Nota del transcriptor
Índice creado por el transcriptor y depositado en el Dominio Público.
REMINISCENCIAS DE UN OPERADOR DE BOLSA
REMINISCENCIAS DE UN OPERADOR DE BOLSA
Por Edwin Lefevre
con una nueva introducción de Benton W. Davis
American Research Council · Larchmont, Nueva York
Copyright © 1923 por George H. Doran Company
Todos los derechos reservados
Reimpreso mediante acuerdo con Doubleday & Company, Inc.
Número de tarjeta de catálogo de la Biblioteca del Congreso: 64-23364 Impreso en los Estados Unidos de América
A Jesse Lauriston Livermore
CONTENIDO
I 1 II 14 III 30 IV 39 V 55 VI 67 VII 80 VIII 87 IX 100 X 117 XI 131 XII 144 XIII 160 XIV 173 XV 190 XVI 199 XVII 215 XVIII 230 XIX 238 XX 245 XXI 257 XXII 273 XXIII 293 XXIV 304
I
Empecé a trabajar justo después de terminar la escuela primaria. Conseguí un empleo como chico de la pizarra de cotizaciones en una oficina de corredores de bolsa. Era rápido con los números. En la escuela hice tres años de aritmética en uno. Se me daba especialmente bien la aritmética mental. Como chico de la pizarra, anotaba los números en el gran tablero de la sala de clientes. Uno de los clientes solía sentarse junto al teletipo y cantar los precios. No podían ir demasiado rápido para mí. Siempre he recordado las cifras. Sin dificultad alguna.
Había muchos otros empleados en esa oficina. Por supuesto, hice amistad con los otros chicos, pero el trabajo que realizaba, si el mercado estaba activo, me mantenía demasiado ocupado desde las diez de la mañana hasta las tres de la tarde como para poder hablar mucho. De todos modos, no me interesa hacerlo durante las horas de trabajo.
Pero un mercado activo no me impedía pensar en el trabajo. Esas cotizaciones no representaban para mí precios de acciones, tantos dólares por acción. Eran números. Por supuesto, significaban algo. Siempre estaban cambiando. Era lo único que me interesaba: los cambios. ¿Por qué cambiaban? No lo sabía. No me importaba. No pensaba en eso. Simplemente veía que cambiaban. Eso era todo lo que tenía en qué pensar cinco horas cada día y dos los sábados: que siempre estaban cambiando.
Así fue como empecé a interesarme por el comportamiento de los precios. Tenía muy buena memoria para las cifras. Podía recordar con detalle cómo se habían comportado los precios el día anterior, justo antes de subir o bajar. Mi afición por la aritmética mental me resultó muy útil.
Observé que, tanto en las alzas como en las bajas, los precios de las acciones tendían a mostrar ciertos hábitos, por así decirlo. No había fin a los casos paralelos y estos formaban precedentes que me guiaban. Solo tenía catorce años, pero después de haber realizado cientos de observaciones en mi mente, me encontré probando su exactitud, comparando el comportamiento de las acciones de hoy con el de otros días. No pasó mucho tiempo antes de que empezara a anticipar los movimientos de los precios. Mi única guía, como digo, era su desempeño pasado. Llevaba las “hojas de resultados” en mi mente. Esperaba que los precios de las acciones siguieran la pauta. Los había “cronometrado”. Ya sabe a qué me refiero.
Uno puede detectar, por ejemplo, dónde la compra es solo un poco mejor que la venta. Una batalla se libra en el mercado de valores y la cinta es su telescopio. Puede confiar en ella en siete de cada diez casos.
Otra lección que aprendí pronto es que no hay nada nuevo en Wall Street. No puede haberlo porque la especulación es tan vieja como las colinas. Lo que sucede hoy en el mercado de valores ha sucedido antes y volverá a suceder. Nunca he olvidado eso. Supongo que realmente logro recordar cuándo y cómo sucedió. El hecho de que recuerde de esa manera es mi forma de capitalizar la experiencia.
Me interesé tanto en mi juego y estuve tan ansioso por anticipar los avances y retrocesos en todas las acciones activas que conseguí un pequeño libro. Anoté mis observaciones en él. No era un registro de transacciones imaginarias como el que tanta gente lleva simplemente para ganar o perder millones de dólares sin que se les suba el humo a la cabeza o acabar en la miseria. Era más bien una especie de registro de mis aciertos y errores, y después de la determinación de los probables movimientos, lo que más me interesaba era verificar si había observado con precisión; en otras palabras, si tenía razón.
Supongamos que, tras estudiar cada fluctuación del día en una acción activa, llegaba a la conclusión de que se estaba comportando como siempre lo hacía antes de romper ocho o diez puntos. Bien, anotaba la acción y el precio el lunes y, recordando comportamientos pasados, escribía lo que debería hacer el martes y el miércoles. Más tarde, cotejaba con las transcripciones reales de la cinta.
Así fue como empecé a interesarme por el mensaje de la cinta. Desde el principio, las fluctuaciones estaban asociadas en mi mente con movimientos al alza o a la baja. Por supuesto, siempre hay una razón para las fluctuaciones, pero la cinta no se preocupa por el porqué. No entra en explicaciones. No le pregunté a la cinta el porqué cuando tenía catorce años, y no se lo pregunto hoy, a los cuarenta. La razón de lo que hace una determinada acción hoy puede no conocerse hasta dentro de dos o tres días, o semanas, o meses. Pero, ¿qué demonios importa eso? Su negocio con la cinta es el ahora, no el mañana. La razón puede esperar. Pero debe actuar al instante o se quedará atrás. Una y otra vez veo que esto sucede. Recordará que Hollow Tube bajó tres puntos el otro día mientras el resto del mercado repuntaba bruscamente. Ese fue el hecho. El lunes siguiente vio que los directores eliminaron el dividendo. Esa fue la razón. Ellos sabían lo que iban a hacer y, aunque ellos mismos no vendieran las acciones, al menos no las compraron. No hubo compras internas; ninguna razón para que no cayera.
Bien, mantuve mi pequeño libro de notas quizá seis meses. En lugar de irme a casa en el momento en que terminaba mi trabajo, anotaba las cifras que quería y estudiaba los cambios, buscando siempre las repeticiones y paralelismos de comportamiento; aprendiendo a leer la cinta, aunque no era consciente de ello en ese momento.
Un día, uno de los chicos de la oficina —era mayor que yo— vino a donde yo almorzaba y me preguntó en voz baja si tenía dinero.
—¿Por qué quieres saberlo? —dije.
—Bueno —dijo—, tengo un dato buenísimo sobre Burlington. Voy a jugármela si consigo a alguien que entre conmigo.
—¿A qué te refieres con jugártela? —pregunté. Para mí, las únicas personas que jugaban o podían jugar con datos eran los clientes: viejos tipos con montones de pasta. Vaya, costaba cientos, incluso miles de dólares, entrar en el juego. Era como tener tu propio carruaje y un cochero que usara sombrero de copa.
—¡Eso es lo que quiero decir, jugármela! —dijo—. ¿Cuánto tienes?
—¿Cuánto necesitas?
—Bueno, puedo operar con cinco acciones poniendo 5 dólares.
—¿Cómo vas a jugártela?
—Voy a comprar todas las Burlington que el "bucket shop" me deje mantener con el dinero que le dé como margen —dijo—. Va a subir seguro. Es como recoger dinero. Doblaremos el nuestro en un santiamén.
—¡Espera! —le dije, y saqué mi pequeño libro de notas.
No me interesaba doblar mi dinero, sino el hecho de que él dijera que Burlington iba a subir. Si era así, mi libreta debía mostrarlo. Miré. Efectivamente, Burlington, según mis cálculos, actuaba como solía hacerlo antes de subir. Nunca había comprado ni vendido nada en mi vida, y nunca apostaba con los otros chicos. Pero todo lo que pude ver fue que esta era una gran oportunidad para probar la precisión de mi trabajo, de mi pasatiempo. Se me ocurrió al instante que si mis notas no funcionaban en la práctica, no había nada en la teoría que pudiera interesar a nadie. Así que le di todo lo que tenía, y con nuestros recursos combinados, fue a uno de los "bucket shops" cercanos y compró algunas Burlington. Dos días después cobramos. Obtuve un beneficio de 3,12 dólares.
Después de esa primera operación, empecé a especular por mi cuenta en los "bucket shops". Iba durante mi hora de almuerzo y compraba o vendía; nunca me supuso ninguna diferencia. Jugaba con un sistema y no con una acción favorita ni respaldando opiniones. Todo lo que conocía era su aritmética. De hecho, la mía era la forma ideal de operar en un "bucket shop", donde todo lo que hace un operador es apostar a las fluctuaciones tal como las imprime el teletipo en la cinta.
No pasó mucho tiempo antes de que estuviera sacando mucho más dinero de los "bucket shops" del que ganaba en mi trabajo en la oficina de corretaje. Así que dejé mi puesto. Mis padres se opusieron, pero no pudieron decir mucho cuando vieron lo que estaba ganando. Solo era un niño y el salario de chico de los recados no era muy alto. Me fue muy bien por mi cuenta.
Tenía quince años cuando tuve mis primeros mil dólares y puse el efectivo frente a mi madre; todo ganado en los "bucket shops" en unos pocos meses, además de lo que había llevado a casa. Mi madre se puso histérica. Quería que lo guardara en la caja de ahorros, fuera del alcance de la tentación. Decía que era más dinero del que jamás había oído que ganara un chico de quince años, empezando de la nada. No terminaba de creer que fuera dinero real. Solía preocuparse y angustiarse por ello. Pero yo no pensaba en nada más que en que podía seguir demostrando que mis cálculos eran correctos. Eso es toda la diversión que hay: tener razón usando la cabeza. Si tenía razón al probar mis convicciones con diez acciones, tendría diez veces más razón si operaba con cien. Eso es todo lo que significaba para mí tener más margen: tenía razón de manera más enfática. ¿Más valor? ¡No! ¡Ninguna diferencia! Si todo lo que tengo son diez dólares y los arriesgo, soy mucho más valiente que cuando arriesgo un millón, si tengo otro millón guardado bajo llave.
De cualquier modo, a los quince años me ganaba bien la vida con el mercado de valores. Empecé en los "bucket shops" más pequeños, donde al hombre que operaba con veinte acciones de golpe se le sospechaba de ser John W. Gates disfrazado o J. P. Morgan viajando de incógnito. Los "bucket shops" de aquellos días rara vez engañaban a sus clientes. No tenían por qué. Había otras formas de separar a los clientes de su dinero, incluso cuando acertaban. El negocio era tremendamente rentable. Cuando se llevaba legalmente —quiero decir, de forma honesta, hasta donde llegaba el "bucket shop"—, las fluctuaciones se encargaban de los pequeños capitales. No hace falta una gran reacción para limpiar un margen de solo tres cuartos de punto. Además, ningún tramposo podía volver a entrar en el juego. No tendría ninguna operación.
No tenía seguidores. Me guardaba mis asuntos para mí. Era un negocio de un solo hombre, de todos modos. Era mi cabeza, ¿no? Los precios iban hacia donde yo los había calculado, sin ayuda de amigos o socios, o iban hacia el otro lado, y nadie podía detenerlos por bondad hacia mí. No veía por qué necesitaba contar mis asuntos a nadie más. Tengo amigos, por supuesto, pero mi negocio siempre ha sido el mismo: un asunto de un solo hombre. Por eso siempre he jugado mi propia partida.
Como era, no tardaron mucho los "bucket shops" en enfadarse conmigo por ganarles. Entraba y ponía sobre la mesa mi margen, pero lo miraban sin hacer ademán de agarrarlo. Me decían que no había nada que hacer. Fue entonces cuando empezaron a llamarme el Chico Apostador. Tenía que estar cambiando de corredores todo el tiempo, yendo de un "bucket shop" a otro. Llegó un punto en que tuve que dar un nombre ficticio. Empezaba suave, solo quince o veinte acciones. A veces, cuando sospechaban, perdía a propósito al principio y luego les daba un buen golpe. Por supuesto, después de un tiempo, les resultaba demasiado caro y me decían que me llevara mis asuntos a otra parte y no interfiriera con los dividendos de los propietarios.
Una vez, cuando la gran empresa con la que había estado operando durante meses me cerró el paso, me propuse quitarles un poco más de dinero. Ese "bucket shop" tenía sucursales por toda la ciudad, en vestíbulos de hoteles y en pueblos cercanos. Fui a una de las sucursales del hotel y le hice algunas preguntas al gerente y finalmente empecé a operar. Pero tan pronto como operé con una acción activa a mi manera especial, empezó a recibir mensajes de la oficina central preguntando quién era el que estaba operando. El gerente me contó lo que le preguntaban y le dije que mi nombre era Edward Robinson, de Cambridge. Llamó por teléfono con la alegre noticia al gran jefe. Pero al otro lado querían saber qué aspecto tenía. Cuando el gerente me lo contó, le dije: “¡Dile que soy un hombre bajo, gordo, de pelo oscuro y con una frondosa barba!”. Pero me describió tal como era, y luego escuchó, su cara se puso roja, colgó y me dijo que me largara.
—¿Qué te han dicho? —le pregunté cortésmente.
—Dijeron: “¡Imbécil, ¿no te dijimos que no aceptaras operaciones de Larry Livingston?! ¡Y deliberadamente has dejado que nos quite 700 dólares!”. No dijo qué más le dijeron.
Probé las otras sucursales una tras otra, pero todas terminaron conociéndome, y mi dinero no valía nada en ninguna de sus oficinas. Ni siquiera podía entrar a mirar las cotizaciones sin que alguno de los empleados hiciera comentarios sobre mí. Intenté convencerles de que me dejaran operar a largos intervalos dividiendo mis visitas entre todas ellas. Pero no funcionó.
Finalmente solo me quedaba una y era la más grande y rica de todas: la Cosmopolitan Stock Brokerage Company.
La Cosmopolitan estaba clasificada como A-1 y hacía un negocio enorme. Tenía sucursales en cada ciudad industrial de Nueva Inglaterra. Aceptaron mis operaciones perfectamente, y compré y vendí acciones, ganando y perdiendo dinero durante meses, pero al final sucedió con ellos lo mismo que de costumbre. No rechazaron mi negocio directamente, como hicieron las pequeñas empresas. Oh, no porque no fuera deportivo, sino porque sabían que les daría mala fama publicar la noticia de que no aceptaban los negocios de alguien solo porque ese alguien resultaba ganar un poco de dinero. Pero hicieron lo siguiente peor: es decir, me obligaron a poner un margen de tres puntos y me obligaron a pagar una prima al principio de medio punto, luego un punto y, finalmente, un punto y medio. ¡Menuda desventaja, eso! ¿Cómo? ¡Fácil! Suponga que Steel se vendía a 90 y usted la compraba. Su ticket decía, normalmente: “Compradas diez Steel a 90 1/8”. Si ponía un margen de un punto, significaba que si caía a 89 1/4, usted estaba liquidado automáticamente. En un "bucket shop" al cliente no se le pide más margen ni se le pone en la dolorosa necesidad de decirle a su corredor que venda por lo que pueda conseguir.
Pero cuando la Cosmopolitan añadió esa prima, estaban golpeando bajo. Significaba que si el precio era 90 cuando compraba, en lugar de hacer mi ticket: “Compradas Steel a 90 1/8”, decía: “_Compradas Steel a 91 1/8_”. Vaya, esa acción podía avanzar un punto y cuarto después de que yo la comprara y aun así estaría perdiendo dinero si cerraba la operación. Y al insistir también en que pusiera un margen de tres puntos desde el principio, redujeron mi capacidad de operación en dos tercios. Aún así, ese era el único "bucket shop" que aceptaba mi negocio, y tenía que aceptar sus condiciones o dejar de operar.
Por supuesto, tuve mis altibajos, pero era un ganador en el balance general. Sin embargo, la gente de la Cosmopolitan no estaba satisfecha con la terrible desventaja que me habían impuesto, que debería haber sido suficiente para vencer a cualquiera. Intentaron traicionarme. No me atraparon. Escapé gracias a una de mis corazonadas.
La Cosmopolitan, como dije, era mi último recurso. Era el "bucket shop" más rico de Nueva Inglaterra y, por regla general, no ponían límites a una operación. Creo que yo era el operador individual más importante que tenían, es decir, de los clientes habituales de todos los días. Tenían una oficina elegante y el tablero de cotizaciones más grande y completo que he visto en cualquier parte. Recorría toda la longitud de la gran sala y se cotizaba todo lo imaginable. Quiero decir acciones negociadas en las Bolsas de Nueva York y Boston, algodón, trigo, provisiones, metales; todo lo que se compraba y vendía en Nueva York, Chicago, Boston y Liverpool.
Ya sabe cómo operaban en los "bucket shops". Usted entregaba su dinero a un empleado y le decía qué deseaba comprar o vender. Él miraba la cinta o el tablero de cotizaciones y tomaba el precio de allí, el último, por supuesto. También anotaba la hora en el ticket para que casi pareciera un informe de un corredor normal, es decir, que habían comprado o vendido para usted tantas acciones de tal acción a tal precio a tal hora de tal día y cuánto dinero recibieron de usted. Cuando quería cerrar su operación, iba al empleado —el mismo u otro, dependía de la tienda— y se lo decía. Él tomaba el último precio o, si la acción no había estado activa, esperaba a la siguiente cotización que saliera en la cinta. Escribía ese precio y la hora en su ticket, le daba el visto bueno y se lo devolvía, y luego usted iba al cajero y obtenía el efectivo que indicara. Por supuesto, cuando el mercado iba en su contra y el precio superaba el límite establecido por su margen, su operación se cerraba automáticamente y su ticket se convertía en un trozo de papel más.
En los "bucket shops" más humildes, donde se permitía a la gente operar con tan solo cinco acciones, los tickets eran pequeños recibos —diferentes colores para compra y venta— y a veces, como por ejemplo en mercados alcistas desbocados, las tiendas se veían muy afectadas porque todos los clientes eran alcistas y resultaba que tenían razón. Entonces, el "bucket shop" deducía las comisiones de compra y venta, y si usted compraba una acción a 20, el ticket decía 20 1/4. Por lo tanto, solo tenía un margen de 3/4 de punto para su dinero.
Pero la Cosmopolitan era la mejor de Nueva Inglaterra. Tenía miles de clientes y realmente creo que yo era el único hombre al que temían. Ni la asesina prima ni el margen de tres puntos que me obligaron a poner redujeron mucho mi operación. Seguí comprando y vendiendo tanto como me dejaban. A veces tenía una línea de 5.000 acciones.
Bueno, el día que sucedió lo que voy a contarle, estaba corto en tres mil quinientas acciones de Sugar. Tenía siete grandes tickets rosas de quinientas acciones cada uno. La Cosmopolitan usaba grandes recibos con un espacio en blanco donde podían anotar margen adicional. Por supuesto, los "bucket shops" nunca piden más margen. Cuanto más fino es el capital, mejor para ellos, pues su beneficio radica en que usted sea limpiado. En las tiendas más pequeñas, si quería dar más margen a su operación, hacían un nuevo ticket, para poder cobrarle la comisión de compra y solo darle un recorrido de 3/4 de punto en cada punto de descenso, pues calculaban la comisión de venta también exactamente como si fuera una operación nueva.
Bueno, recuerdo que ese día tenía más de 10.000 dólares en márgenes.
Solo tenía veinte años cuando acumulé por primera vez diez mil dólares en efectivo. Y tendrían que haber oído a mi madre. Hubieran pensado que diez mil dólares en efectivo era más de lo que nadie llevaba encima, salvo el viejo John D., y solía decirme que me conformara y me dedicara a un negocio normal. Me costó mucho convencerla de que no estaba apostando, sino ganando dinero mediante cálculos. Pero ella solo veía que diez mil dólares era mucho dinero y yo solo veía más margen.
Había colocado mis 3500 acciones de Sugar a 105¼. Había otro tipo en la sala, Henry Williams, que estaba corto en 2500 acciones. Yo solía sentarme junto al teletipo y cantar las cotizaciones para el chico del tablero. El precio se comportó como creía que lo haría. Bajó rápidamente un par de puntos y se detuvo un poco para tomar aliento antes de dar otro bajón. El mercado general estaba bastante flojo y todo parecía prometedor. Entonces, de repente, no me gustó la forma en que Sugar estaba dudando. Empecé a sentirme incómodo. Pensé que debía salirme del mercado. Luego se vendió a 103 —ese fue el mínimo del día— pero, en lugar de sentirme más confiado, me sentí más inseguro. Sabía que algo iba mal en alguna parte, pero no podía precisar dónde. Pero si se acercaba algo y no sabía de dónde venía, no podía estar en guardia contra ello. Siendo así, sería mejor que estuviera fuera del mercado.
Sabe, no hago las cosas a ciegas. No me gusta. Nunca me gustó. Incluso de niño tenía que saber por qué debía hacer ciertas cosas. Pero esta vez no tenía ninguna razón definida que darme a mí mismo, y sin embargo estaba tan incómodo que no podía soportarlo. Llamé a un tipo que conocía, Dave Wyman, y le dije: “Dave, toma mi lugar aquí. Quiero que hagas algo por mí. Espera un poco antes de cantar el siguiente precio de Sugar, ¿quieres?”.
Dijo que lo haría, y me levanté y le cedí mi lugar junto al teletipo para que pudiera cantar los precios al chico. Saqué mis siete tickets de Sugar del bolsillo y caminé hacia el mostrador, donde estaba el empleado que marcaba los tickets cuando cerrabas tus operaciones. Pero en realidad no sabía por qué debía salirme del mercado, así que me quedé allí, apoyado contra el mostrador, con mis tickets en la mano para que el empleado no pudiera verlos. Al poco tiempo oí el chasquido de un telégrafo y vi a Tom Burnham, el empleado, girar la cabeza rápidamente y escuchar. Entonces sentí que se estaba tramando algo turbio, y decidí no esperar más. Justo en ese momento, Dave Wyman, junto al teletipo, empezó: “Su--” y, rápido como un rayo, puse mis tickets sobre el mostrador frente al empleado y grité: “¡Cierra Sugar!” antes de que Dave hubiera terminado de cantar el precio. Así que, por supuesto, la casa tuvo que cerrar mi Sugar a la última cotización. Lo que Dave cantó resultó ser 103 de nuevo.
Según mi información, Sugar debería haber roto los 103 para entonces. El motor no funcionaba bien. Tenía la sensación de que había una trampa cerca. En cualquier caso, el telégrafo iba ahora como loco y me di cuenta de que Tom Burnham, el empleado, había dejado mis tickets sin marcar donde los puse, y estaba escuchando el chasquido como si esperara algo. Así que le grité: “Oye, Tom, ¿qué demonios estás esperando? Marca el precio en estos tickets: ¡103! ¡Muévete!”.
Todo el mundo en la sala me oyó y empezó a mirar hacia nosotros y a preguntar qué pasaba, porque, verá, aunque la Cosmopolitan nunca había fallado, nunca se sabe, y una corrida en una casa de apuestas puede empezar como una corrida bancaria. Si un cliente sospecha, los demás siguen su ejemplo. Así que Tom puso cara de pocos amigos, pero se acercó y marcó mis tickets “Cerrado a 103” y me deslizó los siete. Tenía una cara muy agria.
Diga, la distancia desde el lugar de Tom hasta la caja del cajero no era de más de ocho pies. Pero no había llegado al cajero para cobrar mi dinero cuando Dave Wyman, junto al teletipo, gritó emocionado: “¡Dios! ¡Sugar, 108!”. Pero ya era demasiado tarde; así que simplemente me reí y le grité a Tom: “No funcionó esta vez, ¿verdad, viejo?”.
Por supuesto, fue un montaje. Henry Williams y yo juntos estábamos cortos en seis mil acciones de Sugar. Esa casa de apuestas tenía mi margen y el de Henry, y podría haber habido muchos otros cortos de Sugar en la oficina; posiblemente ocho o diez mil acciones en total. Supongamos que tenían 20.000 dólares en márgenes de Sugar. Eso era suficiente para pagar a la casa por manipular el mercado en la Bolsa de Nueva York y borrarnos del mapa. En los viejos tiempos, siempre que una casa de apuestas se encontraba cargada con demasiados alcistas en una acción determinada, era una práctica común conseguir que algún corredor hiciera bajar el precio de esa acción lo suficiente como para acabar con todos los clientes que estaban largos en ella. Rara vez le costaba a la casa de apuestas más de un par de puntos en unos pocos cientos de acciones, y ganaban miles de dólares.
Eso fue lo que hizo la Cosmopolitan para atraparme a mí, a Henry Williams y a los otros cortos de Sugar. Sus corredores en Nueva York subieron el precio a 108. Por supuesto, volvió a caer inmediatamente, pero Henry y muchos otros fueron eliminados. Siempre que había una caída brusca inexplicable seguida de una recuperación instantánea, los periódicos de aquellos tiempos solían llamarlo una estocada de casa de apuestas.
Y lo más gracioso fue que, no más de diez días después de que la gente de la Cosmopolitan intentara traicionarme, un operador de Nueva York les sacó más de setenta mil dólares. Este hombre, que fue un factor importante del mercado en su época y miembro de la Bolsa de Nueva York, se labró un gran nombre como bajista durante el pánico de Bryan del 96. Siempre chocaba con las normas de la Bolsa que le impedían llevar a cabo algunos de sus planes a expensas de sus compañeros. Un día calculó que no habría quejas ni de la Bolsa ni de las autoridades policiales si les quitaba a las casas de apuestas del país algunas de sus ganancias mal habidas. En el caso del que hablo, envió a treinta y cinco hombres para actuar como clientes. Fueron a la oficina principal y a las sucursales más grandes. Un día determinado, a una hora fija, los agentes compraron todos tanto como pudieron de una determinada acción. Tenían instrucciones de escabullirse con un beneficio determinado. Por supuesto, lo que hizo fue distribuir consejos alcistas sobre esa acción entre sus compinches y luego fue al parqué de la Bolsa de Nueva York y subió el precio, ayudado por los operadores de sala, que pensaban que era un buen tipo. Al tener cuidado de elegir la acción adecuada para ese trabajo, no hubo problemas para subir el precio tres o cuatro puntos. Sus agentes en las casas de apuestas cobraron según lo acordado.
Un tipo me dijo que el artífice se embolsó setenta mil dólares netos, y sus agentes cubrieron sus gastos y además cobraron su paga. Jugó a ese juego varias veces por todo el país, castigando a las casas de apuestas más grandes de Nueva York, Boston, Filadelfia, Chicago, Cincinnati y San Luis. Una de sus acciones favoritas era Western Union, porque era muy fácil mover una acción semiactiva como esa unos cuantos puntos arriba o abajo. Sus agentes la compraban a una cifra determinada, vendían con dos puntos de beneficio, se ponían cortos y sacaban tres puntos más. Por cierto, leí el otro día que ese hombre murió, pobre y desconocido. Si hubiera muerto en 1896 habría conseguido al menos una columna en la primera página de cada periódico de Nueva York. Tal como fue, obtuvo dos líneas en la quinta.
II
Entre el descubrimiento de que la Cosmopolitan Stock Brokerage Company estaba dispuesta a vencerme por medios sucios si el hándicap mortal de un margen de tres puntos y una prima de punto y medio no lo lograba, y las insinuaciones de que de todas formas no querían mis negocios, pronto tomé la decisión de ir a Nueva York, donde podría operar en la oficina de algún miembro de la Bolsa de Nueva York. No quería ninguna sucursal de Boston, donde las cotizaciones tenían que ser telegrafiadas. Quería estar cerca de la fuente original. Llegué a Nueva York a los 21 años, trayendo conmigo todo lo que tenía, dos mil quinientos dólares.
Le dije que tenía diez mil dólares cuando tenía veinte años, y mi margen en esa operación de Sugar era de más de diez mil. Pero no siempre ganaba. Mi plan de trading era bastante sólido y ganaba más veces de las que perdía. Si me hubiera ceñido a él, habría acertado quizá siete de cada diez veces. De hecho, siempre ganaba dinero cuando estaba seguro de que tenía razón antes de empezar. Lo que me venció no fue falta de cerebro para ceñirme a mi propio juego, es decir, operar en el mercado solo cuando estaba convencido de que los precedentes favorecían mi jugada. Hay un tiempo para todo, pero yo no lo sabía. Y eso es precisamente lo que vence a tantos hombres en Wall Street que están muy lejos de ser de la clase de los incautos. Está el tonto simple, que hace lo incorrecto en todo momento y lugar, pero está el tonto de Wall Street, que piensa que debe operar todo el tiempo. Ningún hombre puede tener siempre razones adecuadas para comprar o vender acciones a diario, ni conocimientos suficientes para hacer de su jugada una jugada inteligente.
Lo demostré. Siempre que leía la cinta a la luz de la experiencia ganaba dinero, pero cuando hacía una jugada de tonto absoluto tenía que perder. No fui una excepción, ¿verdad? Ahí estaba el enorme tablero de cotizaciones mirándome a la cara, y el teletipo funcionando, y la gente operando y viendo cómo sus tickets se convertían en efectivo o en papel mojado. Por supuesto, dejé que el ansia de emoción se impusiera a mi juicio. En una casa de apuestas donde tu margen es un cordón de zapato no juegas a largo plazo. Te eliminan demasiado fácil y rápidamente. El deseo de acción constante independientemente de las condiciones subyacentes es responsable de muchas pérdidas en Wall Street, incluso entre los profesionales, que sienten que deben llevarse algo de dinero a casa cada día, como si trabajaran por un salario fijo. Yo solo era un chico, recuerde. No sabía entonces lo que aprendí más tarde, lo que me hizo, quince años después, esperar dos largas semanas y ver cómo una acción en la que era muy alcista subía treinta puntos antes de sentir que era seguro comprarla. Estaba en la ruina e intentaba recuperarme, y no podía permitirme jugar imprudentemente. Tenía que acertar, así que esperé. Eso fue en 1915. Es una larga historia. La contaré más adelante en su lugar. Ahora sigamos desde donde, después de años de práctica venciéndolos, dejé que las casas de apuestas se llevaran la mayor parte de mis ganancias.
¡Y con los ojos bien abiertos, además! Y tampoco fue el único período de mi vida en el que lo hice. Un operador de bolsa tiene que luchar contra muchos enemigos costosos dentro de sí mismo. En cualquier caso, vine a Nueva York con dos mil quinientos dólares. No había casas de apuestas aquí en las que un tipo pudiera confiar. La Bolsa y la policía entre ambos habían logrado cerrarlas bastante bien. Además, quería encontrar un lugar donde el único límite a mis operaciones fuera el tamaño de mi apuesta. No tenía mucha, pero no esperaba que siguiera siendo pequeña para siempre. Lo principal al principio era encontrar un lugar donde no tuviera que preocuparme por obtener un trato justo. Así que fui a una casa de la Bolsa de Nueva York que tenía una sucursal en mi ciudad donde conocía a algunos de los empleados. Hace mucho que cerraron el negocio. No estuve allí mucho tiempo, no me gustaba uno de los socios, y entonces fui a A. R. Fullerton & Co. Alguien debió de contarles mis primeras experiencias, porque no pasó mucho tiempo antes de que todos empezaran a llamarme el Chico Operador. Siempre he parecido joven. Fue un hándicap en algunos aspectos, pero me obligó a luchar por lo mío porque muchos intentaban aprovecharse de mi juventud. Los tipos de las casas de apuestas, al ver qué chico era, siempre pensaban que era un tonto con suerte y que esa era la única razón por la que les ganaba tan a menudo.
Bueno, no pasaron seis meses antes de que estuviera en la ruina. Yo era un operador bastante activo y tenía cierta reputación de ganador. Supongo que mis comisiones sumaban algo. Aumenté bastante mi cuenta, pero, por supuesto, al final perdí. Jugué con cuidado; pero tenía que perder. Le diré la razón: ¡fue mi notable éxito en las casas de apuestas!
Podía vencer al juego a mi manera solo en una casa de apuestas, donde apostaba a las fluctuaciones. Mi lectura de la cinta tenía que ver exclusivamente con eso. Cuando compraba, el precio estaba ahí en el tablero de cotizaciones, justo frente a mí. Incluso antes de comprar, sabía exactamente el precio que tendría que pagar por mis acciones. Y siempre podía vender al instante. Podía hacer especulaciones de corto plazo con éxito, porque podía moverme como un rayo. Podía seguir mi suerte o cortar mi pérdida en un segundo. A veces, por ejemplo, estaba seguro de que una acción se movería al menos un punto. Bueno, no tenía que ser un avaricioso, podía poner un margen de un punto y duplicar mi dinero en un instante; o me llevaba medio punto. En una o doscientas acciones al día, eso no estaría mal a fin de mes, ¿eh?
El problema práctico con ese arreglo, por supuesto, era que incluso si la casa de apuestas tuviera los recursos para soportar una gran pérdida constante, no lo harían. No tendrían a un cliente por allí que tuviera el mal gusto de ganar todo el tiempo.
En cualquier caso, lo que era un sistema perfecto para operar en casas de apuestas no funcionó en la oficina de Fullerton. Allí estaba comprando y vendiendo acciones realmente. El precio de Sugar en la cinta podía ser 105 y yo podía ver venir una caída de tres puntos. De hecho, en el mismo momento en que el teletipo imprimía 105 en la cinta, el precio real en el parqué de la Bolsa podía ser 104 o 103. Para cuando mi orden de vender mil acciones llegaba al hombre de Fullerton en el parqué para ejecutarla, el precio podía ser aún más bajo. No podía decir a qué precio había colocado mis mil acciones hasta que recibía un informe del empleado. Cuando seguramente habría ganado tres mil en la misma operación en una casa de apuestas, podía no ganar ni un centavo en una casa de la Bolsa. Por supuesto, he tomado un caso extremo, pero el hecho es que en la oficina de A. R. Fullerton la cinta siempre me contaba historia antigua, en lo que respecta a mi sistema de trading, y no me daba cuenta.
Y además, si mi orden era bastante grande, mi propia venta tendería a deprimir aún más el precio. En la casa de apuestas no tenía que calcular el efecto de mis propias operaciones. Perdí en Nueva York porque el juego era completamente diferente. No es que ahora lo estuviera jugando legítimamente lo que me hizo perder, sino que lo estaba jugando ignorantemente. Me han dicho que soy un buen lector de la cinta. Pero leer la cinta como un experto no me salvó. Podría habérmelo montado mucho mejor si hubiera estado yo mismo en el parqué, como operador de sala. En una multitud en particular tal vez podría haber adaptado mi sistema a las condiciones que tenía ante mí. Pero, por supuesto, si hubiera llegado a operar a la escala que lo hago ahora, por ejemplo, el sistema me habría fallado igualmente, debido al efecto de mis propias operaciones en los precios.
En resumen, no conocía el juego de la especulación bursátil. Sabía una parte, una parte bastante importante, que me ha sido muy valiosa en todo momento. Pero si con todo lo que sabía aún así perdí, ¿qué oportunidad tiene el forastero novato de ganar, o, mejor dicho, de cobrar?
No tardé mucho en darme cuenta de que algo andaba mal en mi forma de jugar, pero no pude identificar el problema exacto. Había veces en que mi sistema funcionaba de maravilla y, de repente, una paliza tras otra. Solo tenía veintidós años, recuerde; no es que estuviera tan lleno de mí mismo como para no querer saber dónde fallaba, sino que a esa edad nadie sabe mucho de nada.
La gente de la oficina era muy amable conmigo. No podía invertir fuerte como quería debido a sus requisitos de margen, pero el viejo A. R. Fullerton y el resto de la firma fueron tan amables conmigo que, después de seis meses de operaciones activas, no solo perdí todo lo que había traído y todo lo que había ganado allí, sino que incluso le debía a la firma unos cientos.
Allí estaba, un simple chico, que nunca antes había estado lejos de casa, totalmente arruinado; pero sabía que no había nada malo en mí, solo en mi juego. No sé si me explico, pero nunca pierdo los estribos en el mercado de valores. Nunca discuto con la cinta. Enojarse con el mercado no te lleva a ninguna parte.
Estaba tan ansioso por volver a operar que no perdí ni un minuto, sino que fui al viejo Fullerton y le dije: “Diga, A. R., présteme quinientos dólares”.
“¿Para qué?”, dice él.
“Necesito algo de dinero”.
“¿Para qué?”, vuelve a decir.
“Para margen, por supuesto”, dije.
“¿Quinientos dólares?”, dijo, y frunció el ceño. “Sabe que esperarían que mantuviera un margen del 10 por ciento, y eso significa mil dólares por cien acciones. Es mucho mejor darle un crédito...”.
“No”, dije, “no quiero un crédito aquí. Ya le debo algo a la firma. Lo que quiero es que me preste quinientos dólares para poder irme, conseguir un capital y volver”.
“¿Cómo vas a hacerlo?”, preguntó el viejo A. R.
“Iré a operar en una casa de apuestas”, le dije.
“Opera aquí”, dijo él.
“No”, dije. “Todavía no estoy seguro de poder vencer al juego en esta oficina, pero estoy seguro de que puedo sacar dinero de las casas de apuestas. Conozco ese juego. Tengo la impresión de que sé exactamente dónde me equivoqué aquí”.
Me lo dio, y salí de aquella oficina donde el Terror de los Muchachos de las Casas de Apuestas, como lo llamaban, había perdido su capital. No podía volver a casa porque las casas de allí no aceptaban mis operaciones. Nueva York estaba fuera de toda duda; no había ninguna funcionando en aquel entonces. Me dicen que en los años 90 Broad Street y New Street estaban llenas de ellas. Pero no había ninguna cuando las necesité para mi negocio. Así que, tras pensarlo un poco, decidí ir a San Luis. Había oído hablar de dos empresas allí que hacían un negocio enorme por todo el Medio Oeste. Sus beneficios debían de ser gigantescos. Tenían sucursales en docenas de ciudades. De hecho, me habían dicho que no había empresas en el Este que pudieran compararse con ellas en volumen de negocio. Funcionaban abiertamente y la mejor gente operaba allí sin remilgos. Un tipo incluso me dijo que el dueño de una de las empresas era vicepresidente de la Cámara de Comercio, pero eso no debió de ser en San Luis. En cualquier caso, allí es a donde fui con mis quinientos dólares para traer de vuelta un capital que usar como margen en la oficina de A. R. Fullerton & Co., miembros de la Bolsa de Nueva York.
Cuando llegué a San Luis fui al hotel, me aseé y salí a buscar las casas de apuestas. Una era la J. G. Dolan Company, y la otra era H. S. Teller & Co. Sabía que podía vencerlas. Iba a jugar con total seguridad: con cuidado y conservadoramente. Mi único temor era que alguien pudiera reconocerme y delatarme, porque las casas de apuestas de todo el país habían oído hablar del Joven Operador. Son como casas de juego y reciben todos los chismes del gremio.
Dolan estaba más cerca que Teller, y fui allí primero. Esperaba que me permitieran operar unos días antes de que me dijeran que llevara mis operaciones a otra parte. Entré. Era un lugar tremendamente grande y debía de haber al menos un par de cientos de personas mirando las cotizaciones. Me alegré, porque en tal multitud tenía más posibilidades de pasar desapercibido. Me quedé allí observando el tablero y examinándolos con atención hasta que elegí la acción para mi jugada inicial.
Miré a mi alrededor y vi al empleado de órdenes en la ventanilla donde uno deposita el dinero y obtiene su billete. Me estaba mirando, así que me acerqué a él y le pregunté: "¿Es aquí donde se opera con algodón y trigo?".
"Sí, muchacho", dice él.
"¿Puedo comprar acciones también?".
"Puedes si tienes el efectivo", dijo.
"Oh, eso lo tengo de sobra, de sobra", dije como un chico fanfarrón.
"¿Ah, sí, lo tienes?", dice él con una sonrisa.
"¿Cuántas acciones puedo comprar por cien dólares?", pregunté, como molesto.
"Cien; si tienes los cien".
"Tengo los cien. Sí; ¡y doscientos también!", le dije.
"¡Oh, vaya!", dijo.
"Simplemente cómpreme doscientas acciones", dije bruscamente.
"¿Doscientas de qué?", preguntó, serio ahora. Era un negocio.
Miré el tablero de nuevo como si adivinara con sabiduría y le dije: "Doscientas Omaha".
"¡Muy bien!", dijo. Tomó mi dinero, lo contó y escribió el billete.
"¿Cómo te llamas?", me preguntó, y le respondí: "Horace Kent".
Me dio el billete y me fui a sentar entre los clientes a esperar a que la suma creciera. Obtuve resultados rápidos y operé varias veces ese día. Al día siguiente también. En dos días gané dos mil ochocientos dólares, y esperaba que me dejaran terminar la semana. Al ritmo que iba, eso no estaría nada mal. Luego abordaría la otra casa, y si tenía suerte similar allí, volvería a Nueva York con un fajo con el que podría hacer algo.
En la mañana del tercer día, cuando fui a la ventanilla, como tímido, a comprar quinientas B.R.T., el empleado me dijo: "Oiga, Sr. Kent, el jefe quiere verle".
Supe que el juego se había acabado. Pero le pregunté: "¿Para qué quiere verme?".
"No lo sé".
"¿Dónde está?".
"En su oficina privada. Vaya por esa puerta". Y señaló una puerta.
Entré. Dolan estaba sentado en su escritorio. Se giró y dijo: "Siéntate, Livingston".
Señaló una silla. Mi última esperanza se desvaneció. No sé cómo descubrió quién era yo; quizás por el registro del hotel.
"¿Para qué quiere verme?", le pregunté.
"Escucha, chaval. No tengo nada contra ti, ¿entiendes? Nada en absoluto. ¿Entiendes?".
"No, no entiendo", dije.
Se levantó de su silla giratoria. Era un tipo enorme. Me dijo: "Solo ven aquí, Livingston, ¿quieres?", y caminó hacia la puerta. La abrió y luego señaló a los clientes en la gran sala.
"¿Los ves?", me preguntó.
"¿Ver qué?".
"Esos tipos. Echa un vistazo, chaval. ¡Hay trescientos! ¡Trescientos incautos! Ellos nos alimentan a mí y a mi familia. ¿Entiendes? ¡Trescientos incautos! Luego vienes tú, y en dos días ganas más de lo que yo saco de los trescientos en dos semanas. ¡Eso no es negocio, chaval, no para mí! No tengo nada contra ti. Te puedes quedar con lo que has ganado. Pero no más. ¡Aquí no hay nada para ti!".
"Pero si yo...".
"Eso es todo. Te vi entrar anteayer y no me gustó tu aspecto. Honestamente, no me gustó. Te identifiqué como un infiltrado. Llamé a ese idiota de ahí" —señaló al empleado culpable— "y le pregunté qué habías hecho; y cuando me lo contó le dije: 'No me gusta el aspecto de ese tipo. ¡Es un infiltrado!'. Y ese pedazo de queso dice: '¡Infiltrado un cuerno, jefe! Se llama Horace Kent y es un estudiante universitario que juega a parecer adulto. ¡Es de fiar!'. Bueno, le dejé hacer. Ese maldito me costó dos mil ochocientos dólares. No te los envidio, muchacho. Pero la caja fuerte está cerrada para ti".
"Mire...", empecé.
"Mire usted, Livingston", dijo. "He oído todo sobre ti. Gano mi dinero cubriendo las apuestas de los incautos, y tú no perteneces a este lugar. Intento ser un deportista y te puedes quedar con lo que nos has arrancado. Pero más de eso me convertiría en un incauto, ahora que sé quién eres. Así que, ¡lárgate, muchachito!".
Dejé el lugar de Dolan con mis dos mil ochocientos dólares de beneficio. El local de Teller estaba en la misma manzana. Había descubierto que Teller era un hombre muy rico que también regentaba un montón de salas de juego. Decidí ir a su casa de apuestas. Me preguntaba si sería prudente empezar moderadamente y subir hasta las mil acciones o empezar con una apuesta fuerte, bajo la teoría de que quizás no podría operar más de un día. Se dan cuenta muy rápido cuando pierden y yo quería comprar mil B.R.T. Estaba seguro de que podía sacar cuatro o cinco puntos de ellas. Pero si sospechaban o si demasiados clientes estaban comprados en esa acción, quizás no me dejarían operar en absoluto. Pensé que tal vez sería mejor dispersar mis operaciones al principio y empezar poco a poco.
No era un lugar tan grande como el de Dolan, pero el mobiliario era más elegante y evidentemente el público era de mejor clase. Esto me venía de perlas y decidí comprar mis mil B.R.T. Así que me acerqué a la ventanilla correspondiente y le dije al empleado: "Me gustaría comprar algunas B.R.T. ¿Cuál es el límite?".
"No hay límite", dijo el empleado. "Puedes comprar todas las que quieras, si tienes el dinero".
"Compre mil quinientas acciones", dije, y saqué mi fajo del bolsillo mientras el empleado empezaba a escribir el billete.
Entonces vi a un pelirrojo empujar a ese empleado lejos del mostrador. Se inclinó hacia adelante y me dijo: "Oye, Livingston, vuelve a casa de Dolan. No queremos tus negocios".
"Espere a que obtenga mi billete", dije. "Acabo de comprar algunas B.R.T.".
"No obtendrás ningún billete aquí", dijo. Para entonces otros empleados se habían puesto detrás de él y me miraban. "No vuelvas nunca aquí a operar. No aceptamos tus negocios. ¿Entendido?".
No tenía sentido enfadarse o intentar discutir, así que volví al hotel, pagué mi cuenta y tomé el primer tren de vuelta a Nueva York. Fue duro. Quería llevarme algo de dinero de verdad y ese Teller no me dejó hacer ni una sola operación.
Regresé a Nueva York, le pagué a Fullerton sus quinientos y empecé a operar de nuevo con el dinero de San Luis. Tuve rachas buenas y malas, pero lo hacía mejor que simplemente empatar. Después de todo, no tenía mucho que desaprender; solo comprender el hecho de que había más en el juego de la especulación bursátil de lo que había considerado antes de ir a operar a la oficina de Fullerton. Era como uno de esos aficionados a los acertijos, haciendo los crucigramas del suplemento dominical. No está satisfecho hasta que lo resuelve. Bueno, desde luego quería encontrar la solución a mi acertijo. Pensé que había terminado de operar en casas de apuestas. Pero estaba equivocado.
Un par de meses después de que volví a Nueva York, un viejo tipo entró en la oficina de Fullerton. Conocía a A. R. Alguien dijo que una vez habían sido dueños de una cuadra de caballos de carreras juntos. Estaba claro que había visto tiempos mejores. Me presentaron al viejo McDevitt. Le estaba contando a la concurrencia sobre un grupo de estafadores de hipódromos del Oeste que acababan de realizar una estafa en San Luis. El cerebro, dijo, era un dueño de sala de apuestas llamado Teller.
"¿Qué Teller?", le pregunté.
"Hi Teller; H. S. Teller".
"Conozco a ese pájaro", dije.
"No es bueno", dijo McDevitt.
"Es peor que eso", dije, "y tengo un pequeño asunto que resolver con él".
"¿En qué sentido?".
"La única forma en que puedo golpear a los pequeños deportistas es a través de su bolsillo. No puedo tocarlo en San Luis ahora mismo, pero algún día lo haré". Y le conté a McDevitt mi queja.
"Bueno", dice el viejo Mac, "intentó conectar aquí en Nueva York y no pudo, así que ha abierto un local en Hoboken. Se ha corrido la voz de que no hay límite en las apuestas y que el capital de la casa ha dejado al Peñón de Gibraltar como la sombra de una pulga bantam".
"¿Qué clase de lugar?", pensé que se refería a una sala de apuestas.
"Casa de apuestas", dijo McDevitt.
"¿Estás seguro de que está abierto?".
"Sí; he visto a varios tipos que me han contado sobre él".
"Eso es solo de oídas", dije. "¿Puedes averiguar positivamente si está funcionando, y también cuánto dinero dejarán realmente operar a un hombre?".
"Claro, muchacho", dijo McDevitt. "Iré yo mismo mañana por la mañana, y volveré y te lo diré".
Lo hizo. Parece que Teller ya estaba haciendo un gran negocio y aceptaría todo lo que pudiera conseguir. Esto fue un viernes. El mercado había estado subiendo toda esa semana —esto fue hace veinte años, recuerda— y era una apuesta segura que el informe bancario del sábado mostraría una gran disminución en la reserva de superávit. Eso daría la excusa convencional a los operadores de la gran sala para lanzarse sobre el mercado e intentar sacudir algunas de las cuentas débiles de las casas de corretaje. Habría las reacciones habituales en la última media hora de negociación, particularmente en las acciones en las que el público había estado más activo. Esas, por supuesto, también serían las mismas acciones en las que los clientes de Teller estarían más fuertemente comprados, y la casa podría alegrarse de ver algo de venta en corto en ellas. No hay nada tan agradable como atrapar a los incautos por ambos lados; y nada tan fácil, con márgenes de un punto.
Ese sábado por la mañana me fui corriendo a Hoboken al local de Teller. Habían instalado una gran sala de clientes con un tablero de cotizaciones de primera y un equipo completo de empleados y un policía especial de gris. Había unos veinticinco clientes.
Me puse a hablar con el gerente. Me preguntó qué podía hacer por mí y le dije que nada; que un tipo podía ganar mucho más dinero en el hipódromo debido a las cuotas y la libertad de apostar todo tu capital y ganar miles en minutos en lugar de estar picoteando por migajas en acciones y teniendo que esperar días, quizás. Empezó a decirme lo más seguro que era el juego de la bolsa, y cuánto ganaban algunos de sus clientes —hubieras jurado que era un corredor de bolsa legítimo que realmente compraba y vendía tus acciones en la Bolsa— y cómo si un hombre solo operara fuerte podría ganar lo suficiente para satisfacer a cualquiera. Debió de pensar que me dirigía a alguna sala de apuestas y quería un pedazo de mi capital antes de que los caballos lo mordisquearan, pues dijo que debería darme prisa ya que el mercado cerraba a las doce en punto los sábados. Eso me dejaría libre para dedicar toda la tarde a otras ocupaciones. Podría tener un capital mayor para llevar al hipódromo conmigo, si elegía las acciones correctas.
Puse cara de no creerle, y siguió dándome la tabarra. Estaba mirando el reloj. A las 11:15 dije: "Está bien", y empecé a darle órdenes de venta en varias acciones. Puse dos mil dólares en efectivo, y él estuvo muy contento de recibirlos. Me dijo que pensaba que ganaría mucho dinero y esperaba que viniera a menudo.
Sucedió tal como calculé. Los operadores martillearon las acciones en las que calcularon que descubrirían la mayoría de las órdenes de stop, y, efectivamente, los precios se deslizaron hacia abajo. Cerré mis operaciones justo antes del repunte de los últimos cinco minutos por la cobertura habitual de los operadores.
Me correspondían cinco mil cien dólares. Fui a cobrar.
"Me alegro de haberme pasado", le dije al gerente, y le entregué mis billetes.
"Oiga", me dice, "no puedo darle todo. No estaba buscando tal corrida. Lo tendré aquí para usted el lunes por la mañana, tan seguro como el demonio".
"Está bien. Pero primero me llevaré todo lo que tenga en la casa", dije.
"Tienes que dejarme pagar a los pequeños", dijo. "Te devolveré lo que pusiste, y cualquier cosa que sobre. Espera a que cobre los otros billetes". Así que esperé mientras pagaba a los ganadores. Oh, sabía que mi dinero estaba a salvo. Teller no se echaría atrás con la oficina haciendo tan buen negocio. Y si lo hacía, ¿qué más podía hacer yo mejor que llevarme todo lo que tenía allí mismo? Conseguí mis propios dos mil dólares y unos ochocientos dólares más, que era todo lo que tenía en la oficina. Le dije que estaría allí el lunes por la mañana. Juró que el dinero me estaría esperando.
Llegué a Hoboken un poco antes de las doce el lunes. Vi a un tipo hablando con el gerente al que había visto en la oficina de San Luis el día que Teller me dijo que volviera a Dolan. Supe al instante que el gerente había telegrafiado a la oficina central y que habían enviado a uno de sus hombres a investigar la historia. Los estafadores no confían en nadie.
"Vengo por el resto de mi dinero", le dije al gerente.
"¿Es este el hombre?", preguntó el tipo de San Luis.
"Sí", dijo el gerente, y sacó un fajo de billetes amarillos de su bolsillo.
"¡Espera!", le dijo el tipo de San Luis, y luego se vuelve hacia mí: "Oye, Livingston, ¿no te dijimos que no queríamos tus negocios?".
"Dame mi dinero primero", le dije al gerente, y él entregó dos miles, cuatro quinientos y tres cientos.
"¿Qué has dicho?", le dije a San Luis.
"Te dijimos que no queríamos que operaras en nuestro local".
"Sí", dije; "por eso vine".
"Bueno, no vengas más. ¡Mantente alejado!", me gruñó. El policía privado de gris se acercó, como casualmente. San Luis sacudió el puño ante el gerente y gritó: "Deberías haber sabido, idiota, que no debías dejar que este tipo se metiera contigo. Es Livingston. Tenías tus órdenes".
"Escucha, tú", le dije al hombre de San Luis. "Esto no es San Luis. No puedes hacer ninguna jugarreta aquí, como hizo tu jefe con Belfast Boy".
"¡Aléjate de esta oficina! ¡No puedes operar aquí!", grita.
"Si yo no puedo operar aquí, nadie más lo hará", le dije. "No puedes salirte con la tuya con ese tipo de cosas aquí".
Bueno, San Luis cambió su tono de inmediato.
"Mira, viejo", dijo, todo alterado, "haznos un favor. ¡Sé razonable! Sabes que no podemos soportar esto todos los días. El viejo va a ponerse hecho una furia cuando se entere de quién era. ¡Ten corazón, Livingston!".
"Iré suave", prometí.
"Escucha a la razón, ¿no? ¡Por el amor de Dios, mantente alejado! Danos la oportunidad de tener un buen comienzo. Somos nuevos aquí. ¿Lo harás?".
"No quiero que ocurra nada de este negocio de aires de grandeza la próxima vez que venga", dije, y lo dejé hablando con el gerente al ritmo de un millón por minuto. Había sacado algo de dinero de ellos por la forma en que me trataron en San Luis. No tenía sentido que me calentara o intentara cerrarlos. Volví a la oficina de Fullerton y le conté a McDevitt lo que había pasado. Luego le dije que si le parecía bien, me gustaría que fuera al local de Teller y empezara a operar en lotes de veinte o treinta acciones, para que se acostumbraran a él. Entonces, en el momento en que viera una buena oportunidad para hacer una gran limpieza, lo llamaría por teléfono y podría apostar fuerte.
Le di mil dólares a McDevitt y fue a Hoboken e hizo lo que le dije. Se convirtió en uno de los habituales. Entonces, un día en que creí ver una ruptura inminente, le di la palabra a Mac y vendió todo lo que le dejaron. Ese día limpié dos mil ochocientos dólares, después de darle a Mac su parte y pagar los gastos, y sospecho que Mac hizo una pequeña apuesta propia además. Menos de un mes después de eso, Teller cerró su sucursal de Hoboken. La policía se puso manos a la obra. Y, de todos modos, no salió a cuenta, aunque solo operé dos veces. Nos topamos con un mercado alcista loco donde las acciones no reaccionaron lo suficiente como para borrar ni siquiera los márgenes de un punto, y, por supuesto, todos los clientes eran alcistas y ganaban y acumulaban. No dejaron de quebrar casas de apuestas por todo el país.
Su juego ha cambiado. Operar en la casa de apuestas a la antigua usanza tenía algunas ventajas decididas sobre especular en la oficina de un corredor de bolsa de renombre. Por un lado, el cierre automático de tu operación cuando el margen alcanzaba el punto de agotamiento era la mejor clase de orden de stop-loss. No podías ser estafado por más de lo que habías depositado y no había peligro de una ejecución podrida de órdenes, etcétera. En Nueva York, las casas nunca fueron tan liberales con sus clientes como he oído que eran en el Oeste. Aquí solían limitar el beneficio posible en ciertas acciones de tipo "fútbol" a dos puntos. Sugar y Tennessee Coal and Iron estaban entre ellas. No importaba si se movían diez puntos en diez minutos, solo podías ganar dos en un billete. Calculaban que, de lo contrario, el cliente obtenía probabilidades demasiado grandes; se arriesgaba a perder un dólar y a ganar diez. Y luego había momentos en que todas las casas, incluidas las más grandes, se negaban a aceptar órdenes sobre ciertas acciones. En 1900, el día antes del día de las elecciones, cuando era una conclusión inevitable que McKinley ganaría, ni una sola casa en el país dejó que sus clientes compraran acciones. Las probabilidades electorales eran de 3 a 1 a favor de McKinley. Al comprar acciones el lunes, podías ganar de tres a seis puntos o más. Un hombre podía apostar por Bryan y comprar acciones y hacer dinero seguro. Las casas de apuestas rechazaron órdenes durante todo ese día.
Si no hubiera sido porque se negaron a aceptar mis operaciones, nunca habría dejado de negociar con ellos. Y entonces nunca habría aprendido que el juego de la especulación bursátil conlleva mucho más que jugar a las fluctuaciones de unos pocos puntos.
III
A un hombre le lleva mucho tiempo aprender todas las lecciones de todos sus errores. Dicen que hay dos caras en todo. Pero en el mercado de valores solo hay una cara; y no es la cara alcista ni la bajista, sino la cara correcta. Me llevó más tiempo fijar firmemente ese principio general en mi mente que la mayoría de las fases más técnicas del juego de la especulación bursátil.
He oído hablar de personas que se divierten realizando operaciones imaginarias en el mercado de valores para demostrar con dólares imaginarios lo acertados que están. A veces estos jugadores fantasmas ganan millones. Es muy fácil ser un apostador de esa manera. Es como la vieja historia del hombre que iba a batirse en duelo al día siguiente.
Su padrino le preguntó: «¿Eres buen tirador?».
«Bueno —dijo el duelista—, puedo romper el tallo de una copa de vino a veinte pasos», y parecía modesto.
«Eso está muy bien —dijo el impasible padrino—. Pero, ¿puedes romper el tallo de la copa de vino mientras la copa te apunta con una pistola cargada directamente al corazón?».
En mi caso, debo respaldar mis opiniones con mi dinero. Mis pérdidas me han enseñado que no debo empezar a avanzar hasta que esté seguro de que no tendré que retroceder. Pero si no puedo avanzar, no me muevo en absoluto. No quiero decir con esto que un hombre no deba limitar sus pérdidas cuando se equivoca. Debe hacerlo. Pero eso no debería engendrar indecisión. Toda mi vida he cometido errores, pero al perder dinero he ganado experiencia y acumulado un montón de valiosos «no hagas esto». Me he quedado en la ruina varias veces, pero mi pérdida nunca ha sido total. De lo contrario, no estaría aquí ahora. Siempre supe que tendría otra oportunidad y que no cometería el mismo error por segunda vez. Creía en mí mismo.
Un hombre debe creer en sí mismo y en su juicio si espera ganarse la vida con este juego. Por eso no creo en los consejos. Si compro acciones por el consejo de Smith, debo vender esas mismas acciones por el consejo de Smith. Dependo de él. ¿Qué pasa si Smith está de vacaciones cuando llega el momento de vender? No, señor, nadie puede ganar mucho dinero haciendo lo que otro le dice que haga. Sé por experiencia que nadie puede darme un consejo o una serie de consejos que me hagan ganar más dinero que mi propio juicio. Me tomó cinco años aprender a jugar el juego con la suficiente inteligencia como para ganar mucho dinero cuando tenía razón.
No tuve tantas experiencias interesantes como se podría imaginar. Quiero decir, el proceso de aprender a especular no parece muy dramático a esta distancia. Me arruiné varias veces, y eso nunca es agradable, pero la forma en que perdí dinero es la forma en que pierde dinero todo el mundo que pierde dinero en Wall Street. La especulación es un negocio duro y exigente, y un especulador debe estar al pie del cañón todo el tiempo o pronto no tendrá ningún cañón en el que estar.
Mi tarea, como debería haber sabido después de mis primeros reveses en Fullerton’s, era muy sencilla: mirar la especulación desde otro ángulo. Pero no sabía que el juego tenía mucho más de lo que yo podía aprender en los bucket shops. Allí pensaba que estaba ganando al juego cuando, en realidad, solo estaba ganando al establecimiento. Al mismo tiempo, la capacidad de lectura de la cinta que el comercio en los bucket shops desarrolló en mí y el entrenamiento de mi memoria han sido extremadamente valiosos. Ambas cosas me resultaron fáciles. Debo mi éxito inicial como operador a ellas y no a mi cerebro o a mis conocimientos, porque mi mente estaba sin entrenar y mi ignorancia era colosal. El juego me enseñó el juego. Y no escatimó en la vara mientras enseñaba.
Recuerdo mi primer día en Nueva York. Les conté cómo los bucket shops, al negarse a aceptar mis operaciones, me llevaron a buscar una casa de corretaje de buena reputación. Uno de los muchachos de la oficina donde conseguí mi primer trabajo estaba trabajando para Harding Brothers, miembros de la Bolsa de Nueva York. Llegué a esta ciudad por la mañana, y antes de la una de ese mismo día había abierto una cuenta con la firma y estaba listo para operar.
No les expliqué lo natural que era para mí operar allí exactamente como lo había hecho en los bucket shops, donde lo único que hacía era apostar a las fluctuaciones y aprovechar cambios pequeños pero seguros en los precios. Nadie se ofreció a señalar las diferencias esenciales ni a corregirme. Si alguien me hubiera dicho que mi método no funcionaría, de todos modos lo habría probado para asegurarme por mí mismo, porque cuando me equivoco solo una cosa me convence de ello, y es perder dinero. Y solo tengo razón cuando gano dinero. Eso es especular.
Tenían tiempos bastante animados en aquellos días y el mercado estaba muy activo. Eso siempre anima a uno. Me sentí como en casa de inmediato. Allí estaba el viejo y familiar tablero de cotizaciones frente a mí, hablando un lenguaje que había aprendido antes de cumplir los quince años. Había un chico haciendo exactamente lo mismo que yo solía hacer en la primera oficina en la que trabajé. Estaban los clientes —el mismo grupo de siempre— mirando el tablero o parados junto al teletipo gritando los precios y hablando del mercado. La maquinaria era, en apariencia, la misma maquinaria a la que yo estaba acostumbrado. El ambiente era el ambiente que había respirado desde que gané mi primer dinero en el mercado de valores: 3,12 dólares en Burlington. El mismo tipo de teletipo y el mismo tipo de operadores, por lo tanto, el mismo tipo de juego. Y recuerden, solo tenía veintidós años. Supongo que pensaba que conocía el juego de la A a la Z. ¿Por qué no habría de ser así?
Observé el tablero y vi algo que me pareció bueno. Se estaba comportando bien. Compré cien a 84. Salí a 85 en menos de media hora. Luego vi otra cosa que me gustó, e hice lo mismo; obtuve tres cuartos de punto neto en muy poco tiempo. Empecé bien, ¿verdad?
Ahora noten esto: en ese, mi primer día como cliente de una casa de Bolsa de buena reputación, y solo dos horas de él, operé con mil cien acciones, entrando y saliendo. Y el resultado neto de las operaciones del día fue que perdí exactamente mil cien dólares. Es decir, en mi primer intento, casi la mitad de mi apuesta se fue por el desagüe. Y recuerden, algunas de las operaciones me mostraron una ganancia. Pero terminé el día con mil cien dólares menos.
No me preocupó, porque no podía ver qué había de malo en mí. Mis movimientos, además, eran lo suficientemente correctos, y si hubiera estado operando en la vieja tienda Cosmopolitan habría terminado mejor que empatado. Que la máquina no era como debía ser, mis mil cien dólares desaparecidos me lo dijeron claramente. Pero mientras el maquinista estuviera bien, no había necesidad de preocuparse. La ignorancia a los veintidós años no es un defecto estructural.
Después de unos días me dije: «No puedo operar de esta manera aquí. ¡El teletipo no ayuda como debería!». Pero lo dejé pasar sin llegar al fondo del asunto. Seguí así, teniendo días buenos y días malos, hasta que me quedé sin nada. Fui a ver al viejo Fullerton y conseguí que me prestara quinientos dólares. Y regresé de San Luis, como les dije, con dinero que saqué de los bucket shops de allí... un juego al que siempre podía ganar.
Jugué con más cuidado y me fue mejor durante un tiempo. Tan pronto como estuve en una situación desahogada, comencé a vivir bastante bien. Hice amigos y me divertí. No tenía ni veintitrés años, recuerden; estaba solo en Nueva York con dinero fácil en los bolsillos y la convicción en mi corazón de que estaba empezando a entender la nueva máquina.
Estaba haciendo concesiones para la ejecución real de mis órdenes en el parqué de la Bolsa, y moviéndome con más cautela. Pero seguía aferrado a la cinta; es decir, seguía ignorando los principios generales; y mientras hiciera eso, no podría detectar el problema exacto de mi juego.
Nos topamos con el gran auge de 1901 y gané mucho dinero; es decir, para un chico. ¿Recuerdan aquellos tiempos? La prosperidad del país no tenía precedentes. No solo entramos en una era de consolidaciones industriales y combinaciones de capital que superaban todo lo que habíamos tenido hasta entonces, sino que el público se volvió loco por las acciones. En épocas de bonanza anteriores, he oído decir, Wall Street solía presumir de días de doscientas cincuenta mil acciones, cuando valores con un valor nominal de veinticinco millones de dólares cambiaban de manos. Pero en 1901 tuvimos un día de tres millones de acciones. Todo el mundo estaba ganando dinero. La multitud del acero llegó a la ciudad, una horda de millonarios sin más respeto por el dinero que marineros borrachos. El único juego que los satisfacía era el mercado de valores. Tuvimos algunos de los jugadores más grandes que jamás haya visto la calle: John W. Gates, de la fama de «apuesto un millón», y sus amigos, como John A. Drake, Loyal Smith y el resto; el grupo Reid-Leeds-Moore, que vendió parte de sus participaciones en acero y con las ganancias compró en el mercado abierto la mayoría real de las acciones del gran sistema Rock Island; y Schwab, Frick, Phipps y la camarilla de Pittsburgh; por no mencionar a decenas de hombres que se perdieron en la confusión pero que habrían sido llamados grandes apostadores en cualquier otro momento. Un tipo podía comprar y vender todas las acciones que hubiera. Keene creó un mercado para las acciones de U.S. Steel. Un corredor vendió cien mil acciones en pocos minutos. ¡Un tiempo maravilloso! Y hubo algunas ganancias maravillosas. ¡Y ningún impuesto que pagar por las ventas de acciones! Y ningún día de ajuste de cuentas a la vista.
Por supuesto, después de un tiempo, escuché muchos lamentos de calamidad y los veteranos dijeron que todo el mundo, excepto ellos, se había vuelto loco. Pero todo el mundo, excepto ellos, estaba ganando dinero. Sabía, por supuesto, que debía haber un límite a las subidas y un final a la compra loca de C.C.T. —Cualquier Cosa Tonta— y me volví bajista. Pero cada vez que vendía, perdía dinero, y si no hubiera sido porque salí muy rápido, habría perdido mucho más. Busqué una ruptura, pero estaba jugando sobre seguro —ganando dinero cuando compraba y perdiendo un poco cuando vendía al descubierto—, por lo que no estaba aprovechando el auge tanto como se podría pensar si se considera lo mucho que solía operar, incluso cuando era un niño.
Había una acción de la que no estaba en corto, y era Northern Pacific. Mi lectura de la cinta resultó útil. Pensé que la mayoría de las acciones habían sido compradas hasta un punto muerto, pero Little Nipper se comportaba como si fuera a subir aún más. Sabemos ahora que tanto las acciones ordinarias como las preferentes estaban siendo absorbidas constantemente por la combinación Kuhn-Loeb-Harriman. Bueno, tenía mil acciones ordinarias de Northern Pacific, y las mantuve contra el consejo de todos en la oficina. Cuando llegó a unos 110, tuve treinta puntos de ganancia, y los atrapé. Eso hizo que mi saldo en mis corredores fuera de casi cincuenta mil dólares, la mayor cantidad de dinero que había podido acumular hasta ese momento. No estaba tan mal para un tipo que había perdido hasta el último centavo operando en esa misma oficina unos meses antes.
Si recuerdan, el grupo Harriman notificó a Morgan y Hill de su intención de estar representados en la combinación Burlington-Great Northern-Northern Pacific, y entonces la gente de Morgan primero instruyó a Keene para comprar cincuenta mil acciones de N.P. para mantener el control en su posesión. He oído que Keene le dijo a Robert Bacon que hiciera la orden por ciento cincuenta mil acciones y los banqueros lo hicieron. En cualquier caso, Keene envió a uno de sus corredores, Eddie Norton, al grupo de N.P. y compró cien mil acciones. A esto le siguió otra orden, creo, de cincuenta mil acciones adicionales, y siguió el famoso rincón. Después de que el mercado cerró el 8 de mayo de 1901, todo el mundo sabía que una batalla de gigantes financieros estaba en marcha. Ninguna combinación de capital de tal magnitud se había opuesto jamás en este país. Harriman contra Morgan; una fuerza irresistible encontrándose con un objeto inamovible.
Allí estaba yo en la mañana del nueve de mayo con casi cincuenta mil dólares en efectivo y ninguna acción. Como les dije, había sido muy bajista durante algunos días, y esta era mi oportunidad al fin. Sabía lo que sucedería: una ruptura terrible y luego algunas ofertas maravillosas. Habría una recuperación rápida y grandes ganancias para aquellos que hubieran recogido las ofertas. No se necesitaba a Sherlock Holmes para calcular esto. Íbamos a tener la oportunidad de atraparlos al venir y al ir, no solo por mucho dinero sino por dinero seguro.
Todo sucedió como había previsto. ¡Tenía toda la razón y perdí cada centavo que tenía! Fui aniquilado por algo inusual. Si lo inusual nunca sucediera, no habría diferencia entre las personas y entonces no habría diversión en la vida. El juego se convertiría simplemente en una cuestión de suma y resta. Nos convertiría en una raza de contables con mentes laboriosas. Es el adivinar lo que desarrolla el poder cerebral de un hombre. Solo consideren lo que tienen que hacer para adivinar correctamente.
El mercado realmente hirvió, como había esperado. Las transacciones fueron enormes y las fluctuaciones de una magnitud sin precedentes. Puse muchas órdenes de venta al mercado. Cuando vi los precios de apertura tuve un ataque, las rupturas fueron tan terribles. Mis corredores estaban en el trabajo. Eran tan competentes y concienzudos como cualquiera; pero para cuando ejecutaron mis órdenes, las acciones habían caído veinte puntos más. La cinta estaba muy por detrás del mercado y los informes tardaban en llegar debido a la terrible prisa de los negocios. Cuando descubrí que las acciones que había ordenado vender cuando la cinta decía que el precio era, digamos, 100 y las vendieron a 80, lo que supuso un descenso total de treinta o cuarenta puntos desde el cierre de la noche anterior, me pareció que estaba vendiendo al descubierto a un nivel que convertía a las acciones que vendí en las mismas ofertas que había planeado comprar. El mercado no iba a caer directamente hasta China. Así que decidí al instante cubrir mis posiciones cortas y comprar.
Mis corredores compraron; no al nivel que me había hecho cambiar de opinión, sino a los precios vigentes en la Bolsa cuando su operador de piso recibió mis órdenes. Pagaron un promedio de quince puntos más de lo que había calculado. Una pérdida de treinta y cinco puntos en un día era más de lo que cualquiera podía soportar.
El teletipo me ganó al quedarse tan atrás del mercado. Estaba acostumbrado a considerar la cinta como la mejor pequeña amiga que tenía porque apostaba según lo que me decía. Pero esta vez la cinta me traicionó. La divergencia entre los precios impresos y los reales me deshizo. Fue la sublimación de mi fracaso anterior, la misma cosa que me había derrotado antes. Parece tan obvio ahora que la lectura de la cinta no es suficiente, independientemente de la ejecución de los corredores, que me pregunto por qué no vi entonces tanto mi problema como el remedio para él.
Hice algo peor que no verlo; seguí operando, entrando y saliendo, sin importar la ejecución. Verán, nunca pude operar con un límite. Debo arriesgarme con el mercado. Eso es lo que estoy tratando de vencer: el mercado, no el precio en particular. Cuando creo que debo vender, vendo. Cuando creo que las acciones subirán, compro. Mi adhesión a ese principio general de especulación me salvó. Haber operado a precios limitados simplemente habría sido mi viejo método de bucket shop adaptado ineficientemente para su uso en la oficina de un corredor de comisión de buena reputación. Nunca habría aprendido a saber qué es la especulación bursátil, sino que habría seguido apostando a lo que una experiencia limitada me decía que era una apuesta segura.
Cada vez que intentaba limitar los precios para minimizar las desventajas de operar al mercado cuando el teletipo se retrasaba, simplemente encontraba que el mercado se me escapaba. Esto sucedía tan a menudo que dejé de intentarlo. No puedo decirles cómo es que me tomó tantos años aprender que, en lugar de hacer apuestas mediocres sobre cuáles serían las siguientes cotizaciones, mi juego consistía en anticipar lo que iba a suceder a gran escala.
Después de mi percance del nueve de mayo, seguí adelante, usando un método modificado pero aún defectuoso. Si no hubiera ganado dinero algunas veces, podría haber adquirido sabiduría de mercado más rápido. Pero estaba ganando lo suficiente como para permitirme vivir bien. Me gustaban los amigos y la diversión. Vivía en la costa de Jersey ese verano, como cientos de hombres prósperos de Wall Street. Mis ganancias no eran suficientes para compensar mis pérdidas y mis gastos de manutención.
No seguí operando como lo hice por terquedad. Simplemente no era capaz de plantearme mi propio problema y, por supuesto, era totalmente inútil intentar resolverlo. Insisto tanto en este tema para mostrar por lo que tuve que pasar antes de llegar al punto en que realmente podía ganar dinero. Mi vieja escopeta y los perdigones de plomo no podían hacer el trabajo de un rifle de repetición de alta potencia contra la caza mayor.
A principios de ese otoño, no solo estaba arruinado de nuevo, sino que estaba tan harto del juego que ya no podía vencer, que decidí dejar Nueva York y probar otra cosa en otro lugar. Había estado operando desde mis catorce años. Había ganado mis primeros mil dólares cuando era un niño de quince, y mis primeros diez mil antes de los veintiuno. Había ganado y perdido una apuesta de diez mil dólares más de una vez. En Nueva York había ganado miles y los había perdido. Llegué a cincuenta mil dólares y dos días después se fueron. No tenía otro negocio y no conocía otro juego. Después de varios años estaba donde empecé. No... peor, porque había adquirido hábitos y un estilo de vida que requerían dinero; aunque esa parte no me molestaba tanto como estar equivocado tan consistentemente.
IV
Bueno, me fui a casa. Pero en el momento en que estuve de vuelta supe que solo tenía una misión en la vida y era conseguir una apuesta y volver a Wall Street. Ese era el único lugar en el país donde podía operar fuertemente. Algún día, cuando mi juego estuviera bien, necesitaría un lugar así. Cuando un hombre tiene razón, quiere obtener todo lo que le corresponde por tener razón.
No tenía muchas esperanzas, pero, por supuesto, intenté entrar en los bucket shops de nuevo. Había menos de ellos y algunos eran dirigidos por desconocidos. Los que me recordaban no me daban la oportunidad de demostrarles si había vuelto como operador o no. Les dije la verdad, que había perdido en Nueva York lo que había ganado en casa; que no sabía tanto como solía pensar; y que no había ninguna razón por la que ahora no fuera un buen negocio para ellos dejarme operar con ellos. Pero no quisieron. Y los nuevos lugares no eran fiables. Sus dueños pensaban que veinte acciones eran tanto como un caballero debería comprar si tenía alguna razón para sospechar que iba a adivinar correctamente.
Necesitaba el dinero y las tiendas más grandes estaban recibiendo mucho de sus clientes habituales. Hice que un amigo mío entrara en cierta oficina a operar. Yo simplemente entré paseando para observarlos. Intenté de nuevo convencer al empleado de órdenes para que aceptara un pequeño pedido, aunque solo fueran cincuenta acciones. Por supuesto, dijo que no. Había preparado un código con este amigo para que comprara o vendiera cuándo y qué yo le dijera. Pero eso solo me reportaba calderilla. Entonces la oficina empezó a quejarse de aceptar las órdenes de mi amigo. Finalmente, un día intentó vender cien St. Paul y le cortaron el paso.
Supimos después que uno de los clientes nos vio hablando juntos afuera, entró y se lo dijo a la oficina, y cuando mi amigo se acercó al empleado de órdenes para vender esas cien St. Paul, el tipo dijo:
—No aceptamos órdenes de venta en St. Paul, y menos de ti.
—¿Por qué, qué pasa, Joe? —preguntó mi amigo.
—No hay nada que hacer, eso es todo —respondió Joe.
—¿No es bueno ese dinero? Míralo. Está todo ahí. —Y mi amigo le pasó los cien —mis cien— en billetes de diez. Intentó parecer indignado y yo estaba intentando parecer despreocupado; pero la mayoría de los otros clientes se estaban acercando a los contendientes, como siempre hacían cuando había una discusión a gritos o la más mínima apariencia de pelea entre la tienda y algún cliente. Querían tantear los méritos del caso para poder tantear la solvencia del establecimiento.
El empleado, Joe, que era una especie de subgerente, salió de detrás de su jaula, caminó hacia mi amigo, lo miró y luego me miró a mí.
—Es curioso —dijo lentamente—, es condenadamente curioso que nunca hagas ni una sola cosa aquí cuando tu amigo Livingston no está cerca. Simplemente te sientas y miras la pizarra durante horas. Ni un pío. Pero después de que él entra, de repente te pones a trabajar. Quizás estés actuando por tu cuenta; pero no en esta oficina nunca más. No nos tragamos que Livingston te esté dando los datos.
Bueno, eso acabó con el dinero que sacaba de la pizarra. Pero había ganado unos pocos cientos más de los que había gastado y me preguntaba cómo podría usarlos, pues la necesidad de ganar suficiente dinero para volver a Nueva York era más urgente que nunca. Sentí que lo haría mejor la próxima vez. Había tenido tiempo de pensar con calma en algunas de mis jugadas insensatas; y además, uno puede ver el conjunto mejor cuando lo ve desde un poco de distancia. El problema inmediato era conseguir el nuevo capital.
Un día estaba en el vestíbulo de un hotel, hablando con unos tipos que conocía, que eran operadores bastante constantes. Todo el mundo hablaba del mercado de valores. Hice el comentario de que nadie podía vencer al juego debido a la pésima ejecución que obtenía de sus corredores, especialmente cuando operaba a precio de mercado, como yo.
Un tipo intervino y me preguntó a qué corredores me refería en particular.
Dije: "A los mejores del país", y él preguntó quiénes podrían ser esos. Pude ver que no iba a creer que yo tratara alguna vez con casas de primera clase.
Pero dije: "Me refiero a cualquier miembro de la Bolsa de Nueva York. No es que sean deshonestos o descuidados, pero cuando un hombre da una orden de comprar a precio de mercado, nunca sabe lo que le va a costar esa acción hasta que recibe un informe de los corredores. Hay más movimientos de uno o dos puntos que de diez o quince. Pero el operador externo no puede atrapar las pequeñas subidas o bajadas debido a la ejecución. Preferiría operar en una bucket shop cualquier día de la semana, si tan solo dejaran a uno operar en grande".
Al hombre que me había hablado no lo había visto nunca antes. Su nombre era Roberts. Parecía muy bien dispuesto. Me llevó aparte y me preguntó si alguna vez había operado en alguna de las otras bolsas, y dije que no. Dijo que conocía algunas casas que eran miembros de la Bolsa de Algodón y de la Bolsa de Productos y de las bolsas de valores más pequeñas. Estas firmas eran muy cuidadosas y prestaban especial atención a la ejecución. Dijo que tenían conexiones confidenciales con las casas más grandes y astutas de la Bolsa de Nueva York y, a través de sus influencias personales y garantizando un volumen de negocios de cientos de miles de acciones al mes, obtenían un servicio mucho mejor del que podría obtener un cliente individual.
—Realmente se ocupan del pequeño cliente —dijo—. Se especializan en negocios de fuera de la ciudad y se toman tantas molestias con una orden de diez acciones como con una de diez mil. Son muy competentes y honestos.
—Sí. Pero si pagan a la casa de la Bolsa la comisión regular de un octavo, ¿dónde ganan ellos?
—Bueno, se supone que deben pagar el octavo. Pero... ¡ya sabes! —Me guiñó un ojo.
—Sí —dije—. Pero lo único que una firma de la Bolsa no hará es dividir las comisiones. Los gobernadores preferirían que un miembro cometiera asesinato, incendio provocado y bigamia antes que hacer negocios para terceros por menos de un octavo reglamentario. La propia vida de la Bolsa de Valores depende de que no violen esa única regla.
Debió de ver que yo había hablado con gente de la Bolsa, pues dijo: "¡Escucha! De vez en cuando, una de esas piadosas casas de la Bolsa es suspendida por un año por violar esa regla, ¿no es así? Hay formas y formas de hacer devoluciones para que nadie pueda chillar". Probablemente vio incredulidad en mi rostro, porque continuó: "Y además, en ciertos tipos de negocios, nosotros... quiero decir, estas casas de cable, cobramos un treintaidosavo extra, además de la comisión del octavo. Son muy amables al respecto. Nunca cobran la comisión extra excepto en casos inusuales, y solo si el cliente tiene una cuenta inactiva. No les saldría a cuenta, ya sabes, de otra manera. No están en el negocio exclusivamente por su salud".
Para entonces sabía que estaba captando clientes para unos corredores falsos.
—¿Conoces alguna casa confiable de ese tipo? —le pregunté.
—Conozco la firma de corretaje más grande de los Estados Unidos —dijo—. Yo mismo opero allí. Tienen sucursales en setenta y ocho ciudades de los Estados Unidos y Canadá. Hacen un negocio enorme. Y no podrían hacerlo año tras año si no fueran estrictamente legales, ¿verdad?
—Ciertamente no —acordé—. ¿Operan con las mismas acciones que se negocian en la Bolsa de Nueva York?
—Por supuesto; y en el mercado paralelo y en cualquier otra bolsa de este país, o de Europa. Negocian en trigo, algodón, provisiones; cualquier cosa que desees. Tienen corresponsales en todas partes y membresías en todas las bolsas, ya sea a su propio nombre o discretamente.
Ya lo sabía para entonces, pero pensé en seguirle el juego.
—Sí —dije—, pero eso no altera el hecho de que las órdenes tienen que ser ejecutadas por alguien, y nadie vivo puede garantizar cómo estará el mercado o qué tan cerca están los precios del teletipo de los precios reales en el piso de la Bolsa. Para cuando un hombre obtiene la cotización aquí y entrega una orden y se telegrafía a Nueva York, se ha perdido un tiempo valioso. Mejor sería volver a Nueva York y perder mi dinero allí en compañía respetable.
—No sé nada sobre perder dinero; nuestros clientes no adquieren ese hábito. Ellos ganan dinero. Nosotros nos encargamos de eso.
—¿Sus clientes?
—Bueno, tengo un interés en la firma, y si puedo dirigirles algo de negocio lo hago porque siempre me han tratado bien y he ganado una buena cantidad de dinero a través de ellos. Si lo deseas, te presentaré al gerente.
—¿Cuál es el nombre de la firma? —le pregunté.
Me lo dijo. Había oído hablar de ellos. Ponían anuncios en todos los periódicos, llamando la atención sobre los grandes beneficios obtenidos por aquellos clientes que seguían su información privilegiada sobre acciones activas. Esa era la gran especialidad de la firma. No eran una bucket shop corriente, sino bucketeers, presuntos corredores que acumulaban sus órdenes pero que, sin embargo, realizaban un elaborado camuflaje para convencer al mundo de que eran corredores regulares dedicados a un negocio legítimo. Eran una de las más antiguas de esa clase de firmas.
Eran el prototipo en aquel momento del mismo tipo de corredores que quebraron este año por docenas. Los principios generales y los métodos eran los mismos, aunque los dispositivos particulares para desplumar al público diferían algo, habiéndose cambiado ciertos detalles cuando los viejos trucos se volvieron demasiado conocidos.
Esta gente solía enviar pistas para comprar o vender una determinada acción: cientos de telegramas aconsejando la compra instantánea de una determinada acción y cientos recomendando a otros clientes vender la misma acción, según el viejo plan de los pronosticadores de carreras. Entonces llegaban las órdenes de compra y venta. La firma compraba y vendía, digamos, mil de esa acción a través de una firma de la Bolsa de Valores de buena reputación y obtenía un informe regular al respecto. Este informe se lo mostraban a cualquier incrédulo que fuera lo suficientemente descortés como para hablar de acumular las órdenes de los clientes.
También solían formar fondos discrecionales en la oficina y, como un gran favor, permitían a sus clientes autorizarlos, por escrito, para operar con el dinero del cliente y en nombre del cliente, como ellos consideraran mejor según su juicio. De esa manera, el cliente más quisquilloso no tenía recurso legal cuando el dinero desaparecía. Hacían subir una acción, sobre el papel, e introducían a los clientes, y luego ejecutaban uno de los ataques de la vieja escuela de las bucket shops y borraban cientos de márgenes mínimos. No perdonaban a nadie, siendo las mujeres, los maestros de escuela y los ancianos su mejor apuesta.
—Estoy harto de todos los corredores —le dije al captador—. Tendré que pensarlo —y lo dejé para que no me hablara más.
Pregunté por esta firma. Me enteré de que tenían cientos de clientes y, aunque había las historias habituales, no encontré ningún caso de un cliente que no obtuviera su dinero de ellos si ganaba algo. La dificultad estaba en encontrar a alguien que hubiera ganado alguna vez en esa oficina; pero lo encontré. Las cosas parecían irles bien en ese momento, y eso significaba que probablemente no se negarían a pagar si una operación les salía en contra. Por supuesto, la mayoría de los establecimientos de ese tipo terminan quebrando. Hay momentos en que hay epidemias regulares de bancarrotas por bucketeering, como las corridas bancarias a la antigua usanza sobre varios bancos después de que uno de ellos quiebra. Los clientes de los otros se asustan y corren a retirar su dinero. Pero hay muchos dueños de bucket shops retirados en este país.
Bueno, no escuché nada alarmante sobre la firma del captador, excepto que estaban ahí para enriquecerse, por encima de todo, y que no siempre decían la verdad. Su especialidad era esquilmar a los incautos que querían hacerse ricos rápidamente. Pero siempre pedían permiso a sus clientes, por escrito, para quitarles sus ahorros.
Un tipo que conocí sí me contó una historia sobre ver salir seiscientos telegramas un día aconsejando a los clientes que se subieran a una determinada acción y seiscientos telegramas a otros clientes instándoles encarecidamente a vender esa misma acción, de inmediato.
—Sí, conozco el truco —le dije al tipo que me lo contaba.
—Sí —dijo—. Pero al día siguiente enviaron telegramas a las mismas personas aconsejándoles cerrar su interés en todo y comprar —o vender— otra acción. Le pregunté al socio principal, que estaba en la oficina: "¿Por qué haces eso? La primera parte la entiendo. Algunos de tus clientes están destinados a ganar dinero sobre el papel durante un tiempo, incluso si ellos y los demás finalmente pierden. Pero al enviar telegramas como este simplemente los matas a todos. ¿Cuál es la gran idea?".
"Bueno —dijo—, los clientes están destinados a perder su dinero de todos modos, sin importar lo que compren, o cómo, o dónde o cuándo. Cuando pierden su dinero pierdo a los clientes. Bueno, más vale que obtenga la mayor cantidad posible de su dinero, y luego buscar una nueva cosecha".
Bueno, admito francamente que no me preocupaba la ética empresarial de la firma. Les dije que me sentía molesto con el establecimiento Teller y cómo me alegraba vengarme de ellos. Pero no tenía tal sentimiento sobre esta firma. Podrían ser unos sinvergüenzas o podrían no ser tan negros como los pintaban. No pretendía dejar que hicieran ninguna operación por mí, ni seguir sus consejos ni creer sus mentiras. Mi única preocupación era reunir un capital y regresar a Nueva York para operar con cantidades justas en una oficina donde no tuvieras que temer que la policía hiciera una redada, como hacían con las bucket shops, o ver a las autoridades postales abalanzarse y bloquear tu dinero para que tuvieras suerte de conseguir ocho centavos por dólar un año y medio después.
De todos modos, decidí que vería qué ventajas de operación ofrecía esta firma sobre lo que podrías llamar los corredores legítimos. No tenía mucho dinero para poner como margen, y las firmas que acumulaban las órdenes eran naturalmente mucho más liberales en ese aspecto, por lo que unos pocos cientos de dólares rendían mucho más en sus oficinas.
Fui a su lugar y tuve una charla con el gerente mismo. Cuando descubrió que yo era un viejo operador y que anteriormente había tenido cuentas en Nueva York con casas de la Bolsa y que había perdido todo lo que llevé conmigo, dejó de prometer hacerme un millón por minuto si dejaba que ellos invirtieran mis ahorros. Calculó que yo era un incauto permanente, del tipo adicto al teletipo que siempre juega y siempre pierde; un proveedor de ingresos constantes para los corredores, ya fueran del tipo que acumula tus órdenes o los que modestamente se contentan con las comisiones.
Solo le dije al gerente que lo que buscaba era una ejecución decente, porque siempre operaba a precio de mercado y no quería recibir informes que mostraran una diferencia de medio punto o un punto entero respecto al precio del teletipo.
Me aseguró bajo su palabra de honor que harían lo que yo pensara que era correcto. Querían mi negocio porque querían mostrarme lo que era un corretaje de clase alta. Tenían a su servicio el mejor talento del negocio. De hecho, eran famosos por su ejecución. Si había alguna diferencia entre el precio del teletipo y el informe, siempre era a favor del cliente, aunque por supuesto no garantizaban eso. Si abría una cuenta con ellos, podría comprar y vender al precio que llegaba por el cable, estaban tan seguros de sus corredores.
Naturalmente, eso significaba que podía operar allí a todos los efectos como si estuviera en una bucket shop; es decir, me dejarían operar a la siguiente cotización. No quería parecer demasiado ansioso, así que negué con la cabeza y le dije que supongo que no abriría una cuenta ese día, pero que le dejaría saber. Me instó encarecidamente a comenzar de inmediato, ya que era un buen mercado para ganar dinero. Lo era, para ellos; un mercado aburrido con precios oscilando ligeramente, justo el tipo para atraer a los clientes y luego aniquilarlos con un ataque brusco en la acción recomendada. Tuve algunos problemas para alejarme.
Le había dado mi nombre y dirección, y ese mismo día comencé a recibir telegramas prepagados y cartas instándome a subirme a alguna acción u otra en la que decían saber que un fondo interno estaba operando para una subida de cincuenta puntos.
Estaba ocupado yendo de un lado a otro y descubriendo todo lo que podía sobre otras firmas de corretaje del mismo tipo de bucketing. Me pareció que si podía estar seguro de sacar mis ganancias de sus garras, la única forma de reunir algo de dinero real era operar en estas casi bucket shops.
Cuando hube aprendido todo lo que pude, abrí cuentas con tres firmas. Había alquilado una pequeña oficina y hecho instalar cables directos a los tres corredores.
Operaba a pequeña escala para que no se asustaran desde el principio. Ganaba dinero en el balance y no tardaron en decirme que esperaban negocios reales de clientes que tenían cables directos a sus oficinas. No les apetecían los jugadores de poca monta. Calculaban que cuanto más hiciera, más perdería, y cuanto más rápido me aniquilaran, más ganarían ellos. Era una teoría bastante sólida si consideras que esta gente necesariamente trataba con promedios y que el cliente promedio nunca era longevo, financieramente hablando. Un cliente arruinado no puede operar. Un cliente medio lisiado puede quejarse e insinuar cosas y causar problemas de una u otra clase que perjudican el negocio.
También establecí una conexión con una firma local que tenía un cable directo a su corresponsal en Nueva York, quienes también eran miembros de la Bolsa de Valores de Nueva York. Hice instalar un teletipo de acciones y comencé a operar de forma conservadora. Como les dije, era muy parecido a operar en bucket shops, solo que un poco más lento.
Era un juego que podía vencer, y lo hice. Nunca lo llevé a un punto tan fino que pudiera ganar diez de cada diez veces; pero ganaba en el balance, semana tras semana. Estaba viviendo bastante bien de nuevo, pero siempre ahorrando algo para aumentar el capital que iba a llevar de vuelta a Wall Street. Conseguí un par de cables a dos más de estas casas de corretaje de bucketing, haciendo cinco en total y, por supuesto, mi buena firma.
Hubo momentos en que mis planes salieron mal y mis acciones no se comportaron según lo previsto, sino que hicieron lo contrario de lo que deberían haber hecho si hubieran mantenido su respeto por el precedente. Pero no me golpearon muy fuerte; no podían, con mis márgenes mínimos. Mis relaciones con mis corredores eran bastante amistosas. Sus cuentas y registros no siempre coincidían con los míos, y las diferencias invariablemente resultaban ser en mi contra. Curiosa coincidencia, ¡o no! Pero luché por lo mío y generalmente me salía con la mía al final. Siempre tenían la esperanza de quitarme lo que yo les había quitado a ellos. Consideraban mis ganancias como préstamos temporales, creo.
Realmente no eran deportistas, estando en el negocio para ganar dinero por las buenas o por las malas en lugar de contentarse con el porcentaje de la casa. Dado que los incautos siempre pierden dinero cuando apuestan en acciones —nunca especulan realmente—, pensarías que estos tipos llevarían lo que podrías llamar un negocio legítimo e ilegítimo. Pero no lo hacían. "Haz lo contrario de tus clientes y enriquece" es un viejo y verdadero adagio, pero no parecían haber oído hablar nunca de él y no se detenían en el simple bucketing.
Varias veces intentaron traicionarme con los viejos trucos. Me atraparon un par de veces porque no estaba mirando. Siempre hacían eso cuando no había tomado más que mi línea habitual. Los acusé de ser malos perdedores o algo peor, pero lo negaron y terminó con que volví a operar como de costumbre. La belleza de hacer negocios con un sinvergüenza es que siempre te perdona por atraparlo, siempre y cuando no dejes de hacer negocios con él. Está bien en lo que a él respecta. Está dispuesto a encontrarte más que a mitad de camino. ¡Almas magnánimas!
Bueno, decidí que no podía permitir que la tasa normal de incremento de mi capital se viera mermada por los trucos de unos estafadores, así que decidí darles una lección. Elegí un valor que, tras haber sido un favorito de la especulación, se había vuelto inactivo. Estaba estancado. Si hubiera elegido uno que nunca hubiera tenido actividad, habrían sospechado de mi jugada. Di órdenes de compra de este valor a mis cinco corredores de casas de apuestas. Cuando las órdenes fueron tomadas y ellos esperaban a que saliera la siguiente cotización en la cinta, envié una orden a través de mi casa de bolsa para vender cien acciones de ese valor en particular al precio de mercado. Pedí urgentemente que se actuara con rapidez. Bueno, puede imaginar lo que sucedió cuando la orden de venta llegó al piso de la Bolsa; un valor aburrido e inactivo que una casa de comisiones con conexiones fuera de la ciudad quería vender a toda prisa. Alguien consiguió acciones baratas. Pero la transacción, tal como se imprimiría en la cinta, era el precio que yo pagaría en mis cinco órdenes de compra. Tenía una posición larga neta de cuatrocientas acciones de ese valor a un precio bajo. La casa de bolsa me preguntó qué había oído, y les dije que tenía información privilegiada. Justo antes del cierre del mercado, envié una orden a mi casa de bolsa de confianza para recomprar esas cien acciones, y que no perdieran tiempo; que no quería estar en posición corta bajo ninguna circunstancia; y que no me importaba lo que pagaran. Así que enviaron un telegrama a Nueva York y la orden de comprar esas cien rápidamente resultó en un fuerte avance. Yo, por supuesto, había colocado órdenes de venta para las quinientas acciones que mis amigos habían apostado. Funcionó de manera muy satisfactoria.
Aun así, no cambiaron su forma de actuar, así que les apliqué ese truco varias veces. No me atreví a castigarlos tan severamente como merecían, rara vez más de un punto o dos en cien acciones. Pero ayudó a aumentar mi pequeño tesoro que estaba ahorrando para mi siguiente aventura en Wall Street. A veces variaba el proceso vendiendo algunas acciones en corto, sin excederme. Me conformaba con mis seiscientos u ochocientos limpios por cada golpe.
Un día el truco funcionó tan bien que fue mucho más allá de todos los cálculos, alcanzando un cambio de diez puntos. No lo estaba buscando. De hecho, sucedió que tenía doscientas acciones en lugar de mis cien habituales en la oficina de un corredor, aunque solo cien en las otras cuatro tiendas. Eso fue demasiado bueno para ser verdad... para ellos. Estaban furiosos como cachorros por ello y comenzaron a decir cosas por los cables. Así que fui a ver al gerente, el mismo hombre que había estado tan ansioso por conseguir mi cuenta, y tan indulgente cada vez que lo sorprendía tratando de engañarme. Habló bastante altivo para un hombre en su posición.
—¡Ese fue un mercado ficticio para ese valor, y no le pagaremos ni un maldito centavo! —juró.
—No era un mercado ficticio cuando aceptó mi orden de compra. Entonces me dejó entrar, sin problemas, y ahora tiene que dejarme salir. No puede eludir eso en nombre de la justicia, ¿verdad?
—¡Sí, puedo! —gritó—. ¡Puedo demostrar que alguien montó una farsa!
—¿Quién montó una farsa? —pregunté.
—¡Alguien!
—¿A quién se la montaron? —pregunté.
—Algunos amigos suyos estaban metidos en esto tan seguro como que me llamo así —dijo.
Pero le dije: —Usted sabe muy bien que juego solo. Todo el mundo en esta ciudad lo sabe. Lo saben desde que empecé a operar con acciones. Ahora quiero darle un consejo amistoso: envíe a buscar ese dinero para mí. No quiero ser desagradable. Simplemente haga lo que le digo.
—No lo pagaré. Fue una transacción amañada —gritó.
Me cansé de su charla. Así que le dije: —Me lo pagará aquí y ahora mismo.
Bueno, fanfarroneó un poco más y me acusó rotundamente de ser el estafador culpable; pero finalmente entregó el efectivo. Los otros no fueron tan pendencieros. En una oficina, el gerente había estado estudiando estas jugadas mías con acciones inactivas y, cuando recibió mi orden, realmente compró las acciones para mí y luego algunas para él en la "Little Board", y ganó algo de dinero. A estos sujetos no les importaba ser demandados por clientes por cargos de fraude, ya que generalmente tenían una buena defensa legal técnica preparada. Pero tenían miedo de que embargara el mobiliario; el dinero en el banco no podía porque se cuidaban de no tener fondos expuestos a ese peligro. No les dolería ser conocidos como bastante astutos, pero ganar la reputación de no pagar era fatal. Que un cliente pierda dinero en la casa de su corredor no es un evento raro. Pero que un cliente gane dinero y luego no lo reciba es el peor crimen en los libros de leyes de los especuladores.
Recibí mi dinero de todos; pero ese salto de diez puntos puso fin al agradable pasatiempo de desplumar a los desplumadores. Estaban atentos al pequeño truco que ellos mismos habían usado para defraudar a cientos de pobres clientes. Volví a mis operaciones regulares; pero el mercado no siempre era el adecuado para mi sistema; es decir, limitado como estaba por el tamaño de las órdenes que aceptaban, no podía dar un gran golpe.
Llevaba en ello más de un año, durante el cual utilicé todos los dispositivos que se me ocurrieron para ganar dinero operando en esas casas de bolsa. Había vivido muy cómodamente, comprado un automóvil y no me limité en mis gastos. Tenía que conseguir un capital, pero también tenía que vivir mientras lo hacía. Si mi posición en el mercado era correcta, no podía gastar tanto como ganaba, por lo que siempre ahorraba algo. Si me equivocaba, no ganaba dinero y, por lo tanto, no podía gastar. Como dije, había ahorrado una suma bastante considerable, y no había tanto dinero que ganar en las cinco casas de bolsa; así que decidí regresar a Nueva York.
Tenía mi propio automóvil e invité a un amigo mío que también era operador a viajar en coche a Nueva York conmigo. Aceptó y partimos. Nos detuvimos en New Haven para cenar. En el hotel conocí a un viejo conocido del mercado y, entre otras cosas, me dijo que había una tienda en la ciudad que tenía un cable y estaba haciendo un negocio bastante bueno.
Dejamos el hotel en camino a Nueva York, pero pasé con el coche por la calle donde estaba la casa de apuestas para ver qué aspecto tenía desde fuera. La encontramos y no pudimos resistir la tentación de detenernos y echar un vistazo al interior. No era muy suntuoso, pero la vieja pizarra estaba allí, y los clientes, y el juego estaba en marcha.
El gerente era un tipo que parecía haber sido actor o orador callejero. Era muy impresionante. Decía buenos días como si hubiera descubierto la bondad de la mañana después de diez años de buscarla con un microscopio y te estuviera haciendo un regalo del descubrimiento, así como del cielo, el sol y la cuenta bancaria de la firma. Nos vio llegar en el automóvil de aspecto deportivo, y como ambos éramos jóvenes y despreocupados (no creo que pareciera tener veinte años), naturalmente concluyó que éramos un par de chicos de Yale. No le dije que no lo éramos. No me dio la oportunidad, sino que comenzó a dar un discurso. Estaba muy contento de vernos. ¿Nos gustaría un asiento cómodo? El mercado, descubriríamos, estaba inclinado filantrópicamente esa mañana; de hecho, clamando por aumentar la oferta de dinero de bolsillo universitario, del cual ningún estudiante inteligente había tenido suficiente desde el amanecer de los tiempos históricos. Pero aquí y ahora, por la beneficencia del ticker, una pequeña inversión inicial devolvería miles. Más dinero de bolsillo del que nadie podría gastar era lo que el mercado de valores anhelaba rendir.
Bueno, pensé que sería una pena no hacer lo que el amable hombre de la casa de apuestas estaba tan ansioso porque hiciéramos, así que le dije que haría lo que deseaba, porque había oído que mucha gente ganaba mucho dinero en el mercado de valores.
Comencé a operar, muy conservadoramente, pero aumentando la línea a medida que ganaba. Mi amigo me siguió.
Nos quedamos a pasar la noche en New Haven y a la mañana siguiente nos encontramos en la hospitalaria tienda a las diez menos cinco. El orador estaba feliz de vernos, pensando que su turno llegaría ese día. Pero gané casi mil quinientos dólares. A la mañana siguiente, cuando pasamos a ver al gran orador y le entregamos una orden de venta de quinientas acciones de Sugar, dudó, pero finalmente la aceptó... ¡en silencio! La acción cayó más de un punto y cerré y le entregué el boleto. Había exactamente quinientos dólares de ganancias para mí, y mi margen de quinientos dólares. Tomó veinte billetes de cincuenta de la caja fuerte, los contó tres veces muy lentamente, luego los volvió a contar frente a mí. Parecía como si sus dedos estuvieran sudando mucílago por la forma en que los billetes parecían pegarse a él, pero finalmente me entregó el dinero. Se cruzó de brazos, se mordió el labio inferior, lo mantuvo mordido y se quedó mirando la parte superior de una ventana detrás de mí.
Le dije que me gustaría vender doscientas acciones de Steel. Pero no se movió. No me oyó. Repetí mi deseo, solo que hice que fueran trescientas acciones. Giró la cabeza. Esperé el discurso. Pero lo único que hizo fue mirarme. Luego se relamió los labios y tragó saliva, como si fuera a comenzar un ataque contra cincuenta años de mala gestión política por parte de los indescriptibles estafadores de la oposición.
Finalmente, agitó su mano hacia los billetes que tenía en mi mano y dijo: —¡Llévate esa baratija!
—¿Llevarme qué? —dije. No había entendido bien a qué se refería.
—¿A dónde vas, estudiante? —habló de manera muy impresionante.
—A Nueva York —le dije.
—Eso está bien —dijo, asintiendo unas veinte veces—. Eso es ex-actamente correcto. Te vas de aquí, está bien, porque ahora sé dos cosas, ¡dos, estudiante! Sé lo que no eres y sé lo que eres. ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!
—¿Eso es así? —dije muy cortésmente.
—Sí. Ustedes dos... —hizo una pausa; y luego dejó de estar en el Congreso y gruñó: —¡Ustedes dos son los tiburones más grandes de los Estados Unidos de América! ¿Estudiantes? ¡Sí! ¡Deben ser estudiantes de primer año! ¡Sí!
Lo dejamos hablando solo. Probablemente no le importaba tanto el dinero. Ningún jugador profesional lo hace. Todo es parte del juego y la suerte está destinada a cambiar. Lo que hirió su orgullo fue que lo engañáramos.
Así es como volví a Wall Street para un tercer intento. Había estado estudiando, por supuesto, tratando de localizar el problema exacto de mi sistema que había sido responsable de mis derrotas en la oficina de A. R. Fullerton & Co. Tenía veinte años cuando gané mis primeros diez mil, y los perdí. Pero sabía cómo y por qué: porque operaba fuera de temporada todo el tiempo; porque cuando no podía jugar según mi sistema, que se basaba en el estudio y la experiencia, entraba y apostaba. Esperaba ganar, en lugar de saber que debía ganar por forma. Cuando tenía unos veintidós años, subí mi capital a cincuenta mil dólares; los perdí el nueve de mayo. Pero sabía exactamente por qué y cómo. Fue la cinta lenta y la violencia sin precedentes de los movimientos de ese día terrible. Pero no sabía por qué había perdido después de mi regreso de St. Louis o después del pánico del nueve de mayo. Tenía teorías; es decir, remedios para algunas de las fallas que creía encontrar en mi juego. Pero necesitaba práctica real.
No hay nada como perder todo lo que tienes en el mundo para enseñarte lo que no debes hacer. Y cuando sabes lo que no debes hacer para no perder dinero, empiezas a aprender lo que debes hacer para ganar. ¿Lo has captado? ¡Empiezas a aprender!
V
El seguidor de ticker promedio, o, como solían llamarlo, "gusano de cinta", se equivoca, sospecho, tanto por la hiperespecialización como por cualquier otra cosa. Significa una inelasticidad extremadamente costosa. Después de todo, el juego de la especulación no es solo matemáticas o reglas fijas, por rígidas que sean las leyes principales. Incluso en mi lectura de cinta entra algo que es más que aritmética simple. Existe lo que llamo el comportamiento de una acción, acciones que le permiten juzgar si va a proceder o no de acuerdo con los precedentes que su observación ha notado. Si una acción no actúa bien, no la toque; porque, al no poder decir con precisión qué está mal, no puede decir hacia dónde va. Sin diagnóstico, no hay pronóstico. Sin pronóstico, no hay beneficio.
Es algo muy antiguo, esto de notar el comportamiento de una acción y estudiar sus desempeños pasados. Cuando llegué por primera vez a Nueva York, había una oficina de corretaje donde un francés solía hablar de su gráfico. Al principio pensé que era una especie de bicho raro mantenido por la firma porque eran de buen carácter. Luego supe que era un orador persuasivo y muy impresionante. Decía que lo único que no mentía porque simplemente no podía hacerlo eran las matemáticas. Mediante sus curvas podía pronosticar los movimientos del mercado. También podía analizarlos y decir, por ejemplo, por qué Keene hizo lo correcto en su famosa manipulación alcista de las preferentes de Atchison, y más tarde por qué se equivocó en su pool de Southern Pacific. En varias ocasiones, uno u otro de los operadores profesionales probó el sistema del francés, y luego volvió a sus antiguos métodos no científicos de ganarse la vida. Su sistema de acierto o error era más barato, decían. Oí que el francés decía que Keene admitía que el gráfico era 100 por ciento correcto, pero afirmaba que el método era demasiado lento para un uso práctico en un mercado activo.
Luego había una oficina donde se llevaba un gráfico del movimiento diario de precios. Mostraba de un vistazo exactamente lo que cada acción había hecho durante meses. Al comparar las curvas individuales con la curva general del mercado y tener en cuenta ciertas reglas, los clientes podían saber si la acción sobre la que recibían un consejo no científico para comprar tenía derecho a una subida. Usaban el gráfico como una especie de informador complementario. Hoy en día hay decenas de casas de comisiones donde se encuentran gráficos de operaciones. Vienen listos para usar de las oficinas de expertos estadísticos e incluyen no solo acciones sino también materias primas.
Diría que un gráfico ayuda a aquellos que pueden leerlo, o más bien a aquellos que pueden asimilar lo que leen. El lector de gráficos promedio, sin embargo, tiende a obsesionarse con la noción de que las caídas y los picos y los movimientos primarios y secundarios son todo lo que hay en la especulación bursátil. Si lleva su confianza a su límite lógico, está destinado a quebrar. Hay un hombre extremadamente capaz, ex socio de una conocida casa de Bolsa, que es realmente un matemático capacitado. Es graduado de una famosa escuela técnica. Ideó gráficos basados en un estudio muy cuidadoso y minucioso del comportamiento de los precios en muchos mercados: acciones, bonos, cereales, algodón, dinero, etcétera. Se remontó años y años y trazó las correlaciones y los movimientos estacionales; oh, todo. Usó sus gráficos en sus operaciones bursátiles durante años. Lo que realmente hizo fue aprovechar un promedio altamente inteligente. Me dicen que ganaba regularmente, hasta que la Primera Guerra Mundial hizo añicos todos los precedentes. Oí que él y su gran grupo de seguidores perdieron millones antes de desistir. Pero ni siquiera una guerra mundial puede evitar que el mercado de valores sea un mercado alcista cuando las condiciones son alcistas, o un mercado bajista cuando las condiciones son bajistas. Y todo lo que un hombre necesita saber para ganar dinero es evaluar las condiciones.
No pretendía desviarme del tema de esa manera, pero no puedo evitarlo cuando pienso en mis primeros años en Wall Street. Ahora sé lo que no sabía entonces, y pienso en los errores de mi ignorancia porque esos son precisamente los errores que el especulador bursátil promedio comete año tras año.
Después de que regresé a Nueva York para intentar por tercera vez vencer al mercado en una casa de bolsa, operé con bastante actividad. No esperaba hacerlo tan bien como en las casas de apuestas, pero pensé que después de un tiempo lo haría mucho mejor porque podría mover una línea mucho más pesada. Sin embargo, puedo ver ahora que mi principal problema fue mi incapacidad para captar la diferencia vital entre el juego bursátil y la especulación bursátil. Aun así, debido a mis siete años de experiencia leyendo la cinta y una cierta aptitud natural para el juego, mi capital estaba ganando no precisamente una fortuna, pero sí una tasa de interés muy alta. Gané y perdí como antes, pero ganaba en el balance general. Cuanto más ganaba, más gastaba. Esta es la experiencia habitual con la mayoría de los hombres. No, no necesariamente con los buscadores de dinero fácil, sino con todo ser humano que no sea esclavo del instinto de acumulación. Algunos hombres, como el viejo Russell Sage, tienen el instinto de ganar dinero y el de acumular dinero igualmente bien desarrollados, y por supuesto, mueren asquerosamente ricos.
El juego de vencer al mercado me interesaba exclusivamente de diez a tres todos los días, y después de las tres, el juego de vivir mi vida. No me malinterpretes. Nunca permití que el placer interfiriera con los negocios. Cuando perdía era porque me equivocaba y no porque estuviera sufriendo de disipación o excesos. Nunca hubo nervios destrozados o extremidades sacudidas por el ron para estropear mi juego. No podía permitirme nada que me impidiera sentirme física y mentalmente en forma. Incluso ahora suelo estar en la cama a las diez. De joven nunca trasnochaba, porque no podía hacer negocios correctamente con sueño insuficiente. Lo estaba haciendo mejor que simplemente empatar, y por eso no creí que hubiera necesidad de privarme de las cosas buenas de la vida. El mercado siempre estaba ahí para suministrarlas. Estaba adquiriendo la confianza que le llega a un hombre desde una actitud profesionalmente imparcial hacia su propio método de ganarse el pan de cada día.
El primer cambio que hice en mi forma de jugar fue en el asunto del tiempo. No podía esperar a que llegara la apuesta segura y luego sacar un punto o dos de ella como podía hacer en las casas de apuestas. Tenía que empezar mucho antes si quería captar el movimiento en la oficina de Fullerton. En otras palabras, tenía que estudiar lo que iba a suceder; anticipar los movimientos de las acciones. Eso suena estúpidamente común, pero ya sabes a lo que me refiero. Fue el cambio en mi propia actitud hacia el juego lo que fue de suma importancia para mí. Me enseñó, poco a poco, la diferencia esencial entre apostar en las fluctuaciones y anticipar los inevitables avances y descensos, entre jugar y especular.
Tuve que retroceder más de una hora en mis estudios del mercado, algo que nunca habría aprendido a hacer en la casa de apuestas más grande del mundo. Me interesé por los informes comerciales y las ganancias de los ferrocarriles y las estadísticas financieras y comerciales. Por supuesto, me encantaba operar fuertemente y me llamaban el "Boy Plunger"; pero también me gustaba estudiar los movimientos. Nunca pensé que nada fuera molesto si me ayudaba a operar con mayor inteligencia. Antes de poder resolver un problema, debo planteármelo a mí mismo. Cuando creo haber encontrado la solución, debo probar que tengo razón. Solo conozco una forma de probarlo; y es con mi propio dinero.
Por lento que parezca mi progreso ahora, supongo que aprendí tan rápido como me fue humanamente posible, considerando que, en conjunto, ganaba dinero. Si hubiera perdido más a menudo, quizás eso me habría espoleado a un estudio más continuo. Sin duda habría tenido más errores que detectar. Pero no estoy seguro del valor exacto de perder, pues si hubiera perdido más, me habría faltado el dinero para poner a prueba las mejoras en mis métodos de negociación.
Al estudiar mis jugadas ganadoras en la oficina de Fullerton, descubrí que, aunque a menudo acertaba al cien por cien en el mercado —es decir, en mi diagnóstico de las condiciones y la tendencia general—, no estaba ganando tanto dinero como mi «acierto» en el mercado me otorgaba. ¿Por qué no?
Había tanto que aprender de la victoria parcial como de la derrota.
Por ejemplo, había sido alcista desde el mismo comienzo de un mercado alcista, y había respaldado mi opinión comprando acciones. Siguió un avance, tal como había previsto claramente. Hasta aquí, todo muy bien. ¿Pero qué más hice? Pues bien, escuché a los veteranos y refrené mi impetuosidad juvenil. Me propuse ser sensato y operar con cuidado, de manera conservadora. Todo el mundo sabía que la forma de hacer eso era tomar beneficios y recomprar las acciones en las reacciones. Y eso es precisamente lo que hice, o más bien lo que intenté hacer; pues a menudo tomaba beneficios y esperaba una reacción que nunca llegaba. Y veía cómo mis acciones se disparaban diez puntos más mientras yo permanecía sentado allí con mis cuatro puntos de beneficio a buen recaudo en mi conservador bolsillo. *Dicen que uno nunca se vuelve pobre tomando beneficios. No, no es así. Pero tampoco se hace rico tomando un beneficio de cuatro puntos en un mercado alcista.*
Donde debería haber ganado veinte mil dólares, gané dos mil. Eso fue lo que hizo por mí mi conservadurismo. Por la época en que descubrí qué pequeño porcentaje de lo que debería haber ganado estaba obteniendo, descubrí otra cosa, y es que los incautos se diferencian entre sí según el grado de experiencia.
El novato no sabe nada, y todo el mundo, incluido él mismo, lo sabe. Pero el siguiente, o segundo grado, piensa que sabe mucho y hace que los demás también lo crean. Es el incauto experimentado, que ha estudiado —no el mercado en sí, sino unos pocos comentarios sobre el mercado hechos por un grado aún superior de incautos. El incauto de segundo grado sabe cómo evitar perder su dinero de algunas de las formas en que cae el principiante absoluto. Es este semiincauto, más que el espécimen al cien por cien, quien es el verdadero apoyo constante de las casas de corretaje. Dura unos tres años y medio de media, comparado con una sola temporada de entre tres y treinta semanas, que es la vida habitual en Wall Street de un primerizo. Es, naturalmente, el semiincauto quien siempre está citando los famosos aforismos de trading y las diversas reglas del juego. *Conoce todos los "no hagas" que jamás cayeron de los labios oraculares de los veteranos, excepto el principal, que es: ¡No seas un incauto!*
*Este semiincauto es el tipo que piensa que ya le han salido los dientes de la sabiduría porque le encanta comprar en las caídas.* Las espera. Mide sus gangas por el número de puntos que han bajado desde la cima. En los grandes mercados alcistas, el incauto puro y duro, totalmente ignorante de reglas y precedentes, compra a ciegas porque espera a ciegas. Gana la mayor parte del dinero, hasta que una de las reacciones saludables se lo quita de un plumazo. Pero el incauto Mike el Cuidadoso hace lo que yo hacía cuando pensaba que estaba jugando el juego de forma inteligente, según la inteligencia de los demás. Sabía que necesitaba cambiar mis métodos de «bucket shop» y pensaba que estaba resolviendo mi problema con cualquier cambio, particularmente uno que tuviera un alto valor en oro según los operadores experimentados entre los clientes.
La mayoría —llamémosles clientes— son iguales. Encuentras muy pocos que puedan decir con sinceridad que Wall Street no les debe dinero. En la oficina de Fullerton estaba la multitud habitual. ¡De todos los grados! Bien, había un viejo que no era como los demás. Para empezar, era un hombre mucho mayor. Otra cosa era que nunca ofrecía consejos voluntariamente y nunca presumía de sus ganancias. Tenía una gran habilidad para escuchar muy atentamente a los demás. No parecía muy interesado en obtener pistas; es decir, nunca preguntaba a los habladores qué habían oído o qué sabían. Pero cuando alguien le daba una, siempre agradecía al informante muy educadamente. A veces volvía a agradecérselo cuando la pista resultaba correcta. Pero si salía mal, nunca se quejaba, de modo que nadie podía saber si la siguió o dejó pasar la oportunidad. Era una leyenda de la oficina que el viejo era rico y podía mover una buena línea. Pero no estaba donando mucho a la firma en concepto de comisiones; al menos no que nadie pudiera ver. Se llamaba Partridge, pero le apodaban «Turkey» (Pavo) a sus espaldas, porque era muy corpulento y tenía la costumbre de pavonearse por las diversas salas, con la punta de la barbilla descansando sobre su pecho.
Los clientes, que estaban todos deseosos de ser empujados y forzados a hacer cosas para así echar la culpa del fracaso a otros, solían ir donde el viejo Partridge y contarle lo que algún amigo de un amigo de un iniciado les había aconsejado hacer con una determinada acción. Le contaban lo que no habían hecho con la pista para que él les dijera lo que debían hacer. Pero tanto si la pista era comprar como vender, la respuesta del viejo era siempre la misma.
El cliente terminaba el relato de su perplejidad y luego preguntaba: «¿Qué cree usted que debería hacer?».
El viejo Turkey inclinaba la cabeza hacia un lado, contemplaba a su compañero cliente con una sonrisa paternal y, finalmente, decía de forma muy impresionante: «¡Sabe, es un mercado alcista!».
Una y otra vez le oí decir: «Bueno, ¡esto es un mercado alcista, sabe!», como si estuviera entregándole un talismán de valor incalculable envuelto en una póliza de seguro de accidentes de un millón de dólares. Y, por supuesto, yo no entendía a qué se refería.
Un día, un tipo llamado Elmer Harwood entró precipitadamente en la oficina, escribió una orden y se la entregó al empleado. Luego corrió hacia donde el señor Partridge escuchaba educadamente la historia de John Fanning sobre la vez que oyó a Keene dar una orden a uno de sus corredores y todo lo que John ganó fueron unos míseros tres puntos en cien acciones y, por supuesto, la acción tuvo que subir veinticuatro puntos en tres días justo después de que John vendiera. Era al menos la cuarta vez que John le contaba esa historia de desdicha, pero el viejo Turkey sonreía tan comprensivamente como si fuera la primera vez que la escuchaba.
Bueno, Elmer se dirigió al viejo y, sin una palabra de disculpa hacia John Fanning, le dijo a Turkey: «Señor Partridge, acabo de vender mis acciones de Climax Motors. Mi gente dice que el mercado tiene derecho a una reacción y que podré recomprarlas más baratas. Así que será mejor que haga lo mismo. Es decir, si todavía tiene las suyas».
Elmer miró con sospecha al hombre a quien había dado la pista original para comprar. El informante aficionado, o gratuito, siempre piensa que es dueño de cuerpo y alma del receptor de su pista, incluso antes de saber cómo resultará.
«Sí, señor Harwood, todavía las tengo. ¡Por supuesto!», dijo Turkey con gratitud. Fue amable por parte de Elmer pensar en el anciano.
«Bueno, ahora es el momento de tomar su beneficio y volver a entrar en la siguiente caída», dijo Elmer, como si acabara de rellenar la boleta de depósito por el anciano. Al no percibir una gratitud entusiasta en el rostro del beneficiario, Elmer continuó: «¡Acabo de vender cada una de las acciones que poseía!».
Por su voz y sus modales, uno habría estimado conservadoramente que se trataba de diez mil acciones.
Pero el señor Partridge sacudió la cabeza con pesar y se quejó: «¡No! ¡No! ¡No puedo hacer eso!».
«¿Qué?», gritó Elmer.
«¡Simplemente no puedo!», dijo el señor Partridge. Estaba en un gran aprieto.
«¿No le di yo la pista para comprarla?».
«Lo hizo, señor Harwood, y le estoy muy agradecido. De verdad, lo estoy, señor. Pero...».
«¡Espere! ¡Déjeme hablar! ¿Y no subió esa acción siete puntos en diez días? ¿No fue así?».
«Así fue, y se lo agradezco mucho, mi querido muchacho. Pero no podría pensar en vender esa acción».
«¿No podría?», preguntó Elmer, empezando a dudar él mismo. Es un hábito de la mayoría de los que dan pistas ser también quienes las toman.
«No, no podría».
«¿Por qué no?». Y Elmer se acercó más.
«¡Pues porque es un mercado alcista!». El viejo lo dijo como si hubiera dado una explicación larga y detallada.
«Eso está bien», dijo Elmer, pareciendo enfadado por su decepción. «Sé que es un mercado alcista tanto como usted. Pero será mejor que se deshaga de esas acciones y las recompre en la reacción. Podría reducir el coste para usted mismo».
«Mi querido muchacho», dijo el viejo Partridge, con gran angustia, «mi querido muchacho, *si vendiera esa acción ahora perdería mi posición; y entonces, ¿dónde estaría yo?*».
Elmer Harwood levantó las manos, negó con la cabeza y caminó hacia mí para buscar simpatía: «¿Puedes superarlo?», me preguntó en un susurro teatral. «¡Te lo pregunto!».
No dije nada. Así que continuó: «Le doy una pista sobre Climax Motors. Compra quinientas acciones. Tiene siete puntos de beneficio y le aconsejo que salga y las recompre en la reacción que ya está retrasada. ¿Y qué dice cuando se lo digo? Dice que si vende, perderá su trabajo. ¿Qué me dices de eso?».
«Le ruego me disculpe, señor Harwood; no dije que perdería mi trabajo», intervino el viejo Turkey. «Dije que perdería mi posición. Y cuando usted sea tan viejo como yo y haya pasado por tantos auges y pánicos como yo, sabrá que perder la posición es algo que nadie puede permitirse; ni siquiera John D. Rockefeller. Espero que la acción reaccione y que usted pueda recomprar su línea con una concesión sustancial, señor. Pero yo mismo solo puedo operar de acuerdo con la experiencia de muchos años. Pagué un precio alto por ella y no tengo ganas de tirar a la basura una segunda matrícula. Pero le estoy tan agradecido como si tuviera el dinero en el banco. Es un mercado alcista, sabe». Y se pavoneó alejándose, dejando a Elmer aturdido.
Lo que el viejo señor Partridge dijo no significó mucho para mí hasta que empecé a pensar en mis propios numerosos fracasos para ganar tanto dinero como debería cuando tenía tanta razón sobre el mercado general. Cuanto más estudiaba, más me daba cuenta de lo sabio que era aquel viejo. Evidentemente, había sufrido el mismo defecto en sus años jóvenes y conocía sus propias debilidades humanas. No se exponía a una tentación que la experiencia le había enseñado que era difícil de resistir y que siempre le había resultado costosa, como lo fue para mí.
Creo que fue un gran paso adelante en mi educación cuando me di cuenta, al fin, de que cuando el viejo señor Partridge seguía diciéndoles a los otros clientes: «¡Bueno, sabe que este es un mercado alcista!», realmente quería decirles que el gran dinero no estaba en las fluctuaciones individuales, sino en los movimientos principales; es decir, no en leer la cinta, sino en evaluar todo el mercado y su tendencia.
Y aquí mismo permítanme decir una cosa: después de pasar muchos años en Wall Street y después de ganar y perder millones de dólares, quiero decirles esto: nunca fue mi pensamiento lo que me hizo ganar mucho dinero. Fue siempre mi permanencia. ¿Lo entienden? ¡Mi permanencia firme! *No tiene ningún truco acertar en el mercado. Siempre encuentras muchos alcistas tempranos en mercados alcistas y bajistas tempranos en mercados bajistas.* He conocido a muchos hombres que acertaron exactamente en el momento justo y empezaron a comprar o vender acciones cuando los precios estaban justo al nivel que debía reportar el mayor beneficio. Y su experiencia invariablemente coincidió con la mía; es decir, no sacaron ningún dinero real de ello. Los hombres que pueden tanto acertar como mantenerse firmes son poco comunes. Descubrí que era una de las cosas más difíciles de aprender. Pero solo después de que un operador de bolsa ha comprendido esto firmemente puede ganar mucho dinero. Es literalmente cierto que los millones llegan más fácilmente a un operador después de que sabe cómo operar que los cientos en los días de su ignorancia.
La razón es que un hombre puede ver clara y directamente y, sin embargo, volverse impaciente o dudoso *cuando el mercado se toma su tiempo para hacer lo que él calculó que debía hacer*. Es por eso que tantos hombres en Wall Street, que no están en absoluto en la categoría de incautos, ni siquiera en el tercer grado, pierden dinero, sin embargo. El mercado no los vence. Se vencen a sí mismos, porque aunque tienen cerebro, no pueden permanecer firmes. El viejo Turkey tenía toda la razón al hacer y decir lo que hizo. No solo tenía el coraje de sus convicciones, sino la paciencia inteligente para permanecer firme.
No tener en cuenta el gran giro e intentar entrar y salir fue fatal para mí. Nadie puede atrapar todas las fluctuaciones. En un mercado alcista, tu juego es comprar y mantener hasta que creas que el mercado alcista está cerca de su fin. Para hacer esto, debes estudiar las condiciones generales y no pistas o factores especiales que afecten a acciones individuales. Luego, sal de todas tus acciones; ¡sal para siempre! Espera hasta que veas —o si lo prefieres, hasta que creas que ves— el giro del mercado; el comienzo de una reversión de las condiciones generales. Tienes que usar tu cerebro y tu visión para hacer esto; de lo contrario, mi consejo sería tan idiota como decirte que compres barato y vendas caro. *Una de las cosas más útiles que cualquiera puede aprender es dejar de intentar atrapar el último octavo, o el primero. Estos dos son los octavos más* costosos del mundo. Le han costado a los operadores de bolsa, en conjunto, suficientes millones de dólares como para construir una autopista de hormigón a través del continente.
Otra cosa que noté al estudiar mis jugadas en la oficina de Fullerton después de que comencé a operar menos ignorantemente, fue que mis operaciones iniciales rara vez me mostraban una pérdida. Eso naturalmente me hizo decidir empezar a lo grande. Me dio confianza en mi propio juicio antes de permitir que se viciara por el consejo de otros o incluso por mi propia impaciencia a veces. Sin fe en su propio juicio, ningún hombre puede llegar muy lejos en este juego. Eso es prácticamente todo lo que he aprendido: estudiar las condiciones generales, *tomar una posición y ceñirme a ella. Puedo esperar sin un ápice de impaciencia. Puedo ver un retroceso sin que me tiemble el pulso, sabiendo que es solo temporal.* He estado corto en cien mil acciones y he visto venir un gran repunte. He calculado —y calculado correctamente— que tal repunte, que sentía inevitable e incluso saludable, supondría una diferencia de un millón de dólares en mis beneficios teóricos. Y, sin embargo, me he mantenido firme y he visto desaparecer la mitad de mis beneficios teóricos sin considerar ni una vez la conveniencia de cubrir mis cortos para volver a abrirlos en el repunte. Sabía que si lo hacía, podría perder mi posición y con ella la certeza de una gran ganancia. Es el gran giro el que te hace ganar mucho dinero.
Si aprendí todo esto tan lentamente, fue porque aprendí de mis errores, *y siempre transcurre algún tiempo entre cometer un error y darse cuenta de ello*, y más tiempo entre darse cuenta y determinarlo exactamente. Pero, al mismo tiempo, me iba bastante bien y era muy joven, así que compensaba de otras maneras. La mayoría de mis ganancias todavía se obtenían en parte a través de mi lectura de la cinta porque el tipo de mercados que teníamos se prestaba bastante bien a mi método. No estaba perdiendo ni tan a menudo ni de forma tan irritante como al principio de mis experiencias en Nueva York. No era nada de lo que estar orgulloso, si piensas que había estado arruinado tres veces en menos de dos años. Y como les dije, estar arruinado es una agencia educativa muy eficiente.
No estaba aumentando mi apuesta muy rápido porque vivía a todo trapo todo el tiempo. No me privaba de muchas de las cosas que un tipo de mi edad y gustos querría. Tenía mi propio automóvil y no podía verle sentido a escatimar en vivir cuando lo sacaba del mercado. El teletipo solo se detenía los domingos y días festivos, que era como debía ser. Cada vez que encontraba la razón de una pérdida o el porqué y cómo de otro error, añadía un nuevo «¡No!» a mi lista de activos. Y la mejor forma de capitalizar mis activos crecientes era no recortar mis gastos de vida. Por supuesto, tuve algunas experiencias divertidas y otras que no lo fueron tanto, pero si las contara todas en detalle, nunca terminaría. De hecho, los únicos incidentes que recuerdo sin esfuerzo especial son aquellos que me enseñaron algo de valor definitivo para mí en mi trading; algo que añadió a mi reserva de conocimiento del juego, ¡y de mí mismo!
VI
En la primavera de 1906 estaba en Atlantic City para unas breves vacaciones. Estaba fuera de las acciones y solo pensaba en cambiar de aires y tomar un buen descanso. Por cierto, había vuelto con mis primeros corredores, Harding Brothers, y mi cuenta se había vuelto bastante activa. Podía mover tres o cuatro mil acciones. Eso no era mucho más de lo que había hecho en la vieja tienda Cosmopolitan cuando apenas tenía veinte años. Pero había alguna diferencia entre mi margen de un punto en el «bucket shop» y el margen requerido por los corredores que realmente compraban o vendían acciones para mi cuenta en la Bolsa de Nueva York.
¿Quizás recuerden la historia que les conté sobre aquella vez que estaba corto en tres mil quinientas acciones de Sugar en la Cosmopolitan y tuve el presentimiento de que algo andaba mal y que sería mejor cerrar la operación? Pues bien, a menudo he tenido esa sensación curiosa. Por regla general, cedo ante ella. Pero a veces he menospreciado la idea y me he dicho a mí mismo que era simplemente estúpido seguir cualquiera de estos impulsos ciegos repentinos para invertir mi posición. He atribuido mi presentimiento a un estado de nervios resultante de demasiados cigarros, falta de sueño, un hígado perezoso o algo parecido. Cuando me he convencido a mí mismo de ignorar mi impulso y me he mantenido firme, siempre he tenido motivos para arrepentirme. Se me ocurren una docena de casos en los que no vendí según mi presentimiento, y al día siguiente iba al centro y el mercado estaba fuerte, o tal vez incluso avanzaba, y me decía a mí mismo lo tonto que habría sido obedecer el impulso ciego de vender. Pero al día siguiente se producía una caída bastante mala. Algo se había roto en alguna parte y habría ganado dinero si no hubiera sido tan sabio y lógico. La razón claramente no era fisiológica, sino psicológica.
Quiero contarles solo sobre uno de ellos debido a lo que hizo por mí. Sucedió cuando estaba teniendo esas pequeñas vacaciones en Atlantic City en la primavera de 1906. Tenía un amigo conmigo que también era cliente de Harding Brothers. No tenía interés en el mercado de una forma u otra y estaba disfrutando de mi descanso. Siempre puedo dejar de operar para divertirme, a menos, por supuesto, que sea un mercado excepcionalmente activo en el que mis compromisos son bastante pesados. Era un mercado alcista, según recuerdo. Las perspectivas eran favorables para los negocios generales y el mercado de valores se había ralentizado, pero el tono era firme y todas las indicaciones apuntaban a precios más altos.
Sin embargo, me sentía como un hombre que ha sido engañado por su propia inteligencia y, lo que es peor, por la de sus amigos. La subida de la Union Pacific fue tan violenta que me dejó atónito. Al ver cómo el precio se disparaba, no pude evitar sentirme como un tonto que, teniendo el conocimiento en sus manos, decidió soltarlo por escuchar un consejo ajeno. Cerrar mi posición corta supuso una pérdida considerable, pero no fue tanto el dinero lo que me dolió, sino la lección que había aprendido: nadie puede darte un consejo mejor que tu propio criterio cuando este se basa en la observación directa de los hechos.
Durante el resto de aquel verano en Saratoga, aunque seguí acudiendo a la oficina de los hermanos Harding, me mantuve apartado de cualquier operación importante. Observaba a los demás, escuchaba sus rumores, sus esperanzas y sus miedos, pero ya no me dejaba llevar por sus palabras. Había recuperado mi independencia de espíritu. Me di cuenta de que, en este juego, el mayor peligro no es la falta de información, sino la excesiva confianza en lo que otros dicen que está sucediendo.
Con el paso de los meses y la llegada del otoño, el mercado empezó a mostrar signos de agotamiento. Las subidas ya no eran tan fáciles ni tan constantes. Aquella euforia que había llevado a la Union Pacific a niveles astronómicos empezó a enfriarse. Yo, por mi parte, estaba esperando. No tenía prisa. Había aprendido que la paciencia es una de las virtudes más rentables en Wall Street, y que el mercado siempre encuentra la forma de premiar a quienes saben esperar el momento preciso, sin dejarse influenciar por el ruido de fondo.
Cuando finalmente volví a Nueva York, el ambiente en la Bolsa era muy distinto. Se respiraba una cierta cautela, una sensación de que los excesos de los meses anteriores tendrían que ser corregidos tarde o temprano. Me senté frente al tablero de cotizaciones y, durante días, me limité a estudiar el movimiento de los precios. No buscaba un pálpito, ni un consejo, ni una noticia. Solo buscaba la verdad del mercado, esa que se escribe en el papel con el lenguaje de los números. Estaba listo para volver a jugar, pero esta vez, bajo mis propias reglas.
Por supuesto que me di cuenta, en el instante en que oí la noticia de la declaración del dividendo sin precedentes del 10 por ciento, de que había recibido lo que merecía por desoír la voz de la experiencia y escuchar la voz de un informante. Había dejado de lado mis propias convicciones por las sospechas de un amigo, simplemente porque era desinteresado y, por norma general, sabía lo que hacía.
Tan pronto como vi que Union Pacific alcanzaba nuevos máximos históricos, me dije: «Esta no es una acción para estar en corto».
Todo lo que tenía en el mundo estaba puesto como margen en la oficina de Harding. Ni me alegré ni me volví obstinado ante el conocimiento de ese hecho. Lo que estaba claro era que había leído la cinta con precisión y que había sido un memo al dejar que Ed Harding sacudiera mi propia resolución. No tenía sentido lamentarse, porque no tenía tiempo que perder; y, además, lo hecho, hecho está. Así que di la orden de cerrar mis cortos. La acción estaba cerca de 165 cuando envié la orden de comprar a precio de mercado los cuatro mil UP. A esa cifra, tenía una pérdida de tres puntos. Pues bien, mis corredores pagaron 172 y 174 por parte de ella antes de terminar. Cuando recibí mis informes, descubrí que la interferencia bienintencionada de Ed Harding me costó cuarenta mil dólares. ¡Un precio bajo para un hombre por no tener el valor de sus propias convicciones! Fue una lección barata.
No estaba preocupado, porque la cinta indicaba precios aún más altos. Fue un movimiento inusual y no había precedentes para la acción de los directores, pero esta vez hice lo que creí que debía hacer. Tan pronto como di la primera orden de comprar cuatro mil acciones para cubrir mis cortos, decidí aprovechar lo que la cinta indicaba y me puse a favor del mercado. Compré cuatro mil acciones y mantuve esos títulos hasta la mañana siguiente. Luego salí. No solo recuperé los cuarenta mil dólares que había perdido, sino unos quince mil más. Si Ed Harding no hubiera intentado ahorrarme dinero, habría hecho una fortuna. Pero me hizo un gran servicio, pues fue la lección de ese episodio la que, creo firmemente, completó mi educación como operador.
No es que todo lo que necesitaba aprender fuera no aceptar consejos, sino seguir mi propia inclinación. Lo que ocurrió es que gané confianza en mí mismo y finalmente pude deshacerme del viejo método de operar. Aquella experiencia en Saratoga fue mi última operación azarosa, a ciegas. A partir de entonces, comencé a pensar en las condiciones básicas en lugar de en acciones individuales. Me ascendí a un grado superior en la dura escuela de la especulación. Fue un paso largo y difícil de dar.
VII
Nunca dudo en decirle a alguien si soy alcista o bajista. Pero no les digo a las personas que compren o vendan ninguna acción en particular. En un mercado bajista todas las acciones caen y en un mercado alcista suben. No quiero decir, por supuesto, que en un mercado bajista causado por una guerra, las acciones de municiones no suban. Hablo en un sentido general. Pero el hombre promedio no desea que le digan si es un mercado alcista o bajista. Lo que desea es que le digan específicamente qué acción particular comprar o vender. Quiere obtener algo a cambio de nada. No desea trabajar. Ni siquiera desea tener que pensar. Es demasiada molestia tener que contar el dinero que recoge del suelo.
Bueno, yo no era tan perezoso, pero me resultaba más fácil pensar en acciones individuales que en el mercado general y, por lo tanto, en fluctuaciones individuales más que en movimientos generales. Tuve que cambiar y lo hice.
Las personas no parecen captar fácilmente los fundamentos de la negociación bursátil. A menudo he dicho que comprar en un mercado en alza es la forma más cómoda de comprar acciones. Ahora bien, el punto no es tanto comprar lo más barato posible o ponerse en corto a precios máximos, sino comprar o vender en el momento adecuado. Cuando soy bajista y vendo una acción, cada venta debe ser a un nivel inferior al de la venta anterior. Cuando estoy comprando, ocurre lo contrario. Debo comprar en escala ascendente. No compro acciones en largo en una escala descendente, compro en una escala ascendente.
Supongamos, por ejemplo, que estoy comprando algunas acciones. Compraré dos mil acciones a 110. Si la acción sube a 111 después de que la compro, estoy, al menos temporalmente, en lo cierto en mi operación, porque está un punto más arriba; me muestra una ganancia. Pues bien, como estoy en lo cierto, entro y compro otras dos mil acciones. Si el mercado sigue subiendo, compro un tercer lote de dos mil acciones. Digamos que el precio sube a 114. Creo que es suficiente por el momento. Ahora tengo una base de operaciones con la cual trabajar. Estoy largo en seis mil acciones a un promedio de 111¾, y la acción se cotiza a 114. No compraré más por ahora. Espero y veo. Calculo que en algún punto de la subida habrá una reacción. Quiero ver cómo se comporta el mercado después de esa reacción. Probablemente reaccionará hasta donde obtuve mi tercer lote. Digamos que después de subir más, cae a 112¼, y luego repunta. Bueno, justo cuando vuelve a 113¾, lanzo una orden de compra por cuatro mil, al mercado, por supuesto. Bueno, si obtengo esos cuatro mil a 113¾, sé que algo anda mal y daré una orden de prueba; es decir, venderé mil acciones para ver cómo lo toma el mercado. Pero supongamos que de la orden de compra de las cuatro mil acciones que puse cuando el precio era 113¾, obtengo dos mil a 114, quinientas a 114½ y el resto en el camino hacia arriba, de modo que por las últimas quinientas pago 115½. Entonces sé que tengo razón. Es la forma en que obtengo las cuatro mil acciones lo que me dice si estoy en lo cierto al comprar esa acción en particular en ese momento en particular, porque, por supuesto, estoy trabajando bajo la premisa de que he verificado bastante bien las condiciones generales y son alcistas. Nunca quiero comprar acciones demasiado baratas o demasiado fácilmente.
Recuerdo una historia que escuché sobre el diácono S. V. White cuando era uno de los grandes operadores de la Calle. Era un anciano muy fino, astuto como el que más y valiente. Hizo cosas maravillosas en su época, por todo lo que he oído.
Fue en los viejos tiempos, cuando el Azúcar era uno de los proveedores más continuos de fuegos artificiales en el mercado. H. O. Havemeyer, presidente de la compañía, estaba en el apogeo de su poder. Deduzco de las charlas con los veteranos que H.O. y su séquito tenían todos los recursos de efectivo y astucia necesarios para llevar a cabo con éxito cualquier operación con sus propias acciones. Me dicen que Havemeyer desplumó a más pequeños operadores profesionales en esa acción que cualquier otro miembro interno en cualquier otra acción. Por regla general, los operadores de piso son más propensos a frustrar el juego de los expertos que a ayudarlo.
Un día, un hombre que conocía al diácono White entró en la oficina muy emocionado y dijo: «Diácono, usted me dijo que si alguna vez obtenía buena información acudiera a usted de inmediato y, si la usaba, me respaldaría en unos cientos de acciones». Hizo una pausa para tomar aliento y pedir confirmación.
El diácono lo miró de esa manera meditativa que tenía y dijo: «No sé si alguna vez le dije exactamente eso o no, pero estoy dispuesto a pagar por información que pueda usar».
«Bueno, la tengo para usted».
«Vaya, eso es bueno», dijo el diácono, tan suavemente que el hombre con la información se infló y dijo: «Sí, señor, diácono». Luego se acercó para que nadie más lo oyera y dijo: «H. O. Havemeyer está comprando Azúcar».
«¿Lo está haciendo?», preguntó el diácono con total calma.
Esto molestó al informante, quien dijo con énfasis: «Sí, señor. Comprando todo lo que puede conseguir, diácono».
«Amigo mío, ¿está seguro?», preguntó el viejo S.V.
«Diácono, lo sé como un hecho positivo. La vieja banda interna está comprando todo lo que puede. Tiene algo que ver con la tarifa y va a haber una masacre en las comunes. Cruzarán a las preferentes. Y eso significa treinta puntos seguros para empezar».
«¿De verdad lo cree?». Y el anciano lo miró por encima de sus gafas de montura de plata a la antigua que se había puesto para mirar la cinta.
«¿Que si lo creo? No, no lo creo; lo sé. ¡Absolutamente! Vamos, diácono, cuando H. O. Havemeyer y sus amigos compran Azúcar como lo hacen ahora, nunca se conforman con menos de cuarenta puntos netos. No me sorprendería ver que el mercado se les escape en cualquier momento y se dispare antes de que hayan conseguido todas sus líneas. No hay tantas dando vueltas por las oficinas de los corredores como hace un mes».
«Está comprando Azúcar, ¿eh?», repitió el diácono distraído.
«¿Comprándolo? Vamos, lo está absorbiendo tan rápido como puede sin hacer subir el precio sobre sí mismo».
«¿Así es?», dijo el diácono. Eso fue todo.
Pero fue suficiente para irritar al informante, quien dijo: «¡Sí, señor! Y llamo a eso información muy buena. Vamos, es absolutamente directa».
«¿Lo es?».
«Sí; y debería valer mucho. ¿Va a usarla?».
«Oh, sí. Voy a usarla».
«¿Cuándo?», preguntó el portador de la información con sospecha.
«Ahora mismo». Y el diácono llamó: «¡Frank!». Era el nombre de pila de su corredor más astuto, que estaba entonces en la habitación contigua.
«Sí, señor», dijo Frank.
«Quisiera que fueras a la Junta y vendas diez mil Azúcar».
«¿Vender?», gritó el informante. Había tanto sufrimiento en su voz que Frank, que había comenzado a correr, se detuvo en seco.
«Pues sí», dijo el diácono suavemente.
«¡Pero le dije que H. O. Havemeyer lo estaba comprando!».
«Sé que lo hizo, amigo mío», dijo el diácono con calma; y volviéndose hacia el corredor: «¡Date prisa, Frank!».
El corredor salió corriendo para ejecutar la orden y el informante se puso rojo.
«Vine aquí», dijo furioso, «con la mejor información que he tenido nunca. Se la traje porque pensé que usted era mi amigo y honrado. Esperaba que actuara según ella...»
«Estoy actuando según ella», interrumpió el diácono con una voz tranquilizadora.
«¡Pero le dije que H.O. y su banda estaban comprando!».
«Es cierto. Le oí».
«¡Comprando! ¡Comprando! ¡Dije comprando!», gritó el informante.
«Sí, comprando. Eso es lo que entendí que dijo», le aseguró el diácono. Estaba de pie junto al teletipo, mirando la cinta.
«Pero usted está vendiendo».
«Sí; diez mil acciones». Y el diácono asintió. «Vendiendo, por supuesto».
Dejó de hablar para concentrarse en la cinta y el informante se acercó para ver lo que el diácono veía, pues el anciano era muy astuto. Mientras miraba por encima del hombro del diácono, un empleado entró con un papel, obviamente el informe de Frank. El diácono apenas le echó un vistazo. Había visto en la cinta cómo se había ejecutado su orden.
Eso le hizo decirle al empleado: «Dile que venda otras diez mil Azúcar».
«¡Diácono, le juro que realmente están comprando la acción!».
«¿Se lo dijo el señor Havemeyer?», preguntó el diácono en voz baja.
«¡Por supuesto que no! Él nunca le dice nada a nadie. No movería un párpado para ayudar a su mejor amigo a ganar un centavo. Pero sé que esto es cierto».
«No se permita alterarse, amigo mío». Y el diácono levantó una mano. Estaba mirando la cinta. El portador del consejo dijo, amargado:
«Si hubiera sabido que iba a hacer lo contrario de lo que esperaba, nunca habría perdido su tiempo ni el mío. Pero no me voy a sentir contento cuando cubra esa acción con una pérdida terrible. Lo siento por usted, diácono. ¡Honestamente! Si me disculpa, iré a otra parte y actuaré según mi propia información».
«Estoy actuando según ella. Creo que sé un poco sobre el mercado; no tanto, tal vez, como usted y su amigo H. O. Havemeyer, pero aun así un poco. Lo que estoy haciendo es lo que mi experiencia me dice que es lo sabio que hacer con esa información que me trajo. Después de que un hombre ha estado en Wall Street tanto tiempo como yo, agradece a cualquiera que sienta lástima por él. Mantenga la calma, amigo mío».
El hombre simplemente se quedó mirando al diácono, por cuyo juicio y temple sentía un gran respeto.
Poco después, el empleado entró de nuevo y entregó un informe al diácono, quien lo miró y dijo: «Ahora dile que compre treinta mil Azúcar. ¡Treinta mil!».
El empleado se apresuró a salir y el informante solo gruñó y miró al viejo zorro gris.
«Amigo mío», explicó el diácono amablemente, «no dudé de que me estuviera diciendo la verdad tal como usted la veía. Pero incluso si hubiera oído al señor H. O. Havemeyer decírselo usted mismo, aun así habría actuado como lo hice. Porque solo había una forma de averiguar si alguien estaba comprando la acción de la manera en que usted dijo que H. O. Havemeyer y sus amigos la estaban comprando, y era hacer lo que hice. Las primeras diez mil acciones se fueron con bastante facilidad. No fue del todo concluyente. Pero las segundas diez mil fueron absorbidas por un mercado que no dejó de subir. La forma en que las veinte mil acciones fueron tomadas por alguien me demostró que alguien estaba, en verdad, dispuesto a tomar todas las acciones que se ofrecían. No importa particularmente en este punto quién sea ese alguien en particular. Así que he cubierto mis cortos y estoy largo en diez mil acciones, y creo que su información fue buena en la medida de lo posible».
«¿Y hasta dónde llega?», preguntó el informante.
«Usted tiene quinientas acciones en esta oficina al precio promedio de las diez mil acciones», dijo el diácono. «Buen día, amigo mío. Esté tranquilo la próxima vez».
«Diga, diácono», dijo el informante, «¿no vendería las mías cuando venda las suyas? No sé tanto como pensaba».
Esa es la teoría. Por eso nunca compro acciones baratas. Por supuesto, siempre trato de comprar de manera efectiva; de una forma que ayude a mi lado del mercado. Cuando se trata de vender acciones, es evidente que nadie puede vender a menos que alguien quiera esas acciones.
Si usted opera a gran escala, tendrá que tener eso en cuenta todo el tiempo. Un hombre estudia las condiciones, planifica sus operaciones cuidadosamente y procede a actuar. Mueve una línea bastante justa y acumula una gran ganancia; sobre el papel. Bueno, ese hombre no puede vender a voluntad. No puede esperar que el mercado absorba cincuenta mil acciones de una sola vez tan fácilmente como lo hace con cien. Tendrá que esperar hasta tener un mercado allí para absorberlas. Llega el momento en que piensa que el poder de compra necesario está allí. Cuando llega esa oportunidad, debe aprovecharla. Por regla general, habrá estado esperando por ella. Tiene que vender cuando puede, no cuando quiere. Para saber el momento, tiene que observar y probar. No tiene truco saber cuándo el mercado puede tomar lo que usted le da. Pero al comenzar un movimiento, es imprudente tomar su línea completa a menos que esté convencido de que las condiciones son exactamente las correctas. Recuerde que las acciones nunca están demasiado altas para que usted comience a comprar, ni demasiado bajas para comenzar a vender. Pero después de la transacción inicial, no haga una segunda a menos que la primera le muestre una ganancia. Espere y observe. Ahí es donde entra la lectura de la cinta; para permitirle decidir sobre el momento adecuado para comenzar. Mucho depende de comenzar exactamente en el momento correcto. Me tomó años darme cuenta de la importancia de esto. También me costó algunos cientos de miles de dólares.
No pretendo que se entienda que aconsejo una piramidación persistente. Un hombre puede piramidar y ganar mucho dinero que no podría ganar si no piramidara; por supuesto. Pero lo que quería decir es esto: supongamos que la línea de un hombre es de quinientas acciones. Digo que no debería comprarlas todas a la vez; no si está especulando. Si simplemente está apostando, el único consejo que tengo para darle es: ¡no lo haga!
Supongamos que compra sus primeras cien y eso le muestra rápidamente una pérdida. ¿Por qué debería ponerse a trabajar y conseguir más acciones? Debería ver de inmediato que está equivocado; al menos temporalmente.
VIII
El incidente de Union Pacific en Saratoga en el verano de 1906 me hizo más independiente que nunca de los consejos y las habladurías; es decir, de las opiniones, conjeturas y sospechas de otras personas, por muy amigables o capaces que pudieran ser personalmente. Los hechos, no la vanidad, probaron para mí que podía leer la cinta con más precisión que la mayoría de las personas que me rodeaban. También estaba mejor equipado que el cliente promedio de Harding Brothers, ya que estaba totalmente libre de prejuicios especulativos. El lado bajista no me atrae más que el alcista, o viceversa. Mi único prejuicio firme es contra estar equivocado.
Incluso de muchacho, siempre obtuve mis propios significados de los hechos que observaba. Es la única forma en que el significado me llega. No puedo obtener de los hechos lo que alguien me dice que obtenga. Son mis hechos, ¿no lo ve? Si creo algo, puede estar seguro de que es porque simplemente debo hacerlo. Cuando estoy largo en acciones es porque mi lectura de las condiciones me ha vuelto alcista. Pero encuentra a muchas personas, reputadas de inteligentes, que son alcistas porque tienen acciones. No permito que mis posesiones, ni tampoco mis preposesiones, piensen por mí. Por eso repito que nunca discuto con la cinta. Estar enojado con el mercado porque inesperada o incluso ilógicamente va en su contra es como enfadarse con sus pulmones porque tiene neumonía.
Había estado acercándome gradualmente a la plena comprensión de cuánto más que leer la cinta había en la especulación bursátil. La insistencia del viejo Partridge en la importancia vital de ser continuamente alcista en un mercado alcista sin duda hizo que mi mente se centrara en la necesidad, por encima de todas las demás cosas, de determinar el tipo de mercado en el que uno está operando. Comencé a darme cuenta de que el gran dinero debe estar necesariamente en la gran oscilación. Cualquiera que sea lo que parezca dar a una gran oscilación su impulso inicial, el hecho es que su continuidad no es el resultado de manipulaciones por parte de grupos o artificios de financieros, sino que depende de las condiciones básicas. Y sin importar quién se oponga, la oscilación debe inevitablemente seguir tan lejos, tan rápido y tanto tiempo como determinen las fuerzas impulsoras.
Después de Saratoga comencé a ver con más claridad; tal vez debería decir con más madurez; que, dado que toda la lista se mueve de acuerdo con la corriente principal, no había tanta necesidad como había imaginado de estudiar jugadas individuales o el comportamiento de esta o aquella acción. Además, al pensar en la oscilación, un hombre no estaba limitado en su negociación. Podía comprar o vender toda la lista. En ciertas acciones, una posición corta es peligrosa después de que un hombre vende más de un cierto porcentaje del capital social, cantidad que depende de cómo, dónde y por quién se mantenga la acción. Pero podría vender un millón de acciones de la lista general; si tuviera el precio; sin el peligro de ser presionado. Solía ganarse una gran cantidad de dinero periódicamente por parte de los iniciados en los viejos tiempos gracias a los cortos y a sus temores cuidadosamente fomentados de acorralamientos y presiones.
*Desde luego, lo que había que hacer era ser alcista en un mercado alcista y bajista en un mercado bajista.* Suena tonto, ¿verdad? Pero tuve que asimilar ese principio general firmemente antes de ver que ponerlo en práctica significaba, en realidad, anticipar probabilidades. Me llevó mucho tiempo aprender a operar bajo esas premisas. Pero, en justicia hacia mí mismo, debo recordarle que hasta entonces nunca había tenido un capital lo suficientemente grande como para especular de esa manera. Una gran oscilación significará mucho dinero si su posición es grande, y para poder manejar una posición grande necesita un saldo importante en la cuenta de su agente de bolsa.
Siempre tuve —o sentí que tenía— que ganarme el pan de cada día en el mercado de valores. Eso interfería con mis esfuerzos por aumentar el capital disponible para el método de operar en las oscilaciones, que es más rentable pero más lento y, por tanto, más costoso de inmediato.
Pero no solo mi confianza en mí mismo se fortaleció, sino que mis agentes de bolsa dejaron de considerarme un «joven apostador» con suerte esporádica. Habían ganado mucho dinero conmigo en comisiones, pero ahora estaba en camino de convertirme en su cliente estrella y, como tal, de tener un valor que iba más allá del volumen real de mis operaciones. *Un cliente que gana dinero es un activo para la oficina de cualquier agente de bolsa.*
En el momento en que dejé de conformarme con estudiar simplemente la cinta, dejé de preocuparme exclusivamente por las fluctuaciones diarias de acciones específicas, y cuando eso sucedió, simplemente tuve que estudiar el juego desde un ángulo diferente. Trabajé retrocediendo desde la cotización hasta los principios fundamentales; desde las fluctuaciones de precios hasta las condiciones básicas.
Por supuesto, llevaba mucho tiempo leyendo regularmente la información diaria. Todos los operadores lo hacen. Pero gran parte de ella era chismorreo, parte era deliberadamente falsa y el resto, simplemente la opinión personal de los escritores. Las reseñas semanales de prestigio, cuando tocaban las condiciones subyacentes, no me resultaban del todo satisfactorias. El punto de vista de los editores financieros no solía ser el mío. Para ellos no era una cuestión vital organizar sus hechos y extraer conclusiones de ellos, pero para mí sí lo era. Además, existía una gran diferencia en nuestra evaluación del elemento tiempo. *El análisis de la semana que había pasado era menos importante para mí que el pronóstico de las semanas que estaban por venir.*
Durante años había sido víctima de una desafortunada combinación de inexperiencia, juventud y capital insuficiente. Pero ahora sentía el entusiasmo de un descubridor. Mi nueva actitud ante el juego explicaba mis repetidos fracasos a la hora de ganar mucho dinero en Nueva York. Pero ahora, con recursos adecuados, experiencia y confianza, tenía tanta prisa por probar la nueva llave que no me di cuenta de que había otra cerradura en la puerta: ¡una cerradura de tiempo! Fue un descuido perfectamente natural. Tuve que pagar la matrícula habitual: un buen golpe por cada paso adelante.
Estudié la situación en 1906 y pensé que las perspectivas económicas eran particularmente graves. Se había destruido mucha riqueza real en todo el mundo. Tarde o temprano todos sentirían el aprieto y, por lo tanto, nadie estaría en condiciones de ayudar a nadie. No sería el tipo de tiempos difíciles que provienen del intercambio de una casa que vale diez mil dólares por un cargamento de caballos de carreras que vale ocho mil. Fue la destrucción total de la casa por un incendio y de la mayoría de los caballos por un accidente ferroviario. Fue dinero en efectivo contante y sonante el que se convirtió en humo de cañón en la Guerra de los Bóeres, y los millones gastados en alimentar soldados no productivos en Sudáfrica significaban que no habría ayuda de los inversores británicos como en el pasado. Además, el terremoto y el incendio de San Francisco y otros desastres afectaron a todos: fabricantes, agricultores, comerciantes, trabajadores y millonarios. Los ferrocarriles debían sufrir mucho. Calculé que nada podría evitar un tremendo desplome. Siendo así las cosas, solo había una cosa que hacer: ¡vender acciones!
Le dije que ya había observado que mi transacción inicial, después de decidir cómo iba a operar, tendía a reportarme un beneficio. Y ahora, cuando decidí vender, me lancé de cabeza. Dado que, sin duda, estábamos entrando en un verdadero mercado bajista, estaba seguro de que lograría el mayor éxito de mi carrera.
El mercado cayó. Luego se recuperó. Se debilitó y luego comenzó a avanzar constantemente. Mis beneficios teóricos se desvanecieron y mis pérdidas teóricas aumentaron. Un día parecía que no quedaría ni un bajista para contar la historia del mercado bajista estrictamente genuino. *No pude aguantar la presión. Cubrí mis posiciones. Fue lo mejor. Si no lo hubiera hecho, no habría tenido ni para comprar una postal. Perdí la mayor parte de mi piel, pero era mejor vivir para luchar otro día.*
Había cometido un error. ¿Pero dónde? Era bajista en un mercado bajista. Eso era sensato. Había vendido acciones en corto. Eso era correcto. *Las había vendido demasiado pronto. Eso fue costoso. Mi posición era correcta, pero mi jugada era errónea.* Sin embargo, cada día acercaba más el mercado al inevitable desplome. Así que esperé y, cuando el repunte comenzó a vacilar y a pausarse, les vendí tantas acciones como mis lamentablemente disminuidos márgenes me permitían. *Esta vez acerté, exactamente por un día entero*, porque al siguiente hubo otro repunte. ¡Otro gran bocado a un servidor! Así que leí la cinta, cubrí mis posiciones y esperé. A su debido tiempo, volví a vender, y de nuevo bajaron prometedoramente y luego se recuperaron de forma grosera.
Parecía que el mercado estaba haciendo todo lo posible para que volviera a mis viejas y sencillas formas de operar en garitos de bolsa. *Era la primera vez que trabajaba con un plan definido y prospectivo que abarcaba todo el mercado en lugar de una o dos acciones.* Calculé que debía ganar si resistía. Por supuesto, en aquel entonces aún no había desarrollado mi sistema de colocar mis apuestas, o habría desplegado mi posición corta en un mercado en declive, como le expliqué la última vez. Entonces no habría perdido tanto de mi margen. Me habría equivocado, pero no habría salido herido. Verá, había observado ciertos hechos, pero no había aprendido a coordinarlos. Mi observación incompleta no solo no ayudó, sino que realmente obstaculizó.
Siempre me ha resultado rentable estudiar mis errores. Así, finalmente descubrí que estaba muy bien no perder la posición bajista en un mercado bajista, pero que, en todo momento, se debía leer la cinta para determinar lo propicio del momento para operar. Si empieza bien, no verá su posición rentable seriamente amenazada; y entonces no encontrará problemas para mantenerse firme.
Por supuesto, hoy tengo mayor confianza en la precisión de mis observaciones —en las que ni las esperanzas ni las aficiones juegan papel alguno— y también tengo mayores facilidades para verificar mis hechos, así como para probar de diversas maneras la corrección de mis puntos de vista. Pero en 1906, la sucesión de repuntes dañó peligrosamente mis márgenes.
Tenía casi veintisiete años. Llevaba doce años en el juego. *Pero la primera vez que operé debido a una crisis que aún estaba por llegar, descubrí que había estado usando un telescopio.* Entre mi primer atisbo de la nube de tormenta y el momento de cobrar el gran desplome, el trecho fue evidentemente mucho mayor de lo que había pensado, de modo que empecé a preguntarme si realmente veía lo que creía ver con tanta claridad. *Habíamos tenido muchas advertencias y ascensos sensacionales en las tasas de dinero a la vista.* Aun así, algunos de los grandes financieros hablaban con esperanza —al menos ante los reporteros de los periódicos— y los consiguientes repuntes en el mercado de valores desmentían a los profetas del desastre. ¿Estaba fundamentalmente equivocado al ser bajista o solo temporalmente equivocado al haber empezado a vender en corto demasiado pronto?
Decidí que empecé demasiado pronto, pero que realmente no podía evitarlo. Entonces el mercado comenzó a bajar. Esa fue mi oportunidad. Vendí todo lo que pude, y luego las acciones se recuperaron de nuevo, hasta alcanzar un nivel considerable.
Me dejó sin nada.
Ahí estaba: ¡en lo correcto y en bancarrota!
Le digo que fue notable. Lo que sucedió fue esto: miré hacia adelante y vi un gran montón de dólares. De él sobresalía un cartel. Tenía escrito «Sírvanse ustedes mismos» en letras enormes. A su lado había un carro con «Lawrence Livingston Trucking Corporation» pintado en su costado. Yo tenía una pala nueva en la mano. No había otra alma a la vista, así que no tenía competencia en la excavación de oro, lo cual es una de las bellezas de ver el montón de dólares antes que los demás. La gente que podría haberlo visto si se hubiera detenido a mirar estaba en ese momento mirando partidos de béisbol, conduciendo o comprando casas que se pagarían con los mismos dólares que yo veía. Esa fue la primera vez que vi mucho dinero por delante y, naturalmente, comencé a correr hacia él. Antes de que pudiera llegar al montón de dólares, me quedé sin aliento y caí al suelo. El montón de dólares seguía allí, pero había perdido la pala y el carro se había ido. ¡Tanto por correr demasiado pronto! Estaba demasiado ansioso por probarme a mí mismo que había visto dólares reales y no un espejismo. Vi, y supe que veía. Pensar en la recompensa por mi excelente visión me impidió considerar la distancia hasta el montón de dólares. *Debería haber caminado y no corrido.*
Eso es lo que pasó. No esperé a determinar si el momento era el adecuado o no para lanzarme al lado bajista. En la única ocasión en que debería haber invocado la ayuda de mi lectura de cinta, no lo hice. Así es como llegué a aprender que, incluso *cuando uno es correctamente bajista al principio de un mercado bajista, es bueno no empezar a vender en masa hasta que no haya peligro de que el motor tenga un retroceso*.
Había operado con muchos miles de acciones en la oficina de Harding durante todos esos años y, además, la firma tenía confianza en mí y nuestras relaciones eran de las más agradables. Creo que sentían que estaba destinado a tener razón de nuevo muy pronto y sabían que, con mi costumbre de forzar mi suerte, todo lo que necesitaba era un comienzo y recuperaría con creces lo que había perdido. Habían ganado mucho dinero con mis operaciones y ganarían más. Así que no hubo problemas en que pudiera volver a operar allí mientras mi crédito se mantuviera alto.
La sucesión de azotes que había recibido me hizo menos agresivamente engreído; tal vez debería decir menos descuidado, porque por supuesto sabía que estaba mucho más cerca del desplome. Todo lo que podía hacer era esperar vigilante, como debería haber hecho antes de lanzarme. No era un caso de cerrar el establo después de que robaran el caballo. Simplemente tenía que estar seguro, la próxima vez que lo intentara. *Si un hombre no cometiera errores, sería dueño del mundo en un mes. Pero si no sacara provecho de sus errores, no sería dueño de absolutamente nada.*
Bueno, señor, una buena mañana bajé al centro de la ciudad sintiéndome engreído una vez más. Esta vez no había ninguna duda. Había leído un anuncio en las páginas financieras de todos los periódicos que era la señal de alto que no tuve el sentido común de esperar antes de lanzarme. Era el anuncio de una nueva emisión de acciones de los ferrocarriles Northern Pacific y Great Northern. Los pagos debían hacerse en un plan de cuotas para comodidad de los accionistas. Esta consideración era algo nuevo en Wall Street. Me pareció más que ominosa.
Durante años, el elemento alcista infalible de la Great Northern preferencial había sido el anuncio de que se iba a cortar otro melón, dicho melón consistía en el derecho de los afortunados accionistas a suscribir a la par una nueva emisión de acciones de Great Northern. Estos derechos eran valiosos, ya que el precio de mercado siempre estaba muy por encima de la par. ¡Pero ahora *el mercado monetario* estaba de tal manera que las casas bancarias más poderosas del país no estaban muy seguras de que los accionistas pudieran pagar en efectivo la ganga! ¡Y la Great Northern preferencial se vendía a unos 330!
Tan pronto como llegué a la oficina le dije a Ed Harding: «El momento de vender es ahora mismo. Aquí es donde debería haber empezado. Mire ese anuncio, ¿quiere?».
Él lo había visto. Señalé lo que significaba la confesión de los banqueros en mi opinión, pero él no podía ver claramente el gran desplome justo encima de nosotros. Pensó que era mejor esperar antes de lanzar una posición corta muy grande debido a la costumbre del mercado de tener grandes repuntes. Si esperaba, los precios podrían ser más bajos, pero la operación sería más segura.
«Ed», le dije, «cuanto más se retrase el inicio, más agudo será el desplome cuando finalmente comience. Ese anuncio es una confesión firmada por parte de los banqueros. Lo que ellos temen es lo que yo espero. Esta es una señal para que nos subamos al carro bajista. Es todo lo que necesitábamos. Si tuviera diez millones de dólares, los apostaría todos en este mismo instante».
Tuve que hablar y discutir un poco más. Él no se contentaba con las únicas inferencias que un hombre cuerdo podía extraer de ese sorprendente anuncio. Para mí era suficiente, pero no para la mayoría de las personas en la oficina. Vendí un poco; demasiado poco.
Unos días después, St. Paul tuvo la amabilidad de publicar un anuncio de una emisión propia; ya fueran acciones o pagarés, no recuerdo cuál. Pero eso no importa. Lo que importaba entonces era que noté en el momento en que lo leí que la fecha de pago estaba establecida antes de los pagos de Great Northern y Northern Pacific, que habían sido anunciados anteriormente. Era tan claro como si hubieran usado un megáfono: el gran y viejo St. Paul estaba tratando de adelantarse a los otros dos ferrocarriles para conseguir el poco dinero que flotaba en Wall Street. Los banqueros de St. Paul temían claramente que no hubiera suficiente para los tres y no decían: «¡Después de usted, mi querido Alphonse!». Si el dinero ya era tan escaso —y puede apostar a que los banqueros lo sabían—, ¿qué sería más tarde? Los ferrocarriles lo necesitaban desesperadamente. No estaba allí. ¿Cuál era la respuesta?
¡Venderlas! ¡Por supuesto! El público, con los ojos fijos en el mercado de valores, vio poco esa semana. Los operadores de bolsa inteligentes vieron mucho ese año. Esa era la diferencia.
Para mí, ese fue el fin de la duda y la vacilación. Tomé una decisión definitiva allí mismo. Esa misma mañana comencé lo que realmente fue mi primera campaña siguiendo las líneas que he seguido desde entonces. Le dije a Harding lo que pensaba y cuál era mi posición, y él no puso objeciones a que vendiera Great Northern preferencial a unos 330, y otras acciones a precios altos. Saqué provecho de mis anteriores y costosos errores y vendí de manera más inteligente.
Mi reputación y mi crédito se restablecieron en un abrir y cerrar de ojos. Esa es la belleza de tener razón en la oficina de un agente de bolsa, ya sea por accidente o no. Pero esta vez tenía razón con sangre fría, no por una corazonada o por una lectura hábil de la cinta, sino como resultado de mi análisis de las condiciones que afectaban al mercado de valores en general. No estaba adivinando. Estaba anticipando lo inevitable. No requería coraje vender acciones. Simplemente no podía ver otra cosa que precios más bajos, y tenía que actuar en consecuencia, ¿no? ¿Qué otra cosa podía hacer?
Toda la lista estaba blanda como una papilla. Poco después hubo un repunte y la gente vino a advertirme de que se había llegado al final del declive. Los peces gordos, sabiendo que el interés en corto era enorme, habían decidido exprimir a los bajistas hasta dejarlos sin nada, etcétera. Eso nos haría retroceder a los pesimistas unos cuantos millones. Era seguro que los peces gordos no tendrían piedad. Solía agradecer a estos amables consejeros. Ni siquiera discutía, porque entonces habrían pensado que no estaba agradecido por las advertencias.
El amigo que había estado en Atlantic City conmigo estaba angustiado. Podía entender la corazonada que fue seguida por el terremoto. No podía dejar de creer en tales agentes, ya que yo había ganado un cuarto de millón obedeciendo inteligentemente mi impulso ciego de vender Union Pacific. Incluso dijo que era la Providencia actuando de manera misteriosa para hacerme vender acciones cuando él mismo era alcista. Y podía entender mi segunda operación con UP en Saratoga porque podía entender cualquier trato que involucrara una sola acción, sobre la cual el consejo fijaba definitivamente el movimiento por adelantado, ya fuera al alza o a la baja. Pero esto de predecir que todas las acciones estaban destinadas a bajar solía exasperarlo. ¿Qué le reportaba a alguien ese tipo de información? ¿Cómo diablos podía un caballero saber qué hacer?
Recordé el comentario favorito del viejo Partridge: «Bueno, este es un mercado alcista, ya sabes», como si eso fuera consejo suficiente para cualquiera que fuera lo suficientemente sabio; como en verdad lo era. Era muy curioso cómo, después de sufrir pérdidas tremendas por un desplome de quince o veinte puntos, la gente que todavía se aferraba daba la bienvenida a un repunte de tres puntos y estaba segura de que se había tocado fondo y había comenzado la recuperación completa.
Un día mi amigo vino a mí y me preguntó: «¿Has cubierto?».
«¿Por qué debería hacerlo?», dije.
«Por la mejor razón del mundo».
«¿Qué razón es esa?».
«Ganar dinero. Han tocado fondo y lo que baja tiene que subir. ¿No es así?».
«Sí», respondí. «Primero se hunden hasta el fondo. Luego suben; pero no de inmediato. Tienen que estar bien muertas un par de días. No es el momento para que estos cadáveres salgan a la superficie. Todavía no están del todo muertos».
Un veterano me escuchó. Era uno de esos tipos a los que siempre algo les recuerda a otra cosa. Dijo que William R. Travers, que era bajista, una vez se encontró con un amigo que era alcista. Intercambiaron puntos de vista sobre el mercado y el amigo dijo: «Sr. Travers, ¿cómo puede ser bajista con el mercado tan rígido?», y Travers replicó: «¡Sí! ¡La r-rigidez d-de la m-muerte!». Fue Travers quien fue a la oficina de una empresa y pidió que le dejaran ver los libros. El empleado le preguntó: «¿Tiene usted algún interés en esta compañía?», y Travers respondió: «¡D-debería d-decir que sí! ¡Estoy c-corto de v-veinte mil a-acciones de la compañía!».
Bueno, los repuntes se hicieron cada vez más débiles. Estaba forzando mi suerte todo lo que podía. Cada vez que vendía unos pocos miles de acciones de Great Northern preferencial, el precio caía varios puntos. Busqué puntos débiles en otros lugares y les vendí unas cuantas. Todas cedieron, con una excepción impresionante; y esa fue Reading.
Cuando todo lo demás se lanzó por el tobogán, Reading se mantuvo firme como el Peñón de Gibraltar. Todo el mundo decía que la acción estaba acorralada. Ciertamente actuaba como tal. Solían decirme que era un suicidio vender Reading en corto. Había gente en la oficina que ahora era tan bajista en todo como yo. Pero cuando alguien insinuaba vender Reading, gritaban pidiendo ayuda. Yo mismo había vendido algunas en corto y me mantenía firme en ello. Al mismo tiempo, naturalmente, prefería buscar y golpear los puntos débiles en lugar de atacar las especialidades más fuertemente protegidas. Mi lectura de cinta encontró dinero más fácil para mí en otras acciones.
Oí hablar mucho del pool alcista de Reading. Era un pool sumamente fuerte. Para empezar, tenían una gran cantidad de acciones de bajo precio, de modo que su promedio estaba realmente por debajo del nivel imperante, según me contaron mis amigos. Además, los principales miembros del pool tenían estrechas relaciones de lo más amistosas con los bancos cuyo dinero utilizaban para mantener sus enormes tenencias de Reading. Mientras el precio se mantuviera alto, la amistad de los banqueros era leal y firme. La ganancia teórica de uno de los miembros del pool superaba los tres millones. Eso permitía cierto declive sin causar fatalidades. No es de extrañar que la acción se mantuviera firme y desafiara a los bajistas. De vez en cuando, los operadores de la sala miraban el precio, se relamían y procedían a probarlo con mil o dos mil acciones. No podían desalojar ni una sola acción, así que cubrían sus posiciones y buscaban dinero más fácil en otra parte. Cada vez que yo la miraba, también vendía un poco más, lo justo para convencerme de que era fiel a mis nuevos principios de negociación y que no estaba teniendo favoritos.
En los viejos tiempos, la fortaleza de Reading podría haberme engañado. La cinta seguía diciendo: «¡Déjala en paz!». Pero mi razón me decía otra cosa. Yo estaba anticipando una ruptura general, y no iba a haber excepciones, pool o no pool.
Siempre he jugado por mi cuenta. Empecé así en las casas de apuestas y he seguido igual. Es como funciona mi mente. Tengo que ver y pensar por mí mismo. Pero puedo decirles que, después de que el mercado empezó a moverse a mi favor, sentí por primera vez en mi vida que tenía aliados, los más fuertes y verdaderos del mundo: las condiciones subyacentes. Me ayudaban con todas sus fuerzas. Quizás eran un poco lentas a veces para traer las reservas, pero eran fiables, siempre y cuando yo no me impacientara demasiado. No estaba enfrentando mi habilidad para leer la cinta o mis corazonadas contra el azar. La lógica inexorable de los acontecimientos estaba ganando dinero para mí.
La clave era tener razón; saberlo y actuar en consecuencia. Las condiciones generales, mis verdaderos aliados, decían «¡abajo!», y Reading ignoraba la orden. Era un insulto para nosotros. Empezó a molestarme ver a Reading manteniéndose firme, como si todo estuviera sereno. Debería ser la mejor venta en corto de toda la lista porque no había bajado y el pool mantenía una gran cantidad de acciones que no sería capaz de sostener cuando la escasez de dinero se volviera más pronunciada. Algún día, los amigos de los banqueros no correrían mejor suerte que el público sin amigos. La acción tenía que caer con las demás. Si Reading no bajaba, entonces mi teoría estaba equivocada; yo estaba equivocado; los hechos estaban equivocados; la lógica estaba equivocada.
Calculé que el precio se mantenía porque Wall Street tenía miedo de venderla. Así que un día le di a dos corredores una orden a cada uno para vender cuatro mil acciones, al mismo tiempo.
Deberían haber visto a esa acción acorralada, de la que decían que era un suicidio vender en corto, dar una zambullida precipitada cuando esas órdenes competitivas la golpearon. Les dejé que se llevaran unos miles más. El precio era 111 cuando empecé a venderla. En pocos minutos, cerré toda mi posición corta en 92.
Pasé un tiempo maravilloso después de eso, y en febrero de 1907 hice limpieza. Las acciones preferentes de Great Northern habían bajado sesenta o setenta puntos, y otras acciones en proporción. Había ganado un buen pico, pero la razón por la que hice limpieza fue que calculé que el declive había descontado el futuro inmediato. Esperaba una recuperación razonable, pero no era lo suficientemente alcista como para jugar a un cambio de tendencia. No iba a perder mi posición por completo. El mercado no sería adecuado para que yo operara durante un tiempo. Los primeros diez mil que gané en las casas de apuestas los perdí porque operaba fuera de temporada, todos los días, sin importar si las condiciones eran las adecuadas o no. No iba a cometer ese error dos veces. Además, no olviden que me había arruinado poco tiempo antes porque había visto esta ruptura demasiado pronto y empecé a vender antes de tiempo. Ahora que tenía una gran ganancia, quería cobrar para sentir que había tenido razón. Los rebotes me habían arruinado antes. No iba a permitir que el siguiente rebote me eliminara. En lugar de quedarme quieto, me fui a Florida. Me encanta pescar y necesitaba un descanso. Podía conseguir ambas cosas allí. Y, además, hay cables directos entre Wall Street y Palm Beach.
IX
Navegué frente a la costa de Florida. La pesca era buena. Estaba fuera de las acciones. Mi mente estaba tranquila. Me lo estaba pasando muy bien. Un día frente a Palm Beach, unos amigos se acercaron en una lancha a motor. Uno de ellos trajo un periódico consigo. No había mirado uno en varios días y no sentía ningún deseo de ver uno. No me interesaba ninguna noticia que pudiera publicar. Pero eché un vistazo al que mi amigo trajo al yate y vi que el mercado había tenido un gran rebote; diez puntos y más.
Les dije a mis amigos que iría a tierra con ellos. Los rebotes moderados de vez en cuando eran razonables. Pero el mercado bajista no había terminado; y aquí estaba Wall Street o el público insensato o los intereses alcistas desesperados ignorando las condiciones monetarias y marcando los precios más allá de lo razonable o dejando que alguien más lo hiciera. Era demasiado para mí. Simplemente tenía que echar un vistazo al mercado. No sabía qué podría hacer o no. Pero sabía que mi necesidad apremiante era ver el tablero de cotizaciones.
Mis corredores, Harding Brothers, tenían una sucursal en Palm Beach. Cuando entré, encontré allí a un montón de tipos que conocía. La mayoría estaba hablando de forma alcista. Eran del tipo que opera con la cinta y quiere acción rápida. A esos operadores no les importa mirar muy lejos hacia el futuro porque no lo necesitan con su estilo de juego. Les conté cómo me hice conocido en la oficina de Nueva York como el «Boy Plunger». Por supuesto, la gente siempre magnifica las ganancias de un tipo y el tamaño de la posición que mueve. Los tipos de la oficina habían oído que había hecho una matanza en Nueva York en el lado bajista y ahora esperaban que volviera a lanzarme en el lado corto. Ellos mismos pensaban que el rebote iría mucho más allá, pero consideraban que era mi deber luchar contra él.
Había venido a Florida en un viaje de pesca. Había estado bajo una tensión bastante severa y necesitaba mis vacaciones. Pero en el momento en que vi lo lejos que había llegado la recuperación de los precios, ya no sentí la necesidad de unas vacaciones. No había pensado en lo que iba a hacer exactamente cuando llegara a tierra. Pero ahora sabía que debía vender acciones. Tenía razón, y debía probarlo a mi vieja y única manera: diciéndolo con dinero. Vender la lista general sería una acción adecuada, prudente, rentable e incluso patriótica.
Lo primero que vi en el tablero de cotizaciones fue que Anaconda estaba a punto de cruzar los 300. Había estado subiendo a pasos agigantados y aparentemente había un grupo alcista agresivo en ella. Era una vieja teoría de trading mía que cuando una acción cruza 100, 200 o 300 por primera vez, el precio no se detiene en la cifra redonda, sino que sube mucho más, de modo que si compras tan pronto como cruza la línea, es casi seguro que obtendrás una ganancia. A la gente tímida no le gusta comprar una acción en un nuevo récord máximo. Pero yo tenía la historia de tales movimientos para guiarme.
Anaconda era solo una acción de un cuarto, es decir, el valor nominal de las acciones era de solo veinticinco dólares. Se necesitaban cuatrocientas acciones de ella para igualar las cien acciones habituales de otras acciones, cuyo valor nominal era de cien dólares. Calculé que cuando cruzara los 300 debería seguir subiendo y probablemente tocar los 340 en un santiamén.
Yo era bajista, recuerden, pero también era un operador que leía la cinta. Sabía que Anaconda, si iba por el camino que yo calculaba, se movería muy rápido. Todo lo que se mueve rápido siempre me atrae. He aprendido la paciencia y cómo quedarme quieto, pero mi preferencia personal es por los movimientos veloces, y Anaconda ciertamente no era una tortuga. Mi compra porque cruzó los 300 fue motivada por el deseo, siempre fuerte en mí, de confirmar mis observaciones.
En ese momento, la cinta decía que la compra era más fuerte que la venta y, por lo tanto, el rebote general podría fácilmente ir un poco más allá. Sería prudente esperar antes de ponerse corto. Aun así, bien podría pagarme un sueldo por esperar. Esto se lograría sacando treinta puntos rápidos de Anaconda. ¡Bajista en todo el mercado y alcista en esa única acción! Así que compré treinta y dos mil acciones de Anaconda, es decir, ocho mil acciones completas. Fue una pequeña incursión, pero estaba seguro de mis premisas y calculé que la ganancia ayudaría a aumentar el margen disponible para las operaciones bajistas más adelante.
Al día siguiente, los cables telegráficos estaban caídos debido a una tormenta en el Norte o algo parecido. Estaba en la oficina de Harding esperando noticias. La multitud estaba charlando y preguntándose todo tipo de cosas, como hacen los operadores bursátiles cuando no pueden operar. Entonces recibimos una cotización, la única ese día: Anaconda, 292.
Había un tipo conmigo, un corredor que había conocido en Nueva York. Sabía que yo estaba largo en ocho mil acciones completas y sospecho que él tenía algunas de las suyas, porque cuando recibimos esa cotización, sin duda tuvo un ataque. No podía decir si la acción en ese mismo momento había bajado otros diez puntos o no. Con la forma en que Anaconda había subido, no habría sido nada inusual que cayera veinte puntos. Pero le dije: «No te preocupes, John. Todo estará bien mañana». Esa era realmente la forma en que me sentía. Pero él me miró y negó con la cabeza. Él sabía más. Era de ese tipo. Así que me reí y esperé en la oficina por si llegaba alguna cotización. Pero no, señor. Esa fue la única que recibimos: Anaconda, 292. Significaba una pérdida teórica para mí de casi cien mil dólares. Había querido acción rápida. Bueno, la estaba consiguiendo.
Al día siguiente, los cables funcionaban y recibimos las cotizaciones como de costumbre. Anaconda abrió en 298 y subió a 302¾, pero muy pronto empezó a desvanecerse. Además, el resto del mercado no estaba actuando exactamente bien para un mayor rebote. Me decidí a que si Anaconda volvía a 301, debía considerar todo el asunto como un movimiento falso. En un avance legítimo, el precio debería haber llegado a 310 sin detenerse. Si en cambio reaccionaba, significaba que los precedentes me habían fallado y que yo estaba equivocado; y lo único que hay que hacer cuando un hombre está equivocado es tener razón dejando de estar equivocado. Había comprado ocho mil acciones completas esperando una subida de treinta o cuarenta puntos. No sería mi primer error; ni mi último.
Efectivamente, Anaconda cayó a 301. En el momento en que tocó esa cifra, me escabullí hacia el operador de telégrafo —tenían un cable directo a la oficina de Nueva York— y le dije: «Venda toda mi Anaconda, ocho mil acciones». Lo dije en voz baja. No quería que nadie más supiera lo que estaba haciendo.
Me miró casi con horror. Pero asentí y dije: «¡Todo lo que tengo!».
«Seguramente, Sr. Livingston, ¿no querrá decir al precio de mercado?», y parecía como si fuera a perder un par de millones de los suyos por una mala ejecución de un corredor descuidado. Pero simplemente le dije: «¡Véndalas! ¡No discuta sobre eso!».
Los dos chicos negros, Jim y Ollie, estaban en la oficina, fuera del alcance del oído del operador y del mío. Eran grandes operadores que habían venido originalmente de Chicago, donde habían sido famosos especuladores en trigo, y ahora eran grandes operadores en la Bolsa de Nueva York. Eran muy ricos y vivían a lo grande, de verdad.
Cuando dejé al operador de telégrafo para volver a mi asiento frente al tablero de cotizaciones, Oliver Black me saludó con la cabeza y sonrió.
«Te arrepentirás, Larry», dijo.
Me detuve y le pregunté: «¿Qué quieres decir?».
«Mañana estarás comprándolas de vuelta».
«¿Comprando qué de vuelta?», dije. No se lo había dicho a nadie excepto al operador de telégrafo.
«Anaconda», dijo. «Estarás pagando 320 por ellas. Ese no fue un buen movimiento de tu parte, Larry». Y volvió a sonreír.
«¿Cuál no fue?». Y puse cara de inocente.
«Vender tus ocho mil Anaconda al precio de mercado; de hecho, insistir en ello», dijo Ollie Black.
Sabía que se suponía que era muy inteligente y siempre operaba con información privilegiada. Pero cómo sabía mis asuntos con tanta precisión estaba fuera de mi alcance. Estaba seguro de que la oficina no me había delatado.
«Ollie, ¿cómo sabes eso?», le pregunté.
Se rió y me dijo: «Me lo dijo Charlie Kratzer». Ese era el operador de telégrafo.
«Pero nunca se movió de su lugar», dije.
«No podía oírlos a ustedes dos susurrando», se rio entre dientes. «Pero escuché cada palabra del mensaje que envió a la oficina de Nueva York por ti. Aprendí telegrafía hace años después de una gran pelea por un error en un mensaje. Desde entonces, cuando hago lo que tú hiciste hace un momento —dar una orden de palabra a un operador— quiero estar seguro de que el operador envía el mensaje tal como se lo doy. Sé lo que envía en mi nombre. Pero te arrepentirás de haber vendido esa Anaconda. Va a llegar a 500».
«No en este viaje, Ollie», dije.
Me miró fijamente y dijo: «Eres bastante engreído al respecto».
«Yo no; la cinta», dije. No había ningún teletipo allí, así que no había ninguna cinta. Pero él sabía a qué me refería.
«He oído hablar de esos tipos», dijo, «que miran la cinta y, en lugar de ver precios, ven un horario ferroviario de llegada y salida de acciones. Pero estaban en celdas acolchadas donde no podían hacerse daño».
No le contesté nada porque en ese momento el chico me trajo un memorando. Habían vendido cinco mil acciones a 299¾. Sabía que nuestras cotizaciones estaban un poco detrás del mercado. El precio en el tablero de Palm Beach cuando le di la orden al operador de vender era 301. Me sentí tan seguro de que en ese mismo momento el precio al que la acción se estaba vendiendo realmente en la Bolsa de Nueva York era menor, que si alguien me hubiera ofrecido llevarse las acciones a 296, me habría sentido encantado de aceptarlo. Lo que sucedió les muestra que tengo razón en no operar nunca con límites. ¿Supongamos que hubiera limitado mi precio de venta a 300? Nunca las habría vendido. ¡No, señor! Cuando quieras salir, sal.
Ahora, mis acciones me costaron cerca de 300. Vendieron quinientas acciones —acciones completas, por supuesto— a 299¾. Las siguientes mil las vendieron a 299⅝. Luego cien a ½; doscientas a ⅜ y doscientas a ¼. El resto de mis acciones se vendió a 298¾. Al mejor corredor de Harding le llevó quince minutos deshacerse de esas últimas cien acciones. No querían romper el mercado por completo.
En el momento en que recibí el informe de la venta de la última de mis acciones largas, empecé a hacer lo que realmente había venido a tierra a hacer: es decir, vender acciones. Simplemente tenía que hacerlo. Ahí estaba el mercado después de su escandaloso rebote, suplicando ser vendido. Vaya, la gente empezaba a hablar de forma alcista de nuevo. El curso del mercado, sin embargo, me dijo que el rebote había seguido su curso. Era seguro venderlas. No requería reflexión.
Al día siguiente, Anaconda abrió por debajo de 296. Oliver Black, que esperaba un nuevo rebote, había bajado temprano para estar en el lugar indicado cuando la acción cruzara los 320. No sé cuántas tenía o si estaba largo en todas ellas. Pero no se rio cuando vio los precios de apertura, ni más tarde en el día cuando la acción cayó aún más y nos llegó el informe a Palm Beach de que no había mercado para ella en absoluto.
Por supuesto, esa fue toda la confirmación que cualquier hombre necesitaba. Mi creciente ganancia teórica me seguía recordando que tenía razón, hora tras hora. Naturalmente, vendí algunas acciones más. ¡Todo! Era un mercado bajista. Todas estaban bajando. El siguiente día fue viernes, el cumpleaños de Washington. No podía quedarme en Florida a pescar porque había lanzado una línea corta bastante decente, para mí. Me necesitaban en Nueva York. ¿Quién me necesitaba? ¡Yo mismo! Palm Beach estaba demasiado lejos, demasiado remoto. Se perdía demasiado tiempo valioso telegrafiando de un lado a otro.
Dejé Palm Beach rumbo a Nueva York. El lunes tuve que quedarme en St. Augustine tres horas, esperando un tren. Había una oficina de corredores allí, y naturalmente tenía que ver cómo se estaba comportando el mercado mientras esperaba. Anaconda había caído varios puntos desde el último día de negociación. De hecho, no dejó de bajar hasta la gran ruptura de aquel otoño.
Llegué a Nueva York y operé en el lado bajista durante unos cuatro meses. El mercado tuvo rebotes frecuentes como antes, y seguí cubriendo y volviendo a venderlas. No me quedé quieto, hablando estrictamente. Recuerden, había perdido hasta el último centavo de los trescientos mil dólares que gané con la ruptura del terremoto de San Francisco. Había tenido razón y, sin embargo, me había arruinado. Ahora estaba jugando sobre seguro, porque después de estar abajo, un hombre disfruta estar arriba, incluso si no llega exactamente a la cima. La forma de ganar dinero es ganándolo. La forma de ganar mucho dinero es tener razón exactamente en el momento adecuado. En este negocio, un hombre tiene que pensar tanto en la teoría como en la práctica. Un especulador no debe ser solo un estudiante, debe ser tanto un estudiante como un especulador.
Me fue bastante bien, incluso si ahora puedo ver dónde mi campaña fue tácticamente inadecuada. Cuando llegó el verano, el mercado se volvió aburrido. Era seguro que no habría nada importante hasta bien entrado el otoño. Todos los que conocía se habían ido o se iban a Europa. Pensé que sería un buen movimiento para mí. Así que hice limpieza. Cuando zarpé hacia Europa, tenía un poco más de tres cuartos de millón de beneficio. Para mí, eso parecía un buen saldo.
Estaba en Aix-les-Bains disfrutando. Me había ganado mis vacaciones. Era bueno estar en un lugar así con mucho dinero, amigos y conocidos, y todos decididos a pasarlo bien. No es difícil conseguir eso en Aix. Wall Street estaba tan lejos que nunca pensé en ello, y eso es más de lo que podría decir de cualquier centro vacacional en los Estados Unidos. No tenía que escuchar charlas sobre el mercado de valores. No necesitaba operar. Tenía suficiente para durarme bastante tiempo y, además, cuando regresara sabía qué hacer para ganar mucho más de lo que podría gastar en Europa ese verano.
Un día vi en el Paris Herald un despacho de Nueva York que decía que Smelters había declarado un dividendo extraordinario. Habían impulsado el precio de la acción y el mercado en su conjunto se había recuperado con bastante fuerza. Por supuesto, eso cambió todo para mí en Aix. La noticia simplemente significaba que las camarillas alcistas seguían luchando desesperadamente contra las condiciones, contra el sentido común y contra la honestidad común, pues sabían lo que se avecinaba y estaban recurriendo a tales artimañas para elevar el mercado con el fin de deshacerse de las acciones antes de que la tormenta les golpeara. Es posible que realmente no creyeran que el peligro fuera tan grave o tan inminente como yo pensaba. Los grandes hombres de Wall Street son tan propensos a ser ilusos como los políticos o los simples incautos. Yo mismo no puedo trabajar de esa manera. En un especulador, tal actitud es fatal. Quizá un fabricante de valores o un promotor de nuevas empresas pueda permitirse el lujo de entregarse a delirios de esperanza.
En cualquier caso, yo sabía que toda manipulación alcista estaba condenada al fracaso en aquel mercado bajista. En el instante en que leí el despacho supe que solo había una cosa que hacer para estar tranquilo, y era vender Smelters en corto. Vaya, los iniciados casi me rogaron de rodillas que lo hiciera, cuando aumentaron la tasa de dividendos al borde de un pánico financiero. Era tan exasperante como los viejos «desafíos» de la infancia. Me desafiaron a vender esa acción en particular en corto.
Envié por cable algunas órdenes de venta de Smelter y aconsejé a mis amigos en Nueva York que se pusieran en corto con ella. Cuando recibí mi informe de los corredores, vi que el precio que obtuvieron era seis puntos inferior a las cotizaciones que había visto en el Paris Herald. Eso demuestra cuál era la situación.
Mis planes habían sido regresar a París a finales de mes y unas tres semanas después zarpar hacia Nueva York, pero tan pronto como recibí los informes por cable de mis corredores, volví a París. El mismo día que llegué, fui a las oficinas de la naviera y descubrí que había un barco rápido que salía hacia Nueva York al día siguiente. Lo tomé.
Allí estaba yo, de vuelta en Nueva York, casi un mes antes de mis planes originales, porque era el lugar más cómodo para estar en corto en el mercado. Tenía bien más de medio millón en efectivo disponible para garantías. Mi regreso no se debió a que fuera bajista, sino a que era lógico.
Vendí más acciones. A medida que el dinero se volvía más escaso, las tasas de los préstamos a la vista subían y los precios de las acciones bajaban. Lo había previsto. Al principio, mi previsión me arruinó. Pero ahora tenía razón y estaba prosperando. Sin embargo, la verdadera alegría estaba en la conciencia de que, como operador, estaba finalmente en el camino correcto. Todavía tenía mucho que aprender, pero sabía qué hacer. Se acabaron los titubeos, se acabaron los métodos a medias. La lectura de la cinta era una parte importante del juego; también lo era empezar en el momento adecuado; también lo era mantenerse firme en la posición. Pero mi mayor descubrimiento fue que un hombre debe estudiar las condiciones generales, dimensionarlas para ser capaz de anticipar las probabilidades. En resumen, había aprendido que tenía que trabajar por mi dinero. Ya no apostaba a ciegas ni me preocupaba por dominar la técnica del juego, sino por ganarme mis éxitos mediante un estudio riguroso y un pensamiento claro. También descubrí que nadie era inmune al peligro de hacer jugadas de incauto. Y por una jugada de incauto, un hombre recibe un pago de incauto; pues el pagador está en su puesto y nunca pierde el sobre con el sueldo que te corresponde.
Nuestra oficina ganó mucho dinero. Mis propias operaciones fueron tan exitosas que empezaron a ser comentadas y, por supuesto, se exageraron enormemente. Se me atribuyó el inicio de las caídas en varias acciones. Personas que no conocía por su nombre solían venir a felicitarme. Todas pensaban que lo más maravilloso era el dinero que había ganado. No dijeron ni una palabra sobre el tiempo en que empecé a hablarles de forma bajista y pensaban que yo era un bajista loco con el rencor vengativo de un perdedor en el mercado de valores. Que yo hubiera previsto los problemas monetarios no era nada. Que el contable de mis corredores hubiera usado una tercera parte de una gota de tinta en el lado del crédito del libro mayor bajo mi nombre era para ellos un logro maravilloso.
Mis amigos solían decirme que en varias oficinas se citaba al Joven Especulador de la oficina de Harding Brothers haciendo todo tipo de amenazas contra las camarillas alcistas que habían intentado elevar los precios de diversas acciones mucho después de que estuviera claro que el mercado estaba destinado a buscar un nivel mucho más bajo. Hasta el día de hoy hablan de mis incursiones.
Desde finales de septiembre en adelante, el mercado monetario estuvo lanzando advertencias a todo el mundo. Pero la fe en los milagros impidió que la gente vendiera lo que quedaba de sus tenencias especulativas. Vaya, un corredor me contó una historia la primera semana de octubre que me hizo sentir casi avergonzado de mi moderación.
Recuerdas que los préstamos de dinero solían realizarse en el parqué de la Bolsa alrededor del Money Post. Aquellos corredores que habían recibido aviso de sus bancos para pagar los préstamos a la vista sabían, en términos generales, cuánto dinero tendrían que pedir prestado de nuevo. Y, por supuesto, los bancos conocían su posición en lo que respecta a los fondos prestables, y aquellos que tenían dinero para prestar lo enviaban a la Bolsa. Este dinero bancario era manejado por unos pocos corredores cuyo negocio principal eran los préstamos a plazo. Alrededor del mediodía se publicaba la tasa de renovación para el día. Por lo general, esto representaba un promedio justo de los préstamos realizados hasta ese momento. El negocio, por regla general, se realizaba abiertamente mediante ofertas y demandas, de modo que todos sabían lo que estaba pasando. Entre el mediodía y las dos de la tarde normalmente no se realizaban muchos negocios con dinero, pero después de la hora de entrega —es decir, las 2:15 p.m.— los corredores sabían exactamente cuál sería su posición de efectivo para el día, y eran capaces de acudir al Money Post para prestar los saldos que tenían de más o para pedir prestado lo que necesitaban. Este negocio también se realizaba abiertamente.
Bueno, en algún momento a principios de octubre, el corredor del que te hablaba vino a mí y me dijo que los corredores estaban llegando al punto de no acudir al Money Post cuando tenían dinero para prestar. La razón era que miembros de un par de conocidas casas de comisión estaban vigilando allí, listos para arrebatar cualquier oferta de dinero. Por supuesto, ningún prestamista que ofreciera dinero públicamente podía negarse a prestar a estas firmas. Eran solventes y la garantía era lo suficientemente buena. Pero el problema era que, una vez que estas firmas pedían dinero prestado a la vista, no había perspectiva de que el prestamista recuperara ese dinero. Simplemente decían que no podían devolverlo y el prestamista, quiera o no, tendría que renovar el préstamo. Así que cualquier casa de la Bolsa que tuviera dinero para prestar a sus compañeros solía enviar a sus hombres por el parqué en lugar de al Post, y le susurraban a buenos amigos: «¿Quieres cien?», lo que significaba: «¿Deseas pedir prestado cien mil dólares?». Los corredores de dinero que actuaban para los bancos adoptaron poco después el mismo plan, y era un espectáculo sombrío observar el Money Post. ¡Piénsalo!
Vaya, también me dijo que era una cuestión de etiqueta de la Bolsa de Valores en aquellos días de octubre que el prestatario fijara su propia tasa de interés. Ya ves, fluctuaba entre el 100 y el 150 por ciento anual. Supongo que al dejar que el prestatario fijara la tasa, el prestamista, de alguna manera extraña, no se sentía tanto como un usurero. Pero puedes apostar a que obtuvo tanto como el resto. El prestamista, naturalmente, ni soñaba con no pagar una tasa alta. Jugaba limpio y pagaba lo mismo que los demás. Lo que necesitaba era el dinero y se alegraba de conseguirlo.
Las cosas fueron de mal en peor. Finalmente llegó el terrible día del juicio final para los alcistas, los optimistas, los ilusos y esas vastas hordas que, temiendo el dolor de una pequeña pérdida al principio, estaban ahora a punto de sufrir una amputación total, sin anestesia. Un día que nunca olvidaré, el 24 de octubre de 1907.
Los informes de la gente del dinero indicaban desde temprano que los prestatarios tendrían que pagar lo que los prestamistas consideraran oportuno pedir. No habría suficiente para todos. Ese día, la multitud del dinero era mucho más grande de lo habitual. Cuando llegó la hora de la entrega esa tarde, debía haber un centenar de corredores alrededor del Money Post, cada uno esperando pedir prestado el dinero que su firma necesitaba con urgencia. Sin dinero, tenían que vender las acciones que mantenían con garantía —vender al precio que pudieran conseguir en un mercado donde los compradores eran tan escasos como el dinero— y, justo entonces, no había un dólar a la vista.
El socio de mi amigo era tan bajista como yo. Por lo tanto, la firma no tuvo que pedir prestado, pero mi amigo, el corredor del que te hablé, recién llegado de ver los rostros demacrados alrededor del Money Post, vino a verme. Sabía que yo estaba fuertemente corto en todo el mercado.
Me dijo: «¡Dios mío, Larry! No sé qué va a pasar. Nunca vi nada igual. Esto no puede seguir así. Algo tiene que ceder. Me parece que todo el mundo está quebrado en este mismo momento. No puedes vender acciones y no hay absolutamente nada de dinero ahí dentro».
«¿A qué te refieres?», pregunté.
Pero lo que respondió fue: «¿Alguna vez has oído hablar del experimento de clase del ratón en una campana de cristal cuando empiezan a extraer el aire de la campana? Puedes ver al pobre ratón respirar cada vez más rápido, sus costados agitándose como fuelles sobrecargados, intentando obtener suficiente oxígeno del suministro decreciente en la campana. Lo ves asfixiarse hasta que sus ojos casi saltan de sus órbitas, jadeando, muriendo. ¡Bueno, eso es en lo que pienso cuando veo a la multitud en el Money Post! No hay dinero en ninguna parte, y no puedes liquidar acciones porque no hay nadie para comprarlas. ¡Toda la calle está quebrada en este preciso momento, si me preguntas a mí!».
Eso me hizo pensar. Había visto venir un desplome, pero no, admito, el peor pánico de nuestra historia. Quizás no sería rentable para nadie si iba mucho más lejos.
Finalmente quedó claro que no tenía sentido esperar en el Post por dinero. No iba a haber ninguno. Entonces se desató el infierno.
El presidente de la Bolsa, el Sr. R. H. Thomas, según escuché más tarde ese día, sabiendo que todas las casas de la calle se dirigían al desastre, salió en busca de ayuda. Visitó a James Stillman, presidente del National City Bank, el banco más rico de los Estados Unidos. Su alarde era que nunca prestaba dinero a una tasa superior al 6 por ciento.
Stillman escuchó lo que el presidente de la Bolsa de Nueva York tenía que decir. Luego dijo: «Sr. Thomas, tendremos que ir a ver al Sr. Morgan sobre esto».
Los dos hombres, esperando evitar el pánico más desastroso de nuestra historia financiera, fueron juntos a la oficina de J. P. Morgan & Co. y vieron al Sr. Morgan. El Sr. Thomas expuso el caso ante él. En el momento en que terminó de hablar, el Sr. Morgan dijo: «Regrese a la Bolsa y dígales que habrá dinero para ellos».
«¿Dónde?».
«¡En los bancos!».
Tan fuerte era la fe de todos los hombres en el Sr. Morgan en aquellos tiempos críticos que Thomas no esperó más detalles, sino que corrió de vuelta al parqué de la Bolsa para anunciar la suspensión de la sentencia a sus compañeros miembros condenados a muerte.
Entonces, antes de las dos y media de la tarde, J. P. Morgan envió a John T. Atterbury, de Van Emburgh & Atterbury, quien era conocido por tener relaciones cercanas con J. P. Morgan & Co., a la multitud del dinero. Mi amigo dijo que el viejo corredor caminó rápidamente hacia el Money Post. Levantó la mano como un predicador en una reunión de avivamiento. La multitud, que al principio se había calmado un poco por el anuncio del presidente Thomas, empezaba a temer que los planes de alivio hubieran fracasado y que lo peor estuviera aún por llegar. Pero cuando miraron el rostro del Sr. Atterbury y lo vieron levantar la mano, se quedaron petrificados al instante.
En el silencio sepulcral que siguió, el Sr. Atterbury dijo: «Estoy autorizado a prestar diez millones de dólares. ¡Tómenlo con calma! ¡Habrá suficiente para todos!».
Entonces comenzó. En lugar de dar a cada prestatario el nombre del prestamista, simplemente anotó el nombre del prestatario y la cantidad del préstamo y le dijo al prestatario: «Se le dirá dónde está su dinero». Se refería al nombre del banco del que el prestatario obtendría el dinero más tarde.
Escuché un día o dos después que el Sr. Morgan simplemente envió un mensaje a los banqueros aterrorizados de Nueva York de que debían proporcionar el dinero que la Bolsa necesitaba.
«Pero no tenemos nada. Estamos prestados hasta el tope», protestaron los bancos.
«Tienen sus reservas», espetó J. P.
«Pero ya estamos por debajo del límite legal», aullaron.
«¡Úsenlas! ¡Para eso están las reservas!». Y los bancos obedecieron e invadieron las reservas por valor de unos veinte millones de dólares. Eso salvó al mercado de valores. El pánico bancario no llegó hasta la semana siguiente. Era un hombre, J. P. Morgan. No hay muchos más grandes que él.
Ese fue el día que recuerdo con más viveza de todos los días de mi vida como operador de bolsa. Fue el día en que mis ganancias superaron el millón de dólares. Marcó el final exitoso de mi primera campaña de trading planificada deliberadamente. Lo que había previsto se había hecho realidad. Pero más que todas estas cosas fue esto: un sueño salvaje mío se había realizado. ¡Había sido rey por un día!
Lo explicaré, por supuesto. Después de haber estado en Nueva York un par de años, solía devanarme los sesos tratando de determinar la razón exacta por la que no podía vencer en una casa de Bolsa en Nueva York el juego que había vencido de niño a los quince años en un garito de apuestas en Boston. Sabía que algún día descubriría qué estaba mal y dejaría de estar equivocado. Entonces tendría no solo la voluntad de tener razón, sino el conocimiento para asegurar que tuviera razón. Y eso significaría poder.
Por favor, no me malinterpretes. No fue un sueño deliberado de grandeza ni un deseo fútil nacido de una vanidad desmedida. Era más bien una especie de sentimiento de que el mismo viejo mercado de valores que tanto me desconcertaba en la oficina de Fullerton y en la de Harding algún día comería de mi mano. Simplemente sentí que ese día llegaría. Y llegó: el 24 de octubre de 1907.
La razón por la que digo esto es la siguiente: esa mañana, un corredor que había hecho muchos negocios para mis corredores y sabía que yo había estado apostando fuerte en el lado bajista, bajó en compañía de uno de los socios de la principal casa bancaria de la calle. Mi amigo le contó al banquero lo intensamente que yo había estado operando, pues ciertamente llevé mi suerte al límite. ¿De qué sirve tener razón a menos que obtengas todo el bien posible de ella?
Quizás el corredor exageró para hacer que su historia sonara importante. Quizás yo tenía más seguidores de los que pensaba. Quizás el banquero sabía mucho mejor que yo lo crítica que era la situación. En cualquier caso, mi amigo me dijo: «Escuchó con gran interés lo que le conté que dijiste que iba a hacer el mercado cuando comenzara la verdadera venta, después de otro empujón o dos. Cuando terminé, dijo que podría tener algo para que yo hiciera más tarde en el día».
Cuando las casas de comisión descubrieron que no había ni un centavo que obtener a ningún precio, supe que había llegado el momento. Envié corredores a las diversas multitudes. ¡Vaya, en un momento dado no hubo una sola oferta por Union Pacific! ¡A ningún precio! ¡Piénsalo! Y en otras acciones lo mismo. No había dinero para mantener las acciones y nadie para comprarlas.
Tenía enormes ganancias sobre el papel y la certeza de que todo lo que tenía que hacer para aplastar aún más los precios era enviar órdenes de venta de diez mil acciones cada una de Union Pacific y de media docena de otras buenas acciones que pagaban dividendos, y lo que seguiría sería simplemente el infierno. Me pareció que el pánico que se precipitaría sería de tal intensidad y carácter que la junta de gobernadores consideraría aconsejable cerrar la Bolsa, como se hizo en agosto de 1914, cuando estalló la Gran Guerra.
Significaría un gran aumento de las ganancias sobre el papel. También podría significar una incapacidad para convertir esas ganancias en efectivo real. Pero había otras cosas que considerar, y una era que una mayor caída retrasaría la recuperación en la que empezaba a pensar, la mejora compensatoria después de toda esa sangría. Tal pánico haría mucho daño al país en general.
Decidí que, dado que era imprudente y desagradable seguir siendo activamente bajista, era ilógico para mí seguir en corto. Así que me di la vuelta y comencé a comprar.
No pasó mucho tiempo después de que mis corredores comenzaran a comprar para mí —y, por cierto, obtuve los precios más bajos— cuando el banquero envió a buscar a mi amigo.
«Te he enviado a buscar», dijo, «porque quiero que vayas instantáneamente a ver a tu amigo Livingston y le digas que esperamos que no venda más acciones hoy. El mercado no puede soportar mucha más presión. Tal como está, será una tarea inmensamente difícil evitar un pánico devastador. Apela al patriotismo de tu amigo. Este es un caso en el que un hombre tiene que trabajar para el beneficio de todos. Avísame de inmediato lo que diga».
Mi amigo vino directamente y me lo contó. Fue muy diplomático. Supongo que pensó que, habiendo planeado aplastar el mercado, consideraría su petición como equivalente a tirar la oportunidad de ganar unos diez millones de dólares. Sabía que yo estaba molesto con algunos de los peces gordos por la forma en que habían actuado tratando de endosarle al público un montón de acciones cuando sabían tan bien como yo lo que se avecinaba.
De hecho, los grandes hombres fueron grandes sufridores y muchas de las acciones que compré en el fondo mismo estaban en nombres financieros famosos. No lo sabía en ese momento, pero no importaba. Prácticamente había cubierto todas mis posiciones cortas y me pareció que había una oportunidad de comprar acciones baratas y ayudar a la recuperación necesaria en los precios al mismo tiempo, si nadie martilleaba el mercado.
Así que le dije a mi amigo: «Regresa y dile al Sr. Blank que estoy de acuerdo con ellos y que comprendí plenamente la gravedad de la situación incluso antes de que te enviara. No solo no venderé más acciones hoy, sino que voy a entrar y comprar tanto como pueda cargar». Y cumplí mi palabra. Compré cien mil acciones ese día, para la cuenta larga. No vendí otra acción en corto durante nueve meses.
Es por eso que dije a mis amigos que mi sueño se había hecho realidad y que había sido rey por un momento. El mercado de valores en un momento dado ese día ciertamente estaba a merced de cualquiera que quisiera martillearlo. No sufro de delirios de grandeza; de hecho, sabes cómo me siento acerca de ser acusado de asaltar el mercado y acerca de la forma en que mis operaciones son exageradas por los chismes de la calle.
Salí de aquello en buena forma. Los periódicos decían que Larry Livingston, el Muchacho Apostador, había ganado varios millones. Bueno, mi patrimonio ascendía a más de un millón tras el cierre de operaciones de aquel día. Pero mis mayores ganancias no fueron en dólares, sino en los intangibles: había tenido razón, había mirado hacia adelante y seguido un plan bien definido. Había aprendido lo que un hombre debe hacer para ganar mucho dinero; estaba fuera de la clase de los apostadores de forma permanente; al fin había aprendido a operar con inteligencia y a gran escala. Fue el día de los días para mí.
X
El reconocimiento de nuestros propios errores no debería beneficiarnos más que el estudio de nuestros éxitos. Pero existe una tendencia natural en todos los hombres a evitar el castigo. Cuando asocias ciertos errores con una paliza, no anhelas una segunda dosis y, por supuesto, todos los errores en el mercado de valores te hieren en dos puntos sensibles: tu cartera y tu vanidad. Pero te diré algo curioso: un especulador de bolsa a veces comete errores y sabe que los está cometiendo. Y después de cometerlos, se preguntará por qué los hizo; y tras reflexionar sobre ello con frialdad mucho tiempo después de que el dolor del castigo haya pasado, puede aprender cómo llegó a cometerlos, y cuándo, y en qué punto preciso de su operación; pero no el porqué. Y entonces simplemente se insulta a sí mismo y lo deja estar.
Por supuesto, si un hombre es sabio y afortunado a la vez, no cometerá el mismo error dos veces. Pero cometerá cualquiera de los diez mil hermanos o primos del original. La familia de los Errores es tan grande que siempre hay uno de ellos cerca cuando quieres ver qué eres capaz de hacer en el terreno de las tonterías.
Para contarte sobre el primero de mis errores de un millón de dólares tendré que remontarme a esta época en la que me convertí en millonario por primera vez, justo después del gran desplome de octubre de 1907. En lo que respecta a mis operaciones, tener un millón simplemente significaba más reservas. El dinero no le da a un operador más comodidad, porque, rico o pobre, puede cometer errores y nunca es cómodo estar equivocado. Y cuando un millonario tiene razón, su dinero es simplemente uno de sus varios sirvientes. Perder dinero es el menor de mis problemas. *Una pérdida nunca me molesta después de asumirla. La olvido de un día para otro. Pero estar equivocado —no asumir la pérdida— eso es lo que causa el daño a la cartera y al alma.* Recuerdas la historia de Dickson G. Watts sobre el hombre que estaba tan nervioso que un amigo le preguntó qué le pasaba.
—No puedo dormir —respondió el nervioso.
—¿Por qué no? —preguntó el amigo.
—Llevo tanto algodón encima que no puedo dormir pensando en ello. Me está consumiendo. ¿Qué puedo hacer?
—Vende hasta llegar al punto en que puedas dormir —respondió el amigo.
Por regla general, un hombre se adapta a las condiciones tan rápidamente que pierde la perspectiva. No siente mucho la diferencia; es decir, no recuerda vívidamente cómo se sentía al no ser millonario. Solo recuerda que había cosas que no podía hacer y que ahora sí puede. A un hombre razonablemente joven y normal no le lleva mucho tiempo perder la costumbre de ser pobre. Requiere un poco más de tiempo olvidar que solía ser rico. Supongo que es porque el dinero crea necesidades o fomenta su multiplicación. Quiero decir que, después de que un hombre gana dinero en el mercado de valores, pierde muy rápidamente la costumbre de no gastar. Pero después de perder su dinero, le lleva mucho tiempo perder la costumbre de gastar.
Después de cubrir mis posiciones cortas y tomar posiciones largas en octubre de 1907, decidí tomármelo con calma por un tiempo. Compré un yate y planeé irme de crucero por aguas del sur. Estoy loco por la pesca y me esperaba el mejor momento de mi vida. Lo esperaba con ilusión y contaba con ir cualquier día. Pero no lo hice. El mercado no me dejó.
Siempre he operado tanto con materias primas como con acciones. Empecé siendo un chaval en las casas de apuestas bursátiles. Estudié esos mercados durante años, aunque quizá no tan asiduamente como el mercado de valores. De hecho, prefiero operar con materias primas que con acciones. No hay duda de su mayor legitimidad, por así decirlo. Participa más de la naturaleza de una empresa comercial que la operativa con acciones. Un hombre puede abordarlo como podría cualquier problema mercantil. Puede ser posible usar argumentos ficticios a favor o en contra de una determinada tendencia en un mercado de materias primas; pero el éxito será solo temporal, *pues al final los hechos están destinados a prevalecer*, de modo que un operador obtiene dividendos del estudio y la observación, tal como lo hace en un negocio normal. Puede observar y sopesar las condiciones y sabe tanto al respecto como cualquier otro. No necesita protegerse contra camarillas internas. Los dividendos no se suspenden ni se aumentan inesperadamente de la noche a la mañana en el mercado de algodón, el trigo o el maíz. *A largo plazo, los precios de las materias primas se rigen por una sola ley: la ley económica de la oferta y la demanda.* El negocio del operador de materias primas es simplemente obtener hechos sobre la demanda y la oferta, presentes y futuros. No se entrega a conjeturas sobre una docena de cosas como hace con las acciones. Siempre me atrajo operar con materias primas.
Por supuesto, las mismas cosas suceden en todos los mercados especulativos. El mensaje de la cinta es el mismo. Eso será perfectamente evidente para cualquiera que se tome la molestia de pensar. Encontrará, si se hace preguntas y considera las condiciones, que las respuestas se suministrarán por sí solas. Pero la gente nunca se toma la molestia de hacer preguntas, y mucho menos de buscar respuestas. El estadounidense medio es de Misuri en todas partes y en todo momento, excepto cuando entra en las oficinas de los corredores y mira la cinta, ya sean acciones o materias primas. El único juego de todos los juegos que realmente requiere estudio antes de hacer una jugada es aquel en el que se mete sin sus habituales dudas preliminares y precautorias de alta inteligencia. *Arriesgará la mitad de su fortuna en el mercado de valores con menos reflexión que la que dedica a la selección de un automóvil de precio medio.*
Este asunto de la lectura de la cinta no es tan complicado como parece. Por supuesto, necesitas experiencia. Pero es aún más importante tener en cuenta ciertos fundamentos. Leer la cinta no es que te adivinen la fortuna. La cinta no te dice cuánto valdrás con seguridad el próximo jueves a la 1:35 P.M. El objetivo de leer la cinta es determinar, primero, cómo y, después, cuándo operar; es decir, si es más sensato comprar que vender. Funciona exactamente igual para las acciones que para el algodón, el trigo, el maíz o la avena.
Observas el mercado —es decir, el curso de los precios tal como los registra la cinta— con un solo objetivo: determinar la dirección; es decir, la tendencia de los precios. Los precios, lo sabemos, se moverán hacia arriba o hacia abajo según la resistencia que encuentren. Para fines de una explicación sencilla, diremos que *los precios, como todo lo demás, se mueven a lo largo de la línea de menor resistencia*. Harán lo que sea más fácil; por lo tanto, subirán si hay menos resistencia a un avance que a una caída; y viceversa.
Nadie debería sentirse confundido sobre si un mercado es alcista o bajista una vez que comienza de verdad. La tendencia es evidente para un hombre que tiene una mente abierta y una vista razonablemente clara, pues nunca es sensato que un especulador adapte los hechos a sus teorías. Tal hombre sabrá, o debería saber, si es un mercado alcista o bajista, y si sabe eso, sabe si comprar o vender. Por lo tanto, es justo en el inicio del movimiento cuando un hombre necesita saber si comprar o vender.
Digamos, por ejemplo, que el mercado, como suele hacer en esos tiempos entre oscilaciones, fluctúa dentro de un rango de diez puntos; hasta 130 y bajando a 120. Puede parecer muy débil en el fondo; o, en el camino hacia arriba, después de un ascenso de ocho o diez puntos, puede parecer tan fuerte como cualquier cosa. Un hombre no debería dejarse llevar a operar por señales. *Debería esperar hasta que la cinta le diga que el momento es propicio. De hecho, se han perdido millones y millones de dólares por hombres que compraron acciones porque parecían baratas o las vendieron porque parecían caras. El especulador no es un inversor. Su objetivo no es obtener un rendimiento constante de su dinero a una buena tasa de interés, sino beneficiarse de una subida o una caída en el precio de aquello en lo que pueda estar especulando. Por lo tanto, lo que hay que determinar es la línea especulativa de menor resistencia en el momento de operar; y lo que debe esperar es el momento en que esa línea se defina, porque esa es su señal para ponerse a trabajar.*
Leer la cinta simplemente le permite ver que en 130 la venta había sido más fuerte que la compra y que una reacción en el precio se produjo lógicamente. Hasta el punto en que la venta prevaleció sobre la compra, los estudiantes superficiales de la cinta pueden concluir que el precio no se detendrá antes de 150, y compran. Pero después de que la reacción comienza a sostenerse, venden con una pequeña pérdida, o se ponen en corto y hablan con tono bajista. Pero en 120 hay una mayor resistencia a la caída. La compra prevalece sobre la venta, hay un repunte y los vendedores en corto cubren. El público es engañado tan a menudo que uno se maravilla de su persistencia en no aprender la lección.
Eventualmente sucede algo que aumenta el poder de la fuerza ascendente o descendente y el punto de mayor resistencia se mueve hacia arriba o hacia abajo; es decir, la compra en 130 será por primera vez más fuerte que la venta, o la venta en 120 más fuerte que la compra. El precio romperá la vieja barrera o límite de movimiento y continuará. Por norma, siempre hay una multitud de operadores que están en corto en 120 porque parecía muy débil, o en largo en 130 porque parecía muy fuerte, y, cuando el mercado va en su contra, se ven obligados, al cabo de un tiempo, a cambiar de opinión y girarse o a cerrar. En cualquier caso, ayudan a definir aún más claramente la línea de precio de menor resistencia. Así, el operador inteligente que ha esperado pacientemente para determinar esta línea contará con la ayuda de las condiciones comerciales fundamentales y también de la fuerza de la operativa de aquella parte de la comunidad que resultó haber adivinado mal y ahora debe rectificar sus errores. Tales correcciones tienden a empujar los precios a lo largo de la línea de menor resistencia.
Y justo aquí diré que, aunque no lo planteo como una certeza matemática o como un axioma de la especulación, mi experiencia ha sido que los accidentes —es decir, lo inesperado o imprevisto— siempre me han ayudado en mi posición de mercado siempre que esta última se haya basado en mi determinación de la línea de menor resistencia. ¿Recuerdas aquel episodio de Union Pacific en Saratoga del que te hablé? Bueno, yo estaba en largo porque descubrí que la línea de menor resistencia era ascendente. Debería haberme mantenido en largo en lugar de dejar que mi corredor me dijera que los iniciados estaban vendiendo acciones. No importaba lo que estuviera pasando en la mente de los directores. Eso era algo que yo no podía saber de ninguna manera. Pero podía saber, y supe, que la cinta decía: "¡Subiendo!". Y entonces vino la inesperada subida de la tasa de dividendos y el ascenso de treinta puntos en la acción. A 164 los precios parecían muy altos, pero como te dije antes, *las acciones nunca están demasiado altas para comprar ni demasiado bajas para vender. El precio, en sí mismo, no tiene nada que ver con establecer mi línea de menor resistencia.*
En la práctica, descubrirás que si operas como he indicado, cualquier noticia importante publicada entre el cierre de un mercado y la apertura de otro suele estar en armonía con la línea de menor resistencia. *La tendencia se ha establecido antes de que se publique la noticia, y en los mercados alcistas se ignoran los elementos bajistas y se exageran las noticias alcistas, y viceversa.* Antes de que estallara la guerra, el mercado estaba en una condición muy débil. Llegó la proclamación de la política submarina de Alemania. Yo estaba en corto en ciento cincuenta mil acciones, no porque supiera que la noticia iba a llegar, sino porque seguía la línea de menor resistencia. Lo que sucedió salió de la nada, en lo que respecta a mi jugada. Por supuesto, aproveché la situación y cubrí mis cortos ese día.
Suena muy fácil decir que todo lo que tienes que hacer es observar la cinta, establecer tus puntos de resistencia y estar listo para operar a lo largo de la línea de menor resistencia tan pronto como la hayas determinado. *Pero en la práctica un hombre tiene que protegerse contra muchas cosas, y sobre todo contra sí mismo*; es decir, contra la naturaleza humana. Esa es la razón por la que digo que el hombre que tiene razón siempre tiene dos fuerzas trabajando a su favor: las condiciones básicas y los hombres que están equivocados. *En un mercado alcista se ignoran los factores bajistas.* Esa es la naturaleza humana, y sin embargo, los seres humanos profesan asombro ante ello. La gente te dirá que la cosecha de trigo se ha ido al garete porque ha habido mal tiempo en una o dos secciones y algunos agricultores se han arruinado. Cuando se recoge toda la cosecha y todos los agricultores en todas las secciones productoras de trigo comienzan a llevar su trigo a los silos, los alcistas se sorprenden por la pequeñez del daño. Descubren que simplemente han ayudado a los bajistas.
Cuando un hombre hace su jugada en un mercado de materias primas no debe permitirse opiniones fijas. Debe tener una mente abierta y flexibilidad. *No es sensato ignorar el mensaje de la cinta, sin importar cuál sea tu opinión sobre las condiciones de la cosecha o la demanda probable.* Recuerdo cómo perdí una gran jugada solo por intentar anticipar la señal de salida. Me sentía tan seguro de las condiciones que pensé que no era necesario esperar a que la línea de menor resistencia se definiera por sí misma. Incluso pensé que podría ayudarla a llegar, porque parecía que simplemente necesitaba un poco de ayuda.
Era muy alcista en el algodón. Estaba rondando los doce centavos, subiendo y bajando dentro de un rango moderado. Estaba en uno de esos puntos intermedios y podía verlo. Sabía que realmente debía esperar. Pero me puse a pensar que si le daba un pequeño empujón iría más allá del punto de resistencia superior.
Compré cincuenta mil fardos. Efectivamente, subió. Y efectivamente, en cuanto dejé de comprar, dejó de subir. Entonces empezó a retroceder a donde estaba cuando empecé a comprar. Salí y dejó de bajar. Pensé que ahora estaba mucho más cerca de la señal de salida, y de repente pensé que la iniciaría yo mismo de nuevo. Lo hice. Sucedió lo mismo. La hice subir, solo para verla bajar cuando me detuve. Hice esto cuatro o cinco veces hasta que finalmente abandoné con disgustado. Me costó unos doscientos mil dólares. Había terminado con eso. No pasó mucho tiempo después de eso cuando comenzó a subir y nunca se detuvo hasta que llegó a un precio que habría significado una fortuna para mí, si no hubiera tenido tanta prisa por empezar.
Esta experiencia ha sido la experiencia de tantos operadores tantas veces que puedo dar esta regla: *En un mercado estrecho, cuando los precios no van a ninguna parte que valga la pena mencionar, sino que se mueven dentro de un rango estrecho, no tiene sentido intentar anticipar cuál será el próximo gran movimiento: arriba o abajo.* Lo que hay que hacer es observar el mercado, leer la cinta para determinar los límites de los precios que no van a ninguna parte, y decidir que no tomarás interés hasta que el precio rompa el límite en cualquier dirección. Un especulador debe preocuparse por ganar dinero con el mercado y no por insistir en que la cinta debe estar de acuerdo con él. Nunca discutas con ella ni le pidas razones o explicaciones. Las autopsias del mercado de valores no pagan dividendos.
No hace mucho estaba con un grupo de amigos. Se pusieron a hablar de trigo. Algunos eran alcistas y otros bajistas. Finalmente me preguntaron qué pensaba. Bueno, había estado estudiando el mercado durante algún tiempo. Sabía que no querían estadísticas ni análisis de condiciones. Así que dije: "Si quieren ganar algo de dinero con el trigo, puedo decirles cómo hacerlo".
Todos dijeron que querían y les dije: "Si están seguros de que desean ganar dinero con el trigo, simplemente obsérvenlo. Esperen. ¡En el momento en que cruce $1.20, compren y obtendrán una jugada rápida y agradable!".
—¿Por qué no comprarlo ahora, a $1.14? —preguntó uno del grupo.
—Porque aún no sé si va a subir en absoluto.
—Entonces, ¿por qué comprarlo a $1.20? Parece un precio muy alto.
—¿Desean apostar a ciegas con la esperanza de obtener un beneficio enorme o desean especular inteligentemente y obtener un beneficio menor pero mucho más probable?
Todos dijeron que querían el beneficio menor pero más seguro, así que dije: "Entonces hagan lo que les digo. Si cruza $1.20, compren".
Como te dije, lo había observado durante mucho tiempo. Durante meses se vendió entre $1.10 y $1.20, sin ir a ninguna parte en particular. Bueno, señor, un día cerró por encima de $1.19. Me preparé para ello. Efectivamente, al día siguiente abrió a $1.20½, y compré. Subió a $1.21, a $1.22, a $1.23, a $1.25, y fui con él.
Ahora no podría haberte dicho en ese momento qué estaba pasando exactamente. No obtuve ninguna explicación sobre su comportamiento durante el curso de las fluctuaciones limitadas. No podía decir si la ruptura del límite sería hacia arriba a través de $1.20 o hacia abajo a través de $1.10, aunque sospechaba que sería hacia arriba porque no había suficiente trigo en el mundo para una gran caída en los precios.
De hecho, parece que Europa había estado comprando silenciosamente y muchos operadores se habían puesto en corto alrededor de $1.19. Debido a las compras europeas y otras causas, se había sacado mucho trigo del mercado, por lo que finalmente comenzó el gran movimiento. El precio fue más allá de la marca de $1.20. Ese era todo el punto que tenía y era todo lo que necesitaba. Sabía que cuando cruzara $1.20 sería porque el movimiento ascendente finalmente había reunido la fuerza para empujarlo sobre el límite y algo tenía que suceder. En otras palabras, al cruzar $1.20, la línea de menor resistencia de los precios del trigo quedó establecida. Entonces fue una historia diferente.
Recuerdo que un día fue feriado para nosotros y todos nuestros mercados estuvieron cerrados. Bueno, en Winnipeg el trigo abrió seis centavos por bushel al alza. Cuando nuestro mercado abrió el día siguiente, también estaba seis centavos por bushel arriba. El precio simplemente siguió la línea de menor resistencia.
Lo que te he contado te da la esencia de mi sistema de trading basado en el estudio de la cinta. Simplemente aprendo la forma en que es más probable que se muevan los precios. Compruebo mi propia operativa con pruebas adicionales, para determinar el momento psicológico. *Lo hago observando cómo actúa el precio después de que empiezo.*
Resulta sorprendente la cantidad de operadores experimentados que me miran con incredulidad cuando les digo que, cuando compro acciones al alza, me gusta pagar los precios más altos, y cuando vendo, debo vender bajo o no vender en absoluto. No sería tan difícil ganar dinero si un operador se mantuviera siempre firme en sus principios especulativos; es decir, si esperara a que la línea de menor resistencia se definiera por sí misma y comenzara a comprar solo cuando la cinta indicara al alza, o a vender solo cuando indicara a la baja. Debería acumular su posición durante el ascenso. Que compre una quinta parte de su posición total. Si eso no le reporta un beneficio, no debe aumentar sus tenencias, porque es evidente que ha comenzado mal; está equivocado temporalmente y no hay beneficio alguno en estar equivocado en ningún momento. La misma cinta que decía AL ALZA no mentía necesariamente solo porque ahora dijera TODAVÍA NO.
En el algodón fui muy exitoso en mis operaciones durante mucho tiempo. Tenía mi teoría al respecto y la seguía al pie de la letra. Supongamos que había decidido que mi posición sería de cuarenta a cincuenta mil balas. Bien, estudiaría la cinta como les he contado, buscando una oportunidad tanto para comprar como para vender. Supongamos que la línea de menor resistencia indicaba un movimiento alcista. Pues bien, compraría diez mil balas. Después de terminar de comprar eso, si el mercado subía diez puntos por encima de mi precio inicial de compra, tomaba otras diez mil balas. Lo mismo. Entonces, si podía obtener veinte puntos de beneficio, o un dólar por bala, compraría veinte mil más. Eso me daría mi posición, mi base para operar. Pero si, después de comprar las primeras diez o veinte mil balas, me mostraba una pérdida, me salía. Estaba equivocado. Podría ser que solo estuviera equivocado temporalmente. Pero como he dicho antes, no compensa empezar mal en nada.
Lo que lograba al ceñirme a mi sistema era tener siempre una posición de algodón en cada movimiento real. En el transcurso de la acumulación de mi posición completa, podía perder cincuenta o sesenta mil dólares en estas operaciones de tanteo. Esto parece una prueba muy costosa, pero no lo era. Después de que comenzara el movimiento real, ¿cuánto tardaría en recuperar los cincuenta mil dólares que había dejado pasar para asegurarme de empezar a cargar justo en el momento adecuado? ¡Nada de tiempo! Siempre compensa a un hombre estar en lo cierto en el momento adecuado.
Como creo que también dije antes, esto describe lo que podría llamar mi sistema para colocar mis apuestas. Es aritmética simple probar que es sabio tener la gran apuesta colocada solo cuando ganas, y cuando pierdes, perder solo una pequeña apuesta exploratoria, por así decirlo. Si un hombre opera de la forma en que he descrito, siempre estará en la posición ventajosa de poder cobrar la gran apuesta.
Los operadores profesionales siempre han tenido algún sistema basado en su experiencia y gobernado ya sea por su actitud hacia la especulación o por sus deseos. Recuerdo que conocí a un viejo caballero en Palm Beach cuyo nombre no capté o no identifiqué de inmediato. Sabía que había estado en Wall Street durante años, mucho tiempo atrás, en la época de la Guerra Civil, y alguien me dijo que era un viejo muy sabio que había pasado por tantos auges y pánicos que siempre decía que no había nada nuevo bajo el sol, y mucho menos en el mercado de valores.
El viejo me hizo muchas preguntas. Cuando terminé de contarle sobre mi práctica habitual en el trading, asintió y dijo: "¡Sí! ¡Sí! Tiene razón. La forma en que está hecho, la forma en que funciona su mente, hace que su sistema sea un buen sistema para usted. Le resulta fácil practicar lo que predica, porque el dinero que apuesta es la menor de sus preocupaciones. Recuerdo a Pat Hearne. ¿Alguna vez oyó hablar de él? Bueno, era un hombre de apuestas muy conocido y tenía una cuenta con nosotros. Un tipo astuto y con nervios de acero. Ganaba dinero con las acciones, y eso hacía que la gente le pidiera consejo. Él nunca daba ninguno. Si le preguntaban directamente su opinión sobre la sensatez de sus compromisos, utilizaba una máxima favorita de las carreras de caballos: 'No puedes saberlo hasta que apuestas'. Operaba en nuestra oficina. Compraba cien acciones de algún valor activo y cuando, o si, subía un 1 por ciento, compraba otras cien. Con otro punto de avance, otras cien acciones; y así sucesivamente. Solía decir que no jugaba para ganar dinero para otros y, por lo tanto, colocaba una orden de stop-loss un punto por debajo del precio de su última compra. Cuando el precio seguía subiendo, simplemente movía su stop con él. Con una reacción del 1 por ciento, era expulsado. Declaraba que no veía sentido en perder más de un punto, ya fuera de su margen original o de sus beneficios teóricos.
"Sabe, un jugador profesional no busca apuestas arriesgadas, sino dinero seguro. Por supuesto, las apuestas arriesgadas están bien cuando salen. En el mercado de valores, Pat no buscaba consejos ni jugaba para atrapar avances de veinte puntos a la semana, sino dinero seguro en cantidad suficiente para proporcionarle una buena vida. De los miles de forasteros con los que me he cruzado en Wall Street, Pat Hearne fue el único que vio en la especulación bursátil simplemente un juego de azar como el faro o la ruleta, pero que, sin embargo, tenía el sentido común de ceñirse a un método de apuesta relativamente sólido".
"Después de la muerte de Hearne, uno de nuestros clientes que siempre había operado con Pat y usado su sistema ganó más de cien mil dólares en Lackawanna. Luego cambió a otra acción y, como había hecho una gran apuesta, pensó que no necesitaba ceñirse al método de Pat. Cuando llegó una reacción, en lugar de recortar sus pérdidas, dejó que corrieran, como si fueran beneficios. Por supuesto, perdió hasta el último centavo. Cuando finalmente lo dejó, nos debía varios miles de dólares".
"Anduvo por ahí durante dos o tres años. Conservó la fiebre mucho después de que el dinero se hubiera ido; pero no nos importaba mientras se portara bien. Recuerdo que solía admitir libremente que había sido diez mil veces un asno por no ceñirse al estilo de juego de Pat Hearne. Bueno, un día vino a verme muy emocionado y me pidió que le dejara vender algunas acciones en corto en nuestra oficina. Era un tipo lo suficientemente agradable que había sido un buen cliente en su día y le dije que yo personalmente garantizaría su cuenta por cien acciones".
"Vendió en corto cien acciones de Lake Shore. Fue en la época en que Bill Travers golpeó el mercado, en 1875. Mi amigo Roberts vendió esas Lake Shore exactamente en el momento adecuado y siguió vendiéndolas en el camino hacia abajo, como solía hacer en los viejos tiempos de éxito antes de abandonar el sistema de Pat Hearne y escuchar en su lugar los susurros de la esperanza".
"Bueno, señor, en cuatro días de piramidación exitosa, la cuenta de Roberts le mostraba un beneficio de quince mil dólares. Al observar que no había colocado una orden de stop-loss, hablé con él al respecto y me dijo que el desplome no había comenzado realmente y que no iba a dejarse sacudir por ninguna reacción de un punto. Esto fue en agosto. Antes de mediados de septiembre, me pidió prestados diez dólares para un cochecito de bebé, el cuarto. No se ciñó a su propio sistema probado. Ese es el problema con la mayoría de ellos", y el viejo negó con la cabeza ante mí.
Y tenía razón. A veces pienso que la especulación debe ser una especie de negocio antinatural, porque descubro que el especulador promedio tiene en su contra su propia naturaleza. Las debilidades a las que todos los hombres son propensos son fatales para el éxito en la especulación; por lo general, esas mismas debilidades que lo hacen simpático a sus semejantes o contra las que él mismo se protege especialmente en aquellas otras empresas suyas donde no son ni de lejos tan peligrosas como cuando opera con acciones o materias primas.
Los principales enemigos del especulador siempre están horadando desde dentro. Es inseparable de la naturaleza humana esperar y temer. En la especulación, cuando el mercado va en tu contra, esperas que cada día sea el último, y pierdes más de lo que deberías si no hubieras escuchado a la esperanza, a ese mismo aliado que es un factor de éxito tan potente para los constructores de imperios y los pioneros, grandes y pequeños. Y cuando el mercado va a tu favor, te vuelves temeroso de que el día siguiente te arrebate el beneficio, y te sales, demasiado pronto. El miedo te impide ganar tanto dinero como deberías. El operador exitoso tiene que luchar contra estos dos instintos profundamente arraigados. Tiene que invertir lo que se podría llamar sus impulsos naturales. En lugar de esperar, debe temer; en lugar de temer, debe esperar. Debe temer que su pérdida pueda convertirse en una pérdida mucho mayor, y esperar que su beneficio pueda convertirse en un gran beneficio. Es absolutamente incorrecto jugar en la bolsa de la forma en que lo hace el hombre promedio.
He estado en el juego especulativo desde que tenía catorce años. Es todo lo que he hecho. Creo que sé de lo que hablo. Y la conclusión a la que he llegado después de casi treinta años de trading constante, tanto con poco capital como con millones de dólares respaldándome, es esta: ¡Un hombre puede vencer a una acción o a un grupo en un momento determinado, pero ningún hombre vivo puede vencer al mercado de valores! Un hombre puede ganar dinero con tratos individuales en algodón o grano, pero nadie puede vencer al mercado del algodón o al mercado del grano. Es como la pista. Un hombre puede ganar una carrera de caballos, pero no puede vencer a las carreras de caballos.
Si supiera cómo hacer que estas declaraciones fueran más fuertes o más enfáticas, ciertamente lo haría. No hay diferencia en lo que nadie diga en contra. Sé que tengo razón al decir que estas son declaraciones incontrovertibles.
XI
Y ahora volveré a octubre de 1907. Compré un yate e hice todos los preparativos para dejar Nueva York para un crucero en aguas del sur. Realmente me vuelve loco la pesca y este era el momento en que iba a pescar a mis anchas desde mi propio yate, yendo a donde quisiera cuando me apeteciera. Todo estaba listo. Había hecho una fortuna en acciones, pero en el último momento el maíz me retuvo.
Debo explicar que antes del pánico financiero que me dio mi primer millón, había estado operando con grano en Chicago. Estaba corto de diez millones de bushels de trigo y diez millones de bushels de maíz. Había estudiado los mercados de granos durante mucho tiempo y era tan bajista con respecto al maíz y el trigo como lo había sido con respecto a las acciones.
Bueno, ambos comenzaron a bajar, pero mientras el trigo seguía disminuyendo, el más grande de todos los operadores de Chicago, lo llamaré Stratton, se le metió en la cabeza hacer un corner en el maíz. Después de que hice caja con las acciones y estuve listo para ir al Sur en mi yate, descubrí que el trigo me mostraba un beneficio considerable, pero en el maíz Stratton había hecho subir el precio y yo tenía una pérdida bastante grande.
Sabía que había mucho más maíz en el país de lo que indicaba el precio. La ley de la oferta y la demanda funcionaba como siempre. Pero la demanda provenía principalmente de Stratton y la oferta no llegaba en absoluto, porque había una congestión aguda en el movimiento del maíz. Recuerdo que solía rezar por un hechizo de frío que congelara los caminos intransitables y permitiera a los agricultores traer su maíz al mercado. Pero no tuve esa suerte.
Allí estaba yo, esperando para irme a mi viaje de pesca alegremente planeado y esa pérdida en el maíz reteniéndome. No podía irme con el mercado como estaba. Por supuesto, Stratton mantenía un control bastante estrecho sobre el interés corto. Sabía que me tenía, y yo lo sabía tan bien como él. Pero, como dije, esperaba poder convencer al clima de que debería ponerse manos a la obra y ayudarme. Al percibir que ni el clima ni ningún otro amable hacedor de milagros estaba prestando atención a mis necesidades, estudié cómo podría salir de mi dificultad por mis propios esfuerzos.
Cerré mi posición de trigo con un buen beneficio. Pero el problema con el maíz era infinitamente más difícil. Si hubiera podido cubrir mis diez millones de bushels a los precios vigentes, lo habría hecho instantánea y alegremente, por grande que hubiera sido la pérdida. Pero, por supuesto, en el momento en que empezara a comprar mi maíz, Stratton estaría en el trabajo como el principal exprimidor, y no disfrutaba más de hacer subir el precio sobre mí mismo debido a mis propias compras que cortándome la garganta con mi propio cuchillo.
Por fuerte que fuera el maíz, mi deseo de ir a pescar era aún más fuerte, así que dependía de mí encontrar una salida de inmediato. Debía realizar una retirada estratégica. Debía recomprar los diez millones de bushels de los que estaba corto y, al hacerlo, mantener mi pérdida tan baja como pudiera.
Dio la casualidad de que Stratton en ese momento también estaba realizando un trato con la avena y tenía el mercado bastante bien atado. Había seguido todos los mercados de granos a través de noticias de cultivos y chismes del pit, y escuché que los poderosos intereses de Armour no eran amigables, en términos de mercado, con Stratton. Por supuesto, sabía que Stratton no me dejaría tener el maíz que necesitaba excepto a su propio precio, pero en el momento en que escuché los rumores sobre que Armour estaba en contra de Stratton, se me ocurrió que podría buscar ayuda de los operadores de Chicago. La única forma en que podrían ayudarme era vendiéndome el maíz que Stratton no quería. El resto fue fácil.
Primero, puse órdenes para comprar quinientos mil bushels de maíz cada octavo de centavo hacia abajo. Después de que estas órdenes estuvieron puestas, di a cada una de las cuatro casas una orden para vender simultáneamente cincuenta mil bushels de avena al precio de mercado. Eso, calculé, debería provocar un rápido quiebre en la avena. Sabiendo cómo funcionaban las mentes de los operadores, era una apuesta segura que pensarían instantáneamente que Armour estaba cazando a Stratton. Al ver el ataque abierto en la avena, concluirían lógicamente que el próximo quiebre sería en el maíz y comenzarían a venderlo. Si ese corner en el maíz se rompía, las ganancias serían fabulosas.
Mi teoría sobre la psicología de los operadores de Chicago fue absolutamente correcta. Cuando vieron la avena rompiéndose debido a la venta dispersa, se abalanzaron rápidamente sobre el maíz y lo vendieron con gran entusiasmo. Pude comprar seis millones de bushels de maíz en los siguientes diez minutos. En el momento en que descubrí que su venta de maíz cesó, simplemente compré los otros cuatro millones de bushels al mercado. Por supuesto, eso hizo que el precio volviera a subir, pero el resultado neto de mi maniobra fue que cubrí toda la línea de diez millones de bushels dentro de medio centavo del precio prevaleciente en el momento en que comencé a cubrirme con la venta de los operadores. Los doscientos mil bushels de avena que vendí en corto para iniciar la venta de maíz por parte de los operadores los cubrí con una pérdida de solo tres mil dólares. Eso fue un cebo bajista bastante barato. Los beneficios que había obtenido con el trigo compensaron tanto mi déficit en el maíz que mi pérdida total en todas mis operaciones de grano esa vez fue de solo veinticinco mil dólares. Después, el maíz subió veinticinco centavos por bushel. Stratton indudablemente me tenía a su merced. Si me hubiera propuesto comprar mis diez millones de bushels de maíz sin molestarme en pensar en el precio, no hay forma de saber lo que habría tenido que pagar.
Un hombre no puede pasar años en una sola cosa y no adquirir una actitud habitual hacia ella bastante diferente a la del principiante promedio. La diferencia distingue al profesional del aficionado. Es la forma en que un hombre mira las cosas lo que le hace ganar o perder dinero en los mercados especulativos. El público tiene el punto de vista del diletante hacia su propio esfuerzo. El ego se entromete indebidamente y, por lo tanto, el pensamiento no es profundo ni exhaustivo. El profesional se preocupa por hacer lo correcto en lugar de ganar dinero, sabiendo que el beneficio se cuida solo si se atienden las otras cosas. Un operador llega a jugar el juego como el jugador de billar profesional; es decir, mira hacia adelante en lugar de considerar el tiro particular que tiene ante sí. Se convierte en un instinto jugar por la posición.
Recuerdo haber escuchado una historia sobre Addison Cammack que ilustra muy bien lo que deseo señalar. Por todo lo que he oído, me inclino a pensar que Cammack fue uno de los operadores de acciones más capaces que jamás haya visto Wall Street. No era un bajista crónico como muchos creen, pero sentía el mayor atractivo de operar en el lado bajista, de utilizar en su beneficio los dos grandes factores humanos de esperanza y miedo. Se le atribuye la creación de la advertencia: "¡No vendan acciones cuando la savia sube por los árboles!", y los veteranos me dicen que sus mayores ganancias se obtuvieron en el lado alcista, por lo que es evidente que no jugaba con prejuicios sino con condiciones. En cualquier caso, era un operador consumado. Parece que una vez, esto fue al final de un mercado alcista, Cammack era bajista, y J. Arthur Joseph, el escritor financiero y narrador, lo sabía. El mercado, sin embargo, no solo era fuerte sino que seguía subiendo, en respuesta al estímulo de los líderes alcistas y a los informes optimistas de los periódicos. Sabiendo qué uso podría hacer un operador como Cammack de la información bajista, Joseph corrió a la oficina de Cammack un día con buenas nuevas.
—Sr. Cammack, tengo un muy buen amigo que es empleado de transferencias en la oficina de St. Paul y acaba de decirme algo que creo que debería saber.
—¿Qué es? —preguntó Cammack con desgana.
—Usted ha cambiado, ¿verdad? ¿Es bajista ahora? —preguntó Joseph, para asegurarse. Si a Cammack no le interesaba, no iba a desperdiciar municiones preciosas.
—Sí. ¿Cuál es la información maravillosa?
—Fui a la oficina de St. Paul hoy, como hago en mis rondas de recolección de noticias dos o tres veces por semana, y mi amigo allí me dijo: "El Viejo está vendiendo acciones". Se refería a William Rockefeller. "¿De verdad, Jimmy?", le dije, y él respondió: "Sí; está vendiendo mil quinientas acciones cada tres octavos de punto arriba. Llevo transfiriendo las acciones dos o tres días ya". No perdí el tiempo, sino que vine directamente a decírselo.
Cammack no se excitaba fácilmente y, además, estaba tan acostumbrado a que todo tipo de personas entraran locamente en su oficina con todo tipo de noticias, chismes, rumores, consejos y mentiras que se había vuelto desconfiado de todos ellos. Simplemente dijo ahora: "¿Está seguro de que escuchó bien, Joseph?".
—¿Estoy seguro? ¡Ciertamente estoy seguro! ¿Crees que soy sordo? —dijo Joseph.
—¿Está seguro de su hombre?
—¡Absolutamente! —declaró Joseph—. Lo conozco desde hace años. Nunca me ha mentido. ¡No lo haría! ¡Sin motivo! Sé que es absolutamente confiable y apostaría mi vida por lo que me dice. Lo conozco tan bien como conozco a cualquiera en este mundo; mucho mejor de lo que usted parece conocerme a mí, después de todos estos años.
«¿Seguro de él, eh?». Y Cammack volvió a mirar a Joseph. Luego dijo: «Bien, deberías saberlo». Llamó a su corredor, W. B. Wheeler. Joseph esperaba oírle dar una orden de venta de al menos cincuenta mil acciones de St. Paul. William Rockefeller se estaba deshaciendo de sus participaciones en St. Paul, aprovechando la fortaleza del mercado. Si se trataba de acciones de inversión o de posiciones especulativas era irrelevante. El único hecho importante era que el mejor operador de bolsa del grupo de Standard Oil se estaba saliendo de St. Paul. ¿Qué habría hecho el hombre común si hubiera recibido la noticia de una fuente confiable? No hace falta preguntar.
Pero Cammack, el operador bajista más capaz de su época, quien por aquel entonces era bajista respecto al mercado, le dijo a su corredor: «Billy, ve al tablero y compra mil quinientas acciones de St. Paul por cada tres octavos que suba». La acción estaba entonces en los noventa.
«¿No querrá decir vender?», intervino Joseph apresuradamente. No era un novato en Wall Street, pero pensaba en el mercado desde el punto de vista del periodista y, de paso, del público en general. El precio ciertamente debería bajar ante la noticia de una venta por parte de un iniciado. Y no había mejor venta de un iniciado que la del señor William Rockefeller. ¡Standard Oil saliéndose y Cammack comprando! ¡No podía ser!
«No —dijo Cammack—, ¡quiero decir comprar!».
«¿No me cree?».
«¡Sí!».
«¿No cree en mi información?».
«Sí».
«¿No es usted bajista?».
«Sí».
«Bueno, ¿entonces?».
«Por eso estoy comprando. Escúchame ahora: mantente en contacto con ese amigo confiable tuyo y en el momento en que se detengan las ventas escalonadas, házmelo saber. ¡Al instante! ¿Entendido?».
«Sí», dijo Joseph, y se marchó, no muy seguro de poder descifrar los motivos de Cammack para comprar las acciones de William Rockefeller. Era el conocimiento de que Cammack era bajista respecto al mercado en su totalidad lo que hacía que su maniobra fuera tan difícil de explicar. Sin embargo, Joseph vio a su amigo el empleado de transferencias y le dijo que quería que le avisara cuando el Viejo terminara de vender. Regularmente, dos veces al día, Joseph visitaba a su amigo para preguntar.
Un día, el empleado de transferencias le dijo: «Ya no vienen más acciones del Viejo». Joseph le dio las gracias y corrió a la oficina de Cammack con la información.
Cammack escuchó atentamente, se volvió hacia Wheeler y preguntó: «Billy, ¿cuántas acciones de St. Paul tenemos en la oficina?». Wheeler lo comprobó e informó que habían acumulado unas sesenta mil acciones.
Cammack, al ser bajista, había estado abriendo posiciones cortas en las otras Grangers, así como en varias otras acciones, incluso antes de empezar a comprar St. Paul. Ahora estaba fuertemente posicionado a la baja en el mercado. Rápidamente ordenó a Wheeler vender las sesenta mil acciones de St. Paul de las que eran tenedores, y más aún. Utilizó sus tenencias largas de St. Paul como palanca para deprimir la lista general y beneficiar enormemente sus operaciones a la baja.
St. Paul no se detuvo en ese movimiento hasta alcanzar los cuarenta y cuatro y Cammack hizo una fortuna con ello. Jugó sus cartas con una destreza consumada y se benefició en consecuencia. El punto que quiero señalar es su actitud habitual hacia el trading. No tuvo que reflexionar. Vio al instante lo que era mucho más importante para él que su ganancia en esa única acción. Vio que providencialmente se le había ofrecido una oportunidad para comenzar sus grandes operaciones bajistas no solo en el momento adecuado, sino con un impulso inicial apropiado. El aviso sobre St. Paul le hizo comprar en lugar de vender porque vio de inmediato que le proporcionaba un vasto suministro de la mejor munición para su campaña bajista.
Volviendo a mí. Después de cerrar mi operación en trigo y maíz, me fui al Sur en mi yate. Navegué por aguas de Florida, pasándolo en grande. La pesca era magnífica. Todo era maravilloso. No tenía ninguna preocupación en el mundo y no buscaba ninguna.
Un día fui a tierra en Palm Beach. Conocí a muchos amigos de Wall Street y otros. Todos hablaban del especulador de algodón más pintoresco de la época. Un informe de Nueva York decía que Percy Thomas había perdido hasta el último centavo. No fue una quiebra comercial; simplemente el rumor del segundo Waterloo del mundialmente famoso operador en el mercado del algodón.
Siempre había sentido una gran admiración por él. Lo primero que oí de él fue a través de los periódicos en la época del fracaso de la casa de Bolsa Sheldon & Thomas, cuando Thomas intentó acaparar el algodón. Sheldon, que no tenía la visión o el coraje de su socio, se acobardó al borde del éxito. Al menos, eso decía la Bolsa en aquel entonces. Sea como fuere, en lugar de ganar una fortuna, protagonizaron uno de los fracasos más sensacionales en años. Olvido cuántos millones. La firma fue liquidada y Thomas se puso a trabajar solo. Se dedicó exclusivamente al algodón y no pasó mucho tiempo antes de que volviera a ponerse en pie. Pagó a sus acreedores en su totalidad con intereses —deudas que legalmente no estaba obligado a saldar— y, aun así, le quedó un millón de dólares para él. Su regreso al mercado del algodón fue, a su manera, tan notable como la famosa hazaña de mercado bursátil del diácono S. V. White de pagar un millón de dólares en un año. El valor y el cerebro de Thomas me hicieron admirarlo inmensamente.
Todo el mundo en Palm Beach hablaba del colapso del negocio de Thomas en el algodón de marzo. Ya sabe cómo son las charlas, y cómo crecen; la cantidad de desinformación, exageración y adornos que se escuchan. Vaya, he visto un rumor sobre mí mismo crecer tanto que quien lo inició no lo reconoció cuando le llegó de vuelta en menos de veinticuatro horas, inflado con detalles nuevos y pintorescos.
La noticia de la última desventura de Percy Thomas desvió mi mente de la pesca al mercado del algodón. Conseguí archivos de las publicaciones comerciales y los leí para entender las condiciones. Cuando regresé a Nueva York, me dediqué a estudiar el mercado. Todo el mundo era bajista y todo el mundo estaba vendiendo algodón de julio. Ya sabe cómo es la gente. Supongo que es el contagio del ejemplo lo que hace que un hombre haga algo porque todos a su alrededor están haciendo lo mismo. Quizás sea alguna fase o variedad del instinto de rebaño. En cualquier caso, era, en opinión de cientos de operadores, lo sabio y correcto: vender algodón de julio... ¡y además muy seguro! No se podía calificar esa venta general de imprudente; la palabra es demasiado conservadora. Los operadores simplemente veían una cara del mercado y una gran ganancia. Ciertamente esperaban un colapso en los precios.
Vi todo esto, por supuesto, y me llamó la atención que los tipos que estaban cortos no tenían mucho tiempo para cubrirse. Cuanto más estudiaba la situación, más claro lo veía, hasta que finalmente decidí comprar algodón de julio. Me puse manos a la obra y compré rápidamente cien mil balas. No experimenté problemas en conseguirlo porque provenía de muchos vendedores. Me pareció que podría haber ofrecido una recompensa de un millón de dólares por la captura, vivo o muerto, de un solo operador que no estuviera vendiendo algodón de julio y nadie la habría reclamado.
Diría que esto fue a finales de mayo. Seguí comprando más y ellos seguían vendiéndomelo hasta que recogí todos los contratos flotantes y tuve ciento veinte mil balas. Un par de días después de haber comprado el último lote, empezó a subir. Una vez que comenzó, el mercado tuvo la amabilidad de seguir yéndole muy bien, de hecho; es decir, subió de cuarenta a cincuenta puntos al día.
Un sábado —esto fue unos diez días después de comenzar las operaciones—, el precio empezó a subir lentamente. No sabía si quedaba más algodón de julio a la venta. Me tocaba averiguarlo, así que esperé hasta los últimos diez minutos. En ese momento, sabía que era habitual que esos tipos estuvieran cortos y si el mercado cerraba al alza por el día, quedarían atrapados con seguridad. Así que envié cuatro órdenes diferentes de comprar cinco mil balas cada una, a precio de mercado, al mismo tiempo. Eso hizo subir el precio treinta puntos y los cortos hacían lo imposible por escabullirse. El mercado cerró en lo más alto. Todo lo que hice, recuerde, fue comprar esas últimas veinte mil balas.
El día siguiente fue domingo. Pero el lunes, Liverpool debía abrir veinte puntos al alza para estar a la par con el avance de Nueva York. En cambio, abrió cincuenta puntos más arriba. Eso significaba que Liverpool había superado nuestro avance en un 100 por ciento. Yo no tuve nada que ver con la subida en ese mercado. Esto me demostró que mis deducciones habían sido sólidas y que estaba operando en la línea de menor resistencia. Al mismo tiempo, no perdía de vista el hecho de que tenía una cantidad enorme de la que deshacerme. Un mercado puede avanzar bruscamente o subir gradualmente y, aun así, no poseer el poder de absorber más que cierta cantidad de ventas.
Por supuesto, los cables de Liverpool hicieron que nuestro propio mercado se volviera loco. Pero noté que cuanto más subía, más escaso parecía el algodón de julio. No solté ni una de las mías. En conjunto, ese lunes fue un día emocionante y no muy alegre para los bajistas; pero, aun así, no pude detectar signos de un pánico bajista inminente; ni inicios de una estampida ciega por cubrirse. Y tenía ciento cuarenta mil balas para las cuales debía encontrar un mercado.
El martes por la mañana, mientras caminaba hacia mi oficina, me encontré con un amigo en la entrada del edificio.
«Vaya historia la del World esta mañana», dijo con una sonrisa.
«¿Qué historia?», pregunté.
«¿Qué? ¿Quieres decirme que no la has visto?».
«Nunca leo el World», dije. «¿Cuál es la historia?».
«Vaya, es todo sobre ti. Dice que tienes acaparado el algodón de julio».
«No la he visto», le dije y lo dejé. No sé si me creyó o no. Probablemente pensó que era altamente desconsiderado de mi parte no decirle si era cierto o no.
Cuando llegué a la oficina envié a alguien a buscar un ejemplar del periódico. Efectivamente, ahí estaba, en la primera página, con grandes titulares:
EL ALGODÓN DE JULIO ACAPARADO POR LARRY LIVINGSTON
Por supuesto, supe de inmediato que el artículo causaría un desastre en el mercado. Si hubiera estudiado deliberadamente formas y medios para deshacerme de mis ciento cuarenta mil balas de la mejor manera, no podría haber encontrado un plan mejor. No habría sido posible encontrarlo. Ese artículo en ese mismo momento estaba siendo leído en todo el país, ya sea en el World o en otros periódicos que lo citaban. Había sido enviado por cable a Europa. Eso estaba claro por los precios de Liverpool. Ese mercado estaba simplemente frenético. No era de extrañar, con tales noticias.
Por supuesto, sabía lo que haría Nueva York y lo que yo debía hacer. El mercado aquí abrió a las diez en punto. A las diez y diez, yo ya no poseía nada de algodón. Les dejé todas y cada una de mis ciento cuarenta mil balas. Por la mayor parte de mi posición recibí lo que resultaron ser los precios máximos del día. Los operadores hicieron el mercado por mí. Todo lo que realmente hice fue ver una oportunidad enviada por el cielo para deshacerme de mi algodón. La aproveché porque no podía evitarlo. ¿Qué más podía hacer?
El problema que sabía que requeriría mucho trabajo mental para resolver fue así resuelto para mí por un accidente. Si el World no hubiera publicado ese artículo, nunca habría podido deshacerme de mi posición sin sacrificar la mayor parte de mis beneficios teóricos. Vender ciento cuarenta mil balas de algodón sin hacer caer el precio era un truco que superaba mis capacidades. Pero la historia del World lo hizo por mí muy bien.
Por qué el World lo publicó, no puedo decirle. Nunca lo supe. Supongo que al escritor le avisó algún amigo del mercado del algodón y pensó que estaba publicando una primicia. No lo vi a él ni a nadie del World. No supe que estaba impreso esa mañana hasta después de las nueve; y si no fuera porque mi amigo llamó mi atención sobre ello, ni siquiera entonces lo habría sabido.
Sin eso, no habría tenido un mercado lo suficientemente grande como para vender. Ese es un problema de operar a gran escala. No puedes escabullirte como cuando vas poco a poco. No siempre puedes vender cuando quieres o cuando crees que es prudente. Tienes que salir cuando puedes; cuando tienes un mercado que absorberá toda tu posición. No aprovechar la oportunidad de salir puede costarte millones. No puedes dudar. Si lo haces, estás perdido. Tampoco puedes intentar trucos como hacer subir el precio a los bajistas mediante compras competitivas, porque podrías reducir la capacidad de absorción. Y quiero decirle que percibir la oportunidad no es tan fácil como suena. Un hombre debe estar tan alerta que, cuando su oportunidad asoma la cabeza a su puerta, debe agarrarla.
Por supuesto, no todo el mundo sabía sobre mi afortunado accidente. En Wall Street, y, en lo que a eso respecta, en todas partes, cualquier accidente que genera mucho dinero para un hombre es visto con sospecha. Cuando el accidente no es rentable, nunca se considera un accidente, sino el resultado lógico de tu codicia o de tu arrogancia. Pero cuando hay una ganancia, lo llaman botín y hablan de lo bien que le va a la falta de escrúpulos y lo mal que les va al conservadurismo y a la decencia.
No fueron solo los bajistas de mala fe, escocidos por el castigo provocado por su propia imprudencia, quienes me acusaron de haber planeado deliberadamente el golpe. Otra gente pensaba lo mismo.
Uno de los hombres más importantes en el algodón de todo el mundo me encontró un día o dos después y dijo: «Esa fue ciertamente la operación más astuta que has hecho, Livingston. Me preguntaba cuánto ibas a perder cuando salieras al mercado con esa posición tuya. Sabías que este mercado no era lo suficientemente grande para absorber más de cincuenta o sesenta mil balas sin desplomarse, y cómo ibas a deshacerte del resto sin perder todas tus ganancias teóricas empezaba a interesarme. No pensé en tu estrategia. Ciertamente fue astuta».
«No tuve nada que ver con eso», le aseguré tan sinceramente como pude.
Pero todo lo que hizo fue repetir: «Muy astuto, muchacho. ¡Muy astuto! ¡No seas tan modesto!».
Fue después de esa operación que algunos periódicos se refirieron a mí como el Rey del Algodón. Pero, como dije, realmente no tenía derecho a esa corona. No hace falta decirle que no hay suficiente dinero en los Estados Unidos para comprar las columnas del New York World o suficiente influencia personal para asegurar la publicación de una historia así. Me dio una reputación totalmente inmerecida en ese momento.
Pero no he contado esta historia para moralizar sobre las coronas que a veces se presionan sobre las sienes de los operadores inmerecidos o para enfatizar la necesidad de aprovechar la oportunidad, sin importar dónde o cómo llegue. Mi objetivo era simplemente explicar la gran cantidad de notoriedad en los periódicos que me llegó como resultado de mi trato con el algodón de julio. Si no hubiera sido por los periódicos, nunca habría conocido a ese hombre notable, Percy Thomas.
XII
No mucho después de haber cerrado mi operación de algodón de julio con más éxito del que esperaba, recibí por correo una solicitud de entrevista. La carta estaba firmada por Percy Thomas. Por supuesto, respondí inmediatamente que estaría encantado de verlo en mi oficina en cualquier momento que quisiera llamar. Al día siguiente vino.
Lo había admirado durante mucho tiempo. Su nombre era un nombre familiar dondequiera que los hombres se interesaran en cultivar, comprar o vender algodón. En Europa, así como en todo este país, la gente me citaba las opiniones de Percy Thomas. Recuerdo una vez en un complejo turístico suizo hablando con un banquero de El Cairo que estaba interesado en el cultivo de algodón en Egipto en asociación con el difunto Sir Ernest Cassel. Cuando supo que yo era de Nueva York, inmediatamente me preguntó por Percy Thomas, cuyos informes de mercado recibía y leía con una regularidad inquebrantable.
Thomas, siempre pensé, abordaba sus asuntos científicamente. Era un verdadero especulador, un pensador con la visión de un soñador y el coraje de un luchador: un hombre inusualmente bien informado que conocía tanto la teoría como la práctica de operar en algodón. Le encantaba escuchar y expresar ideas, teorías y abstracciones, y al mismo tiempo había muy poco sobre el lado práctico del mercado del algodón o la psicología de los operadores de algodón que no supiera, pues había estado operando durante años y había ganado y perdido sumas vastas.
Tras el fracaso de su antigua firma de la Bolsa, Sheldon & Thomas, se fue por su cuenta. En menos de dos años regresó, casi espectacularmente. Recuerdo haber leído en el Sun que lo primero que hizo cuando volvió a ponerse en pie financieramente fue pagar a sus antiguos acreedores en su totalidad, y lo siguiente fue contratar a un experto para estudiar y determinar por él cómo invertir mejor un millón de dólares. Este experto examinó las propiedades y analizó los informes de varias empresas y luego recomendó la compra de acciones de Delaware & Hudson.
Bien, después de haber fracasado por millones y haber regresado con más millones, Thomas quedó arruinado como resultado de su operación en algodón de marzo. No se perdió mucho tiempo después de que vino a verme. Propuso que formáramos una alianza de trabajo. Cualquier información que obtuviera me la pasaría inmediatamente a mí antes de transmitirla al público. Mi parte sería realizar el trading real, para lo cual dijo que yo tenía un genio especial y él no.
Eso no me atrajo por varias razones. Le dije francamente que no creía que pudiera trabajar en equipo y que no me entusiasmaba intentar aprender. Pero insistió en que sería una combinación ideal hasta que le dije rotundamente que no quería tener nada que ver con influir en otras personas para que operaran.
«Si me engaño a mí mismo —le dije—, sufro solo y pago la factura de inmediato. No hay pagos prolongados ni molestias inesperadas. Juego solo por elección y también porque es la forma más sabia y barata de operar. Obtengo mi placer de enfrentar mi cerebro contra el cerebro de otros operadores: hombres a los que nunca he visto y con los que nunca he hablado y a los que nunca he aconsejado comprar o vender y nunca espero conocer o tratar. Cuando gano dinero, lo gano respaldando mis propias opiniones. No las vendo ni las capitalizo. Si ganara dinero de cualquier otra forma, imaginaría que no lo he ganado. Su propuesta no me interesa porque estoy interesado en el juego solo tal como lo juego para mí mismo y a mi manera».
Dijo que lamentaba que me sintiera así e intentó convencerme de que me equivocaba al rechazar su plan. Pero me mantuve en mis trece. El resto fue una charla agradable. Le dije que sabía que «regresaría» y que consideraría un privilegio si me permitía ser de ayuda financiera para él. Pero dijo que no podía aceptar préstamos míos. Luego me preguntó sobre mi operación de julio y le conté todo al respecto; cómo me había metido en ella y cuánto algodón compré y el precio y otros detalles. Charlamos un poco más y luego se fue.
Fue la última vez que le vi. La operación de julio no fue el fin de mis problemas. De hecho, me llevó algún tiempo recuperar el equilibrio y volver a operar como yo mismo. La pérdida de capital fue lo de menos; lo que realmente me dolió fue la pérdida de mi autoconfianza. Había permitido que otro hombre, por muy brillante que fuera, dictara mis acciones en un terreno donde yo debería haber sido el único juez.
Aprendí una lección costosa sobre la naturaleza humana y sobre la fragilidad de las convicciones propias cuando se enfrentan a una personalidad magnética. Entendí que la lógica de otro hombre puede sonar impecable, pero si no se alinea con la realidad del mercado, es una trampa mortal. Me tomó meses de introspección y de volver a los fundamentos básicos de mi oficio el recuperar mi capacidad para ver las cosas con claridad.
Después de aquello, me volví mucho más cauteloso con las recomendaciones y con las brillantes teorías de los demás. Empecé a valorar el silencio y la soledad de mi oficina de una forma distinta. Entendí que el mercado no perdona a quien no tiene una base firme sobre la cual apoyarse, y que esa base solo puede ser construida por uno mismo, a través de la observación directa y la experiencia acumulada, no por los informes de terceros, por convincentes que parezcan.
Años después, a veces me pregunto qué habría sido de mi fortuna si aquel agente de libros no hubiera entrado aquel día en mi oficina, o si Percy Thomas no hubiera tenido esa facilidad de palabra. Pero el «qué habría sido» es un ejercicio inútil para un especulador. Lo que importa es el ahora y la disciplina para seguir tus propias reglas. He aceptado que, como hombre ordinario, estoy sujeto a errores, pero ahora sé que el error más grande es renunciar a la independencia de juicio.
Desde entonces, cuando alguien se acerca a mí con una «oportunidad de oro» o un análisis infalible, simplemente recuerdo el contrato de Walter Scott y el algodón de Percy Thomas. Sonrío, agradezco la cortesía y vuelvo a mirar mis propios gráficos. Al final, el mercado es el único juez imparcial, y sus dictámenes no admiten apelación. He aprendido a escuchar el mercado en lugar de escuchar a los hombres, y eso es lo que me ha mantenido en el juego durante todos estos años.
Aprender que un hombre puede realizar jugadas insensatas sin motivo alguno fue una lección valiosa. Me costó millones aprender que otro enemigo peligroso para un operador es su susceptibilidad a los impulsos de una personalidad magnética cuando son expresados de forma plausible por una mente brillante. Siempre me ha parecido, sin embargo, que podría haber aprendido la lección igual de bien si el coste hubiera sido solo de un millón. Pero el Destino no siempre te permite fijar la tasa de matrícula. Te propina el golpe educativo y te presenta su propia factura, sabiendo que tienes que pagarla, sin importar cuál sea el importe. Habiendo aprendido de qué insensatez era capaz, cerré ese incidente en particular. Percy Thomas salió de mi vida.
Allí estaba yo, con más de nueve décimas partes de mi capital, como solía decir Jim Fisk, perdido donde se enreda la madreselva: por el desagüe. Llevaba siendo millonario algo menos de un año. Mis millones los había hecho usando el cerebro, ayudado por la suerte. Los había perdido invirtiendo el proceso. Vendí mis dos yates y fui decididamente menos extravagante en mi forma de vivir.
Pero ese único golpe no fue suficiente. La suerte estaba en mi contra. Primero me topé con una enfermedad y luego con la urgente necesidad de doscientos mil dólares en efectivo. Unos meses antes, esa suma no habría sido nada en absoluto; pero ahora significaba casi la totalidad del resto de mi fortuna alada. Tenía que conseguir el dinero y la pregunta era: ¿de dónde lo sacaría? No quería sacarlo del saldo que mantenía con mis corredores porque, si lo hacía, no me quedaría mucho margen para mis propias operaciones; y necesitaba facilidades para operar más que nunca si quería recuperar mis millones rápidamente. Solo veía una alternativa, ¡y era sacarlo del mercado de valores!
¡Solo piénsalo! Si sabes mucho sobre el cliente promedio de la casa de comisiones promedio, estarás de acuerdo conmigo en que la esperanza de hacer que el mercado de valores pague tu factura es una de las fuentes más prolíficas de pérdidas en Wall Street. Te quedarás sin nada de lo que tienes si te aferras a tu determinación.
Vaya, en la oficina de Harding un invierno, un pequeño grupo de tipos ambiciosos gastó treinta o cuarenta mil dólares en un abrigo, y ninguno de ellos vivió para ponérselo. Dio la casualidad de que un destacado operador de piso —que desde entonces se ha hecho mundialmente famoso como uno de los hombres del «dólar al año»— bajó a la Bolsa vistiendo un abrigo de piel forrado de nutria marina. En aquellos días, antes de que las pieles subieran hasta las nubes, ese abrigo estaba valorado en solo diez mil dólares. Bueno, uno de los tipos de la oficina de Harding, Bob Keown, decidió conseguir un abrigo forrado de marta cibelina rusa. Preguntó el precio en la zona alta. El coste era casi el mismo, diez mil dólares.
—Es un dineral —objetó uno de los compañeros.
—¡Oh, es justo! ¡Justo! —admitió Bob Keown amablemente—. Aproximadamente el salario de una semana, a menos que ustedes prometan regalármelo como una pequeña pero sincera muestra de la estima en la que tienen al hombre más agradable de la oficina. ¿Escucho el discurso de presentación? ¿No? Muy bien. ¡Dejaré que el mercado de valores lo compre por mí!
—¿Por qué quieres un abrigo de cibelina? —preguntó Ed Harding.
—Se vería particularmente bien en un hombre de mi envergadura —respondió Bob, irguiéndose.
—¿Y cómo dijiste que ibas a pagarlo? —preguntó Jim Murphy, quien era el principal cazador de consejos de la oficina.
—Mediante una inversión juiciosa de carácter temporal, James. Así es —respondió Bob, quien sabía que Murphy solo quería un consejo.
Efectivamente, Jimmy preguntó: «¿Qué acción vas a comprar?».
—Equivocado como siempre, amigo. Este no es momento de comprar nada. Propongo vender cinco mil acciones de Steel. Debería bajar diez puntos como mínimo. Me llevaré dos puntos y medio netos. Eso es conservador, ¿no?
—¿Qué oyes al respecto? —preguntó Murphy con avidez. Era un hombre alto y delgado, con cabello negro y un aspecto hambriento, debido a que nunca salía a almorzar por miedo a perderse algo en la cinta de cotizaciones.
—Oigo que ese abrigo es el más favorecedor que he planeado conseguir jamás. —Se volvió hacia Harding y dijo—: Ed, vende cinco mil acciones comunes de U.S. Steel al mercado. ¡Hoy mismo, cariño!
Bob era un jugador y le gustaba entregarse a charlas humorísticas. Era su forma de dejar que el mundo supiera que tenía nervios de acero. Vendió cinco mil acciones de Steel, y el valor subió rápidamente. Como no era ni la mitad de burro de lo que parecía cuando hablaba, Bob detuvo su pérdida en un punto y medio y confió a la oficina que el clima de Nueva York era demasiado benigno para los abrigos de piel. Eran insalubres y ostentosos. El resto de los compañeros se burlaron. Pero no pasó mucho tiempo antes de que uno de ellos comprara acciones de Union Pacific para pagar el abrigo. Perdió mil ochocientos dólares y dijo que las cibelinas estaban bien para el exterior del abrigo de una mujer, pero no para el interior de una prenda destinada a ser usada por un hombre modesto e inteligente.
Después de eso, uno tras otro, los compañeros intentaron convencer al mercado de que pagara por ese abrigo. Un día dije que lo compraría para evitar que la oficina se arruinara. Pero todos dijeron que no era una acción deportiva; que si quería el abrigo para mí, debería dejar que el mercado me lo diera. Pero Ed Harding aprobó enérgicamente mi intención y esa misma tarde fui a la peletería a comprarlo. Descubrí que un hombre de Chicago lo había comprado la semana anterior.
Ese fue solo un caso. No hay un solo hombre en Wall Street que no haya perdido dinero intentando hacer que el mercado pague un automóvil, un brazalete, una lancha motora o una pintura. Podría construir un hospital enorme con los regalos de cumpleaños que el tacaño mercado de valores se ha negado a pagar. De hecho, de todas las maldiciones en Wall Street, creo que la resolución de inducir al mercado de valores a actuar como un hada madrina es la más ocupada y persistente.
Como toda maldición bien autenticada, esta tiene su razón de ser. ¿Qué hace un hombre cuando se propone hacer que el mercado de valores pague por una necesidad repentina? Pues bien, simplemente tiene esperanzas. Apuesta. Por lo tanto, corre riesgos mucho mayores que si estuviera especulando inteligentemente, de acuerdo con opiniones o creencias a las que se llegó lógicamente tras un estudio desapasionado de las condiciones subyacentes. Para empezar, busca un beneficio inmediato. No puede permitirse esperar. El mercado debe ser amable con él de inmediato si es que lo va a ser. Se halaga a sí mismo pensando que no está pidiendo más que hacer una apuesta igualada. Debido a que está preparado para huir rápidamente —digamos, detener su pérdida en dos puntos cuando todo lo que espera ganar son dos puntos—, se aferra a la falacia de que simplemente está aceptando una probabilidad del cincuenta por ciento. Vaya, he conocido hombres que han perdido miles de dólares en tales operaciones, particularmente en compras realizadas en el punto álgido de un mercado alcista justo antes de una reacción moderada. Ciertamente, esa no es forma de operar.
Bueno, esa insensatez suprema de mi carrera como operador de bolsa fue la gota que colmó el vaso. Me venció. Perdí lo poco que me había dejado mi operación con el algodón. Hizo aún más daño, porque seguí operando, y perdiendo. Persistí en pensar que el mercado de valores tenía que hacerme ganar dinero al final por la fuerza. Pero el único final a la vista era el fin de mis recursos. Me endeudé, no solo con mis corredores principales, sino con otras casas que aceptaban negocios míos sin que yo depositara un margen adecuado. No solo me endeudé, sino que permanecí endeudado de ahí en adelante.
XIII
Allí estaba yo, una vez más arruinado, lo cual era malo, y completamente equivocado en mis operaciones, lo cual era mucho peor. Estaba enfermo, nervioso, alterado e incapaz de razonar con calma. Es decir, estaba en el estado de ánimo en el que ningún especulador debería estar cuando opera. Todo me salió mal. De hecho, empecé a pensar que no podría recuperar mi perdido sentido de la proporción. Habiéndome acostumbrado a manejar una gran línea —digamos, más de cien mil acciones—, temía no mostrar un buen juicio operando a pequeña escala. Apenas parecía valer la pena tener razón cuando todo lo que tenías eran cien acciones. Tras el hábito de tomar un gran beneficio sobre una gran línea, no estaba seguro de si sabría cuándo tomar mi beneficio sobre una línea pequeña. No puedo describirte lo indefenso que me sentía.
¡Arruinado de nuevo e incapaz de asumir la ofensiva vigorosamente! ¡Endeudado y equivocado! Después de todos esos largos años de éxitos, templados por errores que realmente sirvieron para allanar el camino hacia mayores éxitos, ahora estaba peor que cuando empecé en los garitos de bolsa. Había aprendido mucho sobre el juego de la especulación bursátil, pero no había aprendido tanto sobre el juego de las debilidades humanas. No hay mente tan mecánica de la que puedas depender para que funcione con igual eficiencia en todo momento. Ahora aprendí que no podía confiar en mí mismo para permanecer igual de imperturbable ante los hombres y las desgracias en todo momento.
Las pérdidas de dinero nunca me han preocupado en lo más mínimo. Pero otros problemas podían hacerlo y lo hicieron. Estudié mi desastre en detalle y, por supuesto, no encontré dificultad en ver exactamente dónde había sido tonto. Identifiqué el momento y el lugar exactos. Un hombre debe conocerse a fondo si va a hacer un buen trabajo operando en los mercados especulativos. Saber de qué era capaz en cuanto a insensatez fue un largo paso educativo. A veces pienso que ningún precio es demasiado alto para que un especulador aprenda aquello que le impedirá tener la cabeza hinchada. Muchos fracasos de hombres brillantes pueden rastrearse directamente hasta la cabeza hinchada: una enfermedad costosa en todas partes para todos, pero particularmente en Wall Street para un especulador.
No era feliz en Nueva York, sintiéndome como me sentía. No quería operar, porque no estaba en buena forma para hacerlo. Decidí irme y buscar un capital en otra parte. El cambio de aires podría ayudarme a encontrarme a mí mismo de nuevo, pensé. Así que una vez más dejé Nueva York, derrotado por el juego de la especulación. Estaba peor que arruinado, ya que debía más de cien mil dólares repartidos entre varios corredores.
Fui a Chicago y allí encontré un capital. No era un capital muy sustancial, pero eso simplemente significaba que necesitaría un poco más de tiempo para recuperar mi fortuna. Una firma con la que alguna vez había hecho negocios tenía fe en mi capacidad como operador y estaban dispuestos a demostrarlo permitiéndome operar en su oficina a pequeña escala.
Comencé de manera muy conservadora. No sé cómo me habría ido si me hubiera quedado allí. Pero una de las experiencias más notables de mi carrera acortó mi estancia en Chicago. Es una historia casi increíble.
Un día recibí un telegrama de Lucius Tucker. Lo había conocido cuando era el gerente de oficina de una firma de la Bolsa de Valores a la que a veces le había dado algo de trabajo, pero le había perdido la pista. El telegrama decía:
Venga a Nueva York de inmediato. L. TUCKER.
Sabía que él sabía por amigos comunes cómo estaba mi situación y, por lo tanto, era seguro que tenía algo bajo la manga. Al mismo tiempo, no tenía dinero para desperdiciar en un viaje innecesario a Nueva York; así que, en lugar de hacer lo que me pedía, lo llamé por larga distancia.
—Recibí tu telegrama —dije—. ¿Qué significa?
—Significa que un gran banquero en Nueva York quiere verte —respondió.
—¿Quién es? —pregunté. No podía imaginar quién podría ser.
—Te lo diré cuando vengas a Nueva York. No tiene sentido de otra manera.
—¿Dices que quiere verme?
—Así es.
—¿Sobre qué?
—Te lo dirá en persona si le das la oportunidad —dijo Lucius.
—¿No puedes escribirme?
—No.
—Entonces dímelo más claramente —dije.
—No quiero.
—Mira, Lucius —dije—, solo dime esto: ¿es este un viaje de locos?
—Ciertamente no. Será para tu beneficio venir.
—¿No puedes darme una pista?
—No —dijo—. No sería justo para él. Y además, no sé exactamente cuánto quiere hacer por ti. Pero acepta mi consejo: ven, y ven rápido.
—¿Estás seguro de que soy yo a quien desea ver?
—Nadie más que tú servirá. Mejor ven, te lo digo. Telegrafíame qué tren tomas y te encontraré en la estación.
—Muy bien —dije, y colgué.
No me gustaba tanto misterio, pero sabía que Lucius era amistoso y que debía tener una buena razón para hablar de esa manera. No me iba tan suntuosamente en Chicago como para que me rompiera el corazón dejarlo. Al ritmo que estaba operando, pasaría mucho tiempo antes de que pudiera reunir suficiente dinero para operar a la antigua escala.
Regresé a Nueva York, sin saber qué pasaría. De hecho, más de una vez durante el viaje temí que no pasaría nada en absoluto y que perdería mi dinero del tren y mi tiempo. No podía adivinar que estaba a punto de tener la experiencia más curiosa de toda mi vida.
Lucius me recibió en la estación y no perdió tiempo en decirme que me había enviado a llamar por solicitud urgente del Sr. Daniel Williamson, de la conocida casa de Bolsa Williamson & Brown. El Sr. Williamson le dijo a Lucius que me comunicara que tenía una propuesta de negocios que hacerme, la cual estaba seguro de que yo aceptaría ya que sería muy rentable para mí. Lucius juró que no sabía cuál era la propuesta. El carácter de la firma era garantía de que no se me exigiría nada inapropiado.
Dan Williamson era el socio principal de la firma, que fue fundada por Egbert Williamson allá por los años 70. No había ningún Brown y no lo había habido en la firma desde hacía años. La casa había sido muy prominente en la época del padre de Dan, y Dan había heredado una fortuna considerable y no buscaba muchos negocios externos. Tenían un cliente que valía por cien clientes promedio y ese era Alvin Marquand, cuñado de Williamson, quien, además de ser director en una docena de bancos y compañías fiduciarias, era el presidente del gran sistema ferroviario Chesapeake and Atlantic. Era la personalidad más pintoresca del mundo ferroviario después de James J. Hill, y era el portavoz y miembro dominante de la poderosa camarilla bancaria conocida como la banda de Fort Dawson. Tenía un patrimonio de cincuenta a quinientos millones de dólares, dependiendo la estimación del estado del hígado del interlocutor. Cuando murió, descubrieron que su patrimonio era de doscientos cincuenta millones de dólares, todos hechos en Wall Street. Así que ves que era un cliente importante.
Lucius me dijo que acababa de aceptar un puesto en Williamson & Brown, uno que fue creado para él. Se suponía que debía ser una especie de captador de negocios general itinerante. La firma buscaba un negocio de comisiones generales y Lucius había inducido al Sr. Williamson a abrir un par de sucursales, una en uno de los grandes hoteles de la zona alta y la otra en Chicago. Más bien deduje que se me iba a ofrecer un puesto en este último lugar, posiblemente como gerente de oficina, que era algo que no aceptaría. No me abalancé sobre Lucius porque pensé que sería mejor esperar hasta que se hiciera la oferta antes de rechazarla.
Lucius me llevó a la oficina privada del Sr. Williamson, me presentó a su jefe y salió de la habitación a toda prisa, como si quisiera evitar ser llamado como testigo en un caso en el que conocía a ambas partes. Me preparé para escuchar y luego decir que no.
El Sr. Williamson fue muy agradable. Era un caballero de pies a cabeza, con modales pulidos y una sonrisa amable. Podía ver que hacía amigos fácilmente y los conservaba. ¿Por qué no? Estaba sano y, por lo tanto, era de buen humor. Tenía montones de dinero y, por lo tanto, no se podía sospechar de él motivos sórdidos. Estas cosas, junto con su educación y formación social, hacían que le resultara fácil ser no solo educado sino también amable, y no solo amable sino servicial.
No dije nada. No tenía nada que decir y, además, siempre dejo que la otra persona diga todo lo que tiene que decir antes de hablar yo. Alguien me dijo que el difunto James Stillman, presidente del National City Bank —quien, por cierto, era un amigo íntimo de Williamson—, tenía la costumbre de escuchar en silencio, con rostro impasible, a cualquiera que le trajera una propuesta. Después de que el hombre terminaba, el Sr. Stillman seguía mirándolo, como si el hombre no hubiera terminado. Así que el hombre, sintiéndose impulsado a decir algo más, lo hacía. Simplemente mirando y escuchando, Stillman a menudo hacía que el hombre ofreciera términos mucho más ventajosos para el banco de lo que había pretendido ofrecer cuando empezó a hablar.
No guardo silencio solo para inducir a la gente a ofrecer un mejor trato, sino porque me gusta conocer todos los hechos del caso. Al dejar que una persona diga todo lo que tiene que decir, eres capaz de decidir de inmediato. Es un gran ahorro de tiempo. Evita debates y discusiones prolongadas que no llevan a ninguna parte. Casi cualquier propuesta de negocios que se me presenta puede resolverse, en lo que respecta a mi participación, diciendo sí o no. Pero no puedo decir sí o no de inmediato a menos que tenga la propuesta completa ante mí.
Dan Williamson llevó la voz cantante y yo escuché. Me dijo que había oído hablar mucho de mis operaciones en el mercado de valores y lo mucho que lamentaba que me hubiera salido de mi jurisdicción y fracasado con el algodón. Aun así, a mi mala suerte le debía el placer de aquella entrevista conmigo. Pensaba que mi fuerte era el mercado de valores, que había nacido para él y que no debía alejarme de él.
—Y esa es la razón, Sr. Livingston —concluyó agradablemente—, por la que deseamos hacer negocios con usted.
—¿Hacer negocios cómo? —le pregunté.
—Ser sus corredores —dijo—. A mi firma le gustaría llevar sus operaciones bursátiles.
—Me gustaría dárselas —dije—, pero no puedo.
—¿Por qué no? —preguntó.
—No tengo dinero —respondí.
—Esa parte está bien —dijo con una sonrisa amistosa—. Yo lo suministraré. —Sacó una chequera de bolsillo, extendió un cheque por veinticinco mil dólares a mi nombre y me lo dio.
—¿Para qué es esto? —pregunté.
—Para que lo deposites en tu propio banco. Librarás tus propios cheques. Quiero que operes en nuestra oficina. No me importa si ganas o pierdes. Si ese dinero se agota, te daré otro cheque personal. Así que no tienes que ser tan cuidadoso con este. ¿Entiendes?
Sabía que la firma era demasiado rica y próspera como para necesitar los negocios de nadie, y mucho menos para darle a un tipo el dinero para depositarlo como margen. ¡Y además fue tan amable al respecto! En lugar de darme un crédito en la casa, me dio el efectivo real, de modo que solo él sabía de dónde venía, siendo la única condición que, si operaba, debía hacerlo a través de su firma. ¡Y luego la promesa de que habría más si eso se agotaba! Aun así, debía haber una razón.
—¿Cuál es la idea? —le pregunté.
—La idea es simplemente que queremos tener un cliente en esta oficina que sea conocido como un gran operador activo. Todo el mundo sabe que manejas una gran línea en el lado corto, que es lo que particularmente me gusta de ti. Eres conocido como un jugador.
—Sigo sin entenderlo —dije.
—Seré franco con usted, Sr. Livingston. Tenemos dos o tres clientes muy adinerados que compran y venden acciones a gran escala. No quiero que Wall Street sospeche que están vendiendo acciones en largo cada vez que vendemos diez o veinte mil títulos de cualquier acción. Si Wall Street sabe que usted está operando en nuestra oficina, no sabrá si es su venta en corto o las acciones en largo de los otros clientes lo que está llegando al mercado.
Lo comprendí de inmediato. ¡Quería encubrir las operaciones de su cuñado con mi reputación de apostador! Dio la casualidad de que había dado mi mayor golpe en el lado bajista un año y medio antes y, por supuesto, los chismosos de Wall Street y los estúpidos propagadores de rumores habían adquirido el hábito de culparme de cada caída en los precios. A día de hoy, cuando el mercado está muy débil, dicen que lo estoy atacando.
No tuve que reflexionar. Vi de un vistazo que Dan Williamson me ofrecía la oportunidad de volver y volver rápidamente. Tomé el cheque, lo deposité, abrí una cuenta en su firma y comencé a operar. Era un mercado bueno y activo, lo suficientemente amplio como para que un hombre no tuviera que limitarse a una o dos especialidades. Había empezado a temer, como le dije, que había perdido la habilidad de acertar. Pero parece que no. En tres semanas había obtenido un beneficio de ciento doce mil dólares de los veinticinco mil que me prestó Dan Williamson.
Fui a verlo y le dije: «He venido a devolverle esos veinticinco mil dólares».
—¡No, no! —dijo, y me rechazó exactamente como si le hubiera ofrecido un cóctel de aceite de ricino—. No, no, muchacho. Espere hasta que su cuenta llegue a ser algo. No piense en eso todavía. Solo tiene una miseria ahí.
Ahí es donde cometí el error que he lamentado más que cualquier otro que haya cometido jamás en mi carrera en Wall Street. Fue responsable de largos y lúgubres años de sufrimiento. Debería haber insistido en que aceptara el dinero. Estaba en camino a una fortuna mayor que la que había perdido y avanzando bastante rápido. Durante tres semanas, mi beneficio promedio fue del 150 por ciento por semana. A partir de entonces, mis operaciones serían a una escala cada vez mayor. Pero en lugar de liberarme de toda obligación, dejé que se saliera con la suya y no le obligué a aceptar los veinticinco mil dólares. Por supuesto, como no retiró los veinticinco mil dólares que me había adelantado, sentí que no podía retirar mis ganancias muy bien. Le estaba muy agradecido, pero estoy constituido de tal manera que no me gusta deber dinero ni favores. Puedo devolver el dinero con dinero, pero los favores y las bondades debo pagarlos de la misma forma, y uno tiende a encontrar estas obligaciones morales muy costosas a veces. Además, no existe un estatuto de limitaciones.
Dejé el dinero intacto y reanudé mis operaciones. Me iba muy bien. Estaba recuperando mi equilibrio y estaba seguro de que no pasaría mucho tiempo antes de que volviera a mi ritmo de 1907. Una vez que lo hiciera, todo lo que pediría sería que el mercado resistiera un poco más y compensaría con creces mis pérdidas. Pero ganar o no ganar dinero no me preocupaba mucho. Lo que me hacía feliz era que estaba perdiendo el hábito de equivocarme, de no ser yo mismo. Había causado estragos en mí durante meses, pero había aprendido la lección.
Justo en ese momento me volví bajista y comencé a vender en corto varias acciones ferroviarias. Entre ellas estaba Chesapeake & Atlantic. Creo que abrí una posición corta en ella; unas ocho mil acciones.
Una mañana, cuando llegué al centro, Dan Williamson me llamó a su oficina privada antes de que abriera el mercado y me dijo: «Larry, no hagas nada con Chesapeake & Atlantic por ahora. Fue una mala jugada de tu parte vender ocho mil en corto. La cubrí por ti esta mañana en Londres y me puse en largo».
Estaba seguro de que Chesapeake & Atlantic iba a bajar. La cinta me lo decía con bastante claridad; y además, yo era bajista respecto a todo el mercado, no de forma violenta o insensata, pero sí lo suficiente como para sentirme cómodo con una posición corta moderada. Le dije a Williamson: «¿Por qué hiciste eso? Soy bajista respecto a todo el mercado y todas van a bajar».
Pero él solo negó con la cabeza y dijo: «Lo hice porque resulta que sé algo sobre Chesapeake & Atlantic que tú no podrías saber. Mi consejo es que no vendas esa acción en corto hasta que yo te diga que es seguro hacerlo».
¿Qué podía hacer? No era un consejo estúpido. Era un consejo que venía del cuñado del presidente del consejo de administración. Dan no solo era el amigo más cercano de Alvin Marquand, sino que había sido amable y generoso conmigo. Había mostrado su fe en mí y confianza en mi palabra. No podía hacer menos que agradecérselo. Y así mis sentimientos volvieron a ganar a mi juicio y cedí. Subordinar mi juicio a sus deseos fue mi perdición. La gratitud es algo que un hombre decente no puede evitar sentir, pero depende de cada uno evitar que lo aten por completo. Lo primero que supe fue que no solo había perdido todas mis ganancias, sino que además le debía a la firma ciento cincuenta mil dólares. Me sentí muy mal por ello, pero Dan me dijo que no me preocupara.
—Te sacaré de este hoyo —prometió—. Sé que lo haré. Pero solo puedo hacerlo si me dejas. Tendrás que dejar de hacer negocios por tu cuenta. No puedo estar trabajando para ti y que tú deshagas por completo todo mi trabajo en tu favor. Simplemente apártate del mercado y dame la oportunidad de ganar algo de dinero para ti. ¿No lo harás, Larry?
De nuevo le pregunto: ¿Qué podía hacer? Pensé en su amabilidad y no pude hacer nada que pudiera interpretarse como falta de aprecio. Había llegado a tomarle cariño. Era muy agradable y amable. Recuerdo que todo lo que recibí de él fue aliento. Seguía asegurándome de que todo saldría bien. Un día, quizá seis meses después, vino a mí con una sonrisa satisfecha y me dio algunos comprobantes de crédito.
—Te dije que te sacaría de ese hoyo —dijo—, y lo he hecho. Y entonces descubrí que no solo había liquidado la deuda por completo, sino que además tenía un pequeño saldo a favor.
Creo que podría haber hecho crecer eso sin mucho problema, porque el mercado estaba en el punto justo, pero él me dijo: «Te he comprado diez mil acciones de Southern Atlantic». Esa era otra línea controlada por su cuñado, Alvin Marquand, quien también dictaba los destinos bursátiles de la acción.
Cuando un hombre hace por ti lo que Dan Williamson hizo por mí, no puedes decir nada más que «Gracias», sin importar cuáles sean tus puntos de vista sobre el mercado. Puedes estar seguro de que tienes razón, pero como solía decir Pat Hearne: «¡No lo sabes hasta que apuestas!», y Dan Williamson había apostado por mí, con su dinero.
Bueno, Southern Atlantic bajó y se mantuvo abajo, y perdí, no recuerdo cuánto, en mis diez mil acciones antes de que Dan me vendiera. Le debía más que nunca. Pero nunca vio a un acreedor más agradable o menos importuno en su vida. Ni un gemido de su parte. En cambio, palabras de aliento y advertencias de no preocuparme por ello. Al final, la pérdida fue compensada de la misma manera generosa pero misteriosa.
No dio ningún detalle en absoluto. Eran todas cuentas numeradas. Dan Williamson simplemente me decía: «Hemos compensado tu pérdida en Southern Atlantic con las ganancias de esta otra operación», y me contaba cómo había vendido siete mil quinientas acciones de alguna otra acción y había sacado un buen provecho. Puedo decir con total sinceridad que nunca supe absolutamente nada sobre esas operaciones mías hasta que me dijeron que la deuda estaba saldada.
Después de que eso sucediera varias veces, comencé a pensar y empecé a ver mi caso desde un ángulo diferente. Finalmente, me di cuenta. Estaba claro que Dan Williamson me había utilizado. Me enfureció pensarlo, pero aún más el hecho de no haberme dado cuenta antes. Tan pronto como hube repasado todo en mi mente, fui a ver a Dan Williamson, le dije que había terminado con la firma y renuncié a la oficina de Williamson & Brown. No tuve palabras con él ni con ninguno de sus socios. ¿Qué bien me habría hecho eso? Pero admito que estaba dolido, conmigo mismo tanto como con Williamson & Brown.
La pérdida de dinero no me molestó. Siempre que he perdido dinero en el mercado de valores he considerado que he aprendido algo; que si he perdido dinero he ganado experiencia, por lo que el dinero en realidad se destinó a una matrícula. Un hombre tiene que tener experiencia y tiene que pagarla. Pero hubo algo que dolió mucho en esa experiencia mía en la oficina de Dan Williamson, y fue la pérdida de una gran oportunidad. El dinero que pierde un hombre no es nada; puede recuperarlo. Pero oportunidades como las que tenía entonces no se presentan todos los días.
El mercado, verá, había sido un buen mercado para operar. Tenía razón; quiero decir, lo estaba leyendo con precisión. La oportunidad de hacer millones estaba ahí. Pero permití que mi gratitud interfiriera con mi juego. Me até mis propias manos. Tuve que hacer lo que Dan Williamson en su bondad deseaba que se hiciera. En general, fue más insatisfactorio que hacer negocios con un pariente. ¡Mal negocio!
Y eso no fue lo peor. Fue que después de eso prácticamente no hubo oportunidad para mí de ganar mucho dinero. El mercado se aplanó. Las cosas fueron de mal en peor. No solo perdí todo lo que tenía, sino que volví a endeudarme, más pesadamente que nunca. Esos fueron años largos y escasos, 1911, 1912, 1913 y 1914. No había dinero para ganar. La oportunidad simplemente no estaba allí y, por lo tanto, estaba peor que nunca.
No es incómodo perder cuando la pérdida no va acompañada de una visión punzante de lo que podría haber sido. Eso era precisamente lo que no podía evitar que mi mente rumiara y, por supuesto, me desestabilizó aún más. Aprendí que las debilidades a las que es propenso un especulador son casi innumerables. Era correcto para mí, como hombre, actuar como lo hice en la oficina de Dan Williamson, pero era incorrecto e imprudente para mí, como especulador, permitirme ser influenciado por cualquier consideración para actuar en contra de mi propio juicio. *Noblesse oblige*, pero no en el mercado de valores, porque la cinta no es caballeresca y, además, no recompensa la lealtad. Me doy cuenta de que no podría haber actuado de otra manera. No podía cambiar mi forma de ser solo porque deseaba operar en el mercado de valores. Pero los negocios son siempre negocios, y mi negocio como especulador es respaldar mi propio juicio siempre.
Fue una experiencia muy curiosa. Le diré lo que creo que pasó. Dan Williamson fue perfectamente sincero en lo que me dijo cuando me vio por primera vez. Cada vez que su firma operaba unos pocos miles de acciones en una sola compañía, Wall Street saltaba a la conclusión de que Alvin Marquand estaba comprando o vendiendo. Él era el gran operador de la oficina, sin duda, y entregaba todos sus negocios a esta firma; y fue uno de los mejores y más grandes operadores que hayan tenido jamás en Wall Street. Bueno, yo debía ser utilizado como pantalla de humo, particularmente para las ventas de Marquand.
Alvin Marquand cayó enfermo poco después de que yo entrara. Su dolencia fue diagnosticada pronto como incurable, y Dan Williamson, por supuesto, lo supo mucho antes que el propio Marquand. Es por eso que Dan cubrió mis acciones de Chesapeake & Atlantic. Había comenzado a liquidar algunas de las posiciones especulativas de su cuñado en esas y otras acciones.
Por supuesto, cuando Marquand murió, la herencia tuvo que liquidar sus líneas especulativas y semiespeculativas, y para entonces ya habíamos entrado en un mercado bajista. Al atarme de la forma en que lo hizo, Dan estaba ayudando mucho a la herencia. No hablo con jactancia cuando digo que yo era un operador muy importante y que estaba totalmente en lo cierto en mis opiniones sobre el mercado de valores. Sé que Williamson recordaba mis operaciones exitosas en el mercado bajista de 1907 y no podía permitirse correr el riesgo de tenerme en libertad. Vaya, si hubiera seguido por el camino que iba, habría ganado tanto dinero que, para cuando él estuviera intentando liquidar parte de la herencia de Alvin Marquand, yo habría estado operando con cientos de miles de acciones. Como bajista activo, habría causado daños por valor de millones de dólares a los herederos de Marquand, pues Alvin dejó solo poco más de un par de cientos de millones.
Era mucho más barato para ellos dejar que me endeudara y luego pagar la deuda que tenerme en alguna otra oficina operando activamente en el lado bajista. Eso es precisamente lo que habría estado haciendo de no ser por mi sentimiento de que no debía ser superado en decencia por Dan Williamson.
Siempre he considerado esta la más interesante y la más desafortunada de todas mis experiencias como operador bursátil. Como lección, me costó un precio desproporcionadamente alto. Aplazó el momento de mi recuperación varios años. Era lo suficientemente joven como para esperar con paciencia a que volvieran los millones perdidos. Pero cinco años es mucho tiempo para que un hombre sea pobre. Joven o viejo, no es algo para disfrutar. Podría prescindir de los yates mucho más fácilmente de lo que podría prescindir de un mercado en el que recuperarme. La mayor oportunidad de toda una vida sostenía frente a mis narices la bolsa que había perdido. No podía extender la mano y alcanzarla. Un chico muy astuto, ese Dan Williamson; tan hábil como el que más; previsor, ingenioso, audaz. Es un pensador, tiene imaginación, detecta el punto vulnerable en cualquier hombre y puede planear a sangre fría cómo golpearlo. Hizo su propia evaluación y pronto descubrió exactamente qué hacer conmigo para reducirme a la total inofensividad en el mercado. En realidad, no me estafó con ningún dinero. Al contrario, fue, a todas luces, extremadamente amable al respecto. Amaba a su hermana, la Sra. Marquand, y cumplió con su deber hacia ella tal como él lo veía.
XIV
Siempre me ha mortificado el hecho de que después de que dejé la oficina de Williamson & Brown, lo mejor del mercado ya había pasado. Nos topamos de frente con un largo período sin dinero; cuatro años sumamente escasos. No había ni un centavo que ganar. Como dijo una vez Billy Henriquez: «Era el tipo de mercado en el que ni siquiera una mofeta podría dejar rastro».
Me parecía que estaba en problemas con el destino. Podría haber sido el plan de la Providencia castigarme, pero realmente no me había llenado de tal orgullo como para requerir una caída. No había cometido ninguno de esos pecados especulativos que un operador debe expiar en el lado deudor de la cuenta. No era culpable de una típica jugada de incauto. Lo que había hecho, o, mejor dicho, lo que había dejado de hacer, era algo por lo que habría recibido elogios y no culpas, al norte de la calle Cuarenta y dos. En Wall Street fue absurdo y costoso. Pero, con mucho, lo peor de todo fue la tendencia que tuvo a hacer a uno un poco menos inclinado a permitirse sentimientos humanos en el distrito de la cinta.
Dejé la oficina de Williamson y probé en otras oficinas de corredores. En cada una de ellas perdí dinero. Me lo tenía merecido, porque estaba intentando forzar al mercado a darme lo que no tenía que dar; a saber, oportunidades para ganar dinero. No tuve problemas para conseguir crédito, porque quienes me conocían tenían fe en mí. Puede hacerse una idea de cuán fuerte era su confianza cuando le digo que, cuando finalmente dejé de operar a crédito, debía más de un millón de dólares.
El problema no era que hubiera perdido el control, sino que durante esos cuatro años miserables las oportunidades para ganar dinero simplemente no existieron. Aun así, seguí adelante, tratando de conseguir una apuesta y logrando solo aumentar mi endeudamiento. Después de que dejé de operar por mi cuenta porque ya no quería deberles más dinero a mis amigos, me gané la vida manejando cuentas para personas que creían que conocía el juego lo suficientemente bien como para vencerlo incluso en un mercado aburrido. Por mis servicios recibía un porcentaje de las ganancias, cuando las había. Así es como viví. Bueno, digamos que así es como sostuve la vida.
Por supuesto, no siempre perdía, pero nunca ganaba lo suficiente como para permitirme reducir materialmente lo que debía. Finalmente, a medida que las cosas empeoraban, sentí los comienzos del desánimo por primera vez en mi vida.
Todo parecía haber salido mal conmigo. No anduve lamentándome por el descenso de millones y yates a deudas y una vida sencilla. No disfrutaba de la situación, pero no me llené de autocompasión. No pensaba esperar pacientemente a que el tiempo y la Providencia provocaran el cese de mis incomodidades. Por lo tanto, estudié mi problema. Estaba claro que la única forma de salir de mis problemas era ganando dinero. Para ganar dinero, necesitaba simplemente operar con éxito. Había operado así antes y debía hacerlo una vez más. Más de una vez en el pasado había convertido unos pocos dólares en cientos de miles. Tarde o temprano, el mercado me ofrecería una oportunidad.
Me convencí de que lo que estuviera mal, estaba mal conmigo y no con el mercado. Ahora, ¿cuál podría ser el problema conmigo? Me hice esa pregunta con el mismo espíritu con el que siempre estudio las diversas fases de mis problemas comerciales. Lo pensé con calma y llegué a la conclusión de que mi principal problema provenía de preocuparme por el dinero que debía. Nunca estuve libre de la incomodidad mental que eso suponía. Debo explicarle que no era mera conciencia de mi endeudamiento. Cualquier hombre de negocios contrae deudas en el curso de sus actividades habituales. La mayoría de mis deudas en realidad no eran más que deudas comerciales, debidas a lo que eran condiciones comerciales desfavorables para mí, y no peores que las que sufre un comerciante, por ejemplo, cuando hay un período inusualmente prolongado de clima fuera de temporada.
Por supuesto, a medida que pasaba el tiempo y no podía pagar, comencé a sentirme menos filosófico acerca de mis deudas. Le explicaré: debía más de un millón de dólares, todo ello pérdidas en el mercado de valores, recuerde. La mayoría de mis acreedores eran muy amables y no me molestaban; pero hubo dos que sí me atormentaron. Solían seguirme a todas partes. Cada vez que tenía una ganancia, cada uno de ellos aparecía en el lugar, queriendo saber todo al respecto e insistiendo en obtener lo suyo de inmediato. Uno de ellos, a quien le debía ochocientos dólares, amenazó con demandarme, embargar mis muebles, etcétera. No puedo concebir por qué pensaba que estaba ocultando activos, a menos que fuera porque no me veía exactamente como un vagabundo de teatro a punto de morir de indigencia.
Al estudiar el problema vi que no era un caso que requiriera leer la cinta, sino leerme a mí mismo. Con total sangre fría llegué a la conclusión de que nunca sería capaz de lograr nada útil mientras estuviera preocupado, y era igualmente evidente que seguiría preocupado mientras debiera dinero. Quiero decir, mientras cualquier acreedor tuviera el poder de mortificarme o de interferir en mi regreso insistiendo en que se le pagara antes de que yo pudiera reunir un capital decente. Todo esto era tan obviamente cierto que me dije: «Debo declararme en bancarrota». ¿Qué otra cosa podría aliviar mi mente?
Suena fácil y sensato, ¿verdad? Pero les aseguro que fue más que desagradable. Odiaba hacerlo. Odiaba ponerme en una posición en la que pudieran malinterpretarme o juzgarme mal. A mí nunca me importó mucho el dinero. Nunca lo valoré lo suficiente como para considerar que valiera la pena mentir por él. Pero sabía que no todo el mundo pensaba así. Por supuesto, también sabía que si lograba ponerme en pie de nuevo, pagaría a todos, pues la obligación permanecía. Pero a menos que fuera capaz de operar a la antigua usanza, nunca sería capaz de devolver ese millón.
Me armé de valor y fui a ver a mis acreedores. Fue algo sumamente difícil para mí, a pesar de que la mayoría eran amigos personales o viejos conocidos.
Les expliqué la situación con total franqueza. Les dije: «No voy a dar este paso porque no desee pagarles, sino porque, en justicia tanto para mí como para ustedes, debo ponerme en condiciones de ganar dinero. He estado pensando en esta solución de vez en cuando durante más de dos años, pero simplemente no tuve el valor de venir y decírselos con tanta franqueza. Hubiera sido infinitamente mejor para todos nosotros si lo hubiera hecho. Todo se reduce a esto: positivamente no puedo ser mi antiguo yo mientras esté acosado o perturbado por estas deudas. He decidido hacer ahora lo que debería haber hecho hace un año. No tengo otra razón que la que les acabo de dar».
Lo que dijo el primero fue, a todos los efectos, lo que dijeron todos. Habló en nombre de su firma.
«Livingston», dijo, «lo entendemos. Comprendemos perfectamente su posición. Le diré lo que haremos: simplemente le daremos una liberación de deuda. Haga que su abogado prepare cualquier tipo de documento que desee y nosotros lo firmaremos».
Eso fue, en esencia, lo que dijeron todos mis grandes acreedores. Ese es un lado de Wall Street para ustedes. No era simplemente una despreocupada buena voluntad o deportividad. Fue también una decisión sumamente inteligente, pues era claramente un buen negocio. Aprecié tanto la buena voluntad como el sentido común comercial.
Estos acreedores me liberaron de deudas que ascendían a más de un millón de dólares. Pero hubo dos acreedores menores que no quisieron firmar. Uno de ellos era el hombre de los ochocientos dólares del que les hablé. También debía sesenta mil dólares a una firma de corretaje que se había declarado en bancarrota, y los síndicos, que no me conocían de nada, estuvieron encima de mí noche y día. Incluso si hubieran estado dispuestos a seguir el ejemplo de mis mayores acreedores, no creo que el tribunal les hubiera permitido firmar la liberación. En cualquier caso, mi lista de bancarrota ascendía solo a unos cien mil dólares; aunque, como dije, debía bastante más de un millón.
Fue extremadamente desagradable ver la historia en los periódicos. Siempre había pagado mis deudas por completo y esta nueva experiencia fue de lo más mortificante para mí. Sabía que algún día pagaría a todos si vivía, pero no todo el que leyera el artículo lo sabría. Me daba vergüenza salir después de ver el informe en los periódicos. Pero todo pasó pronto y no puedo expresarles cuán intenso fue mi sentimiento de alivio al saber que ya no iba a ser acosado por personas que no entendían cómo un hombre debe dedicar toda su mente a su negocio, si desea tener éxito en la especulación bursátil.
Al estar mi mente ahora libre para retomar el trading con alguna perspectiva de éxito, sin la molestia de las deudas, el siguiente paso era conseguir otro capital. La Bolsa de Valores había estado cerrada desde el treinta y uno de julio hasta mediados de diciembre de 1914, y Wall Street estaba deprimido. No había habido ningún negocio en absoluto durante mucho tiempo. Les debía dinero a todos mis amigos. No podía pedirles muy bien que me ayudaran de nuevo solo porque habían sido tan amables y cordiales conmigo, cuando sabía que nadie estaba en condiciones de hacer mucho por nadie.
Fue una tarea sumamente difícil, conseguir un capital decente, pues con el cierre de la Bolsa no había nada que pudiera pedirle a ningún corredor que hiciera por mí. Probé en un par de sitios. Inútil.
Finalmente fui a ver a Dan Williamson. Esto fue en febrero de 1915. Le dije que me había librado del lastre mental de la deuda y que estaba listo para operar como antaño. Recordarán que cuando él me necesitó, me ofreció el uso de veinticinco mil dólares sin que yo se lo pidiera.
Ahora que yo lo necesitaba a él, dijo: «Cuando veas algo que te parezca bueno y quieras comprar quinientas acciones, adelante, estará bien».
Le di las gracias y me marché. Él me había impedido ganar una gran cantidad de dinero y la oficina había ganado mucho en comisiones gracias a mí. Admito que me sentí un poco molesto al pensar que Williamson & Brown no me dieron un capital decente. Tenía la intención de operar de forma conservadora al principio. Facilitaría y aceleraría mi recuperación financiera si pudiera empezar con una posición un poco mejor que quinientas acciones. Pero, de todos modos, me di cuenta de que, tal como era, esa era mi oportunidad para volver.
Salí de la oficina de Dan Williamson y estudié la situación en general y mi propio problema en particular. Era un mercado alcista. Eso estaba tan claro para mí como para miles de operadores. Pero mi capital consistía meramente en una oferta para llevar quinientas acciones para mí. Es decir, no tenía margen de maniobra, limitado como estaba. No podía permitirme ni siquiera un pequeño revés al principio. Debía aumentar mi capital con mi primera jugada. Esa compra inicial de quinientas acciones debía ser rentable. Tenía que ganar dinero de verdad. Sabía que si no tenía suficiente capital para operar, no sería capaz de usar un buen juicio. Sin márgenes adecuados sería imposible adoptar la actitud fría y desapasionada hacia el juego que proviene de la capacidad de permitirse algunas pérdidas menores, como las que a menudo incurría al probar el mercado antes de hacer la gran apuesta.
Pienso ahora que me encontré entonces en el periodo más crítico de mi carrera como especulador. Si fallaba esta vez, no había forma de saber dónde o cuándo, si es que llegaba a ocurrir, podría conseguir otro capital para otro intento. Estaba muy claro que simplemente debía esperar el momento psicológico exacto.
No me acerqué a Williamson & Brown. Quiero decir, me mantuve alejado a propósito durante seis largas semanas de lectura constante de la cinta. Temía que si iba a la oficina, sabiendo que podía comprar quinientas acciones, podría sentirme tentado a operar en el momento equivocado o en la acción equivocada. Un operador, además de estudiar las condiciones básicas, recordar los precedentes del mercado y tener en cuenta la psicología del público externo así como las limitaciones de sus corredores, también debe conocerse a sí mismo y protegerse contra sus propias debilidades. No hay necesidad de sentir ira por ser humano. He llegado a sentir que es tan necesario saber cómo leerme a mí mismo como saber cómo leer la cinta. He estudiado y calculado mis propias reacciones ante impulsos determinados o ante las tentaciones inevitables de un mercado activo, con el mismo ánimo y espíritu con el que he considerado las condiciones de las cosechas o he analizado los informes de ganancias.
Así que, día tras día, arruinado y ansioso por reanudar el trading, me sentaba frente a una pizarra de cotizaciones en la oficina de otro corredor donde no podía comprar ni vender ni una sola acción, estudiando el mercado, sin perder ni una sola transacción en la cinta, observando el momento psicológico para tocar la campana de avanzar a toda velocidad.
Debido a condiciones conocidas por todo el mundo, la acción en la que yo era más optimista en aquellos días críticos de principios de 1915 era Bethlehem Steel. Estaba moralmente seguro de que iba a subir mucho, pero para asegurarme de que ganaría en mi primera jugada, como debía, decidí esperar hasta que superara la par.
Creo que les he dicho que ha sido mi experiencia que *siempre que una acción cruza los 100 o 200 o 300 por primera vez, casi siempre sigue subiendo de 30 a 50 puntos, y después de 300 más rápido que después de 100 o 200*. Uno de mis primeros grandes golpes fue con Anaconda, que compré cuando cruzó los 200 y vendí un día después a 260. Mi práctica de comprar una acción justo después de que cruzara la par se remonta a mis primeros días en los "bucket shops". Es un viejo principio de trading.
Pueden imaginar lo ansioso que estaba por volver a operar a mi antigua escala. Estaba tan deseoso de empezar que no podía pensar en otra cosa; pero me mantuve bajo control. Vi a Bethlehem Steel subir, cada día, más y más, como estaba seguro de que lo haría, y aun así ahí estaba yo, reprimiendo mi impulso de correr a la oficina de Williamson & Brown y comprar quinientas acciones. Sabía que simplemente tenía que hacer que mi operación inicial fuera lo más parecida a algo seguro posible.
Cada punto que esa acción subía significaba quinientos dólares que yo no había ganado. El avance de los primeros diez puntos significaba que habría podido hacer una pirámide y, en lugar de quinientas acciones, podría estar llevando ahora mil acciones que estarían ganándome mil dólares por punto. Pero me mantuve firme y, en lugar de escuchar a mis esperanzas ruidosas o a mis creencias clamorosas, hice caso solo a la voz serena de mi experiencia y al consejo del sentido común. Una vez que reuniera un capital decente, podría permitirme correr riesgos. Pero sin capital, correr riesgos, incluso riesgos leves, era un lujo totalmente fuera de mi alcance. Seis semanas de paciencia, pero, al final, ¡una victoria del sentido común sobre la codicia y la esperanza!
Realmente comencé a flaquear y a sudar sangre cuando la acción llegó a 90. Piensen en lo que no había ganado por no comprar, cuando era tan optimista. Bueno, cuando llegó a 98 me dije: «¡Bethlehem va a superar los 100, y cuando lo haga, el techo va a salir volando!». La cinta decía lo mismo de manera más que evidente. De hecho, usaba un megáfono. Les digo, vi el 100 en la cinta cuando el teletipo solo imprimía 98. Y sabía que esa no era la voz de mi esperanza ni la visión de mi deseo, sino la afirmación de mi instinto de lectura de cinta. Así que me dije: «No puedo esperar a que supere los 100. Tengo que comprarla ahora. Es como si ya hubiera superado la par».
Corrí a la oficina de Williamson & Brown y puse una orden para comprar quinientas acciones de Bethlehem Steel. El mercado estaba entonces a 98. Conseguí quinientas acciones entre 98 y 99. Después de eso se disparó hacia arriba y cerró esa noche, creo, a 114 o 115. Compré quinientas acciones más.
Al día siguiente, Bethlehem Steel estaba a 145 y yo tenía mi capital. Pero lo gané. Esas seis semanas de espera por el momento adecuado fueron las seis semanas más extenuantes y agotadoras que jamás pasé. Pero me pagó, porque ahora tenía suficiente capital para operar en lotes de tamaño considerable. Nunca habría llegado a ninguna parte solo con quinientas acciones.
Hay mucho en empezar bien, sea cual sea la empresa, y me fue muy bien después de mi trato con Bethlehem; tan bien, de hecho, que no habrían creído que era el mismo hombre operando. De hecho, yo no era el mismo hombre, porque donde antes estaba acosado y equivocado, ahora estaba tranquilo y en lo cierto. No había acreedores que me molestaran ni falta de fondos que interfiriera con mi forma de pensar o con mi escucha de la voz veraz de la experiencia, y por eso estaba ganando continuamente.
De repente, mientras estaba en camino a una fortuna segura, tuvimos la ruptura del Lusitania. De vez en cuando un hombre recibe un golpe así en el plexo solar, probablemente para que se le recuerde el triste hecho de que ningún ser humano puede ser tan uniformemente correcto en el mercado como para estar fuera del alcance de accidentes poco rentables. He oído a gente decir que ningún especulador profesional debería haberse visto muy afectado por la noticia del torpedeamiento del Lusitania, y continúan contando cómo lo sabían mucho antes que la Bolsa. Yo no fui lo suficientemente listo como para escapar mediante información privilegiada, y todo lo que puedo decirles es que, debido a lo que perdí por la ruptura del Lusitania y uno o dos reveses más que no fui lo suficientemente sabio para prever, me encontré a finales de 1915 con un saldo en mis corredores de unos ciento cuarenta mil dólares. Eso fue todo lo que gané realmente, aunque estuve consistentemente en lo cierto sobre el mercado durante la mayor parte del año.
Me fue mucho mejor durante el año siguiente. Tuve mucha suerte. Era desenfrenadamente optimista en un mercado alcista salvaje. Las cosas ciertamente estaban saliendo a mi favor, así que no había nada que hacer más que ganar dinero. Me hizo recordar un dicho del difunto H. H. Rogers, de la Standard Oil Company, en el sentido de que había momentos en los que un hombre no podía evitar ganar dinero más de lo que podía evitar mojarse si salía en una tormenta sin paraguas. Fue el mercado alcista más claramente definido que jamás tuvimos. Estaba claro para todos que las compras aliadas de todo tipo de suministros aquí hacían de los Estados Unidos la nación más próspera del mundo. Teníamos todas las cosas que nadie más tenía a la venta, y estábamos obteniendo rápidamente todo el efectivo del mundo. Quiero decir que el oro del ancho mundo estaba entrando en este país a raudales. La inflación era inevitable y, por supuesto, eso significaba precios al alza para todo.
Todo esto fue tan evidente desde el principio que se necesitó poca o ninguna manipulación para el alza. Esa fue la razón por la que el trabajo preliminar fue mucho menor que en otros mercados alcistas. Y no solo el auge de las "novias de guerra" se desarrolló de forma más natural que todos los demás, sino que resultó ser un éxito sin precedentes para el público en general. Es decir, las ganancias en el mercado de valores durante 1915 estuvieron más ampliamente distribuidas que en cualquier otro auge en la historia de Wall Street. Que el público no convirtiera todas sus ganancias en papel en dinero contante y sonante o que no mantuvieran durante mucho tiempo las ganancias que realmente obtuvieron, fue simplemente la historia repitiéndose. En ninguna parte la historia se permite repeticiones tan a menudo o tan uniformemente como en Wall Street. Cuando lees relatos contemporáneos de auges o pánicos, lo único que te llama más la atención es cuán poco difieren hoy la especulación bursátil o los especuladores bursátiles de los de ayer. El juego no cambia y tampoco lo hace la naturaleza humana.
Continué con la subida en 1916. Era tan optimista como el que más, pero, por supuesto, mantuve los ojos abiertos. Sabía, como todos, que debía haber un final, y estaba atento a las señales de advertencia. No me interesaba particularmente adivinar de qué sector vendría el aviso y, por lo tanto, no me quedé mirando solo un punto. No estaba, y nunca he sentido que estuviera, casado indisolublemente con uno u otro lado del mercado. Que un mercado alcista haya aumentado mi cuenta bancaria o que un mercado bajista haya sido particularmente generoso, no lo considero razón suficiente para apegarme al lado alcista o bajista después de recibir la advertencia de salida. *Un hombre no jura lealtad eterna al lado alcista o bajista. Su preocupación radica en estar en lo cierto.*
*Y hay otra cosa que recordar, y es que un mercado no culmina en un gran resplandor de gloria. Tampoco termina con una reversión repentina de su forma. Un mercado puede dejar de ser un mercado alcista, y a menudo lo hace, mucho antes de que los precios comiencen a caer en general.* Mi tan esperada advertencia me llegó cuando noté que, uno tras otro, *aquellos valores que habían sido los líderes del mercado reaccionaron varios puntos desde la cima y, por primera vez en muchos meses, no regresaron*. Evidentemente su carrera había terminado, y eso claramente requería un cambio en mis tácticas de trading.
Era bastante simple. En un mercado alcista, la tendencia de los precios, por supuesto, es decidida y definitivamente hacia arriba. Por lo tanto, siempre que una acción va en contra de la tendencia general, estás justificado en asumir que hay algo mal con esa acción en particular. Es suficiente para el operador experimentado percibir que algo anda mal. No debe esperar que la cinta se convierta en un conferenciante. Su trabajo es escucharla decir «¡Sal!», y no esperar a que presente un escrito legal para su aprobación.
Como dije antes, *noté que las acciones que habían sido las líderes del maravilloso avance habían dejado de avanzar. Cayeron seis o siete puntos y se quedaron allí. Al mismo tiempo, el resto del mercado seguía avanzando bajo nuevos abanderados*. Dado que no había surgido nada malo con las compañías en sí, la razón debía buscarse en otra parte. Esas acciones habían ido con la corriente durante meses. Cuando dejaron de hacerlo, aunque la marea alcista seguía corriendo con fuerza, significaba que para esas acciones en particular, el mercado alcista había terminado. Para el resto de la lista, la tendencia seguía siendo decididamente ascendente.
No hubo necesidad de ser desconcertado hasta la inactividad, porque realmente no había corrientes cruzadas. No me volví bajista en el mercado entonces, porque la cinta no me dijo que lo hiciera. El final del mercado alcista no había llegado, aunque estaba a distancia de saludo. Pendiente de su llegada, todavía había dinero alcista por ganar. *Siendo ese el caso, simplemente me volví bajista en las acciones que habían dejado de avanzar y, como el resto del mercado tenía poder de subida detrás, tanto compré como vendí.*
Vendí los líderes que habían dejado de liderar. Puse una posición corta de cinco mil acciones en cada uno de ellos; y luego compré los nuevos líderes. Las acciones en las que estaba corto no hicieron mucho, pero mis acciones largas siguieron subiendo. Cuando finalmente estas a su vez dejaron de avanzar, las vendí y me puse corto: cinco mil acciones de cada una. Para entonces era más bajista que alcista, porque obviamente el siguiente gran dinero se iba a ganar a la baja. Aunque me sentía seguro de que el mercado bajista había comenzado realmente antes de que el mercado alcista hubiera terminado de verdad, sabía que el momento de ser un bajista desenfrenado aún no había llegado. No tenía sentido ser más realista que el rey; especialmente serlo demasiado pronto. La cinta simplemente decía que patrullas del ejército bajista principal habían pasado rápidamente. Hora de prepararse.
Seguí comprando y vendiendo hasta que, después de un mes de operaciones, tuve una línea corta de sesenta mil acciones: cinco mil acciones en cada una de una docena de valores diferentes que a principios de año habían sido los favoritos del público porque habían liderado el gran mercado alcista. No era una posición muy pesada; pero no olviden que el mercado tampoco era decididamente bajista.
Entonces, un día, todo el mercado se debilitó bastante y los precios de todas las acciones comenzaron a caer. Cuando tuve una ganancia de al menos cuatro puntos en cada una de las doce acciones en las que estaba en corto, supe que tenía razón. La cinta me dijo que ya era seguro ser bajista, así que inmediatamente doblé mi posición.
Tenía mi posición. Estaba en corto en un mercado que ahora era claramente un mercado bajista. No había necesidad de que yo forzara las cosas. El mercado estaba destinado a ir a mi favor y, al saberlo, podía permitirme esperar. Después de doblar mi posición, no realicé otra operación durante mucho tiempo. Unas siete semanas después de que establecí mi línea completa, tuvimos la famosa "filtración" y las acciones se desplomaron estrepitosamente. Se dijo que alguien tenía información privilegiada desde Washington de que el presidente Wilson iba a emitir un mensaje que traería de vuelta a Europa la paloma de la paz a toda prisa. Por supuesto, el auge de las empresas de la industria bélica fue iniciado y mantenido por la Primera Guerra Mundial, y la paz era un factor bajista. Cuando uno de los operadores más astutos del parqué fue acusado de beneficiarse de información privilegiada, simplemente dijo que había vendido acciones no por ninguna noticia, sino porque consideraba que el mercado alcista estaba sobremadurado. Yo mismo había doblado mi línea de cortos siete semanas antes.
Ante la noticia, el mercado se desplomó y, naturalmente, cubrí mi posición. Era la única jugada posible. _Cuando sucede algo con lo que no contabas al hacer tus planes, te corresponde aprovechar la oportunidad que un destino amable te ofrece._ Por una parte, en una caída fuerte como esa tienes un mercado amplio, uno en el que puedes maniobrar, y ese es el momento de convertir tus ganancias en papel en dinero real. Incluso en un mercado bajista, un hombre no siempre puede cubrir ciento veinte mil acciones sin que el precio suba en su contra. Debe esperar al mercado que le permita comprar esa cantidad sin dañar su beneficio tal como se refleja en el papel.
Me gustaría señalar que no contaba con esa caída en particular, en ese momento en particular, por esa razón en particular. Pero, como les he dicho antes, mi experiencia de treinta años como operador es que tales accidentes suelen alinearse con la línea de menor resistencia en la que baso mi posición en el mercado. Otra cosa a tener en cuenta es esta: nunca intentes vender en el máximo. No es inteligente. _Vende después de una reacción si no hay una recuperación._
Obtuve unos tres millones de dólares en 1916 manteniéndome alcista mientras duró el mercado alcista y luego siendo bajista cuando comenzó el mercado bajista. Como dije antes, un hombre no tiene por qué casarse con una cara del mercado hasta que la muerte los separe.
Ese invierno fui al sur, a Palm Beach, como suelo hacer para mis vacaciones, porque me gusta mucho la pesca en agua salada. Estaba en corto en acciones y trigo, y ambas líneas me reportaron una buena ganancia. No había nada que me molestara y me lo estaba pasando bien. Por supuesto, a menos que vaya a Europa, no puedo estar realmente desconectado de los mercados de acciones o materias primas. Por ejemplo, en las Adirondacks tengo una línea directa desde la oficina de mi corredor hasta mi casa.
En Palm Beach solía ir regularmente a la sucursal de mi corredor. Noté que el algodón, en el que no tenía interés, estaba fuerte y subiendo. Por esa época —esto fue en 1917— escuché mucho sobre los esfuerzos que el presidente Wilson estaba haciendo para lograr la paz. Los informes provenían de Washington, tanto en forma de despachos de prensa como de consejos privados a amigos en Palm Beach. Esa es la razón por la que un día tuve la idea de que el curso de los diversos mercados reflejaba confianza en el éxito del Sr. Wilson. Con la paz supuestamente cerca, las acciones y el trigo deberían bajar y el algodón subir. Estaba listo en lo que respecta a las acciones y el trigo, pero no había hecho nada en el algodón en algún tiempo.
A las 2:20 de esa tarde no poseía ni un solo fardo, pero a las 2:25 mi creencia de que la paz era inminente me hizo comprar quince mil fardos como inicio. Me propuse seguir mi antiguo sistema de negociación —es decir, comprar mi línea completa—, el cual ya les he descrito.
Esa misma tarde, después de que cerró el mercado, recibimos la nota sobre la guerra submarina sin restricciones. No había nada que hacer excepto esperar a que el mercado abriera al día siguiente. Recuerdo que en Gridley’s esa noche uno de los capitanes de industria más grandes del país ofrecía vender cualquier cantidad de United States Steel a cinco puntos por debajo del precio de cierre de esa tarde. Había varios millonarios de Pittsburgh al alcance de la voz. Nadie aceptó la oferta del gran hombre. Sabían que, sin duda, habría un desplome gigantesco en la apertura.
Efectivamente, a la mañana siguiente los mercados de acciones y materias primas estaban alborotados, como pueden imaginar. Algunas acciones abrieron ocho puntos por debajo del cierre de la noche anterior. Para mí, eso significó una oportunidad enviada del cielo para cubrir todos mis cortos de manera rentable. Como dije antes, _en un mercado bajista siempre es inteligente cubrirse si se desarrolla repentinamente una desmoralización completa_. Esa es la única manera, si manejas una línea de buen tamaño, de convertir una gran ganancia en papel en dinero real de forma rápida y sin reducciones lamentables. Por ejemplo, estaba en corto en cincuenta mil acciones solo de United States Steel. Por supuesto, estaba en corto en otras acciones y, cuando vi que tenía el mercado para cubrirme, lo hice. Mis ganancias ascendieron a cerca de un millón y medio de dólares. No era una oportunidad para ignorar.
El algodón, del cual estaba largo en quince mil fardos, comprados en la última media hora de negociación de la tarde anterior, abrió con una baja de quinientos puntos. ¡Vaya desplome! Significaba una pérdida de la noche a la mañana de trescientos setenta y cinco mil dólares. Aunque estaba perfectamente claro que la única jugada sensata en acciones y trigo era cubrirse ante la caída, no tenía tan claro qué debía hacer con el algodón. Había varias cosas que considerar y, aunque siempre asumo mi pérdida en el momento en que me convenzo de que estoy equivocado, no me gustaba asumir esa pérdida esa mañana. Luego reflexioné que había ido al sur para pasar un buen rato pescando en lugar de atormentarme por el curso del mercado del algodón. Y, además, había obtenido ganancias tan grandes en mi trigo y en mis acciones que decidí asumir mi pérdida en el algodón. Calcularía que mi ganancia había sido un poco más de un millón en lugar de más de un millón y medio. Todo era cuestión de contabilidad, como suelen decirte los promotores cuando haces demasiadas preguntas.
Si no hubiera comprado ese algodón justo antes de que cerrara el mercado el día anterior, me habría ahorrado esos cuatrocientos mil dólares. Les muestra cuán rápido puede un hombre perder mucho dinero en una línea moderada. Mi posición principal era absolutamente correcta y me beneficié de un accidente de naturaleza diametralmente opuesta a las consideraciones que me llevaron a tomar la posición que hice en acciones y trigo. Observen, por favor, que la línea especulativa de menor resistencia demostró nuevamente su valor para un operador. Los precios fueron como esperaba, a pesar del factor de mercado inesperado introducido por la nota alemana. Si las cosas hubieran resultado como había calculado, habría tenido un 100 por ciento de acierto en mis tres líneas, pues con la paz las acciones y el trigo habrían bajado y el algodón se habría ido disparado hacia arriba. Habría hecho una fortuna en los tres. Independientemente de la paz o la guerra, mi posición en el mercado de valores y en el trigo era correcta, y es por eso que el evento imprevisto ayudó. En el algodón, basé mi jugada en algo que podría suceder fuera del mercado, es decir, aposté por el éxito del Sr. Wilson en sus negociaciones de paz. Fueron los líderes militares alemanes quienes me hicieron perder la apuesta del algodón.
Cuando regresé a Nueva York a principios de 1917, pagué todo el dinero que debía, que superaba el millón de dólares. Fue un gran placer para mí pagar mis deudas. Podría haberlo pagado unos meses antes, pero no lo hice por una razón muy sencilla. Estaba operando activa y exitosamente y necesitaba todo el capital que tenía. Me debía a mí mismo, así como a los hombres que consideraba mis acreedores, aprovechar al máximo los mercados maravillosos que tuvimos en 1915 y 1916. Sabía que ganaría mucho dinero y no me preocupaba porque los dejaba esperar unos meses más por un dinero que muchos de ellos nunca esperaron recuperar. No deseaba pagar mis obligaciones en cuentagotas o a un hombre a la vez, sino en su totalidad y a todos a la vez. Así que, mientras el mercado hiciera todo lo que pudiera por mí, simplemente seguí operando a una escala tan grande como mis recursos permitían.
Deseaba pagar intereses, pero todos aquellos acreedores que habían firmado descargos se negaron rotundamente a aceptarlos. El hombre a quien pagué al último de todos fue el sujeto a quien debía los ochocientos dólares, quien había hecho de mi vida una carga y me había alterado hasta el punto de no poder operar. Dejé que esperara hasta que se enteró de que había pagado a todos los demás. Entonces obtuvo su dinero. Quería enseñarle a ser considerado la próxima vez que alguien le debiera unos cientos.
Y así fue como regresé.
Después de pagar mis deudas en su totalidad, puse una cantidad bastante buena en anualidades. Tomé la decisión de que no iba a estar arruinado, incómodo y sin un capital nunca más. Por supuesto, después de casarme puse algo de dinero en fideicomiso para mi esposa. Y después de que llegó el niño, puse algo en fideicomiso para él.
La razón por la que hice esto no fue solo el miedo a que el mercado de valores me lo quitara, sino porque sabía que un hombre gastará cualquier cosa que pueda tener en sus manos. Al hacer lo que hice, mi esposa e hijo están a salvo de mí.
Más de un hombre que conozco ha hecho lo mismo, pero ha convencido a su esposa para que firme cuando necesitaba el dinero, y lo ha perdido. Pero yo lo he arreglado de tal manera que, sin importar lo que yo quiera o lo que mi esposa quiera, ese fideicomiso se mantiene. Está absolutamente a salvo de todos los ataques de cualquiera de los dos; a salvo de mis necesidades de mercado; a salvo incluso del amor de una esposa devota. ¡No me arriesgo!
XV
Entre los riesgos de la especulación, el acontecimiento de lo inesperado —podría decir incluso de lo inexpectable— ocupa un lugar destacado. _Hay ciertas oportunidades que el hombre más prudente está justificado en tomar, oportunidades que debe tomar si desea ser más que un molusco mercantil._ Los riesgos comerciales normales no son peores que los riesgos que corre un hombre cuando sale de su casa a la calle o emprende un viaje en tren. Cuando pierdo dinero debido a algún acontecimiento que nadie pudo prever, no pienso en ello con más rencor que en una tormenta ocurrida en un momento inoportuno. La vida misma, desde la cuna hasta la tumba, es una apuesta, y lo que me sucede porque no poseo el don de la clarividencia puedo soportarlo sin alterarme. Pero ha habido momentos en mi carrera como especulador en los que he tenido razón y he jugado limpio y, sin embargo, he sido estafado de mis ganancias por la sórdida injusticia de oponentes carentes de deportividad.
Contra las malas acciones de los estafadores, los cobardes y las multitudes, un hombre de negocios de pensamiento rápido o previsivo puede protegerse. Nunca me he enfrentado a la deshonestidad absoluta excepto en un par de "bucket shops", porque incluso allí la honestidad era la mejor política; el gran dinero estaba en ser honrado y no en incumplir. Nunca he pensado que sea buen negocio jugar en cualquier lugar donde sea necesario vigilar al crupier porque probablemente haría trampas si no se le observaba. Pero contra el estafador llorón, el hombre decente es impotente. El juego limpio es el juego limpio. Podría contarles una docena de casos en los que he sido víctima de mi propia creencia en la santidad de la palabra empeñada o en la inviolabilidad de un acuerdo de caballeros. No lo haré porque ningún propósito útil puede ser servido por ello.
A los escritores de ficción, los clérigos y las mujeres les gusta aludir al parqué de la Bolsa como un campo de batalla de ladrones y al negocio diario de Wall Street como una pelea. Es bastante dramático pero totalmente engañoso. No creo que mi negocio sea contienda y disputa. Nunca peleo ni contra individuos ni contra camarillas especulativas. Simplemente difiero en opinión, es decir, en mi lectura de las condiciones básicas. Lo que los dramaturgos llaman batallas de negocios no son peleas entre seres humanos. Son meras pruebas de visión empresarial. _Intento apegarme a los hechos, y solo a los hechos, y guiar mis acciones en consecuencia. Esa es la receta de Bernard M. Baruch para el éxito en la obtención de riqueza._ A veces no veo los hechos —todos los hechos— con suficiente claridad o a tiempo; o si no, no razono lógicamente. Siempre que ocurre alguna de estas cosas, pierdo. Estoy equivocado. Y siempre me cuesta dinero estar equivocado.
Ningún hombre razonable se opone a pagar por sus errores. No hay acreedores preferentes en la comisión de errores y no hay excepciones ni exenciones. Pero me opongo a perder dinero cuando tengo razón. Tampoco me refiero a aquellas operaciones que me han costado dinero debido a cambios repentinos en las reglas de alguna bolsa en particular. Tengo en mente ciertos riesgos de la especulación que de vez en cuando le recuerdan a uno que ninguna ganancia debe considerarse segura hasta que esté depositada en su banco a su favor.
Después de que estalló la Gran Guerra en Europa, comenzó el aumento en los precios de las materias primas que era de esperar. Era tan fácil prever eso como prever la inflación de la guerra. Por supuesto, el avance general continuó a medida que la guerra se prolongaba. Como recordarán, yo estaba ocupado "regresando" en 1915. El auge en las acciones estaba allí y era mi deber aprovecharlo. Mi jugada grande más segura, fácil y rápida fue en el mercado de valores, y tuve suerte, como saben.
Para julio de 1917, no solo había podido pagar todas mis deudas, sino que además tenía un excedente bastante bueno. Esto significaba que ahora tenía el tiempo, el dinero y la inclinación para considerar operar con materias primas, además de con acciones. Durante muchos años he hecho de mi práctica estudiar todos los mercados. El avance en los precios de las materias primas sobre el nivel de antes de la guerra oscilaba entre el 100 y el 400 por ciento. Solo hubo una excepción, y fue el café. Por supuesto, había una razón para esto. El estallido de la guerra significó el cierre de los mercados europeos y se enviaron enormes cargamentos a este país, que era el único gran mercado. Eso llevó con el tiempo a un enorme excedente de café crudo aquí, y eso, a su vez, mantuvo el precio bajo. Vaya, cuando comencé a considerar sus posibilidades especulativas, el café en realidad se estaba vendiendo por debajo de los precios de antes de la guerra. Si las razones de esta anomalía eran claras, no menos claro era que la operación activa y cada vez más eficiente de los submarinos alemanes y austriacos debía significar una reducción espantosa en el número de barcos disponibles para fines comerciales. Esto eventualmente, a su vez, debía llevar a una disminución de las importaciones de café. Con recibos reducidos y un consumo sin cambios, las existencias excedentes debían ser absorbidas, y cuando eso sucediera, el precio del café debía hacer lo que habían hecho los precios de todas las demás materias primas, que era subir mucho.
No se requería un Sherlock Holmes para evaluar la situación. Por qué no todo el mundo compró café, no puedo decirles. Cuando decidí comprarlo, no lo consideré una especulación. Fue mucho más una inversión. Sabía que llevaría tiempo cobrar, pero sabía también que estaba destinado a producir una buena ganancia. Eso lo convirtió en una operación de inversión conservadora, un acto de banquero más que una jugada de apostador.
Comencé mis operaciones de compra en el invierno de 1917. Tomé bastante café. El mercado, sin embargo, no hizo nada digno de mención. Continuó inactivo y, en cuanto al precio, no subió como esperaba. El resultado de todo esto fue que simplemente mantuve mi línea sin propósito alguno durante nueve largos meses. Mis contratos expiraron entonces y vendí todas mis opciones. Sufrí una pérdida enorme en esa operación y, sin embargo, estaba seguro de que mis puntos de vista eran sólidos. Había estado claramente equivocado en cuanto al tiempo, pero confiaba en que el café debía subir como lo habían hecho todas las materias primas, de modo que apenas vendí mi línea, comencé a comprar de nuevo. Compré tres veces más café del que había llevado tan infructuosamente durante esos nueve meses decepcionantes. Por supuesto, compré opciones diferidas, por tanto tiempo como pude obtener.
No estaba tan equivocado ahora. Tan pronto como hube tomado mi línea triplicada, el mercado comenzó a subir. La gente en todas partes parecía darse cuenta de repente de lo que estaba destinado a suceder en el mercado del café. Comenzó a parecer que mi inversión iba a devolverme una tasa de interés muy buena.
Los vendedores de los contratos que yo poseía eran tostadores, en su mayoría de nombres y afiliaciones alemanas, que habían comprado el café en Brasil esperando confiadamente traerlo a este país. Pero no había barcos para traerlo, y pronto se encontraron en la posición incómoda de tener un sinfín de café allí abajo y estar fuertemente en corto conmigo aquí arriba.
Por favor, tengan en cuenta que primero me volví alcista en café mientras el precio estaba prácticamente en un nivel de antes de la guerra, y no olviden que después de comprarlo lo mantuve la mayor parte de un año y luego sufrí una gran pérdida en él. El castigo por estar equivocado es perder dinero. La recompensa por tener razón es ganar dinero. Al tener claramente razón y llevar una gran línea, estaba justificado en esperar hacer un gran negocio. No se necesitaría mucho avance para que mi ganancia fuera satisfactoria para mí, pues llevaba varios cientos de miles de bolsas. No me gusta hablar de mis operaciones en cifras porque a veces suenan bastante formidables y la gente podría pensar que estoy alardeando. De hecho, opero de acuerdo con mis medios y siempre me dejo un amplio margen de seguridad. En este caso, fui lo suficientemente conservador. La razón por la que compré opciones tan libremente fue porque no veía cómo podía perder. Las condiciones estaban a mi favor. Me habían hecho esperar un año, pero ahora iba a ser pagado tanto por mi espera como por tener razón. Podía ver la ganancia llegar, rápidamente. No había ninguna astucia en ello. Era simplemente que no estaba ciego.
¡Llegando segura y rápida, esa ganancia de millones! Pero nunca me llegó. No; no fue desviada por un cambio repentino en las condiciones. El mercado no experimentó una reversión abrupta de su forma. El café no inundó el país. ¿Qué sucedió? ¡Lo inesperado! Lo que nunca había ocurrido en la experiencia de nadie; aquello contra lo que, por lo tanto, no tenía motivos para protegerme. Añadí un nuevo peligro a la larga lista de riesgos de la especulación que siempre debo tener presente. Fue simplemente que los tipos que me habían vendido el café, los bajistas, sabían lo que les esperaba y, en sus esfuerzos por escabullirse de la posición en la que se habían metido, idearon una nueva forma de escurrir el bulto. Corrieron a Washington en busca de ayuda y la obtuvieron.
Quizá recuerde usted que el Gobierno había desarrollado varios planes para prevenir una mayor especulación con los artículos de primera necesidad. Ya sabe cómo funcionaron la mayoría. Pues bien, los filantrópicos bajistas del café se presentaron ante el Comité de Fijación de Precios de la Junta de Industrias de Guerra —creo que esa era la designación oficial— y lanzaron un llamamiento patriótico a dicho organismo para que protegiera a los estadounidenses a la hora del desayuno. Afirmaron que un especulador profesional, un tal Lawrence Livingston, había acaparado, o estaba a punto de acaparar, el café. Si sus planes especulativos no se veían frustrados, se aprovecharía de las condiciones creadas por la guerra y el pueblo estadounidense se vería obligado a pagar precios exorbitantes por su café diario. Resultaba impensable para aquellos patriotas, que me habían vendido cargamentos de café para los que no encontraban barcos, que cien millones de estadounidenses, más o menos, debieran rendir tributo a especuladores sin conciencia. Ellos representaban al comercio del café, no a los apostadores del café, y estaban dispuestos a ayudar al Gobierno a frenar la especulación, real o prospectiva.
Ahora bien, siento horror por los llorones y no pretendo insinuar que el Comité de Fijación de Precios no estuviera haciendo su mejor esfuerzo honesto para frenar la especulación y el despilfarro. Pero eso no tiene por qué impedirme expresar la opinión de que el comité no pudo haber profundizado mucho en el problema particular del mercado del café. Fijaron un precio máximo para el café crudo y también establecieron un límite de tiempo para liquidar todos los contratos existentes. Esta decisión significaba, por supuesto, que la Bolsa de Café tendría que cerrar. Solo había una cosa que podía hacer y la hice: vender mis contratos. Aquellas ganancias de millones que había considerado tan seguras como cualquiera que haya obtenido jamás, no llegaron a materializarse en absoluto. Estaba y estoy tan en contra como cualquiera de los especuladores con las necesidades de la vida, pero en el momento en que el Comité de Fijación de Precios dictó su norma sobre el café, todos los demás productos básicos se vendían entre un 250 y un 400 por ciento por encima de los precios anteriores a la guerra, mientras que el café crudo estaba en realidad por debajo del promedio prevaleciente durante algunos años antes de la guerra. No veo que marcara ninguna diferencia real quién poseyera el café. El precio estaba destinado a subir; y la razón de ello no fueron las operaciones de especuladores sin conciencia, sino el excedente decreciente del que eran responsables las importaciones menguantes, y estas a su vez se vieron afectadas exclusivamente por la espantosa destrucción de los barcos del mundo por parte de los submarinos alemanes. El comité no esperó a que el café empezara a subir; pisaron el freno.
Como cuestión de política y conveniencia, fue un error forzar el cierre de la Bolsa de Café justo en ese momento. Si el comité hubiera dejado al café en paz, el precio indudablemente habría subido por las razones que ya he expuesto, las cuales no tenían nada que ver con ningún supuesto acaparamiento. Pero el precio alto —que no tenía por qué haber sido exorbitante— habría sido un incentivo para atraer suministros a este mercado. He oído al Sr. Bernard M. Baruch decir que la Junta de Industrias de Guerra tomó en consideración este factor —el asegurar el suministro— al fijar los precios, y por esa razón algunas de las quejas sobre el límite alto en ciertos productos básicos fueron injustas. Cuando la Bolsa de Café reanudó sus operaciones, más tarde, el café se vendió a veintitrés centavos. El pueblo estadounidense pagó ese precio debido a la escasa oferta, y la oferta fue escasa porque el precio se había fijado demasiado bajo, a sugerencia de los filantrópicos bajistas, para hacer posible el pago de los altos fletes marítimos y asegurar así la continuidad de las importaciones.
Siempre he pensado que mi operación de café fue la más legítima de todas mis transacciones con productos básicos. La consideré más una inversión que una especulación. Estuve en ella más de un año. Si hubo alguna apuesta, la hicieron los patrióticos tostadores con nombres y ascendencia alemanes. Tenían café en Brasil y me lo vendieron en Nueva York. El Comité de Fijación de Precios fijó el precio del único producto básico que no había subido. Protegieron al público contra la especulación antes de que comenzara, pero no contra los inevitables precios más altos que siguieron. No solo eso, sino que incluso cuando el café verde rondaba los nueve centavos la libra, el café tostado subió junto con todo lo demás. Solo los tostadores se beneficiaron. Si el precio del café verde hubiera subido dos o tres centavos por libra, habría significado varios millones para mí. Y no le habría costado al público tanto como lo hizo el alza posterior.
Las autopsias en la especulación son una pérdida de tiempo. No llevan a ninguna parte. Pero este negocio en particular tiene cierto valor educativo. Fue tan elegante como cualquiera en el que haya participado. El ascenso era tan seguro, tan lógico, que calculé que simplemente no podía dejar de ganar varios millones de dólares. Pero no fue así.
En otras dos ocasiones he sufrido por la acción de los comités de bolsa al dictar normas que cambiaron las reglas de negociación sin previo aviso. Pero en esos casos mi propia posición, aunque técnicamente correcta, no era tan sólida comercialmente como en mi negocio de café. No se puede estar absolutamente seguro de nada en una operación especulativa. Fue la experiencia que acabo de contarles la que me hizo añadir lo inesperable a lo inesperado en mi lista de riesgos.
Después del episodio del café, tuve tanto éxito en otros productos básicos y en el lado corto del mercado de valores, que comencé a sufrir por chismes tontos. Los profesionales de Wall Street y los redactores de periódicos adquirieron el hábito de culparme a mí y a mis supuestas incursiones por las inevitables caídas de los precios. A veces mi venta era calificada de antipatriótica, estuviera yo realmente vendiendo o no. La razón de exagerar la magnitud y el efecto de mis operaciones, supongo, era la necesidad de satisfacer la demanda insaciable del público de razones para todos y cada uno de los movimientos de precios.
Como he dicho mil veces, ninguna manipulación puede hacer bajar las acciones y mantenerlas bajas. No hay nada misterioso en esto. La razón es evidente para cualquiera que se tome la molestia de pensar en ello medio minuto. Supongamos que un operador atacara una acción, es decir, bajara el precio a un nivel inferior a su valor real, ¿qué sucedería inevitablemente? Pues que el atacante se enfrentaría de inmediato al mejor tipo de compras internas. La gente que sabe lo que vale una acción siempre la comprará cuando se venda a precios de ganga. *Si los iniciados no pueden comprar, será porque las condiciones generales están en contra de su libre disposición de sus propios recursos, y tales condiciones no son condiciones alcistas.* Cuando la gente habla de incursiones, la inferencia es que son injustificadas; casi criminales. Pero vender una acción hasta un precio muy por debajo de lo que vale es un negocio tremendamente peligroso. Es bueno tener en cuenta que una acción atacada que no logra repuntar no está recibiendo muchas compras internas y, cuando hay una incursión —es decir, ventas en corto injustificadas—, suele haber compras internas; y cuando hay eso, el precio no se mantiene bajo. Yo diría que en noventa y nueve de cada cien casos, las llamadas incursiones son en realidad descensos legítimos, acelerados a veces, pero no causados primordialmente por las operaciones de un operador profesional, por muy grande que sea la línea que pueda manejar.
La teoría de que la mayoría de los descensos repentinos o las caídas bruscas particulares son el resultado de las operaciones de algún especulador audaz, probablemente fue inventada como una manera fácil de proporcionar razones a aquellos especuladores que, al no ser más que apostadores ciegos, creerán cualquier cosa que se les diga antes que pensar un poco. La excusa de la incursión para las pérdidas que los desafortunados especuladores reciben tan a menudo de corredores y chismosos financieros es en realidad un consejo invertido. La diferencia reside en esto: un consejo bajista es un consejo distinto y positivo para vender en corto. Pero el consejo invertido —es decir, la explicación que no explica— sirve simplemente para evitar que usted venda en corto con prudencia. *La tendencia natural cuando una acción cae bruscamente es venderla. Hay una razón, una razón desconocida pero una buena razón; por lo tanto, salga.* Pero no es prudente salir cuando la caída es el resultado de una incursión por parte de un operador, porque en el momento en que él se detiene, el precio debe rebotar. ¡Consejos invertidos!
XVI
¡Consejos! ¡Cómo desea la gente consejos! Anhelan no solo recibirlos, sino darlos. Hay codicia involucrada, y vanidad. Es muy divertido, a veces, ver a personas realmente inteligentes pescar consejos. Y el que da el consejo no necesita preocuparse por la calidad, porque el que busca consejos no busca realmente buenos consejos, sino cualquier consejo. Si funciona, ¡genial! Si no, mejor suerte con el siguiente. Estoy pensando en el cliente promedio de una casa de corretaje promedio. Hay un tipo de promotor o manipulador que cree en los consejos primero, al final y todo el tiempo. Un buen flujo de consejos es considerado por él como una especie de trabajo publicitario sublimado, la mejor droga de comercialización del mundo, ya que, dado que los buscadores de consejos y los receptores de consejos son invariablemente transmisores de consejos, la difusión de consejos se convierte en una especie de publicidad de cadena infinita. El promotor de consejos sufre la ilusión de que no existe ser humano que pueda resistirse a un consejo si es entregado correctamente. Estudia el arte de repartirlos artísticamente.
Recibo consejos por cientos cada día de todo tipo de personas. Les contaré una historia sobre Borneo Tin. ¿Recuerdan cuando salió la acción? Fue en el apogeo del auge. El grupo del promotor había seguido el consejo de un banquero muy astuto y decidió lanzar la nueva compañía en el mercado abierto de inmediato en lugar de dejar que un sindicato de suscripción se tomara su tiempo. Fue un buen consejo. El único error que cometieron los miembros del grupo provino de la inexperiencia. No sabían de lo que era capaz el mercado de valores durante un auge loco y, al mismo tiempo, no eran inteligentemente liberales. Estaban de acuerdo en la necesidad de subir el precio para comercializar la acción, pero comenzaron la negociación en una cifra a la que los operadores y los pioneros especuladores no podían comprar sin recelos.
Por derecho, los promotores deberían haberse quedado atrapados con ella, pero en el mercado alcista salvaje su codicia resultó ser un conservadurismo absoluto. El público compraba cualquier cosa que estuviera adecuadamente recomendada. No se buscaban inversiones. La demanda era de dinero fácil; de la ganancia de apuesta segura. El oro estaba entrando en este país a través de las enormes compras de material de guerra. Me dicen que los promotores, mientras hacían sus planes para sacar las acciones de Borneo, subieron el precio de apertura tres veces diferentes antes de que su primera transacción fuera registrada oficialmente para beneficio del público.
Me habían propuesto unirme al grupo y lo había investigado, pero no acepté la oferta porque si hay que hacer alguna maniobra de mercado, me gusta hacerla yo mismo. Opero con mi propia información y sigo mis propios métodos. Cuando salió Borneo Tin, conociendo cuáles eran los recursos del grupo y lo que habían planeado hacer, y también sabiendo de lo que era capaz el público, compré diez mil acciones durante la primera hora del primer día. Su debut en el mercado fue exitoso al menos hasta ese punto. De hecho, los promotores encontraron la demanda tan activa que decidieron que sería un error perder tantas acciones tan pronto. Descubrieron que yo había adquirido mis diez mil acciones casi al mismo tiempo que descubrieron que probablemente podrían vender cada acción que poseían si simplemente subían el precio veinticinco o treinta puntos. Por lo tanto, concluyeron que la ganancia de mis diez mil acciones quitaría un trozo demasiado grande de los millones que sentían que ya estaban tan bien como depositados en el banco. Así que realmente cesaron sus operaciones alcistas e intentaron sacudirme. Pero simplemente me mantuve firme. Me dieron por perdido porque no querían que el mercado se les escapara, y luego comenzaron a subir el precio, sin perder más acciones de las que podían evitar.
Vieron la altura loca a la que subieron otras acciones y comenzaron a pensar en miles de millones. Bueno, cuando Borneo Tin llegó a 120 les dejé mis diez mil acciones. Frenó el ascenso y los gestores del grupo aflojaron su proceso de elevación. En el siguiente repunte general, intentaron de nuevo crear un mercado activo para ella y se deshicieron de bastantes, pero la comercialización resultó ser bastante costosa. Finalmente, la subieron a 150. Pero el auge del mercado alcista había terminado definitivamente, por lo que el grupo se vio obligado a vender las acciones que pudo en el camino hacia abajo a aquellas personas a las que les encanta comprar después de una buena reacción, bajo la falacia de que una acción que ha vendido alguna vez a 150 debe ser barata a 130 y una gran ganga a 120. Además, pasaron el consejo a los operadores de piso, que a menudo son capaces de hacer un mercado temporal, y más tarde a las casas de corretaje. Todo ayudaba y el grupo estaba usando todos los trucos conocidos. El problema era que el tiempo para apostar por las acciones había pasado. Los incautos habían tragado otros anzuelos. El grupo de Borneo no vio o no quiso ver esto.
Yo estaba en Palm Beach con mi esposa. Un día gané un poco de dinero en Gridley’s y cuando llegué a casa le di a la Sra. Livingston un billete de quinientos dólares de eso. Fue una coincidencia curiosa, pero esa misma noche ella conoció en una cena al presidente de la Borneo Tin Company, un tal Sr. Wisenstein, quien se había convertido en el gerente del grupo de acciones. No supimos hasta algún tiempo después que este Wisenstein maniobró deliberadamente para sentarse junto a la Sra. Livingston en la cena.
Se esforzó por ser particularmente agradable con ella y habló de forma muy entretenida. Al final le dijo, muy confidencialmente: "Sra. Livingston, voy a hacer algo que nunca he hecho antes. Me alegra mucho hacerlo porque usted sabe exactamente lo que significa". Se detuvo y miró a la Sra. Livingston con ansiedad, para asegurarse de que no solo era sabia sino discreta. Ella pudo leerlo en su rostro, claro como el agua. Pero todo lo que ella dijo fue: "Sí".
"Sí, Sra. Livingston. Ha sido un gran placer conocerla a usted y a su esposo, y quiero demostrar que soy sincero al decir esto porque espero ver mucho a ambos. ¡Estoy seguro de que no tengo que decirle que lo que voy a decir es estrictamente confidencial!". Entonces susurró: "Si compra algo de Borneo Tin, ganará mucho dinero".
"¿Usted cree?", preguntó ella.
"Justo antes de salir del hotel", dijo, "recibí unos cables con noticias que no serán conocidas por el público durante varios días al menos. Voy a acaparar tantas acciones como pueda. Si usted consigue algunas en la apertura de mañana, las estará comprando al mismo tiempo y al mismo precio que yo. Le doy mi palabra de que Borneo Tin subirá con seguridad. Usted es la única persona a la que le he dicho esto. ¡Absolutamente la única!".
Ella le dio las gracias y luego le dijo que no sabía nada sobre especular con acciones. Pero él le aseguró que no era necesario que supiera más de lo que él le había dicho. Para asegurarse de que lo había escuchado correctamente, le repitió su consejo:
"Todo lo que tiene que hacer es comprar tantas acciones de Borneo Tin como desee. Puedo darle mi palabra de que si lo hace, no perderá ni un centavo. Nunca antes en mi vida le he dicho a una mujer —o a un hombre, por el caso— que compre nada. Pero estoy tan seguro de que la acción no se detendrá antes de 200 que me gustaría que ganara algo de dinero. No puedo comprar todas las acciones yo mismo, sabe, y si alguien además de mí va a beneficiarse del ascenso, prefiero que sea usted antes que un extraño. ¡Mucho mejor! Se lo he dicho en confianza porque sé que no hablará de ello. ¡Tome mi palabra, Sra. Livingston, y compre Borneo Tin!".
Él fue muy sincero al respecto y tuvo éxito en impresionarla tanto que ella comenzó a pensar que había encontrado un uso excelente para los quinientos dólares que yo le había dado esa tarde. Ese dinero no me había costado nada y estaba fuera de su asignación. En otras palabras, era dinero fácil de perder si la suerte iba en su contra. Pero él había dicho que ella ganaría con seguridad. Sería agradable ganar dinero por su cuenta, y contármelo todo después.
Bueno, señor, a la mañana siguiente, antes de que el mercado abriera, ella fue a la oficina de Harding y le dijo al gerente:
"Sr. Haley, quiero comprar algunas acciones, pero no quiero que entren en mi cuenta regular porque no deseo que mi esposo sepa nada al respecto hasta que haya ganado algo de dinero. ¿Puede arreglarlo para mí?".
Haley, el gerente, dijo: "Oh, sí. Podemos hacerlo una cuenta especial. ¿Cuál es la acción y cuántas quiere comprar?".
Ella le dio los quinientos dólares y le dijo: "Escuche, por favor. No deseo perder más que este dinero. Si eso se pierde, no quiero deberle nada; y recuerde, no quiero que el Sr. Livingston sepa nada sobre esto. Cómpreme tantas acciones de Borneo Tin como pueda por este dinero, en la apertura".
Haley tomó el dinero y le dijo que nunca le diría una palabra a nadie, y le compró cien acciones en la apertura. Creo que las consiguió a 108. La acción fue muy activa ese día y cerró con un avance de tres puntos. La Sra. Livingston estaba tan encantada con su hazaña que apenas pudo evitar contármelo todo.
Dio la casualidad de que yo me había vuelto cada vez más bajista en el mercado general. La actividad inusual en Borneo Tin llamó mi atención. No pensaba que fuera el momento adecuado para que ninguna acción subiera, mucho menos una como esa. Había decidido comenzar mis operaciones bajistas ese mismo día, y comencé vendiendo unas diez mil acciones de Borneo. Si no lo hubiera hecho, creo que la acción habría subido cinco o seis puntos en lugar de tres.
Al día siguiente vendí dos mil acciones en la apertura y dos mil acciones justo antes del cierre, y la acción cayó a 102.
Haley, el gerente de la sucursal de Palm Beach de Harding Brothers, estaba esperando a que la Sra. Livingston llamara allí la tercera mañana. Ella solía pasearse alrededor de las once para ver cómo iban las cosas, si yo estaba haciendo algo.
Haley la llevó a un lado y le dijo: "Sra. Livingston, si quiere que le mantenga esas cien acciones de Borneo Tin, tendrá que darme más margen".
"Pero no tengo más", le dijo ella.
"Puedo transferirlo a su cuenta regular", dijo él.
"No", objetó ella, "porque de esa manera L.L. se enteraría".
"Pero la cuenta ya muestra una pérdida de...", comenzó él.
"Pero le dije claramente que no quería perder más de los quinientos dólares. Ni siquiera quería perder eso", dijo ella.
"Lo sé, Sra. Livingston, pero no quería venderlas sin consultarle, y ahora, a menos que me autorice a mantenerlas, tendré que dejarlas ir".
«Pero lo hizo tan bien el día que las compré», dijo ella, «que no creí que fuera a comportarse así tan pronto. ¿Usted sí?»
«No», respondió Haley, «yo no». En las oficinas de los corredores hay que ser diplomáticos.
«¿Qué le ha pasado, Sr. Haley?»
Haley lo sabía, pero no podía decírselo sin dejarme en evidencia, y los asuntos de un cliente son sagrados. Así que dijo: «No he oído nada especial al respecto, ni una cosa ni la otra. ¡Ahí va! ¡Eso es una baja para el movimiento!», y señaló el panel de cotizaciones.
La Sra. Livingston contempló la acción que se hundía y exclamó: «¡Oh, Sr. Haley! ¡No quiero perder mis quinientos dólares! ¿Qué debo hacer?»
«No lo sé, Sra. Livingston, pero si yo fuera usted le preguntaría al Sr. Livingston».
«¡Oh, no! Él no quiere que especule por mi cuenta. Me lo dijo. Él comprará o venderá acciones para mí si se lo pido, pero nunca antes había hecho operaciones que él no supiera. No me atrevería a decírselo».
«Todo está bien», dijo Haley con tono tranquilizador. «Es un operador maravilloso y sabrá exactamente qué hacer». Al ver que ella negaba con la cabeza violentamente, añadió con picardía: «O si no, ponga otros mil o dos mil para cubrir su Borneo».
La alternativa la decidió allí mismo. Se quedó merodeando por la oficina, pero como el mercado se debilitaba cada vez más, se acercó a donde yo estaba observando el panel y me dijo que quería hablar conmigo. Fuimos a la oficina privada y me contó toda la historia. Así que simplemente le dije: «Pequeña tonta, mantente al margen de este negocio».
Ella prometió que lo haría, así que le devolví sus quinientos dólares y se fue feliz. Para entonces, la acción estaba a la par.
Vi lo que había sucedido. Wisenstein era una persona astuta. Calculó que la Sra. Livingston me contaría lo que él le había dicho y que yo estudiaría la acción. Sabía que la actividad siempre me atraía y que era conocido por mover un volumen bastante considerable. Supongo que pensó que compraría diez o veinte mil acciones.
Fue uno de los consejos mejor planeados y artísticamente impulsados de los que jamás haya oído hablar. Pero salió mal. Tenía que salir mal. En primer lugar, la señora había recibido ese mismo día quinientos dólares inmerecidos y, por lo tanto, estaba en un estado de ánimo mucho más aventurero de lo habitual. Deseaba ganar algo de dinero por sí misma y, como buena mujer, dramatizó la tentación de una manera tan atractiva que resultó irresistible. Sabía lo que yo pensaba de la especulación bursátil tal como la practican los de fuera, y no se atrevió a mencionarme el asunto. Wisenstein no evaluó correctamente su psicología.
También se equivocó por completo en su suposición sobre el tipo de operador que yo era. Nunca acepto consejos y era bajista con respecto a todo el mercado. Las tácticas que pensó que serían efectivas para inducirme a comprar Borneo —es decir, la actividad y el alza de tres puntos— fueron precisamente las que me hicieron elegir a Borneo como punto de partida cuando decidí vender todo el mercado.
Después de escuchar la historia de la Sra. Livingston, estuve aún más ansioso por vender Borneo. Cada mañana a la apertura y cada tarde justo antes del cierre le soltaba algo de papel regularmente, hasta que vi la oportunidad de cubrir mis posiciones cortas con un buen beneficio.
Siempre me ha parecido el colmo de la estupidez operar basándose en consejos. Supongo que no estoy hecho como quien acepta consejos. A veces pienso que los que aceptan consejos son como los borrachos. Hay algunos que no pueden resistir el ansia y siempre esperan esas borracheras que consideran indispensables para su felicidad. Es tan fácil abrir los oídos y dejar entrar el consejo. Que te digan exactamente qué hacer para ser feliz, de tal manera que puedas obedecer fácilmente, es lo más parecido a ser feliz, lo cual es un primer paso enorme hacia la realización de los deseos de tu corazón. No es tanto la codicia cegada por el afán, sino la esperanza vendada por la falta de voluntad para pensar.
Y no es solo entre el público ajeno al mercado donde se encuentran los incorregibles buscadores de consejos. El operador profesional en el piso de la Bolsa de Nueva York es igual de malo. Soy plenamente consciente de que un sinfín de ellos albergan nociones equivocadas sobre mí porque nunca doy consejos a nadie. Si le dijera al hombre promedio: «¡Véndete cinco mil de Steel!», lo haría en el acto. Pero si le digo que soy bastante bajista respecto a todo el mercado y le doy mis razones detalladas, le cuesta escuchar y, cuando termino de hablar, me fulmina con la mirada por hacerle perder el tiempo expresando mis puntos de vista sobre las condiciones generales en lugar de darle un consejo directo y específico, como un verdadero filántropo del tipo que abunda tanto en Wall Street: esa clase que adora poner millones en los bolsillos de amigos, conocidos y completos desconocidos por igual.
La creencia en los milagros que todos los hombres albergan nace de una indulgencia inmoderada en la esperanza. Hay personas que tienen borracheras de esperanza periódicamente y todos conocemos al borracho crónico de esperanza que se nos presenta como un optimista ejemplar. Eso es todo lo que son realmente los que aceptan consejos.
Tengo un conocido, miembro de la Bolsa de Nueva York, que era uno de los que pensaba que yo era un cerdo egoísta y de sangre fría porque nunca daba consejos ni metía a mis amigos en negocios. Un día —esto fue hace algunos años— estaba hablando con un periodista que mencionó casualmente que tenía una buena fuente que decía que las acciones de G.O.H. iban a subir. Mi amigo corredor compró inmediatamente mil acciones y vio caer el precio tan rápidamente que perdió tres mil quinientos dólares antes de poder detener su pérdida. Se encontró con el periodista un día o dos después, mientras todavía estaba resentido.
«Vaya consejo de mierda que me diste», se quejó.
«¿Qué consejo fue ese?», preguntó el reportero, que no se acordaba.
«Sobre G.O.H. Dijiste que lo sabías por una buena fuente».
«Así es. Me lo dijo un director de la compañía que es miembro del comité de finanzas».
«¿Cuál de ellos fue?», preguntó el corredor con tono vengativo.
«Si tanto quieres saberlo», respondió el periodista, «fue tu propio suegro, el Sr. Westlake».
«¡¿Por qué demonios no me dijiste que te referías a él?!», gritó el corredor. «¡Me costaste tres mil quinientos dólares!». No creía en los consejos familiares. Cuanto más lejana es la fuente, más puro es el consejo.
El viejo Westlake era un banquero y promotor rico y exitoso. Se cruzó con John W. Gates un día. Gates le preguntó qué sabía. «Si vas a actuar en consecuencia, te daré un consejo. Si no, me ahorro el aliento», respondió el viejo Westlake con malhumor.
«Por supuesto que actuaré en consecuencia», prometió Gates alegremente.
«¡Vende Reading! Hay veinticinco puntos seguros en ello, y posiblemente más. Pero veinticinco absolutamente seguros», dijo Westlake de manera impresionante.
«Le estoy muy agradecido», y el apostador «Bet-you-a-million» Gates le estrechó la mano calurosamente y se fue en dirección a la oficina de su corredor.
Westlake se había especializado en Reading. Sabía todo sobre la compañía y tenía acceso a los iniciados, de modo que el mercado de esa acción era un libro abierto para él y todo el mundo lo sabía. Ahora le estaba aconsejando al especulador del Oeste que se pusiera corto.
Bueno, Reading nunca dejó de subir. Subió algo así como cien puntos en unas pocas semanas. Un día, el viejo Westlake se topó de frente con John W. en la Calle, pero fingió no haberlo visto y siguió caminando. John W. Gates lo alcanzó, con el rostro lleno de sonrisas, y le tendió la mano. El viejo Westlake la estrechó aturdido.
«Quiero agradecerle ese consejo que me dio sobre Reading», dijo Gates.
«Yo no le di ningún consejo», dijo Westlake, frunciendo el ceño.
«Claro que sí. Y fue un consejo de primera, por cierto. Gané sesenta mil dólares».
«¿Ganó sesenta mil dólares?»
«¡Claro! ¿No se acuerda? Usted me dijo que vendiera Reading; ¡así que compré! Siempre he ganado dinero llevando la contraria a sus consejos, Westlake», dijo John W. Gates alegremente. «¡Siempre!»
El viejo Westlake miró al descarado hombre del Oeste y poco después comentó con admiración: «Gates, ¡qué hombre tan rico sería si tuviera tu cerebro!»
El otro día conocí al Sr. W. A. Rogers, el famoso caricaturista, cuyos dibujos sobre Wall Street tanto admiran los corredores. Sus caricaturas diarias en el New York Herald durante años dieron placer a miles. Bueno, me contó una historia. Fue justo antes de que entráramos en guerra con España. Pasaba una velada con un amigo corredor. Cuando se fue, tomó su sombrero hongo del perchero, o al menos eso creyó, pues era de la misma forma y le quedaba a la perfección.
La Calle en aquel entonces no pensaba ni hablaba de otra cosa que no fuera la guerra con España. ¿Iba a haberla o no? Si hubiera guerra, el mercado bajaría; no tanto por nuestras propias ventas como por la presión de los tenedores europeos de nuestros valores. Si hubiera paz, sería pan comido comprar acciones, ya que se habían producido caídas considerables provocadas por los clamores sensacionalistas de la prensa amarilla. El Sr. Rogers me contó el resto de la historia de la siguiente manera:
«Mi amigo, el corredor en cuya casa había estado la noche anterior, estaba en la Bolsa al día siguiente debatiendo ansiosamente en su mente qué lado del mercado jugar. Repasaba los pros y los contras, pero era imposible distinguir qué eran rumores y qué eran hechos. No había noticias auténticas que lo guiaran. En un momento pensaba que la guerra era inevitable, y al siguiente casi se convencía de que era totalmente improbable. Su perplejidad debió haberle causado un aumento de temperatura, pues se quitó el sombrero hongo para secarse la frente febril. No sabía si debía comprar o vender.
«Por casualidad miró dentro de su sombrero. Allí, en letras doradas, estaba la palabra WAR (GUERRA). Esa fue toda la corazonada que necesitó. ¿No era un consejo de la Providencia a través de mi sombrero? Así que vendió una cantidad enorme de acciones, la guerra fue declarada debidamente, cubrió su posición durante el desplome y ganó una fortuna». Y luego W. A. Rogers terminó: «¡Nunca recuperé ese sombrero!»
Pero la historia de consejos más premiada de mi colección concierne a uno de los miembros más populares de la Bolsa de Nueva York, J. T. Hood. Un día, otro operador de piso, Bert Walker, le dijo que le había hecho un favor a un destacado director de la Atlantic & Southern. A cambio, el agradecido iniciado le dijo que comprara todas las acciones de A. & S. que pudiera cargar. Los directores iban a hacer algo que haría subir la acción al menos veinticinco puntos. No todos los directores estaban en el negocio, pero la mayoría seguramente votaría como se les pidiera.
Bert Walker concluyó que la tasa de dividendos iba a aumentar. Se lo dijo a su amigo Hood y cada uno compró un par de miles de acciones de A. & S. La acción estaba muy débil, antes y después de que compraran, pero Hood dijo que obviamente estaba destinado a facilitar la acumulación por parte de la camarilla interna, encabezada por el agradecido amigo de Bert.
El jueves siguiente, después del cierre del mercado, los directores de la Atlantic & Southern se reunieron y aprobaron el dividendo. La acción cayó seis puntos en los primeros seis minutos de cotización el viernes por la mañana.
Bert Walker estaba furioso. Fue a ver al agradecido director, quien estaba desconsolado por el asunto y muy arrepentido. Dijo que se había olvidado de que le había dicho a Walker que comprara. Esa fue la razón por la que olvidó llamarlo para avisarle de un cambio en los planes de la facción dominante en la junta. El arrepentido director estaba tan ansioso por compensarlo que le dio a Bert otro consejo. Explicó amablemente que un par de sus colegas querían conseguir acciones baratas y, en contra de su juicio, recurrieron a métodos burdos. Tuvo que ceder para ganar sus votos. Pero ahora que todos habían acumulado sus posiciones completas, nada podía detener el avance. Era un negocio seguro, reforzado y garantizado, comprar A. & S. ahora.
Bert no solo lo perdonó, sino que le estrechó la mano calurosamente al alto financiero. Naturalmente, se apresuró a buscar a su amigo y compañero de infortunio, Hood, para comunicarle las buenas nuevas. Iban a ganar una fortuna. La acción había sido recomendada para un alza antes y compraron. Pero ahora estaba quince puntos más abajo. Eso lo hacía un negocio seguro. Así que compraron cinco mil acciones en cuenta conjunta.
Como si hubieran hecho sonar una campana para comenzar, la acción cayó bruscamente debido a lo que evidentemente eran ventas internas. Dos especialistas confirmaron alegremente la sospecha. Hood vendió sus cinco mil acciones. Cuando terminó, Bert Walker le dijo: «Si ese maldito hijo de mala madre no se hubiera ido a Florida anteayer, le daría una paliza. Sí, lo haría. Pero ven conmigo».
«¿A dónde?», preguntó Hood.
«A la oficina de telégrafos. Quiero enviarle a ese canalla un telegrama que nunca olvidará. Vamos».
Hood fue. Bert abrió el camino a la oficina de telégrafos. Allí, llevado por sus sentimientos —habían sufrido una pérdida considerable en las cinco mil acciones—, compuso una obra maestra de vituperios. Se la leyó a Hood y terminó: «Eso estará bastante cerca de mostrarle lo que pienso de él».
Estaba a punto de deslizarlo hacia el empleado que esperaba cuando Hood dijo: «¡Espera, Bert!»
«¿Qué pasa?»
«Yo no lo enviaría», aconsejó Hood con seriedad.
«¿Por qué no?», espetó Bert.
«Se enfadará como el diablo».
«Eso es lo que queremos, ¿no?», dijo Bert, mirando a Hood con sorpresa.
Pero Hood negó con la cabeza en señal de desaprobación y dijo con toda seriedad: «¡Nunca volveremos a recibir un consejo de él si envías ese telegrama!»
Un operador profesional dijo eso realmente. Ahora bien, ¿qué sentido tiene hablar de los incautos que aceptan consejos? Los hombres no aceptan consejos porque sean unos idiotas, sino porque les gustan esos cócteles de esperanza de los que hablé. La receta del viejo Barón Rothschild para ganar riqueza se aplica con mayor fuerza que nunca a la especulación. Alguien le preguntó si ganar dinero en la Bolsa no era un asunto muy difícil, y él respondió que, por el contrario, pensaba que era muy fácil.
«Eso es porque usted es muy rico», objetó el entrevistador.
«En absoluto. He encontrado una manera fácil y me apego a ella. Simplemente no puedo evitar ganar dinero. Le diré mi secreto si lo desea. Es este: nunca compro en el fondo y siempre vendo demasiado pronto».
Los inversores son una raza de gatos diferente. La mayoría de ellos se vuelca en inventarios, estadísticas de ganancias y todo tipo de datos matemáticos, como si eso significara hechos y certezas. *El factor humano se minimiza por regla general.* A muy poca gente le gusta invertir en un negocio de un solo hombre. Pero el inversor más sabio que he conocido fue un hombre que comenzó siendo un campesino de Pensilvania y siguió viniendo a Wall Street y viendo mucho a Russell Sage.
Era un gran investigador, un misouriano infatigable. Creía en hacer sus propias preguntas y en ver con sus propios ojos. No tenía uso para las gafas de otro hombre. Esto fue hace años. Parece que poseía una buena cantidad de Atchison. Pronto comenzó a escuchar informes inquietantes sobre la compañía y su gestión. Le dijeron que el Sr. Reinhart, el presidente, en lugar de ser la maravilla que se le atribuía, en realidad era un gerente sumamente extravagante cuya imprudencia estaba empujando rápidamente a la compañía a un desastre. Habría que pagar el pato en el inevitable día del juicio final.
Este era precisamente el tipo de noticia que era como el aliento de vida para el campesino de Pensilvania. Se apresuró a ir a Boston para entrevistar al Sr. Reinhart y hacerle algunas preguntas. Las preguntas consistieron en repetir las acusaciones que había escuchado y luego preguntar al presidente del ferrocarril Atchison, Topeka & Santa Fe si eran ciertas.
El Sr. Reinhart no solo negó las acusaciones enfáticamente, sino que dijo aún más: procedió a demostrar con cifras que los acusadores eran mentirosos malintencionados. El campesino de Pensilvania había pedido información exacta y el presidente se la dio, mostrándole lo que la compañía estaba haciendo y cuál era su situación financiera, hasta el último céntimo.
El campesino de Pensilvania agradeció al presidente Reinhart, regresó a Nueva York y vendió rápidamente todas sus participaciones en Atchison. Una semana más o menos después, utilizó sus fondos ociosos para comprar un gran lote de Delaware, Lackawanna & Western.
Años después estábamos hablando de intercambios afortunados y él citó su propio caso. Explicó qué le impulsó a hacerlo.
«Verá», dijo, «noté que el presidente Reinhart, cuando escribía cifras, tomaba hojas de papel de carta de un compartimento de su escritorio de caoba con tapa enrollable. Era un fino papel de lino pesado con cabeceras bellamente grabadas en dos colores. No solo era muy caro, sino peor: era innecesariamente caro. Escribía unas pocas cifras en una hoja para mostrarme exactamente lo que la compañía estaba ganando en ciertas divisiones o para probar cómo estaban recortando gastos o reduciendo los costos operativos, y luego arrugaba la hoja de papel caro y la tiraba a la papelera. Poco después quería impresionarme con las economías que estaban introduciendo y buscaba una hoja fresca del hermoso papel de carta con las cabeceras grabadas en dos colores. Unas pocas cifras, y listo, ¡a la papelera! Más dinero desperdiciado sin pensar. Me pareció que si el presidente era ese tipo de hombre, difícilmente estaría inclinado a insistir en tener o recompensar asistentes económicos. Por lo tanto, decidí creer a las personas que me habían dicho que la gestión era extravagante en lugar de aceptar la versión del presidente, y vendí las acciones de Atchison que tenía».
«Dio la casualidad de que tuve ocasión de ir a las oficinas de Delaware, Lackawanna & Western unos días después. El viejo Sam Sloan era el presidente. Su oficina era la más cercana a la entrada y su puerta estaba abierta de par en par. Siempre estaba abierta. Nadie podía entrar en las oficinas generales de D.L.&W. en aquellos días y no ver al presidente de la compañía sentado en su escritorio. Cualquier hombre podía entrar y hacer negocios con él inmediatamente, si tenía algún negocio que hacer. Los reporteros financieros solían decirme que nunca tenían que andar con rodeos con el viejo Sam Sloan, sino que hacían sus preguntas y obtenían un sí o un no directo de él, sin importar cuáles pudieran ser las exigencias del mercado de valores de los otros directores».
«Cuando entré, vi que el viejo estaba ocupado. Pensé al principio que estaba abriendo su correo, pero después de acercarme al escritorio vi lo que estaba haciendo. Supe después que era su costumbre diaria hacerlo. Después de que el correo era clasificado y abierto, en lugar de tirar los sobres vacíos, los hacía recoger y llevar a su oficina. En sus momentos de ocio, rasgaba el sobre por todos lados. Eso le daba dos trozos de papel, cada uno con un lado limpio en blanco. Los apilaba y luego los hacía distribuir para que se usaran en lugar de blocs de notas para cálculos como los que Reinhart había hecho para mí en papel de carta grabado. Sin desperdicio de sobres vacíos y sin desperdicio de los momentos ociosos del presidente. Todo se utilizaba».
«Me pareció que si ese era el tipo de hombre que la D.L.&W. tenía como presidente, la compañía se gestionaba económicamente en todos los departamentos. ¡El presidente se encargaría de eso! Por supuesto, sabía que la compañía pagaba dividendos regulares y tenía una buena propiedad. Compré todas las acciones de D.L.&W. que pude. Desde ese momento, el capital social se ha duplicado y cuadruplicado. Mis dividendos anuales ascienden a tanto como mi inversión original. Todavía tengo mis D.L.&W. Y Atchison cayó en manos de un administrador judicial unos meses después de que viera al presidente tirar hoja tras hoja de papel de lino con cabeceras grabadas en dos colores a la papelera para probarme con cifras que no era extravagante».
Y la belleza de esa historia es que es cierta y que ningún otro valor que el Pennsylvania Dutchman podría haber comprado habría resultado ser una inversión tan buena como D.L.&W.
XVII
Uno de mis amigos más íntimos es muy aficionado a contar historias sobre lo que él llama mis corazonadas. Siempre me atribuye facultades que desafían cualquier análisis. Declara que simplemente sigo a ciegas ciertos impulsos misteriosos y, de ese modo, salgo del mercado de valores en el momento preciso. Su cuento favorito es el de un gato negro que me dijo, en su mesa de desayuno, que vendiera un montón de acciones que yo poseía, y que después de recibir el mensaje del minino estuve irritable y nervioso hasta que vendí cada una de las acciones en las que estaba posicionado. Obtuve prácticamente los precios máximos del movimiento, lo que por supuesto reforzó la teoría de las corazonadas de mi testarudo amigo.
Había ido a Washington para intentar convencer a unos pocos congresistas de que no había sabiduría en gravarnos hasta la muerte y no le estaba prestando mucha atención al mercado de valores. Mi decisión de vender mi posición fue repentina, de ahí el cuento de mi amigo.
Admito que a veces tengo impulsos irresistibles de hacer ciertas cosas en el mercado. No importa si estoy alcista o bajista en las acciones. Debo salir. Me siento incómodo hasta que lo hago. Yo mismo pienso que lo que sucede es que veo una serie de señales de advertencia. Tal vez ninguna de ellas sea lo suficientemente clara o poderosa como para proporcionarme una razón positiva y definida para hacer lo que repentinamente siento que debo hacer. Probablemente eso sea todo lo que hay en lo que llaman "sentido del teletipo" que los viejos operadores dicen que James R. Keene tenía tan desarrollado y otros operadores antes que él. Por lo general, confieso, la advertencia resulta ser no solo acertada, sino puntual al minuto. Pero en este caso particular no hubo ninguna corazonada. El gato negro no tuvo nada que ver con ello. Lo que él le cuenta a todo el mundo sobre que me levanté tan gruñón esa mañana supongo que puede explicarse —si es que en verdad estaba irritable— por mi decepción. Sabía que no estaba convenciendo al congresista con el que hablé y el Comité no veía el problema de gravar a Wall Street como yo. No estaba tratando de detener o evadir los impuestos sobre las transacciones bursátiles, sino de sugerir un impuesto que, como operador bursátil experimentado, sentía que no era ni injusto ni poco inteligente. No quería que el Tío Sam matara a la gallina que podía poner tantos huevos de oro con un trato justo. Posiblemente mi falta de éxito no solo me irritó, sino que me hizo ser pesimista sobre el futuro de un negocio gravado injustamente. Pero le contaré exactamente lo que sucedió.
Al comienzo del mercado alcista, tenía una buena opinión de las perspectivas tanto en el comercio del acero como en el mercado del cobre y, por lo tanto, me sentía optimista respecto a las acciones de ambos grupos. Así que comencé a acumular algunas de ellas. Empecé comprando 5000 acciones de Utah Copper y me detuve porque no actuaba correctamente. Es decir, no se comportaba como debería haberse comportado para hacerme sentir que fui sabio al comprarla. Creo que el precio estaba alrededor de 114. También comencé a comprar United States Steel casi al mismo precio. Compré en total 20 000 acciones el primer día porque sí actuaba correctamente. Seguí el método que he descrito anteriormente.
Steel continuó actuando correctamente y, por lo tanto, continué acumulándola hasta que llegué a tener 72 000 acciones en total. Pero mis participaciones en Utah Copper consistieron en mi compra inicial. Nunca superé las 5000 acciones. Su comportamiento no me animó a hacer más con ella.
Todo el mundo sabe lo que pasó. Tuvimos un gran movimiento alcista. Sabía que el mercado iba a subir. Las condiciones generales eran favorables. Incluso después de que las acciones hubieran subido considerablemente y mi ganancia teórica no fuera algo para despreciar, la cinta seguía tocando la trompeta: ¡Todavía no! ¡Todavía no! Cuando llegué a Washington, la cinta todavía me decía eso. Por supuesto, no tenía intención de aumentar mi posición en una fecha tan tardía, aunque todavía fuera alcista. Al mismo tiempo, el mercado claramente iba a mi favor y no había ocasión para que me sentara frente a un panel de cotizaciones todo el día, a la espera cada hora de recibir una pista para salir. Antes de que llegara el toque de clarín para la retirada —salvo una catástrofe totalmente inesperada, por supuesto— el mercado dudaría o de otro modo me prepararía para una reversión de la situación especulativa. Esa fue la razón por la que seguí alegremente con mis asuntos con mi congresista.
Al mismo tiempo, los precios seguían subiendo y eso significaba que el final del mercado alcista se acercaba. No busqué el final en ninguna fecha fija. Eso era algo que estaba totalmente fuera de mi capacidad de determinar. Pero no necesito decirle que estaba atento a la señal de advertencia. Siempre lo estoy, de todos modos. Se ha convertido en un hábito comercial para mí.
No puedo jurarlo, pero sospecho que el día antes de vender, ver los precios altos me hizo pensar en la magnitud de mi ganancia teórica, así como en la posición que estaba manteniendo y, más tarde, en mis vanos esfuerzos por inducir a nuestros legisladores a tratar de manera justa e inteligente a Wall Street. Probablemente esa fue la forma y el momento en que se sembró la semilla dentro de mí. La mente subconsciente trabajó en ello toda la noche. Por la mañana pensé en el mercado y comencé a preguntarme cómo actuaría ese día. Cuando bajé a la oficina, no vi tanto que los precios estuvieran aún más altos y que tuviera una ganancia satisfactoria, sino que había un mercado grande con un tremendo poder de absorción. Podía vender cualquier cantidad de acciones en ese mercado; y, por supuesto, cuando un hombre mantiene su posición completa de acciones, debe estar atento a una oportunidad para cambiar su ganancia teórica en efectivo real. Debería tratar de perder la menor cantidad posible de la ganancia en el intercambio. La experiencia me ha enseñado que un hombre siempre puede encontrar una oportunidad para hacer realidad sus ganancias y que esta oportunidad suele llegar al final del movimiento. Eso no es lectura de cinta ni una corazonada.
Por supuesto, cuando encontré esa mañana un mercado en el que podía vender todas mis acciones sin ningún problema, lo hice. Cuando usted está vendiendo, no es más sabio ni más valiente vender cincuenta acciones que cincuenta mil; pero cincuenta acciones puede venderlas en el mercado más aburrido sin romper el precio, mientras que cincuenta mil acciones de una sola acción es una propuesta diferente. Tenía setenta y dos mil acciones de U.S. Steel. Esto puede no parecer una posición colosal, pero no siempre puede vender tanto sin perder algo de esa ganancia que se ve tan bien sobre el papel cuando la calcula y que duele tanto perder como si realmente la tuviera a salvo en el banco.
Tuve una ganancia total de aproximadamente 1 500 000 dólares y la aproveché mientras la oportunidad era buena. Pero esa no fue la razón principal para pensar que hice lo correcto al vender cuando lo hice. El mercado me lo demostró y esa fue, de hecho, una fuente de satisfacción para mí. Fue así: logré vender toda mi posición de setenta y dos mil acciones de U.S. Steel a un precio que me promedió justo un punto por debajo del máximo del día y del movimiento. Demostró que tenía razón, al minuto. Pero cuando, en la misma hora del mismo día, llegué a vender mis 5000 acciones de Utah Copper, el precio cayó cinco puntos. Por favor, recuerde que comencé a comprar ambas acciones al mismo tiempo y que actué sabiamente al aumentar mi posición de U.S. Steel de veinte mil a setenta y dos mil acciones, e igualmente sabiamente al no aumentar mi posición de Utah desde las 5000 acciones originales. La razón por la que no vendí mis Utah Copper antes fue que yo era alcista en el comercio del cobre y era un mercado alcista de valores, y no pensé que Utah me hiciera mucho daño incluso si no lograba un éxito arrollador con ella. Pero en cuanto a corazonadas, no hubo ninguna.
El entrenamiento de un operador bursátil es como una educación médica. El médico tiene que pasar largos años aprendiendo anatomía, fisiología, materia médica y materias colaterales por docenas. Aprende la teoría y luego procede a dedicar su vida a la práctica. Observa y clasifica todo tipo de fenómenos patológicos. Aprende a diagnosticar. Si su diagnóstico es correcto —y eso depende de la precisión de su observación— debería hacerlo bastante bien en su pronóstico, siempre teniendo en cuenta, por supuesto, que la falibilidad humana y lo totalmente imprevisto le impedirán acertar el 100 por ciento de las veces. Y luego, a medida que gana experiencia, aprende no solo a hacer lo correcto, sino a hacerlo al instante, de modo que muchas personas pensarán que lo hace instintivamente. Realmente no es automatismo. Es que ha diagnosticado el caso de acuerdo con sus observaciones de tales casos durante un período de muchos años; y, naturalmente, después de haberlo diagnosticado, solo puede tratarlo de la manera que la experiencia le ha enseñado que es el tratamiento adecuado. Usted puede transmitir conocimientos —es decir, su colección particular de hechos indexados— pero no su experiencia. Un hombre puede saber qué hacer y perder dinero, si no lo hace con la suficiente rapidez.
Observación, experiencia, memoria y matemáticas: de esto es de lo que debe depender el operador exitoso. No solo debe observar con precisión, sino recordar en todo momento lo que ha observado. No puede apostar por lo irrazonable o por lo inesperado, por muy fuertes que sean sus convicciones personales sobre la irrazonabilidad del hombre o por muy seguro que pueda sentirse de que lo inesperado sucede con mucha frecuencia. Siempre debe apostar por las probabilidades, es decir, tratar de anticiparlas. Años de práctica en el juego, de estudio constante, de recordar siempre, permiten al operador actuar al instante cuando sucede lo inesperado, así como cuando ocurre lo esperado.
Un hombre puede tener una gran capacidad matemática y un poder inusual de observación precisa y, sin embargo, fracasar en la especulación a menos que también posea la experiencia y la memoria. Y luego, como el médico que se mantiene al tanto de los avances de la ciencia, el operador sabio nunca deja de estudiar las condiciones generales, de realizar un seguimiento de los desarrollos en todas partes que probablemente afecten o influyan en el curso de los diversos mercados. Después de años en el juego, se convierte en un hábito mantenerse informado. Actúa casi automáticamente. Requiere la invaluable actitud profesional y eso le permite vencer al juego, ¡a veces! Esta diferencia entre el profesional y el aficionado o el operador ocasional no puede ser exagerada. Encuentro, por ejemplo, que la memoria y las matemáticas me ayudan mucho. Wall Street gana su dinero sobre una base matemática. Quiero decir, gana su dinero tratando con hechos y cifras.
Cuando dije que un operador tiene que mantenerse informado al minuto y que debe adoptar una actitud puramente profesional hacia todos los mercados y todos los desarrollos, simplemente quise enfatizar de nuevo que las corazonadas y el misterioso sentido del teletipo no tienen tanto que ver con el éxito. Por supuesto, a menudo sucede que un operador experimentado actúa tan rápido que no tiene tiempo para dar todas sus razones por adelantado, pero, sin embargo, son razones buenas y suficientes, porque se basan en hechos recopilados por él en sus años de trabajar y pensar y ver las cosas desde el ángulo del profesional, para quien todo lo que cae en su molino es grano. Permítame ilustrar lo que quiero decir con actitud profesional.
Llevo un seguimiento de los mercados de materias primas, siempre. Es un hábito de años. Como sabe, los informes del Gobierno indicaban una cosecha de trigo de invierno más o menos igual a la del año pasado y una cosecha de trigo de primavera mayor que en 1921. La condición era mucho mejor y probablemente tendríamos una cosecha más temprana de lo habitual. Cuando obtuve las cifras de la condición y vi lo que podíamos esperar en cuanto al rendimiento —matemáticas—, también pensé de inmediato en la huelga de los mineros del carbón y la huelga de los trabajadores ferroviarios. No pude evitar pensar en ellas porque mi mente siempre piensa en todos los desarrollos que tienen una influencia en los mercados. Me llamó la atención instantáneamente que la huelga, que ya había afectado el movimiento de carga en todas partes, debía afectar negativamente los precios del trigo. Calculé de esta manera: estaba destinado a haber un retraso considerable en el transporte del trigo de invierno al mercado debido a las instalaciones de transporte paralizadas por la huelga, y para cuando esas mejoraran, la cosecha de trigo de primavera estaría lista para moverse. Eso significaba que cuando los ferrocarriles fueran capaces de mover el trigo en cantidad, estarían trayendo ambos cultivos juntos —el trigo de invierno retrasado y el trigo de primavera temprano— y eso significaría una vasta cantidad de trigo vertiéndose en el mercado de un solo golpe. Siendo esos los hechos del caso —las probabilidades obvias—, los operadores, que conocerían y calcularían como yo, no comprarían trigo por un tiempo. No tendrían ganas de comprarlo a menos que el precio disminuyera a cifras tales que hicieran que la compra de trigo fuera una buena inversión. Sin poder adquisitivo en el mercado, el precio debería bajar. Pensando de la manera en que lo hice, debía averiguar si tenía razón o no. Como solía decir el viejo Pat Hearne: "No puedes saberlo hasta que apuestas". Entre ser bajista y vender no hay necesidad de perder el tiempo.
La experiencia me ha enseñado que la forma en que se comporta un mercado es una excelente guía para que un operador la siga. Es como tomarle la temperatura y el pulso a un paciente o notar el color de los globos oculares y el recubrimiento de la lengua.
Ahora, normalmente un hombre debería ser capaz de comprar o vender un millón de bushels de trigo dentro de un rango de ¼ de centavo. En este día en que vendí los 250 000 bushels para probar la puntualidad del mercado, el precio bajó ¼ de centavo. Luego, como la reacción no me dijo definitivamente todo lo que deseaba saber, vendí otro cuarto de millón de bushels. Noté que se tomó a cuentagotas; es decir, la compra fue en lotes de 10 000 o 15 000 bushels en lugar de tomarse en dos o tres transacciones, que habría sido la forma normal. Además de la compra homeopática, el precio bajó 1¼ centavos con mi venta. Ahora, no necesito perder mi tiempo señalando que la forma en que el mercado tomó mi trigo y la disminución desproporcionada en mi venta me dijeron que no había poder adquisitivo allí. Siendo ese el caso, ¿qué era lo único que se podía hacer? Por supuesto, vender mucho más. Seguir los dictados de la experiencia puede posiblemente engañarlo, de vez en cuando. Pero no seguirlos invariablemente lo convierte a usted en un asno. Así que vendí 2 000 000 de bushels y el precio bajó un poco más. Unos días después, el comportamiento del mercado prácticamente me obligó a vender 2 000 000 de bushels adicionales y el precio disminuyó aún más; unos días después, el trigo comenzó a caer bruscamente y se desplomó 6 centavos por bushel. Y no se detuvo allí. Ha estado bajando, con recuperaciones de corta duración.
Ahora bien, no seguí una corazonada. Nadie me dio una pista. Fue mi actitud mental habitual o profesional hacia los mercados de materias primas lo que me dio la ganancia, y esa actitud provino de mis años en este negocio. Estudio porque mi negocio es operar. En el momento en que la cinta me dijo que estaba en el camino correcto, mi deber comercial era aumentar mi posición. Lo hice. Eso es todo lo que hay al respecto.
He descubierto que la experiencia suele ser una pagadora constante de dividendos en este juego y que la observación le da las mejores pistas de todas. El comportamiento de una determinada acción es todo lo que necesita a veces. Usted la observa. Luego la experiencia le muestra cómo beneficiarse de las variaciones de lo habitual, es decir, de lo probable. Por ejemplo, sabemos que no todas las acciones se mueven en una misma dirección juntas, pero que todas las acciones de un grupo subirán en un mercado alcista y bajarán en un mercado bajista. Este es un lugar común de la especulación. Es la más común de todas las pistas autoproporcionadas y las casas de comisión son muy conscientes de ello y se la pasan a cualquier cliente que no haya pensado en ello por sí mismo; me refiero al consejo de operar con aquellas acciones que se han quedado atrás respecto a otras acciones del mismo grupo. Así, si U.S. Steel sube, se asume lógicamente que es solo cuestión de tiempo que Crucible o Republic o Bethlehem sigan el ejemplo. Las condiciones comerciales y las perspectivas deberían funcionar igual para todas las acciones de un grupo y la prosperidad debería ser compartida por todos. Según la teoría, corroborada por la experiencia innumerables veces, de que cada perro tiene su día en el mercado, el público comprará A.B. Steel porque no ha avanzado mientras que C.D. Steel y X.Y. Steel han subido.
Nunca compro una acción, incluso en un mercado alcista, si no actúa como debería actuar en ese tipo de mercado. A veces he comprado una acción durante un mercado alcista indudable y he descubierto que otras acciones del mismo grupo no estaban actuando de manera alcista y he vendido mis acciones. ¿Por qué? La experiencia me dice que no es sabio oponerse a lo que puedo llamar la tendencia manifiesta del grupo. No puedo esperar jugar solo con certezas. Debo contar con las probabilidades y anticiparlas. Un viejo corredor me dijo una vez: "Si voy caminando por una vía de tren y veo un tren que viene hacia mí a sesenta millas por hora, ¿sigo caminando sobre las traviesas? Amigo, me aparto. Y ni siquiera me doy palmaditas en la espalda por ser tan sabio y prudente".
El año pasado, después de que el movimiento alcista general estuviera bien encaminado, noté que una acción de un determinado grupo no iba con el resto del grupo, aunque el grupo, con esa única excepción, iba con el resto del mercado. Estaba posicionado con una cantidad bastante justa de Blackwood Motors. Todo el mundo sabía que la empresa estaba haciendo un gran negocio. El precio subía de uno a tres puntos al día y el público entraba cada vez más. Esto naturalmente centró la atención en el grupo y todas las diversas acciones automotrices comenzaron a subir. Una de ellas, sin embargo, se mantuvo persistentemente atrás y esa era Chester. Se quedó atrás de las otras, por lo que no pasó mucho tiempo antes de que hiciera hablar a la gente. El bajo precio de Chester y su apatía contrastaban con la fuerza y actividad en Blackwood y otras acciones automotrices, y el público, lógicamente, escuchó a los revendedores, a los informantes y a los sabelotodo y comenzó a comprar Chester bajo la teoría de que pronto debía subir con el resto del grupo.
En lugar de continuar con esta compra pública moderada, Chester realmente disminuyó. Ahora, no habría sido ningún trabajo subirla en ese mercado alcista, considerando que Blackwood, una acción del mismo grupo, era una de las líderes sensacionales del avance general y no escuchábamos más que la maravillosa mejora en la demanda de automóviles de todo tipo y el registro de producción.
Quedaba claro, pues, que el grupo interno de Chester no estaba haciendo ninguna de las cosas que los grupos internos hacen invariablemente en un mercado alcista. Para este fracaso en hacer lo habitual podría haber dos razones. Quizás los iniciados no la subieron porque deseaban acumular más acciones antes de aumentar el precio. Pero esta era una teoría insostenible si analizaba el volumen y el carácter de la negociación en Chester. La otra razón era que no la subieron porque tenían miedo de quedarse con acciones si lo intentaban.
Cuando los hombres que deberían querer una acción no la quieren, ¿por qué debería quererla yo? Calculé que, sin importar cuán prósperas pudieran ser otras compañías automotrices, era una apuesta segura vender Chester en corto. La experiencia me había enseñado a tener cuidado de comprar una acción que se niega a seguir al líder del grupo.
Establecí fácilmente el hecho de que no solo no había compras por parte de los iniciados, sino que, de hecho, había ventas por parte de ellos. Existían otras advertencias sintomáticas contra la compra de Chester, aunque todo lo que necesité fue su inconsistente comportamiento en el mercado. Fue nuevamente la cinta la que me dio el aviso y esa fue la razón por la que vendí Chester en corto. Un día, no mucho después, la acción se desplomó estrepitosamente. Más tarde supimos —oficialmente, por así decirlo— que los iniciados la habían estado vendiendo, a sabiendas de que la condición de la compañía no era buena. La razón, como de costumbre, se reveló después de la caída. Pero la advertencia llegó antes de la caída. Yo no busco las caídas; busco las advertencias. No sabía cuál era el problema con Chester; tampoco seguí una corazonada. Simplemente sabía que algo debía andar mal.
Hace apenas unos días tuvimos lo que los periódicos llamaron un movimiento sensacional en Guiana Gold. Después de venderse en el Curb a 50 o cerca de ello, fue listada en la Bolsa de Valores. Allí comenzó alrededor de 35, empezó a bajar y finalmente rompió los 20.
Ahora bien, nunca habría llamado a esa caída sensacional porque era totalmente esperable. Si usted hubiera preguntado, podría haber conocido la historia de la compañía. Un sinfín de personas la conocía. Se me contó de la siguiente manera: se formó un sindicato compuesto por media docena de capitalistas extremadamente conocidos y una importante firma bancaria. Uno de los miembros era el director de la Belle Isle Exploration Company, la cual prestó a Guiana más de 10.000.000 de dólares en efectivo y recibió a cambio bonos y 250.000 acciones de un total de un millón de acciones de la Guiana Gold Mining Company. La acción entró en un régimen de dividendos y fue poderosamente publicitada. La gente de Belle Isle pensó que era bueno hacer caja y dieron una opción de compra sobre sus 250.000 acciones a los banqueros, quienes se encargaron de intentar comercializar esa acción y parte de sus propias participaciones también. Pensaron en confiar la manipulación del mercado a un profesional cuya comisión sería un tercio de las ganancias por la venta de las 250.000 acciones por encima de 36. Entiendo que el acuerdo fue redactado y estaba listo para ser firmado, pero en el último momento los banqueros decidieron realizar la comercialización ellos mismos y ahorrarse la comisión. Así que organizaron un grupo de iniciados. Los banqueros tenían una opción sobre los títulos de Belle Isle de 250.000 acciones a 36. Ellos las introdujeron a 41. Es decir, los iniciados pagaron a sus propios colegas banqueros una ganancia de 5 puntos para empezar. No sé si lo sabían o no.
Es perfectamente claro que, para los banqueros, la operación tenía toda la apariencia de ser algo seguro. Habíamos entrado en un mercado alcista y las acciones del grupo al que pertenecía Guiana Gold se encontraban entre las líderes del mercado. La compañía estaba obteniendo grandes ganancias y pagando dividendos regulares. Esto, junto con el alto perfil de los patrocinadores, hizo que el público considerara a Guiana casi como una acción de inversión. Me dijeron que se vendieron alrededor de 400.000 acciones al público en todo el camino hasta 47.
El grupo del oro era muy fuerte. Pero de repente Guiana comenzó a debilitarse. Descendió diez puntos. Eso estaba bien si el grupo estaba comercializando acciones. Pero muy pronto, Wall Street comenzó a oír que las cosas no eran del todo satisfactorias y que la propiedad no estaba cumpliendo con las altas expectativas de los promotores. Entonces, por supuesto, la razón de la caída se hizo evidente. Pero antes de que se conociera la razón, yo ya tenía la advertencia y había tomado medidas para poner a prueba el mercado de Guiana. La acción se estaba comportando muy parecido a Chester Motors. Vendí Guiana. El precio bajó. Vendí más. El precio bajó aún más. La acción estaba repitiendo el comportamiento de Chester y de una docena de otras acciones cuya historia clínica yo recordaba. La cinta me dijo claramente que algo andaba mal, algo que impedía que los iniciados la compraran; iniciados que sabían exactamente por qué no debían comprar sus propias acciones en un mercado alcista. Por otro lado, los de afuera, que no lo sabían, estaban comprando ahora porque, habiendo vendido a 45 y más, la acción parecía barata a 35 y menos. El dividendo se seguía pagando. La acción era una ganga.
Entonces llegaron las noticias. Me llegaron, como suele ocurrir con las noticias importantes del mercado, antes de que llegaran al público. Pero la confirmación de los informes sobre la excavación de roca estéril en lugar de mineral rico simplemente me dio la razón de la venta anterior por parte de los iniciados. Yo mismo no vendí por la noticia. Había vendido mucho antes, por el comportamiento de la acción. Mi preocupación por ella no era filosófica. Soy un operador y, por lo tanto, busqué una señal: la compra por parte de iniciados. No hubo ninguna. No necesitaba saber por qué los iniciados no consideraban su propia acción lo suficientemente valiosa como para comprarla durante la baja. Bastaba con que sus planes de mercado claramente no incluyeran más manipulación para el alza. Eso hizo que vender la acción en corto fuera una apuesta segura. El público había comprado casi medio millón de acciones y el único cambio de titularidad posible era de un grupo de ignorantes de afuera que venderían con la esperanza de detener las pérdidas a otro grupo de ignorantes de afuera que podrían comprar con la esperanza de ganar dinero.
No les cuento esto para moralizar sobre las pérdidas del público a través de su compra de Guiana o sobre mi ganancia a través de mi venta, sino para enfatizar lo importante que es el estudio del comportamiento de grupo y cómo sus lecciones son ignoradas por operadores inadecuadamente equipados, grandes y pequeños. Y no es solo en el mercado de valores donde la cinta le advierte. Hace sonar el silbato con la misma fuerza en las materias primas.
Tuve una experiencia interesante en algodón. Era bajista en acciones y abrí una posición corta moderada. Al mismo tiempo, vendí algodón en corto; 50.000 pacas. Mi operación de acciones resultó rentable y descuidé mi algodón. Lo primero que supe fue que tenía una pérdida de 250.000 dólares en mis 50.000 pacas. Como dije, mi operación de acciones era tan interesante y me estaba yendo tan bien en ella que no quería apartar mi mente de ella. Cada vez que pensaba en el algodón simplemente me decía a mí mismo: "Esperaré una reacción y cubriré". El precio reaccionaba un poco, pero antes de que pudiera decidirme a asumir mi pérdida y cubrir, el precio subía de nuevo y alcanzaba niveles más altos que nunca. Así que volvía a decidir esperar un poco y regresaba a mi operación de acciones, limitando mi atención a eso. Finalmente cerré mis posiciones de acciones con una ganancia muy considerable y me fui a Hot Springs para descansar y tomar unas vacaciones.
Esa fue realmente la primera vez que tuve la mente libre para lidiar con el problema de mi operación perdedora en algodón. El negocio se había vuelto en mi contra. Hubo momentos en los que casi parecía que podría ganar. Noté que cada vez que alguien vendía fuertemente había una buena reacción. Pero casi instantáneamente el precio subía y marcaba un nuevo máximo para el movimiento.
Finalmente, para cuando llevaba unos días en Hot Springs, perdía un millón y no había señales de cese en la tendencia alcista. Reflexioné sobre todo lo que había hecho y no había hecho y me dije: "¡Debo estar equivocado!". Para mí, sentir que estoy equivocado y decidir salir es prácticamente un solo proceso. Así que cubrí, con una pérdida de alrededor de un millón.
A la mañana siguiente estaba jugando golf y no pensaba en nada más. Había hecho mi jugada en algodón. Me había equivocado. Había pagado por haberme equivocado y el recibo estaba en mi bolsillo. No tenía más preocupación por el mercado del algodón de la que tengo en este momento. Cuando regresé al hotel para almorzar, me detuve en la oficina del agente de bolsa y eché un vistazo a las cotizaciones. Vi que el algodón había bajado 50 puntos. Eso no era nada. Pero también noté que no había subido como había tenido por costumbre durante semanas, apenas la presión de la venta particular que lo había deprimido disminuía. Esto había indicado que la línea de menor resistencia era hacia arriba y me había costado un millón cerrar los ojos ante ello.
Ahora, sin embargo, la razón que me había hecho cubrir con una gran pérdida ya no era una buena razón, puesto que no se había producido la habitual reacción pronta y vigorosa. Así que vendí 10.000 pacas y esperé. Muy pronto el mercado bajó 50 puntos. Esperé un poco más. No hubo recuperación. Ya tenía bastante hambre, así que fui al comedor y pedí mi almuerzo. Antes de que el camarero pudiera servirlo, salté, fui a la oficina del agente de bolsa, vi que no había habido ninguna recuperación y así vendí 10.000 pacas más. Esperé un poco y tuve el placer de ver el precio caer 40 puntos más. Eso me demostró que estaba operando correctamente, así que regresé al comedor, almorcé y volví a la oficina del agente. No hubo recuperación en el algodón ese día. Esa misma noche dejé Hot Springs.
Estaba muy bien jugar al golf, pero me había equivocado en el algodón al vender cuando lo hice y al cubrir cuando lo hice. Así que simplemente tenía que volver al trabajo y estar donde pudiera operar con comodidad. La forma en que el mercado absorbió mis primeras diez mil pacas me hizo vender las segundas diez mil, y la forma en que el mercado absorbió las segundas me dio la certeza de que el giro había llegado. Era la diferencia en el comportamiento.
Bueno, llegué a Washington y fui a la oficina de mis agentes de bolsa allí, que estaba a cargo de mi viejo amigo Tucker. Mientras estaba allí, el mercado bajó un poco más. Ahora estaba más seguro de estar en lo correcto que lo que antes había estado de estar equivocado. Así que vendí 40.000 pacas y el mercado bajó 75 puntos. Eso demostró que no había apoyo allí. Esa noche el mercado cerró aún más bajo. El viejo poder de compra había desaparecido claramente. No se podía decir a qué nivel volvería a desarrollarse ese poder, pero me sentía seguro de la sabiduría de mi posición. A la mañana siguiente dejé Washington hacia Nueva York en automóvil. No había necesidad de apresurarse.
Cuando llegamos a Filadelfia, conduje hasta la oficina de un agente de bolsa. Vi que el mercado del algodón era un verdadero desastre. Los precios se habían desplomado gravemente y había un pánico de pequeñas proporciones. No esperé a llegar a Nueva York. Llamé a mis agentes de bolsa por larga distancia y cubrí mis cortos. Tan pronto como obtuve mis informes y descubrí que prácticamente había recuperado mi pérdida anterior, me dirigí a Nueva York en automóvil sin tener que parar en el camino para ver más cotizaciones.
Algunos amigos que estaban conmigo en Hot Springs todavía hablan hoy de la forma en que salté de la mesa del almuerzo para vender ese segundo lote de 10.000 pacas. Pero, de nuevo, eso claramente no fue una corazonada. Fue un impulso que provino de la convicción de que el momento de vender algodón había llegado, por muy grande que hubiera sido mi error anterior. Tenía que aprovecharlo. Era mi oportunidad. La mente subconsciente probablemente siguió trabajando, llegando a conclusiones por mí. La decisión de vender en Washington fue el resultado de mi observación. Mis años de experiencia operando me dijeron que la línea de menor resistencia había cambiado de hacia arriba a hacia abajo.
No guardaba rencor al mercado del algodón por haberme quitado un millón de dólares y no me odiaba por haber cometido un error de ese calibre, del mismo modo que no me sentía orgulloso por cubrir en Filadelfia y recuperar mi pérdida. Mi mente operadora se ocupa de problemas de negociación y creo que estoy justificado al afirmar que recuperé mi primera pérdida porque tenía la experiencia y la memoria.
XVIII
La historia se repite todo el tiempo en Wall Street. ¿Recuerda una historia que le conté sobre cubrir mis cortos en el momento en que Stratton tenía acaparado el maíz? Bueno, en otra ocasión utilicé prácticamente las mismas tácticas en el mercado de valores. La acción era Tropical Trading. He ganado dinero apostando al alza y también a la baja. Siempre fue una acción activa y una favorita de los operadores aventureros. La camarilla de iniciados ha sido acusada una y otra vez por los periódicos de estar más preocupada por las fluctuaciones de la acción que por fomentar una inversión permanente en ella. El otro día, uno de los operadores más hábiles que conozco afirmó que ni siquiera Daniel Drew en Erie o H. O. Havemeyer en Sugar desarrollaron un método tan perfecto para ordeñar el mercado de una acción como lo han hecho el presidente Mulligan y sus amigos en Tropical Trading. Muchas veces han animado a los bajistas a vender TT en corto y luego han procedido a exprimirlos con una minuciosidad profesional. No hubo más vindictividad en el proceso de la que siente una prensa hidráulica, ni tampoco más escrúpulos.
Por supuesto, ha habido personas que han hablado sobre ciertos "incidentes desagradables" en la carrera bursátil de las acciones de TT. Pero me atrevo a decir que estos críticos sufrían por la presión. ¿Por qué los operadores de sala, que han sufrido tan a menudo por los dados cargados de los iniciados, siguen enfrentándose al juego? Bueno, por una cosa, les gusta la acción y ciertamente la obtienen en Tropical Trading. No hay períodos prolongados de aburrimiento. No se piden ni se dan razones. No se pierde tiempo. No se pone a prueba la paciencia esperando que comience el movimiento anunciado. Siempre hay suficientes acciones para todos, excepto cuando el interés corto es lo suficientemente grande como para hacer que la escasez valga la pena. ¡Cada minuto nace un incauto!
Sucedió hace algún tiempo que estaba en Florida en mis habituales vacaciones de invierno. Estaba pescando y disfrutando sin pensar en los mercados, excepto cuando recibíamos un lote de periódicos. Una mañana, cuando llegó el correo semestanal, miré las cotizaciones de las acciones y vi que Tropical Trading se vendía a 155. La última vez que había visto una cotización de ella, creo, fue alrededor de 140. Mi opinión era que íbamos hacia un mercado bajista y estaba esperando mi momento antes de vender acciones en corto. Pero no había una carrera desenfrenada. Por eso estaba pescando y fuera del alcance del teletipo. Sabía que estaría de vuelta en casa cuando llegara la verdadera llamada. Mientras tanto, nada de lo que hiciera o dejara de hacer apresuraría las cosas en absoluto.
El comportamiento de Tropical Trading era la característica más destacada del mercado, según los periódicos que recibí esa mañana. Sirvió para cristalizar mi bajismo general porque me pareció particularmente estúpido que los iniciados hicieran subir el precio de TT frente a la pesadez de la lista general. Hay momentos en que el proceso de ordeño debe suspenderse. Lo que es anormal rara vez es un factor deseable en los cálculos de un operador y me pareció que el marcar al alza esa acción era un error capital. Nadie puede cometer errores de esa magnitud con impunidad; no en el mercado de valores.
Después de terminar de leer los periódicos, volví a pescar, pero seguí pensando en lo que los iniciados en Tropical Trading intentaban hacer. Que estaban destinados a fracasar era tan seguro como que un hombre está destinado a destrozarse si salta desde el techo de un edificio de veinte pisos sin paracaídas. No podía pensar en otra cosa y finalmente renuncié a intentar pescar y envié un telegrama a mis agentes de bolsa para vender 2000 acciones de TT al mercado. Después de eso pude volver a mi pesca. Me fue bastante bien.
Esa tarde recibí la respuesta a mi telegrama por correo especial. Mis agentes informaron que habían vendido las 2000 acciones de Tropical Trading a 153. Hasta aquí todo bien. Estaba vendiendo en corto en un mercado en declive, lo cual era como debía ser. Pero ya no podía pescar más. Estaba demasiado lejos de una pizarra de cotizaciones. Descubrí esto después de empezar a pensar en todas las razones por las que Tropical Trading debería bajar con el resto del mercado en lugar de subir por la manipulación de los iniciados. Por lo tanto, abandoné mi campamento de pesca y regresé a Palm Beach; o, mejor dicho, al cable directo a Nueva York.
En el momento en que llegué a Palm Beach y vi lo que los desorientados iniciados todavía intentaban hacer, les solté un segundo lote de 2000 TT. Regresó el informe y vendí otras 2000 acciones. El mercado se comportó excelentemente. Es decir, declinó ante mi venta. Estando todo satisfactorio, salí y di un paseo en silla. Pero no estaba feliz. Cuanto más pensaba, más infeliz me hacía pensar que no había vendido más. Así que volví a la oficina del agente de bolsa y vendí otras 2000 acciones.
Solo era feliz cuando vendía esa acción. Pronto estuve corto en 10.000 acciones. Entonces decidí regresar a Nueva York. Tenía negocios que hacer ahora. Mi pesca la haría en otro momento.
Cuando llegué a Nueva York, me aseguré de obtener información sobre el negocio de la compañía, actual y prospectivo. Lo que aprendí fortaleció mi convicción de que los iniciados habían sido peores que imprudentes al subir el precio en un momento en que tal avance no estaba justificado ni por el tono del mercado general ni por las ganancias de la compañía.
El alza, por ilógica y mal programada que fuera, había desarrollado cierto seguimiento público y esto sin duda animó a los iniciados a seguir sus tácticas imprudentes. Por lo tanto, vendí más acciones. Los iniciados cesaron en su locura. Así que puse a prueba el mercado una y otra vez, de acuerdo con mis métodos de negociación, hasta que finalmente estuve corto en 30.000 acciones de la compañía Tropical Trading. Para entonces el precio era 133.
Me habían advertido que los iniciados de TT conocían el paradero exacto de cada certificado de acciones en la bolsa y las dimensiones y la identidad precisas del interés corto, así como otros hechos de importancia táctica. Eran hombres capaces y operadores astutos. En conjunto, era una combinación peligrosa contra la cual enfrentarse. Pero los hechos son hechos y los aliados más fuertes de todos son las condiciones.
Por supuesto, en el camino hacia abajo desde 153 a 133, el interés corto había crecido y el público que compra en las reacciones comenzó a argumentar como de costumbre: esa acción se había considerado una buena compra a 153 y más. Ahora, 20 puntos más abajo, era necesariamente una compra mucho mejor. Misma acción; misma tasa de dividendos; mismos funcionarios; mismo negocio. ¡Una gran ganga!
Las compras del público redujeron la oferta flotante y los iniciados, sabiendo que muchos operadores de sala estaban cortos, pensaron que el momento era propicio para una presión. El precio subió debidamente a 150. Me atrevo a decir que hubo muchas coberturas, pero yo me mantuve firme. ¿Por qué no debería? Los iniciados podrían saber que una posición corta de 30.000 acciones no había sido cubierta, pero ¿por qué debería eso asustarme? Las razones que me habían impulsado a comenzar a vender a 153 y seguir haciéndolo en el camino hacia 133, no solo existían todavía, sino que eran más fuertes que nunca. Los iniciados podrían desear obligarme a cubrir, pero no adujeron argumentos convincentes. Las condiciones fundamentales estaban luchando por mí. No fue difícil ser valiente y paciente. Un especulador debe tener fe en sí mismo y en su juicio. El difunto Dickson G. Watts, expresidente de la Bolsa de Algodón de Nueva York y famoso autor de "La especulación como bellas artes", dice que el coraje en un especulador es simplemente la confianza para actuar según la decisión de su mente. En mi caso, no puedo temer estar equivocado porque nunca pienso que estoy equivocado hasta que se demuestra que lo estoy. De hecho, me siento incómodo a menos que esté capitalizando mi experiencia. El curso del mercado en un momento dado no necesariamente demuestra que estoy equivocado. Es el carácter del avance, o de la caída, lo que determina para mí la corrección o la falacia de mi posición en el mercado. Solo puedo elevarme mediante el conocimiento. Si caigo, debe ser por mis propios errores.
No hubo nada en el carácter del repunte de 133 a 150 que me asustara para cubrir posiciones y, poco después, la acción, como era de esperar, comenzó a bajar de nuevo. Rompió los 140 antes de que la camarilla interna comenzara a darle soporte. Sus compras coincidieron con una oleada de rumores alcistas sobre el valor. Se decía que la empresa estaba obteniendo beneficios fabulosos y que las ganancias justificaban un aumento en la tasa de dividendo regular. Además, se decía que el interés a corto era gigantesco y que estaba a punto de infligirse el estrujón del siglo al bando bajista en general y, en particular, a cierto operador que estaba más que sobreextendido. No podría empezar a contarle todo lo que escuché mientras subían el precio diez puntos.
La manipulación no me pareció particularmente peligrosa, pero cuando el precio tocó los 149 decidí que no era prudente dejar que Wall Street aceptara como verdaderas todas las declaraciones alcistas que circulaban. Por supuesto, no había nada que yo o cualquier otro extraño pudiera decir que convenciera tanto a los bajistas asustados como a esos clientes crédulos de las casas de corretaje que operan basándose en consejos de oídas. La réplica cortés más efectiva es la que solo la cinta puede imprimir. La gente creerá eso cuando no creerá una declaración jurada de ningún hombre vivo, mucho menos la de un tipo que está corto en 30,000 acciones. Así que utilicé las mismas tácticas que hice en la época del rincón de Stratton en el maíz, cuando vendí avena para que los operadores se volvieran bajistas respecto al maíz. Experiencia y memoria, otra vez.
Cuando los iniciados elevaron el precio de Tropical Trading con el objetivo de asustar a los bajistas, no intenté frenar el alza vendiendo esa acción. Ya estaba corto en 30,000 acciones de ella, que era un porcentaje del suministro flotante tan grande como consideré prudente estar. No me propuse meter la cabeza en el nudo corredizo tan amablemente abierto para mí; el segundo repunte fue realmente una invitación urgente. Lo que hice cuando TT tocó los 149 fue vender unas 10,000 acciones de Equatorial Commercial Corporation. Esta compañía poseía un gran bloque de Tropical Trading.
Equatorial Commercial, que no era una acción tan activa como TT, se desplomó bruscamente con mi venta, como había previsto; y, por supuesto, mi propósito se cumplió. Cuando los operadores, y los clientes de las casas de corretaje que habían escuchado la propaganda alcista no contradicha sobre TT, vieron que el ascenso en Tropical se sincronizaba con fuertes ventas y una caída brusca en Equatorial, naturalmente concluyeron que la fuerza de TT era simplemente una cortina de humo: un avance manipulado diseñado obviamente para facilitar la liquidación interna en Equatorial Commercial, que era el mayor tenedor de acciones de TT. Debían ser tanto acciones largas como acciones internas en Equatorial, porque a ningún extraño se le ocurriría vender tantas acciones en corto en el mismo momento en que Tropical Trading estaba tan fuerte. Así que vendieron Tropical Trading y frenaron el alza de esa acción, pues los iniciados, muy correctamente, no deseaban tomar todas las acciones que se presionaban para la venta. En el momento en que los iniciados retiraron su apoyo, el precio de TT declinó. Los operadores y las principales casas de corretaje vendieron ahora también algo de Equatorial y yo cubrí mi posición corta en ella con una pequeña ganancia. No la había vendido para ganar dinero con la operación, sino para frenar el alza en TT.
Una y otra vez, los iniciados de Tropical Trading y su trabajador agente de publicidad inundaron Wall Street con todo tipo de artículos alcistas e intentaron subir el precio. Y cada vez que lo hacían, vendía Equatorial Commercial en corto y cubría cuando TT reaccionaba y arrastraba a EC consigo. Eso le quitó el viento de las velas a los manipuladores. El precio de TT finalmente bajó a 125 y el interés corto realmente creció tanto que los iniciados pudieron subirlo 20 o 25 puntos. Esta vez fue una embestida lo suficientemente legítima contra un interés corto sobreextendido; pero aunque preví el repunte, no cubrí, pues no deseaba perder mi posición. Antes de que Equatorial Commercial pudiera avanzar en simpatía con el alza en TT, vendí una gran cantidad en corto, con los resultados habituales. Esto desmintió la charla alcista en TT, que se había vuelto bastante ruidosa después de la última subida sensacional.
Para entonces, el mercado general se había vuelto bastante débil. Como le dije, fue la convicción de que estábamos en un mercado bajista lo que me hizo empezar a vender TT en corto en el campamento de pesca en Florida. Estaba corto en bastantes otras acciones, pero TT era mi favorita. Finalmente, las condiciones generales resultaron demasiado para que la camarilla interna las desafiara y TT se deslizó por el tobogán. Bajó de 120 por primera vez en años; luego de 110; por debajo de la par; y aun así no cubrí. Un día, cuando todo el mercado estaba extremadamente débil, Tropical Trading rompió los 90 y, ante la desmoralización, cubrí. ¡La misma vieja razón! Tenía la oportunidad: el gran mercado, la debilidad y el exceso de vendedores sobre compradores. Puedo decirle, incluso a riesgo de parecer que alardeo monótonamente de mi astucia, que tomé mis 30,000 acciones de TT prácticamente a los precios más bajos del movimiento. Pero no estaba pensando en cubrir en el fondo. Estaba decidido a convertir mis ganancias en papel en efectivo sin perder gran parte de la ganancia en el cambio.
Me mantuve firme en todo momento porque sabía que mi posición era sólida. No estaba desafiando la tendencia del mercado ni yendo contra las condiciones básicas, sino al revés, y eso fue lo que me hizo estar tan seguro del fracaso de una camarilla interna demasiado confiada. Lo que intentaron hacer, otros lo habían intentado antes y siempre había fracasado. Los frecuentes repuntes, incluso cuando sabía tan bien como cualquiera que eran esperables, no podían asustarme. Sabía que al final me iría mucho mejor manteniéndome firme que intentando cubrir para abrir una nueva posición corta a un precio más alto. Al ceñirme a la posición que sentía correcta, gané más de un millón de dólares. No estaba en deuda con corazonadas, ni con la hábil lectura de la cinta, ni con un coraje obstinado. Fue un dividendo declarado por mi fe en mi juicio y no por mi astucia o mi vanidad. El conocimiento es poder y el poder no necesita temer a las mentiras, ni siquiera cuando la cinta las imprime. La rectificación sigue bastante rápido.
Un año después, TT fue subida de nuevo a 150 y rondó por allí durante un par de semanas. Todo el mercado tenía derecho a una buena reacción, pues había subido ininterrumpidamente y ya no subía más. Lo sé porque lo probé. Ahora bien, el grupo al que pertenecía TT había estado sufriendo de negocios muy pobres y no podía ver nada que justificara una postura alcista en esas acciones de todos modos, incluso si el resto del mercado estuviera listo para un alza, lo cual no era así. Así que comencé a vender Tropical Trading. Tenía la intención de colocar 10,000 acciones en total. El precio cayó con mi venta. No pude ver que hubiera ningún apoyo en absoluto. Entonces, de repente, el carácter de la compra cambió.
No trato de hacerme pasar por un mago cuando le aseguro que pude notar el momento en que llegó el apoyo. Instantáneamente me llamó la atención que si los iniciados en esa acción, que nunca sintieron una obligación moral de mantener el precio, ahora estaban comprando las acciones frente a un mercado general en declive, debía haber una razón. No eran asnos ignorantes, ni filántropos, ni banqueros preocupados por mantener el precio para vender más valores en el mostrador. El precio subió a pesar de mi venta y la de otros. A 153 cubrí mis 10,000 acciones y a 156 incluso tomé una posición larga porque, para entonces, la cinta me decía que la línea de menor resistencia era hacia arriba. Yo era bajista respecto al mercado general, pero me enfrentaba a una condición de negociación en una acción determinada y no a una teoría especulativa en general. El precio se perdió de vista, por encima de 200. Fue la sensación del año. Me sentí halagado por los informes, hablados e impresos, de que me habían exprimido ocho o nueve millones de dólares. De hecho, en lugar de estar corto, estuve largo en TT durante todo el ascenso. De hecho, aguanté un poco demasiado y dejé que se escaparan algunas de mis ganancias en papel. ¿Desea saber por qué lo hice? Porque pensé que los iniciados de TT harían naturalmente lo que yo habría hecho si hubiera estado en su lugar. Pero eso era algo que no me correspondía pensar, porque mi negocio es operar; es decir, ceñirme a los hechos ante mí y no a lo que creo que otras personas deberían hacer.
XIX
No sé cuándo o por quién se utilizó por primera vez la palabra "manipulación" en relación con lo que, en realidad, no es más que procesos comerciales comunes aplicados a la venta al por mayor de valores en la Bolsa. Manipular el mercado para facilitar compras baratas de una acción que se desea acumular también es manipulación. Pero es diferente. Puede que no sea necesario rebajarse a prácticas ilegales, pero sería difícil evitar hacer lo que algunos considerarían ilegítimo. ¿Cómo va a comprar un gran bloque de acciones en un mercado alcista sin subir el precio usted mismo? Ese sería el problema. ¿Cómo se puede resolver? Depende de tantas cosas que no se puede dar una solución general a menos que se diga: posiblemente mediante una manipulación muy adiestrada. ¿Por ejemplo? Bueno, dependería de las condiciones. No se puede dar una respuesta más precisa que esa.
Estoy profundamente interesado en todas las fases de mi negocio y, por supuesto, aprendo de la experiencia de los demás tanto como de la mía propia. Pero es muy difícil aprender a manipular acciones hoy en día a partir de tales relatos que se cuentan por la tarde en las oficinas de los corredores después del cierre. La mayoría de los trucos, dispositivos y expedientes de antaño son obsoletos y fútiles, o ilegales e impracticables. Las reglas y condiciones de la Bolsa han cambiado, y la historia, incluso la historia detallada con precisión, de lo que Daniel Drew o Jacob Little o Jay Gould pudieron hacer hace cincuenta o setenta y cinco años apenas merece la pena ser escuchada. El manipulador de hoy no tiene más necesidad de considerar lo que hicieron y cómo lo hicieron que un cadete en West Point la necesidad de estudiar el tiro con arco tal como lo practicaban los antiguos para aumentar su conocimiento práctico de la balística.
Por otro lado, hay beneficio en estudiar los factores humanos: la facilidad con la que los seres humanos creen lo que les complace creer; y cómo se permiten, de hecho, se impulsan a sí mismos, ser influenciados por su codicia o por el costo en dólares del descuido del hombre promedio. El miedo y la esperanza siguen siendo los mismos; por lo tanto, el estudio de la psicología de los especuladores es tan valioso como siempre lo fue. Las armas cambian, pero la estrategia sigue siendo estrategia, en la Bolsa de Valores de Nueva York como en el campo de batalla. Creo que el resumen más claro de todo el asunto fue expresado por Thomas F. Woodlock cuando declaró: "Los principios de la especulación bursátil exitosa se basan en la suposición de que la gente continuará en el futuro cometiendo los errores que ha cometido en el pasado".
En los auges, que es cuando el público está en el mercado en mayor número, nunca hay necesidad de sutileza, por lo que no tiene sentido perder el tiempo discutiendo sobre la manipulación o la especulación durante esos momentos; sería como tratar de encontrar la diferencia en las gotas de lluvia que caen simultáneamente en el mismo techo al otro lado de la calle. El incauto siempre ha tratado de conseguir algo a cambio de nada, y el atractivo en todos los auges es siempre francamente al instinto de juego despertado por la codicia y espoleado por una prosperidad generalizada. Las personas que buscan dinero fácil invariablemente pagan por el privilegio de probar de manera concluyente que no se puede encontrar en esta sórdida tierra. Al principio, cuando escuchaba los relatos de los tratos y dispositivos de la vieja escuela, solía pensar que la gente era más crédula en las décadas de 1860 y 1870 que en la de 1900. Pero estaba seguro de leer en los periódicos ese mismo día o al siguiente algo sobre el último Ponzi o la quiebra de algún corredor fraudulento y sobre los millones de dinero de incautos que se habían ido a unir a la mayoría silenciosa de ahorros desaparecidos.
Cuando llegué por primera vez a Nueva York, se armó un gran alboroto por las ventas ficticias y las órdenes coordinadas, a pesar de que tales prácticas estaban prohibidas por la Bolsa. A veces, la simulación era demasiado cruda para engañar a nadie. Los corredores no tenían reparos en decir que "la lavandería estaba activa" cada vez que alguien intentaba lavar alguna acción u otra, y, como he dicho antes, más de una vez tuvieron lo que se denominaba francamente "embestidas de casas de apuestas", cuando una acción se ofrecía a la baja dos o tres puntos en un santiamén solo para establecer la caída en la cinta y barrer a la miríada de pequeños especuladores que estaban largos en la acción en las casas de apuestas. En cuanto a las órdenes coordinadas, siempre se utilizaban con algunas dudas debido a la dificultad de coordinar y sincronizar las operaciones por parte de los corredores, siendo todo ese negocio contrario a las reglas de la Bolsa. Hace unos años, un famoso operador canceló la parte de venta pero no la de compra de sus órdenes coordinadas, y el resultado fue que un corredor inocente subió el precio veinticinco puntos más o menos en pocos minutos, solo para verlo caer con igual celeridad tan pronto como su compra cesó. La intención original era crear una apariencia de actividad. Mal negocio, jugar con armas tan poco fiables. Verá, no puede confiar en sus mejores corredores, no si quiere que sigan siendo miembros de la Bolsa de Valores de Nueva York. Además, los impuestos han hecho que todas las prácticas que implican transacciones ficticias sean mucho más caras de lo que solían ser en los viejos tiempos.
La definición de diccionario de manipulación incluye los rincones. Ahora bien, un rincón podría ser el resultado de una manipulación o podría ser el resultado de una compra competitiva, como, por ejemplo, el rincón de Northern Pacific el 9 de mayo de 1901, que ciertamente no fue manipulación. El rincón de Stutz fue costoso para todos los involucrados, tanto en dinero como en prestigio. Y ni siquiera fue un rincón diseñado deliberadamente.
De hecho, muy pocos de los grandes rincones fueron rentables para sus ingenieros. Ambos rincones de Harlem del comodoro Vanderbilt pagaron mucho, pero el viejo se merecía los millones que ganó de un montón de deportistas cortos, legisladores corruptos y concejales que intentaron engañarlo. Por otro lado, Jay Gould perdió en su rincón de Northwestern. El diácono S. V. White ganó un millón en su rincón de Lackawanna, pero Jim Keene perdió un millón en el trato de Hannibal & St. Joe. El éxito financiero de un rincón, por supuesto, depende de la comercialización de las participaciones acumuladas a un precio superior al costo, y el interés corto tiene que ser de cierta magnitud para que eso suceda fácilmente.
Solía preguntarme por qué los rincones eran tan populares entre los grandes operadores de hace medio siglo. Eran hombres de habilidad y experiencia, despiertos y no propensos a una confianza infantil en la filantropía de sus compañeros comerciantes. Sin embargo, solían ser picados con una frecuencia asombrosa. Un viejo corredor sabio me dijo que todos los grandes operadores de los años 60 y 70 tenían una ambición, y era trabajar un rincón. En muchos casos, esto fue fruto de la vanidad; en otros, del deseo de venganza. En cualquier caso, ser señalado como el hombre que había arrinconado con éxito esta o aquella acción era en realidad un reconocimiento de cerebro, audacia y dinero. Le daba al arrinconador el derecho a ser arrogante. Aceptaba los aplausos de sus compañeros como plenamente ganados. Era más que la ganancia monetaria prospectiva lo que impulsaba a los ingenieros de los rincones a hacer su mayor esfuerzo. Era el complejo de vanidad afirmándose entre operadores de sangre fría.
Ciertamente, perro comía perro en esos días con gusto y facilidad. Creo que le dije antes que me las he arreglado para escapar de ser exprimido más de una vez, no por la posesión de un misterioso sentido del teletipo, sino porque generalmente puedo decir el momento en que el carácter de la compra en la acción hace imprudente estar corto en ella. Esto lo hago mediante pruebas de sentido común, que también deben haber sido probadas en los viejos tiempos. El viejo Daniel Drew solía exprimir a los muchachos con cierta frecuencia y hacerles pagar altos precios por las "acciones" de Erie que le habían vendido en corto. Él mismo fue exprimido por el comodoro Vanderbilt en Erie, y cuando el viejo Drew suplicó misericordia, el comodoro citó sombríamente el dístico inmortal del Gran Oso:
*El que vende lo que no es suyo,* *Debe recomprarlo o ir a prisión.*
Wall Street recuerda muy poco de un operador que durante más de una generación fue uno de sus titanes. Su principal pretensión de inmortalidad parece ser la frase "aguar las acciones".
Addison G. Jerome era el reconocido rey de la Junta Pública en la primavera de 1863. Sus consejos de mercado, me dicen, se consideraban tan buenos como el dinero en el banco. Según todos los informes, era un gran comerciante y ganó millones. Era liberal, hasta el punto de la extravagancia, y tenía un gran seguimiento en Wall Street, hasta que Henry Keep, conocido como William the Silent, lo exprimió de todos sus millones en el rincón de Old Southern. Keep, por cierto, era el cuñado del gobernador Roswell P. Flower.
En la mayoría de los rincones antiguos, la manipulación consistía principalmente en no dejar que el otro supiera que usted estaba acorralando la acción que él estaba invitado de diversas maneras a vender en corto. Por lo tanto, estaba dirigida principalmente a compañeros profesionales, ya que el público en general no se siente atraído por el lado corto de la cuenta. Las razones que llevaron a estos sabios profesionales a colocar líneas cortas en tales acciones eran más o menos las mismas que les llevan a hacer lo mismo hoy en día. Aparte de las ventas por parte de los políticos que rompieron su fe en el rincón de Harlem del Comodoro, deduzco de las historias que he leído que los comerciantes profesionales vendieron las acciones porque estaban demasiado altas. Y la razón por la que pensaron que estaban demasiado altas fue que nunca antes se habían vendido tan alto; y eso las hacía demasiado altas para comprar; y si eran demasiado altas para comprar, estaban justo para vender. Eso suena bastante moderno, ¿verdad? ¡Ellos pensaban en el precio, y el Comodoro pensaba en el valor! Y así, durante años después, los veteranos me dicen que la gente solía decir: "¡Se fue corto en Harlem!" cada vez que deseaban describir la pobreza extrema.
Hace muchos años, me encontré hablando con uno de los viejos corredores de Jay Gould. Me aseguró seriamente que el Sr. Gould no solo era un hombre muy inusual (fue de él que el viejo Daniel Drew comentó temblorosamente: "¡Su toque es la Muerte!"), sino que estaba muy por encima de todos los demás manipuladores pasados y presentes. Debió ser un mago financiero realmente para haber hecho lo que hizo; no puede haber duda de eso. Incluso a esta distancia, puedo ver que tenía una habilidad asombrosa para adaptarse a las nuevas condiciones, y eso es valioso en un comerciante. Variaba sus métodos de ataque y defensa sin remordimientos porque estaba más preocupado por la manipulación de las propiedades que por la especulación bursátil. Manipulaba para la inversión más que para un giro del mercado. Pronto vio que el gran dinero estaba en poseer los ferrocarriles en lugar de manipular sus valores en el piso de la Bolsa de Valores. Utilizó el mercado de valores, por supuesto. Pero sospecho que fue porque esa era la forma más rápida y fácil de obtener dinero rápido y fácil, y necesitaba muchos millones, tal como el viejo Collis P. Huntington siempre estaba escaso de dinero porque siempre necesitaba veinte o treinta millones más de lo que los banqueros estaban dispuestos a prestarle. La visión sin dinero significa angustia; con dinero, significa logro; y eso significa poder; y eso significa dinero; y eso significa logro; y así sucesivamente, una y otra vez.
Por supuesto, la manipulación no se limitaba a las grandes figuras de aquellos días. Había una gran cantidad de manipuladores menores. Recuerdo una historia que me contó un viejo agente de bolsa sobre los modales y la moralidad de los primeros años de la década de 1860. Dijo:
“El recuerdo más antiguo que tengo de Wall Street es mi primera visita al distrito financiero. Mi padre tenía algunos asuntos que atender allí y, por una razón u otra, me llevó con él. Bajamos por Broadway y recuerdo que doblamos en Wall Street. Caminamos por Wall y, justo cuando llegamos a Broad o, mejor dicho, a la calle Nassau, a la esquina donde ahora se encuentra el edificio de Bankers’ Trust Company, vi a una multitud siguiendo a dos hombres. El primero caminaba hacia el este, tratando de parecer despreocupado. Era seguido por el otro, un hombre de rostro rojo que agitaba violentamente su sombrero con una mano y sacudía el otro puño en el aire. Gritaba con todas sus fuerzas: ‘¡Shylock! ¡Shylock! ¿Cuál es el precio del dinero? ¡Shylock! ¡Shylock!’. Podía ver cabezas asomándose por las ventanas. No había rascacielos en aquellos días, pero estaba seguro de que los curiosos de los pisos segundo y tercero se caerían. Mi padre preguntó qué sucedía, y alguien respondió algo que no alcancé a oír. Yo estaba demasiado ocupado aferrándome con fuerza mortal a la mano de mi padre para que los empujones no nos separaran. La multitud crecía, como suelen hacerlo las multitudes en la calle, y yo no me sentía cómodo. Hombres con mirada salvaje venían corriendo desde la calle Nassau y desde Broad, así como hacia el este y hacia el oeste por Wall Street. Después de que finalmente salimos del tumulto, mi padre me explicó que el hombre que gritaba ‘Shylock’ era Fulano de Tal. He olvidado el nombre, pero era el mayor operador en acciones de camarillas de la ciudad y se decía que había ganado —y perdido— más dinero que cualquier otro hombre en Wall Street, con la excepción de Jacob Little. Recuerdo el nombre de Jacob Little porque me pareció un nombre gracioso para un hombre. El otro, el Shylock, era un notorio acaparador de dinero. Su nombre también se me ha borrado. Pero recuerdo que era alto, delgado y pálido. En aquellos días, las camarillas solían acaparar dinero pidiéndolo prestado o, mejor dicho, reduciendo la cantidad disponible para los prestatarios de la Bolsa de Valores. Pedían prestado y obtenían un cheque certificado. En realidad no sacaban el dinero para usarlo. Por supuesto, eso era un amaño. Creo que era una forma de manipulación”.
Estoy de acuerdo con el viejo. Era una fase de manipulación que ya no tenemos hoy en día.
XX
Yo mismo nunca hablé con ninguno de los grandes manipuladores de acciones de los que todavía se habla en Wall Street. No me refiero a líderes; me refiero a manipuladores. Todos ellos fueron anteriores a mi época, aunque cuando llegué por primera vez a Nueva York, James R. Keene, el más grande de todos, estaba en su apogeo. Pero yo era un simple joven entonces, exclusivamente preocupado por duplicar, en la oficina de un corredor de bolsa respetable, el éxito que había disfrutado en las casas de apuestas de mi ciudad natal. Y, además, en el momento en que Keene estaba ocupado con las acciones de U.S. Steel —su obra maestra de manipulación—, yo no tenía experiencia con la manipulación, ningún conocimiento real de ella ni de su valor o significado, y, a decir verdad, ninguna gran necesidad de tal conocimiento. Si llegué a pensar en ello, supongo que debí considerarlo como una forma bien vestida de triquiñuela, cuya forma vulgar eran trucos como los que habían intentado conmigo en las casas de apuestas. Las conversaciones que he escuchado desde entonces sobre el tema han consistido en gran medida en conjeturas y sospechas; en suposiciones más que en análisis inteligentes.
Más de un hombre que lo conocía bien me ha dicho que Keene fue el operador más audaz y brillante que jamás haya trabajado en Wall Street. Eso es decir mucho, porque ha habido algunos grandes operadores. Sus nombres están casi olvidados, pero sin embargo fueron reyes en su día —¡por un día! Fueron sacados de la oscuridad a la luz de la fama financiera por la cinta del teletipo, y la pequeña cinta de papel no resultó ser lo suficientemente fuerte como para mantenerlos suspendidos allí el tiempo suficiente para convertirse en hitos históricos. En cualquier caso, Keene era, sin lugar a dudas, el mejor manipulador de su tiempo, y fue un tiempo largo y emocionante.
Capitalizó su conocimiento del juego, su experiencia como operador y sus talentos cuando vendió sus servicios a los hermanos Havemeyer, quienes querían que desarrollara un mercado para las acciones de azúcar. Estaba arruinado en ese momento o habría seguido operando por su cuenta; ¡y vaya si era un apostador! Tuvo éxito con el azúcar; convirtió las acciones en favoritas del mercado, y eso las hizo fácilmente vendibles. Después de eso, le pidieron una y otra vez que se hiciera cargo de grupos inversores. Me han dicho que en estas operaciones de grupo nunca pidió ni aceptó una comisión, sino que pagó su parte como los demás miembros del grupo. La conducta de la acción en el mercado, por supuesto, estaba exclusivamente a su cargo. A menudo se hablaba de traición, por ambas partes. Su disputa con la camarilla Whitney-Ryan surgió de tales acusaciones. No es difícil para un manipulador ser malinterpretado por sus asociados. Ellos no ven sus necesidades como él mismo las ve. Sé esto por mi propia experiencia.
Es motivo de pesar que Keene no dejara un registro preciso de su mayor hazaña: la exitosa manipulación de las acciones de U.S. Steel en la primavera de 1901. Según tengo entendido, Keene nunca tuvo una entrevista con J. P. Morgan al respecto. La firma de Morgan trataba con o a través de Talbot J. Taylor & Co., en cuya oficina Keene tenía su cuartel general. Talbot Taylor era el yerno de Keene. Me aseguran que la comisión de Keene por su trabajo consistió en el placer que derivaba de la labor. Que ganó millones operando en el mercado que ayudó a impulsar esa primavera es bien sabido. Le dijo a un amigo mío que, en el transcurso de unas pocas semanas, vendió en el mercado abierto para el sindicato de suscriptores más de setecientas cincuenta mil acciones. No está mal si consideras dos cosas: que eran acciones nuevas y no probadas de una corporación cuya capitalización era mayor que toda la deuda de los Estados Unidos en ese momento; y segundo, que hombres como D. G. Reid, W. B. Leeds, los hermanos Moore, Henry Phipps, H. C. Frick y los otros magnates del acero también vendieron cientos de miles de acciones al público al mismo tiempo en el mismo mercado que Keene ayudó a crear.
Por supuesto, las condiciones generales lo favorecieron. No solo los negocios reales, sino el sentimiento y su respaldo financiero ilimitado hicieron posible su éxito. Lo que tuvimos no fue simplemente un gran mercado alcista, sino un auge y un estado mental que difícilmente volveremos a ver. El pánico de los valores no digeridos llegó más tarde, cuando el acero común, que Keene había marcado hasta 55 en 1901, se vendió a 10 en 1903 y a 8⅞ en 1904.
No podemos analizar las campañas manipuladoras de Keene. Sus libros no están disponibles; el registro adecuadamente detallado es inexistente. Por ejemplo, sería interesante ver cómo trabajó en Amalgamated Copper. H. H. Rogers y William Rockefeller habían intentado deshacerse de sus acciones excedentes en el mercado y habían fracasado. Finalmente le pidieron a Keene que comercializara su lote, y él aceptó. Tenga en cuenta que H. H. Rogers era uno de los hombres de negocios más capaces de su época en Wall Street y que William Rockefeller era el especulador más audaz de toda la camarilla de Standard Oil. Tenían recursos prácticamente ilimitados y un gran prestigio, además de años de experiencia en el juego de la bolsa. Y, sin embargo, tuvieron que acudir a Keene. Menciono esto para mostrarle que hay algunas tareas que requieren un especialista para ser realizadas. Aquí había una acción ampliamente promocionada, patrocinada por los capitalistas más grandes de Estados Unidos, que no podía venderse excepto con un gran sacrificio de dinero y prestigio. Rogers y Rockefeller eran lo suficientemente inteligentes como para decidir que solo Keene podría ayudarlos.
Keene comenzó a trabajar de inmediato. Tenía un mercado alcista en el que trabajar y vendió doscientas veinte mil acciones de Amalgamated cerca de la par. Después de que se deshizo del lote de los iniciados, el público siguió comprando y el precio subió diez puntos más. De hecho, los iniciados se volvieron optimistas con la acción que habían vendido cuando vieron con qué avidez el público la estaba tomando. Hubo una historia de que Rogers en realidad le aconsejó a Keene que comprara Amalgamated. Es difícilmente creíble que Rogers pretendiera engañar a Keene. Era un hombre demasiado astuto para no saber que Keene no era un cordero balante. Keene trabajó como siempre lo hacía; es decir, haciendo sus grandes ventas en el camino hacia abajo después del gran ascenso. Por supuesto, sus movimientos tácticos estaban dirigidos por sus necesidades y por las corrientes menores que cambiaban día a día. En el mercado de valores, como en la guerra, es bueno tener en cuenta la diferencia entre estrategia y táctica.
Uno de los hombres de confianza de Keene —es el mejor pescador con mosca que conozco— me dijo hace apenas unos días que durante la campaña de Amalgamated, Keene se encontraba casi sin acciones un día; es decir, sin las acciones que se había visto obligado a tomar al marcar el precio; y al día siguiente recompraba miles de acciones. Al día siguiente, vendía por saldo. Luego, dejaba el mercado absolutamente solo, para ver cómo se las arreglaba por sí mismo y también para acostumbrarlo a hacerlo. Cuando llegó el momento de la comercialización real del lote, hizo lo que le dije: lo vendió en el camino hacia abajo. El público inversor siempre está buscando un repunte y, además, está la cobertura de los bajistas.
El hombre que estuvo más cerca de Keene durante ese trato me dijo que después de que Keene vendió el lote de Rogers-Rockefeller por algo así como veinte o veinticinco millones de dólares en efectivo, Rogers le envió un cheque por doscientos mil. Esto le recuerda a la esposa del millonario que le dio a la limpiadora del Metropolitan Opera House cincuenta centavos de recompensa por encontrar el collar de perlas de cien mil dólares. Keene devolvió el cheque con una nota cortés diciendo que él no era un corredor de bolsa y que estaba feliz de haberles sido de alguna utilidad. Ellos se quedaron con el cheque y le escribieron que estarían felices de trabajar con él nuevamente. ¡Poco después de eso fue cuando H. H. Rogers le dio a Keene el consejo amistoso de comprar Amalgamated cerca de 130!
¡Un operador brillante, James R. Keene! Su secretario privado me dijo que cuando el mercado iba a su favor, el Sr. Keene era irascible; y aquellos que lo conocían dicen que su irascibilidad se expresaba en frases sardónicas que permanecían mucho tiempo en la memoria de quienes lo escuchaban. Pero cuando estaba perdiendo, estaba de muy buen humor, un hombre pulido y mundano, agradable, epigramático, interesante.
Tenía en grado superlativo las cualidades mentales que se asocian con los especuladores exitosos en cualquier parte. Que no discutía con la cinta es evidente. Era absolutamente intrépido pero nunca imprudente. Podía cambiar, y lo hacía en un abrir y cerrar de ojos, si descubría que estaba equivocado.
Desde su época ha habido tantos cambios en las reglas de la Bolsa de Valores y una aplicación mucho más rigurosa de las viejas reglas, tantos impuestos nuevos sobre las ventas y ganancias de acciones, etcétera, que el juego parece diferente. Los dispositivos que Keene podía usar con habilidad y beneficio ya no pueden utilizarse. Además, se nos asegura que la moralidad empresarial de Wall Street está en un plano superior. Sin embargo, es justo decir que en cualquier período de nuestra historia financiera Keene habría sido un gran manipulador porque era un gran operador de bolsa y conocía el juego de la especulación desde sus cimientos. Logró lo que hizo porque las condiciones de la época se lo permitieron. Habría tenido tanto éxito en sus empresas en 1922 como en 1901 o en 1876, cuando llegó por primera vez a Nueva York desde California y ganó nueve millones de dólares en dos años. Hay hombres cuyo paso es mucho más rápido que el de la multitud. Están destinados a liderar, sin importar cuánto cambie la multitud.
De hecho, el cambio no es de ninguna manera tan radical como se podría imaginar. Las recompensas no son tan grandes, porque ya no es un trabajo pionero y, por lo tanto, no es el pago de un pionero. Pero en ciertos aspectos, la manipulación es más fácil de lo que era; en otros, mucho más difícil que en la época de Keene.
No hay duda de que la publicidad es un arte, y la manipulación es el arte de la publicidad a través del medio de la cinta. La cinta debe contar la historia que el manipulador desea que sus lectores vean. Cuanto más veraz sea la historia, más convincente será, y cuanto más convincente sea, mejor será la publicidad. Un manipulador de hoy, por ejemplo, no solo tiene que hacer que una acción parezca fuerte, sino también hacer que sea fuerte. La manipulación, por lo tanto, debe basarse en principios comerciales sólidos. Eso es lo que hizo de Keene un manipulador maravilloso; era un comerciante consumado para empezar.
La palabra “manipulación” ha llegado a tener un sonido feo. Necesita un alias. No creo que haya nada tan misterioso o deshonesto en el proceso en sí cuando tiene como objetivo la venta de una acción al por mayor, siempre que, por supuesto, tales operaciones no vayan acompañadas de tergiversaciones. Hay poca duda de que un manipulador busca necesariamente a sus compradores entre los especuladores. Se dirige a hombres que buscan grandes rendimientos de su capital y, por lo tanto, están dispuestos a correr un riesgo comercial mayor de lo normal. No puedo sentir mucha simpatía por el hombre que, sabiendo esto, culpa a otros por su propio fracaso en ganar dinero fácil. Es un tipo diabólicamente inteligente cuando gana. Pero cuando pierde dinero, el otro es un sinvergüenza; ¡un manipulador! En tales momentos y de tales labios, la palabra connota el uso de cartas marcadas. Pero esto no es así.
Por lo general, el objetivo de la manipulación es desarrollar la comercialización; es decir, la capacidad de deshacerse de bloques de tamaño razonable a algún precio en cualquier momento. Por supuesto, un grupo, debido a una reversión de las condiciones generales del mercado, puede encontrarse incapaz de vender excepto con un sacrificio demasiado grande para ser agradable. Entonces pueden decidir emplear a un profesional, creyendo que su habilidad y experiencia le permitirán llevar a cabo una retirada ordenada en lugar de sufrir una derrota espantosa.
Notará que no hablo de la manipulación diseñada para permitir una acumulación considerable de acciones de la manera más barata posible, como, por ejemplo, al comprar para obtener el control, porque esto no sucede a menudo hoy en día.
Cuando Jay Gould quiso asegurar su control de Western Union y decidió comprar un gran bloque de acciones, Washington E. Connor, a quien no se había visto en el piso de la Bolsa de Valores durante años, apareció repentinamente en persona en el puesto de Western Union. Comenzó a pujar por Western Union. Los comerciantes se rieron al unísono por su estupidez al pensar que eran tan simples, y alegremente le vendieron todas las acciones que quería comprar. Fue un truco demasiado burdo, pensar que podía subir el precio actuando como si el Sr. Gould quisiera comprar Western Union. ¿Fue eso manipulación? Creo que solo puedo responder diciendo: “¡No; y sí!”.
En la mayoría de los casos, el objetivo de la manipulación es, como dije, vender acciones al público al mejor precio posible. No es solo una cuestión de venta, sino de distribución. Es obviamente mejor en todos los sentidos que una acción esté en manos de mil personas que de un solo hombre; mejor para el mercado. Por lo tanto, no es solo la venta a un buen precio, sino el carácter de la distribución lo que un manipulador debe considerar.
No tiene sentido subir el precio a un nivel muy alto si no puedes inducir al público a que te lo quite de las manos más tarde. Siempre que los manipuladores inexpertos intentan descargar en la cima y fracasan, los veteranos parecen muy sabios y te dicen que puedes llevar al caballo al agua, pero no puedes obligarlo a beber. ¡Diablos originales! De hecho, es bueno recordar una regla de la manipulación, una regla que Keene y sus hábiles predecesores conocían bien. Es esta: *Las acciones se manipulan hasta el punto más alto posible y luego se venden al público en el camino hacia abajo*.
Permítanme empezar por el principio. Supongamos que hay alguien —un sindicato de suscripción o un grupo o un individuo— que tiene un bloque de acciones que desea vender al mejor precio posible. Es una acción debidamente listada en la Bolsa de Valores de Nueva York. El mejor lugar para venderla debería ser el mercado abierto, y el mejor comprador debería ser el público en general. Las negociaciones para la venta están a cargo de un hombre. Él, o algún asociado actual o anterior, ha intentado vender la acción en la Bolsa de Valores y no ha tenido éxito. Él está, o pronto se familiariza lo suficiente, con las operaciones del mercado de valores para darse cuenta de que se necesita más experiencia y mayor aptitud para el trabajo de la que posee. Conoce personalmente o de oídas a varios hombres que han tenido éxito en su manejo de acuerdos similares, y decide aprovechar su habilidad profesional. Busca a uno de ellos como buscaría a un médico si estuviera enfermo o a un ingeniero si necesitara ese tipo de experto.
Supongamos que ha oído hablar de mí como un hombre que conoce el juego. Bueno, supongo que trata de averiguar todo lo que puede sobre mí. Luego organiza una entrevista y, a su debido tiempo, llama a mi oficina.
Por supuesto, lo más probable es que sepa sobre la acción y lo que representa. Es mi trabajo saberlo. Así es como me gano la vida. Mi visitante me dice lo que él y sus asociados desean hacer, y me pide que emprenda el trato.
Entonces es mi turno de hablar. Pido cualquier información que considere necesaria para tener una comprensión clara de lo que se me pide que emprenda. Determino el valor y estimo las posibilidades de mercado de esa acción. Eso, junto con mi lectura de las condiciones actuales, a su vez me ayuda a medir la probabilidad de éxito de la operación propuesta.
Si mi información me inclina a una visión favorable, acepto la propuesta y le digo allí mismo cuáles serán mis términos por mis servicios. Si él, a su vez, acepta mis términos —el honorario y las condiciones—, comienzo mi trabajo de inmediato.
Generalmente pido y recibo opciones sobre un bloque de acciones. Insisto en opciones graduadas como lo más justo para todos los involucrados. El precio de la opción comienza un poco por debajo del precio de mercado prevaleciente y sube; digamos, por ejemplo, que obtengo opciones sobre cien mil acciones y la acción cotiza a 40. Comienzo con una opción por algunos miles de acciones a 35, otra a 37, otra a 40, y a 45 y 50, y así sucesivamente hasta 75 u 80.
Si como resultado de mi trabajo profesional —mi manipulación— el precio sube, y si al nivel más alto hay una buena demanda de la acción de modo que pueda vender bloques de tamaño razonable, por supuesto que ejerzo la opción sobre la acción. Estoy ganando dinero; pero mis clientes también están ganando dinero. Esto es como debería ser. Si están pagando por mi habilidad, deberían obtener valor. Por supuesto, hay ocasiones en que un grupo puede terminar con pérdidas, pero eso es raro, ya que no emprendo el trabajo a menos que vea claramente el camino hacia una ganancia. Este año no tuve tanta suerte en uno o dos tratos, y no obtuve ganancias. Hay razones, pero esa es otra historia, que se contará más tarde, tal vez.
El primer paso en un movimiento alcista de una acción es anunciar el hecho de que existe dicho movimiento. Suena tonto, ¿verdad? Bueno, piénselo un momento. No es tan tonto como parecía, ¿no es así? La forma más efectiva de anunciar lo que, en efecto, son sus honorables intenciones es hacer que la acción sea activa y fuerte. Después de todo, el mayor agente de publicidad en el ancho mundo es el teletipo, y con mucho, el mejor medio publicitario es la cinta. No necesito publicar ningún material para mis clientes. No tengo que informar a la prensa diaria sobre el valor de la acción ni trabajar las revistas financieras para obtener notas sobre las perspectivas de la compañía. Tampoco tengo que conseguir seguidores. Logro todas estas cosas altamente deseables simplemente haciendo que la acción sea activa. Cuando hay actividad, hay una demanda sincrónica de explicaciones; y eso significa, por supuesto, que las razones necesarias —para su publicación— se proporcionan por sí mismas sin la menor ayuda de mi parte.
La actividad es todo lo que piden los operadores de piso. Comprarán o venderán cualquier acción a cualquier nivel si tan solo hay un mercado libre para ella. Operarán en miles de acciones dondequiera que vean actividad, y su capacidad agregada es considerable. Sucede necesariamente que ellos constituyen la primera cosecha de compradores del manipulador. Lo seguirán durante todo el ascenso y, por lo tanto, son de gran ayuda en todas las etapas de la operación. Entiendo que James R. Keene solía emplear habitualmente a los más activos de los operadores de la sala, tanto para ocultar la fuente de la manipulación como porque sabía que eran, con mucho, los mejores difusores de negocios y distribuidores de consejos. A menudo les daba opciones —opciones verbales— por encima del mercado, para que pudieran realizar un trabajo útil antes de poder cobrar. Los hacía ganar su beneficio. Para conseguir seguidores profesionales, yo mismo nunca he tenido que hacer más que hacer que una acción sea activa. Los operadores no piden más. Es bueno, por supuesto, recordar que estos profesionales en el piso de la Bolsa compran acciones con la intención de venderlas con una ganancia. No insisten en que sea una gran ganancia; pero debe ser una ganancia rápida.
Hago que la acción sea activa para atraer la atención de los especuladores hacia ella, por las razones que he dado. La compro y la vendo y los operadores siguen el ejemplo. La presión vendedora no suele ser fuerte cuando un hombre tiene tantas acciones mantenidas especulativamente aseguradas —en opciones— como insisto en tener. La compra, por lo tanto, prevalece sobre la venta, y el público sigue el liderazgo no tanto del manipulador como de los operadores de la sala. Entra como comprador. Esta demanda altamente deseable la satisfago; es decir, vendo acciones en saldo. Si la demanda es lo que debería ser, absorberá más que la cantidad de acciones que me vi obligado a acumular en las primeras etapas de la manipulación; y cuando esto sucede, vendo la acción en corto; es decir, técnicamente. En otras palabras, vendo más acciones de las que realmente poseo. Es perfectamente seguro para mí hacerlo, ya que en realidad estoy vendiendo contra mis opciones. Por supuesto, cuando la demanda del público disminuye, la acción deja de avanzar. Entonces espero.
Digamos, entonces, que la acción ha dejado de avanzar. Llega un día débil. Todo el mercado puede desarrollar una tendencia reaccionaria o algún operador de ojo agudo puede percibir que no hay órdenes de compra dignas de mención en mi acción, y la vende, y sus compañeros siguen el ejemplo. Cualquiera que sea la razón, mi acción comienza a bajar. Bueno, empiezo a comprarla. Le doy el apoyo que una acción debería tener si goza de buena reputación ante sus propios patrocinadores. Y más: soy capaz de apoyarla sin acumularla; es decir, sin aumentar la cantidad que tendré que vender más adelante. Observe que hago esto sin disminuir mis recursos financieros. Por supuesto, lo que realmente estoy haciendo es cubrir acciones que vendí en corto a precios más altos cuando la demanda del público o de los operadores, o de ambos, me permitió hacerlo. Siempre es bueno dejar claro a los operadores —y al público también— que hay una demanda de la acción en el camino hacia abajo. Eso tiende a frenar tanto la venta en corto imprudente por parte de los profesionales como la liquidación por parte de los tenedores asustados, que es la venta que uno suele ver cuando una acción se debilita cada vez más, lo cual, a su vez, es lo que hace una acción cuando no recibe apoyo. Estas compras de cobertura mías constituyen lo que llamo el proceso de estabilización.
A medida que el mercado se amplía, por supuesto, vendo acciones en el camino hacia arriba, pero nunca lo suficiente como para frenar el ascenso. Esto está en estricta conformidad con mis planes de estabilización. Es obvio que cuanto más acciones vendo en un avance razonable y ordenado, más animo a los especuladores conservadores, que son más numerosos que los imprudentes operadores de la sala; y además, mayor será el apoyo que podré dar a la acción en los inevitables días débiles. Al estar siempre en corto, siempre estoy en condiciones de apoyar la acción sin peligro para mí. Por regla general, empiezo a vender a un precio que me reportará una ganancia. Pero a menudo vendo sin obtener ganancias, simplemente para crear o aumentar lo que podría llamar mi poder de compra sin riesgo. Mi negocio no es solo subir el precio o vender un gran bloque de acciones para un cliente, sino ganar dinero para mí. Es por eso que no pido a mis clientes que financien mis operaciones. Mis honorarios dependen de mi éxito.
Por supuesto, lo que he descrito no es mi práctica invariable. No tengo ni me adhiero a un sistema inflexible. Modifico mis términos y condiciones según las circunstancias.
Una acción que se desea distribuir debe ser manipulada hasta el punto más alto posible y luego vendida. Repito esto tanto porque es fundamental como porque el público aparentemente cree que toda la venta se realiza en la cima. A veces una acción se vuelve pesada, por así decirlo; no sube. Ese es el momento de vender. El precio naturalmente bajará tras su venta algo más de lo que desea, pero generalmente puede recuperarlo. Mientras una acción que estoy manipulando suba tras mis compras, sé que estoy bien, y si es necesario la compro con confianza y uso mi propio dinero sin miedo; exactamente como lo haría con cualquier otra acción que actúe de la misma manera. Es la línea de menor resistencia. Recuerda mis teorías comerciales sobre esa línea, ¿no? Bueno, cuando se establece la línea de precio de menor resistencia, la sigo, no porque esté manipulando esa acción en particular en ese momento en particular, sino porque soy un operador de bolsa en todo momento.
Cuando mi compra no hace subir la acción, dejo de comprar y procedo a venderla; y eso también es exactamente lo que haría con esa misma acción si no estuviera manipulándola. La comercialización principal de la acción, como sabe, se hace en el camino hacia abajo. Es perfectamente asombroso la cantidad de acciones de las que un hombre puede deshacerse en una caída.
Repito que en ningún momento durante la manipulación olvido ser un operador de bolsa. Mis problemas como manipulador, después de todo, son los mismos que me enfrentan como operador. Toda manipulación llega a su fin cuando el manipulador no puede hacer que una acción haga lo que él quiere que haga. Cuando la acción que está manipulando no actúa como debería, déjelo. No discuta con la cinta. No intente atraer la ganancia de vuelta. Déjelo mientras la retirada sea buena, y barata.
XXI
Soy muy consciente de que todas estas generalidades no suenan especialmente impresionantes. Las generalidades rara vez lo hacen. Posiblemente pueda tener más éxito si doy un ejemplo concreto. Le diré cómo marqué el precio de una acción 30 puntos y, al hacerlo, acumulé solo siete mil acciones y desarrollé un mercado que absorbería casi cualquier cantidad de acciones.
Era Imperial Steel. La acción había sido presentada por personas de buena reputación y se había difundido bastante bien como una propiedad de valor. Alrededor del 30 por ciento del capital social se colocó entre el público en general a través de varias casas de Wall Street, pero no hubo una actividad significativa en las acciones después de que fueron listadas. De vez en cuando alguien preguntaba al respecto y uno u otro miembro de la información privilegiada —miembros del sindicato de suscripción original— decía que las ganancias de la compañía eran mejores de lo esperado y las perspectivas más que alentadoras. Esto era bastante cierto y muy bueno hasta donde llegaba, pero no exactamente emocionante. El atractivo especulativo estaba ausente, y desde el punto de vista del inversor, la estabilidad del precio y la permanencia de los dividendos de la acción aún no estaban demostradas. Era una acción que nunca se comportó de manera sensacional. Era tan caballeroso que nunca siguió ninguna subida corroborativa tras los informes eminentemente veraces de los iniciados. Por otro lado, tampoco el precio disminuyó.
Imperial Steel permaneció sin honores, sin canciones y sin consejos, contenta de ser una de esas acciones que no bajan porque nadie vende y que nadie vende porque a nadie le gusta ir en corto de una acción que no está bien distribuida; el vendedor está demasiado a merced del grupo interno cargado de acciones. Del mismo modo, no hay aliciente para comprar una acción así. Para el inversor, Imperial Steel siguió siendo por tanto una especulación. Para el especulador era un muerto: el tipo que lo convierte a uno en inversor contra su voluntad mediante el simple expediente de caer en un trance en el momento en que se pone largo en ella. El tipo que está obligado a cargar con un cadáver un año o dos siempre pierde más que el costo original del difunto; está seguro de encontrarse atrapado con él cuando se le presenten algunas cosas realmente buenas.
Un día, el miembro principal del sindicato de Imperial Steel, actuando por sí mismo y sus asociados, vino a verme. Querían crear un mercado para la acción, de la cual controlaban el 70 por ciento no distribuido. Querían que me deshiciera de sus participaciones a mejores precios de los que pensaban que obtendrían si intentaran vender en el mercado abierto. Querían saber bajo qué términos emprendería el trabajo.
Le dije que le avisaría en unos días. Luego investigué la propiedad. Hice que expertos revisaran los diversos departamentos de la compañía: industrial, comercial y financiero. Me presentaron informes que eran imparciales. No buscaba los puntos buenos o malos, sino los hechos, tales como eran.
Los informes mostraron que era una propiedad valiosa. Las perspectivas justificaban las compras de la acción al precio de mercado vigente; si el inversor estaba dispuesto a esperar un poco. En las circunstancias, un avance en el precio sería en realidad el más común y legítimo de todos los movimientos del mercado: a saber, el proceso de descontar el futuro. Por lo tanto, no había razón que yo pudiera ver por la cual no debería emprender concienzuda y confiadamente la manipulación alcista de Imperial Steel.
Le hice saber mi opinión a mi hombre y él vino a mi oficina para discutir el trato en detalle. Le dije cuáles eran mis términos. Por mis servicios no pedí efectivo, sino opciones sobre cien mil acciones de Imperial Steel. El precio de las opciones subió de 70 a 100. Eso puede parecer una gran tarifa para algunos. Pero deberían considerar que los iniciados estaban seguros de que ellos mismos no podían vender cien mil acciones, ni siquiera cincuenta mil acciones, a 70. No había mercado para la acción. Toda la charla sobre ganancias maravillosas y perspectivas excelentes no había atraído compradores, no en gran medida. Además, no podía obtener mis honorarios en efectivo sin que mis clientes ganaran primero algunos millones de dólares. Lo que iba a ganar no era una comisión de venta exorbitante. Era una tarifa contingente justa.
Sabiendo que la acción tenía un valor real y que las condiciones generales del mercado eran alcistas y, por lo tanto, favorables para un avance en todas las buenas acciones, calculé que debería irme bastante bien. Mis clientes se sintieron alentados por las opiniones que expresé, aceptaron mis términos de inmediato y el trato comenzó con sentimientos agradables por todas partes.
Procedí a protegerme tan completamente como pude. El sindicato poseía o controlaba alrededor del 70 por ciento de las acciones en circulación. Hice que depositaran su 70 por ciento bajo un acuerdo de fideicomiso. No tenía la intención de ser utilizado como un vertedero para los grandes tenedores. Con las participaciones mayoritarias así aseguradas, todavía tenía un 30 por ciento de participaciones dispersas a considerar, pero ese era un riesgo que tenía que correr. Los especuladores experimentados no esperan nunca participar en empresas totalmente libres de riesgo. De hecho, no era mucho más probable que todas las acciones no fideicomisadas se arrojaran al mercado de un solo golpe que que todos los asegurados de una compañía de seguros de vida murieran a la misma hora, el mismo día. Existen tablas actuariales no impresas de riesgos del mercado de valores, así como de la mortalidad humana.
Habiéndome protegido de algunos de los peligros evitables de un trato en el mercado de valores de ese tipo, estaba listo para comenzar mi campaña. Su objetivo era hacer valiosas mis opciones. Para hacer esto, debía subir el precio y desarrollar un mercado en el que pudiera vender cien mil acciones, la acción en la que tenía opciones.
Lo primero que hice fue averiguar cuántas acciones probablemente entrarían al mercado en un avance. Esto se hizo fácilmente a través de mis corredores, quienes no tuvieron problemas para determinar qué acciones estaban a la venta al precio de mercado o un poco por encima. No sé si los especialistas les dijeron qué órdenes tenían en sus libros o no. El precio era nominalmente 70, pero no podría haber vendido mil acciones a ese precio. No tenía evidencia de una demanda ni siquiera moderada a esa cifra o incluso unos pocos puntos más baja. Tuve que guiarme por lo que descubrieron mis corredores. Pero fue suficiente para mostrarme cuántas acciones había a la venta y cuántas se querían.
Tan pronto como tuve una idea de estos puntos, tomé silenciosamente todas las acciones que estaban a la venta a 70 y más. Cuando digo "yo", entenderá que me refiero a mis corredores. Las ventas fueron por cuenta de algunos de los tenedores minoritarios porque mis clientes naturalmente habían cancelado cualquier orden de venta que pudieran haber dado antes de comprometer sus acciones.
No tuve que comprar muchas acciones. Además, sabía que el tipo correcto de avance traería otras órdenes de compra y, por supuesto, también órdenes de venta.
No di consejos alcistas sobre Imperial Steel a nadie. No tenía que hacerlo. Mi trabajo era buscar influir directamente en el sentimiento mediante el mejor tipo de publicidad posible. No digo que nunca debería haber propaganda alcista. Es tan legítimo y, de hecho, tan deseable anunciar el valor de una nueva acción como anunciar el valor de lanas, zapatos o automóviles. El público debe recibir información precisa y confiable. Pero lo que quise decir es que la cinta hizo todo lo necesario para mi propósito. Como dije antes, los periódicos de buena reputación siempre intentan imprimir explicaciones para los movimientos del mercado. Es noticia. Sus lectores exigen saber no solo lo que sucede en el mercado de valores, sino por qué sucede. Por lo tanto, sin que el manipulador mueva un dedo, los escritores financieros imprimirán toda la información y chismes disponibles, y también analizarán los informes de ganancias, condiciones comerciales y perspectivas; en resumen, cualquier cosa que pueda arrojar luz sobre el avance. Siempre que un periodista o un conocido me pide mi opinión sobre una acción y tengo una, no dudo en expresarla. No ofrezco consejos y nunca doy consejos, pero no tengo nada que ganar en mis operaciones con el secreto. Al mismo tiempo, me doy cuenta de que el mejor de todos los informantes, el más persuasivo de todos los vendedores, es la cinta.
Cuando hube absorbido todas las acciones que estaban a la venta a 70 y un poco más, alivié al mercado de esa presión, y naturalmente eso dejó clara para fines comerciales la línea de menor resistencia en Imperial Steel. Era manifiestamente ascendente. En el momento en que ese hecho fue percibido por los observadores operadores en el piso, asumieron lógicamente que la acción estaba en camino a un avance cuya magnitud no podían conocer; pero sabían lo suficiente como para empezar a comprar. Su demanda de Imperial Steel, creada exclusivamente por la obviedad de la tendencia alcista de la acción —¡el consejo alcista infalible de la cinta!— la satisfice rápidamente. Vendí a los operadores las acciones que había comprado a los tenedores cansados al principio. Por supuesto, esta venta se hizo juiciosamente; me contenté con satisfacer la demanda. No estaba forzando mis acciones en el mercado y no quería un avance demasiado rápido. No habría sido un buen negocio vender la mitad de mis cien mil acciones en esa etapa de los procedimientos. Mi trabajo era crear un mercado en el que pudiera vender toda mi línea.
Pero incluso aunque vendí solo lo que los operadores estaban ansiosos por comprar, el mercado fue privado temporalmente de mi propio poder de compra, que hasta entonces había ejercido constantemente. A su debido tiempo, las compras de los operadores cesaron y el precio dejó de subir. Tan pronto como eso sucedió, comenzó la venta por parte de los alcistas decepcionados o por aquellos operadores cuyas razones para comprar desaparecieron en el instante en que la tendencia alcista fue frenada. Pero estaba listo para esta venta, y en el camino hacia abajo recompré las acciones que había vendido a los operadores un par de puntos más arriba. Esta compra de acciones que sabía que estaban destinadas a ser vendidas a su vez frenó el curso descendente; y cuando el precio dejó de bajar, las órdenes de venta dejaron de llegar.
Entonces comencé todo de nuevo. Tomé todas las acciones que estaban a la venta en el camino hacia arriba —no eran muchas— y el precio comenzó a subir por segunda vez; desde un punto de partida superior a 70. No olvide que en el camino hacia abajo hay muchos tenedores que desean al cielo haber vendido las suyas, pero no lo harán a tres o cuatro puntos de la cima. Tales especuladores siempre juran que seguramente venderán si hay un repunte. Presentan sus órdenes de venta en el camino hacia arriba, y luego cambian de opinión con el cambio en la tendencia de precios de la acción. Por supuesto, siempre hay toma de ganancias por parte de los corredores rápidos que juegan a lo seguro para quienes una ganancia siempre es una ganancia que debe tomarse.
Todo lo que tuve que hacer después de eso fue repetir el proceso; comprando y vendiendo alternativamente; pero siempre trabajando más alto.
A veces, después de haber tomado todas las acciones que estaban a la venta, vale la pena subir el precio bruscamente, tener lo que podría llamarse pequeñas ráfagas alcistas en la acción que está manipulando. Es una excelente publicidad, porque hace hablar y también trae tanto a los operadores profesionales como a esa parte del público especulador a la que le gusta la acción. Es, creo, una gran parte. Hice eso en Imperial Steel, y cualquier demanda que se creara por esos arranques la satisfice. Mis ventas siempre mantuvieron el movimiento ascendente dentro de límites tanto en extensión como en velocidad. Al comprar en el camino hacia abajo y vender en el camino hacia arriba, estaba haciendo más que marcar el precio: estaba desarrollando la comerciabilidad de Imperial Steel.
Después de que comencé mis operaciones en ella, nunca hubo un momento en el que un hombre no pudiera comprar o vender la acción libremente; quiero decir con esto, comprar o vender una cantidad razonable sin causar fluctuaciones excesivamente violentas en el precio. El miedo a quedarse en la estacada si compraba, o a ser exprimido hasta la muerte si vendía, había desaparecido. La difusión gradual entre los profesionales y el público de la creencia en la permanencia del mercado para Imperial Steel tuvo mucho que ver en la creación de confianza en el movimiento; y, por supuesto, la actividad también puso fin a muchas otras objeciones. El resultado fue que, después de comprar y vender una buena cantidad de miles de acciones, logré que las acciones se vendieran a la par. A cien dólares por acción, todo el mundo quería comprar Imperial Steel. ¿Por qué no? Todo el mundo sabía ya que era una buena acción; que había sido y seguía siendo una ganga. La prueba era el alza. Una acción que podía subir treinta puntos desde los 70 podía subir otros treinta desde la par. Esa es la forma en que muchos argumentaban.
En el transcurso de marcar el precio esos treinta puntos, acumulé solo siete mil acciones. El precio en esta línea me promedió casi exactamente 85. Eso significaba un beneficio de quince puntos en ella; pero, por supuesto, mi beneficio total, aún sobre el papel, era mucho mayor. Era un beneficio lo suficientemente seguro, pues tenía un mercado para todo lo que quería vender. La acción se vendería más alto mediante una manipulación juiciosa y yo tenía opciones escalonadas sobre cien mil acciones, comenzando en 70 y terminando en 100.
Las circunstancias me impidieron llevar a cabo ciertos planes míos para convertir mis beneficios sobre el papel en dinero contante y sonante. Había sido, si yo mismo lo digo, una hermosa pieza de manipulación, estrictamente legítima y merecidamente exitosa. La propiedad de la compañía era valiosa y la acción no estaba cara al precio más alto. Uno de los miembros del sindicato original desarrolló el deseo de asegurar el control de la propiedad: una destacada casa bancaria con amplios recursos. El control de una empresa próspera y en crecimiento como la Imperial Steel Corporation es posiblemente más valioso para una firma bancaria que para inversores individuales. En cualquier caso, esta firma me hizo una oferta por todas mis opciones sobre la acción. Significaba un beneficio enorme para mí, y la acepté al instante. Siempre estoy dispuesto a vender cuando puedo hacerlo de una vez con un buen beneficio. Estaba muy contento con lo que saqué de ello.
Antes de deshacerme de mis opciones sobre las cien mil acciones, supe que estos banqueros habían empleado a más expertos para realizar un examen aún más exhaustivo de la propiedad. Sus informes mostraron lo suficiente como para traerme la oferta que recibí. Conservé varios miles de acciones para inversión. Creo en ellas.
No hubo nada en mi manipulación de Imperial Steel que no fuera normal y sólido. Mientras el precio subía con mis compras, sabía que estaba bien. La acción nunca se vio inundada, como a veces le ocurre a una acción. Cuando descubres que no responde adecuadamente a tus compras, no necesitas un consejo mejor para vender. Sabes que si una acción tiene algún valor y las condiciones generales del mercado son correctas, siempre puedes llevarla de nuevo a la normalidad después de una caída, sin importar si es de veinte puntos. Pero nunca tuve que hacer nada parecido en Imperial Steel.
En mi manipulación de acciones, nunca pierdo de vista los principios básicos de negociación. Quizás te preguntes por qué repito esto o por qué sigo insistiendo en el hecho de que nunca discuto con la cinta ni pierdo los estribos ante el mercado debido a su comportamiento. Pensarías, ¿no es así?, que los hombres astutos que han hecho millones en sus propios negocios y, además, han operado con éxito en Wall Street en ocasiones, se darían cuenta de la sabiduría de jugar el juego con sangre fría. Bueno, te sorprendería la frecuencia con la que algunos de nuestros promotores más exitosos se comportan como mujeres irritables porque el mercado no actúa como ellos desean que actúe. Parecen tomarlo como un desaire personal, y proceden a perder dinero perdiendo primero los estribos.
Ha habido muchos chismes sobre un desacuerdo entre John Prentiss y yo. La gente ha sido llevada a esperar una narrativa dramática de un trato en el mercado de valores que salió mal o alguna traición que me costó, o le costó a él, millones; o algo por el estilo. Bueno, no fue así.
Prentiss y yo habíamos sido amigos durante años. Él me había dado en varias ocasiones información que pude utilizar de manera rentable, y yo le había dado consejos que quizás siguió o no. Si lo hizo, ahorró dinero.
Él fue en gran parte fundamental en la organización y promoción de la Petroleum Products Company. Después de un debut en el mercado más o menos exitoso, las condiciones generales cambiaron para peor y la nueva acción no tuvo tan buen desempeño como Prentiss y sus socios habían esperado. Cuando las condiciones básicas dieron un giro para mejor, Prentiss formó un fondo y comenzó a operar en Pete Products.
No puedo decirte nada sobre su técnica. No me dijo cómo trabajaba y yo no se lo pregunté. Pero estaba claro que, a pesar de su experiencia en Wall Street y su indudable astucia, lo que fuera que hizo resultó de poco valor y no le tomó mucho tiempo al fondo descubrir que no podían deshacerse de muchas acciones. Debe haber intentado todo lo que sabía, porque un gerente de fondo no pide ser sustituido por un extraño a menos que se sienta incapaz de la tarea, y eso es lo último que el hombre promedio admite. En cualquier caso, vino a mí y, tras algunos preliminares amistosos, dijo que quería que yo me hiciera cargo del mercado para Pete Products y vendiera las tenencias del fondo, que ascendían a poco más de cien mil acciones. La acción se vendía entre 102 y 103.
El asunto me pareció dudoso y rechacé su propuesta con agradecimiento. Pero insistió en que aceptara. Lo planteó en términos personales, así que al final accedí. Por naturaleza, me disgusta identificarme con empresas en cuyo éxito no puedo sentir confianza, pero también creo que un hombre le debe algo a sus amigos y conocidos. Dije que haría lo mejor que pudiera, pero le confesé que no me sentía muy optimista al respecto y enumeré los factores adversos con los que tendría que lidiar. Pero todo lo que Prentiss dijo a eso fue que no me estaba pidiendo que garantizara millones en beneficios al fondo. Estaba seguro de que si yo tomaba el control, lo haría lo suficientemente bien como para satisfacer a cualquier ser razonable.
Bueno, allí estaba, comprometido a hacer algo en contra de mi propio juicio. Encontré, como temía, un estado de cosas bastante difícil, debido en gran medida a los propios errores de Prentiss mientras manipulaba la acción por cuenta del fondo. Pero el principal factor en mi contra era el tiempo. Estaba convencido de que nos acercábamos rápidamente al final de un ciclo alcista y, por tanto, que la mejora en el mercado, que tanto había alentado a Prentiss, resultaría ser meramente un repunte de corta duración. Temía que el mercado se volviera definitivamente bajista antes de que pudiera lograr mucho con Pete Products. Sin embargo, había dado mi promesa y decidí trabajar tan duro como supiera.
Comencé a subir el precio. Tuve un éxito moderado. Creo que lo llevé hasta 107 más o menos, lo cual era bastante aceptable, e incluso pude vender algunas acciones en el balance. No fue mucho, pero me alegré de no haber aumentado las tenencias del fondo. Había mucha gente fuera del fondo que solo esperaba un pequeño aumento para deshacerse de sus acciones, y yo fui una bendición para ellos. Si las condiciones generales hubieran sido mejores, también lo habría hecho mejor. Fue una lástima que no me llamaran antes. Todo lo que podía hacer ahora, sentía, era salir con la menor pérdida posible para el fondo.
Hice llamar a Prentiss y le comuniqué mis puntos de vista. Pero comenzó a objetar. Entonces le expliqué por qué tomaba la posición que tomaba. Dije: “Prentiss, puedo sentir muy claramente el pulso del mercado. No hay seguimiento en tu acción. No es ningún truco ver exactamente cuál es la reacción del público a mi manipulación. Escucha: cuando Pete Products se hace lo más atractiva posible para los operadores y le das todo el apoyo necesario en todo momento y, a pesar de todo eso, descubres que el público la deja sola, puedes estar seguro de que hay algo mal, no con la acción, sino con el mercado. No tiene absolutamente ningún sentido intentar forzar las cosas. Estás destinado a perder si lo haces. Un gerente de fondo debería estar dispuesto a comprar su propia acción cuando tiene compañía. Pero cuando es el único comprador en el mercado, sería un asno si la comprara. Por cada cinco mil acciones que compro, el público debería estar dispuesto o ser capaz de comprar otras cinco mil. Pero ciertamente no voy a hacer todas las compras. Si lo hiciera, lo único que lograría sería quedarme empantanado con una gran cantidad de acciones a largo plazo que no quiero. Solo hay una cosa que hacer, y es vender. Y la única forma de vender es vender”.
“¿Quieres decir, vender por lo que puedas conseguir?”, preguntó Prentiss.
“¡Correcto!”, dije. Pude ver que se estaba preparando para objetar. “Si tengo que vender las acciones del fondo en absoluto, puedes hacerte a la idea de que el precio va a romper la par y...”
“¡Oh, no! ¡Nunca!”, gritó. Habrías imaginado que le estaba pidiendo que se uniera a un club de suicidas.
“Prentiss”, le dije, “es un principio fundamental de la manipulación de acciones subir una acción para venderla. Pero no vendes al por mayor durante el avance. No puedes. La gran venta se realiza en el camino hacia abajo desde la cima. No puedo subir tu acción a 125 o 130. Me gustaría, pero no se puede hacer. Así que tendrás que comenzar tu venta desde este nivel. En mi opinión, todas las acciones van a bajar, y Petroleum Products no va a ser la excepción. Es mejor que baje ahora con la venta del fondo que que quiebre el próximo mes por la venta de alguien más. Va a bajar de todos modos”.
No veo que dijera nada desgarrador, pero podrías haber escuchado sus aullidos en China. Simplemente no quería escuchar tal cosa. Nunca funcionaría. Arruinaría el historial de la acción, por no hablar de las posibilidades inconvenientes en los bancos donde la acción se mantenía como garantía de préstamos, y así sucesivamente.
Le dije de nuevo que, a mi juicio, nada en el mundo podría evitar que Pete Products cayera quince o veinte puntos, porque todo el mercado se dirigía hacia allí, y una vez más dije que era absurdo esperar que su acción fuera una excepción deslumbrante. Pero, de nuevo, mi charla no sirvió de nada. Insistió en que apoyara la acción.
Aquí había un hombre de negocios astuto, uno de los promotores más exitosos de la época, que había hecho millones en tratos de Wall Street y sabía mucho más que el hombre promedio sobre el juego de la especulación, insistiendo realmente en apoyar una acción en un mercado bajista incipiente. Era su acción, sin duda, pero no dejaba de ser un mal negocio. Tanto es así que iba en contra de mis convicciones y volví a discutir con él. Pero no sirvió de nada. Insistió en poner órdenes de apoyo.
Por supuesto, cuando el mercado general se debilitó y la caída comenzó en serio, Pete Products cayó con el resto. En lugar de vender, realmente compré acciones para el fondo de los iniciados, por órdenes de Prentiss.
La única explicación es que Prentiss no creía que el mercado bajista estuviera justo encima de nosotros. Yo mismo estaba seguro de que el mercado alcista había terminado. Había verificado mi primera suposición mediante pruebas, no solo en Pete Products, sino también en otras acciones. No esperé a que el mercado bajista anunciara su llegada segura antes de empezar a vender. Por supuesto, no vendí ni una acción de Pete Products, aunque estaba corto en otras acciones.
El fondo de Pete Products, como esperaba, se quedó colgado con todo lo que tenían al principio y con todo lo que tuvieron que absorber en su inútil esfuerzo por mantener el precio. Al final, liquidaron; pero a cifras mucho más bajas de las que habrían obtenido si Prentiss me hubiera dejado vender cuando y como yo quería. No podía ser de otra manera. Pero Prentiss todavía piensa que tenía razón, o dice que la tiene. Entiendo que dice que la razón por la que le di el consejo que le di fue que yo estaba corto en otras acciones y que el mercado general estaba subiendo. Implica, por supuesto, que la ruptura en Pete Products que habría resultado de vender las tenencias del fondo a cualquier precio habría ayudado a mi posición bajista en otras acciones.
Todo eso es tontería. Yo no era bajista porque estuviera corto en acciones. Era bajista porque esa era la forma en que evaluaba la situación, y vendí acciones en corto solo después de volverme bajista. Nunca hay mucho dinero en hacer las cosas al revés; no en el mercado de valores. Mi plan para vender las acciones del fondo se basaba en lo que la experiencia de veinte años me decía que era lo único factible y, por tanto, sensato. Prentiss debería haber sido lo suficientemente comerciante como para verlo tan claramente como yo. Era demasiado tarde para intentar hacer cualquier otra cosa.
Supongo que Prentiss comparte la ilusión de miles de externos que piensan que un manipulador puede hacer cualquier cosa. No puede. Lo más importante que hizo Keene fue su manipulación de las acciones ordinarias y preferentes de U.S. Steel en la primavera de 1901. Triunfó no porque fuera inteligente y lleno de recursos, y no porque tuviera un sindicato de los hombres más ricos del país detrás de él. Triunfó en parte por esas razones, pero principalmente porque el mercado general era el correcto y el estado de ánimo del público era el correcto.
No es un buen negocio que un hombre actúe en contra de las enseñanzas de la experiencia y en contra del sentido común. Pero los ingenuos en Wall Street no son todos externos. La queja de Prentiss contra mí es lo que te acabo de contar. Se siente resentido porque hice mi manipulación no como yo quería, sino como él me pidió que lo hiciera.
No hay nada misterioso, solapado o torcido en una manipulación diseñada para vender acciones al por mayor, siempre que tales operaciones no vayan acompañadas de tergiversaciones deliberadas. Una manipulación sólida debe basarse en principios de negociación sólidos. La gente pone mucho énfasis en las prácticas de la vieja escuela, como las ventas ficticias (wash sales). Pero puedo asegurarte que la mera mecánica del engaño cuenta muy poco. La diferencia entre la manipulación del mercado de valores y la venta de acciones y bonos en el mercado extrabursátil radica en el carácter de la clientela más que en el carácter de la oferta. J. P. Morgan & Co. venden una emisión de bonos al público; es decir, a los inversores. Un manipulador se deshace de un bloque de acciones ante el público; es decir, ante los especuladores. Un inversor busca seguridad, la permanencia del rendimiento del interés sobre el capital que invierte. El especulador busca un beneficio rápido.
El manipulador encuentra necesariamente su mercado principal entre los especuladores, que están dispuestos a correr un riesgo comercial mayor de lo normal siempre que tengan una posibilidad razonable de obtener un gran rendimiento de su capital. Yo mismo nunca he creído en las apuestas a ciegas. Puedo invertir grandes sumas o comprar cien acciones. Pero en cualquier caso, debo tener una razón para lo que hago.
Recuerdo claramente cómo entré en el juego de la manipulación; es decir, en la comercialización de acciones para otros. Me da placer recordarlo porque muestra maravillosamente la actitud profesional de Wall Street hacia las operaciones en el mercado de valores. Sucedió después de que yo hubiera “regresado”; es decir, después de que mi operación con Bethlehem Steel en 1915 me pusiera en el camino hacia la recuperación financiera.
Operaba con bastante constancia y tuve mucha suerte. Nunca he buscado la publicidad de los periódicos, pero tampoco me he desvivido por ocultarme. Al mismo tiempo, sabes que el Wall Street profesional exagera tanto los éxitos como los fracasos de cualquier operador que resulte estar activo; y, por supuesto, los periódicos se enteran de él y publican rumores. He estado en bancarrota tantas veces, según los chismes, o he ganado tantos millones, según las mismas autoridades, que mi única reacción ante tales informes es preguntarme cómo y dónde nacen. ¡Y cómo crecen! He tenido un amigo corredor tras otro trayéndome la misma historia, un poco cambiada cada vez, mejorada, más circunstancial.
Todo este prefacio es para contarte cómo llegué por primera vez a emprender la manipulación de una acción para otra persona. Las historias que publicaron los periódicos sobre cómo había pagado en su totalidad los millones que debía hicieron el truco. Mis inversiones y mis ganancias fueron tan magnificadas por los periódicos que se habló de mí en Wall Street. El día en que un operador moviendo una línea de doscientas mil acciones podía dominar el mercado ya había pasado. Pero, como sabes, el público siempre desea encontrar sucesores a los viejos líderes. Fue la reputación del Sr. Keene como un hábil operador bursátil, un ganador de millones por su propia cuenta, lo que hizo que los promotores y las casas bancarias acudieran a él para vender grandes bloques de valores. En resumen, sus servicios como manipulador tenían demanda debido a las historias que la Calle había oído sobre sus éxitos anteriores como comerciante.
Pero Keene se había ido, había pasado a ese cielo donde una vez dijo que no se quedaría ni un momento a menos que encontrara a Sysonby allí esperándolo. Otros dos o tres hombres que hicieron historia en el mercado de valores durante unos meses habían recaído en la oscuridad de una inactividad prolongada. Me refiero particularmente a algunos de esos occidentales que se arriesgaban y que llegaron a Wall Street en 1901 y, después de hacer muchos millones con sus tenencias de acero, permanecieron en Wall Street. Eran en realidad superpromotores más que operadores del tipo de Keene. Pero eran extremadamente capaces, extremadamente ricos y extremadamente exitosos con los valores de las compañías que ellos y sus amigos controlaban. Realmente no eran grandes manipuladores, como Keene o el Gobernador Flower. Aún así, la Calle encontraba en ellos mucho de qué chismear y ciertamente tenían seguidores entre los profesionales y las casas de corretaje más deportivas. Después de que dejaron de operar activamente, la Calle se encontró sin manipuladores; al menos, no podía leer sobre ellos en los periódicos.
Recuerdas el gran mercado alcista que comenzó cuando la Bolsa de Valores reanudó sus actividades en 1915. A medida que el mercado se amplió y las compras de los Aliados en este país ascendieron a miles de millones, entramos en un auge. En lo que respecta a la manipulación, no fue necesario que nadie moviera un dedo para crear un mercado ilimitado para una novia de guerra. Decenas de hombres ganaron millones capitalizando contratos o incluso promesas de contratos. Se convirtieron en promotores exitosos, ya sea con la ayuda de banqueros amigos o sacando sus compañías al mercado Curb. El público compraba cualquier cosa que estuviera adecuadamente promocionada.
Cuando el auge perdió su esplendor, algunos de estos promotores se encontraron necesitados de ayuda de expertos en ventas de acciones. Cuando el público está colgado con todo tipo de valores, algunos de ellos comprados a precios más altos, no es una tarea fácil deshacerse de acciones no probadas. *Después de un auge, el público está convencido de que nada va a subir. No es que los compradores se vuelvan más exigentes, sino que la compra a ciegas ha terminado. Es el estado de ánimo lo que ha cambiado. Los precios ni siquiera tienen que bajar para que la gente sea pesimista. Basta con que el mercado se vuelva aburrido y permanezca así durante un tiempo.*
En cada auge se forman empresas principalmente, si no exclusivamente, para aprovechar el apetito del público por toda clase de acciones. También hay promociones tardías. La razón por la que los promotores cometen ese error es que, siendo humanos, no desean ver el final del auge. Además, es buen negocio arriesgarse cuando el beneficio posible es suficientemente grande. *La cima nunca se ve cuando la visión está viciada por la esperanza.* El hombre promedio ve una acción que nadie quería a doce o catorce dólares por título avanzar de repente hasta treinta —lo que seguramente es la cima— hasta que sube a cincuenta. Ese es absolutamente el final del ascenso. Entonces llega a sesenta; a setenta; a setenta y cinco. Se convierte entonces en una certeza que esta acción, que hace unas semanas se vendía por menos de quince, no puede subir más. Pero llega a ochenta; y a ochenta y cinco. Ante lo cual, el hombre promedio, que nunca piensa en valores sino en precios, y cuyas acciones no están gobernadas por las condiciones sino por los miedos, toma el camino más fácil: deja de pensar que debe haber un límite a los avances. Es por eso que aquellos forasteros que son lo suficientemente sabios como para no comprar en la cima compensan esto al no tomar ganancias. El gran dinero en los auges lo gana siempre primero el público, sobre el papel. Y permanece sobre el papel.
XXII
Un día, Jim Barnes, quien no solo era uno de mis principales corredores sino también un amigo íntimo, me visitó. Dijo que quería que le hiciera un gran favor. Nunca antes me había hablado de esa manera, así que le pedí que me dijera cuál era el favor, esperando que fuera algo que pudiera hacer, pues ciertamente deseaba complacerlo. Entonces me contó que su firma estaba interesada en cierta acción; de hecho, habían sido los principales promotores de la compañía y habían colocado la mayor parte de las acciones. Habían surgido circunstancias que hacían imperativo para ellos comercializar un bloque bastante grande. Jim quería que yo me encargara de realizar la comercialización por él. La acción era Consolidated Stove.
No deseaba tener nada que ver con ello por varias razones. Pero Barnes, con quien yo tenía ciertas obligaciones, insistió en el aspecto de favor personal del asunto, lo cual era lo único que podía vencer mis objeciones. Era un buen tipo, un amigo, y su firma, según deduje, estaba bastante comprometida, así que al final accedí a hacer lo que pudiera.
Siempre me ha parecido que el punto de diferencia más pintoresco entre el auge de la guerra y otros auges fue el papel que desempeñó un tipo nuevo en los asuntos del mercado bursátil: el banquero joven.
El auge fue estupendo y sus orígenes y causas eran claramente comprensibles para todos. Pero, al mismo tiempo, los bancos y compañías fiduciarias más grandes del país ciertamente hicieron todo lo que pudieron para ayudar a convertir en millonarios de la noche a la mañana a toda clase y condición de promotores y fabricantes de municiones. Se llegó al punto en que todo lo que un hombre tenía que hacer era decir que tenía un amigo que era amigo de un miembro de una de las comisiones aliadas y se le ofrecería todo el capital necesario para llevar a cabo los contratos que aún no había conseguido. Solía escuchar historias increíbles de empleados que se convertían en presidentes de compañías que hacían negocios de millones de dólares con dinero prestado de confiadas compañías fiduciarias, y de contratos que dejaban un rastro de ganancias a medida que pasaban de mano en mano. Un torrente de oro estaba entrando a este país desde Europa y los bancos tenían que encontrar formas de retenerlo.
La forma en que se hacían los negocios pudo haber sido vista con recelo por los viejos, pero no parecía haber tantos de ellos por ahí. La moda de los presidentes de bancos de cabello cano estaba muy bien en tiempos tranquilos, pero la juventud era la principal cualificación en estos tiempos extenuantes. Los bancos ciertamente obtuvieron ganancias enormes.
Jim Barnes y sus socios, disfrutando de la amistad y confianza del joven presidente del Marshall National Bank, decidieron consolidar tres conocidas compañías de estufas y vender las acciones de la nueva compañía al público que durante meses había estado comprando cualquier cosa vieja en forma de certificados de acciones grabados.
Un problema era que el negocio de las estufas era tan próspero que las tres compañías estaban ganando dividendos sobre sus acciones comunes por primera vez en su historia. Sus principales accionistas no deseaban desprenderse del control. Había un buen mercado para sus acciones en el Curb; y habían vendido tanto como querían desprenderse y estaban contentos con las cosas como estaban. Su capitalización individual era demasiado pequeña para justificar grandes movimientos de mercado, y ahí es donde entraba la firma de Jim Barnes. Señaló que la compañía consolidada debía ser lo suficientemente grande para cotizar en la Bolsa de Valores, donde las nuevas acciones podrían hacerse más valiosas que las viejas. Es un viejo truco en Wall Street: cambiar el color de los certificados para hacerlos más valiosos. Digamos que una acción deja de ser fácilmente vendible en tiempo de guerra. Bien, a veces, al cuadruplicar la acción, se puede lograr que las nuevas acciones se vendan a 30 o 35. Esto equivale a 120 o 140 para la acción vieja, una cifra que nunca podría haber alcanzado.
Parece que Barnes y sus socios lograron inducir a algunos de sus amigos que poseían especulativamente algunos bloques de Gray Stove Company —una gran empresa— a entrar en la consolidación sobre la base de cuatro acciones de Consolidated por cada acción de Gray. Luego, Midland y Western siguieron a su hermana mayor y entraron sobre la base de una acción por otra. Las de estas se habían cotizado en el Curb alrededor de 25 a 30, y la Gray, que era más conocida y pagaba dividendos, se mantenía alrededor de 125.
Para recaudar el dinero para comprar a aquellos accionistas que insistían en vender por efectivo, y también para proporcionar capital de trabajo adicional para mejoras y gastos de promoción, se hizo necesario recaudar unos pocos millones. Así que Barnes vio al presidente de su banco, quien amablemente prestó a su sindicato tres millones quinientos mil dólares. La garantía eran cien mil acciones de la corporación recién organizada. El sindicato aseguró al presidente, o eso me dijeron, que el precio no bajaría de 50. Sería un trato muy rentable ya que había un gran valor allí.
El primer error de los promotores fue en la cuestión de la oportunidad. El mercado había alcanzado el punto de saturación para las nuevas emisiones de acciones, y ellos deberían haberlo visto. Pero incluso entonces podrían haber obtenido una ganancia justa después de todo si no hubieran intentado duplicar los beneficios irrazonables que otros promotores habían obtenido en el punto más alto del auge.
Ahora, no debe llevarse la idea de que Jim Barnes y sus socios eran tontos o niños inexpertos. Eran hombres astutos. Todos ellos estaban familiarizados con los métodos de Wall Street y algunos de ellos eran operadores bursátiles excepcionalmente exitosos. Pero hicieron algo más que simplemente sobreestimar la capacidad de compra del público. Después de todo, esa capacidad era algo que solo podían determinar mediante pruebas reales. Donde se equivocaron de manera más costosa fue al esperar que el mercado alcista durara más de lo que duró. Supongo que la razón fue que estos mismos hombres habían tenido un éxito tan grande y particularmente tan rápido que no dudaron de que habrían terminado con el trato antes de que el mercado alcista cambiara. Todos eran bien conocidos y tenían un seguimiento considerable entre los operadores profesionales y las casas de cable.
El trato fue extremadamente bien publicitado. Los periódicos ciertamente fueron generosos con su espacio. Las empresas más antiguas estaban identificadas con la industria de estufas de Estados Unidos y sus productos eran conocidos en todo el mundo. Fue una amalgama patriótica y hubo un montón de literatura en los periódicos diarios sobre las conquistas mundiales. Los mercados de Asia, África y Sudamérica estaban prácticamente asegurados.
Los directores de la compañía eran todos hombres cuyos nombres eran familiares para todos los lectores de las páginas financieras. El trabajo de publicidad fue tan bien manejado y las promesas de los iniciados anónimos sobre lo que el precio iba a hacer fueron tan definitivas y convincentes que se creó una gran demanda para la nueva acción. El resultado fue que, cuando se cerraron los libros, se descubrió que la acción que se ofrecía al público a cincuenta dólares por título había sido sobresuscrita en un 25 por ciento.
¡Piénselo! Lo mejor que los promotores deberían haber esperado era lograr vender la nueva acción a ese precio después de semanas de trabajo y después de elevar el precio a 75 o más para promediar 50. Aun así, significaba un avance de cerca del 100 por ciento en los precios viejos de las acciones de las compañías constituyentes. Esa fue la crisis y no la enfrentaron como debería haberse enfrentado. Le muestra que cada negocio tiene sus propias necesidades. La sabiduría general es menos valiosa que el conocimiento específico. Los promotores, encantados por la sobresuscripción inesperada, concluyeron que el público estaba listo para pagar cualquier precio por cualquier cantidad de esa acción. Y fueron realmente lo suficientemente estúpidos como para asignar menos acciones de las necesarias. Después de que los promotores se decidieron a ser codiciosos, deberían haber intentado ser codiciosos de manera inteligente.
Lo que deberían haber hecho, por supuesto, era asignar la acción en su totalidad. Eso los habría dejado en descubierto hasta el 25 por ciento del monto total ofrecido para suscripción al público, y eso, por supuesto, les habría permitido apoyar la acción cuando fuera necesario y sin costo para ellos mismos. Sin ningún esfuerzo de su parte, habrían estado en la fuerte posición estratégica en la que siempre intento encontrarme cuando estoy manipulando una acción. Podrían haber evitado que el precio cayera, inspirando así confianza en la estabilidad de la nueva acción y en el sindicato de suscripción detrás de ella. Deberían haber recordado que su trabajo no terminó cuando vendieron la acción ofrecida al público. Eso era solo una parte de lo que tenían que comercializar.
Pensaron que habían sido muy exitosos, pero no pasó mucho tiempo antes de que las consecuencias de sus dos errores capitales se hicieran evidentes. El público no compró más de la nueva acción porque todo el mercado desarrolló tendencias reaccionarias. Los iniciados se acobardaron y no apoyaron a Consolidated Stove; y si los iniciados no compran sus propias acciones en los retrocesos, ¿quién debería hacerlo? La ausencia de apoyo interno es generalmente aceptada como un muy buen consejo de venta.
No hay necesidad de entrar en detalles estadísticos. El precio de Consolidated Stove fluctuó con el resto del mercado, pero nunca subió por encima de las cotizaciones iniciales del mercado, que eran solo una fracción por encima de 50. Barnes y sus amigos al final tuvieron que entrar como compradores para mantenerla por encima de 40. No haber apoyado esa acción al inicio de su carrera en el mercado fue lamentable. Pero no haber vendido toda la acción por la que el público se suscribió fue mucho peor.
En cualquier caso, la acción fue debidamente listada en la Bolsa de Valores de Nueva York y su precio siguió cayendo hasta que nominalmente se situó en 37. Y se mantuvo allí porque Jim Barnes y sus socios tuvieron que mantenerla ahí debido a que su banco les había prestado treinta y cinco dólares por acción sobre cien mil acciones. Si el banco alguna vez intentaba liquidar ese préstamo, no había forma de saber a qué precio se desplomaría. El público que había estado ansioso por comprarla a 50, ahora no la quería a 37, y probablemente no la querría a 27.
Con el paso del tiempo, los excesos de los bancos en materia de extensiones de crédito hicieron pensar a la gente. El día del banquero joven había terminado. El negocio bancario parecía estar al borde de recaer repentinamente en el conservadurismo. Ahora se pedía a los amigos íntimos que pagaran los préstamos, como si nunca hubieran jugado al golf con el presidente.
No hubo necesidad de amenazar por parte del prestamista ni de rogar por más tiempo por parte del prestatario. La situación era altamente incómoda para ambos. El banco, por ejemplo, con el que mi amigo Jim Barnes hacía negocios, todavía estaba bien dispuesto. Pero era un caso de "¡Por el amor de Dios, paguen ese préstamo o estaremos todos en un lío terrible!".
La naturaleza del lío y sus posibilidades explosivas fueron suficientes para hacer que Jim Barnes viniera a mí a pedirme que vendiera las cien mil acciones por lo suficiente para pagar el préstamo de tres millones quinientos mil dólares del banco. Jim ya no esperaba obtener una ganancia con esa acción. Si el sindicato solo tenía una pequeña pérdida en ella, estarían más que agradecidos.
Parecía una tarea desesperada. El mercado general no estaba ni activo ni fuerte, aunque a veces había repuntes, cuando todos se animaban e intentaban creer que el ciclo alcista estaba a punto de reanudarse.
La respuesta que le di a Barnes fue que examinaría el asunto y le haría saber bajo qué condiciones emprendería el trabajo. Bien, lo examiné. No analicé el último informe anual de la compañía. Mis estudios se limitaron a las fases de mercado bursátil del problema. No iba a promocionar la acción por un alza basada en sus ganancias o sus perspectivas, sino a disponer de ese bloque en el mercado abierto. Todo lo que consideré fue qué debería, podría o podría ayudar o entorpecerme en esa tarea.
Descubrí, por una parte, que había demasiadas acciones en manos de muy pocas personas; es decir, demasiadas para la seguridad y mucho más de lo necesario para la comodidad. Clifton P. Kane & Co., banqueros y corredores, miembros de la Bolsa de Valores de Nueva York, tenían setenta mil acciones. Eran amigos íntimos de Barnes y habían sido influyentes en efectuar la consolidación, ya que se habían especializado en acciones de estufas durante años. Sus clientes habían sido incluidos en el buen negocio. El exsenador Samuel Gordon, quien era el socio especial en la firma de sus sobrinos, Gordon Bros., era el dueño de un segundo bloque de setenta mil acciones; y el famoso Joshua Wolff tenía sesenta mil acciones. Esto hacía un total de doscientas mil acciones de Consolidated Stove en manos de este puñado de veteranos profesionales de Wall Street. No necesitaban a ninguna persona amable que les dijera cuándo vender sus acciones. Si yo hacía algo en la línea de manipulación calculado para atraer la compra del público, es decir, si hacía que la acción fuera fuerte y activa, podía ver a Kane, Gordon y Wolff descargando, y no en dosis homeopáticas precisamente. La visión de sus doscientas mil acciones cayendo como el Niágara al mercado no era exactamente fascinante. No olviden que lo mejor del movimiento alcista ya había pasado y que ninguna demanda abrumadora iba a ser fabricada por mis operaciones, por muy hábilmente que fueran conducidas. Jim Barnes no tenía ilusiones sobre el trabajo que estaba eludiendo modestamente en mi favor. Me había dado una acción anegada para vender en un mercado alcista que estaba a punto de dar su último aliento. Por supuesto, no hubo charla en los periódicos sobre el final del mercado alcista, pero yo lo sabía, y Jim Barnes lo sabía, y pueden apostar que el banco lo sabía.
Aun así, le había dado mi palabra a Jim, así que envié a buscar a Kane, Gordon y Wolff. Sus doscientas mil acciones eran la espada de Damocles. Pensé que me gustaría sustituir el cabello por una cadena de acero. La forma más fácil, me pareció, era mediante algún tipo de acuerdo de reciprocidad. Si me ayudaban pasivamente manteniéndose al margen mientras yo vendía las cien mil acciones del banco, yo los ayudaría activamente intentando crear un mercado para que todos nosotros pudiéramos descargar. Tal como estaban las cosas, no podían vender ni una décima parte de sus tenencias sin que Consolidated Stove se desplomara, y lo sabían tan bien que nunca habían soñado con intentarlo. Todo lo que les pedí fue juicio al programar la venta y un desinterés inteligente para no ser egoístas de manera poco inteligente. Nunca paga ser un perro del hortelano en Wall Street o en cualquier otro lugar. Deseaba convencerlos de que una descarga prematura o mal considerada impediría la descarga completa. El tiempo apremiaba.
Esperaba que mi propuesta les atrajera porque eran hombres experimentados de Wall Street y no tenían ilusiones sobre la demanda real de Consolidated Stove. Clifton P. Kane era el jefe de una próspera casa de comisiones con sucursales en once ciudades y cientos de clientes. Su firma había actuado como gerente para más de un grupo en el pasado.
El senador Gordon, quien poseía setenta mil acciones, era un hombre extremadamente rico. Su nombre era tan familiar para los lectores de la prensa metropolitana como si hubiera sido demandado por ruptura de promesa por una manicurista de dieciséis años que poseía un abrigo de visón de cinco mil dólares y ciento treinta y dos cartas del demandado. Había iniciado a sus sobrinos en el negocio como corredores y era socio especial en su firma. Había participado en docenas de grupos. Había heredado una gran participación en la Midland Stove Company y obtuvo cien mil acciones de Consolidated Stove por ello. Había estado cargando lo suficiente como para ignorar los salvajes consejos alcistas de Jim Barnes y había cobrado treinta mil acciones antes de que el mercado se agotara para él. Le dijo a un amigo más tarde que habría vendido más, pero los otros grandes tenedores, que eran viejos y amigos íntimos, le rogaron que no vendiera más, y por consideración hacia ellos se detuvo. Además de lo cual, como dije, no tenía mercado en el cual descargar.
El tercer hombre era Joshua Wolff. Probablemente era el más conocido de todos los operadores. Durante veinte años todos lo habían conocido como uno de los apostadores en el piso. Al pujar por acciones u ofrecerlas a la baja, pocos tenían igual, pues diez o veinte mil acciones no significaban más para él que doscientas o trescientas. Antes de venir a Nueva York, había oído hablar de él como un apostador. Entonces andaba con una camarilla deportiva que jugaba un juego sin límites, ya fuera en la pista de carreras o en el mercado de valores.
Solían acusarlo de no ser más que un jugador, pero tenía una habilidad real y una aptitud fuertemente desarrollada para el juego especulativo. Al mismo tiempo, su reputada indiferencia por las actividades intelectuales lo convirtió en el héroe de innumerables anécdotas. Una de las historias más difundidas era que Joshua fue invitado a lo que él llamaba una cena elegante y, por un descuido de la anfitriona, varios de los otros invitados comenzaron a discutir sobre literatura antes de que pudieran ser detenidos.
Una chica que estaba sentada junto a Josh y no lo había oído usar su boca excepto para fines de masticación, se volvió hacia él y, pareciendo ansiosa por escuchar la opinión del gran financiero, le preguntó: "Oh, Sr. Wolff, ¿qué piensa de Balzac?".
Josh dejó de masticar educadamente, tragó y respondió: "¡Nunca opero con esas acciones del Curb!".
Tales eran los tres mayores tenedores individuales de Consolidated Stove. Cuando vinieron a verme, les dije que si formaban un sindicato para poner algo de efectivo y me daban una opción sobre sus acciones un poco por encima del mercado, haría lo que pudiera para crear un mercado. Me preguntaron prontamente cuánto dinero se requeriría.
Respondí: "Llevan mucho tiempo con esas acciones y no pueden hacer nada con ellas. Entre los tres tienen doscientas mil acciones, y saben muy bien que no tienen la menor posibilidad de deshacerse de ellas a menos que creen un mercado para las mismas. Tiene que ser un mercado capaz de absorber lo que tienen para ofrecer, y será prudente tener suficiente efectivo para pagar cualquier acción que sea necesario comprar al principio. No sirve de nada empezar y luego tener que parar porque no hay suficiente dinero. Sugiero que formen un sindicato y recauden seis millones en efectivo. Luego, denle al sindicato una opción de compra sobre sus doscientas mil acciones a 40 y pongan todas sus acciones en depósito. Si todo sale bien, ustedes, muchachos, se desharán de su lastre y el sindicato ganará algo de dinero".
Como les dije antes, había todo tipo de rumores sobre mis ganancias en el mercado de valores. Supongo que eso ayudó, porque nada tiene tanto éxito como el éxito. En cualquier caso, no tuve que dar muchas explicaciones a estos muchachos. Sabían exactamente hasta dónde llegarían si intentaban jugar por su cuenta. Pensaron que mi plan era bueno. Cuando se fueron, dijeron que formarían el sindicato de inmediato.
No tuvieron muchos problemas para convencer a muchos de sus amigos de que se unieran a ellos. Supongo que hablaron con más seguridad que yo sobre las ganancias del sindicato. Por lo que oí, realmente lo creían, así que no fueron consejos carentes de escrúpulos. En cualquier caso, el sindicato se formó en un par de días. Kane, Gordon y Wolff dieron opciones de compra sobre las doscientas mil acciones a 40 y me aseguré de que las acciones mismas se depositaran en custodia, para que ninguna saliera al mercado si yo subía el precio. Tenía que protegerme. Más de un trato prometedor no ha resultado como se esperaba porque los miembros del grupo o cártel no mantuvieron la confianza entre sí. El perro no tiene prejuicios absurdos contra comer perro en Wall Street. En el momento en que salió la segunda American Steel and Wire Company, los iniciados se acusaron unos a otros de falta de palabra y de intentar vender sus posiciones. Había existido un acuerdo de caballeros entre John W. Gates y sus compinches y los Seligman y sus asociados bancarios. Bueno, escuché a alguien en una oficina de corretaje recitar esta cuarteta, que se decía compuesta por John W. Gates:
*La tarántula saltó sobre el lomo del ciempiés* *Y soltó una carcajada con alegría macabra:* *"Envenenaré a este asesino hijo de mala madre.* *¡Si no lo hago, él me envenenará a mí!"*
Ojo, no pretendo ni por un momento insinuar que alguno de mis amigos en Wall Street llegaría a soñar con traicionarme en una operación bursátil. Pero, por principios generales, es mejor estar preparado para todas y cada una de las eventualidades. Es puro sentido común.
Después de que Wolff, Kane y Gordon me dijeron que habían formado su sindicato para depositar seis millones en efectivo, no me quedaba más que esperar a que llegara el dinero. Había insistido en la necesidad vital de darse prisa. Sin embargo, el dinero llegaba a cuentagotas. Creo que tomó cuatro o cinco plazos. No sé cuál fue la razón, pero recuerdo que tuve que enviar una llamada de socorro a Wolff, Kane y Gordon.
Esa tarde recibí algunos cheques grandes que elevaron el efectivo en mi poder a unos cuatro millones de dólares y la promesa del resto en un día o dos. Empezaba a parecer que el sindicato podría hacer algo antes de que pasara el mercado alcista. En el mejor de los casos no sería fácil, y cuanto antes empezara a trabajar, mejor. El público no había mostrado mucho interés en nuevos movimientos de mercado en acciones inactivas. Pero un hombre podía hacer mucho para despertar interés en cualquier acción con cuatro millones en efectivo. Era suficiente para absorber todas las ofertas probables. Si el tiempo apremiaba, como había dicho, no tenía sentido esperar a los otros dos millones. Cuanto antes llegara la acción a 50, mejor para el sindicato. Eso era obvio.
A la mañana siguiente, en la apertura, me sorprendió ver que había transacciones inusualmente intensas en Consolidated Stove. Como les dije antes, la acción había estado estancada durante meses. El precio se había fijado en 37, y Jim Barnes se encargaba bien de no dejar que bajara más debido al gran préstamo bancario a 35. Pero en cuanto a subir, esperaría ver al Peñón de Gibraltar bailando el shimmy a través del estrecho antes que ver a Consolidated Stove subir en la cinta.
Bueno, señor, esa mañana hubo bastante demanda de la acción y el precio subió a 39. En la primera hora de negociación, las transacciones fueron más pesadas que en todo el medio año anterior. Fue la sensación del día y afectó al alza a todo el mercado. Más tarde supe que no se hablaba de otra cosa en las salas de clientes de las casas de corretaje.
No sabía qué significaba, pero no me molestó ver a Consolidated Stove animarse. Por regla general, no tengo que preguntar sobre ningún movimiento inusual en ninguna acción porque mis amigos en el parqué —corredores que hacen negocios para mí, así como amigos personales entre los operadores de sala— me mantienen informado. Asumen que me gustaría saberlo y me llaman por teléfono con cualquier noticia o chisme que recojan. Ese día, todo lo que escuché fue que había una compra indudable de iniciados en Consolidated Stove. No hubo "lavado" de acciones. Todo era genuino. Los compradores tomaron todas las ofertas de 37 a 39 y, cuando se les importunó por razones o se les rogó por un consejo, se negaron rotundamente a dar alguno. Esto hizo que los astutos y vigilantes operadores concluyeran que se estaba gestando algo; algo grande. Cuando una acción sube por compras de iniciados que se niegan a animar al mundo en general a seguir su ejemplo, los sabuesos del teletipo comienzan a preguntarse en voz alta cuándo se dará el aviso oficial.
Yo no hice nada. Observé, me pregunté y seguí el rastro de las transacciones. Pero al día siguiente, la compra no solo fue mayor en volumen, sino más agresiva en carácter. Las órdenes de venta que habían estado en los libros de los especialistas durante meses por encima del precio fijado de 37 fueron absorbidas sin problemas, y no llegaron suficientes órdenes de venta nuevas para frenar el ascenso. Naturalmente, el precio subió. Cruzó los 40. Poco después tocó los 42.
En el momento en que tocó esa cifra, sentí que estaba justificado empezar a vender las acciones que el banco tenía como garantía. Por supuesto, calculé que el precio bajaría con mis ventas, pero si mi promedio en toda la línea era de 37, no tendría de qué quejarme. Sabía cuánto valía la acción y me había hecho una idea de su vendibilidad tras meses de inactividad. Bueno, señor, les dejé las acciones con cuidado hasta que me deshice de treinta mil. ¡Y el avance no se detuvo!
Esa tarde me dijeron la razón de aquel oportuno pero desconcertante ascenso. Parece que a los operadores de sala les habían dado el aviso después del cierre de la noche anterior y también a la mañana siguiente antes de la apertura: que yo estaba alcista como un demonio en Consolidated Stove y que iba a disparar el precio quince o veinte puntos sin reacción, como era mi costumbre —es decir, mi costumbre según la gente que nunca llevó mis libros—. El principal informante no era otro que Joshua Wolff. Fue su propia compra interna la que inició el ascenso del día anterior. Sus compinches entre los operadores de sala estaban más que dispuestos a seguir su consejo, pues él sabía demasiado como para dar malas indicaciones a sus compañeros.
De hecho, no había tantas acciones presionando el mercado como se temía. Consideren que yo había inmovilizado trescientas mil acciones y se darán cuenta de que los viejos temores estaban bien fundados. Resultó ser menos trabajo del que había previsto subir la acción. Después de todo, el gobernador Flower tenía razón. Siempre que se le acusaba de manipular las especialidades de su firma, como Chicago Gas, Federal Steel o B. R. T., solía decir: "La única forma que conozco de hacer que una acción suba es comprarla". Esa era también la única forma que conocían los operadores de sala, y el precio respondió.
Al día siguiente, antes del desayuno, leí en los periódicos matutinos lo que leyeron miles y lo que indudablemente se envió por cable a cientos de sucursales y oficinas fuera de la ciudad, y era que Larry Livingston estaba a punto de comenzar operaciones alcistas activas en Consolidated Stove. Los detalles adicionales diferían. Una versión decía que yo había formado un grupo de iniciados y que iba a castigar al interés bajista excesivamente extendido. Otra insinuaba anuncios de dividendos en un futuro próximo. Otra recordaba al mundo que lo que yo solía hacer con una acción en la que estaba alcista era algo para recordar. Otra más acusaba a la empresa de ocultar sus activos para permitir la acumulación por parte de los iniciados. Y todas coincidían en que la subida apenas había comenzado.
Para cuando llegué a mi oficina y leí mi correo antes de que abriera el mercado, me di cuenta de que Wall Street estaba inundado de consejos de última hora para comprar Consolidated Stove de inmediato. Mi teléfono no paraba de sonar y el empleado que atendía las llamadas escuchó la misma pregunta formulada de una u otra forma cien veces esa mañana: ¿Era cierto que Consolidated Stove iba a subir? Debo decir que Joshua Wolff, Kane y Gordon —y posiblemente Jim Barnes— manejaron ese pequeño trabajo de dar consejos de maravilla.
No tenía idea de que tuviera tal cantidad de seguidores. Vaya, esa mañana llegaron órdenes de compra de todo el país: órdenes para comprar miles de acciones de un valor que nadie quería a ningún precio tres días antes. Y no olviden que, en realidad, todo lo que el público tenía a su disposición era mi reputación periodística de especulador exitoso; algo por lo que tenía que agradecer a uno o dos reporteros imaginativos.
Bueno, señor, ese tercer día de la subida vendí Consolidated Stove; y el cuarto día y el quinto; y lo primero que supe fue que había vendido para Jim Barnes las cien mil acciones que el Marshall National Bank tenía como garantía del préstamo de tres millones quinientos mil dólares que necesitaba ser pagado. Si la manipulación más exitosa consiste en aquella en la que se logra el fin deseado al menor costo posible para el manipulador, el trato de Consolidated Stove es, sin duda, el más exitoso de mi carrera en Wall Street. Vaya, en ningún momento tuve que tomar acciones. No tuve que comprar primero para vender más fácilmente después. Ni siquiera subí el precio al punto más alto posible para luego empezar mi venta real. Ni siquiera hice mi venta principal en el camino hacia abajo, sino en el camino hacia arriba. Fue como un sueño del paraíso encontrar un poder de compra adecuado creado para ti sin que tuvieras que mover un dedo para provocarlo, particularmente cuando tenías prisa. Una vez escuché a un amigo del gobernador Flower decir que en una de las grandes operaciones del líder alcista por cuenta de un grupo en B. R. T., el grupo vendió cincuenta mil acciones con beneficio, pero Flower & Co. obtuvo comisiones sobre más de doscientas cincuenta mil acciones, y W. P. Hamilton dice que para distribuir doscientas veinte mil acciones de Amalgamated Copper, James R. Keene debió haber operado al menos setecientas mil acciones durante la manipulación necesaria. ¡Vaya factura de comisiones! Piensen en eso y luego consideren que las únicas comisiones que tuve que pagar fueron las de las cien mil acciones que realmente vendí para Jim Barnes. A eso yo lo llamo un ahorro.
Habiendo vendido lo que me había comprometido a vender para mi amigo Jim, y no habiendo llegado todo el dinero que el sindicato había acordado recaudar, y no sintiendo deseo alguno de recomprar ninguna de las acciones que había vendido, creo que me fui a algún lado a pasar unas breves vacaciones. No lo recuerdo exactamente. Pero sí recuerdo muy bien que dejé la acción tranquila y que no pasó mucho tiempo antes de que el precio empezara a bajar. Un día, cuando todo el mercado estaba débil, algún alcista decepcionado quiso deshacerse de su Consolidated Stove a toda prisa, y ante sus ofertas la acción cayó por debajo del precio de la opción, que era 40. Nadie parecía querer ninguna. Como les dije antes, yo no estaba alcista sobre la situación general y eso me hizo sentir más agradecido que nunca por el milagro que me había permitido deshacerme de las cien mil acciones sin tener que subir el precio veinte o treinta puntos en una semana, como habían profetizado los amables informantes.
Al no encontrar apoyo, el precio desarrolló el hábito de declinar regularmente hasta que un día cayó bastante fuerte y tocó los 32. Ese fue el mínimo que se había registrado jamás para ella, porque, como recordarán, Jim Barnes y el sindicato original la habían fijado en 37 para evitar que el banco arrojara al mercado sus cien mil acciones.
Estaba en mi oficina aquel día estudiando tranquilamente la cinta cuando se anunció a Joshua Wolff. Dije que lo recibiría. Entró apresurado. No es un hombre muy grande, pero ciertamente parecía hinchado, de ira, como descubrí al instante.
Corrió hacia donde yo estaba junto al teletipo y gritó: "¿Eh? ¿Qué demonios pasa?".
"Tome asiento, Sr. Wolff", le dije cortésmente, y me senté yo mismo para animarlo a hablar con calma.
"¡No quiero ningún asiento! ¡Quiero saber qué significa esto!", gritó a pleno pulmón.
"¿Qué significa qué?".
"¡Qué demonios estás haciendo con ella?".
"¿Qué estoy haciendo con qué?".
"¡Esa acción! ¡Esa acción!".
"¿Qué acción?", le pregunté.
Pero eso solo hizo que viera rojo, pues gritó: "¡Consolidated Stove! ¡Qué estás haciendo con ella?".
"¡Nada! Absolutamente nada. ¿Qué hay de malo?", dije.
Me miró fijamente durante cinco segundos completos antes de explotar: "¡Mira el precio! ¡Míralo!".
Ciertamente estaba furioso. Así que me levanté y miré la cinta.
Dije: "El precio es ahora 31¼".
"¡Sí! Treinta y uno y un cuarto, y tengo un montón de ella".
"Sé que tiene sesenta mil acciones. Las tiene desde hace mucho tiempo, porque cuando compró originalmente sus Gray Stove...".
Pero no me dejó terminar. Dijo: "¡Pero compré muchas más! ¡Algunas me costaron hasta 40! ¡Y todavía las tengo!".
Me miraba con tanta hostilidad que dije: "Yo no le dije que las comprara".
"¿Cómo que no?".
"No le dije que se cargara con ellas".
"No dije que lo hicieras. Pero ibas a subirla...".
"¿Por qué lo iba a hacer?", le interrumpí.
Me miró, incapaz de hablar por la rabia. Cuando recuperó la voz, dijo: "Ibas a subirla. Tenías el dinero para comprarla".
"Sí. Pero no compré ni una sola acción", le dije.
Esa fue la gota que colmó el vaso.
"¿No compraste ni una sola acción, teniendo más de cuatro millones en efectivo para comprar? ¿No compraste ninguna?".
"¡Ni una acción!", repetí.
Estaba tan loco para entonces que no podía hablar con claridad. Finalmente logró decir: "¿Qué clase de juego llamas a eso?".
Internamente me estaba acusando de toda clase de crímenes inenarrables. Pude ver una larga lista de ellos en sus ojos. Eso me hizo decirle: "Lo que realmente quiere preguntarme, Wolff, es por qué no compré a usted por encima de 50 las acciones que compró por debajo de 40. ¿No es eso?".
"No, no lo es. Tenías una opción de compra a 40 y cuatro millones en efectivo para subir el precio".
"Sí, pero no toqué el dinero y el sindicato no ha perdido ni un centavo con mis operaciones".
"Mira, Livingston...", empezó.
Pero no le dejé decir nada más.
"Escúcheme, Wolff. Usted sabía que las doscientas mil acciones que usted, Gordon y Kane tenían estaban bloqueadas, y que no habría una gran cantidad de acciones flotantes en el mercado si yo subía el precio, como tendría que haber hecho por dos razones: la primera, para crear un mercado para la acción; y la segunda, para obtener una ganancia de la opción a 40. Pero usted no se conformó con obtener 40 por las sesenta mil acciones que llevaba cargando durante meses, ni con su parte de las ganancias del sindicato, si es que las había; así que decidió comprar un montón de acciones por debajo de 40 para vendérmelas cuando yo subiera el precio con el dinero del sindicato, tal como estaba seguro de que pensaba hacer. Compraría antes que yo y vendería antes que yo; con toda probabilidad, yo sería el que tendría que cargar con ellas. Sospecho que contaba con que yo tuviera que subir el precio a 60. Era tan fácil que probablemente compró diez mil acciones estrictamente con fines de venta, y para asegurarse de que alguien sostuviera la bolsa si yo no lo hacía, dio el aviso a todo el mundo en Estados Unidos, Canadá y México sin pensar en mis dificultades añadidas. Todos sus amigos sabían lo que se suponía que yo debía hacer. Entre sus compras y las mías, usted iba a estar de maravilla. Bueno, sus amigos íntimos a quienes dio el aviso se lo pasaron a sus amigos después de haber comprado sus líneas, y el tercer estrato de receptores de consejos planeó abastecer al cuarto, quinto y posiblemente sexto estrato de incautos, de modo que cuando finalmente llegara a hacer alguna venta, me encontraría con que me habían adelantado unos cuantos miles de especuladores astutos. Fue un pensamiento amistoso, esa idea suya, Wolff. No se imagina lo sorprendido que quedé cuando Consolidated Stove empezó a subir antes de que yo siquiera pensara en comprar una sola acción; ni lo agradecido que me sentí cuando el sindicato de suscripción vendió cien mil acciones alrededor de 40 a las personas que iban a venderme esas mismas acciones a mí a 50 o 60. Fui un verdadero incauto al no usar los cuatro millones para ganar dinero para ellos, ¿verdad? El efectivo se suministró para comprar acciones, pero solo si yo lo consideraba necesario. Bueno, no lo hice".
Joshua había estado en Wall Street el tiempo suficiente para no dejar que la ira interfiriera con los negocios. Se calmó mientras me escuchaba, y cuando terminé de hablar, dijo en tono amistoso: "Mira, Larry, viejo amigo, ¿qué debemos hacer?".
"Hagan lo que quieran".
"Vamos, sé un buen deportista. ¿Qué harías tú si estuvieras en nuestro lugar?".
"Si yo estuviera en su lugar", dije solemnemente, "¿sabe lo que haría?".
"¿Qué?".
"¡Vendería todo!", le dije.
Me miró un momento y, sin decir una palabra más, dio media vuelta y salió de mi oficina. No ha vuelto a entrar desde entonces.
No mucho después de eso, el senador Gordon también llamó. Él también estaba bastante irritable y me culpó de sus problemas. Luego, Kane se unió al coro de quejas. Olvidaron que sus acciones eran invendibles al por mayor cuando formaron el sindicato. Todo lo que podían recordar era que yo no vendí sus tenencias cuando tenía los millones del sindicato y la acción estaba activa en 44, y que ahora estaba en 30 y tan aburrida como el agua de fregar. A su modo de ver, debería haber vendido con una buena ganancia.
Por supuesto, también se calmaron a su debido tiempo. El sindicato no perdió ni un céntimo y el problema principal seguía siendo el mismo: vender sus acciones. Un día o dos después volvieron y me pidieron que los ayudara. Gordon fue particularmente insistente y, al final, les hice aportar sus acciones agrupadas a 25½. Mis honorarios por mis servicios serían la mitad de cualquier cantidad que obtuviera por encima de esa cifra. La última venta había sido a unos 30.
Allí estaba yo con sus acciones para liquidar. Dadas las condiciones generales del mercado y, específicamente, el comportamiento de Consolidated Stove, solo había una forma de hacerlo y era, por supuesto, vender durante la bajada y sin intentar primero subir el precio, pues sin duda habría acumulado acciones a montones durante la subida. Pero durante la bajada podía llegar a aquellos compradores que siempre argumentan que una acción está barata cuando se vende quince o veinte puntos por debajo del máximo del movimiento, particularmente cuando ese máximo es una cuestión de historia reciente. En su opinión, un repunte es inminente. Después de ver a Consolidated Stove cotizar cerca de 44, sin duda parecía una buena oportunidad por debajo de 30.
Funcionó como siempre. Los cazadores de gangas las compraron en volumen suficiente para permitirme liquidar las participaciones del grupo. ¿Pero acaso creen que Gordon, Wolff o Kane sintieron gratitud alguna? Ni un ápice. Siguen resentidos conmigo, o eso me dicen sus amigos. A menudo le cuentan a la gente cómo los engañé. No pueden perdonarme por no haber subido el precio por mi cuenta, como ellos esperaban.
De hecho, nunca habría podido vender las cien mil acciones del banco si Wolff y el resto no hubieran difundido esos consejos alcistas al rojo vivo. Si hubiera trabajado como suelo hacerlo, es decir, de una manera lógica y natural, habría tenido que aceptar cualquier precio que pudiera conseguir. Les dije que nos encontramos con un mercado a la baja. La única forma de vender en un mercado así es vender, no necesariamente de forma imprudente, pero sí realmente sin tener en cuenta el precio. No había otra forma posible, pero supongo que no lo creen. Siguen enfadados. Yo no. Enfadarse no lleva a ninguna parte. Más de una vez he llegado a la conclusión de que un especulador que pierde los estribos está acabado. En este caso, no hubo secuelas para los rencores. Pero les contaré algo curioso. Un día, la señora Livingston fue a una modista que le habían recomendado calurosamente. La mujer era competente, servicial y tenía una personalidad muy agradable. En la tercera o cuarta visita, cuando la modista se sintió menos como una desconocida, le dijo a la señora Livingston: “Espero que el señor Livingston suba pronto Consolidated Stove. Tenemos algunas que compramos porque nos dijeron que él iba a subirla, y siempre habíamos oído que tenía mucho éxito en todos sus tratos”.
Les aseguro que no es agradable pensar que personas inocentes puedan haber perdido dinero siguiendo un consejo de ese tipo. Quizás entiendan por qué nunca doy ninguno. Esa modista me hizo sentir que, en cuestión de agravios, tenía uno real contra Wolff.
XXIII
La especulación en acciones nunca desaparecerá. No es deseable que así sea. No puede controlarse con advertencias sobre sus peligros. No se puede evitar que la gente se equivoque, sin importar lo capaz o experimentada que pueda ser. Los planes cuidadosamente trazados fracasarán porque ocurrirá lo inesperado e incluso lo imprevisible. El desastre puede provenir de una convulsión de la naturaleza o del clima, de la propia codicia o de la vanidad de algún hombre; del miedo o de la esperanza desenfrenada. Pero, aparte de lo que uno podría llamar sus enemigos naturales, un especulador en acciones tiene que luchar contra ciertas prácticas o abusos que son indefendibles tanto desde el punto de vista moral como comercial.
Al mirar atrás y considerar cuáles eran las prácticas comunes hace veinticinco años, cuando llegué por primera vez a Wall Street, tengo que admitir que ha habido muchos cambios a mejor. Los anticuados bucket shops han desaparecido, aunque las casas de “corretaje” fraudulentas siguen prosperando a costa de hombres y mujeres que insisten en jugar al juego de hacerse rico rápidamente. La Bolsa está realizando una labor excelente, no solo persiguiendo a estos estafadores consumados, sino insistiendo en la estricta adhesión a sus normas por parte de sus propios miembros. Muchas regulaciones y restricciones saludables se aplican ahora estrictamente, pero todavía hay margen de mejora. El conservadurismo arraigado de Wall Street, más que la insensibilidad ética, es el culpable de la persistencia de ciertos abusos.
Por difícil que siempre haya sido la especulación bursátil rentable, cada día es aún más difícil. No hace tanto tiempo, un verdadero operador podía tener un buen conocimiento práctico de prácticamente todas las acciones de la lista. En 1901, cuando J. P. Morgan lanzó la United States Steel Corporation, que era simplemente una consolidación de consolidaciones menores, la mayoría de las cuales tenían menos de dos años, la Bolsa tenía 275 acciones en su lista y unas 100 en su “departamento no listado”; y esto incluía muchas sobre las que un tipo no necesitaba saber nada porque eran emisiones pequeñas, o inactivas por ser acciones minoritarias o garantizadas y, por tanto, carentes de atractivo especulativo. De hecho, una abrumadora mayoría eran acciones en las que no se había producido una venta en años. Hoy hay unas 900 acciones en la lista regular y, en nuestros recientes mercados activos, se negociaron unas 600 emisiones separadas. Además, era más fácil seguir la pista de los antiguos grupos o clases de acciones. No solo eran menos, sino que la capitalización era menor y las noticias a las que un operador debía estar atento no abarcaban un campo tan amplio. Pero hoy en día, un hombre negocia con todo; casi todas las industrias del mundo están representadas. Requiere más tiempo y más trabajo mantenerse informado y, hasta ese punto, la especulación se ha vuelto mucho más difícil para quienes operan de forma inteligente.
Hay muchos miles de personas que compran y venden acciones de forma especulativa, pero el número de quienes especulan de forma rentable es pequeño. Como el público siempre está “dentro” del mercado hasta cierto punto, se deduce que hay pérdidas por parte del público todo el tiempo. Los enemigos mortales del especulador son: la ignorancia, la codicia, el miedo y la esperanza. Todos los libros de leyes del mundo y todas las reglas de todas las Bolsas de la Tierra no pueden eliminar esto del animal humano. Los accidentes que hacen añicos planes cuidadosamente concebidos también están fuera de la regulación de los cuerpos de economistas de sangre fría o filántropos de buen corazón. Queda otra fuente de pérdida y es la desinformación deliberada, a diferencia de los consejos directos. Y debido a que suele llegar a un operador bursátil disfrazada y camuflada de diversas formas, es más insidiosa y peligrosa.
El forastero promedio, por supuesto, negocia basándose en consejos o rumores, hablados o impresos, directos o implícitos. Contra los consejos comunes no se puede proteger. Por ejemplo, un amigo de toda la vida desea sinceramente hacerte rico contándote lo que él ha hecho, es decir, comprar o vender alguna acción. Su intención es buena. Si el consejo sale mal, ¿qué puedes hacer? Asimismo, contra el asesor profesional o corrupto, el público está protegido en la misma medida que contra los lingotes de oro falsos o el alcohol de madera. Pero contra los típicos rumores de Wall Street, el público especulador no tiene protección ni reparación. Los mayoristas de valores, los manipuladores, los grupos y los individuos recurren a diversos dispositivos para ayudarse a deshacerse de sus excedentes de acciones a los mejores precios posibles. La circulación de elementos alcistas por parte de los periódicos y los tickers es la más perniciosa de todas.
Tomen las notas de las agencias de noticias financieras cualquier día y les sorprenderá ver cuántas declaraciones de naturaleza implícita semioficial imprimen. La autoridad es algún “líder interno”, un “director prominente”, un “alto funcionario” o alguien “con autoridad” que presumiblemente sabe de lo que está hablando. Aquí están las notas de hoy. Elijo un elemento al azar. Escuchen esto: “Un banquero líder dice que todavía es demasiado pronto para esperar un mercado a la baja”.
¿Realmente dijo eso un banquero líder y, si lo dijo, por qué lo dijo? ¿Por qué no permite que se imprima su nombre? ¿Tiene miedo de que la gente le crea si lo hace?
Aquí hay otro sobre una empresa cuyas acciones han estado activas esta semana. Esta vez, el hombre que hace la declaración es un “director prominente”. Ahora bien, ¿cuál de la docena de directores de la empresa, si es que hay alguno, es el que habla? Está claro que, al permanecer en el anonimato, nadie puede ser culpado por ningún daño que pueda causar la declaración.
Muy aparte del estudio inteligente de la especulación en todas partes, el operador bursátil debe considerar ciertos hechos relacionados con el juego en Wall Street. Además de tratar de determinar cómo ganar dinero, uno también debe tratar de evitar perderlo. Es casi tan importante saber qué no hacer como saber qué se debe hacer. Por lo tanto, es bueno recordar que la manipulación de algún tipo entra en prácticamente todos los avances de las acciones individuales y que dichos avances son diseñados por personas internas con un solo objetivo en mente: vender con el mejor beneficio posible. Sin embargo, el cliente promedio del corredor se cree un hombre de negocios de Missouri si insiste en que le expliquen por qué sube una determinada acción. Naturalmente, los manipuladores “explican” el avance de una manera calculada para facilitar la distribución. Estoy firmemente convencido de que las pérdidas del público se reducirían enormemente si no se permitiera imprimir declaraciones anónimas de carácter alcista. Me refiero a declaraciones calculadas para hacer que el público compre o mantenga acciones.
La abrumadora mayoría de los artículos alcistas impresos bajo la autoridad de directores o personas internas sin nombre transmiten impresiones poco fiables y engañosas al público. El público pierde muchos millones de dólares cada año al aceptar tales declaraciones como semioficiales y, por lo tanto, dignas de confianza.
Digamos, por ejemplo, que una empresa ha pasado por un período de depresión en su línea de negocio particular. La acción está inactiva. La cotización representa la creencia general y presumiblemente precisa de su valor real. Si la acción estuviera demasiado barata a ese nivel, alguien lo sabría, la compraría y avanzaría. Si fuera demasiado cara, alguien sabría lo suficiente como para venderla y el precio bajaría. Como no ocurre nada en un sentido u otro, nadie habla de ello ni hace nada.
El giro llega en la línea de negocio en la que participa la empresa. ¿Quiénes son los primeros en saberlo, los internos o el público? Pueden apostar a que no es el público. ¿Qué ocurre después? Bueno, si la mejora continúa, las ganancias aumentarán y la empresa estará en condiciones de reanudar los dividendos de las acciones; o, si los dividendos no se interrumpieron, pagar una tasa más alta. Es decir, el valor de la acción aumentará.
Digamos que la mejora continúa. ¿La dirección hace público ese hecho alegre? ¿El presidente se lo dice a los accionistas? ¿Un director filantrópico sale con una declaración firmada para beneficio de esa parte del público que lee la página financiera de los periódicos y las notas de las agencias de noticias? ¿Algún interno modesto que sigue su política habitual de anonimato sale con una declaración sin firmar en el sentido de que el futuro de la empresa es muy prometedor? Esta vez no. Nadie dice ni una palabra y ni los periódicos ni los tickers imprimen declaración alguna.
La información que genera valor se oculta cuidadosamente al público mientras los ahora taciturnos “prominentes internos” salen al mercado y compran todas las acciones baratas que pueden conseguir. A medida que continúa esta compra bien informada pero poco ostentosa, la acción sube. Los reporteros financieros, sabiendo que los internos deberían conocer el motivo de la subida, hacen preguntas. Los unánimemente anónimos internos declaran unánimemente que no tienen noticias que dar. No saben si hay alguna justificación para la subida. A veces incluso declaran que no les preocupan especialmente los caprichos del mercado bursátil o las acciones de los especuladores bursátiles.
La subida continúa y llega un día feliz en el que los que saben tienen todas las acciones que quieren o pueden llevar. La calle empieza a oír todo tipo de rumores alcistas. Los tickers dicen a los operadores “por buena autoridad” que la empresa ha superado definitivamente la crisis. El mismo director modesto que no quería que se usara su nombre cuando dijo que no conocía ninguna justificación para la subida de la acción es ahora citado —por supuesto, no por su nombre— diciendo que los accionistas tienen todos los motivos para sentirse muy animados ante las perspectivas.
Impulsado por el diluvio de noticias alcistas, el público empieza a comprar la acción. Estas compras ayudan a elevar aún más el precio. A su debido tiempo, las predicciones de los directores uniformemente anónimos se hacen realidad y la empresa reanuda los pagos de dividendos; o aumenta la tasa, según sea el caso. Con eso, los elementos alcistas se multiplican. No solo son más numerosos que nunca, sino mucho más entusiastas. Un “director líder”, al que se le pide directamente una declaración sobre las condiciones, informa al mundo de que la mejora sigue su curso y más. Un “interno prominente”, después de mucho insistir, es finalmente inducido por una agencia de noticias a confesar que las ganancias no son menos que fenomenales. Un “banquero bien conocido”, que está afiliado comercialmente a la empresa, hace decir que la expansión en el volumen de ventas es simplemente sin precedentes en la historia del comercio. Si no llegara ni un pedido más, la empresa funcionaría día y noche durante sabe Dios cuántos meses. Un “miembro del comité de finanzas”, en un manifiesto de doble columna, expresa su asombro por el asombro del público ante la subida de la acción. Lo único asombroso es la moderación de la acción en la línea de ascenso. Cualquiera que analice el próximo informe anual puede calcular fácilmente cuánto supera el valor contable de la acción al precio de mercado. Pero en ningún caso se da el nombre del filántropo comunicativo.
Mientras las ganancias sigan siendo buenas y los internos no detecten ninguna señal de disminución en la prosperidad de la empresa, se sientan sobre las acciones que compraron a precios bajos. No hay nada que baje el precio, así que ¿por qué deberían vender? Pero en el momento en que hay un giro a peor en el negocio de la empresa, ¿qué sucede? ¿Salen con declaraciones o advertencias o las más mínimas pistas? Ni hablar. La tendencia es ahora a la baja. Al igual que compraron sin ningún toque de trompeta cuando el negocio de la empresa mejoró, ahora venden en silencio. Con esta venta interna, la acción naturalmente cae. Entonces el público empieza a recibir las familiares “explicaciones”. Un “interno líder” afirma que todo está bien y que la caída es simplemente el resultado de la venta por parte de bajistas que intentan afectar al mercado general. Si un buen día, después de que la acción haya estado cayendo durante algún tiempo, se produce una ruptura brusca, la demanda de “razones” o “explicaciones” se vuelve clamorosa. A menos que alguien diga algo, el público temerá lo peor. Así que los tickers de noticias imprimen ahora algo como esto: “Cuando le pedimos a un director prominente de la empresa que explicara la debilidad de la acción, respondió que la única conclusión a la que podía llegar era que la caída de hoy fue causada por una ofensiva bajista. Las condiciones subyacentes no han cambiado. El negocio de la empresa nunca ha sido mejor que en la actualidad y las probabilidades son de que, a menos que ocurra algo totalmente imprevisto mientras tanto, habrá un aumento en la tasa en la próxima reunión de dividendos. El partido bajista en el mercado se ha vuelto agresivo y la debilidad en la acción fue claramente una incursión destinada a desalojar acciones en manos débiles”. Los tickers de noticias, deseando dar una buena medida, con toda probabilidad continuarán afirmando que están “fiablemente informados” de que la mayor parte de las acciones compradas en la caída del día fueron tomadas por intereses internos y que los bajistas descubrirán que se han vendido a sí mismos en una trampa. Llegará el día del ajuste de cuentas.
Además de las pérdidas sufridas por el público al creer en declaraciones alcistas y comprar acciones, están las pérdidas que se producen al ser disuadidos de vender. Lo siguiente mejor a que la gente compre las acciones que el “interno prominente” desea vender es evitar que la gente venda las mismas acciones cuando él no desea apoyarlas o acumularlas. ¿Qué debe creer el público después de leer la declaración del “director prominente”? ¿Qué puede pensar el forastero promedio? Por supuesto, que la acción nunca debería haber bajado; que fue forzada a bajar por la venta en corto y que, tan pronto como los bajistas se detengan, los internos diseñarán un avance punitivo durante el cual los cortos serán obligados a cubrirse a precios altos. El público cree esto correctamente porque es exactamente lo que sucedería si la caída hubiera sido causada en verdad por una incursión bajista.
La acción en cuestión, a pesar de todas las amenazas o promesas de un tremendo estrangulamiento del interés corto excesivamente extendido, no repunta. Sigue bajando. No puede evitarlo. Se han introducido demasiadas acciones en el mercado desde el interior para ser digeridas.
Y estas acciones internas que han sido vendidas por los “directores prominentes” e “internos líderes” se convierten en un balón de fútbol entre los operadores profesionales. Sigue bajando. Parece que no tiene fondo. Los internos, sabiendo que las condiciones comerciales afectarán negativamente las ganancias futuras de la empresa, no se atreven a apoyar esa acción hasta el próximo giro a mejor en el negocio de la empresa. Entonces habrá compras internas y silencio interno.
He hecho mi parte de operaciones y me he mantenido bastante bien informado sobre el mercado de valores durante muchos años y puedo decir que no recuerdo un caso en el que una incursión bajista hiciera que una acción cayera extensamente. Lo que se llamaba incursión bajista no era más que ventas basadas en un conocimiento preciso de las condiciones reales. Pero no serviría de nada decir que la acción cayó por ventas internas o por falta de compras internas. Todos se apresurarían a vender y, cuando todos venden y nadie compra, es el diablo el que paga.
El público debería captar firmemente este punto: que la razón real de una caída prolongada nunca es la incursión bajista. Cuando una acción sigue bajando, se puede apostar a que hay algo mal en ella, ya sea con el mercado para ella o con la empresa. Si la caída fuera injustificada, la acción pronto se vendería por debajo de su valor real y eso traería compras que detendrían la caída. De hecho, la única vez que un bajista puede ganar mucho dinero vendiendo una acción es cuando esa acción está demasiado alta. Y pueden apostar hasta su último céntimo en la certeza de que los internos no proclamarán ese hecho al mundo.
Por supuesto, el ejemplo clásico es New Haven. Todo el mundo sabe hoy lo que solo unos pocos sabían en ese momento. La acción se vendió a 255 en 1902 y era la principal inversión ferroviaria de Nueva Inglaterra. Un hombre en esa parte del país medía su respetabilidad y posición en la comunidad por sus tenencias de la misma. Si alguien hubiera dicho que la empresa estaba en camino a la insolvencia, no habría sido enviado a la cárcel por decirlo. Lo habrían encerrado en un manicomio con otros locos. Pero cuando un nuevo y agresivo presidente fue puesto a cargo por el Sr. Morgan y comenzó el desastre, no estaba claro desde el principio que las nuevas políticas llevarían al ferrocarril a donde terminó. Pero a medida que propiedad tras propiedad comenzó a ser cargada en el Consolidated Road a precios inflados, unos pocos observadores de visión clara comenzaron a dudar de la sabiduría de las políticas de Mellen. Se compró un sistema de tranvías por dos millones y se vendió a New Haven por 10.000.000 de dólares; tras lo cual un hombre temerario o dos cometieron lesa majestad al decir que la dirección estaba actuando imprudentemente. Insinuar que ni siquiera New Haven podría soportar tal extravagancia era como impugnar la fuerza de Gibraltar.
Por supuesto, los primeros en ver las rompientes por delante fueron los iniciados. Se dieron cuenta de la verdadera condición de la compañía y redujeron sus participaciones en las acciones. Ante sus ventas, así como por su falta de apoyo, el precio de los valores de primera clase del ferrocarril de Nueva Inglaterra comenzó a ceder. Se hicieron preguntas y se exigieron explicaciones, como de costumbre; y las explicaciones habituales llegaron puntualmente. «Prominentes iniciados» declararon que no había nada malo de lo que tuvieran conocimiento y que el declive se debía a ventas imprudentes de los bajistas. Así que los «inversores» de Nueva Inglaterra mantuvieron sus participaciones en las acciones de New York, New Haven & Hartford. ¿Por qué no habrían de hacerlo? ¿Acaso los iniciados no decían que no había nada malo y clamaban por las ventas de los bajistas? ¿Acaso no se seguían declarando y pagando dividendos?
Mientras tanto, la prometida presión sobre los bajistas no llegó, pero sí nuevos récords a la baja. Las ventas de los iniciados se volvieron más urgentes y menos disimuladas. No obstante, hombres de espíritu público en Boston fueron denunciados como especuladores y demagogos por exigir una explicación genuina al deplorable declive de las acciones, lo que significaba pérdidas espantosas para todo aquel en Nueva Inglaterra que hubiera deseado una inversión segura y un pagador constante de dividendos.
Ese quiebre histórico de 255 a 12 dólares por acción nunca fue y nunca pudo haber sido una ofensiva de los bajistas. No fue iniciado ni mantenido por operaciones bajistas. Los iniciados vendieron continuamente y siempre a precios más altos de lo que hubieran podido obtener si hubieran dicho la verdad o permitido que se dijera la verdad. No importaba si el precio era 250, 200, 150, 100, 50 o 25; seguía siendo demasiado alto para esa acción, y los iniciados lo sabían y el público no. El público podría considerar provechosamente las desventajas bajo las cuales opera cuando intenta ganar dinero comprando y vendiendo acciones de una compañía sobre cuyos asuntos solo unos pocos hombres están en posición de conocer toda la verdad.
Las acciones que han tenido los peores quiebres en los últimos 20 años no declinaron por ataques de bajistas. Pero la fácil aceptación de esa forma de explicación ha sido responsable de pérdidas para el público que ascienden a millones y millones de dólares. Ha evitado que personas vendieran cuando no les gustaba el comportamiento de sus acciones y habrían liquidado si no hubieran esperado que el precio volviera a subir justo después de que los bajistas detuvieran sus ataques. Solía escuchar que culpaban a Keene en los viejos tiempos. Antes que él, solían acusar a Charley Woerishoffer o a Addison Cammack. Más tarde, me convertí en la excusa de bolsa.
Recuerdo el caso de Intervale Oil. Había un grupo de inversores que hizo subir la acción y encontró algunos compradores durante el avance. Los manipuladores llevaron el precio a 50. Allí el grupo vendió y hubo un quiebre rápido. Siguió la demanda habitual de explicaciones. ¿Por qué estaba Intervale tan débil? Suficiente gente hizo esta pregunta para hacer de la respuesta una noticia importante. Uno de los teletipos de noticias financieras llamó a los corredores que sabían más sobre el avance de Intervale Oil y que deberían estar igualmente bien informados sobre el declive. ¿Qué dijeron estos corredores, miembros del grupo alcista, cuando la agencia de noticias les pidió una razón que pudiera imprimirse y difundirse por todo el país? ¡Pues que Larry Livingston estaba atacando el mercado! Y eso no fue suficiente. Añadieron que iban a «atraparlo». Pero, por supuesto, el grupo de Intervale continuó vendiendo. La acción solo cotizaba entonces a unos 12 dólares por acción y podían venderla hasta 10 o menos, y su precio de venta promedio seguiría estando por encima del costo.
Era sabio y apropiado para los iniciados vender durante el declive. Pero para los externos que habían pagado 35 o 40, era un asunto diferente. Al leer lo que imprimían los teletipos, los externos se aferraron y esperaron a que Larry Livingston recibiera su merecido a manos del indignado grupo de iniciados.
En un mercado alcista, y particularmente en los auges, el público al principio gana dinero que luego pierde simplemente por permanecer demasiado tiempo en el mercado alcista. Esta charla sobre los «ataques de los bajistas» les ayuda a quedarse más tiempo del debido. El público debería desconfiar de las explicaciones que explican solo lo que los iniciados anónimos desean que el público crea.
XXIV
El público siempre quiere que le digan qué hacer. Eso es lo que hace que dar y recibir consejos bursátiles sean prácticas universales. Es apropiado que los corredores den a sus clientes consejos de negociación a través de sus cartas de mercado, así como de palabra. Pero los corredores no deberían insistir demasiado en las condiciones actuales porque el curso del mercado siempre se adelanta de seis a nueve meses a las condiciones reales. Las ganancias de hoy no justifican que los corredores aconsejen a sus clientes comprar acciones a menos que exista alguna garantía de que, dentro de seis o nueve meses, las perspectivas comerciales justificarán la creencia de que se mantendrá el mismo ritmo de ganancias. Si al mirar tan adelante se puede ver, con razonable claridad, que se están desarrollando condiciones que cambiarán el poder actual, el argumento de que las acciones están baratas hoy desaparecerá. El operador debe mirar muy adelante, pero el corredor se preocupa por obtener comisiones ahora; de ahí la ineludible falacia de la carta de mercado promedio. Los corredores se ganan la vida con las comisiones del público y, sin embargo, intentarán inducir al público, a través de sus cartas de mercado o de palabra, a comprar las mismas acciones de las que han recibido órdenes de venta de iniciados o manipuladores.
A menudo sucede que un iniciado va ante el jefe de una firma de corretaje y le dice: «Quisiera que cree un mercado en el cual deshacerme de 50.000 acciones de mi empresa».
El corredor pide más detalles. Digamos que el precio cotizado de esa acción es 50. El iniciado le dice: «Le daré opciones de compra sobre 5.000 acciones a 45 y 5.000 acciones por cada punto que suba, por la totalidad de las cincuenta mil acciones. También le daré una opción de venta sobre 50.000 acciones al precio de mercado».
Ahora bien, esto es dinero bastante fácil para el corredor si tiene un gran número de seguidores, y por supuesto, este es precisamente el tipo de corredor que busca el iniciado. Una casa con líneas directas a sucursales y conexiones en varias partes del país generalmente puede obtener muchos seguidores en un trato de ese tipo. Recuerde que, en cualquier caso, el corredor está jugando de forma absolutamente segura debido a la opción de venta. Si puede conseguir que su público lo siga, podrá deshacerse de toda su posición con una gran ganancia además de sus comisiones regulares.
Tengo en mente las hazañas de un «iniciado» que es bien conocido en Wall Street.
Llamará al jefe de atención al cliente de una gran firma de corretaje. A veces incluso va más allá y llama a uno de los socios menores de la firma. Dirá algo como esto:
«Oye, viejo, quiero demostrarte que aprecio lo que has hecho por mí en varias ocasiones. Te voy a dar la oportunidad de ganar algo de dinero de verdad. Estamos formando una nueva compañía para absorber los activos de una de nuestras empresas y nos haremos cargo de esas acciones con un gran aumento sobre las cotizaciones actuales. Voy a enviarte 500 acciones de Bantam Shops a 65 dólares. La acción ahora cotiza a 72».
El agradecido iniciado le cuenta lo mismo a una docena de jefes de varias grandes casas de corretaje. Ahora bien, dado que estos receptores de la generosidad del iniciado están en Wall Street, ¿qué van a hacer cuando obtengan esas acciones que ya les muestran una ganancia? Por supuesto, aconsejar a cada hombre y mujer a quien puedan llegar que compren esa acción. El amable donante sabía esto. Ayudarán a crear un mercado en el que el amable iniciado pueda vender sus cosas buenas a precios altos al pobre público.
Existen otros dispositivos de los promotores de ventas de acciones que deberían prohibirse. Las Bolsas no deberían permitir la negociación de acciones listadas que se ofrecen fuera al público bajo el plan de pago parcial. Que el precio se cotice oficialmente le da una especie de sanción a cualquier acción. Además, la evidencia oficial de un mercado libre, y a veces la diferencia en los precios, es todo el incentivo necesario.
Otro dispositivo de venta común que le cuesta al público desprevenido muchos millones de dólares y no envía a nadie a la cárcel porque es perfectamente legal, es el de aumentar el capital social exclusivamente debido a las exigencias del mercado. El proceso realmente no significa mucho más que cambiar el color de los certificados de acciones.
El malabarismo mediante el cual se entregan 2, 4 o incluso 10 acciones nuevas a cambio de una de las viejas, suele estar motivado por el deseo de hacer que la vieja mercancía sea fácilmente vendible. El precio antiguo era de 1 dólar por paquete de una libra y difícil de mover. A 25 centavos por una caja de un cuarto de libra podría ir mejor; y quizás a 27 o 30 centavos.
¿Por qué el público no pregunta por qué la acción se hace fácil de comprar? Es un caso del filántropo de Wall Street operando de nuevo, pero el operador sabio desconfía de los griegos que traen regalos. Es toda la advertencia necesaria. El público lo ignora y pierde millones de dólares anualmente.
La ley castiga a quien origina o hace circular rumores calculados para afectar adversamente el crédito o los negocios de individuos o corporaciones, es decir, que tienden a deprimir los valores de los títulos al influir en el público para que venda. Originalmente, la intención principal pudo haber sido reducir el peligro de pánico al castigar a cualquiera que dudara en voz alta de la solvencia de los bancos en tiempos de crisis. Pero, por supuesto, sirve también para proteger al público contra la venta de acciones por debajo de su valor real. En otras palabras, la ley del país castiga al diseminador de noticias bajistas de esa naturaleza.
¿Cómo se protege al público contra el peligro de comprar acciones por encima de su valor real? ¿Quién castiga al distribuidor de noticias alcistas injustificadas? Nadie; y, sin embargo, el público pierde más dinero comprando acciones basándose en consejos internos anónimos cuando están demasiado altas que vendiendo acciones por debajo de su valor como consecuencia de consejos bajistas durante los llamados «ataques».
Si se aprobara una ley que castigara a los mentirosos alcistas como la ley castiga ahora a los bajistas, creo que el público ahorraría millones.
Naturalmente, los promotores, manipuladores y otros beneficiarios del optimismo anónimo le dirán que cualquiera que opere basándose en rumores y declaraciones sin firmar solo tiene a sí mismo a quien culpar por sus pérdidas. Uno podría argumentar igualmente que cualquiera que sea lo suficientemente tonto como para ser un adicto a las drogas no tiene derecho a protección.
La Bolsa de Valores debería ayudar. Está vitalmente interesada en proteger al público contra las prácticas desleales. Si un hombre en posición de saber desea que el público acepte sus declaraciones de hechos o incluso sus opiniones, que firme su nombre. Firmar noticias alcistas no las haría necesariamente ciertas. Pero haría que los «iniciados» y «directores» fueran más cuidadosos.
El público siempre debería tener en cuenta los elementos básicos de la negociación de acciones. Cuando una acción está subiendo, no se necesita una explicación elaborada sobre por qué está subiendo. Se requiere una compra continua para que una acción siga subiendo. Mientras lo haga, con solo pequeñas y naturales reacciones de vez en cuando, es una propuesta bastante segura seguirle el paso. Pero si después de un largo y constante ascenso una acción se da la vuelta y gradualmente comienza a bajar, con solo pequeñas recuperaciones ocasionales, es obvio que la línea de menor resistencia ha cambiado de ascendente a descendente. Siendo este el caso, ¿por qué alguien debería pedir explicaciones? Probablemente hay muy buenas razones por las que debería bajar, pero estas razones solo son conocidas por unas pocas personas que o bien se guardan esas razones para sí mismas, o bien le dicen al público que la acción está barata. La naturaleza del juego tal como se juega es tal que el público debería darse cuenta de que la verdad no puede ser dicha por los pocos que la conocen.
Muchas de las llamadas declaraciones atribuidas a «iniciados» u oficiales no tienen base en los hechos. A veces ni siquiera se pide a los iniciados que hagan una declaración, anónima o firmada. Estas historias son inventadas por alguien que tiene un gran interés en el mercado. En una cierta etapa de un avance en el precio de mercado de un valor, los grandes iniciados no son reacios a obtener la ayuda del elemento profesional para negociar con esa acción. Pero aunque el iniciado pueda decirle al gran apostador el momento adecuado para comprar, puede apostar que nunca dirá cuándo es el momento de vender. Eso pone al gran profesional en la misma posición que el público, solo que él tiene que tener un mercado lo suficientemente grande para poder salir. Entonces es cuando obtiene la «información» más engañosa. Por supuesto, hay ciertos iniciados en los que no se puede confiar en ninguna etapa del juego. Por regla general, los hombres que están al frente de grandes corporaciones pueden actuar en el mercado basándose en su conocimiento privilegiado, pero no dicen mentiras. Simplemente no dicen nada, pues han descubierto que hay momentos en los que el silencio es oro.
He dicho muchas veces y no puedo decirlo lo suficiente que la experiencia de años como operador bursátil me ha convencido de que ningún hombre puede vencer al mercado de valores de manera consistente y continua, aunque pueda ganar dinero en acciones individuales en ciertas ocasiones. No importa cuán experimentado sea un operador, la posibilidad de que haga jugadas perdedoras siempre está presente porque la especulación no puede hacerse 100 por ciento segura. Los profesionales de Wall Street saben que actuar basándose en consejos «privilegiados» arruinará a un hombre más rápidamente que el hambre, la peste, las malas cosechas, los reajustes políticos o lo que podría llamarse accidentes normales. No hay un bulevar asfaltado hacia el éxito en Wall Street ni en ningún otro lugar. ¿Por qué además bloquear el tráfico?