían conocido en Acquasparta fueron disipados por su actitud actual hacia él, habiendo olvidado al caballero mismo.
En cuanto a Valentina, escuchó su discurso presto y su tono serio con creciente asombro tanto por él como por sí misma. Sus propias palabras no habían sido mucho más que un arrebato petulante. De encontrar realmente una manera de eludir los deseos de su tío no tenía pensamiento, a menos que fuera cumpliendo aquella amenaza suya de tomar el velo. Ahora, sin embargo, que Gonzaga hablaba tan valientemente de hacer lo que un hombre podía hacer para ayudarla a evitar aquel matrimonio, el pensamiento de una resistencia activa cobró una forma tentadora.
Una esperanza tímida, una esperanza que temía ser destrozada antes de cobrar fuerza, asomó ahora en los ojos asombrados que volvió hacia su acompañante.
—¿Hay una manera, Gonzaga? —preguntó después de una pausa.
Durante aquella pausa, su mente había estado muy ocupada. Algo poeta, estaba bendecido con un ingenio de cierta rapidez, y era un hombre de imaginación muy pronta. Como una inspiración, una idea le había venido; de esta había surgido otra, y otra más, hasta que una cadena de eventos por la cual la frustración de los planes de Babbiano y Urbino podría lograrse, estaba completa.
—Creo —dijo lentamente, con los ojos en el suelo— que conozco una manera.
Su mirada era ahora ansiosa, su labio tembloroso y su rostro un poco pálido. Se inclinó hacia él.
—Decídmelo —le suplicó febrilmente.
Él dejó su laúd en el asiento a su lado, y sus ojos miraron a su alrededor en un examen aprensivo.
—Aquí no —murmuró—. Hay demasiados oídos en el Palacio de Urbino. ¿Os complacería pasear por los jardines? Os lo contaré allí.
Se levantaron juntos, tan dispuesta fue su asentimiento. Se miraron el uno al otro por un segundo. Luego, lado a lado, bajaron los anchos escalones de mármol que conducían desde la terraza a los senderos flanqueados por boj de los jardines. Aquí, entre las sombras que se alargaban, caminaron en silencio durante un rato, mientras Gonzaga buscaba las palabras con las que exponer su plan. Al fin, impacientada, Valentina le apremió con una pregunta.
—Lo que aconsejo, Madonna —respondió él—, es desafío abierto.
—Tal curso ya lo estoy siguiendo. ¿Pero a dónde me llevará?
—No me refiero al simple desafío de las palabras, a meras protestas de que no os casaréis con Gian Maria. ¡Escuchad, Madonna! El Castillo de Roccaleone es vuestra propiedad. Es quizás la fortaleza más firme de toda Italia hoy en día. Ligeramente guarnecida y bien abastecida, podría resistir un año de asedio.
Ella se volvió hacia él, habiendo adivinado ya la propuesta en su mente, y aunque al principio sus ojos parecieron sobresaltados, pronto se encendieron con una luz de audacia que auguraba bien para una aventura muy valiente. Era una noción salvajemente romántica, esta de Gonzaga, digna del cerebro ferviente de un poeta, y sin embargo le atraía por su sabor sin precedentes.
—¿Podría hacerse? —se preguntó, con los ojos brillando ante la anticipación de tal hazaña.
—Podría, ciertamente podría —respondió él, con un entusiasmo no menor que el de ella—. Enciérrese en Roccaleone y desde allí lance su desafío a Urbino y Babbiano, negándose a rendirse hasta que le concedan sus condiciones: que usted ha de casarse como le plazca.
—¿Y me ayudaréis en esto? —preguntó ella, con su mente —en su inocencia— inclinándose cada vez más hacia aquel proyecto descabellado.
—Con todas mis fuerzas y mi ingenio —respondió él, con prontitud y gallardía—. Abasteceré el lugar de tal modo que podrá soportar un asedio de un año entero, si surgiera la necesidad, y os conseguiré los hombres para armarlo; una veintena, creo yo, será suficiente para nuestras necesidades, ya que confiamos principalmente en la fortaleza natural del lugar.
—Y entonces —dijo ella—, necesitaré un capitán.
Gonzaga le hizo una profunda reverencia.
—Si me honráis con el cargo, Madonna, os serviré lealmente mientras tenga vida.
Una sonrisa se agitó por un segundo en sus labios, pero desapareció antes de que el cortesano se hubiera enderezado de su reverencia, pues estaba muy lejos de sus deseos herir su espíritu. Pero la noción de este petimetre perfumado en el papel de capitán, gobernando a un puñado de rudos mercenarios y dirigiendo las operaciones para la resistencia de un asedio asiduo, la tocó con su nota ridícula. Sin embargo, si le negaba esto, era más que probable que él se considerara ofendido y se negara a avanzar en sus planes. Cruzó por su mente —en la plena confianza de la juventud— que si él le fallaba cuando llegara la hora de la acción, ella tenía el corazón lo bastante firme para ayudarse a sí misma. Y así consintió, ante lo cual él volvió a hacer una reverencia, esta vez en señal de gratitud. Y entonces un pensamiento repentino se le ocurrió, y con él llegó el desaliento.
—Pero para todo esto, Gonzaga —para los hombres y el abastecimiento—, se necesitará dinero.
—Si permitís que mi amistad sea probada también en eso... —comenzó él.
Pero ella lo interrumpió, impresionada de repente con una solución al enigma.
—¡No, no! —exclamó. El rostro de él decayó un poco. Había esperado ponerla en deuda de todas las formas posibles, pero aquí había una en la que ella levantaba una barrera. Sobre su cabeza llevaba una redecilla de oro, tan ricamente adornada con perlas que valía el rescate de un príncipe. Esto se apresuró ahora a desabrochar con dedos que la excitación hacía temblar. —¡Ahí! —gritó, tendiéndoselo—. Conviértelo en dinero, amigo mío. Debería rendirte ducados suficientes para esta empresa.
A continuación se le ocurrió que no podía ir sola a ese castillo solo con Gonzaga y los hombres que él estaba a punto de reclutar. La respuesta de él llegó con una prontitud que demostraba que también había considerado eso.
—De ningún modo —le respondió—. Cuando llegue el momento, debéis seleccionar a aquellas de vuestras damas —digamos tres o cuatro— que parezcan adecuadas y gocen de vuestra confianza. Podéis llevar también un sacerdote, un paje o dos, y algunos criados.
Así, en el crepúsculo, entre las sombras de aquel antiguo jardín italiano, se tramó la conspiración mediante la cual Valentina iba a escapar de la alianza con su Alteza de Babbiano. Pero había más que eso, aunque era todo lo que Valentina veía. Era, también, un complot por el cual ella podría convertirse en la esposa de Messer Romeo Gonzaga.
Él era un miembro exiliado de aquella famosa familia de Mantua, que ha engendrado algunos sinvergüenzas y un santo. Con el dinero que, al partir, una madre adoradora le había otorgado, estaba representando un papel valiente en la corte de Urbino, donde era tolerado en virtud de su parentesco con la duquesa de Guidobaldo, Monna Elizabetta. Pero sus medios se estaban agotando, y le convenía dirigir su atención hacia aquellos sectores que pudieran reportarle beneficios. Siendo de espíritu pusilánime y —dado que sus gustos no se inclinaban hacia ese lado— sin entrenamiento en las armas, habría sido inútil para él haber buscado la carrera común de los aventureros de su época. Sin embargo, era un aventurero de corazón, y dado que los campos de Marte no se adaptaban mucho a su naturaleza, había reflexionado durante mucho tiempo sobre las posibilidades que le ofrecían las listas de Cupido. Guidobaldo —puramente por consideración a Monna Elizabetta— le había mostrado un alto grado de favor, y en esto había sido lo bastante vanidoso como para fundar grandes esperanzas, pues Guidobaldo tenía dos sobrinas. Altas habían sido estas esperanzas cuando fue elegido para escoltar a la encantadora Valentina della Rovere desde el Convento de Santa Sofia a la corte de su tío. Pero últimamente se habían marchitado, desde que se enteró de cuáles eran los planes de su tío para el futuro de esta dama. Y ahora, por su propia acción, y por el complot en el que había entrado con él, se alzaban una vez más.
Frustrar a Guidobaldo podría resultar algo peligroso, y su vida podría pagar el precio si sus planes fracasaban, por clemente y misericordioso que Guidobaldo fuera. Pero si tenían éxito, y si por amor o por fuerza podía llevar a Valentina a casarse con él, estaba bastante confiado en que Guidobaldo, viendo que las cosas habían llegado demasiado lejos —ya que Gian Maria se negaría ciertamente a casarse con la viuda de Gonzaga—, los dejaría estar. Para este fin, ningún plan podría ser más propicio que aquel en el que la había atraído. Guidobaldo podría asediarlos en Roccaleone y podría eventualmente reducirlos por la fuerza de las armas; una circunstancia, sin embargo, que, a pesar de sus palabras, consideraba extremadamente remota. Pero si tan solo pudiera casarse con Valentina antes de que capitularan, pensó que tendría pocos motivos para temer cualquier consecuencia de la ira de Guidobaldo. Después de todo, en lo que respecta al nacimiento y la familia, Romeo Gonzaga no era en nada inferior a su Alteza de Urbino. Guidobaldo tenía aún otra sobrina, y podría cimentar con ella la deseada alianza con Babbiano.
Solo en los jardines del Palacio, Gonzaga paseó después de que cayó la noche, y con los ojos puestos en las estrellas que empezaban a salpicar el cielo violeta, sonrió con una sonrisa de astuta gratificación. Pensó en lo bien aconsejada que había sido su sugerencia de que debían llevar un sacerdote a Roccaleone. A menos que su sentido profético lo llevara profundamente al error, encontrarían trabajo para ese sacerdote antes de que el castillo fuera rendido.
CAPÍTULO VIII. ENTRE LOS POSOS DEL VINO
Y así sucedió que, mientras por órdenes de Guidobaldo los preparativos para las nupcias de Valentina avanzaban con febril premura; mientras pintores, talladores y artífices del oro y la plata se aplicaban a sus tareas apresuradas; mientras mensajeros corrían a Venecia por pan de oro y ultramar para los cofres de boda; mientras el lecho nupcial era traído de Roma y el carruaje de Ferrara; mientras se recolectaban telas costosas y se confeccionaban las vestiduras nupciales, el magnífico Romeo Gonzaga estaba, por su parte, conspirando con la misma diligencia para hacer vano todo aquel trabajo de preparación.
En la tarde del tercer día de su conspiración se sentó en la habitación que le había sido asignada en el Palacio de Urbino y maduró sus planes. Y tan complacido estaba con su propia comunión que, mientras se sentaba a su ventana, había una sonrisa satisfecha en sus labios.
Permitió que su mirada se perdiera por las laderas de aquel árido desierto de rocas, hacia el río Metauro, que serpenteaba su camino hacia el mar, a través de fértiles llanuras, y brillaba aquí plateado y allá dorado bajo la luz vespertina. No con tanta complacencia habría sonreído si hubiera considerado que la empresa en la que se estaba embarcando fuera de aquel carácter guerrero que había representado ante Valentina. No carecía de astucia, ni de juicio sobre el funcionamiento de las mentes humanas, y opinaba muy razonablemente que una vez que la dama Valentina se encerrara en Roccaleone y enviara un mensaje a su tío de que no se casaría con Gian Maria, ni regresaría a la corte de Urbino hasta que él le diera su palabra ducal de que no volvería a oír hablar de la unión, el Duque sería el primero en capitular.
Sostenía que esto podría no suceder de inmediato, ni él deseaba que ocurriera; los mensajes pasarían, y Guidobaldo buscaría mediante halagos recuperar a su sobrina. Ella se resistiría, y, al final, su tío vería la naturaleza infranqueable de la situación y accedería a sus condiciones para que pudiera terminar. Que llegara a las armas, y que Guidobaldo se moviera para asediar Roccaleone, no lo creyó ni por un momento; pues, ¿qué tipo de ridículo no atraería sobre sí mismo desde los Estados vecinos? En el peor de los casos, incluso si hubiera un asedio, nunca se llevaría a cabo con el rigor de la guerra ordinaria; no habría asaltos, ni bombardeos; sería un simple bloqueo, con el objetivo de interceptar recursos, para así matar de hambre a la guarnición hasta la sumisión; pues nunca soñarían con tal abastecimiento como el que Gonzaga estaba preparando.
Así comulgaba Gonzaga consigo mismo, y la sonrisa que animaba las comisuras de su débil boca se volvió más reflexiva. Soñó grandes sueños aquella noche; tuvo visiones maravillosas de un futuro poder principesco que debería llegar a ser suyo en virtud de esta alianza que él estaba envolviendo tan hábilmente; un tonto en el paraíso de un tonto, con su necedad como única compañía.
Pero a pesar de todo, sus sueños eran maravillosamente dulces de disfrutar y sus visiones verdaderamente seductoras de contemplar. Había planes que formar y medios que idear para la huida a Roccaleone. Había cálculos que hacer; la estimación de víveres, armas y hombres; y una vez que estos cálculos estuvieran completos, había todas estas cosas que obtener. Los víveres ya los había previsto, mientras que de armas no tenía necesidad de pensar; Roccaleone debería estar bien provisto de ellas. Pero la búsqueda de los hombres le causaba cierta preocupación. Había decidido reclutar una veintena, que era seguramente el número más pequeño con el que podía hacer una muestra justa de ser marcialmente serio. Pero incluso aunque el número fuera modesto, ¿dónde iba a encontrar a veinte tipos que apreciaran tan poco sus vidas como para embarcarse en tal empresa —incluso si eran atraídos por una paga generosa— y con ello incurrir en el desagrado ducal de Guidobaldo?
Se vistió con sobrio rigor por una vez en su vida de petimetre, y descendió, después de que hubo caído la noche, a una taberna en una calle pobre detrás del Duomo, esperando que allí, entre los posos del vino, pudiera encontrar lo que requería.
Por gran fortuna se topó con un viejo capitán de filibusteros, que una vez había sido un tipo de condotiero más mediocre, pero que estaba gravemente reducido por la mala fortuna y el mal vino.
La taberna era un lugar lúgubre y peligroso, que el delicado Gonzaga no había entrado sin un temblor, invocando la protección de los santos y santiguándose antes de poner un pie sobre el umbral. Algunos trozos de cabra se estaban cocinando sobre las brasas, en una gran chimenea al final de la habitación más alejada de la puerta. Ante esto, Ser Luciano —el tabernero— se acuclilló sobre sus talones y abanicó tan diligentemente que una nube de cenizas subió hasta el techo y se extendió, junto con el humo nauseabundo, por toda la sórdida cámara. Una lámpara de latón oscilaba desde el techo y brillaba libremente a través de aquel humo, como brilla la luna a través de una niebla vespertina. Tan mal olía el lugar que al principio Gonzaga se sintió movido a marcharse. Solo la reflexión de que en ningún lugar de Urbino era tan probable como allí encontrar lo que buscaba, le impulsó a sofocar su aprensión natural y permanecer. Resbaló sobre algo de grasa y apenas se salvó de medir su longitud sobre aquel suelo inmundo, un asunto que provocó una carcajada maliciosa de un gigante andrajoso que observaba con interés su llegada amanerada.
Sudando y con los nervios destrozados, el cortesano se abrió camino hacia una mesa junto a la pared y se sentó en el tosco banco de madera frente a ella, rezando para que pudiera ser dejado como su único ocupante.
En la pared opuesta colgaba un crucifijo ennegrecido y una pequeña pila de agua bendita que había estado seca durante una generación y ahora era un receptáculo para el polvo y una ramita marchita de romero. Inmediatamente debajo de esto —en compañía de un par de andrajosos dignos de él— se sentaba el gigante que se había burlado de su escape de la caída, y mientras Gonzaga tomaba asiento, escuchó la voz del tipo, gutural, espesa por el alcohol y contenciosa.
—¿Y este vino, Luciano? ¡Sangue della Madonna! ¿Lo traerás antes de caer muerto, cerdo?
Gonzaga se estremeció y habría vuelto a santiguarse en busca de protección contra lo que parecía un verdadero demonio encarnado, de no ser porque el ojo inyectado en sangre del rufián estaba fijado en él con una mirada pétrea.
—Voy, cavaliere, voy —gritó el tímido anfitrión, saltando sobre sus pies y dejando que la cabra se quemara mientras atendía la sed insaciable del gigante.
El título hizo que Gonzaga se sobresaltara, y volvió a doblar sus ojos hacia el rostro del hombre. Lo encontró de expresión villana, inflamado y manchado; el cabello colgaba enredado alrededor de una cabeza de bala, y los ojos brillaban ferozmente a ambos lados de una nariz pendular. Del rango caballeresco con el que el tabernero lo dirigía, el tipo no mostraba señales externas. Armas llevaba, es cierto; una espada y una daga en su cinturón, mientras que a su lado sobre la mesa había un casquete de acero oxidado. Pero estas herramientas guerreras servían solo para darle la apariencia de un masnadiero errante o un degollador a sueldo. Pronto, abandonando la contemplación de Gonzaga, se volvió hacia sus compañeros, y hacia el oyente flotó un cuento grosero y jactancioso de una guerra de pillaje en Sicilia hacía diez años. Gonzaga se excitó. Parecía de hecho como si este fuera un hombre que pudiera serle útil. Fingió sorber el vino que Luciano le había traído y escuchó ávidamente aquella historia de fanfarronería, de la cual parecía que este bribón había estado una vez mejor situado y había sido algo así como un líder. Escuchó atentamente y se preguntó si tales hombres como los que él presumía haber liderado en aquella campaña todavía se podían encontrar y podían ser reunidos.
Al final de quizás media hora, los dos compañeros de aquel gigante sediento se levantaron y se despidieron de él. Lanzaron una mirada pasajera a Gonzaga y se fueron.
Por un momento dudó. El rufián parecía haber caído en un ensueño, o de lo contrario dormía con los ojos abiertos. Armándose de valor, el galán se levantó por fin y cruzó la habitación. Muy poco versado en las costumbres de las tabernas estaba el magnífico Gonzaga, y él, que en la corte, en el salón de baile o en la antesala, era un verdadero espejo de todas las gracias de un cortesano, se sentía torpe allí e incómodo.
Al fin, llamando a su ingenio en su ayuda:
—Buen señor —dijo, con cierta timidez—, ¿me haréis el honor de compartir un frasco conmigo?
El ojo del rufián, que un momento atrás había parecido vacuo y melancólico, ahora se avivó hasta parecer arder. Levantó sus orbes inyectados en sangre y se encontró audazmente con la mirada inquieta de Gonzaga. Sus labios se separaron con un chasquido de anticipación, su espalda se tensó y su cabeza se levantó hasta que su barbilla tomó una inclinación tan altanera que Gonzaga temió que su hospitalidad ofrecida estuviera a punto de sufrir un rechazo desdeñoso.
—¿Que si compartiré un frasco? —jadeó el tipo, como, siendo el pecador que era y sabía que era, podría haber jadeado: “¿Iré al Cielo?”. “¿Lo haré... lo haré...?”. Hizo una pausa y frunció los labios. Sus cejas estaban arrugadas y su expresión se volvió sumamente astuta mientras volvía a evaluar a este tipo bonito que ofrecía frascos de vino a aventureros desdichados como él mismo. Casi había preguntado qué se requeriría de él a cambio de esto, cuando de repente pensó —con la filosofía de pícaro que la adversidad le había enseñado— que si se le decía para qué pretendía que el vino lo sobornara, y si el asunto no le convenía, él debería, en la confesión del mismo, perder el vino; mientras que si guardaba silencio hasta haber bebido, le correspondería a él después complacerse sobre el asunto cuando llegara el momento de ser propuesto.
Compuso sus rasgos rudos en la apariencia tosca de una sonrisa.
—Dulce joven señor —murmuró—, dulce, gentil y muy ilustre señor, compartiría un tonel con un noble como vos.
—He de entender que beberéis —dijo Gonzaga, que apenas había sabido qué hacer con las últimas palabras del hombre.
—¡Cuerpo de Baco! Sí. Beberé con vos, gentile signorino, hasta que vuestra bolsa esté vacía o el mundo se seque. —Y lanzó una mueca mezcla de burla y satisfacción.
Gonzaga, aún medio inseguro de su terreno, llamó al tabernero y le ordenó traer un frasco de lo mejor. Mientras Luciano estaba ocupado trayendo el vino, la tensión se instaló sobre aquel par extrañamente discordante.
—Es una noche fría —comentó Gonzaga al poco tiempo, sentándose frente a su espadachín.
—Joven señor, vuestro ingenio ha perdido su filo. La noche es cálida.
—Dije —escupió Gonzaga, que no estaba acostumbrado a la contradicción de sus inferiores y deseaba ahora hacerse valer—, que la noche es fría.
—Mentisteis, entonces —devolvió el otro, con una nueva mueca—, pues, como os respondí, la noche es cálida. ¡Piaghe di Cristo! Soy un mal hombre a quien contradecir, mi bonito galán, y si digo que la noche es cálida, cálida será aunque haya nieve en el monte Vesubio.
El cortesano se puso rosado ante eso, y de no ser por la llegada del tabernero con el vino, es posible que hubiera cometido una imprudencia incalificable. Al ver el licor rojo, la furia se desvaneció del rostro del rufián.
—¡Una larga vida, una larga sed, una larga bolsa y una memoria corta! —fue su brindis, sobre cuyo significado críptico Gonzaga no hizo intento de indagar. Mientras el tipo dejaba su copa y con la manga quitaba la humedad de su boca sin afeitar, —¿No puedo saber —preguntó— cuya hospitalidad tengo el honor de disfrutar?
—¿Habéis oído hablar alguna vez de Romeo Gonzaga?
—De Gonzaga, sí; aunque de Romeo Gonzaga nunca. ¿Sois vos él?
Gonzaga inclinó la cabeza.
—Una familia noble la vuestra —devolvió el espadachín, en un tono que implicaba que la suya era igual de buena—. Permitidme presentarme ante vos. Soy Ercole Fortemani —dijo, con el aire orgulloso de alguien que se anunciaba como un emperador.
—Un nombre formidable —dijo Gonzaga, con acentos de sorpresa—, y tiene un sonido noble.
El gran tipo se volvió hacia él con una ira repentina.
—¿Por qué ese asombro? —exclamó—. Os digo que mi nombre es a la vez noble y formidable, y me encontraréis tan formidable como soy noble. ¡Diavolo! ¿Parece increíble?
—¿Dije eso? —protestó Gonzaga.
—Habríais muerto a estas alturas si lo hubierais hecho, Messer Gonzaga. Pero lo pensasteis, y me tomo la libertad de mostraros cuán audaz debe ser un hombre para pensarlo sin sufrir.
Erizado como un pavo, herido en su orgullo y en su vanidad, Ercole se apresuró a ilustrar a Gonzaga sobre su personalidad.
—Aprended, señor —anunció—, que soy el Capitán Ercole Fortemani. Ostenté ese rango en el ejército del Papa. He servido a los pisanos y a los nobles Baglioni de Perugia con honor y distinción. He comandado cien lanzas de la famosa compañía libre de Gianinoni. He luchado con los franceses contra los españoles, y con los españoles contra los franceses, y he servido a los Borgia, que está conspirando contra ambos. He llevado una pica en la comitiva del emperador, y he ostentado el rango de capitán, también, en el ejército del Rey de Nápoles. Ahora, joven señor, habéis aprendido algo de mí, y si mi nombre no está escrito en letras de fuego de un extremo a otro de Italia, es —¡Cuerpo de Dios!— porque las manos que me contrataron para el trabajo cosecharon la gloria de mis hechos.
—Un registro noble —dijo Gonzaga, quien había absorbido crédulamente aquel catálogo de mentiras—, un registro muy noble.
—No es así —contradijo el otro, por la lujuria de la contradicción que era parte de él—. Un gran registro, si queréis, para recomendarme al servicio de mercenario. Pero no podéis llamar noble al servicio de un mercenario.
—Es un asunto por el cual no discutiremos —dijo Gonzaga conciliadoramente. La ferocidad del hombre era terrorífica.
—¿Quién dice que no lo haremos? —exigió él—. ¿Quién me impedirá si tengo el capricho de disputar por ello? ¡Respóndeme! —y se levantó a medias de su asiento, movido por la ira con la que se estaba fustigando—. ¡Pero paciencia! —se interrumpió, calmándose de repente—. Supongo que no fue por admiración hacia mis hermosos ojos, ni atraído por la elegancia de mi atuendo —y levantó una esquina de su capa raída—, ni tampoco porque desees jugarte una partida conmigo, que has buscado mi trato y pedido este vino. ¿Requieres mis servicios?
—Lo has adivinado.
—¡Un discernimiento prodigioso, por la Hostia! —Parecía inclinarse de manera bastante tediosa hacia la ironía. Luego su rostro se tornó severo y bajó la voz hasta que no fue más que un susurro gruñón—. Óyeme, Messer Gonzaga. Si el servicio que requieres es el corte de un gaznate o algún negocio sucio similar, para el cual mi aparente necesidad te lleva a suponer que estoy listo, déjame aconsejarte, si valoras tu propia piel, que no menciones el servicio y te marches.
Con una protesta apresurada, frenética y temerosa, Gonzaga extendió las manos.
—Señor, señor... yo... no podría haber pensado eso de usted —balbuceó con calor, gran parte del cual era genuino, pues le alegraba ver algunos escrúpulos todavía brillando en el inmundo montón de la existencia ruin de este hombre. Un bellaco cuya villanía no conociera límites difícilmente habría servido a sus fines—. Necesito un servicio, pero no es un trabajo de rincones oscuros. Es una empresa considerable, y una en la que, creo, demostrarías ser el hombre que necesito.
—Déjame saber más —dijo Ercole grandilocuentemente.
—Necesito primero tu palabra de que, si la empresa resulta inadecuada para ti, o te supera, respetarás el asunto y lo mantendrás en secreto.
—¡Cuerpo de Satán! Ningún cadáver ha sido nunca ni la mitad de mudo de lo que seré yo.
—¡Excelente! ¿Puedes encontrarme una veintena de hombres robustos para formar una guardia personal y una guarnición, que, a cambio de buen alojamiento —quizá por algunas semanas— y una paga al cuádruple de la tasa ordinaria de los mercenarios, estén dispuestos a correr algún riesgo, e incluso arriesgarse a un enfrentamiento con las fuerzas del Duque?
Ercole infló sus mejillas moteadas hasta que Gonzaga temió que estallarían.
—¡Es bandidaje! —rugió, cuando recuperó la voz—. Bandidaje, o soy un necio.
—Vaya, sí —confesó Gonzaga—. Es un asunto de bandidaje, en cierto modo. Pero el riesgo es escaso.
—¿No puedes decirme nada más?
—No me atrevo.
Ercole vació su copa de vino de un trago y salpicó el suelo con los restos. Luego, dejando el recipiente vacío, se quedó sumido en sus pensamientos durante un rato. Volviéndose impaciente:
—Bueno —gritó Gonzaga por fin—, ¿puedes ayudarme? ¿Puedes encontrar a los hombres?
—Si me dijeras más sobre la naturaleza de este servicio que requieres, podría encontrar a cien con facilidad.
—Como he dicho, solo necesito una veintena.
Ercole pareció muy grave y se frotó pensativamente su larga nariz.
—Podría hacerse —dijo, tras una pausa—. Pero tendremos que buscar bellacos desesperados; hombres que ya estén bajo una prohibición, y a quienes poco les importará tener un cargo más añadido a sus deudas con la ley si caen en sus garras. ¿Para cuándo requieres esta compañía perdida?
—Para mañana por la noche.
—Me pregunto... —meditaba Ercole. Estaba contando con los dedos y parecía haberse sumido en cálculos mentales—. Podría conseguir una docena o poco más en un par de horas. Pero una veintena... —De nuevo hizo una pausa y de nuevo se puso a pensar. Por fin, más vivamente—: Escuchemos qué paga me ofreces por lanzarme así, con los ojos vendados, a este negocio tuyo como líder de la compañía que requieres —preguntó de repente.
A Gonzaga se le cayó el rostro al oír eso. Luego, de repente, se tensó y adoptó una expresión de altivez.
—Es mi intención dirigir esta compañía yo mismo —informó altaneramente al espadachín.
—¡Cuerpo de Dios! —jadeó Ercole, en cuya mente irrumpió una imagen grotesca de tal compañía, como la que él reuniría, siendo dirigida por este caballero de salón amanerado. Luego, recordándose a sí mismo—: Siendo así —dijo—, será mejor que tú mismo la alistes. ¡Felicissima notte! —Y le saludó con un adiós a través de la mesa.
Esto era un problema para Gonzaga. ¿Cómo iba a ocuparse de un asunto como ese? Estaba más allá de sus capacidades. Así lo protestó francamente.
—Ahora escúchame, joven señor —fue la respuesta del otro—. El asunto está así: si puedo acudir a ciertos amigos míos con la información de que hay un asunto en marcha, cuyos detalles no puedo darles, pero en el cual debo dirigirlos yo mismo, compartiendo el riesgo que pueda haber, no dudo que para esta hora de mañana pueda tener a una veintena de ellos alistados; tal es su confianza en Ercole Fortemani. Pero si los llevo a realizar un servicio desconocido, bajo un líder igualmente desconocido, la formación de tal compañía sería un asunto sumamente tedioso.
Este era un argumento cuya fuerza Gonzaga no podía dejar de sentir. Tras un momento de consideración, ofreció a Ercole cincuenta florines de oro como prueba de buena fe y la promesa de una paga, posteriormente, a razón de veinte florines de oro al mes durante todo el tiempo que necesitara sus servicios, y Ercole, quien en todos sus días de mercenario nunca había ganado la décima parte de tal suma, estaba listo para caer al cuello de este nobilísimo caballero y llorar de pura alegría y afecto fraternal.
Resuelto el asunto, Gonzaga sacó una bolsa pesada que produjo un tintineo muy agradable a los oídos de Fortemani, y la dejó caer con un chasquido sobre la mesa.
—Ahí hay cien florines para el equipamiento de esta compañía. No deseo tener un regimiento de harapientos de codos desgastados a mis talones. —Y su mirada recorrió de manera poco halagadora el atuendo de Ercole—. Asegúrate de vestirlos adecuadamente.
—Se hará, Magnífico —respondió Ercole, con una muestra de respeto como no había manifestado hasta entonces—. ¿Y armas?
—Dales picas y arcabuces, si quieres; pero nada más. El lugar al que nos dirigimos está bien provisto de armaduras, aunque quizá ni siquiera sean necesarias.
—¿Quizá ni siquiera sean necesarias? —repitió el fanfarrón, cada vez más asombrado. ¿Iban a ser pagados a una escala tan principesca, vestidos y alimentados, para inducirlos a un negocio que podría no conllevar lucha alguna? Sin duda, nunca se había vendido a un servicio más prometedor, y esa noche soñó que se había convertido en el administrador de un caballero, y que tras sus talones marchaba una compañía interminable de lacayos con libreas extravagantes. Al día siguiente despertó con la convicción de que, al fin, su fortuna estaba hecha, y que en adelante no habría más arrastre de picas para sus brazos viejos y curtidos por la guerra.
Concienzudamente se dedicó a alistar a la compañía, porque, a su manera, este Ercole Fortemani era un hombre concienzudo: bullicioso y rebelde si se quiere; un bribón, a su modo, con escaso respeto por la propiedad; no por encima de trucar los dados o incluso hurtar una bolsa en alguna ocasión cuando la necesidad lo acuciaba, a pesar de que era de noble cuna y había tenido empleos honorables; un borracho por hábito prolongado y un pendenciero fanfarrón a la menor provocación. Pero a pesar de ello, por muy alborotador y deshonesto que pudiera ser en el comercio general de la vida, para con la mano que lo contrataba se esforzaba —no siempre con éxito, tal vez, pero al menos siempre con seriedad— por ser leal.
CAPÍTULO IX. LA "TRATTA DI CORDE"
Mientras el bullicio de los preparativos continuaba vivamente en Urbino, Gian Maria, por su parte, estaba resolviendo rápidamente los asuntos en Babbiano, para poder regresar a las nupcias por las que estaba impaciente. Pero se había topado con un enredo más profundo de lo que había calculado, y con más trabajo del que había previsto.
El día de su partida de Urbino, había cabalgado hasta Cagli y se había detenido en la casa del noble Messer Valdicampo. Esta había sido puesta a su disposición, y allí se propuso pasar la noche. Habían cenado: el Duque, de' Alvari, Gismondo Santi, Messer Valdicampo, su esposa y sus dos hijas, y un par de amigos, potenciales ciudadanos de Cagli, a quienes había invitado para que pudieran presenciar el honor que se estaba haciendo a su casa. Se hizo tarde, y el sopor que sigue a la generosa gratificación del apetito se estaba apoderando de la compañía cuando Armstadt, el capitán suizo de Gian Maria, entró y se acercó a su señor con el aire de un hombre que es portador de noticias. Se detuvo a un paso o dos de la silla de respaldo alto del Duque y permaneció mirando a Gian Maria con estúpida paciencia.
—¿Bueno, necio? —gruñó el Duque, girando la cabeza.
El suizo se acercó otro paso. —Lo han traído, Alteza —dijo en un susurro confidencial.
—¿Soy un mago para que deba leer tus pensamientos? —bramó Gian Maria—. ¿Quién ha traído a quién?
Armstadt miró a la compañía con vacilación. Luego, acercándose al Duque, murmuró en su oído:
—Los hombres que dejé atrás han traído al bufón, Ser Peppe.
Un brillo repentino en el ojo mostró que Gian Maria comprendía. Sin disculparse ante la mesa, se giró y susurró a su capitán que hiciera llevar al individuo a su cámara, para que allí le esperara. —Que un par de tus bribones estén presentes, y ven tú también, Martino.
Martino hizo una reverencia y se retiró, tras lo cual Gian Maria encontró gracia para pedir perdón a su anfitrión, con la explicación de que el hombre le había traído noticias que estaba esperando. Valdicampo, quien por el honor de tener a un Duque durmiendo bajo su techo habría tolerado incorrecciones mucho más flagrantes, restó importancia al asunto y lo despidió. Y poco después, Gian Maria se levantó con el anuncio de que tenía un largo camino que recorrer al día siguiente y, por tanto, con el buen permiso de su anfitrión, se iría a la cama.
El propio Valdicampo desempeñó entonces el papel de chambelán y, tomando uno de los grandes candelabros, iluminó al Duque hasta sus aposentos. Habría llevado sus buenos oficios, y sus velas, hasta la mismísima alcoba de Gian Maria, de no ser porque en la antecámara su Alteza, con toda la cortesía posible, le pidió que dejara las luces y le dejara.
El Duque permaneció de pie un momento, deliberando si dar conocimiento a Alvari y Santi —quienes le habían seguido y aguardaban sus órdenes— de lo que estaba a punto de hacer. Al final, decidió que actuaría solo y bajo su propia discreción. Así que los despidió.
Cuando se fueron y estuvo completamente solo, aplaudió, y en respuesta a esa llamada la puerta de su dormitorio se abrió, revelando a Martin Armstadt en el umbral.
—¿Está ahí? —preguntó el Duque.
—Aguardando a su Alteza —respondió el suizo, y sostuvo la puerta para que Gian Maria entrara.
La alcoba asignada al Duque en el Palazzo Valdicampo era una habitación noble y elevada, en medio de la cual se alzaba la gran cama de honor tallada, con sus pilares verticales y su dosel fúnebre.
En la repisa de la chimenea había dos candelabros de cinco brazos con velas encendidas. Sin embargo, Gian Maria no pareció considerar que hubiera suficiente luz para el propósito que albergaba, pues pidió a Martin que le trajera el candelabro que se había quedado atrás. Luego volvió su atención al grupo que estaba junto a la ventana, donde la luz de la repisa caía de lleno sobre él.
Este consistía en tres hombres, dos de ellos mercenarios de la guardia de Armstadt, con coraza y morrión, y el tercero, que estaba cautivo entre ellos, el infortunado Ser Peppe. El rostro del bufón estaba más pálido de lo habitual, mientras que la picardía habitual había desaparecido de sus ojos y su boca, habiéndose apoderado de su lugar el miedo. Recibió la mirada cruel del Duque con una de alarma y lastimera súplica.
Tras asegurarse de que Peppe no llevaba armas y de que sus brazos estaban atados a la espalda, Gian Maria ordenó a los dos guardias que se retiraran, pero que se mantuvieran atentos en la antecámara con Armstadt. Luego se volvió hacia Peppe con un ceño fruncido en su frente baja.
—No estás tan alegre como esta mañana, necio —se burló.
Peppino se retorció un poco, pero su naturaleza, educada por el largo hábito de la broma, le incitó a una audaz extravagancia en su respuesta.
—Las circunstancias no son apenas propicias, para mí. Su Alteza, sin embargo, parece de excelente humor.
Gian Maria lo miró con ira por un momento. Era un hombre de pocas luces y no pudo idear una respuesta rápida, ninguna burla cortante como la que le habría complacido administrar. Caminó pausadamente hacia la chimenea y apoyó el codo en la repisa.
—Tu humor te llevó a decir algunas cosas por las que debería ser misericordioso si te hiciera azotar.
—Y, bajo el mismo razonamiento, caritativo si me hiciera ahorcar —respondió el bufón secamente, con una pálida sonrisa en los labios.
—¡Ah! ¿Lo reconoces? —gritó Gian Maria, sin ver nunca la ironía pretendida—. Pero soy un príncipe muy clemente, necio.
—Proverbialmente clemente —protestó el bufón, pero esta vez no logró excluir el sarcasmo de su voz.
Gian Maria le lanzó una mirada furiosa.
—¿Te estás burlando de mí, animal? Mantén tu lengua venenosa a raya, o haré que te priven de ella.
El rostro de Peppe se tornó gris ante la amenaza, como bien podría —pues ¿qué haría alguien como él en el mundo sin lengua?
Al verlo mudo y abatido, el Duque continuó:
—Ahora, a pesar de que mereces la horca por tu insolencia, estoy dispuesto a que no sufras daño alguno siempre que respondas verazmente a las preguntas que tengo para ti.
La figura grotesca de Peppino se dobló en una reverencia.
—Aguardo sus preguntas, glorioso señor —respondió.
—Hablaste... —el Duque dudó un momento, retorciéndose interiormente ante el recuerdo de las palabras exactas en las que el bufón había hablado—. Hablaste esta mañana de alguien a quien la Dama Valentina había conocido.
El miedo pareció aumentar en el rostro del bufón. —Sí —respondió, con voz ahogada.
—¿Dónde conoció a este caballero del que hablaste, y al que con tan maravillosas palabras de alabanza me describiste?
—En los bosques de Acquasparta, donde el río Metauro no es mejor que un arroyo. A unas dos leguas de este lado de Sant' Angelo.
—¡Sant' Angelo! —repitió Gian Maria, sobresaltado ante la sola mención del lugar donde se había fraguado la reciente conspiración en su contra—. ¿Y cuándo fue esto?
—El miércoles anterior a Pascua, mientras Monna Valentina viajaba de Santa Sofia a Urbino.
Ni una palabra dijo el Duque en respuesta. Permaneció inmóvil, con la cabeza gacha y los pensamientos volviendo a aquella conspiración. La lucha en la montaña en la que Masuccio había muerto había tenido lugar la noche del martes, y la convicción —por escasa que pudiera ser la evidencia— creció en él de que este hombre era uno de los conspiradores que habían escapado.
—¿Cómo llegó su señora a hablar con este hombre? ¿Era conocido para ella? —inquirió al fin.
—No, Alteza; pero estaba herido, y así despertó su compasión. Buscó atender su herida.
—¿Herido? —gritó Gian Maria, en un alarido—. ¡Ahora, por Dios, es como sospechaba! Juro que recibió esa herida la noche anterior en Sant' Angelo. ¿Cuál era su nombre, necio? Dime eso y quedarás libre.
Por solo un segundo, el jorobado pareció dudar. Estaba ante el temor reverencial de Gian Maria, de cuyas crueldades se contaban historias espantosas. Pero temía aún más la condenación eterna que podría ganar si rompía el juramento que había hecho de no divulgar la identidad de aquel caballero.
—¡Ay! —suspiró—, desearía que fuera mío ganar mi libertad a tan bajo precio; sin embargo, es uno que la ignorancia no me permitirá pagar. No sé su nombre.
El Duque lo miró con aire inquisitivo y sospechoso.
Por muy torpe que fuera por naturaleza, el entusiasmo parecía ahora haber puesto un filo astuto en su ingenio, y la sospecha le había llevado a observar la vacilación momentánea del bufón.
—¿Qué aspecto tenía? Descríbemelo. ¿Cómo iba vestido? ¿Cuál era la manera de su rostro?
—De nuevo, Señor Duque, no puedo responderle. Apenas tuve el más fugaz vistazo de él.
El semblante cetrino del Duque se volvió muy maligno, y una sonrisa fea torció su labio y dejó al descubierto sus fuertes dientes blancos.
—¿Tan fugaz que no te queda recuerdo de él? —dijo.
—Precisamente, Alteza.
—Mientes, inmundicia —tronó Gian Maria en una rabia creciente—. Solo esta mañana dijiste que su estatura era espléndida, su semblante noble, su manera principesca, su habla cortesana y... no sé qué más. Sin embargo, ahora me dices... me dices... que tu vistazo de él fue tan fugaz que no puedes describirlo. Conoces su nombre, bribón, y lo obtendré de ti, o si no...
—Ciertamente, ciertamente, nobilísimo señor, no se enfurezca... —comenzó el bufón, en temerosa protesta. Pero el Duque lo interrumpió.
—¿Enfurecido? —repitió, con los ojos dilatándose en una especie de horror ante la idea—. ¿Te atreves a imputarme el pecado mortal de la cólera? No estoy enfurecido; no hay ira en mí. —Se santiguó, como para exorcizar el mal humor si es que existía, y devotamente inclinando la cabeza y juntando las manos—: ¡Libera me a malo, Domine! —murmuró audiblemente. Luego, con una ferocidad mayor que antes—: Ahora —exigió—, ¿me dirás su nombre?
—Ojalá pudiera —comenzó el aterrorizado jorobado. Pero en eso el Duque se volvió de espaldas a él con un encogimiento de hombros de impaciencia airada, y aplaudiendo:
—¡Olá! ¡Martino! —llamó. Instantáneamente la puerta se abrió y apareció el suizo—. Trae a tus hombres y tu cuerda.
El capitán se dio la vuelta y, simultáneamente, el bufón se arrojó a los pies de Gian Maria.
—¡Piedad, su Alteza! —gimió—. No me haga ahorcar. Soy...
—No vamos a ahorcarte —interrumpió fríamente el Duque—. Muerto estarías ciertamente mudo y no nos servirías de nada. Te queremos vivo, Messer Peppino, vivo y hablador; te encontramos muy reservado para ser un necio. Pero esperamos hacerte hablar.
De rodillas, Peppe alzó sus ojos salvajes al Cielo.
—Madre de los Afligidos —rezó, ante lo cual el Duque prorrumpió en una risa desdeñosa.
—¿Qué tiene que ver la Madre Celestial con una inmundicia como tú? Haz tus súplicas a mí. Soy el árbitro más inmediato de tu destino. Dime el nombre de ese hombre al que conociste en el bosque, y todo puede ir bien contigo.
Peppino se arrodilló en silencio, un sudor frío acumulándose en su pálida frente, y un miedo horroroso apretándose en su corazón y su garganta.
Y, sin embargo, mayor que este horror que le estaban preparando era el horror de perder su alma inmortal por una ruptura del juramento solemne que había hecho. Gian Maria se volvió de él, por fin, hacia sus bravi, quienes ahora entraban silenciosamente y con el aire de hombres que conocían el trabajo que se esperaba de ellos. Martino subió a la cama y se balanceó por un instante desde el armazón del dosel.
—Aguantará, Alteza —anunció.
Gian Maria le ordenó, puesto que era así, retirar los tapices de terciopelo, mientras enviaba a uno de los hombres a ver que la puerta de la antecámara estuviera cerrada, para que ningún grito pudiera penetrar en los aposentos de la familia Valdicampo.
En pocos segundos todo estuvo listo, y Peppino fue levantado bruscamente de sus rodillas y de las oraciones que había estado mascullando a la Virgen para que le prestara fuerza en esta hora de necesidad.
—Por última vez, señor necio —dijo el Duque—, ¿nos dirá su nombre?
—Alteza, no puedo —respondió Peppe, a pesar de que el terror estaba congelando su propia sangre.
Una luz de satisfacción brilló ahora en los ojos de Gian Maria.
—¡Así que lo sabes! —exclamó—. Ya no protestas tu ignorancia, sino solo que no puedes decírmelo. Levántenlo, Martino.
En un último y lamentable forcejeo contra lo inevitable, el bufón se soltó de sus guardias y se arrojó hacia la puerta. Uno de los fornidos suizos lo agarró por el cuello con un agarre que le hizo gritar de dolor. Gian Maria lo observó con una sonrisa siniestra, y Martin procedió a atar un extremo de la cuerda a sus muñecas inmovilizadas. Luego lo condujeron, tiritando, hasta la gran cama. El otro extremo del cordel fue pasado sobre uno de los brazos descubiertos de la estructura del dosel. Este extremo fue sujetado por los dos hombres de armas. Martin permaneció al lado del prisionero. El Duque se arrojó en un gran sillón tallado, mientras un aire de deleite envolvía ahora su rostro redondo y pálido.
—Sabes lo que está a punto de sucederte —dijo, en tonos de escalofriante indiferencia—. ¿Hablarás antes de que comencemos?
—Mi señor —dijo el bufón, con una voz que el terror estaba estrangulando—, ¿es usted un buen cristiano, un hijo leal de la Santa Madre Iglesia y un creyente en los fuegos eternos del infierno?
Un ceño fruncido se instaló en la frente de Gian Maria. ¿Acaso el bufón iba a intentar intimidarlo con palabras sobre una venganza sobrenatural?
—Así —continuó Peppe—, quizás sea misericordioso cuando le confiese mi posición. Hice un juramento muy solemne al hombre que conocí en Acquasparta en ese aciago día, de que nunca revelaría su identidad. ¿Qué se supone que debo hacer? Si mantengo mi juramento, tal vez usted me torture hasta la muerte. Si lo rompo, seré condenado eternamente. Tenga piedad, noble señor, ya que ahora sabe cómo me encuentro.
La sonrisa se ensanchó en el rostro de Gian Maria, y la crueldad de su boca y de sus ojos pareció intensificarse con ella. El bufón le había dicho aquello que él habría dado mucho por aprender. Le había dicho que este hombre, cuyo nombre buscaba, temía tanto que su presencia aquel día en Acquasparta llegara a conocerse, que había obligado al bufón bajo juramento a no divulgar el secreto. De lo que antes sospechaba, ahora estaba seguro. El hombre en cuestión era uno de los conspiradores; probablemente el mismísimo jefe de ellos. Nada, salvo la muerte del bufón bajo tortura, le impediría ahora conocer el nombre de aquel desconocido que le había infligido el doble daño de conspirar contra él y —si había que creerle al bufón— de capturar el corazón de Valentina.
—Por la condenación de tu alma no seré llamado a responder —dijo al fin—. Bastante cuidado tengo de salvar la mía, pues las tentaciones son muchas y esta pobre carne es débil. Pero es el nombre de este hombre lo que necesito y —¡por las cinco llagas de Lucía de Viterbo!— lo obtendré. ¿Hablarás?
Algo parecido a un sollozo sacudió el cuerpo deforme del pobre bufón. Pero eso fue todo. Con la cabeza gacha, mantuvo un silencio obstinado. El Duque hizo una señal a los hombres e instantáneamente ambos descargaron su peso sobre la cuerda, izando a Peppe por las muñecas hasta que quedó a la altura del dosel mismo. Hecho esto, se detuvieron y volvieron la vista hacia el Duque esperando nuevas órdenes. Nuevamente Gian Maria conminó al bufón a responder a sus preguntas; pero Peppe, una masa retorcida y deforme de la que colgaban dos piernas inquietas, mantuvo un silencio pertinaz.
—Suéltenlo —gruñó Gian Maria, perdiendo la paciencia. Los hombres liberaron la cuerda y permitieron que unos tres pies se deslizaran por sus manos. Luego la sujetaron de nuevo, de modo que la caída repentina de Peppe fue detenida tan abruptamente por un tirón que casi le arranca los brazos de las cuencas. Un grito brotó de él ante aquella tortura exquisita, y fue arrastrado una vez más hasta la altura máxima del dosel.
—¿Hablarás ahora? —preguntó Gian Maria con frialdad, casi divertido. Pero el bufón seguía en silencio, con el labio inferior tan fuertemente atrapado entre sus dientes que la sangre goteaba desde él por su barbilla. De nuevo el Duque dio la señal, y de nuevo lo soltaron. Esta vez le permitieron una caída mayor, por lo que el tirón con el que la detuvieron fue más severo que el primero.
Peppe sintió cómo sus huesos se salían de sus articulaciones, y fue como si un hierro ardiente lo estuviera abrasando en el hombro, el codo y la muñeca.
—¡Misericordioso Dios! —gritó—. Oh, tenga piedad, noble señor.
Pero el noble señor hizo que lo izaran de nuevo al dosel. Retorciéndose allí en la extremidad de su angustia, el pobre jorobado vertió por labios espumosos un torrente de maldiciones e imprecaciones, invocando al Cielo y al infierno para que fulminaran a sus verdugos.
Pero el Duque, de cuyo comportamiento se podía inferir que estaba habituado al efecto producido por esta forma de tortura, observaba con una sonrisa cruel, como quien contempla el progreso de los acontecimientos hacia el fin que desea y ha planeado. Estaba menos paciente, y su señal llegó más pronto esta vez. Por tercera vez el bufón fue soltado y elevado, ahora, a unos breves tres pies del suelo.
Esta vez ni siquiera gritó. Permaneció allí colgado, balanceándose en el extremo de la cuerda, con la boca ensangrentada, el rostro cadavérico en su palidez reluciente, y de sus ojos no se veía nada más que el blanco. Permaneció allí, gimiendo lastimera e incesantemente. Martin miró interrogativamente a Gian Maria, y sus ojos preguntaban muy claramente si no sería mejor detenerse. Pero Gian Maria no le prestó atención.
—¿Te bastará con eso? —le preguntó al bufón—. ¿Hablarás ahora?
Pero la única respuesta del bufón fue un gemido, tras lo cual, a la señal implacable del Duque, fue columpiado de nuevo en lo alto. Pero ante el terror de una cuarta caída, más temible que cualquiera de las tres anteriores, despertó muy repentinamente al horror imposible de su situación. Estaba seguro de que esta agonía duraría hasta que muriera o se desmayara. Y dado que parecía incapaz tanto de desmayarse como de morir, ya no podía sufrir más. ¿Qué eran para él entonces el cielo o el infierno como para que el pensamiento de cualquiera de ellos pudiera borrar el horror de esta tortura y darle fuerzas para seguir soportando su agonía? Ya no podía soportar más; no, ni aunque fuera para salvar una docena de almas si las hubiera tenido:
—Hablaré —gritó—. Bájeme, y tendrá su nombre, señor Duque.
—Pronúncialo primero, o la forma de tu descenso será como la de los otros.
Peppe pasó la lengua por sus labios sangrantes, quedó inmóvil y habló.
—Fue su primo —jadeó—, Francesco del Falco, Conde de Aquila.
El Duque lo miró fijamente por un momento, con semblante sobresaltado y la boca abierta.
—¿Me estás diciendo la verdad, animal? —exigió con voz temblorosa—. ¿Fue el Conde de Aquila quien resultó herido y a quien Monna Valentina atendió?
—Lo juro —respondió el bufón—. Ahora, en nombre de Dios y de Sus santos benditos, bájeme.
Por un momento más fue mantenido allí, esperando la señal de Gian Maria. El Duque continuó observándolo con esa misma mirada de asombro, mientras daba vueltas en su mente a la noticia que había obtenido. Luego, la convicción de la verdad se hundió en su mente. Era el Señor de Aquila quien era el ídolo de los babbiarianos. ¿Qué, entonces, más natural que el hecho de que los conspiradores hubieran buscado colocarlo en el trono que pretendían arrebatar a Gian Maria? Se llamó a sí mismo necio por no haber adivinado tanto antes.
—Bájenlo —ordenó secamente a sus hombres—. Luego llévenselo de aquí, y que se vaya con Dios. Ha cumplido su propósito.
Lo bajaron con cuidado, pero cuando sus pies tocaron el suelo, fue incapaz de mantenerse en pie. Sus piernas se doblaron bajo él, y quedó tendido —un pequeño montón jorobado— sobre los juncos del suelo. Sus sentidos lo habían abandonado.
A una señal de Armstadt, los dos hombres lo levantaron y se lo llevaron entre ambos.
Gian Maria cruzó la habitación hacia un reclinatorio tapizado y se arrodilló ante un crucifijo de marfil para dar gracias a Dios por la luz providencial de la gracia, mediante la cual Él se había dignado mostrar al Duque a su enemigo.
Después, sacando del pecho de su jubón un rosario de cuentas de oro y ámbar, cumplió piadosamente sus devociones nocturnas.
CAPÍTULO X. EL REBUZNO DE UN ASNO
Cuando al día siguiente, hacia la vigésima segunda hora, el Altísimo y Poderoso Gian Maria Sforza cabalgó hacia su capital en Babbiano, encontró la ciudad en violenta agitación, ocasionada, como bien supuso, por la ominosa presencia del enviado de César Borgia.
Una multitud densa y hosca lo recibió en la Porta Romana, y mantuvo un silencio profundo mientras él entraba en la ciudad, acompañado por Alvari y Santi, y rodeado por su escolta de veinte lanzas con armadura completa. Había una amenaza en aquel silencio más ominosa que cualquier vocerío, y muy blanco estaba el rostro del Duque mientras lanzaba miradas de ira impotente de un lado a otro. Pero faltaba lo peor. Mientras cabalgaban por el Borgo dell' Annunziata, la multitud se espesó y el silencio fue reemplazado por una tormenta de abucheos y gritos airados. La gente se volvió amenazante, y por órdenes de Armstadt —el Duque estaba ya demasiado paralizado por el miedo como para dar ninguna—, los hombres de armas bajaron sus picas para abrirse paso, mientras uno o dos de los ciudadanos, que fueron empujados demasiado cerca de la cabalgata por la marea humana, cayeron y fueron pisoteados.
Voces satíricas preguntaban al Duque con sorna si estaba casado, y dónde podrían estar las lanzas de su tío político que debían protegerlos contra los Borgia. Algunos exigieron saber adónde había ido el último impuesto escandaloso, y dónde estaba el ejército que debía haber servido para reclutar. A esto, otros respondían por el Duque, sugiriendo una veintena de usos viles a los que se había destinado el dinero.
Entonces, de repente, un grito de «¡Asesino!» surgió, seguido de exigencias airadas de que devolviera la vida al valiente Ferrabraccio, a Amerini, el amigo del pueblo, y a aquellos otros a quienes había masacrado recientemente, o de lo contrario que los siguiera en la muerte. Por último, el nombre del Conde de Aquila resonó salvajemente en sus oídos, provocando una tormenta de «¡Evviva! ¡Viva Francesco del Falco!» y una voz persistente, que sonaba fuerte por encima de las demás, lo llamó ya «il Duca Francesco». Ante aquello, la sangre subió al cerebro de Gian Maria, y una oleada de ira ahuyentó el miedo de su corazón. Se levantó sobre los estribos, con los ojos encendidos por la ira celosa que lo poseía.
—¡Ser Martino! —rugió con voz ronca a su capitán—. ¡Bajen las lanzas y atraviésenlos al galope!
El fornido suizo vaciló, a pesar de ser un hombre valiente. Alvaro de' Alvari y Gismondo Santi se miraron alarmados, y el intrépido y anciano estadista, en cuyo corazón no se había despertado ninguna punzada de miedo por el bramido amenazante de la chusma, cambió de color al oír dar aquella orden.
—Alteza —imploró al Duque—, no puede decir esto en serio.
—¿Que no hablo en serio? —replicó Gian Maria, con la mirada viajando de Santi al capitán vacilante—. ¡Necio! —exclamó contra este último—. ¡Bestia bruta, qué esperas? ¿Acaso no me has oído?
Sin un segundo de demora, el capitán levantó su espada, y su voz profunda y gutural ladró una orden a sus hombres que llevó sus lanzas por debajo de la horizontal. La turba también había escuchado aquel mandato feroz, y al despertar ante su peligro, los que estaban más cerca de la cabalgata habrían retrocedido si no fuera porque los demás, presionando con fuerza desde atrás, los mantenían en la marea de muerte que ahora barría con armas resonantes y gritos roncos.
Los gritos llenaron el aire donde poco antes se habían lanzado amenazas. Pero había algunos en aquella multitud que no serían testigos pasivos de esta carnicería. La mitad de las piedras del borgo fueron tras la cabalgata y cayeron en una lluvia persistente sobre ellos, repiqueteando como granizo gigante sobre sus armaduras, abollando más de un casco de acero para incomodidad de su portador. El propio Duque fue golpeado dos veces, y en el cuero cabelludo desprotegido de Santi se abrió una herida fea de la que la sangre fluyó en profusión para teñir sus blancas guedejas.
De esta manera indigna llegaron, al fin, al Palazzo Ducale, dejando un rastro de muertos y lisiados para marcar el camino por el que habían venido.
En un arrebato de pasión, Gian Maria buscó sus aposentos y no salió de ellos hasta que, unas dos horas después, se le anunció la presencia del emisario de César Borgia, Duque de Valentinois, que solicitaba una audiencia.
Todavía fuera de sí, y hirviendo de ira por las indignidades recibidas, Gian Maria —sin estar de humor para una entrevista que habría exigido frialdad y presencia de ánimo de un cerebro más agudo que el suyo— recibió al enviado, un español de rostro sombrío y clerical, en el salón del trono del Palacio. El Duque estaba asistido por Alvari, Santi y Fabrizio da Lodi, mientras su madre, Caterina Colonna, ocupaba una silla de terciopelo carmesí en la que el león de los Sforza estaba bordado en oro.
La entrevista fue breve y marcada por una rudeza al final que contrastaba marcadamente con el ceremonial de su inicio. Pronto quedó claro que la verdadera misión del embajador era buscar una pelea con Babbiano en nombre de su señor, con el fin de que a los Borgia se les proporcionara un pretexto sólido para invadir el Ducado. Exigió, al principio educada y calmadamente, y más tarde —cuando fue rechazado— con arrogante insistencia, que Gian Maria proporcionara al Duque de Valentinois cien lanzas —equivalentes a quinientos hombres— como contribución por su parte hacia la postura que César Borgia pretendía adoptar contra la inminente invasión francesa.
Gian Maria nunca prestó atención a las palabras de contención que Lodi le susurraba al oído, instándolo a contemporizar y a posponer a este mensajero hasta que la alianza con la casa de Urbino estuviera completa y su posición lo suficientemente fortalecida como para permitirles desafiar la ira de César Borgia. Pero ni esto ni las miradas iracundas y significativas que su astuta madre le dirigía sirvieron para frenarlo. Obedeció solo a la voz de su carácter obstinado, sin soñar siquiera con las consecuencias que podrían sobrevenirle.
—Llevará al Duca Valentino este mensaje de mi parte —dijo al concluir—. Le dirá que las lanzas que tengo en Babbiano pretendo conservarlas, para que con ellas pueda defender mis propias fronteras contra sus avances de bandolero. Messer da Lodi —añadió, volviéndose hacia Fabrizio y sin esperar siquiera a ver si el enviado tenía algo más que decir—, haga que este caballero sea reconducido a sus aposentos, y asegúrese de que tenga salvoconducto hasta que esté fuera de nuestro Ducado.
Cuando el enviado, de rostro encendido y mirada amenazante, se retiró bajo la escolta de Lodi, Monna Caterina se levantó, encarnación misma de la paciencia ultrajada, y vertió sus amargas invectivas sobre la cabeza de su imprudente hijo.
—¡Necio! —le gritó—. Ahí se va tu Ducado, en el hueco de la mano de ese hombre. —Luego se rió con amargura—. Después de todo, al desecharlo, tal vez hayas elegido el camino más sabio, pues, tan cierto como que hay un Dios en el Cielo, eres totalmente incapaz de conservarlo.
—Mi señora madre —le respondió, con tanta dignidad como pudo reunir del miserable montón en el que sus facultades parecían yacer ahora—, hará bien en dedicarse a sus tareas de mujer y no interferir en el trabajo de un hombre.
—¡Trabajo de hombre! —se burló ella—. Y lo realizas como un niño petulante o una mujer irritable.
—Lo realizo, Madonna, como mejor me parece, pues sucede que soy el Duque de Babbiano —respondió hoscamente—. No temo a ningún hijo del Papa que haya existido. La alianza con Urbino está casi completada. Que eso se establezca, y si Valentino muestra sus dientes, por Dios que mostraremos los nuestros.
—Sí, pero con esta diferencia: que los suyos son dientes de lobo, y los tuyos de cordero. Además, esta alianza con Urbino está incompleta todavía. Habrías hecho mejor en enviar al enviado con alguna promesa indefinida que te hubiera dado el respiro suficiente para sellar los asuntos con la casa de Montefeltro. Tal como están las cosas, tus días están contados. Tras ese mensaje que le has enviado, César actuará de inmediato. Por mi parte, no tengo intención de caer presa del invasor, y dejaré Babbiano para buscar refugio en Nápoles. Y si puedo ofrecerte un último consejo, es que hagas lo mismo.
Gian Maria se levantó y bajó del estrado, observándola con una especie de estupor apagado. Luego miró, como buscando ayuda, a Alvari, a Santi y finalmente a Lodi, que había regresado mientras Caterina hablaba. Pero ninguno de ellos dijo palabra, y graves eran los ojos de todos.
—¡Son todos de espíritu pusilánime! —se burló. Luego su rostro se oscureció y su tono se concentró—. No lo soy yo —les aseguró—, si en el pasado a veces lo haya parecido. Por fin estoy despierto, señores. He escuchado hoy una voz en las calles de Babbiano y he visto una visión que ha puesto fuego en mis venas. Este Duque bondadoso, blando e indulgente que conocían ha desaparecido. El león ha despertado al fin, y verán tales cosas como ni siquiera habrían soñado.
Lo contemplaban ahora con ojos en los que la gravedad se veía aumentada por una luz de temeroso asombro e interrogación. ¿Se le estaba escapando la mente bajo la prodigiosa presión a la que había sido sometida aquel día? Si no era locura, ¿qué otra cosa argumentaba esa salvaje jactancia?
—¿Están todos mudos? —les preguntó, con los ojos febriles—. ¿O consideran que prometo más de lo que está en mi mano cumplir? Juzgarán, y pronto. Mañana, mi señora madre, mientras usted viaja hacia el sur, como nos ha dicho, yo iré al norte de nuevo, de vuelta a Urbino. No perderé ni un día ahora. Dentro de la semana, señores, por la gracia de Dios, estaré casado. Eso nos dará a Urbino como escudo, y con Urbino vienen Perugia y Camerino. Pero más que eso. Hay una dote principesca que nos viene con la Dama Valentina. ¿Cómo creen que la gastaré? Hasta el último florín irá destinado al armamento de hombres. Contrataré a toda condotta libre en Italia. Levantaré un ejército como nunca antes se ha visto al mismo tiempo, y con él buscaré al Duca Valentino. No me sentaré aquí en casa esperando el placer de su llegada, sino que saldré a su encuentro, y con ese ejército caeré sobre él como un rayo del Cielo. Sí, señora madre —se rió en su locura—, el cordero cazará al lobo y lo desgarrará para que nunca más pueda estar en pie para aprovecharse de otros corderos. Esto haré, mis amigos, y habrá tal lucha como no se ha visto desde los días ya muertos de Castracani.
Lo miraban fijamente, apenas creyendo ahora que estuviera cuerdo, y maravillándose profundamente de dónde había brotado este repentino fervor marcial en alguien cuya naturaleza era más indolente que activa, más tímida que guerrera. Y sin embargo, la razón no era difícil de hallar, si tan solo hubieran querido seguir la línea de pensamiento a la que él mismo les había dado la clave cuando se refirió a la voz que había oído y a las visiones que había visto en las calles de Babbiano. La voz era la voz que había aclamado a su primo Francesco como Duque. Que fue a través de eso que unos celos feroces lo habían encendido. Este hombre le había robado a la vez el amor de su pueblo y de Valentina, y por ello había sembrado en su corazón el deseo ardiente de superarlo y de probar que estaban equivocados en su preferencia tanto su pueblo como Valentina. Era como un jugador que arriesga todo en una sola tirada, y su apuesta sería la dote de su novia, el juego una justa con las fuerzas de los Borgia. Si ganaba, saldría cubierto de gloria, y no solo como el salvador de su pueblo y el campeón de su libertad, sino como una figura gloriosa a la que toda Italia —o, al menos, aquella parte que había conocido el talón de hierro de Valentino— debería reverenciar. Así se reivindicaría a sí mismo, y así aplastaría de sus mentes el recuerdo de su primo rebelde con quien estaba a punto de tratar.
Su madre se volvió hacia él en ese momento, y sus palabras fueron palabras de cautela, ruegos para que no se aventurara en nada tan vasto y espantoso para su mentalidad femenina, sin la debida reflexión y debate en el consejo. Un sirviente entró en ese instante y se acercó al Duque.
—Madonna —anunció Gian Maria, interrumpiendo sus fervientes palabras—, estoy plenamente decidido respecto a mi proceder. Si tan solo aguarda un momento y retoma su asiento, será testigo de la primera escena de este gran drama que estoy preparando. —Luego, dirigiéndose al sirviente que esperaba—: ¿Tu mensaje? —demandó.
—El capitán Armstadt ha regresado, Alteza, y ha traído a su Excelencia.
—Traed luces y hacedles entrar —ordenó brevemente—. A vuestros puestos, señores, y vos, madre mía. Estoy a punto de sentarme a juzgar.
Atónitos y sin comprender, obedecieron sus gestos bruscos y retomaron sus lugares junto al trono incluso mientras él caminaba de regreso al estrado y se sentaba en la silla ducal. Entraron los sirvientes, portando grandes candelabros de oro batido que colocaron sobre la mesa y la repisa de la chimenea. Se retiraron, y cuando las puertas se abrieron de nuevo, el tintineo de una cota de malla, que les llegó desde fuera, aumentó el asombro de la compañía.
Este creció aún más, dejándolos fríos y sin habla, cuando el conde de Aquila entró en la cámara con un hombre de armas a cada lado, que lo marcaba como prisionero. Con una mirada rápida y abarcadora que incluyó a todo el grupo alrededor del trono —y sin manifestar la menor sorpresa ante la presencia de Lodi—, Francesco se quedó quieto y esperó las palabras de su primo.
Iba elegantemente vestido, pero sin ostentación, y si tenía el aire de un gran señor, derivaba más bien de la distinción de su rostro y su porte. No llevaba armas y estaba descubierto, salvo por la cofia de oro que siempre usaba, la cual parecía acentuar la negrura lustrosa de su cabello. Su rostro estaba impasible, y su mirada era la de un hombre algo cansado del entretenimiento que se le brindaba.
Hubo un silencio opresivo de algunos momentos, durante los cuales su primo lo observó con un ojo que brillaba de manera extraña. Finalmente, Gian Maria rompió a hablar, con la voz aguda por la excitación.
—¿Conocéis alguna razón —demandó— por la cual vuestra cabeza no deba ser exhibida en una pica entre las otras en la Puerta de San Bacolo?
Las cejas de Francesco se elevaron en justificable asombro.
—Conozco muchas —respondió, con una sonrisa, una respuesta que por su sencillez pareció dejar perplejo al Duque.
—Escuchemos algunas de ellas —desafió este poco después.
—No, escuchemos, más bien, alguna razón por la que mi pobre cabeza deba ser tratada con tanta dureza. Cuando un hombre es tomado bruscamente, como yo lo he sido, es costumbre, que quizás su Alteza seguirá, ofrecerle alguna razón para tal atropello.
—Traidor de lengua melosa —dijo el Duque, con infinita malicia, enfurecido por la dignidad de su primo—. ¡Villano de selecto discurso! ¿Queréis saber por qué habéis sido tomado? Decidme, señor, ¿qué hicisteis en Acquasparta la mañana del miércoles antes de Pascua?
El rostro impasible del Conde permaneció inescrutable, una máscara de paciente asombro. Solo por el repentino apretar de sus manos delató cómo le había golpeado aquel ataque, y sus manos nadie allí las notó. Fabrizio da Lodi, de pie detrás del Duque, palideció hasta los labios.
—No recuerdo haber hecho allí nada de gran importancia —respondió—. Respiré el buen aire de primavera en los bosques.
—¿Y nada más? —se burló Gian Maria.
—No puedo recordar nada más que signifique algo. Conocí allí a una dama con la que hablé, a un fraile, a un bufón, a un petimetre y a algunos soldados. Pero —se movió bruscamente, su tono tornándose altivo—, cualquier cosa que hiciera, la hice como mejor me pareció, y todavía tengo que aprender que el conde de Aquila debe dar cuenta de lo que hace y dónde lo hace. Todavía no me habéis dicho, señor, por qué derecho, o supuesto derecho, me tenéis prisionero.
—¿En verdad no lo he hecho? ¿No veis ningún vínculo entre vuestra ofensa y vuestra presencia cerca de Sant' Angelo ese día?
—Si he de entender que me habéis hecho traer aquí con esta indignidad para plantearme acertijos para vuestra diversión, estoy iluminado y, sin embargo, asombrado. No soy un bufón de la corte.
—Palabras, palabras —espetó el Duque—. No penséis en engatusarme con ellas. —Con una breve risa, se volvió de Francesco hacia los que estaban en el estrado—. Estaréis maravillados, señores, y vos, mi señora madre, sobre qué motivos he hecho apresar a este traidor. Lo sabréis. La noche del martes antes de Pascua, siete traidores se reunieron en Sant' Angelo para tramar mi derrocamiento. De ellos, las cabezas de cuatro pueden verse ahora en las murallas de Babbiano; los otros tres huyeron, pero ahí está uno de ellos: el que debía haber ocupado este trono después de haberme despojado de él.
Los ojos de todos estaban ahora puestos en el joven Conde, mientras su propia mirada se desviaba hacia el rostro de Lodi, en el cual estaba escrita una consternación tan grande que lo habría delatado si el Duque hubiera tenido la ocurrencia de mirar hacia él. Siguió una pausa que nadie presente se atrevió a romper. Gian Maria parecía esperar una respuesta de Francesco; pero Francesco permaneció impasible observándolo, y no hizo ademán de querer hablar. Finalmente, incapaz de soportar más el silencio:
—¿E dunque? —gritó el Duque—. ¿No tenéis respuesta?
—Sometería —respondió Francesco—, que no he escuchado ninguna pregunta. He escuchado una declaración descabellada, extravagante y loca, la acusación de un demente, una acusación de la que no pueden presentarse pruebas, pues de lo contrario supongo que no las habríais retenido. Os pregunto, señores, y a vos, Madonna —continuó, dirigiéndose a los demás—, ¿ha dicho su Alteza algo a lo que sea necesaria una respuesta por cualquier medio?
—¿Es de pruebas de lo que carecéis? —gritó Gian Maria, pero con menos confianza que hasta ahora, y, por tanto, menos ferocidad. Una duda había surgido en su mente nacida de esta extraña calma por parte de Francesco; una calma que, a juicio de Gian Maria, difícilmente parecía el atuendo de la culpa, sino que pertenecía más bien a alguien que está seguro de que ningún peligro lo amenaza. —¿Es de pruebas de lo que carecéis? —dijo el Duque de nuevo, y luego con el aire de un hombre que lanza una pregunta irrefutable—: ¿Cómo obtuvisteis la herida que tuvisteis ese día en los bosques?
Una sonrisa se agitó en el rostro de Francesco y desapareció.
—Pedí pruebas, no preguntas —protestó con cansancio—. ¿Qué probará si tuviera cien heridas?
—¿Probar? —repitió el Duque, cada vez menos seguro de su terreno, temiendo ya haber ido quizás demasiado rápido y demasiado lejos en el camino de sus sospechas—. Me prueba, junto con vuestra presencia allí, que estuvisteis en la lucha la noche anterior.
Francesco se removió ante eso. Suspiró y sonrió al mismo tiempo. Luego, asumiendo un tono de mando enérgico:
—Ordenad a estos hombres que se vayan —dijo, señalando a sus guardias—. Luego escuchadme dispersar vuestras viles sospechas como el huracán dispersa las hojas en otoño.
Gian Maria lo miró con estupor. Esa seguridad abrumadora, ese porte altivo y digno que formaba un contraste tan noble con su propia intimidación grosera, estaban socavando gradualmente, cada vez más, su confianza. Con un gesto de la mano, indicó a los soldados que se retiraran, obedeciendo casi inconscientemente a la mente superior de su primo por la cual estaba siendo, asimismo, inconscientemente influenciado.
—Ahora, Alteza —dijo Francesco, tan pronto como los hombres se fueron—, antes de refutar la acusación que hacéis, dejadme entenderla claramente. Por las expresiones que habéis utilizado, deduzco que es esta: hace poco tiempo se fraguó una conspiración en Sant' Angelo que tenía por objeto suplantaros en el trono de Babbiano y colocarme en vuestro lugar. Me acusáis de haber tenido parte en esa conspiración, la parte que se me asignó. Es así, ¿no es cierto?
Gian Maria asintió.
—Lo habéis expuesto muy claramente —se burló—. Si podéis aclarar vuestra inocencia con tanta claridad, estaré satisfecho de haberos agraviado.
—Que esta conspiración tuvo lugar, lo aceptaremos como probado, aunque para la gente de Babbiano la prueba puede haber parecido escasa. Un hombre, ya fallecido, le dijo a su Alteza que se estaba tramando tal complot. Difícilmente, quizás, en sí misma, evidencia suficiente para justificar la colocación de las cabezas de cuatro caballeros muy valientes en picas, pero sin duda su Alteza tenía otras pruebas a las que el resto de nosotros no teníamos acceso.
Gian Maria se estremeció ante las palabras. Recordó lo que Francesco había dicho en la ocasión de su última charla sobre este mismo tema; recordó la manera en que él mismo fue recibido ese día en Babbiano.
—Debemos estar contentos de que así sea —prosiguió con calma Francesco—. De hecho, la acción de su Alteza en el asunto no deja lugar a dudas. Aceptaremos, entonces, que tal complot fue tramado, pero que yo tuve parte en él, que fui el hombre elegido para tomar vuestro lugar; ¿necesito probar lo ocioso de tal acusación?
—Lo necesitáis, en verdad. ¡Por Dios! Lo necesitáis si queréis salvar vuestra cabeza.
El Conde permaneció en una postura relajada, con las manos entrelazadas detrás de la espalda, y sonrió al rostro pálido y al ceño fruncido de su primo.
—Qué misteriosos son los caminos de vuestra justicia, primo —murmuró, con infinito deleite—; ¡qué maravillosa equidad inviste vuestros métodos! Me hacéis arrastrar hasta aquí por la fuerza y, sentado ahí, me decís: "¡Prueba que no has conspirado contra mí o el verdugo te tomará!". ¡Por mi fe! Salomón era un charlatán necio comparado con vos.
Gian Maria golpeó el brazo dorado de su silla con un golpe por el cual su mano amanecería amoratada al día siguiente.
—¡Probadlo! —gritó, como un niño encaprichado—. ¡Probadlo, probadlo, probadlo!
—¿Y acaso mis palabras no lo han probado ya? —dijo el Conde, con una voz de tal leve asombro y suave protesta que dejó a Gian Maria sin aliento.
Entonces el Duque hizo un gesto apresurado de impaciencia.
—Messer Alvari —dijo, con voz de rabia concentrada—, creo que sería mejor que llamarais a la guardia.
—¡Esperad! —le obligó el Conde, levantando la mano. Y ahora se vio que la despreocupación fácil había desaparecido de su rostro: la sonrisa se había desvanecido y, en su lugar, había una mirada de ira altiva y desdeñosa—. Repetiré mis palabras. Me habéis arrastrado aquí ante vos por la fuerza y, sentado ahí en el trono de Babbiano, decís: "Prueba que no has conspirado contra mí si quieres salvar tu cabeza". —Hizo una pausa de un segundo y notó la mirada de desconcierto con la que todos lo observaban.
—¿Es esto una parábola? —se burló el Duque, que no comprendía.
—Lo habéis dicho —replicó Francesco—. Una parábola es. Y si lo consideráis, ¿no os ofrece suficiente prueba? —preguntó, con una nota de triunfo en la voz—. ¿Acaso nuestras posiciones relativas no demuestran irrefutablemente lo infundado de esta acusación vuestra? ¿Debería yo estar aquí y vos sentado allí si lo que alegáis contra mí fuera cierto? —Rió casi salvajemente y sus ojos brillaron con desdén hacia el Duque—. Si aún más claramente lo necesitáis, Gian Maria, os digo que si hubiera tramado ocupar vuestro trono tambaleante, estaría en él ahora, no aquí defendiéndome contra una acusación necia. ¿Pero podéis dudarlo? ¿No aprendisteis ninguna lección mientras cabalgabais hacia Babbiano hoy? ¿No los oísteis aclamarme y gemir ante vos? Y sin embargo —terminó, con una altiva lástima—, me decís que conspiré. Vaya, si yo deseara vuestro trono, mi única necesidad sería desplegar mi estandarte en las calles de vuestra capital, y en el transcurso de una hora Gian Maria ya no sería Duque. ¿He probado mi inocencia, Alteza? —terminó con calma, casi tristemente—. ¿Estáis convencido de cuán poca es mi necesidad de conspiraciones?
Pero el Duque no tuvo respuesta para él. Sin habla, y en una especie de horror aturdido, se sentó y frunció el ceño frente a él ante el apuesto rostro de su primo, mientras los demás lo observaban furtivamente, en silencio, temblando por el joven que, aquí, en su poder, se había atrevido a decirle tales cosas. Poco después, se cubrió el rostro con las manos y permaneció así, como alguien profundamente sumido en sus pensamientos, durante un rato. Finalmente, las retiró lentamente y presentó un semblante que la pasión y el despecho habían devastado extrañamente en tan poco tiempo. Se volvió hacia Santi, que estaba más cerca.
—La guardia —dijo con voz ronca, con un gesto de la mano, y Santi se fue, sin que nadie se atreviera a pronunciar una palabra. Esperaron así, un grupo extraño, todos muy graves salvo uno, y él era el que tenía más motivos para la gravedad. Entonces el capitán reingresó, seguido por sus dos hombres, y Gian Maria agitó una mano hacia el prisionero.
—Llevadlo lejos —murmuró con dureza, con el rostro cadavérico y la pasión sacudiéndolo como a un álamo—. Llevadlo lejos y esperad mis órdenes en la antecámara.
—Si es un adiós, primo —dijo Francesco—, ¿puedo esperar que me enviéis un sacerdote? He vivido como un cristiano fiel.
Gian Maria no le dio respuesta, pero su ojo funesto estaba sobre Martino. Al leer el significado de aquella mirada, el capitán tocó ligeramente el brazo de Francesco. El Conde permaneció un momento mirando del Duque a los soldados; su mirada descansó por un segundo sobre los allí reunidos; luego, con un ligero encogimiento de hombros, dio media vuelta y, con la cabeza alta, salió de la cámara ducal.
Y el silencio continuó después de que él se marchó hasta que Caterina Colonna lo rompió con una risa que rechinó en los nervios, ahora muy sensibles, de Gian Maria.
—Prometiste valientemente —se burló ella—, actuar como el león. Pero hasta ahora, solo hemos escuchado el rebuzno de un asno.
CAPÍTULO XI. CABALLEROS ERRANTES
Esa burla de su madre agitó a Gian Maria. Se levantó de su silla ducal y descendió del estrado sobre el que se alzaba, poseído por un estado de ánimo tempestuoso que no le permitía quedarse quieto.
—¿El rebuzno de un asno? —murmuró, enfrentando a Caterina. Luego rio de forma desagradable—. La mandíbula de un asno causó una dolorosa ejecución en una ocasión, Madonna, y podría volver a hacerlo. Un poco de paciencia y veréis. —Luego, y con un aire más vivo, se dirigió a los cuatro cortesanos silenciosos—. Los habéis oído, señores —exclamó—, ¿cómo decís que debo tratar a tal traidor? —Esperó unos segundos por una respuesta y pareció enfurecerle que no llegara—. ¿No tenéis, entonces, ningún consejo para mí? —demandó con dureza.
—No había pensado —dijo Lodi con firmeza—, que este fuera un caso en el que su Alteza necesitara consejo. Fuisteis inducido a concluir que el señor de Aquila era un traidor, pero por lo que todos hemos oído, su Alteza debería ver ahora que no lo es.
—¿Debería ser así? —respondió el Duque, quedándose quieto y fijando en Fabrizio un ojo que era apagado como el de una serpiente—. Messer da Lodi, vuestra lealtad es algo que ha dado señales de vacilar últimamente. Ahora, si por la gracia de Dios y Sus santos benditos he gobernado como un príncipe misericordioso que yerra demasiado por el lado de la clemencia, os exhortaría a no poner a prueba esa clemencia demasiado lejos. Después de todo, no soy más que un hombre.
Se apartó del frente intrépido presentado por el viejo estadista, para enfrentar las miradas preocupadas de los demás.
—Vuestro silencio, señores, me dice que en este asunto vuestro juicio corre paralelo al mío. Y sois sabios, porque en tal caso solo puede haber un camino. Mi primo ha pronunciado palabras hoy que ningún hombre ha dicho nunca a un príncipe sin pagar con su vida. Tampoco haremos excepción a esa regla. La cabeza de mi señor de Aquila debe pagar el precio de su temeridad.
—Hijo mío —gritó Caterina, con voz de horror. Gian Maria la enfrentó con pasión, su semblante moteado.
—Lo he dicho —gruñó—. No dormiré hasta que muera.
—Sin embargo, tal vez nunca vuelvas a despertar —respondió ella. Y con ese preámbulo lanzó sobre su cabeza la crítica más amarga que jamás había escuchado. Con epítetos hirientes y palabras desdeñosas, intentó hacerle ver la locura de lo que meditaba. ¿Estaba realmente cansado de gobernar Babbiano? Si así fuera, le dijo, solo tenía que esperar la llegada de César Borgia. No necesitaba precipitar los acontecimientos con un acto que conduciría inevitablemente a una revuelta, a un levantamiento del pueblo para vengar a su ídolo.
—Solo me habéis dado razones añadidas —le respondió ella con firmeza—. No hay lugar en mi Ducado para un hombre cuya muerte, si me placiera lograrla, sería vengada sobre mí por mi propio pueblo.
—Entonces enviadlo lejos de vuestros dominios —instó ella—. Desterradlo, y todo puede ir bien. Pero si lo matáis, no contaría vuestra vida como digna de un día de compra.
Este consejo era sensato, y al final lograron que lo adoptara. Pero no se hizo sin el costo de infinitas súplicas por parte de aquellos cortesanos, y las persuasiones del desprecio mordaz de Caterina y las profecías del destino que seguramente le aguardaba si tocaba la vida de alguien tan amado. Al final, contra su voluntad, consintió con brusquedad en que el destierro de su primo lo dejaría satisfecho. Pero fue con infinita amargura y pesar que dio su palabra, pues sus celos eran de una calidad que nada más que la muerte de Francesco habría aplacado. Cierto es que nada más que el miedo a las consecuencias, que su madre había infundido en su corazón, podría haberlo convencido de que el conde de Aquila fuera desterrado.
Envió por Martino y le ordenó devolver al Conde su espada, y confió el mensaje del exilio a Fabrizio da Lodi, encargándole informar a Francesco de que se le concedían veinticuatro horas de gracia para alejarse de los dominios de Gian Maria Sforza.
Hecho eso —y con muy mala gana—, el Duque dio media vuelta y, con el ceño hosco, abandonó la cámara ducal y pasó, sin escolta, a sus propios aposentos.
Regocijado, Fabrizio da Lodi cumplió su encargo, el cual descargó con ciertas adiciones que podrían haberle costado la cabeza si el conocimiento de ellas hubiera llegado a Gian Maria. De hecho, aprovechó la oportunidad para presionar de nuevo a Francesco por el trono de Babbiano.
—La hora está muy madura —instó al Conde—, y el pueblo os ama como seguramente ningún príncipe fue amado jamás. Es en su interés en el que abogo. Sois su única esperanza. ¿No vendréis a ellos?
Si por un momento Francesco dudó, fue más bien en consideración de la manera en que se ofrecía la corona que por consecuencia de cualquier tentación que la oferta pudiera haber tenido para él. Una vez —aquella noche en Sant' Angelo— había conocido la tentación, y por un momento había escuchado las seducciones en la voz que lo invitaba al poder. Pero no así ahora. Pensó en el pueblo que tenía tanta fe en él, y le prodigaba tanto amor admirado, y al que, como cuestión de reciprocidad, deseaba el bien, y al que habría servido en cualquier capacidad excepto esta. Sacudió la cabeza y, con una sonrisa de pesar, declinó la oferta.
—Tened paciencia, viejo amigo —añadió—. No soy del material del que están hechos los buenos príncipes, aunque lo penséis. Es una servidumbre a la que no me vendería. Una vida de hombre para mí, Fabrizio; una vida libre que no esté dirigida por consejeros y a merced de la chusma.
El rostro de Fabrizio se volvió triste. Suspiró profundamente, aunque dado que no sería bueno para él permanecer demasiado tiempo hablando con alguien que, a ojos del Duque, estaba manchado de traición, no tuvo tiempo para insistir con persuasiones que, después de todo, veía claramente que al final resultarían estériles.
—Lo que era la salvación del pueblo de Babbiano —murmuró—, también lo era para vuestra Excelencia, ya que si adoptarais el camino que os insto, no habría necesidad de ir al destierro.
—Pues bien, este destierro me sienta excelentemente bien —respondió Francesco—. He estado ocioso demasiado tiempo, y el deseo de vagar vuelve a correr por mis venas. Veré el mundo una vez más, y cuando me canse de mi vagabundeo podré retirarme a mis tierras de Aquila, y en ese rincón de la Toscana, demasiado insignificante para atraer la mirada de un conquistador, nadie me molestará y podré descansar. Babbiano, amigo mío, no volverá a saber de mí después de esta noche. Cuando me haya ido, y el pueblo se dé cuenta de que no puede tener lo que desea, tal vez se conformen con lo que pueden tener. —Y agitó una mano en dirección a las puertas que conducían a la cámara ducal. Tras esto, se despidió de su viejo amigo y, llevando en la mano la espada y la daga que el capitán Armstadt le había devuelto, se dirigió a paso ligero hacia el ala norte del palacio, donde tenía su alojamiento.
En la antecámara despidió a aquellos de sus criados que habían sido reclutados entre la gente del Duque, y ordenó a sus propios seguidores toscanos, Zaccaria y Lanciotto, que se ocuparan de empaquetar sus efectos y dejaran todo listo para partir en menos de una hora.
No era un cobarde, pero no deseaba morir todavía si podía evitarse honorablemente. La vida tenía algunas dulzuras que ofrecer a Francesco del Falco, y esto le impulsó a darse prisa, pues conocía bien los métodos sin escrúpulos de su primo. Sabía que Gian Maria se había visto obligado por el peso de los argumentos a dejarle marchar, y temía astutamente que, si se demoraba, su primo pudiera cambiar de opinión de nuevo y, sin detenerse a pedir consejo por segunda vez, deshacerse de él sin contemplaciones e indiferente a las consecuencias.
Mientras Lanciotto quedaba ocupado en la antecámara, el Conde pasó a su dormitorio acompañado por Zaccaria para hacer en su vestimenta los cambios que fueran oportunos. Pero apenas había comenzado cuando fue interrumpido por la llegada de Fanfulla degli Arcipreti, a quien Lanciotto hizo pasar. El rostro de Francesco se iluminó al ver a su amigo y le tendió la mano.
—¿Qué es lo que ha ocurrido? —exclamó el joven galán, añadiendo algo que demostraba que su pregunta era innecesaria, pues de Fabrizio da Lodi ya conocía toda la historia de lo sucedido. Se sentó en la cama y, sin prestar la menor atención a la presencia de Zaccaria —a quien sabía fiel—, intentó persuadir al Conde allí donde Fabrizio había fracasado. Pero Paolo le cortó en seco antes de que hubiera avanzado mucho.
—Déjalo —dijo, y aunque lo dijo con una carcajada, la determinación sonó firme en su acento—. Soy un caballero andante, no un príncipe, y no seré convertido de lo uno a lo otro. Sería convertir a un hombre libre en un ilota, y no me quieres, Fanfulla, si sigues con este argumento. ¿Me crees triste, abatido, ante la perspectiva de este destierro? Pues, muchacho, la sangre corre más rápida por mis venas desde que escuché la sentencia. Me libera de Babbiano en una hora en la que tal vez mi deber —la reciprocidad del amor del pueblo— podría haberme retenido aquí, y me da libertad para salir, mi buen Fanfulla, en busca de las aventuras que yo elija seguir. —Extendió los brazos y mostró su espléndida dentadura en una risa cordial.
Fanfulla le observó, contagiado por la bulliciosa alegría de su estado de ánimo.
—Pues es verdad, mi señor —reconoció—, eres un pájaro demasiado fino para cantar en una jaula. Pero salir de caballero andante... —Hizo una pausa y extendió las manos en señal de protesta—. Ya no hay dragones que mantengan cautivas a las princesas.
—Por desgracia, no. Pero los venecianos están en vísperas de la guerra y encontrarán trabajo para estas manos mías. No me faltan amigos entre ellos.
Fanfulla suspiró.
—Y así te perdemos. El brazo más fuerte de Babbiano nos deja en la hora de la necesidad, expulsado por ese patán de Duque. Por mi alma, ser Francesco, ojalá pudiera ir contigo. Aquí no hay nada que hacer.
Francesco hizo una pausa en el acto de calzarse una bota y levantó los ojos para mirar un momento a su amigo.
—Pero si lo deseas, Fanfulla, me alegrará contar con tu compañía.
Y entonces la idea penetró en la mente de Fanfulla de verdad, pues su expresión anterior había sido más o menos ociosa. Pero ya que Francesco le invitaba, ¿por qué no, en efecto?
Y así sucedió que a la tercera hora de aquella cálida noche de mayo un grupo de cuatro hombres a caballo y dos mulas de carga salieron de Babbiano y tomaron el camino que conduce a Vinamare, y de allí al territorio de Urbino. Estos jinetes eran el Conde de Aquila y Fanfulla degli Arcipreti, seguidos por Lanciotto, que llevaba una mula que portaba las armas de aquellos caballeros andantes, y Zaccaria, que llevaba otra con su equipaje general.
Cabalgaron toda la noche bajo las estrellas, y continuaron hasta unas tres horas después de la salida del sol, cuando hicieron un alto en una hondonada de las colinas no lejos de Fabriano. Ataron sus caballos en una arboleda de laureles pacíficos y moreras protectoras, al pie de una ladera cubierta de olivos grises, nudosos y curvados como lisiados ancianos, y junto al río Esino, en un punto tan estrecho que un hombre ágil podría saltar su anchura. Allí, pues, extendieron sus capas, y Zaccaria desempaquetó sus vituallas y les puso ante sí una sencilla comida de pan, vino y ave asada, que a su hambre le resultó más apetecible que un banquete en otra estación. Y cuando hubieron comido se tumbaron junto a la corriente, y allí entretuvieron el tiempo en una agradable charla hasta que cayeron dormidos. Descansaron durante el calor del día y, despertando unas tres horas después del mediodía, el Conde se levantó y caminó una docena de pasos río abajo hasta un punto donde caía en un pequeño lago, un pozo profundo y azul como los cielos despejados que reflejaba. Allí se despojó de sus ropas y se zambulló de cabeza, para emerger momentos después, refrescado y vigorizado en cuerpo y alma.
Al despertar, Fanfulla contempló una aparición que se acercaba a él, una figura ágil y robusta como un dios silvestre, el agua brillando sobre la blancura de marfil de su piel y resplandeciendo en su cabello oscuro cuando la luz del sol lo alcanzaba.
—Dime ahora, Fanfulla, ¿existe un hombre de mente tan depravada que prefiera una corona ducal a esto?
Y el cortesano, viendo el semblante radiante de Francesco, comprendió tal vez, por fin, lo sórdida que era la ambición que podía atraer a un hombre lejos de una libertad tan divina, y de las santas y absorbentes alegrías que le proporcionaba. Puestos sus pensamientos en ese camino, de esto hablaron mientras el Conde volvía a ponerse sus ropas: sus calzas rojas, sus botas de cuero sin curtir hasta la rodilla y su brigantina acolchada de paño pardo sencillo, reputada a prueba de dagas. Se levantó al fin para abrocharse su cinturón de acero martillado, del que colgaba, detrás de sus lomos, una daga robusta y larga, la única arma que llevaba.
A su mando, los caballos fueron ensillados y las bestias de carga cargadas una vez más. Lanciotto le sostuvo el estribo, y Zaccaria hizo el mismo servicio para Fanfulla, y al poco rato salían al galope de aquel fragante bosquecillo hacia el césped elástico de amplios pastizales verdes. Cruzaron el arroyo en un lugar donde la lámina de agua ensanchada apenas llegaba por encima de los corvejones de sus caballos; luego, desviándose hacia el este, se alejaron de las colinas durante media legua más o menos hasta que llegaron a un camino. Allí volvieron a girar hacia el norte y siguieron adelante hacia Cagli.
Cuando las campanas tañían el Ave María, la comitiva se detuvo ante el Palazzo Valdicampo, donde dos noches atrás Gian Maria había sido agasajado. Sus puertas se abrieron ahora con la misma prontitud para dar la bienvenida al ilustre y glorioso Conde de Aquila, quien no era menos estimado por Messer Valdicampo que su más poderoso primo. Se pusieron habitaciones a su disposición y a la de Fanfulla; se ordenó a los criados que les atendieran; se les prepararon ropas frescas y se dispuso una cena noble para hacer honor a Francesco. Tampoco se enfrió el modo de ser del generoso Valdicampo cuando supo que Francesco estaba en desgracia en la Corte de Babbiano y desterrado de los dominios del Duque Gian Maria. Expresó su pesar solidario ante tan inoportuna circunstancia y se abstuvo discretamente de emitir opinión alguna al respecto.
Sin embargo, más tarde, mientras cenaban, y cuando tal vez los vinos selectos habían relajado un tanto su discreción, se permitió hablar de los métodos de Gian Maria en términos que estaban muy lejos de ser laudatorios.
—Aquí, en mi casa —les informó—, cometió un ultraje contra un pobre desdichado, por el cual se me podría pedir cuentas todavía, ya que fue bajo mi techo donde ocurrió la cosa, a pesar de que yo no sabía nada de ello.
Al ser apremiado por Paolo para que les contase más, soltó la información de que el desdichado en cuestión era Peppe, el bufón de Urbino. Ante eso, la mirada de Paolo se volvió más intensa. El recuerdo de su encuentro con el loco y su amante en el bosque, un mes atrás, cruzó ahora por su mente, y se le ocurrió que podía acertar con razón la fuente de donde su primo había extraído la información que había conducido a su propio arresto y destierro.
—¿De qué naturaleza fue el ultraje? —inquirió.
—Por lo que el propio Peppe me ha contado, parecería que el loco estaba en posesión de cierto conocimiento que Gian Maria buscaba, pero sobre el cual Peppe estaba obligado por juramento al silencio. Gian Maria hizo que lo tomaran secretamente y lo sacaran de Urbino. Sus sbirri trajeron al sujeto aquí, y para hacerle hablar el Duque improvisó en su dormitorio una tratta di corde, que tuvo el resultado deseado.
El rostro del Conde se oscureció de ira. —¡El cobarde! —murmuró—. ¡El infame pusilánime!
—Pero piense, señor Conde —exclamó Valdicampo—, que este pobre Peppe es una criatura frágil y deforme, carente de la fuerza de un hombre común, y no le juzgue con demasiada dureza.
—No era de él de quien hablaba —respondió Francesco—, sino de mi primo, ese tirano cobarde, Gian Maria Sforza. Dígame, Messer Valdicampo, ¿qué ha sido del ser Peppe?
—Sigue aquí. He hecho que le cuiden y su estado ya ha mejorado mucho. No pasará mucho tiempo antes de que se recupere, pero durante unos días más sus brazos permanecerán casi inútiles. Casi fueron arrancados de su cuerpo.
Cuando la comida hubo terminado, Francesco rogó a su anfitrión que le condujera a la cámara de Peppe. Valdicampo lo hizo y, dejando a Fanfulla en compañía de las damas de su casa, escoltó al Conde hasta la habitación donde el pobre jorobado maltratado estaba en cama, atendido por una de las mujeres de la casa de Valdicampo.
—Aquí hay un visitante para verle, ser Peppe —anunció el anciano, dejando su vela sobre una mesa junto a la cama. El bufón volvió su gran cabeza hacia el recién llegado y buscó con ojos melancólicos el rostro de su visitante. Al verle, una expresión de terror se extendió por su rostro.
—Mi señor —exclamó, esforzándose por sentarse—, mi noble y gentil señor, ten piedad de mí. Podría arrancarme esta lengua cobarde. Pero si supieras qué agonías sufrí, y a qué tortura me sometieron para hacerme infiel, tal vez tú mismo te apiadarías de mí.
—Pues eso es lo que hago —respondió Francesco con dulzura—. En verdad, si hubiera podido ver las consecuencias que ese juramento tendría para ti, no te habría obligado a él.
El miedo en el rostro de Peppe dio paso a la incredulidad.
—¿Y me perdonas, señor? —exclamó—. Temía cuando entraste que hubieras venido a castigarme por el daño que te haya podido causar al hablar. Pero si me perdonas, tal vez el Cielo me perdone también, y que no sea condenado. Y eso sería una lástima, pues, ¿qué haría yo en el infierno, mi señor?
—Burlarte de las agonías de Gian Maria —respondió Francesco con una risa.
—Valdría casi la pena arder por ello —reflexionó Peppe, extendiendo una mano cuya muñeca lacerada e hinchada daba pruebas de la tortura que había sufrido. Al verla, el Conde lanzó una exclamación de horror airado y se apresuró a preguntar por el estado del pobre loco.
—Ya no es tan malo —le respondió Peppe—, y solo por la insistencia de Messer Valdicampo he guardado cama. Apenas puedo usar mis brazos, es verdad, pero están mejorando. Mañana me levantaré y espero partir hacia Urbino, donde mi querida señora debe estar angustiada por los temores ante mi ausencia, pues es una dama muy amable y de tierno corazón.
Este propósito de Peppe impulsó al Conde a ofrecerse a conducirle a Urbino al día siguiente, ya que él mismo viajaría en esa dirección; una oferta que el loco aceptó sin vacilación y con viva gratitud.
CAPÍTULO XII. LA CURIOSIDAD DEL LOCO
Por la mañana, Francesco partió de nuevo, acompañado por sus criados, Fanfulla y el loco. Este último estaba ya tan restablecido como para ser capaz de montar una mula, pero para que el viaje no le agotara demasiado procedieron a poco más que paso de ambladura a lo largo de los hermosos valles del Metauro. Así sucedió que cuando descendió la noche les encontró todavía viajando, a unas dos leguas de Urbino. Viajaron otra legua bajo la luz de la luna, y el loco les entretenía el tiempo con una historia divertida extraída de las brillantes páginas de Messer Boccaccio, cuando de repente sus agudos oídos captaron un sonido que le dejó mudo a mitad de una frase.
—¿Te sientes débil? —preguntó Francesco, volviéndose rápidamente hacia él, atento al dolorido estado del sujeto.
—No, no —respondió el loco, con una prontitud que disipó la alarma del Conde a ese respecto—. Me pareció oír un sonido de marcha en la distancia.
—El viento en los árboles, Peppino —explicó Fanfulla.
—No creo... —Se detuvo en seco y escuchó, y ahora todos lo oyeron, pues les llegó arrastrado por una ráfaga de la brisa intermitente que golpeaba sus rostros.
—Tienes razón —dijo Francesco—. Es el paso de hombres. Pero, ¿qué importa eso, Peppe? Los hombres marcharán en Italia. Déjanos oír el final de tu historia.
—¿Pero quién iba a marchar en Urbino, y de noche? —insistió el loco.
—¿Lo sé yo o me importa? —dijo el Conde—. Tu historia, hombre.
Aunque estaba lejos de estar satisfecho, el loco reanudó su relato. Pero ya no lo contaba con su irresistible humor anterior. Su mente estaba ocupada con aquel sonido de marcha, que se acercaba constantemente. Al fin no pudo soportarlo más, y la apatía de sus compañeros le encendió a rebelarse abiertamente.
—Mi señor —exclamó, volviéndose al Conde y dejando de nuevo su historia interrumpida—, están casi encima de nosotros.
—¡Cierto! —concedió Francesco con indiferencia—. El próximo giro allá debería llevarnos hacia ellos.
—Entonces le ruego, señor Conde, que nos apartemos. Hagamos una pausa aquí, bajo los árboles, hasta que hayan pasado. Estoy lleno de miedos. Quizás soy un cobarde, pero me disgustan estas bandas nocturnas errantes. Puede ser una compañía de masnadieri.
—¿Y qué? —respondió el Conde, sin disminuir la velocidad—. ¿Qué motivo tenemos para temer a un grupo de ladrones?
Pero Fanfulla y los criados unieron sus consejos a los de Peppe, y al final prevalecieron sobre Francesco para que se pusiera a cubierto hasta que aquella compañía hubiera pasado. Consintió, para apaciguarles, y girando a la derecha entraron en el linde del bosque, frenando bien en la sombra, desde donde podían observar el camino y ver quién pasaba por el trozo de luz lunar que lo iluminaba. Y al poco la compañía llegó y se adentró en aquel flujo revelador de luz. Para asombro de los observadores, no contemplaron ninguna partida merodeadora como les habían hecho esperar, sino una compañía muy ordenada de unos veinte hombres, sobriamente vestidos con jubones de cuero y celadas de acero brillante, marchando con la espada al muslo y la pica al hombro. A la cabeza de esta compañía cabalgaba un hombre de complexión poderosa sobre un gran caballo alazán, al ver al cual el loco juró en voz baja por el asombro. En medio del grupo iban cuatro literas llevadas por mulas, y al lado de una de ellas cabalgaba una figura esbelta y elegante que provocó en Peppe un segundo juramento. Pero la objurgación más profunda de todas le fue arrancada al ver un bulto corpulento con el hábito negro de los dominicos marchando en la retaguardia, que justo entonces estaba en airada altercación con un sujeto que empujaba su mula con la culata de su partidana.
—¡Ojalá te asen en una parrilla como a San Lorenzo! —jadeó el iracundo sacerdote—. ¿Quieres romperme el cuello, bestia bruta que eres? Espera a que lleguemos a Roccaleone, y por Santo Domingo, conseguiré que tu rufián de comandante te cuelgue por esta broma inoportuna.
Pero su atormentador se rio por respuesta, y golpeó a la mula de nuevo, un golpe esta vez que casi provocó que se encabritara. El fraile gritó con alarma airada, y luego, todavía arremetiendo y amenazando a su perseguidor, pasó de largo. Tras él venían seis carros pesadamente cargados, cada uno tirado por un par de bueyes, y la retaguardia de la procesión la cerraba un rebaño de una docena de ovejas baladoras, arreadas por un hombre de armas blasfemo. Pasaron ante los atónitos observadores, que permanecieron ocultos hasta que aquella extraña compañía se hubo fundido en la noche.
—Podría jurar —dijo Fanfulla— que ese fraile y yo nos hemos conocido antes.
—Ni cometerías perjurio —le respondió el loco—. Pues es ese cerdo gordo de Fray Domenico, el que fue contigo al Convento de Acquasparta a buscar ungüentos para su Excelencia.
—¿Qué hace en esa compañía, y quiénes son ellos? —preguntó el Conde, volviéndose hacia el loco mientras salían de su emboscada.
—Pregúntame dónde guarda el diablo sus señuelos —dijo el loco—, y haré algún esfuerzo por responderte. Pero en cuanto a qué hace Fray Domenico en esa galera, es más de lo que puedo arriesgarme a adivinar. No es el único conocido por mí —añadió Peppino—. Allí estaba Ercole Fortemani, un gran rufián sucio y fanfarrón a quien nunca vi más que en harapos, cabalgando a su cabeza con ropas de una integridad de lo más inusual; y estaba Romeo Gonzaga, a quien nunca supe moverse de noche salvo para una cita. Cosas extrañas deben estar ocurriendo en Urbino.
—¿Y las literas? —inquirió Francesco—. ¿No puedes arriesgarte a ninguna suposición sobre su significado?
—Ninguna —dijo él—, salvo que puedan explicar la presencia de Messer Gonzaga. Porque las literas argumentan mujeres.
—Parece, loco, que ni siquiera tu sabiduría nos servirá. Pero, ¿oíste al fraile decir que iban a Roccaleone?
—Sí, lo oí. Y por medio de ello probablemente aprenderemos el resto al final de nuestro viaje.
Y siendo un hombre de mente extremadamente inquisitiva, el loco puso sus pesquisas en marcha en el momento en que entraron por las puertas de Urbino por la mañana —pues habían llegado a la ciudad demasiado tarde para obtener entrada aquella misma noche, y se vieron obligados a buscar refugio en una de las casas junto al río—. Fue al Capitán de la Puerta a quien pidió información.
—¿Puede decirme, ser Capitán —inquirió—, qué compañía era esa que viajó anoche a Roccaleone?
El capitán le miró un momento.
—No hubo ninguna que yo sepa —dijo—, ciertamente ninguna de Urbino.
—Lleva una vigilancia maravillosa —dijo el loco con sequedad—. Le digo que una compañía de hombres de armas de unos veinte efectivos salió anoche de Urbino hacia Roccaleone.
—¿Hacia Roccaleone? —repitió el capitán, con aire pensativo, más atentamente que antes, como si la repetición de aquel nombre hubiera sugerido algo a su mente—. Pues bien, es el castillo de Monna Valentina.
—Cierto, sapiente señor. Pero, ¿qué hay de la compañía, y por qué viajaba así, de noche?
—¿Cómo sabe usted que procedía de Urbino? —dijo el capitán con seriedad.
—Porque a su cabeza reconocí al guerrero rugiente Ercole Fortemani, en medio cabalgaba Romeo Gonzaga, en la retaguardia venía Fray Domenico, confesor de la Madonna; todos hombres de Urbino.
El rostro del oficial se puso morado ante la noticia.
—¿Había alguna mujer en el grupo? —exclamó.
«No vi ninguna», respondió el loco, en quien esta repentina avidez del capitán despertó cautela y reflexión.
«Pero había cuatro literas», intervino Francesco, cuya naturaleza era menos suspicaz y alerta que la del sabio loco.
Demasiado tarde, Peppe le lanzó una mirada de advertencia. El capitán profirió un gran juramento.
«Es ella», gritó con seguridad. «Y esta compañía viajaba a Roccaleone, dicen. ¿Cómo lo saben?»
«Lo escuchamos del fraile», respondió Francesco con prontitud.
«¡Entonces, por la Virgen! los tenemos. ¡Hola!» Se apartó de ellos y salió gritando hacia la casa de guardia, para reaparecer un momento después con media docena de soldados pisándole los talones.
«Al Palacio», ordenó, y mientras sus hombres rodeaban al grupo de Francesco, dijo al Conde: «Vamos, señor. Debe acompañarnos y contar su historia al Duque».
«No hay necesidad de tanta fuerza», respondió Francesco con frialdad. «En cualquier caso, no podría pasar por Urbino sin ver al Duque Guidobaldo. Soy el Conde de Aquila».
De inmediato, el porte del capitán se tornó respetuoso. Se disculpó por las medidas violentas de su celo y ordenó a sus hombres que retrocedieran. Indicándoles que lo siguieran, montó un caballo que le trajeron y cabalgó vivamente a través del borgo al lado del Conde. Y mientras cabalgaba, les contó lo que la rápida intuición del bufón ya le había susurrado. La dama Valentina había huido de Urbino durante la noche, y en su compañía se habían ido tres de sus damas, y —también se suponía, dado que habían desaparecido— Fray Domenico y Romeo Gonzaga.
Espantado por lo que escuchaba, Francesco presionó a su informante en busca de más noticias; pero poco más pudo decirle el capitán, aparte del hecho de que se creía que se había visto obligada a hacerlo para escapar de su inminente matrimonio con el Duque de Babbiano. Guidobaldo estaba consternado por lo sucedido y ansioso por traer a la dama de regreso antes de que noticias de su comportamiento llegaran a oídos de Gian Maria. Fue, por tanto, motivo de no poca satisfacción para el capitán que la tarea de llevar a Guidobaldo estas noticias sobre su paradero, que había obtenido de Francesco y el bufón, recayera en él.
Peppe parecía sombrío y hosco. Si tan solo hubiera refrenado su maldita curiosidad, y si el Conde hubiera tomado la alarma a tiempo y guardado silencio, todo podría haber ido bien para su amada patrona. Tal como estaban las cosas, él —el único hombre dispuesto a morir para servirla— había sido quien traicionó su refugio. Escuchó la risa del Conde, y el sonido fue combustible para su ira. Pero Francesco solo pensaba en el espléndido atrevimiento de la acción de la dama.
«¿Pero estos hombres de armas que llevaba consigo?», gritó. «¿Con qué propósito una escolta tan numerosa?»
El capitán lo miró un momento.
«¿No puede adivinarlo?», inquirió. «Quizás no conoce el Castillo de Roccaleone».
«Sería extraño que no conociera la fortaleza más inexpugnable de Italia».
«¿Por qué, entonces, no le queda claro? Ha tomado esta compañía como guarnición, y en Roccaleone claramente intenta resistir a la manera rebelde los deseos de su Alteza».
Ante eso, el Conde echó la cabeza hacia atrás y asustó a los transeúntes con una carcajada tan sincera como jamás había salido de sus labios.
«¡Por la Hostia!», jadeó, con la risa todavía ahogando sus palabras. «¡Ahí tienen a una doncella! ¿Oyes lo que dice el capitán, Fanfulla? Pretende resistir esta boda por la fuerza de las armas si es necesario. Ahora, por mi alma, si Guidobaldo insiste en la unión después de esto, vaya, entonces no tiene corazón ni sentimiento. Por mi vida, es una pariente de la que un príncipe tan guerrero bien podría estar orgulloso. No es de extrañar que en Urbino no teman a los Borgia». Y se rió de nuevo. Pero el capitán lo miró con ceño fruncido, y Peppe hizo lo mismo.
«Es una mozuela rebelde», dijo el capitán con amargura.
«No, suavemente», respondió Francesco; a pesar de que seguía riendo. «Si usted fuera de rango caballeresco, rompería una lanza con usted por eso. Tal como están las cosas...» hizo una pausa, su risa cesó y sus ojos oscuros midieron al capitán de una manera curiosa. «Será mejor dejarla sin censura, Ser Capitano. Es de la casa de Rovere, y está estrechamente aliada con la de Montefeltro».
El oficial sintió la reprimenda, y el silencio reinó entre ellos después de eso.
Fue mientras Francesco, Fanfulla y Peppe esperaban en la antecámara para ser admitidos ante el Duque que el bufón desahogó algo de la amargura que sentía por su parloteo. La espléndida sala estaba atestada de una multitud cortesana. Había magníficos nobles y enviados, sombríos eclesiásticos y purpurados prelados, capitanes de acero y oficiales de la corte de seda y terciopelo. Sin embargo, sin preocuparse de quién pudiera oírlo, Peppe expresó su reproche, y los términos que empleó no fueron tan medidos ni respetuosos como dictaba el rango del Conde. Sin embargo, con esa rectitud mental que lo hacía universalmente amado, Francesco no ofreció resentimiento ante el reproche del loco. Vio que era merecido, pues arrojaba sobre el asunto una luz nueva y más escrutadora. Pero pronto vio más allá de lo que vio el bufón, y sonrió ante los ceños fruncidos del otro.
«No tan alto, Peppe», dijo. «Sobrestimas el daño. En el peor de los casos, solo nos hemos adelantado un poco a lo que el Duque debe haber aprendido por otras fuentes».
«Pero es precisamente ese poco —las pocas horas o días— lo que causará el daño», espetó el bufón con irritación, a pesar de que bajó la voz. «En pocos días Gian Maria estará de regreso. Si se encontrara con la noticia de que la Dama Valentina ha desaparecido, que se ha escapado con Romeo Gonzaga —porque eso, ya verá, será pronto la historia—, ¿cree que se quedaría aquí o que le interesaría seguir cortejándola? Ni hablar. Estas alianzas que son solo por propósitos de Estado, en las que el corazón no desempeña ningún papel, exigen, al menos, que por parte de la dama exista un historial inmaculado por el aliento del escándalo. Su Alteza lo habría enviado de regreso a casa, y la Madonna se habría librado de él».
«Pero a un precio extraño, Peppe», respondió Francesco con gravedad. «Aun así», añadió, «concedo que habría servido mejor a su propósito manteniéndome en silencio. Pero no creo que tal asunto enfríe el ardor de mi primo. Te equivocas al colocar esto entre las alianzas en las que el corazón no desempeña ningún papel. Por parte de mi primo —si todo lo que dicen es cierto—, el corazón desempeña un papel muy considerable, de hecho. Pero, por lo demás, ¿qué daño hemos hecho?»
«El tiempo lo dirá», dijo el jorobado.
«Mostrará, entonces, que no he hecho ningún daño en absoluto a sus intereses. A estas alturas ella está a salvo en Roccaleone. ¿Qué puede pasarle, entonces? Guidobaldo, sin duda, se dirigirá a ella, y a través del foso le suplicará que sea una sobrina obediente y que regrese. Ella ofrecerá hacerlo con la condición de que le dé su palabra principesca de no molestarla más con el asunto de esta boda. ¿Y entonces?»
«¿Bien?», gruñó el loco. «¿Y entonces? ¿Quién podrá decir lo que sucederá entonces? Digamos que su Alteza la somete por la fuerza».
«¿Un asedio?», se rió el Conde. «¡Bah! ¡Dónde está tu sabiduría, loco! ¿Crees que el espléndido Guidobaldo está ansioso por convertirse en la burla de Italia y pasar a la posteridad como el duque que asedió a su sobrina porque ella se resistió a sus ordenanzas sobre el asunto de su boda?»
«Guidobaldo da Montefeltro puede ser un hombre violento en ocasiones», estaba respondiendo el loco, cuando el oficial que los había dejado reapareció con el anuncio de que su Alteza los esperaba.
Encontraron al Príncipe en un estado de ánimo muy sombrío, y después de saludar a Francesco con fría ceremonia, lo interrogó sobre el asunto de la compañía que habían encontrado ayer por la noche. Estas preguntas las condujo con dignidad característica y sin mostrar más preocupación que si hubiera sido un asunto de un halcón extraviado. Agradeció a Francesco por su información y dio órdenes de que el senescal pusiera apartamentos a su disposición y a la de Fanfulla durante el tiempo que les complaciera honrar su corte. Con eso los despidió, ordenando al oficial que permaneciera para recibir sus órdenes.
«Y eso», dijo Francesco a Peppe mientras cruzaban la antecámara tras un sirviente, «¿es el hombre que sitiaría el castillo de su sobrina? Por una vez, señor loco, su sabiduría está equivocada».
«Usted no conoce al Duque, Excelencia», respondió el loco. «Bajo ese exterior helado arde un horno, y no hay locura que no cometería».
Pero Francesco solo se rio mientras, entrelazando su brazo con el de Fanfulla, pasaba por la galería camino a los apartamentos a los que los conducía el sirviente.
CAPÍTULO XIII. GIAN MARIA HACE UN JURAMENTO
En cierta medida, los acontecimientos que siguieron casi tenderían a demostrar que el loco tenía razón. Porque incluso si la idea de sitiar a Valentina y someterla por la fuerza de las armas no fue de Guidobaldo en primer lugar, prestó un oído muy dispuesto al consejo de que procedieran de esa manera, cuando fue instado airadamente dos días después por el Duque de Babbiano.
Al escuchar las noticias, Gian Maria se había abandonado a tal licencia de ira que hizo temblar a quienes lo rodeaban, desde el más alto hasta el más humilde. La decepción de su pasión era en sí misma justificación suficiente para esto; pero, además, Gian Maria veía en la huida de Valentina la frustración de aquellos planes audaces de los que había hablado tan ruidosamente a sus consejeros y a su madre. Fue su confianza en esos mismos planes lo que lo había inducido a enviar esa respuesta desafiante a César Borgia. Como consecuencia de esto, existía una urgencia —una urgencia de lo más desesperada— de que se casara, ya que la boda debía prestarle el poder para llevar a cabo sus valientes promesas de proteger su corona del Duque de Valentinois, por no mencionar la derrota total de los Borgia que él se había comprometido salvajemente a lograr.
Que los destinos de los Estados fueran arrojados a los vientos del Cielo por una chiquilla era para él algo tan insufrible como inesperado.
«¡Debe ser traída de vuelta!», había chillado en su creciente pasión. «Debe ser traída de vuelta de inmediato».
«¡Cierto!», respondió Guidobaldo, a su manera serena; «debe ser traída de vuelta. Hasta aquí, estoy completamente de acuerdo contigo. Dime ahora cómo se ha de lograr tal cosa». Y había sarcasmo en su voz.
«¿Qué dificultades presenta?», inquirió Gian Maria.
«Ninguna dificultad», fue la respuesta irónica. «Se ha encerrado en el castillo más robusto de Italia y me dice que no saldrá hasta que le prometa libertad de elección en el asunto del matrimonio. Claramente, no hay dificultades asociadas a que sea traída de vuelta».
Gian Maria enseñó los dientes.
«¿Me das permiso para proceder a mi manera?», preguntó.
«No solo te doy permiso, sino que te prestaré toda la asistencia que esté en mi poder, si puedes idear un medio para atraerla fuera de Roccaleone».
«No dudo más. Su sobrina, señor Duque, es una rebelde, y como rebelde ha de ser tratada. Ha guarnecido un castillo y lanzado desafíos al gobernante de la tierra. Es una declaración de guerra, Alteza, y guerra tendremos».
«¿Recurrirías a la fuerza?», preguntó Guidobaldo, con desaprobación acechando en su voz.
«A la fuerza de las armas, su Alteza», respondió Gian Maria con prontitud feroz. «Sitiaré este castillo suyo y lo desmantelaré piedra a piedra. Oh, la habría cortejado amablemente si ella me hubiera dejado, con dulces palabras y modales delicados que a las doncellas les encantan. Pero dado que nos desafía, la cortejaré con arcabuces y cañones, y buscaré mediante el hambre hacer que se rinda a mi pretensión. Mi amor vestirá armadura para someterla, y juro ante Dios que no me afeitaré la barba hasta que esté dentro de su castillo».
Guidobaldo se mostró serio.
«Yo aconsejaría medidas más suaves», dijo. «Sítiala si quieres, pero no recurras a demasiada violencia. Corta sus recursos y deja que el hambre sea tu abogado. Aun así, me temo que toda Italia se reirá de ti», añadió sin rodeos.
«¡Un higo por eso! Que los locos se rían si tienen ganas. ¿Qué fuerzas tiene ella en Roccaleone?»
Ante la pregunta, la frente de Guidobaldo se oscureció. Fue como si hubiera recordado alguna circunstancia que había quedado olvidada.
«Unos veinte granujas dirigidos por un notorio rufián de nombre Fortemani. La compañía fue reclutada, me dicen, por un caballero de mi corte, un pariente de mi Duquesa, Messer Romeo Gonzaga».
«¿Está él con ella ahora?», jadeó Gian Maria.
«Parecería que sí».
«¡Por el Anillo de la Virgen de Perugia!», balbuceó Gian Maria con creciente consternación. «¿Sugieres que huyeron juntos?»
«¡Mi señor!». La voz de Guidobaldo sonó aguda y amenazante. «Es de mi sobrina de quien está hablando. Se llevó a este caballero con ella tal como se llevó a tres de sus damas y a un paje o dos, para formar la asistencia que corresponde a su nacimiento».
Gian Maria dio una vuelta por el apartamento, con el ceño fruncido y los labios apretados. Las orgullosas palabras de Guidobaldo no lo convencieron en absoluto. Pero el deseo preponderante en su corazón justo entonces era humillar a la joven que se había atrevido a desdeñarlo, hacer que inclinara su cuello obstinado. Por fin:
«Ciertamente puedo convertirme en el hazmerreír de Italia», murmuró con voz concentrada, «pero llevaré a cabo mi resolución, y mi primer acto al entrar en Roccaleone será colgar a este granuja Gonzaga de su torre más alta».
Ese mismo día, Gian Maria comenzó sus preparativos para la expedición contra Roccaleone, y la noticia fue llevada por Fanfulla a Francesco, pues este último había dejado sus aposentos en el palacio al enterarse de la llegada de Gian Maria, y ahora se alojaba en la posada del «Sol».
Al escuchar la noticia, profirió un gran juramento en el que envió a su primo al diablo, por quien, en ese momento, lo declaró engendrado.
«¿Crees», preguntó cuando estuvo más calmado, «que este hombre Gonzaga es su amante?»
«Es más de lo que puedo decir», respondió Fanfulla. «Está el hecho de que huyó con él. Aunque cuando interrogué a Peppe sobre este mismo tema, primero se rio de la idea con desprecio y luego se puso serio. 'Ella no lo ama, al petimetre', dijo; 'pero él la ama, o si no soy ciego, y él es un villano, lo sé'».
Francesco se puso en pie, con el rostro muy serio y sus ojos oscuros llenos de pensamientos inquietos.
«¡Por la Hostia! Es algo vergonzoso», gritó al fin. «Esta pobre dama tan acosada por todas partes por un grupo de villanos, cada uno más inescrupuloso que el otro. Fanfulla, envía a buscar a Peppe. Debemos enviar al loco con ella con una advertencia de la llegada de Gian Maria, y una advertencia, también, contra este hombre de Mantua con el que ha huido».
«Demasiado tarde», respondió Fanfulla. «El loco partió esta mañana hacia Roccaleone, para unirse a su patrona».
Francesco mostró su consternación.
«Ella estará perdida», gimió. «Así, entre la piedra superior y la inferior, entre Gian Maria y Romeo Gonzaga. ¡Jesús! ¡Ella estará perdida! ¡Y tan valiente y de tan alto espíritu!»
Se dirigió lentamente a la ventana y se quedó mirando los ventanales al otro lado de la calle, sobre los que el sol poniente caía con un resplandor rojizo. Pero no eran los ventanales lo que veía. Era una escena en los bosques de Acquasparta en aquella mañana después de la lucha en la montaña; un hombre herido en los helechos, y sobre él una dama gentil inclinándose con ojos de piedad y solicitud. A menudo desde entonces sus pensamientos habían vuelto a esa escena, a veces con una sonrisa, a veces con un suspiro, y a veces con ambos a la vez.
Se volvió repentinamente hacia Fanfulla. «Iré yo mismo», anunció.
«¿Usted?», repitió Fanfulla. «¿Pero los venecianos?»
Con un gesto, el Conde indicó cuán poco pesaban los venecianos para él en comparación con la fortuna de esta dama.
«Voy a Roccaleone», insistió, «ahora, de inmediato». Y caminando hacia la puerta, golpeó sus manos y llamó a Lanciotto.
«Dijiste, Fanfulla, que en estos días ya no hay doncellas mantenidas en cautiverio a las que un caballero andante pueda prestar ayuda. Te equivocabas, pues en Monna Valentina tenemos a la doncella cautiva, en mi primo al dragón, en Gonzaga a otro, y en mí al caballero andante que está destinado —espero— a salvarla».
«¿La salvará de Gian Maria?», preguntó Fanfulla con incredulidad.
«Lo intentaré».
Se volvió hacia su sirviente, quien entró mientras hablaba.
«Partimos en un cuarto de hora, Lanciotto», dijo. «Ensilla para mí y para ti. Vendrás conmigo. Zaccaria puede quedarse con Messer degli Arcipreti. Tú te encargarás de él, Fanfulla, y él te servirá bien».
«¿Pero qué hay de mí?», gritó Fanfulla. «¿No te acompaño?»
«Si quieres, sí. Pero podrías servirme mejor regresando a Babbiano y observando los eventos allí, enviándome noticias de lo que suceda, pues grandes cosas sucederán pronto si mi primo no regresa y los Borgia avanzan. Es en esto en lo que estoy basando las esperanzas que tengo».
«¿Pero a dónde te enviaré noticias? ¿A Roccaleone?»
Francesco reflexionó un momento. «Si no tienes noticias mías, envía tus novedades a Roccaleone, pues si me demoro allí y nos sitian, quizás sea imposible enviarte un mensaje. Pero si —como espero— voy a Aquila, te enviaré noticias de ello».
«¿A Aquila?»
«Sí. Puede ser que esté en Aquila antes de que termine la semana. Pero manténlo en secreto, Fanfulla, y engañaré a estos duques hasta el límite de su insana inclinación».
Media hora después, el Conde de Aquila, montado en un robusto caballo calabrés y asistido por Lanciotto en una mula, cabalgó suavemente hacia el valle. Pasaron desapercibidos, pues ¿qué les importaban a los campesinos que cantaban en sus labores en el contado?
Se cruzaron con un mercader, cuyo sirviente empujaba sus cargadas bestias de carga por el camino montañoso hacia la ciudad en las alturas, y lo pasaron con un saludo cortés. Más adelante se encontraron con una compañía montada de nobles y damas, que regresaban de una partida de cetrería, seguidos por asistentes que llevaban sus halcones encapuchados, y su alegre risa aún resonaba en los oídos de Francesco después de que él hubiera pasado fuera de su vista y se hubiera desvanecido en las brumas púrpuras del atardecer que subían a su encuentro desde el río.
Giraron hacia el oeste hacia los Apeninos y continuaron después de que cayó la noche, hasta la cuarta hora, cuando ante la sugerencia de Francesco detuvieron sus monturas ante una somnolienta posada de camino y despertaron al posadero para pedir refugio. Allí no durmieron más que hasta los maitines, de modo que la luz gris del amanecer los vio una vez más en camino, y para cuando el sol hubo golpeado con su primer rayo dorado la cresta gris de las viejas colinas, se detuvieron al borde del torrente rugiente al pie del poderoso risco que estaba coronado por el Castillo de Roccaleone.
Sombrío y descarnado se alzaba sobre el valle fértil, con ese torrente rodeándolo en un foso natural, como un centinela gigante de los Apeninos que eran su fondo. Y ahora la luz del sol corría por las laderas de las viejas montañas como una marea. Golpeó la torre cuadrada de la fortaleza, luego fluyó por el muro, haciendo brillar la vieja piedra gris y destellando desde una ventana ajimezada situada en lo alto. Bajó más, revelando gárgolas grotescas, inundando las almenas y volviendo verde la hiedra y el liquen que hacía apenas un momento habían ennegrecido los robustos contrafuertes salientes. Desde allí saltó al suelo y empujó la sombra hacia abajo por la ladera cubierta de hierba, hasta que llegó al arroyo y brilló sobre sus aguas espumosas y tumultuosas, dispersando cien colores a través de la espuma voladora.
Y todo ese tiempo, hasta que el sol lo alcanzó y lo incluyó en el cuadro que estaba despertando, el Conde de Aquila permaneció en su silla, con ojos pensativos levantados hacia la fortaleza.
Lanciotto, siguiéndolo entonces, llevó a su caballo alrededor del lado occidental, donde el torrente era reemplazado por un brazo de agua tranquilo, para el cual se había hecho un corte con el fin de completar el aislamiento del risco de Roccaleone. Pero aquí, donde el castillo podría haberse vuelto más vulnerable, lo recibió un muro ciego, roto por no más de una o dos estrechas rendijas a media altura bajo las almenas. Siguió cabalgando hacia el lado norte, cruzando un puente peatonal que salvaba el río, y deteniéndose al fin ante la torre de entrada. Aquí también el foso estaba formado por las aguas torrenciales del arroyo de montaña.
Ordenó a su criado que despertara a los moradores, y Lanciotto gritó con una voz que la naturaleza había hecho profunda y poderosa. El eco retumbó hasta asustar a las aves en la ladera, pero no obtuvo respuesta del silencioso castillo.
—Mantienen una guardia celosa —rió el Conde—. Otra vez, Lanciotto.
El hombre le obedeció, y una y otra vez su voz profunda resonó como un toque de trompeta antes de que se hiciera señal alguna desde el interior de que había sido oída. Finalmente, sobre el parapeto de la torre apareció una figura achaparrada con la cabeza despeinada, casi tan grotesca como cualquiera de las gárgolas de abajo, y un rostro de lechuza los observó desde una de las almenas y les preguntó, con tono hosco y croante, cuál era su asunto. Al instante, el Conde reconoció a Peppe.
—Buenos días, loco —lo saludó.
—¿Usted, mi señor? —exclamó el bufón.
—Dormís profundamente en Roccaleone —dijo Francesco—. Alborota a esa guarnición de pícaros tuya, y ordena a los perros perezosos que bajen el puente. Traigo noticias para Monna Valentina.
—Enseguida, Excelencia —respondió el loco, y habría partido al instante de no ser porque Francesco lo llamó.
—Di, Peppe, un caballero... el caballero que conoció en Acquasparta, si quieres. Pero no pronuncies mi nombre.
Con la seguridad de que obedecería sus deseos, Peppe se fue a cumplir su encargo. Siguió un breve retraso, y entonces aparecieron en las almenas Gonzaga, soñoliento y pendenciero, asistido por un par de bribones de Fortemani, que vinieron a preguntar la naturaleza del asunto de Francesco.
—Es con Monna Valentina —le respondió Francesco, alzando la cabeza y la voz, de modo que Gonzaga lo reconoció como el caballero herido de Acquasparta, lo recordó y frunció el ceño.
—Yo soy el capitán de Monna Valentina aquí —anunció con arrogancia—. Y puede entregarme a mí los mensajes que traiga.
Siguió una disputa, llevada con mal humor por parte de Gonzaga y apenas menos por la del Conde, negándose Francesco rotundamente a comunicar su asunto a nadie que no fuera Valentina, y Gonzaga negándose con igual firmeza a molestar a la dama a esas horas, o a bajar el puente. Las palabras volaron entre ellos a través de las aguas del foso, y se volvieron más acaloradas con cada nuevo intercambio, hasta que al final terminaron abruptamente con la aparición de la misma Valentina, acompañada por Peppino.
—¿Qué es esto, Gonzaga? —preguntó ella, con ademán excitado, pues el loco le había dicho que era el caballero Francesco quien solicitaba entrar, y ante la sola mención del nombre se había sonrojado, luego palidecido, y después corrido a las murallas—. ¿Por qué se le niega la entrada a este caballero si trae un mensaje para mí? —Y desde donde estaba, buscó con ojos admirados la elegante figura del Conde de Aquila: el caballero andante de sus sueños. Francesco se descubrió y se inclinó hasta el borrador de su caballo en cortés saludo. Ella se volvió hacia Gonzaga con impaciencia.
—¿A qué esperas? —gritó—. ¿No has comprendido mis deseos? Que se baje el puente.
—Piénselo, Madonna —objetó él—. Usted no conoce a este hombre. Puede ser un espía de Gian Maria, un mercenario pagado para traicionarnos.
—Necio —respondió ella bruscamente—. ¿No ves que es el caballero herido que conocimos aquel día que me escoltabas a Urbino?
—¿Qué significa eso? —demandó él—. ¿Es prueba de la honestidad de sus propósitos o de su lealtad hacia usted? Sea prudente, Madonna, y deje que entregue su mensaje desde donde está. Está más seguro allí.
Ella lo midió con una mirada determinada.
—Messer Gonzaga, ordene que bajen el puente —le ordenó.
—Pero, señora, piense en su peligro.
—¿Peligro? —repitió ella—. ¿Peligro de dos hombres, y siendo nosotros una guarnición de más de veinte? Sin duda es un cobarde el hombre que habla tan fácilmente de peligros. Hagan bajar el puente levadizo.
—Pero si... —comenzó él con vehemencia desesperada, cuando ella volvió a cortarlo.
—¿He de ser obedecida? ¿Soy la dueña, y va usted a ordenar que bajen el puente, o debo ir yo misma a ocuparme de ello?
Con una mirada de ira desesperada y un encogimiento de hombros, se apartó de ella y envió a uno de sus hombres con una orden. Pocos momentos después, con un chirrido de goznes y un tintineo de cadenas, el gran puente osciló hacia abajo y cayó con un golpe seco para salvar el abismo. Al instante, el Conde espoleó a su caballo y, seguido por Lanciotto, cruzó el tablón y pasó bajo el arco de la torre de entrada hacia el primer patio.
Ahora, apenas hubo tensado las riendas allí, cuando a través de una puerta en el extremo opuesto apareció la gigantesca figura de Fortemani, medio vestido y con espada en mano. Al ver a Francesco, el tipo saltó media docena de escalones y avanzó hacia él con una explosión de juramentos.
—¡A mí! —gritó con una voz que podría haber despertado a los muertos—. ¡Olá! ¡Olá! ¿Qué obra del diablo es esta? ¿Cómo habéis llegado aquí? ¿Por órdenes de quién se bajó el puente?
—Por órdenes del capitán de Monna Valentina —respondió Francesco, preguntándose qué loco podría ser aquel.
—¿Capitán? —gritó el otro, deteniéndose en seco y poniéndose el rostro de color púrpura—. ¡Cuerpo de Satanás! ¿Qué capitán? Yo soy el capitán aquí.
El Conde lo observó con sorpresa.
—Vaya, entonces —dijo—, usted es el hombre al que busco. Le felicito por la vigilancia que mantiene, Messer Capitano. Su castillo está tan excelentemente patrullado que, de haber tenido ganas de escalar, habría subido por sus muros y entrado por sus puertas sin despertar a ninguno de sus centinelas dormilones.
Fortemani lo observó con una mirada sombría. La prosperidad de los últimos cuatro días había aumentado la insolencia inherente al hombre.
—¿Es eso asunto suyo? —gruñó amenazador—. Es usted demasiado audaz, señor desconocido, al buscar una pelea conmigo, y demasiado insolente al decirme cómo debo ejercer mi capitanía. ¡Por la Pasión! Será castigado.
—¿Castigado, yo? —repitió Francesco, en cuya frente descendió ahora un ceño tan negro como el de Ercole.
—Sí, castigado, joven señor. Ercole Fortemani es mi nombre.
—He oído hablar de usted —respondió el Conde con desprecio—, y de cómo deshonra ese nombre suyo, pues me dicen que no hay en toda Italia un bribón más borracho, cobarde y bueno para nada; no, ni siquiera en los dominios del Papa. Y tenga cuidado con cómo lanza la palabra "castigo" a sus superiores, animal. El foso no está tan lejos, y la inmersión podría serle provechosa. Porque juro que no se ha lavado desde que le bautizaron; si es que, en realidad, es hijo de la Madre Iglesia.
—¡Sangue di Cristo! —escupió el enfurecido matón, con el rostro moteado—. ¿Esto a mí? Bájese de ese caballo.
Se agarró a la pierna de Francesco para arrastrarlo al suelo, pero el Conde la liberó con un movimiento rápido que dejó un tajo de su espuela en las manos del capitán. Simultáneamente, levantó su fusta y habría descargado el látigo sobre la espalda de Fortemani —pues le había irritado más allá de las palabras que un rufián de la calaña de este sujeto intentara desafiarlo—, pero en ese momento una voz femenina, severa e imperativa, les ordenó detener su disputa.
Fortemani retrocedió cuidando su mano lacerada y mascullando maldiciones, mientras Francesco se giraba en la dirección de donde había venido esa voz. A mitad de la escalinata de piedra contempló a Valentina, seguida por Gonzaga, Peppe y un par de hombres de armas, descendiendo de las almenas.
Calmada y majestuosa estaba ella, vestida con una camorra de terciopelo gris con mangas negras, que realzaba excelentemente su hermosa estatura. Gonzaga estaba inclinado hacia adelante, hablándole al oído, y a pesar de que su voz era apagada, algunas de sus palabras llegaron hasta Francesco en el aire quieto de la mañana.
—¿No fui prudente, Madonna, al dudar de admitirlo? Vea qué clase de hombre es.
La sangre inflamó las mejillas de Francesco, ni disminuyó su disgusto notar la mirada que Valentina lanzó hacia abajo sobre él.
Al instante saltó al suelo, y arrojando las riendas a Lanciotto, avanzó hacia el pie de aquella escalinata de piedra, con su sombrero de ala ancha echado hacia atrás sobre los hombros, para encontrarse con aquella compañía que descendía.
—¿Es esto decoroso, señor? —preguntó ella con enfado—. ¿Le corresponde a usted pelearse con mi guarnición en el momento en que se le admite?
La sangre subió más al rostro de Francesco, y ahora le inundó las sienes y llegó hasta el cabello. Sin embargo, su voz estaba bien contenida cuando respondió:
—Madonna, este bribón fue insolente.
—Una insolencia que sin duda usted provocó —intervino Gonzaga, con un hoyuelo asomando en su mejilla afeminada. Pero la reprimenda más severa cayó de los labios de Valentina.
—¿Bribón? —preguntó ella, con el rostro encendido—. Si no quiere que me arrepienta de haberlo admitido, Messer Francesco, le ruego que controle sus palabras. Aquí no hay bribones. Ese, señor, es el capitán de mis soldados.
Francesco se inclinó sumisamente, tan paciente bajo su reproche como había sido apresurado bajo el de Fortemani.
—Fue sobre el asunto de esta capitanía que llegamos a las palabras —respondió, con más humildad—. Por su propio anuncio entendí a este noble —y sus ojos se volvieron hacia Gonzaga— como su capitán.
—Él es el capitán de mi castillo —le informó ella.
—Como ve, Ser Francesco —intervino Peppe, que se había encaramado a la balaustrada—, aquí no sufrimos falta de capitanes. Tenemos también a Fra Domenico, que es capitán de nuestras almas y de la cocina; yo mismo soy capitán de...
—Que te lleve el diablo, loco —espetó Gonzaga, empujándolo bruscamente de su percha. Luego, volviéndose bruscamente hacia el Conde—: ¿Trae un mensaje para nosotros, señor? —preguntó con altivez.
Tragándose el tono caballeresco, e ignorando el pronombre que Gonzaga empleó, Francesco inclinó la cabeza de nuevo ante la dama.
—Preferiría entregarlo en más privacidad que esta. —Y su mirada recorrió el patio y subió los escalones de atrás, donde ahora estaba reunida toda la compañía de Fortemani. Gonzaga se burló y sacudió sus rizos dorados, pero Valentina no vio nada irrazonable en la petición, y ordenando a Romeo que la atendiera y a Francesco que la siguiera, tomó la iniciativa.
Cruzaron el cuadrilátero y, subiendo los escalones por los que Fortemani se había precipitado para encontrarse con el Conde, pasaron al salón de banquetes, que se abría directamente al lado sur del patio. El Conde, siguiéndola, pasó por el guantelete de miradas de los mercenarios reunidos. Caminó junto a ellos impasible, evaluándolos a medida que avanzaba y calculando su verdadero valor con el ojo infalible del condottiero experimentado que ha tenido que ver con el reclutamiento de hombres y el manejo de los mismos. Tan poco le gustaron sus semblantes que en el umbral del salón se detuvo y retuvo a Gonzaga.
—Me disgusta dejar a mi criado a merced de esos rufianes, señor. ¿Puedo rogarle que les advierta contra el uso de violencia hacia él?
—¿Rufianes? —gritó la dama con enfado, antes de que Gonzaga pudiera ofrecer una respuesta—. Son mis soldados.
De nuevo se inclinó, y hubo una frialdad cortés en los tonos con los que le respondió:
—Le pido perdón, y no diré nada más, a menos que sea para deplorar que no pueda felicitarla por su elección.
Fue el turno de Gonzaga de enfurecerse, pues la elección había sido suya.
—Su mensaje tendrá que ser importante, señor, para ganarse nuestra paciencia ante su impertinencia.
Francesco devolvió la mirada de aquellos ojos azules que en vano intentaban brillar ferozmente, y apenas hizo esfuerzo por ocultar el desprecio en su mirada. Se permitió incluso encogerse de hombros un tanto impaciente.
—En verdad, en verdad, creo que sería mejor que me marchara —respondió con pesar—, pues es un lugar cuyos moradores parecen todos empeñados en pelear conmigo. Primero su capitán Fortemani me saluda con una insolencia difícil de dejar sin castigo. Usted misma, Madonna, se resiente de que yo solicite protección para mi hombre contra esos sujetos cuyos semblantes dan pie a mi solicitud. Está enfadada porque los llame rufianes, como si yo hubiera seguido el oficio de las armas estos diez años sin adquirir conocimiento sobre la calidad de un hombre, por mucho que usted pueda disfrazarlo. Y por último, para colmo, este cicisbeo —y extendió una mano con desprecio hacia Gonzaga—, habla de mis impertinencias.
—Madonna —gritó Gonzaga—, le ruego que me deje tratar con él.
Involuntariamente, involuntariamente, Gonzaga salvó la situación con esa petición. La ira que crecía rápidamente en el corazón de la Madonna, agitada por el porte orgulloso del Conde, se disipó ante el humor inconsciente de la súplica de su capitán, en contraste tan ridículo con su habla amanerada y figura esbelta frente a los tonos firmes y la altura magra y activa de Francesco. Ella no rió, pues eso habría sido echarlo todo a perder, pero miró de uno al otro con deleite tranquilo, observando la mirada de sorpresa y las cejas levantadas con las que el Conde recibió la petición del cortesano de que lo dejara tratar con él. Y así, al apartarse de la ira, el equilibrio de su mente fue rápido en ajustarse, y pensó que tal vez había razón en lo que este caballero exponía, y que su recibimiento había carecido de la cortesía que era su derecho. En un momento, con gracia y habilidad incomparables, había calmado la vanidad herida de Gonzaga y apaciguado el resentimiento más robusto del Conde.
—Y ahora, Messer Francesco —concluyó ella—, seamos amigos, y permítame escuchar su asunto. Le ruego que se siente.
Habían pasado al salón de banquetes, un noble apartamento cuyas paredes estaban decoradas con frescos de escenas de caza y pastoriles, una o dos de las cuales eran obra de Pisaniello. Había, también, algunos trofeos de caza dispersos, y, aquí y allá, una armadura costosa que capturaba la luz del sol que entraba a través de las altas ventanas con parteluz. En el extremo lejano se alzaba una pantalla de cedro ricamente tallada, y sobre esta aparecía la barandilla retorcida de la galería de los músicos. En un sillón alto de cuero sin curtir, a la cabecera de la espaciosa mesa, Monna Valentina se sentó, Gonzaga tomando su posición a su codo, y Francesco frente a ella, apoyándose ligeramente contra la mesa.
—Las noticias que le traigo, señora, pronto se dicen —dijo el Conde—. Desearía que su calidad fuera mejor. Su pretendiente Gian Maria, regresando a la corte de Guidobaldo, ansioso por las nupcias que le fueron prometidas, se ha enterado de su huida a Roccaleone y está levantando —en realidad ya lo habrá hecho a estas alturas— un ejército para sitiar y reducir su fortaleza.
Gonzaga se puso tan pálido como el jubón de seda blanca que brillaba bajo su jubón de terciopelo color perla ante esta realización de las profecías que había pronunciado sin creer. Un miedo enfermizo poseyó su alma. ¿Qué destino le reservarían a él, que había sido el espíritu principal de la rebelión de Valentina? Podría haber gemido en voz alta ante este fracaso de todos sus brillantes planes. ¿Dónde quedaría ahora el tiempo para hablar de amor, para presionar y llevar a cabo su cortejo con Valentina y convertirse en su esposo? Habría guerra en el aire, y un trabajo sangriento que le hacía erizar la piel y helarse al pensarlo. Y la ironía de todo ello era cruelmente aguda. Era la misma contingencia que él había profetizado, asegurando que ni Guidobaldo ni Gian Maria estarían tan locos como para buscar el ridículo comprometiéndose en ello.
Por un segundo, los ojos de Francesco se posaron en el rostro del cortesano, y vio el miedo escrito allí para que todos lo leyeran. La sombra de una sonrisa vibró en sus labios mientras su mirada se movía para encontrarse con los ojos de Valentina, brillantes como brilla la escarcha bajo el sol.
—¡Pues que vengan! —exclamó ella, casi con exaltación—. Este patán ducal me encontrará muy preparada para él. Estamos armados en todos los puntos. Tenemos víveres para durar tres meses, si fuera necesario, y no nos faltan armas. Que venga Gian Maria, y encontrará a Valentina della Rovere no tan fácil de reducir. A usted, señor —continuó con más calma—, a usted sobre quien no tengo ninguna reclamación, le estoy más que agradecida por su acto caballeroso al cabalgar hasta aquí para advertirme.
Francesco suspiró; una mirada de pesar cruzó su rostro.
—¡Ay! —dijo—. Cuando cabalgué hasta aquí, Madonna, esperaba servirla para un mejor propósito. Tenía consejos que ofrecer y asistencia si la necesitara; pero la vista de esos hombres de armas suyos me hace temer que no es un consejo sobre el cual sería sabio actuar. Para el plan que tenía en mente, sería de la primera importancia que sus soldados fueran dignos de confianza, y esto, me temo, no lo son.
—Sin embargo —intervino Gonzaga febrilmente, aferrándose a una tenue esperanza—, escuchemos cuál es.
—Le ruego que lo haga —dijo Valentina.
Así requerido, Francesco reflexionó un momento.
—¿Está usted familiarizada con la política de Babbiano? —preguntó.
—Sé algo de ella.
—Le dejaré la posición bastante clara, Madonna —respondió él. Y con eso le contó la amenaza del descenso de César Borgia sobre el ducado de Gian Maria, y por tanto, del poco tiempo a disposición de su pretendiente; de modo que si pudiera ser contenido ante los muros de Roccaleone por un poco de tiempo, todo podría ir bien—. Pero viendo con qué prisa está —terminó—, sus métodos probablemente sean rudos y desesperados, y había pensado que mientras tanto usted no necesita permanecer aquí, Madonna.
—¿No permanecer? —gritó ella, con desdén por la noción en su voz—. ¿No permanecer? —dijo Gonzaga con timidez, con esperanza sonando en la suya.
—Precisamente, Madonna. Habría propuesto que usted dejara a Gian Maria un nido vacío, de modo que incluso si el castillo cayera en sus manos no ganaría nada.
—¿Me aconseja huir? —demandó ella.
—Vine preparado para hacerlo, pero la vista de sus hombres me contiene. No son dignos de confianza, y para salvar sus sucias pieles podrían abrir Roccaleone a los sitiadores, y así su huida sería descubierta, cuando aún podría haber tiempo para hacerla inútil.
Antes de que ella pudiera formular una respuesta, estaba Gonzaga instándola febrilmente a actuar según una sugerencia tan sabia y oportuna, y buscar seguridad en la huida de un lugar que Gian Maria desmantelaría piedra a piedra. Sus palabras tamborileaban rápida y lastimeramente en súplica, hasta que al final, enfrentándolo directamente:
—¿Tiene miedo, Gonzaga? —le preguntó ella.
—Tengo... miedo por usted, Madonna —respondió él rápidamente.
—Entonces deje que sus temores tengan paz. Pues ya sea que me quede o que me vaya, una cosa es cierta: Gian Maria nunca pondrá sus manos sobre mí. —Se volvió de nuevo hacia Francesco—. Veo cierta sabiduría en el consejo de huida que me habría ofrecido, no menos que en lo que tomo como su consejo de que debería permanecer. Si solo consultara mi humor, me quedaría y daría batalla cuando este tirano se muestre. Pero la prudencia también debe ser consultada, y daré vueltas al asunto. —Y ahora le agradeció con un encanto generoso el haber venido a ella con estas noticias y ofrecido su asistencia, preguntando qué motivos le traían.
—Motivos tales como los que deben siempre impeler a un caballero a servir a una dama en apuros —dijo él—, y quizás, también, el recuerdo de la caridad con la que usted atendió mis heridas aquel día en Acquasparta.
Por un segundo sus miradas se encontraron, vibraron en el encuentro, y se separaron de nuevo, una extraña confusión en el pecho de cada uno, todo lo cual Gonzaga, hundido en una rumiación sombría, no observó. Para aligerar el silencio incómodo que había caído, ella le preguntó cómo había sucedido tan pronto que fue a Roccaleone adonde ella había huido.
—¿No lo sabe? —gritó él—. ¿No se lo ha dicho Peppe?
—No he hablado con él. Él solo llegó al castillo, él mismo, tarde anoche, y lo vi por primera vez esta mañana cuando vino a anunciar su presencia.
Y entonces, antes de que se pudiera decir más, surgió un estruendo de gritos desde afuera. La puerta se abrió de repente, y Peppe irrumpió en la habitación.
—¡Su hombre, Ser Francesco! —gritó, con el rostro pálido por la excitación—. Venga pronto, o lo matarán.
CAPÍTULO XIV. FORTEMANI BEBE AGUA
La cosa había comenzado con las miradas bajas que Francesco había observado, y se había convertido en burlas e insultos después de que él desapareció. Pero Lanciotto había mantenido un semblante impasible, siendo un hombre instruido en el servicio del Conde de Aquila en el silencio y una paciencia maravillosa. Esta insensibilidad la tradujeron esos villanos en cobardía, y, envalentonados por ella —como los chuchos que eran—, su ofensividad se volvió más directa y gradualmente más amenazante. La paciencia de Lanciotto se agotaba lentamente y, de hecho, ya no era otra cosa que el miedo a provocar la ira de su señor lo que lo contenía. Al fin, un rufián corpulento, que le había ordenado quitarse el yelmo en compañía de caballeros, y cuya petición había sido ignorada por Lanciotto al igual que el resto, avanzó amenazadoramente hacia él y lo agarró por la pierna, tal como Ercole había agarrado a su señor. Exasperado por aquello, Lanciotto sacudió la pierna para liberarse y le propinó al imprudente sujeto una patada feroz en el rostro que lo derribó, aturdido y sangrando.
El rugido de los compañeros del hombre le indicó a Lanciotto qué esperar. En un instante se abalanzaron sobre él, clamando por su sangre. Intentó desenvainar la espada de su señor, que, junto con la otra armadura del Conde, colgaba del arzón de su silla; pero antes de que pudiera extraerla, fue apresado por una docena de manos y bajado a la fuerza, luchando, de la silla. En el suelo lo dominaron, y una mano enguantada se posó sobre su boca, aplastando contra su garganta el grito de auxilio que habría lanzado.
En el lado oeste del patio, una fuente que brotaba de la pared había vertido antaño su agua a través de una cabeza de león en un vasto estanque de granito cubierto de musgo. Pero había estado en desuso durante algún tiempo, y el caño en la boca del león estaba seco. El estanque, sin embargo, estaba más de la mitad lleno de agua que, durante el reciente desalojo del castillo, se había vuelto fétida y estancada. Ahogar a Lanciotto en esto fue la amable sugerencia que emanó del propio Fortemani; una sugerencia recibida con alboroto por sus villanos, quienes se dispusieron a llevarla a cabo. Arrastraron rudamente al sangrante y frenéticamente forcejeante Lanciotto a través del patio y llegaron al borde del estanque, con la firme intención de hundirlo en él y mantenerlo sumergido, para ahogarlo allí como a una rata.
Pero en ese instante algo irrumpió sobre ellos como un rayo caído del Cielo. En uno o dos, y pronto en más, la risa cruel se tornó en repentinos aullidos de dolor cuando un látigo de piel de buey los alcanzó en la cabeza, el rostro y los hombros.
—¡Atrás, bestias, animales, atrás! —rugió una voz de trueno, y retrocedieron sin cuestionar ante aquel látigo implacable, como la jauría de perros cobardes que eran.
Era Francesco, quien, solo y armado con nada más que un látigo, los dispersaba de alrededor de su maltratado sirviente, como el halcón dispersa una bandada de gorriones ruidosos. Y ahora, entre él y Lanciotto, no había más que la ancha mole de Ercole Fortemani, de espaldas al Conde; pues, hasta entonces, no se había dado cuenta de la interrupción.
Francesco dejó caer su látigo y, colocando una mano en el cinturón del capitán y la otra en su sucio cuello, lo izó con una fuerza increíble y lo arrojó de su camino hacia el agua viscosa del estanque.
Hubo un rugido potente ahogado en un chapoteo más potente mientras Fortemani, con los brazos en cruz, golpeaba la superficie y se hundía fuera de la vista, mientras que con el rocío que saltaba llegaba un hedor fétido para dar cuenta de lo desagradable de aquel baño inesperado.
Sin detenerse a ver el final de su obra, Francesco se inclinó sobre su sirviente postrado.
—¿Te han hecho daño las bestias, Lanciotto? —preguntó. Pero antes de que el hombre pudiera responder, uno de aquellos villanos había saltado sobre el Conde inclinado y lo había golpeado con una daga entre los omóplatos.
Un grito de alarma de mujer resonó, pues Valentina observaba la riña desde los escalones del salón, con Gonzaga a su lado.
Pero el jubón acolchado de Francesco había resistido la prueba del acero, y la punta de la daga del asesino resbaló sin causar daño, sin infligir mayor herida que un rasgón en la superficie de seda de la prenda. Un segundo después, el sujeto se vio atrapado como por un vínculo de acero. La daga fue arrancada de su agarre y su punta apoyada contra su pecho justo cuando el Conde lo obligaba a ponerse de rodillas.
En un instante se hizo la cosa, pero para el desdichado que se vio ante el umbral de la Eternidad, y que —como un verdadero hijo de la Iglesia— tenía un temor saludable al infierno, pareció una hora mientras, con las mejillas lívidas y los ojos desorbitados, esperaba que aquel puñal se hundiera en su corazón, tal como estaba dirigido. Pero no en el corazón cayó el golpe. Con un repentino resoplido de enojada diversión, el Conde arrojó la daga lejos de sí y descargó su puño cerrado con una fuerza aplastante en el rostro del rufián. El sujeto se desplomó inconsciente bajo aquel golpe poderoso, y Francesco, recuperando el látigo que yacía casi a sus pies, se alzó para enfrentarse a los demás que pudiera haber.
Desde el estanque, de pie con el agua hasta el pecho en aquella agua apestosa, con la cabeza y el rostro grotescamente enmascarados por un vil limo verde de vegetación podrida, Ercole Fortemani bramaba con horrible blasfemia que tendría la sangre de su agresor, pero no movió ni un pie para tomarla. No es que fuera por naturaleza un cobarde, pero, inspirado por un temor saludable al hombre que podía realizar tal milagro de fuerza, permaneció fuera del alcance de Francesco, bien en el medio de aquella cuenca cuadrada, y rugió con fuerza órdenes a sus hombres para que despedazaran al sujeto. Pero sus hombres ya habían visto suficiente de los métodos del Conde y no avanzaron sobre aquella figura vigorosa e intrépida que permanecía esperando por ellos con un látigo que varios ya habían probado. Apiñados, más como un rebaño de ovejas asustadas que como un cuerpo de hombres de guerra, se mantuvieron cerca de la torre de entrada, el escarnio de Peppe, quien desde la galería de piedra de arriba —para gran diversión de las damas de Valentina y dos pajes impertinentes que estaban con él— aplaudía en términos grandilocuentes su maravillosa valentía.
Se movieron al fin, pero fue ante la orden de Valentina. Ella había estado confiriendo con Gonzaga, quien —dando como razón que ella misma podría necesitar protección— se había mantenido a su lado, bien fuera de la refriega. Ella le había estado instando a hacer algo, y al fin él le había obedecido y bajado por el corto tramo de escalones hacia el patio; pero con tanta renuencia y lentitud que, con una exclamación de impaciencia, ella pasó repentinamente junto a él para realizar ella misma la tarea que le había rogado a él. Pasó ante Francesco con una palabra de tal elogio a su valor y una mirada de tal profunda admiración, que la sangre brotó, receptiva, a su mejilla. Se detuvo con una pregunta solícita por el ahora levantado pero gravemente magullado Lanciotto. Lanzó una mirada de ira y una orden enojada de silencio al gran Ercole, que seguía bramando desde su estanque, y entonces, a diez pasos de sus seguidores, se detuvo y, con semblante colérico y la mano extendida hacia su capitán, les ordenó arrestarlo.
Aquella orden repentina e inesperada dejó mudo al vociferante Fortemani. Se detuvo y se quedó boquiabierto ante sus hombres, quienes se miraban unos a otros ahora con duda; pero la duda fue rápidamente disipada por las propias palabras de la dama:
—Lo harán prisionero y lo conducirán a la sala de guardia, o los haré barrer a ustedes y a él fuera de mi castillo —les informó, con tanta confianza como si tuviera cien hombres de armas para cumplir sus órdenes contra ellos.
Un paso o dos detrás de ella estaba el Gonzaga de mejillas de lirio, mordiéndose el labio, tímido y conjeturando. Detrás de él, de nuevo, se alzaba la estatura vigorosa de Francesco del Falco con, a su lado, Lanciotto, de semblante casi tan resuelto como el suyo.
Esa era la fuerza completa con la que la dama hablaba de barrerlos —como si fueran tanta inmundicia— de Roccaleone, a menos que obedecieran sus órdenes. Todavía estaban dudando cuando el Conde avanzó al lado de Valentina.
—Han escuchado la elección que nuestra dama les da —dijo con severidad—. Háganos saber si obedecerán o desobedecerán. Esta elección que es suya ahora, puede no serlo de nuevo. Pero si eligen desobedecer a Madonna, la puerta está detrás de ustedes, el puente aún abajo. ¡Váyanse!
Furtivamente, desde debajo de cejas bajas, Gonzaga lanzó una mirada de impotente malicia al Conde. Cualquiera que fuera el resultado del asunto, este hombre no debía permanecer en Roccaleone. Era demasiado fuerte, demasiado dominante, y se haría dueño del lugar por ningún otro título que esa fuerza suya y ese modo de mando que Gonzaga consideraba el don de un matón tosco y fanfarrón, pero por el que habría dado mucho por poseer. De cuán fuerte y dominante era en realidad, nunca Francesco había ofrecido una prueba más señalada. Aquellos hombres, magullados y maltratados por él, sin duda se habrían unido y acabado pronto con alguien menos intrépido, pero cuando un coraje poderoso como el suyo va de la mano con el hábito de mando, tales villanos como ellos nunca pueden resistirlo por mucho tiempo. Gruñeron algo entre ellos, y uno de ellos al fin respondió:
—Noble señor, es a nuestro capitán a quien se nos ordena arrestar.
—Cierto; pero su capitán, al igual que ustedes, está al servicio de esta dama; y ella, su verdadera, su comandante suprema, les ordena arrestarlo. —Y ahora, mientras todavía dudaban, su ingenio rápido les lanzó el cebo que debía resultar más atractivo—. Él ha demostrado hoy no ser apto para el mando que se le confió y puede convertirse en una cuestión, cuando haya sido juzgado, de elegir a uno de ustedes para ocupar el lugar que pueda dejar vacío.
Villanos eran en verdad; la escoria de los bravi que frecuentaban el más miserable borgo de Urbino. Su vacilación se desvaneció, y tal leve lealtad como sentían hacia Ercole fue anulada por la perspectiva de su posición y su paga, en caso de que su desgracia se consumara.
Le llamaron a salir de su refugio, donde todavía permanecía, mudo y abatido por este repentino giro que habían tomado los acontecimientos. Se negó hoscamente a obedecer la llamada a rendirse, hasta que Francesco —quien ahora asumía el mando con una disposición que irritaba a Gonzaga más y más— ordenó a uno de ellos que fuera a buscar un arcabuz y disparara al perro. Ante eso, gritó pidiendo clemencia y vino vadeando hasta el borde del estanque jurando que si la inmersión no lo había ahogado, era un milagro que no estuviera envenenado.
Así cerró un incidente que había tenido un aspecto sumamente feo, y sirvió para abrir los ojos de Valentina a la verdadera calidad de los hombres que Gonzaga había contratado para ella. Quizás que abrió los suyos, pues aquel amable tañedor de laúd era verde de experiencia en estos asuntos. Le pidió a Gonzaga que cuidara de Francesco y llamó a uno de los pajes sonrientes de la galería para que fuera su escudero. Se puso una habitación a su disposición por el poco tiempo que pudiera pasar en Roccaleone, mientras ella deliberaba cuál debería ser su curso.
Una campana repicó en el ala sur lejana del castillo, más allá del segundo patio, y la llamó a la capilla, pues allí el Fra Domenico decía Misa cada mañana. Y así se despidió de Francesco, diciendo que rezaría al Cielo para que la dirigiera a una elección sabia, ya fuera huir de Roccaleone, o permanecer y repeler el ataque de Gian Maria.
Francesco, atendido por Gonzaga y el paje, se dirigió a una hermosa habitación bajo la Torre del León, que se alzaba en el ángulo sureste de la fortaleza. Sus ventanas daban al segundo patio, o patio interior, a través del cual Valentina y sus damas se dirigían ahora apresuradamente a Misa.
Gonzaga hizo lo posible por sofocar el resentimiento que sentía contra este hombre, en quien veía a un intruso, y se esforzó por tratarlo con la cortesía que era su debido. Incluso habría llegado al extremo de discutir con él la situación —impulsado por una cierta desconfianza, y astutamente deseoso de sondear el motivo real que había traído a este extraño a interesarse en los asuntos de Valentina. Pero Francesco, cansado, aunque con una cortesía irreprochable, lo evitó y pidió que Lanciotto fuera enviado para atenderlo. Al ver la inutilidad de sus intentos, Gonzaga se retiró con mayor resentimiento, pero con una dulzura de sonrisa y una profundidad de cortesías aumentadas.
Bajó para dar órdenes de levantar el puente y, encontrando a los hombres singularmente dóciles y tratables después de la dura lección que Francesco les había dado, descargó sobre ellos parte del vasto mal humor que lo poseía. Luego pasó a sus propios aposentos, y allí se sentó junto a una ventana que daba a los jardines del castillo, con sus pensamientos desagradables como única compañía.
Pero pronto su ánimo se iluminó y cobró valor, pues podía ser muy valiente cuando el peligro era remoto. Era mejor, reflexionó, que Valentina abandonara Roccaleone. Tal era el curso que aconsejaría e instaría. Naturalmente, iría con ella, y así podría avanzar su corte tanto en otro lugar como en aquel castillo. Por otro lado, si ella permanecía, pues, también lo haría él, y, después de todo, ¿qué si venía Gian Maria? Como Francesco había dicho, el asedio no podía prolongarse, gracias a los enredados asuntos de Babbiano. Pronto Gian Maria se vería obligado a volverse a casa, a defender su Ducado. Si, entonces, por un poco de tiempo podían mantenerlo a raya, todo estaría aún bien. Sin duda había sido demasiado rápido para desesperarse.
Se levantó y se estiró con indolente placer, luego, abriendo de par en par su ventana, se inclinó para respirar el aire de la mañana. Una risa suave se le escapó. Había sido un tonto en verdad al atormentarse con temores cuando había oído hablar por primera vez de la llegada de Gian Maria. Visto correctamente, se convertía en un servicio el que Gian Maria le hacía, ya permanecieran o se fueran. El amor no tiene mayor promotor que un peligro compartido, y una semana de tales disturbios como los que Gian Maria probablemente les causaría debería hacer más por avanzar su corte de lo que podría esperar lograr en todo un mes de cortejo pacífico. Entonces el recuerdo de Francesco puso una arruga entre sus cejas, y pensó en lo impresionada que Valentina había estado con el sujeto cuando lo vio por primera vez en Acquasparta, y en cómo, mientras cabalgaba aquel día, no había visto nada más que los ojos oscuros de este Caballero Francesco.
—¿Caballero Francesco de qué o de dónde? —murmuró para sí mismo—. ¡Bah! Un aventurero sin nombre ni hogar; un matón fanfarrón, que apesta a sangre y cuero, y apto para manejar a una jauría como la de Fortemani. Pero con una dama, ¿qué logrará tal patán, cómo prevalecerá? —Se rio del celo incipiente con desprecio, y su frente se aclaró, pues ahora estaba en un estado de ánimo optimista; quizás una reacción a sus recientes temores—. ¡Sin embargo, por la Hostia! —prosiguió, pensando en la asombrosa audacia que Francesco había mostrado en el patio—, tiene la fuerza de Hércules y una forma de ser que lo hace temido y obedecido. ¡Puf! —se rio de nuevo, mientras, al darse la vuelta, descolgaba su laúd de donde colgaba en la pared—. El bastardo de algún condottiero, que combina con la arrogancia prepotente de su padre el alma campesina de su descuidada madre. ¿Y temo que tal como ese toque el corazón de mi inigualable Valentina? Vaya, es un pensamiento que le hace un pobre honor.
Y descartando a Francesco de su mente, buscó las cuerdas con sus dedos y tocó un acompañamiento mientras regresaba a la ventana, su voz, maravillosamente dulce y tierna, rompiendo en una suave canción de amor.
CAPÍTULO XV. LA MISERICORDIA DE FRANCESCO
Monna Valentina y sus damas cenaron al mediodía en una pequeña cámara que se abría desde el gran salón, y allí fueron invitados Francesco y Gonzaga. La compañía fue atendida por los dos pajes, mientras Fra Domenico, con un delantal blanco como la nieve ceñido sobre su portentosa cintura, traía los platos humeantes desde la cocina donde los había preparado; pues, como un verdadero conventual, era algo así como un maestro en la confección —y un verdadero glotón en el consumo— de comestibles deleitables. La cocina era para él como el santuario de algún culto menor, y si su breviario y sus cuentas le exigieran la mitad del fervor extasiado de sus devociones a la olla y la sartén, al caldero y al espetón, entonces la canonización le estaría ciertamente asegurada.
Les sirvió aquel día una cena que ningún príncipe comandaba mejor, a menos que fuera el Papa. Había hortelanos, abatidos en el valle, hechos con trufas, que hacían que el epicúreo Gonzaga pusiera los ojos en blanco, traducidos a través del medio de su paladar en un verdadero paraíso de deleite sensual. Había una liebre, atrapada en la ladera, y estofada en Malvasía, de un sabor tan delicado que Gonzaga se arrepentía de su fuerte indulgencia en los hortelanos; había trucha, recién pescada en el arroyo de abajo, y un maravilloso pastel que se volvía líquido en la boca. Para regar estas cosas buenas había vino tinto fuerte de Puglia y Malvasía más delicada, pues en su aprovisionamiento de la fortaleza Gonzaga se había arreglado para que, al menos, no tuvieran sed.
—Para una guarnición que espera asedio, ustedes comen muy bien en Roccaleone —fue el comentario de Francesco sobre aquel excelente banquete.
Fue el loco quien le respondió. Se sentaba fuera de la vista en el suelo, encorvado contra la silla de una de las damas de Valentina, que de vez en cuando le arrojaba un bocado de su plato, tal como podría haber tratado a un sabueso favorito.
—Tiene al fraile que agradecerle por ello —dijo, con voz amortiguada, pues tenía la boca llena de pastel—. Que me condenen cuando muera, si no lo hago mi confesor. El hombre que puede administrar así a los cuerpos debería arreglárselas maravillosamente bien con las almas. Fra Domenico, me confesarás después de la puesta del sol.
—No me necesitas —respondió el monje, con ira desdeñosa—. Hay una bienaventuranza para tales como tú: "Bienaventurados los pobres de espíritu".
—¿Y no hay ninguna maldición para tales como tú? —respondió el loco—. ¿No dice en ninguna parte: "Malditos los gruesos de carne, los glotones gordos y rotundos que se fabrican un dios de sus propios vientres"?
Con su pie calzado con sandalias, el fraile le propinó al loco una patada subrepticia.
—Cállate, víbora, bolsa de veneno.
Temiendo algo peor, el loco se recogió.
—¡Cuidado! —gritó con voz chillona—. Recuerda, fraile, que la ira es un pecado capital. ¡Cuidado, digo!
Fra Domenico contuvo su mano alzada y comenzó a murmurar retazos de latín, sus párpados velando sus ojos súbitamente bajos. Así, Peppe llegó a la puerta.
—Dime, fraile; al oído, ahora: ¿era una liebre lo que estofaste, o una sandalia desgastada?
—Ahora, que Dios me perdone —rugió el monje, saltando hacia él.
—¿Por tu cocina? Sí, reza... de rodillas. —Esquivó un golpe, se agachó y volvió a entrar en la habitación—. ¿Un cocinero, tú? ¡Puf! ¡tú tonel de manteca de convento! Tus hortelanos estaban quemados, tu trucha nadaba en grasa, tu pastel...
Lo que pudiera haber sido el pastel, la compañía no iba a saberlo, pues Fra Domenico, de rostro carmesí, se había abalanzado sobre el loco, y lo habría atrapado si no se hubiera zambullido bajo la mesa por las faldas de Valentina, y suplicado su protección contra este maníaco grosero que se tenía por cocinero.
—Ahora, contenga su ira, padre —dijo ella, riendo con el resto—. Solo le molesta. Tenga paciencia con él por el bien de esa bienaventuranza que citó, que lo ha incitado a represalias.
Aplacado, pero aún murmurando amenazas de una paliza que le daría a Peppe cuando la oportunidad le sirviera mejor, el fraile volvió a sus deberes domésticos. Se levantaron poco después, y a sugerencia de Gonzaga, Valentina se detuvo en el gran salón para dar órdenes de que Fortemani fuera traído ante ella para ser juzgado. De una veintena de maneras, desde su llegada a Roccaleone, Ercole había faltado al respeto al que Gonzaga se consideraba con derecho, y esta oportunidad la aprovechó con entusiasmo para descargar su rencor vengativo.
Valentina le rogó a Francesco que él también se quedara y les ayudara con su vasta experiencia, una frase que provocó una desagradable punzada en el corazón de Romeo Gonzaga. Tal vez fue tanto para reafirmarse a sí mismo como para gratificar su rencor contra Fortemani que, tras despachar a un soldado a buscar al prisionero, se volvió para sugerir secamente que Ercole debería ser ahorcado de inmediato.
—¿Para qué sirve un juicio? —exigió—. Todos fuimos testigos de su insubordinación, y para eso solo puede haber un castigo. ¡Que el animal cuelgue!
—Pero el juicio es sugerencia suya —protestó ella.
—No, Madonna. Solo sugerí un juicio. Es desde que le ha rogado a Messer Francesco, aquí presente, que nos asista, que opino que usted pretende darle al bellaco un juicio.
—¿Atribuiría a este querido Gonzaga tanta sed de sangre? —preguntó ella a Francesco—. ¿Comparte usted, señor, su opinión de que el capitán debería ser ahorcado sin ser escuchado? Me temo que sí, pues, por lo que he visto de ellos, sus maneras no se inclinan a la delicadeza.
Gonzaga sonrió, comprendiendo por esa frase cuán certeramente ella apreciaba la naturaleza basta de este extraño. La respuesta de Francesco les sorprendió.
—No, considero que el consejo de Messer Gonzaga es erróneo. Muestre clemencia a Fortemani ahora, cuando no espera ninguna, y habrá hecho de él un servidor fiel. Conozco a los de su clase.
—Ser Francesco habla sin el conocimiento que nosotros tenemos, Madonna —fue el grosero comentario de Gonzaga—. Se debe dar un ejemplo si queremos obtener respeto y orden de estos hombres.
—Entonces que sea un ejemplo de clemencia —sugirió Francesco con dulzura.
—Bien, ya veremos —fue la respuesta de Valentina—. Me gusta su consejo, Messer Francesco, y sin embargo veo cierta sabiduría en las palabras de Gonzaga. Aunque en un caso como este preferiría asociarme con la locura antes que cargar con la muerte de un hombre sobre mi conciencia. Pero ahí viene, y al menos le daremos juicio. Quizás esté arrepentido a estas alturas.
Gonzaga se burló y tomó su lugar a la derecha de la silla de Valentina, mientras Francesco permanecía a su izquierda; y de este modo se dispusieron a juzgar al capitán de sus fuerzas.
Fue traído entre dos hombres de armas acorazados, con las manos atadas a la espalda, su paso tan pesado como el de un hombre con miedo, sus ojos dirigidos con hosquedad hacia el trío que esperaba, pero sobre todo hacia Francesco, quien tan notablemente había provocado su derrota. Valentina extendió una mano hacia Gonzaga, y de Gonzaga la agitó ligeramente en dirección al bravucón. Respondiendo a ese gesto, Gonzaga enfrentó al capitán maniatado con aire truculento.
—Conoces tu ofensa, bellaco —le gritó—. ¿Tienes algo que alegar que pueda disuadirnos de ahorcarte?
Fortemani arqueó las cejas un momento, sorprendido por esta ferocidad de alguien a quien siempre había considerado una mujer. Luego soltó una carcajada de tal desprecio que el color subió a las mejillas de Gonzaga.
—Llévenselo... —comenzó furiosamente, cuando Valentina intervino, poniendo una mano sobre su brazo.
—No, no, Gonzaga, sus métodos son todos erróneos. Dígale... No, lo interrogaré yo misma. Messer Fortemani, usted ha sido culpable de un acto de abuso grave. Usted y sus hombres fueron contratados para mí por Messer Gonzaga, y a usted se le dio el cargo honorable de capitán sobre ellos, para que pudiera guiarlos en este servicio mío por los caminos del deber, la sumisión y la lealtad. En lugar de eso, usted fue el instigador de ese ultraje esta mañana, cuando casi se comete un asesinato contra un hombre inofensivo que era mi invitado. ¿Qué tiene que decir?
—Que yo no fui el instigador —respondió hosco.
—Es todo lo mismo —replicó ella—, pues al menos se hizo con su consentimiento, y usted tomó parte en ese deporte cruel en lugar de refrenarlo, como era claramente su deber. Es sobre usted, el capitán, sobre quien recae la responsabilidad.
—Señora —explicó él—, son almas salvajes, pero muy leales.
—Leales a su salvajismo, quizás —le respondió ella con desdedén. Luego continuó—: Recordará que dos veces antes ha tenido Messer Gonzaga ocasión de amonestarlo. Estas dos últimas noches sus hombres se han comportado de manera desenfrenada dentro de mis muros. Ha habido mucha bebida, ha habido juegos de dados y tales peleas una o dos veces que me llevaron a pensar que habría gargantas cortadas entre sus filas. Fue advertido por Messer Gonzaga para que mantuviera a sus seguidores con mejor correa, y aun así hoy, sin ni siquiera la embriaguez para disculparlos, tenemos este asunto vil, con usted mismo como cabecilla.
Siguió una pausa, durante la cual Ercole permaneció con la cabeza gacha como alguien que piensa, y Francesco volvió su mirada cargada de asombro hacia esta joven menuda de ojos castaños dulces que habían sido tan tiernos y compasivos. Maravillándose de la grandeza de su espíritu, se volvió —inconscientemente— aún más esclavizado.
Gonzaga, ajeno a esto, observaba a Fortemani a la espera de su respuesta.
—Madonna —dijo finalmente el bravucón—, ¿qué puede esperar de una tropa como esta? Messer Gonzaga no puede haber esperado que yo reclutara acólitos para un negocio que él mismo me dijo bordeaba el bandidaje. En cuanto a su embriaguez y la pequeñez de los disturbios, ¿qué soldados no tienen estos defectos? Cuando no los tienen, tampoco tienen mérito. El hombre que es manso en tiempos de paz es una mujer cobarde en tiempos de guerra. Por lo demás, ¿de dónde vino el vino que bebieron? Fue provisto por Messer Gonzaga.
—¡Mientes, sabueso! —estalló Gonzaga—. Yo proporcioné vino para la mesa de Madonna, no para los hombres.
—Aun así, algo llegó a ellos; lo cual es bueno. Porque el agua en el estómago hace a un hombre de poco espíritu. ¿Dónde está el pecado de un poco de indulgencia, Madonna? —continuó, volviéndose de nuevo hacia Valentina—. Estos hombres míos probarán su temple cuando llegue el momento de los golpes. Son perros, quizás, pero todos ellos mastines, y perderían cien vidas a su servicio si las tuvieran.
—Sí, si las tuvieran —intervino Gonzaga con acritud—; pero no teniendo más que una cada uno, no les importará arriesgarla.
—No, ahí se equivoca con ellos —gritó Fortemani con vehemencia—. Denles un líder lo suficientemente fuerte para sostenerlos, para alentarlos y someterlos, y ellos irán a cualquier parte bajo su mando.
—Y ahí —intervino Gonzaga rápidamente—, nos devuelve al asunto principal. Ha demostrado que usted no es ese líder. Ha hecho algo peor. Ha sido insubordinado cuando no solo debería haber sido ordenado, sino que debería haber impuesto orden en otros. Y por eso, según mi criterio, debería ser ahorcado. No pierda más tiempo con él, Madonna —concluyó, volviéndose hacia Valentina—. Que se haga el ejemplo.
—Pero, Madonna... —comenzó Fortemani, palideciendo bajo el bronceado de su rostro rugoso.
Gonzaga lo silenció.
—Sus palabras son vanas. Ha sido insubordinado, y por insubordinación solo hay un castigo.
El bravucón bajó la cabeza, creyéndose perdido, y careciendo del ingenio para replicar como Francesco replicó inesperadamente por él.
—Madonna, ahí su consejero está en falta. El cargo contra el hombre es incorrecto. No ha habido insubordinación.
—¿Cómo? —preguntó ella, volviéndose hacia el Conde—. ¿Ninguna, dice usted?
—Ha surgido un Salomón —se burló Gonzaga. Luego, con irritación—: No gaste palabras con él, Madonna —prosiguió—. Nuestro asunto es con Fortemani.
—Pero espere, mi buen Gonzaga. Puede que tenga razón.
—Su corazón es demasiado tierno —respondió Romeo con impaciencia. Pero ella ya se había alejado de él y le estaba rogando a Francesco que aclarara su significado.
—Si él hubiera alzado su mano contra usted, Madonna, o incluso contra Messer Gonzaga, o si hubiera desobedecido una orden dada por cualquiera de ustedes, entonces, y solo entonces, podría haber cuestión de insubordinación. Pero él no ha hecho ninguna de estas cosas. Es culpable de maltratar gravemente a mi sirviente, es cierto, pero no hay insubordinación en eso, ya que no estaba bajo ninguna promesa de lealtad a Lanciotto.
Lo miraron como si sus palabras fueran de sabiduría recóndita en lugar de la simple declaración de un caso evidente. Gonzaga cabizbajo, Fortemani con una luz de esperanza y asombro brillando en sus ojos, y Madonna con un leve movimiento de cabeza que argumentaba acuerdo. Discutieron un rato más, Gonzaga amargo, vengativo y temerariamente desdeñoso tanto con Francesco como con Fortemani. Pero el Conde mantuvo tan resueltamente el terreno que había tomado que, al final, Valentina se encogió de hombros, se declaró convencida y le pidió a Francesco que dictara sentencia.
—¿Habla en serio, Madonna? —dijo Francesco con sorpresa, mientras un ceño fruncido ensombrecía la serenidad de la frente de Gonzaga.
—Lo estoy. Ocúpese de él como crea mejor y más justo, y sucederá con él exactamente como usted ordene.
Francesco se volvió hacia los hombres de armas.
—Desátenlo, uno de ustedes —dijo brevemente.
—Creo que está loco —gritó Gonzaga en un frenesí, pero su estado de ánimo nacía más del despecho de ver al intruso prevalecer donde él había fracasado—. Madonna, no le haga caso.
—Le ruego que deje estar, mi buen Gonzaga —respondió ella con suavidad, y Gonzaga, a punto de desmayarse por despecho, le obedeció.
—Déjenlo ahí y váyanse —fue la siguiente orden de Paolo a los hombres, y se marcharon, dejando al asombrado Fortemani solo, desatado y cohibido.
—Ahora escúcheme bien, Messer Fortemani —le amonestó Francesco—. Hizo algo cobarde, indigno del soldado que quiere que los hombres crean que es. Y por eso, creo, el castigo que recibió a mis manos ha sido suficiente, en tanto que la indignidad a la que lo sometí ha sacudido su posición con sus seguidores. Vuelva con ellos ahora y recupere lo que ha perdido, y cuide de que en el futuro sea más digno. Que esto le sirva de lección, Messer Fortemani. Ha estado peligrosamente cerca de la horca, y se le ha demostrado que en momentos de peligro sus hombres están listos para levantar la mano contra usted. ¿Por qué es eso? Porque no ha buscado su respeto. Ha sido demasiado compañero de ellos en su bebida y sus peleas, en lugar de mantenerse al margen con dignidad.
—Señor, ¡he aprendido la lección! —respondió el bravucón amedrentado.
—Entonces actúe en consecuencia. Reasuma su mando y discipline a sus hombres hacia un mejor orden. Madonna, aquí presente, y Messer Gonzaga olvidarán este asunto. ¿No es así, Madonna? ¿No es así, Messer Gonzaga?
Influenciada por su voluntad y por una intuición que le decía que, hacia cualquier fin que estuviera trabajando, estaba trabajando sabiamente, Valentina le dio a Fortemani la seguridad que Francesco le rogaba, y Gonzaga se vio obligado a seguir su ejemplo a regañadientes.
Fortemani hizo una profunda reverencia, con el rostro pálido y los miembros temblando como ni siquiera el miedo los había hecho temblar. Avanzó hacia Valentina y, hundiéndose sobre una rodilla, besó humildemente el dobladillo de su vestido.
—Su clemencia, Madonna, no le causará pesar. Le serviré hasta la muerte, señora, y a usted, señor. —Ante las últimas palabras, levantó sus ojos hacia el rostro tranquilo de Francesco. Luego, sin siquiera una mirada al decepcionado Gonzaga, se levantó y, haciendo una reverencia de nuevo —como un cortesano verdadero—, se retiró.
El cierre de la puerta fue para Gonzaga la señal para estallar en un torrente de amargos reproches contra Francesco, reproches que fueron contenidos a mitad de camino por Valentina.
—Está fuera de sí, Gonzaga —exclamó—. Lo que se ha hecho, se ha hecho con mi consentimiento. No dudo de la sabiduría de ello.
—¿No lo duda? ¡Dios quiera que nunca lo haga! Pero ese hombre no conocerá la paz hasta que se vengue de nosotros.
—Messer Gonzaga —respondió Francesco con una cortesía incomparable—, soy un hombre de más edad que usted, y tal vez haya visto más guerras y más hombres como ese. Cierto valor acecha en ese bravucón a pesar de toda su jactancia y fanfarronería, y hay, también, un cierto sentido de justicia. Clemencia ha tenido hoy, y el tiempo mostrará lo acertado que estuve al perdonarlo en nombre de Madonna. Le digo, señor, que en ninguna parte tiene Monna Valentina un servidor más fiel de lo que él es probable que se convierta ahora.
—Le creo, Messer Francesco. De hecho, estoy seguro de que su acto fue la sabiduría misma.
Gonzaga se mordió el labio.
—Puedo estar equivocado —dijo en un asentimiento a regañadientes—. Espero, de hecho, estarlo.
CAPÍTULO XVI. GONZAGA SE DESENMASCARA
Los cuatro grandes muros exteriores de Roccaleone se alzaban formando un cuadrado imponente, del cual el castillo propiamente dicho ocupaba solo la mitad. La otra mitad, extendiéndose de norte a sur, era una extensión de jardín, dividida en tres terrazas. La más alta de ellas no era más que un estrecho callejón bajo el muro sur, techado de extremo a extremo por un enrejado de vides sobre vigas ennegrecidas por la edad, sostenido por pilares de granito, cuadrados y toscamente tallados.
Un empinado tramo de escalones de granito, con malas hierbas en los intersticios de la vieja piedra y terminando en un par de leones yacentes en la base, conducía a la terraza intermedia, que era llamada el jardín superior. Esta estaba dividida en dos por una galería de árboles de boj gigantescos que bajaban hacia la terraza inferior, dando testimonio elocuente de la edad de aquel viejo jardín. En esta galería el sol nunca penetraba más que con un rayo furtivo, y en el día más caluroso del verano un frescor agradecido habitaba en su penumbra verde. Jardines de rosas se extendían a cada lado, pero el descuido de los últimos tiempos los había dejado cubiertos de maleza.
La tercera y más baja de estas terrazas, que era más larga y ancha que cualquiera de las de arriba, no era más que una suave extensión de césped, bordeada por acacias y plátanos, desde cuya esquina extrema surgía una escalera de piedra en espiral con barandilla de hierro, que conducía a un nido de águila que correspondía diagonalmente con la Torre del León, donde se alojaba el Conde de Aquila.
En este verde césped, las damas de Valentina y un paje pasaban la tarde en un juego de bochas; su torpeza en el insólito pasatiempo provocaba la broma de buen humor de Peppe, quien observaba, y sus propias risas aún más joviales.
Fortemani, también, estaba allí, desafiando el asunto de la mañana, que casi parecía haber olvidado, tan dueño de sí mismo y tan a sus anchas estaba. Él era del tipo con quien la vergüenza nunca golpea muy profundamente, y allí se pavoneaba alegremente, entre las mujeres, rodando sus ojos feroces para mirarlas seductoramente, arrojando su nueva capa llamativa con un desdén aristocrático —gloriosamente consciente de que no se rasgaría al arrojarla, como las capas a las que la cruda circunstancia le había acostumbrado recientemente— y pavoneándose como cualquier gallo sobre un estercolero.
Pero la lección que había aprendido no era probable que corriera la misma suerte de olvido. De hecho, sus frutos ya se observaban en la conducta más ordenada de sus hombres, cuatro de los cuales, con la alabarda al hombro, hacían guardia en los muros del castillo. Habían saludado su regreso entre ellos con burlas y alusiones sarcásticas a su inmersión, pero con unos pocos golpes certeramente dirigidos había abofeteado a los más ruidosos hasta el silencio y un humor más servil. Les había hablado en un tono áspero y truculento, dando órdenes que pretendía que fueran obedecidas, a menos que el desobediente estuviera ansioso por rendir cuentas con él.
De hecho, era un hombre cambiado, y cuando esa noche sus seguidores, habiendo bebido lo que él consideraba suficiente para su bien, ignoraron sus órdenes de que debían desistir e irse a dormir, él fue en busca de Monna Valentina. La encontró en conversación con Francesco y Gonzaga, sentada en la logia del comedor. Habían estado allí desde la cena, discutiendo la sabiduría de irse o quedarse, de huir o permanecer firmes para recibir a Gian Maria. Su conferencia fue interrumpida ahora por Ercole con su queja.
Ella despachó a Gonzaga para apaciguar a los hombres, un curso que Fortemani trató con una burla encubierta. El petimetre fue regocijándose ante esta prueba de que su estima por sus cualidades de mando no había sufrido en absoluto por el contraste con las de aquel espadachín de Francesco. Pero su orgullo lo llevó a una caída amarga.
Se burlaron de sus reprimendas, y cuando él emuló los métodos de Francesco, dirigiéndose a ellos con aguda ferocidad y llamándolos bestias y cerdos, captaron el falso tono de su fiereza, que era tan diferente de la verdadera como el sonido del plomo es diferente al de la plata. Lo insultaron con burlas, imitaron su voz de tenor, que la excitación había vuelto estridente, y le dijeron que se fuera a rasguear un laúd para el deleite de su dama, y que dejara el trabajo de los hombres a los hombres.
Su ira creció, y ellos perdieron la paciencia; y de mostrar sus dientes en risas, comenzaron a mostrarlos en gruñidos. Ante esto, su ferocidad lo abandonó. Pasando junto a Fortemani, que permanecía frío y desdeñoso junto a la puerta, observando el fracaso que había esperado, regresó con las mejillas ardiendo y palabras amargas hacia Madonna Valentina.
Ella estaba consternada por la historia que él le trajo, magnificada para cubrir su propia vergüenza. Francesco permanecía sentado tranquilamente tamborileando en el alféizar, con los ojos puestos en el jardín iluminado por la luna debajo, y nunca con palabra ni señal sugiriendo que podría tener éxito donde Romeo había fallado. Al final ella se volvió hacia él.
—¿Podría usted...? —comenzó, y se detuvo, sus ojos vagando de vuelta hacia Gonzaga, reacia a herir aún más un orgullo que ya estaba muy dolorido. Al instante, Francesco se levantó.
—Podría intentarlo, Madonna —dijo en voz baja—, aunque el fracaso de Messer Gonzaga no me da muchas esperanzas. Y sin embargo, puede que él haya quitado el filo a su seguridad, y que, así, una tarea más fácil me aguarde. Lo intentaré, Madonna. —Y con eso se fue.
—Tendrá éxito, Gonzaga —dijo ella, después de que se hubo ido—. Es un hombre de guerra, y conoce las palabras a las que estos tipos no tienen respuesta.
—Le deseo suerte en su misión —se burló Gonzaga, con su rostro bonito ahora blanco de hosquedad—. Y le apuesto a que fracasa.
Pero Valentina desdeñó la oferta cuya temeridad ya estaba más que probada cuando, al cabo de unos diez minutos, Francesco volvió a entrar, tan imperturbable como cuando salió.
—Ya están tranquilos, Madonna —anunció.
Ella lo miró interrogante.
—¿Cómo lo logró? —inquirió.
—Tuve una pequeña dificultad —dijo—, aunque no excesiva. —Su ojo vagó hacia Gonzaga, y sonrió—. Messer Gonzaga es demasiado gentil con ellos. Demasiado cortesano para aprovecharse de la brutalidad que es necesaria cuando tratamos con brutos. No debería desdeñar usar sus manos con ellos —amonestó al petimetre con toda seriedad, y sin rastro de ironía. Ni Gonzaga sospechó ninguna.
—¿Yo, ensuciarme las manos con esa alimaña? —gritó con voz de horror—. Preferiría morir antes.
—O si no, pronto después —chilló Peppe, que había entrado sin ser visto—. Patrona mía, debería haber visto a este paladín —continuó, adelantándose—. ¡Vaya! Orlando nunca fue ni la mitad de furioso que él cuando estuvo allí diciéndoles qué clase de inmundicia eran, y ordenándoles ir a la cama antes de que los expulsara con un palo de escoba.
—¿Y se fueron? —preguntó ella.
—No al principio —dijo el bufón—. Habían bebido lo suficiente para hacerse muy valientes, y uno que estaba muy borracho fue tan valiente como para asaltarlo. Pero Ser Francesco lo derriba con sus manos, y llamando a Fortemani le ordena que haga que el hombre sea arrojado a un calabozo para que se le pase la borrachera. Luego, sin esperar siquiera a ver sus órdenes cumplidas, se marcha, seguro de que no hacía falta más. Ni hacía falta. Se levantaron, murmurando una o dos maldiciones, quizás, pero no tan fuerte como para que pudieran llegar a los oídos de Fortemani, y se fueron a la cama.
Ella miró de nuevo a Francesco con ojos admirados y habló de su audacia en términos encomiásticos. Él minimizó esto; pero ella persistió.
—Ha visto mucha guerra, señor —casi preguntó, casi afirmó.
—Vaya, sí, Madonna.
Y aquí el retorcido Gonzaga espió su oportunidad.
—No recuerdo su nombre, buen señor —ronroneó.
Francesco se volvió a medias hacia él y, a pesar de que su mente trabajaba con una rapidez de rayo, su rostro permanecía indolentemente tranquilo. Revelar su verdadera identidad lo consideró imprudente, pues todo lo relacionado con la prole de Sforza debía ganarse la desconfianza de Valentina. Se sabía que el Conde de Aquila gozaba de gran favor ante Gian Maria, y la noticia de su repentina caída y destierro no podría haber llegado a oídos de la sobrina de Guidobaldo, quien había huido antes de que el conocimiento de ello estuviera en Urbino. Su nombre despertaría sospechas, y cualquier historia de desgracia y destierro podría ser considerada la máscara misma para encajar a un espía. Estaba este Gonzaga reluciente y venenoso, en quien ella confiaba y del que dependía, para susurrar insidiosamente en su oído.
—Mi nombre —dijo con serenidad— es, como le he dicho, Francesco.
—¿Pero tiene usted otro? —preguntó Valentina, movida por el interés.
—Pues, sí, aunque tan estrechamente ligado al primero que apenas vale la pena mencionarlo. Soy Francesco Franceschi, un caballero errante.
—Y uno verdadero, según sé. —Ella le sonrió con tanta dulzura que Gonzaga se enfureció.
—No he oído ese nombre antes —murmuró, añadiendo—: ¿Su padre era...?
—Un caballero de la Toscana.
—¿Pero no de la Corte? —sugirió Romeo.
—Pues, sí, de la Corte.
Entonces, con una sutil insolencia que hizo subir la sangre a las mejillas de Francesco, aunque para la mente casta de Valentina no significara nada: —¡Ah! —replicó él—. Pero entonces, ¿su madre...?
—Era más exigente, señor, que la suya —vino la respuesta tajante, y desde las sombras, la sofocada carcajada del bufón añadió hiel al asunto.
Gonzaga se levantó pesadamente, respirando con dificultad, y ambos hombres se atravesaron con la mirada. Valentina, sin comprender, miró de uno al otro.
—Señores, señores, ¿qué han dicho? —exclamó—. ¿Por qué toda esta guerra de miradas?
—Es demasiado pronto para ofenderse, Madonna, para ser un hombre honrado —fue la respuesta de Gonzaga—. Como la serpiente entre la hierba, está muy listo con su aguijón cuando tratamos de descubrirlo.
—Qué vergüenza, Gonzaga —gritó ella, levantándose también—. ¿Qué está diciendo? ¿Se ha vuelto loco? Vamos, señores, puesto que ambos sois amigos míos, sed amigos el uno del otro.
—¡Qué silogismo tan perfecto! —murmuró el bufón, sin ser escuchado.
—Y usted, Messer Francesco, olvide sus palabras. No las dice en serio. Es muy fogoso de temperamento, pero de buen corazón, este buen Gonzaga.
Al instante, la nube se despejó de la frente de Francesco.
—Bien, ya que lo pide —respondió, inclinando la cabeza—, si él solo dice que no hubo malicia en sus palabras, confesaré lo mismo de las mías.
Gonzaga, enfriándose, vio que quizás había ido demasiado lejos, y estuvo más dispuesto a reparar el daño. Sin embargo, en su pecho albergaba una reserva adicional de veneno, un soplo del cual se escapó cuando dejaba a Valentina, después de que Francesco ya se hubiera marchado:
—Madonna —masculló—, desconfío de ese hombre.
—¿Desconfiar de él? ¿Por qué? —preguntó ella, frunciendo el ceño a pesar de su fe en el magnífico Romeo.
—No sé por qué; pero está aquí. Lo siento. —Y con la mano se tocó la región del corazón—. Diga que no es un espía y llámeme loco.
—Pues haré ambas cosas —rio ella. Luego, con más severidad, añadió—: Váyase a dormir, Gonzaga. Su juicio le engaña. Peppino, llame a mis damas.
En el momento en que se quedaron a solas, él se acercó a ella, espoleado a la locura por los celos que había sufrido aquel día. Su rostro brillaba pálido bajo la luz de las velas, y en sus ojos había una ferocidad latente que la hizo detenerse.
—Haga lo que quiera, Madonna —dijo con voz contenida—; pero mañana, ya sea que nos vayamos de aquí o nos quedemos, él no permanecerá con nosotros.
Ella se irguió hasta alcanzar toda su esbelta y elegante estatura, con los ojos al nivel de los de Gonzaga.
—Eso —respondió— es algo que será decretado por mí o por él.
Él respiró con fuerza, y su voz se endureció más allá de lo creíble en alguien que solía ser tan gentil de tono y maneras.
—Esté advertida, Madonna —masculló, acercándose tanto que con el más leve balanceo ella tendría que tocarlo—, que si este sbirro sin nombre alguna vez se atreve a interponerse entre usted y yo, por Dios y sus santos, ¡lo mataré! Esté advertida, se lo digo.
Y al abrirse la puerta en ese momento, retrocedió, hizo una reverencia y, rozando a las damas que entraban, alcanzó el umbral. Allí, alguien tiró de las prodigiosas mangas foliadas que se extendían a su lado en el aire como las alas de un pájaro. Se volvió y vio a Peppino haciéndole señas para que bajara la cabeza.
—Una palabra a su oído, Magnífico. Hubo una vez un hombre que salió por lana y volvió trasquilado.
Dando un manotazo al bufón, se marchó.
Valentina se hundió en su asiento junto a la ventana, en un tumulto de ira y asombro mezclados que palideció su mejilla e hizo que su pecho se agitara. Era la primera insinuación de sus intenciones respecto a ella que Gonzaga se había atrevido a dejar escapar, y la condición en la que la dejó presagiaba algo malo para su éxito final. Su ira la habría soportado, de haberla contemplado, pues la habría atribuido al tono que había empleado con ella. Pero su incredulidad de que él pudiera haberse atrevido realmente a querer decir lo que sus sentidos le decían que había querido decir, le habría mostrado lo desesperado de su caso y lo ofendida, lo ultrajada en el alma que había quedado por este momento de apasionada revelación. Habría comprendido entonces que, a sus ojos, él nunca había sido, ni jamás sería, más que un sirviente, y uno al que, de ahora en adelante, considerándolo presuntuoso, mantendría a mayor distancia.
Pero él, sin imaginar nada de esto mientras caminaba por su cámara, sonreía ante sus pensamientos, que fluían con un optimismo fácil. Había sido un necio al ceder tan pronto, quizás. La temporada aún no llegaba; la fruta no estaba lo suficientemente madura para ser recogida; aun así, ¿qué importaría que hubiera dado al árbol una ligera sacudida premonitoria? Un poco prematuro, tal vez, pero predispondría a la fruta a caer. Recordó su amabilidad inalterable hacia él, su dulce gentileza, y le faltó el ingenio para ver que esto no era más que la dulzura natural que fluía de ella tan libremente como fluye el perfume de la flor, porque la Naturaleza así la ha hecho, y no porque a Messer Gonzaga le guste el aroma. Faltándole ese ingenio, se fue a la cama con una confianza dichosa y se sonrió suavemente hasta quedarse dormido.
Lejos, en la habitación bajo la Torre del León, el Conde de Aquila también caminaba por su cámara antes de buscar su lecho, y en su caminar vio algo que llamó su atención y provocó una sonrisa. En un rincón, entre sus arreos que Lanciotto había amontonado allí, su escudo reflejaba la luz, mostrando al león Sforza cuartelado con el águila de Aquila.
—Si mi dulce Gonzaga hubiera vislumbrado eso, no habría tenido necesidad de hurgar en mi linaje —reflexionó. Y arrastrando el escudo de entre aquel montón de armaduras, abrió suavemente su ventana y lo arrojó lejos, de modo que cayó con un chapoteo en el foso. Hecho esto, se fue a la cama y, él también, se quedó dormido con una sonrisa en los labios y en su mente una visión flotante de Valentina. Ella necesitaba una mano fuerte y dispuesta para guiarla en esta rebelión contra el amor de armas de Gian Maria, y esa mano juró que sería la suya, a menos que ella despreciara el ofrecimiento. Y así, murmurando su nombre con un fervor persistente, de cuyo verdadero significado era totalmente ajeno, se sumió en el sueño, sin despertar de nuevo hasta que un estruendo en su puerta lo despertó. Y a sus sentidos aún dormidos llegó la voz de Lanciotto, cargada de prisa y alarma.
—¡Despierte, señor! ¡Arriba, en pie! Estamos sitiados.
CAPÍTULO XVII. EL ENEMIGO
El Conde saltó de la cama y se apresuró a abrir la puerta de par en par para admitir a su sirviente, quien con rostro y voz excitados le trajo la noticia de que Gian Maria había llegado a Roccaleone durante la noche y estaba ahora acampado en la llanura frente al castillo.
Aún estaba con su relato cuando un paje vino con el mensaje de que Monna Valentina solicitaba la presencia de Messer Francesco en el gran salón. Se vistió a toda prisa y luego, con Lanciotto pisándole los talones, descendió para responder a su llamada. Al cruzar el segundo patio, vio a las damas de Valentina agrupadas en los escalones de la capilla en una excitada discusión sobre este acontecimiento con Fra Domenico, quien, con sus vestiduras canónicas completas, esperaba para decir la misa de la mañana. Les dio un cortés "buenos días" y siguió hacia el salón de banquetes, dejando a Lanciotto afuera.
Aquí encontró a Valentina en conferencia con Fortemani. Ella caminaba de un lado a otro de la gran estancia mientras hablaba; pero, más allá de eso, no había rastro de excitación en su porte, y si algún miedo al resultado tocaba su corazón ahora que el momento de la acción estaba a la mano, estaba maravillosamente bien reprimido. Al ver a Francesco, una mirada que era en parte consternación y en parte placer iluminó su rostro. Lo saludó con una sonrisa como la que en aquella hora no concedería a nadie más que a un amigo de confianza. Luego, con una mirada de pesar:
—Estoy desconsolada, señor, de que usted deba estar así comprometido con mi fortuna. Le habrán dicho ya que estamos sitiados, y así verá cómo su destino está ahora ligado al nuestro. Pues temo que no hay camino de salida para usted hasta que Gian Maria levante este sitio. La elección de irse o quedarse ya no es mía. Debemos quedarnos y luchar esta batalla hasta el final.
—Al menos, señora —respondió con prontitud, casi con alegría—, no puedo compartir sus pesares por mí. Este acto suyo puede ser una locura, Madonna, pero es la locura más valiente y dulce que jamás haya existido, y estaré orgulloso de desempeñar mi papel si usted me asigna uno.
—¡Pero, señor, no tengo ningún derecho sobre usted!
—El derecho que toda dama sitiada tiene sobre un verdadero caballero —le aseguró—. No podría pedir mejor empleo para estos brazos míos que en su defensa contra el Duque de Babbiano. Estoy a su servicio, y con un corazón alegre, Monna Valentina. He visto algo de guerra y puede que me encuentre útil.
—Hágalo Preboste de Roccaleone, Madonna —instó Fortemani, cuya gratitud hacia el hombre que le había salvado la vida se mezclaba con una admiración agradecida por sus capacidades, de las cuales el matón había tenido una experiencia tan práctica.
—¿Oye lo que dice Ercole? —exclamó ella, volviéndose hacia Francesco con una repentina avidez que mostraba cuán bienvenida era esa sugerencia.
—Sería un honor demasiado grande —respondió solemnemente—. Sin embargo, si usted pusiera en mis manos esa confianza, la defendería hasta mi último aliento.
Y entonces, antes de que ella pudiera responderle, Gonzaga entró por la puerta lateral y frunció el ceño al ver a Francesco allí antes que él. Estaba un poco pálido, llevaba la capa sobre el hombro derecho, en lugar del izquierdo, y en general su atuendo era menos meticuloso de lo habitual y mostraba signos de haber sido puesto a toda prisa. Con un asentimiento brusco al Conde y una omisión absoluta de Fortemani —quien lo miraba con el ceño fruncido en recuerdo de ayer—, hizo una profunda reverencia ante Valentina.
—Estoy perturbado, Madonna... —comenzó, cuando ella lo cortó.
—Tiene pocos motivos para estarlo. ¿Han resultado las cosas de otra manera a como esperábamos?
—Quizás no. Sin embargo, esperaba que Gian Maria no permitiera que su humor le llevara tan lejos.
—¿Esperaba eso después del mensaje que Messer Francesco nos trajo? —Y lo miró con ojos de repentino entendimiento—. Sin embargo, no expresó tal esperanza cuando aconsejó esta huida a Roccaleone. Entonces estaba todo a favor de luchar. Un ardor marcial le consumía. ¿A qué viene este cambio? ¿Es la inminencia del peligro lo que le da una realidad demasiado sombría para su apetito?
Había un desprecio en sus palabras que le hirió como ella pretendía. La temeridad de la noche anterior le había mostrado la necesidad de no dejarlo en ninguna falsa opinión sobre el alcance de su estima, y, además, esas últimas palabras suyas lo habían mostrado revelado bajo una nueva luz, y él le gustaba menos por ello.
Él inclinó la cabeza ligeramente, con la vergüenza ardiendo roja en sus mejillas, por haber sido así reprendido ante Fortemani y ese advenedizo Francesco. Que Francesco era un advenedizo ya no era una cuestión de conjeturas para él. Su alma se lo aseguraba.
—Madonna —dijo, con cierto aire de dignidad, ignorando sus burlas—, vine a traerle noticias de que un heraldo de Gian Maria solicita audiencia. ¿Debo parlamentar con él en su nombre?
—Es usted demasiado bueno —respondió ella dulcemente—. Escucharé al hombre yo misma.
Él hizo una reverencia sumisa, y luego sus ojos se movieron hacia Francesco.
—Podríamos arreglar con él el salvoconducto de este caballero —sugirió.
—No hay esperanza de que lo concedan —respondió ella con naturalidad—. Ni podría esperarlo aunque lo hicieran, pues Messer Francesco ha consentido en ocupar el cargo de Preboste de Roccaleone. Pero estamos haciendo esperar al mensajero. Señores, ¿me acompañarán a las murallas?
Ellos hicieron una reverencia y la siguieron, Gonzaga al final, con un paso pesado como el de un borracho, su rostro blanco hasta los labios por la amarga rabia con la que se vio suplantado, y leyó su respuesta a las palabras acaloradas que la noche anterior había susurrado al oído de Valentina.
Al cruzar el patio, Francesco cumplió el primer acto de su nuevo cargo ordenando a media docena de hombres de armas que se colocaran detrás de ellos, con el fin de hacer cierta demostración en el muro cuando llegaran a parlamentar con el heraldo.
Encontraron a un hombre alto sobre un caballo alto y gris, cuyo yelmo pulido brillaba como la plata bajo el sol de la mañana, y cuya loriga estaba casi oculta bajo un tabardo carmesí adornado con el león Sforza. Hizo una profunda reverencia cuando apareció Valentina, seguida de su escolta, al frente de la cual estaba el Conde de Aquila, con su amplio castor bajado sobre la frente, de modo que dejaba su rostro en sombra.
—En nombre de mi señor, el Alto y Poderoso Señor Gian Maria Sforza, Duque de Babbiano, le exijo que se rinda, señora, entregando sus armas y abriendo sus puertas.
Siguió una pausa, al final de la cual ella le preguntó si esa era la suma de su mensaje, o si había algo que hubiera olvidado. El heraldo, inclinándose con gracia sobre el cuello arqueado de su caballo que corcoveaba, le respondió que lo que había dicho era todo lo que se le había ordenado decir.
Ella se volvió con una mirada desconcertada y algo desamparada hacia los que estaban detrás. Deseaba que el asunto se llevara a cabo con la debida dignidad, y su crianza en el convento la dejaba en duda sobre cómo podría lograrse mejor esto. Se dirigió a Francesco.
—¿Le dará usted su respuesta, mi Señor Preboste? —dijo, con una sonrisa, y Francesco, dando un paso adelante e inclinándose sobre una almena de aquel muro fortificado, la obedeció.
—Señor Heraldo —dijo, con una voz áspera que no parecía la suya—, ¿querrá decirme desde cuándo está el Duque de Babbiano en guerra con Urbino para que deba asediar así una de sus fortalezas y exigir la rendición de la misma?
—Su Alteza —respondió el heraldo— está actuando con la plena sanción del Duque de Urbino al enviar este mensaje a la Dama Valentina della Rovere.
Ante eso, Valentina apartó al Conde con el codo y, olvidando su propósito de dirigir este asunto con dignidad, dejó que su lengua de mujer entregara la respuesta de su corazón.
—Este mensaje, señor, y la presencia aquí de su señor, no es más que otra de las impertinencias que he sufrido a sus manos, y es la definitiva. Lleve usted ese mensaje de vuelta a él, y dígale que cuando se me instruya por qué derecho se atreve a enviarlo en tal cometido, podré darle una respuesta más pertinente a su desafío.
—¿Preferiría, Madonna, que su Alteza viniera él mismo a hablar con usted?
—No hay nada que preferiría menos. Ya la necesidad me ha obligado a tener más que decir a Gian Maria de lo que hubiera deseado. —Y con un gesto altivo significó que la audiencia había terminado y se volvió para abandonar el muro.
Tuvo una breve conferencia con Francesco, durante la cual ella le consultó sobre ciertas medidas de defensa que debían tomarse, e hizo sugerencias, a todas las cuales ella accedió, aumentando sus esperanzas al ver que allí, al menos, tenía a un hombre con conocimiento del trabajo al que se había dedicado. Le alivió el corazón y le dio una alegre confianza mirar aquella figura recta y marcial, la mano descansando tan familiarmente sobre la empuñadura de la espada que parecía una parte de él, y los ojos tan tranquilos; mientras que, cuando él hablaba de peligros, estos parecían disminuir bajo el desdén hacia ellos tan manifiesto en su tono.
Con Fortemani a sus talones, fue a la ejecución de las medidas que había sugerido, siguiéndolo el matón ahora con la fiel maravilla de un perro hacia su amo, dándose cuenta de que allí, de hecho, había un soldado de fortuna en comparación con el cual los de su clase no eran mejores que los seguidores de campo. Confianza también obtuvo Ercole de ese magnetismo de la inquebrantable seguridad de Francesco; pues parecía tratar el asunto como una gran broma, una comedia interpretada para el Duque de Babbiano y a expensas del mismo Duque. Y al igual que el tono vivaz de Francesco infundía confianza a Fortemani y Valentina, también se la infundía a los desgraciados seguidores de Fortemani. Se volvieron entusiastas en el reflejo de su entusiasmo, y por admiración hacia él llegaron a admirar el negocio en el que estaban comprometidos y, finalmente, a enorgullecerse del papel que él asignaba a cada uno de ellos. En una hora hubo tal diligente bullicio en Roccaleone, tal aire de sombría alegría y gran ánimo, que Valentina, observándolo, se preguntó qué clase de mago era este que había elevado al mando de su fortaleza, quien en tan poco tiempo podía obrar un cambio tan maravilloso en el comportamiento de su guarnición.
Solo una vez falló la alegría de Francesco, y esto fue cuando, al visitar la armería, encontró solo un barril de pólvora almacenado allí. Se volvió hacia Fortemani para preguntar dónde había guardado Gonzaga el resto, y siendo Fortemani tan ignorante como él sobre el tema, fue de inmediato en busca de Gonzaga. Tras registrar el castillo en su busca, lo encontró caminando por el callejón de vides en el jardín en una animada conversación con Valentina. A su aproximación, el tono del cortesano se volvió más apagado y sus cejas se tornaron sombrías.
—Messer Gonzaga —lo llamó Francesco. El cortesano, sorprendido, levantó la vista—. ¿Dónde ha escondido su reserva de pólvora?
—¿Pólvora? —balbuceó Gonzaga, helado por un presentimiento repentino—. ¿No hay ninguna en la armería?
—Sí, un pequeño barril, suficiente para cargar un cañón una o dos veces, sin dejarnos nada para nuestras armas de mano. ¿Es esa su reserva?
—Si eso es todo lo que hay en la armería, eso es todo lo que tenemos.
Francesco permaneció sin habla, mirándolo fijamente, con un rubor sordo subiendo a sus mejillas. En ese momento de ira olvidó sus posiciones y no pensó en el escozor que debía sentir Gonzaga por la pérdida de rango que había sufrido desde que Valentina nombrara un preboste.
—¿Y son estos sus métodos para fortificar Roccaleone? —preguntó, con una voz que cortaba como un cuchillo—. Ha almacenado una buena cantidad de vino, un rebaño de ovejas y un sinfín de delicias, señor —se burló—. ¿Esperaba lanzar esto al enemigo, o contaba con que no habría enemigo alguno?
Ahora bien, esta pregunta tocó tan de cerca la verdad que encendió en el pecho de Gonzaga una ira que por el momento hizo de él un hombre. Fue el último aliento que avivó la ira latente que llevaba en el alma.
Su réplica vino feroz y ardiente. Fue tan desmedida y despectiva como las recriminaciones previas de Francesco, y terminó en un desafío al Conde para encontrarse a caballo o a pie, con espada o lanza, y eso tan pronto como fuera posible.
Pero Valentina intervino y los reprendió a ambos. Sin embargo, para Francesco su reproche fue cortés y terminó en una oración para que hiciera lo mejor con los recursos que Roccaleone ofrecía; para Gonzaga fue despreciativo en el último grado, pues la pregunta de Francesco —que Gonzaga había dejado sin respuesta—, llegando en un momento en que ella estaba llena de sospechas sobre Gonzaga y los fines que había buscado servir al aconsejarla sobre un curso que él mismo había demostrado ser tan totalmente incapaz de guiar, le había abierto los ojos de par en par. Recordó cuán extrañamente conmovido había estado al enterarse ayer de que Gian Maria marchaba sobre Roccaleone, y cuán ardientemente había aconsejado la huida de la fortaleza, él que había hablado tan valientemente de mantenerla contra el Duque.
Todavía estaban discutiendo allí de una manera muy impropia cuando un toque de trompeta llegó a ellos desde más allá de los muros.
—El heraldo de nuevo —gritó ella—. Vamos, Messer Francesco, escuchemos qué mensaje nuevo trae.
Ella condujo a Francesco lejos, dejando a Gonzaga en la sombra de las vides, reducido casi a lágrimas en el extremo de su mortificación.
El heraldo regresó con el anuncio de que la respuesta de Valentina no le dejaba a Gian Maria otra alternativa que aguardar la llegada del Duque Guidobaldo, quien marchaba entonces para unirse a él. La presencia del Duque de Urbino sería, pensaba él, justificación suficiente a ojos de ella para el desafío que Gian Maria había enviado, y que volvería a enviar cuando su tío llegase para confirmarlo.
A partir de entonces, el resto del día transcurrió en paz en Roccaleone, si exceptuamos el verdadero infierno de inquietud que bullía en el corazón de Romeo Gonzaga. Se sentó ignorado en la cena aquella noche, salvo por las damas de Valentina y el bufón, quienes ocasionalmente se burlaban de su tristeza. Valentina misma volcó toda su atención en el Conde, y mientras Gonzaga —Gonzaga, el poeta de ardiente fantasía, el alegre cantor, el ingenio reconocido, el espejo de la cortesía— estaba silencioso y mudo, este fanfarrón, advenedizo y pendenciero, los entretenía con una viveza que se ganaba todos los corazones; siempre exceptuando el de Romeo Gonzaga.
Francesco restó importancia al asedio de una manera que avivó a cada alma presente con alivio. Se volvió alegre a expensas de Gian Maria, y dejó muy claro que no podría haber encontrado nada más cautivador para su fantasía guerrera que este asunto en el que un accidente le había embarcado. Estaba tan lleno de confianza por el resultado como lleno de ansiosa anticipación por la contienda misma.
¿Es maravilloso que —al no haber conocido jamás a otros que hombres artificiales; hombres de corte y antesala; hombres de maneras delicadas y trucos de lenguaje afectados y remilgados; en resumen, tales hombres como la circunstancia ordena que rodeen a los grandes— los ojos de Monna Valentina se abrieran muy de par en par, para contemplar mejor a este nuevo modelo de hombre, quien, aunque claramente un caballero de alto rango, llevaba consigo un aire de campamento más que de camerino, estaba imbuido por un espíritu de caballería y aventura, e ignoraba con cierta dignidad altiva, como si estuviera por debajo de su observación, las poses que ella solía ver caracterizando el comportamiento de los caballeros de su Alteza, su tío.
Era joven, además, aunque ya no inexperto; apuesto, aunque con una fuerte apostura masculina; tenía una voz agradablemente modulada, aunque una que habían escuchado hincharse en una nota imperativa de mando; tenía la risa más alegre y despreocupada de todo el mundo —tal risa que hace que un hombre sea querido por todos los que la oyen— y se entregaba a ella sin límites.
Gonzaga se sentó sombrío y malhumorado, con el corazón estallando de resentimiento de los mediocres e incompetentes por el hombre de brillantes dotes. Pero el mañana le traería algo peor.
El Duque de Urbino llegó a la mañana siguiente, y cabalgó hasta el foso en persona, atendido solo por un trompetero, quien, por tercera vez, hizo sonar una nota de desafío a la fortaleza.
Como en el día anterior, Valentina respondió a la llamada, asistida por Francesco, Fortemani y Gonzaga; este último sin invitación, pero no denegado, y siguiendo hoscamente en su séquito, en un último y desesperado intento de afirmarse como uno de sus capitanes.
Francesco se había puesto su armadura, y venía ataviado de pies a cabeza en acero resplandeciente, para hacer honra digna a la ocasión. Un penacho de plumas asentía en su yelmo, y a pesar de que su visera estaba abierta, las sombras de la pieza de cabeza proporcionaban a la distancia suficiente ocultamiento a sus facciones.
La visión de su tío dejó a Valentina impasible. Por muy querido que fuese de su pueblo, entre él y su sobrina no había hecho esfuerzo alguno por establecer relaciones de afecto. Menos que nunca buscaba ahora prevalecer por la voz del parentesco. Venía en la panoplia de la guerra, como un príncipe ante un súbdito rebelde, y precisamente en tal tono la saludó.
—Monna Valentina —dijo, pareciendo pasar por alto enteramente la circunstancia de que ella era su pariente—, aunque esta rebelión me aflige profundamente, no piense que su sexo le otorgará privilegio alguno ni clemencia alguna. La trataremos precisamente como lo haríamos con cualquier otro súbdito rebelde que haya actuado como usted lo ha hecho.
—Alteza —respondió ella—, no solicito privilegio alguno más allá de aquel al que mi sexo me da el derecho absoluto, y que no tiene relación con la guerra y las armas. Me refiero al privilegio de disponer de mí misma, de mi mano y mi corazón, como a mí me plazca. Hasta que usted llegue a reconocer que soy una mujer dotada de la naturaleza de una mujer, y hasta que, habiéndolo comprendido, esté preparado para someterse a ello, y pasarme su palabra principesca de no instar más la pretensión del Duque de Babbiano conmigo, aquí me quedaré a pesar de usted, de sus hombres de armas y de su despreciable aliado, Gian Maria, quien imagina que el amor puede hacerse con éxito con armadura, y que el camino al corazón de una mujer ha de abrirse con cañonazos.
—Creo que la llevaremos a un estado mental más subjetivo y obediente, Madonna —fue la respuesta sombría.
—¿Obediente a quién?
—Al Estado, del cual ha tenido usted el honor de nacer como princesa.
—¿Y qué hay de mi deber hacia mí misma, hacia mi corazón y hacia mi condición de mujer? ¿No se ha de tener eso en cuenta?
—Estos son asuntos, Madonna, que no se discuten a gritos desde los muros de un castillo; ni, de hecho, deseo discutirlos en ninguna parte. Estoy aquí para citarla a rendirse. Si nos resiste, lo hace bajo su propio riesgo.
—Entonces, bajo mi riesgo le resistiré; con gusto. Le desafío. Haga su peor esfuerzo contra mí, deshonre su virilidad y el nombre mismo de la caballería por cualquier violencia que se le ocurra, pero le prometo que Valentina della Rovere nunca se convertirá en la esposa de su Alteza de Babbiano.
—¿Se niega a abrir sus puertas? —replicó él, con una voz que temblaba de ira.
—Total y finalmente.
—¿Y piensa persistir en esto?
—Mientras tenga vida.
El Príncipe se rió sardónicamente.
—Me lavo las manos de este asunto y de sus consecuencias —respondió gravemente—. Lo dejo al cuidado de su futuro esposo, Gian Maria Sforza, y si, en su muy natural avidez por las nupcias, trata a su castillo con dureza, la culpa de ello debe recaer sobre usted. Pero lo que él haga, lo hace con mi plena sanción, y he venido hasta aquí para advertírselo, ya que parecía estar en duda. Le ruego que permanezca allí por unos momentos, para escuchar lo que su Alteza mismo pueda tener que decir. Confío en que su elocuencia resulte más persuasiva.
Saludó ceremoniosamente y, haciendo girar a su caballo, se alejó. Valentina se habría retirado, pero Francesco le instó a permanecer y aguardar la llegada del Duque de Babbiano. Y así pasearon por las almenas, Valentina en ferviente conversación con Francesco, Gonzaga siguiendo en un silencio malhumorado junto a Fortemani, y devorándolos con la mirada.
Desde su altura observaban el ajetreado campamento en la llanura, donde tiendas verdes, marrones y blancas estaban siendo erigidas apresuradamente por soldados medio desnudos. El pequeño ejército, en total, podía haber contado con cien hombres, lo cual, en su vanagloria, Gian Maria consideraba todo lo que se necesitaría para reducir Roccaleone. Pero la porción más formidable de sus fuerzas entró en el campo incluso mientras ellos observaban. Fue anunciada por un ronco chirrido de las ruedas de diez carretas de bueyes, en cada una de las cuales se transportaba un cañón. Otras carretas siguieron con municiones y víveres para los hombres acampados.
Observaron con interés la escena ajetreada que se desarrollaba, y mientras miraban, vieron a Guidobaldo cabalgar hacia el corazón del campamento y desmontar. Entonces, de una tienda más espaciosa e imponente que el resto, avanzó la figura corta y corpulenta de Gian Maria, no reconocible a esa distancia salvo por los ojos agudos de Francesco, que estaban familiarizados con su forma.
Un mozo le sostuvo el caballo y le ayudó a montar, y luego, atendido por el mismo trompetero que había escoltado a Guidobaldo, cabalgó hacia el castillo. Al borde del foso se detuvo, y al ver a Valentina y a su compañía, se quitó el sombrero emplumado e inclinó su cabeza de color pajizo.
—Monna Valentina —llamó, y cuando ella dio un paso adelante en respuesta, él alzó sus ojos pequeños y crueles en una mirada maliciosa y mostró la redonda luna de su rostro blanco, más blanco incluso que de costumbre; una palidez atrabiliaria y casi verde.
—Me aflige que su Alteza, su tío, no haya prevalecido con usted. Donde él ha fallado, puedo tener pocas esperanzas de triunfar mediante la persuasión de las palabras. Sin embargo, le rogaría que me permitiera hablar con su capitán, quienquiera que sea.
—Mis capitanes están aquí presentes —respondió ella tranquilamente.
—¡Así que eso! Tiene una pluralidad de ellos; ¿para mandar cuántos hombres?
—Suficientes —bramó Francesco, interponiéndose, su voz sonando hueca desde su yelmo—, para enviarlos a usted y a sus sirvientes asediadores a la perdición.
El Duque se agitó sobre su caballo y escudriñó al orador. Pero había muy poco de su rostro visible para el reconocimiento, mientras que su voz estaba alterada y su figura disimulada en su armadura de acero.
—¿Quién es usted, bribón? —preguntó.
—Bribón en sus dientes, aunque sea veinte veces Duque —respondió el otro, ante lo cual Valentina soltó una carcajada.
Nunca desde el día en que había proferido su primer llanto había escuchado su Alteza de Babbiano palabras de tal calibre de labios de un hombre vivo. Un rubor púrpura moteó sus mejillas ante la indignidad de ello.
—¡Atiéndame, bellaco! —bramó—. Pase lo que pase con el resto de esta guarnición mal encaminada cuando finalmente caiga en mis manos, para usted puedo prometer una soga y un travesaño.
—¡Bah! —se mofó el caballero—. Primero cace a su pájaro. No esté tan seguro de que Roccaleone caerá jamás en sus manos. Mientras yo viva, usted no entrará aquí, y mi vida, Alteza, es para mí algo precioso, de lo que no me desprenderé fácilmente.
Los ojos de Valentina estaban desprovistos de alegría ahora mientras los volvía hacia aquella figura reluciente y marcial que estaba tan orgullosa a su lado, y que parecía tan bien sintonizada con el orgulloso desafío que lanzaba al matón principesco de abajo.
—¡Calle, señor! —susurró—. No le enfurezca más.
—Sí —gimió Gonzaga—, en nombre de Dios no diga más, o nos arruinará irremediablemente.
—Madonna —dijo el Duque, sin prestar más atención a Francesco—, le doy veinticuatro horas para que resuelva su acción. Allá verá cómo traen los cañones al campamento. Cuando despierte mañana encontrará esos cañones apuntando a sus muros. Mientras tanto, basta de palabras. ¿Puedo dirigir una palabra a Messer Gonzaga antes de partir?
—Siempre que parta, puede decir una palabra a quien quiera —respondió ella con desprecio. Y, volviéndose, hizo una seña a Gonzaga hacia la almena que ella abandonaba.
—¡Juro que ese bufón remilgado está temblando ya de miedo por lo que vendrá! —bociferó el Duque—, y quizás el miedo le mostrará el camino a la razón. ¡Messer Gonzaga! —llamó, alzando la voz—. Como creo que los hombres de Roccaleone están a su servicio, le llamo a usted a que les ordene bajar ese puente levadizo, y en nombre de Guidobaldo, así como en el mío propio, les prometo perdón total y ningún daño; salvo solo ese sinvergüenza a su lado. Pero si sus bellacos me resisten, le prometo que cuando haya reducido Roccaleone piedra por piedra, no perdonaré a ni uno solo de ustedes.
Temblando como un álamo, Gonzaga permaneció allí, su voz paralizada y sin dar respuesta, tras lo cual Francesco se inclinó hacia adelante de nuevo.
—Hemos escuchado sus condiciones —respondió—, y no parece que vayamos a hacerles caso. No desperdicie el día en amenazas vanas.
—Señor, mis condiciones no eran para usted. No le conozco; no me dirigí a usted, ni sufriré que se me dirija la palabra por usted.
—Quédese ahí un momento más —respondió la voz vibrante del caballero—, y se encontrará con una andanada de disparos de arcabuz. ¡Hola, ahí! —ordenó, volviéndose y dirigiéndose a un cuerpo imaginario de hombres en las murallas inferiores del jardín, a su izquierda—. ¡Arcabuceros al postigo! ¡Soplen sus mechas! ¡Preparen! Ahora, mi señor Duque, ¿se retirará, o debemos volarlo?
La respuesta del Duque tomó la forma de un montón de amenazas blasfemas sobre cómo trataría a su interlocutor cuando llegara a ponerle las manos encima.
—¡Presenten armas! —rugió el caballero a sus arcabuceros imaginarios, ante lo cual, sin una palabra más, el Duque hizo girar a su caballo y se alejó a una velocidad vergonzosa, su trompetero siguiéndole los talones, perseguido por una ráfaga de risas burlonas de Francesco.
CAPÍTULO XVIII. TRAICIÓN
—Señor —tragó saliva Gonzaga, mientras descendían de las almenas—, terminará haciendo que nos cuelguen a todos. ¿Era esa una forma de dirigirse a un príncipe?
Valentina frunció el ceño porque él se atreviera a reprender a su caballero. Pero Francesco solo rió.
—¡Por San Pablo! ¿Cómo habría querido que me dirigiera a él? —preguntó—. ¿Habría querido que usara halagos con él, el patán? ¿Habría querido que le suplicara piedad, y le rogara, con palabras melosas, que fuera paciente con una dama obstinada? Déjelo estar, Messer Gonzaga, aún superaremos esto, no lo dude nunca.
—El coraje de Messer Gonzaga parece ser de una calidad que mengua a medida que aumenta la necesidad de él —dijo Valentina.
—Está usted confundiendo el coraje, Madonna, con una temeridad insensata —respondió el cortesano—. Puede que aprenda eso para su ruina.
Que Gonzaga no era el único que albergaba esta opinión pronto lo aprenderían, pues, al llegar al patio, un rufián corpulento y cejinegro, de nombre Cappoccio, se interpuso en su camino.
—Una palabra con usted, Messer Gonzaga, y con usted, Ser Ercole. —Su actitud estaba llena de insolencia truculenta, y todos se detuvieron, Francesco y Valentina volviéndose de él hacia los dos hombres a quienes se dirigía, y esperando escuchar lo que pudiera tener que decirles—. Cuando acepté el servicio bajo ustedes, se me dio a entender que estaba entrando en un negocio que implicaría poco riesgo para mi pellejo. Me dijeron que probablemente no habría lucha, y que si la había, no sería más que un roce con los hombres del Duque. Así, también, les aseguró a mis camaradas.
—¿De veras lo hizo? —dijo Valentina, interviniendo, y dirigiéndose a Fortemani, a quien las palabras de Cappoccio habían ido dirigidas.
—Así fue, Madonna —respondió Ercole—. Pero tuve la palabra de Messer Gonzaga para ello.
—¿Permitió usted —continuó ella, volviéndose hacia Gonzaga— que se comprometieran bajo ese entendimiento?
—Bajo algún entendimiento similar, sí, Madonna —se vio forzado a confesar.
Ella lo miró un momento con asombro. Entonces:
—Messer Gonzaga —dijo al fin—, creo que empiezo a conocerle.
Pero Cappoccio, quien no estaba de ninguna manera interesado en el alcance del conocimiento de Valentina sobre el hombre, interrumpió impetuosamente:
—Ahora hemos escuchado lo que ha pasado entre este nuevo preboste aquí y su Alteza de Babbiano. Hemos escuchado las condiciones que se ofrecieron, y su rechazo de ellas, y he venido a decirle, Ser Ercole, y a usted, Messer Gonzaga, que yo, por mi parte, no permaneceré aquí para ser colgado cuando Roccaleone caiga en manos de Gian Maria. Y hay otros de mis camaradas que son del mismo parecer.
Valentina miró las facciones rudas y determinadas del hombre, y el miedo por primera vez se deslizó en su corazón y se reflejó en su semblante. Estaba medio volviéndose hacia Gonzaga, para descargar sobre él algo de la amargura de su humor —pues a él consideraba culpable— cuando una vez más Francesco vino al rescate.
—¡Ahora, vergüenza sobre usted, Cappoccio, por un villano despreciable! ¿Son estas palabras para los oídos de una dama asediada y severamente acosada, cobarde?
—No soy un cobarde —respondió el hombre roncamente, su rostro enrojeciendo bajo el látigo del desprecio de Francesco—. Fuera, a campo abierto, tomaré mis oportunidades, y lucharé por cualquier causa que me pague. Pero este no es mi oficio: este esperar a la muerte como una rata atrapada.
Francesco sostuvo sus ojos fijamente por un momento, luego miró a los otros hombres, hasta un número de una decena aproximadamente; todos, de hecho, a quienes los deberes que les había asignado no retenían en otra parte. Colgaban en la retaguardia de Cappoccio, todo oídos para lo que se decía, y sus semblantes mostraban claramente cómo sus sentimientos estaban en simpatía con su portavoz.
—¿Y usted soldado, Cappoccio? —se mofó Francesco—. ¿Le diré en qué se equivocó Fortemani cuando le alistó? Se equivocó en no contratarle para tareas de fregona en la cocina del castillo.
—¡Señor Caballero!
—¡Bah! ¿Alza usted la voz ante mí? ¿Cree que soy de su clase, animal, para asustarme por sonidos, por muy horribles que sean?
—No me asustan los sonidos.
—¿No es así? ¿Por qué, entonces, todo este alboroto por un montón de amenazas vacías lanzadas contra nosotros por el Duque de Babbiano? Si usted fuera realmente el soldado que quiere hacernos creer que es, ¿vendría aquí y diría: "No moriré de esta manera, o de aquella"? Confiese que es un fanfarrón cuando nos dice que está listo para morir a campo abierto.
—¡No! Eso no lo soy.
—Entonces, si está listo para morir ahí fuera, ¿por qué no aquí dentro? ¿Significará algo para el que muere dónde encuentra su muerte? Pero tranquilícese, mujer —añadió, con una risa, y con una voz lo suficientemente alta como para ser oída por los demás—, usted no va a morir; ni aquí, ni allí.
—Cuando Roccaleone capitule...
—No capitulará —tronó Francesco.
—Bien, entonces... cuando sea tomado.
—Tampoco será tomado —insistió el preboste, con una seguridad que llevaba convicción—. Si Gian Maria tuviera tiempo ilimitado a su mando, podría matarnos de hambre hasta la sumisión. Pero no lo tiene. Un enemigo está amenazando sus propias fronteras, y en unos días, una semana, como mucho, se verá forzado a marcharse de aquí para defender su corona.
—Mayor razón para que él use medidas severas y nos bombardee como amenaza —respondió Cappoccio astutamente, pero más bien en el tono de un hombre que espera que su argumento sea refutado. Y Francesco, si no podía refutarlo, al menos podía contradecirlo.
—No lo crea —gritó, con una risa desdeñosa—. Le digo que Gian Maria nunca se atreverá a tanto. Y si lo hiciera, ¿son estos muros que se desmoronarán con unos pocos cañonazos? Podría intentar un asalto; pero no necesito decirle a un soldado que veinte hombres que son fuertes y resueltos, como quiero creer que son ustedes a pesar de todas sus palabras cobardes, podrían mantener un lugar tan fuerte como este contra el asalto de veinte veces los hombres que el Duque tiene con él. Y por lo demás, si cree que le digo más de lo que yo mismo creo, le pido que recuerde cómo estoy incluido en la amenaza de Gian Maria. Soy solo un soldado como usted, y los riesgos que son suyos son los míos también. ¿Ve usted alguna señal de vacilación en mí, alguna señal de duda sobre el resultado, o algún miedo a una soga que no me tocará a mí más de lo que le tocará a usted? ¡Ahí, Cappoccio! Un preboste menos misericordioso le habría colgado por sus palabras, pues apestan a sedición. Sin embargo, me he quedado y he discutido con usted, porque no puedo prescindir de un hombre valiente como usted se probará a sí mismo ser. No escuchemos más sus dudas. Son indignas. Sea valiente y resuelto, y se encontrará bien recompensado cuando el Duque desconcertado sea forzado a levantar este asedio.
Se volvió sin esperar la respuesta de Cappoccio, quien permaneció cabizbajo, con sus mejillas enrojecidas por la vergüenza de su amenaza de marcharse, y condujo a Valentina con calma a través del patio y subiendo los escalones del salón.
Era su manera nunca mostrar una duda de que sus órdenes serían obedecidas, sin embargo, en esta ocasión apenas se cerró la puerta del salón tras ellos cuando se volvió bruscamente hacia el siguiente Ercole.
—Consiga un arcabuz —dijo rápidamente—, y lleve a mi hombre Lanciotto con usted. Si esos perros todavía resultan amotinados, dispare a cualquiera que intente las puertas; dispare a matar; y envíeme palabra. Pero sobre todo, Ercole, no deje que le vean o sospechen de su presencia; eso sería socavar tal efecto como mis palabras pueden haber producido.
Desde un rostro dolorosamente pálido, Valentina alzó sus ojos marrones hacia los suyos, en una mirada que fue como una puñalada para el observador Gonzaga.
—Sí, mi señora —respondió él, inclinándose profundamente, y con una celeridad que delataba su ansiedad por cumplir su cometido, se retiró de la presencia de la dama.
Valentina, con las manos entrelazadas contra el pecho, observó cómo se alejaba, y luego, volviéndose hacia Gonzaga, que permanecía en un segundo plano con una sonrisa de cortesía forzada en los labios, le pidió que la acompañara al baluarte norte, desde donde, decía, se podía observar mejor el campamento enemigo. Gonzaga obedeció, aunque su corazón estaba lleno de una amarga impaciencia. Cada minuto que pasaba aumentaba su terror a que el ardid de Francesco tuviera éxito y la guarnición se mantuviera firme.
A medida que ascendían, el murmullo de voces enfurecidas llegaba a sus oídos. Los hombres de la guarnición estaban reunidos en grupos, gesticulando violentamente hacia el campamento de Gian Maria. Gonzaga aguzó el oído, esperando escuchar el primer grito de sedición, pero solo oyó juramentos contra el enemigo. La confianza de Francesco en sus hombres parecía, por el momento, justificada, para desgracia de los planes de Gonzaga.
Al llegar al baluarte, Valentina se detuvo y miró hacia la llanura. El sol de mediodía bañaba el campamento ducal, y las tiendas brillaban con un blanco inmaculado. No había movimiento, excepto el de los centinelas.
—Parecen estar esperando —susurró ella, con la voz temblorosa.
—Esperan que la razón prevalezca, Madonna —respondió Gonzaga, eligiendo sus palabras con cautela—. O quizás esperan ver si somos tan necios como para desafiar la fuerza de un ejército entero por capricho de un aventurero.
Valentina se volvió hacia él, sus ojos brillando con una luz de advertencia.
—Messer Francesco no es un aventurero, sino un caballero de honor, y no es un capricho lo que defendemos, sino nuestro derecho y nuestra dignidad.
Gonzaga se inclinó de nuevo, ocultando la mueca de desprecio que amenazaba con deformar su rostro.
—Si usted lo dice, Madonna, así debe ser. Pero la historia, por desgracia, suele estar escrita por los vencedores, no por los que defienden la dignidad en la horca.
Se produjo un silencio pesado. Abajo, en el patio, el estruendo de los cañones siendo arrastrados sobre las piedras continuaba, un sonido que para Gonzaga era un recordatorio constante de su propio peligro. Si Francesco lograba intimidar al ejército de Gian Maria con aquel despliegue de fuerza, su propia traición quedaría al descubierto sin haber servido para nada.
—¿Cree usted que vendrán? —preguntó ella, mirando de nuevo al campamento.
—Si tienen sentido común, sí —replicó él—. O, alternativamente, si no tienen intención de perder más tiempo, empezarán a disparar antes de que termine el plazo.
En ese instante, una figura emergió de la tienda principal del campamento enemigo: era Gian Maria. Se quedó quieto, mirando hacia las murallas de Roccaleone. Un momento después, un heraldo a caballo partió al galope desde las líneas enemigas, portando una bandera blanca.
—¡Vienen! —exclamó Valentina, agarrándose al parapeto.
Gonzaga sintió que el pulso se le aceleraba. La hora de la verdad había llegado. Si los hombres de la guarnición, que ahora comenzaban a agolparse en las almenas, veían en ese heraldo la confirmación de la generosidad de Gian Maria, el motín que él había fomentado podría estallar de un momento a otro. Se colocó un poco más cerca de la escalera, listo para intervenir si la situación tomaba el giro que él deseaba, o para huir si el destino le resultaba adverso.
—Que Dios nos ayude —murmuró la dama.
—Dios no tiene nada que ver con esto, Madonna —susurró Gonzaga para sí mismo, mientras sus dedos buscaban nerviosamente la empuñadura de su daga—. Solo depende de cuán desesperados estén estos hombres.
Francesco fue quien dio un paso al frente para responder. Había estado inclinado sobre uno de los cañones, como si quisiera asegurarse de la precisión de su puntería, y al erguirse se declaró satisfecho con una voz lo bastante alta para que el heraldo la oyera. Luego avanzó hasta el lado de Valentina y, mientras permanecía allí pronunciando su respuesta, jamás se percató de la silenciosa partida de los hombres que estaban sobre la muralla.
—Dile a su Alteza de Babbiano —respondió— que nos recuerda al muchacho de la fábula que gritaba «¡Que viene el lobo!» con demasiada frecuencia. Dile, señor, que sus amenazas dejan a esta guarnición tan impasible como sus promesas. Si es que tiene la intención de bombardearnos de verdad, que comience sin demora. Estamos listos para él, como puedes ver. Tal vez no supuso que estábamos equipados con cañones; pero ahí están. Esas piezas apuntan a su campamento, y el primer disparo que haga contra nosotros será la señal de una respuesta como ni siquiera imagina. Dile, también, que no esperamos cuartel y que no daremos ninguno. No deseamos el derramamiento de sangre, pero si nos empuja a ello y ejecuta su propósito de emplear los cañones, que las consecuencias caigan sobre su propia cabeza. Llévale esa respuesta y dile que no te envíe más con amenazas vacías.
El heraldo hizo una inclinación sobre la cruz de su caballo. La arrogancia, la fría imperiosidad del mensaje lo dejaron mudo de asombro. Su asombro era, también, el hecho de que Roccaleone estuviera armado con cañones, tal como él mismo vio con sus propios ojos. Que esos cañones estuvieran vacíos era algo que no podía adivinar, ni tampoco Gian Maria cuando escuchó un mensaje que le llenó de rabia, y que le habría llenado de consternación si no fuera porque contaba con el motín que Gonzaga se había comprometido a instigar.
Mientras el heraldo se alejaba, una risa ronca escapó de Fortemani, que estaba detrás del Conde.
Valentina se volvió hacia Francesco con ojos que irradiaban admiración y una singular ternura.
—Oh, ¿qué habría hecho yo sin vos, Messer Francesco? —exclamó, seguramente por vigésima vez desde su llegada—. Tiemblo al pensar en cómo habrían ido las cosas sin vuestro ingenio y vuestro valor para asistirme.
Ella jamás se percató de la sonrisa maliciosa que temblaba en el hermoso rostro de Gonzaga.
—¿Dónde encontraste la pólvora? —preguntó inocentemente, pues su mente aún no había captado el humor de la situación que había arrancado una carcajada a Fortemani.
—No encontré ninguna —respondió Francesco, sonriendo desde la sombra de su yelmo—. Mis amenazas —y agitó la mano en dirección a aquel formidable despliegue de cañones— son tan vacías como las de Gian Maria. Sin embargo, creo que le impresionarán más de lo que las suyas a nosotros. Responderé de ello, Madonna, que le disuadirán de bombardearnos, si es que alguna vez tuvo la intención de hacerlo. Así que vayamos a romper nuestro ayuno con ánimo alegre.
—¿Esos cañones están vacíos? —jadeó ella—. ¡Y pudiste hablar con tanta audacia y amenazar con tanto desafío!
La alegría se deslizó ahora por su rostro y ahuyentó la alarma, un poco de la cual se había asomado por sus ojos incluso mientras elogiaba a Francesco.
—¡Ahí está! —exclamó él jubiloso—. Estás sonriendo ahora, Madonna. Y no tienes motivo para otra cosa. ¿Bajamos? Este trabajo de la madrugada me ha dado el hambre de un lobo.
Ella se volvió para ir con él y, en ese momento, Peppe, con su rostro de búho cubierto de alarma, subió apresuradamente los escalones desde el patio.
—¡Madonna! —jadeó, sin aliento—. ¡Messer Francesco! Los hombres... Cappoccio... Está arengándolos. Está... incitándolos a la traición.
Así, entre jadeos, soltó su historia, la cual barrió de nuevo la alegría de los ojos de Valentina y dejó muy pálida su mejilla. Por fuerte y valiente que fuera, sintió que sus sentidos nadaban ante aquel repentino cambio de la confianza al miedo. ¿Había terminado todo en el mismo momento en que la esperanza había alcanzado su meridiano?
—Estáis desfallecida, Madonna; apoyaos en mí.
Fue Gonzaga quien habló. Pero más allá del hecho de que las palabras fueron pronunciadas, ella no comprendió nada. Vio un brazo extendido y lo tomó. Luego arrastró a Gonzaga con ella hacia el lado que daba al patio, para que con sus propios ojos pudiera tener evidencia de lo que estaba ocurriendo.
Escuchó un juramento —un juramento vigoroso y malvado— de Francesco, seguido de una orden, aguda y áspera.
—¡A la armería de allí, Peppe! Traedme una espada de dos manos, la más robusta que encontréis. Ercole, ven conmigo. Gonzaga... No, será mejor que os quedéis aquí. Cuidad de Monna Valentina.
Él dio un paso a su lado ahora y examinó rápidamente la escena tumultuosa de abajo, donde Cappoccio aún se dirigía a los hombres. Al ver a Francesco, lanzaron un grito feroz, como podría hacerlo una jauría de perros que ha divisado a su presa.
—¡A las puertas! —era el grito—. ¡Bajad el puente levadizo! Aceptamos las condiciones de Gian Maria. No moriremos como ratas.
—¡Por Dios, que lo haréis, si yo así lo quiero! —gruñó Francesco entre sus dientes apretados. Luego, girando la cabeza en una fiebre de impaciencia—: ¡Peppe! —gritó—, ¿nunca traeréis esa espada?
El loco subió en ese momento, tambaleándose bajo el peso de una gran espada de dos manos, de doble filo, equipada con gavilanes y que medía unos buenos seis pies desde la punta hasta el pomo. Francesco se la arrebató y, inclinándose, murmuró una orden rápida al oído de Peppino.
—...En la caja que está sobre la mesa de mi cámara —oyó Gonzaga que decía—. Ahora id, y traédmela al patio. ¡Deprisa, Peppino!
Una mirada de entendimiento brilló en los ojos del jorobado y, mientras partía al trote, Francesco izó la poderosa espada a su hombro como si su peso fuera el de una pluma. En ese instante, la mano blanca de Valentina se posó sobre el brazal que protegía su antebrazo.
—¿Qué vais a hacer? —preguntó, en un susurro, con los ojos dilatados por la alarma.
—Detener la traición de esa chusma —respondió él brevemente—. Quedaos aquí, Madonna. Fortemani y yo los pacificaremos, o acabaremos con ellos.
Y lo dijo de forma tan sombría que Gonzaga creyó que estaba en su poder.
—¡Pero estáis loco! —gritó ella, y el miedo en sus ojos aumentó—. ¿Qué podéis hacer contra veinte?
—Lo que a Dios plazca —respondió él, y por un segundo apartó la ferocidad de su corazón para poder sonreír con tranquilidad.
—Pero os matarán —gritó ella—. ¡Oh! ¡No vayáis, no vayáis! Dejad que se salgan con la suya, Messer Francesco. Dejad que Gian Maria sitie el castillo. No me importa, con tal de que no vayáis.
Su voz, y la historia que contaba de dulce ansiedad por su destino, anulándolo todo en ese momento —incluso su horror a Gian Maria—, aceleró su sangre al ritmo del éxtasis. Le sobrevino un deseo salvaje de atraparla en sus brazos, a esta dama hasta ahora tan valiente y acobardada solo por el miedo a su peligro. Cada fibra de su ser le instaba a recogerla contra su pecho, mientras derramaba valor y consuelo en su oído. Casi desfallecía con el deseo de besar aquellos ojos tiernos, vueltos hacia los suyos en su lastimera súplica de que no pusiera en peligro su propia vida. Pero reprimiéndolo todo, solo sonrió, aunque con mucha ternura.
—Sed valiente, Madonna, y confiad un poco en mí. ¿Os he fallado hasta ahora? ¿Necesitáis entonces temer que os falle ahora?
Ante esto pareció cobrar valor. Las palabras reavivaron su confianza en su espléndida fuerza.
—Nos reiremos de esto cuando rompamos el ayuno —gritó él—. ¡Vamos, Ercole!
Y sin esperar más, saltó por los escalones con una agilidad sorprendente en alguien tan pesadamente armado como él.
No llegaron más que a tiempo. Mientras ganaban el patio, los hombres venían barriendo hacia las puertas, con sus voces roncas y amenazantes. Estaban llenos de seguridad. Pensaban que ni todo el infierno los habría detenido, y sin embargo, al ver aquella figura alta, brillante como un ángel, en su panoplia de acero centelleante, con aquella gran espada equilibrada sobre su hombro izquierdo, algo de su impetuosidad pareció abandonarlos.
Aun así avanzaron, con la voz de Cappoccio gritando ánimo. Casi estaban al alcance de aquella larga espada cuando, de repente, esta brilló al salir de su hombro y barrió un semicírculo de luz deslumbrante ante sus ojos. Pasó alrededor de su cabeza y volvió ante ellos, manejada como si hubiera sido un látigo, y los dejó, en silencio, paralizados. Él la llevó de vuelta a su hombro y, alerta ante el primer movimiento, con la sangre ardiendo y listo para matar a uno o dos si el ejemplo resultaba necesario, se dirigió a ellos.
—Veis lo que os espera si persistís en esto —dijo, con una voz peligrosamente tranquila—. ¿No tenéis vergüenza, manada de animales cobardes? Sois lo bastante vocingleros cuando la traición a la mano que os paga está en juego; pero ahí, parece, vuestro valor termina.
Les habló ahora con palabras ardientes. Recapitulara los argumentos que ayer había utilizado para sofocar el espíritu amotinado de Cappoccio. Les aseguró que Gian Maria amenazaba más de lo que podía realizar; y así, quizás, más de lo que cumpliría si fueran tan tontos como para ponerse a su merced. Su seguridad, les señaló, residía aquí, detrás de estos muros. El asedio no podría durar mucho. Tenían un aliado robusto en César Borgia, y él ya estaba marchando sobre Babbiano para entonces, por lo que Gian Maria tendría que volver a casa por la fuerza antes de mucho. Su paga era buena, les recordó, y si el asedio se levantaba pronto, serían bien recompensados.
—Gian Maria amenaza con colgaros cuando capture Roccaleone. Pero incluso si la capturara, ¿creéis que se le permitiría llevar a cabo una amenaza tan inhumana? Sois mercenarios, después de todo, a sueldo de Monna Valentina, sobre quien y sobre sus capitanes debe caer la culpa. Esto es Urbino, no Babbiano, y Gian Maria no es el amo aquí. ¿Creéis que el noble y magnánimo Guidobaldo permitiría que os colgaran? ¿Tenéis tan pobre opinión de vuestro Duque? ¡Necios! Estáis tan a salvo de la violencia como esas damas en la galería de ahí arriba. Pues a Guidobaldo se le ocurriría tanto haceros daño como permitir que les ocurriera daño a ellas. Si hay algún ahorcamiento, será para mí, y quizás para Messer Gonzaga, quien os contrató. Sin embargo, ¿hablo yo de arrojar las armas? ¿Qué pensáis que me mantiene aquí? El interés, igual que el interés os retiene a vosotros, y si yo creo que el riesgo merece la pena, ¿por qué no vosotros? ¿Sois tan mansos y de espíritu tan pobre que una amenaza os va a vencer? ¿Os convertiréis en un dicho en Italia, y cuando los hombres hablen de cobardía, haréis que digan: «Tan cobardes como la guarnición de Monna Valentina»?
En este tono les habló, golpeando ahora fuerte con su desprecio, ahora engatusándolos con sus seguridades, y criando confianza de nuevo en sus espíritus sacudidos. Fue algo que contribuyó después a la creación de una epopeya que fue cantada desde Calabria hasta el Piamonte, cómo este valiente caballero, por sus palabras, por el poder de su voluntad y el poder de su presencia, refrenó y sometió a aquella turbulenta veintena de patanes rebeldes.
Y desde la muralla, Valentina lo observaba, con los ojos chispeando de lágrimas que no tenían su origen en la pena ni tampoco en el miedo, pues sabía que él debía prevalecer. ¿Cómo podría ser de otra forma con alguien tan intrépido?
Así pensaba ella ahora. Pero en el momento de su partida, el miedo la había enfriado hasta el corazón, y cuando lo vio por primera vez tomar su posición ante ellos, se había vuelto medio trastornada y le rogó a Gonzaga que no se demorara a su lado, sino que fuera a prestar la ayuda que pudiera a aquel valiente caballero que estaba tan desesperadamente necesitado de ella. Y Gonzaga había sonreído una sonrisa tan pálida como el sol de enero, y sus suaves ojos azules se habían endurecido en su mirada. No era debilidad lo que lo retenía allí, bien lejos del peligroso tumulto. Pues sentía que, de haber poseído la fuerza de Hércules y el valor de Aquiles, no se habría movido en aquel instante ni un paso para ayudar a Francesco. Y tanto le dijo.
—¿Por qué habría de hacerlo, Madonna? —había respondido con frialdad—. ¿Por qué habría de alzar una mano para ayudar al hombre al que preferís antes que a mí? ¿Por qué habría de desenvainar la espada por la causa de esta fortaleza?
Ella lo miró con ojos preocupados. —¿Qué estáis diciendo, mi buen Gonzaga?
—¡Sí, vuestro buen Gonzaga! —se burló él con amargura—. Vuestro perrito faldero, vuestro tañedor de laúd; pero no lo bastante hombre para ser vuestro capitán; no lo bastante hombre para ganarse un pensamiento que sea más amable que cualquiera ganado por Peppe o vuestros sabuesos. Puedo poner en peligro mi cuello para serviros, para traeros aquí a un lugar seguro de la persecución de Gian Maria, y ser desechado por uno que, resulta, tiene un poco más de conocimiento de este rudo oficio de las armas. Desechadme si queréis —continuó, con amargura creciente—, pero habiéndolo hecho, no me pidáis que os sirva de nuevo. Dejad que Messer Francesco resuelva esto...
—¡Callad, Gonzaga! —interrumpió ella—. Dejadme oír lo que está diciendo.
Y su tono le indicó al cortesano que sus palabras se habían perdido en el aire de la mañana. Absorta en la escena de abajo, ella no había ni siquiera escuchado su amarga diatriba. Pues ahora Francesco se estaba comportando de forma extraña. El loco había regresado del recado en el que había sido despachado, y Francesco lo llamó a su lado. Bajando su espada, recibió un papel de la mano de Peppe.
Ardiendo de indignación por haber sido ignorado, Gonzaga permanecía mordiéndose el labio, mientras Valentina se inclinaba hacia adelante para captar las palabras de Francesco.
—Tengo aquí una prueba —gritó— de lo que os digo; prueba de cuán poco preparado está Gian Maria para llevar a cabo sus amenazas de cañones. Es ese sujeto, Cappoccio, quien os ha seducido con su charla. Y vosotros, como las ovejas que sois, os dejáis llevar por su lengua inmunda. Ahora escuchad el soborno que Gian Maria ofrece a alguien dentro de estos muros si puede idear un medio para entregar Roccaleone en sus manos.
Y ante la paralizante consternación de Gonzaga, oyó a Francesco leer la carta con la que Gian Maria había respondido a su propuesta traición de la fortaleza. Se puso blanco de miedo y se apoyó contra el muro bajo para estabilizar el temblor revelador que se había apoderado de él. Entonces la voz de Francesco, desdeñosa y segura, flotó hasta sus oídos:
—Os pregunto, amigos míos, ¿estaría su Alteza de Babbiano dispuesto al pago de mil florines de oro si por el bombardeo pensara abrirse camino en Roccaleone? Esta carta fue escrita ayer. Desde entonces, nosotros mismos hemos hecho un valiente despliegue de cañones; y si ayer no se atrevió a disparar, ¿pensáis que lo hará hoy? Pero aquí, aseguraos vosotros, si hay alguien entre vosotros que sepa leer.
Les tendió la carta. Cappoccio la tomó y, llamando a un tal Aventano, se la tendió a su vez. Este Aventano, un joven que había sido educado parcialmente para la Iglesia, pero que había caído de aquel noble propósito, se adelantó ahora y tomó la carta. La escudriñó, la leyó en voz alta y la declaró auténtica.
—¿A quién está dirigida? —exigió Cappoccio.
—¡No, no! —gritó Francesco—. ¿Qué necesidad hay de eso?
—Dejad estar —respondió Cappoccio, casi ferozmente—. Si queréis que permanezcamos en Roccaleone, dejad estar. Aventano, decidme.
—A Messer Romeo Gonzaga —respondió el joven, con voz de asombro.
Una luz tan malvada saltó a los ojos de Cappoccio que Francesco llevó su mano libre a la espada que había bajado. Pero Cappoccio solo miró a Gonzaga y sonrió con malevolencia. Había penetrado en su mente obtusa que él había sido el instrumento de un Judas, que buscaba vender el castillo por mil florines. Más allá de eso, Cappoccio no vio; ni estaba muy resentido, y su mueca era más de burla que de ira. No le preocupaban las elevadas nociones de honor que le hicieran ver en este acto de Gonzaga nada más que el acto de un embaucador, tal como siempre es agradable frustrar. Y entonces, para los demás, que no sabían nada de lo que pasaba por la mente de Cappoccio, hizo una cosa sumamente extraña. De ser quien los instigaba a la traición y al motín, fue él ahora quien alzó su voz en un firme argumento de lealtad. Estuvo de acuerdo con todo lo que Messer Francesco había dicho, y él, por su parte, se alineó al lado de Messer Francesco para defender las puertas de cualquier traidor que buscara abrirlas a Gian Maria Sforza.
Su deserción de la causa del motín fue la señal para el abandono absoluto de esa misma causa, y otro aliado firme que vino oportunamente a inclinar la balanza a favor de Francesco fue el hecho de que la media hora de gracia ya había transcurrido, y los cañones de Gian Maria continuaban silenciosos. Él llamó su atención sobre el hecho con una risa, y les pidió que se fueran en paz, añadiendo la nueva seguridad de que aquellos cañones no hablarían ese día, ni el siguiente, ni de hecho nunca.
Completamente conquistados por Francesco y —quizás incluso más— por su inesperado aliado, Cappoccio, se escabulleron avergonzados hacia la comida y la bebida que les indicó buscar de manos de Fra Domenico.
CAPÍTULO XX. LOS AMANTES
—¿Cómo llegó esa carta a vuestras manos? —preguntó Valentina a Gonzaga, cuando poco después estuvieron juntos en el patio, adonde el cortesano la había seguido cuando ella descendió.
—Envuelta alrededor de un proyectil de ballesta que cayó en las murallas ayer mientras yo caminaba allí solo —respondió Gonzaga con frialdad.
Para entonces, ya había recuperado la compostura. Vio que se encontraba en un peligro mortal, y el miedo mismo que lo poseía parecía, por una extraña paradoja, prestarle la fuerza para desempeñar su papel.
Valentina lo miró con algo de desconfianza. Pero en el rostro claro de Francesco no se mostró sombra de sospecha. Sus ojos casi sonrieron cuando preguntó a Gonzaga:
—¿Por qué no la llevasteis ante Monna Valentina?
Un rubor enrojeció las mejillas del cortesano. Se encogió de hombros con impaciencia y, con una voz que se ahogaba de ira, pronunció su respuesta.
—Para vos, señor, que parecéis criado en campamentos y educado en salas de guardia, la plenitud de este insulto que me ofrece Gian Maria puede no ser evidente. Puede que no sea vuestro don percibir que el contacto mismo de esa carta ensució mis manos, que me avergonzó inefablemente pensar que ese Duque patán hubiera considerado que yo era un blanco para tal saeta. Sería inútil, por tanto, intentar haceros comprender cuán poco podía soportar someterme a la mayor vergüenza de permitir que otro viera el ultraje que yo era impotente para vengar. Hice, señor, con esa carta lo único imaginable. La arrugué en mi mano y la arrojé lejos de mí, tal como intenté arrojar sus contenidos de mi mente. Pero vuestros espías vigilantes, Ser Francesco, la llevaron a vos, y si mi vergüenza ha sido exhibida ante los ojos de esa soldadesca chusma, al menos ha servido al propósito de salvar a Monna Valentina. Para hacer eso, yo habría, si surgiera la necesidad, inmolado más que el orgullo que me causó callar sobre el asunto de esta comunicación.
Habló con tal calor de sinceridad que convenció tanto a Francesco como a Valentina, y los ojos de la dama adoptaron una expresión más suave mientras observaba a Gonzaga —este pobre Gonzaga a quien, le decía su corazón, ella había agraviado gravemente en pensamiento. Francesco, siempre generoso, tomó sus apasionadas declaraciones de excelente manera.
—Messer Gonzaga, comprendo vuestros escrúpulos. Me hacéis un mal al pensar que yo habría fallado en eso.
Reprimió la sugerencia que estaba a punto de renovar de que, sin embargo, Gonzaga habría estado mejor aconsejado si hubiera presentado esa carta de inmediato ante Monna Valentina. En cambio, desestimó el tema con una carcajada y propuso que rompieran el ayuno tan pronto como él se hubiera quitado su armadura.
Fue a hacerlo, mientras Valentina dirigía sus pasos hacia el comedor, acompañada por Gonzaga, a quien ahora buscaba resarcir de sus sospechas con una actitud de amistad casi excesiva.
Pero hubo alguien a quien las altisonantes palabras de Gonzaga en relación con aquella carta habían dejado frío. Se trataba de Peppe, el más sabio de los necios. Se apresuró a seguir a Francesco y, mientras el caballero se desarmaba, acudió a expresar sus sospechas. Pero Francesco lo echó con impaciencia, y Peppe se marchó entristecido, jurando que la sabiduría del loco era, en verdad, mejor que la locura del sabio.
Durante todo aquel día, Gonzaga apenas se separó del lado de Valentina. Habló con ella por la mañana extensamente y sobre temas poéticos o eruditos, con los que pretendía mostrar su vasta superioridad mental sobre el fanfarrón de Francesco. Por la tarde, cuando el calor del día había disminuido y mientras ese mismo Messer Francesco tomaba algunas medidas defensivas en las murallas, Gonzaga jugó a las bochas con Valentina y sus damas; estas últimas ya recuperadas del pánico del que antes habían sido presa.
Aquella mañana, Gonzaga había estado contra las cuerdas, viendo cómo sus planes se desmoronaban. Esa tarde, después del día pasado en compañía de Valentina —y siendo ella tan dulce y amable con él—, empezó a cobrar ánimo de nuevo, y su volátil mente susurró a su alma la esperanza de que, después de todo, las cosas bien podrían ser como él había pretendido al principio si jugaba sus cartas con destreza y no echaba a perder sus oportunidades por la precipitación que una vez estuvo a punto de hacerle perder todo. Su propósito cobró fuerza con un mensaje que llegó esa tarde de parte de Gian Maria, quien para entonces estaba seguro de que el plan de Gonzaga había fracasado. Envió aviso de que, no deseando provocar el derramamiento de sangre amenazado por el loco imprudente que se hacía llamar preboste de Monna Valentina, retrasaría el bombardeo, esperando que mientras tanto el hambre engendrara en aquella guarnición rebelde un estado de ánimo más sumiso.
Francesco leyó el mensaje a los soldados de la Madonna, y estos lo recibieron con alegría. Su confianza en él aumentó cien veces gracias a esta prueba de la precisión de su previsión. En consecuencia, formaron una compañía alegre durante la cena, y el más alegre de todos era Messer Gonzaga, vestido gallardamente con un traje de seda de tafetán púrpura para honrar tan portentosa ocasión.
Francesco fue el primero en dejar la mesa, pidiendo a Monna Valentina permiso para ocuparse de algún deber que lo reclamaba en las murallas. Ella le dejó ir, y después se quedó pensativa, sin prestar atención ya a la charla ligera de Romeo, ni tampoco al soneto de Petrarca que él cantó poco después a la compañía. Sus pensamientos estaban todos con aquel que había abandonado la mesa. Apenas había intercambiado una palabra con Francesco desde aquel momento delirante en que se habían mirado a los ojos sobre las murallas y visto el secreto que cada uno guardaba del otro. ¿Por qué no había venido a verla?, se preguntó. Y entonces recordó cómo Gonzaga había estado todo el día pegado a su lado, y se dio cuenta también de que había sido ella quien había rehuido la compañía de Francesco, volviéndose de repente extrañamente tímida.
Pero mayor que su timidez era ahora su deseo de estar cerca de él y de escuchar su voz; de que la mirara de nuevo como lo había hecho aquella mañana, cuando, aterrorizada por él, había intentado disuadirlo de oponerse al impulso cobarde de sus hombres de armas. Una mujer de edad madura, o más experimentada, habría esperado a que él fuera a buscarla. Pero Valentina, en su dulce naturalidad, nunca pensó en subterfugios ni en artes de coqueteo. Se levantó tranquilamente de la mesa antes de que la canción de Gonzaga terminara, y tan tranquilamente se deslizó fuera de la habitación.
Era una noche hermosa, el aire pesado con el aroma primaveral de las tierras fértiles, y el azul cobalto profundo de los cielos, una cúpula brillante y salpicada de estrellas en cuyo espacio más claro flotaba el medio disco de la luna creciente. Tal luna, pensó, como aquella que había contemplado con pensamientos puestos en él la noche después de su breve encuentro en Acquasparta. Había llegado a la muralla norte en la que él había anunciado que su deber le reclamaba, y allí vio a un hombre —el único inquilino de la muralla— apoyado en el parapeto almenado, mirando hacia las luces del campamento de Gian Maria. Estaba con la cabeza descubierta, y por la cofia de oro que brillaba en su cabello lo reconoció. Se acercó a él sigilosamente por detrás.
—¿Soñamos aquí, Messer Francesco? —le preguntó, al llegar a su lado, y una risa corría a través de sus palabras.
Él se sobresaltó al oír su voz, luego se rió también, suave y alegremente.
—Es una noche para soñar, y en efecto estaba soñando. Pero usted los ha dispersado.
—Me apena —le provocó ella—. Pues sin duda eran agradables, ya que, para venir aquí a entregarse a ellos, usted nos abandonó.
—Sí, eran agradables —respondió él—. Y, sin embargo, estaban cargados de cierta tristeza, aunque ociosos como es la materia de los sueños. Eran suyos para ser disipados, pues eran sobre usted.
—¿Sobre mí? —cuestionó ella, acelerándose los latidos de su corazón y trayendo a sus mejillas un rubor que agradeció a la noche que ocultara.
—Sí, Madonna, sobre usted y nuestro primer encuentro en el bosque de Acquasparta. ¿Lo recuerda?
—Lo recuerdo, lo recuerdo —murmuró con ternura.
—¿Y recuerda cómo entonces juré ser su caballero y siempre su paladín? Poco soñábamos cómo el honor que yo anhelaba iba a ser mío.
Ella no le dio respuesta, su mente retrocediendo a aquel primer encuentro en el que tan a menudo y tan cariñosamente había reflexionado.
—Estaba pensando, también —dijo él poco después—, en aquel hombre, Gian Maria, en la llanura de allí abajo, y en este vergonzoso asedio.
—¿Usted... usted no tiene dudas? —balbuceó ella, pues sus palabras la habían decepcionado un poco.
—¿Dudas?
—Por estar aquí conmigo. Por estar implicado en lo que llaman mi rebelión.
Él rió suavemente, con los ojos puestos en el brillo plateado de las aguas abajo.
—Mis dudas son todas por el tiempo en que este asedio termine; cuando usted y yo nos hayamos ido cada uno por nuestro camino —respondió audazmente. Se volvió ahora para mirarla de frente, y su voz sonó un poco tensa—. Pero por estar aquí para guiar esta fina resistencia y prestarle la poca ayuda que puedo... No, no, no tengo dudas por eso. Es la travesura más querida en la que mi soldadesca me ha llevado. Vine a Roccaleone con un mensaje de advertencia; pero en el fondo, muy dentro de mi corazón, albergaba la esperanza de que el mío fuera más que un papel de mensajero; que el mío pudiera ser permanecer a su lado y hacer el trabajo que estoy haciendo.
—Sin usted ya me habrían obligado a rendirme.
—Quizás lo habrían hecho. Pero mientras yo esté aquí no creo que lo hagan. Me consumo por noticias de Babbiano. Si pudiera saber qué está pasando allí, podría alegrarla con la seguridad de que este asedio no puede durar más que unos pocos días. Gian Maria debe volver a casa o someterse a la pérdida de su trono. Y si pierde eso, su tío ya no apoyaría con tanto ahínco su pretensión sobre usted. Para usted, Madonna, este debe ser un pensamiento alegre. Para mí... ¡ay! ¿Por qué debería esperar tal cosa?
Él miraba ahora hacia la noche, pero su voz vibraba con la emoción que sentía. Ella guardó silencio, y tal vez envalentonado por ese silencio suyo, animado por el recuerdo de lo que había visto esa mañana reflejado en sus ojos:
—Madonna —exclamó—, desearía que pudiera ser mío abrirle un camino a través de ese campamento sitiador, y llevarla a algún lugar bendito donde no haya cortes ni príncipes. Pero puesto que esto no puede ser, Madonna mía, desearía que este asedio durase para siempre.
Y entonces... ¿era la brisa nocturna moviéndose débilmente a través de su cabello la que se burlaba de él con el susurro: “Así lo desearía yo también”? Se volvió hacia ella, y su mano, morena y nerviosa, cayó sobre la de ella, de color blanco marfil, donde descansaba sobre la piedra.
—¡Valentina! —gritó él, con su voz no más alta que un susurro, sus ojos buscando ardientemente los de ella, que estaban desviados. Y entonces, tan repentinamente como había surgido, el fuego en su mirada se extinguió. Retiró su mano de la de ella, suspiró y volvió a dirigir la vista al campamento. —Perdone, olvide, Madonna —murmuró amargamente—, aquello que en mi locura me he atrevido a hacer.
Ella permaneció silenciosa durante un largo momento; luego se acercó un poco más a él, y su voz murmuró de vuelta: —¿Y si considero que no es ninguna osadía?
Con un jadeo, él se giró para mirarla, y permanecieron muy cerca, mirada sosteniendo mirada, siendo la de ella la menos tímida de las dos. Permanecieron así por un breve espacio. Luego, sacudiendo la cabeza y hablando con infinita tristeza:
—Sería mejor que lo hiciera, Madonna —respondió él.
—¿Mejor? ¿Pero por qué?
—Porque no soy ningún duque, Madonna.
—¿Y qué importa eso? —exclamó ella, para añadir con desdén—: Allí fuera se sienta un duque. Oh, señor, ¿cómo voy a considerar presuntuosas en usted las mismas palabras que desearía escuchar? ¿Qué significa su rango para mí? Le conozco como el caballero más leal, el noble más noble y el amigo más valiente que jamás haya venido en ayuda de una doncella en apuros. ¿Olvida usted los mismos principios que me han llevado a hacer esta resistencia? Que soy una mujer, y no pido a la vida nada más que lo que es debido a una mujer... y nada menos.
Ahí se detuvo; de nuevo la sangre tiñó sus mejillas al pensar en lo rápido que hablaba y en lo audaces que debían sonar sus palabras. Se apartó ligeramente de él y se apoyó ahora en el parapeto, mirando hacia la noche. Y mientras estaba así, una voz muy ardiente le susurró al oído:
—¡Valentina, por mi alma, la amo! Y ahí ese susurro, que la llenó de un éxtasis que era casi doloroso en su intensidad, terminó bruscamente como si fuera estrangulado. De nuevo su mano buscó la de ella, que se le entregó como ella habría entregado toda su vida a su dulce mandato, y ahora su voz llegó menos apasionada.
—¿Por qué engañarnos con esperanzas crueles, mi Valentina? —decía él—. Está el futuro. Está el momento en que este asedio haya terminado, y cuando, habiéndose marchado Gian Maria a su casa, usted será libre de partir. ¿Adónde irá?
Ella lo miró como si no entendiera la pregunta, y sus ojos estaban turbados, aunque con la luz que había apenas podía notarlo.
—Iré adonde usted me ordene. ¿Adónde más tengo que ir? —añadió, con una nota de amargura.
Él se sobresaltó. Su respuesta estaba muy lejos de lo que él esperaba.
—¿Pero su tío...?
—¿Qué deber le debo a él? Oh, he pensado en ello, y hasta... hasta esta mañana, parecía que un convento debía ser mi refugio definitivo. He pasado la mayor parte de mi joven vida en Santa Sofia, y lo poco que he visto del mundo en la corte de mi tío apenas me invita a ver más de él. La Madre Abadesa me quería un poco. Ella me recibiría de vuelta, a menos que...
Se interrumpió y lo miró, y ante esa mirada de absoluta y dulce rendición, sus sentidos se nublaron. Que ella fuera sobrina del Duque de Urbino ya no lo recordaba más de lo que él recordaba que era Conde de Aquila, de buena cuna, pero de no muy rica hacienda, y ciertamente no más un partido para ella a los ojos de Guidobaldo que si hubiera sido el simple caballero andante que parecía.
Se acercó a ella, sus manos —como obedeciendo un mandato mayor que su voluntad, el mandato de esa mirada suya, tal vez— la tomaron por los hombros, mientras toda su alma la miraba desde sus ojos. Entonces, con un grito ahogado, la atrajo hacia sí. Por un momento ella permaneció palpitante entre sus brazos, su alta cabeza de bronce al nivel de su barbilla, su corazón latiendo contra el suyo. Inclinándose de repente, la besó en los labios. Ella lo sufrió con una falta de resistencia que invitaba. Pero cuando terminó, ella lo apartó suavemente; y él, obediente a su más mínimo deseo, reprimió el salvaje ardor de su estado de ánimo y la dejó libre.
—¡Anima mia! —gritó él con entusiasmo—. Usted es mía ahora, pase lo que pase. Ni Gian Maria ni todos los duques de la cristiandad se la llevarán de mi lado.
Ella puso su mano sobre los labios de él para silenciarlo, y él besó la palma, de modo que ella, riendo, se retiró de nuevo. Y ahora, de la risa pasó a una gran solemnidad, y con el brazo extendido hacia el campamento ducal: —Gáneme un camino a través de esas líneas —dijo ella—, y lléveme lejos de Urbino... lejos, donde el poder de Guidobaldo y la venganza de Gian Maria no puedan seguirnos... y me habrá ganado para usted. Pero hasta entonces, que haya una tregua en... en esto, entre nosotros. Aquí hay un trabajo de hombres que hacer, y si soy débil como esta noche, puedo debilitarlo a usted, y entonces ambos estaríamos perdidos. Es en su fuerza en la que cuento, Franceschino mío, mi verdadero caballero.
Él habría querido responderle. Tenía mucho que decirle: quién era y qué era. Pero ella señaló hacia la parte superior de las escaleras, donde se divisaba la figura de un hombre.
—Allí viene el centinela —dijo ella—. Déjeme ahora, querido Francesco. Vaya. Se está haciendo tarde.
Él se inclinó profundamente ante ella, obediente siempre, como el verdadero caballero que era, y se despidió de ella, con el alma en llamas.
Valentina observó su figura que se retiraba hasta que desapareció doblando la esquina de la muralla. Entonces, con un profundo suspiro, que fue como una oración de acción de gracias por este gran bien que había llegado a su vida, se apoyó en el parapeto y miró hacia la oscuridad, con las mejillas encendidas y el corazón aún latiendo con fuerza. Se rió suavemente para sí misma por la pura felicidad de su estado de ánimo. El campamento de Gian Maria se convirtió en objeto de su desprecio. ¿Qué debería valer su poder mientras tuviera a tal paladín para defenderla ahora y en el futuro?
Había una ironía en ese asedio en la que su fantasía se fijaba. Al venir así en armas contra ella, Gian Maria buscaba ganarla como esposa; sin embargo, todo lo que había logrado era ponerla en los brazos del único hombre al que ella había aprendido a amar en virtud de este mismo asedio. La calidez suave de la noche y el perfume ambiental de los campos se adaptaban bien a su estado de ánimo, y la tenue brisa que soplaba acariciando su mejilla parecía repetir las melodías que su corazón emitía. En aquella hora, aquellos viejos muros grises de Roccaleone parecían encerrar para ella un verdadero paraíso, y el fragmento de una vieja canción de amor se escapó suavemente de sus labios entreabiertos. Pero como todo paraíso —¡ay!—, tenía su serpiente, que se arrastró inaudible detrás de ella y siseaba ahora en su oído. Y su voz era la voz de Romeo Gonzaga.
—Me reconforta, Madonna, que haya alguien, al menos, en Roccaleone que tenga corazón para cantar.
Sobresaltada de su feliz ensimismamiento por aquella voz suave y ahora inefablemente siniestra, se giró para enfrentar a su dueño.
Vio el brillo blanco de su rostro y algo de la ira que ardía en sus ojos, y a pesar de sí misma, un escalofrío de alarma la recorrió como un estremecimiento. Miró más allá de él, hacia un lugar donde últimamente había visto al centinela. No había nadie allí ni en ninguna parte de esa muralla. Estaban solos, y Messer Gonzaga parecía singularmente malvado.
Por un momento hubo un silencio tenso, roto solo por las aguas turbulentas del foso del torrente y el ronco desafío de un “¿Chi va là?” del centinela en el campamento de Gian Maria. Luego, ella se giró nerviosa, preguntándose cuánto podría haber escuchado él de lo que había pasado entre ella y Francesco, cuánto haber visto.
—Y sin embargo, Gonzaga —le respondió ella—, le dejé cantando abajo cuando me fui.
—¡...Para retozar aquí a la luz de la luna con ese maldito fanfarrón, ese bandolero, esa bestia de sbirro criada en las perreras!
—¡Gonzaga! ¡Se atrevería!
—¿Atreverme? —se burló él, fuera de sí por la pasión—. ¿Es usted quien habla de atreverse? ¿Usted, la sobrina de Guidobaldo da Montefeltro, una dama de la noble e ilustre casa de Rovere, que se lanzó a los brazos de un vasallo de baja cuna como ese, un masnadiero, un bandido, un bravo? ¿Y puede aún hablar de atreverse, y tomar ese tono conmigo, cuando la vergüenza debería dejarla muerta o muda?
—Gonzaga —le respondió ella, con el rostro tan blanco como el de él, pero con la voz firme y dura por la ira—, déjeme ahora mismo, al instante, o haré que lo azoten... que lo azoten hasta el hueso.
Por un momento él la miró como un hombre aturdido. Luego lanzó sus brazos al cielo y, dejándolos caer pesadamente a los costados, se encogió de hombros y se rió con maldad. Pero no hizo ademán de irse.
—Llame a sus hombres —le respondió, con voz ahogada—. Haga su voluntad conmigo. Azóteme hasta el hueso o hasta la muerte; que ese sea el premio de todo lo que he hecho, todo lo que he arriesgado, todo lo que he sacrificado para servirla. Sería coherente con sus otras acciones.
Sus ojos buscaron los de él en la penumbra, su pecho agitándose violentamente en sus esfuerzos por dominarse antes de hablar.
—Messer Gonzaga —dijo ella al fin—, no negaré que me sirvió fielmente en el asunto de mi huida de Urbino...
—¿Para qué hablar de ello? —se mofó él—. Fue un servicio del que usted solo se aprovecha hasta que apareció otro al que pudo otorgar su favor y el mando supremo de su fortaleza. ¿Para qué hablar de ello?
—Para mostrarle que el servicio al que alude está ahora pagado —replicó ella severamente—. Al reprochármelo, usted ha recibido el pago, y al insultarme, ha extinguido mi gratitud.
—Una lógica muy conveniente la suya —se burló él—. Soy desechado como una prenda desgastada, y se considera que la prenda está pagada porque, a fuerza de tanto uso, ha llegado a parecer un poco raída.
Y ahora le vino a la mente que tal vez había algo de justicia en lo que él decía. Quizás lo había tratado un poco duramente.
—¿Cree usted, Gonzaga —dijo ella, y su tono era ahora un poco más amable—, que porque me ha servido puede ultrajarme, y a ese caballero que también me ha servido, y...
—¿En qué puede compararse tal servicio como el suyo con el mío? ¿Qué ha hecho él que yo no haya hecho más?
—Vaya, cuando los hombres se rebelaron aquí...
—¡Bah! No me cite eso. ¡Cuerpo de Dios! Es su oficio guiar a tales cerdos. Él es uno de ellos. Pero en cuanto al resto, ¿qué tiene que perder un hombre así por su parte en su rebelión, comparado con tal pérdida como la mía?
—Vaya, si las cosas salen mal, supongo que puede perder la vida —respondió ella, con voz baja—. ¿Puede usted perder más?
Él hizo un gesto de impaciencia.
—Si las cosas salen mal, sí. Puede costarle caro. Pero si salen bien, y se levanta este asedio, él no tiene nada más que temer. El mío es un caso peligroso. Acabe como acabe este asedio, para mí no habrá escapatoria de la venganza de Gian Maria y Guidobaldo. Ellos conocen mi parte en ello. Saben que su acción fue ayudada por mí, y que sin mí nunca se habría podido equipar para tal resistencia. Pase lo que pase con usted y este Ser Francesco, para mí no habrá escapatoria.
Ella respiró profundamente, luego le planteó la pregunta obvia:
—¿No lo consideró? ¿No sopesó estas posibilidades antes de embarcarse en este asunto, antes de que usted mismo me instara a dar este paso?
—Sí, lo hice —respondió él con hosquedad.
—Entonces, ¿por qué estas quejas ahora?
Él fue singular y locamente franco con ella en su respuesta. Le dijo que lo había hecho porque la amaba, porque ella le había dado señales de que su amor no era en vano.
—¿Le di señales? —le interrumpió ella—. ¡Madre en el cielo! Recite estas señales para que pueda conocerlas.
—¿No fue siempre amable conmigo? —exigió él—. ¿No manifestó siempre un gusto por mi compañía? ¿No le complacía siempre que yo le cantara las canciones que en su honor había hecho? ¿No fue a mí a quien acudió en la hora de su necesidad?
—¿Ves ahora qué poca cosa eres, Gonzaga? —respondió ella con una frialdad hiriente. —Una mujer puede no sonreírte, puede no dedicarte una palabra amable, puede no tolerar que le cantes, y aun así debes concluir que está enamorada de ti. Y si acudí a ti en mi hora de necesidad, como me recuerdas, ¿tiene eso que ser una señal de mi encaprichamiento? ¿Acaso todo caballero piensa lo mismo cuando una mujer desvalida recurre a él en su aflicción? Pero aun así —continuó—, ¿cómo podría todo eso disminuir el peligro del que ahora hablas? Incluso si tu pretensión hacia mí prosperara, ¿te haría eso menos Romeo Gonzaga, el blanco de la ira de mi tío y de Gian Maria? Más bien pienso que te convertiría en uno mayor.
Pero él la desilusionó. No tuvo reparos, en su estado de ánimo iracundo, en exponerle sus razonamientos de que, como su marido, estaría protegido.
Ella se rió a carcajadas ante aquello.
—¿Y es por sofismas como estos que tu presunción cobró vida?
Aquello le dolió. Temblando con la pasión que lo obsesionaba, se acercó a ella.
—Dígame, Madonna, ¿por qué habremos de considerar presunción en Romeo Gonzaga un cortejo que en un aventurero sin nombre alentamos? —preguntó, con la voz espesa y trémula.
—Ten cuidado —le ordenó ella.
—¿Cuidado de qué? —replicó él—. Responda, Monna Valentina. ¿Soy un hombre tan vil que por el solo pensamiento de amarla debo ser considerado un presuntuoso, mientras que usted puede entregarse a los brazos de este fanfarrón bravucón y recibir sus besos? Su razonamiento encaja mal con sus acciones.
—¡Cobarde! —le respondió ella—. ¡Perro que eres! —Y ante el fuego de la pasión en sus ojos, él retrocedió, con el valor flaqueándole. Ella cortó su ira en seco y, con una voz peligrosamente calmada, le ordenó que se asegurara de no estar en Roccaleone al amanecer—. Saca provecho de la noche —le aconsejó— y escapa de la vigilancia de Gian Maria lo mejor que puedas. Aquí no te quedarás.
Ante eso, un gran miedo se apoderó de él, haciendo huir el último resto de su ira. Y no era solo miedo, para hacerle plena justicia. Era también la comprensión de que, si quería obtener compensación de ella por este trato, si quería saciar su venganza, debía quedarse. Un plan le había fallado. Pero su mente era fértil, y podría idear otro que tuviera éxito y colocara a Gian Maria en Roccaleone. Así se vería ampliamente vengado. Ella se estaba dando la vuelta, tras haber pronunciado su destierro, pero él saltó tras ella y, de rodillas, le suplicó piadosamente que lo escuchara aún un momento.
Y ella, arrepintiéndose ya de su dureza y pensando que tal vez, en su celo, él apenas había sido responsable de lo que había dicho, se detuvo a escucharlo.
—Eso no, eso no, Madonna —gimió él, con un tono que sugería la inminencia de las lágrimas—. No me envíe lejos. Si he de morir, déjeme morir aquí en Roccaleone, ayudando a la defensa hasta mi último aliento. Pero no me arroje a manos de Gian Maria. Me colgará por mi parte en este asunto. No me pague así, Madonna. Me debe un poco, sin duda, y si estaba loco cuando hablé con usted hace un momento, fue el amor por usted lo que me impulsó; amor por usted y sospecha de ese hombre de quien ninguno de nosotros sabe nada. Madonna, sea un poco piadosa. Permítame permanecer.
Ella lo miró desde arriba, con la mente oscilando entre la lástima y el desprecio. Luego, la piedad ganó la partida en el caprichoso pero siempre noble corazón de Valentina. Le ordenó levantarse.
—Y vete, Gonzaga. Ve a tu lecho y duerme hasta alcanzar un estado de ánimo más cuerdo. Olvidaremos todo esto que has dicho, con tal de que nunca vuelvas a hablar de ello, ni de este amor que dices profesarme.
El hipócrita tomó el dobladillo de su capa y lo llevó a sus labios.
—Que Dios mantenga su corazón siempre tan puro, noble y compasivo —murmuró entrecortadamente—. Sé cuán poco merecedor soy de su clemencia. Pero se lo pagaré, Madonna —protestó, y realmente lo decía en serio, aunque no en el sentido que parecía.
CAPÍTULO XXI. EL PENITENTE
Una semana pasó pacíficamente en Roccaleone; tan pacíficamente que era difícil concebir que allí fuera, en la llanura, estuviera Gian Maria con sus cien hombres asediándolos.
Esta inacción inquietaba al Conde de Aquila, al igual que la falta de noticias de Fanfulla; y se preguntaba vagamente qué podría estar ocurriendo en Babbiano para que Gian Maria se contentara con permanecer ociosamente ante ellos, como si dispusiera de meses para rendirlos por hambre. El misterio se habría disipado si hubiera sabido que debía agradecer a Gonzaga por esta singular paciencia de Gian Maria. Pues el cortesano había encontrado la ocasión de enviar otra flecha portadora de cartas al campamento del Duque, informándole de cómo y por qué el último complot había fracasado, e instando a Gian Maria a esperar y confiar en que él idearía un plan mejor para entregar el castillo a su poder. Había prometido con la suficiente audacia y confianza, y Gian Maria —los hechos lo demostraban— había confiado en esa promesa suya y aguardaba su cumplimiento. Pero, por más que se esforzara incesantemente, no le llegaba ninguna inspiración, ningún plan se le sugería mediante el cual pudiera llevar a cabo su propósito traicionero.
Empleó el tiempo astutamente para recuperar el favor y la confianza de Valentina. La mañana siguiente a su tormentosa entrevista con la sobrina de Guidobaldo, se había confesado ante Fra Domenico y se había acercado al Sacramento. Cada mañana, a partir de entonces, aparecía en misa y, por la piedad y el fervor de sus devociones, se convirtió en un ejemplo para todos los demás. Esto no pasó desapercibido para Valentina, quien había sido educada en un convento y era, en cierta medida, devota. Leyó en este singular cambio de sus modos la indicación indudable de un carácter transformado. El hecho de que se hubiera acercado al Sacramento la mañana después de sus palabras salvajes lo tomó como una señal de que se arrepentía de la vileza de la animosidad que había albergado; que continuara siendo tan sumamente devoto a partir de entonces, lo interpretó como una señal de que su arrepentimiento era sincero y persistente.
Y así llegó a preguntarse si, en efecto, no había sido tanto pecado contra él como él pecando, y terminó asegurándose de que, en cierta medida, la culpa era suya. Viéndolo tan penitente y concluyendo por ello que no era probable que volviera a transgredir, lo readmitió en su favor y, poco a poco, el antiguo estado amistoso se restableció, siendo quizá más sólido en virtud de su confianza en que, después de lo sucedido, él no volvería a malinterpretarla.
Él no lo hizo, ni volvió a permitir que su optimismo y su siempre pronta vanidad lo engañaran con falsas esperanzas. La leía con exacta precisión y, si bien la lectura solo servía para amargarlo más y hacerlo más firme en su propósito vengativo, le hacía, sin embargo, sonreír con más dulzura y adular con más obsequiosidad.
Y no contento con esto, no limitó su sicofancia a Valentina, sino que buscó también, mediante una persistencia sonriente, congraciarse con Francesco. Ninguna voz en Roccaleone —ni siquiera la del bravucón Ercole— se alzaba con mayor frecuencia o entusiasmo para alabar y glorificar a su Preboste. Valentina, observando esto y aceptándolo como otra señal de su contrición por el pasado y su propósito de enmienda para el futuro, se mostró aún más cordial con él. No carecía de astucia este bello Ser Romeo, ni de conocimiento del corazón de una mujer, y de la comprensión del hecho de que no hay adulación que ella prefiera que aquella que tiene por objeto al hombre que ama.
Así conquistó Gonzaga la confianza y estima de todos durante aquella semana pacífica. Parecía un hombre cambiado y todos, excepto Peppe, vieron en este cambio un motivo para aumentar la confianza y la amistad hacia él. Pero el astuto bufón observaba y reflexionaba. Transformaciones como estas no se efectuaban en una noche. No creía en ninguna crisálida humana que convirtiera al gusano de ayer en la mariposa de hoy. Y así, en este Gonzaga adulador, sonriente y servil, no vio más que un objeto de desconfianza, un sujeto al que observar con la máxima vigilancia. A esta vigilancia se aplicó el jorobado con un celo nacido de su cordial detestación hacia el cortesano. Pero Gonzaga, consciente de la desconfianza y vigilancia del bufón, se las arregló por una vez para eludirlo y hacer llegar una carta a Gian Maria exponiendo el ingenioso plan que había tramado.
La idea se le había ocurrido aquel domingo en misa. En todos los días santificados, era costumbre de Monna Valentina insistir en que toda la guarnición, con la excepción de un solo centinela —y esto solo ante la muy insistente petición de Francesco—, asistiera al oficio matutino. Como una inspiración, le vino que esa media hora sería una ocasión de lo más oportuna para abrir las puertas de Roccaleone a los sitiadores. El miércoles siguiente era la fiesta del Corpus Christi. Entonces sería su oportunidad.
Arrodillado allí, con la cabeza inclinada en éxtasis de devoción, maduró su plan traicionero. Al único centinela podría sobornarlo o, si el soborno fallaba, atravesarlo con el puñal. Comprendió que, solo, no podría bajar el engorroso puente levadizo, ni sería prudente, incluso si fuera posible, pues el ruido podría dar la alarma. Pero estaba el postigo. Gian Maria debía construirle un puente ligero y portátil, y tenerlo listo para salvar el foso y verter silenciosamente a sus soldados en el castillo a través de esa pequeña puerta.
Y así, madurado el complot y claro cada detalle, se fue a su aposento y escribió la carta que habría de alegrar el corazón de Gian Maria. Eligió un momento favorable para enviarla, como había enviado las anteriores, atada al virote de una ballesta, y vio la señal de Gian Maria —para la cual la carta había dispuesto— de que el plan sería adoptado. Tarareando una melodía alegre, jubiloso ante la perspectiva de verse tan ampliamente vengado, Gonzaga bajó y salió a los jardines del castillo para unirse a las damas en su diversión con un juego de gallina ciega.
Ahora bien, por mucho que el Duque de Babbiano se felicitara por el aliado que poseía en Gonzaga y el astuto plan que este había ideado para ponerlo en posesión de Roccaleone, al día siguiente llegaron a él noticias que lo hicieron regocijarse cien veces más fervientemente. Sus súbditos de Babbiano se encontraban en una situación cercana a la rebelión abierta, resultado de los inquietantes rumores de que César Borgia se estaba armando en Roma para un ataque al Ducado, y de la continua ausencia de Gian Maria en tal temporada, en un cortejo que consideraban inoportuno. Se había formado un partido fuerte y los líderes habían clavado en las puertas del Palacio una proclama declarando que, a menos que Gian Maria regresara en tres días para organizar la defensa de Babbiano, lo depondrían y se dirigirían a Aquila para invitar a su primo, Francesco del Falco —cuyo patriotismo y destreza militar eran conocidos por todos— a asumir la corona de Babbiano y protegerlos.
Ante la noticia, y al leer la proclama que Alvari había traído consigo, Gian Maria entró en uno de esos ataques de ira que hicieron de su nombre un sinónimo de locura en Babbiano. Sin embargo, poco después se calmó. Allí estaba Gonzaga, quien había prometido admitirlo en Roccaleone el miércoles. Eso le dejaba tiempo para primero poseer a su reacia novia y luego cabalgar a toda prisa hacia Babbiano, para llegar allí antes de que expirara el plazo de tres días de gracia que sus súbditos le daban.
Consultó con Guidobaldo e instó a que un sacerdote estuviera esperando para casarlos tan pronto como él la hubiera sacado de la fortaleza. En ese detalle estuvieron a punto de pelearse. Guidobaldo no estaba de acuerdo al principio con unas nupcias tan apresuradas; no eran apropiadas para la dignidad y el rango de su sobrina, y si Gian Maria deseaba casarse con ella, debía ir a Urbino y permitir que la ceremonia fuera oficiada por un cardenal. Fue bueno entonces para Gian Maria que dominara su habitual precipitación y refrenara la respuesta ardiente y desafiante que subía a sus labios. De haberlo hecho, probablemente se habría producido una ruptura duradera entre ellos; pues Guidobaldo no era hombre que se dejara intimidar y, después de todo, comprendía perfectamente que Gian Maria tenía más necesidad de él que él de Gian Maria. Y esto, en aquel momento, el Duque de Babbiano también lo comprendió, y al comprenderlo se dispuso a suplicar donde de otro modo podría haber exigido, a pedir como un favor lo que de otro modo podría haber ordenado con una amenaza. Y así convenció a Guidobaldo —aunque a regañadientes— de sus deseos en el asunto, y en su buen talante el Duque de Urbino consintió en guardarse la dignidad que le dictaba ver la ceremonia realizada con pompa principesca.
Resuelto esto, Gian Maria bendijo a Gonzaga, quien hacía todo aquello posible y acudía muy oportunamente en su ayuda donde, sin él, se habría visto obligado a recurrir al cañón y al derramamiento de sangre.
Con Gonzaga, la única sombra de duda que permanecía para empañar la perfecta certeza de su éxito residía en su apreciación del carácter audaz y la mente ingeniosa de Francesco, y ahora, como si los dioses estuvieran ansiosos por favorecerlo hasta el último grado, un arma extraña para combatir esto fue inesperadamente puesta en su mano.
Sucedió que Alvari no fue el único mensajero que viajó aquel día a Roccaleone. Lo siguió, unas horas después, el criado del Conde de Aquila, Zaccaria, quien cabalgó duramente y llegó a las inmediaciones del castillo al atardecer. Siendo su destino la fortaleza misma, se vio obligado a esperar en el bosque hasta que hubiera caído la noche, y aun así su misión estaba plagada de peligros.
Aconteció que, cerca de la segunda hora de la noche, estando la luna cubierta en ese momento —pues había amenazas de tormenta en el cielo—, el centinela de la muralla oriental oyó un sonido de chapoteo en el foso de abajo, acompañado por la respiración estertorosa de un nadador cuya boca no estaba bien por encima del agua. Desafió al sonido, pero al no recibir respuesta, se dio la vuelta para ir a dar la alarma y se topó con los brazos de Gonzaga, que había salido a tomar el aire.
—Ilustre —exclamó—, hay alguien cruzando el foso a nado.
—¿Eh? —gritó Gonzaga, con cien sospechas sobre Gian Maria cruzando por su mente—. ¿Traición?
—Es lo que pensé.
Gonzaga tomó al hombre por la manga de su jubón y lo llevó de vuelta al parapeto. Miraron por encima y, desde la oscuridad, fueron saludados por un débil “¡Olá!”.
—¿Quién va? —preguntó Romeo.
—Un amigo —llegó la respuesta suavemente—. Un mensajero de Babbiano con cartas para el señor Conde de Aquila. Láncenme una cuerda, amigos, antes de que me ahogue en esta artesa.
—¡Deliras, insensato! —le respondió Gonzaga—. No tenemos condes en Roccaleone.
—Seguramente, señor centinela —respondió la voz—, mi señor, Messer Francesco del Falco, está aquí. Láncenme una cuerda, digo.
—Messer Fran... —comenzó Gonzaga. Luego hizo un ruido como el de un hombre que se ahoga. Fue como si una súbita luz de revelación hubiera inundado su cerebro—. Consigue una cuerda —ordenó ásperamente al centinela—. En el patio de la armería. ¡Date prisa, imbécil! —añadió bruscamente, temiendo ahora ser interrumpido.
En un momento el hombre regresó y la cuerda fue bajada al visitante de abajo. Unos segundos después, Zaccaria estaba en las murallas de Roccaleone, el agua goteando de sus prendas empapadas y acumulándose en un charco alrededor de sus pies.
—Por aquí —dijo Gonzaga, guiando al hombre hacia la torre de la armería, donde ardía un farol. A su luz inspeccionó al recién llegado y ordenó al centinela que cerrara la puerta y permaneciera al alcance, afuera.
Zaccaria pareció sobresaltado ante la orden. Apenas era el recibimiento que esperaba después de haber arriesgado tanto su vida para llegar al castillo con su carta.
—¿Dónde está mi señor? —preguntó, a través de unos dientes que castañeteaban por el frío de su inmersión, preguntándose vagamente quién podría ser aquel caballero tan magnífico.
—¿Es Messer Francesco del Falco su señor? —preguntó Romeo.
—Lo es, señor. He tenido el honor de servirle durante diez años. Le traigo cartas de Messer Fanfulla degli Arcipreti. Son muy urgentes. ¿Me llevará ante él?
—Está usted muy mojado —murmuró Gonzaga con solicitud—. Contraerá la muerte por el frío, y la muerte de un hombre tan valiente como para haber encontrado un camino a través de las líneas de Gian Maria sería verdaderamente deplorable. —Se dirigió a la puerta—. ¡Olá! —llamó al centinela—. Lleve a este valiente compañero allá arriba y búsquele un cambio de ropa. —Señaló la cámara superior de la torre, donde, de hecho, se guardaban tales cosas.
—¡Pero mis cartas, señor! —gritó Zaccaria con impaciencia—. Son muy urgentes, y horas he perdido ya esperando la noche.
—¿Seguramente puede esperar hasta haberse cambiado de ropa? Su vida, supongo, es de más importancia que la pérdida de unos pocos momentos.
—Pero mis órdenes de Messer degli Arcipreti eran que no debía perder un instante.
—¡Oh, sí, sí! —gritó Gonzaga, con una muestra de impaciencia de buen carácter—. Entrégueme las cartas, entonces, y las llevaré al Conde mientras usted se despoja de esas ropas mojadas.
Zaccaria lo miró un momento con duda. Pero él se veía tan inofensivo en sus galas, y la expresión de su rostro agraciado era tan ganadora y honesta, que la vacilación del hombre se desvaneció tan pronto como surgió. Quitándose la gorra, sacó de dentro de la copa la carta, la cual había colocado allí para mantenerla seca. Este paquete se lo entregó entonces a Gonzaga quien, con una palabra final de instrucción al centinela sobre la búsqueda de ropa para el mensajero, salió para cumplir su recado. Pero fuera de la puerta se detuvo y llamó al centinela de nuevo.
—Aquí hay un ducado para ti —susurró—. Haz lo que te ordeno y tendrás más. Detenlo en la torre hasta que yo regrese, y bajo ninguna circunstancia permitas que nadie lo vea ni lo oiga.
—Sí, Excelencia —respondió el hombre—. ¿Pero qué pasa si el capitán viene y me encuentra ausente de mi puesto?
—Yo me encargaré de eso. Le diré a Messer Fortemani que te he empleado en un asunto especial y le pediré que te reemplace. Quedas dispensado del servicio de centinela por esta noche.
El hombre hizo una reverencia y se retiró silenciosamente para ocuparse de su prisionero, pues bajo esa luz consideraba ahora a Zaccaria.
Gonzaga buscó a Fortemani en la guardia de abajo e hizo como le había prometido al centinela.
—Pero —espetó Ercole, enrojeciendo—, ¿bajo qué autoridad has hecho esto? ¿Con qué derecho envías centinelas a misiones tuyas? ¡Christo Santo! ¿Va a ser invadido el castillo mientras tú envías a mis hombres de guardia a buscar tu caja de dulces o un libro de versos?
—Recordará usted... —comenzó Romeo, con un aire de dignidad abrumadora.
—¡Que el diablo te lleve a ti y al que te envió! —interrumpió el bravucón—. El señor Preboste se enterará de esto.
—De ninguna manera —gritó Gonzaga, pasando ahora de la ira a la alarma, y agarrando los faldones de la capa de Fortemani cuando el capitán estaba en el acto de salir para ejecutar su amenaza—. Ser Ercole, sea razonable, se lo ruego. ¿Vamos a alarmar al castillo y molestar a Monna Valentina por un asunto trivial como este? Hombre, se reirán de usted.
—¿Eh? —No había nada que a Ercole le gustara menos que ser objeto de burla. Reflexionó un momento y se le ocurrió que quizás estaba haciendo mucho de nada. Luego:
—Tú, Aventano —llamó—, toma tu alabarda y patrulla la muralla oriental. Ahí, Messer Gonzaga, he obedecido sus deseos; pero Messer Francesco se enterará cuando haga sus rondas.
Gonzaga lo dejó. Francesco no haría sus rondas hasta dentro de una hora, y para entonces no importaría lo que Fortemani le dijera. De una forma u otra, sería capaz de justificar su acción.
Cruzó el patio y subió los escalones que conducían a su propio aposento. Una vez allí, cerró y atrancó la puerta. Encendió una luz y, arrojando la carta sobre la mesa, se sentó a contemplar su exterior y el gran sello rojo que brillaba bajo la luz amarilla de su vela.
¡Pues bien! Este caballero andante, este hombre a quien había considerado un patán de baja cuna, no era otro que el famoso Conde de Aquila, el bienamado del pueblo de Babbiano, el ideal de todos los hombres de armas desde Sicilia hasta los Alpes. ¡Y nunca lo había sospechado! Ahora se consideraba a sí mismo un estúpido. Bastantes descripciones había oído de aquel famoso condotiero, aquel espejo de la caballería italiana. Podría haber sabido que no existían dos hombres de maneras tan imponentes como las que había visto en Roccaleone. ¿Cuál era su objetivo allí? ¿Era amor por Valentina, o era...? Hizo una pausa mientras repasaba rápidamente en su mente la política de Babbiano. Se le ocurrió una posibilidad repentina que hizo que sus ojos brillaran y sus manos temblaran de impaciencia. ¿Era esto solo un plan político para socavar el trono de su primo, a quien Gonzaga había oído el rumor de que Francesco del Falco aspiraba? Si era así, ¡qué venganza sería la suya al desenmascararlo! ¡Cómo tendría que humillarse Valentina! La carta estaba ante él. Dentro se revelarían los verdaderos hechos. ¿Qué le escribía su amigo Fanfulla?
Tomó la carta y examinó atentamente el sello. Luego, suave, silenciosa y lentamente, desenvainó su daga. Si sus sospechas eran infundadas, su daga calentada en la llama de la vela le proporcionaría los medios para ocultar el hecho de que había manipulado aquella misiva. Deslizó la hoja bajo el sello y la trabajó con cautela hasta que este se desprendió y dejó la carta abierta. La desplegó y, al leerla, sus ojos se dilataron. Pareció encogerse en su silla, y la mano que sostenía el papel tembló. Acercó la vela y, protegiéndose los ojos, volvió a leerla, palabra por palabra:
«MI QUERIDO SEÑOR CONDE: He retrasado la escritura hasta el momento en que las señales que observé se volvieron más definidas, como ha ocurrido ahora, de modo que ya no puedo demorarme más. Esto, pues, va por mano de Zaccaria, para decirle que hoy se ha enviado palabra a Gian Maria dándole tres días para regresar a Babbiano, o para abandonar toda esperanza en su corona, cuya oferta enviará entonces el pueblo a usted en Aquila, donde se cree que está. Así que ahora, mi querido señor, usted tiene al tirano a su merced, arrojado entre Escila y Caribdis. Suyo es resolver cómo actuará; pero me regocijo de ser quien le envíe la noticia de que su presencia en Roccaleone y su obstinada defensa de la fortaleza no han sido en vano, y que pronto cosechará la recompensa bien ganada por ello. El pueblo se ha visto impulsado a esta acción extrema por la confusión que prevalece aquí.
»Nos ha llegado la noticia de que César Borgia está armando, en Roma, una hueste para invadir Babbiano, y el pueblo está exasperado por la continua ausencia de Gian Maria en tal temporada. Son miopes en esto, pues pasan por alto los resultados que deben acompañar a la alianza con Urbino. Que Dios proteja y prospere a su Excelencia, cuyo más devoto servidor es
»FANFULLA DEGLI ARCIPRETI».
CAPÍTULO XXII. UNA REVELACIÓN
—Francesco —dijo Valentina, y el nombre salió de sus labios como si fuera una caricia—, ¿por qué esa mirada ceñuda y preocupada?
Estaban solos en el comedor, donde los demás los habían dejado, y aún permanecían sentados a la mesa en la que habían cenado. Francesco levantó sus ojos oscuros y pensativos, y al posarse ahora en Valentina, la meditación que había en ellos dio paso a la ternura.
—Me inquieta esta falta de noticias —admitió—. Ojalá supiera lo que se está haciendo en Babbiano. Había pensado que para estas fechas César Borgia ya habría movido a los súbditos de Gian Maria a alguna forma de acción. ¡Ojalá lo supiera!
Ella se levantó y, acercándose a él, se quedó de pie con una mano descansando sobre su hombro, con los ojos sonriendo hacia el rostro levantado de él.
—¿Y ha de inquietarle una pequeñez así, usted que hace una semana profesaba que desearía que este asedio durara para siempre?
—No me considere voluble, anima mia —le respondió, y besó los dedos de marfil que descansaban sobre su hombro—. Pues eso fue antes de que el mundo cambiara para mí por la magia de sus deseos. Y así —repitió—, ¡ojalá supiera lo que sucede en Babbiano!
—¿Pero por qué suspirar por un deseo tan ocioso? —exclamó—. ¿Por qué medios pueden llegarle aquí noticias de los sucesos del mundo exterior?
Él reflexionó un momento, buscando las palabras con las que responderle. Una veintena de veces durante esa semana había estado a punto de revelarse, de decirle quién y qué era. Sin embargo, siempre había dudado, posponiendo esa revelación hasta que el momento pareciera más adecuado. Consideró que este lo era. Ella confiaba en él, y no había razón para seguir guardando silencio. Quizás ya había tardado demasiado, y estaba a punto de hablar cuando ella se apartó de su lado y se dirigió apresuradamente a la ventana, alarmada por el sonido de unos pasos que se acercaban. Un segundo después, la puerta se abrió y apareció Gonzaga.
Por un momento vaciló en el umbral, mirando de uno al otro, y Francesco, observándolo con desgana a su vez, notó que sus mejillas estaban pálidas y que sus ojos brillaban como los de un hombre con fiebre. Luego dio un paso adelante y, dejando la puerta abierta tras de sí, entró en la habitación.
—Monna Valentina, tengo algo que comunicarle. —Su voz tembló ligeramente—. Messer... Francesco, ¿nos daría permiso? —Y sus ojos febriles se movieron hacia la puerta abierta con una elocuencia que no pedía palabras.
Francesco se levantó lentamente, tratando de reprimir su sorpresa, y miró a Valentina, como esperando su confirmación o negativa a esta petición de que los dejara solos.
—¿Una comunicación para mí? —se maravilló ella, mientras un leve ceño fruncía sus cejas—. ¿De qué naturaleza, señor?
—De una naturaleza tan importante como privada.
Ella levantó la barbilla y, con una sonrisa paciente, pareció rogar a Francesco que le permitiera seguirle la corriente a este humor de Gonzaga. Con rápida obediencia, Francesco inclinó la cabeza.
—Estaré en mi cámara hasta la hora de mis rondas, Madonna —anunció, y con ello se marchó.
Gonzaga lo acompañó hasta la puerta, que cerró tras él, y componiendo sus facciones con una expresión de indignada tristeza, regresó y se quedó frente a Valentina al otro lado de la mesa.
—Madonna —dijo—, ojalá al Cielo esta comunicación que he de hacerle viniera de otros labios. A la luz de lo que ha pasado... aquí en Roccaleone... por mi locura... usted... usted puede pensar que mi misión está cargada de venganza.
La perplejidad la miraba desde sus ojos.
—Me llena de alarma, mi buen Gonzaga —le respondió, aunque sonriendo.
—Por desgracia, me ha correspondido la infortunada suerte de hacer más que eso. He hecho el descubrimiento de una traición tan vil aquí en su fortaleza como la que cualquier traidor haya tramado jamás.
Ella lo miró más seriamente ahora. La vehemencia de su tono y la sugerencia de tristeza que lo recorría y le daba un acento tan franco, reclamaron su atención.
—¡Traición! —repitió ella, en voz baja, con los ojos dilatándose—. ¿Y de quién?
Él dudó un momento, luego, agitando la mano:
—¿No quiere sentarse, Madonna? —sugirió nerviosamente.
Mecánicamente, ella se sentó a la mesa, con los ojos siempre en su rostro, mientras la alarma se extendía en su corazón, nacida del suspense.
—Siéntese también —le ordenó—, y dígame.
Él acercó una silla, se sentó frente a ella y, respirando profundamente: —¿Ha oído hablar alguna vez del Conde de Aquila? —preguntó.
—Sería extraño si no lo hubiera hecho. El caballero más valiente de Italia, dice la fama.
Sus ojos estaban intensamente fijos en el rostro de ella, y lo que vio allí lo satisfizo.
—¿Sabe cómo se lleva con el pueblo de Babbiano?
—Sé que es amado por ellos.
—¿Y sabe usted que es un pretendiente al trono de Babbiano? ¿Recuerda que es primo de Gian Maria?
—Su parentesco con Gian Maria lo conozco. Que pretenda el trono de Babbiano, no lo sabía. ¿Pero hacia dónde vamos?
—No nos estamos desviando, Madonna —respondió Gonzaga—, vamos en línea recta al corazón mismo de esta traición de la que hablé. ¿Me creería si le dijera que aquí, en Roccaleone, tenemos un agente del Conde de Aquila, uno que en interés del Conde está prolongando este asedio con el pretendido objetivo de expulsar a Gian Maria?
—Gonzaga... —comenzó ella, adivinando más de la mitad de la dirección de su explicación. Pero él la interrumpió con inusual brusquedad.
—Espere, Madonna —exclamó, con los ojos clavados en su rostro y la mano levantada imperiosamente—. Escúcheme con paciencia. No hablo por hablar. De lo que le digo estoy armado con pruebas y testigos. Tal agente de... de los intereses del Conde tenemos entre nosotros, y su verdadero objetivo al prolongar este asedio, y al animarla y ayudarla a usted en su resistencia, es desgastar la paciencia del pueblo de Babbiano con Gian Maria, y obligarlos en la hora de su inminente peligro por los ejércitos de César Borgia a otorgar el trono a Aquila.
—¿Dónde aprendió esta vil mentira? —le preguntó ella, con las mejillas encendidas y los ojos en llamas.
—Madonna —dijo él, con voz paciente—, esto que usted llama mentira es ya un hecho consumado. No le presento los frutos de una especulación ociosa. Tengo conmigo la prueba más positiva de que el resultado que se esperaba ya se ha alcanzado. Gian Maria ha recibido de sus súbditos una notificación de que, a menos que esté en su capital dentro de tres días a partir de hoy, investirán al Señor de Aquila con la corona ducal.
Ella se levantó, con su ira bien controlada y la voz tranquila.
—¿Dónde está esta prueba? No, no; no necesito verla. Sea lo que sea, ¿qué me probará? Que sus palabras, en lo que respecta a la política de Babbiano, pueden ser ciertas; nuestra resistencia a Gian Maria puede estar costándole el trono y haciendo un buen servicio a la causa del Conde de Aquila; ¿pero cómo probará todo esto esa mentira suya, de que Messer Francesco... pues es claramente de él de quien habla... de que Messer Francesco debería ser este agente del Conde? Es una mentira, Gonzaga, por la que será castigado como merece.
Se calló y se quedó esperando su respuesta, y mientras lo observaba, su comportamiento tranquilo le dio un escalofrío al corazón. Estaba tan confiado, tan lleno de seguridad; y eso, en Gonzaga, ella había aprendido que significaba un fuerte baluarte entre él y el peligro. Él suspiró profundamente.
—Madonna, estas crueles palabras suyas no me hieren, ya que no son más de lo que esperaba. Pero me herirá, y profundamente, si cuando sepa el resto no reconoce humildemente cómo me ha agraviado, cuán gravemente me ha juzgado mal. Usted cree que vengo a usted con el mal en mi corazón, impulsado por un espíritu de venganza contra Messer Francesco. En cambio, vengo a usted sin nada más que una profunda tristeza por que sea mi voz la que deba desengañarla, y una profunda indignación contra él por haberla utilizado tan vilmente para sus propios fines. ¡Espere, Madonna! En cierta medida tiene razón. No era estrictamente cierto decir que este Messer Francesco es el agente del Conde de Aquila.
—¡Ah! ¿Ya se está retractando?
—Solo un poco, un poco insignificante. No es un agente porque... —Vaciló y miró rápidamente hacia arriba. Luego suspiró, bajó la voz y, con una tristeza consumadamente simulada, concluyó—: Porque él es, él mismo, Francesco del Falco, Conde de Aquila.
Ella se tambaleó un momento y el color desapareció de sus mejillas, dejándolas pálidas como el marfil. Se apoyó pesadamente contra la mesa y repasó en su mente lo que había oído. Y entonces, tan repentinamente como se había ido, la sangre volvió a subirle al rostro, llegando hasta las mismas sienes.
—¡Es una mentira! —le espetó—; una mentira por la que será azotado.
Él se encogió de hombros y arrojó la carta de Francesco sobre la mesa.
—Ahí, Madonna, hay algo que probará todo lo que he dicho.
Ella miró el papel con frialdad. Su primer impulso fue llamar a Fortemani y cumplir su amenaza de hacer azotar a Gonzaga, negándose incluso a ver esto que él llamaba tan confiadamente una prueba; pero puede ser que la confianza de él influyera en ella, tocando una fibra de curiosidad femenina. Que él estaba equivocado, nunca lo dudó; pero que él se creía en lo cierto también estaba segura, y se preguntó qué podría ser aquello que lo había convencido tanto. Aún así, no lo tocó, sino que preguntó con voz indiferente:
—¿Qué es esto?
—Una carta que fue traída aquí esta noche por un hombre que cruzó el foso nadando, y a quien he ordenado detener en la torre de la armería. Es de Fanfulla degli Arcipreti para el Conde de Aquila. Si su memoria puede llevarla atrás hasta cierto día en Acquasparta, quizás recuerde que Fanfulla era el nombre de un caballero muy gallardo que se dirigió a este Messer Francesco con marcado respeto.
Ella echó esa mirada mental hacia atrás que él le pidió y recordó. Luego recordó, también, cómo esa misma noche Francesco había dicho que estaba inquieto por las noticias de Babbiano, y que cuando ella le había preguntado cómo esperaba que esas noticias pudieran llegarle a Roccaleone, Gonzaga había entrado antes de que él le contestara. De hecho, parecía haber dudado en esa respuesta. Un escalofrío repentino la envolvió ante esa reflexión. ¡Oh, era imposible, absurdo! Y, sin embargo, tomó la carta de la mesa. Con el ceño fruncido la leyó, mientras Gonzaga la observaba, apenas capaz de evitar que la satisfacción brillara en sus ojos.
La leyó lentamente, y mientras leía, su rostro se volvió mortalmente pálido. Cuando terminó, se quedó en silencio durante un minuto largo, con los ojos en la firma y su mente recordando lo que Gonzaga había dicho, y estableciendo comparaciones entre eso y las cosas que se habían hecho y dicho, y en ninguna parte encontró ni el más leve destello de esa discrepancia que tan ardientemente buscaba.
Era como si una mano estuviera aplastando el corazón en su pecho. Este hombre en quien había confiado, este campeón sin par de su causa, ser nada más que un oportunista, un intrigante, que, para promover sus propios fines, la había convertido en un peón. Pensó en cómo por un momento la había tenido en sus brazos y la había besado, y ante eso toda su alma se rebeló contra la idea de que esto no fuera más que una traición.
—¡Todo es un complot contra él! —gritó, con las mejillas escarlatas de nuevo—. ¡Es una cosa infame de su invención, Messer Gonzaga, una mentira odiosa!
—Madonna, el hombre que trajo la carta sigue detenido. Enfréntelo a Messer Francesco; o aplíquele el tormento, y conozca el verdadero nombre y rango de su amo. En cuanto al resto, si esa carta es prueba insuficiente para usted, le ruego que repase los hechos. ¿Por qué debería mentirle a usted y decir que su nombre era Francesco Franceschi? ¿Por qué debería haberle instado a usted —contra toda razón— a permanecer aquí, cuando le trajo noticias de que Gian Maria avanzaba? Seguramente, si solo hubiera buscado servirla, lo habría logrado mejor poniendo su propio castillo de Aquila a su disposición y dejando aquí un nido vacío para Gian Maria, como yo insté.
Ella se hundió en una silla, con fiebre en su mente.
—Le digo, Madonna, que no hay error. Lo que he dicho es verdad. Otros tres días habría retenido a Gian Maria aquí, mientras que si usted le entregara esa carta, es probable que él se escabullera en la noche de mañana, para estar en Babbiano al tercer día y tomar el trono que su primo trata tan a la ligera. ¡Santo Dios! —exclamó—. Creo que este es el complot más diabólicamente traicionero que mente de hombre haya concebido y crueldad humana ejecutado.
—Pero... pero... —tartamudeó ella—, todo esto es presuponiendo que Messer Francesco es en verdad el Conde de Aquila. ¿Puede... puede no ser que esta carta estuviera destinada a algún otro lugar?
—¿Enfrentará a este mensajero con el Conde?
—¿Con el Conde? —preguntó ella con torpeza—. ¿Con Messer Francesco, quiere decir? —Se estremeció y, con extraña inconsistencia—: No —dijo, con voz ahogada, mientras su labio se torcía extrañamente en la comisura—. No deseo volver a ver su rostro.
Una luz brilló en el ojo de Gonzaga y se apagó al instante.
—Mejor asegurarse —sugirió, levantándose—. He ordenado a Fortemani que traiga a Lanciotto aquí. Estará esperando ahora, fuera. ¿Los admito?
Ella asintió sin hablar, y Gonzaga abrió la puerta y llamó a Fortemani. Una voz le respondió desde la penumbra del salón de banquetes.
—Traiga a Lanciotto aquí —ordenó.
Cuando el sirviente de Francesco entró, con una mirada de sorpresa en su rostro ante estos misteriosos procedimientos, fue Valentina quien lo interrogó, y eso con una voz tan fría como si el asunto no le concerniera en absoluto.
—Dígame, bribón —dijo ella—, y tal como valora su cuello, asegúrese de responderme con la verdad: ¿cuál es el nombre de su amo?
Lanciotto miró de ella a Gonzaga, quien estaba de pie a un lado, con un rizo cínico en sus labios sensuales.
—Responda a Monna Valentina —le instó el cortesano—. Declare el verdadero nombre y rango de su amo.
—Pero, señora... —comenzó Lanciotto, desconcertado.
—¡Responda! —rugió ella, mientras sus pequeñas manos cerradas golpeaban la mesa con dura impaciencia. Y Lanciotto, al no ver otra salida, respondió:
—Messer Francesco del Falco, Conde de Aquila.
Algo que comenzó en un sollozo y terminó en una carcajada brotó de los labios de Valentina. Los ojos de Ercole estaban muy abiertos ante la noticia, y podría haber llegado al extremo de interponer una pregunta, cuando Gonzaga le ordenó secamente que fuera a la torre de la armería y trajera de allí al soldado y al hombre que Gonzaga había dejado a su cuidado.
—No dejaré ninguna sombra de duda en su mente, Madonna —dijo en explicación.
Esperaron en silencio —pues la presencia de Lanciotto impedía la conversación— hasta que Ercole regresó acompañado por el hombre de armas y Zaccaria, quien ahora se había cambiado de ropa. Antes de que pudieran interrogar al recién llegado, las preguntas que hubieran podido hacer fueron respondidas por el saludo que intercambió con su compañero de servicio Lanciotto.
Gonzaga se volvió hacia Valentina. Ella estaba sentada muy quieta, con su cabeza leonada inclinada y en sus ojos una mirada de dolorosa angustia. Y en ese instante sonó un paso vivo afuera. La puerta se abrió de golpe y el mismo Francesco apareció en el umbral, con el rostro alarmado de Peppe visible detrás de él. Gonzaga retrocedió instintivamente un paso y su semblante perdió algo de color.
Al ver a Francesco, Zaccaria se apresuró a avanzar e hizo una profunda reverencia.
—¡Mi señor! —lo saludó.
Y si hubiera faltado una sola pequeña cosa para completar la evidencia contra el Conde, esa cosa, por un extraño infortunio, pareció suministrarla el mismo Francesco. El extraño grupo en aquel comedor reclamando su atención, y el aire portentoso que flotaba sobre los presentes, confirmaron la advertencia que Peppe le había traído de que algo andaba mal. Ignoró por completo el saludo de su sirviente, y con ojos de una perplejidad que podría haber tenido la apariencia de alarma, buscó el rostro de Valentina.
Ella se levantó al instante, un rojo de ira tiñendo sus mejillas. Su misma mirada, parecía, se había convertido en una ofensa insoportable después de lo que había pasado, pues el recuerdo de su beso mordía como un colmillo envenenado su cerebro. Una extraña carcajada brotó de ella. Hizo un gesto hacia Francesco.
—Fortemani, pondrá al Conde de Aquila bajo arresto —ordenó, con voz severa y firme—, y tal como valora su vida, se asegurará de que no se le escape.
El gran matón vaciló. Su conocimiento de los métodos de Francesco no era alentador.
—¡Madonna! —jadeó Francesco, aumentando su desconcierto.
—¿Me ha oído, Fortemani? —exigió ella—. Lléveselo.
—¿Mi señor? —gritó Lanciotto, poniendo la mano en su espada, con los ojos fijos en los de su amo, listo para desenvainar y defenderse ante un simple gesto de orden.
—¡Chist! Déjalo —respondió Francesco fríamente—. Tome, Messer Fortemani. —Y le tendió su daga, la única arma que portaba.
Valentina, llamando a Gonzaga para que la acompañara, se dispuso a abandonar el aposento. Ante esto, Francesco pareció despertar a su posición.
«Madonna, aguarde», gritó, y se interpuso deliberadamente ante ella. «Debe escucharme. Me he rendido en prenda de mi fe y confiado en que, una vez que me haya escuchado...»
«Capitán Fortemani», gritó ella, casi con ira, «¿va a contener a su prisionero? Deseo pasar».
Ercole, con visible reticencia, puso una mano sobre el hombro de Francesco; pero resultó innecesario. Ante sus palabras, el Conde retrocedió como si lo hubieran golpeado. Se apartó de su camino con un jadeo de incredulidad y airada resignación a un tiempo. Por un instante, sus ojos se posaron en Gonzaga con tal fiereza que la leve sonrisa se marchitó en los labios del cortesano, y sus rodillas temblaron bajo él mientras se apresuraba a salir de la estancia tras Valentina.
CAPÍTULO XXIII. EN LA TORRE DE LA ARMERÍA
Las piedras rugosas del patio interior brillaban limpias y brillantes bajo el sol de la mañana, aún húmedas por las fuertes lluvias que las habían lavado la noche anterior.
El bufón estaba sentado en un taburete tosco dentro del pórtico de la larga galería y, contemplando con mal humor aquel pavimento reluciente, cavilaba. Estaba enfadado, lo cual, salvo cuando Fra Domenico estaba de por medio, era algo raro en el buenazo de Peppe. Había intentado razonar con Monna Valentina acerca del encarcelamiento de Messer Francesco en su cámara, y ella le había ordenado que limitara su atención a sus cabriolas con una dureza que nunca le había conocido antes. Pero él había desafiado sus órdenes y la había dejado atónita con la información de que la verdadera identidad de este Messer Francesco le era conocida desde aquel día en que lo encontraron por primera vez en Acquasparta. Había querido decir más. Había querido añadir el anuncio del destierro de Francesco de Babbiano y su notoria falta de voluntad para subir al trono de su primo. Había querido hacerle entender que, si Francesco hubiera estado dispuesto, no habría tenido necesidad de rebajarse a un acto como este que ella le imputaba. Pero ella lo había cortado en seco y, con palabras airadas y amenazas más airadas aún, lo había expulsado de su presencia.
Y así, ella se había ido a misa, y el bufón se había refugiado en el pórtico de la galería para poder desahogar allí algo de su mal humor —o, en realidad, complacerse en él— meditando sobre la obtusidad de la mujer y la insidiosidad de Gonzaga, a quien no dudaba que se debía este miserable estado de cosas.
Y mientras estaba allí sentado —una figura grotesca y deforme con un atuendo llamativo—, una rabia incontrolable se apoderó de él. ¿Qué sería de ellos ahora? Sin el severo apoyo del Conde de Aquila, la guarnición la habría forzado a capitular hacía una semana. ¿Qué sucedería, ahora que la contención de su formidable mando había sido retirada?
«Conocerá su locura cuando sea demasiado tarde. Es la forma de ser de las mujeres», se aseguró. Y, amando a su señora como la amaba, su alma fiel se sintió golpeada ante el pensamiento. Esperaría allí hasta que ella regresara de misa, y entonces ella lo escucharía; todos lo escucharían. No permitiría que lo alejaran de nuevo tan fácilmente. Estaba dando vueltas intensamente en su mente a lo que diría, con qué oración sorprendente y preñada de significado obligaría a prestar atención, cuando se sobresaltó por la aparición de una figura en los escalones de la capilla. Súbita y silenciosa como una aparición llegó, pero tenía la semejanza de Romeo Gonzaga.
Al verlo, Peppe retrocedió instintivamente hacia las sombras del pórtico, sus ojos discerniendo el furtivismo sospechoso de los movimientos del cortesano y observándolos con una mueca de avidez. Vio a Romeo mirar cuidadosamente a su alrededor y luego descender los escalones de puntillas, evidentemente para que ningún eco de sus pasos llegara a los que estaban dentro de la capilla. Entonces, sin sospechar siquiera la presencia de Peppe, cruzó el patio a paso ligero y desapareció por el arco que conducía al patio exterior. Y el bufón, asegurado de que algún conocimiento del propósito del cortesano no vendría mal, se dispuso a seguirlo.
En su habitación bajo la Torre del León, el Conde de Aquila había pasado una noche inquieta, ejercitado por esos mismos temores acerca del destino del castillo que habían acosado al bufón, pero atribuyendo menos fácilmente su confinamiento a las intrigas de Gonzaga. La presencia de Zaccaria le había dicho que Fanfulla debía haber escrito al fin, y no podía sino asumir que la carta, al caer en manos de Monna Valentina, debía haber contenido algo que ella interpretara como traición por su parte.
Amargamente se reprochaba ahora no haber sido franco con ella desde el principio respecto a su identidad; amargamente le reprochaba a ella no haber dado ni siquiera una audiencia al hombre que había profesado amar. Si tan solo le hubiera dicho sobre qué bases se habían fundado sus sospechas contra él, estaba seguro de que habría podido disiparlas con una palabra, dejando clara su falta de fundamento y su propia honestidad de propósito hacia ella. Lo que más le inquietaba era el hecho de que la presencia de Zaccaria, tras una llegada tan esperada y tan postergada, argumentaba que la noticia que traía era trascendental. De esto podría resultar que Gian Maria se moviera en cualquier momento y que su acción pudiera ser de carácter desesperado.
Ahora, entre las filas de los hombres de Fortemani, había corrido una inevitable consternación por el arresto de Francesco, y un resentimiento contra Valentina, que lo había provocado. Era su mano la que los había mantenido unidos, su juicio —del que habían tenido signos inequívocos— el que les había dado valor. Era un líder que había demostrado ser capaz de dirigir, y por cuya confianza habrían emprendido cualquier cosa que él les ordenara. ¿A quién tenían ahora? Fortemani era solo uno de ellos, puesto al mando por un evento puramente fortuito. Gonzaga era un petimetre cuyas cabriolas imitaban y cuyo ingenio despreciaban; mientras que Valentina, aunque lo suficientemente valiente y decidida, seguía siendo una joven sin conocimientos mundanos y menos aún militares, cuyas órdenes podría ser suicida cumplir.
Ahora bien, nadie albergaba estas opiniones con más fuerza que el propio Ercole Fortemani. Nunca había realizado nada con mayor reticencia que la aprehensión de Francesco, y cuando pensaba en lo que probablemente seguiría, su consternación no conocía límites. Había llegado a respetar y, a su manera tosca, incluso a amar a su autoritario Preboste, y desde que supo su verdadera identidad, en el momento de arrestarlo, su admiración había crecido hasta algo cercano a la reverencia por el condotiero cuyo nombre para los hombres de armas de Italia era como el nombre de algún santo patrón.
Para asegurar la custodia de su cautivo, había recibido órdenes de Gonzaga, quien ahora retomaba el mando de Roccaleone, de pasar la noche en la antecámara de la estancia de Francesco. Había excedido estas órdenes pasando una parte considerable de la noche en la habitación misma del Conde.
«Solo tiene que hablar», había jurado el matón, a modo de mostrar a Francesco la verdadera naturaleza de sus sentimientos, «y el castillo es suyo. A una palabra suya mis hombres se apresurarán a obedecerle, y podrá hacer su voluntad en Roccaleone».
«Vil traidor que eres», se había reído Francesco de él. «¿Olvidas bajo quién has tomado servicio? Deja que sea lo que es, Ercole. Pero si quieres hacerme un favor, déjame ver a Zaccaria, el hombre que vino a Roccaleone esta noche».
Esto Ercole lo había hecho por él. Ahora Zaccaria era plenamente consciente del contenido de la carta que había llevado, habiendo sido instruido por Fanfulla ante la posibilidad de que se viera obligado, por su seguridad, a destruirla —un expediente al que ahora se arrepentía amargamente de no haber recurrido. De Zaccaria, entonces, supo Francesco todo lo que había que saber, y como el conocimiento solo confirmaba sus temores de que Gian Maria no retrasaría más la acción, fue presa de la más apasionada impaciencia por su propia detención.
En las horas grises de la mañana se calmó, y a la luz de una lámpara que había llamado a Ercole para rellenar, se sentó a escribir una carta a Valentina, que pensó que llevaría la convicción de su honestidad a su corazón. Puesto que ella no quería escucharlo, este era el único camino. Al cabo de una hora —su luz moribunda se había vuelto amarilla ahora que el sol había salido—, su carta estaba terminada, y llamó a Ercole de nuevo para encargarle que la entregara de inmediato a Monna Valentina.
«Esperaré a su regreso de la capilla», respondió Ercole. Tomó la carta y se marchó. Al salir al patio, se sobresaltó al ver al bufón correr hacia él, jadeando por falta de aliento y con excitación en cada línea de su peculiar rostro.
«¡Rápido, Ercole!», le ordenó Peppe. «Ven conmigo».
«¡Que el diablo te lleve, engendro de Satanás! ¿A dónde?», gruñó el soldado.
«Te lo diré mientras vamos. No tenemos un momento que perder. Hay traición en marcha... Gonzaga...», jadeó, y terminó desesperadamente: «¿Vendrás?»
Fortemani no necesitó una segunda invitación. La oportunidad de atrapar al bonito Messer Romeo en una traición era un cebo demasiado dulce. Resoplando y jadeando —pues la bebida fuerte había perjudicado gravemente su aliento—, el gran capitán arrastró al bufón, escuchando mientras caminaban los jadeos con los que contaba su historia. No era mucho, después de todo. Peppe había visto a Messer Gonzaga dirigirse a la torre de la armería. A través de una saetera lo había visto descolgar y examinar una ballesta, colocarla sobre la mesa y sentarse a escribir.
«¿Bien?», exigió Ercole. «¿Qué más?»
«Nada más. Eso es todo», respondió el jorobado.
«¡Cielo e infierno!», rugió el espadachín, deteniéndose y mirando con desprecio a su impaciente compañero. «¿Y me has hecho correr para esto?»
«¿Y no es suficiente?», replicó Peppe con irritación. «¿Vas a seguir viniendo?»
«Ni un paso más», regresó el capitán, enfadándose mucho. «¿Es esto una burla miserable? ¿Qué hay de la traición de la que hablabas?»
«¡Una carta y una ballesta!», jadeó el enfurecido Peppe, haciendo una mueca horrible ante este retraso. «¡Dios, jamás hubo un tonto semejante! ¿Significa esto nada para esa cosa gruesa y vacía que llamas cabeza? ¿Has olvidado cómo llegó a Roccaleone la oferta de mil florines de Gian Maria? ¡En un virote de ballesta, estúpido! Vamos, digo, y después te quedarás con mi atuendo: la única librea que tienes derecho a vestir».
Ante el impacto de la revelación, Ercole olvidó abofetear al bufón por su insolencia y se dejó arrastrar una vez más, cruzando el patio exterior y subiendo los escalones que conducían a las almenas.
«¿Crees...?», comenzó.
«Creo que será mejor que pises con más suavidad», espetó el bufón en voz baja, «y controles ese jadeo estruendoso si quieres sorprender a Ser Romeo».
Ercole aceptó la indirecta, manso como un cordero, y dejando al bufón atrás en los escalones, subió suavemente y se acercó a la torre de la armería. Mirando con cautela a través de la saetera, y favorecido por el hecho de que Gonzaga le daba la espalda, vio que no llegaba más que a tiempo.
El cortesano estaba inclinado, y por el sonido crujiente que le llegó, Ercole adivinó que su ocupación era tensar la cuerda de la ballesta. Sobre la mesa a su lado yacía un virote envuelto en una hoja de papel.
Rápida y silenciosamente, Ercole se movió alrededor de la torre, y al instante siguiente empujó la puerta sin cerrojo y entró.
Un grito de terror lo recibió, y un rostro muy sobresaltado se volvió hacia él por parte de Gonzaga, quien al instante saltó derecho. Luego, viendo quién era, el rostro del cortesano recuperó algo de su compostura normal, pero su mirada era inquieta y su mejilla estaba pálida.
«¡Sant'Iddio!», jadeó. «Me has asustado, Ercole. No te oí venir».
Y ahora, algo en el rostro del matón aumentó la alarma en Gonzaga. Seguía esforzándose por controlarse mientras se colocaba entre Ercole y la mesa para ocultar el delator virote, y le preguntó qué buscaba allí.
«Esa carta que le has escrito a Gian Maria», fue la respuesta brusca e intransigente, pues Ercole no entendía nada de asuntos diplomáticos.
La boca de Gonzaga se abrió de golpe, y su labio superior tembló contra sus dientes.
«Qué... Qué...»
«Dame esa carta», insistió Ercole, avanzando ahora hacia él y luciendo un aire de ferocidad que hizo retroceder a la garganta de Gonzaga las palabras resentidas que había pensado. Entonces, como un animal acorralado —y hasta una rata se defiende entonces—, levantó en alto la pesada ballesta que tenía y se interpuso en el camino de Ercole.
«¡Atrás!», gritó; «o por Dios y Sus santos, te haré saltar los sesos».
Hubo una risa gutural del espadachín, y luego sus brazos rodearon la cintura bien formada de Gonzaga, y el petimetre fue levantado del suelo. Viciosamente, bajó la ballesta como había amenazado, pero golpeó el aire vacío. Al instante siguiente, Gonzaga fue arrojado, magullado, a un rincón de la torre.
Con una rabia tan grande que sentía que le drenaba las fuerzas y le ahogaba el aliento en el cuerpo, hizo un movimiento para levantarse y lanzarse de nuevo contra su agresor. Pero Fortemani estaba sobre él y, a pesar de sus luchas, logró ponerlo boca abajo, retorciéndole los brazos por la espalda y sujetándolos con un cinturón que había a mano.
«¡Quédate quieto, escorpión!», gruñó el pendenciero, respirando con dificultad por el esfuerzo. Se levantó, tomó el virote con la carta atada, leyó la dirección —«Al alto y poderoso señor Gian Maria Sforza»— y con una risita de mezclado placer y desprecio, se marchó cerrando la puerta con llave.
Solo, Gonzaga quedó tendido boca abajo donde había sido arrojado, sin poder hacer mucho más que gemir y sudar en el extremo de su desesperación mientras esperaba la llegada de aquellos que probablemente acabarían con él. Ni siquiera de Valentina podía esperar misericordia, tan incriminatoria era la nota que había escrito. Su carta era para instar al Duque a mantener a sus hombres listos a la hora del Ángelus de la mañana siguiente, y a esperar hasta que Gonzaga hiciera una señal con un pañuelo desde las almenas. En ese momento, debía avanzar inmediatamente hacia el postigo, que encontraría abierto, y el resto, prometía Gonzaga, sería fácil. Tomaría a toda la guarnición en sus oraciones y desarmada.
Cuando Francesco la leyó, una luz brilló en sus ojos y un juramento en sus labios; pero ni la mirada ni el juramento fueron de execración, como Ercole esperaba. Una idea repentina cruzó la mente del Conde, tan extraña y humorística y, sin embargo, tan llena de promesas de fácil cumplimiento, que estalló en una carcajada.
«¡Que Dios bendiga a este tonto por el más oportuno de los traidores!», exclamó, ante lo cual la boca de Fortemani se abrió de par en par y los ojos de Peppe se volvieron muy redondos.
«Ercole, amigo mío, aquí hay un cebo para atrapar a ese patán de mi primo, tal como yo mismo nunca podría haber ideado».
«¿Quieres decir...?»
«Llévaselo de vuelta», gritó el Conde, tendiendo la carta con una mano que temblaba por la ansiedad de su espíritu. «Llévasela de vuelta y consigue por las buenas o por las malas que la dispare como pretendía; o si se niega, pues entonces, ¡séllela y dispárela usted mismo! ¡Pero asegúrese de que llegue a Gian Maria!»
«¿No puedo saber qué pretende?», preguntó el desconcertado Ercole.
«Todo a su tiempo, amigo mío. Primero haga mi voluntad con esa carta. ¡Escuche! Sería mejor que, tras haberla leído, acepte unirse a él en su traición a Roccaleone, despertando sus propios temores sobre el destino final que le espera a manos de Gian Maria. Insístale para que le prometa dinero, inmunidad, lo que quiera como recompensa; pero hágale creer que es sincero e indúzcalo a disparar su preciado virote. ¡Ahora vaya! No pierda tiempo, o podrían estar regresando de la capilla y perderá su oportunidad. Venga a verme aquí después y le diré lo que tengo en mente. Tendremos una noche ajetreada esta noche, Ercole, y debe liberarme cuando los demás estén acostados. ¡Ahora vaya!»
Ercole se fue, y Peppe, quedándose, atormentó al Conde con preguntas que él respondió hasta que al final el bufón captó el rumbo de su plan y juró con descaro que no existía un bufón más grande que su Excelencia. Luego Ercole regresó.
«¿Está hecho? ¿Ha llegado la carta?», gritó Francesco. Fortemani asintió.
«Somos hermanos jurados en este asunto, él y yo. Añadió una línea a su nota para decir que había ganado mi cooperación y que, por tanto, se esperaba inmunidad para mí también».
«Lo ha hecho bien, Ercole», lo aplaudió Francesco. «Ahora devuélvame la carta que le di para Monna Valentina. Ya no hay necesidad de ella. Pero regrese a verme esta noche hacia la cuarta hora, cuando todos estén acostados, y traiga consigo a mis hombres, Lanciotto y Zaccaria».
CAPÍTULO XXIV. LA MISA INTERRUMPIDA
La mañana de ese miércoles de Corpus Christi, fatídica para todos los involucrados en esta crónica, amaneció brumosa y gris, y el aire estaba enfriado por el viento que soplaba desde el mar. La campana de la capilla tintineó su llamada y la guarnición desfiló fielmente a misa.
Poco después llegó Monna Valentina, seguida por sus damas, sus pajes y, por último, Peppe, que llevaba bajo su fina máscara de piedad un aire de ansiosa inquietud. Valentina estaba muy pálida y alrededor de sus ojos había círculos oscuros que delataban el insomnio, y mientras inclinaba la cabeza en oración, sus damas observaron que las lágrimas caían sobre el libro de misa iluminado sobre el que se inclinaba. Y ahora llegó Fra Domenico desde la sacristía con la casulla blanca que la Iglesia ordena para la fiesta del Corpus Christi, seguido por un paje con una túnica negra de clérigo, y comenzó la misa.
Solo faltaban de la reunión Gonzaga y Fortemani, además de un centinela y los tres prisioneros: Francesco y sus dos seguidores.
Gonzaga se había presentado ante Valentina con el cuento plausible de que, como los acontecimientos de los que la carta de Fanfulla les había dado conocimiento podían llevar a Gian Maria a tomar medidas desesperadas en cualquier momento, podría ser bueno que él reforzara al único hombre de armas que patrullaba los muros. Valentina, sin importarle ya si el castillo resistía o caía, y menos aún menudencias como la asistencia de Gonzaga a misa, había asentido sin prestar atención a la importancia de lo que decía.
Y así, con el rostro contraído y el cuerpo temblando por la excitación de lo que estaba a punto de hacer, Gonzaga se había dirigido a las murallas tan pronto como los vio a todos a salvo en la capilla. El centinela era ese mismo joven clérigo, Aventano, que había leído a los soldados la carta que Gian Maria había enviado a Gonzaga. Esto lo aceptó el cortesano como un buen augurio. Si había un hombre entre la soldadesca de Roccaleone con quien consideraba que tenía cuentas pendientes, ese hombre era Aventano.
La niebla se estaba aclarando rápidamente y el campo se hizo visible por millas a la redonda. En el campamento de Gian Maria observó un ir y venir de hombres que argumentaba un ajetreo desmedido para una hora tan temprana. Esperaban su señal.
Se acercó al joven centinela, poniéndose cada vez más nervioso a medida que avanzaba la hora de la acción. Maldijo a Fortemani, quien se había negado egoístamente a participar activamente en la admisión de Gian Maria. Esta era una tarea que Fortemani podría realizar de manera más satisfactoria que él. Había insistido en este hecho a Ercole, pero el espadachín había sonreído y sacudido la cabeza. A Gonzaga le correspondía la mayor recompensa, y por tanto Gonzaga debía hacer el mayor trabajo. Era solo justo, había insistido el bribón; y mientras Gonzaga estuviera en ello, él vigilaría la puerta de la capilla contra cualquier interrupción. Y así, Gonzaga se vio obligado a ir solo a ajustar cuentas con el centinela.
Le dedicó al joven un «buenos días» nervioso pero agradable, y observó con satisfacción que no llevaba armadura corporal. Su intención original había sido intentar sobornarlo y volverlo dócil mediante el soborno; pero ahora que había llegado el momento de actuar, no se atrevió a hacer la oferta. Le faltaban palabras con las que presentar su propuesta, y temía que el hombre se ofendiera y, en un ataque de indignación, lo atacara con su partesana. Poco imaginaba que Aventano había sido advertido por Ercole de que se le ofrecería un soborno y que debía aceptarlo prontamente. Ercole había elegido a este hombre porque era inteligente, y le había hecho comprender lo suficiente de lo que estaba en juego, además de ofrecerle una recompensa sustancial si desempeñaba bien su papel, y Aventano esperaba. Pero Gonzaga, que no sabía nada de esto, abandonó en el último momento la idea de sobornarlo —lo cual Ercole le había ordenado, y lo cual él, a su vez, había prometido a Ercole que era el curso que seguiría.
—Parece tener frío, Excelencia —dijo el joven con deferencia, pues había observado que Gonzaga tiritaba.
—Una mañana fría, Aventano —respondió el galán con una mueca.
—Cierto; pero el sol está saliendo allí. Pronto hará más calor.
—Vaya, sí —respondió el otro distraídamente, y aun así permaneció junto al centinela, con la mano, bajo el alegre manto de terciopelo azul, jugueteando nerviosamente con la empuñadura de una daga que no se atrevía a desenvainar. Se le pasó por la mente que los momentos pasaban y que el asunto debía hacerse. Sin embargo, Aventano era un joven musculoso, y si la puñalada repentina que meditaba le fallaba, quedaría a merced del sujeto. Ante el pensamiento, volvió a estremecerse y su rostro se puso gris. Se alejó un paso y entonces la inspiración le trajo una artimaña cruel. Soltó un grito.
—¿Qué es eso? —exclamó, con los ojos clavados en el suelo.
En un instante, Aventano estaba a su lado, pues su voz había sonado alarmada, un tono, en su condición actual, no difícil de simular.
—¿Qué, Excelencia?
—Ahí abajo —gritó Gonzaga con entusiasmo—. Ahí, desde esa fisura en la piedra. ¿No vio nada? —Y señaló el suelo en un punto donde se unían dos losas.
—No vi nada, Ilustrísimo.
—Fue como un destello de luz amarilla ahí abajo. ¿Qué hay debajo de nosotros aquí? Juraría que hay traición en juego. Póngase de rodillas e intente ver si se ve algo.
Con una mirada de extrañeza al rostro blanco y crispado del cortesano, el desafortunado joven se puso a cuatro patas para obedecer sus órdenes. Después de todo —¡pobre hombre!—, apenas era tan inteligente como opinaba Fortemani.
—No hay nada, Excelencia —dijo—. El yeso está agrietado. Pero... ¡Ah!
En un pánico de prisa, Gonzaga había desenvainado la daga de su funda y la había hundido en medio de la ancha espalda de Aventano. Los brazos del sujeto se deslizaron y, con un suspiro largo y gorgoteante, se desplomó y se estiró horriblemente sobre las piedras.
En ese instante, las nubes se abrieron sobre su cabeza y el sol salió en un resplandor de gloria dorada. Muy por encima de la cabeza de Gonzaga, una alondra comenzó a cantar.
Por un momento, el asesino permaneció de pie sobre el cuerpo de su víctima con la cabeza hundida entre los hombros como un hombre que espera un golpe, el rostro gris, los dientes castañeteando y la boca crispada horriblemente. Un escalofrío le sacudió. Era la primera vida que había arrebatado, y esa carroña a sus pies lo llenaba de un horror enfermizo. Ni por un reino —ni para salvar su vil alma de la condenación eterna que aquel acto le había ganado— se habría atrevido a agacharse para arrancar la daga de la espalda del desgraciado al que había asesinado. Con algo parecido a un grito, se dio la vuelta y huyó despavorido del lugar. Jadeando de horror, pero inconscientemente consciente del trabajo que debía hacer, se detuvo un momento para agitar un pañuelo, luego corrió escaleras abajo hacia el postigo.
Con dedos temblorosos abrió la puerta y la dejó abierta de par en par para los hombres de Gian Maria, quienes, en respuesta a su señal, se apresuraban ahora con un puente compuesto por árboles de pino, que habían montado apresurada y toscamente durante el día anterior. Esto, con algunos esfuerzos y más ruido del que a Gonzaga le agradaba, fue empujado a través del foso. Uno de los hombres se arrastró y ayudó a Gonzaga a asegurar su extremo.
Un momento después, Gian Maria y Guidobaldo estaban en el patio del castillo, y tras ellos venía casi cada hombre del centenar que Gian Maria había traído a aquel asedio. Esto era lo que Francesco había esperado con confianza, sabiendo que no era el estilo de su primo correr ningún riesgo.
El duque de Babbiano, cuyo rostro estaba desfigurado por un erizado seto de rastrojo rojizo —pues, en obediencia al voto que había hecho, llevaba ahora quince días de crecimiento de barba en su cara redonda—, se volvió hacia Gonzaga.
—¿Está todo bien? —preguntó, en tono amistoso, mientras Guidobaldo miraba con desprecio al pavo real.
Gonzaga les aseguró que todo se había efectuado sin molestar a la guarnición en sus oraciones. Ahora que se consideraba bien protegido, su habitual serenidad de modales regresó.
—Puede felicitarse, Alteza —se aventuró a decir, con una sonrisa, a Guidobaldo—, de haber criado a su sobrina en hábitos devotos.
—¿Se ha dirigido a mí? —dijo fríamente el duque de Urbino—. Confío en que no sea necesario de nuevo.
Ante la mirada de repugnancia en su hermoso rostro, Gonzaga se encogió. Gian Maria se rió con su voz atiplada.
—¿No he servido fielmente a su Alteza? —aduló el galán.
—Lo mismo ha hecho el más humilde pinche de mis cocinas, el más sencillo mozo de mis establos, y con más honor para sí mismo —respondió el orgulloso duque—. Sin embargo, no llega al extremo de bromear conmigo. —Su ojo llevaba una amenaza tan elocuente que Gonzaga retrocedió, asustado; pero Gian Maria le dio una palmada en el hombro de manera amistosa.
—Ten buen ánimo, Judas —se rió, con su pálido rostro sonriente—, encontraré lugar para ti en Babbiano, y trabajo también, si lo haces tan bien como esto. Vamos; los hombres ya están aquí. Avancemos mientras están en sus oraciones. Pero no debemos molestarlos —añadió, más seriamente—. No seré culpable de una impiedad. Podemos acecharlos desde fuera.
Se rió alegremente, pues parecía estar de un humor absurdamente bueno, y ordenando a Gonzaga que abriera el camino, lo siguió, con Guidobaldo a su lado. Cruzaron el patio, donde sus hombres estaban alineados, armados hasta los dientes, y en la puerta del arco que conducía al patio interior se detuvieron para que Gonzaga la abriera.
Por un momento, el galán se quedó mirando. Luego se volvió con el rostro consternado hacia los duques. Sus rodillas temblaban visiblemente.
—Está cerrada —anunció, con voz ronca.
—Hicimos demasiado ruido al entrar —sugirió Guidobaldo—, y han dado la alarma.
La explicación alivió la creciente inquietud en la mente de Gian Maria. Se volvió con un juramento hacia sus hombres.
—¡Eh, algunos de vosotros! —ordenó su aguda voz—. Derribadme esta puerta. ¡Por la Hostia! ¿Creen esos necios que pueden mantenerme fuera tan fácilmente?
La puerta fue derribada y avanzaron. Pero solo unos seis pasos, pues al final de aquella corta galería encontraron la segunda puerta bloqueando su progreso. A través de esta también rompieron, con Gian Maria blasfemando ferozmente por el retraso. Sin embargo, cuando estuvo hecho, no estaba tan ansioso por liderar el camino.
En el segundo patio, consideró extremadamente probable que encontraran a los soldados de Valentina esperándolos. Así que, ordenando a sus hombres que pasaran, se quedó atrás con Guidobaldo hasta que escuchó decir que el patio interior estaba igualmente vacío.
Y ahora, el centenar entero de sus seguidores estaba reunido allí para dominar a los veinte que servían a Monna Valentina; y Guidobaldo —a pesar de los escrúpulos de Gian Maria— avanzó con frialdad hacia la puerta de la capilla.
* * * * *
Dentro de la capilla, la Misa había comenzado. Fra Domenico, al pie del altar, había recitado el *Confiteor*, con su profunda voz respondida por el soprano del paje oficiante. El *Kyrie* estaba siendo pronunciado cuando la atención de la congregación fue atraída por el sonido de pasos acercándose a la puerta de la capilla, acompañados por un ominoso tintineo de acero. Los hombres se levantaron al unísono, temiendo una traición y maldiciendo —a pesar de la santidad del lugar— la circunstancia de que estaban sin armas.
Entonces la puerta se abrió, y por los escalones resonaron los tacones armados de los recién llegados, de modo que cada ojo se volvió hacia ellos, incluido el de Fra Domenico, quien había pronunciado el último «Christe eleison» con voz temblorosa.
Un jadeo de alivio, seguido por un grito de ira de Valentina, se escuchó cuando reconocieron a quienes venían. Primero dio un paso el conde de Aquila con armadura completa, espada al costado y daga en la cadera, llevando su yelmo en el hueco del brazo izquierdo. Detrás de él se alzaba la mole de Fortemani, su gran rostro encendido por una extraña excitación, un jubón de cuero sobre su coraza de acero, ceñido también con espada y daga, y llevando su brillante morrión en la mano. Por último llegaron Lanciotto y Zaccaria, ambos completamente equipados y armados en todos los puntos.
—¿Quiénes sois vosotros que venís así equipados a la Casa de Dios para interrumpir la santa Misa? —gritó la voz grave del fraile.
—Paciencia, buen padre —respondió Francesco con calma—. La ocasión es nuestra justificación.
—¿Qué significa esto, Fortemani? —exigió Valentina imperiosamente, con sus ojos puestos con ira en su capitán, ignorando totalmente al conde—. ¿Me traicionáis también a mí?
—Significa, Madonna —respondió el gigante sin rodeos—, que su perro faldero, Messer Gonzaga, está en este mismo momento admitiendo a Gian Maria y a sus fuerzas en Roccaleone, por el postigo.
Hubo un grito ronco de los hombres, que Francesco silenció con un ademán de su mano enguantada.
Valentina miró salvajemente a Fortemani y luego, como atraída por una voluntad mayor que la suya, sus ojos se vieron obligados a viajar hacia el conde. Él avanzó al instante e inclinó la cabeza ante ella.
—Madonna, esta no es hora de explicaciones. Se necesita acción, y de inmediato. Me equivoqué al no revelar mi identidad ante usted antes de que la descubriera por medios tan desafortunados y con la asistencia del único traidor que Roccaleone ha albergado, Romeo Gonzaga —quien, como Fortemani acaba de decirle, está en este momento admitiendo a mi primo y a su tío en el castillo—. Pero que mi objetivo fuera otro que servirla, o que buscara, como se le representó, convertir este asedio en mi propio beneficio político, eso, Madonna, le suplico por sus propios intereses que crea que es falso.
Ella cayó de rodillas y, con las manos entrelazadas, comenzó a rezar a la Madre de Misericordia, creyéndose perdida, pues el tono de él transmitía convicción y había dicho que Gian Maria estaba entrando en el castillo.
—Madonna —gritó, tocándola ligeramente en el hombro—, deje que sus oraciones esperen hasta que puedan ser de acción de gracias. Escuche. Por la vigilancia de Peppe, allí presente, quien, alma buena que es, nunca perdió la fe en mí ni me consideró un cobarde, fuimos informados anoche —Fortemani y yo— de esto que Gonzaga estaba preparando. Y hemos hecho nuestros planes y preparado el terreno. Cuando los soldados de Gian Maria entren, encontrarán las puertas exteriores cerradas con llave, y ganaremos un poco de tiempo mientras las derriban. Mis hombres, como observará, están incluso ahora bloqueando la puerta de la capilla para imponer un obstáculo más. Ahora, mientras ellos están así ocupados, debemos actuar. Brevemente, pues, si confía en nosotros, la sacaremos de aquí, pues nosotros cuatro hemos trabajado durante toda la noche con algún propósito.
Ella lo miró a través de un velo de lágrimas, con el rostro demacrado y sobresaltado. Luego se llevó las manos a la frente en un gesto de desconcertada impotencia.
—Pero nos seguirán —se quejó.
—No será así —respondió él, sonriendo—. Pues para eso también hemos previsto. Vamos, Madonna, el tiempo apremia.
Lo miró durante un largo momento. Luego, apartando las lágrimas que nublaban su vista, puso una mano en cada hombro de él, y permaneció así, ante todos, mirando su rostro tranquilo.
—¿Cómo sabré que lo que dice es verdad, que puedo confiar en usted? —preguntó, pero su voz no era la de alguien que exige una prueba abrumadora antes de creer.
—Por mi honor y mi caballería —respondió él, con voz resonante—, hago juramento aquí, al pie del altar de Dios, de que mi propósito —mi único propósito— ha sido, es y será servirla, Monna Valentina.
—Le creo —exclamó; para sollozar un momento después—: Perdóneme, Francesco, y que Dios también perdone mi falta de fe en usted.
Él pronunció suavemente el nombre de ella con acentos tan dulces que una paz feliz la invadió, y el brillante valor de antaño brilló en sus ojos castaños.
—¡Vamos, señores! —gritó ahora él, con una vivacidad repentina que los sobresaltó hacia una obediencia febril—. Usted, Fra Domenico, quítese las vestiduras sacerdotales y cíñase bien el hábito. Hay que trepar. Aquí, un par de vosotros, apartad ese escalón del altar. Mis hombres y yo hemos pasado la noche aflojando sus viejas bisagras.
Levantaron la losa, y en el hueco debajo de ella se descubrió una escalera que conducía a las mazmorras y sótanos de Roccaleone.
Bajaron por ella con prisa pero en buen orden, dirigidos por Francesco, y cuando el último hubo pasado, él y Lanciotto, ayudados por otros abajo que habían agarrado una cuerda que él les había bajado, reemplazaron la losa desde abajo, de modo que no quedara rastro del camino por el que habían venido.
Un postigo había sido desbarrado abajo por Fortemani, quien había liderado el camino con media docena de hombres; y una enorme escalera de asedio que yacía lista en aquella galería subterránea fue sacada apresuradamente a través del foso, que en ese punto era un torrente rugiente.
Fortemani fue el primero en descender por aquel puente inclinado, y al llegar al suelo aseguró el extremo inferior.
Luego fue una docena de hombres siguiendo las órdenes de Francesco, armados con las picas que habían quedado durante la noche en la galería. A una palabra de mando, se escabulleron silenciosamente. Luego vinieron las mujeres y, finalmente, el resto de los hombres.
Del enemigo no vieron ni rastro; ni siquiera un centinela, pues cada uno de los hombres de Gian Maria había sido presionado para el cerco del castillo. Así emergieron de Roccaleone y se dirigieron por aquel puente tosco hacia los agradables prados del sur. Ya Fortemani y su docena de hombres habían desaparecido al trote, dirigiéndose hacia el frente del castillo, cuando Francesco puso el pie por último en el puente y cerró el postigo tras él. Luego se deslizó rápidamente al suelo y, con la ayuda de una docena de manos dispuestas, arrastró la escalera de asedio. La llevaron a unos metros de la orilla del torrente y la depositaron en el prado. Con una risa del más puro deleite, Francesco se colocó al lado de Valentina.
—Les ejercitará la mente descubrir cómo salimos —gritó—, y llegarán a la conclusión de que todos somos ángeles, con alas bajo nuestra armadura. No les hemos dejado ni una sola escalera ni un trozo de cuerda en Roccaleone con el que intentar seguirnos, incluso si descubren cómo vinimos. Pero vamos, Valentina mía, la comedia aún no ha terminado. Ya Fortemani habrá retirado el puente por el que entraron y habrá enfrentado a los pocos hombres que hayan podido quedar atrás, y tenemos al Alto y Poderoso Gian Maria en la trampa más estrecha que jamás se haya diseñado.
CAPÍTULO XXV. LA CAPITULACIÓN DE ROCCALEONE
Bajo el sol de aquella brillante mañana de mayo, Francesco y sus hombres se pusieron alegremente a trabajar para apoderarse del campamento ducal, y el primer asunto del día fue armar a aquellos soldados que habían salido desarmados. De armas no hubo escasez, y de ellas se proveyeron de manera liberal, mientras aquí y allá un hombre se detenía para ponerse una cota de malla o presionarse un casco de acero sobre la cabeza.
Solo tres centinelas habían quedado para vigilar las tiendas, y de ellos Fortemani y un par de sus hombres habían hecho prisioneros mientras los otros retiraban el puente por el que habían entrado los invasores. Y ahora, bajo el postigo abierto junto al puente levadizo, se abría un torrente agitado que ningún hombre tendría la audacia de intentar nadar.
En esa apertura apareció, poco después, Gian Maria, con el rostro rojo por una vez, y detrás de él una multitud clamorosa de hombres de armas que compartían la rabia de su señor por la manera en que habían sido atrapados.
En la parte trasera de las tiendas, Valentina y sus damas esperaban el resultado de la parlamentación que ahora parecía avecinarse. La mayor parte de los hombres estaba ocupada con los cañones de Gian Maria y, bajo la supervisión de Francesco, los estaban apuntando hacia el puente levadizo.
Desde el castillo se lanzó un grito potente. Los hombres desaparecieron del postigo para reaparecer un momento después en las almenas, y Francesco se rió profundamente en su garganta al percibir el propósito de esto. Se habían acordado de los cañones montados allí y habían ido a usarlos contra el pequeño ejército de Valentina. Cañón tras cañón probaron, y un grito feroz de rabia estalló cuando se dieron cuenta de por qué simulacros habían sido mantenidos a raya durante la semana pasada. Esto fue seguido por un silencio de algunos momentos, terminado finalmente por el sonido de una corneta.
Respondiendo a aquella llamada a parlamentar, y con una última palabra de encargo a Fortemani, quien quedó a cargo de los hombres en los cañones, Francesco cabalgó hacia adelante en uno de los caballos de Gian Maria, escoltado por Lanciotto y Zaccaria montados de forma similar, y cada uno armado con un arcabuz cargado.
Bajo los muros de Roccaleone contuvo las riendas, riéndose para sí mismo de este monstruoso cambio de bando. Al detenerse —con el yelmo en la cabeza, pero la visera abierta—, un cuerpo salió despedido por encima de las almenas y salpicó las aguas espumosas de abajo. Era el cadáver de Aventano, que Gian Maria les había ordenado perentoriamente que retiraran de su vista.
—Deseo hablar con Monna Valentina della Rovere —gritó el furioso duque.
—Puede hablar conmigo, Gian Maria —respondió la voz de Francesco, clara y metálica—. Soy su representante, su antiguo Preboste de Roccaleone.
—¿Quién eres? —dijo el duque, sorprendido por una nota familiar en aquella voz burlona.
—Francesco del Falco, conde de Aquila.
—¡Por Dios! ¡Tú!
—Una era de maravillas, ¿no es así? —se rió Francesco.
—¿Qué perderás, mi primo: una esposa o un ducado?
La rabia dejó a Gian Maria sin habla por un momento. Luego se volvió hacia Guidobaldo y le susurró algo; pero Guidobaldo, que parecía inmensamente interesado ahora en este caballero de abajo, simplemente se encogió de hombros.
—No perderé ni una cosa ni la otra, Messer Francesco —bramó el duque—. ¡Ninguna, por Dios! —gritó—. ¡Ninguna, ¿me oyes?!
—De lo contrario, debería estar sordo —fue la respuesta fácil—. Pero usted está gravemente equivocado. Una u otra debe renunciar, y es suyo el elegir entre ellas. El juego ha ido en su contra, Gian Maria, y debe pagar.
—¿Pero no tengo voz en el intercambio de mi sobrina? —preguntó Guidobaldo, con fría dignidad—. ¿Le corresponde a usted, Lord Conde, decir si su primo se casará con ella o no?
—Vaya, no. Puede casarse con ella si quiere, pero ya no será duque. De hecho, será un proscrito sin título al que reclamar, si es que los de Babbiano le dejan alguna cabeza; mientras que yo, al menos, aunque no sea un duque con un trono tambaleante, soy un conde con tierras, pequeñas pero firmemente sostenidas, y me convertiré en duque si Gian Maria se niega a renunciar a su sobrina. De modo que, si él está dispuesto a casarse con ella, ¿estará usted dispuesto a dejar que se case con un vagabundo sin hogar o con un cadáver sin cabeza?
El rostro de Guidobaldo pareció cambiar, y sus ojos miraron con curiosidad al duque de rostro pálido a su lado.
—¿Así que usted es el otro pretendiente a la mano de mi sobrina, Lord Conde? —preguntó, con su voz más fría.
—Así es, Alteza —respondió Francesco con calma—. El asunto se plantea así: a menos que Gian Maria esté en Babbiano por la mañana, perderá su corona, la cual pasará a mis manos por la voz del pueblo; pero si él renuncia a sus pretensiones sobre Monna Valentina en mi favor, entonces partiré directamente a Aquila y no volveré a molestar a Babbiano. Si se niega e insiste en esta boda, aborrecible para Monna Valentina, pues bien, mis hombres lo mantendrán cautivo tras esos muros hasta que sea demasiado tarde para que llegue a su ducado a tiempo de salvar la corona. Mientras tanto, yo cabalgaré a Babbiano en su lugar y, aunque me resista a desempeñar el papel de duque, aceptaré el trono y silenciaré las importunidades del pueblo. Él podrá entonces esforzarse por ganar el consentimiento de su Alteza para la unión.
Quizás por primera vez en su vida, Guidobaldo fue culpable de un acto de manifiesta descortesía. Soltó una carcajada, una carcajada estruendosa y divertida que se clavó en el corazón de Gian Maria como un cuchillo.
—Vaya, Lord Conde —dijo—, confieso que nos tiene muy a su merced para moldearnos a su antojo. Ahora bien, es usted un soldado y un estratega tal que me complacería tener a mi lado en Urbino. ¿Qué dice su Alteza? —continuó, dirigiéndose ahora al casi mudo Gian Maria—. Todavía tengo otra sobrina con la que podríamos consolidar la unión de los dos ducados, y ella podría mostrarse más dispuesta. Las mujeres, al parecer, insistirán en ser mujeres. ¿No cree usted que Monna Valentina y este valiente primo suyo...?
—¡No le hagas caso! —gritó Gian Maria, ahora en un arrebato de pasión. Es un perro de lengua suave que sería capaz de discutir al mismísimo diablo para sacarlo del infierno. ¡No pactes con ese gañán! Tengo cien hombres y... —se giró bruscamente—. ¡Bajad ese puente levadizo, cobardes! —les bramó—, y barred a esos animales de mis tiendas.
—Gian Maria, te advierto —gritó Francesco, fuerte y firme—. He apuntado tus propios cañones hacia ese puente, y al primer intento de bajarlo, lo haré añicos. No saldrás de Roccaleone sino por mi voluntad y bajo mis términos, y si pierdes tu ducado por tu obstinación, será obra tuya; pero respóndeme ahora, para que yo pueda seguir mi curso.
Guidobaldo también contuvo a Gian Maria y revocó su orden de bajar el puente. Y ahora, por el otro lado, Gonzaga se acercó a él y le susurró al oído la sugerencia de que esperara hasta que cayera la noche.
—¡Esperar a la noche, idiota! —bramó el Duque, volviéndose hacia él con una feroz alegría al encontrar a alguien a quien destrozar—. Si espero hasta entonces, mi trono estará perdido. Esto es lo que pasa por codearse con traidores. ¡Es culpa tuya, Judas! —gritó con más ferocidad aún, con el rostro distorsionado—; pero al menos pagarás por lo que has hecho.
Gonzaga vio un repentino destello de acero ante sus ojos, y un grito desgarrador brotó de él cuando la daga de Gian Maria se hundió en su pecho. Demasiado tarde, Guidobaldo extendió la mano para detener al Duque.
Y así, por una justicia extrañamente vengativa, el magnífico Gonzaga se hundió muerto en el mismo lugar donde tan cobarde y vilmente había apuñalado a Aventano.
—Tirad esa carroña al foso —gruñó Gian Maria, aún temblando por la rabia que había provocado su feroz acto.
Fue obedecido, y así asesinado y asesino quedaron unidos en una fosa común.
Tras el primer intento de contener a Gian Maria, Guidobaldo había observado con indiferencia, considerando el acto como un castigo muy apropiado para un hombre cuya traición él, al menos, nunca había compartido.
Al ver el cuerpo desaparecer en el torrente de abajo, Gian Maria pareció darse cuenta de lo que había hecho. Su ira se desvaneció y, con la cabeza gacha, se persignó piadosamente. Luego, volviéndose hacia un asistente que estaba a su lado:
—Encarga que se diga una misa por su alma mañana —le ordenó solemnemente.
Como si el acto hubiera servido para apaciguarlo y devolverlo a sus cabales, Gian Maria dio un paso al frente y pidió a su primo, en tonos más tranquilos de los que había empleado hasta entonces, que aclarara los términos bajo los cuales le permitiría regresar a Babbiano dentro del tiempo al que su pueblo lo limitaba.
—No son más que que renuncies a tu pretensión sobre Monna Valentina y que busques consuelo —como creo que el propio Alteza de Urbino ha sugerido— en la sobrina menor de Lord Guidobaldo.
Antes de que pudiera responder, Guidobaldo le instaba, en voz baja, a aceptar los términos.
—¿Qué otra opción tienes? —concluyó Montefeltro de manera contundente.
—¿Y esa otra sobrina suya...? —dijo Gian Maria con torpeza.
—Ya he dado mi palabra —respondió Guidobaldo.
—¿Y Monna Valentina? —casi gimió el otro.
—Puede casarse con este testarudo condotiero suyo. No me opondré a ellos. Vamos; soy tu amigo en esto. Incluso estoy sacrificando a Valentina por tus intereses. Porque si persistes, él te arruinará. La partida es suya, mi señor. Reconoce tu derrota, como yo reconozco la mía, y paga.
—Pero, ¿qué es tu derrota comparada con la mía? —gritó Gian Maria, quien veía a través de la apreciación de Guidobaldo el hecho de que un sobrino político como Francesco del Falco no era nada desdeñable en los tiempos turbulentos que se avecinaban.
—Es al menos igual de absoluta —respondió Guidobaldo, encogiéndose de hombros. Y en esta línea continuó el Duque de Urbino durante algunos momentos, hasta que, al final, Gian Maria se encontró no solo abandonado por su aliado, sino con este mismo aliado luchando ahora del lado de su primo y presionándolo para que aceptara los términos de su primo, por muy desagradables que fueran. Así instado, Gian Maria reconoció torpemente su derrota y su disposición a pagar el rescate. Con eso, preguntó cuánto tiempo se le permitiría abandonar el castillo.
—Bueno, de inmediato, ahora que tengo tu palabra —respondió Francesco con prontitud, ante lo cual la traición brilló en los ojos de Gian Maria, para ser rápidamente sofocada por las siguientes palabras de Francesco—. Pero para que tus hombres y los míos no entren en conflicto, ordenarás a los tuyos que salgan sin armas ni armadura, y tú depondrás las tuyas. Su Alteza Guidobaldo es el único hombre a cuyo favor puedo hacer una excepción a esta condición. Que se rompa, y te prometo que lo lamentarás amargamente. Al ver al primer hombre armado saliendo por esas puertas, daré la orden de disparar contra vosotros, y vuestros propios cañones obrarán vuestra destrucción.
Así terminó el segundo asedio de Roccaleone casi tan pronto como comenzó, y así capituló Gian Maria ante el conquistador. El Duque de Babbiano y sus hombres salieron cabizbajos y en silencio, y tomaron el camino hacia Babbiano, sin que mediara palabra —ni siquiera una mirada— entre Gian Maria y la dama que había sido la causa de su descalabro, y quien observaba alegremente su partida.
Guidobaldo y sus pocos asistentes se quedaron atrás después de que su antiguo aliado se hubiera marchado. Luego le pidió a Francesco que lo llevara ante su sobrina, a lo que Francesco accedió gustoso.
El Duque la abrazó fríamente; aun así, el hecho de que la abrazara después de lo ocurrido era una buena señal.
—¿Vendrá conmigo a Urbino, Lord Conde? —le dijo de repente a Francesco—. Sería mejor celebrar las nupcias allí. Todo está listo, pues todo se había preparado para Gian Maria.
Una gran alegría apareció en los ojos de Valentina; sus mejillas se sonrojaron y su mirada cayó, pero Francesco escudriñó el rostro del Duque con la mirada aguda de quien es incrédulo ante tanta buena fortuna.
—¿Su Alteza me desea bien? —se atrevió a preguntar. Guidobaldo se puso rígido y un ceño fruncido rompió la serenidad de su frente altiva.
—Tiene mi palabra principesca —respondió solemnemente, ante lo cual, con la rodilla en tierra, Francesco se inclinó para besar su mano ducal.
Y así partieron en los caballos que conservaron como botín de guerra. Formaban un buen grupo: Guidobaldo cabalgando a la cabeza, con Francesco y Valentina, mientras que la retaguardia la cerraban Peppe y Fray Domenico, quienes, contagiados por esta epidemia de buena voluntad, finalmente fraternizaban entre sí.
Y mientras cabalgaban, sucedió que, al poco, Guidobaldo se rezagó, de modo que por un momento Francesco y Valentina se encontraron solos un poco por delante de los demás. Ella se volvió hacia él, con timidez en sus ojos castaños y un temblor en las comisuras de sus labios rojos:
—Aún no has dicho que me perdonas, Francesco —se quejó, en un susurro temeroso—. ¿No sería apropiado que lo hicieras, puesto que vamos a casarnos tan pronto?