Tom apareció en la acera con un cubo de cal y una brocha de mango largo. Examinó la cerca y toda esa alegría se le heló en el alma, y una profunda melancolía se apoderó de él. Treinta metros de cerca de tabla de casi tres metros de alto. La vida le pareció hueca y la existencia una carga. Suspirando, mojó su brocha y la pasó por el tablero superior; repitió la operación, la repitió de nuevo; comparó la insignificante franja pintada con el inmenso continente de cerca sin pintar y se sentó en un cajón, desanimado. Jim salió saltando por la puerta con un cubo de hojalata y cantando «Buffalo Gals». Traer agua de la bomba del pueblo siempre le había parecido un trabajo tedioso; pero el pensamiento de que no le pagaban por ello, como era costumbre, lo hacía parecer aún más pesado. Recordó que en la bomba siempre se reunían chicos de todas clases, blancos y negros, esperando turno para descansar, cambiar historias, pelear, jugar a las canicas o a las chapas; en resumen, que la bomba era el centro de reunión del pueblo. Jim se acercó a la bomba, pero Tom se dijo que no le importaba; Jim, al fin y al cabo, era un chico que se movía en círculos, y la bomba estaba a menos de diez minutos de distancia.
Tom pensó en todo el alboroto que Jim armaría allí y en lo poco que le costaría cambiar su cubo por la brocha. Imaginó que, si él iba a la bomba y Jim pintaba, él volvería antes de que nadie se diera cuenta. Pero el plan no parecía seguro. Recordó la rigurosidad de la tía Polly.
Tom empezó a escarbar en sus bolsillos. Sacó todas sus riquezas: trozos de cuerda, canicas, pedazos de cristal y juguetes sin valor; bastaba para comprar un cambio de ocupación, pero no para comprarle a un chico que fuera a la bomba por él. Se desanimó. En ese momento, una inspiración, un plan magnífico, brilló en su mente.
Tom tomó la brocha y comenzó a trabajar con tranquilidad. Ben Rogers apareció al poco tiempo; era el chico cuyas burlas Tom más temía. Ben iba comiendo una manzana y haciendo ruidos largos, profundos y melódicos, seguidos por un «ding-dong-dong, ding-dong-dong», pues se hacía pasar por un barco de vapor. Se acercaba con lentitud, moviéndose con una pesadez calculada, echándose el cuerpo hacia un lado y hacia otro, pues era el capitán, el timonel y el motor de su propia embarcación.
Se detuvo frente a Tom y se quedó parado. Tom siguió pintando sin mirar a Ben.
—¡Eh, viejo! Te toca trabajar, ¿eh? —dijo Ben.
No hubo respuesta. Tom examinó la última pincelada con el ojo de un artista, luego pasó la brocha con suavidad sobre el tablero y volvió a dar un paso atrás para juzgar el efecto. Ben se acercó a su lado. A Tom le hizo agua la boca por la manzana, pero siguió trabajando como si nada.
—¡Vaya! —dijo Ben—. ¡Te toca trabajar, eh!
Tom se giró y dijo:
—¡Ah! ¿Eres tú, Ben? No me había fijado.
—Oye, voy a nadar, voy. ¿No te gustaría ir? Pero claro, preferirás trabajar, ¿verdad? ¡Claro que sí!
Tom lo miró un instante y dijo:
—¿A qué llamas trabajar?
—¿Pues qué es? ¿No es trabajar eso?
Tom volvió a pintar y respondió con total indiferencia:
—Bueno, puede serlo y puede que no. Lo que sé es que a Tom Sawyer le gusta.
—¡Anda ya! ¿Me vas a decir que te gusta pintar?
La brocha no dejó de moverse.
—¿Que si me gusta? Bueno, ¿acaso tiene un chico ocasión de pintar una cerca cada día?
Eso puso las cosas bajo una luz distinta. Ben dejó de comerse la manzana. Tom pintó con gran destreza; se echó atrás, añadió un toque aquí y allá, criticó el efecto de nuevo y Ben observó cada uno de sus movimientos, cada vez más interesado. Al poco tiempo dijo:
—Oye, Tom, déjame pintar un poco.
Tom lo pensó y estuvo a punto de acceder; pero luego cambió de opinión.
—No, no, Ben, verás, la tía Polly es muy exigente con esta cerca de aquí enfrente; si fuera la de atrás, no me importaría, y a ella tampoco. Pero esta cerca de aquí da a la calle y, bueno, hay que hacerla con mucho cuidado; no creo que haya uno entre mil chicos, quizá ni uno entre dos mil, que sea capaz de pintarla como debe ser.
—¿De veras? ¡Anda, déjame intentarlo solo un poquito! Solo un poco. Yo te dejaría si fuera tú, Tom.
—Ben, me gustaría de veras, palabra. Pero la tía Polly... Pues fíjate, Jim quería hacerlo, pero no le dejé; y Sid quería hacerlo, pero no le dejé. ¿Ves qué responsabilidad tengo? Si pasara algo y arruinaras esta cerca...
—¡Bah, tendré mucho cuidado! Anda, te daré el resto de mi manzana.
—Bueno, está bien. Toma... No, Ben, no, mejor no. Me da miedo...
—¡Te daré toda la manzana!
Tom le entregó la brocha con una fingida reticencia, pero con una alegría desbordante en el corazón. Mientras el antiguo capitán del barco de vapor sudaba y trabajaba al sol, el artista, sentado a la sombra de un barril, descansaba las piernas, comía la manzana y planeaba cómo atrapar a más incautos. Y no faltaron. Los chicos pasaban por allí casi cada hora; venían a burlarse, pero terminaban pintando. Cuando Ben se cansó, Tom alquiló el turno a Billy Fisher a cambio de una cometa en buen estado; y cuando Billy se cansó, Johnny Miller compró su turno por un ratón muerto y un hilo para hacerlo girar; y así, hora tras hora. Y para cuando llegó la tarde, Tom, que por la mañana era un pobre chico desvalido, se había convertido en un terrateniente de gran opulencia. Además de los objetos mencionados, tenía doce canicas, un trozo de armónica, un trozo de cristal azul de un juguete, un cañón de latón, un collar de perro (pero sin perro), el mango de un cuchillo, cuatro piezas de piel de naranja y un marco de ventana viejo.
Había pasado el tiempo de forma sumamente agradable y ociosa. La cerca tenía tres capas de cal. Si no se le hubiera acabado la cal, habría arruinado a todos los chicos del pueblo.
Tom se dijo que, después de todo, el mundo no era tan malo. Había descubierto una gran ley de la acción humana, sin saberlo siquiera: a saber, que para hacer que un hombre o un chico codicie una cosa, solo hace falta que sea difícil de obtener. Si hubiera sido un gran filósofo, como el autor de este libro, habría comprendido que el trabajo consiste en lo que el cuerpo está obligado a hacer, y que el juego consiste en lo que el cuerpo no está obligado a hacer. Y esto le ayudaría a entender por qué construir una casa o trabajar en una noria puede ser un trabajo, mientras que jugar a los bolos o escalar el Mont Blanc es una diversión. Hay caballeros ricos en Inglaterra que conducen sus carruajes de cuatro caballos durante veinte o treinta kilómetros al día en el camino principal, solo porque el privilegio de hacerlo les cuesta una fortuna; pero si les pagaran por ese servicio, les parecería un trabajo penoso y lo abandonarían.
Tom volvió a casa, a donde estaba la tía Polly, y la encontró en el salón con las gafas puestas, escudriñando el trabajo. Tom había pintado la cerca tres veces. La tía Polly apenas pudo dar crédito a lo que veía. Estaba tan sorprendida y complacida que dijo:
—¡Vaya, Tom! ¿Ya terminaste de pintar la cerca?
—Sí, tía.
—¡Bueno, no me lo puedo creer! A veces eres capaz de trabajar cuando quieres.
Y, como recompensa, le dio una manzana y le permitió irse a jugar. Tom se fue con ligereza, y no tardó en encontrarse con otros chicos que, en ese momento, se dirigían a la plaza del pueblo para librar una gran batalla.
Tom, sin embargo, no se unió a la batalla. Todavía bajo el efecto de su reciente triunfo sobre la cerca, se sentía un héroe, y mientras caminaba por la calle, vio a una niña nueva en un jardín: una criatura encantadora de ojos azules y cabello rubio trenzado en dos largas coletas, con un vestido blanco de verano y pantalones bordados. El héroe recién coronado cayó derrotado sin disparar un tiro. Una tal Amy Lawrence se desvaneció de su corazón y no dejó ni el recuerdo de sí misma. Había creído que la amaba hasta la distracción; había considerado su pasión como adoración; y he aquí que solo era una pequeña y pobre parcialidad pasajera. Había tardado meses en conquistarla; ella se lo había confesado hacía apenas una semana; él había sido el chico más feliz y orgulloso del mundo hace solo siete cortos días, y ahora, en un instante de tiempo, ella se había marchado de su corazón como una desconocida casual cuya visita ha terminado.
Adoró a este nuevo ángel con mirada furtiva, hasta que vio que ella lo había descubierto; entonces fingió que no sabía que ella estaba presente y comenzó a «lucirse» de todas las formas absurdas imaginables, con el fin de ganarse su admiración. Mantuvo esta tontería grotesca durante algún tiempo; pero, poco después, mientras estaba en medio de unas peligrosas acrobacias gimnásticas, miró de reojo y vio que la niña se dirigía hacia la casa. Tom se acercó a la cerca y se apoyó en ella, afligido, esperando que ella se quedara un poco más. Ella se detuvo un momento en los escalones y luego se movió hacia la puerta. Tom soltó un gran suspiro cuando ella puso el pie en el umbral. Pero su rostro se iluminó de inmediato, pues ella lanzó un pensamiento por encima de la cerca un momento antes de desaparecer.
El chico corrió y se detuvo a un pie o dos de la flor, y luego se cubrió los ojos con la mano y comenzó a mirar calle abajo como si hubiera descubierto algo de interés sucediendo en esa dirección. Al poco tiempo, recogió una paja y comenzó a intentar equilibrarla en su nariz, con la cabeza inclinada muy hacia atrás; y mientras se movía de un lado a otro, en sus esfuerzos, se acercaba cada vez más al pensamiento; finalmente su pie descalzo descansó sobre él, sus dedos flexibles se cerraron sobre la flor y saltó lejos con el tesoro, desapareciendo tras la esquina. Pero solo por un minuto, solo el tiempo necesario para abotonarse la flor dentro de su chaqueta, junto a su corazón, o junto a su estómago, posiblemente, pues no estaba muy versado en anatomía y, de todos modos, no era hipercrítico.
Regresó entonces y merodeó por la cerca hasta el anochecer, «luciéndose» como antes; pero la niña no volvió a mostrarse, aunque Tom se consoló un poco con la esperanza de que ella hubiera estado cerca de alguna ventana mientras tanto y se hubiera percatado de sus atenciones. Finalmente, se dirigió a casa de mala gana, con su pobre cabeza llena de visiones.
Durante toda la cena, su ánimo estuvo tan alto que su tía se preguntó «qué le habría pasado al niño». Recibió una buena reprimenda por haber tirado terrones a Sid y no pareció importarle en absoluto. Intentó robar azúcar justo delante de las narices de su tía y recibió un golpe en los nudillos por ello. Dijo:
—Tía, no le das golpes a Sid cuando él toma.
—Bueno, Sid no atormenta a nadie como tú. Siempre estarías metido en ese azúcar si yo no te estuviera vigilando.
Poco después, ella entró en la cocina, y Sid, feliz en su inmunidad, extendió la mano hacia el azucarero, una especie de gloria sobre Tom que resultaba casi insoportable. Pero los dedos de Sid resbalaron y el cuenco cayó y se rompió. Tom estaba en éxtasis. En tal éxtasis que incluso controló su lengua y se mantuvo en silencio. Se dijo a sí mismo que no diría una palabra, ni siquiera cuando su tía entrara, sino que se quedaría perfectamente quieto hasta que ella preguntara quién había causado el daño; y entonces lo contaría, y no habría nada tan bueno en el mundo como ver a ese modelo de perfección «recibir su merecido». Estaba tan lleno de júbilo que apenas pudo contenerse cuando la anciana regresó y se paró sobre los restos, descargando rayos de ira por encima de sus gafas. Se dijo a sí mismo: «¡Ahora viene!». Y al instante siguiente estaba tirado en el suelo. La potente palma estaba levantada para golpear de nuevo cuando Tom gritó:
—¡Espera, por qué me estás pegando! ¡Sid lo rompió!
La tía Polly se detuvo, perpleja, y Tom buscó una compasión sanadora. Pero cuando recuperó el habla, solo dijo:
—¡Uf! Bueno, no creo que hayas recibido un golpe injusto. Probablemente hayas estado metido en alguna otra travesura audaz cuando yo no estaba cerca.
Entonces su conciencia le reprochó, y anheló decir algo amable y cariñoso; pero juzgó que esto se interpretaría como una confesión de que ella había estado equivocada, y la disciplina lo prohibía. Así que guardó silencio y siguió con sus asuntos con el corazón atribulado. Tom se quedó en un rincón y exaltó sus penas. Sabía que, en el fondo, su tía estaba de rodillas ante él, y se sentía sombríamente gratificado por la conciencia de ello. Él no daría señales, no prestaría atención a ninguna. Sabía que una mirada anhelante caía sobre él, de vez en cuando, a través de un velo de lágrimas, pero se negaba a reconocerla. Se imaginaba a sí mismo postrado en cama, enfermo de muerte, y a su tía inclinada sobre él implorando una sola palabra de perdón, pero él volvería el rostro hacia la pared y moriría sin pronunciar esa palabra. ¡Ah, cómo se sentiría ella entonces! Y se imaginaba a sí mismo traído a casa desde el río, muerto, con sus rizos todos mojados y su adolorido corazón en reposo. ¡Cómo se arrojaría ella sobre él, y cómo sus lágrimas caerían como lluvia, y sus labios rogarían a Dios que le devolviera a su niño, prometiendo que nunca, nunca más lo maltrataría! Pero él yacería allí frío y pálido sin dar señal alguna; un pobre y pequeño sufridor cuyos pesares habrían llegado a su fin. Trabajó tanto sus sentimientos con el patetismo de estos sueños que tuvo que seguir tragando saliva, pues estuvo a punto de ahogarse; y sus ojos nadaban en una neblina de agua que se desbordaba cuando parpadeaba, escurriéndose y goteando por la punta de su nariz. Y era tal el lujo para él este mimo a sus penas, que no podía soportar que ninguna alegría mundana o deleite molesto se entrometiera en ello; era demasiado sagrado para tal contacto; y así, poco después, cuando su prima Mary entró bailando, llena de vida por la alegría de volver a casa tras una visita de una semana al campo que le pareció eterna, él se levantó y se alejó entre nubes y sombras por una puerta mientras ella traía música y luz del sol por la otra.
Vagó lejos de los lugares frecuentados por los muchachos y buscó parajes desolados que estuvieran en armonía con su espíritu. Una balsa de troncos en el río lo invitó, y se sentó en su borde exterior y contempló la lúgubre inmensidad de la corriente, deseando, mientras tanto, poder ahogarse de una vez y de forma inconsciente, sin pasar por la incómoda rutina ideada por la naturaleza. Entonces pensó en su flor. La sacó, arrugada y marchita, y esto aumentó poderosamente su lúgubre felicidad. Se preguntó si ella sentiría lástima de él si lo supiera. ¿Lloraría y desearía tener derecho a rodear su cuello con sus brazos y consolarlo? ¿O se alejaría fríamente como todo el mundo vacío? Esta imagen trajo tal agonía de placentero sufrimiento que la trabajó una y otra vez en su mente y la dispuso bajo luces nuevas y variadas, hasta desgastarla por completo. Al fin se levantó suspirando y se marchó en la oscuridad.
Alrededor de las nueve y media o diez de la noche, llegó por la calle desierta hasta donde vivía la Adorada Desconocida; hizo una pausa un momento; ningún sonido llegó a su oído atento; una vela proyectaba un brillo tenue sobre la cortina de una ventana del segundo piso. ¿Estaba allí la presencia sagrada? Trepó la cerca, abrió camino sigilosamente entre las plantas, hasta que estuvo bajo esa ventana; la miró hacia arriba largamente y con emoción; luego se tendió en el suelo bajo ella, acomodándose boca arriba, con las manos entrelazadas sobre su pecho y sosteniendo su pobre flor marchita. Y así moriría, en el mundo frío, sin refugio sobre su cabeza sin hogar, sin mano amiga que limpiara el sudor de la muerte de su frente, sin rostro amoroso que se inclinara compasivamente sobre él cuando llegara la gran agonía. Y así lo vería ella cuando mirara hacia la alegre mañana, y ¡oh!, ¿dejaría caer una pequeña lágrima sobre su pobre y exánime cuerpo?, ¿lanzaría un pequeño suspiro al ver una joven y brillante vida tan rudamente marchita, tan prematuramente cortada?
¡La ventana se abrió, la voz discordante de una criada profanó la santa calma, y un diluvio de agua empapó los restos del mártir tendido!
El héroe estrangulado saltó con un resoplido de alivio. Hubo un zumbido como de un proyectil en el aire, mezclado con el murmullo de una maldición, seguido de un sonido como de cristales rotos, y una forma pequeña y vaga pasó por encima de la cerca y se disparó en la penumbra.
No mucho después, mientras Tom, ya desvestido para dormir, examinaba sus ropas empapadas a la luz de una vela de sebo, Sid se despertó; pero si tuvo alguna vaga idea de hacer alguna «referencia o alusión», lo pensó mejor y guardó silencio, pues había peligro en la mirada de Tom.
Tom se acostó sin el añadido fastidio de las oraciones, y Sid tomó nota mental de la omisión.
CAPÍTULO IV
El sol salió sobre un mundo tranquilo y brilló sobre el apacible pueblo como una bendición. Terminado el desayuno, la tía Polly celebró el culto familiar: comenzó con una oración construida desde los cimientos con sólidas capas de citas bíblicas, soldadas con un fino mortero de originalidad; y desde la cumbre de esto, entregó un sombrío capítulo de la Ley Mosaica, como desde el Sinaí.
Entonces Tom se ciñó los lomos, por así decirlo, y se puso a trabajar para «aprenderse sus versículos». Sid se había aprendido su lección días atrás. Tom puso todas sus energías en la memorización de cinco versículos, y eligió parte del Sermón de la Montaña, porque no pudo encontrar versículos que fueran más cortos. Al final de media hora, Tom tenía una vaga idea general de su lección, pero nada más, pues su mente estaba recorriendo todo el campo del pensamiento humano y sus manos estaban ocupadas con distracciones recreativas. Mary tomó su libro para escucharlo recitar, y él trató de encontrar su camino a través de la niebla:
—Bienaventurados los... a... a...
—Pobres.
—Sí, pobres; bienaventurados los pobres... a... a...
—En espíritu.
—En espíritu; bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos... ellos...
—De ellos.
—Porque de ellos. Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos... ellos...
—Que...
—Porque ellos... a...
—Q, U, E...
—Porque ellos Q, U... ¡Oh, no sé lo que es!
—¡Que!
—¡Oh, que! porque ellos que... porque ellos que... a... a... que lloran... a... a... bienaventurados los que que... los que... a... los que lloran, porque ellos... a... ¿qué qué? ¿Por qué no me lo dices, Mary? ¿Qué quieres ser tan mala?
—Oh, Tom, pobre cabeza dura, no te estoy molestando. No haría eso. Debes ir y aprendértelo de nuevo. No te desanimes, Tom, lo lograrás, y si lo haces, te daré algo muy, muy lindo. Toma, ya está, ese es un buen chico.
—¡Está bien! ¿Qué es, Mary?, dime qué es.
—Tú no te preocupes, Tom. Sabes que si digo que es lindo, es lindo.
—Apuesto a que es así, Mary. Está bien, lo intentaré de nuevo.
Y vaya que «lo intentó de nuevo», y bajo la doble presión de la curiosidad y la ganancia prevista, lo hizo con tal espíritu que alcanzó un éxito brillante. Mary le dio una navaja «Barlow» nueva de paquete, valorada en doce centavos y medio; y la convulsión de deleite que recorrió su sistema lo sacudió hasta sus cimientos. Es cierto que la navaja no cortaba nada, pero era una Barlow «de verdad», y había una grandeza inconcebible en ello, aunque dónde consiguieron alguna vez los muchachos del Oeste la idea de que tal arma pudiera ser falsificada en su perjuicio es un misterio imponente y quizás siempre lo será. Tom se las arregló para rayar el armario con ella, y estaba preparándose para empezar con la cómoda, cuando fue llamado para vestirse para la escuela dominical.
Mary le dio una palangana de hojalata con agua y un trozo de jabón, y él salió por la puerta y puso la palangana en un pequeño banco que había allí; luego sumergió el jabón en el agua y lo dejó; se arremangó; vertió el agua en el suelo, suavemente, y luego entró en la cocina y comenzó a limpiarse la cara diligentemente con la toalla que estaba detrás de la puerta. Pero Mary retiró la toalla y dijo:
—¿Ahora no te da vergüenza, Tom? No debes ser tan malo. El agua no te hará daño.
Tom se sintió un poco desconcertado. La palangana se volvió a llenar, y esta vez se quedó sobre ella un rato, reuniendo resolución; tomó una gran bocanada de aire y comenzó. Cuando entró en la cocina poco después, con ambos ojos cerrados y tanteando la toalla con las manos, un honorable testimonio de espuma y agua goteaba de su rostro. Pero cuando emergió de la toalla, todavía no era satisfactorio, pues el territorio limpio se detenía en su barbilla y sus mandíbulas, como una máscara; debajo y más allá de esta línea había una oscura extensión de tierra sin irrigar que se extendía hacia abajo por delante y hacia atrás alrededor de su cuello. Mary tomó cartas en el asunto, y cuando terminó con él, era un hombre y un hermano, sin distinción de color, y su cabello saturado estaba cuidadosamente cepillado, y sus rizos cortos moldeados en un efecto general delicado y simétrico. [Él, en privado, alisó los rizos con labor y dificultad, y se pegó el cabello a la cabeza; pues consideraba que los rizos eran afeminados, y los suyos llenaban su vida de amargura.] Luego Mary sacó un traje de su ropa que se había usado solo los domingos durante dos años —simplemente llamada su «otra ropa»— y así, por eso, conocemos el tamaño de su guardarropa. La niña lo «arregló» después de que él se hubiera vestido; le abotonó su chaqueta corta hasta la barbilla, le dobló el vasto cuello de la camisa sobre los hombros, lo sacudió y lo coronó con su sombrero de paja moteado. Ahora lucía sumamente mejorado e incómodo. Estaba tan incómodo como lucía; pues había una restricción en la ropa limpia y completa que lo irritaba. Esperaba que Mary olvidara sus zapatos, pero la esperanza se vio frustrada; ella los cubrió completamente con sebo, como era la costumbre, y los trajo. Perdió los estribos y dijo que siempre lo hacían hacer todo lo que no quería hacer. Pero Mary dijo, persuasivamente:
—Por favor, Tom, sé un buen chico.
Así que se puso los zapatos refunfuñando. Mary estuvo pronto lista, y los tres niños partieron hacia la escuela dominical, un lugar que Tom odiaba con todo su corazón; pero Sid y Mary eran aficionados a ella.
Las horas de la escuela dominical eran de nueve a diez y media; y luego el servicio religioso. Dos de los niños siempre se quedaban para el sermón voluntariamente, y el otro siempre se quedaba también, por razones más fuertes. Los bancos de madera de respaldo alto y sin cojines de la iglesia podían acomodar a unas trescientas personas; el edificio era solo un asunto pequeño y sencillo, con una especie de caja de pino para árboles encima que servía de campanario. En la puerta, Tom dio un paso atrás y se dirigió a un compañero vestido de domingo:
—Oye, Billy, ¿tienes un boleto amarillo?
—Sí.
—¿Qué quieres por él?
—¿Qué me das?
—Un pedazo de regaliz y un anzuelo.
—A verlos.
Tom los exhibió. Fueron satisfactorios, y la propiedad cambió de manos. Luego Tom intercambió un par de canicas blancas por tres boletos rojos, y alguna pequeña baratija por un par de azules. Emboscó a otros muchachos mientras llegaban, y continuó comprando boletos de varios colores durante diez o quince minutos más. Entró en la iglesia, entonces, con un enjambre de muchachos y chicas limpios y ruidosos, se dirigió a su asiento y comenzó una pelea con el primer chico que tuvo a mano. El maestro, un hombre grave y mayor, intervino; luego volvió la espalda un momento y Tom le tiró del pelo a un chico en el banco de al lado, y estaba absorto en su libro cuando el chico se dio la vuelta; le clavó un alfiler a otro chico, poco después, para oírlo decir «¡Ay!» y recibió una nueva reprimenda de su maestro. Toda la clase de Tom era del mismo patrón: inquieta, ruidosa y problemática. Cuando llegaban a recitar sus lecciones, ninguno de ellos conocía sus versículos a la perfección, sino que tenían que ser ayudados durante todo el proceso. Sin embargo, se esforzaban y cada uno obtenía su recompensa: pequeños boletos azules, cada uno con un pasaje de las Escrituras; cada boleto azul era el pago por dos versículos de la recitación. Diez boletos azules equivalían a uno rojo, y podían ser intercambiados por él; diez boletos rojos equivalían a uno amarillo; por diez boletos amarillos, el superintendente entregaba una Biblia de encuadernación muy sencilla (valorada en cuarenta centavos en aquellos tiempos fáciles) al alumno. ¿Cuántos de mis lectores tendrían la diligencia y aplicación para memorizar dos mil versículos, incluso por una Biblia de Doré? Y, sin embargo, Mary había adquirido dos Biblias de esta manera —fue el paciente trabajo de dos años— y un chico de ascendencia alemana había ganado cuatro o cinco. Una vez recitó tres mil versículos sin detenerse; pero el esfuerzo sobre sus facultades mentales fue demasiado grande, y fue poco más que un idiota desde ese día en adelante —una grave desgracia para la escuela, pues en las grandes ocasiones, ante las visitas, el superintendente (como decía Tom) siempre hacía que este chico saliera y «se luciera». Solo los alumnos mayores lograban conservar sus boletos y seguir con su tedioso trabajo el tiempo suficiente para obtener una Biblia, por lo que la entrega de uno de estos premios era una circunstancia rara y notable; el alumno exitoso era tan importante y conspicuo durante ese día que, en el acto, el corazón de cada estudiante se encendía con una nueva ambición que a menudo duraba un par de semanas. Es posible que el estómago mental de Tom nunca hubiera sentido realmente hambre de uno de esos premios, pero indudablemente todo su ser había anhelado durante muchos días la gloria y el éxito que venían con él.
A su debido tiempo, el superintendente se puso de pie frente al púlpito, con un himnario cerrado en la mano y el dedo índice insertado entre sus hojas, y pidió atención. Cuando un superintendente de escuela dominical pronuncia su habitual pequeño discurso, un himnario en la mano es tan necesario como lo es la inevitable partitura en la mano de un cantante que se coloca al frente en la plataforma y canta un solo en un concierto —aunque por qué, es un misterio: pues ni el himnario ni la partitura son consultados nunca por el sufridor. Este superintendente era una criatura delgada de treinta y cinco años, con una perilla arenosa y cabello corto del mismo color; vestía un cuello rígido almidonado cuyo borde superior casi llegaba a sus orejas y cuyas puntas afiladas se curvaban hacia adelante a la altura de las comisuras de su boca —una cerca que obligaba a una mirada recta hacia adelante, y a girar todo el cuerpo cuando se requería una vista lateral—; su barbilla estaba apoyada sobre una corbata extendida que era tan ancha y larga como un billete de banco, y tenía extremos con flecos; las puntas de sus botas estaban vueltas bruscamente hacia arriba, a la moda de la época, como los patines de un trineo —un efecto pacientemente y laboriosamente mantenido durante horas—. El señor Walters era muy serio de semblante, y muy sincero y honesto de corazón; y tenía las cosas y lugares sagrados en tal reverencia, y los separaba tanto de los asuntos mundanos, que, inconscientemente para sí mismo, su voz de escuela dominical había adquirido una entonación peculiar que estaba totalmente ausente en los días de semana. Comenzó de esta manera:
—Ahora, niños, quiero que todos se sienten tan rectos y bonitos como puedan y me presten toda su atención por un minuto o dos. Eso es, así. Esa es la forma en que los buenos niños y niñas deben actuar. Veo a una niña pequeña que está mirando por la ventana; me temo que piensa que estoy ahí fuera en alguna parte, tal vez en uno de los árboles dando un discurso a los pajaritos. [Risas de aplauso.] Quiero decirles lo bien que me hace sentir ver tantas caritas brillantes y limpias reunidas en un lugar como este, aprendiendo a hacer lo correcto y a ser buenos. Y así sucesivamente. No es necesario anotar el resto de la oración. Era de un patrón que no varía, y por lo tanto nos es familiar a todos.
El último tercio del discurso fue estropeado por la reanudación de peleas y otras recreaciones entre ciertos niños malos, y por inquietudes y susurros que se extendieron a lo largo y ancho, bañando incluso las bases de rocas aisladas e incorruptibles como Sid y Mary. Pero ahora todo sonido cesó repentinamente, con la desaparición de la voz del señor Walters, y la conclusión del discurso fue recibida con un estallido de gratitud silenciosa.
Una buena parte de los susurros había sido ocasionada por un evento que era más o menos raro: la entrada de visitantes: el abogado Thatcher, acompañado por un hombre muy débil y anciano; un caballero de mediana edad, fino y corpulento, con cabello gris hierro; y una dama digna que era sin duda la esposa de este último. La dama llevaba de la mano a una niña. Tom había estado inquieto y lleno de rozaduras y lamentos; también herido por su conciencia: no podía encontrarse con la mirada de Amy Lawrence, no podía soportar su mirada amorosa. Pero cuando vio a esta pequeña recién llegada, su alma se encendió de felicidad en un instante. Al momento siguiente estaba «luciéndose» con todas sus fuerzas: empujando muchachos, tirando del pelo, haciendo muecas; en una palabra, usando todo arte que pareciera capaz de fascinar a una niña y ganar su aplauso. Su exaltación solo tenía una aleación: el recuerdo de su humillación en el jardín de este ángel; y ese registro en la arena se estaba borrando rápidamente bajo las olas de felicidad que lo estaban barriendo ahora.
A los visitantes se les dio el lugar más alto de honor, y tan pronto como el discurso del señor Walters terminó, los presentó a la escuela. El hombre de mediana edad resultó ser un personaje prodigioso, nada menos que el juez del condado, el ser más augusto que estos niños habían contemplado jamás; se preguntaban de qué tipo de material estaba hecho, y en parte querían oírlo rugir, y en parte también tenían miedo de que pudiera hacerlo. Venía de Constantinople, a doce millas de distancia, así que había viajado y visto el mundo; estos mismos ojos habían mirado el palacio de justicia del condado, que se decía que tenía un techo de hojalata. El asombro que estas reflexiones inspiraron fue atestiguado por el impresionante silencio y las filas de ojos fijos. Este era el gran Juez Thatcher, hermano de su propio abogado. Jeff Thatcher fue inmediatamente hacia adelante, para mostrarse familiar con el gran hombre y ser envidiado por la escuela. Habría sido música para su alma oír los susurros:
—¡Míralo, Jim! Está yendo allá. Oye, ¡mira!, va a darle la mano; ¡le está dando la mano! Por los cielos, ¿no desearías ser Jeff?
El señor Walters se puso a «lucirse», con toda clase de ajetreos y actividades oficiales, dando órdenes, pronunciando juicios, distribuyendo direcciones aquí, allá, en todas partes donde podía encontrar un objetivo. El bibliotecario se «lució», corriendo de aquí para allá con los brazos llenos de libros y haciendo mucho del alboroto y la agitación que a la autoridad insectil le encanta. Las jóvenes maestras se «lucieron», inclinándose dulcemente sobre los alumnos que recientemente estaban siendo castigados, levantando bonitos dedos de advertencia a los niños malos y dando palmaditas cariñosas a los buenos. Los jóvenes maestros se «lucieron» con pequeños regaños y otras pequeñas demostraciones de autoridad y buena atención a la disciplina; y la mayoría de los maestros, de ambos sexos, encontraron asuntos en la biblioteca, junto al púlpito; y eran asuntos que con frecuencia tenían que hacerse de nuevo dos o tres veces (con mucho aparente disgusto). Las niñas pequeñas se «lucieron» de varias maneras, y los niños pequeños se «lucieron» con tal diligencia que el aire estaba espeso con bolas de papel y el murmullo de forcejeos. Y por encima de todo, el gran hombre se sentó e irradió una majestuosa sonrisa judicial sobre toda la casa, y se calentó en el sol de su propia grandeza; pues él también se estaba «luciendo».
Solo faltaba una cosa para que el éxtasis del señor Walters fuera completo, y esa era la oportunidad de entregar un premio de Biblia y exhibir a un prodigio. Varios alumnos tenían algunos boletos amarillos, pero ninguno tenía suficientes; él había estado recorriendo a los alumnos destacados preguntando. Habría dado mundos, ahora, por tener a ese joven alemán de vuelta con una mente sana.
Y ahora, en este momento, cuando la esperanza estaba muerta, Tom Sawyer se adelantó con nueve boletos amarillos, nueve rojos y diez azules, y exigió una Biblia. Fue como un rayo en cielo despejado. Walters no esperaba una solicitud de esta procedencia en los próximos diez años. Pero no había forma de evitarlo: allí estaban los comprobantes certificados, y tenían pleno valor. Tom fue, por tanto, elevado a un lugar junto al Juez y los otros elegidos, y la gran noticia fue anunciada desde la jefatura. Fue la sorpresa más pasmosa de la década, y tan profunda fue la sensación que elevó al nuevo héroe a la altura del judicial, y la escuela tuvo dos maravillas que contemplar en lugar de una. Los muchachos estaban consumidos por la envidia, pero los que sufrieron los dolores más amargos fueron aquellos que percibieron demasiado tarde que ellos mismos habían contribuido a este odiado esplendor al intercambiar boletos con Tom por la riqueza que él había amasado vendiendo privilegios de encalado. Estos se despreciaban a sí mismos por haber sido los engañados de un pícaro astuto, una serpiente artera entre la hierba.
El premio fue entregado a Tom con tanta efusión como el superintendente pudo extraer bajo las circunstancias; pero carecía de algo de entusiasmo genuino, pues el instinto del pobre hombre le enseñaba que allí había un misterio que difícilmente podía soportar la luz, tal vez; era sencillamente absurdo que este chico hubiera almacenado dos mil gavillas de sabiduría escritural en sus predios; una docena pondría a prueba su capacidad, sin duda.
Amy Lawrence estaba orgullosa y feliz, e intentó que Tom lo viera en su rostro, pero él no quiso mirar. Ella se preguntó; luego se sintió apenas un poco inquieta; después una vaga sospecha vino y se fue, y volvió de nuevo; ella observó; una mirada furtiva le reveló mundos, y entonces su corazón se rompió, y se sintió celosa, y enojada, y las lágrimas acudieron y odió a todo el mundo. A Tom más que a nadie (pensó ella).
Tom fue presentado al Juez; pero su lengua estaba trabada, su aliento apenas salía, su corazón temblaba, en parte por la terrible grandeza del hombre, pero principalmente porque era el padre de ella. Le habría gustado postrarse y adorarlo, si hubiera sido en la oscuridad. El Juez puso su mano sobre la cabeza de Tom y lo llamó un buen hombrecito, y le preguntó cuál era su nombre. El muchacho tartamudeó, jadeó y logró soltarlo:
—Tom.
—Oh, no, Tom no; es…
—Thomas.
—Ah, eso es. Pensé que quizás había algo más. Eso está muy bien. Pero tienes otro, me imagino, y me lo dirás, ¿verdad?
—Dile al caballero tu otro nombre, Thomas —dijo Walters—, y di señor. No debes olvidar tus modales.
—Thomas Sawyer, señor.
—¡Eso es! Ese es un buen chico. Buen chico. Un hombrecito fino y varonil. Dos mil versículos son muchísimos, muchísimos. Y nunca podrás arrepentirte del esfuerzo que hiciste para aprenderlos, pues el conocimiento vale más que cualquier otra cosa en el mundo; es lo que hace a los grandes hombres y a los buenos hombres; tú serás un gran hombre y un buen hombre tú mismo, algún día, Thomas, y entonces mirarás hacia atrás y dirás: «Todo se debe a los preciosos privilegios de la escuela dominical de mi infancia; todo se debe a mis queridos maestros que me enseñaron a aprender; todo se debe al buen superintendente, que me animó, veló por mí y me dio una Biblia hermosa, una Biblia espléndida y elegante, para conservarla y tenerla toda para mí, siempre; ¡todo se debe a una buena crianza!». Eso es lo que dirás, Thomas, y no aceptarías dinero alguno por esos dos mil versículos, no, ciertamente no lo harías. Y ahora no te importaría contarnos a mí y a esta dama algunas de las cosas que has aprendido, no, sé que no te importará, pues estamos orgullosos de los niños pequeños que aprenden. Ahora, sin duda conoces los nombres de los doce discípulos. ¿No nos dirás los nombres de los dos primeros que fueron nombrados?
Tom tironeaba de un ojal y miraba con aire de bobo. Se sonrojó entonces, y sus ojos bajaron. El corazón del señor Walters se hundió. Se dijo a sí mismo que no era posible que el chico pudiera responder a la pregunta más simple; ¿por qué la hizo el Juez? Sin embargo, se sintió obligado a intervenir y decir:
—Responde al caballero, Thomas, no tengas miedo.
Tom seguía sin arrancar.
—Ahora sé que me lo dirás —dijo la dama—. Los nombres de los dos primeros discípulos fueron…
—¡David y Goliat!
Corramos el velo de la caridad sobre el resto de la escena.
CAPÍTULO V
Alrededor de las diez y media, la campana rajada de la pequeña iglesia comenzó a sonar, y poco después la gente empezó a reunirse para el sermón de la mañana. Los niños de la escuela dominical se distribuyeron por el edificio y ocuparon los bancos con sus padres, para estar bajo vigilancia. Llegó la tía Polly, y Tom, Sid y Mary se sentaron con ella; Tom fue colocado junto al pasillo, para que estuviera lo más lejos posible de la ventana abierta y de las seductoras escenas veraniegas del exterior. La multitud desfiló por los pasillos: el anciano y necesitado administrador de correos, que había visto tiempos mejores; el alcalde y su esposa —pues tenían alcalde allí, entre otras cosas innecesarias—; el juez de paz; la viuda Douglas, hermosa, inteligente y cuarentona, un alma generosa y de buen corazón, acomodada, cuya mansión en la colina era el único palacio del pueblo, y el más hospitalario y con mucho el más espléndido en materia de festejos que St. Petersburg podía alardear; el encorvado y venerable Mayor y la señora Ward; el abogado Riverson, el nuevo notable llegado de lejos; luego la belleza del pueblo, seguida por una tropa de jovencitas vestidas con telas ligeras y adornadas con cintas que rompían corazones; luego todos los jóvenes empleados del pueblo en grupo —pues habían estado parados en el vestíbulo chupando las cabezas de sus bastones, un muro circular de admiradores aceitados y sonrientes, hasta que la última chica hubo pasado por su guantelete—; y al final de todos llegó el Niño Modelo, Willie Mufferson, cuidando a su madre con tanto esmero como si fuera de cristal tallado. Siempre llevaba a su madre a la iglesia y era el orgullo de todas las matronas. Todos los muchachos lo odiaban por lo bueno que era. Y, además, se lo habían «echado en cara» muchas veces. Su pañuelo blanco colgaba de su bolsillo trasero, como de costumbre los domingos, accidentalmente. Tom no tenía pañuelo y consideraba unos esnobs a los chicos que lo tenían.
Estando la congregación totalmente reunida, la campana sonó una vez más para advertir a los rezagados y dispersos, y entonces un silencio solemne cayó sobre la iglesia, solo roto por las risitas y los susurros del coro en el coro alto. El coro siempre se reía y susurraba durante todo el servicio. Hubo una vez un coro de iglesia que no tenía malos modales, pero he olvidado dónde fue, ahora. Fue hace muchos años y apenas puedo recordar nada al respecto, pero creo que fue en algún país extranjero.
El ministro anunció el himno y lo leyó de principio a fin con deleite, en un estilo peculiar que era muy admirado en esa parte del país. Su voz comenzaba en un tono medio y subía constantemente hasta llegar a cierto punto, donde cargaba con gran énfasis en la palabra más alta para luego desplomarse como si fuera desde un trampolín:
¿Seré lle-va-do a los cie-los, en le-chos de flo-res de des-can-so,
Mien-tras o-tros lu-chan por ga-nar el pre-mio, y na-ve-gan a tra-vés de san-grien-tos ma-res?
Era considerado un lector maravilloso. En las «reuniones sociales» de la iglesia siempre lo llamaban para leer poesía; y cuando terminaba, las damas levantaban las manos y las dejaban caer impotentes sobre sus regazos, ponían los ojos en blanco y sacudían la cabeza, como queriendo decir: «Las palabras no pueden expresarlo; es demasiado hermoso, DEMASIADO hermoso para esta tierra mortal».
Después de que el himno fue cantado, el reverendo señor Sprague se convirtió en un tablón de anuncios y leyó «avisos» de reuniones, sociedades y cosas por el estilo, hasta que pareció que la lista se extendería hasta el día del juicio final; una costumbre extraña que aún se mantiene en Estados Unidos, incluso en las ciudades, aquí en esta era de abundantes periódicos. A menudo, cuanto menos hay para justificar una costumbre tradicional, más difícil es deshacerse de ella.
Y ahora el ministro oró. Fue una oración buena y generosa, y entró en detalles: abogó por la iglesia y los niños pequeños de la iglesia; por las otras iglesias del pueblo; por el pueblo mismo; por el condado; por el Estado; por los funcionarios del Estado; por los Estados Unidos; por las iglesias de los Estados Unidos; por el Congreso; por el Presidente; por los funcionarios del Gobierno; por los pobres marineros, sacudidos por mares tormentosos; por los millones oprimidos que gimen bajo el talón de las monarquías europeas y los despotismos orientales; por aquellos que tienen la luz y las buenas nuevas, y sin embargo no tienen ojos para ver ni oídos para oír; por los paganos en las lejanas islas del mar; y cerró con una súplica para que las palabras que estaba a punto de pronunciar pudieran encontrar gracia y favor, y fueran como semillas sembradas en tierra fértil, dando a su tiempo una grata cosecha de bien. Amén.
Hubo un crujido de vestidos, y la congregación, que estaba de pie, se sentó. El chico cuya historia relata este libro no disfrutó de la oración, solo la soportó, si es que hizo siquiera eso. Estuvo inquieto durante todo el tiempo; llevaba la cuenta de los detalles de la oración, inconscientemente —pues no estaba escuchando, pero conocía el terreno de memoria, y la ruta regular del clérigo a través de él— y cuando se intercalaba una pequeña nimiedad de materia nueva, su oído la detectaba y toda su naturaleza la resentía; consideraba las adiciones como injustas y canallescas. En medio de la oración, una mosca se había posado en el respaldo del banco frente a él y torturó su espíritu frotándose tranquilamente las manos, abrazando su cabeza con los brazos y puliéndola tan vigorosamente que parecía casi separarse del cuerpo, quedando expuesto a la vista el delgado hilo de un cuello; raspando sus alas con sus patas traseras y alisándolas contra su cuerpo como si fueran faldones de abrigo; realizando todo su aseo tan tranquilamente como si supiera que estaba perfectamente a salvo. Como de hecho lo estaba; pues por mucho que a las manos de Tom les picara atraparla, no se atrevieron; creía que su alma sería destruida instantáneamente si hiciera tal cosa mientras la oración estaba en curso. Pero con la frase final su mano comenzó a curvarse y a avanzar; y en el instante en que el «Amén» terminó, la mosca fue un prisionero de guerra. Su tía detectó el acto y lo obligó a soltarla.
El ministro expuso su texto y zumbó monótonamente a través de un argumento que era tan prosaico que muchas cabezas poco a poco comenzaron a cabecear; y, sin embargo, era un argumento que trataba de fuego y azufre ilimitados y reducía a los elegidos predestinados a un grupo tan pequeño que apenas valía la pena salvarlo. Tom contó las páginas del sermón; después de la iglesia siempre sabía cuántas páginas habían sido, pero rara vez sabía algo más sobre el discurso. Sin embargo, esta vez estuvo realmente interesado por un corto tiempo. El ministro hizo un cuadro grandioso y conmovedor de la reunión de las huestes del mundo en el milenio, cuando el león y el cordero se acostarían juntos y un niño pequeño los guiaría. Pero el patetismo, la lección, la moraleja del gran espectáculo se perdieron para el chico; él solo pensó en la notoriedad del personaje principal ante las naciones observadoras; su rostro se iluminó con el pensamiento, y se dijo a sí mismo que deseaba ser ese niño, si el león era manso.
Ahora volvió a sufrir nuevamente, a medida que se reanudaba el argumento seco. Poco después pensó en un tesoro que tenía y lo sacó. Era un gran escarabajo negro con mandíbulas formidables, un «bicho pinchador», como él lo llamaba. Estaba en una caja de fulminantes. Lo primero que hizo el escarabajo fue morderle el dedo. Siguió un golpecito natural, el escarabajo salió aleteando al pasillo y aterrizó sobre su espalda, y el dedo herido fue a parar a la boca del muchacho. El escarabajo yacía allí moviendo sus patas indefensas, incapaz de darse la vuelta. Tom lo observó y lo deseó; pero estaba a salvo, fuera de su alcance. Otras personas desinteresadas en el sermón encontraron alivio en el escarabajo, y también lo observaron. De repente, un perro caniche vagabundo llegó caminando tranquilamente, triste de corazón, perezoso por la suavidad del verano y la quietud, cansado del cautiverio, suspirando por un cambio. Vio al escarabajo; la cola caída se levantó y se movió. Examinó el premio; caminó alrededor de él; lo olió desde una distancia segura; caminó alrededor de él otra vez; se volvió más audaz y lo olió más de cerca; luego levantó su labio e hizo un intento cauteloso por atraparlo, fallando por poco; hizo otro, y otro; comenzó a disfrutar la diversión; se echó sobre su estómago con el escarabajo entre sus patas y continuó sus experimentos; finalmente se cansó, y luego se volvió indiferente y distraído. Su cabeza cabeceó, y poco a poco su barbilla descendió y tocó al enemigo, quien lo atrapó. Hubo un ladrido agudo, un sacudón de la cabeza del caniche, y el escarabajo cayó a un par de yardas de distancia, y aterrizó sobre su espalda una vez más. Los espectadores vecinos se estremecieron con una suave alegría interior, varios rostros se ocultaron tras abanicos y pañuelos, y Tom estaba completamente feliz. El perro parecía tonto, y probablemente se sentía así; pero también había resentimiento en su corazón, y un ansia de venganza. Así que fue hacia el escarabajo y comenzó un ataque cauteloso de nuevo; saltando hacia él desde cada punto de un círculo, aterrizando con sus patas delanteras a una pulgada de la criatura, haciendo intentos aún más cercanos con sus dientes y sacudiendo su cabeza hasta que sus orejas volvieron a aletear. Pero se cansó una vez más, después de un rato; intentó entretenerse con una mosca pero no encontró alivio; siguió a una hormiga alrededor, con la nariz pegada al suelo, y rápidamente se cansó de eso; bostezó, suspiró, olvidó el escarabajo por completo y se sentó sobre él. Entonces hubo un ladrido salvaje de agonía y el caniche salió disparado por el pasillo; los ladridos continuaron, y también el perro; cruzó la casa frente al altar; voló por el otro pasillo; cruzó frente a las puertas; subió clamorosamente por la recta final; su angustia creció con su progreso, hasta que poco después no era más que un cometa lanudo moviéndose en su órbita con el brillo y la velocidad de la luz. Al final, el frenético sufridor se desvió de su curso y saltó al regazo de su amo; este lo arrojó por la ventana, y la voz de la angustia rápidamente se apagó y murió en la distancia.
Para entonces, toda la iglesia estaba con el rostro rojo y asfixiada por la risa contenida, y el sermón se había detenido por completo. El discurso se reanudó poco después, pero fue cojo y vacilante, habiéndose acabado toda posibilidad de impresionabilidad; pues incluso los sentimientos más graves eran constantemente recibidos con una explosión sofocada de alegría impía, bajo la cobertura de algún banco remoto, como si el pobre párroco hubiera dicho algo sumamente gracioso. Fue un verdadero alivio para toda la congregación cuando la ordalía terminó y se pronunció la bendición.
Tom Sawyer se fue a casa bastante alegre, pensando para sí mismo que había cierta satisfacción en el servicio divino cuando había un poco de variedad en él. Solo tenía un pensamiento molesto; estaba dispuesto a que el perro jugara con su bicho pinchador, pero no le parecía correcto que se lo llevara.
CAPÍTULO VI
La mañana del lunes encontró a Tom Sawyer miserable. La mañana del lunes siempre lo encontraba así, porque comenzaba otra semana de lento sufrimiento en la escuela. Por lo general, comenzaba ese día deseando no haber tenido vacaciones intermedias, eso hacía que volver al cautiverio y a las cadenas fuera mucho más odioso.
Tom yacía pensando. De repente se le ocurrió que deseaba estar enfermo; entonces podría quedarse en casa sin ir a la escuela. Aquí había una vaga posibilidad. Examinó su sistema. No se encontró ninguna dolencia, y volvió a investigar. Esta vez pensó que podía detectar síntomas de cólico, y comenzó a alentarlos con considerable esperanza. Pero pronto se volvieron débiles, y poco después desaparecieron totalmente. Reflexionó más. De repente descubrió algo. Uno de sus dientes incisivos superiores estaba flojo. Esto era una suerte; estaba a punto de comenzar a gemir, como un «comienzo», como él lo llamaba, cuando se le ocurrió que si se presentaba en la corte con ese argumento, su tía lo sacaría, y eso dolería. Así que pensó que mantendría el diente en reserva por el momento y buscaría más. Nada se presentó durante algún tiempo, y luego recordó haber oído al médico hablar de cierta cosa que dejaba a un paciente postrado durante dos o tres semanas y amenazaba con hacerle perder un dedo. Así que el niño sacó con entusiasmo su dedo del pie dolorido de debajo de la sábana y lo sostuvo para su inspección. Pero ahora no conocía los síntomas necesarios. Sin embargo, parecía valer la pena arriesgarse, así que comenzó a gemir con considerable espíritu.
Pero Sid seguía durmiendo inconsciente.
Tom gimió más fuerte, e imaginó que empezaba a sentir dolor en el dedo del pie.
Sin resultado de Sid.
Tom jadeaba por sus esfuerzos a estas alturas. Se tomó un descanso y luego se infló y soltó una sucesión de gemidos admirables.
Sid seguía roncando.
Tom estaba irritado. Dijo: «¡Sid, Sid!» y lo sacudió. Este método funcionó bien, y Tom comenzó a gemir de nuevo. Sid bostezó, se estiró, luego se incorporó sobre su codo con un resoplido y comenzó a mirar a Tom. Tom seguía gimiendo. Sid dijo:
—¡Tom! ¡Oye, Tom! [Sin respuesta.] «¡Aquí, Tom! ¡TOM! ¿Qué te pasa, Tom?» Y lo sacudió y lo miró a la cara con ansiedad.
Tom gimió:
—Oh, no, Sid. No me sacudas.
—¿Por qué, qué te pasa, Tom? Debo llamar a la tía.
—No, no importa. Se pasará de a poco, tal vez. No llames a nadie.
—¡Pero debo! No gimas así, Tom, es horrible. ¿Cuánto tiempo llevas así?
—Horas. ¡Ay! Oh, no te muevas así, Sid, me matarás.
—Tom, ¿por qué no me despertaste antes? Oh, Tom, ¡no! Me hace estremecer la piel oírte. Tom, ¿qué te pasa?
—Te perdono todo, Sid. [Gemido.] Todo lo que me has hecho. Cuando me haya ido...
—Oh, Tom, no te estás muriendo, ¿verdad? No, Tom, oh, no. Tal vez...
—Perdono a todos, Sid. [Gemido.] Diles eso, Sid. Y Sid, dale mi marco de ventana y mi gato tuerto a esa chica nueva que ha llegado al pueblo, y dile que...
Pero Sid había tomado su ropa y se había ido. Tom estaba sufriendo en realidad, ahora, tan hermosamente estaba trabajando su imaginación, y por eso sus gemidos habían adquirido un tono bastante genuino.
Sid bajó las escaleras volando y dijo:
—¡Oh, tía Polly, venga! ¡Tom se está muriendo!
—¡Muriendo!
—Sí, señora. No espere, ¡venga rápido!
—¡Basura! ¡No lo creo!
Pero subió las escaleras a toda prisa, sin embargo, con Sid y Mary pisándole los talones. Y su rostro también se puso blanco, y su labio tembló. Cuando llegó a la cabecera de la cama, jadeó:
—¡Tú, Tom! Tom, ¿qué te pasa?
—Oh, tía, estoy...
—¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa, niño?
—Oh, tía, ¡mi dedo del pie dolorido se ha gangrenado!
La anciana se hundió en una silla y se rio un poco, luego lloró un poco, luego hizo ambas cosas a la vez. Esto la restauró y dijo:
—Tom, qué susto me diste. Ahora cállate con esa tontería y sal de aquí.
Los gemidos cesaron y el dolor desapareció del dedo del pie. El chico se sintió un poco tonto, y dijo:
—Tía Polly, parecía gangrenado, y dolía tanto que ni siquiera me acordé de mi diente.
—¡Tu diente, por cierto! ¿Qué le pasa a tu diente?
—Uno de ellos está flojo y me duele perfectamente horrible.
—Ya, ya, ahora, no empieces a gemir otra vez. Abre la boca. Bien, tu diente está flojo, pero no vas a morir por eso. Mary, tráeme un hilo de seda y un trozo de fuego de la cocina.
Tom dijo:
—Oh, por favor, tía, no lo saques. Ya no duele. Ojalá nunca me mueva si duele. Por favor, no, tía. No quiero quedarme en casa sin ir a la escuela.
—¡Ah, no lo quieres, ¿verdad? Así que todo este alboroto era porque pensabas que podrías quedarte en casa sin ir a la escuela y salir a pescar. Tom, Tom, te quiero tanto, y parece que intentas por todos los medios romper mi viejo corazón con tus desvergüenzas. Para entonces, los instrumentos dentales estaban listos. La anciana ató un extremo del hilo de seda al diente de Tom con un lazo y ató el otro al poste de la cama. Luego agarró el trozo de fuego y de repente lo lanzó casi contra la cara del muchacho. El diente quedó colgando del poste de la cama, ahora.
Pero todas las pruebas traen sus compensaciones. Mientras Tom se dirigía a la escuela después del desayuno, era la envidia de cada chico con el que se cruzaba, porque el hueco en su fila superior de dientes le permitía expectorar de una manera nueva y admirable. Reunió a todo un séquito de muchachos interesados en la exhibición; y uno que se había cortado un dedo y que hasta ese momento había sido un centro de fascinación y homenaje, se vio de pronto sin un seguidor y despojado de su gloria. Su corazón estaba pesado, y dijo con un desdén que no sentía que no era para tanto escupir como Tom Sawyer; pero otro chico dijo: «¡Uvas verdes!», y se alejó como un héroe desmantelado.
Poco después, Tom se encontró con el paria juvenil del pueblo, Huckleberry Finn, hijo del borracho del pueblo. Huckleberry era cordialmente odiado y temido por todas las madres del pueblo, porque era ocioso, ilegal, vulgar y malo, y porque todos sus hijos lo admiraban tanto, y se deleitaban en su sociedad prohibida, y deseaban atreverse a ser como él. Tom era como el resto de los chicos respetables, en el sentido de que envidiaba a Huckleberry su ostentosa condición de marginado, y tenía órdenes estrictas de no jugar con él. Así que jugaba con él cada vez que tenía oportunidad. Huckleberry siempre vestía la ropa desechada de hombres adultos, y siempre estaban en perpetuo florecimiento y ondeando con jirones. Su sombrero era una vasta ruina con una ancha media luna arrancada de su ala; su chaqueta, cuando llevaba una, le colgaba casi hasta los talones y tenía los botones traseros muy abajo en la espalda; solo un tirante sostenía sus pantalones; la parte trasera de los pantalones le quedaba baja y no contenía nada, y las piernas deshilachadas arrastraban por la tierra cuando no estaban arremangadas.
Huckleberry iba y venía a su antojo. Dormía en los portales cuando hacía buen tiempo y en barriles vacíos cuando llovía; no tenía que ir a la escuela ni a la iglesia, ni llamar a nadie señor ni obedecer a nadie; podía ir a pescar o a nadar cuando y donde quisiera, y quedarse tanto tiempo como le conviniera; nadie le prohibía pelear; podía quedarse levantado hasta tan tarde como le placiera; siempre era el primer chico que iba descalzo en primavera y el último en volver a usar cuero en otoño; nunca tenía que lavarse ni ponerse ropa limpia; sabía maldecir maravillosamente. En una palabra, todo lo que hace que la vida sea valiosa, aquel chico lo tenía. Así lo pensaba todo chico respetable, acosado y limitado, de St. Petersburg.
Tom saludó al romántico marginado:
—¡Hola, Huckleberry!
—Hola tú, y a ver cómo te gusta.
—¿Qué tienes ahí?
—Un gato muerto.
—Déjame verlo, Huck. Caray, está bastante rígido. ¿Dónde lo conseguiste?
—Se lo compré a un chico.
—¿Qué diste por él?
—Di un billete azul y una vejiga que conseguí en el matadero.
—¿Dónde conseguiste el billete azul?
—Se lo compré a Ben Rogers hace dos semanas por un aro.
—Dime, ¿para qué sirven los gatos muertos, Huck?
—¿Para qué sirven? Para curar verrugas.
—¡No! ¿Es verdad? Yo sé algo que es mejor.
—Apuesto a que no. ¿Qué es?
—Pues, el agua de tocón.
—¡Agua de tocón! No daría ni un centavo por el agua de tocón.
—¿No lo harías, eh? ¿Alguna vez lo intentaste?
—No, no lo he hecho. Pero Bob Tanner sí.
—¡Quién te lo dijo!
—Pues, él se lo dijo a Jeff Thatcher, y Jeff se lo dijo a Johnny Baker, y Johnny se lo dijo a Jim Hollis, y Jim se lo dijo a Ben Rogers, y Ben se lo dijo a un negro, y el negro me lo dijo a mí. ¡Ahí tienes!
—Bueno, ¿y qué? Todos mienten. Al menos todos menos el negro. No lo conozco. Pero nunca vi a un negro que no mintiera. ¡Cáspita! Ahora cuéntame cómo lo hizo Bob Tanner, Huck.
—Pues, tomó y metió la mano en un tocón podrido donde estaba el agua de lluvia.
—¿De día?
—Ciertamente.
—¿Con la cara hacia el tocón?
—Sí. Al menos eso supongo.
—¿Dijo algo?
—No creo que lo hiciera. No lo sé.
—¡Ajá! ¡Hablar de intentar curar verrugas con agua de tocón de una forma tan tonta! Eso no va a servir de nada. Tienes que ir tú solo, al medio del bosque, donde sepas que hay un tocón con agua, y justo a medianoche te pones de espaldas al tocón, metes la mano y dices:
«Grano de cebada, grano de cebada, harina de maíz, agua de tocón, agua de tocón, trágate estas verrugas»,
y luego te alejas rápido, once pasos, con los ojos cerrados, te das la vuelta tres veces y caminas a casa sin hablar con nadie. Porque si hablas, el hechizo se rompe.
—Bueno, eso suena a buen método; pero esa no es la forma en que lo hizo Bob Tanner.
—No, señor, puedes apostar a que no, porque él es el chico con más verrugas de este pueblo; y no tendría ni una si hubiera sabido cómo usar el agua de tocón. Yo me he quitado miles de verrugas de las manos de esa manera, Huck. Juego tanto con ranas que siempre tengo bastantes verrugas. A veces me las quito con una alubia.
—Sí, la alubia es buena. Yo he hecho eso.
—¿Sí? ¿Cuál es tu método?
—Tomas y partes la alubia, cortas la verruga para sacar algo de sangre, luego pones la sangre en una pieza de la alubia, cavas un hoyo y la entierras a eso de medianoche en el cruce de caminos en la oscuridad de la luna, y luego quemas el resto de la alubia. Verás, esa pieza que tiene la sangre seguirá atrayendo y atrayendo, tratando de traer la otra pieza hacia ella, y así eso ayuda a que la sangre atraiga la verruga, y pronto se cae.
—Sí, eso es, Huck, eso es; aunque cuando la entierras, si dices «¡Abajo alubia; fuera verruga; no vengas más a molestarme!», es mejor. Así es como lo hace Joe Harper, y él ha estado casi hasta Coonville y en casi todas partes. Pero dime, ¿cómo las curas con gatos muertos?
—Pues, tomas a tu gato y vas al cementerio a eso de medianoche cuando han enterrado a alguien malvado; y cuando es medianoche vendrá un demonio, o tal vez dos o tres, pero no puedes verlos, solo puedes oír algo como el viento, o tal vez oírlos hablar; y cuando se llevan a ese tipo, lanzas a tu gato tras ellos y dices: «¡Diablo sigue al cadáver, gato sigue al diablo, verrugas siguen al gato, he terminado con ustedes!». Eso hará caer cualquier verruga.
—Suena bien. ¿Alguna vez lo intentaste, Huck?
—No, pero la vieja Madre Hopkins me lo dijo.
—Bueno, supongo que es verdad, entonces. Porque dicen que es una bruja.
—¡Oye! Pues, Tom, sé que lo es. Ella embrujó a papá. Papá lo dice él mismo. Un día venía caminando y vio que ella lo estaba embrujando, así que agarró una piedra, y si ella no se hubiera agachado, le habría dado. Bueno, esa misma noche él se cayó de un cobertizo donde estaba acostado borracho y se rompió el brazo.
—Vaya, eso es terrible. ¿Cómo supo que ella lo estaba embrujando?
—Señor, papá puede saberlo, fácil. Papá dice que cuando te siguen mirando fijamente, te están embrujando. Especialmente si murmuran. Porque cuando murmuran están diciendo el Padre Nuestro al revés.
—Oye, Hucky, ¿cuándo vas a probar lo del gato?
—Esta noche. Supongo que vendrán por el viejo Hoss Williams esta noche.
—Pero lo enterraron el sábado. ¿No fueron por él el sábado por la noche?
—¡Vaya, cómo hablas! ¿Cómo podrían sus hechizos funcionar antes de medianoche? Y luego ya es domingo. No creo que los demonios anden mucho por ahí en domingo.
—Nunca pensé en eso. Es verdad. ¿Me dejas ir contigo?
—Por supuesto, si no tienes miedo.
—¡Miedo! No lo creo. ¿Maullarás?
—Sí, y tú maúlla de vuelta, si tienes oportunidad. La última vez, me tuviste maullando hasta que el viejo Hays se puso a lanzarme piedras y dijo «¡Maldito gato!», y entonces lancé un ladrillo a través de su ventana, pero no se lo digas a nadie.
—No lo haré. No pude maullar esa noche porque la tía me estaba vigilando, pero maullaré esta vez. Oye, ¿qué es eso?
—Nada, solo una garrapata.
—¿Dónde la conseguiste?
—Allá en el bosque.
—¿Qué quieres por ella?
—No lo sé. No quiero venderla.
—Está bien. De todos modos, es una garrapata muy pequeña.
—Oh, cualquiera puede criticar una garrapata que no le pertenece. Estoy satisfecho con ella. Es una garrapata lo suficientemente buena para mí.
—Cáspita, hay garrapatas de sobra. Podría tener mil si quisiera.
—Bueno, ¿por qué no lo haces? Porque sabes muy bien que no puedes. Creo que esta es una garrapata bastante temprana. Es la primera que he visto este año.
—Oye, Huck, te daré mi diente por ella.
—A ver.
Tom sacó un trozo de papel y lo desenrolló cuidadosamente. Huckleberry lo miró con anhelo. La tentación era muy fuerte. Al final dijo:
—¿Es genuino?
Tom levantó el labio y mostró el hueco.
—Bueno, está bien —dijo Huckleberry—, es un trato.
Tom guardó la garrapata en la caja de cápsulas de percusión que recientemente había sido la prisión del escarabajo, y los chicos se separaron, sintiéndose cada uno más rico que antes.
Cuando Tom llegó a la pequeña y aislada escuela de madera, entró rápidamente, con el aire de alguien que había llegado con toda la honestidad y rapidez posibles. Colgó su sombrero en una clavija y se lanzó a su asiento con prontitud profesional. El maestro, entronizado en lo alto en su gran sillón de respaldo de madera, estaba dormitando, arrullado por el somnoliento zumbido del estudio. La interrupción lo despertó.
—¡Thomas Sawyer!
Tom sabía que cuando se pronunciaba su nombre completo, significaba problemas.
—¡Señor!
—Ven aquí. Ahora, señor, ¿por qué llega tarde de nuevo, como de costumbre?
Tom estaba a punto de refugiarse en una mentira, cuando vio dos largas colas de cabello amarillo colgando sobre una espalda que reconoció por la simpatía eléctrica del amor; y junto a esa figura estaba el único lugar vacío en el lado de las niñas de la escuela. Inmediatamente dijo:
—¡Me detuve a hablar con Huckleberry Finn!
El pulso del maestro se detuvo y miró con impotencia. El zumbido del estudio cesó. Los alumnos se preguntaban si aquel chico temerario había perdido el juicio. El maestro dijo:
—Tú... ¿tú hiciste qué?
—Me detuve a hablar con Huckleberry Finn.
No había forma de confundir las palabras.
—Thomas Sawyer, esta es la confesión más asombrosa que he escuchado. Ninguna simple regla servirá para esta ofensa. Quítate la chaqueta.
El brazo del maestro trabajó hasta que se cansó y el suministro de varas disminuyó notablemente. Luego siguió la orden:
—¡Ahora, señor, ve y siéntate con las niñas! Y que esto te sirva de lección.
La risita que recorrió la habitación pareció avergonzar al chico, pero en realidad ese resultado fue causado más bien por su devota admiración hacia su ídolo desconocido y por el temeroso placer que residía en su gran fortuna. Se sentó en el extremo del banco de pino y la niña se alejó de él con un movimiento de cabeza. Codazos, guiños y susurros recorrieron el salón, pero Tom se quedó quieto, con los brazos sobre el largo y bajo escritorio frente a él, y parecía estudiar su libro.
Poco a poco la atención dejó de centrarse en él, y el murmullo escolar habitual volvió a elevarse en el aire soso una vez más. Pronto, el chico comenzó a robar miradas furtivas a la niña. Ella lo observó, le «hizo una mueca» y le dio la espalda por espacio de un minuto. Cuando ella se volvió cautelosamente de nuevo, un melocotón yacía frente a ella. Ella lo apartó. Tom lo devolvió suavemente a su lugar. Ella lo apartó de nuevo, pero con menos animosidad. Tom lo devolvió pacientemente a su sitio. Entonces ella lo dejó estar. Tom garabateó en su pizarra: «Por favor, tómalo, tengo más». La niña miró las palabras, pero no dio señales. Ahora el chico comenzó a dibujar algo en la pizarra, ocultando su trabajo con la mano izquierda. Durante un tiempo, la niña se negó a prestar atención; pero su curiosidad humana pronto comenzó a manifestarse con signos apenas perceptibles. El chico siguió trabajando, aparentemente ajeno. La niña hizo un intento evasivo por ver, pero el chico no delató que se hubiera dado cuenta. Al final, cedió y susurró vacilante:
—Déjame verlo.
Tom descubrió parcialmente una lúgubre caricatura de una casa con dos extremos a dos aguas y un sacacorchos de humo saliendo de la chimenea. Entonces el interés de la niña comenzó a fijarse en el trabajo y olvidó todo lo demás. Cuando terminó, ella miró un momento, luego susurró:
—Es lindo, haz un hombre.
El artista erigió un hombre en el jardín delantero, que se parecía a una grúa. Podría haber pasado por encima de la casa; pero la niña no era hipercrítica; estaba satisfecha con el monstruo y susurró:
—Es un hombre hermoso, ahora hazme a mí viniendo.
Tom dibujó un reloj de arena con una luna llena y extremidades de paja, y armó los dedos extendidos con un abanico portentoso. La niña dijo:
—Es muy lindo, desearía saber dibujar.
—Es fácil —susurró Tom—, te enseñaré.
—Oh, ¿de verdad? ¿Cuándo?
—Al mediodía. ¿Vas a casa a almorzar?
—Me quedaré si tú te quedas.
—Bien, trato hecho. ¿Cómo te llamas?
—Becky Thatcher. ¿Cómo te llamas tú? Oh, lo sé. Eres Thomas Sawyer.
—Ese es el nombre con el que me dan azotes. Soy Tom cuando soy bueno. Llámame Tom, ¿quieres?
—Sí.
Ahora Tom comenzó a garabatear algo en la pizarra, ocultando las palabras a la niña. Pero ella no fue tímida esta vez. Rogó ver. Tom dijo:
—Oh, no es nada.
—Sí que lo es.
—No, no lo es. No querrás verlo.
—Sí que quiero, de verdad quiero. Por favor, déjame.
—Se lo dirás a alguien.
—No, no lo haré, lo juro por lo más sagrado.
—¿No se lo dirás a nadie en absoluto? ¿Nunca, mientras vivas?
—No, nunca se lo diré a nadie. Ahora déjame.
—¡Oh, no querrás verlo!
—Ya que me tratas así, lo veré. Y puso su pequeña mano sobre la suya y se produjo un pequeño forcejeo, Tom fingiendo resistirse en serio pero dejando que su mano se deslizara gradualmente hasta que se revelaron estas palabras: «Te quiero».
—¡Oh, eres un chico malo! —Y le dio un golpe seco en la mano, pero se sonrojó y, sin embargo, parecía complacida.
Justo en ese momento, el chico sintió un agarre lento y fatal cerrándose en su oreja, y un impulso constante de levantamiento. De ese modo fue llevado a través de la sala y depositado en su propio asiento, bajo un fuego cruzado de risitas de toda la escuela. Entonces el maestro se paró sobre él durante unos momentos terribles, y finalmente se alejó hacia su trono sin decir una palabra. Pero aunque la oreja de Tom hormigueaba, su corazón estaba exultante.
Cuando la escuela se calmó, Tom hizo un esfuerzo honesto por estudiar, pero la agitación dentro de él era demasiado grande. A su turno ocupó su lugar en la clase de lectura e hizo un desastre; luego en la clase de geografía y convirtió lagos en montañas, montañas en ríos y ríos en continentes, hasta que el caos volvió a reinar; luego en la clase de ortografía, y fue «derrotado» por una sucesión de palabras infantiles, hasta que terminó al final de la fila y entregó la medalla de peltre que había llevado con ostentación durante meses.
CAPÍTULO VII
Cuanto más intentaba Tom concentrar su mente en su libro, más divagaban sus ideas. Así que al final, con un suspiro y un bostezo, se rindió. Le parecía que el recreo del mediodía nunca llegaría. El aire estaba totalmente muerto. No se movía ni un soplo. Era el más somnoliento de los días somnolientos. El zumbido adormecedor de los veinticinco alumnos estudiando calmaba el alma como el hechizo que hay en el zumbido de las abejas. A lo lejos, bajo el sol llameante, Cardiff Hill alzaba sus suaves laderas verdes a través de un velo tembloroso de calor, teñido con el púrpura de la distancia; unos pocos pájaros flotaban con alas perezosas en lo alto del aire; no se veía ningún otro ser vivo excepto algunas vacas, y estaban dormidas. El corazón de Tom dolía por ser libre, o por tener algo de interés que hacer para pasar el tiempo aburrido. Su mano vagó hacia su bolsillo y su rostro se iluminó con un resplandor de gratitud que era una oración, aunque él no lo sabía. Luego, furtivamente, salió la caja de cápsulas de percusión. Liberó a la garrapata y la puso en el largo y plano escritorio. La criatura probablemente brillaba con una gratitud que equivalía a una oración, también, en ese momento, pero era prematuro: pues cuando comenzó agradecidamente a alejarse, Tom la desvió con un alfiler y la obligó a tomar una nueva dirección.
El mejor amigo de Tom se sentaba a su lado, sufriendo igual que Tom, y ahora estaba profunda y agradecidamente interesado en este entretenimiento en un instante. Este mejor amigo era Joe Harper. Los dos chicos eran amigos jurados toda la semana, y enemigos en batalla los sábados. Joe sacó un alfiler de su solapa y comenzó a ayudar a ejercitar al prisionero. El deporte crecía en interés por momentos. Pronto Tom dijo que se estaban interfiriendo entre sí, y que ninguno obtenía el máximo beneficio de la garrapata. Así que puso la pizarra de Joe sobre el escritorio y trazó una línea por el medio de arriba a abajo.
—Ahora —dijo—, mientras él esté de tu lado puedes molestarlo y yo lo dejaré en paz; pero si dejas que se escape y se pase a mi lado, tienes que dejarlo en paz mientras yo pueda evitar que cruce.
—Muy bien, adelante; ponlo en marcha.
La garrapata escapó de Tom, poco después, y cruzó el ecuador. Joe la acosó un rato, y luego se escapó y volvió a cruzar. Este cambio de base ocurría a menudo. Mientras un chico molestaba a la garrapata con un interés absorbente, el otro miraba con un interés igual de fuerte, las dos cabezas inclinadas juntas sobre la pizarra, y las dos almas muertas a todas las demás cosas. Al final la suerte pareció establecerse y quedarse con Joe. La garrapata probó este, aquel y el otro camino, y se puso tan excitada y ansiosa como los propios chicos, pero una y otra vez, justo cuando estaba a punto de tener la victoria en sus manos, por así decirlo, y los dedos de Tom se crispaban para empezar, el alfiler de Joe la desviaba hábilmente y mantenía la posesión. Al final Tom no pudo soportarlo más. La tentación era demasiado fuerte. Así que extendió la mano y echó una mano con su alfiler. Joe se enfadó en un momento. Dijo:
—Tom, déjalo en paz.
—Solo quiero molestarlo un poco, Joe.
—No, señor, no es justo; simplemente déjalo en paz.
—¡Maldita sea, no voy a molestarlo mucho!
—Déjalo en paz, te lo digo.
—¡No lo haré!
—Lo harás, está de mi lado de la línea.
—Mira, Joe Harper, ¿de quién es esa garrapata?
—No me importa de quién sea la garrapata, está de mi lado de la línea y no la vas a tocar.
—Bueno, pues apuesto a que lo haré. ¡Es mi garrapata y haré lo que me dé la maldita gana con ella, o moriré!
Un tremendo golpe cayó sobre los hombros de Tom, y su duplicado sobre los de Joe; y durante dos minutos el polvo continuó volando de las dos chaquetas y toda la escuela disfrutó de ello. Los chicos habían estado demasiado absortos para notar el silencio que se había apoderado de la escuela un rato antes cuando el maestro entró de puntillas en la habitación y se paró sobre ellos. Había contemplado gran parte de la actuación antes de aportar su pequeña cuota de variedad.
Cuando la escuela terminó al mediodía, Tom voló hacia Becky Thatcher y le susurró al oído:
—Ponte tu capota y finge que te vas a casa; y cuando llegues a la esquina, escápate del resto y baja por el callejón y regresa. Yo iré por el otro lado y los engañaré de la misma manera.
Así que uno se fue con un grupo de alumnos y el otro con otro. Al poco tiempo, ambos se encontraron al final del callejón y, cuando llegaron a la escuela, la tenían toda para ellos. Entonces se sentaron juntos, con una pizarra frente a ellos, y Tom le dio a Becky el lápiz y le sostuvo la mano, guiándola, y así crearon otra casa sorprendente. Cuando el interés por el arte comenzó a decaer, los dos se pusieron a hablar. Tom nadaba en la gloria. Dijo:
—¿Te gustan las ratas?
—¡No! ¡Las odio!
—Bueno, a mí también, las vivas. Pero me refiero a las muertas, para hacerlas girar alrededor de tu cabeza con una cuerda.
—No, no me importan mucho las ratas, de todos modos. Lo que me gusta es el chicle.
—¡Oh, yo diría que sí! Ojalá tuviera un poco ahora.
—¿De verdad? Yo tengo. Te dejaré masticarlo un rato, pero debes devolvérmelo.
Eso les pareció bien, así que lo masticaron por turnos y colgaron las piernas contra el banco en un exceso de satisfacción.
—¿Has estado alguna vez en un circo? —dijo Tom.
—Sí, y mi papá va a llevarme otra vez algún día, si me porto bien.
—Yo he estado en el circo tres o cuatro veces, muchas veces. La iglesia no es nada comparada con un circo. En un circo siempre están pasando cosas. Voy a ser payaso en un circo cuando sea mayor.
—¡Oh, de verdad! Eso será lindo. Son tan encantadores, todos llenos de manchas.
—Sí, eso es cierto. Y ganan montones de dinero, casi un dólar al día, dice Ben Rogers. Oye, Becky, ¿alguna vez has estado comprometida?
—¿Qué es eso?
—Pues, comprometida para casarte.
—No.
—¿Te gustaría?
—Supongo que sí. No lo sé. ¿Cómo es?
—¿Cómo es? Pues no es como nada. Solo le dices a un chico que no querrás a nadie más que a él, nunca, nunca, nunca, y luego te besas y eso es todo. Cualquiera puede hacerlo.
—¿Besar? ¿Para qué te besas?
—Bueno, eso, ya sabes, es para... bueno, siempre hacen eso.
—¿Todo el mundo?
—Pues sí, todo el mundo que está enamorado del otro. ¿Recuerdas lo que escribí en la pizarra?
—Sí... sí.
—¿Qué era?
—No te lo diré.
—¿Quieres que te lo diga yo?
—Sí... sí, pero en otro momento.
—No, ahora.
—No, ahora no, mañana.
—Oh, no, ahora. Por favor, Becky, te lo susurraré, te lo susurraré muy suavemente.
Becky dudó, Tom tomó el silencio como un consentimiento, le pasó el brazo por la cintura y le susurró la historia muy suavemente, con la boca cerca de su oído. Y entonces añadió:
—Ahora susúramelo tú a mí, exactamente igual.
Ella resistió un rato y luego dijo:
—Gira la cara para no ver, y entonces lo haré. Pero no debes contárselo a nadie, ¿verdad, Tom? No se lo dirás, ¿verdad?
—No, de verdad, de verdad que no. Ahora, Becky.
Él giró la cara. Ella se inclinó tímidamente hasta que su aliento agitó los rizos de él y susurró: —¡Te... quiero!
Luego saltó y corrió alrededor de los pupitres y bancos, con Tom tras ella, y al final se refugió en un rincón, con su pequeño delantal blanco sobre el rostro. Tom la abrazó por el cuello y le suplicó:
—Vamos, Becky, ya está, ya pasó todo menos el beso. No tengas miedo de eso, no es nada en absoluto. Por favor, Becky. —Y tiró de su delantal y de sus manos.
Al poco tiempo ella se rindió y dejó caer las manos; su rostro, encendido por el forcejeo, se alzó y se sometió. Tom besó los labios rojos y dijo:
—Ya está todo hecho, Becky. Y siempre después de esto, ya sabes, no debes querer a nadie más que a mí, y nunca debes casarte con nadie más que conmigo, nunca jamás y para siempre. ¿Lo harás?
—No, nunca querré a nadie más que a ti, Tom, y nunca me casaré con nadie más que contigo; y tú tampoco debes casarte nunca con nadie más que conmigo.
—Ciertamente. Por supuesto. Eso es parte de ello. Y siempre que vengas a la escuela o cuando vayamos a casa, debes caminar conmigo, cuando no haya nadie mirando, y tú me eliges a mí y yo te elijo a ti en las fiestas, porque así es como se hace cuando estás comprometido.
—Es muy lindo. Nunca había oído hablar de eso antes.
—¡Oh, es de lo más divertido! Pues, Amy Lawrence y yo...
Los grandes ojos le indicaron a Tom su error y se detuvo, confundido.
—¡Oh, Tom! ¡Entonces no soy la primera con la que te has comprometido!
La niña empezó a llorar. Tom dijo:
—Oh, no llores, Becky, ya no me importa ella.
—Sí que te importa, Tom, sabes que sí.
Tom intentó ponerle el brazo alrededor del cuello, pero ella lo apartó, volvió la cara hacia la pared y siguió llorando. Tom volvió a intentarlo, con palabras dulces en la boca, y fue rechazado de nuevo. Entonces su orgullo se despertó, se alejó a zancadas y salió. Se quedó por allí, inquieto y nervioso, un rato, mirando hacia la puerta de vez en cuando, esperando que ella se arrepintiera y saliera a buscarlo. Pero no lo hizo. Entonces empezó a sentirse mal y a temer que él estuviera equivocado. Fue una lucha difícil para él dar nuevos pasos ahora, pero se armó de valor y entró. Ella seguía allí atrás, en el rincón, sollozando con la cara hacia la pared. A Tom le dio un vuelco el corazón. Se acercó a ella y se quedó un momento, sin saber exactamente cómo proceder. Entonces dijo con vacilación:
—Becky, yo... a mí no me importa nadie más que tú.
Sin respuesta, solo sollozos.
—Becky —suplicando—. Becky, ¿no vas a decir nada?
Más sollozos.
Tom sacó su posesión más preciada, un pomo de latón de la parte superior de un atizador, y lo pasó frente a ella para que pudiera verlo, y dijo:
—Por favor, Becky, ¿no quieres tomarlo?
Ella lo tiró al suelo. Entonces Tom salió de la casa, cruzó las colinas y se alejó, para no volver a la escuela ese día. Al poco tiempo, Becky empezó a sospechar. Corrió a la puerta; él no estaba a la vista; salió volando hacia el patio de recreo; él no estaba allí. Entonces llamó:
—¡Tom! ¡Vuelve, Tom!
Escuchó atentamente, pero no hubo respuesta. No tenía más compañía que el silencio y la soledad. Así que se sentó a llorar de nuevo y a recriminarse a sí misma; y para entonces los alumnos empezaron a reunirse otra vez, y ella tuvo que ocultar sus penas, calmar su corazón roto y cargar con la cruz de una tarde larga, triste y dolorosa, sin nadie entre los extraños que la rodeaban con quien compartir sus pesares.
CAPÍTULO VIII
Tom esquivó de aquí para allá por los callejones hasta que estuvo bien fuera del camino de los estudiantes que regresaban, y luego se puso a caminar con un trote sombrío. Cruzó un pequeño "ramal" dos o tres veces, debido a una superstición juvenil muy extendida de que cruzar el agua desconcierta a quien te persigue. Media hora más tarde, desaparecía tras la mansión Douglas en la cima de Cardiff Hill, y la escuela apenas se distinguía a lo lejos, en el valle detrás de él. Se adentró en un bosque denso, buscó su camino sin senderos hasta el centro y se sentó en un lugar cubierto de musgo bajo un roble extendido. No soplaba ni una brisa; el calor muerto del mediodía incluso había acallado el canto de los pájaros; la naturaleza yacía en un trance que no interrumpía ningún sonido, salvo el martilleo lejano y ocasional de un pájaro carpintero, y esto parecía hacer que el silencio reinante y la sensación de soledad fueran más profundos. El alma del chico estaba sumida en la melancolía; sus sentimientos estaban en feliz armonía con su entorno. Se sentó durante mucho tiempo con los codos en las rodillas y la barbilla en las manos, meditando. Le parecía que la vida no era más que un problema, en el mejor de los casos, y más que envidiar a Jimmy Hodges, recién liberado; debe ser muy pacífico, pensó, yacer y dormir y soñar por siempre jamás, con el viento susurrando a través de los árboles y acariciando la hierba y las flores sobre la tumba, y sin nada que molestar o entristecer, nunca más. Si tan solo tuviera un registro limpio en la escuela dominical, estaría dispuesto a irse y acabar con todo. Ahora, en cuanto a esta chica. ¿Qué había hecho él? Nada. Él había tenido la mejor intención del mundo y lo habían tratado como a un perro, como a un verdadero perro. Ella se arrepentiría algún día, quizás cuando fuera demasiado tarde. ¡Ah, si pudiera morir temporalmente!
Pero el corazón elástico de la juventud no puede comprimirse en una forma restringida durante mucho tiempo. Tom pronto comenzó a derivar insensiblemente de regreso a las preocupaciones de esta vida. ¿Y si le diera la espalda ahora y desapareciera misteriosamente? ¿Y si se fuera, muy lejos, a países desconocidos más allá de los mares, y nunca más regresara! ¡Cómo se sentiría ella entonces! La idea de ser payaso le volvió ahora, solo para llenarlo de disgusto. Porque la frivolidad, las bromas y las mallas de colores eran una ofensa cuando se entrometían en un espíritu que se elevaba hacia el vago y augusto reino de lo romántico. No, sería soldado y regresaría después de largos años, desgastado por la guerra e ilustre. No, mejor aún, se uniría a los indios, cazaría búfalos y saldría al camino de guerra en las cordilleras y las grandes llanuras sin caminos del Lejano Oeste, y en el futuro regresaría como un gran jefe, erizado de plumas, horrible con pintura de guerra, y entraría brincando en la escuela dominical, en alguna mañana somnolienta de verano, con un grito de guerra que helaba la sangre, y quemaría los ojos de todos sus compañeros con una envidia insaciable. Pero no, había algo aún más llamativo que esto. ¡Sería pirata! ¡Eso era! Ahora su futuro se presentaba claro ante él, y brillando con un esplendor inimaginable. ¡Cómo llenaría su nombre el mundo y haría temblar a la gente! ¡Qué gloriosamente navegaría los mares danzantes, en su largo, bajo y veloz barco de casco negro, el Espíritu de la Tormenta, con su lúgubre bandera ondeando en el bauprés! Y en el cenit de su fama, cómo aparecería de repente en el viejo pueblo y entraría en la iglesia, bronceado y curtido por la intemperie, con su jubón y calzones de terciopelo negro, sus grandes botas, su banda carmesí, su cinturón erizado de pistolas de arzón, su alfanje oxidado por el crimen al costado, su sombrero de ala ancha con plumas ondeantes, su bandera negra desplegada, con la calavera y las tibias cruzadas, y escucharía con creciente éxtasis los susurros: "¡Es Tom Sawyer el pirata!, ¡el Vengador Negro del Caribe!"
Sí, estaba decidido; su carrera estaba determinada. Se escaparía de casa y comenzaría. Empezaría a la mañana siguiente. Por lo tanto, debía empezar a prepararse ahora. Reuniría sus recursos. Se dirigió a un tronco podrido cercano y comenzó a cavar debajo de un extremo con su navaja Barlow. Pronto golpeó madera que sonaba hueca. Puso la mano allí y pronunció este encantamiento con tono impresionante:
—¡Lo que no ha venido aquí, ven! ¡Lo que está aquí, quédate aquí!
Luego raspó la tierra y dejó al descubierto una tablilla de pino. La levantó y reveló un pequeño y bien formado tesoro, cuyo fondo y lados eran de tablillas. Dentro había una canica. ¡El asombro de Tom fue infinito! Se rascó la cabeza con aire perplejo y dijo:
—¡Bueno, eso supera a todo!
Luego tiró la canica con irritación y se quedó pensativo. La verdad era que una superstición suya había fallado aquí, una que él y todos sus camaradas siempre habían considerado infalible. Si enterrabas una canica con ciertos encantamientos necesarios, y la dejabas sola quince días, y luego abrías el lugar con el encantamiento que acababa de usar, descubrirías que todas las canicas que habías perdido se habían reunido allí mientras tanto, sin importar lo separadas que hubieran estado. Pero ahora, esto había fallado real e incuestionablemente. Toda la estructura de fe de Tom se vio sacudida hasta sus cimientos. Había oído muchas veces que esto tenía éxito, pero nunca que fallara. No se le ocurrió que él mismo lo había intentado varias veces antes, pero nunca había podido encontrar los escondites después. Le dio vueltas al asunto durante un tiempo y finalmente decidió que alguna bruja había interferido y roto el hechizo. Pensó que se aseguraría de ese punto; así que buscó por todas partes hasta que encontró un pequeño lugar arenoso con una depresión en forma de embudo. Se tumbó, puso la boca cerca de esa depresión y llamó:
—¡Escarabajo, escarabajo, dime lo que quiero saber! ¡Escarabajo, escarabajo, dime lo que quiero saber!
La arena comenzó a moverse y, de repente, un pequeño escarabajo negro apareció durante un segundo y luego volvió a esconderse de un salto, asustado.
—¡No se atreve a decirlo! Así que fue una bruja quien lo hizo. Lo sabía.
Él sabía muy bien la inutilidad de intentar luchar contra las brujas, así que se dio por vencido, desanimado. Pero se le ocurrió que bien podría recuperar la canica que acababa de tirar, así que fue y buscó pacientemente. Pero no pudo encontrarla. Ahora volvió a su tesoro y se colocó cuidadosamente exactamente como estaba cuando tiró la canica; luego sacó otra canica de su bolsillo y la lanzó de la misma manera, diciendo:
—¡Hermano, ve a buscar a tu hermano!
Observó dónde se detuvo, fue allí y miró. Pero debía haberse quedado corta o haber ido demasiado lejos; así que lo intentó dos veces más. La última repetición fue exitosa. Las dos canicas yacían a menos de un pie la una de la otra.
Justo en ese momento, el toque de una trompeta de juguete de hojalata bajó débilmente por los verdes pasillos del bosque. Tom se quitó la chaqueta y los pantalones, convirtió un tirante en cinturón, apartó un poco de maleza detrás del tronco podrido, dejando al descubierto un arco y flecha rudimentarios, una espada de listón y una trompeta de hojalata, y en un momento tomó estas cosas y salió saltando, con las piernas desnudas y la camisa al viento. Pronto se detuvo bajo un gran olmo, tocó una nota de respuesta y luego comenzó a caminar de puntillas y a mirar con cautela hacia aquí y hacia allá. Dijo con cautela, a una compañía imaginaria:
—¡Alto, mis alegres hombres! Manteneos escondidos hasta que yo toque.
Entonces apareció Joe Harper, tan alegremente vestido y tan elaboradamente armado como Tom. Tom llamó:
—¡Alto! ¿Quién viene aquí al Bosque de Sherwood sin mi salvoconducto?
—Guy of Guisborne no necesita el salvoconducto de nadie. ¿Quién eres tú que... que...
—Se atreve a usar tal lenguaje —dijo Tom, dándole una pista, pues hablaban "según el libro", de memoria.
—¿Quién eres tú que te atreves a usar tal lenguaje?
—¡Yo, de hecho! Soy Robin Hood, como pronto sabrá tu cuerpo de cobarde.
—Entonces, ¿eres realmente ese famoso forajido? Con gusto disputaré contigo los pasos del alegre bosque. ¡Defiéndete!
Tomaron sus espadas de listón, arrojaron sus otros trastos al suelo, adoptaron una postura de esgrima, pie contra pie, y comenzaron un combate serio y cuidadoso, "dos arriba y dos abajo". Pronto Tom dijo:
—¡Ahora, si ya lo tienes, hazlo con ganas!
Así que "lo hicieron con ganas", jadeando y sudando con el esfuerzo. Al poco tiempo Tom gritó:
—¡Cae! ¡cae! ¿Por qué no te caes?
—¡No lo haré! ¿Por qué no te caes tú mismo? Estás llevando la peor parte.
—Bueno, eso no es nada. No puedo caer; así no es como está en el libro. El libro dice: "Entonces, con un golpe de revés, mató al pobre Guy of Guisborne". Tienes que darte la vuelta y dejar que te golpee en la espalda.
No había forma de eludir a las autoridades, así que Joe se giró, recibió el golpe y cayó.
—Ahora —dijo Joe, levantándose—, tienes que dejar que te mate yo a ti. Eso es justo.
—Bueno, no puedo hacer eso, no está en el libro.
—Bueno, es una maldad, eso es todo.
—Bueno, mira, Joe, puedes ser Fray Tuck o Much el hijo del molinero, y darme con un bastón; o yo seré el Sheriff de Nottingham y tú serás Robin Hood un rato y me matarás.
Esto fue satisfactorio, y así se llevaron a cabo estas aventuras. Luego Tom volvió a ser Robin Hood, y la traicionera monja le permitió desangrarse hasta perder sus fuerzas a través de su herida descuidada. Y al final Joe, representando a toda una tribu de forajidos llorosos, lo arrastró tristemente, le dio su arco a sus manos débiles, y Tom dijo: "Donde caiga esta flecha, allí enterrad al pobre Robin Hood bajo el árbol del bosque". Entonces disparó la flecha, cayó hacia atrás y habría muerto, pero aterrizó sobre una ortiga y saltó demasiado alegremente para ser un cadáver.
Los chicos se vistieron, escondieron sus arreos y se fueron lamentando que ya no hubiera forajidos, y preguntándose qué podría pretender haber hecho la civilización moderna para compensar su pérdida. Dijeron que preferirían ser forajidos un año en el bosque de Sherwood que Presidente de los Estados Unidos para siempre.
CAPÍTULO IX
A las nueve y media de esa noche, enviaron a Tom y a Sid a la cama, como de costumbre. Dijeron sus oraciones y Sid pronto se quedó dormido. Tom permaneció despierto y esperó, con impaciente inquietud. Cuando le pareció que ya debía ser casi de día, ¡oyó al reloj dar las diez! Eso fue la desesperación. Se habría dado vueltas y se habría inquietado, como sus nervios exigían, pero tenía miedo de despertar a Sid. Así que se quedó quieto y miró fijamente la oscuridad. Todo estaba lúgubremente en silencio. Poco a poco, del silencio, pequeños ruidos apenas perceptibles comenzaron a hacerse notar. El tic-tac del reloj empezó a llamar la atención. Las vigas viejas comenzaron a crujir misteriosamente. Las escaleras chirriaron levemente. Evidentemente, había espíritus rondando. Un ronquido medido y amortiguado salía de la habitación de la tía Polly. Y ahora comenzó el tedioso chirrido de un grillo, que ningún ingenio humano podía localizar. Luego, el espantoso tic-tac del escarabajo de la muerte en la pared, a la cabecera de la cama, hizo estremecer a Tom: significaba que los días de alguien estaban contados. Entonces, el aullido de un perro lejano se elevó en el aire nocturno y fue respondido por un aullido más débil desde una distancia aún mayor. Tom estaba en agonía. Al final, se convenció de que el tiempo había cesado y la eternidad había comenzado; empezó a dormitar, a pesar de sí mismo; el reloj dio las once, pero no lo oyó. Y entonces llegó, mezclándose con sus sueños a medio formar, un maullido de lo más melancólico. El levantamiento de una ventana vecina lo perturbó. Un grito de "¡Fuera, demonio!" y el choque de una botella vacía contra la parte trasera del cobertizo de madera de su tía lo despertó por completo, y un minuto después estaba vestido, fuera de la ventana y gateando por el techo del anexo a cuatro patas. Maulló con precaución una o dos veces mientras avanzaba; luego saltó al techo del cobertizo y de ahí al suelo. Huckleberry Finn estaba allí, con su gato muerto. Los chicos se alejaron y desaparecieron en la penumbra. Al cabo de media hora estaban caminando entre la hierba alta del cementerio.
Era un cementerio del tipo occidental a la antigua usanza. Estaba en una colina, a un kilómetro y medio del pueblo. Tenía una cerca de madera destartalada alrededor, que se inclinaba hacia adentro en algunos lugares, y hacia afuera el resto del tiempo, pero no estaba derecha en ninguna parte. La hierba y las malas hierbas crecían frondosas por todo el cementerio. Todas las tumbas viejas estaban hundidas, no había una lápida en todo el lugar; tablas de bordes redondeados y comidas por los gusanos se tambaleaban sobre las tumbas, inclinándose buscando apoyo y sin encontrarlo. "Consagrado a la memoria de" Fulano de Tal había sido pintado en ellas alguna vez, pero ya no se habría podido leer, en la mayoría, ni siquiera si hubiera habido luz.
Un viento débil gemía a través de los árboles, y Tom temía que pudieran ser los espíritus de los muertos, quejándose por ser molestados. Los chicos hablaban poco, y solo en voz baja, pues el momento, el lugar y la solemnidad y el silencio reinantes oprimían sus espíritus. Encontraron el montón de tierra fresca que buscaban y se acomodaron bajo la protección de tres grandes olmos que crecían en grupo a pocos pies de la tumba.
Luego esperaron en silencio durante lo que pareció mucho tiempo. El ulular de un búho lejano era el único sonido que perturbaba el silencio sepulcral. Las reflexiones de Tom se volvieron opresivas. Tenía que forzar alguna conversación. Así que dijo en un susurro:
—Hucky, ¿crees que a los muertos les gusta que estemos aquí?
Huckleberry susurró:
—Ojalá lo supiera. Es terriblemente solemne, ¿no?
—Apuesto a que sí.
Hubo una pausa considerable, mientras los chicos meditaban este asunto internamente. Luego Tom susurró:
—Oye, Hucky, ¿crees que Hoss Williams nos oye hablar?
—Por supuesto que sí. Al menos su espíritu sí.
Tom, tras una pausa:
—Ojalá hubiera dicho el señor Williams. Pero nunca quise hacer daño. Todo el mundo le llama Hoss.
—Uno no puede ser demasiado meticuloso con cómo habla de esta gente muerta, Tom.
Esto fue un jarro de agua fría, y la conversación murió de nuevo.
Al poco rato, Tom agarró el brazo de su camarada y dijo:
—¡Chist!
—¿Qué pasa, Tom? —Y los dos se aferraron el uno al otro con los corazones palpitantes.
—¡Chist! ¡Ahí está otra vez! ¿No lo oíste?
—Yo…
—¡Ahí! Ahora ya lo oyes.
—¡Dios, Tom, vienen! Vienen, seguro. ¿Qué vamos a hacer?
—No lo sé. ¿Crees que nos verán?
—Oh, Tom, ellos pueden ver en la oscuridad, igual que los gatos. Ojalá no hubiera venido.
—Oh, no tengas miedo. No creo que se metan con nosotros. No estamos haciendo ningún daño. Si nos quedamos perfectamente quietos, quizá ni siquiera se fijen en nosotros.
—Lo intentaré, Tom, pero, Dios, estoy temblando entero.
—¡Escucha!
Los chicos juntaron sus cabezas y apenas respiraron. Un sonido amortiguado de voces flotó desde el extremo lejano del cementerio.
—¡Mira! ¡Mira allí! —susurró Tom—. ¿Qué es eso?
—Es fuego fatuo. Oh, Tom, esto es horrible.
Unas figuras vagas se acercaban a través de la penumbra, balanceando una linterna de hojalata anticuada que salpicaba el suelo con innumerables destellos de luz. Al poco, Huckleberry susurró con un escalofrío:
—Son los diablos, seguro. ¡Tres de ellos! Dios mío, Tom, ¡estamos perdidos! ¿Sabes rezar?
—Lo intentaré, pero no tengas miedo. No nos van a hacer daño. «Ahora que me acuesto a dormir, yo…»
—¡Chist!
—¿Qué pasa, Huck?
—¡Son humanos! Al menos uno de ellos lo es. Una de ellas es la voz del viejo Muff Potter.
—No… no puede ser, ¿verdad?
—Apuesto a que lo es. No te muevas ni un pelo. No es lo bastante listo para notarnos. Borracho, igual que siempre, probablemente… ¡maldito viejo granuja!
—Está bien, me estaré quieto. Ahora se han atascado. No lo encuentran. Aquí vienen otra vez. Ahora se acercan. Otra vez lejos. Se acercan. ¡Ardiendo! Esta vez van directo. Oye, Huck, reconozco otra de esas voces; es el indio Joe.
—Es verdad… ¡ese mestizo asesino! Preferiría mil veces que fueran diablos. ¿Qué estarán tramando?
El susurro murió por completo, pues los tres hombres habían llegado a la tumba y estaban a pocos pasos del escondite de los chicos.
—Aquí está —dijo la tercera voz; y el dueño de la misma levantó la linterna y reveló el rostro del joven doctor Robinson.
Potter y el indio Joe cargaban con una carretilla de mano con una cuerda y un par de palas. Arrojaron su carga y comenzaron a abrir la tumba. El doctor colocó la linterna a la cabecera de la fosa y se sentó con la espalda apoyada en uno de los olmos. Estaba tan cerca que los chicos podrían haberlo tocado.
—¡Deprisa, hombres! —dijo en voz baja—; la luna podría salir en cualquier momento.
Gruñeron una respuesta y siguieron cavando. Durante un tiempo no hubo más ruido que el chirrido de las palas descargando su carga de tierra y grava. Era muy monótono. Finalmente, una pala golpeó el ataúd con un sonido sordo y leñoso, y en un minuto o dos los hombres lo habían izado sobre el suelo. Forzaron la tapa con las palas, sacaron el cuerpo y lo arrojaron groseramente al suelo. La luna se deslizó de detrás de las nubes y expuso el rostro pálido. La carretilla fue preparada y el cadáver depositado en ella, cubierto con una manta y atado a su lugar con la cuerda. Potter sacó una navaja de muelle grande, cortó el extremo colgante de la cuerda y dijo:
—Ya está lista la maldita cosa, sacamuelas, y más vale que sueltes otros cinco, o aquí se queda.
—¡Eso es hablar! —dijo el indio Joe.
—Escuchen, ¿qué significa esto? —dijo el doctor—. Exigieron su paga por adelantado, y ya les he pagado.
—Sí, y has hecho más que eso —dijo el indio Joe, acercándose al doctor, que estaba ahora de pie—. Hace cinco años me echaste de la cocina de tu padre una noche, cuando vine a pedir algo de comer, y dijiste que yo no estaba allí para nada bueno; y cuando juré que me vengaría de ti aunque tardara cien años, tu padre me hizo encarcelar por vagabundo. ¿Creías que lo olvidaría? No tengo la sangre india en vano. Y ahora te tengo, ¡y tienes que ajustar cuentas, ya lo sabes!
Para entonces, amenazaba al doctor con el puño en la cara. El doctor lanzó un golpe repentino y tendió al rufián en el suelo. Potter dejó caer su cuchillo y exclamó:
—¡Quieto, no le pegues a mi socio! —y al instante siguiente se había abalanzado sobre el doctor y ambos forcejeaban con todas sus fuerzas, pisoteando la hierba y desgarrando la tierra con los talones. El indio Joe saltó sobre sus pies, con los ojos llameantes de pasión, arrebató el cuchillo de Potter y fue arrastrándose, agachado y felino, alrededor de los combatientes, buscando una oportunidad. De repente, el doctor se liberó, agarró la pesada cabecera de la tumba de Williams y derribó a Potter con ella; y en el mismo instante el mestizo vio su oportunidad y hundió el cuchillo hasta la empuñadura en el pecho del joven. Este se tambaleó y cayó en parte sobre Potter, inundándolo con su sangre, y al mismo tiempo las nubes ocultaron el espantoso espectáculo y los dos chicos aterrorizados salieron disparados en la oscuridad.
Al poco, cuando la luna emergió de nuevo, el indio Joe estaba de pie sobre las dos formas, contemplándolas. El doctor murmuró algo ininteligible, dio un par de jadeos largos y quedó quieto. El mestizo murmuró:
—Esa cuenta está saldada… maldito seas.
Luego robó el cuerpo. Tras lo cual puso el cuchillo fatal en la mano derecha abierta de Potter y se sentó sobre el ataúd desmantelado. Pasaron tres, cuatro, cinco minutos, y entonces Potter comenzó a moverse y a gemir. Su mano se cerró sobre el cuchillo; lo levantó, lo miró y lo dejó caer con un escalofrío. Luego se sentó, empujando el cuerpo lejos de sí, y lo miró, y luego miró a su alrededor, confundido. Sus ojos se encontraron con los de Joe.
—Dios, ¿cómo ha pasado esto, Joe? —dijo.
—Es un asunto sucio —dijo Joe, sin moverse—. ¿Por qué lo hiciste?
—¡Yo! ¡Yo no he hecho nada!
—¡Mira! Ese tipo de charla no cuela.
Potter tembló y se puso blanco.
—Creí que me había serenado. No debí beber esta noche. Pero aún lo tengo en la cabeza… peor que cuando empezamos aquí. Estoy hecho un lío; apenas recuerdo nada. Dime, Joe… honestamente, viejo amigo… ¿lo hice yo? Joe, nunca quise hacerlo… por mi alma y mi honor, nunca quise hacerlo, Joe. Dime cómo fue, Joe. Oh, es terrible… y él tan joven y prometedor.
—Bueno, ustedes dos estaban forcejeando, y él te dio uno con la cabecera y caíste redondo; y luego te levantaste, tambaleándote, agarraste el cuchillo y se lo clavaste justo cuando él te daba otro golpe terrible… y aquí has estado, más muerto que un tronco hasta ahora.
—Oh, no sabía lo que hacía. Ojalá me muera en este instante si lo sabía. Todo fue por culpa del whisky y la excitación, supongo. Nunca usé un arma en mi vida, Joe. He peleado, pero nunca con armas. Todos dirán eso. ¡Joe, no lo digas! Di que no lo dirás, Joe… eres un buen tipo. Siempre me caíste bien, Joe, y te defendí también. ¿No te acuerdas? No lo dirás, ¿verdad, Joe? —Y la pobre criatura cayó de rodillas ante el impasible asesino y juntó sus manos suplicantes.
—No, siempre has sido justo y honrado conmigo, Muff Potter, y no te traicionaré. Venga, eso es tan justo como cualquiera puede decir.
—Oh, Joe, eres un ángel. Te bendeciré por esto todos los días que viva. —Y Potter comenzó a llorar.
—Vamos, ya basta de eso. No es momento de gimoteos. Vete por aquel camino y yo iré por este. Muévete ahora, y no dejes rastro tras de ti.
Potter comenzó a trotar, lo que rápidamente aumentó a una carrera. El mestizo se quedó mirándolo. Murmuró:
—Si está tan aturdido por el golpe y tan borracho por el ron como parece, no pensará en el cuchillo hasta que esté tan lejos que le dará miedo volver a por él a un lugar así él solo… ¡corazón de gallina!
Dos o tres minutos después, el hombre asesinado, el cadáver cubierto por la manta, el ataúd sin tapa y la tumba abierta no estaban bajo más inspección que la de la luna. La calma volvió a ser total.
CAPÍTULO X
Los dos chicos volaron y volaron hacia el pueblo, mudos de horror. Miraban hacia atrás por encima de sus hombros de vez en cuando, con recelo, como si temieran que los siguieran. Cada tocón que surgía en su camino parecía un hombre y un enemigo, y les hacía contener el aliento; y mientras pasaban a toda velocidad por unas cabañas aisladas cerca del pueblo, el ladrido de los perros guardianes despertados parecía dar alas a sus pies.
—¡Si tan solo podemos llegar a la vieja curtiduría antes de caer desplomados! —susurró Tom, entrecortado por el aliento—. No puedo aguantar mucho más.
Los jadeos pesados de Huckleberry fueron su única respuesta, y los chicos fijaron sus ojos en la meta de sus esperanzas y se esforzaron por alcanzarla. Se acercaron constantemente y, por fin, pecho con pecho, irrumpieron a través de la puerta abierta y cayeron, agradecidos y exhaustos, en las sombras protectoras del interior. Al poco rato sus pulsaciones se ralentizaron y Tom susurró:
—Huckleberry, ¿qué crees que saldrá de esto?
—Si el doctor Robinson muere, creo que saldrá la horca.
—¿De verdad?
—Pues claro que lo sé, Tom.
Tom pensó un rato, luego dijo:
—¿Quién lo dirá? ¿Nosotros?
—¿De qué estás hablando? Supón que pasa algo y el indio Joe no es ahorcado. Vaya, nos mataría en cualquier momento, tan seguro como que estamos echados aquí.
—Eso es justo lo que estaba pensando yo, Huck.
—Si alguien lo dice, que lo haga Muff Potter, si es lo bastante tonto. Suele estar lo bastante borracho.
Tom no dijo nada; siguió pensando. Al momento susurró:
—Huck, Muff Potter no lo sabe. ¿Cómo puede contarlo?
—¿Por qué razón no iba a saberlo?
—Porque acababa de recibir ese golpe cuando el indio Joe lo hizo. ¿Crees que pudo ver algo? ¿Crees que supo algo?
—¡Por las barbas, es verdad, Tom!
—Y además, mira aquí… ¡quizá ese golpe acabó con él!
—No, no es probable, Tom. Llevaba licor encima; pude verlo; y además, siempre lo lleva. Bueno, cuando el viejo está lleno, podrías darle con una iglesia en la cabeza y no lo inmutarías. Él mismo lo dice. Así que con Muff Potter es lo mismo, claro. Pero si un hombre estuviera completamente sobrio, supongo que ese golpe podría acabar con él; no lo sé.
Tras otro silencio reflexivo, Tom dijo:
—Hucky, ¿estás seguro de que puedes guardar silencio?
—Tom, tenemos que guardar silencio. Ya lo sabes. Ese diablo indio no dudaría en ahogarnos como a un par de gatos si habláramos de esto y no lo colgaran. Ahora, mira aquí, Tom, hagamos un juramento entre nosotros… eso es lo que tenemos que hacer… jurar guardar silencio.
—Estoy de acuerdo. Es lo mejor. ¿Solo nos damos la mano y juramos que…?
—Oh no, eso no servirá para esto. Eso está bien para cosas pequeñas y comunes… especialmente con las chicas, porque ellas te traicionan de todas formas y cotillean si se enfadan; pero debería haber algo escrito sobre algo grande como esto. Y sangre.
Todo el ser de Tom aplaudió esta idea. Era profundo, oscuro y terrible; la hora, las circunstancias y el entorno estaban en consonancia. Recogió una tablilla de pino limpia que yacía bajo la luz de la luna, sacó un pequeño fragmento de «almagre» de su bolsillo, puso la luz de la luna sobre su trabajo y garabateó dolorosamente estas líneas, enfatizando cada trazo descendente lento sujetando la lengua entre los dientes y aliviando la presión en los trazos ascendentes.
«Huck Finn y Tom Sawyer juran que guardarán silencio sobre Esto y desean que se les caiga muerto en sus Pasos si alguna vez lo Cuentan y que se Pudran».
Huckleberry estaba lleno de admiración por la habilidad de Tom para escribir y por la sublimidad de su lenguaje. De inmediato sacó un alfiler de su solapa e iba a pincharse la carne, pero Tom dijo:
—¡Espera! No hagas eso. El alfiler es de latón. Podría tener cardenillo.
—¿Qué es el cardenillo?
—Es veneno. Eso es lo que es. Si te tragas un poco, verás.
Así que Tom desenrolló el hilo de una de sus agujas, y cada chico se pinchó la yema del pulgar y exprimió una gota de sangre. Con el tiempo, tras muchos apretones, Tom consiguió firmar sus iniciales, usando la yema de su dedo meñique como pluma. Luego le enseñó a Huckleberry a hacer una H y una F, y el juramento quedó completo. Enterraron la tablilla cerca de la pared con algunas ceremonias y encantamientos lúgubres, y se consideró que las cadenas que ataban sus lenguas estaban cerradas y la llave arrojada.
Una figura se arrastró sigilosamente a través de una brecha en el otro extremo del edificio en ruinas, ahora, pero ellos no se dieron cuenta.
—Tom —susurró Huckleberry—, ¿esto nos impide contarlo siempre?
—Claro que sí. No importa lo que pase, tenemos que guardar silencio. Caeríamos muertos… ¿no lo sabes?
—Sí, supongo que es verdad.
Siguieron susurrando durante un rato. De repente, un perro lanzó un aullido largo y lúgubre justo afuera, a menos de tres metros de ellos. Los chicos se abrazaron de repente, en una agonía de miedo.
—¿A cuál de nosotros se refiere? —jadeó Huckleberry.
—No lo sé… mira por la grieta. ¡Rápido!
—¡No, tú, Tom!
—¡No puedo, no puedo hacerlo, Huck!
—Por favor, Tom. ¡Ahí está otra vez!
—Oh, Dios, ¡qué alivio! —susurró Tom—. Conozco su voz. Es el Bull de Harbison.
—Oh, eso es bueno… te lo digo, Tom, estaba casi muerto de miedo; habría apostado cualquier cosa a que era un perro callejero.
El perro aulló de nuevo. Los corazones de los chicos se hundieron una vez más.
—¡Oh, madre mía! ¡Ese no es el Bull de Harbison! —susurró Huckleberry—. ¡Hazlo, Tom!
Tom, temblando de miedo, cedió y puso el ojo en la grieta. Su susurro apenas era audible cuando dijo:
—¡Oh, Huck, es un perro callejero!
—¡Rápido, Tom, rápido! ¿A quién se refiere?
—Huck, debe referirse a ambos… estamos juntos.
—Oh, Tom, creo que estamos perdidos. Creo que no hay duda sobre a dónde iré. He sido tan malvado.
—¡Maldita sea! Esto es lo que pasa por hacer novillos y hacer todo lo que a uno le dicen que no haga. Podría haber sido bueno, como Sid, si lo hubiera intentado… pero no, no quise, claro. Pero si alguna vez salgo de esta, ¡apuesto a que me hartaré de ir a la escuela dominical! —Y Tom comenzó a sorberse la nariz un poco.
—¡Tú, malvado! —y Huckleberry comenzó a sorberse también—. Maldita sea, Tom Sawyer, tú eres un trozo de pan comparado con lo que soy yo. Oh, Dios, Dios, Dios, ojalá tuviera la mitad de tus oportunidades.
Tom se ahogó y susurró:
—¡Mira, Hucky, mira! ¡Nos está dando la espalda!
Hucky miró, con alegría en su corazón.
—Bueno, por vida mía, ¡es verdad! ¿Lo hacía antes?
—Sí, lo hacía. Pero yo, como un tonto, no pensé. Oh, esto es genial, ¿sabes? Ahora, ¿a quién podrá referirse?
Los aullidos cesaron. Tom aguzó el oído.
—¡Chist! ¿Qué es eso? —susurró.
—Suena como… como cerdos gruñendo. No, es alguien roncando, Tom.
—¡Eso es! ¿Dónde está, Huck?
—Creo que es en el otro extremo. Suena así, de todos modos. Mi viejo solía dormir ahí a veces, junto a los cerdos, pero Dios te bendiga, cuando ronca hace temblar las cosas. Además, supongo que ya no volverá a este pueblo.
El espíritu de aventura volvió a surgir en las almas de los chicos.
—Hucky, ¿te atreves a ir si yo voy delante?
—No me gusta mucho. ¡Tom, supón que es el indio Joe!
Tom se acobardó. Pero al poco la tentación volvió a ser fuerte y los chicos acordaron intentarlo, con el trato de que saldrían corriendo si los ronquidos cesaban. Así que fueron de puntillas sigilosamente, uno detrás del otro. Cuando llegaron a cinco pasos del roncador, Tom pisó una rama y esta se rompió con un chasquido seco. El hombre gimió, se retorció un poco y su rostro quedó iluminado por la luz de la luna. Era Muff Potter. Los corazones de los chicos se habían parado, y sus esperanzas también, cuando el hombre se movió, pero sus miedos pasaron ahora. Salieron de puntillas, a través del revestimiento roto, y se detuvieron a poca distancia para intercambiar una palabra de despedida. ¡Ese largo y lúgubre aullido volvió a elevarse en el aire nocturno! Se dieron la vuelta y vieron al extraño perro de pie a pocos metros de donde yacía Potter, frente a él, con el hocico apuntando hacia el cielo.
—¡Oh, cielos, es él! —exclamaron ambos chicos al unísono.
—Oye, Tom, dicen que un perro callejero vino a aullar por la casa de Johnny Miller, a medianoche, hace unas dos semanas; y un chotacabras entró y se posó en la barandilla y cantó, esa misma tarde; y aún no ha muerto nadie allí.
—Bueno, eso lo sé. ¿Y qué si no ha muerto? ¿Acaso Gracie Miller no se cayó al fuego de la cocina y se quemó terriblemente el sábado siguiente?
—Sí, pero no está muerta. Y lo que es más, se está recuperando también.
—Está bien, espera y verás. Está perdida, tan segura como que Muff Potter está perdido. Eso es lo que dicen los negros, y ellos saben todo sobre este tipo de cosas, Huck.
Luego se separaron, cavilando. Cuando Tom se deslizó por la ventana de su habitación, la noche estaba casi acabada. Se desvistió con excesiva cautela y se quedó dormido felicitándose de que nadie supiera de su escapada. No sabía que el suavemente roncador Sid estaba despierto, y lo había estado durante una hora.
Cuando Tom despertó, Sid estaba vestido y se había ido. Había una luz tardía, una sensación de hora avanzada en el ambiente. Se sobresaltó. ¿Por qué no lo habían llamado, perseguido hasta que se levantara, como siempre? El pensamiento lo llenó de presagios. En cinco minutos estaba vestido y bajaba las escaleras, sintiéndose dolorido y somnoliento. La familia seguía en la mesa, pero habían terminado de desayunar. No hubo voz de reprimenda; pero había miradas esquivas; hubo un silencio y un aire de solemnidad que heló el corazón del culpable. Se sentó e intentó parecer alegre, pero era una tarea cuesta arriba; no provocó ninguna sonrisa, ninguna respuesta, y cayó en el silencio dejando que su corazón se hundiera hasta las profundidades.
Después del desayuno, su tía lo llevó a un lado, y Tom casi se iluminó con la esperanza de que iba a ser azotado; pero no fue así. Su tía lloró sobre él y le preguntó cómo podía ir y romper así su viejo corazón; y finalmente le dijo que siguiera adelante, que se arruinara y la llevara a ella y a sus canas con dolor a la tumba, porque ya no servía de nada que ella intentara nada más. Esto fue peor que mil latigazos, y el corazón de Tom estaba ahora más dolorido que su cuerpo. Lloró, suplicó perdón, prometió reformarse una y otra vez, y luego recibió su despido, sintiendo que había ganado un perdón imperfecto y establecido una confianza débil.
Abandonó la presencia demasiado miserable como para sentir siquiera deseos de venganza hacia Sid; así que la rápida huida de este último por la puerta trasera resultó innecesaria. Se arrastró a la escuela sombrío y triste, y recibió sus azotes, junto con Joe Harper, por haber hecho novillos el día anterior, con el aire de alguien cuyo corazón estaba ocupado con penas más pesadas y totalmente muerto a las pequeñeces. Luego se dirigió a su asiento, apoyó los codos en el pupitre y la mandíbula en sus manos, y miró a la pared con la mirada pétrea del sufrimiento que ha alcanzado el límite y no puede ir más allá. Su codo presionaba contra algo duro. Tras un largo rato, cambió lenta y tristemente de posición y tomó este objeto con un suspiro. Estaba envuelto en un papel. Lo desenrolló. Un largo, persistente y colosal suspiro le siguió, y su corazón se rompió. ¡Era el pomo de latón de su atizador!
Esa última pluma colmó el vaso.
CAPÍTULO XI
Cerca de la hora del mediodía, toda la aldea se sintió repentinamente electrizada por la espantosa noticia. No hizo falta el telégrafo, por entonces aún no soñado; la historia voló de hombre en hombre, de grupo en grupo, de casa en casa, con una velocidad poco menor que la telegráfica. Por supuesto, el maestro dio la tarde libre; el pueblo habría pensado cosas extrañas de él si no lo hubiera hecho.
Se había encontrado un cuchillo ensangrentado cerca del hombre asesinado, y alguien lo había reconocido como propiedad de Muff Potter, o al menos así corría la historia. Y se decía que un ciudadano trasnochador se había topado con Potter lavándose en el «arroyo» alrededor de la una o las dos de la madrugada, y que Potter se había escabullido de inmediato; circunstancias sospechosas, especialmente lo del lavado, que no era un hábito de Potter. También se decía que el pueblo había sido registrado en busca de este «asesino» (el público no es lento a la hora de filtrar pruebas y llegar a un veredicto), pero que no se le pudo encontrar. Jinetes habían partido por todos los caminos en todas direcciones, y el sheriff «estaba confiado» en que sería capturado antes de la noche.
Todo el pueblo se dirigía hacia el cementerio. La angustia de Tom se desvaneció y se unió a la procesión, no porque no hubiera preferido mil veces ir a cualquier otro lugar, sino porque una fascinación terrible e inexplicable lo arrastraba. Al llegar al espantoso lugar, se abrió paso con su pequeño cuerpo entre la multitud y vio el sombrío espectáculo. Le pareció una eternidad desde la última vez que estuvo allí. Alguien le pellizcó el brazo. Se volvió y sus ojos se encontraron con los de Huckleberry. Entonces ambos miraron a otra parte al instante y se preguntaron si alguien habría notado algo en su mutua mirada. Pero todo el mundo estaba hablando y absorto en el macabro espectáculo que tenían delante.
«¡Pobre hombre!», «¡Pobre joven!», «¡Esto debería ser una lección para los ladrones de tumbas!», «¡Muff Potter se colgará por esto si lo atrapan!». Esta era la tónica de los comentarios; y el ministro dijo: «Ha sido un juicio; Su mano está aquí».
Entonces Tom se estremeció de pies a cabeza, pues su mirada cayó sobre el rostro impasible de Injun Joe. En ese momento la multitud comenzó a balancearse y a forcejear, y varias voces gritaron: «¡Es él! ¡Es él! ¡Viene él mismo!».
«¿Quién? ¿Quién?», preguntaron veinte voces.
«¡Muff Potter!».
«¡Hola, se ha detenido! ¡Cuidado, se está dando la vuelta! ¡No dejéis que se escape!».
La gente que estaba en las ramas de los árboles sobre la cabeza de Tom decía que no estaba intentando escapar, que solo parecía dudoso y perplejo.
«¡Qué descaro infernal!», dijo un espectador; «quería venir a echar un vistazo tranquilo a su obra, supongo; no esperaba compañía».
La multitud se abrió ahora y el sheriff pasó, llevando ostentosamente a Potter del brazo. El rostro del pobre hombre estaba demacrado y sus ojos mostraban el miedo que lo embargaba. Cuando estuvo frente al hombre asesinado, tembló como si tuviera parálisis, se cubrió el rostro con las manos y rompió a llorar.
«Yo no lo hice, amigos», sollozó; «por mi palabra y mi honor, nunca lo hice».
«¿Quién te ha acusado?», gritó una voz.
Este disparo pareció dar en el blanco. Potter levantó el rostro y miró a su alrededor con una patética desesperanza en sus ojos. Vio a Injun Joe y exclamó:
«Oh, Injun Joe, me prometiste que nunca...».
«¿Es este tu cuchillo?», y el sheriff se lo puso delante.
Potter habría caído si no lo hubieran sujetado y dejado suavemente en el suelo. Entonces dijo:
«Algo me dijo que si no volvía y recogía...». Se estremeció; luego agitó su mano sin fuerzas con un gesto de derrota y dijo: «Díselo tú, Joe, díselo; ya no sirve de nada».
Entonces Huckleberry y Tom permanecieron mudos y mirando fijamente, y escucharon al mentiroso de corazón de piedra soltar su serena declaración, esperando a cada momento que el cielo despejado descargara los rayos de Dios sobre su cabeza, y maravillándose al ver cuánto tardaba el castigo. Y cuando terminó y seguía allí vivo y entero, su vacilante impulso de romper su juramento y salvar la vida del pobre prisionero traicionado se desvaneció, pues estaba claro que este malvado se había vendido a Satanás y sería fatal entrometerse con la propiedad de un poder como aquel.
«¿Por qué no te fuiste? ¿A qué has venido aquí?», dijo alguien.
«No pude evitarlo, no pude evitarlo», gimió Potter. «Quería huir, pero parece que no podía ir a ninguna parte más que aquí». Y volvió a sollozar.
Injun Joe repitió su declaración, igual de calmado, unos minutos después en la investigación, bajo juramento; y los chicos, viendo que los rayos seguían sin caer, se reafirmaron en su creencia de que Joe se había vendido al diablo. Se había convertido ahora, para ellos, en el objeto más funestamente interesante que jamás hubieran visto, y no podían apartar sus ojos fascinados de su rostro.
Resolvieron interiormente vigilarlo por las noches, cuando se presentara la oportunidad, con la esperanza de vislumbrar a su temido amo.
Injun Joe ayudó a levantar el cuerpo del hombre asesinado y a ponerlo en un carro para su traslado; ¡y se susurró entre la multitud estremecida que la herida sangró un poco! Los chicos pensaron que esta feliz circunstancia desviaría las sospechas en la dirección correcta; pero se sintieron decepcionados, pues más de un aldeano comentó:
«Estaba a menos de un metro de Muff Potter cuando ocurrió».
El terrible secreto de Tom y su conciencia roedora perturbaron su sueño durante al menos una semana después de esto; y una mañana, en el desayuno, Sid dijo:
«Tom, te das tantas vueltas y hablas tanto en sueños que me mantienes despierto la mitad del tiempo».
Tom palideció y bajó la vista.
«Es una mala señal», dijo la tía Polly, gravemente. «¿Qué tienes en mente, Tom?».
«Nada. Nada que yo sepa». Pero la mano del chico temblaba tanto que derramó su café.
«Y dices cosas tan raras», dijo Sid. «Anoche dijiste: “¡Es sangre, es sangre, eso es lo que es!”. Lo dijiste una y otra vez. Y dijiste: “¡No me atormentes tanto, lo diré!”. ¿Decir qué? ¿Qué es lo que vas a decir?».
Todo daba vueltas ante Tom. No hay forma de saber qué podría haber pasado ahora, pero afortunadamente la preocupación desapareció del rostro de la tía Polly y ella vino al rescate de Tom sin saberlo. Ella dijo:
«¡Bah! Es ese asesinato espantoso. Yo misma sueño con ello casi todas las noches. A veces sueño que he sido yo quien lo ha hecho».
Mary dijo que a ella le había afectado casi de la misma manera. Sid pareció satisfecho. Tom salió de allí tan pronto como pudo de forma plausible, y después de eso se quejó de dolor de muelas durante una semana y se vendaba las mandíbulas todas las noches. Nunca supo que Sid se quedaba despierto vigilando cada noche, y con frecuencia desataba la venda para luego apoyarse sobre el codo escuchando durante un buen rato, y después volvía a colocar la venda en su sitio. La angustia mental de Tom se fue desvaneciendo gradualmente y el dolor de muelas se volvió molesto y fue descartado. Si Sid realmente logró entender algo de los balbuceos inconexos de Tom, se lo guardó para sí mismo.
A Tom le parecía que sus compañeros de escuela nunca terminarían de realizar investigaciones sobre gatos muertos, manteniendo así su problema presente en su mente. Sid notó que Tom nunca era el juez de instrucción en estas indagaciones, a pesar de que había sido su hábito tomar la iniciativa en todas las empresas nuevas; notó, también, que Tom nunca actuaba como testigo, y eso era extraño; y Sid no pasó por alto el hecho de que Tom incluso mostraba una marcada aversión a estas investigaciones, y siempre las evitaba cuando podía. Sid se maravillaba, pero no decía nada. Sin embargo, incluso las investigaciones pasaron de moda al final y dejaron de torturar la conciencia de Tom.
Cada uno o dos días, durante este tiempo de dolor, Tom vigilaba su oportunidad e iba a la pequeña ventana enrejada de la cárcel y pasaba de contrabando al «asesino» tantas pequeñas comodidades como podía conseguir. La cárcel era una pequeña y trivial guarida de ladrillo que se encontraba en un pantano al borde de la aldea, y no se le asignaban guardias; de hecho, rara vez estaba ocupada. Estas ofrendas ayudaron mucho a aliviar la conciencia de Tom.
Los aldeanos tenían un fuerte deseo de cubrir de alquitrán y plumas a Injun Joe y pasearlo sobre un palo por el robo de cadáveres, pero su carácter era tan formidable que no se pudo encontrar a nadie dispuesto a tomar la iniciativa en el asunto, así que se abandonó la idea. Él había tenido cuidado de empezar sus dos declaraciones ante la investigación con la pelea, sin confesar el robo de la tumba que la precedió; por lo tanto, se consideró más sabio no llevar el caso a los tribunales por el momento.
CAPÍTULO XII
Una de las razones por las que la mente de Tom se había alejado de sus problemas secretos era que había encontrado un asunto nuevo y trascendental en el que interesarse. Becky Thatcher había dejado de ir a la escuela. Tom había luchado con su orgullo unos pocos días e intentado «quitarle importancia», pero fracasó. Empezó a verse rondando la casa de su padre por las noches, sintiéndose muy miserable. Ella estaba enferma. ¡Y si muriera! Había distracción en ese pensamiento. Ya no se interesaba por la guerra, ni siquiera por la piratería. El encanto de la vida se había ido; no quedaba más que desolación. Guardó su aro y su bate; ya no había alegría en ellos. Su tía estaba preocupada. Empezó a probar toda clase de remedios con él. Ella era una de esas personas que están obsesionadas con las medicinas patentadas y todos los métodos modernos para producir salud o mejorarla. Era una experimentadora empedernida en estas cosas. Cuando salía algo nuevo en este campo, enseguida le entraba fiebre por probarlo; no en sí misma, pues nunca estaba enferma, sino en cualquier otra persona que tuviera a mano. Estaba suscrita a todas las revistas de «Salud» y fraudes frenológicos; y la solemne ignorancia con la que estaban infladas era aire para sus pulmones. Toda la «basura» que contenían sobre la ventilación, cómo irse a la cama, cómo levantarse, qué comer, qué beber, cuánto ejercicio hacer, qué estado de ánimo mantener y qué tipo de ropa usar, era todo evangelio para ella, y nunca observó que sus revistas de salud del mes en curso solían contradecir todo lo que habían recomendado el mes anterior. Era tan sencilla y honesta como largo era el día, y por eso era una víctima fácil. Reunía sus revistas de charlatanería y sus medicinas de charlatán y, armada así con la muerte, cabalgaba sobre su pálido caballo, metafóricamente hablando, con el «infierno siguiéndola». Pero nunca sospechó que ella no fuera un ángel de curación y el bálsamo de Galaad disfrazado para los vecinos que sufrían.
El tratamiento de agua era nuevo entonces, y la baja condición de Tom fue una bendición para ella. Lo sacaba al amanecer todas las mañanas, lo ponía de pie en el cobertizo de madera y lo ahogaba con un diluvio de agua fría; luego lo restregaba con una toalla como si fuera una lima y así lo hacía entrar en razón; luego lo envolvía en una sábana mojada y lo guardaba bajo mantas hasta que le sudaba el alma limpia y «las manchas amarillas de esta salían a través de sus poros», como decía Tom.
Sin embargo, a pesar de todo esto, el chico crecía cada vez más melancólico, pálido y abatido. Ella añadió baños calientes, baños de asiento, duchas y inmersiones. El chico permanecía tan sombrío como un coche fúnebre. Ella empezó a ayudar al agua con una dieta escasa de avena y parches de ampollas. Calculaba su capacidad como la de una jarra y lo llenaba todos los días con curalotodos de charlatán.
Tom se había vuelto indiferente a la persecución para entonces. Esta fase llenó el corazón de la anciana de consternación. Esta indiferencia debía romperse a cualquier precio. Entonces oyó hablar del «Pain-killer» por primera vez. Pidió una gran cantidad de inmediato. Lo probó y se llenó de gratitud. Era sencillamente fuego en forma líquida. Dejó el tratamiento de agua y todo lo demás, y puso toda su fe en el Pain-killer. Le dio a Tom una cucharadita y observó con la mayor ansiedad el resultado. Sus problemas se calmaron al instante, su alma volvió a estar en paz; pues la «indiferencia» se había roto. El chico no podría haber mostrado un interés más salvaje y sincero si ella hubiera encendido un fuego debajo de él.
Tom sintió que era hora de despertar; este tipo de vida podía ser lo suficientemente romántica en su condición marchita, pero estaba empezando a tener muy poco sentimiento y demasiada variedad distractora. Así que pensó en varios planes para obtener alivio y finalmente se le ocurrió el de fingir que le gustaba el Pain-killer. Lo pedía tan a menudo que se convirtió en una molestia, y su tía terminó diciéndole que se sirviera él mismo y dejara de molestarla. Si hubiera sido Sid, ella no habría tenido recelos que empañaran su deleite; pero como era Tom, vigilaba la botella clandestinamente. Descubrió que la medicina realmente disminuía, pero no se le ocurrió que el chico estaba reparando la salud de una grieta en el suelo de la sala de estar con ella.
Un día, Tom estaba en el acto de dosificar la grieta cuando llegó el gato amarillo de su tía, ronroneando, mirando la cucharadita con avaricia y pidiendo probarla. Tom dijo:
«No lo pidas a menos que lo quieras, Peter».
Pero Peter indicó que sí lo quería.
«Más vale que estés seguro».
Peter estaba seguro.
«Ahora que lo has pedido, te lo daré, porque no hay nada de malo en mí; pero si descubres que no te gusta, no debes culpar a nadie más que a ti mismo».
Peter estaba de acuerdo. Así que Tom le abrió la boca a la fuerza y le vertió el Pain-killer. Peter saltó un par de metros en el aire, luego lanzó un grito de guerra y salió dando vueltas por la habitación, golpeándose contra los muebles, volcando macetas y causando estragos generales. Luego se levantó sobre sus patas traseras y brincó alrededor, en un frenesí de disfrute, con la cabeza sobre el hombro y su voz proclamando su felicidad inagotable. Luego salió corriendo por toda la casa de nuevo, sembrando el caos y la destrucción a su paso. La tía Polly entró a tiempo para verlo dar un par de saltos mortales, lanzar un último hurra poderoso y salir disparado por la ventana abierta, llevándose el resto de las macetas con él. La anciana se quedó petrificada de asombro, mirando por encima de sus gafas; Tom yacía en el suelo muriéndose de risa.
«Tom, ¿qué demonios le pasa a ese gato?».
«No lo sé, tía», jadeó el chico.
«Vaya, nunca vi nada igual. ¿Qué le hizo actuar así?».
«De verdad no lo sé, tía Polly; los gatos siempre actúan así cuando se lo están pasando bien».
«¿Lo hacen, verdad?». Había algo en el tono que hizo que Tom se sintiera aprensivo.
«Sí, señora. Es decir, creo que lo hacen».
«¿Tú crees?».
«Sí, señora».
La anciana se estaba inclinando, Tom observaba con un interés enfatizado por la ansiedad. Demasiado tarde adivinó su «intención». El mango de la reveladora cucharadita era visible bajo el volante de la cama. La tía Polly la tomó, la sostuvo en alto. Tom se estremeció y bajó los ojos. La tía Polly lo levantó por el asa habitual, su oreja, y le golpeó la cabeza con fuerza con su dedal.
«Ahora, señor, ¿por qué quisiste tratar así a esa pobre bestia muda?».
«Lo hice por lástima, porque no tenía ninguna tía».
«¡No tenía ninguna tía!, pedazo de imbécil. ¿Qué tiene eso que ver?».
«Mucho. ¡Porque si hubiera tenido una, ella misma lo habría quemado por dentro! ¡Le habría asado las tripas sin más sentimiento que si fuera un humano!».
La tía Polly sintió una punzada repentina de remordimiento. Esto era ver las cosas bajo una luz nueva; lo que era crueldad para un gato podía ser crueldad para un niño también. Empezó a ablandarse; se sintió apenada. Sus ojos se humedecieron un poco, puso su mano sobre la cabeza de Tom y dijo suavemente:
«Lo hacía por tu bien, Tom. Y, Tom, sí que te hizo bien».
Tom levantó la vista hacia su rostro con un brillo apenas perceptible que se asomaba a través de su gravedad.
«Sé que lo hacías por mi bien, tía, y yo también con Peter. A él también le hizo bien. Nunca lo vi moverse así desde...».
«Oh, vete ya, Tom, antes de que me vuelvas a exasperar. Y trata de ver si puedes ser un buen chico, por una vez, y no hace falta que tomes más medicina».
Tom llegó a la escuela antes de tiempo. Se notó que esto estaba ocurriendo todos los días últimamente. Y ahora, como era habitual últimamente, rondaba la puerta del patio de la escuela en lugar de jugar con sus camaradas. Estaba enfermo, decía, y lo parecía. Intentaba parecer que miraba a todas partes menos a donde realmente miraba: el camino. Pronto Jeff Thatcher apareció a la vista, y el rostro de Tom se iluminó; miró un momento y luego se alejó con tristeza. Cuando Jeff llegó, Tom se le acercó y «abrió paso» con cautela a oportunidades para comentar sobre Becky, pero el alegre muchacho nunca pudo ver el cebo. Tom miraba y miraba, esperando cada vez que un vestido juguetón aparecía a la vista, y odiando a la dueña del mismo tan pronto como veía que no era la correcta. Al final, los vestidos dejaron de aparecer y él cayó sin remedio en la depresión; entró en la escuela vacía y se sentó a sufrir. Entonces, un vestido más pasó por la puerta y el corazón de Tom dio un gran vuelco. Al instante siguiente estaba fuera, y «comportándose» como un indio; gritando, riendo, persiguiendo a los chicos, saltando la valla a riesgo de su vida y sus miembros, haciendo saltos mortales, poniéndose de pie sobre su cabeza, haciendo todas las cosas heroicas que podía imaginar, y manteniendo un ojo furtivo fuera, todo el tiempo, para ver si Becky Thatcher se estaba dando cuenta. Pero ella parecía no ser consciente de todo ello; nunca miró. ¿Podría ser posible que no se diera cuenta de que él estaba allí? Llevó sus hazañas a sus inmediaciones; llegó dando gritos de guerra, arrebató la gorra de un chico, la arrojó al tejado de la escuela, se abrió paso entre un grupo de chicos, haciéndolos caer en todas direcciones, y cayó desplomado él mismo, bajo la nariz de Becky, casi volcándola; y ella se dio la vuelta, con la nariz en el aire, y él la oyó decir: «¡Pf! ¡Alguna gente se cree muy lista, siempre presumiendo!».
Las mejillas de Tom ardieron. Se levantó y se escabulló, aplastado y cabizbajo.
CAPÍTULO XIII
La mente de Tom estaba decidida ahora. Estaba sombrío y desesperado. Era un chico abandonado y sin amigos, decía; nadie lo quería; cuando descubrieran a lo que lo habían empujado, quizás se arrepentirían; había intentado hacer lo correcto y salir adelante, pero no lo dejaban; ya que no querían nada más que deshacerse de él, que así fuera; y que lo culparan por las consecuencias, ¿por qué no habrían de hacerlo? ¿Qué derecho tenían los que no tenían amigos a quejarse? Sí, lo habían forzado a ello al final: llevaría una vida de crimen. No había otra opción.
Para entonces estaba lejos, en Meadow Lane, y la campana de la escuela para «entrar» tintineó débilmente en su oído. Sollozó, ahora, al pensar que nunca, nunca volvería a oír ese viejo sonido familiar; era muy duro, pero se vio obligado a ello; ya que lo expulsaban al frío mundo, debía someterse, pero los perdonaba. Luego los sollozos llegaron espesos y rápidos.
Justo en este punto se encontró con el camarada jurado de su alma, Joe Harper, de ojos duros y, evidentemente, con un propósito grande y sombrío en su corazón. Claramente, aquí había «dos almas con un solo pensamiento». Tom, limpiándose los ojos con la manga, comenzó a balbucear algo sobre una resolución de escapar del maltrato y la falta de simpatía en casa vagando por el gran mundo para nunca regresar; y terminó esperando que Joe no lo olvidara.
Pero resultó que esta era una petición que Joe justo iba a hacerle a Tom, y había ido a buscarlo con ese propósito. Su madre le había dado una paliza por beber un poco de crema que él jamás había probado y de la que no sabía nada; estaba claro que ella estaba cansada de él y deseaba que se fuera; si ella se sentía así, no le quedaba más que sucumbir; él esperaba que ella fuera feliz, y que nunca se arrepintiera de haber echado a su pobre muchacho al mundo insensible a sufrir y morir.
Mientras los dos muchachos caminaban apenados, hicieron un nuevo pacto de apoyarse el uno al otro y ser hermanos y no separarse nunca hasta que la muerte los librara de sus problemas. Entonces comenzaron a trazar sus planes. Joe era partidario de ser un ermitaño, y vivir de cortezas en una cueva remota, y morir, algún día, de frío, de necesidad y de dolor; pero tras escuchar a Tom, admitió que había algunas ventajas notables en una vida de crimen, y así consintió en ser pirata.
Tres millas abajo de St. Petersburg, en un punto donde el río Mississippi tenía poco más de una milla de ancho, había una isla larga, estrecha y arbolada, con un banco de arena poco profundo en su extremo, y esto ofrecía un buen lugar como punto de reunión. No estaba habitada; yacía muy lejos, hacia la orilla más lejana, frente a un bosque denso y casi totalmente despoblado. Así que la isla de Jackson fue la elegida. Quiénes habrían de ser los sujetos de sus piraterías fue un asunto que no se les ocurrió. Luego buscaron a Huckleberry Finn, y él se les unió prontamente, pues todas las carreras eran iguales para él; le era indiferente. Poco después se separaron para reunirse en un lugar solitario de la orilla del río, dos millas arriba del pueblo, a la hora favorita: la medianoche. Había allí una pequeña balsa de troncos que pretendían capturar. Cada uno traería anzuelos y sedales, y cuanta provisión pudiera robar de la manera más oscura y misteriosa, como correspondía a los forajidos. Y antes de que terminara la tarde, todos se las habían arreglado para disfrutar de la dulce gloria de difundir el hecho de que muy pronto el pueblo «se enteraría de algo». A todos los que recibían esta vaga pista se les advertía que «guardaran silencio y esperaran».
Alrededor de la medianoche, Tom llegó con un jamón cocido y algunas chucherías, y se detuvo en una espesa maleza sobre un pequeño barranco que dominaba el lugar de reunión. Estaba estrellado y todo estaba muy quieto. El poderoso río yacía como un océano en reposo. Tom escuchó un momento, pero ningún sonido perturbó la quietud. Entonces dio un silbido bajo y distintivo. Le respondieron desde debajo del barranco. Tom silbó dos veces más; estas señales fueron respondidas de la misma manera. Entonces una voz cautelosa dijo:
—¿Quién va?
—Tom Sawyer, el Vengador Negro de la Costa Española. Digan sus nombres.
—Huck Finn el Pelirrojo, y Joe Harper el Terror de los Mares. Tom había proporcionado estos títulos, sacados de su literatura favorita.
—Está bien. Den la contraseña.
Dos susurros roncos entregaron la misma palabra terrible simultáneamente a la noche que meditaba:
—¡Sangre!
Entonces Tom arrojó su jamón por el barranco y se dejó caer tras él, desgarrándose la piel y la ropa en el esfuerzo. Había un camino fácil y cómodo a lo largo de la orilla bajo el barranco, pero carecía de las ventajas de dificultad y peligro tan valoradas por un pirata.
El Terror de los Mares había traído una pieza de tocino, y casi se había agotado por llevarla hasta allí. Finn el Pelirrojo había robado una sartén y una cantidad de tabaco en hoja medio curado, y también había traído unas cuantas mazorcas de maíz para hacer pipas. Pero ninguno de los piratas fumaba o «mascaba» salvo él. El Vengador Negro de la Costa Española dijo que no estaría bien empezar sin fuego. Fue un pensamiento sabio; los fósforos apenas se conocían allí en aquella época. Vieron un fuego ardiendo sobre una gran balsa a cien yardas río arriba, y fueron sigilosamente hacia allí y se hicieron con un trozo. Convirtieron aquello en una aventura imponente, diciendo «¡Chist!» de vez en cuando, y deteniéndose de repente con el dedo en los labios; moviéndose con las manos sobre imaginarias empuñaduras de daga; y dando órdenes en susurros lúgubres de que si «el enemigo» se movía, «se la dieran hasta la empuñadura», porque «los hombres muertos no cuentan cuentos». Sabían muy bien que los balseros estaban todos en el pueblo abasteciéndose o de juerga, pero aun así, esa no era excusa para conducir este asunto de una manera poco pirata.
Se alejaron, poco después, con Tom al mando, Huck en el remo de popa y Joe en el de proa. Tom permaneció en el centro, con el ceño sombrío y los brazos cruzados, y dio sus órdenes en un susurro bajo y severo:
—¡Arriba, y ponla contra el viento!
—¡A la orden, señor!
—¡Firme, firme-e-e-e!
—¡Firme es, señor!
—¡Déjala caer un punto!
—¡Un punto es, señor!
Mientras los muchachos impulsaban constante y monótonamente la balsa hacia el centro del río, sin duda se entendía que estas órdenes se daban solo por «estilo», y no pretendían significar nada en particular.
—¿Qué velas lleva?
—Velas bajas, gavias y foque volante, señor.
—¡Suban las juanetes! ¡A las vergas, ahí, media docena de vosotros! ¡Vela de estay de velacho! ¡Con brío, ahora!
—¡A la orden, señor!
—¡Desplieguen esa gavia mayor! ¡Escotas y amuras! ¡Ahora, mis valientes!
—¡A la orden, señor!
—¡Timón a sotavento, todo a babor! ¡Prepárense para recibirla cuando venga! ¡Babor, babor! ¡Ahora, hombres! ¡Con voluntad! ¡Firme-e-e-e!
—¡Firme es, señor!
La balsa pasó más allá del centro del río; los muchachos enderezaron la proa y luego descansaron en sus remos. El río no estaba crecido, así que no había más que una corriente de dos o tres millas. Apenas se dijo una palabra durante los siguientes tres cuartos de hora. Ahora la balsa pasaba frente al lejano pueblo. Dos o tres luces centelleantes mostraban dónde yacía, durmiendo pacíficamente, más allá de la vaga y vasta extensión de agua salpicada de estrellas, inconsciente del tremendo evento que estaba ocurriendo. El Vengador Negro permaneció inmóvil con los brazos cruzados, «mirando por última vez» la escena de sus antiguos goces y sus sufrimientos posteriores, y deseando que «ella» pudiera verlo ahora, en alta mar, enfrentando el peligro y la muerte con un corazón intrépido, yendo a su perdición con una mueca sombría en los labios. No fue gran esfuerzo para su imaginación alejar la isla de Jackson de la vista del pueblo, y así «miró por última vez» con un corazón roto y satisfecho. Los otros piratas también miraban por última vez; y todos miraron tanto que estuvieron a punto de dejar que la corriente los desviara del alcance de la isla. Pero descubrieron el peligro a tiempo e hicieron lo posible por evitarlo. Alrededor de las dos de la mañana, la balsa encalló en el banco de arena a doscientas yardas arriba del extremo de la isla, y caminaron de un lado a otro hasta que desembarcaron su carga. Parte de las pertenencias de la pequeña balsa consistía en una vieja vela, y la extendieron sobre un rincón entre los arbustos como tienda para proteger sus provisiones; pero ellos mismos dormirían al aire libre si hacía buen tiempo, como correspondía a los forajidos.
Construyeron una hoguera contra el lado de un gran tronco a veinte o treinta pasos dentro de las sombrías profundidades del bosque, y luego cocinaron algo de tocino en la sartén para cenar, y consumieron la mitad de la provisión de «pan de maíz» que habían traído. Parecía un deporte glorioso estar festejando de esa manera salvaje y libre en el bosque virgen de una isla inexplorada e inhabitada, lejos de los lugares frecuentados por los hombres, y dijeron que nunca regresarían a la civilización. El fuego ascendente iluminó sus caras y arrojó su resplandor rojizo sobre los pilares de los troncos de los árboles de su templo forestal, y sobre el follaje barnizado y las enredaderas festoneadas.
Cuando la última loncha crujiente de tocino desapareció, y la última ración de pan de maíz fue devorada, los muchachos se estiraron en la hierba, llenos de satisfacción. Podrían haber encontrado un lugar más fresco, pero no se privarían de un rasgo tan romántico como la hoguera crepitante.
—¿No es genial? —dijo Joe.
—¡Es fantástico! —dijo Tom—. ¿Qué dirían los muchachos si pudieran vernos?
—¿Qué dirían? Bueno, se morirían por estar aquí, ¿eh, Hucky?
—Eso creo —dijo Huckleberry—; de todas formas, estoy satisfecho. No quiero nada mejor que esto. Por lo general, nunca consigo lo suficiente para comer, y aquí no pueden venir a picar a uno y atosigarlo tanto.
—Es la vida para mí —dijo Tom—. No tienes que levantarte por las mañanas, y no tienes que ir a la escuela, y lavarte, y todas esas tonterías malditas. Verás, un pirata no tiene que hacer nada, Joe, cuando está en tierra, pero un ermitaño tiene que estar rezando bastante, y entonces no se divierte, de todos modos, estando solo de esa manera.
—Oh, sí, eso es verdad —dijo Joe—, pero no lo había pensado mucho, ya sabes. Prefiero mucho más ser pirata, ahora que lo he probado.
—Verás —dijo Tom—, la gente no valora mucho a los ermitaños hoy en día, como solían hacerlo en los viejos tiempos, pero un pirata siempre es respetado. Y un ermitaño tiene que dormir en el lugar más duro que pueda encontrar, y ponerse cilicio y ceniza en la cabeza, y quedarse bajo la lluvia, y...
—¿Para qué se pone cilicio y ceniza en la cabeza? —preguntó Huck.
—No lo sé. Pero tienen que hacerlo. Los ermitaños siempre lo hacen. Tendrías que hacer eso si fueras un ermitaño.
—Ni hablar —dijo Huck.
—Bueno, ¿qué harías tú?
—No lo sé. Pero no haría eso.
—Vaya, Huck, tendrías que hacerlo. ¿Cómo lo evitarías?
—Vaya, simplemente no lo aguantaría. Me escaparía.
—¡Escaparse! Bueno, serías un buen y viejo ermitaño holgazán. Serías una vergüenza.
El Pelirrojo no respondió, pues estaba mejor ocupado. Había terminado de vaciar una mazorca, y ahora le ajustó un tallo de hierba, la cargó con tabaco, y estaba presionando un carbón contra la carga y soltando una nube de humo fragante; estaba en el pleno apogeo de una lujosa satisfacción. Los otros piratas envidiaban este majestuoso vicio, y resolvieron secretamente adquirirlo pronto. Poco después, Huck dijo:
—¿Qué tienen que hacer los piratas?
Tom dijo:
—Oh, se lo pasan bomba: toman barcos y los queman, consiguen el dinero y lo entierran en lugares terribles de su isla donde hay fantasmas y cosas que lo vigilan, y matan a todos en los barcos, los hacen caminar por la tabla.
—Y llevan a las mujeres a la isla —dijo Joe—; no matan a las mujeres.
—No —asintió Tom—, no matan a las mujeres, son demasiado nobles. Y las mujeres siempre son hermosas también.
—¡Y no llevan las ropas más increíbles! ¡Oh, sí! Todo oro y plata y diamantes —dijo Joe con entusiasmo.
—¿Quiénes? —dijo Huck.
—Pues los piratas.
Huck examinó su propia ropa con tristeza.
—Creo que no estoy vestido adecuadamente para un pirata —dijo, con un patetismo lleno de arrepentimiento en su voz—; pero no tengo más que esto.
Pero los otros muchachos le dijeron que la ropa fina llegaría lo suficientemente pronto, después de que hubieran comenzado sus aventuras. Le hicieron entender que sus pobres harapos servirían para empezar, aunque era costumbre que los piratas ricos comenzaran con un guardarropa adecuado.
Gradualmente, su charla se apagó y la somnolencia comenzó a apoderarse de los párpados de los pequeños vagabundos. La pipa se cayó de los dedos del Pelirrojo, y durmió el sueño de los que tienen la conciencia tranquila y los cansados. El Terror de los Mares y el Vengador Negro de la Costa Española tuvieron más dificultades para conciliar el sueño. Rezaron sus oraciones mentalmente, y acostados, ya que no había nadie allí con autoridad para hacerlos arrodillarse y recitarlas en voz alta; en verdad, tenían la intención de no decirlas en absoluto, pero temían llegar a tales extremos, no fuera a ser que atrajeran un rayo repentino y especial del cielo. Entonces, de inmediato, alcanzaron y flotaron en el borde inminente del sueño, pero llegó un intruso, ahora, que no quería «irse». Era la conciencia. Comenzaron a sentir un vago temor de haber estado haciendo mal al escaparse; y luego pensaron en la carne robada, y entonces llegó la verdadera tortura. Intentaron razonar para alejarla recordando a la conciencia que habían hurtado dulces y manzanas montones de veces; pero la conciencia no se apaciguaba con tales plausibilidades endebles; les pareció, al final, que no había forma de sortear el hecho obstinado de que tomar dulces era solo «tomar prestado», mientras que tomar tocino y jamones y tales objetos de valor era puro y simple robo, y había un mandamiento contra eso en la Biblia. Así que resolvieron internamente que mientras permanecieran en el negocio, sus piraterías no volverían a ser mancilladas con el crimen de robar. Entonces la conciencia concedió una tregua, y estos curiosamente inconsistentes piratas cayeron pacíficamente en el sueño.
CAPÍTULO XIV
Cuando Tom despertó por la mañana, se preguntó dónde estaba. Se sentó, se frotó los ojos y miró a su alrededor. Entonces comprendió. Era el fresco amanecer gris, y había una deliciosa sensación de reposo y paz en la profunda calma y el silencio que impregnaban los bosques. Ni una hoja se movía; ni un sonido perturbaba la meditación de la gran Naturaleza. Gotas de rocío perladas se posaban sobre las hojas y la hierba. Una capa blanca de ceniza cubría el fuego, y un delgado aliento azul de humo subía directamente al aire. Joe y Huck todavía dormían.
Ahora, lejos en el bosque, un pájaro llamó; otro respondió; poco después se escuchó el martilleo de un pájaro carpintero. Gradualmente, el fresco gris tenue de la mañana se blanqueó, y del mismo modo los sonidos se multiplicaron y la vida se manifestó. La maravilla de la Naturaleza sacudiéndose el sueño y poniéndose a trabajar se desplegó ante el muchacho pensativo. Un pequeño gusano verde venía arrastrándose sobre una hoja cubierta de rocío, levantando dos tercios de su cuerpo en el aire de vez en cuando y «olfateando», luego procediendo de nuevo; pues estaba midiendo, decía Tom; y cuando el gusano se le acercó, por su propia voluntad, él se quedó tan quieto como una piedra, con sus esperanzas subiendo y bajando, por turnos, a medida que la criatura seguía acercándose a él o parecía inclinada a ir a otra parte; y cuando al fin consideró un momento doloroso con su cuerpo curvo en el aire y luego bajó decididamente sobre la pierna de Tom y comenzó un viaje sobre él, todo su corazón se alegró, pues eso significaba que iba a tener un nuevo traje de ropa, sin sombra de duda un llamativo uniforme pirata. Ahora apareció una procesión de hormigas, de ninguna parte en particular, y se pusieron a sus labores; una luchaba valientemente con una araña muerta cinco veces más grande que ella en sus brazos, y la arrastró directamente hasta un tronco de árbol. Una mariquita con puntos marrones trepó la vertiginosa altura de una brizna de hierba, y Tom se inclinó cerca de ella y dijo: «Mariquita, mariquita, vuela a casa, tu casa está en llamas, tus hijos están solos», y ella alzó el vuelo y se fue a comprobarlo, lo cual no sorprendió al muchacho, pues sabía desde hacía mucho que este insecto era crédulo respecto a las conflagraciones, y había practicado su simplicidad más de una vez. Un escarabajo pelotero vino después, empujando vigorosamente su bola, y Tom tocó a la criatura, para verla cerrar sus patas contra su cuerpo y fingir estar muerta. Los pájaros estaban realmente alborotados a estas alturas. Un sinsonte, el imitador del Norte, se posó en un árbol sobre la cabeza de Tom y trilló sus imitaciones de sus vecinos en un rapto de placer; luego un arrendajo chillón descendió, un destello de llama azul, y se detuvo en una rama casi al alcance del muchacho, inclinó la cabeza hacia un lado y miró a los extraños con una curiosidad abrasadora; una ardilla gris y un gran ejemplar de la especie «zorro» llegaron corriendo, sentándose a intervalos para inspeccionar y charlar a los muchachos, pues las criaturas salvajes probablemente nunca habían visto a un ser humano antes y apenas sabían si tener miedo o no. Toda la Naturaleza estaba despierta y en movimiento, ahora; largas lanzas de luz solar perforaban el denso follaje cerca y lejos, y algunas mariposas llegaron revoloteando a la escena.
Tom despertó a los otros piratas y todos salieron alborotados con un grito, y en un minuto o dos estaban desnudos y persiguiéndose y tropezando unos con otros en el agua poco profunda y límpida del banco de arena blanca. No sintieron anhelo por el pequeño pueblo que dormía en la distancia más allá de la majestuosa extensión de agua. Una corriente errante o una ligera crecida del río se había llevado su balsa, pero esto solo los gratificó, ya que su marcha era algo así como quemar el puente entre ellos y la civilización.
Regresaron al campamento maravillosamente renovados, alegres y hambrientos; y pronto hicieron que la hoguera volviera a arder. Huck encontró un manantial de agua clara y fría cerca, y los muchachos hicieron copas con hojas anchas de roble o nogal, y sintieron que el agua, endulzada con tal encanto silvestre como aquel, sería un sustituto bastante bueno para el café. Mientras Joe cortaba tocino para el desayuno, Tom y Huck le pidieron que esperara un minuto; se dirigieron a un rincón prometedor en la orilla del río y lanzaron sus sedales; casi de inmediato tuvieron recompensa. Joe no había tenido tiempo de impacientarse cuando regresaron con unos hermosos róbalos, un par de peces sol y un pequeño siluro: provisiones suficientes para toda una familia. Frieron el pescado con el tocino, y quedaron asombrados; pues ningún pescado había parecido jamás tan delicioso antes. No sabían que cuanto más rápido se pone al fuego un pez de agua dulce después de ser capturado, mejor es; y reflexionaron poco sobre qué salsa hacen también el dormir al aire libre, el ejercicio al aire libre, bañarse y un gran ingrediente de hambre.
Se quedaron descansando en la sombra, después del desayuno, mientras Huck fumaba, y luego se fueron a través del bosque en una expedición de exploración. Caminaron alegremente, sobre troncos en descomposición, a través de maleza enredada, entre los monarcas solemnes del bosque, colgados desde sus copas hasta el suelo con una regalía colgante de vides. De vez en cuando se encontraban con rincones acogedores alfombrados de hierba y engalanados con flores.
Encontraron muchas cosas de las que deleitarse, pero nada de lo que asombrarse. Descubrieron que la isla tenía unas tres millas de largo y un cuarto de milla de ancho, y que la orilla a la que estaba más cerca estaba separada de ella solo por un canal estrecho de apenas doscientas yardas de ancho. Se dieron un baño casi cada hora, así que estaba cerca de la mitad de la tarde cuando regresaron al campamento. Estaban demasiado hambrientos para detenerse a pescar, pero comieron suntuosamente jamón frío, y luego se arrojaron a la sombra para hablar. Pero la charla pronto comenzó a languidecer, y luego murió. La quietud, la solemnidad que se cernía sobre el bosque y la sensación de soledad comenzaron a hacer mella en el ánimo de los muchachos. Se pusieron a pensar. Una especie de anhelo indefinido se apoderó de ellos. Esto tomó forma tenue, pronto: era una incipiente nostalgia. Incluso Finn el Pelirrojo soñaba con los escalones de su puerta y sus barriles vacíos. Pero todos estaban avergonzados de su debilidad, y nadie fue lo suficientemente valiente como para expresar su pensamiento.
Desde hacía algún tiempo, los muchachos habían sido vagamente conscientes de un sonido peculiar en la distancia, tal como uno a veces lo es del tic-tac de un reloj al que no presta atención distinta. Pero ahora este sonido misterioso se hizo más pronunciado y forzó el reconocimiento. Los muchachos se sobresaltaron, se miraron el uno al otro y luego cada uno asumió una actitud de escucha. Hubo un largo silencio, profundo e ininterrumpido; luego un auge profundo y hosco vino flotando desde la distancia.
—¡Qué es eso! —exclamó Joe, en voz baja.
—Me pregunto —dijo Tom en un susurro.
—No es un trueno —dijo Huckleberry, en un tono de asombro—, porque el trueno...
—¡Escuchad! —dijo Tom—. Escuchad, no habléis.
Esperaron un tiempo que pareció una eternidad, y luego el mismo auge amortiguado turbó el solemne silencio.
—Vamos a ver.
Saltaron sobre sus pies y se apresuraron hacia la orilla en dirección al pueblo. Separaron los arbustos de la ribera y otearon sobre el agua. El pequeño transbordador de vapor estaba a una milla por debajo de la aldea, a la deriva con la corriente. Su cubierta ancha parecía abarrotada de gente. Había un gran número de esquifes remando de aquí para allá o flotando con la corriente en las cercanías del transbordador, pero los muchachos no podían determinar qué estaban haciendo los hombres en ellos. De pronto, un gran chorro de humo blanco brotó por un costado del transbordador y, a medida que se expandía y se elevaba en una nube perezosa, aquel mismo pulso sordo de sonido llegó de nuevo a los oyentes.
—¡Ya lo sé! —exclamó Tom—; ¡alguien se ha ahogado!
—¡Eso es! —dijo Huck—; hicieron lo mismo el verano pasado, cuando Bill Turner se ahogó; disparan un cañón sobre el agua y eso hace que el cuerpo salga a la superficie. Sí, y cogen hogazas de pan y les meten mercurio y las ponen a flotar, y allí donde haya alguien ahogado, flotarán justo encima y se detendrán.
—Sí, he oído hablar de eso —dijo Joe—. Me pregunto qué hace que el pan haga eso.
—Oh, no es tanto por el pan —dijo Tom—; supongo que es sobre todo por lo que dicen sobre él antes de echarlo al agua.
—Pero no dicen nada sobre él —dijo Huck—. Los he visto y no lo hacen.
—Bueno, eso es raro —dijo Tom—. Pero quizá lo digan para sí mismos. Por supuesto que sí. Cualquiera podría saberlo.
Los otros chicos convinieron en que había razón en lo que decía Tom, porque de un ignorante trozo de pan, sin instrucción alguna mediante un encantamiento, no cabía esperar que actuara con mucha inteligencia al ser enviado a un cometido de tal gravedad.
—¡Por las barbas, ojalá estuviera allí ahora! —dijo Joe.
—Yo también —dijo Huck—. Daría un montón por saber quién es.
Los muchachos siguieron escuchando y mirando. De repente, un pensamiento revelador cruzó la mente de Tom y exclamó:
—¡Chicos, sé quién se ha ahogado, somos nosotros!
Se sintieron como héroes en un instante. Aquello era un triunfo magnífico; les echaban de menos; les lloraban; se estaban rompiendo corazones por su causa; se estaban vertiendo lágrimas; estaban surgiendo recuerdos acusadores de crueldad hacia estos pobres muchachos perdidos, y se entregaban a remordimientos y pesares inútiles; y lo mejor de todo, los difuntos eran la comidilla de todo el pueblo y la envidia de todos los chicos, en lo que a esta deslumbrante notoriedad se refiere. Esto estaba muy bien. Después de todo, valía la pena ser pirata.
Al caer el crepúsculo, el transbordador volvió a sus ocupaciones habituales y los esquifes desaparecieron. Los piratas regresaron al campamento. Estaban jubilosos de vanidad por su nueva grandeza y por el ilustre problema que estaban causando. Pescaron, prepararon la cena y la comieron, y luego se pusieron a adivinar qué estaría pensando y diciendo el pueblo sobre ellos; y los cuadros que dibujaban sobre la angustia pública por su causa eran gratificantes de contemplar, desde su punto de vista. Pero cuando las sombras de la noche los envolvieron, poco a poco dejaron de hablar y se quedaron mirando al fuego, con la mente evidentemente vagando por otros lugares. La emoción se había desvanecido, ahora, y Tom y Joe no podían contener los pensamientos sobre ciertas personas en casa que no estaban disfrutando de esta gran travesura tanto como ellos. Llegaron las dudas; se sintieron turbados e infelices; un suspiro o dos se escaparon sin darse cuenta. Poco después, Joe se aventuró tímidamente con un rodeo para tantear cómo verían los demás un regreso a la civilización, no ahora mismo, sino...
¡Tom lo fulminó con desprecio! Huck, al no haberse comprometido aún, se unió a Tom, y el indeciso se «explicó» rápidamente, alegrándose de salir del aprieto con tan poca mancha de cobarde nostalgia de hogar adherida a sus ropas como fuera posible. El motín quedó eficazmente sofocado por el momento.
A medida que la noche se hacía más profunda, Huck empezó a dar cabezadas y, al poco, a roncar. Joe le siguió después. Tom permaneció sobre su codo, inmóvil, durante un buen rato, observando a los dos atentamente. Por fin se levantó con cautela, sobre sus rodillas, y empezó a buscar entre la hierba y los parpadeantes reflejos que arrojaba la hoguera. Recogió e inspeccionó varios semicilindros grandes de la delgada corteza blanca de un sicomoro, y finalmente eligió dos que le parecieron adecuados. Luego se arrodilló junto al fuego y escribió penosamente algo en cada uno de ellos con su «lápiz rojo»; enrolló uno y se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta, y el otro lo puso en el sombrero de Joe y lo apartó a poca distancia de su dueño. Y también puso en el sombrero ciertos tesoros escolares de un valor inestimable: entre ellos un trozo de tiza, una pelota de goma, tres anzuelos y una de esas canicas conocidas como «cristal de verdad». Luego caminó de puntillas con cautela entre los árboles hasta que sintió que estaba fuera de alcance de oído y, de inmediato, echó a correr a toda prisa en dirección al banco de arena.
CAPÍTULO XV
Unos minutos más tarde, Tom estaba en las aguas someras del banco, caminando hacia la orilla de Illinois. Antes de que la profundidad le llegara a la cintura, ya estaba a mitad de camino; la corriente ya no permitía seguir andando, así que se lanzó con confianza a nadar los cien metros restantes. Nadó en diagonal contra la corriente, pero aun así fue arrastrado hacia abajo un poco más rápido de lo que esperaba. Sin embargo, llegó finalmente a la orilla y se dejó llevar hasta encontrar un lugar bajo, donde se sacó del agua. Se llevó la mano al bolsillo de la chaqueta, comprobó que su trozo de corteza estaba a salvo y luego se adentró en el bosque, siguiendo la ribera, con la ropa chorreando. Poco antes de las diez llegó a un claro frente a la aldea y vio el transbordador bajo la sombra de los árboles y la ribera alta. Todo estaba en calma bajo las estrellas parpadeantes. Se deslizó por la orilla, mirando con todos sus ojos, entró en el agua, nadó tres o cuatro brazadas y trepó al esquife que hacía las veces de bote auxiliar en la popa del barco. Se tumbó bajo los bancos y esperó, jadeando.
Al poco, la campana rajada sonó y una voz dio la orden de «soltar amarras». Un minuto o dos más tarde, la proa del esquife se alzaba contra el oleaje del barco y el viaje había comenzado. Tom se sintió feliz por su éxito, pues sabía que era el último viaje de la noche. Al cabo de unos largos doce o quince minutos, las ruedas se detuvieron y Tom se deslizó por la borda y nadó hacia la orilla en la penumbra, desembarcando cincuenta metros corriente abajo, fuera de peligro de posibles rezagados.
Corrió por callejones poco frecuentados y al poco se encontró en la cerca trasera de la casa de su tía. Saltó por encima, se acercó al anexo y miró por la ventana de la sala de estar, pues había una luz encendida. Allí estaban sentadas la tía Polly, Sid, Mary y la madre de Joe Harper, agrupadas, hablando. Estaban junto a la cama, y la cama estaba entre ellas y la puerta. Tom fue hasta la puerta y empezó a levantar suavemente el pestillo; luego presionó con cuidado y la puerta cedió una rendija; siguió empujando con cautela, temblando cada vez que crujía, hasta que juzgó que podía escurrirse de rodillas; así que metió la cabeza y comenzó, con cautela.
—¿Qué hace que la vela se mueva tanto? —dijo la tía Polly. Tom se apresuró. —Vaya, creo que esa puerta está abierta. Vaya, por supuesto que lo está. No tienen fin las cosas raras últimamente. Ve y ciérrala, Sid.
Tom desapareció bajo la cama justo a tiempo. Se quedó allí y «tomó aire» durante un rato, y luego se arrastró hasta donde casi podía tocar el pie de su tía.
—Pero como decía —dijo la tía Polly—, no era malo, por así decirlo, solo travieso. Solo un poco alocado y alborotador, ya sabes. No era más responsable que un potro. Nunca quiso hacer daño, y era el chico de mejor corazón que ha existido nunca —y empezó a llorar.
—Me pasaba lo mismo con mi Joe; siempre lleno de sus diabluras y metido en todo tipo de travesuras, pero era tan desinteresado y amable como podía ser, y Dios me bendiga, pensar que fui y le azoté por tomar esa nata, sin recordar ni una sola vez que la tiré yo misma porque estaba agria, y nunca volveré a verle en este mundo, nunca, nunca, nunca, ¡pobre chico maltratado! —y la señora Harper sollozaba como si se le fuera a romper el corazón.
—Espero que Tom esté mejor dondequiera que esté —dijo Sid—, pero si hubiera sido mejor en algunos aspectos...
—¡Sid! —Tom sintió la mirada de la vieja señora, aunque no podía verla—. ¡Ni una palabra contra mi Tom, ahora que se ha ido! Dios cuidará de él, ¡no te preocupes tú, señor! Oh, señora Harper, ¡no sé cómo renunciar a él! ¡No sé cómo renunciar a él! Era un consuelo para mí, aunque atormentaba mi viejo corazón casi hasta la muerte.
—El Señor dio y el Señor quitó; ¡Bendito sea el nombre del Señor! Pero es tan difícil... ¡Oh, es tan difícil! Solo el sábado pasado mi Joe hizo explotar un petardo justo debajo de mis narices y le tiré al suelo. Poco sabía yo entonces lo pronto que... Oh, si pudiera volver a hacerlo, le abrazaría y le bendeciría por ello.
—Sí, sí, sí, sé exactamente cómo se siente, señora Harper, sé exactamente cómo se siente. Sin ir más lejos, ayer al mediodía, mi Tom cogió y llenó al gato de analgésico, y pensé que la criatura iba a derribar la casa. Y que Dios me perdone, le abrí la cabeza a Tom con mi dedal, pobre chico, pobre chico muerto. Pero ya está fuera de todos sus problemas. Y las últimas palabras que le oí decir fueron para reprochar...
Pero este recuerdo fue demasiado para la anciana y se derrumbó por completo. Tom estaba sollozando ahora él mismo, y más por lástima de sí mismo que de cualquier otra persona. Podía oír a Mary llorando y diciendo una palabra amable por él de vez en cuando. Empezó a tener una opinión más noble de sí mismo que nunca. Aun así, estaba lo suficientemente conmovido por el dolor de su tía como para desear salir de debajo de la cama y abrumarla de alegría; y la teatralidad del asunto también apelaba fuertemente a su naturaleza, pero se resistió y se quedó quieto.
Siguió escuchando y dedujo por retazos que al principio se conjeturó que los chicos se habían ahogado mientras nadaban; luego, que se había echado en falta la pequeña balsa; después, ciertos chicos dijeron que los muchachos desaparecidos habían prometido que el pueblo «oiría algo» pronto; los entendidos «ataron cabos» y decidieron que los muchachos se habían ido en esa balsa y aparecerían en el siguiente pueblo corriente abajo, en cualquier momento; pero hacia el mediodía se había encontrado la balsa, encallada en la orilla de Misuri a unas cinco o seis millas de la aldea, y entonces la esperanza pereció; debían estar ahogados, de lo contrario el hambre los habría llevado a casa al caer la noche, si no antes. Se creía que la búsqueda de los cuerpos había sido un esfuerzo infructuoso simplemente porque el ahogamiento debía haber ocurrido en el centro del canal, ya que los muchachos, siendo buenos nadadores, habrían escapado de otro modo a la orilla. Era miércoles por la noche. Si los cuerpos seguían sin aparecer hasta el domingo, se perdería toda esperanza y los funerales se oficiarían esa mañana. Tom se estremeció.
La señora Harper se despidió sollozando y se dio la vuelta para irse. Entonces, con un impulso mutuo, las dos mujeres afligidas se arrojaron a los brazos de la otra y tuvieron un buen llanto consolador, y luego se separaron. La tía Polly fue tierna más allá de lo habitual en su despedida de Sid y Mary. Sid sollozó un poco y Mary se fue llorando con todo su corazón.
La tía Polly se arrodilló y rezó por Tom de forma tan conmovedora, tan suplicante y con tanto amor inconmensurable en sus palabras y en su vieja voz temblorosa, que él estaba inundado en lágrimas de nuevo mucho antes de que ella terminara.
Tuvo que quedarse quieto mucho tiempo después de que ella se fuera a dormir, pues ella no dejaba de lanzar exclamaciones con el corazón roto de vez en cuando, dando vueltas sin descanso. Pero al fin quedó quieta, solo gimiendo un poco en sueños. Entonces el chico salió a hurtadillas, se incorporó gradualmente junto a la cama, tapó la luz de la vela con la mano y se quedó contemplándola. Su corazón estaba lleno de compasión por ella. Sacó su pergamino de sicomoro y lo dejó junto a la vela. Pero algo se le ocurrió y se quedó pensativo. Su rostro se iluminó con una feliz solución a su pensamiento; guardó la corteza apresuradamente en su bolsillo. Luego se inclinó y besó los labios marchitos, y de inmediato hizo su sigilosa salida, echando el pestillo de la puerta tras de sí.
Se abrió camino de vuelta al embarcadero del transbordador, no encontró a nadie por allí y subió al barco con audacia, pues sabía que estaba desierto salvo por el vigilante, quien siempre se acostaba y dormía como una imagen de piedra. Desató el esquife de la popa, se deslizó en él y pronto estuvo remando con cautela corriente arriba. Cuando hubo remado una milla por encima del pueblo, empezó a cruzar en diagonal y se aplicó con firmeza a su trabajo. Llegó al embarcadero del otro lado con precisión, pues era una labor familiar para él. Se vio tentado a capturar el esquife, argumentando que podría considerarse un barco y, por tanto, una presa legítima para un pirata, pero sabía que se haría una búsqueda exhaustiva y que eso podría acabar en revelaciones. Así que desembarcó y entró en el bosque.
Se sentó y descansó un largo rato, torturándose mientras tanto para mantenerse despierto, y luego comenzó con cautela el camino de regreso a casa. La noche estaba muy avanzada. Había plena luz del día antes de encontrarse exactamente frente al banco de la isla. Descansó de nuevo hasta que el sol estuvo bien alto y dorando el gran río con su esplendor, y luego se sumergió en la corriente. Poco después hizo una pausa, chorreando, en el umbral del campamento y oyó decir a Joe:
—No, Tom es de los nuestros, Huck, y volverá. No desertará. Sabe que eso sería una deshonra para un pirata, y Tom es demasiado orgulloso para ese tipo de cosas. Está tramando algo. Me pregunto qué será.
—Bueno, las cosas son nuestras de todos modos, ¿no?
—Casi, pero aún no, Huck. El escrito dice que lo son si él no está de vuelta aquí para el desayuno.
—¡El cual lo está! —exclamó Tom, con gran efecto dramático, entrando majestuosamente en el campamento.
Se proporcionó pronto un suntuoso desayuno de beicon y pescado, y mientras los chicos se ponían a ello, Tom relató (y adornó) sus aventuras. Eran una compañía de héroes vanidosos y jactanciosos cuando el relato terminó. Luego Tom se escondió en un rincón sombreado para dormir hasta el mediodía, y los otros piratas se prepararon para pescar y explorar.
CAPÍTULO XVI
Después de comer, toda la banda salió a buscar huevos de tortuga en el banco. Iban clavando palos en la arena y, cuando encontraban un lugar blando, se arrodillaban y cavaban con las manos. A veces sacaban cincuenta o sesenta huevos de un solo agujero. Eran cosas blancas perfectamente redondas, un poco más pequeñas que una nuez inglesa. Aquella noche tuvieron un famoso festín de huevos fritos, y otro el viernes por la mañana.
Después del desayuno salieron gritando y retozando por el banco, y se persiguieron una y otra vez, despojándose de la ropa a medida que avanzaban, hasta que estuvieron desnudos, y luego continuaron la diversión lejos, río arriba, por las aguas poco profundas del banco, contra la fuerte corriente, que les hacía tropezar las piernas de vez en cuando y aumentaba enormemente la diversión. Y de vez en cuando se agachaban en grupo y se salpicaban agua en la cara con las palmas de las manos, acercándose poco a poco, con el rostro vuelto para evitar los chorros que les ahogaban, y finalmente agarrándose y forcejeando hasta que el más fuerte sumergía a su vecino, y entonces todos se iban al fondo en un enredo de piernas y brazos blancos para salir a la vez resoplando, escupiendo, riendo y jadeando por falta de aliento.
Cuando estaban bien agotados, salían corriendo y se desplomaban sobre la arena seca y caliente, se quedaban allí tumbados y se cubrían con ella, y al poco tiempo salían disparados de nuevo hacia el agua para repetir la actuación original una vez más. Finalmente se les ocurrió que su piel desnuda representaba bastante bien unas «mallas» color carne; así que dibujaron un círculo en la arena e hicieron un circo, con tres payasos en él, pues ninguno quería ceder este puesto de honor a su vecino.
Después sacaron sus canicas y jugaron a «nudillos» y a «tiro al blanco» y a «quedárselas» hasta que esa diversión se volvió aburrida. Entonces Joe y Huck se dieron otro baño, pero Tom no se atrevió, porque descubrió que al quitarse los pantalones había soltado su cadena de cascabeles de serpiente de cascabel del tobillo, y se preguntó cómo había evitado los calambres tanto tiempo sin la protección de este amuleto misterioso. No se aventuró de nuevo hasta haberlo encontrado, y para entonces los otros chicos estaban cansados y listos para descansar. Poco a poco se fueron separando, se dejaron caer en el abatimiento y se pusieron a mirar con nostalgia, al otro lado del ancho río, hacia donde la aldea yacía adormecida bajo el sol. Tom se encontró escribiendo «BECKY» en la arena con el dedo gordo del pie; lo borró y se enfadó consigo mismo por su debilidad. Pero lo escribió de nuevo, sin embargo; no pudo evitarlo. Lo borró una vez más y luego se alejó de la tentación reuniendo a los otros chicos y uniéndose a ellos.
Pero el ánimo de Joe se había hundido casi más allá de toda resurrección. Sentía tanta nostalgia que apenas podía soportar la miseria. Las lágrimas estaban muy cerca de la superficie. Huck también estaba melancólico. Tom estaba desanimado, pero se esforzaba mucho por no mostrarlo. Tenía un secreto que aún no estaba listo para contar, pero si esta depresión amotinada no se disipaba pronto, tendría que revelarlo. Dijo, con un gran despliegue de alegría:
—Apuesto a que ya ha habido piratas en esta isla antes, chicos. La exploraremos de nuevo. Han escondido tesoros aquí en alguna parte. ¿Cómo os sentiríais al dar con un cofre podrido lleno de oro y plata, eh?
Pero solo despertó un débil entusiasmo, que se desvaneció sin respuesta. Tom intentó una o dos seducciones más; pero también fracasaron. Era una labor desalentadora. Joe se sentó a remover la arena con un palo y con aspecto muy sombrío. Finalmente dijo:
—Oh, chicos, vamos a dejarlo. Quiero irme a casa. Es muy solitario.
—Oh, no, Joe, te sentirás mejor después —dijo Tom—. Solo piensa en la pesca que hay aquí.
—No me importa la pesca. Quiero irme a casa.
—Pero, Joe, no hay otro lugar para nadar igual en ninguna parte.
—Nadar no sirve de nada. No me importa, de alguna manera, cuando no hay nadie que me diga que no puedo entrar. Pienso irme a casa.
—¡Oh, vaya! ¡Bebé! Supongo que quieres ver a tu madre.
—Sí, quiero ver a mi madre, y tú también lo querrías si tuvieras una. No soy más bebé que tú. —Y Joe sollozó un poco.
—Bueno, dejaremos que el bebé llorón se vaya a casa con su madre, ¿verdad, Huck? Pobre cosa, ¿quiere ver a su madre? Y así será. A ti te gusta estar aquí, ¿verdad, Huck? Nos quedaremos, ¿verdad?
Huck dijo: «S-í»— sin convicción alguna.
—No volveré a hablarte mientras viva —dijo Joe, levantándose—. ¡Ahí tienes! —Y se alejó de mal humor y empezó a vestirse.
—¡A quién le importa! —dijo Tom—. Nadie quiere que lo hagas. Vete a casa y deja que se rían de ti. Oh, eres un buen pirata. Huck y yo no somos unos bebés llorones. Nos quedaremos, ¿verdad, Huck? Déjale que se vaya si quiere. Supongo que podemos arreglárnoslas sin él, tal vez.
Pero Tom estaba inquieto, sin embargo, y se alarmó al ver a Joe seguir vistiéndose con hosquedad. Y entonces fue desconcertante ver a Huck mirando los preparativos de Joe con tanta melancolía y manteniendo un silencio tan ominoso. De repente, sin una palabra de despedida, Joe empezó a caminar hacia la orilla de Illinois. El corazón de Tom empezó a encogerse. Miró a Huck. Huck no pudo soportar la mirada y bajó los ojos. Entonces dijo:
—Yo también quiero irme, Tom. De todos modos se estaba volviendo muy solitario, y ahora será peor. Vámonos nosotros también, Tom.
—¡No lo haré! Podéis iros todos si queréis. Yo pienso quedarme.
—Tom, será mejor que me vaya.
—Bueno, vete, ¿quién te lo impide?
Huck empezó a recoger su ropa desperdigada. Dijo:
«Tom, desearía que tú también vinieras. Piénsatelo bien. Te esperaremos cuando lleguemos a la orilla».
«Bueno, pues esperaréis un buen rato, eso es todo».
Huck se marchó con tristeza, y Tom se quedó mirándole, con un fuerte deseo tirando de su corazón para que cediera en su orgullo y se fuera con ellos. Esperaba que los muchachos se detuvieran, pero siguieron avanzando lentamente. De repente, a Tom se le ocurrió que aquello se había vuelto muy solitario y silencioso. Luchó una última vez contra su orgullo y salió disparado tras sus camaradas, gritando:
«¡Esperad! ¡Esperad! ¡Quiero deciros una cosa!»
Se detuvieron al momento y se dieron la vuelta. Cuando llegó hasta donde estaban, empezó a revelar su secreto, y ellos le escucharon con mal humor hasta que al fin comprendieron el «punto» al que quería llegar; entonces lanzaron un grito de guerra de aplausos y dijeron que era «espléndido» y que, si se lo hubiera contado al principio, no se habrían marchado. Él puso una excusa plausible; pero su verdadera razón había sido el temor a que ni siquiera el secreto les retuviera con él durante mucho tiempo, por lo que había querido reservarlo como una última seducción.
Los muchachos volvieron alegremente y se pusieron a sus juegos de nuevo con entusiasmo, charlando todo el tiempo sobre el estupendo plan de Tom y admirando su genio. Después de una delicada cena de huevo y pescado, Tom dijo que ahora quería aprender a fumar. Joe se agarró a la idea y dijo que a él también le gustaría probar. Así que Huck fabricó las pipas y las llenó. Estos novatos nunca habían fumado otra cosa que cigarros hechos de sarmientos de vid, que «picaban» la lengua y que, de todas formas, no se consideraban cosa de hombres.
Ahora se estiraron sobre los codos y empezaron a dar caladas, con cautela y escasa confianza. El humo tenía un sabor desagradable y les dieron algunas arcadas, pero Tom dijo:
«¡Vaya, es muy fácil! Si hubiera sabido que esto era todo, lo habría aprendido hace mucho tiempo».
«Yo también», dijo Joe. «No es nada».
«Vaya, muchas veces he mirado a la gente fumando y he pensado: "Ojalá pudiera hacer eso"; pero nunca pensé que pudiera», dijo Tom.
«Eso es exactamente lo que me pasa a mí, ¿verdad, Huck? Me has oído hablar justo así, ¿verdad, Huck? Se lo preguntaré a Huck si no es así».
«Sí, un montón de veces», dijo Huck.
«Bueno, yo también», dijo Tom; «oh, cientos de veces. Una vez junto al matadero. ¿No te acuerdas, Huck? Bob Tanner estaba allí, y Johnny Miller, y Jeff Thatcher, cuando lo dije. ¿No te acuerdas, Huck, de que lo dijera?»
«Sí, es verdad», dijo Huck. «Fue el día después de que perdiera una canica blanca. No, fue el día antes».
«Ahí está, te lo dije», dijo Tom. «Huck lo recuerda».
«Creo que podría fumar esta pipa todo el día», dijo Joe. «No me siento mareado».
«Yo tampoco», dijo Tom. «Podría fumarla todo el día. Pero apuesto a que Jeff Thatcher no podría».
«¡Jeff Thatcher! Vaya, se desplomaría solo con dos caladas. Deja que lo pruebe una vez. ¡Ya vería!»
«Apuesto a que sí. Y Johnny Miller... ojalá pudiera ver a Johnny Miller intentarlo una vez».
«¡Oh, y yo!», dijo Joe. «Vaya, apuesto a que Johnny Miller no podría hacer esto ni de broma. Solo una pequeña calada lo dejaría listo».
«Desde luego que sí, Joe. Oye, ojalá los chicos pudieran vernos ahora».
«Yo también».
«Oye, chicos, no digáis nada al respecto, y algún día, cuando estén cerca, me acercaré a vosotros y diré: "Joe, ¿tienes una pipa? Quiero fumar". Y tú dirás, así como despreocupado, como si no fuera nada, dirás: "Sí, tengo mi pipa vieja y otra, pero mi tabaco no es muy bueno". Y yo diré: "Oh, eso no importa, si es lo bastante fuerte". Y entonces sacaréis las pipas, y encenderemos tan tranquilos, ¡y veréis sus caras!»
«¡Por todos los cielos, eso será genial, Tom! ¡Ojalá fuera ahora!»
«¡Yo también! Y cuando les digamos que aprendimos cuando estuvimos de piratas, ¿no desearán haber venido?»
«¡Oh, supongo que no! ¡Apuesto a que sí!»
Así siguió la charla. Pero pronto empezó a decaer un poco y a volverse inconexa. Los silencios se hicieron más largos; la expectoración aumentó de forma maravillosa. Cada poro del interior de las mejillas de los chicos se convirtió en una fuente que brotaba; apenas podían achicar los sótanos bajo sus lenguas lo bastante rápido para evitar una inundación; pequeños desbordamientos bajaban por sus gargantas a pesar de todo lo que hacían, y cada vez les seguían arcadas repentinas. Ambos muchachos tenían ahora un aspecto muy pálido y miserable. La pipa de Joe se cayó de sus dedos sin fuerza. La de Tom hizo lo mismo. Ambas fuentes funcionaban furiosamente y ambas bombas achicaban con todas sus fuerzas. Joe dijo débilmente:
«He perdido mi navaja. Creo que será mejor que vaya a buscarla».
Tom dijo, con labios temblorosos y voz entrecortada:
«Te ayudaré. Tú ve por aquel lado y yo buscaré cerca del manantial. No, no hace falta que vengas, Huck; nosotros podemos encontrarla».
Así que Huck se sentó de nuevo y esperó una hora. Luego se sintió solo y fue a buscar a sus camaradas. Estaban muy separados en el bosque, ambos muy pálidos, ambos profundamente dormidos. Pero algo le indicó que, si habían tenido algún problema, se habían librado de él.
No fueron muy habladores en la cena de aquella noche. Tenían un aspecto humilde y, cuando Huck preparó su pipa después de la comida y se disponía a preparar las suyas, dijeron que no, que no se sentían muy bien: algo que comieron en la cena les había sentado mal.
Alrededor de medianoche, Joe se despertó y llamó a los chicos. Había una opresión latente en el aire que parecía presagiar algo. Los chicos se acurrucaron juntos y buscaron la amistosa compañía del fuego, aunque el calor sordo y muerto de la atmósfera sin aliento era sofocante. Se sentaron quietos, atentos y a la espera. El solemne silencio continuó. Más allá de la luz del fuego, todo estaba envuelto en la negrura de las tinieblas. De repente, surgió un resplandor trémulo que reveló vagamente el follaje por un momento y luego desapareció. Poco después vino otro, un poco más fuerte. Luego otro. Entonces un leve gemido llegó suspirando a través de las ramas del bosque y los chicos sintieron un aliento fugaz en sus mejillas, y se estremecieron ante la fantasía de que el Espíritu de la Noche había pasado de largo. Hubo una pausa. Ahora un destello extraño convirtió la noche en día y mostró cada brizna de hierba, separada y distinta, que crecía alrededor de sus pies. Y mostró también tres caras blancas y sobresaltadas. Un profundo trueno rodó y se desplomó por los cielos y se perdió en distantes y hoscos retumbos. Una ráfaga de aire frío pasó rozando, haciendo crujir todas las hojas y esparciendo las cenizas escamosas por todo el fuego. Otro resplandor feroz iluminó el bosque y siguió un estallido instantáneo que pareció desgarrar las copas de los árboles justo sobre las cabezas de los muchachos. Se aferraron el uno al otro aterrorizados, en la espesa penumbra que siguió. Unas cuantas gotas de lluvia grandes cayeron repiqueteando sobre las hojas.
«¡Rápido, chicos, id a por la tienda!», exclamó Tom.
Salieron disparados, tropezando con raíces y entre enredaderas en la oscuridad, sin que ninguno se lanzara en la misma dirección. Una ráfaga furiosa rugió a través de los árboles, haciendo que todo cantara a su paso. Un destello cegador tras otro se sucedía, y trueno tras trueno de ensordecedor estruendo. Y ahora una lluvia torrencial caía y el huracán creciente la arrastraba en láminas a lo largo del suelo. Los chicos se gritaban unos a otros, pero el viento rugiente y los estallidos del trueno ahogaban sus voces por completo. Sin embargo, uno a uno llegaron por fin y se refugiaron bajo la tienda, fríos, asustados y chorreando agua; pero tener compañía en la desgracia parecía algo de lo que estar agradecido. No podían hablar, la vieja vela ondeaba tan furiosamente, incluso si los otros ruidos se lo hubieran permitido. La tempestad subía más y más, y de repente la vela se soltó de sus amarres y salió volando con la ráfaga. Los muchachos se agarraron de las manos y huyeron, con muchas caídas y magulladuras, al refugio de un gran roble que se alzaba en la orilla del río. Ahora la batalla estaba en su punto más álgido. Bajo la incesante conflagración de rayos que llameaban en los cielos, todo lo de abajo destacaba con nitidez clara y sin sombras: los árboles inclinados, el río ondulante, blanco de espuma, la lluvia que arrastraba copos de espuma, los perfiles tenues de los altos riscos al otro lado, vislumbrados a través de las nubes a la deriva y el velo oblicuo de la lluvia. Cada poco tiempo algún árbol gigante cedía en la lucha y caía estrellándose a través del crecimiento más joven; y los incesantes truenos venían ahora en explosivos estallidos ensordecedores, agudos y penetrantes, e indescriptiblemente espantosos. La tormenta culminó en un esfuerzo inigualable que parecía capaz de hacer pedazos la isla, quemarla, ahogarla hasta las copas de los árboles, llevársela volando y ensordecer a cada criatura en ella, todo al mismo tiempo. Era una noche salvaje para estar fuera para unas jóvenes cabezas sin hogar.
Pero al fin la batalla terminó, y las fuerzas se retiraron con amenazas y gruñidos cada vez más débiles, y la paz reanudó su dominio. Los muchachos volvieron al campamento, bastante intimidados; pero descubrieron que todavía había algo por lo que estar agradecidos, porque el gran sicómoro, el refugio de sus camas, era ahora una ruina, fulminado por los rayos, y ellos no estaban bajo él cuando ocurrió la catástrofe.
Todo en el campamento estaba empapado, también la hoguera; pues no eran más que unos muchachos descuidados, como los de su generación, y no habían tomado ninguna precaución contra la lluvia. Aquí había motivo para el desaliento, pues estaban empapados hasta los huesos y helados. Fueron elocuentes en su angustia; pero pronto descubrieron que el fuego se había comido tanto terreno bajo el gran tronco contra el que se había construido (donde se curvaba hacia arriba y se separaba del suelo) que un palmo o así se había salvado de mojarse; así que trabajaron pacientemente hasta que, con jirones y corteza reunidos de la parte inferior de troncos resguardados, lograron que el fuego volviera a arder. Luego apilaron grandes ramas secas hasta tener un horno rugiente, y volvieron a sentirse alegres. Secaron su jamón cocido y se dieron un festín, y después de eso se sentaron junto al fuego y expandieron y glorificaron su aventura de medianoche hasta la mañana, pues no había un lugar seco donde dormir por ninguna parte.
Cuando el sol empezó a irrumpir sobre los chicos, les entró sueño y salieron al banco de arena y se tumbaron a dormir. Al poco tiempo el calor los obligó a levantarse y se pusieron tristemente a preparar el desayuno. Después de comer se sintieron oxidados, con las articulaciones rígidas y de nuevo un poco nostálgicos. Tom vio las señales y se puso a animar a los piratas lo mejor que pudo. Pero no les importaban las canicas, ni el circo, ni nadar, ni nada. Les recordó el imponente secreto y les dio un rayo de alegría. Mientras duró, los interesó en un nuevo plan. Consistía en dejar de ser piratas por un tiempo y ser indios para variar. La idea les atrajo; así que no pasó mucho tiempo antes de que estuvieran desnudados y rayados de pies a cabeza con barro negro, como tantas cebras —todos ellos jefes, por supuesto— y luego salieron corriendo a través del bosque para atacar un asentamiento inglés.
Poco después se separaron en tres tribus hostiles y se lanzaron unos contra otros desde una emboscada con terribles gritos de guerra, y se mataron y escalparon unos a otros por miles. Fue un día sangriento. Por consiguiente, fue un día extremadamente satisfactorio.
Se reunieron en el campamento cerca de la hora de cenar, hambrientos y felices; pero ahora surgía una dificultad: los indios hostiles no podían compartir el pan de la hospitalidad sin antes hacer las paces, y esto era una imposibilidad absoluta sin fumar la pipa de la paz. No había otro proceso del que hubieran oído hablar. Dos de los salvajes casi desearon haber seguido siendo piratas. Sin embargo, no había otro camino; así que, con todo el aire de alegría que pudieron reunir, pidieron la pipa y dieron su calada mientras pasaba, según la forma debida.
Y he aquí que se alegraron de haberse metido en el salvajismo, pues habían ganado algo; descubrieron que ahora podían fumar un poco sin tener que ir a buscar una navaja perdida; no se pusieron lo bastante enfermos como para sentirse realmente mal. No era probable que desperdiciaran esta gran promesa por falta de esfuerzo. No, practicaron con cautela, después de la cena, con bastante éxito, y así pasaron una velada jubilosa. Estaban más orgullosos y felices con su nueva adquisición de lo que habrían estado con el escalpamiento y desollamiento de las Seis Naciones. Les dejaremos fumar, charlar y presumir, ya que no tenemos más uso para ellos por el momento.
CAPÍTULO XVII
Pero no hubo hilaridad en el pequeño pueblo aquella misma tranquila tarde de sábado. Los Harper y la familia de la tía Polly estaban siendo vestidos de luto, con gran dolor y muchas lágrimas. Una quietud inusual poseía la aldea, aunque normalmente era bastante tranquila, a decir verdad. Los aldeanos realizaban sus asuntos con aire ausente y hablaban poco; pero suspiraban a menudo. El festivo sábado parecía una carga para los niños. No tenían ganas de jugar y poco a poco lo dejaron.
Por la tarde, Becky Thatcher se encontró deambulando por el patio desierto de la escuela, sintiéndose muy melancólica. Pero no encontró allí nada que la consolara. Monologó:
«¡Oh, si tuviera otra vez el pomo de latón del atizador! Pero ahora no tengo nada para recordarle». Y ahogó un pequeño sollozo.
De repente se detuvo y se dijo:
«Fue justo aquí. Oh, si pudiera volver a hacerse, no diría eso... no lo diría por nada del mundo. Pero ya se ha ido; nunca, nunca, nunca volveré a verle».
Este pensamiento la derrumbó, y se marchó con lágrimas rodando por sus mejillas. Entonces pasó un grupo de niños y niñas —compañeros de juego de Tom y Joe— y se quedó mirando por encima de la valla, hablando en tonos reverentes de cómo Tom hizo esto o aquello la última vez que le vieron, y cómo Joe dijo esto y aquel pequeño detalle (¡preñado de terrible profecía, como podían ver fácilmente ahora!) —y cada orador señalaba el lugar exacto donde estaban los chicos perdidos en aquel momento, y luego añadía algo como «y yo estaba de pie justo así... justo como estoy ahora, y como si tú fueras él... yo estaba así de cerca... y él sonrió, justo de esta manera... y entonces algo pareció recorrer todo mi cuerpo, como... terrible, ¿sabes?... y por supuesto nunca pensé lo que significaba, ¡pero ahora puedo verlo!»
Luego hubo una disputa sobre quién vio a los chicos muertos vivos por última vez, y muchos reclamaron esa lúgubre distinción, y ofrecieron pruebas, más o menos manipuladas por el testigo; y cuando finalmente se decidió quién vio a los difuntos por última vez e intercambió las últimas palabras con ellos, las partes afortunadas se atribuyeron una especie de importancia sagrada, y fueron observadas con asombro y envidiadas por todos los demás. Un pobre muchacho, que no tenía otra grandeza que ofrecer, dijo con un orgullo bastante manifiesto en el recuerdo:
«Bueno, Tom Sawyer me dio una paliza una vez».
Pero esa puja por la gloria fue un fracaso. La mayoría de los chicos podía decir eso, por lo que eso restó demasiada importancia a la distinción. El grupo se alejó lentamente, recordando todavía los recuerdos de los héroes perdidos con voces llenas de asombro.
Cuando terminó la hora de la escuela dominical, a la mañana siguiente, la campana empezó a doblar, en lugar de sonar de la forma habitual. Era un sábado muy quieto, y el sonido lúgubre parecía acorde con el silencio meditativo que se posaba sobre la naturaleza. Los aldeanos empezaron a reunirse, demorándose un momento en el vestíbulo para conversar en susurros sobre el triste suceso. Pero no hubo susurros en la casa; solo el fúnebre crujido de los vestidos mientras las mujeres se reunían en sus asientos perturbaba el silencio allí. Nadie recordaba que la pequeña iglesia hubiera estado tan llena antes. Finalmente hubo una pausa de espera, una mudez expectante, y entonces entró la tía Polly, seguida por Sid y Mary, y detrás de ellos la familia Harper, todos de riguroso luto, y toda la congregación, el viejo ministro también, se levantó reverentemente y permaneció de pie hasta que los dolientes se sentaron en el banco delantero. Hubo otro silencio de comunión, roto a intervalos por sollozos ahogados, y entonces el ministro extendió las manos y rezó. Se cantó un himno conmovedor y siguió el texto: «Yo soy la Resurrección y la Vida».
A medida que avanzaba el servicio, el clérigo trazó tales cuadros de las gracias, las formas atrayentes y la rara promesa de los chicos perdidos que cada alma allí, pensando que reconocía estos cuadros, sintió una punzada al recordar que se había cegado persistentemente ante ellos siempre antes, y había visto con la misma persistencia solo faltas y defectos en los pobres chicos. El ministro relató también muchos incidentes conmovedores de las vidas de los difuntos, que ilustraban sus dulces y generosas naturalezas, y la gente podía ver fácilmente, ahora, cuán nobles y hermosos fueron aquellos episodios, y recordaba con dolor que, en el momento en que ocurrieron, habían parecido crudas canalladas, bien merecedoras del látigo. La congregación se conmovió cada vez más a medida que continuaba el patético relato, hasta que por fin toda la compañía se derrumbó y se unió a los dolientes en un coro de sollozos angustiados, cediendo el propio predicador a sus sentimientos y llorando en el púlpito.
Hubo un crujido en la galería, que nadie notó; un momento después la puerta de la iglesia chirrió; el ministro levantó sus ojos arrasados en lágrimas por encima de su pañuelo, ¡y se quedó paralizado! ¡Primero un par de ojos y luego otro siguieron a los del ministro, y entonces, casi con un solo impulso, la congregación se levantó y miró mientras los tres chicos muertos venían marchando por el pasillo, Tom a la cabeza, Joe detrás, y Huck, una ruina de harapos caídos, escabulléndose tímidamente por detrás! ¡Habían estado escondidos en la galería sin usar escuchando su propio sermón de funeral!
La tía Polly, Mary y los Harper se lanzaron sobre sus rescatados, los ahogaron a besos y derramaron acciones de gracias, mientras el pobre Huck permanecía avergonzado e incómodo, sin saber exactamente qué hacer ni dónde esconderse de tantos ojos que no daban la bienvenida. Vaciló y empezó a escabullirse, pero Tom lo agarró y dijo:
«Tía Polly, no es justo. Alguien tiene que alegrarse de ver a Huck».
«Y así será. ¡Me alegro de verlo, pobre criatura sin madre!» Y las amorosas atenciones que la tía Polly le prodigó fueron la única cosa capaz de hacerlo sentir más incómodo de lo que ya estaba.
De repente el ministro gritó a voz en cuello: «¡Alabad a Dios de quien fluyen todas las bendiciones; cantad! ¡Y poned vuestro corazón en ello!»
Y lo hicieron. El Old Hundred se alzó con un estallido triunfal, y mientras sacudía las vigas, Tom Sawyer el Pirata miró a su alrededor a los juveniles envidiosos que le rodeaban y confesó en su corazón que aquel era el momento más orgulloso de su vida.
Mientras la «engañada» congregación salía, decían que casi estarían dispuestos a ser puestos en ridículo de nuevo para oír cantar el Old Hundred así una vez más.
Tom recibió más cachetes y besos aquel día —según los cambiantes estados de ánimo de la tía Polly— de los que había ganado antes en un año; y apenas sabía cuál expresaba más agradecimiento a Dios y afecto por sí mismo.
CAPÍTULO XVIII
Aquel fue el gran secreto de Tom: el plan para volver a casa con sus hermanos piratas y asistir a sus propios funerales. Habían remado hasta la orilla de Misuri sobre un tronco, al atardecer del sábado, desembarcando cinco o seis millas por debajo del pueblo; habían dormido en el bosque al borde de la ciudad hasta casi el amanecer, y luego se habían arrastrado por caminos traseros y callejones y terminado de dormir en la galería de la iglesia entre un caos de bancos averiados.
En el desayuno, el lunes por la mañana, la tía Polly y Mary fueron muy cariñosas con Tom y muy atentas a sus necesidades. Hubo una cantidad inusual de charla. En el transcurso de la misma, la tía Polly dijo:
—Bueno, no digo que no fuera una buena broma, Tom, mantener a todo el mundo sufriendo casi una semana para que ustedes, los muchachos, se divirtieran, pero es una lástima que pudieras ser tan insensible como para dejarme sufrir así. Si pudiste venir en un tronco para asistir a tu propio funeral, podrías haber venido a darme alguna pista de que no estabas muerto, sino que te habías escapado.
—Sí, podrías haber hecho eso, Tom —dijo Mary—; y creo que lo habrías hecho si se te hubiera ocurrido.
—¿Lo habrías hecho, Tom? —dijo la tía Polly, con el rostro iluminándose con añoranza—. Dime, ahora, ¿lo habrías hecho si se te hubiera ocurrido?
—Yo... bueno, no lo sé. Habría estropeado todo.
—Tom, esperaba que me quisieras tanto —dijo la tía Polly, con un tono apenado que incomodó al muchacho—. Habría significado algo que te hubieras preocupado lo suficiente como para pensarlo, aunque no lo hubieras hecho.
—Ahora, tía, eso no tiene nada de malo —suplicó Mary—; es solo la forma alocada de Tom; siempre tiene tanta prisa que nunca piensa en nada.
—Tanto peor. Sid lo habría pensado. Y Sid habría venido y lo habría hecho, también. Tom, algún día mirarás atrás, cuando sea demasiado tarde, y desearás haberte preocupado un poco más por mí cuando te habría costado tan poco.
—Ahora, tía, sabes que sí me preocupo por ti —dijo Tom.
—Lo sabría mejor si actuaras más como si fuera así.
—Ojalá se me hubiera ocurrido —dijo Tom, con tono arrepentido—; pero, de todos modos, soñé contigo. Eso es algo, ¿no?
—No es mucho —un gato hace tanto—, pero es mejor que nada. ¿Qué soñaste?
—Bueno, el miércoles por la noche soñé que estabas sentada ahí junto a la cama, y que Sid estaba sentado junto al cajón de la leña, y Mary a su lado.
—Bueno, así fue. Así es como siempre estamos. Me alegra que tus sueños pudieran tomarse al menos esa molestia por nosotros.
—Y soñé que la madre de Joe Harper estaba aquí.
—¡Pues sí que estaba aquí! ¿Soñaste algo más?
—Oh, muchas cosas. Pero ahora está todo tan borroso.
—Bueno, trata de recordar... ¿no puedes?
—De algún modo me parece que el viento... el viento soplaba el... el...
—¡Esfuérzate más, Tom! El viento sopló algo. ¡Vamos!
Tom presionó sus dedos contra su frente durante un minuto ansioso, y luego dijo:
—¡Ya lo tengo! ¡Ya lo tengo! ¡Sopló la vela!
—¡Dios nos asista! ¡Sigue, Tom, sigue!
—Y me parece que dijiste: «Bueno, creo que esa puerta...»
—¡Sigue, Tom!
—Déjame pensar un momento... solo un momento. Oh, sí... dijiste que creías que la puerta estaba abierta.
—¡Por lo que más quiero, que así fue! ¿Verdad que sí, Mary? ¡Sigue!
—Y entonces... y entonces... bueno, no estaré seguro, pero parece como si hubieras hecho que Sid fuera y... y...
—¿Bueno? ¿Bueno? ¿Qué me hiciste hacer, Tom? ¿Qué me hiciste hacer?
—Me hiciste... tú... Oh, me hiciste cerrarla.
—¡Bueno, por el amor de Dios! ¡Nunca había oído nada igual en todos mis días! No me digan que los sueños no significan nada. Sereny Harper se enterará de esto antes de que pase una hora. Me gustaría ver cómo sale de esta con sus tonterías sobre supersticiones. ¡Sigue, Tom!
—Oh, ahora todo se está volviendo tan claro como el día. Después dijiste que yo no era malo, solo travieso y alocado, y que no era más responsable que... que... creo que fue un potro, o algo así.
—¡Y así fue! ¡Bueno, cielos santos! ¡Sigue, Tom!
—Y entonces empezaste a llorar.
—Así lo hice. Así lo hice. Y no fue la primera vez, tampoco. Y entonces...
—Entonces la señora Harper empezó a llorar y dijo que Joe era igual, y que deseaba no haberlo azotado por tomar crema cuando ella misma la había tirado...
—¡Tom! ¡El espíritu estaba sobre ti! ¡Estabas profetizando, eso es lo que hacías! ¡Por vida mía, sigue, Tom!
—Entonces Sid dijo... dijo...
—No creo que dijera nada —dijo Sid.
—Sí que lo hiciste, Sid —dijo Mary.
—¡Cállense la boca y dejen que Tom siga! ¿Qué dijo, Tom?
—Dijo... creo que dijo que esperaba que yo estuviera mejor dondequiera que hubiera ido, pero que si hubiera sido mejor a veces...
—¡Ahí lo tienen, oyeron eso! ¡Fueron sus propias palabras!
—Y tú lo callaste en seco.
—¡Apuesto a que sí! Debió haber un ángel allí. ¡Había un ángel allí, en alguna parte!
—Y la señora Harper contó lo de Joe asustándola con un petardo, y tú contaste lo de Peter y el analgésico...
—¡Tan cierto como que vivo!
—Y luego hubo un montón de charla sobre rastrear el río para buscarnos, y sobre tener el funeral el domingo, y luego tú y la vieja señorita Harper se abrazaron y lloraron, y ella se fue.
—¡Pasó exactamente así! ¡Pasó exactamente así, tan cierto como que estoy sentada en este mismo lugar. Tom, ¡no lo habrías podido contar mejor ni aunque lo hubieras visto! ¿Y luego qué? ¡Sigue, Tom!
—Entonces pensé que rezabas por mí... y podía verte y oír cada palabra que decías. Y te fuiste a la cama, y sentí tanta pena que tomé y escribí en un trozo de corteza de sicomoro: «No estamos muertos, solo nos hemos ido a ser piratas», y lo puse en la mesa junto a la vela; y luego te veías tan bien, acostada ahí dormida, que pensé que me acerqué y te besé en los labios.
—¿Lo hiciste, Tom, lo hiciste? ¡Te perdono todo solo por eso! —Y agarró al muchacho en un abrazo aplastante que lo hizo sentirse como el más culpable de los villanos.
—Fue muy amable, aunque solo fuera un... sueño —soliloquió Sid apenas audiblemente.
—¡Cállate, Sid! Una persona hace lo mismo en un sueño que lo que haría si estuviera despierto. Aquí tienes una manzana Milum grande que he estado guardando para ti, Tom, por si alguna vez te encontraban de nuevo; ahora vete a la escuela. Estoy agradecida al buen Dios y Padre de todos nosotros por haberte recuperado, Él que es paciente y misericordioso con quienes creen en Él y guardan Su palabra, aunque el cielo sabe que no soy digna de ello, pero si solo los dignos recibieran Sus bendiciones y tuvieran Su mano para ayudarlos en los tramos difíciles, pocos sonreirían aquí o entrarían en Su descanso cuando llega la larga noche. Vayan Sid, Mary, Tom, váyanse ya; me han entretenido demasiado tiempo.
Los niños se fueron a la escuela, y la anciana a visitar a la señora Harper para vencer su realismo con el maravilloso sueño de Tom. Sid tuvo mejor criterio que expresar el pensamiento que tenía en mente al salir de la casa. Fue este: «Bastante flojo... ¡un sueño tan largo como ese, sin cometer ningún error!»
¡Qué héroe se había vuelto Tom ahora! No iba saltando y retozando, sino que se movía con un contoneo digno, como correspondía a un pirata que sentía que el ojo público estaba puesto en él. Y de hecho lo estaba; intentó no parecer ver las miradas ni oír los comentarios mientras pasaba, pero eran pan y agua para él. Muchachos más pequeños que él se agolpaban a sus talones, tan orgullosos de ser vistos con él, y tolerados por él, como si hubiera sido el tamborilero a la cabeza de una procesión o el elefante que guía a una colección de animales hacia la ciudad. Los muchachos de su tamaño fingían no saber que había estado fuera en absoluto; pero, sin embargo, se consumían de envidia. Habrían dado cualquier cosa por tener esa piel oscura y bronceada, y su brillante notoriedad; y Tom no habría cambiado ninguna de las dos cosas por un circo.
En la escuela, los niños le dieron tanta importancia a él y a Joe, y expresaron una admiración tan elocuente con sus ojos, que los dos héroes no tardaron en volverse insoportablemente presumidos. Empezaron a contar sus aventuras a oyentes hambrientos, pero solo empezaron; no era algo que probablemente tuviera fin, con imaginaciones como las suyas para proporcionar material. Y finalmente, cuando sacaron sus pipas y empezaron a fumar serenamente, se alcanzó la mismísima cima de la gloria.
Tom decidió que ahora podía ser independiente de Becky Thatcher. La gloria era suficiente. Viviría para la gloria. Ahora que era un personaje distinguido, tal vez ella querría «hacer las paces». Bien, que lo intente; vería que él podía ser tan indiferente como cualquier otra persona. Poco después, ella llegó. Tom fingió no verla. Se alejó, se unió a un grupo de chicos y chicas y empezó a hablar. Pronto observó que ella iba y venía alegremente con el rostro encendido y los ojos brillantes, fingiendo estar ocupada persiguiendo a sus compañeros de escuela, y gritando de risa cuando lograba una captura; pero notó que siempre hacía sus capturas en sus cercanías, y que parecía lanzar una mirada consciente en su dirección en esos momentos también. Eso gratificó toda la vanidad viciosa que había en él; y así, en lugar de ganárselo, solo lo hizo más engreído y lo volvió más diligente para evitar traicionar que sabía que ella estaba cerca. Poco después, ella dejó de retozar y se movió con indecisión, suspirando una o dos veces y mirando furtiva y anhelantemente hacia Tom. Entonces observó que ahora Tom estaba hablando más particularmente con Amy Lawrence que con nadie más. Sintió una punzada aguda y se sintió perturbada e inquieta de inmediato. Intentó alejarse, pero sus pies fueron traicioneros y la llevaron al grupo en su lugar. Le dijo a una chica casi al codo de Tom, con fingida vivacidad:
—¡Vaya, Mary Austin! Niña mala, ¿por qué no viniste a la escuela dominical?
—Sí que vine, ¿no me viste?
—¡Vaya, no! ¿En serio? ¿Dónde te sentaste?
—Estaba en la clase de la señorita Peters, donde siempre voy. Te vi.
—¿En serio? Vaya, es curioso que no te viera. Quería contarte lo del picnic.
—Oh, eso es genial. ¿Quién lo va a organizar?
—Mi mamá va a dejar que organice uno.
—Oh, qué bien; espero que me deje ir.
—Bueno, lo hará. El picnic es para mí. Dejará ir a quien yo quiera, y te quiero a ti.
—Eso es genial. ¿Cuándo va a ser?
—Más adelante. Tal vez cerca de las vacaciones.
—Oh, ¡qué divertido será! ¿Vas a llevar a todas las chicas y chicos?
—Sí, a todos los que son mis amigos, o quieren serlo; y lanzó una mirada, aunque muy furtiva, a Tom, pero él seguía hablando directamente con Amy Lawrence sobre la terrible tormenta en la isla, y cómo el rayo destrozó el gran sicomoro «hasta convertirlo en astillas» mientras él estaba «a menos de un metro de distancia».
—Oh, ¿puedo ir? —dijo Grace Miller.
—Sí.
—¿Y yo? —dijo Sally Rogers.
—Sí.
—¿Y yo también? —dijo Susy Harper—. ¿Y Joe?
—Sí.
Y así sucesivamente, con aplausos de manos alegres hasta que todo el grupo había rogado por invitaciones, excepto Tom y Amy. Entonces Tom se alejó con frialdad, aún hablando, y se llevó a Amy con él. Los labios de Becky temblaron y las lágrimas llegaron a sus ojos; ocultó estas señales con una alegría forzada y siguió charlando, pero la vida se había ido del picnic, ahora, y de todo lo demás; se alejó tan pronto como pudo, se escondió y tuvo lo que su sexo llama «un buen llanto». Luego se sentó de mal humor, con el orgullo herido, hasta que sonó la campana. Se levantó, entonces, con una mirada vengativa en sus ojos, sacudió sus trenzas y dijo que sabía lo que iba a hacer.
En el recreo, Tom continuó su flirteo con Amy con jubilosa autosatisfacción. Y seguía rondando para encontrar a Becky y lacerarla con su actuación. Al fin la divisó, pero hubo una caída repentina de su temperatura. Ella estaba sentada cómodamente en un pequeño banco detrás de la escuela mirando un libro de imágenes con Alfred Temple, y estaban tan absortos, y sus cabezas tan juntas sobre el libro, que no parecían ser conscientes de nada en el mundo además. Los celos corrieron al rojo vivo por las venas de Tom. Empezó a odiarse a sí mismo por desperdiciar la oportunidad que Becky le había ofrecido para una reconciliación. Se llamó a sí mismo tonto, y todos los insultos que pudo imaginar. Quería llorar de rabia. Amy charlaba felizmente mientras caminaban, pues su corazón cantaba, pero la lengua de Tom había perdido su función. No escuchaba lo que decía Amy y, cada vez que ella hacía una pausa expectante, él solo podía balbucear un asentimiento torpe, que a menudo estaba tan fuera de lugar como cualquier otra cosa. Seguía acercándose a la parte trasera de la escuela, una y otra vez, para quemar sus ojos con el odioso espectáculo allí. No podía evitarlo. Y le enfurecía ver, como creía ver, que Becky Thatcher nunca sospechó siquiera que él estuviera en la faz de la tierra. Pero ella sí lo veía, sin embargo; y sabía que estaba ganando su lucha, también, y se alegraba de verlo sufrir como ella había sufrido.
La alegre charla de Amy se volvió intolerable. Tom insinuó cosas que tenía que atender; cosas que debían hacerse; y el tiempo volaba. Pero en vano; la chica seguía gorjeando. Tom pensó: «Oh, al diablo con ella, ¿nunca me voy a deshacer de ella?». Al fin tenía que atender esas cosas, y ella dijo con ingenuidad que estaría «por aquí» cuando terminaran las clases. Y él se apresuró a marcharse, odiándola por ello.
«¡Cualquier otro chico!», pensó Tom, rechinando los dientes. «¡Cualquier chico de todo el pueblo menos ese engreído de Saint Louis que se cree que viste tan bien y es la aristocracia! Oh, está bien, te di una paliza el primer día que viste este pueblo, señor, ¡y te la volveré a dar! ¡Solo espera a que te atrape fuera! Solo tomaré y...»
Y realizó los movimientos de azotar a un chico imaginario: golpeando el aire, pateando y dando puñetazos. «Oh, ¿así que sí, eh? ¿Pides clemencia, eh? ¡Ahora, que eso te sirva de lección!». Y así, la flagelación imaginaria terminó para su satisfacción.
Tom corrió a casa al mediodía. Su conciencia no podía soportar más la felicidad agradecida de Amy, y sus celos no podían soportar más la angustia de la otra. Becky reanudó sus inspecciones de imágenes con Alfred, pero a medida que los minutos pasaban y no venía ningún Tom a sufrir, su triunfo comenzó a nublarse y perdió interés; la gravedad y la distracción siguieron, y luego la melancolía; dos o tres veces aguzó el oído ante un paso, pero fue una falsa esperanza; ningún Tom vino. Por fin se sintió completamente miserable y deseó no haber llevado las cosas tan lejos. Cuando el pobre Alfred, viendo que la estaba perdiendo, no sabía cómo, siguió exclamando: «¡Oh, aquí hay una divertida! ¡mira esta!», ella perdió la paciencia por fin y dijo: «¡Oh, no me molestes! ¡No me interesan!» y rompió a llorar, se levantó y se alejó.
Alfred se puso a su lado e iba a intentar consolarla, pero ella dijo:
—¡Aléjate y déjame sola, ¿no puedes?! ¡Te odio!
Así que el chico se detuvo, preguntándose qué podría haber hecho, pues ella había dicho que miraría imágenes durante todo el recreo, y ella siguió caminando, llorando. Entonces Alfred entró pensativo en la escuela desierta. Estaba humillado y enojado. Adivinó fácilmente la verdad: la chica simplemente se había servido de él para desquitar su despecho con Tom Sawyer. Estaba lejos de odiar menos a Tom cuando este pensamiento se le ocurrió. Deseaba que hubiera alguna manera de meter a ese chico en problemas sin mucho riesgo para él mismo. El libro de ortografía de Tom cayó bajo su vista. Aquí estaba su oportunidad. Abrió con gratitud por la lección de la tarde y vertió tinta sobre la página.
Becky, mirando por una ventana detrás de él en ese momento, vio el acto y siguió adelante, sin descubrirse. Empezó a caminar hacia casa ahora, con la intención de encontrar a Tom y decírselo; Tom estaría agradecido y sus problemas se habrían curado. Antes de llegar a la mitad del camino a casa, sin embargo, había cambiado de opinión. El pensamiento del trato de Tom hacia ella cuando hablaba de su picnic regresó abrasador y la llenó de vergüenza. Resolvió dejar que lo azotaran por culpa del libro de ortografía dañado, y odiarlo para siempre, además.
CAPÍTULO XIX
Tom llegó a casa con un humor sombrío, y lo primero que le dijo su tía le mostró que había llevado sus penas a un mercado poco prometedor:
—Tom, ¡tengo la intención de despellejarte vivo!
—Tía, ¿qué he hecho?
—Bueno, has hecho suficiente. Aquí voy yo a ver a Sereny Harper, como una vieja ingenua, esperando convencerla de todas esas tonterías sobre ese sueño, cuando mira por dónde, ella se había enterado por Joe de que ustedes estaban por aquí y oyeron toda la charla que tuvimos esa noche. Tom, no sé qué va a ser de un chico que actúe así. Me hace sentir tan mal pensar que pudiste dejarme ir a ver a Sereny Harper y quedar como una tonta y no decir ni una palabra.
Este era un aspecto nuevo del asunto. La astucia de la mañana le había parecido a Tom una buena broma antes, y muy ingeniosa. Ahora solo parecía ruin y despreciable. Bajó la cabeza y no pudo pensar en nada que decir por un momento. Entonces dijo:
—Tía, ojalá no lo hubiera hecho, pero no lo pensé.
—Oh, niño, nunca piensas. Nunca piensas en nada más que en tu propio egoísmo. Pudiste pensar en venir hasta aquí desde Jackson’s Island en la noche para reírte de nuestras penas, y pudiste pensar en engañarme con una mentira sobre un sueño; pero nunca pudiste pensar en compadecerte de nosotros y ahorrarnos el dolor.
—Tía, sé ahora que fue ruin, pero no quise ser ruin. No lo hice, de verdad. Y además, no vine aquí para reírme de ti esa noche.
—¿Para qué viniste, entonces?
—Fue para decirte que no estuvieras inquieta por nosotros, porque no nos habíamos ahogado.
—Tom, Tom, sería el alma más agradecida en este mundo si pudiera creer que alguna vez tuviste un pensamiento tan bueno como ese, pero sabes que nunca lo tuviste, y yo lo sé, Tom.
—De verdad y verdaderamente lo hice, tía, ojalá no me mueva nunca más si no fue así.
—Oh, Tom, no mientas, no lo hagas. Solo empeora las cosas cien veces.
—No es una mentira, tía; es la verdad. Quería evitar que te afligieras; eso fue todo lo que me hizo venir.
—Daría el mundo entero por creer eso; cubriría un montón de pecados, Tom. Casi me alegraría de que te hubieras escapado y actuado tan mal. Pero no es razonable; porque, ¿por qué no me lo dijiste, niño?
—Bueno, verás, cuando empezaste a hablar del funeral, simplemente me llené de la idea de que viniéramos y nos escondiéramos en la iglesia, y de alguna manera no pude soportar estropearlo. Así que volví a guardar la corteza en mi bolsillo y mantuve la boca cerrada.
—¿Qué corteza?
—La corteza en la que había escrito para decirte que nos habíamos ido a piratear. Ojalá, ahora, te hubieras despertado cuando te besé; lo deseo, de verdad.
Las líneas duras en el rostro de su tía se relajaron y una ternura repentina amaneció en sus ojos.
—¿Me besaste, Tom?
—Pues sí, lo hice.
—¿Estás seguro de que lo hiciste, Tom?
—Pues sí, lo hice, tía; seguro, seguro.
—¿Por qué me besaste, Tom?
—Porque te quería mucho, y estabas ahí gimiendo y sentía mucha pena.
Las palabras sonaban a verdad. La anciana no pudo ocultar un temblor en su voz cuando dijo:
—¡Bésame otra vez, Tom! Y vete ya a la escuela, y no me molestes más.
En el momento en que se fue, ella corrió a un armario y sacó los restos de la chaqueta con la que Tom se había ido a piratear. Luego se detuvo, con ella en la mano, y se dijo a sí misma:
—No, no me atrevo. Pobre chico, supongo que ha mentido al respecto, pero es una bendita, bendita mentira, ha surgido un gran consuelo de ella. Espero que el Señor... sé que el Señor lo perdonará, porque fue un gesto de buen corazón de su parte decirla. Pero no quiero descubrir que es una mentira. No miraré.
Guardó la chaqueta y se quedó un momento pensativa. Dos veces extendió la mano para volver a tomar la prenda, y dos veces se contuvo. Una vez más se arriesgó, y esta vez se fortaleció con el pensamiento: «Es una buena mentira, es una buena mentira, no dejaré que me entristezca». Así pues, buscó en el bolsillo de la chaqueta. Un momento después leía el trozo de corteza de Tom entre lágrimas que fluían, diciendo: «¡Podría perdonar al chico ahora, aunque hubiera cometido un millón de pecados!».
CAPÍTULO XX
Había algo en la actitud de la tía Polly, cuando besó a Tom, que barrió su abatimiento y lo hizo sentirse alegre y feliz de nuevo. Se puso en camino hacia la escuela y tuvo la suerte de encontrarse con Becky Thatcher al principio de Meadow Lane. Su estado de ánimo determinaba siempre su comportamiento. Sin un momento de duda, corrió hacia ella y dijo:
—Me porté muy mal hoy, Becky, y lo siento mucho. Nunca, nunca volveré a hacerlo mientras viva, por favor, hagamos las paces, ¿quieres?
La chica se detuvo y lo miró con desdén:
—Te agradecería que te ocuparas de tus asuntos, Sr. Thomas Sawyer. No volveré a hablarte nunca más.
Lanzó una sacudida con la cabeza y siguió su camino. Tom quedó tan aturdido que ni siquiera tuvo la presencia de ánimo suficiente para decir «¿A quién le importa, señorita sabelotodo?» hasta que pasó el momento oportuno. Así que no dijo nada. Pero estaba, sin embargo, en una furia tremenda. Se arrastró hasta el patio de la escuela deseando que ella fuera un chico, e imaginando cómo la zurraría si lo fuera. Poco después se la encontró y le lanzó un comentario mordaz al pasar. Ella le devolvió otro, y la ruptura airada quedó consumada. A Becky, en su ardiente resentimiento, le pareció que apenas podía esperar a que empezaran las clases, tan impaciente estaba por ver a Tom azotado por el libro de ortografía estropeado. Si hubiera tenido alguna intención persistente de denunciar a Alfred Temple, el ofensivo desplante de Tom la había disipado por completo.
Pobre chica, no sabía lo rápido que se acercaba ella misma a los problemas. El maestro, el Sr. Dobbins, había llegado a la mediana edad con una ambición insatisfecha. El deseo más ferviente de sus anhelos era ser médico, pero la pobreza había decretado que no fuera más que un maestro de escuela rural. Todos los días sacaba un misterioso libro de su escritorio y se absorbía en él cuando no había clases. Mantenía ese libro bajo llave. No había un solo granuja en la escuela que no se estuviera muriendo por echarle un vistazo, pero la oportunidad nunca llegaba. Cada chico y cada chica tenía una teoría sobre la naturaleza de aquel libro, pero no había dos teorías iguales, y no había forma de averiguar los hechos del caso. Ahora, mientras Becky pasaba junto al escritorio, que estaba cerca de la puerta, ¡se dio cuenta de que la llave estaba en la cerradura! Era un momento precioso. Miró a su alrededor, se encontró sola y, al instante siguiente, tenía el libro en sus manos. La página del título —Anatomía del profesor Fulano— no le aportó ninguna información a su mente, así que empezó a pasar las hojas. Se encontró de inmediato con un frontispicio bellamente grabado y coloreado: una figura humana, completamente desnuda. En ese momento una sombra cayó sobre la página y Tom Sawyer entró por la puerta y vislumbró la imagen. Becky tiró del libro para cerrarlo y tuvo la mala suerte de rasgar la página ilustrada por la mitad. Empujó el volumen dentro del escritorio, giró la llave y rompió a llorar de vergüenza y vejación.
—Tom Sawyer, eres todo lo malvado que puedes ser, por acercarte a hurtadillas a una persona y mirar lo que está mirando.
—¿Cómo iba a saber que estabas mirando algo?
—Deberías avergonzarte de ti mismo, Tom Sawyer; sabes que vas a chivarte de mí, y oh, ¡qué voy a hacer, qué voy a hacer! Me azotarán, y nunca me han azotado en la escuela.
Entonces golpeó con su pequeño pie y dijo:
—¡Sé tan malvado si quieres! Sé algo que va a pasar. ¡Ya esperarás y verás! ¡Odioso, odioso, odioso! —y salió disparada de la casa con un nuevo estallido de llanto.
Tom se quedó quieto, algo desconcertado por este ataque. Al poco tiempo se dijo a sí mismo:
—¡Qué clase de tonta es una chica! ¡Nunca la han zurrado en la escuela! ¡Vaya! ¡Qué es un azote! Eso es justo como una chica: son tan de piel fina y tan pusilánimes. Bueno, por supuesto que no voy a ir a decirle al viejo Dobbins lo de esta bobalicona, porque hay otras formas de vengarse de ella que no son tan malas, ¿pero qué más da? El viejo Dobbins preguntará quién rasgó su libro. Nadie responderá. Entonces hará lo mismo de siempre: preguntará primero a uno y luego a otro, y cuando llegue a la chica adecuada, lo sabrá sin necesidad de que nadie le diga nada. Las caras de las chicas siempre las delatan. No tienen columna vertebral. La azotarán. Bueno, es una situación difícil para Becky Thatcher, porque no hay forma de salir de ella. —Tom reflexionó un momento más y añadió—: Está bien, sin embargo; a ella le gustaría verme en un apuro así, ¡que se las arregle sola!
Tom se unió a la chusma de estudiantes que retozaban fuera. Al poco tiempo llegó el maestro y empezaron las clases. Tom no sentía un gran interés por sus estudios. Cada vez que lanzaba una mirada al lado de las chicas de la clase, el rostro de Becky lo perturbaba. Considerando todas las cosas, no quería compadecerla, y sin embargo era todo lo que podía hacer para evitarlo. No podía sentir ninguna euforia que fuera realmente digna de ese nombre. Poco después se hizo el descubrimiento del libro de ortografía, y la mente de Tom estuvo completamente llena de sus propios asuntos durante un tiempo después de aquello. Becky despertó de su letargo de angustia y mostró gran interés en el proceso. No esperaba que Tom pudiera salir de su problema negando que él mismo derramó la tinta sobre el libro, y tenía razón. La negación solo pareció empeorar las cosas para Tom. Becky supuso que debería alegrarse de ello e intentó creer que estaba contenta, pero descubrió que no estaba segura. Cuando llegó lo peor de lo peor, tuvo el impulso de levantarse y delatar a Alfred Temple, pero hizo un esfuerzo y se obligó a permanecer callada porque, se dijo a sí misma: «Seguro que él contará que yo rasgué la imagen. ¡No diría ni una palabra, ni siquiera para salvarle la vida!».
Tom recibió su azote y volvió a su asiento sin sentirse en absoluto desconsolado, pues pensó que era posible que él mismo hubiera volcado la tinta sobre el libro de ortografía sin saberlo, en alguna travesura; lo había negado por las formas y porque era la costumbre, y se había mantenido en la negación por principio.
Pasó una hora entera, el maestro estaba sentado cabeceando en su trono, el aire estaba somnoliento con el zumbido del estudio. Poco a poco, el Sr. Dobbins se enderezó, bostezó, luego abrió su escritorio y buscó su libro, pero parecía indeciso sobre si sacarlo o dejarlo. La mayoría de los alumnos miraron hacia arriba con languidez, pero había dos entre ellos que observaban sus movimientos con ojos atentos. El Sr. Dobbins jugueteó con su libro distraídamente durante un rato, luego lo sacó y se acomodó en su silla para leer. Tom lanzó una mirada a Becky. Había visto a un conejo acorralado e indefenso con el mismo aspecto que ella, con un arma apuntando a su cabeza. Al instante olvidó su pelea con ella. ¡Rápido, había que hacer algo! ¡Y hacerlo en un instante! Pero la misma inminencia de la emergencia paralizó su inventiva. ¡Bien! ¡Tuvo una inspiración! Correría y arrebataría el libro, saltaría por la puerta y huiría. Pero su resolución se tambaleó por un instante y la oportunidad se perdió: el maestro abrió el volumen. ¡Si Tom pudiera recuperar la oportunidad perdida! Demasiado tarde. Ya no había ayuda para Becky, dijo. Al momento siguiente el maestro se enfrentó a la escuela. Todos los ojos se bajaron bajo su mirada. Había algo en ella que hería incluso al inocente con miedo. Hubo un silencio mientras uno podía contar hasta diez; el maestro estaba acumulando su ira. Entonces habló: —¿Quién rasgó este libro?
No hubo ni un sonido. Se habría podido oír caer un alfiler. La quietud continuó; el maestro escudriñó cara tras cara en busca de signos de culpa.
—Benjamin Rogers, ¿rasgaste tú este libro?
Una negación. Otra pausa.
—Joseph Harper, ¿lo hiciste tú?
Otra negación. La inquietud de Tom se hizo cada vez más intensa bajo la lenta tortura de este proceso. El maestro escaneó las filas de chicos, consideró un momento y luego se volvió hacia las chicas:
—¿Amy Lawrence?
Un movimiento de cabeza.
—¿Gracie Miller?
La misma señal.
—Susan Harper, ¿hiciste esto?
Otra negativa. La siguiente chica era Becky Thatcher. Tom temblaba de pies a cabeza de excitación y con la sensación de la desesperanza de la situación.
—Rebecca Thatcher —Tom miró su rostro, estaba blanca de terror—, ¿rasgaste... no, mírame a la cara —sus manos se alzaron en súplica—, rasgaste este libro?
Un pensamiento cruzó como un rayo la mente de Tom. Se puso en pie de un salto y gritó: —¡Lo hice yo!
La escuela miró con perplejidad esta increíble locura. Tom se quedó un momento, para reunir sus facultades desmembradas; y cuando dio un paso adelante para ir a recibir su castigo, la sorpresa, la gratitud, la adoración que brillaron sobre él desde los ojos de la pobre Becky parecieron suficiente paga para cien azotes. Inspirado por el esplendor de su propio acto, recibió sin un grito la flagelación más despiadada que el Sr. Dobbins hubiera administrado jamás; y también recibió con indiferencia la crueldad añadida de una orden de permanecer dos horas después de que la escuela hubiera terminado, pues sabía quién esperaría por él fuera hasta que su cautiverio concluyera, y sin considerar tampoco el tedioso tiempo como una pérdida.
Tom se fue a la cama esa noche planeando una venganza contra Alfred Temple; pues con vergüenza y arrepentimiento Becky le había contado todo, sin olvidar su propia traición; pero incluso el deseo de venganza tuvo que ceder, pronto, ante pensamientos más placenteros, y finalmente se quedó dormido con las últimas palabras de Becky resonando soñadoramente en su oído:
—¡Tom, cómo has podido ser tan noble!
CAPÍTULO XXI
Se acercaban las vacaciones. El maestro de escuela, siempre severo, se volvió más severo y exigente que nunca, pues quería que la escuela diera una buena imagen en el día del «Examen». Su vara y su palmeta apenas estaban inactivas ahora, al menos entre los alumnos más pequeños. Solo los chicos más grandes, y las jóvenes de dieciocho y veinte años, escapaban del castigo. Los azotes del Sr. Dobbins eran muy vigorosos también; pues aunque llevaba, bajo su peluca, una cabeza perfectamente calva y brillante, solo había llegado a la mediana edad, y no había rastro de debilidad en sus músculos. A medida que se acercaba el gran día, toda la tiranía que había en él salió a la superficie; parecía sentir un placer vengativo en castigar las más mínimas faltas. La consecuencia fue que los chicos más pequeños pasaban sus días con terror y sufrimiento y sus noches planeando venganzas. No desperdiciaban ninguna oportunidad de hacerle una trastada al maestro. Pero él se mantenía por delante todo el tiempo. La retribución que seguía a cada éxito vengativo era tan arrolladora y majestuosa que los chicos siempre se retiraban del campo muy mal parados. Al final conspiraron juntos y dieron con un plan que prometía una victoria deslumbrante. Juramentaron al chico del pintor de letreros, le contaron el plan y le pidieron su ayuda. Él tenía sus propios motivos para estar encantado, pues el maestro se alojaba en la familia de su padre y le había dado al chico motivos de sobra para odiarlo. La esposa del maestro iría de visita al campo en pocos días, y no habría nada que interfiriera con el plan; el maestro siempre se preparaba para las grandes ocasiones emborrachándose bastante, y el chico del pintor de letreros dijo que cuando el dominie hubiera alcanzado el estado adecuado en la noche del Examen, él «gestionaría el asunto» mientras este dormitaba en su silla; entonces lo despertaría en el momento adecuado y lo llevaría apresuradamente a la escuela.
En el momento justo, llegó la interesante ocasión. A las ocho de la tarde, la escuela estaba brillantemente iluminada y adornada con guirnaldas y festones de follaje y flores. El maestro estaba entronizado en su gran silla sobre una plataforma elevada, con su pizarra detrás. Parecía bastante apacible. Tres filas de bancos a cada lado y seis filas frente a él estaban ocupadas por los dignatarios del pueblo y por los padres de los alumnos. A su izquierda, detrás de las filas de ciudadanos, había una espaciosa plataforma temporal sobre la que estaban sentados los alumnos que iban a participar en los ejercicios de la velada; filas de chicos pequeños, lavados y vestidos hasta un estado intolerable de incomodidad; filas de chicos grandes y desgarbados; bancos de nieve de chicas y jóvenes vestidas de lino y muselina y visiblemente conscientes de sus brazos desnudos, las antiguas baratijas de sus abuelas, sus trozos de cinta rosa y azul y las flores en el pelo. Todo el resto de la sala estaba lleno de estudiantes que no participaban.
Comenzaron los ejercicios. Un niño muy pequeño se puso de pie y recitó tímidamente: «Difícilmente esperarías que alguien de mi edad hablara en público en el escenario», etc., acompañándose con los gestos dolorosamente exactos y espasmódicos que podría haber usado una máquina, suponiendo que la máquina estuviera un poco averiada. Pero terminó a salvo, aunque cruelmente asustado, y recibió una buena ronda de aplausos cuando hizo su reverencia artificial y se retiró.
Una niña pequeña y avergonzada recitó con ceceo: «María tenía un corderito», etc., realizó una reverencia que inspiraba compasión, obtuvo su recompensa de aplausos y se sentó sonrojada y feliz.
Tom Sawyer dio un paso adelante con engreída confianza y se elevó hacia el inextinguible e indestructible discurso de «Dadme libertad o dadme muerte», con fina furia y gesticulación frenética, y se bloqueó en medio. Un pánico escénico espantoso lo invadió, sus piernas temblaron bajo él y estuvo a punto de asfixiarse. Es cierto que contaba con la manifiesta simpatía de la sala, pero también con el silencio de la sala, que era incluso peor que su simpatía. El maestro frunció el ceño, y esto completó el desastre. Tom luchó un rato y luego se retiró, totalmente derrotado. Hubo un débil intento de aplauso, pero murió pronto.
Le siguieron «El chico estaba en la cubierta ardiente»; también «El asirio bajó», y otras gemas declamatorias. Luego hubo ejercicios de lectura y una lucha de ortografía. La exigua clase de latín recitó con honor. El punto central de la velada estaba ahora en orden: «composiciones» originales de las jóvenes. Cada una, a su turno, avanzó hasta el borde de la plataforma, se aclaró la garganta, sostuvo su manuscrito (atado con una delicada cinta) y procedió a leer, con laboriosa atención a la «expresión» y la puntuación. Los temas eran los mismos que habían sido iluminados en ocasiones similares por sus madres antes que ellas, sus abuelas, y sin duda todos sus antepasados en la línea femenina desde las Cruzadas. «La amistad» era uno; «Recuerdos de otros días»; «La religión en la historia»; «El país de los sueños»; «Las ventajas de la cultura»; «Formas de gobierno político comparadas y contrastadas»; «Melancolía»; «Amor filial»; «Anhelos del corazón», etc., etc.
Un rasgo predominante en estas composiciones era una melancolía cuidada y mimada; otro era un derroche despilfarrador y opulento de «lenguaje refinado»; otro era una tendencia a arrastrar por las orejas palabras y frases particularmente apreciadas hasta que quedaban completamente desgastadas; y una peculiaridad que las marcaba y estropeaba visiblemente era el sermón inveterado e intolerable que movía su cola lisiada al final de cada una de ellas. No importaba cuál fuera el tema, se hacía un esfuerzo extenuante para retorcerlo hacia algún aspecto u otro que la mente moral y religiosa pudiera contemplar con edificación. La flagrante insinceridad de estos sermones no fue suficiente para conseguir el destierro de la moda de las escuelas, y no lo es hoy en día; quizás nunca lo sea mientras el mundo exista. No hay escuela en toda nuestra tierra donde las jóvenes no se sientan obligadas a cerrar sus composiciones con un sermón; y descubrirán que el sermón de la chica más frívola y menos religiosa de la escuela es siempre el más largo y el más implacablemente piadoso. Pero basta de esto. La verdad sencilla es desagradable.
Volvamos al «Examen». La primera composición que se leyó se titulaba «¿Es esto, pues, la vida?». Quizás el lector pueda soportar un extracto de ella:
«En los caminos comunes de la vida, ¡con qué emociones encantadoras mira la mente juvenil hacia alguna escena de festividad anticipada! La imaginación está ocupada trazando imágenes de color de rosa de alegría. En la fantasía, la voluptuosa devota de la moda se ve a sí misma en medio de la multitud festiva, “observada por todos los observadores”. Su grácil forma, vestida con ropas níveas, gira a través de los laberintos de la alegre danza; su ojo es el más brillante, su paso es el más ligero en la alegre asamblea.
En tales fantasías deliciosas el tiempo se desliza rápidamente, y llega la hora bienvenida para su entrada en el mundo elíseo, del cual ha tenido sueños tan brillantes. ¡Cuán parecido a un cuento de hadas parece todo ante su visión encantada! Cada nueva escena es más encantadora que la anterior. Pero después de un tiempo descubre que bajo este hermoso exterior, todo es vanidad; la adulación que una vez encantó su alma, ahora chirría con dureza en su oído; el salón de baile ha perdido sus encantos; y con la salud agotada y el corazón amargado, se aleja con la convicción de que los placeres terrenales no pueden satisfacer los anhelos del alma».
Y así sucesivamente. Hubo un zumbido de gratificación de vez en cuando durante la lectura, acompañado de exclamaciones susurradas de «¡Qué dulce!», «¡Qué elocuente!», «¡Tan cierto!», etc., y después de que el asunto cerrara con un sermón particularmente aflictivo, el aplauso fue entusiasta.
Entonces se levantó una chica delgada y melancólica, cuyo rostro tenía la palidez «interesante» que proviene de las píldoras y la indigestión, y leyó un «poema». Dos estrofas serán suficientes:
«DESPEDIDA DE UNA DONCELLA DE MISURI A ALABAMA
¡Alabama, adiós! ¡Te quiero mucho! ¡Pero aun así te dejo ahora por un tiempo! Tristes, sí, pensamientos tristes sobre ti hinchan mi corazón, ¡Y recuerdos ardientes se amontonan en mi frente! Porque he vagado a través de tus bosques floridos; He deambulado y leído cerca del arroyo de Tallapoosa; He escuchado las aguas guerreras de Tallassee, Y cortejado a la orilla del Coosa el rayo de Aurora.
Sin embargo, no me avergüenzo de llevar un corazón demasiado lleno, Ni me sonrojo al volver atrás mis ojos llorosos; No es de una tierra extraña de la que debo partir ahora, No es a extraños a quienes dejo al entregar estos suspiros. Bienvenida y hogar fueron míos dentro de este Estado, Cuyos valles dejo, cuyos chapiteles se desvanecen rápido de mí, Y fríos deben estar mis ojos, y corazón, y cabeza, ¡Cuando, querida Alabama!, ¡se vuelven fríos hacia ti!».
Había muy pocos allí que supieran lo que significaba «tête», pero el poema fue muy satisfactorio, sin embargo.
A continuación apareció una joven de tez oscura, ojos negros y cabello negro, que hizo una pausa impresionante, asumió una expresión trágica y comenzó a leer en un tono medido y solemne:
UNA VISIÓN
Oscura y tempestuosa era la noche. Alrededor del trono en las alturas ni una sola estrella vibraba; pero las profundas entonaciones del fuerte trueno vibraban constantemente en el oído; mientras que el terrorífico relámpago retozaba en estado de ánimo airado a través de las cámaras nubladas del cielo, ¡pareciendo despreciar el poder ejercido sobre su terror por el ilustre Franklin! Incluso los vientos bulliciosos salieron unánimemente de sus hogares místicos, y fanfarronearon como para realzar con su ayuda la naturaleza salvaje de la escena.
En un momento así, tan oscuro, tan lúgubre, mi espíritu mismo suspiraba por la simpatía humana; pero en lugar de ello,
«Mi queridísimo amigo, mi consejero, mi consolador y guía: Mi alegría en el dolor, mi segunda dicha en la alegría», vino a mi lado.
Ella se movía como uno de esos seres brillantes retratados en los senderos soleados del Edén de la fantasía por los románticos y jóvenes, una reina de la belleza adornada solo por su propia hermosura trascendente. Tan suave era su paso que no llegó a hacer ni un sonido, y de no ser por la mágica emoción impartida por su toque cordial, como otras bellezas discretas, se habría deslizado lejos sin ser percibida, sin ser buscada. Una extraña tristeza reposaba sobre sus rasgos, como lágrimas heladas sobre el manto de diciembre, mientras señalaba a los elementos en contienda afuera, y me instaba a contemplar a los dos seres presentados.
Esta pesadilla ocupaba unas diez páginas de manuscrito y terminaba con un sermón tan destructivo para toda esperanza de los no presbiterianos que se llevó el primer premio. Esta composición fue considerada el mejor esfuerzo de la velada. El alcalde del pueblo, al entregar el premio a su autor, pronunció un cálido discurso en el que dijo que era, con mucho, lo más «elocuente» que había escuchado jamás, y que el mismísimo Daniel Webster bien podría estar orgulloso de ello.
Cabe señalar, de paso, que el número de composiciones en las que la palabra «hermoso» fue sobreutilizada, y la experiencia humana referida como «la página de la vida», estuvo dentro del promedio habitual.
Ahora el maestro, afable casi hasta el punto de la genialidad, apartó su silla, dio la espalda a la audiencia y comenzó a dibujar un mapa de América en la pizarra, para ejercitar a la clase de geografía. Pero hizo un triste trabajo con su mano temblorosa, y una risita ahogada se extendió por la sala. Él sabía qué pasaba y se dispuso a corregirlo. Borró líneas y las rehizo; pero solo las distorsionó más que nunca, y las risitas fueron más pronunciadas. Puso toda su atención en su trabajo, ahora, como si estuviera decidido a no dejarse abatir por la diversión. Sintió que todos los ojos estaban fijos en él; se imaginó que estaba teniendo éxito, y sin embargo las risitas continuaban; incluso aumentaron manifiestamente. Y bien podían hacerlo. Había un desván arriba, perforado con una trampilla sobre su cabeza; y a través de esta trampilla bajó un gato, suspendido por los cuartos traseros con una cuerda; tenía un trapo atado alrededor de la cabeza y las mandíbulas para evitar que maullara; mientras descendía lentamente, se curvaba hacia arriba y arañaba la cuerda, se balanceaba hacia abajo y arañaba el aire intangible. Las risitas subieron más y más: el gato estaba a quince centímetros de la cabeza del maestro absorto; abajo, abajo, un poco más bajo, y agarró su peluquín con sus garras desesperadas, se aferró a él, ¡y fue arrebatado hacia el desván en un instante con su trofeo aún en su poder! Y cómo brilló la luz desde la calva del maestro, ¡pues el hijo del pintor de letreros la había dorado!
Eso disolvió la reunión. Los muchachos estaban vengados. Las vacaciones habían llegado.
[*] NOTA: Las pretendidas «composiciones» citadas en este capítulo están tomadas sin alteración de un volumen titulado «Prosa y poesía, por una dama del Oeste», pero son exacta y precisamente según el patrón de las colegialas, y por lo tanto son mucho más felices de lo que cualquier imitación podría ser.
CAPÍTULO XXII
Tom se unió a la nueva orden de los Cadetes de la Templanza, atraído por el carácter llamativo de su «regalia». Prometió abstenerse de fumar, mascar tabaco y decir palabrotas mientras siguiera siendo miembro. Ahora descubrió algo nuevo, a saber, que prometer no hacer una cosa es la forma más segura del mundo de hacer que a uno le entren ganas de ir y hacer precisamente esa cosa. Tom pronto se encontró atormentado por el deseo de beber y maldecir; el deseo llegó a ser tan intenso que nada más que la esperanza de una oportunidad para lucirse con su faja roja le impidió retirarse de la orden. Se acercaba el cuatro de julio; pero pronto se rindió, se rindió antes de haber llevado sus cadenas durante cuarenta y ocho horas, y fijó sus esperanzas en el viejo juez Frazer, juez de paz, que aparentemente estaba en su lecho de muerte y tendría un gran funeral público, ya que era un funcionario de tan alto rango. Durante tres días, Tom estuvo profundamente preocupado por la condición del juez y hambriento de noticias sobre ella. A veces sus esperanzas eran altas, tan altas que se aventuraba a sacar su regalia y practicar frente al espejo. Pero el juez tenía una forma muy desalentadora de fluctuar. Por fin se pronunció que estaba mejorando, y luego convaleciente. Tom estaba disgustado; y también sintió una sensación de agravio. Presentó su dimisión de inmediato, y esa noche el juez sufrió una recaída y murió. Tom resolvió que nunca volvería a confiar en un hombre así.
El funeral fue algo espléndido. Los cadetes desfilaron con un estilo calculado para matar de envidia al antiguo miembro. Tom era un chico libre de nuevo, sin embargo, había algo en eso. Podía beber y maldecir ahora, pero descubrió para su sorpresa que no quería. El simple hecho de que pudiera, le quitó el deseo y el encanto de ello.
Tom pronto se sorprendió al descubrir que sus codiciadas vacaciones empezaban a hacerse un poco pesadas en sus manos.
Intentó llevar un diario, pero no pasó nada durante tres días, así que lo abandonó.
El primero de todos los espectáculos de juglares negros llegó a la ciudad y causó sensación. Tom y Joe Harper formaron una banda de artistas y fueron felices durante dos días.
Incluso el Glorioso Cuatro fue en cierto sentido un fracaso, porque llovió mucho, no hubo procesión como consecuencia, y el hombre más grande del mundo (como suponía Tom), el señor Benton, un senador real de los Estados Unidos, resultó ser una decepción abrumadora, porque no medía siete metros y medio, ni siquiera estaba cerca de ello.
Llegó un circo. Los muchachos jugaron al circo durante tres días después en tiendas hechas de alfombras de trapo —entrada, tres alfileres para los niños, dos para las niñas— y luego el circo fue abandonado.
Un frenólogo y un mesmerizador vinieron, y se fueron de nuevo, dejando el pueblo más soso y triste que nunca.
Hubo algunas fiestas de niños y niñas, pero eran tan pocas y tan encantadoras que solo hacían que los vacíos dolorosos entre ellas dolieran más.
Becky Thatcher se había ido a su hogar en Constantinople para quedarse con sus padres durante las vacaciones, así que no había lado brillante en la vida en ninguna parte.
El terrible secreto del asesinato era una miseria crónica. Era un verdadero cáncer por su permanencia y dolor.
Entonces llegó el sarampión.
Durante dos largas semanas, Tom estuvo prisionero, muerto para el mundo y sus acontecimientos. Estaba muy enfermo, no le interesaba nada. Cuando por fin se puso en pie y se movió débilmente por el pueblo, un cambio melancólico se había apoderado de todo y de todos. Había habido un «despertar», y todo el mundo había «encontrado la religión», no solo los adultos, sino incluso los niños y las niñas. Tom iba de un lado a otro, esperando contra toda esperanza ver un rostro pecador bendito, pero la decepción le salía al paso por todas partes. Encontró a Joe Harper estudiando un Testamento y se alejó tristemente del espectáculo deprimente. Buscó a Ben Rogers y lo encontró visitando a los pobres con una cesta de folletos. Buscó a Jim Hollis, quien llamó su atención sobre la preciosa bendición de su reciente sarampión como una advertencia. Cada niño con el que se encontraba añadía otra tonelada a su depresión; y cuando, desesperado, voló en busca de refugio al fin al pecho de Huckleberry Finn y fue recibido con una cita bíblica, su corazón se rompió y se arrastró a casa y a la cama, dándose cuenta de que él solo, de todo el pueblo, estaba perdido, para siempre y para siempre.
Y esa noche se desató una tormenta terrible, con lluvia torrencial, terribles truenos y cegadores relámpagos. Se cubrió la cabeza con las mantas y esperó con horror el momento de su perdición; pues no tenía ni la sombra de una duda de que todo este alboroto era por él. Creía que había puesto a prueba la paciencia de los poderes superiores hasta el extremo de la resistencia y que este era el resultado. Podría haberle parecido un desperdicio de pompa y municiones matar a un insecto con una batería de artillería, pero no le pareció nada incongruente organizar una tormenta tan costosa como esta para quitar el césped bajo un insecto como él mismo.
Poco a poco la tempestad se agotó y murió sin lograr su objetivo. El primer impulso del muchacho fue estar agradecido y reformarse. El segundo fue esperar, pues tal vez no habría más tormentas.
Al día siguiente los médicos estaban de vuelta; Tom había recaído. Las tres semanas que pasó de espaldas esta vez parecieron una era entera. Cuando por fin pudo salir, apenas estaba agradecido de haber sido perdonado, recordando lo solitario que era su estado, lo sin compañía y desamparado que estaba. Vagó sin rumbo por la calle y encontró a Jim Hollis actuando como juez en un tribunal de menores que juzgaba a un gato por asesinato, en presencia de su víctima, un pájaro. Encontró a Joe Harper y a Huck Finn en un callejón comiendo un melón robado. ¡Pobres muchachos! ellos, como Tom, habían sufrido una recaída.
CAPÍTULO XXIII
Por fin, la atmósfera adormecida se agitó, y con vigor: el juicio por asesinato comenzó en el tribunal. Se convirtió inmediatamente en el tema absorbente de las conversaciones del pueblo. Tom no podía escapar de él. Cada referencia al asesinato enviaba un escalofrío a su corazón, pues su conciencia atribulada y sus temores casi lo convencían de que estos comentarios se hacían en su presencia como «sondas»; no veía cómo podía ser sospechoso de saber algo sobre el asesinato, pero aun así no podía estar cómodo en medio de este cotilleo. Lo mantenía en un escalofrío constante todo el tiempo. Llevó a Huck a un lugar solitario para hablar con él. Sería un alivio desatar su lengua por un momento; dividir su carga de angustia con otro sufridor. Además, quería asegurarse de que Huck hubiera permanecido discreto.
—Huck, ¿alguna vez le has contado a alguien sobre... eso?
—¿Sobre qué?
—Ya sabes sobre qué.
—Oh, por supuesto que no.
—¿Ni una palabra?
—Ni una sola palabra, que me ayude Dios. ¿Por qué lo preguntas?
—Bueno, tenía miedo.
—Vaya, Tom Sawyer, no estaríamos vivos dos días si eso se descubriera. Tú lo sabes.
Tom se sintió más cómodo. Tras una pausa:
—Huck, no habría nadie que pudiera hacerte hablar, ¿verdad?
—¿Que me hicieran hablar? Vaya, si yo quisiera que ese diablo mestizo me ahogara, podrían hacerme hablar. No hay otra manera.
—Bueno, eso está bien, entonces. Supongo que estamos a salvo mientras mantengamos la boca cerrada. Pero juremos de nuevo, de todos modos. Es más seguro.
—Estoy de acuerdo.
Así que juraron de nuevo con solemnidades terribles.
—¿Qué se dice por ahí, Huck? He oído mucho.
—¿Hablar? Bueno, es solo Muff Potter, Muff Potter, Muff Potter todo el tiempo. Me hace sudar, constantemente, tanto que quiero esconderme en algún lugar.
—Es exactamente igual a como van por ahí cerca de mí. Supongo que es hombre muerto. ¿No sientes lástima por él, a veces?
—Casi siempre, casi siempre. No vale nada; pero bueno, nunca ha hecho nada para herir a nadie. Solo pesca un poco, para conseguir dinero para emborracharse, y holgazanea considerablemente; pero señor, todos hacemos eso, al menos la mayoría de nosotros, predicadores y gente por el estilo. Pero es una especie de buen hombre; me dio medio pescado, una vez, cuando no había suficiente para dos; y muchas veces me ha apoyado cuando no tuve suerte.
—Bueno, él me ha reparado cometas, Huck, y me ha puesto anzuelos en mi línea. Ojalá pudiéramos sacarlo de ahí.
—¡Vaya! no podríamos sacarlo, Tom. Y además, no serviría de nada; lo volverían a atrapar.
—Sí, así es. Pero odio oírlos abusar de él así, como los mil demonios, cuando nunca hizo... eso.
—Yo también, Tom. Señor, los oigo decir que es el villano de aspecto más sanguinario de este país, y se preguntan cómo es que nunca fue ahorcado antes.
—Sí, hablan así, todo el tiempo. He oído decir que si quedara libre, lo lincharían.
—Y lo harían, también.
Los muchachos tuvieron una larga charla, pero les trajo poco consuelo. A medida que caía el crepúsculo, se vieron rondando las cercanías de la pequeña y aislada cárcel, tal vez con una vaga esperanza de que algo sucediera que pudiera despejar sus dificultades. Pero no sucedió nada; parecía que no había ángeles ni hadas interesados en este cautivo sin suerte.
Los muchachos hicieron lo que habían hecho a menudo antes: fueron a la reja de la celda y le dieron a Potter algo de tabaco y cerillas. Estaba en la planta baja y no había guardias.
Su gratitud por sus regalos siempre había herido sus conciencias antes; esta vez cortó más profundo que nunca. Se sintieron cobardes y traicioneros hasta el extremo cuando Potter dijo:
—Habéis sido muy buenos conmigo, muchachos, mejor que nadie más en este pueblo. Y no lo olvido, no lo olvido. A menudo me digo a mí mismo, digo yo: «Solía arreglar todas las cometas y cosas de los muchachos, y mostrarles dónde estaban los buenos lugares de pesca, y ayudarlos en lo que podía, y ahora todos han olvidado al viejo Muff cuando está en problemas; pero Tom no, y Huck no, ellos no lo olvidan», digo yo, «y yo no los olvido». Bueno, muchachos, hice una cosa terrible, borracho y loco en ese momento, esa es la única forma en que lo explico, y ahora tengo que colgar por ello, y es justo. Justo, y lo mejor también, supongo, espero que así sea, de todos modos. Bueno, no hablemos de eso. No quiero haceros sentir mal; me habéis ayudado. Pero lo que quiero decir es, no os emborrachéis nunca, entonces nunca llegaréis aquí. Poneros un poco más al oeste, así, eso es; es un consuelo de primera ver caras que son amistosas cuando uno está en tal lío de problemas, y no viene nadie aquí más que las vuestras. Buenas caras amistosas, buenas caras amistosas. Subíos a la espalda del otro y dejadme tocarlas. Eso es. Dadme la mano, la vuestra pasará por los barrotes, pero la mía es demasiado grande. Manos pequeñas, y débiles, pero han ayudado a Muff Potter un montón, y lo ayudarían más si pudieran.
Tom se fue a casa miserable, y sus sueños esa noche estuvieron llenos de horrores. Al día siguiente y al siguiente, rondó el tribunal, atraído por un impulso casi irresistible de entrar, pero obligándose a quedarse fuera. Huck estaba teniendo la misma experiencia. Se evitaban deliberadamente el uno al otro. Cada uno vagaba lejos, de vez en cuando, pero la misma fascinación lúgubre siempre los traía de vuelta poco después. Tom mantenía los oídos abiertos cuando los ociosos salían del tribunal, pero invariablemente escuchaba noticias angustiantes: las redes se cerraban cada vez más implacablemente alrededor del pobre Potter. Al final del segundo día, la conversación del pueblo era que el testimonio de Injun Joe se mantenía firme e inquebrantable, y que no había la menor duda de cuál sería el veredicto del jurado.
Tom estaba fuera tarde, esa noche, y entró a la cama por la ventana. Estaba en un tremendo estado de excitación. Pasaron horas antes de que se durmiera. Todo el pueblo acudió al tribunal a la mañana siguiente, pues este iba a ser el gran día. Ambos sexos estaban representados aproximadamente por igual en la audiencia abarrotada. Tras una larga espera, el jurado entró y tomó sus lugares; poco después, Potter, pálido y demacrado, tímido y sin esperanza, fue traído, con cadenas sobre él, y sentado donde todos los ojos curiosos pudieran mirarlo fijamente; no menos conspicuo era Injun Joe, impasible como siempre. Hubo otra pausa, y luego llegó el juez y el sheriff proclamó la apertura del tribunal. Siguieron los susurros habituales entre los abogados y la reunión de documentos. Estos detalles y retrasos acompañantes crearon una atmósfera de preparación que fue tan impresionante como fascinante.
Ahora se llamó a un testigo que testificó que encontró a Muff Potter lavándose en el arroyo, a una hora temprana de la mañana en que se descubrió el asesinato, y que inmediatamente se escabulló. Después de más preguntas, el abogado de la acusación dijo:
—Tome al testigo.
El prisionero levantó los ojos por un momento, pero los bajó de nuevo cuando su propio abogado dijo:
—No tengo preguntas que hacerle.
El siguiente testigo demostró el hallazgo del cuchillo cerca del cadáver. El abogado de la acusación dijo:
—Tome al testigo.
—No tengo preguntas que hacerle —respondió el abogado de Potter.
Un tercer testigo juró que a menudo había visto el cuchillo en posesión de Potter.
—Tome al testigo.
El abogado de Potter se negó a interrogarlo. Los rostros de la audiencia comenzaron a mostrar molestia. ¿Pretendía este abogado tirar por la borda la vida de su cliente sin hacer un esfuerzo?
Varios testigos declararon sobre el comportamiento culpable de Potter cuando fue llevado a la escena del crimen. Se les permitió abandonar el estrado sin ser interrogados.
Cada detalle de las circunstancias dañinas que ocurrieron en el cementerio esa mañana que todos los presentes recordaban tan bien fue expuesto por testigos creíbles, pero ninguno de ellos fue interrogado por el abogado de Potter. La perplejidad y la insatisfacción de la sala se expresaron en murmullos y provocaron una reprimenda desde el estrado. El abogado de la acusación dijo ahora:
—Con los juramentos de ciudadanos cuya simple palabra está por encima de toda sospecha, hemos vinculado este terrible crimen, más allá de toda posibilidad de duda, al infeliz prisionero en el banquillo. Damos por concluido nuestro caso aquí.
Un gemido escapó del pobre Potter, y se llevó el rostro a las manos y balanceó su cuerpo suavemente de un lado a otro, mientras un silencio doloroso reinaba en la sala del tribunal. Muchos hombres se conmovieron, y la compasión de muchas mujeres se manifestó en lágrimas. El abogado de la defensa se levantó y dijo:
—Su Señoría, en nuestras observaciones al comienzo de este juicio, presagiamos nuestro propósito de probar que nuestro cliente cometió este acto temible mientras estaba bajo la influencia de un delirio ciego e irresponsable producido por la bebida. Hemos cambiado de opinión. No presentaremos esa súplica. [Luego al secretario:] ¡Llame a Thomas Sawyer!
Un asombro desconcertado despertó en cada rostro de la sala, sin excluir siquiera el de Potter. Cada ojo se fijó con interés asombrado en Tom mientras se levantaba y tomaba su lugar en el estrado. El niño parecía bastante salvaje, porque estaba muy asustado. Se le administró el juramento.
—Thomas Sawyer, ¿dónde estabas el diecisiete de junio, alrededor de la hora de la medianoche?
Tom miró al rostro de hierro de Injun Joe y su lengua le falló. La audiencia escuchó sin aliento, pero las palabras se negaron a salir. Después de unos momentos, sin embargo, el niño recuperó un poco de su fuerza y logró poner suficiente de ella en su voz para que parte de la sala lo escuchara:
—¡En el cementerio!
—Un poco más fuerte, por favor. No tengas miedo. Estabas...
—En el cementerio.
Una sonrisa desdeñosa cruzó el rostro de Injun Joe.
—¿Estabas cerca de la tumba de Horse Williams?
—Sí, señor.
—Habla, solo un poco más fuerte. ¿Qué tan cerca estabas?
—Tan cerca como estoy de usted.
—¿Estabas escondido o no?
—Estaba escondido.
—¿Dónde?
—Detrás de los olmos que están en el borde de la tumba.
Injun Joe dio un respingo apenas perceptible.
—¿Alguien contigo?
—Sí, señor. Fui allí con...
—Espera, espera un momento. No te preocupes por mencionar el nombre de tu compañero. Lo produciremos en el momento adecuado. ¿Llevaste algo allí contigo?
Tom dudó y pareció confundido.
—Habla, muchacho, no seas tímido. La verdad siempre es respetable. ¿Qué llevaste allí?
—Solo un... un... gato muerto.
Hubo una oleada de risas, que el tribunal reprimió.
—Produciremos el esqueleto de ese gato. Ahora, muchacho, cuéntanos todo lo que ocurrió, cuéntalo a tu manera, no te saltes nada y no tengas miedo.
Tom comenzó, vacilante al principio, pero a medida que se entusiasmaba con su tema, sus palabras fluyeron cada vez más fácilmente; en poco tiempo cesó todo sonido excepto su propia voz; cada ojo se fijó en él; con labios entreabiertos y aliento contenido, la audiencia quedó colgada de sus palabras, sin tomar nota del tiempo, absorta en las macabras fascinaciones del cuento. La tensión sobre la emoción contenida alcanzó su clímax cuando el niño dijo:
—...y cuando el doctor trajo la tabla y Muff Potter cayó, Injun Joe saltó con el cuchillo y...
¡Crash! ¡Rápido como el rayo, el mestizo saltó hacia una ventana, se abrió camino a través de todos los opositores, y se fue!
CAPÍTULO XXIV
Tom era un héroe resplandeciente una vez más: el favorito de los viejos, la envidia de los jóvenes. Su nombre incluso entró en la imprenta inmortal, pues el periódico del pueblo lo magnificó. Hubo algunos que creyeron que llegaría a ser Presidente, todavía, si escapaba de la horca.
Como de costumbre, el mundo voluble e irracional tomó a Muff Potter en su seno y lo acarició tan generosamente como lo había abusado antes. Pero ese tipo de conducta es para el crédito del mundo; por lo tanto, no es bueno encontrarle faltas.
Los días de Tom eran días de esplendor y exaltación para él, pero sus noches eran temporadas de horror. Injun Joe infestaba todos sus sueños, y siempre con la fatalidad en la mirada. Apenas si alguna tentación podía persuadir al muchacho para salir después del anochecer. El pobre Huck estaba en el mismo estado de desdicha y terror, pues Tom le había contado toda la historia al abogado la noche anterior al gran día del juicio, y Huck sentía un miedo atroz de que su parte en el asunto pudiera filtrarse, a pesar de que la huida de Injun Joe le había ahorrado el sufrimiento de testificar en el tribunal. El pobre muchacho había conseguido que el abogado prometiera guardar el secreto, ¿pero qué importaba eso? Desde que la conciencia hostigada de Tom se las había arreglado para llevarlo a casa del abogado por la noche y arrancar un relato terrible de unos labios que habían sido sellados con los más sombríos y formidables juramentos, la confianza de Huck en la raza humana estaba casi borrada.
A diario, la gratitud de Muff Potter hacía que Tom se alegrara de haber hablado; pero cada noche deseaba haberse sellado la lengua.
La mitad del tiempo Tom temía que Injun Joe nunca fuera capturado; la otra mitad temía que lo fuera. Sentía la certeza de que nunca podría volver a respirar tranquilo hasta que ese hombre estuviera muerto y él hubiera visto el cadáver.
Se habían ofrecido recompensas, se había rastreado la región, pero no se encontró a Injun Joe. Uno de esos prodigios omniscientes e imponentes, un detective, vino desde St. Louis, husmeó por todas partes, sacudió la cabeza, puso cara de sabio y logró ese tipo de éxito asombroso que los miembros de ese oficio suelen alcanzar. Es decir, «encontró una pista». Pero no se puede colgar una «pista» por asesinato, y así, después de que aquel detective hubo terminado y se marchó a casa, Tom se sintió tan inseguro como antes.
Los días lentos pasaron, y cada uno dejó tras de sí un peso de aprensión ligeramente aligerado.
CAPÍTULO XXV
Llega un tiempo en la vida de todo muchacho correctamente construido en el que siente un deseo rabioso de ir a algún lugar y excavar en busca de un tesoro escondido. Este deseo se apoderó repentinamente de Tom un día. Salió a buscar a Joe Harper, pero no tuvo éxito. Después buscó a Ben Rogers; se había ido a pescar. Al poco tiempo se topó con Huck Finn el Pelirrojo. Huck serviría. Tom lo llevó a un lugar privado y le expuso el asunto confidencialmente. Huck estaba dispuesto. Huck siempre estaba dispuesto a participar en cualquier empresa que ofreciera entretenimiento y no requiriera capital, pues tenía una molesta superabundancia de esa clase de tiempo que no es dinero. —¿Dónde excavaremos? —dijo Huck.
—Oh, en casi cualquier parte.
—¿Por qué, está escondido por todos lados?
—No, de hecho no lo está. Está escondido en lugares muy particulares, Huck; a veces en islas, a veces en cofres podridos bajo el extremo de la rama de un viejo árbol muerto, justo donde cae la sombra a medianoche; pero mayormente bajo el suelo de casas encantadas.
—¿Quién lo esconde?
—Vaya, los ladrones, por supuesto; ¿quién crees tú? ¿Los superintendentes de la escuela dominical?
—No lo sé. Si fuera mío no lo escondería; lo gastaría y me divertiría.
—Yo también. Pero los ladrones no lo hacen de esa manera. Siempre lo esconden y lo dejan ahí.
—¿No vuelven a buscarlo más?
—No, creen que lo harán, pero generalmente olvidan las marcas, o si no, mueren. De cualquier modo, yace allí mucho tiempo y se oxida; y poco a poco alguien encuentra un viejo papel amarillo que cuenta cómo encontrar las marcas; un papel que hay que descifrar durante una semana porque es mayormente signos y jeroglíficos.
—¿Jero... qué?
—Jeroglíficos; dibujos y cosas, ya sabes, que parece que no significan nada.
—¿Tienes uno de esos papeles, Tom?
—No.
—Bueno entonces, ¿cómo vas a encontrar las marcas?
—No quiero ninguna marca. Siempre lo entierran bajo una casa encantada, o en una isla, o bajo un árbol muerto que tiene una rama sobresaliendo. Bueno, hemos probado la isla de Jackson un poco, y podemos probarla de nuevo algún día; y está la vieja casa encantada junto al arroyo Still-House, y hay montones de árboles con ramas muertas; montones de ellos.
—¿Está bajo todos ellos?
—¡Cómo hablas! ¡No!
—Entonces, ¿cómo vas a saber a cuál ir?
—¡Ir a por todos ellos!
—Vaya, Tom, tomará todo el verano.
—Bueno, ¿y qué? Supón que encuentras una vasija de latón con cien dólares dentro, todo oxidado y gris, o un cofre podrido lleno de diamantes. ¿Qué tal eso?
Los ojos de Huck brillaron.
—Eso es estupendo. Lo suficientemente estupendo para mí. Con que solo me des los cien dólares, no quiero diamantes.
—Está bien. Pero te apuesto a que no voy a despreciar los diamantes. Algunos valen veinte dólares cada uno; apenas hay ninguno que no valga setenta y cinco centavos o un dólar.
—¿No? ¿Es eso cierto?
—Ciertamente; cualquiera te lo dirá. ¿Nunca has visto uno, Huck?
—No que yo recuerde.
—Oh, los reyes tienen montones de ellos.
—Bueno, no conozco a ningún rey, Tom.
—Supongo que no. Pero si fueras a Europa verías a un montón de ellos saltando por ahí.
—¿Saltan?
—¿Saltar? ¡Tu abuela! ¡No!
—Bueno, ¿entonces para qué dijiste que hacían eso?
—Bah, solo quería decir que los verías; no saltando, por supuesto; ¿para qué iban a querer saltar?; pero me refiero a que simplemente los verías; esparcidos por ahí, ya sabes, de una manera general. Como ese viejo Ricardo jorobado.
—¿Ricardo? ¿Cuál es su otro nombre?
—No tenía ningún otro nombre. Los reyes no tienen ninguno más que un nombre de pila.
—¿No?
—Pero si no lo tienen.
—Bueno, si les gusta, Tom, está bien; pero no quiero ser un rey y tener solo un nombre de pila, como un negro. Pero dime, ¿dónde vas a cavar primero?
—Bueno, no lo sé. ¿Qué tal si probamos ese viejo árbol de rama muerta en la colina al otro lado del arroyo Still-House?
—Estoy de acuerdo.
Así que consiguieron un pico estropeado y una pala, y emprendieron su caminata de tres millas. Llegaron calientes y jadeantes, y se arrojaron a la sombra de un olmo cercano para descansar y echar un cigarro.
—Me gusta esto —dijo Tom.
—A mí también.
—Dime, Huck, si encontramos un tesoro aquí, ¿qué vas a hacer con tu parte?
—Bueno, tomaré pastel y un vaso de soda todos los días, e iré a todos los circos que aparezcan. Apuesto a que me divertiré mucho.
—Bueno, ¿no vas a ahorrar nada de eso?
—¿Ahorrarlo? ¿Para qué?
—Vaya, para tener algo con qué vivir, poco a poco.
—Oh, eso no sirve de nada. Pap volvería a este pueblo algún día y le echaría el guante si no me doy prisa, y te digo que lo dejaría vacío bastante rápido. ¿Qué vas a hacer con la tuya, Tom?
—Voy a comprar un tambor nuevo, y una espada de verdad, y una corbata roja y un cachorro de bulldog, y casarme.
—¡Casarte!
—Eso es.
—Tom, tú... vaya, no estás en tus cabales.
—Espera, ya verás.
—Bueno, esa es la cosa más tonta que podrías hacer. Mira a pap y a mi madre. ¡Peleas! Vaya, solían pelear todo el tiempo. Lo recuerdo muy bien.
—Eso no es nada. La chica con la que me voy a casar no peleará.
—Tom, supongo que todas son iguales. Todas te peinarán. Ahora será mejor que pienses en esto un rato. Te digo que será mejor. ¿Cuál es el nombre de la chica?
—No es una chica en absoluto, es una muchacha.
—Es todo lo mismo, supongo; algunos dicen una cosa, otros otra; ambas están bien, probablemente. De todos modos, ¿cuál es su nombre, Tom?
—Te lo diré algún día; ahora no.
—Está bien; eso servirá. Solo que si te casas estaré más solo que nunca.
—No, no lo estarás. Vendrás y vivirás conmigo. Ahora levántate de aquí y vamos a cavar.
Trabajaron y sudaron durante media hora. Ningún resultado. Se esforzaron otra media hora. Todavía ningún resultado. Huck dijo:
—¿Siempre lo entierran tan profundo como esto?
—A veces, no siempre. No generalmente. Supongo que no tenemos el lugar correcto.
Así que eligieron un nuevo punto y comenzaron de nuevo. La labor se hizo un poco pesada, pero aun así progresaron. Trabajaron en silencio durante un buen rato. Finalmente, Huck se apoyó en su pala, se secó las gotas de sudor de la frente con la manga y dijo:
—¿Dónde vas a cavar después, cuando terminemos esto?
—Supongo que quizás probaremos el viejo árbol que está allá en Cardiff Hill detrás de la casa de la viuda.
—Supongo que ese será uno bueno. ¿Pero no nos lo quitará la viuda, Tom? Está en su tierra.
—¡Ella quitárnoslo! Quizás le gustaría intentarlo una vez. Quien encuentra uno de estos tesoros escondidos, le pertenece. No hace ninguna diferencia en la tierra de quién esté.
Eso fue satisfactorio. El trabajo continuó. Al poco rato Huck dijo:
—Maldita sea, debemos estar en el lugar equivocado otra vez. ¿Qué piensas?
—Es muy curioso, Huck. No lo entiendo. A veces las brujas interfieren. Supongo que quizás ese es el problema ahora.
—¡Bah! Las brujas no tienen poder durante el día.
—Bueno, eso es cierto. No pensé en eso. ¡Oh, ya sé lo que pasa! ¡Qué montón de tontos somos! ¡Tienes que averiguar dónde cae la sombra de la rama a medianoche, y ahí es donde cavas!
—Entonces, maldita sea, hemos desperdiciado todo este trabajo para nada. Ahora diablos, tenemos que volver por la noche. Es un camino terriblemente largo. ¿Puedes salir?
—Apuesto a que lo haré. Tenemos que hacerlo esta noche también, porque si alguien ve estos agujeros sabrá en un minuto lo que hay aquí e irá a por ello.
—Bueno, vendré y maullaré esta noche.
—Está bien. Escondamos las herramientas en los arbustos.
Los muchachos estuvieron allí esa noche, alrededor de la hora señalada. Se sentaron en la sombra esperando. Era un lugar solitario, y una hora hecha solemne por antiguas tradiciones. Los espíritus susurraban entre las hojas que crujían, los fantasmas acechaban en los rincones sombríos, el profundo aullido de un sabueso flotó desde la distancia, un búho respondió con su nota sepulcral. Los muchachos fueron dominados por estas solemnidades y hablaron poco. Al poco tiempo juzgaron que las doce habían llegado; marcaron donde caía la sombra y comenzaron a cavar. Sus esperanzas comenzaron a elevarse. Su interés creció más fuerte y su industria mantuvo el ritmo. El agujero se profundizaba y profundizaba más, pero cada vez que sus corazones saltaban al oír el pico golpear algo, solo sufrían una nueva decepción. Solo era una piedra o un trozo de madera. Al final Tom dijo:
—No sirve de nada, Huck, estamos equivocados otra vez.
—Bueno, pero no podemos estar equivocados. Marcamos la sombra al milímetro.
—Lo sé, pero entonces hay otra cosa.
—¿Qué es eso?
—Vaya, solo adivinamos la hora. Probablemente era demasiado tarde o demasiado temprano.
Huck dejó caer su pala.
—Eso es —dijo él—. Ese es el problema mismo. Tenemos que abandonar este. Nunca podemos decir la hora correcta, y además este tipo de cosas es demasiado horrible, aquí a esta hora de la noche con brujas y fantasmas revoloteando tanto. Siento como si algo estuviera detrás de mí todo el tiempo; y tengo miedo de darme la vuelta, porque quizás hay otros enfrente esperando una oportunidad. He estado estremeciéndome por todas partes, desde que llegué aquí.
—Bueno, yo he estado más o menos igual, Huck. Casi siempre ponen a un hombre muerto cuando entierran un tesoro bajo un árbol, para que lo vigile.
—¡Dios mío!
—Sí, lo hacen. Siempre he oído eso.
—Tom, no me gusta andar mucho por donde hay muertos. Uno está destinado a meterse en problemas con ellos, seguro.
—Tampoco me gusta molestarlos. ¡Supón que este de aquí sacara su cráneo y dijera algo!
—¡No digas eso, Tom! Es horrible.
—Bueno, lo es. Huck, no me siento nada cómodo.
—Dime, Tom, abandonemos este lugar e intentemos en otro lado.
—Está bien, supongo que será mejor.
—¿Qué será?
Tom consideró un rato; y luego dijo:
—La casa encantada. ¡Eso es!
—Maldita sea, no me gustan las casas encantadas, Tom. Vaya, son mucho peores que los muertos. Los muertos podrían hablar, tal vez, pero no vienen deslizándose en un sudario, cuando no te das cuenta, y miran sobre tu hombro de repente y rechinan los dientes, de la manera que lo hace un fantasma. No podría soportar tal cosa, Tom; nadie podría.
—Sí, pero, Huck, los fantasmas no viajan de un lado a otro solo de noche. No nos impedirán cavar allí durante el día.
—Bueno, eso es cierto. Pero sabes perfectamente bien que la gente no anda por esa casa encantada ni de día ni de noche.
—Bueno, eso es mayormente porque no les gusta ir donde un hombre ha sido asesinado, de todos modos; pero nunca se ha visto nada alrededor de esa casa excepto en la noche; solo algunas luces azules deslizándose por las ventanas; no fantasmas regulares.
—Bueno, cuando ves una de esas luces azules parpadeando por ahí, Tom, puedes apostar a que hay un fantasma muy cerca detrás. Tiene sentido. Porque sabes que nadie más que los fantasmas las usa.
—Sí, eso es cierto. Pero de todos modos no vienen durante el día, así que ¿qué sentido tiene que tengamos miedo?
—Bueno, está bien. Proprobaremos con la casa encantada si tú lo dices; pero supongo que es arriesgado.
Habían comenzado a bajar la colina para entonces. Allí, en medio del valle iluminado por la luna debajo de ellos, estaba la casa «encantada», totalmente aislada, sus cercas desaparecidas hace mucho tiempo, malezas espesas sofocando los mismos escalones, la chimenea desmoronada en ruinas, los marcos de las ventanas vacíos, un rincón del techo hundido. Los muchachos contemplaron un rato, esperando a medias ver una luz azul pasar volando por una ventana; luego, hablando en voz baja, como correspondía al tiempo y las circunstancias, se desviaron lejos hacia la derecha, para dar un amplio rodeo a la casa encantada, y siguieron su camino hacia casa a través de los bosques que adornaban el lado posterior de Cardiff Hill.
CAPÍTULO XXVI
Alrededor del mediodía del día siguiente los muchachos llegaron al árbol muerto; habían venido por sus herramientas. Tom estaba impaciente por ir a la casa encantada; Huck lo estaba considerablemente también; pero de repente dijo:
—Mira, Tom, ¿sabes qué día es?
Tom repasó mentalmente los días de la semana, y luego levantó rápidamente sus ojos con una mirada de sobresalto:
—¡Cielos! ¡Ni una vez pensé en ello, Huck!
—Bueno, yo tampoco, pero de repente me vino que era viernes.
—Maldita sea, uno no puede ser demasiado cuidadoso, Huck. Podríamos habernos metido en un lío terrible, intentando tal cosa un viernes.
—¡Podríamos! ¡Mejor di que lo habríamos hecho! Hay algunos días afortunados, tal vez, pero el viernes no lo es.
—Cualquier tonto sabe eso. No creo que fueras el primero en descubrirlo, Huck.
—Bueno, nunca dije que lo fuera, ¿verdad? Y el viernes no es todo, tampoco. Tuve un sueño terriblemente malo anoche; soñé con ratas.
—¿No! Señal segura de problemas. ¿Pelearon?
—No.
—Bueno, eso es bueno, Huck. Cuando no pelean es solo señal de que hay problemas alrededor, ya sabes. Todo lo que tenemos que hacer es estar muy alerta y mantenernos fuera de ellos. Dejaremos esto por hoy, y jugaremos. ¿Conoces a Robin Hood, Huck?
—No. ¿Quién es Robin Hood?
—Vaya, fue uno de los hombres más grandes que jamás hubo en Inglaterra, y el mejor. Era un ladrón.
—Diablos, desearía serlo. ¿A quién robaba?
—Solo a sheriffs y obispos y gente rica y reyes, y cosas por el estilo. Pero nunca molestaba a los pobres. Los amaba. Siempre dividía con ellos perfectamente justo.
—Bueno, debe haber sido un tipo excelente.
—Apuesto a que lo era, Huck. Oh, era el hombre más noble que jamás existió. No hay hombres así ahora, te lo aseguro. Podía vencer a cualquier hombre en Inglaterra, con una mano atada a la espalda; y podía tomar su arco de tejo y dar en una moneda de diez centavos cada vez, a una milla y media.
—¿Qué es un arco de tejo?
—No lo sé. Es algún tipo de arco, por supuesto. Y si daba en esa moneda solo en el borde se sentaba y lloraba, y maldecía. Pero jugaremos a Robin Hood; es una diversión elegante. Te enseñaré.
—Estoy de acuerdo.
Así que jugaron a Robin Hood toda la tarde, de vez en cuando lanzando una mirada anhelante hacia la casa encantada y pasando un comentario sobre las perspectivas y posibilidades del mañana allí. Mientras el sol comenzaba a hundirse en el oeste, tomaron su camino a casa a través de las largas sombras de los árboles y pronto quedaron enterrados fuera de la vista en los bosques de Cardiff Hill.
El sábado, poco después del mediodía, los muchachos estaban en el árbol muerto otra vez. Fumaron y charlaron a la sombra, y luego cavaron un poco en su último agujero, no con gran esperanza, sino simplemente porque Tom dijo que había tantos casos en los que la gente había abandonado un tesoro después de estar a seis pulgadas de él, y luego alguien más había llegado y lo había desenterrado con un solo golpe de pala. La cosa falló esta vez, sin embargo, así que los muchachos cargaron sus herramientas y se fueron sintiendo que no habían jugado con la fortuna, sino que habían cumplido con todos los requisitos que pertenecen al negocio de la búsqueda de tesoros.
Cuando llegaron a la casa encantada había algo tan extraño y espeluznante en el silencio mortal que reinaba allí bajo el sol abrasador, y algo tan deprimente en la soledad y desolación del lugar, que tuvieron miedo, por un momento, de aventurarse. Luego se arrastraron hasta la puerta y echaron un vistazo tembloroso. Vieron una habitación cubierta de maleza, sin suelo, sin enlucir, una chimenea antigua, ventanas vacías, una escalera en ruinas; y aquí, allá y en todas partes colgaban telarañas harapientas y abandonadas. Pronto entraron, suavemente, con el pulso acelerado, hablando en susurros, los oídos atentos para captar el más mínimo sonido, y los músculos tensos y listos para una retirada instantánea.
En poco tiempo la familiaridad modificó sus miedos y dieron al lugar un examen crítico e interesado, admirando bastante su propia audacia, y maravillándose de ella también. Luego quisieron mirar arriba. Esto era algo así como cortar la retirada, pero comenzaron a desafiarse el uno al otro, y por supuesto solo podía haber un resultado; arrojaron sus herramientas en un rincón e hicieron el ascenso. Arriba estaban las mismas señales de decadencia. En un rincón encontraron un armario que prometía misterio, pero la promesa era un fraude; no había nada en él. Su coraje estaba ya alto y bien controlado. Estaban a punto de bajar y comenzar a trabajar cuando...
—¡Sh! —dijo Tom.
—¿Qué es? —susurró Huck, palideciendo de miedo.
—¡Sh!... ¡Ahí!... ¿Lo oyes?
—¡Sí!... ¡Oh, Dios! ¡Corramos!
—¡Quédate quieto! ¡No te muevas! Vienen directamente hacia la puerta.
Los muchachos se estiraron sobre el suelo con los ojos en los nudos de las tablas, y se quedaron esperando, en una miseria de miedo.
—Se han detenido... No... vienen... Aquí están. No susurres otra palabra, Huck. ¡Dios mío, ojalá estuviera fuera de esto!
Dos hombres entraron. Cada muchacho se dijo a sí mismo: «Ahí está el viejo español sordo y mudo que ha estado por el pueblo una o dos veces últimamente; nunca había visto al otro hombre antes».
El «otro» era una criatura harapienta y descuidada, sin nada muy agradable en su rostro. El español estaba envuelto en un sarape; tenía patillas blancas y tupidas; largo pelo blanco fluía de debajo de su sombrero, y llevaba gafas verdes. Cuando entraron, el «otro» estaba hablando en voz baja; se sentaron en el suelo, frente a la puerta, con sus espaldas contra la pared, y el orador continuó sus comentarios. Su manera se volvió menos cautelosa y sus palabras más claras a medida que procedía:
—No —dijo él—, lo he pensado todo, y no me gusta. Es peligroso.
—¡Peligroso! —gruñó el español «sordo y mudo», para gran sorpresa de los muchachos—. ¡Papanatas!
Esta voz hizo que los muchachos jadearan y temblaran. ¡Era Injun Joe! Hubo silencio durante un rato. Luego Joe dijo:
—¿Qué es más peligroso que ese trabajo allá arriba? Pero no ha salido nada de ello.
—Eso es diferente. Lejos río arriba así, y ni otra casa alrededor. Nunca se sabrá que lo intentamos, de todos modos, ya que no tuvimos éxito.
—Bueno, ¿qué es más peligroso que venir aquí a la luz del día? Cualquiera que nos viera sospecharía de nosotros.
—Lo sé. Pero no había otro lugar tan a mano después de ese estúpido trabajo. Quiero dejar esta choza. Quería hacerlo ayer, solo que no servía de nada intentar salir de aquí, con esos endemoniados muchachos jugando allí en la colina, justo a plena vista.
“Esos endemoniados muchachos” temblaron de nuevo ante la inspiración de este comentario, y pensaron en lo afortunado que era haber recordado que era viernes y haber concluido esperar un día. Desearon en el fondo de sus corazones haber esperado un año.
Los dos hombres sacaron algo de comida e hicieron un almuerzo. Tras un largo y pensativo silencio, Injun Joe dijo:
—Mira, muchacho, vuelve río arriba, a donde perteneces. Espera allí hasta que tengas noticias mías. Me arriesgaré a pasar por este pueblo una vez más, para echar un vistazo. Haremos ese trabajo “peligroso” después de que haya espiado un poco y crea que las cosas se ven bien para ello. ¡Entonces, a Texas! ¡Iremos juntos!
Esto fue satisfactorio. Ambos hombres se pusieron a bostezar poco después, e Injun Joe dijo:
—¡Me muero de sueño! Es tu turno de vigilar.
Se acurrucó entre la maleza y pronto comenzó a roncar. Su camarada lo sacudió una o dos veces y él se quedó quieto. Al poco tiempo, el vigilante comenzó a cabecear; su cabeza se inclinaba más y más, ambos hombres empezaron a roncar ahora.
Los muchachos soltaron un largo y agradecido suspiro. Tom susurró:
—¡Es nuestra oportunidad, vamos!
Huck dijo:
—No puedo, moriría si se despertaran.
Tom insistió; Huck se resistió. Finalmente, Tom se levantó lenta y suavemente, y comenzó a caminar solo. Pero el primer paso que dio arrancó un chirrido tan espantoso del suelo desvencijado que se desplomó casi muerto de miedo. Nunca hizo un segundo intento. Los muchachos yacían allí contando los minutos interminables hasta que les pareció que el tiempo debía haberse acabado y la eternidad se tornaba gris; y entonces se sintieron agradecidos al notar que por fin el sol se estaba poniendo.
Entonces, un ronquido cesó. Injun Joe se sentó, miró a su alrededor, sonrió con severidad a su camarada, cuya cabeza caía sobre sus rodillas, lo sacudió con el pie y dijo:
—¡Oye! Eres un vigilante, ¿no? Aunque está bien, no ha pasado nada.
—¡Vaya! ¿Me he quedado dormido?
—Oh, en parte, en parte. Casi es hora de que nos movamos, compañero. ¿Qué haremos con el poco botín que nos queda?
—No lo sé, dejarlo aquí como siempre hemos hecho, supongo. No hay razón para llevárselo hasta que partamos al sur. Seiscientos cincuenta en plata es algo que cargar.
—Bueno, está bien, no importa venir aquí una vez más.
—No, pero yo diría que vengamos de noche como solíamos hacer, es mejor.
—Sí; pero mira, puede pasar un buen tiempo antes de que tenga la oportunidad correcta para ese trabajo; pueden ocurrir accidentes; no es un lugar muy bueno; simplemente vamos a enterrarlo de verdad, y enterrarlo profundo.
—Buena idea —dijo el camarada, quien cruzó la habitación, se arrodilló, levantó una de las piedras traseras del hogar y sacó una bolsa que tintineó placenteramente. Restó de ella veinte o treinta dólares para sí mismo y otros tantos para Injun Joe, y le pasó la bolsa a este último, quien estaba de rodillas en el rincón, cavando ahora con su cuchillo bowie.
Los muchachos olvidaron todos sus miedos y todas sus miserias en un instante. Con ojos codiciosos observaron cada movimiento. ¡Suerte! ¡El esplendor de aquello estaba más allá de toda imaginación! ¡Seiscientos dólares era dinero suficiente para hacer ricos a media docena de muchachos! Aquí estaba la búsqueda de tesoros bajo los auspicios más felices; no habría ninguna incertidumbre molesta sobre dónde cavar. Se daban codazos a cada momento, codazos elocuentes y fácilmente comprendidos, pues simplemente significaban: “¡Oh, pero no te alegras ahora de que estemos aquí!”.
El cuchillo de Joe golpeó algo.
—¡Hola! —dijo él.
—¿Qué es? —dijo su camarada.
—Tabla medio podrida; no, es una caja, creo. Aquí, echa una mano y veremos para qué está aquí. No importa, he abierto un agujero.
Metió la mano y la sacó.
—¡Hombre, es dinero!
Los dos hombres examinaron el puñado de monedas. Eran de oro. Los muchachos arriba estaban tan emocionados como ellos, y tan encantados.
El camarada de Joe dijo:
—Haremos esto rápido. Hay un pico viejo y oxidado entre la maleza en el rincón al otro lado de la chimenea; lo vi hace un minuto.
Corrió y trajo el pico y la pala de los muchachos. Injun Joe tomó el pico, lo examinó críticamente, sacudió la cabeza, murmuró algo para sí mismo y luego comenzó a usarlo. La caja pronto fue desenterrada. No era muy grande; estaba reforzada con hierro y había sido muy fuerte antes de que los lentos años la hubieran dañado. Los hombres contemplaron el tesoro un rato en un silencio dichoso.
—Compañero, hay miles de dólares aquí —dijo Injun Joe.
—Siempre se dijo que la banda de Murrel solía estar por aquí un verano —observó el extraño.
—Lo sé —dijo Injun Joe—; y esto parece confirmarlo, diría yo.
—Ahora no necesitarás hacer ese trabajo.
El mestizo frunció el ceño. Dijo:
—No me conoces. O al menos no sabes todo sobre ese asunto. No es un robo del todo, ¡es venganza! —y una luz malvada brilló en sus ojos—. Necesitaré tu ayuda en esto. Cuando esté terminado, entonces Texas. Vete a casa con tu Nance y tus hijos, y espera hasta que tengas noticias mías.
—Bueno, si tú lo dices; ¿qué haremos con esto, enterrarlo de nuevo?
—Sí. [Deleite arrebatador arriba.] ¡No! Por el gran Sachem, ¡no! [Profunda angustia arriba.] Casi lo olvido. ¡Ese pico tenía tierra fresca! [Los muchachos se enfermaron de terror en un momento.] ¿Qué hacen aquí un pico y una pala? ¿Qué hacen con tierra fresca encima? ¿Quién los trajo aquí y a dónde se han ido? ¿Has oído a alguien? ¿Visto a alguien? ¡Qué! ¿Enterrarlo de nuevo y dejar que ellos vengan y vean el suelo removido? No exactamente, no exactamente. Nos lo llevaremos a mi guarida.
—¡Vaya, por supuesto! Podría haber pensado en eso antes. ¿Te refieres al Número Uno?
—No, al Número Dos, bajo la cruz. El otro lugar es malo, demasiado común.
—Está bien. Ya está lo suficientemente oscuro para empezar.
Injun Joe se levantó y fue de ventana en ventana espiando cautelosamente hacia afuera. Al poco rato dijo:
—¿Quién podría haber traído esas herramientas aquí? ¿Crees que pueden estar arriba?
A los muchachos se les cortó el aliento. Injun Joe puso la mano sobre su cuchillo, se detuvo un momento, indeciso, y luego se volvió hacia la escalera. Los muchachos pensaron en el armario, pero sus fuerzas se habían agotado. Los pasos crujieron al subir la escalera; la angustia intolerable de la situación despertó la resolución de los muchachos; estaban a punto de saltar hacia el armario, cuando hubo un estruendo de maderas podridas e Injun Joe aterrizó en el suelo en medio de los escombros de la escalera destruida. Se levantó maldiciendo, y su camarada dijo:
—¿Y ahora de qué sirve todo eso? Si es alguien y están ahí arriba, que se queden ahí; ¿a quién le importa? Si quieren saltar ahora y meterse en problemas, ¿quién se opone? Estará oscuro en quince minutos, y luego que nos sigan si quieren. Yo estoy dispuesto. En mi opinión, quienquiera que haya arrojado esas cosas aquí nos vio y nos tomó por fantasmas, demonios o algo así. Apuesto a que todavía están corriendo.
Joe refunfuñó un rato; luego estuvo de acuerdo con su amigo en que la luz del día que quedaba debía aprovecharse en preparar las cosas para partir. Poco después se escabulleron de la casa en el crepúsculo cada vez más profundo y se dirigieron hacia el río con su preciada caja.
Tom y Huck se levantaron, débiles pero inmensamente aliviados, y los siguieron con la mirada a través de las rendijas entre los troncos de la casa. ¿Seguirlos? Ni hablar. Se conformaban con llegar al suelo de nuevo sin romperse el cuello y tomar el camino hacia el pueblo sobre la colina. No hablaron mucho. Estaban demasiado absortos odiándose a sí mismos, odiando la mala suerte que los hizo llevar la pala y el pico allí. De no ser por eso, Injun Joe nunca habría sospechado. Habría escondido la plata con el oro para esperar allí hasta que su “venganza” estuviera satisfecha, y entonces habría tenido la desgracia de descubrir que el dinero había desaparecido. ¡Amarga, amarga suerte que las herramientas fueran llevadas allí!
Resolvieron estar atentos a ese español cuando viniera al pueblo a espiar buscando oportunidades para realizar su trabajo de venganza, y seguirlo hasta el “Número Dos”, dondequiera que fuera. Entonces a Tom se le ocurrió un pensamiento espantoso.
—¿Venganza? ¡Y si se refiere a nosotros, Huck!
—¡Oh, no digas eso! —dijo Huck, casi desmayándose.
Lo hablaron todo, y al entrar al pueblo acordaron creer que posiblemente se refería a alguien más; al menos que no se refería a nadie más que a Tom, ya que solo Tom había testificado.
¡Era un consuelo muy, muy pequeño para Tom estar solo en peligro! La compañía sería una mejora palpable, pensó.
CAPÍTULO XXVII
La aventura del día atormentó poderosamente los sueños de Tom esa noche. Cuatro veces tuvo sus manos sobre ese rico tesoro y cuatro veces se redujo a la nada entre sus dedos a medida que el sueño lo abandonaba y la vigilia traía de vuelta la dura realidad de su desgracia. Mientras yacía temprano en la mañana recordando los incidentes de su gran aventura, notó que parecían curiosamente atenuados y distantes, algo así como si hubieran ocurrido en otro mundo, o en un tiempo ya lejano. ¡Entonces se le ocurrió que la gran aventura misma debía ser un sueño! Había un argumento muy sólido a favor de esta idea: a saber, que la cantidad de monedas que había visto era demasiado vasta para ser real. Nunca antes había visto tanto como cincuenta dólares juntos, y era como todos los muchachos de su edad y condición social, en el sentido de que imaginaba que todas las referencias a “cientos” y “miles” eran meras formas fantasiosas de hablar, y que tales sumas realmente no existían en el mundo. Nunca había supuesto ni por un momento que una suma tan grande como cien dólares se pudiera encontrar en dinero real en posesión de nadie. Si sus nociones sobre tesoros escondidos hubieran sido analizadas, se habría descubierto que consistían en un puñado de monedas reales y un puñado de dólares vagos, espléndidos e inalcanzables.
Pero los incidentes de su aventura crecieron sensiblemente más nítidos y claros bajo el desgaste de pensar en ellos, por lo que pronto se encontró inclinándose a la impresión de que la cosa podría no haber sido un sueño, después de todo. Esta incertidumbre debía ser eliminada. Tomaría un desayuno apresurado e iría a buscar a Huck.
Huck estaba sentado en la borda de una chata, balanceando lánguidamente los pies en el agua y luciendo muy melancólico. Tom decidió dejar que Huck sacara el tema. Si no lo hacía, entonces la aventura demostraría haber sido solo un sueño.
—¡Hola, Huck!
—Hola tú mismo.
Silencio por un minuto.
—Tom, si hubiéramos dejado las malditas herramientas en el árbol muerto, habríamos conseguido el dinero. ¡Oh, no es horrible!
—¡No es un sueño, entonces, no es un sueño! De alguna manera casi desearía que lo fuera. Maldita sea si no lo deseo, Huck.
—¿Qué no es un sueño?
—Oh, eso de ayer. He estado pensando a medias que lo era.
—¡Sueño! ¡Si esas escaleras no se hubieran roto, habrías visto cuánto sueño era! He tenido bastantes sueños toda la noche, con ese diablo español de parche en el ojo persiguiéndome a través de ellos, ¡maldito sea!
—No, no maldito sea. ¡Encuéntralo! ¡Rastrea el dinero!
—Tom, nunca lo encontraremos. Un tipo no tiene más que una oportunidad para semejante botín, y esa se perdió. Me sentiría muy tembloroso si lo viera, de todos modos.
—Bueno, yo también; pero me gustaría verlo, de todos modos, y rastrearlo hasta su Número Dos.
—Número Dos, sí, eso es. He estado pensando en eso. Pero no saco nada en claro. ¿Qué crees que es?
—No lo sé. Es demasiado profundo. Di, Huck, ¡tal vez es el número de una casa!
—¡Genial! No, Tom, eso no es. Si lo es, no es en este pueblo de mala muerte. Aquí no hay números.
—Bueno, eso es cierto. Déjame pensar un minuto. Aquí, ¡es el número de una habitación, en una taberna, ya sabes!
—¡Oh, ese es el truco! No hay más que dos tabernas. Podemos averiguarlo rápido.
—Quédate aquí, Huck, hasta que vuelva.
Tom se fue de inmediato. No le importaba tener la compañía de Huck en lugares públicos. Estuvo fuera media hora. Descubrió que en la mejor taberna, el N.º 2 había estado ocupado durante mucho tiempo por un joven abogado, y todavía lo estaba. En la casa menos ostentosa, el N.º 2 era un misterio. El joven hijo del tabernero dijo que se mantenía bajo llave todo el tiempo, y nunca vio a nadie entrar o salir de ella excepto de noche; no conocía ninguna razón particular para este estado de cosas; había tenido algo de curiosidad, pero era bastante débil; había aprovechado el misterio entreteniéndose con la idea de que esa habitación estaba “encantada”; había notado que hubo una luz allí la noche anterior.
—Eso es lo que he averiguado, Huck. Supongo que ese es el mismísimo N.º 2 que estamos buscando.
—Supongo que lo es, Tom. ¿Ahora qué vas a hacer?
—Déjame pensar.
Tom pensó un largo rato. Luego dijo:
—Te lo diré. La puerta trasera de ese N.º 2 es la puerta que da al pequeño callejón estrecho entre la taberna y la vieja tienda de ladrillos desvencijada. Ahora, hazte con todas las llaves que puedas encontrar, yo robaré todas las de mi tía, y la primera noche oscura iremos allí y las probaremos. Y ten cuidado, mantente atento a Injun Joe, porque dijo que iba a pasar por el pueblo y espiar una vez más buscando una oportunidad para vengarse. Si lo ves, síguelo; y si no va a ese N.º 2, ese no es el lugar.
—Dios, ¡no quiero seguirlo yo solo!
—Vaya, seguro que será de noche. Tal vez ni siquiera te vea, y si lo hiciera, tal vez nunca pensaría nada.
—Bueno, si está bastante oscuro supongo que lo seguiré. No lo sé, no lo sé. Lo intentaré.
—Apuesto a que lo seguiré, si está oscuro, Huck. Vaya, tal vez se dio cuenta de que no podía vengarse e irá directo por ese dinero.
—Es cierto, Tom, es cierto. Lo seguiré; ¡lo haré, por todos los demonios!
—¡Así se habla! Nunca te debilites, Huck, y yo no lo haré.
CAPÍTULO XXVIII
Esa noche Tom y Huck estaban listos para su aventura. Merodearon por el vecindario de la taberna hasta después de las nueve, uno vigilando el callejón a distancia y el otro la puerta de la taberna. Nadie entró en el callejón ni salió de él; nadie parecido al español entró o salió por la puerta de la taberna. La noche prometía ser tranquila; así que Tom se fue a casa con el entendimiento de que, si llegaba un grado considerable de oscuridad, Huck vendría y maullaría, momento en el cual él saldría a hurtadillas y probaría las llaves. Pero la noche permaneció despejada, y Huck cerró su guardia y se fue a dormir a un barril de azúcar vacío alrededor de las doce.
El martes los muchachos tuvieron la misma mala suerte. También el miércoles. Pero la noche del jueves prometió mejor. Tom salió a tiempo con la vieja linterna de hojalata de su tía y una toalla grande para taparla. Escondió la linterna en el barril de azúcar de Huck y comenzó la vigilancia. Una hora antes de la medianoche, la taberna cerró y sus luces (las únicas por allí) se apagaron. No se había visto a ningún español. Nadie había entrado o salido del callejón. Todo era auspicioso. La oscuridad absoluta reinaba, la quietud perfecta solo se interrumpía por murmullos ocasionales de truenos distantes.
Tom tomó su linterna, la encendió en el barril, la envolvió bien con la toalla y los dos aventureros se arrastraron en la penumbra hacia la taberna. Huck hizo de centinela y Tom tanteó su camino hacia el callejón. Luego hubo un tiempo de espera ansiosa que pesó sobre el espíritu de Huck como una montaña. Empezó a desear poder ver un destello de la linterna; le asustaría, pero al menos le diría que Tom seguía vivo. Parecían horas desde que Tom había desaparecido. Seguramente debía haberse desmayado; tal vez estaba muerto; tal vez su corazón había estallado bajo el terror y la emoción. En su inquietud, Huck se vio acercándose más y más al callejón; temiendo todo tipo de cosas terribles y esperando a cada momento que ocurriera alguna catástrofe que le quitara el aliento. No había mucho que quitar, pues parecía capaz de inhalarlo solo a dedales, y su corazón pronto se desgastaría de la forma en que latía. De repente, hubo un destello de luz y Tom pasó corriendo junto a él: “¡Corre! —dijo—, ¡corre por tu vida!”.
No tenía que haberlo repetido; una vez era suficiente; Huck iba a sesenta kilómetros por hora antes de que la repetición fuera pronunciada. Los muchachos no se detuvieron hasta llegar al cobertizo de un matadero abandonado en el extremo inferior del pueblo. Justo cuando se pusieron bajo su refugio, estalló la tormenta y la lluvia cayó a cántaros. Tan pronto como Tom recuperó el aliento, dijo:
—¡Huck, fue horrible! Probé dos de las llaves, tan suavemente como pude; pero parecían hacer tal cantidad de ruido que casi no podía respirar, estaba tan asustado. Tampoco giraban en la cerradura. Bueno, sin darme cuenta de lo que hacía, agarré el pomo, ¡y la puerta se abrió! ¡No estaba cerrada! Entré de un salto, me quité la toalla, ¡y, por el fantasma del gran César!
—¡Qué! ¿Qué viste, Tom?
—¡Huck, casi piso la mano de Injun Joe!
—¡No!
—¡Sí! Estaba tirado allí, profundamente dormido en el suelo, con su viejo parche en el ojo y los brazos extendidos.
—Dios, ¿qué hiciste? ¿Se despertó?
—No, ni se movió. Borracho, supongo. ¡Simplemente agarré la toalla y salí!
—¡Apuesto a que nunca se me habría ocurrido lo de la toalla!
—Bueno, a mí sí. Mi tía me daría una buena reprimenda si la perdiera.
—Di, Tom, ¿viste la caja?
—Huck, no esperé para mirar alrededor. No vi la caja, no vi la cruz. No vi nada más que una botella y una taza de hojalata en el suelo junto a Injun Joe; sí, vi dos barriles y muchas más botellas en la habitación. ¿No ves ahora qué es lo que pasa con esa habitación encantada?
—¿Cómo?
—¡Pues que está encantada con whisky! Tal vez todas las tabernas de la templanza tengan una habitación encantada, ¿eh, Huck?
—Bueno, supongo que tal vez sea así. ¿Quién iba a pensar tal cosa? Pero di, Tom, ahora es un momento muy bueno para conseguir esa caja, si Injun Joe está borracho.
—¡Lo es! ¡Inténtalo tú!
Huck se estremeció.
—Bueno, no, supongo que no.
—Y yo supongo que no, Huck. Solo una botella junto a Injun Joe no es suficiente. Si hubiera habido tres, estaría lo suficientemente borracho y yo lo haría.
Hubo una larga pausa para reflexionar, y luego Tom dijo:
—Mira, Huck, no intentemos eso más hasta que sepamos que Injun Joe no está allí. Es demasiado aterrador. Ahora, si vigilamos todas las noches, estaremos seguros de verlo salir, tarde o temprano, y entonces arrebataremos esa caja más rápido que un rayo.
—Bueno, estoy de acuerdo. Vigilaré toda la noche, y lo haré todas las noches también, si tú haces la otra parte del trabajo.
—Está bien, lo haré. Todo lo que tienes que hacer es subir por Hooper Street una manzana y maullar; y si estoy dormido, arroja algo de grava a la ventana y eso me despertará.
—¡Hecho, y palabra de honor!
—Ahora, Huck, la tormenta ha pasado y me iré a casa. Empezará a amanecer en un par de horas. Vuelve y vigila ese tiempo, ¿quieres?
—Dije que lo haría, Tom, y lo haré. ¡Encantaré esa taberna todas las noches durante un año! Dormiré todo el día y haré guardia toda la noche.
—Eso está bien. Ahora, ¿dónde vas a dormir?
«En el pajar de Ben Rogers. Me deja, y también el negro de su padre, el tío Jake. Yo le acarreo agua al tío Jake siempre que me lo pide, y cada vez que le pregunto me da algo de comer si le sobra. Es un negro muy bueno, Tom. Me quiere, porque nunca actúo como si fuera superior a él. A veces me he sentado allí mismo a comer con él. Pero no hace falta que lo cuentes. Uno tiene que hacer cosas cuando tiene muchísima hambre que no querría hacer de forma habitual».
«Bueno, si no te necesito durante el día, te dejaré dormir. No vendré a molestar. Cada vez que veas que pasa algo, por la noche, simplemente ven corriendo y haz miau».
CAPÍTULO XXIX
Lo primero que oyó Tom el viernes por la mañana fue una noticia alegre: la familia del juez Thatcher había regresado al pueblo la noche anterior. Tanto el indio Joe como el tesoro pasaron a un segundo plano por un momento, y Becky ocupó el lugar principal en el interés del chico. La vio y pasaron un rato agotadoramente divertido jugando al «hispy» y al «gully-keeper» con un grupo de compañeros de escuela. El día se completó y coronó de una manera peculiarmente satisfactoria: Becky insistió a su madre para que señalara el día siguiente para el picnic largamente prometido y largamente aplazado, y ella accedió. El deleite de la niña no tenía límites; y el de Tom no era más moderado. Las invitaciones se enviaron antes del atardecer, y de inmediato los jóvenes del pueblo se vieron sumidos en una fiebre de preparativos y anticipación placentera. La emoción de Tom le permitió mantenerse despierto hasta una hora bastante avanzada, y tenía buenas esperanzas de oír el «miau» de Huck y de tener su tesoro para asombrar a Becky y a los excursionistas al día siguiente; pero se sintió decepcionado. Ninguna señal llegó esa noche.
La mañana llegó, finalmente, y hacia las diez u once en punto un grupo mareado y bullicioso se reunió en casa del juez Thatcher, y todo estaba listo para partir. No era costumbre que las personas mayores estropearan los picnics con su presencia. Se consideraba que los niños estaban lo suficientemente seguros bajo el ala de unas pocas señoritas de dieciocho años y unos pocos jóvenes de veintitrés o por ahí. Se fletó el viejo transbordador de vapor para la ocasión; pronto la alegre multitud desfiló por la calle principal cargada con cestas de provisiones. Sid estaba enfermo y tuvo que perderse la diversión; Mary se quedó en casa para entretenerlo. Lo último que la señora Thatcher le dijo a Becky fue:
«No volverás hasta tarde. Quizás sería mejor que te quedaras a dormir con alguna de las niñas que viven cerca del embarcadero, hija».
«Entonces me quedaré con Susy Harper, mamá».
«Muy bien. Y recuerda portarte bien y no causar molestias».
Poco después, mientras caminaban a saltitos, Tom le dijo a Becky:
«Oye, te diré lo que haremos. En lugar de ir a casa de Joe Harper, subiremos directo por la colina y pararemos en casa de la viuda Douglas. ¡Tendrá helado! Lo tiene casi todos los días, un montón. Y estará encantadísima de recibirnos».
«¡Oh, eso será divertido!»
Entonces Becky reflexionó un momento y dijo:
«¿Pero qué dirá mamá?»
«¿Cómo va a enterarse?»
La niña le dio vueltas a la idea en su mente y dijo a regañadientes:
«Supongo que está mal, pero...»
«¡Pero tonterías! Tu madre no lo sabrá, así que ¿qué daño hay? Todo lo que quiere es que estés a salvo; y apuesto a que habría dicho que fueras si se le hubiera ocurrido. ¡Sé que lo habría hecho!»
La espléndida hospitalidad de la viuda Douglas era un cebo tentador. Aquello y las persuasiones de Tom ganaron la partida. Así que se decidió no decirle nada a nadie sobre el programa de la noche. Poco después, a Tom se le ocurrió que tal vez Huck podría venir esa misma noche y dar la señal. El pensamiento le quitó gran parte del ánimo a sus expectativas. Aun así, no podía soportar renunciar a la diversión en casa de la viuda Douglas. Y por qué iba a renunciar a ella, razonaba, la señal no llegó la noche anterior, así que ¿por qué iba a ser más probable que llegara esta noche? La diversión segura de la velada superaba al tesoro incierto; y, como buen chico, decidió ceder a la inclinación más fuerte y no permitirse pensar en la caja de dinero ni una vez más aquel día.
Tres millas abajo del pueblo, el transbordador se detuvo en la boca de una hondonada boscosa y atracó. La multitud desembarcó en tropel y pronto las distancias del bosque y las alturas escarpadas resonaron cerca y lejos con gritos y risas. Todas las formas posibles de terminar acalorado y cansado fueron puestas en práctica, y poco a poco los excursionistas regresaron al campamento fortificados con apetitos responsables, y entonces comenzó la destrucción de las provisiones. Tras el festín hubo un refrescante momento de descanso y charla a la sombra de grandes robles. Al poco tiempo alguien gritó:
«¿Quién está listo para la cueva?»
Todo el mundo lo estaba. Se consiguieron haces de velas y, de inmediato, hubo una carrera general colina arriba. La boca de la cueva estaba en la ladera, una abertura con forma de letra A. Su maciza puerta de roble permanecía abierta. Dentro había una pequeña cámara, fría como una nevera, y tapiada por la Naturaleza con piedra caliza sólida que estaba húmeda con un sudor frío. Era romántico y misterioso estar allí en la profunda penumbra y mirar hacia el valle verde que brillaba bajo el sol. Pero lo impresionante de la situación pasó rápidamente y el juego comenzó de nuevo. En el momento en que se encendió una vela, hubo una avalancha general hacia el dueño; siguió una lucha y una defensa valiente, pero la vela fue derribada o apagada pronto, y entonces hubo un alegre clamor de risas y una nueva persecución. Pero todas las cosas tienen un final. Al rato, la procesión fue desfilando por el empinado descenso de la avenida principal, con la parpadeante hilera de luces revelando tenuemente las elevadas paredes de roca casi hasta su punto de unión, veinte metros más arriba. Esta avenida principal no tenía más de dos o tres metros de ancho. A cada pocos pasos, otras grietas elevadas y aún más estrechas se ramificaban a ambos lados, pues la cueva de McDougal no era más que un vasto laberinto de pasillos tortuosos que se cruzaban entre sí y volvían a salir y no llevaban a ninguna parte. Se decía que uno podía vagar días y noches enteros a través de su intrincada maraña de fisuras y abismos, y nunca encontrar el final de la cueva; y que uno podía bajar, y bajar, y bajar aún más, hacia el interior de la tierra, y todo era igual: laberinto sobre laberinto, y sin final para ninguno. Nadie «conocía» la cueva. Eso era algo imposible. La mayoría de los jóvenes conocían una parte de ella, y no era costumbre aventurarse mucho más allá de esta parte conocida. Tom Sawyer conocía tanto de la cueva como cualquiera.
La procesión avanzó por la avenida principal cerca de un kilómetro y cuarto, y luego grupos y parejas comenzaron a deslizarse hacia avenidas laterales, a volar por los pasillos lúgubres y a tomarse por sorpresa en los puntos donde los pasillos volvían a unirse. Los grupos pudieron eludirse mutuamente durante media hora sin ir más allá del terreno «conocido».
Poco a poco, un grupo tras otro regresó a la boca de la cueva, jadeantes, hilarantes, manchados de pies a cabeza con gotas de sebo, embarrados de arcilla y totalmente encantados con el éxito del día. Entonces se sorprendieron al descubrir que no habían estado pendientes del tiempo y que la noche estaba a punto de caer. La campana había estado sonando durante media hora. Sin embargo, este tipo de cierre para las aventuras del día era romántico y, por tanto, satisfactorio. Cuando el transbordador con su salvaje carga se adentró en la corriente, a nadie le importó un bledo el tiempo perdido, salvo al capitán de la embarcación.
Huck ya estaba en su puesto de vigilancia cuando las luces del transbordador pasaron destellando frente al muelle. No oyó ruido a bordo, pues los jóvenes estaban tan abatidos y quietos como suelen estar las personas que están casi muertas de cansancio. Se preguntó qué barco era y por qué no se detuvo en el muelle, y luego lo apartó de su mente y centró su atención en sus asuntos. La noche se estaba volviendo nublada y oscura. Llegaron las diez y el ruido de los vehículos cesó, las luces dispersas comenzaron a apagarse, todos los peatones que caminaban extraviados desaparecieron, el pueblo se entregó al sueño y dejó al pequeño vigilante a solas con el silencio y los fantasmas. Llegaron las once y las luces de la taberna se apagaron; oscuridad por todas partes, ahora. Huck esperó lo que pareció un tiempo terriblemente largo, pero no pasó nada. Su fe se debilitaba. ¿Servía de algo? ¿Realmente servía de algo? ¿Por qué no rendirse e irse a dormir?
Un ruido llegó a sus oídos. Estaba atento al instante. La puerta del callejón se cerró suavemente. Saltó a la esquina de la tienda de ladrillos. Al momento siguiente, dos hombres pasaron rozándolo, y uno parecía llevar algo bajo el brazo. ¡Tenía que ser esa caja! Así que iban a llevarse el tesoro. ¿Por qué llamar a Tom ahora? Sería absurdo: los hombres se escaparían con la caja y nunca los volverían a encontrar. No, se pegaría a su estela y los seguiría; confiaría en la oscuridad para no ser descubierto. Así, hablando consigo mismo, Huck salió y se deslizó detrás de los hombres, como un gato, con los pies descalzos, permitiéndoles mantenerse lo suficientemente lejos como para no ser invisible.
Avanzaron tres manzanas por la calle del río, luego giraron a la izquierda por una calle transversal. Siguieron recto hasta llegar al camino que subía por Cardiff Hill; tomaron ese. Pasaron frente a la casa del viejo galés, a mitad de la colina, sin dudar, y siguieron subiendo. Bien, pensó Huck, la enterrarán en la vieja cantera. Pero nunca se detuvieron en la cantera. Siguieron adelante, hasta la cima. Se hundieron en el estrecho sendero entre los altos arbustos de zumaque y quedaron ocultos de inmediato en la penumbra. Huck se acercó y acortó la distancia, ahora que ya no podrían verlo. Trotó un rato; luego disminuyó el paso, temiendo estar ganando terreno demasiado rápido; avanzó un poco, luego se detuvo por completo; escuchó; ningún sonido; ninguno, salvo que le pareció oír el latido de su propio corazón. El ulular de un búho llegó desde la colina, ¡sonido ominoso! Pero ningún paso. ¡Cielos, estaba todo perdido! Estaba a punto de saltar con pies alados cuando un hombre se aclaró la garganta a no más de un metro de él. El corazón de Huck se le subió a la garganta, pero lo tragó de nuevo; y luego se quedó allí temblando como si una docena de fiebres se hubieran apoderado de él a la vez, y tan débil que pensó que seguramente caería al suelo. Sabía dónde estaba. Sabía que estaba a cinco pasos del escalón que conducía a la propiedad de la viuda Douglas. Muy bien, pensó, que la entierren ahí; no será difícil de encontrar.
Ahora se oyó una voz, una voz muy baja, la del indio Joe:
«Maldita sea, tal vez tenga compañía, hay luces, por tarde que es».
«No puedo ver ninguna».
Esta era la voz de aquel desconocido, el desconocido de la casa encantada. Un escalofrío mortal recorrió el corazón de Huck; ¡este era, pues, el trabajo de «venganza»! Lo primero que pensó fue en huir. Luego recordó que la viuda Douglas había sido amable con él más de una vez, y tal vez estos hombres iban a asesinarla. Deseó atreverse a avisarla; pero sabía que no se atrevía; podrían venir y atraparlo. Pensó todo esto y más en el momento que transcurrió entre el comentario del desconocido y el siguiente del indio Joe, que fue:
«Porque el arbusto te estorba. Ahora, por aquí, ahora ya lo ves, ¿no?»
«Sí. Bueno, supongo que hay compañía allí. Mejor déjalo».
«¡Dejarlo, cuando estoy a punto de abandonar este país para siempre! Dejarlo y tal vez no tener nunca otra oportunidad. Te lo digo de nuevo, como te he dicho antes, no me importa su botín, puedes quedártelo. Pero su marido fue duro conmigo, muchas veces fue duro conmigo, y principalmente fue el juez de paz que me metió en la cárcel por vagabundo. Y eso no es todo. ¡No es ni la millonésima parte! ¡Me hizo azotar! ¡Azotar delante de la cárcel, como a un negro! ¡Con todo el pueblo mirando! ¡Azotado! ¿Entiendes? Se aprovechó de mí y murió. Pero me desquitaré con ella».
«¡Oh, no la mates! ¡No hagas eso!»
«¿Matar? ¿Quién dijo algo de matar? Lo mataría a él si estuviera aquí; pero a ella no. Cuando quieres vengarte de una mujer no la matas, ¡qué va!, vas a por su belleza. ¡Le cortas los orificios nasales, le haces muescas en las orejas como a una cerda!»
«Por Dios, eso es...»
«¡Guárdate tu opinión! Será lo más seguro para ti. La ataré a la cama. Si se desangra hasta morir, ¿es culpa mía? No lloraré si lo hace. Amigo mío, me ayudarás en esto, por mí, por eso estás aquí; yo solo quizá no podría. Si te echas atrás, te mataré. ¿Entiendes eso? Y si tengo que matarte a ti, la mataré a ella, y entonces supongo que nadie sabrá nunca quién hizo este trabajo».
«Bueno, si tiene que hacerse, vamos a ello. Cuanto antes mejor, estoy temblando entero».
«¿Hacerlo ahora? ¿Y con compañía allí? Mira, sospecharé de ti a la primera. No, esperaremos hasta que se apaguen las luces, no hay prisa».
Huck sintió que iba a sobrevenir un silencio, algo aún más terrible que cualquier cantidad de charla asesina; así que contuvo el aliento y retrocedió con cuidado; apoyó el pie con cautela y firmeza, después de equilibrarse a la pata coja de forma precaria y casi tambalearse, primero hacia un lado y luego hacia el otro. Dio otro paso atrás, con la misma elaboración y los mismos riesgos; luego otro y otro, y... ¡una ramita se rompió bajo su pie! Su aliento se detuvo y escuchó. No hubo sonido, la quietud era perfecta. Su gratitud era inmensa. Ahora giró sobre sus talones, entre las paredes de arbustos de zumaque, giró con tanto cuidado como si fuera un barco, y luego caminó rápida pero cautelosamente. Cuando emergió en la cantera se sintió seguro, así que tomó vuelo y salió corriendo. Abajo, abajo se precipitó, hasta llegar a donde el galés. Golpeó la puerta y, al poco, las cabezas del anciano y de sus dos robustos hijos asomaron por las ventanas.
«¿Qué pasa ahí? ¿Quién está golpeando? ¿Qué quieren?»
«¡Déjenme entrar, rápido! Lo contaré todo».
«Vaya, ¿quién eres?»
«¡Huckleberry Finn, rápido, déjenme entrar!»
«¡Huckleberry Finn, desde luego! ¡No es un nombre que abra muchas puertas, supongo! Pero déjenlo entrar, muchachos, a ver qué pasa».
«Por favor, no digan nunca que fui yo quien se lo contó», fueron las primeras palabras de Huck cuando entró. «Por favor, no lo hagan, me matarían, seguro, pero la viuda ha sido buena amiga conmigo a veces y quiero contarlo, lo contaré si prometen que nunca dirán que fui yo».
«¡Por Jorge, tiene algo que contar, si no, no actuaría así!», exclamó el anciano; «suéltalo y nadie aquí dirá nunca nada, muchacho».
Tres minutos después, el anciano y sus hijos, bien armados, subían la colina y entraban en el sendero de zumaque de puntillas, con sus armas en las manos. Huck no les acompañó más. Se escondió detrás de una gran roca y se puso a escuchar. Hubo un silencio ansioso y prolongado, y de repente hubo una explosión de armas de fuego y un grito.
Huck no esperó detalles. Saltó y bajó la colina tan rápido como sus piernas pudieron llevarlo.
CAPÍTULO XXX
Cuando apareció el primer indicio del alba el domingo por la mañana, Huck llegó palpando el camino colina arriba y llamó suavemente a la puerta del viejo galés. Los habitantes dormían, pero era un sueño que estaba a punto de romperse, debido al emocionante episodio de la noche. Llegó una llamada desde una ventana:
«¡Quién está ahí!»
La voz asustada de Huck respondió en tono bajo:
«¡Por favor, déjenme entrar! ¡Solo soy Huck Finn!»
«¡Es un nombre que puede abrir esta puerta de noche o de día, muchacho!, ¡y es bienvenido!»
Aquellas fueron palabras extrañas para los oídos del chico vagabundo, y las más agradables que jamás había oído. No podía recordar que la última palabra se hubiera aplicado nunca a su caso antes. La puerta se abrió rápidamente y entró. A Huck le dieron asiento y el anciano y su par de hijos altos se vistieron rápidamente.
«Ahora, muchacho, espero que tengas mucha hambre, porque el desayuno estará listo en cuanto salga el sol, y tendremos uno bien caliente también, ¡estate tranquilo respecto a eso! Los muchachos y yo esperábamos que aparecieras y te quedaras aquí anoche».
«Estaba terriblemente asustado», dijo Huck, «y corrí. Salí disparado cuando sonaron las pistolas y no paré hasta dentro de tres millas. He venido ahora porque quería saber qué pasó, ¿sabe?, y he venido antes del amanecer porque no quería cruzarme con esos demonios, aunque estuvieran muertos».
«Bueno, pobre chico, parece que has pasado una mala noche, pero hay una cama aquí para ti cuando hayas desayunado. No, no están muertos, muchacho, sentimos mucho eso. Verás, sabíamos exactamente dónde poner nuestras manos sobre ellos, por tu descripción; así que nos arrastramos de puntillas hasta que estuvimos a cinco metros de ellos, el sendero de zumaque estaba oscuro como un sótano, y justo entonces noté que iba a estornudar. ¡Fue la peor suerte del mundo! Intenté contenerlo, pero no hubo caso, tenía que salir, ¡y salió! Yo iba en cabeza con la pistola levantada, y cuando el estornudo hizo que esos sinvergüenzas se movieran para salir del camino, grité: '¡Fuego, muchachos!' y disparé hacia el lugar donde se oía el movimiento. También lo hicieron los chicos. Pero se fueron en un santiamén, esos villanos, y nosotros tras ellos, a través del bosque. Supongo que nunca los tocamos. Dispararon un tiro cada uno al empezar, pero sus balas silbaron y no nos hicieron ningún daño. En cuanto perdimos el sonido de sus pasos, dejamos de perseguirlos y bajamos a despertar a los alguaciles. Reunieron una patrulla y se fueron a vigilar la orilla del río, y tan pronto como aclare, el sheriff y una cuadrilla van a batir el bosque. Mis hijos estarán con ellos dentro de poco. Ojalá tuviéramos alguna descripción de esos granujas, ayudaría bastante. Pero supongo que no pudiste ver cómo eran en la oscuridad, ¿verdad, muchacho?»
«Oh, sí; los vi en el pueblo y los seguí».
«¡Espléndido! ¡Descríbelos, descríbelos, muchacho!»
«Uno es el viejo español sordo y mudo que ha estado por aquí un par de veces, y el otro es un tipo de aspecto ruin, andrajoso...»
«¡Basta, muchacho, conocemos a los hombres! Nos los encontramos en el bosque detrás de la viuda un día, y se escabulleron. ¡Vayan, muchachos, y díganle al sheriff, desayunen mañana por la mañana!»
Los hijos del galés se fueron de inmediato. Mientras salían de la habitación, Huck saltó y exclamó:
«¡Oh, por favor, no le digan a nadie que fui yo quien los delató! ¡Oh, por favor!»
«Está bien si tú lo dices, Huck, pero deberías llevarte el crédito por lo que hiciste».
«¡Oh, no, no! ¡Por favor, no se lo digan!»
Cuando los jóvenes se fueron, el viejo galés dijo:
«No lo dirán, y yo tampoco. ¿Pero por qué no quieres que se sepa?»
Huck no quiso explicar más allá de decir que ya sabía demasiado sobre uno de esos hombres y que no querría que el hombre supiera que él sabía algo en su contra por nada del mundo; lo matarían seguro por saberlo.
El anciano prometió guardar el secreto una vez más y dijo:
«¿Cómo es que seguiste a estos sujetos, muchacho? ¿Parecían sospechosos?»
Huck se quedó en silencio mientras preparaba una respuesta debidamente cautelosa. Luego dijo:
—Bueno, verá, soy una especie de mala pieza; al menos todo el mundo lo dice, y no veo nada que lo contradiga, y a veces no puedo dormir mucho, por culpa de pensar en ello y tratar de buscar una nueva forma de hacer las cosas. Así fue como pasó anoche. No podía dormir, así que subí por la calle como a medianoche, dándole vueltas a todo, y cuando llegué a esa vieja y destartalada tienda de ladrillo junto a la Taberna de la Templanza, me apoyé contra la pared para pensar un poco más. Pues bien, justo entonces aparecen estos dos tipos deslizándose cerca de mí, con algo bajo el brazo, y supuse que lo habían robado. Uno iba fumando, y el otro quería fuego; así que se detuvieron justo delante de mí y los cigarros iluminaron sus rostros, y vi que el grande era el español sordomudo, por sus patillas blancas y el parche en el ojo, y el otro era un diablo de aspecto harapiento y descuidado.
—¿Pudiste ver los harapos a la luz de los cigarros?
Esto desconcertó a Huck por un momento. Luego dijo:
—Bueno, no lo sé; pero de algún modo parece como si lo hubiera hecho.
—Entonces siguieron adelante, y tú...
—Los seguí, sí. Eso fue. Quería ver qué pasaba; iban tan sigilosos. Los perseguí hasta el portillo de la viuda, y me quedé en la oscuridad y oí al harapiento suplicar por la viuda, y al español jurar que le estropearía la cara tal y como le conté a usted y a sus dos...
—¡Qué! ¡El hombre sordomudo dijo todo eso!
¡Huck había cometido otro error terrible! Estaba haciendo todo lo posible para evitar que el anciano tuviera la más mínima pista de quién podría ser el español, y aun así, su lengua parecía decidida a meterlo en problemas a pesar de todo lo que pudiera hacer. Hizo varios intentos por escabullirse del apuro, pero el ojo del anciano estaba puesto en él y cometió error tras error. Al poco, el galés dijo:
—Muchacho, no me tengas miedo. No le haría daño ni a un pelo de tu cabeza por nada del mundo. No, te protegería, te protegería. Este español no es sordomudo; se te ha escapado sin querer; ya no puedes ocultarlo. Sabes algo sobre ese español que quieres mantener en secreto. Ahora confía en mí, dime qué es, y confía en mí: no te traicionaré.
Huck miró a los honestos ojos del anciano por un momento, luego se inclinó y le susurró al oído:
—¡No es un español, es el indio Joe!
El galés casi salta de su silla. Al momento dijo:
—Todo está bastante claro ahora. Cuando hablaste de cortar orejas y rajar narices, supuse que eso era un adorno tuyo, porque los blancos no se toman ese tipo de venganza. ¡Pero un indio! Eso es un asunto totalmente distinto.
Durante el desayuno la charla continuó, y en el transcurso de ella el anciano dijo que lo último que él y sus hijos habían hecho, antes de irse a dormir, fue conseguir una linterna y examinar el portillo y sus alrededores en busca de manchas de sangre. No encontraron ninguna, pero capturaron un voluminoso fardo de...
—¿De qué?
Si las palabras hubieran sido rayos, no habrían saltado con mayor y asombrosa rapidez de los labios pálidos de Huck. Sus ojos estaban ahora muy abiertos, y su aliento contenido, esperando la respuesta. El galés dio un respingo, se quedó mirando a su vez —tres segundos, cinco segundos, diez— y luego respondió:
—De herramientas de ladrón. Bueno, ¿qué te pasa?
Huck se recostó, jadeando suavemente, pero profundamente, inefablemente agradecido. El galés lo miró con gravedad, con curiosidad, y al poco dijo:
—Sí, herramientas de ladrón. Eso parece aliviarte mucho. Pero ¿qué fue lo que te causó esa reacción? ¿Qué esperabas que hubiéramos encontrado?
Huck estaba en un aprieto; el ojo inquisidor estaba sobre él; habría dado cualquier cosa por material para una respuesta plausible; no se le ocurrió nada; el ojo inquisidor perforaba más y más; se le ocurrió una respuesta sin sentido; no había tiempo para sopesarla, así que, por azar, la soltó, débilmente:
—Libros de escuela dominical, tal vez.
El pobre Huck estaba demasiado angustiado para sonreír, pero el anciano se rio fuerte y alegremente, sacudió los detalles de su anatomía de pies a cabeza, y terminó diciendo que una risa así era dinero en el bolsillo de un hombre, porque recortaba la factura del médico como ninguna otra cosa. Luego añadió:
—Pobre muchacho, estás pálido y agotado; no estás nada bien; no me extraña que estés un poco alocado y falto de equilibrio. Pero saldrás de esta. El descanso y el sueño te harán recuperar, espero.
A Huck le irritaba pensar que había sido tan tonto y que había mostrado una excitación tan sospechosa, pues había abandonado la idea de que el paquete traído de la taberna fuera el tesoro, tan pronto como había oído la conversación en el portillo de la viuda. Solo había pensado que no era el tesoro, sin embargo; no había sabido con certeza que no lo fuera, y así, la sugerencia de un fardo capturado fue demasiado para su serenidad. Pero, en conjunto, se sintió contento de que el pequeño episodio hubiera ocurrido, pues ahora sabía sin lugar a dudas que ese fardo no era el fardo, y así su mente quedó tranquila y sumamente cómoda. De hecho, todo parecía estar derivando justo en la dirección correcta ahora; el tesoro debía seguir en el número 2, los hombres serían capturados y encarcelados ese mismo día, y él y Tom podrían apoderarse del oro esa noche sin ningún problema ni miedo a ser interrumpidos.
Justo cuando terminaba el desayuno, llamaron a la puerta. Huck saltó en busca de un escondite, pues no tenía ganas de ser relacionado, ni siquiera remotamente, con el reciente acontecimiento. El galés dejó entrar a varias damas y caballeros, entre ellos la viuda Douglas, y notó que grupos de ciudadanos subían la colina para mirar el portillo. Así que la noticia se había extendido. El galés tuvo que contar la historia de la noche a los visitantes. La gratitud de la viuda por su salvación fue manifiesta.
—No diga una palabra al respecto, señora. Hay otro a quien usted le debe más que a mí y a mis hijos, tal vez, pero él no me permite decir su nombre. No habríamos estado allí de no ser por él.
Por supuesto, esto despertó una curiosidad tan vasta que casi empequeñeció el asunto principal, pero el galés permitió que se comiera las entrañas de sus visitantes, y a través de ellos se transmitiera a todo el pueblo, pues se negó a desprenderse de su secreto. Cuando todo lo demás se hubo aprendido, la viuda dijo:
—Me quedé dormida leyendo en la cama y dormí profundamente durante todo ese ruido. ¿Por qué no vinieron a despertarme?
—Pensamos que no valía la pena. No era probable que esos sujetos volvieran; no les quedaban herramientas con las que trabajar, ¿y qué sentido tenía despertarla y darle un susto de muerte? Mis tres negros montaron guardia en su casa todo el resto de la noche. Acaban de volver.
Llegaron más visitantes, y hubo que contar y volver a contar la historia durante un par de horas más.
No había escuela dominical durante las vacaciones escolares, pero todo el mundo estuvo temprano en la iglesia. El emocionante acontecimiento fue bien analizado. Llegó la noticia de que no se había descubierto ni rastro de los dos villanos. Cuando terminó el sermón, la esposa del juez Thatcher se puso al lado de la señora Harper mientras esta se movía por el pasillo entre la multitud y dijo:
—¿Mi Becky va a dormir todo el día? Justo esperaba que estuviera muerta de cansancio.
—¿Tu Becky?
—Sí —con una mirada de sorpresa—, ¿no se quedó contigo anoche?
—Pues no.
La señora Thatcher se puso pálida y se hundió en un banco, justo cuando la tía Polly, hablando animadamente con una amiga, pasaba por allí. La tía Polly dijo:
—Buenos días, señora Thatcher. Buenos días, señora Harper. Tengo un chico que ha desaparecido. Supongo que mi Tom se quedó en tu casa anoche, una de ustedes. Y ahora tiene miedo de venir a la iglesia. Tengo que ajustar cuentas con él.
La señora Thatcher negó con la cabeza débilmente y se puso más pálida que nunca.
—No se quedó con nosotros —dijo la señora Harper, empezando a parecer inquieta. Una marcada ansiedad apareció en el rostro de la tía Polly.
—Joe Harper, ¿has visto a mi Tom esta mañana?
—No, señora.
—¿Cuándo lo viste por última vez?
Joe intentó recordar, pero no estaba seguro de poder decirlo. La gente había dejado de salir de la iglesia. Los susurros pasaron de unos a otros, y una inquietud premonitoria se apoderó de todos los rostros. Se interrogó ansiosamente a los niños y a los jóvenes maestros. Todos dijeron que no se habían fijado en si Tom y Becky estaban a bordo del transbordador en el viaje de regreso; estaba oscuro; nadie pensó en preguntar si alguien faltaba. Un joven finalmente soltó su miedo de que todavía estuvieran en la cueva. La señora Thatcher se desmayó. La tía Polly se echó a llorar y a retorcerse las manos.
La alarma se extendió de labio en labio, de grupo en grupo, de calle en calle, y en menos de cinco minutos las campanas sonaban salvajemente y todo el pueblo estaba en pie. El episodio de Cardiff Hill se hundió instantáneamente en la insignificancia, los ladrones fueron olvidados, los caballos fueron ensillados, las barcas fueron tripuladas, se ordenó salir al transbordador, y antes de que el horror tuviera media hora de vida, doscientos hombres se dirigían por la carretera y el río hacia la cueva.
Toda la larga tarde el pueblo pareció vacío y muerto. Muchas mujeres visitaron a la tía Polly y a la señora Thatcher e intentaron consolarlas. Lloraron con ellas también, y eso era aún mejor que las palabras. Toda la tediosa noche el pueblo esperó noticias; pero cuando amaneció el día al fin, todo lo que llegó fue: «Envíen más velas y envíen comida». La señora Thatcher estaba casi loca; y la tía Polly también. El juez Thatcher envió mensajes de esperanza y ánimo desde la cueva, pero no transmitieron ningún alivio real.
El viejo galés llegó a casa cerca del amanecer, salpicado de cera de vela, manchado de arcilla y casi agotado. Encontró a Huck todavía en la cama que le habían proporcionado, y delirando con fiebre. Los médicos estaban todos en la cueva, así que la viuda Douglas vino y se hizo cargo del paciente. Dijo que haría todo lo posible por él, porque, fuera bueno, malo o indiferente, era del Señor, y nada de lo que era del Señor era cosa que debiera descuidarse. El galés dijo que Huck tenía puntos buenos en él, y la viuda dijo:
—Puedes depender de ello. Esa es la marca del Señor. Él no la deja de lado. Nunca lo hace. La pone en algún lugar en cada criatura que sale de sus manos.
A primera hora de la mañana, grupos de hombres agotados comenzaron a llegar al pueblo, pero los ciudadanos más fuertes continuaron buscando. Todo lo que se pudo saber fue que se estaban saqueando partes remotas de la caverna que nunca habían sido visitadas antes; que todos los rincones y grietas iban a ser registrados a fondo; que dondequiera que uno vagara por el laberinto de pasajes, se veían luces parpadeando de aquí para allá a lo lejos, y gritos y disparos de pistola enviaban sus huecas reverberaciones al oído por los sombríos pasillos. En un lugar, lejos de la sección habitualmente recorrida por los turistas, se habían encontrado los nombres «BECKY & TOM» trazados en la pared rocosa con el humo de una vela, y cerca, un trozo de cinta manchado de grasa. La señora Thatcher reconoció la cinta y lloró sobre ella. Dijo que era la última reliquia que tendría jamás de su hija; y que ningún otro recuerdo de ella podría ser tan precioso, porque este fue el último que se separó del cuerpo vivo antes de que llegara la terrible muerte. Algunos decían que, de vez en cuando, en la cueva, una lejana chispa de luz brillaba, y entonces un grito glorioso estallaba y una veintena de hombres iban trotando por el pasillo resonante, y entonces una decepción enfermiza siempre seguía; los niños no estaban allí; solo era la luz de un buscador.
Tres días y noches terribles arrastraron sus tediosas horas, y el pueblo se hundió en un estupor sin esperanza. Nadie tenía corazón para nada. El descubrimiento accidental, recién hecho, de que el propietario de la Taberna de la Templanza guardaba licor en su local, apenas agitó el pulso público, por tremendo que fuera el hecho. En un intervalo de lucidez, Huck se acercó débilmente al tema de las tabernas, y finalmente preguntó —temiendo vagamente lo peor— si se había descubierto algo en la Taberna de la Templanza desde que él estaba enfermo.
—Sí —dijo la viuda.
Huck se incorporó en la cama, con los ojos desorbitados:
—¿Qué? ¿Qué fue?
—¡Licor! Y el lugar ha sido cerrado. Acuéstate, niño, ¡qué sobresalto me has dado!
—Solo dígame una cosa, solo una, por favor. ¿Fue Tom Sawyer quien lo encontró?
La viuda se echó a llorar. —¡Calla, calla, niño, calla! Te lo he dicho antes, no debes hablar. ¡Estás muy, muy enfermo!
Entonces, solo se había encontrado licor; habría habido un gran alboroto si hubiera sido el oro. ¡Así que el tesoro se había ido para siempre, se había ido para siempre! Pero ¿por qué podría estar llorando ella? Curioso que ella llorara.
Estos pensamientos se abrieron camino tenuemente por la mente de Huck, y bajo el cansancio que le provocaban, se quedó dormido. La viuda se dijo a sí misma:
—Ahí está, dormido, pobre resto. ¡Tom Sawyer encontrarlo! ¡Lástima que alguien pudiera encontrar a Tom Sawyer! Ah, no quedan muchos, ahora, que tengan esperanza suficiente, o fuerza suficiente, tampoco, para seguir buscando.
CAPÍTULO XXXI
Ahora, volviendo a la participación de Tom y Becky en el picnic. Caminaron a lo largo de los sombríos pasillos con el resto de la compañía, visitando las maravillas familiares de la cueva, maravillas apodadas con nombres más bien sobre-descriptivos, como «El Salón», «La Catedral», «El Palacio de Aladino», y así sucesivamente. Pronto comenzó el juego de las escondidillas, y Tom y Becky participaron en él con celo hasta que el esfuerzo comenzó a volverse un poco cansado; entonces vagaron por una avenida sinuosa sosteniendo sus velas en alto y leyendo la maraña de nombres, fechas, direcciones postales y lemas con los que las paredes rocosas habían sido decoradas (con humo de vela). Siguiendo aún adelante y hablando, apenas notaron que ahora estaban en una parte de la cueva cuyas paredes no estaban decoradas. Ahumaron sus propios nombres bajo un saliente y siguieron adelante. Pronto llegaron a un lugar donde un pequeño chorro de agua, goteando sobre un saliente y llevando sedimentos de piedra caliza con él, había formado, en las edades que pasaban lentamente, un Niágara de encaje y volantes en piedra brillante e imperecedera. Tom apretó su pequeño cuerpo detrás de él para iluminarlo para satisfacción de Becky. Descubrió que ocultaba una especie de empinada escalera natural que estaba encerrada entre paredes estrechas, y de inmediato la ambición de ser un descubridor lo invadió.
Becky respondió a su llamada, hicieron una marca de humo para guía futura, y comenzaron su búsqueda. Se desviaron de un lado a otro, muy abajo en las profundidades secretas de la cueva, hicieron otra marca, y se desviaron en busca de novedades para contar al mundo exterior. En un lugar encontraron una espaciosa caverna, de cuyo techo colgaban una multitud de estalactitas brillantes de la longitud y circunferencia de la pierna de un hombre; caminaron por todo el lugar, maravillándose y admirando, y pronto la dejaron por uno de los numerosos pasajes que se abrían en ella. Esto pronto los llevó a un manantial fascinante, cuya cuenca estaba incrustada con un trabajo de escarcha de cristales brillantes; estaba en medio de una caverna cuyas paredes estaban sostenidas por muchos pilares fantásticos que se habían formado por la unión de grandes estalactitas y estalagmitas, resultado del incesante goteo de agua durante siglos. Bajo el techo, vastos nudos de murciélagos se habían apiñado juntos, miles en un grupo; las luces perturbaron a las criaturas y vinieron en bandada por cientos, chillando y lanzándose furiosamente contra las velas. Tom conocía sus costumbres y el peligro de este tipo de conducta. Agarró la mano de Becky y la apresuró hacia el primer pasillo que se ofreció; y no fue demasiado pronto, pues un murciélago apagó la luz de Becky con su ala mientras ella pasaba fuera de la caverna. Los murciélagos persiguieron a los niños una buena distancia; pero los fugitivos se sumergieron en cada nuevo pasaje que se ofreció, y al final se libraron de las peligrosas criaturas. Tom encontró un lago subterráneo, poco después, que extendía su tenue longitud hasta que su forma se perdía en las sombras. Quería explorar sus bordes, pero concluyó que sería mejor sentarse y descansar un rato primero. Ahora, por primera vez, la profunda quietud del lugar puso una mano húmeda sobre el ánimo de los niños. Becky dijo:
—Vaya, no me di cuenta, pero parece que hace mucho tiempo desde que oí a cualquiera de los otros.
—Pensándolo bien, Becky, estamos muy abajo por debajo de ellos, y no sé qué tan lejos al norte, o sur, o este, o lo que sea. No podríamos oírlos aquí.
Becky se puso aprensiva.
—Me pregunto cuánto tiempo llevamos aquí abajo, Tom. Será mejor que empecemos a volver.
—Sí, supongo que será mejor. Tal vez será mejor.
—¿Puedes encontrar el camino, Tom? Todo es una maraña confusa para mí.
—Supongo que podría encontrarlo, pero luego están los murciélagos. Si apagan nuestras velas será un apuro terrible. Intentemos por otro camino, para no pasar por allí.
—Bueno. Pero espero que no nos perdamos. ¡Sería tan horrible! —y la niña se estremeció ante la idea de las terribles posibilidades.
Comenzaron por un pasillo, y lo recorrieron en silencio un largo camino, mirando cada nueva apertura, para ver si había algo familiar en su aspecto; pero todos eran extraños. Cada vez que Tom hacía un examen, Becky miraba su rostro en busca de una señal alentadora, y él decía alegremente:
—¡Oh, todo está bien! Este no es el camino, ¡pero llegaremos a él enseguida!
Pero se sentía cada vez menos esperanzado con cada fracaso, y pronto comenzó a desviarse hacia avenidas divergentes al azar, con la esperanza desesperada de encontrar la que se buscaba. Seguía diciendo que estaba «todo bien», pero había un pavor tan plomizo en su corazón que las palabras habían perdido su eco y sonaban justo como si hubiera dicho: «¡Todo está perdido!». Becky se aferró a su lado en una angustia de miedo, e intentó con todas sus fuerzas contener las lágrimas, pero estas no dejaban de salir. Al final dijo:
—¡Oh, Tom, no te preocupes por los murciélagos, volvamos por ese camino! Parecemos estar cada vez peor todo el tiempo.
—¡Escucha! —dijo él.
Silencio profundo; silencio tan profundo que incluso sus respiraciones eran notables en la calma. Tom gritó. La llamada salió haciendo eco por los pasillos vacíos y murió en la distancia en un sonido tenue que se asemejaba a una ondulación de risa burlona.
—Oh, no lo hagas de nuevo, Tom, es demasiado horrible —dijo Becky.
—Es horrible, pero mejor que lo haga, Becky; podrían oírnos, sabes —y gritó de nuevo.
El «podrían» era un horror aún más frío que la risa fantasmal, pues confesaba una esperanza perecedera. Los niños se quedaron quietos y escucharon; pero no hubo resultado. Tom se volvió hacia el camino de regreso de inmediato, y apresuró sus pasos. No pasó mucho tiempo antes de que cierta indecisión en su manera revelara otro hecho temible a Becky: ¡no podía encontrar el camino de regreso!
—¡Oh, Tom, no hiciste ninguna marca!
—Becky, ¡fui tan tonto! ¡Tan tonto! ¡Nunca pensé que podríamos querer volver! No, no puedo encontrar el camino. Está todo mezclado.
—¡Tom, Tom, estamos perdidos! ¡Estamos perdidos! ¡Nunca podremos salir de este lugar horrible! ¡Oh, por qué dejamos a los otros!
Se hundió en el suelo y estalló en tal frenesí de llanto que Tom se quedó horrorizado con la idea de que ella pudiera morir, o perder la razón. Se sentó a su lado y puso sus brazos alrededor de ella; ella enterró su rostro en su pecho, se aferró a él, derramó sus terrores, sus inútiles arrepentimientos, y los lejanos ecos los convirtieron todos en risas burlonas. Tom le suplicó que recuperara la esperanza, y ella dijo que no podía. Él se puso a culparse y a maldecirse a sí mismo por haberla metido en esta situación miserable; esto tuvo un mejor efecto. Ella dijo que intentaría tener esperanza de nuevo, que se levantaría y seguiría dondequiera que él pudiera guiar si tan solo él no hablaba más así. Porque él no tenía más culpa que ella, dijo.
Así que siguieron adelante de nuevo —sin rumbo, simplemente al azar—; lo único que podían hacer era moverse, seguir moviéndose. Durante un breve rato, la esperanza hizo amago de revivir, no porque hubiera razón alguna que la respaldara, sino solo porque es su naturaleza renacer cuando la edad y la familiaridad con el fracaso no le han quitado el resorte.
Al poco tiempo, Tom tomó la vela de Becky y la apagó. ¡Esta economía significaba tanto! No hacían falta palabras. Becky lo entendió, y su esperanza murió de nuevo. Ella sabía que Tom tenía una vela entera y tres o cuatro trozos en los bolsillos, y aun así tenía que economizar.
Poco después, la fatiga comenzó a reclamar su parte; los niños intentaron prestar atención, pues era terrible pensar en sentarse cuando el tiempo se había vuelto tan precioso; moverse, en alguna dirección, en cualquier dirección, era al menos progreso y podría dar frutos; pero sentarse era invitar a la muerte y acortar su persecución.
Al final, las frágiles extremidades de Becky se negaron a llevarla más lejos. Se sentó. Tom descansó con ella, y hablaron de casa, y de los amigos allí, y de las cómodas camas y, sobre todo, ¡de la luz! Becky lloró, y Tom intentó pensar en alguna manera de consolarla, pero todos sus ánimos se habían vuelto gastados por el uso y sonaban como sarcasmos. La fatiga pesó tanto sobre Becky que se quedó dormida. Tom sintió gratitud. Se sentó a mirar su rostro demacrado y lo vio alisarse y volverse natural bajo la influencia de sueños agradables; y al poco tiempo, una sonrisa amaneció y descansó allí. El rostro pacífico reflejó algo de paz y alivio en su propio espíritu, y sus pensamientos se extraviaron hacia tiempos pasados y recuerdos de ensueño. Mientras estaba absorto en sus cavilaciones, Becky despertó con una risita alegre, pero esta quedó muerta en sus labios, y le siguió un gemido.
—¡Oh, cómo pude dormir! ¡Ojalá nunca, nunca me hubiera despertado! ¡No! ¡No, no es cierto, Tom! ¡No me mires así! No volveré a decirlo.
—Me alegra que hayas dormido, Becky; ahora te sentirás descansada y encontraremos el camino de salida.
—Podemos intentarlo, Tom; pero he visto un país tan hermoso en mi sueño. Creo que vamos hacia allá.
—Quizás no, quizás no. Ánimo, Becky, y sigamos intentándolo.
Se levantaron y vagaron, mano a mano y sin esperanza. Intentaron calcular cuánto tiempo llevaban en la cueva, pero todo lo que sabían era que parecían días y semanas, y sin embargo era evidente que esto no podía ser, pues sus velas aún no se habían agotado. Mucho tiempo después de esto —no podían decir cuánto—, Tom dijo que debían ir suavemente y escuchar si goteaba agua; debían encontrar un manantial. Encontraron uno poco después, y Tom dijo que era hora de descansar otra vez. Ambos estaban cruelmente cansados, aunque Becky dijo que creía que podía ir un poco más lejos. Se sorprendió al oír a Tom disentir. No podía entenderlo. Se sentaron, y Tom sujetó su vela a la pared frente a ellos con un poco de arcilla. El pensamiento pronto estuvo ocupado; no se dijo nada durante un rato. Entonces Becky rompió el silencio:
—¡Tom, tengo mucha hambre!
Tom sacó algo de su bolsillo.
—¿Recuerdas esto? —dijo.
Becky casi sonrió.
—Es nuestro pastel de bodas, Tom.
—Sí; ojalá fuera tan grande como un barril, porque es todo lo que tenemos.
—Lo guardé del picnic para que soñáramos con él, Tom, de la forma en que lo hacen los adultos con el pastel de bodas, pero será nuestro...
Dejó la frase donde estaba. Tom dividió el pastel y Becky comió con buen apetito, mientras Tom mordisqueaba su parte. Había abundante agua fría para terminar el festín. Poco después, Becky sugirió que siguieran adelante de nuevo. Tom guardó silencio un momento. Entonces dijo:
—Becky, ¿puedes soportarlo si te digo algo?
El rostro de Becky palideció, pero pensó que podía.
—Bueno, entonces, Becky, debemos quedarnos aquí, donde hay agua para beber. ¡Ese trocito es nuestra última vela!
Becky se entregó a las lágrimas y a los lamentos. Tom hizo lo que pudo para consolarla, pero con poco efecto. Al final, Becky dijo:
—¡Tom!
—¿Sí, Becky?
—¡Nos echarán de menos y nos buscarán!
—¡Sí, lo harán! ¡Ciertamente lo harán!
—Quizás nos estén buscando ahora, Tom.
—Bueno, supongo que quizás lo estén haciendo. Espero que sí.
—¿Cuándo se darían cuenta de que faltamos, Tom?
—Cuando regresen al bote, supongo.
—Tom, podría estar oscuro entonces; ¿se darían cuenta de que no habíamos venido?
—No lo sé. Pero de todos modos, tu madre te echaría de menos tan pronto como llegaran a casa.
Una mirada de miedo en el rostro de Becky hizo que Tom recobrara el sentido y vio que había cometido un error. ¡Becky no debía haber ido a casa esa noche! Los niños se quedaron callados y pensativos. En un momento, un nuevo estallido de dolor de Becky le mostró a Tom que lo que estaba en su mente también había golpeado la de ella: que la mañana del domingo podría estar mediada antes de que la Sra. Thatcher descubriera que Becky no estaba en casa de la Sra. Harper.
Los niños clavaron los ojos en su trozo de vela y lo vieron derretirse lenta y despiadadamente; vieron la media pulgada de mecha quedar sola al final; vieron la débil llama subir y bajar, trepar por la delgada columna de humo, detenerse en su cima un momento, y entonces... ¡reinó el horror de la oscuridad absoluta!
Cuánto tiempo después fue que Becky llegó a la lenta conciencia de que estaba llorando en los brazos de Tom, ninguno pudo decirlo. Todo lo que sabían era que, tras lo que pareció un lapso inmenso de tiempo, ambos despertaron de un estupor mortal y reanudaron sus miserias una vez más. Tom dijo que podría ser domingo, ahora; quizás lunes. Intentó que Becky hablara, pero sus penas eran demasiado opresivas, todas sus esperanzas se habían ido. Tom dijo que debían haber notado su ausencia hace mucho, y sin duda la búsqueda estaba en marcha. Gritaría y quizás alguien vendría. Lo intentó; pero en la oscuridad los ecos distantes sonaban tan horrorosamente que no lo intentó más.
Las horas se desperdiciaron y el hambre volvió a atormentar a los cautivos. Quedaba una porción de la mitad del pastel de Tom; la dividieron y la comieron. Pero parecían tener más hambre que antes. El pobre bocado de comida solo aguzó el deseo.
Al poco tiempo, Tom dijo:
—¡SH! ¿Oíste eso?
Ambos contuvieron el aliento y escucharon. Hubo un sonido como el grito más débil y lejano. Al instante Tom respondió, y llevando a Becky de la mano, comenzó a tantear el pasillo en su dirección. Poco después escuchó de nuevo; otra vez se oyó el sonido, y aparentemente un poco más cerca.
—¡Son ellos! —dijo Tom—; ¡vienen! Vamos, Becky, ¡estamos a salvo ahora!
La alegría de los prisioneros fue casi abrumadora. Su velocidad era lenta, sin embargo, porque los pozos eran algo común y había que protegerse de ellos. Poco después llegaron a uno y tuvieron que detenerse. Podría tener tres pies de profundidad, podría tener cien; de todos modos no había forma de pasarlo. Tom se puso sobre el pecho y se estiró hacia abajo tanto como pudo. Sin fondo. Debían quedarse allí y esperar hasta que llegaran los buscadores. Escucharon; ¡evidentemente los gritos distantes se hacían más distantes! Un momento o dos más y se habían ido por completo. ¡La miseria de hundimiento del corazón! Tom gritó hasta quedarse ronco, pero no sirvió de nada. Le habló con esperanza a Becky; pero pasó una edad de espera ansiosa y no volvieron a oírse sonidos.
Los niños regresaron a tientas al manantial. El tiempo cansado se arrastró; volvieron a dormir y despertaron hambrientos y afligidos. Tom creía que debía ser martes a estas alturas.
Entonces se le ocurrió una idea. Había algunos pasadizos laterales cerca. Sería mejor explorar algunos de ellos que soportar el peso del tiempo pesado en la ociosidad. Sacó un hilo de cometa de su bolsillo, lo ató a un saliente, y él y Becky comenzaron, Tom a la cabeza, desenrollando el hilo mientras tanteaba. Al final de veinte pasos, el pasillo terminaba en un «lugar de salto». Tom se puso de rodillas y sintió debajo, y luego alrededor de la esquina tanto como pudo alcanzar con las manos cómodamente; hizo un esfuerzo por estirarse aún un poco más a la derecha, y en ese momento, ¡a menos de veinte yardas, una mano humana, sosteniendo una vela, apareció detrás de una roca! Tom lanzó un grito glorioso, y al instante esa mano fue seguida por el cuerpo al que pertenecía: ¡el de Injun Joe! Tom quedó paralizado; no podía moverse. Se sintió inmensamente gratificado al momento siguiente al ver al «español» salir corriendo y perderse de vista. Tom se preguntó por qué Joe no había reconocido su voz y se había acercado a matarlo por testificar en el tribunal. Pero los ecos debían haber disfrazado la voz. Sin duda, eso era, razonó. El susto de Tom debilitó cada músculo de su cuerpo. Se dijo a sí mismo que si tenía la fuerza suficiente para regresar al manantial, se quedaría allí, y nada lo tentaría a correr el riesgo de encontrarse de nuevo con Injun Joe. Tuvo cuidado de ocultar a Becky lo que había visto. Le dijo que solo había gritado «por suerte».
Pero el hambre y la miseria se imponen a los miedos a la larga. Otra espera tediosa en el manantial y otro largo sueño trajeron cambios. Los niños despertaron torturados por un hambre voraz. Tom creía que debía ser miércoles o jueves o incluso viernes o sábado, ahora, y que la búsqueda se había abandonado. Propuso explorar otro pasaje. Se sentía dispuesto a arriesgarse con Injun Joe y todos los demás terrores. Pero Becky estaba muy débil. Se había hundido en una apatía lúgubre y no quería ser despertada. Dijo que esperaría, ahora, donde estaba, y moriría; no pasaría mucho tiempo. Le dijo a Tom que fuera con el hilo de la cometa y explorara si quería; pero le imploró que volviera cada poco tiempo y le hablara; y le hizo prometer que, cuando llegara el momento terrible, se quedaría a su lado y le sostendría la mano hasta que todo terminara.
Tom la besó, con una sensación de asfixia en la garganta, e hizo ver que confiaba en encontrar a los buscadores o una salida de la cueva; luego tomó el hilo de la cometa en la mano y se fue a tientas por uno de los pasajes a gatas, angustiado por el hambre y enfermo con presentimientos de la fatalidad venidera.
CAPÍTULO XXXII
La tarde del martes llegó y se desvaneció hacia el crepúsculo. El pueblo de St. Petersburg aún estaba de luto. Los niños perdidos no habían sido encontrados. Se habían ofrecido oraciones públicas por ellos, y muchas, muchas oraciones privadas que llevaban todo el corazón del suplicante; pero aún no llegaban buenas noticias de la cueva. La mayoría de los buscadores habían abandonado la búsqueda y regresado a sus labores diarias, diciendo que estaba claro que los niños nunca podrían ser encontrados. La Sra. Thatcher estaba muy enferma, y gran parte del tiempo deliraba. La gente decía que era desgarrador oírla llamar a su hija, levantar la cabeza y escuchar un minuto entero, luego dejarla caer cansadamente con un gemido. La tía Polly se había hundido en una melancolía asentada, y su cabello gris se había vuelto casi blanco. El pueblo se fue a descansar el martes por la noche, triste y desolado.
A mitad de la noche, un repique salvaje estalló en las campanas del pueblo, y en un momento las calles estaban llenas de gente frenética y semivestida, que gritaba: «¡Salgan! ¡salgan! ¡los encontraron! ¡los encontraron!». Sartenes de hojalata y cuernos se añadieron al estruendo, la población se agrupó y se movió hacia el río, recibió a los niños que llegaban en un carruaje descubierto tirado por ciudadanos que gritaban, se apiñaron a su alrededor, se unieron a su marcha hacia casa, y barrieron magníficamente la calle principal rugiendo vítores tras vítores.
El pueblo estaba iluminado; nadie volvió a acostarse; fue la noche más grande que el pueblito había visto jamás. Durante la primera media hora, una procesión de aldeanos desfiló por la casa del juez Thatcher, tomó a los salvados y los besó, apretó la mano de la Sra. Thatcher, intentó hablar pero no pudo, y se alejó derramando lágrimas por todo el lugar.
La felicidad de la tía Polly era completa, y la de la Sra. Thatcher casi lo era. Sin embargo, sería completa tan pronto como el mensajero enviado con la gran noticia a la cueva hiciera llegar la palabra a su esposo. Tom yacía en un sofá con un público ansioso a su alrededor y contó la historia de la maravillosa aventura, añadiendo muchas adiciones llamativas para adornarla; y cerró con una descripción de cómo dejó a Becky y se fue a una expedición de exploración; cómo siguió dos avenidas hasta donde llegaba su hilo de cometa; cómo siguió una tercera hasta el máximo alcance del hilo, y estaba a punto de dar la vuelta cuando vislumbró una mancha lejana que parecía luz del día; soltó el hilo y tanteó hacia ella, empujó la cabeza y los hombros a través de un pequeño agujero, ¡y vio al ancho Mississippi rodando cerca!
¡Y si hubiera dado la casualidad de que fuera de noche, no habría visto esa mancha de luz de día y no habría explorado ese pasaje nunca más! Contó cómo regresó por Becky y le dio la buena noticia y ella le dijo que no la molestara con esas cosas, porque estaba cansada, y sabía que iba a morir, y quería hacerlo. Describió cómo luchó con ella y la convenció; y cómo casi muere de alegría cuando llegó a donde realmente vio la mancha azul de luz de día; cómo se abrió paso por el agujero y luego la ayudó a salir; cómo se sentaron allí y lloraron de alegría; cómo llegaron unos hombres en un esquife y Tom los llamó y les contó su situación y su condición hambrienta; cómo los hombres no creyeron el relato salvaje al principio, «porque», dijeron, «están a cinco millas río abajo del valle donde está la cueva», luego los subieron a bordo, remaron hasta una casa, les dieron la cena, los hicieron descansar hasta dos o tres horas después del anochecer y luego los trajeron a casa.
Antes del amanecer, el juez Thatcher y el puñado de buscadores con él fueron rastreados, en la cueva, por las pistas de bramante que habían dejado tras de sí, e informados de la gran noticia.
Tres días y noches de trabajo y hambre en la cueva no se podían sacudir de inmediato, como Tom y Becky pronto descubrieron. Estuvieron postrados en cama todo el miércoles y jueves, y parecían estar cada vez más cansados y desgastados todo el tiempo. Tom se movió un poco el jueves, estuvo en el centro el viernes, y casi tan sano como siempre el sábado; pero Becky no dejó su habitación hasta el domingo, y entonces parecía como si hubiera pasado por una enfermedad debilitante.
Tom supo de la enfermedad de Huck y fue a verlo el viernes, pero no pudo ser admitido en el dormitorio; tampoco pudo el sábado o el domingo. Fue admitido diariamente después de eso, pero se le advirtió que se mantuviera callado sobre su aventura y no introdujera ningún tema emocionante. La viuda Douglas se quedó cerca para asegurarse de que obedeciera. En casa, Tom se enteró del evento de Cardiff Hill; también de que el cuerpo del «hombre andrajoso» había sido finalmente encontrado en el río cerca del muelle del transbordador; se había ahogado al intentar escapar, tal vez.
Unas dos semanas después del rescate de Tom de la cueva, se puso en camino para visitar a Huck, quien se había vuelto lo suficientemente fuerte, ahora, para escuchar conversaciones emocionantes, y Tom tenía algunas que le interesarían, pensó. La casa del juez Thatcher estaba en el camino de Tom, y se detuvo a ver a Becky. El juez y algunos amigos hicieron que Tom hablara, y alguien le preguntó irónicamente si no le gustaría ir a la cueva de nuevo. Tom dijo que pensaba que no le importaría. El juez dijo:
—Bueno, hay otros como tú, Tom, no tengo la menor duda. Pero nos hemos ocupado de eso. Nadie se perderá en esa cueva nunca más.
—¿Por qué?
—Porque hice que su gran puerta fuera revestida con hierro de caldera hace dos semanas, y cerrada con triple llave, y yo tengo las llaves.
Tom se puso tan blanco como una sábana.
—¡Qué pasa, muchacho! ¡Aquí, corran, alguien! ¡Traigan un vaso de agua!
El agua fue traída y arrojada a la cara de Tom.
—Ah, ahora estás bien. ¿Qué te pasaba, Tom?
—¡Oh, juez, Injun Joe está en la cueva!
CAPÍTULO XXXIII
En pocos minutos la noticia se había extendido, y una docena de esquifes cargados de hombres se dirigían a la cueva de McDougal, y el transbordador, bien lleno de pasajeros, siguió pronto. Tom Sawyer estaba en el esquife que llevaba al juez Thatcher.
Cuando se desbloqueó la puerta de la cueva, una visión dolorosa se presentó en el tenue crepúsculo del lugar. Injun Joe yacía estirado en el suelo, muerto, con la cara cerca de la grieta de la puerta, como si sus ojos anhelantes hubieran estado fijos, hasta el último momento, en la luz y la alegría del mundo libre exterior. Tom se conmovió, pues sabía por su propia experiencia cuánto había sufrido este desgraciado. Su lástima fue despertada, pero sin embargo sintió una abundante sensación de alivio y seguridad, ahora, que le reveló en un grado que no había apreciado del todo antes cuán vasto era el peso de temor que había estado sobre él desde el día en que alzó su voz contra este proscrito sanguinario.
El cuchillo bowie de Injun Joe yacía cerca, con su hoja rota en dos. La gran viga de cimentación de la puerta había sido astillada y cortada, con laborioso esfuerzo; trabajo inútil, también, pues la roca nativa formaba un umbral fuera de ella, y sobre ese material obstinado el cuchillo no había causado efecto; el único daño causado fue al cuchillo mismo. Pero si no hubiera habido obstrucción pedregosa allí, el trabajo habría sido inútil de todos modos, pues si la viga hubiera sido completamente cortada, Injun Joe no podría haber colado su cuerpo bajo la puerta, y él lo sabía. Así que solo había hachado ese lugar para estar haciendo algo; para pasar el tiempo cansado; para emplear sus facultades torturadas. Ordinariamente uno podría encontrar media docena de trozos de vela pegados en las grietas de este vestíbulo, dejados allí por turistas; pero no había ninguno ahora. El prisionero los había buscado y comido. También se las había arreglado para atrapar algunos murciélagos, y estos, también, los había comido, dejando solo sus garras. El pobre infortunado había muerto de hambre. En un lugar, cerca de allí, una estalagmita había estado creciendo lentamente desde el suelo durante siglos, formada por el goteo de agua de una estalactita arriba. El cautivo había roto la estalagmita, y sobre el muñón había colocado una piedra, en la cual había excavado un hueco poco profundo para atrapar la gota preciosa que caía una vez cada tres minutos con la lúgubre regularidad del tic-tac de un reloj: una cucharadita una vez cada cuatro y veinte horas. Esa gota estaba cayendo cuando las pirámides eran nuevas; cuando Troya cayó; cuando se pusieron los cimientos de Roma; cuando Cristo fue crucificado; cuando el Conquistador creó el imperio británico; cuando Colón navegó; cuando la masacre en Lexington era «noticia».
Está cayendo ahora; seguirá cayendo cuando todas estas cosas se hayan hundido en la tarde de la historia, y el crepúsculo de la tradición, y hayan sido tragadas por la espesa noche del olvido. ¿Tiene todo un propósito y una misión? ¿Cayó esta gota pacientemente durante cinco mil años para estar lista para la necesidad de este efímero insecto humano? ¿Y tiene otro objeto importante que cumplir dentro de diez mil años? No importa. Han pasado muchos y muchos años desde que el desventurado mestizo excavó la piedra para atrapar las gotas invaluables, pero hasta el día de hoy el turista mira más tiempo esa piedra patética y esa agua que gotea lentamente cuando viene a ver las maravillas de la cueva de McDougal. La taza de Injun Joe ocupa el primer lugar en la lista de las maravillas de la caverna; incluso el «Palacio de Aladino» no puede rivalizar con ella.
Injun Joe fue enterrado cerca de la boca de la cueva; y la gente acudió allí en barcos y carretas desde los pueblos y desde todas las granjas y aldeas en un radio de siete millas; trajeron a sus hijos, y todo tipo de provisiones, y confesaron que habían pasado un tiempo casi tan satisfactorio en el funeral como habrían podido tener en el ahorcamiento.
Este funeral detuvo el crecimiento ulterior de una cosa: la petición al gobernador para el indulto de Injun Joe. La petición había sido firmada ampliamente; se habían celebrado muchas reuniones lacrimosas y elocuentes, y se había nombrado un comité de mujeres sentimentales para ir de luto riguroso a gemir ante el gobernador e implorarle que fuera un asno misericordioso y pisoteara su deber. Se creía que Injun Joe había matado a cinco ciudadanos del pueblo, ¿pero qué importaba eso? Si hubiera sido el mismísimo Satanás, habría habido abundancia de debiluchos dispuestos a garabatear sus nombres en una petición de indulto y dejar caer sobre ella una lágrima de sus conductos lagrimales permanentemente deteriorados y con goteras.
La mañana siguiente al funeral, Tom llevó a Huck a un lugar privado para tener una charla importante. Para entonces, Huck se había enterado de toda la aventura de Tom gracias al galés y a la viuda Douglas, pero Tom dijo que suponía que había una cosa que no le habían contado; esa cosa era de lo que quería hablar ahora. El rostro de Huck se entristeció. Dijo:
—Sé lo que es. Entraste en el número 2 y no encontraste nada más que whisky. Nadie me dijo que fueras tú, pero simplemente supe que debías haber sido tú en cuanto me enteré de lo del whisky; y sabía que no habías conseguido el dinero porque de alguna forma me habrías buscado y me lo habrías contado, aunque hubieras guardado silencio con todos los demás. Tom, algo me ha dicho siempre que nunca echaríamos el guante a ese botín.
—Vaya, Huck, nunca le conté nada a ese tabernero. Sabes que su taberna estaba bien el sábado que fui al picnic. ¿No recuerdas que debías vigilar allí esa noche?
—¡Oh, sí! Vaya, parece que fue hace como un año. Fue esa misma noche cuando seguí a Injun Joe hasta la casa de la viuda.
—¿Lo seguiste?
—Sí, pero mantén la boca cerrada. Supongo que Injun Joe ha dejado amigos tras de sí, y no quiero que se vuelvan contra mí y me hagan jugarretas. Si no hubiera sido por mí, ahora estaría en Texas, sin problemas.
Entonces Huck le contó toda su aventura en confidencia a Tom, quien hasta entonces solo había oído la parte del galés.
—Bueno —dijo Huck poco después, volviendo a la cuestión principal—, quienquiera que se agenciara el whisky en el número 2, se agenció el dinero también, supongo; de cualquier modo, para nosotros es agua pasada, Tom.
—¡Huck, ese dinero nunca estuvo en el número 2!
—¡Qué! —Huck escudriñó intensamente el rostro de su camarada—. Tom, ¿has vuelto a seguir la pista de ese dinero?
—¡Huck, está en la cueva!
Los ojos de Huck resplandecieron.
—Dilo otra vez, Tom.
—¡El dinero está en la cueva!
—Tom, dime la verdad, ¿es de broma o va en serio?
—En serio, Huck, tan en serio como nunca he hablado en mi vida. ¿Vendrás conmigo allí dentro y me ayudarás a sacarlo?
—¡Apuesto a que sí! Lo haré si está donde podamos marcar el camino para no perdernos.
—Huck, podemos hacerlo sin el más mínimo problema del mundo.
—¡De perlas! ¿Qué te hace pensar que el dinero está...?
—Huck, solo espera a que estemos allí dentro. Si no lo encontramos, acepto darte mi tambor y todo lo que tengo en el mundo. Lo haré, por mi vida.
—Muy bien, es un trato. ¿Cuándo dices?
—Ahora mismo, si tú lo dices. ¿Estás lo suficientemente fuerte?
—¿Está lejos en la cueva? He estado en pie un poco estos últimos tres o cuatro días, pero no puedo caminar más de una milla, Tom; al menos no creo que pueda.
—Hay unas cinco millas hasta allí por el camino que tomaría cualquiera que no fuera yo, Huck, pero hay un atajo formidable que nadie conoce salvo yo. Huck, te llevaré directamente allí en un esquife. Llevaré el esquife flotando hasta allá y lo traeré de vuelta yo solo. No tienes que mover ni un dedo.
—Vámonos enseguida, Tom.
—Está bien. Necesitamos algo de pan y carne, nuestras pipas, un par de bolsitas, dos o tres cordeles de cometa y algunas de esas cosas nuevas que llaman cerillas luciferinas. Te digo que muchas veces deseé tener algunas cuando estuve allí antes.
Poco después del mediodía, los chicos tomaron prestado un pequeño esquife de un ciudadano que estaba ausente y se pusieron en marcha de inmediato. Cuando estaban a varias millas por debajo de «Cave Hollow», Tom dijo:
—Ahora ves que este risco de aquí se ve todo igual desde el barranco de la cueva: nada de casas, ni depósitos de leña, los arbustos son todos iguales. ¿Pero ves ese lugar blanco allá arriba donde hubo un deslizamiento de tierra? Bueno, esa es una de mis marcas. Vamos a desembarcar ahora.
Desembarcaron.
—Ahora, Huck, donde estamos parados podrías tocar con una caña de pescar el agujero por el que salí. Mira si puedes encontrarlo.
Huck registró todo el lugar y no encontró nada. Tom marchó orgulloso hacia un espeso matorral de zumaque y dijo:
—¡Aquí está! Míralo, Huck; es el agujero más escondido de este país. Mantén la boca cerrada al respecto. Todo este tiempo he querido ser un ladrón, pero sabía que tenía que conseguir un lugar como este, y el problema era dónde dar con él. Ya lo tenemos, y lo mantendremos en secreto, solo que dejaremos entrar a Joe Harper y a Ben Rogers, porque, por supuesto, tiene que haber una Banda, o si no, no tendría estilo. La Banda de Tom Sawyer, suena espléndido, ¿verdad, Huck?
—Bueno, pues sí, Tom. ¿Y a quién robaremos?
—Oh, a casi cualquiera. Acechar a la gente; así es sobre todo.
—¿Y matarlos?
—No, no siempre. Encerrarlos en la cueva hasta que consigan un rescate.
—¿Qué es un rescate?
—Dinero. Haces que consigan todo lo que puedan de sus amigos; y después de tenerlos un año, si no lo han conseguido, entonces los matas. Esa es la forma general. Solo que no matas a las mujeres. Encierras a las mujeres, pero no las matas. Siempre son hermosas, ricas y están terriblemente asustadas. Les quitas los relojes y sus cosas, pero siempre te quitas el sombrero y hablas con educación. No hay nadie tan educado como los ladrones; verás eso en cualquier libro. Bueno, las mujeres terminan amándote, y después de que han estado en la cueva una o dos semanas dejan de llorar y después de eso no podrías lograr que se fueran. Si las echaras, se darían la vuelta y regresarían. Es así en todos los libros.
—Vaya, es realmente genial, Tom. Creo que es mejor que ser pirata.
—Sí, es mejor en algunos aspectos, porque está cerca de casa, de los circos y todo eso.
Para entonces todo estaba listo y los chicos entraron por el agujero, con Tom a la cabeza. Se abrieron paso con esfuerzo hasta el extremo más alejado del túnel, luego ataron sus cordeles de cometa empalmados y siguieron adelante. Unos pocos pasos los llevaron al manantial, y Tom sintió un escalofrío recorrerlo por completo. Le mostró a Huck el fragmento de mecha de vela posado sobre un terrón de arcilla contra la pared, y le describió cómo Becky y él habían observado la llama luchar y expirar.
Los chicos empezaron a bajar el tono hasta susurros, pues la quietud y la penumbra del lugar oprimían sus espíritus. Siguieron adelante y poco después entraron y recorrieron el otro corredor de Tom hasta que llegaron al «lugar del salto». Las velas revelaron el hecho de que en realidad no era un precipicio, sino solo una empinada colina de arcilla de seis o nueve metros de altura. Tom susurró:
—Ahora te mostraré algo, Huck.
Sostuvo su vela en alto y dijo:
—Mira alrededor de la esquina tanto como puedas. ¿Ves eso? Allí, en la gran roca de allá, hecho con humo de vela.
—¡Tom, es una cruz!
—¿Y ahora dónde está tu número dos? «Debajo de la cruz», ¿eh? ¡Justo ahí es donde vi a Injun Joe acercar su vela, Huck!
Huck se quedó mirando el signo místico durante un rato y luego dijo con voz temblorosa:
—¡Tom, larguémonos de aquí!
—¿Qué? ¿Y dejar el tesoro?
—Sí, déjalo. El fantasma de Injun Joe anda por ahí rondando, seguro.
—No es así, Huck, no es así. Rondaría el lugar donde murió, lejos en la boca de la cueva, a cinco millas de aquí.
—No, Tom, no lo haría. Rondaría el dinero. Conozco las costumbres de los fantasmas, y tú también.
Tom empezó a temer que Huck tuviera razón. Las dudas se agolparon en su mente. Pero poco después se le ocurrió una idea:
—Mira, Huck, ¡qué idiotas estamos siendo! ¡El fantasma de Injun Joe no va a venir por donde hay una cruz!
El argumento fue certero. Tuvo su efecto.
—Tom, no había pensado en eso. Pero es verdad. Es suerte para nosotros esa cruz. Supongo que bajaremos allí y buscaremos esa caja.
Tom fue primero, tallando toscos escalones en la colina de arcilla mientras descendía. Huck lo siguió. Cuatro avenidas se abrían desde la pequeña caverna en la que se encontraba la gran roca. Los chicos examinaron tres de ellas sin resultado. Encontraron un pequeño hueco en la que estaba más cerca de la base de la roca, con un jergón de mantas extendido; también un tirante viejo, algo de corteza de tocino y los huesos bien roídos de dos o tres aves. Pero no había caja de dinero. Los muchachos registraron y volvieron a registrar aquel lugar, pero en vano. Tom dijo:
—Dijo debajo de la cruz. Bueno, esto es lo más parecido a estar debajo de la cruz. No puede estar debajo de la roca misma, porque esta se asienta firmemente sobre el suelo.
Registraron en todas partes una vez más y luego se sentaron desalentados. Huck no pudo sugerir nada. Poco después Tom dijo:
—Mira, Huck, hay huellas y algo de grasa de vela en la arcilla a un lado de esta roca, pero no en los otros lados. Ahora, ¿por qué es eso? Apuesto a que el dinero está debajo de la roca. Voy a cavar en la arcilla.
—¡Esa no es una mala idea, Tom! —dijo Huck con entusiasmo.
La navaja «Barlow auténtica» de Tom salió de inmediato, y no había cavado diez centímetros cuando golpeó madera.
—¡Eh, Huck! ¿Oyes eso?
Huck comenzó a cavar y rascar ahora. Pronto quedaron al descubierto y fueron retiradas unas tablas. Ocultaban un abismo natural que conducía por debajo de la roca. Tom se metió allí y sostuvo su vela tan adentro como pudo debajo de la roca, pero dijo que no podía ver el final de la grieta. Propuso explorar. Se agachó y pasó por debajo; el estrecho camino descendía gradualmente. Siguió su curso sinuoso, primero a la derecha, luego a la izquierda, con Huck pisándole los talones. Tom giró en una curva cerrada, poco después, y exclamó:
—¡Dios mío, Huck, mira esto!
Era la caja del tesoro, efectivamente, ocupando una pequeña y acogedora caverna, junto con un barril de pólvora vacío, un par de pistolas en fundas de cuero, dos o tres pares de mocasines viejos, un cinturón de cuero y otros trastos bien empapados por el goteo de agua.
—¡La encontramos al fin! —dijo Huck, removiendo las monedas deslustradas con la mano—. ¡Madre mía, pero si somos ricos, Tom!
—Huck, siempre supuse que la conseguiríamos. Es demasiado bueno para creerlo, ¡pero la tenemos, seguro! Oye, no perdamos el tiempo aquí. Saquémosla a rastras. Déjame ver si puedo levantar la caja.
Pesaba unos veintitrés kilos. Tom podía levantarla, de una forma torpe, pero no podía llevarla cómodamente.
—Eso pensé —dijo—; la llevaron como si pesara mucho aquel día en la casa encantada. Me di cuenta de eso. Creo que hice bien en pensar en traer las bolsitas.
El dinero estuvo pronto en los sacos y los chicos lo llevaron hasta la roca de la cruz.
—Ahora busquemos las pistolas y las otras cosas —dijo Huck.
—No, Huck, déjalas ahí. Son justo los trucos que hay que tener cuando vayamos a robar. Las mantendremos allí todo el tiempo, y celebraremos nuestras orgías allí también. Es un lugar terriblemente acogedor para orgías.
—¿Qué orgías?
—No lo sé. Pero los ladrones siempre tienen orgías, y por supuesto nosotros también tenemos que tenerlas. Vamos, Huck, hemos estado aquí mucho tiempo. Se está haciendo tarde, supongo. También tengo hambre. Comeremos y fumaremos cuando lleguemos al esquife.
Poco después emergieron al matorral de zumaque, miraron cautelosamente hacia afuera, encontraron el camino despejado y pronto estaban almorzando y fumando en el esquife. Mientras el sol se hundía hacia el horizonte, se alejaron y se pusieron en marcha. Tom navegó por la orilla a través del largo crepúsculo, charlando alegremente con Huck, y desembarcó poco después de oscurecer.
—Ahora, Huck —dijo Tom—, esconderemos el dinero en el desván del cobertizo de la viuda, y vendré por la mañana y lo contaremos y dividiremos, y luego buscaremos un lugar en el bosque donde esté a salvo. Quédate aquí quieto y vigila el botín hasta que corra a robar el carrito de Benny Taylor; no tardaré ni un minuto.
Desapareció y poco después regresó con el carrito, puso los dos pequeños sacos en él, arrojó algunos trapos viejos encima y se marchó arrastrando su carga tras de sí. Cuando los chicos llegaron a la casa del galés, se detuvieron a descansar. Justo cuando estaban a punto de seguir, el galés salió y dijo:
—Hola, ¿quién es?
—Huck y Tom Sawyer.
—¡Bien! Vengan conmigo, chicos, están haciendo esperar a todo el mundo. Aquí, apresúrense, troten adelante; yo arrastraré el carrito por ustedes. Vaya, no es tan liviano como podría ser. ¿Tienen ladrillos dentro? ¿O metal viejo?
—Metal viejo —dijo Tom.
—Me lo imaginaba; los chicos de este pueblo se tomarán más molestias y perderán más tiempo buscando unos centavos de hierro viejo para venderlo a la fundición de lo que harían por ganar el doble de dinero en un trabajo regular. Pero esa es la naturaleza humana, ¡apresúrense, apresúrense!
Los chicos querían saber a qué venía tanta prisa.
—No importa; ya verán cuando lleguemos a la casa de la viuda Douglas.
Huck dijo con cierta aprensión, pues estaba acostumbrado a ser acusado falsamente:
—Sr. Jones, no hemos hecho nada.
El galés se rió.
—Bueno, no lo sé, Huck, muchacho. No sé qué decir. ¿No son ustedes y la viuda buenos amigos?
—Sí. Bueno, ella ha sido buena amiga conmigo, al menos.
—Está bien, entonces. ¿Por qué tienes miedo?
Esta pregunta no fue respondida del todo en la lenta mente de Huck antes de verse empujado, junto con Tom, al salón de la señora Douglas. El señor Jones dejó el carrito cerca de la puerta y los siguió.
El lugar estaba magníficamente iluminado, y todo el que tenía algo de importancia en el pueblo estaba allí. Los Thatcher estaban allí, los Harper, los Rogers, la tía Polly, Sid, Mary, el ministro, el editor y muchos más, todos vestidos con sus mejores galas. La viuda recibió a los chicos tan calurosamente como cualquiera podría recibir a dos seres con tal aspecto. Estaban cubiertos de arcilla y grasa de vela. La tía Polly se puso roja como un tomate por la humillación, y frunció el ceño y negó con la cabeza a Tom. Sin embargo, nadie sufrió tanto como los dos chicos. El señor Jones dijo:
—Tom no estaba en casa todavía, así que le di por perdido; pero me tropecé con él y con Huck justo en mi puerta, así que simplemente los traje conmigo deprisa.
—Y ha hecho muy bien —dijo la viuda—. Vengan conmigo, chicos.
Los llevó a un dormitorio y dijo:
—Ahora lávense y vístanse. Aquí hay dos trajes nuevos: camisas, calcetines, todo completo. Son de Huck; no, no, gracias, Huck; el señor Jones compró uno y yo el otro. Pero les servirán a ambos. Pónganselos. Esperaremos; bajen cuando estén lo suficientemente arreglados.
Luego se fue.
CAPÍTULO XXXIV
Huck dijo: —Tom, podemos largarnos si encontramos una cuerda. La ventana no está alta del suelo.
—¡Tonterías! ¿Para qué quieres largarte?
—Bueno, no estoy acostumbrado a ese tipo de gentío. No puedo soportarlo. No voy a bajar ahí, Tom.
—¡Oh, molestas! No es nada. A mí no me importa ni un poco. Yo me ocuparé de ti.
Apareció Sid.
—Tom —dijo él—, la tía te ha estado esperando toda la tarde. Mary tenía listos tus trajes de domingo, y todo el mundo ha estado preocupado por ti. Oye, ¿esto es grasa y arcilla en tu ropa?
—Ahora, señor Siddy, ocúpate de tus propios asuntos. ¿A qué viene todo este alboroto, de todos modos?
—Es una de las fiestas de la viuda, de las que siempre hace. Esta vez es para el galés y sus hijos, por cuenta de ese apuro del que la ayudaron a salir la otra noche. Y oye, puedo contarte algo, si quieres saberlo.
—Bueno, ¿qué?
—Vaya, el viejo señor Jones va a tratar de sorprender a la gente aquí esta noche, pero le oí decirle a la tía hoy al respecto, como un secreto, pero supongo que ya no es mucho secreto. Todo el mundo lo sabe, la viuda también, aunque intente fingir que no. El señor Jones estaba empeñado en que Huck estuviera aquí; ¡no podía seguir con su gran secreto sin Huck, ya sabes!
—¿Secreto sobre qué, Sid?
—Sobre Huck siguiendo a los ladrones hasta la casa de la viuda. Supongo que el señor Jones iba a montar un gran número con su sorpresa, pero apuesto a que se desinflará bastante.
Sid soltó una risita de una manera muy contenta y satisfecha.
—Sid, ¿fuiste tú quien lo contó?
—Oh, no importa quién fue. Alguien lo contó, eso es suficiente.
—Sid, solo hay una persona en este pueblo lo suficientemente despreciable para hacer eso, y eres tú. Si hubieras estado en el lugar de Huck, te habrías escabullido colina abajo y nunca le habrías contado a nadie lo de los ladrones. No puedes hacer otra cosa que cosas despreciables, y no soportas ver a nadie alabado por hacer las buenas. Toma, sin gracias, como dice la viuda —y Tom le sacudió las orejas a Sid y lo ayudó a salir por la puerta con varias patadas—. ¡Ahora ve y cuéntaselo a la tía si te atreves, y mañana te las verás conmigo!
Unos minutos más tarde, los invitados de la viuda estaban en la mesa de la cena, y una docena de niños estaban acomodados en pequeñas mesas laterales en la misma habitación, a la usanza de aquel país y aquel día. En el momento oportuno, el señor Jones pronunció su pequeño discurso, en el que agradeció a la viuda el honor que les estaba haciendo a él y a sus hijos, pero dijo que había otra persona cuya modestia...
Y así sucesivamente. Soltó su secreto sobre la parte que le correspondía a Huck en la aventura de la manera más dramática que dominaba, pero la sorpresa que causó fue en gran medida fingida y no tan clamorosa ni efusiva como podría haber sido en circunstancias más felices. Sin embargo, la viuda hizo una muestra bastante aceptable de asombro y colmó a Huck de tantos cumplidos y tanta gratitud que casi olvidó la incomodidad casi intolerable de su ropa nueva por la incomodidad totalmente intolerable de ser puesto como blanco de la mirada y las alabanzas de todos.
La viuda dijo que tenía la intención de dar a Huck un hogar bajo su techo y educarlo; y que cuando pudiera ahorrar el dinero, lo ayudaría a empezar un negocio de forma modesta. Había llegado la oportunidad de Tom. Dijo:
—Huck no lo necesita. Huck es rico.
Nada más que un gran esfuerzo por mantener los buenos modales de la compañía evitó la risa complementaria debida y apropiada ante esta broma agradable. Pero el silencio fue un poco incómodo. Tom lo rompió:
—Huck tiene dinero. Quizás no lo crean, pero tiene mucho. Oh, no hace falta que sonrían; supongo que puedo demostrárselo. Solo esperen un minuto.
Tom salió corriendo al exterior. La compañía se miró entre sí con un interés perplejo y con curiosidad hacia Huck, quien no podía articular palabra.
—Sid, ¿qué le pasa a Tom? —dijo la tía Polly—. Él... bueno, nunca se puede entender a ese chico. Nunca...
Tom entró, luchando con el peso de sus sacos, y la tía Polly no terminó su frase. Tom vertió la masa de monedas amarillas sobre la mesa y dijo:
—Ahí, ¿qué les dije? ¡La mitad es de Huck y la otra mitad es mía!
El espectáculo dejó a todos sin aliento. Todos miraban, nadie habló por un momento. Luego hubo una petición unánime de una explicación. Tom dijo que podía proporcionarla, y lo hizo. El relato fue largo, pero rebosante de interés. Apenas hubo una interrupción por parte de nadie que rompiera el encanto de su fluidez. Cuando terminó, el señor Jones dijo:
—Pensé que había preparado una pequeña sorpresa para esta ocasión, pero ya no tiene importancia. Esta hace que la mía se vea muy pequeña, estoy dispuesto a admitirlo.
Se contó el dinero. La suma ascendía a poco más de doce mil dólares. Era más de lo que nadie presente había visto junto nunca antes, aunque había varias personas allí que poseían considerablemente más que eso en propiedades.
CAPÍTULO XXXV
El lector puede estar satisfecho de que la fortuna de Tom y Huck causó un gran revuelo en el pobre pueblecito de St. Petersburg. Una suma tan vasta, todo en efectivo contante y sonante, parecía casi increíble. Se habló de ello, se alardeó, se glorificó, hasta que el juicio de muchos de los ciudadanos flaqueó bajo la tensión de aquella excitación malsana. Todas las casas «encantadas» de St. Petersburg y de los pueblos vecinos fueron diseccionadas, tabla por tabla, y sus cimientos fueron excavados y registrados en busca de tesoros escondidos; y no por muchachos, sino por hombres, hombres bastante serios y poco románticos, además, algunos de ellos. Dondequiera que aparecían Tom y Huck, eran cortejados, admirados, observados. Los muchachos no eran capaces de recordar que sus observaciones hubieran tenido peso antes; pero ahora sus dichos eran atesorados y repetidos; todo lo que hacían parecía ser considerado, de algún modo, como algo extraordinario; evidentemente habían perdido la capacidad de hacer y decir cosas triviales; además, su historia pasada fue desenterrada y se descubrió que presentaba marcas de una originalidad conspicua. El periódico del pueblo publicó notas biográficas de los muchachos.
La viuda Douglas invirtió el dinero de Huck al seis por ciento, y el juez Thatcher hizo lo mismo con el de Tom a petición de la tía Polly. Cada muchacho tenía ahora unos ingresos que eran sencillamente prodigiosos: un dólar por cada día laborable del año y la mitad de los domingos. Era justo lo que recibía el ministro; no, era lo que se le prometía; por lo general no podía cobrarlo. Un dólar y cuarto a la semana bastaba para alimentar, alojar y educar a un chico en aquellos viejos y sencillos tiempos, y también para vestirlo y lavarlo, dicho sea de paso.
El juez Thatcher había concebido una gran opinión de Tom. Decía que ningún chico común habría logrado sacar a su hija de la cueva. Cuando Becky le contó a su padre, en estricta confianza, cómo Tom había recibido su castigo en la escuela, el juez se sintió visiblemente conmovido; y cuando ella pidió clemencia por la gran mentira que Tom había dicho para desviar aquel castigo de sus hombros a los suyos, el juez dijo con un espléndido arrebato que había sido una mentira noble, generosa y magnánima; ¡una mentira digna de mantener la cabeza en alto y marchar a través de la historia pecho con pecho junto a la alabada verdad de George Washington sobre el hacha! Becky pensó que su padre nunca se había visto tan alto y tan soberbio como cuando caminaba por la habitación, pisoteaba el suelo y decía eso. Fue directamente a contárselo a Tom.
El juez Thatcher esperaba ver a Tom convertido en un gran abogado o en un gran soldado algún día. Dijo que se ocuparía de que Tom fuera admitido en la Academia Militar Nacional y, después, formado en la mejor facultad de derecho del país, para que estuviera preparado para cualquiera de las dos carreras o para ambas.
La riqueza de Huck Finn y el hecho de que ahora estuviera bajo la protección de la viuda Douglas lo introdujeron en la sociedad —no, lo arrastraron a ella, lo arrojaron a ella— y sus sufrimientos fueron casi más de lo que podía soportar. Los sirvientes de la viuda lo mantenían limpio y aseado, peinado y cepillado, y lo acostaban cada noche entre sábanas antipáticas que no tenían ni una pequeña mancha o señal que él pudiera apretar contra su corazón y reconocer como una amiga. Tenía que comer con cuchillo y tenedor; tenía que usar servilleta, taza y plato; tenía que estudiar sus libros, tenía que ir a la iglesia; tenía que hablar de forma tan correcta que el lenguaje se le volvía insípido en la boca; dondequiera que se volvía, los barrotes y grilletes de la civilización lo encerraban y lo ataban de pies y manos.
Soportó valientemente sus miserias durante tres semanas, y luego un día resultó desaparecido. Durante cuarenta y ocho horas la viuda lo buscó por todas partes con gran angustia. El público estaba profundamente preocupado; buscaron por todas partes, rastrearon el río en busca de su cuerpo. A primera hora de la tercera mañana, Tom Sawyer fue sabiamente a curiosear entre unos viejos barriles vacíos detrás del matadero abandonado, y en uno de ellos encontró al fugitivo. Huck había dormido allí; acababa de desayunar unos restos de comida robados y descansaba ahora, cómodamente, con su pipa. Estaba desaliñado, despeinado y vestido con la misma vieja ruina de harapos que lo había hecho pintoresco en los días en que era libre y feliz. Tom lo sacó, le contó los problemas que había estado causando y le instó a volver a casa. La cara de Huck perdió su tranquila satisfacción y adquirió un tinte melancólico. Dijo:
—No hables de eso, Tom. Lo he intentado y no funciona; no funciona, Tom. No es para mí; no estoy acostumbrado. La viuda es buena conmigo y amable, pero no soporto esas formas. Me hace levantar justo a la misma hora todas las mañanas; me obliga a lavarme, me peinan hasta el hartazgo; no me deja dormir en el cobertizo; tengo que llevar esas ropas condenadas que me asfixian, Tom; parece que no entra aire a través de ellas, de alguna manera; y son tan condenadamente elegantes que no puedo sentarme, ni tumbarme, ni revolcarme por ninguna parte; hace... bueno, parece que hace años que no me deslizo por una puerta de sótano; tengo que ir a la iglesia y sudar y sudar... ¡odio esos sermones detestables! No puedo cazar una mosca allí, no puedo mascar tabaco. Tengo que llevar zapatos todo el domingo. La viuda come al son de una campana; se acuesta al son de una campana; se levanta al son de una campana... todo es tan horriblemente regular que uno no puede soportarlo.
—Bueno, todo el mundo hace eso, Huck.
—Tom, no hace ninguna diferencia. Yo no soy todo el mundo, y no puedo soportarlo. Es horrible estar tan atado. Y la comida llega demasiado fácil; no me interesa el sustento, de esa manera. Tengo que pedir permiso para ir a pescar; tengo que pedir permiso para ir a nadar... maldita sea, tengo que pedir permiso para todo. Bueno, tenía que hablar tan bien que no era ningún consuelo; tenía que subir al desván y desahogarme un rato, cada día, para recuperar el gusto en la boca, o me habría muerto, Tom. La viuda no me dejaba fumar; no me dejaba gritar, no me dejaba bostezar, ni estirarme, ni rascarme delante de la gente... —[Entonces con un espasmo de especial irritación y agravio]— ¡Y maldita sea, rezaba todo el tiempo! ¡Nunca vi a una mujer así! Tenía que largarme, Tom; simplemente tenía que hacerlo. Y además, esa escuela va a abrir, y habría tenido que ir... bueno, eso no lo iba a soportar, Tom. Mira, Tom, ser rico no es lo que dicen. Es solo preocupación tras preocupación, y sudar y sudar, y desear estar muerto todo el tiempo. Ahora, estas ropas me sientan bien, y este barril me sienta bien, y no voy a dejarlo nunca más. Tom, nunca me habría metido en todos estos problemas si no hubiera sido por ese dinero; ahora toma mi parte junto con la tuya, y dame diez centavos de vez en cuando... no muchas veces, porque no me importa un bledo una cosa a menos que sea bastante difícil de conseguir... y ve y discúlpame ante la viuda.
—Oh, Huck, sabes que no puedo hacer eso. No es justo; y además, si intentas esto un poco más de tiempo, acabarás por acostumbrarte.
—¡Acostumbrarme! Sí, de la misma forma que me acostumbraría a una estufa caliente si me sentara en ella el tiempo suficiente. No, Tom, no seré rico y no viviré en esas casas asfixiantes y malditas. Me gustan los bosques, el río y los barriles, y me quedaré con ellos, también. ¡Maldita sea! justo cuando habíamos conseguido pistolas, y una cueva, y todo preparado para robar, ¡tiene que aparecer esta maldita tontería y estropearlo todo!
Tom vio su oportunidad:
—Mira, Huck, ser rico no me va a impedir hacerme ladrón.
—¿No? Oh, rayos; ¿lo dices en serio, Tom?
—Tan en serio como que estoy sentado aquí. Pero Huck, no podemos dejarte entrar en la banda si no eres respetable, ya sabes.
La alegría de Huck se apagó.
—¿No puedes dejarme entrar, Tom? ¿No me dejaste ir de pirata?
—Sí, pero eso es diferente. Un ladrón es más distinguido que un pirata, por lo general. En la mayoría de los países están muy arriba en la nobleza, duques y cosas así.
—Ahora, Tom, ¿no has sido siempre amigo mío? No me dejarías fuera, ¿verdad, Tom? No harías eso, ¿verdad, Tom?
—Huck, no querría, y no quiero, pero ¿qué diría la gente? Dirían: «¡Mph! ¡La banda de Tom Sawyer! ¡personajes muy vulgares hay en ella!». Se referirían a ti, Huck. A ti no te gustaría eso, y a mí tampoco.
Huck permaneció en silencio durante un tiempo, sumido en una lucha mental. Finalmente dijo:
—Bueno, volveré con la viuda un mes y lo intentaré a ver si puedo soportarlo, si me dejas pertenecer a la banda, Tom.
—Está bien, Huck, ¡trato hecho! Ven conmigo, viejo amigo, y le pediré a la viuda que sea un poco menos severa contigo, Huck.
—¿Lo harás, Tom? ¿Lo harás de verdad? Eso es bueno. Si ella es menos severa con las cosas más duras, fumaré en privado y maldeciré en privado, y seguiré adelante o reventaré. ¿Cuándo vas a empezar la banda y convertirnos en ladrones?
—Oh, enseguida. Reuniremos a los muchachos y haremos la iniciación esta noche, tal vez.
—¿Haremos el qué?
—Haremos la iniciación.
—¿Qué es eso?
—Es jurar apoyarnos unos a otros, y nunca revelar los secretos de la banda, incluso si te hacen pedazos, y matar a cualquiera y a toda su familia que haga daño a uno de la banda.
—Eso es genial, eso es magnífico, Tom, te lo digo yo.
—Bueno, apuesto a que sí. Y todo ese juramento tiene que hacerse a medianoche, en el lugar más solitario y terrible que puedas encontrar; una casa encantada es lo mejor, pero ahora todas están destrozadas.
—Bueno, la medianoche está bien, de todos modos, Tom.
—Sí, así es. Y tienes que jurar sobre un ataúd, y firmarlo con sangre.
—¡Ahora, eso es otra cosa! Vaya, es un millón de veces más estupendo que ser pirata. Me quedaré con la viuda hasta que me pudra, Tom; y si llego a ser un ladrón de verdad, de los que dan miedo, y todo el mundo habla de ello, supongo que estará orgullosa de haberme sacado de la lluvia.
CONCLUSIÓN
Aquí termina esta crónica. Siendo estrictamente la historia de un chico, debe detenerse aquí; la historia no podría ir mucho más allá sin convertirse en la historia de un hombre. Cuando alguien escribe una novela sobre gente adulta, sabe exactamente dónde detenerse, es decir, con un matrimonio; pero cuando escribe sobre jóvenes, debe detenerse donde mejor pueda.
La mayoría de los personajes que actúan en este libro siguen vivos, y son prósperos y felices. Algún día puede parecer que vale la pena retomar la historia de los más jóvenes y ver en qué clase de hombres y mujeres se convirtieron; por tanto, será más prudente no revelar nada de esa parte de sus vidas por el momento.