PAUL CLIFFORD
Por Edward Bulwer-Lytton
PREFACIO A LA EDICIÓN DE 1840.
Esta novela se diferencia de las otras obras de ficción del mismo autor en que busca extraer su interés de fuentes prácticas más que ideales. De unas doce novelas o romances, que abarcan, aunque sea de manera inadecuada, una gran variedad de escenarios y personajes —desde “Pelham” hasta los “Peregrinos del Rin”, desde “Rienzi” hasta los “Últimos días de Pompeya”—, “Paul Clifford” es la única en la que un ladrón ha sido convertido en héroe, o en la que las fases peculiares de la vida que ilustra han sido objeto de una descripción destacada.
Sin detenerme a investigar qué ámbito de las costumbres o qué orden de crimen y dolor está abierto al arte y es capaz de contribuir a los fines propios de la ficción, se me permitirá observar que el presente tema fue seleccionado, y la novela escrita, con un doble objetivo: primero, llamar la atención sobre dos errores en nuestras instituciones penales; a saber, una disciplina carcelaria viciosa y un código penal sanguinario: el hábito de corromper al muchacho mediante el mismo castigo que debería redimirlo, para luego colgar al hombre a la primera ocasión, como la forma más fácil de deshacernos de nuestros propios errores. Entre el ejemplo de crimen que el principiante aprende de los criminales en el patio de la prisión, y la horrible frivolidad con la que la multitud se reúne alrededor del cadalso en Newgate, existe una conexión que a un escritor se le puede perdonar por abandonar regiones más elevadas de la imaginación para rastrear y detectar. En este sentido, este libro es menos un retrato del camino real del rey que del camino real de la ley hacia la horca; una sátira sobre el atajo establecido entre la Casa de Corrección y la Celda de los Condenados. Un segundo objetivo, más ligero, en la novela de “Paul Clifford” (y de ahí la introducción de un tono semiburlesco o de parodia en los capítulos iniciales) era mostrar que no hay nada esencialmente diferente entre el vicio vulgar y el vicio elegante, y que el argot de un círculo no es más que una fácil paráfrasis de la jerga del otro.
Los Ensayos Suplementarios, titulados “Tomlinsoniana”, que contienen los corolarios a varios problemas sugeridos en la novela, han sido restaurados en la presente edición.
CLIFTON, 25 de julio de 1840.
PREFACIO A LA EDICIÓN DE 1848.
La mayoría de los hombres que examinan con cierta seriedad de espíritu los misterios de nuestro estado social pasarán quizás por esa etapa de autoeducación en la que se compuso esta novela. El contraste entre los fraudes convencionales, aceptados como partes integrantes del gran sistema de la civilización, y las invasiones menos engañosas de las leyes que discriminan el *meum* del *tuum*, es tentador para una sátira que no carece de justicia. Las verdades trágicas que yacen ocultas en lo que podría llamar la Filosofía de la Circunstancia golpean nuestra imaginación a través de nuestra filantropía. Vemos a masas de nuestros semejantes como víctimas de circunstancias sobre las cuales no tuvieron control; contaminados en la infancia por el ejemplo de los padres, con su inteligencia extinguida o vuelta contra ellos, según se reprima la conciencia en la ignorancia o se pervierta en excusas para el vicio. Un niño que es acunado en la ignominia, cuyo maestro de escuela es el criminal, cuya academia es la Casa de Corrección, que respira una atmósfera en la que la virtud está envenenada y a la que la religión no llega, se convierte menos en un ser humano responsable y razonable que en una bestia salvaje a la que permitimos vagar por el desierto hasta que merodea cerca de nuestros hogares, y la matamos en defensa propia.
En este aspecto, la novela de “Paul Clifford” es un grito fuerte a la sociedad para que enmiende la circunstancia, para que redima a la víctima. Es una apelación de la Humanidad a la Ley. Y en esto, si no podía pretender influir o guiar el temperamento de los tiempos, fue al menos un presagio de un cambio venidero. Entre la literatura de la imaginación y los intereses prácticos de un pueblo, existe una armonía tan completa como misteriosa. El corazón de un autor es el espejo de su época. La sombra del sol se proyecta sobre la superficie inmóvil de la literatura mucho antes de que la luz penetre en la ley; pero siempre es del sol de donde cae la sombra, y en el momento en que vemos la sombra, podemos estar seguros de la luz.
Desde que se escribió esta obra, la sociedad se ha ocupado de los males ante los que entonces permanecía en silencio. El verdadero movimiento de los últimos quince años ha sido el progreso de una idea: la Reforma Social. Allí avanza con marcha firme y silenciosa detrás de toda cuestión más ruidosa de cambio constitucional. Hagamos justicia a nuestro tiempo. Ha habido períodos de acción más brillante sobre los destinos de los Estados, pero no hay tiempo visible en la Historia en el que hubiera un deseo tan sincero y general de mejorar la condición del gran cuerpo del pueblo. En cada círculo de la comunidad ese deseo saludable está en movimiento. Une en un mismo objetivo a hombres de los partidos más opuestos; proporciona el núcleo más atractivo para las reuniones públicas; ha limpiado el libro de estatutos de sangre; está librando al mundo del verdugo. Anima al clero de todas las sectas en los distritos más remotos; hace que el terrateniente mejore las cabañas y reparta las parcelas. Las escuelas surgen en cada aldea; en los libros más ligeros, la Gran Idea colorea la página y lega la moraleja. El Gobierno solo (a pesar de las profesiones sobre las que se fundó el actual Ministerio) permanece sin ser penetrado por el genio común de la época; pero sobre esa cuestión, con todas las sutilezas que implica y los experimentos que exige —no de acuerdo con los sueños de una filosofía insana, sino de acuerdo con las leyes inmutables que proporcionan las recompensas del trabajo al respeto por la propiedad—, un Gobierno debe formarse al fin.
Hay en esta obra una cuestión más sutil sugerida, pero no resuelta; esa cuestión que nos desconcierta en el ardor generoso de nuestra temprana juventud; de la que, tan insatisfactoria como toda la metafísica, más bien escapamos que decidimos a medida que avanzamos en años; a saber: hagamos las leyes que queramos, el hombre que vive dentro de la ley puede ser tan malo como el que vive fuera. Compárese al Paul Clifford de la ficción con William Brandon; el hijo perseguido con el padre honrado, el paria de la ley con el dispensador de la ley, el criminal con el juez; y cuando al final se enfrentan —uno en el asiento de la justicia, el otro en el banquillo de los acusados—, quién puede poner la mano sobre su corazón y decir que Paul Clifford es un hombre peor que William Brandon.
No hay inmoralidad en una verdad que refuerza esta pregunta; pues son precisamente aquellas ofensas con las que la sociedad no puede interferir las que la sociedad requiere que la ficción exponga. La sociedad tiene razón, aunque los jóvenes sean reacios a reconocerlo. La sociedad puede formar solo ciertas regulaciones necesarias para su defensa propia —cuantas menos, mejor—, castigar a quienes las invaden, dejar sin cuestionar a quienes las respetan. Pero la ficción sigue a la verdad hasta todos los bastiones de la convención; atraviesa el disfraz, levanta la máscara, desnuda el corazón y deja una moraleja dondequiera que marca una falsedad.
Fuera de este rango de ideas, la mente del Autor ha emergido, quizás, a una atmósfera que él cree más afín al Arte. Pero no puede lamentar más haber pasado por ella que lo que puede lamentar que, mientras moró allí, su corazón, al igual que sus años, fuera joven. La simpatía por el sufrimiento que parece más real, la indignación ante los fraudes que parecen más aceptados como virtudes, son las emociones naturales de la juventud, si es sincera. Más sensible después a las prerrogativas, así como a los elementos del Arte, el Autor, al menos, busca escapar adonde el hombre no puede, y mirar el mundo práctico a través del más sereno mundo de lo ideal.
Con la finalización de esta obra se cerró una era en la autoeducación del escritor. Desde “Pelham” hasta “Paul Clifford” (cuatro ficciones, todas escritas a una edad muy temprana), el Autor observa más que imagina; trata más bien con la superficie ordinaria de la vida humana que intenta, por humilde que sea, elevarse por encima de ella o bucear bajo ella. De retratar en “Paul Clifford” los errores de la sociedad, fue casi el progreso natural de la reflexión pasar a aquellos que se hinchan hasta convertirse en crimen en el solitario corazón humano; desde los males audaces y abiertos que brotan de la ignorancia y el ejemplo, rastrear aquellos que yacen enrollados en los enredos del conocimiento refinado y el orgullo especulativo. Mirando hacia atrás a esta distancia de años, puedo ver, tan claramente como si estuviera trazado ante mí, los caminos que condujeron a través del límite de la invención desde “Paul Clifford” hasta “Eugene Aram”. Y, terminada esa última obra, no menos claramente puedo ver dónde brillaron los primeros destellos de una fantasía más justa en mi camino, y descansaron sobre aquellas imágenes más ideales que busqué con mano débil transferir a los “Peregrinos del Rin” y a los “Últimos días de Pompeya”. Nosotros, los autores, como los Niños de la Fábula, rastreamos nuestro viaje a través del laberinto por los guijarros que esparcimos a lo largo del camino. De otros que vagan tras nosotros, pueden no atraer ninguna atención, o, si se notan, parecerles solo esparcidos por el capricho del azar; pero nosotros, cuando nuestra memoria desea desandar nuestros pasos, revisamos en las humildes piedras los testigos de nuestro progreso, los hitos de nuestro camino.
Kenelworth, 1848.
PAUL CLIFFORD.
CAPÍTULO I.
Decid, vosotros oprimidos por algún dolor fantástico, algún nervio crispado que frustra vuestro reposo, que presionáis el lecho de plumón mientras los esclavos se acercan con ojo tímido para leer la mirada distante, que con tristes plegarias atormentáis al médico cansado para nombrar la enfermedad sin nombre, siempre nueva, que con falsa paciencia soportáis terribles dolencias, que el dolor real y solo él puede curar, ¿cómo soportaríais yacer en dolor real, despreciados, descuidados, dejados solos para morir? ¿Cómo soportaríais exhalar vuestro último aliento donde todo lo que es miserable pavimenta el camino a la muerte? —Crabbe.
Era una noche oscura y tormentosa; la lluvia caía a torrentes, excepto en intervalos ocasionales, cuando era contenida por una violenta ráfaga de viento que barría las calles (pues es en Londres donde se sitúa nuestra escena), traqueteando a lo largo de los tejados y agitando ferozmente la escasa llama de las lámparas que luchaban contra la oscuridad. A través de uno de los barrios más oscuros de Londres, y entre guaridas poco amadas por los caballeros de la policía, un hombre, evidentemente de las clases más bajas, seguía su camino solitario. Se detuvo dos o tres veces en diferentes tiendas y casas de una descripción correspondiente a la apariencia del barrio en el que estaban situadas, y preguntó por algún artículo u otro que no parecía fácil de encontrar. Todas las respuestas que recibió fueron formuladas en negativo; y a medida que se alejaba de cada puerta, murmuraba para sí mismo, en una fraseología no muy elegante, su decepción y descontento. Finalmente, en una casa, el propietario, un carnicero robusto, después de dar la misma respuesta que el solicitante había recibido hasta entonces, añadió: “¡Pero si esto sirve igual, Dummie, está a tu entera disposición!”. Haciendo una pausa reflexiva por un momento, Dummie respondió que pensaba que la cosa ofrecida podría servir igual; y, metiéndola en su amplio bolsillo, se alejó con un movimiento tan rápido como el viento y la lluvia permitían. Pronto llegó a un nido de edificios bajos y lúgubres, a cuya entrada, en caracteres medio borrados, estaba escrito “Thames Court”. Deteniéndose en el más llamativo de estos edificios, una posada o taberna, a través de cuyas ventanas entornadas brillaban con rústica comodidad los rayos del hospitalario hogar, llamó apresuradamente a la puerta. Fue admitido por una dama de cierta edad, dotada de una atractiva redondez de rostro y persona.
—¿Lo has conseguido, Dummie? —dijo ella, rápidamente, mientras cerraba la puerta al invitado.
—No, no; no exactamente; pero pienso que...
—¡Bah, idiota! —gritó la mujer, interrumpiéndolo con malhumor—. Pues no sirve de nada engañarme. Sabes que solo has ido de mi taberna a otra, y no has ido a buscar el libro en absoluto. Así que ahí está la pobre criatura delirando y muriendo, y tú...
—¡Déjame hablar! —interrumpió Dummie a su vez—. Te digo que fui primero a casa de la Madre Bussblone, quien, lo sé, vende biblias por la mañana y por la noche a las señoritas, y pregunté allí por una Biblia; y ella dice, dice ella: “Solo tengo una 'Guía hacia el Cadalso', pero conseguirás una Biblia, creo, en casa del Maestro Talkins, el zapatero que predica”. Así que voy al Maestro Talkins, y él dice, dice él: “No tengo relación con la Biblia... ¿por qué? Tengo una vocación sin ella; pero quizás la consigas en la carnicería al otro lado del camino... ¿por qué? ¡El carnicero se condenará!”. Así que voy al otro lado del camino, y el carnicero dice, dice él: “No tengo una Biblia, pero tengo un libro de obras de teatro encuadernado para todo el mundo justo como una, y tal vez la pobre criatura no vea la diferencia”. ¡Así que tomo las obras de teatro, Sra. Margery, y aquí están ciertamente! ¿Y cómo está la pobre Judy?
—¡Temible! No pasará de esta noche, eso creo.
—Bien, ¡subiré a ver a la bailarina!
Dicho esto, Dummie ascendió por una escalera sin puerta, a través de cuya entrada una manta, estirada angularmente desde la pared hasta la chimenea, ofrecía una especie de pantalla; y pronto se encontró dentro de una cámara que el oscuro y doloroso genio de Crabbe podría haberse deleitado en retratar. Las paredes estaban encaladas, y en varios lugares extrañas figuras y caracteres grotescos habían sido trazados por algún huésped alegre, en un contorno tan negro como el que el extremo de un palo ahumado o el borde de un trozo de carbón suele producir. La luz pálida y parpadeante que proporcionaba una vela de cuarto de penique daba una especie de mueca y amenaza a estos logros del arte pictórico, especialmente porque recibieron más de una vez adornos de retratos de Satanás tal como suele ser dibujado. Un fuego bajo ardía sombríamente en la rejilla hollienta, y en la repisa siseaba “la voz pequeña y silenciosa” de una tetera de hierro. Sobre una mesa redonda de madera de pino había dos viales, una taza agrietada, una cuchara rota de algún metal opaco, y sobre dos o tres sillas mutiladas estaban esparcidos varios artículos de vestir femenino. En otra mesa, colocada debajo de una ventana alta, estrecha y sin contraventanas (a través de la cual, en lugar de una cortina, se había colgado flojamente un delantal a cuadros, y ahora ondeaba intermitentemente de un lado a otro con las ráfagas de viento que hacían fácil entrada a través de muchas grietas y hendiduras), había un espejo, varios accesorios de tocador, una caja de colorete grueso, algunos adornos de más brillo que valor, y un reloj, cuyo clic regular y tranquilo producía esa sensación indescriptiblemente dolorosa que, tememos, muchos de nuestros lectores que han oído el sonido en una habitación de enfermo pueden recordar fácilmente. Una cama grande con dosel se alzaba frente a esta mesa, y el espejo reflejaba parcialmente cortinas de una franja descolorida, y de vez en cuando (a medida que la posición de la enferma seguía la emoción inquieta de una mente desordenada) vislumbres del rostro de alguien sobre quien la Muerte se apresuraba rápidamente. Junto a esta cama estaba ahora Dummie, un hombre pequeño y delgado vestido con una chaqueta de felpa hecha jirones, de la que goteaban lentamente las gotas de lluvia, y con una fisonomía delgada, amarilla y astuta, grotescamente horrible en sus rasgos, pero no positivamente villana en su expresión. Al otro lado de la cama estaba un niño pequeño de unos tres años, vestido como si perteneciera a las clases más acomodadas, aunque la vestimenta estaba algo hecha jirones y descolorida. El pobre niño temblaba violentamente y evidentemente miraba con un sentimiento de alivio la entrada de Dummie. Y ahora, lenta y con muchos suspiros tísicos, se acercó hacia el pie de la cama el cuerpo pesado de la mujer que había interpelado a Dummie abajo, y lo había seguido, *haud passibus aequis*, hasta la habitación de la enferma; ella estaba de pie con una botella de medicina en la mano, agitando su contenido arriba y abajo, y con una compasión amable pero tímida extendida sobre un semblante enrojecido por las libaciones habituales. Esto componía la escena, excepto que en una silla junto a la cama yacía una profusión de largos, brillantes y dorados rizos, que habían sido cortados de la cabeza de la enferma cuando la fiebre había comenzado a subir, pero que, con un celo que retrataba la pequeña vanidad de un corazón vanidoso, ella había arrebatado e insistido en conservar cerca de sí; y excepto que, junto al fuego, perfectamente desatento al evento a punto de tener lugar dentro de la cámara, y al que nosotros, de la raza bípeda, damos una importancia tan terrible, yacía un gato grande y gris, acurrucado en una bola, y durmiendo con ojos entrecerrados, y oídos que de vez en cuando denotaban, mediante una suave inflexión, el choque de un sonido más fuerte o más cercano de lo habitual sobre sus sentidos letárgicos. La mujer moribunda no atendió al principio a la entrada de Dummie ni de la mujer al pie de la cama, sino que se volvió hacia el niño, y agarrando su brazo ferozmente, lo atrajo hacia ella, y miró sus rasgos aterrorizados con una mirada en la que el agotamiento y una extrema palidez de tez contrastaban horriblemente con el brillo y la energía del delirio.
—Si eres como él —murmuró ella—, te estrangularé, ¡lo haré! Sí, tiembla, deberías temblar cuando tu madre te toca, o cuando él es mencionado. ¡Tienes sus ojos, los tienes! ¡Sácalos, sácalos, el diablo se sienta riendo en ellos! Oh, lloras, ¿verdad, pequeño? Bueno, ahora, estate quieto, amor mío; ¡estate callado! ¡No te haría daño! Daño... ¡Oh Dios, es mi hijo después de todo! Y con estas palabras, ella abrazó al niño apasionadamente contra su pecho y estalló en llanto.
—Vamos, ahora, vamos —dijo Dummie, con tono tranquilizador—; toma la medicina, Judith, ¡y luego hablaremos del muchacho!
La madre relajó su agarre sobre el niño y, volviéndose hacia el hablante, lo miró durante algunos momentos con una mirada desconcertada; finalmente, pareció recordar a Dummie lentamente, y dijo, mientras se levantaba sobre una mano y señalaba al otro con un gesto inquisitivo: —¿Has traído el libro?
Dummie respondió levantando el libro que había traído del honesto carnicero.
—Despeja la habitación, entonces —dijo la enferma, con ese aire de mando fingido tan común en los dementes—. ¡Queremos estar solos!
Dummie le guiñó un ojo a la buena mujer al pie de la cama; y ella (aunque generalmente no era una persona fácil de ordenar o persuadir) dejó, sin renuencia, la habitación del enfermo.
—Si ella va a rezar —murmuró nuestra patrona (pues ese cargo ocupaba la buena matrona)—, realmente bien podría irme, ¡pues no es muy cómodo para los que somos viejos oír todo eso!
Con esta piadosa reflexión, la anfitriona de la Mug —así se llamaba la hostería—, descendió pesadamente las escaleras crujientes. —Ahora, hombre —dijo la enferma, severamente—, jura que nunca revelarás..., ¡jura, digo! Y por el gran Dios cuyos ángeles están aquí esta noche, si alguna vez rompes el juramento, ¡volveré y te perseguiré hasta el día de tu muerte!
El rostro de Dummie se puso pálido, pues estaba supersticiosamente afectado por la vehemencia y el lenguaje de la mujer moribunda, y respondió, mientras besaba la supuesta Biblia, que juraba guardar el secreto, tanto como supiera de él, lo cual, debía ser sensata, dijo, era muy poco. Mientras hablaba, el viento barrió con una ráfaga fuerte y repentina por la chimenea, y sacudió el techo sobre ellos con tal violencia que aflojó muchas de las tejas quebradizas, que cayeron una tras otra, con un estrépito, sobre el pavimento de abajo. Dummie se sobresaltó con espanto; y tal vez su conciencia lo golpeó por el truco que había jugado con respecto a la falsa Biblia. Pero la mujer, cuyos nervios excitados y tensos la desviaban de un tema a otro con celeridad sobrenatural, dijo, con una risa histérica: —Mira, Dummie, vienen con pompa por mí; ¡dame la gorra, allí, y trae el espejo!
Dummie obedeció; y la mujer, mientras pronunciaba en voz baja algo sobre el color poco favorecedor de las cintas, se ajustó la gorra en la cabeza y luego, diciendo con voz arrepentida y petulante: —¿Por qué me habrán cortado el pelo? ¡Tal desfiguración! —pidió a Dummie que le dijera a la Sra. Margery que subiera una vez más a verla.
A solas con su hijo, el rostro de la desgraciada madre se suavizó al contemplarlo, y todas las frivolidades y vehemencias —si es que podemos usar la palabra— que, en la turbulenta conmoción de su delirio, habían salido a la superficie de su mente, se hundieron ahora gradualmente a medida que la muerte se apoderaba de ella, y la ansiedad maternal subió al nivel natural del que había sido perturbada y rebajada. Tomó al niño contra su pecho y, estrechándolo entre sus brazos, que se debilitaban por instantes, lo arrulló con una especie de canto que las nodrizas entonan a sus hijos díscolos; pero su voz era cascada y hueca, y al sentir que así era, los ojos de la madre se llenaron de lágrimas. La Sra. Margery entró de nuevo; y volviéndose hacia la posadera con una calma impresionante en sus modales que asombró e intimidó a la persona a la que se dirigía, la moribunda señaló al niño y dijo:
—Usted ha sido buena conmigo, muy buena, ¡y que Dios la bendiga por ello! He descubierto que aquellos a quienes el mundo llama los peores son a menudo los más humanos. Pero no voy a darle las gracias como debería, sino a pedirle un último y gran favor. Proteja a mi hijo hasta que crezca. Usted ha dicho a menudo que le quería... usted misma no tiene hijos... y un trozo de pan y un refugio para la noche, que es todo lo que le pido que le dé, no empobrecerá a reclamantes más legítimos.
La pobre Sra. Margery, sollozando francamente, juró que sería una madre para el niño y que se esforzaría por criarlo honestamente; aunque una taberna no era, confesó, el mejor lugar para dar buenos ejemplos.
—Lléveselo —gritó la madre, con voz ronca, mientras su voz, al fallarle las fuerzas, resonaba indistintamente y casi moría en su interior—. Lléveselo, críelo como quiera, como pueda; cualquier ejemplo, cualquier techo, es mejor que... —Aquí las palabras fueron inaudibles—. Y oh, que sea una maldición y un... Déme la medicina; me estoy muriendo.
La posadera, alarmada, se apresuró a cumplir; pero antes de que regresara al lado de la cama, la enferma estaba inconsciente, ni volvió a recuperar el habla ni el movimiento. Solo un gemido bajo y extraño dio testimonio de que aún seguía viva, y a las dos horas cesó, y el espíritu se había ido. En aquel momento, nuestra buena posadera estaba ella misma fuera de las cosas de este mundo exterior, habiendo sostenido su ánimo durante las vigilias de la noche con tantos pequeños estimulantes líquidos que finalmente cayeron en ese estupor que generalmente sigue a la excitación. Aprovechando, quizás, la oportunidad que le brindaba la insensibilidad de la posadera, Dummie, bajo el rayo expirante de la vela que ardía en la cámara mortuoria, abrió apresuradamente una enorme caja (que solía estar oculta bajo la cama y contenía el guardarropa de la difunta), y removió con mano irreverente los lienzos y las sedas, hasta que, en el fondo del baúl, descubrió unos paquetes de cartas; se apoderó de ellos y los escondió en los recovecos de su vestimenta. Entonces, levantándose y volviendo a colocar la caja, lanzó una mirada anhelante hacia el reloj que había sobre el tocador, que era de oro; pero retiró la vista y, con un suspiro quejumbroso, se observó a sí mismo: "La vieja chismosa sabe de eso, ¡maldita sea! Pero, de todas formas, me llevaré esto: quién sabe si puede ser de utilidad. ¡Lo que hoy no vale nada, mañana puede ser una fortuna!". Y puso su mano tosca sobre los mechones dorados y sedosos que hemos descrito. "Es un asunto raro, y me desconcierta; pero silencio es la palabra para mi propio pescuezo".
Con este breve soliloquio, Dummie bajó las escaleras y salió de la casa.
CAPÍTULO II.
La imaginación se inclina con cariño a trazar los esplendores del salón de aquel lugar festivo. Aldea abandonada.
Hay poco que interese en una narración de la primera infancia, a menos que, en efecto, uno estuviera escribiendo sobre educación. No nos detendremos, por tanto, en la infancia del niño huérfano dejado bajo la protección de la Sra. Margery Lobkins, o, como a veces la llamaban familiarmente, Peggy, o Piggy, Lob. La buena mujer, que obtenía unos ingresos más que suficientes de los beneficios de una casa que, si bien situada en una localidad oscura, gozaba de gran y lucrativa reputación, y siendo una viuda solitaria sin parientes ni allegados, no tenía tentación de faltar a su palabra ante la difunta, y permitió que el huérfano creciera en fuerza y entendimiento hasta la edad de doce años, periodo en el que estamos a punto de reintroducirlo a nuestros lectores.
El niño mostró gran fortaleza de carácter y una rapidez de intelecto nada despreciable. En todo lo que intentaba, su éxito era rápido, y una notable fuerza de miembros y músculos secundaba bien los dictados de una ambición volcada, hay que confesarlo, más al esfuerzo físico que al mental. No debe suponerse, sin embargo, que su vida infantil transcurrió en una tranquilidad ininterrumpida. Aunque la Sra. Lobkins era una buena mujer en conjunto, y muy apegada a su protegido, era violenta y ruda de temperamento, o, como ella misma expresaba de forma más halagadora, "sus sentimientos eran inusualmente fuertes"; y las disputas y reconciliaciones alternas constituían las principales ocupaciones de la vida doméstica del protegido. Como, antes de convertirse en pupilo de la Sra. Lobkins, nunca había recibido otra denominación que "el niño", el deber de bautizarlo recayó en nuestra posadera de la Jarra; y tras cierta deliberación, lo bendijo con el nombre de Paul. Era un nombre de feliz augurio, pues había pertenecido al abuelo de la Sra. Lobkins, que había sido tres veces deportado y dos veces ahorcado (en la primera ocasión de esta última descripción, había sido resucitado por los cirujanos, para gran disgusto de un joven anatomista que iba a tener el honor de descuartizarlo). El muchacho no parecía merecer el distinguido apelativo que llevaba, pues no mostraba ninguna predisposición notable a la propiedad ajena. Es más, aunque a veces vaciaba los bolsillos de algún visitante despistado en la sala de la Sra. Lobkins, parecía un acto originado más por amor a la broma que por deseo de lucro; pues después de que la persona saqueada hubiera sido suficientemente atormentada por la pérdida, tal vez, de utensilios tales como una tabaquera o un pañuelo; después de que hubiera, para deleite secreto de Paul, registrado cada rincón del apartamento, pateado, refunfuñado y expuesto ante la amarga recriminación de la Sra. Lobkins, nuestro joven amigo se las arreglaba silenciosa y repentinamente para que el objeto perdido regresara por su propia voluntad al bolsillo del que había desaparecido. Y así, como nuestros lectores sin duda habrán experimentado cuando han perturbado la paz de toda una casa por la pérdida de algún tesoro portátil que ellos mismos descubren más tarde haber extraviado, el desafortunado objeto de la honesta ingenuidad de Paul, expuesto a la indignación colectiva de los espectadores, y hundiéndose de acusador a convicto, maldecía secretamente la infeliz suerte que no solo le molestaba con la pérdida de su propiedad, sino que hacía aún más molesto recuperarla.
Si fue porque, al descubrir estas bromas, la Sra. Lobkins tembló por el sesgo futuro de la destreza que mostraban, o porque pensó que la locura de robar sin ganar requería una corrección rápida y permanente, no podemos decidirlo; pero la buena señora se mostró al final extremadamente ansiosa por asegurar para Paul las bendiciones de una educación liberal. La llave del saber (el arte de leer) ya la había obtenido para él, de hecho, dos años antes de la fecha actual; pero esto distaba mucho de satisfacer su conciencia; es más, sentía que, si no podía conseguirle también la discreción para usarla, habría sido sabio incluso retener una llave que el niño parecía aplicar perversamente a todas las cerraduras menos a la correcta. En una palabra, deseaba que recibiera una educación muy superior a la de quienes le rodeaban; y atribuyendo, como la mayoría de las personas ignorantes, demasiadas ventajas al saber, concebía que para vivir tan decorosamente como el párroco de la parroquia, solo era necesario saber tanto latín.
Una noche en particular, mientras la dama estaba sentada junto a su alegre fuego, esta fuente de ansiedad estaba inusualmente activa en su mente, y de vez en cuando dirigía miradas inquietas e inquietas hacia Paul, que estaba sentado en un banco en el rincón opuesto de la chimenea, diligentemente empleado en la lectura de la vida y aventuras del célebre Richard Turpin. El banco sobre el que estaba sentado el niño estaba desgastado hasta adquirir una suavidad vítrea, excepto en ciertos lugares, donde algún ocioso ingenioso se había entretenido tallando diversos nombres, epítetos y sutilezas epigráficas de lenguaje. Se dice que el órgano de la talla sobre madera está prominentemente desarrollado en todos los cráneos ingleses; y el sagaz Sr. Combe ha colocado este órgano en la parte posterior de la cabeza, en yuxtaposición al de la destructividad, que es igualmente grande entre nuestros compatriotas, como se evidencia notablemente en todas las barandillas, asientos, templos y otras cosas que pertenecen a otras personas.
Frente a la chimenea había una gran mesa de pino, en la que Dummie, apodado Dunnaker, sentado cerca de la dama, rumiaba tranquilamente un vaso de ginebra con agua. Más allá, en otra mesa en la esquina de la habitación, un caballero con peluca roja, ropas muy desgastadas y ropa blanca que parecía haber sido hervida en azafrán, fumaba su pipa, aparte, silencioso y aparentemente sumido en la meditación. Este caballero no era otro que el Sr. Peter MacGrawler, el editor de una magnífica publicación periódica titulada "El Asinaeum", que fue escrita para demostrar que todo lo que es popular es necesariamente malo; una verdad valiosa y recóndita, que "El Asinaeum" había demostrado satisfactoriamente arruinando a tres impresores y demoliendo a un editor. No hace falta añadir que el Sr. MacGrawler era escocés de nacimiento, ya que creemos que es bastante conocido que todos los periódicos de este país han estado, desde tiempos inmemoriales, monopolizados por los caballeros de la Tierra de los Pasteles. No sabemos cómo será la moda de comer dichos pasteles en Escocia, pero aquí los buenos emigrantes parecen preferirlos cuidadosamente untados con mantequilla por ambos lados. Al lado del editor había una gran jarra de estaño; sobre él colgaba un grabado del "maravillosamente gordo cerdo que fue posesión del Sr. Fattem, ganadero". A su izquierda se alzaba la oscura forma de un reloj delgado y erguido en una caja de roble; más allá del reloj, un asador y un mosquete estaban fijados en paralelo a la pared. Debajo de esos emblemas gemelos de guerra y cocina había cuatro estantes, que contenían platos de estaño y loza, y terminaban, como un centauro, en una especie de aparador. Al otro lado de estas comodidades domésticas había un cuadro de la Sra. Lobkins, con corpiño escarlata y sombrero con pluma. Detrás de la bella posadera se extendía la manta que hemos mencionado anteriormente. Como alivio a la superficie monótona de esta sencilla pantalla, varios baladas y leyendas eruditas estaban prendidas a la manta. Allí podías leer en versos, patéticos y sin adornos, cómo...
"¡Sally amaba a un joven marinero que luchó con el famoso Shovel!"
Allí podías aprender, si de dos hechos tan instructivos eras antes inconsciente, que...
"¡Ben el beodo amaba su botella... Charley solo amaba a las muchachas!"
Cuando de estas y otras muchas efusiones poéticas estabas algo cansado, los fragmentos literarios en prosa más humilde te proporcionaban igual edificación y deleite. Allí podías ilustrarte plenamente sobre las "Extrañas y Maravillosas Noticias de Kensington, siendo una relación completa y verdadera de cómo una doncella de allí se supone que ha sido llevada por un Espíritu Maligno el miércoles, 15 de abril pasado, alrededor de la medianoche". Allí también, no menos interesante y no menos veraz, estaba aquella anécdota poco común sobre el jefe de muchos poderes entronizados titulada "El Diablo de Mascon; o, la verdadera Relación de las Cosas Principales que un Espíritu Impuro hizo y dijo en Mascon, en Borgoña, en la casa de un tal Sr. Francis Pereaud: ahora traducida al inglés por uno que tiene un Conocimiento Particular de la Verdad de la Historia".
Ni eran estos materiales para la historia satánica las únicas crónicas prosaicas y fieles que la manta bibliotecaria proporcionaba. Igualmente maravillosa, e igualmente indiscutible, era la cuenta de "una joven dama, hija de un duque, con tres piernas y el rostro de un puercoespín". Ni menos lo era "El Aterrador Juicio de Dios sobre los Maldicientes, como se ejemplifica en el caso de John Stiles, quien cayó muerto después de decir un Gran Juramento; y al desnudar al infeliz hombre, ¡encontraron 'No jurarás en absoluto' escrito en la cola de su camisa!".
Dos veces había exhalado la Sra. Lobkins un largo suspiro, mientras sus ojos se desviaban de Paul al rostro tranquilo de Dummie Dunnaker, y ahora, acomodándose de nuevo en su silla, mientras una ansiedad maternal se acumulaba sobre su semblante...
—Paul, mi buen muchacho —dijo ella—, ¿qué galimatías tienes ahí?
—¡Turpin, el gran salteador de caminos! —respondió el joven estudiante, sin levantar los ojos de la página, a través de la cual deletreaba su instructivo camino.
—¡Oh! ¡Él es un pedazo del molde correcto, dama! —dijo el Sr. Dunnaker, mientras acercaba su pipa a un trozo de papel iluminado—. ¡Él montará un caballo nacido de una bellota todavía, lo garantizo!
A esta profecía, la dama respondió solo con una mirada de indignación; y balanceándose de un lado a otro en su enorme silla, permaneció por algunos momentos en silencioso pensamiento. Al final, volvió a mirar con nostalgia al esperanzado muchacho, y llamándolo a su lado, le comunicó alguna orden, en un susurro abatido. Paul, al recibirla, desapareció detrás de la manta, y pronto regresó con una botella y una copa de vino. Con un gesto abstraído, y un aire que denotaba meditación continua, la buena dama tomó el cordial inspirador de la mano de su joven copero...
"Y antes de que un hombre tuviera el poder de decir '¡He aquí!': Las fauces de Lobkins lo habían devorado por completo: ¡Tan pronto las cosas brillantes llegan a la confusión!"
La bebida de néctar pareció operar alegremente en el sistema de la matrona; y colocando su mano sobre la cabeza rizada del niño, dijo (como Andrómaca, dakruon gelasasa, o, como dice Scott, "Con una sonrisa en su mejilla, pero una lágrima en su ojo"):
—Paul, tu corazón es bueno, tu corazón es bueno; ¡no derramaste ni una gota de la cinta! Dime, cariño mío, ¿por qué le diste una paliza a Tom Tobyson?
—Porque —respondió Paul—, él dijo que hace mucho tiempo que tú deberías haber sido ahorcada.
—Tom Tobyson es un bueno para nada —respondió la dama—, y merece ser azotado en la parte trasera del carro; pero oh, hijo mío, no seas demasiado aventurado en defender a una mujer; ha sido la ruina de muchos hombres antes que tú; y cuando dos hombres se pelean por una mujer, no conocen la naturaleza de la cosa por la que se pelean. Piensa en tu fin último, Paul, y respeta a los ancianos, sin preguntar qué han sido antes de que pasaran al valle de los años. Puedes traerme mi pipa, Paul, está arriba, debajo de la almohada.
Mientras Paul cumplía este encargo, la dama de la Jarra, fijando sus ojos en el Sr. Dunnaker, dijo: "Dummie, Dummie, ¡si el pequeño Paul llegara a ser ahorcado!".
—¡Chist! —masculló Dummie, mirando por encima del hombro a MacGrawler—; quizá ese caballero... —Aquí su voz se volvió apenas audible incluso para la Sra. Lobkins; pero su susurro parecía implicar una insinuación de que el ilustre editor de "El Asinaeum" podría ser un informante, o uno de esos héroes de los que vive un informante.
La respuesta de la Sra. Lobkins, expresada en el mismo tono, pareció satisfacer a Dunnaker, pues con una mirada de gran desprecio levantó la cabeza y dijo: "¡Oho! ¡Eso es todo, entonces!".
Paul reapareció aquí con la pipa; y la dama, habiendo llenado el tubo, se inclinó hacia adelante y encendió la hierba de Virginia con el soplador del Sr. Dunnaker. Como en esta interesante ocupación las cabezas de la anfitriona y el huésped se acercaron, la luz resplandeciente jugando alegremente en el semblante de cada uno, había una honesta simplicidad en la imagen que habría merecido el genio vigoroso y vivaz de un Cruikshank. Tan pronto como la chispa prometéica fue comunicada completamente al tubo de la dama, la Sra. Lobkins, aún poseída por la idea sombría que había conjurado, repitió:
—¡Ah, Dummie, si el pequeño Paul llegara a ser ahorcado!
Dummie, retirando la pipa de su boca, exhaló una bocanada de simpatía, pero permaneció en silencio; y la Sra. Lobkins, volviéndose hacia Paul, que estaba de pie con la boca abierta y los oídos erguidos ante esta premonitoria exclamación, dijo:
—¿Crees, Paul, que tendrían el corazón para ahorcarte?
—¡Creo que ellos tendrían la soga, dama! —respondió el joven.
—¡Pero no necesitas ir a meter tu cuello en el lazo! —dijo la matrona; y luego, inspirada por el espíritu de moralizar, se volvió hacia el joven y, observando su rostro atento, lo abordó con las siguientes admoniciones:
—Piensa en tu catecismo, niño, y respeta la vejez. Nunca robes, especialmente cuando alguien esté cerca. Nunca compartas con aquellos que sean mayores que tú, ¿por qué? Cuanto más viejo sea un tipo, más se preocupa por sí mismo y menos por su compañero. A los veinte, engañamos al público; a los cuarenta, engañamos a nuestros amigos. Sé modesto, Paul, y mantente en tu situación en la vida. ¡No vayas con refinados ladrones, que se consumen como una vela que tiene un ladrón dentro, todo llamarada, y se han ido en un santiamén! Deja el licor a los mayores, que no pueden prescindir de él. ¡La cinta a menudo prueba ser una soga, y no hay ruina como la ruina azul! Lee tu Biblia y habla como alguien piadoso. La gente se guía más por tus palabras que por tus acciones. Si quieres lo que no es tuyo, intenta prescindir de ello; y si no puedes prescindir de ello, tómalo por insinuación, no por fanfarronería. Los que estafan hacen más y arriesgan menos que los que roban; y si engañas con maestría, puedes reírte de la soga. Y ahora vete a jugar.
Paul tomó su sombrero, pero se demoró; y la dama, adivinando la significación de la pausa, sacó y colocó en la mano del niño la suma de cinco medios peniques y un cuarto de penique.
—Ahí, niño —dijo ella, y acarició su cabeza con cariño cuando habló—, haces bien en no jugar por nada, es pérdida de tiempo; ¡pero juega con aquellos que sean más pequeños que tú, y entonces podrás ir a vencerlos si dicen que vas a hacer trampa!
Paul desapareció; y la dama, poniendo su mano sobre el hombro de Dummie, dijo:
—No hay nada como un amigo en la necesidad, Dummie; y de alguna manera u otra, ¡pienso que tú sabes más del origen de ese muchacho que cualquiera de nosotros!
—¡Yo, dama! —exclamó Dummie, con una amplia mirada de asombro.
—¡Ah, tú! Tú sabes que la madre vio más de ti justo antes de morir que de cualquiera de nosotros. ¡No, ahora, no, ahora! Cuéntanos todo sobre él. ¿Crees que lo robó?
—¡Vaya, Madre Margery, crees que lo sé! ¿Qué puso tal ocurrencia en tu cabeza?
—¡Bien! —dijo la dama, con un suspiro de decepción—, siempre pensé que sabías más al respecto de lo que admites. Querido, querido, nunca olvidaré la noche en que Judith trajo a la pobre criatura aquí; sabes que había estado algunos meses en mi casa antes de que viera al pilluelo; y cuando lo trajo, se veía tan pálida y fantasmal que no tuve el corazón para decir una palabra, así que miré al mocoso, y extendió sus pequeñitas manos hacia mí. Y la madre frunció el ceño y lo tiró en mi regazo.
—¡Ah! ¡Era una mujer horrible, esa! —dijo Dummie, sacudiendo la cabeza—. ¡Pero de todas formas, el pilluelo cayó en buenas manos; porque estoy seguro de que has sido una madre mejor para él que la verdadera!
—Siempre fui una tonta con los niños —repuso la Sra. Lobkins—; ¡y pienso que el pequeño Paul fue enviado para ser un consuelo en mi último fin! Llena la copa, Dummie.
—¡He oído decir que Judith fue una vez amante de un gran señor! —dijo Dummie.
—¡Es probable! —respondió la Sra. Lobkins—, ¡es probable! Siempre fue una favorita mía, porque tenía un espíritu tan grande como el mío; y pagaba su alquiler como una persona decente, a pesar de que estaba fuera de sus sentidos, o algo parecido.
«¡Ay, sé muy bien que te gustaba, porque, ¿por qué? ¡No es tu estilo alquilar una habitación a una mujer! Dices que no es respetable, y que solo te gusta que los hombres visiten el Mug».
«¡Y no me gustan todos los que vienen aquí!», respondió la dueña, «especialmente por el bien de Paul; pero, ¿qué puede hacer una mujer sola? Hay muchos caballeros salteadores de caminos que vienen aquí, cuyo dinero es tan bueno como el del secretario de la parroquia. Y cuando tengo un chelín en la mano, ¿qué importa de quién fuera antes?».
«Eso es lo que yo llamo ser sensata y práctica», dijo Dummie, con tono de aprobación. «Y, después de todo, aunque tengas una mezcla, por así decirlo, ¡no conozco una taberna donde un tipo sea mejor atendido, ni donde se encuentre un domingo una compañía más elegante que en el Mug!».
Aquí la conversación, que el lector debe saber que se había mantenido en un tono inaudible para una tercera persona, recibió una interrupción por parte del Sr. Peter MacGrawler, quien, habiendo terminado su ensoñación y su jarra, se levantó para marcharse. Primero, sin embargo, acercándose a la Sra. Lobkins, observó que había estado fiando durante algunos días y exigió el importe de su cuenta. Lanzando una mirada hacia ciertos jeroglíficos de tiza inscritos en la pared al otro lado de la chimenea, la dueña respondió que el Sr. MacGrawler le debía la suma de un chelín y nueve peniques con tres cuartos.
Tras una breve búsqueda preparatoria en los bolsillos de su chaleco, el crítico rebuscó en un rincón una solitaria media corona y, tras atraparla entre el dedo índice y el pulgar, se la dio a la Sra. Lobkins y le pidió el cambio.
Tan pronto como la matrona sintió su mano ungida con lo que ha sido llamado por algún ingenioso Johnson de St. Giles «el aceite de palma», su semblante se suavizó en una sonrisa complaciente; y cuando entregó el cambio requerido al Sr. MacGrawler, esperó graciosamente que él recomendara el Mug al público.
«De eso puedes estar segura», dijo el editor de «The Asinaeum». «No hay lugar donde me sienta tan a gusto».
Con eso, el erudito escocés se abotonó el abrigo y siguió su camino.
«¡Qué rencoroso es el mundo!», dijo la Sra. Lobkins, tras una pausa, «especialmente si una mujer regenta una especie de local público de moda. Cuando murió Judith, Joe, el vendedor de carne para perros, dijo que yo salía ganando con ello, y que ella me dejó un tesoro para criar al pilluelo. Uno pensaría que un golpe hace a un hombre más rico, ¿por qué? ¡Todo el mundo golpea! No obtuve nada más que un reloj y diez guineas cuando murió Judy, y seguro que eso apenas pagó el entierro».
«Te olvidas de las dos guineas que te di por la vieja caja de trapos; ¡menudo tesoro encontré ahí!», dijo Dummie, con astucia sicofante.
«Sí», gritó la dueña, riendo, «me imagino que no quedaste contento con el trato. Pensé que eras un trapero demasiado viejo para ser tan generoso con la pasta; sin embargo, ¡supongo que fue la enagua de oropel lo que te engañó!».
«Como ha engañado a hombres mucho más sabios que uno como yo», replicó Dummie, quien a sus diversos oficios secretos añadía el ostensible de trapero y comerciante de cristales rotos.
El recuerdo de su buen negocio con la caja de trapos abrió el corazón de nuestra dueña.
«Bebe, Dummie», dijo ella, de buen humor, «bebe; me niego a apuntar la bebida a un amigo».
Dummie expresó su gratitud, rellenó su vaso, y la hospitalaria matrona, golpeando su pipa para sacar las cenizas moribundas, prosiguió así:
«Ves, Dummie, aunque a menudo golpeo al chico, le quiero tanto como si fuera su verdadera madre; ¡quiero hacer de él un honor para su país y una excepción en mi familia!».
«¡Que todos enseñaron los dientes en el Surgeons' Hall!», añadió el metafórico Dummie.
«¡Es verdad!», dijo la dama; «murieron con valentía, y no me avergüenzo de ellos. Pero le debo un deber a la madre de Paul, y quiero que Paul tenga una larga vida. Me gustaría enviarlo a la escuela, pero ya sabes que los chicos solo se corrompen unos a otros. Y así, ¡me gustaría encontrar a algún hombre decente, como tutor, para enseñar al muchacho latín y virtud!».
«¡Mis ojos!», gritó Dummie, horrorizado ante la grandeza de este deseo.
«El chico es lo bastante espabilado y le encanta leer», continuó la dueña; «pero no creo que los libros que tiene a su alcance le enseñen la manera de envejecer».
«¿Y cómo llegó a leer, de todas formas?».
«Ranting Rob, el actor ambulante, le enseñó sus letras y dijo que tenía mucho genio».
«¿Y por qué no debería Ranting Rob enseñar al chico latín y virtud?».
«¡Porque Ranting Rob, pobre hombre, fue deportado por cometer un robo!», respondió la dueña, con desaliento.
Hubo un largo silencio; fue roto por el Sr. Dummie. Golpeándose el muslo con la vehemencia gesticulante de un Ugo Foscolo, aquel caballero exclamó:
«¡Lo tengo!, ¡he pensado en un tutor para el pequeño Paul!».
«¿Quién es? Me asustas mucho; no tienes piedad de mis nervios», dijo la dama, con irritación.
«Pues, es el caballero que escribe», dijo Dummie, poniéndose el dedo en la nariz, «¡el caballero que te pagó tan espléndidamente!».
«¿Qué? ¿El caballero escocés?».
«¡El mismo!», respondió Dummie.
La dama se giró en su silla y rellenó su pipa. Era evidente por su manera de actuar que la sugerencia del Sr. Dunnaker había causado impresión en ella. Pero reconoció dos dudas en cuanto a su viabilidad: una, si el caballero propuesto sería adecuado para la tarea; la otra, si estaría dispuesto a emprenderla.
En medio de sus meditaciones sobre este asunto, la dama fue interrumpida por la entrada de ciertos reclamantes de su hospitalidad; y, marchándose Dummie poco después, el suspense de la mente de la Sra. Lobkins respecto a la educación del pequeño Paul permaneció todo ese día y esa noche totalmente sin alivio.
CAPÍTULO III.
Admito que tengo envidia del placer que sentirás al encontrarte más instruido que otros chicos, incluso que aquellos que son mayores que tú. ¡Qué honor te hará esto! ¡Qué distinciones, qué aplausos te seguirán dondequiera que vayas! —LORD CHESTERFIELD: Cartas a su hijo.
El ejemplo, muchacho, el ejemplo vale más que mil preceptos. —MAXIMILIAN SOLEMN.
Tarpeya fue aplastada bajo el peso de los adornos. El lenguaje del vulgo es una especie de Tarpeya. Por lo tanto, lo hemos liberado de tantas gemas como pudimos, y en la escena anterior lo hemos presentado a la vista de nuestros lectores simplex munditiis. Sin embargo, podríamos imaginar tímidamente a algunos seres más gentiles del sexo más suave algo disgustados con el tono del diálogo que hemos dado, si no recordáramos lo encantadas que están con las barbaridades provinciales del reino hermano, siempre que las encuentran vertidas sobre las páginas de algún cuentacuentos escocés. Como, desgraciadamente para la humanidad, el escocés cerrado no es todavía el lenguaje universal de Europa, suponemos que nuestras compatriotas no estarán mucho más desconocidas con el dialecto de sus propias clases bajas que con el que exhala melodías nasales sobre el paraíso del Norte.
Fue al día siguiente, a la hora del crepúsculo, cuando la Sra. Margery Lobkins, tras un satisfactorio tête-à-tête con el Sr. MacGrawler, tuvo la felicidad de pensar que había proporcionado un tutor para el pequeño Paul. Habiéndole recitado el crítico una parte considerable del Propria quae Maribus, la buena señora ya no tuvo duda de sus capacidades para la enseñanza; y, por otro lado, cuando la Sra. Lobkins entró en el tema de la remuneración, el escocés se profesó perfectamente dispuesto a enseñar todo y cualquier cosa que el tutor más exigente pudiera requerir. Se acordó finalmente que Paul asistiría al Sr. MacGrawler dos horas al día; que el Sr. MacGrawler tendría derecho a tales comodidades animales de carne y bebida como el Mug ofreciera, y, además, al estipendio semanal de dos chelines y seis peniques: los chelines por la instrucción en los clásicos, y los seis peniques por todas las demás humanidades; o, como la Sra. Lobkins lo expresó, «dos pavos por el latín, y un poco por la virtud».
No censure tu mente, amable lector, nuestra desviación de la probabilidad al hacer de un caballero tan excelente y erudito como el Sr. Peter MacGrawler el huésped habitual de la dama del Mug. Primero, debes saber que nuestra historia está ambientada en un período anterior al actual, y en uno en el que las viejas bromas sobre las circunstancias del autor y del crítico tenían su fundamento en la verdad; segundo, debes saber que por alguna curiosa concatenación de circunstancias ni alguacil ni ayudante de alguacil fue visto jamás dentro de las cuatro paredes de la Sra. Margery Lobkins; tercero, el Mug estaba más cerca que cualquier otro lugar de recreo público de la morada del crítico; cuarto, ofrecía excelente cerveza negra; y quinto, oh lector, haces a la Sra. Margery Lobkins un agravio terrible si supones que su puerta solo estaba abierta a aquellos caballeros mercuriales que están afligidos por la curiosidad morbosa de hurgar en los misterios de los bolsillos de sus vecinos; otros visitantes, de buena reputación, no fueron a menudo partícipes de la hospitalidad de la buena matrona; aunque debe admitirse que generalmente ocupaban la habitación privada con preferencia a la pública. Y sexto, dulce lector (nos entristece ser tan prolijos), simplemente te sugeriríamos que el Sr. MacGrawler era uno de esos sabios de vasta mente que, ocupados en contemplar la moral a gran escala, no desperdician sus intelectos en una atención baja a detalles minuciosos. Así que, si un descendiente de Langfanger se cruzaba a veces con el venerable escocés en su visita al Mug, la aparición no repugnaba a aquel benevolente moralista tanto como, de no ser por la insinuación anterior, tu ignorancia podría llevarte a imaginar.
Se dice que Atenodoro el Estoico contribuyó en gran medida con su conversación a enmendar las faltas de Augusto, y a efectuar el cambio visible en aquel hombre afortunado después de su acceso al imperio romano. Si esto es cierto, podría arrojar una nueva luz sobre el carácter de Augusto, y en lugar de ser un hipócrita, posiblemente fue un converso. Cierto es que hay pocos vicios que no puedan ser conquistados por la sabiduría; y sin embargo, es triste relatar que las instrucciones de Peter MacGrawler produjeron solo una ligera mejoría en los hábitos del joven Paul. Aquel ingenioso adolescente había, como ya hemos visto, bajo la tutela de Ranting Rob, dominado el arte de la lectura; es más, incluso podía construir y enlazar ciertos curiosos garabatos, que él mismo y la Sra. Lobkins solían llamar graciosamente «escritura». Hasta ahí, pues, el camino de MacGrawler estaba allanado y preparado.
Pero, desgraciadamente, todos los profesores experimentados admiten que la mayor dificultad no es aprender, sino desaprender; y la mente de Paul ya estaba ocupada por una vasta cantidad de misceláneas heterogéneas que resistían firmemente el ingreso tanto del latín como de la virtud. Nada podía apartarlo de un afecto ominoso por la historia de Richard Turpin; era para él lo que, se ha dicho, deberían ser los autores griegos para el académico: un estudio de día y un sueño de noche. Era lo bastante dócil durante las lecciones, y a veces incluso demasiado rápido en la concepción para la marcha majestuosa del intelecto del Sr. MacGrawler. Pero no ocurría infrecuentemente que, cuando aquel caballero intentaba levantarse, se encontraba, como la dama en «Comus», adherido a:
«Un asiento envenenado untado con gomas de calor glutinoso»;
o sus piernas habían sido secretamente unidas bajo la mesa, y el nudo no podía romperse sin derribar a los poderes superiores. Estas, y varias otras pequeñas maquinaciones deportivas con las que Paul solía aliviar la monotonía de la literatura, llegaron a disgustar al erudito crítico con su empresa. Pero «la cinta» y la tesorería de la Sra. Lobkins volvieron a suavizar, por así decirlo, las cerdas irritadas de su mente, y continuó sus labores con esta reflexión filosófica: «¿Por qué inquietarme? Si un alumno sale bien, es claramente mérito de su maestro; si no, desventaja de sí mismo». Por supuesto, una sugerencia similar nunca se forzó en la mente del Dr. Keate. En Eton, el alma misma del honesto director de escuela es consumida por su celo por el bienestar de los pequeños caballeros con corbatas rígidas.
Pero para Paul, que estaba predestinado a disfrutar de un cierto quantum de conocimiento, ocurrieron circunstancias, al comienzo del segundo año de su pupilaje, que aceleraron prodigiosamente el progreso de su carrera escolar.
En el apartamento de MacGrawler, Paul encontró una mañana al Sr. Augustus Tomlinson, un joven de gran promesa, que ejercía la pacífica ocupación de registrar en un periódico líder «Horribles asesinatos», «Enormes melones» y «Circunstancias notables». Este caballero, teniendo la ventaja de algunos años de antigüedad sobre Paul, fue lento en relajar su dignidad; pero observando al fin la atención ávida y respetuosa con la que el adolescente escuchaba un detalle muy veraz de cinco hombres siendo inhumanamente asesinados en la Catedral de Canterbury por el reverendo Zedekiah Fooks Barnacle, fue conmovido por la impresión que había creado, y sacudiendo a Paul graciosamente de la mano, le dijo que había mucha astucia natural en su semblante, y que el Sr. Augustus Tomlinson no dudaba de que él (Paul) pudiera tener el honor de ser asesinado él mismo uno de estos días. «Me entiendes», continuó el Sr. Augustus, «quiero decir asesinado en efigie, asesinado en tipografía, mientras tú mismo, inconsciente de la circunstancia, estás disfrutando tranquilamente de lo que imaginas ser tu existencia. Nunca matamos a personas comunes; a decir verdad, nuestro principal rencor es contra la Iglesia; destruimos obispos al por mayor. A veces, de hecho, eliminamos a un abogado destacado o algo así, y expresamos la angustia del abogado joven ante una pérdida tan destructiva para sus intereses. Pero eso es solo un golpe al azar, y el abogado asesinado a menudo vive para convertirse en Fiscal General, renunciar a los principios Whig y procesar a la misma Prensa que lo destruyó. Los obispos son nuestra comida adecuada; los enviamos al cielo en una especie de grifo volador, cuyo lomo es una apoplejía, y las alas son anuncios publicitarios. El obispo de..., a quien enviamos de esta manera el otro día, siendo un personaje bastante bromista, nos escribió para protestar al respecto, observando que aunque el cielo era una muy buena traducción para un obispo, sin embargo, en tales casos, prefería 'el original a la traducción'. Al igual que asesinamos obispos, hay otra clase de personas a las que solo afligimos con enfermedades mortíferas. Esta última tribu consiste en Su Majestad y los ministros de Su Majestad. Siempre que no podemos abusar de sus medidas, siempre atacamos su salud. ¿Aprueba el rey alguna ley popular? Inmediatamente insinuamos que su constitución está en sus últimas. ¿Actúa el ministro como un hombre sensato? Observamos instantáneamente, con gran pesar, que su tez es notablemente pálida. Hay una ventaja manifiesta en enfermar a las personas, en lugar de destruirlas absolutamente: el público puede contradecirnos rotundamente en un caso, pero nunca puede en el otro; es fácil probar que un hombre está vivo, pero totalmente imposible probar que está sano. ¿Qué pasa si algún periódico opositor toma las armas en su nombre y afirma que la víctima de todas las dolencias de Pandora, a quien enviamos tambaleándose a la tumba, pasa la mitad del día visitando a una 'distinguida compañía' en una partida de caza, y la otra mitad superando a la misma 'distinguida compañía' después de cenar? ¿Qué pasa si el individuo afligido escribe él mismo diciendo que nunca ha estado mejor en su vida? Solo tenemos que sacudir misteriosamente la cabeza y observar que contradecir no es probar, que es poco probable que nuestra autoridad se haya equivocado, y (somos muy aficionados a una comparación histórica), suplicar a nuestros lectores que recuerden que cuando el cardenal Richelieu estaba muriendo, nada le enfurecía tanto como insinuar que estaba enfermo. En resumen, si Horacio tiene razón, somos los mismos príncipes de los poetas; porque me atrevo a decir, Sr. MacGrawler, que usted, y usted también, mi pequeño caballero, recuerdan perfectamente las palabras del sabio anciano romano:
«'Ille per extentum funem mihi posse videtur Ire poeta, meum qui pectus inaniter angit, Irritat, mulcet, falsis terroribus implet'».
Habiendo pronunciado esta cita con considerable autocomplacencia, y habiendo completado así enteramente su conquista sobre Paul, el Sr. Augustus Tomlinson, volviéndose hacia MacGrawler, concluyó sus asuntos con aquel caballero, que eran de naturaleza literaria, a saber, una composición conjunta contra un hombre que, siendo menor de veinticinco años y demasiado pobre para ofrecer cenas, había tenido la audacia de escribir un poema sagrado. Los críticos fueron extremadamente amargos con esto; y al tener muy poco que decir contra el poema, los diarios de la Corte llamaron al autor un «petimetre», ¡y los liberales «el hijo de un pantalone»!
Había una soltura, un espíritu, una vida en el Sr. Augustus Tomlinson que cautivaba los sentidos de nuestro joven héroe; además, iba extremadamente elegante, vestía tacones rojos y llevaba una bolsa, tenía lo que para Paul parecía totalmente el aire de un «hombre de mundo»; y, sobre todo, ¡declamaba el latín con una gracia notable!
Días después, MacGrawler envió a nuestro héroe a los alojamientos del Sr. Tomlinson, con su parte del abuso conjunto sobre el poeta.
Doble fue el respeto de Paul por el Sr. Augustus Tomlinson al ver su morada. Lo encontró instalado en una parte elegante de la ciudad, en un salón muy aseado, cuyo contenido manifestaba el genio universal del habitante. Se nos ha objetado, por parte de un crítico muy perspicaz, que somos adictos al dibujo de «genios universales». Nos declaramos no culpables en casos anteriores; permitimos la suave acusación en el caso del Sr. Augustus Tomlinson. Sobre su chimenea estaban dispuestos guantes de boxeo y floretes; sobre su mesa yacían una cremona y un flautín. A un lado de la pared había estantes que contenían el Covent Garden Magazine, el Burn's Justice, un Horacio de bolsillo, un Libro de Oraciones, Excerpta ex Tacito, un volumen de obras de teatro, Filosofía hecha fácil y una Llave para todo el conocimiento. Además, había sobre otra mesa un látigo de montar y un látigo de cochero, un par de espuelas y tres guineas, con una pequeña montaña de plata suelta. El Sr. Augustus era un hombre joven, alto, rubio, con cutis pecoso, ojos verdes y párpados rojos, boca sonriente, mandíbula más bien prominente, nariz afilada y un par de orejas prodigiosamente grandes. Estaba vestido con una bata de damasco verde; y recibió al tierno Paul de lo más graciosamente.
Había algo muy atractivo en nuestro héroe. No solo era apuesto y franco en su aspecto, sino que tenía esa apariencia de vivacidad e intelecto que pertenece a un pícaro en embrión. El Sr. Augustus Tomlinson profesó el mayor respeto por él, le preguntó si sabía boxear, le hizo ponerse un par de guantes y, muy condescendientemente, lo derribó tres veces consecutivas. Después le tocó, tanto en su flautín como en su cremona, algunas de las melodías más de moda. Además, le cantó una pequeña canción de su propia composición. Luego, tomando el látigo de cochero, espantó una mosca de la pared opuesta y, arrojándose (naturalmente fatigado por sus numerosos esfuerzos) sobre su sofá, observó, en tono descuidado, que él y su amigo Lord Dunshunner eran universalmente considerados los mejores cocheros de la metrópoli. «Yo», dijo el Sr. Augustus, «soy el mejor en la carretera; pero mi lord es un demonio para tomar las curvas».
Paul, que hasta entonces había vivido una vida demasiado poco sofisticada para ser consciente de la importancia que un lord tendría naturalmente a los ojos del Sr. Augustus Tomlinson, no quedó tan impresionado con la grandeza de la conexión como el asesino de los diarios había esperado. Simplemente observó, a modo de cumplido, que el Sr. Augustus y su compañero parecían ser «unos granujas de primera».
Un poco disgustado con esta observación metafórica —pues puede observarse que «granuja de primera» es, entre los eruditos en tal tradición, la expresión habitual para «un ladrón astuto»—, el universal Augustus se tomó la libertad a la que, por su edad y posición, tan superiores a las de Paul, se creía con derecho, y reprendió suavemente a nuestro héroe por su uso indiscriminado de frases de jerga.
«Un muchacho de tus facultades», dijo él —«pues veo por tu mirada que eres listo»—, «debería avergonzarse de emplear expresiones tan vulgares. Ten un espíritu más noble, una emulación más elevada, Paul, que aquella que distingue a los granujas de la calle. Sabe que en este país el genio y el saber se abren camino ante todo; y si te portas como es debido, podrías, algún día, llegar tan alto en el mundo como yo».
Ante este discurso, Paul miró con melancolía el elegante salón y pensó en lo maravilloso que sería ser señor de semejante dominio, junto con los accesorios de flautín y cremona, guantes de boxeo, libros, látigo para espantar moscas, tres guineas, el pequeño montón de plata y la reputación —compartida solo con Lord Dunshunner— de ser el mejor cochero de Londres.
«Sí», continuó Tomlinson, con orgullo consciente, «debo mi ascenso a mí mismo. El saber vale más que la casa y la tierra. 'Doctrina sed vim', etcétera. ¿Sabes lo que dice el viejo Horacio? Pues, señor, no lo creerías, pero yo fui el hombre que mató a Su Majestad el Rey de Cerdeña en el periódico de ayer. Nada es demasiado arduo para el genio. Estudia duro, muchacho, y puede que rivalices (pues la cosa, aunque difícil, no es imposible) con Augustus Tomlinson».
Al concluir esta perorata, al oírse un golpe en la puerta, Paul se marchó y se encontró en el vestíbulo con una persona de buen aspecto vestida a la última moda y luciendo un par de hebillas prodigiosamente grandes en los zapatos. Paul miró, y su corazón se hinchó. «Puedo rivalizar», pensó —«esas fueron sus propias palabras—, puedo rivalizar (pues la cosa, aunque difícil, no es imposible) con Augustus Tomlinson». Absorto en sus meditaciones, regresó a casa en silencio. Al día siguiente, las memorias del gran Turpin fueron entregadas a las llamas, y fue notable que de ahí en adelante Paul observara una propiedad de palabras más selecta, que asumiera un aire de dignidad más refinado y que prestara considerablemente más atención que hasta entonces a las lecciones del Sr. Peter MacGrawler. Aunque debe admitirse que el progreso de nuestro joven héroe en las lenguas eruditas no fue asombroso, una temprana pasión por la lectura, fortalecida cada vez más por la aplicación, le recompensó al fin con un conocimiento tolerable de la lengua materna. Debemos añadir, sin embargo, que sus estudios favoritos y más queridos apenas eran de la naturaleza que un tutor prudente habría elogiado mucho. Se centraban principalmente en novelas, obras de teatro y poesía —la cual profesaba hasta tal punto que él mismo se convirtió en una especie de poeta—. No obstante, estas ocupaciones literarias, por poco rentables que parecieran, dieron un cierto refinamiento a sus gustos que de otro modo no habrían adquirido en el Mug; y mientras despertaban su ambición de ver algo de la vida alegre que retrataban, impartían a su temperamento un tono de empresa y generosidad irreflexiva que quizás contribuyó en gran medida a contrarrestar aquellas influencias malignas hacia el vicio menor a las que los ejemplos a su alrededor debieron exponer su tierna juventud. Pero, ¡ay!, una gran decepción le sobrevino a las esperanzas de Paul de obtener ayuda y compañía en sus labores literarias. El Sr. Augustus Tomlinson, una mañana brillante, desapareció, dejando dicho a sus numerosos amigos que iba a aceptar un puesto lucrativo en el norte de Inglaterra. A pesar del choque que esto causó al afectuoso corazón y al temperamento ambicioso de nuestro amigo Paul, no disminuyó su ardor en ese campo de la ciencia que parecía haber cultivado con tanto éxito el distinguido ausente. Poco a poco, se hizo (además de los tesoros literarios a los que hemos aludido) con todo lo que estaba en manos del sabio y profundo Peter MacGrawler impartirle; y a la edad de dieciséis años comenzó (¡oh, la presunción de la juventud!) a creerse más instruido que su maestro.
CAPÍTULO IV.
Se había convertido ahora en un joven de extrema moda, y tan «répandu» en la sociedad como el más exigente codiciador de la celebridad londinense podría desear. Era, por supuesto, miembro de los clubes, etcétera. Era, en resumen, de ese conjunto tan descrito ante el cual todos los «beaux» de menor categoría se hunden en la insignificancia, o entre los cuales obtienen finalmente un grado subalterno, mediante el sacrificio de una porción adecuada de su fortuna. —Almack's Revisited.
Por el alma del gran Malebranche, que hizo una «Búsqueda de la Verdad» y descubrió todo lo hermoso excepto aquello que buscaba; por el alma del gran Malebranche, a quien el obispo Berkeley encontró sufriendo una inflamación en los pulmones y, muy amablemente, le habló hasta la muerte (un ejemplo de facultades conversacionales digno de la envidiosa emulación de todos los grandes metafísicos y argumentadores); por el alma de ese hombre ilustre, es asombroso para nosotros la cantidad de verdades que hay fragmentadas en trocitos y dispersas aquí y allá por el mundo. ¡Qué magnífico museo podría hacer un hombre de los minerales preciosos, si tan solo saliera con su cesta bajo el brazo y los ojos atentos! Nosotros mismos recogimos este mismo día un pequeño trozo de verdad, con el cual nos proponemos explicarte, amable lector, un giro siniestro en la fortuna de Paul.
«Dondequiera», dice un sabio vivo, «que veas dignidad, puedes estar seguro de que se requiere gasto para mantenerla». Así era con Paul. Un joven caballero que era heredero presuntivo del Mug, y que disfrutaba de una hermosa figura junto a una mente cultivada, era necesariamente de una cierta posición social y un objeto de respeto a los ojos de las mamás intrigantes de los alrededores de Thames Court. Muchas fueron las fiestas de placer a Deptford y Greenwich a las que Paul se vio obligado a asistir; y no necesitamos remitir a nuestros lectores a novelas sobre la vida de moda para informarles de que en la buena sociedad ¡los caballeros siempre pagan por las damas! Y este no era todo el gasto al que sus expectativas le exponían. Un caballero difícilmente podía asistir a estas elegantes festividades sin dedicar algo de atención a su vestimenta; y un sastre de moda hace estragos en la asignación anual de uno.
Nosotros que residimos, que se sepa, lector, en Little Brittany, no estamos muy familiarizados con las costumbres de las clases altas en St. James's. Pero había un gran vicio entre la gente elegante de Thames Court que no dudamos no existe en ningún otro lugar: a saber, estas personas elegantes estaban siempre en agonía por parecer más elegantes de lo que eran; y cuantos más aires se daba un caballero o una dama, más importantes se volvían. Joe, el vendedor de carne de perro, había entrado de hecho en la sociedad enteramente por una habilidad para decir cosas impertinentes a todo el mundo; y los más elegantes exclusivos del lugar, que rara vez visitaban a alguien donde no hubiera una tetera de plata, solían pensar que Joe tenía mucho dentro porque llevaba su carro con la cabeza en el aire y un día le hizo al mismísimo bedel de la parroquia «el desaire directo».
Ahora bien, este deseo de ser tan excesivamente elegante no solo hacía que la sociedad de Thames Court fuera desagradable, sino costosa. Todos rivalizaban con su vecino; y como el espíritu de rivalidad es particularmente fuerte en los pechos juveniles, apenas podemos sorprendernos de que llevara a Paul a muchas extravagancias. El mal de todos los círculos que profesan ser selectos es el juego fuerte; y la razón es obvia: las personas que tienen el poder de otorgar a otro una ventaja que este codicia, preferirían venderla antes que darla; y Paul, aumentando gradualmente en popularidad y «ton», se encontró, a pesar de su educación clásica, sin estar a la altura de los caballeros consumados, o más bien, en proceso de consumación, con los que comenzó a asociarse. Su primera admisión en la selecta camarilla de estos hombres de mundo se formó en la casa del Licenciado Bill, una persona de gran notoriedad entre esa porción de la élite que se titula enfáticamente «Flash». Sin embargo, como nuestra rígida intención en esta obra es no retratar extensamente a ningún personaje episódico, solo podemos ofrecer a nuestros lectores un esbozo ligero y rápido del Licenciado Bill.
Este personaje era de ascendencia de Devonshire. Su madre había regentado la taberna más agradable de la ciudad, y a su muerte Bill heredó su propiedad y su popularidad. Todas las jóvenes del vecindario de Fiddler's Row, donde él residía, le echaban los tejos: todos los granujas más elegantes, o «tobymen», buscaban atraerlo a su grupo; y la mujer más astuta de Londres habría dado sus oídos en cualquier momento por una palabra cariñosa del Licenciado Bill. Pero Bill era un tipo prudente y de cabeza fría, y de un temperamento notablemente cauteloso. Evitaba el matrimonio y la amistad; a saber, no era saqueado ni engañado. Era un tipo alto y aristocrático, de un trato endiabladamente pulcro y muy galante, de una manera honesta, con las damas. Como la mayoría de los solteros, siendo muy caballero en lo que al dinero se refiere, les daba abundantes «festines» y, de vez en cuando, un baile muy agradable. Su aguardiente era inmejorable; y en cuanto a su ginebra, era votada como la cosa más brillante de la naturaleza. En muy poco tiempo, por sus banquetes y su soltería —pues los solteros siempre llegan al ápice del «haut ton» más fácilmente que los casados—, se convirtió en el espejo de la moda; y muchos eran los aprendices apretados, incluso en el extremo oeste de la ciudad, que solían volverse en admiración hacia el Licenciado Bill cuando un domingo por la tarde conducía su carromato hacia su pequeña y acogedora casa en los límites de Turnham Green. La felicidad de Bill no estaba, sin embargo, totalmente exenta de aleación. Las mujeres de placer siempre se enfadan tanto cuando un hombre no les hace el amor, que no hay nada que no digan contra él; y las bellas matronas de los alrededores de Fiddler's Row difundieron toda clase de informes infundados contra el pobre Licenciado Bill. Poco a poco, sin embargo —pues, como Tácito ha dicho, sin duda con una mirada profética hacia el Licenciado Bill, «la verdad gana con la demora»—, estos informes comenzaron a desvanecerse insensiblemente; y estando Bill ya cerca de los confines de la mediana edad, sus amigos decidieron cómodamente por él que sería el Licenciado Bill toda su vida. Por lo demás, era un tipo excelente; daba sus sobras a los pobres, profesaba una forma de pensar liberal y, en todas las riñas entre las mujeres (¡vuestras mejores mujeres son un grupo pendenciero!), siempre tomaba partido por el más débil. Aunque Bill pretendía ser muy selecto en su compañía, nunca olvidaba a sus viejos amigos; y habiendo sido la Sra. Margery Lobkins muy buena con él cuando era un niño pequeño, invariablemente le enviaba una tarjeta para sus veladas. La buena señora, sin embargo, no había abandonado en los últimos años su rincón de la chimenea. En efecto, el bullicio de la vida de moda era demasiado para sus nervios; y la invitación se había convertido en una costumbre formal de la que no se esperaba que se hiciera uso, pero no por ello menos regularmente utilizada. Como Paul había alcanzado ya su decimosexto año y era un muchacho fino y apuesto, la dama pensó que sería un excelente representante de la dueña del Mug; y que, para su protegido, un baile en casa de Bill no sería un mal comienzo de la «Vida en Londres». En consecuencia, le insinuó al Licenciado un deseo en ese sentido; y Paul recibió la siguiente invitación de Bill:
«El Sr. William Duke da un baile y un festín de forma tranquila el próximo lunes, y espera que el Sr. Paul Lobkins sea de la partida. P. D. Se espera que los caballeros vengan con zapatos de baile».
Cuando Paul entró, encontró al Licenciado Bill abriendo el baile al son de «Gotas de Brandy» con una joven con la que, debido a que había sido una actriz ambulante, las Damas Patronas de Fiddler's Row habían considerado apropiado comportarse con una cortesía muy arrogante. El buen Licenciado no tenía idea, como él mismo decía, de tales rabietas, y hizo circular entre las damas más elegantes que esperaba que todas las que patearan sus talones en su casa se comportaran de manera decente y educada con la joven Sra. Dot. Esta insinuación, transmitida a las damas con toda esa pulida insinuación por la que el Licenciado Bill era tan notable, produjo un efecto notable; y la Sra. Dot, siendo ahora conducida por el Licenciado «flash», fue abrumada con cortesías el resto de la velada.
Cuando terminó el baile, Bill dio la mano muy cortésmente a Paul y aprovechó una pronta oportunidad para presentarle a algunos de los «personajes más notables» de la ciudad. Entre ellos estaban el elegante Sr. Allfair, el insinuante Henry Finish, el alegre Jack Hookey, el entendido Charles Trywit y varios otros igualmente famosos por su habilidad para vivir espléndidamente a costa de sus propios cerebros y de los bienes personales de otras personas. A decir verdad, Paul, que en aquel entonces era un muchacho honesto, quedó menos encantado de lo que había previsto con la conversación de estos caballeros de industria. Le complacieron más los comentarios inteligentes, aunque autosuficientes, de un caballero con una cabellera notablemente fina, a quien quisiéramos presentar más enfáticamente que al resto a nuestro lector bajo el apelativo de Sr. Edward Pepper, generalmente llamado Long Ned. Como este digno estaba destinado posteriormente a ser un socio íntimo de Paul, nuestra razón principal para asistir al baile en casa del Licenciado Bill es señalar, como la importancia del evento merece, la época del comienzo de su relación.
Long Ned y Paul se sentaron casualmente uno al lado del otro en la cena, y conversaron tan amigablemente que Paul, en la hospitalidad de su corazón, expresó la esperanza de que vería al Sr. Pepper en el Mug.
«Mug... Mug», repitió Pepper, cerrando los ojos a medias, con el aire de un dandi a punto de ser impertinente; «ah, el nombre de una capilla, ¿no es así? Hay una secta llamada muggletonianos, ¿creo?».
«En cuanto a eso», dijo Paul, sonrojándose ante esta insinuación contra el Mug, «la Sra. Lobkins no tiene más religión que sus superiores; pero el Mug es una casa muy excelente, y frecuentada por la mejor compañía posible».
«¡No lo dudo!», dijo Ned. «Recuerda ahora que estuve una vez allí, y vi a un tal Dummie Dunnaker... ¿no es ese el nombre? Recuerdo hace algunos años, cuando empecé, que Dummie y yo tuvimos una aventura juntos; a decir verdad, no era el tipo de cosas que haría ahora. Pero... ¿lo creerías, Sr. Paul?, este tipo despreciable fue bastante grosero conmigo la única vez que lo he visto desde entonces; es decir, la única vez que pisé el Mug. No tengo idea de tales aires en un comerciante... ¡un comerciante de trapos! Esos tipos comerciales se están volviendo bastante insoportables».
«Me sorprende», dijo Paul. «El pobre Dummie es el último hombre que sería grosero; es una criatura tan civilizada como jamás haya vivido».
«O vendido un trapo», dijo Ned. «¡Posiblemente! No dudo de sus cualidades amables en lo más mínimo. Pasa el aguardiente, buen amigo mío. ¡Estúpida cosa, esto de bailar!».
«¡Endiabladamente estúpida!», repitió Harry Finish, al otro lado de la mesa. «¡Supongamos que nos vamos a Fish Lane y hacemos sonar los marfiles! ¿Qué dices, Sr. Lobkins?».
Temeroso de la «risa severa del tono, que apenas el filósofo orgulloso puede desdeñar», y no siendo muy partidario de bailar, Paul aceptó la proposición; y un pequeño grupo, formado por Harry Finish, Allfair, Long Ned y el Sr. Hookey, se trasladó a Fish Lane, donde había un club, célebre entre los hombres que viven de su ingenio, en el cual el «alcohol» y el «tabaco» se disfrutaban gratuitamente de la manera más magnífica. Aquí la velada pasó muy alegremente, y Paul se fue a casa sin un «centavo» en el bolsillo.
Desde ese momento las visitas de Paul a Fish Lane se volvieron desafortunadamente regulares; y en un periodo muy corto, nos entristece decir, Paul se convirtió en ese carácter distinguido, un caballero de las tres carencias: «sin dinero, sin codos y sin crédito». Las únicas dos personas a las que encontró dispuestas a acomodarle con un pequeño préstamo, como dicen los anuncios firmados por X. Y., fueron el Sr. Dummie Dunnaker y el Sr. Pepper, apodado el Largo. Este último, sin embargo, mientras obligaba al heredero del Mug, nunca se dignó entrar en aquel notable lugar de reunión; y el primero, siempre que abría bondadosamente los cordones de su bolsa, lo hacía con una sincera advertencia de evitar la compañía de Long Ned: «un tipo», decía Dummie, «de morales muy peligrosas, y de ninguna manera un 'asociado' apto para un joven caballero de carácter como el pequeño Paul». Tan seria fue esta advertencia, y tan especialmente dirigida a Long Ned —aunque la compañía del Sr. Allfair o del Sr. Finish podría decirse que no era menos perjudicial—, que es probable que esa majestuosa delicadeza de modales que Lord Normanby observa acertadamente, en una de sus excelentes novelas, que hace tantos enemigos en el mundo, y que a veces caracterizaba el comportamiento de Long Ned, especialmente hacia los hombres de comercio, fuera una razón principal por la que Dummie estaba tan aguda y peculiarmente vivo a las inmoralidades de ese caballero larguirucho. Al mismo tiempo debemos observar que cuando Paul, recordando lo que Pepper había dicho respecto a su temprana aventura con el Sr. Dunnaker, se lo repitió al comerciante, Dummie no pudo ocultar cierta confusión, aunque simplemente observó, con una especie de risa, que no valía la pena hablar de ello; y pareció evidente para Paul que algo desagradable para el hombre de los trapos, que no era compartido por el inconsciente Pepper, acechaba en la reminiscencia de su pasado encuentro. Como sea, la circunstancia se deslizó de la atención de Paul momentos después; y prestó, nos preocupa decir, igualmente poca atención a las advertencias contra Ned con las que Dummie le regalaba.
Quizás (pues debemos dirigir ahora una mirada hacia sus asuntos domésticos) una gran causa que llevó a Paul a Fish Lane fue la vida incómoda que llevaba en casa. Porque aunque la Sra. Lobkins era extremadamente cariñosa con su protegido, poseía, como sus clientes comentaban enfáticamente, «el temperamento del diablo mismo»; y su grosería natural, al no haber sido suavizada por esas imágenes de la vida alegre que habían, en muchas novelas y farsas cómicas, refinado el temperamento del romántico Paul, su manera de desahogar sus reproches maternales no era ciertamente poco repelente para un muchacho de cierta delicadeza de sentimientos. De hecho, a menudo se le ocurría abandonar su casa por completo y buscar fortuna solo, al estilo del ingenioso Gil Blas o del emprendedor Roderick Random; y esta idea, aunque conquistada y reconquistada, se hinchaba y aumentaba gradualmente en su corazón, tal como se hincha esa bola peluda encontrada en el estómago de alguna novilla sufriente tras su fallecimiento. Entre estos proyectos de empresa, el lector notará en adelante que una temprana visión de la Cueva del Bosque Verde, en la que Turpin solía esconderse con un amigo, un jamón y una esposa, cruzó su mente. En aquel momento, quizás, no se inclinaba por el modo de vida practicado por el héroe de los caminos; pero ciertamente no se aferraba con menos cariño a la noción de la cueva.
El curso melancólico de la vida de nuestro héroe estaba ahora, sin embargo, a punto de desviarse por un giro inesperado, y los pensamientos crudos de la infancia a estallar, «como la palma gigante de Ghilan», en el fruto de una resolución varonil.
Entre los rasgos prominentes de la mente de la Sra. Lobkins estaba un desprecio soberano por los fracasados. La imprudencia y la mala suerte de Paul le ocasionaban tanto desdén como compasión; y cuando por tercera vez en una semana se encontró, con semblante afligido y bolsillos vacíos, junto a la gran silla de la dama, solicitando un suministro adicional, las mareas de su ira se desbordaron.
«Mira, mi pequeño bribón», dijo ella —y para dar peculiar dignidad a su aspecto, se puso mientras hablaba un par de enormes gafas de estaño—, «si resulta que piensas que voy a suministrar tus viciosas necesidades, te encontrarás plantado en la Calle del Apuro. Que me ahorquen si te doy otro céntimo».
«Pero le debo una guinea a Long Ned», dijo Paul; «y Dummie Dunnaker me prestó tres coronas. No le sienta bien al heredero aparente de su casa, mi querida dama, esquivar sus deudas de honor».
«Patrañas, no creas que vas a engatusarme con tus deudas y tu honor», dijo la dama, presa de un arrebato. «El largo Ned es tan largo de dedos como de espalda; ¡que se lo lleve el diablo! Y en cuanto a Dummie Dunnaker, me maravilla cómo tú, criado como un señorito y bendecido con la mejor de las educaciones, puedes pensar en codearte con semejantes sujetos vulgares. Te diré una cosa, Paul: será mejor que rompas con ellos, de golpe y porrazo, o no verás ni un cuarto de Peg Lobkins». Dicho esto, la anciana se giró en su silla y se dispuso a preparar una pipa de tabaco.
Paul caminó dos veces por la habitación y, al final, se detuvo frente a la silla de la dama. Era un joven de gran espíritu; y aunque era de buen corazón y sentía un cariño por la señora Lobkins que sus cuidados y afecto hacia él bien merecían, tenía un carácter áspero y no siempre era delicado en su hablar. Es cierto que su corazón le remordía después, siempre que había dicho algo para molestar a la señora Lobkins, y siempre era el primero en buscar la reconciliación; pero las palabras hirientes producen un frío respeto, y el arrepentimiento por el pasado no siempre es eficaz para enmendar el futuro. Paul entonces, inflado por la vanidad de su educación distinguida y la amistad de Long Ned (que iba a Ranelagh y usaba medias con relojes de plata), se detuvo frente a la silla de la señora Lobkins y dijo con gran solemnidad:
«El señor Pepper, señora, dice muy acertadamente que debo tener dinero para mantenerme como un caballero; y como usted no quiere dármelo, he decidido, con muchas gracias por sus favores pasados, lanzarme al mundo y buscar mi fortuna».
Si Paul no tenía un carácter suave y meloso, la dama Margaret Lobkins, como se ha visto, no llevaba ventaja en ese aspecto. (Nos atrevemos a decir que el lector habrá observado que nada enfurece tanto a las personas de las que uno depende como cualquier determinación expresada de buscar la independencia). Mirando, pues, por un momento el rostro abierto pero resuelto de Paul, mientras toda la sangre de sus venas parecía acumularse en fuego y escarlata en sus mejillas dilatadas, la dama Lobkins dijo:
«¡Vaya, señor Orgullo-en-trapos! ¿Buscarás tu fortuna tú solo? ¡Esto es lo que saco de criarte y dejarte comer el pan de la ociosidad y la caridad, pedazo de sapo! ¡Toma esto y que te lleve el demonio!», y, adaptando la acción a la palabra, el tubo que había retirado de su boca para pronunciar su gentil reprensión zumbó por el aire, rozó la mejilla de Paul y terminó su carrera terrenal entrando en violento contacto con el ojo derecho de Dummie Dunnaker, quien en ese preciso instante entraba en la habitación.
Paul se había estremecido un momento para evitar el proyectil; al siguiente, permaneció perfectamente erguido. Sus mejillas ardían, su pecho se hinchaba; y la entrada de Dummie Dunnaker, que se vio así convertido en espectador de la afrenta que había recibido, avivó su sangre hacia una ira más profunda y una humillación más amarga. Todas sus resoluciones anteriores de marcharse, todas las palabras duras, las alusiones groseras, los insultos prácticos que había recibido en cualquier momento, le asaltaron de golpe. Simplemente lanzó una mirada a la anciana, cuya rabia ya había disminuido a la mitad, y se volvió lenta y silenciosamente hacia la puerta.
A menudo hay algo alarmante en un suceso simplemente porque es lo que menos esperamos. La astuta señora Lobkins, recordando el carácter duro y las pasiones ardientes de Paul, había esperado algún estallido de ira, alguna respuesta vehemente; y cuando captó con un ojo errante su mirada de despedida y lo vio volverse tan pasiva y mudamente hacia la puerta, su corazón le dio un vuelco, se levantó de su silla y se dirigió hacia él. Desgraciadamente para sus posibilidades de reconciliación, aquel día había bebido más copiosamente de lo habitual; y los signos de embriaguez visibles en su andar incierto, su ojo sin sentido, su mirada vacía, su mejilla rubí, todo inspiró a Paul unos sentimientos que en aquel momento convirtieron el resentimiento en algo muy parecido a la aversión. Saltó de su agarre hacia el umbral.
«¿Adónde vas, engendro del mundo?», gritó la dama. «Entra de una vez y no digas más sobre el asunto; sé un buen tipo, deja a los matones y tendrás el dinero».
Pero Paul no hizo caso de esta invitación.
«No comeré más el pan de la ociosidad y la caridad», dijo con hosquedad. «Adiós; y si alguna vez puedo pagarte lo que te he costado, lo haré».
Se alejó mientras hablaba; y la dama, encendiéndose de resentimiento ante su desagradable respuesta a su bondad ofrecida, le gritó y le dijo que aquel caballero de color oscuro que tiene la oficina de incendios abajo se fuera con él.
Hinchado de ira, orgullo, vergüenza y una sensación medio alegre de independencia emancipadora, Paul caminó, no sabía hacia dónde, con la cabeza en el aire y las piernas marcando un paso militar de desafío. No había avanzado mucho cuando oyó su nombre pronunciado detrás de él; se volvió y vio el rostro afligido de Dummie Dunnaker.
De manera muy inofensiva se había empleado ese respetable personaje durante la última parte de la escena que hemos descrito, acariciando su ojo afectado y murmurando observaciones filosóficas sobre el peligro que corren todos aquellos que conocen a damas de temperamento colérico; cuando la señora Lobkins, volviéndose tras la partida de Paul y viendo la figura lamentable de aquel Dummie Dunnaker, cuyo nombre recordaba que Paul había mencionado en su discurso inicial, y a quien, por tanto, con una ilógica confusión de ideas, consideraba parte en la reciente disputa, descargó sobre él toda la rabia que era necesario para su consuelo que vertiera en algún lugar.
Agarró al hombrecillo por el cuello —el lugar más sensible de todos en los caballeros en circunstancias similares respecto a los caminos de la vida— y, dándole un golpe que surtió efecto en su otro ojo, hasta entonces intacto, gritó:
«¡Te enseñaré, chupasangre, a vivir a costa de los que tienen expectativas! ¡Te enseñaré a engañar al heredero del Mug, fantasma mocoso y de cara de suero de una vela de céntimo! ¡Qué! ¿Le prestarás a mi Paul tres coronas, cuando sabes que me dijiste que no podías pagarme ni un mísero centavo? Oh, eres un tipo raro, te lo aseguro; pero no engañarás a Margery Lobkins. ¡Fuera de mi vista, sarnoso! ¡Fuera de mi vista; y si vuelvo a poner mis ojos en ti, o si me entero de que vuelves a tomarle el pelo a mi Paul, juro que te haré un collar de cáñamo, te colgaré, perro, eso haré! ¡Qué! ¿Me contestarás, eh? ¡Oh, víbora, muévete y lárgate!».
Fue en vano que Dummie protestara su inocencia. Un violento puntapié cortó toda conversación posterior. Despejó la taberna del Mug; y la dueña de la misma, tambaleándose de vuelta a su sillón, buscó otra pipa y, como todas las personas imaginativas cuando el mundo les va mal, se consoló de la ausencia de realidades con las creaciones del humo.
Mientras tanto, Dummie Dunnaker, murmurando y refunfuñando amargas fantasías, alcanzó a Paul y acusó a ese joven de haber sido la causa de las lesiones que acababa de sufrir. Paul no estaba en ese momento de humor más adaptado para soportar pacientemente las acusaciones. Respondió al señor Dunnaker de forma muy cortante; y ese respetable individuo, todavía escocido por sus magulladuras, respondió con igual aspereza. Las palabras subieron de tono y, al final, Paul, deseoso de concluir la conferencia, cerró el puño y dijo al redomado Dummie que le «daría una paliza». Hay algo peculiarmente áspero y aturdidor en esos tres monosílabos duros, tensos, robustos y obstinados. Su mismo sonido hace que cierres el puño si eres un héroe, o el paso si eres un hombre pacífico. Produjeron un efecto instantáneo en Dummie Dunnaker, ayudados como estaban por el efecto de una figura atlética y juvenil, ya acercándose rápidamente a la altura de un metro ochenta, una mejilla sonrosada y un ojo que denotaba tanto pasión como resolución. La voz del trapero se hundió de repente y, con el semblante de un Casio agraviado, gimió:
«¿Darte una paliza? ¡Oh, pequeño Paul, qué palabras tan malvadas son esas! ¡Qué! ¡Dummie Dunnaker, que te ha mecido en sus rodillas muchas veces! ¡Vaya, el corazón de este tipo es duro como la estopa y orgulloso como un perro de jardinero con un ramillete atado a la cola!». Esta patética protesta suavizó la ira de Paul.
«Bueno, Dummie», dijo riendo, «no quería hacerte daño, y ahí se acaba todo; y siento mucho la mala conducta de la dama; así que te deseo los buenos días».
«¿Adónde vas trotando, pequeño Paul?», dijo Dummie, agarrándolo por el faldón de la chaqueta.
«Ni la más remota idea», respondió nuestro héroe; «pero creo que haré una visita a Long Ned».
«¡Quieto ahí!», dijo Dummie, hablando en voz baja; «si no vas a ir de chivato, te contaré un secreto. ¡He oído que Long Ned salió para Hampshire esta misma mañana en una expedición de bandidaje!».
«¡Ja!», dijo Paul, «¡entonces que me cuelguen si sé qué hacer!».
Al pronunciar estas palabras, una sensación más profunda de su indigencia (si persistía en dejar el Mug) de la que había sentido hasta entonces le sobrevino; pues Paul había planeado durante un tiempo lanzarse a la hospitalidad de su amigo patagónico, y ahora que descubría que ese amigo estaba ausente de Londres y en una expedición tan peligrosa, estaba un poco desconcertado sobre qué hacer con ese tesoro de intelecto y sabiduría que llevaba sobre sus piernas. Ya había adquirido suficiente penetración (pues Charles Trywit y Harry Finish eran excelentes maestros para iniciar a un hombre en el conocimiento del mundo) para percibir que una persona, por admirables que sean sus cualidades, no encuentra fácilmente bienvenida sin un centavo en el bolsillo. En el vecindario de Thames Court tenía, en efecto, muchos conocidos; pero la finura de su lenguaje, adquirida de su educación, y la elegancia de su aire, en la que intentaba combinar en feliz asociación la galante desfachatez del señor Long Ned con la elegante negligencia del señor Augustus Tomlinson, le habían hecho muchos enemigos entre esos conocidos; y no estaba dispuesto —tan grande era el orgullo de nuestro héroe— a lanzarse a la suerte de su bienvenida, o a publicar, por así decirlo, su estado de exiliado y abatido. En cuanto a aquellos compañeros de juerga que le habían ayudado a hacer un desierto de sus bolsillos, ya había descubierto que esa era la única especie de asistencia que estaban dispuestos a prestarle. En una palabra, no podía ni por asomo conjeturar en qué lugar encontraría los beneficios de cama y comida. Mientras permanecía con el dedo en los labios, indeciso y pensativo, pero resuelto al menos en una cosa: no volver al Mug, el pequeño Dummie, que era un buen tipo en el fondo, le miró a la cara y dijo:
«Vaya, Paul, hijo, parece que estás de capa caída; ¡anímate, las penas matan!».
Observando que este hecho apropiado y alentador de la historia natural no disminuía la nube en la frente de Paul, el agudo Dummie Dunnaker procedió de inmediato a la gran panacea para todos los males, según su propia estimación profunda.
«Paul, mi buen amigo», dijo con un guiño cómplice, dándole un codazo al joven en el lado izquierdo, «¿qué dices a un trago de ginebra? O, como te gusta ser refinado, ¡no me importa invitarte a un vaso de oporto!». Mientras Dunnaker pronunciaba esta invitación, una repentina reminiscencia cruzó la mente de Paul: pensó de inmediato en MacGrawler; y resolvió sin demora dirigirse a la morada de ese ilustre sabio y pedir al menos alojamiento para la noche que se aproximaba. Tan pronto como llegó a esta determinación, se liberó del agarre del amable Dummie y, rechazando con muchas gracias su hospitalaria invitación, le pidió que sustrajera de la casa de la dama, y guardara en la suya hasta que se le reclamara, aquellos artículos de lino y ropa que pertenecían a Paul y que podían ser fácilmente atrapados, durante una de las siestas vespertinas de la matrona, por el astuto Dunnaker. El comerciante prometió que el encargo sería ejecutado rápidamente; y Paul, dándole la mano, se dirigió a la mansión de MacGrawler.
Debemos ahora retroceder un poco en el curso natural de nuestra narración y observar que entre las causas menores que habían conspirado con la gran causa del juego para llevar a nuestro excelente Paul a su situación actual, estaba su intimidad con MacGrawler; pues cuando los años crecientes y los hábitos errantes de Paul habían puesto fin a las instrucciones del sabio, se había recortado de las finanzas del preceptor la suma semanal de dos chelines y seis peniques, así como la libertad de la bodega y despensa de la dama; y como, en la reacción de los sentimientos y el curso perverso de los asuntos humanos, la gente suele arrepentirse más de aquellas acciones una vez incurridas con más ardor, así la pobre señora Lobkins, imaginando que las irregularidades de Paul se debían enteramente a los conocimientos que había adquirido de las instrucciones de MacGrawler, se reprendía gravemente por su anterior locura al buscar una educación superior para su protegido; es más, incluso descargó sobre la sagrada cabeza del propio MacGrawler su insatisfacción por los resultados de sus enseñanzas. Del mismo modo, cuando un hombre que sabe deletrear llega a ser ahorcado, los anti-educacionistas acusan al libro de deletreo de su asesinato. Se produjeron palabras altisonantes entre el admirador de la inocencia ignorante y el propagador de la ciencia intelectual, que terminaron en la expulsión definitiva de MacGrawler del Mug.
Hay algunos jóvenes caballeros de la actualidad adictos a la adopción de la poesía de Lord Byron, con la alteración de nuevas rimas, que tienen a bien informarnos graciosamente de que han nacido para ser la ruina de todos aquellos que los aman —un hecho interesante, sin duda, pero que bien podrían guardarse para sí mismos—. Parecería por el contenido de este capítulo que la misma desgracia estaba destinada a Paul. El exilio de MacGrawler, los insultos ofrecidos a Dummie Dunnaker —ambos ocasionados por él—, parecen sancionar esa opinión. Desafortunadamente, aunque Paul era poeta, no era muy sentimentalista; y nunca nos ha dado los delirios edificantes de su remordimiento sobre esos temas. Pero MacGrawler, al igual que Dunnaker, estaba resuelto a que nuestro héroe percibiera la maldición de su fatalidad; y como aún conservaba cierta influencia sobre la mente de su antiguo alumno, sus acusaciones contra Paul, como origen de su destierro, tuvieron un mayor éxito que las quejas de Dummie Dunnaker sobre una calamidad similar. Paul, que, como la mayoría de la gente que no sirve para nada, tenía un excelente corazón, estaba sumamente apenado por el destierro de MacGrawler a causa suya; e intentó compensarlo con los consuelos pecuniarios que pudo ofrecer. Estos, MacGrawler (puramente, podemos suponer, por un deseo benevolente de disminuir el remordimiento del muchacho) no tuvo reparo en aceptar; y así, tan similares suelen ser los efectos de la virtud y del vicio, el ejemplar MacGrawler conspiró con el sinvergüenza Long Ned y el desalmado Henry Finish en producir ese estado poco envidiable de vacío que ahora entristecía los bolsillos de Paul.
Mientras nuestro héroe caminaba lentamente hacia la morada del sabio, dependiendo de su gratitud y amistad para un refugio temporal, uno de esos relámpagos de pensamiento que a menudo iluminan el abismo más profundo de la aflicción cruzó su mente. Recordando la imagen del crítico, recordó que había visto a ese adorno de «The Asinaeum» recibir diversas sumas por sus lucubraciones críticas.
«¿Por qué», dijo Paul, aferrándose a ese hecho y deteniéndose en seco en la calle, «por qué no debería convertirme yo mismo en crítico?».
La única persona a la que uno siempre hace una pregunta con una certeza tolerable de recibir una respuesta satisfactoria es a uno mismo. En el momento en que Paul lanzó esta luminosa sugerencia, le pareció haber descubierto las minas de Potosí. Ardiendo de impaciencia por discutir con el gran MacGrawler la viabilidad de su proyecto, aceleró el paso casi hasta correr, y en muy pocos minutos, habiendo derribado solo a un deshollinador y a dos vendedoras de manzanas por el camino, llegó a la puerta del sabio.
CAPÍTULO V.
Reinos aún no revelados a la vista humana, Cañas que atraviesan las manos infelices que escriben, Jefes críticos, ¡permitidme relatar las maravillas místicas de vuestro estado silencioso!
VIRGILIO, Eneida, libro VI.
La fortuna había sonreído al señor MacGrawler desde que emprendió la tutela del protegido de la señora Lobkins. Ahora habitaba en un segundo piso y desafiaba al sheriff y a sus malos espíritus. Era al anochecer cuando Paul lo encontró en casa y solo.
Ante el poderoso hombre había una jarra de cerveza negra de Londres; una vela, con una mecha descuidada, arrojaba su solitaria luz sobre sus labores; y un gato infante jugaba alegremente a sus pies eruditos, distrayendo los momentos de cansancio con los restos de la gorra espiral con la que, en lugar de laurel, el crítico había adornado sus sienes cada noche hasta entonces.
Tan pronto como MacGrawler, atravesando la bruma sombría que colgaba sobre la cámara, percibió la persona del intruso, un ceño se asentó en su frente.
«¿No te he dicho, muchacho», gruñó, «que nunca entres en la habitación de un caballero sin llamar? Te digo, señor, que los modales no son menos esenciales para la felicidad humana que la virtud; por lo tanto, ¡nunca molestes a un caballero en sus ocupaciones, y siéntate sin molestar al gato!».
Paul, que sabía que a su respetado tutor le disgustaba que nadie rastreara la fuente del maravilloso espíritu que infundía en sus composiciones críticas, fingió no percibir el Hipocrene de peltre y, con muchas disculpas por su falta de cortesía preparatoria, se sentó como se le indicó. Fue entonces cuando sobrevino la siguiente conversación edificante.
«Los antiguos», dijo Paul, «eran hombres muy grandes, señor MacGrawler».
«Lo eran, señor», respondió el crítico; «nosotros hacemos una regla en nuestra profesión de afirmar ese hecho».
«Pero, señor», dijo Paul, «se equivocaban de vez en cuando».
«¡Nunca, Ignoramus; nunca!».
«¡Alababan la pobreza, señor MacGrawler!», dijo Paul, con un suspiro.
«¡Hem!», exclamó el crítico, un poco tambaleado; pero recuperando pronto su perspicacia característica, observó: «Es cierto, Paul; pero esa era la pobreza de los demás».
Hubo una ligera pausa. «La crítica», renovó Paul, «debe ser un arte muy difícil».
«A-hem. ¿Y qué arte hay, señor, que no sea difícil, al menos, para llegar a ser un maestro?».
«Cierto», suspiró Paul; «o si no...».
«¿O si no qué, muchacho?», repitió el señor MacGrawler, viendo que Paul dudaba, ya sea por miedo a su conocimiento superior, como sugería la vanidad del crítico, o por (lo que era igualmente probable) falta de una palabra para expresar su significado.
«Bueno, estaba pensando, señor», dijo Paul, con ese coraje desesperado que da una entonación distinta y fuerte a la voz de todos los que arriesgan, o piensan que arriesgan, su destino en una jugada, «¡estaba pensando que me gustaría convertirme en crítico yo mismo!».
«¡Fiu!», silbó MacGrawler, elevando las cejas; «¡fiu! ¡grandes finales han venido de comienzos menores!».
Por muy alentadora que fuera esta afirmación, viniendo como venía de los labios de un hombre tan grande y un crítico tan grande, en el momento mismo además en que nada menos que un anatema contra la arrogancia y la presunción se esperaba que saliera de esos portales de sabiduría, tal es la falacia de todas las esperanzas humanas, que la de Paul sin duda habría estado un poco menos eufórica si, al mismo tiempo que sus oídos bebían el bálsamo de estas palabras amables, hubiera sido capaz de haber buceado en la fuente de la que emanaban.
«¡Conócete a ti mismo!» era un precepto que el sabio MacGrawler se había esforzado por obedecer; por consiguiente, el resultado de su obediencia fue que incluso él mismo era mejor conocido que de fiar. Por mucho que pudiera parecer a los demás, en realidad no albergaba una fe vana en la infalibilidad de sus propios talentos y recursos; tan pronto podría un carnicero considerarse un perfecto anatomista por la frecuente amputación de piernas de cordero, como el crítico de «The Asinaeum» haberse aplicado «el bálsamo halagador a su alma» de que era realmente experto en el arte de la crítica, o siquiera conocer una de sus reglas más comunes, por el hecho de poder cortar y descuartizar con toda rapidez cualquier obra, desde la más pequeña a la más grande, desde la más superficial a la más superior; y así fue como nunca tuvo la falta de franqueza de engañarse a sí mismo respecto a sus propios talentos. El deseo de Paul, por tanto, no bien fue expresado, cuando un vago pero dorado esquema de beneficio futuro iluminó el cerebro de MacGrawler; en una palabra, resolvió que Paul compartiera de ahí en adelante la labor de sus críticas; y que él, MacGrawler, recibiera todos los beneficios a cambio del honor conferido por ello a su coadjutor.
Mirando por tanto a nuestro héroe con aire benévolo, el señor MacGrawler continuó así:
«Sí, repito, ¡grandes fines han surgido de comienzos más pequeños! Roma no se construyó en un día; y yo, Paul, yo mismo no siempre fui el editor de 'The Asinaeum'. Dices bien, la crítica es una gran ciencia, una ciencia muy grande; y puede dividirse en tres ramas, a saber: 'hacer cosquillas, acuchillar y enyesar'. ¡En cada una de estas tres creo, sin vanidad, ser un profundo adepto! Te iniciaré en todas. Tus labores comenzarán esta misma tarde. Tengo tres obras sobre mi mesa; deben ser despachadas para mañana por la noche. Yo tomaré la más ardua; te abandono a ti las otras. Las tres consisten en una novela, una epopeya en doce libros y una investigación sobre la mente humana en tres volúmenes. Yo, Paul, haré cosquillas a la novela; ¡tú, esta misma tarde, enyesarás la epopeya y acuchillarás la investigación!»
«¡Cielo santo, señor MacGrawler!», exclamó Paul, consternado, «¿qué quiere decir? Nunca sería capaz de leer una epopeya en doce libros, y me quedaría dormido en la primera página de la investigación. ¡No, no, déjeme la novela y tome las otras dos bajo su propia protección!»
Aunque el gran genio es siempre benévolo, el señor MacGrawler no pudo contener una sonrisa de inefable desprecio ante la simplicidad de su pupilo.
«Conoce, joven», dijo solemnemente, «que la novela en cuestión debe ser objeto de cosquillas; no está dado a los principiantes inexpertos conquistar ese gran misterio de nuestra ciencia».
«Antes de que procedamos más lejos, explique las palabras del arte», dijo Paul, impaciente.
«Escucha, pues», replicó MacGrawler; y mientras hablaba, la vela proyectaba un resplandor espantoso sobre su rostro. «Acuchillar es, gramaticalmente hablando, emplear el caso acusativo o acusador; debes cortar tu libro a diestra y siniestra, de arriba abajo, de raíz a rama. Enyesar un libro es emplear el caso dativo o de dar; y debes prodigar a la obra todos los superlativos del lenguaje; debes aplicar tu elogio con espesor, sin dejar una grieta sin cubrir. Pero hacer cosquillas, señor, es una palabra exhaustiva, y comprende todas las variedades infinitas que llenan el intervalo entre acuchillar y enyesar. Esta es la sutileza del arte, y solo puedes adquirirla mediante la práctica; unos pocos ejemplos bastarán para darte una idea de su delicadeza.
«Comenzaremos con la cosquilla alentadora: 'Aunque esta obra está llena de faltas, aunque los personajes son antinaturales, la trama es totalmente improbable, los pensamientos trillados y el estilo agramatical, sin embargo, no desalentaríamos de ninguna manera al autor de continuar; y mientras tanto, recomendamos encarecidamente su obra a la atención del público lector'.
«Toma, ahora, la cosquilla que aconseja: 'Hay una buena dosis de mérito en estos pequeños volúmenes, aunque debemos lamentar la evidente prisa con la que fueron escritos. El autor podría hacerlo mejor; le recomendamos un estudio de los mejores escritores'; luego concluye con una cita en latín, que puedes tomar de uno de los lemas del 'Spectator'.
«Ahora, joven, para una muestra de la cosquilla faceta: 'Rogamos a este aspirante a poeta que recuerde el destino de Pireneo, quien, intentando perseguir a las Musas, olvidó que no tenía las alas de las diosas, se lanzó desde la ascensión más elevada que pudo alcanzar y pereció'.
«Esto, ves, Paul, es una clase de cosquilla más elevada y erudita, y puede reservarse para una de las Revistas Trimestrales. Nunca desperdicies un símil innecesariamente.
«Ahora una muestra de la cosquilla ingeniosa: '¡El señor... ha obtenido una reputación considerable! Algunas damas finas lo consideran un gran filósofo, y ha sido elogiado en nuestra presencia por algunos miembros de Cambridge por su conocimiento de la sociedad elegante'.
«Para este tipo de cosquilla generalmente usamos al más aburrido de nuestra tribu; y he seleccionado el ejemplo precedente de las críticas de un distinguido escritor en 'The Asinaeum', a quien llamamos, por excelencia, el Asno.
«Hay una variedad de otras cosquillas: la familiar, la vulgar, la educada, la bondadosa, la amarga; pero, en general, puede suponerse que todas las cosquillas significan, por muy disfrazadas que estén, uno u otro de estos sentidos: 'Este libro sería extremadamente bueno si no fuera extremadamente malo'; o, 'este libro sería extremadamente malo si no fuera extremadamente bueno'.
«¿Tienes ahora, Paul, una idea general del arte superior requerido por la cosquilla?»
Nuestro héroe significó su asentimiento con una especie de sonido histérico entre una risa y un gemido. MacGrawler continuó:
«Hay otra gran dificultad que acompaña a esta clase de crítica: generalmente es necesario leer unas pocas páginas de la obra; porque rara vez hacemos cosquillas sin extraer, y requiere cierto juicio hacer que el contexto concuerde con el extracto. Pero no suele ser necesario extraer cuando acuchillas o cuando enyesas; cuando acuchillas, es mejor en general concluir con: 'Después de lo que hemos dicho, es innecesario añadir que no podemos ofender el gusto de nuestros lectores con ninguna cita de esta basura execrable'. Y cuando enyesas, puedes rematar con: 'Lamentamos que nuestros límites no nos permitan dar ningún extracto de esta obra maravillosa e inigualable. Debemos remitir a nuestros lectores al libro mismo'.
«Y ahora, señor, creo que le he dado un esquema suficiente de la noble ciencia de Scaliger y MacGrawler. Sin duda está reconciliado con la tarea que le he asignado; y mientras yo hago cosquillas a la novela, ¡usted acuchillará la investigación y enyesará la epopeya!»
«¡Haré lo mejor que pueda, señor!», dijo Paul, con esa modesta pero noble sencillez que conviene a los virtuosamente ambiciosos; y MacGrawler le dio inmediatamente pluma y papel, y lo puso a trabajar en su cometido.
Tuvo la buena fortuna de complacer a MacGrawler, quien, después de haber hecho algunas correcciones de estilo, declaró que mostraba un genio peculiar en esa rama de la composición. Y fue entonces cuando Paul, engreído por el elogio, dijo, mirando con desprecio al rostro de su preceptor y balanceando las piernas de un lado a otro:
«¿Y qué, señor, recibiré por la epopeya enyesada y la investigación acuchillada?»
Como el rostro del colegial que, al adivinar, según cree acertadamente, el significado de alguna palabra misteriosa en Cornelio Nepote, no recibe el azucarado epíteto de elogio, sino un golpe repentino a través del *os humerosve* [cara u hombros], así, blanco, desconcertado y atónito, se puso el rostro del señor MacGrawler ante la brusca y pasmosa audacia de Paul.
«¡Recibir!», repitió, «¡recibir! ¿Por qué, insolente e ingrato cachorro, robarías el pan a tu antiguo maestro? Si puedo obtener para tus crudos artículos una admisión en las ilustres páginas de 'The Asinaeum', ¿no serás suficientemente pagado, señor, por el honor? Respóndeme a eso. Otro hombre, joven, te habría cobrado una prima por sus instrucciones; y aquí te he impartido, en una lección, todos los misterios de la ciencia, ¡y gratis! ¡Y me hablas de 'recibir', 'recibir'! Joven, en palabras del bardo inmortal: '¡Preferiría que me hubieras hablado de veneno para ratas!'»
«En fin, entonces, señor MacGrawler, ¿no obtendré nada por mi molestia?», dijo Paul.
«¡Por supuesto que no, señor; el mejor escritor de 'The Asinaeum' solo obtiene tres chelines por artículo!» Casi más de lo que merece, podría haber añadido el crítico; ¡pues quien escribe para nadie no debería recibir nada!
«Entonces, señor», dijo el mercenario Paul, profanamente, y levantándose, pateó de una patada al gato, a la epopeya y a la investigación hasta el otro extremo de la habitación: «¡entonces, señor, todos pueden irse al diablo!»
No buscamos, ¡oh, gentil lector!, excusar este anatema apresurado. Los hábitos de la infancia a veces estallan a pesar de las bendiciones posteriores de la educación; y no presentamos a Paul para tu imitación como ese modelo de virtud y sabiduría que deseamos que descubras en MacGrawler.
Cuando aquel gran crítico percibió que Paul se había levantado y se retiraba indignado hacia la puerta, él también se levantó y, repitiendo las últimas palabras de Paul, dijo:
«'¡Irse al diablo!' No tan rápido, joven; *festina lente*, todo a su debido tiempo. Qué importa que yo dijera, asombrado por tu petición prematura, que no recibirías nada; sin embargo, mi gran amor por ti puede inducirme a moverme en tu favor. El 'Asinaeum', es cierto, solo da tres chelines por artículo en general; pero yo soy su editor, y solicitaré a los propietarios en tu nombre. Sí, sí; veré qué se puede hacer. Espera un poco, muchacho».
Paul, aunque muy irascible, fue fácilmente apaciguado; volvió a sentarse y, tomando la mano de MacGrawler, dijo:
«Perdóneme por mi petulancia, mi querido señor; pero, para decirle la honesta verdad, estoy muy mal de dinero en este momento y debo conseguir algo de una manera u otra; en resumen, o debo dedicarme a robar bolsillos o a escribir (no gratuitamente) para 'The Asinaeum'».
Y sin más preámbulos Paul relató sus circunstancias actuales al crítico, declaró su determinación de no volver al Mug y solicitó, al menos, de la amistad de su antiguo preceptor el alojamiento de un techo para esa noche.
MacGrawler quedó sumamente desconcertado al oír una descripción tan mala de las finanzas y las perspectivas de su pupilo, pues había planeado secretamente regalarse esa noche con un cuenco de ponche, para el cual pretendía que Paul pagara; pero como conocía la rapidez de facultades que poseía el joven, así como el gran afecto que le profesaba la señora Lobkins, quien con toda probabilidad solicitaría su regreso al día siguiente, pensó que no era improbable que Paul disfrutara de la misma buena fortuna que su compañera felina, la cual, aunque acababa de ser pateada al otro extremo del apartamento, ahora estaba reanudando su ocupación anterior, ilesa y no menos alegre que antes. Por lo tanto, pensó que sería imprudente descartar a su antiguo pupilo, a pesar de su pobreza actual; y, además, aunque el primer proyecto feliz de embolsarse todos los beneficios derivados de la industria de Paul estaba ahora abandonado, todavía percibía gran facilidad para embolsarse una parte de los mismos recibos. Por ello respondió a Paul muy cálidamente, que simpatizaba plenamente con él en su melancólica situación actual; que, en lo que a él respecta, compartiría su último chelín con su amado pupilo, pero que lamentaba en ese momento no tener más que once peniques y medio en su bolsillo; que, sin embargo, se esforzaría al máximo para conseguir una apertura para el genio literario de Paul; y que, si a Paul le gustaba tomar la parte de acuchillar y enyesar del negocio, se la cedería voluntariamente y le daría todos los beneficios, cualesquiera que fueran. *En attendant*, lamentaba que un reumatismo violento le impidiera ceder su propia cama a su pupilo, pero que podría, con todo el placer imaginable, dormir sobre la alfombra ante la chimenea. Paul quedó tan afectado por esta bondad del hombre digno que, aunque no muy dado a la emoción, derramó lágrimas de gratitud. Insistió, sin embargo, en no recibir toda la recompensa de sus labores; y al final se acordó, aunque con una noble renuencia por parte de MacGrawler, que se repartiría equitativamente entre el crítico y el protegido del crítico; siendo la mitad de los beneficios otorgada razonablemente a MacGrawler por sus instrucciones y su recomendación.
CAPÍTULO VI.
Los malos sucesos asoman por la cola de los buenos propósitos.—Bartholomew Fair.
No pasó mucho tiempo antes de que hubiera una mejora visible en las páginas de «The Asinaeum». La parte de acuchillar de aquel incomparable diario fue concebida y llevada a cabo repentinamente con un vigor y un espíritu que asombraron a los pocos consagrados que contribuían a su circulación. No era difícil ver que se había alistado un nuevo soldado en el servicio; había algo tan fresco y cordial en el abuso que nunca podría haber procedido de la acerba amargura de un viejo acuchillador. Sin duda, una pequeña ignorancia de los hechos ordinarios y un método innovador de aplicar palabras a significados que nunca estuvieron destinados a denotar, eran distinguibles de vez en cuando en las críticas del nuevo Aquiles; no obstante, era fácil atribuir estas peculiaridades a un giro original de pensamiento; y el ascenso del periódico ante la aparición de una serie de artículos sobre autores contemporáneos, escritos por esta «mano eminente», fue tan notable que cincuenta ejemplares —un número perfectamente sin precedentes en los anales de «The Asinaeum»— se vendieron absolutamente en una semana; de hecho, recordando el principio sobre el que se fundó, un robusto escritor antiguo declaró que el diario pronto acabaría consigo mismo y se haría popular. Había una peculiaridad notable sobre el debutante literario que firmaba como «Nobilitas»: no solo ponía palabras antiguas en un sentido nuevo, sino que usaba palabras que nunca, entre el común de los escritores, se habían usado antes. Esto era especialmente notable en la aplicación de nombres duros a los autores. Una vez, censurando a un escritor popular por complacer al público y volverse rico gracias a ello, la «mano eminente» terminó con: «¡Quien acumula subrepticiamente *bustle* [dinero] no es, de hecho, nada mejor que un *buzz gloak*!» [carterista].
Estas palabras enigmáticas y frases recónditas impartieron un gran aire de erudición al estilo del nuevo crítico; y por la sublimidad ininteligible de su dicción, parecía dudoso si era un poeta de Highgate o un filósofo de Konigsberg. En cualquier caso, el crítico conservó su incógnito, y mientras sus alabanzas resonaban en no menos de tres mesas de té, incluso la gloria le parecía menos deliciosa que el disfraz.
En este incógnito, lector, ya has descubierto a Paul; y ahora tenemos que deleitarte con una pieza de moralidad sin par en el excelente MacGrawler. Aquel Mentor digno, al percibir que había una inclinación inherente a la disipación y la extravagancia en nuestro héroe, resolvió magnánimamente atraer sobre sí mismo los pecados de traición y malversación antes que permitir que su amigo y antiguo pupilo incurriera en los de despilfarro y profusión. Contrariamente, por tanto, al acuerdo hecho con Paul, en lugar de dar a ese joven la mitad de los beneficios resultantes de sus brillantes lucubraciones, le impartió solo una cuarta parte, y, con la máxima ternura por la salvación de Paul, aplicó las otras tres porciones de los mismos a sus propias necesidades. Las mejores acciones son, ¡ay!, a menudo malinterpretadas en este mundo; y estamos a punto de registrar un notable ejemplo de esa melancólica verdad.
Una tarde MacGrawler, habiendo «humedecido su virtud» de la misma manera que se dice que hizo el gran Catón, en la confusión que tal proceso a veces ocasiona en las cabezas mejor reguladas, dio a Paul lo que le pareció el esquema de cierto artículo que deseaba que fuera llenado de forma acuchilladora, pero que en realidad era la siguiente nota del editor de una publicación periódica mensual:
SEÑOR: —Entendiendo que mi amigo, el señor..., propietario de «The Asinaeum», permite que el muy distinguido escritor al que usted ha introducido en el mundo literario, y que firma como «Nobilitas», solo gane cinco chelines por artículo, le ruego, a través de usted, que le ofrezca el doble de esa suma. El artículo requerido será de una longitud ordinaria.
Soy, señor, etc.
Ahora bien, esa misma mañana, MacGrawler había informado a Paul de esta oferta, alterando solo, por los motivos amables que ya hemos explicado, la suma de diez chelines a la de cuatro; y no bien Paul leyó la comunicación que hemos puesto ante el lector, cuando, en lugar de gratitud hacia MacGrawler por su consideración de las debilidades morales de Paul, concibió contra aquel caballero el resentimiento más amargo. Sin embargo, no desahogó sus sentimientos de inmediato contra el escocés; de hecho, en ese momento, como el sabio estaba en un sueño profundo bajo la mesa, hubiera sido inútil que desatara su indignación; pero resolvió sin pérdida de tiempo abandonar la morada del crítico. «Y, de hecho», se decía, soliloquiando, «estoy profundamente cansado de esta vida y estaré muy contento de buscar algún otro empleo. Afortunadamente, he ahorrado cinco guineas y cuatro chelines; y con esa independencia en mi poder, ya que he renunciado al juego, no puedo pasar hambre fácilmente».
A este soliloquio sucedió una ensoñación misantrópica sobre la infidelidad de los amigos; y la meditación terminó con Paul haciendo un pequeño fardo de ropa, etc., que Dummie había logrado sacar del Mug, y que Paul había tomado de la morada del trapero una mañana cuando Dummie estaba fuera.
Cuando esta tarea sencilla concluyó, Paul escribió una nota breve y reprochadora a su ilustre preceptor y la dejó sin sellar sobre la mesa. Luego, volcando el tintero sobre el rostro dormido de MacGrawler, partió de la casa y se alejó sin importarle hacia dónde.
La tarde se cerraba gradualmente mientras Paul, masticando el rumiar de sus amargas fantasías, se encontró en el Puente de Londres. Se detuvo allí y, apoyándose sobre el puente, miró melancólicamente las aguas sombrías que rodaban, sin importarle un bledo las numerosas damas jóvenes y encantadoras que han creído oportuno ahogarse en esas olas despiadadas, privando así a muchas buenas amas de una excelente criada o una cocinera inestimable, y a muchos pérfidos Phaon de cartas que comienzan con «Villano perjuro» y terminan con «Tu afectuosa pero melancólica Molly».
Mientras meditaba así, fue abordado repentinamente por un caballero con botas y espuelas, que llevaba una fusta en una mano y la otra metida en el bolsillo de sus pantalones. El sombrero del galán estaba grácil y cuidadosamente colocado, de modo que alterara lo menos posible una profusión de rizos oscuros que, chorreando ungüentos, caían bajo no solo a ambos lados de la cara, sino sobre el cuello e incluso los hombros del dueño. La cara era saturnina y fuertemente marcada, pero hermosa y llamativa. Había una mezcla de frivolidad y severidad en su expresión; algo entre Madame Vestris y T. P. Cooke, o entre la «encantadora Sally» y un «Capitán audaz de Halifax». La estatura de este personaje era notablemente alta, y su figura era robusta, musculosa y bien constituida. En fin, para completar su retrato y dar a nuestros lectores de hoy una idea exacta de este héroe del pasado, añadiremos que era totalmente ese tipo de caballero que uno ve pavoneándose en la Burlington Arcade, con el pelo y el sombrero de lado, y una capa militar echada sobre los hombros; o merodeando por Regent Street, hacia el atardecer, con patillas y cigarro.
Poniendo su mano sobre el hombro de nuestro héroe, este caballero dijo, con una entonación afectada de voz:
«¿Cómo va, buen amigo? ¡Hace mucho que no te veía! Maldita sea, pero te ves peor por el desgaste. ¿Qué has estado haciendo contigo mismo?»
«¡Ja!», exclamó nuestro héroe, devolviendo el saludo al desconocido, «¿y es al Largo Ned a quien contemplo? Estoy realmente contento de encontrarte; y dime, amigo mío, ¡espero que lo que oí sobre ti no sea cierto!»
«¡Chist!», dijo el Largo Ned, mirando a su alrededor con temor y bajando la voz; «nunca hables de lo que oigas sobre caballeros, a menos que desees llevarlos a su última confesión y discurso de agonía. Pero ven conmigo, muchacho; hay una taberna aquí cerca, y bien podemos discutir los asuntos ante una pinta de vino. Te ves malditamente descuidado, eso es seguro; pero puedo decirle a Bill el camarero —¡un tipo famoso, ese Bill!— que eres uno de mis arrendatarios, que viene a quejarse de mi administrador, ¡quien acaba de embargarte por la renta, bribón! No es de extrañar que te veas tan gastado en el aparejo. Ven, sígueme. No puedo caminar contigo. Parecería demasiado como si Northumberland House y la carnicería de al lado dieran un paseo juntos».
«Realmente, Sr. Pepper», dijo nuestro héroe, sonrojándose y de ninguna manera complacido con la ingeniosa comparación de su amigo, «si le avergüenza mi ropa, que reconozco podría ser más nueva, no le heriré con mi...»
«¡Bah! muchacho, ¡bah!», gritó el Largo Ned, interrumpiéndolo; «nunca te ofendas. Yo nunca lo hago. Nunca tomo nada más que dinero, excepto, claro, relojes. No pretendo herir tus sentimientos; todos hemos sido pobres alguna vez. ¡Caramba!, recuerdo cuando no tenía ni un trapo en la espalda; y ahora, me ves... ¡me ves, Paul! Pero vamos, es solo por las calles que necesitas separarte de mí. Mantente un poco detrás, muy poco; eso servirá. Sí, eso servirá», repitió el Largo Ned, mascullando para sí mismo; «lo tomarán por un alguacil. Se ve elegante hoy en día ser tan escoltado; ¡demuestra que uno tuvo crédito alguna vez!».
Mientras tanto, Paul, aunque de ninguna manera complacido con el desprecio expresado por su aspecto personal por parte de su larguirucho asociado, e impresionado con un sentido más agudo que nunca de los crímenes de su casaca y los vicios de su otra prenda —«¡Oh, no pronuncies su nombre!»—, siguió con resignación y mal humor los pasos pavoneantes del afectado Sr. Pepper. Ese personaje llegó por fin a una pequeña taberna, y deteniendo a un camarero que corría por el pasillo hacia la cafetería con un plato de carne curada, exigió (sin duda por una placentera anticipación de una catástrofe pendular similar) un plato del mismo excelente sustento, para ser llevado, en compañía de una botella de oporto, a una habitación privada. Tan pronto como se vio a solas con Paul, estallando en una sonora carcajada, el Sr. Ned examinó a su camarada de pies a cabeza a través de un monóculo que llevaba sujeto al ojal de su chaqueta con una cinta azul.
«Bueno, caramba ahora», dijo, deteniéndose de vez en cuando, como para reír con más ganas, «que me parta un rayo, pero eres un tipo cómico. ¡Me pregunto qué dirían las mujeres si vieran al apuesto Edward Pepper, Esquire, caminando del brazo contigo en Ranelagh o Vauxhall! No, hombre, nunca estés abatido; si me río de ti, es solo para hacerte lucir un poco más alegre a ti mismo. Vaya, pareces un libro de mi abuelo llamado 'Anatomía de la melancolía' de Burton; y, por mi fe, nunca vi una copia encuadernada más harapienta».
«Estas bromas son un poco duras», dijo Paul, luchando entre el enojo y el intento de sonreír; y luego, recordando sus recientes ocupaciones literarias y los muchos extractos que había tomado de «Gleanings of the Belles Lettres», para impartir elegancia a sus críticas, lanzó su mano teatralmente y declamó con rostro solemne:
«'De todos los pesares que al afligido acosan, ¡sin duda el más amargo es la burla desdeñosa!'»
«Bueno, ahora, te ruego que me perdones», dijo el Largo Ned, componiendo sus facciones, «y dime qué has estado haciendo los últimos dos meses».
«¡Tajeando y enyesando!», dijo Paul, con orgullo consciente.
«¿Tajeando y qué? El chico está loco. ¿Qué quieres decir, Paul?»
«En otras palabras», dijo nuestro héroe, hablando muy despacio, «¡sabe, oh muy Largo Ned!, que he sido crítico de 'The Asinaeum'».
Si el camarada de Paul se rió al principio, ahora se rió diez veces más alegremente que nunca. Arrojó su cuerpo de gran longitud sobre un sofá cercano y literalmente se revolcó en convulsiones cachinantes; ni sus emociones risibles disminuyeron hasta que la entrada de la carne curada le devolvió el sentido. Al ver entonces que una nube se cernía sobre el semblante de Paul, se acercó a él con algo parecido a la gravedad, le pidió perdón por su falta de cortesía y le pidió que lavara toda aspereza con una copa de oporto. Paul, cuyas excelentes disposiciones ya hemos tenido ocasión de señalar, no fue impermeable a las disculpas de su amigo. Aseguró al Largo Ned que le perdonaba por completo su burla sobre la elevada situación que (Paul) había disfrutado en el mundo literario; que era el deber de un censor público no guardar rencor, y que estaría muy contento de participar en el entierro de la carne curada.
La pareja se sentó ahora a su banquete; y Paul, que había comido bastante escasamente en aquel Templo de Atenea sobre el cual presidía MacGrawler, hizo amplia justicia a los manjares que tenía delante. Poco a poco, mientras comía y bebía, su corazón se abrió a su compañero; y dejando de lado esa dignidad de Asinaeum que al principio había creído necesario asumir, entretuvo a Pepper con todos los pormenores de la vida que había llevado últimamente. Le narró su ruptura con Dame Lobkins, su acuerdo con MacGrawler, la gloria que había adquirido y los agravios que había sufrido; y concluyó, mientras aparecía la segunda botella, declarando su deseo de cambiar por alguna profesión más activa esa carrera sedentaria que tan prometedoramente había comenzado.
Esta última parte de las confesiones de Paul deleitó secretamente el alma del Largo Ned; pues aquel experimentado recolector de caminos —Ned era, de hecho, de una profesión no menos noble— había fijado desde hacía mucho tiempo su mirada en nuestro héroe, como alguien que pensaba que sería un honor para la empresa que él apoyaba, y un asistente útil para sí mismo. No había considerado prudente, en su trato anterior con Paul, cuando el joven estaba bajo el techo y la vigilancia de la práctica y cautelosa Sra. Lobkins, exponer la naturaleza exacta de sus propias ocupaciones, y se había contentado con madurar gradualmente la mente y las finanzas de Paul hasta ese estado en que la proposición de un salto desde un seto no fuera probable que escandalizara enormemente a la persona a quien se le hiciera. Ahora pensaba que ese tiempo estaba cerca, y llenando hasta el borde la copa de nuestro héroe, se dirigió a él con astucia:
«¡Valor, amigo mío! Tu narración me ha proporcionado un placer sensible; pues que me maldigan si no ha fortalecido mi opinión favorita: que todo es para mejor. Si no fuera por la mezquindad de ese despreciable tipo, MacGrawler, aún podrías estar inspirado con la ambición insignificante de ganar unos pocos chelines a la semana y vilipendiar a un grupo de pobres diablos en el "cómo-se-llame" ese, con nombre difícil; mientras que ahora, mi buen Paul, confío en poder abrir a tu genio una nueva carrera, en la que las guineas se obtienen con solo pedirlas, en la que puedes usar ropas finas y lanzar miradas a las damas en Ranelagh; y cuando te canses de la gloria y la libertad, Paul, bueno, ¡solo tienes que hacer una reverencia ante una heredera, o una viuda con un buen legado, y dejar el bullicio de los hombres como un Cincinato!».
Aunque la percepción de Paul sobre las ramas más abstrusas de la moral no era muy aguda —y en ese momento el vino de oporto había confundido considerablemente las pocas nociones que poseía sobre «la belleza de la virtud»—, no pudo dejar de percibir que la insinuada proposición del Sr. Pepper estaba lejos de ser una que el tribunal de obispos o un sínodo de moralistas habrían aprobado conscientemente. En consecuencia, permaneció en silencio; y el Largo Ned, tras una pausa, continuó:
«¿Conoces mi genealogía, buen amigo? Fui hijo del abogado Pepper, un viejo astuto, pero tan ardiente como Calcuta; y nieto del sacristán Pepper, un gran autor que escribía versos en lápidas y mantenía un puesto de tratados religiosos en Carlisle. Mi abuelo, el sacristán, era el de mejor genio de la familia; pues todos nosotros tendemos un poco a ser picantes de boca. Bien, mi buen amigo, mi padre me dejó su bendición y este endiablado buen cabello. Viví durante algunos años de mis propios recursos. Encontré que era un modo de vida particularmente inconveniente, y últimamente me he dedicado a vivir del público. Mi padre y mi abuelo lo hicieron antes que yo, aunque en una línea diferente. Es el plan más placentero del mundo. Sigue mi ejemplo y tu casaca será tan elegante como la mía. Maestro Paul, ¡a tu salud!».
«¡Pero, oh el más largo de los mortales!», dijo Paul, rellenando su copa, «aunque el público pueda permitirte comer tu carnero a sus espaldas por poco tiempo, al final darán coces y volcarán tu banquete; en otras palabras (¡perdona mi metáfora, querido Ned, en recuerdo de la parte que he mantenido últimamente en 'The Asinaeum', ese más magnífico y metafórico de los diarios!), en otras palabras, ¡la policía te atrapará al final; y tendrás el distinguido destino, como ya tienes la característica distintiva, de Absalón!».
«Quieres decir que seré ahorcado», dijo el Largo Ned, «eso puede ser o no; pero quien teme a la muerte nunca disfruta la vida. Considera, Paul, que aunque el ahorcamiento es un mal destino, morir de hambre es peor; por lo tanto, llena tu copa y bebamos a la salud de ese gran asno, el pueblo, ¡y que nunca nos falten sillas para montarlo!».
«Al gran asno», gritó Paul, apurando su copa; «¡que tus orejas sean tan largas! Pero te confieso, amigo mío, que no puedo entrar en tus planes. Y, como prueba de mi resolución, no beberé más, pues mis ojos ya comienzan a bailar en el aire; y si escucho más tiempo tu elocuencia irresistible, ¡mis pies podrían correr la misma suerte!».
Dicho esto, Paul se levantó; ni ninguna súplica, por parte de su anfitrión, pudo persuadirlo de que retomara su asiento.
«Como quieras», dijo Pepper, afectando un tono indiferente y arreglándose la corbata ante el espejo, «como quieras. Ned Pepper no requiere la compañía de nadie contra su voluntad; y si la chispa noble de la ambición no está en tu pecho, es inútil gastar mi aliento soplando en lo que solo existía en mi demasiado halagadora opinión de tus cualidades. Así que entonces, ¿te propones volver con MacGrawler (ese viejo tramposo despreciable) y pasar el resto inglorioso de tu vida en la mutilación de autores y el asesinato de la gramática? ¡Ve, buen amigo, ve! garabatea de nuevo y para siempre para MacGrawler, y deja que él viva de tus sesos en lugar de permitir que tus sesos...».
«¡Espera!», gritó Paul. «Aunque pueda tener algunos escrúpulos que me impiden adoptar esa línea de vida ascendente que me has propuesto, estás muy equivocado si te imaginas que soy tan falto de espíritu como para someterme por más tiempo a los fraudes de ese sinvergüenza MacGrawler. ¡No! Mi intención actual es visitar a mi vieja nodriza. Me parece extrañamente extraño que, aunque la he dejado hace tantas semanas, ella nunca se haya ablandado lo suficiente como para rastrearme, lo cual uno pensaría que no habría sido asunto difícil; y ahora, ya ves, que estoy bastante bien, teniendo cinco guineas y cuatro chelines todos para mí, y ella difícilmente puede pensar que quiero su dinero, ¡mi corazón se enternece hacia ella, y voy a pedir perdón por mi precipitación!».
«¡Bah! sentimental», gritó el Largo Ned, un poco alarmado ante la idea de que Paul se deslizara de esas garras que pensaba que ahora se habían cerrado tan firmemente sobre él. «¡Vaya, seguramente no querrás decir que, después de haber probado una vez las alegrías de la independencia, volverás a la taberna y soportarás todos los berrinches de borracha de la Madre Lobkins! ¡Mejor habrías permanecido con MacGrawler, de los dos!».
«Me malinterpretas», respondió Paul; «mi intención es únicamente hacer las paces con ella y obtener su permiso para ver mundo. Mi intención final es... viajar».
«Bien», gritó Ned, «por el camino real... y a caballo, espero».
«No, mi Coloso de los Caminos, no. Estoy en duda de si alistarme o no en un regimiento de infantería, o... ¡dame tu consejo al respecto! Me imagino que tengo una gran inclinación por el escenario, desde que vi a Garrick en 'Ricardo'. ¿Debo convertirme en actor ambulante? Debe ser una vida alegre».
«¡Oh, el diablo!», gritó Ned. «Yo mismo hice una vez de Casio en un granero, y todos juraban que representé la escena de la embriaguez a la perfección; pero no tienes idea de qué vida tan lamentable es para un hombre de cualquier sensibilidad. No, amigo mío, ¡no! Solo hay una línea en todas las obras antiguas digna de tu atención:
“'Toby [El camino real] o no toby, esa es la cuestión'”.
¡Olvidé el resto!».
«Bueno», dijo nuestro héroe, respondiendo en el mismo tono jocoso, «confieso que tengo 'la alta ambición del actor'. Es asombroso cómo latía mi corazón cuando Ricardo gritó: '¡Ven, ajetreo, ajetreo!'. Sí, Pepper, ¡fuera!...
“'Mil corazones hay grandes dentro de mi pecho'”».
«Bien, bien», dijo el Largo Ned, estirándose, «ya que eres tan aficionado a la obra, ¿qué dices de una excursión allí esta noche? Garrick actúa».
«¡Hecho!», gritó Paul.
«¡Hecho!», se hizo eco perezosamente el Largo Ned, levantándose con ese aire hastiado que distingue al hombre de mundo maduro del novato entusiasta, «¡hecho! y después nos retiraremos al White Horse».
«Pero espera un momento», dijo Paul; «si recuerdas, te debía una guinea la última vez que te vi... ¡aquí está!».
«Tonterías», exclamó el Largo Ned, rechazando el dinero, «¡tonterías! Necesitas el dinero en este momento; págamelo cuando seas más rico. No, nunca seas tímido al respecto; las deudas de honor no se pagan ahora como solían hacerlo. Nosotros, los muchachos del Club de Fish Lane, hemos cambiado todo eso. ¡Bueno, bueno, si insistes!».
Y el Largo Ned, viendo que Paul insistía, se guardó la guinea en el bolsillo. Cuando este delicado asunto estuvo arreglado: «Ven», dijo Pepper, «ven, busca tu sombrero; pero, ¡cielo santo!, he olvidado una cosa».
«¿Qué?».
«Vaya, mi buen Paul, considera. El teatro es un lugar de categoría; ¡mira tu casaca y tu chaleco, eso es todo!».
Nuestro héroe se quedó mudo ante este argumentum ad hominem. Pero el Largo Ned, tras disfrutar de su perplejidad, lo alivió diciéndole que conocía a un comerciante honesto que tenía una tienda de ropa hecha justo al lado del teatro, y que podría equiparlo en un momento.
De hecho, el Largo Ned cumplió su palabra; llevó a Paul a un sastre, quien le dio por la suma de treinta chelines —la mitad en efectivo, la mitad a crédito— una casaca verde con un encaje de oro deslustrado, un par de calzones rojos y un chaleco de color pimienta y sal. Es cierto que eran algo grandes, pues alguna vez habían pertenecido nada menos que al propio Largo Ned; pero Paul no consideraba entonces esas sutilezas del vestir, como se le enseñaría posteriormente por Gentleman George (personaje que introduciremos más adelante a nuestro lector), y fue al teatro tan satisfecho consigo mismo como si hubiera sido el Sr. T---- o el Conde de ----.
Nuestros aventureros están ahora sentados tranquilamente en el teatro; y no consideraremos necesario detallar las representaciones que vieron, ni las observaciones que hicieron. El Largo Ned era uno de esos seres superiores del camino que por nada del mundo se habría rebajado a aparecer en otro lugar que no fuera en los palcos; y, en consecuencia, los amigos consiguieron un par de asientos en la fila de gala. En el palco contiguo al que adornaban nuestros aventureros observaron, más especialmente que al resto del público, a un caballero y a una joven sentados uno al lado del otro; esta última, que tendría unos trece años, era tan extraordinariamente hermosa que Paul, a pesar de su entusiasmo dramático, apenas podía apartar sus ojos de su rostro hacia el escenario. Su cabello, de un color castaño brillante y claro, caía en profusos rizos alrededor de su cuello, arrojando una sombra más suave sobre una tez en la que las rosas parecían apenas brotar, por así decirlo, en un rubor. Sus ojos, grandes, azules y más lánguidos que brillantes, estaban cubiertos por las pestañas más oscuras; su boca parecía literalmente ceñida con sonrisas, tan numerosos eran los hoyuelos que cada vez que los labios llenos, maduros y húmedos se entreabrían, salían a la vista; y el encanto de los hoyuelos se veía ayudado por dos filas de dientes más deslumbrantes que las perlas más ricas que jamás hayan brillado en una novia. Pero el principal encanto del rostro era su aire excesivo y conmovedor de inocencia y suavidad aniñada; podrías haber contemplado para siempre ese primer florecimiento indescriptible, esa pelusa totalmente intacta y sin mancha, que parecía como si un simple aliento pudiera estropearla. Quizás al rostro le faltaba animación; pero quizás, también, tomaba de esa carencia una atracción. El reposo de las facciones era tan suave y gentil que el ojo vagaba allí con el mismo deleite, y lo dejaba con la misma renuencia, que experimenta al detenerse o al abandonar esos matices que se encuentran en mayor armonía con su visión. Pero mientras Paul alimentaba su mirada en esta joven belleza, las agudas miradas del Largo Ned habían encontrado un objeto no menos fascinante en un gran reloj de oro que el caballero que acompañaba a la damisela sacaba de vez en cuando ante sus ojos, como si estuviera cansándose un poco de la duración de las piezas o del lento paso del tiempo.
«¡Qué rostro tan hermoso!», susurró Paul.
«¿Es el rostro de oro, entonces, tanto como el reverso?», susurró el Largo Ned, a su vez.
Nuestro héroe se sobresaltó, frunció el ceño y, a pesar de la estatura gigantesca de su camarada, le dijo, muy enfadado, que buscara otro tema para bromear. Ned a su vez se quedó mirando, pero no respondió.
Mientras tanto, Paul, aunque la dama era un poco demasiado joven para enamorarse de ella, comenzó a preguntarse qué relación tenía su acompañante con ella. Aunque el caballero en conjunto era apuesto, sus facciones y todo el carácter de su rostro eran muy diferentes de aquellos en los que Paul se fijaba con tal deleite. Aparentemente no tenía más de cuarenta y cinco años, pero su frente estaba fruncida en muchas líneas y surcos; y en sus ojos la luz, aunque escrutadora, era más sobria y seria de lo que correspondía a sus años. Una expresión desagradable jugaba alrededor de la boca; y la forma del rostro, que era largo y delgado, restaba considerablemente al efecto atractivo de una hermosa nariz aguileña, dientes finos y una tez oscura, varonil, aunque cetrina. Había un aire mezclado de astucia y distracción en la expresión de su rostro. Parecía prestar muy poca atención a la obra, o a cualquier cosa a su alrededor; pero testificó una presteza muy considerable, cuando la obra terminó, al ponerle la capa a su joven acompañante y al abrirse paso a través de la densa multitud que los palcos vomitaban ahora.
Paul y su compañero siguieron silenciosamente, y cada uno con motivos muy diferentes entre sí, a los extraños. Estaban ahora en la puerta del teatro.
Un sirviente se adelantó e informó al caballero de que su carruaje estaba a pocos pasos, pero que podría pasar algún tiempo antes de que pudiera llegar hasta la puerta del teatro.
«¿Puedes caminar hasta el carruaje, querida?», dijo el caballero a su joven pupila; y respondiendo ella afirmativamente, ambos abandonaron el teatro, precedidos por el sirviente.
«¡Vamos!», dijo el Largo Ned, apresuradamente, y caminando en la misma dirección que habían tomado los extraños. Paul accedió de inmediato. Pronto alcanzaron a los extraños. El Largo Ned caminó lo más cerca del caballero y lo rozó al pasar. De repente, una voz gritó: «¡Al ladrón!», y el Largo Ned, diciéndole a Paul: «¡Sálvate tú mismo, corre!», salió disparado del lado de nuestro héroe hacia la multitud y desapareció en un abrir y cerrar de ojos. Antes de que Paul pudiera recuperarse de su asombro, se vio repentinamente agarrado por el cuello; se giró bruscamente y vio el rostro oscuro del acompañante de la joven.
«¡Bribón!», gritó el caballero, «¡mi reloj!».
«¡Reloj!», repitió Paul, desconcertado, y solo por el bien de la joven refrenándose de derribar a su captor, «¡reloj!».
«¡Sí, joven!», gritó un tipo con un abrigo largo, que apareció ahora repentinamente al otro lado de Paul; «el reloj de este caballero. Con su permiso, señor», dirigiéndose al demandante, «yo también soy un vigilante; ¿debo llevarme a este tipo?».
—Desde luego —gritó el caballero—; no habría perdido mi reloj ni por el doble de su valor. Puedo jurar que vi al compañero de este tipo arrebatárselo de mi bolsillo. El ladrón se ha ido, pero al menos tenemos al cómplice. Se lo entrego bajo su estricta responsabilidad, vigilante; aténgase a las consecuencias si lo deja escapar. El vigilante respondió, con tono hosco, que no quería ser amenazado y que sabía cómo cumplir con su deber.
—¡No me conteste, sujeto! —dijo el caballero con altanería—; ¡haga lo que le digo! Y tras un breve coloquio, Paul se encontró de repente marchando escoltado por dos tipos altos que parecían tener unas ganas prodigiosas de comérselo. Para entonces, ya se había recuperado de su sorpresa y consternación. No le faltó perspicacia para ver que su compañero realmente había cometido el delito del que se le acusaba, y también previó que la circunstancia podría acarrearle consecuencias desagradables. Considerando todas las facetas del caso, pensó que intentar escapar no sería un proceder imprudente por su parte; por lo tanto, tras avanzar unos pasos con mucha calma y pasividad, buscó su oportunidad, se zafó del agarre del caballero a su izquierda y estampó la mano así liberada contra la mejilla del caballero a su derecha con tan buen ánimo que le obligó a soltarlo y a retroceder varios pasos hacia los sótanos en posición inclinada. Pero ese tipo de golpe circular con el puño izquierdo es muy desfavorable para mantener un equilibrio firme; y antes de que Paul pudiera recuperarse lo suficiente como para salir disparado, fue derribado contra el suelo por un golpe del otro vigilante, el que estaba intacto, lo cual le privó por completo del sentido; y cuando recuperó esas útiles posesiones (de las que un hombre puede presumir razonablemente al perderlas, dado que solo una minoría las tiene para perder), se encontró estirado en un banco de la casa de guardia.
CAPÍTULO VII.
Ceñido por un esclavo galante, vestido como corresponde al valiente, el viejo Giaffir se sentaba en su diván: . . . . . . . Mucho temo que este chico caprichoso algún día me cause más molestias. La novia de Abidos.
El docto e ingenioso John Schweighaeuser (un nombre fácil de deletrear y melodioso de pronunciar) ha tenido a bien, en ese *Appendix continens particulam doctrinae de mente humana*, que cierra el volumen de sus «Opuscula Academica», observar (traducimos de memoria) que, «en la infinita variedad de cosas que en el teatro del mundo ocurren ante la observación de un hombre, o de una u otra manera afectan a su cuerpo o a su mente, la mayor parte están dispuestas de tal modo que le proporcionan más bien cierta sensación de placer que de dolor o malestar». Suponiendo que esto sea generalmente cierto en las constituciones bien dispuestas, señalamos un ejemplo notable en el caso del encarcelado Paul; pues aunque aquel joven no se encontraba en una situación agradable en el momento presente, y aunque nada muy alentador le sonreía desde las perspectivas del futuro, tan pronto como recuperó el conocimiento y se sacudió un poco, halló una fuente inmediata de placer al descubrir, en primer lugar, que varias damas y caballeros le hacían compañía en su prisión; y, en segundo lugar, al percibir una enorme jarra de agua a su alcance, la cual, dado que su sensación al despertar era la de una sed ardiente, vació con deleite de un trago. Luego, estirándose, miró a su alrededor con una curiosidad anhelante y descubrió una espalda vuelta hacia él, recostada en el suelo, que al primer vistazo le pareció familiar. «Seguramente —pensó— conozco esa casaca de frisa y el giro peculiar de esos hombros estrechos». Soliloquiando así, se irguió y, estirando la pierna, dio un suave puntapié a la forma reclinada. «Mascullando extraños juramentos», la forma se dio la vuelta y, levantándose sobre esa parte inhóspita del cuerpo en la que la introducción de pies ajenos se considera cualquier cosa menos un honor, fijó sus apagados ojos azules en el rostro del perturbador de sus sueños, abriéndolos gradualmente más y más, hasta que parecieron haberse agrandado en proporciones aptas para tragar la importante verdad que estalló ante ellos, y entonces de la boca de la criatura salió:
—¡Que me quede ciego si ese no es el pequeño Paul!
—¡Sí, Dummie, aquí estoy! ¡No he tardado mucho en acabar entre rejas, ya ves! ¡La vida es corta; debemos aprovechar bien nuestro tiempo!
Ante esto, el señor Dunnaker (no era otro que tan respetable persona) se levantó a trompicones del suelo y, sentándose en el banco junto a Paul, dijo en tono compasivo:
—¡Vaya, por Dios! ¡Si te han molido a golpes! ¡Tu cabeza está tan ensangrentada como la cara de Murphy cuando le cortan el cuello!
[«La cara de Murphy», lector ignorante, parece significar, en frase irlandesa, «cabeza de cerdo»].
—Es solo la fortuna de la guerra, Dummie, y una mera nadería; las cabezas fabricadas en Thames Court no se estropean fácilmente. Pero dime, ¿cómo has acabado aquí?
—Pues, estuve bebiendo demasiado...
—¿Hasta que se te fue la cabeza, eh, y caíste en la cuneta?
—Sí.
—Lo mío es peor asunto, me temo —y con ello Paul, en voz más baja, relató al fiel Dummie el cúmulo de accidentes que le habían conducido a su actual asilo. El rostro de Dummie se alargó mientras escuchaba; sin embargo, cuando terminó la narración, intentó ofrecerle los paliativos consoladores que se le ocurrieron. Representó, primero, la posibilidad de que el caballero no se tomara la molestia de comparecer; segundo, la certeza de que no se encontró ningún reloj en posesión de Paul; tercero, el hecho de que, incluso según la confesión del caballero, Paul no había sido el autor real; cuarto, si venía lo peor, ¿qué eran unas semanas o incluso meses de prisión?
—¡Que me ahorquen! —dijo Dummie—, ¡si es una manera tan buena de pasar el tiempo como cualquier tipo aficionado a la comodidad pueda desear!
Esta observación no supuso ningún consuelo para Paul, quien retrocedió, con toda la timidez virginal de aquel a quien tales uniones le son ajenas, ante una alianza matrimonial con la comodidad de la Casa de Corrección. Prefirió confiar en otra fuente de consuelo. En una palabra, alentó la halagadora creencia de que Long Ned, al ver que habían atrapado a Paul en su lugar, tendría la generosidad de presentarse y exculparlo del cargo. Al insinuar esta idea a Dummie, aquel consumado «hombre de mundo» no pudo creer durante un tiempo que algún simple pudiera estar tan completamente ajeno al mundo como para albergar seriamente una noción tan ridícula; y, de hecho, es algo notable que tal esperanza haya contado su cuento halagador a alguien criado en la casa de la señora Margaret Lobkins. Pero Paul, como hemos visto, había formado muchas de sus ideas a través de los libros; y tenía las mismas teorías refinadas sobre el «pícaro moral» que poseen las mentes de los jóvenes patriotas cuando dejan la universidad por primera vez para ir a la Cámara de los Comunes y piensan que la integridad es una cosa más bonita que el cargo.
El señor Dunnaker instó a Paul, seriamente, a desechar tan vaga e infantil fantasía de su pecho y a pensar más bien en qué línea de defensa sería mejor seguir. Una vez agotado este tema, Paul volvió a hablar de la señora Lobkins e inquirió si Dummie había honrado últimamente a esa dama con una visita.
El señor Dunnaker respondió que sí, aunque con gran dificultad, había aplacado la ira de ella hacia él por su supuesta complicidad en los excesos de Paul, y que últimamente ella había mantenido varias conversaciones con Dummie respecto a nuestro héroe. Al interrogar más a fondo a Dummie, Paul supo las razones de la buena matrona para no mostrar esa solicitud por su regreso que nuestro héroe había previsto razonablemente. El hecho era que ella, al no tener ninguna confianza en sus propios recursos independientes de ella, no se había sentido disgustada por una oportunidad de humillar efectivamente, como esperaba, aquel orgullo que tanto le había repugnado; y se complacía en su vanidad anticipando el momento en que Paul, hambriento hasta la sumisión, buscaría con alegría y arrepentimiento el refugio de su techo, y, domado por la experiencia, nunca volvería a rebelarse contra el yugo que su prudencia maternal consideraba apropiado imponerle. Se contentó, pues, con obtener de Dummie la información de que nuestro héroe estaba bajo el techo de MacGrawler, y por tanto fuera de todo peligro real para su vida o integridad física; y como no podía prever las ingeniosas muestras de intelecto con las que Paul se había convertido en la «Nobilitas» del «Asinaeum», y con ello se había salvado de la indigencia absoluta, estaba perfectamente convencida, por su conocimiento del carácter, de que el ilustre MacGrawler no seguiría protegiendo durante mucho tiempo al protegido rebelde, lo cual, en su opinión, era su única salvaguarda contra el hurto o la inanición. Para la primera alternativa decente, sabía de la gran y pueril aversión de Paul; y, por consiguiente, tenía poco temor por su moral o su seguridad al abandonarlo así por un tiempo a su suerte. Cualquier ansiedad, además, que hubiera podido experimentar intensamente se vio amortiguada por la embriaguez habitual que aumentaba en la buena señora con la edad, y que, aunque a veces podía ser excitada hasta su vehemencia característica, mantenía sus sentidos sumidos en su mayor parte en un estupor letárgico, o, por hablar con más cortesía, en una abstracción poética de las cosas del mundo exterior.
—Pero —dijo Dummie, a medida que impartía la solución de la conducta de la dama al oído atento de su compañero—, pero espero que cuando salgas de este aprieto, pequeño Paul, tomes precauciones, y dejes la compañía del señor Pepper (la cual, debo decir, siempre me entristeció verte alentar), y vuelvas a casa, al Mug, y abraces a la vieja, pues no ha sido la misma criatura desde que te fuiste. ¡Es una mujer de corazón delicado, esa Piggy Lob!
Tan apropiado panegírico sobre la señora Margaret Lobkins podría haber excitado en otro momento los músculos risorios de Paul; pero en aquel instante sintió realmente remordimiento por la forma poco ceremoniosa en que la había dejado, y la suavidad del afecto lleno de pesar impregnó con sus colores sagrados incluso la imagen de Piggy Lob.
En conversaciones de esta descripción intelectual y doméstica, la noche y la mañana siguiente pasaron, hasta que Paul se encontró en la imponente presencia del juez Burnflat. Varios casos fueron resueltos antes que el suyo; y entre otros, el señor Dummie Dunnaker obtuvo su liberación, aunque no sin una severa reprimenda por su pecado de embriaguez, lo cual sin duda afectó sensiblemente al espíritu ingenuo de aquel noble carácter. Por fin llegó el turno de Paul. Escuchó, mientras tomaba su puesto, un zumbido general. Al principio imaginó que era por su propia apariencia interesante; pero al levantar los ojos, percibió que era por la entrada del caballero que iba a convertirse en su acusador.
—Silencio —dijo alguien cerca de él—, es el abogado Brandon. ¡Ah, es un tipo astuto! Le irá mal a la persona de la que se queja.
Había un feliz fondo de elasticidad espiritual en nuestro héroe; y aunque no tuvo la buena fortuna de tener «un corazón marchito» —circunstancia que, según los poetas y filósofos actuales, se supone que inspira a un hombre un coraje maravilloso y lo hace impermeable a todas las desgracias—, sin embargo, se mantuvo con un coraje maravilloso ante su difícil situación actual, y estuvo lejos de sentirse abrumado, aunque ciertamente quedó un poco desanimado por la observación que acababa de escuchar.
El señor Brandon era, en efecto, un abogado de considerable reputación y muy estimado en el mundo, no solo por su talento, sino también por una gran austeridad de modales, que, aunque un poco mezclada con severidad y acritud por los errores de otros hombres, se consideraba naturalmente más loable por esa misma razón; habiendo, como los expertos sin duda saben, dos divisiones en la primera clase de moralidad: *imprimis*, un gran odio por los vicios del prójimo; segundo, la posesión de virtudes en uno mismo.
El señor Brandon fue recibido con gran cortesía por el juez Burnflat; y como llegó reloj en mano (un reloj prestado), diciendo que su tiempo valía cinco guineas por momento, el juez procedió inmediatamente a los asuntos.
Nada podía ser más claro, corto o satisfactorio que el testimonio del señor Brandon. El testimonio corroborativo del vigilante siguió; y entonces se llamó a Paul para su defensa. Fue tan breve como la acusación; pero, ¡ay!, no fue igual de satisfactorio. Consistió en una firme declaración de su inocencia. Su camarada, confesó, podría haber robado el reloj; pero sugirió humildemente que esa era exactamente la razón por la que él no lo había robado.
—¿Cuánto tiempo, sujeto —preguntó el juez Burnflat—, conoce a su compañero?
—Unos seis meses.
—¿Y cuál es su nombre y oficio? Paul dudó y se negó a responder.
—¡Un triste asunto! —dijo el juez, en tono melancólico, y sacudiendo la cabeza de forma premonitoria.
El abogado estuvo de acuerdo con el aforismo, pero con gran magnanimidad observó que no deseaba ser duro con el joven. Su juventud estaba a su favor, y su delito era probablemente consecuencia de malas compañías. Sugirió, por tanto, que como debía ser perfectamente consciente de la dirección de su amigo, recibiría un indulto total si inmediatamente favorecía al magistrado con esa información. Concluyó señalando, con singular filantropía, que no era el castigo del joven, sino la recuperación de su reloj, lo que deseaba.
El juez Burnflat, tras haber impresionado debidamente en la mente de nuestro héroe la desinteresada y cristiana misericordia del demandante, y la obligación eterna que Paul tenía hacia él por su despliegue, repitió ahora, con doble solemnidad, aquellas preguntas sobre la habitación y el nombre de Long Ned que nuestro héroe se había negado anteriormente a responder.
Nos entristece confesar que Paul, ingrato y totalmente indiferente a la hermosa benignidad del abogado Brandon, continuó firme en su obstinada negativa a traicionar a su camarada; y con igual obstinación siguió insistiendo en su propia inocencia y en la intachable respetabilidad de su carácter.
—¿Su nombre, joven? —dijo el juez—. ¿Su nombre, dice, es Paul..., Paul qué? Apuesto a que tiene muchos alias.
Aquí el joven volvió a dudar; finalmente respondió:
—Paul Lobkins, su señoría.
—¡Lobkins! —repitió el juez—. ¡Lobkins! Ven aquí, Saunders; ¿no tenemos ese nombre en nuestros libros negros?
—Si le place a su señoría —dijo un hombre pequeño y robusto, muy útil en muchos aspectos para el Festus de la policía—, hay una tal Peggy Lobkins, que tiene una taberna, una especie de antro, llamada el Mug, en Thames Court; no exactamente en nuestra zona, su señoría.
—¡Jo, jo! —dijo el juez Burnflat, guiñando un ojo al señor Brandon—, debemos investigar esto un poco. Dígame, señor Paul Lobkins, ¿qué parentesco tiene con usted la buena posadera del Mug, en Thames Court?
—Ninguno en absoluto, señor —dijo Paul rápidamente—; ¡solo es una amiga!
Ante esto hubo una carcajada en el tribunal.
—¡Silencio! —gritó el juez—. Y me atrevo a decir, señor Paul Lobkins, que esta amiga suya responderá por la respetabilidad de su carácter, del cual tanto se jacta.
—No tengo ninguna duda de ello, señor —respondió Paul; y hubo otra carcajada.
—¿Y hay algún otro amigo suyo, igualmente importante y loable, que le haga el mismo favor?
Paul dudó; y en aquel momento, para sorpresa del tribunal, pero sobre todo para la total y asombrosa sorpresa de sí mismo, dos caballeros, vestidos a la última moda, se adelantaron y, haciendo una reverencia al juez, se declararon dispuestos a responder por la absoluta respetabilidad e intachable carácter del señor Paul Lobkins, a quien conocían, dijeron, desde hacía muchos años, y por quien sentían el mayor respeto. Mientras Paul observaba a aquellos amables amigos, a quienes no recordaba haber visto nunca antes en su vida, el abogado, que era un tipo muy agudo, susurró al magistrado; y aquel dignatario, asintiendo y mirando a los recién llegados, preguntó los nombres de los testigos del señor Lobkins.
«Señor Eustace Fitzherbert» y «señor William Howard Russell» fueron las respuestas.
Nombres tan aristocráticos produjeron una sensación general. Pero el impasible juez, llamando al mismo señor Saunders al que se había dirigido antes, le pidió que examinara bien los rostros de los amigos del señor Lobkins.
Como el alguacil miraba las facciones del memorable Don Rafael y del ilustre Manuel Morales, cuando el primero de aquellos consumados personajes consideraba conveniente asumir la dignidad viajera de un príncipe italiano, hijo del soberano de los valles que yacen entre Suiza, el Milanesado y Saboya, mientras que el segundo se contentaba con ser sirviente de Monseigneur le Prince; incluso así, con mucha más seriedad que respeto, miró el señor Saunders las facciones de aquellos caballeros de alto linaje, los señores Eustace Fitzherbert y William Howard Russell; pero tras una larga inspección retiró la mirada, hizo un gesto insatisfactorio y de no reconocimiento al magistrado y dijo:
—Si le place a su señoría, no son de mi rebaño; pero Bill Troutling conoce más a esta clase de tipos elegantes que yo.
—¡Que comparezca Bill Troutling! —fue la orden lacónica.
Ante aquel nombre, una cierta confusión modesta podría haber sido visible en los rostros de los señores Eustace Fitzherbert y William Howard Russell, de no haber sido porque la atención del tribunal se dirigió inmediatamente a otro caso. Una pobre mujer había sido enviada por siete días a la Casa de Corrección bajo un cargo de falta de respetabilidad. Su marido, la persona más interesada en el asunto, se adelantó ahora para refutar el cargo; y con la ayuda de sus vecinos tuvo éxito.
—Es todo muy cierto —dijo el juez Burnflat—; pero como su esposa, buen hombre, saldrá en cinco días, apenas merecerá la pena liberarla ahora.
[Un hecho ocurrido en el mes de enero de 1830. Véase «The Morning Herald»].
Tan juiciosa decisión no podía dejar de satisfacer al marido; y la audiencia se iluminó desde aquel momento sobre una verdad muy notable: a saber, que cinco días de cada siete guardan una proporción peculiarmente pequeña con los dos restantes; y que la gente en Inglaterra tiene un amor tan prodigioso por el castigo que, aunque no merezca la pena liberar a una mujer inocente de prisión cinco días antes de lo que se habría hecho, ¡es excesivamente meritorio enviarla a prisión por siete!
Cuando el marido, pasándose la mano áspera por los ojos y mascullando alguna impertinencia vulgar o similar, se hubo retirado, el señor Saunders dijo:
—¡Aquí está Bill Troutling, su señoría!
—Oh, bien —dijo el juez—; y ahora, señor Eustace Fitz... ¡Hola! ¿Cómo es esto? ¿Dónde están el señor William Howard Russell y su amigo el señor Eustace Fitzherbert?
«El eco respondió... ¿dónde?».
Aquellos nobles caballeros, teniendo una aversión natural a ser confrontados con una persona tan baja como el señor Bill Troutling, habían desaparecido silenciosamente, en el instante en que el interés público se desvió de ellos, de una escena donde su rango en la vida parecía tan poco tenido en cuenta. Si, lector, siente ansiedad por saber de qué parte del mundo aparecieron aquellos visitantes transitorios, sepa que eran espíritus enviados por aquel inimitable mago, Long Ned, en parte para informar de cómo iban las cosas en el tribunal; pues el señor Pepper, siguiendo aquella vieja política que enseña que cuanto más cerca está el zorro de los cazadores, más posibilidades tiene de ser pasado por alto, se había sumergido, inmediatamente después de su abrupta partida de Paul, en una casa en la misma calle donde su ingenio se había lucido, y en la cual las ostras y la cerveza atraían y regalaban cada noche a una asamblea que, por hablar imparcialmente, era más numerosa que selecta. Allí se había enterado de cómo un carterista había sido apresado por afecto ilegal al reloj de otro hombre; y allí, mientras aliñaba tranquilamente sus ostras, había satisfecho su mente, con su agudeza característica, con la convicción de que aquel infortunado arrestado no era otro que Paul. En parte, pues, como precaución para su propia seguridad, para poder recibir noticias rápidas en caso de que la defensa de Paul hiciera aconsejable un cambio de residencia, y en parte (por la amistad del compañerismo) para respaldar a su compañero con la ayuda que el testimonio favorable de dos personas bien vestidas, poco conocidas «por la ciudad», pudiera conferir, había despachado a aquellos seres celestiales que habían aparecido bajo los nombres mortales de Eustace Fitzherbert y William Howard Russell ante la corte imperial del juez Burnflat. Habiendo explicado así la aparición (la desaparición no requiere comentarios) de los «amigos» de Paul, volvemos a Paul mismo.
A pesar de los peligros que le acechaban, nuestro joven héroe luchó hasta el final; pero el juez no estaba, de ningún modo, dispuesto a disgustar al señor Brandon y, al observar que una mueca de incredulidad y sarcasmo permanecía fija en el labio de aquel caballero durante toda la defensa de Paul, no pudo sino ajustar su decisión a la bien conocida agudeza del célebre abogado. Paul fue sentenciado a retirarse durante tres meses a esa casa de campo situada en Bridewell, a la cual los ingratos funcionarios de la justicia destierran a menudo a sus ciudadanos más activos.
Tan pronto como se dictó la sentencia, Brandon, cuyos ojos agudos no veían esperanza de recuperar su tesoro perdido, declaró que el granuja tenía perfectamente el aire del Old Bailey y que no dudaba de que, si algún día llegaba a ser juez, también viviría para imponer una clase de sentencia muy distinta al infractor.
Dicho esto, decidió no perder más tiempo y abandonó la oficina de forma muy abrupta, sin más consuelo que el recuerdo de que, en cualquier caso, había enviado al muchacho a un lugar donde, por muy inocente que fuera en aquel momento, estaba seguro de que saldría tan inclinado a la maldad como sus amigos pudieran desear; unido a la reflexión moral que la tragedia de Bombastes Furioso pudo haberle proporcionado en aquel sentencioso y conciso verso:
«Tu reloj se ha ido, los relojes están hechos para irse».
Mientras tanto, Paul fue conducido con pompa a su retiro, en compañía de otros dos infractores: uno, un hombre de mediana edad, aunque un «viejo experto», que fue sentenciado por obtener dinero bajo falsos pretextos, y el otro, un niño pequeño que había sido declarado culpable de dormir bajo una columnata; siendo la especial belleza de la ley inglesa no hacer distinción alguna, refinada o absurda, entre el vicio y la desgracia, y siendo su método peculiar de proteger a los honestos el de crear tantos bribones como fuera posible en el menor espacio de tiempo.
CAPÍTULO VIII.
Sentido Común. ¿Cuál es el fin del castigo con respecto al individuo castigado?
Costumbre. ¡Hacerlo mejor!
Sentido Común. ¿Cómo castigáis a los jóvenes infractores que son (por su juventud) especialmente susceptibles al ejemplo, y a quienes es, por tanto, más fácil arruinar o reformar que a los maduros?
Costumbre. ¡Los enviamos a la Casa de Corrección para que se asocien con los más grandes granujas del país!
Diálogo entre el Sentido Común y la Costumbre.—Muy escaso.
Como era ya tarde cuando Paul hizo su primera entrada en Bridewell, pasó aquella noche en la «sala de recepción». A la mañana siguiente, tan pronto como fue examinado por el cirujano y vestido con el uniforme reglamentario, fue conducido, según su clasificación, entre la buena compañía que había sido considerada culpable de esa falta compendiosa: «un delito menor». Allí, un caballero alto se acercó a él y le habló en un lenguaje determinado, que podría llamarse la masonería de los delincuentes, y que Paul, aunque no comprendió palabra por palabra, entendió correctamente como una pregunta sobre si era un granuja consumado y un pícaro completo. Respondió entre confuso y enfadado; y su respuesta fue tan perjudicial para cualquier influencia favorable que pudiera haber ejercido sobre el interrogador, que este último personaje, dándole un pellizco en la oreja, gritó: «¡Ramp, ramp!» y, ante esa palabra significativa y terrible, Paul se vio rodeado en un instante por toda una hueste de ingeniosos torturadores. Uno tiraba de un miembro, otro pellizcaba el otro; uno le daba puñetazos por delante y otro le golpeaba por detrás. Como interludio a esta placentera ocupación, le despojaron de las poquísimas cosas que había conservado en su cambio de ropa. Uno se llevó su pañuelo, otro su corbata y un tercero, más afortunado que los anteriores, se apoderó de un par de botones de camisa de cornalina, que le habían sido regalados a Paul como prenda de amor por una joven que vendía naranjas cerca de la Torre. Afortunadamente, antes de que este proceso iniciático —técnicamente llamado «ramping» y ejercido sobre todos los recién llegados que parecen tener una chispa de decencia en ellos— hubiera reducido los huesos de Paul, quien luchó con uñas y dientes en su defensa, al estado de magnesia, un hombre de aspecto grave, que hasta entonces había deshebrado su estopa en silencio, se levantó de repente, se interpuso entre la víctima y los agresores, y ordenó a estos últimos, como quien tiene autoridad, que dejaran al muchacho en paz y se fueran al diablo.
Esta propuesta de recurrir a otro lugar para divertirse, aunque pronunciada de manera muy grave y tranquila, produjo el efecto instantáneo que las advertencias de los grandes granujas suelen surtir sobre los pequeños. Los señores «rampers» cesaron en sus diversiones; y el cabecilla de la banda, dando a Paul una palmada cordial en la espalda, declaró que era un tipo excelente y que solo había sido una pequeña broma, la cual esperaba no hubiera causado ninguna ofensa.
Paul, todavía con el puño cerrado, estaba a punto de responder sin ánimos de paz, cuando un carcelero, al que no le importaba en absoluto cuántos hombres encerraba por una falta, pero al que no le gustaba nada la molestia de vigilar a ninguno de su rebaño para ver que la falta no se cometiera, apareció de pronto entre el grupo; y tras regañarles por la excesiva molestia que le suponían, se llevó a dos de los más pobres de la chusma al confinamiento solitario. Sucedió, por supuesto, que estos dos no habían tomado la más mínima parte en el altercado. Terminada esta escena, la compañía regresó a deshebrar estopa; el molino de pisar, ese invento admirablemente justo por el cual un hombre fuerte no sufre fatiga y uno débil pierde la salud de por vida, no había sido introducido aún en nuestros excelentes establecimientos para corregir el crimen. Amargamente y con muchos sentimientos oscuros y llenos de ira, en los que el sentido de la injusticia del castigo era lo único que le sostenía frente a las humillaciones a las que estaba sometido —amargamente y con el corazón henchido, en el que los pensamientos que conducen al crimen ya se abrían paso a través de un suelo repentinamente calentado para su crecimiento—, se inclinó Paul sobre su tarea. Se sintió tocado en el brazo; se volvió y vio que el caballero que tan amablemente le había librado de sus torturadores estaba sentado ahora a su lado. Paul contempló larga y seriamente a su vecino, luchando con el pensamiento de que había visto aquel rostro sagaz en tiempos más felices, aunque ahora, ¡ay!, estaba alterado no solo por el tiempo y las vicisitudes, sino por ese aire de gravedad que las preocupaciones de la madurez extienden gradualmente sobre el rostro del más despreocupado, hasta que toda duda se disipó y exclamó:
—¿Es usted, señor Tomlinson? ¡Qué alegría me da verle aquí!
—Y yo —respondió el antiguo asesino para los periódicos, con un tono nasal—, estaría muy contento de verme en cualquier otro lugar.
Paul no respondió; y Augustus continuó:
—«Para un hombre sabio, todos los lugares son iguales», eso se ha dicho. No lo creo, Paul, no lo creo. ¡Pero tregua a la reflexión! Te recordé en el momento en que te vi, aunque has crecido sorprendentemente. ¿Cómo está mi amigo MacGrawler? ¿Sigue trabajando duro para "The Asinaeum"?
—Creo que sí —dijo Paul, huraño, y apresurándose a cambiar de tema—; pero dígame, señor Tomlinson, ¿cómo ha llegado usted aquí? Oí que se había ido al norte de Inglaterra para desempeñar un empleo lucrativo.
—¡Posiblemente! El mundo siempre malinterpreta las acciones de aquellos que están constantemente ante él.
—Es muy cierto —dijo Paul—; y yo mismo he dicho lo mismo cien veces en "The Asinaeum", pues nunca fuimos demasiado generosos con nuestras verdades en ese magnífico diario. Es asombroso cuánto partido sacábamos a tres ideas.
—Me recuerdas a mí y a mis labores periodísticas —añadió Augustus Tomlinson—. No estoy muy seguro de que tuviera tantas como tres ideas de sobra; pues, como dices, es asombroso lo lejos que puede llegar ese número si se gestiona adecuadamente. Ocurre con los escritores lo mismo que con los actores ambulantes: las mismas tres ideas que servían para los turcos en una escena sirven para los montañeses en la siguiente; pero debes contarme tu historia uno de estos días, y tú escucharás la mía.
—Le estaría excesivamente agradecido por su confianza —dijo Paul—, y no dudo que su vida debe ser excesivamente entretenida. La mía, hasta ahora, ha sido insípida. Las vidas de los hombres de letras no están llenas de aventuras; y me pregunto si todos los escritores de "The Asinaeum" no han llevado casi la misma existencia que la que yo he sostenido.
En conversaciones de este tipo, nuestros amigos recién reunidos pasaron el resto del día hasta la hora de las cuatro y media, cuando los prisioneros deben suponer que la noche ha comenzado y ser encerrados en sus dormitorios. Tomlinson entonces, que se alegraba de reencontrar a una persona que le había conocido en sus buenos tiempos, habló en privado con el carcelero; y el resultado de la conversación fue el emparejamiento de Paul y Augustus en la misma cámara, que era una especie de caja de piedra, que generalmente acomodaba a tres, y que —pues la hemos medido, como habríamos medido la celda del prisionero de Chillon— medía exactamente ocho pies por seis.
No pretendemos, lector, indicar, con colores marcados y en largo detalle, el deterioro moral de nuestro héroe; porque hemos descubierto, por experiencia, que tales esfuerzos por nuestra parte no hacen más que hacerte culpar a nuestra estupidez en lugar de alabar nuestra intención. Por tanto, solo desarrollaremos nuestra moraleja mediante sutiles alusiones y breves comentarios; y ahora nos contentaremos con recordarte que hasta ahora has visto a Paul siendo honesto a pesar de las circunstancias. A pesar del contagio de la taberna, a pesar de sus asociados en Fish Lane, a pesar de su intimidad con Long Ned, le has visto resistir la tentación y mirar hacia otra carrera que no fuera la del robo o el fraude. Es más, incluso en su indigencia, cuando fue expulsado del hogar de su infancia, observaste cómo, en lugar de recurrir a algún camino de vida más placentero o libertino, se dirigió de inmediato al techo sombrío y a los insípidos empleos de MacGrawler, y prefirió ganarse honestamente el sustento con el sudor de su cerebro antes que recurrir a cualquiera de las numerosas formas de vivir a costa de otros con las que su experiencia entre la peor parte de la sociedad debió haber estado repleta, y las cuales, por decir lo menos, son más atractivas para los jóvenes y aventureros que los áridos caminos de la labor literaria. De hecho, para confesarte un secreto, había sido la ambición audaz de Paul elevarse hasta ser un digno miembro de la comunidad. Sus circunstancias actuales, como se verá más adelante, fueron la causa de un gran cambio en sus deseos; y la conversación que mantuvo esa noche con el ingenioso y hábil Augustus contribuyó más a convertirlo en el héroe de esta obra que todos los hábitos de su infancia o las escenas de su juventud temprana. Los jóvenes son propensos, erróneamente, a creer que es malo ser extremadamente malvado. La Casa de Corrección se llama así porque es un lugar donde una noción tan ridícula es invariablemente corregida. Al día siguiente, Paul fue sorprendido por una visita de la señora Lobkins, quien se había enterado de su situación y sus causas por el amistoso Dummie, y quien se las había arreglado para obtener del juez Burnflat una orden de admisión. Se encontraron, como Píramo y Tisbe, con un muro, o mejor dicho, una verja de hierro, entre ellos; y la señora Lobkins, tras una exclamación de desesperación ante el obstáculo, estalló llorando en el patético reproche:
—¡Oh, Paul, has llevado tus cerdos a un buen mercado!
—Es un mercado apropiado para cerdos, querida dama —dijo Paul, quien, aunque con una lágrima en el ojo, no rechazó una broma tan amarga como inelegante—; pues, entre todos los demás, es el lugar donde un hombre aprende a cuidar su tocino.
—¡Cierra la boca! —gritó la dama, enfadada—. ¿Qué te importa parlotear así mientras estás en el limbo?
—Ah, querida dama —dijo Paul—, ¡no podemos evitar estos roces y tropiezos en nuestro camino hacia el ascenso!
—¡Camino al patíbulo! —gritó la dama—. Te digo, niño, que vivirás para ser ahorcado a pesar de todo mi cuidado y atención hacia ti, aunque te eduqué como a un erudito y siempre esperé que crecerías para ser un honor para tu...
—Rey y patria —interrumpió Paul—. Siempre decimos, honor al rey y a la patria, lo que significa enriquecerse y pagar impuestos. «Cuantos más impuestos paga un hombre, mayor honor es para ambos», como dice Augustus. Bueno, querida dama, todo a su tiempo.
—¡Qué! ¿Estás alegre, lo estás? ¿Por qué no lloras? Tu corazón es tan duro como un ladrillo. ¡Parece muy antinatural y digno de una hiena estar tan despreocupado! Dicho esto, las lágrimas de la buena dama brotaron con la amargura de una desesperada Parisina.
—No, no —dijo Paul, quien, aunque sufría mucho más intensamente, soportaba el sufrimiento mucho más fácilmente que su protectora—, no podemos arreglar el asunto llorando. Supongamos que ves lo que se puede hacer por mí. Me atrevo a decir que puedes lograr suavizar la sentencia del juez con un poco de «aceite de palma»; y si puedes sacarme antes de que esté completamente corrompido —un día o dos más en este lugar infernal harán el trabajo—, te prometo que no solo viviré honestamente yo mismo, sino con personas que viven de la misma manera.
—Bésame, Paul —dijo la tierna señora Lobkins—, bésame... ¡Oh! pero olvido la verja. Veré lo que se puede hacer. Y aquí, hijo mío, aquí tienes algo para ti mientras tanto... una gota de «la criatura», para predicar consuelo a tu pobre estómago. ¡Shh! contrabandealo, o te verán.
Aquí la dama se esforzó por empujar una botella de piedra a través de los barrotes de la verja; pero, ¡ay!, aunque el cuello pasó, el cuerpo se negó, y la dama se vio obligada a retirar «la criatura». Ante esto, la bondadosa mujer renovó sus sollozos; y tan absorta estaba en su dolor que, pareciendo olvidar por completo con qué propósito había traído la botella, se la llevó a su propia boca y se consoló con aquel elixir vitae que originalmente había destinado para Paul.
Esto la restauró un poco; y tras una escena muy conmovedora, la dama se tambaleó con los pasos vacilantes propios del pesar, prometiendo, mientras se iba, que si el amor o el dinero podían acortar el confinamiento de Paul, no faltarían ni lo uno ni lo otro. Nos resulta difícil conjeturar la influencia exacta que el primero de estos argumentos, esgrimido por la encantadora Margaret, podría haber tenido sobre el juez Burnflat.
Cuando la buena dama se hubo marchado, Paul se apresuró a volver a deshebrar su estopa y reunirse con su amigo. Encontró al digno Augustus vendiendo en privado pequeños lujos elegantes, tales como tabaco, ginebra y raciones de víveres más selectos de los que la prisión permitía; pues Augustus, teniendo más dinero que el resto de sus compañeros, se las arreglaba, mediante la amistad del carcelero, para comprar secretamente y revender a cerca de un cuatrocientos por ciento tales comodidades como las que los prisioneros codiciaban especialmente.
[Una práctica muy común en Bridewell. El Gobernador en Coldbath-Fields, aparentemente un hombre muy inteligente y activo, preparado en todos los sentidos para una tarea de lo más ardua, nos informó, en la única conversación que hemos tenido el honor de mantener con él, que pensaba que casi o totalmente había destruido en su jurisdicción este método ilegal de comercio.]
—Una prueba —dijo Augustus, secamente, a Paul—, de que mediante la prudencia y el esfuerzo, incluso en aquellos lugares donde un hombre no puede darse la vuelta, puede arreglárselas para ganar un centavo.
CAPÍTULO IX.
«¡Relata extensamente, mi invitado divino», dijo, «las estratagemas griegas, la ciudad traicionada!» DRYDEN: Virgilio, Eneida, libro II.
¡Descendiendo desde allí, escaparon! —Ibid.
Una gran mejora había tenido lugar en el carácter de Augustus Tomlinson desde que Paul se había encontrado por última vez con aquel hombre ilustre. Entonces Augustus había afectado ser el hombre de placer, el erudito holgazán de la ciudad, el Pericles de los periódicos, citando alegremente a Horacio, espantando gravemente una mosca del artículo de fondo de Lord Dunshunner. Ahora, un aire más serio pero no menos altivo se había asentado sobre sus rasgos; la pretensión de la moda había dado paso a la pretensión de la sabiduría; y del hombre de placer, Augustus Tomlinson se había convertido en el filósofo. Solo con esta elevación, además, no estaba contento: unía al filósofo con el político; ¡y al ingenioso granuja le complacía especialmente presumir de ser «un Whig moderado»!
—Paul —solía observar—, créeme, el Whiggismo moderado es un credo excelente. Se adapta a todo cambio posible, a toda variedad concebible de circunstancias. Es la única política para nosotros, que somos los aristócratas de ese cuerpo libre que se rebela contra las leyes tiránicas; pues, maldita sea, no soy uno de tus demócratas. Que haya mazmorras y carceleros para los bajos granujas que arrebatan ropa del seto donde cuelga para secarse, o que se deslizan por un sótano en busca de una cuchara de plata; pero las casas de corrección no están hechas para hombres que han recibido una educación ilustrada —que aborrecen tus pequeños robos tanto como puede hacerlo un juez de paz—, ¡que nunca deberían ser llamados deshonestos en sus tratos, sino, si son descubiertos, «desafortunados en sus especulaciones»! ¡Una cosa bonita, en verdad, que existan distinciones de rango entre otros miembros de la comunidad, y ninguna entre nosotros! ¿Dónde está tu cacareada Constitución Británica, me gustaría saber? ¿Dónde están tus privilegios de aristocracia, si yo, que soy un caballero de nacimiento, sé latín y he vivido en la mejor sociedad, debo ser arrojado a este lugar abominable con un tipo sucio que nació en un sótano y nunca pudo ganar más de una vez lo suficiente para comprar una salchicha? ¡No, no! ¡Nada de tus principios igualitarios para mí! Soy liberal, Paul, y amo la libertad; pero, gracias al Cielo, ¡desprecio tus democracias!
Así, mitad en serio, mitad velando un giro natural hacia el sarcasmo, este Whig moderado se extendía durante horas enteras durante aquellas largas noches, que comenzaban a las cuatro y media, en las que él y Paul se hacían compañía.
Una tarde, cuando Tomlinson estaba tan amargamente dispuesto a ser prolijo que Paul se sentía algo cansado de su elocuencia, nuestro héroe, deseoso de un cambio en la conversación, recordó a Augustus su promesa de comunicar su historia; y el filósofo Whig, nada reacio a hablar de sí mismo, se aclaró la garganta y comenzó.
—¡No te preocupes por quién fue mi padre, ni cuál fue mi lugar de nacimiento! Mi primer antepasado fue Tommy Linn (su heredero se convirtió en el hijo de Tom Linn) —has oído la balada hecha en su honor:
«Tommy Linn es escocés de nacimiento, su cabeza es calva y su barba está rapada; tenía una gorra hecha de piel de liebre, ¡un anciano es Tommy Linn!»
Hubo una especie de profecía respecto a los descendientes de mi antepasado oscuramente insinuada en la estrofa final de esta balada:
«Tommy Linn, y su esposa, y la madre de su esposa, todos cayeron juntos en el fuego; los que yacían debajo consiguieron una piel caliente,
¡No somos suficientes! —dijo Tommy Linn».
—Ves la profecía: es aplicable tanto a los granujas caballeros como a los Whigs moderados; pues ambos están en el fondo del mundo, y ambos gritan perpetuamente: «¡No somos suficientes!»
«Comenzaré mi propia historia diciendo que fui a una escuela del Norte, donde me distinguí por mi facilidad para el aprendizaje; y por mi destreza en el "juego del prisionero"... ¡por mi honor que no pretendí hacer un juego de palabras! Me destinaron a la Iglesia. Deseando, a su debido tiempo, instruirme en sus ceremonias, convencí a la criada de mi maestro para que me ayudara a promover un bautizo. A mi padre no le gustó este amor prematuro por los ritos sagrados. Me llevó a casa; y, deseando dar a mi ardor clerical un giro distinto, me preparó para escribir sermones leyéndome una docena al día. Me cansé de esto, por extraño que pueda parecerte. "Padre", le dije una mañana, "no sirve de nada hablar; no entraré en la Iglesia... eso es definitivo. Dame tu bendición y cien libras, y me iré a Londres a ganarme la vida en lugar de un curato". Mi padre estalló en cólera; pero al final me salí con la mía. Hablé de convertirme en tutor privado; juré que había oído decir que no había nada más fácil... que lo único que se necesitaba eran alumnos; y que la única forma de conseguirlos era ir a Londres y dar a conocer mi saber. Mi pobre padre... bueno, ya se ha ido, ¡y me alegro de ello ahora!». La voz del orador vaciló. «Me salí con la mía, digo, y vine a la ciudad, donde tenía un pariente librero. Gracias a su influencia, escribí un libro de Viajes por Etiopía para el hijo de un conde, que quería convertirse en un león; y un Tratado sobre la partícula griega, dedicado al primer ministro, para un deán que quería llegar a obispo... siendo el griego, después de las influencias, el mejor camino hacia la mitra. Estos dos logros fueron generosamente pagados; así que alquilé un primer piso y decidí dar un golpe audaz para conseguir esposa. ¿Qué crees que hice?... no, ni lo adivines; sería inútil. Primero, fui al mejor sastre y me hice coser la ropa sobre el cuerpo; segundo, aprendí de memoria el libro de la nobleza y sus genealogías; tercero, una noche, con la mayor calma posible, entré en la casa de una duquesa que estaba dando una fiesta inmensa. Los periódicos me habían inspirado esta idea. Había leído sobre las enormes multitudes que una dama "en casa" buscaba atraer a su mansión. Había leído sobre escaleras intransitables y damas sacadas en vilo tras un desmayo; y el sentido común me decía lo imposible que era que la agraciada anfitriona estuviera al tanto de la legalidad de cada importación. Por tanto, decidí probar suerte y... entré en el cuerpo de Augustus Tomlinson, como una pieza de contrabando. ¡Por mi fe! La primera noche fui tímido... me pegué a la escalera y lancé miradas a una solterona de alcurnia, a quien había oído anunciar como Lady Margaret Sinclair. Sin duda, nunca antes le habían lanzado miradas así; y evidentemente quedó extasiada con mis ojeadas. La noche siguiente leí sobre un baile en casa de la condesa de -------. Mi corazón latía como si fueran a azotarme; pero armándome de valor, me dirigí a casa de su señoría. Allí volví a ver a la divina Lady Margaret; y observando que se ponía amarilla, a modo de sonrojo, al verme, aproveché el oporto que había bebido como estímulo para mi entrada y, paseándome de la forma más elegante posible, le recordé a su señoría una presentación con la que dije haber sido honrado una vez en casa del Duque de Dashwell, y le solicité su mano para el siguiente cotillón. ¡Oh, Paul, imagina mi triunfo! La vieja damisela dijo, con un suspiro, que se acordaba muy bien de mí, ¡ja, ja, ja!, y me la llevé al cotillón como otro Teseo llevándose a una segunda Ariadna. Para no extenderme en esta parte de mi vida, fui noche tras noche a bailes y recepciones, para cuya entrada la mitad de los caballeros de Londres habrían dado sus orejas. Y aproveché tan bien mi tiempo con Lady Margaret, que era dueña de sí misma y tenía 5.000 libras... una dote diabólicamente mala para algunos, pero no para ser despreciada por mí..., que empecé a pensar en cuándo fijar el día feliz. Mientras tanto, como Lady Margaret me presentó a algunos de sus amigos y mis alojamientos estaban en una buena zona, me vi honrado con algunas invitaciones reales. Las únicas dos preguntas que me hicieron alguna vez fueron (con indiferencia): "¿Es usted hijo único?" y, ante mi respuesta verídica: "¡Sí!", "¿Cuál?" (esto fue planteado con más entusiasmo)... "¿cuál es su condado?". Afortunadamente, mi condado era extenso... Yorkshire; y cualquiera de sus habitantes a quienes las bellas interrogadoras pudieran haber preguntado sobre mí solo habría podido responder que yo no estaba en su parte del mismo.
«Bueno, Paul, me volví tan audaz por el éxito que el diablo me metió un día en la cabeza ir a una gran cena en casa del Duque de Dashwell. Fui, cené... no pasó nada; me marché, y a la mañana siguiente leí en los periódicos:
"'Asunto misterioso... persona que ha estado frecuentando últimamente... primeras casas... fiestas más de moda... nadie sabe... casa del Duque de Dashwell ayer. El Duque no quiso armar alboroto... al haber presencia real'».
«El periódico se me cayó de las manos. En ese momento, la chica de la casa me entregó una nota de Lady Margaret... aludía al párrafo; se preguntaba quién sería "El Extraño"; esperaba verme esa noche en casa de Lord A-----, a cuya fiesta dije haber sido invitado; ¡hablar entonces más extensamente sobre esos asuntos que yo había tocado!... en resumen, querido Paul, ¡una epístola tierna! Todos los grandes hombres son fatalistas... ahora yo soy uno; el destino me convirtió en un loco. Ante el mismo rostro de este párrafo ominoso, reuní valor y fui esa noche a casa de Lord A-----. El hecho es que mis asuntos estaban en confusión... estaba muy endeudado. Sabía que era necesario terminar mi conquista de Lady Margaret tan pronto como fuera posible; y la casa de Lord A----- parecía el mejor lugar para tal fin. Es más, pensé que la demora era tan peligrosa, tras el maldito párrafo, que un día podría desenmascararme, y por lo tanto sería mejor no perder una hora en terminar la obra de "El Extraño" con la farsa de "La luna de miel". Contémplame entonces en casa de Lord A-----, sacando a Lady Margaret a bailar. Contémplame susurrándole las cosas más dulces al oído. Imagínatela aprobando mi cortejo y reprendiéndome suavemente por hablar de Gretna Green. Concibe todo esto, querido amigo, y justo en el apogeo de mi triunfo, dilata los ojos de tu imaginación y contempla la majestuosa figura de Lord A-----, mi noble anfitrión, marchando hacia mí, mientras una voz que, aunque baja y tranquila como una brisa vespertina, hizo que mi corazón se hundiera en mis zapatos, decía: "Creo, señor, que no ha recibido usted invitación de Lady A-----".
«No pude articular palabra, Paul... ni una palabra. Si hubiera sido en el camino real en lugar de en un salón de baile, podría haber hablado lo suficientemente alto; pero estaba bajo un hechizo. "¡Ehem!", balbuceé al fin... "e-h-e-m! Algún error, yo... yo...". Ahí me detuve.
«"Señor", dijo el conde, mirándome con grave severidad, "será mejor que se retire".
«"¡Dios me libre! ¿Qué es todo esto?", exclamó Lady Margaret, soltando mi brazo paralizado y mirándome como si esperara que hablara como un héroe.
«"Oh", dije, "e-h-e-m, e-h-e-m... lo ex... plicaré mañana... ehem, e-h-e-m". Me dirigí a la puerta; todos los ojos de la habitación parecían convertidos en lupas ardientes, y me ampollaban la misma piel de la cara. Oí un suave grito al salir del apartamento... ¡Lady Margaret desmayándose, supongo! Ahí terminaron mi noviazgo y mis aventuras en "la alta sociedad".
«Me sentí melancólico ante el fracaso de mi plan. Debes admitir que fue un proyecto magnífico. ¡Qué coraje moral! Me admiro a mí mismo cuando pienso en ello. Sin una presentación, sin conocer a un alma, llegar, solo por mi propia determinación, a ser bienvenido en las mejores casas de Londres, bailando con hijas de condes y casi llevándome a una hija de conde como esposa. Si lo hubiera hecho, los amigos habrían tenido que hacer algo por mí; y Lady Margaret Tomlinson quizá habría introducido al juvenil genio de su Augustus en el parlamento o en el ministerio. ¡Oh, qué caída fue aquella! Sin embargo, por mi fe, ¡ja, ja, ja! No pude evitar reírme, a pesar de mi disgusto, al recordar que durante tres meses me impuse a estos "exclusivos delicados", y que fui literalmente invitado por muchos de ellos, que no habrían invitado a los hijos menores de sus propios primos, simplemente porque vivía en una buena calle, me declaraba hijo único y hablaba de mis propiedades en Yorkshire. ¡Ja, ja! ¡Qué amargados debieron sentirse los mercenarios incautos cuando se hizo el descubrimiento! ¡Qué píldora para las buenas matronas que habían unido mi imagen con la de alguna filial Mary o Jane... ja, ja, ja! El triunfo casi valió la mortificación. Sin embargo, como dije antes, me sentí melancólico al respecto, especialmente porque mis acreedores se volvieron amenazantes. Así que fui a consultar con mi primo el librero. Me recomendó escribir para los periódicos y me consiguió una oferta. Me puse a trabajar muy pacientemente durante poco tiempo y entablé algunas amistades agradables con caballeros que conocí en una taberna de St. James's. Aun así, mis acreedores, aunque les pagaba a cuentagotas, eran la plaga de mi vida. Le confesé tanto a uno de mis nuevos amigos. "Ven a Bath conmigo", dijo, "por una semana, y volverás tan rico como un judío". Acepté la oferta y fui a Bath en el carruaje de mi amigo. Él tomó el nombre de Lord Dunshunner, un par irlandés que nunca había salido de Tipperary y que, por tanto, no era probable que fuera conocido en Bath. También alquiló una casa por un año; la llenó de vinos, libros y un aparador de plata. Como hablaba vagamente de hacer que su hermano menor se presentara por la ciudad en el siguiente parlamento, compró estos bienes a los comerciantes de la ciudad para fomentar su comercio. Yo me las arreglé en secreto para transportarlos a Londres y venderlos; y como los vendíamos a un cincuenta por ciento por debajo del precio de coste, nuestros clientes, los prestamistas, no fueron muy inquisitivos. Vivimos una vida alegre en Bath durante un par de meses y partimos una noche, dejando a nuestra ama de llaves para responder a todos los interrogatorios. Habíamos tomado la precaución de usar disfraces, rellenarnos y cambiar el tono de nuestro cabello. Mi noble amigo era un experto en estas transformaciones; y aunque la policía no durmió en el asunto, nunca tropezaron con nosotros. Me alegro especialmente de que no nos descubrieran, porque Bath me gustaba excesivamente; y tengo la intención de volver allí algún día y retirarme del mundo... ¡con una heredera!
«Bueno, Paul, poco después de esta aventura hice tu amistad. Continué ostensiblemente con mi profesión literaria, pero solo como máscara para las labores que no profesaba. Una circunstancia me obligó a dejar Londres bastante precipitadamente. Lord Dunshunner se reunió conmigo en Edimburgo. ¡Maldita sea!, en lugar de hacer algo allí, ¡nos lo hicieron a nosotros! El pilluelo más insignificante que jamás haya gateado por High Street es más que un rival para el más científico de los ingleses. Con nosotros es arte; con los escoceses es naturaleza. Te vacían los bolsillos sin usar los dedos para ello; y evitan las represalias al no tener nada para que tú se lo vacíes.
«Dejamos Edimburgo con caras muy largas, y en Carlisle encontramos necesario separarnos. Por mi parte, fui como ayuda de cámara de un noble que acababa de perder a su último sirviente en Carlisle por una fiebre; ¡mi amigo me dio las mejores referencias! Mi nuevo amo era un hombre muy inteligente. Asombraba a la gente en la cena con los improvisados que preparaba en el desayuno; en una palabra, era un ingenio. Pronto vio, pues él mismo era culto, que yo había recibido una educación clásica, y me empleó en la capacidad confidencial de encontrarle citas. Las clasifiqué alfabéticamente y bajo tres apartados: "Parlamentarias", "Literarias", "De sobremesa". Estos se subdividían a su vez en "Finísimas", "Eruditas" y "Jocosas"; de modo que mi amo sabía de inmediato a dónde acudir en busca de genio, sabiduría e ingenio. Estaba encantado con mi gestión de sus intelectos. En homenaje a él, presté más atención a la política de lo que había hecho antes; pues era un "gran Whig", e inusualmente liberal en todo... ¡excepto en el dinero! De ahí, Paul, el origen de mis principios políticos; y doy gracias al Cielo de que ahora no hay un pícaro en Inglaterra que sea mejor... es decir, más moderadamente Whig, ¡que vuestro humilde servidor! Continué con él casi un año. Me despidió por una falta digna de mi genio: otros sirvientes pueden perder el reloj o el abrigo de su amo; yo fui a por una presa más noble y le perdí... ¡su reputación privada!».
«¿Cómo quieres decir?».
«Bueno, estaba enamorado de una dama que no me habría mirado como el señor Tomlinson; así que tomé la ropa de mi amo y ocasionalmente su carruaje, e hice el amor a mi ninfa como Lord. Su vanidad la hizo indiscreta. Los periódicos Tory se apoderaron de ello; y mi amo, en un cambio de ministros, fue declarado por Jorge III como "demasiado alegre para ser Ministro de Hacienda". Un anciano que había tenido quince hijos con una esposa como una Gorgona fue elegido en lugar de mi amo; y aunque el nuevo ministro era un necio en su capacidad pública, el público moral estaba perfectamente contento con él, ¡debido a sus virtudes privadas!
«¡Mi amo estaba furioso, hizo la investigación más estricta, me descubrió y me echó también!
«Un Whig que no está en el poder tiene una excusa para que no le guste la Constitución. Mi angustia casi me convirtió en republicano; pero, fiel a mi credo, debo confesar que solo habría nivelado hacia arriba. Especialmente desaprobaba la desigualdad de las riquezas; miraba con tristeza cada carruaje que pasaba; ¡incluso fruncía el ceño como un segundo Catilina ante el vapor de la cocina de un caballero! Mi última situación no había sido lucrativa; había descuidado mis gratificaciones en mi ardor por la política. Mi amo, además, se negó a darme referencias: ¿quién me contrataría sin ellas?
«Me estaba haciendo esta melancólica pregunta una mañana, cuando de repente me encontré con uno de los buenos amigos que había recogido en mi antigua guarida, la taberna de St. James's. Se llamaba Pepper».
«¡Pepper!», gritó Paul.
Sin prestar atención a la exclamación, Tomlinson continuó: «Fuimos a una taberna y bebimos una botella juntos. El vino me hizo comunicativo; también abrió el corazón de mi camarada. Me pidió que diera un paseo con él esa noche hacia Hounslow. Lo hice y encontré una bolsa».
«¡Qué afortunado! ¿Dónde?».
«En el bolsillo de un caballero. Estaba tan complacido con mi suerte que recorrí el mismo camino dos veces por semana, para ver si podía recoger más bolsas. El destino me favoreció y viví durante mucho tiempo la vida de los bienaventurados. Oh, Paul, no sabes... no sabes qué vida gloriosa es la de un salteador de caminos; pero la probarás uno de estos días... lo harás, bajo mi palabra.
«Ahora vivía con un club de hombres honestos. Nos hacíamos llamar "Los Exclusivos"... pues éramos muy reservados con nuestros asociados, y solo aquellos que hacían negocios a gran escala eran admitidos en nuestro círculo. Por mi parte, con todo mi amor por mi profesión, me gustaba el ingenio aún más que la fuerza, y prefería lo que el vulgo llama estafa, incluso a la carretera. En una expedición de este tipo, cabalgué una vez hacia una ciudad de provincias y vi una multitud reunida en una esquina; me uní a ella, y mis sentimientos... ¡contemplé a mi pobre amigo el vizconde Dunshunner a punto de ser ahorcado! Cabalgué tan rápido como pude... me pareció ver a Jack Ketch pisándome los talones. Mi caballo me tiró en un seto y me rompí la clavícula. En el confinamiento que siguió, ideas sombrías flotaron ante mí. No me gustaba ser ahorcado; así que razoné contra mis errores y me arrepentí. Me recuperé lentamente, regresé a la ciudad y me dirigí a mi primo el librero. A decir verdad, le había jugado una pequeña broma: cobrar algunas de sus deudas por un error... muy natural en la confusión incidente a mis angustias. Sin embargo, él fue extremadamente desagradable al respecto; y el error, tan natural como era, me había costado su compañía.
«Fui ahora a él con el aspecto penitente del hijo pródigo; y, por mi fe, no habría hecho una mala representación del becerro cebado a punto de ser sacrificado a mi regreso... ¡tan corpulento se veía, y tan deprimido! "¡Desgraciado réprobo!", comenzó, "¡tu pobre padre ha muerto!". Me quedé sumamente conmocionado; pero... no temas, Paul, no estoy a punto de ponerme patético. Mi padre había dividido su fortuna entre todos sus hijos; mi parte era de 500 libras. La posesión de esto pronto hizo que mi penitencia pareciera mucho más sincera a los ojos de mi buen primo; y tras una escena muy patética, me tomó una vez más bajo su favor. Consulté entonces con él sobre el mejor método de invertir mi capital y recuperar mi reputación. No pudimos idear ningún plan en la primera conferencia; pero la segunda vez que lo vi, mi primo dijo con semblante alegre: "Ánimo, Augustus, te he conseguido una situación. El señor Asgrave, el banquero, te tomará como empleado. Es un hombre de lo más digno; y como posee una gran cantidad de conocimientos, te respetará por tus aptitudes". Ese mismo día fui presentado al señor Asgrave, que era un hombrecillo con una cabeza fina, calva y benevolente; y tras una larga conversación que tuvo a bien mantener conmigo, me convertí en uno de sus escribientes. No sé cómo fue, pero poco a poco ascendí en el favor de mi amo. Le propicié, imagino, disponiendo de mis 500 libras según su consejo; él las invirtió para mí, en lo que dijo era una garantía famosa, en una finca rústica. El señor Asgrave tenía hábitos sociales... tenía una casa estupenda y excelentes vinos. Como no era muy particular en su compañía, ni ambicioso de frecuentar a los grandes, a menudo me permitía ser uno de los de su mesa, y le complacía mantener largos argumentos conmigo sobre los antiguos. Pronto descubrí que mi amo era un gran filósofo moral; y estando yo mismo con la salud delicada, harto de los esfuerzos ordinarios del mundo, en los que mi experiencia se había adelantado a mis años, y siendo naturalmente de temperamento contemplativo, dirigí mi atención a los estudios morales que tanto fascinaban a mi empleador. Leí nueve estantes llenos de metafísicos y conocí exactamente los puntos en los que esos ilustres pensadores se peleaban entre sí, para gran avance de la ciencia. Mi amo y yo solíamos sostener muchas largas discusiones sobre la naturaleza del bien y del mal; como, con la ayuda de su benevolente frente y una voz clara y obstinada, siempre parecía ante nuestra audiencia ser el hombre más sabio y mejor de los dos, estaba muy complacido con nuestras disputas. Este caballero tenía una hija única... una horrible arpía, con cara de hacha, pero los filósofos superan los defectos personales; y pensando solo en el bien que su riqueza podría permitirme hacer a mis semejantes, le hice el amor en secreto. Dirás que eso fue jugarle una mala pasada a mi maestro por su amabilidad. En absoluto; mi maestro mismo me había convencido de que no existía tal virtud como la gratitud. Era un error de los moralistas vulgares. Cedí a sus argumentos y, finalmente, me casé en privado con su hija. El día después de que esto ocurriera, me llamó a su estudio. "Así que, Augustus", dijo, muy suavemente, "te has casado con mi hija: no, nunca parezcas confundido; vi hace mucho tiempo que estabas resuelto a hacerlo, y me alegré mucho de ello".
«Intenté balbucear algo parecido a un agradecimiento. "¡Nunca me interrumpas!", dijo. "Tuve dos razones para alegrarme... primero, porque mi hija era la plaga de mi vida y quería a alguien que se hiciera cargo de ella; segundo, porque requería tu ayuda en un punto particular, y no podía aventurarme a pedírselo a nadie más que a mi yerno. En fin, ¡quiero asociarte conmigo!".
«"¡Asociarme!", grité, cayendo de rodillas. "¡Noble y generoso hombre!"».
«Quédate un poco», continuó mi suegro. «¿Qué fondos crees necesarios para llevar adelante un banco? ¡Te veo desconcertado! ¡Ni un chelín! Pondrás exactamente lo mismo que yo. Pondrás algo más; pues una vez pusiste 500 libras, que hace mucho que se gastaron. Yo no pongo ni un chelín de mi bolsillo. Vivo de mis clientes, ¡y con mucho gusto te ofrezco la mitad de ellos!».
«¡Imagínate, querido Paul, mi asombro, mi consternación! ¡Me veía casado con una arpía horrible, yerno de un sinvergüenza sin un céntimo, y estafado en toda mi fortuna! Compara esta visión de la cuestión con la que me había deslumbrado cuando contemplaba la posibilidad de ser yerno del rico Sr. Asgrave. Al principio armé un escándalo. El Sr. Asgrave tomó el "Adelanto del saber" de Bacon y no respondió hasta que me enfrié tras la explosión. Te darás cuenta de que, cuando la pasión disminuyó, necesariamente vi que no me quedaba otra opción que aceptar la propuesta de mi suegro. Así, por la fatalidad que me acompañó justo cuando pretendía reformarme, me vi forzado a la canallada, y fui empujado a defraudar a un gran número de personas por el accidente de ser yerno de un gran moralista. Como el Sr. Asgrave era un hombre indolente, que pasaba sus mañanas especulando sobre la virtud, fui nombrado socio activo. Pasaba el día en la contaduría; y cuando volvía a casa para recrearme, mi esposa me sacaba los ojos».
«¿Pero nunca fuiste reconocido como "el extraño" o "el aventurero" en tu nueva faceta?»
«No; pues, por supuesto, asumí, en todos mis cambios, tanto alias como disfraces. Y, a decir verdad, mi matrimonio me alteró tanto que, entre una casaca color rapé y una peluca castaña, con una pluma en la oreja derecha, parecía la viva imagen de la respetabilidad más seria. Mi cara crecía un centímetro cada día. No hay nada tan respetable como una cara larga; y una expresión de semblante contenida es la señal más segura de prosperidad comercial. Bueno, nos fue bastante espléndidamente durante cerca de un año. Mientras tanto, mejoré maravillosamente en filosofía. No tienes idea de cómo una esposa regañona sublima y refina el intelecto de uno. ¡El trueno limpia el aire, ya sabes! Al final, desgraciadamente para mi fama (pues contemplaba una magnífica historia moral del hombre, que, de haber vivido ella un año más, habría completado), mi esposa murió en el parto. Mi suegro y yo hablábamos sobre el suceso, y criticábamos a la civilización por los hábitos enervantes por los cuales las mujeres mueren de sus hijos en lugar de traerlos al mundo sin ser siquiera conscientes de la circunstancia, cuando un trozo de papel, sellado torcidamente, fue entregado a mi socio. Lo miró, terminó la discusión y luego me dijo que nuestro banco había suspendido pagos. "Ahora, Augustus", dijo, encendiendo su pipa con el trozo de papel, "ves el bien que hay en no tener nada que perder"».
«No pagamos ni seis peniques por libra; pero mi socio fue considerado tan desafortunado que el público británico recaudó una suscripción para él, y se retiró con una pensión, muy respetado y muy compadecido. Como yo no había sido tan conocido como moralista, y no tenía la ventaja atrayente de una cabeza calva y benevolente, no se hizo nada por mí, y fui arrojado una vez más al ancho mundo, a moralizar sobre las vicisitudes de la fortuna. Mi primo el librero ya no existía, y su hijo me dio la espalda. Tomé una buhardilla en Warwick Court, y con unos pocos libros, mi único consuelo, intenté templar mi mente para el futuro. Fue en este momento, Paul, cuando mis estudios realmente me sirvieron. Medité mucho, y me convertí en un verdadero filósofo, es decir, uno práctico. Mis acciones fueron de ahí en adelante reguladas por principios; y en algún momento u otro, te convenceré de que el camino de la verdadera moral nunca evita los bolsillos de tu prójimo. Tan pronto como mi mente hizo el gran descubrimiento que el Sr. Asgrave había hecho antes que yo, de que uno debe vivir de acuerdo con un sistema —pues si haces algo malo, entonces es tu sistema el que yerra, no tú—, me lancé al camino, sin ninguno de esos aguijones de conciencia que hasta entonces me habían molestado en tales aventuras. Formé parte de un excelente grupo de "Agentes Libres", a quienes te presentaré algún día, y pronto alcancé distinción entre ellos. Pero hace unas seis semanas, no menos que antes prefiriendo los caminos secundarios a las carreteras, intenté apoderarme de un carruaje y venderlo con descuento. Fui absuelto del delito grave, pero enviado aquí por el juez Burnflat por el delito menor. Hasta aquí, mi joven amigo, ha procedido la vida de Augustus Tomlinson». La historia de este caballero causó una profunda impresión en Paul. La impresión se vio reforzada por las conversaciones mantenidas posteriormente con Augustus. Aquel sujeto era un persuasor peligroso y sutil. Realmente había leído una buena cantidad de historia, y algo de moral; y tenía una forma ingeniosa de defender sus prácticas canallescas mediante silogismos de esta última, y ejemplos de la primera. Estas teorías las remachaba, por así decirlo, mediante una referencia a la política actual del día. A los estafadores del público, bajo falsos pretextos, le complacía llamarlos "whigs moderados"; a los que exigían tu bolsa de forma intimidatoria eran "tories radicales"; y robar en bandas era "el efecto del espíritu de partido". Había esta diferencia entre Augustus Tomlinson y Long Ned: Ned era el bellaco de acción, Augustus el de razonamiento; y podemos ver, por tanto, con un poco de reflexión, que Tomlinson era un compañero mucho más peligroso que Pepper, pues las teorías vistosas son siempre más seductoras para los jóvenes e inteligentes que los ejemplos persuasivos, y la vanidad de los jóvenes los hace estar más complacidos al ser convencidos de algo que al ser incitados a ello.
Un día o dos después de la narración del Sr. Tomlinson, Paul fue visitado de nuevo por la Sra. Lobkins —pues las normas contra las visitas frecuentes no se aplicaban entonces tan estrictamente como entendemos que se hace ahora—; y la buena dama vino a deplorar el poco éxito de su entrevista con el juez Burnflat.
Le ahorramos al lector de tierno corazón el detalle de la conmovedora entrevista que siguió. De hecho, no fue más que una repetición de la que ya hemos narrado. Solo diremos, como prueba de la ternura de corazón de Paul, que cuando se despidió de la buena matrona y le dijo "Dios te bendiga", su voz flaqueó, y las lágrimas se acumularon en sus ojos, justo como solían hacerlo en los ojos de Jorge III, cuando a ese excelente monarca le complacía graciosamente pedir un bis de "God save the King!".
«Me colgarán», soliloquió nuestro héroe, mientras se dirigía lentamente hacia el sutil Augustus, «me colgarán (¡hum!, la denuncia es profética), si no me siento tan agradecido a la anciana por su cuidado hacia mí como si nunca me hubiera tratado mal. En cuanto a mis padres, creo que tengo poco que agradecer o de lo que enorgullecerme en ese aspecto. Mi pobre madre, según cuentan, apenas parece haber tenido ni siquiera la virtud bruta de la ternura maternal; y en toda probabilidad humana, nunca sabré si tuve un padre o cincuenta. ¿Pero qué importa? Más bien me gusta ser independiente; y, después de todo, ¿qué obtenemos nueve de cada diez de nosotros de nuestros padres, sino un nombre feo y consejos que, si seguimos, somos desgraciados, y si descuidamos, somos desheredados?».
Consolándose con estos pensamientos, que tal vez tomaban su cariz filosófico de las conversaciones que había mantenido recientemente con Augustus, y que se interrumpían en la melodía murmurada de:
«¿Por qué habríamos de pelear por las riquezas?»
Paul volvió a sus ocupaciones habituales.
En la tercera semana del cautiverio de nuestro héroe, Tomlinson le comunicó un plan de fuga que había ocurrido en su sagaz cerebro. En el patio destinado a las diversiones de los caballeros que cometían "delitos menores", había una tubería de agua que, bordeando la pared, pasaba sobre la puerta por la que cada mañana los piadosos cautivos pasaban camino a la capilla. Por aquí, Tomlinson propuso escapar; pues a la tubería que llegaba desde la puerta hasta la pared, en una dirección inclinada y fácil, había una especie de zócalo; y un hombre diestro y ágil podría fácilmente, con la ayuda de este tablero, transportarse a lo largo de la tubería, hasta que el progreso de ese útil conductor (que era afortunadamente muy breve) fuera detenido por la cumbre de la pared, donde encontraba una continuación en otra tubería, que descendía al suelo en el lado opuesto de la pared. Ahora bien, en este lado opuesto estaba el jardín de la prisión; en este jardín había un vigilante, y este vigilante era el coco del plan de Tomlinson: «Pues supongámonos a salvo en el jardín», dijo, «¿qué haremos con este tipo condenado?».
«Pero eso no es todo», añadió Paul; «pues incluso si no hubiera vigilante, hay una pared terrible, que noté especialmente la semana pasada, cuando nos pusieron a trabajar en el jardín, y que no tiene tubería, salvo una perpendicular, ¡que un hombre debe tener las piernas de una mosca para poder escalar!».
«¡Tonterías!», replicó Tomlinson; «te enseñaré cómo escalar la pared más obstinada de la cristiandad, si uno tiene la costa despejada. Es el vigilante, el vigilante, a quien debemos...».
«¿Qué?», preguntó Paul, observando que su camarada no concluía la frase.
Pasó algún tiempo antes de que el sabio Augustus respondiera; luego dijo en un tono pensativo:
«He estado pensando, Paul, si sería consistente con la virtud, y ese estricto código de moral por el cual todas mis acciones están reguladas, ¡matar al vigilante!».
«¡Dios mío!», gritó Paul, horrorizado.
«Y he decidido», continuó Augustus, solemnemente, sin prestar atención a la exclamación, «¡que la acción sería perfectamente justificable!».
«¡Villano!», exclamó Paul, retrocediendo hacia el otro extremo de la caja de piedra —pues era de noche— en la que estaban confinados.
«Pero», prosiguió Augustus, que parecía soliloquizar, y cuya voz, sonando tranquila y reflexiva, como la de Young en el famoso monólogo de "Hamlet", indicaba que no prestaba atención a la descortés interrupción: «pero la opinión no siempre influye en la conducta; y aunque pueda ser virtuoso asesinar al vigilante, no tengo corazón para hacerlo. ¡Confío en que en mi historia futura no seré censurado demasiado severamente por los moralistas perspicaces por una debilidad de la que mi temperamento físico es el único culpable!».
A pesar del giro del soliloquio, pasó mucho tiempo antes de que Paul pudiera reconciliarse para seguir conversando con Augustus; y solo por la creencia de que el moralista se había inclinado hacia la veta de broma, finalmente reanudó la consulta.
Los conspiradores no llegaron, sin embargo, a ninguna decisión definitiva esa noche. Al día siguiente, Augustus, Paul y algunos otros de la compañía fueron puestos a trabajar en el jardín; y Paul observó entonces que su amigo, empujando una carretilla cerca del lugar donde estaba el vigilante, volcó su contenido. El vigilante fue lo suficientemente bondadoso como para ayudarlo a rellenar la carretilla; y Tomlinson se aprovechó tan bien de la ocasión que esa noche le informó a Paul que no tendrían nada que temer de la vigilancia del vigilante. «Ha prometido», dijo Augustus, «por ciertas con-si-de-ra-ciones, permitirme derribarlo; también ha prometido estar tan herido como para no poder moverse hasta que estemos al otro lado de la pared. ¡Nuestra principal dificultad ahora, pues, es el primer paso, a saber, subir la tubería sin ser vistos!».
«En cuanto a eso», dijo Paul, quien desarrolló, a través de todo el esquema, órganos de sagacidad, audacia e invención que encantaron a su amigo, y ciertamente prometían bien para su futura carrera: «en cuanto a eso, creo que podemos gestionar el primer ascenso con menos peligro de lo que imaginas. Las mañanas últimamente han sido muy neblinosas; están casi oscuras a la hora en que vamos a la capilla. Cerremos tú y yo la fila: la tubería pasa justo encima de la puerta; nuestras manos, como hemos probado, pueden alcanzarla; y un salto sin gran agilidad nos permitirá levantarnos hasta tener un punto de apoyo en la tubería y el zócalo».
«La escalada entonces es fácil; y entre la densa niebla y nuestra propia rapidez, creo que tendremos pocas dificultades para llegar al jardín. Las únicas precauciones que debemos usar son esperar a una mañana muy oscura, y asegurarnos de que somos los últimos de la fila, para que nadie detrás pueda dar la alarma...».
«¡O intentar seguir nuestro ejemplo, y estropear el pastel con una ciruela superflua!», añadió Augustus. «Aconsejas admirablemente; y uno de estos días, si no te cuelgan mientras tanto, me aventuraré a augurar que serás un gran lógico».
La mañana siguiente fue clara y gélida; pero el día después fue, por usar el símil de Tomlinson, «tan oscuro como si todos los negros de África hubieran sido guisados hasta convertirse en aire». «Podrías haber cortado la niebla con un cuchillo», como dice el proverbio. Paul y Augustus ni siquiera podían ver cuán significativamente se miraba el uno al otro.
Fue un rasgo notable del temperamento audaz del primero que, joven como era, se fijara que debía liderar el intento. A la hora, pues, de la capilla, los prisioneros pasaron como de costumbre a través de la puerta. Cuando llegó el turno de Paul, se elevó con sus manos hasta la tubería, y luego, arrastrándose a lo largo de su curso sinuoso, llegó a la pared antes incluso de haber recuperado el aliento. Algo más torpemente, Augustus siguió el ejemplo de su amigo. Una vez su pie resbaló, y estuvo a punto de caer. Extendió sus manos involuntariamente y atrapó a Paul por la pierna. Afortunadamente nuestro héroe había llegado entonces a la pared, a la que se estaba aferrando; y por una vez, un pícaro se elevó a sí mismo sin tirar a otro. He aquí a Tomlinson y Paul ahora sentados por un instante en la pared para recuperar el aliento; este último entonces —el descenso al suelo no era muy grande—, bajando su cuerpo con las manos, cayó en el jardín.
«¿Herido?», preguntó el prudente Augustus, en un susurro ronco, antes de descender de su "mala eminencia", estando incluso dispuesto...
«A soportar esos males que tenía, Que volar a otros que no conocía».
«¡No!», sin tomar todas las precauciones previas a su alcance, fue la respuesta con la misma voz, y Augustus descendió.
Tan pronto como este último sujeto se recuperó del impacto de su caída, no perdió un momento en correr hacia el otro extremo del jardín. Paul lo siguió. Por el camino, Tomlinson se detuvo en un montón de escombros y recogió una piedra inmensa. Cuando llegaron a la parte de la pared que habían acordado escalar, encontraron al vigilante —sobre quien no necesitaban, dicho sea de paso, haberse preocupado; pues si no se hubiera arreglado que se encontrara con ellos, la espesa niebla les habría impedido eficazmente verlo—. Este fiel guardián fue derribado por Augustus, no con una piedra, sino con diez guineas; luego sacó de su ropa una cuerda bastante gruesa, que obtuvo unos días antes del carcelero, y atando la piedra firmemente a un extremo, lanzó ese extremo sobre la pared. Ahora bien, la pared tenía (como las paredes de gran resistencia suelen tener) una especie de almena sobresaliente en ambos lados; y la piedra, al ser lanzada y arrastrada hasta el límite de la cuerda a la que estaba atada, se enganchó necesariamente contra esta proyección; y así la cuerda quedó, por así decirlo, sujeta a la pared, y Tomlinson pudo mediante ella elevarse hasta la cima de la barrera. Realizó esta hazaña con destreza gimnástica, como alguien que la había practicado a menudo; aunque el discreto aventurero no había mencionado en su narración a Paul ninguna ocasión previa para la práctica. Tan pronto como alcanzó la cima de la pared, lanzó la cuerda a su compañero y, en consideración a la inexperiencia de Paul en ese modo de escalar, dio al amarre de la cuerda una seguridad adicional sosteniéndolo él mismo. Con lentitud y esfuerzo, Paul se izó; y luego, al transferir la piedra al otro lado de la pared, donde hizo por supuesto un enganche similar, nuestros dos aventureros pudieron deslizarse sucesivamente y consumar su fuga de la Casa de Corrección.
«¡Sígueme ahora!», dijo Augustus, mientras echaba a correr; y Paul lo persiguió a través de un laberinto de callejones y senderos, a través de los cuales disparó y esquivó con una celeridad variable y cambiante que, de no haberlo seguido Paul de cerca, muy pronto, combinada con la niebla, lo habría arrebatado de los ojos de su joven aliado. Afortunadamente, la inmadurez de la mañana, la oscuridad de las calles por las que pasaron y, sobre todo, la oscuridad extrema de la atmósfera, evitaron aquella detección y arresto que el atuendo de prisionero les habría asegurado de otro modo. Finalmente se encontraron en los campos; y acechando a lo largo de los setos, y evitando diligentemente la carretera, continuaron huyendo hacia adelante, hasta que hubieron avanzado varias millas hacia "las entrañas de la tierra". En ese momento, "las entrañas" de Augustus Tomlinson comenzaron a recordarle sus demandas; y por consiguiente sugirió la conveniencia de que apresaran al primer campesino que encontraran y le hicieran intercambiar ropas con uno de los fugitivos, quien así podría entrar en una taberna y proveer para sus necesidades mutuas. Paul estuvo de acuerdo con esta proposición y, en consecuencia, vigilaron su oportunidad y atraparon a un labrador. Augustus lo despojó de su blusa, sombrero y medias de lana; y Paul, endurecido por la necesidad y el compañerismo, ayudó a atar al pobre labrador a un árbol. Luego continuaron su progreso durante aproximadamente una hora y, a medida que las sombras de la tarde caían a su alrededor, descubrieron una taberna. Augustus entró y regresó en pocos minutos cargado con pan, queso y una botella de cerveza. La comida de la prisión cura a un hombre de la delicadeza, y los dos fugitivos cenaron estos viandas sencillas con considerable complacencia. Luego reanudaron su viaje y, finalmente, cansados por el esfuerzo, llegaron a un pajar solitario, donde decidieron reposar por una o dos horas.
CAPÍTULO X.
A diferencia del libertino, cuya broma licenciosa Contamina su banquete e insulta a su invitado, Desde la riqueza y la grandeza es fácil descender, Te alegras de perder al maestro en el amigo. Vemos alrededor de tu mesa a los alegres sirvientes, Gays con la sonrisa de la blanda igualdad; Ningún cuidado social desprecia el gracioso señor; El amor incita al amor, y la reverencia gana reverencia.
Traducción de LUCANO a Paso, Prefijada al duodécimo artículo de "The Rambler".
Tímidamente brillaron las estrellas sobre nuestros aventureros, mientras, después de una breve siesta detrás del pajar, se estiraron y, mirándose el uno al otro, estallaron en una risa involuntaria e hilarante por la próspera terminación de su hazaña.
Hasta entonces habían estado demasiado ocupados, primero por su huida, luego por el hambre, luego por la fatiga, para felicitarse a sí mismos; ahora se frotaban las manos y bromeaban como colegiales fugitivos por su escape.
Gradualmente sus pensamientos se volvieron del pasado al futuro; y «Dime, querido amigo», dijo Augustus, «qué pretendes hacer. Confío en que hace mucho tiempo te convencí de que no es pecado "servir a nuestros amigos" y "ser fieles a nuestro partido"; y por tanto, supongo que decidirás dedicarte al camino».
«Es muy extraño», respondió Paul, «que todavía tenga escrúpulos después de tus lecciones sobre el tema; pero te confieso francamente que, de alguna manera u otra, tengo dudas sobre si robar es realmente la profesión más honesta que podría seguir».
«Escúchame, Paul», respondió Augustus; y su réplica no es indigna de mención. «Todo crimen y toda excelencia dependen de una buena elección de palabras. Veo que pareces desconcertado; te lo explicaré. Si tomas dinero del público y dices que has robado, indudablemente has cometido un gran crimen; pero si haces lo mismo y dices que has estado aliviando las necesidades de los pobres, has realizado una acción excelente. Si, al repartir después este dinero con tus compañeros, dices que has estado compartiendo un botín, has cometido una ofensa contra las leyes de tu país; pero si observas que has estado compartiendo con tus amigos las ganancias de tu industria, has estado realizando una de las acciones más nobles de la humanidad. Darle un golpe en la cabeza a un hombre no es ni virtuoso ni culpable, sino que depende del lenguaje aplicado a la acción el convertirlo en asesinato o en gloria. ¿Por qué no decir, entonces, que has testificado el coraje de un héroe, en lugar de la atrocidad de un rufián? Esto es perfectamente claro, ¿no es así?»
[Observamos en un párrafo de un periódico estadounidense, copiado sin comentarios en el “Morning Chronicle”, una prueba singular de la verdad de la filosofía de Tomlinson: «El señor Rowland Stephenson», así reza el extracto, «el célebre banquero inglés, acaba de comprar una cantidad considerable de terreno», etcétera. ¡El más filosófico de los articulistas! «¡Célebre banquero inglés!» —esa frase es una mejor ilustración de las falacias verbales que todos los tratados de Bentham juntos. «¡Célebre!» ¡Oh, Mercurio, qué epíteto tan diestro!]
«Parece ser así», respondió Paul.
«Es tan evidente que es la forma en que se manejan todos los gobiernos. Por lo tanto, mi buen Paul, solo hacemos lo que hacen todos los demás legisladores. Nunca somos bribones mientras nos llamemos honestos, y nunca cometemos un crimen mientras podamos calificarlo de virtud. ¿Qué dices ahora?»
Paul sonrió y guardó silencio unos momentos antes de responder: «Hay muy pocas dudas de que estás equivocado; pero si lo estás, también lo está el resto del mundo. De nada sirve ser la única oveja blanca del rebaño. Por lo tanto, mi querido Tomlinson, en el futuro seré un excelente ciudadano, aliviaré las necesidades de los pobres y compartiré las ganancias de mi industria con mis amigos».
«¡Bravo!», exclamó Tomlinson. «Y ahora que eso está resuelto, cuanto antes seas investido, mejor. Dado que la luz de las estrellas ha brillado, veo que estoy en un lugar que debería conocer muy bien; o, si te gusta ser suspicaz, puedes creer que te he traído a propósito en esta dirección. Pero primero déjame preguntarte si sientes un gran deseo de pasar la noche junto a este pajar, o si te gustaría una canción y el ponche casi tanto como el aire libre, con la posibilidad de ser devorado en un bocado de heno por alguna vaca callejera».
«Puedes imaginar mi elección», respondió Paul.
«Bueno, entonces, hay un tipo excelente cerca de aquí, que regenta una taberna, y es un firme aliado y generoso patrón de los muchachos del hampa. En ciertos períodos celebran reuniones semanales en su casa: esta es una de esas noches. ¿Qué dices? ¿Te presento al club?»
«Me alegrará mucho si me admiten», respondió Paul, a quien muchos y conflictivos pensamientos habían vuelto lacónico.
«¡Oh! no hay miedo de eso, bajo mis auspicios. A decir verdad, aunque somos un grupo tolerante, damos la bienvenida a cada nuevo prosélito con entusiasmo. Pero, ¿estás cansado?»
«Un poco; la casa no está lejos, dices».
«A una milla de distancia», respondió Tomlinson. «Apóyate en mí».
Nuestros errantes, dejando ahora el pajar, cruzaron parte de Finchley Common; pues la morada del digno tabernero estaba felizmente situada, y el escenario en el que sus huéspedes celebraban sus festividades estaba cerca de aquel en el que a menudo realizaban sus hazañas.
Mientras procedían, Paul cuestionó a su amigo sobre el nombre y el carácter de “nuestro anfitrión”; y el omnisciente Augustus Tomlinson le respondió, al estilo cuáquero, con una pregunta:
«¿Nunca has oído hablar de Gentleman George?»
«¿Qué? ¿El notorio jefe de una taberna de mala fama en el campo? Por supuesto que sí, a menudo; mi pobre nodriza, Dame Lobkins, solía decir que era el hombre que mejor hablaba en el oficio».
«Ay, así es todavía. En su juventud, George era un tipo muy apuesto, pero un poco demasiado aficionado a su chica y a su botella para complacer a su padre, un viejo caballero muy serio, que paseaba los domingos con una peluca corta y un bastón de puño de oro, y que era mucho mejor granjero los días laborables que jefe de una taberna. George solía ser un tipo notablemente bien vestido, y lo sigue siendo hasta el día de hoy. Tiene mucho ingenio, es un muy buen jugador de whist, tiene una bodega excelente y es tan aficionado a ver a sus amigos borrachos que compró hace algún tiempo una gran medida de peltre en la que seis hombres pueden estar de pie. A las chicas, o más bien a las ancianas, con las cuales solía ser mucho más cortés de las dos, siempre les gustó; dicen que no hay nada tan fino como sus discursos elegantes, y le dan el título de 'Gentleman George'. Es un hombre agradable y de buen corazón en muchas cosas. ¡Rece al cielo para que no tengamos motivos para echarle de menos cuando parta! Pero, a decir verdad, él toma más de su parte de nuestra bolsa común».
«¿Qué? ¿Es avaricioso?»
«Todo lo contrario; pero es tan condenadamente aficionado a construir, que invierte todo su dinero (y quiere que invirtamos todo el nuestro) en casas; y hay un condenado perro de albañil que le pasa unas facturas terribles, un tipo llamado 'Cunning Nat', que es igualmente hábil estropeando el terreno y mejorando la renta del suelo».
«¿Qué quieres decir?»
«Ah, eso es otra historia. Pero ya estamos cerca del lugar; verás un grupo curioso».
Mientras Tomlinson decía esto, la pareja se acercó a una casa solitaria, aparentemente sin ninguna otra morada en las cercanías. Era de forma curiosa y grotesca, pintada de blanco, con una chimenea gótica, un poste indicador chino (en el que estaba representado un caballero pescando, con las palabras “The Jolly Angler” escritas debajo), y un porche que habría sido griego si no hubiera sido holandés. Estaba en un pequeño campo, con un seto detrás y el terreno comunal al frente. Augustus se detuvo ante la puerta; y mientras hacía una pausa, estallidos de risa resonaron alegremente en el interior.
«¡Ah, los alegres muchachos!», murmuró; «anhelo estar con ellos»; y luego, con el puño cerrado, llamó cuatro veces a la puerta. Hubo un silencio repentino que duró cerca de un minuto, y fue roto por una voz desde dentro, preguntando quién estaba allí. Tomlinson respondió con alguna palabra cabalística; la puerta se abrió y un niño pequeño se presentó.
«Bueno, muchacho», dijo Augustus, «¿y cómo está tu amo? Robusto y saludable, si he de juzgar por su voz».
«Ay, Maestro Tommy, ay, está bebiendo a buen ritmo, en el salón trasero, con el Sr. Pepper y Fighting Attie, y una decena más de ellos. Se alegrará muchísimo de verte, te lo aseguro».
«Lleva a este caballero a la barra», respondió Augustus, «mientras voy a presentar mis respetos al honesto Geordie».
El niño hizo una especie de reverencia y, llevando a nuestro héroe a la barra, lo consignó al cuidado de Sal, una camarera vivaz, que honraba el gusto del tabernero y que recibió a Paul con distinción marcada y una medida de brandy.
Paul no tuvo mucho tiempo para hacerse el amable antes de que Tomlinson se reuniera con él con la información de que Gentleman George estaría encantado de verlo en el salón trasero, y que allí encontraría a un viejo amigo en la persona del Sr. Pepper.
«¡Qué! ¿Está él aquí?», exclamó Paul. «¡El miserable bribón, por dejarme encerrar en su lugar!»
«Suavemente, suavemente; ¡nada de mala aplicación de términos!», dijo Augustus. «Eso no fue villanía; eso fue prudencia, la mayor de todas las virtudes, y la más rara. Pero vamos, y Pepper te lo explicará mañana».
Atravesando una galería o pasillo, Augustus precedió a nuestro héroe, abrió una puerta y lo introdujo en un apartamento largo y bajo, donde se sentaban, alrededor de una mesa llena de pipas y licor, unos diez o doce hombres, mientras que en la cabecera de la mesa, en un sillón, presidía Gentleman George. Ese dignatario era un caballero corpulento y apuesto, con una mirada astuta y una peluca galesa, llevada, como dice el “Morning Chronicle” del sombrero de Su Majestad, “de manera desenvuelta, a un lado”. Afligido por la gota, su pie izquierdo descansaba sobre un taburete; y la actitud revelaba, a pesar de una media de lana de cordero, los restos de una pierna extraordinariamente buena.
Como Gentleman George era una persona de majestuosa dignidad entre los Caballeros de la Cruz, confiamos en que no se nos considerará irreverentes al aplicar algunas de las palabras con las que el mencionado “Morning Chronicle” describió a Su Majestad el día que colocó la primera piedra del monumento a su padre para la descripción de Gentleman George.
«Tenía puesto un hermoso abrigo azul y un chaleco blanco»; además, «se rió de manera muy buen humorada», mientras, volviéndose hacia Augustus Tomlinson, lo saludó diciendo:
«¿Así que este es el jovencito que nos presentas? ¡Bienvenido a The Jolly Angler! Dame tu mano, joven señor; estaré feliz de echar una nube contigo».
«Con toda la debida sumisión», dijo el Sr. Tomlinson, «creo que primero podría ser mejor presentar a mi alumno y amigo a sus futuros compañeros».
«Hablas como un tipo astuto», exclamó Gentleman George, todavía apretando la mano de nuestro héroe; y girándose en su sillón, señaló a cada miembro, mientras presentaba individualmente a sus invitados a Paul.
«Aquí», dijo, «aquí hay un buen tipo a mi derecha» (la persona así designada era una figura delgada de aspecto militar, con una levita de montar raída, y con un semblante aguileño dominante y audaz, un poco desgastado), «¡aquí hay un buen tipo para ti! Fighting Attie le llamamos; es un demonio en la carretera. 'Alto, entrega, debe y tiene que ser, no puedes y no podrás, haz lo que te ordeno, o vete al diablo'. Esa es toda la cháchara de Fighting Attie; y, ¡por la muerte!, ¡tiene una manera maravillosa de ir al grano! Un famoso tipo es mi amigo Attie, un viejo soldado, ha visto mundo y sabe lo que es qué; tiene mucha perspicacia y ni una pizca de adulación. Como sea, a los de altos vuelos no les gusta; y cuando toma el dinero de la gente, no necesita ser tan hosco al respecto. Attie, permíteme presentarte a un nuevo compañero». Paul hizo su reverencia.
«¡Firme, hombre!», dijo el veterano, sin quitarse la pipa de la boca.
Gentleman George continuó entonces; y después de señalar a cuatro o cinco de la compañía (entre los cuales nuestro héroe descubrió, para su sorpresa, a sus viejos amigos el Sr. Eustace Fitzherbert y el Sr. William Howard Russell), llegó, finalmente, a uno con una cara muy roja y un cuerpo robusto. «Ese caballero», dijo, «es Scarlet Jem; un tipo peligroso para un atraco, aunque dice que le gusta robar solo ahora, porque un atraco general no es ni la mitad de bueno de lo que solía ser antes. No tienes idea de lo que es Scarlet Jem disfrazándose. Tiene una vieja peluca con la que generalmente hace negocios; y no llegarías a conocerlo de nuevo cuando se esconde bajo la peluca. ¡Oh, es un bribón precioso, es Scarlet Jem! En cuanto al tipo del otro lado», continuó el anfitrión de The Jolly Angler, señalando a Long Ned, «todo lo que puedo decir de él, bueno, malo o indiferente, es que tiene una mata de pelo extraordinariamente fina; y ahora, jovencito, como lo conoces, supongo que vas y te sientas a su lado, y él te presentará al resto; porque, ¡que me partan la peluca!» (Gentleman George era un poco dado a maldecir) «¡si no estoy cansado! Y así que aquí está por tu salud; y si es que tu nombre es Paul, ¡que siempre robes a Pedro [una maleta] para pagar a Pablo!»
Como este chiste de nuestro anfitrión fue recibido excesivamente bien, Paul fue, en medio de la risa general, a tomar posesión del asiento vacío al lado de Long Ned. Ese caballero alto, que hasta entonces había estado acumulando nubes (como llama Homero a Júpiter) en un profundo silencio, se volvió ahora hacia Paul con la mayor cordialidad, se declaró sobrepasado de alegría por volver a ver a su viejo amigo y lo felicitó tanto por su escape de Bridewell como por su admisión a los consejos de Gentleman George. Pero Paul, consciente de ese ejercicio de “prudencia” por parte del Sr. Pepper por el cual había sido dejado a su suerte y a la merced del juez Burnflat, recibió sus avances con mucha frialdad. Esta frialdad enfureció tanto a Ned, que era naturalmente colérico, que dio la espalda a nuestro héroe y, siendo de espíritu aristocrático, murmuró algo sobre “advenedizos y vulgares carteristas siendo admitidos a la compañía de distinguidos bandidos”. Este murmullo llevó toda la sangre de Paul a sus mejillas; pues aunque había sido castigado como carterista, nadie sabía mejor que Long Ned si era inocente o no; y un reproche de él vino, por lo tanto, con doble injusticia y severidad. En su ira, agarró al Sr. Pepper por la oreja y, diciéndole que era un canalla miserable, lo desafió a pelear.
Como una invitación tan agradable no fue anunciada en voz baja, sino en un tono adecuado a la importancia de la propuesta, todos los presentes la oyeron; y antes de que Long Ned pudiera responder, la voz plena de Gentleman George tronó:
«¡Mantened la paz ahí, jovencito! ¿Qué? ¿Acabáis de ser admitidos a nuestras festividades y ya tenéis que estar discutiendo? Escuchad, caballeros, he sido lo suficientemente molestado con vuestras peleas antes de ahora; y el primer tipo que rompa la tranquilidad actual de The Jolly Angler será expulsado a patadas, ¿verdad, Attie?»
«¡Media vuelta, marchen!», dijo el héroe.
«Ay, esa es la palabra, Attie», dijo Gentleman George. «Y ahora, Sr. Pepper, si hay mala sangre entre usted y el muchacho de ahí, lávela con un trago de brandy y no oigamos más nada al respecto».
«Estoy dispuesto», gritó Long Ned, con el aire deferente de un cortesano, y extendiendo su mano hacia Paul. Nuestro héroe, estando algo abochornado por la novedad de su situación y la reprimenda de Gentleman George, aceptó, aunque con cierta reticencia, la cortesía ofrecida.
Restablecido así el orden, la conversación de los comensales comenzó a asumir un sesgo fascinante. Hablaban con infinito gusto de las sumas que habían recaudado del público y de las malversaciones que habían cometido para lo que uno llamaba el bien de la comunidad, y otro, el orden establecido, refiriéndose a ellos mismos. Era fácil ver en qué escuela el perspicaz Augustus Tomlinson había aprendido el valor de las palabras.
¡Había algo edificante en escuchar a los granujas! Tan refinado era su lenguaje y tan honesto su entusiasmo por sus propios intereses, que uno podría haber imaginado que estaba escuchando a un grupo de ministros del gabinete confiriendo sobre impuestos o debatiendo sobre prebendas.
«¡Que florezcan las tierras comunales durante mucho tiempo!», gritó el bromista Georgie, llenando su vaso; «es de las tierras comunales de donde nos alimentamos, ¡y que nunca conozcan el cultivo!»
«¡Tres veces tres!», gritó Long Ned; y el brindis fue bebido como propuso el Sr. Pepper.
«Un poco de cultivo moderado de las tierras comunales, para hablar con franqueza», dijo Augustus Tomlinson, modestamente, «podría no estar de más; pues engañaría a la gente haciéndole creer que podrían viajar con seguridad; y, después de todo, un seto o un campo de cebada es tan bueno para nosotros como un páramo estéril, donde no tenemos refugio si una vez perseguidos».
«¡Dices tonterías, bobo!», gritó un ladrón notable, llamado Bagshot; quien, siendo viejo y habiendo sido mozo de un abogado, a veces era denominado “Old Bags”. «Dices tonterías; estos arados innovadores son nuestra ruina. Cada espiga de maíz en un terreno comunal es una invasión a la constitución y los derechos de los caballeros bandoleros. Soy viejo y quizás no viva para ver estas cosas; pero, marcad mis palabras, llegará un tiempo en que un hombre podrá ir de Londres a John o'Groats sin perder un penique por uno de nosotros; cuando Hounslow estará a salvo y Finchley segura. ¡Mis ojos, qué cosa tan triste será eso para nosotros!»
El venerable anciano se quedó repentinamente en silencio y las lágrimas brotaron de sus ojos. Gentleman George tenía un gran horror a la melancolía y particularmente le desagradaban todos los temas desagradables.
«¡Truenos y centellas, Old Bags!», dijo el anfitrión de The Jolly Angler, «esto no servirá; todos estamos reunidos aquí para divertirnos, y no para escuchar tus melancólicas zarandajas. Digo, Ned Pepper, supón que nos cantas una canción, y yo marcaré el ritmo con mis nudillos».
Long Ned, quitándose la pipa de la boca, intentó, como la Lady Heron de Walter Scott, una o dos excusas bonitas; siendo estas ahogadas por un grito universal, el apuesto ladrón cantó la siguiente canción, con la melodía de “El tiempo no ha raleado mi cabello fluido”.
CANCIÓN DE LONG NED.
Oh, si mis manos se adhieren al efectivo, Mis guantes al menos están limpios, Y rara vez a la gente distinguida Se ha visto con ropa más elegante.
Dulce Público, ya que vuestras arcas deben Proveer alivio a nuestras necesidades, ¿Oh, no alivia acaso ceder el polvo A tan encantador ladrón?
«'Y John puede reírse del mío', ¡excelente!», gritó Gentleman George, encendiendo su pipa y guiñándole un ojo a Attie; «oigo decir que eres un tipo famoso con las chicas».
Ned sonrió y respondió: «Ningún hombre debería presumir; pero...» Pepper hizo una pausa significativamente, y luego, mirando a Attie, dijo: «Hablando de chicas, es mi turno de proponer a un caballero para una canción, y propongo a Fighting Attie».
«Yo nunca canto», dijo el guerrero.
«¡Traición, traición!», gritó Pepper. «Es la ley, y debes obedecer la ley; así que empieza».
«Es cierto, Attie», dijo Gentleman George.
No hubo apelación al decreto del honesto tabernero; así que, de una manera rápida y lacónica, siendo el dogma favorito de Attie que lo menos dicho es lo más pronto remediado, el guerrero cantó lo siguiente:
CANCIÓN DE FIGHTING ATTIE.
Aria: «Era famoso por sus hazañas de armas».
Nunca robé un solo carruaje Sino con aire de amante; Y aunque pudieras reprochar mi rumbo, Nunca pudiste hacerlo con mi cabello.
Levántate a las seis, cena a las dos, Roba a tu hombre sin demora, Esas son mis máximas; si dudas De su sabiduría, ¡da media vuelta!
(Haciendo señas a un caballero cetrino en el mismo lado de la mesa para que envíe el cuenco de brandy.)
Pasa el brandy, ¡por un arma, Hijo mohoso, oscuro y ronco! John Bull, que ama una broma inofensiva, Es propenso a sonreírme; Pero ¿por qué estar enfadado con la gente que ríe, A menos que rían y ganen? John Bull tiene dinero en su caja; Y aunque su ingenio es divino, Déjame reírme de los bloqueos de Johnny, ¡Y John puede reírse de los míos!
[Gran parte de cualquier diversión que pudieran haber causado las parodias no (confiamos) malintencionadas de ciertos personajes eminentes en esta parte de nuestra obra cuando se publicó por primera vez, al igual que todas las alusiones políticas, pierde el punto y se vuelve oscura a medida que las aplicaciones dejan de ser familiares. Ya es necesario, quizás, decir que Fighting Attie aquí tipifica o ilustra la abrupta destitución del Sr. Huskisson por el Duque de Wellington.]
EL CABALLERO CETRINO (con voz ronca).
Attie, el brandy está ahora conmigo; ¡No puedo renunciar a él todavía, ya ves!
ATTIE (arrebatando el cuenco).
Renuncia, renúncialo, ¡cesad vuestro polvo! (Arrebatándolo y mirando ferozmente al caballero cetrino.) Lo has renunciado, y debes hacerlo.
CORO.
Lo has renunciado, y debes hacerlo.
Mientras el coro, riéndose del desconcertado bebedor, gritaba las enfáticas palabras del heroico Attie, ese personaje vació el brandy de un trago, reanudó su pipa y, en las menos palabras posibles, pidió a Bagshot una canción. El excelente viejo bandolero, con gran timidez, obedeció la petición, se aclaró la garganta y comenzó con una copla con la melodía de “La vieja”.
CANCIÓN DE OLD BAGS.
¿Se han ido pues los días, cuando en Hounslow Heath Hacíamos brillar nuestros caballos, Cuando los pechos más fuertes desfallecían ante La voz de Bags? Nunca dejé mi trabajo a medias, por temor a ser atrapado Lento era el viejo Bags, pero nunca cesó Hasta que todo fue arrebatado.
CORO. Hasta que todo fue arrebatado.
Cuando el carruaje lento se detenía y los caballeros asaltaban, Yo soportaba el peso; Y el único sonido que formaban mis labios graves Era “dinero”, ¡siempre “dinero”!
¡Oh, aquellos días joviales jamás se olvidan! Pero la cinta se retrasa... Cuando yo esté muerto, beberéis una jarra ¡Por el pobre viejo Bags!
CORO. ¡Por el pobre viejo Bags!
“¡Ay, eso haremos, mi querido Bagshot!”, exclamó el caballero George, con afecto; pero al observar una lágrima en los ojos del buen viejo, añadió: “¡Ánimo! ¡Hola! ¡Ánimo! Los tiempos mejorarán, y la Providencia aún puede enviarnos un buen año, en el que estarás tan bien como siempre. Sacudes la cabeza. Bien, no te dejes abatir, sino derriba a un caballero”.
Apartando la gota de sensibilidad, el veterano derribó al mismo caballero George.
“¡Oh, maldita sea!”, dijo George, con un aire de dignidad, “debería escabullirme, ya que yo encuentro el licor; pero de todas formas, allá va”.
CANCIÓN DEL CABALLERO GEORGE.
Aires: “El viejo Rey Cole”.
Yo soy el tipo, el alegre viejo tipo, De cuyo licor todos los rufianes cantan; ¡Y un tipo bebedor, creo, por Jove, Es tan grande como un rey sobrio!
CORO. ¡Es tan grande como un rey sobrio!
Cualquiera que sea el ruido que hacen los muchachos En la barra mientras beben sin parar, ¡Ni un demonio de ruido altera mi paz Mientras los bribones paguen!
CORO. ¡Mientras los bribones paguen!
¿Qué importa si pego mis piedras y mis ladrillos Con mortero que tomo de los presumidos? Todos los que pueden sentir por el bienestar público Les gusta que la taberna esté alegre.
CORO. ¡Les gusta que la taberna esté alegre!
“¡Ahí, caballeros!”, dijo el tabernero, deteniéndose en seco, “esa es la esencia del asunto, y que me partan la cabeza si no me falta el aliento ahora. Así que pasad el brandy, Augustus; pícaro, te lo guardas todo para ti”.
Para entonces, todo el cónclave estaba más que achispado, o, como lo expresó Augustus Tomlinson, “sus cualidades más austeras se vieron relajadas por una complacencia placentera e inocente”. Los ojos de Paul daban vueltas y su lengua se soltaba. Poco a poco la habitación nadaba, los rostros de sus camaradas se alteraban, el semblante del viejo Bags adquiría un aire terrible y amenazante. Pensó que Long Ned lo insultaba, y que el viejo Bags tomaba parte del agresor, cerró el puño y amenazó con meter la cabeza del demandante en el tribunal de la cancillería si perturbaba la paz de la reunión. Otros diversos males imaginarios lo acosaban. Pensó que había robado una diligencia en compañía de Pepper; que Tomlinson testificó contra él, y que el caballero George ordenó que lo ahorcaran; en resumen, sufría un delirio temporal, ocasionado por un repentino cambio de fortuna —de agua a brandy—; y lo último de lo que guardó recuerdo, antes de hundirse bajo la mesa, en compañía de Long Ned, Scarlet Jem y el viejo Bags, fue de participar en el peso de lo que le pareció un coro de últimas confesiones de moribundos, pero que en realidad era una canción hecha en honor al caballero George, y cantada por sus agradecidos invitados como final de las festividades. Decía así:
EL GRAN BRINDIS DEL LADRÓN.
¡Un vaso de ginebra, llenad, llenad para mí! Que los que gusten del vino tinto lo agoten; Pero sea cual sea el licor, ¡debe ser una copa llena, Si es que nunca más volvemos a beber una copa llena! Ahora... ahora en la guarida, donde un rufián puede yacer, Sin miedo a que los alguaciles lo atormenten, Con una gota en la boca, y una gota en el ojo, ¡Un brindis por el caballero George! ¡Dios lo bendiga! ¡Dios lo bendiga, Dios lo bendiga! ¡Un brindis por el caballero George! ¡Dios lo bendiga!
Entre los amigos del príncipe he oído que se estila, Antes de que hayan bebido lo suficiente, Aderezar su ponche con el mejor curasao, Para hacer la mezcla más distinguida. No alabo tal licor; pero aquel a quien su copa No le guste, ¡que me ahorquen si lo presiono! ¡En pie, mis muchachos! ¡Que pase, que pase la ronda! ¡Un brindis por el caballero George! ¡Dios lo bendiga! ¡Dios lo bendiga, Dios lo bendiga! ¡Un brindis por el caballero George! ¡Dios lo bendiga!
Mirad, mirad, el buen hombre se debilita sobre sus piernas; ¡Ayudadlo, rufianes, a mantenerse en pie! ¡Por qué, no movéis ni un dedo! ¿Estáis todos deprimidos? ¡Fighting Attie, ve, échale una mano!
(Los ladrones se amontonan alrededor del caballero George, cada uno, bajo pretexto de apoyarlo, tirando de él primero hacia un lado y luego hacia otro.)
Ven, apóyate en mí... ¡estoy a tu servicio! ¡Aléjate de su codo, cachorro! Solo lo vas a derribar... ¡esos tipos solo fingen! ¡Un brindis por el caballero George! ¡Dios lo ayude! ¡Dios lo ayude, Dios lo ayude! ¡Un brindis por el caballero George! ¡Dios lo ayude!
CAPÍTULO XI.
No alabo canción en maravillas mágicas rica; Pero aún así, ¡oh Naturaleza!, ¿no hay nada que valorar, Familiar en tus escenas de vida en el seno? ¿Y habita en los salubres cielos de la verdad diurna Alguna forma con la que el alma pueda simpatizar? Joven, inocente, sobre cuya dulce frente suave El rizo separado brillaba de la manera más sencilla, Una inquilina en el hogar de Albert sonreía, O bendecía su paseo del mediodía... era su única hija.
Gertrude of Wyoming.
Oh tiempo, has jugado trucos extraños con nosotros; y bendecimos a las estrellas que nos hicieron novelista, y nos permiten ahora tomar represalias. Dejando a Paul a las instrucciones de Augustus Tomlinson y a las festividades del Jolly Angler, y permitiéndole, por lentos pero seguros grados, adquirir las gracias y la reputación del consumado y perfecto apropiador de las posesiones de otros hombres, pasaremos por alto el paso de los años con la misma rapidez descuidada con la que se han deslizado sobre nosotros, y convocaremos a nuestro lector a una escena muy diferente de aquellas que probablemente saludarían sus ojos si estuviera siguiendo las aventuras de nuestro nuevo Telémaco. Ni tú, querido lector, a quien hacemos árbitro entre nosotros mismos y aquellos que nunca leen —los críticos—; tú que has ido, con el verdadero espíritu de la buena crianza, con nosotros a lugares donde la novedad de la escena apenas, tememos, ha compensado la tosquedad, sin darte aires de doncella remilgada —sin parlotear, como un lacayo, sobre la baja compañía que has encontrado—; ni tú, querido y amistoso lector, tendrás causa para temer que cansemos tu paciencia mediante una “maldita reiteración” de las mismas localidades. Haciendo una pausa por un momento para echar un vistazo a las divisiones de nuestra historia, que yace ante nosotros como un mapa, sentimos que podemos prometer en el futuro conducirte entre aspectos de la sociedad más familiares a tus hábitos; donde los eventos fluyen hacia su abismo asignado a través de paisajes de mayor variedad agradable y entre tribus de una civilización más lujosa.
A orillas de uno de los ríos más bellos de la hermosa Inglaterra, y a unas cincuenta millas de distancia de Londres, aún se alza una morada a la antigua, que denominaremos aquí Warlock Manorhouse. Es un edificio de ladrillo, variado por remates de piedra, y cubierto en gran parte con hiedra y jazmín. Alrededor yacen las ruinas de la parte más antigua de la estructura; y estas son suficientemente numerosas en extensión e importantes en apariencia para testificar que la mansión no careció una vez de pretensiones a la magnificencia. Estos restos de poder, algunos de los cuales datan de la época del reinado de Enrique III, están sancionados por el carácter del campo inmediatamente en la vecindad de la antigua casa solariega. Una vasta extensión de tierra baldía, salpicada de arboledas de árboles trasmochos antiguos, y aquí y allá crestas irregulares y sinuosas de montículos verdes, denotan al ojo experimentado la evidencia de un coto o parque desmantelado, que originalmente debió de ser de dimensiones no comunes. A un lado de la casa, el césped se inclina hacia el río, dividido de una terraza, que forma el adorno más importante de los jardines de recreo, por esa valla a la que se ha dado el ingenioso y significativo nombre de “¡ja-ja!”. Unos pocos árboles dispersos de crecimiento gigante son los únicos obstáculos que rompen la vista del río, que a menudo nos ha parecido, en ese pasaje particular de su curso, deslizarse con inusual calma y serenidad. En el lado opuesto de la corriente hay una cadena de colinas escarpadas, célebres por nada más romántico que su propiedad de impartir a los rebaños que pastan en ese pasto corto y aparentemente limitado un sabor particularmente agradecido a los amantes de ese animal pastoral que cambia su nombre por el de cordero tras su fallecimiento. Sobre estas colinas el vestigio de habitación humana no es visible; y a veces, cuando ningún barco desfigura la solitaria suavidad del río, y la tarde ha silenciado los sonidos del trabajo y de la vida, conocemos pocas escenas tan absolutamente tranquilas, tan impregnadas de quietud, como la que presenta la vieja casa de estilo pintoresco y sus terrenos antiguos —el césped suave, el río silencioso y (por decir la verdad, aunque con menosprecio) algo perezoso—, junto con las grandes colinas (a las que sabemos, por causas simples aunque metafísicas, cómo se adhiere peculiarmente una idea completa de quietud e inmovilidad), y los rebaños blancos —esas más pacíficas de las criaturas de Dios—, que en racimos lanudos salpican el ascenso.
En Warlock House, en el momento al que nos referimos, vivía un caballero de nombre Brandon. Era viudo, y había alcanzado su quincuagésimo año sin sentir mucho pesar por el pasado ni sentir mucha ansiedad por el futuro. En una palabra, Joseph Brandon era uno de esos hombres descuidados, tranquilos e indiferentes, por quienes un pensamiento sobre cualquier tema nunca es recurrido sin una necesidad muy urgente. Era bondadoso, inofensivo y débil; y si no era un ciudadano incomparable, era al menos un excelente vegetal. Pertenecía a una familia de gran antigüedad, y anteriormente de considerable nota. Durante las últimas cuatro o cinco generaciones, sin embargo, los propietarios de Warlock House, perdiendo gradualmente algo tanto de sus acres como de su consecuencia, no habían dejado a sus descendientes un rango mayor que el de un pequeño escudero rural. Uno había sido jacobita, y había bebido media docena de granjas en honor a Charley al otro lado del agua; Charley al otro lado del agua no era una persona muy peligrosa, pero Charley sobre el vino era algo más ruinoso. El siguiente Brandon había sido un cazador de zorros, y los cazadores de zorros viven tan espléndidamente como los políticos patrióticos. Pausanias nos dice que las mismas personas que eran las más notorias por su amor al vino eran también las más notorias por su negligencia en los asuntos. Los tiempos no han cambiado mucho desde que Pausanias escribió, y la observación es tan válida para los ingleses como lo fue para los figeos. Después de este Brandon vino uno que, aunque no despreciaba al deportista, más bien asumió el papel de caballero distinguido. Se casó con una heredera, quien por supuesto ayudó a arruinarlo; no deseando asistencia en una ocupación tan placentera, la volcó (quizás no a propósito) en un nuevo tipo de carruaje que estaba aprendiendo a conducir, y la buena señora murió en el acto. Dejó al distinguido caballero dos hijos: Joseph Brandon, el actual señor, y un hermano algunos años menor. El mayor, teniendo la edad adecuada, fue enviado a la escuela, y escapó algo del contagio de la mansión paterna. Pero el joven Brandon, habiendo alcanzado solo su quinto año en el momento del fallecimiento de su madre, fue retenido en casa. Si era apuesto, inteligente, impertinente, o parecido a su padre en los ojos (el mayor de todos los méritos), no lo sabemos; pero el viudo se encariñó tanto de él que fue en una época tardía y con gran renuencia que finalmente lo confió a la providencia de una escuela.
Entre rameras y jugadores y lores y estafadores, y caballeros de la guardia, junto con sus frecuentes acompañantes —los guardias de los caballeros, a saber, los alguaciles—, William Brandon pasó la primera etapa de su infancia. Tenía unos trece años cuando fue enviado a la escuela; y siendo un niño de talentos notables, recuperó el tiempo perdido tan bien que cuando a la edad de diecinueve años se trasladó a la Universidad, apenas había residido allí un solo trimestre antes de haber obtenido dos de los premios más altos otorgados al mérito académico. De la Universidad partió en el “gran tour”, en ese momento considerado tan necesario para completar al caballero; fue en compañía de un joven noble, cuya amistad había ganado en la Universidad, permaneció en el extranjero más de dos años, y a su regreso se estableció en la profesión de la ley.
Mientras tanto, su padre murió, y su fortuna, como hermano menor, siendo literalmente casi nula, y la propiedad familiar (pues su hermano no estaba dispuesto a ayudarlo) estando terriblemente involucrada, se creyó que luchó durante algunos años con circunstancias muy embarazosas y penuriosas. Durante este intervalo de su vida, sin embargo, estuvo ausente de Londres, y su hermano supuso que había regresado al Continente; al final, parece, se aprovechó de una renovación de su amistad con el joven noble que lo había acompañado al extranjero, reapareció en la ciudad y obtuvo a través de su noble amigo uno o dos nombramientos legales de ingresos reputados. Poco después obtuvo un informe sobre un caso donde un mayor había estado reclutando un cuerpo para su hermano oficial, con mejor consentimiento de la esposa del hermano oficial que del propio hermano oficial. Las habilidades de Brandon aquí, por primera vez en su profesión, encontraron una salida adecuada; su reputación pareció hecha de una vez, ascendió rápidamente en su profesión, y, en el momento del que ahora hablamos, navegaba por la marea llena de fama y riqueza, la envidia y el oráculo de todos los jóvenes Templarios y abogados, quienes, habiendo pasado hambre ellos mismos durante diez años, comenzaron ahora a calcular la posibilidad de hacer pasar hambre a sus clientes. En una etapa temprana de su carrera había, a través de los buenos oficios del noble que hemos mencionado, obtenido un escaño en la Cámara de los Comunes; y aunque su elocuencia era de un orden mucho más adecuado para el foro que para el senado, había adquirido sin embargo una reputación muy considerable en este último, y era considerado por muchos como alguien que probablemente alcanzaría las mismas fortunas brillantes que el cortesano Mansfield —un gran hombre, cuyos principios políticos y trato urbano se suponía que Brandon afectaba especialmente como su propio modelo—. De integridad intachable en la vida pública —pues, como apoyaba todas las cosas que existen con la rigidez más inquebrantable, no podía ser acusado de inconsistencia—, William Brandon era (como hemos dicho en un lugar anterior de infeliz memoria para nuestro héroe) estimado en la vida privada como el más honorable, el más moral, incluso el más austero de los hombres; y su grave y severa reputación en este aspecto, unida al deslumbramiento de su elocuencia y poderes forenses, había frustrado en gran medida el rencor de la hostilidad partidista, y le había obtenido un carácter de virtudes casi tan alto y envidiable como el que había adquirido por sus habilidades.
Mientras William seguía así una carrera notoria y honorable, su hermano mayor, que se había casado en la familia de un clérigo, y pronto perdió a su consorte, había residido con su única hija, una niña llamada Lucy, en su mansión paterna en una oscuridad imperturbable. El carácter y los hábitos desacreditables de los anteriores señores de Warlock, que habían hundido su respetabilidad en el condado así como reducido su propiedad, habían hecho que la nobleza circundante tuviera poco interés en cultivar la intimidad del actual propietario; y la mente pesada y los modales retraídos de Joseph Brandon no estaban calculados para contrarrestar las faltas de sus antepasados, ni para reinstaurar el nombre de Brandon en su antigua popularidad y estima. Aunque aburrido y poco cultivado, el escudero no carecía de su “orgullo propio”; no intentó entrometerse donde no era bienvenido, evitó las reuniones del condado y los bailes del condado, fumaba su pipa con el párroco, y no pocas veces con el cirujano y el abogado, y permitió que su hija Lucy se educara a sí misma con la ayuda de la esposa del párroco, y madurara (pues la Naturaleza le era más favorable que el Arte) hasta convertirse en la chica más bonita de la que todo el condado —anhelamos decir todo el país— en ese momento podía jactarse. Nunca un espejo devolvió una imagen más encantadora que la de Lucy Brandon a la edad de diecinueve años. Su cabello castaño caía en la más rica exuberancia sobre una frente nunca despeinada, y una mejilla donde la sangre nunca dormía; con cada instante el color variaba, y a cada variación esa mejilla suave, pura y virginal parecía aún más encantadora que antes. Tenía la risa más hermosa que uno que amaba la música podría imaginar: plateada, baja, ¡y sin embargo tan llena de alegría! Todos sus movimientos, como decía el viejo párroco, parecían mantener el ritmo de esa risa, pues la alegría constituía una gran parte de su carácter inocente e infantil; y sin embargo, la alegría era femenina, nunca ruidosa, ni como la de las jóvenes que habían recibido el acabado final en los seminarios de Highgate. Todo lo alegre la afectaba, y de inmediato: el aire, las flores, el sol, las mariposas. A diferencia de las heroínas en general, lloraba muy rara vez, y no veía nada encantador en tener vapores. Pero nunca se veía tan hermosa como al dormir; y mientras el aliento ligero salía de sus labios entreabiertos, y los párpados de marfil se cerraban sobre esos ojos que solo en el sueño estaban en silencio —y su actitud al dormir tomaba esa gracia inefable que pertenece solo a la infancia, o a la juventud fresca en la que la infancia se funde—, era exactamente lo que uno podría imaginar de una Margaret dormida, antes de que esa visión más simple y gentil de todas las visiones de la feminidad de un poeta hubiera conocido a Faust, o sus sueños hubieran sido perturbados con un sueño de amor.
No podemos decir mucho sobre los logros intelectuales de Lucy; ella podía, gracias a la esposa del párroco, deletrear medianamente bien, y escribir una letra tolerable; hacía conservas, y a veces acertijos: era más difícil cuestionar la excelencia de las primeras que responder a las preguntas de los segundos. Trabajaba para la admiración de todos los que la conocían, y nos tomamos la libertad de decir que consideramos eso “una cosa excelente en la mujer”. Hacía gorros para sí misma y vestidos para los pobres, y de vez en cuando lograba la labor más literaria de una novela perdida que había vagado hasta la casa solariega, o un resumen de la historia antigua, en el que se omitía todo excepto los nombres propios. A estos logros añadió cierto módico de habilidad en la espineta, y el poder de cantar canciones antiguas con la voz más rica y dulce que jamás haya hecho que los ojos de uno se humedezcan o el corazón de uno lata.
Sus cualidades morales estaban más plenamente desarrolladas que sus mentales. Ella era la más amable de los seres humanos; el mismo perro que nunca la había visto antes sabía esa verdad al primer vistazo, y no perdía tiempo en hacer su amistad. La bondad de su corazón reposaba en su rostro como el sol, y la vieja esposa en la portería dijo poética y verdaderamente del efecto que producía, que “uno se sentía cálido cuando la miraba”. Si pudiéramos extraer de la descripción cierta transparencia escalofriante, los siguientes versos exquisitos de un poeta olvidado podrían expresar la pureza y el brillo de su semblante:
“Su rostro era como la vía láctea en el cielo, Un encuentro de luces gentiles sin nombre”.
Estaba rodeada de mascotas de todo tipo, feas y hermosas: desde Ralph el cuervo hasta Beauty el faisán, y desde Bob, el perro pastor sin cola, hasta Beau, el Blenheim con cintas azules alrededor del cuello; todas las cosas la amaban, y ella amaba todas las cosas. Parecía dudoso en ese momento si alguna vez tendría suficiente firmeza y fuerza de carácter. Su belleza y su carácter parecían tan esencialmente femeninos —suaves pero vivaces, boyantes pero cariñosos— que apenas podías depositar en ella esa dependencia moral que podrías en un personaje menos amable pero menos cedente y femenino. El tiempo, sin embargo, y las circunstancias, que alteran y endurecen, debían decidir si la naturaleza interior no poseía algunas propiedades latentes y aún no descubiertas. Tal era Lucy Brandon en el año ----; y en ese año, en una hermosa tarde de otoño, introducimos por primera vez a nuestros lectores a ella personalmente.
Estaba sentada en un asiento de jardín junto al río, con su padre, quien estaba deliberadamente estudiando el periódico de la tarde de una semana anterior, y gravemente sazonando las noticias antiguas con las inspiraciones de esa hierba que tan amargamente excitó la indignación real de nuestro Salomón británico. Sucede, desafortunadamente para nosotros —pues las peculiaridades externas son apenas dignas de la dignidad a la que aspira la comedia, ya sea en el drama o en la narrativa—, que el escudero Brandon poseía tan pocos rasgos distintivos de mente que le deja a su delineador poco con qué designarlo, salvo un hábito de habla confuso y parentético, por el cual muy a menudo parecía a aquellos que no se beneficiaban de una larga experiencia u observación cercana, decir exactamente, y de manera algo ridícula, aquello que no pretendía transmitir.
—Dime, Lucy —observó el señor Brandon, aunque sin levantar los ojos del periódico—: ¡dime, el grano ha bajado; piensa en eso, muchacha, piensa en eso! Estos tiempos, en mi opinión (¡ay!, y en la opinión de cabezas más sabias que la mía, aunque no quiero decir que yo no tenga cierta experiencia en estos asuntos, lo cual es más de lo que puede decirse de todos nuestros vecinos), son muy curiosos e incluso peligrosos.
—¡Ciertamente, papá! —respondió Lucy.
—Y digo, Lucy, querida —prosiguió el escudero tras una breve pausa—, que ha habido (y es muy extraño, además, cuando uno considera lo poblado del vecindario... ¡Dios me asista!, ¡qué tiempos son estos!) un asesinato escandaloso cometido contra (el tapón del tabaco... ahí está)... piensa, ya sabes, muchacha... ¡justo al lado de Epping!... ¡un anciano caballero!
—¡Cielos, qué horror! ¿Por quién?
—¡Ay, esa es la cuestión! La investigación del forense ha (¡qué bendición es vivir en un país civilizado, donde un hombre no muere sin saber el porqué y el cómo!) dictaminado sobre el cuerpo, y declarado (es muy extraño, pero no parecen haber hecho gran descubrimiento; pues, ¿por qué?, ya sabíamos tanto antes) que el cuerpo fue hallado (fue hallado en el suelo, Lucy) asesinado; ¡asesino o asesinos (en el escritorio, que fue forzado, encontraron el dinero totalmente intacto) desconocidos!
Aquí hubo de nuevo una ligera pausa; y pasando a otro lado del periódico, el señor Brandon reanudó, en un tono más rápido: —¡Ja! Bueno, ¡ahora esto es extraño! ¡Pero es un tipo endiabladamente inteligente, Lucy! Ese hermano mío ha (y de una manera muy honorable, además, lo cual estoy seguro de que es altamente loable para la familia, aunque no me haya prestado demasiada atención últimamente... una circunstancia que, considerando que soy su hermano mayor, me tiene un poco enfadado) distinguido en un discurso, notable, dice el periódico, por su gran legal (me pregunto, dicho sea de paso, si William podría conseguirme ese dinero por agistamiento; es un asunto pesado de perder; pero ir a juicio, como solía decir mi pobre padre, es como pescar gobios [no es un mal pescadito; podemos tener algunos para la cena] con guineas) conocimiento, ¡así como por su espléndida y avasalladora (¡adoro a Will por mantener el honor de la familia; estoy seguro de que es más de lo que yo he hecho, ay de mí!), elocuencia!
—¿Y sobre qué asunto ha estado hablando, papá?
—Oh, un asunto muy fino; lo que tú llamas un (es asombroso que en este país exista tal deseo de quitarle el carácter a las personas, lo cual, por mi parte, no veo que sea ni un poco más entretenido que lo que tú siempre estás haciendo... jugar con esos estúpidos pájaros) ¡libelo!
—¿Pero no va a venir mi tío William a vernos? Prometió hacerlo, y eso te puso muy feliz, papá, durante dos días. Espero que no te decepcione; y estoy segura de que no es su culpa si alguna vez parece descuidarte. Habló de ti conmigo, cuando le vi, de la manera más amable y afectuosa. Realmente creo, mi querido padre, que te quiere mucho.
—¡Ejem! —dijo el escudero, visiblemente halagado, y sin embargo no convencido—. Mi hermano Will es un tipo muy agudo, y no tengo... mi querida niña... duda de que (cuando hayas visto tanto mundo como yo, te volverás suspicaz) él pensara que cualquier buena palabra dicha sobre mí a mi hija podría (ya ves, Lucy, soy tan perspicaz como mis vecinos, aunque no me doy todos sus aires; lo cual muy bien podría hacer, considerando que mi tatarabuelo, Hugo Brandon, tuvo parte en el descubrimiento de la conspiración de la pólvora) ¡ser dicha a mí de nuevo!
—No, pero estoy completamente segura de que mi tío nunca habló de ti conmigo con esa intención.
—Posiblemente, mi querida niña; pero cuando (¡las tardes son mucho más cortas de lo que eran!) ¿hablaste con tu tío sobre mí?
—Oh, cuando me quedaba con la señora Warner, en Londres; ciertamente, hace seis años, pero lo recuerdo perfectamente. Recuerdo, en particular, que habló de ti muy elogiosamente al Lord Mauleverer, quien cenó con él una noche cuando yo estaba allí, y cuando mi tío tuvo la bondad de llevarme al teatro. Después estuve bastante apenada de que fuera tan amable, pues perdió (recuerdas que te conté la historia) un reloj muy valioso.
—Ay, ay, recuerdo todo sobre eso, y así (¡cuánto dura la amistad con algunas personas!) ¡Lord Mauleverer cenó con William! Qué gran cosa es para un hombre (es algo que yo nunca hice, de hecho; me gusta ser lo que llaman 'el gallo del corral'... a ver, ahora que lo pienso, Pillum viene esta noche a jugar una partida de chaquete) hacerse amigo de un gran hombre al principio de (¡aunque Will no lo hizo muy temprano, pobre tipo! Primero luchó con una gran cantidad de tristeza... penuria, es decir) la vida. Hace ya muchos años que Will es uña y carne con mi (es un poco cachorro) Lord Mauleverer. ¿Qué te pareció su señoría?
—¿De Lord Mauleverer? En realidad apenas le observé; pero parecía un hombre apuesto, y fue muy educado. La señora Warner dijo que había sido una persona muy malvada cuando era joven, pero ahora parece lo suficientemente amable, papá.
—Dicho sea de paso —dijo el escudero—, a su señoría se le acaba de nombrar (este nuevo ministerio parece muy distinto al viejo, lo cual me desconcierta bastante; pues creo que es mi deber, ¿ves?, Lucy, votar siempre por el gobierno de su Majestad, especialmente viendo que el viejo Hugo Brandon tuvo parte en el descubrimiento de la conspiración de la pólvora; y resulta un poco extraño, al menos al principio, pensar que es bueno ahora aquello que siempre antes habíamos considerado abominable) Lord Teniente del condado.
—¿Lord Mauleverer nuestro Lord Teniente?
—Sí, hija; y dado que su señoría es tal amigo de mi hermano, debería pensar, considerando especialmente lo antigua que es nuestra familia en el condado... no es que desee entrometerme donde no me consideren tan fino como el resto... que él sería más atento con nosotros de lo que fue Lord --------; pero eso, mi querida Lucy, me recuerda a Pillum; y así, tal vez, te gustaría caminar hasta la casa del párroco, ya que es una tarde hermosa. John vendrá por ti a las nueve en punto con (la luna no ha salido aún) el farol.
Apoyándose en el brazo solícito de su hija, el buen anciano se levantó entonces y caminó hacia casa; y tan pronto como ella hubo girado su sillón, colocado el tablero de chaquete sobre la mesa y deseado al anciano caballero una fácil victoria sobre su esperado antagonista, el boticario, Lucy se ató el capó y tomó el camino hacia la rectoría.
Cuando llegó a la mansión clerical y entró en el salón, se sorprendió al encontrar a la esposa del párroco, una anciana buena, sencilla y letárgica, correr hacia ella, aparentemente en un estado de gran agitación nerviosa y llorando:
—¡Oh, mi querida señorita Brandon! ¿Por qué camino vino? ¿No encontró a nadie por la carretera? ¡Oh, estoy tan asustada! ¡Tal accidente al pobre y querido doctor Slopperton! ¡Detenido en el camino real, robado parte del dinero de los diezmos que acababa de recibir del granjero Slowforth! ¡Si no hubiera sido por ese ángel, ese buen joven, solo Dios sabe si no podría ser ya una viuda desconsolada!
Mientras la afectuosa matrona hablaba de este modo, los ojos de Lucy, recorriendo la habitación, descubrieron en un sillón a la redonda y aceitosa personita del doctor Slopperton, con un rostro del cual todos los tonos de clavel, salvo en una protuberancia circular en el miembro nasal, que quedaba, como la última rosa del verano, floreciendo sola, se habían desvanecido hacia un aspecto de palidez miserable. El hombrecito intentó conjurar una sonrisa mientras su esposa narraba su desgracia, y murmurar alguna sílaba de indiferencia; pero se veía, a pesar de su bravuconería, tan excesivamente asustado que Lucy, a pesar de sí misma, habría soltado una carcajada, si sus ojos no se hubieran posado sobre la figura de un joven que había estado sentado junto al reverendo caballero, pero que se había levantado ante la entrada de Lucy, y que ahora permanecía mirándola fijamente, pero con un aire de gran respeto. Ruborizándose profunda e involuntariamente, apartó los ojos apresuradamente y, acercándose al buen doctor, hizo sus preguntas sobre el estado actual de sus nervios, en un tono más grave de lo que un minuto antes había imaginado que le sería posible mantener.
—¡Ah, mi buena joven! —dijo el doctor, apretando su mano—, yo... puedo, puedo decir que la iglesia... pues ¿no soy su ministro? estaba en peligro inminente... pero este excelente caballero impidió el sacrilegio, al menos en gran medida. Solo perdí parte de mis cuotas... mis justas cuotas... por las cuales me consuelo pensando que el infame y abandonado villano sufrirá después.
—No puede haber la menor duda de eso —dijo el joven—. Si solo hubiera robado la diligencia, o entrado a robar en la casa de un caballero, la ofensa podría ser expiable; ¡pero robar a un clérigo, y a un rector además!... ¡Oh, el perro sacrílego!
—Su fervor le honra, señor —dijo el doctor, comenzando ahora a recuperarse—; y estoy muy orgulloso de haber hecho el conocimiento de un caballero de tan verdaderamente religiosas opiniones.
—¡Ah! —exclamó el extraño—, mi debilidad, señor... si se me permite expresarlo así... es una especie de entusiasmo fervoroso por el Establecimiento Protestante. Es más, señor, nunca paso ante la misma nave de la iglesia sin sentir una emoción indescriptible... una especie de simpatía, por así decirlo... con... con... me entiende, señor... me temo que me expreso mal.
—¡En absoluto, en absoluto! —exclamó el doctor—: tales sentimientos son poco comunes en alguien tan joven.
—Señor, los aprendí temprano en la vida de un amigo y preceptor mío, el señor MacGrawler, y confío en que puedan continuar conmigo hasta el día de mi muerte.
Aquí entró el criado del doctor con (tomamos prestada una frase de la novela de ----------) “el servicio de té”; y la señora Slopperton, dedicándose a su supervisión, preguntó con más compostura de la que hasta ahora había pertenecido a su comportamiento, qué aspecto tenía el rufián.
—Se lo diré, querida, se lo diré, señorita Lucy, todo sobre ello. Estaba caminando a casa desde lo del señor Slowforth, con su dinero en el bolsillo, pensando, mi amor, en comprarte esa cruz de topacio que deseabas tener.
—¡Querido, buen hombre! —exclamó la señora Slopperton—; ¡qué demonio debe haber sido para robar a una criatura tan excelente!
—Y —prosiguió el doctor—, también se me ocurrió que el Madeira estaba casi terminado... el Madeira, quiero decir, con el sello rojo; y pensaba que no estaría mal dedicar parte del dinero a comprar seis docenas más; y el resto, mi amor, que sería alrededor de una libra con dieciocho, pensé que lo dividiría... “¡pues quien da a los pobres presta al Señor!”... entre las treinta familias pobres de la zona común; es decir, si se portaban bien, ¡y las manzanas del jardín trasero no eran felonamente sustraídas!
—¡Excelente y caritativo hombre! —exclamó la señora Slopperton. —Mientras estaba así meditando, levanté los ojos y vi ante mí a dos hombres... uno de prodigiosa estatura, y con una gran profusión de cabello sobre los hombros; el otro era más pequeño, y llevaba su sombrero inclinado sobre su rostro: era un sombrero muy grande. Mi atención fue capturada por la singularidad del cabello de la persona alta, y mientras sonreía ante su exuberancia, le oí decir a su compañero: “Bien, Augustus, como eres un tipo tan moral, él es de tu línea, no de la mía; así que te lo dejo a ti”. Poco pensé que esas palabras se referían a mí. No bien fueron pronunciadas, cuando el alto granuja saltó sobre una valla y desapareció; el otro tipo, marchando entonces hacia mí, muy suavemente me preguntó el camino a la iglesia, y mientras le estaba explicando que girara primero a la derecha y luego a la izquierda, y así sucesivamente... pues el mejor camino es, ya sabes, extremadamente sinuoso... el hipócrita canalla me agarró por el cuello y gritó: “¡Tu dinero o tu vida!”. Le aseguro que nunca temblé tanto... no, mi querida señorita Lucy, tanto por mí mismo como por las treinta familias pobres de la zona común, cuyas necesidades había sido mi intención aliviar. Entregué el dinero, encontrando que mis plegarias y amonestaciones eran en vano; y el perro entonces, blandiendo sobre mi cabeza un enorme garrote, dijo... ¡qué lenguaje tan abominable!... “Creo, doctor, que voy a poner fin a una existencia despectiva para usted mismo e inútil para otros”. En ese momento el joven caballero que está a mi lado saltó sobre la misma valla por la que el alto rufián había desaparecido, y gritó: “¡Detente, villano!”. Al ver a mi salvador, el cobarde retrocedió y se sumergió en un bosque cercano. El buen joven caballero lo persiguió unos minutos, pero volviendo luego en mi ayuda, me condujo a casa; y como solíamos decir en la escuela:
“‘Te rediisse incolumem gaudeo’—
lo cual, traducido, significa (señor, disculpe un juego de palabras, estoy seguro de que un tan gran amigo de la Iglesia entiende latín) que estoy muy contento de volver sano y salvo a mi té. ¡Je, je! Y ahora, señorita Lucy, debe usted agradecer a ese joven caballero por haber salvado la vida de su pastor, ¡cuyo acto sin duda será recordado en el Gran Día!
Mientras Lucy, mirando hacia el extraño, decía algo en cumplimiento, observó una vaga, y por así decirlo encubierta sonrisa en su rostro, que inmediatamente y como por simpatía conjuró una en el suyo propio. El héroe de la aventura, sin embargo, en un tono muy grave respondió a su cumplido, al mismo tiempo que se inclinaba profundamente:
—¡No lo mencione, señora! Sería indigno del nombre de un británico y de un hombre si pudiera pasar por la carretera sin aliviar la angustia o aligerar la carga de un semejante. Y —continuó el extraño, tras una pausa momentánea, sonrojándose mientras hablaba, y concluyendo con la afectada galantería de la época—, me parece que sería recompensa suficiente, si hubiera salvado a toda la iglesia en lugar de a uno de sus miembros más valiosos, recibir las gracias de una dama a quien podría razonablemente tomar por uno de esos seres celestiales de quienes hemos sido piadosamente enseñados que la Iglesia es especialmente su cuidado.
Aunque podría haber habido algo realmente ridículo en este cumplido exagerado, unido como estaba a la preservación del doctor Slopperton, sin embargo, viniendo de la boca de quien Lucy consideraba la persona más apuesta que jamás había visto, le pareció cualquier cosa menos absurdo; y durante mucho tiempo después su corazón vibraba de placer cuando recordaba que la mejilla del orador había resplandecido, y su voz había temblado mientras lo decía.
La conversación ahora, pasando de los ladrones en particular, se detuvo en los robos en general. Era edificante escuchar la honesta indignación con la que el extraño hablaba de los depredadores sin ley con los que el país, en aquel día de Macheaths, estaba infestado.
—¡Una banda de infames granujas! —dijo él, entusiasmado—, que intentan justificar sus fechorías con el ejemplo de hombres honestos, y que dicen que no hacen más de lo que hacen abogados y médicos, soldados, clérigos y ministros de Estado. ¡Miserable engaño, o más bien descarada hipocresía!
—Todo viene de educar a los pobres —dijo el doctor—. ¡En el momento en que pretenden juzgar la conducta de sus superiores, se acabó todo orden! No ven nada sagrado en las leyes, aunque colguemos a los perros lo más rápido posible; y los mismos pares del reino, espirituales y temporales, dejan de ser venerables ante sus ojos.
—Hablando de pares —dijo la señora Slopperton—, oigo que Lord Mauleverer pasará por este camino esta noche camino a Mauleverer Park. ¿Conoce a su señoría, señorita Lucy? Es muy íntimo de su tío.
—Solo le he visto una vez —respondió Lucy.
—¿Está segura de que su señoría vendrá por este camino? —preguntó el extraño, despreocupadamente—. Oí algo al respecto esta mañana, pero no sabía que estuviera decidido.
—¡Oh, completamente! —respondió la señora Slopperton—. El caballero de su señoría escribió pidiendo caballos de posta para encontrarse con su señoría en Wyburn, a unas tres millas al otro lado del pueblo, a las diez de esta noche. Su señoría es muy impaciente ante la demora.
—Dígame —dijo el doctor, quien no había prestado mucha atención a este giro en la conversación, y estaba ahora “absorto en cuidados hospitalarios”—, dígame, señor, si no es impertinencia, ¿está de visita o se aloja en el vecindario; o tomará una cama con nosotros?
—Es usted extremadamente amable, mi querido señor, pero me temo que pronto debo desearles buenas noches. Tengo que ocuparme de una pequeña propiedad que tengo a algunas millas de aquí, lo cual, de hecho, me trajo a esta parte del mundo.
—¡Propiedad!... ¿en qué dirección, señor, si se me permite preguntar? —dijo el doctor—; conozco el país por millas.
—¿De verdad? ¿Dónde está mi propiedad, dice? Bueno, es bastante difícil describirla, y es, después de todo, una mera pequeñez; son solo unos terrenos comunales cerca de la carretera principal, y vine a probar el experimento de cercar y drenar.
—Es un buen plan, si uno tiene capital, y no requiere un retorno rápido.
—Sí; pero a uno le gusta un buen interés por la pérdida del principal, y un retorno rápido es siempre deseable... ¡aunque, ay!, ¡a menudo conlleva riesgos!
—Espero, señor —dijo el doctor—, si debe dejarnos tan pronto, que su propiedad le traiga a menudo a nuestro vecindario.
—Me abruma con tanta bondad inesperada —respondió el extraño—. A decir verdad, nada puede darme mayor placer que encontrarme de nuevo con aquellos que alguna vez me han obligado.
—¡A quienes usted ha obligado, más bien! —gritó la señora Slopperton; y luego añadió, en un susurro fuerte a Lucy—: ¡Qué modesto! ¡Pero siempre es así con el verdadero valor!
—Le aseguro, señora —respondió el benevolente extraño—, que nunca pienso dos veces en los pequeños favores que presto a mis semejantes; mi única esperanza es que ellos puedan ser tan olvidadizos como yo mismo.
Encantados con tanta bondad de disposición sin afectación, el doctor y la señora Slopperton comenzaron ahora una especie de dúo en alabanza de su huésped: tras soportar sus elogios y cumplidos durante algunos minutos con muchas muecas de desaprobación y timidez, la modestia del extraño pareció al final dolerse ante el exceso de su gratitud; y en consecuencia, señalando el reloj, que estaba a pocos minutos de las nueve, dijo:
—Temo, mi respetado anfitrión y mi admirada anfitriona, que ahora debo dejarles; tengo mucho camino por recorrer.
—¿Pero no tiene usted mismo miedo de los salteadores de caminos? —gritó la señora Slopperton, interrumpiéndole.
—¡Los salteadores de caminos! —dijo el extraño, sonriendo—; no; no les temo; además, tengo poco conmigo que valga la pena robar.
—¿Supervisa usted mismo su propiedad? —dijo el doctor, quien cultivaba su propia gleba y quien, reacio a separarse de tan encantador huésped, le agarró ahora por el botón.
—¿Supervisarla yo mismo? Bueno, no exactamente. Hay un alguacil, cuyas visiones de las cosas no concuerdan con las mías, y que de vez en cuando me da muchos problemas.
—¿Entonces por qué no lo despide del todo?
—¡Ah! Ojalá pudiera; pero es un mal necesario. Los terratenientes, mi querido señor, siempre debemos estar plagados con algo de ese tipo. Por mi parte, he descubierto que esos malditos alguaciles se llevarían, si pudieran, toda la pequeña propiedad que uno ha estado tratando de acumular. Pero —cambiando bruscamente su manera a una de gran suavidad—, ¿no podría ofrecer mis servicios y mi compañía a esta joven dama? ¿Me permitiría conducirla a casa, y de hecho marcar este día en mi memoria como uno de los pocos deliciosos que jamás he conocido?
—Gracias, querido señor —dijo la señora Slopperton, respondiendo de una vez por Lucy—; es muy considerado de su parte. Y estoy segura, mi amor, de que no podría pensar en dejarte ir a casa sola con el viejo John, después de tal aventura para el pobre y querido doctor.
Lucy comenzó una excusa que la buena señora no quiso escuchar. Pero como el criado a quien el señor Brandon debía enviar con una linterna para acompañar a su hija a casa no había llegado, y como la señora Slopperton, a pesar de sus prejuicios a favor del salvador de su marido, no contempló ni por un momento el que él acompañara, sin ninguna otra escolta, a su joven amiga a través de los campos a tan intempestiva hora, el extraño se vio obligado, por el momento, a retomar su asiento. Un clavecín abierto en un extremo de la sala le dio la oportunidad de hacer algún comentario sobre música; y esto, al introducir un elogio de la voz de Lucy por parte de la señora Slopperton, terminó necesariamente en una petición a la señorita Brandon para que complaciera al extraño con una canción. Nunca Lucy, que no era una chica tímida —era demasiado inocente para ser apocada—, se había sentido nerviosa hasta ahora al cantar ante un extraño; pero ahora dudó y vaciló, y pasó por toda una serie de pequeñas afectaciones naturales antes de acceder a la petición. Eligió una canción compuesta algo al estilo de la vieja escuela inglesa, que por aquel entonces estaba volviendo a ponerse de moda. La canción, aunque transmitía una especie de concepto ingenioso, no carecía quizá del todo de ternura; era una de las favoritas de Lucy, apenas sabía por qué, y decía así:
LA CANCIÓN DE LUCY.
¿Por qué dormís, dulces flores, ah, por qué, cuando la tierna tarde cae, y la luz de las estrellas bebe el suspiro feliz de los vientos que llaman a las hadas? Llamando con nota baja y plañidera, muy parecida a una tórtola que se queja, o a una flauta débilmente oída desde un bote distante que se desliza sobre las aguas más suaves. He aquí que la brisa seductora se desliza a vuestro alrededor; ¡he aquí que el rocío cae sobre vosotras! ¡Oh dulces, despertad, pues apenas estas pueden encantar si os faltan a vosotras! ¿Aún no despertáis, mientras allá abajo veloz el tiempo de plata huye? Oh corazón mío, esas flores solo muestran tu propio ser satisfecho. El crepúsculo solo preserva la floración, el sol solo puede marchitar, el calor que trae el rico perfume solo roba la vida. Oh corazón, disfruta de tu calma presente, descansa en paz a la sombra, y teme al sol que da el bálsamo para hacer que la flor se desvanezca.
Cuando Lucy terminó, los elogios del extraño fueron menos ruidosos que los del doctor o los de su esposa; ¡pero cuánto más dulces fueron! Y por primera vez en su vida, Lucy hizo el descubrimiento de que los ojos pueden elogiar tanto como los labios. Por nuestra parte, a menudo hemos pensado que ese descubrimiento es una época en la vida.
Fue entonces cuando la señora Slopperton declaró su absoluta convicción de que el extraño mismo sabía cantar. Tenía algo, dijo, que la hacía estar segura de ello.
—En efecto, querida señora —dijo él, con su habitual sonrisa indefinible, mitad franca, mitad latente—, mi voz es apenas regular, y mi memoria tan indiferente que incluso en los pasajes más sencillos pronto me detengo. Mis mejores notas están en el falsete; y en cuanto a mi ejecución... Pero no hablemos de eso.
—No, no; es usted muy modesto —dijo la señora Slopperton—. Estoy segura de que podría complacernos si quisiera.
—Su mandato —dijo el extraño, dirigiéndose al clavecín— es más que suficiente; y ya que usted, señora —volviéndose hacia Lucy—, ha elegido una canción de la vieja escuela, ¿podré encontrar perdón si hago lo mismo? Mi selección es, ciertamente, de un cancionero sin ley, y se supone que es una balada de Robin Hood, o al menos de uno de sus alegres hombres... ¡un tipo de proscritos muy diferente a los villanos que le atacaron a usted, señor!
Con este preámbulo, el extraño cantó con un aire salvaje pero jovial, y con una voz tolerable, la siguiente efusión:
EL AMOR DE NUESTRA PROFESIÓN; O LA VIDA DEL LADRÓN.
En la corriente del mundo, la vida del ladrón es llevada sobre la ola más alegre; ahora salta hacia la luz en una alegre lucha, ahora se ríe en su cueva escondida.
Ante la reja de su doncella detiene las riendas; cuán quieto está su orgulloso corcel (pero tan quieto como el viento cuando cuelga sobre el mar en el pecho de la nube que presagia),
con el bocado mascado y la cresta arqueada, y el ojo de un ciervo que escucha, como el valor, más inquieto en el reposo, menos molesto cuando está en plena carrera.
Esclavo digno de un señor a quien todos los demás rehúsan salvar en su necesidad desesperada; ¡por mi fe! creo que aquel a quien el mundo persigue tiene derecho a un corcel gallardo.
«¡Lejos, mi amada, oigo sus pasos! Te envío un beso, mi bella, y prometo traerte, cuando volvamos a vernos, una cinta para tu hermoso cabello.
¡Hurra! ¡por el botín! —mi corcel, ¡hurra! ¡A través del arbusto, a través del matorral, vamos; y la luna tímida sonríe a nuestro alegre camino, como mi propio amor, tímidamente!»
El párroco cabalga con una bolsa tintineante, ¡cómo delata a los pobres despojados! El cortesano se reclina en su carroza dorada, ¡cómo sabe a sinecura!
¡El abogado da vueltas en su coche giratorio dulces pensamientos de una fechoría cometida; y la dama que conoce la carta que juega está contando sus guineas ganadas!
«¡Eh, señora! —¡Qué, hola, hombres sin pecado! Mi reclamo apenas pueden rechazarlo; porque cuando la gente honesta vive de sus vecinos, entonces ¡incurren en las deudas del ladrón!»
La dama cambió de color como una doncella tímida, el abogado habló maravillosamente bien, el párroco blasfemó y el cortesano rezó, y el ladrón se llevó su parte.
«¡Hurra! ¡por la juerga! mi corcel, ¡hurra! ¡A través del arbusto, a través del matorral, vamos! ¡Siempre es una virtud, cuando otros pagan,
alardear alegremente!»
¡Oh, nunca hubo vida como la del ladrón, tan alegre, audaz y libre! Y su final... ¡pues, un aplauso de la multitud abajo, y un salto desde un árbol sin hojas!
Terminada esta moralizante pieza, la señora Slopperton declaró que era excelente; aunque confesó que encontraba los sentimientos algo libertinos. Quizá el caballero podría ser inducido a obsequiarles con una canción de un corte más refinado y moderno... algo sentimental, en resumen. Lanzando una mirada hacia Lucy, el extraño respondió que solo conocía una canción del tipo que la señora Slopperton especificaba, y que era tan corta que apenas podría cansar su paciencia al conceder su petición.
En este momento el río, que se distinguía fácilmente desde las ventanas de la habitación, brillaba bajo la luz de las estrellas; y dirigiendo su mirada hacia el agua, como si la escena le hubiera sugerido los versos que cantaba, entonó las siguientes estrofas en un tono muy bajo y dulce, y con un gusto mucho más puro del que, quizá, habría convenido a la anterior y más tosca canción.
EL DESEO.
Mientras duerme la Víspera soñadora allá abajo, su estrella más sagrada guarda guardia arriba, y aquella ola comienza a brillar, ¡como la amistad que se ilumina hacia el Amor!
¡Ah, ojalá tu pecho fuera esa corriente, jamás cortejada sino por el aire virgen! ¡Ah, ojalá yo fuera esa estrella, cuyo rayo mira hacia abajo y encuentra su imagen allí!
Apenas terminada la canción, se anunció la llegada del criado de la señorita Brandon; y su destinado escolta, poniéndose en pie, la ayudó galantemente con su capa y su capucha... feliz, sin duda, de escapar en cierta medida de los abrumadores cumplidos de sus anfitriones.
—Pero —dijo el doctor, mientras estrechaba la mano de su salvador—, ¿con qué nombre recordaré y —levantando sus reverendos ojos— rezaré por el caballero al que tanto debo?
—Es usted muy amable —dijo el extraño—; mi nombre es Clifford. Señora —volviéndose hacia Lucy—, ¿me permite ofrecerle mi mano para bajar las escaleras?
Lucy aceptó la cortesía; y el extraño estaba a mitad de la escalera cuando el doctor, estirando su pequeño cuello, exclamó:
—¡Buenas noches, señor! Espero sinceramente que nos volvamos a ver.
—¡No lo tema! —dijo el señor Clifford, riendo alegremente—; soy demasiado viajero como para que esa esperanza sea una imposibilidad. Tenga cuidado, señora... un paso más.
La noche estaba tranquila y bastante despejada, aunque la luna aún no había salido, mientras Lucy y su acompañante cruzaban los campos, con el criado precediéndolos a poca distancia con la linterna.
Tras una pausa algo larga, Clifford dijo, con un poco de vacilación:
—¿Es la señorita Brandon pariente del célebre abogado de su mismo nombre?
—Es mi tío —dijo Lucy—; ¿le conoce usted?
—¿Solo su tío? —dijo Clifford, con vivacidad, eludiendo la pregunta de Lucy—. Temía... ejem, ejem... es decir, pensé que podría haber sido un pariente más cercano. Hubo otra pausa, pero más corta, cuando Clifford reanudó, en voz baja: —¿Pensará la señorita Brandon que soy muy presuntuoso si digo que un rostro como el suyo, una vez visto, no puede olvidarse jamás? Y creo que, hace algunos años, tuve el honor de verla en Londres, en el teatro. Fue solo una mirada momentánea y distante la que entonces pude obtener; y, sin embargo —añadió significativamente—, ¡fue suficiente!
—Solo estuve una vez en el teatro mientras estaba en Londres, hace algunos años —dijo Lucy, algo avergonzada—; y, de hecho, un suceso desagradable que le ocurrió a mi tío, con quien yo estaba, es suficiente para hacérmelo recordar.
—¿Ah? ¿Y qué fue?
—Bueno, al salir del teatro, un carterista diestro le robó el reloj.
—¿Fue capturado el bribón? —preguntó el extraño.
—Sí; y fue enviado al día siguiente a Bridewell. Mi tío dijo que era extremadamente joven, y sin embargo, muy endurecido. Recuerdo que fui lo bastante tonta, cuando me enteré de su sentencia, como para rogar encarecidamente que mi tío intercediera por él; pero en vano.
—¿De verdad intercedió usted por él? —dijo el extraño, en un tono tan serio que Lucy se sonrojó por vigésima vez esa noche, sin ver ninguna necesidad para el rubor. Clifford continuó, en un tono más alegre: —Bueno, es sorprendente cómo se apoyan los bribones. No me sorprendería mucho si la persona que despojó a su tío fuera uno de la misma banda que el granuja que tanto aterrorizó a su digno amigo el doctor. Pero, ¿es esta hermosa mansión su hogar?
—Este es mi hogar —respondió Lucy—; pero es un lugar extraño y anticuado; y pocas personas, a quienes no estuviera ligado por asociaciones, lo considerarían hermoso.
—¡Perdóneme! —dijo el compañero de Lucy, deteniéndose y observando con mirada de gran interés el pintoresco edificio, que ahora se alzaba justo ante ellos; sus ladrillos oscuros, sus hastiales y sus muros cubiertos de hiedra, teñidos por la luz estrellada del cielo y contrastados por el río, que fluía en silencio abajo. Las contraventanas del gran ventanal de la sala en la que solía sentarse el hacendado estaban aún abiertas, y la luz constante y cálida del apartamento brillaba hacia afuera, proyectando un resplandor incluso sobre las mansas aguas del río; al mismo tiempo, también, se escuchó el ladrido amistoso del perro guardián, como en señal de bienvenida; y fue seguido por el tañido de la gran campana, anunciando la hora de la última comida de la familia hospitalaria y de costumbres antiguas.
—Hay un placer en esto —dijo el extraño, inconscientemente, y con un suspiro a medias—; ¡ojalá tuviera un hogar!
—¿Y no tiene usted un hogar? —dijo Lucy, con ingenuidad.
—Quizá tanto como puede tenerlo un soltero —respondió Clifford, recuperando sin esfuerzo su alegría y compostura—. Pero ya sabe que a los errantes no se nos permite la misma jactancia que a los más afortunados Benedicts; enviamos nuestros corazones en busca de un hogar, y perdemos el uno sin ganar el otro. Pero la mantengo en el frío, y ya estamos en su puerta.
—¡Entrará, por supuesto! —dijo la señorita Brandon—, y compartirá nuestro refrigerio nocturno.
El extraño dudó un instante, y luego dijo en tono rápido:
—¡No! Muchas, muchísimas gracias; ya es tarde. ¿Aceptará la señorita Brandon mi gratitud por su condescendencia al permitir la compañía de alguien desconocido para ella? —Al hablar así, Clifford se inclinó profundamente sobre la mano de su hermosa protegida; y Lucy, deseándole buenas noches, se apresuró con paso ligero al lado de su padre.
Mientras tanto, Clifford, tras demorarse un minuto cuando la puerta se cerró tras él, se alejó bruscamente; y murmurando para sí mismo, se dirigió a paso rápido hacia el objetivo que entonces tuviera en mente.
CAPÍTULO XII.
¡Levantaos pues, mis alegres, alegres hombres! —JOANNA BAILLIE.
Cuando la luna salió aquella noche, había un punto sobre el cual rompió pálidamente, a unas diez millas de distancia de Warlock, que el viajero prevenido no habría estado ansioso por atravesar, pero que podría no haber ofrecido un mal estudio a aquellos artistas que han captado del salvaje pintor de los Apeninos un amor por lo salvaje y lo aventurero. Árboles oscuros, dispersos a lo ancho sobre un césped quebrado pero verde, formaban el fondo; la luna brillaba a través de las ramas mientras salía lentamente de su pabellón de nubes, y vertía un haz más amplio sobre dos figuras que acababan de avanzar más allá de los árboles. Más claramente puesto a la luz por sus rayos que su compañero, aquí un jinete, vestido con una capa corta que apenas cubría la grupa de su corcel, estaba comprobando el cebador de una gran pistola que acababa de sacar de su funda. Un sombrero de ala caída y una máscara de crespón negro conspiraban con la acción para arrojar una sospecha natural sobre las intenciones del jinete. Su caballo, un hermoso tordo oscuro, permanecía completamente inmóvil, con el cuello arqueado y sus orejas cortas moviéndose rápidamente de un lado a otro, demostrativo de esa atención sagaz y anticipatoria que caracteriza al más noble de todos los animales domesticados; no habría percibido la impaciencia del corcel, de no ser por la espuma blanca que se acumulaba alrededor del bocado, y por un ocasional y poco frecuente sacudón de cabeza. Detrás de este jinete, y parcialmente sumido en la sombra oscura de los árboles, otro hombre, vestido de manera similar, estaba ocupado en apretar las cinchas de un caballo de gran fuerza y tamaño. Mientras lo hacía, tarareaba, con un murmullo no exento de musicalidad, el aire de una popular canción de taberna.
—¡Por la muerte, Ned! —dijo su camarada, que durante algún tiempo había estado sumido en un silencio ensimismado—. ¡Por la muerte! ¿Por qué no puedes sofocar tu amor por las bellas artes en un momento como este? Ese tarareo tuyo crece más fuerte a cada momento; al final espero que estalle en un rugido completo. ¡Recuerda que no estamos en casa de Gentleman George ahora!
—Tanto peor, Augustus —respondió Ned—. ¡Soho, Little John; woaho, señor! Una buena noche larga como esta está hecha a propósito para beber. ¿Quieres, señor? ¡quédate quieto entonces!
—El hombre nunca es, pero siempre está por ser bendecido —dijo el moralizante Tomlinson—; ya ves que suspiras por otros escenarios incluso cuando tienes una buena noche y la posibilidad de un regalo del cielo ante ti.
—Sí, la noche es bastante buena —dijo Ned, que era más bien un refunfuñón, mientras, habiendo terminado su operación de mozo, montaba lentamente—. ¡Maldita sea! ¡Oliver! [La luna] se asoma tan ampliamente como si fuera a ir de chismosa. Por mi parte, amo una noche oscura, con una estrella aquí y allá guiñándonos, como diciendo: "Los veo, muchachos, pero no diré una palabra al respecto", y una pequeña lluvia, chispeante, lloviznante, que evita que se escuchen los cascos de Little John, y cubre la retirada, por así decirlo. Además, cuando uno está un poco mojado, siempre es necesario beber más, para mantener el frío fuera del estómago cuando uno llega a casa.
—O en otras palabras —dijo Augustus, quien amaba una máxima desde el fondo de su corazón—, ¡la humedad ligera nutre la humedad pesada!
—¡Bien! —dijo Ned, bostezando—. Maldita sea, desearía que el capitán viniera. ¿Sabes qué hora es? No falta mucho para las once, supongo.
—¡Cerca de eso! Hist, ¿es eso un carruaje? No, es solo un repentino aumento del viento.
—¡Muy autosuficiente por parte del señor Viento el permitirse ser alzado sin nuestra ayuda! —dijo Ned—; a propósito, ¿tenemos que volver a la Cueva Roja?
—Eso dice el capitán Lovett. Dime, Ned, ¿qué piensas del nuevo inquilino que Lovett ha puesto en la cueva?
—Oh, tengo extrañas dudas al respecto —respondió Ned, sacudiendo sus velludas honras de cabeza—. No me gusta ni la mitad; considera que la cueva es nuestra fortaleza, y solo debería ser conocida...
—Por hombres de virtud probada —interrumpió Tomlinson—. Estoy de acuerdo contigo; debo intentar conseguir que Lovett se deshaga de su singular protegido, como dicen los franceses.
—Caray, Augustus, ¿cómo llegaste a tener tanto aprendizaje? Conoces a todos los poetas de memoria, por no hablar del latín y el francés.
—Oh, maldita sea, fui educado, como el capitán, para un estilo de vida literario.
—Eso es lo que te hace tan íntimo con él, supongo. Escribe (y canta también) una canción tolerable, y es sin duda un tipo endiabladamente inteligente. ¡Qué ascenso en el mundo ha hecho! ¿Recuerdas en qué pobre estado estaba cuando lo presentaste en casa de Gentleman George? Y ahora es el Capitán Crank de la banda.
—¡La banda! la compañía, querrás decir. ¡Banda, de hecho! Uno pensaría que estás hablando de un grupo de carteristas. Sí, Lovett es un tipo inteligente; y, gracias a mí, ¡un filósofo muy decente! Es imposible transmitir a nuestro lector el aire grave de importancia con el que Tomlinson hizo su elogio final. —Sí —dijo, tras una pausa—, tiene una forma audaz y sencilla de ver las cosas, y, como Voltaire, ¡se convierte en filósofo por ser un hombre de sentido común! ¡Hist! ¡mira las orejas de mi caballo! ¡Alguien se acerca, aunque no lo oigo! ¡Mantén la vigilancia!
Los ladrones guardaron silencio; el sonido de cascos distantes se escuchó indistintamente y, a medida que se acercaba, hubo un crujido de ramas, como si se hubiera atravesado un seto. Pronto, la luna brilló pintorescamente sobre la figura de un jinete, que se acercaba a través de la espesura detrás de los ladrones.
Ahora se le veía a medias entre las sinuosidades de su camino forestal; ahora a la vista, ahora totalmente oculto; luego su caballo relinchó con impaciencia; ahora volvía a aparecer, ¡y en un momento más se había unido a la pareja! El recién llegado era de complexión alta y nervuda, y en el primer florecimiento de la virilidad. Una casaca de color verde oscuro, bordeada con un estrecho encaje de plata y abotonada desde la garganta hasta el medio, daba el debido efecto a un porte erguido, un pecho ancho y una cintura esbelta pero redondeada, que no necesitaba la compresión del sastre. Una capa corta de montar, abrochada en la garganta con una hebilla de plata, colgaba pintorescamente sobre un hombro, mientras que sus extremidades inferiores estaban enfundadas en botas militares que, aunque subían por encima de la rodilla, evidentemente no eran pesadas ni impedían los vigorosos tendones del jinete. Los arreos del corcel (el bocado, las riendas, la silla, la funda de la pistola) estaban según la moda más aprobada de la época; y el corcel mismo estaba en las mejores condiciones y de una belleza notable. El aire del jinete era erguido y audaz; un pequeño pero negro mostacho realzaba la expresión decidida de su labio corto y curvado; y de debajo del gran sombrero que sobresalía de su frente, sus largos rizos escapaban y ondeaban oscuramente en el aire frío de la noche. En conjunto, jinete y caballo exhibían un aspecto gallardo e incluso caballeroso, que la hora y la escena realzaban hasta un efecto dramático y romántico.
—¡Ah! Lovett.
—¿Cómo están, mis alegres hombres? —fueron los saludos intercambiados.
—¿Qué hay de nuevo? —dijo Ned.
—¡Buenas noticias! Estén atentos. Mi lord y su carruaje pasarán en diez minutos como mucho.
—¿Has conseguido algo más del párroco al que asusté tan gloriosamente? —preguntó Augustus.
—No; más de eso después. Ahora, a por nuestra nueva presa.
—¿Estás seguro de que nuestro noble amigo estará tan pronto a mano? —dijo Tomlinson, acariciando a su corcel, que ahora pateaba con gran alegría.
—¡Seguro! Lo vi cambiar de caballos; estaba en el patio de las caballerizas en ese momento. Se bajó durante media hora para comer, supongo. Estad seguros de que le jugué una mala pasada mientras tanto.
—¿Para qué? —preguntó Ned.
—Para él y su criado.
—¿Los postillones?
—Ay, los olvidé. No importa, ustedes deben asustarlos.
—¡Adelante! —gritó Ned; y su caballo saltó desde su espoleado talón.
—Un momento —dijo Lovett—; debo ponerme mi máscara. ¡Soho, Robin, soho! Ahora a por ello... ¡adelante!
Mientras los árboles desaparecían rápidamente tras ellos, los jinetes entraron, al galope corto, en una amplia extensión de terreno baldío intercalado con zanjas y ocasionalmente cercas de vallas, sobre las cuales sus caballos saltaban como cuadrúpedos bien acostumbrados a tales hazañas.
Sin duda en aquel momento, entre el aire fresco, la luz de la luna intermitente que ahora se abría paso ampliamente, ahora se perdía tras una nube errante, el ejercicio excitante y ese vivo y danzante arrebato de la sangre que toda acción, ya sea malvada o noble en su naturaleza, provoca en nuestras venas; entre todo esto, no podemos dejar de admitir la fascinación de esa vida fuera de la ley; una fascinación tan grande que uno de los más notables bandoleros caballeros de la época, uno además que había recibido una excelente educación y se codeaba con la mejor sociedad, según se dice, dijo cuando la soga estaba a punto de rodear su cuello y el buen capellán le exhortaba a arrepentirse de su vida malgastada: «¡Malgastada, perro! ¡Por Dios!» (chasqueando los labios) «¡fue deliciosa!»
«¡Fie! ¡fie! Sr. -------, ¡eleve sus pensamientos al Cielo!»
«Pero un galope a través del terreno comunal... ¡oh!», murmuró el criminal; y su alma galopó hacia la eternidad.
Tan vivamente saltó el corazón del líder de los tres que, cuando divisaron el camino principal y el distante giro de una rueda de carruaje zumbó en sus oídos, alzó su mano derecha con un gesto alegre y estalló en una infantil exclamación de hilaridad y deleite.
«¡Chist, capitán!», dijo Ned, conteniendo su propio ánimo con un aire fingido de gravedad, «conduzcámonos como caballeros; solo los tipos vulgares se ponen de tan condenadamente buen humor; los hombres de mundo como nosotros deberían hacer todo como si tuvieran el corazón roto».
«La melancolía siempre se compincha con la sublimidad, y el valor es sublime», dijo Augustus con la pompa de un autor de máximas.
[Una máxima que habría complacido a Madame de Staël, quien pensaba que la filosofía consistía en sentimientos refinados. En la «Vida de Lord Byron», recién publicada por el Sr. Moore, el distinguido biógrafo hace una afirmación similar a la del sabio Augustus: «¿Cuándo ha surgido jamás un pensamiento sublime en el alma sin que la melancolía se hallara, por latente que fuera, en sus proximidades?». Ahora bien, con el debido respeto al Sr. Moore, esto es un pedazo de sinsentido enfermizo que no tiene ni un átomo de verdad en que sostenerse. «Dios dijo: ¡Hágase la luz! ¡y la luz se hizo!»; nos gustaría saber dónde reside la melancolía de esa frase sublime. «La verdad», dice Platón, «es el cuerpo de Dios, y la luz es su sombra». En nombre del sentido común, ¿en qué posible rincón de la vecindad de esa altiva imagen acecha el rostro amarillento de este eterno *bête noire* del Sr. Moore? De nuevo, en ese pasaje más sublime del más sublime de los poetas latinos (Lucrecio), que estalla en honor de Epicuro, ¿hay algo que nos hable de tristeza? Por el contrario, en los tres pasajes a los que nos hemos referido, especialmente en los dos primeros citados, hay algo espléndidamente luminoso y alentador. La alegría es a menudo una gran fuente de lo sublime; la repentinidad de sus desahogos bastaría por sí sola para convertirla en tal. ¿Qué puede haber más sublime que los triunfantes Salmos de David, embriagados como están por un casi delirio de transporte? Incluso en los pasajes más sombríos de los poetas, donde reconocemos la sublimidad, no solemos encontrar melancolía. Nos sentimos golpeados por el terror, consternados por el asombro, pero rara vez ablandados por la tristeza. De hecho, la melancolía pertenece más a otra clase de sentimientos que a aquellos excitados por un pasaje sublime o los que engendran su composición. Por un lado, en los vuelos más elevados de Homero, Milton y Shakespeare, desafiaremos a cualquier crítico a descubrir esta «clorosis» que el Sr. Moore convertiría en la magnificencia de la plaga. Por otro lado, ¿dónde está la evidencia de que la melancolía configurara el temperamento habitual de esos hombres divinos? De Homero no sabemos nada; de Shakespeare y Milton, tenemos razones para creer que el temperamento ordinario era constitucionalmente alegre. Este último se jacta de ello. Mil instancias, en contradicción con una aseveración que no valdría la pena contradecir si no fuera tan generalmente popular, tan altamente sancionada y tan eminentemente perniciosa para todo lo que es varonil y noble en la literatura, acuden a nuestra memoria. Pero creemos haber citado ya lo suficiente para refutar la frase, que el ilustre biógrafo mismo ha refutado en más de veinte pasajes, los cuales, si a él le place olvidar, agradecemos al Cielo que la posteridad nunca lo hará. Ahora que estamos en el tema de esta Vida, tan excelente en muchos aspectos, no podemos dejar de observar que consideramos que todo el alcance de su filosofía es totalmente indigno de la mente consumada del escritor; la filosofía consiste en una imperdonable distorsión de las verdades generales para adaptarlas a las peculiaridades de un individuo, noble ciertamente, pero proverbialmente morboso y excéntrico. Un ejemplo sorprendente de esto ocurre en la trabajada aseveración de que los poetas no son más que personajes domésticos lamentables. ¡Qué! Porque se diga que Lord Byron fue un mal marido, ¿fue (para no ir más lejos en busca de ejemplos) Walter Scott un mal marido, o lo fue Campbell, o lo es el propio Sr. Moore? ¿Por qué, en nombre de la justicia, habría de insinuarse que Milton fue un mal marido, cuando, hasta donde cualquiera puede juzgar el asunto, fue la Sra. Milton quien fue la mala esposa? ¿Y por qué, oh, por qué habríamos de ser informados por el Sr. Moore —un hombre que, a juzgar por Captain Rock y The Epicurean, no carece ni de erudición ni de diligencia—, por qué se nos ha de decir, con particular énfasis, que Lord Bacon nunca se casó, cuando Lord Bacon no solo se casó, sino que su matrimonio fue tan ventajoso como para ser una época absoluta en su carrera? ¡Realmente, realmente, uno empieza a creer que no existe tal cosa como un hecho en el mundo!]
«¡Ahora a por el seto!», gritó Lovett, sin prestar atención a sus camaradas; y su caballo saltó a la carretera.
Los tres hombres quedaron entonces inmóviles a un lado del seto. El camino ancho se extendía ante ellos, curvándose fuera de la vista a ambos lados; el suelo se endurecía bajo una incipiente tendencia a la helada, y el claro repiqueteo de los cascos que se aproximaban sonó en los oídos de los ladrones, presagio, tal vez, del tintineo de «metal más atractivo» que, si la Esperanza no contaba una historia halagadora, estaba a punto de ser suyo.
Poco después, el vehículo tan esperado apareció en la curva del camino, rodando rápidamente tras cuatro veloces caballos de posta.
«Tú, Ned, con tu gran corcel, detén a los caballos; tú, Augustus, intimida a los cocheros; déjame a mí el resto», dijo el capitán.
«Como se acordó», respondió Ned lacónicamente. «¡Ahora, mírame!», y el caballo del vanidoso bandolero saltó desde su refugio. Tan instantáneas fueron las operaciones de estos experimentados tácticos que las órdenes de Lovett fueron ejecutadas casi en menos tiempo del que le había costado darlas.
Detenido el carruaje, y los cocheros pálidos y temblorosos, con dos pistolas (apuntadas por Augustus y Pepper) amartilladas contra sus cabezas, Lovett, desmontando, abrió de un tirón la puerta del carruaje y, con un tono muy civil y un discurso muy amable, se dirigió al ocupante.
«No se alarme, *my lord*, está usted perfectamente a salvo; solo requerimos su reloj y su bolsa».
«Realmente», respondió una voz aún más suave que la del ladrón, mientras un rostro marcado y algo francés, coronado por un gorro de piel, se asomaba al captor, «realmente, señor, su petición es tan modesta que sería peor que cruel si le negara. Mi bolsa no está muy llena, y usted puede tenerla tanto como uno de mis despreciables acreedores; pero a mi reloj le tengo cariño, y...»
«Le entiendo, *my lord*», interrumpió el bandolero. «¿Qué valor le da a su reloj?»
«¡Hum! Para usted podría valer unas veinte guineas».
«¡Permítame verlo!»
«Su curiosidad es extremadamente gratificante», respondió el noble, mientras con gran renuencia extraía un reloj de repetición de oro, engastado, como era costumbre en aquella época, con piedras preciosas. El bandolero miró ligeramente la baratija.
«Su señoría», dijo con gran gravedad, «fue demasiado modesto en su cálculo; su gusto le honra aún más. Permítame asegurarle que su reloj vale cincuenta guineas para nosotros, al menos. Para demostrarle que lo pienso con sinceridad, o lo conservo, y no diremos nada más al respecto; o se lo devuelvo bajo su palabra de honor de que me dará un cheque por cincuenta guineas pagadero, por sus verdaderos banqueros, al 'portador para mí mismo'. Elija usted; ¡me es totalmente indiferente!»
«Bajo mi palabra, señor», dijo el viajero, con cierta sorpresa luchando en sus facciones, «su calma y aplomo son realmente admirables. Veo que conoce el mundo».
«¡Su señoría me halaga!», respondió Lovett, haciendo una reverencia. «¿Qué decide?»
«Bueno, ¿es posible escribir letras sin tinta, pluma o papel?»
Lovett retrocedió y, mientras buscaba en sus bolsillos utensilios de escritura, que siempre llevaba consigo, el viajero aprovechó la oportunidad y, arrebatando repentinamente una pistola del bolsillo del carruaje, la apuntó directamente a la cabeza del ladrón. El viajero era un excelente y practicado tirador; estaba casi al alcance de la mano de su pretendida víctima; sus pistolas eran la envidia de todos sus amigos irlandeses. Apretó el gatillo; la pólvora chisporroteó en la cazoleta; y el bandolero, sin siquiera cambiar de semblante, sacó un tintero pequeño y, colocando una pluma de acero en él, se lo tendió al noble, diciendo con incomparable *sang-froid*: «¿Le gustaría, *my lord*, probar la otra pistola? Si es así, oblíguese a apuntar rápido, pues debe ver la necesidad de despacharse. Si no, aquí tiene el dorso de una carta, en la que puede escribir la letra».
El viajero no era un hombre propenso a avergonzarse de nada salvo de sus circunstancias; pero ciertamente se sintió un poco descompuesto y confundido mientras tomaba el papel y, pronunciando algunas palabras entrecortadas, escribió el cheque. El bandolero lo hojeó, vio que estaba escrito conforme a la norma y luego, con una inclinación de fría cortesía, devolvió el reloj y cerró la puerta del carruaje.
Mientras tanto, el sirviente había estado temblando al frente, encerrado en esa solitaria conveniencia llamada, no eufónicamente, *dickey*. A él se dirigió ahora brevemente el ladrón.
«¿Qué llevas encima que pertenezca a tu amo?»
«¡Solo sus píldoras, su señoría! que olvidé poner en el...»
«¡Píldoras! ¡Arrójamelas!» El ayuda de cámara extrajo temblando de su bolsillo lateral una cajita, que arrojó y Lovett atrapó en su mano.
Abrió la caja, contó las píldoras: «Una, dos, cuatro, doce... ¡ajá!» Reabrió la puerta del carruaje. «¿Son estas sus píldoras, *my lord*?»
El asombrado par, que había comenzado a acomodarse de nuevo en el rincón de su carruaje, respondió que sí.
«*My lord*, veo que se encuentra en un alto estado de fiebre; estaba un poco delirante hace un momento cuando disparó una pistola a la cara de su amigo. Permítame recomendarle una prescripción: ¡tráguese todas estas píldoras!»
«¡Dios mío!», gritó el viajero, sobresaltado hasta la seriedad; «¿qué quiere decir? ¡Doce de esas píldoras matarían a un hombre!»
«¡Escúchenle!», dijo el ladrón, apelando a sus camaradas, quienes rugieron de risa. «¿Qué, *my lord*, se rebelaría usted contra su médico? ¡Fie, fie! déjese persuadir».
Y con un gesto tranquilizador extendió la caja de píldoras hacia la nariz retraída del viajero. Pero, aunque era un hombre que sabía aprovecharse de una mala situación tan bien como cualquiera, el viajero era especialmente cuidadoso con su salud; y era tan obstinado en lo que a eso se refería que habría preferido someterse a la operación efectiva de una bala antes que incurrir en la posible operación de una píldora extra. Por lo tanto, con gran indignación, mientras la caja seguía extendida hacia él, la arrebató de la mano del ladrón y, arrojándola a través del camino, dijo con dignidad:
«¡Hagan lo peor, granujas! ¡Pero si me dejan vivo, se arrepentirán del ultraje que han ofrecido a uno de los miembros de la casa de Su Majestad!» Luego, como si se volviera consciente del ridículo de afectar demasiado en su situación actual, añadió en un tono alterado: «Y ahora, por el amor de Dios, cierren la puerta; y si deben matar a alguien, ahí está mi sirviente en el pescante... a él le pagan por ello».
Este discurso hizo reír a los ladrones más que nunca; y Lovett, a quien le gustaba una broma incluso más que una bolsa, cerró inmediatamente la puerta del carruaje, diciendo:
«Adiós, *my lord*; y permítame darle un consejo: siempre que baje en una posada rural y se quede media hora mientras cambian sus caballos, lleve sus pistolas consigo, o podría correr el riesgo de que le descarguen el arma».
Con esta amonestación, el ladrón se retiró; y al ver que el ayuda de cámara le tendía una larga bolsa verde, dijo, sacudiendo suavemente la cabeza:
«Los bribones no deberían aprovecharse los unos de los otros, buen hombre. Tú robas a tu amo; nosotros también. Que cada uno guarde lo que ha conseguido».
Long Ned y Tomlinson, retrocediendo entonces sus caballos, liberaron el carruaje; y los postillones salieron a un ritmo que parecía mostrar menos preocupación por la vida que la que los propios ladrones habían manifestado.
Mientras tanto, el capitán volvió a montar su corcel, y los tres confederados, saltando con estilo galante sobre el seto por el que habían llegado anteriormente a la carretera, galoparon en la misma dirección por la que habían venido; la luna sacando a la luz de vez en cuando sus figuras voladoras, y el sonido de más de una alegre carcajada resonando en la distancia a través del aire helado.
CAPÍTULO XIII
¿Qué hay aquí?
¿Oro?
Tan solo esto hará blanco lo negro, sucio lo limpio.
*Timón de Atenas.*
Vino cierto lord, pulcro, pulcramente vestido, Fresco como un novio.
*Enrique IV.*
¡No conozco al hombre que debería evitar tanto como a ese Casio flaco! Lee mucho. Es un gran observador; y mira a través de las acciones de los hombres. A menudo sonríe; pero sonríe de tal modo que parece burlarse de sí mismo o despreciar su espíritu, que pudo ser movido a sonreír por cualquier cosa.
*Julio César.*
Al día siguiente, a última hora de la tarde, mientras Lucy estaba sentada con su padre, no ocupada como de costumbre en labores o lectura, sino aparentemente muy ociosa, con su bonito pie sobre el taburete de la gota del hacendado y los ojos fijos en la alfombra, mientras sus manos (nunca hubo manos tan suaves y pequeñas como las de Lucy, aunque hubieran podido ser eclipsadas en blancura) estaban ligeramente entrelazadas y descansaban lánguidamente sobre sus rodillas, el cirujano de la aldea entró abruptamente con un rostro lleno de noticias y horror. El viejo hacendado Brandon era una de esas personas que siempre escuchan las noticias, sean cuales sean, más tarde que cualquiera de sus vecinos; y no fue hasta que todos los chismosos del vecindario hubieron roído el hueso del asunto hasta dejarlo limpio que fue informado, a través del Sr. Pillum, de que Lord Mauleverer había sido detenido la noche anterior por tres bandoleros en su camino a su residencia campestre y robado por una suma considerable.
La fama de la desventura del digno Dr. Slopperton habiéndose extendido mucho antes a lo largo y ancho, todo el vecindario se vio naturalmente sumido en una gran consternación. Se enviaron mensajes a los magistrados, se tomaron prestados perros grandes, se limpiaron trabucos y se hizo una suscripción en toda la parroquia para la creación de una patrulla. Había pocas dudas de que los ofensores en ambos casos eran miembros de la misma horda; y el Sr. Pillum, en su propia mente, estaba perfectamente convencido de que pretendían invadir su oficio y destruir a todos los vecinos circundantes que merecieran la molestia.
La semana siguiente pasó en los esfuerzos más diligentes, por parte de los magistrados vecinos y la milicia, para detectar y capturar a los ladrones; pero sus labores fueron totalmente infructuosas; y un juez de paz, que había sido particularmente activo, fue él mismo completamente «limpiado» por un anciano que, bajo el nombre de Sr. Bagshot —un cognomen bastante ominoso—, se ofreció a conducir al desprevenido magistrado hasta el mismo lugar donde los malhechores podrían ser capturados. Sin embargo, no bien hubo alejado al pobre juez de sus camaradas hacia una parte solitaria del camino, le despojó hasta la camisa. Ni siquiera dejó a su señoría los calzoncillos de franela, aunque el tiempo era tan amargo como los días de la canícula de 1829.
«No es mi estilo», dijo el canoso rufián, cuando el juez pidió al menos por el último artículo de vestimenta, «no es mi estilo. Soy lento en mi trabajo, pero lo hago a fondo; así que quítate los trapos, viejo».
Este fue, sin embargo, el único caso adicional de agresión en las cercanías de Warlock Manor-house; y gradualmente, a medida que el otoño declinaba y no se perpetraron más enormidades, la gente comenzó a buscar un nuevo tema de conversación. Este se lo proporcionó una inesperada buena fortuna a Lucy Brandon:
La Sra. Warner —una anciana con la que estaba ligeramente emparentada y con la que había residido durante su breve y única visita a Londres— murió repentinamente, y en su testamento declaró a Lucy su única heredera. La propiedad, que estaba en fondos públicos y ascendía a 60.000 libras, debía ser disfrutada por la Srta. Brandon inmediatamente al alcanzar su vigesimoprimer año; mientras tanto, los ejecutores del testamento debían pagar a la joven heredera la suma anual de 600 libras. La alegría que esta noticia creó en Warlock Manor-house puede concebirse fácilmente. El hacendado proyectó mejoras aquí y reparaciones allá; y Lucy, pobre chica, que no tenía idea del dinero para sí misma más allá de la compra de un nuevo poni o un vestido de Londres, secundó con afectuoso placer todas las sugerencias de su padre, y se deleitó con la reflexión de que esos espléndidos planes, que harían a los Brandon más grandes de lo que los Brandon habían sido jamás, ¡iban a ser realizados por su propio, propio dinero! Fue en este preciso momento que la alta sociedad circundante hizo un descubrimiento simultáneo y grandioso, a saber, los asombrosos méritos y el gran sentido común del Sr. Joseph Brandon. Era una lástima, observaron, que fuera de un carácter tan reservado y tímido; no era propio de un caballero de una familia tan antigua; pero ¿por qué no intentar atraerlo de su retiro a esas escenas más públicas que sin duda estaba bien capacitado para adornar?
En consecuencia, tan pronto como expiró el primer mes de luto, varios carruajes, carrozas, berlinas y caballos que nunca se habían visto en Warlock Manor-house antes llegaron allí uno tras otro de la manera más amistosa imaginable. Sus dueños admiraban todo: ¡la casa era una reliquia tan fina de los viejos tiempos! ¡Por su parte, les gustaba una escalera de roble! ¡Y esas bonitas ventanas antiguas! ¡Y qué hermoso pavo real! ¡Y, Cielo santo! ¡aquel magnífico castaño valía un bosque! Se solicitó al Sr. Brandon que formara parte de la caza del condado, ¡no porque él mismo cazara ya, sino porque su nombre daría tal consecuencia al asunto! ¡La Srta. Lucy debía pasar una semana con sus queridas amigas, las Honorables Srta. Sansterre! Augustus, su hermano, ¡tenía un caballo de dama tan dulce! En resumen, el cambio habitual que tiene lugar en el carácter de las personas tras la adquisición de una fortuna tuvo lugar en el carácter del Sr. y la Srta. Brandon; y cuando la gente se vuelve repentinamente amable, no es de extrañar que ganen repentinamente un vasto acceso de amigos.
Pero Lucy, aunque había visto tan poco del mundo, no era ciega; y el hacendado, aunque algo obtuso, no era un tonto. Si no fueron groseros con sus nuevos visitantes, tampoco estaban desbordados de gratitud por su condescendencia. El Sr. Brandon declinó suscribirse a la caza, y la Srta. Lucy se rió en la cara de la Honorable Augustus Sansterre. Entre sus nuevos invitados, sin embargo, había uno que, a su gran conocimiento del mundo, unía un pulido de modales extremo e incluso brillante, que al menos evitaba que el engaño fuera desagradable, si no totalmente invisible: este era el nuevo teniente del condado, Lord Mauleverer.
Aunque poseía una inmensa propiedad en aquel distrito, Lord Mauleverer apenas había residido hasta entonces en sus tierras. Era uno de esos lores alegres que hoy en día son algo poco común en este país una vez alcanzada la madurez, que llevan una vida fácil y disoluta, más entre sus parásitos que entre sus iguales, y que, sin embargo, gracias a unos modales agradables, talentos naturales y un cierto cultivo de la mente agraciado y ligero (no menos placentero por estar universalmente teñido de mundanalidad y por una consideración hacia sí mismo más divertida que ofensiva), nunca pierden su legítima posición en la sociedad; personas que son oráculos en el vestir, en los carruajes, en la cocina y en la belleza y que, al no tener carácter propio, son capaces de fijar con una sola palabra el carácter de cualquier otra persona. Así, aunque Mauleverer vivía más la vida disoluta de un joven noble, que prefiere la compañía de demireps agradables a la de tediosas duquesas, que el decoroso estado propio de una edad madura y de un inmenso interés en el campo, era tan popular en la corte, donde ocupaba un puesto en la casa real, como en los camerinos del teatro, donde encantaba a toda actriz que no hubiera llegado a los cuarenta. Una palabra suya en los legítimos círculos de poder llegaba más lejos que la perorata de cualquier otro; e incluso las puritanas —al menos, todas aquellas que tenían hijas— confesaban que su señoría era un personaje muy interesante. Al igual que Brandon, su amigo íntimo, había ascendido en el mundo (de barón irlandés a conde inglés) sin haber cambiado nunca sus políticas, que eran ultra-tory; y no hace falta observar que se le consideraba, al igual que a Brandon, un modelo de integridad pública. Poseía dos cargos en el gobierno, seis votos en la Cámara de los Comunes y ocho beneficios eclesiásticos en la Iglesia; y debemos añadir, en justicia a sus principios leales y religiosos, que no había en los tres reinos un amigo más firme de las instituciones existentes.
Siempre que un noble no se casa, la gente intenta arruinarle su reputación. Lord Mauleverer nunca se había casado. Los whigs habían sido muy mordaces sobre el tema; incluso lo mencionaron en la Cámara de los Comunes, esa casta asamblea donde el tema de reproche constante contra el Sr. Pitt era el no tener un temperamento amoroso; pero hasta entonces no habían prevalecido contra el celibato del recio conde. Es cierto que, si carecía de esposa, se había asegurado un buen número de sustitutas; su profesión era la de hombre galante; y aunque evitaba a las hijas, era solo para hacerle la corte a las madres. Pero su señoría había alcanzado ya cierta edad, y finalmente circuló entre sus amigos que tenía la intención de buscar una Lady Mauleverer.
“Ahorra tus caricias”, dijo su adulador jefe a cierta duquesa, que tenía tres hijas sin dote; “Mauleverer ha jurado que no elegirá entre las de tu clase. Conoces sus altas políticas y no te extrañará que se declare adverso al matrimonio, al igual que a la moral de una comunidad de bienes”.
El anuncio de los planes matrimoniales del conde y la difusión de esta anécdota pusieron a todas las hijas de los clérigos de Inglaterra en un arrebato de expectación; y cuando Mauleverer llegó al condado, tras obtener el honor de la lugartenencia, para visitar sus propiedades y cortejar la amistad de sus vecinos, no hubo damisela de cuarenta años, que bordara en punto ancho y nunca hubiera estado en Londres más de una semana seguida, que no se considerara exactamente el tipo de persona capaz de fascinar a su señoría.
Era avanzada la tarde cuando el carruaje de viaje de este distinguido personaje, precedido por dos lacayos a caballo con la librea de diario del conde en verde oscuro, se detuvo ante la puerta principal de Warlock House. El caballero estaba en casa, real y metafóricamente; pues nunca soñaba con negarse a nadie, fuera noble o sencillo. Al abrirse la puerta del carruaje, descendió un hombre pequeño y delgado, ricamente vestido (pues las vestiduras de encaje y seda no estaban entonces del todo descartadas, aunque cada vez eran menos moda), y de un aire atrayente y distinguido más que digno. Sus años —pues su rostro, aunque apuesto, estaba profundamente marcado y mostraba las huellas de la disipación— parecían más numerosos de lo que realmente eran; y aunque no estaba propiamente más allá de la mediana edad, Lord Mauleverer podría haber recibido con justicia el desagradable epíteto de anciano. Sin embargo, su paso era firme, su porte erguido y su figura era considerablemente más juvenil que su fisonomía. Tras los primeros cumplidos del día, y habiendo expresado Lord Mauleverer su pesar porque su larga y frecuente ausencia del condado le hubiera impedido hasta entonces conocer al Sr. Brandon, hermano de uno de sus más antiguos y estimados amigos, la conversación se volvió por ambas partes un esfuerzo. El Sr. Brandon introdujo primero el tema del tiempo y de los nabos; preguntó si a su señoría no le gustaba mucho la caza (por su parte, solía gustarle, pero últimamente el reumatismo lo había incapacitado; esperaba que su señoría no estuviera sujeto a esa dolencia).
Captando solo las últimas palabras —pues, además de la tremenda complejidad de las frases del caballero, Mauleverer estaba ligeramente afectado por la aristocrática dolencia de la sordera—, el conde respondió con una sonrisa:
“¡La dolencia de la caza! Muy bueno, en efecto, Sr. Brandon; es raro que haya oído una frase tan ingeniosa. No, no me molesta en absoluto esa epidemia. Es un trastorno muy frecuente en este condado”.
“¡Mi señor!”, dijo el caballero, bastante perplejo; y luego, al observar que Mauleverer no continuaba, pensó que era conveniente cambiar de tema.
“Me entristeció sobremanera oír que su señoría, al viajar a Mauleverer Park (ese es un camino muy feo a través de las tierras baldías; los caminos en este país son por lo general bastante buenos; por mi parte, cuando era magistrado, era muy estricto en ese sentido), fue robado. ¡Todavía no ha detectado, creo (por mi parte, aunque no pretendo ser muy político, sí creo que en asuntos de robos hay mucha negligencia en los ministros), a los villanos!”
“¡Nuestro amigo es un desafecto!”, pensó el lord-teniente, imaginando que el último término oprobioso se aplicaba a los respetables personajes especificados en el paréntesis. Haciendo una inclinación con una sonrisa pulida hacia el caballero, Mauleverer respondió en voz alta que lamentaba profundamente que su conducta (refiriéndose a los ministros) no contara con la aprobación del Sr. Brandon.
“Bueno”, pensó el caballero, “¡eso es hacer de cortesano con ganas! ¡Contar con mi aprobación!”, dijo con entusiasmo; “¡cómo pudo su señoría pensar (pues aunque no soy de sus santos, espero ser un buen cristiano; a juzgar por sus palabras, su señoría debe ser uno excelente!) que soy tan parcial al crimen!”
“¡Yo parcial al crimen!”, replicó Mauleverer, pensando que había tropezado sin querer con algún demócrata escandaloso, aunque sonriendo tan suavemente como de costumbre; “¡me juzga con dureza, Sr. Brandon! Debe hacerme más justicia, y solo puede hacerlo conociéndome mejor”.
Cualquier respuesta desafortunada que el caballero pudiera haber dado fue cortada por la entrada de Lucy; y el conde, secretamente encantado por la interrupción, se levantó para rendirle su homenaje y recordarle la presentación que antaño tuvo la dicha de obtener ante ella por mediación de la amistad del Sr. William Brandon, una “amistad”, dijo el galante noble, “a la que he estado obligado muchas veces antes, pero que nunca fue ejercida de forma más agradable en mi favor”.
Ante esto, Lucy, quien a pesar de haberse sentido tan penosamente tímida durante su encuentro con el Sr. Clifford, no sintió ninguna timidez abrumadora en presencia de tan gran personaje, respondió riendo, y el conde respondió con un segundo cumplido. La conversación dejó entonces de ser un esfuerzo; y Mauleverer, el más consumado de los epicúreos, a quien incluso la realeza temblaba de invitar sin preparación, al ser invitado por el inconsciente caballero a participar de la cena familiar, aceptó con entusiasmo la invitación. Hacía mucho tiempo que los muros caballerescos de Warlock no se veían honrados por la presencia de un invitado tan cortesano. El buen caballero colmó su plato con una profusión de carne de vaca hervida; y mientras el pobre conde contemplaba con consternación los Alpes sobre Alpes que se esperaba que devorara, el mayordomo de canosas sienes, ansioso por servirlo con presteza, arrebató el plato sobrecargado y, al poco tiempo, lo devolvió aún más asombrosamente cargado con un mundo adicional de una composición de color pedregoso y aspecto sudorífico, que, tras examinar en silencio durante unos momentos y retirar con cuidado todo lo que pudo hasta el extremo de su plato, el conde descubrió que era pudin de sebo.
“No come nada, mi señor”, gritó el caballero; “déjeme darle... este está más crudo”, sosteniendo entre el cuchillo y el tenedor en el aire un fragmento aborrecible de color escarlata, que sacudía sus ensangrentados mechones... “otra rebanada”.
Rápido ante la orden, el dedo de arpía y el pulgar implacable del mayordomo canoso cayeron sobre el plato de Mauleverer. “Ni un bocado más”, gritó el conde, luchando con el asesino doméstico. “Querido señor, discúlpeme; le aseguro que nunca he comido tal cena antes... ¡nunca!”
“¡Vamos, vamos!”, insistió el caballero, protestando, “¡realmente (y este aire es tan fresco que su señoría debería complacer a su apetito, si sigue el consejo del médico) no come nada!”
De nuevo Mauleverer se vio en apuros.
“Los médicos tienen razón, Sr. Brandon”, dijo, “mucha razón, y me veo obligado a vivir con abstinencia; de hecho, no sé si, de excederme en su hospitalaria mesa y atacar todo lo que usted me ofrecería, llegaría a recuperarme jamás. Tendría que buscar un nuevo teniente para su encantador condado, y sobre la tumba del último Mauleverer el hipócrita y distante heredero inscribiría: 'Murió de la visita de la Vaca, John, Conde, etc.'”
Por muy claro que el significado de este discurso pudiera parecer a otros, el caballero solo se rio del apetito afeminado del orador, e inclinó a pensar que era un tipo excelente por bromear tan buenamente sobre su propia debilidad física. Pero Lucy tenía el tacto propio de su sexo y, compadeciéndose de la calamitosa situación del conde, aunque ciertamente nunca adivinó su alcance, entró con tanta gracia y soltura en la conversación que él buscaba establecer entre ellos, que el criado de Mauleverer, quien hasta entonces había sido hecho a un lado por el celo del mayordomo canoso, encontró la oportunidad, mientras el caballero reía y el mayordomo miraba fijamente, de robar el plato sobrecargado sin ser sospechado ni visto.
A pesar, sin embargo, de estos males de mesa y alojamiento, Mauleverer quedó sumamente complacido con su visita; ni la terminó hasta que las sombras de la noche empezaron a cerrarse, y la distancia desde su propia residencia, sumada a la experiencia, le recordó que era posible que la audacia de un salteador de caminos atacara el carruaje incluso de Lord Mauleverer. Volvió entonces a entrar a regañadientes en su coche y, ordenando a los postillones que condujeran tan rápido como fuera posible, se envolvió en su roquelaure y dividió sus pensamientos entre Lucy Brandon y el bogavante gratinado con el que se proponía consolarse inmediatamente a su regreso a casa. Sin embargo, el Destino, que se burla de nuestras esperanzas más queridas, ordenó que al llegar a Mauleverer Park el dueño fuera repentinamente afligido por una pérdida de apetito, frialdad en las extremidades, un dolor en el pecho y varios otros síntomas desagradables de una enfermedad inminente. Lord Mauleverer fue directo a la cama; permaneció allí durante algunos días, y cuando se recuperó sus médicos le ordenaron ir a Bath. Los metodistas whigs, que lo odiaban, atribuyeron su enfermedad a la Providencia; y su señoría era de la firme opinión de que debía atribuirse a la carne de vaca y al pudin. Sea como fuere, hubo un final, por el momento, para las esperanzas de las damas de cuarenta años y para los festejos previstos en Mauleverer Park.
“¡Cielos!”, dijo el conde, mientras las ruedas de su carruaje se alejaban de sus puertas, “¡qué pérdida para los comerciantes del campo puede ocasionar un trozo de carne de vaca poco hecha, especialmente si es hervida!”
Habían transcurrido aproximadamente quince días desde la meteórica visita de Mauleverer a Warlock House, cuando el caballero recibió de su hermano la siguiente epístola:
MI QUERIDO JOSEPH: Conoces mis numerosas ocupaciones y, en medio del cúmulo de asuntos que me rodea, estoy seguro de que me perdonarás por ser un corresponsal muy negligente y descuidado. No obstante, te aseguro que nadie puede simpatizar más sinceramente que yo con la buena fortuna que le ha sucedido a mi encantadora sobrina, de la cual me informó tu última carta. Por favor, dale mis mejores cariños y dile con cuánta satisfacción espero la brillante sensación que creará cuando su belleza sea entronizada en ese rango que, estoy totalmente seguro, tarde o temprano alcanzará.
Tal vez no sepas, mi querido Joseph, que desde hace algún tiempo me encuentro en un estado de salud muy débil y decadente. La antigua dolencia nerviosa en mi rostro me ha atacado últimamente con gravedad, y la angustia es a veces tan grande que apenas puedo soportarla. Creo que la gran demanda que mi profesión hace sobre un cuerpo nunca fuerte, y que ahora comienza prematuramente a sentir las debilidades de la edad, es la causa real de mis males. Al final, sin embargo, debo castigar absolutamente mi bolsillo y satisfacer mis inclinaciones con un breve respiro del trabajo. Los médicos —amigos jurados, ya sabes, de los abogados, puesto que hacen causa común contra la humanidad— me han ordenado perentoriamente que guarde reposo y que pruebe un corto ciclo de aire, ejercicio, diversiones sociales y las aguas de Bath. Afortunadamente, este es tiempo de vacaciones y puedo permitirme perder unas semanas de emolumentos para, tal vez, asegurar muchos años de vida. Me propongo, pues, a principios de la próxima semana, dirigirme a ese melancólico reservorio de los alegres, donde las personas bailan fuera de la vida y son llevadas al otro lado del Estigia al son del violín. En una palabra, seré uno de los aventureros tras la salud que buscan a la diosa en la sala de bombas del Rey Bladud. ¿Os uniréis a mí allí tú y la querida Lucy? Se lo pido a vuestra amistad, y estoy seguro de que ninguno de vosotros se encogerá de horror ante la propuesta de consolar a vuestro pariente enfermo. Al mismo tiempo que recupero la salud, mi linda sobrina estará vengando a Plutón, enviando a sus dominios a muchos héroes mejores y más jóvenes en mi lugar. Y será un doble placer para mí ver todos los corazones, etc. —me detengo, pues ¿qué puedo decir sobre ese tema que la pequeña coqueta no anticipe? Ya es hora de que Lucy vea mundo; y aunque hay muchos —en Bath, sobre todo, para quienes la heredera será un objeto de atenciones interesadas—, también hay muchos en esa ciudad abarrotada que no son en absoluto indignos de su atención. ¿Qué dices, querido Joseph? Pero ya lo sé: no te negarás a hacerme compañía en mis pequeñas vacaciones; y los ojos de Lucy ya brillan ante la idea de sombreros nuevos, Milsom Street, mil adoradores y la sala de bombas.
Siempre, querido Joseph, tuyo afectuosamente,
WILLIAM BRANDON.
P. D. Me entero de que mi amigo Lord Mauleverer está en Bath; confieso que esa es una razón adicional para ir allí; por una carta suya, recibida el otro día, veo que os ha hecho una visita, y ahora se deshace en elogios sobre su anfitrión y la heredera. ¡Ah, señorita Lucy, señorita Lucy! ¿Vas a conquistar a aquel a quien todo Londres ha asediado en vano durante años más de los que me importa contar (aunque no muchos, pues Mauleverer sigue siendo joven)? ¡Respóndeme!
Esta carta creó una considerable agitación en Warlock House. El viejo caballero sentía un gran afecto por su hermano y se afligió profundamente al ver que hablaba de forma tan desalentadora de su salud. Ni por un momento dudó el caballero en aceptar la propuesta de unirse a su distinguido pariente en Bath. Lucy también —quien sentía por su tío, posiblemente por su profusa aunque no delicada adulación, un gran respeto e interés, aunque apenas lo había visto— instó al caballero a no perder tiempo en arreglar los asuntos para su partida, de modo que pudieran adelantarse al abogado y preparar todo para su llegada. Estando así de acuerdo padre e hija, hubo poca ocasión para el retraso; una respuesta a la carta del enfermo fue enviada por el correo de vuelta, y al cuarto día de haber recibido dicha epístola, el buen viejo caballero, su hija, una chica de campo a modo de doncella, el mayordomo de canosas sienes y dos o tres mascotas vivas, del tamaño y hábitos más convenientes para viajar, iban camino de una ciudad que en aquel tiempo era más alegre al menos, si bien algo menos espléndida, que la metrópoli.
Al segundo día de su llegada a Bath, Brandon (como en adelante, para evitar confusiones, llamaremos al hermano menor, otorgando al mayor su título patriarcal de caballero) se unió a ellos.
Era un hombre aparentemente bastante aficionado a la ostentación, aunque en el fondo la despreciaba y le desagradaba. Acudió a su alojamiento, que no había sido seleccionado en la mejor parte de la ciudad, en un carruaje tirado por seis caballos, pero acompañado solo por un criado favorito.
Lo encontraron con mejor aspecto y mejor ánimo de lo que habían anticipado. Pocas personas, cuando quería, podían ser más agradables que William Brandon; pero a veces se mezclaba con su conversación un sarcasmo amargo, probablemente un hábito adquirido en su profesión, o un matiz ocasional de tristeza hosca y altiva, posiblemente consecuencia de su mala salud. Sin embargo, su dolencia, que se acercaba algo a esa dolorosa aflicción, el tic doloroso, aunque de ataques más raros en frecuencia que los que esa dolencia suele tener, nunca pareció ni por un instante afectar a su humor, fuera cual fuera. Esa enfermedad obraba sin ser vista; ni un músculo de su rostro parecía temblar; la sonrisa nunca desaparecía de su boca, la blandura de su voz nunca se volvía débil como por dolor, y, en medio de un tormento intenso, su mente resuelta y severa conquistaba toda indicación externa; ni el extraño más observador podría haber notado el momento en que el ataque lo acometía o lo liberaba. Había algo inescrutable en aquel hombre. Sentías que aceptabas su carácter por confianza, y no por conocimiento propio. El trato de años te habría dejado igualmente en la oscuridad sobre sus vicios o sus virtudes. Variaba a menudo, mas en cada variación era igualmente imposible de descubrir. ¿Estaba representando una serie de papeles, o eran los cambios ordinarios del verdadero temperamento de un hombre lo que contemplabas en él? Comúnmente suave, tranquilo, atento, adulador en el trato social, era conocido en el senado y en los tribunales de justicia por una aspereza fría y un veneno cáustico que apenas tenía rival ni siquiera en aquellos escenarios de contienda. Parecía como si los sentimientos más amargos que reprimía en la vida privada, se deleitara en expresarlos en público. Sin embargo, ni siquiera allí daba paso a una petulancia momentánea o a una pasión desbordada; todo parecía en él sarcasmo sistemático o severidad habitual. No transgredía ninguna forma de ceremonial o de sociedad. Aguijoneaba sin parecer consciente del aguijón; y su antagonista no se retorcía menos bajo la tortura de su sátira que bajo el aplastante desprecio de su autocontrol. Frío, preparado, armado y defendido en todos los puntos, sólido en conocimientos, infalible en observación, igualmente consumado en la sofistería cuando la necesitaba, e instantáneo en detectar la sofistería en otro; sin despreciar arte alguno, por doloroso que fuera; sin escatimar esfuerzo alguno, por pesado que fuera; minucioso en el detalle, pero no por ello menos capaz de comprender el tema en su conjunto con un solo abrazo; tal era el carácter legal y público que William Brandon había establecido, y tal era la fama que unía a la pureza inmaculada de su reputación moral. Pero para sus amigos parecía solo el hombre agradable, inteligente, vivaz y, si se puede usar la frase inocentemente, mundano; nunca fingiendo una santidad superior ni una ansiedad excesiva por las formas, excepto en grandes ocasiones; y haciendo que su austeridad de modales fuera más admirada, porque la hacía parecer tan carente de hipocresía.
“Bien”, dijo Brandon, mientras se sentaba después de cenar a solas con sus parientes y había visto a su hermano cerrar los ojos en sueño diurno, “dígame, Srta. Lucy, ¿qué piensa de Lord Mauleverer? ¿Lo encuentra agradable?”
“Mucho; ¡demasiado, de hecho!”
“¡Demasiado! Ese es un defecto poco común, Lucy, a menos que quiera insinuar que lo encuentra demasiado agradable para su paz mental”.
—¡Oh, no! No hay mucho que temer al respecto. Todo lo que quería expresar es que parece hacer del propósito único de su vida el ser agradable, y que uno imagina que ha logrado ese fin mediante la pérdida de ciertas cualidades que a uno le hubieran gustado más.
—¡Hum! ¿Y cuáles son esas?
—La verdad, la sinceridad, la independencia y la honestidad de pensamiento.
—Mi querida Lucy, ha sido el estudio profesional de mi vida descubrir el carácter de un hombre, especialmente en lo que se refiere a la verdad, en el menor tiempo posible; pero usted me supera en intuición si puede decir si hay sinceridad en el carácter de un cortesano en la primera entrevista que tiene con él.
—Sin embargo, estoy segura de mi opinión —dijo Lucy, riendo—; y le contaré un ejemplo que observé entre cien. Lord Mauleverer es algo sordo, e imaginó, durante la conversación, que mi padre dijo una cosa —fue sobre un tema muy trivial, el discurso de algún miembro del parlamento [el abogado sonrió]—, cuando en realidad quería decir otra. Lord Mauleverer, de la manera más cálida del mundo, se unió a él, pareció estar completamente de su opinión, aplaudió sus sentimientos y deseó que todo el país pensara como él. De repente, mi padre habló; Lord Mauleverer inclinó su oído y descubrió que los sentimientos que tanto había elogiado eran exactamente los que mi padre menos favorecía. ¡No bien hizo este descubrimiento, volvió a girar —con destreza y gracia, lo admito—; condenó todo lo que antes había ensalzado y ensalzó todo lo que antes había abusado!
—¿Y eso es todo, Lucy? —dijo Brandon, con una mueca de desprecio más aguda en sus labios de lo que la ocasión justificaba—. Vaya, eso es lo que hace todo el mundo; solo que algunos con más seriedad que otros. Mauleverer en la sociedad, yo en el foro, el ministro en el parlamento, amigo de amigo, amante de amante, amante de amante... la mitad de nosotros nos empleamos en decir que el blanco es negro, y la otra mitad en jurar que el negro es blanco. Solo hay una diferencia, mi linda sobrina, entre el hombre inteligente y el necio: el necio dice lo que es falso mientras los colores le miran fijamente a la cara y le desmienten; pero el hombre inteligente toma, por así decirlo, un pincel y literalmente convierte el negro en blanco y el blanco en negro antes de hacer la afirmación, que entonces es verdadera. El necio cambia y es un mentiroso; el hombre inteligente hace que los colores cambien y es un genio. Pero esto todavía no es para sus jóvenes años, Lucy.
—Pero no puedo ver la necesidad de aparentar estar de acuerdo con la gente —dijo Lucy, con sencillez—; ¿seguramente estarían igual de complacidos si usted discrepara de ellos civilizadamente y con respeto?
—No, Lucy —dijo Brandon, todavía con desprecio—; para ser apreciado, no es necesario ser más que complaciente. Mienta, engañe, haga de cada palabra un lazo y de cada acto una falsificación; pero nunca contradiga. Esté de acuerdo con la gente y le harán un lecho en sus corazones. Conoces la historia de Dante y el bufón. Ambos fueron entretenidos en la corte del vanidoso pedante que se hacía llamar Príncipe Scaliger... el primero pobremente, el segundo suntuosamente. “¿Cómo es”, le dijo el bufón al poeta, “que yo soy tan rico y tú tan pobre?” “Seré tan rico como tú”, fue la respuesta mordaz y verdadera, “¡siempre que pueda encontrar un patrón tan parecido a mí como el Príncipe Scaliger lo es a ti!”
—Sin embargo, mis pájaros —dijo Lucy, acariciando al jilguero que se acurrucaba en su pecho— no son como yo, y los amo. Es más, a menudo pienso que podría amar mejor a aquellos que difieren de mí en mayor medida. Lo siento así en los libros... cuando, por ejemplo, leo una novela o una obra de teatro; y a usted, tío, le aprecio casi en proporción a no percibir en mí misma nada en común con usted.
—Sí —dijo Brandon—, tienes en común conmigo un amor por las viejas historias de Sir Hugo y Sir Rupert, y todos los demás “Sirs” de nuestra raza mohosa y pasada. Así que me cantarás la balada sobre Sir John de Brandon y el dragón que mató en Tierra Santa. Nos retiraremos al salón, para no molestar a tu padre.
Lucy estuvo de acuerdo, tomó el brazo de su tío, se dirigió al salón y, sentándose al clavecín, cantó con un aire inspirador pero algo rudo la balada familiar que su tío había solicitado.
Hubiera sido divertido notar en el rostro rígido del hombre endurecido y habitual de la paz y los pergaminos cierto entusiasmo que, de vez en cuando, cruzaba su mejilla, mientras los versos de la balada se detenían en alguna alusión a la caballeresca Casa de Brandon y su antigua fama. Era un prejuicio temprano, que estallaba a pesar de sí mismo... un destello de carácter, arrancado del duro fósil en el que estaba incrustado. Uno habría supuesto que el más tonto de todos los orgullos (pues el orgullo del dinero, aunque más mezquino, es menos insensato), el orgullo familiar, era la última debilidad que en ese momento el insensible y astuto abogado habría confesado, incluso ante sí mismo.
—Lucy —dijo Brandon, mientras la canción cesaba y contemplaba a su hermosa sobrina con cierto orgullo en su aspecto—, ansío presenciar tu primera aparición en el mundo. Este alojamiento, querida mía, no es adecuado... ¡Pero perdóname! Lo que iba a decir es esto: tu padre y tú estáis aquí por mi invitación, y en mi casa debéis morar; sois mis invitados, no mis anfitriones. Por lo tanto, ya he ordenado a mi sirviente que me asegure una casa y proporcione el establecimiento necesario; y no dudo, como es un tipo rápido, que dentro de tres días todo estará listo. Debes ser entonces el imán de mi morada, Lucy; y mientras tanto debes explicar esto a mi hermano y... pues conoces su celosa hospitalidad... obtener su consentimiento.
—Pero... —comenzó Lucy.
—No me salgas con peros —dijo Brandon, rápidamente, pero con un tono afectuoso de obstinación—; y ahora, como me siento muy fatigado por el viaje, debes permitirme buscar mi propia habitación.
—Yo misma le conduciré a ella —dijo Lucy, pues estaba ansiosa por mostrar al hermano de su padre el cuidado y la previsión que había volcado en sus preparativos para su comodidad. Brandon la siguió hasta un apartamento que su ojo supo de un vistazo que había sido sometido a esa superintendencia femenina que hace tales usos de lo que los hombres rechazan como insignificante; y le agradeció, con más amabilidad de la habitual, la gracia que había presidido y la bondad que había dictado sus preparativos. Tan pronto como se quedó solo, acercó su sillón al fuego claro y brillante, y descansando el rostro sobre la mano, en la actitud de un hombre que se prepara, por así decirlo, para la indulgencia de la meditación, murmuró:
—¡Sí! Estas mujeres son, primero, lo que la Naturaleza hace de ellas, y eso es bueno; después, lo que el uso hace de ellas, ¡y eso es malo! Ahora, si pudiera convencerme de que deberíamos ser escrupulosos en cuanto al uso que damos a estos pobres títeres, me abstendría de imponer el destino que he marcado para esta chica. Pero esa es una consideración lamentable, y no es más que un jugador tonto el que pierde su dinero por el bien de preservar sus fichas. Así que la joven debe ir como otra cuenta a las fortunas de William Brandon. Después de todo, ¿quién sufre? Ella no. Ella tendrá riqueza, rango, honor. Yo sufriré, al ceder una gema tan bonita y pura a la corona de... ¡Bah! Cómo desprecio a ese perro; pero cómo podría odiar, aplastar, destrozar, si pudiera creer que él me despreciaba. ¿Podría hacerlo? ¡Hum! No, me he resuelto a que eso es imposible. Bien, esperemos que ese punto matrimonial se resuelva; y ahora consideremos qué siguiente paso daré para mí mismo... para mí mismo, ¡ay, solo para mí mismo! Conmigo perece el último varón de Brandon; pero la luz no se ocultará bajo un celemín.
Mientras decía esto, el soliloquista se hundió en un ensueño más absorto y silencioso, del cual fue perturbado por la entrada de su sirviente. Brandon, que nunca era un soñador salvo cuando estaba solo, salió de inmediato de sus reflexiones.
—¿Has obedecido mis órdenes, Barlow? —dijo él.
—Sí, señor —respondió el doméstico—. He tomado la mejor casa aún desocupada; y cuando la Sra. Roberts [el ama de llaves de Brandon] llegue de Londres, todo estará, confío, exactamente según sus deseos.
—¡Bien! ¿Y entregaste mi nota a Lord Mauleverer?
—Con mis propias manos, señor; su señoría le esperará en casa todo el día de mañana.
—¡Muy bien! Y ahora, Barlow, asegúrate de que tu habitación esté al alcance [las campanillas, aunque conocidas, no eran comunes en aquel día], y anuncia que me he ido a la cama y que no debo ser molestado. ¿Qué hora es?
—Justo al toque de las diez, señor.
—Coloca en esa mesa mi cartera y el tintero. Entra, para ayudarme a desvestirme, a la una y media; me iré a la cama a esa hora. Y... espera... asegúrate, Barlow, de que mi hermano crea que me he retirado por la noche. Él no conoce mis hábitos y se preocupará si piensa que me quedo despierto tan tarde en mi actual estado de salud.
Acercando la mesa con sus utensilios de escritura cerca de su amo, el sirviente dejó a Brandon una vez más con sus pensamientos o sus ocupaciones.
CAPÍTULO XIV.
Sirviente. Vete, digo, con esa campana asquerosa.
Punch. ¿Llamas a esto campana? (acariciándola.) Es un órgano.
Sirviente. ¡Digo que es una campana, una campana asquerosa!
Punch. Digo que es un órgano (golpeándole con ella). ¿Qué dices que es ahora?
Sirviente. ¡Un órgano, Sr. Punch!
La comedia trágica de Punch y Judy.
A la mañana siguiente, antes de que Lucy y su padre hubieran dejado sus apartamentos, Brandon, que era un madrugador notable, había perturbado al lujoso Mauleverer en su primer sueño. Aunque el cortesano poseía una villa a pocas millas de Bath, prefería un alojamiento en la ciudad, tanto por ser más cálido que una casa de campo rara vez habitada, como por ser, para un hombre indolente, más inmediatamente conveniente para las diversiones y las aguas de la ciudad medicinal. Tan pronto como el conde hubo frotado sus ojos, estirado y preparado para el intempestivo coloquio, Brandon profirió sus excusas por la hora que había elegido para una visita.
—No lo mencione, mi querido Brandon —dijo el noble bondadoso, con un suspiro—; me alegra a cualquier hora verle, y estoy muy seguro de que lo que tiene que comunicar siempre merece la pena ser escuchado.
—Fue solo sobre asuntos públicos, aunque de una descripción algo más importante de lo habitual, que me aventuré a molestarle —respondió Brandon, sentándose en una silla junto a la cama—. Esta mañana, hace una hora, recibí por correo urgente privado una carta de Londres, indicando que positivamente se hará un nuevo arreglo en el Gabinete... es más, nombrando los mismos ascensos y cambios. Confieso que, como mi nombre aparecía, así como el suyo, en estos nombramientos, estaba ansioso por tener el beneficio de su necesariamente preciso conocimiento sobre el tema, así como de su consejo.
—Realmente, Brandon —dijo Mauleverer, con una sonrisa medio fastidiada—, cualquier otra hora del día habría servido para “los asuntos de la nación”, como llaman los periódicos a esa farsa molesta que llevamos a cabo; y había imaginado que no habría roto mis sueños nocturnos excepto por algo de verdadera importancia... el descubrimiento de una nueva belleza o la invención de un nuevo plato.
—Ni lo uno ni lo otro habría podido esperar de mí, mi querido lord —repuso Brandon—. Usted conoce las secas trivialidades en las que se consume la vida de un abogado; y las bellezas y los platos no tienen atractivo para nosotros, a menos que las primeras sean damiselas desertadas y los segundos patentes invadidas. Pero mi noticia, después de todo, merece ser escuchada, a menos que la haya oído antes.
—¡Yo no! Pero supongo que la oiré en el transcurso del día. Ruegue al Cielo que no me llamen para asistir a alguna peste de consejo. ¡Empiece!
—En primer lugar, Lord Duberly decide dimitir, a menos que esta negociación de paz sea una cuestión de Gabinete.
—¡Bah! Que dimita. He opuesto la paz tanto tiempo que está fuera de toda duda. Por supuesto, Lord Wansted no pensará en ello, y puede contar con mis distritos electorales. ¡Una paz! ¡Proposición vergonzosa, deshonrosa, cobarde!
—Pero, mi querido lord, mi carta dice que esta firmeza inesperada por parte de Lord Duberly ha producido tal sensación que, viendo la imposibilidad de formar un Gabinete duradero sin él, el rey ha consentido a la negociación, ¡y Duberly se queda!
—¡El diablo! ¿Qué sigue?
—Raffden y Sternhold salen en favor de Baldwin y Charlton, y con la esperanza de que usted preste su ayuda para...
—¡Yo! —dijo Lord Mauleverer, muy enfadado—, ¿yo prestar mi ayuda a Baldwin, el jacobino, y a Charlton, el hijo de un cervecero?
—¡Muy cierto! —continuó Brandon—. Pero con la esperanza de que pudiera ser persuadido de considerar los nuevos arreglos con ojo indulgente, se habla de usted en lugar del Duque de... para la vacante liga y el cargo de chambelán.
—¡No querrá decir eso! —gritó Mauleverer, saltando de su cama.
—Se van a hacer otros pocos (pero, oigo, principalmente legales) ascensos. Entre el resto, mi docto hermano, el demócrata Sarsden, va a tener una toga de seda; Cromwell va a ser fiscal general; y, entre nosotros, me han ofrecido un puesto de juez.
—¡Pero la liga! —dijo Mauleverer, apenas escuchando el resto de las noticias del abogado—, el objeto, meta y ambición de toda mi vida. ¡Qué verdaderamente amable por parte del rey! Después de todo —continuó el conde, riendo y echándose hacia atrás—, las opiniones son variables, la verdad no es uniforme. Los tiempos cambian, no nosotros; ¡y debemos tener paz en lugar de guerra!
—Sus máximas son indiscutibles, y la conclusión a la que llega es excelente —dijo Brandon.
—Vaya, usted y yo, querido amigo —dijo el conde—, que conocemos a los hombres, y que hemos vivido toda nuestra vida en el mundo, debemos reírnos entre bastidores del cant que envolvemos en oropel, y enviamos a desfilar por el escenario. Sabemos que nuestro Coriolano de integridad tory es un cabo mantenido por una prostituta, y el Bruto de la libertad whig es un lacayo echado de su puesto por robar los cubiertos; pero no debemos decir esto al mundo. Así que, Brandon, debes escribirme un discurso para la próxima sesión, y asegúrate de que tenga abundancia de máximas generales, ¡y que concluya con “mi sangrante país”!
El abogado sonrió. —¿Consiente entonces en la expulsión de Sternhold y Raffden? Pues, después de todo, esa es la cuestión. Nuestra nave británica, como los malditos traficantes de metáforas llaman al Estado, lleva el bien público a salvo en la bodega como brandy; y es solo cuando el miedo, la tormenta o el diablo hacen que los bribones se peleen entre ellos y rompan los barriles, que uno obtiene más de una dedal de un solo golpe. Seguiríamos luchando con el resto del mundo para siempre, si los ministros no hubieran empezado a luchar entre ellos.
—En cuanto a Sternhold —dijo el conde—, es un perro vulgar, y votó por la reforma económica. Además, no le conozco; puede irse al diablo, por lo que a mí respecta; pero con Raffden debe tratarse con elegancia, o, a pesar de la liga, volveré a caer entre los whigs, quienes, después de todo, dan cenas tolerables.
—¿Pero por qué, mi lord, debe Raffden ser tratado mejor que su hermano recusante?
—Porque me envió, de la manera más elegante posible, una pipa de ese maravilloso Madeira, que usted sabe que considero la gracia principal de mis bodegas, y renunció a un proyecto de ley de navegación de canales, que habría enriquecido a todo su condado, cuando supo que perjudicaría mi propiedad. No, Brandon, ¡al diablo con el cant público! Sabemos lo que es eso. Pero somos caballeros, y nuestros amigos privados no deben ser arrojados por la borda... a menos, al menos, que lo hagamos de la manera más civilizada que podamos.
—No tema —dijo el abogado—; usted solo tiene que dar la palabra, y el Gabinete puede preparar una embajada a Owhyhee, y enviar a Raffden allí con un estipendio de cinco mil al año.
—¡Ah! Eso está bien pensado; o podríamos darle una concesión de cien mil acres en una de las colonias, o dejarle comprar tierras de la corona con un descuento del ochenta por ciento. Así que eso está arreglado.
—Y ahora, mi querido amigo —dijo Brandon—, le diré francamente por qué vengo tan temprano; se me requiere dar una respuesta apresurada a la propuesta que he recibido, a saber, la del puesto de juez. ¿Su opinión?
—¡Un puesto de juez! ¿Usted juez? ¡Qué! ¿Abandonar su brillante carrera por una dignidad tan insignificante? ¡Bromea!
—En absoluto. Escuche. Usted sabe cuán amargamente he opuesto esta paz, y qué ardientes enemigos he hecho entre los nuevos amigos de la administración. Por un lado, estos enemigos insisten en sacrificarme; y por otro, si me quedara en la Cámara Baja y hablara a favor de lo que antes he opuesto, perdería el apoyo de una gran parte de mi propio partido. Odiado por un bando y desconfiado por el otro, un escaño en la Cámara de los Comunes deja de ser un objetivo. Se propone que me retire a la dignidad de juez, con la promesa positiva y comprometida, aunque secreta, de la primera vacante entre los jefes. El puesto de juez presidente o barón jefe es de hecho la única remuneración justa por mi renuncia a las ganancias de mi profesión, y el abandono de mi carrera parlamentaria y legal; el título, que por supuesto se adjuntará a él, podría ir (al menos, mediante un ejercicio de interés) al hijo mayor de mi sobrina... en caso de que se casara con un plebeyo... o —añadió, tras una pausa—, a su segundo hijo en caso de que se casara con un par.
—¡Ja, cierto! —dijo Mauleverer, rápidamente, y como si le golpeara algún pensamiento repentino—; y su encantadora sobrina, Brandon, sería digna de cualquier honor, ya sea para sus hijos o para ella misma. Usted no sabe cuán impresionado quedé con ella. Hay algo tan elegante en su sencillez; y en su manera de suavizar las pequeñas rugosidades de Warlock House hubo una dignidad tan genuina y tan fácil que declaro que casi me creí joven de nuevo, y capaz del autoengaño de creer que estaba enamorado. Pero, ¡oh! Brandon, imagíneme en la mesa de su hermano... yo, para quien los hortelanos son demasiado sustanciales, y que siento, cuando piso, la más mínima desigualdad en las alfombras de Tournay... imagíneme, querido Brandon, en una habitación de friso negro, colgada con sus antepasados en pelucas marrones con ramilletes en el ojal; un fuego inmenso a un lado y una corriente de aire al otro; un enorme círculo de carne de vaca ante mí, humeante como el Vesubio, y el doble de grande; un plato (el plato era de estaño... ¿no hay un metal llamado así?) de esta mezcla de llama y lava enviado bajo mi propia nariz, y bajo pena de mala educación para ser despachado por mi boca; un viejo caballero en calzones de fustán y medias de estambre, a modo de mayordomo, llenándome una jarra de cerveza, y su digno hermano preguntándome si no preferiría oporto; un lacayo delgado en librea... ¡tal librea, dioses!... escarlata, azul, amarillo y verde, ¡un arcoíris mal hecho!... en el lado opuesto de la mesa, mirando al “Lord” con ojos y boca igualmente abiertos, y lo suficientemente grandes como para tragarme; y su excelente hermano mismo a la cabeza de la mesa brillando a través de las nieblas de la carne de vaca, como el sol naciente en un cartel de posada; y entonces, Brandon, volviéndome de esta imagen, contemple a mi lado la belleza justa, delicada, aristocrática, pero simple de su sobrina, y... Pero parece enojado; ¿le he ofendido?
Ya era hora de que Mauleverer hiciera esa pregunta, pues durante todo el relato del conde, el rostro oscuro de su compañero había ardido literalmente de rabia; y aquí podemos observar cuán generalmente el egoísmo, que hace al hombre de mundo, impide a su poseedor, por una especie de paradoja, serlo consumadamente. Porque Mauleverer, ocupado por el placer que sentía ante su propio ingenio, y sin tener nunca esa simpatía mágica con los demás que crea al observador incesantemente agudo, no había pensado ni por un momento que estaba hiriendo en lo vivo el orgullo oculto del abogado. Es más, tan poco sospechaba las verdaderas debilidades de Brandon que lo consideraba un filósofo que se habría reído por igual de los principios y de las personas, por muy cercanos que le fueran los segundos y por muy importantes que fueran los primeros. Dominando con un solo esfuerzo, que devolvió a su mejilla su habitual tono firme, los signos externos de su disgusto, Brandon replicó:
—¡Ofenderme! De ninguna manera, mi querido lord. No me extraña su dolorosa situación en la casa de un antiguo caballero rural, que no ha ofrecido durante siglos escenas dignas de la presencia de un huésped tan distinguido; nunca, podría decir, desde los tiempos en que sir Charles de Brandon agasajó a Isabel en Warlock, y su antepasado (usted conoce mis viejos y mohosos estudios sobre esos puntos de oscura antigüedad), John Mauleverer, quien era un notable orfebre de Londres, suministró la vajilla para la ocasión.
—Bien replicado —dijo Mauleverer, sonriendo; pues aunque el conde sentía un gran desprecio por el bajo origen encumbrado en puestos elevados en otros hombres, carecía totalmente de orgullo respecto a su propia familia—, ¡bien replicado! Pero no quise decir otra cosa que una burla sobre la administración doméstica de su hermano; una broma ciertamente permitida a un hombre cuya propia exquisitez en estos asuntos es una burla constante. Pero, ¡por los cielos, Brandon!, para alejarnos de estos temas, su sobrina es la chica más bonita que he visto en veinte años; y si ella olvidara que soy descendiente de John Mauleverer, el notable orfebre de Londres, puede ser lady Mauleverer tan pronto como le plazca.
—Vamos, seamos serios y hablemos del cargo de juez —dijo Brandon, fingiendo tratar la propuesta como una broma.
—¡Por el alma de sir Charles de Brandon, hablo en serio! —exclamó el conde—; y como prueba de ello, espero que me permita presentar mis respetos a su sobrina hoy mismo; no con mi propuesta en la mano todavía, pues debe ser un matrimonio por amor de ambas partes. —Y el conde, echando una mirada hacia un espejo opuesto, que reflejaba sus facciones atenuadas pero agraciadas bajo su gorro de dormir de terciopelo adornado con encaje de Malinas, se rió medio triunfante mientras hablaba.
Una mueca cruzó apenas los labios de Brandon y se desvaneció al instante, mientras Mauleverer continuaba:
—Y en cuanto al cargo de juez, querido Brandon, le aconsejo que lo acepte, aunque usted sabe mejor que nadie; y creo sinceramente que ningún hombre tendrá una oportunidad más justa para el cargo de juez presidente; o, aunque sea algo inusual para los abogados «comunes», ¿por qué no el mismo puesto de canciller? Como usted dice, ¡el segundo hijo de su sobrina podría heredar la dignidad de un par!
—Bien, lo consideraré favorablemente —dijo Brandon; y poco después dejó al noble para que reanudara su interrumpido reposo.
«No puedo reírme de ese hombre», se dijo Mauleverer a sí mismo, mientras se daba la vuelta en su cama, «aunque tiene mucho de lo que debería reírme en otro; y, por mi fe, hay un pequeño asunto por el que bien podría despreciarlo, si no fuera un filósofo. Es una chica bonita, su sobrina, y con las instrucciones adecuadas podría dejarlo a uno bien; además, tiene 60.000 libras en dinero contante; y, por mi fe, no tengo ni un chelín para mi propio placer, ¡aunque tengo —o, ¡ay!, tuve— cincuenta mil al año para el de mi establecimiento! Con toda probabilidad ella será la heredera del abogado, y él debe haber ganado al menos otro tanto como su dote; ni es él, pobre diablo, una vida muy longeva. Además, ¿si él asciende a la nobleza? y el segundo hijo... ¡Bien! ¡bien! ¡tampoco será un mal partido para el descendiente del orfebre!».
Con ese pensamiento, lord Mauleverer se quedó dormido. Se levantó cerca del mediodía, se vistió con inusual esmero y estaba a punto de salir para hacer una visita a la señorita Brandon, cuando recordó de repente que su tío no había mencionado su dirección ni la suya propia. Consultó la nota del abogado de la tarde anterior; no había ninguna dirección inscrita en ella; y Mauleverer se vio obligado, con gran disgusto, a renunciar por ese día al placer que se había prometido.
En verdad, el cauteloso abogado, quien, como hemos dicho, despreciaba tanto como cualquier hombre la ostentación y las apariencias externas, era sin embargo consciente de su efecto incluso ante los ojos de un amante; y, además, lord Mauleverer era alguien cuyos hábitos de vida estaban calculados para despertar cierto grado de vigilancia en cuestiones de pompa doméstica, incluso en el más poco observador. Brandon decidió, por tanto, que Lucy no sería visitada por su admirador hasta que se efectuara el traslado a su nueva morada; ni fue sino hasta el tercer día desde aquel en que Mauleverer había mantenido con Brandon la entrevista que hemos registrado, que el conde recibió una nota de Brandon, que aparentemente trataba solo de asuntos políticos, pero inscrita con la dirección y señas en forma completa.
Mauleverer respondió en persona. Encontró a Lucy en casa, y más hermosa que nunca; y desde ese día su mente estuvo decidida, como dicen las mamás, y sus visitas se hicieron constantes.
CAPÍTULO XV.
Hay un festival donde caballeros y damas, Y todo lo que la riqueza o el noble linaje reclama, Aparecen.
Es él... ¿cómo llegó allí? ¿Qué hace aquí? Lara.
Hay dos situaciones encantadoras en la vida para una mujer: una, la primera frescura de ser heredera y bella; la otra, la juventud de la viudez, con una gran pensión. Fue al menos la fortuna de Lucy disfrutar de la primera. Tan pronto como fue lanzada al mundo alegre, se convirtió en objeto de idolatría universal. Multitudes la seguían dondequiera que fuera; nada se discutía o se soñaba, se brindaba o se apostaba, más que por Lucy Brandon; incluso su sencillez y su total ignorancia de las artes de la alta sociedad realzaban el prestigio de su reputación. De alguna manera, las jóvenes del sexo más amable rara vez tienen malos modales, incluso en sus excentricidades; y a menudo hay una gran cantidad de gracia en la inexperiencia. Su tío, que la acompañaba a todas partes, siendo él mismo un imán de atracción no despreciable, veía su éxito con un triunfo complaciente que no permitió que nadie más que su padre o ella misma detectara. Para la suave frialdad de sus modales, nada habría parecido más ajeno que el orgullo por la atención ganada por una belleza, o la exultación por cualquier favor obtenido de los caprichos de la moda. En cuanto al buen viejo caballero rural, uno habría imaginado que él era mucho más el inválido que su hermano. Apenas se le veía; pues aunque iba a todas partes, era una de esas personas que se hunden en un rincón en el momento en que entran en una habitación. Quien lo descubría en su retiro, le tendía las manos y exclamaba: «¡Dios mío! ¡usted aquí! ¡No le hemos visto en una eternidad!». De vez en cuando, si en un nicho muy oscuro de la habitación se había colocado una mesa de cartas, el digno caballero se esforzaba en una partida poco notable; pero más frecuentemente se sentaba con las manos cruzadas y la boca abierta, contando el número de velas en la habitación o calculando «cuándo terminaría esa música estúpida».
Lord Mauleverer, aunque era un hombre pulido y cortés, cuyo gran objetivo era necesariamente congraciarse con el padre de su futura novia, tenía un horror a ser aburrido que superaba a todos los demás sentimientos en su mente. No podía, por tanto, persuadirse a sí mismo de someterse al melancólico deber de escuchar los «discursos enlazados y largamente extendidos» del caballero. Siempre pasaba de largo por la posición del honrado hombre, aparentemente con gran prisa, con un «¡Ah, mi querido señor, cómo está usted? ¡Qué encantado estoy de verle! ¿Y su incomparable hija? ¡Oh, ahí está! Perdóneme, querido señor... ya ve cuál es mi atracción».
Lucy, de hecho, quien nunca olvidaba a nadie (excepto a sí misma ocasionalmente), buscaba el refugio de su padre tan a menudo como podía; pero sus compromisos eran tan incesantes que no bien perdía a un compañero, era reclamada y llevada por otro. Sin embargo, el caballero soportaba su soledad con una alegría tolerable y siempre declaraba que «se divertía mucho; aunque los bailes y conciertos fueran necesariamente un poco aburridos para alguien que venía de un buen lugar antiguo como la casa señorial de Warlock, y que no era lo mismo que complacía a las damas jóvenes (pues, para ellas, ese rasgueo y risitas hasta las dos de la mañana podía ser una forma muy bonita de matar el tiempo) y a sus papás».
Lo que aumentó considerablemente la celebridad de Lucy fue la marcada atención y admiración de un hombre de tan alto rango y estilo como lord Mauleverer. Ese personaje, que aún conservaba mucho de una mente y temperamento juveniles, y que era por naturaleza más despreocupado que altivo, mantenía poco o ningún protocolo en su trato con los juerguistas sociales en Bath. No le importaba a dónde iba, con tal de que estuviera en el séquito de la joven belleza; y el noble más exigente de la corte inglesa era visto en cada grupo de segunda o tercera categoría de un gran balneario, el acompañante, el galanteador y a menudo el hazmerreír de la hija de un oscuro y casi insignificante caballero rural. A pesar del honor de un amante tan distinguido, y a pesar de todas las novedades de su situación, la bonita cabeza de Lucy Brandon estaba, sin embargo, perfectamente equilibrada; y en cuanto a su corazón, la única impresión que había recibido jamás fue hecha por aquel huésped errante del rector del pueblo, a quien nunca había vuelto a ver, pero que aún se aferraba a su imaginación, investido no solo con todas las gracias que, por derecho de una persona singularmente hermosa, poseía, sino con aquellas a las que nunca podría aspirar, más peligrosas para su paz por la misma circunstancia de su origen en su fantasía, no en sus méritos.
Ya llevaban algún tiempo en Bath, y el breve respiro de Brandon estaba casi agotado, cuando se anunció un baile público de atracción poco común y múltiple. Iba a ser honrado no solo con la presencia de todas las familias circundantes, sino también con la de la realeza misma; siendo un hecho reconocido que la gente baila mucho mejor y cena mucho más cuando algún pariente de un rey está presente.
—Debo quedarme para este baile, Lucy —dijo Brandon, quien, después de pasar el día con lord Mauleverer, regresó a casa con un humor más alegre de lo habitual—; debo quedarme para este único baile, Lucy, y ser testigo de su triunfo completo, aunque sea necesario dejarla a la mañana siguiente.
—¡Tan pronto! —exclamó Lucy.
—¡Tan pronto! —repitió el tío, con una sonrisa—. ¡Qué buena es usted al hablar así a un viejo valetudinario, cuya compañía debe haberla fatigado hasta la muerte! ¡Vamos, no ponga más excusas! Pero el gran objeto de mi visita a este lugar está cumplido: la he visto, he sido testigo de su debut en el gran mundo, con, podría decir, más que la exultación de un padre, y regreso a mis áridas ocupaciones con la satisfacción de pensar que nuestro antiguo y marchito árbol genealógico ha dado un brote digno de sus días más frescos.
—¡Tío! —dijo Lucy, con tono de reproche, levantando su dedo afilado con una sonrisa pícara, mezclada con un sonrojo, en el que la vanidad de la mujer hablaba, sin que ella misma lo supiera.
—¿Y por qué esa mirada, Lucy? —dijo Brandon.
—Porque... porque... ¡bien, no importa! Usted ha sido criado en ese oficio en el que, como usted mismo dice, los hombres dicen falsedades por otros hasta que pierden toda verdad para sí mismos. Pero hablemos de usted, no de mí; ¿está usted realmente lo suficientemente bien como para dejarnos?
Por simples e incluso frías que las palabras de la pregunta de Lucy, al ser escritas, parezcan, en su boca tomaron un tono tan tierno, tan ansioso, que Brandon, quien no tenía ni amigo, ni esposa, ni hijo, ni nadie en su hogar en quien el interés por su salud o bienestar fuera algo natural, y quien por consiguiente estaba totalmente desacostumbrado al acento de la bondad, se sintió de repente conmovido y afectado.
—Por qué, en verdad, Lucy —dijo él, con una voz menos artificial que aquella con la que solía hablar—, me gustaría seguir aprovechándome de sus cuidados y olvidar mis achaques y dolores en su compañía; pero no puedo: ¡la marea de los acontecimientos, como la de la naturaleza, no espera a nuestro placer!
—¡Pero podemos elegir nuestro propio momento para zarpar! —dijo Lucy.
—¡Ay, esto es lo que pasa por hablar en metáforas! —respondió Brandon, sonriendo—; los que empiezan siempre salen perdiendo. En palabras llanas, querida Lucy, no puedo dedicar más tiempo a mis propias dolencias. Un abogado no puede hacerse el ausente en época de tribunales sin...
—¡Perder unas cuantas guineas! —dijo Lucy, interrumpiéndolo.
—Peor que eso, su práctica y su nombre.
—Mejor eso que la salud y la paz mental.
—¡Fuera con eso, no! —dijo Brandon, rápidamente, y casi con fiereza—. Desperdiciamos toda la lozanía y la médula de nuestra vida en esforzarnos por obtener una esclavitud distinguida; y cuando se consigue, no debemos pensar que una humilde independencia habría sido mejor. Si alguna vez admitimos ese pensamiento, ¡qué tontos, qué pródigos tontos hemos sido! ¡No! —continuó Brandon, tras una pausa momentánea, y en un tono más amable y alegre, aunque no menos característico de la obstinación de voluntad del hombre—, después de perder todos los goces de la juventud y el ocio de la edad adulta, para que en la vejez la mente, la mente conquistadora, se abra paso finalmente hacia las opiniones aplaudidoras de los hombres, sería un ocioso afeminado en verdad si sufriera, mientras sus partes discordantes se mantengan unidas, o mientras tenga el poder de comandar sus miembros, que este cuerpo débil frustrara la labor de su parte mejor y más noble, y comandara aquello a lo que está destinado a servir.
Lucy no sabía mientras escuchaba, mitad con miedo, mitad con admiración, a su singular pariente, que en el mismo momento en que hablaba así, su enfermedad le estaba devorando en uno de sus estados más implacables, sin el poder de arrancarle una sola muestra externa de su tortura. Pero no necesitaba nada para aumentar su lástima y afecto por un hombre que, como consecuencia, quizás, de su superficie ordinaria de propiedades mundanas y frías de temperamento, nunca dejaba de causar una impresión indeleble en todos los que habían visto alguna vez ese temperamento roto por sentimientos más profundos, aunque a menudo más malvados.
—¿Irá usted a la reunión de lady...? —preguntó Brandon, volviendo fácilmente a los temas comunes—. Lord Mauleverer me pidió que se lo preguntara.
—Eso depende de usted y de mi padre.
—Si depende de mí, respondo que sí —dijo Brandon—. Me gusta escuchar a Mauleverer, especialmente entre personas que no le entienden. Hay un sarcasmo refinado y sutil que corre a través de los lugares comunes de su conversación, que corta a los buenos tontos, como la espada invisible en la fábula, que cortaba cabezas sin causar a sus dueños otra sensación que un agradable y autocomplaciente cosquilleo. ¡Qué inconmensurablemente superior es en modales y trato a todos los que encontramos aquí! ¿No le llama la atención?
—Sí... no... no puedo decir que lo haga exactamente —respondió Lucy.
«¿Es esa confusión tierna?», pensó Brandon.
—En una palabra —continuó Lucy—, lord Mauleverer es alguien a quien encuentro agradable sin fascinación, y divertido sin brillantez. Es evidentemente culto en mente y agraciado en modales, y, con todo, la persona más desinteresante que he conocido jamás.
—Las mujeres no han pensado a menudo así —dijo Brandon—. No puedo creer que puedan pensar de otra manera.
Una cierta expresión, participando de desdén, jugó sobre las duras facciones de Brandon. Era un rasgo notable en él que, mientras estaba más ansioso por impresionar a Lucy con una opinión favorable de lord Mauleverer, nunca era capaz de enmascarar del todo cierta satisfacción ante cualquier broma a expensas del conde, o cualquier opinión despectiva sobre su carácter general para agradar al sexo opuesto; y esta satisfacción no bien nacía, era inmediatamente combatida por la contrariedad que sentía porque Lucy no parecía compartir su propio deseo de que ella se convirtiera en la esposa del cortesano. Parecía como si en ese aspecto hubiera una contienda en su mente entre el interés por una parte y el desagrado o desprecio privado por la otra.
—¡Juzga mal a las mujeres! —dijo Brandon—. Las damas nunca se conocen entre sí; de todas las personas, Mauleverer es el mejor calculado para ganárselas, y la experiencia ha demostrado mi afirmación. El destino más orgulloso que conozco para una mujer sería la conquista total de lord Mauleverer; pero es imposible. Él puede ser galante, pero nunca será subyugado. Desafía a todo el mundo femenino, y con justicia e impunidad. Basta de él. Cante para mí, querida Lucy.
El momento para el baile se acercaba; y Lucy, que era una chica encantadora y no tenía nada de ángel, era lo suficientemente aficionada a la alegría, al baile, a la música y a la admiración como para sentir que su corazón latía con fuerza ante la expectativa del evento.
Al fin llegó el día. Brandon cenó solo con Mauleverer, habiendo hecho el arreglo de que él, con el conde, se uniría a su hermano y sobrina en el baile. Mauleverer, que odiaba el protocolo, excepto en grandes ocasiones, cuando ningún hombre lo desplegaba con mejor gracia, nunca permitía que sus sirvientes esperaran en la cena cuando estaba solo o con uno de sus amigos íntimos. Los asistentes permanecían fuera, y eran llamados a voluntad mediante una campanilla colocada junto al anfitrión.
La conversación fue libre.
—Estoy perfectamente seguro, Brandon —dijo Mauleverer—, de que si usted viviera tolerablemente bien, pronto superaría sus quejas nerviosas. Es todo pobreza de sangre, créame. ¿Un poco más de las aletas, eh? ¡No! Oh, maldita sea su abstinencia; ¡es condenadamente poco amistoso comer tan poco! Hablando de aletas y amigos, ¡el cielo me libre de volver a formar una intimidad con un epicúreo pedante, especialmente si hace juegos de palabras!
—¿Por qué, qué tiene que ver un pedante con las aletas?
—Se lo diré... ah, este madeira... Le sugerí a lord Dareville, que se da aires de gourmet, qué cosa tan capital podría ser un plato hecho solo de aletas (aletas de rodaballo). «¡Capital!», dijo él, en un arrebato; «cénelo conmigo mañana». «¡Volontiers!», dije yo. Al día siguiente, después de disfrutar de un agradable ensueño toda la mañana sobre la manera en que el cocinero de Dareville, que no carece de genio, lograría la gran idea, me dirigí puntualmente a mi compromiso. ¿Lo creería? Cuando se retiró la cubierta, el perro sacrílego de un anfitrión había puesto en el plato el *De Finibus* de Cicerón. «¡Ahí hay una obra llena de aletas!», dijo él.
—¡Atroz broma! —exclamó Brandon, solemnemente.
—¿No lo fue? Siempre que los gastrónomos establezcan una inquisición religiosa, confío en que asarán a todo bribón impío que trate el misterio divino con ligereza. ¡Juego de palabras sobre la cocina, en verdad! A propósito de Dareville, va a entrar en la administración.
—¡Me asombra! —dijo Brandon—. Nunca oí eso; no le conozco. Tiene muy poco poder; ¿tiene algún talento?
—Sí, uno muy grande... adquirido, sin embargo.
—¿Cuál es?
—¡Una esposa bonita!
—¡Mi lord! —exclamó Brandon, abruptamente, y medio levantándose de su asiento.
Mauleverer miró hacia arriba apresuradamente, y al ver la expresión del rostro de su compañero se sonrojó profundamente; hubo un silencio por algunos momentos.
—Dígame —dijo Brandon, con indiferencia, sirviéndose verduras, pues rara vez tocaba la carne; y un contraste más divertido apenas puede concebirse que el que existía entre el serio epicureísmo de Mauleverer y el descuidado desprecio hacia el arte sublime manifestado por su huésped—, dígame, usted que necesariamente lo sabe todo, si el gobierno está realmente establecido; si usted va a recibir la Jarretera, y yo (¡note la diferencia!) el cargo de juez.
—Por qué sí, imagino que así se arreglará; es decir, ¡si usted consiente en ahorcar a los bribones en lugar de vivir de los tontos!
—¡Uno puede unir ambas cosas! —respondió Brandon—. Pero creo, en general, que es al revés; porque vivimos de los bribones, y solo los tontos somos capaces de ahorcar. Usted me pregunta si aceptaré el cargo de juez. No lo haría... no, preferiría cortarme la mano —y el abogado habló con gran amargura—, abandonar mi carrera actual, a pesar de todos los obstáculos que ahora la entorpecen, si pensara que este miserable cuerpo me permitiría seguir persiguiéndola por dos años más.
—¡Me horrorizas! —dijo Mauleverer, algo afectado, aunque aplicando, sin embargo, la cayena a su pepino con su habitual y certera delicadeza de tacto—: ¡Me horrorizas!; pero te encuentras considerablemente mejor de lo que estabas.
—No es —continuó Brandon, quien hablaba más para sí mismo que para su amigo—, no es que sea incapaz de vencer el dolor y dominar estos nervios rebeldes; sino que me siento cada vez más débil bajo el esfuerzo continuo de mis fuerzas restantes, y moriré antes de haber logrado la mitad de mis objetivos si no abandono las labores que, literalmente, me están haciendo pedazos.
—Pero —dijo lord Mauleverer, que era el más ocioso de los hombres—, el cargo de juez no es una sinecura fácil.
—No; pero hay menos exigencia para la mente en ese puesto que en el actual —y Brandon hizo una pausa antes de continuar—. Francamente, Mauleverer, no crees que me engañarán..., no crees que pretenden dejarme morir políticamente sin escribir «Resurgam» sobre el escudo mortuorio.
—¡No se atreverían! —dijo Mauleverer, apurando su cuarta copa de madeira.
—Bien, he decidido cambiar de vida —dijo el abogado con un leve suspiro.
—Yo también he decidido cambiar de opinión —terció el conde—. Te diré a qué se me parecen las opiniones.
—¿A qué? —preguntó Brandon, distraído.
—¡A los árboles! —respondió Mauleverer con extravagancia—. Si pueden ser útiles permaneciendo en pie, no te deshagas de una rama; pero cuando alcanzan un tamaño que se vende bien, o siempre que bloqueen una buena vista, ¡córtalos y envíalos lejos por todos los medios! Y ahora, vamos a por el segundo plato.
—Me pregunto —dijo el conde, cuando nuestros notables políticos se quedaron solos de nuevo—, si alguna vez existió un ministro al que le importara un bledo el pueblo; a muchos les importa su partido, pero en cuanto al país...
—¡Todo eso son pamplinas! —añadió el abogado, con más significado que gracia.
—Cierto; todo son pamplinas, como tan sucintamente expresas. ¡El Rey, la Constitución y la Iglesia, para siempre!, lo cual, traducido, significa: primero, influencia del Rey o de la Corona, cargos de juez y ligas; segundo, Constitución, o honorarios para el abogado, puestos para el estadista, leyes para los ricos y leyes de caza para los pobres; tercero, Iglesia, o beneficios para nuestros hijos menores, y miseria para sus vicarios.
—¡Ja, ja! —dijo Brandon, riendo sardónicamente—: ¡Conocemos la naturaleza humana!
—¡Y cómo puede ser embaucada! —dijo el cortesano—. ¡Brindo por tu sobrina; y ojalá no pase mucho tiempo antes de que la saludes como la prometida de tu amigo!
—Prometida, etcétera —dijo Brandon, con una mueca destinada solo a su propia satisfacción—. Pero escúchame, mi querido lord, no estés tan seguro de ella. Es una chica singular y de mayor independencia que la generalidad de las mujeres. No pensará en tu rango y posición al valorarte; solo pensará en su dueño; y perdóname si te sugiero, a ti que conoces tan bien el sexo, un plan que quizá no sea desaconsejable que sigas. No dejes que crea que eres enteramente suyo; despierta sus celos, hiere su orgullo, deja que piense que eres inconquistable y, a menos que no sea como todas las mujeres, querrá conquistarte.
El conde sonrió. —¡Debo arriesgarme! —dijo, con tono confiado.
—¡El viejo cascarrabias! —masculló Brandon entre dientes—: ahora su necedad lo arruinará todo.
—Y eso me recuerda —continuó Mauleverer— que el tiempo vuela y la cena no ha terminado; no nos apresuremos, sino estemos en silencio para disfrutar más. Estas trufas al champán... pruébalas; resucitarían a los muertos.
El abogado sonrió y aceptó el gesto, aunque dejó el manjar intacto; y Mauleverer, cuya alma estaba en su plato, no vio el rechazo desalmado.
Mientras tanto, la joven belleza ya había entrado en el teatro del placer y estaba sentada con el escudero en el extremo superior del salón de baile medio lleno.
Una dama alegre y a la moda de aquella época, perteneciente a ese rango intermedio al que pertenecía la aristocracia de Bath —una de esas personas curiosas que encontramos en las admirables novelas de la señorita Burney, como pertenecientes a la clase de las damas distinguidas—, completaba el trío con nuestra heredera y su padre, y les señalaba por su nombre a los diversos personajes que entraban en los salones. Todavía estaba en plena marea de chismes cuando una sensación inusual se hizo visible en los alrededores de la puerta; tres desconocidos de aire marcado, vestimenta alegre y una actitud que, aunque diferente en cada uno, era en todos igualmente notable por una especie de seguridad «descarada», hicieron su entrada. Uno era de una estatura poco común y poseía una cabellera excesivamente hermosa; otro era de aspecto más tranquilo y sencillo, pero, a pesar de ello, lucía en su rostro una expresión soberbia pero no malhumorada; el tercero era muchos años más joven que sus compañeros, notablemente apuesto de rostro y figura, con un gusto mucho mejor para el vestir y poseedor de unos modales que, aunque poseían la misma soltura, no eran igualmente notables por su insolencia y arrogancia.
—¿Quiénes podrán ser esos? —dijo la amiga de Lucy, con tono asombrado—. Nunca los había visto antes... deben ser grandes personajes... ¡tienen todo el aire de personas de calidad! ¡Dios, qué extraño que no los conozca!
Mientras la buena dama, quien, como todas las buenas damas de esa calaña, pensaba que las personas de calidad tenían aires, lamentaba así su ignorancia sobre los recién llegados, un murmullo general de similar importancia ya circulaba por la sala: «¿Quiénes son?», y la respuesta universal era: «No sé... ¡nunca los había visto antes!».
Nuestros desconocidos no parecían en absoluto disgustados por la evidente e inmediata impresión que habían causado. Permanecieron en la parte más conspicua de la sala, disfrutando entre ellos de una conversación en voz baja, interrumpida frecuentemente por ataques de risa —señales, no hace falta añadir, de su supereminente buena educación. La figura apuestísima del más joven de los desconocidos, y la gracia sencilla y aparentemente inconsciente de sus actitudes, no eran, sin embargo, indignas de la admiración que despertaba; e incluso su risa, por grosera que fuera en realidad, mostraba una dentadura tan deslumbrante y estaba acompañada por unos ojos tan brillantes que, antes de que llevara diez minutos en la sala, apenas había una joven menor de treinta y nueve años que no estuviera dispuesta a enamorarse de él.
Aparentemente despreocupados por los diversos comentarios que llegaban a sus oídos, nuestros desconocidos, después de haber examinado suficientemente desde su posición las bellezas del baile, pasearon brazo en brazo por las salas. Tras haber deambulado por el salón de baile y el de juegos, pasaron por la puerta que conducía al pasillo de entrada y observaron, junto a otros holgazanes, a los recién llegados que subían las escaleras. Aquí los dos desconocidos más jóvenes reanudaron su conversación susurrada, mientras el mayor, que era también el más alto, apoyándose despreocupadamente contra la pared, se ocupó durante unos momentos en pasarse los dedos por el cabello. Al terminar esta ocupación, el estado peculiar de sus puños se impuso a la observación de nuestro caballero quien, después de mirar durante unos instantes una envidiable rasgadura en el volante derecho, masculló unas palabras indistintas, como «el gatillo de esa pistola condenada», y luego se remangó el adorno mutilado con un movimiento particularmente ágil de los dedos de su mano izquierda; al momento siguiente, distraído por un nuevo cuidado, el desconocido aplicó sus dedos a la tarea de arreglar y acariciar un broche espléndidamente notable, engastado en la pechera de una camisa cuya textura tosca formaba un contraste singular con la magnificencia del adorno y la finura del único volante que nuestro Hyperion moderno permitía aparecer bajo la manga de su abrigo color canela. Completados estos pequeños arreglos personales, y tras sacar una deslumbrante tabaquera del confinamiento de un bolsillo lateral, dar tres golpecitos y aligerarla de dos pizcas de su cosquilleante lujo, el desconocido dirigió ahora, con el ojo vigilante de la amistad, una mirada escrutadora al atuendo de sus amigos. Allí todo parecía apto para su examen más estricto, salvo, en realidad, que el desconocido de aspecto soberbio, al haber sacado sus guantes, el forro de su bolsillo —que, además, estaba algo sucio— no había vuelto a su posición interna; el desconocido alto, al ver esta pequeña inelección, introdujo amablemente tres dedos con un rápido y ligero zambullido en el bolsillo de su amigo, y repelió eficazmente la intromisión del forro. El desconocido soberbio, apenas sintió el toque, dio un respingo y susurró a su oficioso compañero:
—¡Cómo! ¡Entre amigos, Ned! Vamos, ten cuidado; reprime tu naturaleza al menos por una noche.
Antes de que el de los rizos sueltos tuviera tiempo de responder, el maestro de ceremonias, que durante los últimos tres minutos había estado observando a los desconocidos a través de su monóculo, se adelantó con una reverencia deslizante; y el apuesto caballero, arrogándose la superioridad y precedencia sobre sus camaradas, fue el primero en devolver la cortesía. Lo hizo con tan buena gracia y una expresión de rostro tan agradable que el censor de reverencias quedó encantado al instante y, con un segundo y más profundo saludo, se anunció a sí mismo y su cargo. —¿Les gustaría bailar, probablemente, caballeros? —preguntó, mirando a cada uno, pero dirigiendo sus palabras al que le había predispuesto.
—Es usted muy amable —dijo el apuesto desconocido—; y, por mi parte, le estaré extremadamente agradecido por el ejercicio de sus funciones en mi nombre. Permítame volver con usted al salón de baile, y allí podré señalarle los objetos de mi especial admiración.
El maestro de ceremonias se inclinó como antes, y él y su nuevo conocido pasearon hacia el salón de baile, seguidos por los dos camaradas de este último.
—¿Lleva mucho tiempo en Bath, señor? —preguntó el monarca de las salas.
—No, de hecho; llegamos solo esta tarde.
—¿Desde Londres?
—No; hicimos un pequeño recorrido por el campo.
—¡Ah! Muy agradable con este buen tiempo.
—Sí; especialmente por las noches.
—¡Oho! ¡Romántico! —pensó el hombre de los bailes, mientras añadía en voz alta—: Vaya, las noches son agradables, y la luna nos es particularmente favorable.
—¡No siempre! —dijo el desconocido.
—Cierto, cierto, la noche anterior a la pasada estuvo oscura; pero, por lo general, seguramente la luna ha estado muy brillante.
El desconocido estaba a punto de responder, pero se contuvo y simplemente inclinó la cabeza como en señal de asentimiento.
—Me pregunto quiénes serán —pensó el maestro de ceremonias—. Dígame, señor —dijo en voz baja—, ¿ese caballero, ese caballero alto, tiene algún parentesco con lord ----------? No puedo dejar de pensar que veo un parecido familiar.
—En absoluto emparentado con su señoría —respondió el desconocido—; pero es de una familia que ha hecho ruido en el mundo; aunque él, al igual que mi otro amigo, es simplemente un plebeyo —subrayando la última palabra.
—Nada, señor, puede ser más respetable que un plebeyo de familia —respondió el cortés señor -------, con una reverencia.
—Estoy de acuerdo con usted, señor —respondió el desconocido con otra—. Pero, ¡cielos! —y el desconocido se sobresaltó; pues en ese momento su ojo captó por primera vez, al fondo de la sala, el rostro joven y brillante de Lucy Brandon—, ¿veo bien, o es la señorita Brandon?
—Es, en efecto, esa encantadora joven —dijo el señor -------—. Le felicito por conocer a alguien tan admirado. Supongo que usted, siendo bendecido con su conocimiento, ¿no necesita la formalidad de mi presentación?
—¡Umph! —dijo el desconocido, con bastante brusquedad y descortesía—. ¡No! ¡Quizá sea mejor que me presente!
—¿Con qué nombre tendré ese honor, señor? —preguntó discretamente el nomenclador.
—¡Clifford! —respondió el desconocido—. ¡Capitán Clifford! Tras esto, el pulcro maestro de ceremonias, abriéndose paso a través de la sala que se llenaba rápidamente, se acercó a Lucy para obedecer la petición del señor Clifford. Mientras tanto, ese caballero, antes de seguir los pasos del espíritu tutelar del lugar, hizo una pausa y dijo a sus amigos, en un tono despreocupado pero no exento de mando: «Escuchad, caballeros; hacedme el favor de ser tan civiles y silenciosos como podáis; y no os impongáis, como tenéis por costumbre, siempre que no veáis oportunidad de concederme ese honor con la menor muestra de propiedad». Dicho esto, y sin esperar respuesta, el señor Clifford se apresuró tras el maestro de ceremonias.
—¡Nuestro amigo se vuelve sumamente imperioso! —dijo Long Ned, a quien nuestros lectores ya han reconocido en el desconocido alto.
—Es el modo de ser de los genios emergentes —respondió el moralizante Augustus Tomlinson—. ¡Supongamos que vamos al salón de juegos y organizamos una partida!
—Bien pensado —dijo Ned, bostezando, cosa que solía hacer mucho en sociedad—; y no deseo nada peor a quienes intenten nuestras partidas que el ser bien desplumados por ellas. Ante este chiste, el Coloso de las Carreteras, mirando hacia el espejo, se pavoneó, brazo en brazo con su compañero, hacia el salón de juegos.
Durante esta breve conversación, la reintroducción del señor Clifford (el desconocido de la rectoría y salvador del doctor Slopperton) ante Lucy Brandon se había llevado a cabo, y la mano de la heredera ya estaba comprometida, según la costumbre de aquel tiempo, para los dos bailes siguientes.
Pasaron unos veinte minutos después de la presentación anterior cuando lord Mauleverer y William Brandon entraron en las salas; y el murmullo apenas había disminuido cuando llegó el personaje real esperado para engalanar la «festiva escena» (como dicen los periódicos de un gran salón con un montón de gente de aspecto miserable en él). Las personas más atractivas de Europa pueden encontrarse entre la familia real de Inglaterra, y el gran personaje que entonces estaba en Bath, a consecuencia de ciertas intrigas políticas, deseaba, en aquel momento especialmente, hacerse tan popular como fuera posible. Tras haber hecho la ronda con las ancianas y asegurarles, como el «Court Journal» asegura a las ancianas hoy en día, que eran «estrellas de la mañana» y «maravillas como cisnes», el príncipe vio a Brandon e inmediatamente le hizo señas con un gesto familiar. El suave pero saturnino abogado se acercó a la presencia real con los modales que lo distinguían particularmente, y que mezclaban en una mezcla nada falta de gracia una especie de rigidez que pasaba entre la multitud por independencia natural, con una insinuación flexible que solía considerarse señal de benevolencia latente. Había algo, de hecho, en el trato de Brandon que siempre complacía a los grandes; y les agradaba tanto más porque, aunque no se aferraba a puntos políticos ociosos, meras diferencias de vista tomadas por un pelo —como una ley de cereales o un proyecto de ley católico, una alteración en la Iglesia o una reforma en el parlamento—, invariablemente hablaba tan como un hombre de honor (excepto cuando estaba con Mauleverer) que su urbanidad parecía apego a los individuos, y sus concesiones al poder, sacrificios de la opinión privada en aras de complacer a sus amigos.
—Me alegra mucho, de verdad —dijo el personaje real—, ver al señor Brandon con mejor aspecto. Nunca estuvo la Corona más necesitada de sus servicios; y si los rumores son ciertos, pronto serán requeridos en otro departamento de su profesión.
Brandon hizo una reverencia y respondió:
—Si le place a su alteza real, siempre estarán a disposición de un rey de quien he experimentado tal bondad, en cualquier capacidad que su Majestad considere apropiada.
—¡Es cierto, entonces! —dijo su alteza real, significativamente—. ¡Le felicito! La tranquila dignidad del estrado debe parecerle un gran cambio después de una carrera tan ocupada e inquieta.
—Me temo que lo sentiré así al principio, su alteza real —respondió Brandon—, porque me gusta incluso el trabajo de mi profesión; y en este momento, cuando estoy en plena práctica, más que nunca... Pero —conteniéndose al instante—, los deseos de su Majestad, y mi satisfacción al cumplirlos, son más que suficientes para eliminar cualquier pesar momentáneo que de otro modo habría sentido al abandonar esas fatigas que ahora se han convertido en una segunda naturaleza para mí.
—Es posible —repuso el príncipe— que su Majestad tomara en consideración el delicado estado de salud que, al igual que el resto del público, lamento ver que los periódicos han atribuido a uno de los adornos más distinguidos del foro.
—Si le place a su alteza real —respondió Brandon, con calma y con una sonrisa que el ojo más penetrante no habría creído la máscara de la agonía que entonces roía sus nervios—, es interés de mis rivales exagerar las pequeñas dolencias de una constitución débil. Agradezco a la Providencia que ahora estoy completamente recuperado; y en ningún momento de mi vida he estado menos imposibilitado para cumplir —en la medida en que mis capacidades nativas y mentales lo permitan— los deberes de cualquier ocupación, por ardua que sea. Es más, como la bestia se acostumbra al molino, así me he casado con el trabajo; e incluso el breve descanso que ahora me he permitido me parece más molesto que placentero.
—Me regocija oírle hablar así —respondió su alteza real, cálidamente—; y confío en que durante muchos años, y —añadió en tono más bajo—, en la cámara más alta del senado, podamos beneficiarnos de su talento. Los tiempos son aquellos en los que ocurren muchas ocasiones que obligan a todos los verdaderos amigos de la Constitución a abandonar empleos menores por ese gran empleo constitucional que nos concierne a todos, al más alto y al más humilde; y —la voz real bajó aún más— me siento justificado al asegurarle que el cargo de juez principal no es considerado por su Majestad como una recompensa suficiente por su generoso sacrificio de la ambición presente ante las dificultades del gobierno.
El orgulloso corazón de Brandon se hinchó, y en ese momento apenas se habrían sentido los dolores más atroces del infierno.
Mientras el aspirante a intrigante estaba así agradablemente ocupado, Mauleverer, deslizándose entre la multitud con esa gracia que encantaba a todos, jóvenes y mayores, y dirigiendo a todos los que conocía algún comentario vivo o afectuoso, se abrió camino hacia los bailarines, entre los que acababa de vislumbrar a Lucy. «Me pregunto —pensó— con quién estará bailando. Espero que sea ese tipo ridículo, Mossop, que cuenta una buena historia contra sí mismo; o ese idiota apuesto, Belmont, que mira sus propias piernas en lugar de parecer no tener ojos para nadie más que para su pareja. Ah, si Tarquino hubiera conocido a las mujeres tan bien como yo, no habría tenido razón para ser rudo con Lucrecia. ¡Es una lástima que la experiencia llegue, en las mujeres como en el mundo, justo cuando empieza a no sernos de utilidad!».
Mientras hacía estas reflexiones morales, Mauleverer llegó hasta los bailarines y contempló a Lucy escuchando, con los ojos bajos y las mejillas que evidentemente se sonrojaban, a un joven a quien Mauleverer reconoció al instante como uno de los tipos más atractivos que jamás había visto. El rostro del desconocido, a pesar de una oscuridad extrema en su tez, era, sin duda, por la gran regularidad de los rasgos, más bien afeminado; pero, por otro lado, su figura, aunque esbelta y elegante, delataba ante un ojo experimentado una proporción extraordinaria de nervio y músculo; e incluso el toque de afeminamiento en el rostro iba acompañado de un aire tan varonil y franco, y estaba tan perfectamente libre de toda presunción o vanidad, que no disminuía en absoluto el efecto atrayente de su apariencia. Un dolor airado y amargo atravesó aquella parte del cuerpo de Mauleverer que el conde consideraba oportuno, a falta de otro nombre, llamar su corazón. «¡Qué condenadamente complacida parece! —masculló—. ¡Por el Cielo! esa mirada furtiva bajo el párpado izquierdo, que cae tan repentinamente como se levanta; y él... ¡ja!, ¡qué firmemente sostiene esa pequeña mano! Creo que lo veo juguetear con ella; y luego la mirada intensa y concentrada del perro... y ella toda sonrojada, aunque no se atreve a mirar hacia arriba para encontrar su mirada, sintiéndola por intuición. ¡Oh, la hipócrita recatada, modesta y vergonzosa! ¡Qué silenciosa está! ¡Puede parlotear lo suficiente conmigo! Daría mi liga prometida si al menos le hablara a él. Habla, habla, ríe, parlotea, solo sonríe, en nombre de Dios, y seré feliz. Pero ese silencio tímido y sonrojado... es insoportable. ¡Gracias al Cielo, el baile ha terminado! ¡Gracias al Cielo, de nuevo! ¡No he sentido tales dolores desde la última pesadilla que tuve tras cenar con su padre!».
Con un rostro lleno de sonrisas, pero con un aire en el que lucía más dignidad de la que habitualmente asumía, Mauleverer se dirigió ahora hacia Lucy, que estaba apoyada en el brazo de su pareja. El conde, que poseía un tacto amplio allí donde su egoísmo consumado no lo deformaba, sabía bien cómo actuar como amante sin caer ridículamente en la locura de parecer el viejo galanteador. Buscaba más bien ser ingenioso que sentimental; y, bajo el ingenio, ocultar al pretendiente.
Habiendo pagado, pues, con una despreocupada galantería sus primeros cumplidos, se enfrascó en una conversación tan animada, entreverada con tantas observaciones ingenuas a la par que palpablemente justas sobre los personajes presentes, que tal vez nunca se había mostrado con mayor brillantez. Al fin, cuando la música estaba a punto de recomenzar, Mauleverer, con una mirada negligente a la pareja de Lucy, dijo: «¿Permitirá ahora la señorita Brandon el agradable deber de conducirla ante su padre?».
«Creo», respondió Lucy, y su voz se volvió repentinamente tímida, «que, según las leyes del salón, estoy comprometida con este caballero para otra danza».
Clifford, en un tono seguro y distendido, respondió afirmativamente.
Mientras hablaba, Mauleverer le honró con un examen más preciso del que hasta entonces le había dedicado; y, existiera o no expresión de desprecio o altanería en dicho examen, fue suficiente para provocar que la sangre de la indignación subiera a las mejillas de Clifford. Devolviéndole la mirada con interés, dijo a Lucy: «Creo, señorita Brandon, que el baile está por comenzar»; y Lucy, obedeciendo la insinuación, dejó al aristocrático Mauleverer con sus propias meditaciones.
En ese momento el maestro de ceremonias pasó haciendo una reverencia, medio temeroso de dirigirse a un personaje tan importante como Mauleverer, pero deseoso de mostrar su respeto mediante la profundidad de su saludo.
«¡Ajá! ¡mi querido señor -------!», dijo el conde, extendiendo ambas manos al Licurgo de los salones; «¿cómo está? ¿Podría informarme, le ruego, quién es ese joven que ahora baila con la señorita Brandon?».
«Es... déjeme ver... ¡oh! es el capitán Clifford, lord. ¡Un joven muy distinguido, lord! ¿Acaso no le ha conocido vuestra señoría?».
«¡Jamás! ¿Quién es? ¿Uno bajo su más especial patrocinio?», dijo el conde, sonriendo.
«¡Ni mucho menos!», respondió el maestro de ceremonias, con una sonrisa de satisfacción; «apenas sé quién es aún; el capitán solo hizo su aparición aquí esta noche por primera vez. Vino con otros dos caballeros... ¡ah! ¡allí están!», y señaló a la atención escrutadora del conde las elegantes figuras del señor Augustus Tomlinson y del señor Ned Pepper, que acababan de salir de las salas de juego. La arrogancia de este último caballero era tan peculiarmente importante que Mauleverer, por muy enfadado que estuviera, apenas pudo evitar reírse. El maestro de ceremonias observó el semblante del conde y comentó que «ese hombre de aspecto distinguido parecía dispuesto a darse aires».
«A juzgar por la apariencia del caballero», dijo el conde, secamente (el rostro de Ned, a decir verdad, denotaba su afición por la botella), «¡imaginaría que está mucho más acostumbrado a darse tragos cumplidos!».
«¡Ah!», prosiguió el arbiter elegantiarum, que no había escuchado la observación de Mauleverer, pronunciada en voz muy baja, «¡ah!, ¡parecen verdaderos petimetres!».
«¡Petimetres!», repitió Mauleverer; «cierto, ¡merceros!». El largo Ned, habiéndose desempeñado aceptablemente en su profesión en la mesa de juego, pensó que se había ganado el derecho a pasearse por los salones y mostrar a las damas de qué pasta estaba hecho un Pepper.
Apoyándose con la mano izquierda en el brazo de Tomlinson, y empleando la derecha en abanicarse furiosamente con su enorme chapeau bras, el larguirucho aventurero avanzaba lentamente, poniendo primero una pierna con desenfado y luego la otra, y lanzando miradas a «las damas» con una especie de aire irlandés, es decir, una mirada entre un guiño y una fijeza.
Liberada de la presencia de Clifford, quien mantenía cierto control sobre sus compañeros, la aparición de Ned se volvió llamativamente conspicua; y, por dondequiera que pasaba, le sucedía un susurro universal.
«¿Quién podrá ser?», dijo la viuda Matemore. «Es una criatura cómica; ¡pero qué cabellera!».
«Por mi parte», respondió la solterona Sneerall, «creo que es un comerciante de telas disfrazado; pues le oí hablar a su compañero de 'cintas'».
«Bien, bien», pensó Mauleverer, «¡no estaría de más buscar a Brandon e insinuarle en qué compañía parece haber caído su sobrina!». Y, pensando así, se deslizó hacia el rincón donde, con un viejo político de cabellos grises, el astuto abogado estaba analizando los asuntos de Europa.
Entretanto, el segundo baile había terminado y Clifford conducía a Lucy a su asiento, cada uno encantado con el otro, cuando se sintió bruscamente tocado en la espalda y, al volverse con alarma —pues tales toques no le eran desconocidos—, vio el semblante imperturbable del largo Ned, con un dedo apoyado sagazmente junto a la nariz.
«¿Qué es esto?», dijo Clifford, entre dientes; «¿no te dije que pusieras ese enorme bulto tuyo lo más lejos posible de mí?».
«¡Hum!», gruñó Ned; «si estas son mis gracias, más vale que me guarde mi amabilidad; pero sabe, muchacho, que el abogado Brandon está aquí, escudriñando entre la multitud en este mismo instante, con el fin de echar un vistazo a esa cara tuya».
«¡Ja!», respondió Clifford, en tono muy rápido; «¡vete, pues! Te encontraré fuera de los salones de inmediato». Clifford se volvió entonces hacia su pareja y, haciendo una profunda reverencia, en realidad para ocultar su rostro de aquellos ojos agudos que una vez lo habían visto en el tribunal del juez Burnflat, dijo: «Confío, señora, en tener el honor de encontrarla de nuevo. ¿Es, si se me permite preguntar, con su célebre tío con quien se aloja, o...».
«Con mi padre», respondió Lucy, completando la frase que Clifford había dejado inacabada; «pero mi tío ha estado con nosotros, aunque me temo que nos deja mañana».
Los ojos de Clifford brillaron; no respondió, pero haciendo otra reverencia, retrocedió hacia la multitud y desapareció. Varias veces esa noche, los ojos más brillantes de Somersetshire vagaron ansiosos por los salones en busca de nuestro héroe; pero no fue visto más.
Fue en las escaleras donde Clifford se encontró con sus camaradas; tomando a cada uno del brazo, llegó a la puerta sin novedad digna de mención, salvo que, al ser retenido por la multitud durante unos instantes, el moralizante Augustus Tomlinson, quien honraba a los whigs moderados inscribiéndose entre sus filas, tomó, pour passer le temps, un alto bastón con empuñadura de oro y, pesándolo sobre su dedo con aire pensativo, dijo: «¡Ay! entre nuestros partidarios a menudo encontramos cabezas tan pesadas, ¡pero de qué metal tan diferente!». La multitud permitió entonces el paso, y Augustus se alejaba con sus compañeros, portando inconscientemente, en ese absentismo mental característico de los filósofos, el objeto áureo de su reflexión, cuando un lacayo señorial, acercándose a él, dijo: «¡Señor, mi bastón!».
«¡Bastón, individuo!», dijo Tomlinson. «¡Ah, estoy tan distraído! Aquí está tu bastón. ¡Pensar que me llevaba el bastón del hombre, Ned! ¡Ja, ja!».
«¡Distraído, ciertamente!», gruñó un cochero experto, observando las figuras que se alejaban de los tres caballeros; «¡por mi vida! ¡pero era el bastón el que estaba a punto de estar ausente!».
CAPÍTULO XVI.
Whackum. ¡Mis queridos bribones, queridos muchachos, Bluster y Dingboy! ¡sois los más valientes que jamás hayan patrullado! —SHADWELL: Scourers.
Catón, el tesalio, solía decir que algunas cosas pueden hacerse injustamente, que muchas cosas pueden hacerse justamente. —LORD BACON (siendo una justificación de toda vileza).
Aunque nuestros tres dignos personajes habían tomado un espléndido alojamiento en Milsom Street, que, para complacer a Ned, estaba sobre una peluquería, sin embargo, en lugar de regresar allí, o dirigirse a las tabernas que pudieran parecer más adecuadas a su estilo y vestimenta, se alejaron de inmediato de las partes alegres de la ciudad y no se detuvieron hasta llegar a una taberna de aspecto miserable en un suburbio remoto.
La puerta les fue abierta por una señora mayor; y Clifford, entrando antes que sus compañeros en una estancia en la parte trasera de la casa, preguntó si los otros caballeros habían llegado ya.
«No», respondió la dama. «El viejo señor Bags entró hace unos diez minutos; pero al oír que se podía hacer más trabajo, volvió a salir».
«¡Trae el licor y las pipas, vieja bruja!», gritó Ned, arrojándose en un banco; «¡nunca nos faltará compañía!».
«Tú, ciertamente, nunca puedes carecer de ella, pues siempre estás inseparablemente unido al objeto de tu admiración», dijo Tomlinson, secamente, tomando un viejo periódico. Ned, que aunque colérico, era un tipo excelente y podía soportar una broma sobre sí mismo, sonrió y, sacando un pequeño par de tijeras, comenzó a cortarse las uñas.
«Que me maldigan», dijo, tras un silencio momentáneo, «si esto no es endiabladamente más placentero que hacer el papel de gran caballero en ese gran salón, ¡con una rosa en el ojal! ¿Qué dices, maestro Lovett?».
Clifford (como en adelante, a pesar de sus otros alias, denominaremos a nuestro héroe), quien se había arrojado de largo sobre un banco en el extremo opuesto de la habitación y que parecía sumido en una hosca ensoñación, levantó la vista por un momento y luego, girándose y presentando la parte dorsal de su cuerpo al largo Ned, murmuró: «¡Pez!».
«¡Escucha, maestro Lovett!», dijo el largo Ned, ruborizándose. «No sé qué te ha ocurrido últimamente; pero quisiera que aprendieras que los caballeros tienen derecho a la cortesía y al comportamiento educado; y así, ya ves, si te pones altanero conmigo, ¡que me corten las extremidades si no obtengo satisfacción!».
«¡Chist, hombre! estate tranquilo», dijo Tomlinson, filosóficamente, apagando las velas—.
«'Para que los compañeros se peleen, Es extremadamente inmoral'.»
«¿No ves que el capitán está en una ensoñación? ¿Qué buen hombre ama ser interrumpido en sus meditaciones? ¡Ni siquiera Alfredo el Grande pudo soportarlo! ¡Quizás en este momento, con la verdadera ansiedad de un digno jefe, el capitán esté tramando algo para nuestro bienestar!».
«¡Capitán, de veras!», murmuró el largo Ned, lanzando una mirada iracunda a Clifford, quien no se había dignado prestar atención a la amenaza del señor Pepper; «por mi parte, no alcanzo a concebir qué nos ocurrió cuando elegimos a este brote verde de la horca como nuestro capitán del distrito. Ciertamente, lo hizo muy bien al principio, y aquel robo al viejo lord no estuvo mal planeado; pero últimamente...».
«No, no», dijo Augustus, interrumpiendo al gigantesco gruñón; «la naturaleza del hombre es propensa al descontento. Reconoce que nuestro actual designio de presentar al alegre Lothario y probar fortuna en Bath para conseguir una heredera se debe tanto a la prontitud de Lovett como a nuestra invención».
«¿Y qué bien vendrá de ello?», respondió Ned, mientras encendía su pipa; «respóndeme a eso. ¿No iba yo vestido tan fino como un lord, y no caminé tres veces de arriba abajo por ese gran salón sin haber sacado ni una pizca de provecho?».
«¡Ah! pero no sabes cuántas conquistas secretas puedes haber hecho. No puedes ganar un premio solo con mirarlo».
«¡Hum!», gruñó Ned, dedicándose descontento a la joven existencia de su pipa.
«En cuanto a la pareja del capitán», renovó Tomlinson, que se deleitaba maliciosamente en excitar los celos del apuesto «recaudador de impuestos» —pues esa era la designación con la que Augustus creía apropiado llamar a sí mismo y a sus compañeros—, «me haré Tory si no está ya medio enamorada de él; ¿y escuchaste al viejo caballero que se unió a nuestra partida de cartas decir qué buena fortuna tenía? Vaya, Ned, es una suerte para nosotros dos que hayamos acordado compartir nuestras especulaciones matrimoniales; me imagino que el digno capitán pensará que es un mal negocio para él».
«No estoy tan seguro de eso, señor Tomlinson», dijo el largo Ned, mirando con acritud a su camarada. «Algunas mujeres pueden ser atrapadas por un cutis suave y unos modales vistosos; pero la verdadera belleza masculina —ojos, color y cabello—, señor Tomlinson, debe prevalecer finalmente; así que pásame el brandy y deja tu parloteo».
«Bien, bien», dijo Tomlinson, «propondré un brindis: '¡La chica más bonita de Inglaterra!', ¡y esa es la señorita Brandon!».
«¡Usted no hará tal brindis, señor!», dijo Clifford, levantándose del banco. «¿Qué diablos es la señorita Brandon para usted? Y ahora, Ned», viendo que el alto héroe lo miraba con aspecto desfavorable, «aquí está mi mano; perdóname si fui descortés. Tomlinson te dirá, en una máxima, que los hombres son cambiantes. ¡Por tu salud; y no será culpa mía, caballeros, si no tenemos una velada alegre!».
Este discurso, corto como fue, recibió grandes aplausos de los dos amigos; y Clifford, como presidente, se situó en un enorme sillón a la cabecera de la mesa. Apenas había asumido esta dignidad, cuando la puerta se abrió y media docena de los confederados caballeros entró algo ruidosamente en la estancia.
«Suavemente, suavemente, messieurs», dijo el presidente, recuperando toda su alegría constitucional, aunque mezclándola con un cierto comando negligente, «¡respeto a la silla, por favor! ¡Es el proceder en todas las asambleas donde la bolsa pública es materia de interés deferente!».
«¡Escuchadle!», gritó Tomlinson.
«¿Qué, mi viejo amigo Bags!», dijo el presidente; «no has venido con las manos vacías, lo juraría; ¡tu rostro honesto es como la tabla de contenidos de las cosas buenas en tus bolsillos!».
«¡Ah, capitán Clifford!», dijo el veterano, gimiendo y sacudiendo su venerable cabeza, «he visto días en los que no había un muchacho en Inglaterra que robase tan generosamente, tan exhaustivamente, como yo lo hacía. Pero, como dice el Rey Lear en Common Garden, '¡soy viejo ahora!'».
«Pero tu celo es tan juvenil como siempre, mi buen amigo», dijo el capitán, con tono conciliador; «y si no desplumas al público tan minuciosamente como hasta ahora, no es por falta de inclinaciones».
«¡No, eso no!», gritaron los «recaudadores de impuestos» unánimemente.
«Y si alguna vez hay que vaciar un bolsillo de forma ordenada, silenciosa y eficaz», añadió el elogioso Clifford, «¡no conozco hasta el día de hoy, en todos los tres reinos, unos dedos más ordenados, silenciosos y efectivos que los del viejo Bags!».
El veterano hizo una reverencia de rechazo y tomó su asiento entre los sinceros buenos deseos de toda la asamblea.
«Y ahora, caballeros», dijo Clifford, tan pronto como los juerguistas se hubieron provisto de sus habituales lujos, potables y fumables, «oigamos vuestras aventuras y regocijemos nuestros ojos con su producto. El galante Attie comenzará; pero primero, un brindis: '¡Que los que saltan de un seto nunca salten de un árbol!'».
Siendo bebido este brindis con entusiasmo, el luchador Attie comenzó el recital de su pequeña historia.
«Veis, Capitán», dijo, poniéndose en posición marcial y mirando a Clifford directamente a la cara, «que no soy adicto a mucho parloteo. Mucho ruido y pocas nueces es mi lema. A las diez de la mañana vi al enemigo, en la forma de un Doctor en Divinidad. '¡Que me vuelen!', le digo al viejo Bags, '¡pero me encargaré de su reverencia!'. '¡Que me vuelen!', dice el viejo Bags, 'pero no lo harás; nos harán colgar si tocas a la Iglesia'. '¡Mi abuela!', digo yo. Bags se lo cuenta a los colegas, todos alborotados por ello, ¿qué me importa a mí? Me pongo un traje decente y voy al doctor como un soldado decrépito que suministra a las tiendas en el ramo de la tornería. Su reverencia, un perro gordo y alegre como nunca viste, estaba cenando un buen cerdo asado; así que le digo que tengo algunas gangas en casa para él. ¡Que me parta un rayo si el doctor no pensó que había conseguido un premio!; así que se pone sus botas y viene conmigo a mi casa. Pero cuando lo meto en un callejón, saco mis cacharros. 'Ríndase, Doctor', digo; 'otros deben compartir los bienes de la Iglesia ahora'. No tienes idea del alboroto que armó; pero hice el trabajo, y ahí se acaba».
«¡Bravo, Attie!», gritó Clifford; y la palabra resonó alrededor de la mesa. Attie puso una bolsa sobre la mesa y el siguiente caballero fue llamado a confesión.
«No sirve, no aprovecha», gentilísimo lector, registrar cada una de las narraciones que siguieron unas a otras. El viejo Bags, en especial, preservó su bien ganada reputación vaciando seis bolsillos, que habían sido llenados con toda descripción posible de pequeños objetos de valor. Campesino y príncipe parecían haber caído por igual bajo sus manos; y quizás el buen viejo había hecho en la ciudad más por lograr una igualdad de bienes entre los diferentes rangos que todos los reformadores, desde Cornwall hasta Carlisle. Sin embargo, tan agudo era su apetito por el deporte que el veterano apropiador estalló en lágrimas por no haber «robado más».
«Amo un entusiasmo de corazón cálido», gritó Clifford, manejando los bienes muebles mientras contemplaba amorosamente al antiguo ladrón. «¡Que los nuevos casos nunca nos hagan olvidar al viejo Bags!».
Tan pronto como este «sentimiento» fue debidamente bebido, y el señor Bagshot hubo secado sus lágrimas y aplicado a su bebida favorita, que, por cierto, era «ruina azul», tuvo lugar la labor de división. La discreción e imparcialidad del capitán en esta ardua parte de su deber atrajo la admiración universal; y habiendo cada caballero guardado cuidadosamente su parte, el juvenil presidente carraspeó tres veces, y la sociedad se dio cuenta de un discurso pretendido.
«¡Caballeros!», comenzó Clifford —y su principal apoyo, el sapiente Augustus, gritó: «¡Escuchad!»—, «caballeros, todos sabéis que cuando hace algunos meses tuvisteis a bien, en parte por instigación del caballero George —¡que Dios le bendiga!—, en parte por la exagerada buena opinión expresada de mí por mis amigos, elegirme para el alto honor del mando de este distrito, yo mismo no estaba en absoluto ambicioso de asumir ese rango, que sabía bien estaba mucho más allá de mis méritos, y esa responsabilidad que sabía con igual certeza era demasiado pesada para mis fuerzas. Vuestras voces, sin embargo, anularon las mías; y como el señor Muddlepud, el gran metafísico, en ese excelente periódico, 'The Asinaeum', solía observar, 'las susceptibilidades, innatas, extensibles, incomprensibles y eternas', existentes en mi pecho, eran infinitamente más poderosas que las sugerencias superficiales de la razón, esa cosa ridícula que todos los hombres sabios y juiciosos asineanos sofocan sedulosamente».
«¡Que la peste se lleve al hombre! ¿de qué está hablando?», dijo el largo Ned, que ya hemos visto era de temperamento envidioso, en un susurro al viejo Bags. El viejo Bags sacudió la cabeza.
«En una palabra, caballeros», renovó Clifford, «vuestra amabilidad me superó; y a pesar de mis inclinaciones más frías, acepté vuestra halagadora propuesta. Desde entonces he intentado, en la medida de lo que he podido, promover vuestros intereses; he mantenido un ojo vigilante sobre todos mis vecinos; he establecido numerosos corresponsales de condado en condado; y nuestros esfuerzos se han llevado a cabo con una prontitud que ha asegurado el éxito.
«Caballeros, no deseo presumir; pero en estas noches de reuniones periódicas, cuando cada trimestre nos lleva a ir a medias, cuando nos reunimos en privado para discutir los asuntos del público, mostrar nuestras ganancias, por así decirlo, en consejo privado, y dividirlas amigablemente, como si fuera en el Gabinete ['¡Escuchad! ¡escuchad!' de parte del señor Tomlinson], es costumbre que vuestro capitán, por el tiempo que sea, os recuerde sus servicios, solicite vuestro perdón por sus deficiencias y vuestros buenos deseos para sus futuros esfuerzos. Caballeros, ¿se ha dicho alguna vez de Paul Lovett que oyera hablar de un premio y olvidara contaros sus noticias? ['¡Nunca! ¡nunca!', vítores fuertes]. ¿Se ha dicho alguna vez de él que envió a otros a apoderarse del botín, y se quedó en casa para pensar cómo debería gastarse? ['¡No! ¡no!', vítores repetidos]. ¿Se ha dicho alguna vez de él que tomó una parte menor a la que le correspondía de vuestro peligro, y más de vuestras guineas? [Gritos en negativo, acompañados de vehementes aplausos]. Caballeros, os agradezco estos halagadores y audibles testimonios a mi favor; pero los puntos sobre los que me he detenido, por necesarios que sean para mi honor, probarían poco a favor de mis méritos; podrían ser dignos de mención en vuestro camarada, pero exigís deberes más sutiles en vuestro jefe. Caballeros, ¿se ha dicho alguna vez de Paul Lovett que envió a hombres valientes a esperanzas desesperadas; que arriesgó vuestras propias cabezas por intentos temerarios en la adquisición de retratos del Rey Jorge; que el celo, en suma, era mayor en él que la cautela, o que su amor a una guinea le hizo alguna vez negligente de vuestra justa aversión a una cárcel?» [Vítores unánimes].
«Caballeros, desde que he tenido el honor de presidir vuestro bienestar, ¡la Fortuna, que favorece a los audaces, no ha sido despiadada con vosotros! Sin embargo, tres de nuestros compañeros han faltado a nuestras pacíficas festividades. A uno, caballeros, yo mismo lo expulsé de nuestro cuerpo por prácticas impropias de un caballero; se dedicaba a robar pañuelos de los bolsillos; era un empleo vulgar. Algunos de vosotros, caballeros, habéis hecho lo mismo por diversión; Jack Littlefork lo hacía por ocupación. Le reprendí en público y en privado; el señor Pepper dejó de frecuentarlo; el señor Tomlinson le leyó un ensayo sobre la verdadera grandeza de alma: todo fue en vano. Fue castigado por la turba por el robo de un pañuelo de seda. Había tolerado la falta, pero el ser descubierto fue imperdonable; lo expulsé. ¿Quién aquí es tan vil como para ser un ratero de pañuelos? ¡Si hay alguno, que hable; pues a él he ofendido! ¿Quién aquí es tan grosero como para no querer ser un caballero? ¡Si hay alguno, que hable; pues a él he ofendido! ¡Hago una pausa para una respuesta! ¡Qué, ninguno! Entonces a ninguno he ofendido». [Vítores ruidosos]. «Caballeros, puedo añadir sinceramente que no he hecho más con Jack Littlefork de lo que deberíais hacer vosotros con Paul Lovett. La siguiente vacante en nuestras filas fue causada por la pérdida de Patrick Blunderbull. Sabéis, caballeros, los vehementes esfuerzos que hice para salvar a esa criatura descarriada, a quien me esforcé no menos seriamente en instruir. Pero eligió estafar bajo el nombre de "Honorable Capitán Smico"; la nobleza le desmintió de inmediato; su caso era de agravante, y era tan notablemente feo que "no despertó interés alguno". Nos dejó por un exilio extranjero; y si como hombre le lamento, os confieso, caballeros, que como "recaudador de impuestos" me consuelo fácilmente».
«Nuestra tercera pérdida debe estar fresca en vuestra memoria. ¡Peter Popwell, tan valiente como el que más, ya no está entre nosotros!» [Un movimiento en la asamblea]. «¡La paz sea con él! Murió en el campo de batalla; abatido por un coronel escocés, a quien el pobre Popwell pensó robar algo con una pistola vacía. Su memoria, caballeros... ¡en solemne silencio!»
«Estos conforman el catálogo de nuestras pérdidas», reanudó el joven jefe, tan pronto como la «copa roja hubo coronado la memoria» de Peter Popwell; «me enorgullece, incluso en el dolor, pensar que la culpa de esas pérdidas no recae en mí. Y ahora, amigos y seguidores. ¡Caballeros del Camino, de la Calle, del Teatro y de la Tienda! ¡Pícaros, Salteadores y Escuderos de la Cruz! De acuerdo con las leyes de nuestra Sociedad, renuncio en vuestras manos a ese poder que durante dos trimestres habéis confiado al mío, dispuesto a hundirme en vuestras filas como un camarada, y no reacio a renunciar al penoso honor que he llevado; llevado con mucha debilidad, es cierto, pero al menos con un sincero deseo de servir a esa causa que me habéis confiado».
Dicho esto, el capitán descendió de su silla en medio del aplauso más estruendoso; y tan pronto como la primera ráfaga hubo disminuido parcialmente, Augustus Tomlinson, levantándose con una mano en el bolsillo de su calzón y la otra extendida, dijo:
«Caballeros, propongo que Paul Lovett sea elegido de nuevo como nuestro capitán para el próximo período de tres meses». [Vítores ensordecedores]. «Mucho podría decir sobre sus méritos sobresalientes; pero ¿por qué insistir en lo que es evidente? ¡La vida es corta! ¿Por qué los discursos deberían ser largos? Nuestras vidas, tal vez, son más cortas que las vidas de otros hombres; ¿por qué nuestras arengas no han de ser de una brevedad adecuada? Caballeros, no diré más que una palabra en favor de mi excelente amigo... ¿de mí, digo? Sí, de mí, de vosotros. ¡Es amigo de todos nosotros! Un primer ministro no es más útil para sus seguidores ni más gravoso para el público de lo que me enorgullece decir que es... Paul Lovett». [Aplausos ruidosos]. «Lo que argumentaré en su favor es simplemente esto: el hombre a quien partes opuestas se unen en alabar debe tener un mérito supereminente. De todos vuestros compañeros, caballeros, Paul Lovett es el único hombre que puede reclamar tal mérito». [Aplausos]. «Todos sabéis, caballeros, que nuestro cuerpo ha estado dividido durante mucho tiempo en dos facciones, cada una celosa de la otra, cada una deseosa de ascendencia y cada una emulando cuál pondrá la mayor cantidad de dedos en el pastel público. En el lenguaje de los vulgares, a una facción se la llamaría "estafadores" y a la otra "salteadores de caminos". Yo, caballeros, que soy aficionado a encontrar nuevos nombres para las cosas y para las personas, y que soy un poco político, llamo a unos Whigs y a los otros Tories». [Vítores clamorosos]. «Del primer grupo soy considerado un miembro nada influyente; de la segunda facción, el señor Bags es justamente considerado el adorno más brillante. Del señor Attie y del señor Edward Pepper apenas se puede decir que pertenezcan enteramente a uno u otro; unen las buenas cualidades de ambos. "Compuestos británicos", los llaman algunos; ¡yo los llamo Aristócratas Liberales!» [Vítores]. «Ahora os pido a todos, Whig o Estafador, Tory o Salteador, "Compuestos Británicos" o Aristócratas Liberales... os pido a todos que me nombréis a un hombre a quien todos estéis de acuerdo en elegir».
Todos: «¡Lovett para siempre!»
«Caballeros», continuó el sagaz Augustus, «ese grito es suficiente; sin una palabra más, propongo, como vuestro capitán, al señor Paul Lovett».
«¡Y yo secundo la moción!», dijo el viejo señor Bags.
Nuestro héroe, siendo ahora restaurado a la silla de mando por el aplauso unánime de sus confederados, dio las gracias en un pulcro discurso; y Scarlet Jem declaró, con gran solemnidad, que hacía igual honor a su cabeza que a su corazón.
Una vez calmados los truenos de la elocuencia, los relámpagos, o, como dicen los vulgares, los vasos de ginebra, brillaron por doquier. El buen viejo señor Bags se mantuvo, sin embargo, fiel a su aguardiente, y Attie a la botella de bingo; algunos, entre los que estaban Clifford y el sabio Augustus, pidieron vino; y Clifford, quien se esforzó al máximo en apoyar los alegres deberes de su cargo, se aseguró de que la canción variara los placeres de la copa. De las canciones solo hemos podido conservar dos. La primera es de Long Ned; y aunque confesamos que vemos poco en ella, sin embargo (quizás por alguna alusión familiar u otra con la que necesariamente no estamos familiarizados) produjo una sensación prodigiosa. Decía así:
LA RECETA DEL PÍCARO
Para hacer de un necio honesto un pícaro, tan grande como se pueda ver, señor, a dos pícaros curtidos debes tomar primero, y luego poner a tu necio en medio, señor.
La virtud es un gallo de corral, avergonzado de sí mismo cuando se empareja con los de pelea; y los elefantes más salvajes son domados si se les mete entre dos domesticados.
La otra efusión con la que tenemos el honor de favorecer a nuestros lectores es un dúo muy divertido que tuvo lugar entre Fighting Attie y un ladrón alto y delgado, quien era un tipo peligroso en las turbas y, por lo tanto, era llamado Mobbing Francis; fue comenzado por este último:
MOBBING FRANCIS:
¡El mejor de todos los ladrones que jamás he conocido es el audaz Fighting Attie, el orgullo del camino! Fighting Attie, mi héroe, te vi hoy apoderarte de un bolso lleno de monedas de oro; y como, justo en este momento, estoy bajo de fondos, me pediré prestada una libra, si te place. ¡Oh, audaz Fighting Attie, el experto, el elegante, por todos nosotros debe confesarse, aunque tus tenderos y ladronzuelos sean buenos rateros, un soldado es siempre el mejor!
FIGHTING ATTIE:
Cierra el pico, quieres engañarme. ¿Prestarte mis libras? Ni una, por Dickey.
MOBBING FRANCIS:
¡Oh, qué bestia es un rufián tacaño, que arrebata y agarra todo para sí mismo! Maldita sea, viejo, te daré un golpe, ya que no quieres darme una pizca de la plata. No tienes corazón para la angustia general, no te importa un comino si nuestra partida cae, y si Scarlet Jem no fuera bueno en un aprieto, ¡por Dios, pronto se acabaría todo para todos nosotros! Oh, Scarlet Jem, él es confiable y esbelto, como su peluca a su cabeza, se le pega su conciencia; pero juro que desprecio al tipo que valora más sus propios fines que el fondo popular, señor; y el soldado que despoja para sí y para sus compinches, debería ser despojado como un traidor él mismo en el cadalso, señor.
La severa respuesta de Mobbing Francis no inmutó en lo más mínimo la calma constitucional de Fighting Attie; pero el cauteloso Clifford, viendo que Francis había perdido los estribos y vigilante ante el menor signo de perturbación entre la compañía, pidió al instante otra canción, y Mobbing Francis, malhumorado, derribó al viejo Bags.
La noche estaba muy avanzada, y también lo estaban los sentidos de los honestos recaudadores de impuestos, cuando el presidente ordenó silencio, y los comensales supieron que su jefe estaba a punto de impartir las órdenes para el período siguiente. Nada podría estar mejor calculado que tales instrucciones: durante la alegría y antes del olvido.
«Caballeros», dijo el capitán, «impartiré ahora, con vuestro permiso, todos los planes que he formado para cada uno. Tú, Attie, te dirigirás a Londres: que el camino de Windsor y los alrededores de Pimlico sean tu especial cuidado. Atiende, héroe mío, a estas cartas; te informarán de mucho trabajo. No necesito advertirte sobre el silencio. Como la ostra, nunca abres la boca sino para algo. Honesto viejo Bags, un rico ganadero estará en Smithfield el jueves; su nombre es Hodges, y tendrá algo así como mil libras en su bolsa. Es ingenuo, novato y avaricioso; ofrécete a ayudarle a defraudar a sus vecinos en un trato, y no ceses hasta que hayas hecho con él lo que él deseaba hacer a otros. Sé, excelente viejo, como el pez sapo, que pesca otros peces con dos cuernos que parecen cebos; ¡la presa se lanza a los cuernos y va a parar a la garganta en un instante! Para ti, queridísimo Jem, estas cartas anuncian un premio: gordo es el párroco Pliant; llena está su bolsa; y cabalga de Henley a Oxford el viernes... ¡no necesito decir más! En cuanto al resto de vosotros, caballeros, en este papel veréis fijados vuestros destinos. Os garantizo que encontraréis suficiente trabajo hasta que nos volvamos a ver dentro de tres meses. Yo mismo, Augustus Tomlinson y Ned Pepper permanecemos en Bath; tenemos asuntos entre manos, caballeros, de suma importancia; si por accidente nos encontráis, nunca nos reconozcáis... estamos de incógnito; apuntando a gran caza, y poniéndonos plumas de halcón para hacerlo con estilo... ya me entendéis; pero este accidente difícilmente puede ocurrir, pues ninguno de vosotros permanecerá en Bath; para mañana por la noche, que el camino os reciba. Y ahora, caballeros, apresurad el vaso, y os daré un brindis a modo de espuela para él:
"¡Mucho más dulce que la miel es el dinero de otros hombres!"»
La máxima de nuestro héroe fue recibida con todo el entusiasmo que las perogrulladas agradables suelen crear. Y el viejo señor Bags se levantó para dirigirse a la presidencia; desgraciadamente para la edificación de la audiencia, el pie del veterano resbaló antes de que hubiera avanzado más allá de «Señor Presidente»; cayó a la tierra con una especie de tambaleo:
«¡Como estrellas fugaces cayó para no levantarse más!»
Su cuerpo se convirtió en un excelente reposapiés para el lujoso Pepper. Ahora, Augustus Tomlinson y Clifford, intercambiando miradas, hicieron todo lo posible por promover la hilaridad de la velada; y antes de que hubiera sonado la tercera hora de la mañana, tuvieron la satisfacción de presenciar los efectos de sus benevolentes labores en las formas postradas de todos sus compañeros. Long Ned, naturalmente más capaz que el resto, sucumbió el último.
«Como las hojas de los árboles», dijo el presidente, agitando su mano,
«"Como las hojas de los árboles se encuentra la raza de los hombres, ahora fresca con el rocío, ahora marchitándose en el suelo"».
«Bien dicho, mi Héctor de los Caminos», gritó Tomlinson; y luego, sirviéndose vino mientras empleaba sus piernas para retirar las formas supinas de Scarlet Jem y Long Ned, continuó la cita homérica, con un tono pomposo y autocomplaciente:
«"¡Así florecen estos cuando aquellos han pasado!"»
«Conseguimos deshacernos de nuestros amigos», comenzó Clifford...
«Como Whigs en el poder», interrumpió el político.
«Correcto, Tomlinson, gracias a las propiedades más suaves de nuestra bebida, y tal vez a las cualidades más fuertes de nuestras cabezas; y ahora dime, amigo mío, ¿qué piensas de nuestra probabilidad de éxito? ¿Atraparemos a una heredera o no?»
«Bueno, realmente», dijo Tomlinson, «las mujeres son como esos cálculos en aritmética que uno nunca puede llevar a una cuenta exacta; por mi parte, me rellenaré las pantorrillas y buscaré una viuda. Tú, buen amigo, pareces tener una oportunidad justa con la señorita...»
«¡Oh, no la nombres!», gritó Clifford, sonrojándose incluso a través del rubor que el vino había extendido sobre su rostro. «Las nuestras no son los labios por los que debería pronunciarse su nombre; y, a decir verdad, cuando pienso en ella, lo hago de forma anónima».
«¿Qué, has pensado en ella antes de esta noche?»
«Sí, durante meses», respondió Clifford. «Recuerdas hace algún tiempo, cuando formamos el plan para robar a Lord Mauleverer, cómo, más por broma que por beneficio, robaste al doctor Slopperton, de Warlock, mientras yo acompañaba compasivamente a casa al anciano caballero. Bueno, en la casa del párroco conocí a la señorita Brandon... recuerda, si hablo de ella por su nombre, tú no debes hacerlo; y, por el Cielo... pero no juraré. La acompañé a casa. Sabes que antes del amanecer robamos a Lord Mauleverer; el asunto hizo ruido, y temí ponerlos a todos en peligro si aparecía en las cercanías del robo. Desde entonces, los negocios desviaron mis pensamientos; formamos el plan de intentar una especulación matrimonial en Bath. Vine aquí... adivina mi sorpresa al verla...»
«Y tu deleite», añadió Tomlinson, «al oír que es tan rica como bonita».
«¡No!», respondió Clifford rápidamente; «ese pensamiento no me da placer. Te quedas mirando. Intentaré explicarlo. Sabes, querido Tomlinson, que no soy mucho de sermones, y sin embargo mi corazón se encoge cuando miro ese rostro inocente, y oigo esa voz suave y feliz, y pienso que mi amor por ella solo puede ser ruina y desgracia; es más, que mi mismo trato es una contaminación, y mi misma mirada hacia ella un insulto».
«¡Qué cosas!», dijo Tomlinson; «¿has estado bajo mis instrucciones y has aprendido el verdadero valor de las palabras, y puedes tener algún escrúpulo en un punto de conciencia tan fácil? Es cierto, puedes llamar engaño a representarte ante ella como un caballero sin profesión y así ganar su afecto; pero ¿por qué llamarlo engaño cuando genio para la intriga es una frase mucho más elegante? Del mismo modo, al casarte con la joven, si dices que la has arruinado, mereces justamente ser aniquilado; pero ¿por qué no decir que te has salvado a ti mismo, y entonces, querido amigo, habrás hecho la cosa más justificable del mundo?»
«¡Bah, hombre!», dijo Clifford, molesto; «¡nada de tus sofismas y burlas!»
«¡Por el alma de Sir Edward Coke, hablo en serio! Pero mira, amigo mío, este no es un asunto donde sea conveniente tener una conciencia sensible. Ves a estos tipos en el suelo, todos condenadamente listos, etcétera; pero tú y yo somos de otro orden. He tenido una educación clásica, he visto mundo y me he mezclado en sociedad decente; tú también, no llevabas mucho tiempo siendo miembro de nuestro club antes de distinguirte por encima de todos nosotros. La fortuna sonrió a tu audacia juvenil. Te volviste particular en los caballos y en la ropa, frecuentaste lugares públicos y, siendo un tipo condenadamente apuesto, con un aire innato de gentileza y algún tipo de educación, llegaste a ser lo suficientemente bien recibido como para adquirir en poco tiempo los modales y el tono de un... ¿qué diré?... un caballero, y el gusto por buscar asociados adecuados. ¡Este es también mi caso! A pesar de nuestras labores por el bienestar público, los perros desagradecidos ven que estamos por encima de ellos; un solo pecho envidioso es suficiente para entregarnos al verdugo. Hemos acordado que estamos en peligro; hemos acordado hacer una retirada honorable; no podemos hacerlo sin dinero. Conoces el pareado vulgar entre nuestro grupo. Nada puede ser más cierto:
"¡El ahorcamiento es, por nación, más agradable que la inanición!"
No te llevarás parte del fondo común, aunque creo que justamente podrías hacerlo, considerando cuánto has puesto en él. ¿Qué haremos entonces? Trabajar no podemos, pedir limosna no queremos; y, entre tú y yo, ¡somos condenadamente extravagantes! ¿Qué queda sino el matrimonio?»
«Es cierto», dijo Clifford, con un medio suspiro.
«Bien puedes suspirar, amigo mío. El matrimonio es un procedimiento lánguido en el mejor de los casos; pero no hay recurso. Y ahora, cuando has tomado afición a una joven que es tan rica como una Creso mujer, y has dorado la píldora tan brillantemente como el carruaje de un lord alcalde, ¿qué demonios tienes que ver con escrúpulos?»
Clifford no respondió, y hubo una larga pausa; quizás no habría hablado tan francamente como lo hizo si el vino no le hubiera abierto el corazón.
«Qué orgullosa», renovó Tomlinson, «estaría la buena vieja matrona de Thames Court si te casaras con una dama. ¿No la has visto últimamente?»
«No desde hace años», respondió nuestro héroe. «¡Pobre alma vieja! Creo que goza de buena salud, y me aseguro de que no sea pobre de bolsillo».
«¿Pero por qué no visitarla? Quizás, como todos los grandes hombres, especialmente de mentalidad liberal, te avergüenzas de los viejos amigos, ¿eh?»
«Buen amigo, ¿eso se parece a mí? Sabes que los elegantes de nuestro grupo me miran de reojo por no mantener mi dignidad, robando solo en compañía de caballeros bien vestidos, y estafando bajo el nombre de un sobrino de lord. No, mis razones son estas: primero, debes saber que la vieja dama había puesto su corazón en que yo me convirtiera en un hombre honesto».
«Y así lo has hecho», interrumpió Augustus, «honesto con tu partido; ¿qué más querrías de un pícaro o de un político?»
«Creo», continuó Clifford, sin prestar atención a la interrupción, «que mi pobre madre, antes de morir, deseaba que yo fuera criado honestamente; y por extraño que te parezca, Dame Lobkins es una mujer concienzuda a su manera; no es culpa suya si he resultado como lo he hecho. Ahora bien, sé bien que le dolería en el alma verme como soy. En segundo lugar, amigo mío, bajo mis nuevos nombres, varios como son... Jackson y Howard, Russell y Pigwiggin, Villiers y Gotobed, Cavendish y Solomons... puedes suponer bien que las buenas personas del vecindario de Thames Court no tienen sospecha de que el aventurero y consumado rufián, actualmente capitán de este distrito, bajo la nueva denominación de Lovett, no es en realidad otro que el oscuro y sin apellido Paul del Mug. Ahora tú y yo, Augustus, hemos leído la naturaleza humana, aunque sea en letra gótica; y sé bien que si hiciera mi aparición en Thames Court, y si la vieja dama (como ciertamente haría, no por falta de amabilidad, sino por embriaguez... no es que me quiera menos, sino que prefiere la bebida fuerte) divulgara el secreto de esa aparición...»
«Sabes bien», interrumpió el vivaz Tomlinson, «que la identidad de tu antigua bajeza con tu grandeza actual sería fácilmente rastreada; la envidia y los celos de tus primeros amigos despertados; una pista de tu paradero y tus alias dada a la policía, y tú mismo capturado, con una ligera posibilidad de una consumación de cáñamo».
«¡Me entiendes exactamente!», respondió Clifford. «El hecho es que he observado que en nueve de cada diez casos, nuestros hombres más valientes han sido eliminados por la traición de algún amor temprano o la envidia de algún amigo de infancia. Mi destino aún no está fijado. Soy digno de cosas mejores que un paseo en el carro con un ramillete en la mano; y aunque no me importa mucho la muerte en sí, estoy resuelto, si es posible, a no morir como un salteador de caminos. De ahí mi precaución, y ese cuidado prudencial por el secreto y los asilos seguros, que hombres menos sabios que tú han pensado a menudo un contraste antinatural con mi conducta en el camino».
«¡Necios!», dijo el filosófico Tomlinson; «¿qué tiene que ver la valentía de un guerrero con asegurar su casa contra incendios?»
«Sin embargo», dijo Clifford, «envío a mi buena nodriza un buen regalo de vez en cuando para asegurarle mi bienestar; y así, a pesar de mi ausencia, muestro mi afecto con mis presentes... perdona el juego de palabras».
«¿Y nunca has sido detectado por ninguno de tus antiguos asociados?»
«¡Jamás! Recuerda en qué esfera de vida tan superior he sido arrojado; ¿y quién podría reconocer al granuja Paul de la chaqueta de fustán en el caballero Paul de chaleco con encajes? Además, he evitado diligentemente todo lugar donde fuera probable encontrarme con aquellos que me vieron en la infancia. Sabes lo poco que frecuento las casas de mala nota y lo escrupuloso que soy al admitir nuevos confederados en nuestra banda; tú y Pepper sois los dos únicos de mis asociados —salvo mi protegido, como tú lo llamas, que nunca abandona la cueva— que poseen conocimiento de mi identidad con el Paul perdido; y como ambos habéis prestado ese juramento solemne de silencio, desobedecer el cual hasta que, en efecto, me encuentre en la cárcel o en la horca, es casi ser asesinado, considero que es poco probable que mi secreto sea revelado, salvo con mi propio consentimiento».
«Cierto», dijo Augustus, asintiendo; «una copa más y a la cama, señor presidente».
«Brindo por ti, amigo mío; nuestra última copa será apurada filantrópicamente: "¡Todos los necios, y que su dinero pronto se separe de ellos!"».
«¡Todos los necios!», gritó Tomlinson, llenando un vaso hasta el borde; «pero discuto la sabiduría de tu brindis. ¡Que los necios sean ricos, y los bribones nunca serán pobres! Me ganaría mejor el sustento con un necio rico que con una propiedad territorial».
Dicho esto, el contemplativo y siempre sagaz Tomlinson se bebió su vaso de un trago; y la pareja, tras haber hecho rodar amablemente mediante aplicaciones pedales el cuerpo de Long Ned hasta un rincón seguro y tranquilo de la habitación, subió las escaleras, brazo en brazo, en busca de acomodo sonámbulo.
CAPÍTULO XVII
Ese contraste de lo endurecido y maduro, La frente calma meditando sobre el proyecto oscuro, Con el corazón claro y amante, y el espíritu puro De la juventud... ¡lo amo, mas, odiando, amo observar!
H. FLETCHER.
En la mañana del día siguiente al baile, el carruaje de William Brandon, cargado y preparado, estaba a la puerta de su morada en Bath; mientras tanto, el abogado estaba encerrado con su hermano.
«Mi querido Joseph», dijo el abogado, «no te dejo sin ser plenamente consciente de la bondad que has demostrado hacia mí, tanto al venir aquí, contrariamente a tus hábitos, como al acompañarme a todas partes, a pesar de tus gustos».
«No lo menciones, mi querido William», dijo el bondadoso terrateniente, «pues tu deliciosa compañía es para mí la más agradable (y eso es algo que puedo decir de muy poca gente como tú; porque, por mi parte, generalmente encuentro a los hombres más inteligentes los más desagradables) del mundo. ¡Y creo que los abogados en particular (muy diferentes, por cierto, de tu tribu!) son perfectamente intolerables».
«Tengo ahora», dijo Brandon, quien con su habitual rapidez nerviosa de movimientos caminaba a grandes zancadas de un lado a otro del apartamento y apenas notó el cumplido de su hermano, «tengo ahora otro favor que pedirte. Considera esta casa y estos sirvientes como tuyos durante el próximo mes o dos al menos. No me interrumpas, no es un cumplido; hablo por el bien de nuestra familia». Y entonces, sentándose junto al sillón de su hermano, pues un ataque de gota hacía del terrateniente un prisionero cercano, Brandon reveló a su hermano su plan predilecto de casar a Lucy con Lord Mauleverer. A pesar de la constancia de las atenciones del conde hacia la heredera, el honesto terrateniente nunca había soñado con su objetivo palpable; y quedó abrumado por la sorpresa cuando escuchó las expectativas del abogado.
«Pero, mi querido hermano», comenzó, «un partido tan grande para mi Lucy, el Lord-Teniente del Conda...»
«¿Y qué con eso?», gritó Brandon, con orgullo, interrumpiendo a su hermano. «¿Acaso el linaje de Brandon, que ha unido sus vástagos con la realeza, no es mucho más noble que el de la estirpe advenediza de Mauleverer? ¿Qué hay de presuntuoso en la esperanza de que el descendiente de los condes de Suffolk vuelva a dorar un nombre desvaído con parte del polvo precioso de los antiguos plateros de Londres? Además», continuó, tras una pausa, «Lucy será rica, muy rica, ¡y antes de dos años mi rango posiblemente sea del mismo orden que el de Mauleverer!».
El terrateniente se quedó mirando; y Brandon, sin darle tiempo a responder, continuó. Es innecesario detallar la conversación; baste decir que el astuto abogado no dejó a su hermano hasta que hubo logrado su propósito, hasta que Joseph Brandon hubo prometido permanecer en Bath en posesión de la casa y el personal de su hermano; no poner impedimento alguno al cortejo de Mauleverer; cultivar la sociedad, como antes; y, sobre todo, no alarmar a Lucy, quien evidentemente aún no favorecía a Mauleverer exclusivamente, insinuándole las esperanzas y expectativas de su tío y padre. Brandon, despidiéndose ahora de su hermano, subió al salón en busca de Lucy. La encontró inclinada sobre la jaula dorada de una de sus favoritas emplumadas, y hablándole a la pequeña inquilina en ese lenguaje bonito y juguetón en el que todos los pensamientos, inocentes aunque cariñosos, deberían estar envueltos. Tan hermosa parecía Lucy, mientras estaba así ocupada en su tarea infantil y cariciosa, y tan absolutamente distinta a alguien apta para ser el instrumento de designios ambiciosos y el sacrificio de cálculos mundanos, que Brandon hizo una pausa, repentinamente conmovido en el corazón al contemplarla. No tardó, sin embargo, en recuperarse; se acercó. «¡Feliz aquel», dijo el hombre de mundo, «para quien están reservadas caricias y palabras como estas!».
Lucy se volvió. «¡Está enferma!», dijo, señalando al pájaro, que permanecía sentado con las plumas rígidas y erguidas, mudo e indiferente incluso a aquella voz que era tan musical como la suya propia.
«¡Pobre prisionera!», dijo Brandon; «¡incluso las jaulas doradas y los dulces tonos no pueden compensarte la pérdida del aire y los bosques salvajes!».
«Pero», dijo Lucy, ansiosamente, «¡no es el confinamiento lo que la hace enfermar! Si eso crees, la liberaré al instante».
«¿Cuánto tiempo hace que la tienes?», preguntó Brandon.
«¡Tres años!», dijo Lucy.
«¿Y es tu favorita principal?».
«Sí; no canta tan bonito como la otra, pero es mucho más sensata, ¡y tan cariñosa!».
«¿Puedes liberarla entonces?», preguntó Brandon, sonriendo. «¿No sería mejor verla morir bajo tu custodia que dejarla vivir y no verla nunca más?».
«¡Oh, no, no!», dijo Lucy, con entusiasmo; «cuando amo a alguien, a algo, ¡deseo que sea feliz, no yo!».
Al decir esto, sacó al pájaro de la jaula; y llevándolo a la ventana abierta, lo besó y lo sostuvo en su mano al aire. El pobre pájaro giró un ojo lánguido y enfermizo a su alrededor, como si la vista de las casas abarrotadas y las calles concurridas no presentara nada familiar o acogedor; y no fue hasta que Lucy, con una tierna valentía, lo sacudió suavemente de sí, que se aprovechó de la libertad ofrecida. Voló primero a un balcón opuesto; y luego, recuperándose de una breve y, por así decirlo, sorprendida pausa, dio un breve circuito sobre las casas; y tras desaparecer por unos minutos, voló de regreso, rodeó la ventana y, reingresando, se posó una vez más en la hermosa figura de su dueña y se acurrucó en su seno.
Lucy lo cubrió de besos. «¡Ya ves que no quiere dejarme!», dijo.
«¿Quién puede?», dijo el tío, calurosamente, encantado por el momento de todo pensamiento que no fuera el de bondad para la criatura joven y dulce ante él, «¿quién puede», repitió con un suspiro, «sino un asceta viejo y marchito como yo? Debo dejarte, en verdad; ¡mira, mi carruaje está a la puerta! ¿Podrá mi hermosa sobrina, entre las alegrías que la rodean, condescender de vez en cuando a recordar al cascarrabias abogado, y asegurarle con unas líneas su felicidad y su salud? Aunque rara vez escribo notas que no sean sobre casos, tú, al menos, puedes estar segura de una respuesta. Y dime, Lucy, ¿si hay en toda esta ciudad alguien tan necio como para pensar que estas joyas ociosas, útiles solo como una válvula para mi orgullo por ti, pueden añadir un solo encanto a una belleza por encima de todo adorno?».
Dicho esto, Brandon sacó un estuche de cuero; y al tocar un resorte, el destello imperial de diamantes, que habría alegrado muchos corazones patricios, estalló deslumbrante ante los ojos de Lucy.
«No me des las gracias, Lucy», dijo Brandon, en respuesta a la gratitud desdeñosa y encogida de su sobrina; «me honro a mí mismo, no a ti; y ahora que Dios te bendiga, querida niña. ¡Adiós! Si se presentara alguna ocasión en la que requieras un asesor inmediato, a la vez amable y sabio, te ruego, mi queridísima Lucy, como una petición de despedida, que no tengas escrúpulos en consultar a Lord Mauleverer. Además de su amistad por mí, está muy interesado en ti, y puedes consultarlo con mayor seguridad y confianza; porque» (y el abogado sonrió) «es quizás el único hombre en el mundo al que mi Lucy no podría hacer que se enamorara de ella. Su galantería puede parecer adulación, pero nunca está ligada al amor. Prométeme que no dudarás en esto».
Lucy dio la promesa fácilmente; y Brandon continuó en un tono despreocupado: «He oído que bailaste anoche con un joven caballero a quien nadie conocía, y cuyos compañeros tenían una apariencia muy extraña. En un lugar como Bath, la sociedad es demasiado mixta como para no hacer absolutamente necesaria la mayor cautela al formar amistades. Debes perdonarme, queridísima sobrina, si observo que una joven no solo se debe a sí misma, sino también a sus parientes, observar la más rígida circunspección de conducta. Este es un mundo malvado, y el florecimiento del carácter, como el de un melocotón, se borra fácilmente. En estos puntos, Mauleverer puede serte de gran utilidad. Su conocimiento del carácter, su penetración en los hombres y su tacto en los modales son infalibles. Por favor, déjate guiar por él; contra quien él te advierta, puedes estar segura de que no es digno de tu compañía. ¡Que Dios te bendiga! Me escribirás a menudo y con franqueza, querida Lucy; cuéntame todo lo que te suceda, todo lo que te interese, es más, todo lo que te desagrade».
Brandon entonces, quien aparentemente había ignorado los rubores con los que durante su discurso se habían teñido las mejillas de Lucy, estrechó a su sobrina en sus brazos y se apresuró, como para ocultar sus sentimientos, hacia su carruaje. Cuando los caballos doblaron la calle, ordenó a los postillones que se detuvieran en casa de Lord Mauleverer. «Ahora», se dijo a sí mismo, «si puedo conseguir que este astuto presumido secunde mis planes y juegue según mi juego y no según su propia vanidad, ¡tendré a un caballero de la Jarretera como sobrino político!».
Mientras tanto, Lucy, toda en lágrimas, pues quería mucho a su tío, corrió hacia el terrateniente para mostrarle el magnífico regalo de Brandon.
«Ah», dijo el terrateniente, con un suspiro, «¡pocos hombres nacieron con más buenas, generosas y grandes cualidades (lástima que su principal deseo fuera salir adelante en el mundo; por mi parte, creo que ningún motivo crea bribones más grandes y de corazón más frío) que mi hermano William!».
CAPÍTULO XVIII
¿Por qué lo amaba ella? ¡Curioso necio, mantente quieto! ¿Es el amor humano el crecimiento de la voluntad humana? ¡Para ella él podía ser dulzura!
LORD BYRON.
A las tres semanas de su llegada, el capitán Clifford era el hombre más admirado en Bath. Es cierto que los caballeros, quienes tienen un tacto más rápido en cuanto a la respetabilidad de su propio sexo que las mujeres, podrían haberlo mirado un poco con recelo, si él mismo no hubiera evitado especialmente parecer intrusivo, y de hecho, más bien evitó la sociedad de los hombres que la cortejó; de modo que, después de haber luchado en un duelo con un baronet (hijo de un zapatero), que lo llamó "un tal Clifford", y haber exhibido un caballo picazo, admitido como el mejor de Bath, ascendió insensiblemente a cierto grado de respeto con el uno y popularidad con el otro. Pero lo que siempre atrajo y mantuvo viva la sospecha fue su intimidad con un caballero tan peculiar y elegante como el señor Edward Pepper. La gente podía superar cierta franqueza en el trato de Clifford, pero los más indulgentes quedaban asombrados por la fanfarronería de Long Ned. Clifford, sin embargo, no insensible al ridículo vinculado a sus conocidos, pronto logró realizar sus ocupaciones solo; es más, tomó un alojamiento para sí mismo, y dejó a Long Ned y a Augustus Tomlinson (este último para actuar como freno sobre el primero) al tranquilo disfrute de los apartamentos del peluquero. Él mismo asistía a todas las alegrías públicas; y su porte, y la apariencia de riqueza que mantenía, le procuraron acceso a varios círculos privados que pretendían ser exclusivos... ¡como si las personas que tenían hijas pudieran ser alguna vez exclusivas! Muchas fueron las miradas amables, y no pocas las cartas de invitación que recibió; y si su único objetivo hubiera sido casarse con una heredera, no habría encontrado dificultad en lograrlo. Pero se dedicó enteramente a Lucy Brandon; y para ganar una mirada de ella, habría renunciado a todas las herederas del reino. Muy afortunadamente para él, Mauleverer, cuya salud se alteraba fácilmente, había enfermado el mismo día que William Brandon dejó Bath; y su señoría quedó así incapacitado para vigilar los movimientos de Lucy y socavar o evitar totalmente el éxito de su amante. La señorita Brandon, en efecto, al principio, conmovida por la bondad de su tío y golpeada por el sentido de su advertencia (pues no era una joven obstinada que estuviera decidida a enamorarse), recibió los avances del capitán Clifford con una frialdad que, por su actitud la primera velada que se conocieron en Bath, no le causó menos sorpresa que mortificación. Se retiró y recayó en el terrateniente, quien, paciente y audaz, como de costumbre, estaba secuestrado en su rincón favorito. Por accidente, Clifford pisó el dedo gotoso del terrateniente; y al disculparse por la ofensa, quedó tan impresionado por la bondad y la peculiaridad de expresarse del anciano, que sin saber quién era, entabló conversación con él. Había una especie de viveza y franqueza, por no decir ingenio, en Clifford, que siempre tenía un encanto para los ancianos, quienes generalmente prefieren la franqueza por encima de todas las virtudes cardinales; el terrateniente estaba sumamente complacido con él. El conocimiento, una vez comenzado, continuó naturalmente sin dificultad cuando Clifford descubrió quién era su nuevo amigo; y a la mañana siguiente, encontrándose en la sala de bombas, el terrateniente invitó a Clifford a cenar. Obtenida así la entrada a la casa, el resto fue fácil. Mucho antes de que Mauleverer recuperara su salud, el daño efectuado por su rival estaba casi más allá de toda reparación; y el corazón de la pura, la sencilla y afectuosa Lucy Brandon estaba más que medio perdido para el caballero ilegal y vagabundo que oficia como héroe de este cuento.
Una mañana, Clifford y Augustus pasearon juntos. «Dejemos», dijo este último, quien estaba de humor melancólico, «las calles concurridas y entreguémonos a una conversación filosófica sobre la naturaleza del hombre, mientras disfrutamos de un poco de aire fresco en el campo». Clifford asintió a la propuesta, y la pareja paseó lentamente por una de las colinas que rodean la ciudad de Bladud.
«Hay ciertos momentos», dijo Tomlinson, mirando pensativamente sus polainas de casimir, «en que somos como el zorro de la rima infantil: "El zorro tenía una herida, no podía decir dónde"; nos sentimos extremadamente infelices y no podemos decir por qué. Una melancolía oscura y triste crece sobre nosotros; evitamos el rostro del hombre; nos envolvemos en nuestros pensamientos como gusanos de seda; murmuramos fragmentos de canciones lúgubres; las lágrimas acuden a nuestros ojos; recordamos todas las desgracias que nos han sucedido alguna vez; encorvamos nuestro andar y enterramos las manos en los bolsillos de los pantalones; decimos: "¿Qué es la vida? ¡Una piedra para ser lanzada a un estanque!". Anhelamos un corazón afín y tenemos un deseo apremiante de hablar prodigiosamente sobre nosotros mismos; todos los demás temas parecen cansados, rancios y sin provecho. Nos sentimos como si una mosca pudiera derribarnos, y estamos de humor para enamorarnos y hacer un asunto muy triste de ello. Sin embargo, con toda esta debilidad, tenemos en estos momentos una opinión más refinada de nosotros mismos que la que hayamos tenido antes. Llamamos a nuestras migrañas la melancolía de un alma sublime, los anhelos de una indigestión los denominamos anhelos de inmortalidad, es más, a veces "¡una prueba de la naturaleza del alma!". Ojalá encuentre a algún biógrafo que comprenda bien tales sensaciones, y ojalá denomine a esas emociones enternecedoras los vástagos del carácter poético, que, en realidad, ¡son los vástagos de... una chuleta de cordero!».
[Véase la “Vida de Byron” de Moore, en la que se demuestra satisfactoriamente que si un hombre ayuna cuarenta y ocho horas, luego come tres langostas y bebe Dios sabe cuántas botellas de clarete; si, cuando despierta a la mañana siguiente, se ve abusado como un demonio por la mitad de las publicaciones periódicas del país... si, en una palabra, está quebrantado en su salud, es irregular en sus hábitos, desafortunado en sus asuntos, infeliz en su hogar, y si entonces fuera tan extremadamente excéntrico como para estar deprimido y ser misántropo, los ánimos bajos y la misantropía no deben atribuirse de ninguna manera a las agradables circunstancias anteriores, sino, Dios sabe, ¡al "carácter poético"!].
«Bromeas bastante agradablemente sobre tus ánimos bajos», dijo Clifford; «pero yo tengo una causa para los míos».
«¿Cuál entonces?», gritó Tomlinson. «Mucho más fácil es curarlos. La mente puede curar los males que surgen de la mente. Solo un necio, un charlatán y un balbuceante pretende sanar los males que surgen del cuerpo. Mis demonios azules surgen del cuerpo; en consecuencia, mi mente, que, como sabes, es una mente particularmente sabia, no lucha contra ellos. Dime francamente», renovó Augustus, tras una pausa, «¿te arrepientes alguna vez? ¿Piensas alguna vez si, de haber sido un dependiente con un delantal blanco alrededor de la cintura, habrías sido un miembro más feliz y mejor de la sociedad del que ahora eres?».
«¡Arrepentirme!», dijo Clifford, ferozmente; y su respuesta abrió más de su corazón secreto, sus motivos, sus razonamientos y sus peculiaridades de lo que a menudo era discernible: «¡arrepentirme!, esa es la palabra más ociosa de nuestro idioma. No; ¡en el momento en que me arrepiento, en ese momento me reformo! Nunca puede parecerme una expiación por el crimen simplemente lamentarlo. ¡Mi mente me llevaría, no a lamentar, sino a reparar! ¡Arrepentirme!, no, aún no. Cuanto mayor me hago, cuanto más veo de los hombres y de las vocaciones de la vida social, más yo, un bribón abierto, me enfermo ante las deshonestidades glosadas y encubiertas que me rodean. No reconozco lealtad a la sociedad. Desde mi nacimiento hasta esta hora, no he recibido un solo favor de sus costumbres o sus leyes; lucho abiertamente contra ella, y pacientemente enfrentaré su venganza. Esto puede ser un crimen; pero se ve ligero ante mis ojos cuando miro a mi alrededor y observo por todos lados a los traidores enmascarados que reconocen grandes deudas con la sociedad, que profesan obedecer sus leyes, adoran sus instituciones y, sobre todo... ¡oh, cuán rectamente!, atacan a todos aquellos que la atacan, y que sin embargo mienten, engañan, defraudan y malversan... cosechando públicamente todas las comodidades, robando privadamente todos los beneficios. ¡Arrepentirme!... ¿de qué? Vengo al mundo sin amigos y pobre; ¡encuentro un cuerpo de leyes hostil a los que no tienen amigos y a los pobres! A esas leyes hostiles a mí, entonces, reconozco hostilidad a su vez. Entre nosotros están las condiciones de la guerra. Que expongan una debilidad; insisto en mi derecho a aprovechar la ventaja; que me derroten, y permitiré su derecho a destruir». [El autor no necesita, espera, observar que estos sentimientos son del señor Paul Clifford, no los suyos].
«La pasión», dijo Augustus, con calma, «es el enemigo habitual de la razón; en tu caso es su amiga».
La pareja había llegado ahora a la cima de una colina que dominaba una vista de la ciudad abajo. Aquí Augustus, que estaba un poco falto de aliento, hizo una pausa para recuperar el aliento. Tan pronto como lo hubo hecho, señaló con su dedo índice a la escena de abajo y dijo con entusiasmo: «¡Qué tema para la contemplación!».
Clifford estaba a punto de responder, cuando de repente se escuchó el sonido de risas y voces detrás. «¡Huyamos!», gritó Augustus; «en este día de bazo el hombre no me deleita... ni la mujer tampoco».
«¡Espera!», dijo Clifford, en un acento tembloroso; pues entre esas voces reconoció una que ya había adquirido sobre él un poder irresistible y fascinante. Augustus suspiró y permaneció inmóvil de mala gana. Poco después, una curva en el camino trajo a la vista un grupo de placer, algunos a pie, otros a caballo, otros en los pequeños vehículos que incluso en aquel día frecuentaban los lugares de veraneo y se llamaban a sí mismos "Moscas" o "Golondrinas".
Pero entre la alegre procesión, ¡Clifford solo tenía ojos para una! Caminando con ese paso elástico que tan rara vez sobrevive a la primera época de la juventud, al lado de la pesada silla en la que era llevado su padre, la hermosa belleza de Lucy Brandon arrojaba —al menos a los ojos de su amante— una magia y un brillo sobre todo el grupo. Se detuvo un momento, calmando el corazón que saltaba ante sus brillantes miradas y la alegría de su inocente risa; y luego, recuperándose, caminó lentamente, y con cierta conciencia del efecto de su propia persona singularmente apuesto, hacia el grupo. El buen escudero lo recibió con su habitual amabilidad, e informóle, de acuerdo con ese lucidus ordo que tanto favorecía, de todos los pormenores de su excursión. Había algo digno del boceto de un artista en la escena en ese momento: el viejo escudero en su silla, con su rostro benevolente vuelto hacia Clifford, y sus manos descansando sobre su bastón, Clifford mismo inclinando su majestuosa cabeza para escuchar los detalles del padre; la hermosa hija al otro lado de la silla, su risa repentinamente silenciada, su andar insensiblemente más compuesto, y el rubor persiguiendo al rubor sobre la tersa y durazna lozanía de su mejilla; el grupo, de todos los tamaños, edades y vestimentas, brindando amplio campo para el caricaturista; y la pensativa figura de Augustus Tomlinson (quien, dicho sea de paso, era extraordinariamente parecido a Liston) de pie, apartado del resto, en la cresta de la colina donde Clifford lo había dejado, y moralizando sobre la abigarrada procesión, con una mano escondida en su chaleco y la otra acariciando su barbilla, que lentamente y con balanceo, junto con el resto de su cabeza, se movía arriba y abajo.
A medida que el grupo se acercaba a la cresta de la colina, la vista de la ciudad abajo era tan llamativa que hubo una pausa general con el fin de contemplarla. Una joven en particular sacó su lápiz y comenzó a dibujar, mientras su mamá miraba con complacencia y, distraída, devoraba un sándwich. Fue en este momento, en la pausa general, que Clifford y Lucy se encontraron —¡el cielo sabe cómo!— el uno junto al otro, y a suficiente distancia del escudero y del resto del grupo como para sentirse en cierta medida solos. Hubo un silencio en ambos que ninguno se atrevió a romper; cuando Lucy, tras mirar y juguetear con una flor que había traído del lugar que el grupo había ido a ver, la dejó caer accidentalmente; y Clifford y ella, al inclinarse en el mismo momento para recogerla, sus manos se encontraron. Involuntariamente, Clifford retuvo los suaves dedos en los suyos; sus ojos, que encontraron los de ella, la hechizaron y paralizaron tanto que, por una vez, no bajaron ante su mirada; sus labios se movieron, pero muchas y vehementes emociones sofocaron tanto su voz que ningún sonido escapó de ellos. Pero todo el corazón estaba en los ojos de cada uno; ese momento fijó sus destinos. De ahí en adelante hubo una era a partir de la cual fecharon una nueva existencia; un núcleo alrededor del cual sus pensamientos, sus recuerdos y sus pasiones se aferraron. El gran abismo había sido superado; estaban en la misma orilla, y sintieron que, aunque aún apartados y desunidos, ¡en esa orilla no había criatura viviente más que ellos mismos! Mientras tanto, Augustus Tomlinson, al verse rodeado por personas ansiosas por mirar y escuchar, rompió su melancolía y reserva. Mirando directamente a su vecino, y haciendo florecer su mano derecha en el aire, hasta que la dejó descansar en la dirección de las casas y chimeneas de abajo, repitió esa exclamación moral que había sido desperdiciada en Clifford, con una gravedad más solemne y menos apasionada que antes: "¡Qué tema, señora, para la contemplación!".
"Muy sensatamente dicho, en verdad, señor", dijo la dama a la que se dirigió, que era más bien de carácter serio.
"Nunca", continuó Augustus en un tono más alto, y mirando alrededor en busca de oyentes, "¡nunca veo una gran ciudad desde lo alto de una colina sin pensar en la tienda de un boticario!".
"¡Dios mío, señor!", dijo la dama. El fin de Tomlinson estaba logrado. Impresionada por la extravagancia de la noción, una pequeña multitud se reunió instantáneamente a su alrededor para escucharla más desarrollada.
"¡De la tienda de un boticario, señora!", repitió Tomlinson. "Ahí yacen sus simples y sus purgantes y sus cordiales y sus venenos, todas las cosas para sanar y para fortalecer y para destruir. Hay suficientes drogas en esa colección para salvarlas, para curarlas a todas; pero ninguna de ustedes sabe cómo usarlas, ni qué medicinas pedir, ni qué porciones tomar; ¡de modo que la mayor parte de ustedes traga una dosis equivocada y muere por el remedio!".
"Pero si la ciudad es la tienda del boticario, ¿qué, en el plan de su idea, representa al boticario?", preguntó un anciano, que percibió a dónde quería llegar Tomlinson.
"El boticario, señor", respondió Augustus, robando su noción a Clifford, y bajando la voz para que el verdadero propietario no lo escuchara (Clifford estaba ocupado de otro modo), "¡el boticario, señor, es la LEY! Es la ley la que está detrás del mostrador y dispensa a cada hombre la dosis que debe tomar. A los pobres les da drogas malas gratuitamente; a los ricos, píldoras para estimular el apetito; a estos últimos, primas para el lujo; a los primeros, ¡solo refugios rápidos de la vida! Por desgracia, o bien su boticario no es más que un charlatán ignorante, o su ciencia misma está solo en su cuna. Él se equivoca tanto como usted lo haría si se dejara a su propia elección. Aquellos que recurren a él rara vez hablan con gratitud de su habilidad. Él lo alivia, es cierto, pero de su dinero, no de su malestar; y la única rama de su profesión en la que es un experto es la que le permite ¡sangrarlo! ¡Oh humanidad!", continuó Augustus, "¡qué criaturas nobles deberían ser! ¡Tienen llaves para todas las ciencias, todas las artes, todos los misterios, menos uno! No tienen idea de cómo deberían ser gobernados; ¡no pueden elaborar una ley tolerable, por la vida y el alma de ustedes! Se hacen tan incómodos como pueden mediante todo tipo de instituciones irritantes y vejatorias, y le echan la culpa al 'Destino'. Establecen reglas que es imposible comprender, mucho menos obedecer; ¡y se llaman unos a otros monstruos porque no pueden vencer la imposibilidad! Inventan todo tipo de vicios, bajo el pretexto de hacer leyes para preservar la virtud; y las artificialidades anómalas de conducta que ustedes mismos producen, dicen que nacen con ellas; hacen una máquina mediante el arte más perverso que pueden imaginar, y la llaman, con un suspiro, 'Naturaleza Humana'. Con una multitud de buenas disposiciones luchando en sus pechos, insisten en difamar al Todopoderoso, y declarar que él quiso que fueran malvados. Es más, incluso llaman travieso y sedicioso al hombre que les ruega e implora ser una pizca mejores de lo que son. ¡Oh humanidad! son como un ramillete comprado en Covent Garden. Las flores son encantadoras, el aroma delicioso. Observen ese tono glorioso; contemplen ese pétalo que estalla; qué hermosos, qué llenos de salud, de naturaleza, del rocío y el aliento y la bendición del Cielo, son todos ustedes! Pero en cuanto al sucio pedazo de cuerda que los ata juntos, uno pensaría que lo han recogido de la cuneta".
Dicho esto, Tomlinson dio media vuelta, se apartó de la multitud y descendió solemnemente la colina. El grupo de placer lo siguió lentamente; y Clifford, recibiendo una invitación del escudero para participar de su cena familiar, caminó al lado de Lucy y sintió como si su espíritu estuviera ebrio con los aires del Edén.
Un compañero escudero, que entre las alegrías de Bath estaba casi tan desolado como el propio Joseph Brandon, participó de la hospitalidad del Señor de Warlock. Cuando los tres caballeros se retiraron al salón, los dos mayores se sentaron a una partida de chaquete, y Clifford quedó al disfrute imperturbable de la conversación de Lucy. Ella estaba sentada junto a la ventana cuando Clifford se unió a ella. Sobre la mesa a su lado estaban esparcidos libros, cuyo encanto (eran principalmente poesía) ella solo había comenzado a descubrir recientemente; allí también estaban dispersas varias pequeñas obras maestras del ingenio femenino, en las que los dedos de hada de Lucy Brandon estaban especialmente formados para sobresalir. Las sombras de la tarde oscurecían rápidamente sobre las calles vacías; y en el cielo, que estaba sin nubes y transparentemente claro, las estrellas salieron gradualmente una a una, hasta que—
"Como el agua a una esponja, así su suave luz Llenaba el vacío, hueco, universal aire."
¡Hermosa tarde! (si nosotros, al igual que Augustus Tomlinson, podemos permitirnos un apóstrofe)—¡hermosa tarde! Para ti todos los poetas han tenido una canción, y te han rodeado de arroyos y cascadas y rocíos y flores y ovejas y murciélagos y melancolía y lechuzas; sin embargo, debemos confesar que para nosotros, que en esta era tan sentimental somos una persona bulliciosa, mundana y de mente dura, empujando a nuestros vecinos y pensando en la oportunidad principal, para nosotros nunca eres tan encantadora como cuando te encontramos caminando con tu capucha gris a través de las calles que se vacían y entre los sonidos moribundos de una ciudad. Nos encanta sentir la quietud donde todo, dos horas atrás, era clamor. Nos encanta ver las lúgubres moradas del Comercio y el Lujo —esos pacientes inquietos de la fiebre constante de la tierra— contrastados y cubiertos por un cielo lleno de pureza, quietud y paz. Nos encanta llenar nuestro pensamiento con especulaciones sobre el hombre, aunque el hombre sea el vendedor de panecillos, más que con objetos inanimados, colinas y arroyos, cosas sobre las que soñar, no sobre las que meditar. El hombre es el tema de una contemplación mucho más noble, de una esperanza mucho más brillante, de un matiz de sentimiento mucho más puro y elevado, que todas las "inundaciones y colinas" del universo; y esa, dulce tarde, es una razón por la que nos gusta que los pensamientos sinceros y tiernos que despiertas dentro de nosotros estén rodeados más bien por los trabajos y símbolos de nuestra especie que por ovejas y murciélagos y melancolía y lechuzas. Pero ya sea, oh tarde bendita, que nos deleites en el campo o en la ciudad, ¡igualmente nos dispones a hacer y sentir amor! ¡Eres la causa de más matrimonios y más divorcios que cualquier otro momento en las veinticuatro horas! Ojos que antes eran ojos comunes para nosotros, tocados por tus sombras encantadoras y mágicas, se vuelven inspirados y nos predican sobre el cielo. Una suavidad se asienta sobre rasgos que eran duros para nosotros mientras brillaba el sol; una suave "luz de amor" reposa sobre la tez que de día habríamos sumergido "a cinco brazas de profundidad" en un mar de loción de la señora Gowland. ¿Qué, entonces, modesta hipócrita, para aquellos que ya y profundamente se aman, qué, entonces, de peligro y de paraíso traes?
Silenciosos, y calmando el aliento que se agitaba en ambos rápida y espasmódicamente, Lucy y Clifford se sentaron juntos. Las calles estaban completamente desiertas; y la soledad, mientras miraban hacia abajo, les hacía sentir con mayor intensidad no solo las emociones que se hinchaban dentro de ellos, sino la simpatía indefinida y eléctrica que, al unirlos, los dividía del mundo. La quietud alrededor fue rota por un lejano son de música ruda; y a medida que se acercaba, dos formas de orden no poético se hicieron visibles. El uno era un pobre hombre ciego, que extraía de su flauta tonos en los que la belleza melancólica del aire compensaba cualquier deficiencia (la deficiencia era solo leve) en la ejecución. Una mujer mucho más joven que el músico, y con algo de belleza en su rostro, lo acompañaba, sosteniendo un sombrero andrajoso y mirando con nostalgia hacia las ventanas de la calle silenciosa. Dijimos dos formas; hicimos la injusticia de olvidar a otra, un amigo rústico y sencillo, es cierto, pero uno que tanto el juglar como la esposa tenían muchas y conmovedoras razones para amar. Este era un pequeño terrier de alambre, con ojos oscuros y penetrantes, que miraban rápida y sagazmente en todas direcciones desde debajo de la cubierta peluda que los rodeaba. Lentamente el animal avanzaba, tirando suavemente de la cuerda por la que era sostenido, y por la cual guiaba a su amo. Una vez su fidelidad fue tentada: otro perro lo invitó a jugar; el pobre terrier miró ansiosa y dudosa a su alrededor, y luego, emitiendo un gruñido bajo de negación, siguió—
"El curso silencioso de su camino."
La pequeña procesión se detuvo debajo de la ventana donde Lucy y Clifford estaban sentados; pues el ojo rápido de la mujer los había percibido, y ella puso su mano en el brazo del ciego y le susurró. Él aceptó la indirecta y cambió su aire por uno de amor. Clifford miró a Lucy; su mejilla estaba teñida de rubor. El aire terminó; otro lo sucedió, era del mismo tipo; un tercero, la carga seguía siendo inalterada; y entonces Clifford arrojó a la calle una moneda, y el perro movió su cola abreviada y atrofiada, y lanzándose hacia adelante, la recogió con la boca; y la mujer (¡tenía una cara amable!) acarició al oficioso amigo, incluso antes de agradecer al donante, y luego dejó caer la moneda con una palabra de aliento o dos en el bolsillo del ciego, y los tres errantes se alejaron lentamente. Pronto llegaron a un lugar donde la calle había sido reparada, y las piedras yacían esparcidas por todas partes. Aquí la mujer ya no confió en la guía del perro, sino que ansiosamente se apresuró hacia el músico, y lo llevó con evidente ternura y vigilancia minuciosa sobre el camino accidentado. Cuando hubieron pasado el peligro, el hombre se detuvo; y antes de soltar la mano que lo había guiado, la apretó con gratitud, y luego tanto el esposo como la esposa se inclinaron y acariciaron al perro. Esta pequeña escena, una de esas copias toscas de la belleza de los afectos humanos, de las cuales hay tantas esparcidas por los caminos del mundo, ambos amantes la habían observado involuntariamente; y ahora, al retirar sus ojos, esos ojos se posaron el uno en el otro, los de Lucy nadaban en lágrimas.
"Ser amado y cuidado por quien amo", dijo Clifford, en voz baja, "¡caminaría ciego y descalzo por toda la tierra!".
Lucy suspiró muy suavemente; y colocando sus bonitas manos (la una entrelazada sobre la otra) sobre su rodilla, miró hacia abajo con nostalgia, pero no respondió. Clifford acercó su silla y la miró, mientras ella estaba sentada; las largas pestañas oscuras cayendo sobre sus ojos, y contrastando con los párpados de marfil; su delicado perfil medio vuelto hacia él, y tomando una belleza más conmovedora de la suave luz que habitaba en él; y su seno lleno pero aún apenas desarrollado agitándose ante pensamientos que no analizaba, pero que se contentaba con sentir a la vez vagos y deliciosos. Él miró, y sus labios temblaron; anhelaba hablar; anhelaba decir solo esas palabras que transmiten lo que volúmenes han intentado expresar y solo han debilitado con el detalle: "Te amo". Cómo resistió los anhelos de su corazón, no lo sabemos, pero sí resistió; y Lucy, tras una pausa confusa y avergonzada, tomó uno de los poemas sobre la mesa y le hizo algunas preguntas sobre un pasaje particular en una antigua balada que él había señalado una vez a su atención. El pasaje se refería a un jefe fronterizo, uno de los Armstrong de antaño, quien, habiendo sido capturado por los ingleses y condenado a muerte, desahogó sus últimos sentimientos en un discurso apasionado hacia su propio hogar, su ruda torre, y su recién casada esposa. "¿Crees", dijo Lucy, a medida que su conversación comenzó a fluir, "que alguien tan sin ley y ávido de derramamiento de sangre y conflicto como se describe a este ladrón, podría ser tan capaz de afectos suaves?".
"Lo creo", dijo Clifford, "porque él no era consciente de que era tan criminal como usted lo estima. Si un hombre alberga la idea de que sus acciones no son malas, conservará en su corazón todas sus sensaciones mejores y más gentiles tanto como si nunca hubiera pecado. El salvaje asesina a su enemigo, y cuando regresa a casa no es menos devoto de su amigo ni menos ansioso por sus hijos. Para endurecer y embrutecer las disposiciones amables, no debemos solo entregarnos a la culpa, sino sentir que somos culpables. Oh, muchos a quienes el mundo carga con su oprobio son capaces de actos, es más, han cometido actos, que en otros el mundo reverenciaría y adoraría. ¿Quisiera saber si el corazón de un hombre está cerrado al poder del amor? ¡Pregunte qué es él, no con sus enemigos, sino con sus amigos!". "El crimen, también", continuó Clifford, hablando rápida y vehementemente, mientras sus ojos brillaban y la sangre oscura corría a sus mejillas, "el crimen, ¿qué es el crimen? Los hombres encarnan sus peores prejuicios, sus pasiones más malvadas, en un código heterogéneo y contradictorio; y lo que sea que rompa este código lo llaman un crimen. Cuando no hacen distinción en la pena, es decir, en la estimación, otorgada tanto al asesinato como a un pequeño robo impuesto a la voluntad débil por el hambre, no pedimos nada más para convencernos de que ignoran la naturaleza misma de la culpa, y que compensan con ferocidad la falta de sabiduría".
Lucy miró con alarma el rostro animado y ardiente del hablante. Clifford se recuperó después de una pausa de un momento, y se levantó de su asiento, con la risa alegre y franca que constituía una de sus características peculiares. "Hay una singularidad en la política, señorita Brandon", dijo, "que me atrevo a decir que usted ha observado a menudo, a saber, que aquellos que son menos importantes son siempre más ruidosos, y que las personas principales que pierden los estribos son aquellas que no tienen nada que ganar a cambio".
Mientras Clifford hablaba, las puertas se abrieron de par en par, y se anunciaron algunos visitantes para la señorita Brandon. El buen escudero seguía inmerso en las vicisitudes de su juego; y la única tarea de recibir y entretener a "la compañía", como dicen las criadas, recayó, como de costumbre, en Lucy. Afortunadamente para ella, Clifford era una de esas personas raras que poseen eminentemente los talentos de la sociedad. Había mucho en su temperamento alegre y galante, acompañado como estaba de sentimiento y ardor, que se asemejaba a nuestro ideal de aquellos caballeros, ordinariamente peculiares del Continente, héroes tanto en el salón como en el campo. Observador, cortés, ingenioso y versado en las diversas habilidades que combinan (¡esa unión tan poco frecuente!) la vivacidad con la gracia, estaba especialmente formado para ese mundo brillante del que sus circunstancias tendían a excluirlo. Bajo diferentes auspicios, podría haber sido... ¡Bah! estamos cayendo en un lugar común sin sentido; ¿qué podría ser cualquier hombre bajo auspicios diferentes de aquellos por los que su vida ha sido guiada? La música pronto sucedió a la conversación, y la voz de Clifford fue por necesidad puesta en requisición. La señorita Brandon acababa de levantarse del clavecín, mientras él se sentaba a realizar su parte; y ella permaneció a su lado con el resto del grupo mientras él cantaba. Solo dos veces su ojo se robó hacia ese lugar que su aliento y forma hicieron sagrado para él; una vez cuando comenzó, y una vez cuando concluyó su canción. Quizás el recuerdo de su conversación lo inspiró; ciertamente habitó en su mente en el momento, arrojó un rubor más rico sobre su frente, y vertió una suavidad más significativa y sentida en su tono.
ESTROFAS.
Cuando te deje, ¡oh! no preguntes al mundo qué es ese corazón ¡Que te adora, para los demás! Sé que peco cuando de ti me aparto, ¡Pero mi culpa no recaerá sobre ti!
Mi vida es un río que refleja un rayo Que se ha dignado descender de lo alto; Sean cuales sean las orillas que ensombrecen su camino, Refleja la luz de tu amor.
Aunque las olas puedan correr alto cuando despierta el viento nocturno, Y apresura la corriente hacia su caída; Aunque rotas y salvajes sean las olas que hace, ¡Tu imagen aún tiembla sobre todas!
Mientras este ominoso amor entre Clifford y Lucy encontraba así nuevo alimento en cada entrevista y cada oportunidad, el infortunado Mauleverer, firmemente persuadido de que su dolencia era una recaída de lo que él llamaba la «dispepsia de Warlock», libraba una guerra terrible contra los restos de la carne y el pudin que, según aseguraba entre lágrimas a sus médicos, «estaban al acecho en su constitución». Como Mauleverer, aunque complaciente, como la mayoría de los hombres de rango inequívoco, con todos sus conocidos, independientemente de su clase, poseía muy pocos amigos lo suficientemente íntimos como para entrar en su cámara de enfermo, y ninguno de esos pocos se encontraba en Bath, se percibirá fácilmente que vivía en una dichosa ignorancia de la creciente fortuna de su rival; y, a decir verdad, la enfermedad, que hace que los pensamientos de un hombre se vuelquen mucho sobre sí mismo, desterró muchas de las ideas más tiernas que solían flotar en su mente alrededor de la imagen de Lucy Brandon. Sus píldoras sustituyeron a su pasión; y sintió que hay pociones en el mundo más poderosas en sus efectos que las de los frascos de Alcidonis. —[Véase el bonito cuento de Marmontel «Les Quatre Flacons».]— A menudo pensaba, es cierto, lo agradable que sería que Lucy le esponjara la almohada y que Lucy preparara esa mezcla; pero Mauleverer tenía un excelente ayuda de cámara, que esperaba desempeñar el papel que Gil Blas ejerció ante el honesto Licenciado y cuidar un legado mientras cuidaba a su amo. Y el conde, que era de un temperamento tolerablemente bueno, se vio obligado a confesar que apenas sería posible que alguien «conociera sus costumbres mejor que Smoothson». Así, durante su enfermedad, la hermosa figura de su pretendida novia apenas turbó la paz del noble adorador. Y no fue hasta que se vio capaz de comer tres buenas cenas consecutivamente, con un apetito tolerable, que Mauleverer recordó que estaba perdidamente enamorado. Tan pronto como esta idea se restableció por completo en su memoria, y su médico le permitió disfrutar de «un poco de sociedad alegre», Mauleverer decidió ir a las salas durante una hora o dos.
Puede observarse que la mayoría de los grandes personajes tienen algún lugar favorito, alguna querida Baiae, en la que les encanta deshacerse de su rango y parecer amables en lugar de espléndidos; y Bath en aquella época, por su alegría, su facilidad, la variedad de caracteres que se podían encontrar en sus lugares de reunión y la manera complaciente en que tales personajes se exponían al ridículo, era exactamente el lugar calculado para complacer a un hombre como Mauleverer, a quien le encantaba a la vez ser admirado y satirizar. Era, por tanto, una persona idolatrada en la ciudad de Bladud; y al entrar en las salas, se vio rodeado por toda una banda de imitadores y sicofantes, encantados de encontrar a su señoría con mejor aspecto y declarándose tan convaleciente. Tan pronto como el conde hubo hecho las reverencias, sonreído y estrechado manos lo suficiente como para mantener su reputación, se paseó hacia los bailarines en busca de Lucy. No solo la encontró exactamente en el mismo lugar en el que la había visto por última vez, sino bailando exactamente con la misma pareja que antes había provocado todos los celos y la ira del galante noble. Mauleverer, aunque de ninguna manera adicto a preparar sus cumplidos de antemano, acababa de ensayar un delicado discurso para Lucy; pero en cuanto la figura de su pareja brilló ante él, toda la adulación se desvaneció de golpe de su recuerdo. Se sintió palidecer; y cuando Lucy se volvió y, al verlo cerca, se dirigió a él con el tono ansioso y suave que ella creía debido al amigo de su tío en su recuperación, Mauleverer hizo una reverencia, confuso y silencioso; y esa pasión de ojos verdes, que habría convulsionado la mente de un verdadero amante, alterando un poco el curso de su furia, perturbó efectivamente los modales del cortesano.
Retirándose a una parte oscura de la sala, donde podía verlo todo sin ser notado, Mauleverer se dedicó ahora a observar los movimientos y las miradas de la joven pareja. Era naturalmente un observador penetrante y rápido, y en este caso los celos agudizaron su talento; vio lo suficiente para convencerse de que Lucy ya estaba unida a Clifford; y, estando por esa convicción plenamente persuadido de que Lucy era necesaria para su propia felicidad, resolvió no perder un momento en desterrar al capitán Clifford de su presencia, o al menos en instituir tales investigaciones sobre los parientes, el rango y la respetabilidad de ese caballero como hicieran, esperaba, que tal destierro fuera una consecuencia necesaria de la investigación.
Lleno de esta determinación, Mauleverer se dirigió de inmediato al retiro del escudero y, entablándole conversación, le preguntó bruscamente con quién diablos estaba bailando la señorita Brandon.
El escudero, un poco picado por esta brusquedad, respondió con un largo elogio de Paul; y Mauleverer, tras escucharlo todo con la sonrisa más afable imaginable, dijo al escudero, muy cortésmente, que estaba seguro de que la bondad del señor Brandon le había engañado. «¡Clifford!», dijo, repitiendo el nombre, «¡Clifford! Es uno de esos nombres que son seleccionados particularmente por personas que nadie conoce... primero, porque el nombre es bueno, y segundo, porque es común. Mi larga y querida amistad con su hermano me hace sentir particularmente ansioso sobre cualquier punto relativo a su sobrina; y, de hecho, mi querido William, sobrestimando quizás mi conocimiento del mundo y mi influencia en la sociedad, pero no mi afecto por él, me suplicó que asumiera la libertad de considerarme un amigo, es más, incluso un pariente suyo y de la señorita Brandon; así que confío en que no considere impertinente mi advertencia».
El halagado escudero le aseguró que se sentía particularmente honrado, lejos de considerar a su señoría (¡lo cual nunca podría ser el caso con personas tan distinguidas como su señoría, especialmente!) impertinente.
Lord Mauleverer, alentado por este discurso, renovó astutamente sus esfuerzos y tuvo éxito, si no en convencer al escudero de que el apuesto capitán era un personaje sospechoso, al menos en persuadirle de que la prudencia común requería que averiguara exactamente quién era el apuesto capitán, especialmente porque tenía la costumbre de cenar con el escudero tres veces por semana y bailar con Lucy todas las noches.
«Mire», dijo Mauleverer, «se acerca a usted ahora; yo me retiraré a la silla junto a la chimenea, y usted lo interrogará; no tengo duda de que lo hará con la mayor delicadeza».
Dicho esto, Mauleverer tomó posesión de un asiento donde no estaba absolutamente fuera del alcance del oído (ligeramente sordo como era) del coloquio siguiente, aunque la posición de su asiento le ocultaba de la vista. Mauleverer era estimado como un hombre del honor más puntilloso en la vida privada, y no habría sido visto en el acto de escuchar la conversación de otras personas por nada del mundo.
Aclarándose la garganta con aire de importancia y acomodándose mientras Clifford se acercaba, el escudero comenzó así hábilmente el ataque: «¡Ah, ja! Mi buen capitán Clifford, ¿cómo está? Lo vi (y me alegra mucho, amigo mío, como a todos los demás, verlo) a lo lejos. ¿Y dónde ha dejado a mi hija?».
«La señorita Brandon está bailando con el señor Muskwell, señor», respondió Clifford.
«¡Oh! ¿Lo está? El señor Muskwell... ¡hum! Buena familia la de los Muskwell... vinieron de Primrose Hall. Dígame, capitán, no es que quiera saberlo por mi propio interés, porque soy una persona extraña y rara, creo, y estoy completamente convencido (¡algunas personas son censorias, y otras, gracias a Dios, no lo son!) de su respetabilidad... ¿de qué familia proviene usted? ¿No le parecerá mi... mi advertencia impertinente?», añadió el astuto anciano, tomando prestada esa frase que le pareció tan amistosa en boca de Lord Mauleverer.
Clifford se sonrojó por un momento, pero respondió con una tranquila picardía en la mirada: «¿Familia? Oh, mi querido señor, provengo de una antigua familia... una familia muy antigua, de hecho».
«Eso siempre pensé; ¿y en qué parte del mundo?».
«Escocia, señor... toda nuestra familia viene de Escocia; es decir, todos los que viven mucho tiempo lo hacen... el resto muere joven».
«Sí, el aire particular se adapta a constituciones particulares. Yo, por ejemplo, no podría vivir en todos los países; no... ya me entiende... ¡en el Norte!».
«Pocos hombres honestos pueden vivir allí», dijo Clifford, secamente.
«Y», reanudó el escudero, un poco avergonzado por la naturaleza de su tarea y la fría seguridad de su joven amigo, «y dígame, capitán Clifford, ¿a qué regimiento pertenece?».
«¿Regimiento? ¡Oh, a los Rifles!», respondió Clifford. («El diablo me lleve», murmuró para sí, «si puedo resistir una broma, aunque me rompa el cuello con ella»).
«Un cuerpo de hombres muy galante», dijo el escudero.
«¡No hay duda de ello, señor!», respondió Clifford.
«¿Y cree usted, capitán Clifford», renovó el escudero, «que es un buen cuerpo para ascender?».
«Es más bien malo para escapar», murmuró el capitán; y luego en voz alta: «Bueno, no tenemos mucha influencia en la corte, señor».
«¡Oh! Pero entonces hay un ámbito más amplio, como dice mi hermano el abogado... y nadie lo sabe mejor... para el mérito. Me atrevo a decir que ha visto a muchos hombres elevados desde la tropa».
«Nada más común, señor, que tal elevación; y tan grande es la virtud de nuestro cuerpo, que también he conocido a no pocos dispuestos a transferir el honor a sus camaradas».
«¡No me diga!», exclamó el escudero, abriendo los ojos ante tal desinteresada magnanimidad.
«Pero», dijo Clifford, que empezaba a creer que podría llevar el equívoco demasiado lejos, y que pensaba, a pesar de sus bromas, que era posible encontrar una vena de conversación más agradable... «pero, señor, si mal no recuerdo, aún no ha terminado aquella aventura juvenil de caza suya, cuando los sabuesos se perdieron en Burnham Copse».
«¡Oh, muy cierto!», exclamó el escudero, olvidando por completo sus sospechas anteriores; y de inmediato comenzó una historia que prometía ser tan larga como la persecución que relataba. Tan encantado quedó, cuando terminó, con el carácter del caballero que la había escuchado con tanto deleite, que al reunirse con Mauleverer, le dijo al conde, con aire importante, que había interrogado estrictamente al joven capitán y que se había convencido plenamente de la excelencia de su familia, así como de la rectitud de su moral. Mauleverer escuchó con un semblante de educada incredulidad; había oído poco de la conversación que tuvo lugar entre la pareja; pero al interrogar al escudero sobre varios detalles del nacimiento, parentesco y propiedad de Clifford, lo encontró exactamente tan ignorante como antes. El cortesano, sin embargo, viendo que cualquier otra protesta era inútil, se contentó con dar palmaditas en el hombro del escudero y decir, con una misteriosa urbanidad: «¡Ah, señor, usted es demasiado bueno!».
Con estas palabras se dio la vuelta y, sin desesperar aún, buscó a la hija. Encontró a la señorita Brandon recién terminada su danza y, con una especie de galantería paternal, le ofreció su brazo para pasear por las salas. Tras un preludio preliminar y la referencia por milésima vez a su amistad con William Brandon, el conde le habló sobre aquel «joven apuesto que se hace llamar capitán Clifford».
Desafortunadamente para Mauleverer, se volvió un poco demasiado desprevenido, a medida que su resentimiento contra la interferencia de Clifford se calentaba con su lenguaje, y dejó caer en su ira una o dos palabras de advertencia que ofendieron especialmente la delicadeza de la señorita Brandon.
«¡Tenga cuidado con cómo animo, mi señor!», dijo Lucy, con las mejillas encendidas, repitiendo las palabras que tanto la habían ofendido, «realmente debo rogarle...».
«Quiere decir, querida señorita Brandon», interrumpió Mauleverer, apretando su mano con respetuosa ternura, «que debo rogarle que me disculpe por mi inadvertida expresión. Lo hago con la mayor sinceridad. Si hubiera sentido menos interés por su felicidad, créame, habría sido más cauteloso en mi lenguaje».
La señorita Brandon hizo una reverencia rígida, y el cortesano vio, con rabia secreta, que la belleza rural no se apaciguaba fácilmente, ni siquiera con una disculpa de Lord Mauleverer. «¡He visto tiempos», pensó, «en los que las jóvenes solteras habrían considerado una ofensa por mi parte un honor! ¡Habrían caído en histerismos ante una disculpa!». Antes de que tuviera tiempo de hacer las paces, el escudero se unió a ellos; y Lucy, tomando el brazo de su padre, expresó su deseo de regresar a casa. El escudero estaba encantado con la propuesta. Hubiera sido cortés por parte de Mauleverer ofrecer su ayuda en esas pequeñas atenciones preparatorias para la partida femenina de los bailes. Dudó por un momento. «Mantiene a uno tanto tiempo en esas malditas corrientes de aire», pensó, estremeciéndose. «Además, es justo posible que no me case con ella, ¡y no sirve de nada arriesgarse a un resfriado (sobre todo a principios de invierno) por nada!». Lleno de esta política prudente, Mauleverer entregó entonces a Lucy a su padre y, susurrándole al oído que «su disgusto le convertía en el más desgraciado de los hombres», concluyó su despedida con una reverencia penitencialmente elegante.
Unos cinco minutos después, él mismo se retiró. Mientras envolvía su tesoro corporal en su roquelaure de martas, antes de sumergirse en su silla, tuvo la mortificación de ver a Lucy, quien con su padre, por alguna razón u otra, se había retrasado en el vestíbulo, siendo conducida al carruaje por el capitán Clifford. Si el conde hubiera observado con más atención de la que, en los ansiosos cuidados debidos a sí mismo, era capaz, habría notado, para su consuelo, que Lucy le dio la mano con un aire esquivo y frío, y que los expresivos rasgos de Clifford tenían más bien un aspecto de mortificación que de triunfo.
No vio, sin embargo, más que la acción; y mientras era llevado a casa con sus antorchas y lacayos precediéndole, y el atento Smoothson al lado del pequeño vehículo, murmuró su determinación de escribir en el próximo correo a Brandon todo su enfado por Lucy y todos sus celos por su evidente amante.
Mientras esta valiente resolución animaba la gran alma de Mauleverer, Lucy llegó a su habitación, echó el cerrojo a la puerta y, arrojándose sobre su cama, estalló en un largo y amargo paroxismo de lágrimas. Tan inusuales eran tales visitantes para su feliz y vivaz temperamento, que había algo casi alarmante en la seriedad y obstinación con la que ahora lloraba.
«¡Qué!», dijo ella, amargamente, «¿he puesto mis afectos en un hombre de carácter incierto, y es mi infatuación tan clara que un conocido se atreve a insinuar su imprudencia? ¡Y sin embargo, su manera... su tono! ¡No, no, no puede haber razón para avergonzarse de amarlo!». Y al decir esto, su corazón la golpeó por la frialdad de su manera hacia Clifford al despedirse de ella por la noche. «¿Soy», pensó, llorando aún más vehementemente que antes, «tan mundana, tan vil, como para sentirme alterada hacia él en el momento en que oigo una sílaba respirada contra su nombre? ¿No debería, por el contrario, haberme aferrado a su imagen con un amor mayor, si fuera atacado por otros? Pero mi padre, mi querido padre, y mi amable y prudente tío... algo se les debe; y se romperían el corazón si yo amara a alguien a quien ellos consideraran indigno. ¿Por qué no reunir el valor y contarle las sospechas respecto a él? Una palabra sincera las disiparía. Seguramente sería amable de mi parte hacia él darle la oportunidad de desmentir todas las conjeturas falsas y deshonrosas. ¿Y por qué esta reserva, cuando tan a menudo, con miradas y sugerencias, si no por confesión abierta, ha declarado que me ama y sabe... debe saber... que no le soy indiferente? ¿Por qué nunca habla de sus padres, sus parientes, su hogar?».
Y Lucy, mientras hacía esta pregunta, sacó de un pecho cuyo tono y forma podrían haber rivalizado con los de ella que ganó a Cymon para que fuera sabio —[Véase el poema de Dryden «Cymon e Ifigenia».]— un dibujo que ella misma había hecho secretamente de su amante, y que, aunque hecho de forma inartística e incluso ruda, había captado la inspiración del recuerdo y respiraba los mismos rasgos y aire que ya estaban estampados indeleblemente sobre un corazón demasiado santo para un ídolo tan mancillado. Contempló el retrato como si pudiera responder a su pregunta sobre el original; y mientras miraba y miraba, sus lágrimas cesaron lentamente, y su inocente semblante recayó gradualmente en su habitual y elocuente serenidad. Nunca, quizás, podría haber sido tomado el propio retrato de Lucy en un momento más favorable. La gracia inconsciente de su actitud; su vestido desabrochado; la modesta y juvenil voluptuosidad de su belleza; la tierna mejilla a la que el rubor virginal, desaparecido por un tiempo, regresaba ahora de forma resplandeciente; la pequeña mano blanca y suave sobre la que se apoyaba esa mejilla, mientras la otra contenía la imagen de la que se alimentaban sus ojos; la media sonrisa recién conjurada en sus labios llenos, rojos y húmedos, y desaparecida un momento después, pero restaurada de nuevo... todo ello constituía un cuadro de tal encantadora belleza que cuestionamos si el propio Shakespeare podría haber imaginado una forma terrenal más adecuada para encarnar la visión de una Miranda o una Viola. La quietud y la limpieza virginal de la habitación daban efecto al encanto; y había poesía incluso en el mobiliario níveo de la cama, los postigos parcialmente cerrados y admitiendo un atisbo de la luna de plata, y la lámpara solitaria apenas contendiendo con el rayo más puro de los cielos, lanzando así una luz mezclada y suavizada alrededor de la cámara.
Aún estaba contemplando el dibujo cuando un débil hilo de música se deslizó por el aire debajo de su ventana, y fue subiendo gradualmente hasta que el sonido de una guitarra se hizo distinto y claro, adaptándose a, no perturbando, la serenidad iluminada por la luna de la noche. La galantería y el romance de una época anterior, aunque en el momento de nuestra historia estaban disminuyendo, no estaban del todo disipados; y las serenatas nocturnas bajo las ventanas de una belleza distinguida no eran de ninguna manera infrecuentes. Pero Lucy, mientras la música flotaba en su oído, se sonrojó cada vez más, como si tuviera una fuente más querida para su corazón que la galantería ordinaria; y levantándose sobre un brazo de su posición recostada, se inclinó hacia adelante para captar el sonido con una mayor y más infalible certeza.
Después de un preludio de algunos momentos, una voz clara y dulce acompañó al instrumento, y las palabras de la canción fueron las siguientes:
SERENATA DE CLIFFORD.
Hay un mundo donde cada noche Mi espíritu encuentra y camina con el tuyo; Y las esperanzas que no me atrevo a decirte iluminan, ¡Como estrellas de Amor, ese mundo mío!
¡Duerme! —para el mundo despierto mi corazón Se ha vuelto, me parece, un extraño; ¡Ah, duerme! para que pueda sentir que estás Dentro de un mundo que es solo mío.
A medida que la música se apagaba, Lucy se recostó una vez más, y el dibujo que sostenía fue presionado (con las mejillas ardiendo, aunque sin ser vista, ante el acto) contra sus labios. Y aunque el carácter de su amante no estaba aclarado, aunque ella misma no había llegado a ninguna resolución clara ni siquiera de informarle de los rumores contra su nombre, sin embargo, tan fácilmente restaurada estaba su confianza en él, y tan reconfortante el pensamiento mismo de su vigilancia y su amor, que antes de que hubiera pasado una hora, sus ojos estaban cerrados en el sueño. El dibujo fue colocado, como un hechizo contra el dolor, bajo su almohada; y en sus sueños murmuró su nombre, e inconsciente de la realidad y del futuro, ¡sonrió tiernamente al hacerlo!
CAPÍTULO XIX.
¡Vamos, la trama se complica! y otro pliegue De la cálida capa de misterio nos envuelve. .................. ¿Y por sus amores? ¡Mirad, el sello está sobre ellos!
Tanner de Tyburn.
No debemos suponer que el modo y el tono de Clifford hacia Lucy Brandon fueran tales como parecían a los demás. El amor refina toda aspereza; y esa verdad que nutre la ternura nunca es estéril en gracia. Cualesquiera que fueran los hábitos y los camaradas de la vida de Clifford, albergaba en el fondo muchas cualidades buenas y generosas. No eran a menudo perceptibles, es cierto; primero, porque era de un talante alegre e imprudente; segundo, porque no se dejaba afectar fácilmente por ninguna circunstancia externa; y tercero, porque tenía la política de mostrar ante sus camaradas solo aquellas cualidades que probablemente le darían influencia sobre ellos. Aun así, sin embargo, su mejor genio afloraba siempre que se presentaba la ocasión. Aunque no fuera un "corsario", romántico e irreal, una sombra osiánica que se vuelve más vasta a medida que se aleja de la sustancia; aunque no fuera una mentira magníficamente imaginada sobre las hermosas proporciones de la naturaleza humana, sino un hombre errante en un mundo muy prosaico y hogareño, Clifford todavía mezclaba cierta generosidad y espíritu caballeresco de empresa incluso con las prácticas de su profesión. Aunque el nombre de Lovett, por el cual era principalmente conocido, era uno particularmente distinguido en los anales de los aventureros, nunca había sido asociado con rumores de crueldad o ultraje; y a menudo se le relacionaba con anécdotas de valor, cortesía, buen humor o tolerancia. Era alguien a quien un amor verdadero estaba particularmente destinado a suavizar y redimir. La audacia, la franqueza, el desinterés de su temperamento eran componentes de una naturaleza sobre la cual el afecto invariablemente ejerce un dominio fuerte y profundo. Además, Clifford era de un talante ansioso y ambicioso; y el mismo temperamento y habilidades que en muy pocos años lo habían elevado en influencia y popularidad muy por encima de toda la banda caballeresca con la que estaba relacionado, cuando una vez inflamados y elevados por una pasión superior, probablemente despertarían su ambición del nivel de sus actividades presentes, y lo reformarían, antes de que fuera demasiado tarde, en un miembro útil, es más, incluso honorable, de la sociedad. Confiamos en que el lector ya haya percibido que, a pesar de sus primeras circunstancias, su manera y su trato no eran tales como para inhabilitarlo para el amor de una dama. El refinamiento comparativo de su exterior es fácil de explicar, pues poseía una nobleza natural e innata, un rápido giro para la observación, un sentido presto tanto de lo ridículo como de lo agraciado; y estos son materiales que pronto y ligeramente se transforman de la tosquedad en pulimento. Había sido arrojado, además, entre los líderes y héroes de su banda; muchos no absolutamente bajos en nacimiento, ni degradados en sus hábitos. Había asociado con los Barrington de la época, caballeros que eran admirados en Ranelagh y pronunciaban discursos dignos de Cicerón cuando eran citados a juicio. Había desempeñado su papel en lugares públicos; y como Tomlinson solía decir a su manera clásica, "los triunfos logrados en el campo habían sido planeados en el salón de baile". En resumen, era uno de esos salteadores de caminos consumados y elegantes de los que todavía leemos maravillas, y por quienes habría sido encantador ser robado: y la aptitud de intelecto que crecía en ingenio con sus amigos, se suavizaba en sentimiento con su amante. Hay algo, también, en la belleza (y la persona de Clifford, como ya hemos dicho, poseía atractivos incluso poco comunes) que eleva a un mendigo a la nobleza; y había una distinción en su andar y en su mirada que proporcionaba el aire de rango y el tono de las cortes. Los hombres, en efecto, hábiles como Mauleverer en las sutilezas de los modales, podrían quizás haber detectado fácilmente en él la falta de esa esencia indescriptible poseída solo por personas criadas en la buena sociedad; pero al ser esa falta compartida por tantas personas de nacimiento y fortuna indiscutibles, no suponía ningún reproche particular. Para Lucy, en verdad, criada en reclusión y viendo en Warlock a nadie calculado para refinar su gusto en la moda de un aire o frase a un estándar de perfección muy exigente, esta carencia era perfectamente imperceptible; ella notó en su amante solo una figura incomparable en todas partes, un ojo siempre elocuente con admiración, un paso del que la gracia nunca podría divorciarse, una voz que hablaba en un tono de plata y pronunciaba lisonjas delicadas en el pensamiento y poéticas en la palabra; incluso cierta originalidad de mente, observación y carácter, acercándose ocasionalmente a lo bizarro, aunque a veces también a lo elevado, poseía un encanto para la imaginación de una joven no desprovista de entusiasmo, y contrastaba favorablemente, más que lo contrario, con la insipidez aburrida de aquellos a quienes ordinariamente veía. Ni estamos seguros de que el misterio que lo rodeaba, molesto como era para ella y desacreditado como parecía a los demás, fuera del todo ineficaz para aumentar su amor por el aventurero; y así el Destino, que transmuta en su crisol mágico todos los metales opuestos en aquel que desea producir, hinchó la riqueza de una pasión mal ubicada y ominosa por las mismas circunstancias que deberían haberla contrarrestado y destruido.
Estamos dispuestos, con lo que hemos dicho, no a defender a Clifford, sino a redimir a Lucy en la opinión de nuestros lectores por amar tan imprudentemente; y cuando recuerdan su juventud, su educación, su privación de una madre, de toda amistad femenina, incluso del cuidado vigilante e incansable de algún protector del sexo opuesto, no creemos que lo que fue tan natural sea considerado por nadie inexcusable.
Mauleverer despertó la mañana siguiente al baile con mejor salud de lo habitual y, por consiguiente, más enamorado que nunca. De acuerdo con su resolución de la noche anterior, se sentó a escribir una larga carta a William Brandon: era divertida e ingeniosa como siempre; pero el astuto noble logró, bajo el encubrimiento del ingenio, transmitir a la mente de Brandon un serio temor de que su acariciado proyecto matrimonial pudiera fracasar por completo. El relato de Lucy y del capitán Clifford contenido en la epístola infundió, de hecho, una doble porción de amargura en la mente profesionalmente ácida del abogado; y como sucedió que leyó la carta justo antes de asistir al tribunal en un caso en el que era abogado de la corona, los testigos del lado opuesto de la cuestión sintieron todos los efectos del mal humor del letrado. El caso era uno en el que el acusado había estado involucrado en transacciones de estafa por una suma muy grande; y entre sus agentes y asistentes había una persona de las clases más bajas, pero que, al parecer disfrutando de grandes conexiones y poseyendo agudeza natural y trato, parecía haber sido de gran utilidad para recibir y disponer de los bienes obtenidos fraudulentamente. Como testigo contra esta última persona apareció un prestamista, quien produjo ciertos artículos que le habían sido empeñados en diferentes momentos por este humilde agente. Ahora bien, Brandon, al interrogar al culpable intermediario, se volvió más terriblemente severo a medida que el hombre mostraba esa apariencia de estoicismo inconsciente que las clases bajas pueden asumir tan ingeniosamente, y que es tan peculiarmente adecuada para enfurecer y confundir a los caballeros del foro. A la larga, Brandon, sometiendo y sofocando por completo la obstinada hipocresía del culpable, el hombre volvió hacia él una mirada entre ira y súplica, murmurando:
—¡Aha! si así fuera, Consejero Prandon, si usted supiera lo que yo sé. ¡No iría a intimidarme tanto!
—Y dígame, mi buen amigo, ¿qué es lo que sabe usted que debería hacerme tratarlo como si pensara que es un hombre honesto?
El testigo había recaído ahora en la hosquedad y solo respondió con una especie de gruñido. Brandon, que sabía bien cómo aguijonear a un testigo para que fuera comunicativo, continuó su interrogatorio hasta que el testigo, reavivado en ira, y puede que en indiscreción, dijo en voz baja:
—Pregúntele al señor Swoppem, el prestamista, qué le vendí el 15 de febrero, hace exactamente veintitrés años. Brandon retrocedió, sus labios se pusieron blancos, apretó las manos con un espasmo convulsivo; y mientras todas sus facciones parecían distorsionadas con una intensidad de expectativa seria pero temerosa, profirió una descarga de preguntas tan incoherentes e irrelevantes que fue llamado inmediatamente al orden por su docto hermano del lado opuesto. No se pudo extraer nada más del testigo. El prestamista fue citado de nuevo: parecía algo desconcertado por una apelación a su memoria tan lejana como hacía veintitrés años; pero tras tomarse un tiempo para considerar, durante el cual la agitación del habitualmente frío y sereno Brandon fue notable para todo el tribunal, declaró que no recordaba transacción alguna con el testigo en aquel tiempo. En vano fueron todos los esfuerzos de Brandon para obtener una respuesta más esclarecedora. El prestamista era impenetrable, y el abogado se vio obligado a despedirlo a regañadientes. En el momento en que el testigo dejó el estrado, Brandon se hundió en una abstracción sombría; parecía olvidar por completo los asuntos y los deberes del tribunal; y con tanta negligencia continuó concluyendo el caso, tan sin propósito fue el resto de su examen y contrainterrogatorio, que la causa quedó completamente arruinada y el jurado emitió un veredicto de "No culpable".
En el momento en que salió del tribunal, Brandon se dirigió a casa del prestamista; y después de una conversación con el señor Swoppem, en la que convenció a ese honesto comerciante de que su objetivo era más recompensar que intimidar, Swoppem confesó que hacía veintitrés años el testigo lo había encontrado en una taberna en Devereux Court, en compañía de otros dos hombres, y le había vendido varios artículos de plata, adornos, etc. La gran mayoría de estos artículos, por supuesto, hacía tiempo que habían abandonado la morada del prestamista; pero todavía pensaba que una baratija perdida o dos, no de suficiente valor para ser reajustadas o remodeladas, ni de suficiente moda para encontrar una venta rápida, permanecían en sus cajones. Con entusiasmo y manos temblorosas, Brandon revolvió el variopinto contenido de los depósitos de caoba que el prestamista sometió ahora a su escrutinio. ¡Nada en la tierra es una perspectiva tan melancólica como el cajón de un prestamista! Esos pequeños adornos pintorescos y sin valor, esos nudos de amantes, esos guardapelos ovalados, esos anillos maltratados, rodeados por iniciales o alguna breve inscripción de afecto o de duelo... ¡qué historias de afectos, esperanzas y tristezas pasadas no cuentan! Pero ningún sentimiento de tal tipo general entristeció jamás la dura mente de William Brandon, y ahora menos que en cualquier otro momento tales reflexiones podrían haberle ocurrido. Impacientemente arrojó sobre la mesa, uno tras otro, los juguetes alguna vez guardados quizás con el más tierno respeto, hasta que finalmente sus ojos brillaron y, con un agarre nervioso, se apoderó de un viejo anillo que estaba inscrito con letras y rodeaba un corazón que contenía cabello. La inscripción era simplemente: "W. B. a Julia". Extraña y oscura fue la expresión que se asentó en el rostro de Brandon mientras contemplaba esta baratija aparentemente sin valor. Tras un momento de mirada, profirió una exclamación inarticulada y, metiéndola en su bolsillo, renovó su búsqueda. Encontró otras una o dos bagatelas de naturaleza similar; una era una miniatura mal hecha engastada en plata y que llevaba al dorso varias letras medio borradas, que Brandon interpretó de inmediato (aunque ningún otro ojo podría) como "Sir John Brandon, 1635, AEtat. 28"; la otra era un sello estampado con el noble escudo de la casa de Brandon, "Una cabeza de toro, coronada ducalmente y armada, en oro". Tan pronto como Brandon se hubo apoderado de estos tesoros y llegó a la convicción de que el lugar no albergaba más, aseguró al concienzudo Swoppem su preocupación por la seguridad de esa persona, lo recompensó magníficamente y siguió su camino a Bow Street para obtener una orden de arresto contra el testigo que lo había recomendado al prestamista. En su camino hacia allí, una nueva resolución le sobrevino. "¿Por qué hacerlo todo público", murmuró para sí mismo, "si se puede evitar? ¡Y se puede evitar!" Se detuvo un momento, luego volvió sobre sus pasos hacia la tienda del prestamista y, tras un breve mandato al señor Swoppem, regresó a casa. En el transcurso de la misma tarde, el testigo al que nos referimos fue llevado a la casa del abogado por el señor Swoppem, y allí mantuvo una larga y privada conversación con Brandon; el resultado de esto pareció ser un pacto para su mutua satisfacción, pues el hombre se fue a salvo, con una bolsa pesada y un corazón ligero, aunque varias sombras y dudas cruzaron ciertamente de vez en cuando este último; mientras Brandon se arrellanaba en su asiento con el aire triunfante de quien ha logrado una gran medida, y su rostro oscuro revelaba en cada rasgo una alegría y una esperanza que eran huéspedes poco frecuentes, debe admitirse, tanto en su semblante como en su corazón.
Tan buen hombre de negocios era William Brandon, sin embargo, que no permitió que el acontecimiento de ese día retrasara más allá de la noche su atención a sus planes para el engrandecimiento de su sobrina y su casa. Al amanecer de la mañana siguiente, había escrito a Lord Mauleverer, a su hermano y a Lucy. A la última, su carta, expresada con toda la ansiedad del cariño y la cautela de la experiencia afectuosa, estaba bien calculada para ocasionar esa vergüenza y dolor mezclados que el astuto abogado juzgó acertadamente que sería el enemigo más eficaz para una pasión incipiente. "He oído accidentalmente", escribió, "de un amigo mío, recién llegado de Bath, de las deslumbrantes atenciones que le presta un tal Capitán Clifford; no heriré, mi querida sobrina, su sensibilidad repitiéndole lo que también oí sobre su manera de recibirlas. Conozco la mala intención y la envidia del mundo; y no imagino ni por un momento que mi Lucy, de quien estoy tan justamente orgulloso, fomentaría, por una pequeña coquetería, los avances de alguien con quien nunca podría casarse, o mostraría a cualquier pretendiente una parcialidad desconocida para sus parientes, y ciertamente colocada en un lugar que nunca podría recibir su aprobación. No doy crédito a los informes de los ociosos, mi querida sobrina; pero si yo los desacredito, usted no debe menospreciarlos. Apelo a su prudencia, a su delicadeza, a su discreción, a su sentido del deber, para detener de inmediato y eficazmente todos los rumores impertinentes: no baile más con este joven; no permita que esté en su grupo en ningún lugar de diversión, público o privado; evite incluso verlo si puede, y arroje en su manera hacia él esa frialdad decidida que el mundo no puede confundir". Mucho más escribió el hábil tío, pero todo con el mismo propósito y para el fomento del mismo designio. Su carta a su hermano no fue menos astuta. Le dijo de inmediato que la preferencia de Lucy por las pretensiones de un apuesto cazafortunas era la comidilla del público, y le suplicó que no perdiera un momento en sofocar el rumor. "Puede hacerlo fácilmente", escribió, "evitando al joven; y si es muy importuno, regrese de inmediato a Warlock. El bienestar de su hija debe ser más querido para usted que cualquier otra cosa".
A Mauleverer, Brandon respondió con una carta que giraba primero sobre asuntos públicos, y luego se deslizaba descuidadamente hacia el tema de la información del conde.
Entre las advertencias que se aventuró a dar a Mauleverer, insistió, no sin razón, en la falta de tacto mostrada por el conde al no manifestar esa pompa y ostentación que su posición en la vida le permitía hacer. "Recuerde", instó, "que no está entre sus iguales, por quienes la exhibición innecesaria comienza a ser considerada una vulgaridad ostentosa. El método más seguro de deslumbrar a nuestros inferiores es mediante el esplendor, no el gusto. Todas las personas jóvenes, todas las mujeres en particular, son captadas por la exhibición y enamoradas de la magnificencia. Asuma un mayor estado y será más comentado; y la notoriedad gana el corazón de una mujer más que la belleza o la juventud. Usted ha, perdóneme, jugado al muchacho demasiado tiempo; cierta dignidad conviene a su virilidad; las mujeres no lo respetarán si usted se permite ser 'rancio y barato para la compañía vulgar'. Usted es como un hombre que tiene cincuenta ventajas y usa solo una de ellas para lograr su punto, cuando confía en su conversación y sus modales, y tira por la borda los recursos de su riqueza y su posición. Cualquier caballero privado puede ser amable e ingenioso; pero no cualquier caballero privado puede llamar en su ayuda la lámpara de Aladino poseída en Inglaterra por un par adinerado. ¡Cuide esto, mi querido lord! Lucy en el fondo es vanidosa, o no es una mujer. Deslúmbrela, pues, ¡deslúmbrela! El amor puede ser ciego, pero debe serlo por exceso de luz. Usted tiene una casa de campo a pocas millas de Bath. ¿Por qué no establecer allí su residencia en lugar de en un alojamiento insignificante en la ciudad? Dé entretenimientos suntuosos, haga necesario que todo el mundo asista a ellos, excluya, por supuesto, a este Capitán Clifford; entonces encontrará a Lucy sin un rival. En la actualidad, exceptuando solo su título, usted pelea en un terreno nivelado con este aventurero, en lugar de una eminencia desde la cual podría barrerlo en un instante. Es más, él es más fuerte que usted; él tiene las oportunidades que brindan los bailes donde usted no puede aparecer con ventaja; él es, dice usted, en el primer florecimiento de la juventud, es apuesto. ¡Reflexione! Su destino, en lo que respecta a Lucy, está en sus manos. Paso a otros temas", etc. Mientras Brandon releía, antes de firmar, esta última carta, una sonrisa amarga se asentó en sus facciones duras pero hermosas. "Si", dijo mentalmente, "puedo efectuar este objetivo, si Mauleverer se casa con esta chica, ¿por qué tanto mejor que ella tenga otro, uno más justo y uno más bienvenido amante? Por el gran principio de desprecio dentro de mí, que me ha permitido burlarme de lo que las mentes más débiles adoran, y hacer un taburete de ese honor mundano que los tontos erigen como un trono, sería para mí más dulce que la fama, sí, o incluso que el poder, ver a este lord de finos modales como una burla en boca de los hombres, un cornudo, ¡un cornudo!" y mientras decía la última palabra, Brandon se rió a carcajadas. "Y él piensa, también", añadió, "que está seguro de mi fortuna; de lo contrario, quizás, él, el descendiente del orfebre, no dignificaría nuestra casa con sus propuestas; pero puede equivocarse ahí, ¡puede equivocarse ahí!", y terminando su soliloquio, Brandon terminó también su carta con: "¡Adiós, mi querido lord, su más afectuoso amigo!".
No es difícil conjeturar el efecto producido sobre Lucy por la carta de Brandon. La hizo sentirse desgraciada; se negó durante días a salir; se encerró en su apartamento y consumió el tiempo en lágrimas y luchas con su propio corazón. A veces, lo que concebía que era su deber vencía, y resolvía renunciar a su amante; pero la noche deshacía el trabajo del día, pues por la noche, cada noche, el sonido de la voz de su amante, acompañada de música, derretía su resolución y la hacía una vez más todo ternura y confianza. Las palabras, también, cantadas bajo su ventana, eran especialmente adecuadas para afectarla; respiraban una melancolía que la conmovía más por su armonía con sus propios pensamientos. Unas veces se quejaban de la ausencia, otras veces insinuaban el descuido; pero siempre había en ellas un tono de humillación, no de reproche; denotaban un sentido de indignidad en el amante y confesaban que incluso el amor era un crimen: y en la medida en que reconocían la falta de merecimiento, Lucy se aferraba con más firmeza a la creencia de que su amante era merecedor.
El viejo escudero quedó sumamente desconcertado por la carta de su hermano. Aunque impresionado con la idea de la propia importancia y el amor por la sangre tolerablemente pura, comunes a la mayoría de los escuderos rurales, no sentía en absoluto ambición por su hija. Por el contrario, el mismo sentimiento que en Warlock le había hecho elegir a sus compañeros entre la pequeña nobleza le hacía sentir aversión ante la idea de un yerno de la aristocracia. A pesar de la afabilidad de Mauleverer, la misma desenvoltura del conde le molestaba, y nunca se sentía a gusto en su compañía. Sentía un gran afecto por Clifford y, tras convencerse de que no había nada sospechoso en el joven caballero, no veía razón terrenal alguna por la cual un compañero tan agradable no pudiera ser un yerno agradable. «Si es pobre», pensaba el escudero, «aunque no lo parece, ¡Lucy es rica!». Y esta perogrullada le parecía responder a cualquier objeción. Sin embargo, William Brandon poseía una notable influencia sobre la mente más débil de su hermano; y el escudero, aunque con gran renuencia, resolvió adoptar su consejo. Cerró sus puertas a Clifford y, cuando se lo encontraba por las calles, en lugar de saludarlo con su cordialidad acostumbrada, pasaba junto a él con un apresurado «¡Buen día, capitán!», que, al cabo de uno o dos días, se convirtió en una inclinación de cabeza distante. Siempre que las personas de gran corazón son groseras, y lo son injustamente, la grosería es extrema. Al escudero le resultaba tan molesto ser menos familiar que antes con Clifford, que su único deseo restante era ahora romper toda relación con él; y hacia esta consumación del trato parecía aproximarse rápidamente el saludo gradualmente más frío. Mientras tanto, Clifford, incapaz de ver a Lucy, esquivado por su padre y recibiendo como respuesta a todas sus indagaciones miradas groseras del lacayo —a quien nada salvo el más firme autocontrol sobre sus músculos le impedía derribar—, empezó a sentir, quizás por primera vez en su vida, que un carácter equívoco es, al menos, una desgracia no equívoca. Para añadir a su angustia, «las ganancias de su industria previa» —usamos la expresión apreciada por el sabio Tomlinson— mermaban gradualmente bajo los gastos de Bath; y las voces murmurantes de sus dos camaradas empezaban ya a reprochar a su jefe su ingloriosa ociosidad y a insinuar la necesidad de un pronto esfuerzo.
CAPÍTULO XX.
Whackum. ¡Mira allí, ahora! Bien, toda Europa no puede mostrar un grupo de ingenios más refinados ni de caballeros más valientes.
Dingboy. A fe mía, son hombres bastante listos.
SHADWELL: Scourers.
El mundo de Bath se vio repentinamente deleitado por la noticia de que Lord Mauleverer se había ido a Beauvale (la hermosa residencia poseída por aquel noble en las cercanías de Bath), con la intención de celebrar allí una serie de suntuosos festejos.
Las primeras personas a quienes el alegre conde anunció su «hospitalario propósito» fueron el señor y la señorita Brandon; acudió a su casa y declaró su resolución de no abandonarla hasta que Lucy (que estaba en su propia habitación) consintiera en complacerlo con una entrevista y la promesa de ser la reina de su proyectado festival. Lucy, importunada por su padre, bajó al salón, sin ánimos y pálida; y el conde, impresionado por la alteración de su aspecto, tomó su mano e hizo sus indagaciones con una apariencia de bondad tan interesante y sentida que predispuso al padre por primera vez a su favor, y conmovió incluso a la hija. Tan sincera fue, además, su petición de que honrara sus festividades con su presencia, y con tan hábil adulación fue transmitida, que el escudero se comprometió a prometer el favor en su nombre; y cuando el conde, declarando que no se contentaba con esa promesa de otro, apeló a la propia Lucy, su negativa pronto se fundió en una asentimiento positivo aunque renuente.
Deleitado con su éxito, y más impresionado con la lozanía de Lucy, refinada como estaba por su palidez, de lo que nunca antes lo había estado, Mauleverer abandonó la casa y calculó, con mayor precisión de la que hasta entonces había empleado, la fortuna probable que Lucy derivaría de su tío.
No bien fueron emitidas las invitaciones para la fiesta de Lord Mauleverer, no se hablaba de otra cosa en los círculos que en Bath la gente se complacía en llamar «el Mundo».
Pero mientras tanto, se confeccionaban los tocados y fluía la conversación en Bath; y cuando se supo que Lord Mauleverer —el bondadoso Lord Mauleverer, el atento Lord Mauleverer— realmente iba a ser exclusivo y, de entre mil conocidos, elegiría solo a ochocientos, es sorprendente cómo su popularidad se profundizó hasta convertirse en respeto. Entonces llegaron la ansiedad y el triunfo; aquella que era invitada daba la espalda a la que no lo era, las viejas amistades se disolvían, la Independencia escribía cartas solicitando un pase, y, como Inglaterra es el país más libre del mundo, todas las señoras Hodge y Snodge suplicaron tomarse la libertad de llevar a sus hijas menores.
Dejando al envidiable Mauleverer —la divina ocasión de tanta felicidad y pesar, triunfo y abatimiento—, ascienda con nosotros, oh lector, a esos elegantes apartamentos sobre la tienda del peluquero, ocupados por el señor Edward Pepper y el señor Augustus Tomlinson. El tiempo era el de la tarde; el capitán Clifford había estado cenando con sus dos amigos; el mantel había sido retirado y la conversación fluía sobre una mesa adornada por dos botellas de oporto, un cuenco de ponche para la discusión especial del señor Pepper, dos platos de avellanas, otro de bizcochos picantes y un cuarto de tres crudezas pomarianas, que nadie tocó.
El hogar estaba barrido, el fuego ardía alto y claro, las cortinas estaban bajadas y la luz excluida. Nuestros tres aventureros y sus habitaciones parecían el retrato de la comodidad. Así lo pensó el señor Pepper; pues, mirando alrededor de la cámara y poniendo sus pies sobre el guardafuego, dijo:
—¡Si mi retrato fuera a ser tomado, caballeros, es exactamente tal como estoy ahora que sería dibujado!
—Y —dijo Tomlinson, rompiendo sus avellanas (Tomlinson era aficionado a las avellanas)—, si tuviera que elegir un hogar, es en un hogar como este donde siempre estaría acuartelado.
—Ah, caballeros —dijo Clifford, quien había estado en silencio durante algún tiempo—, es más que probable que ambos deseos vuestros puedan ser escuchados, y que podáis ser dibujados, acuartelados y algo más, también, ¡en el mismo lugar de vuestro merecimiento!
—Bien —dijo Tomlinson, sonriendo suavemente—, me alegra oírle bromear de nuevo, capitán, aunque sea a nuestra costa.
—¡Costa! —repitió Ned—. ¡Sí, ahí está el quid! ¿Quién demonios va a pagar la costa de nuestra cena?
—¿Y nuestras cenas de la última semana? —añadió Tomlinson—. Esta nuez vacía parece ominosa; ciertamente tiene un gran rasgo que se parece sorprendentemente a mis bolsillos.
—¡Ay! —suspiró el largo Ned, volviendo del revés los contenidos de su chaleco con un gesto significativo, mientras el consumado Tomlinson, que era aficionado a la poesía lastimera, señalaba los desolados vacíos y exclamaba:
«¡Incluso mientras las artes más brillantes de la Moda seducen, el corazón desanimado pregunta si esto es alegría!»
—En verdad, caballeros —añadió, depositando solemnemente su cascanueces sobre la mesa y colocando, como era su costumbre cuando estaba a punto de ser luminoso, el dedo índice derecho sobre la palma siniestra—, en verdad, caballeros, los asuntos se están volviendo serios para nosotros, y se hace necesario, sin demora, idear algún medio seguro de procurar una competencia decente.
—Estoy acosado por los acreedores de forma confusa —gritó Ned.
—Y —continuó Tomlinson—, a ninguna persona de delicadeza le gusta estar sujeta a la importunidad de acreedores vulgares; debemos, por tanto, recaudar dinero para la liquidación de nuestras deudas. Capitán Lovett, o Clifford, como quiera que se le llame, le pedimos que nos ayude en tan loable propósito.
Clifford dirigió sus ojos primero a uno y luego al otro, pero no respondió.
—Imprimis —dijo Tomlinson—, que cada uno produzca sus existencias a mano; por mi parte, estoy libre de confesar —pues, ¿qué vergüenza hay en esa pobreza que nuestros esfuerzos están a punto de aliviar?—, ¡que solo tengo dos guineas, cuatro chelines y tres peniques y medio!
—Y yo —dijo el largo Ned, tomando un adorno de porcelana de la repisa de la chimenea y vaciando su contenido en su mano—, estoy en una condición aún más lastimosa. Vea, solo tengo tres chelines y una guinea falsa. Le di la guinea al camarero del White Hart ayer; el perro me la trajo hoy, y me vi obligado a cambiarla con mi último brillo. ¡Plaga que tome la cosa! La compré a un judío por cuatro chelines y he perdido una libra y cinco en el trato.
—La fortuna frustra nuestros planes más sabios —repuso el moralizante Augustus—. Capitán, ¿producirá los escasos restos de su riqueza?
Clifford, aún silencioso, arrojó una bolsa sobre la mesa. Augustus la vació cuidadosamente y contó cinco guineas; una expresión de grave sorpresa se asentó en la frente contemplativa de Tomlinson y, extendiendo las monedas hacia Clifford, dijo en un tono melancólico:
«¿Todas tus lindas? ¿Dijiste todas?»
Una mirada de Clifford respondió a la interesante interrogatoria. —Estas, entonces —dijo Tomlinson, recogiendo en su mano la riqueza común—, ¡estas, entonces, son todos nuestros tesoros restantes! Mientras hablaba, hizo tintinear las monedas tristemente en su palma y, mirándolas con aire paternal, exclamó:
«¡Ay! ¡Indiferentes a su destino, las pequeñas víctimas juegan!»
—¡Oh, demonios! —dijo Ned—. ¡Nada de sentimentalismos! Vayamos al negocio de una vez. A decir verdad, yo, por mi parte, estoy cansado de esta caza de herederas, y un hombre puede gastar una fortuna en la persecución antes de que pueda ganar una.
—¿Desespera entonces, positivamente, de la viuda a la que ha cortejado tanto tiempo? —preguntó Tomlinson.
—Totalmente —repuso Ned, cuyas pretensiones se habían limitado únicamente a las damas de clase media, y que se había imaginado en una ocasión, como él decía en broma, seguro de una querida costilla de Cheapside—, totalmente; fue muy amable conmigo al principio, pero cuando le propuse matrimonio, me pidió, con un sonrojo, mis «referencias». «¿Referencias? —dije yo—. ¡Quiero el puesto de su marido, mi encanto, no de su lacayo!». La dama fue inexorable, dijo que no podía tomarme sin un certificado de buena conducta, pero insinuó que podría ser el amante en lugar del esposo; y cuando desdeñé la sugerencia e insistí en el párroco, me dijo directamente, con su desafortunada pronunciación urbana: «¡Que nunca me acompañaría al patíbulo!».
—¡Ja, ja, ja! —gritó Tomlinson, riendo—. Apenas se puede culpar a la buena señora por eso. El amor rara vez tolera vínculos tan permanentes. Pero, ¿no tiene ninguna otra dama a la vista?
—No para el matrimonio... ¡todos los caminos menos los que llevan a la iglesia! Mientras esta disoluta pareja conversaba así, Clifford, apoyado contra el friso de madera, los escuchaba con una sensación enfermiza y amarga de degradación, que hasta hace pocos días le había sido extraña. Fue finalmente despertado de su silencio por Ned, quien, inclinándose hacia adelante y colocando su mano sobre la rodilla de Clifford, dijo bruscamente:
—En resumen, capitán, debe conducirnos una vez más a la gloria. Todavía tenemos nuestros caballos, y guardo mi antifaz en mi cartera, junto con mi peine. Salgamos a la carretera mañana por la noche, crucemos a toda velocidad el campo hacia Salisbury y, tras una breve visita en esa vecindad a una banda de viejos amigos míos —hombres audaces que habrían detenido al mismo diablo cuando estaba trabajando en Stonehenge—, hagamos un tour por Reading y Henley y terminemos con una zambullida en Londres.
—¡Has hablado bien, Ned! —dijo Tomlinson, aprobando—. Ahora, noble capitán, ¿su opinión?
—Messieurs —respondió Clifford—, apruebo altamente su pretendida excursión, y solo lamento no poder ser su compañero.
—¿No? ¿Y por qué? —gritó el señor Pepper, asombrado.
—Porque tengo asuntos aquí que lo hacen imposible; quizás, antes de mucho, pueda reunirme con ustedes en Londres.
—No —dijo Tomlinson—, no hay necesidad de que vayamos a Londres si desea permanecer aquí; ni necesitamos recurrir en este momento a un expediente tan desesperado como la carretera; un pequeño negocio tranquilo en Bath servirá a nuestro propósito; y por mi parte, como bien sabe, me encanta ejercer mi ingenio en algún plan más digno de él que la carretera; una profesión más adecuada para un matón que para un hombre de genio. ¡Planeemos entonces, capitán, un proyecto de enriquecimiento con la propiedad de algún comerciante crédulo! ¿Por qué recurrir a medidas rudas mientras podamos encontrar tontos fáciles?
Clifford sacudió la cabeza. —Les confesaré francamente —dijo—, que no puedo por el momento participar en sus hazañas; es más, como su jefe, debo darles mis órdenes positivas de abstenerse de todo ejercicio de sus talentos en Bath. Roben, si les place: el mundo está ante ustedes; pero esta ciudad es sagrada.
—¡Cuerpo de mí! —gritó Ned, enrojeciendo—. Pero esto es demasiado bueno. No permitiré que me dicten de esta manera.
—Pero, señor —respondió Clifford, quien había aprendido en su profesión oligárquica la manera de mandar—, pero, señor, deberá hacerlo, o si se amotina, abandona nuestro grupo, y entonces el verdugo no tendrá pocas posibilidades con usted mismo. ¡Vamos, vamos! Ingrato como es, ¿qué sería usted sin mí? ¿Cuántas veces he salvado ya ese largo esqueleto tuyo de la soga, y ahora tendrías la bajeza de rebelarte? ¡Fuera de aquí!
Aunque el señor Pepper estaba todavía furioso, se mordió el labio en un silencio sombrío y no permitió que su pasión se desbordara; mientras Clifford, levantándose tras una breve pausa, continuó: —Escuchen, señor Pepper, conocen mis órdenes; considérenlas perentorias. ¡Les deseo éxito y abundancia! ¡Adiós, caballeros!
—¿Ya nos deja? —gritó Tomlinson—. Está ofendido.
—¡Ciertamente no! —respondió Clifford, retirándose hacia la puerta—. ¡Pero tengo un compromiso en otra parte, ya saben!
—Sí, ya le entiendo —dijo Tomlinson, siguiendo a Clifford fuera de la habitación y cerrando la puerta tras él—. ¡Sí, ya le entiendo! —añadió, en un susurro, mientras detenía a Clifford al inicio de las escaleras—. Pero dígame, ¿cómo le va con la heredera?
Sofocando esa sensación en su corazón que hacía a Clifford, temerario como era, enfurecerse y avergonzarse siempre que a través de los labios de sus camaradas surgía cualquier alusión a Lucy Brandon, el jefe respondió: —¡Temo, Tomlinson, que ya soy sospechoso para el viejo escudero! De repente me evita, cierra su puerta contra mí; la señorita Brandon no va a ninguna parte, e incluso si lo hiciera, ¿qué podría esperar de ella después de este cambio repentino en el padre?
Tomlinson se quedó inexpresivo y desconcertado. —Pero —dijo, tras un momento de silencio—, ¿por qué no poner buena cara al asunto, caminar hacia el escudero y preguntarle la razón de su falta de amabilidad?
—Verá, amigo mío; soy lo suficientemente audaz con todos los demás, pero esta chica me ha hecho tan tímido como una doncella en todo lo que se refiere a ella misma. Es más, hay momentos en los que pienso que puedo conquistar todo sentimiento egoísta y regocijarme por su bien de que se haya librado de mí. Si pudiera verla una vez más, podría... ¡sí! Siento... siento que podría... ¡resignarla para siempre!
—¡Hum! —dijo Tomlinson—, ¿y qué va a ser de nosotros? Realmente, mi capitán, su sentido del deber debería llevarle a esforzarse; sus amigos se mueren de hambre ante sus ojos, mientras usted está indeciso respecto a su amante. ¿No tiene entrañas para la amistad?
—¡Una tregua con estas tonterías! —dijo Clifford, con enojo.
—Es sentido, sentido sobrio, y tristeza también —repuso Tomlinson—. Ned está descontento, nuestras deudas son imperiosas. Suponga, ahora... solo suponga... que nos marchamos de Bath a la luz de la luna, ¿hablará eso bien de usted a quien dejamos atrás? Sin embargo, esto debemos hacer si usted no idea algún método para rellenar nuestras bolsas. O bien consienta en unirse a nosotros en un plan adecuado para nuestras necesidades, o pague nuestras deudas en esta ciudad, o huya con nosotros a Londres y destierre todos los pensamientos de ese amor que tan raramente es amistoso con los proyectos de la ambición.
A pesar de la manera en que Tomlinson hizo esta triple proposición, Clifford no pudo dejar de reconocer el sentido y la justicia contenidos en ella; y un vistazo al asunto bastó para mostrar cuán ruinoso para su carácter, y por tanto para sus esperanzas, sería la huida de sus camaradas y el clamor de sus acreedores.
—Hablas bien, Tomlinson —dijo, vacilante—; y sin embargo, por mi vida, no puedo ayudarles en ningún plan que pueda deshonrarnos con la detección. Nada puede reconciliarme con la aprensión de que la señorita Brandon descubra quién y qué era su pretendiente.
—Siento lo suyo —dijo Tomlinson—, pero déme al menos permiso a Pepper y a mí para arreglárnoslas por nuestra cuenta; confíe en mi conocida prudencia para encontrar algún método de levantar el viento sin crear polvo; en otras palabras (¡este maldito Pepper lo hace a uno tan vulgar!), de aprovecharse del público sin ser descubierto.
—No veo alternativa —respondió Clifford, de mala gana—; pero si es posible, esté tranquilo por el momento. Aguánteme unos días más, deme solo tiempo suficiente para ver una vez más a la señorita Brandon, ¡y me comprometeré a sacarlos de sus dificultades!
—Hablado como usted mismo, franca y noblemente —respondió Tomlinson—; ¡nadie tiene una mayor confianza en su genio, una vez ejercido, que yo!
Dicho esto, la pareja se estrechó la mano y se separó. Tomlinson se reunió con el señor Pepper.
—Bien, ¿han arreglado algo? —dijo este último.
—No exactamente; y aunque Lovett ha prometido esforzarse en unos días, sin embargo, como el pobre hombre está enamorado y su genio bajo una nube, tengo poca fe en sus promesas.
—¡Y yo no tengo ninguna! —dijo Pepper—; además, ¡el tiempo apremia! ¡Unos días! ¡Unos demonios! Ciertamente estamos olfateados aquí, y camino como un barril de cerveza en Navidad, ¡bajo la aprensión horaria de ser pinchado!
—Es muy extraño —dijo el filosófico Augustus—; pero creo que hay un instinto en los comerciantes por el cual pueden distinguir a un pícaro a primera vista; y no puedo obtener (por muy bien que me vista) más crédito con mi lavandera que el que mis amigos los Whigs pueden con el pueblo.
—En resumen, entonces —dijo Ned—, debemos recurrir de inmediato a la carretera; y pasado mañana habrá una excelente oportunidad. El viejo conde del nombre difícil da un desayuno, o fiesta, o alguna tontería semejante. Entiendo que la gente se quedará hasta después del anochecer; vigilemos nuestra oportunidad, estamos famosamente montados, ¡y algún carruaje más tardío que la comitiva general puede proporcionarnos todo lo que nuestros corazones puedan desear!
—¡Bravo! —gritó Tomlinson, estrechando cordialmente la mano del señor Pepper—; le felicito por su ingenio, y puede confiar en mí para hacer después las paces con Lovett. Cualquier empresa que le parezca galante siempre está dispuesto a perdonarla; y como nunca practica otra rama de la profesión que no sea la de la carretera (por lo cual confieso que creo que es un tonto), estará más dispuesto a pasar por alto nuestras hazañas en esa línea que en cualquier otra más sutil pero menos heroica.
—Bien, le dejo a usted la tarea de propiciar al sujeto o no, como guste; y ahora que hemos arreglado el punto principal, ¡terminemos el licor!
—Y —añadió Augustus, tomando un mazo de cartas de la repisa de la chimenea—, podemos mientras tanto tener una partida tranquila de cribbage por chelines.
—¡Hecho! —gritó Ned, retirando el postre.
Si los denodados corazones del señor Edward Pepper y de ese Ulises de los ladrones, Augustus Tomlinson, latían con fuerza a medida que las horas acercaban la fiesta de Lord Mauleverer, su líder no estaba sin ansiedad y expectación ante el mismo evento. Estaba sin invitación, es cierto, a la alegre escena; pero había oído en público que la señorita Brandon, recuperada de su reciente enfermedad, asistiría ciertamente; y Clifford, desgarrado por el suspenso y deseoso una vez más, aunque fuera por última vez, de ver a la única persona que había atravesado su alma con un agudo sentido de sus errores o crímenes, resolvió arriesgar todos los obstáculos y encontrarse con ella en casa de Mauleverer.
—Mi vida —dijo, mientras se sentaba solo en su habitación, observando las brasas moribundas de su fuego, silencioso y letárgico—, puede acercarse pronto a su fin; de hecho, está fuera de toda probabilidad que pueda escapar por mucho tiempo al destino de mi condición; y cuando, como última esperanza de elevarme de mi estado desesperado hacia la respetabilidad y la reforma, vine aquí y medité comprar la independencia mediante el matrimonio, ¡estaba ciego ante la maldita picardía de tal acción! ¡Feliz, después de todo, de que mis intenciones se dirigieran contra alguien a quien tan pronto y con tanta adoración aprendí a amar! De haber cortejado a una a quien amara menos, quizás no habría escrupulado en engañarla para casarme. Tal como están las cosas... bueno, es ocioso que piense así en mi resolución, cuando ni siquiera tengo la opción de elegir; cuando su padre, tal vez, ya ha levantado el velo de mis supuestas dignidades, y la hija ya se aparta con horror de mi nombre. ¡Sin embargo, la veré! Contemplaré una vez más ese rostro angelical, escucharé de sus propios labios la confesión de su desdén, veré ese ojo brillante lanzar odio sobre mí, y podré entonces volver una vez más a mi carrera fatal, y olvidar que alguna vez me arrepentí de haberla comenzado. Sin embargo, ¿cuál otra podría haber sido mi alternativa? Sin amigos, sin hogar, sin nombre... un huérfano, peor que un huérfano, el hijo de una ramera, con un padre incluso desconocido; pero maldecido con tempranas aspiraciones e inquietud, y un tenue destello de conocimiento, y un deseo absoluto de todo lo que pareciera empresa... ¿qué extraño es que eligiera cualquier cosa antes que el trabajo diario y la ignominia perpetua? Después de todo, ¡la culpa es de la fortuna y del mundo, no mía! ¡Oh, Lucy! Si tan solo hubiera nacido en tu esfera, si tan solo hubiera poseído el derecho a merecerte, ¡qué no habría hecho, arriesgado y conquistado por tu causa!
Tales, o similares a estos, fueron los pensamientos de Clifford durante el intervalo entre su resolución de ver a Lucy y el momento de llevarla a cabo. Los pensamientos no eran de naturaleza agradable, aunque sí excitante; ni se vieron muy aliviados por la ingeniosa ocupación de engañarse a sí mismo con la creencia de que, si era un salteador de caminos, era totalmente culpa de los caminos.
CAPÍTULO XXI.
Sueño. Déjame verla, querido Leontins. El Teniente Humorista.
Hempskirke. Fue el sujeto, seguro. Wolfort. ¿Quién eres, bribón? El Arbusto del Mendigo.
Oh, espíritu divino que ardes en cada pecho, incitando a cada uno con el sublime deseo de ser distinguido; que agitas a los grandes para volverse pequeños con el fin de parecer mayores, y que haces que una duquesa busque el insulto por un aval... tú que te deleitas en tantas formas, multifacético pero el mismo; espíritu que haces despreciable a lo elevado, y al señor más vil que a su ayuda de cámara; igualmente grande tanto si engañas a un amigo como si cortas a un padre; barnizando todo lo que tocas con una brillante vulgaridad que tus devotos imaginan ser oro... tú que envías a los pocos a los bailes de moda y a los muchos a las novelas de moda; que golpeas tanto al Genio como a la Locura, haciendo que los favoritos de los dioses presuman de un conocimiento que no tienen de las gracias de una nobleza de hongos en lugar del conocimiento que tienen de las Musas de un Helicón eterno... tú que no dejas en el gran océano de nuestras costumbres ningún lugar seco para el pie de la independencia; que hastías al ojo cansado con un panorama móvil y envolvente de vilezas pintarrajeadas, y pulverizas las almas de los británicos nacidos libres hasta hacerlas más pequeñas que los ángeles que bailan por miríadas en la punta de un alfiler... ya sea que, ¡oh, espíritu!, te llames Moda o Ton, o Ambición o Vanidad o Adulación o Hipocresía o cualquier título igualmente elevado y sublime... ¡ojalá pudiéramos obtener de tus alas al menos una sola pluma! Con gusto, en tono adecuado, describiríamos las festividades de aquel día memorable en que el benévolo Lord Mauleverer recibió y bendijo al admirador universo de Bath.
Pero para ser menos poético, como dicen ciertos escritores cuando han estado escribiendo disparates... pero para ser menos poético y más exacto, la mañana, aunque en pleno invierno, era brillante y clara, y Lord Mauleverer se encontraba en una salud particularmente buena. Nada podría estar mejor planeado que el conjunto de sus preparativos. A diferencia de aquellos que se eligen habitualmente por la razón expresa de ser lo más ajenos posible a la naturaleza de nuestro clima, todos los arreglos de Lord Mauleverer se hicieron adecuados a una atmósfera de Groenlandia. Los templos y casas de verano, dispersos por los terrenos, fueron equipados, algunos como chozas esquimales, otros como pabellones rusos; los fuegos se mantuvieron cuidadosamente; los músicos, Mauleverer se encargó de que tuvieran tanto vino como quisieran; fueron colocados hábilmente en lugares donde no se les veía, pero donde podían ser oídos. Se erigieron uno o dos edificios temporales para aquellos a quienes les gustaba bailar; y como Mauleverer, calculando mal sobre los principios de la naturaleza humana, pensó que los caballeros podrían ser reacios a la exhibición ostentosa, había contratado a personas para patinar minuetos y ochos sobre sus lagos, para la diversión de aquellos a quienes les gustaba patinar. A todas las personas que fueran tan amables como para vestirse con trajes extraños y hacer ruidos raros, a los que llamaban canto, el conde los había contratado cuidadosamente y plantado en los mejores lugares para hacerlos parecer aún más extraños de lo que eran.
También había mucho para comer, y más que suficiente para beber. Mauleverer sabía bien que a nuestros compatriotas y compatriotas, sea cual sea su rango, les gusta tener sus espíritus exaltados. En resumen, todo el almuerzo estaba tan admirablemente planeado que era probable que los invitados no se vieran mucho más melancólicos durante las diversiones de lo que habrían estado si hubieran estado ocupados de otra manera en un funeral.
Lucy y el escudero estuvieron entre los primeros en llegar. Mauleverer, acercándose al padre y a la hija con sus modales más cortesanos, insistió en tomar a esta última bajo su propia escolta y ser su cicerone a través de la ronda de preparativos.
A medida que la multitud se espesaba, y se observaba cuán galantes eran las atenciones testimoniadas hacia Lucy por el anfitrión, ¡muchos y envidiosos fueron los susurros de los invitados! Aquella buena gente, naturalmente enojada ante la idea de que dos individuos debieran casarse, se dividió en dos partidos: uno abusó de Lucy, y el otro de Lord Mauleverer; el primero vituperó su arte, el último su locura. “Pensé que jugaría bien sus cartas, ¡criatura engañosa!”, dijo uno. “Enero y mayo”, murmuró el otro; “¡el hombre tiene sesenta años!”. Era notable que el partido contra Lucy estaba compuesto principalmente por damas, y el de Mauleverer por hombres; ¡esa conducta debe ser realmente atroz para atraer la indignación del propio sexo!
Inconsciente de sus crímenes, Lucy se movió a lo largo, apoyada en el brazo del galante conde, y sonriendo lánguidamente, con su corazón muy lejos, ante sus intentos por divertirla. Había algo interesante en el simple contraste de la pareja; tan conmovedora parecía la belleza de la joven, con su mejilla delicada, su forma virginal, su párpado caído y su tranquila simplicidad de aire, en comparación con el semblante mundano y la gracia artificial de su compañero.
Después de algún tiempo, cuando estaban en una parte apartada de los terrenos, Mauleverer, observando que no había nadie cerca, entró en una choza rústica; y tan fascinado estaba en ese momento por la belleza de su invitada, y tan apropiada le pareció la oportunidad para su confesión, que suprimió con dificultad la declaración que subía a sus labios, y tomó el plan más prudente de sondear primero y preparar, por así decirlo, el camino.
—No puedo decirle, mi querida señorita Brandon —dijo él, presionando ligeramente la hermosa mano apoyada en su brazo—, ¡cuán feliz soy de verla como invitada... más bien, como reina, de mi casa! ¡Ah! ¡Si el esplendor de la juventud pudiera regresar con sus sentimientos! ¡El tiempo nunca es tan cruel como cuando, mientras nos roba el poder de agradar, nos deja en pleno vigor el infeliz privilegio de ser encantados!
Mauleverer esperaba al menos una contradicción sonrojada a la aplicación implícita de un sentimiento tan afectuosamente expresado: se sintió decepcionado. Lucy, menos viva de lo habitual a lo sentimental, o a su reverso, apenas percibió su significado, y respondió simplemente que era muy cierto. “Esto es lo que pasa por ser, como mi amigo Burke, demasiado refinado para la propia audiencia”, pensó Mauleverer, estremeciéndose un poco ante la respuesta inesperada. “¡Y sin embargo!”, continuó, “no renunciaría a mi poder de admirar, fútil, es más, doloroso como es. Incluso ahora, mientras la contemplo, mi corazón me dice que el placer que disfruto, está bajo su mando tanto para marchitarlo en la miseria como para preservarlo; ¡pero mientras me lo dice, la contemplo!”.
Lucy levantó los ojos, y algo de su picardía natural jugó en su expresión.
—Creo, mi señor —dijo ella, alejándose de la choza—, que sería mejor unirse a sus invitados: las paredes tienen oídos; y ¿cuál sería el reproche del alegre Lord Mauleverer si escuchara de nuevo sus finos cumplidos a...?
—¡La persona más encantadora de Europa! —exclamó Mauleverer con vehemencia; y la mano que antes tocó, ahora la estrechó. En ese instante Lucy vio frente a ella, medio escondida por un matorral de hojas perennes, la figura de Clifford. Su rostro, que parecía pálido y demacrado, no estaba dirigido hacia el lugar donde ella estaba, y evidentemente no percibió a Mauleverer ni a ella misma; sin embargo, tan grande fue el efecto que este vislumbre de él produjo en Lucy, que tembló violentamente y, pronunciando inconscientemente un grito débil, arrebató su mano de Mauleverer.
El conde se sobresaltó y, captando la expresión de sus ojos, se volvió instantáneamente hacia el lugar donde su mirada parecía estar clavada. No había escuchado el crujido de las ramas, pero vio, con su habitual rapidez de observación, que todavía temblaban, como si hubieran sido desplazadas recientemente; y captó a través de sus intersticios el vislumbre de una figura que se alejaba. Saltó hacia adelante con una agilidad muy poco común en sus movimientos habituales; pero antes de llegar al matorral, todo rastro del intruso se había desvanecido.
¡Qué esclavos somos del momento! Mientras Mauleverer se volvía para reunirse con Lucy, quien, agitada casi hasta el desmayo, se apoyaba contra la ruda pared de la choza, habría pensado antes en volar que en hacer esa generosa oferta de sí mismo, etc., que el instante anterior ardía por ofrecer a Lucy. Los vanidosos son siempre sensiblemente celosos; y Mauleverer, recordando a Clifford y los sonrojos de Lucy al bailar con él, atribuyó instantáneamente su agitación y su causa. Con un aire muy grave se acercó al objeto de su reciente adoración y solicitó saber si no había sido algún intruso brusco lo que había causado su alarma. Lucy, sin saber apenas lo que decía, respondió con voz baja que sí, en efecto, y pidió reunirse al instante con su padre. Mauleverer ofreció su brazo con gran dignidad; y la pareja pasó a la parte frecuentada de los terrenos, donde Mauleverer volvió a brillar con sonrisas y cortesía hacia todos los que lo rodeaban.
—¡Ciertamente es aceptado! —dijo el señor Shrewd a Lady Simper.
—¡Qué inmenso partido para la chica! —fue la respuesta de Lady Simper.
Entre la música, el baile, la multitud, el ruido, a Lucy le resultó fácil recuperarse; y soltando su brazo de Lord Mauleverer, al ver a su padre, se reunió con el escudero y permaneció como una paciente oyente de sus comentarios hasta bien entrada la tarde, cuando se entendió que se esperaba que la gente fuera a una habitación larga para comer y beber. Mauleverer, ahora consciente de los deberes de su situación y sintiéndose extremadamente enojado con Lucy, estaba más reconciliado de lo que podría haber estado con la etiqueta que le obligaba a seleccionar para el objeto de sus cuidados hospitalarios a una vieja duquesa viuda en lugar de a la belleza de la fiesta; pero se cuidó de señalar al escudero los lugares asignados para él y su hija, los cuales estaban, aunque a cierta distancia del conde, bajo la providencia de su vigilancia.
Mientras Mauleverer deificaba a la duquesa viuda y refrescaba su espíritu con un pollo y una copa medicinal de madeira, la conversación cerca de Lucy giró, para su infinita consternación, sobre Clifford. Alguien lo había visto en los terrenos, con botas y vestido de montar (en aquella época la gente rara vez montaba y bailaba con la misma hechura de abrigo); y como Mauleverer era una persona precisa en esos pequeños asuntos de etiqueta, esta negligencia de Clifford se convirtió en todo un tema de discusión. Poco a poco, la conversación cambió hacia la vieja pregunta de quién era este capitán Clifford; y justo cuando había llegado a ese punto, también llegó a los oídos suavemente ensordecidos de Lord Mauleverer.
—Dígame, mi señor —dijo la vieja duquesa—, ya que es uno de sus invitados, usted, que sabe quién y qué es cada uno, ¿podría informarnos de la verdadera familia de este hermoso señor Clifford?
—¿Uno de mis invitados, ha dicho? —respondió Mauleverer, irritado mucho más allá de su habitual tranquilidad de modales—. Realmente, su gracia me hace un mal. ¡Puede ser un invitado de mi ayuda de cámara, pero ciertamente no es mío; y si me encuentro con él, dejaré que mi ayuda de cámara le dé su despedida además de su invitación!
Mauleverer, elevando la voz al observar al otro lado de la mesa una palidez y un rubor alternos en el rostro de Lucy, que aguijoneaba todas las pasiones más coléricas, generalmente torpes en él, hacia el veneno, miró a su alrededor, al concluir, con un aire altivo y sarcástico. Tan fuerte había sido su tono, tan señalado el insulto y tan profundo el silencio en la mesa mientras hablaba, que todos sintieron que el agravio debía llegar de inmediato a oídos de Clifford, si es que estaba en la sala. Y después de que Mauleverer dejó de hablar, hubo una expectativa universal nerviosa e indistinta de una respuesta y una escena; todo estaba en calma, y pronto quedó claro que Clifford no estaba en la habitación. Cuando el señor Shrewd se hubo convencido plenamente de este hecho —pues había un espíritu audaz en Clifford que pocos deseaban atraer sobre sí mismos—, ese personaje rompió la pausa observando que ningún hombre que pretendiera ser un caballero se intrusaría, sin ser invitado y sin ser bienvenido, en ninguna sociedad; y Mauleverer, captando la observación, dijo (bebiendo vino al mismo tiempo con el señor Shrewd) que sin duda tal conducta justificaba plenamente los rumores respecto al señor Clifford, y lo excluía totalmente de aquel rango al que antes se sospechaba más que tenía derecho.
Una opinión tan luminosa y satisfactoria de tal autoridad, una vez planteada, fue inmediata y universalmente repetida; y mucho antes de que terminara el banquete, parecía estar tácitamente acordado que el capitán Clifford debería ser enviado a Coventry, y si murmuraba por el exilio, no tendría derecho a insistir en ser enviado de allí al diablo.
El buen viejo escudero, consciente de su antigua amistad por Clifford, y no propenso a cambiar, estaba a punto de comenzar un discurso sobre la ocasión, cuando Lucy, tocando su brazo, le imploró que guardara silencio; y tan fantasmal era la palidez de su mejilla mientras hablaba, que los ojos del escudero, obtusos como era generalmente, se abrieron de golpe al verdadero secreto de su corazón. Tan pronto como la verdad brilló ante él, se preguntó, recordando la gran belleza personal de Clifford y sus marcadas atenciones, por qué no le había brillado antes; y reclinándose en su silla, se hundió en una de las ensoñaciones más desagradables que jamás había concebido.
A una señal dada, la música para los bailarines recomenzó, y ante una insinuación al respecto por parte del anfitrión, las personas se levantaron sin ceremonia para dirigirse a otras diversiones, y permitir que los invitados que hasta entonces habían estado excluidos de comer ocuparan el lugar de los que se retiraban. Lucy, contenta de escapar, fue una de las primeras en ceder su situación, y con el escudero regresó a los terrenos. Durante el banquete, la noche había caído, y la escena ahora realmente se volvió fantástica y pintoresca; las lámparas colgaban de muchos árboles, reflejando la luz a través de los matices más ricos y suaves; la música misma sonaba más musicalmente que durante el día; tiendas de campaña gitanas estaban instaladas en rincones silvestres y matorrales, y los brillantes fuegos de leña ardiendo en ellas brillaban alegremente sobre el aire frío pero alegre de la noche creciente. La vista era realmente novedosa y acogedora; y como se entendía que las damas debían traer pieles, capas y botas, todas aquellas que pensaban que se veían bien con tal atuendo formaron pequeños grupos y se dispersaron por los terrenos y las tiendas. Aquellos, por el contrario, en quienes “la luz púrpura del amor” tendía por la helada a ser impulsada desde las mejillas hasta el adorno central del rostro, o que pensaban que un fuego en una habitación era tan agradable como un fuego en una tienda, permanecieron dentro y contemplaron la escena a través de las ventanas abiertas.
Lucy anhelaba regresar a casa, ni el escudero se mostraba reacio; pero, desafortunadamente, faltaba una hora para el momento en que se había pedido el carruaje, y ella mecánicamente se unió a un grupo de invitados que habían persuadido al buen escudero de que olvidara su gota y se aventurara a salir a ver las iluminaciones. A su partido pronto se unieron otros, y el grupo gradualmente se espesó hasta convertirse en una multitud; la muchedumbre permaneció estacionaria durante unos minutos frente a un pequeño templo en el que los fuegos artificiales acababan de comenzar una atracción adicional a la escena. Frente a este templo, así como en su parte trasera, los senderos y árboles habían sido dejados deliberadamente en oscuridad comparativa, con el fin de realzar el efecto de los fuegos artificiales.
—Declaro —dijo Lady Simper, mirando por uno de los callejones que parecían extenderse hacia la negrura—, declaro que parece un paseo de amantes. ¡Qué amable en Lord Mauleverer! Una atención tan delicada...
—¡Para su señoría! —añadió el señor Shrewd, con una reverencia. Mientras, uno de esta multitud, Lucy observaba vacíamente los largos trenes de luz que de vez en cuando se disparaban contra el cielo, sintió que su mano era repentinamente agarrada, y al mismo tiempo una voz susurró: “¡Por el amor de Dios, lea esto ahora y conceda mi petición!”.
La voz, que parecía surgir del mismo corazón del hablante, Lucy la reconoció al instante; tembló violentamente y permaneció durante algunos minutos con los ojos que no se atrevían a mirar al suelo. Sintió que le habían dejado una nota en la mano; y el tono agonizante y sincero de aquella voz, que le era más querida que la plenitud de toda la música, la hizo impaciente pero temerosa de leerla. A medida que recuperó el valor, miró a su alrededor y, viendo que la atención de todos estaba centrada en los fuegos artificiales, y que su padre en particular, apoyado en su bastón, parecía disfrutar del espectáculo con el deleite ensimismado de un niño, se deslizó suavemente y, entrando inadvertidamente en uno de los callejones, leyó, junto a una lámpara solitaria que ardía en su entrada, las siguientes líneas, escritas a lápiz y con mano apresurada, aparentemente en una hoja arrancada de una libreta:
Le imploro, le ruego, señorita Brandon, que me vea, aunque sea por un momento. Me propongo arrancarme del lugar en el que usted reside, ir al extranjero, dejar incluso el lugar santificado por sus pasos. Después de esta noche mi presencia, mi presunción, no la degradarán más. Pero esta noche, por el amor de Dios, ¡véame, o me volveré loco! Solo le hablaré un instante: esto es todo lo que pido. Si me concede esta oración, el camino a la izquierda donde usted está, a cuya entrada hay una lámpara púrpura, ofrecerá una oportunidad a su misericordia. Unos metros más abajo en ese camino la encontraré; nadie puede vernos ni oírnos. ¿Me concederá esto? No lo sé, no me atrevo a pensar; pero en cualquier caso, su nombre será el último en mis labios. P. C.
Mientras Lucy leía este garabateo apresurado, lanzó una mirada hacia la lámpara que estaba sobre ella y vio que, por accidente, había entrado precisamente en el paseo indicado en la nota. Se detuvo, vaciló; la incorrección, la singularidad de la petición, se le presentaron de golpe; por otra parte, la voz angustiada que aún resonaba en sus oídos, la incoherente vehemencia de la nota, el riesgo, el oprobio que Clifford había incurrido únicamente —le susurró su corazón— para verla, todo ello ayudó a su carácter sencillo, a sus sentimientos bondadosos y a su amor por el suplicante a inducirla a consentir. Echó una mirada hacia atrás; todos parecían ocupados con pensamientos muy distintos a fijarse en ella; miró ansiosamente hacia adelante; todo se veía sombrío y confuso; pero de repente, a cierta distancia, divisó una figura oscura en movimiento. Sintió que las rodillas le temblaban y que el corazón le latía violentamente; avanzó unos pasos, se detuvo de nuevo y miró hacia atrás. La figura que tenía delante se movía como acercándose; recobró el valor y avanzó; la figura estaba a su lado.
—¡Qué generosa, qué condescendiente es esta bondad en la señorita Brandon! —dijo la voz, que luchaba tanto con una emoción secreta y fuerte que Lucy apenas la reconoció como la de Clifford—. No me atrevía a esperarlo; y ahora... ahora que me encuentro con usted... —Clifford se detuvo, como buscando palabras; y Lucy, incluso a través de la oscuridad, percibió que su extraño acompañante estaba fuertemente excitado; esperó a que continuara, pero al observar que seguía caminando en silencio, dijo, aunque con voz temblorosa—: En verdad, señor Clifford, temo que es muy, muy impropio de mi parte encontrarme con usted de este modo; nada más que las fuertes expresiones de su carta... y... y... en fin, mi temor a que meditara algún designio desesperado, que no podía adivinar, me hizo ceder a su deseo de una entrevista. —Se detuvo y, como Clifford seguía en silencio, añadió, con un poco de frialdad en su tono—: Si realmente tiene algo que decirme, debe permitirme solicitarle que lo diga rápidamente. Esta entrevista, debe ser consciente de ello, debería terminar casi tan pronto como comienza.
—¡Escúcheme, pues! —dijo Clifford, dominando su turbación y hablando con voz firme y clara—; ¿es cierto lo que acabo de oír?, ¿es cierto que se ha hablado de mí en su presencia en términos de insulto y afrenta?
Ahora le tocaba a Lucy sentirse avergonzada; temerosa de causar dolor y, sin embargo, ansiosa de que Clifford supiera, para poder desmentirlo, el desprecio y la sospecha que el misterio que lo rodeaba atraía sobre su nombre, vaciló entre ambos sentimientos y, sin satisfacer este último, logró hacer realidad el temor del primero.
—¡Basta! —dijo Clifford, en un tono de profunda mortificación, al captar su oído atento e interpretar, aún más humillantemente que la verdad, el significado de su respuesta balbuceante y confusa—; ¡basta! Veo que es cierto, y que el único ser humano en el mundo a cuya buena opinión no soy indiferente ha sido testigo de la manera insultante en que otros se han atrevido a hablar de mí.
—Pero —dijo Lucy, con entusiasmo—, ¿por qué dar a los envidiosos o a los ociosos excusa alguna? ¿Por qué no permitir que su parentesco y su familia sean conocidos públicamente? ¿Por qué está usted aquí —y su voz bajó a un tono más grave— este mismo día, sin ser invitado, y por lo tanto sujeto a las críticas de todos los que consideran el pobre honor de una invitación como una distinción? Perdóneme, señor Clifford; tal vez le ofenda. Le hiero hablando con tanta franqueza; pero su buen nombre depende de usted mismo, y sus amigos no pueden evitar sentirse enfadados de que usted juegue con él.
—Señora —dijo Clifford; y los ojos de Lucy, ya acostumbrados a la oscuridad, percibieron una sonrisa amarga en sus labios—, mi nombre, bueno o malo, es objeto de poco interés para mí. He leído sobre filósofos que se enorgullecen de no dar valor a las opiniones del mundo. Inclúyame en esa secta. Pero estoy... reconozco que estoy... ansioso de que usted sola, de todo el mundo, no me desprecie; y ahora que siento que lo hace, que debe hacerlo, ¡todo lo que vale la pena vivir o esperar ha pasado!
—¡Despreciarle! —dijo Lucy, y sus ojos se llenaron de lágrimas—; en verdad usted me hace una injusticia a mí y a usted mismo. Pero escúcheme, señor Clifford. He visto, es cierto, poco del mundo, pero he visto lo suficiente para desear haber vivido siempre retirada. La cualidad más rara entre ambos sexos, aunque es la más sencilla, me parece que es la bondad; y la única ocupación de lo que se denomina "gente de moda" parece ser hablar mal unos de otros. Nada da tanto margen al escándalo como el misterio; nada lo desarma tanto como la franqueza. Sé, sus amigos saben, señor Clifford, que su carácter puede soportar el examen; y yo creo, por mi parte, lo mismo de su familia. ¿Por qué, pues, no declarar quién y qué es usted?
—Esa franqueza sería, en efecto, mi mejor defensor —dijo Clifford, en un tono que resonó de forma desagradable en el oído de Lucy—; pero en verdad, señora, repito, no me importa ni una gota de esta sangre sin valor lo que los hombres digan de mí: ese tiempo ha pasado, y para siempre; quizás nunca existió intensamente para mí... no importa. He venido aquí, señorita Brandon, sin desperdiciar un pensamiento en estas enfermizas tonterías, o en el viejo ocioso por quien son dadas. He venido aquí solo una vez más para verla, para oírla hablar, para verla moverse, para decirle —y la voz del hablante tembló, hasta ser apenas audible— para decirle, si alguna razón para la revelación se presentaba, que he tenido la audacia, el crimen, de amar... de amar... ¡Oh, Dios! de adorarla; ¡y luego dejarla para siempre!
Pálida, temblorosa, apenas sostenida de caer por el árbol contra el que se apoyaba, Lucy escuchó esta abrupta confesión. —¿Me atrevo a tocar esta mano? —continuó Clifford, mientras se arrodillaba y la tomaba tímida y reverentemente—. No sabe, no puede imaginar, cuán indigno es quien así se atreve; mas no del todo indigno, mientras sea sensible a un sentimiento tan profundo, tan santo como el que profesa hacia usted. ¡Que Dios la bendiga, señorita Brandon! ¡Lucy, que Dios la bendiga! Y si en el futuro me oye sometido a sospechas aún más negras o a un escrutinio más severo que el que ahora sufro; si incluso su caridad y bondad no encuentran defensa para mí; si la sospecha se convierte en certeza y el escrutinio termina en condena..., ¡crea al menos que las circunstancias me han llevado más allá de mi naturaleza, y que bajo auspicios más favorables podría haber sido distinto de lo que soy!
La lágrima de Lucy cayó sobre la mano de Clifford mientras hablaba; y mientras su corazón se derretía dentro de sí al sentirla y conocer su propia condición desesperada y sin redención, añadió:
—Todo el mundo la corteja... los orgullosos, los ricos, los jóvenes, los de alta cuna... ¡todos están a sus pies! Usted elegirá a uno de ellos por esposo; ¡que vele por usted como yo lo habría hecho! ¡Amarla como yo lo hago no puede! Sí, lo repito —continuó Clifford, vehementemente—, ¡él no puede! Nadie entre la alegre, feliz y sedosa multitud de sus iguales y seguidores puede sentir por usted esa pasión única y dominante que hace que usted sea para mí lo que todo combinado —país, poder, riqueza, reputación, un nombre honesto, paz, seguridad común, la tranquilidad del aire común— es para todos los demás, siendo la bendición más pequeña y la más grande a la vez. ¡Una vez más, que Dios en el cielo vele por usted y la proteja! ¡Me arranco, al dejarla, de todo lo que alegra o bendice o eleva o podría haberme salvado! ¡Adiós!
La mano que Lucy había entregado a su extraño pretendiente fue presionada ardientemente contra sus labios, soltada en el mismo instante, y ella supo que estaba una vez más sola.
Pero Clifford, apresurándose rápidamente a través de los árboles, se dirigió hacia la puerta más cercana que conducía desde el dominio de lord Mauleverer; cuando llegó a ella, una multitud de los invitados de mayor edad ocupaba la entrada, y una de ellas era una dama de tal distinción que Mauleverer, a pesar de su aversión a cualquier exposición innecesaria al aire nocturno, se había visto obligado a acompañarla hasta su carruaje. Estaba de muy mal humor con esta cortesía forzada, especialmente porque el carruaje tardaba mucho en aliviarle de su carga, cuando vio, a la luz de la lámpara, a Clifford pasando cerca de él y ganando camino hacia la puerta. Olvidando por completo su prudencia mundana, que debería haberle hecho aversión a las escenas con cualquiera, especialmente con un enemigo en fuga, y un hombre con quien, si bien pensaba, poca gloria se podía ganar en la conquista, mucho menos en la contienda; y recordando solo la rivalidad de Clifford y su propio odio hacia él por la presunción, Mauleverer, pronunciando una apresurada disculpa a la dama que tenía del brazo, dio un paso adelante y, oponiéndose al progreso de Clifford, dijo, con una reverencia de insulto tranquilo: —Perdóneme, señor, pero ¿es por mi invitación o por la de uno de mis criados que me ha honrado con su compañía este día?
Los pensamientos de Clifford en el momento de esta interrupción eran de tal naturaleza que ante ellos todas las pequeñas desgracias se reducen a la nada; si, por lo tanto, se sobresaltó por un momento ante el saludo del conde, no mostró ninguna turbación en su respuesta, sino que, inclinándose con aire de respeto y sin prestar atención a la afrenta implícita en el discurso de Mauleverer, respondió:
—Su señoría solo tiene que dignarse a echar una mirada a mi vestimenta para ver que no me he entrometido en sus terrenos con la intención de reclamar su hospitalidad. El hecho es, y confío en la cortesía de su señoría para admitir la excusa, que dejo este vecindario mañana, y por algún tiempo. Una persona a la que estaba muy ansioso por ver antes de irme era uno de los invitados de su señoría; me enteré de esto y supe que no tendría otra oportunidad de reunirme con la persona en cuestión antes de mi partida; y ahora debo acogerme a la bien conocida cortesía de lord Mauleverer para perdonar una libertad originada en un asunto muy cercano a una necesidad.
El saludo de lord Mauleverer a Clifford había congregado a una multitud inmediata de oyentes ansiosos y expectantes; pero tan tranquilamente respetuosos y realmente caballerosos fueron el aire y el tono de Clifford al disculparse, que toda la concurrencia quedó afectada por una decepción repentina.
El propio lord Mauleverer, sorprendido por el temple y el comportamiento del invitado no invitado, se quedó perplejo por un momento; y Clifford estaba a punto de aprovechar ese momento y escabullirse, cuando Mauleverer, con una segunda reverencia, más cortés que la anterior, dijo:
—No puedo sino estar feliz, señor, de que mi pobre lugar le haya brindado alguna comodidad; pero si no soy muy impertinente, ¿me permitirá preguntarle el nombre de mi invitado con quien requería una reunión?
—Mi señor —dijo Clifford, erguiéndose y hablando grave y severamente, aunque todavía con cierta deferencia—, seguramente no necesito señalar a la sensatez y buen sentimiento de su señoría que su misma pregunta implica una duda, y por consiguiente una afrenta, ¡y que el tono de la misma no es tal como para justificar esa concesión de mi parte que la explicación adicional que requiere implicaría!
Pocos sarcasmos hablados podían ser tan amargos como ese silencioso que Mauleverer podía comandar con una sonrisa, y con esta expresión halagadora en sus labios delgados y cejas levantadas, el conde respondió: —Señor, honro la habilidad testificada por su respuesta; debe ser el resultado de una profunda experiencia en estos asuntos. Le deseo, señor, muy buenas noches; y la próxima vez que me favorezca con una visita, estoy muy seguro de que sus motivos para complacerme no serán menos loables para usted que los actuales.
Con estas palabras, Mauleverer se dio la vuelta para reunirse con su bella compañera. Pero Clifford era un hombre que había visto en poco tiempo mucho del mundo y conocía aceptablemente bien las teorías de la sociedad, si no la práctica de sus minucias; además, era de un temperamento agudo y resuelto, y estas propiedades de la mente, naturales y adquiridas, le decían que ahora se encontraba en una situación en la que se había vuelto más necesario desafiar que conciliar. Por lo tanto, en lugar de retirarse, caminó deliberadamente hacia Mauleverer y dijo:
—Mi señor, dejaré al juicio de sus invitados decidir si usted ha actuado como un noble y un caballero al insultar así, en sus dominios, a alguien que le ha dado tal explicación de su intrusión que lo excusaría plenamente ante los ojos de todas las personas consideradas o corteses. También dejaré que ellos decidan si el tono de su pregunta me permitía darle alguna disculpa más. Pero me tomaré la libertad, mi señor, de exigirle una explicación inmediata de su último discurso.
—¡Insolente! —gritó Mauleverer, sonrojándose de indignación y casi por primera vez en su vida perdiendo el control absoluto sobre su temperamento—; ¿intercambia palabras conmigo? ¡Váyase, o mandaré a mis criados que lo expulsen!
—¡Váyase, señor! ¡Váyase! —gritaron varias voces en eco a Mauleverer, de aquellas personas que consideraban que ya era hora de tomar partido por el poderoso.
Clifford se mantuvo firme, mirando a su alrededor con una mirada de enojado y desafiante desprecio, que, unido a su complexión atlética, su mirada oscura y feroz, y una pesada fusta de montar, que, como mecánicamente, medio levantó, mantuvo efectivamente a los murmuradores de proceder a la violencia.
—¡Pobre aspirante a la crianza y al sentido! —dijo, volviéndose con desdén hacia Mauleverer—; con un toque de esta fusta podría avergonzarlo para siempre, o compelerlo a descender del nivel de su rango al mío, y la acción sería solo un leve retorno a su lenguaje. Pero prefiero enseñarle antes que corregirlo. Según mi credo, mi señor, vence más en buenos modales quien más se abstiene... ¡el desdén me permite abstenerme! ¡Adiós!
Con esto, Clifford giró sobre sus talones y se alejó a zancadas. Un murmullo, cercano a un gemido, de la parte más joven o más tonta de los parásitos (los maduros y los sensatos no tienen emoción extra que desperdiciar), lo siguió mientras desaparecía.
CAPÍTULO XXII.
Fuera de la ley. ¡Deténgase, señor, y arrójenos lo que tenga consigo!
Val. ¡Rufianes, renuncien a ese toque rudo e incivil!
Los dos hidalgos de Verona.
Al dejar la escena en la que había sido un invitado tan inoportuno, Clifford se apresuró a la pequeña posada donde había dejado su caballo. Montó y regresó a Bath. Sus pensamientos estaban ausentes, e inconscientemente dejó que el caballo dirigiera su curso hacia donde le placiera. Esto fue naturalmente hacia el lugar de parada más cercano que el animal recordaba; y este lugar de parada estaba en aquella ilustre taberna, en las afueras de la ciudad, en la que antes hemos conmemorado la reelección de Clifford a la dignidad de jefe. Era una casa de reputación establecida desde hace mucho tiempo; y aquí siempre se podían obtener noticias de cualquiera de los confederados ausentes. Esta circunstancia, sumada a la excelencia de su bebida, su facilidad y la cadena eléctrica de los primeros hábitos, la convertía en un refugio favorito, incluso a pesar de sus actuales actividades alegres y modernas, con Tomlinson y Pepper; y aquí, cuando Clifford buscaba a la pareja en horas intempestivas, estaba en su mayor parte seguro de encontrarlos. Mientras sus meditaciones eran interrumpidas por la parada repentina de su caballo bajo el conocido letrero, Clifford, mascullando una maldición airada contra el animal, lo espoleó hacia la dirección de su propio hogar. Ya había llegado al final de la calle, cuando su resolución pareció cambiar, y mascullando para sí mismo: "¡Sí, bien podría organizar esta misma noche nuestra partida!", volvió la cabeza de su caballo hacia atrás y estuvo una vez más en la puerta de la taberna. Arrojó la brida sobre una barandilla de hierro y, llamando con un sonido peculiar a la puerta, fue pronto admitido.
—¿Están ------ y ------- aquí? —preguntó a la vieja, al entrar, mencionando los términos de argot por los que, entre amigos, Tomlinson y Pepper eran usualmente conocidos.
—Ambos se han ido a los negocios esta noche —respondió la anciana, levantando su vela sin apagar hacia el rostro del hablante con una mirada inteligente—; Oliver (la luna) tiene sueño, y los muchachos aprovecharán su siesta.
—¿Quiere decir —respondió Clifford, respondiendo en la misma clave, que nos tomamos la libertad de parafrasear— que están fuera en alguna expedición real?
—Por supuesto —reunió la dama—. ¡Aquellos que se retrasan en el camino pueden necesitar dinero para la cena!
—¡Ja! ¿Qué camino?
—¡Es usted un buen tipo para capitán! —reunió la dama, con un sarcasmo bondadoso en su tono—. ¡Vaya, el capitán Gloak, pobre hombre!, conocía cada giro de sus hombres al detalle, y nunca necesitaba preguntar qué estaban haciendo. ¡Ah, era un hombre! Nada de sus mudgers de cara de niña, que cortejan a las damas, por cierto... una mujer bonita no necesitaba mirar lejos por un beso cuando él estaba en la habitación, lo garantizo, por muy toscos que fueran sus trapos; y ¡cielos!, pero el capitán era un hombre sensato, y le gustaba una vaca tanto como un ternero.
—¡Así, así! ¿En el camino están? —gritó Clifford, pensativo, y sin prestar atención al ataque insinuado a su decoro—. Pero respóndame, ¿cuál es el plan? ¡Sea rápida!
—Vaya —respondió la dama—, hay algún lord elegante que da un fiestón hoy; y los muchachos, ¡queridas almas!, piensan jugarles una mala pasada a algún rezagado.
Sin pronunciar una palabra, Clifford salió disparado de la casa y volvió a montar antes de que la anciana tuviera tiempo de recuperarse de su sorpresa.
—Si quiere verlos —gritó ella, mientras él espoleaba a su caballo—, me ordenaron tener la cena lista a las... —Los cascos del caballo ahogaron las últimas palabras de la dama; y volviendo a asegurar cuidadosamente la puerta, y mascullando una comparación envidiosa entre el capitán Clifford y el capitán Gloak, la buena posadera regresó a aquellas operaciones culinarias destinadas a alegrar los corazones de Tomlinson y Pepper.
Regresemos nosotros mismos a Lucy. Sucedió que el carruaje del hacendado fue el último en llegar; pues el cochero, largamente no iniciado entre las sombras de Warlock en la disipación de la vida de moda, entró en su debut en Bath, con todo el vigoroso calor de las pasiones maduras liberadas por primera vez, en las festividades de la taberna, y teniendo un amo más amable que la mayoría de sus camaradas, el temor al disgusto era menos fuerte en su seno aurigal que el amor al compañerismo; de modo que durante el tiempo que este caballero se divertía, Lucy tuvo amplio tiempo para disfrutar de todas las mil y una versiones de la escena entre Mauleverer y Clifford que regalaron sus oídos. Sin embargo, cualesquiera que hubieran sido sus sentimientos ante estos placenteros relatos, una cierta alegría vaga predominaba sobre todo. Un hombre siente solo una ligera felicidad comparativa al ser amado, si sabe que es en vano; pero para una mujer ese simple conocimiento es suficiente para destruir el recuerdo de mil angustias, y no es hasta que ha dicho a su corazón una y otra vez que es amada, que siquiera comenzará a preguntar si es en vano.
Era una noche parcialmente estrellada pero tenue y oscura, pues la luna había estado durante la última hora o dos rodeada por niebla y nubes, cuando al fin llegó el carruaje; y Mauleverer, por segunda vez esa noche actuando como escolta, condujo a Lucy hasta el vehículo. Ansioso por saber si había visto o sido abordada por Clifford, el sutil conde, mientras la llevaba a la puerta, insistió particularmente en la intrusión de esa persona, y por el temblor de la mano que descansaba en su brazo, no extrajo ningún presagio delicioso para sus propias esperanzas. "Sin embargo", pensó, "el hombre se va mañana, y entonces el campo quedará libre; la chica es aún una niña, y perdono su locura". Y con un aire de veneración caballeresca, Mauleverer inclinó al objeto de su perdón dentro de su carruaje.
Tan pronto como Lucy se sintió sola con su padre, las emociones contenidas durante tanto tiempo dentro de ella forzaron su salida, y apoyándose contra el carruaje, lloró, aunque en silencio, lágrimas, lágrimas ardientes, de tristeza, consuelo, agitación, ansiedad.
El buen y viejo escudero tardó en percibir la emoción de su hija; se le habría escapado por completo si, movido por un amable calor en el corazón hacia ella, originado en su nueva sospecha sobre su amor por Clifford, no le hubiera rodeado el cuello con el brazo; y esta caricia inesperada desarmó tanto los nervios de Lucy que esta se arrojó de inmediato sobre el pecho de su padre, y su llanto, hasta entonces tan silencioso, se volvió claro y audible.
—¡Consuélate, mi querida, queridísima hija! —dijo el escudero, casi conmovido hasta las lágrimas él mismo; y su emoción, despertándolo de su habitual confusión mental, hizo que sus palabras fueran menos enrevesadas y equívocas de lo que solían ser—. Y ahora, espero de verdad que no te aflijas; el joven es, en efecto —y te aseguro que siempre lo pensé—, un caballero muy encantador, no se puede negar. Pero, ¿qué podemos hacer? Ya ves lo que todos dicen de él, y realmente fue —debemos admitirlo— muy impropio por su parte venir sin ser invitado. Además, mi querida hija, es muy malo, muy malo en verdad, amar a alguien sin saber quién es; y... y... pero no llores, mi querida, no llores así; todo saldrá muy bien, estoy seguro, ¡completamente seguro!
Al decir esto, el amable anciano atrajo a su hija hacia sí y, sintiendo que su mano era lastimada por algo que ella llevaba oculto y que presionaba contra ella, preguntó, con cierta sospecha de que el amor hubiera llegado al intercambio de regalos, qué era aquello.
—Es el retrato de mi madre —dijo Lucy, sencillamente, mientras lo apartaba.
El viejo escudero había amado a su esposa tiernamente; y cuando Lucy le dio esta respuesta, todos los recuerdos cariñosos y cálidos de su juventud acudieron a él. Pensó, también, en cuán fervientemente en su lecho de muerte aquella esposa había encomendado a su vigilancia el cuidado de su única hija, ahora sollozante en su regazo: recordó cómo, al detenerse en lo que para todas las mujeres parece ser la gran época de la vida, ella había dicho: «Nunca permitas que se juegue con sus afectos; nunca te dejes persuadir por tu ambicioso hermano para hacer que se case donde no ama, ni para oponerte a ella, sin una razón de peso, donde sí lo haga: aunque ahora no sea más que una niña, sé lo suficiente de ella para estar convencida de que, si alguna vez ama, amará demasiado para su propia felicidad, incluso teniendo todo a su favor». Estas palabras, estos recuerdos, unidos al recuerdo del plan frío de William Brandon, que él mismo había permitido favorecer, y de su propia indolencia ante el creciente amor de Lucy por Clifford, hasta que la resistencia se volvió necesaria y demasiado tardía a la vez, lo golpearon con un pesar lleno de remordimiento, y sollozando él mismo, dijo: —¡Tu madre, hija mía! ¡Ah, ojalá estuviera viva, ella nunca te habría descuidado como yo lo he hecho!
El autorreproche del escudero hizo que las lágrimas de Lucy cesaran al instante; y mientras cubría las manos de su padre con besos, ella respondió solo con vehementes acusaciones contra sí misma y alabanzas a su excesiva bondad y afecto paternal. Este pequeño estallido, por ambas partes, de un amor honesto y de corazón sencillo terminó en un silencio lleno de pensamientos tiernos y encontrados; y mientras Lucy aún se aferraba al pecho del anciano, tan tosco en su temperamento, por debajo incluso de la mediocridad en intelecto, y en absoluto la última persona en edad, mente o hábito que pareciera adecuada para ser confidente en el amor de una joven entusiasta, sintió la vieja verdad hogareña de que bajo todas las desventajas existen, en este mundo hueco, pocos en quienes la confianza pueda depositarse con tanta seguridad, pocos que respeten la confidencia con tanta delicadeza y sutileza, como aquellos de quienes provenimos.
El padre y la hija habían permanecido en silencio durante algunos minutos, y el primero estaba a punto de hablar, cuando el carruaje se detuvo de repente. El escudero escuchó una voz áspera a la altura de las cabezas de los caballos; miró por la ventana para ver, a través de la niebla de la noche, qué podía estar ocurriendo, y se encontró en ese acto, justo a una pulgada de su frente, con el cañón sobresaliente y brillante de una pistola de arzón. Podemos creer, sin menoscabo de su valentía, que el señor Brandon se echó hacia atrás en su carruaje con toda la rapidez posible; y en el mismo momento se abrió la puerta y una voz dijo, no en tono amenazante sino suave:
—Damas y caballeros, lamento molestarlos, pero la necesidad es imperiosa; ¡oblíguenme con su dinero, sus relojes, sus anillos y cualquier otro pequeño artículo de naturaleza similar!
A una petición tan delicada, el escudero no tuvo corazón para resistirse, más aún cuando se sabía sin armas de defensa; por consiguiente, sacó una bolsa, no muy llena, debe admitirse, junto con un inmenso reloj de plata de caza, con un trozo de cinta negra unido a él.
—Tenga, señor —dijo con un gemido—, no asuste a la señorita.
El amable solicitante, que de hecho no era otro que el especioso Augustus Tomlinson, deslizó la bolsa en el bolsillo de su chaleco, tras tantear su contenido con un dedo rápido y científico.
—Su reloj, señor —dijo él, y mientras hablaba lo metió descuidadamente en el bolsillo de su abrigo, como un colegial metería una peonza—, es pesado; pero confiando en la experiencia, puesto que se me niega una inspección precisa, me temo que es más valioso por su peso que por su mano de obra: sin embargo, no heriré su vanidad fingiendo ser exigente. Pero seguramente la señorita, como usted la llama —pues le pago el cumplido de creer su palabra respecto a su edad, dado que la noche es demasiado oscura para permitirme la felicidad de una inspección personal—, la señorita seguramente tiene alguna pequeña baratija de la que pueda prescindir. «La belleza cuando no está adornada», ya sabe, etcétera.
Lucy, quien aunque muy asustada, no perdió ni sus sentidos ni su presencia de ánimo, solo respondió sacando una pequeña bolsa de seda que contenía incluso menos que el receptáculo de cuero del escudero; a esto añadió una cadena de oro; y Tomlinson, tomándolos con un apretón afectuoso de la mano y una disculpa cortés, estaba a punto de retirarse, cuando sus sagaces ojos se vieron repentinamente impactados por el brillo de unas joyas. El hecho era que, al alterar la posición del retrato de su madre, que había sido engastado en los pocos diamantes hereditarios poseídos por el señor de Warlock, Lucy había permitido que colgara por fuera de su vestido, y al inclinarse hacia adelante para entregar al ladrón sus otras posesiones, los diamantes quedaron de inmediato a la vista y brillaron aún más tentadoramente por la oscuridad de la noche.
—Ah, señora —dijo Tomlinson, extendiendo su mano—, ¿intentaría engañarme? La traición nunca debe quedar impune. ¡Favoréceme al instante con el pequeño adorno alrededor de su cuello!
—¡No puedo, no puedo! —dijo Lucy, aferrando su tesoro con ambas manos—; ¡es el retrato de mi madre, y mi madre ha muerto!
—Las necesidades de los demás, señora —respondió Tomlinson, quien por nada del mundo podría robar de manera inmoral—, son siempre más dignas de su atención que los prejuicios familiares. Seriamente, entréguelo, y al instante; tenemos prisa, y sus caballos se encabritan como demonios: romperán su carruaje en cualquier momento... ¡despache!
El escudero era un hombre valiente en conjunto, aunque no un héroe; y los nervios de un viejo cazador de zorros pronto se recuperan de un pequeño susto. El retrato de su difunta esposa era aún más inestimable para él de lo que era para Lucy, y ante esta nueva demanda su espíritu se despertó dentro de él.
Apretó los puños y, adelantándose en su asiento, gritó con voz fuerte:
—¡Váyase, sujeto! Ya le he dado, por mi parte eso creo, demasiado; ¡y, por Dios, no tendrá el retrato!
—No me obligue a usar la violencia —dijo Augustus; y poniendo un pie en el estribo del carruaje, acercó su pistola a pocos centímetros del pecho de Lucy, juzgando correctamente, quizás, que mostrar el peligro hacia ella sería el mejor método para intimidar al escudero. En ese instante, el valeroso moralista se encontró repentinamente sujeto con un fuerte agarre en el hombro; y una voz baja, temblorosa de pasión, siseó en su oído. Cualesquiera que fueran las palabras que sobresaltaron sus órganos, operaron como un encanto instantáneo; y para su asombro, el escudero y Lucy vieron a su asaltante retirarse abruptamente. La puerta del carruaje fue cerrada de golpe, y apenas habían transcurrido dos minutos cuando, habiendo vuelto a montar el ladrón, su compañero, hasta entonces estacionado a las cabezas de los caballos, clavó espuelas en su propio corcel, y el bienvenido sonido de los cascos al alejarse golpeó los oídos aturdidos del padre y la hija.
La puerta del carruaje se abrió de nuevo; y una voz, que hizo a Lucy más pálida que el terror precedente, dijo:
—Temo, señor Brandon, que los ladrones hayan asustado a su hija. Sin embargo, ya no hay nada que temer; los rufianes se han ido.
—¡Dios me bendiga! —dijo el escudero—; ¿por qué, es ese el capitán Clifford?
—Lo es; y se considera demasiado afortunado por haber sido de la más mínima utilidad para el señor y la señorita Brandon.
Tras convencerse de que era efectivamente al señor Clifford a quien debía su seguridad, así como la de su hija, a quien creía en un peligro mucho más inminente del que realmente estaba —pues, para decirte la verdad, lector, la pistola de Tomlinson estaba más calculada para el espectáculo que para el uso, teniendo un cañón peculiarmente largo y brillante sin nada dentro—, el escudero estaba totalmente perdido sobre cómo expresar su gratitud; y cuando se volvió hacia Lucy para pedirle que ella misma agradeciera a su galante salvador, descubrió que, abrumada por diversas emociones, se había desmayado por primera vez en su vida.
—¡Cielo santo! —gritó el alarmado padre—, está muerta... mi Lucy, mi Lucy, ¡la han matado!
Abrir la puerta más cercana a Lucy y sacarla del carruaje en sus brazos fue para Clifford obra de un instante. Totalmente inconsciente de la presencia de cualquier otra persona, inconsciente incluso de lo que decía, profirió mil expresiones salvajes, apasionadas, pero apenas audibles; y mientras la llevaba a un banco al borde del camino y, sentándose, la sostenía contra su pecho, sería difícil decir si algo de deleite, de deleite ardiente y estremecedor, no estaba mezclado con su ansiedad y terror. Frotó las pequeñas manos de ella con las suyas; su aliento, todo tembloroso y cálido, brillaba sobre la mejilla de ella; y una vez, y solo una vez, sus labios se acercaron más y, apartando la desordenada riqueza de sus rizos, se aferraron en un beso largo y silencioso a los suyos.
Mientras tanto, con la ayuda del lacayo, que ahora había recuperado algo de sus sentidos asombrados, el escudero descendió de su carruaje y se acercó con pasos vacilantes al lugar donde su hija descansaba. En el instante en que tomó su mano, Lucy comenzó a reanimarse; y su primera acción, en el desconcierto de despertar, fue arrojar su brazo alrededor del cuello de quien la sostenía.
¡Si todas las horas y realidades de esperanza, alegría y placer de la vida anterior de Clifford hubieran sido fundidas y concentradas en una sola emoción, esa emoción habría sido sosa comparada con el éxtasis de la caricia momentánea e inocente de Lucy! Y en un período posterior, aunque no lejano, cuando en la celda del criminal el rostro sombrío de la Muerte le lanzaba una mirada hostil, puede cuestionarse si sus pensamientos no se detuvieron mucho más a menudo en el recuerdo de aquel momento delicioso que en la amargura e ignominia de un destino inminente.
—¡Respira, se mueve, despierta! —gritó el padre; y Lucy, intentando levantarse, y reconociendo la voz del escudero, dijo débilmente:
—¡Gracias a Dios, mi querido padre, no estás herido! ¿Y se han ido realmente? ¿Y dónde... dónde estamos?
El escudero, relevando a Clifford de su carga, envolvió a su hija en sus brazos, mientras a su manera explicativa le informaba dónde estaba y con quién. Los amantes estaban frente a frente; pero ¡qué rubores deliciosos ocultaba de los ojos de Clifford la noche, que solo dejaba ver el contorno de sus formas!
El corazón honesto y amable del señor Brandon se alegró de una liberación para los sentimientos indulgentes que siempre había albergado hacia el sospechoso y difamado Clifford, y volviéndose ahora de Lucy, se volcó por completo sobre su salvador. Lo agarró calurosamente de la mano e insistió en que los acompañara a Bath en el carruaje, permitiendo que el lacayo montara su caballo. Esta oferta aún estaba pendiente cuando el lacayo, que había ido a ver por la salud y el bienestar de su compañero de servicio, vino a informar al grupo, con acento doloroso, algo que, en la confusión y oscuridad de la noche, aún no habían aprendido: ¡que los caballos y el cochero se habían ido!
—¡Ido! —dijo el escudero—, ¡ido! ¿Por qué, los villanos no pueden (por mi parte, nunca creo, aunque he oído tales maravillas de, esos juegos de manos) habérselos embolsado!
Aquí un gemido bajo fue audible; y el lacayo, guiado simpáticamente hasta el lugar de donde emanaba, encontró el enorme cuerpo del cochero depositado a salvo, con la cara hacia abajo, en medio de la cuneta. Después de que este digno sujeto fuera levantado sobre sus piernas y se hubiera sacudido hasta recuperar la inteligencia, se descubrió que cuando el ladrón había detenido a los caballos, el cochero, que requería muy poco para conquistar sus facultades más belicosas, había —él mismo dijo, por un golpe violento del rufián, aunque, quizás, la causa residía más cerca de casa— abandonado el pescante por la cuneta, los caballos se asustaron, y tras encabritarse y resoplar hasta que ya no le interesó ocuparse de su detención, el salteador de caminos había cortado muy tranquilamente las riendas, y para el momento presente, no era imposible que los caballos estuvieran casi en la puerta de sus establos en Bath.
El lacayo que había informado al escudero de esta desgracia fue, a diferencia de la mayoría de los portadores de noticias, el primero en ofrecer consuelo. —Hay una excelente posada —dijo—, a media milla, donde su honor podría conseguir caballos; o, tal vez, si la señorita Lucy, pobre corazón, está desmayada, podría gustarle detenerse por la noche.
Aunque una caminata de media milla en una noche oscura y bajo otras circunstancias no habría parecido una propuesta agradecida, sin embargo, en el presente, cuando la imaginación del escudero solo le había pintado las alternativas de pasar la noche en el carruaje o de arrastrarse a pie hasta Bath, parecía solo una dificultad muy insignificante; y metiendo el brazo de su hija bajo el suyo, mientras con voz amable le decía a Clifford «que la sostuviera del otro lado», el escudero ordenó al lacayo que abriera camino con el caballo de Clifford, y al cochero que lo siguiera o que se fuera al diablo, lo que prefiriera.
En silencio Clifford ofreció su brazo a Lucy, y silenciosamente ella aceptó la cortesía. El escudero era el único que hablaba; y el tema que eligió no fue desagradable para Lucy, pues era la alabanza de su amante. Pero Clifford apenas escuchaba, pues mil pensamientos y sentimientos luchaban dentro de él; y el ligero toque de la mano de Lucy sobre su brazo habría sido suficiente por sí solo para distraer y confundir su atención. La oscuridad de la noche, la agitación reciente, el beso robado que aún ardía en sus labios, el recuerdo de la halagadora agitación de Lucy en la escena con ella en casa de Lord Mauleverer, el aún más cálido de aquel abrazo inconsciente, que aún hormigueaba a través de cada nervio de su cuerpo, todo conspiraba con la deliciosa emoción que ahora experimentaba ante su presencia y su contacto para embriagarlo e inflamarlo. ¡Oh, esos momentos ardientes en el amor, cuando el romance acaba de madurar en pasión, y sin perder nada de su vaga suntuosidad, mezcla el entusiasmo de sus sueños con los deseos ardientes de la realidad y la tierra! Ese es el tiempo exacto en que el amor ha alcanzado su punto más alto; cuando todos los sentimientos, todos los pensamientos, toda el alma y toda la mente son capturados y absorbidos; cuando cada dificultad pesada en la balanza opuesta parece más ligera que el polvo; cuando renunciar al objeto amado es el sacrificio más mortal y duradero; y cuando en tantos pechos, donde el honor, la conciencia, la virtud, son mucho más fuertes de lo que podemos creer que hayan sido jamás en un criminal como Clifford, el honor, la conciencia, la virtud, han perecido de una vez y repentinamente en cenizas ante ese fuego poderoso e irresistible.
El sirviente, que había tenido oportunidades previas de verificar la topografía de la «posada» de la que hablaba, y que quizás estaba tolerablemente reconciliado con su reciente terror en la anticipación de renovar su intimidad con «los espíritus del pasado», ahora dirigió la atención de nuestros viajeros a una pequeña posada justo frente a ellos. El posadero aún no se había retirado al descanso, y no fue necesario llamar dos veces antes de que se abriera la puerta.
Un fuego brillante, una posadera oficiosa, un posadero compasivo, una bebida caliente y la promesa de excelentes camas, todo pareció a nuestro escudero compensar ampliamente la noticia de que la posada no tenía licencia para alquilar caballos de posta; y habiendo prometido el posadero enviar de inmediato a dos hombres robustos, una cuerda y un caballo de tiro para traer el carruaje bajo techo (pues el escudero valoraba el vehículo porque tenía veinte años), y además hacer reparar el arnés y tener los caballos listos a una hora temprana del día siguiente, el buen humor del señor Brandon se elevó a una hilaridad positiva. Lucy se retiró bajo los auspicios de la posadera a la cama; y el escudero, habiendo bebido un tazón de ponche y descubierto mil nuevas virtudes en Clifford, especialmente la de nunca interrumpir una buena historia, palmeó al capitán en el hombro y, haciéndole prometer no abandonar la posada hasta que lo hubiera visto de nuevo, se retiró también al reposo de su almohada. Clifford permaneció abajo, mirando distraídamente el fuego durante algún tiempo después; ni fue hasta que la soñolienta camarera le informó por tercera vez de las comodidades preparadas en su cama, que se dirigió a su aposento. Incluso entonces parece que el sueño no visitó sus párpados; pues un rico ganadero, que yacía en la habitación de abajo, se quejó amargamente a la mañana siguiente de que alguien caminaba arriba «con todo tipo de zancadas, justo por todo el mundo como una aparición con botas».
CAPÍTULO XXIII.
Viola. ¿Y me amas? Lysander... ¿Amarte, Viola? ¿No huyo de ti cuando mi ser bebe luz de tus ojos? ¡Esa huida es toda mi respuesta!
La Novia, Acto II, esc. 1.
Las meditaciones en la cortina del escudero no habían estado sin el producto de una resolución. Su cálido corazón se reabrió de inmediato al afecto que había concebido anteriormente por Clifford; anhelaba una oportunidad para expiar su pasada falta de amabilidad y para testificar su presente gratitud; además, se sintió a la vez indignado y avergonzado de su conducta reciente al unirse a la popular, y, como ahora creía plenamente, la infundada prevención contra su joven amigo, y ante un sentimiento más presente y fuerte, su deferencia habitual por los consejos de su hermano se desvaneció fácilmente. Junto con estos sentimientos favorables hacia Clifford estaban sus sagaces sospechas, o mejor dicho certeza, del apego de Lucy a su apuesto salvador; y tenía al menos la suficiente penetración para percibir que no era probable que ella lo amara menos por la aventura de la noche. A todo esto se añadió el tierno recuerdo de las palabras de despedida de su esposa; y las lágrimas y la delatora agitación de Lucy en el carruaje fueron suficientes para su mente sencilla, que no sabía cuán ligeramente se derraman y secan las lágrimas de una doncella, para confirmar la predicción de la querida difunta. Ni los sentimientos más generosos y bondadosos del escudero estaban totalmente exentos de consideraciones egoístas. Orgulloso, pero en absoluto ambicioso, siempre estaba más dispuesto a conferir un honor que a recibir uno, y en el fondo estaba secretamente contento con la noción de intercambiar, como yerno, al pulido y poco familiar Mauleverer por el agradable y sociable Clifford. Tales, en «admirado desorden», fueron los pensamientos que rodaron por el fértil cerebro de Joseph Brandon; y antes de haberse girado sobre su costado izquierdo, lo cual siempre hacía como preparativo para entregarse al sueño, el escudero había llegado plenamente a una determinación de lo más fatal para los planes del abogado y las esperanzas del conde.
A la mañana siguiente, mientras Lucy estaba tejiendo
«La trenza suelta de su cabello que gotea ámbar»
ante el espejito de su cámara, que incluso a través de su cristal opaco y oscurecido devolvía un rostro que habría podido avergonzar a una visión griega de Aurora, un suave golpe en la puerta anunció a su padre. Había en su rostro sonrosado y apuesto esa expresión generalmente característica de un hombre complacido consigo mismo, y persuadido de que está a punto de dar placer.
«Querida hija», dijo el escudero, acariciando con cariño la frondosidad del cabello de su Lucy y besando su mejilla de damasco, «he venido a tener una pequeña conversación contigo. Siéntate ahora, y (por mi parte, me encanta hablar a mis anchas; y, a propósito, cierra la ventana, querida, hay viento del este) deseo que lleguemos a un entendimiento claro y distinto. ¡Ejem! Dame tu mano, hija mía; creo que sobre estos asuntos apenas se puede hablar con demasiada precisión y al grano; aunque soy muy consciente (pues, por mi parte, siempre deseo actuar con todo el mundo, contigo especialmente, mi queridísima hija, con la mayor consideración) de que debemos proceder con tanta delicadeza como concisión. Conoces a este capitán Clifford; es un joven valiente, ¿no es así? Bien... vamos, nunca te sonrojes tanto; ¡no hay nada (pues en estos asuntos uno no puede tener todos sus deseos, uno no puede tenerlo todo) de lo que avergonzarse! Dime ahora, hija, ¿crees que está enamorado de ti?»
Si Lucy no respondió inmediatamente con palabras, sus bonitos labios se movieron como si pudiera replicar fácilmente; y finalmente se asentaron en una sonrisa tan dulce y tan segura que el escudero, por muy aficionado que fuera a la información «precisa», no necesitó respuesta más completa a su pregunta.
«Ay, ay, señorita», dijo, mirándola con todo el afecto de un padre, «ya veo cómo es. Y, vamos ahora, ¿por qué te apartas? ¿Crees que si, como creo, aunque hay personas envidiosas en el mundo, como siempre las hay cuando un hombre es guapo, listo o valiente... aunque, dicho sea de paso, lo cual es algo muy cómico a mis ojos, no envidian, al menos no con mala intención, a un hombre por ser lord o rico, sino que, muy al contrario, el rango y el dinero parecen hacerles pensar que uno posee todas las virtudes cardinales. ¡Hum! Si, digo, este señor Clifford resultara ser un caballero de familia... pues sabes que eso es esencial, ya que los Brandon han sido, como probablemente te habrá dicho mi hermano, un gran linaje hace muchos siglos... ¿crees, hija mía, que podrías renunciar (se ha descubierto el pastel) a este viejo lord y casarte con un simple caballero?»
La mano que el escudero sostenía fue llevada ahora con pícara ternura a su boca, y cuando volvió a tomarla, Lucy escondió su rostro encendido en su pecho; y fue solo mediante un susurro, como si el aire mismo fuera indiscreto, que pudo extraer (pues ahora insistía en una respuesta verbal) su feliz contestación.
No tememos que nuestro lector nos culpe por no detallar el resto de la entrevista entre el padre y la hija: no duró más de una hora; pues el escudero declaró que, por su parte, odiaba más palabras de las necesarias. El señor Brandon fue el primero en bajar al desayuno, murmurando mientras descendía las escaleras: «Bien, ahora, que me cuelguen si no me alegra haberme quitado esto (pues no me gusta pensar mucho en un asunto tan tonto) de encima. Y en cuanto a mi hermano, no se lo diré hasta que todo haya terminado y esté resuelto. Y si él se enfada, él y el viejo lord pueden, aunque no pretendo ser poco fraternal, ¡irse juntos al diablo!»
Cuando los tres estuvieron reunidos en la mesa del desayuno, quizás no se habría podido encontrar en ninguna parte un contraste más fuerte que el que el rostro radiante de Lucy presentaba frente a la expresión demacrada y desgastada que desfiguraba los hermosos rasgos de su amante. Fue tan marcado el cambio que una noche pareció haber obrado en Clifford, que incluso el escudero se mostró sobresaltado y alarmado por ello. Pero Lucy, cuya inocente vanidad se complacía explicando la alteración, se consoló con la esperanza de presenciar pronto una expresión muy diferente en el semblante de su amante; y aunque ella guardaba silencio, y su felicidad yacía tranquila y profunda en su interior, en sus ojos y en sus labios había algo que le parecía a Clifford un insulto a su propia miseria, y le aguijoneaba el corazón. Sin embargo, se esforzó por seguir la conversación del escudero y por enmascarar, lo mejor que pudo, la evidencia del conflicto que aún rugía en su interior.
La mañana era húmeda y sombría; era esa lluvia brumosa y lloviznante que resulta tan especialmente nutritiva para el crecimiento de los malos humores, y el alegre escudero no dejó de burlarse de su joven amigo por su susceptibilidad femenina a las influencias del clima. Clifford respondió en broma; y la broma, aunque mala, fue lo suficientemente buena como para contentar al bromista. De esta manera faceta pasó el tiempo, hasta que Lucy, a petición de su padre, salió de la habitación para prepararse para su regreso a casa.
Acercando su silla a la de Clifford, el escudero comenzó entonces con verdadera y afectuosa seriedad sus operaciones —las cuales ya había planeado— en el siguiente orden: primero, indagar y conocer el rango, la familia y las perspectivas de Clifford; segundo, habiendo comprobado las propiedades del hombre exterior, debían examinar el estado del interior; y tercero, si nuestro hábil investigador encontraba confirmadas sus sospechas sobre el afecto de Clifford por Lucy, debían expulsar el modesto miedo a un rechazo, que el escudero admitía que era lo bastante natural, y conducir al objeto de la investigación al conocimiento de la felicidad que, si Lucy consentía, podría estar reservada para él. Mientras, con su acostumbrado ingenio, el escudero perseguía sus benévolos designios, Lucy permanecía en su propia habitación, en tales meditaciones y tales sueños como eran naturales para un corazón tan optimista y entusiasta.
Llevaba más de media hora sola cuando la camarera de la posada llamó a su puerta y le entregó un mensaje del escudero, rogándole que bajara a verlo al salón. Con un corazón que latía con tanta violencia que casi parecía desgastar su propia vida, Lucy descendió lenta y temblorosa hasta el salón. Al abrir la puerta vio a Clifford de pie en el hueco de la ventana; su rostro estaba parcialmente vuelto hacia otro lado, y sus ojos bajos. El buen viejo escudero estaba sentado en una butaca, y una especie de perplejidad y complacencia medio satisfecha daba expresión a sus rasgos.
«Ven aquí, hija», dijo él, aclarándose la garganta; «el capitán Clifford... ejem... te ha hecho el honor de... y me atrevo a decir que estarás muy sorprendida... no es que, por mi parte, piense que haya mucho que extrañarse en ello, pero tal puede ser mi opinión parcial (y es ciertamente muy natural en mí)... de hacerte una declaración de amor. Declara, además, que es el más miserable de los hombres, y que moriría antes que tener la presunción de esperar. Por lo tanto, ves, querida, te he hecho llamar para darle permiso de destruirse de cualquier manera que le plazca; y lo dejo a él para que muestre causa por la que (es un destino que tarde o temprano les ocurre a todos sus semejantes) no debería dictarse contra él sentencia de muerte». Habiendo pronunciado este discurso con más propiedad de palabra de la que habitualmente le correspondía, el escudero se levantó apresuradamente y salió cojeando de la habitación.
Lucy se hundió en la silla que su padre había dejado vacía; y Clifford, acercándose a ella, dijo con voz ronca y baja:
«Su padre, señorita Brandon, dice con razón que yo moriría antes que levantar mis ojos con esperanza hacia usted. Pensé ayer que la había visto por última vez; el azar, no mi propia locura o presunción, me ha traído de nuevo ante usted; y aun las pocas horas que he pasado bajo el mismo techo con usted me han hecho sentir como si mi amor, mi locura, nunca hubiera alcanzado su apogeo hasta ahora». ¡Oh, Lucy! —continuó Clifford, en un tono más apasionado, y, como si fuera por un impulso repentino e irresistible, arrojándose a sus pies—, si pudiera esperar merecerla... si pudiera esperar elevarme... si pudiera... ¡Pero no, no, no! ¡Estoy privado de toda esperanza, y para siempre!»
Había una angustia y un remordimiento tan profundos, tan amargos, tan sentidos en la voz con la que se pronunciaron estas últimas palabras, que Lucy, sacada de su guardia y olvidándolo todo en una asombrada simpatía y compasión, respondió, extendiendo su mano hacia Clifford, quien, aún arrodillado, la tomó y cubrió de besos de fuego:
«No hable así, señor Clifford; no se acuse de lo que estoy segura, muy segura, de que no puede merecer. Quizás... perdóneme... su nacimiento, su fortuna, están por debajo de sus méritos, y usted ha penetrado en la debilidad de mi padre en el primer punto; o quizás usted mismo no ha evitado todos los errores en los que se ven arrastrados los hombres... quizás ha sido imprudente o irreflexivo, quizás ha (la moda es contagiosa) jugado por encima de sus medios o contraído deudas: son faltas, es cierto, y de lamentar, pero ciertamente no irreparables».
En ese instante, ¿puede extrañar que toda la resolución y abnegación de Clifford lo abandonaran, y alzando sus ojos, radiantes de alegría y gratitud, hacia el rostro que se inclinaba con benévola inocencia hacia él, exclamó:
«¡No, señorita Brandon! ¡No, Lucy! ¡Querida, angelical Lucy! Mis faltas son menos veniales que esas, pero quizás no sean menos el resultado de las circunstancias y el contagio; quizás no sea demasiado tarde para repararlas. Si usted... si usted de verdad se dignara a ser mi guardiana, ¡podría no desesperar de ser salvado!»
«Si», dijo Lucy, sonrojándose profundamente y mirando hacia abajo, mientras hablaba rápida y ansiosamente, como para evitar humillarlo con su oferta, «si, señor Clifford, la falta de riqueza le ha causado de alguna manera inquietud o... o error, créame... me refiero a nosotros... como amigos suyos, para no dudar ni un instante en permitirnos aliviarle de una pequeña parte de nuestra deuda de anoche con usted».
«¡Querida, noble muchacha!», dijo Clifford, mientras se retorcía en sus labios una de esas sonrisas de poderoso sarcasmo que a veces distorsionaban sus facciones, y le imprimían a Lucy, de manera estremecedora, un parecido con alguien muy diferente en reputación y carácter a su amante, «no atribuya mis desgracias a una fuente tan pequeña; no es dinero lo que me faltará mientras viva, aunque recordaré hasta mi último aliento esta delicadeza en usted, y la compararé con ciertos recuerdos viles en mi propia mente. ¡Sí! ¡Todos los pensamientos y recuerdos pasados me harán en adelante adorarla incluso más de lo que lo hago ahora; mientras que en su corazón ellos... a menos que el Cielo me conceda una plegaria... la harán despreciarme y detestarme!»
«¡Por amor de Dios, no hable así!», dijo Lucy, mirando con alarma confusa los oscuros y crispados rasgos de su amante. «¡Despreciarlo, detestarlo! ¡Imposible! ¿Cómo podría, después del recuerdo de anoche?»
«¡Ay! De anoche», dijo Clifford, hablando entre dientes apretados, «hay mucho en ese recuerdo para vivir largo tiempo en ambos; pero usted... usted... ángel hermoso» (y toda la dureza y la ironía desapareciendo de una vez de su voz y su semblante, cedieron ante una tristeza tierna y profunda, mezclada con un respeto que rozaba la reverencia), «usted nunca podría haber soñado con más que lástima por alguien como yo... usted nunca podría haberse rebajado desde su elevada y deslumbrante pureza para conocer por mí un solo pensamiento como ese que arde en mi corazón por usted... usted... ¡Sí, retire su mano, no soy digno de tocarla!» Y entrelazando sus propias manos ante su rostro, se quedó bruscamente en silencio; pero sus emociones estaban mal disimuladas, y Lucy vio cómo el armazón muscular ante ella se agitaba y convulsionaba por pasiones que eran más intensas y desgarradoras porque solo durante unos pocos momentos conquistaban su voluntad y luchaban por encontrar salida.
Si después, pero mucho después, Lucy, recordando el misterio de sus palabras, confesó para sí misma que delataban culpa, entonces estaba demasiado afectada para pensar en otra cosa que no fuera su amor y la emoción de él. Se inclinó, y con una infantil y cariñosa entrega que nadie podría haber resistido, colocó ambas manos sobre las suyas. Clifford dio un respingo, levantó la vista y, al momento siguiente, la había estrechado contra su corazón; y mientras las únicas lágrimas que había derramado desde su carrera criminal caían rápidas y ardientes sobre el rostro de ella, le besó la frente, la mejilla, los labios en un arrebato salvaje y apasionado. Su voz murió en su interior; no podía fiarse de sí mismo para hablar; solo un pensamiento, incluso en ese aparente olvido de ella y de sí mismo, se agitaba y hablaba en su pecho: huida. Cuanto más sentía que amaba, cuanto más tierna y confiada era el objeto de su amor, más urgente se volvía la necesidad de dejarla. Todos los demás deberes habían sido descuidados, pero él amaba con un amor real; y el amor, que le enseñó un deber, lo llevó triunfalmente a través de su amarga prueba.
«Tendrá noticias mías esta noche», murmuró; «¡crea que estoy loco, maldito, soy un criminal, pero no completamente un monstruo! ¡No pido una opinión más misericordiosa!» Se separó de su peligrosa posición y partió bruscamente.
Cuando Clifford llegó a su casa, encontró a sus dignos coadjutores esperándolo con alarma y terror en sus semblantes. Una vieja hazaña, en la que se habían distinguido, había atraído durante mucho tiempo la rígida atención de la policía, y ciertos oficiales habían sido vistos ahora en Bath, y se habían iniciado ciertas investigaciones que no presagiaban nada bueno para la seguridad del sagaz Tomlinson y el valeroso Pepper. Vinieron, humilde y penitentemente, pidiendo perdón por su inconsciente agresión al carruaje del escudero, y suplicando el consejo inmediato de su capitán. Si Clifford había vacilado antes en su desinteresada determinación... si visiones de Lucy, de felicidad y de reforma habían flotado en su paseo solitario con demasiada frecuencia y demasiada brillantez ante sus ojos... la visión de estos hombres, su conversación, su peligro, todo bastó para restaurar su resolución. «¡Misericordioso Dios!», pensó, «¿y es al compañero de tales villanos sin ley, a un hombre, como ellos, expuesto cada hora a las más ignominiosas muertes, a quien por una fracción de momento he soñado con entregar a la inocente y generosa muchacha, cuya confianza o amor es el único crimen que podría privarla del más brillante destino?»
Cortas fueron las instrucciones de Clifford a sus seguidores, y tanto hacemos mecánicamente que fueron entregadas con su habitual previsión y precisión. «Abandonarán la ciudad inmediatamente; no vayan, por sus vidas, a Londres, ni a reunirse con ninguno de sus camaradas. Cabalguen hacia la Cueva Roja; allí hay provisiones almacenadas y, desde nuestra última alteración del interior, ofrecerá espacio suficiente para ocultar sus caballos. En la noche del segundo día a partir de este me reuniré con ustedes. ¡Pero asegúrense de entrar en la cueva de noche, y no salgan bajo ninguna circunstancia hasta que yo llegue!»
«¡Sí!», dijo cuando estuvo solo, «me reuniré con ustedes de nuevo, pero solo para dejarlos. Una ofensa más contra la ley, o al menos una suma arrebatada de las manos hinchadas de los ricos, suficiente para equiparme para un ejército extranjero, y abandonaré el país de mi nacimiento y de mis crímenes. Si no puedo merecer a Lucy Brandon, seré algo menos indigno. Quizás... ¿por qué no? Soy joven, mis nervios no son débiles, mi cerebro no es torpe... ¡quizás pueda en algún campo de aventura honorable ganar un nombre que, antes de mi lecho de muerte, no me avergüence reconocer ante ella!»
Mientras esta resolución latía fuerte en el pecho de Clifford, Lucy, triste y en silencio, continuaba con el escudero su corto viaje a Bath. Este último sentía mucha curiosidad por saber por qué Clifford se había ido, y qué había confesado; y Lucy, apenas capaz de responder, lo dejó todo a la prometida carta de la noche.
«Me alegra», murmuró el escudero, «que vaya a escribir; pues, de una manera u otra, aunque le interrogué muy estrictamente, se escurrió de mi interrogatorio y, estallando de golpe con su amor por ti, me dejó tan sabio sobre sí mismo como antes: ¡sin duda (por mi parte no veo qué debería impedir que sea un gran hombre de incógnito) esta carta lo explicará todo!»
Tarde en la noche llegó la carta. Lucy, afortunadamente para ella, estaba sola en su habitación; la abrió y leyó lo siguiente:
CARTA DE CLIFFORD.
He prometido escribirte, y me siento a cumplir tal promesa. En este momento, el recuerdo de tu bondad, de tu generosa consideración, es cálido en mi interior; y mientras debo elegir palabras tranquilas y comunes para expresar lo que debería decir, mi corazón se ve alternativamente derretido y desgarrado por pensamientos que pedirían palabras, ¡oh, cuán diferentes! Tu padre me ha preguntado a menudo por mis padres y mi nacimiento; hasta ahora he eludido sus interrogatorios. Entérate ahora de quién soy. En una morada miserable, rodeado por los habitantes de la pobreza y el vicio, recuerdo mis primeros recuerdos. Mi padre me es tan desconocido como a cualquier otro; mi madre —ante ti no me atrevo a mencionar quién o qué fue— murió en mi infancia. Sin nombre, pero no sin una herencia (mi herencia fue grande; ¡fue infamia!), fui arrojado al mundo. Había recibido por accidente cierta educación, e imbibido algunas ideas no naturales a mi situación; desde entonces he desempeñado muchos papeles en la vida. No he descuidado tanto a los libros y a los hombres como para no haber espigado a intervalos un poco de conocimiento de ambos. Por ello, si te he parecido mejor de lo que soy, percibirás la causa. Las circunstancias me hicieron pronto dueño de mí mismo; me hicieron también alguien a quien los hombres honestos no aman contemplar; mis acciones han sido, y mi carácter es, a la par con mi nacimiento y mis fortunas. Vine a esta ciudad con la noble esperanza de elevarme y redimirme dorando mi destino con un matrimonio rico. Te vi, a quien había encontrado una vez antes. Escuché que eras rica. ¡Ódiame, señorita Brandon, ódiame! Resolví hacer de tu ruina la causa de mi redención. Afortunadamente para ti, apenas te conocía antes de amarte; ese amor se profundizó; captó algo puro y elevado de ti misma. Mi resolución me abandonó; incluso ahora podría arrojarme de rodillas y agradecer a Dios que tú —tú, el más querido y noble de los seres humanos— no seas mi esposa. Ahora, ¿es mi conducta clara para ti? Si no, imagíname todo lo que es villano, excepto en un punto, donde tú estás involucrada, y no quedará una sombra de misterio. Tu bondadoso padre, sobrevalorando el exiguo servicio que te presté, habría consentido en someter mi destino a tu decisión. Me sonrojo indignado por él —por ti— de que cualquier hombre vivo haya soñado con tal profanación para la señorita Brandon. Sin embargo, yo mismo fui arrastrado y embriagado por una esperanza tan repentina y suave; ¡incluso yo me atreví a levantar mis ojos hacia ti, a presionarte contra este corazón culpable, a olvidarme de mí mismo y a soñar que podrías ser mía! ¿Puedes perdonarme por esta locura? Y en adelante, cuando estés en tu elevada y brillante esfera de felicidad conyugal, ¿podrás recordar mi presunción y reprimir tu desdén? Quizás pienses que, con una confesión tan tardía, ya te he engañado. ¡Ay! ¡No sabes lo que me cuesta ahora confesar! Solo tenía una esperanza en la vida: que pudieras, mucho después de haber dejado de verme, imaginarme no absolutamente por debajo de la manada con la que vives. Esta vanidad ardiente pero egoísta la arranco de mí, y ahora voy a donde ninguna esperanza puede perseguirme. Ninguna esperanza para mí mismo, salvo una que difícilmente merece el nombre, pues es más un deseo rudo y visionario que una expectativa; es que bajo otro nombre y bajo auspicios diferentes puedas oír hablar de mí en algún momento distante; y cuando te informe que bajo ese nombre puedes reconocer a alguien que te ama más que a todas las cosas creadas, quizás sientas entonces, al menos, que no hay motivo de vergüenza por tu amante. ¿Qué serás entonces? Una esposa feliz, una madre, el centro de mil alegrías, amada, admirada, ¡bendecida cuando el ojo te ve y el oído te escucha! Y esto es lo que debería esperar, esta es la consolación que debería animarme; tal vez dentro de poco tiempo lo haga. No es que te amaré menos, sino que te amaré menos ardientemente, y por lo tanto, menos egoístamente. Ahora te he escrito todo lo que te corresponde recibir de mí. Mi caballo espera abajo para llevarme de esta ciudad, y para siempre de tu cercanía. ¡Para siempre! Sí, eres la única bendición para siempre prohibida para mí. Riqueza puedo ganar, un buen nombre, incluso gloria a la que quizás pueda aspirar; al cielo mismo puedo encontrarle un camino; pero de ti, ni mis propios sueños pueden darme la sombra de una esperanza. No digo, si pudieras atravesar mi alma mientras escribo, que me compadecerías. Puedes pensar que es extraño, pero no querría tu lástima por nada en el mundo; creo que preferiría incluso tu odio; la lástima parece demasiado al desprecio. Pero si supieras qué esfuerzo me ha permitido domar mi lenguaje, frenar mis pensamientos, evitar encarnar lo que ahora hace que mi cerebro dé vueltas y mi mano se sienta como si el fuego vivo la consumiera; si supieras qué me ha permitido triunfar sobre la locura en mi corazón y ahorrarte lo que, de ser escrito o hablado, parecería el desvarío de la demencia, no podrías despreciarme, aunque pudieras aborrecerme.
¡Y ahora, que el Cielo te proteja y te bendiga! Nada en la tierra podría hacerte daño. E incluso los malvados que te han contemplado aprenden a rezar; ¡yo he rezado por ti!
Así, abrupta y sin firma, terminó la esperada carta. Lucy bajó a la mañana siguiente a su hora habitual y, salvo porque estaba muy pálida, nada en su apariencia parecía anunciar pasado dolor o emoción. El escudero le preguntó si había recibido la carta prometida. Ella respondió, con una voz clara aunque débil, que sí; que el señor Clifford se había confesado de un origen demasiado bajo como para esperar el matrimonio con la familia del señor Brandon; que confiaba en que el escudero guardaría su secreto; y que el tema nunca volvería a ser aludido por ninguno de los dos. Si en este discurso había algo ajeno al carácter ingenuo de Lucy, y doloroso para su mente, ella lo sintió como un deber hacia su antiguo amante: no traicionar la totalidad de esa confesión tan amargamente arrancada de él. Quizás, también, había en esa carta un encanto que le parecía demasiado sagrado para ser revelado a nadie; y los misterios no estaban excluidos ni siquiera de un amor tan mal ubicado y aparentemente tan transitorio como el suyo.
La respuesta de Lucy tocó al escudero en su punto débil. «Un hombre de origen decididamente bajo», confesó, «estaba absolutamente fuera de toda cuestión; sin embargo, el joven mostró una gran dosis de franqueza en su revelación». Prometió de buena gana no abordar nunca un tema necesariamente tan desagradable; y aunque suspiró al terminar su discurso, la extrema quietud del modo de ser de Lucy lo tranquilizó; y cuando percibió que ella reanudaba, aunque lánguidamente, sus tareas habituales, sintió pocas dudas de que pronto superaría el recuerdo de lo que esperaba que fuera solo un capricho infantil y pasajero. Cedió, con avidez, a su propuesta de regresar a Warlock; y en la misma semana en que Lucy había recibido la misteriosa carta de su amante, el padre y la hija comenzaron su viaje a casa.
CAPÍTULO XXIV.
Butler. ¿Qué son estos, señor?
Yeoman. ¿Y de qué naturaleza, para qué uso?
Latroc. Imagina. La tragedia de Rollo.
Quickly. Está en el seno de Arturo, si algún hombre fue al seno de Arturo. Enrique V.
La corriente de nuestra narración nos conduce ahora de regreso a William Brandon. Los ascensos legales previamente pretendidos se completaron; y para sorpresa del público, el envidiado abogado, sufriendo la degradación del título de caballero, había, en el momento en que volvemos a él, cambiado sus laboriosas ocupaciones por la serena dignidad del estrado. Cualquiera que fuera el pesar que este astuto y ambicioso intrigante pudiera haber sentido de otro modo ante una elevación considerablemente menos distinguida de lo que razonablemente podría haber esperado, fue eliminado por completo por las esperanzas que se le brindaron de un pronto traslado a un cargo más brillante: se susurraba entre aquellos que no eran ajenos a prever tales eventos, que el interés del gobierno requería sus talentos en la Cámara de los Lores. Justo en este momento, también, la cruel enfermedad, cuyas estragos Brandon intentaba, tan celosamente como era posible, ocultar al público, había parecido ceder repentinamente ante la habilidad de un nuevo médico; y mediante la administración de medicamentos que un hombre menos severo o resuelto podría haber temblado al adoptar (tan poderosa y, en su mayor parte, mortal era su naturaleza), pasó de un estado de tortura casi insoportable a un elíseo de tranquilidad y calma. Quizás, sin embargo, los medicamentos que alteraron también deterioraron su constitución; y era observable que, en dos casos donde el médico había alcanzado un éxito similar por los mismos medios, los pacientes habían muerto repentinamente, exactamente en el momento en que su cura parecía estar finalmente completada. Sin embargo, Sir William Brandon parecía tener poca anticipación de peligro. Su manera se volvió más alegre y uniforme de lo que jamás había sido; había cierta ligereza en su andar, cierta alegría en su voz y mirada, que parecían las señales de alguien de quien un pesado fardo había sido repentinamente levantado, y que ya no se veía impedido de la avidez de la esperanza por los exigentes reclamos de un dolor corporal. Siempre había sido afable en sociedad, pero ahora su cortesía respiraba menos artificio; tomaba un tono más cordial. Otra alteración era discernible en él, y esa era precisamente la inversa de lo que podría haberse esperado. Se volvió más ahorrativo, más atento a los gastos de la vida de lo que había sido. Aunque despreciador de la ostentación y el despliegue, y demasiado duro para ser lujoso, era un arquitecto demasiado científico de las debilidades de los demás como para no haber mantenido durante su carrera pública una apariencia opulenta y una mesa hospitalaria. La profesión que había adoptado requiere, quizás, menos de los aspectos externos para ayudarla que cualquier otra; aun así, Brandon había pretendido conservar la importancia parlamentaria además de la legal; y aunque su casa estaba situada en un barrio enteramente profesional, había estado acostumbrado a reunir alrededor de su hospitalaria mesa a todos los que eran eminentes, en su partido político, por rango o por talento. Ahora, sin embargo, cuando la hospitalidad y una cierta amplitud de gastos convenían mejor a su posición, se volvió más cerrado y más exacto en su economía. Brandon nunca podría haber degenerado en un avaro; el dinero, para alguien tan habitualmente sabio como él, nunca podría haber pasado de ser un medio a un objetivo; pero evidentemente, por una razón u otra, había formado la resolución de ahorrar. Algunos decían que era el resultado de una salud restablecida y la esperanza de una vida prolongada, en la que podrían ocurrir muchos objetos para los cuales la riqueza es deseable. Pero cuando se determinó accidentalmente que Brandon había estado haciendo varias averiguaciones respecto a una gran propiedad en las cercanías de Warlock, anteriormente en posesión de su familia, los cotillas (pues Brandon era un hombre sobre el que se podía cotillear) ya no carecieron de un motivo, falso o real, para la frugalidad del juez.
Fue poco después de su elevación al estrado, y antes de que estas señales de cambio se hubieran vuelto notables, que el mismo extraño harapiento que mencionamos antes, como presentado por el señor Swoppem a una conferencia privada con Brandon, fue admitido a la presencia del juez.
—Bien —dijo Brandon, impacientemente, en el momento en que se cerró la puerta—, ¿tus noticias?
—Vy, su honor —dijo el hombre, tímidamente, haciendo girar algo que hacía de sombrero—, creo que seré capaz de satisfacer al honor de su señoría. —Luego, acercándose al juez y asumiendo un aire importante, susurró—: ¡Es tal como pensé!
—¡Dios mío! —exclamó Brandon, con vehemencia—. ¿Y está vivo? ¿Y dónde?
—Creo —respondió el digno confidente de Sir William Brandon—, que está vivo; y si está vivo, que me arranquen los dientes si no lo encuentro; pero decir dónde está en este preciso momento, ¡que me aplasten si puedo!
—¿Está en este país? —dijo Brandon—; ¿o crees que se ha ido al extranjero?
—¡Vy, mucho de uno y no poco del otro! —dijo el eufónico confidente.
—¡Cómo! Habla claro, hombre; ¿qué quieres decir?
—Vy, quiero decir, su honor, que no puedo decir dónde está.
—Y esto —dijo Brandon, con un juramento entre dientes—, esto es tu jactanciosa noticia, ¿verdad? ¡Perro! ¡Maldito, maldito perro! Si bromeas conmigo o me juegas falso, te ahorcaré; ¡por el Dios viviente, lo haré!
El hombre se encogió involuntariamente ante la frente vengativa y los ojos encendidos de Brandon; pero con la astucia peculiar del vicio bajo, respondió, aunque en un tono más humilde:
—¿Y qué bien le hará a su honor? Si es que me cuelga, ¿eso pondrá a su señoría en el camino de encontrarlo?
Nunca hubo un obstáculo en la gramática a través del cual una verdad robusta no pudiera abrirse paso; y Brandon, después de una pausa de mal humor, dijo con voz más suave:
—¡No pretendía asustarte! No importa lo que dije; pero seguramente puedes adivinar por dónde anda, o qué medios de vida persigue. Quizás —y una palidez momentánea cruzó el rostro moreno de Brandon—, ¡quizás se haya visto obligado a la deshonestidad para mantenerse!
El informante respondió con gran ingenuidad que tal cosa no era imposible. Y Brandon entró entonces en una serie de interrogatorios cruzados aparentemente descuidados pero astutos, que ya fuera la ignorancia o la astucia del hombre le permitieron frustrar. Después de algún tiempo, Brandon, decepcionado e insatisfecho, abandonó su tarea profesional; y otorgando al hombre muchas instrucciones sagaces y minuciosas, así como una donación muy generosa, se vio obligado a despedir a su misterioso visitante y a contentarse con la seguridad de que, si el objeto de sus investigaciones no se hubiera ido ya con el diablo, el extraño caballero empleado para descubrirlo ciertamente, tarde o temprano, se lo traería al juez.
Esta aseveración, y la entrevista que la precedió, ciertamente inspiraron a Sir William Brandon con un sentimiento parecido a la complacencia, aunque estaba mezclado con una considerable aleación.
«No veo —pensó, concluyendo sus meditaciones cuando se quedó solo— qué más puedo hacer. Dado que parece que el muchacho ni siquiera tenía un nombre cuando partió solo de su miserable morada, me temo que un anuncio tendría pocas posibilidades de siquiera designarlo, mucho menos de encontrarlo, después de una ausencia tan larga. Además, podría hacerme presa de impostores; y con toda probabilidad, o ha dejado el país, o ha adoptado algún modo de vida que le impediría atreverse a revelarse». Este pensamiento hundió al soliloquio en una abstracción sombría, que duró varios minutos, y de la cual salió murmurando en voz alta:
—¡Sí, sí! Me atrevo a creerlo, a esperarlo. ¡Ahora, por el ministro y el título nobiliario! Y desde ese momento la raíz de la ambición de Sir William Brandon se extendió con un agarre más firme y extenso sobre su mente.
Sentimos mucho que el curso de nuestra historia nos obligue ahora a registrar un evento que de buena gana nos habríamos ahorrado el dolor de narrar. El buen viejo escudero de Warlock Manor-house apenas había llegado a su hogar a su regreso de Bath, cuando William Brandon recibió la siguiente carta del mayordomo de cabellos grises de su hermano:
HONRADO SEÑOR, Envío esto con toda premura, aunque con el corazón pesado, para informarle de la repentina (y es temido por sus amigos amantes y simpatizantes, los cuales últimos, por cierto, es todo aquel que lo conoce) peligrosa enfermedad del escudero. Fue tomado, pobre y querido caballero (pues Dios nunca hizo uno mejor, sin ofender a su Señoría), en el momento en que puso pie en su propia mansión, y lo que me ha colgado alrededor del cuello como una piedra de molino desde entonces, es que en lugar de decir: «¿Cómo está usted, Sampson?», como era su costumbre siempre que regresaba de partes extranjeras, tales como Bath, Lunnun y similares, dijo: «¡Dios te bendiga, Sampson!», lo cual me hace pensar de alguna manera que serán sus últimas palabras; pues nunca ha hablado desde entonces, a pesar de que la señorita Lucy está continuamente junto a su lecho. Ella, pobre y querida, no se deshace en llanto ni en trabajos de mujer, pero se ve, sin embargo, por todo el mundo, justo como un cadáver. Envío a Tom el postillón con este expreso, sabiendo que es bueno en el galope, habiendo, no hace dieciséis años, vencido a algunos de los mejores en una carrera. Esperando que su Señoría no pierda tiempo en venir a esta «casa de luto», permanezco, con todo respeto, el humilde servidor de su Señoría a sus órdenes, JOHN SAMPSON.
[El lector, que sin duda ha notado cuán invariablemente los sirvientes de larga trayectoria adquieren cierto tono del de su amo, puede observar que el honesto John Sampson había captado del escudero el hábito de la composición parentética.]
Sir William Brandon no se dio tiempo para releer esta carta, a fin de hacerla más inteligible, antes de escribir a uno de sus colegas profesionales, solicitándole que ocupara su lugar durante su inevitable ausencia, en la melancólica ocasión de la muerte esperada de su hermano; y habiéndolo hecho así, partió inmediatamente hacia Warlock. Inexplicable incluso para sí mismo era ese sentimiento, tan cercano a la verdadera pena, que el abogado mundano sintió ante la perspectiva de perder a su ingenuo y especulador hermano. ¡Ya sea porque las mentes turbulentas y ambiciosas, al elegir para sus vacilantes afectos los verdaderos opuestos de sí mismas, sienten (al perder la compañía de esos personajes tranquilos y justos que nunca han cruzado su camino accidentado) como si perdieran, al perderlos, una especie de refugio para sus propios pensamientos inquietos y diseños azotados por la tempestad! Sea como fuere, es cierto que cuando William Brandon llegó a la puerta de su hermano y fue informado por el viejo mayordomo, quien por primera vez fue lento en saludarlo, de que el escudero acababa de dar su último suspiro, su naturaleza austera lo abandonó de una vez, y sintió el choque con una severidad quizás aún más aguda que la que un corazón más cordial y afectuoso habría experimentado.
Tan pronto como hubo recuperado su compostura, Sir William preguntó por su sobrina; y descubriendo que, después de una vigilancia incesante durante toda la breve enfermedad del escudero, la naturaleza le había fallado a su muerte, y había sido llevada sin sentido desde su cámara a la suya, Brandon caminó con un paso muy diferente a su habitual andar majestuoso hacia la habitación donde yacía su hermano. Era uno de los apartamentos más antiguos de la casa, y gran parte del antiguo esplendor que pertenecía a la mansión antes de que su tamaño se hubiera reducido con las fortunas de sus sucesivos dueños, todavía distinguía la cámara. La enorme repisa de la chimenea que ascendía hasta el techo tallado en pilastras grotescas, y el trabajo de volutas del roble más negro, con las armas cuarteladas de Brandon y Saville escudadas en el centro; las paredes paneladas del mismo oscuro friso; el armario de ébano; las sillas de respaldo alto, con sus asientos de tapiz; la cama elevada, con sus plumas fúnebres y cortinajes de un damasco carmesí que parecía, tan masiva era la sustancia y tan prominentes las flores, como si fuera más una talla que una seda; todo conspiraba con el tamaño de la habitación para darle una solemnidad feudal, quizás no adecuada para el resto de la casa, pero bien calculada para golpear un sombrío temor en el pecho del hombre mundano y orgulloso que ahora entraba en la cámara mortuoria de su hermano.
William Brandon hizo una seña silenciosa a los asistentes para que se retiraran, se sentó en silencio junto a la cama y contempló larga y melancólicamente el rostro sereno y plácido del difunto. Es difícil adivinar qué pasó por su interior durante el tiempo que permaneció solo en aquella habitación. Él no habría podido habitar aquel aposento en otro período de su vida sin sentir una emoción secreta. Era el mismo en el que, cuando era niño, solía dormir; e incluso entonces, siendo ya un intrigante y un ambicioso, la sola visión de la estancia bastaba para evocar todas las esperanzas y visiones, los proyectos inquietos y los deseos febriles que ahora lo habían llevado al envidiado estado de una celebridad reconocida y un cuerpo destrozado. Debió de haber algo terrible en la combinación de aquellos recuerdos activos con la causa que lo había llevado a aquel aposento; y había una homilía en el semblante sereno del muerto que predicaba con más eficacia al corazón del vivo de lo que William Brandon habría querido reconocer jamás. Llevaba más de una hora en la habitación y el atardecer ya había comenzado a proyectar sombras profundas a través de los pequeños cristales de la ventana entreabierta, cuando Brandon se sobresaltó por un leve ruido. Levantó la vista y vio a Lucy frente a él. Ella no lo vio; pero, arrojándose sobre la cama, tomó la mano fría del difunto y, tras un largo silencio, estalló en un arrebato de llanto.
—¡Padre mío! —sollozó—, ¡mi bondadoso y buen padre! ¿Quién me amará ahora?
—¡Yo! —dijo Brandon, profundamente afectado; y, rodeando la cama, tomó a su sobrina en sus brazos—: ¡Yo seré tu padre, Lucy, y tú, la última de nuestra estirpe, serás para mí como una hija!
CAPÍTULO XXV.
La falsedad en él no era la mentira inútil Del orgullo jactancioso o la vanidad risueña: Era el arte lucrativo y persuasivo, etcétera.
CRABBE.
Arre, caballos; camino de Canterbury, Traqueteo sobre el guijarro, y chapoteo en el charco; ¡Hurra! ¡Qué veloz corre el correo tan alegre! ............... «Aquí las leyes son inviolables: nadie tiende Trampas al viajero; todos los caminos están despejados; Aquí...» fue interrumpido por un cuchillo, Con un «¡Malditos vuestros ojos! ¡La bolsa o la vida!».
Don Juan.
Las desgracias son como las creaciones de Cadmo: ¡se destruyen unas a otras! Sacudida del estupor mental provocado por la pérdida de su amante ante la repentina enfermedad del terrateniente, Lucy no tuvo pensamientos para sí misma, ni para nadie, ni para nada más que para su padre, hasta mucho después de que la tierra hubiera cerrado sobre sus restos. La actividad misma de este último dolor era menos peligrosa que la quietud del anterior; y cuando la primera intensidad de la pena pasó, y su mente volvió gradual y mecánicamente al recuerdo de Clifford, fue con una intensidad menos fuerte y menos fatal para su salud y felicidad que antes. Consideraba antinatural y criminal permitir que cualquier otra cosa la afligiera mientras tuviera una pena tan sagrada como la de su pérdida; y su mente, una vez despertada a la resistencia contra la pasión, mostró una fuerza natural que apenas cabía esperar de su aparente carácter. Sir William Brandon no perdió tiempo en regresar a la ciudad después del entierro de su hermano. Insistió en llevar a su sobrina con él y, aunque con verdadera renuencia, ella cedió a sus deseos y lo acompañó. Por el testamento del terrateniente, en efecto, Sir William fue nombrado tutor de Lucy, y a ella le faltaba aún más de un año para alcanzar la mayoría de edad. Brandon, con una delicadeza muy poco común en él cuando las mujeres (pues era un misógino confeso) estaban involucradas, proveyó todo lo que pensó que podía contribuir de alguna manera a su bienestar. Ordenó que se entendiera en su establecimiento que ella era su ama. Dispuso y amuebló, según lo que imaginaba que era su gusto, una suite de habitaciones para su uso exclusivo; se le asignaron un carruaje y sirvientes independientes, y trató, mediante constantes regalos de libros, flores o música, de ocupar sus pensamientos y compensar la soledad a la que sus deberes profesionales lo obligaban a relegarla tan constantemente. Estas atenciones, que mostraban a este hombre extraño bajo una nueva luz, parecieron sacar a relucir muchas pequeñas amabilidades latentes que solían estar incrustadas en las callosidades de su naturaleza rocosa; e incluso a pesar de sus motivos de dolor y la profunda melancolía que la consumía, Lucy se sintió conmovida por la gratitud ante una bondad doblemente reconfortante en alguien que, por muy urbano y pulido que fuera, no era en absoluto adicto a las pequeñas atenciones que las mujeres consideran tan gratificantes, y que, sin embargo, a menudo desprecian en quien se las brinda, al tiempo que se sienten complacidas por ellas. Había mucho en Brandon que se enredaba insensiblemente alrededor del corazón. Para alguien con más experiencia que Lucy, esta atracción involuntaria podría no haber sido incompatible con la sospecha, y difícilmente podría haberse asociado con la estima; y, sin embargo, para todos los que lo conocían íntimamente, incluso para el perspicaz y egoísta Mauleverer, la atracción existía. Sin principios, astuto, hipócrita, incluso vil cuando le convenía a sus propósitos; burlándose secretamente de los incautos a quienes engañaba y sin conocer más código que el del interés y la ambición; viendo a los hombres solo como máquinas y a las opiniones solo como escalones..., había, sin embargo, un tono de sentimiento poderoso que a veces era provocado por un corazón que, en el mismo instante, podría haber sacrificado a todo un pueblo por el objetivo personal más insignificante; y a veces, con Lucy, la elocuencia o la ironía de su conversación se profundizaban en una melancolía, una gentileza de sentimiento apenas reprimida, que concordaba con el estado de ánimo de ella e interesaba poderosamente sus buenos sentimientos hacia él. Fueron estas peculiaridades en su conversación las que hicieron que Lucy amara escucharlo; y poco a poco aprendió a anticipar con un placer sombrío la hora en la que, tras las ocupaciones del día, él solía reunirse con ella.
—Te ves indispuesto, tío, esta noche —dijo ella cuando, una tarde, él entró en la habitación con un aspecto más fatigado de lo habitual; y, levantándose, se inclinó tiernamente sobre él y le besó la frente.
—¡Ay! —dijo Brandon, totalmente indiferente a la caricia, sin siquiera prestarle atención—: nuestra forma de vida pronto pasa a la hoja marchita y amarillenta; y cuando Macbeth se lamentaba de no poder tener lo que debería acompañar a la vejez, se había vuelto un senil y lamentaba lo que no tenía valor.
—No, tío, «honor, amor, obediencia, tropas de amigos», ¿seguramente valían la pena los suspiros?
—¡Bah! ¡No valen un solo suspiro! Los deseos insensatos que formamos en la juventud tienen algo noble y algo corporal en ellos; pero los de la vejez son sombras totales, ¡y sombras de pigmeos! Pues bien, ¿qué es el honor, después de todo? ¿Qué es este buen nombre entre los hombres? Solo una especie de ídolo pagano, erigido para ser adorado por un grupo de tontos y despreciado por otro. ¿No observas, Lucy, que el hombre al que oyes más alabado por el partido que encuentras hoy es el más insultado por el que encuentras mañana? Los hombres públicos solo son alabados por su partido; y su partido, dulce Lucy, está compuesto por unos viles secuaces que a uno le remueve la bilis pensar que es tan poca cosa como para serles útil. Por lo tanto, un buen nombre es solo el buen nombre de una secta, y los miembros de esa secta son solo unos bribones maravillosamente correctos.
—Pero la posteridad hace justicia a aquellos que realmente merecen la fama.
—¡La posteridad! ¿Puedes creer que un hombre que sabe lo que es la vida se preocupa por los silbatos de juguete de los niños grandes después de su muerte? La posteridad, Lucy... ¡no! La posteridad no es más que la misma perpetuidad de tontos y granujas; e incluso si la justicia fuera deseable de sus manos, no podrían administrarla. ¿Se ponen de acuerdo los hombres sobre si Charles Stuart fue un mentiroso o un mártir? ¡Durante cuántas eras hemos creído a Nerón un monstruo! Un escritor ahora pregunta, como si demostrara un problema, ¿qué historiador real podría dudar de que Nerón fue un modelo de virtud? Los patriarcas de las Escrituras han sido declarados por la filosofía moderna como una serie de jeroglíficos astronómicos; y, con mayor apariencia de verdad, ¡se nos asegura que el patriota Tell nunca existió! ¡La posteridad! Esa palabra ha engañado a suficientes hombres sin que yo añada otro al número. Yo, que aborrezco a los vivos, difícilmente puedo venerar a los que aún no han nacido. Lucy, créeme: ¡ningún hombre puede mezclarse ampliamente con los hombres en la vida política y no despreciar todo lo que en su juventud adoró! La vejez nos deja solo un sentimiento: ¡el desprecio!
—¿Se te calumnia, entonces? —dijo Lucy, señalando un periódico, el órgano del partido opuesto a Brandon—: ¿se te calumnia cuando aquí te llaman «ambicioso»? Cuando te llaman «egoísta» y «codicioso», sé que se equivocan contigo; pero confieso que he pensado que eres ambicioso; sin embargo, ¿puede quien desprecia a los hombres desear su buena opinión?
—¡Su buena opinión! —repitió Brandon con burla—: ¿queremos el rebuzno de los asnos que montamos? ¡No! —reanudó, tras una pausa—. Es el poder, no el honor; es la esperanza de elevarse a uno mismo en todos los aspectos, tanto en el mundo exterior como en el mundo de la propia mente: es esta esperanza la que me hace trabajar donde podría descansar, y continuará el trabajo hasta mi tumba. Lucy —continuó Brandon, fijando sus ojos penetrantes en su sobrina—, ¿no tienes ambición? ¿No tienen el poder, la pompa y el rango encanto para tu mente?
—¡Ninguno! —dijo Lucy, tranquila y sencillamente.
—¡En verdad! Sin embargo, hay momentos en que he creído reconocer mi sangre en tus venas. Desciendes de una estirpe antaño noble, pero caída. ¿Eres alguna vez susceptible a la debilidad del orgullo ancestral?
—Dices —respondió Lucy— que no deberíamos preocuparnos por los que viven después de nosotros; ¡mucho menos, imagino, deberíamos preocuparnos por los que vivieron hace siglos!
—Bien respondido —dijo Brandon, sonriendo—. Te contaré en algún momento qué efecto tuvo esa debilidad que desprecias una vez, mucho después de tu edad, sobre mí. Eres sabia tempranamente en algunos puntos; aprovecha mi experiencia y sélo en todos.
—¡Es decir, despreciando a todos los hombres y a todas las cosas! —dijo Lucy, sonriendo también.
—Bien, no importa mi credo; puedes ser sabia según el tuyo; pero confía en alguien, queridísima Lucy, que te ama pura y desinteresadamente, y que ha sopesado con balanzas ajustadas al milímetro todas las ventajas que se pueden obtener de una tierra en la que creo verdaderamente que la cosecha fue recolectada antes de que nos pusieran en ella. Confía en mí, Lucy, y nunca pienses que el amor, ese sueño de doncella, es tan valioso como el rango y el poder: piénsalo bien antes de rendirte a lo primero; acepta lo segundo en el momento en que te lo ofrezcan. ¡El amor te pone a los pies de otro, y ese otro es un tirano; el rango pone a otros a tus pies, y todos los así sometidos son tus esclavos!
Lucy movió su silla de modo que la nueva posición ocultara su rostro, y no respondió; y Brandon, en un tono cambiado, continuó:
—¿Creerías, Lucy, que una vez fui lo suficientemente tonto como para imaginar que el amor era una bendición y que debía buscarse con ansia? Renuncié a mis esperanzas, a mis oportunidades de riqueza, de distinción... todo lo que había ardido desde los años de la infancia hasta el fondo de mi corazón. Elegí la pobreza, la oscuridad, la humillación; pero también elegí el amor. ¿Cuál fue mi recompensa? Lucy Brandon, fui engañado... ¡engañado!
Brandon hizo una pausa; y Lucy tomó su mano afectuosamente, pero no rompió el silencio. Brandon continuó:
—Sí, ¡fui engañado! Pero yo, a mi vez, obtuve una venganza, y una venganza apropiada; pues no fue la venganza del odio, sino —y el orador se rió sardónicamente— del desprecio. ¡Basta de esto, Lucy! Lo que quería decirte es esto: los hombres y mujeres adultos saben más de la verdad de las cosas de lo que ustedes, los jóvenes, creen. El amor es una mera baratija, y ningún ser humano cambió jamás por él una ventaja sólida sin arrepentirse. Cree esto; y si el rango alguna vez se pone bajo esos lindos pies, asegúrate de no despreciar el escabel.
Dicho esto, con una ligera risa, Brandon encendió la vela de su habitación y salió, dejando a Lucy sola durante la noche.
Tan pronto como el abogado llegó a su propio aposento, redactó para Lord Mauleverer la siguiente epístola:
«¿Por qué, querido Mauleverer, no vienes a la ciudad? Te necesito, tu partido te necesita; tal vez el Rey te necesite; y ciertamente, si hablas en serio sobre mi sobrina, el cuidado de tu propia pretensión amorosa debería inducirte a querer venir aquí. He pavimentado el camino para ti; y creo que, con un poco de manejo, puedes anticipar un rápido éxito. Pero Lucy es una chica extraña; y quizás, después de todo, aunque deberías estar en el lugar, será mejor que la dejes tanto como sea posible en mis manos. Conozco la naturaleza humana, Mauleverer, y ese conocimiento es el motor con el que forjaré tu triunfo. En cuanto al joven amante, no estoy muy seguro de si no es mejor para nuestros fines que Lucy haya experimentado una decepción en ese aspecto; pues cuando una mujer ha amado una vez, y el amor es totalmente desesperanzado, se saca de la cabeza cualquier idea vaga de otros amantes; ¡se contenta con un marido al que puede estimar! ¡Dulce cántaro! Pero tú, Mauleverer, ¡quieres que Lucy te ame! Y así lo hará, ¡después de que te hayas casado con ella! Te amará en parte por las ventajas que obtiene de ti, en parte por la familiaridad (por no mencionar tus buenas cualidades). Por mi parte, creo que la vida doméstica llega tan lejos que creo que una mujer siempre está inclinada a ser afectuosa con un hombre al que ha visto una vez con gorro de dormir. Sin embargo, deberías venir a la ciudad; la reciente muerte de mi pobre hermano no nos permite ver a nadie; el camino estará despejado de rivales; el dolor ha ablandado el corazón de mi sobrina; en una palabra, no podrías tener una mejor oportunidad. ¡Ven!
»Por cierto, dices que una de las razones que te hicieron pensar mal de este Capitán Clifford fue tu impresión de que en la figura de uno de sus camaradas reconociste algo que te pareció parecerse a uno de los tipos que te robaron hace unos meses. Entiendo que en este momento la policía está en persecución activa de tres ladrones consumados; ni me sorprendería en absoluto que en este mismo Clifford se encontrara al cabecilla de la banda, a saber, el notorio Lovett. Oigo decir que dicho cabecilla es un tipo inteligente y apuesto, de modales caballerosos, y que sus asociados habituales son dos hombres del estilo exacto de los dignos sujetos que me has descrito tan divertidamente. Escuché esto ayer de Nabbem, el oficial de policía con quien una vez entablé conocimiento en un juicio; y en mi rencor contra tu rival, le sugerí mi sospecha de que él, el Capitán Clifford, podría no imposiblemente resultar ser este Rinaldo Rinaldini de los caminos. Nabbem captó mi indirecta de inmediato; de modo que, si se basa en una suposición verdadera, puedo halagar mi conciencia tanto como mi amistad con la esperanza de que he tenido algo que ver en colgar a este Adonis de mi sobrina. Sea cierta o no mi suposición, Nabbem dice que está seguro de este Lovett; pues uno de sus secuaces ha prometido traicionarlo. ¡Cuelguen a estos perros ambiciosos! Pensé que la traición se limitaba a la política; y ese pensamiento me hace volver a los asuntos públicos, en los que toda la gente está girando con la más edificante celeridad...»
La epístola de Sir William Brandon encontró a Mauleverer en un estado de ánimo apropiado para Lucy y para Londres. Nuestro digno par no había estado poco mortificado por la repentina partida de Lucy de Bath; y mientras dudaba si seguirla o no, los periódicos le habían informado de la muerte del terrateniente. Mauleverer, siendo entonces plenamente consciente de la imposibilidad de urgir inmediatamente su pretensión, se esforzó, como el verdadero filósofo que era, por reconciliarse con su esperanza diferida. Pocas personas eran más fácilmente susceptibles de consuelo que Lord Mauleverer. Encontró a una dama agradable, de rostro menos ajado que su reputación, a quien confió el cuidado de aliviar sus momentos de ocio del aburrimiento; y siendo una mujer alegre, la confidente cumplió el encargo con gran satisfacción para Lord Mauleverer durante el espacio de quince días, por lo que naturalmente comenzó a sentir que su amor por Lucy se desvanecía gradualmente, debido a la ausencia y a otros vínculos; pero justo cuando el triunfo del tiempo sobre la pasión se volvía decisivo, la dama abandonó Bath en compañía de un alto granadero, y Mauleverer recibió la carta de Brandon. Estos dos acontecimientos recordaron a nuestro excelente amante el sentido de su lealtad; y no habiendo ya en Bath ninguna atracción particular que contrarrestara el ardor de su afecto, Lord Mauleverer ordenó los caballos para su carruaje y, atendido solo por su ayuda de cámara, partió hacia Londres.
Nada, quizás, podría transmitir un mejor retrato del mimado del mundo que una visión de los rasgos finos y fastidiosos de Lord Mauleverer, asomándose a través de la ventana cerrada de su lujoso carruaje de viaje; el resto del hombre exterior cuidadosamente envuelto en pieles, media docena de novelas esparcidas en el asiento del carruaje, y un delgado perro francés, extremadamente parecido a su amo, olfateando en vano el aire fresco, el cual, para la imaginación de Mauleverer, estaba poblado por toda clase de asmas y catarros. Mauleverer bajó de su carruaje en Salisbury para estirar las piernas y divertirse con una chuleta. Nuestro noble era bien conocido en los caminos; y como nadie podía ser más afable, era igualmente popular. El solícito posadero entró apresuradamente en la habitación para atender él mismo a su señoría y contarle todas las novedades del lugar.
—Bien, Sr. Cheerly —dijo Mauleverer, lanzando una mirada penetrante a su chuleta—, los malos tiempos, veo, no han arruinado a su cocinero.
—En efecto, mi señor, su señoría es muy amable, y los tiempos, de hecho, son muy malos..., muy malos en verdad. ¿Hay suficiente salsa? ¿Quizás su señoría probará las cebollas encurtidas?
—¿Las qué? ¿Cebollas? ¡Oh! ¡Ah! Nada puede ser mejor; pero nunca las toco. Entonces, ¿están buenos los caminos?
—Su señoría ha encontrado, espero, que están buenos hasta Salisbury.
—Ah, eso creo. Oh, sin duda, excelentes hasta Salisbury. ¿Pero cómo están hacia Londres? ¡Creo que hemos tenido tiempo húmedo últimamente!
—No, mi señor. Aquí el tiempo ha estado seco como un hueso.
—¡O una chuleta! —masculló Mauleverer; y el posadero continuó—:
—En cuanto a los caminos mismos, mi señor, en lo que a los caminos se refiere, son bastante buenos, mi señor; pero no puedo decir que no haya algo en ellos que podría ser mejorado.
—¡De ninguna manera improbable! ¿Se refiere a las posadas y a los peajes? —replicó Mauleverer.
—Su señoría se complace en ser jocoso; ¡no! Me refería a algo peor que ellos.
—¿Qué? ¿Los cocineros?
—No, mi señor, ¡los salteadores de caminos!
—¡Los salteadores de caminos! ¿En verdad? —dijo Mauleverer, con ansiedad; pues llevaba consigo un estuche de diamantes que en aquella época eran, en las grandes ocasiones, a menudo ornamentos de la vestimenta de un caballero, en forma de botones, hebillas, etc. También tenía una suma de dinero en efectivo bastante considerable consigo; una bendición que últimamente había empezado a encontrar muy rara—. Por cierto, los granujas me robaron antes en este mismo camino. Mis pistolas estarán cargadas esta vez. Sr. Cheerly, será mejor que ordene los caballos; es preferible escapar de la caída de la noche.
—Ciertamente, mi señor, ciertamente. ¡Jem, los caballos inmediatamente! ¿Su señoría tomará otra chuleta?
—¡Ni un bocado!
—¿Una tarta?
—¡El diabl...! ¡Ni por todo el mundo!
—¡Traiga el queso, John!
—Muy agradecido, Sr. Cheerly, pero he cenado; y si no he hecho justicia a su buena comida, agradezcase a usted mismo y a los salteadores. ¿Dónde atacan estos salteadores?
—Bueno, mi señor, la vecindad de Reading es, creo, la peor parte; pero son muy molestos todo el camino hasta Salthill.
—¡Maldición! ¡La misma vecindad en la que los granujas me robaron antes! ¡Bien puede llamarlos molestos! ¿Por qué demonios la policía no limpia el campo de semejante especie de problemas móviles?
—En verdad, mi señor, no lo sé; pero dicen que el Capitán Lovett, el famoso ladrón, es uno del grupo; ¡y nadie puede atraparlo, me temo!
—Porque, supongo, el perro tiene el sentido de sobornar tanto como de intimidar. ¿Cuál es el número general de estos rufianes?
—Bueno, mi señor, a veces uno, a veces dos, pero rara vez más de tres.
Mauleverer se irguió. «¡Mis queridos diamantes y mi bonita bolsa!», pensó; «¡quizás aún pueda salvarlos!».
—¿Ha estado mucho tiempo plagado de estos sujetos? —preguntó tras una pausa, mientras pagaba su cuenta.
«Pues, mi señor, lo hemos estado y no lo hemos estado. Me imagino que tienen una especie de guarida cerca de Reading, pues a veces se vuelven intolerables justo por allí, ¡y a veces permanecen tranquilos durante meses enteros! Por ejemplo, mi señor, pensamos que se habían ido todos hace algún tiempo; pero últimamente han detenido sistemáticamente a todo el mundo, aunque he oído que aún no han conseguido un gran botín».
Aquí el camarero anunció los caballos, y Mauleverer volvió a entrar lentamente en su carruaje, entre las reverencias y sonrisas de los encantados espíritus de la posada.
Durante el día, Mauleverer, que era naturalmente de temperamento galante e intrépido, no pensó más en los salteadores de caminos, una especie de peligro tan común en aquella época que los hombres casi consideraban vergonzoso permitir que el temor a ello fuera motivo de retraso en el camino. Los viajeros rara vez consideraban que fuera mejor perder el tiempo para ahorrar dinero; y llevaban consigo un corazón valiente y un par de pistolas, en lugar de dormir toda la noche en la carretera. Mauleverer, más bien un preux chevalier, era precisamente de este tipo de caminantes; y una noche en una posada, cuando era posible evitarla, era para él, como para la mayoría de los ingleses ricos, una tediosa tortura que debía evitarse con celo. Nunca, por tanto, pasó por la cabeza de nuestro excelente noble, a pesar de su experiencia, que sus diamantes y su bolsa podrían salvarse de todo peligro si consintiera en depositarlos, junto con su propia persona, en algún lugar de hospitalaria acogida; ni, en efecto, fue hasta que estuvo a una etapa de Reading, y el crepúsculo se había cerrado por completo, que se preocupó mucho por el asunto. Pero mientras enganchaban los caballos, llamó a los postillones; y tras observar sus semblantes con el ojo de un hombre acostumbrado a leer la fisonomía, les habló así con elocuencia:
«Caballeros, estoy informado de que existe cierto peligro de ser robado entre esta ciudad y Salthill. Ahora, les ruego que me informen de que considero casi imposible que cuatro caballos, debidamente dirigidos, sean detenidos por menos de cuatro hombres. A ese número probablemente cederé; a un número menor, con toda seguridad, no daré más que balas. ¿Me comprenden?»
Los postillones sonrieron, se tocaron los sombreros; y Mauleverer continuó lentamente:
«Si, por tanto —¡márchense esto!—, uno, dos o tres hombres detienen a sus caballos, y veo que el uso de sus látigos y espuelas es ineficaz para liberar a los animales del agarre de los ladrones, tengo la intención, con estas pistolas —¡obsérvenlas!—, de disparar a los caballeros que los retengan; pero como, aunque generalmente soy un tirador certero, mi vista vacila un poco en la oscuridad, ¡creo muy posible que pueda tener la desgracia de dispararles a ustedes, caballeros, en lugar de a los ladrones! Verán, los granujas estarán cerca de ustedes, lo suficiente como para ponerlos en peligro, a menos que, en efecto, los derriben con la culata de sus látigos. Simplemente menciono esto para que estén preparados. Si ocurriera tal error, no necesitan estar inquietos de antemano, ¡pues me ocuparé de todas las formas posibles de sus viudas; si no ocurre, y llegamos a Salthill a salvo, tengo la intención de testificar mi sentido de la excelencia de su conducción con un regalo de diez guineas a cada uno! Caballeros, he terminado con ustedes. Les doy mi palabra de honor de que hablo en serio en lo que les he dicho. Háganme el favor de montar».
Mauleverer llamó entonces a su criado favorito, que iba sentado en el pescante delantero (los rumble-tumbles no estaban entonces en uso). «Smoothson», dijo, «la última vez que fuimos atacados en este mismo camino, se comportó condenadamente mal. Asegúrese de hacerlo mejor esta vez, o podría ser peor para usted. Lleva pistolas esta noche, ¿eh? ¡Bien, eso está bien! ¿Y está seguro de que están cargadas? ¡Muy bien! Ahora, pues, si nos detienen, no pierda ni un momento. Salte y dispare una de sus pistolas al primer ladrón. Guarde la otra para un tiro seguro. Un disparo es para intimidar, el segundo para matar. ¿Comprende? Mis pistolas están en excelente estado, supongo. Présteme la baqueta. ¡Así, así! ¡Nada de trucos esta vez!»
«Matarían a una mosca, mi señor, siempre y cuando su señoría disparara directamente sobre ella».
«No lo dudo», dijo Mauleverer; «encienda los faroles y dígales a los postillones que continúen».
Era una noche helada y bastante clara. La penumbra del crepúsculo se había disipado bajo la luna que acababa de salir, y la escarcha canosa brillaba en los arbustos y el césped, rompiéndose en mil diamantes al atrapar los rayos de las estrellas. Los caballos avanzaban vivamente, su aliento humeaba contra el aire fresco y sus cascos resonaban alegremente sobre el suelo duro. El rápido movimiento del carruaje, la vigorizante frescura de la noche y la excitación provocada por la ansiedad y la previsión del peligro, todo conspiró para agitar la lánguida sangre de Lord Mauleverer hacia una sensación vigorosa y alegre, natural en la juventud de su carácter, pero totalmente contraria a la naturaleza que había absorbido de las costumbres de su madurez.
Palpó sus pistolas, y sus manos temblaron un poco al hacerlo; no lo más mínimo por miedo, sino por esa inquietud y entusiasmo peculiares de las personas nerviosas colocadas en una situación nueva.
«En este país», se dijo a sí mismo, «solo me han robado una vez en el transcurso de mi vida. Fue entonces un poco culpa mía; pues antes de tomar mis pistolas, debería haberme asegurado de que estaban cargadas. Esta noche me aseguraré de evitar un error similar; y mis pistolas tienen una elocuencia en sus cañones que es sumamente conmovedora. ¡Hum, otro hito! Estos tipos conducen bien; ¡pero estamos entrando en un lugar de aspecto bonito para los Messieurs los discípulos de Robin Hood!»
Era, en efecto, un paraje pintoresco por el que el carruaje avanzaba ahora rápidamente. A pocas millas de Maidenhead, en la carretera de Henley, nuestros lectores recordarán probablemente una pequeña extensión de tierra boscosa, situada a ambos lados de la carretera. Hacia la izquierda, el erial verde se aleja entre los árboles y arbustos; y alguien experto en la zona puede pasar desde ese lugar, a través de un paisaje tan poco habitado como lo era antaño el verde Sherwood, hacia las cadenas de campo salvaje y profundos bosques de hayas que bordean cierta parte de Oxfordshire, y contrastan tan hermosamente con las características generales de ese condado.
En la época de la que hablamos, el campo era incluso mucho más salvaje de lo que es ahora; y justo en el punto donde se unen las carreteras de Henley y Reading había un lugar (que se comunicaba entonces con el terreno baldío que hemos descrito), que, quizás, pocos lugares podrían estar más adaptados a los fines de aquellos hombres verdaderos que recurren a la ley primaria de la naturaleza. Era cierto que en esta parte de la carretera Mauleverer miraba con más ansiedad por su ventana de lo que lo había hecho hasta entonces, y aparentemente el aumento de la intensidad de su examen no dejó de tener su recompensa.
A unos cien metros a la izquierda, tres objetos oscuros eran apenas discernibles en la sombra; un momento más, y los objetos al emerger crecieron hasta convertirse en las formas de tres hombres, bien montados, y cabalgando a un trote vivo.
«¡Solo tres!», pensó Mauleverer, «eso está bien»; y asomándose por la ventana delantera con una pistola en cada mano, Mauleverer gritó a los postillones en tono severo: «¡Sigan adelante, y recuerden lo que les dije! ¡Recuerden!», añadió a su criado. Los postillones apenas miraron hacia atrás; pero sus espuelas se hundieron en sus caballos, y los animales volaron como el rayo.
Los tres desconocidos hicieron un alto, como si estuvieran en conferencia; su decisión fue rápida. Dos se desviaron de su camarada y se lanzaron al galope tendido junto al carruaje. La pistola de Mauleverer ya estaba sobresaliendo por la ventana delantera, cuando, para su asombro, y para frustración total de su ingeniosa advertencia a sus conductores, vio a los dos postillones derribados de sus caballos uno tras otro con una celeridad que apenas le permitió una exclamación; y antes de que hubiera recuperado su compostura, los caballos se asustaron (y su miedo fue hábilmente aprovechado por los salteadores), el carruaje fue arrastrado limpiamente a una zanja en el lado derecho de la carretera y volcó. Mientras tanto, Smoothson había saltado de su puesto en la parte delantera; y tras haber disparado, aunque sin efecto, al tercer ladrón, que se acercaba amenazadoramente hacia él, ganó el tiempo suficiente para abrir la puerta del carruaje y sacar a su amo.
En el momento en que Mauleverer se encontró en terra firma, preparó su coraje para medidas ofensivas; y él y Smoothson, de pie uno al lado del otro frente al desafortunado vehículo, no presentaban un aspecto poco formidable para el enemigo. Los dos ladrones que se habían deshecho tan decisivamente de los postillones actuaron con no menos determinación hacia los caballos. Uno de ellos desmontó, cortó las riendas y dejó que los cuadrúpedos, que se encabritaban, fueran adonde quisieran. Esta medida no se permitió, sin embargo, con impunidad; una bala de la pistola de Mauleverer atravesó el sombrero del salteador con un objetivo tan ligeramente erróneo que silbó entre los bucles del asombrado héroe con un sonido que envió un terror a su corazón, no menos por amor a su cabeza que por ansiedad por su cabello. El impacto le hizo tambalearse un momento; y un segundo disparo de las manos de Mauleverer probablemente habría terminado con su carrera terrenal, de no haber sido porque el tercer ladrón, que hasta entonces había permanecido casi inactivo, se arrojó de su caballo, el cual, instruido para tal docilidad, permaneció perfectamente quieto, y avanzando con paso audaz y una pistola nivelada hacia Mauleverer y su criado, dijo con voz resuelta: «Caballeros, es inútil luchar; estamos bien armados y decididos a cumplir nuestro propósito. Sus personas estarán a salvo si dejan las armas, y también aquella parte de sus bienes que deseen conservar particularmente; ¡pero si resisten, no puedo responder por sus vidas!»
Mauleverer había escuchado pacientemente este discurso para tener más tiempo de ajustar su puntería. Su respuesta fue una bala, que rozó el costado del orador y arrancó la piel, sin infligir ninguna herida más peligrosa. Murmurando una maldición por el error de su puntería, y resuelto hasta el final cuando su sangre se calentó, Mauleverer retrocedió un paso, desenvainó su espada y se lanzó a la actitud de un campeón bien versado en el uso del instrumento que llevaba.
Pero aquel personaje incomparable estaba en buen camino de averiguar qué felicidad en el mundo venidero está reservada para un hombre que no ha escatimado esfuerzos para hacerse confortable en este. Pues los dos primeros y más activos ladrones, habiendo terminado la hazaña de los caballos, se acercaron ahora a Mauleverer; y el más alto de ellos, todavía indignado por el reciente peligro para su cabello, gritó con voz estentórea:
«¡Por Júpiter! ¡viejo loco, si no arrojas tu tenedor de tostadas, acabaré contigo!»
El orador acompañó la acción con la palabra amartillando una inmensa pistola. Mauleverer se mantuvo firme; pero Smoothson retrocedió y, tropezando con la rueda del carruaje, cayó hacia atrás; al instante siguiente, el segundo salteador se había apoderado de las pistolas del ayuda de cámara y, sentado tranquilamente sobre el estómago del hombre caído, se entretuvo inspeccionando el contenido de los bolsillos del sirviente. Mauleverer estaba ahora solo; y su terquedad enfureció tanto al alto matón que su mano ya estaba en el gatillo, cuando el tercer ladrón, cuyo costado había rozado la bala de Mauleverer, se interpuso entre los dos.
«¡Espera, Ned!», dijo, empujando hacia atrás la pistola de su camarada. «Y usted, mi señor, cuya imprudencia debería costarle la vida, aprenda que los hombres pueden robar generosamente». Dicho esto, con un golpe diestro de la fusta del ladrón, la espada de Mauleverer voló hacia arriba y aterrizó a diez yardas de su dueño.
«Acérquense ahora», dijo el vencedor a sus camaradas. «¡Registren el carruaje, y con toda rapidez!»
El alto salteador se apresuró a cumplir esta orden; y el menor, habiendo terminado satisfactoriamente la investigación de los bolsillos del Sr. Smoothson, sacó de su propia bolsa una cuerda bastante gruesa; con ella ató las manos del ayuda de cámara postrado, moralizando mientras enrollaba la cuerda alrededor de las muñecas del hombre caído, en el siguiente tono edificante:
«Quédese quieto, señor... ¡quédese quieto, se lo ruego! Todos los hombres sabios son fatalistas; y ningún proverbio es más sucinto que el que dice: "Lo que no se puede curar, debe ser soportado". ¡Quédese quieto, le digo! Poco, tal vez, piense usted que está realizando una de las funciones más nobles de la humanidad; sí, señor, está llenando los bolsillos de los indigentes; y con mi acción presente le estoy asegurando de cualquier debilidad de la carne que pueda impedir un fin tan loable, y arriesgar así la excelencia de su acción. Ahí, señor, sus manos están apretadas... quédese quieto y reflexione».
Al decir esto, con tres suaves aplicaciones de sus pies, el moralista hizo rodar al Sr. Smoothson dentro de la zanja y se apresuró a unirse a su largo camarada en su placentera ocupación.
Mientras tanto, Mauleverer y el tercer ladrón (que, en el verdadero espíritu del gobierno, permanecía digno e inactivo mientras sus seguidores saqueaban lo que ciertamente planeaba compartir, si no monopolizar) permanecían a pocos pies el uno del otro, cara a cara.
Mauleverer se había convencido ahora de que todo esfuerzo por salvar su propiedad era inútil, y también tenía el consuelo de pensar que había hecho todo lo posible por defenderla. Por tanto, dejó que todos sus pensamientos volvieran al cuidado de su persona. Se ajustó el cuello de piel alrededor de su cuello con gran sang froid, se puso los guantes y, acariciando a su aterrado caniche, que permanecía tiritando sobre sus cuartos traseros con una pata levantada y temblando nerviosamente, dijo:
«Usted, señor, parece ser una persona civilizada, y realmente me habría sentido muy apenado si hubiera tenido la desgracia de herirle. No está herido, confío. Por favor, si se me permite preguntar, ¿cómo debo proceder? Mi carruaje está en la zanja, y mis caballos a estas alturas probablemente estén en el fin del mundo».
«En cuanto a ese asunto», dijo el ladrón, cuyo rostro, al igual que los de sus camaradas, estaba estrechamente enmascarado al estilo aprobado por los salteadores de caminos de aquel día, «creo que tendrá que caminar hasta Maidenhead... ¡no está lejos, y la noche es buena!»
«¡Una dificultad muy trivial, en verdad!», dijo Mauleverer, irónicamente; pero su nuevo conocido no respondió, ni pareció en absoluto deseoso de entrar en ninguna otra conversación con Mauleverer.
El conde, por lo tanto, después de observar las operaciones de los otros ladrones durante algunos momentos, dio media vuelta y permaneció tarareando una melodía de ópera con digna indiferencia hasta que la pareja terminó de registrar el carruaje y, apoderándose de Mauleverer, procedió a registrarlo a él.
Con un labio curvado y una ceja levantada, aquel personaje supremo permitió que, como expresó el ladrón más alto, lo «limpiaran». Su reloj, sus anillos, su bolsa y su tabaquera, todo se fue. Hacía mucho tiempo que los granujas no capturaban tal botín.
Apenas habían terminado cuando los postillones, que ahora habían empezado a mirar a su alrededor, lanzaron un grito simultáneo, y a cierta distancia se vio un vagón acercándose pesadamente. Mauleverer realmente necesitaba su dinero, por no hablar de sus diamantes; y tan pronto como percibió ayuda a mano, una nueva esperanza se disparó dentro de él. Su espada todavía yacía en el suelo; saltó hacia ella, la agarró, lanzó un grito de auxilio y se arrojó ferozmente sobre el salteador que le había desarmado; pero el ladrón, parando la hoja con su fusta, retrocedió hacia su silla, a la que logró, a pesar de las estocadas de Mauleverer, recuperar con impunidad.
Los otros dos ya habían montado, y un minuto después no quedaba ni rastro del trío. «¡Esto es lo que justamente puede llamarse soltería!», dijo Mauleverer, mientras, dejando caer su inútil espada, metía las manos en los bolsillos.
Dejando a nuestro inigualable par a encontrar su camino a Maidenhead a pie, acompañado (por no hablar del caniche) por un carretero, dos postillones y el liberado Sr. Smoothson, todos ellos encantándole con sus condolencias, seguimos con nuestra historia los pasos de los tres alieni appetentes.
CAPÍTULO XXVI.
Los granujas estaban muy alegres con su botín. Dijeron mil cosas que demostraban la maldad de sus costumbres. ---Gil Blas.
Se fijaron en un lugar donde hicieron una cueva, que era lo suficientemente grande como para recibirlos a ellos y a sus caballos. Esta cueva estaba encerrada dentro de una especie de matorral de arbustos y zarzas. Desde esta estación solían salir, etc. ---Memorias de Richard Turpin.
No pasaron varios minutos después de que comenzara su huida antes de que hubiera alguna conversación entre los ladrones. Sus caballos volaron como el viento; y el campo a través del cual cabalgaban no presentó a su velocidad otro obstáculo que un seto ocasional, o un atajo a través de la espesura de algún bosque de hayas sin hojas. Las estrellas les prestaron una luz alegre, y el ánimo de al menos dos de ellos estaba plenamente en sintonía con el regocijo del ritmo y el aire. Quizás, en el tercero, cierto presentimiento de que la presente aventura terminaría menos alegremente de lo que había comenzado, conspiró, junto con otras causas de tristeza, para frenar esa exaltación de la sangre que generalmente sigue a una hazaña exitosa.
El camino que tomaron los ladrones serpenteaba por los lados de largos bosques o a través de grandes extensiones de tierra inculta; ni encontraron nada vivo en el camino, salvo de vez en cuando un búho solitario, girando su cuerpo gris alrededor de los bordes de los bosques desnudos, o ocasionalmente tropas de conejos, persiguiendo sus juegos y disfrutando de su comida de medianoche en los campos.
«¡Cielos!», gritó el ladrón alto, cuyo incógnito ya no necesitamos preservar, y que, como nuestros lectores sin duda saben, respondía al nombre de Pepper, «¡cielos!», gritó mirando hacia los cielos estrellados en una especie de éxtasis, «¡qué vida tan alegre es esta! A algunos tipos les gusta cazar; ¡maldita sea! ¿qué cacería es como la carretera? Si hay deporte en cazar a un zorro desagradable, ¡cuánto más hay en cazar el carruaje de un noble agradable y limpio! Si hay alegría en conseguir una cola, ¡cuánto más hay en conseguir una bolsa! Si es placentero volar sobre un seto a plena luz del día, ¡que me ahorquen si no es un deporte diez veces mejor rozarlo de noche! ¡Aquí vamos! ¡Mira cómo los setos huyen de nosotros! ¡y la tonta luna vieja baila, como si vernos pusiera a la buena señora de buen humor! Esas viejas solteronas siempre están contentas de echar un ojo a unos jóvenes tan finos y llamativos».
«Sí», gritó el más erudito y sentencioso Augustus Tomlinson, despertado por el éxito de su habitual sobriedad filosófica; «ningún trabajo es tan agradable como el trabajo nocturno, y las brujas que nuestros antepasados quemaron tenían razón al salir a montar en sus escobas con los búhos y las estrellas. Somos sus sucesores ahora, Ned. ¡Somos tus verdaderos noctámbulos!»
«Solo que», dijo Ned, «somos un poco más listos que ellas; pues ellas jugaban su juego sin ser ni un poco más ricas por ello, y nosotros... digo, Tomlinson, ¿dónde diablos pusiste ese estuche de marroquinería roja?»
«La experiencia nunca ilumina a los necios», dijo Tomlinson, «o lo habrías sabido, sin preguntar, que lo había puesto en el bolsillo más seguro de mi abrigo. ¡Caramba, qué pesado es!»
«Bueno», gritó Pepper, «¡no puedo decir que desearía que fuera más ligero! ¡Solo piense en que robamos a mi señor dos veces, y en el mismo camino también!»
«Digo, Lovett», exclamó Tomlinson, «¿no fue raro que nos tropezáramos con nuestro amigo de Bath tan sin ceremonias? ¡Suerte para nosotros que somos tan estrictos en robar con máscaras! No habría pensado mejor de la compañía de Bath si hubiera visto nuestras caras».
Lovett, o mejor dicho Clifford, había permanecido en silencio hasta ahora. Se giró lentamente en su silla y dijo: «Tal como fue, el pobre diablo estuvo a punto de ser despachado. ¡El largo Ned estaba haciendo un trabajo corto con él, si yo no hubiera intervenido!»
«¿Y por qué lo hiciste?», dijo Ned.
«Porque no quiero matanzas; es la maldición del noble arte de nuestra profesión tener profesores apasionados como tú».
«¡Apasionado!», repitió Ned. «Bueno, soy un poco colérico, lo admito; pero ese no es un defecto tan grande en la carretera como lo sería en un robo con escalo. No conozco nada que requiera tanta frialdad y dominio de sí mismo como limpiar una casa de arriba abajo..., tranquila y cortésmente, ¡tenlo en cuenta!»
«Esa es la razón, supongo, entonces», dijo Augustus, «por la que renunciaste por completo a esa carrera. Tu primera aventura fue el robo con escalo, creo haberte oído decir. Confieso que fue un debut vulgar..., ¡no digno de ti!»
«¡No! Harry Cook me sedujo; pero el espécimen que vi esa noche me dio asco de abrir cerraduras; te pone en contacto con compañeros tan bajos. ¡Solo piensa, había un comerciante, un trapero, uno de los de la partida!»
«¡Faugh!», dijo Tomlinson, con solemne disgusto.
«Sí, bien puedes torcer el labio; nunca volví a entrar en una casa a robar».
«¿Quiénes eran tus otros compañeros?», preguntó Augustus. «Solo Harry Cook —un famoso salteador de caminos— y una mujer muy singular...»
Aquí el relato de Ned fue interrumpido por un desfiladero oscuro a través de un bosque, que permitía el paso de un solo jinete a la vez. Continuaron por este camino sombrío durante varios minutos, hasta que finalmente los llevó al borde de una gran hondonada, cubierta de arbustos y extendiéndose alrededor en forma de un semicírculo tosco. Aquí los ladrones desmontaron y guiaron a sus caballos sudorosos por el descenso. El Largo Ned, que iba primero, se detuvo ante un grupo de arbustos que parecían tan densos que desafiaban la intrusión, pero que, cediendo a ambos lados a la mano experimentada del ladrón, presentaron lo que parecía la boca de una caverna. Unos pocos pasos a lo largo del pasaje de este abismo los llevaron a una puerta que, incluso vista a la luz de las antorchas, habría parecido tan exactamente similar en color y material a las paredes toscas de ambos lados como para haber engañado a cualquier ojo desprevenido, y que, en la oscuridad habitual que la rodeaba, podría haber permanecido durante siglos sin ser descubierta. Al tocar un pestillo secreto, la puerta se abrió y los ladrones se encontraron en los recintos seguros de la «Cueva Roja». Cabe recordar que, entre los primeros estudios de nuestro héroe ejemplar, las memorias de Richard Turpin habían formado una parte conspicua; y también cabe recordar que, en las diversas aventuras de ese caballero, nada había deleitado más la imaginación juvenil del estudiante que la descripción de la cueva en el bosque en la que el galante Turpin solía esconderse, a su amigo, a su caballo,
«Y a esa dulce santa que yacía al lado de Turpin;»
o, para hablar de manera más doméstica, la respetable Sra. Turpin. Tan fuerte, de hecho, había sido el dominio que esa primera reminiscencia había ejercido sobre la mente de nuestro héroe, que tan pronto como se elevó a la eminencia entre sus amigos, puso en ejecución el proyecto de su infancia. Había seleccionado para el escenario de su ingenio un lugar admirable. En un país escasamente poblado, rodeado de tierras comunales y bosques, y sin embargo, como diría el Sr. Robins si tuviera que disponer de él en una subasta, «a un corto paseo» de caminos poblados y muy transitados, poseía todas las ventajas del secreto para sí mismo y la conveniencia para la depredación. Muy pocos de la banda, y solo aquellos que habían sido empleados en su construcción, conocían el secreto de esta caverna; y como nuestros aventureros rara vez la visitaban, y solo en ocasiones de necesidad urgente o escondite seguro, había continuado durante más de dos años sin ser descubierta ni sospechada.
La caverna, originalmente ahuecada por la naturaleza, debía poco a las decoraciones del arte; sin embargo, la aspereza de las paredes estaba oculta por un tosco pero cómodo tapiz de estera; cuatro o cinco asientos, como los que los propios ladrones podían construir, estaban dispuestos alrededor de una pequeña pero brillante hoguera de leña que, como no había chimenea, extendía un fino volumen de humo sobre la estancia. La altura de la cueva, sumada al reconciliador universal (la costumbre), evitaba, sin embargo, que este mal fuera seriamente desagradable; y, de hecho, al igual que los inquilinos de una cabaña irlandesa, quizás los ocupantes atribuían un grado de comodidad a una circunstancia que estaba vinculada a sus asociaciones domésticas más queridas. Una mesa, formada por una tabla toscamente cepillada y apoyada por cuatro patas de tamaño irregular, igualadas mediante la introducción de bloques o cuñas entre las patas y el suelo, se calentaba su ser tosco junto al fuego. En un rincón, un carro cubierto constituía un artículo de mobiliario conspicuo, sin duda útil tanto para transportar botín como provisiones; al lado de las ruedas estaban arrojadas descuidadamente dos o tres herramientas toscas de carpintero, y las utilidades más bélicas de un trabuco, un rifle y dos espadas anchas. En el otro rincón había una alacena abierta que contenía filas de platos de peltre, tazas, etc. Frente a la chimenea, que estaba a la izquierda de la entrada, una excavación se había convertido en dormitorio; y frente a la entrada había un par de escalones de madera anchos y fuertes, que ascendían a un gran hueco a unos ocho pies del suelo. Esta era la entrada a los establos; y tan pronto como sus dueños soltaron las riendas de los caballos, los dóciles animales procedieron uno por uno pausadamente por los escalones, al estilo de los cuadrúpedos educados en el seminario público de Astley's, y desaparecieron dentro de la abertura.
Estos escalones, cuando se levantaban —lo cual, sin embargo, por su extrema torpeza, requería la fuerza combinada de dos hombres comunes y no era ese trabajo instantáneo que debería haber sido—, convertían el lugar de arriba en una fortaleza bastante fuerte; porque la pared era perfectamente perpendicular y nivelada, y solo colocando las manos sobre la repisa y levantándose gimnásticamente, un asaltante activo podría haber llegado a la eminencia; un trabajo que los defensores, igualmente activos, es fácil suponer que no estarían dispuestos a permitir.
Esta cueva superior —pues nuestros ladrones prestaban más atención a sus caballos que a ellos mismos, como los animales más nobles de las dos especies— estaba evidentemente equipada con algo de trabajo. Los establos estaban toscamente divididos, la cama de helecho seco estaba limpia, los comederos estaban llenos de avena y una gran tina se había abastecido de un estanque a poca distancia. Un arnés de carro y algunas viejas batas de carretero estaban fijados en clavijas a la pared; mientras que en el extremo lejano de estos singulares establos había una puerta fuertemente cerrada con barras, y solo lo suficientemente grande como para admitir el cuerpo de un hombre. Los confederados habían hecho una ley expresa de no entrar nunca en su dominio por esta puerta, ni usarla, excepto con el propósito de escapar, en caso de que la cueva fuera atacada alguna vez; en cuyo caso, mientras uno o dos defendían la entrada desde la cueva interior, otro podría quitar las barras de la puerta, y como se abría a la parte más espesa del bosque, a través del cual con gran ingenio se había cortado un camino laberíntico, no rastreado fácilmente por perseguidores ignorantes, estas precauciones de los salteadores de caminos habían proporcionado una esperanza justa de al menos un escape temporal de cualquier enemigo invasor.
Tales eran los arreglos domésticos de la Cueva Roja; y se admitirá que al menos se había mostrado algo de habilidad en la elección del lugar, si faltaba gusto en sus adornos.
Mientras los caballos realizaban su ascenso nocturno, nuestros tres héroes, después de asegurar la puerta, se dirigieron directamente al fuego. Y allí, ¡oh lector!, fueron recibidos con bienvenida por uno —un viejo y venerado conocido tuyo— a quien, en tal escena, te asombrará y herirá igualmente volver a ver.
Sabe, pues... Pero primero te describiremos la ocupación y el atuendo del augusto personaje al que aludimos. Inclinado sobre una gran parrilla, delicadamente cubierta con filetes de la grupa cebada, el INDIVIDUO estaba de pie, con el brazo derecho desnudo por encima del codo y la mano derecha agarrando ese mímico tridente conocido por los gastrónomos con el monosílabo «tenedor». Su cabeza sin peluca estaba adornada con un gorro de dormir de algodón. Su vestimenta superior estaba descartada, y un delantal blanquecino fluía graciosamente por su cuerpo. Sus medias estaban sin ligas, y permitían entre la rodilla y la pantorrilla vistazos interesantes de la ruda carne. Un zapato de tela y otro de fabricación de cuero calzaban sus amplios pies. La empresa, o el noble brillo de su actual profesión culinaria, extendía un rubor aún más rosado sobre un rostro teñido desde temprano por generosas libaciones, y desde debajo de la cortina de sus pestañas pálidas sus grandes y rotundas orbes brillaban deslumbrantemente sobre los recién llegados. Tal, ¡oh lector!, era el aspecto y la ocupación del venerable hombre a quien hace mucho tiempo te hemos enseñado a admirar; tal, ¡ay de las mutabilidades de la tierra!, era... Solo un nuevo capítulo puede contener el nombre.
CAPÍTULO XXVII.
Caliban. ¿No has caído del cielo? Tempest.
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡PETER MacGRAWLER!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!! !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
CAPÍTULO XXVIII.
¡Dios bendiga a nuestro Rey y Parlamento, Y haga que tales bellacos se arrepientan! Canciones leales contra el Parlamento Rump.
¡Oh, traición! ¡mis guardias, mi cimitarra! BYRON.
Cuando el irreverente Sr. Pepper se hubo calentado las manos lo suficiente como para poder transferirlas del fuego, levantó la palma derecha y, con una indecente jocosidad de espíritu, abordó al antiguo adorno de «El Asinaeum» con una sonora palmada en su espalda, o alguna parte similar de su conformación.
«¡Ah, viejo amigo!», dijo, «¿es esta la forma en que cuidas la casa para nosotros? ¡Un fuego que no es lo suficientemente grande como para asar una liendre, y una cena demasiado pequeña para engordarla de antemano! Pero, ¿cómo demonios sabrías cómo proveer para caballeros? ¡Pensé que estabas en Escocia, te lo aseguro!»
«¡Quizás lo pensó cuando te miró a ti, Ned!», dijo Tomlinson, gravemente; «¡es raro fuera de Escocia que un hombre pueda ver a un pícaro tan grande en un espacio tan pequeño!»
El Sr. MacGrawler, en cuyos ojos la quiromancia del Largo Ned había traído lágrimas de sentimiento sincero, y que hasta entonces había estado frotándose la parte afectada, ahora gruñó:
«¡Puede decir lo que quiera, Sr. Pepper, pero no es a menudo en mi país que se vea a hombres de genio desempeñando el papel de cocinero para ladrones!»
«¡No!», dijo Tomlinson, «están desempeñando el papel más rentable de ladrones para cocineros, ¿eh?»
«Maldita sea, te equivocas», gritó el Largo Ned, «porque en ese país o no hay ladrones, porque no hay nada que robar; o los habitantes son todos ladrones, ¡que se han saqueado unos a otros y se han llevado el botín!»
«¡Que el diablo te atrape!», dijo MacGrawler, picado hasta lo vivo, porque, como todos los escoceses, era un patriota; mucho bajo el mismo principio que una mujer que tiene los peores hijos hace la mejor madre.
«El diablo», dijo Ned, imitando el «sonido plateado», como al Sr. W. Scott le había placido llamar jocosamente la «lengua de la montaña» (los escoceses en general parecen pensar que es plata, la guardan tan cuidadosamente), «el diablo..., MacDiablo, quieres decir, seguro, ¡el caballero debe haber sido un escocés!»
El sabio sonrió con despecho; pero recordando la paciencia de Epicteto cuando era esclavo, y consciente también del brazo fuerte del Largo Ned, refrenó su temperamento y volteó los filetes con su tenedor.
«Bueno, Ned», dijo Augustus, arrojándose en una silla, que arrastró hacia el fuego, mientras acariciaba suavemente las enormes extremidades del Sr. Pepper, como para advertirle que no eran tan transparentes como el vidrio, «miremos el fuego; y, a propósito, es tu turno de ocuparte de los caballos».
«¡Plaga sobre ello!», gritó Ned; «siempre es mi turno, creo. ¡Hola, tú, escocés de la olla! ¿no puedes probar que yo arreglé las bestias la última vez? Te daré una corona si lo haces».
El sabio MacGrawler aguzó las orejas.
«¡Una corona!», dijo, «¡una corona! ¿Pretende insultarme, Sr. Pepper? Pero, sin duda, usted vio a los caballos la última vez; y este digno caballero, el Sr. Tomlinson, debe recordarlo también».
«¡Cómo!», gritó Augustus; «estás equivocado, y te daré media guinea si lo pruebas».
MacGrawler abrió los ojos más y más, incluso como puedes ver un pequeño círculo en el agua ensancharse hasta la enormidad, si perturbas la ecuanimidad de la superficie por la intrusión de una sustancia extraña.
«¡Media guinea!», dijo; «no, no, bromeas. No soy mercenario. ¡Crees que lo soy! ¡Puf, puf! te equivocas; soy un hombre que significa bien, un hombre de veracidad, y diré la verdad a pesar de todas las medias guineas del mundo. Pero ciertamente, ahora que empiezo a pensarlo, el Sr. Tomlinson sí vio a las criaturas la última vez; y, Sr. Pepper, es tu turno».
«¡Un Daniel en toda regla!», dijo Tomlinson, riendo de su manera seca habitual. «Ned, ¿no oyes relinchar a los caballos?»
«¡Oh, al diablo con los caballos!», dijo el volátil Pepper, olvidando todo lo demás, mientras se metía las manos en los bolsillos y sentía las ganancias de la noche; «¡miremos primero nuestras ganancias!»
Dicho esto, marchó hacia la mesa y vació sus bolsillos sobre ella. Tomlinson, nada reacio, siguió el ejemplo. ¡Cielos, qué exclamaciones de deleite salieron de los labios de los sinvergüenzas mientras, uno por uno, inspeccionaban sus nuevas adquisiciones!
«¡Aquí hay una criatura magnífica!», gritó Ned, manejando ese magnífico reloj tachonado de joyas que el pobre conde ya había redimido inútilmente una vez..., «¡un repetidor, por Júpiter!»
«Espero que no», dijo el flemático Augustus; «¡los repetidores no dirán mucho a favor de tu conversación, Ned! Pero, ¡por los poderes! mira este anillo..., ¡un diamante de primera agua!»
«¡Oh, el brillante! hace que a uno se le haga la boca agua tanto como a él mismo. ¡Maldita sea, aquí hay una caja preciosa para rapé..., una imagen dentro y rubíes fuera! El viejo tenía un gusto excelente; ¡le encantaría ver lo contentos que estamos con su elección de joyas!»
«Hablando de joyas», dijo Tomlinson, «casi había olvidado el estuche de marroquinería. Entre tú y yo, imagino que tenemos un premio allí; ¡parece un joyero!»
Dicho esto, el ladrón abrió ese estuche que en muchos días de gala había prestado lustre a la persona pulida de Mauleverer. Oh, lector, ¡el estallido de éxtasis que siguió! ¡Imagínalo! no podemos expresarlo. Como el pintor griego, dejamos caer un velo sobre emociones demasiado profundas para las palabras.
«Pero aquí», dijo Pepper, cuando casi habían agotado sus transportes al ver los diamantes..., «aquí hay un monedero..., ¡cincuenta guineas! ¿Y qué es esto? ¡Billetes, por Júpiter! Debemos cambiarlos mañana antes de que los bloqueen. ¡Malditos sean esos tipos en el Banco! siempre nos están imitando, bloqueamos su dinero y ellos no pierden un momento en bloquearlo también. ¡Trescientos libras! Capitán, ¿qué dices a nuestra suerte?» Clifford había estado sentado mirando sombríamente las operaciones de los ladrones; ahora, asumiendo una alegría de modales correspondiente, hizo una respuesta adecuada y, después de una conversación general, tuvo lugar el trabajo de división.
«Somos los mejores aritméticos del mundo», dijo Augustus, mientras se embolsaba su parte; «suma, resta, división, reducción..., las tenemos todas tan a mano como 'El Asistente del Tutor'; y, lo que es mejor, las hacemos todas aplicables a la Regla de Tres».
«¡Has dejado fuera la multiplicación!», dijo Clifford, sonriendo. «¡Ah! porque eso funciona de manera diferente. Las otras reglas se aplican a las especie-s del reino; pero en cuanto a la multiplicación, ¡temo que no multiplicamos más especies que la nuestra!»
«¡Cállense, caballeros!», dijo MacGrawler, austeramente..., porque hay un decoro maravilloso en los verdaderos escoceses. «¡Las acciones son minucias; nada puede ser más limpio que sus palabras!»
«Oh, metes tu sabiduría, ¿verdad?», dijo Ned. «¡Supongo que quieres tu parte del botín!»
«¡Parte!», dijo el sutil Tomlinson. «Él ya tiene nueve veces más partes de las que nosotros tenemos. ¿No es un crítico, y no tiene las partes de la oración en la punta de sus dedos?»
«¡Tonterías!», dijo MacGrawler, instintivamente levantando las manos, con el tenedor cayendo entre los dedos extendidos de la palma derecha.
«Tonterías las tuyas», gritó Ned; «¡tienes una parte en lo que nunca tomaste! ¡Un tipo bonito, de verdad! ¡Ocúpate de tus asuntos, Sr. Escocés, y no trinches más que los filetes!»
Con esto, Ned se dirigió a los establos y pronto desapareció entre los caballos; pero Clifford, mirando el rostro decepcionado y ansioso del sabio culinario, tomó diez guineas de su propia parte y las empujó hacia su antiguo tutor.
«¡Ahí!», dijo enfáticamente.
«No, no», gruñó MacGrawler; «no quiero el dinero..., ¡es mi costumbre despreciar tal escoria!» Dicho esto, se embolsó las monedas y se volvió, murmurando para sí mismo, a la renovación de sus preparativos festivos.
Mientras tanto, tuvo lugar una conversación susurrada entre Augustus y el capitán, y continuó hasta que Ned regresó.
«¡Y las viandas de la noche humeaban a lo largo de la mesa!»
¡Almas de Don Rafael y Ambrosio Lamela, qué cosa más encantadora es ser un pícaro por un poco de tiempo! ¡Qué alegres son los hombres cuando han engañado a sus hermanos! Tus inocentes bobos nunca hicieron una cena tan alegre como lo hicieron nuestros héroes del camino. Clifford, quizás actuó un papel, pero la hilaridad de sus camaradas fue sincera. Fue un contraste delicioso: el estrepitoso «ja, ja» del Largo Ned y la risita secreta, seca y calculadora de Augustus Tomlinson. Fue Rabelais contra Voltaire. Solo se unieron en los objetos de sus bromas, y el primero de esos objetos (¡la sabiduría es siempre el blanco de los frívolos!) era el gran Peter MacGrawler.
Los perros sin gracia estaban especialmente alegres sobre el tema de la antigua ocupación del sabio.
«Vamos, Mac, trincha este jamón», dijo Ned; «has tenido práctica en cortar».
El hombre erudito cuyo nombre fue abreviado tan irrespetuosamente procedió a realizar lo que se le ordenó. Estaba a punto de sentarse para ese propósito, cuando Tomlinson restó astutamente su silla..., el sabio cayó.
«No hay bromas con MacGrawler», dijo el malicioso Augustus; «sean cuales sean sus defectos como crítico, ves que está bien fundamentado, y llega de una vez al fondo de un asunto. Mac, ¡supón que tu próximo trabajo se titule un Cuento de Aflicción!»
Los hombres que tienen grandes mentes rara vez son flexibles..., no aceptan una broma fácilmente; así era con MacGrawler. Se levantó con una rabia violenta; y si los ladrones hubieran sido más penetrantes de lo que condescendieron a ser, podrían haber notado algo peligroso en sus ojos. Como fue, Clifford, que a menudo antes había sido el protector de su tutor, intercedió en su nombre, le acercó un asiento cerca de él y le llenó el plato. ¡Fue interesante ver esta deferencia del Poder hacia el Aprendizaje! ¡Era Alejandro rindiendo homenaje a Aristóteles!
«Solo hay una cosa que lamento», gritó Ned, con la boca llena, «sobre el viejo lord..., ¡fue una lástima que no le hiciéramos bailar! Recuerdo el día, Capitán, en que habrías insistido en ello. ¡Qué tipo tan alegre eras una vez! ¿Recuerdas, una brillante noche de luna, justo como la presente, por ejemplo, cuando estábamos de servicio cerca de Staines, cómo juraste que toda persona que detuviéramos, mayor de cincuenta años, debería bailar un minueto contigo?»
«¡Sí!», añadió Augustus, «y el primero fue un obispo con peluca blanca. ¡Fe, qué rígidamente lo bailó su señoría! Y qué gravemente Lovett le hizo una reverencia, con el sombrero quitado, cuando todo terminó, y le devolvió su reloj y diez guineas..., ¡valió la pena el sacrificio!»
«Y la siguiente fue una solterona de calidad», dijo Ned, «tan magra como un abogado. ¿No recuerdas cómo se encabritó?»
«Sin duda», dijo Tomlinson; «¡y tú muy ingeniosamente la llamaste un poste de salto!»
«¡Qué encantada estaba con la suavidad del capitán! Cuando le devolvió sus pendientes y su aigrette, ella le pidió con un suspiro tierno que los guardara por ella..., ¡ja! ¡ja!»
«¡Y el tercero fue un petimetre!», gritó Augustus; «y Lovett me cedió su derecho de asociación. ¿Recuerdas cómo bailé a su petimetre hasta la zanja? ¡Ah! éramos hombres locos entonces; pero nos saciamos —blasés, como dicen los franceses— a medida que envejecemos».
«Ahora solo buscamos la oportunidad principal», dijo Ned. «La avaricia reemplaza a la empresa», añadió el sentencioso Augustus.
«¡Y nuestro capitán se dedica al vino con h después de la w!», continuó el metafórico Ned.
«Vamos, estamos melancólicos», dijo Tomlinson, vaciando un vaso lleno. «Me parece que realmente estamos envejeciendo, pronto nos arrepentiremos, y el siguiente paso será... ¡la horca!»
«¡Por Dios!», dijo Ned, sirviéndose a sí mismo, «no seas tan pesimista. Hay dos clases de caballeros difamados, que siempre deberían tener cuidado de evitar ciertos colores al vestirse; odio ver a un verdadero muchacho de negro, o a un diablo de azul. ¡Pero aquí está mi última copa esta noche! Estoy condenadamente somnoliento, y mañana nos levantamos temprano».
«Correcto, Ned», dijo Tomlinson; «danos una canción antes de que te retires, y que sea esa que Lovett compuso la última vez que estuvimos aquí».
Ned, siempre complacido con una oportunidad de exhibirse, se aclaró la voz y accedió.
UNA CANCIONCILLA DE SHERWOOD.
I. Ríete con nosotros del príncipe y el palacio, En la vida salvaje del bosque hay mejor alegría; ¿Quieres guardar tu regocijo de la malicia del vecino? Recógelo aquí, en nuestros graneros. Algunos reyes exprimen la riqueza de sus súbditos, Mientras que ante sus enemigos se vuelven más pobres; Libres andan los hombres del sabio rey del bosque, Y solo a nuestros enemigos gravamos con impuestos. Deja los engaños del comercio a la astuta matrona, Deja que los viejos sean pícaros con tranquilidad; ¡Fuera con la marea de esa vida impetuosa Que es agitada por una brisa constante!
II. Ríete con nosotros cuando oigas a embusteros Y pícaros solemnes decirte qué granujas somos; El comercio y la ley tienen un método de robo Peor que una parada ante el árbol del forajido. Dime, ¿despreciará la doncella que amamos A galanes al menos fieles el uno al otro? Concedo que pisoteamos los lazos legales, Pero he oído que el Amor también los desdeña. ¡Coraje, pues, coraje, muchachos alegres, A quienes el necio tasa con impuestos de villanos! ¡Oh! ¿quién, siendo amado por el mundo, disfruta Tanto como el hombre al que este odia?
«¡Bravissimo, Ned!», gritó Tomlinson, golpeando la mesa; «¡bravissimo! Tu voz es soberbia esta noche, y tu canción admirable. Realmente, Lovett, honra mucho a tu genio poético; toda una filosofía, bajo mi palabra».
«¡Bravissimo!», dijo MacGrawler, asintiendo con la cabeza gravemente. «¡La voz del señor Pepper es tan dulce como una gaita! Ah, tal canción habría sido invaluable para 'The Asinaeum', cuando tuve el honor de...»
«Ser Vicario de Bray en ese establecimiento», interrumpió Tomlinson. «Dígame, MacGrawler, ¿por qué llaman a Edimburgo la Atenas Moderna?»
«Debido a los hombres doctos y grandes que produce», respondió MacGrawler, con orgullo consciente.
«¡Puf, puf! Estás pensando en la antigua Atenas. Tu ciudad es llamada la Atenas moderna porque todos ustedes son tan parecidos a los atenienses modernos: los mayores sinvergüenzas imaginables, a menos que los viajeros les calumnien».
«No», interrumpió Ned, quien se había ablandado con el aplauso del crítico, «Mac es un buen tipo, ahórratelo. Caballeros, a su salud. Me voy a la cama, y supongo que ustedes no se demorarán mucho detrás de mí».
«Confía en nosotros para eso», respondió Tomlinson; «el capitán y yo consultaremos sobre el negocio del mañana, y te alcanzaremos en un abrir y cerrar de ojos, como se ha expresado astutamente».
Ned bostezó su último «buenas noches» y desapareció dentro del dormitorio. MacGrawler, bostezando también, pero con un bostezo más grave, como correspondía a su sabiduría, se puso a la tarea de retirar los utensilios de la cena: tras un rato de trajinar con sobriedad, bajó una cama plegable en el rincón de la cueva (pues él no dormía en el apartamento de los ladrones) y, desvistiéndose, pronto apareció enterrado en el seno de Morfeo. Pero el jefe y Tomlinson, acercando sus asientos a las brasas moribundas, desafiaron al dios perezoso y se sumieron en un coloquio cercano y ansioso en tonos bajos.
«Así pues», dijo Augustus, «ahora que has reunido fondos suficientes para tu propósito, ¿realmente nos abandonarás? ¿Has sopesado bien los pros y los contras? Recuerda que nada es tan peligroso para nuestro estado como la reforma; en el momento en que un hombre se vuelve honesto, la banda lo abandona; el magistrado pierde su paga; el informante delata; y el recalcitrante se ahorca».
«He sopesado bien todo esto», respondió Clifford, «y he decidido mi curso. Solo he permanecido aquí hasta que mis medios pudieron asistir a mi voluntad. Con mi parte de nuestro botín actual y reciente, me dirigiré al Continente. Prusia da confianza fácil y promoción rápida a todos los que quieran alistarse en su servicio. Pero este lenguaje, mi querido amigo, parece extraño viniendo de tus labios. ¿Seguramente te unirás a mí en mi separación del cuerpo? ¡Cómo! ¡Mueves la cabeza! ¿No eres el mismo Tomlinson que en Bath estuvo de acuerdo conmigo en que estábamos en peligro por la envidia de nuestros camaradas, y que la retirada se había vuelto necesaria para nuestra seguridad? Es más, ¿no fue este tu argumento principal para nuestra expedición matrimonial?»
«Mira, querido Lovett», dijo Augustus, «todos somos bloques de materia, formados de los átomos de la costumbre; en otras palabras, somos un mecanismo, del cual el hábito es el resorte. ¿Qué podría hacer yo en una carrera honesta? Soy muchos años mayor que tú. He vivido como un pícaro hasta que no tengo otra naturaleza que la picardía. Dudo si no sería un cobarde si me convirtiera en soldado. Estoy seguro de que sería el más consumado de los canallas si fingiera ser honesto. No: me equivoqué al hablar de separación. Tendré que seguir adelante con mis viejos camaradas, y a mis viejas maneras; hasta que tropiece en la soga de cáñamo o... ¡melancólica alternativa!, la soga matrimonial».
«Esto es pura locura», dijo Clifford, de cuya mente nerviosa y masculina los hábitos se sacudían fácilmente. «No hemos descartado durante tantos años todas las leyes serviles de los demás para ser los abyectos esclavos de nuestras propias debilidades. Vamos, querido amigo, anímate. El cielo sabe que, si sucumbiera a la debilidad de mi propio corazón, estaría perdido en verdad. Y quizá, por mucho que luche con firmeza, no logre luchar contra lo que se aferra dentro de mí y me matará, aunque sea poco a poco. Pero no seamos cobardes y dejemos que el destino nos ahogue en lugar de nadar. En una palabra, huye conmigo antes de que sea demasiado tarde. Un barco contrabandista me espera frente a la costa de Dorset: en tres días partiré. Sé mi compañero. Ambos podemos dominar a un caballo fogoso y manejar una buena espada. Mientras los hombres hagan la guerra unos contra otros, esos logros evitarán que su dueño se muera de hambre, o...»
«Si se emplea en el campo, no en el camino», interrumpió Tomlinson con una sonrisa, «de ahorcarse. ¡Pero no puede ser! Te deseo toda la alegría, todo el éxito en tu carrera. Eres joven, audaz y capaz; y siempre tuviste un espíritu más elevado que el mío. ¡Pícaro soy y pícaro debo ser hasta el final del capítulo!»
«Como quieras», dijo Clifford, que no era hombre de muchas palabras, pero habló con reticencia: «si es así, debo buscar mi fortuna solo».
«¿Cuándo nos dejas?», preguntó Tomlinson.
«Mañana, antes del mediodía. Visitaré Londres por unas horas y luego partiré de inmediato hacia la costa».
«¡Londres!», exclamó Tomlinson; «¿qué, la mismísima guarida del peligro? ¡Puf! no sabes lo que dices: ¿o crees que es filial acariciar a la madre Lobkins antes de partir?»
«Eso no», respondió Clifford. «Ya he comprobado que está por encima de la carencia de todo; y sus días, ¡pobre alma!, no pueden, me temo, ser muchos. Con toda probabilidad, apenas me reconocería; pues sus hábitos no pueden haber mejorado mucho su memoria. ¡Ojalá pudiera decir lo mismo de sus vecinos! Si me vieran en los alrededores de la pequeña delincuencia, ya sabes, tan bien como yo, que algún ladrón de pañuelos se convertiría en informante contra el notorio Capitán Lovett».
«¿Qué te lleva entonces a la ciudad? Ah, apartas la cara. ¡Lo adivino! Bueno, el amor ha arruinado a muchos héroes antes; ¡que no seas tú el peor parado por su divinidad!»
Clifford no respondió, y la conversación hizo una pausa repentina y larga; Tomlinson la rompió.
«¿Sabes, Lovett?», dijo, «aunque tengo tan poco corazón como la mayoría de los hombres, siento por ti más de lo que hubiera creído posible. Me gustaría unirme a ti; hay un tabaco diabólicamente bueno en Alemania, creo; y, después de todo, no hay tanta diferencia entre la vida de un ladrón y la de un soldado».
«Aprovecha una observación tan sensata», dijo Clifford. «¡Reflexiona! ¡Qué segura de destrucción es la senda que ahora pisas; la horca y los pontones son las únicas metas!»
«Las perspectivas no son agradables, lo admito», dijo Tomlinson; «ni es deseable ser preservado durante otro siglo en la inmortalidad de una vitrina en el Surgeons' Hall, sonriendo de oreja a oreja, como si uno hubiera hecho el final más alegre imaginable. ¡Bien! Lo dormiré, y tendrás mi respuesta mañana; pero, ¿el pobre Ned?»
«¿No se uniría a nosotros?»
«Ciertamente no; su cuello está hecho para una soga, y su mente para el Old Bailey. No hay esperanza para él; sin embargo, es un excelente tipo. No debemos siquiera decirle nuestra meditada deserción».
«De ninguna manera. Dejaré una carta a nuestro jefe en Londres; lo explicará todo. Y ahora a la cama. Considero tu compañía como algo decidido».
«¡Hum!», dijo Augustus Tomlinson.
Así terminó la conferencia de los ladrones. Aproximadamente una hora después de que cesara, y cuando ningún sonido salvo la respiración pesada de Long Ned rompía la quietud de la noche, el rostro inteligente de Peter MacGrawler se elevó lentamente de la solitaria almohada sobre la que había descansado.
Gradualmente, la espalda del sabio se tensó hasta la perpendicularidad, y se sentó por unos momentos erguido en su asiento de honor, aparentemente en deliberación auditiva. Satisfecho con el profundo silencio que, salvo la solitaria interrupción que hemos especificado, reinaba a su alrededor, el docto discípulo de Vatel se levantó suavemente de la cama, se puso apresuradamente la ropa, se escabulló de puntillas hacia la puerta, la desabrochó con mano silenciosa y desapareció. ¡Dulce lector! mientras te maravillas por su ausencia, supongamos que explicamos su aparición.
Una tarde, Clifford y su compañero Augustus habían estado disfrutando del esparcimiento racional en Ranelagh, y estaban a punto de dejar ese célebre lugar cuando fueron arrestados por una multitud en la entrada. Esa multitud estaba reunida alrededor de un carterista; y ese carterista —¡oh virtud, oh sabiduría, oh Asinaeum!— ¡era Peter MacGrawler! Hemos dicho antes que Clifford poseía un buen porte y un aire imponente, y estas ventajas fueron en ese momento especialmente eficaces para preservar a nuestro Orbilius de la bomba. Tan pronto como Clifford reconoció el rostro magistral del sapiente escocés, se lanzó audazmente al centro de la multitud y, agarrando por el cuello al emprendedor ciudadano que había agarrado a MacGrawler, declaró estar listo para responder por la honestidad de la persona muy respetable cuya identidad había sido, evidentemente, confundida de manera tan grave. Augustus, previendo probablemente alguna ingeniosa artimaña de su compañero, secundó instantáneamente la defensa. La turba, que nunca distingue ninguna diferencia entre la impudicia y la verdad, cedió; un agente de policía se acercó y tomó partido por el amigo de dos caballeros tan excepcionalmente vestidos; nuestros amigos se marcharon; la multitud se arrepintió de su precipitación y, a modo de enmienda, sumergió en el agua al caballero a quien le habían robado los bolsillos. Fue en vano que intentara defenderse, pues tenía un impedimento en el habla; y los señores de la turba, habiéndolo sumergido una vez por su culpabilidad, lo sumergieron una segunda vez por su azoramiento.
Mientras tanto, Clifford había retirado a su antiguo mentor al asilo de una cafetería; y mientras el alma de MacGrawler se expandía con el vino, narró las causas de su dilema. Parece que ese incomparable diario, «The Asinaeum», a pesar de una serie de artículos muy populares sobre los escritos de «Aulus Prudentius», a los que se añadió una exquisita serie de diálogos escritos en un tono de humor amplio, a saber, escocés amplio (con los escoceses es todo lo mismo), a pesar de estas invaluables misceláneas, por no hablar de algunos gloriosos artículos políticos en los que se demostraba claramente, para satisfacción de los ricos, que cuanto menos comieran los pobres diablos, mejor para su constitución; a pesar, decimos, de estas grandes adquisiciones a la literatura británica, «The Asinaeum» se tambaleó, cayó, enterró a su librero y aplastó a su autor. Solo MacGrawler, escapando como Teodoro del enorme yelmo de Otranto, solo MacGrawler sobrevivió. «El amor», dice Sir Philip Sidney, «hace que el hombre vea mejor que un par de anteojos». El amor a la vida tiene un efecto muy diferente en la óptica: hace que el hombre sea lamentablemente tenue de inspección, ¡y a veces le hace ver sus propios bienes en el bolsillo de otro hombre! ¿Este deceptio visus, engañó a Peter MacGrawler? Fue a Ranelagh. ¡Lector, tú conoces el resto!
El vino y el ingenio de los ladrones habiendo arrancado esta narración a MacGrawler, las barreras de la delicadeza superflua fueron fácilmente eliminadas.
Nuestros héroes ofrecieron al sabio una presentación a su club; la oferta fue aceptada; y MacGrawler, habiendo sido emborrachado primero, fue convertido luego en un ladrón. La banda lo involucró en varios asuntos pequeños, en los que nos entristece relatar que, aunque sus intenciones eran excelentes, su éxito fue tan malo que enfureció por completo a sus empleadores; es más, estuvieron a punto en una ocasión, cuando querían propiciar a la justicia, de entregarlo al poder secular, cuando Clifford intercedió en su nombre. De ladrón, el sabio disminuyó a mozo; oficios serviles (¡los ladrones, los mentirosos granujas, declararon que tales oficios se ajustaban mejor al genio de su país!) sucedieron a las nobles hazañas, y el peor de los ladrones se convirtió en el mejor de los cocineros. ¡Cuán vana es toda sabiduría excepto la de la larga experiencia! Aunque Clifford era un hombre sensato y agudo, aunque sabía que nuestro sabio era un canalla, nunca soñó que pudiera ser un traidor. Lo creía demasiado indolente para ser malicioso y —¡humanidad miope!— demasiado tonto para ser peligroso. Confió al sabio el secreto de la cueva; y Augustus, que era un poco epicúreo, se sometió, aunque con presentimientos, a la elección, debido a la habilidad del escocés para asar.
Pero MacGrawler, como Bruto, ocultaba un corazón intrigante bajo una apariencia estólida. La captura del notable Lovett se había convertido en un deseo serio; la policía ya no podía ser sobornada, es más, ahora estaban ansiosos por sobornar. MacGrawler había vigilado su momento, vendido a su jefe, y estaba ahora en el camino a Reading para encontrarse y guiar a la cueva al señor Nabbem de Bow Street y a cuatro de sus ayudantes.
Habiendo así, tan rápidamente como hemos podido, trazado las causas que trajeron tan sorprendentemente ante vuestra atención al más incomparable de los críticos, ahora, lector, regresamos a nuestros ladrones.
«¡Hist, Lovett!», dijo Tomlinson, medio dormido, «me pareció oír algo en la cueva exterior».
«Es el escocés, supongo», respondió Clifford: «tú te ocupaste, por supuesto, de la puerta».
«¡Por supuesto!», murmuró Tomlinson, y en dos minutos más estaba dormido.
No así Clifford: muchos y ansiosos pensamientos lo mantenían despierto. Por un momento, cuando anticipaba la apertura a una nueva carrera, algo del espíritu agitado y elevado que aún se movía en medio de los hábitos culpables y confusos de su mente hacía su pulso febril y sus miembros inquietos; en otro momento, un recuerdo agonizante: el recuerdo de Lucy en todos sus encantos, su belleza, su amor, su tierno e inocente corazón: Lucy, tan perfecta, y perdida para siempre para él, desterraba cualquier otra reflexión y solo le dejaba la sensación enfermiza del desaliento y la desesperación. «¿De qué sirve mi lucha por un nombre mejor?», pensó. «Sea cual sea mi futuro destino, ella nunca podrá compartirlo. Mi castigo está fijado; es peor que una muerte de vergüenza; ¡es una vida sin esperanza! ¡Cada momento siento, y sentiré hasta el final, la presión de una cadena que tal vez nunca sea rota o aflojada! ¡Y sin embargo, necio que soy! No puedo dejar este país sin verla de nuevo, sin decirle que realmente he mirado por última vez. Pero, ¿acaso no se lo he dicho ya dos veces? ¡Extraña fatalidad! Dos veces le he hablado de amor, y cada vez fue para arrancarme de ella en el momento de mi confesión. Y aun ahora, algo a lo que no tengo poder para resistirme me obliga a la misma ociosa y débil indulgencia. ¿Me impulsa el destino? ¡Ay, tal vez hacia mi destrucción! Cada hora mil muertes me rodean. He obtenido ahora todo por lo que parecía demorarme. He ganado, mediante un nuevo crimen, lo suficiente para llevarme a otra tierra y proveerme allí un destino de soldado. No debería perder una hora en huir, sin embargo, me lanzo al nido de mis enemigos, solo por una palabra inútil con ella; ¡y esto, además, después de que ya me he despedido de ella! ¿Es esto el destino? Si es así, ¿qué importa? Ya no me importa una vida que, después de todo, reformaría en vano si no pudiera reformarla para ella; sin embargo... ¡sin embargo, egoísta y perdido que soy! ¿no será nada pensar en el futuro que la he redimido de la desgracia de haber amado a un marginado y a un criminal? Si puedo obtener honor, ¿no se reflejará, al menos en mi propio corazón, por tenue y distante que sea, sobre ella?»
Tales, desconcertadas, insatisfactorias, pero aún bañadas en los colores de ese amor verdadero que eleva incluso a los más bajos, fueron las meditaciones de medianoche de Clifford; terminaron, hacia la mañana, en un sueño inquieto y agitado. De esto lo despertó un fuerte bostezo de la garganta de Long Ned, quien siempre era el más madrugador de su grupo.
«¡Hola!», dijo, «es casi el amanecer; y si queremos cobrar nuestros pagarés y mover las joyas del viejo lord, ya deberíamos estar en camino».
«¡Una plaga sobre ti!», dijo Tomlinson, bajo la cubierta de su gorro de lana; «¡hacía solo un instante que estaba soñando que ibas a ser ahorcado, y ahora me despiertas en la parte más placentera del sueño!»
«¡Que te disparen!», dijo Ned, sacando una pierna de la cama; «a propósito, anoche tomaste más de tu parte, ¡porque me debías tres guineas de nuestra última partida de cribbage! Tendrás que pagarme antes de que nos separemos hoy: ¡las cuentas claras hacen largas amistades!»
«Por muy verdadera que sea esa máxima», respondió Tomlinson, «conozco una mucho más verdadera: ¡las largas amistades harán cortas las cuentas! ¡Debes preguntarle a Jack Ketch este día del mes si estoy equivocado!»
«¡Eso es lo que llamas ingenio, supongo!», replicó Ned, mientras, luchando con sus pantalones, sentía su camino hacia la cueva exterior.
«¡Qué, hola, Mac!», gritó mientras iba, «mueve esas bobinas tuyas, que te complace llamar piernas; ¡enciende una luz, y que te den!»
«Una luz para ti», dijo Tomlinson, profanamente, mientras dejaba a regañadientes su lecho, «¡será de hecho una 'luz para iluminar a los gentiles!'»
«¡Por qué, Mac, Mac!», gritó Ned, «¿por qué no respondes? ¡fe, creo que el escocés está muerto!»
«¡Capturen a sus hombres! ¡Ríndanse, señores!», gritó una voz severa y repentina desde la penumbra; y en ese instante se encendieron dos linternas oscuras, ¡y su luz fluyó de lleno sobre las formas atónitas de Tomlinson y su demacrado camarada! En la sombra oscura del fondo, cuatro o cinco formas eran también indistintamente visibles; y el rayo de las linternas centelleaba sobre las hojas de los alfanjes y los cañones de armas aún menos fácilmente resistibles.
Tomlinson fue el primero en recuperar su compostura. La luz apenas brillaba sobre el primer escalón de la escalera que conducía a los establos, dejando el resto en sombra. Dio un paso hacia el lugar junto al carro, donde, habíamos dicho, yacían algunas de las armas de los ladrones; se le habían adelantado: las armas habían desaparecido. Al momento siguiente, Tomlinson había subido los escalones de un salto.
«¡Lovett! ¡Lovett! ¡Lovett!», gritó.
El capitán, que había seguido a sus camaradas a la cueva, ya estaba en manos de dos hombres. De pocos mortales ordinarios, sin embargo, se podrían seleccionar dos como una probabilidad temible contra un hombre como Clifford: un hombre en quien una parte mucho mayor de tendones y músculos que la que suele corresponder incluso a los fuertes había sido endurecida, por el ejercicio perpetuo, en una consistencia y firmeza de hierro que unía poder y actividad en una unión apenas menos notable que la inmortalizada en la gloriosa belleza del gladiador esculpido. Su mano derecha está sobre la garganta de un agresor; su izquierda bloquea, como en un tornillo de banco, la muñeca del otro; ¡apenas tienes tiempo para respirar! El primero está en el suelo, la pistola del segundo es arrancada de su agarre, Clifford está en el escalón; una bala... otra... zumba junto a él; ¡está al lado del fiel Augustus!
«¡Abre la puerta secreta!», susurró Clifford a su amigo; «yo subiré los escalones solo».
Apenas había hablado, cuando los escalones ya estaban, aunque lentamente, ascendiendo bajo la fuerza desesperada del ladrón. Mientras tanto, Ned luchaba, como mejor podía, con dos robustos oficiales, que parecían reacios a usar sus armas sin una necesidad absoluta, y que intentaban, por pura fuerza, capturar y detener a su antagonista.
«¡Estad atentos a la puerta!», gritó la voz del oficial principal, «¡y sacad más luz!»
Dos o tres linternas adicionales fueron traídas rápidamente; y sobre todo el interior de la caverna, una luz tenue pero suficiente circuló ahora con rapidez, confiriendo a la escena y a los combatientes un aspecto pintoresco y salvaje.
El ojo rápido del oficial jefe divisó al instante el ascenso de los escalones y la ventaja que los ladrones estaban adquiriendo así. Él y dos de sus hombres se lanzaron hacia adelante, se apoderaron de la escalera, si así puede llamarse, la arrastraron una vez más al suelo y ascendieron. Pero Clifford, agarrando con ambas manos el eje roto de un carro que estaba a su alcance, recibió al invasor que iba en cabeza con un saludo que lo envió postrado e inconsciente de vuelta entre sus compañeros. El segundo compartió la misma suerte; y el robusto cabecilla del enemigo, quien, como un verdadero general, se había mantenido en la retaguardia, se detuvo ahora en medio de los escalones, consternado tanto por la acogida a sus amigos como por la figura atlética que se alzaba sobre él, con armas en alto y actitud amenazadora. Tal vez aquel momento le pareció al juicioso Sr. Nabbem más favorable para parlamentar que para el conflicto. Se aclaró la garganta y se dirigió así al enemigo:
«¡Usted, señor, capitán Lovett, alias Howard, alias Jackson, alias Cavendish, alias Solomons, alias el Diablo... pues le conozco bien, y podría jurar quién es con media mirada, con sus ropas o sin ellas..., deje ahí su garrote y permítame acercarme a usted, y me encontrará tan manso como un cordero; pues he tratado con caballeros toda mi vida y sé cómo hay que tratarlos cuando los tengo conmigo!»
«Pero si no permito que "se acerque a mí", ¿entonces qué?»
«¡Pues bien, tendré que enviarle una de estas aquí a través del cráneo, eso es todo!»
«¡No, Sr. Nabbem, eso sería demasiado cruel! ¿Ciertamente no querría hacer daño a alguien que le tiene tanta estima? ¿No recuerda la manera en que le saqué del apuro con el juez Burnflat, cuando usted estaba acusado, ya sabe si justamente o...»
«¡Es usted un mentiroso, capitán!», gritó Nabbem, furioso, temeroso de que algo no apto para los oídos de sus compañeros saliera a la luz. «¡Usted sabe que lo es! ¡Baje, o permítame subir; de lo contrario, no me haré responsable de las consecuencias!»
Clifford echó una mirada por encima del hombro. Un brillo de la luz gris del día ya asomaba a través de una rendija en la puerta secreta, la cual Tomlinson había desbloqueado ya y estaba a punto de abrir.
«Escúcheme, Sr. Nabbem», dijo, «¡y tal vez le conceda lo que pide! ¿Qué haría conmigo si me tuviera?»
«Ahora habla usted como un hombre sensato», respondió Nabbem; «y eso es algo que llega a mi corazón. Verá, capitán, ha llegado su hora y ya no puede andar con rodeos. Ha tenido su oportunidad; sus años han terminado, ¡y debe morir como un hombre! Pero le doy mi palabra de caballero de que, si se rinde, le llevaré ante los jueces tan tiernamente como si estuviera hecho de algodón».
«Dé paso un momento», dijo Clifford, «para que pueda asegurar mejor los escalones para usted».
Nabbem se retiró al suelo; y Clifford, quien, con bastante buena voluntad, no había querido dañar innecesariamente a un funcionario tan valioso, no perdió la oportunidad que ahora se le brindaba. Los escalones tronaron al bajar, retumbando pesadamente entre los otros oficiales y cayendo como una avalancha sobre el hombro de uno de los captores de Long Ned.
Mientras tanto, Clifford saltó tras Tomlinson a través de la abertura y se encontró... ante la presencia de cuatro oficiales, conducidos por el astuto MacGrawler. Un golpe de porra en la mejilla derecha y la sien de Augustus derribó a aquel héroe. Pero Clifford saltó sobre el cuerpo de su camarada, esquivó el golpe dirigido a sí mismo, atrapó con la mano abierta el golpe que le lanzaba otro agresor, arrebató la porra al oficial, lo derribó al suelo con su propia arma y, lanzándose hacia adelante a través del laberinto del bosque, comenzó su huida con un paso demasiado veloz para permitir la esperanza de una persecución exitosa.
CAPÍTULO XXIX.
«¡En resumen, Isabella, le ofrezco mi mano!» «¡Cielos!», gritó Isabella, «¿qué oigo? ¿Usted, mi señor?» Castillo de Otranto.
Una novela es como un barómetro: el hombre aparece en un momento, la mujer en otro. Tan variable como la atmósfera, los cambios de nuestra historia vuelven ahora a presentar a Lucy al lector.
Aquella joven encantadora —quien, cabe señalar, es (a excepción de su padre) el único personaje ingenuo e inmaculado en las páginas de una historia diseñada en cierta medida para mostrar, en las depravaciones del carácter, las depravaciones de ese estado social en el que los caracteres se forman— estaba sentada sola en su apartamento en el período al que regresamos con ella. A medida que el tiempo, y ese fondo innato e insensible de curación que la Naturaleza ha depositado en el pecho de los jóvenes para que su gran ley, el fallecimiento de los viejos, no deje una herida demasiado duradera y aguda, habían suavizado su primera angustia por la muerte de su padre, el recuerdo de Clifford volvió a retomar su antiguo dominio en su corazón. La soledad de su vida, la ausencia de diversión, incluso la sensibilidad y languidez que siguen al dolor, conspiraron para revestir la imagen de su amante con un cariz más tierno e impresionante. Recordaba sus palabras, sus actos, sus cartas, y se empleaba horas enteras, días y noches enteros, en intentar descifrar su misterio. ¿Quién que haya sido amado no reconocerá la singular y poderosa fuerza con la que una joven, inocente ella misma, se aferra a la creencia en la inocencia de su amante? En los pechos jóvenes y desconocedores del mundo, existe una credulidad tan pura en la existencia de un bien sin mezcla, una resistencia tan firme a pensar que donde amamos puede haber algo que no estimaríamos, o donde admiramos puede haber algo que deberíamos culpar, que uno casi puede considerarlo un argumento a favor de nuestro poder natural para alcanzar una mayor eminencia en la virtud de lo que los hábitos y artes del mundo actual nos permiten llegar. ¡Quizás no sea paradójico decir que difícilmente podríamos creer en la perfección en los demás, si no fuera por el germen de la perfectibilidad en nuestras propias mentes! Cuando un hombre ha vivido algunos años entre las contiendas reales de las facciones sin haber absorbido el prejuicio además de la experiencia, ¡con qué asombro sonríe ante su adoración de antiguos ídolos, qué color tan diferente le parece la historia, qué cauteloso es ahora para elogiar, qué lento para admirar, qué propenso a poner reparos! La naturaleza humana se ha convertido en la naturaleza humana del arte; ¡y él la estima no por lo que pueda ser, sino por lo que, en las corrupciones de una semicivilización, es! Pero de la misma manera que el joven estudiante se aferra a la creencia de que el sabio o el juglar, que ha iluminado su razón o encadenado su imaginación, es en carácter, así como en genio, superior a la manada común, libre de las pasiones, las frivolidades, las pequeñas mezquindades y los vicios oscuros que la carne común hereda, una mujer que ama por primera vez se aferra a la excelencia imaginada de aquel a quien ama. Cuando Evelina se escandaliza tanto ante la idea de un ataque ocasional de embriaguez en su «noble, su inigualable» amante, ¿quién no reconoce cuán naturales eran sus sentimientos? Si Evelina hubiera estado casada seis años, y ese mismo amante, entonces su marido, hubiera sido realmente culpable de lo que ella sospechaba, ¿quién no siente que habría sido muy antinatural haberse escandalizado lo más mínimo por el suceso? Ella no lo habría amado menos, ni admirado menos, ni él habría sido menos «el noble e inigualable»... él habría tomado una copa de más, habría bromeado a la mañana siguiente sobre el evento, y la dulce Evelina le habría preparado una taza de té; pero lo que habría sido un motivo de broma en el marido habría sido motivo de perdición en un amante. Pero volvamos a Lucy.
Si es tan difícil, tan repelente, creer a un amante culpable incluso de un error trivial, podemos suponer fácilmente que Lucy nunca admitió por un momento la suposición de que Clifford hubiera sido realmente culpable de un error grave o un crimen deliberado. Cierto es que las expresiones en su carta eran más que sospechosas; pero siempre hay un encanto en la franqueza de la autocrítica. Así como es difícil creer en la excelencia de quienes se alaban a sí mismos, es difícil imaginar criminales a quienes se condenan. ¿Cuál es, además, el proceso de razonamiento de una mujer? ¡Ay! es una fisonomista demasiado crédula. ¡La curva de una garganta, para ella, es la señal infalible de la nobleza de espíritu; y nadie puede ser culpable de un pecado si está bendecido con una frente hermosa! ¡Con qué cariño, con qué fanatismo amaba Lucy! Había reunido un tesoro precioso y secreto: un guante, una pluma, un libro, una hoja de rosa marchita... tesoros hechos inestimables porque él los había tocado; pero más que todo, tenía la serie de sus cartas: desde la primera nota formal escrita a su padre, destinada a ella, en la que respondía a una invitación y solicitaba que la señorita Brandon aceptara la música que ella había deseado tener, hasta la última carta salvaje y, para ella, inexplicable, en la que la renunciaba para siempre. En estas reliquias sus ojos se alimentaban durante horas; y mientras los escudriñaba, y escudriñaba pensamientos demasiado profundos no solo para las lágrimas sino para toda expresión o transmisión, uno podría haber observado casi literalmente la palidez de su mejilla rica y el marchitamiento de su forma redondeada y elástica.
Estaba sumida en tal estado de ánimo cuando su tío llamó a su puerta para pedir entrada. Ella apartó apresuradamente sus tesoros y se apresuró a recibirlo y saludarlo.
«He venido», dijo él, sonriendo, «a rogarte el placer de tu compañía para un viejo amigo que cena hoy con nosotros. Pero, espera, Lucy, tu cabello está mal arreglado. No permitas que interrumpa una ocupación tan importante como tu tocador; vístete, querida, y únete a nosotros».
Lucy se volvió, con un suspiro reprimido, hacia el espejo. El tío se demoró unos instantes, observándola con una mezcla de orgullo y duda; luego abandonó lentamente la cámara.
Poco después, Lucy bajó al salón y contempló con un poco de sorpresa (pues no había tenido suficiente curiosidad para preguntar el nombre del invitado), la esbelta figura y los rasgos agraciados de Lord Mauleverer. El conde se acercó con la misma gracia que en su juventud temprana lo había hecho casi irresistible, pero que ahora, por el contraste de los años con los modales, contenía una leve mezcla de lo cómico. Presentó sus cumplidos y, al hacerlo, declaró que debía dejar a su amigo, Sir William, explicar todo el peligro que había corrido, con el fin de asegurarse de que la señorita Brandon no era menos hermosa que cuando la había visto por última vez.
«Sí, en efecto», dijo Brandon, con una mueca apenas perceptible, «Lord Mauleverer ha soportado literalmente los accidentados movimientos de inundaciones y campos... ¡pues estuvo a punto de ser exterminado por un salteador de caminos, y casi ahogado en una zanja!»
«Recomiéndame a un amigo para que me presente bajo la mejor luz», dijo Mauleverer, alegremente. «En lugar de atraer su simpatía, ve, Brandon me expondría a sus burlas; ¡juzgue usted misma si lo merezco!» y Mauleverer procedió a dar, con toda la animación que pertenecía a su carácter, los detalles de aquella aventura con la que el lector está tan bien familiarizado. No sintió, podemos estar seguros, ningún escrúpulo en representarse a sí mismo y a su destreza bajo los colores más favorables.
La historia apenas había terminado cuando se anunció la cena. Durante aquella comida, Mauleverer se esforzó por ser amable con infinita habilidad. Adaptando su conversación, más de lo que hasta entonces se había dignado a hacer, al temperamento de Lucy, y más ansioso por suavizar que por deslumbrar, ciertamente nunca antes le había parecido tan atractivo. Estamos obligados a añadir que el punto de atracción no llegó más allá de la confesión de que era un anciano muy agradable.
Quizás, si no hubiera habido una cierta vena medio melancólica en su conversación, posiblemente menos desagradable para su señoría por el recuerdo de sus diamantes perdidos y la impresión de que el cocinero de Sir William Brandon era considerablemente peor que el suyo, podría no haber tenido tanto éxito en complacer a Lucy. En cuanto a sí mismo, todas las impresiones previas que ella había causado en él regresaron con colores aún más vívidos; incluso el matiz delicado y tenue de belleza que había sucedido a su anterior brillantez era mucho más encantador para su gusto exigente y cortesano que su anterior brillo de espíritu y salud. Se sintió muy enamorado durante la cena; y después de que terminó, y Lucy se retiró, le dijo a Brandon, con aire apasionado, ¡que adoraba a su sobrina hasta la distracción!
El astuto juez fingió recibir la confidencia con indiferencia; pero sabiendo que una ausencia demasiado larga es perjudicial para una gran pasión, no mantuvo a Mauleverer muy tarde con su vino.
El conde regresó arrebatado al salón y suplicó a Lucy, con una voz en la que la afectación parecía desfallecer de deleite, que le complaciera con una canción. Más y más encantado por su asentimiento, arrastró el taburete del piano al clavecín, colocó una silla a su lado y pronto pareció perdido en el éxtasis. Mientras tanto, Brandon, de espaldas a la pareja, se cubrió el rostro con su pañuelo y, a todas luces, se entregó a la voluptuosidad de un reposo tras la cena.
El libro de canciones de Lucy se abrió accidentalmente en una canción que había sido elogiada por Clifford; y mientras cantaba, su voz tomó un tono más rico y tierno que el que jamás antes hubiera asumido en presencia de Mauleverer.
LA QUEJA DE LAS VIOLETAS QUE PIERDEN SU AROMA EN MAYO.
En la sombra que cae de la colina silenciosa Dormíamos, en nuestros retiros verdes Y los chaparrones de abril solían llenar Nuestros corazones de dulzura.
Y aunque yacíamos en un humilde cenador, Sin embargo, todas las cosas nos amaban bien, Y la abeja que despertaba dejaba su flor más hermosa, Para habitar con nosotras.
¡Pero el cálido mayo llegó en su orgullo a cortejar La riqueza de nuestra provisión de miel; Y nuestros corazones apenas sintieron su aliento, y supieron ¡Que sus dulzuras no existían más!
Y el verano reina en el lugar tranquilo Donde habitamos, y sus soles y lluvias Traen bálsamo a los corazones de nuestras hermanas, pero no... ¡Ah! no a los nuestros.
Vivimos, florecemos, pero para siempre terminó El encanto de la tierra y el cielo; A nuestra vida, cielos, restaurad ese bálsamo, ¡O... hacednos morir!
Mientras, con los ojos anegados de muchos recuerdos y una voz que se desvanecía en un patetismo indescriptible y emocionante, Lucy terminó su canción, Mauleverer, encantado y fuera de sí, tomó suavemente su mano y, sosteniendo el suave tesoro en la suya, apenas menos suave, murmuró:
«¡Ángel, sigue cantando! ¡La vida sería como tu propia música, si pudiera exhalarla a tus pies!»
Hubo un tiempo en que Lucy se habría reído abiertamente ante esta declaración; e incluso tal como fue, una sonrisa reprimida y medio pícara jugaba en los hoyuelos de su hermosa boca, y contrastaba hechizantemente la suavidad nadante de sus ojos.
Sacando un presagio más bien erróneo de la sonrisa, Mauleverer continuó arrebatadamente, reteniendo aún la mano que Lucy intentaba liberar:
«¡Sí, encantadora señorita Brandon! Yo, que durante tantos años me he jactado de mi corazón invulnerable, estoy subyugado al fin. He luchado durante mucho, muchísimo tiempo, contra mi apego a usted. ¡Ay! es en vano; y me contempla ahora totalmente a su merced. Hágame el más miserable de los hombres o el más envidiable. ¡Encantadora, hable!»
«En realidad, mi señor», dijo Lucy, vacilante, pero levantándose y liberándose de su mano, «me resulta difícil suponer que habla en serio; y tal vez esto sea simplemente una galantería hacia mí a modo de práctica con otras».
«Dulce Lucy, si puedo llamarla así», respondió Mauleverer, con una mirada ardiente, «¡no, le imploro, ni siquiera por un momento, que finja confundirme! ¡No bromee ni por un momento sobre lo que, para mí, es la ruina o la dicha de la vida! ¿Me atrevo a esperar que mi mano y mi corazón, que ahora le ofrezco, no merezcan su escarnio?»
Lucy contempló a su adorador con una mirada de seria investigación; Brandon aún parecía dormir.
«Si usted habla en serio, mi señor», dijo Lucy, tras una pausa, «estoy verdadera y profundamente apenada. Por el amigo de mi tío siempre tendré estima; crea que soy verdaderamente sensible al honor que me brinda, cuando añado mi pesar por no poder tener otro sentimiento que la estima».
Un vacío y perplejo desconcierto nubló por un momento los expresivos rasgos de Mauleverer; luego se desvaneció. «¡Qué dulce es su reproche!», dijo. «Sí; todavía no merezco otro sentimiento que la estima. No se puede ganar precipitadamente; una larga prueba, un largo curso de atenciones, un largo conocimiento de mi devoto y ardiente amor, solo eso me dará derecho a esperar un sentimiento más cálido en su pecho. ¡Fije entonces su propio tiempo de cortejo, angélica Lucy!... ¡una semana, es más, un mes! ¡Hasta entonces, ni siquiera la presionaré para que señale ese día que para mí será el más blanco de mi vida!»
«¡Mi señor!», dijo Lucy, sonriendo ya no más medio pícara, «debe perdonarme por creer que su propuesta no puede ser más que una broma; pero aquí, le ruego, deje que descanse para siempre. No vuelva a mencionarme este tema».
«¡Por los cielos!», gritó Mauleverer, «esto es demasiado cruel. Brandon, interceda por mí ante su sobrina».
Sir William se sobresaltó, naturalmente, de su sueño, y Mauleverer continuó:
«Sí, interceda por mí; usted, mi más antiguo amigo, ¡sea mi mayor benefactor! Solicito a su sobrina; ella finge no creerlo. ¿La convencerá usted de mi verdad, mi devoción, mi adoración?»
«¿No creerle a usted!», dijo el cortés juez, con la misma mueca secreta que solía acechar en las comisuras de su boca. «No me extraña que sea lenta en dar crédito al honor que le ha hecho, y por el cual las damiselas más nobles de Inglaterra han suspirado en vano. Lucy, ¿será cruel con Lord Mauleverer? Créame, a menudo me ha confiado su amor por usted; y si la experiencia de algunos años sirve de algo, no hay duda de su honor y su verdad. Dejo su destino en sus manos».
Brandon se volvió hacia la puerta.
«Espere, querido señor», dijo Lucy, «y en lugar de interceder por Lord Mauleverer, interceda por mí». Su mirada se asentó ahora en una calma y decidida seriedad de expresión. «Me siento muy halagada por la propuesta de su señoría, la cual, como usted dice, bien podría dudar que se plantee con seriedad. Le deseo toda la felicidad con una dama de mayores méritos; pero hablo desde una determinación inalterable cuando digo que nunca podré aceptar la dignidad con la que usted querría investirme».
Dicho esto, Lucy caminó rápidamente hacia la puerta y desapareció, dejando a los dos amigos para que comentaran como quisieran su conducta.
«Has echado todo a perder con tu precipitación», dijo el tío.
«¡Precipitación! ¡maldita sea, qué querrías? ¡He estado cincuenta años decidiéndome a casarme; y ahora que no tengo ni un día que perder, me hablas de precipitación!», respondió el amante, arrojándose en un sillón.
«Pero no has estado cincuenta años decidiéndote a casarte con mi sobrina», dijo Brandon, secamente.
«¡Ser rechazado, positivamente rechazado, por una chica de campo!», continuó Mauleverer, soliloquiando en voz alta; «¡y eso además a mi edad y con toda mi experiencia!... ¡una chica de campo sin rango, tono, ni talentos! ¡Por los cielos! no me importa si todo el mundo lo escuchara, porque ni un alma en el mundo lo creerá jamás».
Brandon se sentó sin hablar, observando el rostro mortificado del cortesano con una complacencia maliciosa, y hubo una pausa de varios minutos. Sir William entonces, dominando el extraño sentimiento que le hacía regocijarse siempre en todo lo que arrojaba ridículo sobre su amigo, se acercó, puso su mano amablemente sobre el hombro de Mauleverer y le habló de consuelo y aliento. El lector creerá que Mauleverer no era un hombre al que fuera imposible alentar.
Antes de que él llegara, todo me amaba, y yo tenía más cosas que amar de las que podría contar con los cabellos de mi cabeza. Ahora siento que no puedo amar sino a uno, y ese uno me ha abandonado... Bueno, que así sea; ¡que perezca, que sea cualquier cosa menos mía! —Melmoth.
A la mañana siguiente, muy temprano, Sir William Brandon estuvo encerrado durante largo rato con su sobrina, antes de partir para cumplir con los deberes de su cargo. Ansioso y alarmado por el éxito de uno de los proyectos predilectos de su ambición, no escatimó arte en su conversación con Lucy, que su gran ingenio de elocuencia y su maravillosa perspicacia sobre la naturaleza humana pudieran sugerir, a fin de ganar al menos una base sobre la cual erigir su plan. Entre otros recursos de su tacto mundano, aludió al amor de Lucy por Clifford; y (aunque de manera oscura y sutil, como correspondía a la pureza de aquella a quien se dirigía) este hombre abandonado y astuto no tuvo reparos en insinuar también la posibilidad de disfrutar de ese amor después del matrimonio; aunque denunció, como el último de los decoros, el crimen de fomentarlo antes. Esta insinuación, sin embargo, cayó inofensiva en el oído inocente de Lucy. Ella no comprendió en lo más mínimo su significado; solo, con la mejilla encendida y el labio fruncido, se sintió ofendida por la alusión a un amor que le parecía insolente que alguien pudiera siquiera sospechar.
Cuando Brandon abandonó la habitación, su frente estaba nublada y su mirada ausente y pensativa: era evidente que no había habido mucho en la conferencia con su sobrina que le agradara o le dejara satisfecho. La señorita Brandon estaba sumamente agitada; pues había en la naturaleza de su tío ese secreto silencioso e impresionante para influir o mandar sobre los demás, que casi tan invariablemente y, sin embargo, tan silenciosamente, logra los deseos de su dueño; y Lucy, que lo amaba y admiraba sinceramente —quizás no menos por cierto gramo de temor—, se sentía muy afligida al percibir cuán arraigado estaba en él el deseo de ese matrimonio que ella sentía como una imposibilidad moral. Pero si Brandon poseía el secreto de la influencia, Lucy no estaba menos singularmente dotada con el secreto de la resistencia. Cabe recordar, al describir su carácter, que hablamos de ella como alguien que parecía, para los superficiales, de un temperamento demasiado blando y condescendiente. Pero las circunstancias desmintieron los modales y demostraron que poseía eminentemente una firmeza tranquila y una resolución latente, que otorgaban a su mente una nobleza y una fuerza digna de confianza que nunca habrían sido sospechadas por quienes la encontraban en los caminos ordinarios de la vida.
Brandon no llevaba mucho tiempo fuera cuando la doncella de Lucy vino a informarle que un caballero, que se expresaba muy deseoso de verla, esperaba abajo. La sangre se retiró de las mejillas de Lucy ante este anuncio, sencillo como parecía. «¿Qué caballero podría estar deseoso de verla? ¿Era... era Clifford?». Permaneció algunos momentos inmóvil, y literalmente incapaz de moverse; al fin, se armó de valor y, sonriendo con desprecio hacia sí misma por una idea que le pareció, tras reflexionar, totalmente absurda, bajó al salón. La primera mirada que dirigió hacia el desconocido, que estaba junto a la chimenea con los brazos cruzados, fue suficiente: era imposible equivocarse, aunque el rostro estuviera vuelto, respecto a la incomparable figura de su amante. Avanzó ansiosa con un leve grito, se contuvo y se hundió en el sofá.
Clifford se volvió hacia ella y fijó sus ojos en su rostro con una mirada intensa y melancólica, pero no pronunció ni una sílaba; y Lucy, tras hacer una pausa a la espera de su voz, levantó la vista y captó, alarmada, el aspecto extraño y peculiar de sus rasgos. Él se acercó a ella lentamente, y aún en silencio; pero su mirada parecía volverse más intensa y lúgubre a medida que avanzaba.
—Sí —dijo al fin, con una voz quebrada e indistinta—, te veo una vez más, después de todas mis promesas de dejarte para siempre... mi solemne despedida, después de todo lo que te he costado; porque, Lucy, me amas, me amas, y me estremezco al sentirlo; después de todo lo que yo mismo he soportado y resistido, ¡vuelvo a presentarme deliberadamente ante ti! ¡Cómo he ardido y enfermado por este momento! ¡Cómo me he dicho: "Que la contemple una vez más, solo una vez más, y que el Destino haga entonces lo peor"! ¡Lucy! ¡Querida, querida Lucy! Perdóname por mi debilidad. ¡Es ahora, en amarga y severa realidad, la última de la que puedo ser culpable!
Mientras hablaba, Clifford se hundió a su lado. Tomó ambas manos de ella entre las suyas y, sosteniéndolas, aunque sin presión, volvió a mirar apasionadamente su rostro inocente y a la vez elocuente. Parecía como si estuviera conmovido más allá de todos los sentimientos ordinarios del reencuentro y del amor. No intentó besar las manos que sostenía; y aunque el contacto estremeció cada vena y fibra de su cuerpo, su agarre fue tan ligero como aquel en el que la primera timidez del amor de un muchacho se aventura a manifestarse.
—Estás pálida, Lucy —dijo con tristeza—, y tu mejilla es mucho más delgada que cuando te vi por primera vez. ¡Cuando te vi por primera vez! ¡Ah! ¡Ojalá, por tu bien, eso nunca hubiera ocurrido! Tus ánimos eran ligeros entonces, Lucy; tu risa nacía del corazón, tu paso desdeñaba la tierra. La alegría brotaba de tus ojos, todo lo que respiraba a tu alrededor parecía lleno de felicidad y regocijo; y ahora, ¡mírame, Lucy! ¡Levanta esos ojos dulces y enséñales a lanzar sobre mí indignación y desprecio! ¡Oh, así no, así no! Podría dejarte feliz... sí, literalmente bendecida... ¡si pudiera imaginarte menos indulgente, menos gentil, menos angelical!
—¿Qué tengo que perdonar? —dijo Lucy, tiernamente.
—¡Qué! Todo aquello por lo que un ser humano puede perdonar a otro. ¿No han sido el engaño y el daño mis crímenes contra ti? Tu paz mental, tu serenidad de corazón, tu vivacidad de temperamento... ¿he arruinado esto o no?
—¡Oh, Clifford! —dijo Lucy, elevándose por encima de sí misma y de todos los pensamientos egoístas—, ¿por qué, por qué no quieres confiar en mí? No me conoces, de verdad que no... ¡eres ignorante incluso de la propia naturaleza de una mujer si me crees indigna de tu confianza! ¿Crees que podría traicionarla, o piensas que si hubieras hecho aquello por lo que todo el mundo te abandonó, yo podría abandonarte?
La voz de Lucy flaqueó ante las últimas palabras; pero se hundió, como una piedra cae en aguas profundas, hasta lo más profundo del corazón de Clifford. Transportado de toda resolución y toda tolerancia, envolvió sus brazos alrededor de ella en una caricia larga y apasionada; y Lucy, mientras su aliento se mezclaba con el de él y su mejilla se apoyaba en su pecho, sintió verdaderamente como si el pasado no pudiera contener secreto alguno lo suficientemente poderoso como para debilitar el afecto con el que su corazón se aferraba al suyo. Ella fue la primera en liberarse del abrazo. Retiró su rostro del de él y, sonriéndole a través de sus lágrimas, con un brillo que las sonrisas de su más temprana juventud nunca habían superado, dijo:
—Escúchame. Cuéntame tu historia o no, como quieras. Pero créeme, el ingenio de una mujer a menudo no es un consejero despreciable. Aquellos que se acusan a sí mismos con mayor amargura no suelen ser los más difíciles de perdonar; y debes perdonarme si dudo de la magnitud de la culpa que tan generosamente te atribuyes. Estoy ahora sola en el mundo —aquí la sonrisa se marchitó en los labios de Lucy—. Mi pobre padre ha muerto. No puedo dañar a nadie con mi conducta; no hay nadie en la tierra a quien esté ligada por el deber. Soy independiente, soy rica. Dices amarme. Soy tonta y vanidosa, y te creo. Quizás, también, tengo la tierna esperanza que a menudo convierte a las mujeres en víctimas... la esperanza de que, si has errado, pueda redimirte; si has sido desgraciado, ¡pueda consolarte! Sé, señor Clifford, que estoy diciendo aquello por lo que muchos me despreciarían, y por lo que, tal vez, debería despreciarme a mí misma; pero hay momentos en que hablamos solo como si algún poder en nuestros corazones nos constriñera, a pesar de nosotros mismos... y es así como te he hablado ahora.
Fue con un aire muy inusual en ella que Lucy concluyó su discurso, pues su característica habitual era más bien la suavidad que la dignidad; pero, como para corregir el significado de sus palabras, que de otro modo podrían parecer impropias de una doncella, había una casta, orgullosa, pero no por ello menos tierna y dulce propiedad y una digna franqueza en su mirada y sus modales; de modo que habría sido totalmente imposible para quien la escuchara no hacer justicia a la nobleza de sus motivos, o no sentirse a la vez conmovido y penetrado, tanto por el respeto como por cualquier sentimiento más cálido o familiar.
Clifford, que se había levantado mientras ella hablaba, escuchaba con un semblante que variaba con cada palabra que ella pronunciaba... ahora lleno de esperanza, ahora de desaliento. Cuando ella terminó, la expresión se endureció en una resolución firme y apremiante.
—¡Está bien! —dijo mascullando—. ¡Soy digno de esto... muy, muy digno! Generosa, noble muchacha; si yo hubiera sido un emperador, me habría postrado ante ti en adoración; pero rebajarte, degradarte... ¡no! ¡no!
—¿Hay degradación en el amor? —murmuró Lucy.
Clifford la contemplaba con una suerte de orgullo entusiasta y complacido; quizás sentía que ser amado así, y por tal criatura, era motivo de orgullo, incluso en las circunstancias más bajas a las que pudiera estar expuesto. Contuvo el aliento, apretó los dientes y respondió:
—¿Podrías amar, entonces, a un proscrito, sin linaje, fortuna ni reputación? No. Crees esto ahora, pero no podrías.
—¿Podrías abandonar tu país, tus amigos y tu hogar... todo para lo que naciste y para lo que eres apto? ¿Podrías acompañar a alguien sobre quien pende la espada, a través de una vida sujeta a cada hora al descubrimiento y a la desgracia? ¿Podrías estar sujeta tú misma a los cambios de ánimo de un recuerdo maligno y al sombrío silencio del remordimiento? ¿Podrías ser la víctima de alguien que no tiene más mérito que su amor por ti, y quien, si ese amor te destruye, queda totalmente redimido? Sí, Lucy, me equivoqué; te haré justicia. Todo esto, y más, podrías soportar, y tu naturaleza generosa desdeñaría el sacrificio. ¿Pero debo ser yo todo egoísmo y tú toda devoción? ¿Debes tú entregármelo todo y yo aceptarlo todo sin entregar nada? ¡Ay! Solo tengo un bien, una bendición que entregar, y esa eres tú. Lucy, te merezco; te supero en generosidad. Todo lo que abandonarías por mí no es nada... ¡Oh, Dios!... ¡nada ante el sacrificio que hago por ti! Y ahora, Lucy, te he visto, y debo decirte adiós una vez más; estoy a punto de abandonar este país para siempre. Me alistaré en un servicio extranjero. Quizás —y los ojos oscuros de Clifford brillaron con fuego— ¡aún oirás hablar de mí, y no te ruborizarás al oírlo! Pero —y su voz flaqueó, pues Lucy, ocultando su rostro con ambas manos, dio rienda suelta a sus lágrimas y a su agitación—, pero, en un aspecto, has vencido. ¡Había creído que nunca podrías ser mía... que mi vida pasada me había privado para siempre de esa esperanza! Ahora empiezo, con un arrebato que puede llevarme a través de todas las ordalías, a formar una visión más audaz. Una mancha puede borrarse, un nombre infame puede redimirse; el pasado no está fijado y sellado sin el poder de revocar lo que se ha escrito. Si puedo ganar el derecho de merecer tu misericordia, me arrojaré a ella sin reservas; ¡hasta entonces, o hasta la muerte, no me verás más!
Cayó de rodillas, dejó su beso y sus lágrimas en la fría mano de Lucy; al momento siguiente, ella escuchó sus pasos en la escalera, la puerta se cerró pesada y estrepitosamente tras él, y Lucy sintió una amarga punzada, y, al menos por un tiempo, ¡no sintió nada más!
CAPÍTULO XXXI.
¡Muchas cosas ocurren entre la copa y el labio! Tu hombre me agrada Con su ocurrencia. ............... Viene el canónigo Hugh pertrechado como ves ¡Disfrazado! ¿Y así debo engañar al alguacil? Ahora cuento con vosotros para un hombre de armas. ............... El alguacil mayor era más, aunque Puso a Dick Tator entre rejas. BEN JONSON—Cuento de una tina.
Mientras tanto, Clifford caminaba rápidamente por las calles que rodeaban la casa del juez y, girando hacia un barrio más oscuro de la ciudad, entró en un callejón o pasaje sombrío. Allí fue abordado bruscamente por un hombre envuelto en un abrigo desaliñado, de apariencia algo sospechosa.
—¡Ajá, Capitán! —dijo—, se te ha hecho tarde, ¡pero todo va bien!
Intentando, con éxito indiferente, la fácil confianza en sí mismo que generalmente marcaba su trato con sus compañeros, Clifford, repitiendo las palabras del extraño, respondió:
—¡Todo va bien! ¿Qué? ¿Han liberado a los prisioneros?
—¡No, por la fe! —respondió el hombre con una risa áspera—, todavía no; pero todo a su tiempo. Es un poco pedir demasiado que los jueces hagan nuestro trabajo, aunque, ¡por el Señor Harry!, ¡a menudo hacemos el suyo!
—¿Entonces qué? —preguntó Clifford con impaciencia.
—Pues que los pobres muchachos fueron llevados al pueblo de -----, y puestos ante el magistrado antes de que yo llegara, aunque salí en cuanto me lo dijiste e hice el viaje en cuatro horas. El interrogatorio duró todo el día de ayer, y fueron aplazados hasta hoy... veamos, aún no es mediodía; podemos estar allí antes de que termine.
—¡Y a esto llamas que va bien! —dijo Clifford con enfado—. ¡No, Capitán, no te pongas nervioso! ¡Aún no lo has oído todo! Parece que lo único que pesó fuertemente contra ellos fue el testimonio de un robusto ganadero, a quien se le gritó «¡Alto!» a unas cincuenta millas del pueblo; así que el magistrado piensa enviar a los pobres hombres a la cárcel del condado donde cometieron el asunto.
—¡Ah! ¡Eso puede dejarles algunas esperanzas! Debemos estar atentos a su traslado; si una vez llegan a prisión, sus únicas oportunidades son la lima y el soborno. ¡Desafortunadamente, ninguno de ellos es tan afortunado como yo en ese oficio!
—¡No, en efecto, no hay muro de piedra en Inglaterra que el gran Capitán Lovett no pudiera atravesar, lo juro! —dijo el admirador satélite.
—¡Ensilla los caballos y carga las pistolas! Me reuniré con vosotros en diez minutos. Ten listo mi traje de granjero, el pelo falso, etc. Elige tu propio atuendo. Date prisa; los «Tres Penachos» es el punto de encuentro.
—¿Y en diez minutos solo, Capitán?
—¡Puntualmente!
El extraño dobló una esquina y quedó fuera de la vista. Clifford, mascullando: «Sí, yo fui la causa de su captura; era a mí a quien buscaban; es justo que dé un golpe para su fuga antes de intentar la mía», continuó su camino hasta llegar a la puerta de una taberna. El letrero de un marino se balanceaba en lo alto, retratando al alegre marinero con una jarra de peltre en la mano, considerablemente más grande que su propia circunferencia. Un inmenso pug estaba sentado a la puerta, con la lengua fuera, como si, habiéndose atiborrado hasta la lengua, se viera obligado a sacar ese útil miembro de su lugar apropiado. Los postigos estaban medio cerrados, pero los sonidos de una risa grosera salían jovialmente.
Clifford desconcertó al pug; y cruzando el umbral, gritó en voz alta: «¡Janseen!».
—¡Aquí! —respondió una voz ronca; y Clifford, pasando adelante, llegó a un pequeño salón contiguo al bar. Allí, sentado junto a una mesa redonda de roble, encontró al tabernero, un personaje de rostro rojo, feroz, curtido por el clima, pero hinchado, como Dick Hatteraick con hidropesía.
—¡Cómo va eso, Capitán! —gritó con acento gutural, e intercalando su discurso con ciertas gracias holandesas que, con el permiso del lector, omitiremos al ser incapaces de deletrearlas—; ¡cómo va eso!... ¡aún no te has ido!
—No. Salgo para la costa mañana; hoy me retienen asuntos. Vine a preguntar si se puede confiar plenamente en Mellon.
—Sí, honesto hasta la médula.
—¿Y estás seguro de que, a pesar de mis recientes retrasos, no habrá abandonado el pueblo?
—¿Seguro? ¿Qué otra cosa puedo estar? ¡Conozco a Jack Mellon desde hace veinte años! Yacería como un tronco en calma durante diez meses seguidos, sin mover un ápice, si estuviera bajo órdenes.
—¿Y su embarcación es veloz y está bien tripulada, en caso de persecución de un oficial?
—¿La «Black Molly» veloz? Pregúntale a tu abuela. La «Black Molly» dejaría atrás a un tiburón.
—Entonces adiós, Janseen; ahí tienes algo para mantener tu pipa encendida. No creo que volvamos a vernos dentro de los tres mares. ¡Inglaterra es tanto demasiado caliente para mí como Holanda para ti!
—¡Eres un tipo excelente! —gritó el tabernero, estrechando la mano de Clifford—; y cuando los muchachos se enteren de su pérdida, sabrán que han perdido al más valiente y verdadero compadre que jamás se dedicó al camino; ¡así que adiós, y que te den!
Con esta bendición de despedida, el tabernero soltó a Clifford; y el ladrón se apresuró a su cita en los «Tres Penachos».
Encontró todo preparado. Se puso apresuradamente su disfraz; y su seguidor sacó su caballo, un noble animal de gran raza irlandesa, de una fuerza y osamenta notables, y, salvo que era algo afilado en los cuartos traseros (un defecto que quienes buscan velocidad además de gracia perdonarán fácilmente), de una belleza inigualable en su simetría y proporciones.
Bien conocía el corcel a su amo, y orgullosamente le rendía pleitesía; resoplando impaciente y encabritándose ante la mano del ladrón asistente, el sagaz animal se liberó de la rienda y, mientras sacudía su larga crin en la brisa del aire fresco, trotó hasta el lugar donde estaba Clifford.
—¡So, Robin! ¡so! ¿Qué, te irritas porque he dejado a tu compañero atrás en la Cueva Roja? Puede que nunca volvamos a verle. ¡Pero mientras tenga vida, no te dejaré a ti, Robin! —Con estas palabras, el ladrón acarició cariñosamente el brillante cuello de su corcel favorito; y mientras el animal devolvía la caricia frotando su cabeza contra las manos y el pecho atlético de su amo, Clifford sintió en su corazón algo de aquel viejo y excitante estremecimiento de la sangre que había sido una vez para él el principal encanto de su profesión criminal, y que en el reciente cambio de sus sentimientos casi había olvidado.
—Bueno, Robin, bueno —reanudó, mientras besaba la cara de su corcel—, tendremos algunos días como los de antes todavía; dirás: «¡Ja, ja!» a la trompeta, y llevarás a tu amo a empresas más gloriosas que aquellas por las que te ha agradecido haber compartido. Ahora serás mi único confidente, mi único amigo, Robin; los dos seremos extranjeros en una tierra extraña. Pero tú te harás bienvenido más fácilmente que tu señor, Robin; y olvidarás los viejos tiempos, tus viejos camaradas y tus viejos amores, cuando... ¡Ja! —y Clifford se volvió bruscamente hacia su asistente, que le dirigía la palabra—: Es tarde, dices. ¡Verdadero! Mira, no será sensato que ambos abandonemos Londres juntos. Conoces el sexto poste kilométrico; ¡reúnete conmigo allí y podremos continuar en compañía!
No poco dispuesto a quedarse por una copa de despedida, el camarada accedió a la prudencia del plan propuesto; y tras una o dos palabras adicionales de precaución y consejo, Clifford montó y salió del patio de la posada. Mientras pasaba por las altas puertas de madera hacia la calle, con el imperfecto brillo del sol invernal cayendo sobre él y su corcel, apenas era posible, incluso a pesar de su disfraz y su tosco atuendo, concebir un espécimen más gallardo e impresionante de la tribu ilegal y audaz a la que pertenecía; la altura, la fuerza, la belleza y el exquisito cuidado visibles en el corcel; el ojo brillante, el perfil audaz, el pecho musculoso, las extremidades gráciles y la descuidada y practicada equitación del jinete.
Mirando tras su jefe con una larga y admiradora mirada, el ladrón dijo al mozo de cuadra de la posada, un hombre anciano y marchito que había visto a nueve generaciones de bandoleros surgir y desaparecer:
—Ahí, Joe, ¿cuándo viste alguna vez a un héroe como ese? ¡El corazón más valiente, la mano más franca, el mejor juez de un caballo y el hombre más apuesto que jamás haya honrado a Hounslow!
«A pesar de todo —respondió el mozo de cuadra, sacudiendo su cabeza paralítica y volviéndose hacia la taberna—, a pesar de todo, señor, su tiempo está cumplido. Fíjese en mis palabras, el capitán Lovett no pasará de este año... ¡no, y tal vez ni siquiera del mes!».
«¿Por qué, viejo bribón, qué te hace tan sabio? ¡Supongo que no irás a irte de la lengua!».
«¡Yo irme de la lengua! ¡Ni hablar! Pero nunca hubo un caballero del camino, grande o pequeño, listo o estúpido, que sobreviviera a su séptimo año. Y este será el séptimo año del capitán, que se cumple el 21 del mes próximo; pero es un buen muchacho, ¡y asistiré a su ahorcamiento!».
«¡Puf! —dijo el ladrón, con irritación—, él mismo estaba llegando al final de su sexto año—, ¡puf!».
«Tenga en cuenta que se lo digo yo, señor; y de algún modo pienso —y tengo experiencia en estas cosas— por el fey de su ojo y la caída de su labio, ¡que el tiempo del capitán se cumplirá hoy!».
Aquí el ladrón perdió toda la paciencia y, empujando al canoso presagio de mal agüero contra la pared, dio media vuelta y buscó a algún compañero más agradable con quien compartir su trago de despedida.
Fue en la mañana del día siguiente a aquel en que ocurrieron las conversaciones anteriores, que el sagaz Augustus Tomlinson y el valeroso Edward Pepper, esposados y encadenados, iban dando tumbos por el camino en una calesa, con el señor Nabbem apretujado al lado del primero, y otros dos caballeros de la confianza del señor Nabbem montados en el pescante del carruaje, interfiriendo tristemente, como observó gruñendo Long Ned, con «la belleza del paisaje».
«¡Ah, bueno! —dijo Nabbem, empujando inevitablemente su codo contra el costado de Tomlinson, mientras sacaba su tabaquera y se servía una buena ración del embriagador polvo—; será mejor que se prepare, señor Pepper, para un cambio de perspectivas. Creo que hay poco que pueda agradarle en el talego [prisión]».
«¡Nada hace a los hombres tan ingeniosos como la desgracia de los demás! —dijo Augustus, moralizando, y girándose, tan bien como pudo, para liberar su cuerpo del puntiagudo codo del señor Nabbem—. Cuando un hombre está abajo en el mundo, todos los espectadores, que antes eran unos tipos muy aburridos, ¡de repente se vuelven agudos!».
«Usted me está tirando pullas —dijo el señor Nabbem—. Bueno, no importa un comino; porque en cuanto cumplimos con nuestro deber, ¡ustedes se vuelven unos desagradecidos de primera!».
«¡Desagradecidos! —dijo Pepper—; ¿qué demonios tenemos que agradecer? Supongo que piensa que deberíamos decirle que es el mejor amigo que tenemos, porque nos ha metido a presión, cuello y cabeza, en este horrible agujero, como pavos cebados para Navidad. ¡Por la muerte! A uno se le aplasta el pelo como una tortita; y en cuanto a las piernas, más le valdría cortárnoslas de una vez que meterlas en un lugar de un pie cuadrado..., ¡por no mencionar estos grilletes de mala muerte!».
«Los únicos hierros perdonables a tus ojos, Ned —dijo Tomlinson—, son los rizadores, ¿eh?».
«¡Ahora, si esto no es pasarse! —gritó Nabbem, contrariado—; ustedes ponen reparos a ir en un carro como el resto de su profesión; y cuando me tomo la molestia de complacerles con una calesa, ¡encima me insultan!».
«¡Paz, buen Nabbem! —dijo Augustus, con la dignidad de un sabio—; debe permitir un poco de mal humor en hombres tan desgraciadamente situados como nosotros».
Una respuesta suave aplaca la ira. La respuesta de Tomlinson suavizó a Nabbem; y, a modo de conciliación, le acercó su tabaquera a la nariz de su desafortunado prisionero. Cerrando los ojos, Tomlinson aspiró larga y profundamente el lujo, y tan pronto como el oficial hubo limpiado de la nariz, con su propio pañuelo de lunares amarillos, algunos granos persistentes, Tomlinson habló así:
«Nos ve ahora, señor Nabbem, en un estado de oposición derrotada; pero nuestros ánimos no están derrotados también. En nuestros tiempos hemos tenido algo que ver con la administración; ¡y nuestro consuelo en el presente es el consuelo de los ministros caídos!».
«¡Oho! ¿Estaban en la línea metodista antes de echarse al camino? —dijo Nabbem».
«¡No es así! —respondió Augustus, gravemente—. Éramos los metodistas de la política, no de la iglesia; es decir, vivíamos de nuestro rebaño sin autoridad legal para hacerlo, y aquello que la ley nos negaba, nuestro ingenio nos lo daba. Pero dígame, señor Nabbem, ¿es usted adicto a la política?».
«Bueno, dicen que lo soy —dijo el señor Nabbem, con una sonrisa—; y por mi parte, ¡pienso que todos los que sirven al rey deberían apoyarlo y cuidar de sus pequeñas familias!».
«¡Usted dice lo que otros piensan! —respondió Tomlinson, sonriendo también—. Y ahora, ya que le gusta la política, le señalaré lo que me atrevo a decir que no ha observado antes».
«¿Qué es eso? —dijo Nabbem».
«Una maravillosa semejanza entre la vida de los caballeros que adornan el senado de su Majestad y la vida de los caballeros a quienes usted conduce a la cárcel de su Majestad».
EL PARALELO LIBELOSO DE AUGUSTUS TOMLINSON.
«Iniciamos nuestra carrera, señor Nabbem, como sus ministros en embrión entran en el parlamento: mediante el soborno y la corrupción. Existe esta diferencia, de hecho, entre los dos casos: a nosotros nos atraen para entrar mediante el soborno y las corrupciones de otros; ellos entran espontáneamente por fuerza de los suyos propios. Al principio, engañados por visiones románticas, nos gusta la gloria de nuestra carrera más que el beneficio, y en nuestra generosidad juvenil ¡profesamos atacar a los ricos únicamente por consideración hacia los pobres! Poco a poco, a medida que nos endurecemos, nos reímos de estos sueños infantiles: el campesino o el príncipe salen igual de mal parados ante nuestras manos imparciales; nos apoderamos del cubo, pero no despreciamos la dedada; usamos la palabra "gloria" solo como trampa para prosélitos y aprendices; nuestros dedos, como la puerta de una oficina, están abiertos para todo lo que pueda entrar en ellos; consideramos a los ricos como nuestro salario, a los pobres como nuestras gratificaciones. ¿Qué es esto, sino una estampa de su miembro del parlamento madurando hasta ser ministro, de su patriota ablandándose hasta convertirse en su empleado público? Y, ¡fíjese en mí, señor Nabbem! ¿No es el lenguaje mismo de ambos tan similar como los hechos? ¿Cuál es la frase que a cualquiera de nosotros le encanta emplear? "Liberar". ¿A quién? "Al público". ¿Y no lo liberan ambos invariablemente de lo mismo, a saber, de su bolsa? ¿Queremos una excusa para compartir el oro de nuestros vecinos, o abusar de ellos si se resisten? ¿No es nuestra súplica mutua, nuestra más tajante, la "necesidad"? Es cierto, su patriota lo llama "necesidad del país"; pero ¿acaso pretende él, ni un ápice más que nosotros, alguna necesidad que no sea la suya? Cuando nos vemos reducidos, y nuestros abrigos están raídos, ¿no sacudimos ambos la cabeza y hablamos de "reforma"? Y cuando, ¡oh!, cuando estamos arriba en el mundo, ¿no mandamos ambos la "reforma" al diablo? ¡Cuántas veces su hombre del parlamento "deja vacante su escaño", solo con el fin de ocuparlo de nuevo con una bolsa más pesada! ¡Cuántas veces, querido Ned, han sido nuestros escaños vacados con el mismo fin! A veces, de hecho, él realmente termina su carrera aceptando los Hundreds; ¡es "aceptando los hundreds" como la nuestra puede terminar también! [Ned lanzó un largo suspiro]. Obsérvenos ahora, señor Nabbem, en el cenit de nuestra prosperidad: hemos llenado nuestros bolsillos, nos hemos hecho grandes en boca de nuestro partido. Nuestros compinches nos admiran, y nuestras chicas nos adoran. ¿Qué hacemos en este verano de corta duración? ¿Ahorrar y ser frugales? ¡Ah, no! Debemos dar nuestros banquetes y despreciar el licor. Lucimos caballos en el hipódromo y nos damos importancia ante la multitud a la que hemos engañado. ¿No es este su ministro llegado al cargo? ¿No le recuerda esto a su carruaje, su palacio, su vajilla? En ambos casos, ganados fácilmente, desperdiciados pródigamente; y el público, cuyo dinero hemos manoseado, ¡puede al menos tener el placer de boquiabrirse ante la figura que hacemos con él! Esta, pues, es nuestra cosecha de felicidad; nuestros enemigos, nuestros amigos, están listos para devorarnos de envidia; sin embargo, ¿qué es tan poco envidiable como nuestra posición? ¿No tenemos ambos nuestras tribulaciones comunes y nuestras inquietudes mutuas? ¿No sobornamos ambos [Nabbem sacudió la cabeza y se abotonó el chaleco] a nuestros enemigos, engatusamos a nuestros partidarios, intimidamos a nuestros dependientes y nos peleamos con nuestros únicos amigos, a saber, nosotros mismos? ¿No es la pregunta secreta de cada uno: "Es todo condenadamente espléndido, pero ¿cuánto durará?". Ahora, señor Nabbem, obsérveme: invierta el retrato: hemos caído, nuestra carrera ha terminado; el camino está cerrado para nosotros, y nuevos saqueadores están robando los carruajes que nosotros robamos una vez. ¿No es este el destino de... No, no! ¡Me engaño a mí mismo! Sus ministros, sus hombres de negocios, en su mayor parte ordeñan a la vaca popular mientras queda una gota en la ubre. Su canciller declina con una pensión; su ministro se atenúa con una subvención; los pies de sus grandes bribones pueden haber desaparecido de los escaños del tesoro, pero tienen los dedos metidos en el tesoro. Sus servicios pasados son recordados por su Majestad; los nuestros solo son anotados por el Juez. Ellos se salvan, porque se cuelgan los unos de los otros; nosotros nos vamos al diablo, porque nos colgamos por nuestra cuenta. Tenemos nuestro pequeño día del público, y todo ha terminado; pero nunca se acaba con ellos. Ambos cazamos al mismo zorro; pero nosotros somos sus jinetes limpios, ellos son sus listos; nosotros damos el salto y nos rompemos el cuello; ellos se escurren por las puertas y ¡siguen hasta el final!».
Al terminar, la cabeza de Tomlinson cayó sobre su pecho, y era fácil ver que dolorosas comparaciones, mezcladas quizás con secretos murmullos ante la injusticia de la fortuna, le estaban corroyendo el pecho. Long Ned se sentó en un silencio sombrío; e incluso el duro corazón del severo señor Nabbem se vio ablandado por el conmovedor paralelo que acababa de escuchar. Habían avanzado sin hablar durante dos o tres millas, cuando Long Ned, fijando sus ojos en Tomlinson, exclamó:
«¿Sabes, Tomlinson, que me parece una vergüenza vergonzosa que Lovett nos dejara llevar como a carneros, sin intentar rescatarnos por el camino! Es toda culpa suya que estemos aquí; porque era a él a quien Nabbem quería, no a nosotros».
«Muy cierto —dijo el astuto policía—; y si yo fuera usted, señor Pepper, ¡que me ahorquen si no me comportaría como un hombre de espíritu, y mostraría tan poca preocupación por él como él muestra por usted! Vamos, señor, no quiero tentarle; pero esto sí lo sé: los jueces están muy ansiosos por atrapar a Lovett; y quien lo entregue, y diga una palabra o dos sobre su carácter, de modo que haga la condena segura, ¡puede estar seguro de un perdón total por todas sus pequeñas andanzas y demás!».
«¡Ah! —dijo Long Ned, con un suspiro—, eso está muy bien, señor Nabbem, pero iré al cadalso como un caballero, y no delataré a mis camaradas; y ahora que lo pienso, Lovett difícilmente podría habernos ayudado. Un hombre solo, incluso Lovett, por muy listo que sea, no habría podido sacarnos de las garras de usted y sus mirmidones, señor Nabbem! Y una vez que estuvimos en-----, se ocuparon muy bien de nosotros. Pero dígame ahora, mi querido Nabbem —y la voz de Long Ned se volvió algo suave—, ¿cree usted que el ganadero se mantendrá firme?».
«No hay duda de ello —dijo el imperturbable Nabbem». El rostro de Long Ned decayó. «¿Y qué si lo hace? —dijo él—; ¡solo pueden deportarnos!».
«¡No se engañe, señor Pepper! —dijo Nabbem—: usted es demasiado experto para el estanque de los arenques. ¡Están decididos a hacer manzanas de horca de todos los irrepetibles como usted!».
Ned lanzó una mirada hosca al oficial.
«¡Qué buen consolador está hecho usted! —dijo—. ¡He estado en una calesa con un tipo más agradable, lo juro! Puede llamarme manzana si quiere, pero, supongo, no soy una manzana que le gustaría ver pelada».
Con este pugilístico y amenazador juego de palabras, el larguirucho héroe recayó en un silencio meditativo.
Nuestros viajeros entraban ahora en un camino bordeado a un lado por una tierra comunal de cierta extensión, y al otro por un seto espeso, que a través de sus huecos dejaba entrever ocasionalmente tierras boscosas y en barbecho, salpicadas de caminos transversales y riachuelos diminutos.
«¡Ahí va un tipo alegre! —dijo Nabbem, señalando a un hombre de aspecto atlético, que cabalgaba delante del carruaje, vestido con atuendo de granjero y montado en un caballo grande y poderoso de raza irlandesa—. Me atrevo a decir que está bien familiarizado con su ganadero, señor Tomlinson; tiene un aire mortal a uno de la misma calaña; y aquí viene otro tipo» (mientras al extraño se le unía un hombre bajo, robusto y rubicundo con una blusa de carretero, montado en un caballo menos llamativo que el de su compañero, pero de la raza larga, delgada, flaca, pero musculosa, por la que un jinete experto apostaría). «¡Eso es lo que yo llamo un muchacho apuesto! —continuó Nabbem, señalando al último jinete—; nada de esos tipos de cara delgada, oscuros y fornidos como ese capitán Lovett, del que las chicas se vuelven locas, sino un cuerpo pequeño, bonito y compacto, ¡con una cara como una zanahoria! ¡Eso es una belleza para mi dinero! ¡La honestidad está estampada en su cara, señor Tomlinson! Me atrevo a decir» (y el oficial sonrió, pues él había sido un muchacho de los bajos fondos en sus días), «me atrevo a decir, pobre bobo inocente, que no conoce ninguna de las costumbres de la ciudad de Lunnun; y si no tiene una vida tan alegre como alguna gente, tal vez pueda tener una más larga. ¡Pero una alegre para siempre para muchachos como nosotros, señor Pepper! Diga, ¿ha oído cómo Bill Fang fue a Scratchland [Escocia] y fue estirado por cambiar pagarés falsos [es decir, ahorcado por emitir billetes falsificados]? Murió muy valiente; porque cuando su padre, que era un párroco de cabeza gris, fue a verlo después de la sentencia, le dijo al gobernador: "Dame una propina, viejo, para pagar los gastos y morir decentemente". El párroco le dio diez monedas de oro, predicando todo el tiempo como un loco. Bob dejó caer una de las guineas entre sus dedos y dijo: "¡Hola, papá, solo me has dado nueve de los chicos amarillos! ¡Hace un momento dijiste que eran diez!". Ante esto, el párroco, que era tan pobre como si hubiera sido un ratón de la iglesia en lugar del vicario, sacó otra; y Bob, volviéndose hacia el carcelero, gritó: "¡Engañé al gobernador por una guinea, por Dios! [Hecho]—¡Eso es lo que yo llamo mantenerlo hasta el final!».
El señor Nabbem apenas había terminado esta anécdota cuando el extraño con aspecto de granjero, que se había mantenido al lado de la calesa, se acercó repentinamente a la ventanilla y, tocándose el sombrero, dijo con acento de Norfolk:
«¿Los caballeros que encontramos en el camino pertenecían a su grupo? Estaban preguntando por una calesa y un par».
«¡No! —dijo Nabbem—, ¡no hay caballeros que pertenezcan a nuestro grupo!». Dicho esto, le lanzó un guiño cómplice al granjero y miró por encima del hombro a los prisioneros.
«¡Qué! ¿Van ustedes solos?» dijo el granjero.
«Sí, por supuesto —respondió Nabbem—; no creo que haya mucho peligro a plena luz del día, con el sol fuera tan grande como una moneda de seis peniques, ¡que es lo más grande que le he visto nunca en este país!».
En ese momento, el extraño más bajo, cuya apariencia había atraído el elogio del señor Nabbem (ese personaje era él mismo muy bajo y rubicundo), y que hasta entonces había estado cabalgando cerca de los caballos de tiro y hablando con los oficiales en el pescante, se arrojó repentinamente de su corcel y, en el mismo instante en que detuvo a los caballos de la calesa, derribó al postillón con un garrote corto y pesado que sacó de su blusa. Se oyó un silbato que fue respondido, como por una señal: tres tipos, armados con garrotes, saltaron desde el seto; y mientras tanto, el falso granjero, desmontando, abrió de golpe la puerta de la calesa y, agarrando al señor Nabbem por el cuello, lo lanzó al suelo con una celeridad que cuadraba más con la rotundidad circular de la figura del policía que con la gravedad deliberada de su digno cargo.
Rápida e instantánea como había sido esta labor, no estuvo exenta de dificultades. Aunque los policías no habían soñado con un rescate a plena luz del día y en el camino real, su profesión no era la que les permitiera ser sorprendidos fácilmente. Los dos guardias del pescante saltaron ágilmente al suelo; pero antes de que tuvieran tiempo de usar sus armas de fuego, dos de los nuevos agresores, que habían aparecido desde el seto, se abalanzaron sobre ellos y los derribaron. Mientras ocurría este forcejeo, el granjero había desarmado al Nabbem postrado y, entregándolo al confederado restante, sacó a Tomlinson y a su camarada de la calesa.
«¡Chist! —dijo en un susurro—, cuidado con mi nombre; mi disfraz me oculta por ahora. Apóyense en mí, solo a través del seto; un carro espera allí, ¡y estarán a salvo!».
Con estas palabras entrecortadas ayudó a los ladrones tan bien como pudo, a pesar de sus grilletes, a pasar por la misma parte del seto de la que habían surgido los tres aliados. Ya habían atravesado la barrera —solo las largas piernas de Ned Pepper quedaron atrás—, cuando al final del camino, que era perfectamente recto, se hizo visible el carruaje de un caballero. Una mano fuerte desde el interior del seto, agarrando a Pepper, lo arrastró a través; y Clifford —pues al lector no hace falta decirle quién era el granjero—, percibiendo el refuerzo que se acercaba, gritó de inmediato la huida. El ladrón que había vigilado a Nabbem, y que de hecho no era otro que Old Bags, por muy lento que fuera habitualmente, no perdió un instante en ponerse a salvo; antes de que pudieras decir «Laudamus», estaba al otro lado del seto. Los dos hombres que se enfrentaban a los oficiales de policía no fueron capaces de igual celeridad; pero Clifford, lanzándose a la contienda y enfrentándose a los policías, dio a los ladrones la oportunidad de escapar. Se escabulleron a través de la valla; los oficiales, tipos duros y decididos, se aferraron fuertemente a ellos, hasta que uno fue derribado por Clifford, y el otro, enganchándose en un tocón, se vio obligado a soltar su presa; luego saltó de vuelta al camino y se preparó para Clifford, quien ahora, sin embargo, se ocupaba más en medidas de fuga que de guerra. Mientras tanto, en el momento en que los otros rescatadores hubieron pasado el Rubicón del seto, comenzó su huida, y la de los caballeros que habían pasado antes que ellos. En este lado místico del seto había un camino transversal, que se adentraba inmediatamente por una parte intrincada y boscosa del campo, lo que permitía rápidas y amplias oportunidades de dispersión. Aquí, un carro ligero, tirado por dos caballos rápidos en modo tándem, esperaba a los fugitivos. Long Ned y Augustus fueron acomodados en el fondo de este vehículo; tres tipos limaron sus hierros, y un cuarto, que hasta entonces había permanecido sin gloria con el carro, dio el latigazo —y lo dio con ganas— a los corceles. El carruaje salió traqueteando; y así se logró una huida todavía memorable en los anales de los elegidos, y citada durante mucho tiempo como una de las hazañas más audaces y atrevidas que jamás haya llevado a cabo la empresa ilícita.
Clifford y su camarada ecuestre fueron los únicos que permanecieron en el campo, o mejor dicho, en el camino. El primero saltó de inmediato sobre su caballo; el segundo no tardó en seguir su ejemplo. Pero el policía, de quien se ha dicho que, frustrado al no poder retener a los fugitivos del seto, había saltado de vuelta al camino, no permaneció ocioso mientras tanto. Cuando vio a Clifford a punto de montar, en lugar de intentar capturar al enemigo, recurrió a su pistola, que en la reciente lucha cuerpo a cuerpo no había podido utilizar, y apuntando con seguridad a Clifford, a quien juzgó al instante como el cabecilla de la huida, le alojó una bala en el costado derecho al mismo momento en que el ladrón espoleaba a su caballo y se disponía a huir. La cabeza de Clifford se desplomó sobre el arzón de la silla. El caballo se lanzó con fiereza hacia adelante. El ladrón intentó, a pesar de sus sentidos tambaleantes, mantener el asiento; una vez alzó la cabeza, una vez tensó sus miembros laxos e inanimados, y luego, con un leve gemido, cayó a tierra. El caballo dio un solo salto más y, fiel al adiestramiento que había recibido, se detuvo en seco. Clifford se levantó con gran dificultad sobre un brazo; con la otra mano sacó una pistola. Apuntó deliberadamente hacia el oficial que lo había herido. El hombre permaneció inmóvil, encogido y fascinado bajo la mirada dilatada del ladrón. Fue solo por un instante que el hombre tuvo motivos para el temor; pues, murmurando entre dientes apretados: «¿Para qué desperdiciarla en un enemigo?», Clifford volvió el cañón hacia la cabeza del corcel inconsciente, que parecía inclinarlo hacia él con tristeza y melancolía. «Tú», dijo, «a quien he alimentado y amado, ¡jamás conocerás penurias por mano ajena!», y con una cruel piedad se arrastró un paso más cerca de su amado corcel, pronunció una palabra bien conocida que atrajo a la dócil criatura a su lado, y colocando el cañón de la pistola cerca de su oreja, disparó y cayó hacia atrás, sin sentido por el esfuerzo. El animal se tambaleó y cayó muerto.
Mientras tanto, el camarada de Clifford, aprovechando la sorpresa y el pánico repentino del oficial, ya estaba fuera de alcance y, lanzándose a través del campo comunal, él y su desgarbado corcel desaparecieron rápidamente.
CAPÍTULO XXXII
¿No pierdo yo Con él lo que la fortuna en la vida pudo otorgar? ¿No pierdo yo la esperanza, cordial de la vida? .............. De hecho, las lecciones que de la prudencia tomó estaban escritas en su mente como en un libro; allí leía qué hacer y qué evitar, y todo lo ordenado se cumplía con prontitud. Parecía proceder sin pasión, .............. ¡Aun así, algunos creían que esas pasiones solo dormían! CRABBE.
¡Reliquias del amor y de la primavera encantada de la vida! A. WATTS: Al quemar un paquete de cartas.
¡Muchas, tristes y profundas fueron las reflexiones plegadas en tu pecho silencioso! ¡Tú, también, podías velar y llorar! MRS. HEMANS.
Mientras Sir William Brandon perseguía sus ambiciosos planes y, a pesar de la firme y resuelta negativa de Lucy hacia Lord Mauleverer, seguía decidido a llevar a cabo ese matrimonio mal avenido; mientras Mauleverer mismo asistía día tras día a la casa del juez y, aunque no hablaba de amor, lo expresaba con todas sus fuerzas, se hizo evidente para todos, salvo para el amante y el tutor, que la apariencia y la salud de Lucy estaban declinando rápidamente. Desde el día en que vio a Clifford por última vez, su ánimo, ya muy quebrantado, se había negado a recuperar ni siquiera un parecido con su tono naturalmente alegre y feliz. Se volvió silenciosa y abstraída; incluso su dulzura de carácter se alteraba a veces en un humor melancólico y irritable. No recurría ni a los libros, ni a la música, ni a ningún arte con el que se engaña al tiempo, para buscar un alivio momentáneo a los amargos sentimientos de su corazón, o para lograr un olvido pasajero de su aguijón. El mundo entero de su mente se había estremecido. Su orgullo estaba herido, su amor lacerado; su fe en Clifford cedió finalmente a una sospecha sombría y oscura. Nada, sentía ahora, salvo un nombre y una fortuna completamente abandonados, podría haberlo justificado en la obstinación de corazón con la que había huido y la había abandonado. Su propia absolución ya no la consolaba en la aflicción. Se condenaba a sí misma por su debilidad, desde el nacimiento de su infortunado afecto hasta la crisis que ahora había adquirido. «¿Por qué no luché contra ello al principio?», decía amargamente. «¿Por qué permití que me fuera tan fácil amar a alguien desconocido para mí, de posición equívoca, a pesar de las advertencias de mi tío y los susurros del mundo?». Ay, Lucy no recordaba que en el momento en que fue culpable de esta debilidad, no había aprendido a razonar como lo hacía desde entonces. Sus facultades estaban solo imperfectamente despertadas; su experiencia del mundo era absoluta ignorancia. Apenas sabía que amaba, y no sabía en absoluto que el sentimiento delicioso y exaltado que llenaba su ser pudiera llegar a ser tan productor de mal y peligro como lo había sido ahora; e incluso si su razón hubiera estado más desarrollada y sus resoluciones fueran más fuertes, ¿acaso el ejercicio de la razón y la resolución sirve siempre contra la pasión dominante? El amor, es cierto, no es invencible; ¡pero qué pocos han deseado jamás, en mente y alma, la conquista! La decepción hace un voto, pero el corazón no lo registra. O en la noble imagen de quien ha retratado con tanta ternura y verdad los sentimientos de su propio sexo:
«¡Hacemos una escalera con nuestros pensamientos por donde los ángeles pisan, pero dormimos nosotros al pie!» [The History of the Lyre, por L. E. L.]
Antes de que Clifford la viera por última vez, hemos observado que Lucy se había aferrado (y era un consuelo) a la creencia de que, a pesar de las apariencias y de su propia confesión, su vida pasada no había sido tal que lo colocara fuera del alcance de sus justos afectos; y hubo momentos frecuentes en los que, recordando que la muerte de su padre había eliminado al único ser que podía afirmar un derecho indiscutible a dictar sus acciones, pensó que Clifford, al saber que su mano estaba totalmente a su propia disposición, podría aparecer de nuevo e instar una demanda que sentía que pocas circunstancias podrían inducirla a rechazar. Todo este tren de razonamiento y esperanza, medio reconocido pero ferviente, se desvaneció desde el momento en que él abandonó la casa de su tío. Sus palabras no admitían mala interpretación. Él no había cedido ni siquiera ante su propia condescendencia, y su mejilla ardía al recordarlo. Sin embargo, él la amaba. ¡Ella lo veía, lo sabía en cada palabra y mirada suya! Amargo, pues, y oscuro debe ser aquel remordimiento que pudo haber vencido todo argumento salvo aquel que le instaba a dejarla, cuando podría haberla reclamado para siempre. Es cierto que cuando su carta la despidió formalmente, se recurrió al mismo lenguaje de autoacusación, a las mismas oscuras insinuaciones y alusiones a la infamia o la culpa; sin embargo, nunca hasta ahora los había interpretado rígidamente, y nunca hasta ahora había soñado hasta dónde podría extenderse su significado. Aún así, ¿qué crímenes podría haber cometido? Los verdaderos nunca se le ocurrieron a Lucy. Se estremeció al preguntárselo a sí misma y acalló sus dudas en un silencio sombrío y torpe. Pero a través de todas sus acusaciones contra sí misma, y a través de todas sus sospechas despertadas contra Clifford, no pudo dejar de reconocer que algo noble y no indigno de ella se mezclaba en su conducta y causaba su resistencia hacia ella y hacia sí mismo; y esta creencia, tal vez, la irritaba incluso mientras la conmovía, y mantenía sus sentimientos en una lucha y conflicto perpetuos que su delicada constitución y su mente suave apenas podían soportar. Cuando los nervios se rompen una vez, ¡cómo se quiebra el carácter con ellos! ¡Cuántos ascetas, marchitos y amargados, encontramos en el mundo, quienes, de no ser por un choque al corazón y a la forma, podrían haber errado por el lado de la mansedumbre! Ya sea que provenga de la aflicción o de la enfermedad, el golpe que estropea una sola fibra causa extraños estragos en la mente. Somos esclavos de nuestros músculos y marionetas del resorte de la sangre caprichosa; y el gran alma, con todas sus capacidades, sus solemnes atributos y sus retumbantes pretensiones, es, mientras está en la tierra, solo una broma para este saltimbanqui —el cuerpo—, desde el sueño que juguetea con él por una hora hasta la demencia que lo hace añicos en un balbuceante, riendo mientras juega con sus propios fragmentos, ¡y tambaleándose, sumido en la oscuridad y cegado, hacia la tumba!
Hemos dicho antes que Lucy sentía afecto tanto por su tío como por su sociedad; y todavía, siempre que el tema de Lord Mauleverer y su pretendida unión quedaba intacto, había algo en la conversación de Sir William Brandon que despertaba un interés en su mente, absorta y consumida como se había vuelto. El dolor, en efecto, y el compañero del dolor, la reflexión, la hacían cada vez más capaz de comprender un carácter muy sutil e intrincado. No existe secreto para descubrir el corazón humano como la aflicción, especialmente la aflicción que surge de la pasión. Si un escritor le sorprende con su perspicacia sobre su naturaleza, tenga la seguridad de que ha llorado; tal saber es la alquimia de las lágrimas. De ahí la confusión insensible y casi universal de ideas que confunde la melancolía con la profundidad, y no encuentra más que una inanidad hueca en el símbolo de una risa. ¡Pitable error! La reflexión nos conduce primero a la tristeza, pero su siguiente etapa es la brillantez. El Filósofo que Ríe había llegado a la meta de la Sabiduría; Heráclito gimoteaba en la línea de salida. Pero le bastaba a Lucy alcanzar siquiera el vestíbulo de la filosofía.
A pesar de la molestia que experimentamos naturalmente hacia todos los que suscitan pertinazmente un tema desagradable, y a pesar por tanto del apoyo de Brandon al cortejo de Mauleverer, Lucy se sintió inclinada extrañamente, y con algo del afecto de una hija, hacia este ser enigmático; a pesar, también, de todo el vicio frío y mesurado de su carácter —la dureza y la grisura invernal del corazón con la que consideraba el bienestar de los demás, o las sustancias de la Verdad, el Honor y la Virtud—, la insensibilidad de sus afectos fosilizados, que ningún ser humano suavizaba sino por un instante, y ningún impulso cálido y saludable golpeaba, salvo en un destello efímero e inútil; a pesar de esta consumada dureza y mundanidad de temperamento, no es paradójico decir que había algo en el hombre que Lucy encontraba a veces análogo a su propio ser vivo y generoso. Esto era, sin embargo, solo perceptible cuando ella lo llevaba a hablar sobre días anteriores, y cuando poco a poco el abogado sarcástico olvidaba el presente y se volvía elocuente, no sobre las acciones, sino sobre los sentimientos del pasado. Él le hablaba durante horas de sus sueños juveniles, sus ocupaciones o sus proyectos cuando era un muchacho. Sobre todo, le encantaba conversar con ella sobre Warlock, sus restos de antigua magnificencia, las riberas verdes del plácido río que enriquecía sus dominios y el esplendor estival del bosque y el páramo, entre los cuales sus visiones de mediodía habían sido nutridas.
Cuando hablaba de estas escenas y días, su semblante se suavizaba y algo en su expresión, recordando a Lucy la imagen de alguien aún más querido, le hacía anhelarlo más. Un hielo parecía romperse en su mente, y arroyos de sentimientos liberados y gentiles, mezclados con sentimientos amables y generosos, fluían. De repente, un pensamiento, una palabra, lo traía de vuelta al presente; sus rasgos se marchitaban bruscamente en su fría placidez o mueca latente; el sello se cerraba de repente sobre el hechizo roto y, como la víctima de un cuento de hadas, condenada a una hora determinada a asumir otra forma, el ser mismo al que habías escuchado parecía desvanecido y reemplazado por otro al que te sorprendía contemplar. Pero había una época de su vida sobre la que siempre guardaba silencio, y era su primer embate en el mundo real; el período de su temprana lucha por la riqueza y la fama. Todo ese lapso de tiempo parecía un golfo oscuro sobre el que había pasado, cambiándose de golpe, como un viajero que llega a un clima extraño y puede adoptar, en el momento en que toca su orilla, su vestimenta y su lenguaje.
Todos los hombres —los más modestos— tienen una falla común; pero es una que a menudo asume el dominó y la máscara: ¡el orgullo! Brandon era, sin embargo, orgulloso hasta un grado muy raro en hombres que han surgido y florecido en el mundo. De los restos de todos los demás sentimientos, este sobreviviente imperial hizo un gran palacio para su residencia y llamó a la estructura «Desdén». El desprecio era la esencia real de la naturaleza de Brandon; incluso en los disfraces más suaves, la suavidad de su voz, la insinuación de su sonrisa, las gracias populares y flexibles de sus modales, una burla aceitosa flotaba, raramente discernible, es cierto, pero proporcionando su fuerza y cantidad a la calma que producía.
Mientras tanto, mientras su carácter se exhibía y se contradecía así en la vida privada, su fama crecía rápidamente en la estimación pública. A diferencia de muchos de sus hermanos, el brillante abogado había superado las expectativas y brillaba aún más conspicuamente en los deberes menos ayudados adventiciamente del juez. La envidia misma —y la virulencia política de Brandon había, a pesar de su afabilidad personal, granjeado muchos enemigos— se vio obligada a reconocer la profundidad de sus conocimientos legales y a admirar la forma en que se desempeñaban las funciones peculiares de su novedosa dignidad. Ningún abogado juvenil lo intimidaba, ningún casuista trillado lo desconcertaba; incluso su atención nunca se desviaba de los casos más aburridos sometidos a su tribunal. Un pintor, deseoso de estampar en su lienzo el retrato de un juez recto, difícilmente podría haber encontrado una realización más fina para su ideal de belleza que el semblante austero, sereno, agudo y, sin embargo, majestuoso de Sir William Brandon, tal como parecía con los arreos del cargo y desde el estrado de la justicia.
Los periódicos no fueron lentos en registrar la singular captura del notorio Lovett. La audacia con la que había planeado y ejecutado el rescate de sus camaradas, unida al suspenso en que su herida mantuvo durante algún tiempo al público, en cuanto a su escape de una muerte por la puerta trasera de otra, causó una agitación y excitación muy considerables en la mente popular; y, para alimentar el impulso, los periodistas no fueron poco perezosos en vender cada anécdota, verdadera o falsa, que podían recopilar tocando las aventuras pasadas del audaz salteador de caminos. Muchas buenas historias salieron entonces a la luz, que participaban tanto de lo cómico como de lo trágico, pues ni una sola de las aventuras del ladrón se caracterizó por la crueldad o el derramamiento de sangre; muchas de ellas denotaban más bien un espíritu hilarante y jovial de empresa festiva. Parecía como si él hubiera pensado que el camino real era una arena excelente para las bromas, y solo robaba por el bien de dar rienda suelta a un afecto redundante por las burlas. Las personas sentían que era casi un pecado ser severas con un hombre de disposición tan alegre; y era especialmente observable que no se podía convencer a ninguna de las damas que habían sido despojadas por el ladrón para que procesaran; al contrario, siempre hablaban del evento como uno de los recuerdos más agradables de sus vidas, y parecían guardar una gratitud provocadora hacia el apuesto ofensor, más que resentimiento. Todos los caballeros no eran, sin embargo, de un temperamento tan apacible; y dos granjeros robustos, con un ganadero además, estaban listos para jurar, «a capa y espada», la identidad del prisionero con un jinete que había hecho civilmente compañía a cada uno de ellos durante una hora en sus respectivos viajes de regreso a casa desde ciertas ferias, y que había llevado el placer de su sociedad, afirmaron muy gravemente, considerablemente más allá de una broma; de modo que el estado de los asuntos del prisionero tomó un aspecto muy sombrío, y el abogado —un viejo experto— encargado de su causa declaró confidencialmente que no había ninguna oportunidad. Pero una acusación aún más grave, porque provenía de un sector mucho más noble, esperaba a Clifford. En la caverna de los ladrones se encontraron varios artículos que correspondían exactamente a la descripción de aquellos objetos de valor sustraídos criminalmente de la persona de Lord Mauleverer. Aquel noble asistió para inspeccionar los artículos y ver al prisionero. Los primeros, se encontró capaz de jurarlos, con una conciencia muy tranquilizada; al segundo, lo contempló febril, demacrado y en un momento de delirio, en el lecho de enfermo al que su herida lo había llevado. No tuvo dificultades, sin embargo, para reconocer en el criminal encarcelado al alegre y conquistador Clifford, a quien una vez incluso había honrado con su envidia. Aunque sus anteriores sospechas vagas y tenues sobre Clifford quedaron así confirmadas, el noble de buen carácter sintió cierta ligera compunción al aparecer como su acusador. Esta compunción, sin embargo, se desvaneció en el momento en que abandonó el apartamento del enfermo; y tras una pequeña conversación patriótica con los magistrados sobre la necesidad del deber público —un tema que trajo lágrimas virtuosas a los ojos de aquellos respetables funcionarios—, volvió a entrar en su carruaje, regresó a la ciudad y, después de una animada cena a solas con una vieja querida, quien, de todos sus encantos, solo había conservado la atracción de la conversación y la capacidad de disfrutar un salami, Mauleverer, la misma noche de su regreso, se dirigió a la casa de Sir William Brandon.
Cuando entró en el vestíbulo, Barlow, el sirviente favorito del juez, se encontró con él con un aire bastante confundido y misterioso, y deteniéndolo mientras paseaba hacia la biblioteca de Brandon, le informó que Sir William estaba particularmente ocupado, pero que se uniría a su señoría en el salón. Mientras Barlow todavía hablaba, y Mauleverer doblaba su oreja derecha (con la que oía mejor) hacia él, la puerta de la biblioteca se abrió y un hombre con un atuendo muy tosco y rufianesco se inclinó torpemente hacia fuera.
«Así que este es el compromiso particular», pensó Mauleverer, «un extraño Sir Pándaro; pero esos viejos tienen gustos curiosos».
«Puedo entrar ahora, buen hombre, supongo», dijo su señoría a Barlow; y sin esperar respuesta, entró en la biblioteca. Encontró a Brandon solo, inclinado con entusiasmo sobre algunas cartas que poblaban su mesa. Mauleverer se acercó con despreocupación y se dejó caer en una silla opuesta. Sir William levantó la cabeza al oír el movimiento; y Mauleverer, por imprudente que fuera ese personaje, se sintió helado y casi intimidado por la expresión del rostro de su amigo. El rostro de Brandon era uno que, por flexible que fuera, casi siempre llevaba un carácter general: la calma; ya fuera en la suavidad de la cortesía social, o en la austeridad de su posición oficial, o en el sarcasmo amargo que se le escapaba en intervalos no infrecuentes, aun así una cierta dureza seca e inflexible estampaba tanto sus rasgos como su aire. Pero en este momento, una variedad de sentimientos que no suelen ser elocuentes en el hombre exterior luchaban en su rostro oscuro, expresivos de toda la energía y la pasión de su poderosa y masculina naturaleza; parecía hablar desde sus rasgos y ojos algo de vergüenza y enojo y triunfo y pesar y desdén. Todas estas diversas emociones, que parece casi una paradoja afirmar que se encontraron en la misma expresión, estaban sin embargo tan individual y casi temerosamente estampadas como para transmitir a la vez su significado a la mente de Mauleverer. Echó una mirada hacia las cartas, en las que la escritura parecía tenue y descolorida por el tiempo o la humedad; y luego, mirando una vez más el rostro de Brandon, dijo en un tono bastante ansioso y apagado:
«¡Cielos, Brandon! ¿Estás enfermo; o ha pasado algo? ¡Me alarmas!».
«¿Reconoces estos mechones?», dijo Brandon con voz hueca; y de debajo de las cartas sacó algunos rizos de tono castaño y los empujó hacia Mauleverer con el rostro vuelto.
El conde los tomó, los contempló por unos momentos, cambió de color, pero negó con la cabeza con un gesto negativo mientras los dejaba una vez más sobre la mesa.
«¿Esta caligrafía, entonces?», renovó el juez con una voz aún más impresionante y dolorosa; y señaló las cartas.
Mauleverer levantó una de ellas y la sostuvo entre su rostro y la lámpara, de modo que lo que pudieran haber traicionado sus facciones quedara oculto a su acompañante. Finalmente, dejó caer la carta con una fingida indiferencia y dijo:
«Ah, conozco la escritura incluso a esta distancia de tiempo; ¡esta carta está dirigida a ti!».
«Lo está; al igual que todas estas», dijo Brandon, con la misma voz de una compostura sobrenatural y tensa. «Han vuelto a mí después de una ausencia de casi veinticinco años; son las cartas que ella me escribió en los días de nuestro noviazgo» (aquí Brandon se rió con desdén), «ella se las llevó consigo, sabes cuándo; y (¡una bonita muestra de consistencia es la mujer!) las guardó, al parecer, hasta el día de su muerte».
El tema en discusión, fuera cual fuera, parecía ser un punto doloroso para Mauleverer; se movió inquieto en su silla y dijo finalmente:
«¡Bueno, pobre criatura! Estos son recuerdos dolorosos, dado que terminó de forma tan desdichada; pero no fue culpa nuestra, querido Brandon. Éramos hombres de mundo; conocíamos el valor de... de las mujeres, ¡y las tratamos en consecuencia!».
«¡Cierto! ¡cierto! ¡cierto!», exclamó Brandon con vehemencia, riendo con un desdén salvaje y sonoro, cuya intensa fuerza sería en vano intentar expresar. «¡Cierto! Y, a fe mía, mi lord, no me lamento ni me arrepiento».
«¡Eso, eso, está bien!», dijo Mauleverer, todavía sin sentirse a gusto y dándose prisa por cambiar de conversación. «Pero, mi querido Brandon, ¡tengo noticias extrañas para usted! ¿Recuerda a ese sujeto Clifford, que tuvo la insolencia de dirigirse a su adorable sobrina? Le dije que sospechaba que ese amigo suyo, el alto, había trabado conocimiento conmigo de una manera algo desagradable, y por tanto dudaba del mismo Clifford. Pues bien, mi querido amigo, este Clifford es... ¿quién cree usted que es?... ¡nada menos que el señor Lovett, de la celebridad de Newgate!».
«No me diga eso», replicó Brandon con apatía, mientras recogía lentamente sus papeles y los depositaba en un cajón.
«De hecho es cierto; y lo que es más, Brandon, este tipo es uno de los salteadores de caminos, el mismo en persona, que me robaron en mi camino desde Bath. Sin duda me hizo el mismo amable servicio en mi camino a Mauleverer Park».
«Posiblemente», dijo Brandon, que parecía absorto en un ensueño.
«¡Sí!», respondió Mauleverer, picado por esta indiferencia. «¿Pero no ve las consecuencias para su sobrina?».
«¡Mi sobrina!», repitió Brandon, despabilándose.
«Ciertamente. Me apena decirlo, mi querido amigo... pero ella era joven, muy joven, cuando estaba en Bath. Permitió que este sujeto se dirigiera a ella con demasiada libertad. Es más... pues seré franco... ¡se sospechaba que estaba enamorada de él!».
«Estaba enamorada de él», dijo Brandon, con sequedad, y clavando la fría malignidad de su mirada en el pretendiente. «Y, por lo que yo sé», añadió, «lo sigue estando en este momento».
«¡Usted es cruel!», dijo Mauleverer, desconcertado. «Espero que no, por el bien de mis continuas pretensiones».
«Mi querido lord», dijo Brandon, tomando gentilmente la mano del cortesano, mientras el *anguis in herba* de su mueca burlona jugaba alrededor de sus labios apretados, «mi querido lord, somos viejos amigos y no necesitamos engañarnos el uno al otro. Usted desea casarse con mi sobrina porque es una heredera de gran fortuna, y supone que mi riqueza, con toda probabilidad, engrosará la suya. Además, es más hermosa que cualquier otra joven de su conocimiento y, pulida por su ejemplo, puede hacer honor a su gusto tanto como a su prudencia. Bajo estas circunstancias, estoy completamente seguro de que verá con indulgencia sus errores de juventud y no la amará menos porque su tonta fantasía la persuada de que está enamorada de otro».
«¡Ejem!», dijo Mauleverer, «usted ve el asunto con más sentido que sentimiento; pero escuche, Brandon, debemos intentar, por el bien de ambos, que, de ser posible, no se conozca la identidad de Lovett con la de Clifford. No veo por qué debería ser así. Sin duda él estuvo en guardia mientras jugaba al galante y no cometió ninguna atrocidad en Bath. El nombre de Clifford está hasta ahora perfectamente inmaculado. Ningún fraude, ninguna violencia se asocia a tal apelativo; y si el bribón guarda su propio secreto, podemos ahorcarlo sin que el asunto trascienda».
«Pero si mal no recuerdo», dijo Brandon, «los periódicos dicen que a este Lovett lo juzgarán a unas setenta u ochenta millas de Bath solamente, y eso da una posibilidad de reconocimiento».
«Sí, pero estará diabólicamente cambiado, imagino; pues su herida ya ha sido un pésimo embellecedor para su rostro. Además, si el perro tiene algo de delicadeza, naturalmente le desagradará ser reconocido como el galán de esa ciudad alegre donde brilló con tanto éxito, y se disfrazará tan bien como pueda. Oigo maravillas de sus poderes de autotransformación».
«Pero podría comprometerse en ese punto entre ahora y su juicio», dijo Brandon.
«Pienso averiguar hasta qué punto es probable enviando a mi ayuda de cámara a verlo (ya sabe que a estos caballeros salteadores de caminos se les trata con cierta consideración y se les cuelga con todo el respeto debido a sus sentimientos), para insinuarle que, sin duda, le resultará muy desagradable, bajo sus "actuales circunstancias desafortunadas" (¿no es esa la frase?), ser conocido como el caballero que gozó de una popularidad tan merecida en Bath, y que, aunque "las leyes de mi país me obligan" a procesarlo, sin embargo, si él lo desea, puede estar seguro de que guardaré su secreto. Vamos, Brandon, ¿qué dice a esa maniobra? ¡Servirá a mi propósito y hará que el caballero —pues sin duda está lleno de sensibilidad— derrame lágrimas ante mi generosa indulgencia!».
«No es mala idea», dijo Brandon. «Le felicito por ello. En cualquier caso, es necesario que mi sobrina no conozca la situación de su amante. Es una chica de una forma de ser singular, y la fortuna la ha hecho independiente. Quién sabe si no podría cometer alguna locura u otra, escribir peticiones al rey y rogarme que las presente, o ir —pues tiene un mundo de romanticismo en ella— a la prisión para consolarlo; o, en cualquier caso, rogaría mis buenos oficios en su nombre... una petición peculiarmente incómoda, ya que con toda probabilidad tendré el honor de juzgarlo».
«Cierto, dicho sea de paso, así será. Y me imagino que la audacia del pobre bribón no hará que usted sea menos severo de lo que suele ser. Dicen que usted promete crear más péndulos humanos que cualquiera de sus hermanos».
«Eso dicen, ¿verdad?», dijo Brandon. «Bueno, confieso que siento bilis contra mi especie; detesto su insensatez y sus vicios a medias. *Ridet et odit* —[«Él ríe y odia»]— es mi lema; ¡y reconozco que no es la filosofía que hace a los hombres misericordiosos!».
«Bueno, ¡que la sabiduría de Juvenal sea la suya, la mía sea la de Horacio!», respondió Mauleverer, mientras se hurgaba los dientes; «pero me alegra que vea la necesidad absoluta de mantener este secreto lejos de las sospechas de Lucy. Supongo que ella nunca lee los periódicos. ¡Las chicas nunca lo hacen!».
«¡No! Y me cuidaré de que no caigan en sus manos; y como, a consecuencia del reciente fallecimiento de mi pobre hermano, ella no ve a nadie más que a nosotros, hay pocas posibilidades de que, si se descubriera el derecho de Lovett al nombre de Clifford, llegue a sus oídos».
«¿Pero esos sirvientes de mala muerte?».
«¡Cierto! Pero considere que, antes de que ellos lo sepan, lo sabrán los periódicos; de modo que, si fuera necesario, tendremos nuestro tiempo para prevenirlos. Solo necesito decirle a la mujer de Lucy: "Un pobre caballero, amigo del difunto terrateniente, con quien su señora solía bailar, y al que usted debe haber visto... el capitán Clifford... va a ser juzgado por su vida. ¡La conmocionará, pobrecilla!, en su actual estado de salud, contarle un suceso tan triste sobre el amigo de su padre; por tanto, guarde silencio, si valora su puesto y diez guineas"... ¡y puedo estar razonablemente seguro de su discreción!».
«¡Debería presidir el Comité de Medios y Arbitrios!», exclamó Mauleverer. «Mi mente está ahora tranquila; y una vez que el pobre Clifford se haya ido... caído de un estatus elevado... podremos tratarle el asunto con delicadeza; y como pretendo, llegado el caso, ser muy respetuoso, muy delicado, etc., ¡ella no podrá menos que ser sensible a mi bondad y afecto sincero!».
«Y si un perro vivo es mejor que un león muerto», añadió Brandon, «¡sin duda un lord en existencia será mejor que un salteador de caminos ahorcado!».
«Según la lógica ordinaria», replicó Mauleverer, «ese silogismo es bastante claro; y aunque creo que una chica puede aferrarse de vez en cuando al recuerdo de un amante difunto, no creo que lo haga cuando el recuerdo está aliado con la vergüenza. El amor no es más que vanidad complacida; ¡herid la vanidad y destruiréis el amor! ¡Lucy se verá obligada, tras haber hecho tan mala elección de amante, a hacer una buena en un marido, para recuperar su autoestima!».
«¡Y por lo tanto está seguro de ella!», dijo Brandon, irónicamente.
«Gracias a mi estrella, a mi jarretera, a mi antepasado, el primer barón, y a mí mismo, el primer conde... espero estarlo», dijo Mauleverer; y la conversación cambió. Mauleverer no se quedó mucho más tiempo con el juez; y Brandon, dejado solo, volvió una vez más a la lectura de sus cartas.
Apenas sabemos qué sensaciones habría provocado en alguien que hubiera conocido a Brandon solo en sus últimos años el haber podido leer esas cartas referentes a una fecha tan anterior. Había en el carácter agudo y árido del hombre tan poco que recordara cualquier idea de cortejo o galantería juvenil, que una correspondencia de esa naturaleza habría parecido casi tan antinatural como los amores de las plantas o los ablandamientos amatorios de un mineral. La correspondencia que ahora tenía ante sí Brandon era descriptiva de sentimientos varios, pero todos pertenecientes a la misma clase; la mayoría de ellos eran aparentes respuestas a cartas suyas. En una ocasión respondían tiernamente a expresiones de ternura, pero insinuaban una duda sobre si la escritora sería capaz de constituir su felicidad futura y compensar ciertos sacrificios de linaje, fortuna y perspectivas ambiciosas a los que ella aludía: en otras ocasiones, una veta de coquetería latente parecía impregnar el estilo... un indescriptible aire de frialdad y reserva contrastaba con pasajes anteriores de la correspondencia, y estaba calculado para transmitir al lector la impresión de que los sentimientos del amante no eran correspondidos de manera del todo adecuada. Frecuentemente la escritora, como si Brandon se hubiera expresado sensible a esta convicción, le reprochaba unos celos injustos y una sospecha indigna. Y el tono del reproche variaba en cada carta; a veces era alegre y satírico; otras, suave y exhortativo; otras, razonado con gravedad y, a menudo, altivamente indignado. Aun así, a lo largo de toda la correspondencia, por parte de la amante, había un sello suficiente de individualidad como para dar a un examinador sagaz alguna conjetura probable sobre el carácter de la escritora. La habría juzgado, tal vez, capaz de un sentimiento fuerte y ardiente, pero ordinariamente de un giro ligero y caprichoso, y aparentemente propensa a imaginar y a resentirse por las ofensas. Con estas cartas se mezclaban otras escritas por Brandon... ¡de qué descripción tan diferente, de qué apasionada naturaleza! Todo lo que un carácter profundo, orgulloso, meditativo y exigente pudiera soñar de amor entregado, o requerir de amor correspondido, era vertido abrasadoramente sobre las páginas; sin embargo, estaban llenas de reproches, de celos, de una observación minuciosa y torturante, tan calculadas para herir como la ardorosa pasión pudiera ser apta para encantar; y a menudo la amarga tendencia al desdén que distinguía su temperamento rompía el más tierno entusiasmo del cortejo o los más suaves derramamientos de amor.
«No me viste ayer», escribía en una carta, «pero yo te vi; todo el día estuve a tu lado: no diste una mirada que pasara inadvertida para mí; no hiciste un movimiento que yo no registrara en mi memoria. Julia, ¿tiemblas cuando te digo esto? Sí, si tienes corazón, ¡sé que estas palabras lo apuñalarían hasta el núcleo! ¡Puedes fingir responderme indignada! ¡Sabia disimuladora! Es muy hábil, mucho, asumir ira cuando no se tiene respuesta. Repito, durante toda esa fiesta de placer (¡placer! bueno, tus gustos, hay que reconocerlo, son exquisitos!) que disfrutaste ayer, y a la que tan débilmente me pediste compartir, mi ojo estuvo sobre ti. No sabías que yo estaba en el bosque cuando aceptaste la sonrisa del incomparable Digby, con tan bonita apariencia de alarma en el momento en que la serpiente que mi pie perturbó se deslizó por tu camino. No sabías que yo estaba al alcance del oído de la tienda donde hiciste tan agradable banquete, y de la cual tu risa envió tantas y tan numerosas carcajadas. ¡Risas! Oh, Julia, ¿puedes decirme que amas y aun así ser feliz, hasta el punto de la alegría, cuando yo no estoy! ¡Amor! Oh, Dios, ¡qué sensación tan diferente es la mía! ¡La mía constituye todo mi principio de vida! ¡La tuya! Te digo que pienso por momentos que preferiría tu odio antes que el sentimiento tibio que me profesas y honras con el nombre de afecto. ¡Bonita frase! ¡No siento afecto por ti! No me des esa palabra enfermiza; ¡sino intenta conmigo, Julia, inventar alguna expresión que nunca haya filtrado un significado mezquino a través de los labios de otro! ¡Afecto! Vaya, esa es una palabra de hermana, ¡una palabra de chica para su ardilla mascota! ¡Nunca fue hecha para esa boca color rubí y tan madura! ¿Iré a tu casa esta noche? Tu madre me ha invitado, y tú... tú la oíste y no dijiste nada. Oh, pero eso fue reserva de doncella, ¿verdad? Y la reserva de doncella te hizo tomar un libro en el momento en que te dejé, ¡como si mi compañía fuera solo una distracción ordinaria que reemplazar inmediatamente por otra! Cuando te he visto, la sociedad, los libros, la comida, todo es odioso para mí; pero tú, dulce Julia, ¿puedes leer, verdad? Vaya, cuando te dejé, me demoré junto a la ventana del salón durante horas, hasta el anochecer, y nunca levantaste los ojos, ni me viste pasar y volver a pasar. Al menos pensé que habrías seguido mis pasos cuando salí de la casa; pero me equivoco, ¡encantadora moralista! Según tú, esa vigilancia habría sido bajeza».
En otra parte de la correspondencia, un flujo de sentimientos más grave, si no más profundo, luchaba por expresarse.
«Dices, Julia, que si te casaras con alguien que piensa tanto en lo que sacrifica por ti, y que requiere de ti un retorno tan vasto de amor, deberías temblar por la felicidad futura de ambos. Julia, la trivialidad de ese miedo demuestra que no amas en absoluto. No tiemblo por nuestra felicidad futura; al contrario, la intensidad de mi pasión por ti me hace saber que nunca podremos ser felices, nunca más allá del primer rapto de nuestra unión. La felicidad es un sentimiento tranquilo y sosegado. Ningún sentimiento que yo pueda profesarte recibirá jamás esos epítetos... sé que seré desgraciado y maldito cuando esté unido a ti. ¡No te sobresaltes! Te diré pronto por qué. Pero no sueño con la felicidad, ni tampoco (si pudieras sondear una gota del oscuro e ilimitado océano de mis emociones) me mencionarías esa palabra. No es el cálculo mercantil y insensible de las probabilidades para la "felicidad futura" (¿qué homilía te proporcionó un término tan selecto?) lo que entra en el corazón que alberga un amor que todo lo invade. La pasión mira solo a un objeto, nada más allá; yo tengo sed, me consumo, no por la felicidad, sino por ti. Si tu posesión me llevara inevitablemente a un abismo de angustia y vergüenza, ¡crees que la codiciaría ni un ápice menos! Si albergas un pensamiento, una esperanza, una leve fantasía, más allá del suceso que te hace mía, puedes ser más digna de la estima de los demás, pero eres totalmente indigna de mi amor.
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«Te diré ahora por qué sé que no podemos ser felices. En primer lugar, cuando dices que estoy orgulloso de mi linaje, que soy enfermizamente ambicioso, que estoy ansioso por brillar en el gran mundo, y que, después de que haya pasado la primera embriaguez del amor, sentiré amargura contra quien ha humillado tanto mi orgullo y oscurecido mis perspectivas, no estoy seguro de que te equivoques del todo. Pero estoy seguro de que el remedio instantáneo está en tu poder. ¿Tienes paciencia, Julia, para escuchar una especie de historia de mí mismo, o más bien de mis sentimientos? Si es así, tal vez sea el mejor método de explicar todo lo que quisiera transmitir. Verás, entonces, que mi orgullo familiar y mi ambición mundana no se fundan del todo en esos cimientos que provocan mi risa en otro; si mis sentimientos al respecto son realmente, sin embargo, como insinuarías, motivo igual de escarnio, contempla, mi Julia, ¡que puedo reírme igualmente de ellos! ¡Tan placentero es para mí el desdén, que preferiría despreciarme a mí mismo antes que no tener a nadie a quien despreciar! ¡Pero a mi narrativa! Debes saber que solo somos dos, hijos de un terrateniente rural, de vieja familia, que una vez poseyó grandes posesiones y algo de renombre histórico. Vivíamos en una vieja casa de campo; mi padre era un tipo sociable, un cazador de zorros, un borracho, aunque a su manera un caballero distinguido... y un miembro muy desprestigiado de la sociedad. Los primeros sentimientos hacia él que puedo recordar fueron los de vergüenza. ¡No hay mucha materia de orgullo familiar aquí, dirás! Es cierto, y esa es exactamente la razón que me hizo apreciar el orgullo familiar en otros lugares. La casa de mi padre estaba llena de invitados... algunos altos y otros bajos; todos se unían en el ridículo hacia el anfitrión. Pronto detecté las risas, y puedes imaginar que eso no me complacía. Mientras tanto, el viejo cazador, cuya familia era más o menos tan antigua como la nuestra, y cuyos antepasados habían ejercido sus funciones para los antepasados de su amo desde tiempos inmemoriales, me contaba historia tras historia sobre los Brandon de antaño. Pasé de las historias a una historia más legítima, y encontré que las leyendas eran tolerable y veraces. Aprendí a brillar ante este descubrimiento; el orgullo, humillado cuando recordaba a mi padre, revivía cuando recordaba a mis antepasados. Me resolví a emularlos, a restaurar un nombre hundido, y juré un mundo de tonterías sobre el tema. El hábito de rumiar estas ideas creció en mí. Nunca oía una broma sobre mi guardián paternal, nunca captaba la mirada aturdida de sus ojos vacilantes, ni escuchaba alguna exquisitez vacía de sus labios embriagados, sin que mis pensamientos volaran instantáneamente hacia los Sir Charles y los Sir Robert de mi linaje, y me consolaba con la esperanza de que la degeneración presente pasaría. De ahí, Julia, mi orgullo familiar; de ahí, también, otro sentimiento que te disgusta en mí: ¡el desdén! Primero aprendí a despreciar a mi padre, el anfitrión, y luego desprecié a mis conocidos, sus invitados; pues veía, mientras ellos se reían de él, que lo halagaban, y que su regocijo no era lo único que se permitía alimentarse a su costa. Así, el desprecio creció conmigo, y no tuve nada que lo controlara; pues cuando miraba a mi alrededor no veía ni una sola cosa viviente a la que pudiera respetar. Este padre mío tuvo el sentido de pensar que yo no era un idiota. Estaba orgulloso (¡pobre hombre!) de "mis talentos", es decir, de los premios ganados en la escuela y de las cartas de felicitación de mis maestros. Me envió a la universidad. Mi mente dio un salto allí; te diré, preciosísima, ¡qué fue! Antes de ir allí tenía algunas visiones vagas y hermosas sobre la virtud. Pensé revivir mis honores ancestrales siendo bueno; en resumen, era un embrión del rey Pipino. Desperté de este sueño en la Universidad. Allí, por primera vez, percibí la verdadera consecuencia del rango.
«En la escuela, ya sabes, Julia, a los chicos no les importa nada un lord. Un buen jugador de críquet, un tipo excelente, vale más que todos los condes del escalafón nobiliario. Pero en la universidad todo eso cesa; los bates y las pelotas se hunden en la nada en la que se habían hundido antes los corales y las campanitas. Uno se vuelve varonil y adora las coronas y los carruajes. Vi que era algo bueno conseguir un premio, pero que era diez veces más fino emborracharse con un par. Así que, cuando hube hecho lo primero, mi resolución de ser digno de mis padres me hizo hacer lo segundo... no, de hecho, exactamente; nunca me emborraché: mi padre me dio asco de ese vicio a tiempo. A su glotonería le debo mi dieta vegetal, y a su embriaguez mi adicción al agua. No, no me emborraché con pares; pero era tan agradable para ellos como si hubiera estado igualmente embrutecido. Conocía íntimamente a todos los "Sombreros" de la Universidad, y desde entonces los "Gorros" me miraban como si mi cabeza hubiera ganado la altura de cada sombrero que conocía.
[En Cambridge, a los hijos de nobles y a los hijos mayores de barones se les permite usar sombreros en lugar del gorro académico.]
Pero no hice esto inmediatamente. Debes contarle dos pequeñas anécdotas que me iniciaron por primera vez en el secreto de la grandeza real.
«La primera fue esta: Estaba sentado a cenar con algunos miembros de un colegio mayor, hombres graves e inteligentes. Dos de ellos, sin saber quién era yo, conversaban sobre mí; decían haber oído que yo nunca llegaría a ser un tipo tan bueno como mi padre, ni tendría una bodega tan surtida ni mantendría una casa como la suya. "He conocido a seis condes allí y a un marqués", dijo el otro veterano. "Y su hijo", replicó el primer profesor, "solo se junta con sizars, creo". "Así pues", me dije a mí mismo, "para merecer el elogio incluso de los hombres inteligentes, uno debe tener buenos vinos, conocer a muchos condes y abjurar de los sizars". Nada podía ser más cierto que mi conclusión.
"La segunda anécdota es esta: El día que obtuve un importante premio universitario, invité a mis amigos a cenar conmigo. Cuatro de ellos declinaron porque ya tenían otros compromisos (se les había invitado después de que yo los invitara a ellos), ¿y a quién? Al hombre más rico de la Universidad. Estos sucesos, ocurridos al mismo tiempo, me sumieron en un profundo ensueño. Desperté y me convertí en un hombre de mundo. Ya no me propuse ser virtuoso, ni ir en pos de la gloria de vuestros romanos y vuestros atenienses; me propuse volverme rico, poderoso y de reputación mundana.
"Abjuré de mis honestos sizars y, como dije antes, cortejé a algunos ricos 'Sombreros'. ¡He aquí mi primer gran paso en el mundo! Me convertí en el parásito y el adulador. ¿Qué? ¿Mi orgullo sufriría esto? En verdad, sí, mi orgullo se deleitaba en ello; ¡pues calmaba mi espíritu de desprecio utilizar a estos tipos elegantes para mis fines! Me calmaba ver con qué facilidad podía engatusarlos y a qué variedad de propósitos podía aplicar incluso el tedioso disgusto de su compañía. Nada es más necio que decir que los grandes ociosos no sirven para nada; se les puede emplear para cualquier uso que un hombre sabio esté inclinado a darles. Bien, Julia, ¡he ahí! mi carácter ya formado; el orgullo familiar, el desdén y la ambición mundana; ahí los tienes para ti. Las circunstancias posteriores solo fortalecieron la impresión ya causada. Deseaba, al dejar la universidad, ir al extranjero; mi padre no tenía dinero que darme. ¿Qué importaba eso? Miré descuidadamente a mi alrededor en busca de alguna conveniencia más rica que la mesa paterna; la encontré en un Lord Mauleverer. Había estado en la universidad conmigo, y lo soporté fácilmente como compañero, pues tenía talento, ingenio y buen carácter. Le hice desear ir al extranjero y le hice pensar que moriría de ennui si no le acompañaba. A su petición en ese sentido accedí de mala gana, y vi todo en Europa, lo cual él descuidó ver, a sus expensas. Lo que más me divertía era la percepción de que yo, el parásito, era respetado por él; ¡y él, el patrón, era ridiculizado por mí! No habría sido así si hubiera dependido de 'mi virtud'. Bien, la más dulce Julia, el mundo, como he dicho, dio a mi experiencia universitaria una autoridad sagrada. Regresé a Inglaterra; y mi padre murió, sin dejarme ni un penique, y a mi hermano una propiedad tan hipotecada que no podía disfrutarla, y tan restringida que no podía venderla. Era ahora el momento de que yo me aprovechara de la experiencia de la que alardeaba. Vi que era necesario que tomara alguna profesión. Las profesiones son las máscaras de vuestro pícaro indigente; dan respetabilidad al engaño y un diploma para alimentarse de los demás. Analicé mis talentos y observé las costumbres de mi país; el resultado fue mi resolución de dedicarme a la abogacía. Tenía un inagotable poder de aplicación; era perspicaz, astuto y audaz. Todas estas cualidades 'cuentan' en los tribunales de justicia. Cumplí mi número legítimo de trimestres; fui llamado; hice el circuito; no obtuve ni un caso, ¡ni un caso, Julia! Mi salud, nunca robusta, se quebró bajo el estudio y la irritación. Se me ordenó retirarme al campo. Vine a esta aldea, por ser a la vez salubre y oscura. Me alojé en casa de tu tía; tú venías aquí a diario; yo te veía; tú conoces el resto. Pero, ¿dónde estaban todo este tiempo mis nobles amigos?, dirás. ¡Muerte!, desde que dejamos la universidad, habían aprendido un poco de la sabiduría que yo poseía entonces; no estaban dispuestos a dar algo a cambio de nada; tenían hermanos menores, primos, amantes y, por lo que sé, hijos a quienes mantener. Además, tenían sus propios gastos; cuanto más rico es un hombre, menos tiene para dar. Uno de ellos me habría otorgado un beneficio, si hubiera entrado en la Iglesia; otro, un cargo si me hubiera unido a su regimiento. Pero sabía que el día había pasado tanto para el sacerdote como para el soldado; y no era simplemente vivir, no, ni vivir cómodamente, sino disfrutar del poder, lo que yo deseaba; así que rechacé estas ofertas. Otros de mis amigos habrían estado encantados de tenerme en su casa, agasajarme, bromear conmigo, montar a caballo conmigo, ¡nada más! Pero ya tenía el sentido común de ver que si un hombre baila para abrirse camino hacia la distinción, nunca es mediante los pasos de la servidumbre. Uno debe recibir favores y cortejar el patrocinio, pero debe ser con el aire de un hombre independiente. Mis viejos amigos, al volverse así inútiles, mis estudios legales me prohibieron hacer nuevos, es más, incluso me distanciaron de los antiguos; pues la gente puede decir lo que quiera sobre que una similitud de opiniones es necesaria para la amistad; una similitud de hábitos lo es mucho más. Es el hombre con el que cenas, desayunas y te alojas, con el que caminas, montas a caballo, juegas o robas, quien es tu amigo; no el hombre al que le gusta Virgilio tanto como a ti, y coincide contigo en una admiración por Handel. Mientras tanto, mi presa principal, Lord Mauleverer, se había ido; había tomado la Dulcinea de otro hombre y buscado un refugio en Italia. Desde entonces hasta hoy nunca he oído hablar de él ni lo he visto; no sé ni su dirección. Con la excepción de unas pocas espigaduras dispersas de mi hermano, a quien, ¡buen hombre bonachón!, podría saquear más, si no estuviera resuelto a no arruinar el patrimonio familiar, me he visto abandonado a mí mismo; el resultado es que, aunque tan inteligente como mis semejantes, he evitado por los pelos la inanición; si mis necesidades hubieran sido menos simples, no habría habido evitación posible; pero un hombre no muere de hambre fácilmente si bebe agua y come por onzas. Un destino más eficaz podría haberme sobrevenido. La decepción, la ira, la esperanza frustrada, el orgullo mortificado, todo esto, que roía mi corazón, podría haberlo consumido hace mucho tiempo; podría haberme consumido como una prenda que la polilla devora, de no haber sido por ese fondo de obstinada y férrea dureza que la naturaleza —pido perdón, no hay naturaleza— la circunstancia me otorgó. Esto me ha sostenido, y me sostendrá todavía a través del tiempo, la vergüenza, la debilidad física y la fiebre mental, hasta que mi ambición haya ganado cierta altura y mi desdén por la pequeñez humana se haya revolcado en las fuentes externas de la fortuna, así como en una fuente interior de amarga y autosuficiente consolación. Sin embargo, ¡oh, Julia! no sé si incluso esto me habría sostenido si en esa época de la vida, cuando estaba más herido, más golpeado en el cuerpo, más agriado en la mente, mi corazón no se hubiera encontrado y aferrado al tuyo. Te vi, te amé; y la vida se convirtió para mí en un nuevo objeto. Incluso ahora, mientras te escribo, toda mi amargura, mi orgullo, desaparecen; todo lo que he anhelado desaparece; mi propia ambición se ha ido. No tengo esperanza más que para ti, Julia; ¡hermosa, adorada Julia! cuando te amo, amo incluso a mi especie. ¡Oh, no conoces el poder que posees sobre mí! No lo traiciones; aún puedes hacerme todo lo que mi juventud soñó una vez, o puedes endurecer cada pensamiento, sentimiento, sensación, hasta convertirlos en piedra.
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"Iba a decirte por qué no busco la felicidad en nuestra unión. Ya has visto mi naturaleza. Has trazado la historia de mi vida, trazando la historia de mi carácter. Ves lo que sacrifico al ganarte. No niego el sacrificio. Renuncio a las esencias mismas de mi mente y alma actuales. Dejo de ser mundano. No puedo elevarme, no puedo revivir mi nombre ancestral; es más, renunciaré a él para siempre. Adoptaré un apelativo disfrazado. Me hundiré en otro nivel de vida. En algún pueblo remoto, mediante alguna profesión más humilde que la que ahora sigo, debemos ganarnos el sustento y sonreír ante la ambición. Te lo digo francamente, Julia, cuando cierro los ojos de mi corazón, cuando te excluyo de mi mirada, este sacrificio me horroriza. Pero incluso entonces te fuerzas a aparecer ante mí, y siento que una mirada de tus ojos es más para mí que todo lo demás. Si pudieras soportarme, si pudieras consolarme, si cuando una nube se cierne sobre mí pudieras dejarla pasar desapercibida, y sonreírme en el momento en que se ha ido, ¡oh, Julia!, entonces no habría extremo de pobreza, ni humillación de fortuna, ni abandono de sueños tempranos que no me parecieran un rapto si estuvieran unidos a la dicha de saber que eres mía. Nunca debería mi labio, nunca debería mi ojo decirte que hay algo en la tierra por lo que me lamente o que pudiera desear. No, Julia, si pudiera halagar a mi corazón con esta esperanza, no me encontrarías soñando con la infelicidad y tú unidos. Pero tiemblo, Julia, cuando pienso en tu temperamento y en el mío; concebirás una mirada sombría de alguien nunca alegre como un insulto, y sentirás cada desahogo de pasión contra la Fortuna o contra los demás como un reproche hacia ti. Entonces, también, no puedes entrar en mi naturaleza; no puedes descender a sus cavernas; no puedes contemplar, mucho menos puedes dignarte a calmar, los celos exigentes y de ojos de lince que allí habitan. ¡La más dulce Julia! Cada aliento tuyo, cada toque tuyo, cada mirada tuya, los anhelo más allá de todo el anhelo de una madre por el hijo que le ha sido arrebatado durante años. Tu cabeza se apoyó en un viejo árbol (¿lo recuerdas, cerca de ------?), y yo iba cada día, después de verte, a besarlo. ¿Te extraña que sea celoso? ¡Cómo puedo amarte como lo hago y ser de otra manera! ¡Todo mi ser está embriagado contigo!
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"Esto, pues, tu orgullo y el mío, tu placer en la admiración de los demás, tu ligereza, Julia, me hacen prever una fuente eterna y borboteante de tortura para mi mente. No me importa; no me importa nada con tal de que seas mía, aunque sea por una hora."
Parece que, a pesar de la extraña, a veces impropia de un amante y ferozmente egoísta naturaleza de estas cartas de Brandon, algo de un tono genuino de pasión —quizás su originalidad—, ayudado, sin duda, por alguna elocuencia expresada por el escritor y alguna inclinación traicionera por parte de la amante, finalmente conquistó; y que una unión con tan pocas probabilidades de recibir la sonrisa de una estrella próspera se concluyó finalmente. La carta que terminó con la correspondencia era de Brandon: fue escrita la víspera del matrimonio, el cual, según la misma carta, debía ser privado y oculto. Tras un estallido arrebatado de esperanza y alegría, continuaba así:
"Sí, Julia, me retracto de mis palabras; no tengo fe en que tú o yo tengamos causa alguna en el futuro para la infelicidad. Esos ojos que se posaron tan tiernamente en los míos; esa mano cuya presión persiste aún en cada nervio de mi cuerpo; esos labios que se apartaron con tanta timidez, aunque, ¿debo decir?, renuencia de mí, todo me dice que me amas; y mis temores se han desvanecido. El amor, que conquistó mi naturaleza, conquistará la única cosa que desearía ver alterada en la tuya. Nada podría hacer nunca que te adore menos, aunque finjas temerlo; nada más que saber que eres indigna de mí, que tienes un pensamiento para otro; entonces no te odiaría. No; el privilegio de mi existencia pasada reviviría; me deleitaría en un lujo de desprecio, te despreciaría, me burlaría de ti y volvería a ser una vez más lo que era antes de conocerte. Pero, ¿por qué hablo así? ¡Mi novia, mi bendición, perdóname!"
Al concluir nuestros extractos de esta correspondencia, deseamos que el lector note, primero, que el amor profesado por Brandon parece ser de esa naturaleza vehemente y corpórea que, aunque a menudo es la menos duradera, es a menudo la más susceptible de los más feroces extremos de odio o incluso de disgusto; segundo, que el carácter revelado por esta cándida ironía requería evidentemente en una amante, o bien una devoción absoluta, o bien una habilidad consumada; y tercero, que hemos insinuado tales cualidades en la bella corresponsal que no parecían prometer con optimismo ninguno de estos elementos esenciales.
Mientras que con un labio curvado, aunque a menudo tembloroso, el austero y sarcástico Brandon se obligaba lentamente a la tarea de avanzar a través de estos monumentos de locura pasada y emoción juvenil, la elucidación posterior de aquellos eventos, que ahora empujaban rápidamente hacia una fatal y terrible catástrofe, extiende ante nosotros una narración ocurrida muchos años antes del momento en el que hemos llegado actualmente.
CAPÍTULO XXXIII.
Clem. ¡Levanta el oscuro velo de los años! Detrás, ¿qué espera? Un corazón humano. Vasta ciudad, donde residen Todas las glorias y todas las vilezas; mientras impuro, Aunque silencioso, a través del rugido de las pasiones rueda El río del Pecado Predilecto, y lleva Una vida y a la vez un veneno en su marea. .............. Clem. ¿Tu esposa?
Vict. ¡Fuera! ¡He cambiado esa palabra por "desdén"!
Clem. ¿Tu hija?
Vict. ¡Ay, eso golpea en el blanco, mi hija, mi hija!
Amor y Odio, por --------
En un oscuro pueblo en ------shire llegó a residir una joven pareja, cuya apariencia y hábitos atrajeron hacia ellos, por parte de los chismosos vecinos, una atención más que ordinaria. Llevaban el nombre de Welford. El hombre asumió la profesión de abogado. Llegó sin presentación ni recomendación; su modo de vida denotaba pobreza; su trato era reservado e incluso agrio; y a pesar del aviso y el escrutinio con que era observado, no ganó clientes ni entabló juicios. La falta de todas esas decentes charlatanerías que los hombres de toda profesión están casi obligados a emplear, y la naturaleza repentina y sin presentación de su llegada fueron, tal vez, la causa de este fracaso. "Su casa era demasiado pequeña", decía la gente, "para la respetabilidad". ¡Y poco se podía sacar de un abogado cuyas propias barandillas alrededor de su puerta necesitaban tan tristemente ser repintadas! Entonces, también, la Sra. Welford se ganó un gran número de enemigos. Era, más allá de toda expresión, hermosa; y había una cierta coquetería en su manera que mostraba que era consciente de sus encantos. Todas las damas de ------- la odiaban. Unas pocas personas visitaron a la joven pareja. Welford los recibió fríamente; sus invitaciones no fueron aceptadas y, lo que era peor, nunca fueron devueltas. El diablo mismo no podría haber sostenido a un abogado bajo tales circunstancias. Reservado, desaliñado, pobre, grosero, sin presentaciones, una mala casa, una barandilla sin pintar y ¡una esposa hermosa! Sin embargo, aunque Welford no era empleado, era, como hemos dicho, vigilado. A su llegada, que fue en verano, a menudo se veía a la joven pareja paseando junta por los campos o bosques que rodeaban su hogar. A veces caminaban cariñosamente juntos, y se observaba con qué cuidado Welford ajustaba la capa o el chal de su esposa alrededor de su esbelta figura, a medida que aumentaba el frescor de la tarde. Pero a menudo retiraba su brazo; se quedaba atrás, y continuaban su paseo o regresaban a casa en silencio y separados. Poco a poco, los susurros circularon por todo el pueblo de que la pareja recién casada no vivía de ninguna manera feliz. Los hombres echaban la culpa al marido de aspecto severo; las mujeres, a la coqueta de la esposa. Sin embargo, el sirviente solitario que tenían declaró que, aunque el Sr. Welford a veces fruncía el ceño y la Sra. Welford a veces lloraba, estaban extremadamente unidos el uno al otro, y solo se peleaban por amor. La criada había tenido cuatro amantes ella misma, y posiblemente tenía experiencia en tales asuntos. No recibían visitas, ni cercanas ni de lejos; y el cartero declaró que nunca había visto una carta dirigida a ninguno de los dos. Así, una especie de misterio pendía sobre la pareja, y los hacía aún más observados y aún más detestados —lo cual es mucho decir— de lo que habrían sido de otro modo. Por pobre que fuera Welford, su aire y su caminar denotaban eminentemente lo que las personas comunes llaman distinción. Y en esto llevaba una gran ventaja a su hermosa esposa, quien, aunque ciertamente no había nada vulgar o plebeyo en su aspecto, carecía por completo del refinamiento de modales, mirada y frase que caracterizaba a Welford. Durante unos dos años vivieron de esta manera, y tan frugalmente y tranquilamente que, aunque Welford no tenía medios visibles de subsistencia, nadie podía preguntarse bien de qué manera subsistían. Hacia el final de ese tiempo, Welford invirtió repentinamente una pequeña suma en una especulación del condado. En el curso de esta aventura, para gran sorpresa de sus vecinos, mostró un extraordinario giro para el cálculo, y sus hábitos denotaban claramente a un hombre tanto de negocios como de habilidad. Esta disposición de capital trajo un beneficio suficiente para mantener a los Welford, si hubieran estado dispuestos, con un estilo algo mejor que hasta entonces. Permanecieron, sin embargo, en casi el mismo estado; y la única diferencia que produjo el evento fue la retirada del Sr. Welford de la profesión que había abrazado. ¡Ya no era abogado! Debe admitirse que no renunció a grandes ventajas en esta retirada. Por aquel entonces, algunos oficiales estaban acuartelados en ------; y uno de ellos, un apuesto teniente, quedó tan impresionado con los encantos de la Sra. Welford, a quien vio en la iglesia, que no perdió oportunidad de testificar su admiración. Se comentó maliciosamente, aunque no sin fundamento, que aunque no se podía detectar ninguna incorrección absoluta en la manera de la Sra. Welford, ciertamente parecía lejos de estar disgustada con el evidente homenaje del joven teniente. Un rubor teñía su mejilla cuando lo veía; y el galante fanfarrón aseguraba que el rubor no siempre carecía de una sonrisa. Envalentonado por las interpretaciones de su vanidad, y contrastando, como todos los demás, su propio rostro animado y vestimenta brillante con el semblante ascético y sombrío, el vestido descuidado y el andar austero que destruían en Welford el efecto de una persona realmente apuesta, nuestro teniente creyó oportuno expresar su pasión mediante una carta, que hizo llegar al banco de la Sra. Welford. La Sra. Welford no fue a la iglesia ese día; la carta fue encontrada por un vecino bondadoso y enviada anónimamente al marido.»
Lo que ocurriera en el secreto de la vida doméstica a raíz de este suceso resultó necesariamente desconocido; pero el domingo siguiente, el rostro del Sr. Welford, que jamás se había dejado ver en la iglesia, fue avistado por un vecino vigilante —probablemente el amigo anónimo—, no en el mismo banco que su esposa, sino en un rincón apartado de la sagrada casa. Y en una ocasión, cuando el teniente observaba el rostro de la Sra. Welford tratando de leer en él alguna respuesta a su epístola, el mismo observador servicial declaró que el semblante de Welford adoptó una mueca sardónica y marchita que le hizo helarse la sangre. Sea como fuere, el teniente abandonó su puesto y la reputación de la Sra. Welford permaneció insatisfactoriamente inmaculada. Poco después, la especulación del condado fracasó y se supo que los Welford estaban a punto de marcharse de la ciudad, a dónde nadie lo sabía; algunos dijeron que a la cárcel, pero entonces, por desgracia, no pudieron descubrirse deudas. Sus facturas habían sido «casi nulas»; pero, al menos, se habían pagado puntualmente. Sin embargo, antes de que tuviera lugar la rumoreada emigración, ocurrió una circunstancia igualmente maravillosa para la buena gente de. Una brillante mañana de primavera, un grupo de placer procedente de una gran casa de las cercanías atravesó aquel pueblo. El más llamativo de ellos era un joven jinete, ricamente vestido y de una apariencia notablemente vistosa y apuesto. No poco consciente de la sensación que causaba, este caballero se retrasó con respecto a sus compañeros para observar con más detenimiento a ciertas damiselas apostadas en una ventana, quienes estaban más que dispuestas a devolverle las miradas con creces. En ese momento, el caballo, que se agitaba ferozmente contra las riendas que lo retenían lejos de sus compañeros, se asustó de un afilador de cuchillos, se sobresaltó violentamente hacia un lado y el elegante caballero, que no había estado pensando en la postura mejor adaptada para conservar su equilibrio, sino para exhibir su figura, salió despedido con cierta fuerza sobre un montón de ladrillos y escombros que, para escándalo del vecindario, se alzaba desde hacía mucho tiempo ante las barandillas sin pintura de la casa del Sr. Welford. El propio Welford salió en ese momento y se sintió obligado —pues no era en absoluto alguien cuyas emociones compasivas fluyeran con facilidad— a echar un vistazo al estado de un hombre que yacía inmóvil ante su misma puerta. El jinete recobró rápidamente el sentido, pero se encontró incapaz de levantarse; tenía una pierna rota. Sostenido en los brazos de su mozo, miró a su alrededor y sus ojos se encontraron con los de Welford. Un reconocimiento instantáneo dio vida al rostro del primero y tiñó de un oscuro rubor los huraños rasgos del segundo.
«¡Cielos!», dijo el caballero, «¿es ese...?»
«¡Chist, milord!», exclamó Welford, interrumpiéndolo rápidamente y mirando a su alrededor. «Pero está herido... ¿entrará en mi casa?»
El jinete manifestó su asentimiento y, entre el mozo y Welford, fue llevado al interior de la mísera puerta del exabogado. El mozo fue enviado entonces con una excusa al grupo, muchos de cuyos miembros ya se apresuraban a rodear la casa; y aunque uno o dos se forzaron a cruzar el inhóspito umbral, tan pronto como profirieron algunos juramentos y sintieron cómo sus miradas se hundían bajo la huraña y gélida aspereza del anfitrión, se convencieron de que, aunque era una maldita desgracia para su amigo, no podían hacer nada por él en ese momento; y prometiendo enviar a preguntar por él al día siguiente, volvieron a montar y cabalgaron hacia casa, con un ojo más atento de lo habitual al movimiento de sus corceles. No se marcharon, sin embargo, hasta que el cirujano del pueblo hizo su aparición y declaró que el paciente no debía ser movido bajo ningún concepto. La pierna de un lord era un regalo del cielo que no ocurría todos los días para el cirujano de -------. Durante todo este tiempo podemos imaginar el estado de ansiedad experimentado en el pueblo y la agónica resistencia de esos nervios rurales que se producen en las poblaciones escasas y que tienen una simpatía tan taliacociana con los asuntos de los demás. Un día, dos días, tres días, una semana, quince días, es más, un mes pasó, y el lord seguía siendo el huésped de la morada del Sr. Welford. Dejando a los chismosos alimentarse de su curiosidad —«caníbales de sus propios corazones»—, debemos echar un vistazo al interior de la inhóspita mansión del exabogado.
Era hacia el atardecer, el sufriente estaba apoyado en un sofá y la hermosa Sra. Welford, que había oficiado como su enfermera, colocaba la almohada bajo la extremidad destrozada. Él mismo intentaba apoderarse de su mano, que ella retiraba con timidez, y pronunciaba cosas más dulces y pulidas de las que ella jamás había escuchado antes. En ese momento, Welford entró suavemente; ninguno de los dos lo notó; y permaneció en la puerta contemplándolos con una sonrisa de calma y complaciente escarnio. El rostro de Mefistófeles observando a Margarita y a Fausto podría sugerir alguna idea de la imagen que pretendemos pintar; pero el semblante de Welford era más altivo, así como más apuesto en carácter, aunque no menos maligno en expresión, que aquel que el incomparable Retsch ha dado al demonio burlón. Tan absoluto, tan congratulatorio, tan señorial era el desprecio en los oscuros y llamativos rasgos de Welford que, aunque se encontraba en esa situación en la que el ridículo suele adherirse al marido, eran el galán y la esposa quienes hubieran parecido al espectador bajo una luz humillante y poco envidiable.
Tras una pausa momentánea, Welford se acercó con paso pesado. La esposa se sobresaltó; pero con una expresión afable y suave, que desde su estancia en el pueblo de se había visto raramente en su semblante, el anfitrión se unió a la pareja, sonrió a la enfermera y felicitó al paciente por su progreso hacia la recuperación. El noble, bien instruido en los usos del mundo, respondió con facilidad y alegría; y la conversación fluyó con bastante naturalidad hasta que la esposa, que había estado sentada abstraída y apartada, robando de vez en cuando tímidas miradas hacia su marido y miradas de un significado más tierno hacia el paciente, se retiró de la habitación. Welford dio entonces un giro a la conversación; recordó al noble los días agradables que habían pasado en Italia, las aventuras que habían compartido y las intrigas de las que habían disfrutado. A medida que la conversación se calentaba, asumió un tono más libre y licencioso; y no poco, creemos, se habrían asombrado los buenos habitantes de ----- de haber podido escuchar las alegres bromas y las máximas libertinas que fluían de los delgados labios de aquel frío y severo Welford, cuyo semblante desmentía toda alegría. De las mujeres en general hablaron con ese vivo desprecio que es el tono habitual de los hombres de mundo; solo que en Welford asumió un tinte más amargo, más profundo y más filosófico que en su invitado, más animado pero menos enérgico.
El noble parecía encantado con su amigo; la conversación era justo de su gusto; y cuando Welford lo hubo ayudado a subir a la cama, le estrechó la mano cordialmente y expresó su deseo de verlo pronto en circunstancias muy diferentes. Cuando la puerta del par se cerró tras Welford, este permaneció inmóvil durante algunos momentos; luego, con paso suave, subió a su propio dormitorio. Su esposa dormía profundamente; junto a la cama estaba la cuna del infante. Al posar sus ojos en esta última, la rígida ironía, ya habitual en sus rasgos, se relajó; se inclinó sobre la cuna durante largo tiempo y en profundo silencio. El rostro de la madre, mezclado con el del padre, estaba estampado en el querúbico semblante que dormía ante él; y cuando por fin, despertando de su ensoñación, la besó suavemente, murmuró:
«Cuando te miro, quiero creer que ella me amó alguna vez. ¡Bah!», dijo abruptamente, y poniéndose de pie, «¡este sentimiento paternal por el fruto de un ----- es exquisito en mí!». Dicho esto, sin mirar hacia su esposa, quien, perturbada por la estridencia de sus últimas palabras, se removió inquieta, salió de la habitación y bajó a aquella donde había conversado con su invitado. Cerró la puerta con cautela y, caminando de un lado a otro del humilde aposento, dio rienda suelta a pensamientos organizados de forma algo desordenada, tal como aparecen ahora ante el lector:
«Sí, sí, ¡ella ha sido mi ruina! Y si yo fuera uno de esos tontos débiles que hacen un evangelio de las necedades más bobas y empalagosas de este estado social, ella sería ahora mi desgracia; pero en lugar de mi desgracia, la haré mi escabel hacia el honor y la riqueza. ¡Y luego, al diablo con el escabel! ¡Sí! Dos años he soportado lo que era suficiente para convertir toda mi sangre en hiel; inactividad, desesperanza, un corazón y una vida desperdiciados en mí mismo; oprobio del mundo; frialdad, disputas, ingratitud de aquella por quien (¡oh, qué asno fui!) renuncié a la parte más preciada de mi naturaleza... ¡más bien, a mi naturaleza misma! Dos años he soportado esto, y ahora tendré mi venganza. La venderé, ¡la venderé! ¡Dios! ¡La venderé como a la más común de las bestias de mercado! ¡Y esta despreciable pieza de moneda falsa me comprará... mi mundo! La venganza de otros hombres proviene del odio, ¡un sentimiento bajo, precipitado y poco filosófico! La mía proviene del desprecio, el único estado sabio en el que la razón puede descansar. La venganza de otros hombres los arruina a ellos mismos; ¡la mía me salvará! ¡Ja! ¡Cómo se ríe mi alma cuando miro a esta pareja lastimera, que cree que no los veo, y sé que cada movimiento que hacen es sobre una malla de mi red! Sin embargo», y Welford hizo una pausa lentamente, «sin embargo, no puedo dejar de burlarme de mí mismo cuando pienso en la gran estafa que la locura de este chico, el amor... ¡el amor, de hecho!, la palabra misma me enferma de repugnancia... hizo de mí. Si esa mujer, tonta, débil, autómata como es, realmente me hubiera amado; si hubiera sido consciente del sacrificio inefable que había hecho por ella (el de Antonio no era nada comparado con esto; él solo perdió un mundo real; el mío era el mundo de la imaginación); si tan solo se hubiera dignado a conocer mi naturaleza, a someter al demonio femenino que hay en la suya... podría haber vivido en esta ermita parlanchina para siempre, y haberme creído feliz y resignado... podría haberme convertido en un ser diferente. Imagino que podría haberme convertido en lo que vuestros moralistas (¡curanderos!) llaman "bueno". Pero esta frivolidad del corazón que consume, esta lujuria por el elogio de los tontos, esta irritabilidad del temperamento, esta hosquedad en respuesta al pensamiento sombrío, que en mí ella ni comprendió ni perdonó, este vulgar, diario, horario languidecer por los míseros aprietos de la pobreza corporal, el gemido doméstico, la queja del hogar... cuando yo... yo no tengo un pensamiento para tales pruebas lastimosas de afecto; y todo este tiempo mis maldiciones, mi esperanza enterrada y mi espíritu disfrazado y mi nombre hundido no se tienen en cuenta; la magnitud de mi rendición hacia ella ni siquiera es comprendida; es más, sus "inconvenientes" —un hogar oscuro, supongo, o una mesa sin delicias— comparados, sí, absolutamente comparados, con todo lo que abandoné por ella. Como si no fuera suficiente... si yo hubiera sido un tonto, un tonto sin ambición, sin alma... el mero pensamiento de que había ligado mi nombre al de un comerciante... ¡le ruego perdón, un comerciante retirado! —como si ese conocimiento... un conocimiento que estrangularía a toda mi raza, a todos los que alguna vez me han conocido, visto, antes de que lo penetraran... no fuera suficiente, cuando ella habla de "comparar", ¡para hacerme roer la propia carne de mis huesos! ¡No, no, no! ¡Nunca hubo un giro tan brillante en mi destino como cuando este petimetre titulado, con su voz suave y sus adornos llamativos, vino aquí! Haré de ella una herramienta para tallar mi escape de esta caverna en la que ella me ha sumergido. Fomentaré la pasión de "mi lord", hasta que "mi lord" piense que "la pasión" (¡la pasión de una mariposa!) vale cualquier precio. Entonces pondré mis propias condiciones, obligaré a "mi lord" al secreto y me libraré de mi esposa, mi vergüenza y la oscuridad del Sr. Welford para siempre. ¡Brillantes, brillantes perspectivas! ¡Déjenme cerrar los ojos para disfrutarlas! Pero, suavemente... mi noble amigo se llama a sí mismo un hombre de mundo, experto en la naturaleza humana y un burlador de sus prejuicios; bastante cierto, a su pequeña manera... gracias no a visiones ampliadas, sino a una experiencia viciosa... ¡así es! El libro del mundo es una vasta miscelánea; está perfectamente bien familiarizado, sin duda, con esas páginas que tratan de las modas... profundamente versado, garantizo, en el "Magasin des Modes" añadido al final del índice. Pero, ¿seré yo, incluso con toda la maestría que mi mente debe ejercer sobre la suya... seré capaz de liberarme por completo en la mente de este "par del mundo" de un recuerdo degradante? ¡Cornudo! ¡cornudo! Es una palabra fea; un cornudo conveniente, dispuesto, ¡humph!... no hay grandeza, ni barniz filosófico en la frase. Déjame ver... ¡sí! Tengo un remedio para todo eso. Me casé en privado... ¡bien! bajo nombres disfrazados... ¡bien! Fue un matrimonio robado, lejos de su pueblo... ¡bien! testigos desconocidos para ella... ¡bien! pruebas fácilmente aseguradas en mi posesión... ¡excelente! El tonto creerá que es un matrimonio falso, una galantería ingeniosa mía; lavaré la mancha de cornudo con el agua de otra palabra; haré mercado de una amante, no de una esposa. Le advertiré que no le informe a ella de este secreto; déjame considerar por qué razón... oh, la legitimidad de mi hijo puede serme conveniente en el futuro. Él entenderá esa razón, y tendré su "honor" al respecto. Y, por cierto, sí me importa esa legitimidad, y guardaré las pruebas. Amo a mi hijo... los hombres ambiciosos sí aman a sus hijos. Yo mismo podría llegar a ser lord, y podría desear que un lord me suceda; y ese hijo es mío, ¡gracias al cielo! Estoy seguro en ese punto... el único hijo, además, que jamás surgirá de mí. Nunca, lo juro, volveré a ponerme fuera de mi propio poder. Toda mi naturaleza, salvo una pasión, la he dominado hasta ahora; esa pasión será de ahora en adelante mi esclava, mi único pensamiento será la ambición, ¡mi única amante será el mundo!»
Al terminar así la ensoñación de un hombre a quien las circunstancias sociales del mundo estaban calculadas, como por sistema, para hacer eminente y vilmente malvado, Welford subió lentamente las escaleras y volvió a entrar en su cámara. Su esposa todavía dormía. Su belleza era del orden justo, juvenil y armonizado, que los amantes y poetas expresarían con la palabra «angélica»; y mientras Welford contemplaba su rostro, acallado y casi santificado por el sueño, una cierta debilidad e irresolución podrían haber sido discernibles en las fuertes líneas de sus altivos rasgos. En ese momento, como para destruir para siempre el retorno de la esperanza o la virtud a cualquiera de los dos, sus labios se movieron, pronunciaron una palabra... era el nombre del cortesano invitado de Welford.
Unas tres semanas después de aquella tarde, la Sra. Welford se fugó con el joven noble, y la mañana siguiente a aquel suceso, el marido destrozado con su hijo desapareció para siempre del pueblo de -----. Desde aquel día, ninguna noticia en absoluto respecto a él llegó jamás a los oídos cosquilleantes de sus ansiosos vecinos; y la duda, la curiosidad, la discusión, se asentaron gradualmente en la creencia de que su desesperación lo había arrastrado al suicidio.
Aunque la desafortunada Sra. Welford era en realidad de un talante ligero y frívolo, y, sobre todo, susceptible a la vanidad personal, no carecía de afectos ardientes y sensibilidades agudas. Su matrimonio había sido uno de amor; es decir, por su parte, el amor ordinario de las chicas, que no aman a través de un sentimiento real y natural tanto como por una predisposición forzada. Su elección había recaído en alguien superior a ella en nacimiento, y sobre todo, en persona y trato, a quien había conocido habitualmente. Así, su vanidad había ayudado a su afecto, y algo extraño y excéntrico en el temperamento y la mente de Welford había, aunque a veces despertaba su miedo, contribuido en gran medida a inflamar su imaginación. Luego, también, aunque poco cortesano, había sido un amante apasionado y romántico. Ella era consciente de que él renunció por ella a mucho de lo que previamente había concebido necesario para su existencia; y no se detuvo a investigar cuánto tiempo era probable que durara esta devoción, o qué conducta por su parte podría perpetuar mejor los sentimientos de los que brotaba. Se había fugado con él. Había consentido un matrimonio privado. Había pasado un mes feliz, ¡y luego la ilusión se desvaneció! La Sra. Welford no era una mujer que pudiera dar a la realidad, o encontrar en ella, el encanto igual a la ilusión. Era perfectamente incapaz de comprender el carácter intrincado y peligroso de su marido.
Ella no poseía la llave de sus virtudes, ni el hechizo para sus vicios. Tampoco el estado al que la pobreza los obligaba era el más adecuado para esa tierna meditación, acentuada por la ausencia y alimentada en la indolencia, que tan a menudo otorga a quien ama el secreto de la naturaleza del ser amado. Aunque no igualaba a su marido en linaje ni en expectativas tempranas, la Sra. Welford estaba acostumbrada a ciertas comodidades, a menudo más sentidas por quienes pertenecen a las clases inferiores que por aquellos que pertenecen a las más elevadas, quienes, al perder un lujo, a menudo renuncian alegremente a todos. Una gran dama puede soportar más privaciones que su doncella; y todo caballero que viaja sonríe ante las carencias que atormentan a su ayuda de cámara. La pobreza y sus sombríos compañeros dieron paso a toda una hueste de irritaciones mezquinas y quejas fastidiosas; y como ningún huésped o visitante aliviaba el descontento doméstico, ni interrumpía las disputas familiares, estas generalmente terminaban en esa hosca melancolía que tan a menudo encuentra en el arrepentimiento la tumba del amor. Nada hace que la gente se canse tanto de los demás como una familiaridad que admite el descuido en las riñas y la tosquedad en las quejas. La mueca mordaz de Welford daba acrimonia al murmullo de su esposa; y una vez que cada uno consideró al otro como el agresor, o a sí mismo como el agraviado, fue en vano esperar que uno fuera más cauteloso, o el otro más indulgente. Ambos exigían demasiado, y la esposa, en especial, concedía demasiado poco. La Sra. Welford era completa y enfáticamente lo que un libertino llama «una mujer», tal como una educación frívola hace a una mujer: generosa en las grandes cosas, mezquina en las pequeñas; vanidosa, irritable, llena de la pequeñez de sí misma y de sus quejas, lista para hundirse en un abismo con su amante, pero igualmente lista para desgastar todo amor con reproches una vez que el salto se había dado. De todos los hombres, Welford era quien menos podía soportar esto. Una mujer de corazón más amplio, de experiencia más asentada y un intelecto capaz de apreciar su carácter y sondear todas sus cualidades, podría haberlo convertido quizás en un hombre útil y grande, y, al menos, en su amante de por vida. En medio de una cosecha de sentimientos malvados, la mera fuerza de su naturaleza lo hacía especialmente capaz de sentimientos intensos y emociones generosas. Quien confiaba en él estaba a salvo; quien se rebelaba contra él solo se confiaba al capricho de su desdén. Sin embargo, durante dos años, el amor, aunque debilitándose con cada hora, luchó en ambos pechos, y apenas podría decirse que estaba completamente vencido en la esposa, incluso cuando se fugó con su apuesto seductor. Un escritor francés ha dicho con bastante agudeza: «Compare por un momento la apatía de un marido con la atención, la galantería, la adoración de un amante, ¿y puede preguntar el resultado?». Él era un escritor francés; pero la Sra. Welford tenía en su temperamento mucho de francesa. Una paciente sufrida, joven, hermosa, bien versada en las artes de la intriga, contrastada con un marido sombrío al que nunca había comprendido, al que temió durante mucho tiempo y del que últimamente dudaba si le desagradaba; ¡ah!, ¡un contraste mucho más débil ha hecho de muchas mujeres mucho mejores pasto para los abogados! La Sra. Welford se fugó; pero sintió una ternura revivida por su marido en la misma mañana en que lo hizo. Se llevó consigo sus cartas de amor, así como las suyas propias, que cuando se casaron por primera vez había reunido en una hora de cariño (¡entonces un tesoro inestimable!), y nunca su nuevo amante recibió de sus hermosos labios un beso tan apasionado como el que ella dejó en la mejilla de su hijo. Durante algunos meses disfrutó con su amante de todo aquello por lo que había suspirado en su hogar. Aquel por quien había abandonado sus vínculos legítimos era una persona tan habitualmente alegre, cortés y lo que ordinariamente se denomina «de buen carácter» (aunque tenía en sí tanta esencia de egoísmo como cualquier noble puede tener decentemente), que continuó siendo galante con ella sin esfuerzo mucho después de haber comenzado a pensar que era posible cansarse incluso de un rostro tan hermoso. Sin embargo, hubo momentos en que la esposa voluble recordó a su marido con pesar, y al contrastarlo con su seductor, no encontró que todos los colores del contraste fueran halagadores para este último. Hay algo en un carácter poderoso y marcado que las mujeres y todas las naturalezas débiles se sienten obligadas a respetar; y el carácter de Welford se presentaba así en un relieve audaz y, por lo tanto, ventajoso, aunque sombrío, cuando se oponía a las frivolidades y debilidades del actual adorador de esta mujer culpable. Sea como fuere, la suerte estaba echada; y habría sido una política para la dama aprovechar al máximo su juego actual. Pero ella, que había murmurado como esposa, no fue complaciente como amante. Los reproches servían de interludio a las caricias, lo cual el noble amante de ninguna manera admiraba. No era hombre de replicar, era demasiado indolente; pero tampoco era hombre de tolerar. «Mi encantadora amiga», dijo un día, tras una escena, «te cansas de mí; ¡nada más natural! ¿Por qué atormentarnos mutuamente? Dices que te he arruinado; mi dulce amiga, déjame repararlo. Sé independiente; te asignaré una anualidad; huye de mí, busca la felicidad en otra parte y deja a tu desafortunado, a tu desesperado amante, a su suerte».
«¿Se burla de mí, mi lord?», exclamó la enfurecida dama; «¿o cree que el dinero puede reemplazar los derechos de los que me ha robado? ¿Puede volver a hacerme una esposa, una esposa feliz, una esposa respetada? ¡Haga esto, mi lord, y me compensará!».
El noble sonrió y se encogió de hombros. La dama repitió aún más airada su pregunta. El amante respondió con una insinuación que a la vez la asombró y la enfureció doblemente. Ella exigió ansiosamente una explicación; y su señoría, que había ido más lejos de lo que pretendía, salió de la habitación. Pero sus palabras se habían hundido profundamente en el pecho de esta infeliz mujer, y ella se resolvió a obtener una aclaración. De acuerdo con la política que despojó al viajero de la fábula de su capa, dejó de lado la tormenta y prefirió el sol: observó un momento de ternura, aprovechó la oportunidad y, poco a poco, se hizo con un secreto que la enfermó de vergüenza, asco y consternación. ¡Vendida! ¡Intercambiada! ¡El objeto de una regateo desdeñoso entre el comprador y el vendedor, vendida, además, con una mentira que la rebajó de inmediato a un objeto por el cual incluso la piedad se mezclaba con el desprecio! ¡Robada ya del nombre y el honor de una esposa, y transferida como una prostituta de los brazos cansados de un amante a las caricias caprichosas de otro! Tal era la imagen que se alzaba ante ella; y mientras despertaba en un momento todas sus pasiones más feroces hacia la locura, humillaba, al siguiente, su vanidad hasta el polvo. Ella, que conocía la pasión dominante de Welford, vio de un vistazo el objeto de desprecio y escarnio en el que se había convertido para él. Mientras ella se imaginaba la traidora, había sido traicionada; vio vívidamente ante ella (y se estremeció al verlo) la sonrisa gélida de su marido, su ojo de serpiente, sus facciones empapadas en sarcasmo, y toda su alma burlona estampada en el rostro, cuya más leve burla era tan irritante. Se apartó de esta imagen y vio el rostro cortesano del comprador, su sonrisa contenida ante sus reproches, su mueca latente ante sus pretensiones a una posición que el archiconspirador le había enseñado a creer que ella nunca había poseído. Vio su temprano cansancio de sus atractivos, expresado con respeto, ciertamente, un respeto insultante, pero sentido sin un escrúpulo de remordimiento. Vio en ambos, como a su alrededor, solo una reciprocación de desprecio. Estaba en una red de profunda humillación. Incluso ese altivo dolor de conciencia por el crimen cometido contra otro, que si aguijonea no humilla, fue absorbido por una sensación mucho más agonizante para alguien tan vanidoso como la adúltera: el ardiente sentimiento de vergüenza por haber sido ella misma, mientras pecaba, la engañada y defraudada. Su misma alma estaba consternada por su humillación. ¡La maldición de la venganza de Welford estaba sobre ella, y fue ejecutada hasta el final! Cualquier sentimiento amable que pudiera haber experimentado hacia su protector fue absorbido de inmediato por este descubrimiento. No podía soportar la idea de encontrarse con la mirada de alguien que se había beneficiado de este ignominioso trueque; las debilidades y flaquezas del amante asumieron un tinte despreciable además de odioso. Y al sentirse degradada, lo aborreció. El día después de haber hecho el descubrimiento al que nos hemos referido, la Sra. Welford abandonó la casa de su protector, nadie supo hacia dónde. Durante dos años a partir de esa fecha, se perdió todo rastro de su historia. Al final de ese tiempo, ¿qué era Welford? Un hombre en rápido ascenso en el mundo, distinguido en el foro, donde su primer caso lo había alzado a la notoriedad, comenzando una carrera halagadora en el senado, ocupando cargos lucrativos y honorables, estimado por la austera rectitud de su carácter moral, cosechando las opiniones doradas de todos los hombres mientras avanzaba hacia la reputación pública. Había vuelto a asumir su apellido hereditario; su historia temprana era desconocida; y nadie en la oscura y distante ciudad de ------ había adivinado jamás que el humilde Welford era el William Brandon cuyos elogios se repetían en tantos periódicos y cuyo genio emergente era reconocido por todos. Esa aspereza, rudeza y melancolía que lo habían caracterizado en ------, y que, siendo naturales en él, no se dignaba a disfrazar en una posición poco afín a sus talentos y por debajo de sus esperanzas, estaban ahora brillantemente barnizadas por una hipocresía bien calculada para ayudar a su ambición. Tan doctamente podía este singular hombre adaptarse a los demás que pocos entre los grandes se reunían con él como compañero sin salir con el ánimo de convertirse en su amigo. A través de su noble rival, es decir (para hacer la «seguridad doblemente segura» de nuestro lector), a través de Lord Mauleverer, había adquirido su primer cargo lucrativo, cierto patrocinio del gobierno y su escaño en el parlamento. Si había perseverado en el foro en lugar de entregarse enteramente a las intrigas de Estado, era solo porque sus talentos estaban eminentemente más calculados para hacerlo avanzar en el primer camino hacia el honor que en el segundo. Tan devoto se había vuelto a la vida pública que solo se había permitido albergar una fuente privada de disfrute: su hijo. Como nadie, ni siquiera su hermano, sabía que había estado casado (durante los dos años de su nombre disfrazado, se le había supuesto en el extranjero), la aparición de este hijo constituyó la única pieza de escándalo susurrada contra la rígida moralidad de su justa fama; pero él mismo, esperando su momento para reconocer a un heredero legítimo, hizo correr la voz de que era el niño huérfano de un querido amigo al que había conocido en el extranjero; y la pulcritud puritana, no solo de vida, sino de modales, que asumió, obtuvo una creencia bastante amplia en la declaración. A este hijo Brandon lo idolatraba. Como hemos representado que él mismo dice, los hombres ambiciosos suelen sentir cariño por sus hijos, más allá del cariño de otros padres. La perpetua referencia que los ambiciosos hacen a la posteridad es quizás la razón principal. Pero Brandon también sentía cariño por los niños en general; la filoprogenitividad era un rasgo marcado en su carácter, y parecería desmentir la dureza y el artificio propios de ese carácter, si el mismo amor no fuera tan frecuentemente notable en los severos y artificiales. Parece como si un sentimiento semiconsciente pero agradable de que ellos también fueron alguna vez gentiles e inocentes, les hiciera deleitarse en revivir cualquier simpatía con su estado temprano.
A menudo, tras los aplausos y la labor del día, Brandon se retiraba a la habitación de su hijo y observaba su sueño durante horas; a menudo, antes de que comenzara su jornada matutina, cuidaba al niño en sus brazos con toda la ternura natural y la alegría desbordante de una mujer; y a menudo, mientras un sentimiento más grave y característico se apoderaba de él, decía mentalmente: «Tú construirás nuestro nombre roto sobre una base mejor que tu padre. Comienzo demasiado tarde en la vida, y laboro por un camino doloroso y pedregoso; pero haré el viaje a la Fama suave y accesible para ti. Nunca, además, mientras aspires al honor, endurecerás tu corazón hacia la tranquilidad. Para ti, hijo mío, serán las alegrías del hogar y del amor, y una mente que no se enferme ante el pasado, y que no se esfuerce, por mero olvido, hacia una distinción solitaria y estéril para el futuro. No solo disfrutarás de lo que tu padre gane, sino que lo que lo ha maldecido, su vigilancia te llevará a evitarlo».
Fue así no solo que sus sentimientos más suaves, sino todos los mejores y más nobles, que incluso en el pecho más duro y peor encuentran alguna raíz, se volvieron hacia su hijo, y que el hombre vacío y vicioso prometió convertirse en el padre afectuoso y quizás sabio.
Una noche, Brandon regresaba a casa a pie de una cena ministerial. La noche era helada y clara, la hora era tardía y su camino discurría por las calles más largas y mejor iluminadas de la metrópoli. Estaba, como de costumbre, sumido en sus pensamientos, cuando fue repentinamente despertado de su ensueño por un ligero toque en su brazo. Se volvió y vio a una de las personas infelices que frecuentan las calles de medianoche de las ciudades, de pie justo ante su camino. La mirada de cada uno cayó sobre el otro; y fue así, por primera vez desde que reposaron sus cabezas en la misma almohada, que el marido se encontró con la esposa. Los cielos estaban intensamente claros, y la luz de las farolas era brillante y tranquila sobre los rostros de ambos. No hubo duda en la mente de ninguno. Repentinamente, y con una sobresaltada y espantosa conciencia, se reconocieron. La esposa se tambaleó y se aferró a un poste para sostenerse; la mirada de Brandon era tranquila e impasible. La hora que su espíritu amargo y maligno había anhelado había llegado; sus nervios se expandieron en una voluptuosa calma, como para darle un disfrute deliberado de su esperanza cumplida. Cualesquiera que fueran las palabras que en esa entrevista sin testigos y casi aterradora pasaron entre ellos, podemos estar seguros de que Brandon no escatimó ni un átomo de su poder. La esposa perdida y abandonada regresó a casa; y toda su naturaleza, embrutecida como se había vuelto por la culpa y los viles hábitos, se endureció en la venganza, ese sentimiento sobrenatural que puede llamarse la esperanza de la desesperación.
Tres noches después de aquel encuentro, la casa de Brandon fue asaltada. Como las casas de muchos hombres de leyes, se encontraba en una peligrosa y escasamente poblada periferia de la ciudad, y era fácilmente accesible para el robo. Fue despertado por un ruido; se sobresaltó y se encontró en manos de dos hombres. Al pie de la cama estaba una mujer, levantando una luz; y su rostro, demacrado por pasiones abrasadoras y macilento con la blancura leprosa de la enfermedad y la muerte inminente, lo miraba fijamente.
«Ahora es mi turno», dijo la mujer, con una mueca de desprecio que el propio Brandon podría haber envidiado; «¡me has maldecido, y yo te devuelvo la maldición! Me has dicho que mi hijo nunca me nombrará sino para sonrojarse. ¡Tonto! ¡Triunfo sobre ti; a ti él nunca te conocerá hasta el día de su muerte! ¡Me has dicho que a mi hijo y al hijo de mi hijo (una larga transmisión de execración) mi nombre —el nombre de la esposa que vilmente vendiste a la ruina y al infierno— debería dejarse como legado de odio y vergüenza! Hombre, no le enseñarás a ese niño ninguna lección más en absoluto: no sabrás si vive o muere, o si tiene hijos para continuar tu jactanciosa raza; o si, en caso de tenerlos, esos hijos no son marginados de la tierra, los malditos de los hombres y de Dios, la descendencia adecuada de la cosa que has hecho de mí. ¡Desgraciado! Te devuelvo la denuncia con la que, cuando nos encontramos hace tres noches, habrías aplastado a la víctima de tu propia perfidia. Recorrerás el camino de tu ambición sin hijos, sin objetivos y sin esperanza. La enfermedad pondrá su sello en tu cuerpo. El gusano se cebará en tu corazón. Tendrás honores y no los disfrutarás; obtendrás tu ambición, y la desesperación; anhelarás a tu hijo, y no lo encontrarás; o, si lo encuentras, maldecirás la hora en que nació. Márcalo, hombre, estoy muriendo mientras hablo, sé que soy una profeta en mi maldición. ¡Desde esta hora estoy vengada, y tú eres mi escarnio!».
Como las naturalezas más duras se hunden consternadas ante la mirada pétrea del loco, así, en la oscuridad de la noche, atado por rufianes, la voz salvaje y solemne, agudizada por la pasión y la locura parcial, de la macabra figura ante él, cuajándose en sus venas, ¡incluso el carácter altivo y audaz de William Brandon se acobardó! No pronunció una palabra. Fue encontrado a la mañana siguiente atado con fuertes cuerdas a su cama. No habló cuando fue liberado, sino que fue en silencio a la habitación de su hijo; ¡el niño había desaparecido! Varios artículos de propiedad también fueron robados; las herramientas desesperadas que la madre había empleado no trabajaron quizás sin su propia recompensa.
Apenas necesitamos añadir que Brandon puso en marcha todos los motores y canales de la justicia para el descubrimiento de su hijo. Toda la especial astucia y agudeza de su propio carácter, ayudada por su experiencia profesional, la empleó durante años en la misma búsqueda. Toda investigación fue totalmente en vano; no pudo rastrearse ni el más remoto vestigio hacia el descubrimiento hasta que se encontraron (hemos registrado cuándo) algunos de los artículos que habían sido robados. El destino atesoraba en su sombrío vientre, totalmente inadvertida por el hombre, la hora y la escena en la que el deseo más ardiente de William Brandon debía realizarse.
CAPÍTULO XXXIV.
O Fortuna, viris invida fortibus Quam non aqua bonis praemia dividis. SÉNECA. ............ Y como una liebre, a la que persiguen perros y cuernos, Jadea hacia el lugar desde donde primero voló. ............ Aquí, para el niño sin hogar de la necesidad, Mi puerta sigue abierta. GOLDSMITH.
Lentamente para Lucy menguaban las semanas de un invierno que para ella era la parte más sombría de la vida que jamás había pasado. Llegó el momento para que el juez asistiera a una de esas visitas periódicas tan cargadas de temor y consternación para los miserables ocupantes de las oscuras moradas que las complejas leyes de este país suministran tan generosamente; esos tiempos de gran hilaridad y banquete para la aristocracia legal:
«Que se alimentan de crímenes y engordan con la angustia, Y exprimen la vil alegría del último exceso del sufrimiento».
¡Ah! ¡Excelente orden del mundo, que es tan perverso perturbar! ¡Qué milagrosamente hermoso debe ser ese sistema que hace vino de las abrasadoras lágrimas de la culpa; y de la asfixiante incertidumbre, el miedo agonizante, la valentía forzada y autocrítica, la terrible sentencia, la desesperante agonía de muerte de un hombre, proporciona la sonrisa de expectativa de honorarios, la reunión jovial y las vacaciones mercenarias para otro! «De la Ley, nada menos se puede decir que su asiento es el seno de Dios». —[Hooker's Ecclesiastical Polity.]— Por supuesto que no; Richard Hooker, tienes toda la razón. ¡La divinidad de unas sesiones y la inspiración de Old Bailey son innegables!
El cuidado de Sir William Brandon había mantenido eficazmente fuera de los oídos de Lucy el conocimiento de la ignominiosa situación de su amante. De hecho, incluso ante su salud delicada, la mirada severa de Brandon y la mirada irreflexiva de Mauleverer percibían el peligro de tal descubrimiento. El conde, que ahora aguardaba el ataque principal sobre Lucy hasta que el telón hubiera caído para siempre sobre Clifford, procedió con gran cautela y delicadeza en su cortejo hacia su pretendida novia. Esperó con mayor paciencia por cuanto había girado anticipos sobre su amigo Sir William por una parte de la fortuna de la heredera; y admitía de buena gana que no podría encontrar en el ínterin un mejor abogado que el que hallaba en Brandon. Tan persuasiva, en efecto, y tan sutil era la elocuencia de este hábil sofista, que a menudo, en sus artificiosas conversaciones con su sobrina, dejaba incluso en la mente inmaculada y fuerte, aunque sencilla, de Lucy una impresión inquieta y agitada, que el tiempo podría haber madurado hasta convertirla en una inclinación hacia las ventajas mundanas del matrimonio que se le ofrecía. Brandon no era un mediador torpe ni un perseguidor violento. Parecía aceptar su rechazo a Mauleverer. Apenas volvía a mencionar el suceso. Rara vez elogiaba al conde mismo, salvo por las cualidades evidentes de vivacidad y buen carácter. Pero hablaba, con todos los colores vívidos que podía infundir a voluntad en sus palabras, de los placeres y los deberes del rango y la riqueza. Bien podía apelar por igual a todos los prejuicios y a todas las debilidades del pecho humano, y gobernar la virtud a través de sus flaquezas. Lucy había sido educada, como las hijas de la mayoría de los caballeros rurales de antigua familia, en una indebida y ociosa conciencia de su cuna superior; y estaba lejos de ser inaccesible a la calidez e incluso al sentimiento (pues aquí Brandon era sincero) con el que su tío hablaba del deber de elevar un nombre ilustre caído en el descrédito, y de sacrificar nuestra propia inclinación para redecorar el esplendor marchito de aquellos que nos precedieron. Si la confusión de ideas provocada por una vaga pomposidad de frase, o la inculcación infantil de un sentimiento que se confunde con una virtud, tan a menudo hace necios a los sabios en el tema de la ascendencia; si nubló incluso el sentido sarcástico y agudo del propio Brandon, podemos perdonar su influencia sobre una joven tan poco versada en las artes del razonamiento sólido como la pobre Lucy, de quien se podría decir que nunca había aprendido a pensar hasta que había aprendido a amar. Sin embargo, la impresión causada por Brandon, en sus momentos más felices de persuasión, era aún solo transitoria; se desvanecía ante el primer pensamiento de Clifford, y nunca le sugirió ni una duda respecto a la pretensión de Mauleverer.
Cuando llegó el día en que Sir William Brandon debía partir hacia el circuito, llamó a Barlow y encomendó a ese sagaz e inteligente sirviente la mayor cautela con respecto a Lucy. Le ordenó que la negara a todo el mundo, sin importar el rango, y que examinara cuidadosamente cada periódico que se le llevara, así como que retuviera toda carta, salvo aquellas que le fueran dirigidas con la propia letra del juez. Brandon ya había ganado para la causa del silencio a la doncella de Lucy; y el tío se complacía ahora pensando que había puesto una guardia eficaz contra toda posibilidad de descubrimiento. La identidad de Lovett con Clifford aún ni siquiera se había rumoreado; y Mauleverer había juzgado acertadamente a Clifford cuando creyó que el prisionero tomaría él mismo todas las precauciones contra la detección de ese hecho. Clifford respondió a la nota del conde y prometió, en una carta redactada en un tono de gratitud tan conmovedor y a la vez tan varonil, que incluso Brandon se sintió conmovido al leerla. Y desde su confinamiento y recuperación parcial de salud, el prisionero se había mantenido estrechamente recluido y rechazaba todas las visitas. Animado por esta reflexión y por la creencia en la seguridad de sus precauciones, Brandon se despidió de Lucy. —¡Adiós! —dijo, mientras la abrazaba afectuosamente—. Asegúrate de escribirme, y perdóname si no te contesto puntualmente. ¡Cuídate mucho, mi dulce sobrina, y deja que vea un color más fresco en esa mejilla suave cuando regrese!
—Cuídate tú más bien, mi querido, queridísimo tío —dijo Lucy, aferrándose a él y llorando, como últimamente sus debilitados nervios le hacían hacer ante la menor agitación—. ¿Por qué no puedo ir contigo? Me has parecido más pálido de lo habitual los últimos tres o cuatro días, y ayer te quejaste. Déjame ir contigo. No seré una molestia, en absoluto; pero estoy segura de que necesitas una enfermera.
—Quieres asustarme, mi linda Lucy —dijo Brandon, sacudiendo la cabeza con una sonrisa—. Estoy bien, muy bien. Sentí una extraña oleada de sangre hacia la cabeza ayer, es cierto; pero hoy me siento más fuerte y más ligero de lo que me he sentido en años. ¡Una vez más, que Dios te bendiga, hija mía!
Y Brandon se arrancó de su lado y comenzó su viaje.
El curso errante y dramático de nuestra historia nos conduce ahora a un callejón oscuro en la metrópoli, que desemboca en el Támesis, y nos convierte en espectadores de una conmovedora despedida entre dos personas, a quienes la injusticia del destino y las persecuciones de los hombres estaban a punto de separar, quizás, para siempre.
—¡Adiós, amigo mío! —dijo Augustus Tomlinson, mientras permanecía mirando fijamente aquel segmento del rostro de Edward Pepper que quedaba sin ocultar por un enorme sombrero y un pañuelo de cuello rojo. Tomlinson mismo estaba ataviado con el atuendo completo de un clérigo digno—. ¡Adiós, amigo mío, ya que te quedarás en Inglaterra... adiós! Soy, me exalta decirlo, un patriota no menos sincero que tú. Que el cielo sea mi testigo de cuánto tiempo miré con repugnancia la propuesta del pobre Lovett de abandonar mi amado país. Pero toda esperanza de vida aquí se ha terminado; y, en realidad, durante los últimos diez días he sido tan perseguido de esquina a esquina, tan acosado con invitaciones corteses, similares a las que hace la esposa de un granjero a sus patos: «¡Dilly, dilly, dilly, venid a ser sacrificados!», que mi patriotismo se ha enfriado prodigiosamente, y ya no retrocedo ante los pensamientos del autoexilio. «La tierra», mi querido Ned, como ha observado muy bien un sabio griego... «¡la tierra es la misma en todas partes!», y si se me pregunta por mi hogar, puedo señalar, como Anaxágoras, al cielo.
—¡Por mi alma, me emocionas! —dijo Ned, hablando con voz espesa, ya sea por el dolor o por la presión del pañuelo sobre su boca—; ¡es verdaderamente hermoso oírte hablar!
—Anímate, mi querido amigo —continuó Tomlinson—; anímate frente a tus aflicciones actuales. ¿Qué son para un hombre que se fortifica con la razón y la reflexión sobre la brevedad de la vida, las pequeñas calamidades del cuerpo? ¿Qué es el encarcelamiento, o la persecución, o el frío, o el hambre? ¡A propósito, no olvidaste poner los sándwiches en el bolsillo de mi abrigo!
—¡Silencio! —susurró Ned, y se movió involuntariamente—; veo a un hombre en el otro extremo de la calle.
—Aceleremos el paso —dijo Tomlinson; y la pareja se dirigió hacia el río.
—Y ahora —comenzó Ned, quien pensó que bien podría decir algo sobre sí mismo; pues hasta entonces Augustus, en el ardor de su amistad, solo había estado discutiendo sus propios planes—, y ahora... es decir, cuando te deje..., me apresuraré a sumergirme en busca de refugio hasta que pase la tormenta. No me gusta mucho vivir en un sótano y usar una blusa de campesino; ¡pero esos escondites tienen algo interesante después de todo! El lugar más seguro y acogedor que conozco es el Pays Bas, cerca de Thames Court; así que pienso alquilar un apartamento bajo tierra y tomar mis comidas en los antiguos aposentos del pobre Lovett, el Mug; la policía nunca soñará con buscar en estos lugares vulgares a un hombre de mi estilo.
—¿No puedes, entonces, arrancarte de Inglaterra? —dijo Tomlinson.
—No, ¡maldita sea! Los tipos son tan condenadamente poco varoniles al otro lado del agua. Odio su vino y su parley woo. Además, allí no hay diversión.
Tomlinson, que estaba absorto en sus propios pensamientos, no hizo comentarios sobre las excelentes razones de su amigo contra los viajes; y la pareja se acercó ahora a la orilla del río. Un bote estaba esperando para recibir y conducir al ilustre emigrante hasta el barco en el que había reservado su plaza para Calais. Pero a medida que la mirada de Tomlinson caía de repente sobre los rudos barqueros y el pequeño bote que lo alejarían de su tierra natal; mientras miraba, también, a través de las aguas azules, que un viento fresco agitaba violentamente, y pensaba en lo mucho más agitado que sería en el mar, donde «su alma» invariablemente «se enfermaba ante la ola que se levanta»..., toda una marea de emociones profundas y dolorosas se abatió sobre él.
Se dio la vuelta. El lugar en el que estaba de pie era un terreno en alquiler (como proclamaba un cartel) para edificar; abajo, descendían los escalones que debían conducirlo al bote; alrededor, el espacio desolado le permitía ver en gran extensión las agujas, las cúpulas y las chimeneas de la gran ciudad cuyos habitantes quizás no podría saquear nunca más. Mientras miraba y miraba, las lágrimas brotaron de sus ojos, y con un arrebato de entusiasmo, poco acorde con su carácter templado y filosófico, levantó su mano derecha del bolsillo de sus pantalones negros y estalló en la siguiente despedida a la metrópoli de sus costas natales:
—¡Adiós, mi amado Londres, adiós! ¿Dónde encontraré jamás una ciudad como tú? Nunca, hasta ahora, sentí cuán inexpresablemente querida me eras. ¡Has sido mi padre, y mi hermano, y mi amante, y mi sastre, y mi zapatero, y mi sombrerero, y mi cocinero, y mi comerciante de vinos! Tú y yo nunca nos malinterpretamos. No me quejé cuando vi qué casas tan hermosas y qué cajas fuertes tan sólidas dabas a otros hombres. ¡No! Me regocijé en su prosperidad. Me deleitaba ver a un hombre rico... mi única decepción era tropezar con uno pobre. Diste riquezas a mis vecinos; pero, ¡oh, generoso Londres, me diste esos vecinos a mí! ¡Magníficas calles, todas las virtudes cristianas habitan en ti! ¡La caridad es tan común como el humo! ¿Dónde, en qué rincón del mundo habitable, encontraré seres humanos con tantas superfluidades? ¿Dónde podré atraer tan fácilmente, de la credulidad benevolente, esas superfluidades hacia mí mismo? ¡Solo el cielo sabe, mi querido, querido, adorado Londres, lo que pierdo en ti! ¡Oh, caridades públicas! ¡Oh, instituciones públicas! ¡Oh, bancos que contradicen los axiomas matemáticos y hacen fortunas de la nada! ¡Oh, antigua constitución siempre sujeta a cuestionamiento! ¡Oh, mejoras modernas que nunca funcionan! ¡Oh, especulaciones! ¡Oh, compañías! ¡Oh, leyes de usura que protegen contra los usureros creando tantos como sea posible! ¡Oh, iglesias en las que nadie se beneficia, salvo el párroco y las viejas que alquilan bancos por la tarde! ¡Oh, teatros soberbios, demasiado pequeños para parques, demasiado enormes para casas, que excluyen la comedia y la comodidad, y tienen el monopolio de representar tonterías de forma gigantesca! ¡Oh, casas de yeso, construidas en un día! ¡Oh, palacios de cuatro yardas de altura, con una cúpula en el medio, destinados a ser invisibles!
[No debemos suponer que este apóstrofe sea un anacronismo. Tomlinson, por supuesto, se refiere a algún palacio de su época; una de las cajas —aguinaldos de Navidad— entregadas al rey por su económica nación de tenderos. Suponemos que hace tiempo que fue demolido o derribado por el viento; sin duda, a estas alturas ya lo han olvidado todos, excepto los anticuarios. Nada es tan efímero como las grandes casas construidas por el pueblo. ¡Vuestros reyes hacen trizas sus juguetes!]
—¡Oh, tiendas que valen miles, y oh, tenderos que no valen ni un chelín! ¡Oh, sistema de crédito por el cual los mendigos son príncipes y los príncipes son mendigos! ¡Oh, encarcelamiento por deudas, que deja que roben la yegua y luego encierra el freno! ¡Oh, estafadores, burbujas, senadores, petimetres, tabernas, burdeles, clubes, casas privadas y públicas! —¡Oh, LONDRES, en una palabra, recibe mi último adiós! ¡Que florezcas largamente en paz y abundancia! ¡Que tus bribones sean ingeniosos y tus necios sean ricos! ¡Que solo cambies dos cosas: tus malditos trucos de transporte y ahorcamiento! Esos son tus únicos defectos; de no ser por ellos, nunca te abandonaría. ¡Adiós!
Aquí Tomlinson apartó la cabeza y, tras estrechar apresuradamente la mano de Ned el Largo con un apretón tembloroso y cálido, se apresuró a bajar las escaleras y entró en el bote. Ned permaneció inmóvil durante unos momentos, siguiéndolo con la mirada mientras se sentaba en el extremo del bote, agitando un pañuelo de bolsillo blanco. Finalmente, una fila de barcazas lo arrebató de la vista del rezagado; y Ned, dándose la vuelta lentamente, murmuró: —Sí, siempre he oído que la casa de la Dama Lobkins era el asilo más seguro para una desgracia como la mía. ¡Iré de inmediato en busca de alojamiento, y mañana desayunaré en el Mug!
Sea nuestra agradable tarea, querido lector, adelantarnos al buen ladrón y regresar, a la hora del amanecer del día siguiente a la partida de Tomlinson, a la escena en la que comenzó nuestra historia. Estamos ahora una vez más en la casa de la señora Margery Lobkins.
La habitación que servía para tantos propósitos era aún la misma que cuando Paul la convirtió en el escenario de sus travesuras. El aparador, con sus estantes de loza y peltre mezclados, ocupaba su antigua e importante posición. Solo cabría notar que el peltre estaba más opaco que antaño, y que diversas grietas trazaban sus caminos erráticos sobre la superficie amarilla de la loza. El ojo de la dueña se había vuelto menos agudo que hasta ahora, y el cuidado de la criada se había, por necesidad, relajado. El reloj de pie todavía marcaba el tiempo en monótona advertencia; el biombo de mantas, tal vez inocente de jabón desde que lo describimos por última vez, de múltiples pisos y baladas, seguía desplegando sus amplias hojas «ricas con los despojos del tiempo»; el asador y el mosquete todavía colgaban de la pared en amistosa proximación. Y el banco largo y liso, «con muchos textos sagrados esparcidos en él», aún proporcionaba descanso al viajero cansado y un objeto a la mirada vacía de la señora Margery Lobkins, mientras se recostaba en su asiento opuesto y olvidaba el mundo. Pero el pobre Piggy Lob... ¡ahí estaba la alteración! ¡El alma de la mujer se había ido; el espíritu se había evaporado de la botella humana! Se sentaba, con la boca abierta y el ojo vidrioso, en su silla, balanceándose de un lado a otro, con el sonido bajo y petulante de la edad irritable y el dolor corporal; a veces este murmullo quejumbroso se agudizaba en un regaño chillón pero sin sentido: —¡Ahí tienes, tú carne de horca! Te has tomado la cerveza sin marcarla en la tiza; quieres engañar a la pobre viuda; pero te veo, ¡lo hago! La Providencia protege a los ancianos y a los inocentes... Oh, oh, estas punzadas serán mi muerte. ¿Dónde está Martha? ¡Tú, bruja! ¡Tú, víbora insolente, trae la cinta; no ves cómo sufro? ¿No tienes entrañas, para dejar que una pobre criatura cristiana perezca por falta de ayuda? ¡Así son ellos, ese es el modo! ¡Ya nadie se preocupa por mí ahora, nadie tiene respeto por las canas de los viejos! Y entonces la voz disminuía en el sollozo de su «camino».
Martha, una moza robusta con el pelo rojo cayendo sobre sus «colinas de nieve», no era, sin embargo, desatenta a las necesidades de su ama. —¿Quién sabe —decía a un hombre que se sentaba junto al hogar, bebiendo té de una taza azul y tostando con gran cuidado dos o tres enormes rebanadas de pan para su propia nutrición privada y especial—, quién sabe —decía ella—, a lo que podemos llegar nosotros mismos? Y, diciendo esto, colocó un vaso brillante junto al codo de su ama.
Pero en la postración hundida de su intelecto, la anciana era insensible incluso a ese consuelo. Bebía y sorbía, es cierto; pero como si el líquido no calentara la región entumecida por la que pasaba, continuaba murmurando en un tono enloquecido y lastimero:
—¿Es esta tu gratitud, serpiente! ¿Por qué no traes la cinta, te digo? ¿Tengo yo edad para beber agua como un caballo, cosa repugnante! ¡Oh, pensar que viviría para ser abandonada!
Indiferente a estos murmullos, que sentía irracionales, la animosa Martha abandonó la habitación para ocuparse de sus deberes domésticos superiores. El hombre junto al hogar era el único compañero que le quedaba a la viuda. Mirándola por un momento, mientras ella se sentaba gimiendo, con una ruda compasión en la mirada, y masticando lentamente su tostada, que ahora había untado con mantequilla y colocado en un plato de loza sobre el borde de la chimenea, esta persona comenzó así a consolarla:
—¡Ah, señora Lobkins, si fuera que el pequeño Paul estuviera con usted, sería un consuelo de horca para sus últimos días!
El nombre de Paul hizo que la buena mujer inclinara la cabeza hacia el orador; un rayo de conciencia atravesó su cerebro entorpecido.
—Pequeño Paul... ¡eh, señores! ¿Dónde está Paul? Paul, digo, mi buen amigo. ¡Ay! Se ha ido... dejó a su pobre vieja enfermera morir como un gato en un sótano. ¡Oh, Dummie, nunca vivas para ser viejo, hombre! ¡Nos dejan a nosotros mismos y luego se llevan toda la bebida con ellos! ¡No tengo una gota de consuelo en el mundo entero!
Dummie, quien en ese momento tenía sus propias razones para calmar a la dama y estaba ansioso por aprovechar al máximo la oportunidad de una conversación tan privada como la presente, respondió con ternura y con una astucia propensa a promover su fin, reprochando amargamente a Paul por no haber informado nunca a la dama de su paradero y sus actividades. —Pero vamos, señora —concluyó—, vamos, supongo que él está mejor que todo eso, y que no necesita golpearse sus viejos sesos pensando dónde yace o qué está haciendo. Maldita sea, Madre Lob... pido perdón, señora Margery, debería decir..., si no daría cinco chelines, sí, y cinco más por añadidura, por saber qué está haciendo el pobre muchacho; ¡tengo un interés mortal en ese tipo!
—¡Oh! ¡Oh! —gimió la anciana, sobre cuyos sentidos paralizados las astutas preguntas de Dummie Dunnaker cayeron inofensivas—; ¡mi pobre cuerpo pecador! ¡En qué estado se encuentra!
Artificiosamente volvió Dummie Dunnaker, nada derrotado, a renovar su ataque; pero la fortuna no siempre favorece a los sabios, y le falló a Dummie esta vez por una razón doble: primero, porque no era posible que la dama lo comprendiera; segundo, porque incluso si lo hubiera hecho, no tenía nada que revelar. Algunos de los regalos pecuniarios de Clifford habían sido enviados anónimamente, todos sin dirección ni fecha; y, en su mayor parte, habían sido apropiados por la sabia Martha, en cuyas manos cayeron, para sus propios usos privados. Tampoco necesitaba la dama la caridad agradecida de Clifford; pues era una mujer bastante acomodada en este mundo, considerando lo cerca que estaba creciendo de otro. Sin embargo, Dummie podría haber intentado su camino inútil por más tiempo, si la puerta de la posada no hubiera crujido sobre sus bisagras y la forma voluminosa de un hombre alto con una blusa de campesino, pero con una cabeza de cabello notablemente hermosa, no hubiera oscurecido el umbral. Honró a la dama, que le lanzó una mirada sin brillo, con un asentimiento hosco pero ambrosíaco, tomó una botella de licor y un vaso, encendió una vela, sacó de su bolsa una pequeña pipa alemana y una tabaquera, colocó estos diversos lujos en una pequeña mesa, la acercó a un rincón alejado de la habitación y, arrojándose en una silla y sus piernas en otra, disfrutó del resultado de sus esfuerzos en un silencio malhumorado y altanero. Larga y seriamente contempló el manso Dummie el rostro del caballero ante él. Habían pasado algunos años desde la última vez que lo había visto; pero era uno que no escapaba fácilmente a la memoria; y aunque su propietario era un hombre que había ascendido en el mundo y había ganado la cima de su profesión (una estación mucho más allá de la esfera diurna de Dummie Dunnaker), y el humilde carterista estaba, por tanto, asombrado de encontrarlo en estas regiones inferiores, el recuerdo de Dummie lo llevó de vuelta a un día en que habían compartido el botín juntos sin distinción de personas, y habían sido muy alegres socios en el juego práctico de arruinar al vecino. Mientras, sin embargo, Dummie Dunnaker, quien era un poco dado a ser tímido, deliberaba sobre la propiedad de reclamar amistad, un niño sucio, con un rostro que delataba la helada, como decía el propio Dummie, como una ciruela muriendo de escarlatina, entró en la habitación con un periódico en su pata diestra.
«¡Grandes noticias! ¡Grandes noticias!», gritó el pilluelo, imitando a sus vociferantes modelos de la calle; «¡todo sobre el famoso Capitán Lovett, tal cual es!»
«¡Cierra el pico, pedazo de bocazas!», dijo Dummie, reprendiéndolo, mientras se apoderaba del diario.
«¡El amo dice que lo necesita para enviarlo a Clapham y que no puede dejarlo más de una 'ora!», dijo el muchacho mientras se retiraba.
«Recuerdo el día», dijo Dummie, con el celo de un miembro del clan, «¡en que el Mug tomaba un periódico solo para sí en lugar de alquilarlo por el rato como ahora!»
Acto seguido, abrió el papel con un chasquido y se entregó a la lectura. Pero el alto desconocido, levantándose a medias con un sobresalto, exclamó:
«¿No tiene usted los modales necesarios para ser comunicativo? ¿Cree que a nadie más que a usted le importa el Capitán Lovett?» Ante esto, Dummie se giró en su silla y, con un «¡Rayos, es usted bienvenido, por supuesto!», comenzó de la siguiente manera (copiamos el periódico, no la dicción del lector):
«El juicio del notorio Lovett comienza este día. Se han hecho grandes esfuerzos por parte de personas de todas las clases para conseguir asientos en el Ayuntamiento, que estará lleno hasta un grado nunca antes conocido en esta pacífica provincia. Se dice que no menos de siete acusaciones esperan al prisionero; se ha acordado que el robo a Lord Mauleverer sea el primero en tratarse. Se entiende que el testigo principal en este caso contra el prisionero es el testigo de la corona, MacGrawler. No han circulado noticias aún sobre los presuntos cómplices, Augustus Tomlinson y Edward Pepper. Se cree que el primero ha abandonado el país y que el segundo está acechando entre los bajos refugios de la culpa con los que abunda el corazón de la metrópoli. Los informes hablan muy bien de la persona y los modales de Lovett. También se supone que es un hombre de cierto talento, y anteriormente estuvo involucrado en una oscura publicación periódica editada por MacGrawler, llamada el 'Althenaeum' o 'Asinaeum'. No obstante, tememos que su origen sea notablemente bajo y acorde con la naturaleza de sus actividades. El prisionero será muy afortunado con el juez. Nunca nadie que ocupara el mismo alto cargo que Sir William Brandon se ganó una reputación igual en tan poco tiempo. Los Whigs están acostumbrados a burlarse de nosotros cuando insistimos en las virtudes privadas de nuestros hombres públicos. Que miren a Sir William Brandon y confiesen que la moral más austera puede estar vinculada con el conocimiento más sólido y el genio más brillante. ¡El discurso de apertura del docto juez ante el jurado en-------es quizás la pieza de elocuencia más impresionante y solemne de la lengua inglesa!»
Una causa para este elogio podría hallarse, tal vez, en otra parte del periódico, en la que se decía:
«En los círculos superiores, entendemos que ha corrido el rumor de que Sir William Brandon va a ser llamado a retomar su antigua carrera parlamentaria en un escenario más elevado. Tan altamente son respetados los talentos de este caballero por su Majestad y los ministros que, según se informa, están ansiosos por asegurar su asistencia en la Cámara de los Lores.»
Cuando Dummie hubo deletreado su «penosa marcha» a través del primero de los extractos anteriores, se giró hacia el alto desconocido y, observándolo con una especie de guiño significativo, dijo:
«Así que MacGrawler canta... ¡delata a sus compinches, eh! Pues bien, ¡siempre sospeché de ese hijo de perra! ¿Sabe usted? Solía estar en el Mug muchos días enseñándole a nuestro pequeño Paul, y yo le decía a Piggy Lob: “¡Rayos, ese tipo es un bicho raro! Y si no termina en la horca”, decía yo, “¡será solo porque se pondrá arisco y colgará a uno de sus colegas!”. Así que ya ve» (aquí Dummie miró a su alrededor y su voz bajó a un susurro), «así que ya ve, Míster Pepper, ¡no me equivocaba en eso!»
Long Ned dejó caer su pipa y dijo con acritud y un ceño suspicaz: «¡Qué! ¿Me conoces?»
«Seguro y cierto que sí», respondió el pequeño Dummie, caminando hacia la mesa donde se sentaba el ladrón. «¿Acaso no me conoce usted a mí?»
Ned contempló al interrogador con una mirada hosca, que gradualmente se iluminó con el reconocimiento. «¡Ah!», dijo, con el aire de un Brummel, «Míster Bummie, o Dummie, creo, ¿eh? Dame la pata... me alegra verte. Recuerdo la última vez que te vi, me insultaste un poco. No importa. Supongo que no lo hiciste con intención».
Animado por esta afable recepción del bandolero, aunque un poco avergonzado por la alusión de Ned a su conducta anterior, que sentía justa, Dummie sonrió, empujó un taburete cerca de Ned, se sentó y, evitando cuidadosamente cualquier respuesta inmediata a las quejas de Ned, replicó:
«¿Sabe, Míster Pepper?, ¡me dejó usted de piedra! No podría haber supuesto que usted se dignaría hoy en día a venir al Mug, donde nunca le vi más que una vez antes. Dios le bendiga, dicen que usted va a todos los lugares elegantes con chorreras, ¡con un par de pistolas de plata en el bolsillo del chaleco! Vaya, los chicos de por aquí dicen que usted y Míster Tomlinson, y este pobre diablo que está en el calabozo, eran los caballeros más elegantes de la ciudad; y, Dios, ¡pensar en su civilidad con un mísero trapero como yo!»
«¡Ah!», dijo Ned gravemente, «hay principios tristes circulando ahora. Quieren acabar con todas las distinciones de rango, hacer que un duque no sea mejor que su ayuda de cámara, y que un caballero bandolero se clasifique con un ratero de pañuelos. Pero, maldita sea, si no creo que la desgracia nos nivela a todos bastante; y la desgracia me trae aquí, pequeño Dummie».
«¡Ah! ¡Quiere mantenerse fuera del camino de los peces gordos!»
«Correcto. Desde que el pobre Lovett fue atrapado, lo cual debo decir que fue culpa de su propio comportamiento endiabladamente caballeroso conmigo y con Augustus (has oído hablar de Guz, dices), nuestro grupo parece estar completamente roto. Los propios amigos parecen inclinados a jugársela a uno; y, realmente, los sabuesos merodean tan de cerca que pensé que era seguro esconderme por un tiempo. Así que he alquilado un alojamiento en un sótano y pretendo comer en el Mug durante los próximos tres meses. He oído que puedo estar seguro de estar a buen recaudo aquí. Dummie, ¡a tu salud! Dame el tabaco».
«Diga, Míster Pepper», dijo Dummie, aclarándose la garganta una vez que hubo obedecido la petición, «¿puede decirme si, por casualidad, ha encontrado en sus viajes a nuestro pequeño Paul? ¡Pobre muchacho! Usted sabe cómo y por qué fue enviado al calabozo por el juez Burnflat. Bueno, cuando salió, se fue al diablo, o algo parecido, y no hemos sabido ni una palabra de él desde entonces. Usted recuerda al muchacho: ¡un tipo estupendo, alto y recto como un rastrillo!»
«Vaya, idiota», dijo Ned, «¿no lo sabes...?» —entonces se contuvo de repente—. «¡Ah! A propósito, ¡ese juramento de cháchara! No debía decirlo; aunque ahora ya no importa, ¡me temo! No tiene sentido buscar el sello cuando la carta está quemada».
«Rayos», gritó Dunnaker con vehemencia natural, «¡veo que sabe lo que ha sido de él! Le haré muchos favores si me lo dice».
«¿Por qué? ¿Te debe una docena de chelines o qué, Dummie?», dijo Ned.
«No, él no, él no», gritó Dummie.
«¿Qué entonces?, ¿quieres hacerle algún daño de algún tipo?»
«¡Hacerle daño al pequeño Paul!», exclamó Dummie; «¡vamos, conozco al chico desde que era así de alto! No, sino que quiero hacerle un gran servicio, Míster Pepper, y a mí mismo también, y a usted de paso, por lo que sé, Míster Pepper».
«¡Hum!», dijo Ned, «¡hum! ¿Qué quieres decir? Es cierto que sé dónde está Paul; pero primero debes decirme por qué quieres saberlo, de lo contrario, puedes preguntarle a tu abuelo».
Un largo, agudo y anhelante examen lanzó Míster Dummie Dunnaker a su alrededor antes de responder. Todo parecía seguro y conveniente para una comunicación confidencial. Los rasgos supinos de la Sra. Lobkins estaban sumidos en un estupor somnoliento; incluso el gato gris que yacía junto al fuego estaba acurrucado en el abrazo de Morfeo. Sin embargo, fue en un susurro cerrado que Dummie habló.
«Me atrevo a apostar, Míster Pepper, que recuerda bien cuando Harry Cook, el gran bandolero —¡pobre hombre!, se fue a donde todos debemos ir—, le trajo a usted, entonces todavía un muchachito, por primera vez a la pequeña trastienda del Cock and Hen, en Devereux Court».
Ned asintió con la cabeza.
«Y recuerda que yo conocí a Harry y a usted allí, y yo estaba asustado de usted, ¿por qué? Nunca le había visto antes, y íbamos a robar la casa de un señorito. Y Harry habló por usted y dijo que, aunque acababa de empezar en el oficio, ya era un experto en engaños. ¿Recuerda, eh?»
«Sí, lo recuerdo todo», dijo Ned; «fue la primera y única casa en la que participé. Harry era un tipo de hábitos bajos; así que dejé su compañía y me dediqué únicamente al camino, o a alguna oportunidad ocasional. No tengo idea de que un caballero se convierta en ladrón de casas».
«Bueno, pues vino con nosotros y le pasamos por un cristal de la ventana de la cocina. Era usted el más pequeño de nosotros, por grande que sea ahora; y dio la vuelta y nos abrió la puerta; y cuando la hubo abierto, vio que una mujer se nos había unido, y se asustó entonces, y se quedó fuera de la casa, para vigilar mientras entrábamos».
«Bueno, bueno», gritó Ned, «¿qué diablos tiene que ver toda esta cháchara con Paul?»
«Ahora no se ponga nervioso, déjeme seguir directo al grano. Bueno, cuando salimos, recuerde que la mujer tenía un fardo en sus brazos, y usted le habló; y ella le respondió bruscamente, y nos dejó a todos, y se fue directamente a casa; y nosotros fuimos y vendimos el botín esa misma noche y luego nos repartimos lo que nos tocaba. Y seguro que nos hizo reír de corazón, Míster Pepper, cuando dijo: “Esa mujer es una tipa extraña”. ¡Así era, Míster Pepper!»
[El lector probablemente haya observado el uso que hacen Dummie y la Sra. Lobkins de la fraseología o pronunciación irlandesa. Este es un rasgo notable en el dialecto de las clases más bajas de Londres, debido, suponemos, a su constante asociación con inmigrantes de «la primera flor de la tierra». Quizás sea una afectación de moda entre la gente de St. Giles, tal como nosotros salpimentamos nuestra lengua materna con francés en Mayfair.]
«Oh, ahórramelo», dijo Ned, afectado, «y date prisa; me mantienes en la oscuridad. Por cierto, recuerdo que bromeaste conmigo sobre el fardo; y cuando pregunté qué tenía la mujer envuelto en él, juraste que era un niño. ¡Era más probable que la chica, fuera quien fuera, hubiera dejado un niño atrás que haber cargado con uno!» La cara de Dummie creció con una importancia consciente.
«Bueno, ahora, usted no nos creería; pero todo era verdad. Ese fardo era el hijo de la mujer; supongo que uno no natural por parte del caballero; ella nos dejó entrar en la casa con la condición de que la ayudáramos a sacarlo. Y, rayos, nos pagamos bien por nuestras molestias. Esa mujer era una criatura extraña; dicen que había sido la querida de un lord; pero, de cualquier manera, era tan testaruda y rara como el que más. Se armó la de San Quintín con el asunto, y la recompensa por nuestra detección fue tan grande que, como usted no estaba muy probado todavía, Harry pensó que era mejor llevarlo consigo al campo, ¡y le dijo que todo era una mentira sobre el niño en el fardo!»
«Fe», dijo Ned, «le creí bastante fácilmente; y el pobre Harry fue ahorcado poco después, y yo me fui a Irlanda por seguridad, donde me quedé dos años, ¡y qué clarete tan endiabladamente bueno conseguí allí!»
«Así que, mientras usted estaba allí», continuó Dummie, «la pobre Judy, la mujer, murió; murió en esta misma casa y dejó al huérfano al afecto de Piggy Lob, ¡que era muy aficionada a él, sin duda! Oh, pero recuerdo qué noche fue cuando la pobre Judy murió; el viento silbaba como loco, y la lluvia caía como si tuviera vacaciones; ¡y allí yacía la pobre criatura delirando justo encima de esta habitación en la que nos sentamos! ¡Santo Dios, qué espectáculo era!»
Aquí Dummie hizo una pausa y pareció recordar en su imaginación la escena que había presenciado; pero sobre la mente de Long Ned un rayo de luz se abrió paso lentamente.
«¡Uf!», dijo, levantando su dedo índice, «¡uf! Huelo a chamusquina; este niño robado, entonces, no era otro que Paul. Pero, por favor, ¿a quién pertenecía la casa? Porque ese dato Harry nunca me lo comunicó. Solo oí que el dueño era abogado, o párroco, o algo así».
«Vaya, ahora se lo diré, pero no se ponga nervioso. Verá, cuando Judy murió y Harry fue colgado, yo era el único vivo que conocía el secreto; y cuando la Madre Lob estaba tomando una copa para consolarse cuando Judy se marchó, abrí una gran caja en la que la pobre Judy guardaba sus harapos y trastos, y seguramente encuentro en el fondo de la caja un montón de cartas y cosas así, porque sabía que estaban allí; así que las tomo y me las llevo a casa conmigo, y poco después, la Madre Lob me vendió la caja de trastos por dos libras, ¿por qué? Porque yo era trapero. Así que ahora resolví, ya que el secreto estaba bajo mi propia custodia, mantenerlo tan cerrado como un guiño; porque, primero, ve que tenía miedo de ser colgado si iba a contarlo, ¿por qué? Robé un reloj, y mucho más, además del pilluelo; y luego tenía miedo de que la madre pudiera volver y atormentarme igual que Sall atormentó a Villy, porque fue una noche horrible cuando su alma levantó el vuelo. Y además de esto, Míster Pepper, pensé que algo podría surgir de vez en cuando, en lo que sería mejor para mí guardar mi propio consejo y cobrar la recompensa, si alguna vez me atrevía a darme a conocer».
Aquí Dummie procedió a narrar lo asustado que había estado de que Ned lo descubriera todo, cuando (como se recordará, Pepper informó a Paul al principio de esta historia) se encontró con ese individuo en la casa de la Sra. Lobkins; cómo este miedo le había inducido a mostrar a Pepper esa frialdad y rudeza que tanto había enfurecido al altivo bandolero; y cuán grande había sido su alivio y deleite al descubrir que Ned no volvía al Mug. Luego procedió a informar a su nuevo confidente sobre su reunión con el padre (el sagaz lector sabe dónde y cuándo) y de lo que sucedió en ese evento. Contó cómo, en su primera negociación con el padre, decidiendo prudentemente comunicar gota a gota la información que poseía, simplemente, además de confesar su participación en el robo, declaró que pensaba que conocía la casa, etc., a la que el infante había sido entregado, y que, de ser así, todavía estaba vivo; pero que él investigaría. Luego relató cómo el sanguíneo padre, quien vio que colgar a Dummie por el robo de su casa podría no ser un método ni la mitad de probable para recuperar a su hijo que el soborno y la conciliación, no solo le perdonó su anterior atropello, sino que agudizó su apetito por la búsqueda recompensándolo por su revelación. Luego procedió a declarar cómo, incapaz de encontrar a Paul en cualquier lugar, o cualquier rastro de él, entretenía al padre de vez en cuando con excusas forjadas; cómo, al principio, las sumas que recibía no le hacían desear en absoluto acelerar un descubrimiento que terminaría con tan satisfactorios ingresos; cómo, finalmente, la magnitud de la recompensa ofrecida, unida a las amenazas del padre, le habían hecho sentir seriamente ansioso por conocer el destino real y el presente «paradero» de Paul; cómo, la última vez que había visto al padre, le había llevado, a modo de propiciación y primicia, todos los papeles dejados por la infeliz madre y escondidos por él mismo; y cómo ahora estaba encantado de descubrir que Ned conocía la dirección de Paul. Dado que desesperaba de encontrar a Paul solo por sus propios esfuerzos, se volvió menos tenaz con su secreto; y ahora le ofreció a Ned, al descubrir a Paul, un tercio de esa recompensa que alguna vez esperó acaparar por completo.
Los ojos y la boca de Ned se abrieron ante esta proposición. «¿Pero el nombre... el nombre del padre? ¡Eso todavía no me lo has dicho!», gritó con impaciencia.
«¡No, no!», dijo Dummie, con picardía, «no le digo todo hasta que usted me diga algo. ¿Dónde está el pequeño Paul, digo yo? ¿Y dónde vamos a dar con él?»
Ned soltó un suspiro.
«En cuanto al juramento», dijo, pensativo, «sería un pecado mantenerlo, ahora que romperlo no puede hacerle ningún daño y puede hacerle algún bien, especialmente porque, en caso de encarcelamiento o muerte, el juramento no se considera vinculante; aunque me temo que es demasiado tarde para la recompensa. ¡El padre difícilmente te agradecerá encontrar a su hijo! ¡Sabe, Dummie, que Paul está en la cárcel, y que es la misma persona que el Capitán Lovett!» El asombro nunca escribió en caracteres más legibles de los que ahora mostraba en los toscos rasgos de Dummie Dunnaker. Tan fuertes son las simpatías de una profesión en comparación con todas las demás, que el primer pensamiento confuso de Dummie fue de orgullo. «¡El gran Capitán Lovett!», balbuceó.
«¡El pequeño Paul en la cima de la profesión! ¡Señor, señor! ¡Siempre dije que tenía la ambición de ascender!»
«Bueno, bueno, ¿pero el nombre del padre?»
Ante esta pregunta, la expresión de la cara de Dummie cayó; un horror repentino luchó en sus ojos...
CAPÍTULO XXXV.
¿Por qué es que por momentos se desliza sobre nosotros un temor, un terror, abrumador pero indefinido? ¿Por qué es que nos estremecemos sin causa, y sentimos que la sangre caliente se detiene en su curso? ¿Están los muertos demasiado cerca? FALKLAND
¡Ja! ¿Dices eso? ¡Pensamiento odioso, siento que se enrosca sobre mi corazón helado, como se enrosca sobre su presa la serpiente segura y mortal! ............ ¿Qué? ¿En el silencio y en la soledad se desvaneció esa alma terrible? Amor y Odio.
La noche anterior a la mañana en que ocurrió la conversación anterior, Brandon la pasó solo en su alojamiento en --------. Se había sentido demasiado indispuesto para asistir al banquete habitual, y se sentó ociosamente a reflexionar en la soledad de la cámara de estilo antiguo a la que fue asignado. Allí, dos velas de cera sobre la mesa lisa y pintoresca luchaban débilmente contra la penumbra de los pesados paneles, que eran relevados en intervalos poco frecuentes por retratos en marcos de roble, lúgubres, ásperos e importantes con la pompa de las prendas con encajes y las pelucas fluidas. La predilección de la casera por los gustos modernos había, de hecho, a cada lado de la enorme chimenea, colgado obras maestras más novedosas de las bellas artes. Con esplendor emblemático colgaban las pinturas de las cuatro Estaciones, mozas rozagantes todas, excepto el Invierno, que estaba deformemente plasmado en la semejanza de un anciano. Estas estaban intercaladas por un grabado de Lord Mauleverer, el lugarteniente del condado vecino, luciendo extremadamente majestuoso con sus túnicas de par; y por tres tipificaciones de la Fe, la Esperanza y la Caridad; damas con las que se puede dudar si el alegre conde cultivó alguna vez antes una intimidad tan estrecha. Cortinas, de ese chintz antiguo en el que los haces de rayas se alternan con hileras de flores, llenaban los intersticios de tres ventanas; un pesado aparador ocupaba la mayor parte de un lado de la habitación; y en el lado opuesto, detrás de Brandon, una vasta pantalla extendía su lenta longitud a lo largo, y aliviaba el confort despoblado y, por así decirlo, desolado del apartamento.
La luz, pálida y difusa, caía sobre el rostro de Brandon mientras permanecía sentado en su gran sillón, apoyando la mejilla en una mano y contemplando el fuego claro con la inconsciente intensidad de la abstracción. En aquel momento, toda una falange de pensamientos sombríos barría en sucesión su mente. Su temprana ambición, su matrimonio de mal agüero, las causas de su posterior ascenso en un mundo que juzga erróneamente, el primer despuntar de su reputación, sus rápidos y halagadores éxitos, su actual elevación, su aspiración a un cargo mucho más alto y a honores más patricios; todos estos fantasmas pasaban ante él en una sombra y luz ajedrezadas; pero siempre, con cada uno, acechaba un recuerdo oscuro y perturbador: la pérdida de su único hijo.
Entrelazando su ambición con el deseo de revivir el orgullo de su nombre hereditario, cada adquisición de fortuna o de fama le volvía aún más ansioso por encontrar al único que podría perpetuar estas distinciones huecas para su linaje.
—¡Aún lo recuperaré! —exclamó de repente en voz alta. Mientras hablaba, un dolor rápido, punzante y espasmódico recorrió todo su cuerpo, estremeciéndolo, y se fijó por un instante en su corazón con un agarre como las garras de un ave; desapareció y fue seguido por una náusea mortal. Brandon se levantó y, llenándose un vaso grande de agua, bebió con avidez. El malestar se disipó como el dolor precedente; pero Brandon había sentido a menudo esa sensación últimamente, sin darle importancia, pues pocas personas estaban menos afligidas por la autotortura de la hipocondría; pero ahora, esa noche, ya fuera porque era más intensa de lo habitual, o porque su pensamiento había tocado la cuerda que naturalmente chirría en las más alarmantes anticipaciones humanas, no lo sabemos, pero, al volver a ocupar su asiento, la idea de su inminente disolución se disparó como un proyectil de hielo a través de su pecho.
Tan absorto estaba este hombre intrigante en los objetos vivos del mundo, y tan poco acostumbrados estaban sus pensamientos a dirigirse hacia la meta última de todas las cosas, que esta idea, al irrumpir abruptamente en él, le sobresaltó con un temor espantoso. Sintió cómo el color huía de su mejilla, y un hormigueo y un dolor involuntario vagaron por los canales de su sangre, desde las raíces del cabello hasta las plantas de los pies. Pero el alma severa de Brandon no era de las que las sombras pudieran atemorizar por mucho tiempo. Se armó de valor para enfrentarse al lúgubre pensamiento así forzado ante su ojo mental, y lo contempló con una mirada firme y perdurable.
—Bien —pensó—, ¿está llegando mi hora, o aún me queda el término ordinario de la naturaleza mortal? Es cierto que últimamente he sufrido estas extrañas convulsiones del cuerpo con una frecuencia algo alarmante; quizás esta medicina, que sanó la angustia de una dolencia, haya producido otra más inmediatamente mortal. ¿Pero por qué debería pensar esto? Mi sueño es profundo y tranquilo, mis hábitos templados, mi mente activa y clara como en sus mejores días. En mi juventud nunca traicioné a mi constitución; ¿por qué debería abandonarme en el mismo umbral de mi vejez? No, no, estos no son más que espasmos pasajeros, escalofríos de la sangre que comienza a volverse delgada. ¿Debería aprender a ser menos riguroso con mi dieta? ¡Quizás el vino pueda recompensar mi abstinencia al evitarlo en mis lujos, convirtiéndose en un cordial para mis necesidades! Sí, consultaré... consultaré, no debo morir aún. Tengo... veamos, tres... cuatro grados que ganar antes de subir la escalera. Y, sobre todo, ¡debo recuperar a mi hijo! Lucy casada con Mauleverer, yo mismo un par, mi hijo casado con... ¿quién? ¡Rece a Dios que no esté casado ya! ¡Mis sobrinos y mis hijos nobles! La casa de Brandon restaurada, mi poder elevado ante la mirada de los hombres, mi fama cimentada en una base más duradera que la habilidad en los vericuetos de la ley... ¡todo esto está por venir; no moriré hasta haberlo disfrutado! Los hombres no mueren hasta que sus destinos se cumplen. ¡El espíritu que se hincha y se eleva dentro de mí dice que el destino de William Brandon apenas ha comenzado!
Con esta conclusión, Brandon buscó su almohada. ¿Cuáles fueron las reflexiones del prisionero al que iba a juzgar? ¿Necesitamos preguntar? Imaginemos su salud destrozada, el languidecer de la enfermedad que aumenta la penumbra que hace del aire mismo de una cárcel; su certeza de la sentencia que se dictará contra él; su conocimiento de que el tío de Lucy Brandon sería su juez, que Mauleverer sería su acusador, y que, con toda probabilidad humana, la única mujer a la que había amado debía tarde o temprano conocer la criminalidad de su vida y la ignominia de su muerte; echemos solo un vistazo a la oscuridad de las circunstancias que lo rodeaban, ¡y parecería que hay pocas dudas sobre el cariz de sus pensamientos! Quizás, en verdad, incluso en esa hora terrible y desolada, un rostro dulce brilló sobre él, «y disipó toda la oscuridad». Quizás, también, cualesquiera que fueran los aguijones de su conciencia, un pensamiento, un recuerdo de una tentación superada y un pecado evadido, trajo a sus ojos lágrimas que fueron dulces y sanadoras en su origen. Pero el corazón de un hombre en la terrible situación de Clifford es oscuro e inescrutable; y a menudo, cuando las más salvajes y sombrías circunstancias externas nos rodean, su reflejo duerme como una sombra, tranquilo y quieto en la mente.
A la mañana siguiente, todo el pueblo de (un pueblo en el que, lamentamos decir, un accidente nos retuvo una vez por tres días miserables, y que podemos, hablando por tanto desde una profunda experiencia, asegurar que es en tiempos ordinarios la congregación de casas más melancólica y despoblada que una imaginación sobria puede concebir) exhibió una escena de tal bullicio, animación y jovial ansiedad como solo el juicio por la vida o la muerte de un semejante puede excitar en los pechos flemáticos de los ingleses. Alrededor del tribunal, la multitud se espesaba a cada momento, hasta que todo el mercado en el que se situaba el ayuntamiento se convirtió en una masa viviente. Las ventanas de las casas estaban llenas de mujeres, algunas de las cuales habían aprovechado la oportunidad para organizar desayunos; y pequeñas mesas redondas, con té y tostadas encima, captaban los ojos de los hombres de la muchedumbre que, sonrientes, miraban boquiabiertos hacia arriba.
—Ben —dijo un robusto granjero, lanzando una moneda al aire y atrapándola en su mano derecha, que cubrió inmediatamente con la izquierda—, Ben, cara o cruz a que Lovett es ahorcado; cara ahorcado, cruz no, por una corona.
—Faldas, sin duda —dijo Ben, comiendo una manzana; ¡y fue cara!
—¡Maldita sea, has perdido! —gritó el granjero, frotándose las manos ásperas con regocijo.
Habría sido un gran espectáculo para Asmodeo, si pudiera haberse posado en uno de los tejados de la plaza del mercado de --------, y contemplado el mar murmurante y agitado de mortalidad de abajo. ¡Oh!, la visión de una multitud alrededor de un tribunal de justicia o una horca debería hacer que el diablo se partiera de risa.
Mientras la turba se irritaba, empujaba, maldecía, sonreía, apostaba, robaba carteras, pisaba pies, desgarraba vestidos y se abría paso más y más cerca de las puertas y ventanas del tribunal, Brandon terminaba lentamente su abstemia comida, preparándose para asistir a sus deberes judiciales. Su lacayo entró con una carta. Sir William echó una mirada rápida al sello (uno de esos inmensos sacrificios de cera usados en aquel día), adornado con un enorme escudo de armas, coronado con una corona de conde y decorado a ambos lados con esos soportes tan queridos para el gusto heráldico. Luego rasgó la carta y leyó lo siguiente:
MI QUERIDO SIR WILLIAM: Usted sabe que en la última conversación que tuve el honor de mantener con usted aludí, aunque quizás algo distanciadamente, a la estima que Su Majestad ha expresado personalmente por sus principios y talentos, y su deseo de testificarlo en la primera oportunidad. Habrá, como sin duda sabe, una creación inmediata de cuatro pares. Su nombre figura en segundo lugar en la lista. La elección del título, Su Majestad la deja gentilmente a su discreción; pero ha insinuado que la respetable antigüedad de su familia le complacería más si seleccionara el nombre de su propia residencia familiar, que, si no me equivoco, es Warlock. Me instruirá a su conveniencia sobre la manera en que debe redactarse la patente, en lo que respecta a la sucesión, etc. Quizás (disculpe la licencia de un viejo amigo) este evento pueda inducirle a abandonar su largamente acariciado celibato. No necesito añadir que este ascenso de rango irá acompañado de una elevación profesional. Verá por los periódicos que la muerte de -------- deja vacante la dignidad de Barón Jefe; y estoy finalmente facultado para ofrecerle un puesto proporcional a su carácter y talentos.
Con gran consideración, crea que soy, mi querido señor, muy verdaderamente suyo.
Privado y confidencial.
El ojo oscuro de Brandon pasó rápidamente de la firma del primer ministro, adherida a esta comunicación, hacia el espejo frente a él. Se acercó a él y examinó su propio semblante con una mirada larga y anhelante. Nunca, creemos, un joven galán a punto de dirigirse al lugar de la cita, en el que la buena apariencia constituye la mayor de las ventajas terrenales, miró más ansiosamente al cristal imparcial que ahora el ascético y desdeñoso juez; y nunca, suponemos, la mirada de dicho galán se retiró con una expresión más satisfecha y triunfante.
—¡Sí, sí! —murmuró el juez—. Ningún signo de debilidad está aún escrito aquí; la sangre fluye lo suficientemente clara y caliente; la mejilla parece firme también, y bastante llena, para alguien que siempre fue de las vacas flacas. Ajá, esta carta es un cordial, un elixir vitae. Siento como si se le hubiera concedido un nuevo contrato al reacio inquilino. Lord Warlock, el primer Barón de Warlock, Barón Jefe... ¿qué sigue?
Mientras hablaba, se alejó inconscientemente, cruzando los brazos con ese tipo de gesto alegre y complaciente que implica la idea de un hombre abrazándose a sí mismo en un deleite silencioso. Sin duda, si el médico más hábil hubiera mirado entonces el rostro ardiente y lleno de luz, el paso firme, el cuerpo elástico y musculoso, el aire vigoroso de Brandon, mientras continuaba mentalmente su soliloquio, habría predicho para él un agarre a la longevidad tan justo como las oportunidades de la vida mortal permitan. Fue interrumpido por el sirviente que entraba.
—Son las nueve y veinticinco, señor —dijo respetuosamente.
—¡Señor, señor! —repitió Brandon—. ¡Ah, bien! ¡Tan tarde!
—Sí, señor, y el carruaje del sheriff está casi en la puerta.
—¡Hum! Ministro, Par, Warlock, sucesión. ¡Mi hijo, mi hijo! ¡Ojalá pudiera encontrarte!
Tales fueron los últimos pensamientos de Brandon mientras salía de la habitación. Fue con gran dificultad, tan densa era la multitud, que el juez se dirigió al tribunal. Mientras el carruaje pasaba lentamente, los espectadores se apretaron contra las ventanas del vehículo y se pusieron de puntillas para echar un vistazo al célebre abogado. El rostro de Brandon, nunca largo tiempo indicativo de sus sentimientos, se había asentado ahora en su gravedad habitual; y la severa altivez de su mirada enfriaba, al tiempo que satisfacía, la curiosidad de los vulgares. Se había ordenado que nadie fuera admitido hasta que el juez hubiera tomado su asiento en el estrado; y esta orden causó tanta demora, debido a la presión acumulada del vasto y misceláneo grupo, que pasó más de media hora antes de que el tribunal pudiera obtener ese orden decente acorde con la solemnidad de la ocasión. A las diez menos cinco, un movimiento universal e indescriptible anunció que el prisionero era llevado al estrado. Leemos en uno de los diarios de ese día, que «al ser llevado al estrado, el prisionero miró a su alrededor con una larga y ansiosa mirada, que finalmente se posó en el juez, y luego bajó, mientras se observaba que el prisionero cambiaba ligeramente de semblante. Lovett vestía un sencillo traje oscuro; parecía medir unos seis pies de altura; y aunque delgado y desgastado, probablemente por el efecto de su herida y encarcelamiento, está notablemente bien hecho, y exhibe la apariencia externa de esa gran fuerza personal que se dice posee, y que no es infrecuentemente la característica de los criminales audaces. Su rostro es atractivo y agradable, sus ojos y cabello oscuros, y su tez pálida, posiblemente por los efectos de su confinamiento; hubo una cierta severidad en su semblante durante la mayor parte del juicio. Su comportamiento fue notablemente sereno y compuesto. El prisionero escuchó con la mayor atención la acusación, que el lector encontrará en otra parte de nuestro periódico, acusándolo del robo en el camino real a Lord Mauleverer, en la noche del ------ de ------ pasado. Ocasionalmente inclinaba el cuerpo hacia adelante y volvía el oído hacia el tribunal; y se observó, mientras se tomaba juramento al jurado, que miraba fijamente al rostro de cada uno. Respiró espesa y fuertemente cuando se leyeron los diversos alias que había asumido (Howard, Cavendish, Jackson, etc.), pero sonrió con una expresión inexplicable cuando se completó la lista, como si se regocijara ante las variedades de su ingenio. A las diez y veinticinco, el Sr. Dyebright, el abogado de la corona, expuso el caso al jurado».
El Sr. Dyebright era un abogado de gran eminencia; había sido Whig toda su vida, pero últimamente se había vuelto notable por su insinceridad y servilismo hacia los deseos de los poderes superiores. Sus talentos eran peculiares y efectivos. Si tenía poca elocuencia, tenía mucho poder; y su conocimiento legal era sólido y extenso. Muchos de sus colegas lo superaban en despliegue, pero nadie, como él, poseía el secreto de dirigirse a un jurado. Convincentemente familiar; aparentemente cándido hasta un punto que apenas hacía justicia a su causa, como si estuviera en agonía por temor a persuadirle a usted a inclinarse un cabello más de su lado del caso de lo que la justicia permitiría; aparentemente todo hecho de sentimientos buenos, sencillos y virtuosos, una consideración desinteresada por la verdad, una honestidad contundente pero tierna, sazonada con unos pocos prejuicios amables de hogar, que siempre llegan a los corazones de sus padres de familia y británicos de pura cepa; versado en todos los matices del lenguaje y la magia de los nombres; si defendía un crimen, llamándolo cuidadosamente infortunio; si atacaba un infortunio, llamándolo constantemente crimen... el Sr. Dyebright era exactamente el hombre nacido para pervertir la justicia, para halagar a los jurados, para engañar a la verdad con una sonrisa amistosa y para obtener una vasta reputación como un excelente abogado. Comenzó con un largo floreo preliminar sobre la importancia del caso. Dijo que evitaría con la más escrupulosa delicadeza cualquier observación calculada para levantar prejuicios innecesarios contra el prisionero. No aludiría a su infeliz notoriedad, sus asociaciones con las escorias más bajas. (Aquí saltó el abogado del prisionero, y el Sr. Dyebright fue llamado al orden). «Dios sabe», reanudó el distinguido caballero, mirando anhelante al jurado, «que mi distinguido amigo podría haberse ahorrado esta advertencia. Dios sabe que preferiría que cincuenta de los miserables internos de esta cárcel del condado escaparan ilesos a que un solo cabello del prisionero que contemplan en el estrado fuera injustamente tocado. La vida de un ser humano está en juego; seríamos culpables nosotros mismos de un crimen que en nuestros lechos de muerte temblaríamos al recordar, si permitiéramos que cualquier consideración, ya sea de interés o de prejuicio, o de temor indebido por nuestras propias propiedades y vidas, nos sesgara incluso hasta el punto de inclinar la balanza un ápice contra el infortunado prisionero. Caballeros, si me encuentran desviándome ni una pulgada de mi caso, si me encuentran diciendo una sola palabra calculada para dañar al prisionero ante sus ojos, y no apoyada por la evidencia que presentaré, entonces les imploro que no dependan de la vigilancia de mi distinguido amigo, sino que atesoren estos mis errores en su memoria y los consideren como otros tantos argumentos a favor del prisionero. Si, caballeros, pudiera por alguna posibilidad imaginar que su veredicto fuera favorable al prisionero, puedo, sin afectación y desde el fondo de mi corazón, declararles que me regocijaría; un caso podría perderse, ¡pero un semejante sería salvado! Por muy insensibles que se crea que somos los de la profesión legal, tenemos sentimientos como ustedes; y les pregunto a cualquiera de ustedes, caballeros del jurado, cualquiera que haya sentido alguna vez los placeres del trato social, la alegría de la caridad, la recompensa del corazón de la benevolencia; les pregunto a cualquiera de ustedes si, si estuviera colocado en la ardua situación que ahora ocupo, todas las persuasiones de la vanidad no desaparecerían de inmediato de su mente, y si su derrota como abogado no le sería querida por las simpatías comunes y carnales de un hombre. Pero, caballeros» (la voz del Sr. Dyebright se profundizó y vaciló a la vez), «hay un deber, un deber doloroso, que debemos a nuestro país; y nunca, en el largo curso de mi experiencia profesional, recuerdo un caso en el que fuera más invocado que en el presente. La misericordia, caballeros, es querida, muy querida para todos nosotros; pero es la lesión más mortal que podemos infligir a la humanidad cuando se compra a expensas de la justicia».
El distinguido caballero entonces, después de algunas observaciones preliminares adicionales, procedió a exponer cómo, en la noche del ------- pasado, Lord Mauleverer fue detenido y robado por tres hombres enmascarados, de una suma de dinero que ascendía a más de 350 libras, una tabaquera de diamantes, anillos, un reloj y un estuche de joyas de gran valor; cómo Lord Mauleverer, al intentar defenderse, había atravesado con una bala las ropas de uno de los ladrones; cómo se probaría que las prendas del prisionero, encontradas en una cueva en Oxfordshire, y juradas positivamente por un testigo que presentaría, exhibían un desgarro similar al que produciría una bala; cómo, además, sería jurado positivamente por el mismo testigo, que el prisionero Lovett había llegado a la caverna con dos cómplices no capturados desde entonces, desde su rescate por el prisionero, y se jactaba del robo que acababa de cometer; que en las ropas y en el dormitorio del ladrón se encontraron los artículos robados a Lord Mauleverer; y que el bolso que contenía los billetes por 300 libras, lo único que el prisionero probablemente podría haber tenido tiempo de llevarse consigo, en la mañana en que la cueva fue entrada por los policías, fue encontrado en su persona el día en que había intentado el rescate de sus camaradas, y había sido aprehendido en ese intento. Declaró, además, que el vestido encontrado en la caverna, y jurado por un testigo que presentaría como perteneciente al prisionero, correspondía exactamente a la descripción de las ropas usadas por el principal ladrón, y jurado por Lord Mauleverer, su sirviente y los postillones. De la misma manera, el color de uno de los caballos encontrados en la caverna correspondía con el montado por el salteador de caminos. Sobre estas pruebas circunstanciales, ayudadas por el testimonio inmediato del testigo de la corona (ese testigo que presentaría), descansó un caso que podía, aseguró, no dejar duda en la mente de un jurado imparcial. Tales, breve y llanamente alegados, constituyeron la sustancia de los detalles expuestos por el distinguido abogado, quien luego procedió a llamar a sus testigos. La evidencia de Lord Mauleverer (quien se alojaba en Mauleverer Park, que estaba a pocas millas de--) fue corta y clara (se notó como una circunstancia singular que, al final de la evidencia, el prisionero hizo una reverencia respetuosa a su señoría). El testimonio de los postillones y del ayuda de cámara no fue menos conciso; ni toda la ingenuidad del abogado de Clifford pudo sacudir ninguna parte de su evidencia en su contrainterrogatorio. El principal testigo del que dependía la corona fue ahora convocado, y el semblante solemne de Peter MacGrawler se elevó ante los ojos del jurado. Una mirada de frío y marchitante desprecio cayó sobre él desde el ojo del prisionero, quien no volvió a dignarse a mirarlo durante todo el interrogatorio.
El testimonio de MacGrawler fue entregado con una pomposidad digna del exeditor del «Asinaeum». Sin embargo, por la habilidad del Sr. Dyebright, se convirtió en una historia lo suficientemente clara como para dejar una impresión en el jurado condenatoria para los intereses del prisionero. El abogado de la parte contraria no tardó en percibir el terreno ganado por la parte adversa; así que, aclarándose la garganta, se levantó con aire burlón para el contrainterrogatorio.
—Bien, bien —comenzó el Sr. Botheram, poniéndose un par de anteojos notablemente grandes, con los cuales miró con aire pendenciero al testigo—, bien, bien, Sr. MacGrawler, ¿es ese su nombre, eh, eh? Ah, lo es, ¿verdad? Un nombre muy respetable, le doy mi palabra. Pues bien, señor, míreme. Ahora, bajo juramento, recuerde, ¿fue usted alguna vez el editor de cierta cosa que se publica todos los miércoles, llamada el 'Athenaeum', o el 'Asinaeum', o algún nombre por el estilo?
Comenzando con esta insidiosa y autoinculpatoria pregunta, el docto abogado procedió entonces, con tanta astucia como le fue posible, a través de una serie de interrogatorios calculados para dañar el carácter, el respetable carácter de MacGrawler, y debilitar su testimonio a los ojos del jurado. Logró despertar en la audiencia ese sentimiento de regocijo con el que el vulgo siempre se deleita al intercalar la sosa seriedad de ahorcar a un ser humano. Pero aunque el jurado mismo sonrió, no quedó convencido. El escocés se retiró del estrado de los testigos «escarmentado», tal vez, en su reputación, pero no «aniquilado» en cuanto a su testimonio. Fue justo antes de que este testigo concluyera, que Lord Mauleverer hizo que le entregaran al juez un pequeño trozo de papel, que contenía únicamente estas palabras en lápiz:
QUERIDO BRANDON: Una cena le espera en Mauleverer Park, a solo tres millas de aquí. Lord— y el obispo de— se reunirán con usted. Muchas noticias de Londres, y una carta sobre usted, que no le mostraré a nadie hasta que nos veamos. Dese prisa y ahorque a este pobre hombre, para que pueda verle cuanto antes; y es malo para ambos esperar demasiado por una comida formal como la cena. No puedo quedarme más tiempo, hace mucho calor, y mis nervios siempre fueron susceptibles.
Suyo, MAULEVERER.
Si va a venir, deme una seña. Conoce mi hora; es siempre la misma.
El juez, echando un vistazo a la nota, inclinó la cabeza gravemente ante el conde, quien se retiró; y un minuto después, un silencio pesado y sin aliento cayó sobre todo el tribunal. Se requirió al prisionero para su defensa: fue singular qué sensación tan diferente a la que existía en sus pechos un momento antes se deslizó estremecedoramente a través de la audiencia. Acallado quedó todo susurro, desvanecida toda sonrisa que el reciente contrainterrogatorio había provocado; un repentino y escalofriante sentido de la terrible importancia del tribunal se hizo sentir bruscamente en las mentes de todos los presentes.
Quizás, como en la sombría sátira de Hogarth (el Mefistófeles moral de los pintores), la estrecha vecindad del dolor a la alegría hizo que el primero llegara con el choque más familiar al corazón; sea como fuere, una ansiedad helada, entorpeciendo el pulso y agitándose en el aire, hizo que cada hombre en esa diversa multitud sintiera una simpatía de temor con su vecino, exceptuando solo al endurecido juez y a los abogados acostumbrados, y a un espectador: un idiota que se había colado con la prensa general, y estaba de pie, a pocos pasos del prisionero, sonriendo inconscientemente, y de vez en cuando guiñando un ojo vidrioso a alguien a lo lejos, cuya vigilancia probablemente había eludido.
El rostro y el aspecto, incluso la actitud, del prisionero eran muy adecuados para realzar el efecto que naturalmente habría sido creado por cualquier hombre bajo el mismo temible destino. Permanecía justo al frente de la barra, y su alta y noble figura estaba erguida a toda su altura; un brillo de excitación se extendió gradualmente sobre rasgos en todo momento llamativos, e iluminó un ojo naturalmente elocuente, y al cual diversas emociones en aquel momento le dieron una expresión más que comúnmente profunda e impresionante. Comenzó así:
—Mi señor, tengo poco que decir, y puedo aliviar de inmediato la ansiedad de mi abogado, que ahora me mira con nostalgia, y añadir que ese poco apenas abarcará el objeto de la defensa. ¿Por qué debería defenderme? ¿Por qué debería esforzarme por prolongar una vida que unos pocos días, más o menos, terminarán, según los cálculos ordinarios del azar? Tal como es y ha sido, mi vida está consagrada a la ley, y la ley tendrá la ofrenda. Si pudiera escapar de esta acusación, sé que otras siete me aguardan, y que por una u otra de estas mi condena y mi sentencia deben llegar. La vida puede ser dulce para todos nosotros, mi señor; y si fuera posible que la mía pudiera ser perdonada aún por un tiempo, esa vida continuada podría hacer una mejor expiación por acciones pasadas que una muerte que, abrupta y prematura, pide arrepentimiento mientras prohíbe la reparación.
—Pero cuando el lado oscuro de las cosas es nuestra única opción, es inútil considerar el brillante; ocioso fijar nuestros ojos en la vida, cuando la muerte está cerca; inútil hablar de contrición, cuando se nos niega su prueba. Es la política habitual de los prisioneros en mi situación dirigirse a los sentimientos y halagar los prejuicios del jurado; discurrir sobre la excelencia de nuestras leyes, mientras intentan desarmarlas; alabar la justicia, pero exigir clemencia; hablar de esperar la absolución, pero jactarse de someterse sin un murmullo a la condena. Para mí, para quien todos los intereses terrenales están muertos, esta política es ociosa y superflua. ¡No dudo en decirles, mi señor juez; en proclamarles, caballeros del jurado, que las leyes que he quebrantado a lo largo de mi vida las desprecio en la muerte! Sus leyes son solo de dos clases; una crea criminales, la otra los castiga. He sufrido por la primera; estoy a punto de perecer por la segunda.
—Mi señor, fue el giro de una paja lo que me hizo lo que soy. Hace siete años fui enviado a la casa de corrección por una ofensa que no cometí. Fui allí, un muchacho que nunca había infringido una sola ley; ¡salí, en pocas semanas, un hombre preparado para romper todas las leyes! ¿De dónde provino este cambio? ¿Fue mi culpa, o la de mis condenadores? Ustedes primero me habían agraviado con un castigo que no merecía; me agraviaron aún más profundamente cuando (incluso si hubiera sido culpable de la primera ofensa) fui sentenciado a convivir con delincuentes endurecidos, y graduados en el vicio y los métodos de sustento del vicio. Las leyes mismas me causaron romper las leyes: primero, al implantar dentro de mí el aguijoneante sentido de la injusticia; segundo, al someterme a la corrupción del ejemplo. Así, repito, y confío en que mis palabras se hundirán solemnemente en los corazones de todos los presentes, ¡su legislación me hizo lo que soy; y ahora me destruye, como ha destruido a miles, por ser lo que ella hizo de mí! De no ser por esto, la primera agresión contra mí, podría haber sido lo que el mundo llama honesto; podría haber avanzado hasta la vejez y una tumba pacífica a través de los engaños inofensivos del comercio o las falsedades honradas de una profesión. ¡Es más, podría haber apoyado las leyes que ahora he desafiado; como el abogado opuesto a mí, podría haberme vuelto lustroso con los vicios de otros, y avanzado al honor por mi ingenio al ahorcar a mis congéneres! La parte hipócrita y prejuiciosa de la Prensa ha fingido exponer ante ustedes los méritos de la «habilidad honesta», o el «comercio laborioso», en oposición a mis ofensas. ¿Cuáles, les ruego, son los puntales de su «honesta» labor, las ganancias del «comercio»? ¿No hay sobornos a los criados? ¿No hay adulteración de bienes? ¿Los ricos nunca son engañados en el precio que pagan? ¿Los pobres nunca son agraviados en la calidad que reciben? ¿Hay honestidad en el pan que comen, en una sola necesidad que los viste o alimenta o abriga? Que aquellos a quienes la ley protege lo consideren un protector: ¿cuándo me protegió a mí alguna vez? ¿Cuándo protegió alguna vez al hombre pobre? El gobierno de un Estado, las instituciones de la ley, profesan proveer para todos aquellos que «obedecen». ¡Observen! Un hombre tiene hambre, ¿lo alimentan ustedes? Está desnudo, ¿lo visten ustedes? Si no, rompen su pacto, lo obligan a volver a la primera ley de la naturaleza, y lo ahorcan, no porque sea culpable, sino porque lo han dejado desnudo y hambriento. [Un murmullo entre la chusma de abajo, silenciado con gran dificultad]. Una cosa más añadiré, y no para mover su clemencia, no, ni para investir mi destino con un interés ocioso y momentáneo, sino porque hay algunas personas en este mundo que no me han conocido como el criminal que está ante ustedes, y a quienes las noticias de mi destino pueden llegar en el futuro; y no querría que esas personas me vieran con colores más negros de los que merezco. Entre todos los rumores, caballeros, que han llegado a ustedes, a través de todos los cuentos y fábulas encendidos por mi infeliz notoriedad y mi inminente destino, les pregunto si han oído que he cometido una acción sanguinaria o un fraude ruinoso y deliberado. Han oído que he vivido del saqueo de los ricos; no niego el cargo. Del abuso de los pobres, del engaño habitual, o del hurto sistemático a mis vecinos, mi conciencia está tan libre como del cargo de crueldad y derramamiento de sangre. ¡Esos errores los dejo a la mediocridad honesta o a la labor virtuosa! Quizás encuentren, también, que mi vida no ha pasado a través de una carrera de ultrajes sin esparcir algunos beneficios en el camino. Al destruirme, es cierto que tendrán el consuelo de pensar que entre los beneficios que derivan de mi sentencia estará el aliento saludable que dan a otros delincuentes para ofender hasta el último grado, ¡y para despojar al ultraje de ningún agravante! Pero si esto no les parece un incentivo muy poderoso, pueden hacer una pausa antes de cortar toda enmienda a un hombre que parece ni totalmente endurecido ni totalmente más allá de la expiación. Mi señor, mi abogado hubiera querido llamar a testigos, algunos para dar testimonio de puntos redentores en mi propio carácter, otros para invalidar el juramento del testigo contra mí, un hombre a quien salvé de la destrucción para que él pudiera destruirme a mí. No creo que ninguno sea necesario. La prensa pública ya ha dicho de mí lo poco bueno que no escandaliza la verdad; y si no hubiera poseído algo de esas cualidades que la sociedad no desprecia, ¡no me habrían visto aquí a esta hora! Si me hubiera salvado a mí mismo tanto como a mis compañeros, habría dejado este país, quizás para siempre, y comenzado una carrera muy diferente en el extranjero. Cometí ofensas; los eludí a ustedes; cometí lo que, en mi caso, fue un acto de deber: soy capturado, y perezco. Pero la debilidad de mi cuerpo me destruye, no la fuerza de su malicia. Si hubiera... —(y mientras el prisionero hablaba, el movimiento altivo y rápido, el ensanchamiento de la forma, producido por la pasión del momento, hizo impresionantemente conspicuo para todos el notable poder de su complexión)—, si hubiera tenido mi salud acostumbrada, mi mando acostumbrado sobre estos miembros y estas venas, no habría pedido a ningún amigo, a ningún aliado, que favoreciera mi escape. Les digo, motores y guardianes de la ley, que me habría burlado de sus cadenas y desafiado sus muros, como saben que me he burlado y desafiado antes. Pero mi sangre se arrastra ahora solo en gotas a través de sus cursos; y el corazón que tenía antaño se agita débil y pesadamente dentro de mí. —El prisionero hizo una pausa por un momento, y reanudó en un tono alterado—: Dejando, pues, mi propio carácter al calvario del informe, quizás no pueda hacer nada mejor que dejar al mismo criterio el del testigo en mi contra. Admitiré con franqueza que bajo otras circunstancias podría haber sido de otra manera. Admitiré con franqueza que podría haber usado entonces los medios que su ley me otorga para obtener una absolución y prolongar mi existencia, aunque en una nueva escena; siendo como es, ¿qué importa la causa por la que recibo mi sentencia? Es más, es incluso mejor sufrir por la primera que persistir hasta la última. Es algún consuelo no volver a estar donde ahora estoy; pasar por las humillantes solemnidades que he soportado este día; ver la sonrisa de algunos, y devolver el ceño fruncido de otros; luchar con la ansiedad del corazón, y depender del capricho de los nervios excitados. Es algo sentir que una parte del drama de la desgracia ha terminado, y que puedo esperar sin ser molestado en mi guarida hasta que, por una sola vez, sea de nuevo el blanco de los insensatos y el monstruo de la multitud. Mi señor, ¡he terminado! A usted, a quien la ley considera el abogado del prisionero, a ustedes, caballeros del jurado, a quienes ha delegado su destino, dejo las oportunidades de mi vida.
El prisionero cesó; pero el mismo silencio pesado que, salvo cuando fue roto por un solitario murmullo, había yacido sobre el tribunal durante su discurso, continuó incluso durante varios momentos después de que esa voz profunda y firme se hubiera apagado en el oído. Tan diferente había sido la defensa del prisionero de la que se esperaba; tan seguramente imaginaba la parte más acostumbrada de la audiencia, incluso mientras él procedía, que mediante algún giro astuto finalmente entraría en los cauces habituales de la defensa, que cuando sus acentos inquebrantables y casi severos hicieron una pausa, los hombres no estaban preparados para sentir que su discurso había terminado, y la pausa involuntariamente les resultó inoportuna y abrupta. Finalmente, cuando cada uno de los presentes despertó lentamente a la convicción de que el prisionero había concluido efectivamente su arenga, un movimiento, elocuente de sentimientos liberados de un suspenso, que había sido quizás tanto más ferviente y más mezclado con temor por la audacia y novedad de las palabras de las que dependía, circuló por el tribunal. Los jurados se miraron confundidos entre sí, pero ninguno de ellos habló, ni siquiera con un susurro; sus sentimientos, que habían sido despertados por el discurso del prisionero, no habían sido, por su brevedad, su singularidad y la altiva impolítica de su tono, tan guiados por su curso como para asentarse en ningún estado de ánimo claramente favorable a él, o a la inversa; de modo que cada hombre esperaba a que su vecino hablara primero, para poder encontrar, por así decirlo, en otro, una especie de pista para los sentimientos indistintos y excitados que buscaban expresión en sí mismos.
El juez, quien había sido desde el principio atraído por el aire y el aspecto del prisionero, había escuchado quizás, a pesar de la dureza de su mente, más aprobatoriamente que nadie presente la defensa; pues en el desdén por las huecas instituciones y la falsa honestidad de la vida social, tan desafiantemente manifestado por el prisionero, Brandon reconoció elementos de mente notablemente afines a la suya; y esta simpatía fue acrecentada por la audacia del nervio físico y la intrepidez moral desplegada por el prisionero, cualidades que entre hombres de un molde similar a menudo forman el motivo más fuerte de estima, y a veces (como leemos del corso imperial y sus jefes) ¡el único punto de atracción! Brandon fue, sin embargo, pronto llamado a su fría realidad por un murmullo de vago aplauso circulando por toda la multitud común, entre quienes el impulso general siempre se manifiesta primero, y para quienes las opiniones del prisionero, aunque solo imperfectamente comprendidas, llegaron más inmediatamente al corazón que a las clases mejores y más ricas de la audiencia. Siempre atento a los decoros de la forma, Brandon ordenó instantáneamente silencio en el tribunal; y cuando fue restaurado, y se comprendió plenamente que la defensa del prisionero había cerrado, el juez procedió a resumir.
Es digno de notar que muchas de las cualidades de la mente que parecen más desagradables en la vida privada a menudo conducen con una felicidad singular a los fines de la pública; y así, la firmeza pétrea característica de Brandon fue una causa principal que lo hizo admirable como juez, pues los hombres en el cargo no se equivocan menos por sus sentimientos que por sus intereses.
Echando un vistazo a sus notas, el juez se inclinó hacia el jurado, y comenzó con esa voz de plata tintineante que distinguía particularmente la elocuencia de Brandon, y llevaba consigo en altas estaciones un tono de persuasión tan majestuoso y cándido. Señaló, con una breve claridad, los diversos puntos de la evidencia; se detuvo por un momento en el intento de arrojar descrédito sobre el testimonio de MacGrawler, pero llamó la atención debida al hecho de que el intento no había sido apoyado por testigos o pruebas. A medida que procedía, la impresión hecha por el prisionero en las mentes del jurado se desvaneció lentamente; y quizás, tanto se suavizan los hombres cuando ven claramente el rostro de un semejante que depende de ellos para vivir, actuó desventajosamente para los intereses de Clifford, que durante el resumen se reclinó en el banquillo e impidió que su rostro fuera visto. Cuando la evidencia hubo terminado, el juez concluyó así:
—El prisionero, quien en su defensa (sobre cuyos principios y opiniones me abstengo ahora de comentar) ciertamente exhibió las señales de una educación superior, y una habilidad alta aunque pervertida, ha aludido a los informes circulados por la prensa pública, y ha puesto algo de énfasis en las diversas anécdotas que tienden a su ventaja, que supone han llegado a sus oídos. No estoy de ninguna manera dispuesto a que el prisionero sea privado de cualquier beneficio que pueda derivarse de tal fuente; pero no es en este lugar, ni en este momento, que pueda serle útil. Todo lo que tienen que considerar es la evidencia ante ustedes. Todo sobre lo que tienen que decidir es si el prisionero es o no culpable del robo del que se le acusa. No deben desperdiciar un pensamiento en lo que redime o aumenta un supuesto crimen; solo deben decidir sobre el crimen mismo. Alejen de sus mentes, les ruego, todo lo que interfiera con el caso principal. Alejen también de sus motivos de decisión toda previsión de otras posibles acusaciones a las que el prisionero ha aludido, pero con las cuales ustedes son necesariamente desconocedores. Si dudan de la evidencia, ya sea de un testigo o de todos, el prisionero debe recibir de ustedes el beneficio de esa duda. Si no, están jurados a un solemne juramento, que les ordena prescindir de todas las consideraciones menores; que los obliga a vigilar estrechamente que no sean influenciados por las debilidades naturales a todos nosotros, pero criminales en ustedes, para inclinarse hacia el lado de una clemencia que sería convertida por su juramento en un perjurio ante Dios, y por su deber como ciudadanos imparciales en una traición a su país. ¡Los despido a la grave consideración del importante caso que han escuchado; y confío en que Aquel ante quien todos los corazones están abiertos y todos los secretos son conocidos, les otorgará el temple y el juicio para formar una decisión correcta!
Había en el aspecto majestuoso y la voz estremecedora de Brandon algo que hacía que la forma más común de palabras fuera solemne e impresionante; y el hipócrita, consciente de esta felicidad de modo, generalmente, como ahora, añadía peso a sus palabras finales mediante una alusión religiosa o una fraseología escritural. Cesó; y el jurado, recuperándose del efecto de su adjuración, consultó por un momento entre sí. El capataz, dirigiéndose entonces al tribunal en nombre de sus compañeros jurados, solicitó permiso para retirarse a deliberar. Siendo juramentado un alguacil asistente, leemos en los diarios del día, que anotaban las divisiones del tiempo con esa escrupulosidad habitual hecha terrible por la reflexión de cuán pronto todos los tiempos y estaciones pueden perecer para el héroe de la escena, que «fue a las dos menos veinticinco que el jurado se retiró».
Quizás en el transcurso de todo un juicio criminal no haya periodo más terrible que el que ocupa la deliberación del jurado. En el presente caso, el prisionero, como si fuera agudamente sensible a su situación, permaneció en la parte trasera del banquillo y enterró el rostro entre las manos. Aquellos que estaban cerca de él observaron, sin embargo, que su pecho no parecía hincharse con la convulsiva emoción habitual en las personas en su estado, y que ni siquiera un suspiro o un movimiento agitado se le escapó. El jurado había estado ausente unos veinte minutos cuando se escuchó un ruido confuso en el tribunal. El rostro del juez se volvió con severidad imperativa hacia la parte de donde provenía. Percibió a un hombre de vestimenta tosca y aspecto vulgar tratando ruda y violentamente de abrirse paso entre la multitud hacia el estrado, y en el mismo instante vio a uno de los oficiales del tribunal acercarse al perturbador de su tranquilidad sin intenciones amistosas. El hombre, consciente del propósito del alguacil, exclamó con gran vehemencia: «¡Le daré esto a mi señor el juez, que me condenen si no lo hago!», y mientras hablaba, alzó sobre su cabeza un trozo de papel sucio doblado torpemente en forma de carta. En el instante en que la mirada de Brandon captó los rasgos rudos del intruso, hizo un gesto con menos lentitud de la habitual a uno de sus satélites oficiales. «¡Tráigame ese papel al instante!», susurró.
El oficial hizo una reverencia y obedeció. El hombre, que parecía algo intoxicado, lo entregó con una mirada de irrisorio triunfo y suficiencia.
«¡Apártese, hombre!», añadió al alguacil, que ahora ponía la mano sobre su cuello. «Ya verá lo que dice el juez a ese papelito; ¡y también lo verá el prisionero, pobre hombre!»
Esta escena, tan indigna de la dignidad del tribunal, atrajo la atención y (inmediatamente alrededor del intruso) la hilaridad de la multitud; y muchos ojos se dirigieron hacia Brandon, mientras con calma gravedad abría la nota y echaba un vistazo al contenido. Con una letra grande de colegial —era la letra de Long Ned— estaban escritas estas pocas palabras:
MI SEÑOR JUEZ: Me tomo la libertad de rogarle que haga todo lo que pueda por el prisionero en el banquillo, pues no es otro que el «Paul» de quien le hablé a su Señoría. Ya sabe a qué me refiero.
DUMMIE DUNNAKER.
Al leer esta nota, se observó que la cabeza del juez se desplomaba repentinamente, como por una enfermedad o un espasmo; pero se recuperó al instante y, susurrando al oficial que le trajo la nota, dijo: «Haga que ese loco sea retirado inmediatamente del tribunal y enciérrelo solo. ¡Está tan trastornado que resulta peligroso!»
El oficial no perdió un momento en ver que se ejecutaba la orden. Tres fornidos alguaciles arrastraron al atónito Dummie fuera del tribunal en un instante, aunque con más crueldad por sus exclamaciones:
«¡Eh, señores, qué es esto! ¡Les digo que he salvado la propia carne y sangre del juez! ¡Vamos, ahora, con cuidado ahí; ya se arrepentirán de esto, mi buen hombre! No te preocupes, Paul, amigo mío; te he hecho un buen favor...»
«¡Silencio!», proclamó la voz del juez; y esa voz salió con un tono de poder tan dominante que intimidó a Dummie, a pesar de su intoxicación. Un momento después, y antes de que tuviera tiempo de recuperarse, estaba fuera del tribunal. Durante este extraño alboroto, que sin embargo apenas duró más de dos o tres minutos, el prisionero no había levantado la cabeza ni una sola vez, ni parecía haberse despertado de ninguna manera de su ensueño; y apenas el intruso había sido retirado cuando el jurado regresó.
El veredicto fue, como todos habían previsto, «Culpable», pero fue acompañado por una fuerte recomendación de clemencia.
Entonces se preguntó al prisionero, en la forma habitual, si tenía algo que decir sobre por qué no debía dictarse contra él la sentencia de muerte.
Cuando estas temidas palabras llegaron a sus oídos, el prisionero se levantó lentamente. Dirigió primero hacia el jurado una mirada breve y aguda, y sus ojos descansaron luego por completo, y con una severa significación, en el rostro de su juez.
«Mi señor», comenzó, «solo tengo una razón que aducir contra la sentencia de la ley. Si tiene usted interés en prevenirla o mitigarla, esa razón, creo, bastará para alistarlo a mi favor. Dije que la primera causa de aquellas ofensas contra la ley que me traen a este banquillo fue el haberme enviado a prisión por un cargo del que era totalmente inocente. ¡Mi señor juez, usted fue el hombre que me acusó de ese cargo y me sometió a ese encarcelamiento! Míreme bien, mi señor, y podrá rastrear en el semblante del empedernido criminal que está a punto de condenar a muerte los rasgos de un niño al que, hace unos siete años, acusó ante un magistrado de Londres por el robo de su reloj. Bajo el juramento de un hombre que tiene un pie en el umbral de la muerte, la acusación fue injusta. Y, ¡digno ministro de las leyes que representa!, usted, que ahora dictará mi condena..., ¡usted fue la causa de mis crímenes! Mi señor, he terminado. ¡Estoy listo para añadir otro a la larga y oscura lista de víctimas que primero son contaminadas y luego sacrificadas por la ceguera y la injusticia de los códigos humanos!»
Mientras Clifford hablaba, todos los ojos se volvieron de él hacia el juez, y todos quedaron horrorizados por el cambio espectral y temible que se había apoderado del rostro de Brandon. Los hombres dijeron, después, que vieron escrito allí, con terrible distinción, los caracteres de la muerte; y ciertamente parecía haber algo terrible y sobrenatural en la impasible y demacrada calma de sus orgullosos rasgos. Sin embargo, su ojo no se inmutó, ni los músculos de su labio temblaron; y con aún más que su habitual altivez, enfrentó la mirada del prisionero. Pero, como única conspicuousidad en toda la multitud inmóvil y sin aliento, el juez y el criminal se contemplaban el uno al otro, y a medida que los ojos de los espectadores vagaban sobre cada uno, una impresión electrizante y emocionante de un poderoso parecido entre el condenado y el juez, por primera vez en el juicio, golpeó a la audiencia y aumentó, aunque apenas sabían por qué, la sensación de dolor y temor que las últimas palabras del prisionero provocaron. Quizás podría haber surgido principalmente de una expresión común de feroz emoción conquistada por un carácter de mente férreo y severo; o tal vez, ahora que la palidez cenicienta del agotamiento había sucedido al rubor excitado en el rostro del prisionero, la similitud de tez así obtenida hizo el parecido más obvio que antes; o tal vez los espectadores no habían fijado hasta ahora una mirada tan escrutadora, o, si podemos decirlo así, tan alternante sobre ambos. Como quiera que sea, el parecido entre los hombres, situados como estaban en circunstancias tan ampliamente diferentes —ese parecido que, como hemos insinuado, había ocurrido de forma sorprendente a Lucy en ciertos momentos— era claro e inevitablemente llamativo: el mismo tono oscuro de sus tez; el mismo perfil altivo y romano de sus rostros; la misma altura de la frente; la misma, incluso, rigidez desagradable y sarcástica de la boca, que constituía el rasgo más notorio en Brandon y que era el único punto que desmerecía la singular belleza de Clifford. Pero, sobre todo, el mismo espíritu inflexible, desafiante y obstinado, aunque en Brandon asumía el aire majestuoso de la soberanía, y en Clifford parecía la severidad desesperada del bravucón, se estampó en ambos. Aunque Clifford cesó, no reanudó su asiento, sino que permaneció en la misma actitud en la que había invertido el orden de las cosas y fusionado al peticionario en el acusador; y Brandon mismo, sin hablar ni moverse, continuó observándolo; así, con frentes erguidas y semblantes de mármol, en los que lo desafiante y resuelto no sofocaba del todo la levadura mortal de dolor y temor, parecían lo que podrían haber parecido los dos hombres en el cuento oriental que tenían el poder de mirarse hasta la muerte.
Qué estaba enfureciendo en el corazón de Brandon en ese momento es vano adivinarlo. ¡No dudó ni por un momento que contemplaba ante sí a su hijo perdido hace mucho tiempo, su hijo tan ansiosamente reclamado! Cada fibra, cada rincón de su alma compleja y sombría, eso ciertamente alcanzó y destruyó con un resplandor espantoso e irresistible. El primero, quizás el más fuerte, aunque a menudo el menos reconocido principio de su mente, era el deseo de reconstruir los honores caídos de su casa; ¡a su último vástago contemplaba ahora ante sí, cubierto con las más oscuras ignominias de la ley! Había codiciado honores mundanos; ¡contemplaba a su legítimo sucesor en un criminal convicto! Había atesorado los pocos afectos que había ahorrado de los objetos de orgullo y ambición en su hijo. ¡A ese hijo estaba a punto de condenar a la horca y al verdugo! Últimamente había aumentado las esperanzas de recuperar su tesoro perdido, incluso hasta una certeza exultante. ¡He aquí! ¡Las esperanzas se cumplieron! ¿Cómo? Con estos pensamientos guerreando, de una manera que no nos atrevemos ni siquiera por un epíteto a expresar, dentro de él, podemos lanzar una mirada apresurada al horror de la agravación que soportaron, cuando escuchó al prisionero acusarlo a Él como la causa de su presente condena, ¡y se sintió a sí mismo a la vez el asesino y el juez de su hijo!
Habían transcurrido minutos desde que la voz del prisionero cesó; y Brandon sacó ahora el birrete negro. Mientras lo colocaba lentamente sobre sus cejas, la creciente blancura cadavérica de su rostro se hizo más visiblemente llamativa por el contraste que este temido accesorio presentaba. Dos veces, mientras intentaba hablar, su voz le falló, y un murmullo indistinto salió de sus labios descoloridos y murió como un viento caprichoso y débil. Pero con el tercer esfuerzo, la resolución y la larga autotiranía del hombre vencieron, y su voz recorrió clara e inquebrantable a la multitud, aunque la severa dulzura de sus tonos habituales se había ido, y sonaba extraña y hueca en los oídos que la bebían.
«¡Prisionero en el banquillo! Se ha convertido en mi deber anunciarle el cierre de su carrera mortal. Ha sido acusado de un robo audaz y, después de un juicio imparcial, un jurado de sus compatriotas y las leyes de su país han decidido en su contra. La recomendación de clemencia» (aquí, solo a lo largo de su discurso, Brandon jadeó convulsivamente buscando aliento) «tan humanamente añadida por el jurado, será enviada al poder supremo; pero no puedo halagarle con mucha esperanza de su éxito». (Los abogados se miraron con cierta sorpresa; esperaban un mandato mucho más incondicional, renunciar a toda esperanza de la recomendación del jurado). «Prisionero, por las opiniones que ha expresado, usted ahora solo es responsable ante su Dios; me abstengo de impugnarlas. Por el cargo que ha hecho contra mí, sea verdadero o falso, y por la angustia que me ha causado, ¡que encuentre perdón en otro tribunal! Solo me queda a mí —bajo una reserva demasiado leve, como he dicho, para ofrecerle una promesa justa de esperanza— solo... ¡pronunciar sobre usted la severa sentencia de la ley! Es que sea llevado de vuelta a la prisión de donde vino, y de allí (cuando la autoridad suprema lo disponga) al lugar de ejecución, para ser allí colgado por el cuello hasta que esté muerto; ¡y que el Señor Dios Todopoderoso se apiade de su alma!»
Con esta alocución concluyó aquel juicio trascendental; y mientras la multitud, en un tumulto apresurado y ruidoso, se dirigía hacia la puerta, Brandon, ocultando hasta el último momento con una valentía espartana la angustia que roía sus entrañas, se retiró del terrible espectáculo. Durante la siguiente media hora estuvo encerrado con el extraño intruso en los procedimientos del tribunal. Al final de ese tiempo, el extraño fue despedido; y en aproximadamente el doble del mismo periodo, el sirviente de Brandon lo volvió a admitir, acompañado por otro hombre, con un sombrero caído y una blusa de carretero. El lector no necesita que se le diga que el recién llegado era el amistoso Ned, cuyo testimonio fue de hecho una valiosa corroboración al de Dummie, y cuya estima por Clifford, ayudada por un apetito de recompensas, lo había inducido a aventurarse a la ciudad de -----, aunque permaneció oculto en un suburbio seguro, hasta ser tranquilizado por una promesa escrita de Brandon de seguridad para su persona, y una suma por la cual casi podríamos dudar si no habría consentido (tanto tiempo llevaba confundiendo los medios con el fin) en ser colgado él mismo. Brandon escuchó los detalles de estos confederados; y cuando terminaron, se dirigió a ellos así: «Los he escuchado, y estoy convencido de que son mentirosos e impostores. Ahí está el dinero que les prometí» (arrojando una cartera), «tómenlo; y, escuchen, si alguna vez se atreven a susurrar, sí, aunque sea un soplo de la atroz mentira que han forjado ahora, asegúrense de que haré que los arrastren desde el recoveco o rincón de infamia en el que puedan esconder sus cabezas, y que los cuelguen por los crímenes que ya han cometido. No soy el hombre que rompe su palabra. ¡Lárguense! ¡Dejen esta ciudad al instante! ¡Si dentro de dos horas son encontrados aquí, su sangre caerá sobre sus propias cabezas! ¡Lárguense, digo!»
Estas palabras, ayudadas por un semblante bien adaptado en todo momento a expresiones de un carácter amenazante y despiadado, asombraron y horrorizaron a los cómplices a la vez. Salieron de la habitación en apresurada confusión; y Brandon, ahora solo, caminó con pasos irregulares (cuya alarmante debilidad y vacilación él mismo no sentía) de un lado a otro del apartamento. El infierno de su pecho estaba estampado en sus rasgos, pero solo pronunció un pensamiento en voz alta:
«¡Puedo..., sí, sí..., todavía puedo ocultar esta desgracia para mi nombre!»
Su sirviente llamó a la puerta para decir que el carruaje estaba listo, y que Lord Mauleverer le había pedido que le recordara a su amo que cenaban puntualmente a la hora señalada.
«¡Ya voy!», dijo Brandon, con un énfasis lento y sorprendente en cada palabra. Pero primero se sentó y escribió una carta al sector oficial, apoyando fuertemente la recomendación del jurado; ¡y podemos concebir cómo el orgullo se aferró a él hasta el último momento, cuando instó a la sustitución de la muerte por la deportación de por vida! Tan pronto como selló esta carta, convocó a un expreso, dio sus órdenes con frialdad y distinción, e intentó con su habitual altivez de paso caminar por un largo pasillo que conducía a la puerta exterior. Se encontró fallando. «Ven aquí», dijo a su sirviente, «¡dame tu brazo!»
Todos los sirvientes de Brandon, excepto el dejado con Lucy, lo veneraban; y fue con cierta vacilación que su sirviente se aventuró a preguntar si su amo se sentía bien.
Brandon lo miró, pero no respondió. Entró en su carruaje con ligera dificultad y, diciéndole al cochero que condujera tan rápido como fuera posible, bajó (una costumbre general en él) todas las persianas de las ventanas.
Mientras tanto, Lord Mauleverer, con seis amigos, esperaba impacientemente la llegada del séptimo invitado.
«¡Nuestro augusto amigo se retrasa!», dijo el obispo de -------, con las manos cruzadas sobre su voluminoso estómago. «Temo que el rodaballo del que habló su señoría no sea mejor por la duración del juicio».
«¡Pobre hombre!», dijo el Conde de --------, bostezando ligeramente.
«¿A quién se refiere?», preguntó Lord Mauleverer, con una sonrisa, «¿al obispo, al juez o al rodaballo?»
«A ninguno de los tres, Mauleverer; hablaba del prisionero».
«¡Ah, el fino perro! Lo olvidé», dijo Mauleverer. «Realmente, ahora que lo menciona, debo confesar que me inspira una gran compasión; pero, de hecho, ¡es muy incorrecto de su parte mantener al juez tanto tiempo!»
«Esos desdichados empedernidos tienen mucho que decir», murmuró el obispo, con acritud.
«¡Cierto!», dijo Mauleverer; «un pícaro religioso habría tenido algunas entrañas para el estado de la iglesia esuriente».
«¿Es realmente cierto, Mauleverer», preguntó el Conde de ------, «que Brandon va a tener éxito?»
«Eso escuché», dijo Mauleverer. «¡Cielos, qué hambre tengo!»
Un gemido del obispo hizo eco de la queja.
«¿Supongo que iría en contra de todo decoro sentarse a cenar sin él?», dijo Lord --------.
«Vaya, realmente, me temo que sí», respondió Mauleverer. «Pero nuestra salud... nuestra salud está en juego; solo esperaremos cinco minutos más. Por Júpiter, ¡ahí está el carruaje! Le pido perdón por mi juramento pagano, mi señor obispo».
«¡Lo perdono!», dijo el buen obispo, sonriendo.
El grupo así comprometido en coloquio estaba estacionado en una ventana que daba al camino de grava, a lo largo del cual se veía ahora el carruaje del juez acercándose rápidamente; esta ventana estaba a solo unos metros del pórtico, y se había abierto parcialmente para un mejor reconocimiento de la llegada del invitado esperado.
«¡Mantiene las persianas bajadas todavía! Descuido, o vergüenza por la falta de puntualidad, ¿cuál es la causa, Mauleverer?», dijo uno del grupo.
«¡No vergüenza, me temo!», respondió Mauleverer. «Incluso la inmoralidad indecente de retrasar nuestra cena difícilmente podría llevar un rubor a la piel de pergamino de mi docto amigo».
Aquí el carruaje se detuvo en el pórtico; se abrió la puerta del carruaje.
«Parece haber un extraño retraso», dijo Mauleverer, con irritación. «¿Por qué no sale?»
Mientras hablaba, un murmullo entre los asistentes, que parecían algo extrañamente agolparse alrededor del carruaje, golpeó los oídos del grupo.
«¿Qué dicen?, ¿qué?», dijo Mauleverer, llevándose la mano al oído.
El obispo respondió apresuradamente; y Mauleverer, al escuchar la respuesta, olvidó por una vez su susceptibilidad al frío y salió apresurado hacia la puerta del carruaje. Sus invitados lo siguieron.
Encontraron a Brandon apoyado contra el rincón más alejado del carruaje... un cadáver. Una mano sostenía la cuerda de control, como si hubiera intentado involuntaria pero infructuosamente tirar de ella. El lado derecho de su rostro estaba parcialmente distorsionado, como por una convulsión o parálisis; pero no lo suficiente como para destruir esa notable expresión de altivez y severidad que había caracterizado sus rasgos en vida. Al mismo tiempo, la distorsión que había levantado por un lado los músculos de la boca se había profundizado en una pasmosa amplitud, la media mueca de burla que usualmente acechaba alrededor de la parte inferior de su rostro. Así, sin testigos y abrupta, había sido la desunión de la arcilla y el espíritu de un hombre que, si pasó por la vida como un hipócrita audaz, intrigante, obstinado e inquebrantable, no carecía de algo elevado incluso en medio de su bajeza, su egoísmo y sus vicios; que parecía menos haber amado el pecado que, por alguna extraña perversión de la razón, haber desdeñado la virtud, y que, por una solemnidad y una pasmosa repentinidad del destino (¡pues quién se aventurará a indicar el juicio de la Providencia oculta y suprema, incluso cuando parece a los ojos mortales la menos oscurecida?), obtuvo los sueños, los objetos, los triunfos de la esperanza, ¡para ser destruidos por ellos en el momento de la adquisición!
Al igual que cuando un ciudadano rural —retirado para unas breves vacaciones, lejos de las preocupaciones del mundo y del strepitumque Romae— hacia las dulces sombras de Pentonville o las lejanas llanuras de Clapham, conduce a algún visitante encantado a través de los intrincados detalles de aquella obra maestra dedaliana que le complace llamar su laberinto o dédalo, sonriendo ahora furtivamente ante la perplejidad de su huésped, escuchando luego con calma superioridad sus fútiles y erróneas conjeturas, acompañándole ahora maliciosamente por un camino halagador en el que el desconcertado aventurero es detenido de repente por los rasgos vacíos de un seto sin salida, temblando ahora al ver al huésped tropezar sin darse cuenta con el camino correcto, y sintiéndose aliviado al contemplarle, tras una pausa de deliberación, internarse en el equivocado; así, ¡oh, amable lector!, conduce el sabio novelista a través del laberinto de su relato, divirtiéndose con tus autoengaños y devanando, en prolijo placer, la tranquila madeja de su entretenimiento desde las involuciones que provocan tu inquietante impaciencia y perplejidad. Pero como cuando, gracias a la afabilidad o al cansancio del anfitrión, el misterio se desvela por fin, y se permite al huésped penetrar incluso hasta el extremo oculto del frondoso laberinto, el honesto ciudadano, satisfecho con las agradables molestias que ya ha dispensado a su visitante, no le somete al trabajo de desandar los pasos que ha recorrido tan erráticamente, sino que le conduce en tres zancadas, y por un camino más sencillo, directamente a la boca del laberinto, y le despide hacia otro lugar en busca de entretenimiento; así el prudente narrador, una vez desplegadas las complejidades de su trama, no ocasionará demoras rancias y poco provechosas a su cansado lector, sino que le conducirá, con la mayor brevedad conveniente, fuera del laberinto que ha dejado de retener el interés de un secreto.
Por consiguiente, en cumplimiento de la política del ingenio, relataremos tan rápidamente como sea posible la parte de nuestra narración que aún queda por contar. En la persona de Brandon se encontró el papel que contenía tan fatal noticia sobre su hijo; y, cuando fue llevado ante Lord Mauleverer, las palabras impresionaron a aquel personaje (quien sabía que Brandon había estado buscando a su hijo perdido, a quien, como hemos visto, se le había enseñado a suponer ilegítimo, aunque es probable que a su sagacidad natural le hubieran asaltado muchas dudas sobre si no habría sido engañado) como lo suficientemente importantes como para merecer una investigación sobre el autor. Dummie fue encontrado fácilmente, pues aún no había dado la espalda a la ciudad cuando llegaron a ella las noticias de la repentina muerte del juez; y, aprovechando esa circunstancia, el amistoso Dunnaker permaneció en la ciudad (aunque su antiguo compañero la abandonó tan apresuradamente como pudo), y pasó el tiempo presentándose en la cárcel, y tras algunos esfuerzos ineficaces, logrando llegar hasta Clifford. Rastreado fácilmente por el nombre que había dado al gobernador de la prisión, fue conducido el mismo día ante Lord Mauleverer; y su narración, por confusa que fuera, y aun proviniendo de un lugar tan sospechoso, estremeció aquellos órganos digestivos, que en Mauleverer actuaban como sustitutos de un corazón, con sentimientos tan parecidos al asombro y al horror como nuestro buen par era capaz de experimentar. Ya conmocionado, tras su filosofía mundana de indiferencia, por la muerte de Brandon, se mostró en ese momento más susceptible a una impresión remordida y saludable de lo que podría haberlo sido en cualquier otro; y no pudo, sin algunos pinchazos de conciencia, pensar en la ruina que había traído sobre la madre del ser al que acababa de procesar hasta la muerte. Despidió a Dummie y, tras una breve consideración, pidió su carruaje y, dejando los preparativos del funeral de su amigo al cuidado de su hombre de negocios, partió hacia Londres, y en particular hacia la casa del Secretario del Departamento del Interior. No quisiéramos perjudicar injustamente al noble penitente; pero nos aventuramos a sospechar que podría no haber preferido una solicitud personal de clemencia para el prisionero a una escrita, de no haber sentido ciertos remordimientos desagradables al permanecer en una casa de campo ensombrecida por ceremonias tan lúgubres como las de la muerte. La carta de Brandon y la solicitud de Mauleverer obtuvieron para Clifford una conmutación de su sentencia. Fue condenado a transporte perpetuo. Un barco estaba ya a punto de zarpar; y Mauleverer, satisfecho con haberle salvado la vida, no estaba en absoluto ansioso porque su partida del país se viera gravada con ninguna demora superflua.
Mientras tanto, el primer rumor que llegó a Londres sobre el destino de Brandon fue que le había dado un ataque y que se encontraba gravemente enfermo en casa de Mauleverer; y antes de que llegara el segundo y más fatalmente seguro informe, Lucy había obtenido de la visible consternación de Barlow, a quien interrogó ansiosamente, y quien, amando realmente a su amo, fue fácilmente inducido a la comunicación, la primera y más halagadora noticia. Para deleite secreto de Barlow, ella insistió al instante en partir hacia el supuesto enfermo; y acompañada por Barlow y su doncella, la afectuosa joven se apresuró hacia la casa de Mauleverer en la tarde siguiente al día en que el conde la abandonó. Lucy no había avanzado mucho cuando Barlow supo, por los chismes del camino, el verdadero estado de la cuestión. En efecto, fue en la primera posta cuando, con semblante afligido, se acercó a la portezuela del carruaje y, anunciando la inutilidad de seguir adelante, rogó a Lucy que se diera la vuelta. Tan pronto como la señorita Brandon hubo superado el primer choque que esta noticia le produjo, dijo con calma:
—Bueno, Barlow, si así es, aún tenemos un deber que cumplir. ¡Diga a los postillones que sigan adelante!
—En verdad, señora, no veo de qué sirve atormentarse, y estando usted tan débil. Si me permite ir, me aseguraré de que se preste toda la atención a los restos de mi pobre amo.
—Cuando mi padre yacía muerto —dijo Lucy, con una gravedad y una triste severidad en su forma de hablar—, aquel que ahora no existe no envió a nadie para cumplir los últimos deberes de un hermano; tampoco enviaré yo a nadie para cumplir los de una sobrina, y demostrar que he olvidado la gratitud de una hija. ¡Siga adelante!
Hemos dicho que hubo momentos en los que un espíritu se apoderaba de Lucy poco común en ella por lo general; y ahora el mandato de su tío se asentaba en su frente. Los caballos corrieron velozmente y, durante varios minutos, Lucy permaneció en silencio. Su doncella no se atrevió a hablar. Al fin, la señorita Brandon se volvió y, cubriéndose el rostro con las manos, rompió a llorar de forma tan violenta que alarmó a su acompañante incluso más que su quietud anterior. —¡Mi pobre, pobre tío! —sollozó; y esas fueron todas sus palabras.
Debemos pasar por alto la llegada de Lucy a la casa de Lord Mauleverer; debemos pasar por alto los días agotadores que transcurrieron hasta que aquel cuerpo inconsciente fue entregado al polvo con el cual, de haber podido retener aunque fuera una chispa de su altivo espíritu, se habría negado a mezclar sus átomos. Ella había amado al fallecido incomparablemente más allá de sus méritos y, resistiéndose a toda amonestación en contra y a todas las formas de la costumbre ordinaria, fue testigo ella misma de la lúgubre ceremonia que legó los restos humanos de William Brandon al reposo y al gusano. Ese mismo día Clifford recibió la mitigación de su sentencia, y en ese día otro juicio aguardaba a Lucy. Pensamos transmitir brevemente al lector cómo fue esa escena; solo necesitamos observar que Dummie Dunnaker, atraído por su gran amor por el pequeño Paul, de quien decía encantado que no le encontraba en absoluto «afectado por su gran fama y elevación», seguía merodeando por la ciudad, y no solo estaba al tanto del parentesco de los primos, sino que había deducido de Long Ned, mientras viajaban hacia ------, el afecto que Clifford sentía por Lucy. Sobre la forma en que la comunicación llegó a Lucy, no necesitamos hablar; baste decir que, en el día en que había cumplido el último deber para con su tío, se enteró por primera vez de la situación de su amante.
En aquella tarde, en la celda del reo, los primos se reunieron.
Su conversación fue en voz baja, pues el carcelero estaba a poca distancia; y fue interrumpida por los sollozos convulsivos de Lucy. Pero la voz de aquel cuyos nervios de hierro no eran indignos de la descendencia de William Brandon, fue clara y audible para sus oídos, aun cuando pronunciada en un susurro que apenas movió sus labios. Parecía como si Lucy, herida hasta lo más profundo del corazón por la generosidad con la que su amante se había arrancado de ella en el momento en que su fortuna podría haberlo elevado en cualquier otro país muy por encima de los peligros y crímenes de su carrera en este; al percibir ahora, por primera vez, y en toda su fuerza, las causas de su misteriosa conducta; conmovida por su parentesco, y olvidándose totalmente de sí misma en la desolación y la oscura situación en la que contemplaba a quien, cualesquiera que fueran sus crímenes, no había sido criminal para con ella; parecía como si, llevada por estas emociones, se hubiera rendido por completo a la ternura y devoción de su naturaleza; que hubiera deseado dejar hogar, amigos y fortuna, y compartir con él su castigo y su vergüenza.
—¿Por qué? —balbuceó—. ¿Por qué... por qué no? ¡Somos todo lo que nos queda el uno al otro en el mundo! Tu padre y el mío eran hermanos; permíteme ser para ti como una hermana. ¿Qué me queda aquí? Ni un solo ser a quien ame, o que se preocupe por mí... ¡ni uno!
Fue entonces cuando Clifford reunió todo su valor al responder. Quizá, ahora que sentía (aunque aquí su conocimiento era necesariamente confuso e imperfecto) que su nacimiento no era desigual al de ella; ahora que leía, o creía leer, en su mejilla pálida y su figura atenuada, que la deserción hacia ella era la muerte, y que la generosidad y el autosacrificio habían llegado demasiado tarde; quizá estos pensamientos, coincidiendo con un amor en él que iba más allá de toda palabra, y un amor en ella al que era superior a la humanidad resistirse, le conquistaron y subyugaron por completo. Sin embargo, como hemos dicho, su voz respiró con calma en su oído; y solo su mirada, que se iluminó con una esperanza firme y resuelta, traicionó su mente. —¡Vive, entonces! —dijo al concluir—. ¡Mi hermana, mi amada, mi esposa, vive! En un año a partir de este día, lo repito, ¡te lo prometo!
La entrevista terminó y Lucy regresó a casa con paso firme. Iba a pie. La lluvia caía a torrentes, pero incluso en su precario estado su salud no se resintió; y cuando, a menos de una semana de aquel momento, leyó que Clifford había partido hacia el confín de su castigo, leyó la noticia con mirada firme y un labio que, si se volvió más pálido, no tembló.
Poco después de aquel tiempo, la señorita Brandon partió hacia un pueblo oscuro junto al mar; y allí, rechazando toda sociedad, siguió residiendo. Como el nacimiento de Clifford era conocido por pocos, y su legitimidad no era sospechada por nadie, excepto quizás por Mauleverer, Lucy heredó la gran fortuna de su tío; y esta circunstancia la convirtió más que nunca en objeto de atracción ante los ojos de su noble adorador. Al verse incapaz de verla, le escribió más de una epístola conmovedora; pero como Lucy continuó inflexible, al final, disgustado por su falta de gusto, cesó en su persecución y se resignó a la continua esterilidad de la vida sin matrimonio. A medida que los meses menguaban, la señorita Brandon parecía cansarse de su retiro; e inmediatamente al alcanzar la mayoría de edad, lo cual ocurrió unos ocho meses después de la muerte de Brandon, transfirió el grueso de su fortuna a Francia, donde se entendía (pues era imposible que el rumor durmiera sobre una heredera y una belleza) que pensaba residir en el futuro. Incluso Warlock (ese hechizo para el orgulloso corazón de su tío) dejó de retenerlo. Fue ofrecido al pariente más cercano de la familia por una suma con la que no dudó en cerrar el trato; y por las vicisitudes comunes de la Fortuna, la propiedad de los antiguos Brandon ha pasado ahora, según observamos en un periódico semanal, a manos de un rico concejal.
Había pasado casi un año desde la muerte de Brandon cuando una carta con matasellos extranjero llegó a Lucy. A partir de aquel momento, sus ánimos —que antes, aunque sujetos a arrebatos de abstracción, habían sido equilibrados y serenos, no tristes— se elevaron a toda la alegría y vivacidad de su primera juventud. Se ocupó activamente en los preparativos para su partida de este país; y finalmente el día quedó fijado y el barco fue contratado. Todos los días hasta aquel, Lucy caminaba hasta la orilla del mar y, ascendiendo al acantilado más alto, pasaba horas, hasta que caía la noche, observando, con mirada aparentemente ociosa, los barcos que surcaban el mar; y con cada día su salud parecía fortalecerse, y el color suave y lúcido que una vez había lucido, volver a florecer en su mejilla.
Antes de su partida, la señorita Brandon despidió a sus criados y solo contrató a una mujer, extranjera, para que la acompañara. Un cierto tono de mando silencioso, antes desconocido en ella, caracterizaba estas medidas, tan audazmente independientes para alguien de su sexo y edad. Llegó el día; era el aniversario de su última entrevista con Clifford. Al subir al barco se observó que temblaba violentamente y que su rostro estaba pálido como la muerte. Un extraño, que había permanecido apartado envuelto en su capa, se lanzó hacia adelante para ayudarla; aquello fue lo último que sus descartados y llorosos criados vieron de ella desde el muelle donde permanecían para observar.
Nunca más se supo nada en este país del destino de Lucy Brandon; y como su círculo de conocidos era reducido, y el interés por su suerte no existía vivamente en nadie salvo en unos pocos pechos humildes, la conjetura nunca se despertó intensamente y pronto se enfrió hasta el olvido. Si favoreció, tras el paso de los años, alguna noción más que otra, fue la de que había perecido entre las víctimas de la Revolución Francesa.
Mientras tanto, echemos un vistazo a los destinos de nuestros conocidos más subordinados.
Augustus Tomlinson, al separarse de Long Ned, había logrado llegar a Calais; y tras una rápida gira por el Continente, acabó refugiándose en cierta ciudad literaria de Alemania, donde se distinguió por su perspicacia metafísica y abrió una escuela de moral basada en el modelo griego, enseñada en lengua francesa. Consiguió, gracias al patrocinio que recibió y a los alumnos a los que iluminó, obtener unos ingresos muy decentes; y como escribió un tomo contra Locke, demostró que los hombres tenían sentimientos innatos y afirmó que deberíamos referir todo no a la razón, sino a los sentimientos del alma, llegó a ser muy respetado por su extraordinaria virtud. Tras su muerte se hicieron algunos pequeños descubrimientos que quizás habrían disminuido un tanto el aura general de su santidad, de no haber sido porque los admiradores de su escuela ocultaron cuidadosamente el asunto, ¡probablemente por respeto a los «sentimientos del alma»!
Pepper, a quien la policía no deseaba destruir tan ansiosamente como a sus dos compañeros, podría haber logrado, quizá muchos años más, pastar en los campos públicos, de no haber caído una carta, escrita de forma algo imprudente, en manos equivocadas. Esto, aunque tras crear cierto revuelo pareció desvanecerse, vivió en la memoria de la policía y finalmente conspiró, junto con diversos pecadillos, para producir su caída. Fue capturado, juzgado y condenado a siete años de transporte. Empleó su tiempo tan ventajosamente en Botany Bay y arregló las cosas allí de forma tan cómoda para sí mismo que, al expirar su condena, se negó a regresar a casa. Hizo un excelente matrimonio, se construyó una excelente casa y permaneció en «la tierra de los bienaventurados» hasta el fin de sus días, conocido hasta el último momento por la abundancia de su cabello y cierto aspecto de feroces aires de petimetre.
En cuanto a Fighting Attie y Gentleman George, a Scarlet Jem y a Old Bags, confesamos carecer de información cierta sobre sus finales. Solo podemos añadir, con respecto a Fighting Attie: «¡Que la buena suerte le acompañe dondequiera que vaya!», y sobre el tabernero del Jolly Angler, que, aunque no tenemos la constitución física para beber «una copa de ginebra barata», estaríamos muy felices, con un vino tolerable y en compañía de cualquier comensal agradable, de aportar nuestra parte al pulido coro de:
—«¡Por Gentleman George, que Dios le bendiga!»
La señora Lobkins abandonó esta vida como un cordero; y Dummie Dunnaker obtuvo licencia para llevar el negocio en Thames Court. Presumió, hasta el final, de su trato con el gran capitán Lovett y de la afabilidad con la que ese distinguido personaje le trataba. También tenía historias sobre el juez Brandon, pero nadie creía ni una sílaba de ellas; y Dummie, indignado por la incredulidad, aumentó, por vehemencia, la maravilla de las historias, de modo que, al final, lo que se añadía casi se tragaba lo original, y el propio Dummie podría haber estado confundido al satisfacer su propia conciencia sobre qué era falso y qué era verdadero.
El erudito Peter MacGrawler, regresando a Escocia, desapareció en el camino. Una persona singularmente parecida al sabio fue vista después en Carlisle, donde desempeñó las útiles y loables funciones de verdugo. Pero si este respetable funcionario era o no nuestro auténtico Simon Pure, nuestro exeditor de «The Asinaeum», no nos atreveremos a afirmarlo.
Lord Mauleverer, decidiéndose finalmente por una vida de soltero, pasó el resto de sus años en indolente tranquilidad. Cuando murió, los periódicos afirmaron que Su Majestad estaba profundamente afectado por la pérdida de un amigo tan antiguo y valorado. Sus muebles y vinos se vendieron extraordinariamente caros; y un Gran Hombre, íntimo suyo en particular, que compró sus libros, sorprendido al encontrar, por marcas de lápiz, que el noble difunto había leído algunos de ellos, exclamó, no sin algo de verdad:
—¡Ah! Mauleverer podría haber sido un tipo endiabladamente inteligente... ¡si hubiera querido!
El conde solía mostrar como curiosidad un anillo de gran valor que había recibido de una manera bastante singular. Una mañana le entregaron un paquete que contenía una suma de dinero, el anillo mencionado y una carta del notorio Lovett, en la que esa persona, al pedir devolver a su señoría las sumas de las que le había ayudado dos veces a robar, le agradecía, con cálida sinceridad, la consideración mostrada hacia él al no revelar su identidad con el capitán Clifford; y se aventuraba, como un pequeño testimonio de respeto, a incluir el mencionado anillo con la suma devuelta.
Por la época en que Mauleverer recibió este curioso paquete, aparecieron varias anécdotas de naturaleza similar en los periódicos públicos; y parecía que Lovett había actuado bajo un principio general de restitución, no siempre, debe admitirse, fruto del arrepentimiento de un ladrón. Mientras los ociosos se maravillaban ante estas anécdotas, llegaron las noticias tardías de que Lovett, tras solo un mes de estancia en su lugar de condena, había logrado escapar de la manera más audaz y singular. Si en su avance por el país había muerto de hambre o a manos de los nativos, o si, más afortunado, había encontrado finalmente los medios para cruzar los mares, era aún desconocido. Allí terminaron las aventuras del galante ladrón; y así, por una extraña coincidencia, el mismo misterio que envolvía el destino de Lucy envolvía también el de su amante. Y aquí, amable lector, podríamos bajar el telón sobre nuestra escena final, si no creyéramos que podría complacerte mantenerlo levantado un momento más y darte otra visión del mundo que hay detrás.
En cierto pueblo de ese Gran País donde los zapatos están imperfectamente lustrados —[véase la reciente obra del capitán Hall sobre América]— y las opiniones no son perseguidas, residía, veinte años después de la fecha de la partida de Lucy Brandon de Inglaterra, un hombre tenido en alta y universal estima, no solo por la rectitud de su conducta, sino por las energías de su mente y los propósitos a los que estaban dirigidas. Si preguntabas quién cultivaba aquel baldío, la respuesta era: «¡Clifford!»; quién procuró el establecimiento de aquel hospital, «¡Clifford!»; quién obtuvo la reparación de tal agravio público, «¡Clifford!»; quién luchó por y ganó tal beneficio popular, «¡Clifford!». En la parte más amable de sus proyectos y empresas —en aquella parte, sobre todo, que concernía a los enfermos o a los necesitados—, este útil ciudadano era secundado, o más bien superado, por un ser sobre cuya belleza insuperable el Tiempo parecía haber volado con un ala suave y encantadora. Había algo notable y conmovedor en el amor que esta pareja (pues la mujer a la que nos referimos era la esposa de Clifford) se profesaba; como la planta en las llanuras de Hebrón, el tiempo que aportó a ese amor una fuerza adicional le trajo también un verdor más suave y fresco. Aunque sus vecinos actuales desconocían los acontecimientos de su vida anterior a su establecimiento en ----------, se sabía que habían sido ricos en el momento en que llegaron por primera vez a residir allí, y que, por una serie de fatalidades, lo habían perdido todo. Pero Clifford había resistido varonilmente a la fortuna; y en un país nuevo, donde los hombres que prefieren el trabajo a la dependencia no pueden pasar hambre fácilmente, había sido capaz de ascender a través de las severas etapas de la pobreza y la dureza con una honestidad y un vigor de carácter que le ganaron, tal vez, una estima más sincera por cada esfuerzo sucesivo de la que la exhibición de sus riquezas perdidas podría haberle proporcionado jamás. Sus labores y sus capacidades obtuvieron un éxito gradual pero seguro; y ahora disfrutaba de las bendiciones de una competencia ganada con la más escrupulosa integridad y gastada con la más bondadosa benevolencia. Un rastro de las pruebas por las que habían pasado era discernible en cada uno; esas pruebas habían robado la rosa de la mejilla de la esposa, y habían sembrado arrugas prematuras en la amplia frente de Clifford. Había momentos, también, pero eran solo momentos, en los que este último se hundía de su habitual alegría de mente elástica y saludable en un ensueño sombrío y abstracto; pero estos momentos la esposa los vigilaba con una ansiedad celosa y cariñosa, y un solo sonido de su dulce voz tenía el poder de disipar su influencia; y cuando Clifford levantaba los ojos y miraba desde su tierna sonrisa a su feliz hogar y a sus hijos en crecimiento, o contemplaba a través de las mismas ventanas de su habitación los beneficios públicos que había creado, algo de orgullo y alegría brillaba en su rostro, y decía, aunque con ojos brillantes y voz suave, mientras sus miradas volvían una vez más a su esposa: «¡Te debo esto a ti!».
Un rasgo de mente caracterizaba especialmente a Clifford: la indulgencia hacia las faltas de los demás. «Las circunstancias crean la culpa», solía decir; «¡intentemos corregir las circunstancias antes de despotricar contra la culpa!». Sus hijos prometían caminar por el mismo sendero útil y honorable por el que él mismo caminaba. Se consideraba feliz a aquella familia que tenía la esperanza de aliarse con la suya.
Tal fue el destino posterior de Clifford y Lucy. ¿Quién nos condenará por preferir la moraleja de ese destino a la moraleja que se extorsiona de la horca y los pontones, que hace espantapájaros, no faros; aterroriza nuestra debilidad, no calienta nuestra razón? ¿Quién no admite que es mejor reparar que perecer, mejor, también, expiar como ciudadano que arrepentirse como ermitaño? Oh, John Wilkes, concejal de Londres y Drawcansir de la Libertad, tu vida no fue ni un ápice demasiado perfecta, tu patriotismo podría haber sido infinitamente más puro, tu moral habría admitido una enmienda indefinida, no eres un gran favorito para nosotros ni para el resto del mundo, pero dijiste una cosa excelente, por la cual te miramos con benevolencia, es más, casi con respeto. Difícilmente sabemos si sonreír ante su ingenio o suspirar ante su sabiduría. ¡Marquen esta verdad, todos ustedes, caballeros de Inglaterra que harían la ley como los romanos hacían los fasces, un haz de varas con un hacha en medio, márquenla y recuérdenla! Mucho tiempo puede vivir, aliada con la esperanza en nosotros mismos, pero con gratitud en nuestros hijos, mucho tiempo después de que el libro que ahora «adorna» y «señala» haya ido a su polvoriento sueño, mucho, mucho después de que la mano febril que ahora la escribe no pueda defenderla ni hacerla cumplir nunca más: «¡EL PEOR USO QUE SE PUEDE HACER DE UN HOMBRE ES AHORCARLO!».
NOTA.
En la segunda edición de esta novela se insertaron aquí dos «personajes» de «Fighting Attie» y «Gentleman George», omitidos en la edición subsiguiente publicada por el Sr. Bentley en las «Standard Novels». A petición de algunos admiradores de aquellos eminentes personajes, que consideraron los bosquejos biográficos referidos imparciales en sí mismos, y que contribuían a la completitud del diseño para el cual fueron introducidos hombres tan ilustres, se retienen aquí, aunque en la forma más honorable de una nota separada y suplementaria.
FIGHTING ATTIE.
Cuando muera, el camino habrá perdido a un gran hombre, cuyo pie rara vez estaba fuera de su estribo, y cuya cabeza despejada guiaba una mano audaz. Llevó el sentido común a su perfección, y convirtió el camino recto en lo más sublime. Sus palabras eran pocas, sus acciones eran muchas. ¡Era el espartano de los Tobymen, y el laconismo era el alma breve de su legislación profesional!
De cualquier manera que lo mires, ves esas propiedades de la mente que ordenan la fortuna; pocos pensamientos no confundiéndose entre sí, elementos simples y audaces. Su carácter en acción puede resumirse en dos frases: «un hecho captado y un golpe dado». Si su intelecto hubiera sido más lujoso, su resolución podría haber sido menos dura; y su dureza hizo su grandeza. Era uno de esos que brillan solo en la acción, chimeneas (por adaptar el símil de Sir Thomas More) que parecen inútiles hasta que enciendes el fuego. Así, en los momentos de calma, no soñabas con su utilidad, y solo en el camino te quedabas mudo con el estallido de su genio. A cualquier situación a la que fuera llamado, encontrabas en él lo que buscabas en vano en otros; porque su fuerte sentido le dio a Attie lo que la larga experiencia debería, pero a menudo no logra, dar a sus poseedores. Su energía triunfó sobre el sentido de la circunstancia novedosa, y rompió en un momento a través de las telarañas que enredaban a naturalezas menores durante años. Su ojo veía un resultado final y no prestaba atención al detalle. Robaba a su hombre sin chicanería; y tomaba su bolsa solicitándola en lugar de tramándola. Si sus enemigos desean restar mérito a su mérito —un mérito grande, deslumbrante y, sin embargo, sólido—, pueden, tal vez, decir que su genio le sentaba mejor para continuar las hazañas que para idearlas; y así que, además del renombre que justamente puede reclamar, a menudo acaparaba totalmente esa fama que debería haber sido compartida por otros: tomaba la empresa donde cesaba en el Trabajo, y la llevaba adelante, donde era recompensada con la Gloria. Incluso este cargo prueba un nuevo mérito de dirección, y no disminuye el mérito menos complicado que le hemos permitido antes. La fama que ha adquirido puede excitar nuestra emulación; la envidia que no ha apaciguado puede consolarnos por la oscuridad.
Una estrofa de poesía griega —así, no demasiado vigorosamente, traducida por el Sr. West—,
«Pero envuelta en error está la mente humana, Y la dicha humana es siempre insegura. ¿Sabemos qué fortuna quedará atrás? ¿Sabemos cuánto tiempo durará el presente?».
GENTLEMAN GEORGE.
Para ti, Gentleman George, para ti, ¿qué valedicción concluyente queda? ¡Ay! desde que comenzamos la extraña y mímica escena en la que fuiste introducido por primera vez, el enemigo sombrío ha llamado tres veces a tus puertas; y ahora, mientras escribimos —[en 1830]—, te has ido de allí, ¡ya no eres más! Un nuevo señor preside tu sillón, una nueva voz resuena en tu alegre mesa, ¡estás olvidado! ¡ya eres, como estas páginas, un cuento que se cuenta a una memoria que no retiene! ¿Dónde están tus agudezas y manías; dónde tus majestuosas vanidades y tus joyas regias? Tu casa y tu pagoda, tu chimenea gótica y tu poste indicador chino, estos aún piden la mano concluyente. Tu mano está fría; ¡su finalización, y el disfrute que la finalización produce, son para otro! Tú siembras y tu seguidor cosecha; tú construyes, tu sucesor posee; tú plantas y tu heredero se sienta bajo la sombra de tus árboles,
«Neque harum, quas colis, arborum Te, praeter invisas cupressos, Ulla brevem dominum sequetur!»
[«Ni ninguno de estos árboles que cultivaste seguirá al dueño de corta vida, salvo los odiosos cipreses».]
En este momento tu vida —porque fuiste un Gran Hombre para tu orden, y han añadido tu biografía a la de Abershaw y Sheppard—, tu vida está ante nosotros. ¡Qué homilía en sus acontecimientos! Alegremente reíste hacia tu juventud y corriste a través de los cursos de tu hombría. El ingenio se sentó a tu mesa y el Genio fue tu camarada. La Belleza fue tu doncella; y la Frivolidad jugó a tu alrededor, ¡un bufón al que ridiculizabas y ridiculizándolo disfrutabas! ¿Quién entre nosotros puede mirar atrás a tu brillante era y no suspirar al pensar que los hombres maravillosos que te rodearon, y entre quienes fuiste un centro y un núcleo, son para él solo las cosas de la historia y los fantasmas de una tradición sin cuerpo? Esas cenas brillantes, brillantes con belleza, cuya memoria hace de un lugar (todavía heredado por Bachelor Bill) un terreno embrujado y de hadas; todos los que se reunieron en ese círculo de Armida —los Grammont y los Beauvillier y los Rochefoucauld de Inglaterra y el Camino—, ¿quién no siente que haber visto estos, aunque solo fuera como Gil Blas vio las festividades de sus actores, desde el aparador y detrás de la silla, habría sido un triunfo para los sentimientos más terrenales de su vejez recordar? ¿Qué, entonces, debe haber sido haberlos visto como tú los viste, tú, el fallecido y el olvidado!, vistos desde la altura de tu juventud y poder y rango (porque temprano fuiste guardián de un público), y espíritus imprudentes, y robustas capacidades de alegría? ¿Qué placeres donde el sentido prodigaba sus incontables variedades? ¿Qué juergas donde el vino era la menor excitación?
Que la escena cambie. ¡Qué estimulante es el cambio! ¡Triunfo y brillo y conquista! Porque tu público era un público de renombre; allí venían los Guerreros del Ring, los Héroes de la Cruz, y tú, su patrón, ¡fuiste elevado sobre su fama! «Principes pro victoria pugnant, comites pro Principe». —[Los jefes luchan por la victoria, por los jefes los soldados]. ¡Qué visiones pasan ante nosotros! ¡Qué glorias presenciaste! ¡Sobre qué conquistas presidiste! La época más poderosa, los eventos más maravillosos que el mundo, tu mundo, jamás conoció, ¿de estos no fue esto de hecho, y deslumbrantemente tuyo,
«¿Compartir el triunfo y participar del vendaval»?
Que la escena cambie. La hombría es tocada por la edad; pero la Lujuria es «taloneada» por el Lujo, y la Pompa es el heredero del Placer; baratijas y gala, en lugar de gloria, te rodean, se regocijan y te halagan hasta el final. Allí se levantan tus edificios; allí yacen, secretos pero magníficos, los tabernáculos de tu descanso; y las ganancias de tus amigos, y las riquezas de las personas a quienes ellos saquean, son aguas para tu torbellino imperial. Estás envuelto en la comodidad, como lo es un gusano de seda; y la profusión fluye de tu alto e invisible asilo como la lluvia se derrama de una nube. Mucho hiciste para embellecer las chimeneas, mucho para adornar los escondites donde vivías. El robo contigo tomó una forma sustancial; y los robos del público pasaron a una metempsicosis de mortero, y se convirtieron en tabernas. Así allí y de tal manera, construyendo y planeando, hilaste tu último hilo, hasta que la Muerte vino sobre ti; y cuando miramos a nuestro alrededor, ¡he aquí! tu hermano estaba en tu hogar. Y tus parásitos y tus camaradas y tus antiguos amigos y tus robustas amantes, hicieron un murmullo, y empacaron sus bienes; pero se volvieron antes de partir, y habrían adorado a tu hermano como te adoraron a ti, ¡pero él no quiso! Y tu poste indicador ya se ha ido y se ha desmoronado; ¡y al Alegre Pescador ha sucedido el Alegre Marinero! ¡Y tu imagen está desapareciendo rápidamente de las tiendas de impresiones, y tu nombre de las bocas de los hombres! Y tu hermano, a quien nadie elogió mientras vivías, está en un campanario de panegírico construido sobre el cementerio que contiene tu tumba. ¡Oh, corazones cambiantes y volátiles de los hombres! ¿Quién querría ser guardián de un público? ¿Quién dispensar el vino y los jugos que alegran, cuando en el momento en que el pulso de la banda cesa, el vino y los jugos son olvidados?
A la Historia, porque tu nombre será preservado en ese registro que, ya sea el calendario de Newgate o de las naciones, nos dice por igual cómo sufren, pecan y perecen los hombres, a la Historia dejamos la suma y el balance de tus méritos y tus faltas. Los pecados que fueron tuyos fueron los del hombre para quien el placer lo es todo: eras, de raíz a rama, en savia y en corazón, lo que los moralistas llaman libertino; de ahí el cortejo ligero, el rápido abandono, la fe rota, la perfidia organizada, que manifestaron tu trato hacia aquellas criaturas más gentiles que te llamaron «Gentleman George». Nunca a una mujer solitaria, hasta la última llama apagada de tu senilidad, te comportaste de tal manera que no dieras fundamento a la queja y voz al agravio. Pero, ¿quién dirá ser honesto con una, pero reírse de la perfidia con otra? ¿Quién confinará totalmente la traición a un sexo, si para ese sexo no considera la traición como ofensa? Así, en ti, como en toda tu tribu, había una laxitud de principios, una insinceridad de fe, incluso hacia los hombres: a tus amigos, cuando la ocasión lo requería, podías abandonar; y tus lujos eran más queridos para ti que la justicia para quienes los suministraban. Los hombres que aman y viven para el placer como tú, son generalmente de buen carácter; porque su devoción al placer surge de la fuerza de su constitución, y la fuerza de su constitución los preserva de las irritaciones de los nervios más débiles. Así fuiste de buen carácter y a menudo generoso; y a menudo con tu generosidad uniste una delicadeza que mostraba que tenías una simpatía original y tierna con los hombres. Pero como aquellos que persiguen el placer son más que otros impacientes ante la interrupción, así, con aquellos que interferían en tu búsqueda principal, testificabas una ira profunda, duradera y vengativa. ¡Sin embargo, no dejes que tales vicios de temperamento sean juzgados demasiado severamente! ¡Porque te fueron dados los dos tentadores más persuasivos del hombre, físico y moral: Salud y Poder! Tus talentos, tales como eran —y eran los talentos de un hombre de mundo—, te extraviaron en lugar de guiarte, porque le dieron a tu mente esa demifilosofía, esa indiferencia hacia los motivos elevados, que generalmente se encuentra en un libertino astuto. Tu educación fue lamentable; tenías un barniz de Horacio, pero no podías escribir inglés, y tus cartas revelan que eras lamentablemente ignorante de la lógica. La finura de tu gusto ha sido exagerada; desconocías la nobleza de la sencillez; tu idea de un todo era grotesca y sobrecargada, y tu fantasía en los detalles era llamativa y meretricia. Pero tenías tu mano constantemente en la bolsa pública, y tenías planes y asesores siempre ante ti; más que todo, encontraste las casas en ese vecindario en el que construías, tan sobrenaturalmente horribles que necesitabas poca ciencia para ser menos espantoso en tus creaciones. Si no mejoraste tu pueblo natal y tus diversos hogares con un gusto sólido, elevado y noble, no obstante mejoraste muy singularmente. Y tu posteridad, al evitar las faltas de tu albañilería, estará agradecida por los efectos de tu ambición. La misma demifilosofía que te influyó en la vida privada ejerció un poder mucho más benigno y feliz sobre ti en público. No eras ociosamente molesto en las sacristías, ni ordinariamente tiránico en tu parroquia; si alguna vez fuiste arbitrario, fue solo cuando tu placer era verificado o tu vanidad herida. En otras ocasiones dejabas que los eventos siguieran su curso legítimo, de modo que en tus últimos años fuiste justamente popular en tu parroquia; y en la tumba tu gran buena fortuna eclipsará tus pocas malas cualidades, y los hombres dirán de ti con un juicio amable, no erróneo: «En la vida privada no fue peor que los Rufers que llegaron a esta barra; en la vida pública fue mejor que los que mantuvieron un público antes que él». ¡Escucha! ¡esos hurras! ¿cuál es la carga de ese coro? Oh, agradecidos y nunca serviles británicos, ¿han modificado ya para otro la canción que hicieron tan solo en honor de Gentleman George? y debemos, para no perder la costumbre del público y las cosas buenas de la taberna, debemos rugir con gargantas aún roncas con nuestro fervor por las viejas palabras, nuestra ardor por las nuevas:
«¡Por el Marinero Bill, que Dios lo bendiga! ¡Que Dios lo bendiga! ¡Que Dios lo bendiga! ¡Por el Marinero Bill, que Dios lo bendiga!».
TOMLINSONIANA;
O,
LOS ESCRITOS PÓSTUMOS
DEL CÉLEBRE
AUGUSTUS TOMLINSON,
PROFESOR DE FILOSOFÍA MORAL EN LA UNIVERSIDAD DE -------
DIRIGIDOS A SUS ALUMNOS,
Y QUE COMPRENDEN
I MÁXIMAS SOBRE EL ARTE POPULAR DE CREAR, ILUSTRADAS POR DIEZ PERSONAJES, SIENDO UNA INTRODUCCIÓN A ESA NOBLE CIENCIA POR LA CUAL TODO HOMBRE PUEDE CONVERTIRSE EN SU PROPIO PÍCARO.
II BRACHYLOGIA; O, ENSAYOS CRÍTICOS, SENTIMENTALES, MORALES Y ORIGINALES.
INTRODUCCIÓN.
Habiendo viajado últimamente por Alemania, pasé algún tiempo en esa Universidad en la que Augustus Tomlinson presidió como Profesor de Filosofía Moral. Descubrí que ese gran hombre murió, después de una larga enfermedad, a principios del año 1822, perfectamente resignado a su destino, y conversando, incluso en su lecho de muerte, sobre los misterios divinos de la Filosofía Ética. A pesar de los pequeños pecadillos a los que he aludido en las últimas páginas de «Paul Clifford», y que sus alumnos consideraron aconsejable ocultar de...
«El día llamativo, parlanchín y sin remordimientos»,
su memoria todavía era tenida en una tierna veneración. Quizás, como en el caso del ilustre Burns, las faltas de un gran hombre te hacen querer su genio. En sus últimos días el PROFESOR estaba acostumbrado a usar una bata de seda verde claro, y, como era perfectamente calvo, un pequeño gorro de terciopelo negro; sus calzones eran de color pimienta y sal. Estos hechos interesantes los aprendí de uno de sus alumnos. Su vejez se consumió en lecciones, en conversación y en la composición de los pequeños morceaux de sabiduría que presentamos al público. En estos ensayos y máximas, breves como son, parece haber concentrado la sabiduría de su laboriosa y honorable vida. Con gran dificultad obtuve de sus albaceas los manuscritos que se estaban preparando para la prensa alemana. Una valiosa consideración indujo a esos caballeros a volverse filantrópicos, y a considerar las bendiciones inestimables que conferirían a este país permitiéndome dar los siguientes ensayos a la luz, en su vestimenta nativa e inglesa, el mismo día en que aparecen en Alemania bajo las gracias del disfraz extranjero.
En una edad en la que, mientras la Hipocresía acecha, sonríe, se escabulle, se pavonea y cojea por el país, la Verdad también comienza a observar a su adversario en cada movimiento, no puedo dejar de pensar que estas lecciones de Augustus Tomlinson son particularmente oportunas. Las añado como un apéndice apropiado a una novela que podría denominarse, no inapropiadamente, un Tratado sobre Fraudes Sociales; y si contienen dentro de ellas esa evidencia de atención diligente y ese principio del bien en el que la sátira del Vicio es solo el germen de su detección, tal vez no pasen totalmente desapercibidas; ni sean condenadas a esa lectura apresurada en la que la Indiferencia de hoy es solo el preludio del Olvido de mañana.
CONTENIDO.
MÁXIMAS SOBRE EL ARTE POPULAR DE ENGAÑAR, Ilustradas por Diez Personajes, siendo una Introducción a esa noble Ciencia por la cual todo Hombre puede convertirse en su propio Pícaro.
BRACHYLOGIA: Sobre la Moral enseñada por los Ricos a los Pobres Emulación Precaución contra los burladores de la «farsa» Ira Popular ante la Imprudencia Individual Dum deflnat Amnis Auto-glorificadores Pensamiento sobre la Fortuna Ingenio y Verdad Auto-teología Gloriosa Constitución Respuesta al Cántico Popular de que la Bondad en un Estadista es mejor que la Habilidad Sentido común Amor, y escritores sobre el Amor El Gran Vinculado La Regeneración de un Bellaco Estilo
MÁXIMAS
SOBRE
EL ARTE POPULAR DE ENGAÑAR,
ILUSTRADAS POR DIEZ PERSONAJES;
SIENDO UNA INTRODUCCIÓN A ESA NOBLE CIENCIA POR LA CUAL TODO HOMBRE PUEDE CONVERTIRSE EN SU PROPIO PÍCARO.
Pon a un ladrón a atrapar a un ladrón.—Proverbio.
I.
Siempre que estés a punto de pronunciar algo asombrosamente falso, comienza siempre con: «Es un hecho reconocido», etcétera. Sir Robert Filmer era un maestro de este método de escritura. ¡Así, con qué rostro tan solemne intentaba engañar aquel gran hombre! «¡Es una verdad innegable que no puede haber multitud de hombres, por grande o pequeña que sea, etcétera, sin que en esa misma multitud haya un hombre que por naturaleza tenga el derecho de ser Rey de todos los demás, como ser el siguiente heredero de Adán!»
II.
Cuando quieras algo del público, arroja la culpa de la petición sobre el principio más sagrado que puedas encontrar. Un mendigo común puede darte lecciones exquisitas sobre esta, la máxima más importante en el arte del engaño popular. «¡Por el amor de Dios, caballero, un centavo!»
III.
Siempre que en cualquier asunto, moral, sentimental o político, te encuentres absolutamente ignorante, habla inmediatamente de «Las Leyes de la Naturaleza». Como esas leyes no están escritas en ninguna parte —[Locke]—, nadie las conoce. Si alguien te pregunta cómo es que conoces tal o cual doctrina como dictado de la Naturaleza, llévate la mano al corazón y di: «¡Aquí!»
IV.
Cede a los gustos de un hombre, y él cederá a tu interés.
V.
Cuando hables con los semiespabilados, di tonterías; cuando hables con los ignorantes, presume; cuando hables con los sagaces, muéstrate muy humilde y pide su opinión.
VI.
Ten siempre presente, mis queridos alumnos, que los medios de subsistencia dependen no de las virtudes, sino de los vicios de los demás. El abogado, el estadista, el verdugo, el médico, son pagados por nuestros pecados; es más, incluso las profesiones comunes —el sastre, el carrocero, el tapicero, el comerciante de vinos— obtienen sus fortunas, si no su existencia, de esos vicios menores, nuestras debilidades. La vanidad es la cifra que precede a los ceros de la Necesidad. Por tanto, ¡oh, mis queridos alumnos! no os importe cuáles sean las virtudes de un hombre; no perdáis tiempo en aprenderlas. Aferraos de inmediato a sus achaques. Haced con el Uno lo que, si fuerais hombres honrados, haríais con la Multitud. Esta es la forma de ser un pícaro individualmente, como un abogado es un pícaro profesionalmente. Los bribones son como los críticos —[Nullum simile est quod idem.—EDITOR.]—, «moscas que se alimentan de la parte ulcerada y que no tendrían de qué vivir si el cuerpo estuviera sano».—[Tatler].
VII.
Todo hombre encuentra deseable tener lágrimas en los ojos a veces; uno siente simpatía por los párpados húmedos. La Providencia ha previsto beneficiosamente esta necesidad y ha dado a cada hombre, en su divina previsión, desgracias dolorosas de recordar. ¡De ahí, probablemente, esas calamidades humanas contra las que despotrica el ateo! Por tanto, cuando estés pronunciando algún sentimiento conmovedor ante tu pretendida víctima, piensa en la mayor desgracia que hayas tenido en tu vida; la costumbre pronto hará que la asociación de las lágrimas y ese recuerdo melancólico sea constantemente feliz. Conocí, mis queridos alumnos, a un francés muy inteligente que obtuvo un legado encantador de un viejo poeta repitiendo los versos del bardo con los ojos llenos de lágrimas. «¿Cómo podías llorar a voluntad?», le pregunté (yo era joven entonces, mis alumnos). «Je pensois», respondió él, «a mon pauvre pere, qui est mort». ¡La unión del sentimiento con la habilidad para estafar hizo de aquel francés una criatura fascinante!
VIII.
Nunca cometas el error de los excesivamente astutos y consideres la naturaleza humana peor de lo que es. La naturaleza humana es tan condenadamente buena que, si no fuera por el arte humano, nosotros, los bribones, no podríamos vivir. Los elementos primarios de la mente de un hombre no nos sostienen; ¡es lo que debe a «las molestias tomadas con su educación» y a «las bendiciones de la sociedad civilizada»!
IX.
Siempre que dudes, alumnos míos, de si tu hombre es un charlatán o no, decide el punto viendo si tu hombre es un afirmador positivo. Nada indica impostura como la confianza. Volney dice bien: «que el más célebre de los charlatanes —[Mahoma]— y el más audaz de los tiranos comienza su extraordinario tejido de mentiras con estas palabras: "¡No hay duda en este libro!"»
X.
Hay una forma de engañar a la gente peculiar de las Islas Británicas, y que, alumnos míos, os recomiendo encarecidamente importar aquí: engañar mediante suscripción. A la gente le gusta ser saqueada en compañía; la estafa se convierte entonces en espíritu de partido. Así, un charlatán pidió muy seriamente a varias personas que le equiparan un barco y lo enviaran alrededor del mundo como su capitán para hacer descubrimientos; ¡y otro sugirió patrióticamente que se suscribieran 10.000 libras esterlinas —para qué?— para colocarlo en el parlamento! Ninguno de estos sujetos podría haber sacado a un individuo un chelín si se lo hubiera pedido en un rincón; pero una lista impresa, con «Su Alteza Real» en la parte superior, hace estragos con las guineas inglesas. ¡Una suscripción para individuos puede considerarse una sociedad para el fomento ostentoso de la ociosidad, la desvergüenza, la mendicidad, la impostura y otras virtudes públicas!
XI.
Siempre que leas la vida de un gran hombre, quiero decir, un hombre eminentemente exitoso, percibirás que todas las cualidades que se le atribuyen son las cualidades necesarias incluso para un pícaro mediocre. «Poseía», dice el biógrafo, «la mayor destreza [a saber, la facultad de engatusar]; el más admirable valor [a saber, la facultad de intimidar]; la más noble fortaleza [a saber, la facultad de soportar ser intimidado]; la más singular versatilidad [a saber, la facultad de decir una cosa a un hombre y lo contrario a otro]; y el más maravilloso dominio sobre la mente de sus contemporáneos [a saber, la facultad de victimizar sus carteras o seducir sus acciones]». Por lo tanto, si la suerte te arroja a una vida humilde, estudia asiduamente las biografías de los grandes, a fin de perfeccionarte como pícaro; si en el rango más elevado de la sociedad, sé profundamente versado en las vidas de los bribones: ¡así te prepararás para ser eminente!
XII.
La hipocresía de la virtud, mis queridos alumnos, está un poco pasada de moda hoy en día; a veces es mejor afectar la hipocresía del vicio. Muéstrate generosamente disoluto y jura con rostro sincero que no pretendes ser mejor que la generalidad de tus vecinos. La sinceridad no es menos encubridora que la mentira; un capote de frisa te abriga tan bien como una capa española.
XIII.
Cuando estés a punto de ejecutar algún gran plan y defraudar a un número de personas, deja que el primero o los dos primeros del número asignado sean los tipos más inteligentes y astutos que puedas encontrar. Tendrás entonces una referencia que por sí sola engañará al resto del mundo. «Que ese Sr. Lynx esté satisfecho», ¡será más que suficiente para convencer al Sr. Mole de la honestidad de tus intenciones! Tampoco son los hombres astutos los más difíciles de engañar; ellos confían en su fuerza: los héroes invulnerables son necesariamente los más valientes. Háblales de una manera profesional y remite tu diseño de inmediato a su abogado. Mi amigo John Shamberry fue un modelo en este gran golpe de arte. Estafó a doce personas por valor de algunos miles, sin más problemas de los que le costó primero estafar a, ¿quién crees?, ¡el Secretario de la Sociedad para la Supresión de la Estafa!
XIV.
Divide tus artes en dos clases: las que te cuestan poco trabajo y las que cuestan mucho. Las primeras (la adulación, la atención, responder a las cartas por correo de vuelta, cruzar una calle para complacer al hombre al que pretendes arruinar); nunca debes descuidar ninguna de estas. El hombre más insignificante merece la pena ganárselo a bajo costo. Y además, mientras te sirves a ti mismo, también estás obteniendo el carácter de civilidad, diligencia y buen carácter. Pero las artes que te cuestan mucho trabajo (una larga subordinación a un individuo irritable; imitar la apariencia de una virtud, una cualidad o una rama del saber que no posees, ante una persona difícil de cegar); nunca las comiences excepto para grandes fines, que merezcan no solo la pérdida de tiempo, sino también el riesgo de ser descubierto. Grandes esfuerzos para pequeñas ganancias es la máxima del avaro. ¡El pícaro debería tener más grandeur d'ame! —[Grandeza de alma].
XV.
Perdona siempre.
XVI.
Si un hombre te debe una suma de dinero —aunque seáis alumnos míos, podéis ser tan tontos como para prestar alguna vez en vuestras vidas— y te resulta difícil recuperarla, apela no a su justicia, sino a su caridad. ¡Los componentes de la justicia halagan a pocos hombres! ¿A quién le gusta someterse a un inconveniente porque debe hacerlo, sin elogios, sin siquiera autocomplacencia? Pero la caridad, mis queridos amigos, estimula deliciosamente la ostentación humana. La caridad implica superioridad; y el sentimiento de superioridad es muy grato a la naturaleza social. De ahí la frecuencia de la caridad, en proporción a otras virtudes, en todo el mundo; y de ahí que especialmente notéis que, en la medida en que las personas son altivas y arrogantes, alaban la limosna y fomentan las instituciones de caridad.
XVII.
Vuestros pícaros elegantes no observan suficientemente la astucia de los vulgares. El mendigo real se aprovecha de cada llaga; pero el estafador moral es imperdonablemente sordo a la felicidad de una dolencia física. Para obtener un favor, no descuides ningún método que pueda atraer la compasión. Conocí a un digno vicario que obtuvo dos beneficios eclesiásticos gracias a la felicidad de una tos tísica, y a un hermano menor que vivió durante diez años a costa de su familia en virtud de una tuberculosis lenta.
XVIII.
Cuando quieras apoderarte de una pequeña suma, recuerda que la pequeña suma debe ponerse en yuxtaposición con una grande. No me expreso claramente; pon un ejemplo. En Londres hay estafadores que anuncian 70.000 libras para ser adelantadas al cuatro por ciento; solo se trata con los directores. El caballero que desea tal suma con hipoteca va a ver al anunciante; el anunciante dice que debe bajar y mirar la propiedad sobre la que se va a adelantar el dinero; su viaje y gastos le costarán una mera nadería, digamos, veinte guineas. Que hable con confianza; que el caballero desee mucho el dinero al interés establecido, y hay tres contra una a que nuestro estafador obtiene las veinte guineas; ¡una suma tan insignificante en comparación con 70.000 libras, aunque tan seria si el asunto se hubiera relacionado con medios peniques!
XIX.
Lord Coke ha dicho: «Rastrear un error hasta su fuente es refutarlo». Ahora, mis jóvenes alumnos, doy por sentado que estáis interesados en la preservación del error; no deseáis, por tanto, que se rastree hasta su fuente. Siempre que, pues, veáis a un tipo astuto rastreándolo, tenéis dos formas de resolver el asunto. Podéis decir, con una sonrisa: «No, ahora, caballero, se vuelve usted especulativo; admiro su ingenio»; o bien, poneos serios, sonrojaos y decid: «Me temo, caballero, ¡que no hay garantía para esta afirmación en la más sagrada de todas las autoridades!» El Diablo puede citar las Escrituras, ya sabéis; ¡y es un Diablo muy sensato, además!
XX.
La Rochefoucauld ha dicho: «El odio a los favoritos no es otra cosa que el amor al favor». La idea es un poco estrecha; el odio que sentimos hacia cualquier hombre es solo el resultado de nuestro amor por algún bien que imaginamos que posee, o que, estando en nuestra posesión, imaginamos que ha atacado. Así, la envidia, la especie de odio más común, surge de nuestro aprecio por la gloria, o la plata, o la satisfacción que contemplamos; y la venganza nace de nuestra consideración por nuestra fama herida, nuestras tierras molestadas o nuestros derechos invadidos. Pero el más ruidoso de todos los odios es el odio hacia los ricos, por amor a las riquezas. ¡Fijaos bien en el pobre diablo que siempre está despotricando contra los coches de cuatro caballos! ¡Anotadlo como un hombre para ser sobornado!
XXI.
Mis queridos alumnos, pocos han estudiado aún suficientemente el arte por el cual la práctica de las bromas se vuelve subordinada a la ciencia de los estafadores. El corazón de un inferior siempre está fascinado por una broma. Los hombres saben esto en la bribonería de las elecciones. ¡Conocedlo ahora, mis alumnos, en la bribonería de la vida! Cuando le das a ese zapatero una palmada tan afectuosa en la espalda, es culpa tuya si no le das tu propósito al mismo tiempo. Observad cómo Shakespeare (a quien debéis estudiar noche y día; ¡ningún hombre ha expuesto mejor los misterios de la picardía!) hace que su villano más grandioso y consumado, Ricardo III, se dirija a sus buenos amigos, los asesinos, con un panegírico jocoso sobre esa dureza de corazón de la que, sin duda, esos pobres sujetos más se jactaban:
«Vuestros ojos dejan caer piedras de molino, donde los ojos de los tontos dejan caer lágrimas: ¡Me gustáis, muchachos!»
¿No podéis imaginar la sonrisa cómplice con la que los perros recibieron este cumplido, y el pequeño golpe astuto en el estómago con el que Ricardo dejó caer esas palabras cariñosas: «¡Me gustáis, muchachos!»?
XXII.
Como la bondad es la característica del incauto, así debería ser el buen humor la del bribón; ambos encajan el uno con el otro como articulaciones. Afortunadamente, la bondad es un Narciso y se enamora de su propia semejanza. Y el buen humor es para la bondad lo que el Florimel de nieve era para el Florimel de carne: una semejanza exacta hecha de los materiales más fríos.
XXIII.
SIENDO EL ELOGIO DE LA PICARDÍA.
Un pícaro es un filósofo, aunque un filósofo no es necesariamente un pícaro. ¿Qué tiene que ver un pícaro con las pasiones? Todo deseo irregular debe suprimirlo; toda debilidad debe arrancarla; toda su vida transcurre en la adquisición de conocimiento: porque ¿qué es el conocimiento? ¡El descubrimiento de los errores humanos! Es el único hombre siempre coherente, pero siempre examinando; conoce un solo fin, pero explora todos los medios; el peligro, la mala reputación, todo lo que aterroriza a otros hombres, no le intimida; se atreve a todo, pero se salva de todo: porque sostengo que un pícaro deja de ser pícaro —se ha convertido en un necio— en el momento en que le ocurre una desgracia. Profesaba el arte de engañar; pero el arte de engañar es engañar sin peligro. Es teres et rotundas; los golpes vuelan por la lubricidad de su pulimento y los desplazamientos de su formación circular. El que es insensible a la gloria de su profesión, el que solo es accesible al beneficio, no es discípulo mío. Sostengo sobre la picardía, como dijo Platón de la virtud: «¡Si pudiera verse encarnada, engendraría una adoración personal!» Solo aquellos que están inspirados por un generoso entusiasmo se beneficiarán de las máximas anteriores, ni (y aquí os advierto solemnemente desde el terreno sagrado, hasta que vuestra cabeza esté descubierta y vuestros pies desnudos ante el temor de la veneración) entrarán con provecho en las siguientes descripciones de carácter, ese Templo de los Diez Estatutos, en el cual he almacenado y consagrado las reliquias más preciadas de mis pensamientos recorridos y mi experiencia recogida.
DIEZ PERSONAJES.
I.
El hombre amable, irresoluto, bondadoso e indolente. Estas cualidades van acompañadas de buenos sentimientos, pero sin principios. La falta de firmeza demuestra también la falta de cualquier sistema de pensamiento peculiar o profundamente arraigado. Un hombre que estudia un solo y favorito tema de meditación termina casado con una u otra de las opiniones sobre las que gira. Un hombre universalmente irresoluto generalmente ha llevado una vida desordenada y nunca ha prestado atención durante mucho tiempo a una sola cosa. Este es un hombre muy fácil de engañar, mis queridos amigos; lo engañáis incluso con los ojos abiertos. La indolencia le es más querida que todas las cosas; y si lo atrapas solo y le haces una pregunta directa, no puede responder: No.
II.
El hombre tímido, sospechoso, egoísta y frío. Generalmente, un carácter de esta descripción es un excelente hombre de negocios y, a primera vista, parecería desconcertar al estafador más ingenioso. Pero tenéis una esperanza —rara vez he encontrado que me engañe—: este hombre suele ser ostentoso. Una persona fría, temerosa, pero mundana, siempre tiene un ojo puesto en los demás; nota el efecto que ciertas cosas producen en ellos; está ansioso por aprender sus opiniones para no transgredir; le gusta saber qué dice el mundo de él; es más, su timidez le hace estar ansioso por reposar su egoísmo en el buen informe de ellos. De ahí que se vuelva ostentoso, le guste ese efecto del que se habla favorablemente y esa muestra que gana consideración. ¡Atacadle en este punto, alumnos míos!
III.
El carácter melancólico, retraído, sensible e intelectual. Un sujeto muy bueno para vuestras picardías, mis jóvenes amigos, aunque requiere gran discernimiento y delicadeza. Este carácter tiene una parte considerable de sospecha mórbida e irritación que le pertenece; contra esto debéis protegeros; al mismo tiempo, su rasgo predominante es una vanidad poderosa pero no reconocida. Generalmente es una buena opinión de sí mismo, y el sentimiento de que no es apreciado por los demás, lo que hace a un hombre reservado; ¡se considera inadecuado para el mundo debido a la delicadeza de su temperamento y la falta de una insensibilidad correspondiente en aquellos a quienes ve! Este es vuestro mango para trabajar. Es singularmente halagado, además, en lo que respecta a la devoción y el afecto; exige demasiado en el amor, como del mundo. Es un Lara, cuyas mujeres deben ser Medoras; ¡e incluso sus amigos varones deberían ser extremadamente parecidos a Kaleds! ¡Pobre hombre! Veis con qué facilidad puede ser engañado. Mem.—Entre las personas de este carácter generalmente se encuentran esas rarezas, humores y peculiaridades que son cada una un mango. Ningún hombre vive fuera del mundo con impunidad para la solidez de su propio carácter. Cada nueva salida al humor es una nueva entrada al corazón.
IV.
El hombre audaz, generoso, franco y afectuoso; generalmente una persona de salud robusta. Su constitución le mantiene animado, y su ánimo, en valor y benevolencia. Obviamente no es un carácter difícil, mis buenos jóvenes amigos, para que lo engañéis; porque le falta sospecha y todas sus buenas cualidades lo dejan expuesto ante vosotros. ¡Pero cuidado con su ira cuando os descubra! Es un terrible Otelo cuando su naturaleza es picada una vez. Mem.—Un buen tipo de carácter para seducir a prácticas ilegales; hace un traidor tolerable o un contrabandista capital. Vosotros mismos nunca debéis cometer ninguna ofensa ilegal; ¿no hay patas de gato para las castañas? Como todas las leyes son opresiones (solo opresiones necesarias y a menudo sagradas, que no necesitáis explicarle), y su carácter es especialmente hostil a la opresión, seduciréis fácilmente a la persona que describimos a desafiar las leyes de su país. ¡Sí! ¡El hombre audaz, generoso, franco y afectuoso solo tiene que nacer en una vida humilde para estar seguro de una soga!
V.
El hombre audaz, egoísta, cerrado y codicioso, con toda probabilidad os engañará, mis queridos amigos. Porque tal carácter hace al maestro bribón, el material del que la Naturaleza forma a un Ricardo III. Será mejor que dejéis a tal hombre completamente solo. Es malo incluso para servir. Rompe sus herramientas cuando ha terminado con ellas. ¡No, no podéis hacer nada con él, mis buenos jóvenes!
VI.
El hombre que come, bebe, no piensa, es sensual y mecánico; el animal ordinario. Tal criatura tiene astucia y es cobarde o feroz; rara vez mantiene un término medio en estas cualidades. De ninguna manera es fácil de engañar. La naturaleza defiende a sus brutos mentales por el espesor de su piel. Ganad a su amante si es posible; ella es la mejor persona para manejarlo. Tales criaturas son la presa natural de las mujeres astutas; su propia estolidez cubre todo menos la sensualidad. Al Sansón, la Dalila.
El hombre alegre, engañoso, astuto, refinado y capaz; el cortesano, el hombre de mundo. En la vida pública y agitada, este es el antagonista idóneo —a menudo el rival victorioso y triunfante del Personaje V. Observarán que un hombre como este varía tanto en intelecto —desde el mero talento de mariposa hasta el genio más raro, desde la persona que ven en las mesas de juego hasta la que ven en los gabinetes, desde el ----- hasta el Chesterfield, desde el Chesterfield hasta el Pericles— que resulta difícil darles una noción exacta de los puntos débiles de un carácter tan variado. Pero, aunque engaña a sus iguales y a sus superiores, considero, mis atentos alumnos, que no es en absoluto un carácter difícil de engañar para un inferior. Y deben proceder de esta manera. No intenten la hipocresía; él la verá a través al instante. Dejen que los considere de inmediato, y a primera vista, unos granujas. Sean cándidos en ese asunto ustedes mismos; pero dejen que los considere unos granujas útiles. Sírvanle bien y con celo; pero admitan que lo hacen porque consideran que su interés está involucrado en ello. Este razonamiento le satisface; y como los hombres de este carácter suelen ser generosos, reconocerá su justicia arrojándoles abundantes sobornos y estimulándolos con generosos cordiales. Si no les satisface en esto, aparenten estar satisfechos; y obtengan provecho traicionándolo (esa es la mejor manera de engañarlo), no por sus fallos, sino por la oportunidad. No vigilen su carácter, sino su tiempo.
VIII.
El carácter vanidoso, arrogante, valiente, amoroso y llamativo. Este tipo de carácter lo atribuíamos antiguamente a los franceses, ¡y es aún más común en el Continente que en esa querida isla que no volveré a ver! Una criatura de esta descripción está compuesta de muchas virtudes falsas; por encima de otras, es siempre profusa cuando se apela a su egoísmo, no de otra manera. Deben encontrar, pues, qué le agrada, y satisfacer sus gustos. Así lo engañarán; o bien lo engañarán afectando las virtudes falsas que él mismo admira; maquillen sus sentimientos intensamente y dejen que se pavoneen con aire afectado; en tercer lugar, mis buenos jóvenes, lo engañarán con una adulación profusa y llamándolo especialmente «el espejo de la caballería».
IX.
El hombre sencillo, sensato y honesto; un espécimen favorable, pero no elevado, de nuestra raza. Este carácter, mis queridos alumnos, pueden engañarlo una vez, pero nunca dos. Ni pueden engañar a un hombre así como a un desconocido; debe ser su amigo o pariente, o haber conocido íntimamente a alguna parte de su familia. Un hombre de este carácter siempre está abierto, aunque en un grado moderado y tranquilo, a los deberes y vínculos de la vida. Siempre hará algo por servir a su amigo, a su hermano o al hombre cuyo padre sacó al suyo del Serpentine. No usen barniz con él; no ejerzan artificio alguno al intentar obtener su asistencia. Expongan cándidamente su deseo por tal o cual servicio, planteen sensatamente sus pretensiones, insinúen modestamente su gratitud. ¡Así podrán engañarlo una vez, y luego déjenlo en paz para siempre!
X.
El hombre cariñoso, tonto y crédulo, todo impulso y ninguna reflexión; ¡cómo se hincha mi corazón cuando contemplo este excelente carácter! ¡Qué Canaán representa para ustedes! ¡Les envidio lanzarse al mundo con la optimista esperanza de encontrar a todos los hombres así! Deleitable entusiasmo de la juventud; ¡ojalá la esperanza pudiera realizarse! Aquí está la encarnación misma de la ingenuidad. Solo tienen que hacer que los quiera, y ningún erizo succionó jamás un huevo como ustedes pueden succionarlo a él. Nunca teman su indignación; acudan a él una y otra vez; solo arrójense a su cuello y lloren. Engañarlo una vez es engañarlo siempre; consigan su primer chelín y luego calculen qué harán con el resto de su fortuna. Nunca abandonen a tan buen hombre por nuevos amigos; ¡eso sería desagradecido de su parte! Y lleven consigo, de paso, mis buenos jóvenes, esta máxima final: los hombres son como las tierras; ¡obtendrán más prodigando todo su trabajo una y otra vez sobre lo fácil que arando terreno nuevo en lo estéril! Legisladores; hombres sabios, buenos y piadosos; los Pulgarcito de la ciencia moral, que primero crean gigantes y luego los matan; ustedes piensan que las lecciones anteriores son viles. Honro su penetración. ¡No son pruebas de mi villanía, sino de su estupidez! Mírenlas de nuevo y verán que están diseñadas para mostrar que, mientras ustedes encarcelan, deportan y cuelgan a miles cada día, un hombre con un decente grado de astucia podría practicar cada una de esas lecciones que les parecen tan atroces, ¡y ninguna de sus leyes podría tocarlo!
BRACHYLOGIA;
O
ENSAYOS CRÍTICOS, SENTIMENTALES, MORALES Y ORIGINALES.
DIRIGIDOS A SUS ALUMNOS
POR AUGUSTUS TOMLINSON.
La ironía en los ensayos precedentes se pierde a menudo de vista en el presente. La enfermedad de este gran hombre, que ocurrió mientras componía estas pequeñas joyas, lo hizo quizás más serio que cuando gozaba de buena salud. —Nota del editor.
SOBRE LA MORALIDAD ENSEÑADA POR LOS RICOS A LOS POBRES.
Tan pronto como el pilluelo pobre puede tambalearse fuera de casa, se le enseña a quitarse el sombrero y a tocarse el cabello ante la gente distinguida. «Buen niño», dice el hacendado; «aquí tienes medio penique». El buen niño brilla de orgullo. Ese medio penique inculca profundamente la lección de humildad. Ahora nuestro pilluelo va a la escuela. Luego viene la enseñanza dominical, antes de la iglesia, que ordena a los pobres ser humildes y honrar a todo hombre mejor situado que ellos mismos. Una libra de honor para el hacendado y una onza para el bedel. Luego el niño crece; y el Señor de la Mansión le instruye así: «Sé un buen chico, Tom, y te favoreceré. Sigue los pasos de tu padre; fue un hombre excelente y una gran pérdida para la parroquia; fue una criatura muy civil, trabajadora y de buen comportamiento; conocía su lugar; ¡acuérdate y haz como él!». ¡Así, el trabajo duro perpetuo y la abundancia de servilismo hacen que las virtudes ancestrales se perpetúen entre los campesinos hasta el día del juicio! Otra destilación insidiosa de moralidad se transmite a través de una alabanza general de los pobres. Escuchan a falsos amigos del pueblo, que se llaman a sí mismos liberales y conservadores, que tienen una idea de la moral mitad caballeresca, mitad pastoral, ponerse de acuerdo en alabar a las desafortunadas criaturas a quienes mantienen trabajando para ellos. Pero noten las virtudes por las que siempre se debe alabar a los pobres: laboriosidad, honestidad y contentamiento. La primera virtud se ensalza hasta los cielos porque la laboriosidad da a los ricos todo lo que tienen; la segunda, porque la honestidad evita que una pizca de dicho todo sea arrebatada de nuevo; y la tercera, porque el contentamiento debe impedir que estos pobres diablos se opongan alguna vez a una suerte tan cómoda para las personas que se benefician de ella. ¡Esta, mis alumnos, es la moralidad enseñada por los ricos a los pobres!
EMULACIÓN.
El gran error de la emulación es este: emulamos efectos sin indagar en las causas. Cuando leemos sobre las grandes acciones de un hombre, nos encendemos por realizar las mismas hazañas, sin esforzarnos en determinar las cualidades precisas que permitieron al hombre que imitamos cometer las acciones que admiramos. Si pudiéramos descubrirlas, ¡con qué frecuencia descubriríamos que su origen era un cierto temperamento corporal, una cierta peculiaridad de constitución, y que, si deseamos el mismo éxito, deberíamos examinar la naturaleza de nuestros cuerpos antes que afilar las facultades de nuestras mentes; deberíamos usar mancuernas, tal vez, en lugar de libros; es más, por otro lado, contraer alguna enfermedad grave antes que perfeccionar nuestra salubridad moral! ¿Quién podría decir si Alejandro habría sido un héroe de haber tenido el cuello recto; o Boileau un satírico de no haber sido picoteado por un pavo? Sería placentero verlos a ustedes, mis queridos alumnos, después de leer a «Quinto Curcio», retorciéndose el cuello unos a otros; o, recién salidos de Boileau, corriendo al corral con la esperanza de ser mutilados hasta alcanzar la ejecución de un segundo «Lutrin».
ADVERTENCIA CONTRA LOS BURLONES DEL «HUMBUG».
Mis queridos alumnos, hay un grupo de personas en el mundo, que aumenta diariamente, contra las cuales deben estar muy prevenidos; hay una fascinación en ellas. Son personas que se declaran vehementemente opuestas al «humbug»; tipos finos, liberales, lúcidos, pero francos. Cuando estos sentimientos surgen de la reflexión, está bien; son los mejores sentimientos del mundo; pero muchos los adoptan de segunda mano. Son muy atrayentes para la indolencia de la multitud de caballeros que ven el romance de un principio noble, no su utilidad. Cuando un hombre mira todo a través de esta filosofía reduccionista, todo tiene una gran dosis de «humbug». Se ríen con él cuando ridiculiza el «humbug» en la religión, el «humbug» en la política, el «humbug» en el amor, el «humbug» en las plausibilidades del mundo; pero podrían llorar, mis queridos alumnos, cuando ridiculiza lo que es a menudo lo más seguro de ridiculizar prácticamente: ¡el «humbug» en la honestidad común! Los hombres son honestos por religión, sabiduría, prejuicio, hábito, miedo y estupidez; pero pocos son los sabios; y las personas de las que hablamos ridiculizan la religión, están más allá del prejuicio, no se sienten intimidadas por el hábito, son demasiado indiferentes para el miedo y demasiado experimentadas para la estupidez.
IRA POPULAR ANTE LA IMPRUDENCIA INDIVIDUAL.
Deben saber, mis queridos jóvenes amigos, que si bien la apariencia de magnanimidad es muy decorosa para ustedes, y demás, les acarreará una gran mala voluntad si intentan practicarla en detrimento propio. Sus vecinos están tan invariablemente, aunque quizás insensiblemente, motivados por el interés propio —interés propio— [el Sr. Tomlinson se equivoca aquí; pero su ética era demasiado estrecha hacia los principios utilitaristas... —NOTA DEL EDITOR] —es tan enteramente, aunque todo charlatán lo niegue, el eje del mundo moral, que estallan en rabia contra aquel que parece ignorarlo. Cuando un hombre se arruina, solo escuchen el abuso que recibe; ¡sus vecinos lo toman como una afrenta personal!
DUM DEFLUAT AMNIS.
Una razón principal por la que los hombres que han sido grandes se decepcionan cuando se retiran a la vida privada es esta: la memoria constituye una fuente principal de disfrute para aquellos que dejan de esperar con ansias; pero la memoria de los grandes recuerda solo esa vida pública que les ha causado repugnancia. Su vida privada se ha deslizado insensiblemente, dejando rastros tenues de la pena o la alegría que los encontró demasiado ocupados para atender a las impresiones simples y tranquilas de la mera vicisitud doméstica.
AUTOGLORIFICADORES.
La Providencia parece haber hecho con cierto grupo de personas —que siempre ven sus propias cosas a través de un medio de aumento, consideran su casa la mejor del mundo, su arma la más certera, su propio perro de muestra un milagro— lo que el Coronel Hanger sugirió que hicieran los economistas: a saber, proveer a sus sirvientes con un par de anteojos grandes, de modo que una alondra pudiera parecer tan grande como un ave de corral, y una hogaza de dos peniques tan grande como una de cuatro.
PENSAMIENTO SOBRE LA FORTUNA.
A menudo es el movimiento más fácil el que completa la partida. La fortuna es como la dama a quien un amante arrebató de todos sus rivales añadiendo un encaje a sus libreas.
INGENIO Y VERDAD.
La gente puede hablar de la ficción como fuente de fantasía, y del ingenio estando en desacuerdo con la verdad. Ahora bien, algunas de las cosas más ingeniosas del mundo son ingeniosas únicamente por su verdad. La verdad es el alma de un buen dicho. «Usted afirma», observa el Sócrates de los tiempos modernos, «que tenemos una representación virtual; muy bien, ¡tengamos una imposición virtual también!». Aquí el ingenio está en la fidelidad del consecuente. Cuando Colón rompió el huevo, ¿dónde estaba el ingenio? En la completitud de la convicción en el huevo roto.
AUTOTEOLOGÍA.
No solo cada secta, sino cada individuo, modifica los atributos generales de la Deidad hacia una asimilación con su propio carácter: el hombre justo se detiene en la justicia, el severo en la ira; los atributos que no complacen al adorador, él los olvida insensiblemente. Por tanto, oh alumnos míos, no sonreirán cuando lean en Barnes que los pigmeos declaraban que Jove mismo era un pigmeo. La piadosa vanidad del hombre le hace adorar sus propias cualidades bajo el pretexto de adorar las de su Dios.
GLORIOSA CONSTITUCIÓN.
Una sentencia es a veces tan buena como un volumen. Si un hombre les pide que le den alguna idea de las leyes de Inglaterra, la respuesta es corta y fácil: ¡En las leyes de Inglaterra hay alrededor de ciento cincuenta leyes por las cuales un hombre pobre puede ser colgado, pero ni una por la cual pueda obtener justicia gratis!
RESPUESTA AL CANTURREO POPULAR DE QUE LA BONDAD EN UN ESTADISTA ES MEJOR QUE LA CAPACIDAD.
Como en el mundo debemos mirar las acciones, no los motivos, un bribón es el hombre que les causa daño; y ustedes no preguntan si el daño es fruto de la malicia o de la necesidad. Coloquen, pues, a un necio en el poder, y se convierte inconscientemente en el bribón. El Sr. Addington tropezó con los dos impuestos peores y más viles que la malicia humana pudo haber inventado: uno sobre las medicinas, el otro sobre la justicia. ¿Qué temerosa ingenuidad de tirano podría afligirnos más que impedir a la vez la reparación de nuestros agravios y la cura de nuestras enfermedades? El Sr. Addington era el necio en sí, y por lo tanto el bribón en el cargo; ¡pero, benditos sean! ¡él nunca tuvo la intención!
SENTIDO COMÚN.
Sentido común, sentido común; de todas las frases, de todas las consignas, esta es a menudo la más engañosa y la más peligrosa. Miren, en especial, con sospecha el sentido común siempre que se oponga al descubrimiento. El sentido común es la experiencia de cada día. El descubrimiento es algo contra la experiencia de cada día. No es de extrañar, entonces, que cuando Galileo proclamó una gran verdad, el grito universal fuera: «¡Bah! el sentido común les dirá lo contrario». Hablen con un hombre sensato por primera vez sobre la teoría de la visión y escuchen lo que su sentido común dirá al respecto. En una carta de la época de Bacon, el autor, de intelecto nada despreciable, dice: «Es una lástima que el canciller deba oponer su opinión a la experiencia de tantos siglos y a los dictados del sentido común». El sentido común, pues, tan útil en asuntos domésticos, es menos útil en el mundo legislativo y científico de lo que generalmente se ha considerado. Naturalmente, defensor de lo que ha sido probado y reacio a lo que es especulativo, se opone a la nueva filosofía que apela a la razón, y se aferra a la antigua que está apuntalada por la sanción.
AMOR Y ESCRITORES SOBRE EL AMOR.
Mis cálidos, impetuosos y ardientes jóvenes amigos, están en la flor de su vida y escriben versos sobre el amor; hablemos una palabra sobre el tema. Hay dos especies de amor comunes a todos los hombres y a la mayoría de los animales —[la mayoría de los animales; porque algunos parecen insensibles al amor de la costumbre]—: uno brota de los sentidos, el otro crece de la costumbre. Ahora bien, ninguno de estos, mis queridos jóvenes amigos, es el amor que fingen sentir, el amor de los amantes. Su pasión, teniendo su fundamento (y ese no reconocido) solo en los sentidos, debe todo lo demás a la imaginación. Ahora bien, la imaginación de la mayoría es diferente en complexión y grado en cada país y en cada época; así también, y por consiguiente, lo es el amor de la imaginación. Como prueba, observen que simpatizan con el amor romántico de otros tiempos o naciones solo en proporción a como simpatizan con su poesía y literatura imaginativa. El amor que recorre la «Arcadia» o el «Amadís de Gaula» es para la gran masa de lectores fríamente insípido o solemnemente ridículo. ¡Ay! Cuando esas obras excitaban entusiasmo, también lo hacía el amor que describen. Los largos discursos, los cumplidos helados, expresaban el sentimiento de la época. Los madrigales amorosos de la época de Shenstone, o las galanterías de brocado de los poetas franceses en el último siglo, cualquier mujer ahora los consideraría vacíos o infantiles, imbéciles o artificiales. Una vez las canciones eran naturales y el amor seductor. Y ahora, mis jóvenes amigos, en el año 1822, en el que escribo y probablemente moriré, el amor que brilla a través de Moore y camina tan ambiciosamente ambiguo a través del verso de Byron; el amor que consideran ahora tan profundo y tan verdadero; el amor que hormiguea a través de los corazones de sus señoritas y los pone a ustedes, jóvenes caballeros, a contemplar la estrella vespertina; todo ese amor también se volverá desconocido o ridículo para una época posterior; y las aspiraciones juveniles y los sueños a la luz de la luna y las vagas tonterías que ahora consideran tan conmovedoras y tan sublimes irán, mis queridos muchachos, adonde han ido antes la «Mistress» de Cowley y la «Sacharissa» de Waller; irán con las Safos y las Cloes, las elegantes «hermosas ferias» y las caballerescas «más bellas princesas». La única poesía amorosa que perdura a través de todo el tiempo y apela a todos los corazones es la que se basa en una o ambas especies de amor natural a todos los hombres: el amor de los sentidos y el amor de la costumbre. En este último se incluye lo que los hombres de mediana edad llaman el apego racional, el encanto de las mentes afines, así como la acumulación hogareña y más cálida de pequeños recuerdos de simple bondad, o la mera costumbre bruta de ver un rostro como uno vería una silla. Estos, a veces individualmente, a veces hábilmente mezclados, conforman el tema de aquellos que quizás han amado más honestamente y más humanamente; estos hacen aún a Tibulo patético, y a Ovidio un maestro sobre los afectos tiernos; y estos, sobre todo, hacen esa inspiración irresistible y conmovedora que subyuga al romántico, al calculador, al viejo, al joven, al cortesano, al campesino, al poeta, al hombre de negocios, en la gloriosa poesía amorosa de Robert Burns.
LA GRAN HERENCIA.
La gran herencia del hombre es una mancomunidad de errores. Una raza gasta sus vidas remendando los errores transmitidos a ellos por otra; y la causa principal de todos los errores políticos, es decir, de todos los peores y más generales, es esta: la misma regla que aplicamos a los casos individuales no queremos aplicarla a los públicos. Todos los hombres consienten que estafar por un caballo es estafar; castigan al culpable y condenan la falta. Pero en un Estado no existe tal unanimidad. ¡Estafar, que el Señor los ayude!, es llamado por algún nombre fino; y el engaño se vuelve grandilocuente y se autodenomina «Política». A consecuencia de esto, siempre hay una batalla entre aquellos que llaman a las cosas por sus nombres correctos y aquellos que pertinazmente les dan los equivocados. De aquí toda clase de confusión. Esta confusión se extiende muy pronto a las leyes hechas para casos individuales; y así, en los viejos Estados, aunque el mundo todavía está de acuerdo en que la estafa privada es estafa privada, hay una dificultad endiablada en castigar la estafa pública. El arte de estafar ahora es algo diferente al arte de estafar hace cien años; pero las leyes siguen siendo las mismas. La adaptación en casos privados es innovación en los públicos; así que, sin derogar leyes antiguas, hacen nuevas. A veces estas son eficaces, pero más a menudo no. Ahora, mis queridos alumnos, una ley es un arma que, si falla al palomo, siempre mata al cuervo; si no golpea al culpable, golpea a algún otro. Como cada crimen crea una ley, a su vez cada ley crea un crimen; y de aquí seguimos multiplicando pecados y males, y faltas y errores, hasta que la sociedad se convierte en el desorden organizado para robar bolsillos.
LA REGENERACIÓN DE UN BRIBÓN.
Un hombre que comienza el mundo siendo un necio a menudo termina convirtiéndose en un bribón; pero aquel que comienza como bribón, si es un hombre rico (y por tanto no colgado), puede terminar, mis queridos alumnos, siendo una criatura piadosa. Y este es el porqué: «un bribón precoz» pronto obtiene conocimiento del mundo. Un vicio desgastado nos hace más sabios que cincuenta tutores. Pero la sabiduría nos hace amar la tranquilidad, y en la tranquilidad no pecamos. Aquel que es sabio y no peca difícilmente puede dejar de hacer el bien; pues con solo pronunciar una verdad nueva, ¡ni siquiera su imaginación puede concebir el límite del bien que puede haber hecho al hombre!
ESTILO.
¿Comprendes bien qué cosa tan maravillosa es el estilo? Creo que no; pues en los ejercicios que me enviaste, tus estilos delataban que no se les había prodigado una consideración muy seria. Sabe, pues, que debes hacer una pausa prolongada antes de elegir cualquier modelo de estilo. De tu estilo depende a menudo tu propio carácter, casi siempre el carácter que el mundo te atribuye. Si adoptas el estilo elevado —si hilvanas frases nobles y sonoridades ampulosas—, has expresado, has confesado, un estado de ánimo al que desearás insensiblemente estar a la altura; el deseo engendra gradualmente la capacidad. La vida del Dr. Parr es el estilo del Dr. Parr puesto en acción; y Lord Byron se hace infeliz a lo largo de su existencia por haber caído accidentalmente en una corriente melancólica de palabras. Pero supón que escapas a esta calamidad por una peculiar audacia de temperamento, no escaparás al sello de la opinión popular. Addison siempre será considerado por el vulgo como el más amable de los hombres, debido a la amenidad social de su dicción; y los admiradores del lenguaje siempre considerarán a Burke un espíritu más noble que Fox, debido a la grandeza de sus oraciones. ¡Cuántos dichos sabios han sido llamados bromas porque fueron pronunciados con ingenio! ¡Cuántas naderías elevaron a su autor a la categoría de sabio, sí, de santo, porque fueron hilvanadas por la vieja monja hipócrita, la Gravedad!
FIN.