LA TRAGEDIA DE ROMEO Y JULIETA
por William Shakespeare
Índice
EL PRÓLOGO.
ACTO I Escena I. Una plaza pública. Escena II. Una calle. Escena III. Habitación en la casa de Capuleto. Escena IV. Una calle. Escena V. Un salón en la casa de Capuleto.
ACTO II CORO. Escena I. Un lugar abierto junto al jardín de Capuleto. Escena II. El jardín de Capuleto. Escena III. Celda de Fray Lorenzo. Escena IV. Una calle. Escena V. El jardín de Capuleto. Escena VI. Celda de Fray Lorenzo.
ACTO III Escena I. Una plaza pública. Escena II. Una habitación en la casa de Capuleto. Escena III. Celda de Fray Lorenzo. Escena IV. Una habitación en la casa de Capuleto. Escena V. Una galería abierta a la cámara de Julieta, que da al jardín.
ACTO IV Escena I. Celda de Fray Lorenzo. Escena II. Salón en la casa de Capuleto. Escena III. La cámara de Julieta. Escena IV. Salón en la casa de Capuleto. Escena V. La cámara de Julieta; Julieta sobre el lecho.
ACTO V Escena I. Mantua. Una calle. Escena II. Celda de Fray Lorenzo. Escena III. Un cementerio; en él un monumento de los Capuleto.
Personajes
ESCALO, Príncipe de Verona. MERCUCIO, pariente del Príncipe y amigo de Romeo. PARIS, joven noble, pariente del Príncipe. Paje de Paris.
MONTESCO, cabeza de una familia veronesa enemiga de los Capuleto. SEÑORA DE MONTESCO, esposa de Montesco. ROMEO, hijo de Montesco. BENVOLIO, sobrino de Montesco y amigo de Romeo. ABRÁN, criado de Montesco. BALTASAR, criado de Romeo.
CAPULETO, cabeza de una familia veronesa enemiga de los Montescos. SEÑORA DE CAPULETO, esposa de Capuleto. JULIETA, hija de Capuleto. TIBALDO, sobrino de la Señora de Capuleto. PRIMO DE CAPULETO, un anciano. NODRIZA de Julieta. PEDRO, criado de la Nodriza de Julieta. SANSÓN, criado de Capuleto. GREGORIO, criado de Capuleto. Criados.
FRAY LORENZO, franciscano. FRAY JUAN, de la misma orden. Un boticario. CORO. Tres músicos. Un oficial. Ciudadanos de Verona; varios hombres y mujeres, parientes de ambas casas; mascareros, guardias, vigilantes y acompañamiento.
ESCENARIO. Durante la mayor parte de la obra, en Verona; una vez, en el acto V, en Mantua.
EL PRÓLOGO
Entra el Coro.
CORO. Dos casas, iguales en dignidad, En la hermosa Verona, donde situamos la escena, De un odio antiguo renacen en nuevos tumultos, Donde la sangre civil torna innobles las manos ciudadanas. De los fatales lomos de estos dos enemigos Nace una pareja de amantes cruzados por las estrellas; Cuyas desventuradas y piadosas ruinas Sepultan con su muerte la lucha de sus padres. El triste curso de su amor marcado por la muerte, Y la persistencia del rencor de sus padres, Que, fuera del fin de sus hijos, nada podía eliminar, Es hoy el asunto de dos horas de nuestro escenario; Y si con paciente oído lo escucháis, Lo que aquí falte, nuestro trabajo procurará enmendar.
[Sale.]
ACTO I
ESCENA I. Una plaza pública.
Entran Sansón y Gregorio, armados con espadas y broqueles.
SANSÓN. Gregorio, a fe mía, no seremos los que aguantemos golpes.
GREGORIO. No, porque entonces seríamos carboneros.
SANSÓN. Quiero decir que, si nos encolerizamos, sacaremos la espada.
GREGORIO. Sí, mientras vivís, sacad el cuello del collar.
SANSÓN. Yo golpeo presto cuando me mueven.
GREGORIO. Pero a vos no os mueven presto a golpear.
SANSÓN. Un perro de la casa de Montesco me mueve.
GREGORIO. Moverse es agitarse; y ser valiente es mantenerse firme: por tanto, si os mueven, huís.
SANSÓN. Un perro de esa casa me moverá a mantenerme firme. Tomaré la pared de cualquier hombre o doncella de los Montescos.
GREGORIO. Eso os muestra como un siervo débil, pues el más débil va a la pared.
SANSÓN. Cierto, y por eso las mujeres, que son los vasos más débiles, son siempre arrinconadas: por tanto yo empujaré a los hombres de Montesco de la pared, y arrinconaré a sus doncellas.
GREGORIO. La disputa es entre nuestros amos y nosotros, sus hombres.
SANSÓN. Es lo mismo; me mostraré tiránico: cuando haya luchado con los hombres, seré cortés con las doncellas, les cortaré la cabeza.
GREGORIO. ¿Las cabezas de las doncellas?
SANSÓN. Sí, las cabezas de las doncellas, o su doncellez; tómalo en el sentido que quieras.
GREGORIO. Habrán de tomarlo en su sentido las que lo sientan.
SANSÓN. Ellas me sentirán mientras pueda mantenerme en pie: y es sabido que soy un buen pedazo de carne.
GREGORIO. Bien está que no seas pez; si lo fueras, habrías sido un pobre Juan. Desenvaina tu herramienta; aquí vienen gente de la casa de los Montescos.
Entran Abrán y Baltasar.
SANSÓN. Mi desnuda arma está fuera: pendencia, te respaldaré.
GREGORIO. ¿Cómo? ¿Vuelves la espalda y huyes?
SANSÓN. No me temas.
GREGORIO. No, por cierto; ¡te temo!
SANSÓN. Tomemos la ley de nuestro lado; que ellos comiencen.
GREGORIO. Yo frunciré el ceño al pasar, y que lo tomen como quieran.
SANSÓN. No, que lo hagan si se atreven. Les morderé el pulgar, que es afrenta para ellos si lo toleran.
ABRÁN. ¿Nos mordéis el pulgar, señor?
SANSÓN. Muerdo mi pulgar, señor.
ABRÁN. ¿Nos mordéis el pulgar, señor?
SANSÓN. ¿Está la ley de nuestro lado si digo sí?
GREGORIO. No.
SANSÓN. No, señor, no os muerdo el pulgar a vos, señor; pero me muerdo el pulgar, señor.
GREGORIO. ¿Buscáis pendencia, señor?
ABRÁN. ¿Pendencia, señor? No, señor.
SANSÓN. Pero si la buscáis, señor, aquí estoy para vos. Sirvo a un hombre tan bueno como vos.
ABRÁN. No mejor.
SANSÓN. Bien, señor.
Entra Benvolio.
GREGORIO. Decid mejor; aquí viene uno de los parientes de mi amo.
SANSÓN. Sí, mejor, señor.
ABRÁN. Mentís.
SANSÓN. Desenvainad, si sois hombres. Gregorio, acuérdate de tu golpe de lavandera.
[Luchan.]
BENVOLIO. ¡Apartaos, necios! Guardad vuestras espadas, no sabéis lo que hacéis.
[Derriba sus espadas.]
Entra Tibaldo.
TIBALDO. ¿Qué, ya estás desenvainado entre estos rústicos sin corazón? Vuélvete, Benvolio, mira tu muerte.
BENVOLIO. Solo intento mantener la paz, guarda tu espada, O empléala para separar a estos hombres conmigo.
TIBALDO. ¿Cómo? ¿Desenvainado y hablar de paz? Odio la palabra Como odio el infierno, a todos los Montescos y a ti: ¡Anda, cobarde!
[Luchan.]
Entran tres o cuatro ciudadanos con palos.
PRIMER CIUDADANO. ¡Palos, hachas y partesanas! ¡Golpead! ¡Derribadlos! ¡Abajo los Capuletos! ¡Abajo los Montescos!
Entran Capuleto, en bata, y la Señora de Capuleto.
CAPULETO. ¿Qué ruido es este? ¡Dadme mi espada larga, eh!
SEÑORA DE CAPULETO. ¡Una muleta, una muleta! ¿Por qué pedís una espada?
CAPULETO. ¡Mi espada, digo! El viejo Montesco ha venido, Y blande su hoja en desafío de mí.
Entran Montesco y su Señora.
MONTESCO. ¡Villano Capuleto! No me retengas, déjame ir.
SEÑORA DE MONTESCO. No darás ni un paso en busca de un enemigo.
Entra el Príncipe Escalo, con acompañamiento.
PRÍNCIPE. Súbditos rebeldes, enemigos de la paz, Profanadores de este acero manchado por el vecino,— ¿No quieren oír? ¡Eh! Vosotros, hombres, bestias, Que apagáis el fuego de vuestra rabia perniciosa Con fuentes purpúreas que brotan de vuestras venas, So pena de tortura, de esas manos sangrientas Arrojad a tierra vuestras mal templadas armas Y oíd la sentencia de vuestro movido príncipe. Tres riñas civiles, nacidas de una palabra al aire, Por ti, viejo Capuleto, y Montesco, Han perturbado tres veces la quietud de nuestras calles, Y han hecho que los antiguos ciudadanos de Verona Depongan sus graves y decorosos atavíos, Para empuñar viejas partesanas, en manos tan viejas, Carcinadas por la paz, para partir vuestro odio canceroso. Si otra vez turbáis nuestras calles, Vuestras vidas pagarán la pena de la paz. Por esta vez, id enhorabuena los demás: Tú, Capuleto, vendrás conmigo, Y tú, Montesco, ven esta tarde, A saber nuestro mayor placer en este caso, A la antigua Villa-Libre, lugar común de juicio. Una vez más, so pena de muerte, que todos se vayan.
[Salen el Príncipe y su acompañamiento; Capuleto, la Señora de Capuleto, Tibaldo, ciudadanos y criados.]
MONTESCO. ¿Quién ha desencadenado de nuevo esta antigua querella? Habla, sobrino, ¿estabas presente cuando empezó?
BENVOLIO. Aquí estaban los criados de vuestro adversario Y los vuestros, ya combatiendo cuando yo llegué. Saqué la espada para separarlos, y al instante Vino el fogoso Tibaldo, con su espada presta, La cual, mientras me lanzaba su aliento de desafío, Hizo girar sobre su cabeza, cortando los vientos, Que, sin daño alguno, le silbaron en escarnio. Mientras intercambiábamos estocadas y golpes Vinieron más y más, y pelearon de un lado y otro, Hasta que llegó el Príncipe, que apartó a ambos bandos.
SEÑORA DE MONTESCO. ¡Oh! ¿Dónde está Romeo, lo visteis hoy? Me alegra mucho de que no estuviera en esta riña.
BENVOLIO. Madama, una hora antes de que el adorado sol Asomara por la dorada ventana del oriente, Un ánimo atribulado me impulsó a salir, Donde bajo la arboleda de sicómoros Que echa raíces al oeste desde esta parte de la ciudad, Tan temprano caminando, vi a vuestro hijo. Hacia él me dirigí, pero me sintió, Y se hurtó en la cobertura del bosque. Yo, midiendo sus afectos por los míos, Que entonces más buscaban donde más no podía hallarse, Siendo yo uno de más entre mi fatigado yo, Seguí mi humor, no el suyo, Y de buena gana evité al que de buena gana huía de mí.
MONTESCO. Muchas mañanas se le ha visto allí, Con lágrimas que aumentaban el rocío de la mañana, Añadiendo a las nubes más nubes con sus hondos suspiros; Pero así pronto como el sol, que todo alegra, Comenzara a levantar en el lejano oriente Las cortinas sombreadas del lecho de la Aurora, Apartado de la luz, se va a casa mi pesado hijo, Y encerrado en su cámara se consume, Cierra sus ventanas, excluye la hermosa luz del día Y se hace una noche artificial. Negro y portentoso ha de mostrarse este humor, A menos que buen consejo pueda remediar la causa.
BENVOLIO. Mi noble tío, ¿conocéis vos la causa?
MONTESCO. Ni la sé ni puedo aprenderla de él.
BENVOLIO. ¿Lo habéis importunado por algún medio?
MONTESCO. Tanto yo como otros muchos amigos; Pero él, consejero de sus propios afectos, Es para sí mismo—no diré cuán sincero— Pero para sí mismo tan secreto y tan cerrado, Tan lejos de ser sondeado ni descubierto, Como el botón mordido por un gusano envidioso Antes de que pueda abrir sus hojas al aire, O dedicar su hermosura al sol. Si pudiéramos aprender de dónde nacen sus pesares, Con la misma voluntad daríamos remedio que conoceríamos.
Entra Romeo.
BENVOLIO. Mirad, ahí viene. Hacedme el favor de apartaros; Conoceré su quebranto, o se me negará mucho.
MONTESCO. Quisiera que tuvieras la dicha de oír, con tu espera, La verdadera confesión. Ven, madama, vámonos,
[Salen Montesco y la Señora de Montesco.]
BENVOLIO. Buenos días, primo.
ROMEO. ¿Es tan joven el día?
BENVOLIO. Apenas han dado las nueve.
ROMEO. ¡Ay de mí!, las horas tristes parecen largas. ¿Era mi padre el que se fue tan deprisa?
BENVOLIO. Lo era. ¿Qué tristeza alarga las horas de Romeo?
ROMEO. El no tener lo que, teniéndolo, las acortaría.
BENVOLIO. ¿Es de amor?
ROMEO. Fuera.
BENVOLIO. ¿De amor?
ROMEO. Fuera del favor de ella, a quien amo.
BENVOLIO. ¡Ay, que el amor, tan apacible en su rostro, Sea tan tirano y áspero en el trato!
ROMEO. ¡Ay, que el amor, cuyos ojos siempre van vendados, Sin ojos, halle caminos para su voluntad! ¿Dónde comeremos? ¡Oh, yo! ¿Qué riña fue esta? No me lo digas, que ya lo he oído todo. Hay mucho que ver aquí con odio, pero más con amor: ¡Oh, entonces, amor alborotador! ¡Oh, odio amoroso! ¡Oh, cualquier cosa, primero creada de la nada! ¡Oh, grave ligereza! ¡Vana seriedad! ¡Caos mal formado de bellas apariencias! ¡Pluma de plomo, humo brillante, fuego frío, salud enferma! ¡Sueño que vela siempre, y no es lo que es! Este amor siento yo, que no siento amor en esto. ¿No te ríes?
BENVOLIO. No, primo; más bien lloro.
ROMEO. ¡Buen corazón! ¿De qué?
BENVOLIO. De la opresión de tu buen corazón.
ROMEO. Tal es la transgresión del amor. Pesares míos yacen pesados en mi pecho, Que tú querrás propagar, oprimido Con más de los tuyos. Este amor que me has mostrado Añade más pesadumbre a la demasiada mía. El amor es humo hecho con el vapor de suspiros; Siendo purgado, un fuego chispeante en ojos de amantes; Siendo turbado, un mar nutrido con lágrimas de amantes: ¿Qué más es? Una locura muy discreta, Una hiel sofocante y un dulce preservativo. Adiós, primo.
[Yéndose.]
BENVOLIO. ¡Detente! Iré contigo: Y si así me dejas, me haces agravio.
ROMEO. ¡Tate! Me he perdido a mí mismo; no estoy aquí. Este no es Romeo, está en otra parte.
BENVOLIO. Dime en serio quién es la que amas.
ROMEO. ¿Qué, he de gemir y decírtelo?
BENVOLIO. ¿Gemir? No; pero dime con seriedad quién es.
ROMEO. Pide a un enfermo en gravedad que haga testamento, Palabra mal urgida a quien está tan enfermo. Con seriedad, primo, amo a una mujer.
BENVOLIO. Tan cerca di cuando supuse que amabas.
ROMEO. Cierto buen tirador, y ella es hermosa a quien amo.
BENVOLIO. Cierta hermosa diana, primo hermoso, es la más prestamente herida.
ROMEO. Pues en ese blanco erráis: ella no será herida Con el arco de Cupido, tiene el ingenio de Diana; Y en firme prueba de castidad bien armada, Vive encantada del débil arco infantil del amor. No esperará el sitio de términos amorosos Ni aguantará el encuentro de ojos que asalten, Ni abrirá su regazo al oro que seduce a santos: ¡Oh!, es rica en hermosura, solo pobre En que, cuando muera, con su hermosura morirá su tesoro.
BENVOLIO. ¿Ha jurado entonces que vivirá siempre casta?
ROMEO. Lo ha jurado, y en ese ahorro hace gran despilfarro; Pues la hermosura, ayuna de su severidad, Corta la hermosura de toda posteridad. Es demasiado hermosa, demasiado sabia; sabiamente hermosa, Para merecer dicha haciendo que yo desespere. Ha jurado no amar, y en ese voto Vivo muerto, yo, que vivo para contarlo.
BENVOLIO. Gobiérnate por mí, olvídate de pensar en ella.
ROMEO. ¡Oh!, enséñame cómo puedo olvidar pensar.
BENVOLIO. Dando libertad a tus ojos; Examina otras bellezas.
ROMEO. Es el camino Para tornar la suya, exquisita, más discutida. Esas máscaras dichosas que besan frentes de hermosas damas, Siendo negras, nos recuerdan que esconden lo hermoso; El que ha sido herido de ceguera no puede olvidar El precioso tesoro de su vista perdida. Muéstrame una amada que sea muy hermosa, ¿De qué sirve su hermosura sino como nota Donde yo puedo leer quién pasó tan hermosa? Adiós, no puedes enseñarme a olvidar.
BENVOLIO. Pagaré esa lección, o moriré en deuda.
[Salen.]
ESCENA II. Una calle.
Entran Capuleto, Paris y un Criado.
CAPULETO. Pero Montesco está obligado tanto como yo, Con igual pena; y no es difícil, pienso, Para hombres tan viejos como nosotros mantener la paz.
PARIS. De honorable estimación sois ambos, Y lástima es que hayáis vivido tanto tiempo enemistados. Pero ahora, mi señor, ¿qué decís de mi petición?
CAPULETO. Solo repito lo que ya he dicho antes. Mi hija es aún extraña en el mundo, No ha visto mudar catorce años; Que dos veranos más se agosten en su orgullo Antes de que podamos juzgarla madura para esposa.
PARIS. Más jóvenes que ella hacen dichosas a las madres.
CAPULETO. Y demasiado pronto se arruinan las así casadas tan temprano. La tierra se ha tragado todas mis esperanzas menos a ella, Ella es la señora esperanzada de mi tierra: Pero cortejala, gentil Paris, gana su corazón, Mi voluntad no es sino parte de su consentimiento; Y si ella consiente, dentro del alcance de su elección Están mi consentimiento y voz favorable. Esta noche celebro un antiguo festejo acostumbrado, Al que he convidado a muchos convidados, Tales como amo, y vos entre los tales, Uno más, bienvenido, hace mayor mi número. En mi pobre casa, mirad esta noche Estrellas que pisan la tierra y hacen luminoso el oscuro cielo: Tal gozo como sienten los jóvenes vigorosos Cuando el bien ataviado abril, sobre el talón Del cojo invierno pisa, tal deleite Esta noche, entre frescos capullos femeninos, Gozaréis en mi casa. Oídlo todos, vedlo todos, Y ámese a la que más merezca: La cual, vista entre muchas, la mía, siendo una, Puede estar en el número, aunque en la cuenta ninguna. Venid, venid conmigo. Anda, mozo, corre Por la hermosa Verona; busca a esas personas Cuyos nombres aquí están escritos [le da un papel], y diles: Mi casa y bienvenida aguardan su placer.
[Salen Capuleto y Paris.]
CRIADO. ¡Buscar a aquellos cuyos nombres están escritos aquí! Está escrito que el zapatero debe meterse con su vara y el sastre con su horma, el pescador con su pincel y el pintor con sus redes; pero a mí me envían a buscar a aquellas personas cuyos nombres aquí están escritos, y no puedo averiguar nunca qué nombres escribió aquí la persona que escribe. Menester es ir a los doctos. ¡A buena hora!
Entran Benvolio y Romeo.
BENVOLIO. ¡Tate, hombre! Un fuego apaga el ardor de otro, Un dolor se aminora con la angustia de otro; Vuélvete aturdido, y sánate girando al revés; Un dolor desesperado se cura con el languidecer de otro: Toma alguna nueva infección para tu ojo, Y el veneno rancio del viejo morirá.
ROMEO. Tu hoja de llantén es excelente para eso.
BENVOLIO. ¿Para qué, te ruego?
ROMEO. Para tu espinilla rota.
BENVOLIO. ¿Cómo, Romeo, estás loco?
ROMEO. No loco, pero más encerrado que un loco: Cerrado en prisión, sin alimento, Azotado y atormentado, y—Dios os guarde, buen hombre.
CRIADO. Dios os dé buenas tardes. Por favor, señor, ¿sabéis leer?
ROMEO. Sí, mi propia fortuna en mi miseria.
CRIADO. Quizá lo habéis aprendido sin libro. Pero, por favor, ¿podéis leer cualquier cosa que veáis?
ROMEO. Sí, si conozco las letras y la lengua.
CRIADO. Decís con sinceridad. ¡Pasadlo bien!
ROMEO. Detente, compañero; sé leer.
[Lee la carta.]
_«El señor Martino y su esposa e hijas; El Conde Anselmo y sus hermosas hermanas; La señora viuda de Utruvio; El señor Placentio y sus amables sobrinas; Mercurio y su hermano Valentín; Mi tío Capuleto, su esposa e hijas; Mi hermosa sobrina Rosalina y Livia; El señor Valentio y su primo Tibaldo; Lucio y la vivaz Helena.»_
Una hermosa asamblea. [Devuelve el papel] ¿Adónde deben venir?
CRIADO. Adentro.
ROMEO. ¿Adónde a cenar?
CRIADO. A nuestra casa.
ROMEO. ¿Casa de quién?
CRIADO. De mi amo.
ROMEO. En verdad, eso debí haberos preguntado antes.
CRIADO. Ahora os lo diré sin preguntarlo. Mi amo es el gran y rico Capuleto, y si no sois de la casa de los Montescos, os ruego que vengáis y apuréis una copa de vino. Pasadlo bien.
[Sale.]
BENVOLIO. En este antiguo convite de los Capuletos Cena la hermosa Rosalina, a quien tanto amas; Con todas las admiradas bellezas de Verona. Ve allá y con ojo no engañado, Compara su rostro con algunos que te mostraré, Y haré que te parezca tu cisne un grajo.
ROMEO. Cuando la devota religión de mis ojos Mantenga tal falsedad, vuelva entonces las lágrimas en fuego; Y estos ojos, que, anegados a menudo, no pudieron morir, Herejes transparentes, sean quemados por mentirosos. ¿Una más hermosa que mi amor? El sol que todo lo ve Nunca vio su igual desde que el mundo comenzó.
BENVOLIO. ¡Tate! La visteis hermosa, sin nadie cerca, Equilibrada consigo misma en ambos ojos: Pero en esa balanza de cristal pésese El amor de vuestra dama contra alguna otra doncella Que yo os mostraré brillando en este convite, Y apenas parecerá hermosa la que ahora parece más.
ROMEO. Iré, no por ver tal espectáculo, Sino para gozar del esplendor del mío.
[Salen.]
ESCENA III. Habitación en la casa de Capuleto.
Entran la Señora de Capuleto y la Nodriza.
SEÑORA DE CAPULETO. Nodriza, ¿dónde está mi hija? Llámame a ella.
NODRIZA. Ahora, por mi doncellez, a los doce años, La mandé llamar. ¡Qué, cordero! ¡Qué, pajarito! ¡Dios lo libre! ¿Dónde está esta niña? ¡Qué, Julieta!
Entra Julieta.
JULIETA. ¿Qué hay? ¿Quién llama?
NODRIZA. Vuestra madre.
JULIETA. Madama, aquí estoy. ¿Qué mandáis?
SEÑORA DE CAPULETO. Este es el asunto. Nodriza, déjame un momento, Hemos de hablar en secreto. Nodriza, vuelve de nuevo, Acabo de acordarme, oirás nuestro consejo. Sabes que mi hija tiene una edad bonita.
NODRIZA. A fe, puedo decir su edad hasta la hora.
SEÑORA DE CAPULETO. No tiene catorce.
NODRIZA. Apuesto catorce de mis dientes, Y, dicho sea entre dientes, no tengo sino cuatro, No tiene catorce. ¿Cuánto falta ahora Para la fiesta de San Miguel?
SEÑORA DE CAPULETO. Una quincena y algunos días.
LA NODRIZA. Par o impar, de todos los días del año, víspera de San Miguel será la noche en que cumpla catorce. Susan y ella —¡Dios conforte a todas las almas cristianas!— eran de la misma edad. Bien, Susan está con Dios; era demasiado buena para mí. Pero, como decía, en la víspera de San Miguel, de noche, cumplirá catorce; sí, cumplirá, a fe; bien me acuerdo. Fue tras el terremoto; de eso hace ya once años; y ella fue destetada —jamás lo olvidaré—, de todos los días del año, justo en ese día: porque yo entonces me había puesto ajenjo en el pecho, sentada al sol, junto al muro del palomar; mi señor y vos estabais entonces en Mantua: no, si tengo cabeza. Pero, como decía, cuando probó el ajenjo en el pezón de mi pecho y lo halló amargo, ¡pobre necia, se amostazó y se enfadó con el pecho! Tembló, dijo el palomar; no había menester, a mi ver, mandarme salir. Y de eso hace ya once años; pues entonces podía tenerse en pie; más, por la cruz, podía correr y dar tumbos por todas partes; pues aun el día antes se había roto la frente, y entonces mi marido —¡Dios lo tenga en su gloria!— que era un hombre alegre, alzó a la niña: «Anda», dijo, «¿te caes de cara? Caerás de espaldas cuando tengas más juicio; ¿no es verdad, Julieta?» Y, por mis santos, la pobrecilla dejó de llorar y dijo «Sí». Mirad cómo una broma llega a cumplirse. Apuesto a que, aunque viviera mil años, jamás lo olvidaría. «¿No es verdad, Julieta?» decía; y la pobre necia se detuvo y dijo «Sí».
LA SEÑORA DE CAPULETO. Basta de eso; te ruego que calles.
LA NODRIZA. Sí, señora, pero no puedo menos de reír, al pensar que dejó de llorar y dijo «Sí»; y, sin embargo, os aseguro que tenía en la frente un chichón tan grande como la piedra de un gallito; un golpe peligroso, y lloró amargamente. «Anda», dijo mi marido, «¿te caes de cara? Caerás de espaldas cuando llegues a mayor; ¿no es verdad, Julieta?» se detuvo, y dijo «Sí».
JULIETA. Y tú detente también, te lo ruego, Nodriza, que digo yo.
LA NODRIZA. Paz, he terminado. Dios te bendiga con su gracia, fuiste la más hermosa criatura que jamás crié: y si pudiera vivir hasta verte casada, tendría mi deseo.
LA SEÑORA DE CAPULETO. Casarte, ese casamiento es justamente el tema del que vine a hablar. Dime, hija Julieta, ¿qué tal tu disposición para casarte?
JULIETA. Es un honor del que ni siquiera sueño.
LA NODRIZA. ¡Un honor! Si no fuera yo tu única nodriza, diría que mamaste sabiduría de mi pecho.
LA SEÑORA DE CAPULETO. Pues bien, piensa ahora en casarte: más jóvenes que tú, aquí en Verona, damas de estima, son ya madres. Por mi cuenta, yo era tu madre siendo apenas algo más añosa de los que tú tienes ahora doncella. Así, pues, en breve: el valeroso París os solicita por amor.
LA NODRIZA. ¡Un hombre, señorita! ¡Señorita, un hombre como el que no hay otro! ¡Voto a tal, es un hombre dechado!
LA SEÑORA DE CAPULETO. El verano de Verona no tiene flor semejante.
LA NODRIZA. No, es una flor, a fe mía, una verdadera flor.
LA SEÑORA DE CAPULETO. ¿Qué decís, podréis querer al caballero? Esta noche le veréis en nuestro festejo; leed de cabo a rabo el volumen del rostro del joven París, y hallad el deleite escrito allí con pluma de hermosura. Examinad cada rasgo propio de casado, y ved cómo unos a otros se prestan contento; y lo que encubierto yace en este hermoso volumen, halladlo escrito al margen de sus ojos. Este precioso libro de amor, este amante sin atadura, para embellecerle, solo le falta una cubierta: el pez vive en el mar; y es gran honra que lo hermoso de fuera lo hermoso de dentro esconda. Aquel libro en ojos de muchos reparte la gloria, que en broches de oro cierra la dorada historia; así compartiréis todo lo que él posee, al tenerle a él, sin ser vos menos.
LA NODRIZA. No menos, antes mayor. Las mujeres crecen con los hombres.
LA SEÑORA DE CAPULETO. Hablad breve: ¿podéis gustar del amor de París?
JULIETA. Procuraré gustar, si el mirar mueve el gusto: mas no hundiré más hondo la mirada, que lo que vuestro consentimiento me otorgue para alzarla.
Entra un Criado.
EL CRIADO. Señora, los convidados han llegado, la cena está servida, os llaman, piden a la señorita, la Nodriza maldice en la despensa, y todo está en extremo. He de irme a atender, os ruego que sigáis de seguida.
LA SEÑORA DE CAPULETO. Te seguimos.
[Sale el Criado.]
Julieta, el Conde aguarda.
LA NODRIZA. Ve, muchacha, busca noches felices junto a días felices.
[Salen.]
ESCENA IV. Una calle.
Entran Romeo, Mercucio, Benvolio, con cinco o seis Máscaris; antorcheros y otros.
ROMEO. ¿Qué, hemos de pronunciar este discurso por excusa? ¿O entramos sin más disculpa?
BENVOLIO. El plazo de tales prolijidades ha pasado: no tendremos a un Cupido vendado con un antifaz, que lleve un arco tártaro pintado de madera, espantando a las damas como un espantapájaros; ni prólogo sin libro, débilmente recitado tras el apuntador, para nuestra entrada; mas que nos midan con lo que quieran, nosotros les tomaremos una medida, y nos iremos.
ROMEO. Dadme una antorcha, yo no estoy para este andar ocioso; estando tan cargado, llevaré yo la luz.
MERCUCCIO. No, gentil Romeo, hemos de haceros bailar.
ROMEO. Yo no, creedme; vos tenéis zapatos de danzar, con suelas ágiles; yo tengo un alma de plomo que me clava en el suelo y no puedo moverme.
MERCUCCIO. Sois amante, tomad prestadas las alas de Cupido, y remontad con ellas sobre el común vuelo.
ROMEO. Estoy demasiado malherido de su flecha para remontarme con sus plumas ligeras; y así atado, no puedo dar un salto sobre mi torpe dolor. Bajo el grave peso del amor me hundo.
MERCUCCIO. Y, para hundiros en él, cargaríais el amor; demasiada opresión para cosa tan tierna.
ROMEO. ¿Es tierna cosa el amor? Es demasiado áspero, demasiado rudo, demasiado violento; y pincha como espina.
MERCUCCIO. Si el amor es áspero con vos, sed áspero con el amor; puncad al amor porque punza, y así le abatiréis. Dadme una caja para meter mi rostro: [Se pone una máscara.] un visor por un visor. ¿Qué me importa qué ojo curioso reparare en deformidades? Estas cejas de sátiro se sonrojarán por mí.
BENVOLIO. Vamos, llamad y entrad; y no bien dentro, cada uno tome sus piernas.
ROMEO. Una antorcha para mí: que los lascivos, ligeros de corazón, hagan cosquillas a los insensibles juncos con sus talones; que yo, proverbial con frase de abuelo, seré el que sostiene la vela y mira, nunca fue tan hermosa la partida, y yo estoy fuera.
MERCUCCIO. ¡Tate!, pardillo es el ratón, voz del alguacil: si eres pardillo, te sacaremos del atolladero, o salva tu reverencia amor, en que estás atascado hasta las orejas. Vamos, quemamos el día, ea.
ROMEO. No, no es eso.
MERCUCCIO. Quiero decir, señor, que con la tardanza gastamos en vano nuestras luces, encendiendo luces de día. Toma nuestra buena intención, pues nuestro juicio cabe cinco veces ahí donde una vez en nuestros cinco sentidos.
ROMEO. Y vamos con buen propósito a esta máscara; pero no es ingenio ir.
MERCUCCIO. Pues, ¿puede uno preguntar por qué?
ROMEO. He soñado un sueño esta noche.
MERCUCCIO. Y yo también.
ROMEO. Pues ¿cuál fue el vuestro?
MERCUCCIO. Que los soñadores suelen mentir.
ROMEO. En la cama dormidos, mientras sueñan cosas verdaderas.
MERCUCCIO. ¡Oh, entonces, veo que la reina Mab ha estado con vos! Ella es la partera de las hadas, y viene con forma no mayor que una piedra de ágata en el dedo índice de un edil, tirada por un tiro de átomos pequeñitos sobre las narices de los hombres mientras duermen: los rayos de su carro son de largas patas de arañas; la cubierta, de alas de saltamontes; las correas, de la tela de la araña más pequeña; los collares, de los húmedos rayos del claro de luna; su látigo, de hueso de grillo; la correa, de filme; su cochero, un pequeño mosquito de capa gris, no tan grande como un redondo gusanillo sacado del dedo perezoso de una doncella: su carroza es una avellana vacía, hecha por el carpintero ardilla o el viejo gorgojo, de tiempo ha los fabricantes de coches de las hadas. Y en este estado galopa noche tras noche por cerebros de amantes, y entonces sueñan con amor; sobre rodillas de cortesanos, que sueñan luego con reverencias; sobre dedos de abogados, que sueñan luego con honorarios; sobre labios de damas, que sueñan luego con besos, que a menudo la airada Mab castiga con ampollas, porque sus alientos están contaminados de dulces: a veces ella galopa sobre la nariz de un cortesano, y entonces sueña él con olfatear un pleito; y a veces viene ella con la cola de un cerdo del diezmo, hormigueando la nariz de un clérigo mientras duerme, y entonces sueña él con otro beneficio: a veces ella pasa sobre el cuello de un soldado, y entonces sueña él con cortar gargantas foráneas, con brechas, emboscadas, cuchillos españoles, con brindis de cinco brazas de hondo; y luego al punto redobla en su oído, con lo que se sobresalta y despierta; y, así asustado, reza una o dos plegarias, y vuelve a dormir. Esta es esa misma Mab que trenza las crines de los caballos en la noche; y cuece los mechones enredados en pelos sucios, que, una vez desatados, mucho mal auguran: esta es la vieja, cuando las doncellas yacen boca arriba, que las oprime, y las enseña primero a sobrellevar, haciéndolas mujeres de buen talle: esta es ella —
ROMEO. Paz, paz, Mercucio, paz, hablas de nada.
MERCUCCIO. Cierto, hablo de sueños, que son hijos de un cerebro ocioso, engendrados de nada más que vana fantasía, tan tenue de substancia como el aire, y más inconstante que el viento, que ahora corteja el helado pecho del norte, y, airado, sopla lejos de allí, volviendo su costado al sur que destila rocío.
BENVOLIO. Este viento de que habláis nos aparta de nosotros mismos: la cena ha terminado, y llegaremos demasiado tarde.
ROMEO. Temo llegar demasiado temprano: pues mi ánimo presiente que alguna consecuencia aún pendiente de las estrellas, empezará amargamente su fecha terrible con los regocijos de esta noche; y expirará el plazo de una despreciada vida, cerrado en mi pecho por alguna vil sanción de muerte prematura. Mas el que rige el timón de mi rumbo guíe mi empresa. ¡Adelante, gallardos caballeros!
BENVOLIO. Golpead, tambor.
[Salen.]
ESCENA V. Un salón en casa de Capuleto.
Músicos aguardando. Entran Criados.
PRIMER CRIADO. ¿Dónde está Potpan, que no ayuda a recoger? ¡Qué trinchar! ¡Qué raspar el plato!
SEGUNDO CRIADO. Cuando las buenas maneras han de estar todas en manos de uno o dos hombres, y además sin lavar, eso es cosa sucia.
PRIMER CRIADO. Fuera con los escabeles, quita el aparador, mira la plata. Tú, buen hombre, guárdame un pedazo de mazapán; y si me quieres, que el portero deje entrar a Susan Muela y a Nell. ¡Antonio y Potpan!
SEGUNDO CRIADO. Sí, mozo, listo.
PRIMER CRIADO. Te esperan y llaman, piden y buscan, en la gran sala.
SEGUNDO CRIADO. No podemos estar aquí y allá a un tiempo. ¡Ánimo, muchachos! Sed diligentes un rato, y el que más viva lo tome todo.
[Salen.]
Entran Capuleto, etc., con los Convidados y Damas para los Máscaris.
CAPULETO. Bienvenidos, caballeros; las damas que tengan los dedos sin roer de callos, terciarán con vosotras. ¡Ay, mis señoras, cuál de vosotras negará ahora el baile? La que pusiere reparos, juro que tiene callos. ¿Me acerco ya? ¡Bienvenidos, caballeros! Yo he visto el día en que llevé antifaz, y sabía contar un susurrado cuento al oído de una hermosa dama, cual pluguiera; ya se fue, ya se fue, ya se fue, ¡bienvenidos sois, caballeros! Vamos, músicos, tocad. ¡Sala, sala, haced lugar! Y moved los pies, doncellas.
[Suena la música y bailan.]
¡Más luz, bribones! Y levantad las mesas, y apagad el fuego, que el salón está demasiado caluroso. ¡Ah, compadre, este festejo no esperado viene a cuento! Ea, sentaos, sentaos, primo Capuleto, pues vos y yo hemos pasado ya los días del baile; ¿cuánto hace ya desde la última vez que vos y yo estuvimos en una máscara?
EL PRIMO DE CAPULETO. Por Nuestra Señora, treinta años.
CAPULETO. ¿Qué, hombre, no es tanto, no es tanto! Fue desde la boda de Lucencio; venga Pentecostés tan pronto como quiera, unos veinticinco años; y entonces nos enmascaramos.
EL PRIMO DE CAPULETO. Es más, es más; su hijo es mayor, señor; su hijo tiene treinta.
CAPULETO. ¿Habéis de decirme eso? Su hijo no era sino pupilo hace dos años.
ROMEO. ¿Qué dama es aquella que enriquece la mano de aquel caballero?
EL CRIADO. No lo sé, señor.
ROMEO. ¡Oh, ella enseña a las antorchas a arder brillantes! Parece que pende del rostro de la noche como un rico joyel en la oreja de un etiope: ¡hermosura demasiado rica para uso, demasiado preciosa para la tierra! Así muestra una paloma blanca trotando entre cuervos como aquella dama sobre sus compañeras muestra. Acabada la danza, observaré el sitio de su asiento, y, tocando el suyo, haré bendita mi ruda mano. ¿Acaso amaba mi corazón hasta ahora? ¡Reniega, vista! Pues nunca vi verdadera hermosura hasta esta noche.
TIBALTO. Por su voz, este debe ser un Montesco. ¡Busca mi espada, muchacho! ¿Qué, osa el siervo venir acá, cubierto con un rostro grotesco, para mofarse y escarnecer de nuestra solemnidad? Ahora, por el linaje y el honor de mi sangre, no tengo por pecado darle muerte.
CAPULETO. ¿Cómo es esto, pariente! ¿Por qué tanto estrépito?
TIBALTO. Tío, este es un Montesco, nuestro enemigo; un villano que viene aquí a deshora, para escarnecer esta noche nuestra solemnidad.
CAPULETO. ¿El joven Romeo, es él?
TIBALTO. Es él, ese villano Romeo.
CAPULETO. Quiétate, gentil primo, déjale en paz; se porta como un cumplido caballero; y, a decir verdad, Verona se jacta de él como de un virtuoso y bien gobernado mancebo. No quisiera, por la riqueza de toda la ciudad, afrentarle en mi casa. Por tanto, sé paciente, no repares en él, es mi voluntad; la cual si respetas, muestra presencia afable y depón esos ceños, mal semblante para un festín.
TIBALTO. Cuando tal villano es convidado, conviene así: no le sufriré.
CAPULETO. Habrá de sufrirse. ¡Qué, buen hombre, mozo! Digo que habrá de sufrirse, ea; ¿soy yo el amo aquí, o lo sois vos? Ea. ¡No le sufriréis! ¡Dios me perdone el alma, vais a amotinar a mis convidados! ¡Alborotaréis, seréis el hombre!
TIBALTO. Por qué, tío, es una vergüenza.
CAPULETO. ¡Ea, ea! Sois un muchacho impertinente. ¿Es así, de veras? Este juego puede dañaros, bien lo sé. ¡Habéis de contradecirme! Casamiento, ya es hora. ¡Bien dicho, corazones! Sois un mequetrefe; id: estáos quedo, o —¡Más luz, más luz!— ¡Por vergüenza! Yo os haré estar quedo. ¡Ánimo, corazones míos!
TIBALTO. La paciencia forzada con la cólera airada al encuentro hace temblar mi carne en su opuesto saludo. Me retiraré: mas esta intrusión, que ahora parece dulce, se tornará en hiel amarga.
[Sale.]
ROMEO. [A Julieta.] Si profano con mi indigna mano este santo relicario, el leve pecado es este, mis labios, dos ruborosos peregrinos, están prestos para suavizar áspero contacto con tierno beso.
JULIETA. Buen peregrino, ultrajáis demasiado vuestra mano, que muestra así cortés devoción; pues las santas tienen manos que manos de peregrinos tocan, y palma con palma es beso de santo palmero.
ROMEO. ¿No tienen labios las santas, y los santos palmeros también?
JULIETA. Sí, peregrino, labios que han de usar en la oración.
ROMEO. ¡Oh, entonces, dulce santa, dejen los labios hacer lo que hacen las manos! Ruegan, conceded, no sea que la fe se vuelva desesperanza.
JULIETA. Las santas no se mueven, aunque otorgan por las preces.
ROMEO. Entonces no os mováis mientras tomo el efecto de mi ruego. Así, de mis labios, por los tuyos mi pecado queda purgado. [La besa.]
JULIETA. Entonces tengan mis labios el pecado que han tomado.
ROMEO. ¿Pecado de mis labios? ¡Oh, dulce y dulce agravio! Devuélveme mi pecado.
JULIETA. Besáis según el ritual.
LA NODRIZA. Señora, vuestra madre desea hablaros.
ROMEO. ¿Quién es su madre?
LA NODRIZA. Casamiento, bachiller, su madre es la señora de la casa, y buena señora, y discreta y virtuosa. Yo crié a la hija con quien hablasteis. Os digo, quien pueda echarle mano, tendrá las monedas.
ROMEO. ¿Es ella Capuleta? ¡Oh, cara cuenta! Mi vida es deuda de mi enemigo.
BENVOLIO. Fuera, vete; el juego está en su mejor punto.
ROMEO. Sí, así lo temo; mayor es mi inquietud.
CAPULETO. Ea, caballeros, no os dispongáis a iros, que tenemos hacia allá un frívolo necio banquete. ¿Es ya así? Pues bien, os lo agradezco a todos; os lo agradezco, honestos caballeros; buenas noches. ¡Más antorchas acá! Ea, vamos, vamos a acostarnos. ¡Ah, compadre, a fe mía, va haciéndose tarde, voy a mi reposo.
[Salen todos menos Julieta y la Nodriza.]
JULIETA. Ven acá, Nodriza. ¿Quién es aquel caballero?
LA NODRIZA. El hijo y heredero del viejo Tiberio.
JULIETA. ¿Quién es el que ahora sale por la puerta?
LA NODRIZA. Casamiento, creo que es el joven Petruchio.
JULIETA. ¿Quién es el que viene detrás, que no quiso bailar?
LA NODRIZA. No lo sé.
JULIETA. Ve a preguntarle su nombre. Si es casado, mi sepultura será mi lecho nupcial.
LA NODRIZA. Su nombre es Romeo, y Montesco, el único hijo de vuestro gran enemigo.
JULIETA. ¡Mi único amor nacido de mi único odio! ¡Demasiado pronto visto sin ser conocido, y conocido demasiado tarde! ¡Prodigioso nacimiento de amor es para mí, el que deba amar a un aborrecido enemigo!
LA NODRIZA. ¿Qué es esto? ¿Qué es esto?
JULIETA. Una copla que aprendí ahora mismo de uno con quien dancé.
[Uno llama dentro: «¡Julieta!]
LA NODRIZA. ¡Al punto, al punto! Ven, vámonos, los forasteros se han ido todos.
[Salen.]
ACTO II
Entra el Coro.
EL CORO. Ahora el antiguo deseo yace en su lecho de muerte, y el joven afecto bosteza por ser su heredero; aquella hermosura por la que amor gimió y querría morir, emparejada con la tierna Julieta, ya no es hermosa. Ahora Romeo es amado, y ama a su vez, igualmente hechizados por el encanto de las miradas; pero a su enemigo supuesto ha de quejarse, y ella hurtar el dulce cebo del amor a los temerosos anzuelos: siendo tenido por enemigo, no puede tener acceso a respirar votos tales como los amantes usan jurar; y ella, así de enamorada, sus medios son mucho menores para encontrar a su nuevo amado en parte alguna. Mas la pasión les presta poder, tiempo, medios para encontrarse, templando extremos con sumo dulzor.
[Sale.]
ESCENA I. Un lugar abierto junto al jardín de Capuleto.
Entra Romeo.
ROMEO. ¿Puedo yo seguir adelante cuando mi corazón está aquí? Vuélvete, tierra ruda, y busca tu centro.
[Salta el muro y baja dentro.]
Entran Benvolio y Mercucio.
BENVOLIO. ¡Romeo! ¡Primo Romeo! ¡Romeo!
MERCUCCIO. Él es prudente, y, a fe mía, se ha hurtado a casa y a la cama.
BENVOLIO. Corrió por aquí, y saltó este muro del huerto: llama, buen Mercucio.
MERCUCCIO. Ea, yo también conjuraré. ¡Romeo! ¡Humoradas! ¡Loco! ¡Pasión! ¡Amante! Aparece bajo la figura de un suspiro, pronuncia una sola rima, y quedaré satisfecho; clama tan solo «¡Ay de mí!» Pronuncia tan solo Amor y paloma; dirige a mi comadre Venus una hermosa palabra, un sobrenombre para su hijo y heredero purpúreo, el joven Abraham Cupido, el que tan gallardo tiró cuando el rey Cofetua amó a la doncella mendiga. Él no oye, no se menea, no se mueve; el mono ha muerto, y he de conjurarle. Te conjuro por los brillantes ojos de Rosalina, por su alta frente y su escarlata labio, por su fino pie, su pierna recta, y su muslo trémulo, y los confines que allí adyacentes yacen, que en tu semejanza te aparezcas ante nosotros.
BENVOLIO. Y si él te oye, le enojarás.
MERCUCCIO. Esto no puede enojarle. Le enojaría evocar un espíritu en el círculo de su dama, de alguna naturaleza extraña, dejándolo allí estar hasta que ella lo hubiera puesto y conjurado abajo; eso fuera alguna maldad. Mi invocación es justa y honesta, y, en nombre de su dama, no conjuro sino para levantarle a él.
BENVOLIO. Venga, se ha escondido entre estos árboles para hacer compañía a la humorosa noche. Ciega es su amor, y al oscuro mejor se aviene.
MERCUCCIO. Si amor es ciego, no puede dar en el blanco. Ahora se sentará bajo un níspero, y deseará que su dama fuera de esa clase de fruto que las doncellas llaman nísperos cuando ríen solas. ¡Oh, Romeo, que ella lo fuera, oh, que lo fuera, un «culo abierto» y tú una pera poperín! Romeo, buenas noches. Yo me voy a mi cama plegadiza. Esta cama de campo es demasiado fría para que yo duerma. Ea, ¿nos vamos?
BENVOLIO. Vamos entonces; pues en balde buscaremos aquí al que piensa no ser hallado.
[Salen.]
ESCENA II. El jardín de Capuleto.
Entra Romeo.
Sólo para continuidad — este es el FINAL del tramo anterior, ya traducido. NO lo traduzcas de nuevo y NO lo repitas en tu salida. Haz coincidir sus nombres, terminología y registro: --- el asunto. Nodriza, déjame un momento, Hemos de hablar en secreto. Nodriza, vuelve de nuevo, Acabo de acordarme, oirás nuestro consejo. Sabes que mi hija tiene una edad bonita. NODRIZA. A fe, puedo decir su edad hasta la hora. SEÑORA DE CAPULETO. No tiene catorce. NODRIZA. Apuesto catorce de mis dientes, Y, dicho sea entre dientes, no tengo sino cuatro, No tiene catorce. ¿Cuánto falta ahora Para la fiesta de San Miguel? SEÑORA DE CAPULETO. Una quincena y algunos días.
ROMEO. Burlase de las cicatrices quien nunca sintió una herida.
Aparece Julieta arriba, en una ventana.
Mas, ¡silencio! ¿Qué luz alumbra esa ventana? ¡Es el oriente, y Julieta es el sol! ¡Sal, sol hermoso, y mata a la envidiosa luna, Que ya de pena languidece y está pálida Porque tú, su doncella, eres mucho más hermosa que ella. No seas su doncella, pues ella es envidiosa; Su veste vestal no es sino enferma y verdosa, Y sólo los necios la visten; despójate de ella. ¡Es mi señora, oh, es mi amor! ¡Oh, ojalá supiera lo que es! Habla, y no dice nada. ¿Qué importa? Sus ojos discurren, yo les responderé. Demasiado osado soy; no es a mí a quien habla. Dos de las más bellas estrellas de todo el cielo, Teniendo algún asunto, ruegan a sus ojos Que centelleen en sus esferas hasta que vuelvan. ¿Qué importaría si sus ojos estuvieran allí, y ellas en su cabeza? La lumbre de su mejilla avergonzaría a esas estrellas, Como la luz del día a una lámpara; sus ojos en el cielo Deslumbrarían tan claros por la región del aire, Que cantarían las aves creyendo que no es de noche. Mira cómo apoya la mejilla en su mano. ¡Oh, si yo fuera un guante en esa mano, Para poder tocar esa mejilla!
JULIETA. ¡Ay de mí!
ROMEO. Habla. ¡Oh, habla otra vez, ángel luminoso, pues eres Tan glorioso a esta noche, estando sobre mi cabeza, Como un alado mensajero del cielo A los ojos asombrados, vueltos hacia arriba, de los mortales, Que caen de espaldas por mirarlo Cuando monta sobre las perezosas y fláccidas nubes Y navega sobre el seno del aire.
JULIETA. ¡Oh, Romeo, Romeo! ¿Por qué eres Romeo? Niega a tu padre y rehusa tu nombre. O, si no quieres, júrame tan sólo mi amor, Y no seré más un Capuleto.
ROMEO. [Aparte.] ¿He de oír más, o he de hablar ahora?
JULIETA. Sólo tu nombre es mi enemigo; Tú eres tú mismo, aunque no Montesco. ¿Qué es Montesco? No es mano ni pie, Ni brazo, ni rostro, ni parte alguna Perteneciente a un hombre. ¡Oh, ten otro nombre! ¿Qué hay en un nombre? Eso que llamamos rosa Con cualquier otro nombre olería igual de dulce; Así Romeo, si no se llamara Romeo, Retendría esa dulce perfección que le es propia Sin ese título. Romeo, quítate el nombre, Y a cambio del nombre, que no es parte de ti, Tómame toda a mí.
ROMEO. Te tomo al pie de la letra. Llámame tan sólo amor, y seré bautizado de nuevo; Nunca más seré Romeo.
JULIETA. ¿Qué hombre eres tú, que así, embozado en la noche, Tropezas con mi secreto?
ROMEO. Por un nombre No sé cómo decirte quién soy: Mi nombre, santa querida, me es odioso a mí mismo, Porque es un enemigo para ti. Si lo tuviera escrito, rompería la palabra.
JULIETA. Mis oídos aún no han bebido cien palabras De tu lengua, y ya conozco el sonido. ¿No eres tú Romeo, y un Montesco?
ROMEO. Ninguno de los dos, hermosa doncella, si alguno te disgusta.
JULIETA. ¿Cómo llegaste aquí? Dime, y ¿con qué fin? Los muros del huerto son altos y difíciles de escalar, Y el lugar es muerte, considerando quién eres tú, Si alguno de mis parientes te encuentra aquí.
ROMEO. Con las leves alas del amor salté por encima de esos muros, Porque los límites de piedra no pueden contener al amor, Y lo que el amor puede hacer, eso el amor se atreve a intentar: Por eso tus parientes no son obstáculo para mí.
JULIETA. Si te ven, te asesinarán.
ROMEO. ¡Ay, hay más peligro en tus ojos Que en veinte de sus espadas! Mírame tan sólo con dulzura, Y yo estaré a prueba de su enemistad.
JULIETA. No quisiera por nada del mundo que te hubieran visto aquí.
ROMEO. Tengo el manto de la noche para ocultarme de sus ojos, Y, si tú me amas, déjame aquí si me hallan. Mejor me sería acabar la vida por su odio Que una muerte aplazada, falto de tu amor.
JULIETA. ¿Quién te indicó el camino hasta este lugar?
ROMEO. El amor, que primero me indujo a preguntar; Él me prestó consejo, y yo le presté ojos. No soy piloto; mas, si tú estuvieras Tan lejos como esa vasta orilla bañada por el mar más lejano, Yo arriesgaría por tal mercadería.
JULIETA. Bien sabes que la máscara de la noche está sobre mi rostro; De lo contrario, un rubor de doncella teñiría mi mejilla Por lo que me has oído decir esta noche. Querría mantenerme en las formas, querría negar Lo que he dicho; pero, adiós al cumplimiento. ¿Me amas? Sé que dirás que sí, Y aceptaré tu palabra. Y, con todo, si juras, Podrías resultar falso. De los perjurios de los amantes, Dicen que Júpiter se ríe. ¡Oh, dulce Romeo, Si me amas, decláralo fielmente! O si crees que me he rendido demasiado deprisa, Frunciré el ceño y seré caprichosa, y te negaré, Con tal que sigas cortejándome. Pero, si no, ni por el mundo. En verdad, hermoso Montesco, soy demasiado crédula; Y por eso puedes pensar que mi conducta es ligera: Pero créeme, caballero, seré más fiel Que aquellos que tienen más astucia para mostrarse distantes. Debí haber sido más distante, lo confieso, Pero es que tú oíste, antes de que me diera cuenta, Mi verdadera pasión de amor; perdóname, Y no atribuyas esta entrega a un amor ligero, Que la noche oscura ha descubierto así.
ROMEO. Señora, por la bendita luna que veo, Que platea las copas de estos frutales,—
JULIETA. ¡Oh, no jures por la luna, la luna inconstante, Que cambia cada mes en su órbita circular, No sea que tu amor resulte también variable!
ROMEO. ¿Por qué he de jurar?
JULIETA. No jures en absoluto. O, si quieres, jura por ti mismo, tu ser gracious, Que es el dios de mi idolatría, Y te creeré.
ROMEO. Si el amor querido de mi corazón,—
JULIETA. Bien, no jures. Aunque me alegro de ti, No me gozo en este pacto esta noche; Es demasiado apresurado, demasiado irreflexivo, demasiado súbito, Demasiado parecido al relámpago, que cesa de ser Antes de que uno pueda decir «Relampaguea». Dulce, buenas noches. Este brote de amor, por el aliento madurante del estío, Puede ser una hermosa flor cuando nos volvamos a ver. Buenas noches, buenas noches. ¡Que tan dulce reposo y descanso Vaya a tu pecho como lo que hay en el mío!
ROMEO. ¿Me dejarás así, insatisfecho?
JULIETA. ¿Qué satisfacción puedes tener esta noche?
ROMEO. El trueque del voto fiel de tu amor por el mío.
JULIETA. Te di el mío antes de que lo pidieras; Y, sin embargo, quisiera darlo otra vez.
ROMEO. ¿Lo retirarías? ¿Con qué fin, amor?
JULIETA. Sino para ser franca y dártelo de nuevo. Y, con todo, no deseo sino lo que ya tengo; Mi munificencia es tan ilimitada como el mar, Mi amor tan profundo; cuanto más te doy, Más tengo, pues ambos son infinitos. Oigo ruido dentro. Querido amor, adiós. [La Nodriza llama dentro.] ¡Al punto, buena Nodriza!—Séme fiel, dulce Montesco. Quédate sólo un poco, volveré.
[Se va.]
ROMEO. ¡Oh, noche bendita, bendita! Temo, Siendo de noche, que todo esto sea un sueño, Demasiado halagüeño y dulce para ser real.
Entra Julieta arriba.
JULIETA. Tres palabras, querido Romeo, y verdaderas buenas noches. Si tu inclinación de amor es honorable, Y tu propósito es matrimonio, mándame recado mañana, Por alguien que yo buscaré para que vaya a ti, Dónde y a qué hora quieres celebrar el rito, Y yo pondré a tus pies todas mis fortunas Y te seguiré, mi señor, por todo el mundo.
NODRIZA. [Dentro.] Señora.
JULIETA. ¡Voy, al punto!— Pero si no lo haces con buena intención, Te ruego,—
NODRIZA. [Dentro.] Señora.
JULIETA. ¡Ya voy— A cesar tu porfía y dejarme con mi pena. Mañana te enviaré.
ROMEO. Que así prospere mi alma,—
JULIETA. Mil veces buenas noches.
[Se va.]
ROMEO. Mil veces peor, carecer de tu luz. El amor va hacia el amor como los escolares dejando sus libros, Pero el amor desde el amor, hacia la escuela con mirada pesada.
[Retirándose despacio.]
Vuelve a entrar Julieta, arriba.
JULIETA. ¡Chist! Romeo, ¡chist! ¡Oh, tener la voz de un halconero Para atraer de nuevo a ese neblí! La servidumbre es ronca y no puede hablar alto, Si no, desgarraría la cueva donde Eco mora, Y volvería su lengua aérea más ronca que la mía Repitiendo el nombre de mi Romeo.
ROMEO. Es mi alma la que llama por mi nombre. ¡Qué dulcemente plateado suenan las lenguas de los amantes por la noche, Como la más suave música para oídos atentos!
JULIETA. Romeo.
ROMEO. ¿Mi bien?
JULIETA. ¿A qué hora mañana Te enviaré a buscar?
ROMEO. A las nueve.
JULIETA. No fallaré. Falta veinte años hasta entonces. He olvidado por qué te llamé de vuelta.
ROMEO. Déjame estar aquí hasta que te acuerdes.
JULIETA. Olvidaré, por tenerte siempre aquí parado, Acordándome de cuánto amo tu compañía.
ROMEO. Y yo seguiré quedándome, para que tú sigas olvidándote, Olvidando otro hogar que no sea éste.
JULIETA. Casi es de mañana; quisiera que te fueras, Y, con todo, no más lejos que un pájaro voluntarioso, Que se deja saltar un poco de su mano, Como un pobre preso en sus trabas torcidas, Y con un hilo de seda lo tira de vuelta, Tan amorosamente celoso de su libertad.
ROMEO. Quisiera ser tu pájaro.
JULIETA. Amor, yo también lo quisiera: Y, con todo, te mataría con tanto mimo. Buenas noches, buenas noches. La despedida es una pena tan dulce, Que diré buenas noches hasta que sea mañana.
[Se va.]
ROMEO. ¡Que el sueño repose en tus ojos, paz en tu pecho! Quisiera ser sueño y paz, tan dulce de descansar. Iré, pues, a la celda de mi padre spiritual, A pedirle su ayuda y a contarle mi dicha.
[Se va.]
ESCENA III. La celda del Fray Lorenzo.
Entra el Fray Lorenzo con una cesta.
FRAY LORENZO. La mañana de ojos grises sonríe a la noche ceñuda, Salpicando de franjas de luz las nubes del oriente; Y la oscuridad moteada, como un borracho, se tambalea Fuera de la senda del día, abierta por las ruedas ígneas de Titán. Ahora, antes de que el sol adelante su ojo abrasador, Para alegrar el día y secar el húmedo rocío de la noche, He de llenar esta jaula de mimbre nuestra Con hierbas dañinas y flores de precioso jugo. La tierra, madre de la naturaleza, es su tumba; Lo que es su sepulcro, ése es su seno: Y de su seno, hijos de diversa especie Hallamos mamando en su natural regazo. Muchos de excelentes virtudes, Ninguno sino para alguna, y, con todo, todos diferentes. ¡Oh, mucha es la poderosa gracia que reside En plantas, hierbas, piedras y sus verdaderas cualidades! Pues nada tan vil que viva sobre la tierra Que no dé a la tierra algún bien especial; Ni nada tan bueno que, apartado de ese noble uso, No se rebele de su verdadero nacimiento, tropezando en el abuso. La misma virtud se vuelve vicio, mal aplicada, Y el vicio a veces se dignifica con la acción.
Entra Romeo.
Dentro de la tierna corteza de esta débil flor Tienen residencia el veneno y el poder de la medicina: Pues, una, oliéndola, con eso alegra cada parte; Otra, gustada, mata con el corazón todos los sentidos. Dos reyes tan opuestos acámpanse sin cesar Tanto en el hombre como en las hierbas,—la gracia y la voluntad indómita; Y donde la peor es predominante, Pronto el cancro muerte devora esa planta.
ROMEO. Buenos días, padre.
FRAY LORENZO. ¡Benedicite! ¿Qué lengua temprana tan dulce me saluda? Joven hijo, arguye una cabeza destemplada El tan pronto dar los buenos días a tu lecho. El cuidado vela en el ojo de todo anciano, Y donde anida el cuidado, el sueño jamás reposa; Mas donde la juventud sin golpes, con cerebro no relleno, Acuesta sus miembros, allí reina el sueño de oro. Por eso tu madrugar me asegura Que te has levantado con algún destemple; O, si no, aquí acierto de lleno: Nuestro Romeo no ha estado en cama esta noche.
ROMEO. Eso último es cierto; el reposo más dulce fue el mío.
FRAY LORENZO. Dios te perdone el pecado. ¿Estuviste con Rosalina?
ROMEO. ¿Con Rosalina, padre spiritual? No. He olvidado ese nombre, y la pena de ese nombre.
FRAY LORENZO. Ése es mi buen hijo. Pero ¿dónde has estado, entonces?
ROMEO. Te lo diré antes de que me lo preguntes otra vez. He estado festejando con mi enemigo, Donde de súbito una me ha herido Que por mí está herida. Ambos nuestros remedios Están en tu ayuda y santa medicina. No guardo odio, hombre bendito; pues he aquí, Mi intercesión también vale para mi adversario.
FRAY LORENZO. Sé llano, buen hijo, y natural en tu intento; Confesión enigmática no halla sino enigmática absolución.
ROMEO. Sabe, pues, llanamente: el amor querido de mi corazón está puesto En la hermosa hija del rico Capuleto. Como el mío en el suyo, así el suyo está puesto en el mío; Y todo combinado, salvo lo que tú has de combinar Con santo matrimonio. Cuándo, y dónde, y cómo Nos vimos, nos cortejamos e hicimos trueque de votos, Te lo contaré por el camino; pero esto te ruego: Que consientas en casarnos hoy.
FRAY LORENZO. ¡Santo San Francisco! ¡Qué cambio es éste! ¿Rosalina, a quien amabas tan caro, Tan pronto olvidada? El amor de los jóvenes entonces no reside Verdaderamente en sus corazones, sino en sus ojos. ¡Jesú, María, cuánta cantidad de salmuera Ha lavado tus pálidas mejillas por Rosalina! Cuánta agua salada derramada en balde, Para sazonar un amor, que de ella no gusta. Aún el sol no ha disipado tus suspiros del cielo, Tus antiguos gemidos aún resuenan en mis antiguos oídos. Mira aquí, en tu mejilla, está la mancha De una vieja lágrima que aún no se ha lavado. Si alguna vez fuiste tú mismo, y esas penas tuyas, Tú y esas penas erais todas por Rosalina, ¿Y estás cambiado? Pronuncia, pues, esta sentencia: Las mujeres pueden caer, cuando no hay fuerza en los hombres.
ROMEO. Tú me reñías a menudo por amar a Rosalina.
FRAY LORENZO. Por embebecerte, no por amar, pupil mío.
ROMEO. Y me mandaste enterrar el amor.
FRAY LORENZO. No en una tumba Para echar dentro a una y sacar fuera a otra.
ROMEO. Te ruego que no me riñas; la que amo ahora Me devuelve favor por favor y amor por amor. La otra no hacía así.
FRAY LORENZO. ¡Oh, ella sabía bien Que tu amor leía de memoria, sin deletrear! Pero ven, joven vacilante, ven conmigo; En un respecto seré tu ayudante; Pues esta alianza puede resultar tan feliz, Que convierta el rancor de vuestras casas en amor puro.
ROMEO. ¡Oh, vámonos! Me urge una prisa repentina.
FRAY LORENZO. Con prudencia y despacio; tropiezan los que corren aprisa.
[Exeunt.]
ESCENA IV. Una calle.
Entren Benvolio y Mercucio.
MERCUIO. ¿Dónde diablos estará este Romeo? ¿No volvió a casa esta noche?
BENVOLIO. No a la de su padre; hablé con su criado.
MERCUIO. ¡Voto a tal, que esa pálida y dura puta, esa Rosalina, lo atormenta de tal modo que sin duda se volverá loco.
BENVOLIO. Tibaldo, el pariente del viejo Capuleto, ha enviado una carta a casa de su padre.
MERCUIO. Un reto, a fe mía.
BENVOLIO. Romeo le responderá.
MERCUIO. Cualquiera que sepa escribir puede responder una carta.
BENVOLIO. No, él responderá al autor de la carta, cómo se atreve, siendo desafiado.
MERCUIO. ¡Ay, pobre Romeo! Ya está muerto, traspasado por el ojo negro de una blanca puta; atravesado por el oído con una canción de amor, el mismo perno de su corazón hendido por el arpón del muchacho arquero ciego. ¿Y es él un hombre para enfrentarse a Tibaldo?
BENVOLIO. Pues, ¿qué es Tibaldo?
MERCUIO. Más que el Príncipe de los gatos. ¡Oh, es el valiente capitán de los cumplidos! Fights as you sing prick-song, he fights as you sing prick-song, keeps time, distance, and proportion. He rests his minim rest, one, two, and the third in your bosom: the very butcher of a silk button, a duellist, a duellist; a gentleman of the very first house, of the first and second cause. Ah, the immortal passado, the punto reverso, the hay.
BENVOLIO. ¿Qué?
MERCUIO. ¡Mal haya tales fantasmagorías afectadas y de balbuceo; estos nuevos afinadores del acento! Por Jesús, muy buena hoja, hombre muy alto, muy buena puta. ¿Por qué, no es cosa de lamentar, abuelo, que estemos así afligidos por estas moscas raras, estos modistas, estos «permítame usted», que tanto se precian de la nueva forma que no pueden sentarse a sus anchas en el viejo banco? ¡Oh, sus huesos, sus huesos!
Entra Romeo.
BENVOLIO. ¡Aquí viene Romeo, aquí viene Romeo!
MERCUIO. Sin su hueva, como un arenque seco. ¡Oh, carne, carne, cómo te has pescado! Ahora está para los números que fluía Petrarca: Laura, a su lado, no era sino una criada de cocina,—con verdad, tuvo mejor amor para rimarla: Dido, una marrana; Cleopatra, una gitana; Helena y Hero, perdidas y rameras; Tisbe, un ojo gris o así, pero no viene al caso. ¡Signor Romeo, bonjour! Hay un saludo francés para tu pantalón a la francesa. Nos diste bien el anoche la moneda falsa.
ROMEO. Buenos días a ambos. ¿Qué moneda falsa os di?
MERCUIO. La evasión, señor, la evasión; ¿no la concebís?
ROMEO. Perdona, buen Mercucio, mi asunto era grave, y en un caso como el mío un hombre puede violentar la cortesía.
MERCUIO. Que es tanto como decir: un caso como el tuyo obliga a un hombre a doblar las corvas.
ROMEO. Es decir, a hacer una reverencia.
MERCUIO. Amablemente lo has dado.
ROMEO. Exposición muy cortés.
MERCUIO. Yo soy la misma flor de la cortesía.
ROMEO. Flor, por flor.
MERCUIO. Justo.
ROMEO. Entonces mi zapato está bien floreado.
MERCUIO. ¡Agudo ingenio! Sigue ahora este chiste hasta que hayas gastado tu zapato, que cuando la suela única esté gastada, el chinte quede entero tras el uso, solamente singular.
ROMEO. ¡Chinte de suela única, solamente singular por la singularidad!
MERCUIO. Ponte entre nosotros, buen Benvolio; mi ingenio desfallece.
ROMEO. ¡Alas y espuelas, alas y espuelas; o proclamaré el triunfo!
MERCUIO. No, si tu ingenio corre la caza del ganso silvestre, me doy por vencido. Pues tú tienes más de ganso silvestre en uno de tus ingenios, de lo que yo, seguro, tengo en mis cinco enteros. ¿Estuve contigo allí para el ganso?
ROMEO. Nunca estuviste conmigo para nada, cuando no estabas allí para el ganso.
MERCUIO. Te morderé la oreja por ese chinte.
ROMEO. No, buen ganso, no muerdas.
MERCUIO. Tu ingenio es un manzanillo muy amargo, es una salsa muy aguda.
ROMEO. ¿Y no se sirve entonces bien a un dulce ganso?
MERCUIO. ¡Oh, he aquí un ingenio de badana, que se estira de una pulgada de angosto a una vara de ancho!
ROMEO. Lo estiro por la palabra ancho, que, añadida al ganso, demuestra que eres un ganso ancho de aquí a allí.
MERCUIO. ¿Por qué, no es esto mejor que gemir por amor? Ahora eres sociable, ahora eres Romeo; ahora eres lo que eres, tanto por el arte como por la naturaleza. Pues este amor que babea es como un gran natural, que corre goteando arriba y abajo para esconder su sonajero en un agujero.
BENVOLIO. Para, para.
MERCUIO. Me pides que pare en mi cuento contra el pelo.
BENVOLIO. De lo contrario, habrías hecho tu cuento largo.
MERCUIO. ¡Oh, estás engañado! Lo habría hecho corto, pues ya llegaba a toda la hondura de mi cuento, y pensaba, en verdad, no ocupar el argumento más tiempo.
Entran la Nodriza y Pedro.
ROMEO. ¡He aquí buen aparejo! ¡Una vela, una vela!
MERCUIO. Dos, dos; una camisa y un blusón.
NODRIZA. ¡Pedro!
PEDRO. Al punto.
NODRIZA. Mi abanico, Pedro.
MERCUIO. Buen Pedro, para que le tape la cara; pues el abanico es la cara más bella.
NODRIZA. Dios os dé buenos días, caballeros.
MERCUIO. Dios os dé buenas tardes, gentil dama.
NODRIZA. ¿Es ya buenas tardes?
MERCUIO. No menos, os digo; pues la mano obscena del reloj está ya sobre la punta del mediodía.
NODRIZA. ¡Mal haya vos! ¿Qué hombre sois?
ROMEO. Uno, gentil dama, que Dios ha hecho para sí mismo para destrozarse.
NODRIZA. A fe mía, bien dicho; para sí mismo para destrozarse, ¿eh? Caballeros, ¿podría alguno de vosotros decirme dónde puedo encontrar al joven Romeo?
ROMEO. Yo puedo decíroslo: pero el joven Romeo será más viejo cuando lo hayáis encontrado de lo que era cuando lo buscabais. Yo soy el más joven de ese nombre, a falta de uno peor.
NODRIZA. Decís bien.
MERCUIO. ¿Sí? ¿Es lo peor bien? Muy bien tomado, a fe; con prudencia, con prudencia.
NODRIZA. Si sois vos, señor, deseo alguna confidencia con vos.
BENVOLIO. Lo denunciará a alguna cena.
MERCUIO. ¡Una alcahueta, una alcahueta, una alcahueta! ¡So, ho!
ROMEO. ¿Qué has hallado?
MERCUCIO. Ninguna liebre, señor; a menos que una liebre, señor, en un pastel de Cuaresma, que está algo pasada y blanca antes de ser consumida.
[Canta.] Vieja liebre blanca, y vieja liebre blanca, es muy buena carne en Cuaresma; mas una liebre que es blanca es demasiado para una cuenta cuando se emblanquece antes de ser gastada.
Romeo, ¿vendréis a casa de vuestro padre? Iremos allí a comer.
ROMEO. Os seguiré.
MERCUCIO. Adiós, antigua señora; adiós, señora, señora, señora.
[Salen Mercucio y Benvolio.]
NODRIZA. Os ruego, señor, ¿qué atrevido mercader era este que tan lleno estaba de su labia?
ROMEO. Un caballero, nodriza, que gusta de oírse hablar, y dirá más en un minuto de lo que mantendrá en un mes.
NODRIZA. Y si dice algo contra mí, lo voy a poner en su sitio, aunque fuera más fornido de lo que es, y veinte como él. Y si no puedo, hallaré a quienes puedan. ¡Pícaro sarnoso! No soy de sus livianas; no soy de sus compinches. ¡Y vosotros también tendríais que estar ahí y consentir que cualquier granuja me use a su antojo!
PEDRO. Yo no vi a ningún hombre usaros a su antojo; si lo hubiera visto, mi espada habría saltado presto. Os aseguro que sé desenvainar tan rápido como otro cualquiera, si veo ocasión en buena pendencia y la ley de mi parte.
NODRIZA. ¡Ahora, ante Dios, estoy tan enfadada que cada parte de mí tiembla! Pícaro sarnoso. Os ruego, señor, una palabra: y como os dije, mi señora joven me mandó preguntaros; lo que ella me dijo que diga, me lo guardaré para mí. Pero primero dejad que os diga, si la metierais en un paraíso de necios, como dicen, sería una conducta muy burda, como dicen; pues la dama es joven. Y por tanto, si jugaseis a dos caras con ella, en verdad sería una mala cosa que se ofreciera a cualquier dama, y un proceder muy ruinesco.
ROMEO. Nodriza, recomiéndame a tu señora y ama. Te protesto—
NODRIZA. Buen corazón, y a fe que se lo diré. Señor, Señor, será una mujer dichosa.
ROMEO. ¿Qué le dirás, nodriza? No me entiendes.
NODRIZA. Le diré, señor, que vos protestáis, lo cual, según yo lo tomo, es un ofrecimiento caballeroso.
ROMEO. Dile que disponga algún medio de venir a confesarse esta tarde, y allí, en la celda del fray Lorenzo, será confesada y casada. Toma, por tus fatigas.
NODRIZA. No, en verdad, señor; ni un penique.
ROMEO. Vamos, digo que lo tomarás.
NODRIZA. Esta tarde, ¿señor? Bien, ella estará allí.
ROMEO. Y aguarda, buena nodriza, tras el muro de la abadía. Dentro de esta hora, mi hombre estará contigo, y te traerá cuerdas hechas como escala de jarcias, que hasta la alta cofa de mi gozo han de ser mi guía en la secreta noche. Adiós, sé fiel, y te pagaré tus fatigas; adiós; recomiéndame a tu señora.
NODRIZA. Ahora Dios del cielo te bendiga. Oíd, señor.
ROMEO. ¿Qué dices, mi buena nodriza?
NODRIZA. ¿Es discreto vuestro hombre? ¿No oísteis decir nunca que dos pueden guardar un secreto, si se aparta a uno?
ROMEO. Te aseguro que mi hombre es tan fiel como el acero.
NODRIZA. Bien, señor, mi señora es la más dulce dama. ¡Señor, Señor! Cuando era una cosita parlanchina,—¡Oh!, hay un noble en la ciudad, un Paris, que querría echar el anzuelo; pero ella, buen alma, tanto querría ver un sapo, un sapo verdadero, como verlo a él. Yo la enfado a veces, y le digo que Paris es el más apuesto; pero os aseguro que, cuando lo digo, ella se pone más pálida que cualquier trapo del mundo universal. ¿No empiezan romero y Romeo con la misma letra?
ROMEO. Sí, nodriza; ¿qué hay con eso? Ambos con una R.
NODRIZA. ¡Ah, burlón! Esa es la letra del perro. La R es de—no, yo sé que empieza con alguna otra letra, y ella tiene la más sentenciosa gracia sobre vos y el romero, que os haría bien oírla.
ROMEO. Recomiéndame a tu señora.
NODRIZA. Sí, mil veces. ¡Pedro!
[Sale Romeo.]
PEDRO. Al punto.
NODRIZA. Adelante y aprisa.
[Salen.]
ESCENA V. Jardín de Capuleto.
Entra Julieta.
JULIETA. Las nueve dio cuando a la Nodriza envié; en media hora prometió volver. Quizá no puede hallarle. No es eso. ¡Oh, está coja! Los heraldos del amor han de ser pensamientos, que diez veces más rápidos que los rayos del sol van, empujando las sombras sobre las colinas sombrías: por eso las palomas de veloz ala arrastran el amor, y por eso el rápido viento da alas a Cupido. Ya está el sol sobre la colina más alta del camino de este día, y de las nueve a las doce van tres largas horas, y aún no ha venido. Si tuviera afectos y ardiente sangre juvenil, sería tan veloz en el movimiento como un balón; mis palabras la llevarían a mi dulce amor, y las suyas a mí. Mas los viejos, muchos fingen estar muertos; pesados, lentos, pálidos como el plomo.
Entran la Nodriza y Pedro.
¡Oh Dios, ya viene! ¡Oh, dulce Nodriza, qué noticias? ¿Le has hallado? Despide a tu hombre.
NODRIZA. Pedro, quédate a la puerta.
[Sale Pedro.]
JULIETA. Ahora, buena dulce Nodriza,—¡Oh Señor!, ¿por qué miras tan triste? Aunque las noticias sean tristes, cuéntalas alegremente; si son buenas, deshonras la música de las dulces nuevas al tocármelas con semblante tan agrio.
NODRIZA. Estoy cansada, déjame un rato; ¡Fiu, cómo me duelen los huesos! ¡Qué caminata he llevado!
JULIETA. Quisiera que tú tuvieses mis huesos, y yo tus nuevas: Ea, ven, te lo ruego, habla; buena, buena Nodriza, habla.
NODRIZA. ¡Jesús, qué prisa! ¿No puedes aguardar un poco? ¿No ves que me falta el aliento?
JULIETA. ¿Cómo te falta el aliento, cuando tienes aliento para decirme que te falta el aliento? La excusa que pones en esta tardanza es más larga que el cuento que excusas. ¿Son buenas o malas tus nuevas? Responde a eso; di lo uno o lo otro, y aguardaré los detalles. Déjame satisfacer: ¿son buenas o malas?
NODRIZA. Bien, habéis hecho una simple elección; no sabéis cómo elegir a un hombre. ¿Romeo? No, no él. Aunque su rostro es mejor que el de ningún hombre, su pierna excede a la de todos los hombres, y por mano y pie y cuerpo, aunque no son para hablar de ellos, no tienen parangón. No es la flor de la cortesía, pero os aseguro que es tan manso como un cordero. Anda, moza, sirve a Dios. ¿Qué, habéis comido en casa?
JULIETA. No, no. Pero todo esto ya lo sabía yo. ¿Qué dice él de nuestro casamiento? ¿Qué hay de eso?
NODRIZA. ¡Señor, cómo me duele la cabeza! ¡Vaya cabeza la mía! Late como si quisiera caer en veinte pedazos. Mi espalda por el otro lado,—¡Oh, mi espalda, mi espalda! Maldito sea vuestro corazón por enviarme de aquí para allí a coger mi muerte con trajines arriba y abajo.
JULIETA. En verdad, siento que no estés bien. Dulce, dulce, dulce Nodriza, dime, ¿qué dice mi amor?
NODRIZA. Vuestro amor habla como un caballero honrado, y cortés, y amable, y apuesto, y os aseguro que virtuoso,—¿Dónde está vuestra madre?
JULIETA. ¿Dónde está mi madre? Pues, está dentro. ¿Dónde habría de estar? ¡Qué extrañamente respondes! "Vuestro amor dice, como un caballero honrado, ¿dónde está vuestra madre?"
NODRIZA. ¡Oh, santa Madre de Dios! ¿Estáis tan acalorada? ¡Vaya, vaya, vaya, ya lo creo! ¿Es esto el ungüento para mis huesos doloridos? De aquí en adelante llevad vos misma vuestros mensajes.
JULIETA. Vaya alboroto. Ea, ¿qué dice Romeo?
NODRIZA. ¿Habéis obtenido permiso para iros a confesar hoy?
JULIETA. Sí.
NODRIZA. Pues id volando a la celda del fray Lorenzo; allí espera un esposo para haceros esposa. Ya sube la sangre traviesa a vuestras mejillas, se pondrán al punto de grana con cualquier nueva. Volad a la iglesia. Yo he de ir por otro camino, a buscar una escala por la cual vuestro amor haya de trepar a un nido de pájaros en cuanto anochezca. Yo soy la esclava, y trajino en vuestro placer; mas vos llevaréis la carga presto, al caer la noche. Id. Yo voy a comer; id vos a la celda.
JULIETA. ¡A la alta fortuna! Honesta Nodriza, adiós.
[Salen.]
ESCENA VI. Celda del fray Lorenzo.
Entran el fray Lorenzo y Romeo.
FRAY LORENZO. Así sonrían los cielos sobre este santo acto que las horas futuras no nos riñan con dolor.
ROMEO. Amén, amén, mas venga el dolor que viniere, no podrá contrapesar el cambio de alegría que un breve minuto me da en mirarla. Haz tú sino juntar nuestras manos con palabras santas, y hazga la muerte, devoradora de amor, lo que osare, bástame que pueda llamarla mía.
FRAY LORENZO. Estos deleites violentos tienen violentos fines, y en su triunfo mueren; como fuego y pólvora, que al besarse se consumen. La más dulce miel es odiosa en su misma dulzura, y en el gusto confunde el apetito. Por tanto, ama con mesura; el amor largo así lo hace; llegar tan presto es tan tardío como llegar despacio.
Entra Julieta.
Aquí viene la dama. ¡Oh, un pie tan ligero no gastará jamás la eterna pedernal! Un enamorado puede pisar las telarañas que flotan ociosas en el aire travieso del verano y no caer aún; tan ligera es la vanidad.
JULIETA. Buenas tardes, mi ghostly confesor.
FRAY LORENZO. Romeo te lo agradecerá, hija, por ambos.
JULIETA. Y yo a él otro tanto, si no es su agradecimiento excesivo.
ROMEO. ¡Ah, Julieta, si la medida de tu gozo se amontona como el mío, y si tu habilidad es mayor para blasonarlo, endulza entonces con tu aliento este aire vecino, y deja que la lengua de la rica música despliegue la imaginada felicidad que ambos recibimos el uno del otro en este caro encuentro!
JULIETA. El concepto más rico en materia que en palabras, se jacta de su substancia, no de su ornamento. Mendigos son tan solo los que pueden contar su valor; mas mi verdadero amor ha crecido hasta tal exceso, que no puedo sumar la suma de mi mitad de riqueza.
FRAY LORENZO. Venid, venid conmigo, y haremos breve la obra, pues, con permiso vuestro, no estaréis solas hasta que la santa iglesia incorpore a dos en uno.
[Salen.]
ACTO III
ESCENA I. Un lugar público.
Entran Mercucio, Benvolio, un paje y criados.
BENVOLIO. Te ruego, buen Mercucio, retiremonos: el día es caluroso, los Capuleto andan fuera, y si nos encontramos, no escaparemos de una riña, pues en estos días ardientes, la sangre enloquecida se agita.
MERCUCIO. Eres como uno de esos que, cuando entra en los confines de una taberna, me planta su espada sobre la mesa, y dice "¡Dios me libre de necesitarte!"; y a la operación de la segunda copa me la saca y la esgrime contra el mozo, cuando en verdad no hay necesidad.
BENVOLIO. ¿Soy yo como tal hombre?
MERCUCIO. Ea, ea, eres tan bravo mozo en tu humor como cualquiera en Italia; y tan presto te mueves a estar de mal talante, y tan presto, de mal talante, a moverte.
BENVOLIO. ¿Y qué con eso?
MERCUCIO. Pues, si hubiera dos como tú, no nos quedaría ninguno presto, porque el uno mataría al otro. ¿Tú? ¡Bah! Tú reñirías con un hombre que tuviese un pelo más o un pelo menos en la barba que tú. Tú reñirías con un hombre por cascar nueces, sin otra razón sino porque tienes ojos de avellana. ¿Qué ojo sino tal ojo descubriría tal querella? Tu cabeza está tan llena de pendencias como un huevo de carne, y, con todo, tu cabeza ha sido batido tan vacío como un huevo por reñir. Has reñido con un hombre por toser en la calle, porque despertó a tu perro que estaba dormitando al sol. ¿No riñiste con un sastre por ponerse su jubón nuevo antes de Pascua? ¿Con otro por atarse sus zapatos nuevos con una cinta vieja? ¡Y todavía quieres enseñarme a mí a no reñir!
BENVOLIO. Y si yo fuera tan pronto para reñir como tú, cualquier hombre compraría el dominio absoluto de mi vida por una hora y cuarto.
MERCUCIO. ¡El dominio absoluto! ¡Oh, simple!
Entran Tibaldo y otros.
BENVOLIO. Por mi cabeza, aquí vienen los Capuleto.
MERCUCIO. Por mi talón, no se me da nada.
TIBALDO. Seguidme de cerca, pues quiero hablarles. Caballeros, buenas tardes: una palabra con uno de vosotros.
MERCUCIO. ¿Con que sólo una palabra con uno de nosotros? Cásala con algo; hazla palabra y golpe.
TIBALDO. Me hallarás presto a eso, señor, si me dais ocasión.
MERCUCIO. ¿No podíais tomar alguna ocasión sin darla?
TIBALDO. Mercucio, tú haces causa común con Romeo.
MERCUCIO. ¿Causa común? ¿Qué, nos haceres ministriles? Y si nos haces ministriles, no esperes oír más que discordias. He aquí mi arco, he aquí lo que os hará danzar. ¡Cielos, causa común!
BENVOLIO. Hablamos aquí en el público correr de los hombres. O retiraos a algún sitio privado, y razonad con calma vuestras quejas, o partid; aquí nos miran todos los ojos.
MERCUCIO. Los ojos de los hombres fueron hechos para mirar, y que miren. No me moveré por gusto de ningún hombre.
Entra Romeo.
TIBALDO. Bien, la paz sea contigo, señor; aquí llega mi hombre.
MERCUCIO. ¡Voto a tal, que no ha de llevar vuestra librea! A fe, id vos delante al campo, él será vuestro criado; vuestra señoría, en tal sentido, puede llamarle hombre.
TIBALDO. Romeo, el amor que te tengo no puede darme mejor término que este: eres un villano.
ROMEO. Tibaldo, la razón que tengo para amarte disculpa mucho la ira propia de tal saludo. Villano no soy ninguno; por tanto, adiós; veo que no me conoces.
TIBALDO. Muchacho, esto no disculpará las ofensas que me has hecho; vuélvete y desenvaina.
ROMEO. Te protesto que nunca te ofendí, sino que te amo más de lo que puedas imaginar hasta que sepas la razón de mi amor. Y así, buen Capuleto, cuyo nombre yo estimo tan caro como el mío propio, queda satisfecho.
MERCUCIO. ¡Oh, sumisión innoble, vil, deshonrosa! [Desenvaina.] Alla stoccata lo lleva todo. Tibaldo, cazador de ratas, ¿quieres venir?
TIBALDO. ¿Qué quieres conmigo?
MERCUCIO. Rey bueno de los Gatos, no quiero más que una de tus nueve vidas; y con ella me atreveré, y, según te portes conmigo en adelante, apalearé en seco a las otras ocho. ¿Querrás sacar tu espada de su vaina por las orejas? Date prisa, no sea que la mía esté junto a tus orejas antes que fuera.
TIBALDO. [Desenvainando.] Estoy para ti.
ROMEO. Gentil Mercucio, guarda tu rapiña.
MERCUCIO. Ea, señor, vuestro pasado.
[Riñen.]
ROMEO. Desenvaina, Benvolio; abate sus armas. Caballeros, por vergüenza, desistid de este desmán, Tibaldo, Mercucio, el Príncipe expresamente ha prohibido esta reyerta en las calles de Verona. ¡Detente, Tibaldo! ¡Buen Mercucio!
[Salen Tibaldo con sus parciales.]
MERCUCIO. Estoy herido. ¡Peste en ambas vuestras casas! Estoy despachado. ¿Se ha ido, y nada?
BENVOLIO. ¿Qué, estás herido?
MERCUCIO. Sí, sí, un rasguño, un rasguño. A fe, que basta. ¿Dónde está mi paje? Anda, villano, busca un cirujano.
[Sale el paje.]
ROMEO. Ánimo, hombre; la herida no puede ser mucha.
MERCUCIO. No, no es tan honda como un pozo, ni tan ancha como la puerta de una iglesia, pero basta, ya servirá. Preguntad por mí mañana, y me hallaréis un hombre grave. Estoy bien sazonado, os lo aseguro, para este mundo. ¡Peste en ambas vuestras casas! ¡Cielos, un perro, una rata, un ratón, un gato, rascar a un hombre hasta matarlo! ¡Un fanfarrón, un pícaro, un villano, que riñe por el libro de aritmética! ¿Por qué diablos os metisteis entre nosotros? Me hirieron debajo de vuestro brazo.
ROMEO. Pensé hacer lo mejor.
MERCUCIO. Ayúdame a entrar en alguna casa, Benvolio, o me desmayaré. ¡Peste en ambas vuestras casas! Han hecho de mí pasto de gusanos. ¡La tengo, y bien hondamente! ¡Vuestras casas!
[Salen Mercucio y Benvolio.]
ROMEO. Este caballero, el cercano aliado del Príncipe, mi muy buen amigo, ha recibido su herida mortal por mi causa; mi reputación manchada con la calumnia de Tibaldo,—Tibaldo, que hace una hora era mi primo. ¡Oh, dulce Julieta, tu hermosura me ha vuelto afeminado y en mi temple ha ablandado el acero del valor!
Reentra Benvolio.
BENVOLIO. ¡Oh, Romeo, Romeo, el bravo Mercucio ha muerto, aquel gallardo espíritu se ha remontado a las nubes, que demasiado temprano desdeñó aquí la tierra!
ROMEO. El negro hado de hoy pende de más días; este no es sino el comienzo del dolor que otros han de acabar.
Reentra Tibaldo.
BENVOLIO. Aquí vuelve el furioso Tibaldo.
ROMEO. ¿Otra vez en triunfo, y Mercutio muerto? ¡Arriba al cielo, clemencia respetuosa, y sea la furia de ojos de fuego mi guía ahora! ¡Ea, Tibaldo, toma otra vez ese "villano" que poco ha me diste, pues el alma de Mercucio está tan solo a poca distancia de nuestras cabezas, esperando a la tuya para hacerle compañía. O tú, o yo, o ambos, hemos de ir con él.
TIBALDO. Mísero muchacho, que aquí le hiciste compañía, irás con él de aquí.
ROMEO. Esto lo decidirá.
[Riñen; cae Tibaldo.]
BENVOLIO. ¡Romeo, huye, vete! Los ciudadanos se alzan, y Tibaldo está muerto. No te quedes atónito. El Príncipe te condenará a muerte si te cogen. ¡Ea, vete, huye!
ROMEO. ¡Oh, soy el loco de la fortuna!
BENVOLIO. ¿Por qué te detienes?
[Sale Romeo.]
Entran ciudadanos.
PRIMER CIUDADANO. ¿Hacia dónde huyó el que mató a Mercucio? ¡Tibaldo, ese asesino, hacia dónde huyó?
BENVOLIO. Ahí yace ese Tibaldo.
PRIMER CIUDADANO. Alzaos, señor, venid conmigo. Os mando, en nombre del Príncipe, que obedezcáis.
Entran el Príncipe, con séquito; Montesco, Capuleto, sus esposas y otros.
PRÍNCIPE. ¿Dónde están los viles iniciadores de esta reyerta?
BENVOLIO. ¡Oh, noble Príncipe, puedo descubrir todo el infeliz manejo de esta fatal pendencia! Ahí yace el hombre, muerto por el joven Romeo, que mató a vuestro pariente, el bravo Mercucio.
SEÑORA CAPULETO. ¡Tibaldo, mi primo! ¡Oh, hijo de mi hermano! ¡Oh, Príncipe! ¡Oh, esposo! ¡Oh, derramada está la sangre de mi caro pariente! Príncipe, pues eres justo, por sangre de los nuestros, sangre de Montesco. ¡Oh, primo, primo!
PRÍNCIPE. Benvolio, ¿quién comenzó esta sangrienta reyerta?
BENVOLIO. Tibaldo, aquí muerto, a quien la mano de Romeo dio muerte; Romeo, que le habló cortés, le rogó considerase cuán liviana era la causa, y le encareció además vuestra alta indignación. Todo esto dicho con suave aliento, mirada serena, rodillas humildemente dobladas, no pudo hacer tregua con el iracundo spleen de Tibaldo, sordo a la paz; sino que embiste con acerado acero al pecho del osado Mercucio, el cual, ardiendo, vuelve la mortal punta contra la punta, y, con bélico desdén, con una mano aparta a un lado a la fría muerte, y con la otra la devuelve a Tibaldo, cuya destreza la devuelve. Romeo grita en alta voz: "¡Deteneos, amigos! ¡Amigos, apartaos!"; y más veloz que su lengua, su ágil brazo abate sus puntos mortales, y se lanza entre ellos; debajo de cuyo brazo una envidiosa estocada de Tibaldo hirió la vida del fornido Mercucio, y entonces Tibaldo huyó. Pero al poco vuelve a buscar a Romeo, que acababa de pensar en la venganza, y van el uno contra el otro como un rayo; pues, antes que yo pudiese sacar para apartarlos, el fornido Tibaldo fue muerto, y al caer él, Romeo se volvió y huyó. Esta es la verdad, o que Benvolio muera.
SEÑORA CAPULETO. Es pariente de los Montesco. El cariño le hace falso, no dice verdad. Veinte de ellos pelearon en esta negra lucha, y todos esos veinte no pudieron matar sino una vida. Pido justicia, que tú, Príncipe, has de dar; Romeo mató a Tibaldo, Romeo no debe vivir.
PRÍNCIPE. Romeo le mató, él mató a Mercucio. ¿Quién ahora la prez de su cara sangre debe?
MONTESCO. No Romeo, Príncipe, que era amigo de Mercucio; su culpa no concluye sino lo que la ley debe acabar, la vida de Tibaldo.
PRÍNCIPE. Y por tal ofensa al punto le desterramos de aquí. Tengo interés en el proceder de vuestro odio, mi sangre por vuestras rudas pendencias yace sangrando. Pero os multaré con tan fuerte multa que todos habréis de arrepentiros de la pérdida de la mía. Seré sordo a ruegos y excusas; ni lágrimas ni plegarias rescatarán abusos. Por tanto, no uséis de ellas. Que Romeo parta de prisa, si no, cuando se le halle, esa hora será su última. Llevaos este cuerpo, y atended mi voluntad. La clemencia no hace sino matar, perdonando a los que matan.
[Salen.]
ESCENA II. Un aposento en casa de Capuleto.
Entra Julieta.
JULIETA. Galopad aprisa, vosotros, corceles de fuego, hacia la mansión de Febo. Un auriga como Faetón os azotaría hacia el oeste y traería la noche encapotada al instante. Extiende tu cerrada cortina, noche amante, que los ojos del fugitivo se cierren y Romeo salte a estos brazos, sin ser visto ni hablado. Los amantes saben ver para cumplir sus ritos amorosos por sus propias bellezas: o, si el amor es ciego, mejor concuerda con la noche. Ven, noche civil, tú, matrona de sobrio traje, toda de negro, y enséñame a perder un partido que iba ganando, jugado por un par de doncellas inmaculadas. Encapucha mi sangre sin domar, que batea en mis mejillas, con tu negro manto, hasta que el extraño amor se atreva, y crea que el verdadero amor es pura modestia. Ven, noche; ven, Romeo; ven, tú, día en la noche; puesto que te tenderás sobre las alas de la noche más blanco que la nieve nueva sobre el lomo de un cuervo. Ven, dulce noche; ven, noche amorosa de cejas negras; dame a mi Romeo, y cuando yo deba morir, tómalo y córtalo en pequeñas estrellas, y él hará el rostro del cielo tan hermoso que todo el mundo se enamorará de la noche y no rendirá culto al sol deslumbrante. Oh, he comprado la mansión de un amor, mas no la he poseído; y aunque estoy vendida, aún no la he gozado. Tan tedioso es este día como la noche anterior a alguna fiesta para un niño impaciente que tiene vestidos nuevos y no puede llevarlos. ¡Oh, ahí viene mi Nodriza! Y trae noticias, y toda lengua que habla el nombre de Romeo habla elocuencia celestial.
Entra la Nodriza, con cuerdas.
Ahora, Nodriza, ¿qué noticias? ¿Qué traes ahí? ¿Las cuerdas que Romeo te mandó traer?
NODRIZA. Sí, sí, las cuerdas.
[Las arroja al suelo.]
JULIETA. ¡Ay de mí! ¿Qué noticias? ¿Por qué te retuerces las manos?
NODRIZA. ¡Ay, ay de mí! ¡Ha muerto, ha muerto, ha muerto! Estamos perdidas, señora, estamos perdidas. ¡Ay del día! Se ha ido, lo han matado, ha muerto.
JULIETA. ¿Puede el cielo ser tan envidioso?
NODRIZA. Romeo puede, aunque el cielo no puede. ¡Oh, Romeo, Romeo! ¿Quién lo hubiera pensado jamás? ¡Romeo!
JULIETA. ¿Qué demonio eres tú que así me atormentas? Este tormento debería rugirse en el triste infierno. ¿Se ha matado Romeo? Di solamente Sí, y esa sola vocal yo envenenaré más que el ojo que lanza dardos de muerte del basilisco. No seré yo si existe tal yo; o se cierren esos ojos que te hacen responder Sí. Si está muerto, di Sí; o si no, No. Breves sonidos decidan de mi dicha o desventura.
NODRIZA. Vi la herida, la vi con mis ojos, ¡Dios me libre!—aquí en su varonil pecho. ¡Un cuerpo lastimoso, un sangriento cuerpo lastimoso; pálido, pálido como ceniza, todo embadurnado en sangre, todo en sangre de herida! Me desmayé al verlo.
JULIETA. ¡Oh, rómpete, corazón mío! Pobre quebrado, rómpete de una vez. ¡A prisión, ojos; no miréis más a la libertad! ¡Vil tierra, a la tierra te entregues; termine aquí el movimiento, y tú y Romeo oprimáis un mismo pesado féretro!
NODRIZA. ¡Oh, Teobaldo, Teobaldo, el mejor amigo que tenía! ¡Oh, cortés Teobaldo, caballero honrado! ¡Que tenga yo de vivir para verte muerto!
JULIETA. ¿Qué tormenta es esta que sopla tan contraria? ¿Romeo está degollado y Teobaldo muerto? ¿Mi primo queridísimo y mi señor más querido? Entonces, trompeta dreadful, toca el juicio final, pues ¿quién vive, si esos dos se han ido?
NODRIZA. Teobaldo se ha ido, y Romeo desterrado, Romeo, que lo mató, está desterrado.
JULIETA. ¡Oh, Dios! ¿La mano de Romeo derramó la sangre de Teobaldo?
NODRIZA. La derramó, la derramó; ¡ay del día!, la derramó.
JULIETA. ¡Oh, corazón de sierpe, oculto con rostro florido! ¿Guardó jamás dragón tan hermosa cueva? Bello tirano, ángel diabólico, ¡cuervo de plumas de paloma, cordero lobuno y rapaz! ¡Sustancia despreciada de apariencia divina! ¡Justo contrario de lo que justamente pareces, santo condenado, villano honorable! ¡Oh, naturaleza, qué tenías tú que hacer en el infierno cuando cobijaste el espíritu de un demonio en mortal paraíso de carne tan dulce? ¿Hubo jamás libro que contuviera materia tan vil con tan hermosa encuadernación? ¡Oh, que el engaño habite en palacio tan suntuoso!
NODRIZA. No hay confianza, no hay fe, no hay honradez en los hombres. Todos perjuros, todos falseadores, todos malos, todos disimulados. ¡Ay, dónde está mi hombre? Dame un poco de aguardiente. Estos pesares, estas penas, estas tristezas me envejecen. ¡Vergüenza caiga sobre Romeo!
JULIETA. ¡Ampollas tenga tu lengua por tal deseo! Él no nació para la vergüenza. Sobre su frente la vergüenza se avergüenza de sentarse; pues es un trono donde el honor puede ser coronado monarca único del orbe universal. ¡Oh, qué bestia fui yo para reprenderle!
NODRIZA. ¿Hablaréis bien de quien mató a vuestro primo?
JULIETA. ¿He de hablar mal de quien es mi esposo? ¡Ay, pobre señor mío, qué lengua suavizará tu nombre, cuando yo, tu esposa de tres horas, lo he mutilado? Mas, ¿por qué, villano, mataste a mi primo? Porque aquel primo villano habría matado a mi esposo. Atrás, lágrimas necias, volved a vuestra fuente nativa, vuestras gotas tributarias pertenecen al dolor, que equivocadamente ofrecéis al gozo. Mi esposo vive, al que Teobaldo habría matado, y Teobaldo ha muerto, el que habría matado a mi esposo. Todo esto es consuelo; ¿por qué lloro entonces? Había alguna palabra peor que la muerte de Teobaldo, que me asesinó. Quisiera olvidarla, mas, ¡ay!, se me clava en la memoria como obras malditas y culpables en la mente de los pecadores. Teobaldo ha muerto, y Romeo desterrado. Aquel "desterrado", aquella sola palabra "desterrado", ha matado a diez mil Teobaldos. La muerte de Teobaldo era dolor bastante, si allí hubiera terminado. O, si el amargo dolor gusta de compañía, y por fuerza ha de igualarse a otros pesares, ¿por qué no siguió, cuando ella dijo Teobaldo ha muerto, la muerte de tu padre o tu madre, o de ambos, que moviera la moderna lamentación? Pero con retaguardia siguiendo a la muerte de Teobaldo, "Romeo está desterrado"— decir esa palabra es padre, madre, Teobaldo, Romeo, Julieta, todos muertos, todos difuntos. Romeo está desterrado, no hay fin, límite, medida, cabo, en la muerte de esa palabra, ninguna palabra puede sonar tal desventura. ¿Dónde están mi padre y mi madre, Nodriza?
NODRIZA. Llorando y gimiendo sobre el cuerpo de Teobaldo. ¿Iréis a verlos? Yo os llevaré allá.
JULIETA. Laven con lágrimas sus heridas. Las mías se gastarán, cuando las suyas estén secas, por el destierro de Romeo. Recoge esas cuerdas. Pobres cuerdas, estáis engañadas, tanto vosotras como yo; pues Romeo está desterrado. Él os hizo para camino a mi lecho, mas yo, doncella, muero viuda sin serlo. Ven, cuerdas; ven, Nodriza; iré a mi lecho nupcial, y la muerte, no Romeo, tome mi doncellez.
NODRIZA. Id a vuestra cámara. Hallaré a Romeo para consolaros. Sé muy bien dónde está. Oíd: vuestro Romeo estará aquí esta noche. Iré a él, que se oculta en la celda de Lorenzo.
JULIETA. ¡Oh, búscale, entrega este anillo a mi verdadero caballero, y dile que venga a tomar su última despedida.
[Salen.]
ESCENA III. La celda del Fray Lorenzo.
Entra el Fray Lorenzo.
FRAY LORENZO. Romeo, sal; sal, hombre temeroso. La aflicción está enamorada de tus partes, y tú estás desposado con la calamidad.
Entra Romeo.
ROMEO. Padre, ¿qué noticias? ¿Cuál es la sentencia del Príncipe? ¿Qué dolor requiere de mi mano su conocimiento, que aún no sé?
FRAY LORENZO. Demasiado familiar está mi querido hijo con tan agria compañía. Te traigo nuevas de la sentencia del Príncipe.
ROMEO. ¿Qué es menos que el día del juicio, la sentencia del Príncipe?
FRAY LORENZO. Un fallo más benigno brotó de sus labios, no muerte del cuerpo, sino destierro del cuerpo.
ROMEO. ¡Ah, destierro? Sé misericordioso, di muerte; pues el exilio tiene más terror en su aspecto, mucho más que la muerte. No digas destierro.
FRAY LORENZO. De Verona estás desterrado. Ten paciencia, pues el mundo es ancho y extenso.
ROMEO. No hay mundo fuera de los muros de Verona, sino purgatorio, tortura, infierno mismo. De aquí, desterrado, es desterrado del mundo, y el exilio del mundo es muerte. Luego "desterrado" es muerte mal llamada. Llamando muerte al destierro, me cortas la cabeza con un hacha dorada, y sonríes al golpe que me asesina.
FRAY LORENZO. ¡Oh, pecado mortal, oh, ingrata rudeza! Tu culpa llama muerte según nuestra ley; mas el benigno Príncipe, tomando tu partido, ha apartado la ley, y ha tornado en destierro esa negra palabra muerte. Esta es preciosa merced, y no la ves.
ROMEO. Es tormento, y no merced. El cielo está aquí, donde Julieta vive, y cada gato y perro, y ratón pequeño, toda cosa indigna, vive aquí en el cielo y puede mirarla, mas Romeo no puede. Más validez, más estado honorable, más cortesía hay en moscas de carroña que en Romeo. Ellas pueden echarse sobre la blanca maravilla de la mano de mi querida Julieta, y robar bendición inmortal de sus labios, que, aun en pura y vestal modestia, aún se ruborizan, pensando que sus mismos besos son pecado. Mas Romeo no puede, está desterrado. Esto pueden las moscas, cuando yo de aquí he de huir. Ellas son hombres libres, mas yo estoy desterrado. ¿Y aún dices que el exilio no es muerte? Si no tenías veneno mezclado, ni cuchillo afilado, ni medio súbito de muerte, por muy humilde que fuera, ¿sino el destierro para matarme? ¿Destierro? ¡Oh, Fray, los condenados usan esa palabra en el infierno. Aullidos la acompañan! ¿Cómo tienes el corazón, siendo divino, confesor espiritual, absolvedor de pecados, y mi amigo declarado, para mutilarme con la palabra destierro?
FRAY LORENZO. Tú, necio loco, óyeme hablar un poco,
ROMEO. ¡Oh, volverás a hablar del destierro!
FRAY LORENZO. Te daré armadura para rechazar esa palabra, la dulce leche de la adversidad, la filosofía, para consolarte, aunque estés desterrado.
ROMEO. ¿Desterrado aún? ¡Colga la filosofía! A menos que la filosofía pueda hacer una Julieta, trasplantar una ciudad, revocar la sentencia del Príncipe, de nada aprovecha, de nada vale; no hablemos más.
FRAY LORENZO. ¡Oh, veo entonces que los locos no tienen oídos!
ROMEO. ¿Cómo los han de tener, cuando los sabios no tienen ojos?
FRAY LORENZO. Déjame discutir contigo de tu estado.
ROMEO. No puedes hablar de lo que no sientes. Si fueras tan joven como yo, Julieta tu amor, casado apenas una hora, Teobaldo asesinado, enloquecido como yo, y como yo desterrado, entonces podrías hablar, entonces podrías mesarte los cabellos, y caer en tierra como yo caigo ahora, tomando la medida de una sepultura por hacer.
[ Llaman dentro. ]
FRAY LORENZO. Levántate; llaman. Buen Romeo, escóndete.
ROMEO. No yo, a menos que el aliento de los gemidos del corazón enfermo me envuelva, como niebla, de la busca de los ojos.
[ Llaman. ]
FRAY LORENZO. ¡Oye cómo llaman!—¿Quién está?—Romeo, levántate, te llevarán.—Espera un poco.—Ponte en pie.
[ Llaman. ]
Corre a mi estudio.—Al punto.—Voluntad de Dios, ¡qué simpleza es esta!—Ya voy, ya voy.
[ Llaman. ]
¿Quién llama tan fuerte? ¿De dónde venís? ¿Qué queréis?
NODRIZA. [ Dentro. ] Dejadme entrar, y sabréis mi mandado. Vengo de la Señora Julieta.
FRAY LORENZO. Bienvenida entonces.
Entra la Nodriza.
NODRIZA. ¡Oh, santo Fray! ¡Oh, dime, santo Fray! ¿Dónde está el señor de mi señora? ¿Dónde está Romeo?
FRAY LORENZO. Allí en el suelo, embriagado con sus propias lágrimas.
NODRIZA. ¡Oh, está igual que mi señora! ¡Justo en su caso! ¡Oh, lastimosa simpatía! ¡Lastimosa situación! Así yace ella también, sollozando y llorando, llorando y sollozando. Ponte en pie, ponte en pie; en pie, si eres hombre. Por Julieta, por ella, levántate y está en pie. ¿Por qué caer en tan hondo ¡ay!?
ROMEO. Nodriza.
NODRIZA. ¡Ay, señor! ¡Ay, señor! La muerte es el fin de todo.
ROMEO. ¿Hablaste de Julieta? ¿Cómo está ella? ¿No me tiene por un viejo asesino, ahora que he manchado la infancia de nuestro gozo con sangre poco distante de la suya propia? ¿Dónde está? ¿Y cómo está? ¿Y qué dice mi oculta señora a nuestro cancelado amor?
NODRIZA. ¡Oh, no dice nada, señor, sino que llora y llora; y ahora se deja caer en su lecho, y luego se levanta, y llama a Teobaldo, y luego clama por Romeo, y luego vuelve a caer!
ROMEO. Como si aquel nombre, disparado del nivel mortífero de un arcabuz, la asesinara, como la mano maldita de ese nombre asesinó a su pariente. ¡Oh, dime, Fray, dime! ¿En qué vil parte de esta anatomía se aposenta mi nombre? Dime, para poder saquear la odiosa mansión.
[ Desenvainando la espada. ]
FRAY LORENZO. Detén tu mano desesperada. ¿Eres hombre? Tu forma clama que lo eres. Tus lágrimas son mujeriles; tus actos frenéticos denotan la furia irracional de una bestia. ¡Mujer indigna en un hombre aparente, y bestia mal parecida en ambos! Me has pasmado. Por mi sagrado orden, pensé tu condición mejor templada. ¿Has matado a Teobaldo? ¿Querrás matarte a ti mismo? ¿Y matar a tu señora, que en tu vida vive, haciendo odio damnado sobre ti mismo? ¿Por qué maldices tu nacimiento, el cielo y la tierra? Pues nacimiento, y cielo y tierra, los tres se juntan en ti a la vez; los cuales querrías perder a la vez. ¡Afuera, afuera! Avergüenzas tu forma, tu amor, tu ingenio, que, como un usurero, abundas en todo, y nada usas en aquel verdadero uso que debiera adornar tu forma, tu amor, tu ingenio. Tu noble forma es sino una forma de cera, que se aparta del valor de un hombre; tu amor jurado, perjurio hueco, mata aquel amor que juraste honrar; tu ingenio, ornamento de forma y amor, deformado en el manejo de ambos, como pólvora en un frasco de soldado inhábil, se inflama por tu propia ignorancia, y tú quedas desmembrado con tu propia defensa. ¿Qué, despiértate, hombre? Tu Julieta vive, por cuyo caro amor no ha mucho estuviste muerto. Ahí eres feliz. Teobaldo te habría matado, mas tú mataste a Teobaldo; ahí eres feliz. La ley que amenazaba muerte se vuelve tu amiga, y la trueca en destierro; ahí eres feliz. ¡Un haz de bendiciones caiga sobre tu espalda; la felicidad te corteja en su mejor gala; mas, como moza mal formada y ceñuda, rechazas tu Fortuna y tu amor! ¡Mira, mira, que tales mueren miserables! Ve, vete a tu amor según lo decretado, sube a su cámara, vete y consuélala. Pero mira, no te detengas hasta que se ponga la guardia, pues entonces no podrás pasar a Mantua; donde vivirás hasta que hallemos ocasión de publicar vuestro matrimonio, reconciliar a vuestros amigos, pedir perdón al Príncipe, y hacerte volver con veinte cientos de mil veces más gozo que el que saliste lamentando. Ve delante, Nodriza. Recomiéndame a tu señora, y díle que disponga a toda la casa para el lecho, que el pesado dolor los hace aptos para ello. Romeo viene.
NODRIZA. ¡Oh, Señor! Pudiera haberme quedado aquí toda la noche por oír buen consejo. ¡Oh, qué cosa es la ciencia! Mi señor, diré a mi señora que vendréis.
ROMEO. Hazlo, y di a mi dulce que se prepare a reprenderme.
NODRIZA. Aquí, señor, un anillo que ella me mandó daros, señor. Daos priesa, que ya es muy tarde.
[ Sale. ]
ROMEO. ¡Cuánto mi consuelo revive con esto!
FRAY LORENZO. Vete, pues, buenas noches, y he aquí todo tu estado: o vete antes que se ponga la guardia, o al romper el día, disfrazado, de aquí parte. Permanece en Mantua. Yo buscaré a tu hombre, y te irá significando de tiempo en tiempo toda buena suerte que aquí acontezca. Dame tu mano; es tarde; adiós; buenas noches.
ROMEO. Mas porque un gozo pasado del gozo me llama, fuera dolor tan breve el partir de ti. Adiós.
[ Salen. ]
ESCENA IV. Un aposento en casa de Capuleto.
Entran Capuleto, la Señora Capuleto y Paris.
CAPULETO. Las cosas, señor, han caído tan infelizmente que no hemos tenido tiempo de mover a nuestra hija. Mirad, ella amaba tiernamente a su pariente Teobaldo, y yo también. Bien, nacimos para morir. Es muy tarde; no bajará esta noche. Os prometo que, a no ser por vuestra compañía, yo habría estado en el lecho una hora ha.
PARIS. Estos tiempos de dolor no dan tono para cortejar. Madama, buenas noches. Recomiéndame a vuestra hija.
SEÑORA CAPULETO. Lo haré, y sabré su parecer mañana temprano; esta noche está encerrada en su pesadumbre.
CAPULETO. Señor Paris, haré un ofrecimiento arriesgado del amor de mi hija. Creo que será regida en todo por mí; aún más, no lo dudo. Esposa, id a ella antes que os vayáis al lecho, hacedle saber aquí del amor de mi hijo Paris, y decidle, oidme, que el miércoles próximo... Pero, ¡cómo!, ¿qué día es hoy?
PARIS. Lunes, mi señor.
CAPULETO. ¡Lunes! ¡Ja, ja! Bien, miércoles es demasiado pronto; sea en jueves; un jueves, decidle, será casada con este noble conde. ¿Estaréis pronto? ¿Os place esta prisa? No tendremos gran bullicio,—un amigo o dos, pues, oid, habiendo sido Teobaldo muerto tan recientemente, podría pensarse que le tuvimos en poco, siendo nuestro pariente, si nos divertimos mucho. Por tanto tendremos unos seis amigos, y allí se acabó. Pero, ¿qué decís al jueves?
PARÍS. Mi señor, quisiera que el jueves fuera mañana.
CAPULETO. Bien, idos. Sea jueves, pues. Id a Julieta antes que os vayáis al lecho, preparadla, esposa, para este día de bodas. Adiós, mi señor.—¡Luz para mi cámara, eh! A decir verdad, es tan muy muy tarde, que podemos llamarlo temprano dentro de poco. Buenas noches.
[ Salen. ]
ESCENA V. Una galería abierta a la cámara de Julieta, que mira al jardín.
Entran Romeo y Julieta.
JULIETA. ¿Os vais ya? Aún no es cerca del día. Era el ruiseñor, y no la alondra, el que hirió el temeroso hueco de tu oído; ella canta cada noche en aquel granado. Créeme, amor, era el ruiseñor.
ROMEO. Era la alondra, la heraldo de la mañana, no el ruiseñor. Mira, amor, qué enemigas rayas lazan las nubes que se separan allí en el oriente. Las velas de la noche se han gastado, y el día alegre se empina en las cimas de las nieblas. He de irme y vivir, o quedarme y morir.
JULIETA. Aquella luz no es la luz del día, bien lo sé. Es algún meteoro que el sol exhala para ser esta noche tu antorchero y alumbrarte el camino a Mantua. Por tanto, quédate aún, no necesitas irte.
ROMEO. Que me prendan, que me condenen a muerte, lo acepto, si tú lo quieres así. Diré que aquel gris no es el ojo de la mañana, es solo el pálido reflejo de la frente de Cintia. Ni es la alondra la que bate con sus notas el alto cielo sobre nuestras cabezas. Tengo más cuidado en quedarme que voluntad de irme. Ven, muerte, y bienvenido seas. Julieta lo quiere así. ¿Cómo va, alma mía? Hablemos. No es de día.
JULIETA. ¡Lo es, lo es! Vete de aquí, vete, anda. Es la alondra la que canta tan fuera de tono, forzando ásperas discordancias y尖锐 desagradables. Algunos dicen que la alondra hace dulce división; esta no así, pues nos divide. Algunos dicen que la alondra y el odioso sapo cambian los ojos. ¡Oh, ahora quisiera que hubieran cambiado también las voces, ya que de brazo a brazo esa voz nos asusta, ahuyentándote con el hunt's-up hacia el día! ¡Oh, vete ya, más luz y más luz crece!
ROMEO. ¡Más luz y más luz, más oscura y oscura nuestra desventura!
Entra la Nodriza.
NODRIZA. Señora.
JULIETA. ¿Nodriza?
NODRIZA. Vuestra madre señora viene a vuestra cámara. El día ha roto, estad alerta, mirad en torno.
[ Sale. ]
JULIETA. Entonces, ventana, deja entrar el día, y deja salir la vida.
ROMEO. Adiós, adiós, un beso, y descenderé.
[ Desciende. ]
JULIETA. ¿Te has ido tan pronto? Amor, señor, ay, esposo, amigo, habré de oír de ti cada día a cada hora, pues en un minuto hay muchos días. ¡Oh, por esta cuenta seré muy anciana antes que vuelva a ver a mi Romeo!
ROMEO. ¡Adiós! No omitiré oportunidad que pueda llevarte mis recuerdos, amor.
JULIETA. ¡Oh! ¿Piensas que nos veremos jamás de nuevo?
ROMEO. No lo dudo, y todas estas desventuras servirán para dulces coloquios en nuestro tiempo venidero.
JULIETA. ¡Oh, Dios! ¡Tengo un alma de mal agüero! Me parece verte, ahora que estás tan bajo, como un muerto en el fondo de un sepulcro. O me falla la vista, o estás pálido.
ROMEO. Y créeme, amor, en mis ojos tú también lo pareces. El seco dolor bebe nuestra sangre. Adiós, adiós.
[ Sale, abajo. ]
JULIETA. ¡Oh, Fortuna, Fortuna! Todos los hombres te llaman voluble. Si eres voluble, ¿qué haces con él que es renombrado por su fe? ¡Sé voluble, Fortuna; pues entonces espero que no le retendrás largo tiempo, sino que le enviarás de vuelta!
SEÑORA CAPULETO. [ Dentro. ] ¡Eh, hija! ¿Estáis despierta?
JULIETA. ¿Quién llama? ¿Es mi señora madre? ¿No se ha acostado aún, o se ha levantado tan pronto? ¿Qué desacostumbrada causa la trae aquí?
Entra la Señora Capuleto.
SEÑORA CAPULETO. ¿Cómo, pues, Julieta?
JULIETA. Señora, no me encuentro bien.
SEÑORA CAPULETO. ¿Llorando siempre por la muerte de tu primo? ¿Qué, quieres lavarlo con lágrimas de su sepultura? Y aunque pudieras, no podrías darle vida. Basta ya: algo de dolor muestra mucho amor, Pero mucho dolor muestra siempre algo de falta de juicio.
JULIETA. Permitidme llorar al menos tan sentida pérdida.
SEÑORA CAPULETO. Así sentiréis la pérdida, mas no al amigo Por el que lloráis.
JULIETA. Sintiendo tal la pérdida, No puedo sino llorar siempre al amigo.
SEÑORA CAPULETO. Bien, muchacha, no lloras tanto por su muerte Como porque vive el villano que lo asesinó.
JULIETA. ¿Qué villano, señora?
SEÑORA CAPULETO. Ese mismo villano, Romeo.
JULIETA. Villano y él estén muchas leguas distantes. Dios le perdone. Lo hago de todo corazón. Y, con todo, ningún hombre como él conturba mi corazón.
SEÑORA CAPULETO. Es porque el traidor asesino vive.
JULIETA. Sí, señora, fuera del alcance de estas manos. Ojalá nadie sino yo pudiese vengar la muerte de mi primo.
SEÑORA CAPULETO. Nosotras tendremos venganza, no temas. No llores más. Enviaré a uno a Mantua, Donde vive ese mismo desterrado vagabundo, Y le dará tal pócimo desacostumbrado Que muy pronto hará compañía a Teobaldo: Y entonces espero quedarás satisfecha.
JULIETA. En verdad nunca quedaré satisfecha Con Romeo hasta que lo vea—muerto— Si mi pobre corazón así por un pariente se aflige. Señora, si pudierais hallar a un hombre Que llevase veneno, yo lo templaría, De modo que Romeo, al recibirlo, Pronto durmiese en quietud. ¡Oh, cómo aborrece mi corazón Oírle nombrar, y no poder llegar a él Para vengar el amor que a mi primo tuve En el cuerpo del que lo asesinó!
SEÑORA CAPULETO. Busca tú los medios, y yo hallaré tal hombre. Pero ahora te daré nuevas gozosas, muchacha.
JULIETA. Y el gozo viene bien en tiempo tan necesitado. ¿Cuáles son, os ruego, señora?
SEÑORA CAPULETO. Bien, bien, tienes un padre solícito, hija; Uno que, para apartarte de tu pesadumbre, Ha dispuesto un repentino día de alegría, Que no esperabas, ni yo esperaba.
JULIETA. Señora, en hora feliz, ¿qué día es?
SEÑORA CAPULETO. Pues, hija mía, el próximo jueves por la mañana El gallardo, joven y noble caballero, El Conde París, en la Iglesia de San Pedro, Te hará allí gozosamente esposa.
JULIETA. Ahora por la Iglesia de San Pedro, y Pedro también, No me hará allí gozosamente esposa. Me asombro de esta prisa, que haya de casarme Antes de que llegue a cortejarme quien ha de ser esposo. Os ruego, señora, decid a mi señor y padre Que no me casaré aún; y cuando lo haga, juro Que será Romeo, a quien sabéis que odio, Antes que a París. Estas sí son nuevas.
SEÑORA CAPULETO. Ahí viene tu padre, díselo tú misma, Y mira cómo lo toma de tu boca.
Entran Capuleto y la Nodriza.
CAPULETO. Cuando el sol se pone, el aire llovizna rocío; Mas por la puesta de sol del hijo de mi hermano Llueve a cántaros. ¿Cómo, pues? ¿Una fuente, muchacha? ¿Qué, aún en lágrimas? ¿Lloviendo sin cesar? En un cuerpo tan pequeño Imitas a una nave, un mar, un viento. Pues tus ojos, que bien puedo llamar mar, Merman y crecen con lágrimas; la nave, tu cuerpo, Navegando en esta inundación salada; los vientos, tus suspiros, Que airados con tus lágrimas, y ellas con ellos, Sin una calma repentina zozobrarán Tu cuerpo sacudido por la tormenta. ¿Cómo, esposa? ¿Le habéis comunicado nuestro decreto?
SEÑORA CAPULETO. Sí, señor; pero no quiere, os da las gracias. Quisiera que la necia estuviese casada con su tumba.
CAPULETO. Templaos. Entendedme, entendedme, esposa. ¿Cómo, no quiere? ¿No nos da las gracias? ¿No está orgullosa? ¿No se cuenta dichosa, Indigna como es, de que hayamos buscado Tan digno caballero como esposo?
JULIETA. No orgullosa de que lo tengáis, pero agradecida de que lo tengáis. Orgullosa jamás podré estar de lo que odio; Mas agradecida aun del odio que es amor.
CAPULETO. ¿Cómo, cómo, lógica trillada? ¿Qué es esto? "Orgullosa, y os lo agradezco, y no os lo agradezco"; Y aún así, no orgullosa. ¡Señorita favorita! No me agradezcáis ni me desdeñéis, Sino aprestad vuestras finas articulaciones para el próximo jueves Para ir con París a la Iglesia de San Pedro, O os arrastraré allí en una rastra. ¡Fuera, carroña de enfermedad verde! ¡Fuera, bagaje! ¡Cara de sebo!
SEÑORA CAPULETO. ¡Foe, foe! ¿Qué, estáis loco?
JULIETA. Buen padre, os lo ruego de rodillas, Oídme con paciencia, solo una palabra.
CAPULETO. ¡Maldita seas, bagaje joven, réproba desobediente! Te digo qué: vé a la iglesia un jueves, O no me mires jamás a la cara. No hables, no respondas, no me contestes. Me pican los dedos. Esposa, apenas nos creímos dichosos De que Dios nos hubiere prestado esta única hija; Pero ahora veo que esta una ya es una de más, Y que tenemos una maldición en tenerla. Fuera con ella, bribonzuela.
NODRIZA. Dios en el cielo la bendiga. Vos tenéis la culpa, mi señor, de tratarla así.
CAPULETO. ¿Y por qué, mi señora sabiduría? Callad, Buena prudencia; cotillead con vuestras comadres, id.
NODRIZA. No digo traición.
CAPULETO. ¡Oh Dios, buenos hombres!
NODRIZA. ¿No puede una hablar?
CAPULETO. ¡Paz, necia farfulladora! Verted vuestra gravedad sobre un cuenco de comadres, Que aquí no la necesitamos.
SEÑORA CAPULETO. Estáis muy ardiente.
CAPULETO. ¡Por el pan de Dios, me enloquece! Día, noche, hora, cabalgada, tiempo, trabajo, juego, Solo, en compañía, siempre mi cuidado ha sido Casarla, y habiendo ahora dispuesto Un caballero de noble alcurnia, De hermosas posesiones, juvenil y noblemente emparentado, Dotado, como dicen, de honorables prendas, Proporcionado como el deseo quisiera a un hombre, Y luego tener a una desdichada necia que gime, Un quejoso muñeco, ante el primer ofrecimiento de su fortuna, Que responda: "No me casaré, no puedo amar, Soy muy joven, os ruego me perdonéis." Mas, si no queréis casaros, yo os perdonaré. Pastad donde queráis, no viviréis conmigo. Atendedlo, pensadlo, no acostumbro bromear. El jueves está cerca; mano al pecho, decid. Y si sois mía, os daré a mi amigo; Y si no, ahorcad, mendigad, morid en las calles, Pues por mi alma, jamás os reconoceré, Ni lo mío jamás os hará bien. Fiaos de ello, pensadlo, no seré perjuro.
[ Sale. ]
JULIETA. ¿No hay piedad alguna sentada en las nubes, Que vea el fondo de mi aflicción? Oh dulce madre, no me deseches, Aplaza este matrimonio un mes, una semana, O, si no lo haces, haz el lecho nupcial En aquel oscuro monumento donde yace Teobaldo.
SEÑORA CAPULETO. No me hables, que no diré una palabra. Haz lo que quieras, que yo he concluido contigo.
[ Sale. ]
JULIETA. ¡Oh Dios! ¡Oh Nodriza! ¿Cómo se ha de impedir esto? Mi esposo está en la tierra, mi fe en el cielo. ¿Cómo volverá esa fe a la tierra, A menos que aquel esposo me la envíe desde el cielo Dejando la tierra? Consuélame, aconiséjame. ¡Ay de mí, ay de mí, que el cielo use de estratagemas Con tan blando sujeto como yo! ¿Qué dices? ¿No tienes una palabra de gozo? Algún consuelo, Nodriza.
NODRIZA. A fe, helo aquí. Romeo está desterrado; y todo el mundo a nada Que él nunca se atreva a volver a reclamaros. O si lo hace, ha de ser a escondidas. Entonces, pues el caso está así como está, Creo que es mejor que os caséis con el Conde. ¡Oh, es un gentil caballero! Romeo es a él un trapo de cocina. Un águila, señora, No tiene un ojo tan verde, tan vivo, tan bello Como el de París. Malhaya mi propio corazón, Creo que sois dichosa con esta segunda boda, Pues excede a la primera; o si no, Vuestro primero ha muerto, o fuera tan bueno que lo estuviese, Como vivir aquí sin que le aprovechéis.
JULIETA. ¿Hablas desde el corazón?
NODRIZA. Y desde el alma también, O malhaya a ambas.
JULIETA. Amén.
NODRIZA. ¿Qué?
JULIETA. Bien, me has consolado maravillosamente. Entra y di a mi señora que me he ido, Tras haber disgustado a mi padre, a la celda de fray Lorenzo, Para hacer confesión y ser absuelta.
NODRIZA. A fe, iré; y esto es sabiamente hecho.
[ Sale. ]
JULIETA. ¡Antigua condenación! ¡Oh, fienda malísima! ¿Es más pecado quererme así perjura, O desalabar a mi señor con esa misma lengua Con que ella lo ha ensalzado sin par Tantas mil veces? Ve, consejera. Tú y mi pecho seréis de aquí en adelante dos. Iré al fraile a conocer su remedio. Si todo falla, yo misma tengo poder para morir.
[ Sale. ]
ACTO IV
ESCENA I. La celda de fray Lorenzo.
Entran fray Lorenzo y París.
FRAY LORENZO. ¿El jueves, señor? El tiempo es muy breve.
PARÍS. Mi padre Capuleto así lo quiere; Y yo no soy lento en moderar su prisa.
FRAY LORENZO. Decís que no sabéis el ánimo de la dama. Desigual es la carrera; no me agrada.
PARÍS. Ella llora sin mesura por la muerte de Teobaldo, Y por eso he hablado poco de amor; Venus no sonríe en casa de lágrimas. Ahora, señor, su padre juzga peligroso Que ella dé a su dolor tanto imperio; Y en su prudencia, apresura nuestra boda, Para detener la inundación de sus lágrimas, Que, demasiado atendidas por ella sola, Pueden apartarse de ella con la compañía. Ahora ya sabéis la razón de esta prisa.
FRAY LORENZO. [ Aparte. ] Quisiera no saber por qué ha de ser tardada.— Mirad, señor, ahí viene la dama hacia mi celda.
Entra Julieta.
PARÍS. ¡Feliz encuentro, mi señora y mi esposa!
JULIETA. Podrá ser, señor, cuando yo pueda ser esposa.
PARÍS. Lo que podrá ser, ha de ser, amor, el próximo jueves.
JULIETA. Lo que ha de ser, será.
FRAY LORENZO. Cierto texto es ese.
PARÍS. ¿Venís a confesaros con este padre?
JULIETA. Para responder a eso, debería confesarme con vos.
PARÍS. No le neguéis que lo amáis.
JULIETA. Confesaré que lo amo.
PARÍS. Así lo haréis, estoy cierto, que me amáis a mí.
JULIETA. Si lo hago, tendrá más valor, Dicho a vuestras espaldas que a vuestra cara.
PARÍS. Pobre alma, tu rostro está muy maltratado de lágrimas.
JULIETA. Pequeña victoria han ganado las lágrimas con eso; Pues ya estaba bastante mal antes de su rencor.
PARÍS. Le hacéis más agravio que las lágrimas con tal dicho.
JULIETA. No es calumnia, señor, lo que es verdad, Y lo que hablé, lo hablé a mi cara.
PARÍS. Tu cara es mía, y la has calumniado.
JULIETA. Puede ser, pues no es mía propia. ¿Estáis libre, santo padre, ahora, O vengo a vos a la misa de la tarde?
FRAY LORENZO. Mi ocio me sirve, pensativa hija, ahora.— Mi señor, debemos rogar que el tiempo esté solo.
PARÍS. ¡Dios me libre de turbar la devoción!— Julieta, el jueves temprano os despertaré; Hasta entonces, adiós; y guardad este santo beso.
[ Sale. ]
JULIETA. Oh, cierra la puerta, y cuando lo hayas hecho, Ven a llorar conmigo, sin esperanza, sin cura, sin ayuda!
FRAY LORENZO. ¡Oh Julieta! Ya sé tu aflicción; Me apura más allá del alcance de mi ingenio. Sé que debes, y nada puede aplazarlo, Casarte el próximo jueves con este Conde.
JULIETA. No me digas, fray Lorenzo, que te enteras de esto, A menos que me digas cómo impedirlo. Si en tu prudencia no puedes darme ayuda, Llama solo sabia a mi resolución, Y con este cuchillo la ayudaré al punto. Dios unió mi corazón y el de Romeo, tú nuestras manos; Y antes que esta mano, por ti sellada a Romeo, Sea la firma de otro hecho, O mi veraz corazón con traidora revuelta Se vuelva a otro, esto los matará a ambos. Por tanto, de tu largo y experimentado tiempo, Dame algún consejo presente, o mira Que entre mis extremos y yo este sangriento cuchillo Hará de emperador, arbitrando lo que La comisión de tus años y arte No pudo llevar a fin de verdadero honor. No te detengas tanto en hablar. Ansío morir, Si lo que hablas no es de remedio.
FRAY LORENZO. Detente, hija. Veo una especie de esperanza, Que requiere tan desesperada ejecución Como desesperado es aquello que queremos impedir. Si, antes que casarte con el Conde París, Tienes la fuerza de voluntad para matarte, Entonces es probable que emprendas Cosa como la muerte para ahuyentar esta vergüenza, Que te mide con la misma muerte para escapar de ella. Y si te atreves, te daré remedio.
JULIETA. Oh, mándame saltar, antes que casar con París, Desde los baluartes de esa torre, O andar por caminos de ladrones, o mándame esconder Donde hay serpientes. Átame con osos rugientes; O escóndeme de noche en un osario, Cubierto todo de huesos响ientes de muertos, Con canillas humeantes y amarillas calaveras sin quijada. O mándame ir a una tumba recién abierta, Y esconderme con un muerto en su sudario; Cosas que, oírlas contar, me han hecho temblar, Y las haré sin miedo ni dubitación, Por vivir esposa inmaculada de mi dulce amor.
FRAY LORENZO. Detente entonces. Vete a casa, alégrate, da tu consentimiento Para casarte con París. El miércoles es mañana; Mañana noche procura estar sola, No dejes que tu Nodriza duerma contigo en tu cámara. Toma este frasco, estando entonces en el lecho, Y este licor destilado bébalo tú; Cuando al punto por todas tus venas corra Un humor frío y soñoliento; pues ningún pulso Guardará su curso natural, sino que cesará. Ningún calor, ningún aliento dará testimonio de que vives, Las rosas de tus labios y mejillas se marchitarán Hasta ser cenizas pálidas; las ventanas de tus ojos caerán, Como la muerte cuando cierra el día de la vida. Cada parte, privada de su gobierno flexible, Quedará rígida, dura y fría, como la muerte. Y en esta prestada semejanza de la muerte encogida Continuarás cuarenta y dos horas, Y entonces despertarás como de un plácido sueño. Cuando el novio por la mañana venga A despertarte del lecho, allí estarás muerta. Entonces, como es costumbre de nuestro país, Con tus mejores ropas, descubierta, en el ataúd, Serás llevada a la misma antigua bóveda Donde yacen todos los parientes de los Capuletos. Mientras tanto, antes de que despiertes, Romeo por mis cartas sabrá nuestro plan, Y aquí acudirá, y él y yo Velaremos tu despertar, y esa misma noche Romeo te llevará a Mantua. Y esto te librará de esta vergüenza presente, Si ningún inconstante capricho ni femenil temor Abaten tu valor al ejecutarlo.
JULIETA. ¡Dámelo, dámelo! ¡Oh, no me hables de miedo!
FRAY LORENZO. Detente; vete, sé fuerte y próspera En esta resolución. Enviaré un fraje con prisa A Mantua, con mis cartas a tu señor.
JULIETA. Amor me dé fuerza, y la fuerza me ayudará. Adiós, querido padre.
[ Salen. ]
ESCENA II. Sala en la casa de Capuleto.
Entran Capuleto, la Señora Capuleto, la Nodriza y Criados.
CAPULETO. Invita a tantos convidados como aquí están escritos.
[ Sale el primer Criado. ]
Mozo, ve a contratarme veinte cocineros diestros.
SEGUNDO CRIADO. No tendréis ninguno malo, señor; pues probaré si pueden lamerse los dedos.
CAPULETO. ¿Cómo puedes probarlos así?
SEGUNDO CRIADO. A fe, señor, mal es el cocinero que no puede lamerse sus propios dedos; por tanto, el que no puede lamerse los dedos no viene conmigo.
CAPULETO. Anda, vete.
[ Sale el segundo Criado. ]
Estaremos muy desproveídos para esta vez. ¿Qué, se ha ido mi hija a ver a fray Lorenzo?
NODRIZA. Sí, por cierto.
CAPULETO. Bien, puede que le haga algún bien. Es una desgarbada harlota voluntariosa.
Entra Julieta.
NODRIZA. Mirad cómo viene de la confesión con semblante alegre.
CAPULETO. ¿Cómo, mi testaruda? ¿Dónde has estado vagando?
JULIETA. Donde he aprendido a arrepentirme del pecado De oposición desobediente A vos y a vuestros mandatos; y me ha ordenado El santo Lorenzo postrarme aquí, Para pediros perdón. Perdón, os lo ruego. De aquí en adelante seré siempre guiada por vos.
CAPULETO. Enviad a llamar al Conde, id a decirle esto. Quiero este nudo anudado mañana mañana.
JULIETA. Encontré al joven señor en la celda de Lorenzo, Y le di lo que el amor conveniente pudo, Sin traspasar los límites de la modestia.
CAPULETO. Vaya, me alegro. Esto está bien. Levantaos. Esto es como debe ser. Déjame ver al Conde. Sí, a fe. Id, digo, y traedle aquí. Ahora, ante Dios, este reverendo santo fraile, Toda nuestra ciudad le debe mucho.
JULIETA. Nodriza, ¿iréis conmigo a mi aposento, Para ayudarme a escoger tales ornatos necesarios Como creáis convenientes para prepararme mañana?
SEÑORA CAPULETO. No, hasta el jueves. Hay tiempo suficiente.
CAPULETO. Id, Nodriza, id con ella. Iremos a la iglesia mañana.
[ Salen Julieta y la Nodriza. ]
SEÑORA CAPULETO. Andaremos cortos de provisión, Ya está cerca la noche.
CAPULETO. Tate, yo me moveré, Y todo irá bien, te lo aseguro, esposa. Ve tú con Julieta, ayuda a adornarla. Yo no me acostaré esta noche, déjame a mí. Haré de ama de casa por esta vez.—¡Eh, ho!— Todos han salido: bien, iré yo mismo A casa del Conde París, a prepararlo Para mañana. Mi corazón está asombrosamente ligero Desde que esta misma díscola muchacha está tan corregida.
[ Salen. ]
ESCENA III. Cámara de Julieta.
Entran Julieta y la Nodriza.
JULIETA. Sí, esos atavíos son los mejores. Pero, gentil Nodriza, Te ruego que me dejes sola esta noche; Pues he menester de muchas oraciones Para mover al cielo a que sonría a mi estado, Que, bien lo sabes, es adverso y lleno de pecado.
Entra la Señora Capuleto.
SEÑORA CAPULETO. ¿Qué, estáis ocupada, eh? ¿Necesitáis mi ayuda?
JULIETA. No, señora; hemos escogido las cosas necesarias Que son convenientes a nuestro estado de mañana. Os ruego que me dejéis ahora sola, Y que la Nodriza esta noche vele con vos, Pues estoy segura de que tenéis las manos llenas En este asunto tan repentino.
SEÑORA CAPULETO. Buenas noches. Vete a la cama y descansa, pues lo necesitas.
[ Salen la Señora Capuleto y la Nodriza. ]
JULIETA. Adiós. Dios sabe cuándo nos veremos de nuevo. Un vago frío temor me atraviesa las venas Que casi me hiela el calor de la vida. Los llamaré de nuevo para que me consuelen. ¡Nodriza!—¿Qué habría ella de hacer aquí? Mi triste escena he de representar a solas. Ven, frasco. ¿Y si esta mezcla no obra en absoluto? ¿Me casaré entonces mañana por la mañana? ¡No, no! Esto lo impedirá. Yace ahí.
[ Dejando caer su puñal. ]
¿Y si fuera un veneno que el fraile Sutilmente me ha hecho tragar para matarme, Por no verse deshonrado con este matrimonio, Porque me había casado antes con Romeo? Me temo que lo sea. Y, sin embargo, pienso que no debiera, Pues siempre se le ha tenido por hombre santo. ¿Cómo si, cuando me hayan puesto en el sepulcro, Yo despertara antes de que Romeo Venga a librarme? ¡Es un punto tremendo! ¿No me ahogaré entonces en la bóveda, Cuya boca fétida no respira aire sano, Y allí moriré estrangulada antes que llegue mi Romeo? O, si vivo, ¿no es muy probable, El horrible concepto de muerte y noche, Unido al terror del lugar, Como en una bóveda, antiguo receptáculo, Donde por estos muchos cientos de años los huesos De todos mis enterrados antepasados están hacinados, Donde el sangriento Tibaldo, aún verde en la tierra, Yace pudriéndose en su mortaja; donde, según dicen, A ciertas horas de la noche acude el espíritu— ¡Ay de mí, ay de mí!, ¿no es probable que yo, Al despertar tan temprano, con hedores repugnantes, Y alaridos como mandrágoras arrancadas de la tierra, Que a los mortales oyéndolos vuelven locos— Oh, si despierto, ¿no estaré fuera de mí, Rodeada de todos estos horrendos miedos, Y enloquecida jugaré con los huesos de mis abuelos? ¿Y arrancaré de su mortaja al destrozado Tibaldo? Y, en este arrebato, con el hueso de algún gran pariente, Como con un garrote, me destrozaré las sienes? ¡Oh, mirad, creo ver el fantasma de mi primo Buscando a Romeo, que atravesó su cuerpo Con la punta de una espada. ¡Detente, Tibaldo, detente! ¡Romeo, Romeo, Romeo, he aquí tu copa! Bebo por ti.
[Se arroja sobre el lecho.]
ESCENA IV. Sala en la casa de Capuleto.
Entran la Señora Capuleto y la Nodriza.
SEÑORA CAPULETO. Toma, lleva estas llaves y trae más especias, Nodriza.
NODRIZA. Piden dátiles y membrillos en la repostería.
Entra Capuleto.
CAPULETO. ¡Vamos, moveos, moveos, moveos! Ya cantó el segundo gallo, Ha sonado la campana de queda, son las tres. Vigila los asados, buena Angélica; No escatimes en gastos.
NODRIZA. Idos, vos, gallina clueca, idos, Acosteos ya; a fe mía que mañana estaréis enfermo Por la vela de esta noche.
CAPULETO. No, ni un ápice. ¡Qué! He velado otras veces Toda la noche por causa menor, y nunca he enfermado.
SEÑORA CAPULETO. Sí, ratón avezado a perseguir ratón habéis sido en vuestro tiempo; Pero yo os libraré ahora de tales velas.
[Salen la Señora Capuleto y la Nodriza.]
CAPULETO. ¡Celotipia, celotipia!
Entran Criados, con asadores, leños y cestas.
Ahora, compañero, ¿qué hay?
PRIMER CRIADO. Cosas para el cocinero, señor; pero no sé cuáles.
CAPULETO. Date prisa, date prisa.
[Sale el Primer Criado.]
—Mozo, trae leños más secos. Llama a Pedro, él te mostrará dónde están.
SEGUNDO CRIADO. Tengo cabeza, señor, que hallará los leños Sin molestar a Pedro para nada.
[Sale.]
CAPULETO. Bien dicho, amén; un pícaro jovial, ja. Serás cabeza de leño.—A fe mía que ya es de día. El Conde vendrá enseguida con música, Que dijo que vendría. Le oigo cerca.
[Tocan música.]
¡Nodriza! ¡Mujer! ¡Qué, eh! ¡Qué, Nodriza, digo!
Vuelve a entrar la Nodriza.
Anda, despierta a Julieta, anda y atavíala. Yo iré a charlar con París. Corre, date prisa, Date prisa; que ya está aquí el novio. Date prisa, digo.
[Salen.]
ESCENA V. Cámara de Julieta; Julieta en el lecho.
Entra la Nodriza.
NODRIZA. ¡Señorita! ¡Qué, señorita! ¡Julieta! Dormida, a fe mía que sí. ¿Por qué, cordera, por qué, señora, ah, holgazana! ¡Por qué, amor, digo! ¡Señora! ¡Vida mía! ¡Por qué, novia! ¿Qué, ni una palabra? Ahora sacas tus provechos. Duerme una semana; que la noche próxima, os lo aseguro, El Conde París se ha propuesto Que apenas descanséis. ¡Dios me perdone! ¡Válgame Me! ¡Y amén! ¡Cómo duerme profundamente! Necesito despertarla. ¡Señora, señora, señora! Ea, que el Conde os lleve en vuestra cama, Él os espantará el sueño, a fe mía. ¿Qué, no ha de ser así? ¿Qué, vestida y con la ropa puesta, y otra vez acostada? Necesito despertaros. ¡Señora! ¡Señora! ¡Señora! ¡Ay, ay, ay! ¡Socorro, socorro! ¡Mi señora está muerta! ¡Ay, día desventurado el de mi nacimiento! ¡Agua ardiente, eh! ¡Mi señor! ¡Mi señora!
Entra la Señora Capuleto.
SEÑORA CAPULETO. ¿Qué ruido es ese?
NODRIZA. ¡Oh, día lamentable!
SEÑORA CAPULETO. ¿Qué sucede?
NODRIZA. ¡Mira, mira! ¡Oh, día aciago!
SEÑORA CAPULETO. ¡Ay de mí, ay de mí! ¡Mi hija, mi única vida! Revive, levanta los ojos, o moriré contigo. ¡Socorro, socorro! ¡Llamad en mi ayuda!
Entra Capuleto.
CAPULETO. ¡Por vergüenza, sacad a Julieta, que ya viene su señor!
¡Cuántas veces los hombres al borde de la muerte Han sido alegres! Lo que sus guardianes llaman Un relámpago antes de la muerte. ¡Oh, cómo puedo Llamar yo relámpago a esto? ¡Oh, mi amor, mi esposa, La muerte, que ha chupado la miel de tu aliento, No ha tenido aún poder sobre tu hermosura! No estás vencida. El estandarte de la hermosura Es aún crimson en tus labios y en tus mejillas, Y la pálida enseña de la muerte no ondea allí. ¿Tybalt, yaces ahí en tu sangrienta sábana? ¡Oh, qué favor mayor puedo hacerte yo Que con esa mano que cortó en dos tu juventud Separar también a aquel que fue tu enemigo? Perdóname, primo. ¡Ah, Julieta querida, por qué eres aún tan hermosa? ¿Creeré yo Que la muerte inmaterial es amorosa, y que el flaco y aborrecido monstruo te guarda Aquí en lo oscuro para ser su amante? Por miedo a eso, contigo me quedaré aún, y no partiré jamás de este palacio de la noche sombría. Aquí, aquí permaneceré con los gusanos que son tus doncellas. ¡Oh, aquí Levantaré mi eterno descanso; y sacudiré el yugo de estrellas nefastas de esta carne hastiada del mundo. Ojos, mirad por última vez. Brazos, recibid el último abrazo. Y labios, ¡oh vosotros Puertas del aliento, sellad con un beso justo Un pacto sin fecha con la muerte absorbente. Ven, guía amarga, ven, conductor sin sabor. Tú, piloto desesperado, encállate ahora de una vez Contra las rocas tu nave mareada y fatigada. ¡Por mi amor! [Bebe.] ¡Oh, boticario verdadero! Tus drogas son rápidas. Así, con un beso, muero.
[Muere.]
Entra, por el otro extremo del cementerio, Fray Lorenzo con una linterna, una azada y una palanca.
FRAY LORENZO. San Francisco me ampare. ¡Cuántas veces esta noche han tropezado mis viejos pies con las tumbas! ¿Quién va? ¿Quién es el que acompaña, tan tarde, a los muertos?
BALTASAR. Uno soy, amigo, y uno que bien os conoce.
FRAY LORENZO. La bendición sea con vos. Decidme, buen amigo mío, ¿Qué antorcha es aquella que en vano presta su luz A gusanos y calaveras sin ojos? Según distingo, Arde en el monumento de los Capuleto.
BALTASAR. Así es, santo varón, y allí está mi amo, A quien vos amáis.
FRAY LORENZO. ¿Quién es?
BALTASAR. Romeo.
FRAY LORENZO. ¿Cuánto tiempo lleva allí?
BALTASAR. Media hora larga.
FRAY LORENZO. Ven conmigo a la bóveda.
BALTASAR. No me atrevo, señor; Mi amo no sabe sino que me fui de aquí, y con gran amenaza me intimidó con la muerte si me quedaba a ver sus intenciones.
FRAY LORENZO. Quédate entonces, iré solo. El miedo me invade. ¡Oh, mucho temo alguna desdicha aciaga!
BALTASAR. Mientras dormía bajo este tejo aquí, Soñé que mi amo y otro combatían, y que mi amo le daba muerte.
FRAY LORENZO. ¡Romeo! [Avanza.] ¡Ay, ay! ¿Qué sangre es esta que mancha La pétrea entrada de este sepulcro? ¿Qué significan esas espadas sin dueño y sangrientas Que yacen descoloridas junto a este lugar de paz?
[Entra en el monumento.]
¡Romeo! ¡Oh, pálido! ¿Quién más? ¿Qué, París también? ¿Y empapado en sangre? ¡Ah, qué hora inhumana Es culpable de este lance lastimoso? La dama se mueve.
[Julieta despierta y se mueve.]
JULIETA. ¡Oh, fray Lorenzo consolador, dónde está mi señor? Recuerdo bien dónde debería estar, y allí estoy. ¿Dónde está mi Romeo?
[Ruido dentro.]
FRAY LORENZO. Oigo ruido. Señora, sal de ese nido De muerte, contagio y sueño antinatural. Un poder mayor del que podemos contradecir Ha frustrado nuestros planes. Ven, ven, vámonos. Tu marido yace muerto en tu regazo; y París también. Ven, dispondré de ti Entre una hermandad de santas monjas. No te detengas a preguntar, que llega la ronda. Ven, vete, buena Julieta. No me atrevo a quedarme más.
JULIETA. Ve, vete tú, que yo no me iré.
[Sale Fray Lorenzo.]
¿Qué hay aquí? ¿Una copa cerrada en la mano de mi verdadero amor? Veneno, lo veo, ha sido su fin prematuro. ¡Oh, mezquino! ¿Lo bebió todo, y no dejó una gota amiga Para ayudarme después? Voy a besar tus labios. Quizá algún veneno aún cuelgue de ellos, para hacerme morir con un bálsamo.
[Le besa.]
¡Tus labios están cálidos!
PRIMER GUARDIA. [Dentro.] Guía, muchacho. ¿Por dónde?
JULIETA. ¿Hay ruido? Pues seré breve. ¡Oh, daga dichosa!
[Arrebata la daga de Romeo.]
Esta es tu vaina. [Se apuñala] Aquí reposa, y déjame morir.
[Cae sobre el cuerpo de Romeo y muere.]
Entran la Ronda con el Paje de París.
PAJE. Este es el lugar. Allí, donde arde la antorcha.
PRIMER GUARDIA. El suelo está sangriento. Registrad el cementerio. Id, algunos de vosotros, y al que halléis, prendedle.
[Salen algunos de la Ronda.]
¡Lastimosa escena! Aquí yace el Conde muerto, y Julieta sangrando, cálida, recién muerta, que aquí ha permanecido enterrada dos días. Id a avisar al Príncipe; corred a los Capuleto. Levantad a los Montesco, que otros registren.
[Salen otros de la Ronda.]
Vemos el suelo donde estos dolores yacen, mas el verdadero origen de todos estos dolores piadosos No podemos sin más averiguarlo.
Vuelven a entrar algunos de la Ronda con Baltasar.
SEGUNDO GUARDIA. Aquí está el criado de Romeo. Le encontramos en el cementerio.
PRIMER GUARDIA. Tenedle preso hasta que venga el Príncipe.
Vuelven a entrar otros de la Ronda con Fray Lorenzo.
TERCER GUARDIA. Aquí hay un Fraile que tiembla, suspira y llora. Le quitamos esta palanca y esta azada mientras venía de este lado del cementerio.
PRIMER GUARDIA. Gran sospecha. Detened al Fraile también.
Entran el Príncipe y sus Acólitos.
PRÍNCIPE. ¿Qué desventura anda ya tan madrugadora que saca a nuestra persona de su reposo matinal?
Entran Capuleto, la Señora Capuleto y otros.
CAPULETO. ¿Qué será aquello que así gritan por ahí?
SEÑORA CAPULETO. ¡Oh, la gente en la calle grita Romeo, unos Julieta, y otros París, y todos corren con clamores abiertos hacia nuestro monumento!
PRÍNCIPE. ¿Qué miedo es ese que nos sobresalta en los oídos?
PRIMER GUARDIA. Soberano, aquí yace el Conde París muerto, y Romeo muerto, y Julieta, muerta antes, cálida y recién asesinada.
PRÍNCIPE. Indagad, buscad, y averiguad cómo vino este crimen horrendo.
PRIMER GUARDIA. Aquí hay un Fraile, y el criado de Romeo, muerto, con instrumentos en su poder a propósito para abrir las tumbas de estos muertos.
CAPULETO. ¡Oh, cielo! ¡Oh, esposa, mira cómo sangra nuestra hija! Esta daga se ha equivocado, pues ved, su vaina está vacía a la espalda de Montesco, y se ha envainado en el pecho de mi hija.
SEÑORA CAPULETO. ¡Ay de mí! Esta vista de muerte es como una campana que llama a mi vejez al sepulcro.
Entra Montesco y otros.
PRÍNCIPE. Ven, Montesco, que tú madrugas también, para ver a tu hijo y heredero aún más temprano bajado.
MONTESCO. ¡Ay, mi señor, mi esposa ha muerto esta noche! El dolor del destierro de mi hijo le ha cortado el aliento. ¿Qué otra desdicha conspira contra mi vejez?
PRÍNCIPE. Mira, y verás.
MONTESCO. ¡Oh, tú, indómito! ¿Qué maneras son estas de adelantarte a tu padre hacia la tumba?
PRÍNCIPE. Sellad por un instante la boca de la indignación, hasta que podamos aclarar estas ambigüedades, y conocer su origen, su cabeza, su verdadero curso; y entonces seré el guía de vuestros dolores, y os conduciré hasta la muerte. Entretanto, absteneos, y dejad que la desdicha sea esclava de la paciencia. Traed a los sospechosos.
FRAY LORENZO. Yo soy el mayor, el que menos puede hacer, y el más sospechoso, pues el tiempo y el lugar declaran contra mí en este(dir)eful asesinato; y aquí estoy, tanto para acusar como para purgarme, a un tiempo condenado y disculpado.
PRÍNCIPE. Di de una vez cuanto sabes de esto.
FRAY LORENZO. Seré breve, pues mi corta fecha de aliento no es tan larga como un cuento tedioso. Romeo, allí muerto, fue esposo de esa Julieta, y ella, allí muerta, fue la fiel esposa de Romeo. Yo los casé; y el día robado de su boda Fue el juicio final de Tybalt, cuya muerte prematura Desterró al recién hecho novio de esta ciudad; por quien, y no por Tybalt, Julieta languidecía. Vosotros, para quitarle aquel asedio de dolor, la prometisteis, y la habríais casado por fuerza con el Conde París. Entonces acude ella a mí, y con ojos desvariados, me pide que discurra algún medio Para librarla de este segundo matrimonio, o en mi celda se daría ella misma la muerte. Entonces le di yo, así enseñada por mi arte, Una pócima soporífera, que hizo tal efecto Como yo pretendía, pues obró en ella La apariencia de la muerte. Entretanto escribí a Romeo Que viniese aquí esta noche terrible Para ayudarle a sacarla de su tumba prestada, siendo el tiempo en que la fuerza de la pócima cesaría. Pero el que llevó mi carta, Fray Juan, Fue detenido por un accidente; y anoche Me devolvió mi carta. Entonces, solo, A la hora señalada de su despertar, Vine yo a sacarla de la tumba de sus parientes, con intención de tenerla oculta en mi celda hasta que cómodamente pudiera avisar a Romeo. Mas cuando llegué, un minuto antes de la hora de su despertar, aquí, sin tiempo, yacían el noble París y el verdadero Romeo muertos. Ella despierta; y yo le rogué que saliera y llevase con paciencia esta obra del cielo. Pero entonces un ruido me espantó de la tumba; y ella, ya desesperada, no quiso venir conmigo, sino que, según parece, hizo violencia sobre sí misma. Todo esto sé yo; y de la boda Es sabedora su Nodriza. Y si algo en esto Ha fallado por mi culpa, que mi vieja vida Sea sacrificada, alguna hora antes de su tiempo, Al rigor de la ley más severa.
PRÍNCIPE. Siempre te hemos tenido por hombre santo. ¿Dónde está el criado de Romeo? ¿Qué puede decir a esto?
BALTASAR. Yo traje a mi amo la nueva de la muerte de Julieta, y entonces, a toda prisa, vino él de Mantua A este mismo lugar, a este mismo monumento. Esta carta me mandó dar temprano a su padre, y me amenazó con la muerte si entraba en la bóveda, si yo no me iba y le dejaba allí.
PRÍNCIPE. Dame la carta, la miraré. ¿Dónde está el Paje del Conde que dio la alarma? Muchacho, ¿qué hacía vuestro amo en este lugar?
PAJE. Vino con flores a sembrar la tumba de su dama, y me mandó quedarme aparte, y así lo hice. Al instante llega uno con luz a abrir la tumba, y al poco mi amo se le enfrenta, y entonces corrí yo a llamar a la ronda.
PRÍNCIPE. Esta carta confirma las palabras del Fraile, su curso de amor, la noticia de su muerte. Y aquí escribe que compró un veneno de un pobre boticario, y con él vino a esta bóveda a morir, y yacer con Julieta. ¿Dónde están estos enemigos? ¡Capuleto, Montesco, Ved qué azote se ha descargado sobre vuestro odio, que el cielo halla medios de matar vuestros goces con amor! Y yo, por haber cerrado los ojos a vuestras discordias, He perdido un par de parientes. Todos son castigados.
CAPULETO. ¡Oh, hermano Montesco, dame tu mano! Esta es la dote de mi hija, pues nada más puedo ya exigir.
MONTESCO. Pero yo puedo darte más, pues yo le levantaré una estatua de oro puro, que mientras Verona sea conocida por ese nombre, no haya figura de tanto precio como la de la fiel y verdadera Julieta.
CAPULETO. Tan rica será la de Romeo por su dama, pobres sacrificios de nuestra enemistad.
PRÍNCIPE. Una paz sombría trae esta mañana consigo; el sol, por el dolor, no mostrará su cabeza. Idos de aquí, a hablar más de estas tristes cosas. Algunos serán perdonados, y otros castigados, pues nunca hubo historia de más dolor que esta de Julieta y su Romeo.
[Salen.]