La Laguna Azul: Un romance
por H. de Vere Stacpoole
CONTENIDO
LIBRO I
PARTE I
I. DONDE ARDE LA LÁMPARA DE ACEITE II. BAJO LAS ESTRELLAS III. LA SOMBRA Y EL FUEGO IV. Y COMO UN SUEÑO DISUELTO V. VOCES ESCUCHADAS EN LA NIEBLA VI. AMANECER EN UN MAR INFINITO VII. HISTORIA DEL CERDO Y EL MACHO CABRÍO VIII. “S-H-E-N-A-N-D-O-A-H” IX. SOMBRAS A LA LUZ DE LA LUNA X. LA TRAGEDIA DE LOS BOTES
PARTE II
XI. LA ISLA XII. EL LAGO DE AZUL XIII. LA MUERTE VELADA CON LÍQUENES XIV. ECOS DE TIERRA DE HADAS XV. BELLAS IMÁGENES EN EL AZUL
PARTE III
XVI. LA POESÍA DEL APRENDIZAJE XVII. EL BARRIL DEL DIABLO XVIII. LA CAZA DE LA RATA XIX. LUZ DE ESTRELLAS SOBRE LA ESPUMA XX. EL SOÑADOR EN EL ARRECIFE XXI. LA GUIRNALDA DE FLORES XXII. SOLO XXIII. SE ALEJAN
LIBRO II
PARTE I
I. BAJO EL ÁRBOL ARTU II. MITAD NIÑO, MITAD SALVAJE III. EL DEMONIO DEL ARRECIFE IV. LO QUE LA BELLEZA OCULTABA V. EL SONIDO DE UN TAMBOR VI. VELAS SOBRE EL MAR VII. LA GOLETA VIII. EL AMOR APARECE IX. EL SUEÑO DEL PARAÍSO
PARTE II
X. UNA LUNA DE MIEL EN LA ISLA XI. LA DESAPARICIÓN DE EMMELINE XII. LA DESAPARICIÓN DE EMMELINE (CONTINUACIÓN) XIII. EL RECIÉN LLEGADO XIV. HANNAH XV. LA LAGUNA DE FUEGO XVI. EL CICLÓN XVII. LOS BOSQUES AZOTADOS XVIII. UN ÍDOLO CAÍDO XIX. LA EXPEDICIÓN XX. EL GUARDIÁN DE LA LAGUNA XXI. LA MANO DEL MAR XXII. JUNTOS
LIBRO III
I. EL LOCO LESTRANGE II. EL SECRETO DEL AZUL III. EL CAPITÁN FOUNTAIN IV. RUMBO AL SUR
LA LAGUNA AZUL
LIBRO I
PARTE I
CAPÍTULO I
DONDE ARDE LA LÁMPARA DE ACEITE
El señor Button estaba sentado sobre un cofre de marinero con un violín bajo su oreja izquierda. Tocaba la “Shan van vaught” y acompañaba la melodía, marcándola, con golpes de su talón izquierdo sobre la cubierta del castillo de proa.
“Oh, los franceses están en la bahía, Dice la Shan van vaught”.
Vestía pantalones de dril, una camisa a rayas y una chaqueta de bayeta, verde en algunas partes por la influencia del sol y la sal. Un viejo lobo de mar típico, de hombros redondeados y dedos ganchudos; una figura que recordaba mucho a un cangrejo.
Su rostro era como una luna vista en rojo a través de las nieblas tropicales; y mientras tocaba, mostraba una expresión de atención tensa, como si el violín le estuviera contando historias mucho más maravillosas que la vieja y sosa declaración sobre la bahía de Bantry.
“Pat el Zurdo” era su nombre en el castillo de proa; no porque fuera zurdo, sino simplemente porque todo lo que hacía, lo hacía mal, o casi mal. Al tomar rizos, aferrar velas o manipular un cubo de grasa, si había que cometer un error, él lo cometía.
Era celta, y todos los mares salados que habían fluido entre él y Connaught durante estos cuarenta años y más no habían lavado el elemento celta de su sangre, ni la creencia en las hadas de su alma. La naturaleza celta es un tinte permanente, y la naturaleza del señor Button era tal que, aunque había sido reclutado a la fuerza por Larry Marr en San Francisco, aunque se había emborrachado en la mayoría de los puertos del mundo, aunque había navegado con capitanes yanquis y recibido malos tratos de oficiales yanquis, todavía llevaba sus hadas consigo; ellas, y una gran reserva de inocencia original.
Casi sobre la cabeza del músico colgaba una hamaca de la que pendía una pierna; otras hamacas colgadas en la semioscuridad traían a la mente sugerencias de lémures y murciélagos arborícolas. La lámpara de queroseno oscilante proyectaba su luz hacia adelante, más allá del talón del bauprés hasta los tajamares, iluminando aquí un pie desnudo que colgaba por el borde de una litera, allí una cara de la que sobresalía una pipa, allí un pecho cubierto de vello oscuro y musgoso, allí un brazo tatuado.
Eran los días previos a que las vergas de gavia doble redujeran las tripulaciones de los barcos, y el castillo de proa del Northumberland tenía una dotación completa: una multitud de marineros de baja estofa como los que a menudo se encuentran en los barcos que doblan el Cabo de Hornos, holandeses, estadounidenses —hombres que eran peones agrícolas y cuidaban cerdos en Ohio tres meses atrás—, viejos marineros experimentados como Paddy Button; una mezcla de lo mejor y lo peor de la tierra, tal como no se encuentra en ningún otro lugar en un espacio tan pequeño como el castillo de proa de un barco.
El Northumberland había experimentado un terrible paso por el Cabo de Hornos. En viaje de Nueva Orleans a San Francisco, había pasado treinta días luchando contra vientos contrarios y tormentas, allí abajo, donde los mares son tan vastos que tres olas pueden cubrir con su amplitud más de una milla de espacio marino; treinta días había pasado frente al Cabo de Hornos, y justo ahora, en el momento de esta historia, estaba atrapado en una calma al sur de la línea ecuatorial.
El señor Button terminó su melodía con un movimiento de arco y se pasó la manga derecha de la chaqueta por la frente. Luego sacó una pipa tiznada, la llenó de tabaco y la encendió.
—Pawthrick —dijo arrastrando las palabras una voz desde la hamaca de arriba, de la cual pendía la pierna—, ¿cuál era ese cuento que empezabas a contar esta noche sobre un duende?
—¿Sobre qué? —preguntó el señor Button, alzando la vista hacia la parte inferior de la hamaca mientras acercaba la cerilla a su pipa.
—Era sobre una cosa verde —vino una voz holandesa somnolienta desde una litera.
—Oh, un Leprechaun, quieres decir. Seguro, la hermana de mi madre tenía uno allí en Connaught.
—¿Cómo era? —preguntó la voz holandesa soñadora, una voz aparentemente poseída por la calma que había convertido al mar en un espejo durante los últimos tres días, reduciendo mientras tanto a toda la tripulación al nivel de vagos.
—¿Cómo era? Seguro, era como un Leprechaun; ¿y cómo iba a ser si no?
—¿Qué aspecto tenía eso? —insistió la voz.
—Era como un hombrecito no más grande que un rábano grande y bifurcado, y tan verde como una col. Mi tía tenía uno en su casa en Connaught en los viejos tiempos. ¡Oh, musha! ¡musha! ¡los viejos tiempos, los viejos tiempos! Ahora, puedes creerme o no, pero podrías haberlo metido en tu bolsillo, y su cabeza verde hierba apenas habría sobresalido. Lo guardaba en un armario, y de ahí saldría disparado si estaba apenas entreabierto, y se metería en los recipientes de leche, o debajo de las camas, o te quitaría el taburete de debajo, o cualquier otra diversión. Perseguía al cerdo —¡la criatura!— hasta que se quedaba como un paraguas viejo de puro susto, y tan flaco como un galgo de tanto correr por la mañana; estropeaba los huevos de modo que los gallos y las gallinas no sabían qué estaban haciendo con los polluelos que salían con dos cabezas y veintisiete patas de proa a popa. Y empezabas a perseguirlo, y entonces era izar la mayor, y él salía disparado, tú detrás, hasta que terminabas de cabeza en una zanja, y él volvía a estar en el armario.
—Era un Troll —murmuró la voz holandesa.
—Te digo que era un Leprechaun, y no hay quien sepa las diabluras que era capaz de hacer. Tal vez sacaba la col de la olla hirviendo al fuego ante tus propios ojos y te daba con ella en la cara; y luego, quizá, le tendías el puño y él ponía una soberana de oro en él.
—¡Ojalá estuviera aquí! —murmuró una voz desde una litera cerca de los tajamares.
—Pawthrick —dijo arrastrando las palabras la voz de la hamaca de arriba—, ¿qué harías primero si te encontraras con veinte libras en el bolsillo?
—¿Qué uso tiene preguntarme eso? —respondió el señor Button—. ¿Qué utilidad tienen veinte libras para un marinero en el mar, donde el grog es todo agua y la carne es puro caballo? ¡Dámelo en tierra y verás lo que haría con ello!
—Supongo que el dueño de la taberna más cercana no te vería llegar por el polvo que levantarías —dijo una voz desde Ohio.
—No lo haría —dijo el señor Button—; ni tú tampoco detrás de mí. ¡Al diablo con el grog y con los que lo venden!
—Es muy fácil hablar —dijo Ohio—. Maldices el grog en el mar cuando no puedes conseguirlo; ponle en tierra y estarás hasta arriba.
—Me gusta mi borrachera —dijo el señor Button—, soy libre de admitirlo; y soy el diablo cuando la tengo encima, y será mi fin todavía, o mi vieja madre era una mentirosa. “Pat”, me dijo la primera vez que volví del mar tambaleándome, “las tormentas puedes evitarlas, y a las mujeres puedes evitarlas, pero el poitin te atrapará”. ¡Hace cuarenta años, hace cuarenta años!
—Bueno —dijo Ohio—, todavía no te ha atrapado.
—No —respondió el señor Button—, pero lo hará.
CAPÍTULO II
BAJO LAS ESTRELLAS
Era una noche maravillosa en cubierta, llena de toda la majestad y la belleza de la luz de las estrellas y una calma tropical.
El Pacífico dormía; un vasto y vago oleaje que fluía desde muy lejos, hacia el sur, bajo la noche, levantaba al Northumberland en sus ondulaciones al son del traqueteo de los rizos y el crujido ocasional del timón; mientras arriba, cerca del arco ardiente de la Vía Láctea, colgaba la Cruz del Sur como una cometa rota.
Estrellas en el cielo, estrellas en el mar, estrellas por millones y millones; tantas lámparas encendidas que el firmamento llenaba la mente con la idea de una ciudad vasta y populosa, y sin embargo, de todo ese esplendor vivo y centelleante, ni un solo sonido.
Abajo en la cabina —o salón, como se llamaba por cortesía— estaban sentados los tres pasajeros del barco; uno leyendo en la mesa, dos jugando en el suelo.
El hombre en la mesa, Arthur Lestrange, estaba sentado con sus ojos grandes y profundamente hundidos fijos en un libro. Evidentemente estaba tísico, muy cerca, de hecho, de cosechar el resultado de ese último y más desesperado remedio: un largo viaje por mar.
Emmeline Lestrange, su pequeña sobrina, de ocho años de edad, una criatura misteriosa, pequeña para su edad, con pensamientos propios, ojos de pupilas dilatadas que parecían puertas para visiones y un rostro que parecía haber asomado al mundo solo por un momento antes de ser retirado tan repentinamente, estaba sentada en un rincón acunando algo en sus brazos y meciéndose al son de sus propios pensamientos.
Dick, el pequeño hijo de Lestrange, de ocho años y un poco más, estaba en algún lugar debajo de la mesa. Eran bostonianos, con destino a San Francisco, o mejor dicho, al sol y el esplendor de Los Ángeles, donde Lestrange había comprado una pequeña propiedad, esperando disfrutar allí de la vida cuyo contrato se renovaría con el largo viaje por mar.
Mientras estaba sentado leyendo, la puerta de la cabina se abrió y apareció una forma femenina angulosa. Era la señora Stannard, la azafata, y la señora Stannard significaba la hora de dormir.
—Dicky —dijo el señor Lestrange, cerrando su libro y levantando el mantel unos centímetros—, hora de dormir.
—¡Oh, todavía no, papá! —vino una voz cargada de sueño desde debajo de la mesa—; no estoy listo. No quiero ir a la cama, yo... ¡Ay!
La señora Stannard, que conocía su trabajo, se había agachado debajo de la mesa, lo había agarrado por el pie y lo había sacado arrastrando, pataleando, luchando y llorando al mismo tiempo.
En cuanto a Emmeline, ella, habiendo mirado hacia arriba y reconocido lo inevitable, se puso de pie y, sosteniendo la horrible muñeca de trapo que había estado acunando, cabeza abajo y colgando en una mano, se quedó esperando hasta que Dicky, tras unos últimos y rutinarios berridos, se secó repentinamente los ojos y alzó una cara húmeda de lágrimas para que su padre la besara. Entonces presentó su frente solemnemente a su tío, recibió un beso y se desvaneció, llevada de la mano a un camarote en el lado de babor del salón.
El señor Lestrange regresó a su libro, pero no había leído mucho cuando se abrió la puerta de la cabina y Emmeline, en camisón, reapareció sosteniendo un paquete de papel marrón en la mano, un paquete de aproximadamente el mismo tamaño que el libro que usted está leyendo.
—Mi caja —dijo ella; y mientras hablaba, sosteniéndola en alto como para probar su seguridad, el pequeño rostro soso se transformó en el rostro de un ángel.
Ella había sonreído.
Cuando Emmeline Lestrange sonreía, era absolutamente como si la luz del Paraíso hubiera destellado repentinamente sobre su rostro: la forma más feliz de belleza infantil aparecía de repente ante sus ojos, los deslumbraba y se iba.
Luego se desvaneció con su caja, y el señor Lestrange reanudó su lectura.
Esta caja de Emmeline, debo decir entre paréntesis, había dado más problemas a bordo del barco que todo el resto del equipaje de los pasajeros junto.
Se la habían regalado al partir de Boston una amiga, y lo que contenía era un oscuro secreto para todos a bordo, salvo para su dueña y su tío; ella era una mujer, o, en todo caso, el comienzo de una mujer, sin embargo, guardaba este secreto para sí misma; un hecho que le ruego que note.
El problema de la cosa era que se perdía con frecuencia. Sospechando de sí misma, tal vez, como una soñadora poco práctica en un mundo lleno de ladrones, la llevaba consigo por seguridad, se sentaba detrás de un rollo de cuerda y caía en un estado de abstracción; era llamada a la vida por las evoluciones de la tripulación tomando rizos o aferrando velas o qué sé yo, se levantaba para supervisar las operaciones y entonces descubría de repente que había perdido su caja.
Entonces rondaba obsesivamente el barco. Con los ojos muy abiertos y el rostro angustiado, vagaba de aquí para allá, asomándose a la cocina, asomándose al castillo de proa, sin pronunciar nunca una palabra o un lamento, buscando como un fantasma inquieto, pero muda.
Parecía avergonzada de contar su pérdida, avergonzada de que alguien lo supiera; pero todos lo sabían directamente al verla, para usar la expresión del señor Button, “en el vagabundeo”, y todos la buscaban.
Curiosamente, era Paddy Button quien solía encontrarla. Él, que siempre hacía lo incorrecto a ojos de los hombres, generalmente hacía lo correcto a ojos de los niños. Los niños, de hecho, cuando podían acercarse al señor Button, lo buscaban con afecto. Era tan atractivo para ellos como un teatro de marionetas o una banda de música alemana, casi.
El señor Lestrange, después de un rato, cerró el libro que estaba leyendo, miró a su alrededor y suspiró.
La cabina del Northumberland era un lugar lo suficientemente alegre, atravesado por el mástil pulido del palo de mesana, alfombrado con una alfombra Axminster y adornado con espejos empotrados en los paneles de pino blanco. Lestrange miraba el reflejo de su propia cara en uno de estos espejos fijos justo enfrente de donde estaba sentado.
Su demacración era terrible, y fue quizás precisamente en este momento cuando reconoció por primera vez el hecho de que no solo debía morir, sino morir pronto.
Se apartó del espejo y se sentó por un momento con la barbilla apoyada en la mano y los ojos fijos en una mancha de tinta en el mantel; luego se levantó y, cruzando la cabina, subió laboriosamente por la escala a la cubierta.
Mientras se apoyaba contra la borda para recuperar el aliento, el esplendor y la belleza de la noche del Sur le golpearon el corazón con una punzada cruel. Tomó asiento en una silla de cubierta y contempló la Vía Láctea, ese gran arco triunfal construido de soles que el amanecer barrería como un sueño.
En la Vía Láctea, cerca de la Cruz del Sur, se produce un terrible abismo circular, el Saco de Carbón. Está tan claramente definido, tan sugerente de un vacío y una caverna sin fondo, que la contemplación del mismo aflige a la mente imaginativa con vértigo. A simple vista es tan negro y tan lúgubre como la muerte, pero el telescopio más pequeño lo revela hermoso y poblado de estrellas.
Los ojos de Lestrange viajaron de este misterio a la cruz ardiente y a las innumerables estrellas sin nombre que llegaban hasta la línea del mar, donde palidecían y se desvanecían ante la luz de la luna naciente. Entonces se dio cuenta de una figura que paseaba por el alcázar. Era el “Viejo”.
Un capitán de barco es siempre el “viejo”, tenga la edad que tenga. La edad del capitán Le Farge podría haber sido de cuarenta y cinco años. Era un marinero del tipo Jean Bart, de ascendencia francesa, pero naturalizado estadounidense.
—No sé a dónde ha ido el viento —dijo el capitán mientras se acercaba al hombre en la silla de cubierta—. Supongo que ha abierto un agujero en el firmamento y ha escapado a algún lugar en el más allá.
—Ha sido un viaje largo —dijo Lestrange—; y estoy pensando, capitán, que será un viaje muy largo para mí. Mi puerto no es San Francisco; lo siento.
—No piense en esa clase de cosas —dijo el otro, sentándose en una silla cercana—. No sirve de nada pronosticar el tiempo con un mes de antelación. Ahora estamos en latitudes cálidas, su cristal subirá de manera constante y estará tan bien y ágil como cualquiera de nosotros antes de que lleguemos a las Puertas de Oro.
—Estoy pensando en los niños —dijo Lestrange, pareciendo no escuchar las palabras del capitán—. Si algo me sucediera antes de llegar a puerto, me gustaría que hiciera algo por mí. Es solo esto: disponga de mi cuerpo sin... sin que los niños lo sepan. He tenido esto en mente durante algunos días. Capitán, esos niños no saben nada de la muerte.
Le Farge se movió inquieto en su silla.
—La madre de la pequeña Emmeline murió cuando ella tenía dos años. Su padre, mi hermano, murió antes de que ella naciera. Dicky nunca conoció a su madre; ella murió al darle a luz. ¡Dios mío, capitán, la muerte ha puesto una mano pesada sobre mi familia; puede extrañarse de que haya ocultado su nombre mismo a esas dos criaturas que amo!
—Sí, sí —dijo Le Farge—, ¡es triste! ¡es triste!
—Cuando yo era muy niño —continuó Lestrange—, un niño no mayor que Dicky, mi niñera solía aterrorizarme con cuentos sobre los muertos. Me decían que iría al infierno cuando muriera si no era un niño bueno. No puedo decirle cuánto ha envenenado eso mi vida, porque los pensamientos que tenemos en la infancia, capitán, son los padres de los pensamientos que tenemos cuando somos adultos. ¿Y puede un padre enfermo tener hijos sanos?
—Supongo que no.
—Así que simplemente dije, cuando estas dos pequeñas criaturas llegaron a mi cuidado, que haría todo lo que estuviera en mi poder para protegerlas de los terrores de la vida, o más bien, debería decir, del terror de la muerte. No sé si he hecho lo correcto, pero lo he hecho por lo mejor. Tenían un gato, y un día Dicky vino a mí y me dijo: “Padre, el gatito está en el jardín dormido y no puedo despertarlo”. Así que simplemente lo saqué a dar un paseo; había un circo en la ciudad y lo llevé a él. Llenó tanto su mente que olvidó por completo al gato. Al día siguiente preguntó por él. No le dije que estaba enterrado en el jardín, simplemente dije que debía haberse escapado. En una semana se había olvidado por completo de él; los niños olvidan pronto.
—Sí, eso es cierto —dijo el capitán de mar—. Pero me parece que deben aprender en algún momento que tienen que morir.
—Si yo tuviera que pagar la pena antes de llegar a tierra y ser arrojado a ese gran y vasto mar, no desearía que los sueños de los niños fueran perseguidos por el pensamiento: solo dígales que me he ido a bordo de otro barco. Usted los llevará de regreso a Boston; tengo aquí, en una carta, el nombre de una dama que se ocupará de ellos. Dicky estará bien, en lo que respecta a los bienes mundanos, y también Emmeline. Solo dígales que me he ido a bordo de otro barco; los niños olvidan pronto.
—Haré lo que me pide —dijo el marinero.
La luna estaba sobre el horizonte ahora, y el Northumberland yacía a la deriva en un río de plata. Cada verga era distinta, cada rizo en las grandes velas, y las cubiertas yacían como espacios de escarcha cortados por sombras negras como el ébano.
Mientras los dos hombres se sentaban sin hablar, pensando en sus propios pensamientos, una pequeña figura blanca emergió por la escotilla del salón. Era Emmeline. Era una sonámbula profesional, una maestra consumada en el arte.
Apenas había entrado en la tierra de los sueños cuando había perdido su preciosa caja, y ahora la estaba buscando en las cubiertas del Northumberland.
El señor Lestrange se llevó el dedo a los labios, se quitó los zapatos y la siguió en silencio. Ella buscó tras un rollo de cuerda, intentó abrir la puerta de la cocina; de un lado a otro vagó, con los ojos muy abiertos y el rostro atribulado, hasta que por fin, a la sombra del gallinero, encontró su tesoro visionario. Luego regresó, sosteniendo su camisón con una mano para no tropezar, y desapareció por la escala del salón muy apresuradamente, como si estuviera ansiosa por volver a la cama, con su tío justo detrás, con una mano extendida para atraparla en caso de que tropezara.
CAPÍTULO III
LA SOMBRA Y EL FUEGO
Era el cuarto día de la larga calma. Se había instalado un toldo en la toldilla para los pasajeros, y bajo él se sentó Lestrange, tratando de leer, y los niños tratando de jugar. El calor y la monotonía habían reducido incluso a Dicky a una masa hosca, lánguida en sus movimientos como una larva. En cuanto a Emmeline, parecía aturdida. La muñeca de trapo yacía a un metro de ella en la cubierta de la toldilla sin ser cuidada; incluso parecía haber olvidado por completo la miserable caja y su paradero.
—¡Papá! —gritó de repente Dick, que se había encaramado y estaba mirando por encima de la borda de popa.
—¿Qué?
—¡Peces!
Lestrange se puso en pie, fue hacia la popa y miró por encima de la borda.
Abajo, en el vago verdor del agua, algo se movía, algo pálido y largo: una forma espantosa. Se desvaneció; y llegó otra, se acercó a la superficie y se mostró más plenamente. Lestrange vio sus ojos, vio la aleta oscura y toda la longitud horrible de la criatura; un escalofrío le recorrió mientras abrazaba a Dicky.
—¿No es hermoso? —dijo el niño—. Supongo, papá, que lo sacaría a bordo si tuviera un anzuelo. ¿Por qué no tengo un anzuelo, papá? ¿Por qué no tengo un anzuelo, papá? ¡Ay, me estás estrujando!
Algo tiró del abrigo de Lestrange: era Emmeline; ella también quería mirar. Él la levantó en sus brazos; su carita pálida se asomó por encima de la borda, pero no había nada que ver: las formas del terror habían desaparecido, dejando las profundidades verdes imperturbables e inmaculadas.
—¿Cómo se llaman, papá? —insistió Dick, mientras su padre lo bajaba de la borda y lo llevaba de vuelta a la silla.
—Tiburones —dijo Lestrange, cuyo rostro estaba cubierto de sudor.
Recogió el libro que había estado leyendo —era un volumen de Tennyson— y se sentó con él sobre las rodillas, mirando la cubierta principal, blanca y bañada por el sol, rayada con las sombras blancas de la jarcia fija.
El mar le había revelado una visión. Poesía, Filosofía, Belleza, Arte, el amor y la alegría de la vida; ¿era posible que existieran en el mismo mundo que esos?
Miró el libro sobre sus rodillas y contrastó las cosas hermosas que contenía y que recordaba con las cosas terribles que acababa de ver, las cosas que estaban esperando su alimento bajo la quilla del barco.
Eran las tres campanadas —las tres y media de la tarde— y la campana del barco acababa de sonar. La azafata apareció para llevar a los niños abajo; y mientras desaparecían por la escala del salón, el capitán Le Farge fue hacia la popa, a la toldilla, y se quedó un momento mirando el mar por el lado de babor, donde un banco de niebla había aparecido de repente como el espectro de un país.
—El sol se ha oscurecido un poco —dijo—; casi puedo mirarlo. El barómetro está bastante estable; viene niebla, ¿alguna vez ha visto una niebla del Pacífico?
—No, nunca.
—Bueno, no querrá ver otra —respondió el marino, sombreándose los ojos y fijándolos en la línea del mar. La línea del mar hacia estribor había perdido algo de su distinción, y sobre el día se había deslizado una sombra casi imperceptible.
El capitán se apartó de repente de su contemplación del mar y el cielo, levantó la cabeza y olfateó.
—Algo se está quemando en alguna parte, ¿lo huele? Me parece como un viejo felpudo o algo así. Es ese grumete del mayordomo, tal vez; si no está rompiendo cristales, está volcando lámparas y quemando agujeros en la alfombra. Válgame Dios, preferiría tener una docena de Mary Anns y sus recogedores por aquí que a un mayordomo tonto como Jenkins. —Fue a la escotilla del salón—. ¡Abajo!
—¡Sí, señor!
—¿Qué está quemando?
—No estoy quemando nada, señor.
—¡Le digo que lo huelo!
—Aquí no se está quemando nada, señor.
—Tampoco aquí, es todo en cubierta. Algo en la cocina, tal vez; trapos, lo más probable, que han echado al fuego.
—¡Capitán! —dijo Lestrange.
—¡Sí, sí!
—Venga aquí, por favor.
Le Farge subió a la toldilla.
—No sé si es mi debilidad lo que está afectando a mis ojos, pero me parece que hay algo extraño en el palo mayor.
El palo mayor, cerca de donde entraba en la cubierta, y durante cierta distancia hacia arriba, parecía estar en movimiento: un movimiento de sacacorchos de lo más extraño de observar desde el refugio del toldo.
Este aparente movimiento era causado por una bruma espiral de humo tan vaga que uno solo podía notar su existencia por el temblor, similar a un espejismo, del mástil alrededor del cual se enroscaba.
—¡Dios mío! —gritó Le Farge, mientras saltaba de la toldilla y corría hacia proa.
Lestrange lo siguió lentamente, deteniéndose a cada momento para agarrarse a la borda y jadear buscando aire. Oyó las notas agudas, similares a las de un pájaro, del silbato del contramaestre. Vio a los hombres emergiendo del castillo de proa, como abejas de una colmena; los vio rodear la escotilla principal. Observó cómo retiraban la lona y las barras de cierre. Vio la escotilla abierta y un estallido de humo —humo negro, vil— ascender al cielo, sólido como una pluma en el aire sin viento.
Lestrange era un hombre de temperamento muy nervioso, y es precisamente este tipo de hombre el que mantiene la calma en una emergencia, mientras que el individuo flemático y de cabeza fría pierde el equilibrio. Su primer pensamiento fue para los niños, el segundo para los botes.
En el maltrato frente al Cabo de Hornos, el Northumberland perdió varios de sus botes. Quedaban el bote largo, un bote de costado y el bote auxiliar. Oyó la voz de Le Farge ordenando cerrar la escotilla y poner en marcha las bombas para inundar la bodega; y, sabiendo que no podía hacer nada en cubierta, se dirigió tan rápido como pudo a la escala del salón.
La señora Stannard estaba saliendo del camarote de los niños.
—¿Están acostados los niños, señora Stannard? —preguntó Lestrange, casi sin aliento por la emoción y el esfuerzo de los últimos minutos.
La mujer lo miró con ojos asustados. Él parecía el mensajero mismo del desastre.
—Porque si lo están, y los ha desvestido, entonces debe ponerles la ropa de nuevo. El barco se está quemando, señora Stannard.
—¡Dios mío, señor!
—¡Escuche! —dijo Lestrange.
Desde la distancia, fino y lúgubre como el llanto de las gaviotas en una playa desolada, llegaba el tintineo de las bombas.
CAPÍTULO IV
Y COMO UN SUEÑO SE DISOLVIÓ
Antes de que la mujer tuviera tiempo de hablar, se oyó un paso atronador en la escala, y Le Farge irrumpió en el salón. El rostro del hombre estaba inyectado en sangre, sus ojos estaban fijos y vidriosos como los de un borracho, y las venas se marcaban en sus sienes como cuerdas retorcidas.
—¡Prepare a esos niños! —gritó, mientras corría a su propio camarote—. Prepárense todos; se están arriando los botes y avituallando. ¡Diablos! ¿Dónde están esos papeles?
Le oyeron buscando y reuniendo furiosamente cosas en su camarote: los papeles del barco, las cuentas, cosas a las que el capitán se aferra como se aferra a su vida; y mientras buscaba, encontraba y empacaba, seguía bramando órdenes para que los niños fueran llevados a cubierta. Parecía medio loco, y medio loco estaba con el conocimiento de la cosa terrible que estaba estibada en medio de la carga.
Arriba, en cubierta, la tripulación, bajo la dirección del primer oficial, trabajaba de manera ordenada y con voluntad, totalmente inconsciente de que hubiera nada bajo sus pies más que una carga ordinaria en llamas. Se habían quitado las cubiertas de los botes, se habían colocado barriles de agua y bolsas de galletas en ellos. El bote auxiliar, el más pequeño de los botes y el más fácil de liberar, colgaba de los pescantes del bote de costado a ras de la borda; y Paddy Button estaba en el acto de estibar un barril de agua en él, cuando Le Farge irrumpió en la cubierta, seguido por la azafata cargando a Emmeline, y el señor Lestrange guiando a Dick. El bote auxiliar era un bote algo más grande que el bote auxiliar ordinario de los barcos, y poseía un pequeño mástil y una vela larga. Dos marineros estaban listos para manejar los cabos, y Paddy Button apenas se estaba girando para caminar hacia proa cuando el capitán lo agarró.
—Métase en el bote auxiliar —gritó—, y reme con estos niños y el pasajero a una milla del barco; dos millas, tres millas; gane distancia.
—Claro, capitán, he dejado mi violín en el...
Le Farge dejó caer el bulto de cosas que sostenía bajo su brazo izquierdo, agarró al viejo marinero y lo lanzó contra la borda, como si quisiera arrojarlo al mar a través de ella.
Al momento siguiente, el señor Button estaba en el bote. Emmeline le fue entregada, pálida de rostro y con los ojos muy abiertos, abrazando algo envuelto en un pequeño chal; luego Dick, y luego se ayudó al señor Lestrange a subir.
—¡No hay espacio para más! —gritó Le Farge—. Su lugar será en el bote largo, señora Stannard, si tenemos que abandonar el barco. ¡Arriad, arriad!
El bote descendió hacia el mar azul y tranquilo, lo besó y quedó a flote.
Ahora bien, el señor Button, antes de unirse al barco en Boston, había pasado un buen rato merodeando por el muelle, al no tener dinero con que divertirse en una taberna. Había visto algo de la carga del Northumberland y oído más de un estibador. Tan pronto como soltó los cabos y agarró los remos, su conocimiento despertó en su mente, vivo y espantoso. Dio un grito que hizo que los dos marineros se inclinaran por la borda.
—¡Muchachos!
—¡Sí, señor!
—Corran por sus vidas, acabo de recordar, ¡hay dos barriles de pólvora en la bodega!
Luego se inclinó sobre sus remos, como ningún hombre se había inclinado antes.
Lestrange, sentado en el banco de popa abrazando a Emmeline y a Dick, no vio nada por un momento tras oír estas palabras. Los niños, que no sabían nada de pólvora o sus efectos, aunque estaban medio asustados por todo el bullicio y la emoción, todavía estaban divertidos y complacidos de encontrarse en el pequeño bote tan cerca del bonito mar azul.
Dick puso su dedo sobre el costado, de modo que hizo una onda en el agua (la experiencia más encantadora de la infancia). Emmeline, con una mano cogida de la de su tío, observaba al señor Button con una especie de grave medio placer.
Ciertamente era un espectáculo que valía la pena observar. Su alma estaba llena de tragedia y terror. Su imaginación celta oía al barco explotar, se veía a sí mismo y al pequeño bote volados en pedazos; es más, se veía a sí mismo en el infierno, siendo tostado por "demonios".
Pero la tragedia y el terror no pudieron encontrar lugar de expresión en su rostro afortunado o desafortunado. Jadeaba y soplaba, inflando sus mejillas hacia el cielo mientras tiraba de los remos, haciendo ciento una muecas, todas resultado de la agonía mental, pero ninguna expresándola. Atrás quedaba el barco, una imagen no exenta de su lado más ligero. El bote largo y el bote de costado, arriados con prisa y puestos a flote por la misericordia de la Providencia, flotaban al lado del Northumberland.
Desde el barco, los hombres se arrojaban por la borda como ratas de agua, nadando como patos, trepando a bordo de los botes como podían.
Desde la escotilla principal entreabierta, el humo negro, mezclado ahora con chispas, subía constante, rápida y rencorosamente, como si fuera impulsado a través de los dientes entreabiertos de un dragón.
A una milla de distancia, más allá del Northumberland, estaba el banco de niebla. Parecía sólido, como un vasto país que se hubiera construido repentina y extrañamente sobre el mar; un país donde no cantaban pájaros ni crecían árboles. Un país con acantilados blancos y precipitados, sólidos a la vista como los acantilados de Dover.
—¡Estoy agotado! —jadeó de repente el remero, descansando los mangos de los remos bajo el hueco de sus rodillas, y doblándose como si se preparara para embestir a los pasajeros en el banco de popa—. ¡Explote o no, estoy agotado! ¡No me lo pidan, estoy agotado!
El señor Lestrange, blanco como un fantasma, pero recuperado algo de su primer horror, dio tiempo al Agotado para recuperarse y se giró para mirar el barco. Parecía a gran distancia, y los botes, bien lejos de él, se dirigían a paso furioso hacia el bote auxiliar. Dick seguía jugando con el agua, pero los ojos de Emmeline estaban totalmente ocupados con Paddy Button. Las cosas nuevas eran siempre de gran interés para su mente contemplativa, y estas evoluciones de su viejo amigo eran eminentemente nuevas.
Lo había visto baldeando las cubiertas, lo había visto bailando una giga, lo había visto recorriendo la cubierta principal a cuatro patas con Dick sobre su espalda, pero nunca lo había visto comportarse así antes.
Percibió ahora que estaba exhausto, y preocupado por algo, y, metiendo la mano en el bolsillo de su vestido, buscó algo que sabía que estaba allí. Sacó una mandarina, y echándose hacia delante tocó la cabeza del Agotado con ella.
El señor Button levantó la cabeza, miró vacíamente por un segundo, vio la naranja ofrecida, y ante la visión de ella el pensamiento de "los niños" y su inocencia, él mismo y la pólvora, despejaron su ingenio deslumbrado, y volvió a tomar los remos.
—Papá —dijo Dick, que había estado mirando hacia popa—, hay nubes cerca del barco.
En un espacio de tiempo increíblemente corto, los acantilados sólidos de niebla se habían roto. El viento débil que los había amontonado los había atravesado, y ahora estaba haciendo cuadros y diseños de ellos, de lo más maravillosos y extraños de ver. Jinetes de niebla cabalgaban sobre el agua, y se disolvían; olas rodaban sobre el mar, aunque no eran del mar; mantas y espirales de vapor ascendían al alto cielo. Y todo con una terrible languidez de movimiento. Vasta, perezosa y siniestra, pero firme de propósito como el Destino o la Muerte, la niebla avanzaba, tomando el mundo para sí.
Contra este fondo gris e indescriptiblemente sombrío se alzaba el barco humeante con la brisa ya estremeciendo sus velas, y el humo de su escotilla principal soplando y haciendo señas como si fuera a los botes que se retiraban.
—¿Por qué humea el barco de esa manera? —preguntó Dick—. Y mira esos botes que vienen; ¿cuándo vamos a volver, papá?
—Tío —dijo Emmeline, poniendo su mano en la de él, mientras miraba hacia el barco y más allá—, tengo miedo.
—¿Qué te asusta, Emmy? —preguntó él, acercándola a sí.
—Formas —respondió Emmeline, acurrucándose a su lado.
—¡Oh, gloria a Dios! —jadeó el viejo marinero, descansando de repente sobre sus remos—. ¿Quieren mirar la niebla que viene...?
—Creo que será mejor que esperemos aquí a los botes —dijo el señor Lestrange—; estamos lo suficientemente lejos ahora para estar a salvo si... sucede algo.
—Sí, señor —respondió el remero, a quien le había vuelto el ingenio—. Explote o no, no nos alcanzará desde aquí.
—Papá —dijo Dick—, ¿cuándo vamos a volver? Quiero mi té.
—No vamos a volver, hijo mío —respondió su padre—. El barco está ardiendo; estamos esperando a otro barco.
—¿Dónde está el otro barco? —preguntó el niño, mirando alrededor hacia el horizonte que estaba despejado.
—No podemos verlo todavía —respondió el infeliz hombre—, pero vendrá.
El bote largo y el bote de costado se acercaban lentamente. Parecían escarabajos arrastrándose sobre el agua, y tras ellos, a través de la superficie brillante, vino una opacidad que quitó el brillo al mar; una opacidad que barrió y se extendió como la sombra de un eclipse.
Ahora el viento golpeó el bote auxiliar. Era como un viento de cuento de hadas, casi imperceptible, frío, y que oscurecía el sol. Un viento de Liliput. Mientras golpeaba el bote auxiliar, la niebla tomó el barco distante.
Fue un espectáculo de lo más extraordinario, pues en menos de treinta segundos el barco de madera se convirtió en un barco de gasa, una tracería; parpadeó y desapareció para siempre de la vista del hombre.
CAPÍTULO V
VOCES OÍDAS EN LA NIEBLA
El sol se volvió más tenue aún, y desapareció. Aunque el aire alrededor del bote auxiliar parecía bastante claro, los botes que se acercaban eran brumosos y tenues, y esa parte del horizonte que había estado bastante clara ahora estaba borrada.
El bote largo iba en cabeza por un buen trecho. Cuando estuvo a distancia de voz, llegó la voz del capitán.
—¡Bote auxiliar, a la vista!
—¡A la vista!
—¡Acérquense aquí!
El bote largo dejó de remar para esperar al bote de costado que avanzaba lentamente. Era un bote pesado de remolcar en todo momento, y ahora estaba sobrecargado.
La ira del capitán Le Farge con Paddy Button por la forma en que había provocado la estampida de la tripulación era profunda, pero no tuvo tiempo de darle rienda suelta.
—¡Aquí, suba a bordo, señor Lestrange! —dijo él, cuando el bote auxiliar estuvo al costado—; tenemos espacio para uno. La señora Stannard está en el bote de costado, y está sobrecargado; está mejor a bordo del bote auxiliar, pues puede cuidar de los niños. Vamos, apresúrese, el humo se nos viene encima rápidamente. ¡Ahoy! —al bote de costado—, ¡apresúrense, apresúrense!
El bote de costado había desaparecido de repente.
El señor Lestrange subió al bote largo. Paddy empujó el bote auxiliar unos metros con la punta de un remo, y luego descansó sobre sus remos esperando.
—¡Ahoy! ¡ahoy! —gritó Le Farge.
—¡Ahoy! —vino del banco de niebla.
Al momento siguiente, el bote largo y el bote auxiliar desaparecieron de la vista el uno del otro: el gran banco de niebla los había tomado.
Ahora, un par de paladas con el remo de babor habrían puesto al señor Button al costado del bote largo, tan cerca estaba; pero el bote de costado estaba en su mente, o mejor dicho imaginación, así que, ¿qué debía hacer sino dar tres poderosas paladas en la dirección en la que imaginaba que estaba el bote de costado?
El resto fueron voces.
—¡Bote auxiliar, a la vista!
—¡A la vista!
—¡Ahoy!
—No griten juntos, o no sabré hacia dónde remar. ¡Bote de costado, a la vista! ¿Dónde están?
—¡A babor el timón!
—¡Sí, señor! —poniendo su timón, por así decirlo, a estribor—; estaré con ustedes en un minuto, dos o tres minutos de remo fuerte.
—¡Ahoy! —mucho más débil.
—¿Qué quieren decir remando lejos de mí? —una docena de paladas.
—¡Ahoy! —aún más débil.
El señor Button descansó sobre sus remos.
—El diablo los lleve, creo que era el bote largo gritando.
Volvió a tomar los remos y remó vigorosamente.
—Paddy —vino la vocecita de Dick, aparentemente de la nada—, ¿dónde estamos ahora?
—Claro, estamos en una niebla; ¿dónde si no íbamos a estar? No tengas miedo.
—No tengo miedo, pero Em está temblando.
—Dale mi abrigo —dijo el remero, descansando sobre sus remos y quitándoselo—. Envuélvela con él; y cuando esté envuelta, daremos todos un gran grito juntos. Hay un viejo chal en alguna parte del bote, pero no puedo ponerme a buscarlo ahora.
Extendió el abrigo y una mano casi invisible lo tomó; al mismo tiempo, un estruendo tremendo sacudió el mar y el cielo.
—Ahí va —dijo el señor Button—; y mi viejo violín y todo. No se asusten, niños; es solo un cañón que disparan por diversión. Ahora gritaremos todos juntos, ¿están listos?
—Sí, señor —dijo Dick, que era un aprendiz de términos marineros.
—¡Hola! —gritó Pat.
—¡Hola! ¡Hola! —chillaron Dick y Emmeline.
Vino una respuesta débil, pero de dónde, era difícil de decir. El viejo remó unas pocas paladas y luego pausó sobre sus remos. Tan quieta estaba la superficie del mar que el gorgoteo del agua en la proa del bote mientras avanzaba bajo el impulso de la última palada poderosa se podía oír distintamente. Se apagó a medida que perdía velocidad, y el silencio se cerró a su alrededor como un anillo.
La luz desde arriba, una luz que parecía venir a través de una vasta escotilla de vidrio profundamente empañado, tenue aunque era, casi hasta la extinción, aún variaba a medida que el pequeño bote flotaba a través de los estratos de la niebla.
Una gran niebla marina no es homogénea; su densidad varía: está llena de calles, tiene sus cuevas de aire claro, sus acantilados de vapor sólido, todo desplazándose y cambiando de lugar con la sutileza de un juego de manos. Tiene también esta peculiaridad mágica, que crece con la puesta del sol y la llegada de la oscuridad.
El sol, si hubieran podido verlo, estaba dejando ya el horizonte.
Llamaron de nuevo. Luego esperaron, pero no hubo respuesta.
—No sirve de nada bramar como toros a tipos que están sordos como tapias —dijo el viejo marinero, estibando sus remos; inmediatamente después de esta declaración, dio otro grito, con el mismo resultado en cuanto a obtener respuesta.
—¡Señor Button! —vino la voz de Emmeline.
—¿Qué pasa, cielo?
—T-t-tengo miedo.
—Espera un minuto hasta que encuentre el chal… ¡aquí está, por cierto!—y te envolveré con él.
Se arrastró con cautela hacia la popa, hasta el banco del timón, y tomó a Emmeline en sus brazos.
—No quiero el chal —dijo Emmeline—; no tengo tanto miedo con tu abrigo. Aquel viejo abrigo áspero y con olor a tabaco le infundía valor de alguna manera.
—Bueno, pues quédatelo puesto. Dicky, ¿tienes frío?
—Me he metido en el abrigo grande de papá; lo dejó olvidado.
—Bueno, pues me pondré el chal sobre mis propios hombros, que sí que tengo frío. ¿Tenéis hambre, chiquillos?
—No —dijo Dick—, pero tengo un sueño tre— ¡Hi—yow!—
—¿Sueño, es? Pues hala, al fondo del bote; aquí tienes el chal de almohada. Volveré a remar en un minuto para entrar en calor.
Abotonó el botón superior del abrigo.
—Estoy bien —murmuró Emmeline con voz soñadora.
—Cierra los ojos bien fuerte —respondió el señor Button—, o Billy Winker te echará arena en ellos.
«Shoheen, shoheen, shoheen, shoheen, Sho-hu-lo, sho-hu-lo. Shoheen, shoheen, shoheen, shoheen, Hush a by the babby O».
Era el estribillo de una vieja canción de cuna folclórica que cantan en las chozas de la costa de Achill, grabado en su memoria junto con la lluvia, el viento, el olor a turba quemada, el gruñido del cerdo y el vaivén rítmico de una cuna.
—Se ha dormido —murmuró el señor Button para sí mismo, al sentir cómo se relajaba el cuerpo entre sus brazos. Entonces la dejó suavemente junto a Dick. Se desplazó hacia adelante, moviéndose como un cangrejo. Luego llevó la mano a su bolsillo en busca de la pipa, el tabaco y la yesca. Estaban en el bolsillo de su abrigo, pero Emmeline estaba dentro del abrigo. Buscar allí sería despertarla.
La oscuridad de la noche se sumaba ahora a la ceguera de la niebla. El remero no podía ver ni las toletes. Se quedó a la deriva, de cuerpo y alma. Estaba, para usar su propia expresión, «aturdido». Acechado por la bruma, atormentado por «formas».
Era precisamente en una niebla como esta cuando se podía escuchar a los Merrows retozando en la bahía de Dunbeg y frente a la costa de Achill. Jugando, riendo y gritando a través de la niebla para desviar a los desafortunados pescadores.
Los Merrows no son del todo malvados, pero tienen el pelo y los dientes verdes, colas de pez y aletas por brazos; y oírlos chapotear en el agua a tu alrededor como salmones, estando tú solo en un bote pequeño, con el miedo de que uno de ellos se suba a bordo a trompicones, es suficiente para encanecer a un hombre.
Por un momento pensó en despertar a los niños para que le hicieran compañía, pero le dio vergüenza. Entonces volvió a tomar los remos y remó «según el tacto del agua». El chirrido de los remos era como la voz de un compañero; el ejercicio acallaba sus temores. De vez en cuando, olvidándose de los niños dormidos, soltaba un grito y se detenía a escuchar. Pero no llegaba respuesta.
Luego continuaba remando, con brazadas largas, constantes y laboriosas, cada una de las cuales lo alejaba más y más de los botes que nunca estaba destinado a volver a ver.
CAPÍTULO VI
AMANECER EN UN MAR VASTO, VASTO
—¿Me he quedado dormido? —dijo el señor Button, despertándose de repente con un sobresalto.
Había recogido los remos solo para descansar un minuto. Debía de haber dormido durante horas, porque ahora, ¡mirad!, soplaba un viento cálido y suave, la luna brillaba y la niebla había desaparecido.
—¿He estado soñando? —continuó el recién despierto—. ¿Dónde estoy, al fin y al cabo? ¡Oh, cielos! Caramba, aquí estoy. ¡Oh, virgen santa! Soñé que me había quedado dormido en la escotilla principal y que el barco saltaba por los aires con pólvora, y todo se ha hecho realidad.
—¡Señor Button! —llegó una vocecita desde la popa (la de Emmeline).
—¿Qué pasa, cielo?
—¿Dónde estamos ahora?
—Pues estamos flotando en el mar, tesoro; ¿dónde si no íbamos a estar?
—¿Dónde está el tío?
—Está allá, en el bote salvavidas; vendrá detrás de nosotros en un minuto.
—Quiero beber.
Llenó una taza de hojalata que estaba junto al barril de agua y le dio de beber. Luego sacó su pipa y el tabaco del bolsillo del abrigo.
Ella se volvió a dormir casi de inmediato junto a Dick, que no se había removido ni movido; y el viejo marinero, poniéndose de pie y manteniendo el equilibrio, lanzó la mirada al horizonte. No había ni rastro de vela o bote en todo el mar iluminado por la luna.
Desde la poca altura de un bote abierto uno tiene un horizonte muy pequeño, y en el vago mundo de la luz de luna era posible que los botes estuvieran lo suficientemente cerca como para aparecer al amanecer.
Pero los botes abiertos separados por unos pocos kilómetros pueden acabar distanciados por largas leguas en el transcurso de unas pocas horas. Nada es más misterioso que las corrientes del mar.
El océano es un océano de ríos, algunos que fluyen rápidamente, otros lentos, y a una legua de donde tú vas a la deriva a una milla por hora, otro bote puede estar yendo a dos.
Una ligera brisa cálida esmerilaba el agua, mezclando el resplandor de la luna y el centelleo de las estrellas; el océano yacía como un lago, sin embargo, la tierra firme más cercana estaba quizás a mil millas de distancia.
Los pensamientos de la juventud pueden ser pensamientos largos, muy largos, pero no más que los pensamientos de este viejo marinero fumando su pipa bajo las estrellas. Pensamientos tan largos como redonda es la tierra. Bares en llamas en Callao, puertos sobre cuyas superficies aceitosas los sampanes se deslizaban como escarabajos de agua, las luces de Macao, los muelles de Londres. Casi nunca una estampa marina, pura y simple, porque ¿por qué iba a querer un viejo marinero pensar en el mar, donde la vida es entrar y salir del castillo de proa, donde un viaje se mezcla y se confunde con otro, donde después de cuarenta y cinco años de tomar rizos en las gavias uno no puede recordar bien de qué barco cayó Jack Rafferty por la borda, o quién mató a quién en el castillo de qué, aunque todavía puedas ver, como en un espejo empañado, la pelea y el rostro ensangrentado sobre el que un hombre sostiene una lámpara de queroseno?
Dudo que Paddy Button hubiera podido decirte el nombre del primer barco en el que navegó. Si le hubieras preguntado, probablemente habría respondido: «No me acuerdo; fue al Báltico, y hacía un frío cruel, y yo estaba mareado hasta que casi echo las tripas; y era "¡Oh, por la vieja Irlanda!", lloraba todo el tiempo, y el capitán me zurraba la espalda con el cabo de un cabo al son de la canción, pero el nombre del barco… no lo recuerdo, ¡mala suerte para él, quienquiera que fuera!».
Así que se sentó a fumar su pipa, mientras las velas del cielo ardían sobre él, recordando escenas de borracheras estruendosas y puertos sombreados por palmeras, y a los hombres y mujeres que había conocido… ¡qué hombres y qué mujeres! Los desechos de la tierra y del océano. Luego volvió a quedarse dormido, y cuando despertó, la luna había desaparecido.
Ahora, en el cielo oriental, se podía ver un pálido abanico de luz, vago como el ala de una efímera. Se desvaneció y volvió a convertirse en oscuridad.
De repente, y casi de un golpe, un lápiz de fuego trazó una línea a lo largo del horizonte oriental, y el cielo oriental se volvió más hermoso que un pétalo de rosa arrancado en mayo. La línea de fuego se contrajo en un punto creciente, el borde del sol naciente.
A medida que la luz aumentaba, el cielo de arriba se tornó de un azul imposible de imaginar si no se ve, un azul lánguido, pero vivo y centelleante como si hubiera nacido del polvo impalpable de zafiros. Entonces, todo el mar brilló como el arpa de Apolo tocada por los dedos del dios. La luz era música para el alma. Era de día.
—¡Papá! —gritó de repente Dick, sentándose bajo la luz del sol y frotándose los ojos con las palmas de las manos—. ¿Dónde estamos?
—¡Todo bien, Dicky, hijo mío! —gritó el viejo marinero, que había estado de pie lanzando miradas alrededor en un vano intento de avistar los botes—. Tu papá está tan a salvo como si estuviera en el cielo; estará con nosotros en un minuto y traerá otro barco consigo. Así que ya estás despierto, ¿eh, Em’line?
Emmeline, sentada en el viejo abrigo de piloto, asintió en respuesta sin hablar. Otro niño podría haber complementado las preguntas de Dick sobre su tío con preguntas propias, pero ella no lo hizo.
¿Adivinó que había algún subterfugio en la respuesta del señor Button y que las cosas eran diferentes de cómo él las presentaba? ¿Quién puede saberlo?
Llevaba puesta una vieja gorra de Dick, que la señora Stannard, en la prisa y la confusión, le había encajado en la cabeza. Estaba ladeada, y ella formaba una figurita bastante pintoresca mientras se sentaba en el brillo de la madrugada, vestida con el viejo abrigo manchado de sal junto a Dick, cuyo sombrero de paja estaba en algún lugar del fondo del bote y cuyos mechones castaños ondeaban con la leve brisa.
—¡Hurra! —gritó Dick, mirando el agua azul y centelleante y golpeando el fondo del bote con un listón de madera—. Voy a ser marinero, ¿verdad, Paddy? Me dejarás navegar el bote, ¿verdad, Paddy?, ¿y me enseñarás a remar?
—Despacio —dijo Paddy, sujetando al niño—. No tengo esponja ni toalla, pero te lavaré la cara con agua salada y te dejaré que te seques al sol.
Llenó el balde de achique con agua de mar.
—¡No quiero lavarme! —gritó Dick.
—Mete la cara en el agua del balde —ordenó Paddy—. No irás por ahí con la cara como una bolsa de hollín, ¿verdad?
—¡Mete la tuya! —ordenó el otro.
El señor Button lo hizo, e hizo un ruido de burbujeo en el agua; luego levantó una cara mojada y chorreante, y arrojó el contenido del balde por la borda.
—Ahora has perdido tu oportunidad —dijo este estratega de guardería—, se acabó toda el agua.
—Hay más en el mar.
—No hay más para lavarse, no hasta mañana; los peces no lo permiten.
—Quiero lavarme —gruñó Dick—. Quiero meter la cara en el balde, como hiciste tú; además, Em no se ha lavado.
—No me importa —murmuró Emmeline.
—Bueno, pues —dijo el señor Button, como si tomara una decisión repentina—, se lo pediré a los tiburones. Se inclinó sobre la borda del bote, con la cara cerca de la superficie del agua—. ¡Eh, ahí! —gritó, y luego inclinó la cabeza hacia un lado para escuchar; los niños también miraron por encima de la borda, profundamente interesados.
—¡Eh, ahí! ¿Están durmiendo? ¡Ah, ahí están! Aquí hay un granuja con la cara sucia y quiere lavársela; ¿puedo tomar un balde de agua…? Oh, gracias, señor, gracias, señor; buen día tenga y mis respetos.
—¿Qué dijo el tiburón, señor Button? —preguntó Emmeline.
—Dijo: «Tome un barril lleno, sea bienvenido, señor Button; y ojalá tuviera una gota de licor para ofrecerle esta buena mañana». Luego metió la cabeza bajo su aleta y volvió a dormirse; al menos, eso me pareció oírle roncar.
Emmeline casi siempre llamaba «señor Button» a su amigo; a veces le decía «señor Paddy». En cuanto a Dick, siempre era «Paddy», puro y simple. Los niños tienen sus propias etiquetas.
A menudo debe llamar la atención de los hombres y mujeres de tierra que la experiencia más terrible cuando uno queda náufrago en el mar en un bote abierto es la total ausencia de privacidad. Parece un ultraje a la decencia por parte de la Providencia hacinar así a la gente. Pero, quien haya pasado por la experiencia me dará la razón en que, en grandes momentos de la vida como este, la mente humana se expande, y las cosas que nos escandalizarían en tierra firme no son nada allí, cara a cara con la eternidad.
Si es así con las personas adultas, ¡cuánto más con este viejo lobo de mar y sus dos pupilos!
Y, de hecho, el señor Button era una persona que llamaba al pan pan y al vino vino, no tenía más convenciones que una morsa y cuidaba a sus dos pupilos tal como una niñera podría cuidar a los suyos, o una morsa a sus crías.
Había una gran bolsa de galletas en el bote y algunas conservas, principalmente sardinas.
He conocido a un marinero que abrió una lata de sardinas con un clavo. Estaba en la cárcel, le habían pasado las sardinas de contrabando y no tenía abrelatas. Solo su genio y un clavo.
Paddy, sin embargo, tenía una navaja, y en un tiempo maravillosamente corto, una lata de sardinas fue abierta y colocada en la popa junto a unas galletas.
Esto, con algo de agua y la mandarina de Emmeline, que ella sacó y añadió a la provisión común, formó el festín, y dieron buena cuenta de ello.
Cuando terminaron, guardaron cuidadosamente los restos y procedieron a colocar el pequeño mástil.
El marinero, una vez que el mástil estuvo en su lugar, permaneció un momento apoyando la mano en él, contemplando el vasto y silencioso azul que lo rodeaba.
El Pacífico tiene tres azules: el azul de la mañana, el azul del mediodía y el azul del atardecer. Pero el azul de la mañana es el más feliz: la cosa más feliz en cuanto a color —centelleante, vago, recién nacido—, el azul del cielo y de la juventud.
—¿Qué estás buscando, Paddy? —preguntó Dick.
—Gaviotas —respondió el embustero; luego para sí mismo: «¡Ni rastro ni sonido de ellas! ¡Cielos, cielos! ¿hacia dónde pongo el rumbo: norte, sur, este o oeste? Da igual, porque si pongo rumbo al este, pueden estar en el oeste; y si pongo rumbo al oeste, pueden estar en el este; y no puedo poner rumbo al oeste, porque estaría navegando directamente contra el viento. Rumbo al este; aprovecharé el viento de costado y confiaré en la suerte».
Izó la vela y fue hacia la popa con la escota. Luego ajustó el timón, encendió una pipa, se reclinó lujosamente y dejó la vela hinchada al suave viento.
Era parte de su oficio, parte de su naturaleza, que, navegando, tal vez, directamente hacia la muerte por inanición y sed, estuviera tan despreocupado como si estuviera llevando a los niños a un paseo veraniego. Su imaginación trataba poco con el futuro; casi totalmente influenciada por su entorno inmediato, no podía conjurar temores de la escena que tenía ahora ante sí. Los niños eran iguales.
Nunca hubo una partida más feliz, más alegría en un pequeño bote. Durante el desayuno, el marinero había dado a entender a sus pupilos que si Dick no se encontraba con su padre y Emmeline con su tío en «un rato», era porque se habían subido a un barco y que aparecerían en breve. El terror de su situación estaba tan profundamente velado para ellos como la eternidad lo está para usted o para mí.
El Pacífico seguía atado por una de esas calmas glaciales que solo pueden ocurrir cuando el mar ha estado libre de tormentas durante una vasta extensión de su superficie, pues un huracán junto al Cabo enviará su oleaje y perturbación más allá de las Marquesas. De Bois, en su tabla de amplitudes, señala que más de la mitad de las perturbaciones marinas en cualquier espacio dado son causadas, no por el viento, sino por tormentas a gran distancia.
Pero el sueño del Pacífico es solo aparente. Este lago plácido, sobre el cual el bote perseguía la onda que corría, se elevaba ante un oleaje imperceptible y rompía en las costas del Archipiélago Bajo y las Marquesas en espuma y estruendo.
La muñeca de trapo de Emmeline era un asunto escandaloso desde un punto de vista higiénico o artístico. Su cara solo estaba pintada con tinta, no tenía rasgos, ni brazos; sin embargo, no habría cambiado esta cosa sucia y casi sin forma por todas las muñecas del mundo. Era un fetiche.
Se sentó a acunarla a un lado del timonel, mientras Dick, al otro lado, asomaba la nariz sobre el agua, buscando peces.
—¿Por qué fumas, señor Button? —preguntó Emmeline, que había estado observando a su amigo durante un rato en silencio.
—Para aliviar mis penas —respondió Paddy.
Estaba reclinado con un ojo cerrado y el otro fijo en el grátil de la vela. Estaba en su elemento: nada que hacer más que gobernar y fumar, calentado por el sol y enfriado por la brisa. Un hombre de tierra se habría vuelto medio loco en su condición, muchos marineros habrían estado taciturnos y hoscos, buscando velas y maldiciendo alternativamente su alma y rezando a su Dios. Paddy fumaba.
—¡Whoop! —gritó Dick—. ¡Mira, Paddy!
Un albacora a unas pocas esloras por babor había dado un salto mortal desde el mar centelleante, hizo un giro completo y desapareció.
—Es un albacora dando un salto. Cientos he visto antes de esto; lo están persiguiendo.
—¿Qué lo persigue, Paddy?
—¿Qué lo persigue? Pues, ¿qué va a ser sino los gibly-gobly-ums!
Antes de que Dick pudiera preguntar por la apariencia y los hábitos de estos últimos, un banco de puntas de flecha plateadas pasó junto al bote y revoloteó dentro del agua con un sonido siseante.
—Eso son peces voladores. ¿Qué dices? ¡Los peces no pueden volar! ¿Dónde tienes los ojos?
—¿Los gibblyums también los están persiguiendo? —preguntó Emmeline con miedo.
—No; son los Billy balloos los que van detrás de ellos. No me hagas más preguntas ahora, o te estaré contando mentiras en un minuto.
Emmeline, recordará el lector, había traído un pequeño paquete consigo envuelto en un chal; estaba debajo del asiento del bote, y de vez en cuando se agachaba para ver si estaba a salvo.
CAPÍTULO VII
HISTORIA DEL CERDO Y EL MACHO CABRÍO
Cada hora aproximadamente, el señor Button se sacudía su letargo, se levantaba y miraba alrededor buscando «gaviotas», pero el panorama estaba tan falto de velas como el mar prehistórico, sin alas, sin voz. Cuando Dick se impacientaba de vez en cuando, el viejo marinero siempre ideaba alguna forma de divertirlo. Le hizo un aparejo de pesca con un alfiler doblado y un poco de cordel que resultó haber en el bote, y le dijo que pescara «pinkeens»; y Dick, con la fe patética de la infancia, pescaba.
Luego les contaba cosas. Había pasado un año en Deal hacía mucho tiempo, donde una prima suya estaba casada con un barquero.
El señor Button había trabajado un año como estibador en Deal, y tenía mucho que contar sobre su prima y su marido, y especialmente sobre una, Hannah; Hannah era la bebé de su prima, una niña maravillosa, que nació con sus dientes de conejo completamente desarrollados, y cuyo primer acto antinatural al entrar en el mundo fue darle un mordisco al doctor. «Se quedó colgada de su puño como un bulldog, y él gritando: ¡Asesinato!».
—La señora James —dijo Emmeline, refiriéndose a una conocida de Boston—, tuvo un bebé, y era rosa.
—Sí, sí —dijo Paddy—; suelen ser rosas al principio, pero se desvanecen cuando los lavan.
—No tenía dientes —dijo Emmeline—, porque puse mi dedo para ver.
—El doctor lo trajo en una bolsa —añadió Dick, que seguía pescando constantemente—, lo desenterró de un huerto de coles; y yo cogí una paleta y desenterré todo nuestro huerto de coles, pero no había bebés, pero sí un montón de gusanos.
—Ojalá tuviera un bebé —dijo Emmeline—, y no lo devolvería al huerto de coles.
—El doctor —explicó Dick— lo llevó de vuelta y lo plantó otra vez; y la señora James lloró cuando le pregunté, y papá dijo que lo habían vuelto a poner para que creciera y se convirtiera en un ángel.
—Los ángeles tienen alas —dijo Emmeline soñadora.
—Y —continuó Dick—, se lo conté a la cocinera, y le dijo a Jane que papá siempre estaba engañando a los niños con… algo o lo otro. Y le pedí a papá que me dejara verlo engañar a un niño, y papá dijo que la cocinera tendría que irse por decir eso, y se fue al día siguiente.
—Tenía tres baúles grandes y una caja para su sombrero —dijo Emmeline, con una mirada lejana al recordar el incidente.
—Y el taxista le preguntó si no tenía más baúles que poner en su taxi, y si no se había olvidado de la jaula del loro —dijo Dick.
—Ojalá tuviera un loro en una jaula —murmuró Emmeline, moviéndose ligeramente para quedar más a la sombra de la vela.
—¿Y qué harías tú en el mundo con un loro en una jaula? —preguntó el señor Button.
—Lo dejaría salir —respondió Emmeline.
—Hablando de dejar salir a las criaturas de sus jaulas, recuerdo que mi abuelo tenía un viejo cerdo —dijo Paddy (todos hablaban seriamente entre ellos como iguales). —Yo era un chiquillo no más alto que mi rodilla, y me acercaba a la puerta de la pocilga, y él venía a la puerta, y gruñía y soplaba con su nariz debajo de ella; y yo le gruñía de vuelta para fastidiarlo, y golpeaba la puerta con el puño, y gritaba «¡Hola ahí! ¡Hola ahí!» y «¡Hola a ti!», decía él, hablando el idioma de los cerdos. «Déjame salir», decía, «y te daré un chelín de plata».
—«Pásalo por debajo de la puerta», le respondía yo. Entonces él metía su hocico debajo de la puerta y yo le daba un golpe con un palo, y él gritaba como un condenado. Y mi madre salía y me zurraba, y bien merecido que lo tenía.
—Bueno, un día abrí la puerta de la pocilga, y él salió disparado y se fue lejos, más allá, sobre colinas y hondonadas, hasta que llegó al borde del acantilado que domina el mar, y allí se encuentra con un macho cabrío, y él y el macho cabrío tienen una diferencia de opinión.
—«¡Fuera de aquí!», dice el macho cabrío.
—«¡Fuera tú mismo!», dice él.
—«¿Con quién te crees que hablas?», dice el otro.
—«Contigo», dice él.
—«¿Quién robó los huevos?», dice el macho cabrío.
—«¡Pregúntale a tu abuela!», dice el cerdo.
—«¿A mi qué abuela?», dice el macho cabrío.
—«Oh, pregúntale a mi...». Y antes de que pudiera completar la frase, ¡pam!, el viejo macho cabrío le embiste en el pecho, y los dos salen disparados dando volteretas hacia el mar allá abajo.
—Entonces mi viejo abuelo sale, me agarra por el pescuezo y «¡A la pocilga contigo!», dice; y a la pocilga me fui, y allí me tuvieron una quincena a base de puré de salvado y leche desnatada, y bien merecido que lo tenía.
Cenaron alrededor de las once, y al mediodía Paddy desmontó el mástil e hizo una especie de pequeña tienda o toldo con la vela en la proa del bote para proteger a los niños de los rayos del sol vertical.
Luego ocupó su lugar en el fondo del bote, en la popa, se encajó el sombrero de paja de Dick sobre la cara para resguardarla del sol, se movió un poco para encontrar una posición cómoda y se quedó dormido.
CAPÍTULO VIII
«S-H-E-N-A-N-D-O-A-H»
Había dormido una hora y más cuando fue devuelto a sus sentidos por un grito fino y prolongado. Era Emmeline en una pesadilla, o mejor dicho, una pesadilla diurna, provocada por una comida de sardinas y el recuerdo persistente de los «gibbly-gobbly-ums». Cuando fue sacudida (siempre tomaba un tiempo considerable devolverla en sí de estos ataques) y consolada, se volvió a montar el mástil.
Mientras el señor Button estaba de pie con la mano en la verga mirando a su alrededor antes de ir hacia popa con la escota, un objeto llamó su atención a unas tres millas por delante. Objetos, mejor dicho, pues eran los mástiles y vergas de un pequeño barco que emergían del agua. Ni rastro de vela, solo las vergas desnudas. Podrían haber sido un par de viejos árboles esqueléticos sobresaliendo del agua, a juzgar por lo que diría un hombre de tierra.
Se quedó mirando esta visión durante veinte o treinta segundos sin hablar, con la cabeza proyectada como la de una tortuga. Luego soltó un «¡Hurra!» salvaje.
—¿Qué es, Paddy? —preguntó Dick.
—¡Hurra! —respondió el señor Button—. ¡Barco a la vista! ¡Barco a la vista! Manteneos a la espera hasta que logre abordarlo. Por lo que veo están al pairo —ni un jirón de lona en ella—, ¿están dormidos o soñando? Aquí, Dick, déjame ir a popa con la escota; el viento nos llevará hasta él más rápido de lo que remaremos.
Se arrastró hacia popa y tomó el timón; la brisa tomó la vela y el bote avanzó.
—¿Es el barco de papá? —preguntó Dick, que estaba casi tan emocionado como su amigo.
—No lo sé; veremos cuando lo alcancemos.
—¿Subiremos a él, señor Button? —preguntó Emmeline.
—Así lo haremos, pequeña.
Emmeline se inclinó, sacó su paquete de debajo del asiento y lo sostuvo en su regazo.
A medida que se acercaban, los contornos del barco se hicieron más evidentes. Era un pequeño bergantín, con masteleros de tope truncados, de cuyas vergas ondeaban unos pocos jirones de lona. Pronto fue evidente para el ojo del viejo marinero lo que le pasaba.
—Está abandonado, ¡maldita sea! —murmuró—. Abandonado y acabado, ¡justo mi suerte!
—No veo gente en el barco —gritó Dick, que se había arrastrado hasta la proa—. Papá no está allí.
El viejo marinero desvió el bote un punto o dos para obtener una vista más completa del bergantín; cuando estuvieron a unas veinte esloras de cable, desmontó el mástil y tomó los remos.
El pequeño bergantín flotaba muy bajo en el agua y presentaba un aspecto bastante lúgubre; con toda su jarcia de labor floja, jirones de lona ondeando en las vergas y sin botes colgados de sus pescantes. Era fácil ver que se trataba de un barco maderero y que había cedido una cuaderna, se había inundado y había sido abandonado.
Paddy dejó de remar a unas pocas brazadas de él. Flotaba tan plácidamente como si estuviera en el puerto de San Francisco; el agua verde se mostraba en su sombra, y en el agua verde ondeaban las algas tropicales que crecían desde su forro de cobre. Su pintura estaba ampollada y quemada como si le hubieran pasado un hierro caliente, y sobre su coronamiento colgaba una cuerda larga cuyo extremo se perdía de vista en el agua.
Unas pocas brazadas los llevaron bajo la popa. El nombre del barco estaba allí en letras desvaídas, así como el puerto al que pertenecía: «Shenandoah. Martha’s Vineyard».
—Hay letras en él —dijo el señor Button—. Pero no puedo distinguirlas. No tengo estudios.
—Yo puedo leerlas —dijo Dick.
—Yo también —murmuró Emmeline.
—S-H-E-N-A-N-D-O-A-H —deletreó Dick.
—¿Qué es eso? —preguntó Paddy.
—No lo sé —respondió Dick, bastante abatido.
—¡Ahí lo tienes! —gritó el remero con disgusto, llevando el bote hacia el costado de estribor del bergantín—. Pretenden enseñar letras a los niños en las escuelas, sacándoles los ojos a base de lectura, y aquí hay letras tan grandes como mi cara y no pueden distinguir ni el principio ni el fin de ellas; ¡al diablo con la lectura!
El bergantín tenía regalas anchas de estilo antiguo, auténticas plataformas, y flotaba tan bajo en el agua que estaban apenas a un pie por encima del nivel del bote.
El señor Button aseguró el bote pasando el cabo por una de las mesas de guarnición; luego, con Emmeline y su paquete en los brazos —o más bien en uno solo—, trepó por la mesa de guarnición y la pasó por encima de la borda hacia la cubierta. Luego fue el turno de Dick, y los niños se quedaron esperando mientras el viejo marinero subía a bordo el cántaro de agua, las galletas y la comida enlatada.
Era un lugar para deleitar el corazón de un niño, la cubierta del Shenandoah; desde la escotilla principal hacia proa, estaba cargada de madera. La jarcia de labor yacía suelta en la cubierta en madejas, y casi la totalidad del alcázar estaba ocupada por una caseta. El lugar tenía un olor delicioso a playa, madera en descomposición, alquitrán y misterio. Senos de brazalotes y otras cuerdas colgaban desde arriba, esperando solo a ser usados para columpiarse. Una campana estaba colgada justo delante del trinquete. En medio segundo, Dick estaba en proa golpeando la campana con un cabillero que había recogido de la cubierta.
El señor Button le gritó que cesara; el sonido de la campana le irritaba los nervios. Sonaba como una llamada, y una llamada en aquella embarcación desierta estaba totalmente fuera de lugar. ¿Quién sabía qué podría responder a ella en el ámbito de lo sobrenatural?
Dick soltó el cabillero y corrió hacia proa. Tomó la mano libre del marinero y los tres fueron hacia la puerta de la caseta. La puerta estaba abierta y se asomaron.
El lugar tenía tres ventanas en el costado de estribor, y a través de ellas el sol brillaba de una manera lúgubre. Había una mesa en medio de la estancia. Un asiento estaba apartado de la mesa como si alguien se hubiera levantado a toda prisa. Sobre la mesa yacían los restos de una comida, una tetera, dos tazas de té, dos platos. En uno de los platos descansaba un tenedor con un trozo de tocino en estado de putrefacción que alguien, evidentemente, se estaba llevando a la boca cuando… algo sucedió. Cerca de la tetera había una lata de leche condensada abierta a golpes. Algún viejo lobo de mar estaba a punto de echar leche en su té cuando ocurrió aquel algo misterioso. Nunca tantas cosas muertas hablaron tan elocuentemente como estas.
Uno podía imaginarlo todo. El capitán, probablemente, había terminado su té, y el primer oficial estaba en plena faena con el suyo, cuando se descubrió la vía de agua, o habían chocado con algún pecio, o cualquier cosa que hubiera pasado… pasó.
Una cosa era evidente: desde el abandono del bergantín, el tiempo había sido bueno, de lo contrario las cosas no habrían quedado dispuestas con tanta pulcritud sobre la mesa.
El señor Button y Dick entraron en el lugar para investigar, pero Emmeline permaneció en la puerta. El encanto del viejo bergantín la atraía casi tanto como a Dick, pero sentía algo al respecto que él desconocía totalmente. Un barco donde no había nadie tenía sugerencias de «otras cosas».
Tenía miedo de entrar en la lúgubre caseta y miedo de quedarse sola afuera; se conformó con sentarse en la cubierta. Luego puso el pequeño paquete a su lado, sacó rápidamente del bolsillo la muñeca de trapo, en el que estaba metida de cabeza, le quitó la falda de percal de encima de la cabeza, la apoyó contra el umbral de la puerta y le dijo que no tuviera miedo.
No había mucho que encontrar en la caseta, pero a popa de esta había dos pequeños camarotes como conejeras, habitados antaño por el capitán y su oficial. Aquí hubo grandes hallazgos en forma de basura. Ropa vieja, botas viejas, un viejo sombrero de copa de ese modelo extraordinario que se puede ver en las calles de Pernambuco, inmensamente alto y estrechándose hacia el ala. Un telescopio sin lente, un volumen de Hoyt, un almanaque náutico, una gran pieza de tela de franela a rayas, una caja de anzuelos. Y en un rincón, ¡hallazgo glorioso!, una madeja de lo que parecían ser unos diez metros de cuerda negra.
—¡Tabaco, por Dios! —gritó Pat, apoderándose de su tesoro. Era tabaco en rama. Se pueden ver madejas de él en los escaparates de los estancos de las ciudades portuarias. Una pipa llena de aquello haría vomitar a un hipopótamo, pero los viejos marineros lo mastican, lo fuman y lo disfrutan.
—Llevaremos todo el lote a cubierta y veremos qué merece la pena guardar y qué merece la pena dejar —dijo el señor Button, tomando una inmensa brazada de los viejos trastos; mientras Dick, cargando con el sombrero de copa, del que se había apoderado inmediatamente como su botín especial, abría camino.
—Em —gritó Dick al salir de la puerta—, ¡mira lo que tengo!
Se encasquetó la aterradora estructura sobre la cabeza. Le llegó hasta los hombros.
Emmeline lanzó un grito.
—Huele raro —dijo Dick, quitándoselo y acercándose la nariz al interior—, huele como un cepillo de pelo viejo. Toma, pruébatelo tú.
Emmeline se escabulló lo más lejos que pudo, hasta que llegó a la amurada de estribor, donde se sentó en la regala, sin aliento, sin habla y con los ojos muy abiertos. Siempre se quedaba muda cuando se asustaba (a menos que fuera una pesadilla o un impacto muy repentino), y este sombrero visto de repente cubriendo a medias a Dick la dejó fuera de sí. Además, era una cosa negra, y ella odiaba las cosas negras: gatos negros, caballos negros; y lo peor de todo, perros negros.
Una vez había visto un coche fúnebre en las calles de Boston, un coche fúnebre de los de antes con plumas negras, adornos y todo completo. La visión casi le provoca un ataque, aunque no sabía en absoluto el significado de aquello.
Mientras tanto, el señor Button transportaba brazada tras brazada de cosas a cubierta. Cuando el montón estuvo completo, se sentó a su lado bajo la gloriosa luz del sol de la tarde y encendió su pipa.
No había buscado ni comida ni agua todavía; contento con el tesoro que Dios le había dado, por el momento las cosas materiales de la vida estaban olvidadas. Y, de hecho, si hubiera buscado, solo habría encontrado medio saco de patatas en la cocina, pues el pañol estaba inundado y el agua en la barrica estaba podrida.
Emmeline, viendo lo que ocurría, se acercó, con Dick prometiendo no ponerle el sombrero, y todos se sentaron alrededor del montón.
—Este par de zapatos —dijo el viejo, sosteniendo un par de botas viejas para su inspección como un subastador— valdría medio dólar cualquier día en cualquier puerto del mundo. Ponlas a tu lado, Dick, y agarra estos pantalones por los extremos, estíralos.
Los pantalones fueron estirados, examinados y aprobados, y colocados junto a las botas.
—Aquí hay un telescopio con un ojo cerrado —dijo el señor Button, examinando el telescopio roto y estirándolo y encogiéndolo como un acordeón—. Ponlo junto a los zapatos; puede ser útil para algo. Aquí hay un libro —dijo, lanzando el almanaque náutico al chico—. Dime qué dice.
Dick examinó las páginas de cifras con desesperanza.
—No puedo leerlas —dijo Dick—; son números.
—Tíralo por la borda —dijo el señor Button.
Dick hizo lo que le dijeron alegremente, y los procedimientos se reanudaron.
Se probó el sombrero alto y los niños rieron. En la cabeza de su viejo amigo, la cosa dejó de causar terror a Emmeline.
Ella tenía dos formas de reír. La sonrisa angelical antes mencionada —algo raro— y, casi igual de rara, una risa en la que mostraba sus pequeños dientes blancos, mientras apretaba sus manos, la izquierda fuertemente cerrada y la derecha entrelazada sobre ella.
Dejó el sombrero a un lado y continuó la clasificación, registrando todos los bolsillos de la ropa y sin encontrar nada. Cuando terminaron de organizar lo que debían guardar, arrojaron el resto por la borda y los objetos de valor fueron trasladados al camarote del capitán, para permanecer allí hasta que hicieran falta.
Entonces, la idea de que la comida podría resultar tan útil como la ropa vieja en su situación actual cruzó la imaginativa mente del señor Button, y procedió a investigar.
El pañol era simplemente una cisterna llena de agua de mar; qué más podía contener, no siendo buzo, no podía decirlo. En la olla de la cocina yacía un gran trozo de cerdo podrido o carne de algún tipo. El barril de salazones no contenía nada excepto enormes cristales de sal. Toda la carne había sido retirada. Aún así, las provisiones y el agua traídas a bordo desde el bote serían suficientes para durarles unos diez días más o menos, y en el curso de diez días muchas cosas podían suceder.
El señor Button se inclinó por la borda. El bote estaba acurrucado junto al bergantín como un patito junto a una pata; la ancha mesa de guarnición podría compararse con el ala del pato medio extendida. Subió a la mesa para ver si el cabo estaba bien sujeto. Una vez asegurado todo, trepó lentamente hasta la verga mayor y miró a su alrededor sobre el mar.
CAPÍTULO IX
SOMBRAS A LA LUZ DE LA LUNA
—Papá tarda mucho en venir —dijo Dick de repente.
Estaban sentados sobre los tablones de madera que abarrotaban la cubierta del bergantín a ambos lados de la cocina. Una percha ideal. El sol se estaba poniendo hacia Australia, en un mar que parecía un mar de oro hirviente. Algún misterio del espejismo hacía que el agua se levantara y temblara como si estuviera turbada por un calor ferviente.
—Sí, así es —dijo el señor Button—; pero más vale tarde que nunca. Ahora no pienses en él, porque eso no lo traerá. Mira el sol entrando en el agua y no digas ni una palabra, solo escucha y lo oirás sisear.
Los niños miraron y escucharon, Paddy también. Los tres estaban mudos mientras el gran escudo llameante tocaba el agua que saltaba a su encuentro.
Podías oír sisear el agua, si tenías suficiente imaginación. Una vez que tocó el agua, el sol se hundió detrás de ella, tan rápidamente como un hombre con prisa bajando una escalera. Mientras se desvanecía, un crepúsculo fantasmal y dorado se extendió sobre el mar, una luz exquisita pero inmensamente desoladora. Entonces el mar se convirtió en una sombra violeta, el oeste se oscureció como si fuera una puerta cerrándose y las estrellas se precipitaron por el cielo.
—Señor Button —dijo Emmeline, señalando hacia el sol mientras se desvanecía—, ¿adónde es «allá»?
—El oeste —respondió él, mirando fijamente la puesta de sol—. China y la India y todo eso que queda más allá.
—¿Adónde se ha ido el sol ahora, Paddy? —preguntó Dick.
—Se ha ido a perseguir a la luna, y ella se escabulle con su vestido recogido a toda velocidad; aparecerá en un minuto. Él siempre va tras ella, pero nunca la ha atrapado.
—¿Qué le haría si la atrapara? —preguntó Emmeline.
—Por mi fe, que quizá le daría un buen azote, y bien merecido que lo tendría.
—¿Por qué lo merecería? —preguntó Dick, que estaba en uno de sus momentos de preguntas.
—Porque siempre está engañando a la gente y llevándola por mal camino. Chicas o hombres, los vuelve locos una vez que los embauca; igual que hizo con Buck M’Cann.
—¿Quién es él?
—¿Buck M’Cann? Por mi fe, era el idiota del pueblo donde yo vivía en los viejos tiempos.
—¿Qué es eso?
—Guarda silencio y no hagas preguntas. Siempre quería la luna, aunque tenía veinte años y medía seis pies y cuatro pulgadas. Tenía una boca que se le quedaba abierta como una trampa para ratas con un muelle roto, y era tan delgado como un poste de barbero, podrías haberle hecho un nudo de rizo en el medio; y cuando la luna estaba llena no había quien lo sujetara. —El señor Button contempló el reflejo del sol sobre el agua por un momento como si recordara alguna forma del pasado, y luego continuó—. Se sentaba en la hierba mirándola, y luego empezaba a perseguirla por las colinas, y al final lo encontraban, quizás un día o dos después, perdido en las montañas, pastando bayas, y tan verde como un repollo por el hambre y el frío, hasta que se puso tan mal que al final tuvieron que trabarlo.
—He visto a un burro trabado —gritó Dick.
—Entonces has visto al hermano gemelo de Buck M’Cann. Bueno, una noche mi hermano mayor Tim estaba sentado junto al fuego, fumando su pipa y pensando en sus pecados, cuando entra Buck con las trabas puestas.
—«Tim», dice él, «¡la tengo por fin!».
—«¿A quién tienes?», dice Tim.
—«A la luna», dice él.
—«¿Dónde la tienes?», dice Tim.
—«En un cubo junto al estanque», dice el otro, «sana y salva y sin un rasguño; ven a verla», dice. Así que Tim le sigue, él cojeando, y van al lado del estanque, y allí, efectivamente, había un cubo de hojalata lleno de agua, y sobre el agua el reflejo de la luna.
—«La he sacado del estanque», susurra Buck. «Despacio ahora», dice, «y voy a vaciar el agua con cuidado», dice, «y la atraparemos viva en el fondo como a una trucha». Así que vacía el agua con cuidado del cubo hasta que casi se termina, y luego mira dentro del cubo esperando encontrar a la luna revoloteando en el fondo como un pez plano.
—«¡Se ha ido, maldita sea!», dice él.
—«Inténtalo de nuevo», dice mi hermano, y Buck llena el cubo otra vez, y allí estaba la luna efectivamente cuando el agua se quedó quieta.
—«Adelante», dice mi hermano. «Vacía el agua, pero hazlo con cuidado, o se te escapará otra vez».
—«Un minuto», dice Buck, «tengo una idea», dice; «esta vez no se me escapará», dice. «Espérame», dice; y se va cojeando a la cabaña de su vieja madre a tiro de piedra, y vuelve con un cedazo.
«Sujeta tú el cedazo», dice Buck, «y yo echaré el agua dentro; si se escapa del cubo, la atraparemos en el cedazo». Y vierte el agua del cubo con tanta suavidad como si fuera nata de una jarra. Cuando toda el agua hubo salido, pone el cubo boca abajo y lo sacude.
«¡Rayos y centellas!», grita, «otra vez se ha ido»; y con eso tira el cubo al estanque, y el cedazo tras el cubo, cuando aparece su anciana madre cojeando con su bastón.
«¿Dónde está mi cubo?», dice ella.
«En el estanque», dice Buck.
«¿Y mi cedazo?», dice ella.
«Se fue detrás del cubo».
«¡Te voy a dar una cubetada!», dice ella; y levanta el bastón y le propina un golpe, y lo lleva rugiendo y cojeando delante de ella, y lo encierra en la cabaña, y lo mantiene a pan y agua durante una semana para que se le quitara la luna de la cabeza; pero podría haberse ahorrado el esfuerzo, porque ese día del mes siguiente ahí estaba otra vez... ¡Ahí viene!
La luna, argéntea y espléndida, emergía del agua. Estaba llena, y su luz era casi tan poderosa como la luz del día. Las sombras de los niños y la extraña sombra del señor Button se proyectaban en la pared del camarote, duras y negras como siluetas.
«¡Mirad nuestras sombras!», gritó Dick, quitándose su sombrero de paja de ala ancha y agitándolo.
Emmeline levantó su muñeca para ver su sombra, y el señor Button levantó su pipa.
«Vamos ahora», dijo, volviéndose a poner la pipa en la boca y haciendo ademán de levantarse, «y marchaos a la cama; es hora de que estéis dormidos, los dos».
Dick empezó a lloriquear.
«No quiero ir a la cama; no estoy cansado, Paddy; quedémonos un poco más».
«Ni un minuto», dijo el otro, con toda la determinación de una niñera; «¡ni un minuto después de que se apague mi pipa!».
«Llénela otra vez», dijo Dick.
El señor Button no respondió. La pipa gorgoteó mientras él fumaba, una especie de estertor de muerte que hablaba de una extinción casi inmediata.
«¡Señor Button!», dijo Emmeline. Llevaba la nariz en el aire y olisqueaba; sentada a barlovento del fumador, y fuera del aire envenenado por el tabaco, su delicado sentido del olfato percibía algo que pasaba inadvertido para los demás.
«¿Qué pasa, acushla?».
«Huelo algo».
«¿Qué dices que hueles?».
«Algo agradable».
«¿A qué se parece?», preguntó Dick, olisqueando con fuerza. «Yo no huelo nada».
Emmeline olisqueó de nuevo para asegurarse.
«Flores», dijo ella.
La brisa, que había cambiado varios puntos desde el mediodía, traía consigo un aroma tenue, muy tenue: un perfume de vainilla y especias tan débil como para ser imperceptible para cualquiera que no tuviera el sentido olfativo más agudo.
«¡Flores!», dijo el viejo marinero, golpeando las cenizas de su pipa contra el tacón de su bota. «¿Y dónde ibas a encontrar flores en medio del mar? Estás soñando. ¡Vamos, a la cama con vosotros!».
«Llénela otra vez», gimió Dick, refiriéndose a la pipa.
«Te voy a dar una azotaina», respondió su guardián, bajándolo de las vigas de madera y ayudando luego a Emmeline, «en dos segundos si no te portas bien. Vamos, Em’line».
Se dirigió hacia popa, con una mano pequeña en cada una de las suyas, mientras Dick bramaba.
Al pasar junto a la campana del barco, Dick se estiró hacia el cabillero que aún yacía en la cubierta, lo agarró y le dio un golpe tremendo a la campana. Era el último placer que se podía arrebatar antes de dormir, y él lo arrebató.
Paddy había preparado las camas para él y sus protegidos en la caseta de cubierta; había despejado la mesa, abierto las ventanas para que se fuera el olor a humedad y colocado los colchones de los camarotes del capitán y del primer oficial sobre el suelo.
Cuando los niños estuvieron en la cama y dormidos, él se dirigió a la borda de estribor y, apoyándose en ella, contempló el mar bañado por la luna. Pensaba en los barcos mientras su mirada errante recorría los espacios marinos, sin imaginar siquiera el mensaje que la brisa perfumada le traía. El mensaje que había sido recibido y vagamente comprendido por Emmeline. Luego se apoyó con la espalda contra la borda y las manos en los bolsillos. Ya no pensaba, estaba rumiando.
La base del carácter irlandés, tal como lo ejemplifica Paddy Button, es una profunda pereza mezclada con una profunda melancolía. Sin embargo, Paddy, a su manera peculiar, era tan trabajador como cualquier hombre a bordo; y en cuanto a la melancolía, él era la vida y el alma del castillo de proa. Aun así, ahí estaban, la pereza y la melancolía, solo esperando a ser despertadas.
Mientras estaba allí de pie con las manos hundidas profundamente en los bolsillos, al estilo de los hombres de tierra, contando las clavijas en el entablado de la cubierta bajo la luz de la luna, repasaba los «viejos tiempos». El cuento de Buck M’Cann los había evocado, y a través de todos los mares salados podía ver la luz de la luna sobre las montañas de Connemara y oír el grito de las gaviotas en la estruendosa playa donde cada ola tiene detrás tres mil millas de mar.
De repente, el señor Button regresó de las montañas de Connemara para encontrarse en la cubierta del Shenandoah; y fue poseído instantáneamente por el miedo. Más allá de la cubierta blanca y desierta, atravesada por las sombras de la jarcia fija, pudo ver la puerta de la cocina. ¿Y si de repente viera una cabeza asomarse, o, peor aún, una forma sombría entrar?
Se volvió hacia la caseta de cubierta, donde los niños dormían profundamente, y donde, en pocos minutos, él también se quedó profundamente dormido a su lado, mientras toda la noche el bergantín se mecía al suave oleaje del Pacífico y la brisa soplaba, trayendo consigo el perfume de las flores.
CAPÍTULO X
LA TRAGEDIA DE LOS BOTES
Cuando la niebla se levantó después de medianoche, la gente del bote largo vio el bote de popa a media milla a su estribor.
«¿Puedes ver el bote auxiliar?», preguntó Lestrange al capitán, que estaba de pie escudriñando el horizonte.
«Ni una mancha», respondió Le Farge. «¡Maldito sea ese irlandés! Si no fuera por él, habría sacado los botes debidamente provistos y todo; tal como están las cosas, no sé qué tenemos a bordo. Tú, Jenkins, ¿qué tienes ahí delante?».
«Dos bolsas de pan y un barril de agua», respondió el mayordomo.
«¡Que le den al barril de agua!», se oyó otra voz; «un barril medio lleno, quieres decir».
Luego la voz del mayordomo: «Así es; no hay más que un par de galones en él».
«¡Dios mío!», dijo Le Farge. «¡Maldito sea ese irlandés!».
«No hay más que para darnos un par de medias tazas a cada uno», dijo el mayordomo.
«Quizás», dijo Le Farge, «el bote de popa esté mejor provisto; remad hacia él».
«Está remando hacia nosotros», dijo el remero de la bancada.
«Capitán», preguntó Lestrange, «¿está seguro de que no hay rastro del bote auxiliar?».
«Ninguno», respondió Le Farge.
La cabeza del desafortunado hombre se hundió sobre su pecho. Sin embargo, tuvo poco tiempo para rumiar sus penas, pues una tragedia comenzaba a desarrollarse a su alrededor, la más impactante, quizás, en los anales del mar; una tragedia que debe ser sugerida más que mencionada.
Cuando los botes estuvieron a distancia de voz, un hombre en la proa del bote largo se levantó.
«¡Bote de popa, ahoy!».
«¡Ahoy!».
«¿Cuánta agua tenéis?».
«¡Ninguna!».
La palabra flotó sobre el plácido agua iluminada por la luna. Ante esto, los tipos del bote largo dejaron de remar, y se podían ver las gotas de agua goteando de sus remos como diamantes bajo la luna.
«¡Bote de popa, ahoy!», gritó el sujeto en la proa. «¡Detened los remos!».
«¡Eh, tú, holgazán!», gritó Le Farge, «¿quién eres tú para dar instrucciones...?».
«¡Holgazán tú mismo!», respondió el tipo. «¡Muchachos, dad la vuelta al bote!».
Los remos de estribor retrocedieron y el bote giró.
Por casualidad, el peor grupo de la tripulación del Northumberland estaba en el bote largo; verdaderos «holgazanes», escoria; y cómo se aferra la escoria a la vida nunca lo sabrás hasta que hayas estado entre ella en un bote abierto en el mar. Le Farge no tenía más mando sobre este grupo que el que tienes tú que estás leyendo este libro.
«¡Capas!», vino desde el bote de popa, mientras se esforzaba por detrás.
«¡Detened los remos, muchachos!», gritó el rufián en la proa, que todavía estaba de pie como un genio maligno que había tomado el mando momentáneo de los acontecimientos. «¡Detened los remos, muchachos; mejor que lo tengan ahora!».
El bote de popa, a su vez, dejó de remar y se quedó a un cable de distancia.
«¿Cuánta agua tenéis?», llegó la voz del primer oficial.
«No hay suficiente para todos».
Le Farge hizo ademán de levantarse, y el remero de la bancada lo golpeó, atrapándolo en el estómago y doblándolo en el fondo del bote.
«¡Dadnos algo, por el amor de Dios!», llegó la voz del primer oficial; «estamos resecos de tanto remar, y hay una mujer a bordo».
El tipo en la proa del bote largo, como si alguien lo hubiera golpeado repentinamente, estalló en un tornado de blasfemias.
«Dadnos algo», llegó la voz del primer oficial, «o, por Dios, ¡abordaremos!».
Antes de que las palabras estuvieran bien dichas, los hombres del bote de popa llevaron la amenaza a la acción. El conflicto fue breve: el bote de popa estaba demasiado lleno para luchar. Los hombres de estribor en el bote largo lucharon con sus remos, mientras los tipos de babor estabilizaban el bote.
La pelea no duró mucho, y pronto el bote de popa se alejó, con la mitad de los hombres en él con la cabeza cortada y sangrando; dos de ellos inconscientes.
* * * * * *
Era la puesta de sol del día siguiente. El bote largo iba a la deriva. La última gota de agua había sido servida ocho horas antes.
El bote de popa, como un fantasma horrible, lo había estado acechando y persiguiendo todo el día, rogando por agua cuando no quedaba ninguna. Era como las plegarias que uno esperaría escuchar en el infierno.
Los hombres del bote largo, sombríos y hoscos, abrumados por un sentido de crimen, torturados por la sed y atormentados por las voces que imploraban agua, dejaban los remos quietos cuando el otro bote intentaba acercarse.
De vez en cuando, de repente, y como movidos por un impulso común, gritaban todos juntos: «No tenemos ninguna». Pero el bote de popa no quería creerlo. Era inútil sostener el barril con el tapón quitado para probar su sequedad; las criaturas medio delirantes tenían fijo en sus mentes que sus camaradas les estaban ocultando el agua que no existía.
Justo cuando el sol tocaba el mar, Lestrange, despertando de un estupor en el que se había hundido, se levantó y miró por encima de la borda. Vio el bote de popa a la deriva a un cable de distancia, iluminado por la luz plena del atardecer, y los espectros que iban en él, al verlo, extendieron en muda súplica sus lenguas ennegrecidas.
* * * * * *
De la noche que siguió es casi imposible hablar. La sed no era nada comparada con lo que los holgazanes sufrieron por la tortura de la súplica gimiente por agua que les llegaba a intervalos durante la noche.
* * * * * *
Cuando por fin el Arago, un buque ballenero francés, los avistó, la tripulación del bote largo seguía viva, pero tres de ellos estaban locos de remate. De la tripulación del bote de popa se salvó... ni uno solo.
PARTE II
CAPÍTULO XI
LA ISLA
«¡Niños!», gritó Paddy. Estaba en la cruceta al amanecer, mientras los niños, de pie abajo en la cubierta, estiraban sus rostros hacia él. «Hay una isla frente a nosotros».
«¡Hurra!», gritó Dick. No estaba muy seguro de cómo sería una isla en la realidad, pero era algo nuevo, y la voz de Paddy era jubilosa.
«¡Tierra a la vista! Eso es», dijo, bajando a la cubierta. «Venid a proa, y os la enseñaré».
Se paró sobre la madera en la proa y levantó a Emmeline en sus brazos; e incluso a esa humilde altura sobre el agua, ella pudo ver algo de un color indeciso —verde, para ser exactos— en el horizonte.
No estaba directamente delante, sino por la amura de estribor; o, como ella habría expresado, a la derecha. Cuando Dick miró y expresó su decepción al ver tan poco, Paddy comenzó a hacer preparativos para abandonar el barco.
Fue solo ahora, con tierra a la vista, que reconoció de alguna manera el horror de la posición de la que estaban a punto de escapar.
Alimentó a los niños apresuradamente con algunas galletas y carne en conserva, y luego, con una galleta en la mano, comiendo mientras caminaba, trotó por las cubiertas, recogiendo cosas y guardándolas en el bote auxiliar. El rollo de franela a rayas, toda la ropa vieja, un costurero lleno de agujas e hilo, como los que a veces llevan los marineros, el medio saco de patatas, una sierra que encontró en la cocina, el preciado rollo de tabaco y un montón de otras chucherías fueron transbordados, hundiendo el pequeño bote varias hileras de tablas en el proceso. También, por supuesto, tomó el barril de agua y los restos de las galletas y conservas que habían traído a bordo. Una vez guardado todo esto y el bote listo, fue hacia adelante con los niños a la proa para ver hacia dónde quedaba la isla.
Había aparecido más cerca durante la hora o más en la que había estado recogiendo y guardando las cosas; más cerca, y más a la derecha, lo que significaba que el bergantín estaba siendo arrastrado por una corriente bastante rápida y que pasaría de largo, dejándola a dos o tres millas a estribor. Menos mal que tenían el control del bote auxiliar.
«El mar está todo alrededor de ella», dijo Emmeline, que estaba sentada sobre el hombro de Paddy, agarrándose fuerte a él y contemplando la isla, cuyo verde de los árboles era ahora visible, un oasis de verdor en el azul chispeante y seráfico.
«¿Vamos allí, Paddy?», preguntó Dick, agarrándose a un estay y forzando la vista hacia la tierra.
«Sí, vamos», dijo el señor Button. «A toda marcha, a cinco nudos si es que hacemos uno; y en tierra estaremos para el mediodía, y tal vez antes».
La brisa había refrescado y soplaba directamente desde la isla, como si la isla hiciera un débil intento de alejarlos de ella.
¡Oh, qué brisa tan fresca y perfumada era! Todo tipo de plantas tropicales habían unido sus aromas en un solo ramo.
«Huélelo», dijo Emmeline, dilatando sus pequeñas fosas nasales. «Eso es lo que olí anoche, solo que ahora es más fuerte».
El último cálculo tomado a bordo del Northumberland había demostrado que el barco estaba al sur por el este de las Marquesas; esta era evidentemente una de esas pequeñas islas perdidas que se encuentran aquí y allá al sur por el este de las Marquesas. Islas las más solitarias y hermosas del mundo.
A medida que miraban, crecía ante ellos y se desplazaba aún más a la derecha. Ahora era montañosa y verde, aunque los árboles no se distinguían claramente; aquí, el verde era más claro y allí, más oscuro. Un borde de mármol blanco puro parecía rodear su base. Era la espuma rompiendo en el arrecife de barrera.
En otra hora se pudieron distinguir el follaje plumoso de las palmeras de coco, y el viejo marinero juzgó que era hora de pasar al bote.
Levantó a Emmeline, que abrazaba su equipaje, por encima de la borda hacia la canal y la depositó en la popa; luego a Dick.
En un momento el bote estuvo a la deriva, el mástil izado y el Shenandoah dejado para seguir su misterioso viaje a voluntad de las corrientes del mar.
«No vas hacia la isla, Paddy», gritó Dick, mientras el viejo ponía el bote en amura de babor.
«Estate tranquilo», respondió el otro, «y no le enseñes a tu abuela. ¿Cómo diablos crees que voy a llegar a tierra navegando directamente contra el viento?».
«¿Tiene ojos el viento?».
El señor Button no respondió a la pregunta. Estaba preocupado. ¿Qué pasa si la isla estaba habitada? Había pasado varios años en los Mares del Sur. Conocía a la gente de las Marquesas y Samoa, y le gustaban. Pero aquí estaba fuera de su rumbo.
Sin embargo, toda la preocupación del mundo no servía de nada. Era el caso de la isla o el mar profundo, y, poniendo el bote en amura de estribor, encendió su pipa y se recostó con la caña del timón en el hueco del brazo. Sus ojos agudos habían distinguido desde la cubierta del bergantín una abertura en el arrecife, y se disponía a llevar el bote auxiliar a la altura de la abertura y luego usar los remos y remar a través de ella.
Ahora, al acercarse, un sonido llegó con la brisa, un sonido tenue, sonoro y soñador. Era el sonido de las olas rompiendo en el arrecife. El mar justo aquí se agitaba con un oleaje más profundo, como si estuviera molesto en su sueño por la resistencia que le ofrecía la tierra.
Emmeline, sentada con su hatillo en el regazo, miraba sin hablar la escena ante ella. Incluso bajo la brillante y gloriosa luz del sol, y a pesar del verdor que se veía más allá, era una visión desoladora desde su lugar en el bote. Una playa blanca y desierta, sobre la cual las olas corrían y se revolcaban, gaviotas volando en círculos y gritando, y sobre todo el trueno del oleaje.
De repente, la brecha se hizo visible, y un vistazo de agua azul y tranquila más allá. El señor Button desenganchó el timón, bajó el mástil y tomó los remos.
A medida que se acercaban, el mar se volvió más activo, salvaje y vivo; el trueno del oleaje se hizo más fuerte, las olas más feroces y amenazantes, la abertura más ancha.
Se podía ver el agua arremolinándose alrededor de los pilares de coral, pues la marea estaba inundando la laguna; había atrapado el pequeño bote y lo estaba arrastrando mucho más rápido de lo que los remos habrían podido impulsarlo. Las gaviotas gritaban a su alrededor, el bote se balanceaba y oscilaba. Dick gritó de emoción y Emmeline cerró los ojos con fuerza.
Entonces, como si una puerta se hubiera cerrado rápida y silenciosamente, el sonido del oleaje disminuyó de repente. El bote flotó sobre una quilla nivelada; ella abrió los ojos y se encontró en el País de las Maravillas.
CAPÍTULO XII
EL LAGO DE AZUR
A ambos lados se extendía una gran franja de agua azul ondulante. Calma, casi como un lago, zafiro aquí, y allá con los tintes de la aguamarina. Agua tan clara que, a brazas de profundidad, se podía ver el coral ramificado, los bancos de peces que pasaban y las sombras de los peces sobre los espacios de arena.
Ante ellos, el agua clara bañaba las arenas de una playa blanca, las palmeras de coco se agitaban y susurraban con la brisa; y mientras el remero descansaba en sus remos para mirar, una bandada de pájaros azules se elevó, como si de repente fueran liberados de las copas de los árboles, giraron y pasaron silenciosos, como una corona de humo, sobre las copas de los árboles de la tierra más alta más allá.
«¡Mira!», gritó Dick, que tenía la nariz sobre la borda del bote. «¡Mira los peces!».
«Señor Button», gritó Emmeline, «¿dónde estamos?».
«Por Dios, no lo sé; pero creo que podríamos estar en un lugar peor», respondió el viejo, barriendo con los ojos la azul y tranquila laguna, desde el arrecife de barrera hasta la feliz orilla.
A ambos lados de la ancha playa ante ellos, los cocoteros bajaban como dos regimientos y, al inclinarse, contemplaban sus propios reflejos en la laguna. Más allá se extendía un chaparral ondulante, donde palmeras de coco y árboles del pan se mezclaban con el mamey y los zarcillos de la vid silvestre. En uno de los pilares de coral en la brecha del arrecife se alzaba una sola palmera de coco; curvándose ligeramente, también parecía buscar su reflejo en el agua ondulante.
Pero el alma de todo ello, lo indescriptible sobre este cuadro de palmeras reflejadas, laguna azul, arrecife de coral y cielo, era la luz.
Lejos en el mar, la luz era cegadora, deslumbrante, cruel. Lejos en el mar no tenía nada sobre lo que enfocarse, nada que exhibir más que infinitos espacios de agua azul y desolación.
Aquí convertía el aire en un cristal, a través del cual el espectador veía la belleza de la tierra y el arrecife, el verde de la palma, el blanco del coral, las gaviotas revoloteando, la laguna azul, todo claramente delineado: ardiente, colorido, arrogante, pero tierno; desgarradoramente hermoso, pues el espíritu de la mañana eterna estaba aquí, la felicidad eterna, la juventud eterna.
A medida que el remero acercaba la pequeña embarcación a la playa, ni él ni los niños vieron, muy por detrás del bote, en el agua cerca de la palmera curvada en la brecha del arrecife, algo que por un momento insultó al día y desapareció. Algo como un pequeño triángulo de lona oscura, que ondeó a través del agua y se hundió fuera de la vista; algo que apareció y se desvaneció como un pensamiento malvado.
No llevó mucho tiempo varar el bote. El señor Button cayó por la borda hasta las rodillas en el agua, mientras Dick gateaba sobre la proa.
—Agárrenla igual que yo —gritó Paddy, sujetando la borda de estribor; mientras Dick, imitativo como un mono, se agarraba a la borda de babor. Ahora pues:
—«Yeo ho, Chilliman, Arriba con ella, arriba con ella, Heave O, Chilliman».
—Déjenla ya; está lo suficientemente alta.
Tomó a Emmeline en sus brazos y la llevó hasta la arena. Era precisamente desde allí, en la arena, donde se podía ver la verdadera belleza de la laguna. Ese lago de agua marina protegido para siempre de la tormenta y el problema por la barrera de coral.
Desde donde las pequeñas ondas claras subían por la playa, la vista se dirigía a la brecha en el arrecife de coral donde la palmera contemplaba su propio reflejo en el agua, y allí, más allá de la brecha, uno podía vislumbrar el gran mar agitado y resplandeciente.
La laguna, justo allí, tenía quizá más de un tercio de milla de ancho. Nunca la he medido, pero sé que, al estar de pie junto a la palmera en el arrecife, levantar el brazo y gritar a una persona en la playa, el sonido tardaba un tiempo perceptible en cruzar el agua: yo diría, quizás, un tiempo casi perceptible. La señal distante y la llamada distante eran casi coincidentes, pero no del todo.
Dick, loco de alegría por el lugar en el que se encontraba, corría de un lado a otro como un perro recién salido del agua. El señor Button estaba descargando la carga del bote en la arena seca y blanca. Emmeline se sentó con su preciado bulto en la arena y observaba las operaciones de su amigo, mirando las cosas a su alrededor y sintiéndose muy extraña.
Para ella, todo esto podía ser el acompañamiento ordinario de un viaje por mar. El modo de Paddy en todo momento se había ajustado a la idea de no asustar a los «niños»; el tiempo lo había respaldado. Pero en el fondo de su corazón yacía el conocimiento de que todo no estaba como debía ser. La partida apresurada del barco, la niebla en la que su tío se había desvanecido, esas cosas, y otras también, sentía instintivamente que no estaban bien. Pero no dijo nada.
No tuvo mucho tiempo para la meditación, sin embargo, pues Dick corría hacia ella con un cangrejo vivo que había recogido, gritando que iba a hacer que la mordiera.
—¡Quítalo! —gritó Emmeline, sosteniendo ambas manos con los dedos extendidos frente a su cara—. ¡Señor Button! ¡Señor Button! ¡Señor Button!
—¡Déjala, pequeño diablo! —rugió Pat, quien estaba depositando la última parte de la carga en la arena—. ¡Déjala, o te daré una azotaina!
—¿Qué es un «diablo», Paddy? —preguntó Dick, jadeando por sus esfuerzos—. Paddy, ¿qué es un «diablo»?
—Tú eres uno. No hagas preguntas ahora, porque estoy cansado y quiero descansar mis huesos.
Se arrojó bajo la sombra de una palmera, sacó su yesquero, tabaco y pipa, cortó algo de tabaco, llenó su pipa y la encendió. Emmeline se acercó gateando y se sentó cerca de él, y Dick se arrojó sobre la arena cerca de Emmeline.
El señor Button se quitó la chaqueta y la usó como almohada contra el tronco de un cocotero. Había encontrado el Dorado de los cansados. Con su conocimiento de los Mares del Sur, una mirada a la vegetación que se veía le dijo que el alimento para un regimiento podría obtenerse con solo tomarlo; agua, también.
Justo en medio de la playa había una depresión que en la temporada de lluvias sería el lecho de un arroyo impetuoso. El agua en este momento no tenía la fuerza suficiente para llegar hasta la laguna, pero allí arriba, «más allá», en el bosque, yacía la fuente, y él la encontraría a su debido tiempo. Había suficiente en el rompedor para una semana, y se podían conseguir «cucanuts» verdes trepando.
Emmeline contempló a Paddy por un rato mientras fumaba y descansaba sus huesos, luego un gran pensamiento se le ocurrió. Tomó el pequeño chal de alrededor del paquete que sostenía y expuso la misteriosa caja.
—Oh, cielos, ¡la caja! —dijo Paddy, apoyándose en su codo con interés—; debí saber que no la olvidarías.
—La señora James —dijo Emmeline—, me hizo prometer que no la abriría hasta llegar a tierra, porque las cosas que había dentro podrían perderse.
—Bueno, ya estás en tierra —dijo Dick—; ábrela.
—Voy a hacerlo —dijo Emmeline.
Deshizo cuidadosamente la cuerda, rechazando la ayuda del cuchillo de Paddy. Luego, el papel marrón se desprendió, revelando una caja de cartón común. Levantó la tapa medio centímetro, miró dentro y volvió a cerrarla.
—¡Ábrela! —gritó Dick, loco de curiosidad.
—¿Qué hay dentro, cariño? —preguntó el viejo marinero, que estaba tan interesado como Dick.
—Cosas —respondió Emmeline.
Entonces, de repente, quitó la tapa y reveló un diminuto juego de té de porcelana, empacado en virutas; había una tetera con tapa, una jarra para crema, tazas y platillos, y seis platos microscópicos, cada uno pintado con un pensamiento.
—¡Ciertamente, es un juego de té! —dijo Paddy, con voz interesada—. ¡Gloria a Dios! ¿mirarás los platillos con las flores en ellos?
—¡Uf! —dijo Dick con disgusto—; pensé que podrían haber sido soldados.
—No quiero soldados —respondió Emmeline, con voz de total satisfacción.
Desplegó un trozo de papel de seda y sacó de él unas pinzas para azúcar y seis cucharas. Luego dispuso todo el conjunto sobre la arena.
—Bueno, ¡si eso no supera todo! —dijo Paddy.
—¿Y cuándo vas a invitarme a tomar el té contigo?
—Algún día —respondió Emmeline, recogiendo las cosas y volviéndolas a empacar cuidadosamente.
El señor Button terminó su pipa, golpeó las cenizas y la puso en su bolsillo.
—Voy a preparar un poco de tienda —dijo, mientras se ponía en pie—, para refugiarnos del rocío esta noche; pero primero echaré un vistazo a los bosques para ver si puedo encontrar agua. Deja tu caja con las otras cosas, Emmeline; no hay nadie aquí para tomarla.
Emmeline dejó su caja sobre el montón de cosas que Paddy había colocado a la sombra de los cocoteros, le tomó la mano y los tres entraron en el bosque a la derecha.
Era como entrar en un bosque de pinos; los tallos altos y simétricos de los árboles parecían dispuestos por ley matemática, cada uno a una distancia dada del otro. Hacia dondequiera que entraras, un callejón crepuscular sembrado con troncos de árboles se extendía ante ti. Mirando hacia arriba, veías a una distancia inmensa, por encima, un techo de color verde pálido patinado con puntos de luz centelleantes y parpadeantes, donde la brisa estaba ocupada jugando con las frondas verdes de los árboles.
—Señor Button —murmuró Emmeline—, no nos perderemos, ¿verdad?
—¿Perdernos? No, por fe; seguro que vamos cuesta arriba, y todo lo que tenemos que hacer es bajar de nuevo, cuando queramos volver... ¡cuidado con las nueces! —Una nuez verde se desprendió de arriba, bajó traqueteando y rodando, y saltó sobre el suelo. Paddy la recogió—. Es una cucanut verde —dijo, poniéndola en su bolsillo (no era mucho más grande que una naranja de Jaffa)—, y la tendremos para el té.
—Eso no es un coco —dijo Dick—; los cocos son marrones. Una vez tuve cinco centavos y compré uno, lo raspé y me lo comí.
—Cuando el doctor Sims enfermó a Dicky —dijo Emmeline—, dijo que lo sorprendente para él era cómo Dicky lo retenía todo.
—Vamos —dijo el señor Button—, y no hablen, o serán los Cluricaunes quienes nos seguirán.
—¿Qué son los cluricaunes? —preguntó Dick.
—Pequeños hombres no más grandes que tu pulgar que hacen los zapatos para la Buena Gente.
—¿Quiénes son ellos?
—Chis, y no hablen. Cuidado con la cabeza, Em’leen, o las ramas te golpearán en la cara.
Habían dejado el bosque de cocoteros y entrado en el chaparral. Aquí había un crepúsculo más profundo, y todo tipo de árboles prestaban su follaje para crear la sombra. El artu con su tronco delicadamente diamantado, el gran árbol del pan tan alto como una haya, y sombrío como una cueva, el aoa, y la eterna palma de coco, todos crecían aquí como hermanos. Grandes cuerdas de vid silvestre se entrelazaban como la serpiente de Laocoonte de árbol en árbol, y todo tipo de flores maravillosas, desde la orquídea en forma de mariposa hasta el hibisco escarlata, embellecían la penumbra.
De repente, el señor Button se detuvo.
—¡Chis! —dijo.
A través del silencio —un silencio lleno del zumbido y el murmullo de los insectos del bosque y el débil y lejano canto del arrecife— llegó un sonido tintineante y ondulante: era agua. Escuchó para asegurarse de la dirección del sonido, luego se dirigió hacia él.
Al momento siguiente se encontraron en un pequeño claro cubierto de hierba. Desde el terreno montañoso de arriba, sobre una roca negra y pulida como el ébano, caía una pequeña cascada no mucho más ancha que la mano de uno; helechos crecían alrededor y desde un árbol de arriba donde una gran cuerda de flores silvestres de convolvulus hacían sonar sus trompetas en el crepúsculo encantado.
Los niños gritaron ante la belleza de aquello, y Emmeline corrió y sumergió sus manos en el agua. Justo encima de la pequeña cascada brotaba un árbol de plátano cargado de fruta; tenía inmensas hojas de seis pies de largo y más, y anchas como una mesa de comedor. Uno podía ver el brillo dorado de la fruta madura a través del follaje.
En un momento, el señor Button se había quitado los zapatos y estaba subiendo por la roca como un gato, absolutamente, pues parecía no darle nada por donde trepar.
—¡Hurra! —gritó Dick con admiración—. ¡Miren a Paddy!
Emmeline miró y no vio nada más que hojas que se balanceaban.
—¡Apártense de abajo! —gritó, y al momento siguiente cayó un enorme racimo de plátanos de chaqueta amarilla. Dick gritó de deleite, pero Emmeline no mostró ninguna emoción: había descubierto algo.
CAPÍTULO XIII
LA MUERTE CUBIERTA DE LÍQUENES
—Señor Button —dijo ella, cuando este último hubo descendido—, hay un barrilito; —señaló algo verde y cubierto de líquenes que yacía entre los troncos de dos árboles— algo que ojos menos agudos que los de un niño podrían haber confundido con una roca.
—Ciertamente, y por mi fe, es un barril viejo y vacío —dijo el señor Button, limpiándose el sudor de la frente y mirando la cosa—. Algún barco debe haber estado recogiendo agua aquí y lo olvidó. Servirá como asiento mientras cenamos.
Se sentó sobre él y distribuyó los plátanos a los niños, quienes se sentaron en la hierba.
El barril parecía algo tan desierto y descuidado que su imaginación supuso que estaba vacío. Vacío o lleno, sin embargo, constituía un asiento excelente, pues estaba hundido una cuarta parte en la tierra verde y blanda, e inamovible.
—Si han estado barcos aquí, los barcos volverán —dijo, mientras masticaba sus plátanos.
—¿Vendrá el barco de papá aquí? —preguntó Dick.
—Sí, sin duda lo hará —respondió el otro, sacando su pipa—. Ahora corran y jueguen con las flores y déjenme solo para fumar una pipa, y luego todos iremos a la cima de la colina de allá y echaremos un vistazo a nuestro alrededor.
—¡Ven, Em! —gritó Dick; y los niños salieron corriendo entre los árboles, Dick tirando de los zarcillos de vid colgantes, y Emmeline arrancando las flores que podía encontrar a su pequeño alcance.
Cuando terminó su pipa, gritó, y voces pequeñas le respondieron desde el bosque. Luego los niños regresaron corriendo, Emmeline riendo y mostrando sus pequeños dientes blancos, un gran ramo de flores en la mano; Dick sin flores, pero llevando lo que parecía una gran piedra verde.
—¡Mira qué cosa tan divertida he encontrado! —gritó—; tiene agujeros.
—¡Suéltalo! —gritó el señor Button, saltando del barril como si alguien le hubiera clavado una lezna—. ¿Dónde lo encontraste? ¿Qué quieres decir con tocarlo? Dámelo.
Lo tomó con cuidado en sus manos; era un cráneo cubierto de líquenes, con una gran abolladura en la parte posterior donde había sido hendido por un hacha o algún instrumento afilado. Lo arrojó tan lejos como pudo entre los árboles.
—¿Qué es, Paddy? —preguntó Dick, medio asombrado, medio asustado por la actitud del anciano.
—No es nada bueno —respondió el señor Button.
—Había otros dos, y quería traerlos —gruñó Dick.
—Déjalos en paz. ¡Musha! ¡Musha! pero ha habido hechos negros aquí en días pasados. ¿Qué es eso, Emmeline?
Emmeline estaba mostrando su ramo de flores para que lo admiraran. Él tomó una gran flor vistosa —si es que se puede llamar vistosa a una flor— y clavó su tallo en el bolsillo de su chaqueta. Luego abrió el camino cuesta arriba, murmurando mientras iba.
Cuanto más subían, menos densos se volvían los árboles y menos las palmeras de coco. A la palma de coco le encanta el mar, y las pocas que tenían aquí tenían sus cabezas inclinadas en dirección a la laguna, como si la anhelaran.
Pasaron por un cañaveral donde cañas de veinte pies de altura susurraban juntas como juncos. Luego, un césped iluminado por el sol, desprovisto de árboles o arbustos, los llevó bruscamente hacia arriba por cien pies más o menos hasta donde una gran roca, el punto más alto de la isla, se alzaba, proyectando su sombra bajo la luz del sol. La roca tenía unos veinte pies de altura y era fácil de escalar. Su cima era casi plana, y tan espaciosa como una mesa de comedor común. Desde ella uno podía obtener una vista completa de la isla y el mar.
Mirando hacia abajo, la vista viajaba sobre las copas de los árboles temblorosas y ondulantes, hacia la laguna; más allá de la laguna hacia el arrecife, más allá del arrecife hacia el espacio infinito del Pacífico. El arrecife rodeaba toda la isla, aquí más lejos de la tierra, aquí más cerca; el canto del oleaje sobre él llegaba como un susurro, justo como el susurro que escuchas en una concha; pero, una cosa extraña, aunque el sonido escuchado en la playa era continuo, aquí arriba uno podía distinguir una intermitencia a medida que ola tras ola se estrellaba hasta morir en la costa de coral de abajo.
Has visto un campo de cebada verde agitado por el viento, justo así desde la cima de la colina podías ver el viento en su paso sobre el follaje iluminado por el sol de abajo.
Estaba refrescando desde el suroeste, y banianos y cocoteros, artu y árboles del pan, se balanceaban y mecían con el viento alegre. Tan brillante y móvil era la imagen del mar barrido por la brisa, la laguna azul, el arrecife salpicado de espuma y los árboles meciéndose que uno sentía que había sorprendido algún misterioso día de gala, algún festival de la Naturaleza más alegre de lo normal.
Como para fortalecer la idea, de vez en cuando sobre los árboles estallaba lo que parecía un cohete de estrellas de colores. Las estrellas se alejaban en bandada con el viento y se perdían. Eran bandadas de pájaros. Pájaros de todos los colores poblaban los árboles de abajo: azules, escarlatas, color paloma, de ojos brillantes, pero sin voz. Desde el arrecife podías ver ocasionalmente a las gaviotas elevándose aquí y allá en nubes como pequeñas bocanadas de humo.
La laguna, aquí profunda, aquí poco profunda, presentaba, según su profundidad o falta de ella, los colores del ultramar o del cielo. Las partes más anchas eran las más pálidas, porque eran las más someras; y aquí y allá, en las zonas poco profundas, podías ver un débil trazado de costillas de coral que casi llegaban a la superficie. La isla en su parte más ancha podía tener tres millas de ancho. No había señal de casa o habitación que se pudiera ver, y ni una vela en todo el vasto Pacífico.
Era un lugar extraño para estar, aquí arriba. Encontrarse rodeado de hierba y flores y árboles, y toda la amabilidad de la naturaleza, sentir soplar la brisa, fumar la pipa de uno, y recordar que uno estaba en un lugar deshabitado y desconocido. Un lugar al que nunca se llevaban mensajes excepto por el viento o las gaviotas.
En esta soledad, el escarabajo estaba tan cuidadosamente pintado y la flor tan cuidadosamente cuidada como si todos los pueblos del mundo civilizado estuvieran allí para criticar o aprobar.
En ningún lugar del mundo, quizás, tan bien como aquí, podrías apreciar la espléndida indiferencia de la Naturaleza hacia los grandes asuntos del Hombre.
El viejo marinero no estaba pensando nada de este tipo. Sus ojos estaban fijos en una pequeña y casi imperceptible mancha en el horizonte hacia el sur-suroeste. Era sin duda otra isla casi oculta tras el horizonte. Salvo por esta mancha, toda la rueda del mar estaba vacía y serena.
Emmeline no los había seguido hasta la roca. Se había ido a buscar plantas donde unos arbustos mostraban grandes racimos de bayas de arita carmesí como si quisieran mostrar al sol lo que la Tierra podía hacer en cuanto a fabricar veneno. Arrancó dos grandes racimos de ellas, y con este tesoro llegó a la base de la roca.
—¡Deja esas bayas! —gritó el señor Button, cuando ella hubo atraído su atención—. No las pongas en tu boca; esas son las bayas del «nunca-despiertes».
Bajó de la roca, mano sobre mano, arrojó las cosas venenosas lejos, y miró dentro de la pequeña boca de Emmeline, la cual, a su orden, ella abrió de par en par. Solo había una pequeña lengua rosada en ella, sin embargo, curvada como un pétalo de rosa; ni rastro de bayas o veneno. Así que, dándole una pequeña sacudida, tal como lo habría hecho una niñera en circunstancias similares, bajó a Dick de la roca y encabezó el camino de regreso a la playa.
CAPÍTULO XIV
ECOS DE TIERRA DE HADAS
—Señor Button —dijo Emmeline esa noche, mientras se sentaban en la arena cerca de la tienda que él había improvisado—, señor Button, los gatos se van a dormir.
Habían estado preguntándole sobre las bayas del «nunca-despiertes».
—¿Quién dijo que no lo hacían? —preguntó el señor Button.
—Quiero decir —dijo Emmeline—, que se van a dormir y nunca más se despiertan. El nuestro lo hizo. Tenía rayas, y un pecho blanco, y anillos en toda su cola. Se durmió en el jardín, todo estirado, y mostrando los dientes; y se lo dije a Jane, y Dicky corrió y se lo dijo al tío. Fui a ver a la señora Sims, la esposa del médico, para el té; y cuando regresé le pregunté a Jane dónde estaba el gatito, y ella dijo que estaba muerto y enterrado, pero que yo no debía decírselo al tío.
—Lo recuerdo —dijo Dick—. Fue el día que fui al circo, y me dijiste que no le dijera a papá que el gato estaba muerto y enterrado. Pero se lo dije al hombre de la señora James cuando vino a hacer el jardín; y le pregunté a dónde iban los gatos cuando estaban muertos y enterrados, y él dijo que suponía que iban al infierno, al menos eso esperaba, porque siempre estaban arañando las flores. Luego me dijo que no le dijera a nadie que él había dicho eso, porque era una palabrota, y no debería haberlo dicho. Le pregunté qué me daría si no lo contaba, y me dio cinco centavos. Ese fue el día que compré el coco.
La tienda, un asunto improvisado que consistía en dos remos y una rama de árbol, que el señor Button había aserrado de un aoa enano, y la vela de estay que había traído del bergantín, estaba montada en el centro de la playa, para estar fuera del camino de los cocos que caían, en caso de que la brisa se fortaleciera durante la noche. El sol se había puesto, pero la luna aún no había salido mientras se sentaban bajo la luz de las estrellas en la arena cerca de la morada temporal.
—¿Qué son las cosas que dijiste que hacían las botas para la gente, Paddy? —preguntó Dick, después de una pausa.
—¿Qué cosas?
—Dijiste en el bosque que no debía hablar, de lo contrario...
—Oh, los Cluricaunes, los hombrecitos que remiendan los zapatos de la Buena Gente. ¿Es a ellos a quienes te refieres?
—Sí —dijo Dick, sin saber muy bien si era a ellos a quienes se refería, pero ansioso por obtener información que sentía que sería curiosa—. ¿Y qué es la Buena Gente?
—Ciertamente, ¿dónde naciste y te criaste que no sabes que la Buena Gente es el otro nombre para las hadas, salvando su presencia?
—No existen —respondió Dick—. La señora Sims dijo que no existían.
—La señora James —intervino Emmeline—, dijo que sí existían. Dijo que le gustaba ver a los niños creer en las hadas. Estaba hablando con otra señora, que llevaba una pluma roja en el sombrero y un manguito de piel. Estaban tomando el té y yo estaba sentada sobre la alfombra de la chimenea. Dijo que el mundo se estaba volviendo demasiado... no sé qué, y entonces la otra señora dijo que sí, y le preguntó a la señora James si había visto a la señora Alguien con el sombrero horrible que llevó el día de Acción de Gracias. Ya no dijeron nada más sobre las hadas, pero la señora James...
—Ya creas en ellas o no —dijo Paddy—, ahí están. Y tal vez estén saliendo del bosque detrás de nosotros ahora mismo, y escuchándonos hablar; aunque dudo que haya alguna por estos lares, pues allá en Connaught eran tan abundantes como las moras en los viejos tiempos. ¡O musha! ¡musha! los viejos tiempos, los viejos tiempos, ¿cuándo volveré a verlos? Ahora, puedes creerme o no, pero mi propio padre —¡que Dios repose su alma!— venía bajando por Croagh Patrick una noche antes de Navidad con una botella de whisky en una mano y un ganso, desplumado y limpio y todo, en la otra, el cual había ganado en una lotería, cuando, al oír una tonada no más fuerte que el zumbido de una abeja, se asoma por encima de un arbusto de aulaga, y ahí, alrededor de una gran piedra blanca, la Buena Gente bailaba en círculo agarrada de la mano, pateando los talones, y sus ojos brillaban como los de las polillas; y un tipo sobre la piedra, no más grande que la articulación de tu pulgar, tocándoles una gaita. Con eso soltó un grito, dejó caer el ganso y salió hacia casa, por encima de setos y zanjas, saltando como un canguro, y con la cara tan blanca como la harina cuando irrumpió por la puerta, donde todos estábamos sentados alrededor del fuego quemando castañas para ver quién se casaría primero.
—«¿Y qué diablos les pasa a ustedes?» —dice mi madre.
—«He visto a la Buena Gente» —dice él—, «allá arriba en el campo» —dice—; «y se han llevado el ganso» —dice—, «pero, por Dios, he salvado la botella» —dice—. «Saca el corcho y dame un trago, que tengo el corazón en la garganta y la lengua como un horno de ladrillos».
—Y cuando fuimos a sacar el corcho de la botella, no había nada dentro; y cuando fuimos a la mañana siguiente a buscar el ganso, había desaparecido. Pero ahí estaba la piedra, ciertamente, y las marcas sobre ella de los zapatitos del tipo que había tocado la gaita, ¿y quién dudaría que existen las hadas después de eso?
Los niños no dijeron nada durante un rato, y entonces Dick dijo:
—Cuéntanos sobre los cluricaunes, y cómo hacen las botas.
—Cuando les cuento sobre los cluricaunes —dijo el señor Button—, es la verdad lo que les digo, y por conocimiento propio, pues he hablado con un hombre que sostuvo a uno en su mano; era el hermano de mi propia madre, Con Cogan —¡que repose su alma! Con medía seis pies y dos pulgadas, con una cara larga y blanca; le habían aplastado la cabeza, años antes de que yo naciera, en alguna riña o algo así, y los médicos lo habían remendado con una moneda de cinco chelines golpeada hasta quedar plana.
Dick interpuso una pregunta sobre el proceso, el propósito y el objetivo del remiendo, pero el señor Button pasó por alto la pregunta.
—Ya era lo bastante propenso a ver hadas antes de que lo remendaran, pero después, por Dios, era el doble de malo. Yo era un muchacho en aquel entonces, pero el pelo casi se me vuelve gris con los cuentos que contaba de la Buena Gente y sus hazañas. Una noche lo convertían en caballo y lo hacían galopar por medio condado, un tipo sobre su lomo y otro corriendo detrás, metiéndole espinas de aulaga bajo la cola para hacerlo encabritar. Otra noche era un burro, enganchado a un carrito, recibiendo patadas en el vientre y obligado a tirar de piedras. Luego era un ganso, corriendo por el campo común con el cuello estirado y graznando, y una vieja hada detrás de él con un cuchillo, hasta que eso casi lo empujó a la bebida; aunque, dicho sea de paso, no necesitaba mucho empuje.
—¿Y qué hace cuando se le acaba el dinero, sino arrancar la moneda de cinco chelines con la que lo habían remendado de la parte superior de su cabeza y cambiarla por una botella de whisky? Y ese fue su fin.
El señor Button hizo una pausa para volver a encender su pipa, que se había apagado, y hubo silencio por un momento.
La luna había salido, y el canto del oleaje sobre el arrecife llenaba toda la noche con su arrullo. La vasta laguna yacía ondulando y rielando bajo la luz de la luna con la marea entrante. Siempre parecía el doble de ancha vista a la luz de la luna o de las estrellas que cuando se veía de día. De vez en cuando el chapoteo de un gran pez atravesaba el silencio, y la onda de este pasaba un momento después a través del agua plácida.
Grandes cosas sucedían en la laguna por la noche, invisibles a los ojos desde la orilla. Habrían encontrado el bosque detrás de ellos, de haber caminado a través de él, lleno de luz. Un bosque tropical bajo una luna tropical es verde como una cueva marina. Puedes ver los zarcillos de las vides y las flores, las orquídeas y los troncos de los árboles, todo iluminado como por la luz de un día de tinte esmeralda.
El señor Button sacó un largo trozo de cuerda de su bolsillo.
—Es hora de dormir —dijo—; y voy a atar a Em’leen, por miedo a que camine dormida, se extravíe y se pierda en el bosque.
—No quiero que me aten —dijo Emmeline.
—Lo hago por tu propio bien —respondió el señor Button, ajustando la cuerda alrededor de su cintura—. Ahora vamos.
La llevó como a un perro con una correa hasta la tienda, y ató el otro extremo de la cuerda al poste, que era el puntal y apoyo principal de la tienda.
—Ahora —dijo—, si te levantas y caminas por la noche, la tienda se nos caerá encima a todos.
Y, efectivamente, en las primeras horas de la mañana, así fue.
CAPÍTULO XV
BELLAS IMÁGENES EN EL AZUL
—¡No quiero ponerme mis viejos pantalones! ¡No quiero ponerme mis viejos pantalones!
Dick corría de un lado a otro desnudo sobre la arena, con el señor Button persiguiéndolo con un par de pantalones pequeños en la mano. Un cangrejo podría haber intentado perseguir a un antílope con el mismo resultado.
Llevaban quince días en la isla, y Dick había descubierto la alegría más profunda de la vida: estar desnudo. Estar desnudo y revolcarse en las aguas poco profundas de la laguna, estar desnudo y sentarse a secar al sol. Estar libre de la maldición de la ropa, desprenderse de la civilización en la playa en forma de pantalones, botas, chaqueta y sombrero, y ser uno con el viento, el sol y el mar.
La primera orden que el señor Button había dado en la segunda mañana de su llegada fue: «Desvístanse y métanse al agua».
Dick se había resistido al principio, y Emmeline (que rara vez lloraba) se había quedado llorando con su pequeña camisa. Pero el señor Button era inflexible. La dificultad al principio era hacer que entraran; la dificultad ahora era mantenerlos fuera.
Emmeline estaba sentada tan desnuda como la estrella del alba, secándose al sol de la mañana después de su chapuzón, y observando las evoluciones de Dick en la arena.
La laguna tenía para los niños mucha más atracción que la tierra. Bosques donde podías derribar plátanos maduros de los árboles con un bastón grande, arenas donde lagartijas doradas correteaban tan mansas que podías, con un poco de precaución, agarrarlas por la cola, una cima de colina desde donde podías ver, para usar la expresión de Paddy, «el fin del mundo»; todo eso estaba muy bien a su manera, pero no era nada comparado con la laguna.
En lo profundo, donde estaban las ramas de coral, podías observar, mientras Paddy pescaba, toda clase de cosas retozando en los bancos de arena y entre los penachos de coral. Cangrejos ermitaños que habían desalojado a bígaros, vistiendo las conchas de los desalojados —un desajuste evidente—; anémonas de mar tan grandes como rosas. Flores que se cerraban de manera irritable si bajabas el anzuelo suavemente y las tocabas; conchas extraordinarias que caminaban sobre tentáculos, apartando a los cangrejos y aterrorizando a los bígaros. Los señores de los bancos de arena, estos; sin embargo, tocabas a uno en la espalda con una piedra atada a un trozo de cuerda, y se quedaba plano, inmóvil y fingiendo estar muerto. Había mucha naturaleza humana acechando en las profundidades de la laguna, comedia y tragedia.
Una poza de roca inglesa tiene sus maravillas. Puedes imaginar las maravillas de esta vasta poza de roca, de nueve millas de circunferencia y con una anchura que varía de un tercio a media milla, rebosante de vida tropical y bandadas de peces pintados; donde el brillante atún pasaba por debajo del bote como un fuego y una sombra; donde el reflejo del bote yacía tan claro en el fondo como si el agua fuera aire; donde el mar, pacificado por el arrecife, contaba, como un niño pequeño, sus sueños.
Se adaptaba al humor perezoso del señor Button el hecho de que nunca recorría la laguna más de media milla o algo así a cada lado de la playa. Traía el pescado que capturaba a tierra, y con la ayuda de su yesquero y ramas secas hacía un fuego brillante sobre la arena; cocinaba pescado, fruta del pan y raíces de taro, ayudado y entorpecido por los niños. Montaron la tienda en medio de los árboles al borde del matorral, y la hicieron más grande y duradera con la ayuda de la vela del bote.
En medio de estas ocupaciones, maravillas y placeres, los niños perdieron toda cuenta del paso del tiempo. Rara vez preguntaban por el señor Lestrange; después de un tiempo, ya no preguntaban por él en absoluto. Los niños olvidan pronto.
PARTE III
CAPÍTULO XVI
LA POESÍA DEL APRENDIZAJE
Para olvidar el paso del tiempo debes vivir al aire libre, en un clima cálido, con la menor ropa posible encima. Debes recolectar y cocinar tu propia comida. Entonces, después de un tiempo, si no tienes vínculos especiales que te aten a la civilización, la Naturaleza comenzará a hacer por ti lo que hace por el salvaje. Reconocerás que es posible ser feliz sin libros ni periódicos, cartas ni facturas. Reconocerás el papel que el sueño juega en la Naturaleza.
Después de un mes en la isla, podrías haber visto a Dick en un momento lleno de vida y actividad, ayudando al señor Button a desenterrar una raíz de taro o lo que fuera, y al siguiente acurrucado para dormir como un perro. Emmeline, lo mismo. Profundos y prolongados lapsos de sueño; repentinos despertares en un mundo de aire puro y luz deslumbrante, la alegría del color por todas partes. La Naturaleza había, en efecto, abierto sus puertas a estos niños.
Uno podría haberla imaginado en un estado de ánimo experimental, diciendo: «Déjame poner estos brotes de civilización de vuelta en mi guardería y ver en qué se convertirán; cómo florecerán, y cuál será el fin de todo esto».
Al igual que Emmeline había traído su preciada caja del Northumberland, Dick había llevado consigo una pequeña bolsa de lino que tintineaba al agitarla. Contenía canicas. Pequeñas canicas de color verde oliva y otras medianas de varios colores; canicas de vidrio con espléndidos núcleos de colores; y una gran canica vieja de abuelo, demasiado grande para jugar con ella, pero no por ello menos digna de adoración: una canica dios.
Por supuesto, uno no puede jugar a las canicas a bordo de un barco, pero uno puede jugar con ellas. Habían sido un gran consuelo para Dick durante el viaje. Las conocía a cada una personalmente, y las hacía rodar sobre el colchón de su litera y las examinaba casi todos los días, mientras Emmeline observaba.
Un día, el señor Button, al notar a Dick y a la niña arrodillados uno frente al otro sobre un trozo de arena plana y dura cerca de la orilla del agua, se acercó para ver qué estaban haciendo. Estaban jugando a las canicas. Se quedó de pie con las manos en los bolsillos y la pipa en la boca, observando y criticando el juego, complacido de que los «niños» estuvieran entretenidos. Luego comenzó a divertirse él mismo, y en pocos minutos más estaba de rodillas participando; Emmeline, una jugadora mediocre y poco entusiasta, retirándose en su favor.
Después de eso, era algo común verlos jugar juntos, el viejo marinero de rodillas, con un ojo cerrado, y una canica contra la uña de su pulgar calloso apuntando; Dick y Emmeline vigilando para asegurarse de que jugara limpio, sus voces agudas resonando entre los cocoteros con gritos de «¡Aprieta el nudillo, Paddy, aprieta el nudillo!». Él participaba en todos sus entretenimientos como uno más de ellos. En ocasiones especiales y raras, Emmeline abría su preciada caja, extendía su contenido y organizaba una fiesta de té, actuando el señor Button como invitado o presidente, según fuera el caso.
—¿Está el té a su gusto, señora? —preguntaba él; y Emmeline, sorbiendo de su pequeña taza, invariablemente respondía: —Otro trozo de azúcar, por favor, señor Button; a lo que venía la respuesta estereotipada: —Tome una docena, y bienvenida; y otra taza por el bien de su figura.
Entonces Emmeline lavaba las cosas en agua imaginaria, las volvía a colocar en la caja, y todos perdían sus modales de compañía y volvían a ser completamente naturales.
—¿Alguna vez has visto tu nombre, Paddy? —preguntó Dick una mañana.
—¿He visto mi qué?
—¿Tu nombre?
—Arrah, no me hagas preguntas —respondió el otro—. ¿Cómo demonios podría ver mi nombre?
—Espera y te lo mostraré —respondió Dick.
Corrió y buscó un trozo de caña, y un minuto después, en la arena blanca como la sal, frente a la ortografía y el sol, aparecieron estas portentosas letras:
B U T T E N
—Por fe, qué chico más listo eres —dijo el señor Button con admiración, mientras se apoyaba lujosamente contra un cocotero y contemplaba el trabajo de Dick—. ¿Y ese es mi nombre, eh? ¿Qué letras tiene?
Dick las enumeró.
—Te enseñaré a hacerlo también —dijo—. Te enseñaré a escribir tu nombre, Paddy; ¿te gustaría escribir tu nombre, Paddy?
—No —respondió el otro, que solo quería que lo dejaran fumar su pipa en paz—; mi nombre no me sirve de nada.
Pero Dick, con la terrible e incansable insistencia de la infancia, no se dio por vencido, y el desafortunado señor Button tuvo que ir a la escuela a pesar de sí mismo. En pocos días pudo realizar el acto de dibujar sobre la arena caracteres algo parecidos a los anteriores, pero no sin que se lo recordaran, con Dick y Emmeline a cada lado de él, sin aliento por miedo a un error.
—¿Cuál sigue? —preguntaba el escriba sudoroso, con la transpiración brotando de su frente—, ¿cuál sigue? y date prisa, que estoy hecho un lío.
—N. N.—eso es—¡Ay, lo estás haciendo torcido!—eso es—¡ahí! ya está todo—¡Hurroo!
—¡Hurroo! —respondía el alumno, agitando su viejo sombrero sobre su propio nombre, y «¡Hurroo!» respondían los ecos del cocotero; mientras el lejano y débil «¡Hi hi!» de las gaviotas sobre el arrecife venía sobre la laguna azul como si fuera en reconocimiento del hecho, y aliento.
El apetito viene con la enseñanza. El ejercicio mental más placentero de la infancia es la instrucción de los mayores. Incluso Emmeline sentía esto. Tomó la clase de geografía un día de manera tímida, poniendo su pequeña mano primero en el gran puño calloso de su amigo.
—¡Señor Button!
—¿Qué pasa, cielo?
—Sé geografía.
—¿Y qué es eso? —preguntó el señor Button.
Esto dejó a Emmeline perpleja por un momento.
—Es donde están los lugares —dijo al fin.
—¿Qué lugares? —preguntó él.
—Toda clase de lugares —respondió Emmeline—. ¡Señor Button!
—¿Qué es, cariño?
—¿Te gustaría aprender geografía?
—No tengo deseos de aprender —dijo el otro apresuradamente—. Me zumba la cabeza al escuchar esas cosas que leen en los libros.
—Paddy —dijo Dick, que estaba fuerte en dibujo esa tarde—, mira esto. Dibujó lo siguiente en la arena:
—Eso es un elefante —dijo con voz dudosa.
El señor Button gruñó, y el sonido no estaba en absoluto lleno de asentimiento entusiasta. Un escalofrío cayó sobre el procedimiento.
Dick borró al elefante lenta y tristemente, mientras Emmeline se sentía desanimada. Entonces su rostro se aclaró de repente; la sonrisa seráfica apareció en él por un momento: una idea brillante la había asaltado.
—Dicky —dijo—, dibuja a Enrique el Octavo.
El rostro de Dick se iluminó. Limpió la arena y dibujó la siguiente figura:
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—Ese no es Enrique el Octavo —explicó—, pero lo será en un minuto. Papá me enseñó a dibujarlo; no es nada hasta que se pone el sombrero.
—¡Ponle su sombrero, ponle su sombrero! —suplicó Emmeline, mirando alternativamente de la figura en la arena a la cara del señor Button, esperando la sonrisa de deleite con la que estaba segura de que el viejo recibiría al gran rey cuando apareciera en toda su gloria.
Entonces Dick, con un solo trazo de la caña, puso el sombrero de Enrique.
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Ahora bien, ningún retrato podría ser más parecido a su majestad cazadora de monjes que el anterior, creado con un trazo de caña (por así decirlo), sin embargo, el señor Button permaneció impasible.
—Lo hice para la señora Sims —dijo Dick con pesar—, y ella dijo que era su vivo retrato.
—Quizás el sombrero no es lo suficientemente grande —dijo Emmeline, girando la cabeza de un lado a otro mientras contemplaba el dibujo. Parecía correcto, pero sentía que algo debía estar mal, ya que el señor Button no aplaudía. ¿No ha sentido lo mismo todo verdadero artista ante el silencio de algún crítico?
El señor Button golpeó las cenizas de su pipa y se levantó para estirarse, y la clase se levantó y se dirigió a la orilla de la laguna, dejando a Enrique y su sombrero como una figura en la arena para ser borrada por el viento.
Después de un tiempo, a medida que pasaba el tiempo, el señor Button tomó sus lecciones como algo natural, y los pequeños inventos de los niños ayudaban a su conocimiento absolutamente poco fiable. Un conocimiento, quizás, tan útil como cualquier otro allí, en medio de la encantadora poesía de las palmeras y el cielo.
Los días se convirtieron en semanas, y las semanas en meses, sin la aparición de ningún barco, un hecho que al señor Button le causó muy pocos problemas; y aún menos a sus pupilos, quienes estaban demasiado ocupados y divertidos para preocuparse por los barcos.
La temporada de lluvias se les vino encima de repente, y ante las palabras «temporada de lluvias» no conjures en tu mente la visión de un día lluvioso en Manchester.
La temporada de lluvias aquí era un momento bastante animado. Chubascos torrenciales seguidos de estallidos de sol, arcoíris y perros de lluvia en el cielo, y el delicioso perfume de toda clase de cosas creciendo en la tierra.
Después de las lluvias, el viejo marinero dijo que se dedicaría a construir una casa de bambú antes de que las siguientes lluvias les cayeran encima; pero, tal vez, antes de eso ya estarían fuera de la isla.
—Sin embargo —dijo—, les dibujaré un dibujo de cómo será cuando esté levantada; y en la arena dibujó una figura como esta:
X
Habiendo dibujado así los planos del edificio, se reclinó contra un cocotero y encendió su pipa. Pero había contado sin Dick.
El chico no tenía el menor deseo de vivir en una casa, pero tenía un gran deseo de ver una construida, y ayudar a construirla. El ingenio que es parte de la base multiforme de la naturaleza estadounidense se despertó.
—¿Cómo vas a evitar que se deslicen si los atas así? —preguntó, cuando Paddy hubo explicado más detalladamente su método.
—¿Qué cosa de deslizarse?
—Las cañas, ¿una de la otra?
—Después de fijarlas, una cruzada sobre la otra, clavas un clavo a través de la pieza transversal y una cuerda sobre todo.
—¿Tienes clavos, Paddy?
—No —dijo el señor Button—, no tengo.
—Entonces, ¿cómo vas a construir la casa?
—No me hagas preguntas ahora; quiero fumar mi pipa.
Pero había despertado a un demonio difícil de calmar. Mañana, tarde y noche era «Paddy, ¿cuándo vas a empezar la casa?», o «Paddy, creo que tengo una forma de hacer que las cañas se mantengan juntas sin clavarlas». Hasta que el señor Button, en la desesperación, como un castor, comenzó a construir.
Hubo un gran corte de cañas en el cañaveral de arriba y, cuando se hubo obtenido lo suficiente, el señor Button dejó de trabajar por tres días. Habría dejado de hacerlo por completo, pero había encontrado a un capataz.
El incansable Dick, joven y activo, sin rastro de pereza original en su temperamento, sin huesos viejos que descansar ni pipa que fumar, lo seguía como una mosca azul. Fue en vano que intentara ahuyentarlo con historias sobre hadas y Cluricaunes. Dick quería construir una casa.
El señor Button no. Él quería descansar. No le importaba pescar o trepar a un cocotero, lo cual hacía de forma admirable pasando una cuerda alrededor de sí mismo y del árbol, anudándola y usándola como apoyo durante la escalada; pero la construcción de casas era un trabajo monótono.
Dijo que no tenía clavos. Dick replicó mostrando cómo las cañas podían mantenerse unidas haciéndoles muescas.
—Pues, a fe mía, que eres un muchacho listo —dijo el cansado con admiración, cuando el otro hubo explicado su método.
—Entonces ven conmigo, Paddy, y clávalas.
El señor Button dijo que no tenía cuerda, que tendría que pensarlo, que mañana o al día siguiente se le ocurriría alguna idea de cómo hacerlo sin cuerda. Pero Dick señaló que la tela marrón que la Naturaleza ha envuelto alrededor de los tallos de las palmeras cocoteras serviría en lugar de cuerda si se cortaba en tiras. Entonces, el acosado cedió.
Trabajaron durante quince días en el asunto y, al final de ese tiempo, habían producido una especie de choza tosca en los límites del chaparral.
Fuera, en el arrecife, al que solían remar en el bote cuando la marea estaba baja, quedaban pozos profundos, y en los pozos, peces. Paddy dijo que si tuvieran una lanza podrían ser capaces de ensartar a algunos de estos peces, como había visto hacer a los nativos allá «más allá», en Tahití.
Dick preguntó acerca de la naturaleza de una lanza, y al día siguiente produjo una caña de diez pies afilada en el extremo al estilo de una pluma de escribir.
—Ciertamente, ¿qué uso tiene eso? —dijo el señor Button—. Podrías clavárselo a un pez, pero se soltaría en dos segundos; es la púa lo que los retiene.
Al día siguiente, el infatigable produjo la caña mejorada; la había tallado unos tres pies desde el extremo y por un lado, y tallado una púa bastante eficiente. Fue lo suficientemente buena, en cualquier caso, para ensartar un «mero» esa tarde, en los pozos iluminados por el atardecer del arrecife durante la marea baja.
—Aquí no hay patatas —dijo Dick un día, después de las segundas lluvias.
—Nos las comimos todas hace meses —respondió Paddy.
—¿Cómo crecen las patatas? —preguntó Dick.
—¿Que cómo crecen? Vaya, crecen en la tierra; ¿dónde más iban a crecer? —Explicó el proceso de la siembra de patatas: cortarlas en trozos de modo que hubiera un ojo en cada pieza, y demás—. Una vez hecho esto —dijo el señor Button—, solo tienes que echar los trozos en la tierra; sus ojos crecen, las hojas verdes «brotan», y luego, si desenterraras las raíces tal vez, seis meses después, encontrarías fanegas de patatas en el suelo, unas tan grandes como tu cabeza y otras pequeñitas. Es como una familia de chiquillos: algunos son grandes y otros pequeños. Pero ahí están en la tierra, y todo lo que tienes que hacer es tomar una horca y desenterrar una olla llena de ellas con un giro de muñeca, como tantas veces hice en los viejos tiempos.
—¿Por qué no hicimos eso? —preguntó Dick.
—¿Hacer qué? —preguntó el señor Button.
—Plantamos algunas de las patatas.
—¿Y dónde habríamos encontrado la pala para plantarlas?
—Supongo que podríamos haber arreglado una pala —respondió el muchacho—. Una vez hice una pala en casa, con un trozo de tabla vieja; papá me ayudó.
—Bueno, lárgate de aquí y fabrica una pala ahora —respondió el otro, que quería estar tranquilo y pensar—, y tú y Em’line pueden cavar en la arena.
Emmeline estaba sentada cerca, ensartando unas flores magníficas en un zarcillo de liana. Meses de sol y ozono habían marcado una diferencia considerable en la niña. Estaba tan morena como una gitana y pecosa, no mucho más alta, pero el doble de rolliza. Sus ojos habían perdido en gran medida esa mirada como si estuviera contemplando la futuridad y la inmensidad —no como abstracciones, sino como imágenes concretas— y había perdido el hábito de sonambulismo.
El impacto de la tienda al caer la primera noche que estuvo atada al mástil la había curado de ello, ayudada por las nuevas y saludables condiciones de vida, los baños de mar y el aire libre eterno. No hay narcótico que supere al aire fresco.
Meses de semisalvajismo también habían marcado una gran diferencia en la apariencia de Dick. Era dos pulgadas más alto que el día en que desembarcaron. Pecoso y bronceado, tenía la apariencia de un chico de doce años. Era la promesa de un buen hombre. No era un niño guapo, pero tenía un aspecto saludable, con una risa alegre y una expresión de rostro audaz, casi descarada.
La cuestión de la ropa de los niños estaba empezando a preocupar la mente del viejo marinero. El clima era un traje en sí mismo. Uno era mucho más feliz con casi nada puesto. Por supuesto, había cambios de temperatura, pero eran leves. Verano eterno, interrumpido por lluvias torrenciales y, ocasionalmente, alguna tormenta; ese era el clima de la isla; aun así, los «chiquillos» no podían ir por ahí sin nada.
Tomó parte de la franela a rayas e hizo a Emmeline una falda. Era divertido verlo sentado en la arena, con Emmeline de pie ante él con la prenda alrededor de la cintura, siendo probada; él, con la boca llena de alfileres, y el costurero con las tijeras, agujas e hilo a su lado.
—Gira a la izquierda un poco más —decía—, con calma. Quieta así... ¡musha! ¡musha! ¿Dónde están esas tijeras? Dick, sostén el extremo de este trozo de cuerda hasta que pase las puntadas por detrás. ¿Cuelga cómodamente? Bueno, eres un caso perdido. ¿Cómo está eso? ¿Está más cómodo, verdad? Levanta el pie para ver si te llega a las rodillas. Ahora quítatelo y déjame en paz hasta que le cosa las etiquetas.
Era la mezcla de una falda y la idea de una vela, pues tenía dos filas de rizos; una idea muy ingeniosa, ya que podía rizarse si la niña quería ir a remar, o en tiempo ventoso.
CAPÍTULO XVII
EL BARRIL DEL DIABLO
Una mañana, aproximadamente una semana después del día en que el viejo marinero, por usar su propia expresión, le había colocado una falda a Emmeline, Dick vino corriendo a través de los bosques y cruzando las arenas. Había estado en la cima de la colina.
—Paddy —gritó al viejo, que estaba fijando un anzuelo en un sedal—, ¡hay un barco!
Al señor Button no le llevó mucho tiempo llegar a la cima de la colina, y allí estaba, virando hacia la isla. De proa roma y chata, la figura de una vieja holandesa, que delataba su oficio a una legua de distancia. Era justo después de las lluvias, el cielo aún no estaba del todo despejado de nubes; se podían ver chubascos lejos en el mar, y el mar estaba verde y con espuma en las crestas.
Allí estaba el equipo de procesamiento; allí estaban los botes, la cofa y todo completo, etiquetándola como ballenera. Era un barco, sin duda, pero Paddy Button habría preferido subir a bordo de un barco tripulado por demonios y capitaneado por Lucifer, antes que a bordo de una ballenera de los Mares del Sur. Había estado allí antes, y lo sabía.
Escondió a los niños bajo un gran baniano y les dijo que no se movieran ni respiraran hasta que él regresara, porque el barco era «el barco del mismo diablo»; y si los hombres a bordo los atrapaban, los despellejarían vivos y todo.
Luego se dirigió a la playa; recogió todas las cosas de la choza y todo el viejo equipaje en forma de botas y ropa vieja, y los guardó en el bote. Habría destruido la casa, si hubiera podido, pero no tuvo tiempo. Luego remó el bote cien yardas por la laguna hacia la izquierda y lo amarró bajo la sombra de un aoa, cuyas ramas crecían justo sobre el agua. Luego regresó a pie a través del palmeral y miró a través de los árboles sobre la laguna para ver qué se podía ver.
El viento soplaba directamente hacia la abertura del arrecife, y el viejo ballenero avanzó haciendo frente al oleaje con sus proas romas y entró en la laguna. No había sondador en sus cadenas. Simplemente entró como si conociera todos los sondeos de memoria —como probablemente era el caso—, pues estos balleneros conocen cada agujero y rincón del Pacífico.
El ancla cayó con un chapoteo y el barco se balanceó, formando una imagen bastante extraña mientras flotaba en el espejo azul, respaldado por la elegante palmera en el arrecife. Entonces, el señor Button, sin esperar a ver bajar los botes, regresó a donde estaban sus protegidos, y los tres acamparon en el bosque esa noche.
A la mañana siguiente, el ballenero se había ido, dejando como señal de su visita la arena blanca toda pisoteada, una botella vacía, la mitad de un periódico viejo y la choza hecha pedazos.
El viejo marinero maldijo al barco y a su tripulación, pues el incidente había traído un nuevo ejercicio a su vida perezosa. Ahora, todos los días al mediodía, tenía que subir a la colina, en busca de balleneros. Los balleneros frecuentaban sus sueños, aunque dudo que hubiera subido voluntariamente a bordo ni siquiera de un vapor del Correo Real. Estaba muy feliz donde estaba. Después de largos años en el castillo de proa, la isla era un verdadero cambio. Tenía tabaco suficiente para durarle un tiempo indefinido, los niños como compañía y comida al alcance de la mano. Habría sido totalmente feliz si la isla hubiera estado provista por la Naturaleza con una taberna.
El espíritu de hilaridad y buena camaradería, sin embargo, que descubrió repentinamente este error por parte de la Naturaleza, lo rectificó, como se verá pronto.
El resultado más desastroso de la visita del ballenero no fue la destrucción de la «casa», sino la desaparición de la caja de Emmeline. Buscaran mucho o poco, no pudo ser encontrada. El señor Button en su prisa debió haberla olvidado cuando trasladó las cosas al bote; en cualquier caso, había desaparecido. Probablemente uno de los miembros de la tripulación del ballenero la había encontrado y se la había llevado; nadie podía decirlo. Se había ido, y ese fue el fin del asunto, y el comienzo de una gran tribulación, que duró una semana para Emmeline.
Era intensamente aficionada a las cosas de colores, especialmente a las flores de colores; y tenía la forma más bonita de convertirlas en una corona para su cabeza o la de alguien más. Quizás era el instinto de hacer sombreros lo que estaba en juego; en cualquier caso, era un instinto femenino, pues Dick no hacía coronas.
Una mañana, mientras estaba sentada junto al viejo marinero ocupada ensartando conchas, Dick vino corriendo a lo largo del borde del bosque. Acababa de salir del bosque y parecía estar buscando algo. Entonces encontró lo que buscaba —una concha grande— y con ella en la mano regresó al bosque.
Ítem.—Su vestimenta era un trozo de tela de coco atado alrededor de su cintura. Por qué lo usaba, Dios sabe, pues a menudo corría completamente desnudo.
—¡He encontrado algo, Paddy! —gritó, mientras desaparecía entre los árboles.
—¿Qué has encontrado? —preguntó Emmeline, que siempre estaba interesada en cosas nuevas.
—¡Algo divertido! —respondió desde en medio de los árboles.
Pronto regresó; pero ya no corría. Caminaba lenta y cuidadosamente, sosteniendo la concha como si contuviera algo precioso que temía que se escapara.
—Paddy, le di la vuelta al barril viejo y tenía una cosa de corcho, y la saqué, y el barril está lleno de cosas que huelen muy raro; he traído un poco para que lo veas.
Entregó la concha en las manos del viejo marinero. Había alrededor de media gill de líquido amarillo en la concha. Paddy lo olió, lo probó y soltó un grito.
—¡Ron, por todos los santos!
—¿Qué es, Paddy? —preguntó Emmeline.
—¿Dónde dijiste que lo conseguiste? ¿En el viejo barril, dijiste? —preguntó el señor Button, que parecía aturdido y conmocionado como por un golpe.
—Sí; saqué la cosa de corcho...
—¿La volviste a poner?
—Sí.
—¡Oh, gloria a Dios! ¡Aquí he estado yo, desde tiempos inmemoriales, sentado sobre un viejo barril vacío, con la lengua colgando hasta los talones por falta de un trago, y estaba lleno de ron todo el tiempo!
Dio un sorbo a la sustancia, se bebió todo el resto, cerró los labios con fuerza para retener los vapores y cerró un ojo.
Emmeline se rió.
El señor Button se puso en pie a trompicones. Lo siguieron a través del chaparral hasta que llegaron a la fuente de agua. Allí yacía el pequeño barril verde; volcado por el inquieto Dick, yacía con su tapón apuntando a las hojas de arriba. Se podía ver el hueco que había hecho en el suelo blando durante los años. Tan verde era, y tan parecido a un objeto de la naturaleza, un trozo de viejo tronco de árbol o una roca manchada de líquenes, que aunque los balleneros habían sacado agua de la fuente, su verdadera naturaleza no había sido descubierta.
El señor Button golpeó con la parte inferior de la concha: estaba casi lleno. Por qué había sido dejado allí, por quién o cómo, no había nadie que lo dijera. Los viejos cráneos cubiertos de líquenes podrían haberlo dicho, si hubieran podido hablar.
—Lo rodaremos hasta la playa —dijo Paddy, cuando hubo dado otro sorbo.
Le dio a Dick un sorbo. El niño lo escupió e hizo una mueca, luego, empujando el barril frente a ellos, comenzaron a rodarlo cuesta abajo hacia la playa, con Emmeline corriendo delante de ellos coronada con flores.
CAPÍTULO XVIII
LA CAZA DE RATAS
Almorzaron al mediodía. Paddy sabía cómo cocinar pescado, al estilo de la isla, envolviéndolo en hojas y horneándolo en un agujero en el suelo en el que se había encendido previamente un fuego. Comieron pescado, raíz de taro horneada y cocos verdes; y después de la cena, el señor Button llenó una concha grande con ron y encendió su pipa.
El ron había sido bueno originalmente, y la edad lo había mejorado. Acostumbrado como estaba al espantoso «zumo de globo» que se vendía en los antros de bebida de la «Costa de Berbería» en San Francisco, o en las tabernas de los muelles, esto era néctar.
La jovialidad irradiaba de él; era contagiosa. Los niños sintieron que alguna influencia feliz había caído sobre su amigo. Por lo general, después de la cena, estaba somnoliento y «con ganas de estar tranquilo». Hoy les contó historias del mar y les cantó canciones —chantys—:
«Soy un marinero de pez volador que vuelve de Hong Kong, Yeo ho! sopla al hombre hacia abajo. Sopla al hombre hacia abajo, matones, soplad al hombre hacia abajo, Oh, danos tiempo para soplar al hombre hacia abajo. Eres un sucio barco negro que vuelve de Nueva York, Yeo ho! sopla al hombre hacia abajo, Sopla al hombre hacia abajo, matones, soplad al hombre hacia abajo. Oh, danos tiempo para soplar al hombre hacia abajo.»
—¡Oh, danos tiempo para soplar al hombre hacia abajo! —repitieron Dick y Emmeline.
Arriba, en los árboles, los pájaros de ojos brillantes los estaban observando: un grupo tan feliz. Tenían toda la apariencia de excursionistas, y la canción resonó entre los cocoteros, y el viento la llevó sobre la laguna hasta donde las gaviotas daban vueltas y gritaban, y la espuma retumbaba en el arrecife.
Esa noche, el señor Button, sintiéndose inclinado a la jovialidad y no deseando que los niños lo vieran bajo la influencia, rodó el barril a través del cocotero hasta un pequeño claro junto al borde del agua. Allí, cuando los niños estaban en la cama y dormidos, se retiró con algunos cocos verdes y una concha. Generalmente era musical cuando se divertía de esta manera, y Emmeline, al despertarse durante la noche, escuchó su voz llevada a través del cocotero iluminado por la luna por el viento:
«Había cinco o seis viejos marineros borrachos De pie ante la barra, Y Larry, él les estaba sirviendo Desde una gran jarra de cinco galones.
Coro.— ¡Izad la bandera, que ondee mucho tiempo! Que nos lleve mucho tiempo a la gloria o a la tumba. Con calma, muchachos, con calma, tocad el jubileo, Porque Babilonia ha caído y los negros son todos libres.»
A la mañana siguiente, el músico se despertó junto al barril. No tenía ni rastro de dolor de cabeza, ni ningún malestar, pero hizo que Dick cocinara; y él se tumbó a la sombra de los cocoteros, con la cabeza sobre una «almohada» hecha con un abrigo viejo enrollado, jugueteando con sus pulgares, fumando su pipa y disertando sobre los «viejos» tiempos, mitad para sí mismo y mitad para sus compañeros.
Esa noche tuvo otra velada musical él solo, y así continuó durante una semana. Luego comenzó a perder el apetito y el sueño; y una mañana Dick lo encontró sentado en la arena con un aspecto realmente extraño, como era de esperar, pues había estado «viendo cosas» desde el amanecer.
—¿Qué pasa, Paddy? —dijo el niño, corriendo hacia él, seguido por Emmeline.
El señor Button estaba mirando un punto en la arena cerca de allí. Tenía la mano derecha levantada a la manera de una persona que está tratando de atrapar una mosca. De repente, dio un manotazo en la arena y luego abrió la mano ampliamente para ver qué había atrapado.
—¿Qué es, Paddy?
—El Cluricaune —respondió el señor Button—. Todo vestido de verde estaba... ¡musha! ¡musha! pero solo estoy fingiendo.
La dolencia que padecía tiene esta extraña característica: que, aunque el paciente ve ratas, o serpientes, o lo que sea, tan reales como las cosas reales, y aunque ocupan su mente por un momento, casi inmediatamente reconoce que está sufriendo una alucinación.
Los niños se rieron, y el señor Button se rió de una manera estúpida.
—Seguro, era solo un juego el que estaba jugando; no había ningún Cluricaune en absoluto; es cuando bebo ron que se me mete en la cabeza jugar a juegos como ese. ¡Oh, por el Santo Póker, hay ratas rojas saliendo de la arena!
Se puso a cuatro patas y salió disparado hacia los cocoteros, mirando por encima del hombro con una expresión de desconcierto en su rostro. Se habría levantado para huir, solo que no se atrevía a ponerse de pie.
Los niños se reían y bailaban a su alrededor mientras gateaba.
—¡Mira las ratas, Paddy! ¡mira las ratas! —gritó Dick.
—¡Están delante de mí! —gritó el afligido, dando un manotazo vicioso a la cola de un roedor imaginario—. ¡Ran dan las bestias! ahora se han ido. Musha, pero qué tonto me estoy haciendo.
—Sigue, Paddy —dijo Dick—; no pares. ¡Mira allí, hay más ratas viniendo detrás de ti!
—¡Oh, calla, quieres! —respondió Paddy, sentándose en la arena y secándose la frente—. Ya se han ido.
Los niños se quedaron allí, decepcionados por su juego. La buena actuación atrae a los niños tanto como a las personas mayores. Se quedaron esperando otro acceso de humor que le diera al comediante, y no tuvieron que esperar mucho.
Una cosa parecida a un caballo desollado salió de la laguna y subió por la playa, y esta vez el señor Button no se alejó gateando. Se puso de pie y corrió.
—¡Es un caballo el que me persigue, es un caballo el que me persigue! ¡Dick! ¡Dick! dale un golpe. ¡Dick! ¡Dick! ahuyéntalo.
—¡Hurroo! ¡Hurroo! —gritó Dick, persiguiendo al afligido, que corría en un círculo amplio, con su amplia cara roja girada sobre su hombro izquierdo. —¡Vamos, Paddy! ¡vamos, Paddy!
—¡Aléjate de mí, bestia! —gritó Paddy—. ¡Santa María, Madre de Dios! Te daré una patada con el pie si te acercas a mí. ¡Em’leen! ¡Em’leen! ¡ponte entre nosotros!
Tropezó y cayó sobre la arena, mientras el infatigable Dick lo golpeaba con una pequeña rama que había recogido para obligarlo a continuar.
—Ya estoy mejor, pero estoy casi agotado —dijo el señor Button, sentándose en la arena—. Pero, por Dios, si me persiguen más cosas como esas, me lanzaré al mar. Dick, préstame tu brazo.
Tomó el brazo de Dick y caminó hacia la sombra de los árboles. Allí se dejó caer y les dijo a los niños que lo dejaran dormir. Ellos comprendieron que el juego había terminado y lo dejaron. Durmió durante seis horas seguidas; fue el primer sueño reparador que había tenido en varios días. Cuando despertó estaba bien, pero muy tembloroso.
CAPÍTULO XIX
LUZ DE ESTRELLAS SOBRE LA ESPUMA
El señor Button no vio más ratas, para gran decepción de Dick. Había dejado la bebida. Al amanecer del día siguiente se levantó, refrescado por un segundo sueño, y caminó hasta el borde de la laguna. La abertura en el arrecife miraba hacia el este, y la luz del alba entraba ondulando con la marea creciente.
—He sido una bestia —dijo el arrepentido—, una bestia bruta.
Estaba totalmente equivocado; a decir verdad, solo era un hombre acosado y traicionado.
Se quedó un rato de pie, maldiciendo la bebida, «y a los que la venden». Entonces decidió ponerse fuera del alcance de la tentación. ¿Quitar el tapón del barril y dejar que el contenido escapara?
Tal pensamiento ni siquiera se le pasó por la cabeza o, si lo hizo, fue descartado al instante; pues, aunque un viejo marinero pueda maldecir la bebida, el buen ron es para él algo sagrado; y vaciar la mitad de un barrilito en el mar sería un acto casi equivalente al asesinato de un niño. Puso el barril en el bote y lo llevó remando hasta el arrecife. Allí lo colocó al amparo de un gran bloque de coral y regresó remando.
Paddy había sido entrenado toda su vida para la embriaguez rítmica. Generalmente transcurrían unos cuatro meses entre sus borracheras, a veces seis; todo dependía de la duración del viaje. Pasaron seis meses antes de que sintiera siquiera la inclinación de mirar el barril de ron, ese pequeño punto oscuro allá en el arrecife. Y fue mejor así, pues durante esos seis meses llegó otro barco ballenero, se abasteció de agua y fue evitado.
—¡Maldito sea! —dijo—. El mar aquí parece criar balleneros, y nada más que balleneros. Es como las chinches en una cama: matas a una y luego viene otra. Como sea, nos hemos librado de ellos por un tiempo.
Caminó hasta el borde de la laguna, miró el pequeño punto oscuro y silbó. Luego regresó para preparar la cena. Ese pequeño punto oscuro empezó a inquietarlo al poco tiempo; no el punto en sí, sino el espíritu que contenía.
Los días se volvieron largos y tediosos, los días que habían sido tan cortos y agradables. Para los niños no existía tal cosa como el tiempo. Gozando de una salud absoluta y perfecta, disfrutaban de la felicidad tanto como los mortales pueden disfrutarla. El sistema nervioso altamente sensible de Emmeline, es cierto, desarrollaba dolor de cabeza cuando permanecía demasiado tiempo bajo el resplandor del sol, pero estos episodios eran pocos y distantes entre sí.
El espíritu del pequeño barril había estado susurrando a través de la laguna durante algunas semanas; al fin empezó a gritar. El señor Button, metafóricamente hablando, se tapó los oídos. Se mantuvo ocupado con los niños tanto como pudo. Le hizo otra prenda a Emmeline y le cortó el pelo a Dick con las tijeras (un trabajo que generalmente se realizaba una vez cada dos meses).
Una noche, para evitar que el ron le rondara la cabeza, les contó la historia de Jack Dogherty y el Merrow, la cual es muy conocida en la costa oeste.
El Merrow lleva a Jack a cenar al fondo del mar y le muestra las nasas para langostas donde guarda las almas de los viejos marineros, y luego cenan, y el Merrow saca una gran botella de ron.
Fue una historia fatal para que él la recordara y relatara; pues, después de que sus compañeros se durmieron, la visión del Merrow y Jack departiendo, y la idea de la alegría de aquello, se alzaron ante él y excitaron una sed de jovialidad imposible de resistir.
Había algunos cocos verdes que había recogido ese día tirados en un pequeño montón bajo un árbol, media docena más o menos. Tomó varios de ellos y una concha, encontró el bote donde estaba amarrado al árbol aoa, lo desató y se alejó remando hacia la laguna.
La laguna y el cielo estaban llenos de estrellas. En las oscuras profundidades del agua se podían haber visto destellos fosforescentes de peces que pasaban, y el trueno del oleaje sobre el arrecife llenaba la noche con su canto.
Aseguró cuidadosamente el cabo del bote alrededor de una punta de coral y desembarcó en el arrecife, y con una concha llena de ron y limonada de coco mezclada a partes iguales, tomó su lugar en una alta repisa de coral desde donde se podía obtener una vista del mar y la playa de coral.
En una noche de luna era hermoso sentarse allí y ver las grandes olas rompiendo, todas veteadas, nubladas y tornasoladas con la espuma y las láminas de rocío. Pero la nieve y el canto de las mismas bajo la luz difusa de las estrellas producían un efecto indescriptiblemente más hermoso y extraño.
La marea estaba bajando ahora, y el señor Button, mientras se sentaba a fumar su pipa y beber su grog, podía ver espejos brillantes aquí y allá donde el agua reposaba en pozas rocosas. Cuando hubo contemplado estas vistas durante un tiempo considerable en completa satisfacción, regresó al lado de la laguna del arrecife y se sentó junto al pequeño barril. Entonces, al poco rato, si usted hubiera estado de pie en la orilla opuesta, habría oído fragmentos de canciones transportados a través del agua trémula de la laguna.
«Navegando hacia abajo, navegando hacia abajo En la costa de Berbería.»
Si la costa de Berbería en cuestión es la de San Francisco, o la verdadera y propia costa, no importa. Es una canción de antaño; y cuando la oyes, ya sea en un arrecife de coral o en un muelle de granito, puedes estar seguro de que un viejo marinero la está cantando y que el viejo marinero está confundido.
Poco después, el bote se apartó del arrecife, los remos rompieron las aguas estrelladas y grandes círculos de luz temblorosos dieron respuesta rítmica al lento y constante crujido de los toletes contra el cuero. Se ató al aoa, se aseguró de que los remos estuvieran bien guardados; luego, respirando con dificultad, se quitó las botas por miedo a despertar a los «chiquillos». Como los niños dormían a más de doscientas yardas de distancia, esta fue una precaución innecesaria, especialmente porque la distancia intermedia era mayormente de arena blanda.
El jugo de coco verde y el ron mezclados son bastante agradables de beber, pero es mejor beberlos por separado; combinados, ni siquiera el cerebro de un viejo marinero puede sacar de ellos otra cosa que niebla y confusión; es decir, en cuanto a pensamientos; en cuanto a acciones, pueden hacerlo hacer muchas cosas. Hicieron que Paddy Button nadara en la laguna.
El recuerdo le vino de golpe, mientras caminaba por la playa hacia la choza, de que había dejado el bote atado al arrecife. El bote estaba, de hecho, sano y salvo atado al aoa; pero la memoria del señor Button le decía que estaba atado al arrecife. Cómo había cruzado la laguna no tenía importancia alguna para él; el hecho de haberla cruzado sin el bote, y sin embargo sin mojarse, no le pareció extraño. No tenía tiempo para ocuparse de pequeñeces como esas. Había que traer el bote a través de la laguna, y solo había una forma de traerlo. Así que regresó por la playa hasta la orilla del agua, arrojó sus botas, se quitó la chaqueta y se zambulló. La laguna era ancha, pero en su estado mental actual habría cruzado el Helesponto a nado. Desaparecida su figura de la playa, la noche reanudó su majestad y su aspecto de meditación.
La laguna estaba tan iluminada por el brillo de las estrellas que la cabeza del nadador podía distinguirse en medio de círculos de luz; además, a medida que la cabeza se acercaba al arrecife, un triángulo oscuro que venía cortando el agua pasó por delante de la palmera del muelle. Era la patrulla nocturna de la laguna, que se había enterado de alguna manera misteriosa de que un marinero borracho estaba causando problemas en sus aguas.
Mirando, uno escuchaba, con la mano en el corazón, el grito del detenido, pero no llegó. El nadador, trepando al arrecife de una manera exhausta, olvidando evidentemente el objeto por el cual había regresado, se dirigió al barril de ron y cayó junto a él como si el sueño lo hubiera tocado en lugar de la muerte.
CAPÍTULO XX
EL SOÑADOR EN EL ARRECIFE
—Me pregunto dónde estará Paddy —gritó Dick a la mañana siguiente. Salía del chaparral arrastrando una rama muerta tras de sí—. Ha dejado su chaqueta en la arena, y el yesquero dentro, así que haré el fuego. No tiene sentido esperar. Quiero mi desayuno. ¡Rayos...!
Pisó el palo muerto con sus pies descalzos, rompiéndolo en pedazos.
Emmeline se sentó en la arena y lo observó.
Emmeline tenía dos dioses de alguna manera: Paddy Button y Dick. Paddy era casi un dios esotérico envuelto en los vapores del tabaco y el misterio. El dios de los barcos que se balancean y los mástiles crujientes —los mástiles y las vastas superficies de velas del Northumberland eran una visión perdurable en su mente—, la deidad que la había sacado de un pequeño bote a este lugar maravilloso, donde los pájaros eran de colores y los peces estaban pintados, donde la vida nunca era aburrida y los cielos casi nunca grises.
Dick, la otra deidad, era un personaje mucho más comprensible, pero no menos admirable, como compañero y protector. En los dos años y cinco meses de vida en la isla había crecido casi ocho centímetros. Era tan fuerte como un niño de doce años, y podía remar el bote casi tan bien como el mismo Paddy, y encender un fuego. De hecho, durante los últimos meses el señor Button, ocupado en descansar sus huesos y contemplar el ron como una idea abstracta, había dejado la cocina, la pesca y la recolección general de alimentos tanto como era posible a Dick.
—Divierte a la criatura pretender que hace cosas —decía, mientras observaba a Dick cavando en la tierra para hacer un pequeño horno, al estilo de la isla, para cocinar pescado o cualquier otra cosa.
—Vamos, Em —dijo Dick, apilando la madera rota sobre algunos palos de hibisco podridos—; dame el yesquero.
Consiguió una chispa sobre un trozo de yesca, y luego sopló sobre ella, luciendo no muy diferente a Eolo tal como se representa en esas viejas cartas holandesas que huelen a schiedam y rapé, y que le dan a uno sirenas y ángeles en lugar de sondeos.
El fuego pronto chisporroteó y crepitó, y él apiló palos en abundancia, pues había mucho combustible, y quería cocinar fruto del pan.
El fruto del pan varía en tamaño, según la edad, y en color según la estación. Estos que Dick se preparaba para cocinar eran tan grandes como melones pequeños. Dos serían más que suficientes para el desayuno de tres personas. Eran verdes y nudosos por fuera, y sugerían a la mente limones verdes, más que pan.
Los puso en las brasas, tal como se ponen las patatas a asar, y al poco rato chisporrotearon y escupieron pequeños chorros venenosos de vapor, luego se agrietaron y la sustancia interior blanca se hizo visible. Los cortó y sacó el corazón —el corazón no es apto para comer— y estaban listos.
Mientras tanto, Emmeline, bajo sus instrucciones, no había estado ociosa.
Había en la laguna —hay en varias otras lagunas tropicales que conozco— un pez que solo puedo describir como un arenque dorado. Un arenque de bronce parece cuando es capturado, pero cuando nada hacia abajo contra el fondo de cerebros de coral y parches de arena blanca, tiene el brillo del oro bruñido. Es tan bueno de comer como de mirar, y Emmeline estaba cuidadosamente tostándolos sobre un trozo de caña.
El jugo del pescado evitaba que la caña se carbonizara, aunque había accidentes a veces, cuando un pez entero iba a parar al fuego, en medio de gritos de burla de Dick.
Formaba una estampa bastante bonita mientras estaba arrodillada, la «falda» alrededor de la cintura parecía una toalla de baño a rayas, su pequeña cara concentrada y llena de la seriedad del trabajo en cuestión, y sus labios fruncidos por el calor del fuego.
—¡Hace tanto calor! —gritó en defensa propia, después del primero de los accidentes.
—Claro que hace calor —dijo Dick—, si te quedas a sotavento del fuego. ¡Cuántas veces te ha dicho Paddy que te mantengas a barlovento de él!
—No sé cuál es cuál —confesó la desafortunada Emmeline, quien era un fracaso absoluto en todo lo práctico: quien no sabía remar ni pescar, ni lanzar una piedra, y que, aunque llevaban ya veintiocho meses o algo así en la isla, ni siquiera sabía nadar.
—¿Quieres decir —dijo Dick— que no sabes de dónde viene el viento?
—Sí, eso lo sé.
—Bueno, eso es a barlovento.
—No lo sabía.
—Bueno, ahora lo sabes.
—Sí, ahora lo sé.
—Bueno, entonces, ven a barlovento del fuego. ¿Por qué no preguntaste el significado de eso antes?
—Lo hice —dijo Emmeline—; le pregunté al señor Button un día, y me contó mucho sobre eso. Dijo que si él escupiera a barlovento y una persona estuviera de pie a sotavento de él, sería un tonto; y dijo que si un barco iba demasiado a sotavento se estrellaba contra las rocas, pero no entendí a qué se refería. Dicky, me pregunto dónde estará.
—¡Paddy! —gritó Dick, haciendo una pausa mientras partía un fruto del pan. Ecos vinieron de entre los cocoteros, pero nada más.
—Vamos —dijo Dick—; no voy a esperar por él. Puede que haya ido a recoger los sedales nocturnos —a veces ponían sedales nocturnos en la laguna— y se haya quedado dormido sobre ellos.
Ahora bien, aunque Emmeline honraba al señor Button como una deidad menor, Dick no tenía ilusiones en absoluto sobre el asunto. Admiraba a Paddy porque podía hacer nudos, empalmar, trepar a un cocotero y ejercer su oficio de marinero de otras maneras admirables, pero sentía las limitaciones del anciano. Deberían haber tenido patatas ahora, pero habían comido tanto las patatas como la posibilidad de patatas cuando consumieron el contenido de aquel medio saco. Tan joven como era, Dick sentía la absoluta falta de previsión de este proceder. Emmeline no; ella nunca pensaba en las patatas, aunque te hubiera podido decir el color de todos los pájaros de la isla.
Luego, además, la casa necesitaba ser reconstruida, y el señor Button decía todos los días que empezaría a ocuparse de ello mañana, y al día siguiente sería mañana. Las necesidades de la vida que llevaban eran un estímulo para la mente audaz y activa del niño; pero siempre estaba siendo frenado por los métodos despreocupados de su mayor. Dick provenía de la gente que fabrica máquinas de coser y máquinas de escribir. El señor Button provenía de una gente notable por sus baladas, sus corazones tiernos y su potheen. Esa era la principal diferencia.
—¡Paddy! —volvió a gritar el niño, cuando hubo comido tanto como quiso—. ¡Hola! ¿Dónde estás?
Escucharon, pero no llegó respuesta. Un pájaro de colores brillantes voló a través del espacio de arena, un lagarto corrió a través de la arena brillante, el arrecife habló, y el viento en las copas de los árboles; pero el señor Button no respondió.
—Espera —dijo Dick.
Corrió a través de la arboleda hacia el aoa donde estaba amarrado el bote; luego regresó.
—El bote está bien —dijo—. ¿Dónde rayos podrá estar?
—No lo sé —dijo Emmeline, sobre cuyo corazón había caído un sentimiento de soledad.
—Vamos a la colina —dijo Dick—; tal vez lo encontremos allí.
Subieron la colina a través del bosque, pasando por el curso de agua. De vez en cuando Dick llamaba, y los ecos respondían —había ecos de voz húmeda y peculiar entre los árboles— o una bandada de pájaros emprendía el vuelo. La pequeña cascada gorgoteaba y susurraba, y las grandes hojas de banano extendían su sombra.
—Vamos —dijo Dick, cuando hubo llamado de nuevo sin recibir respuesta.
Encontraron la cima de la colina, y la gran roca permanecía proyectando su sombra al sol. La brisa de la mañana soplaba, el mar brillaba, el arrecife destellaba, el follaje de la isla ondeaba en el viento como las llamas de una antorcha de llama verde. Un profundo oleaje se extendía por el seno del Pacífico. Algún huracán allá lejos, más allá de las islas de los Navegantes o las Gilbert, había enviado este mensaje y estaba encontrando su eco aquí, a mil millas de distancia, en el trueno más profundo del arrecife.
En ninguna otra parte del mundo se podría obtener tal cuadro, tal combinación de esplendor y verano, tal visión de frescura y fuerza, y el deleite de la mañana. Fue la pequeñez de la isla, tal vez, lo que cerró el encanto y lo hizo perfecto. Solo un racimo de follaje y flores puesto en medio del viento que soplaba y el azul brillante.
De repente, Dick, de pie junto a Emmeline en la roca, señaló con el dedo hacia el arrecife cerca de la abertura.
—¡Allí está! —gritó.
CAPÍTULO XXI
LA GUIRNALDA DE FLORES
Apenas se podía distinguir la figura tendida en el arrecife cerca del pequeño barril, y cómodamente protegida del sol por un bloque de coral erguido.
—Está dormido —dijo Dick.
No se le había ocurrido mirar hacia el arrecife desde la playa, o podría haber visto la figura antes.
—¡Dicky! —dijo Emmeline.
—¿Qué?
—¿Cómo llegó allí, si dijiste que el bote estaba atado al árbol?
—No lo sé —dijo Dick, quien no había pensado en esto—; ahí está, de todos modos. Te diré lo que haremos, Em, remaremos hasta allí y lo despertaremos. Le gritaré al oído y lo haré saltar.
Bajaron de la roca y regresaron a través del bosque. Mientras caminaban, Emmeline recogió flores y comenzó a confeccionar una de sus coronas. Un poco de hibisco escarlata, algunas campanillas, un par de amapolas pálidas con tallos peludos y aroma amargo.
—¿Para qué haces eso? —preguntó Dick, quien siempre veía la fabricación de coronas de Emmeline con una mezcla de compasión y vaga repugnancia.
—Voy a ponérsela en la cabeza al señor Button —dijo Emmeline—; así, cuando le grites al oído, saltará con ella puesta.
Dick se rio entre dientes con placer ante la idea de la broma pesada, y casi admitió en su propia mente por un momento que, después de todo, podría haber un uso para tales futilidades como las coronas.
El bote estaba amarrado bajo la sombra extendida del aoa, el cabo atado a una de las ramas que sobresalían sobre el agua. Estos aoas enanos se ramifican de una manera extraordinaria cerca del suelo, lanzando miembros como rieles. El árbol había hecho una buena protección para el pequeño bote, protegiéndolo de manos merodeadoras y del sol; además de la protección del árbol, Paddy había hundido el bote de vez en cuando en aguas poco profundas. Era un bote nuevo al principio, y con precauciones como estas cabía esperar que durara muchos años.
—Sube —dijo Dick, tirando del cabo para que la proa del bote se acercara a la playa.
Emmeline subió con cuidado y fue a popa. Luego Dick subió, se apartó y tomó los remos. Al momento siguiente estaban en el agua brillante.
Dick remó con cautela, temiendo despertar al durmiente. Sujetó el cabo a la punta de coral que parecía puesta allí por la naturaleza para tal propósito. Trepó al arrecife y, acostándose sobre su estómago, acercó la borda del bote para que Emmeline pudiera desembarcar. No llevaba botas; las plantas de sus pies, por la exposición constante, se habían vuelto insensibles como el cuero.
Emmeline también iba sin botas. Las plantas de sus pies, como siempre ocurre con las personas altamente nerviosas, eran sensibles, y caminaba con delicadeza, evitando los peores lugares, sosteniendo su corona en la mano derecha.
Era marea alta, y el trueno de las olas afuera sacudía el arrecife. Era como estar en una iglesia cuando el bajo profundo del órgano se activa por completo, sacudiendo el suelo y el aire, las paredes y el techo. Ráfagas de espuma pasaban con el viento, y el melancólico «¡Hi, hi!» de las gaviotas revoloteando llegaba como las voces de marineros fantasmas izando las drizas.
Paddy yacía sobre su costado derecho, sumido en un profundo olvido. Su rostro estaba enterrado en el pliegue de su brazo derecho, y su mano izquierda, morena y tatuada, reposaba sobre su muslo izquierdo con la palma hacia arriba. No llevaba sombrero, y la brisa agitaba sus cabellos entrecanos.
Dick y Emmeline se acercaron sigilosamente hasta quedar justo a su lado. Entonces Emmeline, estallando en una risa, arrojó la pequeña guirnalda de flores sobre la cabeza del viejo, y Dick, dejándose caer de rodillas, le gritó al oído. Pero el soñador no se inmutó ni movió un dedo.
—¡Paddy! —gritó Dick—. ¡Despierta! ¡Despierta!
Tiró del hombro hasta que la figura, desde su postura de lado, cayó de espaldas. Los ojos estaban muy abiertos y fijos. La boca colgaba abierta, y de ella salió disparado un pequeño cangrejo; cruzó la barbilla de un rápido trote y cayó sobre el coral.
Emmeline gritó y gritó, y habría caído, pero el muchacho la atrapó en sus brazos; un lado de la cara había quedado destruido por las larvas de las rocas.
La estrechó contra sí mientras contemplaba la terrible figura tendida de espaldas, con las manos abiertas. Luego, loco de terror, la arrastró hacia el botecito. Ella forcejeaba, jadeaba y boqueaba como una persona que se ahoga en agua helada.
Su único instinto era escapar, huir; a cualquier parte, sin importar dónde. Arrastró a la muchacha hasta el borde de coral y acercó el bote. Si el arrecife se hubiera visto envuelto de repente en llamas, no se habría esmerado más por huir de él y salvar a su compañera. Un momento después flotaban, y él remaba frenéticamente hacia la orilla.
No sabía lo que había pasado, ni se detuvo a pensar: huía del horror, de un horror sin nombre; mientras la niña a sus pies, con la cabeza apoyada en la borda, miraba hacia arriba con los ojos muy abiertos y muda el gran cielo azul, como si contemplara algún terror visible allí. El bote encalló en la arena blanca, y el batir de la marea entrante lo empujó hacia un lado.
Emmeline había caído hacia adelante; había perdido el conocimiento.
CAPÍTULO XXII
SOLOS
La idea de la vida espiritual debe de ser innata en el corazón del hombre, pues durante toda aquella noche terrible, en que los niños yacieron acurrucados en la pequeña choza del chaparral, el miedo que los invadía era que su viejo amigo oscureciera de pronto la entrada y quisiera tumbarse junto a ellos.
No hablaban de él. Algo le habían hecho; algo había sucedido. Algo terrible le había ocurrido al mundo que conocían. Pero no se atrevían a hablar de ello ni a preguntarse mutuamente.
Dick había llevado a su compañera a la choza al dejar el bote, y se había ocultado allí con ella; había avanzado la tarde, y la noche, y ahora en la oscuridad, sin haber probado alimento en todo el día, le decía que no tuviera miedo, que él la cuidaría. Pero ni una palabra de lo que había sucedido.
Aquello, para ellos, no tenía precedentes ni vocabulario. Se habían topado con la muerte en bruto y real, sin cocinar por la religión, sin desodorizar por los dichos de sabios y poetas.
No sabían nada de la filosofía que nos dice que la muerte es la suerte común y la secuencia natural del nacimiento, ni de la religión que nos enseña que la muerte es la puerta a la vida.
Un viejo marinero muerto que yace como un cadáver putrefacto en un saliente de coral, con los ojos fijos, vidriosos y abiertos, con una boca muy abierta que antaño pronunciara palabras reconfortantes y que ahora profería cangrejos vivos.
Ese era el fantasma que tenían ante los ojos. No filosofaban al respecto; y aunque estaban llenos de terror, no creo que fuera el terror lo que les impedía hablar de ello, sino el vago sentimiento de que lo que habían contemplado era obsceno, indescriptible y algo que debían evitar.
Lestrange los había criado a su manera. Les había dicho que había un Dios bueno que cuidaba del mundo; decidido en la medida de lo posible a excluir de su conocimiento la demonología, el pecado y la muerte, se había conformado con la escueta afirmación de que había un Dios bueno que cuidaba del mundo, sin explicarles por completo que ese mismo Dios los torturaría por los siglos de los siglos si no lograban creer en Él o guardar sus mandamientos.
Este conocimiento del Todopoderoso era, por tanto, un conocimiento a medias, la más vaga de las abstracciones. Sin embargo, aunque los hubieran criado en la escuela más estrictamente calvinista, este conocimiento de Él no les habría servido de consuelo en esos momentos. La creencia en Dios no es ningún consuelo para un niño asustado. Enséñale tantas oraciones mecánicas como quieras, y en la angustia o en la oscuridad, ¿de qué le sirven? Su grito es para su niñera o para su madre.
Durante aquella noche espantosa, aquellos dos niños no tenían ningún consuelo que buscar en todo el vasto universo sino el uno en el otro. Ella, en la sensación de la protección de él; él, en la sensación de ser el protector de ella. La virilidad en él, más grande y más hermosa que la fuerza física, se desarrolló en aquellas horas oscuras al igual que una planta, bajo circunstancias extraordinarias, brota apresuradamente en flor.
Hacia el amanecer, Emmeline se durmió. Dick salió sigilosamente de la choza cuando se aseguró, por su respiración regular, de que estaba dormida y, apartando los zarcillos y las ramas de los mamey, encontró la playa. El alba empezaba a despuntar y la brisa matutina llegaba del mar.
Cuando había varado el bote auxiliar el día anterior, la marea estaba justo en su punto más alto, lo que la había dejado en seco. La marea estaba subiendo ahora y, en poco tiempo, ascendería lo suficiente como para empujarla y ponerla a flote.
Emmeline le había suplicado durante la noche que se la llevara. Que la apartara de allí a algún lugar, y él se lo había prometido sin saber en absoluto cómo iba a cumplir su promesa. Mientras estaba de pie mirando la playa, tan desolada y extrañamente diferente ahora de como había sido el día anterior, se le ocurrió la idea de cómo podía cumplir su promesa. Corrió hacia donde el botecito yacía sobre la arena en pendiente, con las ondas de la marea entrante lavando justo el timón, que aún estaba colocado. Desmontó el timón y regresó.
Bajo un árbol, cubierto con la vela de estay que habían traído del Shenandoah, se encontraba la mayor parte de sus tesoros: ropa vieja y botas, y todo tipo de baratijas. El precioso tabaco cosido en un trozo de lona estaba allí, junto al costurero con las agujas y los hilos. Habían cavado un hoyo en la arena a modo de escondite para ellos, y habían colocado la vela de estay por encima para protegerlos del rocío.
El sol asomaba ahora sobre la línea del mar, y las altas palmeras cantaban y susurraban juntas bajo la brisa cada vez más intensa.
CAPÍTULO XXIII
SE ALEJAN
Comenzó a juntar las cosas y a llevarlas al bote auxiliar. Tomó la vela de estay y todo lo que pudiera ser útil; y cuando lo hubo acomodado en el bote, cogió el bidón y lo llenó de agua en el manantial del bosque; recolectó algunos plátanos y pan de fruta, y los guardó en el bote auxiliar junto con el bidón. Después encontró los restos del desayuno del día anterior, que había ocultado entre dos hojas de palmito, y los colocó también en la barca.
El agua estaba ya tan alta que un fuerte empujón la pondría a flote. Volvió a la choza por Emmeline. Seguía dormida; tan profundamente dormida que, cuando la levantó en brazos, no hizo ningún movimiento. La colocó con cuidado en la popa con la cabeza sobre la vela enrollada y, de pie en la proa, se despegó empujando con un remo. Luego, tomando los remos, guio la proa de la barca hacia la izquierda, remontando la laguna. Se mantuvo cerca de la orilla, pero por su vida no pudo evitar alzar los ojos y mirar hacia el arrecife.
Alrededor de un cierto punto en el distante coral blanco había un gran revuelo de aves. Algunas parecían aves enormes, y sus graznidos agudos llegaron a través de la laguna arrastrados por la brisa mientras discutían entre ellas y batían el aire con las alas. Apartó la vista hasta que un recodo de la orilla ocultó el lugar de su vista.
Aquí, abrigados de forma más completa que frente a la brecha del arrecife, los árboles artu llegaban en algunos tramos hasta la misma orilla del agua; los árboles del pan de fruta proyectaban la sombra de sus grandes hojas festoneadas sobre el agua; claros espesos de helechos, vergels de mamey y arbustos de «coco salvaje» escarlata se iban deslizando a medida que el bote auxiliar, rozando la orilla, remontaba la laguna.
Al contemplar el borde de la orilla uno habría podido imaginar que era la orilla de un lago, de no ser por el trueno del Pacífico sobre el lejano arrecife; e incluso eso no destruía la impresión, sino que tan solo le otorgaba un matiz de extrañeza.
Un lago en medio del océano, eso era en realidad la laguna.
Aquí y allá, las palmeras se inclinaban sobre el agua, reflejando sus delicados troncos y dibujando sus nítidas sombras sobre el lecho de arena a una braza de profundidad.
Se mantuvo muy cerca de la orilla para aprovechar el resguardo de los árboles. Su objetivo era encontrar algún lugar donde pudieran detenerse de forma permanente y levantar una tienda. Buscaba un nuevo hogar, en realidad. Pero, por bonitos que fueran los claros que dejaban atrás, no eran sitios atractivos para vivir. Había demasiados árboles o los helechos eran demasiado densos. Buscaba aire y espacio, y de repente los encontró. Al doblar un pequeño cabo, completamente encendido por el escarlata del coco salvaje, el bote auxiliar irrumpió en un mundo nuevo.
Ante ella se extendía una vasta extensión de agua azul pálida y barrida por el viento, a la que descendía un amplio prado verde de aspecto señorial, flanqueado a ambos lados por arboledas profundas y que ascendía hacia tierras más altas donde, por encima del verde macizo e inmóvil de los grandes árboles del pan de fruta, las palmeras mecían y agitaban sus plumas verde claro con la brisa. El tono pálido del agua se debía a la extrema poca profundidad de la laguna en ese punto preciso. Era tan somera que se podían ver manchas marrones que indicaban lechos de coral muerto y podrido, y destellos de un zafiro oscurísimo donde yacían las pozas profundas. El arrecife se hallaba a más de media milla de la orilla; parecía muy lejano, tan distante que su efecto agobiante desaparecía, dando la impresión de un mar abierto e ininterrumpido.
Dick dejó de remar y permitió que el bote auxiliar flotara mientras contemplaba los alrededores. Había recorrido unas cuatro millas y media, y aquello quedaba justo en la parte posterior de la isla. Mientras la barca, a la deriva hacia la orilla, tocaba la ribera, Emmeline despertó de su sueño, se incorporó y miró a su alrededor.
LIBRO II
PARTE I
CAPÍTULO I
BAJO EL ÁRBOL ARTU
En el borde del prado verde, entre un tronco de artu de corte ajedrezado y el macizo tronco de un árbol del pan de fruta, había surgido una casa. No era mucho más grande que un gallinero grande, pero resultaba perfectamente suficiente para las necesidades de dos personas en un clima de eterno verano. Estaba construida con bambúes y techada con un doble tejado de hojas de palmito, tan pulcramente edificada y tan bien techada que uno habría podido creer que era obra de varios artesanos expertos.
El árbol del pan de fruta no tenía frutos, como a veces les ocurre a estos árboles, cuyas arboledas enteras dejan de producir por alguna razón misteriosa conocida solo por la Naturaleza. Estaba verde ahora, pero cuando sufriera su transformación anual, las grandes hojas festoneadas adquirirían todos los matices imaginables de oro, bronce y ámbar. Más allá del artu había un pequeño claro donde el chaparral había sido cuidadosamente eliminado y se habían plantado raíces de taro.
Al salir del umbral de la casa hacia el prado, uno habría podido creerse, a excepción de la naturaleza tropical del follaje, en algún parque inglés.
Mirando hacia la derecha, la vista se perdía en los bosques, donde todos los matices del verde teñían el follaje y los arbustos de coco salvaje ardían de color escarlata como bayas de espino.
La casa tenía una puerta, pero carecía de hoja. Podría decirse que tenía un techo doble, pues el follaje del árbol del pan de fruta por encima proporcionaba un buen refugio durante las lluvias. Por dentro era bastante austera. Helechos secos y de aroma dulce cubrían el suelo. Dos velas enrolladas yacían a ambos lados de la entrada. Había una balda rústica sujeta a una de las paredes y, sobre ella, unos cuencos hechos con cáscaras de coco. Las personas a quienes pertenecía el lugar evidentemente no se molestaban mucho en frecuentarlo, usándolo solo por noche y como refugio contra el rocío.
Sentada en la hierba junto a la puerta, protegida por la sombra del pan de fruta, pero con los cálidos rayos de la tarde rozando sus pies desnudos, había una muchacha. Una joven de quince o dieciséis años, desnuda salvo por un faldellín de material a rayas alegres que le llegaba desde la cintura hasta las rodillas. Su largo cabello negro estaba echado hacia atrás desde la frente y atado por detrás con un bucle de liana elástica. Una flor escarlata asomaba tras su oreja derecha, a la manera de la pluma de un oficinista. Su rostro era hermoso, salpicado de diminutas pecas, especialmente bajo los ojos, que eran de un azul grisáceo profundo y tranquilo. Estaba medio sentada, medio tumbada sobre su costado izquierdo; mientras que ante ella, muy cerca, desfilaba arriba y abajo sobre la hierba un pájaro de plumaje azul, pico rojo coral y ojos brillantes y atentos.
La muchacha era Emmeline Lestrange. Justo junto a su codo se alzaba un cuenco pequeño hecho con la mitad de un coco y lleno de cierta sustancia blanca con la que alimentaba al ave. Dick lo había encontrado en los bosques dos años atrás, era muy pequeño, había sido abandonado por su madre y se moría de hambre. Lo habían alimentado y domesticado, y ahora era uno más de la familia; se posaba en el techo por la noche y aparecía puntualmente a la hora de las comidas.
De repente, ella extendió la mano; el pájaro voló por los aires, se posó en su dedo índice y mantuvo el equilibrio, hundiendo la cabeza entre los hombros y emitiendo el sonido que constituía todo su vocabulario y su único medio de expresión vocal: un sonido del cual había derivado su nombre.
—Koko —dijo Emmeline—, ¿dónde está Dick?
El pájaro giró la cabeza a uno y otro lado, como si buscara a su amo; y la muchacha se reclinó perezosamente sobre la hierba, riendo y manteniéndolo en alto, posado en su dedo, como si fuera alguna joya esmaltada que quisiera admirar a cierta distancia. Formaban una estampa preciosa bajo la sombra en forma de cueva de las hojas del pan de fruta; y resultaba difícil comprender cómo esta joven, de formas tan perfectas, tan plenamente desarrollada y tan hermosa, había evolucionado a partir de la sencilla y pequeña Emmeline Lestrange. Y todo aquello, en lo que respecta a la hermosura de su físico, había sucedido durante los últimos seis meses.
CAPÍTULO II
MEDIA NIÑA, MEDIA SALVAJE
Cinco estaciones de lluvias habían pasado y se habían ido desde el trágico suceso en el arrecife. Cinco largos años las rompientes habían tronado y las gaviotas habían graznado en torno a la figura cuyo hechizo había trazado una barrera misteriosa a través de la laguna.
Los niños nunca habían vuelto al viejo lugar. Se habían mantenido exclusivamente en la parte posterior de la isla y en los bosques; la laguna, hasta cierto punto, y el arrecife; un mundo bastante amplio y hermoso, pero un mundo sin esperanza en lo que respecta a la ayuda de la civilización. Pues, de los escasos barcos que recalaban en la isla con el paso de los años, ¿cuántos explorarían la laguna o los bosques? Tal vez ni uno solo.
De vez en cuando, Dick hacía una excursión en el bote auxiliar al viejo lugar, pero Emmeline se negaba a acompañarle. Iba principalmente a conseguir plátanos; pues en toda la isla no había más que un racimo de plataneros: el que estaba cerca del manantial en el bosque, donde se habían descubierto los viejos cráneos verdosos y el pequeño barril.
Ella nunca se había recuperado del todo de lo ocurrido en el arrecife. Se le había mostrado algo cuyo sentido comprendía vagamente, y eso la había llenado de horror y de terror hacia el lugar donde había acontecido. Dick era muy diferente. Se había asustado bastante al principio, pero el sentimiento se fue desvaneciendo con el tiempo.
Dick había construido tres casas de manera sucesiva durante los cinco años. Había plantado un terreno de taro y otro de batatas. Conocía cada poza del arrecife en un radio de dos millas en ambas direcciones y las formas de sus habitantes; y aunque no sabía los nombres de las criaturas que allí se encontraban, realizó un profundo estudio de sus costumbres.
Había presenciado cosas asombrosas durante esos cinco años: desde una pelea entre una ballena y dos orcas librada fuera del arrecife, que duró una hora y tiñó las olas rompientes de sangre, hasta el envenenamiento de los peces en la laguna por el agua dulce, debido a una temporada de lluvias extraordinariamente copiosa.
Conocía de memoria los bosques de la parte posterior de la isla y las formas de vida que los habitaban: mariposas, polillas, pájaros, lagartijas e insectos de formas extrañas; orquídeas extraordinarias —algunas de aspecto repugnante, la viva imagen de la corrupción; otras hermosas, y todas extrañas—. Encontraba melones y guayabas, árboles del pan de fruta, la manzana roja de Tahití y la gran ciruela brasileña, taro en abundancia y una docena de cosas buenas más; pero no había plátanos. Esto lo entristecía a veces, pues era humano.
Aunque Emmeline le había preguntado a Koko por el paradero de Dick, se trataba tan solo de un comentario hecho por hacer conversación, pues podía oírlo en el pequeño cañaveral que se extendía muy cerca entre los árboles.
En pocos minutos apareció arrastrando tras de sí dos cañas que acababa de cortar y enjugándose el sudor de la frente con su brazo desnudo. Llevaba unos pantalones viejos —parte del cargamento rescatado tiempo atrás del Shenandoah— y nada más, y valía la pena contemplarlo y considerarlo tanto desde el punto de vista físico como psicológico.
De cabello castaño rojizo y alto, con aspecto de tener más de diecisiete años que dieciséis, de expresión inquieta y audaz, medio niño, medio hombre, medio ser civilizado, medio salvaje, había avanzado y retrocedido al mismo tiempo durante los cinco años de vida silvestre. Se sentó junto a Emmeline, arrojó las cañas a su lado, probó el filo del viejo cuchillo de carnicero con el que las había cortado y, tomando una de las cañas sobre sus rodillas, comenzó a tallarla.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Emmeline, soltando al pájaro, que voló a una de las ramas del artu y se posó allí, convertido en un punto azul en medio del verde oscuro.
—Una lanza para peces —respondió Dick.
Sin ser taciturno, rara vez desperdiciaba palabras. La vida era pura tarea para él. Hablaba con Emmeline, pero siempre con frases cortas; y había desarrollado la costumbre de hablar con las cosas inanimadas, con la lanza de pesca que estaba tallando o con el cuenco que modelaba a partir de un coco.
En cuanto a Emmeline, ni siquiera de niña había sido habladora. Había algo misterioso en su personalidad, algo reservado. Su mente parecía sumergida a medias en una penumbra. Aunque hablaba poco y los temas de sus conversaciones eran casi por completo materiales y relativos a sus necesidades cotidianas, su mente divagaba hacia campos abstractos y la tierra de las quimeras y los sueños. Lo que hallaba allí nadie lo sabía; tal vez, y menos que nadie, ella misma.
Por lo que respecta a Dick, a veces hablaba y murmuraba para sí como en un ensueño; pero si uno atrapaba las palabras, descubría que no se referían a ninguna abstracción, sino a alguna nadería que tuviera entre manos. Parecía volcado por completo en el momento presente y haber olvidado el pasado tan por completo como si jamás hubiera existido.
Sin embargo, tenía sus arrebatos contemplativos. Se pasaba horas enteras con la cara apoyada sobre una poza rocosa, observando las extrañas formas de vida que allí se avistaban, o se sentaba en los bosques inmóvil como una piedra, contemplando las aves y las lagartijas de fugaz carrera. Los pájaros se acercaban tanto que habría podido derribarlos fácilmente, pero nunca lastimaba a ninguno ni interfería de ningún modo en la vida silvestre del bosque.
La isla, la laguna y el arrecife eran para él los tres volúmenes de un gran libro de láminas, del mismo modo que lo eran para Emmeline, aunque de un modo distinto. El color y la belleza de todo ello alimentaban alguna necesidad misteriosa en su alma. Su vida era una larga ensoñación, una hermosa visión, turbada por sombras. A través de todos los espacios azules y coloridos que significaban meses y años, aún podía ver, como en un cristal empañado, el Northumberland, humeante contra el salvaje trasfondo de niebla; el rostro de su tío, Boston —un cuadro vago y oscuro más allá de una tormenta— y, más cerca, la trágica forma sobre el arrecife que aún atormentaba terriblemente sus sueños. Pero nunca hablaba de estas cosas a Dick. Del mismo modo que guardaba el secreto de lo que había en su caja, y el secreto de su angustia cada vez que la perdía, guardaba el secreto de sus sentimientos sobre estas cosas.
Nacido de esto, permanecía siempre en ella un vago terror: el terror de perder a Dick. La señora Stannard, su tío, las personas difusas que había conocido en Boston, todo se había desvanecido de su vida como un sueño y unas sombras. El otro también, de la forma más horrible. ¿Qué pasaría si Dick también fuera arrebatado de su lado?
Esta angustia recurrente la había acompañado durante mucho tiempo; hasta hace unos meses había sido principalmente personal y egoísta: el miedo a quedarse sola. Pero últimamente se había alterado y vuelto más aguda. Dick había cambiado ante sus ojos, y el miedo era ahora por él. Su propia personalidad se había fusionado de repente y extrañamente con la de él. La idea de una vida sin él era impensable, y sin embargo la angustia permanecía, una amenaza en el azul.
Algunos días era peor que otros. Hoy, por ejemplo, era peor que ayer, como si algún peligro se hubiera acercado sigilosamente a ellos durante la noche. Sin embargo, el cielo y el mar estaban impolutos, el sol brillaba sobre árboles y flores, el viento del oeste traía la melodía del lejano arrecife como una nana. No había nada que sugiriera peligro o la necesidad de desconfiar.
Al fin, Dick terminó su lanza y se puso en pie.
—¿Adónde vas? —preguntó Emmeline.
—Al arrecife —respondió él—. La marea está bajando.
—Iré contigo —dijo ella.
Él entró en la casa y guardó el valioso cuchillo. Luego salió, con la lanza en una mano y media braza de liana en la otra. La liana era para ensartar los peces, en caso de que la pesca fuera abundante. Él abrió camino bajando por la pradera herbosa hacia la laguna donde yacía el bote, cerca de la orilla, y amarrado a un poste hincado en el suelo blando. Emmeline subió y, tomando los remos, él empujó. La marea estaba bajando.
He dicho que el arrecife, justo allí, se encontraba a gran distancia de la costa. La laguna era tan poco profunda que, con la marea baja, se podría haber cruzado casi de un extremo a otro, de no haber sido por los baches aquí y allá —trampas de tres metros de profundidad— y grandes lechos de coral podrido, en los que uno se hundiría como en maleza, por no hablar del coral de ortiga, que pica como un lecho de ortigas. Había también otros peligros. Las aguas someras tropicales están llenas de salvajes sorpresas en cuanto a la vida, y la muerte.
Dick había marcado hace mucho tiempo en su memoria los sondeos de la laguna, y fue una suerte que poseyera el sentido especial de la orientación que es el principal apoyo del cazador y del salvaje, pues, por la disposición del coral en crestas, el agua desde el borde de la costa hasta el arrecife corría en canales. Solo dos de estos canales ofrecían un camino despejado y franco desde el borde de la costa hasta el arrecife; si hubieras seguido los otros, incluso en un bote de tan poco calado como aquel, te habrías quedado varado a mitad de camino, a menos, claro está, que fuera una marea viva.
A mitad de camino, el sonido del oleaje en la barrera se hizo más fuerte, y el eterno y monótono grito de las gaviotas llegó con la brisa. Se sentía soledad allí fuera y, al mirar atrás, la costa parecía estar muy lejos. Aún más solitario era el arrecife.
Dick ató el bote a una saliente de coral y ayudó a Emmeline a desembarcar. El sol se deslizaba hacia el oeste, la marea estaba casi a media bajada y grandes pozas de agua yacían brillando como escudos bruñidos bajo la luz del sol. Dick, con su preciada lanza a su lado, se sentó con calma sobre un saliente de coral y comenzó a despojarse de su única prenda de vestir.
Emmeline volvió la cabeza y contempló la costa distante, que parecía tres veces más lejos de lo que en realidad estaba. Cuando volvió a girar la cabeza, él corría a lo largo del borde del oleaje. Él y su lanza, recortados contra la espuma marina y la deslumbrante espuma blanca, formaban un cuadro lo bastante salvaje y muy acorde con la desolación general del trasfondo. Ella lo vio tumbarse y aferrarse a un trozo de coral mientras el oleaje corría a su alrededor y sobre él, y luego levantarse, sacudirse como un perro y continuar sus juegos, con el cuerpo todo brillante por la humedad.
A veces, un grito llegaba con la brisa, mezclándose con el sonido del oleaje y el chillido de las gaviotas, y ella lo veía hundir su lanza en una poza, y al momento siguiente la lanza era alzada en alto con algo forcejeando y brillando en su extremo.
Él era completamente diferente allí fuera, en el arrecife, de lo que era en tierra. El entorno parecía desarrollar todo lo salvaje que había en él, de una manera sorprendente; y mataba, y mataba, solo por el placer de matar, destruyendo más peces de los que posiblemente podrían consumir.
CAPÍTULO III
EL DEMONIO DEL ARRECIFE
El romance del coral aún está por escribir. Todavía existe la opinión generalizada de que el arrecife de coral y la isla de coral son obra de un "insecto". Este insecto fabuloso, al que se le atribuye el genio de Brunel y la paciencia de Job, ha sido presentado, no sin humor, ante los niños de muchas generaciones como un ejemplo de industria: algo digno de admirar, un modelo a seguir.
En realidad, nada podría ser más perezoso o lento, más entregado a una vida de comodidad y degeneración, que el "pólipo constructor de arrecifes", por darle su nombre científico. Es el vagabundo del mundo animal, pero, a diferencia del vagabundo, ni siquiera camina para ganarse la vida. Existe como un gusano gelatinoso y lento; atrae hacia sí elementos calcáreos del agua para construirse una casa —fíjense, el mar es quien hace la construcción—, muere y deja atrás su casa, y una reputación de laboriosidad ante la cual la reputación de la hormiga palidece y la de la abeja pierde importancia.
En un arrecife de coral, uno pisa roca que los pólipos constructores de arrecifes de eras pasadas han dejado atrás como evidencia de sus vidas ociosas y aparentemente inútiles. Podría pensarse que el arrecife está formado de roca muerta, pero no es así: ahí es donde radica la maravilla del asunto; un arrecife de coral está medio vivo. Si no lo estuviera, no resistiría la acción del mar ni diez años. La parte viva del arrecife se encuentra justo donde rompen las olas y más allá. Los pólipos gelatinosos constructores de roca mueren casi de inmediato si se exponen al sol o si quedan descubiertos por el agua.
A veces, con la marea muy baja, si uno tiene el valor suficiente para arriesgarse a ser arrastrado por el oleaje, yendo lo más lejos posible sobre el arrecife, puede vislumbrarlos en su estado vivo: grandes montículos y masas de lo que parece roca, pero que es un panal de coral cuyas celdas están llenas de pólipos vivos. Los que están en las celdas más altas suelen estar muertos, pero más abajo están vivos.
Siempre muriendo, siempre renovándose, devorados por los peces, atacados por el mar; esa es la vida de un arrecife de coral. Es algo tan vivo como una col o un árbol. Cada tormenta arranca un trozo del arrecife, que el coral vivo reemplaza; se producen heridas en él que realmente granulan y sanan como las heridas del cuerpo humano.
Quizá no haya nada más misterioso en la naturaleza que este hecho de la existencia de una tierra viviente: una tierra que se repara a sí misma, cuando se lesiona, mediante procesos vitales, y que resiste el ataque eterno del mar mediante la fuerza vital, especialmente cuando pensamos en la extensión de algunas de estas islas de laguna o atolones, cuyas existencias son una batalla eterna contra las olas.
A diferencia de la isla de este relato (que es una isla rodeada por un arrecife de barrera de coral que rodea un espacio de mar: la laguna), el arrecife forma la isla. El arrecife puede estar cubierto de árboles, o puede carecer por completo de vegetación importante, o puede estar cubierto de islotes. Algunos islotes pueden existir dentro de la laguna, pero a menudo no es más que un gran lago vacío con fondo de arena y coral, poblado de una vida diferente a la vida del océano exterior, protegido de las olas y reflejando el cielo como un espejo.
Cuando recordamos que el atolón es un ser vivo, un todo orgánico, tan lleno de vida, aunque no tan altamente organizado, como una tortuga, hasta la imaginación más humilde debe quedar impresionada por la inmensidad de una de estas estructuras.
El atolón Vliegen, en el Archipiélago Bajo, medido de borde de laguna a borde de laguna, tiene sesenta millas de largo por veinte de ancho, en su parte más ancha. En el Archipiélago Marshall, Rimsky Korsacoff tiene cincuenta y cuatro millas de largo y veinte de ancho; y Rimsky Korsacoff es un ser vivo, que secreta, excreta y crece, más altamente organizado que los cocoteros que crecen sobre su lomo, o las flores que cubren de polvo los árboles hotoo en sus arboledas.
La historia del coral es la historia de un mundo, y el capítulo más largo de esa historia trata sobre la infinita variedad y forma del coral.
Allí fuera, en el margen del arrecife donde Dick pescaba con lanza, se podría haber visto un liquen de color flor de durazno sobre la roca. Este liquen era una forma de coral. Coral creciendo sobre coral, y en las pozas al borde del oleaje, corales ramificados también del color de la flor de durazno.
A menos de cien metros de donde estaba sentada Emmeline, las pozas contenían corales de todos los colores, desde el rojo lago hasta el blanco puro, y en la laguna detrás de ella, corales de las formas más extrañas y curiosas.
Dick había ensartado varios peces y los había dejado tirados en el arrecife para recogerlos más tarde. Cansado de matar, ahora vagaba examinando los diversos seres vivos con los que se encontraba.
Enormes babosas habitaban el arrecife, babosas del tamaño de chirivías y algo de la misma forma; eran una especie de Bech de mer. Medusas con forma de globo del tamaño de naranjas, grandes huesos de sepia planos, brillantes y blancos, dientes de tiburón, espinas de erizos; a veces un pez escaro muerto, con el estómago distendido por trozos de coral de los que se había estado alimentando; cangrejos, erizos de mar, algas de color y forma extrañas; estrellas de mar, algunas diminutas y del color de la pimienta de cayena, otras enormes y pálidas. Estas y otras mil cosas, hermosas o extrañas, se encontraban en el arrecife.
Dick había dejado su lanza en el suelo y exploraba una poza profunda como una bañera. Había caminado con el agua hasta las rodillas y estaba a punto de adentrarse más cuando fue repentinamente agarrado por el pie. Fue justo como si su tobillo hubiera sido atrapado de repente en un nudo de ballestrinque y la cuerda se hubiera tensado. Gritó de dolor y terror, y, de repente, con saña, un látigo brotó del agua, lo lazó alrededor de la rodilla izquierda, se tensó y lo retuvo.
CAPÍTULO IV
LO QUE OCULTABA LA BELLEZA
Emmeline, sentada sobre la roca de coral, casi se había olvidado de Dick por un momento. El sol se estaba poniendo, y la cálida luz ámbar del atardecer brillaba sobre el arrecife y la poza rocosa. Justo al atardecer y con marea baja, el arrecife ejercía una fascinación peculiar sobre ella. Tenía el olor de la marea baja de las algas expuestas al aire, y el tormento y la inquietud de las olas parecían aliviarse. Ante ella, y a ambos lados, el coral salpicado de espuma brillaba en ámbar y oro, y el gran Pacífico venía espejeando y brillando, silencioso y pacífico, hasta que alcanzaba la orilla y estallaba en canción y rocío.
Aquí, igual que en la cima de la colina al otro lado de la isla, se podía marcar el ritmo de las olas. "Por siempre, y por siempre; por siempre, y por siempre", parecían decir.
El grito de las gaviotas llegaba mezclado con el rocío en la brisa. Rondaban el arrecife como espíritus inquietos, siempre quejándose, nunca en reposo; pero al atardecer su grito parecía más lejano y menos melancólico, quizás porque justo entonces el mundo entero de la isla parecía bañado en el espíritu de la paz.
Se volvió de la perspectiva del mar y miró hacia atrás a través de la laguna hacia la isla. Podía distinguir el amplio claro verde junto al cual se encontraba su casita, y una mancha amarilla, que era la paja del techo de la casa, justo junto al árbol artu, y casi oculto por la sombra del fruto del pan. Sobre los bosques, las frondas de las grandes palmeras cocoteras se mostraban por encima de cualquier otro árbol, recortadas contra el tenue azul oscuro del cielo oriental.
Visto bajo la luz encantada del atardecer, todo el cuadro tenía un aspecto irreal, más hermoso que un sueño. Al amanecer —y Dick a menudo partía hacia el arrecife antes del alba, si la marea lo permitía—, el cuadro era igual de hermoso; quizás más, pues sobre la isla, toda en sombra, y contra las estrellas, se podía ver cómo las copas de las palmeras comenzaban a arder, y luego la luz del día atravesando los árboles verdes y el cielo azul, como un espíritu, a través de la laguna azul, ensanchándose y fortaleciéndose a medida que se extendía, a través de la espuma blanca, hacia el mar, extendiéndose como un abanico, hasta que, de repente, la noche era día, y las gaviotas chillaban y las olas relampagueaban, el viento del amanecer soplaba y las palmeras se doblaban, como solo las palmeras saben hacer. Emmeline siempre se imaginaba sola en la isla con Dick, pero la belleza también estaba allí, y la belleza es una gran compañera.
La joven contemplaba la escena ante ella. La naturaleza en su estado más amistoso parecía decir: "¡Contémplame! Los hombres me llaman cruel; los hombres me han llamado engañosa, incluso traicionera. Yo… ah, bueno, mi respuesta es: '¡Contémplame!'".
La joven contemplaba la especiosa belleza de todo aquello, cuando en la brisa proveniente del mar llegó un grito. Se giró rápidamente. Allí estaba Dick, con el agua por las rodillas en una poza rocosa a cien metros o más de distancia, inmóvil, con los brazos en alto, pidiendo ayuda. Ella se puso en pie de un salto.
Había habido una vez un islote en esta parte del arrecife, una cosa diminuta, que consistía en unas pocas palmeras y un puñado de vegetación, destruido, tal vez, en alguna gran tormenta. Menciono esto porque la existencia de este islote, hace mucho tiempo, fue el medio, indirectamente, de salvar la vida de Dick; pues donde estos islotes han estado o están, ocurren "planicies" en el arrecife formadas de conglomerado de coral.
Emmeline, con los pies descalzos, nunca habría podido llegar a él a tiempo sobre el coral rugoso, pero, afortunadamente, esta superficie plana y comparativamente lisa yacía entre ellos.
—¡Mi lanza! —gritó Dick mientras ella se acercaba.
Al principio, parecía enredado en zarzas; luego, ella pensó que cuerdas se enredaban a su alrededor y lo ataban a algo en el agua; fuera lo que fuera, era algo terrible, horroroso y como una pesadilla. Corrió con la velocidad de Atalanta hacia la roca donde descansaba la lanza, toda roja con la sangre de los peces recién muertos, a un pie de la punta.
Al acercarse a Dick, lanza en mano, vio, jadeando de terror, que las cuerdas estaban vivas, y que parpadeaban y se ondulaban sobre su espalda. Una de ellas le sujetaba el brazo izquierdo al costado, pero el derecho estaba libre.
—¡Rápido! —gritó él.
En un segundo la lanza estuvo en su mano libre, y Emmeline se había arrojado de rodillas y miraba con ojos aterrorizados el agua de la poza de donde surgían las cuerdas. Ella, a pesar de su terror, estaba totalmente preparada para lanzarse al agua y luchar con la cosa, fuera lo que fuera.
Lo que vio fue solo por un segundo. En el agua profunda de la poza, mirando hacia arriba, hacia adelante y directamente a Dick, vio un rostro, lúgubre y terrible. Los ojos eran grandes como platillos, pétreos y firmes; un pico grande, pesado, como el de un loro, colgaba ante los ojos, se movía y oscilaba, y parecía hacer señas. Pero lo que helaba el corazón era la expresión de los ojos, tan pétreos y lúgubres, tan impasibles, tan desprovistos de especulación, pero tan fijos en su propósito y llenos de destino.
Desde muy abajo había subido con la marea creciente. Había estado alimentándose de cangrejos cuando la marea, traicionándolo, bajó, dejándolo atrapado en la poza. Quizás había dormido, y despertó para encontrar a un ser, desnudo e indefenso, invadiendo su poza. Era bastante pequeño, para ser un octópodo, y joven, sin embargo, era lo suficientemente grande y poderoso como para haber ahogado a un buey.
El octópodo solo ha sido descrito una vez, en piedra, por un artista japonés. La estatua aún existe, y es la obra maestra más terrible de la escultura jamás ejecutada por manos humanas. Representa a un hombre que ha estado bañándose en una playa durante la marea baja y ha sido atrapado. El hombre grita en un delirio de terror y amenaza con su brazo libre al espectro que lo tiene en su poder. Los ojos del octópodo están fijos en el hombre: ojos impasibles y lúgubres, pero firmes y fijos.
Otro látigo brotó del agua en una lluvia de espuma y agarró a Dick por el muslo izquierdo. En el mismo instante, él hundió la punta de la lanza a través del ojo derecho del monstruo, profundamente a través del ojo y la carcasa blanda y gelatinosa hasta que la punta de la lanza chirrió y se astilló contra la roca. Al mismo momento, el agua de la poza se volvió negra como la tinta, las bandas a su alrededor se relajaron y él quedó libre.
Emmeline se levantó y lo agarró, sollozando, aferrándose a él y besándolo. Él la estrechó con el brazo izquierdo alrededor de su cuerpo, como para protegerla, pero fue una acción mecánica. No estaba pensando en ella. Loco de rabia, y profiriendo gritos roncos, hundió la lanza rota una y otra vez en las profundidades de la poza, buscando destruir por completo al enemigo que lo había tenido recientemente en su poder. Luego, lentamente, volvió en sí, se secó la frente y miró la lanza rota en su mano.
—¡Bestia! —dijo—. ¿Viste sus ojos? ¿Viste sus ojos? ¡Ojalá tuviera cien ojos y yo cien lanzas para clavárselas!
Ella se aferraba a él, sollozando y riendo histéricamente, y elogiándolo. Uno podría haber pensado que él la había rescatado de la muerte, y no ella a él.
El sol casi se había desvanecido, y él la guio de regreso a donde estaba amarrado el bote, recuperando y poniéndose sus pantalones por el camino. Recogió los peces muertos que había ensartado; y mientras la remaba de regreso a través de la laguna, hablaba y reía, contando los incidentes de la pelea, atribuyéndose toda la gloria del asunto y pareciendo ignorar por completo el papel importante que ella había desempeñado en él.
Esto no era por falta de sensibilidad o gratitud, sino simplemente por el hecho de que durante los últimos cinco años él había sido el principio y el fin de su pequeña comunidad: el amo imperial. Y habría pensado en agradecerle que le pasara la lanza tanto como en agradecerle a su mano derecha por acertar el golpe. Ella estaba completamente contenta, sin buscar ni agradecimientos ni elogios. Todo lo que ella tenía provenía de él: ella era su sombra y su esclava. Él era su sol.
Repasaba la pelea una y otra vez antes de tumbarse a descansar, contándole que había hecho esto y aquello, y lo que le haría a la siguiente bestia de tal calaña. La reiteración era bastante tediosa, o lo habría sido para un oyente ajeno, pero para Emmeline era mejor que Homero. Las mentes de las personas no mejoran en sentido intelectual cuando están aisladas del mundo, aun cuando vivan la vida salvaje y feliz de los salvajes.
Entonces Dick se tumbó sobre los helechos secos y se cubrió con un trozo de la franela a rayas que usaban como manta, y roncó, y parloteó mientras dormía como un perro que caza presas imaginarias, y Emmeline yacía a su lado, desvelada y pensativa. Un nuevo terror había entrado en su vida. Había visto la muerte por segunda vez, pero esta vez activa y en curso.
CAPÍTULO V
EL SONIDO DE UN TAMBOR
Al día siguiente, Dick estaba sentado a la sombra del artu. Tenía la caja de anzuelos a su lado y estaba atando un sedal a uno de ellos. Originalmente había un par de docenas de anzuelos, grandes y pequeños, en la caja; ahora solo quedaban seis: cuatro pequeños y dos grandes. Era uno grande el que estaba fijando al sedal, pues tenía la intención de ir al día siguiente al viejo lugar a buscar unos plátanos, y de paso intentar pescar algo en las partes más profundas de la laguna.
Era tarde, al final de la tarde, y el calor del día había desaparecido. Emmeline, sentada en la hierba frente a él, sostenía el extremo del sedal mientras él desenredaba los nudos, cuando de repente ella levantó la cabeza.
No soplaba ni una pizca de viento; el silencio del lejano oleaje llegaba a través del azul del tiempo —el único sonido audible, salvo, de vez en cuando, un movimiento y un aleteo del pájaro posado en las ramas del artu. De repente, otro sonido se mezcló con la voz del oleaje: un sonido débil y palpitante, como el latir de un tambor lejano.
—¡Escucha! —dijo Emmeline.
Dick hizo una pausa momentánea en su trabajo. Todos los sonidos de la isla le eran familiares: esto era algo completamente extraño.
Débil y lejano, ahora rápido, ahora lento; viniendo de dónde, ¿quién podría decirlo? A veces parecía provenir del mar, a veces, si la imaginación del oyente se inclinaba hacia allí, de los bosques. Mientras escuchaban, un suspiro llegó desde lo alto; la brisa vespertina se había levantado y se movía entre las hojas del árbol artu. Tal como uno podría borrar un dibujo de una pizarra, la brisa desvaneció el sonido. Dick continuó con su trabajo.
A la mañana siguiente, temprano, se embarcó en el bote. Llevó consigo el anzuelo y el sedal, y algo de pescado crudo como cebo. Emmeline le ayudó a empujar la barca y permaneció en la orilla saludando con la mano mientras él rodeaba el pequeño cabo cubierto de cocoteros silvestres.
Estas expediciones de Dick eran una de sus penas. Quedarse sola era espantoso; sin embargo, nunca se quejaba. Vivía en un paraíso, pero algo le decía que detrás de todo ese sol, de todo ese esplendor de mar y cielo azules, detrás de las flores y las hojas, detrás de toda esa apariencia engañosa y afectada de felicidad en la naturaleza, acechaba un ceño fruncido y el dragón de la desgracia.
Dick remó durante aproximadamente una milla, luego guardó los remos y dejó que el bote flotara. El agua aquí era muy profunda; tan profunda que, a pesar de su claridad, el fondo era invisible; la luz del sol sobre el arrecife la atravesaba diagonalmente, llenándola de destellos.
El pescador puso como cebo un trozo del vientre de un scarus y lo bajó fuera de la vista, luego aseguró el sedal a un tolete y, sentado en el fondo del bote, colgó la cabeza por la borda y miró profundamente hacia el agua. A veces no había nada que ver, solo el azul profundo del agua. Luego, una bandada de puntas de flecha centelleantes cruzaba la línea de visión y desaparecía, perseguida por una forma como una barra de oro en movimiento. Entonces un gran pez se materializaba y se quedaba suspendido en la sombra del bote, inmóvil como una piedra, salvo por el movimiento de sus branquias; al momento siguiente, con un giro de la cola, se habría ido.
De repente, el bote se inclinó, y podría haber volcado, de no ser por el hecho de que Dick estaba sentado en el lado opuesto al lado por el que colgaba el sedal. Entonces el bote se enderezó; el sedal se tensó y la superficie de la laguna, a pocas brazas de distancia, hirvió como si fuera agitada desde abajo por una gran vara de plata. Había enganchado un albacora. Ató el extremo del sedal a un remo, desató el sedal del tolete y lanzó el remo por la borda.
Hizo todo esto con una rapidez asombrosa, mientras el sedal aún estaba flojo. Al momento siguiente, el remo corría por la superficie de la laguna, ahora hacia el arrecife, ahora hacia la orilla, ahora plano, ahora de punta. A veces era sacado bajo la superficie por completo; desaparecía por un momento y luego reaparecía. Era algo de lo más asombroso de observar, pues el remo parecía vivo: cruelmente vivo, e imbuido de algún propósito destructivo; como, de hecho, lo estaba. El más venenoso de los seres vivos, y el más inteligente, no podría haber luchado mejor contra el gran pez.
El albacora daba un salto frenético hacia el interior de la laguna, con la esperanza, tal vez, de encontrar en mar abierto una liberación de su enemigo. Luego, medio ahogado por el tirón del remo, se detenía, se lanzaba de un lado a otro con perplejidad y luego daba un salto igualmente frenético hacia la laguna, para ser frenado de la misma manera. Buscando las profundidades más hondas, hundía el remo unas cuantas brazas; y una vez buscó el aire, saltando hacia la luz del sol como una media luna de plata, mientras el chapoteo al caer resonaba entre los árboles que bordeaban la laguna. Pasó una hora antes de que el gran pez mostrara signos de debilitarse.
La lucha había tenido lugar hasta este punto cerca de la orilla, pero ahora el remo nadaba hacia la amplia extensión de agua bañada por el sol, y lentamente comenzó a describir grandes círculos que ondulaban el azul pacífico en pequeñas olas centelleantes. Era un espectáculo melancólico de ver, pues el gran pez había dado una buena pelea, y uno podía verlo, a través del ojo de la imaginación, derrotado, medio ahogado, aturdido y moviéndose como suelen hacer las cosas aturdidas en círculo.
Dick, trabajando con el remo restante en la popa del bote, remó y agarró el remo flotante, subiéndolo a bordo. Palmo a palmo arrastró su captura hacia el bote hasta que la larga y reluciente línea de la cosa apareció tenuemente a la vista.
La lucha había sido escuchada durante millas a través del agua de la laguna por todo tipo de criaturas nadadoras. El señor del lugar se había enterado. Una aleta oscura onduló el agua; y mientras Dick, tirando de su sedal, acercaba su captura, una monstruosa sombra gris tiñó las profundidades, y la franja brillante que era el albacora desapareció como si fuera engullida en una nube. El sedal quedó flojo y Dick izó la cabeza del albacora. Había sido separada del cuerpo como si fuera con un enorme par de tijeras. La sombra gris se deslizó junto al bote, y Dick, loco de rabia, gritó y le mostró el puño; luego, agarrando la cabeza del albacora, de la cual había quitado el anzuelo, la arrojó al monstruo en el agua.
El gran tiburón, con un movimiento de la cola que hizo que el agua girara y el bote se balanceara, se puso de espaldas y engulló la cabeza; luego se hundió lentamente y desapareció, justo como si se hubiera disuelto. Había salido victorioso en este su primer encuentro, tal como fue.
CAPÍTULO VI
VELAS SOBRE EL MAR
Dick guardó el anzuelo y tomó los remos. Tenía tres millas de remo por delante, y la marea estaba subiendo, lo que no lo hacía más fácil. Mientras remaba, hablaba y refunfuñaba para sí mismo. Había estado de mal humor desde hacía algún tiempo: la causa principal, Emmeline.
En los últimos meses ella había cambiado; incluso su rostro había cambiado. Una persona nueva había llegado a la isla, le parecía, y había tomado el lugar de la Emmeline que él había conocido desde la infancia. Esta se veía diferente. No sabía que ella se había vuelto hermosa, solo sabía que se veía diferente; además, había desarrollado nuevas formas que le desagradaban: ella se iba y se bañaba sola, por ejemplo.
Hasta hace unos seis meses, él había estado bastante contento; durmiendo y comiendo, y buscando comida y cocinándola, construyendo y reconstruyendo la casa, explorando los bosques y el arrecife. Pero últimamente un espíritu de inquietud se había apoderado de él; no sabía exactamente qué quería. Tenía la vaga sensación de que quería irse del lugar donde estaba; no de la isla, sino del lugar donde habían plantado su tienda, o mejor dicho, construido su casa.
Puede haber sido el espíritu de la civilización gritando en su interior, hablándole de todo lo que se estaba perdiendo. De las ciudades, y las calles, y las casas, y los negocios, y la lucha por el oro, la lucha por el poder. Puede haber sido simplemente el hombre en él gritando por el Amor, sin saber aún que el Amor estaba a su lado.
El bote se deslizaba a lo largo, bordeando la orilla, pasando por los pequeños claros de helechos y la penumbra catedralicia del árbol del pan; luego, rodeando un promontorio, se abrió la vista de la brecha en el arrecife. Un poco de la arena blanca era visible, pero él no estaba mirando hacia ese lado; estaba mirando hacia el arrecife, a un pequeño punto oscuro, no perceptible a menos que fuera buscado por el ojo. Siempre que venía en estas expediciones, justo aquí, se detenía en sus remos y miraba hacia allá, donde las gaviotas volaban y los rompeolas tronaban.
Hace unos años, el lugar lo llenaba de temor además de curiosidad, pero por la familiaridad y la opacidad que el tiempo proyecta sobre todo, el temor casi había desaparecido, pero la curiosidad permanecía: la curiosidad que hace que un niño observe la matanza de un animal aunque su alma se rebele contra ello. Miró por un momento, luego continuó remando, y el bote se acercó a la playa.
Algo había sucedido en la playa. La arena estaba toda pisoteada y manchada de rojo aquí y allá; en el centro yacían los restos de un gran fuego aún humeante, y justo donde el agua lamía la arena, yacían dos surcos profundos como si dos barcas pesadas hubieran sido varadas allí. Un hombre de los Mares del Sur habría sabido por la forma de los surcos y las pequeñas marcas de los balancines que dos canoas pesadas habían sido varadas allí. Y así era.
El día anterior, a primera hora de la tarde, dos canoas, posiblemente de esa isla lejana que proyectaba una mancha en el horizonte hacia el sur-suroeste, habían entrado en la laguna, una en persecución de la otra.
Lo que sucedió entonces es mejor dejarlo velado. Un tambor de guerra con piel de tiburón había hecho palpitar los bosques; la victoria se celebró durante toda la noche, y al amanecer los vencedores tripularon las dos canoas y zarparon hacia el hogar, o el infierno, del que habían venido. Si hubieras examinado la playa, habrías encontrado que se había trazado una línea a través de ella, más allá de la cual no había huellas: eso significaba que el resto de la isla estaba por alguna razón tabú.
Dick acercó un poco la proa del bote a la arena, luego miró a su alrededor. Recogió una lanza rota que había sido desechada u olvidada; estaba hecha de alguna madera dura y con púas de hierro. En el lado derecho de la playa algo yacía entre los cocoteros. Se acercó; era un montón de despojos; las entrañas de una docena de ovejas parecían arrojadas allí en un solo montículo, sin embargo, no había ovejas en la isla, y las ovejas no suelen ser transportadas en canoas de guerra.
La arena en la playa era elocuente. El pie que persigue y el pie perseguido; la rodilla del caído, y luego la frente y las manos extendidas; el talón del jefe que ha matado a su enemigo, ha aplastado el cuerpo, ha abierto un agujero a través de él por el cual ha metido la cabeza, y que permanece allí vistiendo literalmente a su enemigo como una capa; la cabeza del hombre arrastrado de espaldas para ser masacrado como una oveja: de estas cosas hablaba la arena.
Hasta donde las huellas de arena podían hablar, la historia de la batalla aún se estaba contando; los gritos y los alaridos, el choque de garrotes y lanzas se habían ido, sin embargo, el fantasma de la pelea permanecía.
Si la arena podía guardar tales huellas y contar tales historias, ¿quién dirá que el éter plástico estaba desprovisto de la historia de la pelea y la carnicería?
Fuera como fuese, Dick, mirando a su alrededor, tuvo la sensación estremecedora de haber escapado justo a tiempo del peligro. Quienquiera que hubiera estado, se había ido; podía saberlo por las huellas de las canoas. Se habían ido ya sea al mar, o hacia el tramo derecho de la laguna. Era importante determinar esto.
Subió a la cima de la colina y barrió el mar con sus ojos. Allí, lejos hacia el suroeste, muy lejos en el mar, pudo distinguir las velas marrones de dos canoas. Había algo indescriptiblemente triste y solitario en su apariencia; parecían hojas marchitas —polillas marrones arrastradas al mar— restos del otoño. Entonces, recordando la playa, estas cosas quedaron cargadas de los pensamientos más siniestros para la mente del observador. Se estaban alejando apresuradamente, habiendo hecho su trabajo. Que parecieran solitarias, viejas y tristes, y como hojas marchitas arrastradas a través del mar, solo aumentaba el horror.
Dick nunca había visto canoas antes, pero sabía que estas cosas eran botes de algún tipo que transportaban personas, y que la gente había dejado todas esas huellas en la playa. ¿Cuánto del horror de la cosa se reveló a su inteligencia subconsciente, quién puede decirlo?
Había subido a la roca, y ahora se sentó con las rodillas recogidas y las manos entrelazadas alrededor de ellas. Siempre que venía a este lado de la isla, algo sucedía de naturaleza fatídica o siniestra. La última vez casi había perdido el bote; había varado la pequeña embarcación de tal manera que salió flotando, y la marea estaba justo en el acto de robarla y arrastrarla desde la laguna hacia el mar, cuando él regresó cargado con sus plátanos, y, corriendo hacia el agua hasta la cintura, la salvó. Otra vez se había caído de un árbol, y solo por un milagro escapó de la muerte. Otra vez un huracán se había desatado, azotando la laguna hasta convertirla en nieve, y haciendo que los cocos rebotaran y volaran como pelotas de tenis a través de la playa. Esta vez acababa de escapar de algo, no sabía exactamente qué. Era casi como si la Providencia le estuviera diciendo: "No vengas aquí".
Observó las velas marrones mientras se reducían en el azul azotado por el viento, luego bajó de la cima de la colina y cortó sus plátanos. Cortó cuatro racimos grandes, lo que le obligó a hacer dos viajes al bote. Cuando los plátanos estuvieron estibados, se alejó.
Durante mucho tiempo, una gran curiosidad había estado tirando de sus fibras sensibles: una curiosidad de la que estaba vagamente avergonzado. El miedo le había dado nacimiento, y el Miedo aún se aferraba a ella. Era, quizás, el elemento del miedo y el terrible deleite de desafiar lo desconocido lo que le hacía ceder ante ella.
Había remado, tal vez, cien yardas cuando giró la proa del bote y se dirigió al arrecife. Habían pasado más de cinco años desde aquel día en que remó a través de la laguna, Emmeline sentada en la popa, con su corona de flores en la mano. Podría haber sido solo ayer, pues todo parecía igual. El oleaje atronador y las gaviotas voladoras, la luz del sol cegadora y el olor fresco y salado del mar. La palmera en la entrada de la laguna todavía se inclinaba mirando hacia el agua, y alrededor de la proyección de coral a la que había amarrado el bote por última vez todavía yacía un fragmento de la cuerda que había cortado en su prisa por escapar.
Naves habían entrado en la laguna, tal vez, durante los cinco años, pero nadie había notado nada en el arrecife, pues solo desde la cima de la colina se podía ver una vista completa de lo que había allí, y solo por ojos que sabían dónde mirar. Desde la playa solo era visible una mancha. Podría haber sido, tal vez, un trozo de viejo naufragio arrojado allí por una ola en alguna gran tormenta. Un trozo de viejo naufragio que había sido sacudido de aquí para allá durante años, y al final había encontrado un lugar de descanso.
Dick amarró el bote y pisó el arrecife. Había marea alta igual que antes; la brisa soplaba con fuerza, y sobre su cabeza, un ave fragata, negra como el ébano, con un pico rojo sangre, vino navegando, el viento arqueando sus alas. Dio vueltas en el aire y gritó ferozmente, como si resintiera la presencia del intruso, luego se alejó, se dejó llevar por el viento, por así decirlo, a través de la laguna, viró, giró y salió al mar.
Dick se acercó al lugar que conocía, y allí yacía el pequeño barril viejo, todo deformado por el poderoso sol; las duelas estaban separadas, y los aros estaban oxidados y rotos, y lo que sea que hubiera contenido en cuanto a espíritu y convivencia se había drenado hacía mucho tiempo.
Junto al barril yacía un esqueleto, alrededor del cual había unos pocos harapos de tela. El cráneo había caído hacia un lado, y la mandíbula inferior se había desprendido del cráneo; los huesos de las manos y los pies todavía estaban articulados, y las costillas no se habían hundido. Todo estaba blanco y blanqueado, y el sol brillaba sobre ello tan indiferentemente como sobre el coral, esta cáscara y estructura que alguna vez fue un hombre. No había nada espantoso en ello, sino un mundo entero de maravilla.
Para Dick, que no había sido iniciado en la idea de la muerte, que no había aprendido a asociarla con tumbas y funerales, tristeza, eternidad e infierno, la cosa hablaba como nunca podría haberlo hecho para ti o para mí.
Mirándolo, las cosas se vincularon en su mente: los esqueletos de aves que había encontrado en los bosques, los peces que había matado, incluso los árboles muertos y podridos, incluso las conchas de los cangrejos.
Si le hubieras preguntado qué tenía ante él, y si hubiera podido expresar el pensamiento en su mente, te habría respondido "cambio".
Toda la filosofía del mundo no podría haberle dicho más de lo que sabía justo en ese momento sobre la muerte: él, que ni siquiera conocía su nombre.
Quedó hechizado por la maravilla y el milagro de la cosa y los pensamientos que de repente se agolparon en su mente como una hueste de espectros para los cuales se acababa de abrir una puerta.
Justo como un niño, por una lógica irrefutable, sabe que un fuego que le ha quemado una vez le quemará otra vez, o quemará a otra persona, él supo que tal como estaba la forma ante él, su forma estaría algún día, y la de Emmeline.
Luego vino la vaga pregunta que nace no del cerebro, sino del corazón, y que es la base de todas las religiones: ¿dónde estaré yo entonces? Su mente no era de naturaleza introspectiva, y la pregunta simplemente vagó por ella y se fue. Y aún la maravilla de la cosa lo retenía. Estaba por primera vez en su vida en un ensueño; el cadáver que lo había conmocionado y aterrorizado hace cinco años había sembrado semillas de pensamiento con sus dedos muertos en su mente, el esqueleto las había hecho madurar. El hecho pleno de la muerte universal apareció de repente ante él, y lo reconoció.
Estaba de pie, inmóvil, durante largo rato, y luego, con un profundo suspiro, se volvió hacia el bote y se alejó sin mirar atrás ni una sola vez hacia el arrecife. Cruzó la laguna y remó lentamente hacia casa, manteniéndose al amparo de las sombras de los árboles tanto como le era posible.
Incluso mirándolo desde la orilla, uno podría haber notado una diferencia en él. El salvaje rema su canoa, o mueve los remos de su bote, alerta, mirando a su alrededor, en contacto con la naturaleza en todos los puntos; aunque sea perezoso como un gato y duerma medio día, despierto es todo oídos y ojos, una criatura que reacciona a la más mínima impresión externa.
Dick, mientras remaba de regreso, no miraba a su alrededor: estaba pensando o rememorando. El salvaje que había en él había recibido un freno. Al doblar el pequeño cabo donde resplandecía el coco silvestre, miró por encima del hombro. Una figura estaba de pie sobre el césped, al borde del agua. Era Emmeline.
CAPÍTULO VII
LA GOLETA
Llevaron los plátanos hasta la casa y los colgaron de una rama del artu. Entonces Dick, de rodillas, encendió el fuego para preparar la comida de la tarde. Cuando terminó, bajó hasta donde estaba amarrado el bote y regresó con algo en la mano. Era la jabalina de punta de hierro, o, mejor dicho, los dos trozos de la misma. No le había dicho nada a la muchacha sobre lo que había visto.
Emmeline estaba sentada en la hierba; llevaba una larga tira de la tela de franela a rayas alrededor del cuerpo, a modo de chal, y tenía otro trozo en la mano que estaba doblando. El pájaro saltaba de un lado a otro, picoteando un plátano que le habían lanzado; una ligera brisa hacía que la sombra de las hojas del artu bailara sobre la hierba y que las hojas serradas del árbol del pan repiquetearan unas contra otras con el sonido de gotas de lluvia cayendo sobre el cristal.
—¿De dónde lo has sacado? —preguntó Emmeline, mirando fijamente el trozo de jabalina que Dick había arrojado casi a su lado mientras entraba en la casa a buscar el cuchillo.
—Estaba en la playa, por allí —respondió él, sentándose y examinando los dos fragmentos para ver cómo podía unirlos.
Emmeline miró las piezas, juntándolas en su mente. No le gustaba el aspecto de aquello: tan afilado y salvaje, y manchado de oscuro un pie y más desde la punta.
—Ha habido gente allí —dijo Dick, uniendo los dos trozos y examinando la fractura con espíritu crítico.
—¿Dónde?
—Por allí. Esto estaba tirado en la arena, y la arena estaba toda pisoteada.
—Dick —dijo Emmeline—, ¿quiénes eran esas personas?
—No lo sé; subí a la colina y vi sus botes alejándose, muy lejos hacia afuera. Esto estaba tirado en la arena.
—Dick —dijo Emmeline—, ¿te acuerdas del ruido de ayer?
—Sí —dijo Dick.
—Lo oí por la noche.
—¿Cuándo?
—En la noche, antes de que la luna se ocultara.
—Eran ellos —dijo Dick.
—¡Dick!
—¿Sí?
—¿Quiénes eran?
—No lo sé —respondió Dick.
—Fue en la noche, antes de que la luna se ocultara, y seguía y seguía golpeando en los árboles. Pensé que estaba dormida, y luego supe que estaba despierta; tú estabas dormido, y te empujé para que escucharas, pero no podías despertarte, estabas tan dormido; luego la luna se ocultó y el ruido continuó. ¿Cómo hacían ese ruido?
—No lo sé —respondió Dick—, pero eran ellos; y dejaron esto en la arena, y la arena estaba toda pisoteada, y vi sus botes desde la colina, lejos, muy lejos.
—Creí oír voces —dijo Emmeline—, pero no estaba segura.
Se sumió en la meditación, observando a su compañero trabajar en la cosa salvaje y de aspecto siniestro que tenía entre las manos. Estaba uniendo las dos piezas con una tira de ese material marrón parecido a la tela que envuelve los tallos de las frondas de las palmeras cocoteras. Aquel objeto parecía haber sido arrojado allí desde el azul por una mano invisible.
Cuando hubo unido las piezas, haciéndolo con maravillosa destreza, agarró el objeto por la parte cercana a la punta y comenzó a hundirlo en la tierra blanda para limpiarlo; luego, con un trozo de franela, lo pulió hasta que brilló. Sintió un agudo deleite en ello. Era inútil como lanza de pesca, porque no tenía púa, pero era un arma. Era inútil como arma, porque no había enemigos en la isla contra los cuales usarla; aun así, era un arma.
Cuando terminó de frotarlo, se levantó, se subió los viejos pantalones, ajustó el cinturón de fibra de coco que Emmeline le había hecho, entró en la casa, cogió su lanza de pesca y se dirigió al bote, llamando a Emmeline para que le siguiera. Cruzaron hacia el arrecife, donde, como de costumbre, se despojó de la ropa.
Resultaba extraño que allí fuera anduviera completamente desnudo, y sin embargo en la isla siempre llevara alguna prenda. Pero quizás no tan extraño, después de todo.
El mar es un gran purificador, tanto de la mente como del cuerpo; ante ese gran espíritu dulce, la gente no piensa de la misma manera que piensa tierra adentro. ¿Qué mujer aparecería en un pueblo o en un camino rural, o incluso bañándose en un río, como aparece bañándose en el mar?
Algún instinto hacía que Dick se cubriera en la orilla y se desnudara en el arrecife. En un minuto estaba al borde del oleaje, con la jabalina en una mano y la lanza de pesca en la otra.
Emmeline, junto a una pequeña poza cuyo fondo estaba cubierto de coral ramificado, se sentó a mirar hacia las profundidades, perdida en un ensueño como aquel en el que caemos al contemplar las formas en el fuego. Llevaba un rato sentada así cuando un grito de Dick la despertó. Se puso en pie de un salto y miró hacia donde él señalaba. Algo asombroso estaba allí.
Hacia el este, justo doblando la curva del arrecife, y a apenas un cuarto de milla de distancia, venía una gran goleta de gavia; era una vista hermosa, inclinándose ante la brisa con todas las velas desplegadas, y la espuma blanca como una pluma en su proa.
Dick, con la jabalina en la mano, estaba de pie mirándola; había dejado caer su lanza de pesca y permanecía tan inmóvil como si estuviera tallado en piedra. Emmeline corrió hacia él y se puso a su lado; ninguno de los dos pronunció palabra mientras el navío se acercaba.
Todo era visible, tan cerca estaba ya, desde los rizos en la gran vela mayor, luminosa con la luz del sol y blanca como el ala de una gaviota, hasta la barandilla de las amuradas. Una multitud de hombres se asomaba por las amuradas de babor observando la isla y las figuras en el arrecife. Bronceados por el sol y la brisa marina, con el cabello de Emmeline ondeando al viento y la punta de la jabalina de Dick brillando bajo el sol, parecían una pareja ideal de salvajes, vistos desde la cubierta de la goleta.
—Se van —dijo Emmeline, con un largo suspiro de alivio.
Dick no respondió; miró a la goleta un momento más en silencio y, tras asegurarse de que se alejaba de tierra, comenzó a correr de un lado a otro, llamando a gritos y haciendo señas al navío como para pedirle que regresara.
Un momento después, un sonido llegó con la brisa, un débil grito; una bandera fue izada hasta el tope y bajada como en señal de burla, y el navío continuó su rumbo.
En realidad, había estado a punto de virar. Su capitán había dudado por un momento sobre si las formas en el arrecife eran náufragos o salvajes. Pero la jabalina en la mano de Dick había inclinado la balanza de su opinión a favor de la teoría de que eran salvajes.
CAPÍTULO VIII
EL AMOR INTERVIENE
Dos pájaros estaban posados en las ramas del árbol artu: Koko había encontrado pareja. Habían construido un nido con fibras arrancadas de las envolturas de las frondas de coco, trozos de ramitas y hierba de alambre; cualquier cosa, de hecho; incluso fibras de la techumbre de palma de la casa de abajo. Los hurtos de los pájaros, la construcción de nidos, ¡qué incidentes tan encantadores son en el gran episodio de la primavera!
El espino nunca floreció allí; el clima era el del verano eterno, pero el espíritu de mayo llegaba tal como llega a la campiña inglesa o al bosque alemán. Los quehaceres en las ramas del artu interesaban mucho a Emmeline.
El cortejo y la construcción del nido se llevaron a cabo de la manera habitual, según las reglas establecidas por la Naturaleza y seguidas por hombres y pájaros. Toda clase de sonidos pintorescos se filtraban a través de las hojas desde la rama donde los amantes de color zafiro estaban sentados lado a lado, o desde la horcadura donde el nido empezaba a formarse: arrullos y cloqueos, sonidos como el movimiento de un abanico, sonidos de una riña, seguidos por los sonidos que indicaban que la riña se había arreglado. A veces, tras una de estas riñas, un par de plumas azules y plumosas flotaban hacia la tierra, tocaban las hojas de palma del techo de la casa y se adherían allí, o eran arrastradas por el viento sobre la hierba.
Habían pasado algunos días desde la aparición de la goleta, y Dick se preparaba para ir al bosque a recoger guayabas. Había estado toda la mañana ocupado haciendo una cesta para llevarlas. En la civilización, a juzgar por su talento mecánico, quizás habría sido ingeniero, construyendo puentes y barcos, en lugar de cestas de hoja de palma y casas de caña; ¿quién sabe si habría sido más feliz?
El calor del mediodía había pasado cuando, con la cesta colgada al hombro sobre un trozo de caña, partió hacia el bosque, seguido por Emmeline. El lugar al que iban siempre la llenaba de un vago temor; no por nada del mundo habría ido allí sola. Dick lo había descubierto en uno de sus paseos.
Entraron en el bosque y pasaron junto a un pequeño manantial, un pozo sin fuente ni salida aparente y un fondo de fina arena blanca. Cómo se había formado allí la arena, sería imposible decirlo; pero allí estaba, y alrededor del borde crecían helechos que se duplicaban sobre la superficie del agua cristalina. Dejaron esto a la derecha y se adentraron en el corazón del bosque. El calor del mediodía todavía acechaba aquí; el camino estaba despejado, pues había una especie de sendero entre los árboles, como si, en tiempos muy antiguos, hubiera habido una carretera.
Justo a través de este camino, medio perdido en la sombra, medio iluminado por el sol, las lianas colgaban sus cuerdas. El árbol hotoo, con su polvillo de delicadas flores, se alzaba allí, mostrando su belleza perdida al sol; en la sombra, el hibisco escarlata ardía como una llama. Árboles de artu, del pan y cocoteros bordeaban el camino.
A medida que avanzaban, los árboles se volvían más densos y el sendero más oscuro. De repente, al doblar una curva cerrada, el camino terminaba en un valle alfombrado de helechos. Este era el lugar que siempre llenaba a Emmeline de un temor indefinido. Un lado del mismo estaba construido en terrazas con enormes bloques de piedra. Bloques de piedra tan enormes, que lo sorprendente era cómo los antiguos constructores los habían colocado en su sitio.
Los árboles crecían a lo largo de las terrazas, introduciendo sus raíces entre los intersticios de los bloques. En su base, ligeramente inclinada hacia adelante como por el hundimiento de los años, se alzaba una gran figura de piedra toscamente tallada, de al menos treinta pies de altura; de aspecto misterioso, el espíritu mismo del lugar. Esta figura y las terrazas, el valle mismo e incluso los árboles que crecían allí, inspiraban en Emmeline una profunda curiosidad y un vago miedo.
Gente había estado aquí una vez; a veces podía imaginar que veía sombras oscuras moviéndose entre los árboles, y el susurro del follaje le parecía esconder voces a veces, incluso mientras su sombra ocultaba formas. Era, en efecto, un lugar inquietante para estar sola, incluso bajo la amplia luz del día. A través de todo el Pacífico, a lo largo de miles de millas, se encuentran reliquias del pasado, como estas dispersas por las islas.
Estos lugares de templos son casi todos iguales: grandes terrazas de piedra, ídolos masivos, desolación cubierta de follaje. Sugieren una religión y una época en que el espacio marino del Pacífico era un continente que, hundiéndose lentamente a través de las eras, solo ha dejado visibles sus tierras más altas y cimas de colinas en forma de islas. Alrededor de estos lugares, los bosques son más espesos que en cualquier otra parte, lo que sugiere la presencia allí, antaño, de arboledas sagradas. Los ídolos son inmensos, sus rostros son vagos; las tormentas, los soles y las lluvias de las eras han arrojado sobre ellos un velo. La esfinge es comprensible y un juguete comparada con estas cosas, algunas de las cuales tienen una estatura de cincuenta pies, cuya creación está velada en un misterio absoluto: los dioses de un pueblo perdido para siempre jamás.
El "hombre de piedra" era el nombre que Emmeline le había dado al ídolo del valle; y a veces, por las noches, cuando sus pensamientos se desviaban hacia allí, lo imaginaba de pie, completamente solo bajo la luz de la luna o de las estrellas, mirando fijamente hacia adelante.
Parecía estar escuchando siempre; inconscientemente uno se ponía a escuchar también, y entonces el valle parecía sumido en un silencio sobrenatural. No era bueno estar solo con él.
Emmeline se sentó entre los miedos justo a su base. Cuando uno estaba cerca de él, perdía la sugerencia de vida y era simplemente una gran piedra que proyectaba una sombra al sol.
Dick también se echó a descansar. Luego se levantó y se fue entre los arbustos de guayaba, recogiendo la fruta y llenando su cesta. Desde que había visto la goleta, a los hombres blancos en sus cubiertas, sus grandes mástiles y velas, y su aspecto general de libertad, velocidad y aventura desconocida, había estado más hosco e inquieto de lo habitual. Quizás la relacionaba en su mente con la lejana visión del *Northumberland*, y con la idea de otros lugares y tierras, y el anhelo de cambio que la idea de estos inspiraba.
Regresó con la cesta llena de fruta madura, le dio algo a la muchacha y se sentó a su lado. Cuando ella terminó de comerlas, tomó la caña que él usaba para llevar la cesta y la sostuvo en sus manos. La estaba doblando en forma de arco cuando resbaló, salió disparada y golpeó a su compañero con fuerza en un lado de la cara.
Casi al instante, él se giró y le dio una bofetada en el hombro. Ella lo miró por un momento con turbada sorpresa; un sollozo surgió en su garganta. Entonces algún velo pareció levantarse, alguna varita mágica se extendió, algún misterioso frasco se rompió. Mientras ella lo miraba así, él la estrechó repentina y ferozmente entre sus brazos. La sostuvo así por un momento, aturdido, estupefacto, sin saber qué hacer con ella. Entonces sus labios se lo dijeron, pues se encontraron con los de él en un beso interminable.
CAPÍTULO IX
EL SUEÑO DEL PARAÍSO
La luna se alzó aquella tarde y disparó sus flechas de plata a la casa bajo el árbol artu. La casa estaba vacía. Entonces la luna cruzó el mar y cruzó el arrecife.
Iluminó la laguna hasta su oscuro y sombrío corazón. Iluminó los cerebros de coral y los espacios de arena, y los peces, proyectando sus sombras sobre la arena y el coral. El guardián de la laguna se alzó para saludarla, y su aleta rompió el reflejo de ella sobre la superficie similar a un espejo en mil ondas brillantes. Vio las costillas blancas y fijas de la forma en el arrecife. Luego, asomándose sobre los árboles, miró hacia el valle, donde el gran ídolo de piedra había mantenido su vigilia solitaria durante cinco mil años, quizás, o más.
En su base, bajo su sombra, luciendo como si estuvieran bajo su protección, yacían dos seres humanos, desnudos, abrazados y profundamente dormidos. Difícilmente se podría compadecer su vigilia, si hubiera estado marcada a veces a través de los años por un incidente como este. La cosa se había llevado a cabo tal como los pájaros llevan a cabo sus asuntos amorosos. Un asunto absolutamente natural, absolutamente irreprochable y sin pecado.
Fue un matrimonio según la Naturaleza, sin festín ni invitados, consumado con cínica accidentalidad bajo la sombra de una religión mil años muerta.
Tan felices eran en su ignorancia, que solo sabían que de repente la vida había cambiado, que los cielos y el mar eran más azules, y que se habían convertido de alguna manera mágica en una parte del otro. Los pájaros en el árbol de arriba eran igualmente felices en su ignorancia y en su amor.
PARTE II
CAPÍTULO X
UNA LUNA DE MIEL EN LA ISLA
Un día, Dick trepó al árbol sobre la casa y, espantando a Madame Koko del nido sobre el que estaba sentada, miró dentro. Había varios huevos de color verde pálido en él. No los molestó, sino que volvió a bajar, y el pájaro retomó su lugar como si nada hubiera pasado. Tal suceso habría aterrorizado a un pájaro acostumbrado a los caminos de los hombres, pero aquí los pájaros eran tan intrépidos y estaban tan llenos de confianza que a menudo seguían a Emmeline por el bosque, volando de rama en rama, escudriñándola a través de las hojas, posándose muy cerca de ella; una vez, incluso, en su hombro.
Los días pasaron. Dick había perdido su inquietud: su deseo de vagar se había desvanecido. No tenía ninguna razón para vagar; tal vez esa fuera la razón. En toda la vasta tierra no podría haber encontrado nada más deseable que lo que tenía.
En lugar de encontrar ahora a un salvaje medio desnudo seguido como un perro por su compañera, uno habría encontrado al atardecer a una pareja de amantes vagando por el arrecife. Habían intentado, de una manera patética, adornar la casa con una enredadera de flores azules tomada del bosque y entrenada sobre la entrada.
Emmeline, hasta entonces, se había encargado principalmente de cocinar, tal como era; Dick le ayudaba ahora, siempre. Ya no le hablaba con frases cortas lanzadas como a un perro; y ella, perdiendo casi la extraña reserva que le había acompañado desde la infancia, le mostró a medias su mente. Era una mente curiosa: la mente de una soñadora, casi la mente de una poeta. Los Cluricaunes moraban allí, y formas vagas nacidas de cosas de las que había oído hablar o con las que había soñado: tenía pensamientos sobre el mar y las estrellas, las flores y los pájaros.
Dick la escuchaba mientras ella hablaba, como un hombre podría escuchar el sonido de un riachuelo. Su mente práctica no podía participar en los sueños de su otra mitad, pero su conversación le complacía.
La miraba durante mucho tiempo, absorto en sus pensamientos. La estaba admirando.
Su cabello, azul-negro y brillante, lo enredaba en sus mallas; lo acariciaba, por así decirlo, con sus ojos, y luego la atraía hacia él y hundía su rostro en él; el olor era embriagador. La respiraba como uno hace con el perfume de una rosa.
Sus orejas eran pequeñas, como pequeñas conchas blancas. Él tomaba una entre el dedo índice y el pulgar y jugaba con ella como si fuera un juguete, tirando del lóbulo o intentando aplanar la parte curva. Sus pechos, sus hombros, sus rodillas, sus piececitos, cada parte de ella, él los examinaba, jugaba con ellos y los besaba. Ella se dejaba, pareciendo absorta en algún pensamiento lejano del cual él era el objeto, luego, de repente, sus brazos lo rodeaban. Todo esto solía suceder a plena luz del día, bajo la sombra de las hojas del artu, sin nadie que mirara excepto los pájaros de ojos brillantes en las hojas de arriba.
No todo su tiempo lo pasaban de este modo. Dick estaba igualmente interesado en la pesca. Cavó con una pala —improvisada a partir de una de las tablas del bote— un espacio de tierra blanda cerca del huerto de taro y plantó las semillas de melones que encontró en el bosque; volvió a techar la casa. Estaban, en resumen, tan ocupados como podían estarlo en tal clima, pero el amor los invadía en arrebatos, y entonces todo lo demás quedaba en el olvido. Al igual que uno vuelve a visitar algún lugar para renovar la memoria de una experiencia dolorosa o placentera allí vivida, ellos regresaban al valle del ídolo y pasaban toda una tarde bajo su sombra. La felicidad absoluta de vagar juntos por el bosque, descubrir flores nuevas, perderse y volver a encontrar el camino, era algo que escapaba a toda expresión.
Dick había tropezado de repente con el Amor. Su cortejo apenas había durado unos veinte minutos; ahora se estaba repasando y extendiendo.
Un día, al oír un ruido curioso en el árbol sobre la casa, trepó por él. El ruido provenía del nido, que había sido abandonado temporalmente por la madre. Era un sonido jadeante y sibilante, y procedía de cuatro picos abiertos de par en par, tan ansiosos por ser alimentados que casi se podía ver el interior mismo de las buches de sus dueños. Eran los hijos de Koko. En otro año, cada una de aquellas feas criaturas cubiertas de plumón sería, si se les permitía vivir, un hermoso pájaro de color zafiro con unas pocas plumas de color paloma en la cola, pico de coral y ojos brillantes e inteligentes. Hace unos días, cada uno de estos seres estaba prisionero en un huevo de color verde pálido. Hace un mes, no existían.
Algo golpeó a Dick en la mejilla. Era la madre que regresaba con comida para los pequeños. Dick apartó la cabeza y ella, sin más preámbulos, procedió a llenarles el buche.
CAPÍTULO XI
LA DESAPARICIÓN DE EMMELINE
Pasaron los meses. Solo quedaba un pájaro en las ramas del artu: los hijos y la pareja de Koko habían desaparecido, pero él permanecía. Las hojas del árbol del pan habían pasado del verde al oro pálido y al ámbar más oscuro, y ahora las nuevas hojas verdes se presentaban a la primavera.
Dick, que tenía un mapa completo de la laguna en su cabeza y conocía todos los sondeos y los mejores lugares para pescar, la ubicación del coral urticante y los sitios por donde se podía cruzar caminando durante la marea baja, Dick, una mañana, estaba reuniendo sus cosas para una expedición de pesca. El lugar al que iba quedaba a unos cuatro kilómetros a través de la isla, y como el camino era malo, iría solo.
Emmeline había estado pasando un hilo nuevo a través de las cuentas del collar que a veces usaba. Este collar tenía una historia. En las aguas poco profundas, no muy lejos de allí, Dick había encontrado un lecho de moluscos; al adentrarse caminando con la marea baja, había sacado algunos para examinarlos. Eran ostras. La primera que abrió, tan repugnante le pareció su aspecto, podría haber sido la última, de no ser porque bajo la barba del bicho yacía una perla. Tenía aproximadamente el doble del tamaño de un guisante grande y era tan lustrosa que incluso él no pudo dejar de admirar su belleza, aunque ignoraba por completo su valor.
Arrojó las ostras sin abrir y llevó la pieza a Emmeline. Al día siguiente, regresando por casualidad al mismo punto, encontró las ostras que había tirado, todas muertas y abiertas al sol. Las examinó y encontró otra perla incrustada en una de ellas. Entonces recolectó casi un celemín de ostras y las dejó morir y abrirse. Se le había ocurrido la idea de hacerle un collar a su compañera. Ella tenía uno hecho de conchas; él pretendía hacerle uno de perlas.
Llevó mucho tiempo, pero era algo que hacer. Las perforó con una aguja grande y, al cabo de unos cuatro meses, el trabajo estuvo completo. La mayoría eran perlas grandes: blancas puras, negras, rosadas, algunas perfectamente redondas, otras con forma de lágrima, algunas irregulares. El objeto valía quince o quizás veinte mil libras, pues solo usó las más grandes que pudo encontrar, desechando las pequeñas por inútiles.
Emmeline acababa de terminar esta mañana de ensartarlas de nuevo en un hilo doble. Se veía pálida y nada bien, y había estado inquieta toda la noche.
Mientras él se marchaba, armado con su lanza y sus aparejos de pesca, ella le saludó con la mano sin levantarse. Por lo general, le seguía un poco hacia el bosque cuando él se marchaba así, pero esta mañana simplemente se sentó en el umbral de la casita, con el collar en el regazo, siguiéndolo con la mirada hasta que se perdió entre los árboles.
No tenía brújula para guiarse, y no necesitaba ninguna. Conocía los bosques de memoria. La misteriosa línea más allá de la cual apenas se encontraba un solo árbol de artu. La larga franja de mamey: una franja regular de cien metros de ancho que llegaba desde el centro de la isla hasta la laguna. Los claros, algunos casi circulares, donde los helechos crecían hasta las rodillas. Luego llegó a la parte mala.
La vegetación aquí había estallado en un frenesí. Todo tipo de grandes tallos jugosos de plantas desconocidas bloqueaban el camino y enredaban los pies; y había lugares pantanosos en los que uno se hundía horriblemente. Al detenerse para secarse la frente, los tallos y zarcillos que uno había aplastado o apartado se alzaban y se cerraban, convirtiéndolo a uno en un prisionero casi tan rodeado como una mosca en ámbar.
Todos los mediodías que habían caído jamás sobre la isla parecían haber dejado algo de su calor allí. El aire era húmedo y sofocante como el de una lavandería; y el lúgubre y perpetuo zumbido de los insectos llenaba el silencio sin destruirlo.
Cien hombres con guadañas podrían abrir un camino por ese lugar hoy; un mes o dos después, buscando el camino, no encontrarías ninguno: la vegetación se habría cerrado como el agua cuando se divide.
Este era el dominio de la orquídea jarra, una verdadera jarra, con tapa y todo. Levantando la tapa, encontrarías la jarra medio llena de agua. A veces, en el enredo de arriba, entre dos árboles, verías algo parecido a un pájaro que se había ido a la ruina. Las orquídeas crecían aquí como en un invernadero. Todos los árboles —los pocos que había— tenían un aspecto espectral y miserable. Estaban medio muertos de hambre por el crecimiento voluptuoso de las malezas gigantescas.
Si uno tenía mucha imaginación, sentía miedo en este lugar, pues uno sentía que no estaba solo. En cualquier momento parecía que alguien podía tocarte el codo con una mano que surgiera del enredo circundante. Incluso Dick sentía esto, tan poco imaginativo y valiente como era. Le llevó casi tres cuartos de hora cruzar, y entonces, por fin, llegó el aire bendito del día real y un atisbo de la laguna entre los troncos de los árboles.
Habría remado en el bote, de no ser porque, con la marea baja, las aguas poco profundas del norte de la isla eran un obstáculo para el paso de la embarcación. Por supuesto, podría haber remado todo el camino rodeando la costa y la entrada del arrecife, pero eso habría significado un circuito de diez kilómetros o más. Cuando llegó entre los árboles hasta la orilla de la laguna, eran cerca de las once de la mañana y la marea estaba casi llena.
La laguna justo allí era como una artesa, y el arrecife estaba muy cerca, apenas a cuatrocientos metros de la orilla. El agua no tenía pendiente, caía en picado cien metros o más, y uno podía pescar desde la orilla como desde el extremo de un muelle. Había traído algo de comida y la colocó bajo un árbol mientras preparaba su sedal, que tenía un trozo de coral como plomada. Puso el cebo en el anzuelo y, haciendo girar la plomada en el aire, la envió volando a treinta metros de la orilla. Había un cocotero joven creciendo justo al borde del agua. Ató el extremo del sedal alrededor del tallo estrecho, en caso de eventualidades, y luego, sujetando el sedal mismo, pescó.
Le había prometido a Emmeline regresar antes del atardecer.
Él era un pescador. Es decir, una criatura con la paciencia perdurable de un gato, incansable y ajeno al tiempo como una ostra. Venía aquí por deporte más que por los peces. Se podían encontrar cosas grandes en esta parte de la laguna. La última vez había enganchado un horror con forma de siluro; al menos en apariencia externa era lo más parecido a un siluro del Mississippi. A diferencia del siluro, era tosco e inútil como alimento, pero proporcionaba un buen entretenimiento.
La marea estaba bajando ahora, y era al bajar la marea cuando se conseguía la mejor pesca. No había viento y la laguna yacía como una lámina de vidrio, con solo un pequeño hoyuelo aquí y allá donde la marea saliente creaba un remolino en el agua.
Mientras pescaba, pensaba en Emmeline y en la casita bajo los árboles. Apenas se podría llamar a eso pensar. Pasaban imágenes ante su mente: imágenes felices y placenteras, bañadas por el sol, la luna y las estrellas.
Pasaron tres horas así sin un picotazo ni síntoma de que la laguna contuviera algo más que agua de mar y decepción; pero él no se quejó. Era un pescador. Luego dejó el sedal atado al árbol y se sentó a comer la comida que había traído. Apenas había terminado su comida cuando el cocotero joven se estremeció y entró en convulsión, y no necesitó tocar el sedal tenso para saber que era inútil intentar lidiar con la cosa que estaba al otro extremo. La única opción era dejar que tirara y se ahogara. Así que se sentó y observó.
Después de unos minutos, el sedal se aflojó y el pequeño cocotero reanudó su actitud de meditación pensativa y reposo. Tiró del sedal: no había nada al final más que un anzuelo. No se quejó; puso cebo de nuevo en el anzuelo y lo lanzó, pues era muy probable que el ser feroz que estaba en el agua volviera a morder.
Lleno de esta idea y ajeno al paso del tiempo, pescó y esperó. El sol se hundía en el oeste; él no le prestó atención. Había olvidado por completo que le había prometido a Emmeline regresar antes del atardecer; ya casi era la hora de la puesta de sol. De repente, justo detrás de él, entre los árboles, escuchó su voz, gritando:
“¡Dick!”
CAPÍTULO XII
LA DESAPARICIÓN DE EMMELINE (continuación)
Soltó el sedal y se giró sobresaltado. No había nadie visible. Corrió entre los árboles gritando su nombre, pero solo los ecos le respondieron. Luego regresó al borde de la laguna.
Se sintió seguro de que lo que había oído era solo imaginación, pero casi era el atardecer y era más que hora de irse. Recogió su sedal, lo envolvió, tomó su lanza de pescar y se puso en marcha.
Fue justo en medio del mal lugar donde le sobrevino el miedo. ¿Y si le había pasado algo? Allí estaba oscuro, y nunca las malezas le habían parecido tan espesas, la penumbra tan lúgubre, los zarcillos de las enredaderas tan parecidos a trampas. Entonces perdió el camino... ¡él, que siempre estaba tan seguro de su camino! El instinto del cazador había sido alterado, y por un tiempo vagó de aquí para allá, indefenso como un barco sin brújula. Al fin irrumpió en el bosque real, pero muy a la derecha de donde debería haber estado. Se sintió como una bestia escapada de una trampa y se apresuró, guiado por el sonido del oleaje.
Cuando llegó al césped despejado que conducía a la laguna, el sol acababa de desaparecer tras la línea del mar. Una veta de nube roja flotaba como la pluma de un flamenco en el cielo occidental cerca del mar, y el crepúsculo ya había llenado el mundo. Podía ver la casa débilmente, bajo la sombra de los árboles, y corrió hacia ella, cruzando el césped en diagonal.
Siempre antes, cuando él se había ausentado, lo primero que saludaba a sus ojos al regresar era la figura de Emmeline. Ya fuera en la orilla de la laguna o en la puerta de la casa, la encontraría esperándolo.
Ella no lo esperaba esta noche. Cuando llegó a la casa, ella no estaba, y se detuvo, después de registrar el lugar, presa de la perplejidad más horrible, incapaz por el momento de pensar o actuar.
Desde la conmoción de lo ocurrido en el arrecife, ella había estado sujeta a veces a ataques ocasionales de dolor de cabeza; y cuando el dolor era más de lo que podía soportar, se marchaba y se escondía. Dick la buscaba entre los árboles, gritando su nombre y dando voces. Un tenue “¡aquí!” respondía cuando ella lo oía, y entonces él la encontraba bajo un árbol o arbusto, con su pobre cabeza entre las manos, una imagen de miseria.
Recordó esto ahora y partió a lo largo de los bordes del bosque, llamándola y deteniéndose a escuchar. No hubo respuesta.
Registró entre los árboles hasta el pequeño pozo, despertando los ecos con su voz; luego regresó lentamente, escudriñando a su alrededor en la profunda oscuridad que ahora cedía ante el brillo de las estrellas. Se sentó ante la puerta de la casa y, al mirarlo, uno podría haberlo imaginado en las últimas etapas del agotamiento. El dolor profundo y el agotamiento profundo actúan sobre el cuerpo de manera muy similar. Se sentó con la barbilla descansando sobre el pecho, sus manos inertes. Podía escuchar su voz, todavía tal como la oyó al otro lado de la isla. Ella había estado en peligro y lo había llamado, y él había estado pescando tranquilamente, ajeno a todo.
Este pensamiento lo volvió loco. Se sentó, miró a su alrededor y golpeó el suelo con las palmas de las manos; luego saltó sobre sus pies y se dirigió al bote. Remó hasta el arrecife: la acción de un loco, pues ella no podía estar allí.
No había luna, la luz de las estrellas iluminaba y velaba el mundo, y no había más sonido que el trueno majestuoso de las olas. Mientras estaba de pie, con el viento nocturno soplando en su rostro, la espuma blanca hirviendo ante él y Canopus ardiendo en el gran silencio sobre su cabeza, el hecho de que él estaba en el centro de una indiferencia terrible y profunda llegó a su mente inculta con una punzada.
Regresó a la orilla: la casa seguía desierta. Un pequeño cuenco hecho de la cáscara de un coco estaba sobre la hierba cerca de la entrada. La última vez lo había visto en sus manos, y lo tomó y lo sostuvo por un momento, presionándolo fuertemente contra su pecho. Luego se arrojó frente a la entrada y se quedó tendido boca abajo, con la cabeza apoyada sobre sus brazos en la actitud de una persona que está profundamente dormida.
Debió haber buscado por los bosques de nuevo esa noche como un sonámbulo, pues se encontró cerca del amanecer en el valle ante el ídolo. Entonces fue el amanecer: el mundo estaba lleno de luz y color. Estaba sentado ante la puerta de la casa, agotado y exhausto, cuando, al levantar la cabeza, vio la figura de Emmeline saliendo de entre los árboles distantes al otro lado del césped.
CAPÍTULO XIII
EL RECIÉN LLEGADO
No pudo moverse por un momento, luego saltó sobre sus pies y corrió hacia ella. Ella se veía pálida y aturdida, y sostenía algo en sus brazos; algo envuelto en su pañuelo. Mientras él la estrechaba contra sí, el algo en el bulto luchó contra su pecho y emitió un chillido, justo como el chillido de un gato. Él se echó hacia atrás, y Emmeline, apartando con ternura su pañuelo un poco, dejó al descubierto una carita. Estaba roja como un ladrillo y arrugada; había dos ojos brillantes y un mechón de pelo oscuro sobre la frente. Entonces los ojos se cerraron, la cara se contrajo y el bicho estornudó dos veces.
—¿Dónde lo conseguiste? —preguntó él, absolutamente perdido en el asombro mientras ella cubría la cara de nuevo suavemente con el pañuelo.
—Lo encontré en el bosque —respondió Emmeline.
Mudo de asombro, la ayudó a llegar a la casa, y ella se sentó, descansando la cabeza contra los bambúes de la pared.
—Me sentía muy mal —explicó—; y luego me fui a sentar al bosque, y después no recordé nada más, y cuando desperté, estaba allí.
—¡Es un bebé! —dijo Dick.
—Lo sé —respondió Emmeline.
El bebé de la señora James, visto hace mucho tiempo, había surgido ante los ojos de su mente, un mensajero del pasado para explicar qué era la nueva cosa. Luego ella le contó cosas, cosas que destruyeron por completo la vieja teoría del “repollo”, suplantándola con una verdad mucho más maravillosa, mucho más poética también, para aquel que pueda apreciar la maravilla y el misterio de la vida.
—Tiene algo gracioso atado —continuó, como si se refiriera a un paquete que acababa de recibir.
—Vamos a ver —dijo Dick.
—No —respondió ella—, déjalo tranquilo.
Se sentó acunando la cosa suavemente, pareciendo ajena a todo el mundo y completamente absorta en ella, como, de hecho, lo estaba Dick. Un médico se habría estremecido, pero, quizás afortunadamente, no había ningún médico en la isla. Solo la Naturaleza, y ella arreglaba todo a su propio tiempo y manera.
Cuando Dick hubo estado maravillándose lo suficiente, se puso en marcha y encendió el fuego. No había comido nada desde el día anterior y estaba casi tan exhausto como la chica. Cocinó algo de fruta del pan, quedaba algo de pescado frío del día anterior; esto, junto con algunos plátanos, lo sirvió sobre dos hojas anchas, haciendo que Emmeline comiera primero.
Antes de que hubieran terminado, la criatura en el bulto, como si hubiera olido la comida, comenzó a gritar. Emmeline apartó el pañuelo. Parecía hambrienta; su boca ahora se fruncía y ahora se abría de par en par, sus ojos se abrían y cerraban. La chica lo tocó en los labios con su dedo, y el bebé se agarró a la punta de su dedo y lo succionó. Los ojos de ella se llenaron de lágrimas, miró con súplica a Dick, que estaba de rodillas; él tomó un plátano, lo peló, rompió un trozo y se lo entregó. Ella lo acercó a la boca del bebé. Intentó succionarlo, falló, hizo burbujas al sol y chilló.
—Espera un minuto —dijo Dick.
Había algunos cocos verdes que él había recolectado el día anterior cerca de allí. Tomó uno, quitó la cáscara verde y abrió uno de los ojos, haciendo también una abertura en el lado opuesto de la cáscara. El infortunado infante succionó vorazmente la nuez, llenó su estómago con el jugo de coco tierno, vomitó violentamente y gimió. Emmeline, desesperada, lo estrechó contra su pecho desnudo, del cual, en un momento, él estaba colgado como una sanguijuela. Él sabía más sobre bebés que ellos.
CAPÍTULO XIV
HANNAH
Al mediodía, en las aguas poco profundas del arrecife, bajo el sol abrasador, el agua estaría bastante caliente. Llevaban al bebé hasta allí, y Emmeline lo lavaba con un trozo de franela. Después de unos días, casi nunca gritaba, ni siquiera cuando ella lo lavaba. Se quedaba sobre sus rodillas durante el proceso, golpeando valientemente con sus brazos y piernas, mirando directamente al cielo. Luego, cuando ella lo ponía boca abajo, él apoyaba la cabeza y soltaba una risita y hacía burbujas al coral del arrecife, examinando, aparentemente, el patrón del coral con una atención profunda y filosófica.
Dick se sentaba al lado con las rodillas contra la barbilla, observándolo todo. Se sentía parte propietario del asunto, como de hecho lo era. El misterio del suceso todavía pesaba sobre ambos. Hace una semana, ellos dos habían estado solos, y de repente, de la nada, este nuevo individuo había aparecido.
Era tan completo. Tenía pelo en la cabeza, diminutas uñas y manos que te agarraban. Tenía toda una multitud de pequeñas formas de ser propias, y cada día añadía más.
En una semana, la extrema fealdad del niño recién nacido había desaparecido. Su cara, que parecía tallada en imitación a la de un mono a partir de medio ladrillo, se convirtió en el rostro de un bebé feliz y sano. Parecía ver cosas, y a veces se reía y soltaba risitas como si le hubieran contado un buen chiste. Todo su cabello negro se cayó y fue reemplazado por una especie de vello. No tenía dientes. Se tumbaba boca arriba, daba patadas, arrullaba, se doblaba los puños para intentar tragárselos alternativamente, cruzaba los pies y jugaba con los dedos de sus pies. De hecho, era exactamente igual a cualquiera de los mil y un bebés que nacen en el mundo a cada tic-tac del reloj.
—¿Cómo lo llamaremos? —dijo Dick un día, mientras observaba a su hijo y heredero gatear por la hierba bajo la sombra de las hojas del árbol del pan.
—Hannah —dijo Emmeline rápidamente.
El recuerdo de otro bebé del que había oído hablar estaba en su mente; y era un nombre tan bueno como cualquier otro, quizás, en aquel lugar solitario, a pesar del hecho de que Hannah fuera un niño.
Koko sentía un gran interés por el recién llegado. Saltaba a su alrededor y lo observaba con la cabeza ladeada; y Hannah gateaba detrás del pájaro e intentaba agarrarlo por la cola. En pocos meses, se volvió tan valiente y fuerte que perseguía a su propio padre, gateando delante de él por la hierba, y se podía haber visto a la madre, al padre y al niño jugando todos juntos como tres niños, el pájaro a veces planeando sobre sus cabezas como un buen espíritu, a veces uniéndose a la diversión.
A veces, Emmeline se sentaba a contemplar al niño, con una expresión de preocupación en el rostro y una mirada perdida en los ojos. El viejo miedo vago a la desgracia había regresado: el temor a esa forma invisible que su imaginación medio dibujaba tras la sonrisa del rostro de la Naturaleza. Su felicidad era tan grande que temía perderla.
No hay nada más maravilloso que el nacimiento de un hombre, y todo lo que conlleva para que suceda. Aquí, en esta isla, en el mismo corazón del mar, en medio de la luz del sol y los árboles agitados por el viento, bajo el gran arco azul del cielo, con perfecta pureza de pensamiento, discutían la cuestión de principio a fin sin ruborizarse, mientras el objeto de su discusión gateaba ante ellos por la hierba e intentaba arrancar plumas de la cola de Koko.
Era la soledad del lugar, así como su ignorancia de la vida, lo que hacía que el viejo, viejísimo milagro pareciera tan extraño y fresco; tan hermoso como el milagro de la muerte había parecido terrible. En pensamientos vagos e imposibles de expresar con palabras, vincularon este nuevo suceso con aquel viejo suceso en el arrecife seis años atrás. La desaparición y la llegada de un hombre.
* * * * * *
Hannah, a pesar de su desafortunado nombre, era sin duda un bebé de lo más viril y encantador. El cabello negro que había aparecido y desaparecido como una broma pesada jugada por la Naturaleza, dio paso a un vello al principio tan amarillo como el trigo blanqueado por el sol, pero que en pocos meses se tiñó de color caoba.
Un día —había estado inquieto y mordiéndose los pulgares desde hacía algún tiempo—, Emmeline, al mirar dentro de su boca, vio algo blanco y parecido a un grano de arroz sobresaliendo de su encía. Era un diente recién nacido. Ya podía comer plátanos y fruta del pan, y a menudo lo alimentaban con pescado, un hecho que, de nuevo, podría haber hecho estremecerse a un médico; sin embargo, él prosperaba con todo ello y engordaba cada día más.
Emmeline, con una sabiduría profunda y natural, lo dejaba gatear completamente desnudo, vestido de ozono y luz solar. Llevándolo al arrecife, lo dejaba chapotear en las pozas poco profundas, sosteniéndolo por las axilas mientras él salpicaba el agua, brillante como el diamante, convirtiéndola en espuma con los pies, mientras reía y gritaba.
Ahora estaban empezando a experimentar un fenómeno tan maravilloso como el nacimiento del cuerpo del niño: el nacimiento de su inteligencia; el asomo de una pequeña personalidad con sus propias predilecciones, gustos y aversiones.
Diferenciaba a Dick de Emmeline; y cuando Emmeline satisfacía sus necesidades materiales, él extendía los brazos para ir con Dick si estaba cerca. Consideraba a Koko como a un amigo, pero cuando un amigo de Koko —un pájaro con una mente inquisitiva y tres plumas rojas en la cola— se pasó un día a inspeccionar al recién llegado, él se resintió por la intrusión y gritó.
Tenía pasión por las flores o por cualquier cosa brillante. Se reía y gritaba cuando lo llevaban en el bote por la laguna, e intentaba saltar al agua para alcanzar los corales de brillantes colores que había debajo.
¡Ay de mí! Nos reímos de las madres jóvenes y de todas las cosas milagrosas que nos cuentan sobre sus bebés. Ellas ven lo que nosotros no podemos ver: el primer despliegue de esa flor misteriosa, la mente.
Un día estaban en la laguna. Dick había estado remando; se había detenido y dejaba que el bote derivase un poco. Emmeline estaba haciendo bailar al niño sobre sus rodillas, cuando este extendió de repente los brazos hacia el remero y dijo:
—¡Dick!
La pequeña palabra, tan a menudo escuchada y fácilmente repetida, fue su primera palabra en la tierra.
Una voz que nunca antes había hablado en el mundo, había hablado; y oír su nombre pronunciado así, misteriosamente, por un ser al que ha creado, es la cosa más dulce y quizás la más triste que un hombre pueda conocer jamás.
Dick tomó al niño sobre sus rodillas, y desde ese momento su amor por él fue mayor que su amor por Emmeline o por cualquier otra cosa en la tierra.
CAPÍTULO XV
LA LAGUNA DE FUEGO
Desde la tragedia de hace seis años, se había estado formando en la mente de Emmeline Lestrange algo; ¿debería llamarlo una profunda desconfianza? Nunca había sido inteligente; las lecciones la habían entristecido y cansado, sin hacerla mucho más sabia. Sin embargo, su mente era de ese tipo al que las verdades profundas llegan por atajos. Era intuitiva.
Un gran conocimiento puede acechar en la mente humana sin que su dueño sea consciente. Él o ella actúa de tal o cual manera, o piensa de tal o cual modo por intuición; en otras palabras, como resultado del razonamiento más profundo.
Cuando hemos aprendido a llamar tormentas a las tormentas, muerte a la muerte y nacimiento al nacimiento; cuando hemos dominado el manual del marinero, la ley de los ciclones del Sr. Piddington, la anatomía de Ellis y la obstetricia de Lewer, ya nos hemos quedado medio ciegos. Nos hemos hipnotizado con palabras y nombres. Pensamos en palabras y nombres, no en ideas; lo común ha triunfado, el intelecto verdadero está medio aplastado.
Las tormentas habían estallado sobre la isla antes de esto. Y lo que Emmeline recordaba de ellas podría expresarse con un ejemplo.
La mañana sería brillante y feliz, nunca tan brillante el sol, ni tan suave la brisa, ni tan pacífica la laguna azul; entonces, con una horrible repentinidad, como si estuviera harta de disimular y loca por mostrarse, algo oscurecía el sol y, con un grito, extendía una mano y devastaba la isla, batía la laguna hasta convertirla en espuma, derribaba los cocoteros y mataba a los pájaros. Y un pájaro quedaba y otro era tomado, un árbol era destruido y otro permanecía en pie. La furia de aquello era menos temible que su ceguera, y su indiferencia.
Una noche, cuando el niño estaba dormido, justo después de que se encendiera la última estrella, Dick apareció en la puerta de la casa. Había estado en la orilla del agua y ahora había regresado. Hizo señas a Emmeline para que le siguiera y, dejando al niño, ella lo hizo.
—Ven aquí y mira —dijo él.
Él abrió camino hacia el agua; y a medida que se acercaban, Emmeline se dio cuenta de que había algo extraño en la laguna. Desde la distancia parecía pálida y sólida; podría haber sido una gran extensión de mármol gris veteado de negro. Luego, al acercarse, vio que la apariencia gris mate era un engaño de la vista.
La laguna estaba encendida y ardiendo.
El fuego fosfórico estaba en su mismo corazón y ser; cada rama de coral era una antorcha, cada pez una linterna pasajera. La marea entrante al mover las aguas hacía que todo el brillante suelo de la laguna se moviera y temblara, y que las diminutas olas lamieran la orilla, dejando tras de sí rastros de luciérnaga.
—¡Mira! —dijo Dick.
Se arrodilló y sumergió el antebrazo en el agua. La parte sumergida ardía como una antorcha humeante. Emmeline podía verla tan claramente como si estuviera iluminada por la luz del sol. Luego sacó el brazo y, hasta donde había llegado el agua, estaba cubierto por un guante brillante.
Ya habían visto la fosforescencia de la laguna antes; de hecho, cualquier noche se podía observar a los peces pasar como barras de plata, cuando no había luna; pero esto era algo completamente nuevo, y era fascinante.
Emmeline se arrodilló y chapoteó con las manos, se hizo un par de guantes fosfóricos, gritó de placer y rió. Era todo el placer de jugar con fuego sin el peligro de quemarse. Luego, Dick se frotó la cara con el agua hasta que brilló.
—¡Espera! —gritó; y, corriendo hacia la casa, trajo a Hannah.
Corrió con él hasta la orilla del agua, le dio el niño a Emmeline, desató el bote y se alejó de la costa.
Los remos, en la parte que estaban sumergidos, eran como barras de plata reluciente; bajo ellos pasaban los peces, dejando colas de cometa; cada grupo de coral era una lámpara, prestando su brillo hasta que la gran laguna estuvo luminosa como un salón de baile iluminado. Incluso el niño en el regazo de Emmeline arrullaba y gritaba ante la extrañeza de la vista.
Desembarcaron en el arrecife y vagaron por la superficie plana. El mar estaba blanco y brillante como la nieve, y la espuma parecía un seto de fuego.
Mientras estaban allí contemplando esta visión extraordinaria, de repente, casi tan instantáneamente como el apagado de una luz eléctrica, la fosforescencia del mar parpadeó y desapareció.
La luna estaba saliendo. Su cresta apenas asomaba del agua, y a medida que su cara aparecía lentamente a la vista detrás de un cinturón de vapor que yacía en el horizonte, parecía feroz y roja, manchada de humo como la cara de Eblis.
CAPÍTULO XVI
EL CICLÓN
Cuando despertaron a la mañana siguiente, el día estaba oscuro. Un techo sólido de nubes, color plomo y sin una sola ondulación, se extendía sobre el cielo, casi hasta el horizonte. No había ni un soplo de viento, y los pájaros volaban salvajemente como si estuvieran perturbados por algún enemigo invisible en el bosque.
Mientras Dick encendía el fuego para preparar el desayuno, Emmeline caminaba de un lado a otro, sosteniendo a su bebé contra el pecho; se sentía inquieta y nerviosa.
A medida que avanzaba la mañana, la oscuridad aumentaba; una brisa se levantó y las hojas de los árboles del pan repiqueteaban juntas con el sonido de la lluvia cayendo sobre el cristal. Se acercaba una tormenta, pero había algo diferente en su enfoque con respecto al enfoque de las tormentas que ya conocían.
A medida que la brisa aumentaba, un sonido llenó el aire, proveniente de muy lejos, más allá del horizonte. Era como el sonido de una gran multitud de personas, y sin embargo era tan débil y vago que las ráfagas repentinas de la brisa a través de las hojas de arriba lo ahogaban por completo. Luego cesó, y no se pudo oír nada más que el balanceo de las ramas y el agitar de las hojas bajo el viento creciente, que ahora soplaba con fuerza, ferocidad y un impulso constante directamente desde el oeste, irritando la laguna y lanzando nubes y masas de espuma justo sobre el arrecife. El cielo que había estado tan plomizo y pacífico y como un techo sólido estaba ahora todo con prisas, fluyendo hacia el este como un gran río turbulento en crecida.
Y ahora, de nuevo, uno podía oír el sonido en la distancia: el trueno de los capitanes de la tormenta y los gritos; pero aún tan débil, tan vago, tan indeterminado e irreal que parecía como el sonido en un sueño.
Emmeline se sentó en medio de los helechos en el suelo, intimidada y muda, sosteniendo al bebé contra su pecho. Estaba profundamente dormido. Dick estaba de pie en la puerta. Estaba perturbado, pero no lo demostraba.
Todo el hermoso mundo isleño había tomado ahora el color de las cenizas y el color del plomo. La belleza se había desvanecido por completo, todo parecía tristeza y angustia.
Los cocoteros, bajo el viento que había perdido su impulso constante y ahora soplaba en ráfagas de huracán, se lanzaban en todas las actitudes de angustia; y cualquiera que haya visto una tormenta tropical sabrá lo que un cocotero puede expresar con sus movimientos bajo el azote del viento.
Afortunadamente, la casa estaba situada de tal manera que estaba protegida por toda la profundidad del bosque entre ella y la laguna; y afortunadamente también, estaba resguardada por el denso follaje del árbol del pan, porque de repente, con un trueno como si el martillo de Thor hubiera sido lanzado desde el cielo a la tierra, las nubes se partieron y la lluvia cayó en una gran ola oblicua. Rugió sobre el follaje de arriba, que, doblando hoja sobre hoja, formó un techo inclinado desde el cual se precipitaba en una cascada constante en forma de sábana.
Dick se había precipitado dentro de la casa y ahora estaba sentado junto a Emmeline, que temblaba y sostenía al niño, el cual se había despertado con el sonido del trueno.
Durante una hora estuvieron sentados, mientras la lluvia cesaba y volvía, el trueno sacudía la tierra y el mar, y el viento pasaba por encima con un grito penetrante y monótono.
Entonces, de repente, el viento cayó, la lluvia cesó y una luz pálida y espectral, como la luz del amanecer, cayó frente a la puerta.
—¡Se acabó! —gritó Dick, preparándose para levantarse.
—¡Oh, escucha! —dijo Emmeline, aferrándose a él y sosteniendo al bebé contra su pecho como si el contacto con él pudiera darle protección. Había adivinado que algo peor que una tormenta se acercaba.
Entonces, escuchando en el silencio, lejos, al otro lado de la isla, oyeron un sonido como el zumbido de una gran peonza.
Era el centro del ciclón acercándose.
Un ciclón es una tormenta circular: una tormenta en forma de anillo. Este anillo de huracán viaja a través del océano con una velocidad y furia inconcebibles, sin embargo, su centro es un remanso de paz.
Mientras escuchaban, el sonido aumentó, se agudizó y se convirtió en un tañido que perforaba los tímpanos: un sonido que vibraba con urgencia y velocidad, aumentando, trayendo consigo el estallido y el choque de los árboles, y rompiendo finalmente sobre sus cabezas en un grito que aturdía el cerebro como el golpe de una porra. En un segundo, la casa fue arrancada y ellos se aferraban a las raíces del árbol del pan, sordos, cegados, medio sin vida.
El terror y el impacto prolongado de aquello los redujeron de seres pensantes al nivel de animales asustados cuyo único instinto es la preservación.
Cuánto tiempo duró el horror no pudieron saberlo, cuando, como un loco que se detiene un momento en medio de sus luchas y se queda inmóvil, el viento dejó de soplar y hubo paz. El centro del ciclón estaba pasando sobre la isla.
Mirando hacia arriba, uno veía una vista maravillosa. El aire estaba lleno de pájaros, mariposas, insectos, todos suspendidos en el corazón de la tormenta y viajando con ella bajo su protección.
Aunque el aire estaba tan quieto como el aire de un día de verano, desde el norte, el sur, el este y el oeste, desde todos los puntos de la brújula, venía el grito del huracán.
Había algo impactante en esto.
En una tormenta uno es tan golpeado por el viento que no tiene tiempo de pensar: uno está medio estupefacto. Pero en el centro muerto de un ciclón uno está en perfecta paz. El problema está por todas partes, pero no aquí. Uno tiene tiempo para examinar la cosa como a un tigre en una jaula, escuchar su voz y estremecerse ante su ferocidad.
La joven, sosteniendo al bebé contra su pecho, se sentó jadeando. Al bebé no le había pasado nada; al principio había llorado cuando estalló el trueno, pero ahora parecía impasible, casi aturdido. Dick salió de debajo del árbol y miró al prodigio en el aire.
El ciclón había recogido en su camino aves marinas y pájaros de la tierra; había gaviotas, pájaros fragata de un blanco eléctrico y negro, mariposas, y todos parecían estar aprisionados bajo una gran cúpula de cristal a la deriva. Mientras iban, viajando como cosas sin voluntad y en un sueño, con un zumbido y un rugido, el cuadrante suroeste del ciclón irrumpió en la isla, y todo el amargo asunto comenzó de nuevo.
Duró horas, luego hacia la medianoche el viento cayó; y cuando salió el sol a la mañana siguiente, lo hizo a través de un cielo despejado, sin un rastro de disculpa por la destrucción causada por sus hijos, los vientos. Mostró árboles arrancados de raíz y pájaros muertos, tres o cuatro cañas que quedaban de lo que alguna vez había sido una casa, la laguna del color de un zafiro pálido, y un mar verde cristalino, coronado de espuma, corriendo en truenos contra el arrecife.
CAPÍTULO XVII
LOS BOSQUES AZOTADOS
Al principio pensaron que estaban arruinados; luego Dick, buscando, encontró la vieja sierra debajo de un árbol, y el cuchillo de carnicero cerca de ella, como si el cuchillo y la sierra hubieran estado tratando de escapar juntos y hubieran fracasado.
Poco a poco comenzaron a recuperar algo de su propiedad dispersa. Los restos de la franela habían sido tomados por el ciclón y envueltos alrededor de un delgado cocotero, hasta que el tronco parecía una pierna vendada alegremente. La caja de anzuelos había sido encajada en el centro de una fruta del pan cocida, habiendo sido recogidas ambas por los dedos del viento y arrojadas contra el mismo árbol; y la vela de estay del Shenandoah estaba en el arrecife, con un trozo de coral cuidadosamente colocado sobre ella como para mantenerla sujeta. En cuanto a la vela al tercio perteneciente al bote, nunca se volvió a ver.
Hay humor a veces en un ciclón, si solo puedes apreciarlo; ninguna otra forma de perturbación atmosférica produce efectos tan pintorescos. Además del gran remolino principal de viento, hay remolinos subsidiarios, cada uno impulsado por su propio duende especial.
Emmeline había sentido que Hannah casi era arrebatada de sus brazos dos veces por estos pequeños vientos feroces en forma de barrena; y que todo el asunto de la gran tormenta fue planeado con el objetivo de arrebatarle a Hannah y llevárselo mar adentro, era una creencia que ella sostenía, tal vez, en los rincones más profundos de su mente.
El bote habría sido destruido por completo, de no haber zozobrado y haberse hundido en aguas poco profundas al primer embate del viento; como fue, Dick pudo achicarlo en la siguiente marea baja, cuando flotó tan valientemente como siempre, sin haber abierto una sola costura.
Pero la destrucción en medio de los árboles era lamentable. Mirando los bosques como un conjunto, uno notaba brechas aquí y allá, pero lo que realmente había sucedido no podía verse hasta que uno estaba entre los árboles. Grandes y hermosos cocoteros, no muertos, sino simplemente muriendo, yacían aplastados y rotos como si hubieran sido pisoteados por algún pie enorme. Uno se encontraba con media docena de lianas retorcidas en un gran cable. Donde había cocoteros, no podías moverte ni un metro sin tropezar contra un coco caído; podías haber recogido nueces adultas, medio crecidas y pequeñísimas, no más grandes que manzanas pequeñas, pues en el mismo árbol puedes encontrar nueces de todos los tamaños y condiciones.
Uno nunca ve un cocotero de tallo perfectamente recto; todos tienen una inclinación respecto a la perpendicular más o menos; tal vez por eso un ciclón tiene más efecto en ellos que en otros árboles.
Los árboles, alguna vez una estampa tan bonita con sus troncos a cuadros de diamante, yacían rotos y arruinados; y justo a través del cinturón de manzanos mammea, justo a través de las tierras baldías, yacía un camino ancho, como si un ejército, de caballería, infantería y artillería, hubiera pasado por allí de un extremo a otro de la laguna. Este era el camino dejado por la gran planta del pie de la tormenta; pero si hubieras buscado en los bosques a ambos lados, habrías encontrado caminos donde los vientos menores habían estado trabajando, donde los torbellinos bebés habían estado jugando.
Desde los bosques magullados, como un incienso ofrecido al cielo, se elevaba un perfume de flores recogidas y esparcidas, de hojas mojadas por la lluvia, de lianas retorcidas y rotas que rezumaban su savia; el perfume de los árboles recién destrozados y arruinados: la esencia y el alma del artu, el baniano y la palmera cocotera arrojados al viento.
Habrías encontrado mariposas muertas en el bosque, y también pájaros muertos; pero en el gran sendero de la tormenta habrías encontrado alas de mariposa muertas, plumas, hojas deshilachadas como si fuera por dedos, ramas del aoa y tallos de hibisco rotos en pequeños fragmentos.
Lo suficientemente poderoso como para abrir un barco de par en par, arrancar un árbol de raíz, arruinar a medias una ciudad. Lo suficientemente delicado como para arrancar una ala de mariposa de otra; eso es un ciclón.
Emmeline, vagando por el bosque con Dick el día después de la tormenta, mirando la ruina del gran árbol y el pequeño pájaro, y recordando a las aves terrestres que había vislumbrado ayer siendo arrastradas a salvo por la tormenta hacia el mar para ahogarse, sintió que un gran peso se levantaba de su corazón. La desgracia había llegado, y les había perdonado a ellos y al bebé. El azul había hablado, pero no los había llamado.
Sintió que algo —ese algo que en la civilización llamamos Destino— estaba por el momento saciado; y, sin llegar a aniquilarse, su incesante miedo hipocondríaco se condensó en un punto, dejando su horizonte iluminado y despejado.
El ciclón, de hecho, los había tratado casi, podría decirse, con amabilidad. Se había llevado la casa, pero eso era un asunto menor, pues les había dejado casi todas sus pequeñas posesiones. El yesquero, el pedernal y el eslabón habrían sido una pérdida mucho más grave que una docena de casas, pues, sin ellos, no habrían tenido absolutamente ningún medio para hacer fuego.
Si acaso, el ciclón había sido casi demasiado amable con ellos; les había dejado pagar muy poco de esa misteriosa deuda que debían a los dioses.
CAPÍTULO XVIII
UN ÍDOLO CAÍDO
Al día siguiente, Dick comenzó a reconstruir la casa. Había traído la vela de estay desde el arrecife y montó una tienda provisional.
Fue una gran tarea cortar las cañas y arrastrarlas al descampado. Emmeline ayudó; mientras Hannah, sentada sobre la hierba, jugaba con el pájaro que había desaparecido durante la tormenta, pero que reapareció la tarde siguiente.
El niño y el pájaro se habían hecho amigos rápidamente; ya eran bastante amistosos al principio, pero ahora el pájaro a veces dejaba que las diminutas manos lo rodearan completamente con su cuerpo; al menos, hasta donde las manos alcanzaban.
Es una experiencia poco común para un hombre sostener un pájaro manso, que no lucha ni se asusta, entre sus manos; después de estrechar a una mujer entre sus brazos, es quizás la sensación táctil más placentera que experimentará jamás en la vida. Sentirá el deseo de apretarlo contra su corazón, si es que tiene tal cosa.
Hannah apretaba a Koko contra su pequeño estómago moreno, como en una ingenua admisión de dónde residía su corazón.
Era un niño extraordinariamente brillante e inteligente. No prometía ser hablador, pues, tras haber logrado pronunciar la palabra «Dick», permaneció contento durante mucho tiempo antes de avanzar más en el laberinto del lenguaje; pero aunque no usaba su lengua, hablaba de muchas otras formas. Con sus ojos, que eran tan brillantes como los de Koko y estaban llenos de toda clase de travesuras; con sus manos, sus pies y los movimientos de su cuerpo. Tenía una forma de agitar las manos frente a él cuando estaba muy encantado, una manera de expresar casi todos los matices del placer; y aunque rara vez expresaba ira, cuando lo hacía, la expresaba por completo.
Justo ahora estaba cruzando la frontera hacia el mundo de los juguetes. En la civilización, sin duda habría sido el poseedor de un perro de goma o un cordero de lana, pero aquí no había juguetes en absoluto. La vieja muñeca de Emmeline se había quedado atrás cuando huyeron del otro lado de la isla, y Dick, hace un año o así, en una de sus expediciones, la había encontrado medio enterrada en la arena de la playa.
La había traído de vuelta más como una curiosidad que como otra cosa, y la habían guardado en el estante de la casa. El ciclón la había empalado en una rama de árbol cercana, como si fuera en burla; y Hannah, cuando se la presentaron como juguete, la arrojó lejos de sí como si fuera con disgusto. Pero jugaba con flores, conchas brillantes o trozos de coral, haciendo patrones vagos con ellos sobre el césped.
Todos los corderos de juguete del mundo no le habrían complacido más que esas cosas, los juguetes de los niños trogloditas, los niños de la Edad de Piedra. Hacer chocar dos conchas de ostra y hacer ruido; después de todo, ¿qué podría desear un bebé más que eso?
Una tarde, cuando la casa comenzaba a tomar cierta forma, dejaron de trabajar y se fueron al bosque; Emmeline cargaba con el bebé y Dick se turnaba con él. Iban al valle del ídolo.
Desde la llegada de Hannah, e incluso antes, la figura de piedra que permanecía en su terrible y misteriosa soledad había dejado de ser un objeto de miedo para Emmeline, y se había convertido en algo vagamente benevolente. El amor había llegado a ella bajo su sombra; y bajo su sombra el espíritu del niño había entrado en ella; ¿de dónde?, ¿quién sabe? Pero ciertamente a través del cielo.
Quizás aquello que había sido el dios de algún pueblo desconocido le había inspirado el instinto de la religión; si era así, ella era su última adoradora en la tierra, pues cuando entraron en el valle lo encontraron yaciendo sobre su rostro. Grandes bloques de piedra yacían a su alrededor: evidentemente había habido un deslizamiento de tierra, una catástrofe preparándose durante siglos, y determinada, tal vez, por la lluvia torrencial del ciclón.
En Ponapé, en Huahine, en la Isla de Pascua, se pueden ver grandes ídolos que han sido derribados así, templos disolviéndose lentamente de la vista, y terrazas, aparentemente tan sólidas como las colinas, convirtiéndose suave y sutilmente en montículos de piedra sin forma.
CAPÍTULO XIX
LA EXPEDICIÓN
A la mañana siguiente, la luz del día filtrándose a través de los árboles despertó a Emmeline en la tienda que habían improvisado mientras se construía la casa. El amanecer llegaba más tarde aquí que en el otro lado de la isla que daba al este; más tarde, y de una manera diferente, pues hay la diferencia de mundos entre un amanecer sobre una colina boscosa y un amanecer sobre el mar.
Al otro lado, sentado en la arena con la rotura del arrecife que daba al este frente a ti, apenas cambiaba de color el este antes de que la línea del mar estuviera en llamas, el cielo se iluminara en un vacío ilimitado de azul y la luz del sol inundara la laguna, pareciendo que los rizos de luz perseguían a los rizos de agua.
En este lado era diferente. El cielo estaba oscuro y lleno de estrellas, y los bosques, grandes espacios de sombra aterciopelada. Luego, a través de las hojas del artu venía un suspiro, las hojas del árbol del pan repiqueteaban y el sonido del arrecife se volvía tenue. La brisa terrestre se había despertado, y al poco tiempo, como si los hubiera arrastrado, al mirar hacia arriba, encontrarías que las estrellas habían desaparecido y el cielo era un velo de azul pálido. En esta aproximación indirecta del amanecer había algo inefablemente misterioso. Uno podía ver, pero las cosas vistas eran indecisas y vagas, tal como lo son en el crepúsculo de un día de verano inglés.
Apenas se había levantado Emmeline cuando Dick se despertó también, y salieron al césped, y luego a la orilla del agua. Dick se metió a nadar, y la joven, sosteniendo al bebé, permaneció en la orilla observándolo.
Siempre después de una gran tormenta, el clima de la isla se volvía más vigorizante y estimulante, y esta mañana el aire parecía lleno del espíritu de la primavera. Emmeline lo sintió, y mientras observaba al nadador retozar en el agua, se rio y levantó al niño para que lo viera. Estaba fascinada. La brisa, llena de toda clase de dulces perfumes del bosque, soplaba su cabello negro sobre sus hombros, y la luz plena de la mañana que venía sobre las frondas de palma del bosque más allá del césped los tocaba a ella y al niño. La naturaleza parecía acariciarlos.
Dick llegó a la orilla y luego corrió para secarse con el viento. Luego fue al bote auxiliar y lo examinó; pues había decidido dejar la construcción de la casa por medio día y remar hasta el viejo lugar para ver cómo les había ido a los bananos durante la tormenta. Su ansiedad por ellos no era de extrañar. La isla era su despensa, y los plátanos eran un artículo de comida muy valioso. Tenía todos los sentimientos de un ama de llaves cuidadosa al respecto, y no podía descansar hasta haber visto por sí mismo la extensión del daño, si es que había alguno.
Examinó el bote y luego todos regresaron a desayunar. Viviendo sus vidas, tenían que usar la previsión. Guardaban, por ejemplo, todas las cáscaras de los cocos que usaban como combustible; y uno nunca podría imaginar el esplendor llameante que vive en la cáscara de un coco hasta que lo ves arder. Ayer, Dick, con su prudencia habitual, había colocado un montón de ramas, todas mojadas por la lluvia de la tormenta, para que se secaran al sol: como consecuencia, tenían mucho combustible para hacer fuego esta mañana.
Cuando terminaron de desayunar, tomó el cuchillo para cortar los plátanos, si es que quedaba alguno por cortar, y, tomando la jabalina, bajó al bote, seguido por Emmeline y el niño.
Dick se había subido al bote y estaba a punto de desatarlo y empujarlo, cuando Emmeline lo detuvo.
—¡Dick!
—¿Sí?
—Iré contigo.
—¡Tú! —dijo él con asombro.
—Sí, ya no... ya no tengo miedo.
Era un hecho; desde la llegada del niño había perdido ese miedo al otro lado de la isla, o casi lo había perdido.
La muerte es una gran oscuridad, el nacimiento es una gran luz; se habían mezclado en su mente; la oscuridad todavía estaba allí, pero ya no era terrible para ella, pues estaba infundida con la luz. El resultado era un crepúsculo triste, pero hermoso, y despoblado de formas de miedo.
Hace años, había visto una puerta misteriosa cerrarse y excluir a un ser humano para siempre del mundo. La visión la había llenado de un miedo inimaginable, pues no tenía palabras para tal cosa, ninguna religión o filosofía para explicarlo o disimularlo. Recientemente, había visto una puerta igualmente misteriosa abrirse y admitir a un ser humano; y en lo profundo de su mente, en el lugar donde estaban los sueños, el gran hecho había explicado y justificado al otro. La vida se había desvanecido en el vacío, pero la vida había venido de allí. Había vida en el vacío, y ya no era terrible.
Quizás todas las religiones nacieron un día en que alguna mujer, sentada sobre una roca junto al mar prehistórico, miró a su hijo recién nacido y recordó a su hombre que había sido asesinado, cerrando así el hechizo y aprisionando la idea de un estado futuro.
Emmeline, con el niño en brazos, subió al pequeño bote y tomó asiento en la popa, mientras Dick lo empujaba. Apenas había sacado los remos cuando llegó un nuevo pasajero. Era Koko. A menudo los acompañaba hasta el arrecife, aunque, curiosamente, nunca iría allí solo por voluntad propia. Dio un círculo o dos sobre ellos y luego se posó en la borda de proa, y se quedó allí, encorvado, con sus largas plumas de cola color paloma presentadas al agua.
El remero se mantuvo cerca de la orilla, y mientras rodeaban el pequeño cabo, todo alegre con cocoteros silvestres, los arbustos rozaban el bote, y el niño, emocionado por su color, extendía las manos hacia ellos. Emmeline extendió la mano y cortó una rama; pero no era una rama de cocotero silvestre lo que había arrancado, era una rama de las bayas del "nunca-despiertes". Las bayas que causan que un hombre duerma si las come; que duerma, sueñe y nunca más despierte.
—¡Tíralas! —gritó Dick, que lo recordaba.
—Lo haré en un minuto —respondió ella.
Las sostenía frente al niño, que se reía e intentaba agarrarlas. Luego se olvidó de ellas y las dejó caer en el fondo del bote, pues algo había golpeado la quilla con un golpe sordo, y el agua hervía a su alrededor.
Había una lucha salvaje ocurriendo debajo. En la temporada de cría, a veces ocurrían grandes batallas en la laguna, pues los peces tienen sus celos igual que los hombres, aventuras amorosas, amistades. Las dos grandes formas podían percibirse vagamente, una en persecución de la otra, y aterrorizaron a Emmeline, quien suplicó a Dick que remara.
Se deslizaron por las orillas placenteras que Emmeline nunca había visto antes, pues estaba profundamente dormida cuando pasaron por ellas hace años.
Justo antes de partir, había mirado hacia atrás, a los inicios de la pequeña casa bajo el árbol artu, y al mirar los extraños claros y arboledas, la imagen se alzó ante ella y pareció llamarla de vuelta.
Era una posesión diminuta, pero era su hogar; y estaba tan poco acostumbrada al cambio que ya la invadía una especie de nostalgia; pero pasó casi tan pronto como llegó, y se puso a maravillarse con las cosas que la rodeaban, señalándoselas al niño.
Cuando llegaron al lugar donde Dick había enganchado al albacora, dejó de remar y le contó sobre ello. Era la primera vez que ella oía hablar de eso; un hecho que muestra en qué estado de salvajismo él había estado cayendo. Había mencionado algo sobre las canoas, pues tenía que dar explicaciones por la jabalina; pero en cuanto a contarle los incidentes de la persecución, no pensó en hacerlo más de lo que un piel roja pensaría en detallar a su squaw los incidentes de una cacería de osos. El desprecio por las mujeres es la primera ley del salvajismo, y quizás la última ley de alguna vieja y profunda filosofía.
Ella escuchó, y cuando llegó al incidente del tiburón, se estremeció.
—Ojalá tuviera un anzuelo lo suficientemente grande como para atraparlo —dijo él, mirando fijamente al agua como si buscara a su enemigo.
—No pienses en él, Dick —dijo Emmeline, sosteniendo al niño más apretado contra su corazón—. Sigue remando.
Él reanudó los remos, pero se podía ver por su rostro que estaba repasando el incidente para sí mismo.
Cuando hubieron rodeado el último promontorio, y la playa y la rotura del arrecife se abrieron ante ellos, Emmeline contuvo el aliento. El lugar había cambiado de una manera sutil; todo estaba allí como antes, sin embargo, todo parecía diferente: la laguna parecía más estrecha, el arrecife más cercano, las palmeras cocoteras no eran ni de lejos tan altas. Estaba contrastando las cosas reales con el recuerdo de ellas cuando eran vistas por una niña. La mancha negra había desaparecido del arrecife; la tormenta la había barrido por completo.
Dick varó el bote en la arena inclinada y dejó a Emmeline sentada en la popa, mientras él iba en busca de los plátanos; ella lo habría acompañado, pero el niño se había quedado dormido.
Hannah dormido era una imagen aún más agradable que cuando estaba despierto. Parecía un pequeño cupido moreno sin alas, arco ni flecha. Tenía toda la gracia de una pluma enroscada. El sueño siempre estaba en su persecución, y lo atrapaba en los momentos más inesperados: cuando estaba jugando, o de hecho en cualquier momento. Emmeline a veces lo encontraba con una concha de colores o un trozo de coral con el que había estado jugando en la mano, profundamente dormido, una expresión feliz en su rostro, como si su mente estuviera realizando sus tareas terrenales en alguna playa afortunada en el mundo de los sueños.
Dick había arrancado una enorme hoja de árbol del pan y se la había dado como refugio del sol, y ella se sentó sosteniéndola sobre sí misma, y mirando fijamente hacia adelante, sobre las arenas blancas e iluminadas por el sol.
El vuelo de la mente en el ensueño no es en línea recta. A ella, soñando mientras estaba sentada, le llegaron toda clase de imágenes coloridas, recordadas por la escena ante ella: el agua verde bajo la popa de un barco, y la palabra Shenandoah vagamente reflejada en ella; su aterrizaje, y el pequeño juego de té extendido sobre la arena blanca —todavía podía ver los pensamientos pintados en los platos, y contaba en su memoria las cucharas de plomo—; las grandes estrellas que ardían sobre el arrecife por las noches; los Cluricaunes y las hadas; el barril junto al pozo donde florecía la enredadera, y los árboles azotados por el viento vistos desde la cima de la colina; todas estas imágenes flotaban ante ella, disolviéndose y reemplazándose unas a otras a medida que pasaban.
Había tristeza en la contemplación de ellas, pero también placer. Se sentía en paz con el mundo. Todos los problemas parecían quedar muy atrás. Era como si la gran tormenta que los había dejado ilesos hubiera sido un embajador de los poderes superiores para asegurarle su indulgencia, protección y amor.
De repente, notó que entre la proa del bote y la arena yacía una línea ancha, azul y brillante. El bote auxiliar estaba a flote.
CAPÍTULO XX
EL GUARDIÁN DE LA LAGUNA
Los bosques aquí habían sido menos afectados por el ciclón que los del otro lado de la isla, pero había habido suficiente destrucción. Para llegar al lugar que quería, Dick tuvo que trepar sobre árboles caídos y abrirse camino a través de una maraña de vides que una vez habían colgado por encima.
Los bananos no habían sufrido en absoluto; como si por alguna disposición especial de la Providencia incluso los grandes racimos de fruta apenas hubieran sido dañados, y procedió a trepar y cortarlos. Cortó dos racimos, y con uno sobre el hombro regresó a través de los árboles.
Había cruzado la mitad de las arenas, con la cabeza inclinada bajo la carga, cuando le llegó un grito lejano, y, levantando la cabeza, vio el bote a la deriva en medio de la laguna, y la figura de la joven en la proa saludándolo con el brazo. Vio un remo flotando en el agua a medio camino entre el bote y la orilla, que sin duda había perdido en un intento de remar de vuelta hacia el bote. Recordó que la marea estaba bajando.
Arrojó su carga a un lado y corrió por la playa; en un momento estaba en el agua. Emmeline, de pie en el bote, lo observaba.
Cuando se encontró a la deriva, había hecho un esfuerzo por remar de vuelta, y en su prisa por colocar los remos había perdido uno. Con un solo remo estaba completamente indefensa, ya que no tenía el arte de remar un bote desde la popa. Al principio no estaba asustada, porque sabía que Dick pronto volvería en su ayuda; pero a medida que la distancia entre el bote y la orilla aumentaba, una mano fría pareció posarse sobre su corazón. Al mirar a la orilla, parecía muy lejana, y la vista hacia el arrecife era terrible, pues la abertura había aumentado en tamaño aparente, y el gran mar más allá parecía atraerla hacia sí.
Vio a Dick saliendo del bosque con la carga sobre el hombro, y lo llamó. Al principio él no pareció oír, luego lo vio mirar hacia arriba, arrojar los plátanos y salir corriendo por la arena hacia la orilla del agua. Lo observó nadar, lo vio agarrar el remo, y su corazón dio un gran salto de alegría.
Remolcando el remo y nadando con un brazo, se acercó rápidamente al bote. Estaba muy cerca, a solo diez pies de distancia, cuando Emmeline vio detrás de él, cortando a través del agua clara y ondulante y avanzando con velocidad, un triángulo oscuro que parecía hecho de lona estirada sobre la punta de una espada.
Cuarenta años atrás, él había flotado a la deriva sobre el mar con la forma y semejanza de una pequeña y raída piña de pino, presa de cualquier cosa que pudiera encontrarlo. Había escapado de las fauces del pez perro, y las fauces del pez perro son una puerta muy ancha; había escapado del albácora y del calamar: su vida había sido una larga serie de milagrosas evasiones de la muerte. De un billón como él nacidos en el mismo año, solo él y unos pocos más habían sobrevivido.
Durante treinta años había mantenido la laguna para sí mismo, como un tigre feroz mantiene una selva. Había conocido la palmera en el arrecife cuando era un brote, y había conocido el arrecife incluso antes de que la palmera estuviera allí. Las cosas que había devorado, arrojadas unas sobre otras, habrían formado una montaña; sin embargo, él estaba tan libre de enemistad como una espada, tan cruel y tan desalmado. Él era el espíritu de la laguna.
* * * * * *
Emmeline gritó y señaló la cosa que estaba detrás del nadador. Él se volvió, la vio, soltó el remo y se dirigió hacia el bote. Ella había agarrado el otro remo restante y permaneció con él en posición, luego lo lanzó con la pala por delante hacia la forma en el agua, ahora plenamente visible y cerca de su presa.
Ella no podía lanzar una piedra con puntería, y sin embargo el remo fue como una flecha al blanco, obstaculizando al perseguidor y salvando al perseguido. Un momento después, su pierna estaba sobre la borda, y él estaba a salvo.
Pero el remo se perdió.
CAPÍTULO XXI
LA MANO DEL MAR
No había nada en el bote que pudiera usarse posiblemente como remo; el otro estaba a solo cinco o seis yardas de distancia, pero intentar nadar hasta él era una muerte segura, y sin embargo los arrastraban mar adentro. Podría haber hecho el intento, de no ser porque en el costado de estribor la forma del tiburón, nadando suavemente al mismo ritmo al que ellos derivaban, apenas podía distinguirse bajo el agua.
El pájaro posado en la borda pareció adivinar su apuro, pues se elevó en el aire, hizo un círculo y reanudó su posición con todas sus plumas erizadas.
Dick permaneció sumido en la desesperación, impotente, con las manos apretando su cabeza. La orilla se alejaba frente a él, el oleaje se volvía más fuerte a sus espaldas, y sin embargo no podía hacer nada. La isla les estaba siendo arrebatada por la gran mano del mar.
Entonces, de repente, el pequeño bote entró en la corriente formada por la confluencia de las mareas, desde los brazos derecho e izquierdo de la laguna; el sonido del oleaje aumentó repentinamente como si se hubiera abierto una puerta de par en par. Las rompientes caían y las gaviotas chillaban a ambos lados, y por un momento el océano pareció dudar sobre si debían ser llevados a sus yermos o arrojados contra la costa de coral. Esta aparente vacilación duró solo un instante; luego, el poder de la marea prevaleció sobre el poder del oleaje, y el pequeño bote, tomado por la corriente, derivó suavemente hacia el mar.
Dick se arrojó al lado de Emmeline, quien estaba sentada en el fondo del bote sosteniendo al niño contra su pecho. El pájaro, viendo que la tierra se retiraba y sabio en su instinto, se elevó en el aire. Dio tres vueltas alrededor del bote a la deriva y luego, como un espíritu hermoso pero infiel, se alejó hacia la orilla.
CAPÍTULO XXII
JUNTOS
La isla se había hundido lentamente de la vista; al ponerse el sol era solo un rastro, una mancha en el horizonte suroeste. Estaba antes de la luna nueva, y el pequeño bote yacía a la deriva. Derivó desde la luz del atardecer hacia un mundo de vaga penumbra violeta, y ahora yacía a la deriva bajo las estrellas.
La joven, estrechando al bebé contra su pecho, se apoyó en el hombro de su compañero; ninguno de los dos habló. Todas las maravillas de su corta existencia habían culminado en esta última maravilla, este partir juntos del mundo del Tiempo. Este extraño viaje en el que se habían embarcado... ¿hacia dónde?
Ahora que el primer terror había pasado, no sentían ni pena ni miedo. Estaban juntos. Pasara lo que pasara, nada podría separarlos; incluso si debían dormir y nunca despertar, dormirían juntos. ¡Si uno hubiera sido dejado y el otro tomado!
Como si el pensamiento hubiera ocurrido simultáneamente, se volvieron el uno hacia el otro, y sus labios se encontraron, sus almas se encontraron, mezclándose en un mismo sueño; mientras arriba, en el cielo sin viento, el espacio respondía al espacio con destellos de luz sideral, y Canopus brillaba y ardía como la espada desenvainada de Azrael.
Apretada en la mano de Emmeline estaba la última y más misteriosa dádiva del misterioso mundo que habían conocido: la rama de bayas carmesí.
LIBRO III
CAPÍTULO I
EL LOCO LESTRANGE
Lo conocían en la vertiente del Pacífico como "el loco Lestrange". No estaba loco, pero era un hombre con una idea fija. Lo perseguía una visión: la visión de dos niños y un viejo marinero a la deriva en un pequeño bote sobre un vasto mar azul.
Cuando el Arago, con destino a Papetee, recogió los botes del Northumberland, solo la gente del bote mayor estaba viva. Le Farge, el capitán, estaba loco y nunca recuperó la razón. Lestrange estaba completamente destrozado; la terrible experiencia en los botes y la pérdida de los niños lo habían dejado como un despojo aparentemente inútil. Los trabajadores, como todos los de su clase, habían corrido mejor suerte y en pocos días ya estaban alrededor del barco y sentados bajo el sol. Cuatro días después del rescate, el Arago se encontró con el Newcastle, con destino a San Francisco, y transbordó a los náufragos.
Si un médico hubiera visto a Lestrange a bordo del Northumberland mientras yacía en aquella larga, larguísima calma antes del incendio, habría declarado que nada más que un milagro podría prolongar su vida. El milagro ocurrió.
En el hospital general de San Francisco, a medida que las nubes se despejaban de su mente, se descubrió la imagen de los niños y el pequeño bote. La imagen había estado allí a diario, vista pero no verdaderamente comprendida; los horrores vividos en el bote a la intemperie, el agotamiento físico absoluto, habían fusionado todos los accidentes del gran desastre en un hecho lúgubre y apenas comprendido. Cuando su cerebro se aclaró, todos los demás incidentes quedaron fuera de foco, y la memoria, con sus ojos fijos en los niños, comenzó a pintar una imagen que vería para siempre.
La memoria no puede producir una imagen que la Imaginación no haya retocado; y sus imágenes, incluso las menos tocadas por la Imaginación, no son meras fotografías, sino la obra de un artista. Todo lo que es inesencial lo desecha, todo lo que es esencial lo retiene; idealiza, y es por eso que su imagen de una amante perdida ha tenido el poder de mantener a un hombre célibe hasta el fin de sus días, y por qué puede romper un corazón humano con la imagen de un niño muerto. Es pintora, pero también es poeta.
La imagen ante la mente de Lestrange estaba llena de esta poesía casi diabólica, pues en ella el pequeño bote y su indefensa tripulación eran representados a la deriva en un mar azul y soleado. Un mar hermosísimo a la vista, pero terrible, al llevar consigo los recuerdos de la sed.
Estaba muriendo cuando, alzándose sobre su codo, por así decirlo, miró esta imagen. Lo trajo de vuelta a la vida. Su fuerza de voluntad se afirmó y se negó a morir.
La voluntad de un hombre tiene, si es lo suficientemente fuerte, el poder de rechazar la muerte. No era en absoluto consciente del ejercicio de este poder; solo sabía que un interés grande y absorbente había surgido repentinamente en él, y que un gran objetivo se alzaba ante él: la recuperación de los niños.
La enfermedad que lo estaba matando cesó en sus estragos, o más bien fue asesinada a su vez por la vitalidad aumentada contra la que tenía que luchar. Dejó el hospital y se instaló en el Palace Hotel, y luego, como el general de un ejército, comenzó a formular su plan de campaña contra el Destino.
Cuando la tripulación del Northumberland se había amotinado, arrojando a sus oficiales a un lado, bajando los botes con premura y arrojándose al mar, todo se había perdido en cuanto a los papeles del barco; las cartas de navegación, los dos diarios de a bordo; todo, de hecho, que pudiera indicar la latitud y longitud del desastre. El primer y el segundo oficial y un guardiamarina habían compartido el destino del bote de popa; de los marineros rescatados, ninguno, por supuesto, podía dar la menor pista sobre la ubicación del lugar.
Un cálculo de tiempo desde el Cabo de Hornos decía poco, pues no había registro del diario. Todo lo que se podía decir era que el desastre había ocurrido en algún lugar al sur de la línea.
En el cerebro de Le Farge yacía con certeza la posición, y Lestrange fue a ver al capitán a la “Maison de Sante”, donde estaba siendo cuidado, y lo encontró completamente recuperado de la manía furiosa que había estado sufriendo. Completamente recuperado y jugando con una bola de lana de colores.
Quedaba el diario del Arago; en él se encontrarían la latitud y longitud de los botes que había recogido.
El Arago, que debía llegar a Papetee, se retrasó. Lestrange observó las listas de retrasos día tras día, semana tras semana, mes tras mes, inútilmente, pues nunca más se supo del Arago. Ni siquiera se podía afirmar que hubiera naufragado; era simplemente uno de esos barcos que nunca regresan del mar.
CAPÍTULO II
EL SECRETO DEL AZUL
Perder a un niño al que se ama es sin duda la mayor catástrofe que puede sucederle a un hombre. No me refiero a su muerte.
Un niño se extravía en la calle, o es dejado por su niñera por un momento, y desaparece. Al principio no se comprende la situación. Hay una punzada y un apresuramiento en el corazón que desaparece a medias, mientras el entendimiento explica que, en una ciudad civilizada, si un niño se pierde, será encontrado y traído de vuelta por los vecinos o la policía.
Pero la policía no sabe nada del asunto, ni los vecinos, y las horas pasan. Cualquier minuto puede traer de vuelta al errante; pero los minutos pasan, y el día se convierte en tarde, y la tarde en noche, y la noche en amanecer, y los sonidos comunes de un nuevo día comienzan.
No puedes permanecer en casa por la inquietud; sales, solo para regresar apresuradamente en busca de noticias. Estás escuchando eternamente, y lo que oyes te conmociona; los sonidos comunes de la vida, el rodar de los carros y coches en la calle, los pasos de los transeúntes, están llenos de una melancolía indescriptible; la música aumenta tu miseria hasta la locura, y la alegría de los demás es monstruosa como una risa escuchada en el infierno.
Si alguien te trajera el cuerpo muerto del niño, podrías llorar, pero lo bendecirías, porque es la incertidumbre lo que mata.
Te vuelves loco, o sigues viviendo. Pasan los años y eres un anciano. Te dices a ti mismo: "Hoy habría tenido veinte años".
No hay en el antiguo y feroz código penal de nuestros antepasados un castigo adecuado para el caso del hombre o la mujer que roba a un niño.
Lestrange era un hombre adinerado, y una esperanza le quedaba: que los niños pudieran haber sido rescatados por algún barco que pasara. No era el caso de niños perdidos en una ciudad, sino en el vasto Pacífico, donde los barcos viajan de todos los puertos a todos los puertos, y para anunciar su pérdida adecuadamente era necesario empapelar el mundo. Diez mil dólares era la recompensa ofrecida por noticias de los perdidos, veinte mil por su recuperación; y el anuncio apareció en todos los periódicos que pudieran llegar a los ojos de un marinero, desde el Liverpool Post hasta el Dead Bird.
Los años pasaron sin que nada definitivo llegara en respuesta a todos estos anuncios. Una vez llegaron noticias de dos niños rescatados del mar en las cercanías de las Gilbert, y no eran noticias falsas, pero no eran los niños que él buscaba. Este incidente a la vez lo deprimió y lo estimuló, pues parecía decir: "Si estos niños han sido salvados, ¿por qué no los tuyos?".
Lo extraño era que, en el fondo de su corazón, sentía la certeza de que estaban vivos. Su intelecto sugería su muerte de veinte formas distintas; pero un susurro, en algún lugar de ese gran océano azul, le decía a intervalos que lo que buscaba estaba allí, vivo y esperándolo.
Tenía un temperamento algo similar al de Emmeline: un soñador, con una mente sintonizada para recibir y registrar los rayos finos que llenan este mundo, fluyendo de intelecto a intelecto, e incluso de lo que llamamos cosas inanimadas. Una naturaleza más tosca, aunque sintiera quizá con la misma agudeza el dolor, habría abandonado la búsqueda en la desesperación. Pero él siguió; y al final del quinto año, lejos de desistir, fletó una goleta y pasó dieciocho meses en una búsqueda infructuosa, haciendo escala en islas poco conocidas y, una vez, sin saberlo, en una isla a solo trescientas millas de la diminuta isla de esta historia.
Si deseas sentir la desesperanza de esta búsqueda sin guía, no mires un mapa del Pacífico, ve allí. Cientos y cientos de miles de leguas cuadradas de mar, miles de islas, arrecifes, atolones.
Hasta hace pocos años había muchas pequeñas islas totalmente desconocidas; incluso ahora quedan algunas, aunque las cartas del Pacífico son los mayores triunfos de la hidrografía; y aunque la isla de la historia estaba realmente en las cartas del Almirantazgo, ¿de qué servía ese hecho a Lestrange?
Habría seguido buscando, pero no se atrevía, pues la desolación del mar lo había tocado.
En esos dieciocho meses, el Pacífico se le explicó en parte, explicó su inmensidad, su secreto e inviolabilidad. La goleta levantaba velo tras velo de distancia, y velo tras velo yacía más allá. Solo podía moverse en línea recta; para buscar en el desierto de agua con alguna esperanza, uno tendría que estar dotado con el don de moverse en todas direcciones a la vez.
A menudo se inclinaba sobre la borda y observaba el oleaje pasar, como si cuestionara el agua. Entonces, las puestas de sol comenzaron a pesar en su corazón, y las estrellas a hablarle en un lenguaje nuevo, y supo que era hora de regresar, si es que quería regresar con la mente intacta.
Cuando volvió a San Francisco, visitó a su agente, Wannamaker, de Kearney Street, pero seguía sin haber noticias.
CAPÍTULO III
EL CAPITÁN FOUNTAIN
Tenía una suite de habitaciones en el Palace Hotel, y vivía la vida de cualquier otro hombre rico que no es adicto al placer. Conocía a algunas de las mejores personas de la ciudad y se comportaba tan sensatamente en todos los aspectos que un extraño casual nunca habría adivinado su reputación de locura; pero cuando lo conocías mejor, descubrías a veces, en medio de una conversación, que su mente estaba lejos del tema; y si lo seguías por la calle, lo oirías conversar consigo mismo. Una vez, en una cena, se levantó, salió de la sala y no regresó. Menudencias, pero suficientes para establecer una reputación de cierto tipo.
Una mañana —para ser precisos, era el segundo día de mayo, exactamente ocho años y cinco meses después del naufragio del Northumberland—, Lestrange estaba en su sala de estar leyendo, cuando sonó el timbre del teléfono, que estaba en la esquina de la habitación. Se acercó al instrumento.
—¿Está ahí? —llegó una voz americana aguda—. Lestrange, correcto, venga a verme, soy Wannamaker, tengo noticias para usted.
Lestrange sostuvo el auricular por un momento, luego lo volvió a colocar en su base. Se dirigió a una silla y se sentó, sosteniéndose la cabeza entre las manos, luego se levantó y se acercó al teléfono de nuevo; pero no se atrevió a usarlo, no se atrevió a romper la esperanza recién nacida.
"¡Noticias!" Qué mundo reside en esa palabra.
En Kearney Street, se detuvo ante la puerta de la oficina de Wannamaker, recobrando la compostura y observando a la multitud que pasaba, luego entró y subió las escaleras. Empujó una puerta batiente y entró en una gran sala. El tintineo y el traqueteo de una docena de máquinas de escribir llenaban el lugar, y todo el ajetreo de los negocios; los empleados pasaban con fajos de correspondencia en sus manos; y el mismo Wannamaker, al levantarse de una mesa donde corregía un mensaje, vio al recién llegado y lo llevó a la oficina privada.
—¿Qué es? —dijo Lestrange.
—Solo esto —dijo el otro, tomando un papel con un nombre y una dirección—. Simon J. Fountain, del 45 de Rathray Street, West —eso está cerca de los muelles—, dice que ha visto su anuncio en un número viejo de un periódico y cree que puede decirle algo. No especificó la naturaleza de la información, pero podría valer la pena averiguarlo.
—Iré allí —dijo Lestrange.
—¿Conoce Rathray Street?
—No.
Wannamaker salió, llamó a un muchacho y le dio algunas indicaciones; luego Lestrange y el muchacho se pusieron en marcha.
Lestrange salió de la oficina sin decir "gracias" ni despedirse del agente de publicidad, quien no se sintió en absoluto ofendido, pues conocía a su cliente.
Rathray Street es, o era antes del terremoto, una calle de casas pequeñas y limpias. Tenía un aspecto marinero que se acentuaba por los perfumes marinos de los muelles cercanos y el sonido de los cabrestantes de vapor cargando o descargando carga; un sonido que no cesaba ni de día ni de noche mientras el trabajo continuaba bajo el sol o las chisporroteantes lámparas de arco.
El número 45 era casi exactamente igual a sus semejantes, ni mejor ni peor; y la puerta fue abierta por una mujer pulcra, formal, pequeña y de mediana edad. Era una mujer común, sin duda, pero no común para Lestrange.
—¿Está el señor Fountain? —preguntó—. He venido por lo del anuncio.
—Oh, ¿ha venido usted, señor? —respondió, haciéndose a un lado para que entrara y mostrándole una pequeña sala de estar a la izquierda del pasillo—. El capitán está en cama; es un gran inválido, pero esperaba que tal vez alguien llamara, y podrá atenderlo en un minuto, si no le importa esperar.
—Gracias —dijo Lestrange—; puedo esperar.
Había esperado ocho años, ¿qué importaban unos minutos ahora? Pero en ningún momento de los ocho años había sufrido tal suspenso, pues su corazón sabía que ahora, justo ahora en esta casita común, de labios de, tal vez, el marido de aquella mujer común, iba a enterarse de lo que temía escuchar o de lo que esperaba.
Era una salita deprimente; estaba tan limpia y parecía como si nunca se usara. Un barco encerrado en una botella de cristal estaba sobre la repisa de la chimenea, y había conchas de lugares lejanos, cuadros de barcos hechos con arena; todas las cosas que uno encuentra por regla general adornando el hogar de un viejo marinero.
Lestrange, mientras esperaba, podía oír movimientos en la habitación contigua; probablemente la del inválido, que estaban preparando para su recepción. Los sonidos distantes de las grúas y los cabrestantes llegaban amortiguados a través de la ventana herméticamente cerrada, que parecía no haberse abierto nunca. Un cuadrado de luz solar iluminaba la parte superior de la cortina de encaje barato a la derecha de la ventana, y repetía su patrón vagamente en la parte inferior de la pared opuesta. Entonces, una mosca azul despertó repentinamente a la vida y comenzó a zumbar y golpear contra el cristal de la ventana, y Lestrange deseó que vinieran de una vez.
Un hombre de su temperamento debe necesariamente, incluso en las circunstancias más felices, sufrir al pasar por el mundo; la fibra fina siempre sufre cuando entra en contacto con la tosca. Estas personas estaban tan bien dispuestas como cualquiera. El anuncio y el rostro y los modales del visitante podrían haberles dicho que no era momento para retrasos, sin embargo lo hicieron esperar mientras acomodaban colchas y enderezaban frascos de medicina, ¡como si él pudiera ver!
Al fin, la puerta se abrió y la mujer dijo:
—¿Quiere pasar por aquí, señor?
La condujo a un dormitorio que daba al pasillo. La habitación estaba ordenada y limpia, y tenía ese aspecto indescriptible que caracteriza el dormitorio de un enfermo.
En la cama, formando una montaña bajo la colcha con un estómago enormemente distendido, yacía un hombre, de barba negra, con sus manos grandes, capaces e inútiles extendidas sobre la sobrecama; manos listas y dispuestas, pero impedidas para el trabajo. Sin mover el cuerpo, giró la cabeza lentamente y miró al recién llegado. Este movimiento lento no se debía a la debilidad o a la enfermedad, era la naturaleza lenta y carente de emoción del hombre al hablar.
—Este es el caballero, Silas —dijo la mujer, hablando por encima del hombro de Lestrange. Luego se retiró y cerró la puerta.
—Tome una silla, señor —dijo el capitán de mar, agitando una de sus manos sobre la colcha como si fuera una protesta cansada contra su propia impotencia—. No tengo el placer de conocer su nombre, pero la señora me dice que usted viene por el anuncio con el que di ayer por la tarde.
Tomó un papel, doblado en pequeño, que yacía a su lado, y se lo tendió a su visitante. Era un *Sidney Bulletin* de tres años de antigüedad.
—Sí —dijo Lestrange, mirando el papel—; ese es mi anuncio.
—Bueno, es extraño, muy extraño —dijo el capitán Fountain—, que haya dado con él apenas ayer. Lo he tenido los tres años en mi cofre, de la forma en que los papeles viejos terminan al fondo junto con otras cosas. Puede que no lo hubiera visto ahora, de no ser porque la señora despejó el desorden del cofre, y le dije: «Dame ese papel», al verlo en su mano; y me puse a leerlo, pues un hombre lee cualquier cosa menos tratados religiosos si lleva ocho meses en cama, como he estado yo con la hidropesía. He sido ballenero, hombre y muchacho, durante cuarenta años, y mi último barco fue el *Sea-Horse*. Hace más de siete años, uno de mis hombres recogió algo en la playa de una de esas islas al este de las Marquesas, adonde habíamos entrado a buscar agua...
—Sí, sí —dijo Lestrange—. ¿Qué fue lo que encontró?
—¡Señora! —rugió el capitán con una voz que hizo temblar las paredes de la habitación.
La puerta se abrió y la mujer apareció.
—Tráeme las llaves del bolsillo de mis pantalones.
Los pantalones estaban colgados en la parte posterior de la puerta, como si solo esperaran ser puestos. La mujer trajo las llaves, y él las hurgó y encontró una. Se la entregó a ella y señaló el cajón de una cómoda frente a la cama.
Evidentemente, ella sabía lo que se necesitaba, pues abrió el cajón y sacó una caja, que le entregó a él. Era una pequeña caja de cartón atada con un trozo de cuerda. Él deshizo la cuerda y reveló un juego de té de juguete: una tetera, una jarra de crema, seis platitos, todos pintados con un pensamiento.
Era la caja que Emmeline siempre estaba perdiendo; perdida de nuevo.
Lestrange se cubrió el rostro con las manos. Conocía esos objetos. Emmeline se los había mostrado en un arranque de confianza. De todo ese vasto océano que había registrado en vano, habían llegado a él como un mensaje, y el asombro y el misterio de ello lo doblegaron y lo aplastaron.
El capitán había colocado las piezas sobre el periódico extendido a su lado, y estaba desenvolviendo las cucharitas de su cobertura de papel seda. Las contó como si estuviera dando fe de algún encargo, y las puso sobre el periódico.
—¿Cuándo las encontró? —preguntó Lestrange, hablando con el rostro aún cubierto.
—Hace cosa de más de siete años —respondió el capitán—, habíamos entrado a buscar agua en un lugar al sur de la línea; *Palm Tree Island* la llamamos los balleneros, debido al árbol en la entrada de la laguna. Uno de mis hombres la trajo a bordo, la encontró en una choza hecha de cañas de azúcar que los hombres destrozaron por pura travesura.
—¡Dios mío! —dijo Lestrange—. ¿No había nadie allí, nada más que esta caja?
—Ni rastro ni sonido, según dijeron los hombres; solo la choza aparentemente abandonada. No tuve tiempo de desembarcar a buscar náufragos, estaba tras las ballenas.
—¿Qué tamaño tiene la isla?
—Oh, una isla de tamaño mediano, sin nativos. He oído decir que es *tabu*; por qué, solo Dios lo sabe; algún capricho de los canacos, supongo. De cualquier modo, ahí están los hallazgos, ¿los reconoce?
—Los reconozco.
—Parece extraño —dijo el capitán— que yo los haya recogido; parece extraño que su anuncio haya aparecido y la respuesta a él estuviera guardada entre mis cosas, pero así es como van las cosas.
—¡Extraño! —dijo el otro—. Es más que extraño.
—Por supuesto —continuó el capitán—, podrían haber estado escondidos en algún lugar de la isla, no se sabe; solo que las apariencias están en contra de ello. Por supuesto, podrían estar allí ahora sin que usted o yo lo sepamos.
—Están allí ahora —respondió Lestrange, quien estaba sentado y mirando los juguetes como si leyera en ellos algún mensaje oculto—. Están allí ahora. ¿Tiene la posición de la isla?
—La tengo. Señora, alcánceme mi diario privado.
Ella tomó un cuaderno de notas voluminoso, grasiento y negro de la cómoda y se lo entregó. Él lo abrió, pasó las páginas con el pulgar y luego leyó en voz alta la latitud y la longitud.
—Lo anoté el día del hallazgo; aquí está la entrada: «Adams trajo a bordo caja de juguete de niño de una choza abandonada que los hombres derribaron; me la cambió por un trago de ron». El viaje duró tres años y ocho meses después de eso; solo llevábamos tres fuera cuando sucedió. Me olvidé por completo: tres años dando vueltas por el mundo tras las ballenas no agudizan la memoria de un hombre. Dimos la vuelta completa y nos pagaron en Nantucket. Luego, tras una quincena en tierra y un mes de reparaciones, el viejo *Sea-Horse* zarpó de nuevo, yo con él. Fue en Honolulu donde me atrapó esta hidropesía, y regresé aquí, a casa. Esa es la historia. No tiene mucho de especial, pero, al ver su anuncio, pensé que podría responderlo.
Lestrange tomó la mano de Fountain y la estrechó.
—¿Ve la recompensa que ofrecí? —dijo—. No tengo mi chequera conmigo, pero tendrá el cheque dentro de una hora.
—No, señor —respondió el capitán—; si algo sale de esto, no digo que no acepte un pequeño reconocimiento, pero diez mil dólares por una caja de cinco centavos, esa no es mi forma de hacer negocios.
—No puedo hacer que acepte el dinero ahora, ni siquiera puedo agradecérselo como es debido ahora —dijo Lestrange—; estoy con fiebre, pero cuando todo esté resuelto, usted y yo arreglaremos este asunto. ¡Dios mío!
Se cubrió el rostro con las manos de nuevo.
—No deseo ser curioso —dijo el capitán Fountain, guardando lentamente las cosas en la caja y metiendo las virutas de papel alrededor de ellas—, pero ¿puedo preguntar cómo se propone actuar en este asunto?
—Alquilaré un barco de inmediato y buscaré.
—Sí —dijo el capitán, envolviendo las cucharitas de manera meditativa—; quizás sea lo mejor.
Se sentía seguro en su propia mente de que la búsqueda sería infructuosa, pero no lo dijo. Si hubiera estado absolutamente seguro en su mente sin poder presentar la prueba, no habría aconsejado a Lestrange ninguna otra vía, sabiendo que la mente del hombre nunca se calmaría hasta que se presentara una prueba positiva.
—La cuestión es —dijo Lestrange—, ¿cuál es mi forma más rápida de llegar allí?
—En eso sí puedo ayudarle —dijo Fountain, atando la cuerda alrededor de la caja. —Una goleta con buen andar es lo que usted necesita; y, si no me equivoco, hay una descargando carga en este preciso minuto en el muelle de O'Sullivan. ¡Señora!
La mujer respondió a la llamada. Lestrange se sentía como una persona en un sueño, y estas personas que se estaban interesando en sus asuntos le parecían benéficas más allá de la naturaleza de los seres humanos.
—¿Está el capitán Stannistreet en casa, crees?
—No lo sé —respondió la mujer—, pero puedo ir a ver.
—Hazlo.
Ella fue.
—Vive a solo unas casas de distancia —dijo Fountain—, y él es el hombre para usted. El mejor capitán de goleta que haya zarpado de San Francisco. El *Raratonga* es el nombre del barco que tengo en mente; el mejor barco que haya llevado cobre. Stannistreet es su capitán, los dueños son M'Vitie. Ha sido misionero y ha transportado cerdos; la copra fue su última carga, y ya casi la ha descargado. Oh, M'Vitie se la alquilaría al mismo Satanás por un precio; no necesita temer que pongan reparos si usted puede reunir los dólares. Ha tenido un juego de velas nuevo recién a principios de año. Oh, le arreglará todo a la perfección, y tome la palabra de S. Fountain para eso. Yo dirigiré la cosa desde esta cama si me permite meter mi cuchara en su problema; yo la aprovisionaré y encontraré una tripulación por las tres cuartas partes del precio de cualquiera de esos malditos agentes rastreros. Oh, cobraré una comisión, claro, pero ya me doy por pagado con hacer el trabajo...
Cesó, pues sonaron pasos en el pasillo exterior y el capitán Stannistreet fue introducido. Era un hombre joven de no más de treinta años, alerta, de mirada rápida y rostro agradable. Fountain lo presentó a Lestrange, quien sintió simpatía por él a primera vista.
Cuando supo del asunto en cuestión, pareció interesado de inmediato; el caso pareció atraerle más que si hubiera sido un asunto puramente comercial, como la copra y los cerdos.
—Si quiere venir conmigo, señor, hasta el muelle, le mostraré el barco ahora —dijo, cuando hubieron discutido el asunto y lo hubieron sopesado a fondo.
Se levantó, se despidió de su amigo Fountain y Lestrange lo siguió, llevando la caja de papel marrón en la mano.
El muelle de O'Sullivan no estaba lejos. Un alto *Cape Horner* que parecía casi hermana gemela del malogrado *Northumberland* estaba descargando hierro, y a popa de ella, graciosa como un sueño, con cubiertas blancas como la nieve, yacía el *Raratonga* descargando copra.
—Ese es el barco —dijo Stannistreet—; carga casi toda fuera. ¿Qué le parece?
—Me lo quedo —dijo Lestrange—, cueste lo que cueste.
CAPÍTULO IV
RUMBO AL SUR
Fue el 10 de mayo, tan rápidamente se movieron las cosas bajo la supervisión del capitán postrado en cama, que el *Raratonga*, con Lestrange a bordo, cruzó las Puertas Doradas y puso rumbo al sur, escorando ante una brisa de diez nudos.
No hay modo de viajar que se pueda comparar con su barco de vela. En un gran navío, si alguna vez ha hecho un viaje en uno, los vastos espacios de lona, los mástiles altos como el cielo, la delicadeza con la que el viento es recibido y aprovechado, formarán un recuerdo que nunca se borrará.
Una goleta es la reina de todos los aparejos; tiene una flotabilidad saltarina negada a las embarcaciones de aparejo cuadrado, con las que guarda la misma relación que una joven con una matrona; y el *Raratonga* no solo era una goleta, sino la reina, reconocida por todas las goletas del Pacífico.
Durante los primeros días avanzaron bien hacia el sur; luego el viento se volvió desconcertante y los desvió.
A la febril excitación de Lestrange se sumó una ansiedad, una ansiedad profunda y que le roía el alma, como si alguna voz apenas audible le estuviera diciendo que los niños que buscaba estaban amenazados por algún peligro.
Estos vientos desconcertantes soplaron sobre la ansiedad latente en su pecho, como el viento sopla sobre las brasas, haciendo que brillen. Duraron algunos días, y luego, como si el Destino se hubiera ablandado, surgió en el cuarto de estribor una brisa vivaz, haciendo que el aparejo cantara con una melodía alegre y soplando la espuma de mar desde la proa, mientras el *Raratonga*, escorando ante su presión, navegaba zumbando a través del mar, dejando una estela que se extendía detrás como un abanico.
Los llevó a lo largo de quinientas millas, silenciosamente y con la velocidad de un sueño. Luego cesó.
El océano y el aire se quedaron quietos. El cielo arriba se mantenía sólido como una gran cúpula azul pálido; justo donde se encontraba con la línea de agua del horizonte lejano, un delicado encaje de nubes cubría todo el círculo del cielo.
He dicho que el océano se quedó quieto al igual que el aire: a la vista era así, pues el oleaje que corría bajo el brillo en su superficie era tan parejo, tan ecuánime y tan rítmico, que la superficie parecía no estar en movimiento. Ocasionalmente un hoyuelo rompía la superficie, y jirones de algas oscuras flotaban, resaltando el verde; cosas tenues salían a la superficie y, adivinando la presencia del hombre, se hundían lentamente y se disolvían de la vista.
Dos días, que nunca se recuperarían, pasaron, y la calma continuó. En la mañana del tercer día sopló desde el nor-noroeste, y continuaron su curso, una nube de lona, cada vela tensa, y la música de la ondulación bajo la proa.
El capitán Stannistreet era un genio en su profesión; podía obtener más velocidad de una goleta que cualquier otro hombre a flote, y llevar más lona sin perder un mástil. Era también, afortunadamente para Lestrange, un hombre de refinamiento y educación, y lo que era aún mejor, comprensivo.
Caminaban por la cubierta una tarde, cuando Lestrange, que paseaba con las manos detrás y los ojos contando las espigas marrones en el entablado de color blanco crema, rompió el silencio.
—¿Usted no cree en visiones y sueños?
—¿Cómo sabe eso? —respondió el otro.
—Oh, solo lo planteo como una pregunta; la mayoría de la gente dice que no.
—Sí, pero la mayoría de la gente sí lo hace.
—Yo sí —dijo Lestrange.
Guardó silencio un momento.
—Usted conoce mi problema tan bien que no le molestaré repasándolo, pero últimamente me ha invadido un sentimiento; es como un sueño lúcido.
—¿Sí?
—No puedo explicarlo del todo, pues es como si viera algo que mi inteligencia no pudiera comprender, o de lo que pudiera formar una imagen.
—Creo que sé a qué se refiere.
—No creo que lo sepa. Esto es algo muy extraño. Tengo cincuenta años, y en cincuenta años un hombre ha experimentado, por regla general, todas las sensaciones ordinarias y la mayoría de las extraordinarias a las que puede estar sujeto un ser humano. Pues bien, nunca antes había sentido esta sensación; solo aparece a veces. Veo, como podría imaginar que ve un bebé, y hay cosas ante mí que no comprendo. No es a través de mis ojos corporales que viene esta sensación, sino a través de alguna ventana de la mente, frente a la cual se ha corrido una cortina.
—Eso es extraño —dijo Stannistreet, a quien no le gustaba demasiado la conversación, siendo simplemente un capitán de goleta y un hombre sencillo, aunque bastante inteligente y comprensivo.
—Este algo me dice —continuó Lestrange—, que hay un peligro que amenaza a... —Se detuvo, hizo una pausa de un minuto y luego, para alivio de Stannistreet, continuó—. Si hablo así pensará que no estoy bien de la cabeza: dejemos pasar el tema, olvidemos los sueños y los presagios y vayamos a las realidades. Usted sabe cómo perdí a los niños; sabe cómo espero encontrarlos en el lugar donde el capitán Fountain encontró sus rastros. Dice que la isla estaba deshabitada, pero no estaba seguro.
—No —respondió Stannistreet—, solo habló de la playa.
—Sí. Bueno, supongamos que hubiera nativos al otro lado de la isla que se hubieran llevado a estos niños.
—Si fuera así, crecerían con los nativos.
—¿Y se convertirían en salvajes?
—Sí; pero no se puede llamar realmente salvajes a los polinesios; son gente muy decente. He estado mucho tiempo entre ellos, y un canaco es tan blanco como un hombre blanco, lo cual no es decir mucho, pero es algo. La mayoría de las islas están civilizadas ahora. Por supuesto, hay algunas que no, pero aun así, supongamos que incluso esos «salvajes», como usted los llama, hubieran venido y se hubieran llevado a los niños...
A Lestrange le faltó el aliento, pues este era el temor que albergaba en su corazón, aunque nunca lo había expresado.
—¿Bueno?
—Bueno, serían bien tratados.
—¿Y criados como salvajes?
—Supongo que sí.
Lestrange suspiró.
—Mire —dijo el capitán—, está muy bien hablar, pero, por mi palabra, creo que nosotros, la gente civilizada, nos damos aires y desperdiciamos mucha lástima con los salvajes.
—¿Cómo es eso?
—¿Qué quiere un hombre más que ser feliz?
—Sí.
—Bueno, ¿quién es más feliz que un salvaje desnudo en un clima cálido? Oh, es lo suficientemente feliz, y no siempre está haciendo una danza ritual. Es en gran medida un caballero; tiene una salud perfecta; vive la vida que un hombre nació para vivir frente a frente con la Naturaleza. No ve el sol a través de la ventana de una oficina ni la luna a través del humo de las chimeneas de las fábricas; feliz y civilizado también, pero, bendito sea, ¿dónde está él? Los blancos lo han expulsado; en una o dos islas pequeñas puede encontrarlo todavía, una migaja o algo así de él.
—Suponga —dijo Lestrange—, suponga que esos niños hubieran sido criados frente a frente con la Naturaleza...
—¿Sí?
—Viviendo esa vida libre...
—¿Sí?
—Despertando bajo las estrellas —Lestrange hablaba con los ojos fijos, como si estuviera en algo muy lejano—, yendo a dormir cuando se pone el sol, sintiendo el aire fresco, como este que sopla sobre nosotros, a su alrededor. Suponga que fueran así, ¿no sería una crueldad traerlos a lo que llamamos civilización?
—Creo que lo sería —dijo Stannistreet.
Lestrange no dijo nada, pero continuó paseando por la cubierta, con la cabeza inclinada y las manos a la espalda.
Una tarde, al atardecer, Stannistreet dijo:
—Estamos a doscientas cuarenta millas de la isla, contando desde el cálculo de hoy al mediodía. Vamos a diez nudos incluso con esta brisa; deberíamos llegar al lugar mañana a esta misma hora. Antes si refresca.
—Estoy muy perturbado —dijo Lestrange.
Bajó abajo, y el capitán de la goleta sacudió la cabeza y, trabando el brazo alrededor de un obenque, entregó su cuerpo al suave balanceo de la embarcación mientras se deslizaba, bordeando el atardecer, espléndido y, para el ojo náutico, lleno de buen tiempo.
La brisa no era tan fresca a la mañana siguiente, pero había soplado bastante bien durante toda la noche, y el *Raratonga* había avanzado mucho. Alrededor de las once comenzó a fallar. Se convirtió en la brisa de navegación más ligera, justo lo suficiente para mantener las velas tensas, y la estela ondulando y arremolinándose detrás. De repente, Stannistreet, que había estado hablando con Lestrange, subió unos pocos pies por los obenques de mesana y se cubrió los ojos.
—¿Qué es? —preguntó Lestrange.
—Un bote —respondió—. Pásame ese catalejo que encontrarás en la funda ahí.
Niveló el catalejo y miró durante mucho tiempo sin hablar.
—Es un bote a la deriva, un bote pequeño, no hay nada en él. ¡Espere! Veo algo blanco, no logro distinguirlo. ¡Eh, usted! —al compañero al timón— Manténgala un punto más a estribor. —Subió a cubierta—. Vamos directo hacia él.
—¿Hay alguien dentro? —preguntó Lestrange.
—No logro distinguirlo bien, pero bajaré el bote ballenero y lo traeré al costado.
Dio órdenes para que el bote ballenero fuera bajado y tripulado.
A medida que se acercaban, era evidente que el bote a la deriva, que parecía un chinchorro de barco, contenía algo, pero qué, no se podía distinguir.
Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Stannistreet puso el timón a la vía y detuvo la goleta, con las velas temblando. Tomó su lugar en la proa del bote ballenero y Lestrange en la popa. El bote fue bajado, se soltaron los cabos y los remos se hundieron en el agua.
El pequeño chinchorro presentaba un cuadro lúgubre mientras flotaba, pareciendo apenas más grande que una cáscara de nuez. En treinta remadas, la proa del bote ballenero tocaba su costado. Stannistreet agarró su borda.
En el fondo del chinchorro yacía una niña, desnuda salvo por una tira de material de rayas de colores. Uno de sus brazos estaba abrazado al cuello de una forma que estaba medio oculta por su cuerpo, el otro abrazado en parte a sí misma, en parte a su compañera, el cuerpo de un bebé. Eran nativos, evidentemente, náufragos o perdidos por alguna desgracia de alguna goleta entre islas. Sus pechos subían y bajaban suavemente, y agarrada en la mano de la niña había una rama de algún árbol, y en la rama una única baya marchita.
—¿Están muertos? —preguntó Lestrange, que adivinó que había personas en el bote, y que estaba de pie en la popa del bote ballenero tratando de ver.
—No —dijo Stannistreet—; están dormidos.
FIN
Nacido el 9 de abril de 1863 en Kingstown, Irlanda, Henry de Vere Stacpoole creció en un hogar dominado por su madre y sus tres hermanas mayores. William C. Stacpoole, doctor en divinidades por el Trinity College y director de la escuela de Kingstown, murió algún tiempo antes del octavo cumpleaños de su hijo, dejando la responsabilidad de mantener a la familia a su esposa, nacida en Canadá, Charlotte Augusta Mountjoy Stacpoole. A una edad temprana, Charlotte había sido sacada de los bosques canadienses por su madre viuda y llevada a Irlanda, donde vivían sus parientes. Esta experiencia había fortalecido su carácter y la había preparado para la paternidad en solitario.
Charlotte cuidaba apasionadamente de sus hijos y era quizás demasiado protectora con su hijo. De niño, Henry sufrió graves problemas respiratorios, diagnosticados erróneamente como bronquitis crónica por su médico, quien en el invierno de 1871 aconsejó que el niño fuera llevado al sur de Francia por su salud. Con toda su familia a cuestas, Charlotte realizó el largo viaje desde Kingstown a Londres y luego a París, donde las señales de la guerra franco-prusiana aún eran evidentes, estableciéndose finalmente en Niza, en el Hotel des Iles Britannique. Niza fue como el paraíso para Henry, quien se maravillaba de la opulencia y la belleza de la ciudad mientras jugaba bajo el cálido sol.
Tras varias excursiones más al continente, Stacpoole fue enviado a Portarlington, un sombrío internado a más de 100 millas de Kingstown. A diferencia de sus hermanas, los chicos de Portarlington eran ruidosos y groseros. Como escribe Stacpoole en su autobiografía Men and Mice, 1863-1942 (1942), los chicos lo maltrataban mental y físicamente, haciéndole sentir como «un pequeño Arthur en una jaula de babuinos». Una noche, escapó a través de una escuela de niñas adyacente y regresó a Kingstown, solo para ser traicionado por su familia y arrastrado de vuelta a la escuela por su hermana mayor.
Cuando su familia se mudó a Londres, fue sacado de Portarlington e inscrito en el Malvern College, una escuela progresista con estudiantes refinados y abundante aire y sol. Stacpoole disfrutó plenamente de su nuevo entorno, que asociaba con la descripción de las colinas de Malvern en Aurora Leigh (1857), de Elizabeth Barrett Browning: «Guardianes de las visiones de Piers Plowman / A través del sol y la nieve». Este entorno fomentó su interés por la literatura y la escritura.
El idilio terminó, sin embargo, cuando Stacpoole comenzó su formación médica. Por insistencia de su madre, ingresó en la facultad de medicina del St. George’s Hospital. Dos veces al día, tenía que atravesar un parque frecuentado por niñeras que paseaban, y se involucró sentimentalmente con una de ellas. Cuando su madre descubrió su aventura, insistió en que se trasladara al University College, y él accedió.
Más interesado en la literatura que en los cadáveres, Stacpoole comenzó a descuidar sus estudios y a faltar a clase, especialmente a las disecciones obligatorias. Finalmente, el decano de la facultad de medicina se enfrentó a él, y su discusión llevó a Stacpoole al St. Mary’s Hospital, donde completó su formación médica y obtuvo el título L. S. A. en 1891. En algún momento posterior a esta fecha, Stacpoole realizó varios viajes por mar a los trópicos (al menos una vez como médico a bordo de un barco de reparación de cables), recopilando información para futuras historias.
La carrera literaria de Stacpoole, que una vez describió como ser «más parecida a un prahu pesquero malayo que a una honesta embarcación literaria inglesa», comenzó de manera poco auspiciosa con la publicación de The Intended (1894), una novela trágica sobre dos personas idénticas, una rica y la otra pobre, que cambian de lugar por capricho. Desconcertado por la falta de éxito de la novela, Stacpoole consultó a su musa amistosa, Pearl Craigie, alias John Oliver Hobbes, quien sugirió un tratamiento cómico en lugar de trágico. Años más tarde, Stacpoole volvió a contar la historia en The Man Who Lost Himself (1918), una novela cómica de éxito comercial sobre un estadounidense arruinado que suplanta a su rico doble en Inglaterra.
Ambientada en Francia durante la guerra franco-prusiana, la segunda novela de Stacpoole, Pierrot (1896), relata la extraña relación de un niño francés con un doble parricida. Al igual que su predecesora, fue un fracaso comercial, y fue en este punto, tal vez, cuando Stacpoole comenzó a ver el éxito literario solo en términos de cifras de ventas y número de ediciones.
Un extraño cuento de reencarnación, travestismo y uxoricidio, la tercera novela de Stacpoole, Death, the Knight, and the Lady (1897), pretende ser la confesión en el lecho de muerte de Beatrice Sinclair, quien es a la vez una asesina reencarnada (hombre) y descendiente de la víctima del asesinato (mujer). Ella se enamora de Gerald Wilder, un hombre disfrazado de mujer, que es tanto una víctima de asesinato reencarnada (mujer) como descendiente del asesino (hombre). A pesar de su originalidad, la novela fue aniquilada por la «Indiferencia del Público» (término de Stacpoole), que también acabó con The Rapin (1899), una novela sobre un estudiante de arte en París.
Stacpoole pasó el verano de 1898 en Somerset, donde se hizo cargo de la consulta médica de un médico rural enfermo. Tan pacíficos fueron sus días en este entorno pastoral que tuvo tiempo de escribir The Doctor (1899), una novela sobre un médico chapado a la antigua que ejercía la medicina en la Inglaterra rural. «Es el mejor libro que he escrito», declaró Stacpoole más de cuarenta años después. También pudo decir, en retrospectiva, que las escasas ventas del libro fueron una bendición disfrazada, «porque no tenía lastre a bordo en aquellos días para resistir el vendaval del éxito, que significa, incidentalmente, dinero». Se vería libre del vendaval del éxito durante nueve años más, durante los cuales publicó siete libros, incluida una colección de cuentos infantiles y dos novelas en colaboración con su amigo William Alexander Bryce.
En 1907, ocurrieron dos eventos que alteraron el curso de la vida de Stacpoole: escribió The Blue Lagoon y se casó con Margaret Robson. Incapaz de dormir una noche, se encontró pensando y envidiando al hombre de las cavernas, quien en su primitivismo era capaz de maravillarse ante fenómenos tan comunes como las puestas de sol y las tormentas eléctricas. El hombre civilizado y tecnológico había desvelado estos misterios con sus telescopios y globos meteorológicos, de modo que ya no eran «maravillas sin nombre» que temer y contemplar. Como médico, Stacpoole había sido testigo de innumerables nacimientos y muertes, y estos eventos ya no le parecían milagrosos. Concibió la idea de dos niños creciendo solos en una isla y experimentando tormentas, muerte y nacimiento en una ignorancia e inocencia casi completas. A la mañana siguiente, comenzó a escribir The Blue Lagoon. El ejercicio fue terapéutico porque pudo experimentar las maravillas de la vida y la muerte indirectamente a través de sus personajes.
The Blue Lagoon es la historia de dos primos, Dicky y Emmeline Lestrange, varados en una isla remota con una hermosa laguna. De niños, son cuidados por Paddy Button, un marinero corpulento que bebe hasta morir después de solo dos años y medio en el paraíso. Asustados y confundidos por el espantoso cadáver del hombre, los niños huyen a otra parte de Palm Tree Island. Durante un periodo de cinco años, crecen y eventualmente se enamoran. El sexo y el nacimiento son tan misteriosos para ellos como la muerte, pero logran copular instintivamente y concebir un hijo. El nacimiento es especialmente notable: Emmeline, de quince años, sola en la selva, pierde el conocimiento y despierta para encontrar un bebé varón en el suelo cerca de ella. Llamando al niño Hannah (un ejemplo de la inclinación de Stacpoole por las inversiones de género), los Lestrange viven en una dicha familiar hasta que son inesperadamente expulsados de su Edén tropical.
Los paralelismos entre The Blue Lagoon y la historia bíblica de Adán y Eva son obvios e intencionales, pero Stacpoole también estuvo influenciado por Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas (1865), de Lewis Carroll, que invoca en un pasaje que describe la llegada de los náufragos a Palm Tree Island:
«Se podía ver el agua arremolinándose alrededor de los muelles de coral, pues la marea estaba inundando la laguna; había atrapado al pequeño bote y lo llevaba mucho más rápido de lo que los remos podrían haberlo impulsado. Las gaviotas gritaban a su alrededor, el bote se mecía y oscilaba. Dick gritó de emoción, y Emmeline cerró los ojos FUERTEMENTE.
Luego, como si una puerta se hubiera cerrado rápida y silenciosamente, el sonido del oleaje disminuyó repentinamente. El bote flotaba en equilibrio; ella abrió los ojos y se encontró en el País de las Maravillas.»
Esta referencia directa al País de las Maravillas prepara al lector para los muchos paralelismos que siguen. Cuando comienzan sus aventuras, ambas niñas tienen aproximadamente la misma edad, Alicia siete años y medio, Emmeline exactamente ocho. Al igual que Alicia se une a una fiesta del té en el País de las Maravillas, Emmeline juega con su pequeño juego de té en la playa después de aterrizar. La antigua mascota de Emmeline, como el Gato de Cheshire, «tenía rayas blancas y un pecho blanco, y anillos en la cola» y murió «mostrando los dientes». Mientras que Alicia busca una etiqueta de veneno en una botella que dice «Bébeme», Emmeline intenta inocentemente comer «las bayas del nunca-despertar» y recibe una severa reprimenda y una lección sobre el veneno por parte de Paddy Button. El capítulo «La poesía del aprendizaje» se hace eco del diálogo de Alicia con la oruga. Al igual que la astuta criatura que fuma en una narguile, Paddy fuma en pipa y grita «¡Hurroo!» mientras los niños le enseñan a escribir su nombre en la arena. Los niños pierden «toda noción del tiempo», tal como hace el Sombrerero Loco. Mientras que Alicia crece hasta nueve pies de altura, Dick brota «dos pulgadas más alto» y Emmeline «el doble de regordeta». Al igual que el bebé en «Cerdo y pimienta», Hannah estornuda al ver por primera vez a Dicky. La novela está ingeniosamente salpicada de referencias a la maravilla, la curiosidad y la extrañeza, todo ello prueba del esfuerzo consciente de Stacpoole por invocar y honrar a su predecesor victoriano.
Stacpoole presentó The Blue Lagoon al editor T. Fisher Unwin en septiembre de 1907 y se fue a Cumberland para ayudar a otro médico enfermo en su consulta. Todos los días desde Eden Vue en Langwathby, Stacpoole escribía a su prometida, Margaret Robson (o Maggie, como él la llamaba), y esperaba ansiosamente el día de su boda. El 17 de diciembre de 1907, la pareja se casó y pasó su luna de miel en Stebbing Park, la casa de campo de un amigo en Essex, a unas tres millas del pueblo de Stebbing. Fue allí donde tropezaron con Rose Cottage, donde Stacpoole vivió durante varios años antes de mudarse a Cliff Dene en la Isla de Wight en la década de 1920.
Publicada en enero de 1908, The Blue Lagoon fue un éxito inmediato, tanto entre la crítica como entre el público. «[Este] relato del descubrimiento del amor y el apareamiento inocente es tan fresco como el ozono que los hizo fuertes», declaró un crítico. Otro afirmó que «por una vez, el título de "romance", encontrado en tantas historias modernas, está realmente justificado». La novela se reimprimió más de veinte veces en los siguientes doce años y siguió siendo popular en otras formas durante más de ochenta años. Norman MacOwen y Charlton Mann adaptaron la historia como una obra de teatro, que se representó durante 263 funciones en Londres desde el 28 de agosto de 1920 hasta el 16 de abril de 1921. Se hicieron versiones cinematográficas de la novela en 1923, 1949 y 1980.
Stacpoole también escribió dos secuelas exitosas: The Garden of God (1923) y The Gates of Morning (1925). Estos tres libros y otros dos se combinaron para formar The Blue Lagoon Omnibus en 1933. The Garden of God fue filmada como Return to the Blue Lagoon en 1992.
Este texto electrónico de Gutenberg de The Blue Lagoon: A Romance se basa en la primera edición estadounidense de 1908 publicada por J. B. Lippincott Company de Filadelfia.
----- Nota del transcriptor n.º 2 -----
La edición declarada para este texto electrónico es la primera edición estadounidense de 1908 publicada por J. B. Lippincott Company de Filadelfia. Stacpoole entregó su manuscrito original al editor T. Fisher Unwin (Londres) en septiembre de 1907. La edición de Londres y la edición de Lippincott (este texto electrónico) se publicaron ambas en 1908. Se realizaron cuatro cambios al crear la edición de Lippincott:
1. En la página 18:
Edición de Londres: él se sentó con él sobre sus rodillas mirando la cubierta principal blanca iluminada por el sol, barrada con las sombras negras de la jarcia fija.
Edición de EE. UU.: él se sentó con él sobre sus rodillas mirando la cubierta principal blanca iluminada por el sol, barrada con las sombras blancas de la jarcia fija.
Stacpoole indicó originalmente sombras negras de la jarcia sobre la cubierta.
2. En la página 19:
Edición de Londres: Eran siete campanadas —las tres y media de la tarde— y la campana del barco acababa de sonar.
Edición de EE. UU.: Eran tres campanadas —las tres y media de la tarde— y la campana del barco acababa de sonar.
La edición de Londres es correcta: siete campanadas son las 3:30 de la tarde. Tres campanadas son la una y media.
3. En la página 24:
Edición de Londres: El bote era un barco algo más grande que el bote ordinario de los barcos, y poseía un pequeño mástil y una vela de cangreja.
Edición de EE. UU.: El bote era un barco algo más grande que el bote ordinario de los barcos, y poseía un pequeño mástil y una vela larga.
Una vela de cangreja (moderno: lugsail) es una versión evolucionada de la vela cuadrada clásica que es correcta para el bote tal como se describe.
4. En la página 309:
Edición de Londres: «Este es el caballero, Simon», ...
Edición de EE. UU.: «Este es el caballero, Silas», ...
Aparte de estos cuatro cambios, ambas ediciones de 1908 son esencialmente idénticas.