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Monte-Cristo's Daughter

by Edmund Flagg · in Spanish

LA HIJA DE MONTE-CRISTO.

SECUELA DE LA GRAN NOVELA DE ALEJANDRO DUMAS, «EL CONDE DE MONTECRISTO», Y CONCLUSIÓN DE «EDMOND DANTÈS».

POR

EDMUND FLAGG

«LA HIJA DE MONTE-CRISTO», una novela maravillosamente brillante, original, emocionante y absorbente, es la secuela de «El conde de Montecristo», la obra maestra de Alejandro Dumas, y la continuación y conclusión de aquel gran romance, «Edmond Dantès». Posee un poder excepcional, un interés constante y una trama intrincada que, por su habilidad constructiva y su eficiente desarrollo, no tiene rival. Zuleika, la hermosa hija de Montecristo y Haydée, es la heroína, y su pretendiente, el vizconde Giovanni Massetti, un joven romano ardiente e impetuoso, el héroe. Este último, a través de un coqueteo con una linda florista, Annunziata Solara, se ve envuelto en un laberinto de sospechas que lo señalan como secuestrador y asesino, lo que provoca su separación de Zuleika y lo convierte en un maníaco. El desenredo de estas complicadas tramas constituye el tema principal del apasionante libro. La novela abunda en escenas de amor ardiente y aventuras conmovedoras. El conde de Montecristo figura en ella de manera importante, y se presentan numerosos personajes de Montecristo. «LA HIJA DE MONTE-CRISTO» es la última incorporación a la famosa serie de Petersons, que consta de «El conde de Montecristo», «Edmond Dantès», «La condesa de Montecristo», «La esposa de Montecristo» y «El hijo de Montecristo».

NUEVA YORK:

WM. L. ALLISON COMPANY

EDITORES.

CONTENIDO

Capítulo. Página. I. MONTECRISTO Y LA PRIMA DONNA 21

II. UNA EPÍSTOLA ENVIADA EXTRAÑAMENTE 33

III. EL INTRUSO EN EL JARDÍN DEL CONVENTO 45

IV. UNA ENTREVISTA TORMENTOSA 57

V. ANNUNZIATA SOLARA 69

VI. EL PODER DE UN NOMBRE 81

VII. EN LA CHOZA DEL CAMPESINO 91

VIII. UN IDILIO SILVESTRE 101

IX. EL SECUESTRO 112

X. LA CONDESA DE MONTECRISTO 130

XI. EL MENDIGO Y SUS COMPAÑEROS 142

XII. PADRE E HIJA 156

XIII. LA AVENTURA DE MORCERF 166

XIV. ZULEIKA Y LA SRA. MORREL 183

XV. UN ENCUENTRO INESPERADO 195

XVI. ENTRE LAS RUINAS DEL COLISEO 206

XVII. LA HISTORIA DE PEPPINO 218

XVIII. MÁS DE LA HISTORIA DE PEPPINO 228

XIX. EL MANÍACO DEL COLISEO 238

XX. LA ISLA DE MONTECRISTO 248

XXI. ZULEIKA CONOCE LA VERDAD 264

XXII. EL MÉDICO MARAVILLOSO 274

XXIII. UN MILAGRO MODERNO 285

XXIV. UN ENCUENTRO DESESPERADO 296

XXV. UNA VISITA AL REFUGIO 306

XXVI. VAMPA Y MONTECRISTO 316

XXVII. LAS REPRESALIAS DE LOS BANDIDOS 326

XXVIII. LA INCURSIÓN CONTRA LOS BANDIDOS 336

XXIX. EL JUICIO DE VAMPA 346

XXX. ALEGRÍA DESBORDANTE 363

LA HIJA DE MONTE-CRISTO.

_SECUELA DE LA GRAN NOVELA DE ALEJANDRO DUMAS, «EL CONDE DE MONTECRISTO», Y CONTINUACIÓN Y CONCLUSIÓN DE «EDMOND DANTÈS»._

CAPÍTULO I.

MONTECRISTO Y LA PRIMA DONNA.

El conde de Montecristo estaba en Roma. Había alquilado uno de los numerosos palacios privados, el Palazzo Costi, situado en una amplia vía cerca del punto donde el Ponte Sant'Angelo conecta la Roma propiamente dicha con ese suburbio transiberino conocido como la Ciudad Leonina o Trastevere. La nobleza romana, escasa de dinero, siempre estaba dispuesta a alquilar sus palacios a extranjeros adinerados con títulos, y Alí, actuando en nombre del Conde, no había tenido ninguna dificultad en conseguir para su amo una morada que incluso un potentado podría haberle envidiado. Era un edificio elevado y cómodo, construido de mármol blanco con un diseño arquitectónico antiguo, y dominaba desde sus amplios balcones una hermosa vista del Tíber y su orilla occidental, sobre la cual se alzaban esa vasta prisión y ciudadela, el Castillo de Sant'Angelo, y el palacio más grande del mundo, el Vaticano.

Al conde de Montecristo siempre le había gustado Roma por su antigüedad pintoresca y misteriosa, pero su misión actual allí no tenía nada que ver con sus gustos individuales. Se había establecido por un tiempo en la Ciudad Eterna para que su hija Zuleika, la hija de Haydée[1], pudiera terminar su educación en un famoso convento dirigido bajo los auspicios de la Hermandad del Sagrado Corazón.

Zuleika tenía quince años de edad, pero aparentaba muchos más, poseyendo la madurez temprana de los griegos, cuya sangre ardiente, por parte de su difunta madre, corría por sus jóvenes venas. Había alcanzado su estatura completa y era alta y bien desarrollada. Se parecía mucho a su madre, poseyendo una belleza brillante del tipo oriental, soñadora y voluptuosa. Su cabello era abundante y negro como la noche. Tenía ojos oscuros y brillantes, dientes perlados, labios rubíes llenos y pies y manos que eran de una pequeñez de cuento de hadas, así como milagros de gracia y delicada forma. En temperamento, se parecía más a Haydée que al Conde, aunque poseía la decisión y firmeza rápidas de su padre, con la adición de mucho de su entusiasmo.

El Palazzo Costi estaba magníficamente amueblado, por lo que el Conde no había hecho ninguna alteración en ese aspecto, trayendo consigo solo el guardarropa familiar y una parte de su biblioteca, que consistía principalmente en manuscritos orientales escritos en caracteres extraños y cabalísticos, inteligibles para nadie más que para él mismo.

El personal doméstico estaba compuesto únicamente por el Conde, su hijo Esperance[2], su hija Zuleika, el fiel mudo nubio Alí y cinco o seis sirvientes y sirvientas. Al no tener otro objeto que la educación de su hija, el Conde deseaba vivir en el retiro más absoluto posible, pero le fue imposible mantener su presencia en secreto, y tan pronto como se supo que estaba en Roma, fue asediado por multitudes de visitantes pertenecientes a la más alta nobleza, entre los cuales se mezclaban numerosos patriotas, discípulos del infortunado Savonarola, distinguidos por su firme devoción a la causa de la libertad italiana.

A primera hora de la mañana en que comienza esta narración, el conde de Montecristo estaba sentado solo en un pequeño apartamento del Palazzo Costi, que había sido arreglado como su estudio y en el cual sus preciosos manuscritos estaban almacenados en gabinetes cerrados con llave. El Conde tenía un ejemplar de un periódico romano ante sí, y sus ojos estaban fijos en un párrafo que parecía haberlo fascinado como la serpiente fascina al pájaro. El párrafo decía lo siguiente:

«La señorita Louise d'Armilly, la famosa prima donna, quien cantará esta noche en el Teatro Apolo su gran papel de Lucrezia Borgia, tiene, al parecer, un profundo misterio impenetrable que la rodea. Es francesa de nacimiento, y se dice que es la hija de un banquero, quien desapareció bajo circunstancias peculiares, pero, como ella se niega rotundamente a hablar de su historia, solo podemos dar los rumores sobre ella por lo que valen. El señor León d'Armilly, hermano de la prima donna, quien la apoya en la ópera de Donizetti, también se niega a ser comunicativo. En cualquier caso, el simple indicio del misterio ya ha causado bastante agitación en los círculos de la alta sociedad y eso es suficiente para asegurar una sala llena».

—¡Louise d'Armilly! —murmuró el Conde, casi audiblemente—. El nombre es familiar, ciertamente, aunque dónde lo he visto u oído antes no puedo recordarlo ahora. La dama es francesa de nacimiento, dice el periódico, y ese hecho, al menos, es un pretexto suficiente para que yo la visite. La visitaré como compatriota, y la entrevista demostrará si es conocida para mí.

El Conde se levantó, se dirigió a su escritorio y, sentándose allí, escribió la siguiente breve epístola:

«Edmond Dantès[3], conde de Montecristo, desea permiso para visitar a la señorita Louise d'Armilly a las diez de esta mañana. En este deseo, el Sr. Dantès está movido únicamente por el deseo de rendir el homenaje de un francés a los pies de una artista tan distinguida de su propia nación como la señorita d'Armilly».

Habiendo terminado, sellado y dirigido esta nota, el Conde tocó una campana que fue respondida inmediatamente por el siempre vigilante nubio.

—Alí —dijo el Conde, en lengua árabe—, lleva esta carta al Hotel de France y espera una respuesta.

El fiel sirviente se inclinó casi hasta el suelo, tomó la misiva y partió. Cuando se hubo ido, el Conde caminó por el apartamento con las largas zancadas habituales en él en momentos en que estaba absorto por algún pensamiento todopoderoso.

—Seguramente —murmuró—, esta artista de ninguna manera puede interesarme personalmente, y sin embargo siento una premonición sutil de que sería prudente de mi parte verla.

Todavía estaba caminando por el estudio cuando Alí regresó. El rostro generalmente impasible del nubio mostraba rastros de excitación y horror. Se postró a los pies de su amo y, con el rostro presionado contra el suelo, levantó la mano, presentando al Conde la misma carta de la que había sido portador.

—¿Por qué, cómo es esto, Alí? —preguntó el Conde, frunciendo el ceño—. Mi carta enviada de vuelta sin respuesta. El sello ha sido roto, también. Debe haber sido leída.

El mudo se levantó lentamente y comenzó una elocuente pantomima que su amo tradujo fácilmente en palabras: «Fuiste al Hotel de France y enviaste la carta. En diez minutos te fue devuelta por el ayuda de cámara de la dama, quien dijo que toda la respuesta que el conde de Montecristo merecía de su amante estaba escrita en el reverso».

Alí asintió con la cabeza en confirmación de la traducción de su amo, luciendo como si esperara ser severamente reprendido por ser el portador de tal indignidad. El Conde, sin embargo, simplemente sonrió. La curiosidad más que la ira predominaba en él. Dio la vuelta a la carta y leyó, garabateado a lápiz con letra de mujer, la siguiente breve y enigmática pero insultante comunicación:

«Cualquier francés, excepto el ignominioso Sr. Dantès, el así llamado conde de Montecristo, sería bienvenido por la señorita d'Armilly. A esa persona ella no desea ver y no lo hará».

El Conde estaba perplejo y también divertido. El fervor de la prima donna le hizo sonreír. Ciertamente no la conocía, ciertamente nunca la había visto. ¿Por qué entonces era tan amarga contra él? No podía entender nada de eso. ¿Era posible que su nombre fuera realmente tan familiar para él como había parecido? La iracunda artista seguramente había oído hablar del conde de Montecristo y, por lo tanto, no podía estar equivocada respecto a su identidad, pero ¿de qué manera podría él haberla herido o incurrido en su ira? Cuanto más pensaba en el asunto, más perplejo se sentía. Mientras debatía consigo mismo qué acción debía tomar, llamaron a la puerta y entró un sirviente, entregándole una tarjeta en la que estaba inscrito: «Capitán Joliette».

—¡Ja! —exclamó Montecristo—, llega a tiempo. Me ayudará a resolver este misterio.

Hizo señas a Alí para que saliera del estudio y ordenó al ayuda de cámara que había traído la tarjeta que hiciera pasar al visitante de inmediato. En otro instante, el capitán Joliette entró en la habitación. El Conde se adelantó para saludarlo.

—Bienvenido, Capitán —dijo—. No lo he visto desde nuestras conmovedoras aventuras en Argelia[4]. Espero que esté bien y feliz. Por cierto, ¿qué hace usted en Roma? No sabía que estuviera aquí.

—Estoy aquí simplemente por casualidad —respondió el joven soldado, con un sonrojo que desmentía sus palabras—. Estaba en Italia en un pequeño viaje de placer y naturalmente derivé hacia la Ciudad Eterna. Me enteré solo esta mañana de que estaba instalado en el Palazzo Costi e instantáneamente me apresuré a presentar mis respetos.

Cuando sus saludos cordiales terminaron y estuvieron sentados uno al lado del otro en un cómodo sofá lujosamente tapizado en seda carmesí, el Conde dijo, abruptamente:

—Capitán, ¿alguna vez oyó hablar de una cantante de ópera francesa llamada Louise d'Armilly?

De nuevo el joven se sonrojó profundamente, una circunstancia que no escapó a la estrecha observación de su compañero, quien instantáneamente adivinó que la famosa prima donna contaba más en las razones que habían traído al Capitán a Roma de lo que aquel galante guerrero estaba dispuesto a admitir.

—Sí —tartamudeó Joliette—, he oído hablar de ella, y los rumores dicen que es una dama notablemente encantadora, además de una gran artista.

—Su tono es entusiasta, mi querido Capitán —respondió Montecristo, sonriendo agradablemente—. Quizás usted esté familiarizado con la señorita d'Armilly.

—Bueno, para confesar, Conde —dijo Joliette, con una risa—, estoy familiarizado con ella, y curiosamente, parte de mi misión aquí hoy era pedirle que ocupara un palco en la representación de «Lucrezia Borgia» esta noche. ¿Aceptará?

—Con genuino deleite —fue la pronta respuesta de Montecristo—. Deseo ver a esta misteriosa prima donna por más de una razón. En primer lugar, su nombre es vagamente familiar para mí, aunque no puedo recordar dónde lo oí nunca, y, en segundo lugar, ella rechazó rotundamente una visita mía hoy mismo por la mañana.

Joliette pareció muy sorprendido.

—¡Rechazó una visita suya, Conde! No lo creería si no lo oyera de sus propios labios. ¡La señorita d'Armilly debe estar loca! ¡Ciertamente no puede saber qué honor es recibir una visita del conde de Montecristo!

El Conde sonrió a su manera peculiar y entregó al Capitán la singular respuesta de la señorita d'Armilly a su nota. El joven la miró con asombro, leyéndola una y otra vez; finalmente, tartamudeó:

—Es su letra, pero ¿qué puede significar?

—Eso es exactamente lo que me gustaría saber, y veo por sus modales y palabras que usted es impotente para iluminarme. Aun así, puede decirme quién es esta señorita d'Armilly, y eso, con toda probabilidad, me proporcionará la clave de su trato más bien mezquino hacia mí.

—Mi querido Conde, estoy familiarizado con la joven dama, es cierto, pero, al igual que usted, estoy en total ignorancia en lo que respecta a su historia. Es francesa, eso es evidente, y ha llegado tan lejos como para admitirme que Louise d'Armilly es solo su nombre profesional, pero cuál es su verdadero nombre, ella se ha negado rotundamente más de una vez a revelármelo. Es igualmente reticente en cuanto a los rumores que circulan sobre ella. Usted, sin duda, es consciente de que se dice que es la hija de un banquero francés que desapareció misteriosamente. Esto ella no lo niega ni lo afirma; simplemente mantiene un silencio obstinado siempre que se menciona en su presencia.

—Su relato me interesa mucho, Capitán —dijo Montecristo—. Usted es más privilegiado que yo en el sentido de que disfruta de la familiaridad de esta joven excéntrica, pero ella no parece depositar un mayor grado de confianza en usted que en mí, pues no le ha contado absolutamente nada.

—Bueno —dijo Joliette—, la verá esta noche, en cualquier caso, a pesar de su prohibición. Ella no puede mantenerlo fuera del teatro, pues el palco está comprado y aquí están las entradas.

—Pero ella estará enojada con usted, Capitán —dijo el Conde, con picardía—, por traer a un auditor tan indeseable. Será mejor que vaya solo y ocupe algún asiento oscuro. No deseo que usted pierda las sonrisas de la señorita d'Armilly por mi causa.

—¡Bah! —respondió Joliette—, hay claramente algún error. Ella no lo conoce, no lo reconocerá. Ciertamente lo ha confundido con alguien más.

—Quizás así sea —dijo Montecristo—; pero las memorias de las mujeres son buenas, y le advierto que está corriendo un grave riesgo.

—Ninguno en absoluto, se lo aseguro. Es más que probable que, al responder a su nota como lo hizo, la señorita d'Armilly estuviera influenciada únicamente por el capricho. Si ella me preguntara después de la representación quién era mi compañero, solo tengo que darle un nombre ficticio y ella no será más sabia.

Esa noche, el capitán Joliette y el conde de Montecristo se abrieron paso a través de la densa multitud frente al Teatro Apolo, y finalmente fueron conducidos a un palco del proscenio inferior que dominaba una vista completa del escenario. Montecristo instintivamente buscó refugio detrás de las cortinas y el drapeado del palco, donde podía sentarse sin ser observado y, aun así, estar habilitado para escudriñar de cerca a la misteriosa cantante que parecía tener una aversión tan intensa hacia él.

Aunque todavía era temprano, el teatro estaba ya lleno en cada parte, y multitudes eran incapaces de obtener siquiera la admisión. La vasta audiencia estaba compuesta principalmente por la mejor y más elegante sociedad de Roma. Incluía a mucha de la más alta nobleza, que ocupaba los palcos que tenían para la temporada. Por todas partes, los elegantes tocados de colores brillantes de las damas se encontraban con la vista, mientras que los caballeros estaban brillantes con atuendos festivos. Rostros jóvenes y frescos y nobles semblantes antiguos estaban lado a lado, la belleza de la juventud y la impresionabilidad de la edad, y los semblantes masculinos no eran menos llamativos que los de las mujeres. En verdad, era un gran conjunto, uno que debería deleitar el corazón y halagar la vanidad incluso de la más caprichosa de las prima donnas.

Al principio hubo un zumbido bajo de conversación en todo el teatro, junto con visitas preliminares de palco a palco, pero la agitación comenzó a disminuir a medida que aparecían los músicos, y para cuando estaban en sus lugares en la orquesta, reinaba un silencio absoluto. Cuando el director hizo su aparición, fue recibido con un estallido de aplausos, que reconoció graciosamente con una profunda reverencia. Luego agarró su batuta, golpeó ligeramente el atril frente a él, y comenzó la encantadora obertura de la gran obra de Donizetti.

A su conclusión, el telón se levantó lentamente y comenzó la ópera. La señorita d'Armilly salió a su debido tiempo, y la casa resonó con los aplausos de bienvenida. Cantó divinamente y actuó con arte consumado, recibiendo fuertes bises por todos sus números. Montecristo, que era apasionadamente aficionado a la música, captó el entusiasmo predominante y emergió gradualmente del refugio de las cortinas y el drapeado protectores. Había escaneado a la señorita d'Armilly cuidadosamente a través de sus gemelos de ópera y estaba completamente convencido de que ella era una perfecta desconocida para él, aunque de vez en cuando un tono, un gesto o un movimiento del cuerpo transmitían vagamente una sensación de reconocimiento de algún tono, gesto o movimiento que él había oído o visto en algún otro lugar antes. El Conde, sin embargo, reflexionó que todas las mujeres poseían ciertos puntos de semejanza en voz y porte; por lo tanto, pasó por alto las coincidencias presentes como puramente accidentales, sin pensar más en ellas.

Durante mucho tiempo, la señorita d'Armilly no miró hacia el palco ocupado por el capitán Joliette y el conde de Montecristo[5], y no fue hasta que el primero le lanzó una costosa corona de flores que ella volvió sus ojos en esa dirección. Estaba a punto de inclinar la cabeza en señal de agradecimiento, cuando su mirada se posó sobre la majestuosa forma del Conde. Instantáneamente se detuvo en el centro del escenario, se puso mortalmente pálida bajo la pintura de su maquillaje y, con un grito fuerte, cayó en un desmayo. El telón fue bajado de inmediato, y el director, declarando que la prima donna había sido presa de una indisposición repentina y alarmante, despidió a la audiencia. El capitán Joliette corrió al camerino de la señorita d'Armilly y el conde de Montecristo emprendió su camino de vuelta al Palazzo Costi, completamente desconcertado por lo que había ocurrido.

NOTAS AL PIE:

[1] Un relato completo de la vida de Haydée se encontrará en ese gran romance «La esposa de Montecristo», publicado completo y sin abreviar por T. B. Peterson & Brothers, Filadelfia.

[2] Un relato completo de su vida y de la notable carrera de Esperance se encontrará en esa absorbente novela, «El hijo de Montecristo», publicada completa y sin abreviar por T. B. Peterson & Brothers, Filadelfia.

[3] Para un relato completo de la vida y la carrera de «Edmond Dantès», una de las novelas más poderosas y emocionantes jamás publicadas, véase «Edmond Dantès», publicada completa y sin abreviar por T. B. Peterson & Brothers, Filadelfia.

[4] Véase «El hijo de Montecristo», edición completa y sin abreviar, publicada por T. B. Peterson & Brothers, Filadelfia.

[5] Para un relato completo de la vida y la notable carrera de «El conde de Montecristo», la obra maestra de Alejandro Dumas, uno de los mejores romances jamás escritos, véase la edición ilustrada y sin abreviar de la misma, publicada por T. B. Peterson & Brothers, Filadelfia.

CAPÍTULO II.

UNA EPÍSTOLA ENVIADA EXTRAÑAMENTE.

Zuleika, la hija de Montecristo, había estado durante algunos meses en el convento dirigido por la Hermandad del Sagrado Corazón. No era una estudiante aplicada, aunque sí una aprendiz rápida, y estaba más inclinada al romance y la aventura que a los libros mohosos de historia y ciencia. Como ya se ha dicho, tenía la madurez temprana de las chicas griegas. Además, había atraído la atención de varios jóvenes romanos de linaje alto y noble, que habían pagado ansiosamente el homenaje debido a su belleza y atractivo oriental. Aunque solo tenía quince años, apreciaba y se sentía halagada por este homenaje, y naturalmente estaba impaciente ante la restricción impuesta por las regulaciones del convento, que excluía rigurosamente a todos los visitantes masculinos, excepto padres o tutores.

En el primer rango de sus jóvenes admiradores se encontraba el vizconde Giovanni Massetti. Era más ardiente que cualquiera de los otros y, ciertamente, estaba desesperadamente enamorado de la bella y fascinante hija de la difunta Haydée. Pertenecía a una familia de gran antigüedad y riqueza ilimitada, y se decía que poseía una vasta fortuna por derecho propio. El vizconde apenas contaba con veintiún años, pero era sumamente varonil, audaz y galante. Era bastante apuesto y se decía que era la esencia misma del honor, aunque su temperamento ardiente y su búsqueda precipitada de todo lo que más codiciaba no pocas veces le envolvían en graves problemas, de los cuales, gracias a su propio tacto y a la vasta influencia de su familia, generalmente salía indemne.

A la llegada de Zuleika a Roma, y antes de que hubiera sido internada en el colegio del convento, el vizconde Massetti había hecho su conocimiento de una manera que recordaba al romance y que causó una profunda impresión en la inexperta joven. En el carruaje de Monte-Cristo, asistida únicamente por una tímida femme de chambre, cruzaba un día uno de los dos puentes que conducían a la isla de San Bartolomeo, cuando un tirante se rompió y los caballos se asustaron. El aterrado cochero perdió el control sobre ellos y los animales enloquecidos se precipitaron a una velocidad temible, volcando casi el carruaje. Zuleika se había levantado en el vehículo, que era una calesa abierta, y se aferraba desesperadamente al respaldo del asiento delantero, con el rostro pálido de miedo y su largo cabello negro, que se había soltado, ondeando tras ella. Sus ojos muy abiertos tenían una mirada de súplica lacrimosa a la que era difícil resistirse. El joven vizconde, que cabalgaba sobre el puente en el momento del accidente, no pudo resistirse. Saltó de su caballo y, mientras el carruaje pasaba a su lado, saltó al interior. Sujetando a Zuleika por la cintura y manteniéndola apretada contra sí, dio otro salto, aterrizando a salvo con ella sobre la calzada del puente. Los caballos desbocados fueron finalmente detenidos y los ocupantes del vehículo, gravemente destrozado, rescatados de su peligrosa situación. Esta aventura hizo que el conde de Monte-Cristo abriera las puertas de su palacio al joven italiano, quien fue un visitante frecuente allí hasta el momento de la partida de Zuleika hacia el colegio del convento.

En el intervalo, tanto el vizconde como la joven se habían encariñado mucho el uno del otro, y entonces este afecto mutuo había madurado rápidamente hasta convertirse en un amor mutuo de aquella ardor e intensidad que solo experimentan los hijos del sol meridional u oriental. El joven Massetti había confesado su pasión a su hermosa cautivadora, y la confesión no le había causado disgusto; era, por el contrario, sumamente agradable para ella y no trató de ocultar el hecho a su entusiasta pretendiente.

La trascendental entrevista tuvo lugar en un callejón densamente sombreado del jardín del Palazzo Costi una tarde bochornosa de principios de otoño. La joven pareja estaba sentada muy cerca el uno del otro en un banco rústico. Massetti sostenía la pequeña y suave mano de Zuleika entre las suyas y el contacto eléctrico de sus dedos diminutos y bien formados le estremeció como nunca antes le había estremecido el contacto de dedos femeninos. Él contemplaba las profundidades líquidas de sus ojos oscuros y brillantes, y su fuego sutil parecía derretir su propia alma. La atmósfera cerrada y sofocante, cargada de pesados e intoxicantes perfumes, estaba preñada de una influencia delirante, bien calculada para encender la sangre y promover la explosión de un amor reprimido. El espeso follaje verde encerraba a la pareja como en una nube de verdor, ocultándolos eficazmente de la observación. La oportunidad era irresistible. Giovanni se acercó más a su fascinante compañera, tan cerca que su aliento fragante llegó directamente a su rostro, sometiéndolo por completo y borrando totalmente toda precaución, todo excepto su absorbente pasión por la palpitante joven cuya figura menuda, pero de contornos definidos, delicadamente perfilada bajo sus vestiduras vaporosas y semi-orientales, rozaba la suya. Repentinamente arrebatado por un poderoso transporte, pasó su brazo alrededor de la cintura cedente de la joven y la atrajo sin resistencia hacia su pecho, donde ella yacía, contemplando el rostro encendido y excitado de él con un encanto indescriptible y voluptuoso, mezclado con una confianza absoluta y una inocencia sin vacilaciones. Jadeando en su abrazo, sus labios color rubí se entreabrieron como si buscaran el aliento, y el ardiente italiano, precipitada e imprudentemente, estampó un beso de fuego sobre ellos. Zuleika, con un movimiento casi imperceptible, devolvió este saludo casto, pero arrebatador.

—¡Oh! ¡Cómo te amo! —murmuró Giovanni, temblando de pies a cabeza en su éxtasis salvaje, y estrechando a la encantadora joven aún más fuerte.

Ella no respondió con palabras, pero no se movió, no se esforzó por liberarse de su cálido abrazo. Esta fue una respuesta suficiente para el impetuoso italiano. Zuleika, la bella Zuleika, correspondía a su amor, favorecía su pretensión. Su alegría rozaba el delirio.

—¡Oh, Zuleika! —susurró, contemplando directamente sus ojos negros como la noche—, ¡me amas, estoy seguro! ¡Dame los tesoros de tu corazón virgen! ¡Sé mía, sé mi esposa!

—¡Oh, Giovanni! —respondió la joven, estremecida, con una voz baja, pero dulcemente modulada—, te amo, ¡solo Dios sabe cuánto!, ¡pero soy demasiado joven para ser tu esposa! Solo soy una niña, todavía no he terminado la escuela. Mi padre no querría ni oír hablar de que me casara hasta dentro de varios años. ¿No puedes esperar?

—Será una tarea difícil, Zuleika —respondió el joven, emocionado—; pero, aun así, esperaré si me das la esperanza de un amante. Promete casarte conmigo cuando seas libre para hacerlo, es más, júralo, ¡y estaré satisfecho!

—No puedo prometerlo ni jurarlo, Giovanni, sin la aprobación y el consentimiento de mi padre. Él es un hombre sabio, experimentado y reflexivo, tierno y amable con todos los que ama, aunque duro e implacable con sus enemigos. Háblale de mí, de tu amor, de tu deseo. Él te escuchará y no pondrá en peligro la felicidad de su hija. Ve a él sin demora, y ten por seguro que lo que sea que diga o haga será por el mayor bien de ambos.

Ella se había liberado de su abrazo y se había alejado ligeramente de él, no por terror, no por mojigatería, no por coquetería, sino como una medida de prudencia. Sentía intuitivamente que la pasión salvaje e intensa de su adorador italiano debía mantenerse dentro de límites discretos.

—No puedo hablar con tu padre todavía —respondió Giovanni, vacilante—. Él podría escucharme, es verdad; pero trataría nuestro amor como un simple capricho infantil que el tiempo no dejaría de atenuar, si no de borrar. Hablo muy en serio, Zuleika, y no podría soportar ser tratado como un muchacho irreflexivo y precipitado que no conoce su propia mente. El ridículo, incluso en su forma más leve, encendería mi sangre, me llenaría de locos proyectos de venganza. Prefiero no pedir tu mano a tu padre hasta estar seguro de una recepción favorable de mi pretensión. Comprendes mis escrúpulos, ¿verdad, Zuleika? ¡Te amo demasiado tiernamente como para no ganarte cuando lo pida!

—¿Pero hablarás con mi padre? —dijo la joven, en tonos vacilantes.

—Sí, querida, ¡oh, sí!; pero no hasta que ese odiado colegio del convento haya dejado de oponer sus barreras entre nosotros. Cuando lo hayas dejado, cuando hayas completado la educación que el Conde ha diseñado para ti, buscaré a tu padre y te pediré a él como mi esposa; hasta entonces, hasta que pueda hablar con seguridad, al menos prométeme que no amarás a ningún otro hombre, que no alentarás a ningún otro pretendiente.

—Eso lo haré —respondió la joven, alegremente—. ¡Ten por seguro que no amaré a ningún otro hombre, que no alentaré a ningún otro pretendiente!

Incapaz de controlarse, el vizconde volvió a estrechar en sus brazos al objeto de su adoración, y de nuevo sus labios se encontraron en un largo y apasionado beso de amor.

Así quedó decidido, y Zuleika fue al colegio del convento del Sagrado Corazón, sintiendo que su felicidad estaba asegurada, pero impaciente e insatisfecha con la larga demora que necesariamente debía intervenir antes de la realización de sus esperanzas, el amanecer del futuro de su vida como mujer.

El vizconde Massetti, aunque había profesado estar dispuesto a esperar, estaba, por su parte, profundamente descontento con la ardua tarea que había emprendido. Una cosa era hacer una promesa imprudente en el calor del entusiasmo, pero otra muy distinta era cumplirla, especialmente cuando esa promesa implicaba una separación de la encantadora joven que se había entrelazado inextricablemente con las fibras de su corazón y era la única estrella guía de su vida y de su amor.

El colegio del convento del Sagrado Corazón estaba ubicado en el convento de esa hermandad, a unas tres millas más allá de la Porta del Popolo, en el lado norte de Roma. El convento era un edificio espacioso, pero sombrío y prohibitivo, con el aspecto de una prisión. Ventanas estrechas y enrejadas, como las de un calabozo de la Edad Media, dejaban entrar la luz desde el exterior, proporcionando una iluminación tenue y restringida que apenas daba evidencia del poder y el brillo del astro rey. Por la noche, el débil resplandor sepulcral de las velas solo servía para hacer la oscuridad palpable y más espantosa.

El enorme salón de clases era tan primitivo e incómodo en sus instalaciones y mobiliario como cabría esperar. Las paredes eran de piedra labrada y se alzaban desnudas y lúgubres hasta un techo elevado que estaba cubierto con un perfecto laberinto de vigas curiosamente talladas, obra de algún artista desconocido de hace mucho tiempo. Los dormitorios de las alumnas eran estrechas dependencias parecidas a celdas, escasamente amuebladas, en las que toda luz debía extinguirse a la hora de las nueve de la noche. Una vez admitidas en la escuela, no se permitía a las alumnas abandonar sus recintos salvo en vacaciones o al finalizar su curso de estudios, una circunstancia que disgustaba profundamente a las alegres y despreocupadas chicas italianas enviadas allí para recibir tanto formación mental como moral. Otra fuente de grave vejación para ellas era el reglamento, ya aludido, que excluía rigurosamente a todos los visitantes masculinos, a excepción de padres o tutores.

Adyacente al convento había un extenso jardín, lleno de enormes árboles que, aparentemente, habían estado allí durante siglos, tan doblados, nudosos y envejecidos estaban. Un antiguo jardinero, con una barba fluida tan blanca como la nieve y escasos mechones del mismo tono inmaculado, ayudado por dos o tres asistentes casi tan ancianos como él, cuidaba los céspedes y los vastos macizos de flores, manteniéndose estos últimos constantemente llenos de plantas de flores magníficas y fragancia exquisita. La apariencia pintoresca del jardín contrastaba fuerte y extrañamente con el aspecto rígido y serio del edificio del convento, y este jardín era el único lugar donde las alumnas se sentían como en casa y disfrutaban plenamente de sí mismas. Se les permitía pasear allí al mediodía y hacia el crepúsculo, bajo la supervisión de la hermana Agatha, una monja de aguda vista y vigilante, que nunca dejaba de reprender y corregir a sus vivaces pupilas por la más mínima infracción de la disciplina. Aun así, las chicas disfrutaban en el jardín, pues su extensión y el hecho de que la hermana Agatha no pudiera estar en todas partes a la vez permitía a las inquietas y alegres alumnas disfrutar de más de una escapada.

Un mediodía Zuleika, que se encontraba en un estado de ánimo inusualmente abatido, se alejó del resto de sus compañeras y paseó bajo los árboles centenarios. Inconscientemente se acercó al elevado muro del jardín. Se sentó al pie de un viejo olmo nudoso, cuyas ramas frondosas descendían hasta el suelo y ocultaban eficazmente a la hija de Monte-Cristo de la vista. Al menos, eso pensaba ella, pero aunque no podía ser vista por nadie dentro del recinto del jardín, era claramente visible desde el muro y los árboles que se alzaban sobre él en el exterior.

Mientras Zuleika se sentaba a reflexionar sobre su suerte y a pensar con tristeza en su separación de su amante, oyó o imaginó oír un ruido singular entre las espesas ramas de un inmenso castaño inmediatamente fuera del muro del jardín. Se levantó sobresaltada, pero no pudo distinguir nada inusual, y el ruido singular no se repitió. Lo más extraño de todo el asunto, sin embargo, era que el ruido había sonado como su propio nombre pronunciado por una voz humana. Esto aumentó su terror y confusión, y estaba a punto de huir del lugar cuando un guijarro oblongo al que estaba sujeto algo blanco revoloteó sobre el muro y cayó a sus pies. Ahora estaba más alarmada que nunca y dio varios pasos hacia atrás, mientras observaba el objeto blanco que yacía donde había caído, inmóvil y fascinante.

Finalmente, su curiosidad obtuvo la victoria y, acercándose al objeto sospechoso con la mayor cautela, se inclinó para examinarlo. Era un sobre ordinario y, sin duda, contenía una carta. ¿Para quién estaba destinado? Evidentemente para una de las alumnas. Era, además, una epístola clandestina, de lo contrario habría llegado por el canal regular a través de la oficina de correos. Tal vez era una carta de amor. Ante este pensamiento, dio un sobresalto de culpabilidad y contempló penetrantemente el castaño, pero allí no se veía nada más que ramas y hojas. Después de todo, la epístola estaba, sin duda, destinada a alguna belleza italiana de tez morena, y muchas de tales había en el colegio del convento. Que hubiera caído a sus pies era ciertamente una mera coincidencia. ¡No era, no podía estar destinada a ella! Su legítima dueña, quien claramente había recibido muchas notas similares de la misma manera, sabía dónde estaba y pronto vendría por ella. El sobre había caído boca abajo y ella no podía ver la dirección. Lo tocó con el pie, luego, con cautela, lo giró con la punta de su zapato. Vio escritura. Era la dirección. De alguna manera, la disposición de los caracteres le resultó familiar, aunque estaba tan aturdida y confundida que no podía distinguir el nombre. Su curiosidad era indigna de ella, lo sabía, indigna de la hija de Monte-Cristo. ¿Qué derecho tenía ella a indagar en el secreto del corazón de una de sus compañeras de escuela? Aun así, miró; no pudo evitarlo. De repente, se inclinó y tomó el sobre del suelo. La dirección fijó sus ojos como el hechizo de un mago. ¡Grandes cielos! ¡Era su propio nombre: Zuleika!

Rompiendo apresuradamente el ligero cordel que unía el sobre a la piedra, se guardó el primero en el pecho de su vestido. Luego miró a su alrededor, temiendo a medias haber sido vista por alguna de las alumnas o por la vigilante hermana Agatha. Pero no, no había sido observada, e incluso ahora sus compañeras y la monja estaban a tal distancia que podía leer su carta sin el menor peligro de ser descubierta o interrumpida. La tentación era fuerte. Cedió a ella. Leerla. Se sentía convencida de que era del vizconde Massetti, y la convicción la llenó de una alegría inefable. ¡No había tenido noticias suyas desde que había sido recluida dentro de los sombríos muros de aquel lúgubre convento, y ahora tenía noticias de él con su propia letra! ¡Era un rapto! ¿Qué le habría escrito él? ¡Una seguridad de su amor, sin duda, y, tal vez, una exhortación a que ella cumpliera su parte del acuerdo: no amar a ningún otro hombre, no alentar a ningún otro pretendiente! Ciertamente ella no amaba a nadie más, nunca podría amar a nadie más que a Giovanni Massetti, pues, ¿acaso no poseía él todo su corazón, toda la riqueza de su ardiente afecto juvenil?

Besó el sobre, luego lo abrió, sacó la carta, que estaba escrita a lápiz, y leyó:

QUERIDÍSIMA ZULEIKA: No puedo contenerme más. Debo verte una vez más y llamarte de nuevo mía. Traté de llamar tu atención hace un momento en el castaño fuera del muro. Pronuncié tu amado nombre, pero no pareciste entenderme. Esta noche, al crepúsculo, treparé el muro. A esa hora estate en el olmo donde ahora te encuentras y me reuniré contigo allí. No me falles y, sobre todo, no tengas miedo. Te aseguro que no puede sucederle ningún daño a ninguno de los dos. Encuéntrame, querida. Tuya, GIOVANNI.

Zuleika permaneció mirando esta apasionada nota con sensaciones compuestas de asombro, rapto y consternación. Giovanni, su amante, iba a venir. Estaría allí, en ese mismo lugar, y ella lo vería en toda la gloria de su juventud varonil, con la luz del amor radiante en sus ojos. Pero, ¿y si fuera descubierto? ¿Qué sería entonces de él y de ella? Se estremeció ante las posibilidades de peligro. Pero sobre un punto estaba decidida: se reuniría con él, sin importar cuál fuera el peligro. Cómo lograría Giovanni evitar la observación no lo sabía, pero confiaría en su juicio y discreción.

Miró en dirección a las alumnas y a la hermana Agatha. Venían lentamente hacia ella. Ocultando de nuevo la epístola de su amante en su pecho, fue a su encuentro.

CAPÍTULO III.

EL INTRUSO EN EL JARDÍN DEL CONVENTO.

A medida que se acercaba la hora del paseo vespertino, Zuleika se sintió dolorosamente excitada e inquieta. Deseaba con todo su corazón volver a ver a Giovanni Massetti, escuchar las ardientes palabras de amor que seguramente pronunciaría, pero ¿estaría haciendo lo correcto al reunirse con él clandestinamente y a solas? Su mente le inspiraba dudas. Por supuesto, podía confiar en su joven amante italiano, pues él era la esencia misma de la caballerosidad y el honor. Pero, ¿lo sabían otros? ¿Cómo sería juzgada su conducta si las otras alumnas y la hermana Agatha los sorprendieran desprevenidos? Giovanni podría escapar sin ser reconocido, pero con ella sería totalmente diferente. Ella solo podría escapar inventando una mentira ingeniosa, y ante eso toda su naturaleza se rebelaba. No podía rebajarse a un engaño inocente, mucho menos a una falsedad absoluta. ¿Por qué la había tentado Giovanni? ¿Por qué había buscado colocarla en una situación que debía saber que sería peligrosa? Solo había una respuesta: debido a su amor, y esa respuesta era suficiente para inducirla a correr el riesgo, por grande que fuera. Sí, se reuniría con él en el tiempo y lugar acordados.

Al fin sonó la campana para el paseo y la hermana Agatha encabezó la pequeña procesión hacia el jardín. Por un breve espacio, Zuleika se demoró con sus compañeras entre los paseos sombreados y las magníficas flores, pero a la primera oportunidad se escapó y buscó el olmo frondoso, bajo cuyas amigables ramas iba a recibir la bienvenida, aunque temida, visita del vizconde Massetti. Llegó al lugar de encuentro sin ser vista, con el corazón palpitando con fuerza. El joven italiano no estaba allí. Buscó ávidamente pero en vano por él en el crepúsculo creciente. ¿Qué habría sucedido para impedir su llegada? Estaba sobre ascuas de ansiedad. ¡Tal vez había intentado trepar el muro y se había caído, sufriendo alguna lesión grave! ¡Tal vez incluso entonces, mientras ella lo esperaba, él yacía fuera del muro, magullado y sangrando! ¿Pero qué podía hacer ella? Solo esperar, esperar, con pensamientos torturantes hirviendo en su atribulado cerebro.

Escuchó atentamente. Ni un sonido. Si Giovanni estaba herido, incapacitado, estaba manteniendo un silencio de lo más heroico. Sacó de su cinturón un magnífico reloj de oro, cuya exquisita caja estaba densamente incrustada de diamantes, y miró la esfera. Eran más de las siete, y a las ocho todas las alumnas debían estar a salvo dentro del convento. Además, no estaba segura de que no la echarían de menos, la buscarían y la encontrarían. ¿Qué debía hacer, qué camino debía tomar?

Mientras debatía consigo misma, sin saber si quedarse o regresar, se oyó un susurro entre el follaje del castaño inmediatamente fuera del recinto del jardín, y la forma de un hombre se balanceó desde una de las ramas hasta la parte superior del muro. La emoción de Zuleika casi la supera. Había reconocido a Giovanni. En otro instante, él había saltado del muro al suelo y estaba a su lado. Extendió sus brazos hacia ella y la joven, toda temblorosa, se lanzó impetuosamente hacia ellos.

—¡Oh, Giovanni! —murmuró—. Por fin. Temía que algún terrible accidente te hubiera ocurrido.

—Estoy a salvo, querida Zuleika —respondió el joven italiano, envolviéndola en un abrazo estrecho y cubriendo su frente y labios de besos ardientes—. Pero tú, querida, ¿estás bien? ¿No me has olvidado, no has dejado de amarme?

—¡Olvidarte, dejar de amarte, Giovanni! —susurró la joven estremecida, en un tono de ligero reproche, contemplando con ternura sus ojos—. ¿Acaso no te he dado mi solemne promesa de amarte solo a ti?

—¡Perdóname, vida mía! —exclamó el joven vizconde—. ¿Qué es un amante sin miedos ni dudas? ¡Son la prueba de la fuerza de su adoración!

Se sentaron al pie del olmo de ramas extendidas, cuyo amigable refugio los encerraba. Entonces Zuleika dijo, con aprensión en la voz:

—¿Por qué has venido aquí, Giovanni? ¿No eres consciente de que corres un gran riesgo y de que me pones en peligro? Si nos encuentran juntos, tú serás expulsado ignominiosamente y yo castigada severamente. Además, ¡piensa en la deshonra para ambos en tal caso! El asunto se extenderá, servirá de alimento para los chismes y seguramente llegará a oídos de mi padre y mi hermano, ¡cuyo desagrado temo más que a ninguna otra cosa! ¡Piensa, también, que Esperance te pedirá cuentas por tu conducta, y yo nunca podría soportar una disputa entre tú y él en la que, tal vez, se derramase sangre!

—No temas, Zuleika —respondió Massetti, galantemente—. Si nos descubren, te protegeré. En cuanto a tu padre y tu hermano, no pueden estar disgustados, pues les explicaré todo y terminaré pidiendo tu mano en matrimonio. ¿Por qué he venido aquí? Sencillamente porque no podía mantenerme alejado de ti por más tiempo. Sentía que debía verte, hablar contigo, renovar mis votos de amor. ¡Oh, Zuleika, el mundo es todo tinieblas para mí sin tu sonrisa!

—¡Pero me prometiste esperar!

—Lo sé; pero calculé mal mis fuerzas cuando hice esa promesa. Si pudiera verte, quizás sería paciente; pero esperar semanas y semanas sin siquiera vislumbrar tu querido rostro, sin oír una sola vez el sonido de tu amada voz, está totalmente fuera de mi alcance. ¡No puedo hacerlo!

—Debes hacerlo. No hay otra cosa que se pueda hacer. Mi padre desea que permanezca en el colegio del convento durante un año, y las reglas prohíben terminantemente tus visitas. Sé paciente todavía un tiempo, Giovanni. Ambos somos muy jóvenes y tenemos toda una vida de felicidad por delante. Además, podemos vernos en el Palazzo Costi durante las vacaciones, y eso es algo.

—¡No es nada para un hombre que desea verte constantemente, estar siempre contigo! ¡Oh, Zuleika, no puedo soportar nuestra separación, no puedo pasar sin ti!

El joven se había puesto en pie y pronunció estas palabras en voz alta, imprudentemente. Zuleika se levantó de un salto y lo agarró por el brazo, con el rostro blanco de terror.

—¡Contrólate, Giovanni, contrólate! —susurró ella, en tono asustado—. ¡Habla más bajo, con más cautela, o oídos distintos a los míos te escucharán!

Pero el vizconde no le hizo caso. Estaba terriblemente agitado y todo su cuerpo temblaba de excitación y emoción.

—¡Huye conmigo, Zuleika, huye conmigo ahora, en este preciso momento, y sé mi esposa! —exclamó, con una voz tan extrañamente alterada que la hija de Monte-Cristo apenas la reconoció—. ¡Soy rico, y mi familia tiene riqueza y poder suficientes para protegernos contra todo y todos, incluso contra tu padre, con todo su oro incalculable y su influencia! El conde de Monte-Cristo busca separarnos; ¡esa es la razón por la que te ha enviado aquí, a este convento, donde eres poco menos que una prisionera!

La agarró con frenesí entre sus brazos y la mantuvo contra su pecho como si desafiara al destino. Zuleika, más aterrorizada que nunca, luchó en su abrazo y finalmente se liberó. Miró a Giovanni y dijo, con vehemencia:

—Injusto eres con mi padre. Él no busca separarnos. Te estima mucho, vizconde Massetti, te ama por el servicio que me prestaste, a mí, su hija, y recompensará ese servicio con la mayor recompensa que está en su poder otorgar: mi mano. Pero él me considera aún una niña, desea que tenga educación y experiencia antes de casarme, para que sea una esposa que valga la pena tener y no una simple muñeca inútil. Respeta sus deseos, Giovanni, respétalo. Es un hombre bueno y de buen corazón, y hará lo correcto. ¡Su sabiduría ha quedado demostrada demasiadas veces como para que yo la dude!

—¡Su sabiduría! —exclamó Massetti, con amargura—. ¡Sí, es sabio, demasiado sabio para entregar tu mano a mí, un simple vizconde! ¿Qué es mi familia ante sus ojos? Nada. ¿Qué es mi riqueza? Una bagatela absoluta comparada con la suya. Te digo, Zuleika, que no desea que nos casemos. ¡Te destina a algún alto potentado con riquezas que igualen la principesca dote que tendrás!

—¡No, no! —gritó la joven—. Estás abatido y, en tu abatimiento, lo juzgas mal. A él no le importa la riqueza ni la elevada posición, sino que valora el buen nombre y una reputación inmaculada por encima de todo.

—Pero, ¿no serás mía? ¿No huirás conmigo de esta miserable prisión, en la que solo puedo verte a escondidas y como un criminal?

Los ojos del italiano brillaban en la penumbra y su voz estaba llena de elocuente persuasión. Cayó de rodillas a los pies de Zuleika y, tomando su mano, la besó apasionadamente una y otra vez. La joven, temblorosa, estaba profundamente conmovida por su amor y sus súplicas. Por un momento vaciló, pero solo por un momento; luego la razón reafirmó su dominio y una reflexión más serena acudió en su ayuda.

—Levántate, Giovanni —dijo ella, con relativa calma—, levántate y sé un hombre. Esta propuesta es totalmente indigna de ti y, si la aceptara, ambos quedaríamos deshonrados. Soy tuya, mi corazón está en tus manos y seré tu esposa en el momento adecuado con el pleno consentimiento de mi padre. Pero no puedo huir contigo, ¡no lo haré!

El joven saltó sobre sus pies como si una descarga eléctrica lo hubiera golpeado.

—¡Entonces no tienes confianza en mí! —exclamó impulsivamente—. ¡No me amas!

—¡Que no te amo! —exclamó la joven, envolviendo su cuello con sus brazos torneados, mientras su hermosa cabeza se hundía en su pecho—. ¡Te amo con todo mi corazón, con toda mi alma, y es precisamente porque te amo que no huiré contigo!

Giovanni besó su cabello con arrebato y excitación, y la hermosa joven, luciendo diez veces más bella en su suplicante sinceridad, añadió, dulce y persuasivamente:

—Déjame ahora, querido. La campana para que las alumnas regresen al convento pronto sonará y no deben notar mi ausencia entre ellas. Déjame, pero recuerda la máxima: "¡Esperar y confiar!"

El amante estaba a punto de responder cuando el sonido de unos pasos rompió repentinamente en sus oídos. Se miraron el uno al otro, sobresaltados, sin saber qué hacer. Giovanni fue el primero en recuperar la compostura. Apartó silenciosamente las ramas del olmo y observó con cautela en la dirección del sonido.

—Tres hombres se acercan rápidamente —dijo apresuradamente, en un susurro—. ¡Casi están aquí!

Zuleika miró, a su vez, a través de las ramas.

—El jardinero y sus ayudantes —susurró, casi petrificada por la consternación—. ¡Evidentemente se han enterado de que saltaste el muro y están en tu busca!

—Mira —dijo Giovanni, sin aliento, señalando a un grupo detrás de los hombres—. ¡Un grupo de monjas también viene!

—¡Me están buscando a mí! ¡Oh, Giovanni, huye, huye al instante!

—¿Y dejarte sufrir, cargar con el peso de mi imprudencia? ¡Jamás! ¡Me quedaré y te protegeré!

—No me protegerás quedándote. Solo nos comprometerás más a ambos. ¡Ve, te lo suplico, ve, mientras aún hay tiempo!

Con lágrimas en sus ojos suplicantes, Zuleika empujó suavemente a su amante hacia el muro. Él la contempló por un instante y luego a los hombres y monjas que se acercaban, quienes ahora estaban muy cerca.

La joven juntó sus manos suplicantemente, luego señaló en silencio hacia el muro.

—¿Es tu deseo? —preguntó Massetti, apresuradamente.

Zuleika asintió afirmativamente con la cabeza y señaló el muro con mayor imperatividad aún.

—Obedeceré —susurró el joven italiano—, ¡y "esperaré y confiaré"!

Ella había ganado la victoria. Una alegre luz de amor apareció en sus ojos, eclipsando por un momento su terror. Giovanni no pudo resistir la tentación de abrazarla, incluso frente al peligro que le amenazaba. Enrolló sus brazos alrededor de su cuerpo flexible, la atrajo hacia sí con un abrazo aplastante, cubriendo de besos ardientes sus labios levantados.

—Adiós —murmuró, soltándola a regañadientes—, ¡adiós, vida mía!

Se apartó de ella y corrió hacia el muro, lo escaló con la agilidad de un gato y desapareció.

Cuando el jardinero y sus ayudantes llegaron al olmo, encontraron a Zuleika sola allí. ¿Habían visto a Massetti saltar el muro? ¿Lo habían reconocido? Estos pensamientos cruzaron por la mente agitada de la joven. No prestó atención a su propio peligro.

Los hombres se detuvieron y permanecieron en silencio, esperando a que llegaran las monjas. El horror estaba pintado en sus rostros envejecidos, y miraban a la hija de Monte-Cristo como si hubiera cometido algún crimen atroz e imperdonable.

El grupo de monjas llegó rápidamente, encabezado por sor Ágata, quien sostenía una carta abierta en la mano. Zuleika contempló esta carta con silenciosa consternación. ¡Era la suya, la que Giovanni le había escrito! ¿Cómo había llegado a poder de sor Ágata? Mecánicamente palpó su pecho donde, según creía, la había ocultado a buen recaudo. Su mano solo tocó el sobre vacío. La nota debía haber caído en el suelo del aula y haber sido encontrada por alguna alumna maliciosa, quien, tras leerla y descubrir su contenido comprometedor, la había entregado a la monja, divulgando así el grave secreto.

Zuleika permaneció avergonzada y aterrorizada. Ya no había posibilidad de escapar. Ni posibilidad de engaño, aun si hubiera deseado intentarlo. La carta contaba toda la historia, y la prueba de su veracidad estaba servida, pues, ¿no estaba ella en el lugar de encuentro concertado, y no era probable que los hombres y las monjas hubieran visto a Giovanni dejarla y saltar el muro del jardín?

Las monjas parecían tan horrorizadas como los viejos sirvientes, pero eran más temibles; poseían el poder de reprender y castigar, ¿y qué castigo considerarían demasiado severo en este caso extremo? Sor Ágata habló. Su tono era más suave de lo que Zuleika había esperado.

—¡Oh, mademoiselle! —dijo, con tono de reproche—. ¿Qué es esto? ¡Un encuentro con un amante, y dentro de estos santos recintos dedicados al celibato, la castidad y las cosas sagradas! ¿Qué dirá su padre, el conde de Monte-Cristo, cuando se le informe de su conducta? Es usted joven, y hay que hacer concesiones a la sangre juvenil y a los impulsos apasionados; pero, aun así, ¡ha obrado mal, muy mal! ¿Es este hombre, que firma como Giovanni y que acaba de dejarla, su prometido?

—Lo es —murmuró Zuleika, sonrojándose y bajando la cabeza.

—¿Con el permiso de su padre, mademoiselle?

—Mi padre no se opone a él —respondió la joven evasivamente.

—En ese caso, su falta no es tan grave como supuse al principio —dijo la monja—. Es perdonable que reciba al hombre que, con el consentimiento de su padre, llegará con el tiempo a ser su marido; pero, no obstante, al reunirse con él dentro de los terrenos del convento, es usted censurable por falta de disciplina, y también por consentir una transgresión de nuestra norma que excluye a todo visitante masculino, salvo padres o tutores.

Zuleika inclinó la cabeza en señal de sumisión.

—El castigo —continuó sor Ágata— será, sin embargo, lo más leve posible, si es que nunca antes se ha reunido con este hombre dentro de los terrenos del convento.

—Nunca me he reunido con él aquí antes —dijo Zuleika—, y solo me reuní con él en esta ocasión porque... porque...

Vaciló y estalló en llanto.

—¿Porque qué, pobre niña mía? —preguntó la monja, amablemente.

—¡Porque lo amo tanto, y porque tenía miedo de que, si no me reunía con él, en su desesperación me buscaría delante de todas ustedes!

—¿Le ha escrito alguna vez desde que está en este colegio?

—¡Jamás!

—¿Le ha escrito él alguna vez antes?

—¡Usted tiene su primera carta para mí en su mano!

—¿Cómo fue entregada esta carta, por qué medio llegó a sus manos?

Con el rostro encendido y temblando de pies a cabeza, Zuleika contó toda la historia de su aventura a mediodía de aquel día. Cómo se había apartado de sus compañeras sin intención definida alguna; cómo se había sentado dentro de las ramas protectoras del olmo para meditar; cómo había oído el singular ruido en el castaño y, finalmente, cómo la carta, atada a una piedra, había venido revoloteando sobre el muro y caído a sus pies.

Las monjas se miraron unas a otras, horrorizadas y asombradas por la audacia del joven italiano.

—Zuleika —dijo sor Ágata—, te dije que tu castigo sería lo más leve posible. Has sido expuesta y reprendida; ¡el rubor de la vergüenza ha llegado a tus mejillas! Esto, creo, es penalización suficiente para una primera ofensa, considerando además que fue, en cierta medida, algo forzado para ti. ¡Pero cuídate de una segunda infracción de nuestras reglas! Ahora, regresa con tus compañeras.

Así ocurrió que Zuleika sufrió solo ligeramente por la imprudencia y la devoción ciega de su amante. Temiendo los chismes, la Hermandad del Sagrado Corazón suprimió el asunto, y el conde de Monte-Cristo nunca llegó a enterarse. Zuleika esperaba el ridículo de sus compañeras, pero las chicas italianas, de sangre caliente y románticas, en lugar de ridiculizarla, la consideraron una heroína y envidiaron el hecho de que poseyera un amante lo suficientemente audaz y devoto como para saltar el muro del jardín de un convento.

CAPÍTULO IV.

UNA ENTREVISTA TORMENTOSA.

Cuando el capitán Joliette entró en el camerino de la señorita d'Armilly, tras dejar al conde de Monte-Cristo en el teatro Apolo al terminar repentinamente la representación de "Lucrezia Borgia", encontró a la prima donna tendida sobre un sofá y recuperándose lentamente de los efectos de su desmayo. Su doncella y las damas de la compañía, estas últimas aún con sus trajes de escena, le estaban prestando toda su atención. Era una escena extraña y algo grotesca: un drama real con entorno teatral. Las luces llameantes, encerradas en sus esferas de alambre, arrojaban un resplandor rojizo sobre los rostros de los presentes, haciéndolos parecer extraños y brujeriles bajo sus capas de pintura y polvos. Sobre las sillas y mesas yacían los cambios de vestuario de la señorita d'Armilly para la función y sus ropas de calle, mientras que en un amplio estante frente a un espejo se encontraban los diversos y misteriosos artículos utilizados para su maquillaje —colorete, pintura grasa, polvo de arroz, etc.—, junto con pinceles y numerosos lápices de pelo de camello. Un lavabo lleno de agua permanecía sobre el mueble y, en el suelo, la jarra, junto a una heterogénea colección de botas de escena y de calle pertenecientes a la eminente cantante. El director del teatro permanecía ansiosamente junto a la prima donna, calculando mentalmente las posibilidades de que ella pudiera actuar a la noche siguiente. Leon d'Armilly caminaba de un lado a otro por la pequeña estancia, retorciéndose las manos y derramando lágrimas como una mujer, mientras que en la puerta abierta holgazaneaban el tenor y el barítono de la compañía, luciendo sus rostros la habitual expresión lánguida de los cantantes de ópera veteranos que, por larga costumbre, están completamente habituados a las indisposiciones y caprichos de las prima donnas y los consideran como algo inherente a la profesión.

Cuando el capitán Joliette entró, Leon corrió hacia él y exclamó entre lágrimas:

—¡Oh, cómo pudiste traer a ese odioso hombre a tu palco! ¡Mira cómo la misma visión de él ha afectado a mi pobre hermana!

Ante estas palabras, la señorita d'Armilly se irguió y, poniéndose en pie de un salto, se enfrentó al joven militar en un ataque de rabia incontrolable.

—¡Cómo te atreves —gritó, con los ojos centelleantes y la voz temblorosa de ira—, a venir aquí, ante mí, después de lo que ha ocurrido esta noche!

—No era consciente, Louise —respondió él, disculpándose—, de que tuvieras una aversión tan terrible hacia el conde de Monte-Cristo.

—¡El conde de Monte-Cristo! —exclamó el director—. ¿Estaba él en la sala esta noche? ¡Qué honor!

La iracunda prima donna le lanzó una mirada terrible.

—Si considera un honor tener a ese monstruo en su teatro —dijo ella, siseando—, ¡no volveré a cantar para usted!

El humillado director se alejó sin responder. Consideró que era parte de la sabiduría no enemistarse con una eminente artista que era capaz de generarle tanto dinero, y que también era capaz, pensó, de romper su contrato si así lo deseaba. Por lo tanto, abandonó el camerino. Los demás, viendo que la señorita d'Armilly estaba evidentemente a punto de tener una acalorada disputa con su admirador y que estaba lo suficientemente recuperada como para no necesitar más cuidados, también salieron de la estancia.

Cuando se quedaron solos, la prima donna se volvió ferozmente hacia el capitán, exclamando:

—¡Y tú también profesas amarme! ¿Fue el amor lo que te indujo a traer a mi peor enemigo aquí esta noche? ¡Fue odio más bien! Capitán Joliette, ¡me odias!

—Sabes que no, Louise —dijo el joven militar, con calidez—. ¡Sabes que te amo hasta la desesperación!

—¿Por qué entonces estaba el llamado conde de Monte-Cristo en tu palco?

—No sabía que lo conocieras; de hecho, estaba convencido de que era un total extraño para ti, y su conducta de esta noche tendía a confirmar esa convicción. Te miró sin el menor signo de reconocimiento; y está tan lejos de ser tu enemigo que te brindó aplausos más fuertes y entusiastas que cualquier otro hombre en todo el teatro.

—¡Es su arte, capitán Joliette! Te digo que ese hombre es tan astuto como una serpiente y tan despiadado como un tigre. Solo esta mañana buscó tener acceso a mí, con qué inicuo motivo no lo sé; pero le devolví su carta, ¡con una respuesta que debió herir su orgullo hasta lo más profundo!

—Vi esa respuesta —dijo el capitán—. Monte-Cristo me la mostró él mismo en su residencia, el Palazzo Costi.

—¡Qué! —gritó la señorita d'Armilly, con mayor ira—. ¿La viste, leíste mis propias palabras, y aun así lo trajiste a tu palco?

—Escucha, Louise, y sé razonable. Me dijo que tu nombre le resultaba familiar y, sin embargo, no podía recordar dónde ni bajo qué circunstancias lo había oído. Estaba asombrado por el tono de tu respuesta a su formal y, debo decir, muy civil nota. Estaba seguro de que debía haber algún error por tu parte, que lo habías confundido con alguna otra persona. ¡Había ido al Palazzo Costi expresamente para invitarlo a escucharte cantar, para que un hombre tan grande estuviera presente y asistiera a tu triunfo! Estaba orgulloso de ti, Louise, orgulloso de ti como artista y como mujer, y quería que mi amigo de amigos compartiera mi exaltada apreciación hacia ti. ¡Tales fueron las razones que me indujeron a llevarlo a mi palco esta noche, y, seguramente, si cometí un error, merezco perdón por mis motivos!

—¡Nunca te perdonaré, sean cuales sean tus motivos! —gritó la señorita d'Armilly, con rencor—. ¡Su presencia arruinó la representación y me deshonró, a mí, a Louise d'Armilly, ante los ojos de toda Roma!

El capitán permaneció sin habla, consternado por su furia. Pálida de rabia, con los ojos centelleantes y el pecho agitado, parecía algún hermoso demonio.

—Habría triunfado como siempre si él no hubiera estado aquí —continuó, furiosa y amargamente—, y mañana la Ciudad Eterna habría estado a mis pies, habría sido una reina reconocida, es más, incluso más grande que cualquier soberana viva, ¡pero ahora he fracasado y no soy nada! Capitán Joliette, de todo esto tú eres el culpable, ¡y aun así piensas que mereces perdón por tus motivos! ¡Vaya, hombre, eres peor que un idiota! No, ¡nunca te perdonaré, nunca!

Caminaba de un lado a otro del camerino mientras hablaba, sus pequeñas manos blancas trabajando como si estuvieran listas para hacer pedazos al joven soldado. Joliette la observó por un instante y luego dijo:

—Eres una criatura singular, Louise, un problema que debo admitir que no puedo resolver. ¿Qué es el conde de Monte-Cristo para ti que te desmayas ante la mera visión de él? ¡Ciertamente no podrías haber estado asociada de ninguna manera con su vida pasada, haber sufrido por la señalada venganza que tomó sobre sus enemigos años atrás!

La señorita d'Armilly se detuvo repentinamente en su caminata excitada y, tomando al capitán por el brazo con un agarre tan fuerte que un escalofrío de dolor lo atravesó, gritó, amenazante:

—¡Si te atreves a mencionar la diabólica venganza de Monte-Cristo ante mí otra vez, te desterraré para siempre de mi presencia!

En ese momento, uno de los funcionarios del teatro apareció en la puerta del camerino.

—Una nota para mademoiselle —dijo, haciendo una profunda reverencia.

La prima donna tomó la misiva del hombre y echó un vistazo a la dirección sobre el sobre. Al hacerlo, frunció el ceño y exclamó:

—¡Su letra! ¡Otro insulto! ¡No la leeré!

El funcionario se retiró confundido.

—¿La letra de quién? —preguntó Joliette, con su curiosidad y sus celos excitados simultáneamente. La señorita d'Armilly se había referido con frecuencia a sus numerosos admiradores y a las cartas que recibía de ellos, y el capitán llegó naturalmente a la conclusión de que esta nota había sido enviada por algún ardiente pretendiente romano. Consideró la exclamación de la artista y su fingido disgusto como meros trucos astutos diseñados para engañarlo.

—¿La letra de quién? —repitió la señorita d'Armilly con desdén—. ¿Debo explicarte todo?

El joven había soportado con relativa ecuanimidad todo lo que su compañera había vertido sobre él en su ira, pero no podía soportar la idea de un rival; el mero pensamiento era una tortura.

—Louise —suplicó—, déjame ver esa carta, déjame leerla.

—¡Qué! ¡Debes examinar mi correspondencia privada! ¡Capitán Joliette, vas demasiado lejos! ¡Has hecho suficiente esta noche, sin añadir injuria al insulto!

—¡No busqué injuriarte, Louise, Dios lo sabe! Tampoco deseo insultarte; ¡pero esa carta debo leerla y la leeré!

—Hablas como si ya fuera tu esposa y tu esclava. Adopta otro tono menos autoritario, monsieur. ¡Capitán Joliette, todavía no eres mi marido!

—¡Ojalá lo fuera y estuviera seguro de tu amor, Louise! ¡La incertidumbre continua en la que me mantienes es insoportable! ¿Te niegas a dejarme leer esa carta?

El joven, a su vez, comenzó a pasear por el camerino excitado, mientras sus sospechas celosas crecían cada vez más.

La señorita d'Armilly lo observaba triunfante. Estaba orgullosa de la vasta influencia que ejercía sobre este valiente y varonil guerrero. Él se mantendría impasible ante la boca de un cañón, ¡pero ella podía hacerlo temblar y amilanarse!

—¿Te niegas a dejarme leer esa carta? —repitió él.

—¿Y si no me niego? —dijo ella, en un tono más suave.

—¡Me harás un hombre muy feliz!

—¡Entonces léela, porque yo no lo haré! ¡Así muestro mi desprecio por su miserable y cobarde autor!

Arrugó la nota en su mano y la arrojó al suelo. Luego puso su pie sobre ella.

Joliette se agachó y la tomó de debajo de su bota. Enderezó el sobre, lo abrió, sacó la misiva y leyó lo siguiente:

«El Conde de Monte-Cristo presenta sus respetos a la señorita d'Armilly, y ruega que se le permita expresar su profundo pesar porque su presencia en el palco del capitán Joliette fuera la causa de tan grave catástrofe. No logra comprender por qué la señorita d'Armilly debería albergar tan profunda aversión hacia él, y por qué la vista de él debería afectarla tan seriamente. Si la señorita d'Armilly se dignara a explicarlo, lo consideraría como un favor especial. Confía en que al capitán Joliette no se le culpe en absoluto por lo ocurrido, ya que ese caballero, cuando invitó al Conde a compartir su palco, estaba tan convencido como el propio Conde de que la señorita d'Armilly no lo conocía y no lo reconocería».

Mientras Joliette leía las últimas líneas que lo exculpaban tan completamente, no pudo reprimir una exclamación de alegría.

—Louise —gritó—, ¡el Conde de Monte-Cristo ha escrito para exculparme!

—¡En efecto! —respondió la prima donna con desprecio.

—Sí; también se disculpa contigo y te pide que expliques por qué la vista de él te afecta tan seriamente.

—¿Pide una explicación, verdad? —gritó la señorita d'Armilly, mientras su ira volvía a dominarla—. ¡Jamás la tendrá!

—¿Pero me perdonarás, ya que ves que estoy totalmente libre de culpa?

—Tendré tu perdón en consideración, capitán. ¡Mi acción hacia ti estará muy influenciada por tu conducta futura respecto al miserable que se hace llamar Monte-Cristo!

—¿Seguramente no querrás que lo rechace, que lo evite?

—¿Lo prefieres a él antes que a mí?

—¡Te amo, Louise, te amo más que a nada ni a nadie en todo el mundo! Pero estimo mucho al Conde de Monte-Cristo. Hay lazos entre nosotros que no comprendes.

—No me interesa comprenderlos. Te he dicho que este hombre es mi enemigo. Eso debería ser suficiente para ti. Mi amante y mi enemigo no pueden ser amigos. ¡Elige entre nosotros!

—¿Quieres que me pelee con él?

—¿Pelearte con él? ¡Sí; y no solo eso! ¡Quiero que lo desafíes, que lo mates!

El joven se quedó horrorizado. Estaba totalmente desprevenido ante esta explosión, esta exigencia salvaje y vengativa.

—¡Desafiarlo, matarlo, Louise! ¡No puedes, no quieres decir lo que dices!

—¿Tengo la costumbre de usar palabras vanas?

—¡Louise, Louise, te lo ruego, no me impongas condiciones tan horribles!

—¿Tienes miedo de Monte-Cristo?

—No le tengo miedo a ningún hombre vivo, Louise; ¡pero no puedo desafiar a Monte-Cristo a un duelo, ni siquiera por ti!

—¿Entonces te niegas a protegerme, a defenderme?

—¡Oh! ¡Louise, cómo puedes hablar así! Gustosamente derramaría hasta la última gota de sangre de mis venas por ti, gustosamente daría mi vida por ti, ¡pero no me pidas que levante la mano contra el Conde de Monte-Cristo!

La hermosa mujer miró al enérgico orador con altivez y descontento. No estaba poco decepcionada. Había pensado que su influencia sobre su pretendiente era ilimitada, pero ahora parecía que tenía sus límites. Sin embargo, no se desesperó. Sabiendo muy bien la maravillosa fascinación que poseía sobre los hombres, determinó poner todas sus baterías contra el capitán Joliette. Estaba decidida a ejercer una terrible venganza sobre el Conde de Monte-Cristo por alguna lesión misteriosa que él le había infligido en el pasado, una lesión respecto a la cual ella se negaba a ser comunicativa incluso con su amante aceptado, y estaba resuelta a que Joliette diera la prueba más alta de su devoción hacia ella convirtiéndose en el instrumento de esa venganza.

Con la astucia de una mujer experimentada en el mundo, vio fácilmente que se requeriría un esfuerzo especial por su parte para doblegar al galante soldado a su voluntad y obligarlo a ejecutar su propósito inexorable. Haría ese esfuerzo especial y, al hacerlo, se volvería tan cautivadora, tan atrayente, tan deseable que Joliette no podría dejar de embriagarse con sus encantos y fascinaciones. Entonces, bajo el dominio loco de su ciega pasión, excitado al máximo, ¡estaría listo para hacer cualquier cosa por ella, cualquier cosa, incluso cometer un crimen, incluso derramar la sangre de su amigo más querido!

En esta coyuntura, la señorita d'Armilly, alejándose del capitán como si estuviera muy disgustada, pues era una parte importante de su plan asumir cierto grado de frialdad hacia él al principio, tocó un timbre e inmediatamente aparecieron su hermano León y su doncella.

—Franchette —dijo, dirigiéndose a esta última—, ayúdame con mi traje de calle. Me he recuperado lo suficiente para regresar al Hotel de France.

Sin prestar atención a la presencia del capitán y de León, la calculadora prima donna comenzó de inmediato a quitarse el traje que había usado durante la ópera. La doncella la ayudó en esta operación con la impasibilidad externa de las sirvientas teatrales, aunque sonrió imperceptiblemente al darse cuenta de que este despliegue de los encantos personales de su ama se hacía únicamente con el propósito de hacer al joven soldado aún más esclavo de aquella sirena astuta.

Mientras la señorita d'Armilly permanecía en su corsé y faldas ajustadas de un blanco inmaculado que perfilaban delicadamente su forma impecable, con su hermoso cuello, hombros y brazos mostrando su brillo resplandeciente, el capitán Joliette la miraba como alguien fascinado. Nunca en toda su vida, pensó, había mirado a una mujer tan absolutamente hermosa, tan divina. Era tan perfecta como una pintura de Venus, y mil veces más encantadora por estar viva. Contuvo el aliento al ver su pecho palpitar y sintió que daría todo lo que poseía en el mundo por llamarla suya, por estar con ella para siempre.

León parecía algo abochornado por el proceder de su hermana y se sonrojó como una niña, dando el tinte carmesí a su rostro una belleza totalmente femenina.

Terminada la operación del aseo, la señorita d'Armilly se observó triunfante en el espejo. Era muy consciente de que había remachado sus cadenas muy fuertemente sobre su amante, pero, a pesar de todo, solo podía saber mediante un experimento real si él estaba lo suficientemente bajo su dominio como para acceder a sus deseos respecto al Conde de Monte-Cristo. Por lo tanto, decidió hacer ese experimento sin demora, antes de que la fría reflexión hubiera acudido en ayuda del deslumbrado guerrero y le permitiera darse cuenta de que se le había tendido una trampa.

Dejando el espejo, fue al lado del capitán Joliette y, colocando su mano sobre su brazo, mientras lanzaba a sus ojos todo el magnetismo de su mirada, dijo en tono dulce:

—¿Me acompañarás al hotel, capitán?

El joven asintió alegremente, y pronto un elegante carruaje lo llevaba velozmente hacia los aposentos de la prima donna.

CAPÍTULO V.

ANNUNZIATA SOLARA.

Era una tarde de primavera brillante y cálida, y la Piazza del Popolo, el gran paseo de Roma, estaba llena de alegres buscadores de placer de ambos sexos, mientras que el Corso y las otras dos vías principales que divergían de esta extensa plaza pública también estaban abarrotadas de jóvenes y viejos. Los árboles estaban cubiertos de follaje verde fresco, y multitudes de flores florecientes adornaban la Piazza y las ventanas de los palacios adyacentes y las humildes viviendas. Se escuchaban sonidos de alegría y regocijo por todas partes, mientras de vez en cuando eran audibles notas de música suave. Era, en verdad, una escena de luz y vida de lo más inspiradora. Los coqueteos eran frecuentes entre hermosas muchachas de rostro oscuro, con cabellos y ojos como la noche, en sus pintorescos atuendos, y jóvenes galanes de aspecto varonil, mientras que aquí y allá miradas hoscas y sombrías hablaban de celos tan feroces como el fuego, insinuando venganzas conyugales y tragedias amorosas características de los italianos impetuosos y de sangre caliente.

En medio de la multitud en la Piazza, dos jóvenes paseaban, brazo en brazo. Eran el vizconde Giovanni Massetti y Esperance, el hijo de Monte-Cristo. Parecían grandes amigos y charlaban alegremente mientras avanzaban pausadamente. Sus espíritus estaban en total armonía con la animada escena que los rodeaba, y evidentemente no eran insensibles a los encantos de las muchas doncellas bonitas que encontraban y sobre las que lanzaban miradas de admiración.

De repente, una campesina de una belleza deslumbrante apareció en la Piazza muy cerca de ellos. Aparentemente tenía unos diecisiete años, radiante de salud robusta, con sus mejillas llenas del color de la rosa roja. Sus mangas, remangadas por encima de los codos, mostraban unos brazos perfectos que habrían sido la envidia de un escultor. Sus pies estaban descalzos y sus faldas cortas ofrecían destellos deslumbrantes de tobillos finamente torneados y extremidades de forma casi impecable. Su rostro tenía una expresión alegre y agradable, no exenta de una picardía atrevida y una especie de coqueteo delicado y embrujador. Era una florista y estaba vendiendo ramos de un cesto llevado airosamente sobre un brazo. Se dirigía con soltura a los jóvenes que encontraba, ofreciendo sus mercancías con tanta modestia y recato que rara vez dejaba de encontrar aprecio y clientes generosos. No había ni siquiera una sospecha de audacia o insolencia en ella, pero poseía esa seguridad en sí misma engendrada por la total familiaridad con su vocación, algo arriesgada y peligrosa.

Giovanni y Esperance la vieron simultáneamente. Ambos quedaron impresionados por su apariencia y comportamiento, a los que su llamativo pero pulcro y limpio traje de campesina daba un brillo adicional.

—¡Qué chica tan hermosa! —exclamó Esperance, involuntariamente.

—¡Una divinidad! —respondió el vizconde, emocionado.

Entonces se miraron y rieron, evidentemente un poco avergonzados de la admiración que habían expresado tan entusiastamente.

—Sus primeras palabras, sin embargo, dispersarán la ilusión a los vientos —dijo Esperance, con cinismo—. Ella es, sin duda, tan ignorante como bonita.

—Es muy probable —añadió Giovanni—. La belleza exterior de estas campesinas generalmente oculta mucha rudeza interna, por no decir depravación.

Estaban a punto de seguir su camino cuando la chica se adelantó, ofreciéndoles sus ramos. Su voz era tan dulce, tan melodiosa, tan deliciosamente modulada, que los jóvenes se detuvieron a pesar de sí mismos. Se mantenía en una actitud de lo más elegante, y sus labios de coral entreabiertos mostraban unos dientes tan blancos y brillantes como perlas. Un magnetismo sutil parecía exhalar de ella, que no carecía de influencia sobre los dos jóvenes. Además, sus palabras no denotaban esa ignorancia a la que aludía Esperance ni esa depravación de la que había hablado el vizconde.

—Compre algunos ramos para sus bellas enamoradas, señores —dijo—. ¡Alegrarán sus corazones, porque el perfume habla de amor!

—¡Amor! —exclamó Giovanni, sonriendo ante su seriedad y lenguaje poético—. ¿Qué sabes tú del amor?

—¡Ah! signor —respondió ella, sonrojándose profundamente y desviando la mirada—, ¡qué chica no sabe del amor! ¡Incluso la campesina más humilde siente la flecha del pequeño dios ciego!

Los jóvenes estaban divertidos e interesados. Aunque pertenecía a la clase baja, esta pobre florista había recibido ciertamente alguna educación y estaba dotada de una buena dosis de sentimientos más refinados. Esperance se sintió atraído hacia ella, y Giovanni experimentó una fascinación que no era difícil de explicar. Separado de Zuleika, lleno de la desesperación de un amante, el ardiente vizconde no era reacio a un pequeño flirteo, más o menos inocente. Aquí estaba su oportunidad; cultivaría el conocimiento de esta romántica y hermosa chica. ¿Dónde estaba el daño? No planeaba ser infiel a Zuleika, y esta pícara campesina no estaría peor por alegrar algunas de sus horas tristes. Sin duda ella era accesible y agradecería tal diversión, especialmente porque él derramaría oro generosamente en su regazo.

—Te compraré algunas flores, muchacha —dijo él, de manera alentadora.

—Aquí hay un hermoso ramo, signor —dijo la chica, sonriendo alegremente ante la perspectiva de hacer una venta provechosa, y entregándole una magnífica selección de capullos y flores fragantes.

Giovanni tomó el ramo y, al mismo tiempo, presionó suavemente los dedos afilados de la chica. Eran suaves y aterciopelados al tacto. Un escalofrío delicioso lo recorrió con el contacto. La florista no mostró ningún disgusto. Claramente estaba acostumbrada a tales avances. El vizconde deslizó una moneda de oro de valor considerable en su mano, experimentando nuevamente el delicioso escalofrío.

—Esto es demasiado, signor —dijo la chica, mirando la moneda—, y no tengo cambio. Debe esperar un momento hasta que lo consiga.

—No te preocupes por el cambio —respondió Giovanni—. Quédate con todo.

La chica parecía asombrada ante tal liberalidad; luego, una sonrisa alegre se extendió por su hermoso rostro.

—¡Oh! gracias, muchas gracias, signor —dijo ella, efusivamente, con el color intensificándose en sus tentadoras mejillas. Giovanni se contuvo con dificultad de besarlas.

—¿Cómo te llamas, muchacha? —preguntó mientras ella se disponía a marcharse.

—Annunziata Solara, signor —respondió ella, sorprendida de que se le hiciera tal pregunta.

—¿Dónde vives?

—En el campo, justo más allá del Trastévere.

—¿Vives sola?

—No; con mi padre, Pasquale Solara.

—¿Cuál es su ocupación?

—Es pastor, signor.

La chica hizo una reverencia a los dos jóvenes y, con una mirada a Giovanni que hizo hormiguear la sangre en sus venas, siguió su camino y pronto se perdió en la multitud de paseantes.

Esperance, que había observado esta escena con curiosidad divertida, soltó una carcajada cuando el vizconde se volvió hacia él con algo muy parecido a un suspiro.

—¡Giovanni —dijo—, la bonita Annunziata Solara te ha embrujado!

—No tanto como eso, Esperance —respondió el joven italiano—. Pero es una criatura gloriosa, ¿no es así?

—Sí, en lo que respecta a la apariencia; pero no todo lo que brilla es oro, ¡y esta bella Annunziata puede resultar un demonio o una furia perfecta tras un conocimiento más estrecho!

Giovanni lanzó a su amigo una mirada de reproche.

—No la insultes con tales insinuaciones miserables —respondió, con vehemencia.

Esperance sonrió y dijo:

—¡Estás prendado de ella, eso está claro!

—No lo estoy, pero la admiro como lo haría con cualquier cosa hermosa.

—Ponlo como quieras. En cualquier caso, difícilmente volverás a verla. Fue una visión y se ha desvanecido.

—Pero no tengo la intención de perderla de vista.

—¿No querrás decir que planeas buscarla?

—Eso es exactamente lo que quiero decir.

Esperance miró a su amigo con aire inquisidor y, al mismo tiempo, con inquietud.

—¿Cuándo planeas buscarla?

—Esta misma noche.

—¿En el Trastévere?

—No. No la escuchaste bien. Dijo que vivía en el campo, justo más allá del Trastévere. La buscaré allí.

—¿Qué? ¿Solo?

—Solo.

—¡Ten cuidado, Giovanni! ¡Sus ojos brillantes pueden llevarte al peligro! ¿Cómo sabes que no tiene algún amante bandolero feroz que te recibirá con un estilete?

—¡Tonterías! ¡Tus temores son infantiles!

—No estoy tan seguro de eso. El campo más allá del Trastévere está infestado de ladrones audaces, que no dudarían en secuestrarte y retenerte por un rescate. Hace solo unos días el notorio Luigi Vampa realizó precisamente tal hazaña, exigiendo una suma muy grande por la liberación de su prisionero, quien era un noble adinerado como tú.

—¡Me arriesgaré!

—¡Estás loco!

—No lo estoy. No tengo miedo a los bandoleros. ¡No se atreverían a poner ni un dedo sobre un Massetti!

El joven vizconde se irguió con orgullo mientras hablaba. Creía que el poder de su familia era invencible.

Esperance no lograba comprender el firme control que este enamoramiento repentino había tomado sobre su amigo. Por supuesto, comprendía plenamente la influencia de la belleza femenina sobre la juventud impetuosa y obstinada, y admitía para sí mismo que Annunziata era realmente muy hermosa y seductora; aun así, no lo era más que muchas otras chicas que estarían encantadas de ganar una sonrisa del vizconde Massetti a casi cualquier precio, y cuya persecución estaría totalmente exenta de peligro. Era bien sabido que los astutos bandoleros enviaban frecuentemente mujeres jóvenes y hermosas a Roma para atraer a sus presas hacia ellos, ¿y no podría Annunziata Solara, con todo su aparente recato, ser una de esas peligrosas Dalilas?

Tras varios intentos más de disuadir al vizconde de la empresa imprudente que había decidido emprender, todos los cuales fueron en vano, Esperance resolvió que su impetuoso amigo no iría solo esa noche en busca de la fascinante Annunziata. Lo seguiría sin ser visto e intentaría protegerlo si surgiera la necesidad. Conocía demasiado bien la naturaleza del vizconde para proponer acompañarlo, ya que tal proposición sería recibida sin duda con desdén, si no como un insulto absoluto. Sin embargo, le seguiría la pista y, si todo iba bien, Massetti no se daría cuenta. Si, por el contrario, su ayuda fuera necesaria, podría presentarse y brindarla. En ese caso, la gratitud por parte del vizconde le impediría exigir una explicación por su presencia.

Mientras tanto, los jóvenes habían continuado su paseo y habían pasado de la Piazza del Popolo al Corso. Giovanni estaba taciturno y de mal humor. Miraba al frente, sin notar a las bellezas alegremente ataviadas que abarrotaban esa gran vía, que en tiempos ordinarios habrían absorbido su atención. No así Esperance; admiraba a las vivaces damas en la acera o en sus elegantes carruajes tirados por caballos briosos. De vez en cuando reconocía a algún conocido entre ellas y saludaba, pero Giovanni no reconocía a nadie. Parecía sumido en una ensoñación que nada podía romper. Apenas respondía a las observaciones ocasionales de Esperance, y cuando lo hacía era con el aire de un hombre cuyos pensamientos están muy lejos.

En el amplio pórtico del magnífico Palazzo Massetti, Esperance, el hijo de Monte-Cristo, se despidió de su amigo. Al girarse para marcharse, dijo:

—¿Tu determinación sigue inalterada, todavía tienes la intención de buscar a Annunziata Solara en el campo más allá del Trastévere?

Giovanni lo miró fijamente, mientras respondía, con cierta impaciencia:

—Mi determinación sigue inalterada. ¡La buscaré!

—¿Esta noche?

—¡Esta noche!

Esperance no añadió nada más, sino que se marchó, lleno de tristes presagios. Sentía el presentimiento de una desgracia y estaba seguro de que su infatuado amigo sufriría algún percance funesto durante la romántica y peligrosa expedición de aquella noche. Ya era bastante tarde, y el joven se dirigió apresuradamente hacia el Palazzo Costi, madurando su plan mientras caminaba. Informaría al Conde de Monte-Cristo de que había sido invitado a acompañar a unos amigos en una excursión de placer, solicitando su permiso para ausentarse de Roma durante unos días. Una vez obtenido este permiso, se vestiría con las ropas de un campesino italiano, se dirigiría al Ponte St. Angelo y allí, en la sombra del puente, aguardaría la llegada del Vizconde Massetti. Cuando este último hubiera pasado por su escondite, lo seguiría a distancia, manteniéndolo a la vista y observándolo de cerca.

Monte-Cristo no puso ninguna objeción a la ausencia propuesta por su hijo, y el joven, tras una cena apresurada, se dirigió a su dormitorio, donde pronto se puso el traje de campesino que había usado en una mascarada reciente. Al colocarse frente al espejo del tocador, aplicó una mancha en su rostro, dándole el color de un labrador curtido por el sol. Cuando terminó su disfraz, se contempló triunfante en el cristal. Ni siquiera su padre podría haberlo reconocido, tan radicalmente había alterado su apariencia.

Al salir a la calle por una puerta privada sin ser visto, llegó rápidamente al puente. Mientras entraba en la sombra de uno de los estribos, oyó al gran reloj del Vaticano dar las siete. Era el crepúsculo, pero todo a su alrededor era tan visible como a plena luz del día. Miró en todas direcciones. No había rastro de Giovanni. ¿Había cruzado ya el impetuoso joven vizconde el Tíber?

Pensó que no, y esperó pacientemente durante un cuarto de hora. Seguía sin haber señales. Entonces empezó a inquietarse. Massetti sin duda había pasado por el puente y él lo había perdido de vista. Esperó unos minutos más, devorado por la impaciencia y la ansiedad. Por fin llegó a la conclusión de que Giovanni se le había adelantado, que había seguido solo, sin protección. Debía haberlo hecho; de lo contrario, sin duda habría aparecido antes. El pensamiento era una tortura. ¿A qué peligros desconocidos y mortales se estaba exponiendo en medio de las marismas fuera de los muros de la ciudad? ¡Pero tal vez aún no había dejado atrás los muros de la ciudad! Un rayo de esperanza acudió a Esperance. Si Massetti aún se encontraba dentro de los límites del Trastevere, ¡podría alcanzarlo usando la debida velocidad! Al menos lo intentaría. Mientras tomaba esta resolución, salió de la sombra del estribo. En ese instante, un hombre subió al puente y pasó a su lado. Pasó tan cerca que casi se rozaron, pronunciando un juramento reprimido al encontrar a un intruso en su camino. Su paso era rápido, tan rápido que pronto quedó lejos. Ni siquiera había mirado a Esperance, y a este último le pareció que había intentado ocultar su rostro. El hombre era de la talla de Giovanni y tenía el porte de Giovanni, pero ahí terminaba el parecido. Sin duda era un campesino; su atuendo lo atestiguaba; además, su rostro, del que Esperance había logrado vislumbrar un destello, era tosco y curtido. El hijo de Monte-Cristo sintió una punzada de profunda decepción; luego miró sus propias vestiduras, pensó en su propio rostro manchado, y una revelación le sobrevino como un relámpago: ¡el hombre era Giovanni, Giovanni disfrazado! Miró apresuradamente hacia la figura que se alejaba; ahora no era más que una pequeña mota en la distancia, apenas discernible en el crepúsculo que se desvanecía. Comenzó a perseguirlo velozmente, casi corriendo a través del puente. Tras una persecución acalorada y agotadora, finalmente logró ganar tanto terreno al objeto de su solicitud que estuvo tan cerca como consideró prudente acercarse. Ahora estaba seguro de que el hombre que tenía delante era el Vizconde Massetti.

Esperance hizo una pausa de un segundo para recuperar el aliento; luego continuó a un paso más lento. El perseguido no había descubierto la persecución; caminaba de manera constante y firme, sin mirar atrás ni una sola vez. Así, los dos hombres cruzaron el Trastevere y, cada uno a su turno, al emerger de una puerta en la muralla de la Ciudad Leonina, salieron al campo pantanoso que se extendía más allá. No habían ido muy lejos cuando Esperance vio a Giovanni dar un sobresalto repentino; al mismo tiempo, oyó una voz fuerte y áspera gritar:

—¡En nombre de Luigi Vampa, detente!

Esforzando la vista, Esperance logró finalmente atravesar la semioscuridad del entorno y percibió a un rufián gigantesco, que llevaba una máscara negra, de pie en el centro del camino y apuntando con una pistola a la cabeza del hombre que tenía todos los motivos para creer que era Giovanni Massetti.

CAPÍTULO VI.

EL PODER DE UN NOMBRE.

El joven vizconde, pues era, en efecto, a él a quien el gigantesco bandido enmascarado había detenido, quedó tambaleado por un instante ante esta interrupción inesperada de su viaje en busca de la hermosa vendedora de flores. Miró al enorme rufián que tenía delante, primero con desconcierto y luego con ira. El ladrón continuó cubriéndolo con calma con su pistola; mientras Giovanni hacía un movimiento con la mano hacia un estilete que llevaba en el cinturón de su traje de campesino, el ojo avizor del hombre detectó su intención y exclamó, en un tono áspero de mando:

—¡Toca ese estilete y te volaré los sesos!

El vizconde bajó la mano; era valiente como un león, pero el bandido tenía la ventaja sobre él y, por muy valiente que fuera, reconoció al instante la insensatez de ignorar su advertencia. Su rabia e indignación, sin embargo, eran demasiado grandes para controlarlas. Gritó a su robusto adversario:

—¿Por qué detienes a un pobre campesino de quien no puedes obtener nada?

—¡Usted no es un pobre campesino, signor!

—¿Que no, eh? ¡Pues regístreme y verá!

—¡Usted no es un pobre campesino, signor, ni campesino en absoluto! ¡Lo he visto demasiadas veces en Roma para dejarme engañar por el endeble disfraz que lleva tan poco naturalmente! ¡Lo conozco! ¡Usted es el Vizconde Giovanni Massetti!

—Bueno, ¿y qué si lo soy? —replicó el joven con brusquedad—. ¡El hecho no le beneficiará a usted ni a ningún miembro de su maldita y cobarde banda!

—¡Tenga cuidado con cómo habla, signor! —exclamó el bandido, amenazadoramente—. ¡La insolencia con sus captores puede costarle más de lo que estaría dispuesto a pagar!

—¿De verdad?

—Sí; quiero decir exactamente lo que digo. ¡Puede costarle la vida!

Giovanni miró fijamente al bandido con ojos inquebrantables. Devolvió amenaza por amenaza.

—Quíteme la vida, si quiere —dijo—. ¡Sería el peor trabajo que haya hecho jamás!

—¿Puedo preguntar por qué, signor?

—¡Levantaría a mi familia contra usted y el resultado no podría ser otro que su exterminio!

El hombre soltó una carcajada y respondió con acritud:

—¡Está bromeando! ¿Qué puede hacer su familia contra Luigi Vampa y sus camaradas, que desde hace mucho tiempo cuentan con el beneplácito de la más alta autoridad?

Este fue el colmo del insulto, y Giovanni, llevado al límite de la furia, incapaz de controlarse por más tiempo, arrancó su estilete de su vaina y, levantándolo en alto, se lanzó frenéticamente hacia el gigantesco bandido. Instantáneamente, este último disparó. Giovanni dejó caer su arma; su brazo derecho cayó inútil a su costado.

Esperance, mientras tanto, no había estado ocioso. Su agitación era intensa, y a ella se mezclaba un terrible miedo por la seguridad de su amigo. Sin embargo, finalmente logró calmarse y serenarse lo suficiente como para formar un plan de acción y ponerlo en ejecución. Se había provisto de una pistola, que había cargado nuevamente antes de su partida del Palazzo Costi. Sacó esta arma de su lugar de ocultación ante el primer indicio de peligro, amartillándola sin hacer ruido. El camino estaba bordeado de arbustos altos y espesos de los que se proyectaba un fleco de sombras densas. A lo largo de este borde oscuro, Esperance se deslizó con paso cauteloso hacia el enorme bandido, tan pronto como lo vio de pie en el centro de la carretera y notó su actitud amenazante. Mientras avanzaba sigilosamente, la luna salió de repente, inundando la escena con su luz plateada. Sus rayos, sin embargo, no perturbaron la línea de sombras del borde, y Esperance pasó sin ser visto. Cuando el bandido disparó, estaba muy cerca de él. Al ver caer el brazo de Giovanni y darse cuenta de que estaba herido, el hijo de Monte-Cristo levantó prontamente su arma y, cubriendo al gigantesco rufián, disparó directamente a su corazón. La sangre brotó del pecho del hombre. Se hundió en el suelo, donde quedó temblando convulsivamente; en otro instante expiró sin siquiera soltar un gemido.

Giovanni, cuyo brazo estaba gravemente destrozado y que sufría un dolor espantoso, permaneció mudo de asombro ante esta repentina e inesperada intervención en su favor. Esperance saltó instantáneamente a su lado. El joven italiano lo miró como si fuera una aparición del otro mundo. No logró reconocerlo con su traje de campesino y su rostro manchado.

—¿Quién eres? —jadeó, tan pronto como pudo encontrar palabras.

—¿No me conoces? —preguntó Esperance, asombrado. En su agitación, había olvidado su disfraz.

—Eres un extraño para mí —respondió el vizconde—, pero mi gratitud no es menor por ello. ¡Me has rescatado del cautiverio, quizás me hayas salvado la vida!

—No soy un extraño, Giovanni. Soy tu amigo, Esperance.

—¡Qué! ¡Esperance con ese traje, con ese rostro curtido por el sol! ¡Pensé que tu voz tenía un sonido extrañamente familiar, pero tu disfraz resultó ser demasiado perfecto para que pudiera penetrarlo!

Estas palabras recordaron a la mente del hijo de Monte-Cristo los cambios que había hecho en su apariencia. ¡No era de extrañar que el vizconde no hubiera logrado reconocerlo!

—¿Por qué te disfrazaste y cómo llegaste aquí en este momento crítico? —preguntó Giovanni, tras una pausa.

—Me disfracé para poder seguirte sin miedo a ser descubierto. No querías entrar en razones, y decidí protegerte durante tu temeraria aventura hasta donde estuviera en mi poder.

—Desde el fondo de mi corazón te agradezco, Esperance. Eres un amigo valiente y devoto, ¡totalmente digno de tu ilustre padre! Pero, ¿cómo me conociste? Yo también voy disfrazado.

—El hecho de mi propio disfraz me permitió penetrar el tuyo. Te reconocí casi inmediatamente después de que pasaras junto a mí en el Ponte St. Angelo.

—¡Qué! ¿Eras el campesino al que casi atropello cuando crucé el puente?

—Lo era. Pero no perdamos más tiempo; ya hemos perdido suficiente. Además, probablemente más miembros de la banda de Luigi Vampa estén merodeando por las cercanías, ¡y me imagino que ambos hemos tenido suficiente de bandidos por una noche! La prudencia dicta que deberíamos regresar de inmediato a Roma. Con tu brazo destrozado, ¿seguro que no cuentas con continuar tu búsqueda de la bella Annunziata por ahora?

—No; eso es imposible, lamento decir. Regresaré contigo a Roma.

Mientras el vizconde hablaba, un temblor repentino se apoderó de él y se apoyó en el hombro de su amigo para sostenerse.

—¡Estás débil por la pérdida de sangre! —exclamó Esperance, muy alarmado—. ¡Qué falta de consideración la mía no vendar tu herida!

Sacando su pañuelo del bolsillo, limpió la sangre del brazo de su amigo, vendando cuidadosa y tiernamente la herida; luego hizo un cabestrillo con el pañuelo de Giovanni, colocando en él el miembro herido. El vizconde se sintió más aliviado así, aunque todavía algo débil.

—Eres todo un médico, Esperance —dijo.

—En absoluto —respondió el hijo de Monte-Cristo—; pero mi padre me enseñó a manejar las heridas; dijo que el conocimiento me sería útil en algún momento, y sus palabras han resultado ser ciertas.

—Tu padre es un hombre maravilloso; parece pensar en todo, proveer para todas las contingencias. Gracias a la habilidad que me transmitiste, ahora estoy en condiciones de emprender el viaje de regreso.

Los jóvenes volvieron sus rostros hacia Roma, pero apenas habían dado una docena de pasos cuando el camino frente a ellos se llenó literalmente de hombres armados de aspecto rudo, que bloquearon eficazmente su progreso. En un instante fueron rodeados. La resistencia era imposible; los dos amigos se miraron el uno al otro y a su alrededor con consternación. Los recién llegados eran evidentemente bandidos, miembros de la desesperada banda de Luigi Vampa.

Uno de los malhechores, que parecía ser el cabecilla y estaba muy pintorescamente ataviado, se enfrentó a Giovanni y Esperance. Tenía una pistola en el cinturón, pero no la sacó.

—¡Son mis prisioneros! —dijo, en tono de autoridad.

—¿Quién es usted y con qué derecho nos detiene? —preguntó Esperance, con altivez.

—Quién soy —respondió el bandido, con voz severa—, no es asunto suyo. ¡El derecho por el que los detengo es el derecho del más fuerte!

—No podemos oponernos a su voluntad, por irrazonable e injusta que sea —respondió Esperance—; mi amigo está herido y mi pistola está descargada. Solo podemos ponernos a su merced; ¡pero somos caballeros a pesar de nuestro atuendo, y exigimos ser tratados como tales!

—¿Cómo es que su amigo está herido y su pistola descargada? —preguntó el bandido, con sospecha.

—Mi amigo fue atacado y yo fui a su auxilio —respondió Esperance.

—Entonces estaban en una pelea —continuó el cabecilla. Volviéndose repentinamente hacia sus hombres, preguntó: —¿Dónde está Ludovico?

—Subió por el camino hace media hora y aún no ha regresado —respondió un joven bajo y fornido, que parecía ser el lugarteniente del cabecilla.

—Justo como él —dijo el cabecilla—. Siempre temerario, siempre buscando aventuras solo. Escuché un disparo hace un rato —continuó, mirando amenazadoramente a Esperance—. ¡Quizás Ludovico ha sido asesinado! ¡Si es así, les irá mal a sus asesinos! Que sea buscado.

El lugarteniente bajo y fornido, acompañado por varios miembros de la banda, partió inmediatamente para obedecer la orden.

Esperance miró ansiosamente a Giovanni. Un nuevo peligro los amenazaba. El gigantesco bandido que había sido asesinado era, sin duda, este Ludovico. Su cuerpo sería encontrado y se tomaría una venganza sumaria contra ellos. Giovanni también se dio cuenta del peligro adicional; pero ninguno de los jóvenes mostró la más mínima evidencia de miedo; interiormente resolvieron enfrentar la muerte con estoicismo, afrontándola sin que les temblara un músculo.

En poco tiempo, el lugarteniente y sus compañeros regresaron; dos de los hombres llevaban el cadáver del enorme ladrón; lo colocaron en la hierba al borde del camino, donde la luz de la luna llena caía sobre él, mostrando la herida en el pecho y las ropas saturadas de sangre. Un ceño fruncido contrajo el rostro del cabecilla; miró a Esperance y al vizconde con una mirada de odio y rabia; luego, volviéndose hacia el lugarteniente, dijo:

—¿Y bien?

—Encontramos a Ludovico tirado en el camino a poca distancia de aquí —respondió el hombre bajo y fornido, con un rastro de emoción en su voz áspera—. Recibió un disparo en el corazón y llevaba muerto algún tiempo.

Los bandidos se habían reunido alrededor de la forma postrada de su camarada; parecían muy afectados por su destino; Ludovico era evidentemente un favorito.

Tan pronto como el cabecilla recibió el informe de su subordinado, se volvió hacia los prisioneros, preguntando con severidad:

—¿Cuál de ustedes asesinó a este hombre?

—No se cometió ningún asesinato —respondió Esperance, indignado—. El enorme rufián disparó a mi amigo, destrozándole el brazo, como puede ver; fue muerto como medida de defensa.

—Su pistola está descargada —continuó el cabecilla con dureza—; eso lo ha admitido; ¡usted mató a Ludovico!

—Defendí a mi amigo, a quien él había atacado vilmente —dijo Esperance, con hosquedad.

—¿Mató a este hombre? ¡Sí o no!

—¡Yo lo maté!

—¡Suficiente! —gritó el cabecilla, rechinando los dientes—. ¡Pagará el castigo por su crimen! ¡Ambos morirán!

Hizo una señal a su lugarteniente y en un instante Esperance y Giovanni fueron atados de forma segura. Los jóvenes leyeron una resolución desesperada y una feroz venganza en todos los semblantes rudos a su alrededor. No había ni el más mínimo atisbo de esperanza; la muerte les sería infligida de inmediato y de la manera más sumaria. De hecho, unos lazos ya colgaban de un par de árboles al borde del camino, esperando para hacer su funesto trabajo. La visión de estos terribles preparativos despertó a Giovanni. Con ojos centelleantes, se enfrentó al jefe de la banda.

—¡Cuidado! —gritó—. ¡Si nos asesinan, tendrán que vérselas con toda Roma! Les hemos dicho que somos caballeros y no campesinos. ¡Yo soy el Vizconde Giovanni Massetti y mi compañero es el hijo del famoso Conde de Monte-Cristo!

Mientras el joven italiano pronunciaba estas palabras, un recién llegado apareció de repente en la escena, ante quien todos los demás se apartaron. Era un hombre de aspecto intelectual, vestido sin pretensiones con un traje de campesino.

—¿Quién pronunció el nombre del Conde de Monte-Cristo? —preguntó.

El cabecilla señaló en silencio a Massetti, quien respondió instantáneamente:

—¡Yo pronuncié el nombre del Conde de Monte-Cristo, y seguramente tomará una amarga venganza sobre todos ustedes por el asesinato de su hijo!

—¿Su hijo?

—¡Sí, su hijo, que está aquí a mi lado, innoblemente atado y amenazado con una muerte vergonzosa!

El extraño se volvió hacia Esperance y lo examinó de cerca.

—¿Eres el hijo de Monte-Cristo? —preguntó, visiblemente agitado.

—Lo soy —respondió Esperance, con frialdad.

—Dame alguna prueba.

—"¡Esperar y esperar!"

—¡Su máxima!

—Ah, la reconoces. ¿Reconoces también esto?

Mientras hablaba, el joven levantó su mano izquierda, y un magnífico anillo de diamantes que llevaba brilló a la luz de la luna. El recién llegado tomó su mano y miró la joya, una que el Conde de Monte-Cristo había usado durante años y que apenas unos días antes había regalado a su hijo.

—Estoy convencido —dijo el extraño. Luego, volviéndose hacia el cabecilla, dijo en tono de mando: —¡Suelten a estos hombres!

—¡Pero han matado a Ludovico!

—¡Suéltenlos! —tronó el extraño—. ¡Ludovico debería haber sabido que no debía interferir con mis amigos!

Fue obedecido al instante, y los dos jóvenes, enormemente asombrados, quedaron libres de sus ataduras.

—Son libres —continuó el extraño—, y pueden reanudar su ruta. ¡Díganle al Conde de Monte-Cristo que Luigi Vampa recuerda su pacto y le es fiel!

Mientras hablaba, el notorio jefe de bandidos reunió a sus hombres, y toda la banda se desvaneció entre los árboles como otros tantos espíritus de la noche.

CAPÍTULO VII.

EN LA CHOZA DEL CAMPESINO.

Por un momento, los dos jóvenes permanecieron en silencio y atónitos. Tan repentino había sido el cambio del peligro inminente a la seguridad que apenas podían comprenderlo. Luigi Vampa había llegado y se había ido como un rayo, y tanto los bandidos como el peligro habían sido disipados por la maravillosa magia del nombre de Monte-Cristo. El jefe de los bandidos había calificado a Giovanni y Esperance como sus amigos, y como tales sabían que todo el campo en las cercanías de Roma estaba libre para ellos; podían recorrerlo de día o de noche sin miedo a ser molestados. A Esperance no le importaba mucho esto, pero Giovanni estaba eufórico por ello, pues le permitiría buscar a Annunziata Solara sin riesgo de interrupción o impedimento. Pero, ¿cuál era el misterioso poder del Conde de Monte-Cristo? Esa era una pregunta difícil de responder, en verdad. En cualquier caso, incluso el feroz Luigi Vampa se inclinaba ante él, y era tan indiscutible como extraño.

El Vizconde Massetti fue el primero en darse cuenta de la necesidad de un rápido avance hacia Roma. Se sentía débil por la pérdida de sangre y la agitación; además, su brazo destrozado palpitaba violentamente y le provocaba punzadas de dolor insoportable. Se sintió desfallecer e instó a su amigo a darse prisa. Esperance accedió y, apoyando al joven italiano lo mejor que pudo, reanudaron el viaje de regreso. Apenas habían recorrido una milla, sin embargo, cuando Giovanni se arrojó sobre el césped al pie de un gran árbol, declarando que le era totalmente imposible avanzar un paso más. El latido en su brazo se había vuelto insoportable, cortándole la respiración y llenándolo de una sensación enfermiza.

Todavía estaban lejos de Roma, y no se podía discernir ni un signo de vivienda en ninguna dirección. Esperar a que llegara el día no era algo que se pudiera considerar; pasarían algunas horas hasta el amanecer, e incluso cuando el sol hubiera salido, no era seguro que se pudiera obtener ayuda. Mientras tanto, Giovanni sufriría tormentos, por no mencionar el peligro de quedar expuesto en su estado a la influencia de la malaria de las marismas circundantes.

Esperance, aunque reacio a separarse de su amigo ni por un instante, decidió finalmente que era imperativo ir en busca de auxilio. Mientras tanto, una fiebre furiosa se había apoderado de Giovanni y su estado empeoraba rápidamente. Cuando el hijo de Montecristo estaba a punto de emprender su viaje de investigación, escuchó la voz de un hombre cantando a cierta distancia, pero que gradualmente se acercaba. El sonido era alegre y tranquilizador, pues ciertamente el hombre que podía cantar de forma tan dulce y alegre debía tener un corazón bueno y bondadoso. A medida que el hombre se acercaba, Esperance reconoció su canción: era esa hermosa y expresiva serenata, "Cara Nina", una melodía querida por todos los jóvenes amantes italianos, ya fueran humildes o de alta alcurnia.

El hombre finalmente apareció a la vista; caminaba tranquilamente, pero con un paso largo y oscilante. Su voz era un tenor robusto, claro y pleno, y las notas de su deliciosa canción de amor salían de su garganta con un efecto maravilloso en el aire quieto y balsámico de la noche tranquila y gloriosa. No tendría más de veinte años, era un campesino robusto, y la luz de la luna revelaba que poseía un semblante varonil y abierto. Estaba tan absorto en su serenata que no advirtió a Giovanni tendido al pie del enorme árbol ni a Esperance de pie junto a él. Ya estaba pasando de largo cuando este último lo llamó. El hombre se detuvo, algo alarmado, y su mano agarró instintivamente un arma oculta en su pecho. Esperance se apresuró a tranquilizarlo.

—No tenga miedo —dijo—. Solo somos viajeros, y uno de nosotros está gravemente herido. ¡En nombre del Cielo, preste la ayuda que pueda!

El joven campesino se dio la vuelta y se acercó a ellos con cautela.

—Este es un vecindario peligroso —dijo—; está infestado de bandidos de la descripción más temeraria y audaz.

—Tenemos razones de sobra para saberlo —respondió Esperance—, pues acabamos de escapar por muy poco de una muerte horrible a manos de algunos de los hombres de Luigi Vampa.

—¡Los hombres de Luigi Vampa! —repitió el campesino, con asombro.

—Sí.

—¿Y los dejaron libres por su propia voluntad? ¡Nunca había oído tal cosa! No es su costumbre liberar a sus presas, al menos sin un fuerte rescate. ¿Les robaron, o les pagaron por su libertad?

—Ni lo uno ni lo otro —respondió Esperance.

El asombro del campesino se redobló. Miró inquisitivamente al vizconde postrado.

—¿Cómo llegó su camarada a estar herido? —preguntó.

—Su brazo fue destrozado por la pistola de un bandido gigantesco.

—¿Ludovico? —preguntó el campesino, mirando a su alrededor, como si esperara ver al enorme agresor.

—Creo que ese era su nombre —respondió Esperance—. ¡Pero no hará más daño!

—¿No querrá decir que lo mataron?

—Así es.

—¡Y aun así los dejaron ir libres! ¡No puedo entenderlo!

—Quizás no, pero puede entender que mi amigo está gravemente herido y necesita ayuda y refugio inmediatos. ¿No hay alguna cabaña hospitalaria en las cercanías a la que pueda ser trasladado, donde pueda ser atendido hasta que llegue ayuda desde Roma?

El campesino dudó un instante; luego dijo:

—Mi padre vive a poca distancia de aquí; podría darles refugio si quisiera, pero tiene tanto terror a los bandidos que, dadas las circunstancias, probablemente cerraría su puerta ante ustedes.

—No tiene por qué temer a los bandidos en este caso, pues Luigi Vampa nos acaba de dar una prueba señalada de su protección. Además, nos aseguró que era nuestro amigo.

—Esto es singular, en verdad —dijo el campesino, dudando de nuevo—. Luigi Vampa es amigo de muy pocos, y son aquellos con quienes está aliado. ¡Ustedes ciertamente no están aliados con él, o no habrían matado a Ludovico!

—No es este momento para parlamentar —respondió Esperance—. Mi amigo está sufriendo, y la humanidad por sí sola debería hacer que su padre lo recibiera. Me comprometo a apaciguar la ira de Luigi Vampa, en caso de que se despierte; en el peor de los casos, me comprometo a entregarme con mi amigo a la primera citación para hacerlo, y asegurar al jefe de los bandidos que su padre es totalmente inocente. Vamos, ¿no puedo convencerlo de que sea generoso y humano?

—Bueno —dijo el campesino, parcialmente satisfecho—, confiaré en ustedes, aunque estoy asumiendo un gran riesgo. Si Vampa se ofende, quemará nuestra choza sobre nuestras cabezas y nos asesinará a todos sin piedad. Sin embargo, tanto su amigo herido como usted tendrán el modesto refugio que nuestro humilde techo ofrece.

Ayudaron a Giovanni a levantarse y, llevándolo entre ambos, Esperance y el campesino comenzaron su caminata. Afortunadamente no tenían mucho camino por recorrer, de lo contrario las fuerzas menguantes del joven vizconde no habrían sido iguales a la tarea. Abandonaron la carretera principal, adentrándose en un sendero estrecho densamente arbolado a ambos lados; de hecho, las ramas de los árboles se entrelazaban tan espesamente por encima que los rayos de la luna quedaban efectivamente excluidos y reinaba una oscuridad casi impenetrable. Por un instante Esperance temió una traición, pero este miedo se disipó al pensar en el porte varonil del joven campesino y el temor a los bandidos que había expresado. Los tres apenas podían caminar uno al lado del otro en el sendero estrecho, y de vez en cuando Giovanni tropezaba contra alguna raíz saliente u otro obstáculo invisible en la oscuridad; pero el campesino conocía el camino a la perfección, y sin paso inseguro apresuró a sus compañeros lo más rápido posible.

Pronto el sendero se ensanchó algo, la luz comenzó a filtrarse a través del denso follaje y se escuchó el gorgoteo de un arroyo ruidoso a poca distancia. De repente dieron un giro brusco, apareciendo ante ellos una pequeña cabaña de aspecto pulcro, cubierta de enredaderas y rodeada de verdor. El arroyo pasaba a pocos metros de ella, el olor fresco del agua mezclándose agradablemente con el perfume de las madreselvas y el aroma aromático del bosque circundante. Era, en verdad, un lugar hermoso y altamente romántico, un rincón acogedor y apartado, como aquel en el que el rey Enrique ocultó a su amor, la bella Rosamunda, de las miradas indiscretas del mundo curioso. Esperance lo contempló con arrobamiento, e incluso Giovanni, herido y exhausto como estaba, no pudo evitar proferir una exclamación de asombro y admiración. La cabaña estaba cerrada y no se veía signo alguno de vida.

—Hemos llegado —dijo el campesino en voz baja. Dejando a sus compañeros, se dirigió a una ventana contra la cual dio tres golpes distintos.

La señal fue respondida casi de inmediato por tres golpes similares desde el interior; entonces la ventana se abrió de golpe y apareció la cabeza de una mujer. La luz de la luna cayó de lleno sobre su rostro, y tanto Esperance como Giovanni se sobresaltaron repentinamente al reconocer a Annunziata Solara, la cautivadora vendedora de flores de la Piazza del Popolo.

—Es ella... ¡es Annunziata! —susurró el joven vizconde al oído de su camarada.

—¡Chist! —respondió este último en un tono cauteloso—. ¡No te traiciones! ¡Ella nunca nos reconocerá, disfrazados como estamos! Además, ¡no debemos despertar las sospechas de nuestro guía! ¡Podría negarnos el refugio todavía!

—Tienes razón, como siempre —respondió Massetti—. Debemos mantener nuestro incógnito, al menos hasta que estemos seguros del terreno.

Mientras tanto, el campesino hablaba apresuradamente con Annunziata.

—Hermana —dijo—, no estoy solo; dos viajeros, campesinos como nosotros, están conmigo. Fueron atacados por los hombres de Luigi Vampa, y uno de ellos está gravemente herido.

—¡Santa Virgen! —exclamó la joven, evidentemente llena de terror.

—Reclaman nuestra hospitalidad por la noche y nuestra asistencia hasta que pueda obtenerse ayuda desde Roma. En nombre de mi padre les he concedido refugio. Abre la puerta y déjanos entrar.

La joven desapareció de la ventana y en otro instante había abierto la puerta de par en par. Mientras estaba allí bajo la luz plateada, con el estado de su vestimenta y cabello indicando que se había levantado apresuradamente de su lecho, su belleza brillante y pintoresca se veía enormemente realzada. Los jóvenes pensaron que nunca habían contemplado una visión más fascinante de belleza femenina.

—¿Dónde está papá? —preguntó el campesino, ansioso.

—Todavía no ha regresado —respondió la joven.

El guía lanzó un suspiro de alivio.

—Me alegra —dijo—, porque a Pasquale Solara no le gustan los extraños. Si estuviera aquí podría negarse a ejercer la hospitalidad hacia este hombre herido y su compañero, aun cuando sean, como aseguran, amigos de Luigi Vampa.

—¡Amigos de Luigi Vampa! —repitió la joven, alarmándose mucho—. ¡Que la Santísima Virgen nos proteja!

—No son bandidos, en cualquier caso —dijo el campesino—, y creo que son hombres honestos. Si, sin embargo, me están engañando, ¡ya sabré cómo actuar!

Hubo un destello ominoso en sus ojos cuando habló, y su mano buscó de nuevo el arma oculta en su pecho. Esperance, que había estado escuchando atentamente esta conversación y había marcado cada movimiento del joven campesino, sintió que sus sospechas revivían; pero no había tiempo para dudar; el refugio y la ayuda para su amigo eran de primera necesidad; debían obtenerse de inmediato y a cualquier precio. Se había abstenido de ofrecer dinero al campesino, no queriendo traicionar que él y su compañero eran otros personajes de lo que parecían, y ahora que Annunziata había aparecido en escena, se felicitó por la sabiduría de su proceder. Temía, sin embargo, la impulsividad de Giovanni en presencia de la joven que tanto admiraba, y decidió vigilarlo lo más cerca posible, para detener rápidamente todas las revelaciones perjudiciales. Si Giovanni permanecía en este rincón atractivo el tiempo suficiente para abrir y llevar a cabo un coqueteo con la hermosa vendedora de flores, debía hacerlo únicamente como un campesino y bajo la cobertura de su astuto disfraz. Era difícil que Annunziata reconociera en Massetti y en él mismo a los dos jóvenes galanes que había encontrado solo por un momento en medio de la multitud alegre y el bullicio de la brillante Piazza del Popolo.

Mientras estos pensamientos pasaban por su mente, el joven vizconde, apoyándose pesadamente en su brazo, no había quitado los ojos de la hermosa y tentadora joven que tenía delante. Sufriendo como estaba, anhelaba estar a su lado, abrazar su hermosa figura, sentir su cálido y voluptuoso aliento correr sobre su rostro e imprimir beso tras beso en sus labios rojos y maduros. No había olvidado a Zuleika. ¡Oh! ¡No! Pero Annunziata Solara era un ser completamente diferente, una joven para deleitarlo, embriagarlo, por un momento como la otra para toda la vida. Por la hija de Montecristo su sentimiento era amor; por la fascinante vendedora de flores de la Piazza del Popolo, era una pasión que debía ser saciada.

Después de unas pocas palabras más a su hermana, el campesino regresó junto a los jóvenes, ayudando a Esperance a transportar a Giovanni al interior de la cabaña. El interior de esta humilde morada era tan pulcro y pintoresco como el exterior. La habitación a la que entraron era pequeña y estaba amueblada de forma económica, pero el gusto femenino se exhibía en todas partes. Una única vela era la única luz, pero la escasa iluminación bastaba para mostrar los toques refinados de la mano de una mujer. En un rincón había una cama, cuyas mantas estaban vueltas hacia abajo, y sobre la cual estaba impresa la forma de su última ocupante. A la cabecera de la cama, un crucifijo de bronce colgaba de la pared, mientras que sobre el respaldo de una silla colgaban prendas de ropa femenina. Giovanni no podía dudar de que estaba en la habitación de Annunziata, y que la huella en la cama era la de ella. Sintió un escalofrío de alegría ante la idea de que iba a ocupar el lecho de la fascinante vendedora de flores, de ocupar, tal vez, el mismo lugar donde ella se había acostado hacía poco tiempo.

Annunziata, que se había echado una capa sobre los hombros y la ropa de dormir, pero cuyos pies estaban aún descalzos, había acompañado a su hermano y a sus compañeros al apartamento. Observaba a los extraños con timidez, aunque con curiosidad, si bien era bastante claro que no lograba penetrar su disfraz. Con manos hábiles reordenó la cama y retiró sus ropas de la silla. Luego se retiró a otra habitación, y el vizconde herido fue ayudado a desvestirse y acomodado en el lecho por el campesino y Esperance, donde finalmente se quedó dormido en un delirio de felicidad, después de que su herida hubiera sido debidamente atendida.

Esperance fue debidamente acomodado para pasar la noche, y pronto un silencio ininterrumpido se cernió sobre la solitaria cabaña en el bosque.

Así se representó la escena inicial de un drama que estaba destinado a ser fructífero en resultados desastrosos, resultados que nublaron más de una vida feliz.

CAPÍTULO VIII.

UN IDILIO SILVESTRE.

Por la mañana, se descubrió que el brazo del vizconde Massetti estaba tan hinchado y su herida era tan dolorosa que se consideró recomendable enviar a buscar a un médico, quien residía en una aldea vecina a no más de una milla de distancia de la cabaña de los Solara. El hombre de medicina estuvo pronto junto al lecho de Giovanni. Después de examinar y curar su herida, declaró que el paciente no debía ser movido al menos durante una semana, una noticia ante la cual el joven se alegró interiormente, a pesar de todo el tormento que sufría, pues su estancia implicaba ser cuidado por la hermosa Annunziata, quien ya le había demostrado que poseía ternura y un buen corazón, además de una apariencia agradable.

Esperance sostuvo una conferencia con su amigo después de la partida del médico para decidir qué debía hacerse. Propuso ir de inmediato a Roma e informar a la familia del vizconde sobre lo sucedido y el estado de Giovanni, pero el joven se opuso firmemente a este plan, declarando que estaría bien en pocos días a lo sumo y protestando que informar a sus parientes de su situación implicaría explicaciones que no deseaba dar. Giovanni también rogó a Esperance que se quedara con él y no diera ninguna señal sobre su lugar de retiro; tan fervientemente solicitó estos favores que el hijo de Montecristo, muy a su pesar y con muchos presentimientos, finalmente consintió en concedérselos.

Pasquale Solara regresó a casa tarde el día siguiente a la llegada de los extraños a su choza. Era un pastor anciano, pero robusto, cuyo rostro áspero y quemado por el sol hablaba de la exposición al clima y al duro trabajo. Frecuentemente estaba ausente durante días y noches consecutivas, ausencias que nunca explicaba y sobre las cuales su hijo y su hija no se atrevían a interrogarlo, pues Pasquale era un hombre áspero, que se enfadaba ante el menor pretexto y tendía a ser severo con todos los que buscaban hurgar en sus asuntos. Expresaba gran miedo a los bandidos que infestaban las cercanías de Roma y especialmente a la banda de Luigi Vampa, pero quienes mejor lo conocían sacudían la cabeza con duda, y, aunque no lo decían, se veía claramente que consideraban este miedo meramente fingido para propósitos propios. En cualquier caso, era un hecho significativo que Pasquale nunca era molestado en sus andanzas, mientras que los brigantes siempre dejaban su vivienda y a sus habitantes sin hostigar.

El anciano pastor frunció el ceño oscuramente cuando sus hijos le informaron que habían dado refugio a un par de viajeros, uno de los cuales había sido herido en una pelea con un brigante, pero no dijo nada y pareció dispuesto a aceptar la situación sin siquiera una queja. No entró, sin embargo, en la habitación donde yacía Giovanni y evitó entrar en contacto con Esperance, quien solo alcanzó a vislumbrarlo antes de que partiera de nuevo en otra expedición, lo cual hizo tras una estancia de solo media hora en su cabaña.

El joven campesino y Esperance pronto se hicieron bastante amigos, disfrutando de muchos paseos por el bosque y junto al arroyo gorgoteante. El nombre del campesino era Lorenzo, y parecía llevar una vida libre, totalmente libre de cualquier ocupación, excepto ocasionalmente cuidar algunas ovejas que nunca se alejaban mucho de las orillas del pequeño arroyo.

Annunziata abandonó por el momento sus visitas a Roma, instalándose como enfermera de Giovanni. Estaba casi constantemente a su lado, y su presencia y cuidado eran medicamentos más potentes que cualquiera de los que el médico administraba. Su sonrisa parecía ejercer un efecto embriagador sobre el joven vizconde, mientras que su voz sonaba en su oído arrobado como la música más dulce. La hermosa joven era la viva imagen de la salud perfecta, y su forma bien desarrollada tenía todo el encanto de la madurez temprana, sumado a la frescura y gracia juveniles. Usaba faldas cortas, y sus extremidades bien formadas nunca estaban obstruidas por medias, mientras que sus pies estaban invariablemente descalzos. Un cuerpo bajo y holgado con mangas cortas mostraba su cuello y hombros robustos, y brazos regordetes y hoyuelos que habrían sido la envidia de una duquesa. Sus manos, así como sus pies, no eran pequeños y el sol les había dado una capa liberal de color marrón, pero estaban bien formados y eran atractivos, mientras que sus dedos cortos y afilados estaban rematados con uñas rosadas y cuidadosamente recortadas. En conjunto, parecía el espíritu del lugar, una deliciosa ninfa del bosque tan encantadora como cualquiera que la imaginación de un poeta hubiera creado, y sin embargo una realidad mortal y sustancial bien calculada para encender la sangre de un hombre y poner su cerebro en un torbellino. Si había parecido hermosa en Roma, en medio de las reinas de la moda aristocrática de la Piazza del Popolo, parecía mil veces más encantadora y fascinante en su humilde hogar en el bosque, donde se liberaba de toda restricción y se mostraba como realmente era, una niña brillante e inocente de la naturaleza, tan pura como el aliento del cielo y tan libre de engaño como la mariposa alimentada por miel de la luz del sol del verano.

Cuanto más veía Giovanni de ella, más caía bajo el dominio de sus encantos irresistibles, el imperio de su atractivo físico. Poco a poco mejoró, y a medida que su herida sanaba, sus fuerzas regresaron. Finalmente, hacia el final de la semana, pudo salir de su cama y sentarse en un gran sillón junto a la ventana de su habitación. Se había acordado entre él y Esperance que, durante su estancia en la cabaña de los Solara, serían conocidos respectivamente como Antonio Valpi y Guiseppe Sagasta, y Annunziata ya había otorgado a su paciente el diminutivo amistoso y familiar de Tonio, un nombre al que él respondía con un corazón que latía salvajemente y ojos que hablaban volúmenes.

Mediante preguntas hábilmente manejadas, el joven vizconde había averiguado que la vendedora de flores no tenía amante, que su pecho nunca había albergado la tierna pasión, y esta información añadió combustible a la llama que lo consumía. No ha de suponerse que Annunziata ignorara la fuerte impresión que había causado en su joven y apuesto paciente. Era perfectamente consciente de ello y se alegraba secretamente de la exhibición manifiesta del poder de sus encantos. Quizás no amaba aún a Giovanni, quizás era simplemente la atracción física general de una mujer hacia un hombre, o podría haber sido esa pizca innata de coquetería común a toda mujer, pero el hecho era que ella alentaba tácitamente al joven vizconde en sus atenciones ardientes hacia ella. Ella, además, lo atraía e inflamaba de una manera tan descuidada e inocente que adquiría una picardía adicional con ello. Si Annunziata hubiera sido una mujer calculadora del mundo con la intención de atrapar a un amante rico, en lugar de una doncella de campo pura y sin artificios, totalmente inconsciente del daño que estaba causando, no podría haber jugado su juego con más efecto. Giovanni se había convertido totalmente en su esclavo. Pendía de sus sonrisas, bebía sus palabras y apenas podía contenerse en su presencia. Ningún marinero náufrago devoró nunca con más avidez, con ojos deslumbrados, a la fatídica loreley de una costa rocosa y desierta que lo que él la devoraba a ella. Si ella hubiera sido su igual social, si su inteligencia y educación hubieran igualado su belleza personal, habría olvidado a Zuleika, se habría arrojado impetuosamente a sus pies y solicitado su mano. Tal como estaban las cosas, mientras la hija de Montecristo poseía todo su corazón, Annunziata Solara esclavizaba sus sentidos.

Ella recibía sus acercamientos como algo natural, sin timidez, sin un rubor. Sus discursos galantes le agradaban, no sabía por qué. Tan completamente desprevenida era ella, que no notó que su lenguaje no era el del campesino sin instrucción que decía ser, que su porte tanto como sus palabras indicaban un grado de cultura y refinamiento muy por encima de su estación asumida. Estaba deslumbrada, encantada por él como el pájaro lo es por la serpiente reluciente con sus ojos malvados y fascinantes. No pensaba en nada más que en el presente y sus alegrías novedosas. Nunca había prestado atención al futuro; no le prestaba atención ahora.

Una mañana, mientras estaba sentada a su lado junto a la ventana abierta, a través de la cual se colaba el aire balsámico del bosque cargado con el embriagador perfume de mil flores silvestres e intensamente dulces, Giovanni tomó de repente su mano morena y la cubrió de besos apasionados. La joven no ofreció resistencia, no retiró su mano de la suya; ni siquiera tembló, aunque un leve rubor apareció en sus mejillas, haciéndola parecer una auténtica Circe.

—Annunziata —dijo Giovanni, con voz baja que apenas llegaba a ser un susurro—, ¿te importo?

—¿Que si me importas, Tonio? —respondió la joven, mirando dulcemente su rostro encendido y agitado—. ¡Oh, sí! ¡Me importas mucho!

Él pasó su brazo alrededor del cuello de ella y, mientras su mano descansaba sobre su hombro bien formado, una descarga magnética le recorrió como un choque repentino de una potente batería eléctrica. Annunziata no intentó apartarse de su cálido abrazo, y él la atrajo hacia sí con un apretón más fuerte hasta que su seno lleno y palpitante descansó contra su pecho. Sus tentadores labios rojos, ligeramente entreabiertos, estaban vueltos hacia arriba; él posó los suyos sobre ellos en un beso largo, persistente y delirante. Entonces, el color se intensificó en sus mejillas y ella se zafó suavemente. Sin embargo, no apartó la mirada, sino que lo observó con una expresión de muda interrogación. Todo aquello era nuevo para ella, y tanto más delicioso por su absoluta novedad.

—¡Ni mi padre, ni mi hermano, ni mi madre muerta me besaron jamás así! —dijo con ingenuidad.

Giovanni estaba extasiado; la inocencia de la joven era absolutamente maravillosa; nunca había soñado que tal inocencia existiera sobre la tierra. ¿Era realmente lo que parecía?

—Annunziata —dijo él bruscamente, con el corazón latiendo furiosamente y la respiración agitada y entrecortada—, ¡nunca has experimentado el amor, o conocerías el significado de ese beso!

—¿El amor? —respondió la joven, abriendo mucho sus ojos grandes y brillantes—. ¡Oh, sí! He sentido amor. Amo a mi padre y a Lorenzo, amo... ¡a todo el mundo!

—¡Pero no como amarías a un joven que se arrojaría a tus lindos pies y derramaría ante ti los tesoros de su corazón!

—Ningún joven ha hecho nunca eso —dijo Annunziata, sonriendo y acurrucándose más cerca de él.

—¡Pero alguien lo hará pronto, quizá antes de muchos minutos! ¡Cómo te gustaría que fuera yo ese alguien! —exclamó el vizconde, a su manera impulsiva.

—No sabría decirte —respondió la joven—, ¡no lo sé!

—¡Entonces déjame intentar el experimento! —dijo Giovanni, levantándose de su silla y cayendo de rodillas frente a ella—. ¡Annunziata, te amo!

La joven acarició su cabello y luego pasó sus dedos afilados por sus mechones sueltos. Permaneció en silencio y parecía estar pensando. Su pecho se agitó apenas un poco más de lo habitual, y el rubor en sus mejillas se volvió un poco más intenso. Giovanni, aún arrodillado, tomó su mano, sosteniéndola con un apretón firme.

—¿Me oyes? —gritó, con impaciencia—. ¿Me entiendes? ¡Te amo!

—¿Me amas, Tonio? —respondió la joven, lentamente—. Bueno, ¡es lo natural! Todo joven debe amar a alguna muchacha tarde o temprano, y creo... creo... ¡que te quiero un poco!

—¡Crees! —dijo Giovanni, asombrado—. ¿No lo sabes?

—¡Quizá! —respondió Annunziata, mientras seguía acariciando su cabello.

Giovanni pasó sus brazos alrededor de su cintura, una cintura amplia y saludable, libre de las restricciones de los corsés y los dispositivos opresores de la moda. Mientras lo hacía, se oyó el sonido de pasos afuera, y apenas tuvo tiempo de ponerse en pie cuando Esperance entró en la habitación.

Massetti estaba confundido y su amigo notó el hecho. También observó que Annunziata estaba ligeramente sonrojada y parecía haber experimentado una agradable agitación. Esperance llegó instantáneamente a una conclusión. El coqueteo de Giovanni con la bella florista había ido demasiado lejos, había asumido un aspecto serio. Él intervendría, lo reconvendría. Quizá aún no fuera demasiado tarde después de todo. Annunziata era una criatura pura e inocente, sin costumbre de los caminos del mundo e incapaz de sospechar la maldad de los hombres. Estaba a punto de caer en una trampa mortal, a punto de naufragar en el banco de arena más peligroso que la vida presentaba. Su propia pureza e inocencia la convertirían en una presa fácil. Giovanni no era malvado; era simplemente joven, presa de la irresistible pasión de la juventud. La belleza sobrepasante de Annunziata había encendido su sangre, lo había llevado al borde de una acción temeraria, un crimen contra esta hermosa joven que el dinero no podría reparar. Este crimen no debía cometerse, si él podía evitarlo, y arriesgaría la amistad del vizconde para salvarlo de sí mismo. Giovanni no podía casarse con la humilde campesina; no debía arruinar su futuro.

Cuando Esperance entró en la estancia, su presencia hizo que Annunziata volviera en sí y también enfrió el ardor de Massetti. La joven se levantó y, sonriendo a Esperance, se marchó sonrojada. Giovanni estaba encendido y algo enfadado por la intrusión en el momento crítico de su conquista. El rostro de Esperance era grave; sentía todo el peso de la responsabilidad que estaba a punto de asumir.

—Giovanni —dijo con tono mesurado—, no te culpo por estar fascinado por una muchacha bonita y amable como Annunziata Solara, ni mucho menos. Ella es, sin duda, un dechado de belleza, un modelo de gracia rústica, un bocado muy tentador de virtud e inocencia rural. Está bien dotada para volver loca a casi cualquier joven; lo reconozco libremente. Es perdonable desear disfrutar de su compañía; es más, un coqueteo inofensivo con ella quizá no sea censurable; ¡pero ese es el límite máximo al que un hombre de honor puede llegar! ¡Recuerda que ella tiene una reputación que perder y un corazón que romper!

—¿Qué quieres decir con ese largo sermón? —preguntó el vizconde, apretando los dientes y frunciendo el ceño salvajemente.

—¡Quiero decir que le has estado haciendo la corte a esta pobre muchacha, que has estado buscando corresponder a sus cuidados de una manera que dice muy poco en tu favor!

—Te debo la vida, Esperance —respondió Massetti—, ¡pero ni siquiera mi gratitud te protegerá de mi furia si te interpones entre Annunziata Solara y yo!

—¿Pretendes entonces seducirla, mancillar su nombre, arruinar su futuro, pues seguramente no la cortejas con el matrimonio como objetivo?

Giovanni se puso rojo como un tomate ante esta acusación abierta.

—Pretendo seducirla, ¡sí! ¡Cuál sea mi objetivo en este asunto solo me concierne a mí; tú no tienes absolutamente nada que ver con ello! —exclamó acalorado.

—¡Pero yo tengo mucho que ver con ello! —respondió Esperance, con firmeza—. ¡No perseguirás a Annunziata Solara hasta su destrucción! Entre su buen nombre y tus temerarias intenciones opondré una barrera que no podrás superar: ¡a mí mismo!

—¿Pretendes defenderla hasta el punto de desafiarme? —preguntó Massetti, echando espuma por la boca de ira.

—¡Si persistes en tus nefastos designios, sí! —respondió el hijo de Monte-Cristo, con igual vehemencia—. Eres mi amigo, mi mejor amigo, Giovanni Massetti, pero en el instante en que amenaces el honor de esa joven inocente, mi amistad contigo se convertirá en polvo y te convertirás en mi enemigo mortal. Elige. O bien abandonas esta hospitalaria cabaña conmigo tan pronto como el estado de tu herida te lo permita, respetando mientras tanto a Annunziata Solara como si fuera tu propia hermana, ¡o te enfrentas a mí, pistola en mano, en el campo del honor! ¡Elige, digo! ¿Cuál es tu decisión?

—¡No renunciaré a Annunziata!

—¡Entonces debes luchar!

—¡No dudaré!

—¡Así sea! ¡Mi vida contra la tuya! ¡Defenderé el honor de esta pobre muchacha hasta la última gota de mi sangre!

—¿Cuándo lucharemos?

—Mañana al amanecer.

—¿Dónde?

—En el claro más allá del castañar, al otro lado del arroyo. No hay necesidad de testigos; ¡este asunto es entre nosotros y nadie más!

—¡Mucho mejor, pues será un duelo a muerte! Todavía no puedo mantener mi brazo derecho alzado el tiempo suficiente para luchar con él, ¡pero haré que mi mano izquierda sirva! —Entonces, como si un pensamiento repentino le asaltara, Massetti añadió—: ¿Te propones traicionarme, llevar tu historia ante Annunziata y su hermano?

Esperance examinó a su compañero con un desdén intenso brillando en sus ojos.

—¡No soy un traidor! —dijo fríamente y, dándose la vuelta, abandonó el aposento.

CAPÍTULO IX.

EL RAPTO.

El resto de aquel día, Esperance y Giovanni no volvieron a encontrarse; se evitaron a propósito, el primero porque no deseaba tener una disputa mayor con el vizconde, y el segundo porque temía una repetición de las acusaciones de conducta deshonrosa, que le habían herido más profundamente de lo que admitiría siquiera ante sí mismo.

Esperance desdeñó actuar como espía de Massetti, pero, a pesar de ello, decidió no abandonar las proximidades inmediatas de la cabaña y estar tan vigilante como las circunstancias lo permitieran. Nada, sin embargo, ocurrió para despertar sus sospechas mientras duró la luz del día. Una o dos veces Giovanni salió de su habitación y caminó de un lado a otro, excitado, por el césped frente a la choza, pero sus paseos fueron de muy corta duración, pareciendo no tener otro objeto que calmar su cerebro en ebullición. Annunziata no se acercó a él, aunque Esperance no pudo determinar si la coquetería o el miedo le hacían seguir ese comportamiento; pero su actuación le gratificó porque no le dio a Giovanni oportunidad de aprovechar cualquier ventaja que pudiera haber ganado con la florista.

Lorenzo parecía no tener sospecha alguna de que algo anduviera mal, ni con los jóvenes ni con su hermana. Estaba tan alegre y despreocupado como siempre, ocupándose de sus habituales tareas triviales con una jovialidad que resultaba absolutamente contagiosa, y mostrando incluso más de su acostumbrada afabilidad. Esperance había llegado a estimar mucho a este joven campesino; había encontrado en él la personificación de la hombría y la generosidad, y había resuelto, a su regreso a Roma, interesar al Conde de Monte-Cristo en su bienestar y progreso. Con respecto a Annunziata, Esperance aún estaba totalmente indeciso; era un problema que no podía resolver. Su inocencia y virtud eran evidentes, pero su simplicidad infantil y su total falta de experiencia mundana, aunque tan encantadoras y deliciosas de contemplar, añadidas a su maravillosa belleza, la exponían a riesgos que resultaban espantosos de contemplar. Si hubiera tenido un amante de su misma clase social, todo habría ido bien con ella; pero no tenía amante, estaba absolutamente sola; si escapaba de Giovanni —y Esperance estaba decidido a que ella escapara de él si podía lograrlo—, lo más probable era que cayera eventualmente en las garras de algún otro admirador aún más temerario y sin escrúpulos. El hijo de Monte-Cristo no podía pensar en la joven encantadora y su futuro sin sentir una punzada que le dolía en el alma. Él también admiraba su belleza, su gracia y su candidez, pero su admiración se limitaba a los límites adecuados, y si hubiera podido verla casada de forma adecuada y feliz, se habría regocijado desde lo más profundo de su ser.

A última hora de la tarde, Pasquale Solara reapareció repentinamente y sin previo aviso. El anciano estaba cubierto de polvo, como si hubiera viajado mucho a pie. Mostraba claramente que estaba muy fatigado, y también que algo había ocurrido para irritarle. Entró en la cabaña sin ser visto, y estuvo allí algunos momentos antes de que su presencia fuera descubierta. Annunziata fue la primera en verlo, sentado en un tosco banco de madera con su robusto bastón de roble en la mano, sobre el cual se apoyaba pesadamente. Ella arrojó sus brazos alrededor de su cuello con un grito de alegría, intentando arrebatar un beso de sus labios herméticamente cerrados, pero él la rechazó severa y silenciosamente. Lorenzo, a su vez, no recibió una acogida más cálida por parte de su padre. Pero sus hijos estaban acostumbrados a los estados de ánimo de Pasquale y, por lo tanto, no se vieron afectados en absoluto por su actual comportamiento hosco; rápidamente lo dejaron solo, sin tomarse más molestias por él. Una vez, cuando Esperance entró en la habitación, el anciano lo miró interrogante, como si hubiera olvidado por completo el hecho de que extraños disfrutaban del refugio de su techo; luego pareció recordar y frunció el ceño tan salvajemente que el joven se retiró a toda prisa, yendo a buscar a Lorenzo, cuya voz alegre se oía cantar más allá del arroyo.

Cuando Esperance llegó a la vista del pequeño arroyo, casi tropezó con un campesino que yacía extendido bajo las ramas extendidas de un sauce anciano. El extraño estaba leyendo un libro, y Esperance se sorprendió al notar que eran los "Comentarios de César". Profirió una disculpa por su torpeza, pero el campesino solo sonrió y, con voz amable, pidió perdón por estorbar. ¡Aquella voz! Esperance estaba seguro de haberla oído antes, pero dónde o cuándo no podía recordarlo, aunque le estremeció hasta la médula de los huesos, llenándole de vagas aprensiones. El rostro del hombre también le resultaba familiar, así como su atuendo; pero había una gran similitud entre los campesinos italianos en los alrededores de Roma en cuanto a apariencia y vestimenta; era muy probable que no hubiera visto a este hombre antes, sino a otro parecido; aun así, la voz y el rostro inquietaban a Esperance, y decidió interrogar al campesino; la rareza de las visitas de extraños a esta localidad apartada sería un pretexto suficiente para su curiosidad.

—Amigo mío —dijo, dirigiéndose al lector recostado, que había retomado su libro—, ¿es usted pariente o conocido de los Solara?

—No soy ninguna de las dos cosas —respondió el hombre, despreocupadamente, levantando la vista de su volumen y dejando que sus penetrantes ojos descansaran sobre su interlocutor—, paseaba por aquí por casualidad, y este rincón acogedor era tan tentador que tomé posesión de él sin pensar en la intrusión que estaba cometiendo.

El lenguaje del campesino era refinado; Esperance notó este hecho y se sorprendió bastante por ello; además, no podía entender por qué el extraño estaría leyendo los "Comentarios de César", una obra mucho más allá del alcance del intelecto campesino habitual.

—No está cometiendo ninguna intrusión —dijo—. Lorenzo y Annunziata, estoy seguro, estarían encantados de darle la bienvenida. El viejo Pasquale es algo salvaje, es cierto, pero afortunadamente no se preocupa mucho por nada ni por nadie.

—¿Pasquale ha llegado entonces? —dijo el hombre, dejando caer su libro y mostrando un repentino interés.

—Sí; está en la cabaña ahora —respondió Esperance, aumentando su asombro—. ¿Quiere hablar con él?

—No —dijo el campesino, poniéndose en pie con agilidad. Cerró apresuradamente su libro, se lo metió en el cinturón y, haciendo una reverencia a Esperance, desapareció en el bosque.

El joven lo siguió con la mirada por un instante; luego se reunió con Lorenzo y le informó del encuentro. Ante sus primeras palabras, el hermano de Annunziata dejó de cantar; una nube cubrió su frente y preguntó, en tono impaciente, una descripción del extraño de comportamiento curioso. Esperance se la dio, señalando al hacerlo que su compañero se puso ligeramente pálido y parecía asustado.

—¿Quién es este hombre? —preguntó al concluir—. ¿Lo conoces? Me resultó extrañamente familiar.

—¿Que si lo conozco? —repitió Lorenzo, con un escalofrío—. Sí... ¡es decir, no!

Esperance miró a su compañero con sorpresa e inquietud; el joven campesino evidentemente tenía más conocimiento del singular intruso de lo que estaba dispuesto a admitir. Sin duda había algún misterio aquí. ¿Qué era? ¿La presencia de este extraño amenazaba la paz, la tranquilidad, la seguridad de la familia Solara? ¿Estaba asociado de alguna manera oscura con los movimientos y acciones del viejo Pasquale? Esperance intentó interrogar a Lorenzo más a fondo, pero él solo negó con la cabeza y se negó a hacer ninguna revelación. Sin embargo, estipuló que no se informara a su hermana de lo sucedido, instando a que no había necesidad de alarmarla inútilmente. ¿Alarmarla? ¿Qué podía querer decir? Esperance se sintió cada vez más perplejo, y su convicción de que se había encontrado con el extraño anteriormente, aumentando en fuerza, se sumó a su ansiedad y malestar.

Durante algunas horas, Giovanni había permanecido en su habitación sin dar señales de vida. ¿Qué estaba meditando? ¿Era posible que estuviera urdiendo algún plan astuto con el cual eludir la intervención y ganar posesión indiscutida de la joven que había influido tan poderosamente en sus pasiones? ¿Podría ser que estuviera asociado de alguna manera misteriosa con el extraño campesino, cuyo advenimiento repentino parecía de tan mal agüero? Esperance pensó en todas estas cosas y fue infinitamente torturado por ellas, pero, una a una, logró descartarlas de su mente. Giovanni estaba ciertamente bajo un hechizo potente que podría llevarlo a la comisión de cualquier indiscreción, pero era en el fondo un hombre de honor, y había alguna posibilidad de que sus sentimientos superiores pudieran obtener el dominio de sus meras inclinaciones físicas. En cualquier caso, Esperance sintió que podía confiar en él por una noche más al menos. Quizá por la mañana despertaría a un verdadero sentido de su posición y reconocería su error; podría incluso implorar el perdón de su amigo, admitir que tenía razón y consentir en regresar a Roma, dejando a la fascinante Annunziata en toda su inocencia y pureza. Tras reflexionar, Esperance decidió que el extraño no podía ser de ninguna manera el asociado o cómplice del vizconde, pues este último no se había comunicado con nadie, ni siquiera había dado una docena de pasos desde la cabaña de los Solara durante todo su periodo de convalecencia. La idea de una colusión era insostenible. Esperance decidió observar y esperar. No había forma de saber qué podrían traer unas pocas horas; pero en el peor de los casos, él lucharía; si caía no se arrepentiría, y, si Giovanni perecía a sus manos, su muerte se debería a sus propios impulsos precipitados y su sangre, dadas las circunstancias, no podría ser una mancha deshonrosa.

Hacia el anochecer, el viejo Pasquale Solara comenzó a mostrar una actividad inusitada, mostrando, al mismo tiempo, signos de considerable agitación. Seguía sin ser comunicativo y hosco, hablaba solo a intervalos raros; a menudo no respondía en absoluto a las preguntas que se le hacían y, cuando respondía, era solo con monosílabos rudos y cortantes. Iba de un lugar a otro con inquietud, abandonando frecuentemente la cabaña y mirando con cautela y sigilo hacia el bosque como si esperara a alguien o estuviera buscando alguna señal secreta conocida solo por él mismo. Miraba a Lorenzo y a Esperance con sospecha, buscando, por así decirlo, penetrar en sus mismos pensamientos. Cuando se encontraba con Annunziata, la examinaba de pies a cabeza con una extraña mezcla de satisfacción, ansiedad y temblor. En tales momentos, había una expresión codiciosa y lobuna en sus ojos brillantes, y sus manos trabajaban nerviosamente.

Cuando el crepúsculo dejó paso a la oscuridad, abandonó repentinamente la choza y no regresó. Su conducta inusual había causado cierto revuelo en la pequeña casa, pero la tranquilidad reinó tras su partida y su singular comportamiento fue pronto olvidado por sus hijos. No así para Esperance. El joven, agitado como estaba por la confusión de sus propios sentimientos, no podía sacar al viejo Pasquale y su comportamiento de su mente. Le llenaba de presagios siniestros y le hacía esperar la noche con un miedo indefinible, no exento de temor absoluto. Le parecía que el viejo pastor estaba meditando algún acto oscuro y desesperado que se pondría en ejecución con resultados desastrosos antes del alba.

Sin embargo, la velada transcurrió sin incidentes y, a su debido tiempo, el sueño se cernió sobre la cabaña de los Solara, envolviendo a todos sus moradores en el silencio y el reposo. ¿A todos sus moradores? A todos, salvo al hijo de Montecristo, que daba vueltas inquieto en su lecho y no lograba cerrar los ojos. Al final, no obstante, consiguió calmarse un poco y estaba sumiéndose en una especie de duermevela cuando fue despertado de repente por un grito salvaje y lejano que lo hizo saltar al instante de la cama. El grito era de una mujer, y creyó reconocer la voz: era la de Annunziata Solara. Un segundo de reflexión pareció bastarle para confirmarlo, pues la vendedora de flores era la única mujer en las cercanías y la voz era sin duda la suya; pero sonaba a lo lejos, fuera de la cabaña, y este hecho lo dejó desconcertado. Rápidamente, la conducta del viejo Solara volvió a su mente e, instintivamente, relacionó al huraño pastor con el grito y con lo que fuera que estuviese ocurriendo. El joven no se había quitado la ropa; por lo tanto, no le costó más que un instante empuñar su pistola, que guardaba cargada bajo la almohada, y salir corriendo de la cabaña en dirección al grito, que se había repetido pero que se debilitaba cada vez más.

Al salir de la cabaña, oyó el eco de un disparo en el bosque y, casi de inmediato, un hombre se precipitó a sus brazos, sangrando profusamente por una herida abierta en la sien. La noche estaba oscura y sin luna, pero en la luz tenue e incierta, Esperance reconoció a Lorenzo.

—Mi hermana... mi hermana... ¡pobre Annunziata! —jadeó el joven campesino con dolor—. Tu amigo... la ha secuestrado... ¡se la ha llevado! ¡Oh, Dios mío! —y se desplomó en el suelo, convertido en una masa inconsciente que se estremecía en las agonías finales de la muerte.

Esperance estaba horrorizado. ¡Annunziata secuestrada por Giovanni! ¡No podía sacar otra conclusión de las palabras entrecortadas del joven campesino! ¡Lorenzo asesinado, además, y sin duda por la mano del impetuoso vizconde! ¡Oh, era horrible! ¡Casi increíble! Se inclinó sobre el cuerpo postrado de Lorenzo, lo enderezó y palpó la región del corazón; no había latido; era como había adivinado: el varonil y generoso hermano de Annunziata estaba muerto, víctima de un asesino cobarde y traicionero. ¡Y ese asesino! ¡Oh, no podía pensar en ello y conservar su fe en los hombres!

Esperance dejó el cadáver de Lorenzo sobre la hierba y, pistola en mano, se lanzó hacia adelante para acudir en ayuda de Annunziata, para rescatarla de su despreciable secuestrador, si es que estaba en su mano hacerlo. Llegó al bosque y se adentró en sus sombrías profundidades. Apenas había avanzado seis metros cuando un hombre que portaba una antorcha encendida pasó corriendo a su lado, en mangas de camisa, sin sombrero, con el pelo corto, espeso y gris erizado sobre la cabeza. En el repentino destello de luz, sus ojos demacrados brillaron como los de un maníaco. En la mano izquierda sostenía un cuchillo largo de hoja afilada. No miró ni a derecha ni a izquierda, sino que siguió adelante, como si fuera un feroz sabueso en persecución de una presa humana. Esperance se detuvo en seco y contempló con los ojos muy abiertos aquella sorprendente aparición. ¡Era el viejo Pasquale Solara! El hijo de Montecristo se estremeció al pensar que el padre, con toda su ferocidad italiana despertada, perseguía al hombre que había secuestrado a su hija y asesinado a su hijo. En tal caso, la muerte del vizconde estaba asegurada, pues no podría escapar de la venganza del pastor, trastornado y sin remordimientos. ¿Debía alzar la voz y advertirle? ¡No, mil veces no! Giovanni merecía la muerte, y si el furioso anciano se la infligía, solo estaría adelantando el justo castigo de la ley ultrajada.

Decidido rápidamente a seguir los pasos de Pasquale Solara, Esperance se lanzó hacia adelante, sin importarle lo más mínimo los arbustos y zarzas que obstaculizaban su avance y desgarraban sus ropas. Pronto llegaron a sus oídos voces excitadas y, después, el ruido de un forcejeo violento. Se abrió paso rápidamente, con la intención de llegar al escenario del conflicto, donde no dudaba que encontraría a la desdichada Annunziata. Al poco, vio vagamente a dos hombres enfrascados en una lucha cuerpo a cuerpo. Uno era, evidentemente, Pasquale Solara, pues una antorcha humeaba en el suelo, medio extinguida por el musgo húmedo, y el joven vislumbró de vez en cuando el destello de un cuchillo como el que llevaba el pastor cuando pasó a su lado, pero, más allá de estas circunstancias, todo era suposición, ya que la identidad de los contendientes no podía distinguirse en la oscuridad.

Aferrando su pistola con fuerza, Esperance estaba a punto de declarar su presencia cuando la figura de un hombre saltó ante él con la rapidez de un rayo, pareciendo surgir de la misma tierra a sus pies. En ese instante, la antorcha lanzó un brillo intenso y se apagó, pero en ese destello Esperance reconoció al hombre que se oponía a su avance como el extraño campesino que había visto leyendo los «Comentarios de César» la tarde anterior junto al arroyo en las cercanías de la cabaña de los Solara. ¿Estaba él también involucrado en el secuestro, y de qué manera? De nuevo volvió a Esperance la sospecha de que era el cómplice, el aliado del vizconde Massetti.

—¡Quédese donde está! —ordenó el intruso con severidad—. ¡Si da un paso más, las consecuencias caerán sobre usted!

—¡Apártese y déjeme pasar! —tronó el joven, apuntando con su pistola a la cabeza de su oponente. El otro soltó una risa sorda, hizo un movimiento rápido y el arma de Esperance salió volando por el aire. Mientras tanto, los sonidos de la lucha habían cesado, y la oscuridad casi impenetrable del bosque impedía eficazmente que el joven distinguiera nada a un metro de distancia. En cuanto le arrebataron la pistola, cerró los puños con fuerza, apretó los dientes y se lanzó frenéticamente contra el campesino. Este saltó a un lado con una agilidad sorprendente, desapareciendo instantáneamente entre los árboles. El salto fue tan repentino que Esperance, llevado por el fuerte impulso que se había dado, se precipitó locamente hacia un grupo de arbustos y cayó de bruces sobre una espesa capa de musgo, cuya blandura le evitó sufrir ni el más leve hematoma. Al entrar en contacto con el musgo, su mano tocó algo frío que le provocó un escalofrío helado de pies a cabeza. Instintivamente reconoció el objeto como un rostro humano y, pasando la mano, palpó el cuerpo y las extremidades. ¡Dios mío! ¿Quién era este? ¿Se había cometido otro asesinato? ¿Habría algún fin para los horrores y misterios de esta terrible noche? El cuerpo era el de un hombre. Esperance se puso de rodillas y, sacando una caja de cerillas de su bolsillo, encendió una luz. Cuando la llama iluminó el rostro del hombre inconsciente, ¡aparecieron las facciones de Giovanni Massetti! Esperance quedó atónito. ¿Cómo era esto? ¡El vizconde allí, bajo su mano, frío e inmóvil! ¿Quién, entonces, podría haber sido el individuo con el que el viejo Pasquale Solara había estado luchando hace un momento? ¡Ciertamente, los misterios de esta noche se estaban volviendo demasiado complicados para resolverlos! ¿Y dónde estaba la infortunada Annunziata? ¿Había escapado de su captor o captores?, ¿había sido rescatada?, ¿había perecido como su malhadado hermano?, ¿o se había llevado a cabo el secuestro con éxito? Ninguna de estas preguntas pudo responderlas Esperance. Una cosa, sin embargo, estaba clara: no había rastro de ella ahora; ninguna pista que pudiera seguir; por tanto, seguir adelante por el momento era inútil. Con tristeza, decidió esperar al día y entonces resolver algún plan que poner en ejecución inmediata para reparar, en la medida de lo posible, el gran mal que se había hecho.

Pero había que atender a Giovanni. Culpable o inocente, vivo o muerto, no podía ser abandonado donde estaba. La humanidad exigía que se hiciera algún esfuerzo en su favor. Quizá también, si estuviera en condiciones de hablar, se podría obtener alguna clave sobre las extrañas, desconcertantes y terribles transacciones de la noche. Esperance lo levantó en sus brazos y lo llevó hasta el arroyo cerca de la cabaña de los Solara. Para entonces, la luna había salido y bajo sus rayos plateados lo examinó minuciosamente. No había rastro de sangre, ni herida alguna; solo un gran hematoma en la frente, como si hubiera sido golpeado con algún objeto pesado y dejado inconsciente. Estaba vivo, pues su corazón latía, y una o dos veces se había movido sobre la hierba donde Esperance lo había colocado. El joven hizo un cuenco con las manos y, tomando un poco de agua fresca del arroyo, la roció sobre el rostro del vizconde. Al instante, este abrió los ojos, mirando a su alrededor con desconcierto. Se incorporó y miró fijamente a Esperance con expresión salvaje.

—¿Qué pasa? ¿Cómo he llegado aquí? —preguntó con asombro. Luego, llevándose de repente la mano al hematoma de la frente, como si le doliera, continuó: —¡Ah! ¡Sí! ¡Ahora lo recuerdo todo! ¡Luigi Vampa me golpeó!

—¿Luigi Vampa te golpeó? —exclamó Esperance, más asombrado que nunca.

—¡Sí, después de obligarme a prestar un juramento terrible de guardar silencio!

—¿Silencio sobre qué? ¿Sobre el secuestro de Annunziata Solara?

—¡Chist! ¡Chist! ¡No menciones el nombre de esa chica! ¡Vampa o alguno de sus hombres pueden estar acechando en las cercanías y oírlo!

—¿Qué ha sido de ella? ¡Al menos dime eso! ¡Tú lo sabes!

—¡Por Dios que me juzga, no lo sé!

—¿No estabas con ella esta noche? ¿No la sacaste a la fuerza de la cabaña?

—¡No! ¡No!

—¿Quién lo hizo entonces?

—¡Ay! ¡Mi juramento me obliga a guardar silencio sobre ese punto!

—¡Tu juramento! ¡Esa es una excusa muy conveniente! Giovanni, Luigi Vampa no estaba aquí esta noche.

—Lo estaba. Acechó alrededor de la cabaña todo el día para que, cuando llegara la oscuridad, pudiera cometer el acto más negro que jamás haya manchado el registro de la humanidad.

Al instante, Esperance recordó al campesino que había encontrado aquella tarde junto al arroyo, el hombre que, poco antes, se había opuesto a su paso y lo había desarmado en el bosque. Su vaga familiaridad con su voz, su rostro y su vestimenta quedaba ahora explicada. El hombre era Luigi Vampa. No cabía duda. Pero, ¿por qué había secuestrado a Annunziata Solara, como parecían deducirse las palabras de Giovanni? ¿Por qué, sino como aliado y cómplice del vizconde Massetti? Pero entonces, ¿cómo se había comunicado Giovanni con él y de qué manera habían urdido los detalles de su deshonroso complot? ¿Era posible que el viejo Pasquale hubiera sido el medio de correspondencia entre los dos hombres? ¿Había sido tan vil como para vender a su hija? En ese caso, ¿con quién había luchado tan feroz y desesperadamente en el bosque? ¿Por qué también el jefe de los bandidos había obligado a Giovanni a jurar silencio? Preguntas vanas, que no admitían respuestas satisfactorias. La historia del vizconde era increíble; era, sin duda, una mera invención destinada a encubrir y ocultar su propia culpa en el asunto. Aun así, Esperance no podía conciliar esta teoría con el hecho de haber encontrado a Giovanni sin sentido en el bosque.

El joven italiano ya se había recuperado por completo de los efectos del choque que había recibido. Se puso en pie y, acercándose a Esperance, dijo con seriedad:

—Amigo mío, que se olvide el pasado. Yo estaba equivocado y tú tenías razón. Te pido perdón. En cuanto al secuestro de esta infortunada joven, ¡te aseguro que soy totalmente inocente!

—Pero, ¿quién disparó el tiro que mató a Lorenzo? —preguntó Esperance con severidad.

—¡Matar a Lorenzo! —gritó Giovanni con un horror inconfundible—. ¿Mataron a Lorenzo?

—¡Le dispararon esta noche y murió en mis brazos!

—¡Oh, esto es terrible! —exclamó el vizconde, con gotas de sudor frío brotando de su frente—. Te aseguro, Esperance, que no tuve nada que ver en este vil asesinato; ¡no sabía nada de ello! Escuché el disparo de una pistola, pero quién disparó el arma o contra quién iba dirigida no podría decirlo. ¡Todo parecía un sueño desordenado!

Como Esperance no respondió ni una palabra, el vizconde continuó:

—¡De nuevo afirmo mi inocencia de los crímenes oscuros que se han cometido esta noche! ¿No crees mis protestas?

—No sé qué creer —respondió el joven—. Pero no te consideraré culpable hasta que se demuestre que lo eres.

—Entonces —gritó Giovanni, gozoso—, tengo una propuesta que hacerte. ¡Jura que guardarás silencio sobre todo lo que ha ocurrido desde que conocimos a Annunziata Solara en la Piazza del Popolo, incluidos los terribles sucesos de esta noche, y saldré contigo hacia Roma en este mismo instante!

—¿Y renunciarás a tu persecución de la vendedora de flores?

—¡Renunciaré a ella!

—¿Juras hacerlo?

—¡Lo juro!

—¡Entonces, por mi parte, presto aquí el juramento de silencio que requieres!

—¿Me perdonas por haberme peleado contigo?

—¡Te perdono!

—¡Entonces salgamos de este lugar maldito sin perder un instante más!

—¡Que así sea!

Abandonaron apresuradamente la orilla del pequeño arroyo y se dirigieron a la cabaña para prepararse para su partida inmediata. Al pasar por el lugar donde había estado el cuerpo de Lorenzo, Esperance notó con un sobresalto que ya no estaba allí. Entraron en la cabaña. Estaba oscura y desierta. Esperance encendió una vela y, al hacerlo, percibió un trozo de papel en el suelo. Se agachó mecánicamente y lo recogió. Estaba arrugado, como si hubiera sido apretado en la mano y desechado. El joven lo alisó. Era una breve carta. La acercó a la vela y, con una sensación de náusea en el corazón, leyó lo siguiente:

QUERIDÍSIMA ANNUNZIATA: Todo está preparado. Huiremos esta noche. Estate lista. TONIO.

La nota estaba escrita con la letra de Massetti. Esperance se la pasó en silencio. El vizconde la leyó con los ojos saliéndose de sus órbitas, con los dedos temblando tanto que apenas podía sostener el papel.

—¡La evidencia es concluyente! —dijo Esperance, glacialmente, mientras Massetti terminaba de leer—. ¡Es una confesión! ¡Tú secuestraste a Annunziata Solara!

—¿Qué puedo decir para justificarme? —gritó Giovanni con amargura—. ¡Oh, ese maldito juramento!

—¡Y me has hecho jurar silencio a mí también, hombre miserable! —dijo Esperance—. ¡Por qué fui tan débil!

Miró con desprecio al vizconde, que permanecía con la cabeza baja. Luego añadió:

—¡Ahora te entiendo! ¡No querías que te traicionara, que pusiera a los sabuesos de la Justicia sobre tu pista, que hiciera que te castigaran, te marcaran y te deshonraran! Fuiste astuto y te aprovechaste de mí. Pero mi juramento es sagrado, ¡lo mantendré! Volvamos a Roma de inmediato, como propusimos originalmente. Allí te desafiaré en la forma debida por un presunto insulto, ¡y arreglaremos este asunto a punta de pistola!

Pocos momentos después, se pusieron en camino hacia la Ciudad Eterna, dejando atrás la cabaña a la que habían llevado la ruina y la muerte.

CAPÍTULO X.

LA CONDESA DE MONTECRISTO.

Roma estaba agitada por un vago escándalo, tan vago, de hecho, que nadie parecía conocer los detalles precisos. Había surgido a raíz de un informe periodístico, expuesto de la manera indefinida e insatisfactoria característica del periodismo romano. Uno de los diarios de la ciudad había publicado la declaración de que una joven campesina muy hermosa, que vivía con su padre en el campo más allá del Trastévere, había sido secuestrada recientemente, según se decía, por un joven miembro de la aristocracia romana; que el imprudente vástago de la nobleza la había cortejado y conquistado bajo la apariencia de campesino, se la había llevado a un refugio de bandidos y allí la había abandonado finalmente. No se dieron nombres. Las indagaciones en la redacción del diario revelaron el hecho de que los propietarios tenían una autoridad indudable para la publicación de la declaración, pero no se pudo obtener más información de ellos. Unos días después, sin embargo, el mismo periódico dio más detalles: que el noble había sido ayudado a efectuar el secuestro por un joven extranjero residente en Roma, y que el hermano de la infortunada joven había muerto al intentar rescatarla. Eso completó toda la información que se concedió al público respecto al misterioso asunto, y a partir de entonces el diario mantuvo un silencio ininterrumpido al respecto. Corrió el rumor de que sus propietarios habían sido sobornados por partes interesadas para no decir nada más, pero este rumor no pudo ser rastreado hasta ninguna fuente fiable y, por tanto, fue considerado por muchos como una invención. Las autoridades no tomaron ninguna medida al respecto, y era evidente que se dejaría que el asunto se olvidara. Aun así, la sociedad romana estaba considerablemente excitada, y las conjeturas sobre la identidad de la parte culpable y su cómplice abundaban en todos los círculos sociales y aristocráticos de la ciudad. Estas conjeturas, sin embargo, no llegaron a convertirse en declaraciones positivas, aunque se lanzaron insinuaciones insidiosas de que quienes adivinaban que el vizconde Giovanni Massetti era el culpable no estaban muy desencaminados. Se sabía que Massetti había estado ausente de Roma durante varios días por la época en que se suponía que había tenido lugar el secuestro, pero no se dignó a hacer caso de las insinuaciones que corrían sobre él y nadie fue lo suficientemente audaz como para cuestionarlo. No obstante, se dio cierto color a los rumores sobre él por el hecho de que, inmediatamente a su regreso a la ciudad, tras la ausencia antes mencionada, se vio envuelto en una violenta disputa con un joven francés, generalmente supuesto ser Esperance, el hijo de Montecristo, quien lo desafió de inmediato a un duelo; pero el duelo no se llegó a celebrar por alguna razón no hecha pública, habiéndose arreglado la diferencia entre los dos fogosos jóvenes mediante la mediación de amigos comunes. Se observó, sin embargo, y fue ampliamente comentado, que, aunque ambos habían sido anteriormente compañeros casi inseparables, Esperance, después de aquella disputa, evitaba deliberadamente al vizconde Massetti, absteniéndose incluso de mencionar su nombre.

Mientras tanto, en Civitavecchia se había representado otro acto en el drama de la vida nublada de Annunziata Solara. En esa ciudad se encontraba un famoso asilo para mujeres desafortunadas, fundado y dirigido por una dama francesa de enorme fortuna y correspondiente benevolencia, Madame Helena de Rancogne, la condesa de Montecristo.[6] Esta dama era incansable en sus esfuerzos por recuperar y rehabilitar a las caídas de su sexo. Era la Superiora de la Orden de las Hermanas del Refugio, cuyos miembros estaban dispersos por toda Europa, pero tenían su sede principal en el asilo de Civitavecchia, donde un número suficiente de ellas ayudaba constantemente a Madame de Rancogne a llevar a cabo su buena y filantrópica labor.

El Refugio, como se llamaba el asilo, era un vasto edificio de piedra gris con un aspecto sombrío y claustral. Sobre la enorme puerta de entrada, en una placa de metal pulido, estaba incrustada esta sentencia en letras negras bien visibles: «¡No te dejes llevar a considerar indigno a nadie!». Era una máxima de la Condesa de Montecristo en el pasado y había sido adoptada como norma rectora y lema de la Orden de las Hermanas del Refugio. El interior del edificio no correspondía en absoluto a su exterior sombrío y prohibitivo. Ventanas altas y anchas admitían libremente los rayos ardientes del brillante sol italiano, inundando los pasillos y apartamentos con una luz y un calor alegres. Colgaduras carmesíes y tapices magníficamente trabajados de precio fabuloso adornaban las paredes, mientras que estatuas y pinturas costosas y hermosas, obra de viejos maestros y artistas contemporáneos, añadían atractivo a los numerosos salones y salas de estar. El gran refectorio y los dormitorios poseían encantos propios, con colores brillantes que saludaban al ojo por todas partes y sin permitirse nada que pudiera inspirar o promover estados de ánimo melancólicos o pensamientos dolorosos. Había una biblioteca inmensa a la que todas las internas del Refugio tenían libre acceso. Estaba suntuosamente amueblada y el suelo estaba cubierto por una espléndida alfombra turca, tan espesa y suave que los pasos no hacían ruido sobre ella, mientras que las brillantes figuras de flores tropicales que la poblaban profusamente daban la impresión de un verano eterno. Escritorios abundantemente provistos de materiales de escritura, mesas cargadas con los últimos periódicos y revistas en todos los idiomas de Europa, sofás lujosos y acogedores sillones atraían a aquellas socorridas por la Condesa de Montecristo y sus vigilantes ayudantes. Por todas partes, la biblioteca estaba rodeada de estanterías que contenían novelas absorbentes, volúmenes de viajes, producciones de célebres poetas, historias y ensayos, con una generosa dosis de obras religiosas, en su mayoría no sectarias e invariablemente de carácter consolador. Además, se proporcionaban salas de trabajo elegantemente equipadas, en las que aquellas que estaban inclinadas podían practicar bordado, coser o fabricar los mil y un pequeños adornos de fantasía en los que los dedos femeninos son tan hábiles. Nada, sin embargo, era obligatorio; el objetivo principal era proporcionar a las internas del Refugio una ocupación agradable, elevarlas y evitar que miraran hacia atrás con pesar a las vidas agitadas que habían llevado y a los vicios que habían ejercido dominio sobre ellas en el pasado. Verdaderamente, una amante de su sexo más generosa y desinteresada que la noble Condesa de Montecristo no existía.

Las protegidas de las Hermanas de la Orden del Refugio abarcaban mujeres de todas las edades, todas las nacionalidades y todas las condiciones sociales. Incluían grisetas y lorettes parisinas, reclutadas por Nini Moustache en su coqueto apartamento de la Chaussee d'Antin, pues Nini había demostrado ser una misionera de lo más eficaz; jóvenes que habían caído presa de libertinos intrigantes y habían sido abandonadas al torbellino de ese abismo de destrucción, las calles de París; señoritas españolas que habían escuchado demasiado crédulamente los falsos votos de amantes infieles; campesinas italianas cuyos rostros bonitos y encantos personales habían sido su ruina; doncellas desafortunadas alemanas, inglesas, holandesas y escandinavas; e incluso marcas arrebatadas del fuego en Rusia, Turquía y Grecia. Esta comunidad algo diversa convivía en perfecta armonía fraternal, escarmentada por sus desgracias individuales, alentada y sostenida en el camino de la reforma por la Condesa de Montecristo, quien era para todas las infortunadas como una madre tierna, considerada y atenta.

Una noche tranquila, justo cuando la oscuridad se había asentado sobre las calles de Civitavecchia, un golpe tímido en la puerta de entrada del Refugio despertó a la portera de guardia allí. Tales golpes se oían a menudo y se entendían bien. La portera se levantó de su banco, abrió parcialmente la puerta y dejó entrar a una joven temblorosa, cuya forma encogida y contraída estaba vestida con un montón de harapos andrajosos. Una capa roja y fina estaba echada sobre sus hombros, y su rostro pálido y demacrado hablaba claramente de pobreza, privaciones y sufrimiento. Incluso Giovanni Massetti habría reconocido con dificultad en esta paria miserable a la antaño hermosa y bien formada florista de la Piazza del Popolo, pues la solicitante en la puerta del Refugio no era otra que la infortunada Annunziata Solara. Su belleza se había desvanecido como un sueño de verano, desaparecido como el perfume de un jacinto marchito. Permanecía ante la portera en silencio, con las manos juntas, la encarnación de la miseria, la angustia y el abandono.

—¿Qué necesitas, pobre niña? —preguntó la portera, con ternura y simpatía.

—Refugio, ¡solo refugio! —respondió la joven, suplicante, con una voz hueca y quebrada, el fantasma de sus anteriores tonos llenos y alegres.

—La Superiora debe decidir sobre tu caso —dijo la portera—. Irás a verla de inmediato.

La mujer tocó una campana, indicando a la Hermana de la Orden del Refugio que respondió a ella que condujera a la solicitante al apartamento de Madame de Rancogne. La temblorosa Annunziata fue guiada a través de un largo pasillo y conducida a una pequeña pero acogedora oficina en la que estaba sentada una dama de edad avanzada, de presencia imponente y aristocrática, cuya cabeza estaba cubierta con rizos de cabello plateado y cuyo rostro, aún hermoso, lucía una mirada expresiva en la que predominaban la compasión y la benevolencia. Esta dama era la célebre Madame Helena de Rancogne, cuyas aventuras y hazañas como la Condesa de Montecristo habían electrizado en el pasado a todas las naciones europeas. Se levantó cuando Annunziata entró, dándole la bienvenida con una sonrisa cordial y reconfortante.

—Siéntate, hija mía —dijo, con una voz rica y melodiosa—. Estás fatigada. ¿Tienes hambre también?

Annunziata se hundió en la silla que le ofrecieron, cubriéndose el rostro con sus manos delgadas.

—¡Ay, signora! —respondió débilmente—. ¡He caminado muchas millas fatigosas y no he probado un bocado de comida desde el amanecer!

—Lleva a la pobre niña al refectorio —dijo la Condesa a la Hermana, que había permanecido de pie cerca de la puerta—. Después de que su hambre haya sido saciada, la volveré a ver y la interrogaré.

Media hora más tarde, Annunziata, refrescada y fortalecida por su comida, se sentó una vez más en la oficina con la Condesa de Montecristo.

—Hija mía —dijo esta última—, ¿cómo te llamas?

—Annunziata Solara.

—Has solicitado refugio aquí, me informa la portera. ¿Sabes que este es un asilo para las caídas de tu sexo?

—Lo sé, signora; esa es la razón por la que vine.

—¿Te has arrepentido de tu pecado y deseas llevar una vida mejor?

—Me he arrepentido amargamente —respondió la joven, estallando en un torrente de lágrimas—, ¡oh, cuán amargamente, Dios solo lo sabe! Deseo esconderme del mundo; deseo expiar mi vergüenza con cualquier buena acción que mis manos puedan encontrar para hacer.

—Está bien —dijo la Condesa, con los ojos iluminados por el entusiasmo—. El campo es amplio, y la Orden de las Hermanas del Refugio, aunque grande, siempre está abierta a nuevas incorporaciones. Ya se ha hecho mucho bien, pero queda más por lograr, infinitamente más. Serás recibida y se te dará la oportunidad de compartir esta gran obra.

—¡Desde lo más profundo de mi alma le doy las gracias! —sollozó la joven—. ¡Me esforzaré sinceramente por ser digna de su benevolencia!

—Cuéntame tu historia ahora —dijo la Superiora—. No puedo creer que la culpa fuera totalmente tuya.

—Estoy agradecida, signora, por esas palabras. Fui imprudente e indiscreta, pero no criminal. Feliz y satisfecha en mi humilde hogar campesino, era pura e inocente. No sabía nada de la maldad de los hombres, de las trampas puestas para atrapar a las jóvenes incautas. Vivía con mi padre y mi hermano en las cercanías de Roma, vendiendo flores en esa ciudad de vez en cuando. Nunca había tenido un pretendiente, nunca había tenido un amante. Mi corazón estaba libre, lleno de la alegría de la juventud. Me habían dicho que poseía una buena dosis de belleza, pero eso ni me hizo vanidosa ni me inclinó a la coquetería. ¡Oh, signora, nunca volveré a ser tan feliz!

La emoción la superó y sus lágrimas brotaron de nuevo. La Condesa la consoló y ella continuó:

—Una noche fatal, mi hermano trajo a dos jóvenes extraños a nuestra cabaña. Parecían campesinos como nosotros, y uno de ellos había sido herido en una pelea con un bandido. Se quedaron con nosotros durante algunos días. Cuidé al hombre herido, quien, cuando se recuperó, comenzó a cortejarme. Escuché sus ardientes declaraciones, me sometí a sus caricias. Llegué a amarlo a mi vez, y, oh, signora, creí en él, confié en él. En ese período no tenía nada que reprocharme, y Tonio, ese era el nombre de mi admirador, parecía la sinceridad misma. Un día me pidió que huyera con él, pero nuestra conversación fue interrumpida y no le di respuesta. Estaba confundida, no sabía qué hacer. Esa noche recibí una carta suya —la encontré en la mesa de la habitación que ocupaba, oculta bajo mi costurero—, diciéndome que todo estaba preparado para nuestra huida esa noche y pidiéndome que estuviera lista. Estaba aterrorizada. No podía entender por qué deseaba que huyera con él si todo estaba como debía ser, ya que mi padre y mi hermano no se habrían opuesto a ningún pretendiente adecuado para mi mano a quien yo hubiera otorgado mi corazón. Por primera vez sospeché de Tonio y resolví no prestar atención a su carta. Al día siguiente lo vería y le diría que hablara con mi padre y mi hermano. Ay, esa oportunidad no me fue dada. ¡Oh, esa horrible, horrible noche!

Se cubrió el rostro con las manos y se estremeció. Cuando levantó la vista, estaba mortalmente pálida y su voz temblaba mientras continuaba:

—Esa noche terrible, mientras yacía sobre mi cama, envuelta en el sueño, fui despertada repentinamente al oír a alguien en mi habitación. Estaba muy oscuro y no podía ver al intruso. Me levanté con terror, pero una mano se colocó firmemente sobre mi boca. Fui arrancada de mi cama y llevada en los brazos de un hombre fuera de la cabaña. Luché para liberarme, pero en vano. Mi secuestrador parecía poseer la fuerza de un gigante. No había luna, pero bajo la tenue luz de las estrellas pude ver que el hombre estaba enmascarado. Se apresuró conmigo hacia el bosque cercano. Allí, accidentalmente, golpeó su brazo derecho contra el tronco de un árbol y su mano cayó de mi boca. Al instante lancé un grito fuerte y penetrante, pero la mano volvió a su lugar casi de inmediato, y fui incapaz de emitir otro sonido. Mi grito, sin embargo, había sido escuchado por mi hermano, quien se apresuró en mi ayuda. Alcanzó a mi secuestrador en el bosque y, aunque desarmado, lo atacó de inmediato. El hombre me soltó y se volvió contra mi hermano. Se produjo una lucha feroz, durante la cual la máscara fue arrancada del rostro de mi secuestrador y, para mi horror, creí reconocer a Tonio. De repente hubo un disparo de pistola. Había observado el conflicto, incapaz de moverme. Vi a mi hermano tambalearse; la sangre brotaba de él. No pude soportar más; caí al suelo en un desmayo.

—Cuando recuperé el sentido, estaba en una choza extraña. Hombres de aspecto salvaje, a quienes tomé por bandidos, me estaban custodiando. Cuánto tiempo permanecí en la choza no lo sé, pero debieron ser varios días. A veces un hombre enmascarado venía a mí, diciéndome que era Tonio e insistiendo en sus pretensiones hacia mí. Me negué a escucharlo, reprendiéndolo por arrancarme de mi hogar y herir a mi hermano. Le dije que su conducta no era la de un amante, sino la de un villano. Le imploré, si poseía una pizca de hombría, que me liberara, que me enviara con mi padre. Me informó que era su cautiva y que permanecería así hasta que cediera a sus deseos. Lo rechacé con desprecio, con la energía de la desesperación. Finalmente me dominó por pura fuerza y me obligó a ceder. Entonces no lo vi más. Deambulé por la choza como una demente. Mi copa de dolor estaba llena hasta desbordarse. Estaba desesperada. La vergüenza y la degradación fueron de ahí en adelante mi porción.

—Tras la partida de mi secuestrador, un recién llegado apareció entre los bandidos. Parecía ser su jefe. Expresó lástima por mí y me dijo que mi secuestrador no era un campesino, sino un joven noble romano, el vizconde Giovanni Massetti. No me importó nada esta revelación. No tenía pensamiento de venganza; mi único deseo era esconderme de la mirada del mundo, evitar el dedo implacable del desprecio. Finalmente, el jefe bandido me llevó de vuelta a mi hogar. Allí encontré a mi padre, aprendiendo de sus labios que mi hermano estaba muerto. Esta noticia hizo que mi dolor fuera totalmente insoportable. Mi padre estaba malhumorado y hosco. Durante días enteros no me hablaba. Parecía haber perdido todo afecto paternal. Finalmente, abandoné la cabaña. Había oído hablar del Refugio y decidí buscar su amparo. Caminé hasta Civitavecchia y esta noche me encontré en su puerta. Tal es, signora, mi triste historia. Le he dicho toda la verdad. Vea que no soy totalmente culpable.

Mientras Annunziata concluía, la Condesa de Montecristo la atrajo hacia su pecho.

—Pobre niña —dijo, en tonos tiernos y compasivos—, has probado, en efecto, la amargura de la vida y se ha pecado más contra ti que lo que tú has pecado. Pero ahora eres mi hija. La Hermandad de la Orden del Refugio te ha cubierto con su escudo protector.

Era el mes de julio. El calor en París era intenso, absolutamente sofocante; un resplandor blanco parecía caer de la atmósfera amarillenta y sin brisa, abrasando los mismos adoquines; durante semanas no había llovido, ni la menor señal de una nube en los cielos despiadados. Las calles estaban casi desiertas; incluso esa vía favorecida de la moda, la Rue de la Paix, contaba con pocos paseantes; el único lugar solicitado era el Bois de Boulogne, con sus magníficos árboles y avenidas deliciosamente sombreadas; los Campos Elíseos, en toda su extensión, desde la Place de la Concorde hasta el Arc de l'Etoile, eran como un desierto bañado por el sol, y sus pintorescos marchands de coco, con sus jarras brillantes, delantales blancos como la nieve y campanillas tintineantes, encontraban poca demanda para su agua de regaliz y zumo de limón, mientras que incluso los Théâtres de Guignol no lograban detener a los escasos transeúntes.

En el vasto jardín de la mansión de Monte-Cristo, a pesar de su poder en otras partes, el sol parecía haber sido desafiado con éxito; allí, los árboles, arbustos y plantas no estaban marchitos, sino que conservaban toda su frescura y belleza, sugiriendo el frescor de la primavera temprana más que el calor sofocante del pleno verano, mientras que los parterres estaban brillantes con flores magníficas y perfumes penetrantes cargados en el aire. Cerca de una pequeña puerta que daba a la Rue du Helder, una mañana temprano, Zuleika y la señorita d'Armilly estaban sentadas en un banco rústico bajo un amplio cenador cubierto de madreselva. Habían llegado al jardín desde el comedor para descansar y charlar después de su comida. La antigua profesora de música le estaba contando a su compañera su experiencia en el escenario y las muchas aventuras que había tenido durante su carrera operística. En medio de un relato de lo más interesante, hizo una pausa repentina, fijando sus ojos en la pequeña puerta, con un grito de sorpresa y terror. Zuleika siguió la dirección de su mirada y dio un respingo al ver, apoyado contra los barrotes de la puerta, a un hombre de aspecto siniestro, vestido con ropas polvorientas y harapientas, que observaba a su compañera y a ella con ojos que brillaban como los de alguna serpiente venenosa. Cuando notó que lo observaban, el hombre se quitó de la cabeza una gorra grasienta y manchada por la intemperie, dejando al descubierto una profusión de mechones enmarañados y blanquecinos, y, extendiendo una mano mugrienta, con dedos ganchudos que se asemejaban a las garras de un ave enorme, a través de los barrotes, dijo, con el tono ronco peculiar de los marginados de las calles:

—¡Caridad, por el amor de Dios!

El hombre parecía más un ladrón que un mendigo. Sin embargo, la señorita d'Armilly, que fue la primera en recuperar la compostura, sacó unos cuantos sous de su bolsillo y se adelantó para ponerlos en su palma. Al acercarse a él, el mendigo actuó de forma muy extraña. En lugar de tomar el dinero, retiró la mano bruscamente, mirando a la señorita d'Armilly con una expresión de terror y asombro mezclados en su semblante malvado. Luego se alejó rápidamente de la puerta, se colocó la gorra y se marchó a paso ligero. La señorita d'Armilly también se vio singularmente afectada; dejó caer los sous, se puso pálida como la ceniza y habría caído al suelo si Zuleika no hubiera saltado a su lado y la hubiera atrapado en sus brazos.

—¿Qué te pasa, Louise? —gritó la joven, asombrada por el comportamiento del mendigo y aún más por el efecto que había producido en su compañera.

—¡He visto un fantasma! —respondió la señorita d'Armilly, en un susurro estremecedor.

—¿Un fantasma?

—¡Sí! ¡Oh! ¡Abandonemos el jardín de inmediato!

—¿El fantasma de quién?

—¡No me atrevo a decirlo! ¡Ven, ven, no puedo quedarme aquí ni un segundo más! ¡Qué suerte que la joven Madame de Morcerf no estuviera con nosotras! ¡Se habría vuelto loca!

—¿La esposa de Albert? Hablas de forma disparatada, Louise. ¿Qué interés podría sentir ella por ese miserable marginado?

—¿Qué interés? No me preguntes. No puedo, ¡no debo decírtelo! ¡Oh! ¡Es terrible!

—¿Le dirás a la esposa de Albert lo que has visto?

—¡No! ¡Mil veces no! ¡Ni siquiera debe sospechar que ese hombre ha regresado de la tumba! ¡Te ruego que no le digas nada a ella ni a nadie más!

—Guardaré silencio sobre el tema; pero ese mendigo no era un fantasma; era una realidad muy sustancial. Algo le asustó, algo, sin duda, que vio en la calle, tal vez un sergent de ville. Tu reconocimiento de él fue imaginario.

—No fue imaginario. Pero no debemos quedarnos aquí; ¡no volvería a ver ese rostro, esos ojos, ni por todo el oro del mundo!

Zuleika tomó a su amiga del brazo y caminó con ella hacia la mansión, intentando mientras iban de camino tranquilizarla, convencerla para que superara su susto. Sus esfuerzos, sin embargo, resultaron totalmente inútiles. La señorita d'Armilly estaba completamente nerviosa y se retiró inmediatamente a su habitación.

A pesar de su deseo de creer que la señorita d'Armilly había sido engañada con respecto a la identidad del mendigo y, en su confusión, lo había confundido con otra persona, Zuleika no podía deshacerse por completo de una sensación de vaga aprensión, de terror mal definido al pensar en la conducta singular y la violenta agitación de la antigua profesora de música en la tranquilidad y soledad de su propia habitación. ¿Por qué la señorita d'Armilly se había sentido tan afectada al ver al mendigo? ¿Por qué le había rogado tan encarecidamente que no le dijera nada de lo ocurrido a nadie y, especialmente, que evitara toda mención del asunto a la esposa de Albert de Morcerf? La señorita d'Armilly había visto demasiado mundo como para asustarse por una simple trivialidad. ¿Era posible que el marginado harapiento hubiera estado relacionado de alguna manera con la carrera operística de la joven Madame de Morcerf, que hubiera sido su amante? Esta última suposición proporcionaría una causa plausible para el terror de la antigua profesora de música, ya que la reaparición de un amante podría llevar a revelaciones bien calculadas para perturbar seriamente la felicidad y tranquilidad del recién casado marido y mujer. Zuleika había oído que Eugenie había sido muy cortejada durante el período en que estuvo en el escenario, que había contado a sus ardientes admiradores por decenas, pero este hombre parecía demasiado viejo, demasiado desamparado, como para haber estado recientemente en condiciones de esparcir riqueza a los pies de una prima donna. Además, la señorita d'Armilly había hablado de él como de un fantasma y parecía referirlo a un período más remoto. Zuleika también había oído hablar del contrato matrimonial roto de la señorita Danglars en el pasado. ¿Podría ser este mendigo el sinvergüenza que se había hecho pasar por el título asumido de Príncipe Cavalcanti y que casi se convierte en su marido? Tal vez; pero incluso si fuera ese miserable sin escrúpulos, ¿qué daño podría hacer su reaparición a estas alturas, ahora que la vieja historia había sido completamente examinada y casi olvidada? Albert estaba bien al tanto de todos los detalles del episodio de Cavalcanti, y era poco probable que se pudiera exponer nada más que perturbara a él o a su esposa. No, el extraño sucio, de pelo blanco y aspecto siniestro no podía ser el antiguo Príncipe; era alguien más, alguien a quien temer más. Pero, ¿quién era él, si no el miserable hijo de Villefort? Zuleika estaba más perpleja y perturbada de lo que estaba dispuesta a admitir, incluso ante sí misma. Si tan solo pudiera hablar con el Conde de Monte-Cristo, contárselo todo, sin duda se podría obtener alguna explicación del misterio, una explicación que, al menos, calmaría sus vagos temores; pero eso era imposible; su promesa a la señorita d'Armilly de guardar silencio sellaba sus labios tanto con su padre como con la joven Madame de Morcerf. Cualesquiera que fueran sus temores, tendría que soportarlos sola, o, en el mejor de los casos, compartirlos con la señorita d'Armilly, quien, evidentemente, no le daría más satisfacción.

Mientras tanto, el hombre que había causado todo este problema, después de haber corrido casi una distancia considerable a lo largo de la Rue du Helder, totalmente ajeno a la atención que atraía de los escasos transeúntes, giró hacia la Rue Taitbout, de allí llegó a la Rue de Provence y finalmente se encontró en la Cité d'Antin. Allí se dirigió a una pequeña taberna o caboulot, frecuentada por algunos de los peores merodeadores de esa sección de París. La sala a la que entró estaba desocupada, salvo por una joven desaliñada, que estaba sentada detrás del mostrador leyendo una copia grasienta de la Gazette des Tribunaux. El hombre se dirigió al mostrador y, tirando el precio, pidió un vaso de brandy, que se tragó de un trago. Luego se dirigió a la joven desaliñada, que, con el periódico aún en una mano, lo miraba entre sonriendo y frunciendo el ceño.

—¿Está Waldmann aquí? —preguntó, con el aire de un hombre que se siente totalmente como en casa.

—Sí —respondió la joven, retomando su asiento y su lectura—; está en la trastienda, jugando al piquet con Peppino, Beppo y Siebecker.

—¡Bien! —dijo el hombre—. Tengo suerte. Apenas esperaba encontrarlos a todos a esta hora.

Con esto, abrió una puerta acristalada y, entrando en la trastienda, la cerró tras de sí. Los jugadores, que estaban sentados a una mesa, con jarras de cerveza a su lado, levantaron la vista rápidamente de su juego al entrar él, y uno de ellos, un alemán de complexión pesada y cejas pobladas, le llamó, hablando en francés:

—¿Cómo es eso, Bouche-de-Miel, qué pasa? ¡Estás sin aliento y tan pálido como si te hubiera seguido un agente de la Sûreté!

—No me han seguido, Waldmann —respondió el mendigo o Bouche-de-Miel—, pero he hecho un descubrimiento sorprendente.

Los jugadores dejaron de inmediato sus cartas e se inclinaron hacia adelante para escuchar. Eran un grupo rudo y de aspecto desesperado; en sus rostros de mal agüero y bronceados por el sol, se podía leer "ladrón" tan claramente como si estuviera escrito allí, ¡y quizás, también, la palabra aún más significativa, "asesino"! Dos de los hombres eran italianos, evidentemente los Peppino y Beppo a los que se refería la joven desaliñada en el mostrador de la sala exterior. Además de Waldmann, había otro alemán. Este era Siebecker. Alto, delgado, con cabello y bigote rubios, tenía cierto atractivo; su atuendo era bastante respetable comparado con el del resto; si no hubiera poseído un par de ojos inquietos y demoníacos, podría haber pasado por una persona de reputación bastante decente, pero esos orbes brillantes, parecidos a los de un tigre, traicionaban su verdadero carácter y lo marcaban como un miembro muy peligroso de la fraternidad criminal. Waldmann parecía ser el líder del grupo. Los italianos vestían blusas azules, pero la prenda distintiva del trabajador parisino no podía ocultar cierto aire de bandolero que era su segunda naturaleza.

—Hablemos de tu sorprendente descubrimiento, Bouche-de-Miel —dijo Waldmann—. Siéntate y cuéntanos.

El mendigo se dejó caer sobre un cofre de madera, diciendo, en tono de profundo abatimiento, mientras lo hacía:

—Por mucho que desee participar en el trabajito de esta noche, ¡me temo que tendréis que dejarme fuera!

—¡Tonterías! —gritó Waldmann—. ¡Tienes miedo de encontrarte con ese tipo terrible, el Conde de Monte-Cristo! Pero el sorprendente descubrimiento, ¡suéltalo, hombre!

—¡Sí; el descubrimiento, el descubrimiento! —exigieron los otros, con impaciencia.

—Bueno —dijo Bouche-de-Miel—, fui a la Rue du Helder esta mañana, como habíamos acordado, e hice un reconocimiento de la mansión de Monte-Cristo. Nada más fácil que entrar, ya que no hay vigilancia por la noche, y el Conde no es en absoluto sospechoso, aunque tiene millones de francos en su caja fuerte, por no hablar de joyas y otros objetos de valor. Cuando estaba a punto de salir del recinto, me detuve en una pequeña puerta que daba acceso al jardín desde la calle, al haber notado que la llave había sido dejada descuidadamente en la cerradura por fuera. Estaba apoyado contra la puerta, tomando una impresión en cera de esta llave, lo que nos aseguraría la entrada sin problemas, cuando, al mirar a través de la reja hacia el jardín, vi a dos mujeres; me habían notado y parecían muy asustadas. Instantáneamente metí la mano a través de los barrotes y pedí caridad. Una de las mujeres reunió el valor suficiente para levantarse y acercarse a mí; estaba a punto de darme algo de dinero, cuando de repente me reconoció a pesar de todos los cambios en mi apariencia. Yo también la reconocí y me alejé tan rápido como pude.

—Bueno, ¿y qué con todo esto? —dijo Waldmann, con calma—. No significa absolutamente nada.

—¡Significa tanto que no puedo ir con vosotros a la casa de Monte-Cristo y correr el riesgo de encontrarme con esa mujer!

Waldmann soltó una carcajada; los otros sonrieron.

—¡Nunca antes había oído hablar de un francés que tuviera miedo de encontrarse con una mujer! —dijo Siebecker, muy divertido.

—Os digo que no puedo ir; tenéis que dejarme fuera —dijo Bouche-de-Miel, obstinado.

—¡Qué! —gritó Peppino—. ¿Permites que una mujer se interponga entre tú y tu venganza contra el Conde de Monte-Cristo? ¡Recuerda el menú de Luigi Vampa!

Bouche-de-Miel miró al italiano salvajemente.

—No hay necesidad de que lo recuerde —respondió él, amargamente—. Nunca lo he olvidado. ¡Tampoco he olvidado vuestra parte en ese infame asunto! —añadió, entre dientes.

—¡Era mi deber hacer lo que se me ordenaba! —replicó Peppino.

—¡Me vengaré de vosotros todavía! —masculló Bouche-de-Miel, amenazante.

—¡Ya veremos! —respondió el italiano, desafiante.

Waldmann intervino y dijo, con severidad:

—¡Nada de peleas! Somos hermanos y estamos unidos para beneficio mutuo. Bouche-de-Miel, debes venir con nosotros esta noche. ¡Te ordeno que vayas y no aceptaré ninguna excusa! Además, si, como dice Peppino, tienes una venganza que satisfacer contra el Conde de Monte-Cristo, ¡la oportunidad es demasiado valiosa para que la descuides! De cualquier manera, ¡irás! ¿Dónde está la impresión en cera de la llave?

Bouche-de-Miel le entregó al alemán un pequeño paquete que sacó de su bolsillo. Waldmann se lo dio a Siebecker, indicándole que fabricara una llave de acuerdo con él. Mientras tanto, el mendigo había estado pensando. Su rostro mostraba que se estaba produciendo una lucha feroz en su mente, una lucha entre el miedo y un deseo ardiente de venganza. Este último triunfó finalmente, y el mendigo, levantándose del cofre, fue a la mesa, golpeándola con el puño con un sonido resonante.

—¡Os acompañaré, compañeros! —dijo, con ojos destellantes y voz excitada—. ¡Monte-Cristo me robó, me arruinó y me lanzó al mundo como un vagabundo sin un céntimo! ¡Tendré mi venganza!

—¡Hablado como un héroe! —dijo Waldmann, con entusiasmo—. Nos reuniremos en la pequeña puerta de la Rue du Helder a medianoche. Siebecker te dará la llave, Bouche-de-Miel, y tú abrirás la puerta. No necesitas temer que te reconozcan, incluso si te encontraras cara a cara con la mujer de la que has hablado, pues irás enmascarado como el resto de nosotros. Si te preocupa su seguridad, te diré ahora que solo queremos los millones de Monte-Cristo; no pretendemos asesinar.

—¿Pero qué pasa si el asesinato fuera necesario, si no pudiera evitarse?

Waldmann se encogió de hombros.

—Entonces debemos protegernos —respondió, flemático.

Acto seguido, el grupo de malhechores se separó, para pasar las horas como mejor pudieran, hasta que llegara el momento del brillante golpe que meditaban.

CAPÍTULO XII.

PADRE E HIJA.

El Conde de Monte-Cristo estaba en su estudio, caminando de un lado a otro; estaba sumido en sus pensamientos, y una expresión indicativa de profunda preocupación se reflejaba en su rostro pálido, pero resuelto. De vez en cuando se detenía frente a una pequeña mesa sobre la que había un equipo telegráfico para enviar y recibir mensajes, escuchando con mucha atención los sonidos emitidos, pues, aunque la lectura sonora no era muy practicada por los telegrafistas de aquella época, Monte-Cristo, que parecía poseer todos los conocimientos de su propia era y los de las edades venideras, era un experto en ella, así como un operador notablemente rápido y correcto.

Era casi medianoche. Toda la familia en la mansión de la Rue du Helder se había retirado a descansar, con la excepción de su cabeza, que había permanecido despierto en respuesta a una convocatoria desde Berlín para estar listo a recibir los detalles de una reunión secreta de una vasta sociedad de patriotas prusianos, que le sería enviada en clave por uno de sus agentes más entusiastas y activos para la promoción de la causa de la libertad humana universal. El calor intenso que había prevalecido todo el día solo había sido ligeramente moderado por la llegada de una noche cerrada y bochornosa; no había la más mínima brisa en el aire pesado y opresivo, y el cielo azul, lleno de estrellas e inundado por la brillante luz de la luna, estaba sin una nube. El brillo plateado entraba por las ventanas abiertas del estudio, iluminando la estancia de tal manera que el Conde había apagado su lámpara. Sombras fantásticas eran proyectadas en el suelo por las estanterías y diversos muebles, pareciendo figuras gigantescas y empequeñecidas de demonios y elfos, otorgando a la escena un aspecto extraño y sobrenatural. Monte-Cristo caminaba entre estas sombras distorsionadas como un maestro mago comulgando con los espíritus oscuros y misteriosos que recibían sus órdenes en silencio y luego desaparecían para ejecutarlas sin cuestionar ni debatir.

Los pensamientos del Conde eran de naturaleza sombría; estaba reflexionando sobre el problema de la libertad francesa, preguntándose cuánto tiempo la nación volátil y cambiante con la que había unido su destino conservaría la libertad adquirida por la revolución que había derrocado el trono de Luis Felipe y otorgado poder al pueblo. Desconfiaba de los acontecimientos del futuro próximo. Ya los bonapartistas estaban activos y Luis Napoleón surgía como una figura formidable. El sobrino del gran conquistador de Europa profesaba sentimientos republicanos, pero Monte-Cristo dudaba de su sinceridad, así como de su capacidad para gobernar a la inquieta población de París. Preveía una imitación del famoso Emperador; su ojo profético atravesaba las aspiraciones presidenciales de Luis Napoleón y veía más allá de ellas un segundo Imperio no menos brillante pero no más sólido que el primero. La política de los Bonaparte era deslumbrar a las masas, a los hombres de las barricadas, mediante una muestra de grandeza y divertirlos en lugar de forzarlos a la sumisión. El Conde se había mantenido al margen de Luis Napoleón, incluso se le había opuesto con toda la fuerza de su inmensa influencia; lo había hecho no por consideraciones personales, sino por el bien de todo el pueblo francés, por la preservación intacta del tejido de la libertad, fruto de la revolución de 1848.

Mientras tanto, mientras estos pensamientos circulaban por el activo cerebro de Monte-Cristo, el instrumento telegráfico seguía marcando constantemente, pero la información que esperaba no era transmitida. Las noticias le llegaban desde todos los centros de agitación política, excepto desde Berlín; allí prevalecía un silencio obstinado y ominoso. Varias veces intentó abrir comunicación con su confederado en la capital prusiana, pero sus señales no fueron respondidas. Al final, hizo una pausa con cansancio en su caminar, arrojándose en un enorme sillón; la fatiga pesaba sobre sus párpados y rápidamente se hundió en un sueño inquieto y entrecortado, del que salía a intervalos, perturbado por algún sueño vago y desconcertante. De vez en cuando, mientras dormía, esa sonrisa que lo hacía tan apuesto se apoderaba de su rostro varonil, resaltando con audacia toda su maravillosa nobleza y benevolencia de expresión.

Cuando la medianoche sonó en cada torre de reloj de París, la soledad habitual de la Rue du Helder a esa hora muerta fue interrumpida por la aparición de una figura siniestra en la pequeña puerta del jardín de Monte-Cristo. A esta figura le siguió casi al instante otra no menos intimidante. Ambos llevaban máscaras y se movían tan sigilosamente como gatos. La segunda figura se dirigió a la primera, hablando en un susurro cauteloso:

—Bouche-de-Miel, ¿eres tú?

—Sí. Siebecker, ¿tienes la llave? —murmuró el otro, apenas por encima de su aliento.

—Aquí está, viejo. Ahora a trabajar. Los otros estarán aquí en un momento. Abre la puerta y entremos.

Bouche-de-Miel tomó la llave, que estaba cubierta de aceite para evitar que chirriara, y la introdujo en la cerradura. Encajó a la perfección y giró sin ruido. Bouche-de-Miel le dio a la puerta un suave empujón; cedió, abriéndose sin un sonido. Los dos hombres pasaron al interior, cerrándola parcialmente tras ellos. La luz de la luna caía sobre el asiento que Zuleika y la señorita d'Armilly habían ocupado bajo el cenador cubierto de madreselva esa mañana; Bouche-de-Miel dio un respingo repentino al mirarlo, arrepintiéndose a medias de haber cedido al mandato de Waldmann bajo el impulso de su odio hacia Monte-Cristo y su deseo de venganza; temblaba violentamente a pesar de todos sus esfuerzos por mantener la compostura y su rostro era una masa de sudor bajo su máscara protectora. Siebecker notó su agitación y soltó un juramento ahogado.

«¡Sacre nom d'un chien!», murmuró entre dientes, «si sigues así, viejo, hubiera sido mejor que Waldmann te hubiera dejado ir. No puedes hacer este trabajo con el pulso tembloroso. ¡Ánimo, ánimo, Bouche-de-Miel! ¿Qué es eso?»

Se escuchó un leve ruido en la verja. Agarrando a su trémulo compañero por el brazo, Siebecker lo arrastró apresuradamente detrás de un grupo de pequeños castaños. Tan pronto como estuvieron ocultos, tres hombres enmascarados abrieron la verja con cautela y entraron de puntillas en el jardín. Waldmann, Peppino y Beppo habían llegado y estaban listos para cumplir con su parte del nefasto trabajo. Siebecker y Bouche-de-Miel salieron silenciosamente de su escondite y se reunieron con ellos.

Waldmann miró a su alrededor, evidentemente satisfecho.

«Hasta aquí todo bien», dijo en voz baja. «Estamos todos a tiempo. No perdamos ni un instante. ¿Has templado tus nervios con suficiente brandy, Bouche-de-Miel?»

«Estoy bien», respondió este último con obstinación, aunque hubo un temblor perceptible en su voz al hablar.

«Acaba de tener otro ataque de miedo», dijo Siebecker con desdén. «¡Creo que haríamos bien en dejarlo con Peppino y Beppo para vigilar el jardín! ¡No será seguro llevarlo con nosotros a la casa, Waldmann!»

El líder se acercó a Bouche-de-Miel y lo sacudió violentamente.

«¡Eres un cobarde!», dijo con ferocidad. «Esa historia de la mujer que nos contaste era puro cuento. ¡Tienes miedo de encontrarte con Monte-Cristo, como vi muy claramente esta mañana!»

Esta burla hirió a Bouche-de-Miel profundamente y le devolvió todo su valor. Se enfrentó a Waldmann sin pestañear y replicó:

«¡No soy un cobarde y no le tengo miedo a Monte-Cristo!»

«¿Entonces qué te pasa?»

«Eso es asunto mío, pero no perjudicará el trabajo de esta noche. Iré con ustedes a la casa y haré mi parte tan bien como tú o Siebecker. Dijiste que no perdiéramos un instante. ¿Qué están esperando? ¡Vamos!»

«¿Juras estar con nosotros hasta el final pase lo que pase?»

«¡Lo juro!»

«Confiaré en ti.»

«Y no tendrás motivo para arrepentirte de tu confianza. ¡Si me encuentro con Monte-Cristo lo mataré como a un perro callejero! ¿Eso te satisface?»

«¿Qué hay de tu misteriosa mujer?»

Bouche-de-Miel no pudo reprimir un sobresalto, pero apretó los puños con firmeza y respondió con un esfuerzo:

«¡No te preocupes por ella! ¡Ella debe cuidarse sola!»

«¿Quién es ella?»

«¡No te preocupes por ella, te digo! ¡Si le ocurre algún daño, será por su propia culpa!»

Waldmann pareció tranquilizado; no obstante, susurró al oído de Bouche-de-Miel con una seriedad terrible que demostraba claramente que decía lo que pensaba:

«Te dije que confiaría en ti, y lo haré. Pero si te debilitas, si intentas actuar como un traidor para salvar a esa mujer, ¡te volaré la tapa de los sesos ahí donde estás!»

Bouche-de-Miel se encogió de hombros.

«Si me debilito, si intento traicionarlos, ¡dispárenme en el acto! ¡Les doy permiso! ¡Pero si usan su pistola, será con otra presa que no sea yo! ¡Pongámonos a trabajar!»

Dejando a los dos italianos de guardia en la verja, Waldmann y Siebecker, con Bouche-de-Miel entre ellos, se dirigieron sigilosamente hacia la casa, caminando sobre la hierba para que el sonido de sus pasos fuera amortiguado. Se mantuvieron bien ocultos en las sombras de los árboles, llegando a la parte trasera de la mansión sin ser observados y sin incidentes. Waldmann se quitó los zapatos y los demás siguieron su ejemplo.

«Todo está en silencio», susurró. «Sin duda, todos los miembros de la casa, incluido el temible Conde mismo, están profundamente dormidos. Será pan comido.»

Subió al porche trasero y probó la puerta del servicio. Había sido dejada descuidadamente sin llave. La abrió y miró hacia adentro. Solo oscuridad y silencio allí. Hizo señas a sus compañeros; ellos también subieron al porche. Waldmann sacó una linterna sorda de debajo de su abrigo; los tres ladrones entraron en la casa de Monte-Cristo.

«El estudio del Conde donde guarda su dinero está en el segundo piso», susurró Bouche-de-Miel. «Podemos llegar a él subiendo por la escalera del servicio de allí.»

Señaló a través del pequeño pasillo en el que estaban. Waldmann abrió cautelosamente su linterna y el estrecho hilo de luz que salía de ella reveló la escalera. Los malhechores la subieron y, guiados por Bouche-de-Miel, que parecía estar perfectamente familiarizado con la topografía de la mansión, pronto estuvieron frente al estudio de Monte-Cristo. La puerta estaba entreabierta. Bouche-de-Miel miró adentro, pero retiró la cabeza al instante, haciendo señas a Waldmann y Siebecker para que miraran. Lo hicieron y vieron a un hombre dormido en un sillón; simultáneamente, un chasquido agudo en la habitación los alarmó; apretaron los dientes, cerraron los labios con firmeza y sacaron sus pistolas. El chasquido agudo se repitió, seguido en rápida sucesión por varios otros. Era el instrumento telegráfico: ¡habían llegado noticias desde Berlín!

Al instante, el Conde estuvo completamente despierto. Saltó de su silla y corrió hacia el instrumento, al cuyo chasquido escuchó con ansiedad y atención. La vasta sociedad de patriotas prusianos se había reunido. Los delegados tardaron mucho en llegar, porque, aunque se había utilizado el máximo secreto, la policía real se había enterado de su presencia en la capital y de la asamblea propuesta. Aun así, se esperaba que la reunión no fuera perturbada, ya que el punto de encuentro era una localidad aislada, de la cual, se pensaba, las autoridades no sospechaban. Sin embargo, apenas el presidente se había sentado cuando la policía irrumpió por todas las puertas y ventanas. Todos los patriotas fueron arrestados, salvo el confederado de Monte-Cristo, quien por una afortunada casualidad logró engañar a los servidores de la ley.

La frente del Conde se nubló al escuchar esta sorprendente inteligencia marcada por el instrumento telegráfico. Se llevó la mano a la frente al concluir el mensaje ominoso y se tambaleó como un borracho hacia su sillón, en el que se hundió. Mientras lo hacía, Waldmann, Siebecker y Bouche-de-Miel, que corrieron inmediatamente hacia adelante, lo agarraron y lo sujetaron allí con la fuerza del hierro. Waldmann le puso una mordaza en la boca y Siebecker lo ató firmemente a la silla con una cuerda resistente que sacó de su bolsillo. Una vez completada la atadura, los ladrones soltaron al Conde y se volvieron en busca del botín por el que habían venido: ¡los millones de Monte-Cristo!

De repente hubo un grito fuerte. Provenía de Bouche-de-Miel. Los otros se volvieron y lo miraron, con sus pistolas en las manos. Estaba mirando a una mujer vestida de blanco, que permanecía como un fantasma en la puerta abierta del estudio. En ese momento otra puerta se abrió y Alí, el fiel nubio, seguido por todos los criados de la casa, irrumpió en la habitación, cayendo sobre los desconcertados sinvergüenzas antes de que se hubieran recuperado de su sorpresa. Hubo una breve lucha, pero los sirvientes estaban desarmados y los ladrones, liberándose de las garras de sus adversarios, los mantuvieron a raya con sus pistolas y retrocedieron lentamente fuera del apartamento. En el conflicto, sin embargo, la máscara de Bouche-de-Miel fue arrancada de su rostro, y su semblante no fue visto antes de que la mujer vestida de blanco corriera hacia él con los brazos extendidos, exclamando sin aliento:

«¡Mi padre! ¡mi padre!»

Bouche-de-Miel le hizo señas para que se alejara; luego se movió como si quisiera acercarse a ella, impulsado por un sentimiento que era totalmente incapaz de dominar; pero Waldmann, manteniendo siempre su pistola apuntando a Alí y sus compañeros, lo agarró del brazo con un agarre de hierro y lo arrastró. Los frustrados ladrones lograron escapar de la casa y del jardín.

El Conde de Monte-Cristo había sido desatado y desmordazado por Alí cuando los ladrones abandonaron el estudio. Alarmados por el ruido y la conmoción inusuales, el capitán de Morcerf, Zuleika y la señorita d'Armilly habían aparecido en escena, pero demasiado tarde para presenciar el conflicto con los malhechores. En pocas palabras, el Conde les explicó lo que había sucedido. Zuleika miró a la señorita d'Armilly como si sospechara que el extraño mendigo de esa mañana tenía algo que ver con esta invasión nocturna de su hogar; Louise parecía inquieta y agitada, pero mantuvo un silencio pétreo.

La mujer vestida de blanco seguía allí como estupefacta. La señorita d'Armilly se acercó a ella y le preguntó con solicitud:

«Eugénie, ¿qué te pasa?»

Esta pregunta despertó a la joven madame de Morcerf, pues era ella, de su estupor. Se arrojó en una silla y se cubrió el rostro con las manos, gimiendo lastimeramente:

«¡Oh! ¡Louise! ¡Louise! ¡He visto a mi padre! ¡Era uno de los ladrones! ¡Es terrible, terrible!»

El capitán de Morcerf, que se había acercado al lado de su esposa y le había tomado la mano con ternura, miró interrogante al Conde.

«Vi perfectamente al hombre del que habla», dijo Monte-Cristo en respuesta a su mirada, «¡y ciertamente era el barón Danglars!»

CAPÍTULO XIII.

LA AVENTURA DE MORCERF.

El Conde de Monte-Cristo no tomó medidas para que los malhechores que habían invadido la santidad de su hogar fueran rastreados y detenidos; ni siquiera dio instrucciones al comisario de policía del barrio respecto a lo sucedido. Estaba completamente convencido de que el único objetivo de los miserables había sido el robo y, como ese objetivo había sido frustrado, no deseaba buscar más publicidad poniendo el asunto en manos de las autoridades. Una cosa, sin embargo, le causaba una inquietud considerable, a saber, el hecho de que Danglars hubiera sido uno de los ladrones. No dudaba que el antiguo banquero, a quien él había arruinado financieramente y obligado a huir ignominiosamente de París en el pasado en pos de su plan de venganza total contra los enemigos de su juventud, había planeado el robo para satisfacer su ardiente sed de venganza; también se sentía igualmente seguro de que Danglars planeaba más fechorías, si pudiera lograrlo, y que su presencia en la ciudad sería una amenaza constante para su tranquilidad y prosperidad, es más, incluso para su felicidad doméstica; pero sus sentimientos habían experimentado un cambio radical desde los viejos tiempos de la implacable e incesante retribución, y ahora compadecía al hombre que había derribado tan despiadadamente tanto como anteriormente lo había odiado. Danglars había caído muy bajo, en efecto, al ser el compañero y cómplice de merodeadores nocturnos, y el alma misma del Conde se dolía al pensar a qué profundidades de pobreza e ignominia lo había reducido. Lo habría buscado en medio de la peligrosa población criminal de París, rastreado hasta su guarida de depravación y miseria, y le habría ofrecido dinero y los medios para la rehabilitación social si hubiera existido la menor razón para esperar que pudiera así rescatar al miserable hombre del fango de iniquidad en el que estaba sumido, pero conocía demasiado bien el carácter implacable de Danglars y su odio profundamente arraigado contra él como para intentar algo por el estilo. Si penetraba en sus guaridas y se encontraba con él, el resultado solo podría ser desastroso, pues Danglars sentiría un deleite diabólico en traicionarlo ante sus desesperados asociados, quienes no dudarían ni siquiera en asesinarlo bajo sus órdenes, y el antiguo banquero era plenamente capaz de llevar a cabo su asesinato de la manera más horrible como un golpe final de venganza diabólica. Hubo un tiempo en que Monte-Cristo valoraba muy poco la vida, cuando habría aceptado alegremente la muerte como una vía bienvenida al descanso y la paz eternos, pero ese tiempo había pasado; desde entonces había contraído lazos que lo unían a la existencia con una fuerza insuperable; ahora tenía una familia, estaba rodeado de seres a quienes amaba y apreciaba tiernamente, seres por los que debía vivir y sobre cuyos destinos debía velar estrechamente. Estaba casado con Mercedes, quien prodigaba sobre él en su madurez toda la riqueza de un afecto abrumador que le había derramado antes de la fatídica conspiración que lo había consignado como el marinero Dantès a la oscura y nauseabunda mazmorra del castillo de If y la había entregado a los brazos de Fernand, el catalán. Haydée había revoloteado sobre las páginas de su tormentosa y agitada historia, dejándole a Esperance y Zuleika como recordatorios de un sueño feliz, pero demasiado breve, una visión élfica de encantamiento que se había desvanecido tan rápidamente como había llegado. Pero su hijo y su hija se habían entrelazado alrededor de las fibras de su corazón como la hiedra se entrelaza alrededor de los fragmentos destrozados de alguna ruina grandiosa e imponente, y cada día, cada momento que pasaba, solo servía más para revelarle los anhelos y la devoción del alma de un padre. Además, Albert de Morcerf y su joven esposa Eugénie le eran ahora plenamente queridos, y sentía que, al hacer todo lo que estuviera en su mano para aumentar su felicidad, estaba pagando gradualmente la pesada deuda que tenía con la hija de Danglars, tan abandonada durante tanto tiempo. Sí, el Conde de Monte-Cristo deseaba vivir, primero para su familia, luego para la gran causa de la libertad humana con la que se había identificado tan plenamente. Si Danglars se cruzaba en su camino, intentaría reclamarlo y propiciarlo, pero no podía buscarlo.

Mercedes, en la época del intento de robo, estaba ausente en una visita a unos amigos en Marsella, y por consentimiento común se resolvió no informarle de la reaparición de Danglars, ya que la noticia no dejaría de ser un choque devastador para ella.

Desde aquella memorable escena de medianoche en el estudio de Monte-Cristo, la joven madame de Morcerf había actuado como alguien abrumado. No dijo nada, ni siquiera a su marido o a Louise d'Armilly, sobre su desdichado padre, pero era evidente que un dolor y una vergüenza intensos la estaban carcomiendo. Esto angustiaba enormemente a Albert y, al ver a su amada esposa marchitarse día tras día, tomó, sin decir una palabra a nadie, una resolución sorprendente y peligrosa. Decidió encontrar la morada de Danglars, ver a su suegro e intentar persuadirlo de que abandonara su carrera criminal. En esto le movían dos motivos poderosos: el deseo de aliviar la angustia y la incertidumbre de Eugénie y el deseo de evitar el escándalo que seguramente se produciría si el antiguo banquero fuera sorprendido con las manos en la masa cometiendo algún crimen temible y una investigación legal revelara su identidad.

Zuleika evitaba deliberadamente referirse al intento de robo y al reconocimiento de Danglars por parte de su padre y Eugénie. Era consciente del papel que Monte-Cristo había desempeñado en la caída y desgracia de su enemigo, y no consideraba prudente despertar los recuerdos amargos del pasado lúgubre y terrible.

La señorita d'Armilly tampoco dijo nada en referencia a la reaparición de Danglars, pero estaba muy claro para la observadora Zuleika que esperaba y temía más daño del enemigo vengativo de Monte-Cristo. Por la noche se encerraba en su habitación y, a pesar del calor casi insoportable, cerraba y aseguraba todas sus ventanas.

El propio Conde era tan reservado como siempre, sin mencionar nunca ni la invasión nocturna de su mansión ni el advenimiento inesperado de su enemigo más mortal. Para todos en la casa parecía haber olvidado o haber logrado desechar de su mente aquellos eventos tan cargados de emoción y posibilidades de desastres futuros. Pero Monte-Cristo, aunque conservaba un exterior impasible, no los había olvidado ni desechado. Simplemente se había aplicado a sí mismo su propia máxima famosa: «Esperar y esperar». Estaba esperando y esperando lo mejor, que Dios en Su inescrutable sabiduría sacara un bien misterioso de un mal aparente.

Mientras tanto, el capitán de Morcerf había estado ocupado realizando investigaciones exhaustivas pero cautelosas. Había entablado amistad con un antiguo agente de la Sûreté, que le había sido de gran utilidad para describir a los diversos forajidos y merodeadores de París, y para señalarle sus guaridas secretas y los lugares aislados de reunión donde se encontraban, bebían licores viles y, bajo la influencia enloquecedora de la absenta y el alcohol, tramaban sus crímenes y atrocidades de toda clase. Este hombre, otro Quasimodo en cuanto a aspecto horrible, había sido despedido del servicio de detectives debido a su incapacidad para mantenerse sobrio, pero no había olvidado los recursos de su profesión, y el dinero otorgado generosamente lo convirtió en el esclavo más obediente y fiel del capitán de Morcerf. El dinero en efectivo lo hacía incansable y la perspectiva de obtener más lo mantenía discreto. Había enseñado a su empleador el arte de disfrazarse eficazmente, de pasar por un verdadero zigue, y, como era bien conocido por los desesperados a los que había vigilado anteriormente y era bien recibido por ellos como un buen tipo, pudo llevar al capitán con impunidad entre sinvergüenzas que no habrían dudado en cortarle el cuello si hubieran sabido quién era.

Como Albert no sabía qué nombre había asumido Danglars y no estaba dispuesto a darle al exdetective su verdadero apellido, este último no tenía nada que lo guiara a este respecto. Tampoco el capitán conocía los cambios que el tiempo y su modo de vida habían provocado en la apariencia personal del antiguo banquero, por lo que solo podía describirlo como se veía en los años pasados. Esto no le proporcionó a Mange, tal era el nombre del policía despedido, indicación alguna de la que pudiera sacar provecho. Sin embargo, no se desconcertó por la escasez de información. Sabía que el joven Morcerf estaba buscando a un hombre que había sido uno de los miembros del grupo que participó en el intento de robo de la mansión de Monte-Cristo en la Rue du Helder, y ese conocimiento era suficiente para él. Muy pronto descubrió que Waldmann, Siebecker, Bouche-de-Miel y dos italianos habían formado ese grupo, y siendo Bouche-de-Miel el único francés en la camarilla, no tuvo ninguna dificultad en identificarlo como el individuo buscado. Comunicó su descubrimiento y conclusión a su empleador, junto con la información de que los hombres tenían la costumbre de reunirse en el pequeño caboulot de la Cité d'Antin. Albert recompensó a Mange generosamente por su celo y le prometió una suma mucho mayor si Bouche-de-Miel resultaba ser su hombre. Se acordó inmediatamente que Mange llevaría al capitán al caboulot esa misma noche y, si era posible, lo pondría cara a cara con el francés que se suponía era Danglars.

De acuerdo con este acuerdo, tan pronto como cayó la noche, Mange estaba esperando a su empleador en la esquina de la Rue Taitbout y la Rue de Provence. No tuvo que esperar mucho en su puesto, pues Albert apareció rápidamente, vestido con una blusa como un obrero; sus pantalones ásperos estaban metidos en las botas polvorientas y en la cabeza llevaba un sombrero de ala caída y golpeado que parecía haber visto servicio detrás de las barricadas revolucionarias. Mange lo examinó con una larga mirada de admiración; luego, llevándolo a la luz de una calle cercana, examinó críticamente su rostro, que estaba manchado para representar el efecto bronceado del sol y cubierto de suciedad.

«¡Excelente!», exclamó el exdetective, al terminar su escrutinio. «¡Eres un zigue de pies a cabeza! ¡No se ve ni rastro del boulevardier! ¡La vache más aguda del caboulot sería completamente engañada!»

Albert sonrió ante el entusiasmo de su compañero.

«Bueno, ya que paso el examen», dijo, «vayamos de inmediato. ¿Crees que nuestro hombre estará en el caboulot?»

«¡Y si creo que el agua correrá hacia abajo!», gritó Mange, con una risa que no se parecía a nada tanto como al graznido discordante de un cuervo. «¡Nunca falla una noche, y esta es la hora en que el brandy comienza a fluir!»

Albert se estremeció ante este comentario, sugiriendo como lo hacía la certeza de que encontraría al padre de Eugénie un borracho además de un ladrón. Sin embargo, tomó el brazo de Mange y juntos pasearon tranquilamente hacia la Cité d'Antin, dirigiéndose al caboulot sin encontrarse con un solo merodeador sospechoso.

Entraron en la sala principal donde Bouche-de-Miel había encontrado a la joven descuidada leyendo su grasiento ejemplar de la Gazette des Tribunaux la mañana anterior al intento de robo. Ella estaba en su lugar habitual tras el mostrador, pero no estaba leyendo; ocho o diez rufianes fornidos monopolizaban su atención y, mientras servía a sus sedientos clientes las diversas bebidas ardientes que exigían, les lanzaba sus miradas más cautivadoras a diestra y siniestra. Seguía siendo tan descuidada como siempre, pero su cabello brillaba con grasa de oso y un fuerte olor a almizcle impregnaba sus prendas; un diamante de pasta de tamaño enorme pero de dudoso brillo adornaba su broche y en sus dedos rechonchos y sucios lucía numerosos anillos de latón que contenían imitaciones opacas de rubíes, amatistas y topacios.

Cuando los recién llegados entraron, Waldmann, de pie frente al mostrador con una botella en una mano y un vaso en la otra, estaba burlándose de ella.

—Mira, Beurre-Sans-Sel —dijo, con un aire bien fingido de intensa admiración—, esta noche pareces una verdadera belleza. Apostaría cualquier cosa a que esperas a un amante. Nunca te había visto con tanto estilo antes. ¡Declaro que eclipsas por mucho a las señoritas de los bailes públicos!

—¡Oh, Monsieur Waldmann, cómo habla! —respondió la joven, con una sonrisa afectada y un intento fallido de sonrojarse.

En ese momento, el alemán miró a su alrededor y vio a Mange, que lucía su aspecto más desagradable. El espíritu de la travesura se apoderó de él y gritó al instante:

—Lo sabía; sabía que esperabas a un amante ¡y aquí está puntualmente a tiempo! Vamos, confiesa, mi pequeña Beurre-Sans-Sel, ¿no te pusiste todos tus adornos para Mange?

—¡Para ese viejo gorila feo! —exclamó la chica, sin rodeos y con desdén—. ¡Puedo conseguir amantes más guapos que un mono o un suabo, quiero que lo sepa, Monsieur Waldmann!

Hubo una risa general ante esta salida, y nadie rió más fuerte que Mange, quien tenía gusto por las bromas groseras y las réplicas agudas.

—¡Así que! —dijo Waldmann, después de que la alegría se hubiera calmado. Entonces percibió al compañero de Mange por primera vez. Lo examinó de cerca y con sospecha. Albert no rehuyó su escrutinio, pero el exdetective consideró prudente arreglar las cosas desde el principio mediante una presentación formal de su empleador; por lo tanto, hizo señas a Albert para que lo siguiera y se acercó al alemán, ofreciéndole la mano, que este estrechó cordialmente.

El Capitán estaba ahora al lado de Waldmann frente al mostrador y Mange lo presentó sin demora.

—Monsieur Waldmann —dijo—, permítame presentarle a mi amigo Fouquier, de Dijon, un bon zigue.

—Monsieur Fouquier —dijo el alemán, tomando la mano extendida de Albert—, me alegra conocerle, especialmente porque viene muy bien recomendado.

Mange hizo una reverencia en reconocimiento a este pequeño tributo hacia sí mismo.

Morcerf respondió que el placer era mutuo.

Las sospechas de Waldmann parecieron disiparse.

—Tomen algo —dijo—. ¡Aquí, Siebecker y Bouche-de-Miel, únanse a nosotros para beber a la salud de Monsieur Fouquier de Dijon!

Albert estuvo instantáneamente alerta y Mange lo observó atentamente mientras los dos individuos mencionados emergían de un rincón de la sala y se acercaban al mostrador. Hubo otra presentación, una doble esta vez, haciendo Waldmann los honores. Mange no necesitaba presentación. Todo el mundo parecía conocerlo. Beurre-Sans-Sel sacó brandy y vasos, y se brindó por la salud de Monsieur Fouquier con entusiasmo. Cuando terminó esta ceremonia, Morcerf pidió cigarrillos y los distribuyó entre el grupo; luego tuvo tiempo de examinar a Bouche-de-Miel; este último había dado la espalda al mostrador y apoyaba los codos en él; en esta posición, con el cigarrillo entre los dientes, parecía la viva imagen de la ociosidad vagabunda. Mange seguía observando a Morcerf, pero no vio ninguna señal de que hubiera reconocido en Bouche-de-Miel al hombre que estaba buscando. Esto le inquietó, pues era un indicio de que la recompensa que su empleador le había prometido no sería ganada.

Poco después, Waldmann y Siebecker fueron llamados a otra parte de la sala. Bouche-de-Miel permaneció allí, continuando su cigarrillo, con los codos sobre el mostrador donde los había colocado después del brindis. Los pensamientos del Capitán eran de naturaleza contradictoria. Todo apuntaba a que el hombre frente a él era su suegro, pero, a diferencia de la señorita d'Armilly, no veía nada en él que sugiriera al Barón Danglars de otros tiempos. ¿Podría este vagabundo, este desgraciado, ser Danglars? Si era así, ¿cómo probarlo para su satisfacción? ¿Cómo, sobre todo, en este lugar, en esta guarida de ladrones y asesinos? El hombre era ciertamente el sujeto que Eugénie había reconocido la noche del intento de robo como su padre, el sujeto que el mismo Monte-Cristo había declarado tan positivamente como el antiguo banquero. Pero, ¿no era probable que su esposa y el Conde se hubieran equivocado? ¿No era probable que hubieran sido engañados por alguna semejanza imaginaria cuando la excitación los había poseído hasta tal grado que los había privado del uso pleno de sus facultades mentales? En cualquier caso, había venido al caboulot para experimentar con Bouche-de-Miel y no evitaría aplicar la prueba con cautela.

Sus cigarrillos se habían consumido. Albert, en cumplimiento de su plan, invitó a Bouche-de-Miel y a Mange a sentarse a una mesa y tomar más brandy. Aceptaron la invitación con presteza, y los tres pronto estuvieron bebiendo y charlando. Las repetidas libaciones finalmente abrieron los labios de Bouche-de-Miel; comenzó a confiarse.

—Quizás no me crean, messieurs —dijo—, ¡pero no siempre fui como me ven ahora!

Mange guiñó un ojo triunfalmente a su empleador. Se avecinaban revelaciones que podrían ser importantes. Quizás aún ganaría la recompensa prometida. Morcerf escuchaba atentamente.

—No, sacre nom d'un chien, ¡no siempre fui un zigue! ¡Una vez tuve una riqueza inmensa, contaba mi dinero por millones! También tenía posición, y puedo decir sin egoísmo que fui honrado por la mejor gente de París.

Hizo una pausa y apuró otro vaso de brandy.

—¿Qué era usted? —preguntó Mange.

Albert esperó sin aliento la respuesta a esta pregunta.

—¿Qué era? —repitió Bouche-de-Miel—. Pueden reírse, pero ¡era banquero!

Morcerf no pudo evitar dar un respingo. El vagabundo, medio borracho como estaba, lo notó y preguntó:

—¿Qué le pasa, Fouquier? ¿Cree que la mentira es tan tremenda que no puede estarse quieto?

El joven se alegró de aceptar esta interpretación de su comportamiento; acercó su vaso a los labios y dijo, con una sonrisa forzada:

—Bueno, ¡creo que se está pasando un poco!

—¡Ni la mitad de lo suficiente, mon Dieu! —gritó Bouche-de-Miel, golpeando la mesa con el puño con tal fuerza que los vasos casi se caen—. ¡Ni la mitad de lo suficiente, les digo, messieurs, porque yo era un Barón, además de banquero!

Albert gimió. Mange lo miró con los ojos brillantes; ahora estaba seguro de que el dinero prometido estaba a su alcance, que pronto lo tendría en sus manos. Su sobriedad forzada desde que estaba al servicio del Capitán le hacía desear una juerga prolongada y desenfrenada, una ansiedad aterradora, y sus tragos medidos desde que entró en el caboulot habían agudizado su apetito devorador por el alcohol hasta tal punto que apenas podía mantenerlo bajo control con el abundante suministro de brandy sobre la mesa, casi ante sus propios labios.

Bouche-de-Miel no escuchó el gemido de Morcerf; sus ojos nublados estaban fijos en el espacio, parecían escudriñar las profundidades y recovecos del pasado lejano. El Capitán juzgó que había llegado el momento de arrancar la admisión final y definitiva de sus labios. Lo tocó ligeramente en el brazo. El hombre se volvió y lo miró inquisitivamente. El corazón de Morcerf latía con fuerza; con gran dificultad mantuvo su agitación bajo control. Escaneó apresuradamente a los otros ocupantes de la sala: algunos estaban muy borrachos y estúpidos, otros ruidosos y demostrativos, pero todos estaban demasiado ocupados con sus propios asuntos y placeres como para prestar la más mínima atención al pequeño grupo en la mesa; Waldmann y Siebecker estaban dormidos en los extremos opuestos de un banco en un rincón. Bouche-de-Miel, mientras tanto, había recaído en su brumosa ensoñación. Albert volvió a tocar su brazo.

—¡No me molestes! —dijo el hombre, con impaciencia, sin quitar los ojos del espacio—. ¡No puedes dejar soñar a un tipo!

—¡Barón Danglars! —susurró Morcerf a su oído.

—¿Eh? ¿Qué? —gritó Bouche-de-Miel, volviendo a la realidad de un salto, medio sobrio al escuchar ese nombre.

—Barón Danglars —repitió el Capitán, en un tono contenido—, ¡le conozco!

El hombre se puso en pie con torpeza e inestabilidad; agarró el hombro de Albert convulsivamente.

—¡Usted es un Agent de la Surete! —siseó—. ¡Ha venido aquí a arrestarme!

La atención de algunos de los rufianes menos intoxicados estaba siendo despertada por el comportamiento de Bouche-de-Miel, pero sus oídos no habían logrado captar sus palabras en medio del alboroto imperante. Mange, con su agudeza y rapidez habituales, vio que debía hacerse algo de inmediato para calmar al compañero de Albert o todos los malhechores que pudieran moverse se despertarían y vendrían a amontonarse alrededor de ellos para estrangular al supuesto Agent de la Surete. Por lo tanto, soltó una carcajada y dijo a Bouche-de-Miel:

—¡No seas tonto, viejo! ¡Monsieur Fouquier es de los nuestros! ¡Es una buena broma! ¡ja! ¡ja! ¡Por qué, él está tan en peligro del violon como tú! ¡ja! ¡ja!

Se levantó, aún riendo, y, tomando juguetonamente a Bouche-de-Miel por el cuello, lo obligó suavemente a volver a sentarse en su silla. Al hacerlo, miró a Beurre-Sans-Sel. La joven descuidada tenía la mano en el tornillo de la enorme lámpara suspendida sobre el mostrador, que iluminaba toda la sala, lista para apagarla y dejar todo el lugar en tinieblas a la primera alarma. Evidentemente, estaba acostumbrada a las redadas policiales y sabía cómo actuar en tales casos. Sin embargo, las palabras y la alegría de Mange la tranquilizaron y retiró los dedos del tornillo.

Pero Bouche-de-Miel no estaba del todo satisfecho. Se sentó inquieto en su silla, frente a Morcerf, escaneando ansiosamente su rostro.

—¿Qué quiso decir al llamarme Barón Danglars y decir que me conocía? —preguntó, con voz baja y algo temblorosa.

En lugar de responder directamente a esta pregunta, el joven dijo, lentamente y en un medio susurro:

—¡Soy Albert de Morcerf, el esposo de su hija Eugénie!

—¡Qué! —exclamó Bouche-de-Miel—. ¡Eugénie casada, y contigo!

—Sí —dijo el Capitán—, el destino nos ha reunido de nuevo después de una larga y dolorosa separación.

—Vi a Eugénie en la casa del Conde de Monte-Cristo, no importa cómo, no importa cuándo. ¿Qué hacía ella allí?

—Monte-Cristo está casado con mi madre, Mercedes, y vivimos con él.

—Viviendo con él: ¡Eugénie, mi hija, viviendo bajo el techo del hombre que arruinó a su padre y lo convirtió en lo que es!

Bouche-de-Miel se puso absolutamente lívido de rabia; estaba completamente sobrio ahora y todos sus instintos malignos se habían apoderado de él por completo.

—¡Nunca la perdonaré, ni a ti! —siseó.

—Escúcheme —dijo Albert, con relativa calma—. He venido esta noche a riesgo de mi vida para ofrecerle dinero, los medios para su rehabilitación. Sea sensato. ¡Deje a estos malhechores con los que se relaciona y vuelva a ser un hombre!

—¡Rechazo tanto su oferta como su consejo! —dijo Bouche-de-Miel, excitado—. ¡Son insultos, viniendo como vienen del hijastro de Monte-Cristo, mi implacable enemigo! ¡Pero me vengaré de usted por ellos y, a través de usted, de Edmond Dantès! ¡Hola, Waldmann, Siebecker!

Los dos alemanes se despertaron, saltaron de su banco y avanzaron hacia la mesa.

Mange profirió un gemido de desesperación. Ya no podía hacer nada para evitar el peligro inminente.

Bouche-de-Miel había saltado de sus pies y forcejeaba con Albert de Morcerf. Waldmann y Siebecker, comprendiendo que algo andaba mal y conectando de inmediato al supuesto Monsieur Fouquier con ello, desenvainaron cuchillos largos y afilados mientras corrían hacia delante.

Todos los ladrones y merodeadores que estaban lo suficientemente sobrios como para mantenerse en pie estaban ahora de pie, listos para lanzarse sobre el hombre sospechoso. Las armas brillaban en todas direcciones: dagas, cuchillos y pistolas. Se oían juramentos fuertes y epítetos abusivos por todas partes; era un pandemónium perfecto, una babel de sonidos malvados.

En medio de toda la confusión y el peligro, la serenidad de Mange no lo abandonó. Al ver que era inútil intentar pacificar a la horda de desesperados, decidió tomar una medida audaz, una que le permitiría salvar al Capitán de Morcerf y, al mismo tiempo, mantener su reputación ante los criminales habituales del caboulot, con quienes deseaba, por sus propias razones, estar en buenos términos. Corrió hacia el mostrador, donde Beurre-Sans-Sel ya tenía la mano en el tornillo de la lámpara colgante, esperando que los acontecimientos decidieran qué acción debía tomar. Se inclinó sobre el mostrador y le susurró a la chica:

—Beurre-Sans-Sel, me engañaron con Monsieur Fouquier. Me engañó. Me dijo que era de Dijon. Resulta ser un parisino y un Agent de la Surete. Se ha traicionado a sí mismo. ¡Vienen más agentes! ¡Estarán aquí en un momento! ¡Apaga la luz!

La chica no dudó ni un segundo; dio al tornillo un giro rápido y el caboulot quedó instantáneamente tan oscuro como una tumba.

Habiendo ejecutado esta maniobra, Mange saltó al lado de Albert de Morcerf, propinando a Bouche-de-Miel un golpe aplastante en el rostro que le hizo perder el agarre sobre el joven. Luego, tomando a su empleador en sus brazos musculosos, lo levantó como si fuera un niño y corrió con él hacia la puerta principal; la abrió, saltando a la calle con su carga.

—¡Ahora corre por tu vida! —exclamó, dejando al joven en la acera.

Con esto, se lanzó a un ritmo desenfrenado, seguido de cerca por Morcerf. No se detuvieron hasta llegar a la Rue de Provence, donde, bajo el resplandor de las luces, entre la multitud de ciudadanos honestos, estaban a salvo.

CAPÍTULO XIV.

ZULEIKA Y MME. MORREL.

Había pasado bastante tiempo desde la repentina partida del Vizconde Massetti de París, pero Zuleika seguía en completa ignorancia sobre su paradero y sus acciones. Estaba en Roma, de eso no tenía la menor duda. Estaba igualmente convencida de que su misión allí era establecer su inocencia del terrible crimen que le imputaba Luigi Vampa, obtener pruebas que lo exculparan ante los ojos de su padre y los suyos propios, si no ante los del mundo entero. ¿Por qué, entonces, no escribía, por qué no le daba alguna señal que ella pudiera entender? Su silencio desanimaba a la joven, la llenaba de inquietud. Parecía indicar que no había tenido éxito, que no había sido capaz de limpiar la mancha de su historial. Si era así, nunca volvería a verlo, pues Giovanni era demasiado orgulloso para reaparecer ante ella con un nombre deshonrado, una reputación manchada. Este pensamiento era tortura, y la hija de Monte-Cristo sentía que, si su amante la abandonaba, no podría vivir.

A medida que pasaban los días sin noticias del Vizconde, los temores de Zuleika asumieron una mayor consistencia y peso. Se volvió triste, indescriptiblemente triste; su mirada perdió su brillo, su voz su tono alegre y su paso su elasticidad. El rubor se desvaneció de sus mejillas juveniles, dando paso a una palidez cenicienta. Ya no le interesaban sus ocupaciones y diversiones habituales, y se sentaba durante horas con las manos cruzadas en el regazo, dominada por presagios tristes y lúgubres.

Mercedes notó su estado y, atribuyéndolo a su verdadera causa, se esforzó de forma maternal por animarla y consolarla, pero sin resultado. Habló con el Conde al respecto, rogándole que usara su influencia para alegrar a su hija, pero Monte-Cristo solo negó con la cabeza, diciendo que debían confiar en el poder suavizante del tiempo, que no dejaría de hacer su trabajo finalmente. Esperance compadecía sinceramente a su hermana, pero se abstuvo de interferir, sabiendo bien que nada de lo que pudiera decir sería productivo. Albert de Morcerf, su esposa y la señorita d'Armilly, que se habían enterado del romance de Zuleika y la oscura sombra que había caído sobre él, sentían cierto reparo al aludir al asunto y, por lo tanto, se mantuvieron al margen; además, estaban demasiado deprimidos por las circunstancias bajo las cuales Danglars había reaparecido como para poder ejercer una influencia alentadora.

Cuando Mercedes regresó de Marsella, estaba acompañada por Maximilian y Valentine Morrel, quienes de inmediato fueron a la mansión de la Rue du Helder y presentaron sus respetos al Conde de Monte-Cristo, su benefactor. Su intención era hacer solo una breve visita, alojándose durante su estancia en París en aquel famoso lugar de parada para extranjeros, el Grand Hôtel du Louvre en la Rue de Rivoli, junto al Palais Royal, pero Monte-Cristo no quiso oír hablar de tal cosa, insistiendo en que el joven soldado y su esposa debieran ser sus invitados y disfrutar de su hospitalidad. No se mostraron reacios a consentir este acuerdo agradable, ya que les permitiría disfrutar ininterrumpidamente de la compañía de sus amigos más queridos.

Mme. Morrel inmediatamente mostró un profundo interés por Zuleika. Vio que alguna pena pesaba mucho sobre la joven y, adivinando correctamente que la tierna pasión tenía mucho que ver con ello, se esforzó de inmediato por inspirarle un grado de confianza suficiente para provocar revelaciones. En esto, Mme. Morrel no estaba movida por la curiosidad. Su motivo era totalmente loable; deseaba servir al Conde de Monte-Cristo, hacer algo para mostrar su gratitud por los beneficios abrumadores que en el pasado había prodigado a su marido y a ella misma, y no podía concebir una forma mejor o más eficaz que esforzándose por aliviar a Zuleika. Por lo tanto, se puso manos a la obra prontamente en su loable pero difícil tarea, decidida a devolver las rosas a las mejillas de la joven y restaurar la esperanza a su corazón triste y abatido.

Comenzó usando todo el arte femenino para inducir a Zuleika a que la amara y la viera como a una amiga entre las amigas. En este paso inicial tuvo éxito incluso más allá de sus expectativas más ardientes. Desde el principio, la hija de Monte-Cristo se sintió atraída hacia ella, y requirió muy poco esfuerzo por parte de Mme. Morrel ganársela por completo. El carácter de Valentine era tan dulce y su simpatía tan sincera que Zuleika no podía evitar amarla; además, la romántica historia de su amor por Maximilian y las terribles pruebas por las que había pasado antes de unirse a él mediante la potente influencia de Monte-Cristo, con la cual estaba completamente familiarizada, predisponían a la prometida de Giovanni a considerarla como una mujer a la que podía abrir su corazón y de la que podía derivar un consuelo supremo. Los ojos rápidos y penetrantes de Valentine leían a la joven como las páginas de un libro abierto, y no tardó en utilizar las ventajas que adquirió.

Las cosas habían ido así durante varios días, cuando una noche Mme. Morrel propuso un paseo por el jardín a Zuleika con el fin de llevar el asunto a un punto crítico. Ella accedió alegremente a la propuesta y pronto estaban paseando a la luz de la luna entre las flores fragantes y los árboles centenarios. Era una noche bochornosa, pero había una brisa agradable que abanicaba gratamente las mejillas de Valentine y su joven compañera. Mme. Morrel había madurado su plan, pero la propia Zuleika inesperadamente acudió en su ayuda, ayudándola a ponerlo en ejecución inmediata y práctica.

Después de caminar un breve espacio, se sentaron en un magnífico pabellón o casa de verano situada en el extremo del jardín. Estaba construido de piedra blanca, con muros perforados por varios arcos altos que suplían el lugar tanto de ventanas como de puertas. Hiedra y otras enredaderas se encaramaban por el exterior, entrando por los arcos y proporcionando al techo un dosel verde extremadamente acogedor y refrescante para la vista, cansada de contemplar el polvo y la sequedad de las calles abrasadas por el sol del verano. Fuera había varios grandes arces plateados y numerosos arbustos ornamentales. Mme. Morrel se acercó a Zuleika en el banco rústico que ocupaban y, tomando la mano de la joven, le dijo con voz suave:

—Este es un lugar delicioso, hija mía.

—Sí —respondió la hija de Monte-Cristo—, es, de hecho, delicioso. Cuando estoy aquí, siempre siento como si pudiera volcar todo mi corazón en el pecho de algún amigo fiel.

—Hacedlo en esta ocasión, querida mía —dijo Mme. Morrel de forma persuasiva—. Confío en ser una amiga fiel, además de discreta.

—Os creo —respondió Zuleika—. Desde que estáis en nuestra casa me he sentido así y he deseado convertiros en mi confidente, pero he dudado en dar tal paso, temiendo abrumaros con problemas que pudieran afligiros.

—No tengáis más temores al respecto entonces, hablad con libertad y con la certeza de que en vuestras penas, cualesquiera que sean, encontraréis en mí una sincera compañera y un consuelo.

Zuleika tomó la mano de Valentine y, contemplando su rostro con ojos llorosos, dijo:

—¿Habéis notado que tenía penas, Mme. Morrel?

—Sí; ¿cómo podría evitarlo? Pero he hecho más; ¡he adivinado su causa!

Zuleika dio un leve respingo.

—¿Adivinado su causa, Mme. Morrel?

—Sí —respondió Valentine—. ¡Estáis enamorada!

La joven se sonrojó, pero pareció aliviada. Mme. Morrel había adivinado su amor, había adivinado que sus penas surgían de él, pero no había adivinado la naturaleza de la sombra que nublaba su joven vida y la llenaba de dolor y aprensión.

—Zuleika —continuó Valentine con la mayor ternura y consideración—, yo también he amado, profunda y desesperadamente; yo también he sentido todos los amargos dolores que surgen de la separación; pero al fin he realizado mi sueño, y las sombras que me rodeaban han sido barridas por el bendito sol de la unión y la felicidad. Confiad en mí, hija mía. Si no puedo alejar vuestras sombras, al menos puedo ofreceros verdadera simpatía y el consuelo que esta brinda.

—Serán bienvenidos para mí, indescriptiblemente bienvenidos, madame —respondió Zuleika con voz trémula.

—Entonces contádmelo todo.

—No puedo, madame; no tengo derecho; pero puedo deciros lo suficiente para desgarraros el corazón, para mostraros lo desafortunada que soy.

—Pobre niña mía, entiendo y aprecio vuestros escrúpulos. No deseáis comprometer a vuestro amante, y tenéis razón. Vuestra decisión os honra. ¿Está el hombre al que amáis en París?

—¡Ay! no. Creo que está en Roma.

—¿Entonces no conocéis su paradero con certeza?

—No, madame.

—¿Vuestro padre desaprueba su cortejo?

—No lo hizo al principio, pero han surgido circunstancias muy dolorosas desde entonces, lo que le ha llevado a cambiar su determinación o, al menos, a mantener su consentimiento en suspenso. Aun así, creo que él cree que Giovanni puede y refutará la terrible acusación que se ha hecho contra él.

—¿Giovanni? ¿Vuestro amante es entonces italiano?

—Sí, el vizconde Giovanni Massetti.

—¿Os familiarizasteis con él aquí en París?

—No, madame; en Roma.

—¿Y pensáis que ha ido allí para librarse de la acusación que mencionáis?

—Sí, madame. Vino a París para solicitar mi mano, pero desapareció repentinamente después de que se hiciera la terrible acusación. No he sabido nada de él desde entonces y su silencio pesa sobre mí como el plomo.

—No me extraña; pero, quizás, después de todo, solo está esperando una vindicación completa y no desea escribir hasta que tenga todo satisfactoriamente arreglado. No os pregunto la naturaleza de la acusación, Zuleika, y no os permitiría declarármela incluso si estuvierais dispuesta. Pero respondedme a una pregunta. Tenéis fe absoluta en la inocencia de Giovanni, ¿no es así?

—La tengo, madame.

—Estáis segura de que os ama, de que no ha jugado con vuestros afectos?

—Estoy segura, madame.

—Él es joven, ¿no es así?

—Sí, madame, es joven.

—Indudablemente su falta, cualquiera que haya sido, fue simplemente una indiscreción debida a sus años que ha sido magnificada y hecha asumir proporciones injustificadas por las lenguas de la envidia y el escándalo. Si es así, él la reparará y volverá a vos. Si es totalmente inocente, como estáis convencida, removerá cielo y tierra para justificarse a los ojos de vuestro padre y a los vuestros. El amor es potente, Zuleika, y logrará milagros. ¡Confiad en Giovanni y confiad en el Cielo! ¡Todo se arreglará aún entre vuestro amante y vos!

—¡Ojalá pudiera sentirlo así, madame, pero no puedo!

—¿Y por qué, os ruego?

—Porque Giovanni evidentemente tiene poderosos enemigos en Roma y sus alrededores que, sin duda, están en este momento operando contra él y usando todos sus esfuerzos para evitar que tenga éxito en su misión.

—¿Qué os hace pensar que tiene enemigos tan implacables?

—Una carta que mi padre recibió de Roma en respuesta a las indagaciones que hizo y la ilusión —debe ser una ilusión— bajo la cual mi hermano Esperance labora con respecto a Giovanni.

—¡Vuestro hermano Esperance! ¿Entonces él cree en la culpabilidad del joven Massetti?

—¡Ay! sí; cree firmemente en ella y estigmatiza al vizconde como el peor de los sinvergüenzas.

—¿Os ha dado las razones de su creencia, se las ha expuesto a vuestro padre?

—Solo ha tratado con alusiones vagas y misteriosas; un juramento de silencio, al parecer, le impide hablar claramente.

—¿Un juramento de silencio?

—Sí, y Giovanni también está igualmente obligado.

—¡De verdad! ¿Cuál es la reputación de vuestro amante en Roma?

—De la mejor; allí es considerado el alma del honor.

—Salvo por sus enemigos. Hasta aquí todo bien. ¿Conocéis la posición de su familia?

—Es una de las más antiguas, respetadas, aristocráticas y adineradas de la Ciudad Eterna.

—Otro punto fuerte a favor del joven. Zuleika, estoy convencida de que el misterio que rodea a vuestro amante puede ser aclarado; pero también estoy convencida de que él necesita asistencia, la asistencia de personas profundamente interesadas en vos, que tienen vuestro bienestar en el corazón y atesoran vuestra felicidad como la suya propia.

—Pero tales personas no pueden ser encontradas, madame. Por supuesto que mi padre y mi hermano están profundamente interesados en mí, tienen mi bienestar en el corazón y desean verme feliz. Ellos, sin embargo, no están dispuestos a ayudar a Giovanni, mi hermano por razones propias y mi padre porque piensa que el vizconde debería labrarse su propia rehabilitación. No, madame, tales personas como mencionáis no pueden ser encontradas.

—¡Se pueden encontrar, Zuleika, y no tendréis que mirar lejos tampoco!

Mme. Morrel contempló a la hija de Monte-Cristo con entusiasmo en sus bellos ojos. La joven no lograba comprenderla.

—Seguramente no os referís a Albert de Morcerf y Eugenie —dijo.

—No —respondió Valentine—. Ellos os aman, indudablemente, pero la asistencia necesaria no se puede obtener de ellos.

—Ciertamente no podéis aludir a Mlle. d'Armilly o a Ali, el devoto sirviente nubio de mi padre.

—No, ¡no aludo a ellos!

—¿A quién os referís entonces?

—¿No podéis adivinarlo, Zuleika?

Un pensamiento repentino acudió a Zuleika, llenándola de intenso asombro.

—¿No os referiréis a vos misma y a vuestro esposo, Mme. Morrel? —jadeó.

—¿Y por qué no, hija mía? —respondió Valentine dulcemente—. Toda la asistencia que podamos brindaros será solo una débil e inadecuada devolución por lo que vuestro padre ha hecho por nosotros. Él me salvó de la muerte, retiró la pistola suicida de la mano de Maximilian, nos consoló en nuestro momento de más oscura desesperación y finalmente nos unió después de una separación que incluso M. Morrel consideraba eterna, colocándonos simultáneamente en nuestras manos riqueza suficiente para hacernos totalmente independientes de los accidentes y desastres de este mundo. Además, antes de eso, él fue el benefactor del padre de M. Morrel, salvándolo también del suicidio, un suicidio que él había determinado como el único medio de evitar una terrible desgracia. Veis, Zuleika, que tenemos abundantes motivos para ayudaros.

—¡Oh! madame... Valentine... ¡me abrumáis totalmente! ¿Cómo puedo mostraros mi gratitud?

—¡Aceptando mi oferta!

Estas palabras fueron acompañadas por una mirada de inefable ternura y sinceridad. Instantáneamente llevaron esperanza al corazón de Zuleika. Ella estalló en un mar de lágrimas, pero eran lágrimas de alegría. Aun así, dudó. ¿Qué diría su padre si aceptaba la generosa propuesta de Mme. Morrel?

—¿Aceptáis, Zuleika? —continuó Mme. Morrel.

—¡Os agradezco desde lo más profundo de mi alma, madame; pero no puedo aceptar el sacrificio que vos y vuestro bondadoso y varonil esposo haríais por mí! ¡Mi padre me censuraría, nunca me perdonaría por adoptar un curso tan egoísta!

—Dejad a vuestro padre en mis manos, hija mía.

—¡Oh! madame! ¿Aceptar vuestra oferta sin consultarle?

—No hay necesidad de consultarle, no hay necesidad de que él sepa absolutamente nada sobre el asunto, al menos por el presente. Será tiempo suficiente para decirle lo que hemos hecho cuando el éxito haya coronado nuestros esfuerzos. Si desgraciadamente falláramos, un pensamiento que no puedo entretener ni por un instante, no habrá ocasión de decirle nada en absoluto.

En ese momento se escuchó una voz de hombre llamando a lo lejos:

—Valentine, Valentine, ¿dónde estás?

—Es Maximilian —dijo Mme. Morrel a Zuleika—. ¡Viene muy oportunamente! —Entonces, elevando la voz, le respondió—: ¡Aquí, Maximilian, aquí, en el pabellón de verano en el extremo del jardín!

El esposo se apresuró al lugar, y Valentine, haciéndole sentarse junto a ella y a la hija de Monte-Cristo, le contó todo lo que acababa de enterarse. También le comunicó la oferta que le había hecho a Zuleika, añadiendo:

—¡Consentiréis en ello, lo sé, Maximilian!

—Con gusto —respondió el joven soldado—. ¡Si vos no hubierais hecho la propuesta, yo la habría hecho!

—Entonces solo nos queda inducir a Zuleika a autorizarnos a actuar. La pobre niña, sin embargo, duda, temiendo el desagrado del Conde.

—Ella no necesita autorizarnos —dijo Maximilian rápidamente—. ¡Asumiremos toda la responsabilidad en el paso! Pero será necesario que ella confíe en nosotros más plenamente, que nos dé los datos sobre los cuales construir nuestros planes. Obtendré cartas de presentación para el vizconde Massetti y, una vez familiarizado con él, el resto será fácil.

Más tarde esa noche, Zuleika le contó a Mme. Morrel todo sin reservas, incluso entregándole una pequeña nota para Giovanni que declaraba que Valentine y Maximilian eran sus amigas más queridas y habían ido a Roma expresamente para ayudarle en sus problemas.

Una semana después de la trascendental entrevista en el pabellón, M. y Mme. Morrel partieron hacia Italia, informando a sus amigos en la mansión de la Rue du Helder que pretendían estar ausentes algún tiempo, pero absteniéndose de dar ni siquiera la más mínima pista sobre el objetivo de su viaje.

CAPÍTULO XV.

UN ENCUENTRO INESPERADO.

Una mañana, poco después de la partida de los Morrel hacia Roma, el Conde de Monte-Cristo paseaba por los Campos Elíseos en su elegante carruaje tirado por un par de briosos bayos de pura sangre, cuando, cerca del Rond-point, su progreso fue repentinamente detenido por una gran y tumultuosa concurrencia de personas. Inclinándose desde su carruaje, le preguntó a un trabajador la causa de la inusitada conmoción y fue informado de que dos italianos habían sido arrestados por robo y estaban siendo llevados al puesto del distrito por un par de gardiens de la paix. No pensó nada de la circunstancia y esperaba tranquilamente una oportunidad para continuar cuando la multitud alrededor del carruaje se abrió y aparecieron los oficiales con sus cautivos. El Conde no estaba muy interesado, pero, sin embargo, otorgó una mirada pasajera a los malhechores, quienes protestaban ruidosamente su inocencia en un francés entrecortado, casi ininteligible, y ofrecían una firme resistencia. Estaban toscamente vestidos con blusas azules, llevando sombreros de fieltro que estaban calados y ocultaban sus rostros. Uno de los hombres bajo custodia se agarró a un radio de una rueda del vehículo de Monte-Cristo, sujetándolo con tal firmeza férrea que todos los esfuerzos del policía a cargo de él no lograron deshacer su agarre. El Conde ordenó a Ali, que actuaba como cochero, que le entregara las riendas, bajara y ayudara al gardien.

Al sonido de su voz, el hombre que se había agarrado al radio miró hacia arriba con un respingo y, sin relajar su agarre, gritó en italiano:

—¡Decid una palabra por mí, Excelencia! ¡El Conde de Monte-Cristo debería tener tanto poder sobre los mirmidones de la ley francesa como sobre Luigi Vampa y su banda!

Esta exclamación asombró y sobresaltó al Conde, tan extraña e inesperada era. Miró penetrantemente al malhechor que la había pronunciado, pero su escrutinio no fue recompensado por el reconocimiento.

—¿Quién sois? —preguntó, tan pronto como su asombro le permitió hablar, haciendo uso también del idioma italiano—. Sois un perfecto extraño para mí, sin embargo, conocéis mi nombre y parecéis estar al tanto de algunas de mis acciones en el pasado. ¿Quién sois?

—Soy Peppino —respondió el hombre, sin quitar los ojos del Conde—. Mi compañero que está siendo arrastrado allá es Beppo.

—¿Peppino? ¿Beppo? —dijo el Conde, pensativo—. Seguramente he oído esos nombres antes, pero son comunes en Italia, especialmente en Roma, y he estado allí frecuentemente. Sed más explícito, hombre.

—Lo seré —respondió el italiano—. Soy el Peppino que os sirvió tan bien cuando Luigi Vampa mantuvo al banquero francés, Danglars, en cautiverio bajo vuestras órdenes. En cuanto a Beppo, no podéis haberlo olvidado; él también era miembro de la banda de Vampa en ese período.

—Sí —dijo Monte-Cristo—, os recuerdo a ambos ahora, pero ¿qué puedo hacer por vos? París es vastamente diferente de Roma, y mi influencia con la policía francesa no es de ninguna manera igual a la que ejercía sobre Vampa y sus brigantes en la época de la que habláis.

—El poder del Conde de Monte-Cristo es ilimitado en cualquier parte del mundo entero —respondió el hombre, su rostro iluminado mostrando claramente el alcance de su fe—. Una palabra vuestra liberará tanto a Beppo como a mí. ¡Decid esa palabra, vuestra Excelencia, y ponednos en libertad!

Ali se había abstenido de intervenir cuando escuchó esta singular conversación, la cual entendía completamente. Estaba esperando nuevas órdenes de su amo.

El policía se impacientó y, dando al italiano una sacudida brusca, le dijo:

—¡Vamos, soltad ese radio y someteos! ¿No veis que estáis molestando al Conde de Monte-Cristo? Su Excelencia no hará nada por un sinvergüenza como vos. ¡Vamos, soltad ese radio, digo!

Peppino, sin embargo, no obedecía y continuaba suplicando al Conde que interfiriera en nombre de Beppo y de sí mismo. Al fin, llevado a la desesperación por la inacción de Monte-Cristo, le gritó:

—Si vuestra Excelencia no hará nada por nosotros sin recompensa, os daré esa recompensa; ¡os contaré a cambio de vuestros esfuerzos en nuestro nombre todo lo que sé sobre la negra conspiración contra el vizconde Giovanni Massetti!

El Conde estaba visiblemente conmovido por este discurso. Miró fijamente a Peppino como si pensara que no había oído bien.

—¡El vizconde Giovanni Massetti! ¡Una negra conspiración contra él! ¿Qué queréis decir? —preguntó rápidamente.

—Justo lo que digo, vuestra Excelencia —respondió el italiano—. Sé que el vizconde visitó el Palazzo Costi en Roma cuando vos lo habitabais con vuestra familia, y que él se enamoró de vuestra hija. ¡También conozco los detalles de un complot mediante el cual una red de circunstancias aplastantes ha sido tejida a su alrededor con la intención de enterrarlo bajo un peso de vergüenza, deshonor e incluso crimen! Puedo revelar esos detalles y lo haré si ayudáis a mi compañero y a mí en nuestra presente dificultad. ¿Os intereso, señor Conde?

—Vastamente —respondió Monte-Cristo, su rostro asumiendo una mirada seria—. Id tranquilamente con el gardien al puesto. Le seguiré inmediatamente y veré qué se puede hacer.

—Sí, vuestra Excelencia —dijo Peppino, sumisamente, y abandonando su agarre del radio permitió que el policía se lo llevara sin más problemas. Mientras tanto, Beppo y el oficial bajo cuya custodia estaba habían desaparecido en la distancia.

Aquellos que habían estado lo suficientemente cerca del carruaje del Conde para presenciar esta extraordinaria escena estaban muy asombrados de que un personaje tan famoso como el elocuente Diputado de Marsella se rebajara a conversar con un malhechor en la calle pública, pero su asombro se vio inmensamente aumentado cuando vieron la influencia que el célebre orador ejercía sobre el depravado italiano. No habían podido entender la conversación, pero el efecto de las últimas palabras de Monte-Cristo pareció poco menos que milagroso para ellos y rasgaron el aire con vítores fuertes y entusiastas.

—¡Viva el noble Conde de Monte-Cristo! ¡Viva el Diputado de Marsella, el amigo del pueblo! —se gritaba por todas partes.

Más adelante el grito fue recogido y repetido, resonando a lo largo de los amplios y hermosos Campos Elíseos.

Monte-Cristo se levantó en su carruaje y, quitándose el sombrero, permaneció con la cabeza descubierta, inclinándose ante el emocionado populacho.

Esta fue la señal para vítores nuevos y más cordiales. Pero habiendo sido retirados los criminales, la multitud pronto comenzó a dispersarse. Finalmente la vía quedó despejada y el vehículo del Conde pudo proceder. Ali había reanudado impasiblemente el asiento del conductor y, ante un asentimiento de su adorado amo, hizo arrancar a los briosos caballos por la inmensa avenida. Mientras los bayos de pura sangre avanzaban retozando con cuellos orgullosamente arqueados, el Conde se inclinó y dijo a Ali:

—Conducid de inmediato al puesto del distrito.

El nubio hábilmente hizo girar a los animales y en pocos minutos Monte-Cristo había llegado a su destino.

A la puerta del puesto, un gardien le recibió y, ante la mención de su nombre, le condujo obsequiosamente ante el oficial a cargo. Este último, un hombre bajo y de aspecto decidido con un bigote gris erizado y cabello gris que se mantenía casi de punta sobre su pequeña cabeza redonda, reconoció a su ilustre visitante de un vistazo. Se levantó apresuradamente del escritorio en el que estaba sentado, ocupado en examinar los informes de sus subordinados, y le ofreció cortésmente una silla. Luego preguntó, con deferencia:

—¿A qué debo el honor tan distinguido de una visita del Conde de Monte-Cristo?

—Monsieur —respondió el Conde, tomando el asiento ofrecido—, dos italianos fueron arrestados hace poco tiempo en los Campos Elíseos y traídos aquí.

—Sí —dijo el jefe del puesto—, ¡y grandes sinvergüenzas son también! Los hemos estado siguiendo durante algún tiempo, pero nunca pudimos detectarlos en ningún acto manifiesto hasta hoy. Pertenecen a una banda muy peligrosa de merodeadores, dirigida por un astuto alemán llamado Waldmann, cuyas sedes están en un miserable caboulot de la Cité d'Antin.

—¿De qué están acusados estos italianos?, es decir, ¿cuál es el cargo específico actual contra ellos?

—Fueron atrapados robando carteras en la multitud que se agolpaba alrededor de un espectáculo de marionetas.

—¿Es concluyente la evidencia contra ellos?

—Lo es.

—Eso es desafortunado —dijo el Conde—, ya que uno de ellos está en posesión de información de suma importancia para mí. Ha hecho revelaciones parciales, pero establece como precio de una divulgación completa mi interferencia en nombre de sí mismo y de su camarada en el crimen. ¿Qué se puede hacer?

—No veo —respondió el jefe, con perplejidad—. Es imposible para mí dejar libres a los hombres.

—¿Pero no hay alguna forma en la que yo pudiera obtener una mitigación de su castigo?

—¡Oh! en cuanto a eso, sí —dijo el oficial, iluminándose—. Si hablarais con el Procureur de la République, estoy seguro de que os concedería la sentencia mínima en tales casos. Tal vez —añadió, al ocurrírsele un pensamiento repentino—, podría ser inducido incluso a no presionar la acusación, en cuyo caso los hombres serían descargados.

—Gracias, monsieur —dijo el Conde, levantándose—. Actuaré según vuestra sabia sugerencia sin demora. ¿Pero podéis concederme un pequeño favor? ¿Podéis permitirme una breve entrevista con el hombre que se hace llamar Peppino?

—Indudablemente —respondió el jefe, con una voz cordial—, y estaré muy contento de hacerlo si os ayuda en algo.

—Me permitirá asegurar al hombre que estoy trabajando y que tengo alguna esperanza de éxito.

—Entonces seguidme.

El jefe, que había permanecido de pie como cumplido al Conde, tomó una gran llave de un estante detrás de su escritorio y abrió una puerta que conducía a un pasillo largo y débilmente iluminado. Monte-Cristo le siguió a través de este lúgubre pasaje hasta que llegaron a una celda ante la cual el jefe se detuvo. La gran llave chirrió en la cerradura, la puerta de la celda se abrió con un sonido ominoso y el Conde se encontró cara a cara con el antiguo bandido romano.

Peppino estaba sentado en el borde de un catre de hierro, la viva imagen de la desesperación. Pensaba que Monte-Cristo lo había abandonado, que no interferiría ni siquiera con la perspectiva de obtener los detalles del complot contra el joven Massetti. Al entrar el Conde en la celda, su semblante se iluminó instantáneamente y la esperanza renació en su pecho. El jefe se retiró discretamente, diciendo al hacerlo:

—Esperaré fuera, en el pasillo.

Con estas palabras cerró la puerta de la celda y Monte-Cristo se encontró a solas con Peppino.

Toda la luz que penetraba en la lúgubre celda provenía de una pequeña ventana enrejada en lo alto del muro, situada a tal distancia del suelo que ningún prisionero podía alcanzarla ni siquiera subiéndose a su catre. Los muros y el techo eran de piedra.

—Bien —preguntó Peppino—, ¿cómo le ha ido a su Excelencia?

—Aún no he avanzado gran cosa, aunque espero poder hacer algo por ti y por Beppo en muy poco tiempo —respondió el Conde con voz tranquilizadora.

—Estoy satisfecho —dijo Peppino con alegría—. Si su Excelencia solo se lo propone, ¡Beppo y yo estaremos pronto en libertad!

—No puedo llegar tan lejos, buen amigo, pero puedo prometerte, y te prometo, toda la ayuda e influencia que pueda ejercer.

—Ejercerán todo lo necesario, señor Conde —respondió el italiano con confianza.

—No esperes demasiado, Peppino. Ya te he dicho que París es diferente a Roma.

—Ahora tengo ocasión de saberlo —replicó el proscrito con amargura—. ¡Pero el poder del Conde de Monte-Cristo es el mismo aquí que en la campagna!

—Mantén el ánimo, en cualquier caso, buen amigo. Pronto sabremos qué se puede hacer.

—¡Mantendré el ánimo, señor Conde, pues tengo plena fe en usted!

—Así sea. Ahora, hombre, ¿qué sabes sobre el complot contra el vizconde Massetti?

—Perdóneme, señor Conde —dijo el italiano con astucia—, ¡pero se lo diré cuando Beppo y yo estemos en libertad!

Monte-Cristo sonrió ante la astucia del hombre.

—Al menos —dijo—, dime si has visto al vizconde recientemente.

—Haré eso, su Excelencia. Lo vi hace muy poco tiempo en Roma y después con Luigi Vampa y Pasquale Solara en el terreno pantanoso más allá del Trastevere.

—¿Qué los trajo a ti y a tu compañero a París?

—Tuvimos un desacuerdo con el viejo Solara, a quien Luigi Vampa insistía en que debíamos obedecer implícitamente. Solara era un tirano; además, era tan codicioso y avaro como un usurero; lo quería todo para sí y no nos permitía nada; exigía que todo el botín que adquiriéramos fuera llevado directamente a él sin reparto, declarando que él parcelaría nuestras partes; esto invariablemente dejaba de hacerlo y, naturalmente, nos rebelamos. Vampa, que se ha convertido, si no lo era ya, en amigo íntimo del viejo Pasquale, decidió en contra nuestra siempre que le llevábamos nuestras quejas. Finalmente, no pudimos soportarlo más; estábamos absolutamente hambrientos mientras Solara acumulaba riquezas, así que decidimos abandonar la banda. Lo hicimos y vinimos a París, donde hemos estado desde entonces.

—No te preguntaré qué has estado haciendo en París —dijo Monte-Cristo sonriendo levemente—; de hecho, no necesito preguntártelo, pues lo sé; el jefe del puesto me lo ha dicho; pero ¿me prometerás llevar una vida mejor en el futuro e intentar inducir a Beppo a hacer lo mismo, si logro conseguir tu liberación?

—No puedo prometerle eso —respondió el italiano con la mirada desviada—, pero le prometo regresar a Roma y llevarme a Beppo conmigo.

—Eso servirá igual, o casi igual —dijo el Conde—. Armado con tal promesa, creo que puedo obtener vuestra libertad. Pero debéis jurarme abandonar Francia inmediatamente después de que hayáis sido puestos en libertad, y consideraré vuestro juramento vinculante también para Beppo.

—¡Juro abandonar Francia en el mismo momento en que sea libre! ¡Juro también que Beppo me acompañará!

—Está bien —dijo el Conde—. Estaré aquí de nuevo esta tarde o mañana a más tardar; ¡pero recuerda que antes de abandonar esta celda debes darme todos los detalles de la conspiración contra el joven Massetti!

—¡Lo recordaré, señor Conde; no tenga miedo de eso! ¡Cuando yo haya hablado, el viejo Solara tendrá que cuidarse de sí mismo!

—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Monte-Cristo bruscamente.

—¡No se preocupe por ahora, señor Conde! Se lo aclararé todo a su regreso.

El diputado de Marsella abandonó la celda y el puesto, después de haber agradecido al jefe su cortesía. Se dirigió sin demora a la oficina del Procurador de la República en el Palais de Justice, y no pasó mucho tiempo antes de que tuviera los asuntos satisfactoriamente arreglados. El procurador aceptó alegremente no presionar el cargo contra los italianos a condición de que Monte-Cristo se comprometiera a que abandonaran París inmediatamente después de que el Juge d'Instruction los pusiera en libertad. Este compromiso lo hizo el Conde sin la menor vacilación, y se decidió que el Juge d'Instruction llevara a cabo su examen formal en el puesto esa misma tarde, cuando el procurador comparecería a través de su diputado y ordenaría el cese de los procedimientos por razones completas y suficientes. El procurador acordó notificar al Conde la hora exacta del examen para que pudiera estar presente y listo para ejecutar su parte del pacto.

Mientras Monte-Cristo regresaba a la mansión de la Rue du Helder, no pudo evitar sentirse considerablemente agitado. ¿Qué iba a aprender de Peppino y cómo afectarían las revelaciones del italiano a Massetti? Estos eran problemas que las próximas horas estaban destinadas a resolver.

CAPÍTULO XVI.

ENTRE LAS RUINAS DEL COLISEO.

Una de las primeras cosas que hizo Maximilien Morrel, después de que él y su esposa se instalaran cómodamente en el Hotel de France en Roma, fue realizar una visita formal al Palazzo Massetti y presentar sus cartas de presentación al anciano Conde, el padre de Giovanni.

El viejo noble, que tenía al menos setenta años y un aspecto muy patriarcal debido a sus fluidos cabellos blancos y su larga barba nívea, recibió al joven francés con gran urbanidad y condescendencia en un salón suntuosamente amueblado, lleno de raros tesoros artísticos y deslumbrante con oro y satén. Lo recibió con la mano extendida y dijo calurosamente, mientras echaba un vistazo a la tarjeta del Capitán como para refrescar su memoria:

—Estoy encantado de tener el honor de dar la bienvenida a un visitante tan distinguido como el Capitán Maximilien Morrel al Palazzo Massetti. Por favor, tome asiento, Capitán, y considere mi residencia como suya.

El Conde hablaba francés con fluidez, sin el menor rastro de acento extranjero, y este hecho, así como su manera encantadoramente cordial, hicieron que el joven soldado se sintiera inmediatamente a gusto en su presencia.

—Le aseguro, Conde —respondió Maximilien, haciendo una reverencia y sentándose a continuación—, que el placer es mutuo.

El anciano noble también tomó una silla y, durante un tiempo, conversaron agradablemente sobre diversos temas. El Conde había sido un soldado valiente y activo en sus días y estaba muy interesado en los asuntos militares franceses. El visitante, que estaba perfectamente al tanto de este tema y dedicadamente apegado a su profesión, dio a su inquisitivo anfitrión cada detalle que pidió y se mostró particularmente entusiasta cuando habló de los trabajadores parisinos, quienes, según afirmó, podían dejar su labor habitual con poca antelación y enfrentarse a los peligros del campo de batalla con la resistencia de veteranos entrenados.

Al final, Maximilien pensó que podía aventurarse a tantear el terreno con respecto a su misión. Era ciertamente un asunto muy delicado, pero la cortesía y bonhomía del Conde le animaron a proceder. Mirando al anciano noble directamente a la cara, dijo:

—Creo, Conde, que usted tiene un hijo llamado Giovanni, quien estuvo recientemente en París.

Al instante, la frente del anciano romano se nubló y lanzó una mirada escrutadora a su invitado. Luego dijo, fríamente:

—¡No tengo hijo!

Maximilien, a su vez, miró fijamente al Conde, pero el rostro de este ya había asumido una expresión pétrea y desafiante que parecía oponer una barrera insuperable a una mayor conversación sobre este tema. Hubo una pausa incómoda, durante la cual los dos hombres continuaron mirándose. M. Morrel, aunque muy avergonzado y desconcertado por el rápido freno que había recibido, fue el primero en romper el ominoso silencio.

—Le pido perdón, Conde —dijo—, pero el joven del que hablé se presentó a sí mismo como el vizconde Giovanni Massetti. ¿Es posible que fuera un impostor?

El aspecto del Conde se volvió más gélido; respondió con frialdad:

—¡Repito que no tengo hijo!

Maximilien estaba profundamente desconcertado. No sabía qué pensar o decir. El anciano noble se levantó como para terminar la entrevista. No mostró rastro de agitación, pero M. Morrel se sintió seguro de que era presa de una agitación interna que controlaba con dificultad. No podía haber duda de que Giovanni era lo que había representado ser, ¿pues no se había hecho pasar por el vizconde Massetti en Roma tanto como en París? Solo una solución al misterio se ofrecía: el Conde había repudiado a su hijo, repudiado debido al terrible crimen del que se le acusaba, del cual aparentemente no había podido librarse. M. Morrel también se levantó, pero no estaba dispuesto a partir así, a ser despedido sumariamente, por así decirlo. Decidió hacer un último esfuerzo para llegar a la verdad.

—Conde —dijo—, no deseo que usted me malinterprete, que atribuya a mera curiosidad ociosa mi deseo de ser informado sobre este desafortunado y desdichado joven. Sé que una nube negra pende sobre él, que en este momento está marcado y deshonrado. No estaba al tanto, sin embargo, de que su familia le hubiera dado la espalda.

—Monsieur —respondió el Conde con impaciencia—, usted es extrañamente persistente.

—Soy persistente, Conde —dijo Maximilien con seriedad—, porque el vizconde Massetti no está solo en su desgracia. Otra, una joven estimable, está ahora languideciendo en París por su causa.

—¡Me compadezco de ella! —dijo el anciano noble, de manera impresionante.

—Yo también —reunió Maximilien—; desde el fondo de mi corazón me compadezco de ambos y esa es la razón por la que estoy aquí.

—¿Puedo preguntar el nombre de esta joven estimable?

—Ciertamente. Su nombre es Zuleika; ella es la hija del mundialmente famoso Conde de Monte-Cristo.

El viejo Massetti dio un salto y los músculos de su rostro se contrajeron nerviosamente, pero logró controlarse y dijo:

—¡De hecho! Permítame preguntar qué relaciones mantenía el joven con la hija del Conde de Monte-Cristo.

—Ella está, o mejor dicho, estaba comprometida con él.

—¡Dios mío! ¡Otra víctima! ¿La chica lo ama?

—¡Lo ama, con toda su alma!

—¿La traicionó él, la llevó por mal camino?

—No; su conducta hacia ella fue en todos los aspectos la de un hombre del más estricto honor.

—¡Alabado sea el cielo por eso! ¡Entonces no se ha hecho daño! ¡Que ella lo olvide!

—¡Me temo, lo sé, que no puede!

—Es joven, ¿no es así?

—Muy joven.

—Entonces el tiempo curará sus heridas. ¡Debe olvidarlo, porque él es indigno de su amor!

—¿Pero no siente usted afecto, ninguna compasión, por su hijo?

—¡Le digo que no tengo hijo! ¡Cuántas veces debo repetirlo!

La mirada del Conde era más dura que nunca; todo el orgullo y la altivez de los Massetti parecían concentrados en la expresión de su venerable rostro. Maximilien abrió los labios para hablar de nuevo, pero el anciano noble lo detuvo y dijo severamente:

—¡Ya hemos tenido suficiente de esto! Capitán Morrel, que lo que ha pasado entre nosotros sobre este miserable tema sea olvidado. Estaré encantado de recibirle a cualquier hora como amigo, pero, si valora mi trato, mi amistad, ¡nunca vuelva a mencionarme a ese joven! ¡Adiós, Monsieur!

El Conde tocó un timbre y apareció un ayuda de cámara. Maximilien hizo una reverencia a su anfitrión y, guiado por el sirviente, abandonó el palacio. En la calle se quedó por un momento como alguien totalmente desconcertado. Estaba claro que el mayor de los Massetti había tomado una decisión firme sobre la culpa de Giovanni, y si el padre abandonaba a su hijo, ¿qué esperanza había de que el mundo frío y despiadado no siguiera su ejemplo? Maximilien estaba en la desesperación. En el primer paso de su misión había sido descarada y firmemente detenido. ¿Qué debía hacer? ¿Debía admitir que estaba finalmente derrotado porque su intento inicial había fracasado tan desastrosamente? ¡No; eso sería una cobardía miserable! Persistiría, haría más investigaciones. Había emprendido este trabajo por Zuleika, para restaurar la felicidad en su corazón y la luz en sus ojos, y no abandonaría la tarea, por muy ardua que fuera, ¡hasta que hubiera limpiado a Giovanni u obtenido una prueba tangible e incontrovertible de su culpa!

Fortalecido por esta resolución, M. Morrel regresó al Hotel de France. Valentine lo recibió con una mirada de ansiosa indagación. Se esforzó por parecer alegre, por sacar lo mejor de la situación, pero el esfuerzo fue un fracaso lamentable. Se hundió en una silla y le dijo a su esposa en tono abatido:

—¡He visto al Conde Massetti. Cree que su hijo es culpable y lo ha repudiado!

Valentine se sentó junto a su esposo y tomó su mano con ternura.

—Maximilien —dijo—, es un mal comienzo, lo confieso, ¡pero conoces el proverbio y, confío, el buen final aún vendrá!

—No será nuestra culpa si no sucede —respondió su marido heroicamente—. En cualquier caso, haremos lo mejor que podamos.

—¡Y tendremos éxito! ¡Me siento segura de ello!

—¡Gracias por esas palabras, Valentine! ¡Eres una perfecta hechicera y has devuelto la vida a mi esperanza muerta!

Esa noche, los Morrel decidieron visitar el Coliseo. Deseaban ver los gigantescos restos de esa vasta estructura de los Césares a la luz de la luna, inspeccionar bajo los rayos plateados los patios y galerías en ruinas que hace siglos habían resonado con el paso orgulloso de la élite de la bárbara vieja Roma. Guiados por un guía perteneciente al Hotel de France, partieron y pronto estuvieron de pie entre las ruinas del gran anfiteatro. Allí fueron capturados por un cicerone especial, que parecía considerar el enorme naufragio del monumento de Flavio Vespasiano como su propiedad particular y del cual no podían deshacerse. Unió fuerzas con el guía del hotel y ambos, parloteando industriosamente en una jerga casi ininteligible, llevaron a los indefensos visitantes de un punto de interés a otro, mostrándoles a su vez columnas rotas, los asientos de las Vestales, escaleras de piedra en ruinas, la "Fosse des Lions" y el "Podium des Cesars". Maximilien y Valentine estaban llenos de un asombro y una admiración inefables mientras contemplaban los restos de la grandeza antigua, y mentalmente poblaban el maravilloso Coliseo con gladiadores contendientes, patricios majestuosos y la multitud aplaudidora de plebeyos sanguinarios, ¡estremeciéndose Mme. Morrel al pensar en los miles de damas de alta alcurnia y hermosas doncellas que en los viejos tiempos habían girado despiadadamente sus pulgares como señal para tomar una vida humana! Aunque la luna era brillante e inundaba el anfiteatro antiguo con luz argentina, los guías llevaban antorchas, que servían para esparcir una iluminación parpadeante y pálida a través de los oscuros recovecos de los cavernosos vomitorios, ahora refugio de murciélagos, lechuzas, cabras y serpientes.

Mientras pasaban por una galería larga e inusualmente sombría, los guías se detuvieron repentinamente con un grito simultáneo y comenzaron a hacerse la señal de la cruz. Maximilien y Valentine se detuvieron asustados, el primero sacando apresuradamente una pequeña pistola para defender a su esposa y a sí mismo contra el peligro desconocido y misterioso. Miraron a su alrededor, pero no pudieron ver nada, las antorchas revelando solo piedras enormes y bóvedas cubiertas de polvo. M. Morrel exigió a los guías saber cuál era la causa de su terror, pero durante algunos momentos no pudo obtener información de sus vagas e ininteligibles respuestas. ¡Al final, uno de los cicerones logró explicar que habían visto al maníaco! ¡Esta era una información reconfortante para los visitantes! ¡Un maníaco suelto y vagando de noche entre las ruinas del Coliseo! Valentine, temblando de miedo, se aferró a su marido en busca de protección.

—¿Es un hombre o una mujer? —preguntó Maximilien a uno de los guías.

—Un hombre, signor.

—¿Es violento, peligroso?

—No, signor, ninguno de los dos; pero su apariencia le da a uno un impacto terrible, tiene un aspecto tan salvaje y, además, ¡murmura maldiciones temibles! ¡Santa Virgen, protégenos!

Maximilien sintió despertar su curiosidad; un deseo extraño se apoderó de él de ver y hablar con este loco singular, que frecuentaba los patios de los gladiadores y murmuraba maldiciones temibles ante las columnas rotas del Coliseo.

—¿Dónde está el maníaco ahora? —preguntó a los guías—. ¿Lo ven?

—¡Dios nos libre! —respondió uno de los hombres, mirando a su alrededor con inquietud.

—Pero, ¿dónde está? ¿Pueden llevarnos hasta él? —insistió Maximilien.

Los cicerones se miraron unos a otros con asombro; las preguntas del joven soldado los sobresaltaron. Valentine no estaba menos asombrada y sobresaltada que los guías; miró a su marido, sin palabras ante el extraño interés que mostraba en este miserable marginado.

—¿Pueden llevarnos hasta él? —repitió Maximilien.

—Signor —dijo el guía que pertenecía al hotel—, ¡usted está bromeando!

—No estoy bromeando, hablo en serio —dijo M. Morrel—. Responda a mi pregunta.

—Por supuesto que podemos llevarlo hasta él, signor —respondió el guía—; pero será mejor que lo evite; ¡la visión del desgraciado Massetti sacará a su señora de sus cabales!

Ante el nombre Massetti, tanto Maximilien como Valentine se sobresaltaron; se miraron el uno al otro y al hombre que había hablado, pensando que no habían oído bien.

—¡Massetti! —exclamó M. Morrel cuando su asombro le permitió encontrar palabras—. ¿Dijo Massetti?

—Sí, signor, dije Massetti. ¡El maníaco es el hijo repudiado y desheredado del viejo Conde Massetti!

—¿Qué? ¿El vizconde Giovanni?

—¡El mismo, signor!

—¡Oh! ¡Esto es terrible, terrible, Maximilien! —susurró Valentine, aferrándose aún más a su marido.

—Es, en verdad, terrible; doblemente porque es totalmente inesperado —dijo M. Morrel—. Pero debo ver al joven Massetti; ¡fue, sin duda, alguna influencia misteriosa, algún poder magnético indescriptible, operando entre nosotros, lo que me hizo desear ver a este hombre, a este maníaco, tan pronto como fue mencionado! ¡Debo verlo y de inmediato!

Como los guías poseían solo un conocimiento muy escaso del idioma francés, en el cual se había llevado a cabo el diálogo entre marido y mujer, no lograron captar el significado completo de la breve conversación; sin embargo, entendieron que sus patrones estaban de alguna manera inexplicable interesados en el maníaco del Coliseo y horrorizados por el repentino descubrimiento de su identidad. La situación los desconcertó y les desagradó.

Después de pensar un instante, Maximilien dijo a su esposa:

—Le pediré al guía del hotel que te conduzca de regreso a nuestros apartamentos. Es mejor que me encuentre con el pobre Massetti a solas; ver al desgraciado en su estado terrible actual seguramente te conmocionaría y alteraría.

Valentine miró suplicante el rostro de su marido. Todo su miedo la había abandonado. Estaba tranquila ahora y decidida. Ella había propuesto el viaje a Roma, el proyecto de ayudar al vizconde, y no deseaba retroceder al dar un solo paso que pudiera ser beneficioso para Giovanni y Zuleika. Dijo con valentía:

—¡No me envíes lejos de ti, Maximilien! ¡Seré de buen ánimo y valiente! ¡Ya no tengo miedo de este pobre joven, aunque sea un maníaco! Quizás pueda ayudarte a tratar con él, pues se dice que el ingenio y la ternura de una mujer a veces pueden someter y pacificar a aquellos cuyas mentes están desordenadas cuando todos los esfuerzos de un hombre han fracasado.

Maximilien la miró con amor y admiración.

—Así sea, Valentine —respondió muy conmovido—. ¡Permanecerás conmigo y enfrentaremos la prueba juntos!

Los ojos de su esposa expresaron su satisfacción ante esta muestra de confianza; simplemente apretó la mano de su marido, pero aunque no pronunció una palabra, la cálida presión que le dio lo dijo todo.

M. Morrel se volvió hacia los cicerones, que esperaban en un silencio desconcertado.

—¡Llévennos ante este maníaco sin un instante de demora! —dijo.

Los guías intercambiaron miradas, negaron con la cabeza como si protestaran y comenzaron de nuevo a hacerse la señal de la cruz. Maximilien se vio obligado a repetir su orden de manera algo severa e imperativa antes de que hicieran un movimiento para obedecerla; luego, muy renuentes, hicieron señas a sus patrones para que los siguieran y tomaron la delantera, murmurando oraciones a la Santísima Virgen.

El pequeño grupo abandonó la sombría galería y se dirigió al aire libre. Después de haber avanzado unos veinte metros, los guías se detuvieron bruscamente y uno de ellos señaló hacia el centro de la vasta arena de gladiadores.

—¡Mire, signor! —dijo a M. Morrel—. ¡Allí está el maníaco del Coliseo!

Maximilian y Valentine miraron rápida y ansiosamente en la dirección indicada, pero no vieron nada.

—¡Allí, signor! —repitió el cicerone, señalando todavía.

Entonces, de repente, Maximilian y Valentine contemplaron la figura de un hombre que permanecía inmóvil como una estatua junto a un vasto fragmento de piedra. La luz de la luna caía de lleno sobre una forma varonil y noble, revelando un rostro hermoso que podría haber pertenecido a uno de los antiguos dioses romanos. El atuendo del hombre estaba en pintoresco desorden y sobre su cabeza desnuda llevaba una corona de hojas de hiedra. En una mano sostenía un bastón alto, mientras la otra estaba levantada de forma amenazante.

—¡Escuchad! —dijo uno de los guías, con un escalofrío—. ¡Está maldiciendo!

M. y Mme. Morrel escucharon, horrorizados, llenos de un temor innombrable. Un murmullo débil, pero distinto, llegó hasta ellos, aumentando gradualmente de volumen. Era una maldición feroz y amarga, llena de un odio intenso y ardiente, que parecía abarcar a Dios, al hombre y al universo entero en su alcance.

Los guías cayeron de rodillas, se descubrieron la cabeza y rezaron a la Virgen en voz baja.

Maximilian tomó a Valentine de la mano.

—Vamos —dijo—, ¡vayamos hacia él!

Mme. Morrel tembló ligeramente, pero respondió con firmeza:

—¡Estoy lista!

Entonces, tomados de la mano, lenta y cautelosamente, sin saber qué podría suceder, avanzaron hacia el maníaco del Coliseo.

CAPÍTULO XVII.

LA HISTORIA DE PEPPINO.

A la hora señalada, de la cual había sido debidamente notificado por el Procureur de la République, el Conde de Monte-Cristo entró en la sala reservada para el uso del Juge d'Instruction en el puesto policial donde Peppino y Beppo estaban confinados. El magistrado ya estaba en el estrado judicial y a su lado se encontraba el Diputado Procureur, quien le estaba explicando los deseos de su superior. Cuando Monte-Cristo entró, hizo una reverencia al Juge y al Diputado, quienes le devolvieron el saludo con todo el respeto debido a tan exaltado personaje.

—Messieurs —dijo el Conde, tras este intercambio de cortesías—, ustedes son, por supuesto, conscientes de la razón de mi presencia aquí esta tarde, así que podemos proceder a los asuntos de inmediato, pero antes de que los italianos sean traídos, tengo un pequeño favor que pedir.

—Dígalo, M. el Conde —dijo el Juge d'Instruction, afablemente—. Estaremos encantados de concederlo si está dentro de nuestro poder hacerlo.

—Bien, messieurs —dijo el Conde de Monte-Cristo, subiendo a la plataforma y apoyándose en el escritorio del Juge—, es simplemente esto. El prisionero que se hace llamar Peppino está en posesión de ciertos detalles a los que otorgo una importancia considerable. Ha prometido revelármelos como precio por su libertad y la de su compañero. No hace falta decir que el único motivo de mi interferencia en este asunto es obtener estos detalles. Ahora bien, por larga experiencia conozco toda la astucia y traición de la naturaleza italiana. Una vez libre, este hombre podría chasquear los dedos en mi cara y negarse a hablar. Una vez cumplidas debidamente las formalidades de la ley, deseo que los prisioneros sean devueltos a sus celdas y se les informe que su liberación solo tendrá lugar cuando Peppino me haya proporcionado la información prometida.

—Eso será solo un insignificante abuso de mi autoridad —respondió el Juge d'Instruction, sonriendo—, si es que es abuso alguno, pues, según entiendo el caso, los prisioneros deben permanecer virtualmente bajo su custodia hasta su partida de Francia, para lo cual usted ha empeñado su palabra ante el Procureur de la République. Por tanto, el favor que pide será alegremente concedido.

Al concluir, el Juge d'Instruction miró al Diputado Procureur, quien asintió.

El magistrado tocó una campanilla que estaba sobre su escritorio y dijo al gardien de la paix que respondió a la llamada:

—Traiga a los prisioneros.

Monte-Cristo y el Diputado se retiraron de la plataforma, sentándose en un par de fauteuils colocados en una mesa inmediatamente frente al escritorio del Juge.

Cuando los dos italianos fueron introducidos, Peppino miró primero al magistrado en el estrado y luego al Diputado. Finalmente, sus ojos se posaron en el Conde, momento en el que su rostro se iluminó al instante; sintió instintivamente que la misteriosa influencia de Monte-Cristo había sido tan potente con las autoridades de París como con Luigi Vampa y su banda, que el hombre maravilloso había logrado efectuar la liberación de él mismo y de Beppo.

—Coloque a los prisioneros en el banquillo —dijo el Juge d'Instruction, dirigiéndose al gardien.

Esta orden fue cumplida al instante y los dos italianos quedaron frente al magistrado.

—Quítense los sombreros.

Los prisioneros obedecieron, Peppino con una sonrisa de confianza, Beppo con un ceño hosco.

—Prisioneros en el banquillo —dijo el Juge d'Instruction severamente—, están acusados del delito de robo de carteras en la vía pública. ¿Qué tienen que decir?

Este comienzo formal y bastante amenazante fue tanto una sorpresa como una decepción para Peppino. Miró inquisitivamente a Monte-Cristo, pero no pudo leer nada en su rostro pálido y hermoso; luego, con un ceño oscuro, respondió al Juge, en un tono áspero y desafiante:

—¡No soy culpable!

El magistrado miró a Beppo, quien a su vez repitió las palabras de su camarada.

Aquí el Diputado Procureur se levantó y dijo al Juge d'Instruction, con voz plena y clara:

—Si le place, honorable Juge, como representante del Procureur de la République, deseo declarar que no es mi intención seguir adelante con la acusación contra los prisioneros en el banquillo. Para este proceder tengo una razón buena y suficiente. Por tanto, en mi capacidad oficial, exijo que las personas que se hacen llamar Peppino y Beppo sean puestas en libertad.

Esta exigencia fue otra sorpresa para Peppino, pero instantáneamente adivinó que Monte-Cristo contaba mucho en ella y lo miró con una mirada de gratitud. Beppo estaba absolutamente asombrado, pues no podía entender el giro repentino y favorable de la situación.

El Juge d'Instruction, en cumplimiento de la forma prescrita por la ley, dijo al Diputado:

—¿Puedo preguntar al digno representante del Procureur de la République cuáles son sus razones buenas y suficientes?

—Ciertamente, honorable Juge —respondió el funcionario—. Su Excelencia el Conde de Monte-Cristo, aquí presente, ha llegado a un pacto con el Procureur, comprometiéndose, en caso de que los prisioneros sean liberados, a inducirlos a abandonar Francia inmediatamente.

Ante esto, Monte-Cristo se levantó y, frente al estrado judicial, dijo, con esa manera impresionante que siempre marcaba sus discursos públicos:

—Honorable Juge, lo que el Diputado Procureur acaba de decir es perfectamente cierto en todos los aspectos. En caso de que los prisioneros sean liberados, me comprometo ante su superior en el cargo a ver que regresen a Italia sin demora.

El Diputado y el Conde volvieron a ocupar sus asientos. El Juge d'Instruction pareció pensar por un momento; luego dijo:

—Mi deber en estas circunstancias es claro. No se presenta prueba alguna contra los prisioneros y la declaración oficial y la exigencia del Procureur de la République, expresadas a través de su digno y estimado representante, excluyen la necesidad de un interrogatorio formal de los acusados. Por tanto, los pondré en libertad, sujetos, sin embargo, al control de su Excelencia, el Conde de Monte-Cristo. Prisioneros en el banquillo —añadió, dirigiéndose a Peppino y Beppo—, los devuelvo a sus celdas, siendo su liberación en el momento que su Excelencia, el Conde de Monte-Cristo, pueda determinar.

Volvió a sentarse en el estrado judicial, haciendo señas al gardien para que retirara a los prisioneros.

Diez minutos después, Monte-Cristo estaba en la celda de Peppino. El italiano estaba radiante de alegría y muy efusivo en la expresión de su agradecimiento a su poderoso y misterioso benefactor.

El Conde agitó la mano con impaciencia.

—Una tregua a los agradecimientos —dijo—. El tiempo apremia, y cuanto antes me des los detalles de la conspiración contra el Vizconde Massetti, antes seréis libres tú y tu compañero.

Peppino se dejó caer a medias sobre su cama y Monte-Cristo se sentó en un taburete destartalado, mostrando su rostro, habitualmente impasible, el interés absorbente que sentía por lo que estaba por seguir.

El italiano se aclaró la garganta y comenzó.

—Signor Conde —dijo—, en primer lugar debo decirle que el joven Massetti ha sido repudiado y desheredado por su orgulloso y severo padre, quien lo cree uno de los sinvergüenzas más culpables y depravados de la tierra.

Monte-Cristo dio un respingo; su rostro se volvió un tono más pálido de lo habitual en él, pero no dijo nada; esperaba ansiosamente más novedades.

—Eso no es todo, sin embargo —continuó Peppino, tras una breve pausa para notar el efecto de su comunicación sobre su oyente—, ¡ni es lo peor! El desafortunado Vizconde, al ser ignominiosamente expulsado del Palazzo Massetti por órdenes del viejo Conde, perdió inmediatamente el juicio; ¡ahora es un maníaco delirante!

—¡Mon Dieu! ¡Mon Dieu! —exclamó Monte-Cristo, saltando de su asiento y caminando de un lado a otro de la celda, presa de una intensa agitación que no intentó controlar—. ¡Un maníaco delirante! ¡Giovanni un maníaco delirante! ¡Oh! ¡mi hija, mi hija!

—Todo lo que digo es la verdad —reanudó el italiano—. ¡Como espero alcanzar el Cielo, lo juro!

—¿Pero qué ha sido de Massetti? ¿Dónde está? —preguntó el Conde, deteniéndose abruptamente en su caminata—. ¿Ha sido confinado en algún asilo?

—Es un paria y un vagabundo —respondió Peppino—. Toda Roma le frunce el ceño, le evita como se evita una pestilencia. Cuando dejé Italia, había buscado refugio entre las ruinas del Coliseo, donde era el terror tanto de los visitantes como de los supersticiosos guías. Lo vi allí con mis propios ojos el día antes de mi partida. Estaba en harapos, llevaba un bastón alto, lucía una corona de hojas de hiedra y pasaba el tiempo maldiciendo a Dios y al hombre. Dicen que nunca abandona las ruinas, salvo para mendigar algunos restos de los que subsistir, y que duerme de noche en las profundidades de un oscuro vomitorio en compañía de murciélagos, arañas y otras cosas inmundas.

—¡Esto es increíble! —gritó Monte-Cristo, mirando penetrantemente a su compañero y sospechando a medias que estaba recurriendo a su vívida imaginación italiana para algunos de sus detalles gráficos.

—Pero es verdad, Signor Conde —protestó Peppino, con seriedad—; ¡cada palabra de ello es verdad!

—Continúa —dijo Monte-Cristo, con voz ronca, sentándose de nuevo en el taburete—. Cuéntame sobre la conspiración.

—A ello voy, Signor Conde —dijo el ex bandido, adoptando una postura sentada en el borde de la cama—. Usted sabe, por supuesto, que la causa de todos los problemas del Vizconde Massetti fue una hermosa joven campesina llamada Annunziata Solara.

—He oído que fue alguna mujer, pero eso no importa; procede.

—Esta chica vendía flores en la Piazza del Popolo y en el Corso; allí atrajo la atención de Massetti y de su hijo Esperance.

—¡Esperance! —exclamó Monte-Cristo, moviendo las manos nerviosamente—. ¡Oh! ¡mon Dieu! ¡la luz comienza a aparecer!

Peppino sonrió de forma tranquilizadora.

—No tenga miedo, Signor Conde —dijo—; en todos los infelices sucesos que llevaron al pobre Vizconde bajo sospecha, su hijo desempeñó un papel tan noble como honorable; ¡usted tiene razones abundantes para estar orgulloso de él!

Monte-Cristo lanzó un suspiro de alivio.

—¿Puedes probar esto?

—Puedo. Luigi Vampa y toda su banda saben que su hijo es totalmente inocente en lo que respecta a la florista y así lo expresarán. Incluso el viejo Solara mismo, despreciable y endurecido miserable como es, no tratará de incriminarlo. Tenga la seguridad de que la prueba de la inocencia de su hijo es amplia.

—Luigi Vampa ya me ha escrito que no recae culpa alguna sobre Esperance, pero debo tener avales más fiables que la carta o incluso el juramento de un notorio bandolero.

—Tales avales pueden obtenerse sin mucha dificultad. La desafortunada chica misma, que ahora está en el Refugio de Civita Vecchia, lo exculpará.

—¡Pero los detalles del complot, los detalles del complot!

—Bien, el Vizconde supo por Annunziata que vivía en el campo más allá del Trastévere y esa noche se dispuso a buscarla. Su hijo, que conocía su objetivo, lo siguió para protegerlo contra los bandidos. Massetti fue detenido por uno de los hombres de Vampa, quien lo hirió en la lucha que siguió, apareciendo su hijo a tiempo para matar al bandido y rescatar a su amigo. Poco después se encontraron con un gran número de la banda de Vampa y escaparon por poco de ser colgados de los árboles más cercanos en venganza por la muerte del hombre asesinado por su hijo. Fueron liberados por el propio Vampa tan pronto como supo que Esperance era su hijo, habiendo revelado Massetti tanto su propia identidad como la de su camarada. Los jóvenes, al parecer, habían decidido regresar a Roma inmediatamente después de que el Vizconde recibiera su herida, pero Massetti se sintió débil por el dolor y la pérdida de sangre y se resolvió buscar refugio. Un campesino apareció en esta coyuntura y, tras cierta duda, accedió a conducirlos a la cabaña de su padre donde podrían pasar la noche. Fue fiel a su palabra. Para abreviar, los jóvenes, que estaban disfrazados de campesinos, pronto se encontraron en la choza de Pasquale Solara y en presencia de la bella Annunziata misma.

Peppino hizo una pausa por un instante y luego continuó:

—Estos detalles preliminares, Signor Conde, son necesarios para permitirle comprender la conspiración que pronto se fraguaría. El campesino, que había conducido a Massetti y a su hijo al mismo lugar que el primero había abandonado Roma para buscar, era el hermano de Annunziata. El viejo Pasquale Solara estaba ausente de casa en el momento de la llegada de los extraños, pero regresó poco después. No tengo duda de que durante mucho tiempo había estado aliado con Luigi Vampa y había actuado secretamente como su agente y confederado. En cualquier caso, cuando llegó, era muy consciente de que los jóvenes estaban en su cabaña y también estaba perfectamente informado sobre su identidad, aunque, con su astucia habitual, ocultó ambos hechos, fingiendo sorpresa e insatisfacción cuando sus hijos le anunciaron que tenía invitados. Secretamente estaba encantado, pues la presencia del joven Massetti le daba una oportunidad a la vez para tomar una señalada venganza contra el viejo Conde, a quien había odiado amargamente durante mucho tiempo, y para desviar el estigma demoledor de un acto diabólico que meditaba de sí mismo al nombre y la fama de otro.

—¿Pretende afirmar que este viejo miserable tenía bajos designios contra su propia hija? —dijo el Conde, expresando su rostro todo el horror que sentía.

—Exactamente —respondió Peppino, con frialdad—. El viejo Solara, miserable avaro como es, había vendido por una suma muy grande del oro que tanto codiciaba a su propia hija, su hermosa hija Annunziata, al jefe bandido Luigi Vampa.

—¡El demonio de negro corazón! —exclamó Monte-Cristo—. ¡Es indigno del nombre de hombre! ¡En París, la población indignada lo aplastaría hasta la muerte bajo sus pies!

—Así que, ya ve —reanudó el italiano—, la llegada de Massetti fue oportuna, y Pasquale Solara, después de haber visto que el Vizconde estaba alojado a salvo bajo el techo de su cabaña, se apresuró a volver con Luigi Vampa y juntos tramaron el vil complot que tuvo demasiado éxito. ¡Una pieza de villanía diabólica más astutamente concebida y completamente oculta nunca ha manchado los anales del mundo civilizado!

CAPÍTULO XVIII.

MÁS DE LA HISTORIA DE PEPPINO.

Monte-Cristo estaba horrorizado por lo que había oído. Toda su alma se rebelaba ante la idea de un padre que podía vender deliberadamente y a sangre fría a su hija, ante la idea de un miserable que con igual deliberación podía arrojar la culpa de una villanía cometida por él mismo sobre un hombre inocente. Le había parecido muy extraño al Conde, en el momento en que Luigi Vampa le había escrito, que el jefe bandido estuviera tan perfectamente al tanto de la inocencia de Esperance y de la culpabilidad del Vizconde Massetti, pero a la luz de las asombrosas revelaciones recién hechas por Peppino, quedó sobradamente claro que Vampa, en el caso del joven italiano, había sido movido por el motivo más fuerte posible, a saber, el deseo de protegerse a sí mismo, y que para hacerlo eficazmente no había retrocedido ante la más vil y completa falsedad. Por supuesto, Vampa no había querido incriminar a Esperance debido al pacto de antaño, las relaciones que habían subsistido entre él y Monte-Cristo en el pasado; eso era igualmente claro; además, una víctima era suficiente, y al seleccionar a Massetti como esa víctima, el jefe bandido había actuado evidentemente bajo la instigación del viejo Pasquale Solara.

Peppino procedió con sus revelaciones.

—Signor Conde —dijo—, sospechaba desde hacía mucho tiempo que algo se cocinaba entre Vampa y el viejo Solara. El pastor, huraño y hosco, no acudía al principio a la guarida de los bandidos, pero en respuesta a una señal que usaba, un silbido vibrante peculiar, el jefe salía solo y se reunía con él. Esta señal y las acciones de Vampa despertaron mi curiosidad; más de una vez seguí al jefe y, escondido con seguridad detrás de un árbol o una roca, fui testigo de los encuentros secretos, escuchando partes de la conversación. Annunziata Solara era mencionada con frecuencia, y el padre parecía estar esforzándose por cerrar un trato duro con Vampa. Por fin, una noche llegaron a un acuerdo. Escuché al jefe acordar pagar al viejo Pasquale una enorme suma de dinero tras la entrega de Annunziata en sus manos, y entonces me di cuenta de que la nefasta venta se había concluido. Se decidió que la desafortunada chica fuera entregada a Vampa a la primera oportunidad, y esa oportunidad llegó cuando el Vizconde Massetti y su hijo Esperance se domiciliaron en la cabaña aislada en el bosque.

—Estaba alerta y cuando, tras asegurarse de la llegada de los dos jóvenes a su choza, el viejo Pasquale buscó el punto de encuentro de los bandidos y lanzó su silbido vibrante, lo oí. Siguiendo sigilosamente a Vampa, me oculté como lo había hecho en ocasiones anteriores. Ahora estaba completamente familiarizado con los detalles de la baja transacción en curso entre el preciado par y podía comprender fácilmente incluso sus alusiones más oscuras y cautelosas. El viejo Solara informó al jefe de que los jóvenes habían llegado, proponiendo que Vampa secuestrara a Annunziata a la mayor brevedad posible, organizando las cosas de modo que la sospecha recayera sobre el Vizconde Massetti. El jefe aceptó hacerlo. El pastor debía mantenerlo informado, y el secuestro tendría lugar cuando las circunstancias fueran las más calculadas para promover el éxito de todas las fases del complot villano. Con este entendimiento, los conspiradores se separaron.

—El destino se puso del lado del viejo Pasquale y Vampa. Su herida mantuvo al Vizconde en la cabaña y la bella Annunziata lo cuidó. Él se había enamorado de su belleza el día que la conoció en la Piazza del Popolo. La asociación íntima con ella intensificó su influencia sobre él, y cuando llevaba casi una semana en la cabaña y la convalecencia había comenzado, le hizo un cortejo violento, incluso llegando tan lejos como para pedirle que huyera con él. Esperance adivinó las intenciones de su amigo y, sabiendo que Massetti no podía casarse con la chica, se interpuso para salvarla. El resultado fue una pelea y su hijo desafió al Vizconde a luchar contra él. El desafío fue aceptado al instante y se acordó que el duelo tendría lugar a la mañana siguiente.

—Fiel a su promesa a Vampa, el viejo Solara, mientras fingía estar ausente de casa, acechaba en las cercanías y vigilaba todo lo que ocurría. Estaba escondido bajo la ventana abierta cuando Massetti, o Tonio como él se llamaba, pues tanto el Vizconde como Esperance estaban bajo nombres supuestos, propuso la huida a su hija. Instantáneamente se apresuró hacia el jefe bandido, que había estado merodeando por los alrededores de la choza todo el día, y alegremente le comunicó lo que había oído. Se decidió inmediatamente que había llegado el momento del secuestro y se hicieron preparativos para llevarse a Annunziata esa misma noche. Vampa escribió una carta incriminatoria a la chica pretendiendo que venía de Massetti, y el viejo Solara, robando inobservado dentro de la choza, la colocó bajo la caja de costura de su hija sobre su mesa, donde ella la encontró después. No se supuso ni por un momento que la chica consentiría en huir con el Vizconde, pues aunque alegre y jovial, era pura e inocente; la nota estaba destinada simplemente a llenar la mente de Annunziata, después del secuestro, con la idea de que Massetti era su secuestrador.

—¡Qué astuta y previsora villanía! —gruñó Monte-Cristo, entre dientes.

—Esa noche no había luna —continuó Peppino— y, después de que todos los ocupantes de la choza se hubieran retirado a descansar, el viejo Pasquale esperó afuera con una antorcha mientras Vampa se dirigía a la cámara de Annunziata, la arrancaba de su lecho y la cargaba hacia el bosque, impidiéndole dar la voz de alarma al cubrirle la boca con la mano. Él iba enmascarado y el pastor se mantuvo a tal distancia que le resultó absolutamente imposible a su hija reconocerlo. Mientras Vampa corría por el bosque con su carga, golpeó su brazo contra un árbol y el dolor le obligó a apartar la mano de la boca de Annunziata por un segundo. La pobre muchacha aprovechó esta oportunidad para gritar, y su clamor atrajo primero a su hermano, luego al Vizconde y después a Esperance en su ayuda.

El hermano, al alcanzar a Vampa, lo atacó ferozmente. Soltando a la joven, quien permaneció clavada en el sitio, el jefe sacó una pistola y disparó contra su agresor. Este fue alcanzado y retrocedió tambaleándose, con la sangre brotando de su herida. De algún modo, durante el forcejeo, Vampa quedó desenmascarado y, en la oscuridad reinante, Annunziata imaginó naturalmente que el rostro que se descubrió de repente y se volvió a cubrir con la misma rapidez era el de su pretendiente, el llamado Tonio. Tras deshacerse del hermano, quien después corrió de vuelta hacia la choza, se encontró con Esperance, se lanzó a sus brazos y cayó al suelo donde murió, el jefe de los bandidos agarró a Annunziata, que mientras tanto se había desmayado, y reanudó su huida a través del bosque. Al oír el sonido de una persecución más cercana, Vampa se detuvo consternado y escuchó. Tres personas parecían acercarse rápidamente. El jefe, entonces, ocultó a la joven inconsciente tras un enorme fragmento de roca y se arrojó al suelo, esperando así escapar a la observación. Al hacerlo, vio el resplandor de la antorcha del viejo Solara. Esta iluminó de lleno el rostro de un campesino, un completo desconocido, que había oído el grito de Annunziata y había acudido al rescate. El pastor tenía un cuchillo en una mano; al instante arrojó su antorcha y se enzarzó en un combate desesperado con el recién llegado. En ese momento, el Vizconde apareció en escena, moviéndose como si fuera a tomar partido por el desconocido. Vampa saltó, lo agarró por la garganta y, bajo la amenaza de muerte inmediata si se negaba, le obligó a prestar juramento de silencio con respecto a los acontecimientos de la noche. Massetti estaba tan desconcertado que apenas sabía lo que hacía. No bien hubo prestado el juramento, Vampa le asestó traicioneramente un golpe demoledor que lo envió tambaleándose al suelo, donde quedó inmóvil e inconsciente. Luego, el jefe se arrojó de nuevo sobre la tierra, saltando una vez más para enfrentarse a Esperance. Este apuntó una pistola hacia él, pero Vampa se la arrebató de la mano. Entonces el joven le golpeó ferozmente, pero Vampa esquivó el golpe y su adversario cayó hacia adelante por su propio impulso sobre una espesa capa de musgo junto a la forma postrada de Massetti. Aprovechando rápidamente la oportunidad, el jefe se apoderó de la todavía inconsciente Annunziata y esta vez logró llevarla triunfante a una choza que había preparado para su recepción.

Peppino procedió entonces a relatar lo que el lector ya conocía por el lastimero relato de Annunziata a Mme. de Rancogne en el Refugio de Civita Vecchia. Cuando hubo concluido, lanzó una mirada a su auditor y dijo:

—¿Está satisfecho, señor Conde?

—Lo estoy —respondió Monte-Cristo, con una voz ronca que sonaba extrañamente ajena a la suya—. Se ha ganado plenamente la libertad para usted y para su camarada Beppo. La historia de negra iniquidad que me ha narrado con tanta viveza podría parecer improbable para otros oídos, pero para mí lleva el sello de la verdad. Un punto, sin embargo, es oscuro. No puedo imaginar de qué manera se enteró de los pormenores de ciertos eventos en su narración, eventos que no pudo haber presenciado con sus propios ojos. Ilumínenme sobre este punto.

—De buena gana —respondió Peppino, sin la menor vacilación—. Me enteré de los detalles de los que habla en parte por el mismo Vampa y en parte por el viejo Solara. Ambos compararon sus versiones después de que este último se uniera abiertamente a los bandidos, y yo me encargué bien de escuchar su conversación.

Monte-Cristo se había levantado y ahora caminaba por la celda durante varios momentos sumido en profundos pensamientos. Su frente estaba nublada y oscura, pero sus ojos brillaban con ferocidad y sus manos estaban cerradas con tanta fuerza que sus uñas dejaban marcas rojas en su carne. El italiano, aún sentado en el borde de su cama, lo observaba con atención, sin saber qué pensar de su preocupación y agitado por un vago temor de que pudiera negarse a cumplir su promesa. Al fin, Monte-Cristo pareció haber resuelto el espinoso problema que lo había perplejo y haber llegado a una decisión. Se puso frente al italiano, se detuvo y, mirándolo fijamente, dijo:

—Buen hombre, he obtenido, como sabe, la libertad para usted y Beppo al empeñar mi palabra ante el Procureur de la République de que ambos abandonarán el país de inmediato. Por su parte, usted ha cumplido lo acordado y ahora voy a ejecutar mi parte del trato.

El semblante de Peppino adoptó una expresión de máximo deleite. Todos sus temores se desvanecieron al instante.

—Ahora —continuó Monte-Cristo, de manera impresionante—, tengo una propuesta que hacerle. Puede serme extremadamente útil si quiere y, al mismo tiempo, adquirir una gran suma de dinero honesta y honradamente.

Los ojos del italiano brillaron de placer.

—Diga su propuesta, señor Conde —dijo con entusiasmo—. La acepto de antemano. Pero, ¿está Beppo incluido en ella?

—Lo está —respondió el Conde—. Las revelaciones que me ha hecho me han decidido a ir a Roma de inmediato. Llevaré a mi hija conmigo, así como a mi sirviente nubio Ali. Deseo que usted y Beppo entren a mi servicio y me acompañen. La humanidad exige que utilice toda mi influencia para reivindicar al infortunado Vizconde Massetti, y deseo que me ayuden en la labor.

—Haré lo que usted desee, señor Conde —dijo el italiano—, y le prometo que Beppo también cumplirá con sus deseos.

—Muy bien —respondió Monte-Cristo—. Está entendido y acordado. Sin embargo, debo exigir una condición. Usted y Beppo no deben mantener comunicación alguna con Luigi Vampa ni con ninguno de su banda, al menos no hasta que yo lo indique.

—La condición será escrupulosamente observada, señor Conde. Mientras esté a su servicio, sus órdenes serán nuestra única ley.

—Es suficiente. Ahora voy a ponerlos a usted y a Beppo en libertad. Me acompañarán de inmediato a mi residencia y allí se harán los preparativos para nuestra partida. Saldremos para Roma mañana.

—Como su Excelencia guste —dijo el italiano.

Monte-Cristo llamó al gardien de guardia en el poste, ordenándole que trajera a Beppo, y pronto el Conde y los italianos estaban sentados en el carruaje del primero, siendo conducidos rápidamente por Ali hacia la mansión de la Rue du Helder.

Nada más llegar a su destino, el Conde, poniendo a los nuevos miembros de su séquito al cuidado del fiel nubio, se retiró a su estudio, llamando a Zuleika. La joven se apresuró a obedecer la llamada, y la visión del semblante pálido y severo de su padre le indicó al instante que algo muy inusual e importante había ocurrido.

—Hija mía —dijo el Conde, tomándola tiernamente en sus brazos y mirando con cariño su rostro levantado y ansioso—, hoy he recibido noticias muy sorprendentes.

El corazón de Zuleika latía con fuerza ante este anuncio; se sentía convencida de que las noticias sorprendentes concernían a su infortunado amante, silencioso desde hacía tanto tiempo.

—Padre —dijo ella, con voz trémula—, ¿ha recibido noticias del Vizconde Massetti?

—No, hija mía —respondió Monte-Cristo—; pero se me han comunicado noticias de la mayor gravedad relativas a él.

—¿Noticias de la mayor gravedad, padre? ¿Es posible que esté muerto?

Al pronunciar las últimas palabras, la pobre joven estalló en un mar de lágrimas.

—No, hija mía —respondió el Conde—. El joven Massetti no está muerto.

—¿Ha logrado exculparse de esa terrible acusación? —preguntó la joven, temblando de ansiedad.

—¡Ay, no! Pero es inocente, Zuleika, ¡tan inocente del terrible crimen que se le imputa como un niño por nacer! De eso puedes estar segura, ¡porque la prueba de su inocencia está en mis manos!

Zuleika lanzó un grito salvaje de alegría y rodeó con sus brazos el cuello de su padre.

—Cálmate, hija mía —reanudó Monte-Cristo—; todo saldrá bien. Mañana parto hacia Roma con Ali y dos de los amigos de Giovanni. ¡Prepárate para acompañarme!

El éxtasis de Zuleika no tenía límites; pero, ¡ay!, ¡ella no sabía que la mente de Giovanni había sido destruida por la vergüenza y el deshonor que habían caído sobre él!

CAPÍTULO XIX.

EL MANÍACO DEL COLISEO.

Después de dejar a sus guías en el Coliseo, Maximilian y Valentine avanzaron hacia el centro de la arena de los gladiadores, donde se encontraba el demente Giovanni Massetti. Él no los notó, no pareció prestar la más mínima atención a su entorno, sino que mantuvo los ojos vueltos hacia el cielo, mientras el murmullo de amargas maldiciones brotaba constantemente de sus labios. A medida que M. y Mme. Morrel se acercaban, sus palabras se volvieron más claras y no tuvieron dificultad alguna en comprender plenamente su terrible significado. ¡No era de extrañar que los guías estuvieran asustados por tal torrente de amargas y mordaces maldiciones!

El afligido Vizconde mantuvo su actitud inmóvil, similar a la de una estatua, pareciéndose más a la extraña creación de la vívida fantasía de algún escultor que a un mortal vivo y respirante. Valentine se llenó de una pena indescriptible al observarlo y comprender que este resto de noble y gloriosa virilidad era el amado del corazón de Zuleika, el ser con cuyo infeliz destino el de la hija de Monte-Cristo estaba inextricablemente entrelazado. ¡Oh, si por algún milagro, como aquellos que se decía realizaban las fabulosas divinidades del viejo Olimpo, pudiera ser restaurado a la razón y a la posesión de un nombre sin mancha! Pero los días de los milagros habían pasado, y si el joven italiano debía ser devuelto a la cordura y limpiado de la terrible acusación que había causado todo este daño, esta miseria, tendría que ser por medios terrenales y ordinarios. ¡Quizás ella y su esposo estaban destinados a lograr estos cambios aparentemente imposibles! ¿Quién sabía? Muchas cosas igualmente improbables habían sucedido, y ¿por qué no habría de efectuarse esta maravillosa transformación, una transformación digna de la varita de algún poderoso Próspero? Valentine era una amiga devota y entusiasta, y la máxima de Monte-Cristo, "Esperar y Confiar", era su estrella guía. "¡Esperar y Confiar!" ¡Oh, qué alentador, qué tranquilizador era ese lema sencillo y lleno de confianza!

Maximilian, por su parte, sentía una piedad inefable tanto por el desdichado hombre ante él como por la encantadora Zuleika, la dulce y tierna hija de su benefactor, languideciendo y desesperada muy lejos, en el lujoso y palaciego hogar de su padre. La pobre muchacha estaba rodeada de todas las bendiciones que la riqueza ilimitada podía conferir; tenía el amor del Conde, el amor de Mercedes, el amor de Esperance y el afecto sincero de todos los que la conocían; pero, ¡ay!, las riquezas principescas, el amor paternal y fraternal y el afecto de los amigos no eran nada comparados con la pasión que roía sus entrañas, una pasión desesperada y sin esperanza que no era más que un pesado lastre de dolor. Pero, ¿era esta pasión totalmente desesperada y sin esperanza? ¡Solo el tiempo podía decirlo!

M. y Mme. Morrel estaban ahora a pocos pies del desdichado y enloquecido joven, pero su atención estaba tan absorta por los pensamientos locos que surgían en su desconcertado cerebro que aún no logró detectar su presencia.

Indicando a Valentine que permaneciera donde estaba, su esposo se acercó a Giovanni y colocó repentinamente su mano sobre su hombro. El Vizconde se sobresaltó ante esta inesperada interrupción de su sombría ensoñación y miró apresuradamente al intruso. Sus ojos, sin embargo, tenían una mirada pétrea e incomprensiva, que no expresaba ni sorpresa ni miedo.

—Giovanni Massetti —dijo Maximilian—, ¡escúchame! ¡Soy un amigo!

El joven respondió, con una voz baja y discordante:

—¿Quién es el que menciona a Giovanni Massetti? Hubo una vez un hombre que llevaba ese nombre, pero está muerto, ¡muerto para el mundo!

—Te he dicho que soy un amigo —reanudó M. Morrel—. ¡He venido a salvarte!

—¡Un amigo! ¡Un amigo! —gritó el maníaco, con un estallido de risa amarga y burlona que atravesó a Maximilian de parte a parte como un estilete afilado y de punta aguda, y que hizo estremecerse a Valentine como si hubiera entrado en contacto con hielo polar—. ¡Un amigo! ¡Un amigo! ¡Venido a salvarme a mí, a mí! ¡Ja, ja, ja! ¡Un trabajo de Hércules sin un Hércules para realizarlo! ¡Estás loco, pobre hombre! Además, yo no soy Giovanni Massetti; ¡soy un Rey, un Emperador! ¡Contemplad mi cetro y mi corona!

Señaló su largo bastón y la corona de hojas de hiedra que rodeaba su cabeza, señaló triunfalmente y con toda la dignidad de un monarca entronizado.

Era una visión lastimosa, en el más alto grado lastimosa, este espectáculo de intelecto derrocado, de la gloriosa luz mental de la virilidad juvenil que se había nublado y oscurecido.

Maximilian estaba profundamente afectado, pero, sabiendo muy bien que toda su firmeza, resolución y recursos serían necesarios para tratar con el desdichado hombre al que había venido desde tan lejos para ayudar, controló su emoción y dijo, con una voz comparativamente firme:

—Giovanni Massetti, en nombre de la mujer que amas, en nombre de Zuleika, la hija de Monte-Cristo, te conjuro a que te calmes y me escuches. ¡Soy su embajador, vengo a ti de parte de ella!

El joven se llevó la mano a la frente y pareció esforzarse por reunir sus sentidos dispersos.

—¿Zuleika? ¿Zuleika? —murmuró—. ¿La hija de Monte-Cristo? Sí, sí, he oído hablar de ella antes... ¡hace mucho tiempo, en el pasado sombrío! Leí sobre ella en algún libro de historia o en los versos de algún poeta oriental. ¡Ella era una Reina! Sí, ¡era una Reina! Bueno, ¿qué hay de esta Zuleika?

Se quedó como si esperara que se le revelara algún romance árabe, con los labios entreabiertos y una sonrisa ausente, dolorosa de contemplar.

Desde su entrevista con el viejo Conde Massetti, la esperanza de Maximilian en el éxito de su difícil misión no había sido más que un hilo muy delgado. Ahora ese hilo estaba estirado hasta su máxima tensión, y el embajador de Zuleika sintió que pronto debía romperse y desvanecerse irremediablemente. El amor es siempre una influencia potente en el hombre, pero esta pobre criatura demente parecía haber perdido incluso la concepción más tenue de la pasión suprema de la vida, ya que el nombre de Zuleika, el nombre de su prometida, no había logrado despertar su memoria ni tocar una fibra simpática en su pecho.

Mientras Maximilian permanecía sin saber qué hacer a continuación, pero todavía reacio a abandonar al miserable Vizconde a su suerte, Valentine se le acercó y, colocando su mano sobre su brazo, dijo:

—Esposo mío, es inútil tratar de conmover a este infortunado hombre en su estado actual; su mente es incapaz de acción racional. Solo mediante el cuidado y una influencia tranquilizadora puede ser devuelto a sí mismo. Hay que inducirlo a que nos acompañe a algún asilo, alguna institución donde pueda ser tratado de su terrible dolencia.

—Tienes razón, Valentine, como siempre la tienes —respondió M. Morrel—. El camino que sugieres es el único que debe tomarse en esta coyuntura. Pero, ¿cómo convencer a Giovanni de que nos acompañe? La fuerza no puede ser empleada; no tenemos derecho legal para usarla, y temo mucho que el Vizconde no nos siga por propia voluntad, sin importar a qué solicitudes recurramos.

—Confía eso a mí, Maximilian —respondió Valentine, dulce y persuasivamente—. Recuerda lo que dije sobre el ingenio y la ternura de una mujer.

—Lo recuerdo, y ahora, si alguna vez lo hubo, es el momento para la prueba de su poder, pues yo he fracasado totalmente. Pero, ciertamente, Valentine, ¿no te propones arriesgarte a tratar con este pobre hombre cuya mente está reducida al caos y que podría, en un repentino acceso de furia inexplicable, hacerte daño incluso antes de que yo pudiera intervenir?

—¡Ciertamente me propongo tratar con él! ¡Soy una encantadora, ya sabes, y ahora serás testigo de una prueba mayor y más convincente de la potencia de mis hechizos que la que se mostró al devolver la vida a tu muerta esperanza!

Maximilian no estaba del todo satisfecho con la heroica resolución de su esposa, pero ella persistió firmemente en ella y finalmente él le permitió salirse con la suya. Ella abandonó su lado y se acercó a Giovanni, luciendo su fino semblante una sonrisa hechizante tan seductora como la de una valquiria escandinava oficiando en el festín de los héroes en el fabuloso Valhalla.

Los guías, que en medio de sus peticiones a la Santísima Virgen habían observado constantemente los singulares procedimientos de sus patrones, estaban a la vez asombrados y horrorizados al ver a Valentine dejar a su esposo y caminar con audacia hacia el maníaco. Redoblaron el fervor de sus oraciones y esperaron sin aliento lo que estaba a punto de suceder.

El Vizconde aún no había observado a Valentine. Cuando ella se puso frente a él y se detuvo, aún sonriendo, él la vio por primera vez. Soltando su bastón, cruzó las manos y la miró en un éxtasis de admiración.

—¿Qué hermosa, qué celestial visión es esta? —exclamó con ardor, su voz asumiendo más características de humanidad de las que había mostrado hasta entonces.

Valentine permaneció en silencio; deseaba tener a Massetti completamente bajo su influencia antes de hablarle. Inmóvil y estatuaria permaneció, permitiendo que el maníaco contemplara hasta saciarse su imagen.

—¿Quién eres, divina visión? —continuó el Vizconde, pareciendo creerse presa de algún sueño pasajero—. ¡Oh, eres un espíritu! ¡Una diosa como las que antiguamente presidían los juegos del Coliseo! ¡Quizás la misma Juno! ¡No te desvanezcas de mi vista, no te conviertas en una nube difusa y te disuelvas en el éter! ¡Oh, háblame, gloriosa aparición! ¡Déjame oír la celestial melodía de tu voz y morir escuchando sus maravillosas cadencias!

Valentine, siguiendo el capricho del demente, dijo, en el tono más seductor que pudo asumir:

—¡Has adivinado bien, oh mortal! ¡Soy, en efecto, Juno, la Reina de las diosas del Monte Olimpo! ¡Por orden directa de Júpiter te he buscado esta noche!

Se acercó a él y le tomó la mano. Él llevó la de ella a sus labios y la besó con devoción. Luego, miró a sus ojos como alguien extasiado. El ingenio y la ternura de la mujer habían triunfado. El maníaco a quien ni siquiera la mención del nombre de Zuleika había logrado conmover estaba completamente bajo la influencia de Mme. Morrel. Ella lo había subyugado; podía hacer con él lo que deseaba.

—¡Un milagro! ¡Un milagro! —gritaron los dos cicerones simultáneamente—. ¡Alabada sea la Santísima Virgen!

Maximilian no estaba menos asombrado que los guías, pero con su asombro se mezclaban alegría y gratitud: alegría de que Giovanni fuera ahora tratable y gratitud hacia su noble y valiente esposa que había efectuado la maravillosa transformación. Se dijo a sí mismo que Valentine era, en efecto, una encantadora, pero una Circe moderna que, a diferencia de su antiguo prototipo, empleaba sus hechizos y fascinaciones para promover buenos resultados. Miró a Valentine con una sonrisa de aliento y aprobación, esperando ansiosamente el siguiente paso que ella diera, el siguiente esfuerzo audaz que intentara.

Giovanni no respondió al fantástico discurso de Valentine, y, tras guardar silencio por un instante, ella reanudó:

—¡Estoy aquí por tu bienestar, para ayudarte en tus abrumadoras desgracias!

—Ah, sí; tengo desgracias, pero las había olvidado —dijo el joven, pensativo.

—He sido enviada para liberarte de ellas —continuó Valentine. Luego, vertiendo en su voz su cualidad más persuasiva, añadió, fijando una mirada magnética en el Vizconde: —Mi misión es hacerme cargo de ti, velar porque seas restaurado a la salud y a la felicidad. ¡Ven conmigo!

—¡Te seguiré, dulce visión, hasta el fin del mundo! —dijo Giovanni con entusiasmo.

Valentine hizo una seña apresurada a su esposo; él se apresuró hacia ella y ella le susurró al oído:

—Envía a uno de los guías por un coupé. No debemos perder ni un solo momento. ¡El pobre Massetti me seguirá como un perro sigue a su amo! Mientras esté bajo mi influencia es imperativo que sea trasladado a un asilo donde pueda ser atendido adecuadamente y, si es posible, curado. Sin duda los guías pueden informarte sobre tal institución. ¡Usa la mayor rapidez, Maximilian!

El joven soldado no necesitó repetición de estas sabias y humanitarias instrucciones. Dio las directrices necesarias y pronto el vehículo deseado estuvo listo fuera del Coliseo. Maximilian también se había asegurado la dirección de una institución curativa adecuada.

Mientras tanto, Valentine había seguido empleando sus tácticas exitosas con el vizconde, quien a cada momento cedía más y más ante ella. Cuando anunciaron el cupé, ella le dijo:

«Mi carruaje aguarda para transportarte a mi morada olímpica. ¿Vendrás conmigo?»

«¡Tus deseos son mis leyes, oh, hermosa diosa!», respondió Giovanni. «¡Llévame donde quieras, con tal de que no me abandones y me dejes perecer en la desesperación!»

Madame Morrel condujo al joven, que no ofreció resistencia, hasta el cupé, mientras Maximilian y los guías seguían a la pareja a corta distancia con el fin de prevenir cualquier excentricidad imprevista por parte del pobre Massetti. Sin embargo, no hubo ocasión para sus servicios, y el vizconde pronto estuvo instalado con seguridad en el cupé, con Valentine a un lado y su esposo al otro.

Tras un breve trayecto, durante el cual Giovanni, quien parecía haber perdido toda comprensión de la presencia de cualquier persona que no fuera Valentine, permaneció contemplándola en silencio, el vehículo se detuvo frente al manicomio.

Se indujo a Massetti a entrar en la institución sin el menor problema. Maximilian tomó entonces todas las disposiciones necesarias, y el joven fue acomodado en dependencias confortables. El médico que lo examinó declaró que su caso no carecía de esperanza.

CAPÍTULO XX.

LA ISLA DE MONTECRISTO.

En el momento acordado, el Conde de Montecristo y Zuleika, acompañados por Alí, Peppino y Beppo —los dos italianos vestidos con el atuendo de viaje de sirvientes franceses—, partieron de París hacia Marsella. A su llegada a esta última ciudad, se dirigieron inmediatamente al puerto, donde el yate de Montecristo los aguardaba en cumplimiento de las instrucciones enviadas por telégrafo por el Conde al capitán de la nave, cuyo nombre era Vincenzo y que era hijo de Jacopo, el antiguo contrabandista, quien durante mucho tiempo estuvo al mando del malhadado Alcyon, perdido en la terrible tormenta y perturbación volcánica en el Mediterráneo años atrás. El yate actual era una embarcación nueva y magnífica, tan veloz y hermosa como un ave. Estaba equipado de la manera más completa; el camarote, espléndidamente alfombrado y amueblado, estaba cubierto con tapices costosos y elaboradamente trabajados, mientras que aquí y allá, en las paredes, se hallaban dispuestas curiosas agrupaciones de antiguas armas bárbaras recolectadas del emplazamiento de la vieja Cartago, las ruinas de la histórica Babilonia e incluso de las tumbas desmoronadas de aquellos temibles guerreros que, mucho tiempo atrás, en las oscuras edades de la antigüedad, habían defendido el lejano Catay contra las incursiones de las feroces hordas tártaras. El yate fue nombrado Haydée en honor a la amorosa y devota esclava griega, madre de Espérance y Zuleika, quien había ocupado un lugar tan importante en la vida de Montecristo y había dejado tras de sí recuerdos tan tiernos.

Tan pronto como el Conde y su pequeño grupo estuvieron a bordo, la nave zarpó, deslizándose velozmente hacia la amplia y centelleante extensión de agua. Montecristo y Zuleika permanecían en cubierta, conversando agradablemente y disfrutando del panorama siempre cambiante que se presentaba ante su vista. El Haydée se deslizó rápidamente junto a la isla Ratonneau, conspicua por su imponente faro; luego vino la Pointe des Catalans, con su playa donde otrora habitara Mercedes y donde el infortunado marinero Dantès había visto la luz en la ventana de su habitación en aquella noche memorable cuando era conducido al cautiverio. Finalmente, una roca negra y ceñuda se alzó ante ellos, coronada por una sombría fortaleza. Al divisar este lúgubre peñasco, Montecristo frunció el ceño y, apretando los dientes, murmuró una imprecación contra la tiranía del hombre.

«¿Qué es lo que tanto te conmueve, padre?», preguntó Zuleika con voz suave, observando su rostro con solicitud.

«Mira allá, hija mía», respondió el Conde con profunda emoción; «¡la fortaleza sobre esa roca es el maldito Castillo de If!»

Zuleika miró hacia la fortaleza con un sentimiento de terror y espanto. Conocía la historia del largo encarcelamiento de su padre y su intenso sufrimiento en el oscuro calabozo de aquella terrible mole, de sus encuentros con el abate Faria allí y de su posterior y audaz huida; pero no sabía nada de lo que había pasado entre el abate y el marinero Dantès en relación con el famoso tesoro oculto por el cardenal Spada dentro de las grutas de la isla de Montecristo, el tesoro que, desviado de las garras del papa Alejandro VI, había hecho al Conde tan inmensamente rico. Sobre este tema, su padre nunca había considerado oportuno ilustrarla. La visión del Castillo de If la hizo estremecerse y palidecer, aunque, al mismo tiempo, la fascinaba y encadenaba. Se aferró a Montecristo y dijo, trémula:

«¡Oh, qué lugar tan espantoso! ¡Mi propio corazón se hiela ante su aspecto lúgubre!»

«Por lúgubre que parezca desde aquí, hija mía», respondió el Conde, «¡es mil veces peor por dentro! ¡Es la morada elegida de la tristeza y la desesperación!»

Apartó suavemente a su hija y se abandonó a una profunda ensoñación en la que permaneció sumido durante algunos momentos. Todos los detalles de su cautiverio y las asombrosas aventuras que le siguieron pasaron por su mente en rápida revisión, y un ardiente e irresistible deseo de volver a visitar el lugar donde había desenterrado los millones de Spada se apoderó de él por completo. De repente, dijo al capitán Vincenzo:

«¡Dirígete a la isla de Montecristo!»

«A la orden, señor Conde», respondió el capitán, y las órdenes necesarias fueron impartidas de inmediato. El Haydée, obedeciendo prontamente a su timón, viró con rapidez y gracia, lanzándose al instante en dirección a la famosa isla.

Zuleika, al escuchar la orden de su padre, le dirigió una mirada de asombro y ansiedad. Había esperado que se dirigieran directamente a Italia, y este cambio en el rumbo del yate presagiaba otro programa.

«Hija mía», dijo el Conde, adivinando sus pensamientos, «me propongo detenerme en la isla de Montecristo solo unas pocas horas; el retraso no será importante, especialmente porque podemos compensar el tiempo perdido desplegando más velas, mientras que deseo mostrarte algunos lugares íntimamente conectados con mi historia que te interesarán».

«Estaré encantada de visitar la isla de Montecristo, padre», respondió Zuleika. «He oído hablar mucho de ella y de sus maravillas. Tienes una mansión allí, ¿verdad?»

El Conde sonrió mientras respondía:

«No exactamente una mansión, Zuleika, sino algo que podría servir como sustituto de una si necesitáramos un refugio temporal, aunque mucho me temo que, por el largo abandono, la encontraremos en la actualidad en un estado de lo más deplorable».

La curiosidad de Zuleika estaba ahora considerablemente excitada. ¿Cómo sería esta misteriosa residencia o, como su padre la llamaba pintorescamente, este sustituto de mansión? Lo que ella sabía de la isla de Montecristo provenía de relatos fragmentarios hechos por Mercedes y su hijo Albert de Morcerf, pero como ninguno de ellos había puesto jamás un pie en la isla, su información era necesariamente muy vaga, aunque compensaba en lo maravilloso lo que le faltaba en claridad.

Finalmente, hacia la tarde, la orilla rocosa de la isla de Montecristo se hizo visible. El rostro del Conde se iluminó al verla y un estremecimiento de placer lo recorrió. Aunque el Haydée estaba todavía a una distancia considerable, podía distinguir claramente el pico elevado sobre el cual había permanecido de pie y observado a los contrabandistas partir en su tartana, La Jeune Amélie, en aquella mañana memorable cuando, con su fusil y su pico, se había puesto en marcha para llevar a cabo su búsqueda, destinada a estar cargada de tanta emoción y a ser coronada con un resultado tan glorioso y deslumbrante. La luz dorada del sol caía de lleno sobre este pico y las masas de piedra circundantes, haciéndolas brillar como si estuvieran incrustadas con diamantes resplandecientes de gran valor. Aquí y allá crecían olivos y arbustos atrofiados que destacaban claramente contra el cielo azul y sin nubes; a medida que el yate se acercaba, sus tonos verdes formaban un contraste sorprendente con el matiz predominante de las rocas, añadiendo enormemente a la pintoresquedad de la escena salvaje y romántica presentada.

«¡Qué hermosa se ve la isla!», exclamó Zuleika con entusiasmo mientras se apoyaba en la borda de la nave y miraba hacia el mar.

«Sí», respondió Montecristo, que estaba de pie junto a ella, «en efecto, se ve hermosa desde aquí, pero una vista más cercana disipará el encanto, pues la isla no es más que un yermo estéril».

«¿Qué? ¿Es un desierto?», preguntó Zuleika con sorpresa.

«Un desierto total, hija mía», respondió el Conde, «sin cultivar e inhabitado».

«¡Inhabitado!», gritó Zuleika, mirando atentamente a la orilla. «¡Ciertamente veo vida allí! ¡Mira! ¿Qué fue eso?»

«Una cabra salvaje saltando de una roca a otra», respondió Montecristo sonriendo. «La isla está llena de ellas. Cuando dije que estaba inhabitada, me refería a seres humanos».

Para entonces, el Haydée se había acercado tanto como era posible a la isla; por lo tanto, echaron el ancla. El Conde ordenó entonces bajar una lancha, a la cual descendió con Zuleika y Alí. Un marinero robusto tomó el timón, otros dos empuñaron los remos y, en pocos minutos, llegaron a una pequeña cala y efectuaron el desembarco.

«Hombres», dijo el Conde dirigiéndose a los marineros, «ya pueden remar de regreso al yate. Cuando me vean aparecer en la playa y agitar mi pañuelo tres veces, regresen por nosotros».

«A la orden, señor Conde», respondió el patrón de la tripulación de la lancha. Sus palabras fueron acompañadas por el golpe de los remos y la lancha salió disparada hacia el Haydée.

«Ahora estás en la isla de Montecristo», dijo el Conde a Zuleika mientras tomaba su mano para guiarla hacia adelante. «¡Prepárate para ver lo que has llamado sus maravillas!»

«Sin duda resultarán maravillas para mí, de cualquier manera», respondió la joven sonriendo.

El nubio permaneció ante su amo con la cabeza descubierta, esperando respetuosamente órdenes.

«Adelántate, Alí», dijo el Conde, «y asegúrate de que todo esté bien».

El nubio hizo una profunda salaam al estilo oriental y se apresuró a marcharse.

El Conde y su hija lo siguieron pausadamente. Mientras caminaban, perturbaban a multitudes de saltamontes que saltaban con un batir de alas zumbante entre los arbustos y huían ante ellos. Esto divirtió a Zuleika, pero no pudo reprimir un grito de espanto cuando, de vez en cuando, un lagarto verde de aspecto repulsivo emergía de debajo de las piedras sueltas a sus mismos pies y se escabullía apresuradamente en busca de un escondite más seguro. Ocasionalmente, también veían cabras salvajes que erguían las orejas y los miraban con los ojos muy abiertos para, acto seguido, prepararse para un salto, salir disparadas hacia las rocas y desaparecer.

Al fin, Montecristo y Zuleika dieron con el nubio, quien se había detenido junto a un enorme peñasco que parecía haber yacido durante siglos allí donde había caído desde los acantilados superiores. Un denso crecimiento de mirto salvaje y espinos en flor había brotado a su alrededor, y su superficie estaba cubierta de musgo color esmeralda. El Conde y su hija también se detuvieron, mientras el primero miraba a su alrededor y a la vasta piedra con evidente satisfacción.

«Nada ha sido tocado desde la última vez que estuve aquí», dijo como para sí mismo; luego, volviéndose hacia Alí, añadió: «¡Desenmascara la entrada a las grutas!»

El nubio sacó una palanca oxidada de algún rincón donde evidentemente la había escondido en el pasado, hundiendo la punta bajo el peñasco; luego ejerció una presión fuerte y constante sobre la palanca, y la gran roca se movió lentamente hacia un lado, dejando al descubierto una abertura circular en cuyo centro había una losa cuadrada que llevaba en el medio una argolla de hierro. En esta argolla Alí insertó su palanca y, con un esfuerzo supremo, levantó la losa de su lugar. Se dejó ver una escalera que, al parecer, descendía a las entrañas de la tierra, y de las sombrías profundidades escapó un flujo de aire húmedo y mefítico.

Zuleika retrocedió espantada. Todo lo que había sucedido desde que llegaron al peñasco era extraño, desconcertante y aterrador para ella. ¿Habían regresado los días de encantamiento? ¿Era Alí algún poderoso mago como el supuesto tío de Aladino en el viejo cuento árabe, o estaba ella simplemente bajo el dominio de algún sueño desordenado? Sus rodillas temblaban y se movió como si fuera a huir, pero su padre la sujetó por el brazo y su rostro sonriente la tranquilizó.

«No temas nada, Zuleika», dijo con tono reconfortante. «Estamos a punto de visitar mi palacio subterráneo. Eso es todo».

Para entonces, la atmósfera de la escalera se había purificado y Montecristo dijo a Alí:

«Desciende e ilumina las grutas. Cuando todo esté listo, da la señal habitual».

El fiel sirviente entró en la abertura y desapareció por la escalera. Pronto, un delicioso perfume oriental ascendió. Esto fue seguido por una vívida iluminación del abismo abierto y luego vino un largo silbido resonante.

«Alí nos avisa de que todo está preparado para nuestra recepción», dijo Montecristo a Zuleika. «¡Ven, hija mía!»

Descendió la escalera primero, siguiéndolo Zuleika en un estado mental difícil de describir. Ya no tenía miedo, pero sus sensaciones eran de una naturaleza sumamente peculiar. La novedad y la singularidad de la aventura la atraían más bien, aunque, al mismo tiempo, sentía una especie de reticencia a intentarlo. Sin embargo, la abertura estaba ahora iluminada como por la luz del día, y a medida que descendían, el perfume embriagador aumentaba en intensidad, hasta que fue casi como si acres de nardos hubieran florecido repentinamente y llenado las cavernas con su pesada fragancia.

Al pie de la escalera, Alí los recibió, conduciéndolos a una vasta cámara que evidentemente había poseído antaño un gran esplendor, pero que en ese momento estaba deslucida y cubierta de polvo, como si hubiera estado abandonada por mucho tiempo. Era el aposento en el que Montecristo, como Simbad el Marino, había dado la bienvenida al barón Franz d'Épinay años atrás, pero el brocado carmesí, bordado con flores de oro, aunque todavía recubría la cámara como entonces, estaba ahora descolorido y apolillado, mientras que la alfombra turca en la que los pies del barón se habían hundido hasta el empeine, así como el tapiz que colgaba frente a las puertas, se encontraban en la misma condición. El diván en el nicho había sido roído por los gusanos y las vainas de plata del conjunto de espadas árabes que lo coronaban estaban deslustradas; solo las gemas en las empuñaduras de las armas conservaban su brillo. La antaño hermosa lámpara de cristal de Venecia que colgaba del techo, la cual Alí había llenado y encendido, estaba también deslustrada y su globo de delicada forma estaba agrietado de arriba abajo. Montecristo contempló con tristeza esta escena de ruina y decadencia, pero la contempló solo por un momento. Luego se volvió hacia Zuleika y dijo:

«Hija mía, este fue una vez mi salón y su belleza atraía la mirada de todos los que lo veían, pero lo abandoné y el tiempo ha hecho su obra, ayudado por el descuido; ¡su belleza ya no existe! ¿Debo levantar otro fantasma del pasado y mostrarte a su antiguo ocupante?»

«Ciertamente, lo veo ante mí, ¿no es así?», dijo Zuleika, mirando tiernamente a su padre.

«No como era, hija mía, no como era. Espera aquí unos momentos, con mi fiel Alí como tu guardia y protector, ¡y yo invocaré la fantástica aparición!»

Mientras hablaba, levantó el tapiz descolorido, revelando la puerta que conducía al aposento interior; abriendo esta puerta y cerrándola tras de sí, se perdió de vista; el tapiz cayó de nuevo a su lugar, ocultando el punto de entrada.

Tras una breve ausencia, reapareció vestido con su famoso traje tunecino, pero aquel, ¡ay!, también había perdido su gloria prístina como todo lo demás en esta abandonada morada subterránea. Aun así, los restos estaban allí: el gorro rojo con la larga borla de seda azul; el chaleco de tela negra bordado con oro; los pantalones de color rojo intenso; las polainas grandes y amplias del mismo color, bordadas con oro como el chaleco; las zapatillas amarillas; el cachemir alrededor de su cintura y el pequeño cangiar curvo pasado por su cinturón.

Zuleika lo miró con asombro. Con sus galas descoloridas, deslustradas y apolilladas, parecía, en efecto, una aparición fantástica, un fantasma pintoresco del pasado.

«Ven, Zuleika», dijo él, «como estoy con mi atuendo festivo, ¡visitemos el comedor!»

Apartó el tapiz una vez más y abrió de nuevo la puerta que conducía al otro aposento. Zuleika entró y el Conde la siguió, mientras Alí permanecía en la cámara exterior para prevenir sorpresas o intrusiones. El maravilloso comedor era exactamente igual a como el barón d'Épinay lo había visto. Aquí, el tiempo parecía haber sido desafiado. El mármol del que estaba construido el magnífico aposento era tan brillante y hermoso como siempre, los bajorrelieves antiguos de valor incalculable estaban bien conservados y las cuatro magníficas estatuas con cestas en la cabeza estaban todavía en sus lugares en las esquinas de la sala oblonga y permanecían perfectas, aunque ninguna pirámide de frutas espléndidas llenaba ahora las cestas. En el centro del comedor, la mesa seguía en pie con sus platos de plata y su vajilla de porcelana japonesa. Fue en esta mesa donde tanto el barón d'Épinay como Maximilian Morrel habían tomado aquella maravillosa preparación verde, esa llave a la puerta de los sueños divinos, el hachís de Alejandría, el hachís de Abou-Gor. Fue en esta mesa donde Maximilian, al caer bajo la influencia de la potente droga, había vislumbrado por primera vez a su amada Valentine después de su supuesta muerte; fue en esta mesa donde se había reunido con ella al despertar de su sueño de hachís. Fue en esta sala donde Haydée había confesado su amor por Montecristo y había sido acogida en su corazón.

Todos estos recuerdos acudieron en tropel al Conde mientras permanecía allí de pie, contemplando a su alrededor. El pensamiento de Haydée casi lo deshizo en lágrimas, pero contuvo las gotas salinas y, tomando a Zuleika tiernamente en sus brazos, exclamó con voz llena de emoción:

«¡Oh, Haydée, Haydée! Te he perdido, pero vives para mí de nuevo en este bendito tesoro que me has legado: ¡nuestra querida hija!»

Zuleika rodeó el cuello de su padre con los brazos y lo besó fervientemente.

«No sé», dijo efusivamente, «qué recuerdos, qué asociaciones, trae a la memoria esta sala, pero me ha hecho pensar en mi madre, ¡y la bendigo!»

Cuando ambos se calmaron, Montecristo dijo a su hija:

«Todavía hay otro aposento que debemos ver. Vayamos a él».

Entraron en la cámara contigua. Era un aposento amueblado de forma extraña. De forma circular, estaba rodeado por un gran diván que, al igual que las paredes, el techo y el suelo, estaba cubierto con lo que habían sido magníficas pieles de los leones de melena grande del Atlas, tigres de Bengala rayados, panteras moteadas del Cabo, osos de Siberia y zorros de Noruega; pero todas estas elegantes pieles que estaban esparcidas en profusión, unas sobre otras, habían sido devoradas por las polillas y los gusanos y pudridas por la humedad hasta que apenas se mantenían unidas. El diván era aquel en el que el barón d'Épinay se había recostado, y los chibuks, con tubos de jazmín y boquillas de ámbar, que él había visto preparados de modo que no hubiera necesidad de fumar la misma pipa dos veces, seguían en sus lugares y eran las únicas cosas en toda la habitación que habían escapado ilesas de las garras de los años. Esta cámara estaba brillantemente iluminada por el resplandor de varias lámparas grandes de plata y oro deslustrados, suspendidas del techo y que sobresalían de las paredes, y el comedor estaba iluminado de la misma manera.

Zuleika permaneció en medio de toda esta grandeza decadente, perdida en el asombro, totalmente desconcertada por lo que contemplaba. No pronunció ni una sola sílaba, pues las palabras eran inadecuadas para expresar su profundo asombro.

Montecristo se dejó caer sobre el diván, de donde surgió una nube de polvo sofocante. Tomando uno de los chibuks en el que aún quedaba una provisión de tabaco turco, lo encendió y comenzó a fumar.

Zuleika vio entonces que el perfume pesado y delicioso con el que el palacio de la gruta estaba lleno provenía del incienso que humeaba en un enorme jarrón de malaquita colocado en el centro de esta desconcertante cámara.

Después de haber dado unas cuantas bocanadas de humo del chibuk, Montecristo retiró la boquilla de ámbar de sus labios y, levantándose, dijo:

«Ya has visto mi morada subterránea, Zuleika, la morada donde en el pasado busqué refugio del mundo y consuelo para mis pesares. Te parece el producto del hechizo de algún poderoso mago y, en verdad, así fue, pero ese mago fue la buena fortuna y el hechizo fue una riqueza colosal, a cuya vasta y sutil influencia todas las naciones y todas las tierras rinden sumisión servil y obediencia implícita. No conoces la romántica e increíble historia de esta morada, hija mía, y no es mi intención relatártela, pues tu mente juvenil difícilmente podría comprenderla. Conténtate, pues, con lo que has contemplado. Atesóralo en tu memoria si quieres, ya sea como una realidad o simplemente como una visión pasajera, pero no, te lo suplico, ¡menciones nunca esta aventura ante mí ni ante ninguna otra alma viviente! He tenido confianza en ti, hija mía; paga esa confianza obedeciendo estrictamente este deseo, no, esta orden mía. Estas grutas pertenecen al pasado y al olvido; ¡al pasado y al olvido, por tanto, deben ser consignadas! ¡Prométeme hacer lo que deseo!»

Asombrada por este extraño discurso, que el Conde pronunció con una voz trémula por la emoción, tanto como por cualquiera de las inexplicables maravillas que había visto, Zuleika respondió, en un tono lleno de agitación:

«¡Prometo, solemnemente prometo, padre, cumplir tus instrucciones en este asunto al pie de la letra! Tengo la curiosidad de una mujer y la inclinación femenina a los chismes —añadió, con una leve sonrisa—, pero por tu querido bien las reprimiré ambas, al menos, ¡en lo que respecta a este palacio subterráneo verdaderamente maravilloso y a nuestra visita de hoy!»

«¡Y cumplirás tu palabra, mi noble hija!», dijo Montecristo, mirándola con ternura y admiración. «Ahora me quitaré este traje de Túnez en el que he sido, sin duda, sumamente ridículo ante tus ojos, pues desconoces por completo las asociaciones que lo rodean y lo hacen querido para mí, ¡dignificándolo, por así decirlo, por encima de cualquier otro traje que haya usado jamás!»

Zuleika levantó las manos en señal de protesta, exclamando:

«¡No podrías, querido padre, parecer ridículo ante mis ojos, sin importar con qué atuendo estuvieras vestido!»

Montecristo sonrió con aprobación, aunque un tanto incrédulo, y abandonó la habitación circular. Cuando regresó, estaba vestido con el traje que llevaba al bajar del yate.

«Echa un último vistazo a tu alrededor, Zuleika», dijo, en un tono que se esforzó en vano por hacer firme. «¡Estamos a punto de abandonar este lugar para siempre!»

Tomó su mano y la guio fuera de la habitación. Lenta y como si fuera con pesar, pasaron por el comedor y la estancia en la que habían entrado primero, llegando a la escalera y preparándose para subirla. Al pie de los escalones, Montecristo se detuvo y se volvió hacia Ali. Estaba mortalmente pálido y temblaba levemente. Con un esfuerzo poderoso, sin embargo, controló su agitación.

«Ali», dijo, con una voz que sonó extrañamente en el oído de Zuleika, «¿está todo listo?»

El fiel nubio, apenas menos afectado que su amo, se inclinó afirmativamente.

«¡Entonces adiós, grutas de Montecristo!», gritó el Conde, con emoción. «¡Adiós para siempre!»

Subió apresuradamente la escalera, casi arrastrando a Zuleika con él. Ali permaneció abajo.

Cuando llegaron al aire libre, se detuvieron hasta que el mudo se les unió; entonces el pequeño grupo recuperó la playa, donde Montecristo agitó su pañuelo tres veces. En obediencia a esta señal, el bote dejó inmediatamente el yate y fue remado rápidamente hacia la orilla.

Unos momentos después, el Conde, Zuleika y Ali fueron depositados a salvo en la cubierta del Haydée y el valiente pequeño navío giró su proa hacia la costa italiana.

Montecristo y su hija, con Ali a corta distancia de ellos, observaban atentamente la isla que desaparecía rápidamente. El Conde estaba más agitado y pálido de lo que había estado hasta entonces. Temblores nerviosos sacudían su cuerpo y sus dientes estaban firmemente apretados. El rostro habitualmente impasible del fiel mudo nubio mostraba una expresión de horror absoluto. Zuleika miró a su padre y luego al sirviente. No sabía qué pensar de su extraña e inexplicable emoción. Colocando su mano sobre el hombro del Conde, estaba a punto de hablarle, de intentar calmar su agitación, cuando de repente hubo una fuerte explosión en la Isla de Montecristo y una enorme columna de humo negro se disparó al aire.

El Conde se cubrió el rostro con las manos como para bloquear la visión. Ali cayó postrado sobre la cubierta, presionando su rostro contorsionado contra los pies de su amo.

«¿Qué fue eso, oh, padre, qué fue eso?», gritó Zuleika, aferrándose al Conde con salvaje alarma.

«¡El palacio subterráneo de la Isla de Montecristo ya no existe!», respondió él, tristemente. «A mi mando reemplazó con su magnificencia a las rudas e informes grutas, ¡a mi mando ha perecido!»

Mientras hablaba, la isla rocosa se perdía gradualmente de vista en la distancia, y el Haydée surcaba las olas del Mediterráneo como una gloriosa ave acuática en pleno vuelo.

CAPÍTULO XXI.

ZULEIKA CONOCE LA VERDAD.

Nada ocurrió para impedir el progreso del Haydée y, después de un viaje rápido y placentero, la hermosa embarcación ancló en el puerto de Civitavecchia, la principal ciudad portuaria de los Estados Pontificios, que debe su origen al emperador Trajano. Las estrictas regulaciones de cuarentena del lugar causaron un breve retraso, que Montecristo y Zuleika sobrellevaron con mal disimulada impaciencia, pero el período requerido por la ley para la purificación finalmente expiró y se concedió a los viajeros el permiso oficial para proceder a Roma. De esto se aprovecharon de inmediato y en poco tiempo estaban en la Ciudad Eterna, cómodamente instalados en los mejores apartamentos que el Hotel de France ofrecía.

La primera preocupación del Conde fue enviar su tarjeta al señor y la señora Morrel, quienes se apresuraron a ir a su salón, donde se intercambiaron los saludos más cordiales. Que Montecristo estuviera en Roma no sorprendió en lo más mínimo a Maximiliano y Valentine, quienes estaban plenamente al tanto de su hábito de aparecer repentinamente en lugares inesperados aparentemente sin motivo, pero la presencia de Zuleika en esta coyuntura crítica tanto los sorprendió como los llenó de consternación. ¿Qué respuesta debían darle cuando preguntara por Giovanni? ¿Cómo se le iba a ocultar el hecho de su triste condición cuando toda Roma lo sabía y era el chisme corriente de la ciudad? Valentine había escrito varias cartas a la joven desde que dejó París, pero en ellas solo había tratado temas generales; se había abstenido deliberadamente de informarle sobre el verdadero estado de las cosas, esperando contra toda esperanza que eventualmente tendría alguna noticia alentadora que impartir. El Conde, sin embargo, liberó rápidamente al devoto esposo y esposa de su ansiedad. Sabía tan bien como ellos que su hija no tardaría en enterarse de que el Vizconde era un maníaco y prefería darle la terrible noticia él mismo. Por lo tanto, tan pronto como terminaron los saludos, antes de que Zuleika pudiera susurrar a la señora Morrel la pregunta que temblaba en sus labios, la temida consulta sobre su amante y su paradero, dijo, en un tono tranquilo:

«Maximiliano y Valentine, ustedes, sin duda, se preguntan por qué hemos venido a Roma, cuál es nuestro negocio aquí. Se lo diré. Hemos venido a limpiar a un hombre desafortunado, el Vizconde Giovanni Massetti, de una acusación terrible que ha pendido sobre él durante mucho tiempo».

El señor y la señora Morrel intercambiaron miradas. Era el momento de hablar, de confesar su misión a Montecristo.

«Conde», dijo Maximiliano, señalando a su esposa, «nosotros también vinimos aquí con el mismo propósito. Zuleika confesó su amor por el joven italiano a Valentine, quien le extrajo la naturaleza de la acusación a la que acaba de aludir. Perdónenos por haber actuado sin su autorización, pero deseábamos tener éxito antes de confesarle la parte que habíamos tomado en el asunto».

Montecristo sonrió.

«No necesitan mi perdón», dijo, gentilmente, muy afectado por esta prueba de devoción hacia su hija y, a través de ella, hacia él; «¡al contrario, tienen mi gratitud, así como la de Zuleika! Pero ¿qué éxito han tenido?»

«¡Ay! Ninguno de importancia hasta ahora», respondió el señor Morrel, tristemente.

«Tal resultado era de esperar», respondió el Conde, gravemente. «No tenían pruebas para establecer la inocencia de Giovanni y les era imposible obtener ninguna. ¡Yo tengo la evidencia, evidencia concluyente! ¡Cuando llegue el momento adecuado, la presentaré, eliminaré la mancha de su nombre y confundiré a sus enemigos!»

«¡Gracias a Dios!», exclamaron simultáneamente el señor y la señora Morrel, mientras Valentine tomaba a Zuleika en sus brazos, besándola y estrechándola contra su pecho.

«Pero», continuó Montecristo, mirando con ansiedad a su hija, «¡el desafortunado joven debe ser tomado primero y curado!»

Maximiliano y Valentine intercambiaron miradas de nuevo. Se sintieron aliviados. El Conde sabía todo. Estaba haciendo la revelación gradualmente, con consideración. Esperaron en silencio por más acontecimientos, conteniendo el aliento. El corazón de Valentine latía casi audiblemente. Zuleika se apartó de sus brazos y miró a su padre con ojos ansiosos y asombrados.

«¿Curado?», repitió, con voz trémula. «¿Está Giovanni enfermo?»

«Lo está, hija mía», respondió el Conde.

¿Qué diría a continuación? ¿Cuánto iba a revelar? ¡Seguramente no toda la terrible verdad! Estos pensamientos pasaron como un rayo por las mentes del señor y la señora Morrel. Maximiliano permaneció como una estatua, inmóvil, pálido, mirando a Montecristo como un criminal condenado mira a su verdugo. Valentine agarró la mano de su marido y la sostuvo como un tornillo de banco.

Zuleika miró a los Morrel; no podía entender su acción, su interés sin aliento. Luego su mirada volvió a su padre y, por primera vez, vio que, a pesar de su aparente calma, él también estaba bajo el dominio de alguna emoción intensa.

«¡Padre!», gritó, juntando sus manos de manera suplicante, «¿qué quieres decir? ¡Dices que Giovanni está enfermo, pero tu mirada expresa más que tus palabras! ¿Con qué terrible enfermedad ha sido afectado? ¡Dímelo, te lo suplico! ¡Seré fuerte, lo soportaré!»

«Hija mía», dijo el Conde, en un tono solemne, «¡entonces reúne todo tu coraje, toda tu firmeza en tu ayuda! ¡El joven Massetti, abrumado por sus problemas, ha caído presa de una enfermedad mental!»

«¡Mon Dieu! ¡Mon Dieu!», gimió Zuleika, con angustia, «¿quieres decir que ha perdido la razón, que es un lunático?»

«¡Tal es, por desgracia, el caso! Pero, hija mía, ¡confía en mí! ¡Lo encontraré y la ciencia efectuará su cura!»

La pobre joven, aturdida por la terrible noticia de la condición de su amante, permaneció por un instante con los ojos fijamente clavados en su padre. Las lágrimas se negaron a venir en su auxilio. Luego se tambaleó, vaciló como si hubiera sido golpeada repentinamente con un objeto pesado, y cayó desmayada en los brazos extendidos de Valentine. Maximiliano ayudó a su esposa a colocarla en un fauteuil, tras lo cual agarró el cordón de la campana.

«¿Para qué vas a tocar?», preguntó Montecristo, quien se había apresurado al lado de su hija.

«Para buscar brandy», respondió el señor Morrel, con la mano todavía en el cordón. «La reanimará».

«No te preocupes por el brandy», respondió el Conde, mientras sacaba un pequeño frasco que contenía un líquido de aspecto rojo de su bolsillo y, abriendo la boca de Zuleika, vertió ocho gotas del líquido en su garganta. «¡Este es el elixir del abate Faria, un potente remedio que nunca ha fallado en su efecto! ¡Funcionará como por encanto! ¡Mira! ¡Ya está haciendo su efecto!»

Mientras pronunciaba estas palabras, Zuleika se movió ligeramente en el fauteuil, luego abrió los ojos y miró a su alrededor con desconcierto. Casi de inmediato, sin embargo, se dio cuenta de que se había desmayado y un pleno sentido de la terrible, aunque considerada, revelación de su padre volvió a ella. Se cubrió el rostro con las manos, se estremeció de pies a cabeza, y entonces las gotas brillantes que escurrían entre sus dedos contaron que las lágrimas finalmente habían llegado para calmarla. Valentine se inclinó sobre ella, acariciando suavemente su cabello azabache e intentando de manera femenina calmarla, mientras el Conde y Maximiliano miraban con semblantes ansiosos, esperando que el toque y la influencia de la señora Morrel hicieran su trabajo.

De repente, Zuleika retiró las manos de su rostro bañado en lágrimas, se enderezó en el fauteuil y, fijando su mirada en Montecristo, dijo, en un tono bajo, débil y jadeante que traicionaba la profundidad, la intensidad de su emoción:

«¡Padre, hablaste de encontrar a Giovanni! ¿Ha desaparecido?»

El Conde apretó los labios, dudando en responder. Deseaba retener la mayor parte de la terrible verdad posible. Temía el efecto sobre su hija del sorprendente anuncio de que el joven Massetti estaba vagando entre las ruinas del Coliseo como un segundo Rey Lear en el brezal devastado. Pero Maximiliano vino rápidamente en su ayuda.

«No hay necesidad de encontrar al Vizconde», dijo. «Ya ha sido encontrado y actualmente está bajo tratamiento en una institución adecuada, donde está cómodo y contento».

Zuleika lanzó una mirada de gratitud al señor y la señora Morrel. Montecristo tomó la mano de Maximiliano y la apretó con fuerza.

«Tú has hecho esto, amigo mío», dijo, iluminándose su semblante, «¡y te lo agradezco!»

«No me agradezcas a mí», respondió el esposo, mirando con cariño y admiración a su esposa; «¡agradécele a Valentine, porque ella fue quien formó el plan y lo llevó a cabo con éxito!»

La señora Morrel bajó los ojos y un color subido cubrió su encantador rostro.

«¡Eres un ángel, Valentine!», exclamó Montecristo, con entusiasmo. «Maximiliano dijo hace un rato que ningún éxito de importancia había coronado aún sus esfuerzos unidos, pero su declaración fue demasiado modesta. Tu éxito ha sido notable; has dado el primer paso que yo diseñé hacer y simplificado mi tarea en un grado marcado. Estoy profundamente en deuda con ustedes dos».

El señor y la señora Morrel levantaron las manos y sacudieron la cabeza en protesta.

«La deuda está toda de nuestro lado», dijo Maximiliano, con modestia, «y sin importar lo que hagamos, nunca podremos saldarla. ¡Te debemos la felicidad de nuestras vidas!»

Montecristo cambió la conversación; se atribuía poco mérito por los beneficios que había conferido a sus semejantes, considerando que cada buena acción de su parte contribuía a expiar las terribles catástrofes que había causado en la persecución de su implacable venganza contra sus antiguos enemigos.

«Dime», dijo, dirigiéndose al señor Morrel, «cuál es la condición actual del Vizconde. ¿Se está recuperando?»

Maximiliano miró apresuradamente en dirección a Zuleika; la pobre joven lo observaba atentamente, esperando ansiosamente su respuesta. Su voz era algo inestable cuando respondió:

«Desde que fue colocado en la institución de la que te hablé, ha recibido el cuidado más cercano y hábil, pero su progreso es muy lento, casi imperceptible, aunque el médico que lo atiende nunca ha dejado de asegurarnos que finalmente recuperará la plena posesión de su salud y sus sentidos».

«¡Oh, llévame con él, llévame con él de inmediato!», gritó Zuleika, poniéndose de pie. «¡Mi lugar es a su lado! ¡Lo cuidaré, lo curaré!»

Montecristo miró a Maximiliano, quien negó con la cabeza negativamente y susurró al oído del Conde:

«Nunca será bueno llevarla con él ahora; ¡el impacto de verlo sería demasiado grande! ¡Ni siquiera la reconocería, no reconoce a nadie!»

Zuleika adivinó lo suficiente de lo que estaba pasando para darse cuenta de que Maximiliano se oponía a sus deseos, se esforzaba por evitar que ella fuera con su amante, de atender sus necesidades. Saltó hacia su padre, rodeó su cuello con sus brazos y, mirándolo con lástima y súplica en su rostro, exclamó:

«¡Oh, llévame con Giovanni, llévame con él! ¡No niegues la oración más sincera de tu amorosa y obediente hija! ¡No la niegues, oh, mi amado padre, no la niegues!»

Montecristo fue tocado hasta lo más profundo de su alma; el señor y la señora Morrel quedaron igualmente afectados. El Conde, sin embargo, decidió al instante lo que debía hacerse. Con ternura, con compasión, abrazando a su hija, le dijo, con voz tranquilizadora:

«Hija mía, por el momento es mejor que no vayas con Giovanni. Iré a verlo por ti y, sin demora, pondré en marcha un plan que no dudo resultará en su pronta curación. Conozco a un médico maravilloso cuya habilidad es tan grande que casi puede devolver la vida a los muertos. Pertenece a la despreciada raza de los judíos, pero es un hombre bueno además de maravilloso. Su nombre es el Dr. Israel Absalom y reside aquí en Roma, dentro de los muros del evitado y execrado Gueto, cerca del Monte Capitolino. Iré a verlo de inmediato y lo llevaré con el joven Massetti. Hija mía, ten la seguridad de que este sabio hebreo obrará otro milagro y te devolverá a tu amante en toda la gloria de su mente y hombría. Conténtate, por tanto, con permanecer donde estás por un breve período, con nuestra devota amiga Valentine como tu compañera y consuelo».

«Sí, Zuleika», dijo la señora Morrel, persuasivamente, «conténtate con quedarte conmigo. No te dejaré ni por un instante. Hablaremos de Giovanni, de la felicidad y alegría que el futuro tiene reservado para ambos y, créeme, ¡las horas pasarán en alas rápidas!»

Mientras Valentine hablaba, soltó suavemente a la joven del cuello de su padre y pasó su brazo amorosamente alrededor de su esbelta cintura. La cabeza de Zuleika se hundió en el hombro de su amiga.

«Cedo a las solicitudes de mi padre y a las tuyas, Valentine», dijo, sumisa. «Eres mayor y más sabia que yo y lo que dices es, sin duda, por lo mejor. Me quedaré y confiaré en el maravilloso médico».

«He oído mucho sobre este Dr. Absalom desde que estoy en Roma», dijo el señor Morrel, dirigiéndose a Montecristo. «La gente común lo considera un mago y las clases altas un charlatán astuto, pero, si se niega generalmente su habilidad científica legítima, su éxito brillante y maravilloso, incluso en casos que los mejores médicos romanos han abandonado por desesperados, es universalmente admitido».

«El Dr. Absalom no es ni un mago ni un charlatán», respondió Montecristo, calurosamente, «sino un médico de la máxima experiencia y de los más altos logros posibles. Está inclinado bajo el peso de los años y el estudio arduo, sin embargo, su ojo es tan agudo y su percepción tan aguda como si fuera un joven de veinte años. Nadie conoce ni su edad ni su historia. Lo conocí hace mucho tiempo en Atenas, donde tuve la buena fortuna de rescatarlo de las garras de una turba aullante de rufianes que lo habían agarrado y estaban a punto de matarlo como un hechicero porque había llevado a su cabaña y curado de la peste a un miserable griego que había sido arrojado a las calles para morir. ¡Por mí, él salvará a Giovanni!»

«Pero», dijo Maximiliano, mientras un pensamiento repentino se le ocurría y lo llenaba de consternación, «¡el Dr. Absalom solo puede ejercer fuera del Gueto a escondidas y bajo el riesgo de ser arrojado a prisión! ¡No se le permitirá visitar al Vizconde Massetti!»

El Conde de Montecristo se irguió con orgullo y su sonrisa peculiar pasó por su rostro.

«¡De eso me encargaré yo!», dijo, de manera impresionante.

Zuleika se quedó con la señora Morrel y, acompañado por Maximiliano, Montecristo partió de inmediato hacia el Gueto.

CAPÍTULO XXII.

EL MARAVILLOSO MÉDICO.

Una caminata rápida de media hora llevó al Conde y a su acompañante a una de las dos puertas en el muro del Gueto, o barrio de los judíos de Roma. Montecristo llamó a una ventanilla y un policía apareció de inmediato. Era un hombre joven y vestía un uniforme militar. Su abrigo estaba abotonado hasta la garganta, un cordón y una borla amarillos se enroscaban con gracia sobre el pecho. Sus manos estaban cubiertas con guantes de algodón blanco, un casco adornado con latón estaba sobre su cabeza y a su costado colgaba una espada, mientras que en el cuello de su abrigo el número de su regimiento brillaba en figuras doradas. El porte del hombre era marcial y evidentemente había visto servicio en el campo de batalla. El Conde se dirigió a él en italiano, informándole que él y el señor Morrel deseaban visitar el Gueto, al mismo tiempo que mostraba sus pasaportes. Después de examinar los papeles y ver que estaban en forma adecuada, el policía abrió la puerta y los visitantes entraron en los concurridos y sucios recintos del barrio judío.

—¡Mon Dieu! ¡Qué olores tan viles! —exclamó el señor Morrel, llevándose a la nariz un pañuelo empapado en colonia, mientras se apresuraban a través de las estrechas callejuelas atestadas de basura.

—¡El ambiente no es como el de una perfumería! —respondió el Conde, riendo—. ¡Pero parece sentarles bien a los hijos de Israel, pues prosperan y se multiplican en él como los gorriones en el aire puro y los campos verdes de Inglaterra!

—¡Me dan lástima! —dijo Maximiliano.

—Los gustos varían —replicó Monte-Cristo con filosofía—. ¡Apostaría a que en todo este barrio no encontraríamos a un solo judío que se comiera una perdiz en ese estado de descomposición parcial en el que un francés la considera más sabrosa!

—Qué lugar tan extraño y grosero es este —dijo el señor Morrel tras un breve silencio—. Parece una ciudad del lejano oriente. Nadie, transportado repentinamente aquí, imaginaría jamás que se encuentra en el corazón de Roma.

—Se parece mucho a la Judengasse de Fráncfort del Meno —respondió el Conde—, y es igual de antigua aunque mucho más grande. Pero los alemanes son más progresistas y liberales que los romanos, pues las puertas que cerraban la Judengasse fueron retiradas en 1806, mientras que las del Gueto aún permanecen y están, como ha visto, a cargo de la policía, que somete a toda persona que entra o sale del lugar a un escrutinio minucioso. Incluso en el siglo XVII las puertas de la Judengasse solo se cerraban y echaban la llave al anochecer, tras lo cual ningún judío podía aventurarse en ninguna otra parte de Fráncfort sin incurrir en una fuerte multa si era atrapado, mientras que aquí, en la actualidad, en esta era de ilustración y tolerancia religiosa, las puertas del Gueto se mantienen cerradas día y noche, y los pobres israelitas, víctimas del fanatismo y de un prejuicio irracional, ¡son tratados peor que los parias en el Indostán! Roma es la Ciudad Eterna y, en verdad, ¡sus faltas son tan eternas como ella misma!

Monte-Cristo había visitado evidentemente el Gueto antes, pues parecía estar perfectamente familiarizado con sus calles sinuosas y callejones oscuros, siguiendo su camino sin vacilación ni pausa para preguntar. Al parecer, no contenía nuevas vistas ni sorpresas para él. Para el señor Morrel, por el contrario, que ahora se encontraba dentro de sus muros por primera vez, representaba una serie interminable de maravillas. Los edificios le impresionaron particularmente. Parecían erigidos en una antigüedad remota y eran combinaciones curiosamente pintorescas de madera y piedra, de apariencia sumamente pintoresca. La mayoría no tenía más de ocho o diez pies de ancho y se elevaban a una altura de cuatro pisos, pareciéndose más a campanarios achaparrados que a casas. No se veía ni un solo edificio nuevo o moderno en ninguna dirección. Muchos de los edificios estaban en estado ruinoso y algunos parecían estar a punto de desmoronarse, mientras que aquí y allá grandes montones de escombros informes marcaban los lugares donde otros habían caído. Mientras pasaban ante uno de estos montones, mucho más grande que el resto, Maximiliano llamó la atención de Monte-Cristo sobre él. El Conde lo miró y dijo:

—Esa fue alguna vez la morada del viejo Isaac Nabal, conocido por su gente como Isaac el Prestamista, pero llamado por los romanos Isaac el Usurero. Era inmensamente rico y prestaba su oro a tasas exorbitantes a los extravagantes e indigentes nobles romanos. Isaac no tenía esposa ni hijos, pero estaba tan ávido de ganancias que mantenía su casa constantemente llena de inquilinos. La casa era quizás la más antigua de todo el Gueto. Se escuchaban ruidos extraños en ella todas las noches, ocasionados por la caída de yeso o muros divisorios. No era raro que un inquilino fuera despertado repentinamente de su sueño por un estrépito y se encontrara magullado y sangrando. Aun así, el viejo Isaac se negaba obstinadamente a realizar reparaciones. Afirmaba que el edificio destartalado duraría tanto como él, y no se equivocaba, pues una noche se vino abajo por completo sobre sus oídos y pereció entre las ruinas junto con otros treinta, todos los que estaban en la vieja pocilga en aquel momento. Esta catástrofe ocurrió hace veinte años.

—¿Se caen a menudo las casas aquí? —preguntó el señor Morrel, mirando con inquietud a su alrededor hacia los edificios en ruinas.

—Muy a menudo —respondió el Conde—. La edad y la decadencia los derribarán a todos tarde o temprano.

—¡Entonces, por el amor de Dios, apresurémonos antes de que seamos aplastados bajo algún escombro repentino! —dijo Maximiliano—. Las casas sobresalen sobre la calle en los pisos superiores hasta casi unirse en el aire. ¡Si una cayera, no habría escapatoria!

—¡No tenga miedo, Maximiliano! —respondió Monte-Cristo, sonriendo—. Un famoso astrólogo me aseguró una vez que yo tenía una vida protegida, y si yo me salvo, ¡usted también lo hará!

Las plantas bajas de las casas estaban ocupadas en su mayoría por tiendas de diversos tipos y las partes superiores se utilizaban como viviendas. Los comerciantes judíos estaban en las puertas de las tiendas y las mujeres judías, algunas de ellas muy hermosas, se veían ocasionalmente en las ventanas superiores. Las calles estaban abarrotadas de peatones de ambos sexos y aquí y allá grupos de niños regordetes y de cabello negro jugaban.

Maximiliano se sorprendió al notar que la mayoría de los hombres con los que se cruzaban se quitaban el sombrero ante Monte-Cristo y que algunos de ellos lo saludaban por su nombre.

—Parece ser bastante conocido por los israelitas —dijo, al fin.

—Sí —respondió el Conde—, muchos de ellos me conocen. He tenido frecuentes ocasiones de consultar con ellos sobre asuntos de importancia. Son gente astuta y de confianza.

Para entonces, Monte-Cristo y el señor Morrel habían llegado a un callejón más estrecho y oscuro que cualquiera por los que hubieran transitado antes. Por él dobló el Conde y, tras llevar a su compañero una corta distancia, se detuvo frente a un edificio lúgubre pero bien conservado. Se diferenciaba de sus vecinos en que no tenía tienda en la planta baja y en estar herméticamente cerrado de arriba abajo. Parecía como si estuviera deshabitado.

—Hemos llegado a nuestro destino —dijo Monte-Cristo—. Esta es la residencia del doctor Absalom.

Maximiliano lo miró con asombro.

—La casa está desierta —dijo—. ¿No se habrá equivocado?

—No. Este es el lugar.

—Temo entonces que el médico se haya marchado y quizás también del Gueto.

Monte-Cristo sonrió.

—Usted no le conoce —dijo—. Sus hábitos y su forma de vivir son muy peculiares. ¡Prepárese para quedar muy sorprendido!

Dicho esto, se dirigió a la puerta de la vivienda herméticamente cerrada y propinó cinco fuertes golpes en ella, tres muy rápidos y dos muy lentos. Los sonidos parecieron reverberar por toda la casa como si no solo estuviera deshabitada, sino también sin muebles. Transcurrieron varios minutos, pero no se escuchó respuesta a la señal de Monte-Cristo, nadie vino en respuesta a su llamado. El Conde tenía su reloj en la mano y sus ojos estaban clavados en la esfera.

El señor Morrel se impacientó un poco; le dijo a su compañero, triunfante:

—¡Le dije que la casa estaba desierta y tenía razón!

El Conde volvió a sonreír, pero no respondió, manteniendo sus ojos fijos en la esfera de su reloj.

—¡Diez minutos! —dijo, y repitió su señal, pero esta vez dio solo tres golpes rápidos. Como antes, no hubo respuesta.

Maximiliano estaba muy interesado y no poco divertido, el proceder del Conde era tan singular.

—¡Quince minutos! —dijo Monte-Cristo al fin, guardando su reloj y dando un golpe largo y resonante en la puerta.

El efecto fue instantáneo. El portal se abrió por alguna influencia invisible, como por arte de magia, revelando un pasillo largo, vacío y sombrío, pero no se veía ni rastro de vida humana.

El interés y la diversión del señor Morrel se transformaron en asombro y estupor; estaba completamente desconcertado y perplejo.

—¡La gente común de Roma no anda muy desencaminada en su estimación de este doctor Absalom! —murmuró—. ¡Esto ciertamente parece como si el hombre fuera un mago!

—¡Bah! —respondió Monte-Cristo, con una muestra de impaciencia que rara vez exhibía—. El sabio hebreo se ve obligado a tomar sus precauciones; eso es todo. ¡Sígame, y sin importar lo que pueda ver o escuchar, si desea que nuestra empresa sea coronada con éxito, no pronuncie ni una palabra, ni un sonido, hasta que yo le dé permiso!

El Conde entró en el pasillo, seguido por su perplejo y atónito amigo. Inmediatamente, la puerta se cerró sin ruido tras ellos y se encontraron en medio de una densa oscuridad. Monte-Cristo tomó al señor Morrel de la mano, guiándolo hacia adelante hasta que su avance fue completamente bloqueado por lo que parecía ser el final del pasillo. Allí el Conde se detuvo y dijo unas palabras en hebreo. Una débil respuesta llegó rápidamente desde más allá del pasillo en el mismo idioma, e inmediatamente la luz de una lámpara brilló sobre los visitantes. Una puerta se había abierto y en el umbral estaba el espécimen de humanidad más extraño que Maximiliano hubiera contemplado jamás. El recién llegado era un hombre muy anciano, con hombros encorvados, una larga barba blanca que le llegaba a la cintura y una profusión de cabello níveo que escapaba de debajo de un gorro de terciopelo púrpura, del cual colgaba una borla de color carmesí brillante. Vestía un largo caftán persa de satén rosa, profusa y hermosamente bordado con oro, pantalones orientales anchos de terciopelo rojo y pantuflas elaboradamente adornadas de piel de tigre. En sus dedos largos y huesudos brillaban varios anillos de diamantes, sin duda de inmenso valor, y un racimo de esmeraldas brillantes magníficamente engastadas en oro adornaba su pecho. Esta singular visión de lujo, riqueza y suntuosidad oriental sostenía la lámpara, que era de bronce labrado y se parecía a las encontradas entre las ruinas de la antigua Pompeya, sobre su cabeza, y a su luz Maximiliano pudo ver que sus ojos eran agudos y penetrantes y que su rostro denotaba la más alta intelectualidad.

—¿Quién es el que convoca así al sabio de sus meditaciones? —preguntó el anciano, con una voz notablemente juvenil. Esta vez habló en italiano.

—Uno que le sirvió en el pasado, ¡oh! doctor Absalom —respondió Monte-Cristo, también usando el idioma de Italia—, y que ahora le solicita un servicio a cambio. ¡Recuerde la turba de Atenas y al franco que intercedió para salvarle de la destrucción!

El anciano bajó su lámpara y la acercó al rostro de su famoso visitante; luego exclamó con alegría:

—¡Bienvenido, Edmond Dantès, Conde de Monte-Cristo! ¡Bienvenido a la morada de su devoto servidor Israel Absalom! ¡Cualquier cosa que pueda hacer para servirle será hecha, sin importar el costo!

Entonces, por primera vez, observó que el Conde no estaba solo y fijó sus ojos agudos en el señor Morrel con una mirada de sospecha e indagación.

—Uno de mis amigos más queridos, el señor Maximiliano Morrel, capitán del ejército de Francia —dijo Monte-Cristo, respondiendo a esta mirada—. Puede tener tanta confianza en él como en mí.

El doctor Absalom hizo una profunda reverencia al señor Morrel y, sin decir una palabra más, guió el camino hacia un aposento interior. Era una cámara vasta, cerrada como la parte delantera de la casa, brillantemente iluminada por una enorme lámpara de araña suspendida del techo en la que ardían veinte velas de cera de varios tonos. La estancia estaba provista de todos los aparatos y parafernalia de un laboratorio de química de los tiempos modernos, conteniendo también muchos instrumentos y máquinas extrañas como las que ayudaban a las investigaciones y trabajos de los antiguos discípulos de la alquimia.

En el centro del aposento había una vasta mesa cubierta con gigantescos tomos encuadernados en pergamino y rollos de manuscritos amarillentos. Detrás de esta mesa había una enorme silla de respaldo alto de elaborada manufactura antigua, parecida al trono de algún soberano asiático de un pasado remoto. En esta silla se sentó el médico después de haber instalado a sus visitantes, a cada uno en un diván turco cómodo y espacioso.

Maximiliano notó que el suelo de la habitación estaba cubierto con alfombras persas suaves y elegantes y que las paredes estaban colgadas con tapices de exquisita belleza. Monte-Cristo le había advertido que se preparara para quedar muy sorprendido, pero el despliegue de riqueza, lujo y buen gusto del doctor Absalom en medio del sucio y destartalado Gueto, no obstante, lo dejó absolutamente atónito. El Conde también le había advertido que no hablara sin su permiso; un mandato inútil, pues el joven francés estaba demasiado asombrado para pronunciar una sílaba.

Tras sentarse, el sabio hebreo, que parecía ser un hombre de negocios tanto como de ciencia, solicitó al Conde que expusiera en qué podía servirle. Entonces Monte-Cristo relató sucintamente la historia del vizconde Massetti, contó sobre su enfermedad mental, su encierro en el manicomio y terminó preguntando al médico si podía y quería curarlo.

—Ya he escuchado algo sobre este desafortunado joven —respondió el doctor Absalom—, y el hecho de su locura también me fue comunicado, pero antes de expresar una opinión sobre lo que mi ciencia puede hacer en su caso, debo conocer los detalles.

El Conde hizo una seña al señor Morrel, quien, habiéndose recuperado ya parcialmente de su desconcierto, procedió de inmediato a dar al anciano hebreo la información que requería. Cuando concluyó, el doctor Absalom dijo, en un tono tranquilo y confiado:

—Conde de Monte-Cristo, el caso es claro. ¡Puedo y curaré a este joven italiano afligido!

—¡Estaba seguro de ello! —exclamó el Conde, jubiloso y triunfante. El señor Morrel no estaba menos encantado, pero, al mismo tiempo, no podía sentirse tan confiado como su amigo sobre la capacidad del judío para cumplir su promesa.

El médico pronunció unas pocas palabras en hebreo a Monte-Cristo. La respuesta de este último pareció darle total satisfacción, pues dijo en italiano:

—En ese caso no habrá oposición ni de las autoridades de Roma ni de las del manicomio. ¡Estaré en el asilo mañana al mediodía, totalmente preparado para devolver a Massetti la salud y la razón!

El Conde y Maximiliano se levantaron y, despidiéndose del sabio, fueron conducidos por él hasta el pasillo. Pronto estuvieron en la calle y se abrieron camino fuera del Gueto tan rápido como fue posible.

CAPÍTULO XXIII.

UN MILAGRO MODERNO.

Monte-Cristo, cuyo poder e influencia parecían ser absolutamente ilimitados, se presentó a la mañana siguiente en el manicomio donde el vizconde Massetti estaba bajo tratamiento, armado con un permiso del secretario de Estado papal, el cardenal Monti, para que el médico hebreo, el doctor Israel Absalom, se hiciera cargo del caso del noble paciente. El director de la institución se encogió de hombros cuando el señor Morrel, que había acompañado al Conde con el propósito de presentarlo a aquel funcionario, le mostró el permiso.

—Messieurs —dijo, en un francés muy bueno—, estoy obligado a respetar este papel, pero protesto solemnemente contra confiar al paciente a este charlatán hebreo y me lavo las manos de toda responsabilidad en el asunto.

—Señor director —respondió Monte-Cristo, en tono digno—, a pesar de la repetida afirmación de su médico, que ha estado a cargo del joven Massetti desde su llegada aquí, de que su dolencia era totalmente curable, ha hecho poco o ningún progreso con el paciente, quien hoy todavía está loco. El doctor Absalom, aunque sea un charlatán como usted sostiene, pero que, si me perdona, debo declinar admitir, ¡no podría tener un fracaso más conspicuo y completo!

—Señor Conde —dijo el director, fríamente, evidentemente sin disfrutar de la franqueza de Monte-Cristo—, todo lo que la ciencia más avanzada puede hacer, se ha hecho. La locura es una enfermedad lenta y difícil de curar; se requiere tiempo para producir resultados y pasará un año entero antes de que el vizconde pueda, incluso en las circunstancias más favorables, estar completamente restablecido.

—Su experiencia hace que su opinión sea digna de respeto —respondió el Conde, con igual frialdad—, pero aun así no puedo aceptar esa opinión como definitiva.

—Como usted guste —dijo el funcionario, con altivez—. Después de que su médico judío, si es que realmente lo es, haya administrado vanamente sus remedios y balbuceado ineficazmente sus conjuros, se alegrará bastante de que el profesional regular del asilo reanude las funciones de las que ahora considera oportuno privarlo tan sumariamente.

—Tal vez —respondió el Conde, sonriendo—. ¡Es parte de mi credo nunca despreciar la ciencia, sea cual sea la forma en que se presente!

El director hizo una reverencia con cortesía satírica.

Al mediodía en punto llegó el doctor Absalom. Se había despojado de su atuendo llamativo y fantástico del día anterior y aparecía con la vestimenta de calle común de un europeo. Si le había parecido imponente a Maximiliano en su casa del Gueto, le parecía aún más imponente ahora, despojado como estaba de todos los accesorios orientales y dependiendo para el efecto únicamente del maravilloso aspecto intelectual de su rostro. El único artículo de lujo que llevaba consigo era un bastón macizo con empuñadura de oro en el que sus años le obligaban a apoyarse pesadamente.

Monte-Cristo y el señor Morrel lo recibieron con la mayor cortesía y deferencia, pero el director apenas lo notó y con dificultad ocultó su disgusto. El sabio hebreo, sin embargo, estaba acostumbrado a la manera incivil en que los italianos trataban a la gente de su nación y no mostró la más mínima señal de disgusto, aunque el Conde y Maximiliano apenas pudieron contenerse de resentir el comportamiento insultante del funcionario.

Sin demora, el doctor Absalom fue conducido a la habitación del joven Massetti por el médico que hasta ese momento había atendido al paciente. Era un hombre anciano, pero aunque italiano, mostró un marcado respeto por el anciano hebreo de aspecto noble. Monte-Cristo y el señor Morrel acompañaron a los dos sabios, el primero confiado en el poder del doctor Absalom para cumplir su promesa, el segundo esperando su éxito, aunque dudando de él.

Mientras el grupo entraba en el aposento del maníaco, el médico italiano dijo a su confesor judío:

—Doctor Absalom, me gustaría mucho presenciar su método de tratamiento. ¿Me permitiría amablemente permanecer en la habitación?

—Ciertamente —respondió el hebreo—. No tengo absolutamente nada que ocultar; pero —añadió, con ojos brillantes—, le advierto de antemano que no será más sabio después de haber presenciado mis operaciones y su resultado de lo que es en este momento.

El vizconde estaba sentado en un sillón grande, con el rostro hundido entre las manos. A la entrada de los cuatro hombres, murmuró, sin levantar la vista:

—¿Por qué me ha abandonado la bella visión? ¿Por qué la divina Juno me niega la luz de su presencia?

El doctor Absalom miró interrogativamente a sus compañeros.

—Se refiere a Valentine, mi esposa —explicó Maximiliano—. Recurrió a un pequeño artificio perdonable para atraerlo aquí.

—Que la llamen de inmediato —dijo el hebreo—. La necesitaré.

—Pero —objetó Monte-Cristo—, la señora Morrel se está haciendo cargo de mi hija, la prometida de este pobre joven, quien está terriblemente abatida por la terrible desgracia de su amante y no puede quedarse sola.

—¡Su prometida! —exclamó el doctor Absalom—. ¡Mejor aún! ¡Que sea traída ella también! ¡A ella también la necesitaré!

—Será obedecido, doctor —dijo Monte-Cristo, y el señor Morrel fue enviado de inmediato al Hotel de France con instrucciones de regresar inmediatamente con su esposa y Zuleika.

Cuando llegaron y su presencia en una habitación contigua fue anunciada al doctor Absalom por Maximiliano, el hebreo dijo:

—Señor Morrel, tenga la bondad de conducir a su esposa aquí, y usted, señor Conde, vaya con su hija y quédese con ella hasta que yo le llame. ¡Dígale a la pobre niña que esté de buen ánimo! ¡Que su amante le será devuelto!

Monte-Cristo salió de la habitación, seguido por Maximiliano, quien regresó al instante con Valentine.

—Señora Morrel —dijo el médico judío—, vaya hacia el paciente y tómelo de la mano.

Valentine hizo lo que se le indicó. Al contacto de ella, el vizconde se puso en pie de un salto, exclamando, en tonos de la mayor delicia:

—¡Divina Juno, perdóneme! ¡Le he ofendido! Pensé que me había abandonado, pero estaba en un error, ¡pues usted está aquí!

Fijó sus ojos en ella, contemplándola como alguien hechizado, sin prestar atención alguna a los demás en la habitación. Valentine miró al doctor Absalom, quien abandonó lentamente su lugar, deslizándose sigilosamente al lado de Massetti. Erguiéndose a su altura total, extendió sus manos sobre la cabeza de Giovanni; casi al instante, el hombre demente se hundió de nuevo en su silla como si fuera presionado por alguna fuerza colosal e irresistible; luego cerró los ojos, cayendo en un sueño tranquilo y pacífico. Valentine, liberada de su abrazo, permaneció mirando, perdida en un asombro mudo. Maximiliano también estaba asombrado por esta rápida exhibición del poder del hebreo, pero el médico italiano, que había estado observando atentamente, le susurró al oído:

—El judío es un mesmerista; eso es todo; al menos, todo lo que se ha desarrollado hasta ahora.

Mientras tanto, el Dr. Absalom continuaba manteniendo sus manos sobre la cabeza del paciente, la cual se inclinaba cada vez más hasta que finalmente se hundió sobre su pecho. Por un momento más, el hebreo mantuvo su posición; luego retiró las manos, sacando un pequeño frasco del bolsillo de su casaca y descorchándolo; inmediatamente un olor potente y sutil impregnó la habitación, causando que Valentine, Maximilian y el médico italiano respiraran con dificultad, como si se asfixiaran.

—¿Qué es esto? —jadeó M. Morrel, agarrando al italiano por el brazo.

—No lo sé —respondió este último—. Pero mire a Massetti; su rostro está violeta, ¡el tono preliminar de la muerte! Si el judío mata al paciente, ¡nada podrá salvarlo de la furia de la población romana!

El sutil olor aumentó en intensidad y el rostro del vizconde cambió de violeta a una palidez cenicienta.

—¡Está muerto! —gritó el italiano—. ¡Dr. Absalom, usted es un asesino!

El hebreo agitó su mano con aire de mando y, con una mirada de la máxima dignidad y severidad, dijo:

—¡Guarde silencio y espere!

Tapó el frasco, lo volvió a guardar en su bolsillo y abrió una ventana. El aire fresco inundó el lugar y gradualmente el olor opresivo se desvaneció.

El paciente todavía tenía una palidez cadavérica. El Dr. Absalom le tomó el pulso, contando los latidos con su reloj. Una sonrisa de satisfacción se extendió por su rostro intelectual.

—¡El remedio ha hecho su trabajo! —dijo—. ¡Ahora, por la segunda y vital aplicación! Pase lo que pase —añadió, de manera impresionante, volviéndose hacia el médico italiano—, ¡le ordeno por su vida que no interfiera ni me interrumpa!

Sacando otro frasco, más grande que el primero, lo sostuvo en alto y lo agitó, examinando su contenido con el más escrutinio. Los observadores, profundamente interesados y algo intimidados, vieron un fluido verde brillante destellar bajo la luz del sol. Satisfecho con su examen, el hebreo descorchó el frasco; luego, abriendo la boca del paciente, vertió el líquido esmeralda gradualmente por su garganta, gota a gota. Durante algunos segundos después de esto, no fue perceptible ningún cambio en Massetti. Seguía sentado durmiendo en su silla con la cabeza inclinada, y el tono cadavérico de su rostro permanecía inalterado. El Dr. Absalom había sacado de nuevo su reloj del bolsillo, dividiendo su atención entre observar el paso del tiempo y mirar atentamente al paciente. Tan profundo era el silencio en la sala que el tictac regular del reloj era claramente audible en todas sus partes.

De repente, Giovanni comenzó a estremecerse. Siguió una violenta convulsión que lo sacudió de pies a cabeza y contorsionó terriblemente su rostro, mientras sus manos se curvaban como una tira de papel que ha sido raspada con un cuchillo. Su estado era espantoso de contemplar. Maximilian y el italiano observaban ansiosos, conteniendo el aliento. Valentine, incapaz de soportar la visión, se apartó, mientras la emoción y el terror luchaban dentro de ella por el dominio. El hebreo, sin embargo, era todo nervios y confianza. Cuando hubo transcurrido un cuarto de hora, guardó su reloj. La convulsión de Massetti había desaparecido, sus manos se habían desenroscado y su palidez sobrenatural había sido sucedida por un leve rubor. Se reclinó en su silla como si estuviera envuelto en un sueño saludable. Poco después, sus labios se separaron.

—¡Zuleika! —murmuró—. ¡Oh! ¡Mi amada!

El Dr. Absalom miró al médico italiano significativamente, triunfalmente.

—El paciente está soñando —dijo—, y es una buena señal; está soñando con su prometida, a quien en su demencia había olvidado por completo; ¡otra buena señal! ¡Mi tratamiento está funcionando! ¡Tendré éxito! —Volviéndose hacia Maximilian, añadió—: Ayúdeme a colocar al vizconde en su cama, si es tan amable.

M. Morrel accedió con presteza y Massetti fue inmediatamente extendido en su lecho en una posición cómoda. El Dr. Absalom volvió a tomarle el pulso, contándolo como antes con su reloj; luego dijo:

—El paciente puede despertar ahora en cualquier momento, pero es probable que transcurran primero quince minutos. Que sean llamados el conde y su hija.

Maximilian abrió la puerta e hizo señas hacia afuera. Monte-Cristo y Zuleika entraron.

—Hija mía —dijo el hebreo, tomando a esta última de la mano y llevándola al lado de la cama de su amante—, ¡mira a tu prometido! ¡Está durmiendo plácidamente y soñando contigo! ¡Hace un momento pronunció tu nombre! ¡Coraje, hija, coraje! ¡Lo peor ha pasado! ¡Las nubes se están apartando de la mente del joven para dejarla clara y perfecta! ¡Quédate aquí donde te coloco! ¡Es importante que al despertar los ojos del paciente se posen en ti!

Zuleika, asombrada, desconcertada, contempló a su amante y con dificultad resistió el impulso de arrojarse a su cuello.

Monte-Cristo, Maximilian, Valentine y el médico italiano se agruparon a poca distancia, esperando y observando. Su impaciencia y ansiedad eran intensas.

Pasaron cinco minutos, diez minutos, luego quince. Cuando el reloj del Dr. Absalom marcó el cuarto de hora, el vizconde abrió los ojos de repente. Se posaron en Zuleika. El ansioso interés de los espectadores estaba ahora en su punto más alto. El conde, M. Morrel, Valentine y el italiano se inclinaron hacia adelante sin aliento. Giovanni se llevó la mano a la frente, lanzó un leve suspiro y luego se sentó, mirando a la hija de Monte-Cristo con desconcierto. Al fin, habló.

—¡Zuleika, querida Zuleika! —dijo, débilmente, pero con mucha ternura, al mismo tiempo que extendía sus brazos hacia ella. La joven miró al Dr. Absalom. Él señaló a Giovanni y sonrió. Ella comprendió instantáneamente su permiso y se arrojó a los brazos de su amante.

—Giovanni, querido Giovanni —murmuró—, vuelves a ser tú mismo, ¿no es así?

—¿Yo mismo, Zuleika? ¿He sido alguna vez de otra manera?

—Has estado muy enfermo, Giovanni.

—¡Ah! Sí. Esa es la razón por la que estoy aquí. —Mirando a su alrededor, añadió—: Ahí está tu padre también, pero ¿quiénes son esos desconocidos que lo acompañan?

—Los médicos y dos de nuestros amigos más devotos, M. Morrel y su esposa.

El vizconde se reclinó de nuevo sobre el lecho y tomó la mano de Zuleika, apretándola con calor.

—Me siento débil y desfallecido —dijo—, ¡oh!, tan débil y desfallecido, ¡pero un peso terrible y aplastante parece haber sido eliminado de mi cerebro!

Hablaba racionalmente. El Dr. Absalom había obrado un milagro moderno: ¡la razón del joven estaba completamente restaurada!

El conde y Maximilian intercambiaron miradas de deleite. Los ojos de Valentine estaban húmedos con lágrimas de alegría. En cuanto a Zuleika, su copa de felicidad estaba llena. El Dr. Absalom sonrió plácidamente. El médico italiano se adelantó y le tomó la mano.

—Lo felicito —dijo cordialmente—. ¡Su habilidad es simplemente asombrosa!

El hebreo hizo una profunda reverencia.

—Doctor —dijo—, he cumplido mi promesa y mi parte del trabajo está hecha. El resto queda para que usted lo lleve a cabo. Debe retomar el cuidado del paciente y restaurar sus fuerzas.

Con estas palabras, el viejo sabio volvió a ponerse el sombrero, saludó a todos los presentes y, apoyándose pesadamente en su bastón con empuñadura de oro, salió lentamente de la habitación.

Monte-Cristo lo siguió, expresando con entusiasmo su gratitud; sacando de su bolsillo un enorme fajo de billetes de banco, se lo ofreció al hebreo, pero este último se negó firmemente a aceptarlo.

—¡Recuerdo a la turba ateniense, señor conde! —dijo de manera impresionante.

Al pasar por la oficina del director, ese funcionario salió.

—¿Bien? —dijo a Monte-Cristo—. ¡El judío ha fracasado, por supuesto!

—¡Ha tenido éxito! —respondió el conde, con una sonrisa de triunfo.

—¡No querrá decirme que el paciente ha recuperado la razón! —exclamó el director.

—¡Eso es exactamente lo que quiero decirle! —replicó Monte-Cristo, bruscamente.

—¡Hum! ¡Hay algún truco astuto en esto! —gritó el funcionario, regresando a su oficina y cerrando bruscamente la puerta tras de sí.

El médico italiano retomó el cuidado del vizconde Massetti, mientras Zuleika y Valentine lo atendían por turnos. En dos semanas, el joven abandonó el asilo tan restaurado en cuerpo como en mente.

CAPÍTULO XXIV.

UN ENCUENTRO DESESPERADO.

Cuando el vizconde Massetti abandonó el asilo de alienados, Monte-Cristo le proporcionó alojamiento en el Hotel de France, donde podía estar cerca tanto de él como de su hija. Durante el período de convalecencia del joven italiano, el conde se había abstenido de comunicarle los detalles de la vil conspiración revelada por Peppino, pero tan pronto como el prometido de Zuleika estuvo instalado en el hotel, le dio todos los detalles sorprendentes. Massetti no se asombró, pues desde hacía mucho tiempo sospechaba al menos una parte de la verdad, pero su indignación contra el viejo Pasquale Solara no tuvo límites, e interiormente juró tomar una venganza rápida y completa contra él, aunque el conde le advirtió que fuera extremadamente prudente y no pusiera en peligro el éxito de sus operaciones en su nombre mediante ningún procedimiento imprudente. Monte-Cristo no informó al joven italiano de sus planes, desconfiando de su natural fogosidad e impetuosidad, pero le instó a contentarse con dejar la prosecución del plan de rehabilitación enteramente en sus manos. El conde también le había indicado al vizconde que, a consecuencia de las revelaciones de Peppino, ya no tenía objeciones a su unión con Zuleika y que el matrimonio debería celebrarse inmediatamente después del establecimiento pleno y abierto de su inocencia ante los ojos del mundo. Ante esto, el ardiente joven se sintió encantado hasta lo más profundo de su corazón; la certeza de su próxima felicidad y la ternura que la joven mostraba por él compensaban en gran medida todas sus pruebas y torturas, pero al mismo tiempo estaba impaciente por el necesario retraso en restaurarlo a la posesión de un nombre y una reputación sin mancha, pensando que Monte-Cristo era demasiado cuidadoso y lento.

Ahora se le permitía ver a Zuleika casi constantemente y sus confidencias amorosas eran de la descripción más deliciosa y apasionada. Pasaban horas juntos en el vasto balcón superior del hotel en el suave crepúsculo italiano y las veladas a la luz de la luna, discutiendo esas dulces y tiernas naderías tan preciosas para los amantes y tan insípidas para las personas pragmáticas cuyos días de apego romántico han terminado. A veces, sin embargo, su conversación era de carácter más práctico; hablaban de sus proyectos para el futuro: a dónde irían en su viaje de novios y qué harían antes de establecerse en la calma, la existencia pacífica de una plácida alegría matrimonial. Habían decidido fijar su residencia permanente en París; así estarían siempre cerca de Monte-Cristo, Esperance y Mercedes, cerca de Albert de Morcerf y su esposa, cerca de esos amigos de amigos Maximilian y Valentine Morrel; además, en la alegre capital francesa, la ciudad de las ciudades, mientras disfrutaban al máximo, podrían escapar de todas las alusiones al pasado de Giovanni, lo que no podrían esperar en absoluto si se establecieran en Roma, donde cada vez que la joven pareja apareciera en público, el viejo escándalo, la vieja acusación contra el vizconde, indudablemente sería comentado de nuevo y quizás venenosamente.

Ocasionalmente, cuando Zuleika estaba con su padre o en compañía de la Sra. Morrel, el joven Massetti daba largos paseos por el campo con el propósito de respirar el aire libre y aumentar sus fuerzas mediante el ejercicio saludable. Durante estos paseos evitaba a todas las personas que encontraba, siendo el deseo de Monte-Cristo que evitara estudiarosamente ser observado.

La noticia de la repentina y maravillosa cura de Massetti se había extendido por toda Roma, pero la gente negaba con la cabeza cuando hablaba de ello y estaba de acuerdo con la opinión expresada por el director del asilo de alienados de que el Dr. Absalom había hecho uso de algún truco, cuya influencia no podría ser permanente, sino que pronto se disiparía, cuando el pobre y engañado vizconde caería instantáneamente en una condición mental peor que antes.

Indudablemente, el conde Massetti se enteró de la restauración de la salud mental y corporal de su hijo, pero no prestó ninguna atención a ello, continuando orgullosa y altivamente ignorando el hecho de la existencia de Giovanni. Monte-Cristo no había visitado al anciano e inflexible noble por dos razones: temía que su indignación se apoderara de él en una entrevista y, además, sabía que sería completamente inútil acercarse al conde sin estar armado con la completa vindicación del joven Massetti.

Durante uno de esos paseos ya aludidos, el vizconde fue mucho más lejos de lo habitual. Era una mañana brillante, balsámica y alegre, y la radiante claridad del sol, el verde brillante de los árboles, los olores fragantes de las flores y la hierba, el chirrido de la vida de los insectos y los salvajes e embriagadores cantos de los pájaros contribuyeron a atraerlo y a hacerle olvidar las órdenes de Monte-Cristo de mantenerse fuera de la vista de los transeúntes.

Apenas notó en qué dirección caminaba o qué camino tomaba, entregándose a un descuido, un delicioso ensueño lleno de placeres de dolce far niente. Había fijado sus ojos en el suelo y paseaba tranquilamente cuando, de repente, se dio cuenta de que alguien se acercaba. Miró apresuradamente hacia arriba. El peatón estaba todavía a cierta distancia, pero sus pesados zapatos resonaban sobre la grava de la carretera con un sonido metálico. Era evidentemente un anciano y un campesino. En su mano derecha sostenía un bastón y su sombrero grande y de ala ancha estaba ligeramente bajado sobre su rostro como para protegerlo del calor del sol. Giovanni estaba a punto de apartarse hacia una pequeña arboleda de castaños al costado del camino para esperar allí hasta que el recién llegado hubiera pasado, pero al echar un segundo vistazo, algo familiar en su aspecto lo detuvo repentinamente y, por uno de esos impulsos inexplicables que a veces se apoderan de un hombre, se detuvo y esperó.

El campesino también había notado a Giovanni y su acción, pero no relajó el paso, no pareció inclinado a prestarle ni la más mínima atención. Continuó caminando, llegó hasta el vizconde y pasó junto a él sin siquiera un movimiento de cabeza en señal de saludo. Pero Massetti lo reconoció con un sobresalto. Con un rubor de ira en el rostro y toda la sangre hirviendo en sus venas, se dio la vuelta, saltó tras el anciano y puso su mano sobre su hombro. El campesino se detuvo abruptamente, también se volvió y una feroz imprecación escapó de sus labios. Observó al airado joven italiano de pies a cabeza, con desprecio y ceño fruncido.

—¿Por qué me detiene? —dijo bruscamente—. No lo conozco.

—¡Pero yo a usted sí, Pasquale Solara! —exclamó el vizconde—. ¡Nos hemos encontrado en buen momento y en un lugar apropiado! ¡La oportunidad que he esperado larga e impacientemente finalmente ha llegado! ¡Sentirá el peso aplastante de mi venganza! ¡Responderá ante mí por sus despreciables, sus antinaturales crímenes! ¡Pasquale Solara, vil miserable que vendió a su propia hija a un destino peor que la muerte, innoble sinvergüenza que no respetó los dictados de la hospitalidad, soy Giovanni Massetti!

Mientras hablaba, saltó frente al hosco pastor, bloqueándole el paso con su cuerpo.

—¡Bueno, ¿y qué si es Giovanni Massetti?! —respondió el viejo Pasquale, fría y desafiante. —¡No me importa usted! ¡Apártese de mi camino y déjeme pasar antes de que lo golpee hasta derribarlo al suelo como haría con un chucho callejero y ladrador!

Con estas palabras levantó su bastón amenazadoramente sobre el joven italiano. Este, con la rapidez y agilidad de un ciervo, saltó hacia el bastón, lo agarró y lo envió dando vueltas hacia el castañar. Luego atrapó al viejo Solara por la garganta y comenzó de inmediato una terrible lucha. Los dos hombres se trabaron el uno con el otro como si fuera un abrazo mortal, forcejeando como un par de atletas. Massetti aún no había recuperado su vigor total, pero su ira le daba fuerzas. Por su parte, Pasquale, aunque viejo, tenía músculos de acero y un agarre como de hierro. Hizo girar a su adversario una y otra vez, a veces casi derribándolo, pero el vizconde luchó valientemente, ocasionalmente arrancando al pastor del suelo y levantándolo físicamente en el aire. El aliento de ambos salía en jadeos calientes, rápidos y trabajosos, mientras sus rostros estaban rojos por el esfuerzo. Durante mucho tiempo el resultado fue dudoso, continuando la lucha ferozmente sin ninguna ventaja decidida por ninguna de las partes. A menudo el vizconde fue llevado casi al suelo, pero invariablemente se recuperaba, se enderezaba y renovaba vigorosamente el conflicto. No se pronunció ni una palabra. Las energías concentradas de los contendientes estaban volcadas en la lucha, privándolos del poder del habla. Finalmente, mediante un rápido movimiento, Giovanni logró hacer tropezar a Solara, quien cayó con estrépito, cayendo el joven italiano sobre su cuerpo postrado con gran fuerza y por un instante casi deteniendo su respiración. Ambos quedaron parcialmente aturdidos por la caída y permanecieron inmóviles. Massetti fue el primero en recuperar el uso de sus facultades. Se medio levantó, colocó sus rodillas sobre el pecho del viejo Pasquale y, sacando una pistola, la amartilló.

—¿Qué va a hacer? —jadeó el hombre de abajo, su terror dándole el poder de hablar.

—¡Voy a matarlo, Pasquale Solara! —siseó el vizconde, entre sus dientes apretados.

—¡Asesino! —gritó el pastor, desesperadamente, haciendo un esfuerzo frenético por levantarse, pero sin lograrlo.

Esta palabra ominosa, con todo el peso terrible de significado que conllevaba, golpeó el oído del joven italiano como un sonido de perdición. ¿Un asesino? Sí, sería un asesino si mataba al viejo Solara allí mismo, y marcado con el oscuro crimen de un asesino debería renunciar para siempre a toda esperanza de poseer a su amada Zuleika, ¡debería abandonarla para que muriera de un corazón roto! ¡Quizás, también, sería capturado, juzgado, condenado y encontraría el destino de un criminal en el patíbulo ignominioso! Es cierto, la justicia romana podría ser silenciada con dinero, ¡pero él era un hijo desheredado y repudiado, un paria sin un centavo! Estos pensamientos lo llevaron a darse cuenta de las profundidades negras del abismo bostezante en el que estaba a punto de sumergirse y lo hicieron dudar. Pero una idea rápida vino en su ayuda: si tuviera que batirse en duelo con el viejo Solara y matarlo así, la ley romana no lo perseguiría, ¡no quedaría marcado con el crimen de un asesino! ¡Lo haría, se batiría con él! Saltando sobre sus pies, sacó una segunda pistola y, arrojándola al suelo junto a su asombrado enemigo, le dijo, hablando lenta e impresionantemente:

—¡Pasquale Solara, le daré una oportunidad por su vida! ¡Levántese, tome esa pistola y enfrénteme! ¡Nos batiremos!

El pastor se levantó con alguna dificultad; estaba considerablemente magullado y tenía, además, gravemente tensada una de sus piernas. Tomando el arma, la amartilló y sin una palabra, pero con una mirada de ferocidad demoníaca y triunfo en su rostro malvado, asumió una posición a unos veinte pasos de su oponente. Instantáneamente ambos levantaron sus pistolas y dispararon. Cuando el humo ligero se disipó, quedó evidente que ninguno de los dos había sido alcanzado. El viejo Solara arrojó su arma vacía con una maldición y, produciendo un par de cuchillos largos y de hoja afilada, arrojó uno de ellos hacia el vizconde.

—¡Usted me desafió y yo acepté! —dijo, con tono áspero—. ¡Ahora yo lo desafío a usted! ¡Tome ese cuchillo y luche conmigo!

Massetti dudó, con una mirada de horror en su rostro. ¡Un duelo con cuchillos! ¡Era bárbaro! ¡Era digno de los salvajes rojos de las selvas americanas!

—¡Tome el cuchillo, he dicho! —tronó el viejo Solara—. ¡Tómelo y enfrénteme, o por la bóveda del cielo le mostraré menos piedad de la que usted ha sido tan débil como para mostrarme! ¡Le apuñalaré el corazón donde está parado!

Avanzó con su arma asesina en la mano extendida, habiéndose arremangado previamente y dejado al descubierto su brazo moreno y nervudo.

Massetti se agachó y tomó el cuchillo de donde yacía. También dejó al descubierto su brazo, agarrando nerviosamente la empuñadura del arma.

Los ojos de Pasquale Solara brillaron como los de un tigre visto a través de la oscuridad de una selva del Indostán. Tenían un brillo terrible, sediento de sangre. El pastor ahora se sentía seguro en su terreno. ¡Con una pistola no era nada, con un cuchillo era una potencia! Giovanni no podía lidiar con él; ¡caería como una víctima fácil ante su habilidad y astucia!

El vizconde observó al viejo sinvergüenza con fiebre de ansiedad, dándose cuenta plenamente de lo que pasaba por su mente. Que Pasquale lo vencería, lo mataría, no podía dudarlo, pues no sabía más sobre pelear con un cuchillo que un niño en su cuna. Sin embargo, su coraje no lo abandonó, y resolvió vender su vida tan cara como fuera posible.

Al ver a Giovanni tomar el cuchillo y prepararse para el combate, Solara se inclinó parcialmente hacia adelante y se lanzó sobre él. Las hojas largas y afiladas se encontraron con un destello de fuego. El joven italiano se limitó a actuar a la defensiva, siendo necesaria la máxima actividad y vigilancia de su parte para parar y desviar las hábiles e incesantes estocadas de su oponente. El pastor luchaba con la desconcertante rapidez de un relámpago y parecía estar en mil lugares diferentes a la vez, tan velozmente avanzaba, retrocedía y saltaba hacia un lado. Su excitación le hizo olvidar sus heridas.

Finalmente, el brazo de Massetti quedó tan tenso y fatigado que le resultó imposible resistir mucho más. Su mano estaba fuertemente apretada alrededor del mango de su cuchillo, pero estaba tan entumecida que no podía sentir el arma. Aun así, con la energía y la resolución de la desesperación, continuó el desigual conflicto, esperando contra toda esperanza que algún giro inesperado de los acontecimientos pudiera darle la ventaja.

Mientras tanto, el viejo Solara, diabólicamente confiado, se acercaba a él de manera constante y segura, reduciendo el límite de su retirada tras cada golpe. Finalmente, no retrocedió más, sino que comenzó a presionar a su adversario hacia atrás, hacia el castañar, mientras lanzaba golpe tras golpe. Entonces, de repente, le dio a su muñeca un giro diestro y el cuchillo de Giovanni fue arrancado de su agarre, cayendo a unos tres metros de distancia. Al instante, el joven fue forzado a caer al suelo y el viejo Pasquale se paró sobre él con las piernas bien abiertas, firmemente plantado para dar la estocada mortal. Mientras Massetti yacía allí, su ojo captó el destello de su propio cuchillo más allá del pastor y, deslizándose como una serpiente entre las piernas de Solara, lo agarró, saltó sobre sus pies y, antes de que Pasquale pudiera recuperarse de su sorpresa ante esta maniobra inesperada, enterró la hoja brillante en su pecho. Solara se tambaleó y cayó sobre la hierba, donde quedó bañado en sangre.

—¡Me has escapado, vizconde Massetti! —gimió.

El joven Massetti apenas podía darse cuenta de lo que había sucedido, de lo que había hecho, tan milagroso le parecía el resultado de este extraño duelo a su mente aturdida.

Mientras permanecía allí como en un sueño, escuchó un sonido como de muchos pies. Corriendo apresuradamente hacia el castañar, miró hacia atrás y vio al viejo Solara rodeado por un grupo de hombres de Luigi Vampa.

CAPÍTULO XXV.

UNA VISITA AL REFUGIO.

Entre los detalles del plan del Conde de Monte-Cristo para la rehabilitación de Giovanni Massetti figuraba una visita a Annunziata Solara en el Refugio de Civita Vecchia. Esta visita la realizó una mañana en compañía de Zuleika y el Sr. y la Sra. Morrel. La Madame de Rancogne estaba encantada de ver al Conde y dio una cordial bienvenida a él y a su grupo.

—Así que esta hermosa joven es su hija, Edmond —dijo, sentándose al lado de Zuleika y tomando su mano—. Qué rápido vuela el tiempo. Hoy estamos en medio del disfrute de la juventud y mañana somos la gente de mediana edad de nuestra localidad. ¡Luego, en otro breve espacio, somos los ancianos, después de lo cual viene la muerte!

Zuleika se sonrojó ante el cumplido de Helena hacia ella y la miró con curiosidad mientras pronunciaba la parte final de su discurso. Pero la condesa de Monte-Cristo del pasado no era de naturaleza sombría y, sonriendo, añadió:

—¡El lado más deslumbrante y encantador de la imagen de la juventud es el amor! ¿Ha experimentado alguna vez Zuleika, Conde, la tierna pasión? Sería sumamente extraño si no lo hubiera hecho.

La hija de Monte-Cristo se sonrojó de nuevo.

El Conde sonrió al responder:

—Sí, Helena, Zuleika ha experimentado la pasión suprema de la vida. Está comprometida con el vizconde Giovanni Massetti de Roma.

—¡Qué! —exclamó la Sra. de Rancogne, presa del asombro y el horror—. ¿Ese Giovanni Massetti que ha sido repudiado y desheredado por su padre por la comisión de uno de los crímenes más viles y deshonrosos que se conocen en el mundo?

—¡El mismo! —respondió Monte-Cristo, con calma.

La Sra. de Rancogne estaba ahora más asombrada que nunca.

—¡Usted conoce el historial de este hombre y aun así le permite ganar a su hija! ¡Conde, esto no es propio de usted! ¡No puedo entenderlo!

—Helena —replicó Monte-Cristo—, este pobre joven ha sido calumniado, acusado falsamente por personas enemigas de él.

La Superiora de la Orden de las Hermanas del Refugio negó lenta pero firmemente con la cabeza, mirando mientras tanto al Conde y a su hija con una expresión de profunda simpatía y compasión en su noble rostro.

—Ha sido usted engañado, Edmond —respondió—. No puede haber duda alguna sobre la terrible y condenatoria culpabilidad del joven. Además, mi afirmación admite una verificación y prueba inmediatas. La desafortunada víctima de Massetti, la hermosa campesina Annunziata Solara, es ahora una interna de esta institución a donde se arrastró cuando fue superada por la vergüenza y el sufrimiento de la descripción más aguda, buscando encontrar aquí un asilo y un claustro donde los ojos curiosos no pudieran encontrarla y donde la lengua venenosa del escándalo no pudiera abrir sus heridas y hacer que sangraran de nuevo. Ella es miembro de nuestra Orden, ha dedicado el resto de sus días a la realización de buenas acciones y a levantar a las caídas y traicionadas de su sexo. Annunziata Solara está aquí, casi al alcance de mi voz, y confirmará, aunque con renuencia estoy convencida, cada palabra que he pronunciado en relación con su cobarde y villano secuestrador.

—Entrevistarme con esta desafortunada criatura es lo que me ha traído aquí con Zuleika y mis amigos los Morrel —dijo el Conde—. Por supuesto, deseaba verla a usted, Helena, y disfrutar una vez más del placer de su compañía —añadió, con una sonrisa agradable acompañando sus palabras.

La Superiora hizo una reverencia elegante y se levantó.

—Puedo entender entonces su ansiedad por ver y hablar con Annunziata lo antes posible. Por lo tanto, la llamaré inmediatamente a este apartamento donde la entrevista deseada puede tener lugar sin demora.

Mientras pronunciaba estas palabras, la Sra. de Rancogne se apresuró a salir del salón, regresando poco después con la antigua vendedora de flores de la Piazza del Popolo en Roma.

Annunziata permaneció un instante en el centro del apartamento, mirando inquisitivamente a los visitantes, pues la Sra. de Rancogne no le había informado de su asunto, prefiriendo que Monte-Cristo, en su sabiduría y experiencia, condujera la entrevista y desarrollara sus deseos a su manera peculiar.

El Conde y Maximilian observaron a la hija del viejo Pasquale Solara con considerable interés, pero era un interés totalmente masculino. Valentine también la miró atentamente, con esa mirada escrutadora y penetrante que una mujer invariablemente lanza sobre otra. En cuanto a Zuleika, sus ojos devoraban literalmente a la campesina, brillando con lo que no era exactamente odio por una rival, sino más bien un miedo y una desconfianza instintivos. Ella estaba bien consciente de que Giovanni había coqueteado con esta chica, había sido cautivado por sus encantos físicos, casi había cedido a su influencia, y sentía un interés peculiar en la criatura que había, al menos temporalmente, robado el corazón de su amante.

Annunziata se había beneficiado enormemente de su estancia en el tranquilo y sosegado Refugio. Ella había, mediante un gran y heroico ejercicio de su fuerza mental, dejado de lado todos los pensamientos de su lamentable historia, de su pasado repentinamente nublado y terrible. Se había entregado por completo a la disciplina y los deberes de las Hermanas de la Orden del Refugio, y había buscado con más o menos éxito incluso olvidarse de sí misma. Su vida sin sobresaltos, pasada en la continua realización del bien, la llenaba de paz y satisfacción, y por primera vez en mucho tiempo se dio cuenta plenamente de lo que era ser perfectamente feliz y estar contenta. Como consecuencia, su condición física había mejorado, respondiendo rápidamente a su tranquilidad mental. Había recuperado la belleza que había perdido durante su confinamiento en la cabaña de los bandidos y sus posteriores andanzas como una paria sin hogar y hambrienta. Su gordura también había regresado, y su mirada tenía toda la brillantez y alegría que antes la distinguía. Aun así, un refinamiento general se había apoderado de ella, y Annunziata ya no era la hija de la naturaleza que había sido cuando vivía en la romántica cabaña del bosque.

La Madame de Rancogne fue la primera en hablar.

—Hermana Annunziata —dijo—, aquí están su Excelencia el Conde de Monte-Cristo, Zuleika su hija, y el Sr. y la Sra. Morrel. Permítame presentarla con ellos y asegurarle que son verdaderos amigos míos, en quienes se puede confiar firmemente. Ellos desean interrogarla en relación con un determinado asunto. Puede responder a sus preguntas sin miedo y sin la menor vacilación. ¡El Conde de Monte-Cristo es la esencia misma de la caballerosidad y el honor!

El Conde hizo una reverencia en reconocimiento a este bien expresado discurso y, dirigiéndose a Annunziata, quien, a pesar de las garantías de la Sra. de Rancogne, comenzó a temblar y a sentirse angustiada, dijo:

—Hermana Annunziata, deseo hacerle ciertas preguntas importantes como le ha dicho su Superiora. Estoy llevando a cabo una investigación que promete ser fructífera en los mejores resultados del bien más alto posible. Hermana Annunziata, deseo su ayuda para limpiar el historial de un hombre inocente, uno que ha sufrido tanto como usted y por quien puede, por tanto, sentir piedad y simpatía. Me refiero al vizconde Giovanni Massetti.

La chica dio un sobresalto repentino y se puso mortalmente pálida.

—¿El vizconde Giovanni Massetti? —repitió ella, interrogativamente, dudando a medias de si podía haber escuchado el nombre correctamente.

—Sí —dijo Monte-Cristo—, ¡el vizconde Giovanni Massetti, quien ha sido falsamente acusado de haberla secuestrado!

—¡Falsamente acusado! —gritó Annunziata—. ¡Por qué, señor Conde de Monte-Cristo, el miserable joven es culpable de todo de lo que ha sido acusado, ya sea que los cargos hayan sido hechos por personas enemigas de él o no!

Los visitantes seguían observando de cerca a la campesina. Habían esperado que ella dijera exactamente lo que había dicho y, por lo tanto, no estaban en lo más mínimo asombrados ni desconcertados. Su seriedad y la circunstancia de que ella ciertamente debería conocer la identidad de su secuestrador estaban bien calculadas para inspirar confianza en sus declaraciones y para inducir una creencia en la culpabilidad del joven vizconde Massetti.

Monte-Cristo respondió a Annunziata con firmeza pero con consideración.

—Hermana —dijo—, a pesar de su creencia de que Massetti fue su secuestrador, ¡sé que lo contrario es cierto y tengo en mi posesión pruebas indubitables de lo que afirmo!

Annunziata negó con la cabeza.

—¡La prueba debe, de hecho, ser concluyente para que sacuda mi creencia! —dijo, con un ligero rastro de amargura en su tono.

—¡Es concluyente!

—Pero si el joven Massetti es inocente de mi secuestro y del asesinato de mi pobre hermano, ¿quién es entonces, en nombre del Cielo, la parte culpable?

—¡Luigi Vampa!

—¿Luigi Vampa?

—Sí. Él se abrió paso a la fuerza en su cabaña en esa noche memorable, la secuestró y después disparó a su hermano Lorenzo en el bosque.

—Usted dice que tiene pruebas indubitables de esto. ¿Cómo se obtuvieron?

—De un hombre llamado Peppino, quien escuchó todos los detalles del nefasto trato y la conspiración concertada por el jefe de los bandidos y el viejo Pasquale Solara.

—¿Pasquale Solara? ¡Mi padre! Oh, señor Conde, ¿qué quiere decir?

—Cálmese, hija mía, y escúcheme. Su padre la vendió despreciablemente a Luigi Vampa por una gran suma de dinero y juntos organizaron el secuestro de tal manera que todas las sospechas caerían con fuerza aplastante sobre los hombros del joven italiano.

Annunziata se llevó la mano a la frente y permaneció quieta, clavada en el lugar por el horror y el asombro. Ella no tenía un gran amor por su temperamental y hosco padre, quien nunca había hecho nada calculado para inspirar afecto por él en el seno de su hija, pero, al mismo tiempo, le parecía increíble y horrible que su progenitor hubiera sido culpable de este comportamiento antinatural hacia ella, de esta conducta poco viril con respecto a un invitado inocente que, con toda confianza, estaba participando de la hospitalidad que su techo ofrecía. Ella miró a Monte-Cristo con duda y luego a la Sra. de Rancogne, quien le sonreía alentadoramente.

—Como Dios es mi juez —dijo ella, solemnemente—, ¡creo que Giovanni Massetti fue mi secuestrador!

—¡Por supuesto —respondió Monte-Cristo—, pero usted está en un error!

—¡Vi su rostro! ¡Seguramente debería haber sido capaz de reconocer eso!

—Ciertamente; pero, le digo, todo fue organizado de tal manera para engañarla y hacerle creer que el joven italiano era el criminal, ¡el despreciable miserable que no había respetado el honor de una mujer!

—Puede ser como usted afirma, pero no puedo librarme de mi firme y arraigada creencia en el asunto. He perdonado al vizconde Massetti por el vil agravio que me hizo, pero hasta el último día de mi existencia terrenal creeré que es culpable.

Fijando repentinamente sus ojos en Zuleika con una mirada de intensidad desconcertante, Annunziata se quedó como si estuviera ansiosa por hablarle de algún tema muy importante.

La hija de Monte-Cristo adivinó esto y, yendo hacia la antigua vendedora de flores, le dijo:

—¿Hay algo que pueda hacer por usted, hermana Annunziata? ¡Si es así, solo tiene que pedirlo!

Annunziata puso su mano sobre el hombro de Zuleika, preguntando, en un tono que, a pesar de todos sus esfuerzos por controlarlo, no era poco inestable y trémulo:

—¿Lo ama usted? ¿Ama usted al vizconde Massetti?

—Sí —respondió Zuleika, bajando los ojos ante la intensidad de la mirada de la otra.

—¡Así lo pensé, pero oh! hija de una familia noble, ¡tenga cuidado con el pérfido joven! ¡Él no dudará en engañarla como me engañó a mí! Luego la dejará a su suerte como me dejó a mí a la mía, ¡y el dolor y la miseria de por vida serán su porción!

Zuleika miró con lástima a la campesina.

—Usted lo amó una vez, ¿no es así? —preguntó.

—¡Tal vez lo hice, tal vez no! —respondió Annunziata—. ¡No lo sé! Ciertamente mi corazón habló por él, ¡pero eso pudo haber sido solo estima amistosa! Sin embargo, después del secuestro y los horribles y vergonzosos eventos que lo siguieron, ¡llegué a odiarlo con la descripción más amarga de odio! Le he dicho que lo he perdonado y era la verdad. ¡Lo he perdonado y estoy tratando de olvidarlo!

Había un brillo sospechoso en los ojos de la chica mientras hablaba, algo que insinuaba la presencia de lágrimas, pero el brillo se desvaneció y, volviéndose hacia la Sra. de Rancogne, dijo:

—¿Han terminado sus invitados de interrogarme, Madame la Superiora?

La Sra. de Rancogne miró inquisitivamente a Monte-Cristo, quien asintió afirmativamente con la cabeza.

—La entrevista ha concluido —respondió Helena—, y ahora, si usted lo desea, puede regresar a su apartamento.

Annunziata, más afectada y agitada por lo que acababa de pasar de lo que quería admitir, hizo una reverencia a los visitantes y a la Superiora y abandonó apresuradamente el salón.

—¡Pobre chica! ¡Ella permanece perfectamente inconvencible! —dijo Monte-Cristo, después de su partida.

—¡Y tiene razón! —respondió la Sra. de Rancogne, con entusiasmo—. He escuchado todos los detalles de su historia y la cadena de pruebas contra el vizconde Giovanni Massetti es completamente completa. ¡Dudar de su culpabilidad sería pura idiotez!

Después de una estancia de unas pocas horas más en el Refugio, Monte-Cristo y su grupo regresaron a Roma para trabajar activamente en la causa de Massetti.

CAPÍTULO XXVI.

VAMPA Y MONTE-CRISTO.

Después de su temible y agotador duelo con el viejo Pasquale Solara, en el que había sido tan casi vencido y tan señaladamente favorecido por el Destino, el vizconde Massetti se arrastró más que corrió a través del castañar junto a la carretera, deteniéndose de vez en cuando para mirar hacia atrás a través de los árboles y notar lo que estaba ocurriendo entre los bandidos de Vampa. Su antagonista herido estaba evidentemente inconsciente, pues los bandidos estaban inclinados sobre él, algunos de ellos pareciendo estar comprometidos en esfuerzos por devolverlo a sus sentidos. Otra circunstancia que tendía a confirmar esta suposición era la ausencia de persecución, pues si el pastor hubiera sido capaz de dar incluso la información más fragmentaria en relación con el encuentro, los hombres de Vampa habrían dedicado inmediatamente su atención a una búsqueda de su exitoso agresor, y en la actual condición de agotamiento de Giovanni su captura no podría haber sido dudosa.

El joven italiano no perdió un momento, sino que se dirigió hacia Roma tan rápido como pudo, aunque su progreso fue necesariamente penoso y doloroso en extremo. Habiendo llegado finalmente a la orilla de un pequeño arroyo a una distancia segura de la escena del conflicto, lavó el polvo y el sudor de su rostro, y mantuvo su mano entumecida en el agua fresca y límpida hasta que la sangre reanudó su circulación normal. Luego arregló sus ropas rotas y desordenadas para no atraer demasiada atención de los curiosos peatones que seguramente encontraría en las afueras de la ciudad, reanudando su viaje fortalecido y refrescado. Contrariamente a sus expectativas, eventualmente llegó al Hotel de France sin despertar ninguna observación o comentario especial. Una vez en su propio apartamento, cerró cuidadosamente la puerta y, arrojándose sobre su cama, respiró libremente por primera vez desde que el viejo Solara había caído por su mano.

Sus pensamientos, sin embargo, no eran del todo de naturaleza tranquilizadora. Había tomado la venganza de un italiano sobre el despreciable viejo Pasquale Solara, quien ciertamente merecía todo lo que había recibido, pero ¿cómo vería Monte-Cristo el asunto cuando se enterara de ello, como seguramente lo haría cuando comenzara su campaña contra Vampa, si no antes? Indudablemente con fuerte desaprobación y desagrado. El Conde le había advertido que se mantuviera fuera de la vista, que reprimiera su impetuosidad, y no había hecho ninguna de las dos cosas. Por el contrario, se había mostrado ante el pastor, declarado su identidad y asumido la responsabilidad de tratar con él, aunque, ciertamente, le había dado la oportunidad de defenderse. Si Solara estaba muerto, si había expirado sin hacer ninguna revelación, su secreto estaba seguro e incluso Monte-Cristo no podría desenterrarlo, pero ¿no privaría la muerte del viejo Pasquale al Conde de un testigo importantísimo, un factor importantísimo en su rehabilitación? Tal vez sí, tal vez no, pues no era de ninguna manera seguro que Monte-Cristo pudiera forzar a Solara a confesar y hacer al menos una enmienda parcial y tardía por sus atroces fechorías. Era altamente probable que el miserable padre de Annunziata, incluso si fuera acorralado, persistiera en preservar un silencio pétreo e ininterrumpido, no haría ninguna admisión en absoluto. Tomando este punto de vista del asunto, el vizconde se sintió aliviado y, componiéndose en su sofá, cedió a la influencia de la fatiga extrema y se quedó dormido. Su sueño fue profundo y sin sueños. Exactamente cuánto tiempo durmió no lo sabía, pero mientras tanto un evento tan inesperado como portentoso ocurrió casi al alcance del oído de donde yacía, un evento provocado por su acción imprudente e irreflexiva de esa mañana.

El salón de Monte-Cristo estaba frente a la habitación de Massetti, separados ambos apartamentos por un ancho pasillo. Era tarde y el Conde, sentado a su escritorio, meditaba sobre sus planes en relación con el vizconde. Los asuntos no habían progresado con la rapidez que él esperaba. Además, parecía inevitable una demora mayor. Maximiliano, por supuesto, no podía hacer nada, al menos por el momento, y la capacidad de Valentine para ser de utilidad se limitaba a alentar a Zuleika y a ejercer un grado apropiado de vigilancia sobre los amantes cuando tal vigilancia era posible. Peppino y Beppo, también, eran comparativamente inútiles, aunque mediante averiguaciones cuidadosas y bien dirigidas habían constatado que Luigi Vampa y su banda habían cambiado su alojamiento del antiguo lugar de reunión, ubicándose en una fortaleza a la que no se podía llegar sin gran dificultad y peligro. Ninguno de los bandidos visitaba ya Roma e incluso el propio Vampa parecía desconfiar del futuro. Según la información recabada por Peppino y Beppo, él andaba constantemente con diversos disfraces que desafiaban la detección, evitando escrupulosamente todos sus lugares habituales. Con respecto a las acciones del jefe de los bandidos, Monte-Cristo solo podía tener una de estas dos opiniones: o bien estaba lleno de remordimiento por su vergonzosa conducta hacia la pobre Annunziata Solara y por su complicidad con el viejo Pasquale para hacer que el inocente vizconde cayera bajo sospecha, lo cual era dudoso, o temía que la justicia romana, estimulada por el joven Massetti y los amigos que aún le quedaban, lo alcanzara, lo cual era lo más probable. El Conde no había esperado mucho de Annunziata Solara, aunque había calculado algo sobre el efecto que tendría en ella su seguridad de que poseía pruebas concluyentes de la inocencia de Giovanni. Su reciente entrevista con la joven, sin embargo, había establecido el hecho de que ella creía firmemente que el vizconde era culpable, y era justo suponer que mantendría su creencia a pesar de todo con toda la proverbial obstinación de la mujer. Además, después de todo, ¿cuál era su prueba concluyente? ¡Simplemente las afirmaciones sin respaldo de un antiguo miembro de la banda de Vampa, quien al hacerlas claramente había sido motivado por el deseo de vengarse personalmente del viejo Pasquale Solara!

El Conde no estaba poco desalentado, pero su propia convicción de la veracidad de la declaración de Peppino era tan fuerte como siempre y, a pesar de todos los obstáculos aparentemente insuperables, no dudaba de que finalmente encontraría alguna manera de obligar a Vampa y al pastor a una confirmación completa de cada detalle diabólico relatado por el exbandido en la celda del puesto de policía en París.

Mientras estaba allí sentado, comulgando con sus sombríos pensamientos y reflexionando que la demora podría prolongarse durante muchos meses, se escuchó un golpe en su puerta y, en respuesta a su permiso, Peppino entró en el salón.

Una mirada al rostro pálido y agitado del hombre fue suficiente para decirle a Monte-Cristo que había sucedido algo inusual.

—Bien —dijo, mirándolo fijamente—, ¿qué es?

El hombre miró apresuradamente alrededor del apartamento y, habiéndose asegurado de que su señor estaba solo, se acercó a él, inclinándose y susurrándole al oído:

—Señor Conde, hay un visitante extraño abajo, pidiendo verle. Está vestido como un noble romano y su rostro está maquillado con pinturas y cosméticos como el de un actor en el escenario de un teatro. ¡Aun así, creo que he descubierto su disfraz y que no es menos personaje que el mismísimo Luigi Vampa!

—¡Ah! —dijo el Conde, levantándose con una sonrisa de satisfacción—. ¡El cielo quiera que tengas razón! Si Vampa está aquí, su visita simplificará las cosas.

—Pero no pretenderá ver al jefe de los bandidos, ¿verdad, señor Conde? —dijo Peppino, en tono sobresaltado.

—¿Por qué, te ruego, no habría de verle cuando durante tanto tiempo he estado esperando impacientemente una oportunidad para encontrarle? —preguntó Monte-Cristo, con asombro.

—Porque —respondió el italiano, con una muestra inconfundible de miedo—, él puede haber adivinado su misión en Roma y, ¡su asunto con usted hoy puede ser el asesinato!

Monte-Cristo se rió de buena gana.

—Buen amigo —dijo, en tono tranquilizador—, deseche sus terrores infantiles. ¡Vampa no se atreverá siquiera a intentar hacerme daño! ¡Haga subir al misterioso visitante y dejemos que se resuelva el problema de su identidad!

—Conozco su poder sobre Vampa, señor Conde —respondió Peppino, vacilante—, ¡pero aun así, en este caso peculiar, puede fallarle!

—¡Bah! —dijo el Conde, con impaciencia—. Le digo que no temo a Vampa. Hágalo subir de inmediato.

Peppino abandonó el salón muy a regañadientes, regresando pronto con el sospechoso visitante.

Monte-Cristo avanzó al encuentro del recién llegado, quien señaló en silencio a Peppino, haciendo un gesto hacia la puerta. El Conde asintió al exbandido y, con paso lento, este salió de la habitación.

Aunque Vampa estaba cuidadosamente disfrazado e incluso elegantemente vestido con el atuendo de moda de la aristocracia romana, Monte-Cristo, al igual que Peppino, no tuvo dificultad alguna en reconocerlo.

—¡Bien, Luigi Vampa! —dijo, enfrentándose a su visitante y cruzándose de brazos con calma tan pronto como estuvieron solos—. ¿Qué quiere de mí?

El jefe de los bandidos no pareció desconcertado ni sorprendido ni en lo más mínimo. Devolvió audazmente la mirada de su anfitrión y dijo:

—Sabía que me reconocería de inmediato, pues estoy bien al tanto de su extraordinaria agudeza y penetración, señor Conde, pero, a decir verdad, mi disfraz no estaba destinado a engañarlo; ¡su único objetivo era asegurarme una entrada y salida segura de Roma, que últimamente se ha vuelto peligrosa para los hombres de mi línea de trabajo!

El Conde sonrió a su manera peculiar.

—¿Qué quiere de mí, Luigi Vampa? —repitió—. ¡Su cometido debe ser de gran importancia ya que se ha tomado tantas molestias para ejecutarlo!

—Es de gran importancia, señor Conde. ¡Esta mañana, uno de los miembros más eficientes de mi banda, el viejo Pasquale Solara, fue atacado y gravemente herido por su protegido, el vizconde Giovanni Massetti!

—¿El viejo Solara atacado y gravemente herido por el vizconde Massetti? ¡Imposible!

El Conde estaba muy desconcertado por esta noticia; no pudo ocultar su mortificación. ¡La imprudencia y la impetuosidad del vizconde lo arruinarían todo!

—Lo que digo es cierto —continuó Vampa—, y he venido a usted para protestar. ¡Debe refrenar a este vizconde Massetti, a este loco temerario! Él profesa tener un rencor contra Pasquale Solara y no se sabe hasta dónde puede llegar si usted no lo controla. Si Pasquale hubiera podido hablar cuando fue descubierto tendido bañado en sangre en la carretera por algunos de los miembros de mi banda, el joven Massetti habría sido perseguido, capturado y hecho pagar por su asalto asesino con su vida; pero fue solo más tarde, cuando fue llevado a mi presencia, que recuperó la conciencia suficiente para relatar lo que había sucedido. Señor Conde, deseo respetar a sus amigos, ¡pero ellos, por su parte, deben respetarme a mí y a mi banda!

—Luigi Vampa —respondió Monte-Cristo, severamente—, ¡usted dice que el joven Massetti tiene un rencor contra el viejo Pasquale Solara! ¡Lo que usted intenta menospreciar con el nombre de rencor es simplemente una justa indignación por un ultraje que rara vez cometen los seres humanos! ¡Usted lo sabe! ¡Usted, a quien Solara le vendió vilmente a su hija! ¡Usted, que conspiró con el viejo sinvergüenza para que la acusación de secuestro y asesinato pudiera caer sobre los hombros inocentes del vizconde cuando usted, Luigi Vampa, era el hombre culpable!

El jefe de los bandidos se sobresaltó y palideció bajo la pintura y los cosméticos con los que su rostro estaba densamente cubierto.

—¡Ha sido engañado, señor Conde! —balbuceó, tomado en desventaja, pero hablando no obstante con cautela e intentando mantener una postura audaz—. ¡La propia joven, Annunziata Solara, le jurará que el vizconde Giovanni Massetti fue su secuestrador y el autor de su ruina!

—Sí —respondió Monte-Cristo, amargamente—, ella lo dirá y lo dice, porque ha sido completamente cegada por las astutas y diabólicas estratagemas a las que usted recurrió, ayudado e instigado por ese infame malvado, el viejo Pasquale Solara, ¡para quien una muerte lenta en el potro de la antigua Inquisición española no sería un castigo suficiente!

—Habla con mucha confianza, señor Conde —dijo Vampa, recuperando su fría compostura—. ¿Le ruego que me diga cómo va a probar todo esto?

—Sería un tonto, en verdad, si lo hiciera —respondió Monte-Cristo, viendo la trampa del jefe de los bandidos y evitando hábilmente caer en ella—. Sin embargo, ¡baste decir que puedo y probaré todo lo que he afirmado! ¡Incluso la propia Annunziata Solara quedará completamente convencida!

—Señor Conde —dijo Vampa, suplicante—, hace mucho que somos buenos amigos, hace mucho que nos entendemos perfectamente. ¡No permita que los cuentos ociosos que personas malintencionadas han vertido en sus oídos destruyan esa amistad y ese entendimiento!

—No he escuchado cuentos ociosos de personas malintencionadas —replicó el Conde—. Lo que he escuchado fue una declaración clara y sencilla de la verdad. ¡Sé cómo el viejo Solara lo llamó con su silbato de señales, cómo negoció con él por su hermosa hija y cómo finalmente se la compró! ¡Sé cómo usted secuestró a la joven mientras su infame padre esperaba fuera de la cabaña con una antorcha, cómo se la llevó en brazos a través del bosque, asesinando a su hermano y encontrándose a su vez con mi hijo Esperance y el vizconde Massetti! ¡Sé cómo la llevó a la choza que había preparado, cómo la mantuvo allí como una prisionera cercana custodiada por miembros de su banda hasta que se cumplió su vergonzoso objetivo! ¡Sé cómo escribió esa carta firmada por Tonio que tenía la intención de influir en la creencia de Annunziata sobre la culpabilidad del vizconde, y sé cómo el viejo Solara la escondió donde su hija posteriormente la encontró y la leyó! Ahora, Luigi Vampa, ¿está satisfecho? Dijo hace un momento que hace mucho que nos entendemos. ¡Espero que no haya ningún malentendido por su parte cuando le diga que tengo la intención de obligarlos tanto a usted como al viejo Solara a confesar sus crímenes y hacer reparación por ellos en la medida de lo posible!

—¿Entonces me declara la guerra? —gritó el jefe de los bandidos.

—¡Lo hago! —respondió Monte-Cristo, fríamente.

—¡Entonces, en mi propio nombre y en el de Pasquale Solara, lo desafío, Edmond Dantès, Conde de Monte-Cristo!

Retrocedió hacia la puerta como si temiera que el Conde lo atacara. Cuando llegó a ella, se volvió, la abrió de golpe y salió al pasillo, encontrándose instantáneamente en manos de Peppino y Beppo, quienes de inmediato lo entregaron a un escuadrón de policías, cuyo oficial a cargo dijo:

—¡Lo arresto, Luigi Vampa! ¡Sígame!

CAPÍTULO XXVII.

LAS REPRESALIAS DE LOS BANDIDOS.

Monte-Cristo quedó atónito cuando vio a Luigi Vampa arrestado por el policía romano y su escuadrón; su primer pensamiento fue que Peppino, sin querer dejar escapar una oportunidad tan buena para obtener venganza, había traicionado al jefe de los bandidos ante las autoridades; esta idea fue aparentemente confirmada por el papel que los dos exbandidos habían desempeñado en la captura de su antiguo líder; por lo tanto, después de que los oficiales y su prisionero se hubieron marchado, se volvió ferozmente hacia Peppino y dijo, en tono de ira:

—¡Este es un buen trabajo para uno de mis sirvientes, especialmente uno tan confiable como usted!

—Señor Conde —respondió Peppino, humildemente—, usted está equivocado. No tuve parte alguna en ello salvo obedecer la orden del oficial al mando de la policía.

—¡En verdad! —gritó el Conde, incrédulo.

—Sí —continuó Peppino, con la misma voz humilde—, y Beppo aquí es igualmente inocente. El oficial siguió a Vampa hasta el hotel y fue informado de que yo lo había conducido a su presencia. Acto seguido me envió a buscar, ordenándome sin más preámbulos que tomara a Beppo, que casualmente estaba en mi compañía, y apresara al jefe, quien le era personalmente desconocido, en el instante en que saliera de su salón. Confío en que su Excelencia nos perdonará, ya que no podíamos hacer otra cosa que obedecer.

—En ese caso —dijo Monte-Cristo—, ninguna culpa recae sobre ninguno de ustedes, pero, sin embargo, el arresto de Vampa en esta coyuntura crítica interferirá seriamente con mis operaciones proyectadas.

La policía había llevado a cabo los asuntos muy silenciosamente; aun así, el pisoteo de muchos pies en el pasillo había despertado al vizconde y lo había llenado de terror. Conociendo la audacia sin igual de los bandidos, llegó de inmediato a la conclusión de que un grupo de ellos había entrado en Roma y tomado posesión del Hotel de France con el objetivo de capturarlo como el asesino del viejo Pasquale Solara, quien, no dudaba, estaba muerto. Cuando el pisoteo de los pies, que el Conde y Vampa estaban demasiado absortos para oír, se detuvo frente a su misma puerta, se afirmó en esta conclusión y saltó de su cama con gran alarma. Miró apresuradamente a su alrededor en busca de alguna vía de escape, pero no había ninguna. Si los bandidos estaban afuera, estaba atrapado y pronto caería en sus manos. Escuchó con la mayor ansiedad, esperando a cada instante que su puerta fuera forzada y sus implacables enemigos entraran en tropel en la cámara. Sin embargo, no se hizo tal movimiento. Prevaleció un silencio sepulcral. ¿Qué significaba todo esto? ¿Qué estaba ocurriendo o estaba a punto de ocurrir? Si los hombres en el pasillo no eran los bandidos de Luigi Vampa, ¿quiénes eran? El vizconde se perdió en un laberinto desconcertante de conjeturas. No se atrevía a hacer un examen personal y satisfacerse. En medio de sus conjeturas, escuchó abrirse una puerta directamente al otro lado del pasillo y supo que era la de Monte-Cristo. Luego, una voz de mando severo rompió el silencio, pero lo que se pronunció no pudo distinguirlo, aunque le pareció distinguir la palabra ominosa "arresto", a la que casi inmediatamente siguió una reanudación del pisoteo de los pies. Este sonido se desvaneció rápidamente y el silencio volvió a prevalecer. El joven Massetti estaba más perplejo que nunca. No podía sacar nada en claro del intrincado problema que se le presentaba para su resolución. De repente, una idea le vino a la mente que hizo que gotas de sudor frío brotaran en su frente. ¡Monte-Cristo había sido arrestado y llevado a una prisión romana! Luego escuchó la conocida voz del Conde dirigiéndose airadamente a alguien y este pensamiento alarmante se desvaneció tan rápidamente como había venido a él. La parte arrestada, si se había hecho un arresto, no era, por lo tanto, Monte-Cristo, sino alguien más, alguien que había venido del salón del Conde. ¿Quién podría ser? ¿Maximiliano Morrel? No, la idea era absurda, ¿pues qué había hecho el joven francés para provocar su arresto? Finalmente, incapaz de soportar más la incertidumbre y el suspenso, el vizconde abrió cautelosamente su puerta y miró al pasillo. Sus ojos se posaron en Monte-Cristo, Peppino y Beppo. El primero lo vio y se acercó de inmediato a él.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó Massetti, con entusiasmo.

—Luigi Vampa estuvo aquí y ha sido llevado prisionero por la policía —respondió el Conde.

—¡Luigi Vampa! —gritó el joven italiano, con asombro.

—Sí, Luigi Vampa —respondió Monte-Cristo, nublándose su frente.

—¿Qué lo trajo al Hotel de France?

—¡Vino a quejarse de usted!

—¿De mí?

—Eso he dicho.

—¿Y usted hizo que lo arrestaran?

—Yo no. Su arresto se debió enteramente a su propia temeridad. La policía lo rastreó hasta aquí y lo aprehendió cuando salía de mi apartamento.

Mientras hablaba, Monte-Cristo se dirigió a la habitación de Giovanni. Cerrando la puerta detrás de él, se quedó mirando al vizconde con aire sombrío.

—Giovanni Massetti —dijo, en un tono lento y mesurado—, ¡ha hecho caso omiso de mis instrucciones y por su impetuosidad ha puesto todos mis planes en peligro! ¡Hizo mal, muy mal, al atacar al viejo Pasquale Solara esta mañana!

—Soy profundamente consciente de ello ahora, tras una tranquila reflexión —respondió el vizconde, arrepentido—. Pero aun así debe concederme alguna consideración. Me encontré de repente con el pastor y mi indignación y deseo de venganza me dominaron tanto al verlo que no pude controlarme. Sin embargo, le di una oportunidad para su vida. Luchamos un duelo desesperado y resultó herido, pero si de muerte o no es imposible para mí decir, ya que los hombres de Vampa hicieron su aparición inmediatamente después de su caída, y fui obligado a una huida precipitada.

—Si Solara muriera —dijo Monte-Cristo, sombríamente—, nos habrá privado de un testigo sumamente importante, pues contaba con obligarlo a hablar, a revelar cada detalle de la infame conspiración en su contra. Pero como usted, no sé su condición actual, ya que Vampa no me brindó ninguna información al respecto. Solo puedo esperar que no esté gravemente herido y se recupere.

—Soy singularmente desafortunado —dijo el vizconde, humildemente—. Todo lo que hago parece estar mal.

—Porque usted se guía solo por el impulso y no espera a que su juicio más sereno venga en su ayuda —respondió Monte-Cristo. Luego añadió, con firmeza: ¡Giovanni Massetti, o se somete totalmente a mí en el futuro, guiándose enteramente por mis deseos, o me veré obligado a dejarlo a su suerte! ¡No hace falta decir que lo abandonaré muy a regañadientes, pero debo abandonarlo a menos que deje de obstaculizar mis esfuerzos en su nombre!

El joven italiano tomó la mano de su benefactor convulsivamente.

—Su Excelencia —exclamó, suplicante—, ¡no me abandone, no me deje a mi suerte en esta coyuntura crítica! ¡Le rendiré una sumisión y obediencia ciegas e implícitas! ¡En el futuro no haré nada, no daré ni el más mínimo, más insignificante paso sin su autorización directa o mandato expreso!

—Está bien, Giovanni —dijo el Conde, evidentemente muy aliviado al encontrar a su ardiente protegido tan dócil—. Continuaré la obra que he comenzado y también me esforzaré por llevarla a un pronto y exitoso desenlace. El arresto de Vampa y la herida del viejo Solara han complicado las cosas hasta cierto punto, pero un breve tiempo, confío, bastará para enderezar las complicaciones y enredos, ¡y entonces el resultado será la felicidad para todos nosotros, la recompensa más rica posible!

—¡Que Dios lo conceda! —gritó Massetti, fervientemente.

—Ahora —dijo el Conde—, ¡usted no debe salir del Hotel de France ni por un momento sin mi permiso! ¿Me lo promete?

—¡No solo lo prometo, lo juro! —exclamó el vizconde, levantando los ojos y su mano derecha hacia el cielo.

—Está bien —repitió Monte-Cristo, alegremente, y girándose salió de la habitación de Massetti.

Se había planeado que el Conde llevara a Zuleika a pasear a caballo a la mañana siguiente, pero un deseo de saber qué había sido de Luigi Vampa y qué proponían hacer las autoridades en su caso impidió a Monte-Cristo cumplir su promesa a su hija. Él, sin embargo, decidió no privar a Zuleika del placer que anticipaba de su paseo y, por tanto, cuando el carruaje y sus briosos caballos fueron llevados a la puerta del hotel, instaló a Peppino en el asiento del cochero con el fiel Ali para actuar como guardia y protector adicional.

Zuleika, después de despedirse tiernamente de su padre, fue ayudada por él a subir al elegante vehículo y Ali se alejó, manejando a los corceles encabritados y fogosos con toda la destreza y habilidad de un veterano cochero parisino.

Pasaron por el Corso, que como de costumbre estaba lleno de espléndidos carruajes y paseantes alegres, dirigiéndose finalmente a la vasta y hermosa Piazza del Popolo, que presentaba una escena aún más animada y estimulante que el Corso. Los elegantes carruajes se veían allí complementados por caballeros magníficamente montados y los diversos caminos estaban llenos de hermosas jóvenes y sus galanes, mientras que entre las clases más altas se mezclaban campesinos de ambos sexos magníficamente vestidos, algunos simplemente holgazaneando, otros vendiendo pequeños artículos y flores.

Cansándose finalmente de las vistas ordinarias de Roma, Zuleika ordenó a Ali conducir una corta distancia hacia el campo. Obedeció con considerable reticencia, pues era muy consciente de los peligros que se podían encontrar en los alrededores de la ciudad, y Peppino, por su parte, también estaba inquieto, aunque no se aventuró a protestar contra lo que consideraba un capricho muy censurable de su joven ama.

Sin embargo, condujeron durante varias millas sin que ocurriera el más mínimo incidente que justificara los temores de Ali y Peppino o turbara la serenidad de Zuleika. La joven disfrutó inmensamente del campo abierto, con sus árboles majestuosos, verdor y aromas refrescantes, y se felicitó internamente por haber variado su programa al dejar atrás la polvorienta Roma por un tiempo.

Mientras tanto Ali, con el fatalismo habitual de su nación, se había resignado de antemano a lo que pudiera suceder y siguió conduciendo directamente hacia adelante con los ojos impasibles fijos en los caballos. No así Peppino; el astuto y bien informado italiano estaba constantemente alerta, escudriñando cada matorral, grupo de árboles o curva del camino con una mirada inquisitiva mucho antes de llegar a ellos; aunque nada sospechoso había encontrado aún en su mirada, no estaba en absoluto satisfecho ni tranquilo.

Finalmente se acercaron a una pequeña posada de carretera y Zuleika, quejándose de sed, ordenó que se detuviera el coche y que Peppino bajara de su asiento, entrara en la posada y le consiguiera un poco de vino. Peppino hizo una mueca ante esta orden, pero no tuvo el valor de explicarle a la hija de Monte-Cristo que, al obedecerla, corría el riesgo de encontrarse con algunos de sus antiguos camaradas, quienes podrían resultar demasiado curiosos. Trepó lentamente del coche y, con un semblante sumamente afligido, se dirigió a la posada. No había pasado un instante cuando reapareció de repente, corriendo hacia el coche y profiriendo fuertes gritos de alarma. Media docena de hombres de aspecto rudo lo perseguían y, antes de que pudiera llegar al vehículo, fue capturado. Simultáneamente, otro grupo de rufianes salió de la posada, atrapando a los caballos por las bridas justo cuando Ali estaba a punto de marcharse.

—¡No tan rápido, mi amigo de ébano! —dijo uno de los hombres—. ¡Debemos conocer a tu hermosa joven ama!

Zuleika permaneció sin habla, helada de terror. Ali levantó su látigo para golpear al rufián que había hablado con tanta ligereza de la hija de Monte-Cristo, pero el indignado mudo fue instantáneamente dominado y arrastrado al suelo.

Mientras tanto, los hombres que tenían a Peppino en sus garras lo examinaban de cerca.

—Juraría —dijo uno de ellos— que este es nuestro viejo camarada, Peppino, ¡quien huyó de nosotros tan poco ceremoniosamente, llevándose consigo todo lo que pudo alcanzar!

—Es Peppino —añadió otro—. ¡Lo reconozco a pesar de su rostro manchado y su librea! ¡Por la Santísima Virgen! —añadió—, ¡conozco la librea también! ¡Es de Monte-Cristo!

—¡Entonces el coche y los caballos también son de Monte-Cristo! —dijo el primer orador—. Sin duda, también, esa joven de allí es miembro de la familia del Conde. Seguimos a Peppino por un poco de diversión, camaradas, ¡pero hemos caído en un golpe de suerte! Monte-Cristo es responsable del arresto de Vampa ayer, pues el jefe fue capturado cuando salía de su habitación. ¡Ahora podemos tomar represalias!

—¡Excelente! —gritó otro de la banda—. ¡Podemos tomar represalias y obtener al menos un rehén valioso para la seguridad de Vampa! Signora —le dijo a la aterrorizada Zuleika—, ¿quién es usted?

La pobre joven, dominando su voz lo mejor que pudo, respondió con cierta dignidad:

—¡Soy Zuleika, hija del Conde de Monte-Cristo! ¡En su nombre exijo que nos liberen al instante!

—¡Así que eso es! —dijo el hombre, volviéndose hacia sus encantados compañeros—. ¡Su hija! ¡Ahora podemos contar con la seguridad de Vampa sin la menor duda!

El jefe de los bandidos salió entonces de la posada; al ser informado de la importante captura que sus hombres habían hecho, se frotó las manos con júbilo. Volviéndose hacia sus lugartenientes, dijo:

—Que pongan un guardia en el coche junto a la hija de Monte-Cristo y que otro camarada conduzca el carruaje al lugar de reunión de la banda. En cuanto al conductor de color, ¡que regrese a pie a Roma y lleve la noticia a su amo con los cumplidos de los hombres de Vampa!

—¿Qué se hará con Peppino? —preguntó uno de los lugartenientes.

—¡Cuélguenlo del árbol más cercano! —respondió el jefe, pero, reflexionando de inmediato, añadió: —No. ¡Manténganlo! ¡Quizás Monte-Cristo le dé algún valor a ese sinvergüenza y podría no ser una mala política retenerlo como rehén adicional!

Peppino, que había estado escuchando atentamente las palabras del jefe, lanzó un profundo suspiro de alivio. Ciertamente experimentaría un trato duro, pero al menos su vida estaba a salvo. Por lo tanto, se sometió a ser atado sin un murmullo e incluso sonrió mientras era conducido lejos.

Las órdenes del jefe respecto a Zuleika y el carruaje fueron obedecidas prontamente, y pronto la hija de Monte-Cristo fue una prisionera estrecha en una celda rocosa de la guarida subterránea de los bandidos.

Ali, tan pronto como fue liberado, partió hacia Roma para dar la alarma.

CAPÍTULO XXVIII.

LA INCURSIÓN CONTRA LOS BANDIDOS.

Cuando Ali llegó al Hotel de France y se arrastró hasta el apartamento de su amo, lo cual no fue hasta muy entrada la tarde, su condición era verdaderamente deplorable. Con los pies doloridos y a punto de caer por la fatiga extrema, se tambaleaba como un hombre borracho. Estaba cubierto de polvo y el sudor profuso hacía brillar su piel oscura. El fiel mudo se arrojó de inmediato a los pies del Conde, abrazando sus rodillas y, en su maravillosa pantomima, implorando elocuentemente el perdón.

Monte-Cristo, quien estaba sufriendo tormento debido a la prolongada ausencia de su amada hija, adivinó al instante que algún terrible accidente le había ocurrido y se volvió casi loco de dolor y aprensión. Levantando a Ali, le dijo con voz quebrada y ansiosa:

—¡Dime lo que ha ocurrido sin circunloquios ni demora, y cuéntamelo todo!

El nubio hizo una profunda salaam como señal de sumisión y obediencia. Luego procedió, en su propia y peculiar forma de narrar eventos, con la cual Monte-Cristo estaba tan completamente familiarizado y que en este caso tradujo con demasiada prontitud y exactitud, a relatar los detalles del fatídico viaje a las afueras de la ciudad y de la captura de Zuleika, Peppino y el carruaje por los bandoleros.

Monte-Cristo se quedó sentado por un instante después de que terminara como alguien estupefacto, tan completamente abrumado estaba por la inesperada y perturbadora inteligencia. Luego saltó de su asiento y comenzó a caminar de un lado a otro de la habitación, murmurando mientras caminaba:

—¡Así que los miserables han apresado a mi hija y a mi sirviente a modo de represalia y pretenden mantenerlos como rehenes para la seguridad de Luigi Vampa! ¿Qué se debe hacer? ¡Déjame pensar, déjame pensar!

Se llevó la mano a la frente y aceleró el paso, yendo y viniendo con una rapidez tan febril que incluso Ali, impasible como era por naturaleza, mostró alarma, temiendo el efecto de toda esta espantosa y agotadora excitación sobre su adorado amo, para salvar a quien de la más mínima molestia o dolor habría dado libre e indeclinablemente su vida. Monte-Cristo continuó murmurando:

—Vampa es un prisionero, estrechamente confinado en una mazmorra del Castillo de Sant'Angelo. Será juzgado por sus muchos crímenes, entre los cuales he hecho incluir el secuestro de Annunziata Solara y su intento de mancillar la justa fama del Vizconde Massetti. Su condena y castigo como bandido pueden aceptarse como seguros, cualquiera que sea el destino de los otros cargos en la negra acusación contra él, pues multitudes de aquellos a quienes ha robado y maltratado van a testificar, y las autoridades romanas se han convertido por alguna razón de repente en sus mortales e implacables enemigos; ¡no le mostrarán piedad! Pero el resto de la infame banda, ¿qué se debe hacer con ellos? ¡Nada, absolutamente nada, hasta donde he podido averiguar! ¿Por qué? ¡Posiblemente porque la policía teme atacar a los bandoleros en su fortaleza! Pero cambiaré este punto del programa... ¡sí, lo cambiaré! Iré de inmediato al Cardenal Monti, me quejaré de que mi hija ha sido apresada por los bandidos y ofreceré, con la ayuda del Capitán Morrel, dirigir un destacamento de soldados contra ellos. Animados por Maximilien y por mí mismo, los militares mostrarán coraje por una vez. El resultado no puede ser dudoso. Capturaremos a toda la banda, junto con su famosa fortaleza, y rescataremos a Zuleika. Peppino también será liberado. No llevaré a Massetti conmigo... no, él es demasiado temerario y podría poner en peligro el éxito de la empresa... no, no lo llevaré, ni siquiera le informaré de lo que me propongo hacer. El Cardenal difícilmente se aventurará a rechazarme. Sin embargo, si vacila, lo avergonzaré para que consienta, ¡lo amenazaré con invocar la ayuda del ministro francés! ¡No, no me rechazará! ¡Ahora, a la prueba de mi poder! ¡Oh! ¡Zuleika, mi querida hija, te salvaré, te salvaré!

Poniéndose apresuradamente su sombrero y echándose una capa ligera sobre los hombros, el Conde de Monte-Cristo partió en su misión, una misión ciertamente característica de este hombre maravilloso.

El Cardenal Monti lo recibió cordialmente, escuchó su queja y, tras objetar ligeramente, aceptó su oferta de dirigir a los soldados contra los temibles bandoleros, acordando poner doscientos miembros de la Guardia Suiza, debidamente equipados y con sus oficiales, a disposición de él y del Capitán Morrel. Se decidió que la expedición partiría del Castillo de Sant'Angelo a las diez de esa noche y sería guiada por un campesino de confianza, entonces al servicio del Cardenal, quien profesaba conocer la ubicación exacta del refugio de los bandidos y la ruta más segura hacia él.

Resueltos estos preliminares satisfactoriamente, Monte-Cristo, con el corazón rebosante de alegría, regresó inmediatamente al Hotel de France para notificar al señor Morrel y hacer sus preparativos para la campaña venidera. Al ser informado del secuestro de Zuleika por los forajidos y de la parte que su padre deseaba que tomara en su liberación, Maximilien consintió al instante, demasiado feliz de tener una oportunidad tan señalada de servir a su benefactor. La desgracia de Zuleika, sin embargo, le afligió grandemente.

—¿Sabe Valentine de la captura de su hija? —preguntó al Conde.

—No —respondió Monte-Cristo—, y debo pedirle que no se lo diga hasta que se conozca el resultado de la expedición. Deseo mantener todo el asunto en secreto por temor a que el joven Massetti se entere y arruine nuestros planes con su habitual fogosidad. Con este fin ya he instruido a Ali, la única persona, salvo usted, en el Hotel de France que está al tanto del terrible golpe que ha caído sobre mí, que se abstenga de comunicar la noticia a nadie. Es mejor así, pues los bandoleros sin duda tienen espías en Roma en este momento y es aconsejable la mayor precaución.

El señor Morrel aceptó de buena gana la sabiduría de la política de completo silencio del Conde, y ambos se separaron para prepararse discretamente para la peligrosa y emocionante aventura de la noche.

A las nueve y media, Monte-Cristo y Maximilien entraron en el patio del sombrío Castillo de Sant'Angelo, donde el destacamento de la Guardia Suiza ya estaba formado bajo las armas, esperando órdenes. El Conde vestía un traje semimilitar y llevaba una espada a su costado, mientras que su amigo estaba vestido con el uniforme completo de Capitán del Ejército de Francia y provisto de manera similar con el arma reglamentaria. Tanto él como Monte-Cristo llevaban un par de pistolas en sus cinturones, cargadas cuidadosa y recientemente.

El Capitán de la Guardia Suiza los recibió y presentó al campesino que el Cardenal Monti había enviado para actuar como guía. Luego entregó el mando de sus hombres al Capitán Morrel, quien se dirigió brevemente a ellos en francés, lengua con la que estaban bien familiarizados, informándoles que él y su Excelencia, el Conde de Monte-Cristo, confiaban en que cada hombre cumpliera con su deber para suprimir a los bandidos y rescatar de sus rudas garras a una hermosa joven francesa, nada menos que la propia hija del Conde.

Al concluir este discurso, los soldados saludaron, la única forma en que las regulaciones militares les permitían responder.

Monte-Cristo y el señor Morrel tuvieron entonces una breve conferencia con el campesino guía, quien parecía muy inteligente y completamente al tanto sobre los bandidos y su fortaleza. La información que proporcionó fue en todos los aspectos satisfactoria y resultaba evidente que se podía confiar implícitamente en el hombre.

Todo estaba listo y, al sonar la hora de las diez en el reloj del Castillo de Sant'Angelo, las tropas, encabezadas por el Capitán Morrel y el Conde, salieron del patio y comenzaron su marcha. Al llegar a campo abierto, el guía tomó una posición un poco por delante del destacamento y marcó el camino. Se mantuvo un silencio absoluto y se tomó el máximo cuidado en amortiguar el paso de los soldados.

Tras marchar hasta casi la medianoche, el guía, en un susurro bajo y cauteloso, informó al Conde y a Maximilien que la fortaleza de los bandidos estaba cerca. Se ordenó de inmediato un breve alto para descansar y reponer fuerzas; luego se reanudó el avance, seguido de una lucha con el centinela de los bandoleros, quien fue capturado y dominado antes de que pudiera dar ni siquiera la más mínima alarma.

—¡Ahora, hombres! —dijo el Capitán Morrel en un tono firme y de mando—. ¡Un ataque rápido y atraparemos a todos los lobos en su guarida subterránea!

La cueva tenía dos entradas. El Conde, a la cabeza de la mitad de las tropas, se apoderó rápidamente de una, y Maximilien, con el resto del destacamento, tomó prontamente la otra.

Hasta ese momento, el éxito de la expedición había sido completo. Los forajidos estaban enjaulados y no podían escapar, pero, no obstante, era probable que ofrecieran una resistencia desesperada y sangrienta. Simultáneamente, Monte-Cristo y el Capitán Morrel penetraron en las sombrías profundidades con sus hombres, y una docena de antorchas rápidamente encendidas iluminaron la caverna como por arte de magia. Al instante surgió un coro de gritos salvajes proferidos por los bandidos sorprendidos, quienes, armados hasta los dientes, acudían en tropel desde todas direcciones. Se entabló una feroz batalla cuerpo a cuerpo, y la caverna resonaba con el tableteo de los mosquetes, los disparos de las pistolas y el choque de las espadas.

Como se había previsto, los bandoleros lucharon desesperadamente y con la mayor furia. Eran hombres valientes y resistentes, y aunque estaban acorralados por todos lados, evidentemente esperaban triunfar sobre los invasores de su fortaleza y expulsarlos en desorden y terror. Su experiencia previa con la Guardia Suiza y la policía les garantizaba albergar esta esperanza, pero en esta ocasión calcularon sin su anfitrión, pues los soldados nunca antes habían tenido líderes tan intrépidos, decididos y capaces.

La batalla duró más de una hora y no fue hasta que muchos fueron muertos o heridos en ambos bandos que los forajidos comenzaron a mostrar señales de vacilación. Monte-Cristo y el Capitán Morrel realizaron prodigios de valor, animando y alentando a sus tropas tanto con la palabra como con el ejemplo. Finalmente, los forajidos fueron completamente sometidos, y aquellos que no habían sido muertos fueron hechos prisioneros. El Conde escapó sin un rasguño, pero Maximilien resultó levemente herido en la mano izquierda.

Cuando cesaron los disparos y el choque de las espadas, el Capitán Morrel dio la orden de registrar la cueva en busca de Zuleika y Peppino, colocando primero centinelas en las entradas para protegerse contra sorpresas y evitar la fuga de cualquiera de los bandidos que, en medio de la confusión, pudiera escabullirse de sus captores.

—¿Dónde están las celdas? —preguntó Monte-Cristo al campesino guía, quien había desempeñado valientemente su papel en la lucha.

—Síganme —respondió el hombre—. Los llevaré hasta ellas.

Monte-Cristo, ahora que la excitación de la lucha lo había abandonado, estaba lleno de ansiedad por su hija. ¿Qué le habría pasado desde que fue cautiva en la guarida de los bandidos? ¿Había sido respetado su honor tanto como su vida? Su incertidumbre era la tortura más terrible posible de concebir. Apenas podía contenerse hasta conocer la verdad, fuera fatal o favorable. Maximilien estaba casi igual de agitado, pero logró mantener un exterior comparativamente tranquilo para poder apoyar y animar mejor a su amigo en esta su hora de amarga necesidad.

El campesino, sosteniendo una antorcha sobre su cabeza, los condujo a un pasillo oscuro y húmedo, seguido por varios soldados a cargo de un teniente. El grupo no había dado muchos pasos cuando se hicieron audibles los gritos de un hombre, procedentes de una celda cercana. La puerta de esta celda estaba asegurada solo por una barra de hierro, cuya retirada requirió solo un instante, tras lo cual se descubrió que los gritos provenían de Peppino, quien, al haber escuchado el ruido del conflicto y concluido que el auxilio estaba cerca, había comenzado a gritar de inmediato para revelar su paradero a los invasores. El ex-bandido fue puesto en libertad y la búsqueda continuó.

De repente, un gemido bajo golpeó el oído atento del Conde.

—¿Qué fue eso? —preguntó, sobresaltado.

—¡Un gemido que sin duda fue proferido por su hija! —respondió el guía.

—¡Mi hija! —gritó el Conde—. ¡Entonces, gracias a Dios, está viva!

Llegaron a otra celda, cuya puerta, al igual que la de Peppino, estaba asegurada por una barra. Dentro de la celda, el gemido bajo continuaba. Monte-Cristo agarró la barra, la apartó de un golpe y abrió la puerta de par en par; luego saltó al interior de la celda, llamando frenéticamente a su hija.

Zuleika estaba acostada en un rincón sobre un montón de paja y gimoteando lastimeramente. Al sonido de la voz de su padre, sin embargo, se puso en pie en un instante y se arrojó arrebatadamente a sus brazos.

—¿Estás a salvo, mi querida hija? —dijo el Conde, cubriendo su rostro con besos—. ¿Te respetaron los bandidos?

—Estoy a salvo, querido padre —respondió Zuleika—, a salvo y sin daños. Los bandidos me asustaron y la soledad y los terrores de esta oscura y lúgubre mazmorra han sido terribles de soportar. ¡Pero todos mis problemas han terminado ahora que estás aquí!

El Conde ordenó entonces al guía que los condujera a los establos de los bandidos, donde encontraron sus caballos y su carruaje. El vehículo fue llevado al aire libre y, después de colocar a su hija en él, el Conde la dejó al cuidado de Peppino y varios soldados de la Guardia Suiza, regresando a la caverna para concluir el trabajo de la expedición.

Cuando Monte-Cristo llegó al punto donde estaban reunidos la Guardia Suiza y sus prisioneros, encontró al Capitán Morrel supervisando la colocación de un anciano bandido en una camilla improvisada.

—Durante su ausencia, Conde —dijo él, con el rostro radiante de alegría—, ¡hicimos la captura más importante de la noche! ¡Este anciano es Pasquale Solara!

—¿Dónde lo encontraron? —preguntó el Conde.

—En una celda grande utilizada por los forajidos como enfermería. Dice que está mortalmente herido y muriendo lentamente, que su herida fue infligida por un noble romano que lo encontró en la carretera... ¡una historia muy verosímil, ciertamente!

—Es un hecho —respondió Monte-Cristo—. ¡El noble romano que lo hirió fue Giovanni Massetti! Pero, gracias a Dios, todavía está vivo y probablemente durará hasta el juicio de Vampa, en el cual podré obligarlo a hablar. ¡Haga que lo atiendan cuidadosamente, Maximilien!

Los cautivos fueron formados en fila y, como ninguno estaba demasiado incapacitado para caminar, salvo el viejo Solara, que fue llevado en su camilla, fueron marchados a Roma rodeados por la triunfante Guardia Suiza. Monte-Cristo, Maximilien y Zuleika los siguieron en el carruaje del Conde, actuando Peppino como cochero.

CAPÍTULO XXIX.

EL JUICIO DE VAMPA.

El exitoso resultado de la incursión contra los bandidos convirtió a Monte-Cristo y al Capitán Morrel en los héroes del momento en Roma. Dondequiera que iban, multitudes se reunían para contemplarlos y eran recibidos con fuertes vítores y ruidosas aclamaciones de alegría. A decir verdad, el pueblo romano, tanto alto como bajo, tenía mucho que agradecerles. La banda de forajidos fue completamente desmantelada y cada uno de sus miembros fue puesto a buen recaudo en las mazmorras del Castillo de Sant'Angelo, donde, como ya se ha dicho, el temible líder, el notorio jefe de bandidos, Luigi Vampa mismo, también languidecía, esperando cualquier disposición que las autoridades eligieran tomar con él, con cualquier cosa menos estoicismo, pues no dudaba que le iría mal. El arresto de Vampa se consideró directamente debido a Monte-Cristo, pues si no hubiera venido a visitar al Conde, era improbable que alguna vez hubiera sido capturado. Por consejo de Monte-Cristo también, el refugio subterráneo de los bandidos había sido llenado de pólvora y reducido a átomos. No es de extrañar, por tanto, que los romanos estuvieran agradecidos al ilustre francés y a su capaz asistente, el Capitán Morrel.

El viejo Pasquale Solara había sido colocado en un hospital donde estaba estrechamente vigilado y contaba con la atención de un médico competente, pues el Conde había asegurado al Cardenal Monti que quizás podría convertirse en un testigo importante contra Vampa en su próximo juicio. Tras examinar la herida del pastor, el médico había dado su opinión de que era fatal, pero que, recurriendo a medidas adecuadas y juiciosas, la vida del anciano podía prolongarse lo suficiente como para permitirle testificar.

Valentine se sintió profundamente afectada al escuchar de labios de Zuleika la historia de su secuestro por parte de los bandidos y su encarcelamiento en la oscura y húmeda celda de su fortaleza cavernaria, pero su emoción se vio atemperada por la alegría de que su amada amiga hubiera escapado sin más daño que el choque resultante de su susto y sus naturales temores.

Cuando Giovanni se enteró de la peligrosa aventura de su prometida y de los peligros que la habían rodeado, su indignación no conoció límites, y además se sintió considerablemente herido de que Monte-Cristo no le hubiera permitido participar en su rescate. El Conde y su hija, sin embargo, lograron calmarlo y convencerlo de que todo se había hecho por lo mejor. Se vio aún más propiciado por la seguridad que le dio Monte-Cristo de que ahora podía actuar abiertamente y sin temor a perjudicar su causa, ya que los criminales estaban asegurados y el final se acercaba con certeza.

El cardenal Monti decidió que el juicio de Vampa debería tener lugar en el plazo de una semana y que el primer cargo a investigar debería ser el relativo al secuestro de Annunziata Solara y la conspiración contra el vizconde Massetti. Esta decisión fue provocada por la influencia del Conde de Monte-Cristo, quien representó ante el Secretario de Estado Papal la importancia de utilizar el testimonio del viejo Pasquale Solara mientras aún estaba en condiciones de darlo.

El Conde resolvió hacer un último esfuerzo para convencer a Annunziata Solara de la inocencia de Giovanni, aunque estaba decidido a emplear su evidencia en cualquier caso, confiando en que los abogados y el Tribunal extrajeran de ella aquellas admisiones que tendieran a mostrar que estaba equivocada respecto a la identidad de su secuestrador. Sabía que la antigua vendedora de flores era concienzuda y creía firmemente en su teoría, pero aun así no perdía la esperanza de que pudiera ser llevada a ver las cosas como realmente eran. Además, si su padre consideraba oportuno confesar, ella no podría dejar de convencerse de la culpabilidad de Vampa y, en ese caso, la expresión de su convicción sería del máximo valor.

En pos de su plan, Monte-Cristo se comunicó de inmediato con la Sra. de Rancogne en el Refugio de Civita Vecchia, rogándole que trajera a Annunziata a Roma sin un instante de demora. Ella respondió prontamente presentándose en el Hotel de France con su protegida, y el Conde arregló una entrevista entre esta última y el joven Massetti en su salón. Cuando Annunziata, acompañada por la Superiora de la Orden de las Hermanas del Refugio, entró en el apartamento y encontró a Giovanni esperándola allí, se sonrojó profundamente y comenzó a temblar.

—Valor, pobre niña —dijo la Sra. de Rancogne, con tono tranquilizador—, ¡valor!

—Hermana Annunziata —dijo el Conde, que también estaba en el salón—, no tenga miedo. Todo lo que deseamos en este asunto tan peculiarmente desafortunado es llegar a la verdad. Escuche lo que el vizconde tiene que decir en su propia defensa... ¡eso es solo justicia!

Al rubor en el hermoso rostro de la joven le sucedió una palidez cenicienta, pero finalmente logró obtener control sobre sí misma. Bajando los ojos, dijo:

—Escucharé lo que el vizconde Massetti tiene que decir, pero él no negará, no puede negar, ¡su conducta vergonzosa y deshonrosa hacia mí!

Giovanni, apenas menos afectado que la joven que se suponía su víctima, avanzó hacia ella y le tomó la mano. Ella no se negó a dejar que él la sostuviera en la suya, pero se abstuvo deliberadamente de mirarlo a la cara.

—Annunziata —dijo Massetti, humildemente—, no niego que mi conducta hacia usted en el pasado fuera totalmente reprensible e imperdonable. No niego que las circunstancias se configuraron de tal manera que se me hizo parecer un criminal miserable y despreciable a sus ojos; pero, Annunziata, me detuve antes de la culpa real, y como el Cielo me es testigo, ¡no tuve parte alguna ni en su secuestro ni en los eventos horribles que lo acompañaron y siguieron! ¡Esto lo juro, y esta es la verdad de Dios!

Annunziata levantó los ojos y le lanzó una mirada inquisidora.

—Entiendo su ansiedad por limpiarse —dijo ella, lentamente—. ¡Con una mancha en su nombre no puede casarse con la hermosa hija del Conde de Monte-Cristo!

Fue un golpe agudo y cortante que hizo que Giovanni se estremeciera, pero se recuperó al instante.

—Estoy ansioso por limpiar mi nombre para poder casarme con Zuleika —respondió, firme y decidido—, pero también estoy ansioso porque soy inocente de toda acción criminal... ¡inocente de su secuestro, de su deshonra y de la sangre de su hermano! Annunziata, ¿aún se niega a creer mis solemnes afirmaciones?

—Me gustaría creerlas si pudiera —respondió la joven—; pero, ¡ay!, ¡no puedo! ¡Vi su rostro cuando su máscara cayó esa noche terrible en el bosque! ¡Escuché los tonos de su voz después en la choza custodiada por los bandidos! ¿Qué evidencia más convincente podría necesitar?

—¡Estaba equivocada, Annunziata, estaba terriblemente equivocada! —exclamó el joven italiano, mientras una desesperación abrumadora lo invadía y aplastaba la esperanza en su corazón. ¡No podía convencer a la antigua vendedora de flores, ni siquiera podía sacudir sus convicciones! ¡Había fracasado con ella como Monte-Cristo había fracasado anteriormente en el Refugio en Civita Vecchia! Hasta este momento había seguido sosteniendo la mano de Annunziata, pero ahora la soltó como si hubiera sido una serpiente venenosa.

Annunziata estaba profundamente afectada, pero su emoción surgía de una causa completamente diferente. Sentía su vergüenza y deshonra y, además, estaba horrorizada ante la idea de que alguna vez se hubiera aferrado a las dulces palabras de un sinvergüenza como, a su parecer, había demostrado ser el vizconde Massetti.

Monte-Cristo estaba ahora completamente convencido de que Giovanni no podría lograr nada con Annunziata y que una prolongación adicional de la entrevista solo traería sufrimiento adicional tanto para la joven como para el joven Massetti; por lo tanto, pidió a la Sra. de Rancogne que llevara a su protegida a su apartamento, y cuando abandonaron el salón, dijo al vizconde:

—Debemos confiar esta chica a los abogados y jueces, Giovanni. Quizás sean lo suficientemente astutos como para sacudir su testimonio, incluso si el viejo Solara decide mantener el silencio sobre el tema que nos concierne vitalmente.

En el momento señalado, el juicio de Luigi Vampa comenzó en la Sala de Juicios del Vaticano, que estaba abarrotada hasta su máxima capacidad, estando presentes tanto hombres como mujeres que se esforzaban por avanzar para obtener una visión del notorio jefe de los bandidos y de la primera testigo, Annunziata Solara.

El cardenal Monti presidió en persona, asistido por dos cardenales subordinados. En la parte de la sala delimitada para el uso de la abogacía estaban sentados Monte-Cristo y el vizconde Massetti con sus abogados, los mejores y más agudos defensores de Roma, mientras que justo fuera de la barandilla estaban el Sr. Morrel y Esperance, habiendo venido este último de París expresamente para asistir al juicio, aunque a su petición no se le exigiría su testimonio. Justo dentro de la barandilla y cerca de Maximilian y el hijo de Monte-Cristo estaban sentadas Valentine y Zuleika, ambas estrechamente veladas. Cerca de ellas estaban sentadas la Sra. de Rancogne y la desafortunada Annunziata Solara, vestidas con los hábitos gris oscuro de la Orden de las Hermanas del Refugio, siendo sus rostros blancos claramente visibles bajo los bonetes de monja de lino impecable que llevaban. Peppino se sentó al lado del Conde.

Hubo un bajo murmullo de conversación en la Sala de Juicios, mientras el público discutía el probable resultado del juicio y expresaba diversas opiniones, aunque todos estaban de acuerdo en que, independientemente de cuál fuera la decisión del Tribunal con respecto al secuestro y la conspiración, Luigi Vampa no escaparía al castigo por los crímenes que había cometido en su calidad de jefe de los bandidos.

De pronto, el cardenal Monti se levantó, magnífico en su vestimenta principesca y joyas brillantes, agitando su mano para pedir silencio. Su gesto fue obedecido al instante y toda la sala quedó en silencio como la muerte. Entonces el cardenal volvió a ocupar su asiento en el estrado judicial y, volviéndose hacia el secretario del Tribunal, le ordenó proclamar abierta la sesión. Esto se hizo, tras lo cual el Cardenal dijo, con una voz claramente audible en todas las partes de la vasta estancia:

—¡Traigan al acusado!

Un momento después, Luigi Vampa entró en un recinto elevado que servía como banquillo de los acusados, bajo la custodia de dos policías militares fornidos y completamente armados. Su rostro estaba ceniciento, pero miró a su alrededor con indiferencia y desafío. Cuando sus ojos se posaron en Monte-Cristo y el vizconde Massetti, sonrió de una manera peculiar, como si estuviera convencido de que todos sus esfuerzos serían en vano. De repente vio a las dos mujeres vestidas de gris con sus bonetes de monja de lino, sobresaltándose levemente al reconocer a Annunziata Solara, pero por lo demás sin mostrar emoción alguna.

Los hombres y mujeres en las partes distantes de la sala se subieron a los bancos, estirando el cuello para ver al acusado, y surgió un murmullo, un leve siseo, que fue rápidamente controlado por los vigilantes funcionarios del Tribunal que marchaban de aquí para allá con sus largos bastones blancos en las manos y sus gorras negras sobre la cabeza.

Entonces el cardenal Monti volvió a levantarse, hablando con voz profunda e impresionante:

—Luigi Vampa, prisionero en el banquillo —dijo él—, usted está aquí acusado de muchos crímenes graves, pero el cargo que el Tribunal considerará primero es más negro que todos los demás; ese cargo, Luigi Vampa, prisionero en el banquillo, es que usted secuestró y posteriormente sedujo a una campesina llamada Annunziata Solara y, en connivencia con su padre, Pasquale Solara, conspiró para arrojar la carga y sospecha de su crimen sobre un hombre inocente, el vizconde Giovanni Massetti. ¿Qué dice usted, Luigi Vampa, prisionero en el banquillo, es culpable o no culpable?

—¡No soy culpable, Eminencia! —respondió el impasible jefe de los bandidos.

Ante esto hubo otro murmullo en la sala que fue rápidamente suprimido como antes.

—Acusado, puede tomar asiento —dijo el Cardenal.

Vampa hizo como se le indicó, permaneciendo los policías de pie a sus costados con espadas desenvainadas en sus manos.

—Que se llame al primer testigo —dijo el Cardenal, dirigiéndose al secretario del Tribunal.

Ese funcionario se levantó y llamó, con voz fuerte:

—¡Annunziata Solara!

La antigua vendedora de flores se adelantó, lenta y tímidamente, y subió al estrado de testigos elevado, donde el secretario le administró el juramento habitual.

De nuevo hubo una extensión general de cuellos, mostrando las mujeres la mayor ansiedad por ver a la joven que se decía había sido víctima de Vampa.

Con voz baja y vacilante, Annunziata procedió a dar su testimonio. Repitió su triste historia exactamente como lo había hecho antes, exonerando por completo al jefe de los bandidos y arrojando todo el peso del crimen sobre los hombros del vizconde Massetti.

Esto fue lo opuesto a lo que el público esperaba y el murmullo de sorpresa fue universal.

El prisionero lanzó a Monte-Cristo y a Massetti una mirada radiante de triunfo.

Los abogados del vizconde tomaron entonces a la testigo, pero por astutos y capaces que fueran, fracasaron totalmente en hacerla desviarse ni un ápice de su evidencia. Ella regresó a su lugar al lado de la Sra. de Rancogne, confiada en que había cumplido con su deber y no había pronunciado ni una sola sílaba que no fuera cierta.

Peppino la siguió. Repitió casi palabra por palabra los detalles que había dado al Conde de Monte-Cristo en París. Su relato fue tan vívido, tan circunstancial, que causó una impresión maravillosa tanto en el Tribunal como en la audiencia. Cuando habló de la infame venta de su hermosa hija por parte del viejo Pasquale Solara a Luigi Vampa, los auditores masculinos apenas pudieron contener su indignación y las mujeres prácticamente gritaron de horror, siendo necesarios los mayores esfuerzos de los oficiales del Tribunal para forzarlas a guardar algo parecido a la tranquilidad. Otra sensación fue causada por la exposición de Peppino de la nefasta conspiración mediante la cual el joven vizconde inocente fue llevado y mantenido bajo sospecha de asesinato y secuestro. Cuando concluyó su relato y abandonó el estrado de los testigos, él y Vampa intercambiaron miradas de odio amargo y vengativo, y se necesitó toda la fuerza de los policías a cargo del prisionero para evitar que saltara del banquillo e intentara tomar venganza sumaria contra el valiente y franco testigo.

El vizconde Massetti subió ahora al estrado. Dio la historia completa de su relación con Annunziata Solara desde el encuentro en la Piazza del Popolo hasta el encuentro con Vampa en el bosque y la administración del juramento de silencio, hablando con una sinceridad y sentimiento tan evidentes que su testimonio adquirió un peso adicional por ello. El jefe de los bandidos lo observaba de cerca, escuchando su testimonio con una sonrisa despectiva. Cuando el joven italiano regresó junto a Monte-Cristo y retomó su asiento, su rostro pálido estaba cubierto de sudor y una gran agitación se había apoderado de él.

—Llame a Pasquale Solara —dijo el Cardenal al secretario, después de consultar un papel sobre el escritorio frente a él.

—¡Pasquale Solara! —gritó el secretario inmediatamente.

Hubo un movimiento en el público y cuatro soldados de la Guardia Suiza avanzaron hacia el estrado judicial, cargando una camilla sobre la que estaba extendida la forma demacrada del anciano pastor.

Mientras su padre era llevado frente a ella, Annunziata lanzó un grito y se levantó para ir hacia él, pero la Sra. de Rancogne la atrajo suavemente hacia atrás a su silla, susurrándole que él estaba bajo custodia del Tribunal y que solo podría verlo después de que el juicio concluyera, cuando se obtendría el permiso necesario para ella.

El viejo Pasquale fue levantado de la camilla por un par de soldados y ayudado a subir al estrado de los testigos. Estaba tan débil y desfallecido que fue necesario sostenerlo en posición vertical después de que hubiera subido con gran dificultad al estrado. Incluso entonces, temblaba como un paralítico y pasaron algunos momentos antes de que pudiera responder a las preguntas que se le dirigían. Vampa lo observaba con intensa ansiedad, inclinándose ansiosamente hacia adelante para captar los sonidos débiles y casi imperceptibles que salían de sus labios.

—Si place a su Eminencia —dijo el viejo Pasquale, pausando dolorosamente después de cada palabra—, soy un hombre moribundo. El médico del hospital que me ha acompañado y está ahora en la Sala de Juicios me asegura que podré durar pocos días a lo sumo. He sido un gran pecador, pero no deseo ir ante mi Dios airado con todo el peso de mi iniquidad sobre mí; por lo tanto, ¡he resuelto hablar, contar todo lo que sé!

Los espectadores en el cuerpo de la sala se estremecieron. La voz del viejo Solara no les llegaba, pero sentían instintivamente que alguna revelación terrible estaba siendo hecha o estaba a punto de serlo. Monte-Cristo y Massetti medio se levantaron de sus asientos; estaban lo suficientemente cerca como para comprender el propósito de lo que el pastor había dicho y su efecto sobre ellos fue absolutamente abrumador; habían esperado que Pasquale contara una historia astutamente fabricada calculada para proteger a Vampa o se refugiara en un silencio pétreo y obstinado, pero en cambio ¡iba a confesar todo el terrible crimen! Annunziata también había escuchado y estaba esperando lo que seguiría con un rostro casi tan blanco como su bonete de monja. La Sra. de Rancogne le tomó las manos y las sostuvo firmemente; ella también estaba sobresaltada más allá de toda expresión por las palabras del viejo Solara y temía el efecto de nuevas revelaciones sobre su protegida. Zuleika, Valentine, el Sr. Morrel y Esperance estaban demasiado lejos del estrado de los testigos para comprender una sílaba, pero al igual que los espectadores en el cuerpo de la sala, adivinaron lo que estaba a punto de ocurrir, conteniendo el aliento por el miedo y la expectativa. En cuanto a Vampa, apenas podía mantenerse quieto; sus dedos trabajaban nerviosamente como si deseara estrangular al testigo moribundo, y lo miraba con los ojos llameantes de un tigre feroz acorralado.

El viejo Pasquale continuó, en medio del más profundo silencio:

—No busco protegerme a mí mismo. Vampa es culpable tanto del secuestro como del complot para arruinar al vizconde Massetti, ¡pero yo fui su tentador y a mí le debe su crimen! Sin embargo, con el asesinato de mi hijo Lorenzo no tuve nada que ver... ¡el jefe es el único responsable de eso! ¡Pero lo tenté con la belleza de mi pobre hija Annunziata! ¡Codicioso de oro, se la vendí! ¡El secuestro fue propuesto por mí y ejecutado por él! El plan para arrojar al joven Massetti bajo sospecha también se originó conmigo, llevándolo Vampa y yo a cabo juntos. ¡Al formar el plan, me impulsó un deseo de obtener venganza contra el viejo Conde Massetti por una injusticia que me hizo en el pasado! ¡Ahora, su Eminencia, conoce toda la historia negra!

Pasquale Solara cesó y se hundió en los brazos de los dos soldados que lo sostenían, totalmente superado por los terribles esfuerzos que había hecho al entregar su testimonio aplastante, y yacía allí como una masa inútil y trémula. Mientras estaban a punto de retirarlo del estrado de los testigos, un pensamiento repentino le ocurrió, y con un esfuerzo hercúleo se enderezó, haciendo una señal al Tribunal de que tenía algo más que comunicar.

—Hable, testigo —dijo el cardenal Monti en respuesta a esta señal.

—Su Eminencia —reanudó el pastor, lenta y dolorosamente—, deseo decir otra palabra más. ¡Recibí mi herida mortal a manos del vizconde Massetti!

Hubo un rápido movimiento entre quienes escucharon esta inesperada acusación y una veintena de ojos, incluidos los del cardenal Monti y sus asociados en el estrado judicial, se fijaron instantáneamente sobre el joven italiano, quien miró a Monte-Cristo y a los abogados con una mirada de consternación. El Conde estaba a punto de dirigirse al Tribunal en explicación, cuando el viejo Solara, que había hecho una pausa para recuperar el aliento, añadió:

—¡Pero merezco con creces lo que recibí y es justo que muera a manos del hombre al que intenté arruinar! La herida, sin embargo, me fue infligida en un duelo perfectamente justo y, con mi último aliento, ¡exoneraré al vizconde de toda culpa en el asunto, tal como lo hago ahora!

La parte final del último discurso del viejo Solara fue una sorpresa. Massetti dio un largo suspiro de alivio. Era difícilmente probable que fuera procesado por las autoridades romanas por pelear un duelo con el pastor bajo las circunstancias, y el hombre herido había eliminado voluntariamente toda sospecha de juego sucio de su parte. Monte-Cristo y los abogados lanzaron miradas de felicitación al joven italiano. Su rehabilitación ahora solo necesitaba la condena y sentencia de Vampa para ser perfecta, y no se podía dudar ni por un instante que seguirían rápidamente.

El efecto del testimonio o, mejor dicho, confesión de su padre sobre Annunziata había sido sorprendente. Destrozó por completo todas sus convicciones, colocando sus desgracias bajo una luz nueva y horrible. El vizconde era inocente como él había sostenido constantemente, y su progenitor se le revelaba en toda su fealdad moral; era un monstruo, un demonio; había hecho sus terribles revelaciones solo cuando la muerte estaba sobre él y la reparación era imposible; además, no había nada noble o edificante en su remordimiento: era completamente característico del hombre, totalmente egoísta, inducido únicamente por el miedo a las consecuencias en el mundo venidero. Annunziata sintió como si toda fe en la humanidad le hubiera sido arrebatada, y a medida que comprendía gradualmente el significado completo de las palabras de su padre, cerró los ojos y con un jadeo se desmayó en los brazos de la Sra. de Rancogne, quien, apenas menos sorprendida y consternada que la propia pobre chica, hizo todo lo posible por reanimarla, lográndolo finalmente.

En el pequeño grupo formado por Zuleika, Valentine, el Sr. Morrel y Esperance prevaleció la incertidumbre durante algunos momentos. No habían podido captar lo que el viejo Solara había dicho, más allá de la idea general de que su testimonio había sido contra Vampa. Tan pronto, sin embargo, como su emoción le permitió hacerlo, Giovanni fue hacia ellos y les comunicó la alegre noticia. Zuleika estaba casi superada por la inmensidad de su alegría y con dificultad se contuvo de abrazar a su amante directamente frente al augusto Tribunal y los espectadores reunidos. Valentine estaba lista para llorar de deleite y su esposo sentía tanto triunfo como si hubiera ganado una victoria decisiva sobre los enemigos combinados de Francia. En cuanto a Esperance, estaba a la vez arrebatado y avergonzado: arrebatado porque la mancha oscura fue eliminada del nombre de Giovanni y avergonzado de haber sido tan ciego e injusto como para sospechar erróneamente de él.

Cuando la esencia del testimonio de Pasquale Solara fue susurrada entre el público, los oficiales del Tribunal fueron incapaces de reprimir las expresiones de horror y entusiasmo. Si el pastor no hubiera estado estrechamente custodiado por los soldados, ciertamente habría sido despedazado y pisoteado, tan grande era la marea de indignación popular contra él. Finalmente, sin embargo, el tumulto disminuyó y el cardenal Monti, dirigiéndose al jefe de bandidos, dijo:

«Luigi Vampa, prisionero en el estrado, has escuchado el testimonio. ¿Qué tienes que decir en tu defensa?»

Vampa, obligado a ponerse en pie por los policías, respondió, obstinada y hoscamente:

«¡Nada!»

El cardenal Monti se volvió entonces hacia sus asociados en el estrado judicial y siguió una breve conferencia, tras la cual se levantó y, encarando a Vampa, dijo solemnemente:

«Luigi Vampa, prisionero en el estrado, el juicio del Tribunal Papal es que eres culpable, primero del asesinato de Lorenzo Solara, aunque como él te atacó, el crimen ha sido clasificado en segundo grado; segundo, del secuestro de Annunziata Solara; y tercero, de conspiración para manchar indeleblemente el carácter de un digno noble romano, el vizconde Giovanni Massetti. Luigi Vampa, prisionero en el estrado, la sentencia del Tribunal Papal es que seas llevado de aquí de regreso a tu mazmorra en el Castillo de Sant'Angelo, allí para sufrir prisión perpetua en solitario. Como esta sentencia hace innecesario proceder al examen del otro cargo, menos importante, contra ti, el de robo en los caminos públicos y maltrato a tus cautivos, tu juicio ha llegado a su fin. Luigi Vampa, prisionero en el estrado, ¡que Dios tenga misericordia de ti y te lleve al arrepentimiento y a la salvación definitiva!»

El cardenal Monti retomó su asiento en medio de fuertes murmullos de aplauso y satisfacción. Cuando estos se apagaron, el secretario declaró el tribunal levantado, el convicto fue retirado y el público se dispersó lentamente.

Mme. de Rancogne y Annunziata Solara regresaron inmediatamente al Refugio en Civita Vecchia, donde la pobre muchacha yacía postrada durante muchas semanas. Tras su confesión de sus infames actos, ella no tuvo más deseo de ver a su despreciable y degradado padre.

Monte-Cristo y su grupo regresaron alegremente al Hotel de France en el carruaje del conde.

Esa tarde no existían personas más felices sobre la tierra que Giovanni y Zuleika.

CAPÍTULO XXX.

ALEGRÍA SIN LÍMITES.

La noticia del resultado del juicio de Luigi Vampa se extendió con la mayor rapidez por toda Roma y ocasionó el regocijo más salvaje, aumentando aún más la popularidad de Monte-Cristo y el capitán Morrel, a quienes la población romana atribuía haber logrado la condena del temido jefe de bandidos e inspirado su sentencia. En todas partes, aunque la vasta importancia del testimonio del viejo Pasquale Solara fue reconocida y admitida, el propio y desdichado pastor fue execrado como un padre antinatural y sin corazón, como un canalla diabólico sin un solo rasgo redentor. El hecho de haberse convertido en testigo del Estado lo salvó de la mano dura de la ley, pero su herida mortal pronto libraría al mundo de él y esta circunstancia ocasionó felicitaciones efusivas en todas partes.

La mañana siguiente al juicio de Vampa llegó un mensajero al Hotel de France de parte del conde Massetti, portando una breve nota en la que el anciano noble rogaba a su hijo que acudiera a él de inmediato. Giovanni mostró esta nota triunfalmente a Zuleika y a los amigos que habían trabajado tan incansable y exitosamente en su causa y, junto con el conde de Monte-Cristo y M. Morrel, se dirigió de inmediato al Palazzo Massetti en el carruaje de Monte-Cristo. El viejo conde recibió a su hijo con los brazos abiertos y saludó cordialmente a Monte-Cristo y a Maximilian.

«Giovanni», dijo con franqueza, «admito que me equivoqué, que fui extraviado por lo que me parecieron pruebas convincentes. Mi orgullo y honor se rebelaron ante la mancha aparentemente arrojada sobre ellos y actué como casi cualquier padre romano habría hecho. Reconozco que fui precipitado, que procedí a extremos sin la debida reflexión o examen. Estas admisiones en presencia de tus nobles y abnegados amigos me cuestan caro, pero observa que no me retracto de ellas, a pesar de la profunda humillación. Humildemente pido tu perdón y te restauro todo lo que te he quitado. De nuevo eres mi amado hijo y heredero».

El viejo noble hizo una pausa, muy afectado; sus ojos estaban llenos de lágrimas, lágrimas de contrición y deleite mezclados. La emoción del vizconde fue tal que por un instante fue incapaz de responder. Sin embargo, recuperó el control de sí mismo con un gran esfuerzo y dijo, con una voz trémula por su alegría colosal:

«Padre, no tengo nada que perdonar. Las apariencias justificaban todo lo que hiciste, ¡y solo puedo agradecer al Cielo que la verdad se haya desarrollado antes de que fuera demasiado tarde!»

Con estas palabras se arrojó sobre el cuello del viejo patricio. El conde lo abrazó, atrayéndolo hacia su corazón y sus lágrimas se mezclaron, pues Giovanni también lloraba ahora.

Lenta y como si se resistiera a soltar a su hijo recuperado y rehabilitado, el conde se volvió hacia M. Morrel.

«Capitán», dijo, «le debo una amplia disculpa por mi tratamiento altivo e imperioso cuando me expuso el objeto de su misión a Roma. ¡La presento en este momento y me aventuro a esperar que la acepte aunque llegue a última hora!»

«Conde», respondió Maximilian, «sería peor que un patán si no la aceptara. Aquí tiene mi mano en señal de mi renovada amistad y estima».

El viejo Massetti tomó la mano ofrecida por el capitán y la apretó calurosamente.

«Usted sostiene plenamente la reputación de la gran nación a la que pertenece», dijo con la mayor cordialidad, «¡es usted tan noble como generoso!»

«Conde», respondió M. Morrel, inclinándose profundamente, «¡me halaga! ¡Diga más bien que soy un soldado francés y, como tal, nunca me acobardo ante mi deber, sin importar la forma en que pueda presentarse!»

«Como guste, capitán», replicó el anciano noble con una sonrisa agradable. «A mi disculpa debo, sin embargo, añadir mi gratitud por todo lo que ha hecho para ayudar a Giovanni, y en la expresión de esa gratitud debo incluir a Mme. Morrel, de cuya heroica hazaña en el Coliseo y posterior devoción a mi hijo en su hora de oscuridad mental he tenido noticia».

Maximilian volvió a inclinarse profundamente.

Avanzando hacia el conde de Monte-Cristo, el anciano Massetti dijo:

«Ahora, su Excelencia, es su turno. Su nombre y sus hechos me han sido familiares durante mucho tiempo, ¡pero a quién no le resultan familiares! Aún así, aunque usted ha honrado frecuentemente a Roma con su ilustre presencia, nunca he tenido el placer de conocerle hasta este feliz día en que yo también soy incluido en la larga lista de aquellos que han recibido beneficios abrumadores de sus manos. Edmond Dantès, conde de Monte-Cristo, le debo a usted la restauración de la cordura de mi hijo, lograda por poco menos que un milagro, una bendición casi tan grande como su rehabilitación, por la cual también estoy en la interminable lista de sus deudores».

Monte-Cristo hizo una reverencia, pero no respondió.

«Mi deuda, vasta como es», continuó el viejo Massetti, «me entero de que va a ser aún mayor por una alianza entre nuestras dos casas, y no necesito decirle que este aumento de mis obligaciones será una carga de alegría que aceptaré con agradecimiento al Cielo por el favor señalado que se me muestra».

Monte-Cristo repitió su reverencia y dijo:

«¿Ratifica entonces el pacto entre nuestros dos hijos, conde Massetti?»

«¡Con más deleite del que puedo expresar!», respondió este último, entusiastamente. «¿Puedo pedir otro favor a su Excelencia?», añadió de repente.

«Ciertamente», dijo Monte-Cristo, algo asombrado y lanzando una mirada inquisitiva a su venerable anfitrión.

«En ese caso», reanudó el anciano noble, «¡me gustaría dar la bienvenida a su hija de inmediato al Palazzo Massetti!»

«Será enviada a buscar sin un instante de demora», respondió Monte-Cristo. «¡Giovanni, regresa en el carruaje al Hotel de France y trae a Zuleika ante tu padre!»

El joven obedeció con alegría y en muy poco tiempo la hija de Monte-Cristo entró tímida y ruborizada en presencia del conde Massetti, apoyada en el brazo de su prometido, cuyo semblante brillaba de felicidad. La joven pareja iba acompañada por Mme. Morrel.

Cuando las presentaciones fueron hechas, el venerable patricio permaneció un momento contemplando a su futura nuera.

«¡Así que esta es Zuleika!», dijo al fin. «Es una joven hermosa y encantadora, y no dudo que los atractivos de su mente sean plenamente iguales a los de su persona. Hija mía», continuó, dirigiéndose a la hija de Monte-Cristo, «¡te doy la bienvenida a mi hogar y a mi corazón! ¡Haz a Giovanni tan feliz como sé que él te hará a ti! Ahora, hijos míos, ¡acepten la bendición de un padre!»

La joven pareja se arrodilló a los pies del anciano y él extendió sus manos sobre sus cabezas. Cuando se levantaron, tomó a Zuleika en sus brazos y la besó tiernamente.

En la alegría general, Valentine no fue olvidada, renovándole el anciano conde la expresión de gratitud que había manifestado anteriormente a su marido en nombre de ella.

Se acordó finalmente que el contrato matrimonial se firmaría dentro de una semana, y esta formalidad fue cumplida en presencia de muchos de los parientes del joven vizconde, de Monte-Cristo, Mercedes, M. y Mme. Albert de Morcerf, Esperance y M. y Mme. Morrel, habiendo venido Mercedes y los Morcerf a toda prisa a Roma para participar en el auspicioso evento. Monte-Cristo dio a su hija la dote de una princesa y su liberalidad fue igualada plenamente por la del conde Massetti, quien estableció para Giovanni una fortuna igual a la de algún potentado oriental.

El matrimonio tuvo lugar en Roma y fue un gran acontecimiento; las festividades de la boda duraron todo el día y hasta bien entrada la noche. La feliz ocasión tuvo el carácter de una celebración pública, pues la población, agradecida al conde de Monte-Cristo y a Maximilian Morrel por la supresión de Luigi Vampa y sus peligrosos forajidos, que durante años habían sido el terror de ricos y pobres por igual, desfiló por las calles en grandes multitudes en honor a las nupcias de Zuleika con el hombre a quien el notorio jefe de bandidos casi había logrado abrumar con la ruina y la desgracia irreparables.

Desde muy temprano en la mañana, el Palazzo Massetti estuvo rodeado por multitudes entusiastas y vitoreantes, y a las ocho en punto los vastos jardines de los Massetti fueron abiertos libremente a todos los que desearon entrar. Los preparativos allí fueron a una escala gigantesca y principesca. Enormes mesas habían sido colocadas en varios senderos anchos y literalmente gemían bajo el peso de los abundantes y tentadores refrigerios, mientras enormes barriles de excelentes vinos estaban a disposición. Un ejército de sirvientes atendía a la gente, suministrándoles generosamente los apetitosos comestibles y el estimulante producto de la cosecha. Las banderas papales y francesas estaban en todas partes exhibidas juntas, y la belleza de la decoración de los jardines era tal que excitaba el asombro y la admiración universales. La salud del vizconde Massetti y su encantadora novia fue brindada miles de veces entre aclamaciones de deleite, pero en todo el colosal conjunto se mantuvo un orden perfecto, encontrando la policía militar de servicio que su ocupación era una sinecura.

Justo frente al Palazzo Massetti se había erigido un arco triunfal. Estaba cubierto con los emblemas entrelazados de Roma y Francia y en su cúspide portaba un lema apropiado formado por flores de azahar de un blanco cremoso y rosas escarlatas.

El interior del palazzo rivalizaba en esplendor deslumbrante con la más magnífica y suntuosa visión que jamás haya cautivado a un devoto del hachís mientras soñaba bajo la potente influencia de su droga favorita.

En el salón principal estaban reunidos muchos personajes con los que el lector está familiarizado, todos con vestimenta festiva: el conde de Monte-Cristo y su amada esposa Mercedes, sus amigos Maximilian y Valentine Morrel, Esperance, Mlle. Louise d'Armilly y M. y Madame Albert de Morcerf. Muchos nobles parientes del novio también estaban presentes, sin mencionar a multitudes de conocidos. El viejo conde Massetti, que parecía rejuvenecido y cuyo venerable rostro estaba adornado con sonrisas de alegría, se movía entre sus invitados como el más feliz de los felices.

Pronto se abrió una puerta, un ayuda de cámara anunció a la novia y al novio, y Giovanni entró orgullosamente con la encantadora Zuleika colgando de su brazo, su belleza realzada por sus sonrojos y timidez. Llevaba un magnífico vestido de satén blanco que una reina habría envidiado y el resplandor de diamantes de inestimable valor destellaba de un elegante collar que adornaba su garganta perlada; sobre su cabello negro como la noche descansaba una corona de flores de azahar y su velo de novia flotante estaba sujeto por un brillante broche de esmeralda. Un murmullo de admiración y aprobación surgió de los invitados al contemplar a la hija de Monte-Cristo y notar sus encantos inigualables.

La procesión hacia San Pedro fue presenciada por masas compactas de espectadores, que vitorearon ruidosamente a la novia y al novio y aclamaron con tumultuoso entusiasmo a todos los personajes conocidos a medida que aparecían a su vez.

Dentro de la vasta catedral la concurrencia era inmensa, pero fue mantenida a una distancia adecuada por acomodadores uniformados.

El propio Papa unió a la joven pareja en los santos vínculos del matrimonio, habiendo consentido hacerlo debido a su alta estima por la casa Massetti, la más antigua y aristocrática de sus dominios, y en consideración al conde de Monte-Cristo, cuya maravillosa historia había penetrado incluso en los augustos portales del Vaticano. Al cierre de la impresionante ceremonia, Su Santidad bendijo al esposo y a la esposa recién casados, e inmediatamente después el gran órgano estalló con un repique triunfal, un coro invisible entonó un jubiloso himno nupcial, tras lo cual la novia y el novio, rodeados por sus damas de honor y padrinos, Esperance ocupando el primer lugar entre estos últimos, recibieron las felicitaciones de sus parientes y amigos.

Esa noche hubo una festividad sin límites en el Palazzo Massetti, terminando la alegre celebración con un gran baile y una cena elaborada. La mañana siguiente, Giovanni y Zuleika partieron en un extenso viaje de bodas que abarcaría las partes más interesantes de Europa.

Eventualmente se establecieron en París, como habían decidido originalmente, donde Giovanni compró una magnífica residencia, amueblándola con todo el lujo de oriente.

Su vida matrimonial fue tan feliz como favorecida, y Zuleika nunca tuvo motivos para arrepentirse de haberse aferrado a Giovanni cuando todo el resto del mundo parecía haberlo abandonado.

Esperance y el joven esposo se convirtieron de inmediato en amigos tan cercanos como siempre, y la oscura nube que los había separado en el pasado fue completamente olvidada.

El conde de Monte-Cristo y Mercedes continuaron llevando una existencia tranquila y encantadora en la mansión palaciega de la Rue du Helder. Tras la elevación de Luis Napoleón al poder, el conde, que desconfiaba de él y de sus planes, abandonó la política y la agitación de la vida pública para siempre, contentándose con hacer todo el bien que estaba en su poder y ayudar a los necesitados de una manera tranquila y sin ostentación. Su hija y su esposo pasaban gran parte de su tiempo en la mansión familiar, y el conde y Mercedes adquirieron un deleite adicional por ello. Albert de Morcerf, su esposa y Mlle. Louise d'Armilly permanecieron como habitantes de la residencia de Monte-Cristo, contribuyendo no poco a promover la comodidad y la felicidad de sus generosos y agradables anfitriones.

Maximilian Morrel y su esposa regresaron a Marsella, pero frecuentaban París y nunca dejaban de encontrar un gran disfrute y gratificación en la sociedad de los Monte-Cristo, los Massetti y sus amigos.

El padre de Giovanni murió uno o dos años después del matrimonio de su hijo, dejándole su título, sus palacios, sus viñedos y toda su colosal riqueza; pero ni siquiera este cambio en su condición indujo al joven conde a regresar a Roma, donde las tristes asociaciones del pasado eran demasiado poderosas para él.

El viejo Solara falleció en el hospital de Roma pocos días después del juicio de Vampa, y Annunziata vivió mucho tiempo con Mme. de Rancogne en el Refugio en Civita Vecchia, obteniendo el consuelo que podía de abundantes buenas obras.

Peppino y Beppo permanecieron al servicio del conde de Monte-Cristo, llevando vidas honestas y rectas.

Waldmann y Siebecker fueron atrapados con las manos en la masa en la comisión de un asesinato y terminaron su inicua asociación en el cadalso, la cuchilla de la guillotina librando al mundo de dos miserables extremadamente peligrosos.

En cuanto a Danglars, desapareció repentinamente de París un día y no se supo más de él.

FIN.

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