LAS CONFESIONES DE SAN AGUSTÍN
Por San Agustín
Obispo de Hipona
Traducido por E. B. Pusey (Edward Bouverie)
AD 401
LIBRO I
Grande eres, Señor, y muy digno de alabanza; grande es tu poder y tu sabiduría infinita. Y el hombre te alaba, el hombre, una partícula de tu creación; el hombre, que lleva consigo su mortalidad, el testimonio de su pecado, el testimonio de que resistes a los soberbios; y, sin embargo, el hombre quiere alabarte; él, que no es más que una partícula de tu creación. Tú nos despiertas para que nos deleitemos en tu alabanza; porque nos hiciste para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti. Concédeme, Señor, saber y entender qué es lo primero, ¿invocarte o alabarte? y, de nuevo, ¿conocerte o invocarte? Porque, ¿quién puede invocarte si no te conoce? Pues el que no te conoce puede invocarte como otra cosa de lo que eres. ¿O es, más bien, que te invocamos para que podamos conocerte? Pero, ¿cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿O cómo creerán sin quien les predique? Y los que buscan al Señor lo alabarán; porque los que buscan lo encontrarán, y los que encuentran lo alabarán. Yo te buscaré, Señor, invocándote; y te invocaré creyendo en Ti; porque se nos ha predicado. Mi fe, Señor, te invocará, la fe que Tú me has dado, con la que me has inspirado, a través de la encarnación de tu Hijo, a través del ministerio del predicador.
Y ¿cómo invocaré a mi Dios, mi Dios y Señor, puesto que, cuando lo llamo, lo estaré llamando a mí mismo? Y ¿qué lugar hay dentro de mí adonde mi Dios pueda venir? ¿Adónde puede venir a mí Dios, Dios que hizo el cielo y la tierra? ¿Hay, en verdad, oh Señor Dios mío, algo en mí que pueda contenerte? ¿Te contienen, acaso, el cielo y la tierra, que Tú hiciste y en los cuales me hiciste a mí? O bien, puesto que nada de lo que existe podría existir sin Ti, ¿es que todo lo que existe te contiene? Puesto que yo también existo, ¿por qué busco que entres en mí, si yo no existiría si Tú no estuvieras en mí? ¿Por qué? Porque no he descendido a los infiernos, y sin embargo Tú estás allí también. Porque si desciendo a los infiernos, allí estás Tú. No podría ser entonces, oh Dios mío, no podría ser en absoluto, si Tú no estuvieras en mí; o, mejor dicho, a menos que yo estuviera en Ti, de quien son todas las cosas, por quien son todas las cosas, en quien son todas las cosas. Así es, Señor, así es. ¿Adónde te llamo, puesto que estoy en Ti? ¿O de dónde puedes entrar en mí? Pues ¿adónde puedo ir más allá del cielo y de la tierra, para que de allí venga mi Dios a mí, que ha dicho: Yo lleno el cielo y la tierra?
¿Contienen, pues, el cielo y la tierra a quien los llena? ¿O los llenas y, sin embargo, rebosas, puesto que no te contienen? Y ¿adónde, cuando el cielo y la tierra están llenos, derramas el resto de Ti mismo? ¿O acaso no tienes necesidad de que algo te contenga, Tú que contienes todas las cosas, puesto que lo que llenas lo llenas conteniéndolo? Porque los vasos que llenas no te sostienen, ya que, aunque se rompieran, Tú no te derramarías. Y cuando te derramas sobre nosotros, no eres derribado, sino que nos elevas; no eres disipado, sino que nos congregas. Pero Tú que llenas todas las cosas, ¿las llenas con la totalidad de Ti mismo? ¿O, puesto que todas las cosas no pueden contenerte por completo, contienen una parte de Ti? ¿Y todas a la vez la misma parte? ¿O cada una su propia parte, más la mayor y menos la menor? ¿Es, pues, una parte de Ti mayor y otra menor? ¿O estás totalmente en todas partes, mientras nada te contiene totalmente?
¿Qué eres, pues, Dios mío? ¿Qué, sino el Señor Dios? Porque, ¿quién es Señor sino el Señor? ¿O quién es Dios sino nuestro Dios? Altísimo, buenísimo, potentísimo, omnipotente; misericordiosísimo y, sin embargo, justísimo; ocultísimo y, sin embargo, presentísimo; hermosísimo y, sin embargo, fuertísimo; estable e incomprensible; inmutable y, sin embargo, todo lo cambia; nunca nuevo, nunca viejo; todo lo renueva y trae la vejez sobre los soberbios sin que ellos lo sepan; siempre activo, siempre en reposo; siempre recogiendo y nada le falta; sosteniendo, llenando y protegiendo; creando, nutriendo y madurando; buscando, aunque lo tiene todo. Amas sin pasión; eres celoso sin ansiedad; te arrepientes sin pesadumbre; te enojas y, sin embargo, estás sereno; cambias tus obras, pero tu propósito es inmutable; recibes de nuevo lo que encuentras y, sin embargo, nunca perdiste nada; nunca necesitado, pero te alegras con las ganancias; nunca codicioso, pero exiges intereses. Recibes de más para que te debamos; y ¿quién tiene algo que no sea tuyo? Pagas deudas sin deber nada; perdonas deudas sin perder nada. Y ¿qué he dicho ahora, Dios mío, mi vida, mi santa alegría? ¿O qué dice alguien cuando habla de Ti? Mas ¡ay de aquel que no habla, pues mudos son incluso los más elocuentes!
¡Oh, ojalá pudiera descansar en Ti! ¡Ojalá entraras en mi corazón y lo embriagaras, para que olvide mis males y te abrace a Ti, mi único bien! ¿Qué eres para mí? En tu misericordia, enséñame a decirlo. ¿O qué soy yo para Ti, que exiges mi amor y, si no te lo doy, te irritas conmigo y me amenazas con graves males? ¿Es, pues, un mal leve no amarte? ¡Oh, por tus misericordias, dime, oh Señor Dios mío, lo que eres para mí! Di a mi alma: Yo soy tu salvación. Habla de tal manera que yo pueda oír. Mira, Señor, mi corazón está ante Ti; abre sus oídos y di a mi alma: Yo soy tu salvación. Tras esta voz, déjame apresurarme y asirme a Ti. No ocultes tu rostro de mí. Que muera —para no morir—, solo con tal de ver tu rostro.
Estrecha es la mansión de mi alma; ensánchala Tú, para que puedas entrar. Está en ruinas; repárala Tú. Tiene dentro lo que debe ofender tus ojos; lo confieso y lo sé. Pero ¿quién la limpiará? ¿O a quién pediré auxilio, sino a Ti? Señor, límpiame de mis faltas ocultas y libra a tu siervo del poder del enemigo. Creo y por eso hablo. Señor, Tú lo sabes. ¿No he confesado contra mí mismo mis transgresiones ante Ti, y Tú, Dios mío, has perdonado la iniquidad de mi corazón? No entro en juicio contigo, que eres la verdad; temo engañarme a mí mismo, no sea que mi iniquidad mienta contra sí misma. Por tanto, no entro en juicio contigo; porque si Tú, Señor, tuvieras en cuenta las iniquidades, oh Señor, ¿quién podrá resistir?
Sin embargo, permíteme hablar a tu misericordia, a mí, polvo y ceniza. Sin embargo, permíteme hablar, ya que hablo a tu misericordia y no a un hombre desdeñoso. Tú también, tal vez, me desprecias, pero volverás y te compadecerás de mí. Pues ¿qué diría, oh Señor Dios mío, sino que no sé de dónde vine a esta vida mortal (¿debo llamarla así?) o muerte viva? Entonces, inmediatamente, me acogieron los consuelos de tu compasión, como oí (pues no lo recuerdo) de los padres de mi carne, de cuya sustancia me formaste en otro tiempo. Así me recibieron los consuelos de la leche materna. Porque ni mi madre ni mis nodrizas almacenaron sus pechos para mí, sino que Tú diste el alimento de mi infancia a través de ellas, según tu ordenanza, por la cual distribuyes tus riquezas a través de los manantiales ocultos de todas las cosas. Tú también me diste el desear no más de lo que Tú dabas; y a mis nodrizas el darme voluntariamente lo que Tú les dabas. Pues ellas, con un afecto enseñado por el cielo, me daban voluntariamente aquello de lo que rebosaban gracias a Ti. Porque este bien mío, proveniente de ellas, era bueno para ellas. Ni, en verdad, era de ellas, sino a través de ellas; porque de Ti, oh Dios, son todas las cosas buenas, y de mi Dios es toda mi salud. Esto lo supe después, al proclamarte Tú a Ti mismo ante mí a través de estos dones tuyos, dentro y fuera de mí. Pues entonces solo sabía mamar; descansar en lo que me agradaba y llorar ante lo que ofendía a mi carne; nada más.
Después comencé a sonreír; primero en sueños, luego despierto; pues así se me contó de mí mismo, y lo creí; ya que vemos lo mismo en otros niños, aunque yo mismo no lo recuerdo. Así, poco a poco, fui consciente de dónde estaba; y de tener el deseo de expresar mis deseos a quienes pudieran satisfacerlos, y no podía; pues los deseos estaban dentro de mí, y ellos fuera; ni podían ellos, por ninguno de sus sentidos, entrar dentro de mi espíritu. Por eso agitaba al azar mis miembros y mi voz, haciendo las pocas señales que podía, y tales como podía, parecidas, aunque en verdad muy poco parecidas, a lo que deseaba. Y cuando no se me obedecía al instante (siendo mis deseos nocivos o ininteligibles), entonces me indignaba con mis mayores por no someterse a mí, con aquellos que no me debían servicio por no servirme; y me vengaba de ellos con llanto. He aprendido que los niños son así al observarlos; y que yo mismo fui así, ellos, sin darse cuenta, me lo han mostrado mejor que mis nodrizas que lo sabían.
Y ¡he aquí! mi infancia murió hace mucho tiempo, y yo vivo. Pero Tú, Señor, que vives para siempre y en quien nada muere: pues antes de la fundación de los mundos, y antes de todo lo que puede llamarse "antes", Tú eres, y eres Dios y Señor de todo lo que has creado: en Ti permanecen, fijas para siempre, las causas primeras de todas las cosas que no permanecen; y de todas las cosas mutables, los manantiales permanecen en Ti inmutables; y en Ti viven las razones eternas de todas las cosas irracionales y temporales. Di, Señor, a mí, tu suplicante; di, misericordiosísimo, a mí, tu criatura digna de lástima; di, ¿sucedió mi infancia a otra edad mía que murió antes de ella? ¿Fue esa la que pasé dentro del vientre de mi madre? Pues de eso he oído algo, y yo mismo he visto mujeres encinta; y ¿qué hubo antes de esa vida, oh Dios, mi alegría? ¿Fui algo o estuve en alguna parte? Pues de esto no tengo a nadie que me lo diga, ni padre ni madre, ni experiencia de otros, ni mi propia memoria. ¿Te burlas de mí por preguntar esto y me mandas alabarte y reconocerte, por lo que sí sé?
Te reconozco, Señor del cielo y de la tierra, y te alabo por los primeros rudimentos de mi ser y mi infancia, de los cuales no recuerdo nada; pues has dispuesto que el hombre conjeture mucho sobre sí mismo a partir de otros; y crea mucho basándose en la fortaleza de débiles mujeres. Incluso entonces tenía ser y vida, y (al final de mi infancia) podía buscar signos mediante los cuales dar a conocer a otros mis sensaciones. ¿De dónde podría provenir tal ser, sino de Ti, Señor? ¿Puede alguien ser su propio artífice? ¿O puede derivarse de otra parte alguna vena que pueda verter esencia y vida en nosotros, sino de Ti, oh Señor, en quien la esencia y la vida son una sola cosa? Pues Tú mismo eres supremamente Esencia y Vida. Pues eres altísimo y no cambias, ni en Ti llega a su fin el día de hoy; sin embargo, en Ti llega a su fin; porque todas esas cosas también están en Ti. Pues no tenían forma de pasar, a menos que Tú las sostuvieras. Y puesto que tus años no fallan, tus años son un solo día. ¡Cuántos de los nuestros y de los años de nuestros padres han fluido a través de tu "hoy", y de él recibieron la medida y la forma del ser que tenían; y otros fluirán aún, y recibirán así la forma de su grado de ser! Pero Tú sigues siendo el mismo, y todas las cosas del mañana, y todo lo que está más allá, y todo lo de ayer, y todo lo que está detrás, Tú lo has hecho hoy. ¿Qué me importa, aunque alguien no comprenda esto? ¡Que se alegre también y diga: Qué cosa es esta! ¡Que se alegre incluso así! Y que se contente más bien con descubrirte al no descubrirte, que con no descubrirte al descubrirte.
Escucha, oh Dios. ¡Ay del pecado del hombre! Así dice el hombre, y Tú te compadeces de él; pues Tú lo hiciste, pero el pecado no lo hiciste Tú en él. ¿Quién me recuerda los pecados de mi infancia? Pues ante tus ojos nadie es puro de pecado, ni siquiera el niño cuya vida no es más que un día sobre la tierra. ¿Quién me lo recuerda? ¿Acaso no lo hace cada niño pequeño, en quien veo lo que de mí mismo no recuerdo? ¿Cuál fue, pues, mi pecado? ¿Fue que me colgaba del pecho y lloraba? Pues si ahora hiciera lo mismo por comida adecuada a mi edad, justamente sería objeto de risa y reproche. Lo que entonces hice era digno de reproche; pero como no podía entender el reproche, la costumbre y la razón prohibían que se me reprendiera. Pues esos hábitos, cuando crecemos, los arrancamos y los desechamos. Ahora ningún hombre, aunque pode, desecha a sabiendas lo que es bueno. ¿O era entonces bueno, aunque fuera por un tiempo, llorar por lo que, si se diera, dañaría? ¿Resentirse amargamente porque personas libres, y sus propios mayores, sí, los mismos autores de su nacimiento, no lo servían? ¿Que muchos otros, más sabios que él, no obedecían el asentimiento de su buen placer? ¿Hacer lo posible por golpear y herir, porque no se obedecían órdenes que, de haber sido obedecidas, le habrían dañado? La debilidad, pues, de los miembros del niño, no su voluntad, es su inocencia. Yo mismo he visto y conocido incluso a un bebé envidioso; no podía hablar, pero palidecía y miraba con amargura a su hermano de leche. ¿Quién no sabe esto? Las madres y nodrizas dicen que alivian estas cosas con no sé qué remedios. ¿Es eso también inocencia, cuando la fuente de leche fluye en rica abundancia, no soportar que otro la comparta, aunque esté en extrema necesidad, y cuya misma vida depende aún de ello? Soportamos todo esto con dulzura, no porque no sean males o porque sean leves, sino porque desaparecerán a medida que aumenten los años; pues, aunque tolerados ahora, los mismos temperamentos son absolutamente intolerables cuando se encuentran en años más maduros.
Tú, pues, oh Señor Dios mío, que diste vida a esta infancia mía, proveyendo así de sentidos (como vemos) al marco que Tú diste, compactando sus miembros, adornando sus proporciones y, para su bien general y seguridad, implantando en él todas las funciones vitales, me mandas alabarte en estas cosas, confesarte y cantar a tu nombre, Tú que eres el Altísimo. Pues Tú eres Dios, Todopoderoso y Bueno, incluso si no hubieras hecho nada más que esto, que nadie podría hacer sino Tú: cuya Unidad es el molde de todas las cosas; que de tu propia belleza haces todas las cosas bellas; y ordenas todas las cosas por tu ley. Esta edad, pues, Señor, de la cual no tengo recuerdo, que tomo por palabra de otros, y conjeturo de otros niños que he pasado, por verdadera que sea la conjetura, soy sin embargo reacio a contarla en esta vida mía que vivo en este mundo. Pues no menos que la que pasé en el vientre de mi madre, está oculta para mí en las sombras del olvido. Pero si fui formado en iniquidad, y en pecado me concibió mi madre, ¿dónde, te suplico, oh Dios mío, dónde, Señor, o cuándo, fui tu siervo sin culpa? Pero, ¡he aquí! ese período lo paso por alto; y ¿qué tengo yo ahora que ver con eso, de lo cual no puedo recordar vestigio alguno?
Pasando de aquí de la infancia, llegué a la niñez, o mejor dicho, ella llegó a mí, desplazando a la infancia. Ni esta partió —(pues ¿adónde fue?)— y sin embargo ya no existía. Porque yo ya no era un niño sin habla, sino un niño que habla. Esto lo recuerdo; y he observado después cómo aprendí a hablar. No fue que mis mayores me enseñaran palabras (como, poco después, otras enseñanzas) en ningún método establecido; sino que yo, anhelando mediante gritos y acentos entrecortados y diversos movimientos de mis miembros expresar mis pensamientos, para así poder tener mi voluntad, y sin embargo incapaz de expresar todo lo que deseaba, o a quien deseaba, practiqué yo mismo, mediante el entendimiento que Tú, Dios mío, me diste, los sonidos en mi memoria. Cuando nombraban algo, y mientras hablaban se volvían hacia ello, veía y recordaba que llamaban a lo que querían señalar con el nombre que pronunciaban. Y que se referían a esta cosa y no a otra era evidente por el movimiento de su cuerpo, el lenguaje natural, por así decirlo, de todas las naciones, expresado por el semblante, las miradas de los ojos, los gestos de los miembros y los tonos de la voz, indicando los afectos de la mente, mientras persigue, posee, rechaza o evita. Y así, al escuchar constantemente las palabras, tal como ocurrían en diversas frases, recogí gradualmente lo que significaban; y habiendo roto en mi boca estos signos, di a conocer así mi voluntad. Así intercambiaba con los que me rodeaban estos signos corrientes de nuestras voluntades, y me lancé más profundamente en el tormentoso intercambio de la vida humana, dependiendo sin embargo de la autoridad parental y de la señal de los mayores.
Oh Dios mío, ¡qué miserias y burlas experimenté entonces, cuando se me proponía la obediencia a mis maestros, como propia de un niño, para que en este mundo pudiera prosperar y sobresalir en la ciencia de la lengua, que serviría para la "alabanza de los hombres" y para riquezas engañosas! Luego me enviaron a la escuela para obtener aprendizaje, en el cual yo (pobre desgraciado) no sabía qué utilidad había; y sin embargo, si era perezoso en el aprendizaje, era golpeado. Pues esto se juzgaba correcto por nuestros antepasados; y muchos, pasando por el mismo camino antes que nosotros, trazaron para nosotros senderos fatigosos, a través de los cuales estábamos obligados a pasar; multiplicando el trabajo y el dolor sobre los hijos de Adán. Pero, Señor, descubrimos que los hombres te invocaban, y aprendimos de ellos a pensar en Ti (según nuestras fuerzas) como en algún gran Ser, quien, aunque oculto a nuestros sentidos, podía oírnos y ayudarnos. Pues así comencé, siendo niño, a orar a Ti, mi ayuda y refugio; y rompí las ataduras de mi lengua para invocarte, orándote, aunque pequeño, con no pequeña seriedad, para que no me golpearan en la escuela. Y cuando no me escuchabas (no por ello entregándome a la locura), mis mayores, sí, mis propios padres, que sin embargo no deseaban mi mal, se burlaban de mis azotes, mi entonces gran y grave mal.
¿Hay, Señor, alguien de alma tan grande, y que se adhiera a Ti con tan intenso afecto (pues una especie de estupidez lo hará de alguna manera); pero hay alguien que, por adherirse devotamente a Ti, esté dotado de tan gran espíritu, que pueda pensar tan ligeramente en los potros y ganchos y otros tormentos (contra los cuales, por todas las tierras, los hombres te invocan con extremo temor), burlándose de aquellos por quienes son temidos más amargamente, como nuestros padres se burlaban de los tormentos que sufríamos en la niñez a manos de nuestros maestros? Pues no temíamos menos nuestros tormentos; ni orábamos menos a Ti para escapar de ellos. Y sin embargo pecábamos, al escribir o leer o estudiar menos de lo que se nos exigía. Pues no nos faltaba, oh Señor, memoria o capacidad, de las cuales tu voluntad dio suficiente para nuestra edad; pero nuestro único deleite era el juego; y por esto éramos castigados por aquellos que ellos mismos estaban haciendo lo mismo. Pero la ociosidad de los mayores se llama "negocios"; la de los niños, siendo realmente la misma, es castigada por esos mayores; y nadie se compadece ni de los niños ni de los hombres. Pues, ¿alguien con sano juicio aprobará que me golpearan de niño, porque, al jugar a la pelota, progresaba menos en los estudios que debía aprender, solo para que, de hombre, pudiera jugar de manera más impropia? ¿Y qué otra cosa hacía quien me golpeaba? Quien, si era derrotado en alguna discusión trivial con su colega tutor, ¿estaba más amargado y celoso que yo cuando era derrotado a la pelota por un compañero de juego?
Y sin embargo, pequé en esto, oh Señor Dios, Creador y Dispositor de todas las cosas en la naturaleza, y del pecado solo Dispositor, oh Señor Dios mío, pequé al transgredir los mandatos de mis padres y los de mis maestros. Pues lo que ellos, con cualquier motivo, querían que yo aprendiera, podría haberlo aprovechado después. Porque desobedecí, no por una mejor elección, sino por amor al juego, amando la soberbia de la victoria en mis contiendas, y que mis oídos fueran halagados con fábulas mentirosas, para que picaran aún más; la misma curiosidad brillando en mis ojos cada vez más, por los espectáculos y juegos de mis mayores. Y, sin embargo, aquellos que dan estos espectáculos son tan estimados que casi todos desean lo mismo para sus hijos, y con todo, están muy dispuestos a que sean golpeados si esos mismos juegos los apartan de los estudios mediante los cuales quieren que lleguen a ser quienes los den. Mira con piedad, Señor, estas cosas, y líbranos a quienes te invocamos ahora; libra también a los que aún no te invocan, para que puedan invocarte, y Tú puedas librarlos.
De niño, pues, ya había oído hablar de una vida eterna, prometida a nosotros a través de la humildad del Señor nuestro Dios inclinándose ante nuestra soberbia; e incluso desde el vientre de mi madre, que puso gran esperanza en Ti, fui sellado con la señal de Su cruz y sazonado con Su sal. Tú viste, Señor, cómo siendo aún un niño, al ser preso en una ocasión de una opresión repentina en el estómago, y estar cerca de la muerte —Tú viste, Dios mío (pues Tú eras mi guardián), con qué fervor y qué fe busqué, del cuidado piadoso de mi madre y de Tu Iglesia, madre de todos nosotros, el bautismo de Tu Cristo, mi Dios y Señor. Por lo cual la madre de mi carne, estando muy angustiada (ya que, con un corazón puro en Tu fe, ella trabajaba aún con más amor en el alumbramiento de mi salvación), habría provisto con ansiosa premura para mi consagración y purificación mediante los sacramentos que dan salud, confesándote a Ti, Señor Jesús, para la remisión de los pecados, si no me hubiera recuperado repentinamente. Y así, como si debiera ser nuevamente contaminado si vivía, mi purificación fue diferida, porque las manchas del pecado traerían, después de aquel lavado, una culpa mayor y más peligrosa. Yo entonces ya creía: y mi madre, y toda la casa, excepto mi padre: sin embargo, él no prevaleció sobre el poder de la piedad de mi madre en mí, para que, como él aún no creía, tampoco yo lo hiciera. Pues fue su ferviente cuidado que Tú, mi Dios, más que él, fueras mi padre; y en esto Tú la ayudaste a prevalecer sobre su marido, a quien ella obedecía, siendo mejor, obedeciéndote también en ello a Ti, que así lo has mandado.
Te ruego, Dios mío, querría saber, si así lo quieres, ¿con qué propósito mi bautismo fue entonces diferido? ¿fue por mi bien que la rienda se dejó floja, por así decir, sobre mí, para que pecara? ¿o no se dejó floja? Si no, ¿por qué resuena todavía en nuestros oídos por todas partes: "Déjenlo, que haga lo que quiera, pues aún no está bautizado"? Pero en cuanto a la salud corporal, nadie dice: "Que sea herido peor, pues aún no está curado". ¡Cuánto mejor, pues, hubiera sido que me hubiera curado de inmediato; y luego, por los amigos y por mí mismo, la salud recuperada de mi alma hubiera sido mantenida a salvo en Tu guarda, que la diste! Mejor, ciertamente. ¡Pero cuántas y grandes olas de tentación parecieron cernirse sobre mí después de mi niñez! Mi madre previó esto; y prefirió exponer a ellas el barro de donde yo pudiera después ser moldeado, que la misma figura, una vez hecha.
En la niñez misma, sin embargo (mucho menos temida para mí que la juventud), no amaba el estudio y odiaba ser obligado a él. Pero fui obligado; y esto se hizo bien conmigo, pero yo no hice bien; pues, de no ser obligado, no habría aprendido. Pero nadie hace bien contra su voluntad, aunque lo que haga sea bueno. Pero tampoco hicieron bien quienes me obligaron, sino que lo bueno vino a mí de Ti, Dios mío. Pues a ellos no les importaba cómo emplearía lo que me obligaban a aprender, sino para saciar los deseos insaciables de una riqueza mendicante y una gloria vergonzosa. Pero Tú, por quien hasta los cabellos de nuestra cabeza están contados, usaste para mi bien el error de todos los que me urgían a aprender; y el mío, que no quería aprender, lo usaste para mi castigo, una pena justa para alguien tan pequeño y tan gran pecador. Así, por aquellos que no hicieron bien, Tú hiciste bien para mí; y por mi propio pecado me castigaste justamente. Pues Tú has mandado, y así es, que todo afecto desordenado sea su propio castigo.
Pero ¿por qué odiaba tanto el griego, que estudié de niño? Todavía no lo sé del todo. Porque el latín lo amaba; no el que mis primeros maestros, sino el que los llamados gramáticos me enseñaron. Pues esas primeras lecciones, leer, escribir y aritmética, las consideraba tan gran carga y pena como cualquier griego. Y, sin embargo, ¿de dónde venía esto, sino del pecado y la vanidad de esta vida, porque yo era carne, y un soplo que pasa y no vuelve? Pues esas primeras lecciones eran mejores ciertamente, porque más seguras; por ellas obtuve, y aún conservo, la capacidad de leer lo que encuentro escrito, y yo mismo escribir lo que quiero; mientras que en las otras, era obligado a aprender las andanzas de un tal Eneas, olvidadizo de las mías, y a llorar por la muerte de Dido, porque se mató por amor; mientras tanto, con ojos secos, soportaba mi miserable yo muriendo entre estas cosas, lejos de Ti, oh Dios, vida mía.
Pues ¿qué hay más miserable que un ser miserable que no se compadece de sí mismo; llorando la muerte de Dido por amor a Eneas, pero no llorando su propia muerte por falta de amor a Ti, oh Dios? Tú, luz de mi corazón, Tú, pan de mi alma íntima, Tú, Poder que das vigor a mi mente, que avivas mis pensamientos, no te amé. Forniqué contra Ti, y a mi alrededor, así fornicando, resonaba: "¡Bien hecho! ¡bien hecho!", pues la amistad de este mundo es fornicación contra Ti; y "¡bien hecho! ¡bien hecho!" resuena hasta que uno se avergüenza de no ser así un hombre. Y por todo esto no lloré, yo que lloré por Dido muerta, y "buscando por la espada un golpe y herida extrema", buscando yo mientras tanto una peor, la más extrema y baja de Tus criaturas, habiéndote abandonado, tierra pasando a la tierra. Y si se me prohibía leer todo esto, me afligía no poder leer lo que me afligía. Tal locura se considera un aprendizaje más alto y rico que aquel por el cual aprendí a leer y escribir.
Pero ahora, Dios mío, grita Tú en voz alta en mi alma; y que Tu verdad me diga: "No es así, no es así. Mucho mejor era aquel primer estudio". Porque, mira, preferiría olvidar las andanzas de Eneas y todo lo demás, antes que cómo leer y escribir. Pero sobre la entrada de la Escuela de Gramática hay un velo echado; es cierto; pero ¿no es esto tanto un emblema de algo recóndito como un manto de error? Que no griten contra mí aquellos a quienes ya no temo, mientras confieso a Ti, mi Dios, lo que mi alma quiere, y asiento a la condena de mis malos caminos, para que pueda amar Tus buenos caminos. Que tampoco griten contra mí los compradores o vendedores de gramática. Pues si les pregunto si es verdad que Eneas vino alguna vez a Cartago, como cuenta el poeta, los menos doctos responderán que no lo saben, los más doctos que nunca lo hizo. Pero si preguntara con qué letras se escribe el nombre "Eneas", todo el que ha aprendido esto me responderá correctamente, en cuanto a los signos que los hombres han acordado convencionalmente. Si, de nuevo, preguntara qué podría olvidarse con menos detrimento para los asuntos de la vida, ¿leer y escribir o estas ficciones poéticas? ¿quién no prevé lo que todos deben responder, los que no se han olvidado por completo de sí mismos? Pequé, pues, cuando de niño prefería esos estudios vacíos a los más provechosos, o mejor dicho, amaba unos y odiaba otros. "Uno y uno, dos"; "dos y dos, cuatro"; esto era para mí un canturreo odioso: "el caballo de madera forrado de hombres armados", y "el incendio de Troya", y "la sombra de Creusa y su triste semejanza", eran el espectáculo preferido de mi vanidad.
¿Por qué entonces odiaba los clásicos griegos, que tienen tales cuentos? Pues Homero también tejía curiosamente tales ficciones, y es dulcemente vano, sin embargo, era amargo para mi gusto infantil. Y supongo que así sería Virgilio para los niños griegos, cuando fueran obligados a aprenderlo como yo a Homero. La dificultad, en verdad, la dificultad de una lengua extranjera, rociaba, por así decir, con hiel toda la dulzura de la fábula griega. Pues ni una palabra entendía, y para hacerme entender era urgido vehementemente con crueles amenazas y castigos. Hubo un tiempo también (siendo infante) que no sabía latín; pero esto lo aprendí sin miedo ni sufrimiento, por simple observación, entre las caricias de mi nodriza y las bromas de amigos, sonriendo y animándome alegremente. Esto lo aprendí sin ninguna presión de castigo para urgirme, pues mi corazón me urgía a dar a luz a sus concepciones, lo cual solo podía hacer aprendiendo palabras, no de quienes me enseñaban, sino de quienes hablaban conmigo; en cuyos oídos también daba a luz los pensamientos, cualquier cosa que concibiera. Sin duda, pues, una libre curiosidad tiene más fuerza en nuestro aprendizaje de estas cosas que una espantosa imposición. Solo esta imposición refrena los desvaríos de esa libertad, a través de Tus leyes, oh Dios mío, Tus leyes, desde la caña del maestro hasta las pruebas de los mártires, siendo capaz de templar para nosotros un amargo saludable, llamándonos a Ti desde ese placer mortal que nos aleja de Ti.
Escucha, Señor, mi oración; no desfallezca mi alma bajo Tu disciplina, ni desfallezca yo en confesarte todas Tus misericordias, mediante las cuales me has sacado de todos mis caminos más malvados, para que pudieras convertirte en un deleite para mí por encima de todas las seducciones que una vez perseguí; para que pueda amarte enteramente, y apretar Tu mano con todos mis afectos, y Tú puedas aún rescatarme de toda tentación, hasta el fin. Pues mira, oh Señor, mi Rey y mi Dios, para Tu servicio sea cualquier cosa útil que mi infancia aprendió; para Tu servicio, que hable, escriba, lea, calcule. Pues Tú me concediste Tu disciplina mientras aprendía vanidades; y mi pecado de deleitarme en esas vanidades lo has perdonado. En ellas, ciertamente, aprendí muchas palabras útiles, pero estas pueden aprenderse igualmente en cosas no vanas; y ese es el camino seguro para los pasos de la juventud.
¡Pero ay de ti, torrente de la costumbre humana! ¿Quién se mantendrá contra ti? ¿hasta cuándo no serás secado? ¿cuánto tiempo harás rodar a los hijos de Eva hacia ese enorme y horrendo océano, que apenas cruzan incluso quienes suben a la cruz? ¿No leí en ti sobre Júpiter, el tonante y el adúltero? Ambos, sin duda, no podía serlo; pero así el trueno fingido podría apoyar y alcahuetear el adulterio real. Y ahora, ¿quién de nuestros maestros vestidos de toga presta un oído sobrio a quien, desde su propia escuela, clama: "Estas eran ficciones de Homero, transfiriendo cosas humanas a los dioses; ¡ojalá hubiera traído las cosas divinas a nosotros!"? Sin embargo, más verdaderamente habría dicho: "Estas son ciertamente sus ficciones; pero atribuyendo una naturaleza divina a hombres malvados, para que los crímenes ya no fueran crímenes, y quien los comete no parezca imitar a hombres abandonados, sino a los dioses celestiales".
Y sin embargo, torrente infernal, en ti son arrojados los hijos de los hombres con ricas recompensas, por alcanzar tal aprendizaje; y se hace una gran solemnidad de ello, cuando esto sucede en el foro, a la vista de leyes que asignan un salario además de los pagos del escolar; y tú azotas tus rocas y ruges: "De aquí se aprenden palabras; de aquí la elocuencia; muy necesaria para ganar vuestros fines o mantener opiniones". Como si nunca hubiéramos conocido tales palabras como "lluvia de oro", "regazo", "engañar", "templos de los cielos", u otras en ese pasaje, a menos que Terencio hubiera traído a un joven lascivo al escenario, poniendo a Júpiter como su ejemplo de seducción.
"Viendo un cuadro, donde el cuento estaba dibujado, Del descenso de Júpiter en una lluvia de oro Al regazo de Dánae para engañar a una mujer."
Y luego nota cómo se excita a la lujuria como por autoridad celestial:
"¿Y qué Dios? El gran Júpiter, Que sacude los templos más altos del cielo con su trueno,
¡Y yo, pobre mortal, no hacer lo mismo! Lo hice, y de todo corazón lo hice."
Ni un ápice más fácilmente se aprenden las palabras por toda esta vileza; pero mediante ellas la vileza se comete con menos vergüenza. No es que culpe a las palabras, siendo, por así decir, vasos selectos y preciosos; sino ese vino del error que nos es dado a beber en ellas por maestros embriagados; y si nosotros, también, no bebemos, somos golpeados, y no tenemos juez sobrio a quien podamos apelar. Sin embargo, oh Dios mío (en cuya presencia ahora sin daño puedo recordar esto), todo esto infelizmente lo aprendí voluntariamente con gran deleite, y por esto fui proclamado un niño prometedor.
Sé paciente conmigo, Dios mío, mientras digo algo de mi ingenio, Tu don, y en qué locuras lo desperdicié. Pues se me impuso una tarea, bastante molesta para mi alma, bajo términos de alabanza o vergüenza, y miedo a los azotes, para decir las palabras de Juno, mientras se enfurecía y lamentaba por no poder
"Apartar a este príncipe troyano del Lacio."
Palabras que había oído que Juno nunca pronunció; pero fuimos forzados a extraviarnos en los pasos de estas ficciones poéticas, y a decir en prosa mucho de lo que él expresó en verso. Y era más aplaudido aquel cuyo hablar, en quien las pasiones de rabia y dolor eran más preeminentes, y vestido con el lenguaje más apropiado, manteniendo la dignidad del personaje. ¿Qué es para mí, oh mi vida verdadera, mi Dios, que mi declamación fuera aplaudida por encima de tantos de mi edad y clase? ¿no es todo esto humo y viento? ¿y no había nada más en qué ejercitar mi ingenio y mi lengua? Tus alabanzas, Señor, Tus alabanzas podrían haber sostenido el brote aún tierno de mi corazón por el apoyo de Tus Escrituras; así no se habría arrastrado entre estas nimiedades vacías, una presa mancillada para las aves del cielo. Pues de más de una manera los hombres sacrifican a los ángeles rebeldes.
Pero ¿qué maravilla que fuera así arrastrado a las vanidades, y saliera de Tu presencia, oh Dios mío, cuando se me presentaban hombres como modelos, quienes, si al relatar alguna acción suya, en sí no mala, cometían algún barbarismo o solecismo, siendo censurados, se avergonzaban; pero cuando en un discurso rico, adornado y bien ordenado relataban su propia vida desordenada, siendo alabados, se gloriaban? Estas cosas Tú las ves, Señor, y guardas silencio; paciente, y abundante en misericordia y verdad. ¿Guardarás silencio para siempre? E incluso ahora sacas de este horrible abismo al alma que te busca, que tiene sed de Tus placeres, cuyo corazón te dice: He buscado Tu rostro; Tu rostro, Señor, buscaré. Pues los afectos oscurecidos son alejamiento de Ti. Pues no es con nuestros pies, o cambio de lugar, que los hombres te dejan, o vuelven a Ti. ¿O acaso ese hijo menor Tuyo buscó caballos o carros, o barcos, voló con alas visibles, o viajó por el movimiento de sus miembros, para que pudiera en un país lejano desperdiciar en vida licenciosa todo lo que diste a su partida? un Padre amoroso, cuando diste, y más amoroso hacia él, cuando volvió vacío. Así, pues, en los afectos lujuriosos, esto es, oscurecidos, está la verdadera distancia de Tu rostro.
He aquí, oh Señor Dios, sí, mira pacientemente como acostumbras cuán cuidadosamente los hijos de los hombres observan las reglas pactadas de las letras y sílabas recibidas de quienes hablaron antes que ellos, descuidando el pacto eterno de la salvación perpetua recibida de Ti. De tal modo, que un maestro o aprendiz de las leyes hereditarias de pronunciación ofenderá más a los hombres hablando sin la aspiración, de un "ser humano", despreciando las leyes de la gramática, que si él, un "ser humano", odia a un "ser humano" despreciando las Tuyas. Como si algún enemigo pudiera ser más dañino que el odio con el que está encendido contra él; o pudiera herir más profundamente a quien persigue, que lo que hiere su propia alma por su enemistad. Ciertamente ninguna ciencia de letras puede ser tan innata como el registro de la conciencia, "que le está haciendo a otro lo que de otro le pesaría sufrir". ¡Qué profundos son Tus caminos, oh Dios, Tú el único grande, que te sientas en silencio en lo alto y mediante una ley incansable dispensas ceguera penal a los deseos sin ley! En busca de la fama de la elocuencia, un hombre de pie ante un juez humano, rodeado por una multitud humana, declamando contra su enemigo con feroz odio, tendrá cuidado más vigilante, de no ser que, por un error de la lengua, asesine la palabra "ser humano"; pero no tiene cuidado de no ser que, a través de la furia de su espíritu, asesine al verdadero ser humano.
Este era el mundo a cuya puerta yacía yo infeliz en mi niñez; este el escenario donde había temido más cometer un barbarismo, que habiendo cometido uno, envidiar a quienes no lo habían hecho. Estas cosas digo y confieso a Ti, Dios mío; por las cuales tuve alabanza de ellos, a quienes entonces pensaba que era toda virtud complacer. Pues no veía el abismo de vileza, en el cual fui arrojado lejos de Tus ojos. Ante ellos, ¿qué más vil que lo que yo ya era, desagradando incluso a tales como yo mismo? ¡con innumerables mentiras engañando a mi tutor, a mis maestros, a mis padres, por amor al juego, ansia de ver vanas exhibiciones e inquietud por imitarlas! Robos también cometí, de la despensa y mesa de mis padres, esclavizado por la codicia, o para tener qué dar a muchachos, que me vendían su juego, que mientras tanto les gustaba no menos que a mí. En este juego, también, buscaba a menudo conquistas injustas, conquistado yo mismo mientras tanto por el vano deseo de preeminencia. ¿Y qué podía soportar tan mal, o, cuando lo detectaba, reprochaba tan ferozmente, como lo que yo hacía a otros? y por lo cual si, detectado, era reprochado, prefería discutir antes que ceder. ¿Y es esta la inocencia de la niñez? No es así, Señor, no es así; clamo por Tu misericordia, Dios mío. Pues estos mismos pecados, a medida que los años maduros suceden, estos mismos pecados son transferidos de tutores y maestros, de nueces, pelotas y gorriones, a magistrados y reyes, al oro, a las tierras y a los esclavos, así como castigos más severos desplazan a la caña. Era la baja estatura entonces de la infancia la que Tú, nuestro Rey, recomendaste como emblema de humildad, cuando dijiste: De tales es el reino de los cielos.
Sin embargo, Señor, a Ti, el Creador y Gobernador del universo, excelentísimo y buenísimo, te eran debidas gracias, Dios nuestro, aun si me hubieras destinado tan solo la niñez. Pues incluso entonces yo era, vivía y sentía; y tenía una providencia implantada sobre mi bienestar, un rastro de aquella misteriosa Unidad de la cual derivé; guardaba mediante el sentido interior la integridad de mis sentidos, y en estas minuciosas ocupaciones, y en mis pensamientos sobre cosas diminutas, aprendí a deleitarme en la verdad, odiaba ser engañado, poseía una memoria vigorosa, estaba dotado de lenguaje, me consolaba la amistad, evitaba el dolor, la vileza y la ignorancia. En criatura tan pequeña, ¿qué no era maravilloso, qué no era admirable? Pero todo son dones de mi Dios: no fui yo quien me los dio; y son buenos, y todos ellos juntos soy yo. Bueno, pues, es Aquel que me hizo, y Él es mi bien; y ante Él me exultaré por todo bien que tuve siendo niño. Porque fue mi pecado que no en Él, sino en Sus criaturas —en mí mismo y en los otros— busqué placeres, sublimidades y verdades, y así caí de cabeza en penas, confusiones y errores. Gracias te sean dadas, alegría mía, gloria mía y confianza mía, Dios mío, gracias te sean dadas por Tus dones; pero consérvamelos. Pues así me conservarás a mí, y aquellas cosas que me has dado serán agrandadas y perfeccionadas, y yo mismo estaré contigo, ya que incluso el ser me lo has dado Tú.
LIBRO II
Traeré ahora a la memoria mi pasada inmundicia y las corrupciones carnales de mi alma; no porque las ame, sino para que pueda amarte a Ti, oh Dios mío. Por amor a Tu amor lo hago; revisando mis caminos malvados en la misma amargura de mi recuerdo, para que Tú te vuelvas dulce para mí (Tú, dulzura que nunca falla, Tú, dulzura dichosa y segura); y recogiéndome de nuevo de esa mi disipación, en la cual fui despedazado, mientras, alejado de Ti, el Único Bien, me perdí entre una multiplicidad de cosas. Pues ardía yo en mi juventud, tiempo atrás, por saciarme en cosas inferiores; y me atreví a volver a desmandarme con estos amores variados y sombríos: mi belleza se consumió y apesté ante Tus ojos, complaciéndome a mí mismo y deseando agradar ante los ojos de los hombres.
¿Y en qué me deleitaba, sino en amar y ser amado? Pero no guardé la medida del amor, de mente a mente, el brillante límite de la amistad; sino que, de la fangosa concupiscencia de la carne y de las burbujas de la juventud, surgieron vapores que nublaron y oscurecieron mi corazón, de modo que no pude discernir el claro brillo del amor de la niebla de la lujuria. Ambos hervían confusamente en mí y precipitaron mi inestable juventud por el despeñadero de los deseos impíos, y me hundieron en un abismo de flagicios. Tu ira se había acumulado sobre mí y yo no lo sabía. Me había vuelto sordo por el tintineo de la cadena de mi mortalidad, el castigo de la soberbia de mi alma, y me extravié más lejos de Ti, y Tú me dejaste solo, y fui zarandeado, desperdiciado y disipado, y herví en mis fornicaciones, y Tú callaste, ¡oh alegría mía tardía! Tú entonces callaste, y yo vagué más y más lejos de Ti, hacia semilleros de penas cada vez más infructuosos, con una orgullosa abatimiento y una fatiga inquieta.
¡Oh! ¡Si alguien hubiera templado mi desorden y sacado provecho de las bellezas fugaces de estas, las partes extremas de Tu creación! Hubiera puesto un límite a su capacidad de placer, para que así las mareas de mi juventud se hubieran arrojado sobre la orilla del matrimonio, si no podían ser calmadas, y mantenidas dentro del objeto de una familia, como prescribe Tu ley, oh Señor: ¿quién de esta manera forma la descendencia de esta nuestra muerte, siendo capaz con mano gentil de embotar las espinas que fueron excluidas de Tu paraíso? Porque Tu omnipotencia no está lejos de nosotros, incluso cuando estamos lejos de Ti. De lo contrario, debí haber prestado más atención a la voz desde las nubes: No obstante, los tales tendrán aflicción en la carne, pero yo os preservo. Y es bueno para el hombre no tocar mujer. Y el que no está casado piensa en las cosas del Señor, cómo puede agradar al Señor; pero el que está casado se preocupa de las cosas de este mundo, cómo puede agradar a su mujer.
A estas palabras debería haber escuchado con más atención, y habiéndome separado por amor al reino de los cielos, habría esperado más felizmente Tus abrazos; pero yo, desdichado, espumaba como un mar turbulento, siguiendo el ímpetu de mi propia marea, abandonándote a Ti, y excedí todos Tus límites; sin embargo, no escapé a Tus azotes. Porque, ¿qué mortal puede? Pues Tú estuviste siempre conmigo, misericordiosamente riguroso, y rociando con el brebaje más amargo todos mis placeres ilícitos: para que buscara placeres sin mezcla. Pero dónde encontrar tales, no pude descubrirlo, sino en Ti, oh Señor, que enseñas mediante el dolor, y nos hieres para sanar; y nos matas, para que no muramos lejos de Ti. ¿Dónde estaba yo, y cuán lejos estaba exiliado de las delicias de Tu casa, en aquel decimosexto año de la edad de mi carne, cuando la locura de la lujuria (a la cual la desvergüenza humana da licencia libre, aunque no licenciada por Tus leyes) tomó el gobierno sobre mí, y me resigné enteramente a ella? Mis amigos, mientras tanto, no se preocuparon por salvar mi caída mediante el matrimonio; su único cuidado era que yo aprendiera a hablar excelentemente y fuera un orador persuasivo.
Porque aquel año fueron interrumpidos mis estudios: mientras que después de mi regreso de Madaura (una ciudad vecina, adonde había viajado para aprender gramática y retórica), se estaban preparando para mí los gastos para un viaje ulterior a Cartago; y eso más por la resolución que por los medios de mi padre, quien no era más que un pobre ciudadano de Tagaste. ¿A quién cuento esto? No a Ti, Dios mío; sino ante Ti a los de mi misma especie, a esa pequeña porción de la humanidad que pueda toparse con estos escritos míos. ¿Y con qué propósito? Para que quienquiera que lea esto, piense desde qué profundidades debemos clamar a Ti. Porque, ¿qué está más cerca de Tus oídos que un corazón que confiesa y una vida de fe? ¿Quién no alababa a mi padre, porque más allá de la capacidad de sus medios, proveía a su hijo con todo lo necesario para un largo viaje en aras de sus estudios? Pues muchos ciudadanos mucho más capaces no hacían tal cosa por sus hijos. Pero aun así, este mismo padre no tenía preocupación alguna por cómo yo crecía hacia Ti, o cuán casto era yo; con tal de que fuera copioso en el habla, por más estéril que fuera para Tu cultivo, oh Dios, que eres el único verdadero y buen Señor de Tu campo, mi corazón.
Pero mientras en aquel mi decimosexto año vivía con mis padres, dejando toda escuela por un tiempo (un periodo de ociosidad siendo interpuesto debido a la estrechez de la fortuna de mis padres), las zarzas de los deseos inmundos crecieron frondosas sobre mi cabeza, y no hubo mano que las arrancara. Cuando mi padre me vio en los baños, ya creciendo hacia la virilidad y dotado de una inquieta juventud, él, anticipando ya desde entonces a sus descendientes, se lo contó alegremente a mi madre; regocijándose en aquel tumulto de los sentidos en el cual el mundo te olvida a Ti, su Creador, y se enamora de Tu criatura, en lugar de Ti mismo, a través de los vapores de aquel vino invisible de su propia voluntad, desviándose y postrándose ante las cosas más viles. Pero en el pecho de mi madre Tú ya habías comenzado Tu templo, y el fundamento de Tu santa morada, mientras que mi padre era aún solo un catecúmeno, y eso desde hacía poco. Ella entonces se sobresaltó con un santo temor y temblor; y aunque yo no estaba aún bautizado, temía por mí aquellos caminos torcidos en los que caminan quienes dan la espalda a Ti, y no su rostro.
¡Ay de mí! ¿Y me atrevo a decir que Tú callaste, oh Dios mío, mientras yo vagaba más lejos de Ti? ¿Callaste entonces realmente para conmigo? ¿Y de quiénes, sino Tuyas, eran estas palabras que por mi madre, Tu fiel, cantabas en mis oídos? Nada de lo cual se hundió en mi corazón, de modo que lo cumpliera. Pues ella deseaba, y recuerdo que en privado con gran ansiedad me advirtió, "que no cometiera fornicación; pero especialmente que nunca mancillara a la mujer de otro hombre". Estos me parecían consejos femeninos, que debería sonrojarme de obedecer. Pero eran Tuyos, y yo no lo sabía: y pensé que Tú callabas y que era ella quien hablaba; por quien Tú no callabas para conmigo; y en ella fuiste despreciado por mí, su hijo, el hijo de Tu sierva, Tu servidor. Pero yo no lo sabía; y corrí de cabeza con tal ceguera, que entre mis iguales me avergonzaba de una menor desvergüenza, cuando los oía jactarse de sus flagicios, sí, y cuanto más jactaban, más degradados estaban: y yo me complacía, no solo en el placer del acto, sino en la alabanza. ¿Qué es digno de reproche sino el vicio? Pero me hice peor de lo que era, para no ser reprochado; y cuando en algo no había pecado como los abandonados, decía que había hecho lo que no había hecho, para no parecer despreciable en la medida en que era inocente; o de menor estima, cuanto más casto.
Mira con qué compañeros caminaba por las calles de Babilonia, y me revolcaba en su cieno, como si fuera en un lecho de especias y ungüentos preciosos. Y para que me adhiriera más fuertemente a su mismo centro, el enemigo invisible me pisoteó y me sedujo, porque era fácil de seducir. Ni hizo la madre de mi carne (quien ya había huido del centro de Babilonia, pero caminaba más lentamente por los arrabales, al aconsejarme la castidad, hacer caso a lo que había oído de mí de parte de su esposo, para restringir dentro de los límites del afecto conyugal, si no podía ser cortado hasta la raíz) lo que ella sentía que era pestilente en el presente y peligroso para el futuro. No hizo caso de esto, pues temía que una esposa resultara un lastre y obstáculo para mis esperanzas. No aquellas esperanzas del mundo venidero, que mi madre depositaba en Ti; sino la esperanza del aprendizaje, que ambos padres deseaban demasiado que alcanzara; mi padre, porque no tenía casi ningún pensamiento de Ti, y de mí solo vanas pretensiones; mi madre, porque consideraba que esos cursos habituales de aprendizaje no solo no serían un obstáculo, sino incluso algún avance hacia alcanzarte a Ti. Pues así conjeturo, recordando, tan bien como puedo, la disposición de mis padres. Las riendas, mientras tanto, me fueron aflojadas, más allá de toda medida de debida severidad, para pasar mi tiempo en el juego, sí, incluso hasta la disolución en cualquier cosa que me atrajera. Y en todo había una niebla, interceptando de mí, oh Dios mío, el brillo de Tu verdad; y mi iniquidad brotó como de la propia gordura.
El robo es castigado por Tu ley, oh Señor, y por la ley escrita en los corazones de los hombres, que la iniquidad misma no borra. Pues, ¿qué ladrón soportará a un ladrón? Ni siquiera un ladrón rico, uno que roba por necesidad. Sin embargo, yo codicié robar, y lo hice, compelido no por el hambre, ni por la pobreza, sino por un hastío del bien obrar, y por una molicie de iniquidad. Pues robé aquello de lo que tenía suficiente, y mucho mejor. Ni me importaba disfrutar lo que robaba, sino que me gozaba en el robo y en el pecado mismo. Había una higuera cerca de nuestro viñedo, cargada de fruta, tentadora ni por su color ni por su sabor. Para sacudir y robar esto, algunos jóvenes libertinos fuimos, tarde una noche (habiendo prolongado, según nuestra costumbre pestilente, nuestros juegos en las calles hasta entonces), y tomamos enormes cargas, no para comerlas nosotros, sino para arrojarlas a los mismos cerdos, habiéndolas solo probado. Y esto, solo para hacer lo que nos gustaba, porque estaba mal visto. Mira mi corazón, oh Dios, mira mi corazón, del cual te compadeciste en el fondo del abismo sin fondo. Ahora, mira, deja que mi corazón te diga qué buscaba allí, que fuera gratuitamente malvado, sin tener tentación al mal, sino el mal mismo. Era inmundo, y lo amaba; amaba perecer, amaba mi propia falta, no aquello por lo que era culpable, sino mi falta misma. Alma inmunda, cayendo de Tu firmamento a la destrucción total; ¡no buscando nada a través de la vergüenza, sino la vergüenza misma!
Porque hay un atractivo en los cuerpos hermosos, en el oro y la plata, y en todas las cosas; y en el contacto corporal, la simpatía tiene mucha influencia, y cada otro sentido tiene su propio objeto adecuadamente templado. El honor mundano tiene también su gracia, y el poder de vencer, y de dominio; de donde nace también la sed de venganza. Pero aun así, para obtener todo esto, no debemos apartarnos de Ti, oh Señor, ni declinar de Tu ley. La vida también que aquí vivimos tiene su propio encanto, a través de una cierta proporción propia, y una correspondencia con todas las cosas hermosas aquí abajo. La amistad humana también es apreciada con un dulce vínculo, debido a la unidad formada de muchas almas. Con ocasión de todas estas, y semejantes, se comete pecado, mientras que a través de una inclinación inmoderada hacia estos bienes del orden más bajo, los mejores y más altos son abandonados —Tú, nuestro Señor Dios, Tu verdad y Tu ley. Porque estas cosas inferiores tienen sus deleites, pero no como mi Dios, quien hizo todas las cosas; pues en Él se deleita el justo, y Él es la alegría de los rectos de corazón.
Cuando, pues, preguntamos por qué se cometió un crimen, no lo creemos, a menos que parezca que pudo haber algún deseo de obtener algunos de aquellos que llamamos bienes inferiores, o un miedo a perderlos. Pues son hermosos y agraciados; aunque, comparados con aquellos bienes superiores y beatíficos, son abyectos y bajos. Un hombre ha asesinado a otro; ¿por qué? Amaba a su esposa o sus bienes; o quería robar para su propio sustento; o temía perder algunas de tales cosas por su causa; o, agraviado, ardía por vengarse. ¿Cometería alguien un asesinato sin causa, deleitándose simplemente en asesinar? ¿Quién lo creería? Pues en cuanto a aquel hombre furioso y salvaje, de quien se dice que era gratuitamente malvado y cruel, sin embargo se le asigna la causa; "no sea" (dice él) "que por la ociosidad la mano o el corazón se vuelvan inactivos". ¿Y con qué fin? Para que, mediante esa práctica de culpa, pudiera, tras haber tomado la ciudad, alcanzar honores, imperio, riquezas, y ser liberado del miedo a las leyes, y de sus apuros por necesidades domésticas, y de la conciencia de sus villanías. Así pues, ni siquiera Catilina amaba sus propias villanías, sino alguna otra cosa, por cuya causa las hacía.
¿Qué era entonces lo que yo, desdichado, amaba tanto en ti, robo mío, obra de las tinieblas, en aquel decimosexto año de mi edad? Encantador no eras, porque eras robo. ¿Pero eres algo, que así te hablo? Hermosas eran las peras que robamos, porque eran Tu creación, Tú, el más hermoso de todos, Creador de todo, Tú, Dios bueno; Dios, el bien soberano y mi verdadero bien. Hermosas eran aquellas peras, pero no a ellas deseaba mi alma desdichada; pues tenía abundancia de mejores, y aquellas las recogí, solo para poder robar. Pues, una vez recogidas, las arrojé, siendo mi único banquete en ello mi propio pecado, del cual me complacía disfrutar. Porque si algo de aquellas peras entraba en mi boca, lo que lo endulzaba era el pecado. Y ahora, oh Señor Dios mío, pregunto qué me deleitaba en aquel robo; y mira, no tiene encanto; no me refiero a tal encanto como en la justicia y la sabiduría; ni tal como está en la mente y la memoria, y los sentidos, y la vida animal del hombre; ni tampoco como las estrellas son gloriosas y hermosas en sus orbes; o la tierra, o el mar, lleno de vida embrionaria, reemplazando con su nacimiento aquello que decae; es más, ni siquiera esa belleza falsa y sombría que pertenece a los vicios engañosos.
Pues así imita la soberbia la elevación; mientras que Tú solo eres Dios exaltado sobre todos. La ambición, ¿qué busca, sino honores y gloria? mientras que Tú solo debes ser honrado sobre todos y glorioso por los siglos de los siglos. La crueldad de los grandes quisiera ser temida; pero ¿quién ha de ser temido sino solo Dios, de cuyo poder qué puede ser arrebatado o retirado? ¿Cuándo, o dónde, o adónde, o por quién? Las ternuras de los lascivos quisieran ser contadas como amor: sin embargo, nada es más tierno que Tu caridad; ni nada es amado más saludablemente que esa Tu verdad, brillante y hermosa sobre todo. La curiosidad hace apariencia de un deseo de conocimiento; mientras que Tú conoces supremamente todo. Sí, la ignorancia y la necedad misma están cubiertas bajo el nombre de simplicidad e inocuidad; porque nada se encuentra más simple que Tú: ¿y qué menos injurioso, puesto que son sus propias obras las que hieren al pecador? Sí, la pereza quisiera estar en reposo; ¿pero qué reposo estable sino el Señor? La lujuria afecta llamarse plenitud y abundancia; pero Tú eres la plenitud y la inagotable hartura de placeres incorruptibles. La prodigalidad presenta una sombra de liberalidad: pero Tú eres el Dador más desbordante de todo bien. La codicia querría poseer muchas cosas; y Tú posees todas las cosas. La envidia disputa por la excelencia: ¿qué más excelente que Tú? La ira busca venganza: ¿quién se venga más justamente que Tú? El miedo se estremece ante cosas inusitadas y repentinas, que ponen en peligro las cosas amadas, y toma previsiones para su seguridad; ¿pero para Ti qué es inusitado o repentino, o quién separa de Ti lo que amas? ¿O dónde, sino contigo, está la seguridad inquebrantable? El dolor se consume por las cosas perdidas, el deleite de sus deseos; porque no querría que nada le fuera quitado, como no puede a Ti.
Así comete fornicación el alma, cuando se vuelve de Ti, buscando fuera de Ti lo que no encuentra puro y sin mancha, hasta que vuelve a Ti. Así todos imitan pervertidamente a Ti, quienes se alejan de Ti, y se levantan contra Ti. Pero incluso imitando así a Ti, implican que Tú eres el Creador de toda la naturaleza; de donde no hay lugar adonde retirarse del todo lejos de Ti. ¿Qué amaba entonces en aquel robo? ¿Y en qué imité yo, aunque corrupta y pervertidamente, a mi Señor? ¿Deseaba incluso mediante el robo hacer lo contrario a Tu ley, porque mediante el poder no podía, de modo que siendo prisionero, pudiera imitar una libertad mutilada haciendo con impunidad cosas no permitidas, una semejanza oscurecida de Tu Omnipotencia? Mira, Tu siervo, huyendo de su Señor, y obteniendo una sombra. ¡Oh podredumbre, oh monstruosidad de la vida, y profundidad de la muerte! ¿Podía gustarme lo que no podía, solo porque no podía?
¿Qué daré a mi Señor, que, mientras mi memoria recuerda estas cosas, mi alma no se espanta de ellas? Te amaré, oh Señor, y te daré gracias, y confesaré tu nombre; porque has perdonado mis actos tan grandes y atroces. A tu gracia lo atribuyo, y a tu misericordia, que hayas derretido mis pecados como si fuera hielo. A tu gracia atribuyo también todo lo que no he hecho de mal; pues, ¿qué no habría hecho yo, que incluso amaba el pecado por sí mismo? Sí, confieso que todo me ha sido perdonado; tanto los males que cometí por mi propia voluntad, como los que, por tu guía, no cometí. ¿Quién es el hombre que, sopesando su propia flaqueza, se atreve a atribuir su pureza e inocencia a su propia fuerza, para así amarte menos, como si hubiera necesitado menos de tu misericordia, con la que perdonas los pecados a quienes se vuelven a ti? Porque quienquiera que, llamado por ti, siguió tu voz y evitó aquellas cosas que lee que yo recuerdo y confieso de mí mismo, no me desprecie a mí, que, estando enfermo, fui curado por aquel Médico, por cuya ayuda fue que él no estuvo, o más bien estuvo menos, enfermo: y por esto que te ame tanto, y aun más; pues por quien ve que he sido recuperado de tan profunda tisis de pecado, por Él ve que él mismo ha sido preservado de semejante tisis de pecado.
¿Qué fruto obtuve entonces (¡desdichado de mí!) en aquellas cosas, de cuyo recuerdo ahora me avergüenzo? Especialmente, en aquel robo que amé por amor al robo; y además no era nada, y por tanto más miserable yo, que lo amé. Sin embargo, solo no lo habría hecho: tal era yo entonces, lo recuerdo, solo nunca lo habría hecho. ¿Amaba entonces en él también la compañía de los cómplices, con quienes lo hice? No amaba entonces nada más que el robo, sí, más bien no amaba nada más; pues esa circunstancia de la compañía también era nada. ¿Qué es, en verdad? ¿Quién puede enseñarme, sino Aquel que ilumina mi corazón y descubre sus oscuros rincones? ¿Qué es esto que ha venido a mi mente para indagar, y discutir, y considerar? Pues si hubiera amado las peras que robé y deseado disfrutarlas, podría haberlo hecho solo, si el mero hecho de realizar el robo hubiera bastado para alcanzar mi placer; ni habría necesitado inflamar el picor de mis deseos mediante la excitación de los cómplices. Pero como mi placer no estaba en aquellas peras, estaba en la ofensa misma, que la compañía de los compañeros de pecado provocaba.
¿Qué era entonces este sentimiento? Porque a decir verdad era demasiado vil: y ay de mí, que lo tuve. Pero aún así, ¿qué era? ¿Quién puede entender sus errores? Era el juego, que como si dijéramos nos hacía cosquillas en el corazón, que engañábamos a aquellos que poco pensaban en lo que hacíamos, y que mucho lo detestaban. ¿Por qué entonces mi deleite era de tal naturaleza que no lo hacía solo? ¿Porque nadie ríe ordinariamente solo? Ordinariamente nadie; sin embargo, la risa a veces domina a los hombres solos y aislados cuando nadie está con ellos, si algo muy ridículo se presenta a sus sentidos o a su mente. Sin embargo, no habría hecho esto solo; solo nunca lo habría hecho. Mira, Dios mío, ante ti, el vívido recuerdo de mi alma; solo, nunca habría cometido aquel robo en el que lo que robé no me complacía, sino el que lo robara; ni solo me habría gustado hacerlo, ni lo habría hecho. ¡Oh amistad demasiado poco amistosa! tú incomprensible seductora del alma, tú avidez de hacer daño por diversión y desenfreno, tú sed de pérdida ajena, sin deseo de provecho propio ni venganza: sino cuando se dice: "Vamos, hagámoslo", nos avergonzamos de no ser desvergonzados.
¿Quién puede desenredar ese retorcido e intrincado nudo? Es vil: odio pensarlo, mirarlo. Pero a ti te anhelo, oh Justicia e Inocencia, hermosa y agraciada para todos los ojos puros, y de una satisfacción que no sacia. Contigo está el descanso entero, y la vida imperturbable. Quien entra en ti, entra en el gozo de su Señor: y no temerá, y obrará excelentemente en el Todo-Excelente. Me hundí lejos de ti, y vagué, oh Dios mío, demasiado extraviado de ti, mi apoyo, en estos días de mi juventud, y me convertí para mí mismo en una tierra estéril.
LIBRO III
A Cartago llegué, donde cantaba a mi alrededor en mis oídos un caldero de amores impuros. No amaba todavía, pero amaba amar, y por una necesidad profundamente arraigada, me odiaba a mí mismo por no necesitar. Buscaba qué podía amar, enamorado del amor, y la seguridad odiaba, y un camino sin trampas. Porque dentro de mí había una hambruna de ese alimento interior, Tú mismo, Dios mío; sin embargo, a través de esa hambruna no tenía hambre; sino que estaba sin anhelo alguno de sustento incorruptible, no porque estuviera lleno de él, sino cuanto más vacío, más lo detestaba. Por esta causa mi alma estaba enferma y llena de llagas, miserablemente se arrojó fuera, deseando ser rasguñada por el contacto de los objetos de los sentidos. Sin embargo, si estos no tuvieran alma, no serían objetos de amor. Amar entonces, y ser amado, era dulce para mí; pero más, cuando obtenía disfrutar de la persona a la que amaba, profanaba, por tanto, el manantial de la amistad con la inmundicia de la concupiscencia, y nublaba su brillo con el infierno de la lascivia; y así, vil y desaliñado, querría, por vanidad extrema, ser fino y cortesano. Caí de cabeza entonces en el amor en el que anhelaba quedar atrapado. Dios mío, Misericordia mía, ¿con cuánta hiel rociaste por mí desde tu gran bondad esa dulzura? Porque fui amado, y secretamente llegué al vínculo de disfrutar; y fui con alegría encadenado con lazos que traen dolor, para ser azotado con las varas de hierro ardiente de los celos, y sospechas, y miedos, y iras, y disputas.
Las representaciones teatrales también me arrastraron, llenas de imágenes de mis miserias, y de combustible para mi fuego. ¿Por qué es que el hombre desea entristecerse, contemplando cosas dolorosas y trágicas, que sin embargo él mismo de ninguna manera sufriría? sin embargo, desea como espectador sentir dolor por ellas, y este mismo dolor es su placer. ¿Qué es esto sino una miserable locura? pues un hombre está más afectado por estas acciones, cuanto menos libre está de tales afectos. Como quiera que sea, cuando sufre en su propia persona, suele llamarse miseria: cuando se compadece de otros, entonces es misericordia. Pero ¿qué clase de compasión es esta por pasiones fingidas y escénicas? pues el auditor no es llamado a aliviar, sino solo a dolerse: y aplaude al actor de estas ficciones tanto más, cuanto más se duele. Y si las calamidades de esas personas (ya sean de tiempos antiguos, o mera ficción) son actuadas de tal manera que el espectador no se mueve a lágrimas, se va disgustado y criticando; pero si es movido a la pasión, permanece atento, y llora de alegría.
¿Son entonces demasiado amados los pesares? Verdaderamente todos desean la alegría. O puesto que a nadie le gusta ser miserable, ¿se complace sin embargo en ser misericordioso? lo cual, como no puede ser sin pasión, ¿por esta razón sola son amadas las pasiones? Esto también brota de esa vena de la amistad. Pero ¿adónde va esa vena? ¿adónde fluye? ¿por qué corre hacia ese torrente de brea que burbujea arrojando esas monstruosas mareas de vil lascivia, en las que es voluntariamente cambiada y transformada, siendo por su propia voluntad precipitada y corrompida de su claridad celestial? ¿Debe entonces desecharse la compasión? de ninguna manera. Sean entonces a veces amados los pesares. Pero cuida de la impureza, oh alma mía, bajo la tutela de mi Dios, el Dios de nuestros padres, que debe ser alabado y ensalzado sobre todo para siempre, cuida de la impureza. Porque ahora no he dejado de compadecer; pero entonces en los teatros me alegraba con los amantes cuando disfrutaban malvadamente el uno del otro, aunque esto era solo imaginario en la obra. Y cuando se perdían el uno al otro, como si fuera muy compasivo, me dolía con ellos, sin embargo tenía mi deleite en ambos. Pero ahora compadezco mucho más al que se regocija en su maldad, que al que se piensa que sufre penalidades, al perder algún placer pernicioso, y la pérdida de alguna miserable felicidad. Esta ciertamente es la verdadera misericordia, pero en ella el dolor no se deleita. Porque aunque el que se duele por los miserables sea alabado por su oficio de caridad; sin embargo, el que es genuinamente compasivo preferiría que no hubiera nada por lo que dolerse. Porque si la buena voluntad pudiera querer el mal (lo cual nunca puede ser), entonces podría, el que verdadera y sinceramente se compadece, desear que hubiera algunos miserables, para poder compadecerlos. Algún pesar puede entonces ser permitido, ninguno amado. Porque así haces Tú, oh Señor Dios, que amas a las almas mucho más puramente que nosotros, y te compadeces de ellas más incorruptiblemente, sin embargo no eres herido con ninguna tristeza. ¿Y quién es suficiente para estas cosas?
Pero yo, miserable, entonces amaba dolerme, y buscaba por qué dolerme, cuando en la miseria de otro y esa fingida y personificada, ese actuar me complacía más, y me atraía más vehementemente, el que me arrancaba lágrimas. ¿Qué maravilla que una oveja infeliz, extraviada de tu rebaño, e impaciente de tu cuidado, me infectara con una vil enfermedad? Y de ahí el amor a los pesares; no tales que se hundieran profundamente en mí; pues no amaba sufrir lo que amaba mirar; sino tales que al escuchar sus ficciones rasguñaran ligeramente la superficie; sobre la cual, como en uñas envenenadas, seguía inflamada hinchazón, supuraciones y una llaga putrefacta. Siendo mi vida así, ¿era vida, oh Dios mío?
Y tu fiel misericordia se cernía sobre mí desde lejos. ¡Sobre cuán graves iniquidades me consumía, persiguiendo una curiosidad sacrílega, que habiéndote abandonado, pudiera llevarme al traicionero abismo y al servicio engañoso de los demonios, a quienes sacrificaba mis malas acciones, y en todas estas cosas Tú me azotabas! Me atreví incluso, mientras tus solemnidades se celebraban dentro de los muros de tu Iglesia, a desear, y a tramar un negocio merecedor de la muerte por sus frutos, por lo cual me azotaste con graves castigos, aunque nada comparado con mi culpa, oh Tú mi misericordia extrema, mi Dios, mi refugio de aquellos terribles destructores, entre quienes vagaba con cuello rígido, alejándome más de ti, amando mis propios caminos, y no los tuyos; amando una libertad vagabunda.
Esos estudios también, que eran considerados encomiables, tenían miras a sobresalir en los tribunales de litigio; cuanto más alabado, más astuto. Tal es la ceguera de los hombres, gloriándose incluso en su ceguera. Y ahora era el jefe en la escuela de retórica, de lo cual me alegraba con orgullo, y me hinchaba de arrogancia, aunque (Señor, Tú sabes) mucho más tranquilo y completamente alejado de los trastornos de aquellos "Subversores" (pues este nombre de mal agüero y diabólico era la insignia misma de la gallardía) entre quienes vivía, con una vergüenza desvergonzada de no ser ni siquiera como ellos. Con ellos vivía, y a veces me deleitaba con su amistad, cuyas acciones siempre detestaba, es decir, sus "trastornos", con los cuales perseguían desenfrenadamente la modestia de los extraños, a quienes perturbaban mediante una burla gratuita, alimentando de ella su nacimiento malicioso. Nada puede ser más parecido a las acciones mismas de los demonios que estas. ¿Qué podrían ser entonces más verdaderamente llamados que "Subversores"? ellos mismos subvertidos y completamente pervertidos primero, los espíritus engañadores riéndose secretamente y seduciéndolos, en lo cual ellos mismos se deleitan en burlarse y engañar a otros.
Entre tales como estos, en aquella mi edad inestable, aprendí libros de elocuencia, en los cuales deseaba ser eminente, por un fin condenable y vanaglorioso, un gozo en la vanidad humana. En el curso ordinario de estudio, caí sobre cierto libro de Cicerón, cuyo discurso casi todos admiran, no así su corazón. Este libro suyo contiene una exhortación a la filosofía, y es llamado "Hortensius". Pero este libro alteró mis afectos, y volvió mis oraciones a ti, oh Señor; y me hizo tener otros propósitos y deseos. Cada vana esperanza se volvió de repente sin valor para mí; y anhelé con un deseo increíblemente ardiente una inmortalidad de sabiduría, y comencé ahora a levantarme, para poder volver a ti. Pues no para afilar mi lengua (cosa que parecía estar comprando con las asignaciones de mi madre, en aquel mi decimonoveno año, habiendo muerto mi padre dos años antes), no para afilar mi lengua empleé ese libro; ni infundió en mí su estilo, sino su materia.
¿Cómo ardía entonces, Dios mío, cómo ardía por remontarme desde las cosas terrenales a ti, ni sabía lo que Tú harías conmigo? Porque contigo está la sabiduría. Pero el amor a la sabiduría es en griego llamado "filosofía", con la cual ese libro me inflamó. Hay algunos que seducen a través de la filosofía, bajo un gran, y suave, y honorable nombre coloreando y disfrazando sus propios errores: y casi todos los que en esa y anteriores edades fueron tales, son en ese libro censurados y expuestos: allí también se hace claro ese saludable consejo de tu Espíritu, por tu buen y devoto siervo: Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y vanas sutilezas, según la tradición de los hombres, según los rudimentos del mundo, y no según Cristo. Porque en Él habita toda la plenitud de la Deidad corporalmente. Y puesto que en aquel tiempo (Tú, oh luz de mi corazón, lo sabes) la Escritura Apostólica no me era conocida, me deleité con esa exhortación, solo hasta el punto de que fui por ella fuertemente despertado, y encendido, e inflamado a amar, y buscar, y obtener, y sostener, y abrazar no esta o aquella secta, sino la sabiduría misma fuera lo que fuera; y esto solo me frenaba así encendido, que el nombre de Cristo no estaba en él. Porque este nombre, según tu misericordia, oh Señor, este nombre de mi Salvador tu Hijo, mi tierno corazón lo había, incluso con la leche de mi madre, devotamente bebido y profundamente atesorado; y todo lo que estaba fuera de ese nombre, aunque fuera muy erudito, pulido o verdadero, no se apoderaba enteramente de mí.
Resolví entonces inclinar mi mente a las Sagradas Escrituras, para poder ver qué eran. Pero he aquí, veo una cosa no entendida por los orgullosos, ni abierta a los niños, humilde en su acceso, en sus recovecos elevada, y velada con misterios; y yo no era tal que pudiera entrar en ella, o inclinar mi cuello para seguir sus pasos. Pues no como ahora hablo, sentía cuando me volvía a aquellas Escrituras; sino que me parecían indignas de ser comparadas con la majestad de Tulio: pues mi soberbia hinchada se encogía ante su humildad, ni podía mi agudo ingenio perforar su interior. Sin embargo, eran tales que crecerían en un pequeño. Pero yo desdeñaba ser un pequeño; y, hinchado de orgullo, me tomaba por uno grande.
Por tanto caí entre hombres orgullosamente chiflados, extremadamente carnales y parlanchines, en cuyas bocas estaban las trampas del Diablo, untadas con la mezcla de las sílabas de tu nombre, y de nuestro Señor Jesucristo, y del Espíritu Santo, el Paráclito, nuestro Consolador. Estos nombres no se apartaban de su boca, sino solo en cuanto al sonido y al ruido de la lengua, pues el corazón estaba vacío de verdad. Sin embargo, gritaban "Verdad, Verdad", y hablaban mucho de ella para mí, pero no estaba en ellos: sino que hablaban falsedad, no solo de ti (que verdaderamente eres la Verdad), sino incluso de esos elementos de este mundo, tus criaturas. Y yo ciertamente debería haber pasado por alto incluso a los filósofos que hablaban verdad sobre ellos, por amor a ti, mi Padre, supremamente bueno, Belleza de todas las cosas bellas. Oh Verdad, Verdad, ¡cuán internamente incluso entonces el tuétano de mi alma jadeaba por ti, cuando ellos frecuente y diversamente, y en muchos y enormes libros, hacían eco de ti para mí, aunque no era más que un eco! Y estos eran los platos donde para mí, hambriento de ti, ellos, en lugar de ti, servían el Sol y la Luna, hermosas obras tuyas, pero sin embargo obras tuyas, no tú, ni siquiera tus primeras obras. Pues tus obras espirituales son antes que estas obras corpóreas, celestiales aunque sean, y brillantes. Pero yo no tenía hambre ni sed ni siquiera de esas primeras obras tuyas, sino de ti mismo, la Verdad, en quien no hay variabilidad, ni sombra de cambio: sin embargo, ellos seguían poniéndome delante en esos platos, fantasías brillantes, que mejor sería amar a este mismo sol (que es real para nuestra vista al menos), que aquellas fantasías que por nuestros ojos engañan nuestra mente. Sin embargo, porque pensaba que eran tú, me alimentaba de ellas; no ávidamente, pues Tú no me sabías en ellas como eres; pues Tú no eras esas vaciedades, ni me nutría de ellas, sino que me agotaba más bien. El alimento en sueños parece muy parecido a nuestro alimento despiertos; sin embargo, los que duermen no son nutridos por él, pues están dormidos. Pero aquellas ni siquiera eran de alguna manera parecidas a ti, como ahora me has hablado; pues aquellas eran fantasías corpóreas, cuerpos falsos, que estos cuerpos verdaderos, celestiales o terrestres, que con nuestra vista carnal contemplamos, son mucho más ciertos: estas cosas las bestias y las aves disciernen tan bien como nosotros, y son más ciertas que cuando las imaginamos. Y de nuevo, imaginamos con más certeza, que conjeturar por ellas otros cuerpos más vastos e infinitos que no tienen ser. De tales cáscaras vacías me alimentaba entonces; y no era alimentado. Pero Tú, el Amor de mi alma, buscando a quien desfallezco, para que pueda volverme fuerte, no eres esos cuerpos que vemos, aunque estén en el cielo; ni aquellos que no vemos allí; pues Tú los has creado, ni los cuentas entre las más importantes de tus obras. ¡Cuán lejos estás entonces de esas fantasías mías, fantasías de cuerpos que no son en absoluto, que las imágenes de esos cuerpos, que son, son mucho más ciertas, y más ciertas aún los cuerpos mismos, que sin embargo Tú no eres; no, ni tampoco el alma, que es la vida de los cuerpos. Así pues, mejor y más cierta es la vida de los cuerpos que los cuerpos. Pero Tú eres la vida de las almas, la vida de las vidas, teniendo vida en ti mismo; y no cambias, vida de mi alma.
¿Dónde estabas entonces para mí, y cuán lejos de mí? Lejos en verdad vagaba de ti, excluido incluso de las cáscaras de los cerdos, a quienes con cáscaras alimentaba. Pues, ¿cuánto mejores son las fábulas de los poetas y gramáticos que estas trampas? Pues los versos, y los poemas, y "Medea volando", son más provechosos verdaderamente que los cinco elementos de estos hombres, variadamente disfrazados, respondiendo a cinco guaridas de oscuridad, que no tienen ser, sin embargo matan al creyente. Pues los versos y poemas puedo convertirlos en verdadero alimento, y "Medea volando", aunque canté, no mantuve; aunque escuché que se cantaba, no creí: pero aquellas cosas sí las creía. ¡Ay, ay, por qué pasos fui llevado a las profundidades del infierno! trabajando y agitándome por falta de Verdad, ya que te buscaba a ti, mi Dios (a ti te lo confieso, que tuviste misericordia de mí, no confesando aún), no según el entendimiento de la mente, en la cual quisiste que sobresaliera sobre las bestias, sino según el sentido de la carne. Pero Tú eras más interior a mí que mi parte más interior; y más alto que mi más alto. Me topé con esa mujer audaz, simple y que nada sabe, bosquejada en Salomón, sentada a la puerta, y diciendo, Comed pan de secretos voluntariamente, y bebed aguas robadas que son dulces: ella me sedujo, porque encontró a mi alma viviendo fuera en el ojo de mi carne, y rumiando sobre tal alimento como a través de él había devorado.
Pues, fuera de esto, lo que verdaderamente es, yo no lo conocía; y estaba, como por agudeza de ingenio, persuadido a asentir a necios engañadores cuando me preguntaban: "¿de dónde viene el mal?", "¿está Dios limitado por una forma corporal y tiene cabellos y uñas?", "¿han de ser tenidos por justos aquellos que tuvieron muchas esposas a la vez, y mataron hombres, y sacrificaron criaturas vivas?". Ante lo cual yo, en mi ignorancia, me turbaba mucho y, apartándome de la verdad, me parecía a mí mismo caminar hacia ella; porque todavía no sabía que el mal no era sino una privación del bien, hasta que al fin una cosa deja de ser del todo; lo cual, ¿cómo habría de verlo yo, cuya vista de los ojos llegaba solo a los cuerpos y la de mi mente a un fantasma? Y no sabía que Dios es Espíritu, no alguien que tiene partes extendidas en longitud y anchura, o cuya existencia sea masa; pues toda masa es menor en una parte que en el todo: y si es infinita, debe ser menor en tal parte definida por un cierto espacio que en su infinitud; y así no está totalmente en todas partes, como el Espíritu, como Dios. Y qué pudiera ser eso en nosotros, por lo cual éramos semejantes a Dios y podía decirse con razón que éramos a imagen de Dios, yo lo ignoraba por completo.
Tampoco conocía esa verdadera justicia interior que no juzga según la costumbre, sino según la ley más justa de Dios Todopoderoso, por la cual fueron dispuestos los caminos de los lugares y los tiempos de acuerdo con esos tiempos y lugares; siendo ella misma, mientras tanto, la misma siempre y en todas partes, no una cosa en un lugar y otra en otro; según la cual Abraham, e Isaac, y Jacob, y Moisés, y David fueron justos, y todos aquellos alabados por la boca de Dios; pero fueron juzgados injustos por hombres necios, que juzgaban según el juicio humano y medían con sus propios hábitos mezquinos los hábitos morales de todo el género humano. Como si en una armería, uno que ignorara qué es lo adaptado a cada parte cubriera su cabeza con grebas, o buscara calzarse un yelmo, y se quejara de que no ajustaban: o como si en un día en que los negocios se detienen públicamente por la tarde, uno se indignara por no permitírsele mantener la tienda abierta, porque lo había hecho por la mañana; o cuando en una casa observa que algún criado toma una cosa en su mano, que al mayordomo no se le permite tocar; o algo permitido fuera de casa, que está prohibido en el comedor; y debiera enojarse porque en una casa y una familia no se asigna lo mismo en todas partes y a todos. Tales son ellos quienes se irritan al oír que algo fue lícito para hombres justos antiguamente, lo cual ahora no lo es; o que Dios, por ciertos respetos temporales, les mandó una cosa a ellos y a estos otra, obedeciendo ambos la misma justicia: mientras ven, en un solo hombre, y un día, y una casa, que cosas diferentes son adecuadas para diferentes miembros, y una cosa antiguamente lícita, después de cierto tiempo no lo es; en un rincón permitida o mandada, pero en otro justamente prohibida y castigada. ¿Es la justicia, por tanto, variable o mudable? No, sino que los tiempos, sobre los cuales preside, no fluyen uniformemente, porque son tiempos. Pero los hombres, cuyos días son pocos sobre la tierra, porque por sus sentidos no pueden armonizar las causas de las cosas en edades pasadas y otras naciones, de las cuales no tuvieron experiencia, con estas que experimentan, mientras que en un mismo cuerpo, día o familia, ven fácilmente qué es lo que conviene a cada miembro, estación, parte y persona; a los unos les ponen reparos, a los otros se someten.
Estas cosas yo entonces no las conocía ni observaba; golpeaban mi vista por todos lados y no las veía. Yo componía versos, en los cuales no podía poner cada pie en cualquier parte, sino de manera distinta en diferentes metros; ni siquiera en un mismo metro el mismo pie en todos los lugares. Sin embargo, el arte mismo por el cual yo componía no tenía principios diferentes para estos casos diferentes, sino que los comprendía todos en uno. Aun así, no veía cómo esa justicia, a la cual obedecían los hombres buenos y santos, contenía mucho más excelente y sublimemente en uno todas esas cosas que Dios mandaba, y en ninguna parte variaba; aunque en tiempos diversos no prescribía todo a la vez, sino que repartía y ordenaba lo que era apto para cada cual. Y yo, en mi ceguera, censuraba a los santos Padres, no solo en lo que hacían uso de las cosas presentes como Dios les mandaba e inspiraba, sino también en lo que predecían cosas venideras, como Dios revelaba en ellos.
¿Puede ser en algún momento o lugar injusto amar a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con toda su mente; y al prójimo como a sí mismo? Por tanto, esas ofensas inmundas que son contra la naturaleza deben ser en todas partes y en todo tiempo detestadas y castigadas; tales como fueron las de los hombres de Sodoma: las cuales, si todas las naciones las cometieran, serían todas culpables del mismo crimen, según la ley de Dios, que no ha hecho así a los hombres para que se abusen unos a otros. Pues incluso ese comercio que debería haber entre Dios y nosotros es violado cuando esa misma naturaleza, de la cual Él es Autor, es contaminada por la perversidad de la lujuria. Pero aquellas acciones que son ofensas contra las costumbres de los hombres, deben evitarse según las costumbres que prevalecen en cada caso; de modo que algo acordado y confirmado por costumbre o ley de cualquier ciudad o nación no pueda ser violado al antojo sin ley de nadie, ya sea nativo o extranjero. Pues cualquier parte que no armoniza con su todo es ofensiva. Pero cuando Dios manda hacer algo contra las costumbres o el pacto de cualquier pueblo, aunque nunca hubiera sido hecho por ellos anteriormente, debe hacerse; y si se interrumpió, debe restaurarse; y si nunca fue ordenado, debe ahora ordenarse. Pues si es lícito para un rey, en el estado sobre el que reina, mandar lo que nadie antes que él, ni él mismo hasta entonces, había mandado, y obedecerle no puede ser contra el bien común del estado (es más, lo sería si no se le obedeciera, pues obedecer a los príncipes es un pacto general de la sociedad humana); ¡cuánto más incuestionablemente debemos obedecer a Dios, en todo lo que Él manda, el Gobernante de todas Sus criaturas! Pues así como entre los poderes en la sociedad humana se obedece a la autoridad mayor con preferencia a la menor, así debe hacerse con Dios sobre todas las cosas.
Así en los actos de violencia, donde hay un deseo de dañar, ya sea por reproche o injuria; y estos ya sea por venganza, como un enemigo contra otro; o por algún provecho que pertenece a otro, como el ladrón al viajero; o para evitar algún mal, como hacia alguien a quien se teme; o por envidia, como uno menos afortunado hacia uno más favorecido, o alguien bien encaminado en cualquier cosa hacia aquel cuya paridad con él mismo teme, o por la cual se aflige; o por el mero placer en el dolor ajeno, como los espectadores de gladiadores, o los burladores y mofadores de otros. Estos son los cabezales de la iniquidad que brotan de la concupiscencia de la carne, de los ojos o de la soberbia, ya sea singularmente, o dos combinados, o todos juntos; y así viven los hombres mal contra los tres y siete, ese salterio de diez cuerdas, Tus Diez Mandamientos, oh Dios, altísimo y dulcísimo. Pero ¿qué ofensas inmundas puede haber contra Ti, que no puedes ser mancillado? ¿O qué actos de violencia contra Ti, que no puedes ser dañado? Pero Tú vengas lo que los hombres cometen contra sí mismos, viendo que también cuando pecan contra Ti, obran malvadamente contra sus propias almas, y la iniquidad se miente a sí misma al corromper y pervertir su naturaleza, la cual Tú has creado y ordenado, ya sea por un uso inmoderado de las cosas permitidas, o al arder en cosas no permitidas, para aquel uso que es contra la naturaleza; o se encuentran culpables, enfureciéndose con corazón y lengua contra Ti, dando coces contra el aguijón; o cuando, rompiendo el cerco de la sociedad humana, se gozan audazmente en combinaciones o divisiones voluntarias, según tengan algún objeto que ganar o motivo de ofensa. Y estas cosas se hacen cuando eres abandonado, oh Fuente de Vida, que eres el único y verdadero Creador y Gobernador del Universo, y por una soberbia voluntariosa, se selecciona cualquier cosa falsa de entre las demás y se ama. Así pues, por una devoción humilde volvemos a Ti; y Tú nos limpias de nuestros malos hábitos, y eres misericordioso con los pecados de quienes confiesan, y escuchas el gemido del prisionero, y nos sueltas de las cadenas que nosotros mismos nos forjamos, si no levantamos contra Ti los cuernos de una libertad irreal, sufriendo la pérdida de todo, por la codicia de más, al amar más nuestro bien privado que a Ti, el Bien de todos.
En medio de estas ofensas de inmundicia y violencia, y tantas iniquidades, están los pecados de los hombres que en general están progresando; los cuales, por quienes juzgan rectamente, son, según la regla de la perfección, desaprobados, mas las personas son elogiadas, bajo la esperanza de frutos futuros, como en la hoja verde del trigo que crece. Y hay algunas, semejantes a ofensas de inmundicia o violencia, que sin embargo no son pecados; porque no ofenden ni a Ti, nuestro Señor Dios, ni a la sociedad humana; cuando, a saber, las cosas adecuadas para un período dado se obtienen para el servicio de la vida, y no sabemos si por una concupiscencia de poseer; o cuando las cosas son, por causa de corrección, castigadas por la autoridad constituida, y no sabemos si por una concupiscencia de dañar. Muchas acciones, pues, que a la vista de los hombres son desaprobadas, son por Tu testimonio aprobadas; y muchas, alabadas por los hombres, son (siendo Tú testigo) condenadas: porque la apariencia de la acción, y la mente del que hace, y la desconocida exigencia del período, varían separadamente. Pero cuando Tú de repente mandas algo inusitado e impensado, sí, aunque alguna vez lo hayas prohibido, y todavía por el momento ocultes la razón de Tu mandato, y sea contra la ordenanza de alguna sociedad de hombres, ¿quién duda que debe hacerse, viendo que esa sociedad de hombres es justa si sirve a Ti? ¡Pero bienaventurados los que conocen Tus mandatos! Pues todas las cosas fueron hechas por Tus siervos; ya sea para mostrar algo necesario para el presente, o para premostrar cosas venideras.
Estas cosas, siendo yo ignorante, las escarnecía en aquellos Tus santos siervos y profetas. Y ¿qué gané escarneciéndolos, sino ser escarnecido por Ti, siendo insensiblemente y paso a paso arrastrado a esas locuras, como creer que una higuera lloraba cuando era arrancada, y el árbol, su madre, derramaba lágrimas lechosas? ¡La cual higuera, no obstante (arrancada por la culpa de otro, no la suya), si algún santo maniqueo la hubiera comido, y mezclado con sus entrañas, exhalaría de ella ángeles, sí, brotarían partículas de divinidad, en cada quejido o gemido en su oración, las cuales partículas del más alto y verdadero Dios habían permanecido atadas en esa higuera, a menos que hubieran sido puestas en libertad por los dientes o el vientre de algún santo "Elegido"! Y yo, miserable, creía que debía mostrarse más misericordia a los frutos de la tierra que a los hombres, por quienes fueron creados. Pues si alguno hambriento, no maniqueo, pidiera alguno, ese bocado parecería como si estuviera condenado a la pena capital, el que se le diera.
Y Tú enviaste Tu mano desde lo alto, y sacaste mi alma de esa profunda oscuridad, mi madre, Tu fiel sierva, llorando ante Ti por mí, más de lo que las madres lloran las muertes corporales de sus hijos. Pues ella, por aquella fe y espíritu que tenía de Ti, discernía la muerte en la que yo yacía, y Tú la escuchaste, oh Señor; Tú la escuchaste, y no despreciaste sus lágrimas, cuando, deslizándose, regaban la tierra bajo sus ojos en cada lugar donde oraba; sí, Tú la escuchaste. Pues ¿de dónde vino aquel sueño mediante el cual la consolaste; de modo que me permitió vivir con ella, y comer en la misma mesa en la casa, de la que ella había empezado a retraerse, aborreciendo y detestando las blasfemias de mi error? Pues se vio a sí misma de pie sobre una cierta regla de madera, y a un joven resplandeciente viniendo hacia ella, alegre y sonriéndole, estando ella afligida y abrumada de dolor. Pero él, habiendo (para instruir, como es su costumbre no ser instruidos) inquirido de ella las causas de su dolor y lágrimas diarias, y respondiendo ella que lamentaba mi perdición, le pidió que estuviera contenta, y le dijo que mirara y observara: "Que donde ella estaba, allí estaba yo también". Y cuando miró, me vio de pie junto a ella en la misma regla. ¿De dónde fue esto, sino que Tus oídos estaban hacia su corazón? ¡Oh Tú, Bien omnipotente, que tanto cuidas de cada uno de nosotros, como si cuidaras solo de él; y así de todos, como si fueran uno solo!
¿De dónde fue esto también, que cuando me hubo contado esta visión, y yo quise torcerla para que significara: "Que ella más bien no debía desesperar de ser un día lo que yo era", ella inmediatamente, sin vacilación alguna, replica: "No; pues no se me dijo eso: 'donde él, allí tú también'; sino 'donde tú, allí él también'"? Confieso ante Ti, oh Señor, que según recuerdo (y a menudo he hablado de esto), aquella respuesta Tuya, a través de mi madre que velaba,--que no se dejó confundir por la plausibilidad de mi falsa interpretación, y vio tan rápidamente lo que había que ver, y que yo ciertamente no había percibido antes de que ella hablara--incluso entonces me conmovió más que el sueño mismo, por el cual un gozo para la santa mujer, que habría de cumplirse tanto tiempo después, fue, para consuelo de su angustia presente, tanto tiempo antes presignificado. Pues pasaron casi nueve años, en los cuales me revolqué en el fango de ese abismo profundo, y la oscuridad de la falsedad, intentando a menudo levantarme, pero siendo derribado más gravemente. Durante todo este tiempo, esa viuda casta, piadosa y sobria (tal como Tú amas), ahora más animada con esperanza, pero sin relajar en nada su llanto y luto, no cesó a todas horas de sus devociones de lamentar mi caso ante Ti. Y sus oraciones entraron en Tu presencia; y sin embargo Tú permitiste que yo estuviera todavía envuelto y envuelto de nuevo en esa oscuridad.
Tú le diste mientras tanto otra respuesta, que recuerdo; pues mucho paso por alto, apresurándome a aquellas cosas que más me presionan a confesar ante Ti, y mucho no recuerdo. Tú le diste entonces otra respuesta, mediante un Sacerdote Tuyo, un obispo educado en Tu Iglesia, y bien estudiado en Tus libros. A quien, cuando esta mujer hubo suplicado que se dignara conversar conmigo, refutar mis errores, desenseñarme las cosas malas y enseñarme las buenas (pues esto solía hacer, cuando encontraba personas aptas para recibirlo), él se negó, sabiamente, como después percibí. Pues respondió que yo era aún inenseñable, estando hinchado con la novedad de aquella herejía, y ya había confundido a diversas personas inhábiles con preguntas capciosas, como ella le había contado: "pero déjalo estar un tiempo", decía él, "solo reza a Dios por él, él mismo por la lectura encontrará qué es ese error y cuán grande su impiedad". Al mismo tiempo le contó cómo él mismo, cuando era pequeño, había sido entregado por su madre seducida a los maniqueos, y no solo había leído, sino copiado frecuentemente casi todos sus libros, y había (sin argumento ni prueba de nadie) visto cuánto debía evitarse esa secta; y la había evitado. Lo cual, cuando hubo dicho, y ella no se daba por satisfecha, sino que le urgía más, con ruegos y muchas lágrimas, que me viera y hablara conmigo; él, un poco disgustado por su importunidad, dice: "Vete, y que Dios te bendiga, pues no es posible que el hijo de estas lágrimas perezca". Respuesta que ella tomó (como a menudo mencionaba en sus conversaciones conmigo) como si hubiera sonado desde el cielo.
LIBRO IV
Durante este espacio de nueve años (desde mi decimonoveno año hasta mi vigesimoctavo) vivimos seducidos y seduciendo, engañados y engañando, en diversas concupiscencias; abiertamente, por las ciencias que llaman liberales; secretamente, con una religión de falso nombre; aquí orgullosos, allá supersticiosos, en todas partes vanos. Aquí, cazando la vacuidad de la alabanza popular, hasta los aplausos teatrales, y premios poéticos, y disputas por guirnaldas de hierba, y las locuras de los espectáculos, y la intemperancia de los deseos. Allí, deseando ser limpiados de estas inmundicias, llevando alimento a aquellos que eran llamados "electos" y "santos", del cual, en el taller de sus estómagos, debían forjar para nosotros Ángeles y Dioses, por quienes nosotros pudiéramos ser limpiados. Estas cosas seguí y practiqué con mis amigos, engañados por mí y conmigo. Que los arrogantes se burlen de mí, y aquellos que no han sido, para salud de sus almas, heridos y derribados por Ti, oh Dios mío; pero yo aun así confesaría ante Ti mi propia vergüenza en Tu alabanza. Permíteme, te lo ruego, y dame gracia para repasar en mi memoria presente los vagabundeos de mi tiempo pasado, y para ofrecerte el sacrificio de acción de gracias. Pues ¿qué soy para mí mismo sin Ti, sino un guía hacia mi propia caída? ¿O qué soy incluso en lo mejor, sino un infante que succiona la leche que Tú das, y se alimenta de Ti, el alimento que no perece? Pero ¿qué clase de hombre es cualquier hombre, viendo que solo es un hombre? Que ahora los fuertes y poderosos se rían de nosotros, pero que nosotros, pobres y necesitados, confesemos ante Ti.
En aquellos años enseñaba retórica, y, vencido por la codicia, vendía una locuacidad para vencer con ella. Sin embargo, prefería (Señor, Tú lo sabes) discípulos honestos (como son tenidos), y a estos, sin artificio, enseñaba artificios, no para ser practicados contra la vida de los inocentes, aunque a veces para la vida de los culpables. Y Tú, oh Dios, desde lejos percibías cómo tropezaba en aquel camino resbaladizo, y en medio de mucho humo emitía algunas chispas de fidelidad, las cuales mostraba en aquella mi guía de tales que amaban la vanidad y buscaban la mentira, siendo yo mismo su compañero. En aquellos años tenía una,--no en lo que se llama matrimonio lícito, sino a quien había encontrado en una pasión caprichosa, carente de entendimiento; pero solo una, permaneciendo fiel incluso a ella; en quien experimenté en mi propio caso qué diferencia hay entre el autocontrol del pacto matrimonial, por causa de la prole, y el trato de un amor lujurioso, donde los hijos nacen contra la voluntad de sus padres, aunque, una vez nacidos, constriñen al amor.
Recuerdo también que, cuando me había decidido a entrar en la liza por un premio teatral, algún mago me preguntó qué le daría para ganar; pero yo, detestando y aborreciendo tales misterios inmundos, respondí: "Aunque la guirnalda fuera de oro imperecedero, no permitiría que una mosca fuera muerta para ganármela". Pues debía matar algunas criaturas vivas en sus sacrificios, y por aquellos honores invitar a los demonios a favorecerme. Pero este mal también lo rechacé, no por un amor puro hacia Ti, oh Dios de mi corazón; pues no sabía cómo amarte, que no sabía cómo concebir nada más allá de un brillo material. Y ¿acaso un alma, suspirando por tales ficciones, no comete fornicación contra Ti, confía en cosas irreales y se alimenta de viento? Aun así, no querría, por cierto, que se ofrecieran sacrificios a los demonios por mí, a quienes yo me estaba sacrificando a mí mismo por aquella superstición. Pues ¿qué otra cosa es alimentarse de viento, sino alimentarlos a ellos, es decir, al extraviarse convertirse en su placer y escarnio?
A esos impostores, pues, a quienes llaman matemáticos, los consulté sin escrúpulos; porque parecían no usar sacrificio alguno, ni orar a espíritu alguno para sus adivinaciones: cuyo arte, sin embargo, la piedad cristiana y verdadera rechaza y condena constantemente. Pues es bueno confesarse ante Ti y decir: Ten piedad de mí, sana mi alma, porque he pecado contra Ti; y no abusar de Tu misericordia como licencia para pecar, sino recordar las palabras del Señor: Mira, has sido sanado, no peques más, no sea que te suceda algo peor. Todo este sano consejo se esfuerzan ellos por destruir, diciendo: "La causa de tu pecado está inevitablemente determinada en el cielo"; y "Esto lo hizo Venus, o Saturno, o Marte": para que el hombre, a decir verdad, carne y sangre, y orgullosa corrupción, pueda ser irreprensible; mientras que el Creador y Ordenador del cielo y de las estrellas debe cargar con la culpa. ¿Y quién es Él sino nuestro Dios? la misma dulzura y fuente de justicia, que retribuye a cada hombre según sus obras: y al corazón quebrantado y contrito no lo despreciarás.
Había en aquellos días un hombre sabio, muy hábil en medicina, y renombrado en ella, quien había puesto con su propia mano proconsular la guirnalda agonística sobre mi cabeza enferma, pero no como médico: pues esta enfermedad solo Tú la curas, que resistes a los soberbios y das gracia a los humildes. ¿Pero acaso me fallaste incluso por medio de aquel anciano, o dejaste de sanar mi alma? Pues habiéndome familiarizado más con él, y estando asidua y fijamente pendiente de su discurso (pues aunque en términos sencillos, era vívido, animado y sincero), cuando hubo comprendido por mi conversación que me dedicaba a los libros de los que echan las suertes natales, me aconsejó amable y paternalmente que los arrojara, y que no desperdiciara infructuosamente un cuidado y diligencia, necesarios para cosas útiles, en estas vanidades; diciendo que él había estudiado ese arte en sus primeros años, de modo que lo hizo la profesión con la que debía ganarse la vida, y que, entendiendo a Hipócrates, pronto podría haber entendido un estudio como este; y sin embargo, lo había dejado, y se había dedicado a la medicina, por ninguna otra razón sino porque lo encontró totalmente falso; y él, un hombre serio, no quería ganarse la vida engañando a la gente. "Pero tú", dice, "tienes la retórica para mantenerte, de modo que sigues esto por libre elección, no por necesidad: tanto más deberías darme crédito en esto, yo que trabajé para adquirirlo tan perfectamente como para ganarme la vida solo con ello". De quien, cuando le hube preguntado cómo entonces podían predecirse muchas cosas verdaderas mediante él, me respondió (como pudo) "que la fuerza del azar, difundida por todo el orden de las cosas, provocaba esto. Pues si cuando un hombre por casualidad abre las páginas de algún poeta, que cantaba y pensaba en algo totalmente diferente, un verso caía a menudo, maravillosamente agradable al asunto presente: no sería de extrañar que, del alma del hombre, inconsciente de lo que ocurre en ella, por algún instinto superior se diera una respuesta, por azar, no por arte, correspondiente a los asuntos y acciones del demandante".
Y hasta aquí, ya sea de él o a través de él, Tú me lo transmitiste, y trazaste en mi memoria, lo que yo podría examinar más adelante por mí mismo. Pero en aquel entonces ni él, ni mi queridísimo Nebridius, un joven singularmente bueno y de un temor santo, quien se burlaba de todo el cuerpo de la adivinación, pudieron persuadirme de que lo dejara de lado, pesando más en mí la autoridad de los autores, y todavía no había encontrado ninguna prueba cierta (como la que buscaba) por la cual pudiera aparecer sin toda duda que lo que había sido correctamente predicho por aquellos consultados era resultado del azar, no del arte de los observadores de las estrellas.
En aquellos años en que empecé a enseñar retórica en mi ciudad natal, había hecho amigo mío a uno, pero demasiado querido para mí, por una comunidad de intereses, de mi propia edad, y, como yo, en la primera flor de la juventud. Había crecido conmigo desde niño, y ambos habíamos sido compañeros de escuela y de juegos. Pero no era todavía mi amigo como después, ni siquiera entonces, como lo es la verdadera amistad; pues verdadera no puede ser, a menos que sea en aquellos a quienes Tú unes, adhiriéndose a Ti, por aquel amor que es derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos es dado. Sin embargo, era demasiado dulce, madurado por el calor de estudios afines: pues, de la fe verdadera (que él, siendo joven, no había asimilado sana y completamente), yo también lo había desviado hacia aquellas supersticiones y fábulas perniciosas, por las cuales mi madre se lamentaba por mí. Conmigo erraba él ahora en su mente, ni podía mi alma estar sin él. Pero he aquí que Tú estabas cerca de los pasos de Tus fugitivos, a la vez Dios de venganza y Fuente de misericordias, volviéndonos a Ti por medios maravillosos; Tú sacaste a ese hombre de esta vida, cuando apenas había completado un año entero de mi amistad, dulce para mí por encima de toda dulzura de aquella mi vida.
¿Quién puede relatar todas Tus alabanzas, que él ha sentido en su propio ser? ¿Qué hiciste entonces, Dios mío, y cuán inescrutable es el abismo de Tus juicios? Pues, largo tiempo gravemente enfermo de fiebre, yacía sin sentido en un sudor de muerte; y, desesperada su recuperación, fue bautizado, sin saberlo; mientras yo apenas le prestaba atención, presumiendo que su alma retendría más bien lo que había recibido de mí, no lo que se obró en su cuerpo inconsciente. Pero resultó ser muy diferente: pues fue refrescado y restaurado. Inmediatamente, tan pronto como pude hablar con él (y pude, tan pronto como estuvo capaz, pues nunca lo dejé, y estábamos demasiado pendientes el uno del otro), intenté bromear con él, como si él fuera a bromear conmigo sobre aquel bautismo que había recibido, cuando estaba totalmente ausente de mente y sentimiento, pero que ahora había entendido que había recibido. Pero él se apartó de mí, como de un enemigo; y con una libertad maravillosa y repentina me pidió, si quería seguir siendo su amigo, que me abstuviera de tal lenguaje ante él. Yo, todo asombrado y atónito, reprimí todas mis emociones hasta que él se recuperara, y su salud fuera lo suficientemente fuerte para que yo tratara con él como quisiera. Pero fue arrebatado de mi frenesí, para que contigo fuera preservado para mi consuelo; pocos días después, en mi ausencia, fue atacado de nuevo por la fiebre, y así partió.
Ante este dolor mi corazón quedó totalmente oscurecido; y todo lo que contemplaba era muerte. Mi patria era un tormento para mí, y la casa de mi padre una infelicidad extraña; y todo lo que había compartido con él, al faltar él, se convirtió en una tortura distractora. Mis ojos lo buscaban en todas partes, pero no se me concedía verlo; y odiaba todos los lugares, porque no lo tenían a él; ni podían ya decirme, "él viene", como cuando estaba vivo y ausente. Me convertí en un gran enigma para mí mismo, y pregunté a mi alma por qué estaba tan triste, y por qué me inquietaba profundamente: pero ella no sabía qué responderme. Y si decía, Espera en Dios, ella muy acertadamente no me obedecía; porque aquel queridísimo amigo, a quien había perdido, era, siendo hombre, más verdadero y mejor que aquel fantasma en el que se le ordenaba confiar. Solo las lágrimas me eran dulces, pues sucedieron a mi amigo, en lo más querido de mis afectos.
Y ahora, Señor, estas cosas han pasado, y el tiempo ha aliviado mi herida. Que aprenda de Ti, que eres la Verdad, y acerque el oído de mi corazón a Tu boca, para que puedas decirme por qué el llanto es dulce para los miserables. ¿Has echado lejos de Ti nuestra miseria, aunque estás presente en todas partes? Y Tú permaneces en Ti mismo, pero nosotros somos sacudidos en diversas pruebas. Y sin embargo, si no gimiéramos en Tus oídos, no nos quedaría esperanza. ¿De dónde se recoge entonces fruto dulce de la amargura de la vida, del gemido, las lágrimas, los suspiros y las quejas? ¿Endulza esto el hecho de que esperamos que nos escuches? Esto es cierto de la oración, pues en ella hay un anhelo de acercarse a Ti. ¿Pero lo es también en el duelo por una cosa perdida, y la tristeza con la que entonces estaba abrumado? Pues ni esperaba que volviera a la vida ni deseaba esto con mis lágrimas; sino que solo lloraba y me afligía. Pues era miserable, y había perdido mi alegría. ¿O es acaso el llanto una cosa amarga, y por el mismo hastío de las cosas que antes disfrutábamos, nos agrada entonces, cuando nos retraemos de ellas?
¿Pero qué hablo de estas cosas? pues ahora no es momento de cuestionar, sino de confesar ante Ti. Desdichado era yo; y desdichada es toda alma atada por la amistad de las cosas perecederas; es desgarrada cuando las pierde, y entonces siente la desdicha que tenía antes incluso de perderlas. Así fue entonces conmigo; lloré amargamente, y encontré mi reposo en la amargura. Así era yo desdichado, y esa vida desdichada la tenía por más querida que a mi amigo. Pues aunque voluntariamente la habría cambiado, estaba más reacio a separarme de ella que de él; sí, no sé si me habría separado de ella incluso por él, como se relata (si no es fingido) de Pílades y Orestes, que habrían muerto alegremente el uno por el otro o juntos, no siendo para ellos peor que la muerte el no vivir juntos. Pero en mí había surgido algún sentimiento inexplicable, demasiado contrario a esto, pues a la vez detestaba excesivamente vivir y temía morir. Supongo que cuanto más lo amaba, más odiaba y temía (como a un enemigo cruel) la muerte, que me había privado de él: e imaginaba que acabaría rápidamente con todos los hombres, ya que tenía poder sobre él. Así fue conmigo, lo recuerdo. Contempla mi corazón, oh Dios mío, contempla y mira dentro de mí; pues bien lo recuerdo, oh Esperanza mía, que me limpias de la impureza de tales afectos, dirigiendo mis ojos hacia Ti, y arrancando mis pies de la red. Pues me maravillaba que otros, sujetos a la muerte, vivieran, ya que aquel a quien amaba, como si nunca fuera a morir, estaba muerto; y me maravillaba aún más que yo mismo, que era para él un segundo yo, pudiera vivir, estando él muerto. Bien dijo uno de su amigo: "Tú, mitad de mi alma"; pues sentía que mi alma y la suya eran "una alma en dos cuerpos": y por tanto mi vida era un horror para mí, porque no quería vivir partido. Y por tanto quizás temía morir, no fuera que aquel a quien había amado mucho muriera totalmente.
¡Oh locura, que no sabe cómo amar a los hombres, como hombres! ¡Oh hombre necio que era entonces, soportando impacientemente la suerte del hombre! Me angustiaba entonces, suspiraba, lloraba, estaba distraído; no tenía descanso ni consejo. Pues llevaba conmigo un alma destrozada y sangrante, impaciente de ser llevada por mí, pero no encontraba dónde reposarla. Ni en arboledas tranquilas, ni en juegos y música, ni en lugares fragantes, ni en banquetes curiosos, ni en los placeres del lecho y el descanso; ni (finalmente) en libros o poesía, encontró reposo. Todas las cosas parecían macabras, sí, incluso la misma luz; todo lo que no era lo que él era, era repulsivo y odioso, excepto el gemido y las lágrimas. Pues solo en ellos encontraba un poco de refrigerio. Pero cuando mi alma se retiraba de ellos, una enorme carga de miseria me abrumaba. Hacia Ti, oh Señor, debería haberse elevado, para que Tú la aligeraras; lo sabía; pero ni podía ni quería; más aún, cuando pensaba en Ti, no eras para mí ninguna cosa sólida o sustancial. Pues no eras Tú mismo, sino un mero fantasma, y mi error era mi Dios. Si intentaba descargar mi carga sobre él, para que pudiera descansar, se deslizaba a través del vacío, y volvía a caer sobre mí; y yo había permanecido para mí mismo un lugar desdichado, donde no podía estar, ni estar fuera de él. Pues ¿adónde huiría mi corazón de mi corazón? ¿Adónde huiría de mí mismo? ¿Adónde no me seguiría a mí mismo? Y sin embargo, huí de mi país; pues así mis ojos lo buscarían menos donde no solían verlo. Y así de Tagaste, vine a Cartago.
Los tiempos no pierden el tiempo; ni pasan ociosamente; a través de nuestros sentidos obran extrañas operaciones en la mente. He aquí, iban y venían día tras día, e introducían en mi mente otras imaginaciones y otros recuerdos; y poco a poco me remendaron de nuevo con mi viejo tipo de deleites, ante los cuales cedió aquel mi dolor. Y sin embargo, sucedieron, no precisamente otros dolores, sino las causas de otros dolores. Pues ¿de dónde aquel dolor anterior había llegado tan fácilmente a mi alma misma, sino porque había derramado mi alma sobre el polvo, al amar a uno que debía morir, como si nunca fuera a morir? Pues lo que me restauraba y refrescaba principalmente eran los consuelos de otros amigos, con quienes amaba lo que en lugar de Ti amaba; y esto era una gran fábula, y mentira prolongada, por cuyo estímulo adúltero, nuestra alma, que yacía picando en nuestros oídos, estaba siendo profanada. Pero esa fábula no moriría para mí, tan a menudo como moría alguno de mis amigos. Había otras cosas que en ellos más ocupaban mi mente; hablar y bromear juntos, hacer favores amables por turnos; leer juntos libros dulces; jugar al tonto o estar serios juntos; disentir a veces sin descontento, como un hombre podría con su propio ser; e incluso con la escasez de estos disentimientos, sazonar nuestros más frecuentes consentimientos; a veces enseñar, y a veces aprender; anhelar a los ausentes con impaciencia; y dar la bienvenida a los que vienen con alegría. Estos y similares expresiones, procedentes de los corazones de quienes amaban y eran amados de nuevo, por el rostro, la lengua, los ojos, y mil gestos agradables, eran tanto combustible para derretir nuestras almas juntas, y de muchas hacer solo una.
Esto es lo que se ama en los amigos; y así se ama, que la conciencia de un hombre se condena a sí misma, si no ama al que le ama de nuevo, o no ama de nuevo al que le ama, sin esperar nada de su persona sino indicaciones de su amor. De ahí ese duelo, si uno muere, y oscurecimientos de penas, ese empapado del corazón en lágrimas, toda dulzura convertida en amargura; y ante la pérdida de la vida del que muere, la muerte del que vive. Bendito quien te ama a Ti, y a su amigo en Ti, y a su enemigo por Ti. Pues solo él no pierde a nadie querido, a quien todos son queridos en Aquel que no puede ser perdido. ¿Y quién es este sino nuestro Dios, el Dios que hizo el cielo y la tierra, y los llena, porque al llenarlos los creó? A Ti nadie pierde, sino quien te deja. ¿Y quién te deja, adónde va o adónde huye, sino de Ti bien complacido, a Ti disgustado? Pues ¿dónde no encuentra tu ley en su propio castigo? Y Tu ley es verdad, y la verdad eres Tú.
Conviértenos, oh Dios de los Ejércitos, muéstranos Tu rostro, y seremos sanos. Pues adondequiera que el alma del hombre se vuelva, a menos que sea hacia Ti, está remachada en penas, incluso aunque esté remachada en cosas hermosas. Y sin embargo ellas, fuera de Ti, y fuera del alma, no serían, a menos que fueran de Ti. Nacen, y se ponen; y al nacer, comienzan como si fueran a ser; crecen, para ser perfeccionadas; y perfeccionadas, envejecen y se marchitan; y todas no envejecen, pero todas se marchitan. Así pues, cuando nacen y tienden a ser, cuanto más rápidamente crecen para ser, tanto más se apresuran a no ser. Esta es la ley de ellas. Tanto les has asignado, porque son porciones de cosas, que no existen todas a la vez, sino que pasando y sucediendo, completan juntas ese universo, del cual son porciones. Y así es como nuestro discurso se completa con signos que emiten un sonido: pero esto a su vez no se perfecciona a menos que una palabra pase cuando ha sonado su parte, para que otra pueda suceder. De todas estas cosas que mi alma te alabe, oh Dios, Creador de todo; pero que mi alma no esté remachada a estas cosas con el pegamento del amor, a través de los sentidos del cuerpo. Pues van adónde debían ir, para que no fueran; y la desgarran con anhelos pestilentes, porque ella anhela ser, pero ama reposar en lo que ama. Pero en estas cosas no hay lugar de reposo; no permanecen, huyen; ¿y quién puede seguirlas con los sentidos de la carne? sí, ¿quién puede asirlas, cuando están cerca? Pues el sentido de la carne es lento, porque es el sentido de la carne; y por él está limitado. Es suficiente para lo que fue hecha; pero no es suficiente para retener las cosas que siguen su curso desde su punto de partida designado hasta el fin designado. Pues en Tu Palabra, por la cual son creadas, oyen su decreto, "de aquí en adelante".
No seas necia, oh alma mía, ni te vuelvas sorda en el oído de tu corazón con el tumulto de tu necedad. Escucha tú también. La Palabra misma te llama a volver: y allí está el lugar de descanso imperturbable, donde el amor no es abandonado, si él mismo no abandona. He aquí, estas cosas pasan, para que otras las reemplacen, y así este universo inferior sea completado por todas sus partes. ¿Pero me voy yo a alguna parte? dice la Palabra de Dios. Allí fija tu morada, confía allí lo que tengas de allí, oh alma mía, al menos ahora que estás cansada de vanidades. Confía a la Verdad, lo que tengas de la Verdad, y no perderás nada; y tu decadencia florecerá de nuevo, y todas tus enfermedades serán sanadas, y tus partes mortales serán reformadas y renovadas, y ceñidas a ti: ni te pondrán donde ellas mismas descienden; sino que permanecerán firmes contigo, y morarán para siempre ante Dios, Quien permanece y está firme para siempre.
¿Por qué entonces te perviertes y sigues a tu carne? Que ella sea convertida y te siga. Lo que sea que por ella percibas, es en parte; y el todo, del cual estas son partes, no lo conoces; y sin embargo te deleitan. Pero si el sentido de tu carne tuviera capacidad para comprender el todo, y no hubiera sido ella misma también, por tu castigo, justamente restringida a una parte del todo, desearías que todo lo que existe en este presente, pasara, para que así el todo pudiera complacerte mejor. Pues lo que hablamos también, por el mismo sentido de la carne lo oyes; sin embargo, no desearías que las sílabas se quedaran, sino que volaran, para que otras vengan, y tú oigas el todo. Y así siempre, cuando alguna cosa está hecha de muchas, todas las cuales no existen juntas, todas colectivamente complacerían más que individualmente, si todas pudieran ser percibidas colectivamente. Pero mucho mejor que estas es Aquel que hizo todo; y Él es nuestro Dios, ni pasa, pues tampoco nada le sucede.
Si te agradan los cuerpos, alaba a Dios por causa de ellos, y vuelve tu amor hacia su Hacedor; no sea que, en estas cosas que te agradan, te desagrades a ti mismo. Si te agradan las almas, que sean amadas en Dios: pues ellas también son mudables, pero en Él están firmemente establecidas; de lo contrario, pasarían y desaparecerían. En Él, pues, sean amadas; y lleva contigo hacia Él a cuantas almas puedas, y diles: "Amémosle a Él, amémosle a Él: Él hizo estas cosas, ni está lejos. Porque no las hizo y se marchó, sino que son de Él y en Él. Mirad, ahí está Él, donde se ama la verdad. Él está en lo más íntimo del corazón, y sin embargo el corazón se ha extraviado lejos de Él. Volved a vuestro corazón, transgresores, y aferraos a Aquel que os hizo. Permaneced con Él, y permaneceréis firmes. Descansad en Él, y estaréis en reposo. ¿A dónde vais por caminos escabrosos? ¿A dónde vais? El bien que amáis proviene de Él; pero es bueno y agradable en referencia a Él, y justamente será amargado, porque injustamente es amada cualquier cosa que proviene de Él, si Él es abandonado por ella. ¿Con qué fin, pues, recorreríais una y otra vez estos caminos difíciles y penosos? No hay descanso donde lo buscáis. Buscad lo que buscáis; pero no está allí donde buscáis. Buscáis una vida bienaventurada en la tierra de la muerte; no está allí. Pues, ¿cómo podría haber una vida bienaventurada donde la vida misma no existe?
Pero nuestra verdadera Vida descendió aquí abajo, y cargó con nuestra muerte, y la mató, por la abundancia de Su propia vida: y tronó, llamándonos a gritos a regresar desde aquí hacia Él, al lugar secreto de donde salió hacia nosotros, primero al seno de la Virgen, en el cual desposó a la creación humana, nuestra carne mortal, para que no fuera para siempre mortal, y desde allí, como un esposo que sale de su tálamo, exultante como un gigante para correr su carrera. Pues no se demoró, sino que corrió, llamando a voces con palabras, hechos, muerte, vida, descenso, ascensión; gritándonos que volviéramos a Él. Y se apartó de nuestros ojos, para que pudiéramos volver a nuestro corazón y allí encontrarle. Pues se fue, y he aquí que está aquí. No quiso estar mucho tiempo con nosotros, y sin embargo no nos dejó; pues se fue allí de donde nunca se apartó, porque el mundo fue hecho por Él. Y en este mundo estaba, y a este mundo vino para salvar a los pecadores, ante quienes mi alma se confiesa, y Él la sana, porque ha pecado contra Él. Oh, hijos de los hombres, ¿hasta cuándo seréis tardos de corazón? Incluso ahora, después del descenso de la Vida hacia vosotros, ¿no ascenderéis y viviréis? Pero ¿a dónde ascendéis, cuando estáis en lo alto, y ponéis vuestra boca contra los cielos? descended, para que podáis ascender, y ascended a Dios. Pues habéis caído por ascender contra Él. Diles esto, para que lloren en el valle de lágrimas, y así llévalos contigo hacia Dios; porque de Su espíritu hablas así a ellos, si hablas ardiendo con el fuego de la caridad.
Estas cosas entonces no las sabía, y amaba estas bellezas inferiores, y me estaba hundiendo en las profundidades mismas, y a mis amigos les decía: "¿Acaso amamos alguna cosa más que lo bello? ¿Qué es entonces lo bello? ¿Y qué es la belleza? ¿Qué es lo que nos atrae y nos gana para las cosas que amamos? Pues a menos que hubiera en ellas una gracia y una belleza, de ninguna manera podrían atraernos hacia sí". Y noté y percibí que en los cuerpos mismos había una belleza por el hecho de formar una especie de todo, y otra, a su vez, por la correspondencia apta y mutua, como la de una parte del cuerpo con su todo, o un zapato con un pie, y cosas semejantes. Y esta consideración surgió en mi mente, desde lo más profundo de mi corazón, y escribí "sobre lo bello y lo conveniente", creo que dos o tres libros. Tú lo sabes, oh Señor, pues se me ha ido de la memoria; ya que no los tengo, sino que se han extraviado de mí, no sé cómo.
Pero, ¿qué me movió, oh Señor Dios mío, a dedicar estos libros a Hierius, un orador de Roma, a quien no conocía de vista, pero amaba por la fama de su erudición que era eminente en él, y algunas palabras suyas que había oído, las cuales me agradaron? Pero más me agradó porque agradaba a otros, quienes lo ensalzaban grandemente, asombrados de que de un sirio, instruido primero en la elocuencia griega, se formara después un maravilloso orador latino, y muy docto en las cosas pertenecientes a la filosofía. Uno es encomiado, y, sin ser visto, es amado: ¿entra este amor en el corazón del oyente desde la boca del que lo encomia? No es así. Sino que por uno que ama, otro es encendido. Pues de ahí es amado quien es encomiado, cuando se cree que el que encomia lo ensalza con un corazón sin fingimiento; es decir, cuando quien le ama, le alaba.
Pues así amaba yo entonces a los hombres, por el juicio de los hombres, no por el Tuyo, oh Dios mío, en quien ningún hombre es engañado. Pero, sin embargo, ¿por qué no por cualidades, como las de un famoso auriga, o un luchador con fieras en el teatro, conocido a lo largo y ancho por una popularidad vulgar, sino de manera muy distinta, y seriamente, y de tal modo como yo mismo quisiera ser encomiado? Porque no querría ser encomiado o amado como lo son los actores (aunque yo mismo los encomiaba y amaba), sino que preferiría ser desconocido, antes que así conocido; e incluso odiado, antes que así amado. ¿Dónde están ahora los impulsos de tan variados y diversos tipos de amores depositados en una sola alma? ¿Por qué, siendo igualmente hombres, amo en otro lo que, si no odiara, no despreciaría y arrojaría de mí mismo? Porque no se sostiene que, como un buen caballo es amado por quien no querría, aunque pudiera, ser ese caballo, por tanto lo mismo pueda decirse de un actor, que comparte nuestra naturaleza. ¿Amo entonces en un hombre lo que odio ser, siendo yo un hombre? El hombre mismo es un gran abismo, cuyos cabellos mismos cuentas Tú, oh Señor, y no caen a tierra sin Ti. Y, sin embargo, son los cabellos de su cabeza más fáciles de contar que sus sentimientos, y los latidos de su corazón.
Pero aquel orador era de esa clase a los que yo amaba, deseando ser yo mismo tal; y erraba por un orgullo creciente, y era zarandeado por todo viento, pero sin embargo era dirigido por Ti, aunque muy secretamente. ¿Y de dónde sé, y de dónde confieso confiadamente ante Ti, que le había amado más por el amor de quienes le encomiaban que por las cosas mismas por las que era encomiado? Porque, de haber sido no alabado, y esos mismos hombres le hubieran desestimado, y con desprecio y menosprecio hubieran dicho exactamente las mismas cosas de él, nunca me habría sentido tan encendido y excitado a amarle. Y, sin embargo, las cosas no habrían sido otras, ni él mismo otro; sino solo los sentimientos de los relatores. ¡Mira dónde yace postrada el alma impotente, que aún no está sostenida por la solidez de la verdad! Así como los vendavales de las lenguas soplan desde el pecho de los que tienen opinión, así es llevada de aquí para allá, conducida adelante y atrás, y la luz se nubla para ella, y la verdad no es vista. Y he aquí, está ante nosotros. Y era para mí un asunto de gran importancia que mi discurso y mis labores fueran conocidos por aquel hombre: si él los aprobaba, yo me sentía más encendido; pero si los desaprobaba, mi corazón vacío, falto de Tu solidez, habría sido herido. Y, sin embargo, sobre "lo bello y lo conveniente", acerca de lo cual le escribí, reflexionaba con placer, y lo examinaba, y lo admiraba, aunque nadie se uniera a ello.
Pero aún no veía en qué se basaba este asunto de gran peso en Tu sabiduría, oh Tú, Omnipotente, que solo haces maravillas; y mi mente vagaba a través de formas corpóreas; y definí y distinguí lo "bello" como lo que lo es en sí mismo, y lo "conveniente" como aquello cuya belleza está en la correspondencia con alguna otra cosa: y esto lo apoyé con ejemplos corpóreos. Y me volví a la naturaleza de la mente, pero la falsa noción que tenía de las cosas espirituales no me dejó ver la verdad. Sin embargo, la fuerza de la verdad brilló por sí misma ante mis ojos, y aparté mi alma jadeante de la sustancia incorpórea hacia los lineamientos, y los colores, y las magnitudes voluminosas. Y no siendo capaz de ver estas cosas en la mente, pensé que no podía ver mi mente. Y mientras que en la virtud amaba la paz, y en el vicio aborrecía la discordia; en la primera observaba una unidad, pero en la otra, una especie de división. Y en esa unidad concebía que consistía el alma racional, la naturaleza de la verdad y del sumo bien; pero en esta división imaginaba miserablemente que había alguna sustancia desconocida de vida irracional, y la naturaleza del sumo mal, que no solo debía ser una sustancia, sino también vida real, y sin embargo no derivada de Ti, oh Dios mío, de quien son todas las cosas. Y, sin embargo, a lo primero lo llamaba Mónada, como si hubiera sido un alma sin sexo; pero a lo último una Díada: la ira, en actos de violencia, y en la flagiciosidad, la lujuria; no sabiendo de lo que hablaba. Pues no había conocido ni aprendido que ni el mal era una sustancia, ni nuestra alma aquel sumo e inmutable bien.
Porque así como los actos de violencia surgen si aquella emoción del alma es corrompida, de donde brota la acción vehemente, agitándose insolente y desenfrenadamente; y las lujurias, cuando aquella afección del alma no es gobernada, por la cual se beben los placeres carnales, así los errores y las falsas opiniones corrompen la conversación, si el alma razonable misma es corrompida; como lo estaba entonces en mí, que no sabía que debía ser iluminada por otra luz, para que pueda ser partícipe de la verdad, viendo que ella misma no es esa naturaleza de la verdad. Pues Tú encenderás mi lámpara, oh Señor Dios mío, Tú iluminarás mis tinieblas: y de Tu plenitud hemos recibido todos, pues Tú eres la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene al mundo; porque en Ti no hay variabilidad, ni sombra de cambio.
Pero me apresuraba hacia Ti, y era rechazado por Ti, para que pudiera probar la muerte: porque Tú resistes a los soberbios. Pero, ¿qué hay más soberbio que pretender yo, con una extraña locura, ser por naturaleza lo que Tú eres? Pues mientras que yo estaba sujeto a cambio (siendo esto manifiesto para mí, al ser mi mismo deseo de llegar a ser sabio, el deseo de pasar de peor a mejor), preferí, sin embargo, imaginarte a Ti sujeto a cambio, y a mí mismo no ser lo que Tú eres. Por tanto, fui rechazado por Ti, y Tú resististe mi vana obstinación, e imaginé formas corpóreas, y, siendo yo carne, acusé a la carne; y, siendo un viento que pasa, no volví a Ti, sino que pasé más y más hacia cosas que no tienen ser, ni en Ti, ni en mí, ni en el cuerpo. Ni fueron creadas para mí por Tu verdad, sino inventadas por mi vanidad a partir de cosas corpóreas. Y solía preguntar a Tus pequeños fieles, mis conciudadanos (de quienes, sin saberlo, estaba exiliado), solía, parloteando y neciamente, preguntarles: "¿Por qué entonces yerra el alma que Dios creó?". Pero no quería que me preguntaran: "¿Por qué entonces yerra Dios?". Y sostenía que Tu sustancia inmutable erraba por coacción, antes que confesar que mi sustancia mudable se había extraviado voluntariamente, y ahora, como castigo, yacía en el error.
Tenía entonces unos veintisiete años cuando escribí aquellos volúmenes; revolviendo dentro de mí ficciones corpóreas, zumbando en los oídos de mi corazón, que dirigía, oh dulce verdad, a tu melodía interior, meditando sobre "lo bello y lo conveniente", y anhelando detenerme y escucharte, y regocijarme grandemente ante la voz del Esposo, pero no podía; pues por las voces de mis propios errores, era arrastrado afuera, y por el peso de mi propio orgullo, me hundía en el abismo más profundo. Pues Tú no me hiciste oír gozo y alegría, ni se regocijaron los huesos que aún no estaban humillados.
¿Y de qué me sirvió que, apenas a los veinte años, cayera en mis manos un libro de Aristóteles, el que llaman los diez Predicamentos (de cuyo nombre mismo me colgaba, como de algo grande y divino, tantas veces como mi maestro de retórica de Cartago, y otros, tenidos por doctos, lo pronunciaban con las mejillas hinchadas de orgullo), y lo leyera y comprendiera sin ayuda? Y al conferenciar con otros, que decían que apenas lo entendían con tutores muy capaces, no solo explicándolo oralmente, sino dibujando muchas cosas en la arena, no podían decirme nada más de él que lo que yo había aprendido, leyéndolo por mí mismo. Y el libro me pareció hablar muy claramente de sustancias, tales como "hombre", y de sus cualidades, como la figura de un hombre, de qué tipo es; y la estatura, de cuántos pies de alto; y su relación, de quién es hermano; o dónde está colocado; o cuándo nació; o si está de pie o sentado; o si está calzado o armado; o si hace o sufre algo; y todas las innumerables cosas que podrían incluirse bajo estos nueve Predicamentos, de los cuales he dado algunos ejemplos, o bajo aquel Predicamento principal de Sustancia.
¿Qué me ayudó todo esto, viendo que incluso me estorbó? cuando, imaginando que todo lo que era, estaba comprendido bajo esos diez Predicamentos, intenté de tal manera comprender, oh Dios mío, Tu maravillosa e inmutable Unidad también, como si Tú también hubieras estado sujeto a Tu propia grandeza o belleza; de modo que (como en los cuerpos) existieran en Ti, como en su sujeto: mientras que Tú mismo eres Tu grandeza y belleza; pero un cuerpo no es grande o bello por el hecho de ser un cuerpo, viendo que, aunque fuera menos grande o bello, debería no obstante ser un cuerpo. Pero era falsedad lo que de Ti concebía, no verdad; ficciones de mi miseria, no las realidades de Tu bienaventuranza. Pues Tú habías mandado, y fue hecho en mí, que la tierra produjera abrojos y espinas para mí, y que con el sudor de mi frente comiera mi pan.
¿Y de qué me sirvió que todos los libros que pude conseguir de las llamadas artes liberales, yo, el vil esclavo de viles afectos, los leyera por mí mismo y los comprendiera? Y me deleitaba en ellos, pero no sabía de dónde venía todo lo que en ellos era verdadero o cierto. Pues tenía mi espalda hacia la luz, y mi rostro hacia las cosas iluminadas; de donde mi rostro, con el cual discernía las cosas iluminadas, él mismo no estaba iluminado. Todo lo que fue escrito, ya fuera sobre retórica, o lógica, geometría, música y aritmética, lo comprendí por mí mismo sin mucha dificultad ni instructor alguno, Tú lo sabes, oh Señor Dios mío; porque tanto la rapidez de entendimiento, como la agudeza en el discernimiento, es Tu don: sin embargo, no por ello te sacrifiqué. Así pues, no sirvió para mi uso, sino más bien para mi perdición, puesto que me ocupé en obtener una porción tan buena de mi sustancia para mi propia custodia; y no guardé mi fuerza para Ti, sino que vagué lejos de Ti a una tierra lejana, para gastarla en prostituciones. Pues, ¿qué me aprovecharon las buenas capacidades, no empleadas para buenos usos? Pues no sentí que esas artes fueran alcanzadas con gran dificultad, incluso por los estudiosos y talentosos, hasta que intenté explicarlas a tales; cuando sobresalía más en ellas quien no me seguía del todo lentamente.
Pero, ¿qué me ayudó esto, imaginando que Tú, oh Señor Dios, la Verdad, eras un cuerpo vasto y brillante, y yo un fragmento de ese cuerpo? ¡Perversidad demasiado grande! Pero tal era yo. Ni me avergüenzo, oh Dios mío, de confesarte Tus misericordias hacia mí, y de invocarte a Ti, que no me avergoncé entonces de profesar ante los hombres mis blasfemias, y de ladrar contra Ti. ¿Qué me aprovechó entonces mi ingenio ágil en esas ciencias y todos esos libros tan intrincados, desenredados por mí, sin ayuda de instrucción humana; viendo que erraba tan torpemente, y con tal sacrílega vergüenza, en la doctrina de la piedad? ¿O qué estorbo fue un ingenio mucho más lento para Tus pequeños, puesto que no se apartaron lejos de Ti, para que en el nido de Tu Iglesia pudieran ser emplumados con seguridad, y nutrir las alas de la caridad, mediante el alimento de una fe sana? Oh Señor nuestro Dios, bajo la sombra de Tus alas esperemos; protégenos, y llévanos. Tú nos llevarás tanto cuando seamos pequeños, e incluso hasta las canas nos llevarás; porque nuestra firmeza, cuando es Tú, entonces es firmeza; pero cuando es la nuestra, es debilidad. Nuestro bien vive siempre contigo; del cual cuando nos apartamos, somos desviados. Volvamos ahora, oh Señor, para que no seamos volcados, porque contigo nuestro bien vive sin ninguna decadencia, el cual bien eres Tú; ni necesitamos temer que no haya lugar a donde volver, porque caímos de él: pues por nuestra ausencia, nuestra mansión no cayó: Tu eternidad.
LIBRO V
Acepta el sacrificio de mis confesiones del ministerio de mi lengua, la cual Tú has formado y estimulado a confesar Tu nombre. Sana Tú todos mis huesos, y digan ellos: ¡Oh Señor, quién es como Tú! Porque quien se confiesa a Ti no te enseña lo que ocurre dentro de él; viendo que un corazón cerrado no cierra Tu ojo, ni puede la dureza de corazón del hombre rechazar Tu mano: pues Tú la disuelves a Tu voluntad en piedad o en venganza, y nada puede esconderse de Tu calor. Pero alabe mi alma a Ti, para que pueda amarte; y confiese ella Tus propias misericordias a Ti, para que pueda alabarte. Toda Tu creación no cesa, ni guarda silencio en tus alabanzas; ni el espíritu del hombre con voz dirigida a Ti, ni la creación animada o inanimada, por la voz de quienes meditan en ella: para que así nuestras almas puedan elevarse desde su cansancio hacia Ti, apoyándose en aquellas cosas que Tú has creado, y pasando hacia Ti mismo, que las hiciste maravillosamente; y allí hay refrigerio y verdadera fortaleza.
Que los inquietos, los impíos, se aparten y huyan de Ti; aun así, Tú los ves, y divides las tinieblas. Y he aquí, el universo con ellos es hermoso, aunque ellos son inmundos. ¿Y cómo te han dañado? ¿O cómo han deshonrado Tu gobierno, el cual, desde el cielo hasta esta tierra bajísima, es justo y perfecto? Pues, ¿a dónde huyeron, cuando huyeron de Tu presencia? ¿O dónde no los encuentras Tú? Pero ellos huyeron, para no verte a Ti viéndolos, y, cegados, pudieran tropezar contra Ti (porque Tú no abandonas nada de lo que has hecho); que los injustos, digo, pudieran tropezar contigo, y justamente ser heridos; retirándose de tu gentileza, y tropezando en Tu rectitud, y cayendo sobre su propia aspereza. ¡Ignorantes, en verdad, de que Tú estás en todas partes, a quien ningún lugar abarca! Y Tú solo estás cerca, incluso de aquellos que se apartan lejos de Ti. Que se vuelvan, pues, y te busquen; porque no como ellos han abandonado a su Creador, has abandonado Tú a Tu creación. Que se vuelvan y te busquen; y he aquí, Tú estás allí en su corazón, en el corazón de aquellos que se confiesan a Ti, y se arrojan sobre Ti, y lloran en Tu seno, después de todos sus caminos escabrosos. Entonces enjugas Tú suavemente sus lágrimas, y ellos lloran más, y se regocijan en el llanto; incluso porque Tú, Señor —no hombre de carne y sangre, sino— Tú, Señor, que los hiciste, los rehaces y los consuelas. Pero, ¿dónde estaba yo, cuando te estaba buscando? Y Tú estabas ante mí, pero yo me había alejado de Ti; ni me encontraba a mí mismo, ¡cuánto menos a Ti!
Desearía dejar patente ante mi Dios aquel vigésimo noveno año de mi edad. Había llegado entonces a Cartago un cierto obispo de los maniqueos, Fausto de nombre, un gran lazo del diablo, y muchos eran enredados por él mediante aquel señuelo de su lenguaje fluido; el cual, aunque yo elogiaba, podía no obstante separar de la verdad de las cosas que estaba ansioso por aprender: ni apreciaba tanto el servicio de la oratoria como la ciencia que este Fausto, tan alabado entre ellos, ponía ante mí para alimentarme. La fama le había precedido como el más conocedor de todo aprendizaje valioso y exquisitamente versado en las artes liberales. Y puesto que yo había leído y recordaba bien mucho de los filósofos, comparé algunas cosas de ellos con aquellas largas fábulas de los maniqueos, y hallé a las primeras más probables; aun cuando solo podían prevalecer hasta el punto de juzgar este mundo inferior, al Señor del mismo de ninguna manera podían encontrarlo. Porque Tú eres grande, oh Señor, y tienes respeto a los humildes, pero a los soberbios miras de lejos. Ni te acercas sino a los contritos de corazón, ni eres hallado por los soberbios, no, aunque mediante habilidad curiosa pudieran numerar las estrellas y la arena, y medir los cielos estrellados, y seguir los cursos de los planetas.
Pues con su entendimiento e ingenio, que Tú les otorgaste, escudriñan estas cosas; y mucho han hallado; y predijeron, muchos años antes, eclipses de aquellos luminares, el sol y la luna —qué día y hora, y cuántos dígitos—, ni su cálculo falló; y sucedió como predijeron; y escribieron las reglas que habían descubierto, y estas son leídas en este día, y de ellas otros predicen en qué año y mes del año, y qué día del mes, y qué hora del día, y qué parte de su luz, luna o sol ha de ser eclipsado, y así será, como es presagiado. Ante estas cosas los hombres, que no conocen este arte, se maravillan y asombran, y los que lo conocen, exultan y se envanecen; y por una impía soberbia apartándose de Ti, y faltando a Tu luz, prevén una falta de la luz del sol, que será, con tanta antelación, pero no ven la suya propia, que es. Porque no buscan religiosamente de dónde tienen el ingenio con el que escudriñan esto. Y al encontrar que Tú los hiciste, no se entregan a Ti para conservar lo que Tú hiciste, ni sacrifican a Ti lo que ellos mismos se han hecho; ni matan sus propias imaginaciones altivas, como aves del cielo, ni sus propias curiosidades sumergidas (con las cuales, como los peces del mar, vagan por los caminos desconocidos del abismo), ni su propia lujuria, como las bestias del campo, para que Tú, Señor, fuego consumidor, puedas quemar esos cuidados muertos suyos y recrearlos inmortalmente.
Pero ellos no conocían el camino, Tu Verbo, por Quien hiciste estas cosas que ellos numeran, y a ellos mismos que numeran, y el sentido mediante el cual perciben lo que numeran, y el entendimiento, del cual numeran; o que de Tu sabiduría no hay número. Pero el Unigénito es Él mismo hecho para nosotros sabiduría, y justicia, y santificación, y fue numerado entre nosotros, y pagó tributo al César. No conocían este camino por el cual descender a Él desde ellos mismos, y por Él ascender hasta Él. No conocían este camino, y se juzgaron exaltados entre las estrellas y resplandecientes; y he aquí, cayeron sobre la tierra, y su necio corazón fue entenebrecido. Discurren muchas cosas verdaderamente sobre la criatura; pero a la Verdad, Artífice de la criatura, no buscan piadosamente, y por tanto no lo encuentran; o si lo encuentran, conociéndolo como Dios, no lo glorifican como Dios ni son agradecidos, sino que se vuelven vanos en sus imaginaciones, y se profesan sabios, atribuyéndose a sí mismos lo que es Tuyo; y por ello, con la más perversa ceguera, se esfuerzan por imputarte a Ti lo que es suyo, forjando mentiras sobre Ti que eres la Verdad, y cambiando la gloria del Dios incorruptible en una imagen hecha a semejanza de hombre corruptible, y de aves, y de cuadrúpedos, y de reptiles, cambiando Tu verdad en mentira, y adorando y sirviendo a la criatura más que al Creador.
Sin embargo, muchas verdades sobre la criatura retuve de estos hombres, y vi la razón de ello a partir de cálculos, la sucesión de los tiempos y los testimonios visibles de las estrellas; y las comparé con los dichos de Maniqueo, que en su frenesí había escrito extensamente sobre estos temas; pero no descubrí cuenta alguna de los solsticios, o equinoccios, o los eclipses de los mayores luminares, ni nada de este tipo que hubiera aprendido en los libros de filosofía secular. Pero se me mandó creer; y sin embargo, no se correspondía con lo que había sido establecido por cálculos y por mi propia vista, sino que era del todo contrario.
¿Acaso, oh Señor Dios de la verdad, quien conoce estas cosas, te agrada por ello? Ciertamente es infeliz quien sabe todo esto y no te conoce a Ti: pero feliz quien te conoce a Ti, aunque no sepa esto. Y quien conoce tanto a Ti como a ellos no es más feliz por ellos, sino solo por Ti, si, conociéndote, te glorifica como Dios y es agradecido, y no se vuelve vano en sus imaginaciones. Porque así como es mejor quien sabe cómo poseer un árbol y darte gracias por el uso del mismo, aunque no sepa cuántos codos de altura tiene o cuánto se extiende, que aquel que puede medirlo y contar todas sus ramas, y ni lo posee, ni conoce o ama a su Creador: así un creyente, cuyo es todo este mundo de riqueza, y que no teniendo nada, posee sin embargo todas las cosas, al adherirse a Ti, a quien todas las cosas sirven, aunque no conozca siquiera los círculos de la Osa Mayor, es locura dudar de que está en mejor estado que aquel que puede medir los cielos, y numerar las estrellas, y equilibrar los elementos, pero te descuida a Ti, que hiciste todas las cosas en número, peso y medida.
Pero, ¿quién mandó a aquel Maniqueo escribir también sobre estas cosas, cuya pericia no era elemento de piedad? Pues Tú has dicho al hombre: He aquí la piedad y la sabiduría; de las cuales podía ser ignorante, aunque tuviera perfecto conocimiento de estas cosas; pero estas cosas, puesto que, no conociéndolas, osó muy impudentemente enseñarlas, claramente no podía tener conocimiento de la piedad. Porque es vanidad hacer profesión de estas cosas mundanas incluso cuando son conocidas; pero la confesión a Ti es piedad. Por lo tanto, este errante habló mucho de estas cosas con el fin de que, convicto por aquellos que las habían aprendido verdaderamente, se manifestara qué entendimiento tenía en las otras cosas más abstrusas. Pues no quería que se pensara poco de él, sino que se dedicó a persuadir a los hombres de que "el Espíritu Santo, el Consolador y Enriquecedor de Tus fieles, estaba con autoridad plena personalmente dentro de él". Cuando entonces fue descubierto que había enseñado falsamente sobre el cielo y las estrellas, y sobre los movimientos del sol y la luna (aunque estas cosas no pertenecen a la doctrina de la religión), sin embargo su sacrílega presunción se volvería bastante evidente, viendo que entregó cosas que no solo no sabía, sino que estaban falsificadas, con una vanidad de soberbia tan loca, que buscó atribuírselas a sí mismo, como a una persona divina.
Porque cuando oigo a algún hermano cristiano ignorante de estas cosas, y equivocado en ellas, puedo contemplar pacientemente a tal hombre sosteniendo su opinión; ni veo que ignorancia alguna sobre la posición o carácter de la creación corpórea pueda dañarlo, mientras no crea nada indigno de Ti, oh Señor, el Creador de todo. Pero sí le daña si imagina que pertenece a la forma de la doctrina de la piedad, y además afirma con demasiada rigidez aquello de lo que es ignorante. Y aun tal debilidad, en la infancia de la fe, es soportada por nuestra madre Caridad, hasta que el recién nacido pueda crecer hasta ser un hombre perfecto, de modo que no sea llevado de aquí para allá por todo viento de doctrina. Pero en aquel que de tal manera presumió ser el maestro, fuente, guía, jefe de todos a quienes pudo persuadir, de modo que quien le seguía pensaba que seguía, no a un mero hombre, sino a Tu Espíritu Santo; ¿quién no juzgaría que tan gran locura, una vez convicto de haber enseñado algo falso, debía ser detestada y totalmente rechazada? Pero yo aún no había determinado claramente si las vicisitudes de los días y noches más largos y cortos, y del día y la noche en sí, con los eclipses de los mayores luminares, y cualquier otra cosa por el estilo que había leído en otros libros, podrían explicarse de manera consistente con sus dichos; de modo que, si de alguna manera pudieran, seguiría siendo una cuestión para mí si era así o no; pero podría, debido a su reputada santidad, descansar mi creencia en su autoridad.
Y durante casi todos aquellos nueve años, en los que con mente inestable había sido su discípulo, había deseado con demasiada intensidad la venida de este Fausto. Pues el resto de la secta, con quienes por azar me había topado, al ser incapaces de resolver mis objeciones sobre estas cosas, me seguían manteniendo con la venida de este Fausto, con cuya conferencia estas y mayores dificultades, si las tenía, debían ser más fácil y abundantemente aclaradas. Cuando entonces vino, lo encontré un hombre de discurso agradable, y que podía hablar fluidamente y en mejores términos, pero aún así las mismas cosas que solían decir. Pero ¿de qué valía la mayor pulcritud del copero para mi sed de una bebida más preciosa? Mis oídos ya estaban hartos de lo mismo, ni me parecían por ello mejores, porque mejor dicho; ni por ello verdaderos, porque elocuentes; ni el alma por ello sabia, porque el rostro era apuesto y el lenguaje elegante. Pero quienes me lo presentaban no eran buenos jueces de las cosas; y por tanto, para ellos parecía entendido y sabio, porque en palabras era agradable. Sentía, sin embargo, que otro tipo de personas eran suspicaces incluso de la verdad, y se negaban a asentir a ella, si era entregada en un discurso fluido y copioso. Pero Tú, oh Dios mío, ya me habías enseñado por caminos maravillosos y secretos, y por tanto creo que Tú me enseñaste, porque es la verdad, ni hay fuera de Ti maestro de la verdad, donde o cuando quiera que brille sobre nosotros. De Ti mismo, por tanto, había aprendido ya, que ninguna cosa debe parecer hablada verdaderamente, porque es elocuente; ni por tanto falsa, porque la expresión de los labios es inarmónica; ni, de nuevo, por tanto verdadera, porque es entregada toscamente; ni por tanto falsa, porque el lenguaje es rico; sino que la sabiduría y la necedad son como comida sana e insana; y las frases adornadas o sin adornar como vasos cortesanos o rurales; cualquiera de los dos tipos de viandas puede ser servido en cualquiera de los dos tipos de vajilla.
Esa codicia entonces, con la cual desde hacía tanto tiempo había esperado a aquel hombre, se deleitó verdaderamente con su acción y sentimiento al discutir, y su elección y prontitud de palabras para vestir sus ideas. Me deleité entonces, y, con muchos otros y más que ellos, lo alabé y ensalcé. Me perturbaba, sin embargo, que en la asamblea de sus auditores no se me permitiera intervenir y comunicar aquellas preguntas que me turbaban, en conversación familiar con él. Lo cual, cuando pude, y con mis amigos comencé a ocupar sus oídos en momentos en que no era impropio para él discutir conmigo, y había presentado tales cosas que me movían; lo encontré primero totalmente ignorante de las artes liberales, salvo la gramática, y eso de manera ordinaria. Pero porque había leído algunas de las Oraciones de Tulio, muy pocos libros de Séneca, algunas cosas de los poetas, y tales pocos volúmenes de su propia secta como estaban escritos en latín y pulcramente, y se ejercitaba diariamente en hablar, adquirió una cierta elocuencia, que resultó más agradable y seductora porque estaba bajo la guía de un buen ingenio, y con una especie de gracia natural. ¿No es así, como lo recuerdo, oh Señor Dios mío, Tú juez de mi conciencia? Ante Ti está mi corazón, y mi memoria, Tú que en aquel tiempo me dirigiste por el misterio oculto de Tu providencia, y pusiste aquellos errores vergonzosos míos ante mi rostro, para que pudiera verlos y aborrecerlos.
Pues después de que quedó claro que era ignorante de aquellas artes en las que pensaba que sobresalía, comencé a desesperar de que pudiera abrir y resolver las dificultades que me perplejaban (de las cuales, aunque ignorante, podría haber sostenido las verdades de la piedad, si no hubiera sido maniqueo). Pues sus libros están cargados de prolijas fábulas, sobre el cielo, y las estrellas, el sol, y la luna, y ya no pensaba que fuera capaz de decidir satisfactoriamente lo que mucho deseaba, si, comparando estas cosas con los cálculos que había leído en otra parte, la explicación dada en los libros de Maniqueo era preferible, o al menos tan buena. Lo cual, cuando propuse ser considerado y discutido, él, hasta cierto punto modestamente, se encogió ante la carga. Pues sabía que no sabía estas cosas, y no se avergonzó de confesarlo. Pues no era uno de esos parlanchines, muchos de los cuales había soportado, que se comprometían a enseñarme estas cosas y no decían nada. Pero este hombre tenía un corazón, aunque no recto hacia Ti, ni tampoco totalmente traicionero consigo mismo. Pues no era totalmente ignorante de su propia ignorancia, ni quería ser temerariamente enredado en una disputa, de la cual no pudiera retirarse ni salir airosamente. Incluso por esto me gustó más. Pues más justa es la modestia de una mente cándida que el conocimiento de aquellas cosas que yo deseaba; y tal lo encontré, en todas las cuestiones más difíciles y sutiles.
Mi celo por los escritos de Maniqueo siendo así embotado, y desesperando aún más de sus otros maestros, viendo que en diversas cosas que me perplejaban, él, tan renombrado entre ellos, había resultado así; comencé a dedicarme con él al estudio de aquella literatura, en la cual él también estaba muy puesto (y la cual, como lector de retórica, estaba yo en ese tiempo enseñando a jóvenes estudiantes en Cartago), y a leer con él, ya sea lo que él mismo deseaba oír, o lo que yo juzgaba adecuado para su genio. Pero todos mis esfuerzos con los cuales me había propuesto avanzar en aquella secta, tras el conocimiento de aquel hombre, llegaron totalmente a su fin; no es que me separara de ellos totalmente, sino que, como quien no encuentra nada mejor, había decidido estar contento mientras tanto con lo que había obtenido de cualquier manera, a menos que por casualidad algo más elegible amaneciera sobre mí. Así, aquel Fausto, para tantos un lazo de muerte, había ahora, ni queriéndolo ni sabiéndolo, comenzado a soltar aquello en lo que yo estaba atrapado. Pues Tus manos, oh Dios mío, en el propósito secreto de Tu providencia, no abandonaron mi alma; y de la sangre del corazón de mi madre, a través de sus lágrimas vertidas noche y día, fue ofrecido un sacrificio por mí ante Ti; y Tú trataste conmigo por caminos maravillosos. Tú lo hiciste, oh Dios mío: pues los pasos de un hombre son ordenados por el Señor, y Él dispondrá su camino. ¿O cómo obtendremos la salvación, sino de Tu mano, rehaciendo lo que hizo?
Tú trataste conmigo, para que fuera persuadido de ir a Roma, y de enseñar allí mejor, lo que estaba enseñando en Cartago. Y cómo fui persuadido de esto, no descuidaré confesártelo; porque también aquí deben ser considerados y confesados los recovecos más profundos de Tu sabiduría, y Tu misericordia más presente para con nosotros. No deseaba por tanto ir a Roma, porque mayores ganancias y mayores dignidades me fueran garantizadas por mis amigos que me persuadieron de esto (aunque incluso estas cosas tenían en aquel tiempo una influencia sobre mi mente), sino que mi principal y casi única razón era que oía que los jóvenes estudiaban allí más pacíficamente, y eran mantenidos quietos bajo una restricción de disciplina más regular; de modo que no se precipitaban petulantemente, a su antojo, en la escuela de alguien cuyos alumnos no eran, ni eran siquiera admitidos sin su permiso. Mientras que en Cartago reina entre los estudiantes una licencia más vergonzosa y desordenada. Irrumpen audazmente, y con gestos casi frenéticos, perturban todo orden que cualquiera haya establecido para el bien de sus alumnos. Diversos ultrajes cometen, con una estolidez maravillosa, punibles por la ley, si la costumbre no los sostuviera; esa costumbre que demuestra que son más miserables, en cuanto que ahora hacen como lícito lo que por Tu ley eterna nunca será lícito; y piensan que lo hacen impunemente, mientras que son castigados con la misma ceguera con la que lo hacen, y sufren incomparablemente peor de lo que hacen. Las costumbres entonces que, cuando era estudiante, no quería hacer mías, tenía que soportar como maestro en otros: y así estaba muy complacido de ir a donde, todos los que lo sabían, me aseguraban que no se hacía tal cosa. Pero Tú, mi refugio y mi porción en la tierra de los vivientes; para que pudiera cambiar mi morada terrenal por la salvación de mi alma, en Cartago me aguijoneaste, para que pudiera ser arrancado de ella; y en Roma me ofreciste halagos, por los cuales pudiera ser atraído allí, por hombres enamorados de una vida moribunda, haciendo los unos cosas frenéticas, y prometiendo los otros cosas vanas; y, para corregir mis pasos, usaste secretamente su perversidad y la mía propia. Pues tanto los que perturbaban mi quietud estaban cegados con un frenesí vergonzoso, como los que me invitaban a otra parte sabían a tierra. Y yo, que aquí detestaba la miseria real, buscaba allí la felicidad irreal.
Pero por qué me fui de aquí, y por qué fui allá, Tú lo sabías, oh Dios, mas no se lo mostraste ni a mí, ni a mi madre, que lloraba amargamente mi partida y me siguió hasta el mar. Pero la engañé, pues me retenía por la fuerza, ya fuera para que me hiciera desistir o para que viniera conmigo, y fingí que tenía un amigo a quien no podía abandonar hasta que tuviera viento favorable para navegar. Y mentí a mi madre, y a tal madre, y escapé: pues también esto me has perdonado misericordiosamente, preservándome, así lleno de execrables impurezas, de las aguas del mar, para las aguas de Tu Gracia; mediante las cuales, una vez purificado, debían secarse los arroyos de los ojos de mi madre, con los que diariamente regaba la tierra bajo su rostro por mí. Y aun negándome a volver sin mí, apenas la persuadí de que pasara aquella noche en un lugar cercano a nuestro barco, donde había un Oratorio en memoria del bienaventurado Cipriano. Aquella noche partí a escondidas, pero ella no se quedó atrás en llanto y oración. ¿Y qué, oh Señor, te pedía ella con tantas lágrimas, sino que no permitieras que yo navegara? Pero Tú, en la profundidad de Tus consejos y escuchando el punto principal de su deseo, no atendiste a lo que ella entonces pedía, para que pudieras hacerme lo que ella siempre pedía. El viento sopló e hinchó nuestras velas, y retiró la orilla de nuestra vista; y ella al día siguiente estaba allí, frenética de dolor, y con quejas y gemidos llenó Tus oídos, que entonces los ignoraste; mientras que, a través de mis deseos, me apresurabas a poner fin a todo deseo, y la parte terrenal de su afecto hacia mí fue castigada por el azote de penas asignado. Pues ella amaba mi compañía, como hacen las madres, pero mucho más que muchas; y no sabía qué gran alegría estabas a punto de obrar para ella a partir de mi ausencia. Ella no lo sabía; por tanto lloró y se lamentó, y por esta agonía apareció en ella la herencia de Eva, buscando con dolor lo que con dolor había dado a luz. Y sin embargo, tras acusar mi traición y dureza de corazón, se dedicó de nuevo a interceder ante Ti por mí, volvió a su lugar habitual, y yo a Roma.
Y he aquí, allí fui recibido por el azote de la enfermedad corporal, y descendía al infierno, cargando con todos los pecados que había cometido, tanto contra Ti, como contra mí mismo, y contra otros, muchos y graves, además de aquel vínculo del pecado original, por el cual todos morimos en Adán. Pues Tú no me habías perdonado ninguna de estas cosas en Cristo, ni Él había abolido por Su Cruz la enemistad que por mis pecados había contraído contigo. Pues, ¿cómo habría de hacerlo, mediante la crucifixión de un fantasma, que creía que era Él? Tan verdadera, pues, fue la muerte de mi alma, como falsa me parecía la de Su carne; y cuán verdadera la muerte de Su cuerpo, tan falsa era la vida de mi alma, que no lo creía. Y ahora, intensificándose la fiebre, me separaba y partía para siempre. Pues si hubiera partido de aquí entonces, ¿adónde habría partido, sino al fuego y a los tormentos, tales como mis fechorías merecían en la verdad de Tu decreto? Y esto ella no lo sabía, pero en mi ausencia rezaba por mí. Pero Tú, presente en todas partes, la escuchaste donde ella estaba, y, donde yo estaba, te compadeciste de mí; para que recuperara la salud de mi cuerpo, aunque todavía frenético en mi corazón sacrílego. Pues no deseé en todo aquel peligro Tu bautismo; y era mejor de niño, cuando se lo rogué a la piedad de mi madre, como he narrado y confesado antes. Pero había crecido para mi propia vergüenza, y me burlaba locamente de los preceptos de Tu medicina, que no quisiste permitir que, siendo tal, muriera de una muerte doble. Con cuya herida, si el corazón de mi madre hubiera sido traspasado, nunca habría podido sanar. Pues no puedo expresar el afecto que me tenía, y con cuánta más vehemente angustia estaba ahora de parto de mí en el espíritu, que en su alumbramiento en la carne.
No veo entonces cómo habría sanado, si tal muerte mía hubiera atravesado las entrañas de su amor. ¿Y dónde habrían estado aquellas sus oraciones tan fuertes e incesantes, ininterrumpidas solo ante Ti? ¿Pero despreciarías Tú, Dios de misericordias, el corazón contrito y humillado de aquella viuda casta y sobria, tan frecuente en limosnas, tan llena de deber y servicio a Tus santos, sin dejar ningún día la oblación en Tu altar, dos veces al día, mañana y tarde, sin interrupción alguna, acudiendo a Tu iglesia, no para charlas ociosas y fábulas de viejas; sino para que ella pudiera oírte en Tus discursos, y Tú a ella en sus oraciones? ¿Podrías despreciar y rechazar de Tu auxilio las lágrimas de tal persona, con las cuales Te rogaba no oro ni plata, ni ningún bien mudable o pasajero, sino la salvación del alma de su hijo? ¿Tú, por cuyo don ella era tal? Nunca, Señor. Sí, Tú estabas cerca, y estabas escuchando y haciendo, en aquel orden en que habías determinado antes que se hiciera. Lejos de que Tú la engañaras en Tus visiones y respuestas, algunas de las cuales he mencionado, otras no, las cuales ella guardaba en su fiel corazón, y rezando siempre, urgía ante Ti, como si fueran Tu propia escritura. Pues Tú, porque Tu misericordia es eterna, te dignas a aquellos a quienes perdonas todas sus deudas, a convertirte también en deudor por Tus promesas.
Me recuperaste entonces de aquella enfermedad, y sanaste al hijo de Tu sierva, por el tiempo en el cuerpo, para que viviera, para que Tú le otorgaras una salud mejor y más duradera. E incluso entonces, en Roma, me uní a aquellos "santos" engañadores y engañados; no solo con sus discípulos (de cuyo número era aquel en cuya casa caí enfermo y me recuperé); sino también con aquellos a quienes llaman "los Elegidos". Pues yo todavía pensaba "que no éramos nosotros los que pecábamos, sino que no sé qué otra naturaleza pecaba en nosotros"; y deleitaba mi orgullo estar libre de culpa; y cuando había hecho algún mal, no confesar que lo había hecho, para que Tú pudieras sanar mi alma porque había pecado contra Ti: sino que amaba excusarlo, y acusar a no sé qué otra cosa, que estaba conmigo, pero que yo no era. Pero en verdad era totalmente yo, y mi impiedad me había dividido contra mí mismo: y aquel pecado era más incurable, por el cual no me juzgaba pecador; y execrable iniquidad era que prefería que Tú, Tú, oh Dios Todopoderoso, fueras vencido en mí para mi destrucción, que yo por Ti para la salvación. Aún no habías puesto entonces guardia ante mi boca, y una puerta de seguridad alrededor de mis labios, para que mi corazón no se desviara a discursos malvados, a poner excusas de pecados, con hombres que obran la iniquidad; y, por tanto, estaba todavía unido con sus Elegidos.
Pero ahora, desesperando de progresar en aquella falsa doctrina, incluso aquellas cosas (con las que, si no encontrara otras mejores, había resuelto estar contento) las mantenía ahora más laxamente y descuidadamente. Pues surgió en mí un pensamiento de que aquellos filósofos, a quienes llaman Académicos, eran más sabios que el resto, porque sostenían que los hombres debían dudar de todo, y establecían que ninguna verdad puede ser comprendida por el hombre: pues así, no entendiendo entonces siquiera su significado, también yo estaba claramente convencido de que pensaban, como comúnmente se dice. Sin embargo, libre y abiertamente disuadí a aquel mi huésped de aquella confianza excesiva que percibía que tenía en aquellas fábulas, de las que están llenos los libros de Maniqueo. No obstante, vivía en amistad más familiar con ellos que con otros que no eran de esta herejía. Ni la mantuve con mi antiguo fervor; aun así, mi intimidad con aquella secta (Roma albergando secretamente a muchos de ellos) me hizo más lento en buscar cualquier otro camino: especialmente desde que desesperaba de encontrar la verdad, de la cual me habían desviado, en Tu Iglesia, oh Señor del cielo y de la tierra, Creador de todas las cosas visibles e invisibles: y me parecía muy indecoroso creer que Tú tuvieras la forma de carne humana, y estar limitado por los lineamientos corporales de nuestros miembros. Y porque, cuando deseaba pensar en mi Dios, no sabía qué pensar, sino una masa de cuerpos (pues lo que no era tal no me parecía ser nada), esta fue la causa mayor, y casi única, de mi inevitable error.
Pues de aquí creía que el Mal era también algún tipo de sustancia, y que tenía su propio bulto asqueroso y horroroso; ya fuera grueso, al que llamaban tierra, o fino y sutil (como el cuerpo del aire), que imaginan que es alguna mente maligna, arrastrándose a través de esa tierra. Y porque una piedad, tal como era, me obligaba a creer que el buen Dios nunca creó ninguna naturaleza malvada, concebí dos masas, contrarias la una a la otra, ambas ilimitadas, pero la mala más estrecha, la buena más expansiva. Y de este principio pestilente, las otras ideas sacrílegas me siguieron. Pues cuando mi mente se esforzaba en volver a la fe Católica, era rechazada, ya que esa no era la fe Católica que yo pensaba que era. Y me parecía más reverente si creía de Ti, mi Dios (a quien Tus misericordias confiesan de mi boca), que eras ilimitado, al menos por otros lados, aunque por aquel en que la masa del mal se te oponía, me veía obligado a confesarte limitado; que si por todos lados imaginara que estabas limitado por la forma de un cuerpo humano. Y me parecía mejor creer que Tú no habías creado ningún mal (que para mí ignorante parecía no algo solo, sino una sustancia corporal, porque no podía concebir la mente sino como un cuerpo sutil, y aquel difundido en espacios definidos), que creer que la naturaleza del mal, tal como la concebía, pudiera venir de Ti. Sí, y a nuestro Salvador mismo, Tu Unigénito, creía que había sido extendido (por así decirlo) para nuestra salvación, fuera de la masa de Tu sustancia más lúcida, de modo que no creía nada de Él, sino lo que podía imaginar en mi vanidad. Su Naturaleza entonces, siendo tal, pensaba que no podía nacer de la Virgen María, sin ser mezclada con la carne: y cómo lo que yo había figurado así para mí podía ser mezclado, y no contaminado, no lo veía. Temía por tanto creer que nació en la carne, no fuera que me viera obligado a creer que fue contaminado por la carne. Ahora tus seres espirituales sonreirán amable y amorosamente ante mí, si leen estas mis confesiones. Sin embargo, tal era yo.
Además, lo que los maniqueos habían criticado en Tus Escrituras, pensaba que no podía ser defendido; sin embargo, a veces verdaderamente tenía el deseo de conferir sobre estos puntos diversos con alguien muy versado en esos libros, y hacer la prueba de lo que pensaba sobre ello; pues las palabras de un tal Helpidio, mientras hablaba y discutía cara a cara contra dichos maniqueos, habían comenzado a agitarme incluso en Cartago: en que había producido cosas de las Escrituras, no fácilmente refutables, cuya respuesta de los maniqueos me parecía débil. Y esta respuesta no les gustaba darla públicamente, sino solo a nosotros en privado. Era, que las Escrituras del Nuevo Testamento habían sido corrompidas por no sé quién, que deseaba injertar la ley de los judíos en la fe cristiana: sin embargo, ellos mismos no producían ninguna copia no corrompida. Pero yo, concibiendo solo cosas corpóreas, estaba principalmente retenido, vehementemente oprimido y en cierto modo sofocado por aquellas "masas"; jadeando bajo las cuales tras el aliento de Tu verdad, no podía respirarlo puro e incontaminado.
Comencé entonces diligentemente a practicar aquello por lo que vine a Roma, enseñar retórica; y primero, a reunir a algunos en mi casa, a quienes, y a través de quienes, había comenzado a ser conocido; cuando he aquí, encontré otras ofensas cometidas en Roma, a las que no estaba expuesto en África. Cierto, aquellas "subversiones" por jóvenes libertinos no se practicaban aquí, como me dijeron: sino de repente, decían, para evitar pagar el estipendio de su maestro, un número de jóvenes se confabula, y se traslada a otro; quebrantadores de fe, que por amor al dinero tienen la justicia en poco. A estos también mi corazón odiaba, aunque no con un odio perfecto: pues tal vez los odiaba más porque iba a sufrir por ellos, que porque hicieran cosas totalmente ilícitas. En verdad, tales son personas viles, y se prostituyen lejos de Ti, amando estas burlas pasajeras de las cosas temporales, y el lucro sucio, que ensucia la mano que lo agarra; abrazando el mundo pasajero, y despreciándote a Ti, que permaneces, y llamas, y perdonas al alma adúltera del hombre, cuando vuelve a Ti. Y ahora odio a tales personas depravadas y tortuosas, aunque las amo si son corregibles, de modo que prefiero al dinero el aprendizaje que adquieren, y al aprendizaje, a Ti, oh Dios, la verdad y plenitud del bien asegurado, y la paz más pura. Pero entonces prefería por mi propio bien detestarlos, que amarlos y desearles el bien por el Tuyo.
Cuando por tanto los de Milán habían enviado a Roma al prefecto de la ciudad, para que les proporcionara un profesor de retórica para su ciudad, y lo enviaron a expensas públicas, hice la solicitud (a través de aquellas mismas personas, embriagadas con vanidades maniqueas, de las que debía irme para ser liberado, sin embargo, ninguno de nosotros lo sabía) de que Símaco, entonces prefecto de la ciudad, me pusiera a prueba proponiéndome algún tema, y así me enviara. A Milán llegué, a Ambrosio el Obispo, conocido en todo el mundo como uno de los mejores hombres, Tu devoto siervo; cuyo discurso elocuente dispensaba entonces abundantemente a Tu pueblo la flor de Tu trigo, la alegría de Tu aceite, y la sobria embriaguez de Tu vino. A él fui llevado sin saberlo por Ti, para que por él pudiera ser llevado conscientemente a Ti. Aquel hombre de Dios me recibió como un padre, y me mostró una bondad episcopal a mi llegada. Desde entonces comencé a amarlo, al principio ciertamente no como maestro de la verdad (de la cual desesperaba totalmente en Tu Iglesia), sino como una persona amable conmigo. Y escuchaba diligentemente sus sermones al pueblo, no con la intención que debía, sino, por así decirlo, probando su elocuencia, si respondía a la fama de la misma, o fluía más llena o más baja de lo que se decía; y me quedaba atento a sus palabras; pero sobre la materia era como un espectador descuidado y desdeñoso; y me deleitaba con la dulzura de su discurso, más recondita, aunque en manera menos cautivadora y armoniosa, que la de Fausto. De la materia, sin embargo, no había comparación; pues uno erraba entre ilusiones maniqueas, el otro enseñaba la salvación más sanamente. Pero la salvación está lejos de los pecadores, tales como yo me encontraba entonces ante él; y sin embargo, me acercaba poco a poco, e inconscientemente.
Pues aunque no me esforzaba en aprender lo que él decía, sino solo en escuchar cómo lo decía (pues solo aquel cuidado vacío me quedaba, desesperando de un camino abierto para el hombre hacia Ti), sin embargo, junto con las palabras que yo elegiría, venían también a mi mente las cosas que yo rechazaría; pues no podía separarlas. Y mientras abría mi corazón para admitir "cuán elocuentemente hablaba", también entraba "cuán verdaderamente hablaba"; pero esto gradualmente. Pues primero, estas cosas también habían comenzado a aparecerme capaces de defensa; y la fe Católica, para la cual había pensado que nada podía decirse contra las objeciones de los maniqueos, ahora pensaba que podía ser mantenida sin desvergüenza; especialmente después de haber escuchado uno o dos pasajes del Antiguo Testamento resueltos, y a menudo "en figura", que cuando entendía literalmente, era asesinado espiritualmente. Muchos pasajes entonces de aquellos libros habiendo sido explicados, ahora culpaba a mi desesperación, al creer que no se podía dar respuesta a quienes odiaban y se burlaban de la Ley y los Profetas. Sin embargo, no por ello veía entonces que el camino Católico debía ser sostenido, porque también podía encontrar defensores doctos, que podían ampliamente y con alguna apariencia de razón responder a las objeciones; ni que lo que yo sostenía debía ser condenado, porque ambos lados podían ser mantenidos. Pues la causa Católica me parecía de tal modo no vencida, como todavía no victoriosa.
Aquí, mi mente se inclinó seriamente a ver si de algún modo podía, mediante alguna prueba cierta, convencer a los maniqueos de falsedad. Si alguna vez hubiera podido concebir una sustancia espiritual, todas sus fortalezas habrían sido derribadas, y echadas totalmente fuera de mi mente; pero no podía. No obstante, sobre el marco de este mundo, y la totalidad de la naturaleza, a la cual los sentidos de la carne pueden llegar, a medida que más y más consideraba y comparaba las cosas, juzgué que los principios de la mayoría de los filósofos habían sido mucho más probables. Así pues, a la manera de los Académicos (como se supone), dudando de todo, y oscilando entre todo, me establecí hasta el punto de que los maniqueos debían ser abandonados; juzgando que, incluso dudando, no debía continuar en aquella secta, a la cual ya prefería algunos de los filósofos; a los cuales filósofos, sin embargo, por cuanto estaban sin el Nombre salvador de Cristo, me negaba totalmente a confiar la cura de mi alma enferma. Determiné por tanto ser catecúmeno en la Iglesia Católica, a la cual había sido encomendado por mis padres, hasta que algo cierto amaneciera ante mí, adónde pudiera dirigir mi curso.
¡Oh, Tú, mi esperanza desde mi juventud! ¿Dónde estabas para mí y a dónde te habías ido? ¿Acaso no me habías creado y separado de las bestias del campo y de las aves del cielo? Me hiciste más sabio, y sin embargo, caminaba en tinieblas y en lugares resbaladizos, y te buscaba fuera de mí mismo, y no hallé al Dios de mi corazón; y había llegado a las profundidades del mar, y desconfié y desesperé de encontrar jamás la verdad. Mi madre ya había venido a mí, resuelta por su piedad, siguiéndome por mar y tierra, confiando en Ti ante todos los peligros. Pues en los peligros del mar, ella consolaba a los mismos marineros (quienes, al no estar acostumbrados a la profundidad, suelen necesitar consuelo cuando se angustian), asegurándoles una llegada segura, porque Tú se lo habías asegurado mediante una visión. Ella me encontró en grave peligro, por la desesperación de no hallar jamás la verdad. Pero cuando le descubrí que ya no era maniqueo, aunque todavía no era un cristiano católico, no se alegró como por algo inesperado; aunque ya estaba segura acerca de aquella parte de mi miseria por la cual me lloraba como a un muerto, aunque destinado a ser despertado por Ti, llevándome sobre las andas de sus pensamientos para que Tú pudieras decirle al hijo de la viuda: Joven, a ti te digo, levántate; y él reviviera, comenzara a hablar y Tú lo devolvieras a su madre. Su corazón no fue sacudido entonces por un júbilo tumultuoso cuando oyó que lo que diariamente deseaba de Ti con lágrimas ya estaba en gran parte realizado; en que, aunque todavía no había alcanzado la verdad, había sido rescatado de la falsedad; sino que, segura de que Tú, que habías prometido el todo, darías algún día el resto, con mucha calma y con el corazón lleno de confianza, me respondió: "Ella creía en Cristo, que antes de partir de esta vida, me vería creyente católico". Esto a mí. Pero a Ti, Fuente de misericordias, derramó oraciones y lágrimas más copiosas, para que apresuraras Tu auxilio e iluminaras mis tinieblas; y ella se apresuraba con mayor fervor a la Iglesia y pendía de los labios de Ambrosio, orando por la fuente de aquella agua que brota para la vida eterna. Pero a aquel hombre lo amaba como a un ángel de Dios, porque sabía que por él yo había sido llevado, por el momento, a aquel estado de fe dudosa en que me encontraba, a través del cual ella presagiaba con suma confianza que pasaría de la enfermedad a la salud, tras el acceso, por así decirlo, de una crisis más aguda, la que los médicos llaman "la crisis".
Cuando, pues, mi madre hubo traído una vez, como solía hacer en África, a las iglesias construidas en memoria de los santos, ciertos pasteles, pan y vino, y fue prohibida por el portero; tan pronto como supo que el Obispo lo había prohibido, abrazó sus deseos con tanta piedad y obediencia que yo mismo me maravillaba de cuán prontamente censuraba su propia práctica en lugar de discutir su prohibición. Porque la embriaguez no asediaba su espíritu, ni el amor al vino la provocaba al odio hacia la verdad, como hace a tantos (hombres y mujeres), que se rebelan ante una lección de sobriedad como los borrachos ante un trago mezclado con agua. Pero ella, cuando había traído su cesta con la comida festiva acostumbrada, para ser solo probada por ella misma y luego regalada, nunca añadía más que una pequeña taza de vino, diluida según sus propios hábitos abstemios, la cual, por cortesía, probaba. Y si había muchas iglesias de santos difuntos que debían ser honradas de aquel modo, ella seguía llevando consigo aquella misma taza para ser usada en todas partes; y esta, aunque no solo muy aguada, sino desagradablemente caliente por el acarreo, la distribuía a los que la rodeaban en pequeños sorbos; pues ella buscaba allí devoción, no placer. Tan pronto, pues, como halló que esta costumbre estaba prohibida por aquel famoso predicador y piadosísimo prelado, incluso a quienes la practicaban con sobriedad, no fuera que se diera ocasión de exceso a los borrachos; y porque estas, por así decirlo, solemnidades funerarias anuales se asemejaban mucho a la superstición de los gentiles, ella la evitó muy voluntariamente: y en lugar de una cesta llena de frutos de la tierra, había aprendido a llevar a las iglesias de los mártires un pecho lleno de peticiones más purificadas, y a dar lo que podía a los pobres; para que así la comunicación del Cuerpo del Señor pudiera ser celebrada allí rectamente, donde, siguiendo el ejemplo de Su Pasión, los mártires habían sido sacrificados y coronados. Pero aun así me parece a mí, ¡oh Señor Dios mío!, y así lo piensa mi corazón ante Ti, que tal vez ella no habría cedido tan fácilmente a la supresión de esta costumbre si hubiera sido prohibida por otro a quien no amara como a Ambrosio, a quien, para mi salvación, ella amaba enteramente; y él a ella, a su vez, por su conducta tan religiosa, por la cual, ferviente en espíritu en las buenas obras, era constante en la iglesia; de modo que, cuando me veía, a menudo prorrumpía en sus alabanzas, felicitándome por tener tal madre; sin saber qué hijo tenía en mí, que dudaba de todas estas cosas e imaginaba que el camino a la vida no podía ser descubierto.
Ni gemía yo todavía en mis oraciones para que Tú me ayudaras; sino que mi espíritu estaba totalmente atento a aprender e inquieto por disputar. Y al mismo Ambrosio mismo, como el mundo considera feliz, lo estimaba yo un hombre dichoso, a quien personajes tan grandes tenían en tal honor; solo su celibato me parecía un camino penoso. Pero qué esperanza albergaba en su interior, qué luchas tenía contra las tentaciones que asediaban sus propias excelencias, o qué consuelo en las adversidades, y qué dulces gozos tenía Tu Pan para la boca oculta de su espíritu, cuando rumiaba sobre él, no podía conjeturarlo, ni lo había experimentado. Ni conocía él las mareas de mis sentimientos, ni el abismo de mi peligro. Pues no podía preguntarle lo que quería como quería, al estar excluido tanto de su oído como de su palabra por multitudes de personas ocupadas, a cuyas debilidades él servía. Con quienes, cuando no estaba ocupado (lo cual era por poco tiempo), estaba refrescando su cuerpo con el sustento absolutamente necesario, o su mente con la lectura. Pero cuando leía, su ojo se deslizaba por las páginas y su corazón buscaba el sentido, pero su voz y su lengua estaban en reposo. Muchas veces, cuando habíamos llegado (pues a nadie se le prohibía entrar, ni era su costumbre que se le anunciara a quien viniera), lo veíamos leyendo así para sí mismo, y nunca de otra manera; y tras haber estado largo rato en silencio (pues, ¿quién se atrevía a importunar a alguien tan concentrado?), nos marchábamos, conjeturando que en el pequeño intervalo que obtenía, libre del estruendo de los asuntos ajenos, para la recuperación de su mente, no deseaba ser interrumpido; y tal vez temía que, si el autor que leía expusiera algo oscuramente, algún oyente atento o perplejo le pidiera que lo explicara, o que discutiera algunas de las cuestiones más difíciles; de modo que, siendo invertido así su tiempo, no podría hojear tantos volúmenes como deseaba; aunque la preservación de su voz (que un poco de conversación debilitaría) podría ser la razón más verdadera para su lectura silenciosa. Pero con cualquier intención que lo hiciera, ciertamente en tal hombre era bueno.
Yo, sin embargo, no tenía oportunidad de preguntar lo que deseaba a aquel tan santo oráculo Tuyo, su pecho, a menos que la cosa pudiera ser respondida brevemente. Pero aquellas mareas en mí, que debían ser vertidas ante él, requerían su total ocio, y nunca lo encontré. Le oía, ciertamente, cada día del Señor, exponiendo rectamente la Palabra de verdad entre el pueblo; y me convencía cada vez más de que todos los nudos de aquellas astutas calumnias que aquellos nuestros engañadores habían tejido contra los Libros Divinos podían ser desatados. Pero cuando entendí, además, que el "hombre creado por Ti, a Tu propia imagen", no era entendido por Tus hijos espirituales, a quienes has engendrado de nuevo a través de la gracia por medio de la Madre Católica, como si creyeran y concibieran de Ti que estuvieras limitado por una forma humana (aunque de lo que fuera una sustancia espiritual no tenía ni una tenue o sombría noción); sin embargo, con alegría me avergoncé de haber ladrado durante tantos años no contra la fe católica, sino contra las ficciones de imaginaciones carnales. Pues tan temerario e impío había sido que, lo que debí haber aprendido preguntando, lo había pronunciado condenándolo. Porque Tú, Altísimo y Cercanísimo; secretísimo y presentísimo; que no tienes miembros unos más grandes y otros más pequeños, sino que eres todo en todas partes y en ninguna parte en el espacio, no eres de tal forma corpórea, y sin embargo has hecho al hombre a Tu propia imagen; y he aquí, de pies a cabeza está contenido en el espacio.
Ignorante entonces de cómo debería subsistir esta imagen Tuya, debí haber llamado y propuesto la duda, cómo debía creerse, no oponerme insultantemente, como si fuera creído. La duda, pues, de qué mantener por cierto, roía mi corazón tanto más cuanto más me avergonzaba de que, habiendo sido engañado y decepcionado durante tanto tiempo por la promesa de certezas, hubiera parloteado con error infantil y vehemencia de tantas incertidumbres. Porque que eran falsedades se me hizo claro más tarde. Sin embargo, estaba seguro de que eran inciertas, y que antes las había considerado ciertas cuando, con una ceguera contenciosa, acusaba a Tu Iglesia Católica, a quien ahora descubría, no ciertamente todavía enseñando la verdad, pero al menos no enseñando aquello por lo que la había censurado gravemente. Así quedé confundido y convertido: y me alegré, ¡oh Dios mío!, de que la única Iglesia, el cuerpo de Tu Hijo Único (en la cual el nombre de Cristo me había sido impuesto de infante), no tuviera gusto por los conceptos infantiles; ni en su sana doctrina mantuviera ningún principio que pudiera encerrarte a Ti, el Creador de todo, en el espacio, por grande y vasto que fuera, pero limitado en todas partes por los límites de una forma humana.
Me alegré también de que las antiguas Escrituras de la Ley y los Profetas fueran puestas ante mí, no ya para ser leídas con aquel ojo con el que antes parecían absurdas, cuando injuriaba a Tus santos por pensar así, cuando en realidad no pensaban tal cosa: y con alegría oía a Ambrosio en sus sermones al pueblo, muchas veces recomendando con suma diligencia este texto como norma: La letra mata, pero el Espíritu da vida; mientras apartaba el velo místico, exponiendo espiritualmente lo que, según la letra, parecía enseñar algo malsano; enseñando en esto nada que me ofendiera, aunque enseñaba lo que yo no sabía todavía si era verdad. Pues mantenía mi corazón apartado de asentir a nada, temiendo caer de cabeza; pero al permanecer en suspenso era peormente matado. Pues deseaba estar tan seguro de las cosas que no veía como lo estaba de que siete y tres son diez. Pues no estaba tan loco como para pensar que ni siquiera esto podía ser comprendido; pero deseaba tener otras cosas tan claras como esta, ya fueran cosas corpóreas, que no estaban presentes ante mis sentidos, o espirituales, de las cuales no sabía cómo concebir, excepto corpóreamente. Y creyendo podría haber sido curado, para que así la visión de mi alma, siendo despejada, pudiera de algún modo ser dirigida a Tu verdad, que permanece siempre y en ninguna parte falta. Pero como sucede que uno que ha probado un mal médico teme confiarse a uno bueno, así ocurría con la salud de mi alma, que no podía ser sanada sino creyendo, y por temor a creer falsedades, se negaba a ser curada; resistiendo a Tus manos, que has preparado las medicinas de la fe y las has aplicado a las enfermedades de todo el mundo, y les has dado tan gran autoridad.
Siendo conducido, sin embargo, a preferir la doctrina católica, sentí que su proceder era más sencillo y honesto, en tanto que exigía creer cosas no demostradas (fuera porque podían en sí mismas ser demostradas pero no a ciertas personas, o no podían en absoluto serlo), mientras que entre los maniqueos nuestra credulidad era burlada con una promesa de conocimiento cierto, y luego tantas cosas fabulosas y absurdas eran impuestas para ser creídas, porque no podían ser demostradas. Entonces Tú, Señor, poco a poco, con mano tiernísima y misericordiosísima, tocando y componiendo mi corazón, me persuadiste —considerando cuántas innumerables cosas creía, que no vi, ni estuve presente mientras se hacían, como tantas cosas en la historia secular, tantos informes de lugares y ciudades que no había visto; tantos de amigos, tantos de médicos, tantos continuamente de otros hombres, que a menos que creyéramos, no haríamos nada en absoluto en esta vida; por último, con cuánta inquebrantable seguridad creía de qué padres había nacido, lo cual no podría saber si no hubiera creído por referencia— considerando todo esto, Tú me persuadiste de que no los que creían Tus Libros (que has establecido en tan gran autoridad entre casi todas las naciones), sino los que no los creían, debían ser culpados; y que no debían ser escuchados quienes me dijeran: "¿Cómo sabes que esas Escrituras han sido impartidas al género humano por el Espíritu del único Dios verdadero y veracísimo?". Pues esto mismo era lo más creíble de todo, ya que ninguna contenciosidad de preguntas blasfemas, de toda aquella multitud que había leído en los filósofos contradictorios, podía arrancarme esta creencia: "Que Tú eres" cualquier cosa que fueras (lo que yo no sabía), y "Que el gobierno de las cosas humanas te pertenece".
Esto creía, a veces más fuertemente, otras más débilmente; sin embargo, siempre creía tanto que Tú eras, como que tenías cuidado de nosotros; aunque ignoraba tanto lo que debía pensarse de Tu sustancia, como qué camino conducía o llevaba de vuelta a Ti. Dado entonces que éramos demasiado débiles por razonamientos abstractos para encontrar la verdad, y por esta misma causa necesitábamos la autoridad de la Sagrada Escritura; había comenzado ya a creer que Tú nunca habrías dado tal excelencia de autoridad a esa Escritura en todas las tierras, si no hubieras querido ser creído en ella, y por ella buscado. Porque ahora, las cosas que sonaban extrañas en la Escritura y solían ofenderme, habiendo oído diversas de ellas explicadas satisfactoriamente, las refería a la profundidad de los misterios, y su autoridad me parecía más venerable y más digna de creencia religiosa en que, mientras estaba abierta a todos para leer, reservaba la majestad de sus misterios dentro de su significado más profundo, inclinándose hacia todos en la gran sencillez de sus palabras y humildad de su estilo, sin embargo, provocando la aplicación más intensa de aquellos que no son ligeros de corazón; para que así pudiera recibir a todos en su seno abierto, y a través de pasos estrechos llevar hacia Ti a unos pocos, aunque a muchos más que si no estuviera erguida en tal altura de autoridad, ni atrajera a multitudes dentro de su seno por su santa humildad. En estas cosas pensaba, y Tú estabas conmigo; suspiraba, y Tú me oías; vacilaba, y Tú me guiabas; vagaba por el camino ancho del mundo, y Tú no me abandonabas.
Anhelaba honores, ganancias, matrimonio; y Tú te burlabas de mí. En estos deseos sufrí cruces amarguísimas, siendo Tú tanto más misericordioso cuanto menos permitías que algo se volviera dulce para mí que no fueras Tú. Contempla mi corazón, Señor, Tú que quisiste que recordara todo esto y te lo confesara. Que mi alma se aferre a Ti, ahora que la has liberado de aquella pegajosa liga de la muerte. ¡Qué desgraciada era! Y Tú irritabas el sentir de su herida, para que, abandonando todo lo demás, fuera convertida a Ti, que estás sobre todo, y sin quien todas las cosas serían nada; ser convertida y ser sanada. ¡Cuán miserable era yo entonces, y cómo trataste conmigo para hacerme sentir mi miseria en aquel día cuando me preparaba para recitar un panegírico del Emperador, en el cual debía proferir muchas mentiras, y mintiendo, debía ser aplaudido por aquellos que sabían que mentía, y mi corazón jadeaba con estas ansiedades y hervía con la fiebre de pensamientos devoradores! Pues, pasando por una de las calles de Milán, observé a un mendigo pobre, entonces, supongo, con la barriga llena, bromeando y alegre: y suspiré, y hablé a los amigos que me rodeaban de los muchos pesares de nuestras demencias; porque por todos esos esfuerzos nuestros, como aquellos en los que entonces me afanaba arrastrando, bajo el aguijón del deseo, la carga de mi propia miseria, y, al arrastrarla, aumentándola, esperábamos sin embargo llegar solo a aquella misma alegría a la que aquel mendigo había llegado antes que nosotros, a la cual él nunca quizás alcanzaría. Pues lo que él había obtenido por medio de unos pocos peniques mendigados, lo mismo tramaba yo por muchos penosos giros y vueltas; el gozo de una felicidad temporal. Pues él verdaderamente no tenía el gozo verdadero; pero sin embargo yo, con aquellos ambiciosos diseños míos, buscaba uno mucho menos verdadero. Y ciertamente él estaba alegre, yo ansioso; él libre de cuidados, yo lleno de miedos. Pero si alguien me preguntara, ¿preferiría estar alegre o temeroso? Respondería que alegre. De nuevo, si me preguntara si preferiría ser tal como era él, o lo que entonces era: elegiría ser yo mismo, aunque desgastado por cuidados y miedos; pero por un juicio equivocado; pues, ¿era la verdad? Porque no debía preferirme a él por ser más docto, viendo que no tenía alegría en ello, sino que buscaba agradar a los hombres con ello; y eso no para instruir, sino simplemente para agradar. Por lo cual también Tú quebraste mis huesos con la vara de Tu corrección.
¡Lejos pues de mi alma aquellos que le dicen: "Hace diferencia de dónde provenga el gozo de un hombre. Aquel mendigo se alegraba en la embriaguez; tú deseabas alegrarte en la gloria"! ¿Qué gloria, Señor? Aquella que no está en Ti. Porque tal como la suya no era una alegría verdadera, tampoco aquella era una gloria verdadera: y derribaba mi alma aún más. Él esa misma noche digeriría su embriaguez; pero yo había dormido y despertado de nuevo con la mía, y debía dormir de nuevo, y de nuevo despertar con ella, cuántos días, Tú, Dios, lo sabes. Pero "sí hace diferencia de dónde provenga el gozo de un hombre". Lo sé, y el gozo de una esperanza fiel yace incomparablemente más allá de tal vanidad. Sí, y así estaba él entonces más allá de mí: pues ciertamente él era el más feliz; no solo porque estaba completamente empapado en alegría, y yo destripado por los cuidados: sino que él, por deseos justos, había obtenido vino; yo, mintiendo, buscaba una alabanza vacía e hinchada. Mucho sobre este propósito dije entonces a mis amigos: y a menudo observaba en ellos cómo me iba; y hallé que me iba mal, y me afligía, y duplicaba ese mismo mal; y si alguna prosperidad me sonreía, me resistía a asirla, pues casi antes de que pudiera agarrarla, volaba lejos.
Estas cosas lamentábamos juntos los que vivíamos como amigos, pero principalmente y con mayor confianza hablaba de ello con Alipio y Nebridio, de los cuales Alipio había nacido en la misma ciudad que yo, hijo de padres de alto rango allí, pero menor que yo. Pues había estudiado bajo mi tutela, tanto cuando comencé a dar lecciones en nuestra ciudad, como después en Cartago, y me amaba mucho, porque le parecía amable y culto; y yo a él, por su gran disposición hacia la virtud, la cual era bastante eminente en alguien de tan corta edad. Sin embargo, el remolino de las costumbres cartaginesas (entre quienes aquellos ociosos espectáculos son seguidos con fervor) lo había arrastrado a la locura del Circo. Pero mientras él era miserablemente sacudido allí, y yo, ejerciendo allí la retórica, tenía una escuela pública, aún no usaba de mi enseñanza, debido a cierta enemistad surgida entre su padre y yo. Había descubierto entonces cuán mortalmente estaba prendado del Circo, y me afligía profundamente que pareciera probable, o más bien que ya hubiera desperdiciado tan gran promesa: sin embargo, no tenía medios para aconsejarlo o, con una especie de coacción, reclamarlo, ya fuera por la bondad de un amigo o la autoridad de un maestro. Pues suponía que él pensaba de mí como lo hacía su padre; pero él no era tal; dejando a un lado entonces el parecer de su padre en ese asunto, comenzó a saludarme, a entrar a veces en mi aula, a escuchar un poco y a irse.
Yo, sin embargo, había olvidado tratar con él para que no, a través de un deseo ciego y precipitado de vanos pasatiempos, arruinara tan buen ingenio. Pero Tú, oh Señor, que guías el curso de todo lo que has creado, no lo habías olvidado, pues un día habría de estar entre Tus hijos, sacerdote y dispensador de Tu sacramento; y para que su enmienda pudiera ser atribuida claramente a Ti mismo, la efectuaste a través de mí, sin saberlo yo. Pues mientras un día estaba sentado en mi lugar acostumbrado, con mis alumnos ante mí, él entró, me saludó, se sentó y aplicó su mente a lo que yo entonces trataba. Tenía por casualidad un pasaje entre manos, y mientras lo explicaba, me sobrevino una comparación de las carreras del Circo, como algo que haría lo que quería transmitir más agradable y claro, sazonado con una burla mordaz hacia aquellos a quienes esa locura había cautivado; Dios, Tú sabes que entonces no pensé en curar a Alipio de esa infección. Pero él lo tomó todo para sí mismo, y pensó que yo lo decía simplemente por él. Y donde otro habría tomado ocasión de ofenderse conmigo, aquel joven de mente recta lo tomó como motivo para ofenderse consigo mismo, y para amarme más fervientemente. Pues Tú lo habías dicho mucho tiempo atrás, y lo pusiste en Tu libro: Reprende al sabio y te amará. Pero yo no lo había reprendido, sino Tú, que empleas a todos, sabiéndolo o no, en ese orden que Tú mismo conoces (y ese orden es justo), hiciste de mi corazón y lengua brasas ardientes, con las cuales incendiar la mente esperanzada, que así languidecía, y así curarla. Que guarde silencio en Tus alabanzas quien no considera Tus misericordias, las cuales confiesan ante Ti desde lo más profundo de mi alma. Pues él, tras aquel discurso, salió a borbotones de aquel pozo tan profundo, en el que estaba voluntariamente sumergido, y cegado con sus miserables pasatiempos; y sacudió su mente con un fuerte dominio propio; tras lo cual todas las inmundicias de los pasatiempos del Circo volaron lejos de él, ni volvió a ir allí. Tras esto, prevaleció con su reacio padre para que pudiera ser mi discípulo. Él cedió y claudicó. Y Alipio, comenzando a ser mi oyente de nuevo, fue envuelto en la misma superstición que yo, amando en los maniqueos esa apariencia de continencia que él suponía verdadera y sincera. Siendo que era una continencia insensata y seductora, que atrapaba almas preciosas, incapaces aún de alcanzar la profundidad de la virtud, pero fácilmente engañadas con la superficie de lo que era solo una virtud sombría y falsa.
Él, sin abandonar aquel curso secular que sus padres le habían hechizado para seguir, se me había adelantado a Roma para estudiar leyes, y allí fue arrastrado increíblemente con un increíble afán tras los espectáculos de gladiadores. Pues siendo totalmente adverso a los espectáculos y detestándolos, un día, por casualidad, se encontró con varios conocidos y compañeros de estudios que venían de cenar, y ellos, con una violencia familiar, lo arrastraron, a pesar de que se negaba y resistía vehementemente, al Anfiteatro, durante aquellos crueles y mortales espectáculos, protestando él así: "¿Aunque arrastréis mi cuerpo a ese lugar, y allí me pongáis, podéis forzarme también a volver mi mente o mis ojos a esos espectáculos? Estaré entonces ausente aunque presente, y así os venceré tanto a vosotros como a ellos". Ellos, al oír esto, lo condujeron no obstante, deseosos quizás de probar esa misma cosa, si podía hacer lo que decía. Cuando llegaron allí y tomaron sus lugares como pudieron, todo el lugar se encendió con aquel salvaje pasatiempo. Pero él, cerrando el pasaje de sus ojos, prohibió a su mente vagar afuera tras tal mal; ¡y ojalá hubiera cerrado sus oídos también! Pues en la lucha, cuando uno cayó, un poderoso grito de todo el pueblo lo golpeó fuertemente, vencido por la curiosidad, y como si estuviera preparado para despreciar y ser superior a ello fuera lo que fuese, incluso una vez visto, abrió los ojos y fue golpeado con una herida más profunda en su alma que la que el otro, a quien deseaba contemplar, tenía en su cuerpo; y cayó más miserablemente que aquel cuya caída provocó ese ruido poderoso, el cual entró por sus oídos y desbloqueó sus ojos, para abrir paso al golpe y derribo de un alma, audaz más que resuelta, y más débil por haberse presumido de sí misma, cuando debería haberse apoyado en Ti. Pues tan pronto como vio aquella sangre, bebió con ella salvajismo; ni se apartó, sino que fijó su mirada, bebiendo frenesí sin darse cuenta, y se deleitó con aquella lucha culpable, y se embriagó con el pasatiempo sangriento. Ni era ya el hombre que vino, sino uno de la multitud a la que vino, sí, un verdadero asociado de aquellos que lo trajeron allí. ¿Para qué decir más? Contempló, gritó, se encendió, llevó consigo la locura que le aguijonearía a regresar no solo con aquellos que primero lo arrastraron allí, sino también antes que ellos, sí, y a atraer a otros. Sin embargo, de allí Tú, con una mano fuertísima y misericordiosísima, lo arrancaste, y le enseñaste a tener confianza no en sí mismo, sino en Ti. Pero esto fue después.
Pero esto ya estaba siendo almacenado en su memoria para ser una medicina en el futuro. Así también lo fue que, cuando aún estudiaba bajo mi tutela en Cartago, y estaba meditando al mediodía en la plaza del mercado lo que debía decir de memoria (como los estudiantes acostumbran a practicar), Tú permitiste que fuera aprehendido por los oficiales del mercado por un ladrón. Por ninguna otra causa, supongo, permitiste, Dios nuestro, que ocurriera, sino para que aquel que más tarde habría de demostrar ser tan gran hombre, comenzara ya a aprender que, al juzgar causas, el hombre no debía ser condenado fácilmente por el hombre debido a una credulidad temerosa. Pues mientras caminaba de un lado a otro por sí mismo ante el tribunal, con su cuaderno y pluma, he aquí que un joven, abogado, el verdadero ladrón, trayendo ocultamente un hacha, entró, sin ser percibido por Alipio, hasta las rejillas de plomo que cercan las tiendas de los orfebres, y comenzó a cortar el plomo. Pero al oírse el ruido del hacha, los orfebres de abajo comenzaron a alborotarse y enviaron a aprehender a quienquiera que encontraran. Pero él, al oír sus voces, huyó, dejando su hacha, temiendo ser tomado con ella. Alipio entonces, que no lo había visto entrar, se dio cuenta de su partida y vio con qué velocidad se alejaba. Y deseando conocer el asunto, entró en el lugar; donde, al encontrar el hacha, estaba de pie, maravillado y considerándola, cuando he aquí que aquellos que habían sido enviados lo encuentran solo con el hacha en la mano, cuyo ruido los había sobresaltado y traído allí. Lo apresan, lo arrastran y, reuniendo a los habitantes del mercado, se jactan de haber tomado a un notorio ladrón, y así era llevado para ser presentado ante el juez.
Pero hasta aquí debía ser instruido Alipio. Pues de inmediato, oh Señor, socorriste su inocencia, de la cual solo Tú eras testigo. Pues mientras era llevado a la cárcel o al castigo, cierto arquitecto se encontró con ellos, quien tenía el cargo principal de los edificios públicos. Se alegraron de encontrarse especialmente con él, por quien solían ser sospechosos de robar los bienes perdidos del mercado, como si fuera a mostrarle al fin por quién eran cometidos estos robos. Él, sin embargo, había visto varias veces a Alipio en la casa de cierto senador, a quien a menudo iba a presentar sus respetos; y reconociéndolo inmediatamente, lo tomó aparte de la mano, y preguntando el motivo de tan gran calamidad, escuchó todo el asunto y ordenó a todos los presentes, entre mucho alboroto y amenazas, que fueran con él. Así llegaron a la casa del joven que había cometido el hecho. Allí, ante la puerta, había un muchacho tan joven que era probable, al no comprender ningún daño para su amo, que revelara todo. Pues había acompañado a su amo al mercado. A quien, tan pronto como Alipio recordó, se lo dijo al arquitecto; y él, mostrando el hacha al muchacho, le preguntó: "¿De quién es esta?". "Nuestra", dijo él prontamente; y siendo interrogado más a fondo, descubrió todo. Así, transferido el crimen a aquella casa, y avergonzada la multitud que había comenzado a insultar a Alipio, aquel que habría de ser un dispensador de Tu Palabra y un examinador de muchas causas en Tu Iglesia, se fue más experimentado e instruido.
A él entonces había encontrado en Roma, y se adhirió a mí por un vínculo fortísimo, y vino conmigo a Milán, tanto para que no me dejara, como para practicar algo del derecho que había estudiado, más para agradar a sus padres que a sí mismo. Allí se había sentado tres veces como Asesor, con una incorruptibilidad muy admirada por otros, él admirándose más bien de otros que podían preferir el oro a la honestidad. Su carácter fue probado además, no solo con el cebo de la codicia, sino con el aguijón del miedo. En Roma fue Asesor del conde del Tesoro italiano. Había en aquel tiempo un senador muy poderoso, a cuyos favores muchos estaban en deuda, muchos temían mucho. Quería, por su poder habitual, que se le permitiera una cosa que por las leyes no estaba permitida. Alipio se resistió: se le prometió un soborno; con todo su corazón lo despreció: se lanzaron amenazas; las pisoteó: todos maravillados de tan inusitado espíritu, que ni deseaba la amistad, ni temía la enemistad de alguien tan grande y tan poderosamente renombrado por innumerables medios de hacer el bien o el mal. Y el mismo juez, cuyo consejero era Alipio, aunque también reacio a que fuera así, sin embargo, no se negó abiertamente, sino que pospuso el asunto a Alipio, alegando que no le permitiría hacerlo: pues en verdad, si el juez lo hubiera hecho, Alipio habría decidido de otra manera. Con esta única cosa en el camino del aprendizaje fue casi seducido, para que pudiera tener libros copiados para él a precios pretorianos, pero consultando la justicia, cambió su deliberación para mejor; considerando que la equidad, por la cual era impedido, era más provechosa que el poder, por el cual se le permitía. Estas son cosas leves, pero el que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho. Ni puede ser de ningún modo vano, lo que salió de la boca de Tu Verdad: Si no habéis sido fieles en el injusto Mamón, ¿quién os confiará las verdaderas riquezas? Y si no habéis sido fieles en lo que es de otro hombre, ¿quién os dará lo que es vuestro? Siendo él así, se adhirió en ese tiempo a mí, y conmigo vacilaba en el propósito, qué curso de vida debía tomarse.
Nebridio también, quien habiendo dejado su país natal cerca de Cartago, sí, y Cartago misma, donde mucho había vivido, dejando su excelente patrimonio familiar y su casa, y a una madre atrás, que no debía seguirlo, había venido a Milán, por ninguna otra razón sino que conmigo pudiera vivir en una búsqueda ardientísima de la verdad y la sabiduría. Como yo suspiraba, como yo vacilaba, un ardiente buscador de la vida verdadera, y un agudísimo examinador de las preguntas más difíciles. Así eran las bocas de tres personas indigentes, suspirando sus necesidades una a otra, y esperando en Ti para que Tú pudieras darles su alimento a su debido tiempo. Y en toda la amargura que por Tu misericordia siguió a nuestros asuntos mundanos, mientras mirábamos hacia el fin, por qué debíamos sufrir todo esto, la oscuridad nos encontró; y nos apartamos gimiendo, y diciendo: ¿Hasta cuándo serán estas cosas? Esto también decíamos a menudo; y así diciendo no los abandonamos, pues aún no amanecía nada cierto, que, abandonados estos, pudiéramos abrazar.
Y yo, viendo y revisando las cosas, me maravillaba más de la longitud del tiempo desde aquel mi decimonoveno año, en el cual había comenzado a encenderme con el deseo de la sabiduría, decidiendo cuando la hubiera encontrado, abandonar todas las esperanzas vacías y los frenesíes mentirosos de los vanos deseos. Y he aquí, estaba ahora en mi trigésimo año, atascado en el mismo cieno, ávido de disfrutar las cosas presentes, que pasaban y consumían mi alma; mientras me decía a mí mismo: "Mañana lo encontraré; aparecerá manifiestamente y lo agarraré; he aquí, Fausto el maniqueo vendrá, y aclarará todo. Oh, vosotros grandes hombres, académicos, ¿es verdad entonces que no se puede alcanzar certeza para el ordenamiento de la vida? No, busquemos más diligentemente, y no desesperemos. He aquí, las cosas en los libros eclesiásticos no son absurdas para nosotros ahora, que a veces parecían absurdas, y pueden tomarse de otra manera, y en un buen sentido. Tomaré mi posición, donde, como niño, mis padres me pusieron, hasta que la verdad clara sea encontrada. ¿Pero dónde será buscada o cuándo? Ambrosio no tiene ocio; nosotros no tenemos ocio para leer; ¿dónde encontraremos siquiera los libros? ¿De dónde, o cuándo conseguirlos? ¿De quién tomarlos prestados? Que se establezcan tiempos, y se ordenen ciertas horas para la salud de nuestra alma. Gran esperanza ha amanecido; la Fe Católica no enseña lo que pensábamos, y vanamente la acusábamos de ello; sus miembros instruidos consideran profano creer que Dios está limitado por la figura de un cuerpo humano: ¿y dudamos en 'llamar', para que el resto 'pueda ser abierto'? Las mañanas las ocupan nuestros alumnos; ¿qué hacemos durante el resto? ¿Por qué no esto? Pero, ¿cuándo entonces rendimos culto a nuestros grandes amigos, cuyo favor necesitamos? ¿Cuándo componemos lo que podamos vender a los alumnos? ¿Cuándo refrescarnos, relajando nuestras mentes de esta intensidad de cuidado?
"¡Perezca todo, despidamos estas vanas vanidades, y entreguémonos a la única búsqueda de la verdad! La vida es vana, la muerte incierta; si nos sobreviene de repente, ¿en qué estado partiremos de aquí? y ¿dónde aprenderemos lo que aquí hemos descuidado? y ¿no sufriremos más bien el castigo de esta negligencia? ¿Qué, si la muerte misma corta y termina todo cuidado y sentimiento? Entonces debe esto ser determinado. ¡Pero Dios no permita esto! No es una cosa vana y vacía, que la excelente dignidad de la autoridad de la Fe Cristiana se haya extendido por todo el mundo. Nunca serían tales y tan grandes cosas hechas por Dios para nosotros, si con la muerte del cuerpo la vida del alma llegara a un fin. ¿Por qué demorar entonces en abandonar las esperanzas mundanas, y entregarnos totalmente a buscar a Dios y la vida bienaventurada? ¡Pero espera! Incluso esas cosas son agradables; tienen algo, y no pequeña dulzura. No debemos abandonarlas a la ligera, pues sería una vergüenza volver de nuevo a ellas. Mira, no es gran cosa ahora obtener algún puesto, y entonces, ¿qué más desearíamos? Tenemos abundancia de amigos poderosos; si no se ofrece nada más, y tenemos mucha prisa, al menos una presidencia podría sernos dada: y una esposa con algo de dinero, para que no aumente nuestros gastos: y este será el límite del deseo. Muchos grandes hombres, y dignos de imitación, se han entregado al estudio de la sabiduría en el estado de matrimonio".
Mientras revisaba estas cosas, y estos vientos cambiaban y llevaban mi corazón de aquí para allá, el tiempo pasaba, pero yo tardaba en volverme al Señor; y de día en día difería vivir en Ti, y no difería diariamente morir en mí mismo. Amando una vida feliz, la temía en su propia morada, y la buscaba, huyendo de ella. Pensaba que sería demasiado miserable, a menos que estuviera envuelto en brazos femeninos; y de la medicina de Tu misericordia para curar esa enfermedad no pensaba, no habiéndola probado. En cuanto a la continencia, suponía que estaba en nuestro propio poder (aunque en mí mismo no encontraba ese poder), siendo tan necio como para no saber lo que está escrito: Nadie puede ser continente a menos que Tú lo des; y que Tú lo darías, si con gemidos internos llamara a Tus oídos, y con una fe asentada arrojara mi cuidado en Ti.
Alipio ciertamente me impedía casarme; alegando que así no podríamos de ninguna manera con ocio no distraído vivir juntos en el amor de la sabiduría, como habíamos deseado largamente. Pues él mismo era incluso entonces purísimo en este punto, de modo que era maravilloso; y más aún, puesto que en el comienzo de su juventud había entrado en ese curso, pero no se había quedado estancado en él; más bien había sentido remordimiento y repugnancia por ello, viviendo desde entonces hasta ahora muy continentemente. Pero yo me oponía a él con los ejemplos de aquellos que como hombres casados habían apreciado la sabiduría, y servido a Dios aceptablemente, y retenido a sus amigos, y los amaban fielmente. De cuya grandeza de espíritu yo estaba muy lejos; y atado con la enfermedad de la carne, y su dulce mortalidad, arrastraba mi cadena, temiendo ser soltado, y como si mi herida hubiera sido irritada, rechazaba sus buenos consejos, como si fuera la mano de alguien que quisiera desencadenarme. Además, por mí hablaba la serpiente a Alipio mismo, por mi lengua tejiendo y poniendo en su camino trampas placenteras, en las cuales sus pies virtuosos y libres podían ser enredados.
Pues cuando él se maravillaba de que yo, a quien estimaba no ligeramente, debiera estar tan pegado en la liga de aquel placer, como para protestar (tan a menudo como lo discutíamos) que nunca podría llevar una vida soltera; e instaba en mi defensa cuando lo veía maravillarse, que había gran diferencia entre su momentáneo y apenas recordado conocimiento de esa vida, el cual así él podía fácilmente despreciar, y mi continua familiaridad a la cual si el nombre honorable del matrimonio fuera añadido, él no debería maravillarse por qué no podía despreciar ese curso; comenzó también a desear casarse; no como vencido por el deseo de tal placer, sino por curiosidad. Pues quería saber, decía, qué debería ser eso, sin lo cual mi vida, para él tan placentera, me parecería no vida sino un castigo. Pues su mente, libre de aquella cadena, estaba asombrada de mi esclavitud; y a través de ese asombro iba hacia un deseo de probarlo, de allí a la prueba misma, y de allí quizás a hundirse en esa servidumbre de la que se maravillaba, viendo que estaba dispuesto a hacer un pacto con la muerte; y el que ama el peligro, caerá en él. Pues cualquier honor que haya en el oficio de ordenar bien una vida matrimonial, y una familia, nos movía pero ligeramente. Pero a mí la mayor parte del tiempo el hábito de satisfacer un apetito insaciable me atormentaba, mientras me tenía cautivo; a él, un asombro admirador lo llevaba cautivo. Así estábamos, hasta que Tú, oh Altísimo, no abandonando nuestro polvo, compadeciéndote de nosotros miserables, viniste en nuestra ayuda, por caminos maravillosos y secretos.
Se hacían esfuerzos continuos para que me casara. Yo cortejaba, se me prometía, principalmente por los desvelos de mi madre, para que, una vez casado, el bautismo saludable pudiera purificarme, hacia lo cual ella se regocijaba de que yo fuera preparado diariamente, y observaba que sus oraciones, y Tus promesas, se estaban cumpliendo en mi fe. En aquel tiempo, en verdad, tanto a petición mía como por su propio anhelo, con fuertes clamores del corazón te suplicaba diariamente que, mediante una visión, le revelaras algo acerca de mi futuro matrimonio; nunca quisiste. Ella vio, ciertamente, algunas cosas vanas y fantásticas, tales como la energía del espíritu humano, ocupado en ello, suele reunir; y me las contó, no con la confianza que solía cuando Tú le mostrabas algo, sino despreciándolas. Pues podía, decía ella, a través de un cierto sentimiento, que no podía expresar con palabras, discernir entre Tus revelaciones y los sueños de su propia alma. Sin embargo, el asunto se apresuró, y se pidió en matrimonio a una doncella, a dos años de la edad apropiada; y, como complacía, se la esperó.
Y muchos de nosotros, amigos que conferenciábamos y detestábamos los turbulentos ajetreos de la vida humana, habíamos debatido y ahora casi resuelto vivir apartados de los negocios y del bullicio de los hombres; y esto se obtendría así: traeríamos lo que cada uno pudiera procurar, y haríamos un solo hogar de todos; de modo que, mediante la verdad de nuestra amistad, nada perteneciera especialmente a nadie; sino que el todo así derivado de todos, perteneciera como un todo a cada uno, y todos a todos. Pensamos que podría haber unas diez personas en esta sociedad; algunos de los cuales eran muy ricos, especialmente Romanianus, nuestro conciudadano, desde la infancia un amigo muy familiar mío, a quien las graves perplejidades de sus asuntos habían llevado a la corte; quien era el más ferviente en este proyecto; y en ello su voz tenía gran peso, porque su amplio patrimonio excedía con mucho al de cualquiera de los otros. Habíamos acordado también que dos oficiales anuales, por así decirlo, proveyeran todas las cosas necesarias, quedando los demás sin perturbación. Pero cuando comenzamos a considerar si las esposas, que algunos de nosotros ya teníamos, y otros esperaban tener, lo permitirían, todo ese plan, que estaba siendo tan bien moldeado, se hizo pedazos en nuestras manos, fue totalmente destruido y desechado. De ahí nos entregamos a los suspiros y gemidos, y nuestros pasos a seguir los caminos anchos y trillados del mundo; porque muchos eran los pensamientos en nuestro corazón, pero Tu consejo permanece para siempre. Fuera del cual, Tú te burlabas del nuestro, y preparabas el Tuyo; proponiéndote darnos alimento a su debido tiempo, y colmar nuestras almas de bendición.
Mientras tanto, mis pecados se multiplicaban, y siendo mi concubina arrancada de mi lado como un obstáculo para mi matrimonio, mi corazón, que se aferraba a ella, fue desgarrado, herido y sangrante. Y ella regresó a África, prometiéndote nunca conocer a otro hombre, dejándome a mi hijo nacido de ella. Pero yo, desdichado, que no podía imitar a una mujer, impaciente de demora, puesto que no sería hasta después de dos años cuando obtendría a la que buscaba, no siendo tanto un amante del matrimonio como un esclavo de la lujuria, procuré otra, aunque no esposa, para que, mediante la servidumbre de una costumbre duradera, la enfermedad de mi alma se mantuviera y siguiera en su vigor, o incluso aumentara, hacia el dominio del matrimonio. Ni fue curada aquella herida mía, que había sido causada por la extirpación de la anterior, sino que, tras la inflamación y el dolor más agudo, se necrosó, y mis dolores se hicieron menos agudos, pero más desesperados.
A Ti sea la alabanza, gloria a Ti, Fuente de misericordias. Yo me volvía más miserable, y Tú más cercano. Tu mano derecha estaba continuamente dispuesta a arrancarme del fango, y a lavarme completamente, y yo no lo sabía; ni nada me llamaba de vuelta de un abismo aún más profundo de placeres carnales, sino el miedo a la muerte y a Tu juicio venidero; el cual, en medio de todos mis cambios, nunca se apartó de mi pecho. Y en mis disputas con mis amigos Alipio y Nebridio sobre la naturaleza del bien y del mal, sostenía que Epicuro habría ganado la palma en mi mente, si no hubiera creído que después de la muerte quedaba una vida para el alma, y lugares de retribución según los merecimientos de los hombres, lo cual Epicuro no quería creer. Y preguntaba: "¿Si fuéramos inmortales y viviéramos en perpetuo placer corporal, sin miedo a perderlo, por qué no habríamos de ser felices, o qué otra cosa buscaríamos?", sin saber que una gran miseria estaba implicada en esto mismo: que, estando así hundido y cegado, no podía discernir aquella luz de excelencia y belleza, que debe ser abrazada por sí misma, la cual el ojo de la carne no puede ver, y es vista por el hombre interior. Ni yo, desdichado, consideraba de qué fuente brotaba que incluso sobre estas cosas, por inmundas que fueran, yo discutiera con placer con mis amigos, ni podía, incluso según las nociones que entonces tenía de la felicidad, ser feliz sin amigos, en medio de cualquier abundancia de placeres carnales. Y, sin embargo, a estos amigos los amaba solo por ellos mismos, y sentía que yo era amado por ellos de vuelta solo por mí mismo.
¡Oh, senderos tortuosos! ¡Ay del alma audaz, que esperaba, abandonándote, ganar algo mejor! Se ha vuelto, y vuelto de nuevo, sobre la espalda, los costados y el vientre, mas todo fue doloroso; y Tú solo eres descanso. Y he aquí, Tú estás cerca, y nos liberas de nuestros miserables extravíos, y nos colocas en Tu camino, y nos consuelas, y dices: "Corred; yo os llevaré; sí, os guiaré; allí también os llevaré".
LIBRO VII
Había fallecido ya aquella mi malvada y abominable juventud, y estaba pasando a la temprana edad adulta; cuanto más contaminado por cosas vanas a medida que crecía en años, yo, que no podía imaginar ninguna sustancia, sino aquella que suele ser vista con estos ojos. No pensaba en Ti, oh Dios, bajo la figura de un cuerpo humano; desde que comencé a oír algo de sabiduría, siempre evité esto; y me regocijé de haber encontrado lo mismo en la fe de nuestra madre espiritual, Tu Iglesia Católica. Pero qué otra cosa concebir de Ti, no lo sabía. Y yo, un hombre, y tal hombre, buscaba concebirte a Ti, el soberano, único y verdadero Dios; y creía en lo más profundo de mi alma que Tú eras incorruptible, e inofendible, e inmutable; porque, aunque no sabía de dónde ni cómo, veía claramente, y estaba seguro, que aquello que puede ser corrompido debe ser inferior a aquello que no puede; lo que no podía ser dañado lo prefería sin vacilación a lo que podía recibir daño; lo inmutable a las cosas sujetas a cambio. Mi corazón clamaba apasionadamente contra todos mis fantasmas, y con este único golpe buscaba expulsar del ojo de mi mente a toda aquella tropa impura que zumbaba a su alrededor. Y he aquí, apenas apartados, en un abrir y cerrar de ojos, se agrupaban de nuevo densamente a mi alrededor, volaban hacia mi rostro y lo nublaban; de modo que, aunque no bajo la forma del cuerpo humano, me veía constreñido a concebirte (a Ti, incorruptible, inofendible e inmutable, que prefería sobre lo corruptible, dañable y cambiable) como estando en el espacio, ya sea infundido en el mundo, o difundido infinitamente fuera de él. Porque cualquier cosa que concebía, privada de este espacio, me parecía nada, sí, totalmente nada, ni siquiera un vacío, como si un cuerpo fuera sacado de su lugar, y el lugar permaneciera vacío de cualquier cuerpo, de tierra y agua, aire y cielo, aún quedaría un lugar vacío, como una nada espaciosa.
Yo entonces, siendo así de corazón torpe, ni claro ni siquiera para mí mismo, cualquier cosa que no estuviera extendida sobre ciertos espacios, ni difundida, ni condensada, ni hinchada, o que no recibiera o pudiera recibir alguna de estas dimensiones, pensaba que era totalmente nada. Pues sobre tales formas como mis ojos suelen recorrer, recorría entonces mi corazón: ni veía aún que esta misma noción de la mente, con la cual formaba esas mismas imágenes, no era de este tipo, y sin embargo no podría haberlas formado, de no haber sido ella misma algo grande. Así también me esforzaba por concebirte a Ti, Vida de mi vida, como vasto, penetrando a través de infinitos espacios por todas partes toda la masa del universo, y más allá, por todas partes, a través de inconmensurables espacios ilimitados; de modo que la tierra Te tuviera, el cielo Te tuviera, todas las cosas Te tuvieran, y ellas estuvieran limitadas en Ti, y Tú no limitado en ninguna parte. Porque al igual que el cuerpo de este aire que está sobre la tierra no impide que la luz del sol pase a través de él, penetrándolo, no rompiéndolo ni cortándolo, sino llenándolo totalmente: así pensaba que el cuerpo no solo del cielo, aire y mar, sino también de la tierra, era permeable a Ti, de modo que en todas sus partes, desde la mayor hasta la más pequeña, admitiera Tu presencia, mediante una inspiración secreta, por dentro y por fuera, dirigiendo todas las cosas que has creado. Así conjeturaba, solo por ser incapaz de concebir otra cosa, pues era falso. Porque así una parte mayor de la tierra contendría una mayor porción de Ti, y una menor, una menor: y todas las cosas estarían de tal modo llenas de Ti, que el cuerpo de un elefante contendría más de Ti, que el de un gorrión, cuanto más grande es y más espacio ocupa; y así harías que las diversas porciones de Ti mismo estuvieran presentes en las diversas porciones del mundo, en fragmentos, grandes para las grandes, pequeñas para las pequeñas. Pero tal no eres Tú. Mas aún no habías iluminado mis tinieblas.
Era suficiente para mí, Señor, oponer a aquellos engañadores engañados, y parlanchines mudos, puesto que Tu palabra no sonaba fuera de ellos; eso era suficiente lo que hace mucho tiempo, mientras aún estábamos en Cartago, Nebridio solía proponer, ante lo cual todos nosotros que lo oíamos nos tambaleábamos: "Esa supuesta nación de las tinieblas, que los maniqueos suelen poner como una masa opuesta frente a Ti, ¿qué podría haberte hecho, si te hubieras negado a luchar con ella? Porque, si responden: 'te habría hecho algún daño', entonces serías sujeto a daño y corrupción: pero si 'no podría hacerte ningún daño', entonces no se traía razón para que lucharas con ella; y luchar de tal manera, que una cierta porción o miembro de Ti, o descendencia de Tu propia Sustancia, fuera mezclada con poderes opuestos, y naturalezas no creadas por Ti, y fuera por ellos tan corrompida y cambiada para peor, como para ser vuelta de la felicidad a la miseria, y necesitara asistencia, mediante la cual pudiera ser extraída y purificada; y que esta descendencia de Tu Sustancia fuera el alma, la cual, estando esclavizada, manchada, corrompida, Tu Palabra, libre, pura e íntegra, pudiera aliviar; siendo esa misma Palabra aún corruptible porque era de una misma y única Sustancia. Así pues, si afirmaran que Tú, cualquier cosa que seas, esto es, Tu Sustancia mediante la cual eres, eres incorruptible, entonces todos estos dichos eran falsos y execrables; pero si corruptible, la misma afirmación mostraba que era falsa y repulsiva". Este argumento de Nebridio bastaba entonces contra aquellos que merecían totalmente ser vomitados del estómago sobrecargado; pues no tenían escapatoria, sin horrible blasfemia de corazón y lengua, pensando y hablando así de Ti.
Pero yo también, aunque sostenía y estaba firmemente persuadido de que Tú, nuestro Señor el verdadero Dios, quien hiciste no solo nuestras almas, sino nuestros cuerpos, y no solo nuestras almas y cuerpos, sino todos los seres, y todas las cosas, eras inmanchable e inalterable, y en ningún grado mutable; sin embargo, no entendía, clara y sin dificultad, la causa del mal. Y aun así, cualquiera que fuera, percibía que debía ser buscada de tal manera, que no me constriñera a creer al Dios inmutable como mutable, no fuera que yo me convirtiera en ese mal que estaba buscando. Lo buscaba entonces, así libre de ansiedad, seguro de la falsedad de lo que sostenían aquellos de quienes me alejaba con todo mi corazón: pues veía que, al indagar el origen del mal, ellos estaban llenos de mal, en que preferían pensar que Tu sustancia sufría el mal a que la suya propia lo cometía.
Y me esforzaba por percibir lo que ahora oía, que el libre albedrío era la causa de que hiciéramos el mal, y Tu justo juicio de que sufriéramos el mal. Pero no era capaz de discernirlo claramente. Así pues, esforzándome por sacar la visión de mi alma de aquel pozo profundo, era de nuevo sumergido en él, y esforzándome a menudo, era sumergido de vuelta tan a menudo. Pero esto me elevó un poco hacia Tu luz, que sabía tan bien que tenía voluntad, como que vivía: cuando entonces quería o no quería algo, estaba muy seguro de que nadie más que yo mismo quería y no quería: y casi veía que allí estaba la causa de mi pecado. Pero lo que hacía contra mi voluntad, veía que más bien lo sufría que lo hacía, y no juzgaba que fuera mi culpa, sino mi castigo; mediante lo cual, sin embargo, teniéndote por justo, confesaba prontamente no ser injustamente castigado. Pero de nuevo decía: "¿Quién me hizo? ¿No mi Dios, que no es solo bueno, sino la bondad misma? ¿De dónde vino entonces que yo quisiera el mal y no quisiera el bien, de modo que soy así justamente castigado? ¿Quién puso esto en mí, e injertó en mí esta planta de amargura, viendo que fui totalmente formado por mi dulcísimo Dios? Si el diablo fuera el autor, ¿de dónde es ese mismo diablo? Y si él también por su propia voluntad perversa, de un buen ángel se convirtió en diablo, ¿de dónde, de nuevo, vino en él esa voluntad maligna por la cual se convirtió en diablo, viendo que toda la naturaleza de los ángeles fue hecha por ese bondadosísimo Creador?". Con estos pensamientos era de nuevo hundido y asfixiado; mas no llevado a aquel infierno de error (donde ningún hombre te confiesa), de pensar más bien que Tú sufres el mal, que el hombre lo hace.
Pues estaba esforzándome de tal modo por encontrar el resto, como alguien que ya había descubierto que lo incorruptible debía ser necesariamente mejor que lo corruptible: y a Ti, por tanto, cualquier cosa que fueras, te confesaba como incorruptible. Porque ninguna alma fue, ni será, capaz de concebir cosa alguna que pueda ser mejor que Tú, que eres el soberano y el mayor bien. Pero puesto que muy verdadera y ciertamente, lo incorruptible es preferible a lo corruptible (como yo ahora lo prefería), entonces, si no fueras incorruptible, podría haber llegado en pensamiento a algo mejor que mi Dios. Donde entonces veía que lo incorruptible es preferible a lo corruptible, allí debería buscarte a Ti, y allí observar "en qué consistía el mal mismo"; esto es, de dónde viene la corrupción, por la cual Tu sustancia de ninguna manera puede ser menoscabada. Porque la corrupción de ninguna manera menoscaba a nuestro Dios; por ninguna voluntad, por ninguna necesidad, por ningún azar inesperado: porque Él es Dios, y lo que Él quiere es bueno, y Él mismo es ese bien; pero ser corrompido no es bueno. Ni Tú eres constreñido a nada contra Tu voluntad, puesto que Tu voluntad no es mayor que Tu poder. Pero mayor sería, si Tú mismo fueras mayor que Tú mismo. Porque la voluntad y el poder de Dios es Dios mismo. ¿Y qué puede ser inesperado para Ti, que conoces todas las cosas? Ni hay naturaleza alguna en las cosas, que Tú no conozcas. ¿Y qué más deberíamos decir, "por qué esa sustancia que es Dios no debería ser corruptible", viendo que si lo fuera, no sería Dios?
Y buscaba "de dónde es el mal", y buscaba de un modo malo; y no veía el mal en mi propia búsqueda. Ponía ahora ante la vista de mi espíritu toda la creación, cualquier cosa que podamos ver en ella (como mar, tierra, aire, estrellas, árboles, criaturas mortales); sí, y cualquier cosa que en ella no vemos, como el firmamento del cielo, todos los ángeles además, y todos los habitantes espirituales de él. Pero estos mismos seres, como si fueran cuerpos, los disponía mi fantasía en el espacio, y hacía una gran masa de Tu creación, distinguida en cuanto a los tipos de cuerpos; algunos, cuerpos reales, otros, lo que yo mismo había fingido para los espíritus. Y esta masa la hacía enorme, no como era (lo cual no podía conocer), sino como pensaba conveniente, aunque en todo sentido finita. Pero a Ti, oh Señor, te imaginaba por todas partes rodeándola y penetrándola, aunque en todo sentido infinita: como si hubiera un mar, en todas partes, y por todos lados, a través de un espacio inconmensurable, un único mar ilimitado, y contuviera dentro de sí alguna esponja, enorme, pero limitada; esa esponja debería necesariamente, en todas sus partes, ser llenada por ese mar inconmensurable: así concebía Tu creación, ella misma finita, llena de Ti, el Infinito; y decía: "He aquí a Dios, y he aquí lo que Dios ha creado; y Dios es bueno, sí, más poderosa e incomparablemente mejor que todas estas: pero aun así Él, el Bien, las creó buenas; y mira cómo las rodea y las llena. ¿Dónde está el mal entonces, y de dónde, y cómo se deslizó aquí? ¿Cuál es su raíz, y cuál su semilla? ¿O no tiene ser? ¿Por qué entonces tememos y evitamos lo que no es? O si lo tememos ociosamente, entonces ese mismo temor es un mal, mediante el cual el alma es así ociosamente aguijoneada y atormentada. Sí, y tanto mayor mal, cuanto que no tenemos nada que temer, y sin embargo tememos. Por tanto, o es mal lo que tememos, o bien el mal es que tememos. ¿De dónde es entonces? viendo que Dios, el Bien, ha creado todas estas cosas buenas. Él ciertamente, el mayor y principal Bien, ha creado estos bienes menores; aun así, tanto el Creador como lo creado, todos son buenos. ¿De dónde es el mal? ¿O había alguna materia mala de la cual Él hizo, y formó, y ordenó, mas dejó algo en ella que no convirtió en bien? ¿Por qué entonces? ¿No tuvo poder para volver y cambiar el todo, de modo que ningún mal permaneciera en él, viendo que Él es Todopoderoso? Por último, ¿por qué querría hacer cosa alguna de ella, y no más bien mediante la misma Todopoderosidad hacer que no fuera en absoluto? ¿O podría ser entonces contra Su voluntad? ¿O si fuera desde la eternidad, por qué permitió que así fuera por infinitos espacios de tiempos pasados, y le complació tanto tiempo después hacer algo de ella? ¿O si de repente le complació ahora efectuar algo, esto más bien debería el Todopoderoso haber efectuado, que esta materia mala no fuera, y Él solo fuera, el todo, verdadero, soberano e infinito Bien. O si no era bueno que Aquel que era bueno no debiera también formar y crear algo que fuera bueno, entonces, siendo esa materia mala quitada y llevada a la nada, Él podría formar materia buena, de la cual crear todas las cosas. Porque Él no sería Todopoderoso, si no pudiera crear algo bueno sin la ayuda de esa materia que Él mismo no había creado. Estos pensamientos revolvía en mi miserable corazón, sobrecargado con los cuidados más roedores, no fuera que muriera antes de haber encontrado la verdad; sin embargo, la fe de Tu Cristo, nuestro Señor y Salvador, profesada en la Iglesia Católica, estaba firmemente fijada en mi corazón, en muchos puntos, ciertamente, aún sin formar, y fluctuando desde la regla de la doctrina; mas mi mente no la abandonaba totalmente, sino que más bien recibía diariamente más y más de ella.
Por aquel tiempo ya había rechazado yo las mentirosas adivinaciones y las impías locuras de los astrólogos. Que tus propias misericordias, desde lo más íntimo de mi alma, confiesen esto también por mí, oh Dios mío. Pues Tú, Tú del todo (¿quién si no nos llama de vuelta de la muerte de todos los errores, sino la Vida que no puede morir, y la Sabiduría que, no necesitando luz, ilumina a las mentes que la necesitan, mediante la cual el universo es dirigido, hasta las hojas que giran en los árboles?), Tú proveíste para mi obstinación con la que luchaba contra Vindicianus, un anciano agudo, y Nebridius, un joven de talentos admirables; el primero afirmando vehementemente, y el segundo a menudo (aunque con alguna duda) diciendo: "Que no existía tal arte para prever las cosas por venir, sino que las conjeturas de los hombres eran una especie de lotería, y que de muchas cosas que decían que sucederían, algunas realmente ocurrían, sin saberlo quienes lo decían, que tropezaban con ello a fuerza de hablar tanto".
Tú me proporcionaste entonces un amigo, no un consultor negligente de los astrólogos, ni tampoco muy experto en esas artes, sino (como dije) un consultor curioso de ellas, y aun así sabiendo algo, que decía haber oído de su padre, aunque ignoraba hasta qué punto eso servía para derribar la estimación de tal arte. Este hombre, pues, Firminus de nombre, habiendo tenido una educación liberal y bien instruido en Retórica, me consultó, como a alguien muy querido para él, qué pensaba yo, según sus llamadas constelaciones, sobre ciertos asuntos suyos en los que sus esperanzas mundanas habían crecido; y yo, que en esto ya había comenzado a inclinarme hacia la opinión de Nebridius, no me negué del todo a conjeturar y decirle lo que venía a mi mente indecisa; pero añadí que ahora estaba casi persuadido de que estas no eran más que locuras vacías y ridículas. Entonces me contó que su padre había sido muy curioso en tales libros, y que tenía un amigo tan ferviente en ellos como él mismo, quienes con estudio y conferencias conjuntas avivaban la llama de sus afectos por estos juguetes, de modo que observaban los momentos en que los animales mudos, que criaban en sus casas, daban a luz, y luego observaban la posición relativa de los cielos, para así realizar nuevos experimentos en este llamado arte.
Dijo entonces que había oído de su padre, que en el tiempo en que su madre estaba a punto de dar a luz a él, Firminus, una sierva de aquel amigo de su padre estaba también encinta, lo cual no pudo escapar al amo, quien se cuidó con la más exacta diligencia de conocer los nacimientos incluso de sus cachorros. Y sucedió que (el uno por su esposa y el otro por su sierva, con la más cuidadosa observación, calculando días, horas, es más, las divisiones menores de las horas) ambos dieron a luz en el mismo instante; de modo que ambos se vieron obligados a admitir las mismas constelaciones, hasta los puntos más minúsculos, el uno para su hijo, el otro para su esclavo recién nacido. Pues tan pronto como las mujeres comenzaron a estar de parto, se avisaron mutuamente de lo que ocurría en sus casas, y tuvieron mensajeros listos para enviarse tan pronto como tuvieran noticia del nacimiento real, de lo cual se habían provisto fácilmente, cada uno en su propia provincia, para dar aviso al instante. Así pues, los mensajeros de las respectivas partes se encontraron, aseveró él, a tal distancia igual de ambas casas que ninguno pudo distinguir diferencia alguna en la posición de los astros, ni en ningún otro punto minúsculo; y sin embargo Firminus, nacido en un alto estado en la casa de sus padres, recorrió su camino a través de los senderos dorados de la vida, aumentó en riquezas, fue elevado a honores; mientras que aquel esclavo continuó sirviendo a sus amos, sin ninguna relajación de su yugo, como me contó Firminus, quien le conocía.
Al oír y creer estas cosas, contadas por alguien de tal credibilidad, toda mi resistencia cedió; y primero intenté reclamar al propio Firminus de esa curiosidad, diciéndole que al inspeccionar sus constelaciones, yo debería, si hubiera de predecir verdaderamente, haber visto en ellas padres eminentes entre sus vecinos, una familia noble en su propia ciudad, alto linaje, buena educación, aprendizaje liberal. Pero si aquel sirviente me hubiera consultado sobre las mismas constelaciones, puesto que eran también las suyas, yo debería de nuevo (para decirle también la verdad) ver en ellas un linaje de lo más abyecto, una condición servil y todo lo demás absolutamente en desacuerdo con lo anterior. ¿De dónde, pues, si decía la verdad, hablaría diversamente a partir de las mismas constelaciones, o si decía lo mismo, hablaría falsamente? De ahí se seguía con toda certeza que cualquier cosa que, tras la consideración de las constelaciones, se dijera verdaderamente, se decía no por arte, sino por azar; y cualquier cosa que se dijera falsamente, no era por ignorancia del arte, sino por el fallo del azar.
Abierta así una brecha, rumiando conmigo mismo sobre tales cosas, para que ninguno de esos chiflados (que vivían de tal oficio, y a quienes anhelaba atacar y refutar con escarnio) pudiera alegar ante mí que Firminus me había informado falsamente, o su padre a él, dirigí mis pensamientos hacia aquellos que nacen gemelos, quienes en la mayor parte de los casos salen del vientre tan cerca uno del otro, que el pequeño intervalo (por mucha fuerza que la gente pretenda que tiene en la naturaleza de las cosas) no puede ser notado por la observación humana, ni ser expresado en absoluto en esas figuras que el astrólogo debe inspeccionar para pronunciarse verdaderamente. Sin embargo, no pueden ser verdaderas: pues mirando las mismas figuras, debe haber predicho lo mismo de Esaú y Jacob, mientras que no les sucedió lo mismo a ellos. Por tanto, debe hablar falsamente; o si habla verdaderamente, entonces, mirando las mismas figuras, no debe dar la misma respuesta. No por arte, pues, sino por azar, hablaría verdaderamente. Pues Tú, oh Señor, justísimo Gobernador del Universo, mientras los consultores y los consultados no lo saben, haces por tu oculta inspiración que el consultor escuche lo que, según los merecimientos ocultos de las almas, debe escuchar, desde el inescrutable abismo de tu justo juicio, ante quien nadie diga: ¿Qué es esto? ¿Por qué aquello? Que no lo diga, pues es hombre.
Ahora pues, oh Ayudador mío, me habías desatado de esas cadenas: y yo buscaba "¿de dónde viene el mal?", y no encontraba camino. Pero no permitiste que por fluctuaciones de pensamiento fuera arrastrado lejos de la Fe por la cual creía que Tú existes, y que tu sustancia es inmutable, y que tienes cuidado de los hombres y los juzgarías, y que en Cristo, tu Hijo, nuestro Señor, y las Sagradas Escrituras, que la autoridad de tu Iglesia Católica me imponía, habías establecido el camino de la salvación del hombre hacia esa vida que ha de ser después de esta muerte. Estando estas cosas seguras e inamoviblemente asentadas en mi mente, buscaba ansiosamente "¿de dónde viene el mal?". ¡Qué punzadas las de mi corazón rebosante, qué gemidos, oh Dios mío! Sin embargo, incluso allí estaban tus oídos abiertos, y yo no lo sabía; y cuando en silencio buscaba vehementemente, esas contriciones silenciosas de mi alma eran fuertes gritos ante tu misericordia. Tú sabías lo que sufría, y nadie más. Pues, ¿qué era aquello que destilaba de ahí a través de mi lengua a los oídos de mis amigos más íntimos? ¿Llegó a ellos todo el tumulto de mi alma, para el cual ni el tiempo ni la palabra bastaban? Sin embargo, todo subió a tus oídos, todo lo que rugía desde los gemidos de mi corazón; y mi deseo estaba ante ti, y la luz de mis ojos no estaba conmigo: pues eso estaba dentro, yo fuera; ni estaba eso confinado al lugar, pero yo estaba atento a las cosas contenidas en el lugar, y allí no encontré lugar de descanso, ni me recibieron de tal manera que pudiera decir: "Es suficiente", "está bien"; ni permitieron que me volviera atrás, donde podría estar lo suficientemente bien conmigo. Pues a estas cosas les era superior, pero inferior a ti; y Tú eres mi verdadero gozo cuando estoy sujeto a ti, y habías sujetado a mí lo que creaste debajo de mí. Y este era el verdadero temperamento, y la región media de mi seguridad, permanecer en tu Imagen y, sirviéndote a ti, gobernar el cuerpo. Pero cuando me levanté orgullosamente contra ti, y corrí contra el Señor con mi cuello, con las gruesas protuberancias de mi escudo, incluso estas cosas inferiores fueron puestas sobre mí y me oprimieron, y en ninguna parte hubo respiro o espacio para respirar. Se cruzaban en mi vista por todos lados en montones y tropas, y en el pensamiento las imágenes de ellas se presentaban sin ser buscadas, mientras quería volver a ti, como si me dijeran: "¿Adónde vas, indigno y mancillado?". Y estas cosas habían crecido de mi herida; pues Tú "humillaste al orgulloso como a uno que está herido", y por mi propia hinchazón fui separado de ti; sí, mi rostro hinchado de orgullo cerraba mis ojos.
Pero Tú, Señor, permaneces para siempre, mas no para siempre estás airado con nosotros; porque te apiadas de nuestro polvo y ceniza, y fue agradable a tus ojos reformar mis deformidades; y con aguijones internos me despertaste, para que estuviera inquieto, hasta que te manifestaras a mi vista interior. Así, por la mano secreta de tu medicina, mi hinchazón disminuyó, y la vista turbada y oscurecida de mi mente, por las punzantes unciones de saludables tristezas, fue sanada día tras día.
Y Tú, queriendo primero mostrarme cómo resistes a los orgullosos, pero das gracia a los humildes, y por cuán grande acto de tu misericordia habías trazado a los hombres el camino de la humildad, en que tu Palabra se hizo carne y habitó entre los hombres: me procuraste, por medio de uno inflado con un orgullo de lo más antinatural, ciertos libros de los platónicos, traducidos del griego al latín. Y allí leí, no ciertamente con las mismas palabras, pero con el mismo propósito, reforzado por muchas y diversas razones, que en el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios: el mismo estaba en el principio con Dios: todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él nada se hizo: lo que fue hecho por Él es vida, y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron. Y que el alma del hombre, aunque da testimonio de la luz, no es ella misma esa luz; sino que el Verbo de Dios, siendo Dios, es esa luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo. Y que Él estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por Él, y el mundo no le conoció. Pero, que vino a los suyos, y los suyos no le recibieron; mas a todos los que le recibieron, les dio poder de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre; esto no lo leí allí.
De nuevo leí allí, que Dios el Verbo no nació de carne ni de sangre, ni de voluntad de hombre, ni de voluntad de carne, sino de Dios. Pero que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, no lo leí allí. Pues rastreé en esos libros que se decía de muchas y diversas maneras, que el Hijo estaba en la forma del Padre, y no consideró usurpación ser igual a Dios, porque por naturaleza era la misma Sustancia. Pero que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, siendo hecho en semejanza de hombres, y hallado en condición de hombre, se humilló a sí mismo, y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz: por lo cual Dios le exaltó de entre los muertos, y le dio un nombre sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla, de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que el Señor Jesucristo está en la gloria de Dios Padre; esos libros no lo tienen. Pues que antes de todos los tiempos y sobre todos los tiempos tu Hijo Unigénito permanece inmutable, coeterno contigo, y que de su plenitud reciben las almas, para que sean bienaventuradas; y que por participación de la sabiduría que habita en ellos, son renovados, de modo que sean sabios, eso sí está allí. Pero que a su debido tiempo murió por los impíos; y que Tú no perdonaste a tu propio Hijo, sino que lo entregaste por todos nosotros, no está allí. Pues escondiste estas cosas de los sabios y las revelaste a los pequeños; para que los que trabajan y están cargados pudieran venir a Él, y Él los refrescara, porque es manso y humilde de corazón; y a los mansos guía en el juicio, y a los humildes enseña sus caminos, mirando nuestra humildad y aflicción, y perdonando todos nuestros pecados. Pero aquellos que se levantan en el elevado caminar de algún aprendizaje supuestamente más sublime, no le oyen a Él, diciendo: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas. Aunque conocieron a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos; y su necio corazón fue entenebrecido; profesando ser sabios, se hicieron necios.
Y por eso leí allí también, que habían cambiado la gloria de tu naturaleza incorruptible en ídolos y diversas formas, en semejanza de imagen de hombre corruptible, y de aves, y de cuadrúpedos, y de reptiles; a saber, en aquel alimento egipcio por el cual Esaú perdió su primogenitura, porque tu pueblo primogénito adoró la cabeza de una bestia cuadrúpeda en lugar de a ti; volviendo el corazón hacia Egipto; y doblando tu imagen, su propia alma, ante la imagen de un becerro que come heno. Estas cosas encontré allí, pero no me alimenté de ellas. Pues te plugo, oh Señor, quitar el oprobio de la disminución de Jacob, que el mayor sirviera al menor: y llamaste a los gentiles a tu heredad. Y yo había venido a ti de entre los gentiles; y puse mi mente en el oro que quisiste que tu pueblo tomara de Egipto, viendo que era tuyo, dondequiera que estuviera. Y a los atenienses les dijiste por tu Apóstol, que en ti vivimos, nos movemos y existimos, como uno de sus propios poetas había dicho. Y verdaderamente estos libros venían de allí. Pero no puse mi mente en los ídolos de Egipto, a quienes servían con tu oro, quienes cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura antes que al Creador.
Y siendo así amonestado a volver a mí mismo, entré hasta mi ser interior, siendo Tú mi Guía: y pude hacerlo, pues Tú te habías convertido en mi Ayudador. Y entré y contemplé con el ojo de mi alma (tal como era), sobre ese mismo ojo de mi alma, sobre mi mente, la Luz Inmutable. No esta luz ordinaria, que toda carne puede mirar, ni como una mayor de la misma clase, como si el brillo de esta fuera múltiple más brillante, y con su grandeza ocupara todo el espacio. No era tal esta luz, sino otra, sí, muy distinta de estas. Ni estaba sobre mi alma, como el aceite sobre el agua, ni tampoco como el cielo sobre la tierra: sino arriba para mi alma, porque Ella me hizo; y yo debajo de Ella, porque fui hecho por Ella. El que conoce la Verdad, conoce qué es esa Luz; y el que la conoce, conoce la eternidad. El amor la conoce. ¡Oh Verdad que eres Eternidad! ¡y Amor que eres Verdad! ¡y Eternidad que eres Amor! Tú eres mi Dios, a ti suspiro día y noche. Cuando te conocí por primera vez, Tú me levantaste, para que pudiera ver que había lo que pudiera ver, y que yo no era todavía tal como para ver. Y repeliste la debilidad de mi vista, lanzando tus rayos de luz sobre mí con mucha fuerza, y temblé de amor y asombro: y me percibí lejos de ti, en la región de la desemejanza, como si oyera esta voz tuya desde lo alto: "Soy el alimento de los adultos, crece, y te alimentarás de mí; ni me convertirás a mí, como el alimento de tu carne en ti, sino que tú serás convertido en mí". Y aprendí que Tú castigas al hombre por su iniquidad, e hiciste que mi alma se consumiera como una araña. Y dije: "¿Es entonces la Verdad nada porque no está difundida a través de un espacio finito o infinito?". Y Tú me gritaste desde lejos: "Ciertamente, YO SOY EL QUE SOY". Y oí, como el corazón oye, ni tuve lugar para dudar, y antes dudaría de que vivo que de que no existe la Verdad, que es claramente vista, siendo entendida por las cosas que son hechas.
Y contemplé las otras cosas debajo de ti, y percibí que ni totalmente son, ni totalmente no son, pues son, puesto que son de ti, pero no son, porque no son lo que Tú eres. Pues verdaderamente es lo que permanece inmutablemente. Es bueno, pues, para mí aferrarme a Dios; pues si no permanezco en Él, no puedo en mí mismo; pero Él, permaneciendo en sí mismo, renueva todas las cosas. Y Tú eres el Señor mi Dios, puesto que no necesitas de mi bondad.
Y me fue manifestado que aquellas cosas son buenas que sin embargo están corrompidas; las cuales ni eran soberanamente buenas, ni a menos que fueran buenas podrían ser corrompidas: pues si fueran soberanamente buenas, serían incorruptibles; si no fueran buenas en absoluto, no habría nada en ellas que corromper. Pues la corrupción daña, pero a menos que disminuyera la bondad, no podría dañar. O bien la corrupción no daña, lo cual no puede ser; o bien, lo cual es lo más cierto, todo lo que es corrompido está privado de bien. Pero si estuvieran privadas de todo bien, dejarían de ser. Pues si han de ser, y ya no pueden ser corrompidas, serán mejores que antes, porque permanecerán incorruptiblemente. ¿Y qué hay más monstruoso que afirmar que las cosas se vuelven mejores perdiendo todo su bien? Por tanto, si han de ser privadas de todo bien, ya no serán. Mientras, pues, son, son buenas: por tanto, todo lo que es, es bueno. Aquel mal que yo buscaba, de dónde es, no es ninguna sustancia: pues si fuera una sustancia, debería ser bueno. Pues o debería ser una sustancia incorruptible, y así un bien supremo: o una sustancia corruptible; la cual, a menos que fuera buena, no podría ser corrompida. Percibí, pues, y me fue manifestado que Tú hiciste todas las cosas buenas, ni hay ninguna sustancia en absoluto que Tú no hicieras; y porque no hiciste todas las cosas iguales, por eso son todas las cosas; porque cada una es buena, y en conjunto muy buena, porque nuestro Dios hizo todas las cosas muy buenas.
Y para Ti no hay nada en absoluto que sea malo: sí, no solo para Ti, sino también para toda Tu creación en su conjunto, porque no hay nada fuera que pueda irrumpir y corromper ese orden que Tú le has asignado. Pero en sus partes, algunas cosas, por no estar en armonía con otras, son consideradas malas: mientras que esas mismas cosas armonizan con otras, y son buenas; y en sí mismas son buenas. Y todas estas cosas que no armonizan entre sí, lo hacen sin embargo con la parte inferior, que llamamos Tierra, teniendo su propio cielo nublado y ventoso armonizando con ella. Lejos esté, pues, que yo diga: "Estas cosas no deberían existir": pues si no viera más que estas, ciertamente anhelaría lo mejor; pero aun así, por estas solas debo alabarte; pues que Tú eres digno de alabanza, lo muestran desde la tierra: dragones y todos los abismos, fuego, granizo, nieve, hielo y viento tempestuoso, que cumplen Tu palabra; montes y todas las colinas, árboles frutales y todos los cedros; bestias y todo ganado, reptiles y aves que vuelan; reyes de la tierra y todos los pueblos, príncipes y todos los jueces de la tierra; jóvenes y doncellas, ancianos y niños, alaben Tu Nombre. Pero cuando, desde el cielo, estos Te alaban, Te alaban, nuestro Dios, en las alturas todos Tus ángeles, todas Tus huestes, el sol y la luna, todas las estrellas y la luz, el Cielo de los cielos y las aguas que están sobre los cielos, alaben Tu Nombre; yo no anhelaba ya cosas mejores, porque concebía el todo: y con un juicio más sano comprendí que las cosas de arriba eran mejores que estas de abajo, pero que el conjunto es mejor que las de arriba por sí solas.
No hay salud en ellos a quienes les desagrada algo de Tu creación: como tampoco la había en mí, cuando mucho de lo que Tú hiciste me desagradaba. Y porque mi alma no se atrevía a estar disgustada con su Dios, deseaba no considerar como Tuyo aquello que le desagradaba. De ahí que se hubiera inclinado a la opinión de dos sustancias, y no tenía descanso, sino que hablaba vanamente. Y volviendo de allí, se había hecho a sí misma un Dios a través de medidas infinitas de todo el espacio; y pensó que eras Tú, y lo colocó en su corazón; y se había convertido de nuevo en el templo de su propio ídolo, abominable para Ti. Pero después de que Tú calmaste mi cabeza, sin yo saberlo, y cerraste mis ojos para que no contemplaran la vanidad, cesé un poco de mi ser anterior, y mi frenesí se sumió en el sueño; y desperté en Ti, y Te vi infinito, pero de otra manera, y esta visión no provenía de la carne.
Y miré atrás hacia otras cosas; y vi que debían su ser a Ti; y que todas estaban limitadas en Ti: pero de una manera diferente; no como estando en el espacio; sino porque Tú contienes todas las cosas en Tu mano en Tu Verdad; y todas las cosas son verdaderas en la medida en que son, ni hay falsedad, a menos que se piense que es aquello que no es. Y vi que todas las cosas armonizaban, no solo con sus lugares, sino con sus tiempos. Y que Tú, que solo eres Eterno, no comenzaste a obrar después de innumerables espacios de tiempo transcurridos; pues todos los espacios de tiempo, tanto los que han pasado como los que pasarán, ni van ni vienen, sino a través de Ti, obrando y permaneciendo.
Y percibí y no encontré extraño que el pan que es agradable al paladar sano sea repugnante al enfermo: y para los ojos doloridos la luz es ofensiva, la cual para los sanos es deliciosa. Y Tu justicia desagrada a los malvados; mucho más a la víbora y a los reptiles, que Tú has creado buenos, encajando en las porciones inferiores de Tu Creación, con las cuales los mismos malvados también encajan; y tanto más, cuanto más distintos son de Ti; pero con las criaturas superiores, cuanto más se vuelven semejantes a Ti. Y pregunté qué era la iniquidad, y encontré que no era ninguna sustancia, sino la perversión de la voluntad, apartada de Ti, oh Dios, el Supremo, hacia estas cosas inferiores, y arrojando sus entrañas hacia afuera, y engreída exteriormente.
Y me maravillaba de que ahora Te amaba a Ti, y no a un fantasma en Tu lugar. Y sin embargo, no me apresuraba a disfrutar de mi Dios; sino que era llevado hacia Ti por Tu belleza, y pronto arrastrado hacia abajo desde Ti por mi propio peso, hundiéndome con dolor en estas cosas inferiores. Este peso era la costumbre carnal. Sin embargo, habitaba conmigo un recuerdo de Ti; ni dudaba de ninguna manera de que existía Uno a quien podía unirme, pero que yo aún no era tal como para unirme a Ti: pues el cuerpo que se corrompe oprime al alma, y la morada terrenal agobia a la mente que medita sobre muchas cosas. Y estaba muy seguro de que Tus obras invisibles, desde la creación del mundo, se ven claramente, siendo comprendidas por las cosas que han sido hechas, incluso Tu eterno poder y deidad. Pues examinando de dónde venía que yo admiraba la belleza de los cuerpos celestiales o terrestres; y qué me ayudaba a juzgar sanamente sobre las cosas mutables, y a pronunciar: "Esto debería ser así, esto no"; examinando, digo, de dónde venía que yo juzgara así, viendo que juzgaba, había encontrado la inmutable y verdadera Eternidad de la Verdad por encima de mi mente cambiante. Y así, gradualmente, pasé de los cuerpos al alma, que percibe a través de los sentidos corporales; y de ahí a su facultad interior, a la cual los sentidos corporales representan las cosas externas, adonde llegan las facultades de las bestias; y de ahí de nuevo a la facultad razonadora, a la cual se refiere lo recibido de los sentidos del cuerpo para ser juzgado. La cual, encontrándose también a sí misma en mí como una cosa variable, se elevó a su propia comprensión, y apartó mis pensamientos del poder del hábito, retirándose de aquellas tropas de fantasmas contradictorios; para así encontrar qué era aquella luz por la que era bañada, cuando, sin duda alguna, clamaba: "Que lo inmutable debe ser preferido a lo mutable"; de donde también conocía Aquello Inmutable, lo cual, a menos que lo hubiera conocido de algún modo, no habría tenido fundamento seguro para preferirlo a lo cambiante. Y así, con el destello de una mirada temblorosa, llegó a LO QUE ES. Y entonces vi Tus cosas invisibles comprendidas por las cosas que han sido hechas. Pero no pude fijar mi mirada en ello; y siendo rechazada mi debilidad, fui arrojado de nuevo a mis hábitos acostumbrados, llevando conmigo solo un recuerdo amoroso de ello, y un anhelo por lo que, por así decirlo, había percibido el aroma, pero que aún no era capaz de consumir.
Entonces busqué una forma de obtener la fuerza suficiente para disfrutar de Ti; y no la encontré, hasta que abracé a aquel Mediador entre Dios y los hombres, el Hombre Cristo Jesús, que está sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos de los siglos, llamándome y diciendo: Yo soy el camino, la verdad y la vida, y mezclando con nuestra carne aquel alimento que yo era incapaz de recibir. Pues, el Verbo fue hecho carne, para que Tu sabiduría, por la cual creaste todas las cosas, pudiera proveer leche para nuestro estado infantil. Pues no me aferré a mi Señor Jesucristo, yo, humillado, al Humilde; ni sabía aún adónde nos guiaría Su debilidad. Pues Tu Verbo, la Verdad Eterna, muy por encima de las partes más altas de Tu Creación, eleva a los sometidos hacia Sí mismo: pero en este mundo inferior construyó para Sí mismo una humilde morada de nuestra arcilla, mediante la cual abatir a quienes quisieran ser sometidos, y atraerlos hacia Sí; calmando su hinchazón y fomentando su amor; con el fin de que no siguieran más en la confianza en sí mismos, sino que más bien consintieran en volverse débiles, viendo ante sus pies a la Divinidad débil al tomar nuestros túnicas de piel; y cansados, pudieran arrojarse sobre Ella, y Ella, levantándose, pudiera elevarlos.
Pero yo pensaba de otra manera; concibiendo a mi Señor Cristo solo como a un hombre de excelente sabiduría, a quien nadie podía igualarse; especialmente, porque siendo maravillosamente nacido de una Virgen, parecía, en conformidad con ello, a través del cuidado Divino por nosotros, haber alcanzado esa gran eminencia de autoridad, como ejemplo de despreciar las cosas temporales para la obtención de la inmortalidad. Pero qué misterio residía en "El Verbo fue hecho carne", no podía ni siquiera imaginarlo. Solo había aprendido de lo que se nos entrega por escrito sobre Él que Él comía, bebía, dormía, caminaba, se alegraba en espíritu, estaba triste, conversaba; que la carne no se unía por sí misma a Tu Verbo, sino con el alma humana y la mente. Todos saben esto quienes conocen la inmutabilidad de Tu Verbo, lo cual yo ahora conocía, tanto como podía, ni dudaba en absoluto de ello. Pues, ahora mover los miembros del cuerpo por voluntad, ahora no, ahora ser movido por algún afecto, ahora no, ahora pronunciar sentencias sabias a través de signos humanos, ahora guardar silencio, pertenece al alma y a la mente sujetas a variación. Y si estas cosas estuvieran falsamente escritas de Él, todo el resto también correría el riesgo de la acusación, ni quedaría en esos libros ninguna fe salvadora para la humanidad. Puesto que fueron escritas verdaderamente, reconocí a un hombre perfecto en Cristo; no solo el cuerpo de un hombre, ni, con el cuerpo, un alma sensible sin una racional, sino al hombre verdadero; a quien, no solo como siendo una forma de la Verdad, sino por cierta gran excelencia de la naturaleza humana y una participación más perfecta de la sabiduría, juzgué que debía ser preferido ante los demás. Pero Alipio imaginaba que los Católicos creían que Dios estaba tan revestido de carne, que, además de Dios y la carne, no había alma alguna en Cristo, y no pensaba que se le atribuyera una mente humana. Y porque estaba bien persuadido de que las acciones registradas de Él solo podían ser realizadas por una criatura vital y racional, se movió más lentamente hacia la Fe Cristiana. Pero entendiendo después que este era el error de los herejes apolinaristas, se alegró y se conformó a la Fe Católica. Pero algo más tarde, confieso, aprendí cómo en aquel dicho, El Verbo fue hecho carne, la verdad católica se distingue de la falsedad de Fotino. Pues el rechazo de los herejes hace que los dogmas de Tu Iglesia y la sana doctrina resalten más claramente. Pues también debe haber herejías, para que los aprobados se manifiesten entre los débiles.
Pero habiendo leído entonces aquellos libros de los platónicos, y de allí habiendo aprendido a buscar la verdad incorpórea, vi Tus cosas invisibles, comprendidas por aquellas cosas que han sido hechas; y aunque rechazado, percibí qué era aquello que a través de la oscuridad de mi mente me impedía contemplar, estando asegurado "De que Tú eras, y eras infinito, y sin embargo no difundido en el espacio, finito o infinito; y que Tú verdaderamente eres Quien eres el mismo siempre, no variando en ninguna parte ni movimiento; y que todas las demás cosas son de Ti, sobre este fundamento más seguro únicamente, que son". De estas cosas estaba asegurado, aunque demasiado inseguro para disfrutar de Ti. Charlaba como alguien muy experto; pero si no hubiera buscado Tu camino en Cristo nuestro Salvador, habría demostrado ser, no experto, sino muerto. Pues ya había comenzado a querer parecer sabio, estando lleno de mi propio castigo, sin embargo no lloraba, sino que más bien despreciaba, engreído con el conocimiento. ¿Pues dónde estaba aquella caridad edificando sobre el fundamento de la humildad, que es Cristo Jesús? ¿o cuándo me enseñarían esto esos libros? Sobre estos, creo, quisiste por tanto que cayera, antes de que estudiara Tus Escrituras, para que pudiera imprimirse en mi memoria cómo me afectaban; y que después, cuando mis ánimos fueran domados a través de Tus libros, y mis heridas tocadas por Tus dedos sanadores, pudiera discernir y distinguir entre la presunción y la confesión; entre aquellos que veían adónde debían ir, pero no veían el camino, y el camino que lleva no solo a contemplar, sino a habitar en la patria beatífica. Pues si primero hubiera sido formado en Tus Sagradas Escrituras, y Tú hubieras llegado a ser dulce para mí en el uso familiar de ellas, y entonces hubiera caído en aquellos otros volúmenes, quizás me habrían retirado del fundamento sólido de la piedad, o, si hubiera continuado en ese estado saludable que había imbibido de ellas, podría haber pensado que se podría haber obtenido mediante el estudio de aquellos libros solamente.
Con la mayor avidez, pues, me apoderé de aquel venerable escrito de Tu Espíritu; y principalmente del Apóstol Pablo. Por lo cual aquellas dificultades se desvanecieron, en las que una vez me pareció contradecirse a sí mismo, y que el texto de su discurso no concordaba con los testimonios de la Ley y los Profetas. Y el rostro de aquella palabra pura me apareció uno y el mismo; y aprendí a alegrarme con temblor. Así comencé; y cualquier verdad que hubiera leído en aquellos otros libros, la encontré aquí en medio de la alabanza de Tu Gracia; para que quien ve, no se gloríe como si no hubiera recibido, no solo lo que ve, sino también que ve (pues, ¿qué tiene que no haya recibido?), y para que pueda ser no solo amonestado a contemplarte a Ti, que eres siempre el mismo, sino también sanado, para sostenerte; y que el que no puede ver desde lejos, pueda sin embargo caminar por el camino, por el cual pueda llegar, y contemplarte, y sostenerte. Pues, aunque un hombre se deleite con la ley de Dios según el hombre interior, ¿qué hará con esa otra ley en sus miembros que lucha contra la ley de su mente, y lo lleva cautivo a la ley del pecado que está en sus miembros? Pues, Tú eres justo, oh Señor, pero nosotros hemos pecado y cometido iniquidad, y hemos obrado impíamente, y Tu mano se ha vuelto pesada sobre nosotros, y somos justamente entregados a aquel antiguo pecador, el rey de la muerte; porque persuadió a nuestra voluntad para que fuera como la suya, por la cual no permaneció en Tu verdad. ¿Qué hará el hombre desgraciado? ¿quién lo librará del cuerpo de su muerte, sino solo Tu Gracia, a través de Jesucristo nuestro Señor, a quien engendraste coeterno, y formaste en el principio de Tus caminos, en quien el príncipe de este mundo no halló nada digno de muerte, y sin embargo lo mató, y el acta de los decretos, que nos era contraria, fue borrada? Esto no lo contienen aquellos escritos. Aquellas páginas no presentan la imagen de esta piedad, las lágrimas de la confesión, Tu sacrificio, un espíritu atribulado, un corazón contrito y humillado, la salvación del pueblo, la Ciudad Nupcial, las arras del Espíritu Santo, la Copa de nuestra Redención. Nadie canta allí: ¿No estará sometida mi alma a Dios? porque de Él viene mi salvación. Porque Él es mi Dios y mi salvación, mi guardián, no seré más movido. Nadie allí escucha que Él llame: Venid a Mí, todos los que estáis trabajados. Desprecian aprender de Él, porque es manso y humilde de corazón; pues estas cosas las has escondido de los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeñitos. Pues una cosa es, desde la escarpada cima de la montaña ver la tierra de paz, y no encontrar camino hacia ella; y en vano intentar por caminos intransitables, opuestos y acechados por fugitivos y desertores, bajo su capitán el león y el dragón: y otra es seguir por el camino que lleva hacia allí, guardado por la hueste del General celestial; donde no saquean quienes han desertado del ejército celestial; pues lo evitan, como a un tormento. Estas cosas se hundieron maravillosamente en mis entrañas, cuando leí a aquel menor de Tus Apóstoles, y había meditado sobre Tus obras, y temblé grandemente.
LIBRO VIII
Oh Dios mío, déjame, con acción de gracias, recordar y confesarte Tus misericordias sobre mí. Que mis huesos sean bañados con Tu amor, y digan ante Ti: ¿Quién es como Tú, oh Señor? Has roto mis ataduras, te ofreceré sacrificio de acción de gracias. Y cómo las has roto, lo declararé; y todos los que Te adoran, cuando escuchen esto, dirán: "Bendito sea el Señor, en el cielo y en la tierra, grande y maravilloso es su nombre". Tus palabras se habían quedado fijas en mi corazón, y yo estaba cercado por todas partes por Ti. De Tu vida eterna estaba ahora seguro, aunque la veía en figura y como por un espejo. Sin embargo, había cesado de dudar de que existía una sustancia incorruptible, de donde provenía toda otra sustancia; ni deseaba ahora estar más seguro de Ti, sino más firme en Ti. Pero respecto a mi vida temporal, todo era vacilación, y mi corazón debía ser purgado de la vieja levadura. El Camino, el Salvador mismo, me agradaba, pero todavía me retraía de andar por su estrechez. Y Tú pusiste en mi mente, y pareció bien a mis ojos, ir a Simpliciano, quien me parecía un buen siervo Tuyo; y Tu gracia resplandecía en él. Había oído también que desde su juventud había vivido muy dedicado a Ti. Ahora era entrado en años; y debido a tan gran edad pasada en tan celoso seguimiento de Tus caminos, me parecía probable que hubiera aprendido mucha experiencia; y así era. De cuyo tesoro deseaba que me dijera (exponiéndole mis ansiedades) cuál era el camino más apto para uno en mi caso para caminar en Tus senderos.
Pues veía la iglesia llena; y uno iba por este camino, y otro por aquel otro. Pero me desagradaba llevar una vida secular; sí, ahora que mis deseos ya no me inflamaban, como antaño, con esperanzas de honor y provecho, una carga muy grave era soportar tan pesada servidumbre. Pues, en comparación con Tu dulzura, y la belleza de Tu casa que yo amaba, aquellas cosas ya no me deleitaban. Pero todavía estaba cautivado por el amor de mujer; ni el Apóstol me prohibía casarme, aunque me aconsejaba algo mejor, deseando principalmente que todos los hombres fueran como él mismo era. Pero yo, siendo débil, elegí el lugar más indulgente; y debido a esto solo, era sacudido aquí y allá en todo lo demás, débil y consumido con marchitantes cuidados, porque en otros asuntos estaba constreñido contra mi voluntad a conformarme a una vida matrimonial, a la cual estaba entregado y cautivado. Había oído de la boca de la Verdad, que había algunos eunucos que se habían hecho eunucos a sí mismos por causa del reino de los cielos: pero, dice Él, el que pueda recibirlo, que lo reciba. Ciertamente vanos son todos los hombres que ignoran a Dios, y no pudieron a partir de las cosas buenas que se ven, encontrar a Aquel que es bueno. Pero yo ya no estaba en esa vanidad; la había superado; y por el testimonio común de todas Tus criaturas te había encontrado a Ti, nuestro Creador, y a Tu Verbo, Dios contigo, y juntamente contigo un solo Dios, por quien creaste todas las cosas. Existe todavía otro tipo de impíos, que conociendo a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias. En esto también había caído yo, pero Tu mano derecha me sostuvo, y me sacó de allí, y Tú me colocaste donde pudiera recuperarme. Pues Tú has dicho al hombre: He aquí, el temor del Señor es la sabiduría, y, No desees parecer sabio; porque aquellos que se afirmaban a sí mismos como sabios, se hicieron necios. Pero yo ya había encontrado la perla preciosa, la cual, vendiendo todo lo que tenía, debería haber comprado, y dudaba.
Acudí entonces a Simpliciano, el padre en la recepción de Tu gracia de Ambrosio (ahora obispo), y a quien Ambrosio amaba verdaderamente como a un padre. A él le relaté los laberintos de mis extravíos. Pero cuando mencioné que había leído ciertos libros de los platónicos, que Victorino, antiguo profesor de retórica en Roma (quien, según había oído, había muerto cristiano), había traducido al latín, él manifestó su alegría de que no hubiera caído en los escritos de otros filósofos, llenos de falacias y engaños, según los rudimentos de este mundo, mientras que los platónicos conducían de muchas maneras a la creencia en Dios y en Su Palabra. Luego, para exhortarme a la humildad de Cristo, oculta a los sabios y revelada a los pequeños, me habló del propio Victorino, a quien había conocido íntimamente mientras estuvo en Roma, y de él me relató lo que no ocultaré. Pues contiene una gran alabanza a Tu gracia, digna de ser confesada ante Ti, cómo aquel anciano, sumamente docto y experto en las ciencias liberales, y que había leído y sopesado tantas obras de los filósofos; el instructor de tantos senadores nobles, quien además, como monumento a su excelente desempeño en el cargo, había (lo cual los hombres de este mundo estiman un gran honor) merecido y obtenido una estatua en el Foro Romano; él, hasta esa edad adorador de ídolos y partícipe de los ritos sacrílegos a los que casi toda la nobleza de Roma estaba entregada, y que había inspirado al pueblo el amor por
Anubis, deidad ladradora, y todos los dioses monstruosos de todo tipo, que lucharon contra Neptuno, Venus y Minerva:
a quienes Roma una vez conquistó y ahora adoraba; todo lo cual el anciano Victorino había defendido durante tantos años con atronadora elocuencia; él, ahora, no se avergonzaba de ser hijo de Tu Cristo y recién nacido de Tu fuente; sometiendo su cuello al yugo de la humildad y subyugando su frente al oprobio de la Cruz.
¡Oh Señor, Señor, Tú que inclinaste los cielos y descendiste, que tocaste los montes y humearon!, ¿por qué medios te introdujiste en aquel pecho? Él solía leer (según decía Simpliciano) la Sagrada Escritura, estudiaba y escudriñaba con gran esmero todos los escritos cristianos, y decía a Simpliciano (no abiertamente, sino en privado y como amigo): "Entiende que ya soy cristiano". A lo cual él respondía: "No lo creeré, ni te contaré entre los cristianos, a menos que te vea en la Iglesia de Cristo". El otro, bromeando, replicaba: "¿Es que las paredes hacen a los cristianos?". Y esto decía a menudo, que ya era cristiano; y Simpliciano le hacía con igual frecuencia la misma respuesta, y la ocurrencia de las "paredes" era renovada por el otro con la misma insistencia. Pues temía ofender a sus amigos, orgullosos adoradores de demonios, desde cuya altura de dignidad babilónica, como cedros del Líbano que el Señor aún no había derribado, suponía que caería sobre él el peso de la enemistad. Pero después de que, mediante la lectura y la reflexión ferviente, hubo cobrado firmeza, y temiendo ser negado por Cristo ante los santos ángeles si ahora temía confesarle ante los hombres, y pareciéndole a sí mismo culpable de una grave ofensa al avergonzarse de los sacramentos de la humildad de Tu Palabra y no avergonzarse de los ritos sacrílegos de aquellos orgullosos demonios, cuyo orgullo había imitado y cuyos ritos adoptado, se volvió de rostro audaz contra la vanidad y de rostro avergonzado hacia la verdad, y súbita e inesperadamente dijo a Simpliciano (según me contó él mismo): "Vamos a la Iglesia; deseo ser hecho cristiano". Pero él, que no cabía en sí de gozo, fue con él. Y habiendo sido admitido al primer Sacramento y convertido en catecúmeno, no mucho después dio su nombre para ser regenerado por el bautismo, mientras Roma se maravillaba y la Iglesia se regocijaba. Los orgullosos vieron y se enfurecieron; rechinaron los dientes y se deshicieron. Pero el Señor Dios fue la esperanza de Tu siervo, y él no miró a las vanidades y a la locura mentirosa.
Para concluir, cuando llegó la hora de hacer profesión de su fe (la cual en Roma aquellos que están a punto de acercarse a Tu gracia entregan desde un lugar elevado, a la vista de todos los fieles, en una forma establecida de palabras confiadas a la memoria), los presbíteros, dijo, ofrecieron a Victorino (como se hacía con aquellos que parecían susceptibles de alarmarse por timidez) hacer su profesión en privado: pero él prefirió profesar su salvación en presencia de la santa multitud. "Pues no era la salvación lo que enseñaba en retórica, y sin embargo la había profesado públicamente: ¡cuánto menos debería él, al pronunciar Tu palabra, temer a Tu manso rebaño, cuando al pronunciar sus propias palabras no había temido a una multitud enloquecida!". Cuando, pues, subió a hacer su profesión, todos, al reconocerle, se susurraban el nombre unos a otros con voz de felicitación. ¿Y quién allí no le conocía? Y corrió un murmullo bajo por todas las bocas de la multitud regocijada: ¡Victorino! ¡Victorino! Súbito fue el estallido de arrebato al verle; súbitamente callaron para poder escucharle. Pronunció la verdadera fe con una excelencia audaz, y todos desearon atraerle hacia su mismo corazón; sí, con su amor y su alegría le atrajeron allí, tales fueron las manos con que le atrajeron.
¡Buen Dios! ¿Qué sucede en el hombre para que se regocije más por la salvación de un alma desesperada, rescatada de un peligro mayor, que si siempre hubiera habido esperanza de ella, o el peligro hubiera sido menor? Pues así también Tú, Padre misericordioso, te regocijas más por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento. Y con mucha alegría oímos, cuantas veces oímos, con qué gozo la oveja que se había extraviado es traída de vuelta sobre los hombros del pastor, y la moneda es devuelta a Tu tesoro, regocijándose las vecinas con la mujer que la halló; y el gozo del servicio solemne de Tu casa fuerza a las lágrimas, cuando en Tu casa se lee acerca de Tu hijo menor, que estaba muerto y vuelve a vivir; que se había perdido y es hallado. Pues Tú te regocijas en nosotros, y en Tus santos ángeles, santos por medio de la santa caridad. Pues Tú eres siempre el mismo; porque todas las cosas que no permanecen iguales ni para siempre, Tú, por siempre, las conoces de la misma manera.
¿Qué sucede, pues, en el alma cuando se deleita más al encontrar o recuperar las cosas que ama, que si siempre las hubiera tenido? Sí, y otras cosas dan testimonio de esto; y todas las cosas están llenas de testigos que gritan: "Así es". El comandante victorioso triunfa; mas no habría vencido de no haber luchado; y cuanto mayor fue el peligro en la batalla, tanto mayor es el gozo en el triunfo. La tormenta sacude a los marineros, amenaza naufragio; todos palidecen ante la muerte cercana; el cielo y el mar se calman, y se llenan de un gozo extraordinario, como habiendo sentido un miedo extraordinario. Un amigo está enfermo y su pulso amenaza peligro; todos los que anhelan su recuperación enferman de espíritu con él. Es restaurado, aunque todavía no camine con su fuerza anterior; mas hay tal gozo, como no lo había cuando antes caminaba sano y fuerte. Sí, incluso los placeres de la vida humana los adquieren los hombres a través de dificultades, no solo aquellos que nos sobrevienen inesperadamente y contra nuestra voluntad, sino incluso mediante problemas elegidos voluntariamente y buscados por placer. El comer y el beber no tienen placer a menos que precedan el pellizco del hambre y la sed. Los hombres dados a la bebida comen ciertos alimentos salados para procurarse un calor molesto, que la bebida, al aliviarlo, causa placer. También se ordena que la novia desposada no sea entregada de inmediato, no sea que como esposo desprecie a quien, como prometida, no suspiró por ella.
Esta ley rige en el gozo vil y maldito; esta en el gozo permitido y lícito; esta en la más pura perfección de la amistad; esta, en aquel que estaba muerto y volvió a vivir; que se había perdido y fue hallado. Por todas partes, el mayor gozo es precedido por el mayor dolor. ¿Qué significa esto, oh Señor Dios mío, siendo Tú eternamente gozo para Ti mismo, y algunas cosas alrededor de Ti se regocijan siempre en Ti? ¿Qué significa esto, que esta porción de las cosas suba y baje alternativamente, disgustada y reconciliada? ¿Es esta su medida asignada? ¿Es esto todo lo que les has asignado, mientras que desde los cielos más altos hasta la tierra más baja, desde el principio del mundo hasta el fin de las edades, desde el ángel hasta el gusano, desde el primer movimiento hasta el último, Tú colocas a cada uno en su lugar y realizas a cada uno en su tiempo, cada cosa buena según su especie? ¡Ay de mí! ¡Cuán alto estás en las alturas, y cuán profundo en las profundidades! Y nunca te alejas, y nosotros apenas volvemos a Ti.
Levántate, Señor, y actúa; despiértanos y llámanos; enciende y atrae; inflama, sé dulce para nosotros, amemos ya, corramos. ¿No regresan a Ti, se acercan y son iluminados muchos, desde un infierno de ceguera más profundo que el de Victorino, recibiendo aquella Luz que, quienes la reciben, reciben de Ti el poder de convertirse en Tus hijos? Pero si son menos conocidos por las naciones, incluso quienes los conocen, se alegran menos por ellos. Porque cuando muchos se alegran juntos, cada uno tiene también un gozo más exuberante porque son encendidos e inflamados unos por otros. Además, porque aquellos conocidos por muchos influyen más hacia la salvación y abren camino para que muchos los sigan. Y por eso también quienes les precedieron se regocijan mucho por ellos, porque no se regocijan en ellos solos. Pues lejos esté que en Tu tabernáculo se haga acepción de personas ante los pobres, o de los nobles ante los innobles; viendo más bien que Tú has elegido lo débil del mundo para confundir a lo fuerte; y lo vil de este mundo, y lo despreciado, has elegido, y aquellas cosas que no son, para deshacer las que son. Y, sin embargo, incluso aquel menor de Tus apóstoles, por cuya lengua hiciste sonar estas palabras, cuando a través de su lucha, Paulo el procónsul, vencido su orgullo, fue hecho pasar bajo el yugo suave de Tu Cristo y se convirtió en provincial del gran Rey; él también, por su antiguo nombre Saulo, se complació en ser llamado Pablo, en testimonio de tan gran victoria. Porque el enemigo es más vencido en uno de quien tiene más dominio; por quien tiene dominio de más. Pero del orgulloso tiene más dominio a través de su nobleza; y por ellos, de más a través de su autoridad. Cuanto más bienvenido fue, pues, estimado el corazón de Victorino, que el diablo había tenido como una posesión inexpugnable, la lengua de Victorino, con la cual, arma poderosa y aguda, había matado a muchos; tanto más abundantemente deberían regocijarse Tus hijos, porque nuestro Rey ha atado al hombre fuerte, y ellos vieron sus vasos quitados de él y limpiados, y hechos aptos para Tu honor; y hechos útiles para el Señor, para toda buena obra.
Pero cuando aquel hombre Tuyo, Simpliciano, me relató esto de Victorino, me sentí arder por imitarle; pues con este mismo fin lo había relatado. Pero cuando añadió también cómo en los días del emperador Juliano se hizo una ley por la cual se prohibía a los cristianos enseñar las ciencias liberales o la oratoria; y cómo él, obedeciendo esta ley, prefirió abandonar la escuela de palabras que Tu Palabra, por la cual Tú haces elocuentes las lenguas de los mudos; me pareció no más resuelto que bienaventurado, al haber encontrado así la oportunidad de servirte solo a Ti. Cosa que yo ansiaba, atado como estaba, no con hierros ajenos, sino por mi propia voluntad de hierro. Mi voluntad la tenía el enemigo, y de allí había hecho una cadena para mí, y me había atado. Pues de una voluntad perversa se hizo una lujuria; y servida la lujuria, se convirtió en costumbre; y la costumbre no resistida, se convirtió en necesidad. Por cuyos eslabones, por así decirlo, unidos (de donde la llamé cadena), una dura esclavitud me tenía encadenado. Pero aquella nueva voluntad que había comenzado a estar en mí, de servirte libremente y desear gozarte a Ti, oh Dios, la única complacencia segura, aún no era capaz de vencer a mi antigua obstinación, fortalecida por la edad. Así, mis dos voluntades, una nueva y otra vieja, una carnal y otra espiritual, luchaban dentro de mí; y por su discordia, deshacían mi alma.
Así, comprendí por mi propia experiencia lo que había leído, cómo la carne codicia contra el espíritu y el espíritu contra la carne. Yo mismo ciertamente en ambos sentidos; mas más yo mismo en lo que aprobaba en mí, que en lo que en mí desaprobaba. Pues en esto último, ya en su mayor parte no era yo mismo, porque en mucho más bien sufría contra mi voluntad, que actuaba voluntariamente. Y sin embargo, fue a través de mí que la costumbre había obtenido este poder de guerrear contra mí, porque había venido voluntariamente, adonde no quería. ¿Y quién tiene derecho a hablar en contra si el justo castigo sigue al pecador? Ni tenía ya mi antigua excusa, de que por eso aún dudaba de estar por encima del mundo y servirte, porque la verdad no me era del todo confirmada; pues ahora ya lo era. Pero yo, aún bajo el servicio a la tierra, me negaba a luchar bajo Tu estandarte, y temía tanto ser liberado de todas las cargas, como deberíamos temer estar cargados con ellas. Así, con el equipaje de este mundo presente, era retenido placenteramente, como en un sueño: y los pensamientos en los que meditaba en Ti eran como los esfuerzos de quienes quieren despertar, quienes, sin embargo, superados por una pesada modorra, son nuevamente empapados en ella. Y como nadie querría dormir para siempre, y en el juicio sobrio de todos los hombres despertar es mejor, sin embargo, el hombre en su mayor parte, sintiendo un pesado letargo en todos sus miembros, difiere sacudirse el sueño, y aunque medio disgustado, sin embargo, aun después de que es hora de levantarse, con placer cede a él, así estaba yo asegurado de que mucho mejor sería para mí entregarme a Tu caridad, que entregarme a mi propia codicia; pero aunque el primer camino me satisfacía y ganaba la maestría, el segundo me complacía y me mantenía dominado. Ni tenía nada que responderte a Ti llamándome: Despierta, tú que duermes, y levántate de los muertos, y Cristo te dará luz. Y cuando Tú me mostrabas por todas partes que lo que decías era verdad, yo, convicto por la verdad, no tenía nada que responder, sino solo aquellas palabras lentas y soñolientas: "Ahora, ahora", "pronto", "déjame un poco más". Pero el "pronto, pronto" no tenía presente, y mi "un poco más" se prolongaba por mucho tiempo; en vano me deleitaba en Tu ley según el hombre interior, cuando otra ley en mis miembros se rebelaba contra la ley de mi mente, y me llevaba cautivo bajo la ley del pecado que estaba en mis miembros. Porque la ley del pecado es la violencia de la costumbre, por la cual la mente es arrastrada y retenida, incluso contra su voluntad; pero merecidamente, porque voluntariamente cayó en ella. ¿Quién, pues, me libraría, así de desdichado, del cuerpo de esta muerte, sino solo Tu gracia, a través de Jesucristo nuestro Señor?
Y cómo Tú me libraste de las ataduras del deseo, con las que estaba atado estrechísimamente a la concupiscencia carnal, y de la servidumbre de las cosas mundanas, lo declararé ahora, y confesaré ante Tu nombre, oh Señor, mi ayudador y mi redentor. En medio de una ansiedad creciente, realizaba mis negocios acostumbrados y suspiraba diariamente hacia Ti. Asistía a Tu Iglesia, siempre que estaba libre de los negocios bajo cuya carga gemía. Alipio estaba conmigo, ahora liberado de sus asuntos legales tras la tercera sesión, y esperando a quién vender su consejo, como yo vendía la destreza de hablar, si es que la enseñanza puede impartirla. Nebridio había accedido ahora, en consideración a nuestra amistad, a enseñar bajo Verecundus, ciudadano y gramático de Milán, y muy íntimo amigo de todos nosotros; quien deseaba urgentemente, y por derecho de amistad reclamaba de nuestra compañía, tal ayuda fiel como la que necesitaba grandemente. Nebridio, pues, no fue atraído a esto por ningún deseo de ventaja (pues podría haber sacado mucho más de su saber si lo hubiera deseado), sino como un amigo muy amable y gentil, no quiso faltar a un buen servicio y despreciar nuestra petición. Pero actuó aquí con mucha discreción, evitando ser conocido por personajes grandes según este mundo, evitando la distracción mental que de ello se sigue, y deseando tenerla libre y desocupada, tantas horas como pudiera, para buscar, o leer, o escuchar algo referente a la sabiduría.
Un día, pues, estando ausente Nebridio (no recuerdo por qué), he aquí que vinieron a verme a mí y a Alipio un tal Ponticiano, compatriota nuestro en cuanto a ser africano, con un alto cargo en la corte del Emperador. Qué quería con nosotros, no lo sé, pero nos sentamos a conversar, y sucedió que sobre una mesa para algún juego, ante nosotros, observó un libro, lo tomó, abrió y, contra su expectativa, encontró al apóstol Pablo; pues pensaba que era alguno de aquellos libros con los que me desgastaba enseñando. Ante lo cual, sonriendo y mirándome, expresó su alegría y asombro de que hubiera encontrado de repente este libro, y solo este, ante mis ojos. Pues él era cristiano, y bautizado, y a menudo se postraba ante Ti, nuestro Dios, en la Iglesia, en frecuentes y continuas oraciones. Cuando entonces le dije que dedicaba grandes esfuerzos a aquellas Escrituras, surgió una conversación (sugerida por su relato) sobre Antonio, el monje egipcio: cuyo nombre gozaba de gran reputación entre Tus siervos, aunque hasta aquella hora desconocido para nosotros. Lo cual, al descubrirlo, se detuvo más en aquel tema, informándonos y maravillándose de nuestra ignorancia sobre alguien tan eminente. Pero nosotros permanecimos asombrados, escuchando Tus obras maravillosas plenamente atestiguadas, en tiempos tan recientes, y casi en los nuestros, realizadas en la verdadera fe y la Iglesia Católica. Todos nos maravillamos; nosotros, de que fueran tan grandes, y él, de que no hubieran llegado a nosotros.
Desde allí, su discurso se volvió hacia los rebaños en los monasterios y sus santos caminos, un aroma de dulce fragancia ante Ti, y los fructíferos desiertos de la soledad, de los cuales nada sabíamos. Y había un monasterio en Milán, lleno de buenos hermanos, extramuros de la ciudad, bajo el cuidado protector de Ambrosio, y nosotros no lo sabíamos. Él prosiguió con su relato, y nosotros escuchamos en atento silencio. Nos contó entonces cómo una tarde en Tréveris, cuando el Emperador estaba ocupado con los juegos del circo, él y otros tres, sus compañeros, salieron a pasear por los jardines cercanos a las murallas de la ciudad, y allí, como sucedía que caminaban en parejas, uno se apartó con él y los otros dos se alejaron por su cuenta; y estos, en su deambular, dieron con una pequeña choza habitada por ciertos siervos Tuyos, pobres de espíritu, de quienes es el reino de los cielos, y allí encontraron un librito que contenía la vida de Antonio. Uno de ellos comenzó a leerlo, a admirarse y a encenderse con él; y mientras leía, a meditar sobre emprender tal vida y abandonar su servicio secular para servirte a Ti. Y estos dos eran de aquellos a quienes llaman agentes de los asuntos públicos. Entonces, de repente, lleno de un santo amor y una sobria vergüenza, con ira hacia sí mismo, dirigió la mirada a su amigo, diciendo: "Dime, te lo ruego, ¿qué alcanzaríamos con todos estos trabajos nuestros? ¿A qué aspiramos? ¿Para qué servimos? ¿Pueden nuestras esperanzas en la corte elevarse más que a ser los favoritos del Emperador? Y en esto, ¿qué hay que no sea frágil y esté lleno de peligros? ¿Y a través de cuántos peligros llegamos a un peligro mayor? ¿Y cuándo llegamos allí? Pero si deseo ser amigo de Dios, lo soy ahora mismo". Así habló él. Y con el dolor del parto de una nueva vida, volvió sus ojos de nuevo al libro, y siguió leyendo, y fue transformado interiormente, donde Tú veías, y su mente se despojó del mundo, como pronto quedó de manifiesto. Pues mientras leía y revolvía las olas de su corazón, se enfureció consigo mismo por un momento, luego discernió y decidió un camino mejor; y ya siendo Tuyo, dijo a su amigo: "Ahora me he liberado de esas esperanzas nuestras y estoy resuelto a servir a Dios; y esto, desde esta hora, en este lugar, comienzo. Si no te agrada imitarme, no te opongas". El otro respondió que se adheriría a él, para participar de tan gloriosa recompensa, de tan glorioso servicio. Así, ambos siendo ya Tuyos, edificaban la torre al costo necesario, abandonando todo lo que tenían y siguiéndote a Ti. Entonces Potenciano y el otro que estaba con él, que habían caminado por otras partes del jardín, fueron en su búsqueda al mismo lugar; y al encontrarlos, les recordaron que debían regresar, pues el día estaba ya muy avanzado. Pero ellos, relatando su resolución y propósito, y cómo esa voluntad había comenzado y se había asentado en ellos, les rogaron que, si no querían unirse, no los molestaran. Pero los otros, aunque nada cambiados de quienes eran antes, sin embargo, se lamentaron (como él afirmó) y los felicitaron piadosamente, encomendándose a sus oraciones; y así, con los corazones aún en la tierra, se fueron al palacio. Pero los otros dos, fijando su corazón en el cielo, permanecieron en la choza. Y ambos tenían novias prometidas, quienes, al enterarse de esto, también dedicaron su virginidad a Dios.
Tal fue la historia de Potenciano; pero Tú, oh Señor, mientras él hablaba, me volviste hacia mí mismo, tomándome de detrás de mi espalda, donde yo me había colocado, no queriendo observarme; y poniéndome ante mi rostro, para que pudiera ver cuán inmundo era, cuán torcido y manchado, lleno de suciedad y ulceroso. Y miré y quedé horrorizado; y no encontré adónde huir de mí mismo. Y si intentaba apartar mi ojo de mí mismo, él continuaba con su relato, y Tú me ponías de nuevo frente a mí, y me empujabas ante mis ojos, para que pudiera descubrir mi iniquidad y odiarla. La había conocido, pero fingía no verla, la ignoraba y la olvidaba.
Pero ahora, cuanto más ardientemente amaba a aquellos cuyos afectos saludables oía que se habían entregado totalmente a Ti para ser curados, más me aborrecía a mí mismo al compararme con ellos. Pues muchos de mis años (unos doce) habían transcurrido ya desde mis diecinueve, cuando, tras la lectura del Hortensius de Cicerón, me sentí movido a un amor ferviente por la sabiduría; y todavía seguía postergando el rechazar la mera felicidad terrenal y entregarme a buscar aquello cuya búsqueda misma, no solo su hallazgo, debía ser preferida a los tesoros y reinos del mundo, aun habiéndolos ya encontrado, y a los placeres del cuerpo, aun teniéndolos extendidos a mi voluntad. Pero yo, miserable, el más miserable, en el mismo comienzo de mi temprana juventud, te había pedido castidad y dije: "Dame castidad y continencia, pero no todavía". Pues temía que me escucharas pronto y pronto me curaras de la enfermedad de la concupiscencia, que deseaba más ver satisfecha que extinguida. Y había vagado por caminos tortuosos en una superstición sacrílega, no ciertamente convencido de ella, sino prefiriéndola a otras que no buscaba religiosamente, sino que combatía maliciosamente.
Y había pensado que por eso postergaba día tras día el rechazar las esperanzas de este mundo y seguirte solo a Ti, porque no aparecía nada cierto hacia donde dirigir mi rumbo. Y ahora había llegado el día en que yo debía quedar al descubierto ante mí mismo, y mi conciencia debía reprenderme. "¿Dónde estás ahora, lengua mía? Dijiste que por una verdad incierta no querías desechar el equipaje de la vanidad; ahora, es cierto, y sin embargo, esa carga todavía te oprime, mientras que ellos, que no se han desgastado tanto buscándola, ni durante diez años y más han estado pensando en ello, han visto aligerados sus hombros y han recibido alas para volar". Así era roído por dentro, y sobremanera confundido con una horrible vergüenza, mientras Potenciano hablaba. Y él, habiendo terminado su relato y el asunto por el que había venido, se marchó; y yo hacia mí mismo. ¿Qué no dije contra mí mismo? ¡Con qué azotes de condenación no fustigué a mi alma para que me siguiera, esforzándome por ir tras Ti! Sin embargo, se retraía; se negaba, pero no se excusaba. Todos los argumentos estaban agotados y refutados; quedaba un mudo encogimiento; y ella temía, como a la muerte, ser privada del flujo de esa costumbre, por la cual se estaba consumiendo hasta morir.
Entonces, en esta gran contención de mi morada interior, que yo había levantado fuertemente contra mi alma, en la cámara de mi corazón, turbado en mente y semblante, me volví hacia Alipio. "¿Qué nos sucede?", exclamo: "¿qué es esto? ¿Qué escuchaste? Los ignorantes se levantan y toman el cielo por la fuerza, y nosotros con nuestra ciencia, y sin corazón, ¡mira dónde nos revolcamos en carne y sangre! ¿Nos avergüenza seguir porque otros se han adelantado, y no nos avergüenza ni siquiera no seguir?". Algunas palabras así pronuncié, y mi fiebre mental me arrancó de él, mientras él, mirándome con asombro, guardaba silencio. Pues no era mi tono habitual; y mi frente, mis mejillas, mis ojos, mi color, mi tono de voz expresaban mi mente más que las palabras que pronuncié. Había un pequeño jardín junto a nuestro alojamiento, del cual podíamos hacer uso, como de toda la casa; pues el dueño de la casa, nuestro hospedador, no vivía allí. Hacia allí me había arrastrado el tumulto de mi pecho, donde nadie pudiera estorbar la acalorada contención en la que me había enfrascado conmigo mismo, hasta que terminara como Tú sabías, y yo no. Solo que estaba saludablemente distraído y muriendo, para vivir; sabiendo qué cosa mala era, y no sabiendo qué cosa buena pronto llegaría a ser. Me retiré entonces al jardín, y Alipio, tras mis pasos. Pues su presencia no disminuía mi privacidad; ¿o cómo podría abandonarme tan perturbado? Nos sentamos lo más lejos posible de la casa. Estaba turbado en espíritu, muy vehementemente indignado por no entrar en Tu voluntad y pacto, oh Dios mío, en el cual todos mis huesos me gritaban que entrara, y lo alababan hasta los cielos. Y en él no entramos por barcos, ni carros, ni pies, no, no nos movemos tan lejos como yo había venido de la casa al lugar donde estábamos sentados. Pues, no solo ir, sino entrar allí no era otra cosa que querer ir, pero querer resuelta y profundamente; no dar vueltas y vueltas, aquí y allá, una voluntad mutilada y medio dividida, luchando, con una parte hundiéndose mientras otra se alzaba.
Por último, en la misma fiebre de mi irresolución, hice con mi cuerpo muchos movimientos tales como los hombres a veces quieren, pero no pueden, si no tienen los miembros, o estos están atados con ligaduras, debilitados por la enfermedad o de alguna otra manera impedidos. Así, si me tiraba del cabello, me golpeaba la frente, si entrelazando mis dedos apretaba mis rodillas; yo quería, yo lo hacía. Pero podría haber querido y no haberlo hecho; si el poder de movimiento en mis miembros no hubiera obedecido. Tantas cosas entonces hice, cuando "querer" no era en sí mismo "poder"; y no hacía lo que anhelaba incomparablemente más hacer, y lo que poco después, cuando quisiera, sería capaz de hacer; porque poco después, cuando quisiera, querría plenamente. Pues en estas cosas la capacidad era una con la voluntad, y querer era hacer; y sin embargo no se hacía: y más fácilmente obedecía mi cuerpo al más débil deseo de mi alma, moviendo sus miembros a su asentimiento, que el alma se obedecía a sí misma para cumplir en la voluntad sola este su trascendental querer.
¿De dónde viene esta monstruosidad? ¿Y con qué fin? Que brille Tu misericordia para que pueda preguntar, si es que acaso las penas secretas de los hombres, y esos dolores más oscuros de los hijos de Adán, pueden tal vez responderme. ¿De dónde esta monstruosidad? ¿Y con qué fin? La mente ordena al cuerpo, y este obedece al instante; la mente se ordena a sí misma, y es resistida. La mente ordena a la mano que se mueva; y tal prontitud hay, que el mandato apenas se distingue de la obediencia. Sin embargo, la mente es mente, la mano es cuerpo. La mente ordena a la mente, a sí misma, que quiera, y sin embargo no lo hace. ¿De dónde esta monstruosidad? ¿Y con qué fin? Se ordena a sí misma, digo, que quiera, y no ordenaría, a menos que quisiera, y lo que ordena no se hace. Pero no quiere enteramente: por eso no ordena enteramente. Pues en la medida en que quiere, ordena: y, en la medida en que no quiere, la cosa ordenada no se hace. Pues la voluntad ordena que haya una voluntad; no otra, sino ella misma. Pero no ordena enteramente, por tanto lo que ordena, no es. Pues si la voluntad fuera entera, ni siquiera ordenaría que sea, porque ya sería. No es, pues, monstruosidad querer en parte y no querer en parte, sino una enfermedad de la mente, que no se eleva totalmente, llevada por la verdad, abatida por la costumbre. Y por eso hay dos voluntades, porque una de ellas no es entera: y lo que a una le falta, la otra lo tiene.
Que perezcan de Tu presencia, oh Dios, como perecen los vanos habladores y seductores del alma: quienes, observando que al deliberar había dos voluntades, afirman que hay dos mentes en nosotros de dos clases, una buena, otra mala. Ellos mismos son verdaderamente malos cuando sostienen estas cosas malas; y ellos mismos se volverán buenos cuando sostengan la verdad y asientan a la verdad, para que Tu Apóstol pueda decirles: "Fuisteis en otro tiempo tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor". Pero ellos, deseando ser luz, no en el Señor, sino en sí mismos, imaginando que la naturaleza del alma es la que es Dios, se convierten en tinieblas más espesas a través de una terrible arrogancia; porque se alejaron más lejos de Ti, la verdadera Luz que ilumina a todo hombre que viene al mundo. Prestad atención a lo que decís, y sonrojaos de vergüenza: acercaos a Él y sed iluminados, y vuestros rostros no se avergonzarán. Yo mismo, cuando deliberaba sobre servir al Señor mi Dios ahora, como hacía tiempo me había propuesto, era yo quien quería, yo quien no quería, yo, yo mismo. Ni quería enteramente, ni no quería enteramente. Por eso estaba en lucha conmigo mismo, y desgarrado por mí mismo. Y este desgarro me sucedía contra mi voluntad, y sin embargo indicaba, no la presencia de otra mente, sino el castigo de la mía. Por tanto, no era ya yo quien lo obraba, sino el pecado que habitaba en mí; el castigo de un pecado más libremente cometido, en cuanto que era hijo de Adán.
Pues si hubiera tantas naturalezas contrarias como voluntades en conflicto, ya no habría dos solamente, sino muchas. Si un hombre delibera si debe ir a su conventículo o al teatro, estos maniqueos gritan: "He aquí, hay dos naturalezas: una buena, tira hacia este lado; otra mala, tira hacia aquel lado". Pues, ¿de dónde si no esta vacilación entre voluntades en conflicto? Pero yo digo que ambas son malas: la que tira hacia ellos, como la que tira hacia el teatro. Pero ellos no creen que sea otra que buena la voluntad que tira hacia ellos. ¿Qué entonces si uno de nosotros deliberara, y en medio de la lucha de sus dos voluntades estuviera en un aprieto, si debía ir al teatro o a nuestra iglesia? ¿No estarían estos maniqueos también en un aprieto sobre qué responder? Pues o deben confesar (lo que no querrían) que la voluntad que conduce a nuestra iglesia es buena, tanto como la de ellos, que han recibido y están retenidos por los misterios de la suya: o deben suponer dos naturalezas malas, y dos almas malas en conflicto en un hombre, y no será verdad lo que dicen, que hay una buena y otra mala; o deben convertirse a la verdad, y no negar más que donde uno delibera, un alma fluctúa entre voluntades contrarias.
Que no digan más entonces, cuando perciben dos voluntades en conflicto en un hombre, que el conflicto es entre dos almas contrarias, de dos sustancias contrarias, de dos principios contrarios, uno bueno y otro malo. Pues Tú, oh verdadero Dios, los refutas, los reprimes y los convences; como cuando, siendo ambas voluntades malas, uno delibera si debe matar a un hombre con veneno o con la espada; si debe apoderarse de esta o aquella propiedad ajena, cuando no puede ambas; si debe comprar placer con el lujo, o guardar su dinero por codicia; si debe ir al circo o al teatro, si ambos están abiertos en un mismo día; o en tercer lugar, robar la casa de otro, si tiene la oportunidad; o, en cuarto lugar, cometer adulterio, si al mismo tiempo tiene los medios para ello; todas estas reuniéndose en la misma coyuntura de tiempo, y siendo todas igualmente deseadas, lo cual no puede ser actuado al mismo tiempo: pues desgarran la mente en medio de cuatro, o incluso (en medio de la vasta variedad de cosas deseadas) más, voluntades en conflicto, ni alegan todavía que hay tantas sustancias diversas. Así también en las voluntades que son buenas. Pues les pregunto, ¿es bueno complacerse en leer al Apóstol? ¿O es bueno complacerse en un sobrio Salmo? ¿O es bueno discurrir sobre el Evangelio? Ellos responderán a cada uno: "es bueno". ¿Qué entonces si todos dan igual placer, y todos a la vez? ¿No distraen las diversas voluntades a la mente, mientras él delibera cuál debería elegir antes? sin embargo, todas son buenas, y están en desacuerdo hasta que una sea elegida, hacia donde pueda ser llevada la voluntad única y entera, que antes estaba dividida en muchas. Así también, cuando arriba la eternidad nos deleita, y el placer del bien temporal nos retiene abajo, es la misma alma la que no quiere esto o aquello con una voluntad entera; y por tanto es desgarrada con graves perplejidades, mientras fuera de la verdad pone esto primero, pero por costumbre no deja aquello de lado.
Así de enfermo estaba mi espíritu, y atormentado, acusándome mucho más severamente de lo habitual, revolcándome y girando en mi cadena, hasta que fuera totalmente rota, por la cual ahora apenas, pero todavía, era retenido. Y Tú, oh Señor, me apremiabas en mis partes íntimas con una severa misericordia, redoblando los azotes del miedo y la vergüenza, no fuera que cediera de nuevo, y al no romper ese mismo leve lazo restante, este recuperara fuerzas y me atara con más fuerza. Pues decía conmigo mismo: "Que se haga ahora, que se haga ahora". Y mientras hablaba, estuve a punto de ejecutarlo: estuve a punto de hacerlo, y no lo hice: sin embargo, no me hundí de nuevo a mi estado anterior, sino que mantuve mi posición muy cerca, y tomé aliento. Y lo intenté de nuevo, y me faltó un poco menos para ello, y un poco menos, y estuve a punto de tocarlo y asirlo; y sin embargo no llegué a ello, ni toqué ni así; dudando de morir a la muerte y vivir a la vida: y lo peor a lo que estaba acostumbrado prevalecía más en mí que lo mejor a lo que no estaba acostumbrado: y en el mismo momento en que iba a ser otro de lo que era, cuanto más se acercaba, mayor horror me causaba; sin embargo, no me rechazó, ni me alejó, sino que me mantuvo en suspenso.
Los juguetes mismos de los juguetes, y vanidades de vanidades, mis antiguas amantes, todavía me retenían; tiraban de mi vestidura de carne y susurraban suavemente: "¿Nos echas de menos? ¿Y desde ese momento ya no estaremos más contigo para siempre? ¿Y desde ese momento no será esto o aquello lícito para ti para siempre?". ¿Y qué era lo que sugerían en eso que yo decía, "esto o aquello", qué sugerían, oh Dios mío? Que Tu misericordia lo aparte del alma de Tu siervo. ¡Qué inmundicias sugerían! ¡Qué vergüenza! Y ahora las escuchaba mucho menos de la mitad, y no mostrándose abiertamente y contradiciéndome, sino murmurando como detrás de mi espalda, y tirando secretamente de mí, mientras me iba, solo para que las mirara. Sin embargo, me retardaban, de modo que dudaba en romper y sacudirme libre de ellas, y saltar hacia donde era llamado; una violenta costumbre diciéndome: "¿Crees que puedes vivir sin ellas?".
Mas ahora hablaba con mucha debilidad. Porque hacia aquel lado hacia donde había vuelto mi rostro, y hacia donde temía ir, se me apareció la casta dignidad de la Continencia, serena, aunque no floja, alegre, atrayéndome honestamente a venir y no dudar; y extendiendo sus santas manos para recibirme y abrazarme, llenas de multitudes de buenos ejemplos: allí había tantos jóvenes y doncellas, una multitud de juventud y de toda edad, viudas graves y vírgenes ancianas; y la Continencia misma en todos, no estéril, sino una madre fructífera de hijos de gozos, por Ti, su Esposo, oh Señor. Y me sonreía con una burla persuasiva, como si dijera: "¿No puedes tú lo que estos jóvenes, lo que estas doncellas pueden? ¿O es que ellos pueden por sí mismos, y no más bien en el Señor su Dios? El Señor su Dios me dio a ellos. ¿Por qué te mantienes en ti mismo y así no te mantienes? Tírate sobre Él, no temas, Él no se retirará para que caigas; tírate sin miedo sobre Él, Él te recibirá y te sanará". Y me sonrojé sobremanera, pues aún escuchaba el murmullo de aquellos juguetes, y pendía en suspenso. Y ella pareció decir de nuevo: "Tapa tus oídos contra esos tus miembros inmundos en la tierra, para que sean mortificados. Ellos te hablan de deleites, pero no como lo hace la ley del Señor tu Dios". Esta controversia en mi corazón era solo yo contra mí mismo. Pero Alipio, sentado muy cerca de mi lado, esperaba en silencio el desenlace de mi inusitada emoción.
Pero cuando una profunda consideración hubo extraído del fondo secreto de mi alma y amontonado toda mi miseria a la vista de mi corazón; surgió una poderosa tormenta, trayendo un poderoso aguacero de lágrimas. Las cuales, para poder verterlas por completo, en sus expresiones naturales, me levanté de Alipio: la soledad me fue sugerida como más adecuada para el negocio del llanto; así que me retiré tan lejos que ni siquiera su presencia pudiera ser una carga para mí. Así estaba yo entonces, y él percibió algo de ello; pues supongo que había dicho algo, en lo cual los tonos de mi voz parecían ahogados por el llanto, y por eso me había levantado. Él entonces permaneció donde estábamos sentados, sumamente asombrado. Me arrojé no sé cómo, bajo cierta higuera, dando rienda suelta a mis lágrimas; y las inundaciones de mis ojos brotaron como un sacrificio aceptable a Ti. Y, ciertamente no con estas palabras, pero con este propósito, hablé mucho ante Ti: y Tú, oh Señor, ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo, Señor, estarás airado para siempre? No recuerdes nuestras iniquidades pasadas, pues sentía que estaba preso por ellas. Envié estas palabras dolorosas: ¿Hasta cuándo, hasta cuándo, "mañana y mañana"? ¿Por qué no ahora? ¿Por qué no hay en esta hora un fin a mi impureza?
Así hablaba yo y lloraba en la más amarga contrición de mi corazón, cuando, ¡he aquí! escuché de una casa vecina una voz, como de niño o niña, no sé, cantando, y repitiendo a menudo: "Toma y lee; Toma y lee". Al instante, mi rostro cambió, comencé a pensar muy intensamente si los niños solían cantar tales palabras en algún tipo de juego: ni podía recordar haber oído algo semejante. Así que, reprimiendo el torrente de mis lágrimas, me levanté; interpretándolo como nada menos que un mandato de Dios para abrir el libro y leer el primer capítulo que encontrara. Pues había oído acerca de Antonio, que al entrar durante la lectura del Evangelio, recibió la advertencia, como si lo que se estaba leyendo le fuera dicho a él: Ve, vende todo lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo, y ven y sígueme: y por tal oráculo fue inmediatamente convertido a Ti. Con entusiasmo, pues, regresé al lugar donde estaba sentado Alipio; pues allí había dejado el volumen del Apóstol cuando me levanté de allí. Tomé, abrí y en silencio leí aquella sección en la que cayeron mis ojos por primera vez: No en contiendas y embriagueces, no en lujurias y lascivias, no en pleitos y envidias; sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne. No quise leer más; ni lo necesitaba: pues instantáneamente al final de esta frase, por una luz como de serenidad infundida en mi corazón, toda la oscuridad de la duda se desvaneció.
Entonces, poniendo mi dedo entremedias, o alguna otra marca, cerré el volumen y con rostro calmado se lo hice saber a Alipio. Y lo que fue obrado en él, que yo no sabía, así me lo mostró. Pidió ver lo que había leído: se lo mostré; y él miró incluso más allá de lo que yo había leído, y yo no sabía lo que seguía. Esto seguía: al que es débil en la fe, recibidlo; lo cual él aplicó a sí mismo y me lo reveló. Y por esta advertencia fue fortalecido; y con una buena resolución y propósito, y de lo más acorde a su carácter, en el cual siempre difería mucho de mí, para mejor, sin ninguna demora turbulenta se unió a mí. De allí vamos a ver a mi madre; se lo contamos; ella se regocija: relatamos en orden cómo sucedió; ella salta de alegría, y triunfa, y te bendice a Ti, que eres capaz de hacer mucho más de lo que pedimos o entendemos; pues percibió que Tú le habías dado más por mí de lo que solía pedir con sus piadosos y tristísimos gemidos. Pues Tú me convertiste a Ti, de modo que no busqué esposa, ni ninguna esperanza de este mundo, manteniéndome en aquella regla de fe, donde Tú me habías mostrado a ella en una visión, tantos años antes. Y Tú convertiste su duelo en alegría, mucho más abundante de lo que ella había deseado, y de una manera mucho más preciosa y pura de lo que antaño requirió, al tener nietos de mi cuerpo.
LIBRO IX
Oh Señor, soy Tu siervo; soy Tu siervo y el hijo de Tu sierva: Tú has roto mis cadenas en pedazos. Te ofreceré el sacrificio de alabanza. Que mi corazón y mi lengua Te alaben; sí, que todos mis huesos digan, oh Señor, ¿quién es como Tú? Que digan, y respóndeme Tú, y di a mi alma, Yo soy tu salvación. ¿Quién soy yo, y qué soy yo? ¿Qué mal no han sido ya mis hechos, o si no mis hechos, mis palabras, o si no mis palabras, mi voluntad? Pero Tú, oh Señor, eres bueno y misericordioso, y Tu mano derecha tuvo respeto a la profundidad de mi muerte, y desde el fondo de mi corazón vació ese abismo de corrupción. Y todo este don Tuyo fue, no querer lo que yo quería, y querer lo que Tú querías. Pero ¿de dónde a través de todos aquellos años, y de qué bajo y profundo receso fue llamado mi libre albedrío en un momento, por el cual someter mi cuello a Tu yugo suave, y mis hombros a Tu carga ligera, oh Cristo Jesús, mi Ayudador y mi Redentor? ¡Qué dulce se volvió de repente para mí, carecer de la dulzura de aquellos juguetes! y de lo que temía ser separado, ahora era un gozo separarme. Pues Tú los arrojaste fuera de mí, Tú verdadera y suprema dulzura. Los arrojaste fuera, y por ellos entraste Tú mismo, más dulce que todo placer, aunque no para la carne y la sangre; más brillante que toda luz, pero más oculto que todas las profundidades, más alto que todo honor, pero no para los altivos en sus propias estimaciones. Ahora estaba mi alma libre de las mordaces preocupaciones de buscar y obtener, y de revolcarse en la inmundicia, y de rascarse la picazón de la lujuria. Y mi lengua infantil habló libremente a Ti, mi brillo, y mis riquezas, y mi salud, el Señor mi Dios.
Y resolví ante Tu vista, no desgarrar tumultuosamente, sino retirar suavemente, el servicio de mi lengua de los mercados de la labor labial: para que los jóvenes, no estudiantes de Tu ley, ni de Tu paz, sino de necedades mentirosas y escaramuzas legales, ya no compraran en mi boca armas para su locura. Y muy oportunamente, faltaban ahora solo muy pocos días para las Vacaciones de la Vendimia, y resolví soportarlos, luego de manera regular despedirme, y habiendo sido comprado por Ti, no volver más a la venta. Nuestro propósito entonces era conocido por Ti; pero para los hombres, otros que no fueran nuestros propios amigos, no era conocido. Pues habíamos acordado entre nosotros no dejarlo salir al exterior a nadie: aunque a nosotros, que ahora ascendíamos del valle de lágrimas, y cantábamos aquel cántico de los grados, Tú nos habías dado flechas agudas, y carbones destructores contra la lengua sutil, que como si aconsejándonos para nosotros, nos contrariaría, y por amor nos devoraría, como hace con su carne.
Habías traspasado nuestros corazones con Tu caridad, y llevábamos Tus palabras como si estuvieran fijadas en nuestras entrañas: y los ejemplos de Tus siervos, a quienes por negros habías hecho brillantes, y por muertos, vivos, siendo amontonados en el receptáculo de nuestros pensamientos, encendieron y quemaron aquel nuestro pesado letargo, para que no nos hundiéramos al abismo; y nos encendieron tan vehementemente, que todos los soplos de las lenguas sutiles de los contradictores solo podían inflamarnos más ferozmente, no extinguirnos. Sin embargo, porque por Tu Nombre, el cual has santificado por toda la tierra, este nuestro voto y propósito también podría encontrar a algunos que lo encomienden, parecía como ostentación no esperar las vacaciones ahora tan cercanas, sino dejar de antemano una profesión pública, que estaba ante los ojos de todos; de modo que todos mirando este acto mío, y observando cuán cerca estaba el tiempo de la vendimia que yo deseaba anticipar, hablarían mucho de mí, como si hubiera deseado parecer alguien grande. ¿Y qué fin me habría servido, que la gente reputara y disputara sobre mi propósito, y que nuestro bien fuera mal hablado?
Además, al principio me había preocupado que en este mismo verano mis pulmones comenzaran a ceder, en medio de demasiado trabajo literario, y a respirar profundamente con dificultad, y por el dolor en mi pecho a mostrar que estaban dañados, y a rechazar cualquier discurso pleno o prolongado; esto me había preocupado, pues casi me obligaba por necesidad a dejar aquella carga de la enseñanza, o, si pudiera ser curado y recuperarme, al menos a interrumpirla. Pero cuando el deseo pleno de ocio, para que pudiera ver cómo Tú eres el Señor, surgió y se fijó en mí; Dios mío, Tú lo sabes, comencé incluso a alegrarme de que tenía esta secundaria, y no fingida, excusa, que podría moderar algo la ofensa tomada por aquellos que, por el bien de sus hijos, deseaban que nunca tuviera la libertad de Tus hijos. Lleno pues de tal gozo, soporté hasta que aquel intervalo de tiempo hubo transcurrido; pudieron haber sido unos veinte días, pero fueron soportados varonilmente; soportados, porque la codicia que antaño llevaba una parte de este pesado negocio, me había dejado, y permanecí solo, y habría sido abrumado, si la paciencia no hubiera tomado su lugar. Quizás, algunos de Tus siervos, mis hermanos, puedan decir que pequé en esto, que con un corazón plenamente puesto en Tu servicio, me permití sentarme incluso una hora en la cátedra de mentiras. Y no querría ser contencioso. ¿Pero no has Tú, oh misericordiosísimo Señor, perdonado y remitido este pecado también, con mis otros más horribles y mortales pecados, en el agua santa?
Verecundus estaba consumido por la preocupación acerca de esta nuestra bienaventuranza, porque al ser retenido por cadenas, por las cuales estaba más estrechamente atado, veía que sería separado de nosotros. Pues él mismo aún no era cristiano, su esposa una de los fieles; y sin embargo por esto, más rígidamente que por cualquier otra cadena, era detenido y estorbado del viaje que ya habíamos intentado. Pues no quería, decía, ser cristiano bajo otros términos que bajo aquellos que no podía. Sin embargo, nos ofreció cortésmente permanecer en su casa de campo tanto tiempo como estuviéramos allí. Tú, oh Señor, lo recompensarás en la resurrección de los justos, viendo que ya le has dado la suerte de los justos. Pues aunque, en nuestra ausencia, estando ya en Roma, fue presa de enfermedad corporal, y en ella siendo hecho cristiano, y uno de los fieles, partió de esta vida; sin embargo, tuviste misericordia no solo de él, sino de nosotros también: para que recordando la suma amabilidad de nuestro amigo hacia nosotros, pero incapaces de contarlo entre Tu rebaño, no fuéramos agonizados con intolerable dolor. Gracias a Ti, nuestro Dios, somos Tuyos: Tus sugerencias y consolaciones nos dicen, Fiel en las promesas, Tú ahora recompensas a Verecundus por su casa de campo de Cassiacum, donde de la fiebre del mundo reposamos en Ti, con la frescura eterna de Tu Paraíso: pues Tú le has perdonado sus pecados sobre la tierra, en esa rica montaña, esa montaña que da leche, Tu propia montaña.
Él entonces tenía en aquel tiempo tristeza, pero Nebridius gozo. Pues aunque él también, no siendo aún cristiano, había caído en el hoyo de aquel error más pernicioso, creyendo que la carne de Tu Hijo era un fantasma: sin embargo emergiendo de allí, creía como nosotros; no aún dotado con ningún Sacramento de Tu Iglesia, sino un buscador ardientísimo de la verdad. A quien, no mucho después de nuestra conversión y regeneración por Tu Bautismo, siendo también un miembro fiel de la Iglesia Católica, y sirviéndote en perfecta castidad y continencia entre los suyos en África, habiendo sido toda su casa a través de él hecha cristiana primero, liberaste de la carne; y ahora vive en el seno de Abraham. Sea lo que sea lo que se significa por ese seno, allí vive mi Nebridius, mi dulce amigo, y Tu hijo, oh Señor, adoptado de un hombre libre: allí vive. Pues ¿qué otro lugar hay para tal alma? Allí vive, de lo cual me preguntó mucho a mí, un hombre pobre e inexperto. Ahora no pone su oído a mi boca, sino su boca espiritual a Tu fuente, y bebe tanto como puede recibir, sabiduría en proporción a su sed, infinitamente feliz. Ni creo que esté tan embriagado con ella, como para olvidarme; viendo que Tú, Señor, a Quien él bebe, eres consciente de nosotros. Así estábamos entonces, consolando a Verecundus, que se entristecía, tanto como la amistad permitía, de que nuestra conversión fuera de tal clase; y exhortándolo a volverse fiel, según su medida, a saber, la de un estado matrimonial; y esperando a que Nebridius nos siguiera, lo cual, estando tan cerca, estaba casi haciendo: y así, ¡he aquí! aquellos días pasaron finalmente; pues largos y muchos parecían, por el amor que sentía a la tranquila libertad, para que pudiera cantarte, desde mi médula más profunda, Mi corazón ha dicho ante Ti, he buscado Tu rostro: Tu rostro, Señor, buscaré.
Ahora era llegado el día en que yo estaba de hecho por ser liberado de mi Cátedra de Retórica, de la cual en pensamiento ya estaba liberado. Y fue hecho. Tú rescataste mi lengua, de donde habías rescatado antes mi corazón. Y Te bendije, regocijándome; retirándome con todos los míos a la villa. Lo que allí hice escribiendo, que ya estaba alistado en Tu servicio, aunque todavía, en este tiempo de respiro por así decir, jadeando de la escuela de orgullo, mis libros pueden testificar, tanto lo que debatí con otros, como lo que conmigo mismo a solas, ante Ti: lo que con Nebridius, que estaba ausente, mis Epístolas dan testimonio. ¿Y cuándo tendré tiempo de ensayar todos Tus grandes beneficios hacia nosotros en aquel tiempo, especialmente cuando me apresuro hacia misericordias aún mayores? Pues mi recuerdo me llama, y placentero es para mí, oh Señor, confesarte, con qué aguijones internos me domaste; y cómo me has nivelado, bajando las montañas y colinas de mis altas imaginaciones, enderezando mi torcedura, y suavizando mis caminos ásperos; y cómo también subyugaste al hermano de mi corazón, Alipio, al nombre de Tu Unigénito, nuestro Señor y Salvador Jesucristo, el cual él no se dignaría al principio tener insertado en nuestros escritos. Pues prefería mucho más que supieran a los altivos cedros de las Escuelas, los cuales el Señor ahora ha derribado, que a las saludables hierbas de la Iglesia, el antídoto contra las serpientes.
¡Oh, en qué acentos hablé ante Ti, Dios mío, cuando leí los Salmos de David, aquellos fieles cánticos, y sonidos de devoción, que no permiten ningún espíritu hinchado, siendo aún catecúmeno, y un novicio en Tu amor real, descansando en aquella villa, con Alipio catecúmeno, mi madre adhiriéndose a nosotros, con atuendo femenino con fe masculina, con la tranquilidad de la edad, amor maternal, piedad cristiana! ¡Oh, qué acentos pronuncié ante Ti en aquellos Salmos, y cómo fui por ellos encendido hacia Ti, y en fuego por ensayarlos, si fuera posible, por todo el mundo, contra el orgullo del género humano! Y sin embargo son cantados por todo el mundo, ni nadie puede esconderse de Tu calor. ¡Con qué vehemente y amargo dolor me enojé contra los maniqueos! y de nuevo me compadecí de ellos, pues no conocían aquellos Sacramentos, aquellos medicamentos, y estaban locos contra el antídoto que podría haberlos curado de su locura. Cómo quisiera que hubieran estado entonces en algún lugar cerca de mí, y sin saber yo que estaban allí, pudieran haber contemplado mi rostro, y oído mis palabras, cuando leí el cuarto Salmo en aquel tiempo de mi descanso, y cómo aquel Salmo obró sobre mí: Cuando llamé, el Dios de mi justicia me oyó; en la tribulación Tú me ensanchaste. Ten piedad de mí, oh Señor, y oye mi oración. ¡Ojalá que lo que pronuncié sobre estas palabras, ellos pudieran oír, sin que yo supiera si me oían, para que no pensaran que lo decía por sus causas! Porque en verdad ni diría las mismas cosas, ni de la misma manera, si percibiera que me oían y veían; ni si las hablara, ellos las recibirían tanto, como cuando hablé por y para mí mismo ante Ti, desde los sentimientos naturales de mi alma.
Temblaba de miedo, y de nuevo me encendía con esperanza, y con regocijo en Tu misericordia, oh Padre; y todo brotó tanto por mis ojos como por mi voz, cuando Tu buen Espíritu volviéndose hacia nosotros, dijo, Oh hijos de los hombres, ¿hasta cuándo tardos de corazón? ¿Por qué amáis la vanidad, y buscáis la mentira? Pues yo había amado la vanidad, y buscado la mentira. Y Tú, oh Señor, habías ya magnificado a Tu Santo, resucitándolo de entre los muertos, y poniéndolo a Tu diestra, de donde desde lo alto Él enviaría Su promesa, el Consolador, el Espíritu de verdad. Y Él ya lo había enviado, pero yo no lo sabía; Él lo había enviado, porque Él era ahora magnificado, resucitando de entre los muertos, y ascendiendo al cielo. Pues hasta entonces, el Espíritu aún no era dado, porque Jesús aún no era glorificado. Y el profeta clama, ¿Hasta cuándo, tardos de corazón? ¿Por qué amáis la vanidad, y buscáis la mentira? Conoced esto, que el Señor ha magnificado a Su Santo. Él clama, ¿Hasta cuándo? Él clama, Conoced esto: y yo tanto tiempo, sin conocer, amaba la vanidad, y buscaba la mentira: y por tanto oí y temblé, porque era dicho a tales como recordaba haber sido yo mismo. Pues en aquellos fantasmas que había sostenido por verdades, había vanidad y mentira; y hablé en voz alta muchas cosas ferviente y vigorosamente, en la amargura de mi recuerdo. ¡Que ojalá los hubieran oído, quienes aún aman la vanidad y buscan la mentira! Se habrían quizás turbado, y la habrían vomitado; y Tú los oirías cuando clamaran a Ti; pues por una verdadera muerte en la carne murió Él por nosotros, quien ahora intercede ante Ti por nosotros.
Leí además: Airaos, y no pequéis. ¡Y cómo me sentí conmovido, oh Dios mío, yo que ya había aprendido a airarme conmigo mismo por las cosas pasadas, para no pecar en el tiempo venidero! Sí, a airarme justamente; pues no era otra naturaleza de un pueblo de tinieblas la que pecaba por mí, como dicen aquellos que no se airan consigo mismos y atesoran ira para el día de la ira y de la revelación de Tu justo juicio. Ni estaban mis bienes ahora fuera, ni eran buscados con los ojos de la carne en aquel sol terreno; pues quienes buscan alegría fuera pronto se vuelven vanos y se consumen en las cosas vistas y temporales, y en sus pensamientos hambrientos lamen sus propias sombras. ¡Oh, que se cansaran de su hambruna y dijeran: ¿Quién nos mostrará el bien?! Y nosotros diríamos, y ellos oirían: La luz de Tu rostro está sellada sobre nosotros. Porque no somos esa luz que ilumina a todo hombre, sino que somos iluminados por Ti; para que, habiendo sido a veces tinieblas, seamos luz en Ti. ¡Oh, que pudieran ver lo eterno Interno, que habiendo gustado, me afligí de no poder mostráselo, mientras ellos me traían su corazón en sus ojos vagando lejos de Ti, mientras decían: ¿Quién nos mostrará el bien?! Pues allí, donde me airaba dentro de mí mismo en mi aposento, donde era punzado interiormente, donde había sacrificado, matando a mi viejo hombre y comenzando el propósito de una vida nueva, poniendo mi confianza en Ti, allí habías comenzado a ser dulce para mí y habías puesto alegría en mi corazón. Y clamé, al leer esto exteriormente, hallándolo interiormente. Ni querría yo ser multiplicado con bienes mundanos; consumiendo el tiempo y siendo consumido por el tiempo; mientras que yo tenía en Tu eterna Esencia Simple otro trigo, y vino, y aceite.
Y con un fuerte clamor de mi corazón clamé en el siguiente versículo: ¡Oh en paz, oh por el Mismo! ¡Oh, qué dijo él: En paz me acostaré y asimismo dormiré, pues ¿quién nos impedirá, cuando llegue a suceder aquel dicho que está escrito: Sorbida es la muerte en victoria? Y Tú, de manera sobresaliente, eres el Mismo, que no eres cambiado; y en Ti hay reposo que olvida todo esfuerzo, pues no hay otro contigo, ni hemos de buscar esas muchas otras cosas, que no son lo que Tú eres: sino Tú, Señor, solo me has hecho habitar en esperanza. Leí y me encendí; ni hallé qué hacer con aquellos sordos y muertos, de quienes yo mismo había sido, una persona pestilente, un amargo y ciego vociferador contra aquellos escritos, que están endulzados con la miel del cielo y resplandecientes con Tu propia luz: y me consumía de celo ante los enemigos de esta Escritura.
¿Cuándo recordaré todo lo que pasó en aquellos días santos? Sin embargo, no he olvidado, ni pasaré por alto la severidad de Tu azote y la maravillosa rapidez de Tu misericordia. Entonces me atormentaste con dolor en mis dientes; el cual, cuando llegó a tal altura que no podía hablar, vino a mi corazón desear que todos mis amigos presentes rogasen por mí a Ti, el Dios de todo género de salud. Y esto lo escribí en cera y se lo di a leer. Inmediatamente, tan pronto como con humilde devoción hubimos doblado nuestras rodillas, aquel dolor se fue. ¿Pero qué dolor? ¿O cómo se fue? Me quedé aterrado, oh Señor mío, Dios mío; pues desde la infancia nunca había experimentado algo semejante. Y el poder de Tu Asentimiento fue profundamente comunicado a mí, y regocijándome en la fe, alabé Tu Nombre. Y aquella fe no me permitió estar tranquilo respecto a mis pecados pasados, que aún no me habían sido perdonados por Tu bautismo.
Terminadas las vacaciones de la vendimia, avisé a los milaneses para que proveyeran a sus escolares de otro maestro que les vendiera palabras; pues yo había elegido servirte y, a causa de mi dificultad para respirar y el dolor en mi pecho, no estaba capacitado para la Cátedra. Y por cartas hice saber a Tu Prelado, el santo varón Ambrosio, mis antiguos errores y presentes deseos, suplicando su consejo sobre qué Escrituras Tuyas sería mejor que leyera, para volverme más presto y apto para recibir tan grande gracia. Me recomendó al profeta Isaías: creo que porque él, más que los demás, es un más claro preanunciador del Evangelio y de la llamada de los gentiles. Pero yo, no entendiendo la primera lección en él, e imaginando que todo era como ella, lo dejé de lado, para retomarlo cuando estuviera más ejercitado en las palabras mismas de nuestro Señor.
Entonces, cuando llegó el tiempo en que debía dar mi nombre, dejamos el campo y volvimos a Milán. A Alipio le agradó también nacer de nuevo en Ti conmigo, estando ya vestido con la humildad conveniente a Tus Sacramentos; y era un valientísimo domador del cuerpo, hasta el punto de, con inusitada audacia, hollar el suelo helado de Italia con sus pies descalzos. Unimos a nosotros al niño Adeodato, nacido según la carne, de mi pecado. Excelentemente lo habías hecho Tú. No tenía aún quince años y en ingenio superaba a muchos hombres graves y doctos. Te confieso Tus dones, oh Señor Dios mío, Creador de todos, y abundantemente capaz de reformar nuestras deformidades: pues yo no tuve parte en aquel niño, sino el pecado. Porque lo educamos en Tu disciplina, fuiste Tú, nadie más, quien nos la había inspirado. Te confieso Tus dones. Hay un libro nuestro titulado El Maestro; es un diálogo entre él y yo. Tú sabes que todo lo allí atribuido a la persona que conversa conmigo eran sus ideas, en su año decimosexto. Mucho más, y aún más admirable, hallé en él. Aquel talento me infundía temor. ¿Y quién sino Tú podría ser el artífice de tales maravillas? Pronto tomaste su vida de la tierra: y ahora le recuerdo sin ansiedad, no temiendo nada por su infancia o juventud, o por todo su ser. A él unimos a nosotros, nuestro contemporáneo en la gracia, para ser educado en Tu disciplina: y fuimos bautizados, y la ansiedad por nuestra vida pasada se desvaneció de nosotros. Ni me saciaba en aquellos días de la maravillosa dulzura de considerar la profundidad de Tus consejos respecto a la salvación del género humano. ¡Cómo lloraba, en Tus Himnos y Cánticos, conmovido hasta lo más profundo por las voces de Tu dulce Iglesia! Las voces fluían a mis oídos, y la Verdad destilaba en mi corazón, de donde los afectos de mi devoción se desbordaban, y las lágrimas corrían, y era feliz en ello.
No hacía mucho que la Iglesia de Milán había comenzado a usar este tipo de consolación y exhortación, uniéndose los hermanos celosamente con armonía de voces y corazones. Pues hacía un año, o poco más, que Justina, madre del emperador Valentiniano, un niño, perseguía a Tu siervo Ambrosio, en favor de su herejía, a la cual fue seducida por los arrianos. El pueblo devoto velaba en la Iglesia, dispuesto a morir con su Obispo, Tu siervo. Allí mi madre, Tu sierva, llevando una parte principal de aquellas ansiedades y vigilias, vivía para la oración. Nosotros, aún no calentados por el calor de Tu Espíritu, seguíamos agitados por la vista de la ciudad atónita y perturbada. Entonces se instituyó por primera vez que, a la manera de las Iglesias Orientales, se cantaran Himnos y Salmos, para que el pueblo no desfalleciera por el tedio de la tristeza: y desde aquel día hasta hoy se retiene la costumbre, siguiéndola en esto diversas (sí, casi todas) Tus congregaciones, a través de otras partes del mundo.
Entonces descubriste por una visión a Tu mencionado Obispo dónde yacían ocultos los cuerpos de Gervasio y Protasio, los mártires (a quienes habías guardado incorruptos en Tu tesoro secreto durante tantos años), desde donde pudiste sacarlos oportunamente para reprimir la furia de una mujer, pero una Emperatriz. Pues cuando fueron descubiertos y desenterrados, y trasladados con el debido honor a la Basílica Ambrosiana, no solo fueron curados quienes estaban atormentados por espíritus inmundos (confesándose los demonios), sino que cierto hombre que había estado ciego durante muchos años, ciudadano y bien conocido en la ciudad, preguntando y oyendo la razón del confuso gozo del pueblo, saltó deseando que su guía lo llevara allí. Llevado allí, pidió que se le permitiera tocar con su pañuelo el féretro de Tus santos, cuya muerte es preciosa a Tus ojos. Lo cual cuando hubo hecho, y lo puso en sus ojos, fueron inmediatamente abiertos. Desde allí se extendió la fama, desde allí Tus alabanzas brillaron, resplandecieron; desde allí la mente de aquella enemiga, aunque no convertida a la rectitud de la creencia, fue sin embargo apartada de su furia de perseguir. Gracias a Ti, oh Dios mío. ¿De dónde y hacia dónde has guiado así mi recuerdo, para que confiese estas cosas también a Ti? Que aunque grandes, las había pasado por alto en el olvido. Y aun entonces, cuando el olor de Tus ungüentos era tan fragante, no corríamos tras Ti. Por eso lloraba más entre el canto de Tus Himnos, suspirando antiguamente por Ti, y al fin respirando en Ti, hasta donde el aliento puede entrar en esta nuestra casa de hierba.
Tú que haces habitar a los hombres unánimes en una casa, uniste a nosotros también a Evodio, un joven de nuestra propia ciudad. Quien, siendo oficial de la Corte, fue antes que nosotros convertido a Ti y bautizado: y dejando su milicia secular, se ciñó a la Tuya. Estábamos juntos, a punto de vivir juntos en nuestro propósito devoto. Buscábamos dónde podríamos servirte más útilmente, y volvíamos juntos a África: hacia donde, habiendo llegado hasta Ostia, mi madre partió de esta vida. Mucho omito, por tener mucha prisa. Recibe mis confesiones y acciones de gracias, oh Dios mío, por innumerables cosas de las cuales callo. Pero no omitiré lo que mi alma quiera manifestar acerca de aquella Tu sierva, que me dio a luz, tanto en la carne, para que naciera a esta luz temporal, como en el corazón, para que naciera a la Luz eterna. No de sus dones, sino de los Tuyos en ella, hablaré; pues ni ella se hizo ni se educó a sí misma. Tú la creaste; ni su padre ni su madre sabían qué clase de ser saldría de ellos. Y el cetro de Tu Cristo, la disciplina de Tu Hijo único, en una casa cristiana, buen miembro de Tu Iglesia, la educó en Tu temor. Sin embargo, por su buena disciplina solía encomiar no tanto la diligencia de su madre, como la de cierta criada decrépita, que había llevado a su padre cuando niño, como los pequeños suelen ser llevados a las espaldas de las niñas mayores. Por esta razón, y por su gran edad y excelente conversación, era ella, en aquella familia cristiana, muy respetada por sus jefes. De donde también se le confió el cuidado de las hijas de su señor, a lo cual prestó diligente atención, reprimiéndolas seriamente, cuando era necesario, con una santa severidad, y enseñándoles con grave discreción. Pues, excepto en aquellas horas en que eran alimentadas muy templadamente en la mesa de sus padres, no permitía que bebieran ni siquiera agua, aunque estuvieran abrasadas de sed; previniendo una mala costumbre y añadiendo este sano consejo: "Bebéis agua ahora, porque no tenéis vino a vuestro alcance; pero cuando lleguéis a casaros y seáis dueñas de bodegas y alacenas, despreciaréis el agua, pero la costumbre de beber permanecerá". Con este método de instrucción, y la autoridad que tenía, refrenaba la codicia de la infancia y moldeaba su misma sed hacia una excelente moderación, de modo que lo que no debían, eso no querían.
Y sin embargo (como me contó Tu sierva, su hijo) se le había deslizado un amor al vino. Pues cuando (como era la costumbre) ella, como una doncella sobria, era enviada por sus padres a sacar vino de la cuba, sosteniendo el recipiente bajo la abertura, antes de verter el vino en la jarra, sorbía un poco con la punta de sus labios; pues más no permitían sus instintos. Pues esto lo hacía, no por deseo de beber, sino por la exuberancia de la juventud, por la cual desborda en travesuras alegres, que en los espíritus juveniles suelen ser reprimidas por la gravedad de los mayores. Y así, añadiendo a aquel poco, pequeños sorbos diarios (pues quien desprecia las cosas pequeñas caerá poco a poco), había caído en tal hábito de beber ávidamente su vasito casi lleno de vino. ¿Dónde estaba entonces aquella anciana discreta y su firme reprensión? ¿Valdría algo contra una enfermedad secreta, si Tu mano sanadora, oh Señor, no velara sobre nosotros? Ausentes padre, madre y gobernantes, Tú presente, que creaste, que llamas, que también por aquellos puestos sobre nosotros obras algo para la salvación de nuestras almas, ¿qué hiciste entonces, oh Dios mío? ¿Cómo la curaste? ¿Cómo la sanaste? ¿No sacaste de otra alma una burla dura y aguda, como una lanceta de Tu tesoro secreto, y con un solo toque eliminaste toda aquella inmundicia? Pues una criada con la que solía ir a la bodega, al entrar en palabras (como sucede) con su joven ama, cuando estaba a solas con ella, le reprochó esta falta, con el más amargo insulto, llamándola bebedora de vino. Con cuya burla ella, picada hasta lo vivo, vio la fealdad de su falta, y al instante la condenó y abandonó. Como los amigos halagadores pervierten, así los enemigos reprochadores suelen corregir. Sin embargo, no lo que por ellos haces, sino lo que ellos mismos se propusieron, es lo que les retribuyes. Pues ella en su ira buscó vejar a su joven ama, no enmendarla; y lo hizo en privado, ya porque el tiempo y el lugar de la riña así las encontró, o porque ella misma no tuviera ira, por descubrirlo así tarde. Pero Tú, Señor, Gobernador de todo en el cielo y en la tierra, que vuelves a Tus propósitos las corrientes más profundas y la turbulencia gobernada de la marea de los tiempos, sanaste por la misma insalubridad de un alma a otra; para que nadie, al observar esto, lo atribuya a su propio poder, incluso cuando otro, a quien deseaba ver reformado, es reformado a través de sus palabras.
Criada así modesta y sobriamente, y hecha sujeta más bien por Ti a sus padres, que por sus padres a Ti, tan pronto como estuvo en edad de casarse, siendo entregada a un marido, le sirvió como a su señor; y puso su diligencia en ganarlo para Ti, predicándote a él mediante su conversación; por la cual la adornabas, haciéndola reverentemente amable y admirable para su marido. Y soportó de tal modo el agravio de su lecho que nunca tuvo disputa alguna con su marido por ello. Pues esperaba Tu misericordia sobre él, para que, creyendo en Ti, pudiera ser hecho casto. Pero además de esto, él era ferviente, tanto en sus afectos como en su ira: pero ella había aprendido a no resistir a un marido airado, no solo en hecho, sino ni siquiera en palabra. Solo cuando él estaba suavizado y tranquilo, y de talante para recibirlo, ella le daba cuenta de sus acciones, si acaso él se había ofendido demasiado precipitadamente. En una palabra, mientras muchas matronas, que tenían maridos más suaves, llevaban sin embargo en sus rostros marcas de vergüenza, y en la charla familiar culpaban las vidas de sus maridos, ella culpaba sus lenguas, dándoles, como en broma, un consejo serio: "Que desde el momento en que oyeran leerse los escritos matrimoniales, debían considerarlos como contratos, por los cuales eran hechas siervas; y así, recordando su condición, no debían levantarse contra sus señores". Y cuando ellas, sabiendo qué marido colérico soportaba, se maravillaban de que nunca se hubiera oído, ni por ninguna señal percibido, que Patricio hubiera golpeado a su esposa, o que hubiera habido alguna diferencia doméstica entre ellos, ni siquiera por un día, y le preguntaban confidencialmente la razón, ella les enseñaba su práctica antes mencionada. Aquellas esposas que la observaban encontraban el bien y daban gracias; aquellas que no la observaban, no encontraban alivio y sufrían.
A su suegra también, al principio incitada contra ella por los susurros de criados malvados, la venció de tal modo mediante la observancia, la perseverancia y la mansedumbre, que ella misma descubrió a su hijo las lenguas entrometidas por las que se había perturbado la paz doméstica entre ella y su nuera, pidiéndole que las corrigiera. Entonces, cuando en cumplimiento con su madre, y para el buen orden de la familia, él hubo corregido con azotes a los descubiertos, a voluntad de quien los había descubierto, ella prometió la misma recompensa a cualquiera que, para complacerla, hablara mal de su nuera ante ella: y no atreviéndose ya nadie, vivieron juntos con una notable dulzura de mutua bondad.
Este gran don también otorgaste, oh Dios mío, mi misericordia, a aquella buena sierva Tuya, en cuyo vientre me creaste, que entre cualesquiera partes discrepantes y discordantes donde ella podía, se mostraba tal pacificadora, que oyendo de ambas partes cosas más amargas, tales como la cólera hinchada e indigesta suele soltar, cuando las crudezas de las enemistades son exhaladas en discursos agrios ante un amigo presente contra un enemigo ausente, nunca revelaba nada de la una a la otra, sino lo que pudiera tender a su reconciliación. Un bien pequeño podría parecerme esto, si no supiera, para mi dolor, a innumerables personas, que a través de algún horrible y extendido contagio de pecado, no solo revelan a personas mutuamente airadas cosas dichas en ira, sino que añaden además cosas nunca dichas, mientras que, ante la humanidad humana, debería parecer poca cosa no fomentar o aumentar la mala voluntad mediante malas palabras, a menos que uno estudie además, con buenas palabras, apagarla. Tal era ella, Tú mismo, su Instructor más interior, enseñándole en la escuela del corazón.
Finalmente, a su propio marido, hacia el final de su vida terrenal, ganó para Ti; ni tuvo ella que quejarse de él como creyente de aquello que, antes de que fuera creyente, había soportado de él. Ella era también la sierva de Tus siervos; quienquiera de ellos que la conocía, en ella mucho Te alababa, Te honraba y Te amaba; pues mediante el testimonio de los frutos de una santa conversación percibían Tu presencia en su corazón. Pues había sido esposa de un solo hombre, había correspondido a sus padres, había gobernado su casa piadosamente, tenía buena fama por sus buenas obras, había criado hijos, tantas veces dando a luz de ellos, cuantas veía que se desviaban de Ti. Finalmente, de todos nosotros, Tus siervos, oh Señor (a quienes, con ocasión de Tu propio don, permites hablar), nosotros, que antes de su dormir en Ti vivíamos unidos, habiendo recibido la gracia de Tu bautismo, nos cuidó de tal manera como si hubiera sido madre de todos nosotros; nos sirvió como si hubiera sido hija de todos nosotros.
Acercándose ahora el día en que había de partir de esta vida (día que Tú bien sabías, nosotros no sabíamos), sucedió, siendo Tú mismo, como creo, quien lo ordenaba por Tus caminos secretos, que ella y yo estábamos solos, apoyados en cierta ventana, que miraba al jardín de la casa donde nos alojábamos entonces, en Ostia; donde, apartados del estruendo de los hombres, nos reponíamos de las fatigas de un largo viaje, para la travesía. Discutíamos entonces juntos, a solas, muy dulcemente; y olvidando aquellas cosas que quedan atrás, y extendiéndonos hacia aquellas que están adelante, indagábamos entre nosotros en presencia de la Verdad, que Tú eres, cómo sería la vida eterna de los santos, que el ojo no vio, ni el oído oyó, ni ha subido al corazón del hombre. Pero aun así jadeábamos con la boca de nuestro corazón, tras aquellos arroyos celestiales de Tu fuente, la fuente de la vida, que está contigo; para que, siendo rociados desde allí según nuestra capacidad, pudiéramos de algún modo meditar sobre tan alto misterio.
Y cuando nuestro discurso fue llevado a ese punto, en que el deleite más alto de los sentidos terrenos, en la luz material más pura, no era, respecto a la dulzura de aquella vida, no solo indigno de comparación, sino ni siquiera de mención; elevándonos nosotros con un afecto más ardiente hacia el "Ser mismo", pasamos gradualmente a través de todas las cosas corporales, incluso el mismo cielo de donde el sol y la luna y las estrellas brillan sobre la tierra; sí, nos elevábamos más alto aún, mediante la meditación interior, y el discurso, y la admiración de Tus obras; y llegamos a nuestras propias mentes, y fuimos más allá de ellas, para poder llegar a aquella región de abundancia inagotable, donde Tú alimentas a Israel para siempre con el alimento de la verdad, y donde la vida es la Sabiduría por quien todas estas cosas son hechas, y lo que han sido, y lo que serán, y ella no es hecha, sino que es, como ha sido, y así será siempre; sí, más bien, el "haber sido" y el "ser después" no están en ella, sino solo "ser", puesto que ella es eterna. Porque el "haber sido" y el "ser después" no son eternos. Y mientras hablábamos y jadeábamos tras ella, la tocamos levemente con todo el esfuerzo de nuestro corazón; y suspiramos, y allí dejamos atadas las primicias del Espíritu; y volvimos a las expresiones vocales de nuestra boca, donde la palabra hablada tiene principio y fin. ¿Y qué es semejante a Tu Palabra, nuestro Señor, que permanece en Sí misma sin envejecer, y hace nuevas todas las cosas?
Decíamos entonces: Si para alguno el tumulto de la carne se acallase, acalladas las imágenes de la tierra, y las aguas, y el aire, acallado también el polo del cielo, sí, que la misma alma se acalle a sí misma, y al no pensar en sí misma se supere, acallados todos los sueños y revelaciones imaginarias, toda lengua y todo signo, y cuanto existe solo en transición, pues si alguien pudiera oír, todas estas cosas dicen: No nos hicimos a nosotros mismos, sino que Él nos hizo, el que permanece para siempre--Si entonces, habiendo pronunciado esto, ellos también se acallasen, habiendo despertado solo nuestros oídos a Aquel que los hizo, y Él solo hablara, no por ellos sino por Sí mismo, para que podamos oír Su Palabra, no a través de ninguna lengua de carne, ni voz de Ángel, ni sonido de trueno, ni en el oscuro enigma de una semejanza, sino que pudiéramos oír a Aquel a quien en estas cosas amamos, pudiéramos oír a Su Ser mismo sin estas (como nosotros dos ahora nos esforzábamos, y en pensamiento veloz tocábamos aquella Sabiduría Eterna que permanece sobre todas);--si esto pudiera continuarse, y otras visiones de género muy distinto fueran retiradas, y esta sola arrebatara, y absorbiera, y envolviera a su espectador en medio de estos gozos interiores, de modo que la vida fuera para siempre como aquel momento de entendimiento tras el cual ahora suspirábamos; ¿no sería esto: Entra en el gozo de tu Maestro? ¿Y cuándo será eso? ¿Cuándo resucitaremos todos, aunque no todos seremos transformados?
Tales cosas hablaba yo, y aun si no de esta misma manera, y con estas mismas palabras, sin embargo, Señor, Tú sabes que en aquel día en que hablábamos de estas cosas, y este mundo con todos sus deleites se volvió, mientras hablábamos, despreciable para nosotros, mi madre dijo: "Hijo, por mi parte, no tengo ya deleite en cosa alguna en esta vida. Qué hago aquí más tiempo, y para qué estoy aquí, no lo sé, ahora que mis esperanzas en este mundo están cumplidas. Una sola cosa había por la que deseaba demorarme un tiempo en esta vida, que pudiera verte cristiano católico antes de morir. Mi Dios ha hecho esto por mí más abundantemente, de tal modo que ahora te veo incluso, despreciando la felicidad terrena, convertido en Su siervo: ¿qué hago aquí?"
Qué respuesta le di a estas cosas, no lo recuerdo. Pues apenas cinco días después, o no mucho más, cayó enferma de fiebre; y en esa enfermedad un día cayó en un desmayo, y estuvo por un tiempo retirada de estas cosas visibles. Nos apresuramos a rodearla; pero pronto volvió en sí; y mirándome a mí y a mi hermano que estábamos a su lado, nos dijo interrogando: "¿Dónde estaba yo?" Y luego, mirándonos fijamente, con dolor asombrada: "Aquí", dice ella, "enterraréis a vuestra madre". Yo callé y contuve el llanto; pero mi hermano dijo algo, deseando para ella, como la suerte más feliz, que pudiera morir, no en lugar extraño, sino en su propia tierra. Ante lo cual, ella con mirada ansiosa, reprendiéndolo con los ojos, por cuanto aún gustaba de tales cosas, y luego mirándome a mí: "Mirad", dice, "lo que dice": y poco después a ambos: "Depositad", dice, "este cuerpo en cualquier parte; que el cuidado de eso no os inquiete de ninguna manera: solo esto os pido, que os acordéis de mí en el altar del Señor, dondequiera que estéis". Y habiendo expresado este sentimiento con las palabras que pudo, calló, siendo ejercitada por su creciente enfermedad.
Pero yo, considerando Tus dones, Tú Dios invisible, que infundes en los corazones de Tus fieles, de donde brotan frutos maravillosos, me regocijaba y Te daba gracias, recordando lo que antes sabía, cuán cuidadosa y ansiosa había sido siempre respecto a su lugar de sepultura, que se había provisto y preparado para sí misma junto al cuerpo de su esposo. Pues porque habían vivido en gran armonía juntos, ella también deseaba (tan poco puede la mente humana abarcar las cosas divinas) tener este añadido a esa felicidad, y que se recordara entre los hombres, que después de su peregrinación más allá de los mares, lo que era terrenal de esta pareja unida había tenido permiso de estar unido bajo la misma tierra. Pero cuándo esta vacuidad había cesado en su corazón a través de la plenitud de Tu bondad, no lo sabía, y me regocijaba admirando lo que así me había revelado; aunque, de hecho, en aquel nuestro discurso también en la ventana, cuando dijo: "¿Qué hago aquí más tiempo?", no apareció ningún deseo de morir en su propio país. Supe después también, que cuando estábamos ya en Ostia, ella, con confianza de madre, cuando yo estaba ausente, un día conversó con algunos de mis amigos sobre el menosprecio de esta vida, y la bendición de la muerte: y cuando ellos se asombraban de tal valor que Tú habías dado a una mujer, y preguntaban: "¿No temía dejar su cuerpo tan lejos de su propia ciudad?", ella respondió: "Nada está lejos para Dios; ni había que temer que al fin del mundo, Él no reconociera de dónde había de resucitarme". En el noveno día entonces de su enfermedad, y el quincuagésimo sexto año de su edad, y el trigésimo tercero del mío, fue aquella alma religiosa y santa liberada del cuerpo.
Cerré sus ojos; y fluyó al mismo tiempo un inmenso dolor hacia mi corazón, que rebosaba en lágrimas; mis ojos al mismo tiempo, por el mandato violento de mi mente, bebieron su fuente hasta dejarla seca; ¡y ay de mí en tal lucha! Pero cuando exhaló su último aliento, el niño Adeodatus estalló en un fuerte lamento; luego, contenido por todos nosotros, calló. De igual manera también un sentimiento infantil en mí, que estaba, a través de la voz juvenil de mi corazón, encontrando su salida en el llanto, fue contenido y silenciado. Pues no creíamos conveniente solemnizar aquel funeral con lamentables gemidos; porque con ellos expresan en su mayor parte dolor por los difuntos, como si fueran infelices, o totalmente muertos; mientras que ella no era ni infeliz en su muerte, ni totalmente muerta. De esto estábamos asegurados por buenas razones, el testimonio de su buena conducta y su fe sincera.
¿Qué era entonces lo que me dolía gravemente por dentro, sino una herida fresca causada por el repentino desgarro de aquella costumbre dulcísima y querida de vivir juntos? Me alegraba, ciertamente, en su testimonio, cuando, en aquella su última enfermedad, mezclando sus caricias con mis actos de deber, me llamaba "diligente", y mencionaba, con gran afecto de amor, que nunca había escuchado ningún sonido áspero o reprobable proferido por mi boca contra ella. Pero aún así, oh Dios mío, que nos hiciste, ¿qué comparación hay entre aquel honor que yo le pagaba, y su esclavitud por mí? Siendo entonces privado de tan gran consuelo en ella, mi alma estaba herida, y aquella vida desgarrada como si fuera, que, de la suya y la mía juntas, se había hecho una sola.
El niño entonces, habiendo sido calmado del llanto, Euodius tomó el Salterio, y comenzó a cantar, respondiéndole toda nuestra casa, el Salmo: Cantaré misericordia y juicio a Ti, oh Señor. Pero oyendo lo que hacíamos, muchos hermanos y mujeres religiosas se reunieron; y mientras ellos (cuyo oficio era) preparaban el entierro, como es costumbre, yo, en una parte de la casa, donde podía apropiadamente, junto con aquellos que no creían conveniente dejarme, conversaba sobre algo adecuado al tiempo; y mediante este bálsamo de verdad calmaba aquel tormento, conocido por Ti, ellos desconociéndolo y escuchando atentamente, y creyendo que yo estaba sin todo sentimiento de dolor. Pero en Tus oídos, donde ninguno de ellos oía, culpaba la debilidad de mis sentimientos, y reprimía mi torrente de dolor, que cedió un poco ante mí; pero de nuevo vino, como con una marea, aunque no tanto como para estallar en lágrimas, ni para cambiar de semblante; todavía sabía lo que estaba reprimiendo en mi corazón. Y estando muy disgustado de que estas cosas humanas tuvieran tal poder sobre mí, que en el debido orden y disposición de nuestra condición natural necesariamente deben suceder, con un nuevo dolor me dolía de mi dolor, y era así consumido por un doble pesar.
Y he aquí, el cadáver fue llevado al entierro; fuimos y volvimos sin lágrimas. Pues ni en aquellas oraciones que derramamos ante Ti, cuando el Sacrificio de nuestro rescate fue ofrecido por ella, cuando ya el cadáver estaba junto a la tumba, como es costumbre allí, antes de ser depositado en ella, lloré siquiera durante aquellas oraciones; sin embargo, estuve todo el día en secreto fuertemente triste, y con mente turbada Te oré, como pude, para sanar mi dolor, mas Tú no lo hiciste; grabando, creo, en mi memoria por este único ejemplo, cuán fuerte es el vínculo de toda costumbre, incluso sobre un alma, que ahora no se alimenta de ninguna Palabra engañosa. También me pareció bien ir a bañarme, habiendo oído que el baño tenía su nombre (balneum) del griego Balaneion, porque expulsa la tristeza de la mente. Y esto también confieso a Tu misericordia, Padre de los huérfanos, que me bañé, y estaba igual que antes de bañarme. Pues la amargura del dolor no podía exudar de mi corazón. Luego dormí, y desperté de nuevo, y encontré mi dolor no poco suavizado; y mientras estaba solo en mi lecho, recordé aquellos versos verdaderos de Tu Ambrosio. Porque Tú eres el
"Creador de todo, el Señor, Y Regidor de la altura, Que, vistiendo el día de luz, has vertido Suaves sueños sobre la noche, Para que a nuestros miembros el poder Del trabajo pueda ser renovado, Y los corazones sean levantados que se hunden y se encogen, Y las penas sean subyugadas."
Y luego poco a poco recuperé mis pensamientos anteriores sobre Tu sierva, su santa conducta hacia Ti, su santa ternura y observancia hacia nosotros, de lo cual fui repentinamente privado: y estaba dispuesto a llorar ante Tus ojos, por ella y por mí, en su nombre y en el mío propio. Y di paso a las lágrimas que antes reprimía, para que rebosaran tanto como desearan; reposando mi corazón sobre ellas; y encontró descanso en ellas, pues estaba en Tus oídos, no en los del hombre, quien habría interpretado con desprecio mi llanto. Y ahora, Señor, por escrito lo confieso ante Ti. Léalo quien quiera, e interprételo como quiera: y si encuentra pecado en ello, que lloré a mi madre por una pequeña porción de una hora (la madre que por el tiempo estaba muerta a mis ojos, que había llorado por muchos años por mí para que viviera ante Tus ojos), no se burle de mí; sino más bien, si es alguien de gran caridad, llore él mismo por mis pecados ante Ti, el Padre de todos los hermanos de Tu Cristo.
Pero ahora, con un corazón curado de aquella herida, en la que podría parecer censurable por un sentimiento terreno, derramo ante Ti, nuestro Dios, en nombre de esa Tu sierva, un género de lágrimas muy diferente, que fluyen de un espíritu sacudido por los pensamientos de los peligros de toda alma que muere en Adán. Y aunque ella, habiendo sido vivificada en Cristo, incluso antes de su liberación de la carne, había vivido para alabanza de Tu nombre por su fe y conducta; sin embargo, no me atrevo a decir que desde el tiempo en que Tú la regeneraste por el bautismo, no salió palabra alguna de su boca contra Tu Mandamiento. Tu Hijo, la Verdad, ha dicho: Cualquiera que diga a su hermano, Fatuo, estará en peligro del fuego del infierno. Y ay incluso de la vida loable de los hombres, si, dejando a un lado la misericordia, Tú la examinases. Pero porque Tú no eres extremo en inquirir los pecados, confiadamente esperamos encontrar algún lugar junto a Ti. Pero quien enumera sus méritos reales ante Ti, ¿qué enumera ante Ti sino Tus propios dones? Oh, que los hombres se conocieran a sí mismos como hombres; y que el que se gloría, se gloríe en el Señor.
Yo, pues, oh Alabanza mía y Vida mía, Dios de mi corazón, dejando a un lado por un tiempo sus buenas obras, por las cuales Te doy gracias con alegría, Te suplico ahora por los pecados de mi madre. Escúchame, Te lo ruego, por la Medicina de nuestras heridas, Quien colgó del madero, y ahora sentado a Tu diestra intercede ante Ti por nosotros. Sé que ella trató con misericordia, y de corazón perdonó a sus deudores sus deudas; perdona Tú también sus deudas, cualesquiera que haya contraído en tantos años, desde el agua de la salvación. Perdónala, Señor, perdona, Te lo ruego; no entres en juicio con ella. Que Tu misericordia sea exaltada sobre Tu justicia, puesto que Tus palabras son verdaderas, y Tú has prometido misericordia a los misericordiosos; lo cual diste a ellos que fueran, Tú que tendrás misericordia de quien quieras tener misericordia; y te compadecerás de quien te hayas compadecido.
Y, creo, Tú ya has hecho lo que pido; pero acepta, oh Señor, las ofrendas voluntarias de mi boca. Pues ella, estando ya cerca el día de su disolución, no pensó en que su cuerpo fuera suntuosamente amortajado, o embalsamado con especias; ni deseó un monumento selecto, ni ser enterrada en su propia tierra. Estas cosas no nos las ordenó; sino que deseó solo que su nombre fuera conmemorado en Tu Altar, al cual ella había servido sin intermisión de un día: de donde sabía que se dispensaba el santo Sacrificio, por el cual el acta de los decretos que había contra nosotros es borrada; a través del cual fue triunfado sobre el enemigo, que sumando nuestras ofensas, y buscando de qué acusarnos, no encontró nada en Él, en Quien vencemos. ¿Quién le restaurará la sangre inocente? ¿Quién le pagará el precio con el que nos compró, y así nos tomará de Él? Al Sacramento del cual nuestro rescate, Tu sierva ató su alma con el vínculo de la fe. Que nadie la separe de Tu protección: que ni el león ni el dragón se interpongan por fuerza o fraude. Pues ella no responderá que no debe nada, no sea que sea convicta y apresada por el astuto acusador: sino que responderá que sus pecados le son perdonados por Aquel, a quien nadie puede pagar aquel precio que Él, que no debía nada, pagó por nosotros.
Que descanse entonces en paz con el esposo antes y después del cual no tuvo nunca ningún otro; a quien obedeció, dando fruto con paciencia para Ti, para poder ganarlo también para Ti. E inspira, oh Señor Dios mío, inspira a Tus siervos mis hermanos, Tus hijos mis amos, a quienes con voz, y corazón, y pluma sirvo, que tantos como lean estas Confesiones, puedan en Tu Altar recordar a Monnica Tu sierva, con Patricius, su antiguo esposo, por cuyos cuerpos Tú me trajiste a esta vida, cómo no lo sé. Que ellos con devoto afecto recuerden a mis padres en esta luz transitoria, a mis hermanos bajo Ti nuestro Padre en nuestra Madre Católica, y a mis conciudadanos en aquella eterna Jerusalén a la que suspira Tu pueblo peregrino desde su Éxodo, hasta su regreso allí. Para que así la última petición de mi madre hacia mí, pueda a través de mis confesiones, más que a través de mis oraciones, ser, por las oraciones de muchos, más abundantemente cumplida para ella.
LIBRO X
Déjame conocerte, oh Señor, que me conoces: déjame conocerte, como soy conocido. Poder de mi alma, entra en ella, y ajústala para Ti, para que puedas tenerla y poseerla sin mancha ni arruga. Esta es mi esperanza, por tanto hablo; y en esta esperanza me regocijo, cuando me regocijo saludablemente. Otras cosas de esta vida son tanto menos de lamentar, cuanto más se lamentan; y tanto más de lamentar, cuanto menos los hombres las lamentan. Pues he aquí, Tú amas la verdad, y el que la hace, viene a la luz. Esto quisiera hacer en mi corazón ante Ti en confesión: y en mi escritura, ante muchos testigos.
Y de Ti, oh Señor, ante cuyos ojos el abismo de la conciencia del hombre está desnudo, ¿qué podría estar oculto en mí aunque no quisiera confesarlo? Pues te ocultaría a Ti de mí, no a mí de Ti. Pero ahora, porque mi gemido es testigo de que estoy descontento conmigo mismo, Tú resplandeces, y eres agradable, y amado, y anhelado; para que me avergüence de mí mismo, y renuncie a mí mismo, y Te elija a Ti, y ni agrade a Ti ni a mí mismo, sino en Ti. Ante Ti, pues, oh Señor, estoy abierto, sea lo que sea; y con qué fruto confieso ante Ti, lo he dicho. Ni lo hago con palabras y sonidos de la carne, sino con las palabras de mi alma, y el grito del pensamiento que Tu oído conoce. Pues cuando soy malo, entonces confesar ante Ti no es otra cosa que estar descontento conmigo mismo; pero cuando soy santo, no otra cosa que no atribuírmelo a mí mismo: porque Tú, oh Señor, bendices al justo, pero primero lo justificas cuando es impío. Mi confesión entonces, oh Dios mío, ante Tus ojos, se hace silenciosamente, y no silenciosamente. Pues en sonido, es silenciosa; en afecto, clama en voz alta. Pues ni digo cosa alguna correcta a los hombres, que Tú no hayas escuchado antes de mí; ni oyes Tú tal cosa de mí, que no hayas dicho antes a mí.
¿Qué tengo entonces que ver con los hombres, para que escuchen mis confesiones--como si pudieran sanar todas mis enfermedades--una raza curiosa por conocer las vidas de otros, perezosa para enmendar las suyas? ¿Por qué buscan oír de mí lo que soy; quienes no quieren oír de Ti lo que ellos mismos son? ¿Y cómo saben, cuando de mí mismo oyen sobre mí mismo, si digo verdad; viendo que ningún hombre conoce lo que hay en el hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Pero si oyen de Ti sobre sí mismos, no pueden decir: "El Señor miente". Pues ¿qué es oír de Ti sobre sí mismos, sino conocerse a sí mismos? ¿Y quién conoce y dice: "Es falso", a menos que él mismo mienta? Pero porque la caridad todo lo cree (esto es, entre aquellos a quienes uniendo a sí misma hace uno), yo también, oh Señor, confesaré ante Ti de tal manera, que los hombres puedan oír, a quienes no puedo demostrar si confieso verdaderamente; sin embargo me creen, cuyos oídos la caridad me abre.
Mas hazme saber, oh Médico mío íntimo, qué fruto he de sacar al hacerlo. Pues las confesiones de mis pecados pasados, los cuales has perdonado y cubierto para bendecirme en Ti, transformando mi alma por la Fe y por Tu Sacramento, al ser leídas y oídas, despiertan el corazón para que no duerma en la desesperación y diga «no puedo», sino que despierte en el amor de Tu misericordia y en la dulzura de Tu gracia, mediante la cual el que es débil se hace fuerte cuando, por ella, cobra conciencia de su propia debilidad. Y los buenos se deleitan al oír de los males pasados de aquellos que ahora están libres de ellos, no porque sean males, sino porque han sido y ya no son. ¿Con qué fruto, pues, oh Señor Dios mío, a quien mi conciencia confiesa diariamente, confiando más en la esperanza de Tu misericordia que en su propia inocencia; con qué fruto, pregunto, confieso yo mediante este libro, ante los hombres también y en Tu presencia, lo que ahora soy, y no lo que he sido? Pues aquel otro fruto ya lo he visto y hablado de él. Pero lo que ahora soy, en el preciso momento de hacer estas confesiones, muchos desean saberlo, quienes me han conocido o no, quienes han oído de mí o a través de mí; mas su oído no está en mi corazón donde yo estoy, sea lo que sea. Desean, pues, oírme confesar lo que soy por dentro; adonde ni su ojo, ni su oído, ni su entendimiento pueden llegar; lo desean, dispuestos a creer, ¿pero podrán saberlo? Pues la caridad, por la cual son buenos, les dice que en mis confesiones no miento; y ella, en ellos, me cree.
¿Pero con qué fruto querrían oír esto? ¿Desean gozarse conmigo cuando oyen cuán cerca, por Tu don, me acerco a Ti? ¿Y orar por mí cuando oigan cuánto me retiene mi propio peso? A tales me descubriré. Pues no es un fruto pequeño, oh Señor Dios mío, que por muchos se den gracias a Ti en nuestro nombre, y que por muchos seas Tú implorado por nosotros. Que la mente fraternal ame en mí lo que Tú enseñas que debe ser amado, y lamente en mí lo que Tú enseñas que debe ser lamentado. Que sea una mente fraternal, no extraña; no la de los hijos extraños, cuya boca habla vanidad y cuya diestra es diestra de iniquidad, sino aquella mente fraternal que, cuando aprueba, se regocija por mí, y cuando me desaprueba, se entristece por mí; porque, ya sea que apruebe o desapruebe, me ama. A tales me descubriré: respirarán aliviados ante mis buenas obras, suspirarán por mis males. Mis buenas obras son Tus disposiciones y Tus dones; mis males son mis ofensas y Tus juicios. Que respiren aliviados ante unas y suspiren ante otros; y que himnos y llantos suban a Tu vista desde los corazones de mis hermanos, Tus incensarios. Y Tú, oh Señor, complácete con el incienso de Tu santo templo, ten piedad de mí según Tu gran misericordia por amor de Tu nombre; y no abandonando de ningún modo lo que has comenzado, perfecciona mis imperfecciones.
Este es el fruto de mis confesiones de lo que soy, no de lo que he sido: confesar esto no solo ante Ti, en una exultación secreta con temblor y un secreto dolor con esperanza, sino también en los oídos de los hijos de los hombres creyentes, partícipes de mi gozo y compañeros en mi mortalidad, mis conciudadanos y compañeros de peregrinación, los que han ido delante o los que han de seguir, compañeros de mi camino. Estos son Tus siervos, mis hermanos, a quienes quieres que sean Tus hijos; mis señores, a quienes me mandas servir si quiero vivir contigo, de Ti. Pero esta Tu Palabra sería poca si solo mandara hablando y no fuera delante cumpliendo. Esto, pues, hago de hecho y de palabra, esto hago bajo Tus alas; en peligro demasiado grande estaría si mi alma no estuviera sometida a Ti bajo Tus alas, y mi flaqueza conocida por Ti. Soy un pequeño, pero mi Padre vive siempre, y mi Guardián es suficiente para mí. Pues Él es el mismo que me engendró y me defiende; y Tú mismo eres todo mi bien; Tú, Todopoderoso, que estás conmigo, sí, antes de que yo esté contigo. A aquellos, pues, a quienes me mandas servir, les descubriré no lo que he sido, sino lo que ahora soy y lo que aún soy. Pero ni yo mismo me juzgo. Así, por tanto, quiero ser escuchado.
Porque Tú, Señor, me juzgas; porque, aunque nadie conoce las cosas del hombre sino el espíritu del hombre que está en él, hay, sin embargo, algo del hombre que ni el mismo espíritu del hombre que está en él conoce. Pero Tú, Señor, conoces todo de él, pues Tú lo has hecho. Aun así yo, aunque a Tu vista me desprecie y me considere polvo y ceniza, sé algo de Ti que no sé de mí mismo. Y, en verdad, ahora vemos por un espejo, oscuramente, y no cara a cara todavía. Mientras, pues, esté ausente de Ti, estoy más presente conmigo mismo que contigo; y sin embargo sé de Ti que no eres de ningún modo pasible; pero yo, qué tentaciones puedo resistir y cuáles no, no lo sé. Y hay esperanza, porque eres fiel, Tú que no permitirás que seamos tentados más de lo que podemos soportar, sino que harás con la tentación también una salida, para que podamos soportarla. Confesaré, pues, lo que sé de mí mismo; confesaré también lo que no sé de mí mismo. Y esto porque lo que sé de mí, lo sé por Tu resplandor sobre mí; y lo que no sé de mí, no lo sé hasta que mi oscuridad se haga como el mediodía en Tu rostro.
No con duda, sino con conciencia segura, te amo, Señor. Has herido mi corazón con Tu palabra, y te he amado. Sí, también el cielo, y la tierra, y todo lo que en ellos hay, mira cómo por todas partes me invitan a amarte; ni cesan de decirlo a todos, para que no tengan excusa. Pero más profundamente tendrás misericordia de quien quieras tener misericordia, y te compadecerás de quien te hayas compadecido; de lo contrario, en oídos sordos hablan el cielo y la tierra de Tus alabanzas. Pero, ¿qué amo yo cuando te amo a Ti? No la belleza de los cuerpos, ni la hermosa armonía del tiempo, ni el brillo de la luz, tan alegre para nuestros ojos, ni las dulces melodías de variados cantos, ni el olor fragante de las flores, y ungüentos, y especias, ni el maná y la miel, ni miembros aceptables para los abrazos de la carne. Nada de esto amo cuando amo a mi Dios; y, sin embargo, amo una especie de luz, y melodía, y fragancia, y alimento, y abrazo cuando amo a mi Dios: la luz, melodía, fragancia, alimento, abrazo de mi hombre interior; donde resplandece para mi alma lo que el espacio no puede contener, y suena lo que el tiempo no se lleva, y huele lo que el aliento no dispersa, y sabe lo que el comer no disminuye, y se adhiere lo que la saciedad no divorcia. Esto es lo que amo cuando amo a mi Dios.
¿Y qué es esto? Pregunté a la tierra, y me respondió: «No soy Él»; y todo lo que en ella hay confesó lo mismo. Pregunté al mar y a los abismos, y a las criaturas vivas que se arrastran, y respondieron: «No somos tu Dios, busca por encima de nosotros». Pregunté al aire en movimiento; y todo el aire con sus habitantes respondió: «Anaxímenes se engañó, yo no soy Dios». Pregunté a los cielos, al sol, a la luna, a las estrellas: «Tampoco (dicen) somos nosotros el Dios que buscas». Y respondí a todas las cosas que rodean la puerta de mi carne: «Me habéis dicho de mi Dios, que no sois Él; decidme algo de Él». Y gritaron con gran voz: «Él nos hizo». Mi interrogarlas era mi pensamiento sobre ellas; y su forma de belleza daba la respuesta. Y me volví hacia mí mismo, y me dije a mí mismo: «¿Quién eres tú?». Y respondí: «Un hombre». Y he aquí que en mí se presentan el alma y el cuerpo, uno fuera, el otro dentro. ¿Por cuál de estos debería buscar a mi Dios? Lo había buscado en el cuerpo desde la tierra hasta el cielo, hasta donde pude enviar mensajeros: los rayos de mis ojos. Pero lo mejor es lo interior, pues a él, como presidente y juez, todos los mensajeros corporales informaban de las respuestas del cielo y de la tierra y de todo lo que en ellos hay, quienes decían: «No somos Dios, sino que Él nos hizo». Estas cosas las sabía mi hombre interior por el ministerio del exterior; yo, el interior, las sabía; yo, la mente, a través de los sentidos de mi cuerpo. Pregunté a toda la estructura del mundo acerca de mi Dios; y me respondió: «No soy Él, pero Él me hizo».
¿No es esta figura corpórea aparente para todos cuyos sentidos son perfectos? ¿Por qué entonces no dice lo mismo a todos? Los animales, pequeños y grandes, la ven, pero no pueden preguntarle; porque no hay razón puesta sobre sus sentidos para juzgar lo que informan. Pero los hombres pueden preguntar, de modo que las cosas invisibles de Dios se ven claramente, entendiéndose por las cosas que han sido hechas; pero por el amor a ellas, son hechas sujetas a ellas; y los sujetos no pueden juzgar. Ni tampoco responden las criaturas a quienes preguntan, a menos que puedan juzgar; ni tampoco cambian su voz (es decir, su apariencia), si un hombre solo ve y otro que ve pregunta, de modo que parezca de una manera para este y de otra para aquel, sino que, pareciendo de la misma manera a ambos, es muda para este y habla a aquel; sí, más bien, habla a todos; pero solo entienden quienes comparan su voz recibida desde fuera con la verdad interior. Pues la verdad me dice: «Ni el cielo, ni la tierra, ni ningún otro cuerpo es tu Dios». Esto les dice su misma naturaleza al que los ve: «Son una masa; una masa es menor en una parte de ella que en el todo». Ahora te hablo a ti, oh alma mía, tú eres mi parte mejor: pues tú vivificas la masa de mi cuerpo, dándole vida, lo cual ningún cuerpo puede dar a un cuerpo; pero tu Dios es incluso para ti la Vida de tu vida.
¿Qué amo, pues, cuando amo a mi Dios? ¿Quién es Él por encima de la cabeza de mi alma? Por mi propia alma ascenderé hasta Él. Pasaré más allá de esa fuerza mediante la cual estoy unido a mi cuerpo y lleno toda su estructura de vida. Ni puedo por esa fuerza encontrar a mi Dios; pues así el caballo y el mulo, que no tienen entendimiento, podrían encontrarlo; viendo que es la misma fuerza mediante la cual también viven sus cuerpos. Pero hay otra fuerza, no solo esa mediante la cual animo, sino también aquella mediante la cual imbuyo de sentido mi carne, que el Señor ha formado para mí: mandando al ojo que no oiga, y al oído que no vea; sino al ojo, que a través de él yo vea, y al oído, que a través de él yo oiga; y a los otros sentidos, por separado, lo que es para cada uno sus propios asientos y oficios peculiares; los cuales, siendo diversos, yo, la mente única, realizo a través de ellos. Pasaré más allá de esta fuerza mía también; pues esta también la tienen el caballo y el mulo, ya que ellos también perciben a través del cuerpo.
Pasaré entonces más allá de esta fuerza de mi naturaleza también, elevándome por grados hasta Aquel que me hizo. Y llego a los campos y espaciosos palacios de mi memoria, donde están los tesoros de innumerables imágenes, traídas a ella desde cosas de todo tipo percibidas por los sentidos. Allí está almacenado todo lo que además pensamos, ya sea agrandando o disminuyendo, o variando de cualquier otra manera aquellas cosas que el sentido ha alcanzado; y cualquier otra cosa que haya sido confiada y depositada, que el olvido aún no ha tragado ni enterrado. Cuando entro allí, requiero que se traiga lo que quiero, y algo aparece al instante; otras cosas deben ser buscadas más tiempo, las cuales son traídas, por así decirlo, desde algún receptáculo interior; otras salen a borbotones en tropas, y mientras se desea y se requiere una cosa, saltan afuera, como quien dijera: «¿Soy acaso yo?». Estas las aparto con la mano de mi corazón, de la cara de mi recuerdo; hasta que lo que deseo sea desvelado y aparezca a la vista, desde su lugar secreto. Otras cosas surgen fácilmente, en orden ininterrumpido, a medida que son llamadas; las de delante dejando paso a las siguientes; y mientras dejan paso, se ocultan de la vista, listas para venir cuando yo quiera. Todo lo cual sucede cuando repito una cosa de memoria.
Allí están todas las cosas conservadas distintamente y bajo encabezados generales, habiendo entrado cada una por su propia avenida: como la luz, y todos los colores y formas de los cuerpos por los ojos; por los oídos toda clase de sonidos; todos los olores por la avenida de las fosas nasales; todos los sabores por la boca; y por la sensación de todo el cuerpo, lo que es duro o blando; caliente o frío; o rugoso; pesado o ligero; ya sea exterior o interiormente al cuerpo. Todo esto recibe ese gran puerto de la memoria en sus innumerables y inexpresables recovecos, para estar listo y ser traído a la luz cuando sea necesario; entrando cada uno por su propia puerta, y allí depositado. Ni tampoco entran las cosas mismas; solo las imágenes de las cosas percibidas están allí listas, para que el pensamiento las recuerde. ¿Quién puede decir cómo se forman estas imágenes, aunque parece claro por qué sentido cada una ha sido traída y almacenada? Pues incluso mientras permanezco en la oscuridad y el silencio, en mi memoria puedo producir colores, si quiero, y discernir entre el negro y el blanco, y cualesquiera otros que quiera; ni tampoco los sonidos irrumpen y perturban la imagen extraída por mis ojos, que estoy revisando, aunque también están allí, yaciendo dormidos, y almacenados, por así decirlo, aparte. Pues estos también los llamo, y de inmediato aparecen. Y aunque mi lengua esté quieta y mi garganta muda, puedo cantar tanto como quiera; ni esas imágenes de colores, que no obstante están allí, se entrometen e interrumpen cuando se llama a otro almacén, que fluyó por los oídos. Así las otras cosas, apiladas y acumuladas por los otros sentidos, las recuerdo a mi placer. Sí, distingo el aroma de los lirios del de las violetas, sin oler nada; y prefiero la miel al vino dulce, lo suave a lo rugoso, en el momento sin probar ni tocar, sino solo recordando.
Estas cosas hago dentro, en ese vasto tribunal de mi memoria. Pues están presentes conmigo el cielo, la tierra, el mar, y todo lo que pude pensar en ellos, además de lo que he olvidado. Allí también me encuentro conmigo mismo, y me recuerdo, y cuándo, dónde y qué he hecho, y bajo qué sentimientos. Allí está todo lo que recuerdo, ya sea por mi propia experiencia o por el testimonio de otros. Del mismo almacén combino yo mismo con el pasado, continuamente, nuevas y nuevas semejanzas de cosas que he experimentado, o, de lo que he experimentado, he creído: y de ahí infiero de nuevo acciones, eventos y esperanzas futuros, y sobre todo esto reflexiono de nuevo, como si fuera presente. «Haré esto o aquello», me digo a mí mismo, en ese gran receptáculo de mi mente, almacenado con las imágenes de cosas tan muchas y tan grandes, «y esto o aquello seguirá». «¡Oh, que esto o aquello pudiera ser!». «¡Dios aparte esto o aquello!». Así hablo conmigo mismo: y cuando hablo, las imágenes de todo lo que hablo están presentes, desde el mismo tesoro de la memoria; ni hablaría de ninguna de ellas si faltaran las imágenes.
Grande es esta fuerza de la memoria, excesivamente grande, oh Dios mío; ¡una cámara amplia y sin límites! ¿Quién ha sondeado alguna vez su fondo? Sin embargo, es una fuerza mía y pertenece a mi naturaleza; ni yo mismo comprendo todo lo que soy. Por tanto, la mente es demasiado estrecha para contenerse a sí misma. ¿Y dónde debería estar eso que no contiene de sí misma? ¿Está fuera de ella, y no dentro? ¿Cómo entonces no se comprende a sí misma? Una maravillosa admiración me sorprende, el asombro se apodera de mí ante esto. Y los hombres van al extranjero para admirar las alturas de las montañas, las poderosas olas del mar, los anchos caudales de los ríos, la brújula del océano y los circuitos de las estrellas, y se pasan a sí mismos por alto; ni se maravillan de que, cuando hablé de todas estas cosas, no las vi con mis ojos, mas no podría haber hablado de ellas a menos que entonces viera realmente las montañas, las olas, los ríos, las estrellas que había visto, y ese océano que creo que existe, interiormente en mi memoria, y eso, con los mismos vastos espacios entre medias, como si los viera fuera. Sin embargo, no los atraje hacia mí al verlos, cuando con mis ojos los contemplé; ni están ellos mismos conmigo, sino solo sus imágenes. Y sé por qué sentido del cuerpo cada uno fue impreso en mí.
Sin embargo, no solo estas retiene la inmensurable capacidad de mi memoria. Aquí está también todo lo aprendido de las ciencias liberales y aún no olvidado; eliminado, por así decirlo, a algún lugar interior, que sin embargo no es lugar: ni son las imágenes de ellas, sino las cosas mismas. Pues, ¿qué es la literatura, qué el arte de disputar, cuántos tipos de cuestiones hay?, todo lo que de esto sé, de tal manera existe en mi memoria que no he tomado la imagen y dejado la cosa, o que debería haber sonado y pasado como una voz fijada en el oído por esa impresión, mediante la cual podría ser recordada, como si sonara cuando ya no sonaba; o como un olor que, mientras pasa y se evapora en el aire, afecta al sentido del olfato, desde donde transmite a la memoria una imagen de sí mismo, la cual, recordando, renovamos; o como un alimento que, ciertamente, en el vientre ya no tiene sabor, y sin embargo en la memoria todavía de alguna manera sabe; o como cualquier cosa que el cuerpo percibe por el tacto, y que, cuando es retirada de nosotros, la memoria todavía concibe. Pues esas cosas no son transmitidas a la memoria, sino que solo sus imágenes son capturadas con una rapidez admirable y almacenadas, por así decirlo, en maravillosos gabinetes, y de allí, maravillosamente por el acto de recordar, son traídas a la luz.
Mas ahora, cuando oigo que hay tres clases de preguntas: "¿Si la cosa es?, ¿qué es?, ¿de qué clase es?", en verdad retengo las imágenes de los sonidos de los cuales esas palabras están compuestas, y que esos sonidos, con un ruido, pasaron por el aire y ahora ya no son. Pero las cosas mismas que son significadas por esos sonidos, nunca las alcancé con ningún sentido de mi cuerpo, ni jamás las discerní de otra manera que en mi mente; sin embargo, en mi memoria he guardado no sus imágenes, sino a ellas mismas. Las cuales, cómo entraron en mí, que lo digan si pueden; pues he recorrido todas las avenidas de mi carne, pero no puedo encontrar por cuál entraron. Porque los ojos dicen: "Si esas imágenes tenían color, nosotros dimos cuenta de ellas". Los oídos dicen: "Si suenan, nosotros dimos conocimiento de ellas". Las narices dicen: "Si huelen, pasaron por nosotros". El gusto dice: "A menos que tengan sabor, no me preguntéis". El tacto dice: "Si no tiene tamaño, no lo palpé; si no lo palpé, no di noticia de ello". ¿De dónde y cómo entraron estas cosas en mi memoria? No lo sé. Pues cuando las aprendí, no di crédito a la mente de otro hombre, sino que las reconocí en la mía; y aprobándolas como verdaderas, las encomendé a ella, guardándolas por así decirlo, de donde pudiera sacarlas cuando quisiera. En mi corazón estaban, pues, incluso antes de que las aprendiera, pero en mi memoria no estaban. ¿Dónde entonces? ¿O por qué, cuando fueron dichas, las reconocí y dije: "Así es, es verdad", a menos que ya estuvieran en la memoria, pero tan relegadas y enterradas, por así decirlo, en recesos más profundos, que si la sugerencia de otro no las hubiera sacado, acaso habría sido incapaz de concebirlas?
Por lo cual hallamos que aprender estas cosas, de las cuales no libamos las imágenes por nuestros sentidos, sino que percibimos dentro por sí mismas, sin imágenes, tal como son, no es otra cosa que, por concepción, recibir y, al notar, prestar atención a que aquellas cosas que la memoria contenía antes al azar y desordenadas, sean puestas a mano, por así decirlo, en esa misma memoria donde antes yacían desconocidas, dispersas y descuidadas, y así ocurran fácilmente a la mente familiarizada con ellas. Y cuántas cosas de esta clase lleva mi memoria que ya han sido halladas y, como dije, puestas por así decirlo a mano, las cuales se dice que hemos aprendido y llegado a conocer, que si por algún corto espacio de tiempo dejara de traer a la mente, quedan de nuevo tan enterradas y se deslizan, por así decirlo, hacia los recesos más profundos, que deben de nuevo, como si fueran nuevas, ser pensadas desde allí, pues otra morada no tienen: sino que deben ser atraídas juntas de nuevo para que puedan ser conocidas; es decir, deben ser como si fueran recolectadas de su dispersión: de donde se deriva la palabra "cogitación". Pues cogo (recolectar) y cogito (re-recolectar) tienen la misma relación entre sí que ago y agito, facio y factito. Pero la mente ha apropiado para sí esta palabra (cogitación), de modo que no lo que es "recolectado" de cualquier manera, sino lo que es "re-recolectado", es decir, reunido en la mente, es propiamente dicho ser cogitado o pensado.
La memoria contiene también razones y leyes innumerables de números y dimensiones, ninguna de las cuales ha impresionado ningún sentido corporal; viendo que no tienen ni color, ni sonido, ni gusto, ni olor, ni tacto. He oído el sonido de las palabras mediante las cuales, al ser discutidas, son denotadas: pero los sonidos son otras cosas que las cosas mismas. Pues los sonidos son otros en griego que en latín; pero las cosas no son ni griegas, ni latinas, ni de ninguna otra lengua. He visto las líneas de los arquitectos, las más finas, como el hilo de una araña; pero esas son todavía diferentes, no son las imágenes de aquellas líneas que el ojo de la carne me mostró: las conoce cualquiera que, sin ninguna concepción de cuerpo, las reconoce dentro de sí mismo. He percibido también los números de las cosas con las cuales numeramos todos los sentidos de mi cuerpo; pero aquellos números con los que numeramos son diferentes, ni son las imágenes de estos, y por tanto, ellos en verdad son. Quien no los vea, que se burle de mí por decir estas cosas, y yo me compadeceré de él mientras se burla de mí.
Todas estas cosas recuerdo, y recuerdo cómo las aprendí. Muchas cosas también falsísimamente objetadas contra ellas he oído, y recuerdo; las cuales, aunque sean falsas, no es falso que las recuerdo; y recuerdo también que he discernido entre esas verdades y estas falsedades objetadas a ellas. Y percibo que el discernimiento presente de estas cosas es diferente de recordar que muchas veces las discerní, cuando a menudo pensaba en ellas. Recuerdo entonces haber entendido a menudo estas cosas; y lo que ahora discierno y entiendo, lo guardo en mi memoria, para que en adelante pueda recordar que lo entiendo ahora. Así pues, recuerdo también haber recordado; como si en adelante llamaré a la memoria que he podido ahora recordar estas cosas, por la fuerza de la memoria lo llamaré a la memoria.
La misma memoria contiene también los afectos de mi mente, no de la misma manera que mi mente misma los contiene cuando los siente, sino de muy otra manera, conforme a un poder propio. Pues sin regocijarme recuerdo que me he regocijado; y sin tristeza recuerdo mi pasada tristeza. Y lo que una vez temí, lo reviso sin temor; y sin deseo traigo a la mente un deseo pasado. A veces, por el contrario, con alegría recuerdo mi pasada tristeza, y con tristeza, la alegría. Lo cual no es maravilloso, en cuanto al cuerpo; pues una cosa es la mente, otra el cuerpo. Si yo, por tanto, con alegría recuerdo algún dolor pasado del cuerpo, no es tan maravilloso. Pero ahora, viendo que esta memoria misma es mente (pues cuando damos algo a cargo para ser guardado en la memoria, decimos: "Mira que lo guardes en la mente"; y cuando olvidamos, decimos: "No vino a mi mente" y "Se me escapó de la mente", llamando a la memoria misma la mente); siendo esto así, ¿cómo es que cuando con alegría recuerdo mi pasada tristeza, la mente tiene alegría, la memoria tiene tristeza; la mente, sobre la alegría que hay en ella, está alegre, pero la memoria, sobre la tristeza que hay en ella, no está triste? ¿Acaso la memoria no pertenece a la mente? ¿Quién dirá eso? La memoria es, pues, por así decirlo, el vientre de la mente, y la alegría y la tristeza, como alimento dulce y amargo; los cuales, cuando son encomendados a la memoria, son como si pasaran al vientre, donde pueden ser almacenados, pero no pueden saborear. Ridículo es imaginar que estos sean iguales; y sin embargo, no son completamente diferentes.
Pero, he aquí, de mi memoria lo traigo cuando digo que hay cuatro perturbaciones de la mente: deseo, alegría, temor, tristeza; y cualquier cosa que pueda disputar sobre ello, dividiendo cada una en sus especies subordinadas y definiéndola, en mi memoria encuentro qué decir, y de allí lo traigo: sin embargo, no soy perturbado por ninguna de estas perturbaciones cuando, al traerlas a la mente, las recuerdo; es más, antes de que las recordara y trajera de vuelta, estaban allí; y por tanto, podían, mediante el recuerdo, ser traídas de allí. ¿Acaso entonces, como el alimento es traído del vientre al rumiar, así estas, mediante el recuerdo, son traídas de la memoria? ¿Por qué entonces el que disputa, recordando así, no saborea en la boca de su meditación la dulzura de la alegría o la amargura de la tristeza? ¿Es la comparación diferente en esto, porque no es en todos los aspectos semejante? Pues ¿quién hablaría voluntariamente de ello si, tan a menudo como nombramos la pena o el temor, fuéramos obligados a estar tristes o temerosos? Y sin embargo, no podríamos hablar de ellos si no encontráramos en nuestra memoria, no solo los sonidos de los nombres según las imágenes impresas por los sentidos del cuerpo, sino nociones de las cosas mismas que nunca recibimos por ninguna avenida del cuerpo, sino que la mente misma, percibiendo por la experiencia de sus propias pasiones, las encomendó a la memoria, o la memoria de sí misma las retuvo sin serle encomendadas.
Pero, ¿si mediante imágenes o no, quién puede decirlo fácilmente? Así, nombro una piedra, nombro el sol, no estando las cosas mismas presentes a mis sentidos, sino sus imágenes a mi memoria. Nombro un dolor corporal, sin embargo no está presente conmigo, cuando nada duele: pero a menos que su imagen estuviera presente a mi memoria, no sabría qué decir de ello, ni al discurrir discerniría el dolor del placer. Nombro la salud corporal; estando sano de cuerpo, la cosa misma está presente conmigo; sin embargo, a menos que su imagen también estuviera presente en mi memoria, no podría de ninguna manera recordar qué debería significar el sonido de este nombre. Ni los enfermos, cuando la salud fuera nombrada, reconocerían de qué se habla, a menos que la misma imagen fuera retenida por la fuerza de la memoria, aunque la cosa misma estuviera ausente del cuerpo. Nombro los números con los que numeramos; y no sus imágenes, sino ellos mismos están presentes en mi memoria. Nombro la imagen del sol, y esa imagen está presente en mi memoria. Pues no recuerdo la imagen de su imagen, sino que la imagen misma está presente a mí, llamándola a la mente. Nombro la memoria, y reconozco lo que nombro. ¿Y dónde lo reconozco, sino en la memoria misma? ¿Está también presente a sí misma por su imagen, y no por sí misma?
¿Qué, cuando nombro el olvido, y a la vez reconozco lo que nombro? ¿De dónde lo reconocería si no lo recordara? No hablo del sonido del nombre, sino de la cosa que significa: la cual, si hubiera olvidado, no podría reconocer qué significa ese sonido. Cuando entonces recuerdo la memoria, la memoria misma está, a través de sí misma, presente a sí misma: pero cuando recuerdo el olvido, están presentes tanto la memoria como el olvido; memoria con la cual recuerdo, olvido el cual recuerdo. ¿Pero qué es el olvido, sino la privación de la memoria? ¿Cómo entonces está presente que lo recuerde, puesto que cuando está presente no puedo recordar? Pero si lo que recordamos lo tenemos en la memoria, sin embargo, a menos que recordáramos el olvido, nunca podríamos al oír el nombre reconocer la cosa significada por él, entonces el olvido es retenido por la memoria. Presente entonces está, que no olvidamos, y siendo así, olvidamos. Debe entenderse de esto que el olvido, cuando lo recordamos, no está presente a la memoria por sí mismo sino por su imagen: porque si estuviera presente por sí mismo, no nos causaría recordar, sino olvidar. ¿Quién ahora escudriñará esto? ¿Quién comprenderá cómo es?
Señor, yo, en verdad, me afano en ello, sí, y me afano en mí mismo; me he convertido en un suelo pesado que requiere demasiado sudor de la frente. Pues no estamos ahora escudriñando las regiones del cielo, o midiendo las distancias de las estrellas, o investigando los equilibrios de la tierra. Soy yo mismo quien recuerda, yo la mente. No es tan maravilloso si lo que yo mismo no soy está lejos de mí. ¿Pero qué es más cercano a mí que yo mismo? Y he aquí, la fuerza de mi propia memoria no es entendida por mí; aunque no puedo ni siquiera nombrarme a mí mismo sin ella. Pues ¿qué diré cuando está claro para mí que recuerdo el olvido? ¿Diré que no está en mi memoria lo que recuerdo? ¿O diré que el olvido está para este propósito en mi memoria, para que no pudiera olvidar? Ambos serían de lo más absurdos. ¿Qué tercer camino hay? ¿Cómo puedo decir que la imagen del olvido es retenida por mi memoria, no el olvido mismo, cuando lo recuerdo? ¿Cómo podría decir esto tampoco, viendo que cuando la imagen de cualquier cosa es impresa en la memoria, la cosa misma debe necesariamente estar primero presente, de donde esa imagen pueda ser impresa? Pues así recuerdo Cartago, así todos los lugares donde he estado, así las caras de hombres que he visto, y las cosas reportadas por los otros sentidos; así la salud o enfermedad del cuerpo. Pues cuando estas cosas estaban presentes, mi memoria recibió de ellas imágenes, las cuales, estando presentes conmigo, podría mirar y traer de vuelta en mi mente, cuando las recordaba en su ausencia. Si entonces este olvido es retenido en la memoria a través de su imagen, no a través de sí mismo, entonces claramente él mismo estuvo una vez presente, para que su imagen pudiera ser tomada. Pero cuando estuvo presente, ¿cómo escribió su imagen en la memoria, viendo que el olvido, por su presencia, borra incluso lo que encuentra ya notado? Y sin embargo, de cualquier manera, aunque ese modo esté más allá de concebir y explicar, cierto estoy de que recuerdo el olvido mismo también, mediante el cual lo que recordamos es borrado.
Grande es el poder de la memoria, una cosa temible, oh Dios mío, una multiplicidad profunda e ilimitada; y esta cosa es la mente, y este soy yo mismo. ¿Qué soy entonces, oh Dios mío? ¿Qué naturaleza soy? Una vida variada y múltiple, y excesivamente inmensa. He aquí en las llanuras, y cuevas, y cavernas de mi memoria, innumerables e innumerablemente llenas de innumerables clases de cosas, ya sea a través de imágenes, como todos los cuerpos; o por presencia real, como las artes; o por ciertas nociones o impresiones, como los afectos de la mente, los cuales, incluso cuando la mente no los siente, la memoria los retiene, mientras que sin embargo todo lo que está en la memoria está también en la mente —sobre todas estas cosas corro, vuelo; me sumerjo a este lado y a aquel, tanto como puedo, y no hay fin. Tan grande es la fuerza de la memoria, tan grande la fuerza de la vida, incluso en la vida mortal del hombre. ¿Qué haré entonces, oh Tú mi verdadera vida, mi Dios? Pasaré incluso más allá de este poder mío que es llamado memoria: sí, pasaré más allá de él, para que pueda acercarme a Ti, oh dulce Luz. ¿Qué me dices? Mira, estoy ascendiendo a través de mi mente hacia Ti que habitas sobre mí. Sí, ahora pasaré más allá de este poder mío que es llamado memoria, deseoso de llegar a Ti, de donde Tú puedes ser llegado; y de adherirme a Ti, de donde uno puede adherirse a Ti. Pues incluso las bestias y las aves tienen memoria; de lo contrario no podrían regresar a sus guaridas y nidos, ni a muchas otras cosas a las que están acostumbradas: ni en verdad podrían estar acostumbradas a nada, sino por la memoria. Pasaré entonces más allá de la memoria también, para que pueda llegar a Aquel que me ha separado de las bestias de cuatro patas y me ha hecho más sabio que las aves del cielo, pasaré más allá de la memoria también, ¿y dónde te encontraré, Tú verdaderamente buena y cierta dulzura? ¿Y dónde te encontraré? Si te encuentro fuera de mi memoria, entonces no te retengo en mi memoria. ¿Y cómo te encontraré, si no te recuerdo?
Pues la mujer que había perdido su moneda, y la buscó con una luz; a menos que la hubiera recordado, nunca la habría encontrado. Pues cuando fue encontrada, ¿de dónde sabría si era la misma, a menos que la recordara? Recuerdo haber buscado y encontrado muchas cosas; y esto sé por ello, que cuando buscaba alguna de ellas, y se me preguntaba: "¿Es esta?", "¿Es aquella?", tanto dije "No", hasta que se me ofreció la que buscaba. La cual, si no la hubiera recordado (cualquiera que fuera), aunque se me ofreciera, no la habría encontrado, porque no podría reconocerla. Y así es siempre, cuando buscamos y encontramos cualquier cosa perdida. No obstante, cuando cualquier cosa es por azar perdida de la vista, no de la memoria (como cualquier cuerpo visible), sin embargo su imagen es todavía retenida dentro, y es buscada hasta que sea restaurada a la vista; y cuando es encontrada, es reconocida por la imagen que está dentro: ni decimos que hemos encontrado lo que estaba perdido, a menos que lo reconozcamos; ni podemos reconocerlo, a menos que lo recordemos. Pero esta estaba perdida para los ojos, pero retenida en la memoria.
¿Pero qué cuando la memoria misma pierde cualquier cosa, como sucede cuando olvidamos y buscamos para poder recordar? ¿Dónde al final buscamos, sino en la memoria misma? y allí, si una cosa es por azar ofrecida en lugar de otra, la rechazamos, hasta que lo que buscamos sale a nuestro encuentro; y cuando lo hace, decimos: "Esta es"; lo cual no diríamos a menos que lo reconociéramos, ni reconoceríamos a menos que lo recordáramos. Ciertamente entonces lo habíamos olvidado. O, ¿no se nos había escapado el todo, sino que por la parte de la cual teníamos sujeción, era la parte perdida buscada; en cuanto a que la memoria sentía que no llevaba junta toda la que solía, y mutilada, por así decirlo, por la disminución de su antiguo hábito, exigía la restauración de lo que echaba de menos? Por ejemplo, si vemos o pensamos en alguien conocido para nosotros, y habiendo olvidado su nombre, intentamos recuperarlo; cualquier otra cosa que ocurre, no se conecta con ello; porque no solía ser pensado junto con él, y por tanto es rechazada, hasta que se presenta aquello sobre lo cual el conocimiento reposa ecuánimemente como su objeto acostumbrado. ¿Y de dónde se presenta eso, sino de la memoria misma? pues incluso cuando lo reconocemos, al ser recordados por otro, es de allí de donde viene. Pues no lo creemos como algo nuevo, sino, tras el recuerdo, permitimos que lo que fue nombrado sea correcto. Pero si estuviera totalmente borrado de la mente, no lo recordaríamos, incluso cuando fuéramos recordados. Pues no hemos olvidado todavía totalmente aquello que recordamos haber olvidado. Lo que entonces hemos olvidado totalmente, aunque esté perdido, ni siquiera podemos buscarlo.
Pues no buscamos lo que hemos olvidado totalmente, ya que no podemos buscar lo que no recordamos.
¿Cómo, pues, te busco, oh Señor? Porque al buscarte, Dios mío, busco la vida feliz. Te buscaré para que mi alma viva. Pues mi cuerpo vive de mi alma, y mi alma de ti. ¿Cómo busco entonces la vida feliz, si no la poseo hasta que pueda decir, donde debo decirlo: «Es suficiente»? ¿Cómo la busco? ¿Por el recuerdo, como si la hubiera olvidado, recordando que la había olvidado? ¿O deseando aprenderla como algo desconocido, que nunca he conocido, o que he olvidado de tal manera que ni siquiera recuerdo haberlo olvidado? ¿No es la vida feliz lo que todos quieren, y nadie deja de querer por completo? ¿Dónde la han conocido para que así la deseen? ¿Dónde la han visto para que así la amen? Ciertamente la poseemos, aunque no sé cómo. Sí, hay otro modo en el que, cuando uno la posee, entonces es feliz; y hay quienes son bienaventurados en la esperanza. Estos la poseen en un grado inferior a quienes la poseen en realidad; sin embargo, están mejor que aquellos que no son felices ni en la realidad ni en la esperanza. No obstante, incluso estos, si no la poseyeran de algún modo, no desearían tanto ser felices, lo cual es ciertísimo que desean. La han conocido, pues, no sé cómo, y así la poseen por alguna suerte de conocimiento, qué sea, no lo sé, y estoy perplejo sobre si está en la memoria; lo cual, si así fuera, entonces fuimos felices alguna vez; si todos individualmente, o en aquel hombre que pecó primero, en quien también todos morimos y de quien todos nacemos con miseria, no lo investigo ahora; sino solo si la vida feliz está en la memoria. Porque tampoco la amaríamos si no la conociéramos. Oímos el nombre y todos confesamos que deseamos la cosa; pues no nos deleitamos con el mero sonido. Porque cuando un griego lo oye en latín, no se deleita, pues no sabe lo que se dice; pero nosotros, los latinos, nos deleitamos, como también él lo haría si lo oyera en griego; porque la cosa en sí no es ni griega ni latina, y es lo que griegos, latinos y hombres de todas las demás lenguas anhelan con tanto fervor. Es, pues, conocida por todos, pues si se les pregunta a todos a una voz: «¿Querrían ser felices?», responderían sin duda: «Lo querrían». Y esto no podría ser a menos que la cosa misma de la que es nombre estuviera retenida en su memoria.
¿Pero es así, como quien recuerda Cartago por haberla visto? No. Porque la vida feliz no se ve con los ojos, ya que no es un cuerpo. ¿Como recordamos entonces los números? No. Pues estos, quien los tiene en su conocimiento, no busca más allá para alcanzarlos; pero la vida feliz la tenemos en nuestro conocimiento y, por tanto, la amamos, y sin embargo, deseamos aún alcanzarla para ser felices. ¿Como recordamos entonces la elocuencia? No. Porque aunque al oír este nombre también, algunos traen a la memoria la cosa, que todavía no son elocuentes, y muchos que desean serlo, de donde aparece que está en su conocimiento; sin embargo, estos han observado por sus sentidos corporales a otros ser elocuentes, y se han deleitado, y desean ser como ellos (aunque en verdad no se deleitarían de no ser por algún conocimiento interior de ello, ni desearían ser como ellos, a menos que así se deleitaran); mientras que la vida feliz no la experimentamos por ningún sentido corporal en los demás. ¿Como recordamos entonces el gozo? Tal vez; pues recuerdo mi gozo, incluso cuando estoy triste, como la vida feliz, cuando soy infeliz; ni jamás vi, oí, olí, gusté o toqué mi gozo con sentido corporal; sino que lo experimenté en mi mente cuando me regocijé; y el conocimiento de él se adhirió a mi memoria, de modo que puedo evocarlo a veces con disgusto, otras con anhelo, según la naturaleza de las cosas en las que recuerdo haberme regocijado. Pues incluso de cosas viles he estado inmerso en una suerte de gozo; lo cual, al recordarlo ahora, lo detesto y lo execro; otras veces en cosas buenas y honestas, que recuerdo con anhelo, aunque tal vez ya no estén presentes; y por tanto, con tristeza recuerdo el gozo pasado.
¿Dónde, pues, y cuándo experimenté mi vida feliz para que la recuerde, la ame y la anhele? Y no soy yo solo, o unos pocos además, sino que todos quisiéramos ser felices; lo cual, si no lo supiéramos por algún conocimiento cierto, no lo desearíamos con una voluntad tan segura. ¿Pero cómo es esto, que si a dos hombres se les pregunta si querrían ir a la guerra, uno, tal vez, respondería que sí, el otro, que no; pero si se les preguntara si querrían ser felices, ambos dirían al instante, sin dudar, que sí; y por ninguna otra razón iría el uno a la guerra y el otro no, sino para ser felices? ¿Será tal vez que, como uno busca su gozo en esta cosa y otro en aquella, todos coinciden en su deseo de ser felices, como querrían (si se les preguntara) desear poseer gozo, y a este gozo lo llaman vida feliz? Aunque, pues, uno obtiene este gozo por un medio y otro por otro, todos tienen un mismo fin, al que se esfuerzan por alcanzar, a saber, el gozo. Siendo esta una cosa que todos deben decir que han experimentado, se encuentra, por tanto, en la memoria, y se reconoce siempre que se menciona el nombre de vida feliz.
Lejos esté, Señor, lejos esté del corazón de tu siervo que aquí se confiesa ante ti, lejos esté que, sea cual sea el gozo, crea yo por ello que soy feliz. Pues hay un gozo que no se da a los impíos, sino a quienes te aman por ti mismo, cuyo gozo eres tú mismo. Y esta es la vida feliz: regocijarse en ti, de ti, por ti; esto es, y no hay otra. Pues los que piensan que hay otra, persiguen algún otro gozo y no el verdadero. Sin embargo, su voluntad no está apartada de cierta apariencia de gozo.
¿No es cierto, pues, que todos desean ser felices, en tanto que quienes no desean gozar en ti, que es la única vida feliz, no desean verdaderamente la vida feliz? ¿O es que todos los hombres desean esto, pero, debido a que la carne desea contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne, no pueden hacer lo que querrían, caen en lo que pueden y se contentan con ello; porque aquello que no son capaces de hacer, no lo quieren con la fuerza suficiente para ser capaces? Pues le pregunto a cualquiera: ¿preferiría gozar en la verdad o en la falsedad? Tan poco dudarán en decir «en la verdad» como en decir «que desean ser felices», pues la vida feliz es el gozo en la verdad: pues esto es un gozar en ti, que eres la Verdad, oh Dios, mi luz, salud de mi rostro, mi Dios. Esta es la vida feliz que todos desean; esta vida, que es la única feliz, todos desean; gozar en la verdad todos desean. He conocido a muchos que querrían engañar; que alguien quiera ser engañado, nadie. ¿Dónde conocieron, pues, esta vida feliz, sino allí donde conocen también la verdad? Pues la aman también, ya que no querrían ser engañados. Y cuando aman una vida feliz, que no es otra cosa que gozar en la verdad, entonces aman también la verdad; la cual, sin embargo, no amarían si no hubiera algún conocimiento de ella en su memoria. ¿Por qué, pues, no gozan en ella? ¿Por qué no son felices? Porque están más fuertemente ocupados por otras cosas que tienen más poder para hacerlos miserables, que aquello que tan débilmente recuerdan para hacerlos felices. Pues queda aún una pequeña luz en los hombres; que caminen, que caminen, para que las tinieblas no los alcancen.
Pero ¿por qué «la verdad genera odio», y el hombre tuyo, al predicar la verdad, se vuelve enemigo de ellos? ¿Siendo que se ama la vida feliz, que no es otra cosa que gozar en la verdad; a menos que la verdad sea amada de tal modo que quienes aman cualquier otra cosa querrían gustosamente que aquello que aman fuera la verdad: y porque no querrían ser engañados, no querrían ser convencidos de que lo son? Por eso odian la verdad por causa de aquella cosa que amaron en lugar de la verdad. Aman la verdad cuando ella ilumina, la odian cuando ella reprende. Pues dado que no querrían ser engañados y querrían engañar, la aman cuando ella se descubre ante ellos, y la odian cuando ella los descubre a ellos. Por lo cual ella les pagará de tal manera que, a quienes no quisieron ser manifestados por ella, ella, aun contra su voluntad, los manifiesta, y ella misma no se vuelve manifiesta a ellos. Así, así, sí, así la mente del hombre, así ciega y enferma, inmunda y deshonrosa, desea estar oculta, pero que nada se le oculte, eso no lo quiere. Pero lo contrario le es retribuido: que ella misma no esté oculta a la Verdad, pero la Verdad esté oculta a ella. Aun así, siendo tan miserable, prefiere gozar en verdades que en falsedades. Feliz será, pues, cuando, sin ninguna distracción de por medio, goce en aquella única Verdad, por quien todas las cosas son verdaderas.
Mira qué espacio he recorrido en mi memoria buscándote, oh Señor; y no te he encontrado fuera de ella. Ni he encontrado nada referente a ti, sino lo que he guardado en la memoria desde que te aprendí. Pues desde que te aprendí, no te he olvidado. Porque donde encontré la Verdad, allí encontré a mi Dios, la Verdad misma; la cual, desde que la aprendí, no he olvidado. Desde entonces te aprendí, tú resides en mi memoria; y allí te encuentro cuando te traigo a la memoria y me deleito en ti. Estos son mis santos deleites, que tú me has dado en tu misericordia, atendiendo a mi pobreza.
Pero ¿dónde en mi memoria resides, oh Señor, dónde resides allí? ¿Qué clase de morada has construido para ti? ¿Qué clase de santuario has edificado para ti? Has dado este honor a mi memoria, de residir en ella; pero en qué parte de ella resides, eso estoy considerando. Pues al pensar en ti, pasé más allá de aquellas partes de ella que también tienen las bestias, pues no te encontré allí entre las imágenes de las cosas corporales: y llegué a aquellas partes a las que confié los afectos de mi mente, y tampoco te encontré allí. Y entré en la sede misma de mi mente (que tiene en mi memoria, en tanto que la mente se recuerda también a sí misma), y tampoco estabas allí: porque así como tú no eres una imagen corporal, ni el afecto de un ser vivo (como cuando nos regocijamos, nos condolemos, deseamos, tememos, recordamos, olvidamos o cosas semejantes); así tampoco eres la mente misma; porque tú eres el Señor Dios de la mente; y todas estas cosas cambian, pero tú permaneces inmutable sobre todas, y sin embargo te has dignado habitar en mi memoria, desde que te aprendí. ¿Y por qué busco ahora en qué lugar de ella habitas, como si hubiera lugares en ella? Seguro estoy de que en ella habitas, puesto que te he recordado desde que te aprendí, y allí te encuentro cuando te traigo a la memoria.
¿Dónde, pues, te encontré para poder aprenderte? Porque en mi memoria no estabas antes de que te aprendiera. ¿Dónde, pues, te encontré para poder aprenderte, sino en ti mismo sobre mí? Lugar no hay; vamos hacia atrás y hacia adelante, y no hay lugar. En todas partes, oh Verdad, das audiencia a todos los que piden consejo a ti, y al mismo tiempo respondes a todos, aunque sobre múltiples asuntos te pidan consejo. Claramente respondes, aunque no todos oigan claramente. Todos te consultan sobre lo que quieren, aunque no siempre oyen lo que quieren. Es tu mejor siervo quien no busca tanto oír de ti lo que él mismo quiere, sino más bien querer aquello que de ti oye.
¡Tarde te amé, oh Hermosura de días antiguos, y sin embargo siempre nueva! ¡Tarde te amé! Y he aquí que tú estabas dentro, y yo fuera, y allí te buscaba; yo, deforme, me precipitaba entre esas formas bellas que tú habías creado. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me mantenían lejos de ti aquellas cosas que, si no estuvieran en ti, no existirían en absoluto. Llamaste, y gritaste, y rompiste mi sordera. Brillaste, resplandeciste, y disipaste mi ceguera. Exhalaste fragancias, y aspiré y jadeé por ti. Gusté, y tengo hambre y sed. Me tocaste, y ardí por tu paz.
Cuando me adhiera a ti con todo mi ser, no tendré por ninguna parte dolor ni trabajo; y mi vida vivirá plenamente, como plenamente llena de ti. Pero ahora, puesto que a quien llenas, levantas, porque no estoy lleno de ti, soy una carga para mí mismo. Los gozos lamentables luchan con los dolores gozosos: y de qué lado está la victoria, no lo sé. ¡Ay de mí! Señor, ten piedad de mí. Mis dolores malvados luchan con mis buenos gozos; y de qué lado está la victoria, no lo sé. ¡Ay de mí! Señor, ten piedad de mí. ¡Ay de mí! ¡He aquí que no oculto mis heridas; tú eres el Médico, yo el enfermo; tú misericordioso, yo miserable! ¿No es la vida del hombre sobre la tierra toda ella una tentación? ¿Quién desea problemas y dificultades? Tú mandas soportarlos, no amarlos. Nadie ama lo que soporta, aunque ame soportar. Pues aunque se regocija de que soporta, preferiría que no hubiera nada para él que soportar. En la adversidad anhelo la prosperidad, en la prosperidad temo la adversidad. ¿Qué lugar intermedio hay entre estos dos, donde la vida del hombre no sea toda ella tentación? ¡Ay de las prosperidades del mundo, una y otra vez, por el miedo a la adversidad y la corrupción del gozo! ¡Ay de las adversidades del mundo, una y otra vez, y una tercera, por el anhelo de prosperidad, y porque la adversidad misma es algo duro, y no sea que quebrante la resistencia! ¿No es la vida del hombre sobre la tierra toda ella tentación, sin intervalo alguno?
Y toda mi esperanza no está en otra parte que en tu misericordia sobreabundante. Da lo que ordenas, y ordena lo que quieras. Tú nos ordenas la continencia; y cuando supe, dice uno, que nadie puede ser continente a menos que Dios lo dé, esto también fue parte de la sabiduría: saber de quién es este don. Por la continencia ciertamente somos vinculados y traídos de vuelta a Uno, de donde fuimos disipados en muchos. Pues ama demasiado poco a ti quien ama cualquier cosa contigo, que no ama por ti. ¡Oh amor, que siempre ardes y nunca te consumes! ¡Oh caridad, Dios mío, enciéndeme! Tú ordenas la continencia: dame lo que ordenas, y ordena lo que quieras.
En verdad me ordenas la continencia de la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la ambición del mundo. Me ordenas la continencia del concubinato; y para el matrimonio mismo, has aconsejado algo mejor de lo que has permitido. Y puesto que tú lo diste, se hizo, incluso antes de que yo llegara a ser un dispensador de tu Sacramento. Pero viven todavía en mi memoria (de la cual he hablado mucho) las imágenes de tales cosas que mi mala costumbre allí fijó; las cuales me acechan, sin fuerzas cuando estoy despierto: pero en el sueño, no solo de modo que producen placer, sino incluso hasta obtener el consentimiento, y lo que es muy semejante a la realidad. Sí, tanto prevalece la ilusión de la imagen en mi alma y en mi carne que, al dormir, visiones falsas persuaden a lo que, al estar despierto, las verdaderas no pueden. ¿No soy entonces yo mismo, oh Señor Dios mío? ¡Y sin embargo hay tanta diferencia entre mí y yo mismo, dentro de aquel momento en el que paso de la vigilia al sueño, o regreso del sueño a la vigilia! ¿Dónde está entonces la razón, que, despierta, resiste tales sugerencias? Y si las cosas mismas le fueran presentadas, permanece inamovible. ¿Está acaso encerrada con los ojos? ¿Es acunada en el sueño con los sentidos del cuerpo? ¿Y de dónde es que a menudo incluso en el sueño resistimos, y conscientes de nuestro propósito, y permaneciendo castísimamente en él, no damos consentimiento a tales halagos? Y sin embargo, hay tanta diferencia que, cuando sucede de otra manera, al despertar volvemos a la paz de conciencia: y por esta misma diferencia descubrimos que no hicimos lo que, sin embargo, lamentamos que de alguna manera se hiciera en nosotros.
¿No eres poderoso, Dios Todopoderoso, para sanar todas las enfermedades de mi alma, y por tu gracia más abundante apagar incluso los movimientos impuros de mi sueño? Tú aumentarás, Señor, tus dones más y más en mí, para que mi alma me siga hacia ti, desenredada del visco de la concupiscencia; para que no se rebele contra sí misma, y ni siquiera en sueños, mediante imágenes de los sentidos, cometa esas corrupciones envilecedoras, hasta la contaminación de la carne, sino que ni siquiera consienta en ellas. Pues que nada de este tipo tenga, sobre los afectos puros incluso de quien duerme, la más mínima influencia, ni siquiera tal como un pensamiento la restringiría —hacer esto, no solo durante la vida, sino incluso en mi edad presente, no es difícil para el Todopoderoso, que eres capaz de hacer más allá de todo lo que pedimos o pensamos. Pero lo que todavía soy en este tipo de mi maldad, se lo he confesado a mi buen Señor; regocijándome con temblor en lo que me has dado, y lamentando aquello en lo que todavía soy imperfecto; esperando que perfecciones tus misericordias en mí, hasta la paz perfecta, que mi hombre exterior e interior tendrá contigo, cuando la muerte sea absorbida en la victoria.
Hay otro mal del día, el cual quisiera que fuera suficiente para él. Pues comiendo y bebiendo reparamos los decaimientos diarios de nuestro cuerpo, hasta que tú destruyas tanto el vientre como la comida, cuando mates mi vacío con una plenitud maravillosa, y vistas a este incorruptible con una incorrupción eterna. Pero ahora la necesidad me es dulce, contra cuya dulzura lucho, para no ser hecho cautivo; y llevo a cabo una guerra diaria mediante ayunos; sometiendo a menudo mi cuerpo; y mis dolores son eliminados por el placer. Pues el hambre y la sed son en cierta manera dolores; queman y matan como una fiebre, a menos que la medicina de los alimentos venga en nuestra ayuda. Lo cual, dado que está a mano a través de los consuelos de tus dones, con los que la tierra, el agua y el aire sirven a nuestra debilidad, nuestra calamidad es llamada gratificación.
Esto me has enseñado, que debía disponer a tomar alimento como medicina. Pero mientras paso de la incomodidad del vacío a la satisfacción de la plenitud, en el mismo paso me acecha el lazo de la concupiscencia. Porque ese paso es placer, ni hay otro camino para pasar hacia donde necesariamente debemos pasar. Y siendo la salud la causa de comer y beber, se añade como asistente un placer peligroso, que mayormente se esfuerza por ir delante de ella, de modo que pueda yo por su causa hacer lo que digo que hago, o deseo hacer, por causa de la salud. Ni tienen ambos la misma medida; pues lo que es suficiente para la salud, es demasiado poco para el placer. Y a menudo es incierto si es el cuidado necesario del cuerpo el que todavía pide sustento, o si una engañosa voluptuosidad de la codicia está ofreciendo sus servicios. En esta incertidumbre se regocija el alma infeliz, y en ella prepara una excusa para protegerse, alegre de que no parezca lo que basta para la moderación de la salud, para que bajo el disfraz de la salud pueda ocultar el asunto de la gratificación. Estas tentaciones me esfuerzo diariamente por resistir, y clamo a tu diestra, y a ti refiero mis perplejidades; porque todavía no tengo un consejo firme en esto.
Oigo la voz de mi Dios que ordena: No permitáis que vuestros corazones se agobien con el hartazgo y la embriaguez. La embriaguez está lejos de mí; Tú tendrás misericordia, para que no se acerque a mí. Pero el hartazgo a veces se desliza sobre tu siervo; Tú tendrás misericordia, para que esté lejos de mí. Pues nadie puede ser continente a menos que Tú lo concedas. Muchas cosas nos das, habiéndolas pedido; y cualquier bien que hayamos recibido antes de orar, de Ti lo recibimos; sí, para que después supiéramos esto, lo recibimos antes. Borracho nunca fui, pero he conocido borrachos hechos sobrios por Ti. De Ti fue, pues, que quienes nunca fueron tales, no lo fueran, así como de Ti fue que quienes lo habían sido, no lo fueran para siempre; y de Ti fue que ambos pudieran saber de Quién venía. Oí otra voz tuya: No vayas tras tus concupiscencias, y apártate de tus placeres. Sí, por tu favor he oído aquello que tanto he amado; ni si comemos, abundaremos; ni si no comemos, careceremos; lo cual es decir, que ni lo uno me hará opulento, ni lo otro miserable.
Oí también otra, pues he aprendido a contentarme en cualquier estado en que me encuentre; sé cómo abundar y cómo sufrir necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece. He aquí un soldado del campamento celestial, no el polvo que somos nosotros. Pero recuerda, Señor, que somos polvo, y que del polvo hiciste al hombre; y estaba perdido y es hallado. Ni podía él por sí mismo hacer esto, porque aquel a quien tanto amé, diciendo esto mediante el soplo de tu inspiración, era del mismo polvo. Todo lo puedo (dice él) por Aquel que me fortalece. Fortaléceme, para que pueda. Da lo que mandas, y manda lo que quieras. Él confiesa haber recibido, y cuando se gloría, en el Señor se gloría. A otro he oído suplicar que pudiera recibir. Quita de mí (dice él) los deseos del vientre; de donde aparece, oh mi santo Dios, que Tú das cuando se hace lo que mandas que sea hecho.
Me has enseñado, buen Padre, que para el puro, todas las cosas son puras; pero que es malo para el hombre que come con escándalo; y que toda criatura tuya es buena, y nada debe rechazarse si se recibe con acción de gracias; y que la comida no nos recomienda a Dios; y que nadie debe juzgarnos en comida o bebida; y que el que come, no desprecie al que no come; y el que no come, no juzgue al que come. Estas cosas he aprendido, gracias a Ti, alabanza a Ti, mi Dios, mi Maestro, que llamas a mis oídos, iluminando mi corazón; líbrame de toda tentación. No temo la impureza de la comida, sino la impureza de la codicia. Sé que a Noé se le permitió comer toda clase de carne que era buena para el alimento; que Elías fue alimentado con carne; que dotado de una admirable abstinencia, no fue contaminado por alimentarse de criaturas vivas, langostas. Sé también que Esaú fue engañado por desear lentejas; y que David se culpó a sí mismo por desear un trago de agua; y que nuestro Rey fue tentado, no con respecto a la carne, sino al pan. Y por eso el pueblo en el desierto también mereció ser reprendido, no por desear carne, sino porque, en el deseo de alimento, murmuraron contra el Señor.
Situado pues en medio de estas tentaciones, lucho diariamente contra la concupiscencia en el comer y el beber. Pues no es de tal naturaleza que pueda decidir cortarla de una vez por todas, y no volver a tocarla, como podía hacer con el concubinato. El freno de la garganta debe mantenerse, pues, templado entre la laxitud y la rigidez. ¿Y quién es, oh Señor, el que no es en algo transportado más allá de los límites de la necesidad? Quienquiera que sea, es un gran hombre; que haga grande tu Nombre. Pero yo no soy tal, pues soy un hombre pecador. Sin embargo, yo también magnifico tu nombre; y Él intercede ante Ti por mis pecados, Aquel que ha vencido al mundo; contándome entre los miembros débiles de su cuerpo; porque tus ojos han visto lo que de Él es imperfecto, y en tu libro serán escritas todas las cosas.
Con los halagos de los olores, no estoy muy preocupado. Cuando están ausentes, no los extraño; cuando están presentes, no los rechazo; pero siempre dispuesto a estar sin ellos. Así me parece a mí; quizá estoy engañado. Pues también es una oscuridad lamentable aquella por la que mis capacidades internas me están ocultas; de modo que mi mente, investigando en sí misma sus propias facultades, no se atreve a creerse fácilmente; porque incluso lo que hay en ella está mayormente oculto, a menos que la experiencia lo revele. Y nadie debería estar seguro en esta vida, que en su totalidad es llamada una prueba, de que aquel que ha sido capaz de mejorar tras haber sido peor, no pueda igualmente empeorar tras haber sido mejor. Nuestra única esperanza, nuestra única confianza, nuestra única promesa segura es tu misericordia.
Los deleites del oído me habían enredado y subyugado con más firmeza; pero Tú me desataste y liberaste. Ahora, en aquellas melodías a las que tus palabras infunden alma, cuando son cantadas con una voz dulce y armoniosa, reposo un poco; aunque no de tal manera que quede cautivo por ellas, sino que pueda desprenderme cuando quiera. Pero junto con las palabras, que son su vida y por las cuales encuentran admisión en mí, ellas mismas buscan en mis afectos un lugar de cierta estima, y apenas puedo asignarles uno adecuado. Pues a veces me parece darles más honor del que es conveniente, sintiendo que nuestras mentes se elevan más santa y fervientemente a una llama de devoción por las santas palabras mismas cuando son así cantadas, que cuando no lo son; y que los diversos afectos de nuestro espíritu, mediante una dulce variedad, tienen sus propias medidas apropiadas en la voz y el canto, por alguna correspondencia oculta con la que son despertados. Pero este contentamiento de la carne, al cual el alma no debe entregarse para ser enervada, a menudo me engaña, no esperando el sentido a la razón para seguirla pacientemente; sino habiendo sido admitido meramente por causa de ella, se esfuerza incluso por adelantársele y guiarla. Así, en estas cosas peco sin darme cuenta, pero después me doy cuenta.
En otras ocasiones, evitando con excesiva ansiedad este mismo engaño, yerro en una severidad demasiado grande; y a veces hasta el punto de desear que toda la melodía de la dulce música que se usa en el Salterio de David sea desterrada de mis oídos, y de los de la Iglesia también; y ese modo me parece más seguro, del cual recuerdo haber oído decir a menudo de Atanasio, obispo de Alejandría, quien hacía que el lector del salmo lo pronunciara con tan leve inflexión de voz, que estaba más cerca de hablar que de cantar. Sin embargo, cuando recuerdo las lágrimas que derramé en la salmodia de tu Iglesia, al principio de mi fe recuperada; y cómo en este tiempo me muevo, no con el canto, sino con las cosas cantadas, cuando son cantadas con voz clara y modulación muy adecuada, reconozco la gran utilidad de esta institución. Así fluctúo entre el peligro del placer y la probada salubridad; inclinado más bien (aunque no como pronunciando una opinión irrevocable) a aprobar el uso del canto en la iglesia; para que por el deleite de los oídos las mentes más débiles puedan elevarse al sentimiento de devoción. Sin embargo, cuando me sucede que me conmuevo más con la voz que con las palabras cantadas, confieso haber pecado penalmente, y entonces preferiría no escuchar música. Mira ahora mi estado; llorad conmigo, y llorad por mí, vosotros, quienes reguláis vuestros sentimientos interiormente, de tal modo que se siga la buena acción. Porque vosotros que no actuáis, estas cosas no os tocan. Pero Tú, oh Señor Dios mío, escucha; mira y ve, y ten misericordia y sáname, Tú, en cuya presencia me he convertido en un problema para mí mismo; y esa es mi debilidad.
Queda el placer de estos ojos de mi carne, sobre el cual hacer mis confesiones ante los oídos de tu templo, aquellos oídos fraternales y devotos; y así concluir las tentaciones de la concupiscencia de la carne, que aún me asaltan, gimiendo profundamente y deseando ser revestido de mi casa que es del cielo. Los ojos aman las formas hermosas y variadas, y los colores brillantes y suaves. No permitan que estos ocupen mi alma; que Dios la ocupe más bien, quien hizo estas cosas, muy buenas ciertamente, pero Él es mi bien, no ellas. Y estas me afectan, despierto, todo el día, ni se me da descanso de ellas, como lo hay de las musicales, a veces en el silencio, de todas las voces. Pues esta reina de los colores, la luz, bañando todo lo que contemplamos, dondequiera que esté durante el día, deslizándose junto a mí en formas variadas, me calma cuando estoy ocupado en otras cosas y no la observo. Y tan fuertemente se entrelaza, que si se retira repentinamente, es buscada con anhelo, y si está ausente mucho tiempo, entristece la mente.
Oh Tú Luz, que vio Tobías cuando, cerrados estos ojos, enseñó a su hijo el camino de la vida; y él mismo iba delante con los pies de la caridad, sin desviarse nunca. O que vio Isaac cuando, estando sus ojos carnales pesados y cerrados por la vejez, se le concedió, no sabiéndolo, bendecir a sus hijos, sino mediante la bendición conocerlos. O que vio Jacob cuando, también él, ciego por su gran edad, con el corazón iluminado, en las personas de sus hijos arrojó luz sobre las diferentes razas del pueblo futuro, prefiguradas en ellos; y puso sus manos, místicamente cruzadas, sobre los nietos por José, no como su padre los corrigió con su ojo externo, sino como él mismo discernía interiormente. Esta es la luz, es una, y todos son uno, los que la ven y la aman. Pero aquella luz corpórea de la que hablé, sazona la vida de este mundo para sus ciegos amantes, con una dulzura seductora y peligrosa. Pero quienes saben alabarte por ella, "Oh Señor creador de todo", la toman en tus himnos, y no son tomados por ella en su sueño. Tal desearía yo ser. A estas seducciones de los ojos resisto, no sea que mis pies con los que camino por tu camino sean atrapados; y levanto mis ojos invisibles a Ti, para que saques mis pies de la trampa. Tú los sacas de vez en cuando, pues están atrapados. No cesas de sacarlos, mientras yo a menudo me enredo en las trampas puestas por todas partes; porque Tú que guardas a Israel no te adormecerás ni dormirás.
¡Cuántos juguetes innumerables, hechos por diversas artes y manufacturas, en nuestro vestido, calzado, utensilios y toda clase de obras, en pinturas también y diversas imágenes, y estas superando con creces todo uso necesario y moderado y todo significado piadoso, han añadido los hombres para tentar sus propios ojos con ellos; siguiendo externamente lo que ellos mismos hacen, abandonando internamente a Aquel por quien fueron hechos, y destruyendo aquello para lo que ellos mismos fueron hechos! Pero yo, mi Dios y mi Gloria, canto por esto también un himno a Ti, y consagro alabanza a Aquel que me consagra, porque esos hermosos diseños que a través de las almas de los hombres son transmitidos a sus hábiles manos, provienen de esa Belleza, que está por encima de nuestras almas, que mi alma suspira día y noche. Pero los artífices y seguidores de las bellezas externas derivan de allí la regla de juzgarlas, pero no de usarlas. Y Él está allí, aunque ellos no lo perciban, para que así no vaguen, sino que guarden su fuerza para Ti, y no la dispersen en un cansancio placentero. Y yo, aunque hablo y veo esto, enredo mis pasos con estas bellezas externas; pero Tú me sacas, oh Señor, Tú me sacas; porque tu misericordia está ante mis ojos. Pues soy tomado miserablemente, y Tú me sacas misericordiosamente; a veces sin percibirlo, cuando apenas había rozado esas cosas; otras veces con dolor, porque me había quedado pegado a ellas.
A esto se añade otra forma de tentación más peligrosamente múltiple. Porque además de esa concupiscencia de la carne que consiste en el deleite de todos los sentidos y placeres, en los cuales sus esclavos, que se alejan de Ti, se desperdician y perecen, el alma tiene, a través de los mismos sentidos del cuerpo, un cierto deseo vano y curioso, velado bajo el título de conocimiento y aprendizaje, no de deleitarse en la carne, sino de hacer experimentos a través de la carne. Cuyas raíces estando en el apetito de conocimiento, y siendo la vista el sentido usado principalmente para obtener conocimiento, es llamado en el lenguaje divino La concupiscencia de los ojos. Pues, ver, pertenece propiamente a los ojos; sin embargo, usamos esta palabra también para los otros sentidos, cuando los empleamos en la búsqueda de conocimiento. Pues no decimos, escucha cómo brilla, o huele cómo resplandece, o saborea cómo luce, o siente cómo reluce; pues de todas estas se dice que son vistas. Y sin embargo, no decimos solo, mira cómo brilla, lo cual solo los ojos pueden percibir; sino también, mira cómo suena, mira cómo huele, mira cómo sabe, mira cuán duro es. Y así la experiencia general de los sentidos, como se dijo, es llamada La concupiscencia de los ojos, porque el oficio de ver, en el cual los ojos tienen la prerrogativa, los otros sentidos por vía de similitud se lo toman para sí, cuando hacen búsqueda de algún conocimiento.
Pero por esto puede discernirse más evidentemente en qué consiste el placer y en qué la curiosidad como objeto de los sentidos; pues el placer busca objetos bellos, melodiosos, fragantes, sabrosos, suaves; pero la curiosidad, por causa de la prueba, busca también lo contrario, no por el placer de sufrir molestia, sino por la lujuria de hacer la prueba y conocerlos. ¿Pues qué placer tiene ver en un cadáver mutilado lo que te hará estremecer? Y sin embargo, si está tirado cerca, acuden en tropel allí, para entristecerse y palidecer. Incluso en sueños tienen miedo de verlo. ¡Como si, estando despierto, alguien les obligara a verlo, o algún reporte de su belleza los llevara allí! Así también en los otros sentidos, que sería largo recorrer. De esta enfermedad de la curiosidad provienen todos esos extraños espectáculos exhibidos en el teatro. De aquí los hombres van a buscar los poderes ocultos de la naturaleza (lo cual está fuera de nuestro fin), que conocer no aprovecha, y en lo cual los hombres no desean nada más que conocer. De aquí también, si con ese mismo fin de conocimiento pervertido se indagan las artes mágicas. De aquí también, en la religión misma, es tentado Dios, cuando se le exigen señales y prodigios, no deseados por ningún buen fin, sino meramente para hacer la prueba.
En este vasto desierto, lleno de trampas y peligros, he aquí que muchas de ellas he cortado y expulsado de mi corazón, como Tú me has dado, oh Dios de mi salvación. Y sin embargo, ¿cuándo me atrevo a decir, puesto que tantas cosas de este tipo zumban por todas partes sobre nuestra vida cotidiana, cuándo me atrevo a decir que ninguna cosa de este tipo ocupa mi atención, o causa en mí un interés ocioso? Es cierto que los teatros no me arrebatan ahora, ni me importa conocer el curso de las estrellas, ni mi alma consultó jamás a los espíritus de los difuntos; todos los misterios sacrílegos detesto. De Ti, oh Señor Dios mío, a quien debo un servicio humilde y sincero, ¡por qué artificios y sugerencias trata el enemigo conmigo para que desee alguna señal! Pero te suplico por nuestro Rey, y por nuestra pura y santa patria, Jerusalén, que así como cualquier consentimiento a ello está lejos de mí, así pueda estar cada vez más lejos. Pero cuando oro a Ti por la salvación de alguien, mi fin e intención es muy diferente. Tú das y me darás seguirte voluntariamente, haciendo lo que Tú quieras.
No obstante, ¿en cuántas pequeñísimas y despreciables cosas es nuestra curiosidad tentada diariamente, y con qué frecuencia cedemos, quién puede contarlo? ¿Cuántas veces comenzamos como si estuviéramos tolerando a personas que cuentan historias vanas, para no ofender a los débiles; luego, gradualmente, tomamos interés en ellas! No voy ahora al circo a ver a un perro corriendo tras una liebre; pero en el campo, si paso, esa carrera por ventura me distraerá incluso de algún pensamiento importante, y me arrastrará tras ella: no es que desvíe el cuerpo de mi cabalgadura, pero aún inclino mi mente hacia allí. Y a menos que Tú, habiéndome hecho ver mi debilidad, me amonestaras rápidamente, ya sea a través de la visión misma, mediante alguna contemplación para elevarme hacia Ti, o a despreciarla y pasar de ella por completo, me quedo torpemente fijo en ella. ¿Qué, cuando sentado en casa, un lagarto atrapa moscas, o una araña las enreda corriendo hacia sus redes, a menudo toma mi atención? ¿Es diferente la cosa, porque son solo pequeñas criaturas? Sigo desde ellas para alabarte a Ti, el maravilloso Creador y Ordenador de todo, pero esto no atrae primero mi atención. Una cosa es levantarse rápidamente, otra no caer. Y de tales cosas está llena mi vida; y mi única esperanza es tu maravillosa gran misericordia. Pues cuando nuestro corazón se convierte en el receptáculo de tales cosas, y está abrumado por multitudes de esta abundante vanidad, entonces nuestras oraciones también son a menudo interrumpidas y distraídas por ello, y mientras en tu presencia dirigimos la voz de nuestro corazón a tus oídos, esta tan gran preocupación es interrumpida por la irrupción de no sé qué pensamientos ociosos. ¿Debemos entonces considerar esto también entre las cosas de leve importancia, o habrá algo que nos devuelva a la esperanza, salvo tu completa misericordia, ya que has comenzado a cambiarnos?
Y Tú sabes cuánto me has cambiado ya, Tú que primero me sanaste de la lujuria de vindicarme a mí mismo, para que así pudieras perdonar todas las demás iniquidades mías, y sanar todas mis enfermedades, y redimir mi vida de la corrupción, y coronarme de misericordia y piedad, y satisfacer mis deseos con cosas buenas: Tú que refrenaste mi orgullo con tu temor, y amansaste mi cuello para tu yugo. Y ahora lo llevo y es ligero para mí, porque así lo prometiste, y lo has hecho; y en verdad así fue, y no lo sabía, cuando temía tomarlo.
Mas, ¡oh Señor!, Tú solo Señor sin orgullo, porque Tú eres el único Señor verdadero, que no tienes señor; ¿ha cesado también de mí este tercer género de tentación, o puede cesar a lo largo de toda esta vida? A saber: el deseo de ser temido y amado de los hombres, sin más fin que el de hallar en ello un gozo que no es gozo. ¡Miserable vida esta y torpe jactancia! De aquí proviene especialmente que los hombres ni te amen ni te teman con pureza. Y por ello resistes a los soberbios y das gracia a los humildes: sí, truenas sobre las ambiciones del mundo, y los cimientos de los montes tiemblan. Como quiera que ciertos cargos de la sociedad humana hacen necesario ser amado y temido por los hombres, el adversario de nuestra verdadera bienaventuranza nos acecha con dureza, tendiendo por todas partes sus lazos de «bien hecho, bien hecho»; para que, al caer ávidamente en ellos, seamos apresados desprevenidos, apartemos nuestro gozo de Tu verdad y lo pongamos en la engañosa opinión de los hombres; y nos complazcamos en ser amados y temidos, no por causa Tuya, sino en Tu lugar: y así, habiéndonos hecho semejantes a él, pueda tenernos para sí, no en los vínculos de la caridad, sino en los lazos del castigo: él, que se propuso poner su trono en el norte, para que, oscuros y enfriados, le sirvieran imitando pervertida y torcidamente a Ti. Pero nosotros, ¡oh Señor!, mira que somos Tu pequeño rebaño; poséenos como Tuyos, extiende Tus alas sobre nosotros, y dejadnos volar bajo ellas. Sé Tú nuestra gloria; seamos amados por Ti, y sea Tu palabra temida en nosotros. Quien quiera ser alabado por los hombres cuando Tú censuras, no será defendido por los hombres cuando Tú juzgues; ni librado cuando Tú condenes. Pero cuando —no el pecador es alabado en los deseos de su alma, ni es bendecido el que obra impíamente, sino que— un hombre es alabado por algún don que Tú le has dado, y se alegra más por la alabanza recibida para sí que por el hecho de tener el don por el cual es alabado, ese tal es también alabado, mientras Tú lo repruebas; es mejor quien alaba que quien es alabado. Pues el uno se complacía en el don de Dios en el hombre; el otro se complacía más con el don del hombre que con el de Dios.
Por estas tentaciones somos asaltados a diario, ¡oh Señor!; sin cesar somos asaltados. Nuestro horno cotidiano es la lengua de los hombres. Y de este modo también nos ordenas la continencia. Da lo que mandas, y manda lo que quieras. Tú conoces al respecto los gemidos de mi corazón y los raudales de mis ojos. Pues no alcanzo a saber hasta qué punto estoy más limpio de esta plaga, y temo mucho mis pecados secretos, que Tus ojos conocen y los míos no. Porque en otros tipos de tentaciones tengo algún modo de examinarme; en esta, apenas alguno. Pues, al refrenar mi mente de los placeres de la carne y de la curiosidad ociosa, veo cuánto he alcanzado cuando paso sin ellos; renunciando o no teniéndolos. Pues entonces me pregunto: ¿cuánto más o menos molesto me resulta no tenerlos? Luego, las riquezas, que son deseadas para que sirvan a una, a dos o a las tres concupiscencias, si el alma no puede discernir si, cuando las posee, las desprecia, pueden ser desechadas, para que así pueda ponerse a prueba. Pero, ¿hemos de vivir mal para estar sin alabanza y probar en ello nuestras fuerzas, viviendo tan abandonada y atrozmente que nadie nos conozca sin detestarnos? ¿Qué mayor locura puede decirse o pensarse? Pero si la alabanza usa y debe acompañar a una vida buena y a las buenas obras, deberíamos tanto menos renunciar a su compañía como a la vida buena misma. Sin embargo, no sé si puedo bien o mal estar sin algo, a menos que esté ausente.
¿Qué es, pues, lo que te confieso en este género de tentación, ¡oh Señor!? ¿Qué, sino que me deleito con la alabanza, pero con la verdad misma, más que con la alabanza? Pues si se me propusiera si preferiría, siendo frenético en el error en todas las cosas, ser alabado por todos los hombres, o siendo constante y de lo más firme en la verdad ser culpado por todos, veo lo que elegiría. Con todo, desearía que la aprobación de otro ni siquiera aumentara mi gozo por bien alguno en mí. Sin embargo, reconozco que lo aumenta, y no solo eso, sino que la desaprobación lo disminuye. Y cuando me turba esta mi miseria, me sobreviene una excusa, cuyo valor Tú, Dios, conoces, pues me deja en la incertidumbre. Pues puesto que nos has mandado no solo la continencia, es decir, de qué cosas refrenar nuestro amor, sino también la justicia, esto es, en qué depositarlo, y has querido que no amemos solo a Ti, sino también a nuestro prójimo; a menudo, cuando me complace una alabanza inteligente, me parece a mí mismo complacerme por el progreso o la disposición de mi prójimo, o entristecerme por el mal en él, cuando le oigo despreciar lo que no entiende o lo que es bueno. Pues a veces me entristezco ante mi propia alabanza, ya sea cuando se alaban en mí cosas que me desagradan, o incluso bienes menores y ligeros que son estimados más de lo que deberían. Pero, de nuevo, ¿cómo sé si me siento así porque no quisiera que quien me alaba discrepe de mí respecto a mí mismo; no porque me mueva la preocupación por él, sino porque esos mismos bienes que me complacen en mí, me complacen más cuando también complacen a otro? Pues de algún modo no soy alabado cuando mi juicio sobre mí mismo no es alabado; ya que o bien se alaban cosas que me desagradan, o más aquellas que me complacen menos. ¿Soy, pues, dudoso de mí mismo en este asunto?
Mira, en Ti, ¡oh Verdad!, veo que no debería moverme por mis propias alabanzas por mi propio bien, sino por el bien de mi prójimo. Y si esto es así conmigo, no lo sé. Pues en esto sé menos de mí que de Ti. Te ruego ahora, ¡oh Dios mío!, que me reveles también a mí mismo, para que pueda confesar a mis hermanos, que han de orar por mí, en qué me encuentro lisiado. Déjame examinarme de nuevo con más diligencia. Si al ser alabado me muevo por el bien de mi prójimo, ¿por qué me muevo menos si otro es injustamente despreciado que si fuera yo mismo? ¿Por qué me aguijonea más el reproche que se me hace a mí mismo, que el que se hace a otro, con la misma injusticia, ante mí? ¿Acaso no sé esto? ¿O es, al final, que me engaño a mí mismo y no hago la verdad ante Ti en mi corazón y en mi lengua? Aparta de mí esta locura, ¡oh Señor!, no sea que mi propia boca sea para mí el aceite del pecador que engrosa mi cabeza. Soy pobre y necesitado; pero mejor es mientras en ocultos gemidos me desagrado a mí mismo y busco Tu misericordia, hasta que lo que falta en mi estado defectuoso sea renovado y perfeccionado, hasta aquella paz que el ojo de los soberbios no conoce.
Sin embargo, la palabra que sale de la boca y las acciones conocidas por los hombres traen consigo una tentación peligrosísima a través del amor a la alabanza: la cual, para establecer cierta excelencia propia, solicita y recoge los sufragios de los hombres. Tienta, incluso cuando es reprobada por mí mismo en mí mismo, por el mismo motivo de ser reprobada; y a menudo se gloría más vanamente del desprecio mismo de la vana gloria; y así ya no es desprecio de la vana gloria de lo que se gloría; pues no desprecia cuando se gloría.
Dentro también, dentro hay otro mal, que surge de una tentación semejante; por el cual los hombres se vuelven vanos, complaciéndose en sí mismos, aunque no complazcan, o desagraden, o no les importe complacer a otros. Pero al complacerse a sí mismos, desagradan mucho a Ti, no solo deleitándose en cosas no buenas como si fueran buenas, sino en Tus bienes como si fueran propios; o incluso si como Tuyos, mas como si fueran por sus propios méritos; o incluso si como por Tu gracia, pero no con regocijo fraternal, sino envidiando esa gracia a otros. En todos estos y semejantes peligros y trabajos, Tú ves el temblor de mi corazón; y siento más que mis heridas son curadas por Ti, que no infligidas por mí.
¿Por dónde no has caminado conmigo, ¡oh Verdad!, enseñándome de qué guardarme y qué desear; cuando refería a Ti lo que podía descubrir aquí abajo, y te consultaba? Con mis sentidos externos, como pude, examiné el mundo y observé la vida que mi cuerpo tiene de mí, y estos mis sentidos. De ahí entré en los recovecos de mi memoria, esas cámaras múltiples y espaciosas, maravillosamente amuebladas con innumerables almacenes; y consideré, y quedé horrorizado; siendo incapaz de discernir ninguna de estas cosas sin Ti, y no encontrando ninguna de ellas que fueras Tú. Ni era yo mismo, quien descubrió estas cosas, quien las recorrió todas, y se esforzó en distinguir y valorar cada cosa según su dignidad, tomando algunas cosas por el informe de mis sentidos, interrogando sobre otras que sentía mezcladas conmigo, numerando y distinguiendo a los mismos informantes, y en el gran tesoro de mi memoria revolviendo unas cosas, almacenando otras, sacando otras. Ni aun así era yo mismo cuando hacía esto, esto es, esa mi potencia por la cual lo hacía, ni eras Tú, pues Tú eres la luz permanente, a la cual consultaba sobre todas estas cosas, si eran, qué eran, y cómo debían ser valoradas; y te oía dirigiéndome y mandándome; y esto hago a menudo, esto me deleita, y en la medida en que puedo liberarme de los deberes necesarios, a este placer recurro. Ni en todas estas cosas que recorro consultándote puedo encontrar lugar seguro para mi alma, sino en Ti; adonde mis miembros dispersos puedan ser reunidos, y nada de mí se aparte de Ti. Y a veces me admites a un afecto, muy inusual, en lo más íntimo de mi alma; elevándome a una dulzura extraña, que si fuera perfeccionada en mí, no sé qué habría en ella que no perteneciera a la vida venidera. Pero a través de mis miserables impedimentos me hundo de nuevo en estas cosas inferiores, y soy arrastrado hacia atrás por la costumbre anterior, y soy retenido, y lloro mucho, pero soy mucho retenido. Tanto nos pesa el peso de una mala costumbre. Aquí puedo quedarme, pero no quiero; allí quiero, pero no puedo; de ambas maneras, miserable.
Así pues, he considerado las enfermedades de mis pecados en esa triple concupiscencia, y he invocado a Tu diestra para mi ayuda. Pues con un corazón herido he contemplado Tu brillantez, y, rechazado, dije: «¿Quién puede llegar allí? Estoy arrojado lejos de la vista de Tus ojos». Tú eres la Verdad que preside sobre todo, pero yo, a través de mi codicia, no quería ciertamente renunciar a Ti, sino que quería poseer una mentira contigo; como nadie querría hablar falsamente de tal modo que él mismo ignorara la verdad. Así pues, te perdí, porque Tú no te dignas ser poseído con una mentira.
¿A quién podría encontrar para reconciliarme contigo? ¿Había de recurrir a los ángeles? ¿Con qué oraciones? ¿Con qué sacramentos? Muchos que se esforzaban por volver a Ti, y siendo incapaces por sí mismos, han intentado esto, según oigo, y han caído en el deseo de visiones curiosas, y han sido considerados dignos de ser engañados. Pues ellos, siendo soberbios de espíritu, te buscaron por la soberbia de la doctrina, hinchándose más que golpeándose el pecho, y así, por el acuerdo de su corazón, atrajeron a sí mismos a los príncipes del aire, los cómplices de su soberbia, por quienes, a través de influencias mágicas, fueron engañados, buscando un mediador por el cual ser purificados, y no hubo ninguno. Pues era el diablo, transformándose en ángel de luz. Y atrajo mucho a la carne soberbia el que no tuviera cuerpo de carne. Pues ellos eran mortales y pecadores; pero Tú, Señor, a quien soberbiamente buscaban ser reconciliados, eres inmortal y sin pecado. Pero un mediador entre Dios y el hombre debe tener algo semejante a Dios, algo semejante a los hombres; no sea que, siendo en ambos semejante al hombre, esté lejos de Dios: o si en ambos semejante a Dios, demasiado desemejante al hombre: y así no sea mediador. Ese mediador engañoso, pues, por quien en Tus juicios secretos la soberbia mereció ser engañada, tiene una cosa en común con el hombre, esto es, el pecado; otra querría parecer tener en común con Dios; y no estando revestido de la mortalidad de la carne, querría jactarse de ser inmortal. Pero puesto que la paga del pecado es la muerte, esto tiene en común con los hombres, que con ellos debe ser condenado a la muerte.
Pero el verdadero Mediador, a quien en Tu secreta misericordia mostraste a los humildes, y enviaste, para que por Su ejemplo también aprendieran esa misma humildad, ese Mediador entre Dios y el hombre, el hombre Cristo Jesús, apareció entre los mortales pecadores y el inmortal justo; mortal con los hombres, justo con Dios: para que, porque la paga de la justicia es vida y paz, Él pudiera, mediante una justicia unida a Dios, hacer nula aquella muerte de los pecadores, ya hechos justos, que Él quiso tener en común con ellos. De ahí que fuera mostrado a los santos de antaño; para que ellos, mediante la fe en Su Pasión venidera, al igual que nosotros mediante la fe en ella pasada, pudieran ser salvados. Pues como hombre, era Mediador; pero como Verbo, no en medio entre Dios y el hombre, porque es igual a Dios, y Dios con Dios, y juntos un solo Dios.
¡Cómo nos has amado, buen Padre, que no perdonaste a Tu único Hijo, sino que lo entregaste por nosotros, los impíos! ¡Cómo nos has amado, por quienes Aquel que no consideró un robo ser igual a Ti, fue hecho sujeto incluso a la muerte de cruz, Él solo, libre entre los muertos, teniendo poder para deponer Su vida, y poder para tomarla de nuevo: para nosotros ante Ti tanto Vencedor como Víctima, y por tanto Vencedor, porque Víctima; para nosotros ante Ti Sacerdote y Sacrificio, y por tanto Sacerdote porque Sacrificio; haciéndonos para Ti, de siervos, hijos al ser nacidos de Ti, y sirviéndonos! Bien firme es pues mi esperanza en Él, de que sanarás todas mis enfermedades, por Aquel que se sienta a Tu diestra e intercede por nosotros; de lo contrario desesperaría. Pues muchas y grandes son mis enfermedades, muchas son, y grandes; pero Tu medicina es más poderosa. Podríamos imaginar que Tu Verbo estaba lejos de cualquier unión con el hombre, y desesperar de nosotros mismos, si no se hubiera hecho carne y habitado entre nosotros.
Aterrado por mis pecados y por el peso de mi miseria, lo había considerado en mi corazón, y me había propuesto huir al desierto: pero Tú me lo prohibiste, y me fortaleciste, diciendo: «Por eso Cristo murió por todos, para que los que viven, ya no vivan para sí mismos, sino para Aquel que murió por ellos». Mira, Señor, echo mi carga sobre Ti, para que pueda vivir, y considerar las cosas maravillosas de Tu ley. Tú conoces mi impericia, y mis enfermedades; enséñame, y sáname. Él, Tu único Hijo, en Quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento, me ha redimido con Su sangre. No hablen mal de mí los soberbios; porque medito en mi rescate, y como y bebo, y comulgo de él; y pobre, deseé ser saciado de Él, entre aquellos que comen y son saciados, y alabarán al Señor los que le buscan.
LIBRO XI
Señor, ya que la eternidad es Tuya, ¿ignoras lo que te digo? ¿O ves en el tiempo lo que sucede en el tiempo? ¿Por qué, pues, dispongo ante Ti tantas relaciones? No, a decir verdad, para que Tú las aprendieras a través de mí, sino para despertar mi propia devoción y la de mis lectores hacia Ti, para que todos digamos: Grande es el Señor, y digno de toda alabanza. Ya lo he dicho; y de nuevo lo diré, por amor a Tu amor hago esto. Pues también oramos, y sin embargo la Verdad ha dicho: Vuestro Padre sabe lo que necesitáis, antes de que lo pidáis. Son, pues, nuestros afectos los que desnudamos ante Ti, confesando nuestras propias miserias y Tus misericordias sobre nosotros, para que puedas liberarnos totalmente, ya que has comenzado, para que dejemos de ser miserables en nosotros mismos, y seamos bienaventurados en Ti; viendo que nos has llamado a ser pobres de espíritu, y mansos, y afligidos, y hambrientos y sedientos de justicia, y misericordiosos, y puros de corazón, y pacificadores. Mira, te he contado muchas cosas, como pude y como quise, porque Tú quisiste primero que te confesara, mi Señor Dios. Porque Tú eres bueno, porque Tu misericordia es para siempre.
¿Pero cómo bastaré con la lengua de mi pluma para expresar todas Tus exhortaciones, y todos Tus terrores, y consuelos, y guías, por las cuales me llevaste a predicar Tu Palabra y dispensar Tu Sacramento a Tu pueblo? Y si basto para expresarlas en orden, las gotas del tiempo son preciosas conmigo; y mucho he ardido por meditar en Tu ley, y en ella confesarte mi habilidad e impericia, el despuntar de Tu iluminación, y los restos de mi oscuridad, hasta que la enfermedad sea tragada por la fuerza. Y no querría que nada más hurtara aquellas horas que encuentro libres de las necesidades de refrescar mi cuerpo y las potencias de mi mente, y del servicio que debemos a los hombres, o que aunque no debamos, no obstante pagamos.
¡Oh Señor Dios mío!, presta oídos a mi oración, y deja que Tu misericordia escuche mi deseo: porque está ansioso no solo por mí mismo, sino que querría servir a la caridad fraternal; y Tú ves mi corazón, que así es. Querría sacrificar a Ti el servicio de mi pensamiento y de mi lengua; dame Tú lo que pueda ofrecerte. Pues soy pobre y necesitado, Tú rico para todos los que te invocan; Tú que, inaccesible al cuidado, cuidas de nosotros. Circuncida de toda temeridad y toda mentira mis labios internos y externos: sean Tus Escrituras mis deleites puros: que no me engañe en ellas, ni engañe a partir de ellas. Señor, escucha y ten piedad, ¡oh Señor Dios mío!, Luz de los ciegos, y Fuerza de los débiles; sí, también Luz de los que ven, y Fuerza de los fuertes; escucha a mi alma, y óyela clamando desde las profundidades. Pues si Tus oídos no están con nosotros también en las profundidades, ¿adónde iremos? ¿adónde clamaremos? El día es Tuyo, y la noche es Tuyo; a Tu mando los momentos huyen. Concede un espacio para nuestras meditaciones en las cosas ocultas de Tu ley, y no la cierres contra nosotros que llamamos. Pues no en vano habrías hecho escribir los oscuros secretos de tantas páginas; ni son esos bosques sin sus ciervos que se retiran a ellos y andan errantes y pasean; se alimentan, se recuestan y rumian. Perfecéname, ¡oh Señor!, y revélamelos. Mira, Tu voz es mi gozo; Tu voz excede la abundancia de los placeres. Da lo que amo: porque amo; y esto Tú lo has dado: no abandones Tus propios dones, ni desprecies Tu hierba verde que tiene sed. Déjame confesarte todo lo que encuentre en Tus libros, y oír la voz de alabanza, y beber en Ti, y meditar en las cosas maravillosas de Tu ley; desde el principio, en el cual hiciste el cielo y la tierra, hasta el eterno reinado de Tu santa ciudad contigo.
Señor, ten misericordia de mí, y escucha mi deseo. Pues no es, a mi juicio, de la tierra, ni de oro y plata, y piedras preciosas, ni de hermosos vestidos, ni de honores y cargos, o placeres de la carne, o cosas necesarias para el cuerpo y para esta vida de nuestra peregrinación: todo lo cual será añadido a aquellos que buscan Tu reino y Tu justicia. Mira, oh Señor Dios mío, en qué consiste mi deseo. Los impíos me han hablado de deleites, pero no como los de Tu ley, oh Señor. Mira, en qué consiste mi deseo. Mira, Padre, mira, y ve y aprueba; y que sea agradable a la vista de Tu misericordia, que yo pueda hallar gracia ante Ti, para que las partes interiores de Tus palabras me sean abiertas al llamar. Te suplico por nuestro Señor Jesucristo Tu Hijo, el Hombre de Tu diestra, el Hijo del hombre, a quien has establecido para Ti, como Tu Mediador y el nuestro, a través de Quien nos buscaste, no buscándote nosotros a Ti, sino buscándonos Tú a nosotros, para que nosotros pudiéramos buscarte —Tu Palabra, a través de Quien hiciste todas las cosas, y entre ellas, a mí también—; Tu Unigénito, a través de Quien llamaste a la adopción al pueblo creyente, y en ello a mí también; te suplico por Aquel que está sentado a Tu diestra, e intercede ante Ti por nosotros, en Quien están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y la ciencia. Estos busco en Tus libros. De Él escribió Moisés; esto dice Él mismo; esto dice la Verdad.
Quisiera oír y comprender, cómo "En el Principio hiciste el cielo y la tierra". Moisés escribió esto, escribió y partió, pasó de aquí de Ti a Ti; ni está él ahora ante mí. Pues si lo estuviera, le retendría y le preguntaría, y le suplicaría por Ti que me revelara estas cosas, y pondría los oídos de mi cuerpo a los sonidos que brotan de su boca. Y si hablara hebreo, en vano golpearía mis sentidos, ni nada de ello tocaría mi mente; pero si latín, sabría lo que dijo. Pero ¿de dónde habría de saber, si dijo la verdad? Sí, y si supiera esto también, ¿lo sabría por él? Ciertamente dentro de mí, dentro, en la cámara de mis pensamientos, la Verdad, ni hebrea, ni griega, ni latina, ni bárbara, sin órganos de voz o lengua, o sonido de sílabas, diría, "Es verdad", y yo de inmediato diría confiadamente a ese hombre Tuyo, "dices la verdad". Puesto que entonces no puedo interrogarlo a él, a Ti, a Ti suplico, oh Verdad, lleno de Quien él dijo la verdad, a Ti, mi Dios, suplico, perdona mis pecados; y Tú, que le diste a él, Tu siervo, decir estas cosas, dame a mí también comprenderlas.
Mira, los cielos y la tierra son; proclaman que fueron creados; pues cambian y varían. Mientras que todo lo que no ha sido hecho, y sin embargo es, no tiene nada en sí, que antes no tuviera; y esto es, cambiar y variar. Proclaman también, que no se hicieron a sí mismos; "por tanto somos, porque hemos sido hechos; no éramos, pues, antes de ser, para hacernos a nosotros mismos". Ahora bien, la evidencia de la cosa, es la voz de los que hablan. Tú, por tanto, Señor, los hiciste; que eres hermoso, pues ellos son hermosos; que eres bueno, pues ellos son buenos; que eres, pues ellos son; sin embargo, no son hermosos ni buenos, ni son, como Tú su Creador eres; comparados con Quien, no son ni hermosos, ni buenos, ni son. Esto lo sabemos, gracias sean dadas a Ti. Y nuestro conocimiento, comparado con Tu conocimiento, es ignorancia.
¿Pero cómo hiciste el cielo y la tierra? ¿Y cuál fue el instrumento de Tu tan poderosa fábrica? Pues no fue como un artífice humano, formando un cuerpo de otro, según el juicio de su mente, que puede de alguna manera investir con tal forma, como ve en sí misma por su ojo interior. ¿Y de dónde habría de ser capaz de hacer esto, si Tú no hubieras hecho esa mente? E inviste con una forma lo que ya existe, y tiene un ser, como arcilla, o piedra, o madera, o oro, o similares. ¿Y de dónde habrían de ser, si Tú no los hubieras dispuesto? Tú hiciste al artífice su cuerpo, Tú la mente que ordena a los miembros, Tú la materia de la cual hace cualquier cosa; Tú la aprensión con la que captar su arte, y ver dentro lo que hace fuera; Tú el sentido de su cuerpo, con el cual, como por un intérprete, pueda desde la mente a la materia, transmitir lo que hace, e informar a su mente de lo que se hace; para que ella dentro pueda consultar a la verdad, que preside sobre sí misma, si está bien hecho o no. Todos estos te alaban a Ti, el Creador de todo. ¿Pero cómo los haces Tú? ¿Cómo, oh Dios, hiciste el cielo y la tierra? En verdad, ni en el cielo, ni en la tierra, hiciste el cielo y la tierra; ni en el aire, o las aguas, viendo que estos también pertenecen al cielo y a la tierra; ni en el mundo entero hiciste el mundo entero; porque no había lugar donde hacerlo, antes de que fuera hecho, para que pudiera ser. Ni tuviste nada en Tu mano, de lo cual hacer el cielo y la tierra. Pues ¿de dónde habrías de tener esto, que Tú no habías hecho, para hacer de ello cualquier cosa? Pues ¿qué es, sino porque Tú eres? Por tanto, hablaste, y fueron hechas, y en Tu Palabra las hiciste.
¿Pero cómo hablaste? ¿De la manera en que la voz salió de la nube, diciendo, Este es mi amado Hijo? Pues esa voz pasó y se desvaneció, comenzó y terminó; las sílabas sonaron y pasaron, la segunda después de la primera, la tercera después de la segunda, y así en orden, hasta la última después de las demás, y el silencio después de la última. De donde es abundantemente claro y evidente que el movimiento de una criatura la expresó, siendo ella misma temporal, sirviendo a Tu voluntad eterna. Y estas Tus palabras, creadas por un tiempo, el oído exterior las refirió al alma inteligente, cuyo oído interior yacía escuchando a Tu Palabra Eterna. Pero ella comparó estas palabras que suenan en el tiempo, con esa Tu Palabra Eterna en silencio, y dijo "Es diferente, muy diferente. Estas palabras están muy por debajo de mí, ni son, porque huyen y pasan; pero la Palabra de mi Señor permanece sobre mí para siempre". Si entonces al sonar y pasar las palabras dijiste que el cielo y la tierra debían ser hechos, y así hiciste el cielo y la tierra, había una criatura corpórea antes del cielo y la tierra, por cuyos movimientos en el tiempo esa voz pudo seguir su curso en el tiempo. Pero no había nada corpóreo antes del cielo y la tierra; o si lo había, ciertamente Tú habías, sin tal voz pasajera, creado eso, de lo cual hacer esta voz pasajera, mediante la cual decir, Sean hechos el cielo y la tierra. Pues cualquier cosa que fuera aquello, de lo cual tal voz fue hecha, a menos que por Ti fuera hecha, no podría ser en absoluto. ¿Por qué Palabra entonces hablaste, para que un cuerpo fuera hecho, mediante el cual estas palabras de nuevo pudieran ser hechas?
Nos llamas entonces a comprender la Palabra, Dios, contigo Dios, Que es dicha eternamente, y por Ella son todas las cosas dichas eternamente. Pues lo que fue dicho no fue dicho sucesivamente, una cosa concluida para que la siguiente pudiera ser dicha, sino todas las cosas juntas y eternamente. De lo contrario tenemos tiempo y cambio; y no una verdadera eternidad ni verdadera inmortalidad. Esto lo sé, oh Dios mío, y doy gracias. Lo sé, te confieso, oh Señor, y conmigo sabe y te bendice, quienquiera que no sea ingrato con la Verdad segura. Sabemos, Señor, sabemos; ya que en la medida en que algo no es lo que fue, y es, lo que no fue, en esa medida muere y surge. Nada entonces de Tu Palabra da lugar o reemplaza, porque Ella es verdaderamente inmortal y eterna. Y por tanto a la Palabra coeterna contigo Tú dices a la vez y eternamente todo lo que dices; y lo que sea que dices que será hecho es hecho; ni haces, de otro modo que diciendo; y sin embargo no todas las cosas son hechas juntas, o son eternas, las que haces diciendo.
¿Por qué, te suplico, oh Señor Dios mío? Lo veo de una manera; pero cómo expresarlo, no lo sé, a menos que sea, que todo lo que comienza a ser, y deja de ser, comienza entonces, y deja de ser entonces, cuando en Tu eterna Razón es conocido, que debería comenzar o dejar de ser; en cuya Razón nada comienza ni deja de ser. Esta es Tu Palabra, que es también "el Principio, porque también Ella nos habla". Así en el Evangelio Él habla a través de la carne; y esto sonó exteriormente en los oídos de los hombres; para que fuera creído y buscado interiormente, y hallado en la Verdad eterna; donde el buen y único Maestro enseña a todos Sus discípulos. Allí, Señor, oigo Tu voz hablándome; porque Él nos habla, quien nos enseña; pero quien no nos enseña, aunque hable, a nosotros no nos habla. ¿Quién nos enseña ahora, sino la inmutable Verdad? pues incluso cuando somos amonestados a través de una criatura mutable; solo somos conducidos a la inmutable Verdad; donde aprendemos verdaderamente, mientras permanecemos y le oímos, y nos regocijamos grandemente a causa de la voz del Esposo, restaurándonos a Él, de Quien somos. Y por tanto el Principio, porque a menos que Ella permaneciera, no habría, cuando nos extraviamos, a dónde regresar. Pero cuando regresamos del error, es a través del conocimiento; y para que conozcamos, Él nos enseña, porque Él es el Principio, y hablándonos.
En este Principio, oh Dios, has hecho el cielo y la tierra, en Tu Palabra, en Tu Hijo, en Tu Poder, en Tu Sabiduría, en Tu Verdad; maravillosamente hablando, y maravillosamente haciendo. ¿Quién comprenderá? ¿Quién lo declarará? ¿Qué es eso que resplandece a través de mí, y golpea mi corazón sin herirlo; y me estremezco y me enciendo? Me estremezco, en la medida en que soy diferente a él; me enciendo, en la medida en que soy semejante a él. Es la Sabiduría, la Sabiduría misma la que resplandece a través de mí; separando mi oscuridad que aún de nuevo me cubre, desfalleciendo por ella, a través de las tinieblas que por mi castigo se reúnen sobre mí. Pues mi fuerza es abatida en la necesidad, de modo que no puedo soportar mis bendiciones, hasta que Tú, Señor, que has sido clemente con todas mis iniquidades, sanes todas mis dolencias. Pues Tú también redimirás mi vida de la corrupción, y me coronarás de bondad y misericordias, y saciarás mi deseo con cosas buenas, porque mi juventud se renovará como la del águila. Pues en esperanza somos salvados, por lo cual esperamos con paciencia Tus promesas. Que el que pueda, te oiga interiormente discurriendo desde Tu oráculo: gritaré audazmente, ¡Cuán maravillosas son Tus obras, oh Señor, en Sabiduría las has hecho todas; y esta Sabiduría es el Principio, y en ese Principio hiciste el cielo y la tierra.
Mira, ¿no están llenos de su vieja levadura, quienes nos dicen, "¿Qué estaba haciendo Dios antes de que hiciera el cielo y la tierra? Pues si (dicen ellos) estaba ocioso y no obraba, ¿por qué no lo hace también de aquí en adelante, y para siempre, como hizo hasta ahora? Pues si algún nuevo movimiento surgió en Dios, y una nueva voluntad de hacer una criatura, la cual Él nunca antes había hecho, ¿cómo entonces sería esa una verdadera eternidad, donde surge una voluntad, que no existía? Pues la voluntad de Dios no es una criatura, sino anterior a la criatura; viendo que nada podía ser creado, a menos que la voluntad del Creador hubiera precedido. La voluntad de Dios entonces pertenece a Su propia Sustancia. Y si algo hubiera surgido en la Sustancia de Dios, que antes no existía, esa Sustancia no puede ser llamada verdaderamente eterna. Pero si la voluntad de Dios ha sido desde la eternidad que la criatura sea, ¿por qué no fue la criatura también desde la eternidad?"
Quienes hablan así, aún no te comprenden, oh Sabiduría de Dios, Luz de las almas, no comprenden aún cómo son hechas las cosas, las cuales por Ti, y en Ti son hechas: sin embargo se esfuerzan por comprender las cosas eternas, mientras su corazón revolotea entre los movimientos de las cosas pasadas y futuras, y sigue siendo inestable. ¿Quién lo sostendrá, y lo fijará, para que repose un momento, y por un momento capture la gloria de esa Eternidad siempre fija, y la compare con los tiempos que nunca están fijos, y vea que no puede ser comparada; y que un largo tiempo no puede volverse largo, sino por muchos movimientos que pasan, que no pueden prolongarse todos juntos; sino que en lo Eterno nada pasa, sino que el todo es presente; mientras que ningún tiempo es todo a la vez presente: y que todo tiempo pasado, es impulsado por el tiempo futuro, y todo futuro sigue al pasado; y todo pasado y futuro, es creado, y fluye de lo que es siempre presente? ¿Quién sostendrá el corazón del hombre, para que pueda permanecer quieto, y ver cómo la eternidad siempre quieta, ni pasada ni futura, profiere los tiempos pasados y futuros? ¿Puede mi mano hacer esto, o la mano de mi boca por medio del habla llevar a cabo una cosa tan grande?
Mira, respondo al que pregunta, "¿Qué hizo Dios antes de que hiciera el cielo y la tierra?" No respondo como se dice que hizo uno alegremente (eludiendo la presión de la pregunta), "Estaba preparando el infierno (dijo él) para los que escudriñan los misterios". Una cosa es responder a las indagaciones, otra burlarse de los indagadores. Así no respondo; pues preferiría responder, "No lo sé", a lo que no sé, que hacerlo de manera que provoque risa ante quien pregunta cosas profundas y ganar alabanza por quien responde cosas falsas. Pero digo que Tú, nuestro Dios, eres el Creador de cada criatura: y si por el nombre "cielo y tierra", cada criatura es entendida; digo audazmente, "que antes de que Dios hiciera el cielo y la tierra, Él no hizo ninguna cosa". Pues si hizo, ¿qué hizo sino una criatura? Y ojalá supiera lo que deseo saber para mi provecho, como sé, que ninguna criatura fue hecha, antes de que fuera hecha alguna criatura.
Pero si algún cerebro errante divaga sobre las imágenes de los tiempos pasados, y se maravilla de que Tú, el Dios Todopoderoso y Todo-creador y Todo-sostenedor, Hacedor del cielo y de la tierra, te abstuvieras durante innumerables siglos de tan gran obra, antes de que quisieras hacerla; que despierte y considere, que se maravilla de conceptos falsos. Pues ¿de dónde podrían pasar innumerables siglos, que Tú no hiciste, Tú el Autor y Creador de todos los siglos? ¿o qué tiempos habrían de ser, que no fueran hechos por Ti? ¿o cómo habrían de pasar, si nunca fueron? Viendo entonces que Tú eres el Creador de todos los tiempos, si algún tiempo hubo antes de que hicieras el cielo y la tierra, ¿por qué dicen que te abstuviste de obrar? Pues ese mismo tiempo hiciste Tú, ni podrían los tiempos pasar, antes de que hicieras esos tiempos. Pero si antes del cielo y la tierra no había tiempo, ¿por qué se pregunta, qué hacías entonces? Pues no había "entonces", cuando no había tiempo.
Ni Tú por el tiempo, precedes al tiempo: de lo contrario no precederías a todos los tiempos. Pero Tú precedes a todas las cosas pasadas, por la sublimidad de una eternidad siempre presente; y superas a todas las futuras porque son futuras, y cuando vengan, serán pasadas; pero Tú eres el Mismo, y Tus años no fallan. Tus años ni vienen ni van; mientras los nuestros tanto vienen como van, para que todos puedan venir. Tus años permanecen juntos, porque permanecen; ni son desalojados por los años venideros, pues no pasan; pero los nuestros todos serán, cuando ya no sean. Tus años son un día; y Tu día no es cotidiano, sino Hoy, viendo que Tu Hoy no da lugar al mañana, pues tampoco reemplaza al ayer. Tu Hoy, es la Eternidad; por tanto engendraste al Coeterno, a quien dijiste, Este día te he engendrado. Tú has hecho todas las cosas; y antes de todos los tiempos Tú eres: ni en ningún tiempo el tiempo no existía.
En ningún tiempo entonces no habías hecho ninguna cosa, porque el tiempo mismo Tú lo hiciste. Y ningún tiempo es coeterno contigo, porque Tú permaneces; pero si permanecieran, no serían tiempos. Pues ¿qué es el tiempo? ¿Quién puede explicar esto fácil y brevemente? ¿Quién puede siquiera en el pensamiento comprenderlo, como para pronunciar una palabra sobre ello? ¿Pero qué mencionamos en el discurso más familiar y conocidamente, que el tiempo? Y, entendemos, cuando hablamos de ello; entendemos también, cuando oímos hablar de ello a otro. ¿Qué es entonces el tiempo? Si nadie me pregunta, lo sé: si deseo explicarlo a quien pregunta, no lo sé: sin embargo digo audazmente que sé, que si nada pasara, el tiempo pasado no sería; y si nada viniera, un tiempo futuro no sería; y si nada fuera, el tiempo presente no sería. Esos dos tiempos entonces, pasado y futuro, ¿cómo son, viendo que el pasado ya no es, y el futuro aún no es? Pero el presente, si siempre fuera presente, y nunca pasara al tiempo pasado, en verdad no sería tiempo, sino eternidad. Si el tiempo presente (si ha de ser tiempo) solo llega a la existencia, porque pasa al tiempo pasado, ¿cómo podemos decir que este es, cuya causa de ser es, que no será; así, a saber, que no podemos decir verdaderamente que el tiempo es, sino porque tiende a no ser?
Y sin embargo decimos, "un largo tiempo" y "un corto tiempo"; todavía, solo del tiempo pasado o futuro. Un largo tiempo pasado (por ejemplo) llamamos cien años atrás; y un largo tiempo futuro, cien años después. Pero un corto tiempo pasado, llamamos (supongamos) diez días atrás; y un corto tiempo futuro, diez días después. ¿Pero en qué sentido es eso largo o corto, que no es? Pues el pasado, no es ahora; y el futuro, no es aún. No digamos entonces, "es largo"; sino del pasado, "ha sido largo"; y del futuro, "será largo". Oh mi Señor, mi Luz, ¿no se burlará aquí también Tu Verdad del hombre? Pues ese tiempo pasado que fue largo, ¿era largo cuando ya era pasado, o cuando era aún presente? Pues entonces podría ser largo, cuando había, lo que podía ser largo; pero cuando pasó, ya no fue más; por tanto tampoco pudo ser largo, lo que no era en absoluto. No digamos entonces, "el tiempo pasado ha sido largo": pues no encontraremos, lo que ha sido largo, viendo que desde que pasó, ya no es más, sino digamos, "que ese tiempo presente fue largo"; porque, cuando era presente, era largo. Pues aún no había pasado, de modo que no fuera; y por tanto había, lo que podía ser largo; pero después de que pasó, cesó también de ser largo, lo que cesó de ser.
Veamos entonces, alma del hombre, si el tiempo presente puede ser largo: pues a ti te es dado sentir y medir la longitud del tiempo. ¿Qué me responderás? ¿Es cien años, cuando es presente, un largo tiempo? Mira primero si cien años pueden ser presentes. Pues si el primero de estos años corre ahora, es presente, pero los otros noventa y nueve han de venir, y por tanto aún no son; mas si el segundo año corre, uno ya pasó, otro es presente, los restantes han de venir. Y así, si suponemos cualquier año intermedio de estos cien como presente, todos los anteriores son pasados; todos los posteriores, futuros; por lo cual cien años no pueden ser presentes. Pero mira al menos si aquel que ahora corre, es él mismo presente; pues si el mes corriente es el primero, los restantes han de venir; si el segundo, el primero ya pasó, y los demás aún no son. Por tanto, ni el año que ahora corre es presente; y si no es presente como un todo, entonces el año no es presente. Pues doce meses componen un año; de los cuales, cualquiera que sea el mes corriente, es presente; los demás, pasados o futuros. Aunque ni siquiera ese mes corriente es presente; sino un solo día; siendo el resto futuro, si es el primero; pasado, si el último; si es alguno de los intermedios, entonces está entre lo pasado y lo futuro.
Mira cómo el tiempo presente, que solo hallamos que podía llamarse largo, se abrevia a la duración apenas de un día. Pero examinemos también eso; pues ni siquiera un día es presente como un todo. Porque está compuesto de veinticuatro horas de noche y de día: de las cuales, la primera tiene a las demás como futuras; la última las tiene como pasadas; y cualquiera de las intermedias tiene a las que la preceden como pasadas, y a las que la siguen como futuras. Sí, esa única hora pasa en partículas volátiles. Todo lo que de ella ha volado, es pasado; todo lo que resta, es futuro. Si se concibe un instante de tiempo, que no pueda dividirse en las partículas más pequeñas de los momentos, ese es el único que puede llamarse presente. El cual, sin embargo, vuela con tal rapidez de lo futuro a lo pasado, que no puede alargarse con la más mínima estancia. Pues si lo hace, se divide en pasado y futuro. El presente no tiene espacio. ¿Dónde está, pues, el tiempo que podemos llamar largo? ¿Es el futuro? De él no decimos, "es largo", porque aún no es, de modo que pueda ser largo; sino que decimos, "será largo". ¿Cuándo será, pues? Porque si incluso entonces, cuando aún es futuro, no será largo (porque lo que puede ser largo aún no es), y así será largo entonces, cuando de futuro que aún no es, comience ahora a ser, y se haya vuelto presente, para que así exista lo que pueda ser largo; entonces el tiempo presente clama con las palabras de arriba, que no puede ser largo.
Y sin embargo, Señor, percibimos intervalos de tiempos, y los comparamos, y decimos que unos son más cortos y otros más largos. Medimos también cuánto más largo o más corto es este tiempo que aquel; y respondemos: "Este es doble o triple; y aquel, solo una vez, o simplemente tanto como aquel". Pero medimos los tiempos mientras pasan, percibiéndolos; pero los pasados, que ya no son, o los futuros, que aún no son, ¿quién puede medirlos? A menos que un hombre presuma decir que puede medirse lo que no es. Cuando, pues, el tiempo pasa, puede ser percibido y medido; pero cuando es pasado, no puede serlo, porque no es.
Pregunto, Padre, no afirmo: oh Dios mío, rígeme y guíame. "¿Quién me dirá que no hay tres tiempos (como aprendimos de niños y enseñamos a los niños), pasado, presente y futuro; sino solo el presente, porque aquellos dos no son? ¿O es que también son; y cuando de futuro se convierte en presente, sale de algún lugar secreto; y así, al retirarse, de presente se convierte en pasado? Pues ¿dónde vieron aquellos que profetizaron las cosas futuras, si aún no son? Porque lo que no es, no puede ser visto. Y los que relatan las cosas pasadas, no podrían relatarlas si en su mente no las discernieran, y si no fueran, de ningún modo podrían ser discernidas. Luego las cosas pasadas y futuras, son".
Permíteme, Señor, buscar más allá. Oh esperanza mía, no sea confundido mi propósito. Pues si los tiempos pasado y futuro son, querría saber dónde están. Lo cual, si no puedo, sé al menos que, dondequiera que estén, no están allí como futuros o pasados, sino como presentes. Pues si allí también fueran futuros, aún no estarían allí; si allí también fueran pasados, ya no estarían allí. Dondequiera pues que esté lo que sea, solo es como presente. Aunque cuando se relatan hechos pasados, se extraen de la memoria no las cosas mismas que pasaron, sino palabras que, concebidas por las imágenes de las cosas, al pasar dejaron rastros en la mente a través de los sentidos. Así mi infancia, que ahora no es, está en el tiempo pasado, que ahora no es: pero ahora cuando recuerdo su imagen y hablo de ella, la contemplo en el presente, porque todavía está en mi memoria. Si hay una causa semejante para predecir también las cosas futuras; que de las cosas que aún no son, las imágenes puedan ser percibidas de antemano, ya existentes, confieso, oh Dios mío, que no lo sé. Esto sí sé, que generalmente pensamos de antemano en nuestras acciones futuras, y que ese pensamiento previo es presente, pero la acción sobre la cual pensamos de antemano aún no es, porque ha de venir. La cual, cuando la hemos emprendido y comenzado a hacer lo que pensábamos de antemano, entonces será esa acción; porque entonces ya no es futura, sino presente.
De cualquier modo, pues, que sea este secreto prepercibir de las cosas futuras; solo puede ser visto lo que es. Pero lo que ahora es, no es futuro, sino presente. Cuando pues se dice que las cosas futuras son vistas, no son ellas mismas las que aún no son (es decir, las que han de ser), sino que quizás se ven sus causas o sus signos, que ya son. Por tanto, no son futuras sino presentes para aquellos que ahora ven aquello de lo cual, siendo preconcebido en la mente, se predice el futuro. Las cuales preconcepciones a su vez son ahora; y aquellos que predicen esas cosas, contemplan las concepciones presentes ante ellos. Permita ahora la numerosa variedad de las cosas proporcionarme algún ejemplo. Contemplo el amanecer, presagio que el sol está a punto de salir. Lo que contemplo es presente; lo que presigno, futuro; no el sol, que ya es, sino la salida del sol, que aún no es. Y sin embargo, si no imaginara en mi mente la salida del sol misma (como ahora mientras hablo de ella), no podría predecirla. Pero ni ese amanecer que discierno en el cielo es la salida del sol, aunque le precede; ni esa imaginación de mi mente; las cuales dos son vistas ahora presentes, para que la otra que ha de ser pueda ser predicha. Las cosas futuras, pues, aún no son: y si aún no son, no son: y si no son, no pueden ser vistas; sin embargo, pueden ser predichas a partir de las cosas presentes, que ya son y son vistas.
Tú pues, Gobernante de Tu creación, ¿por qué camino enseñas a las almas las cosas futuras? Pues Tú enseñaste a Tus Profetas. ¿Por qué camino enseñas Tú, para quien nada es futuro, las cosas futuras; o más bien, de lo futuro, enseñas las cosas presentes? Pues lo que no es, tampoco puede ser enseñado. Demasiado lejos está este camino de mi entendimiento: es demasiado poderoso para mí, no puedo alcanzarlo; pero de Ti puedo, cuando Tú lo concedas, oh luz dulce de mis ojos ocultos.
Lo que ahora es claro y evidente es que ni las cosas futuras ni las pasadas son. Ni se dice propiamente "hay tres tiempos, pasado, presente y futuro": aunque quizás podría decirse propiamente "hay tres tiempos; un presente de las cosas pasadas, un presente de las cosas presentes y un presente de las cosas futuras". Pues estos tres existen de algún modo en el alma, y en otro lugar no los veo; presente de las cosas pasadas, memoria; presente de las cosas presentes, visión; presente de las cosas futuras, expectación. Si se nos permite hablar así, veo tres tiempos, y confieso que hay tres. Dígase también "hay tres tiempos, pasado, presente y futuro": a nuestra manera incorrecta. Mira, no me opongo, ni contradigo, ni culpo, si lo que así se dice es entendido, que ni lo que ha de ser es ahora, ni lo que ha pasado. Pues pocas son las cosas que decimos propiamente, la mayoría impropiamente; aun así, las cosas pretendidas son entendidas.
Dije entonces incluso ahora, que medimos los tiempos mientras pasan, para poder decir: este tiempo es el doble que aquel; o este es justo tanto como aquel; y así de cualquier otra parte del tiempo que sea medible. Por tanto, como dije, medimos los tiempos mientras pasan. Y si alguien me preguntase: "¿Cómo lo sabes?", podría responder: "Sé que medimos, ni podemos medir las cosas que no son; y las cosas pasadas y futuras no son". Pero el tiempo presente, ¿cómo lo medimos, viendo que no tiene espacio? Es medido mientras pasa, pero cuando haya pasado, no es medido; pues no habrá nada que medir. Pero ¿de dónde, por qué camino y hacia dónde pasa mientras es medido? ¿De dónde, sino del futuro? ¿Qué camino, sino a través del presente? ¿Hacia dónde, sino al pasado? De aquello pues, que aún no es, a través de aquello, que no tiene espacio, hacia aquello, que ya no es. Sin embargo, ¿qué medimos, si no el tiempo en algún espacio? Pues no decimos simple, doble y triple, e igual, o cualquier otra manera similar en que hablamos del tiempo, excepto de espacios de tiempos. ¿En qué espacio pues medimos el tiempo que pasa? ¿En el futuro, de donde pasa a través? Pero lo que aún no es, no lo medimos. ¿O en el presente, por el cual pasa? Pero no tiene espacio, no lo medimos: ¿o en el pasado, hacia donde pasa? Pero tampoco medimos eso, que ahora no es.
Mi alma arde por conocer este enigma tan intrincado. No lo cierres, oh Señor Dios mío, buen Padre; por Cristo te lo ruego, no cierres estas cosas habituales, mas ocultas, a mi deseo, para que no sea impedido de penetrar en ellas; sino que alboreen a través de Tu misericordia iluminadora, oh Señor. ¿A quién preguntaré sobre estas cosas? Y ¿a quién confesaré más fructíferamente mi ignorancia que a Ti, para quien estos estudios míos, tan vehementemente encendidos hacia Tus Escrituras, no son molestos? Da lo que amo; pues amo, y esto Tú me lo has dado. Da, Padre, que verdaderamente sabes dar buenas dádivas a Tus hijos. Da, porque me he propuesto saber, y la angustia está ante mí hasta que Tú lo abras. Por Cristo te lo ruego, en Su Nombre, Santo de los santos, que nadie me perturbe. Pues creí, y por tanto hablo. Esta es mi esperanza, por esto vivo, para poder contemplar las delicias del Señor. He aquí, Tú has hecho viejos mis días, y pasan, y cómo, no lo sé. Y hablamos de tiempo, y tiempo, y tiempos, y tiempos, "Cuánto tiempo hace desde que dijo esto"; "cuánto tiempo hace desde que hizo esto"; y "cuánto tiempo hace desde que vi aquello"; y "esta sílaba tiene el doble de tiempo que aquella sílaba corta simple". Estas palabras decimos, y estas oímos, y son entendidas, y entendemos. Son manifiestas y ordinarias, y las mismas cosas son, sin embargo, demasiado profundamente ocultas, y el descubrimiento de ellas sería nuevo.
Oí una vez de un hombre docto, que los movimientos del sol, la luna y las estrellas constituían el tiempo, y no asentí. Pues ¿por qué no habrían de ser los movimientos de todos los cuerpos más bien los tiempos? O, si las luces del cielo cesaran, y la rueda de un alfarero girara, ¿no habría tiempo por el cual pudiéramos medir esos giros y decir que, o bien se movía con pausas iguales, o si giraba a veces más lento, otras más rápido, que algunas vueltas eran más largas, otras más cortas? O, mientras decíamos esto, ¿no estaríamos también hablando en el tiempo? O, ¿habría en nuestras palabras algunas sílabas cortas, otras largas, sino porque aquellas sonaban en un tiempo más corto, estas en uno más largo? Dios, concede a los hombres ver en algo pequeño nociones comunes a cosas grandes y pequeñas. Las estrellas y luces del cielo son también para señales, y para estaciones, y para años, y para días; son; mas ni yo diría que el giro de esa rueda de madera fuera un día, ni él, que por ello no era tiempo.
Deseo conocer la fuerza y naturaleza del tiempo, por el cual medimos los movimientos de los cuerpos, y decimos (por ejemplo) este movimiento es el doble de largo que aquel. Pues pregunto, viendo que "día" denota no solo la estancia del sol sobre la tierra (según la cual el día es una cosa, la noche otra); sino también su circuito completo desde el este hasta el este de nuevo; según el cual decimos, "pasaron tantos días", incluyendo la noche cuando decimos "tantos días", y no contando las noches por separado;—viendo pues que un día es completado por el movimiento del sol y por su circuito desde el este hasta el este de nuevo, pregunto, ¿el movimiento solo hace el día, o la estancia en la que ese movimiento es completado, o ambos? Pues si lo primero es el día; entonces tendríamos un día, aunque el sol terminara ese curso en un espacio de tiempo tan pequeño como una hora. Si lo segundo, entonces no haría un día, si entre un amanecer y otro hubiera una estancia tan corta como una hora; sino que el sol debe girar veinticuatro veces para completar un día. Si ambos, entonces tampoco podría llamarse día; si el sol recorriera todo su giro en el espacio de una hora; ni aquel, si, mientras el sol permaneciera quieto, pasara tanto tiempo como el que el sol suele emplear en su curso completo, de mañana a mañana. No preguntaré pues ahora, qué es eso que se llama día; sino, qué es el tiempo, por el cual, midiendo el circuito del sol, diríamos que fue terminado en la mitad del tiempo que solía, si fuera terminado en un espacio tan pequeño como doce horas; y comparando ambos tiempos, llamaríamos a este un tiempo simple, a aquel un tiempo doble; suponiendo incluso que el sol recorra su giro desde el este hasta el este, a veces en ese tiempo simple, a veces en ese tiempo doble. No me diga nadie entonces, que los movimientos de los cuerpos celestiales constituyen los tiempos, porque, cuando a la oración de uno, el sol se detuvo, hasta que pudo lograr su batalla victoriosa, el sol se detuvo, pero el tiempo siguió. Pues en su propio espacio de tiempo asignado fue esa batalla librada y terminada. Percibo el tiempo, pues, como una cierta extensión. ¿Pero la percibo, o me parece percibirla? Tú, Luz y Verdad, me lo mostrarás.
¿Me ordenas asentir, si alguien define el tiempo como "movimiento de un cuerpo"? No me lo ordenas. Pues que ningún cuerpo es movido sino en el tiempo, lo oigo; esto dices Tú; pero que el movimiento de un cuerpo es tiempo, no lo oigo; Tú no lo dices. Pues cuando un cuerpo es movido, yo mido por el tiempo, ¿cuánto tiempo se mueve, desde que comenzó a moverse hasta que cesó? Y si no viera desde dónde comenzó; y continúa moviéndose de modo que no veo cuándo termina, no puedo medir, salvo quizás desde el tiempo en que comencé, hasta que dejé de ver. Y si miro largo tiempo, solo puedo pronunciar que es un tiempo largo, pero no cuánto; porque cuando decimos "cuánto tiempo", lo hacemos por comparación; como: "esto es tan largo como aquello", o "el doble de largo que aquello", o algo parecido. Pero cuando podemos marcar las distancias de los lugares, desde dónde y hacia dónde va el cuerpo movido, o sus partes, si se moviera como en un torno, entonces podemos decir precisamente, en cuánto tiempo el movimiento de ese cuerpo o de su parte, desde este lugar hasta aquel, fue terminado. Viendo pues que el movimiento de un cuerpo es una cosa, y aquella por la cual medimos cuánto tiempo es, otra; ¿quién no ve cuál de las dos es más bien la que debe llamarse tiempo? Pues incluso si un cuerpo a veces es movido, a veces permanece quieto, entonces medimos, no solo su movimiento, sino su permanecer quieto también por el tiempo; y decimos: "estuvo quieto tanto como se movió"; o "estuvo quieto el doble o triple de lo que se movió"; o cualquier otro espacio que nuestra medición haya determinado o adivinado; más o menos, como solemos decir. El tiempo, pues, no es el movimiento de un cuerpo.
Y confieso ante Ti, oh Señor, que todavía no sé qué es el tiempo, y de nuevo confieso ante Ti, oh Señor, que sé que digo esto en el tiempo, y que habiendo hablado largo tiempo del tiempo, ese mismo "largo" no es largo, sino por la pausa del tiempo. ¿Cómo sé entonces esto, viendo que no sé qué es el tiempo? ¿O será quizás que no sé expresar lo que sé? Ay de mí, que ni siquiera sé lo que no sé. He aquí, oh Dios mío, ante Ti no miento; sino que tal como hablo, así es mi corazón. Tú encenderás mi lámpara; Tú, oh Señor Dios mío, iluminarás mis tinieblas.
¿No confiesa ante Ti mi alma de la manera más verdadera que yo mido el tiempo? ¿Mido acaso, oh Dios mío, y no sé qué es lo que mido? Mido el movimiento de un cuerpo en el tiempo; ¿y el tiempo mismo no lo mido? ¿O podría yo medir la duración del movimiento de un cuerpo, y en cuánto espacio podría ir de este lugar a aquel, sin medir el tiempo en el que se mueve? Este mismo tiempo, pues, ¿cómo lo mido? ¿Medimos por un tiempo más breve uno más largo, como por el espacio de un codo, el espacio de una vara? Pues así, en verdad, parece que medimos por el espacio de una sílaba breve el espacio de una sílaba larga, y decimos que esta es doble que la otra. Así medimos los espacios de las estrofas por los espacios de los versos, y los espacios de los versos por los espacios de los pies, y los espacios de los pies por los espacios de las sílabas, y los espacios de las largas por el espacio de las sílabas breves; no midiendo por páginas (pues entonces mediríamos espacios, no tiempos); sino cuando pronunciamos las palabras y pasan, y decimos: "es una estrofa larga, porque se compone de tantos versos; versos largos, porque constan de tantos pies; pies largos, porque se prolongan por tantas sílabas; una sílaba larga porque es el doble de una breve". Pero ni siquiera de esta manera obtenemos una medida cierta del tiempo; porque puede suceder que un verso más corto, pronunciado más plenamente, ocupe más tiempo que uno más largo, pronunciado apresuradamente. Y lo mismo para un verso, un pie, una sílaba. De donde me pareció que el tiempo no es otra cosa que distensión; pero ¿de qué?, no lo sé, y me maravillo de si no será de la mente misma. Porque, ¿qué mido, te lo ruego, oh Dios mío, cuando digo, ya sea indefinidamente "este es un tiempo más largo que aquel", o definidamente "este es el doble de aquel"? Que mido el tiempo, lo sé; y sin embargo, no mido el tiempo futuro, pues aún no es; ni el presente, porque no está distendido por ningún espacio; ni el pasado, porque ya no es. ¿Qué mido entonces? ¿Tiempos que pasan, no pasados? Pues así lo dije.
Ánimo, mente mía, y prosigue con fuerza. Dios es nuestro ayudador, Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos. Prosigue allí donde la verdad comienza a amanecer. Supongamos, ahora, que la voz de un cuerpo comienza a sonar, y suena, y sigue sonando, y escucha, cesa; ahora es silencio, y esa voz ha pasado, y ya no es una voz. Antes de que sonara, estaba por venir, y no podía ser medida, porque aún no era, y ahora no puede, porque ya no es. Entonces, mientras sonaba, podía serlo; porque entonces había algo que podía ser medido. Pero aun entonces no permanecía quieta; pues pasaba y se desvanecía. ¿Podía ser medida más bien por eso? Pues mientras pasaba, se extendía en algún espacio de tiempo, de modo que pudiera ser medida, dado que el presente no tiene espacio. Si por tanto entonces podía ser, pues bien, supongamos que otra voz ha comenzado a sonar, y sigue sonando en un tenor continuo sin interrupción; midámosla mientras suena; viendo que cuando haya dejado de sonar, entonces será pasado, y no quedará nada por medir; midámosla verdaderamente, y digamos cuánto es. Pero sigue sonando aún, ni puede ser medida sino desde el instante en que comenzó hasta el final en que cesó. Pues el espacio mismo entre medias es lo que medimos, a saber, desde algún comienzo hasta algún final. Por tanto, una voz que aún no ha terminado no puede ser medida, de modo que pueda decirse cuán larga o corta es; ni puede llamarse igual a otra, o doble a una simple, o cosas por el estilo. Pero cuando termina, ya no es. ¿Cómo puede entonces ser medida? Y sin embargo medimos tiempos; pero ni los que aún no son, ni los que ya no son, ni los que no están alargados por alguna pausa, ni los que no tienen límites. No medimos ni tiempos futuros, ni pasados, ni presentes, ni que pasan; y sin embargo, medimos tiempos.
"Deus Creator omnium", este verso de ocho sílabas alterna entre sílabas breves y largas. Las cuatro breves entonces, la primera, tercera, quinta y séptima, son solo simples con respecto a las cuatro largas, la segunda, cuarta, sexta y octava. Cada una de estas respecto a cada una de aquellas tiene un tiempo doble: las pronuncio, doy cuenta de ellas, y encuentro que es así, tal como el sentido común de uno lo percibe. Por el sentido común entonces, mido una sílaba larga por una breve, y encuentro sensiblemente que tiene el doble; pero cuando una suena después de la otra, si la anterior es breve y la posterior larga, ¿cómo retendré la breve, y cómo, midiendo, la aplicaré a la larga, para encontrar que esta tiene el doble, viendo que la larga no comienza a sonar a menos que la breve deje de sonar? ¿Y esa larga misma la mido como presente, viendo que no la mido hasta que termina? Ahora bien, su final es su desvanecimiento. ¿Qué es entonces lo que mido? ¿Dónde está la sílaba breve por la cual mido? ¿Dónde la larga que mido? Ambas han sonado, han volado, pasado, ya no son; y sin embargo mido, y respondo con confianza (en la medida en que se presume de un sentido ejercitado) que, en cuanto al espacio de tiempo, esta sílaba es solo simple, y aquella doble. Y sin embargo, no podría hacer esto a menos que ya hubieran pasado y terminado. No son, pues, ellas mismas, que ya no existen, lo que mido, sino algo en mi memoria, que allí permanece fijo.
Está en ti, mente mía, donde mido los tiempos. No me interrumpas, es decir, no te interrumpas a ti misma con el tumulto de tus impresiones. En ti mido los tiempos; la impresión que las cosas causan en ti al pasar, permanece aun cuando ellas se han ido; esto es lo que, todavía presente, mido, no las cosas que pasan para causar esta impresión. Esto mido cuando mido los tiempos. O esto es entonces el tiempo, o no mido los tiempos. ¿Qué sucede cuando medimos el silencio, y decimos que este silencio ha durado tanto tiempo como aquella voz? ¿No extendemos nuestro pensamiento a la medida de una voz, como si sonara, para que así podamos dar cuenta de los intervalos de silencio en un espacio de tiempo dado? Pues aunque tanto la voz como la lengua estén quietas, en el pensamiento repasamos poemas, y versos, y cualquier otro discurso, o dimensiones de movimientos, y damos cuenta de los espacios de tiempos, cuánto es esto con respecto a aquello, no de otra manera que si los pronunciáramos vocalmente. Si un hombre quisiera emitir un sonido alargado, y hubiera establecido en su pensamiento cuán largo debería ser, ya ha recorrido en silencio un espacio de tiempo, y confiándolo a la memoria, comienza a emitir ese discurso, que suena, hasta que llega al final propuesto. Sí, ha sonado, y sonará; pues tanto de él como ya está terminado, ya ha sonado, y el resto sonará. Y así pasa, hasta que la intención presente transporta lo futuro hacia el pasado; el pasado aumenta con la disminución de lo futuro, hasta que, por el consumo de lo futuro, todo es pasado.
Pero ¿cómo se disminuye o consume ese futuro que aún no es? ¿O cómo aumenta ese pasado que ya no es, sino que en la mente que realiza esto, se hacen tres cosas? Pues espera, considera, recuerda; de modo que aquello que espera, a través de lo que considera, pasa a lo que recuerda. ¿Quién, por tanto, niega que las cosas futuras aún no son? Y sin embargo, hay en la mente una expectación de las cosas futuras. ¿Y quién niega que las cosas pasadas ya no son? Y sin embargo, todavía hay en la mente una memoria de las cosas pasadas. ¿Y quién niega que el tiempo presente no tiene espacio, porque pasa en un momento? Y sin embargo, nuestra consideración continúa, a través de la cual lo que será presente procede a volverse ausente. No es entonces el tiempo futuro el que es largo, pues aún no es: sino que un futuro largo es "una larga expectación del futuro", ni es el tiempo pasado, que ya no es, el que es largo; sino que un pasado largo es "una larga memoria del pasado".
Voy a repetir un Salmo que conozco. Antes de comenzar, mi expectación se extiende sobre el todo; pero cuando he comenzado, cuanto sea de él que separe hacia el pasado, se extiende a lo largo de mi memoria; así, la vida de esta acción mía se divide entre mi memoria, en cuanto a lo que he repetido, y la expectación, en cuanto a lo que estoy por repetir; pero la "consideración" está presente conmigo, para que a través de ella lo que era futuro pueda ser transportado, de modo que se vuelva pasado. Lo cual, cuanto más se hace una y otra vez, tanto más, al acortarse la expectación, se alarga la memoria: hasta que toda la expectación se agota finalmente, cuando toda esa acción, al terminar, ha pasado a la memoria. Y esto que sucede en todo el Salmo, lo mismo sucede en cada porción particular de él, y en cada sílaba particular; lo mismo se sostiene en aquella acción más larga, de la cual este Salmo puede ser parte; lo mismo se sostiene en toda la vida del hombre, de la cual todas las acciones de los hombres son partes; lo mismo se sostiene a través de toda la edad de los hijos de los hombres, de la cual todas las vidas de los hombres son partes.
Pero porque Tu misericordia es mejor que todas las vidas, he aquí, mi vida no es sino distracción, y Tu diestra me sostuvo en mi Señor, el Hijo del hombre, el Mediador entre Ti, El Uno, y nosotros muchos, muchos también a través de nuestras múltiples distracciones en medio de muchas cosas, para que por Él pueda aprehender en Quien he sido aprehendido, y pueda ser recolectado de mi vieja conversación, para seguir a El Uno, olvidando lo que queda atrás, y no distendido sino extendido, no a las cosas que serán y pasarán, sino a aquellas cosas que están delante, no distraídamente sino atentamente, prosigo hacia la meta por el premio de mi vocación celestial, donde pueda oír la voz de Tu alabanza, y contemplar Tus delicias, que ni han de venir ni han de pasar. Pero ahora mis años se consumen en luto. Y Tú, oh Señor, eres mi consuelo, mi Padre eterno, pero yo he sido desgarrado en medio de tiempos, cuyo orden desconozco; y mis pensamientos, incluso las entrañas más íntimas de mi alma, están rasgados y destrozados por tumultuosas variedades, hasta que fluya hacia Ti, purificado y fundido por el fuego de Tu amor.
Y ahora me mantendré, y me volveré firme en Ti, en mi molde, Tu verdad; ni soportaré las preguntas de los hombres, quienes por una enfermedad penal tienen sed de más de lo que pueden contener, y dicen: "¿qué hacía Dios antes de que hiciera el cielo y la tierra?". O: "¿Cómo se le ocurrió a Su mente hacer algo, no habiendo hecho nunca antes nada?". Dales, oh Señor, que piensen bien lo que dicen, y descubran que "nunca" no puede ser predicado cuando el "tiempo" no es. Esto pues, que se dice que "nunca lo hizo"; ¿qué otra cosa es decir, sino que "en 'ningún tiempo' lo hizo?". Vean ellos, por tanto, que el tiempo no puede existir sin ser creado, y dejen de decir tal vanidad. Que ellos también se extiendan hacia aquellas cosas que están delante; y te comprendan a Ti antes de todos los tiempos, el Creador eterno de todos los tiempos, y que ningún tiempo es coeterno contigo, ni ninguna criatura, incluso si hay alguna criatura antes de todos los tiempos.
Oh Señor Dios mío, ¡qué profundidad es ese receso de Tus misterios, y cuán lejos de él me han arrojado las consecuencias de mis transgresiones! Sana mis ojos, para que pueda compartir la alegría de Tu luz. Ciertamente, si hay una mente dotada de tal vasto conocimiento y presciencia, como para conocer todas las cosas pasadas y futuras, tal como yo conozco un Salmo bien conocido, verdaderamente esa mente es maravillosamente pasmosa y terriblemente asombrosa; en que nada pasado, nada futuro en las edades venideras, le está más oculto que cuando yo cantaba ese Salmo, me estaba oculto qué, y cuánto de él había pasado desde el principio, qué, y cuánto quedaba hasta el final. Pero lejos esté que Tú, el Creador del Universo, el Creador de las almas y los cuerpos, lejos esté que debas conocer de tal manera todas las cosas pasadas y futuras. Mucho, mucho más maravillosamente, y mucho más misteriosamente, las conoces. Pues no, como los sentimientos de uno que canta lo que sabe, o escucha alguna canción bien conocida, varían a través de la expectación de las palabras por venir y el recuerdo de las que han pasado, y sus sentidos se dividen..., no así le sucede nada a Ti, inmutablemente eterno, es decir, al Creador eterno de las mentes. Así pues, como Tú en el Principio conociste el cielo y la tierra, sin ninguna variedad de Tu conocimiento, así hiciste en el Principio el cielo y la tierra, sin ninguna distracción de Tu acción. Quien entienda, que te confiese; y quien no entienda, que te confiese. Oh, cuán alto eres, y sin embargo los humildes de corazón son Tu morada; pues Tú levantas a los que están inclinados, y no caen aquellos cuya elevación eres Tú.
LIBRO XII
Mi corazón, oh Señor, conmovido por las palabras de Tu Sagrada Escritura, está muy ocupado, en medio de esta pobreza de mi vida. Y por eso, la mayoría de las veces, la pobreza del entendimiento humano es copiosa en palabras, porque indagar tiene más que decir que descubrir, y preguntar es más largo que obtener, y nuestra mano que llama tiene más trabajo que hacer que nuestra mano que recibe. Tenemos la promesa, ¿quién la hará nula? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. Estas son Tus propias promesas: y ¿quién habría de temer ser engañado, cuando la Verdad promete?
La humildad de mi lengua confiesa a Tu Altura que Tú hiciste el cielo y la tierra; este cielo que veo, y esta tierra que piso, de donde viene esta tierra que llevo conmigo; Tú la hiciste. Pero ¿dónde está ese cielo de los cielos, oh Señor, del cual oímos en las palabras del Salmo? "Los cielos de los cielos son del Señor; pero la tierra la ha dado a los hijos de los hombres". ¿Dónde está ese cielo que no vemos, para el cual todo esto que vemos es tierra? Pues este todo corpóreo, al no estar totalmente en todas partes, ha recibido de tal modo su porción de belleza en estas partes inferiores, cuya más baja es esta nuestra tierra; pero para ese cielo de los cielos, incluso el cielo de nuestra tierra no es sino tierra: sí, ambos grandes cuerpos, pueden no absurdamente ser llamados tierra, respecto a aquel cielo desconocido, que es del Señor, no de los hijos de los hombres.
Y ahora esta tierra era invisible y sin forma, y había no sé qué profundidad de abismo, sobre el cual no había luz, porque no tenía figura. ¿Por qué, pues, mandaste que se escribiera que las tinieblas estaban sobre la faz del abismo? ¿Qué otra cosa sino la ausencia de luz? Pues si hubiera habido luz, ¿dónde habría estado sino estando sobre todo, en lo alto, e iluminando? ¿Dónde entonces no había luz, qué era la presencia de las tinieblas, sino la ausencia de luz? Las tinieblas, por tanto, estaban sobre ella, porque la luz no estaba sobre ella; como donde no hay sonido, allí hay silencio. ¿Y qué es tener silencio allí, sino no tener ningún sonido allí? ¿No has enseñado Tú, oh Señor, a su alma, que te confiesa? ¿No me has enseñado Tú, Señor, que antes de que formaras y diversificaras esta materia informe, no había nada, ni color, ni figura, ni cuerpo, ni espíritu? Y sin embargo, no del todo nada; pues había una cierta informalidad, sin ninguna belleza.
¿Cómo pues debería ser llamada, para que pudiera ser transmitida en alguna medida a aquellos de mente más lenta, sino por alguna palabra ordinaria? ¿Y qué, entre todas las partes del mundo, puede encontrarse más cercano a una informalidad absoluta que la tierra y el abismo? Pues, ocupando el grado más bajo, son menos hermosas que las otras partes superiores, todas transparentes y brillantes. ¿Por qué entonces no podría yo concebir la informalidad de la materia (que Tú habías creado sin belleza, de la cual hacer este mundo hermoso) como convenientemente indicada a los hombres por el nombre de tierra invisible y sin forma?
De modo que cuando el pensamiento busca lo que el sentido puede concebir bajo esto, y se dice a sí mismo: "No es forma intelectual, como la vida, o la justicia; porque es la materia de los cuerpos; ni objeto de sentido, porque al ser invisible, y sin forma, no había en ella objeto de visión o sentido"; mientras el pensamiento del hombre se dice esto a sí mismo, puede esforzarse ya sea por conocerlo, siendo ignorante de ello; o por ser ignorante, conociéndolo.
Pero yo, Señor, si quisiera, por mi lengua y mi pluma, confesarte a Ti todo, lo que Tú mismo me has enseñado sobre esa materia —el nombre de la cual, habiéndolo oído antes, y no comprendiéndolo, cuando aquellos que no lo comprendían me hablaban de él, así lo concebí como teniendo innumerables formas y diversas, y por tanto no lo concebí en absoluto; mi mente arrojaba formas sucias y horribles fuera de todo orden, pero aún así "formas", y lo llamé sin forma, no porque careciera de toda forma, sino porque tenía tales que mi mente, si se le presentaran, se apartaría de ellas, como inusitadas y discordantes, y la fragilidad humana se sentiría turbada. Y aun así, lo que concebía estaba sin forma, no por estar privado de toda forma, sino en comparación con formas más hermosas; y la verdadera razón me persuadía de que debía desnudarla por completo de todos los restos de forma, sea cual sea, si quería concebir la materia absolutamente sin forma; y no pude; pues antes podría imaginar que no es nada en absoluto lo que debería estar privado de toda forma, que concebir una cosa entre la forma y la nada, ni formada, ni nada, una casi nada sin forma. Así que mi mente dejó de cuestionar sobre ello con mi espíritu, estando llena de las imágenes de los cuerpos formados, y cambiándolos y variándolos, como quería; y me incliné hacia los cuerpos mismos, y miré más profundamente su mutabilidad, por la cual dejan de ser lo que han sido, y comienzan a ser lo que no eran; y este mismo cambio de forma en forma, sospeché que era a través de un cierto estado sin forma, no a través de una mera nada; sin embargo, esto anhelaba saber, no solo sospechar. Si entonces mi voz y mi pluma te confesaran a Ti todo, cualquier nudo que abriste para mí en esta cuestión, ¿qué lector soportaría asimilarlo todo? Ni dejará mi corazón, por todo esto, de darte honor, y un cántico de alabanza, por aquellas cosas que no es capaz de expresar. Pues la mutabilidad de las cosas cambiantes es ella misma capaz de todas aquellas formas, en las cuales estas cosas cambiantes son cambiadas. ¿Y esta mutabilidad, qué es? ¿Es alma? ¿Es cuerpo? ¿Es aquello que constituye el alma o el cuerpo? Si uno pudiera decir: "un nada algo", un "es, no es", yo diría que esto sería: y sin embargo, de alguna manera estaba incluso entonces, al ser capaz de recibir estas figuras visibles y compuestas.
¿Pero de dónde tuvo este grado de ser, sino de Ti, de Quien son todas las cosas, en la medida en que son? Pero tanto más lejos de Ti, cuanto más desemejante a Ti; porque no es lejanía de lugar. Tú, pues, Señor, que no eres uno en un lugar y otro en otro, sino el Mismo, y el Mismo, y el Mismo, Santo, Santo, Santo, Señor Dios Todopoderoso, creaste en el Principio, que es de Ti, en Tu Sabiduría, que nació de Tu propia Sustancia, algo, y eso de la nada. Pues creaste el cielo y la tierra; no de Ti mismo, porque así habrían sido iguales a Tu Unigénito Hijo, y por ende también a Ti; mientras que de ninguna manera era justo que algo fuese igual a Ti, que no fuese de Ti. Y otra cosa fuera de Ti no había, de la cual pudieras crearlos, oh Dios, Una Trinidad, y Trina Unidad; y por tanto de la nada creaste el cielo y la tierra; una cosa grande y una cosa pequeña; pues Tú eres Todopoderoso y Bueno, para hacer todas las cosas buenas, incluso el gran cielo y la pequeña tierra. Tú eras, y nada había además, de lo cual crearas el cielo y la tierra; cosas de dos clases; una cerca de Ti, la otra cerca de la nada; una a la cual solo Tú habrías de ser superior; la otra, a la cual nada habría de ser inferior.
Pero aquel cielo de los cielos era para Ti mismo, oh Señor; pero la tierra que diste a los hijos de los hombres, para ser vista y sentida, no era tal como la que ahora vemos y sentimos. Porque era invisible, sin forma, y había un abismo, sobre el cual no había luz; o bien, la oscuridad estaba sobre el abismo, esto es, más que en el abismo. Porque este abismo de aguas, visible ahora, tiene incluso en sus profundidades una luz propia de su naturaleza; perceptible en cualquier grado para los peces y los reptiles en el fondo del mismo. Pero todo aquel abismo era casi nada, porque hasta entonces estaba completamente sin forma; sin embargo, ya existía aquello que podía ser formado. Porque Tú, Señor, hiciste el mundo de una materia sin forma, la cual de la nada hiciste casi nada, para de ella hacer aquellas grandes cosas que nosotros, hijos de los hombres, admiramos. Porque muy maravilloso es este cielo corpóreo; del cual firmamento entre aguas y aguas, el segundo día, después de la creación de la luz, dijiste: Hágase, y fue hecho. El cual firmamento llamaste cielo; el cielo, esto es, para esta tierra y este mar, que hiciste el tercer día, dando una figura visible a la materia sin forma, que creaste antes de todos los días. Pues ya habías hecho tanto un cielo, antes de todos los días; pero aquel era el cielo de este cielo; porque En el principio habías hecho el cielo y la tierra. Pero esta misma tierra que hiciste era materia sin forma, porque era invisible y sin forma, y la oscuridad estaba sobre el abismo, de cuya tierra invisible y sin forma, de cuya falta de forma, de cuyo casi nada, pudiste hacer todas estas cosas de las que consiste este mundo cambiante, pero no subsiste; cuya misma mutabilidad aparece en que los tiempos pueden ser observados y contados en él. Porque los tiempos son hechos por las alteraciones de las cosas, mientras las figuras, cuya materia es la tierra invisible antedicha, son variadas y cambiadas.
Y por tanto el Espíritu, el Maestro de Tu siervo, cuando refiere que Tú en el Principio creaste el cielo y la tierra, no habla nada de tiempos, nada de días. Porque ciertamente aquel cielo de los cielos que creaste en el Principio, es alguna criatura intelectual, que, aunque de ninguna manera es coeterna a Ti, la Trinidad, participa sin embargo de Tu eternidad, y mediante la dulzura de aquella felicísima contemplación de Ti, refrena fuertemente su propia mutabilidad; y sin ninguna caída desde su primera creación, adhiriéndose estrechamente a Ti, es colocada más allá de toda la fluctuante vicisitud de los tiempos. Es más, ni siquiera esta misma falta de forma de la tierra, invisible y sin forma, es contada entre los días. Porque donde no hay figura ni orden, allí nada viene ni va; y donde esto no está, allí claramente no hay días, ni ninguna vicisitud de espacios de tiempos.
Oh, que la Luz, la Verdad, la Luz de mi corazón, no mi propia oscuridad, me hable. Yo caí en eso, y me oscurecí; pero aun de allí, aun de allí Te amé. Me extravié, y me acordé de Ti. Oí Tu voz detrás de mí, llamándome a volver, y apenas la oí, por el tumulto de los enemigos de la paz. Y ahora, he aquí, regreso angustiado y jadeante tras Tu fuente. ¡Que nadie me lo prohíba! De esta beberé, y así viviré. Que no sea yo mi propia vida; de mí mismo vivía mal, muerte era yo para mí mismo; y revivo en Ti. Háblame Tú, discute Tú conmigo. He creído en Tus Libros, y sus palabras son plenísimas de misterio.
Ya me has dicho con voz fuerte, oh Señor, en mi oído interior, que Tú eres eterno, Quien solo tienes la inmortalidad; puesto que no puedes ser cambiado en cuanto a figura o movimiento, ni Tu voluntad es alterada por los tiempos: viendo que ninguna voluntad que varía es inmortal. Esto es ante Tus ojos claro para mí, y que sea más y más aclarado para mí, Te lo suplico; y en la manifestación de ello, permíteme con sobriedad permanecer bajo Tus alas. Me has dicho también con voz fuerte, oh Señor, en mi oído interior, que Tú has hecho todas las naturalezas y sustancias, que no son lo que Tú mismo eres, y sin embargo son; y que solo no es de Ti aquello que no es, y el movimiento de la voluntad de Ti que eres, hacia lo que en menor grado es, porque tal movimiento es transgresión y pecado; y que el pecado de ningún hombre Te daña ni perturba el orden de Tu gobierno, ni primero ni último. Esto es ante Tus ojos claro para mí, y que sea más y más aclarado para mí, Te lo suplico: y en la manifestación de ello, permíteme con sobriedad permanecer bajo Tus alas.
Me has dicho también con voz fuerte, en mi oído interior, que tampoco aquella criatura es coeterna a Ti, cuya felicidad Tú solo eres, y que con una pureza más perseverante, extrayendo su alimento de Ti, no manifiesta en ningún lugar ni en ningún tiempo su mutabilidad natural; y, estando Tú siempre presente con ella, a Quien con todo su afecto se mantiene, no teniendo futuro que esperar, ni llevando al pasado lo que recuerda, no es alterada por ningún cambio, ni distraída en ningún tiempo. Oh, criatura bendita, si tal existe, por adherirse a Tu Bienaventuranza; ¡bendita en Ti, su eterno Habitante y su Iluminador! Ni hallo con qué nombre pueda llamar más bien al cielo de los cielos que es del Señor, que Tu casa, que contempla Tus delicias sin ninguna defección de salir hacia otro; una mente pura, armoniosísimamente una, por aquel estado asentado de paz de los santos espíritus, los ciudadanos de Tu ciudad en los lugares celestiales; muy por encima de aquellos lugares celestiales que vemos.
Por esto puede el alma, cuya peregrinación se hace larga y muy lejos, por esto puede ella comprender, si ahora tiene sed de Ti, si sus lágrimas se han convertido ahora en su pan, mientras le dicen diariamente: ¿Dónde está tu Dios? si ella ahora busca de Ti una cosa, y la desea, que pueda habitar en Tu casa todos los días de su vida (¿y qué es su vida, sino Tú? ¿y qué Tus días, sino Tu eternidad, como Tus años que no fallan, porque Tú eres siempre el mismo?); por esto pues puede el alma que es capaz, comprender cuán lejos estás Tú, por encima de todos los tiempos, eres eterno; viendo que Tu casa, que en ningún tiempo fue a una tierra lejana, aunque no sea coeterna contigo, sin embargo, por adherirse continua e infaliblemente a Ti, no sufre ninguna mutabilidad de tiempos. Esto es ante Tus ojos claro para mí, y que sea más y más aclarado para mí, Te lo suplico, y en la manifestación de ello, permíteme con sobriedad permanecer bajo Tus alas.
Hay, he aquí, no sé qué falta de forma en esos cambios de estas últimas y más bajas criaturas; y ¿quién me dirá (a menos que sea uno que a través del vacío de su propio corazón, se maravilla y se agita arriba y abajo en medio de sus propias fantasías?), quién sino tal me diría, que si toda figura es tan desgastada y consumida, que solo quedase aquella falta de forma, a través de la cual la cosa era cambiada y vuelta de una figura a otra, que eso pudiera exhibir las vicisitudes de los tiempos? Pues claramente no podría, porque, sin la variedad de movimientos, no hay tiempos: y no hay variedad, donde no hay figura.
Consideradas estas cosas, tanto como Tú das, oh Dios mío, tanto como me incitas a llamar, y tanto como me abres llamando, dos cosas hallo que Tú has hecho, no dentro del compás del tiempo, ninguna de las cuales es coeterna contigo. Una, la cual está tan formada, que sin ningún cese de contemplación, sin ningún intervalo de cambio, aunque cambiable, sin embargo no cambiada, puede disfrutar cabalmente de Tu eternidad e inmutabilidad; la otra que estaba tan sin forma, que no tenía aquello que pudiera ser cambiado de una forma a otra, ya sea de movimiento o de reposo, de modo que llegara a estar sujeta al tiempo. Pero esto Tú no lo dejaste así sin forma, porque antes de todos los días, Tú en el Principio creaste el Cielo y la Tierra; las dos cosas de las que hablé. Pero la Tierra estaba invisible y sin forma, y la oscuridad estaba sobre el abismo. En cuyas palabras nos es comunicada la falta de forma (para que tales capacidades puedan ser atraídas por grados, las cuales no son capaces de concebir una privación total de toda forma, sin llegar aún a la nada), de la cual otro Cielo podría ser creado, junto con una tierra visible y bien formada; y las aguas diversamente ordenadas, y cualquier cosa que sea más en la formación del mundo, registrada haber sido, no sin días, creada; y eso, por ser de tal naturaleza, que los cambios sucesivos de los tiempos pueden tener lugar en ellas, por estar sujetas a designadas alteraciones de movimientos y de formas.
Esto entonces es lo que concibo, oh Dios mío, cuando oigo a Tu Escritura decir: En el principio Dios creó el Cielo y la Tierra: y la Tierra estaba invisible y sin forma, y la oscuridad estaba sobre el abismo, y sin mencionar qué día los creaste; esto es lo que concibo, que debido al Cielo de los cielos, aquel Cielo intelectual, cuyas Inteligencias conocen todo a la vez, no en parte, no oscuramente, no a través de un espejo, sino como un todo, en manifestación, cara a cara; no, esto ahora, y aquello luego; sino (como dije) conocen todo a la vez, sin ninguna sucesión de tiempos; y debido a la tierra invisible y sin forma, sin ninguna sucesión de tiempos, la cual sucesión presenta "esto ahora, aquello luego"; porque donde no hay forma, no hay distinción de cosas: es, pues, a causa de estos dos, un primitivo formado, y un primitivo sin forma; el uno, cielo pero el Cielo del cielo, el otro tierra pero la tierra invisible y sin forma; a causa de estos dos concibo que dijo Tu Escritura sin mención de días, En el Principio Dios creó el Cielo y la Tierra. Pues inmediatamente añadió de qué tierra hablaba; y también, en que el Firmamento es registrado ser creado el segundo día, y llamado Cielo, nos comunica de qué Cielo habló Él antes, sin mención de días.
¡Maravillosa profundidad de Tus palabras! cuya superficie, ¡he aquí!, está ante nosotros, invitando a los pequeños; sin embargo son una maravillosa profundidad. Oh Dios mío, ¡una maravillosa profundidad! Es pavoroso mirar en ella; un pavor de honor, y un temblor de amor. A los enemigos de ella odio vehementemente; oh, que Tú los matases con Tu espada de dos filos, para que no fuesen más enemigos de ella: pues así amo que sean muertos para sí mismos, para que vivan para Ti. Pero he aquí otros no detractores, sino ensalzadores del libro del Génesis; "El Espíritu de Dios", dicen, "Quien por Su siervo Moisés escribió estas cosas, no querría que esas palabras fuesen así entendidas; Él no querría que se entendiese, como tú dices, sino de otro modo, como decimos nosotros". Ante Quienes Tú mismo, oh Dios todo, siendo juez, respondo así.
"¿Afirmaréis que es falso lo que con voz fuerte la Verdad me dice en mi oído interior, acerca de la Eternidad del Creador, que Su sustancia de ninguna manera es cambiada por el tiempo, ni Su voluntad separada de Su sustancia? Por lo cual Él no quiere una cosa ahora, otra luego, sino una vez, y a la vez, y siempre, Él quiere todas las cosas que quiere; no una y otra vez, ni ahora esto, ahora aquello; ni quiere después, lo que antes no quiso, ni no quiere, lo que antes quiso; porque tal voluntad es y ninguna cosa mutable es eterna: pero nuestro Dios es eterno. Nuevamente, lo que Él me dice en mi oído interior, la expectativa de las cosas venideras se convierte en visión, cuando han venido, y esta misma visión se convierte en memoria, cuando han pasado. Ahora todo pensamiento que así varía es mutable; y ninguna cosa mutable es eterna: pero nuestro Dios es eterno". Estas cosas infiero, y pongo juntas, y hallo que mi Dios, el Dios eterno, no ha hecho criatura alguna por ninguna voluntad nueva, ni Su conocimiento admite cosa alguna transitoria. "¿Qué diréis entonces, oh contradecientes? ¿Son estas cosas falsas?" "No", dicen; "¿Qué entonces? ¿Es falso, que toda naturaleza ya formada, o materia capaz de forma, no es, sino de Él Quien es supremamente bueno, porque Él es supremamente?" "Tampoco negamos esto", dicen. "¿Qué entonces? ¿negáis esto, que hay una cierta criatura sublime, con un amor tan casto adhiriéndose al verdadero y verdaderamente eterno Dios, que aunque no coeterna con Él, sin embargo no está desprendida de Él, ni disuelta en la variedad y vicisitud de los tiempos, sino que reposa en la más verdadera contemplación de Él solo?" Porque Tú, oh Dios, a quien Te ama tanto como mandas, Te muestras, y le bastas; y por tanto él no declina de Ti, ni hacia sí mismo. Esta es la casa de Dios, no de molde terrenal, ni de bulto corpóreo celestial sino espiritual, y partícipe de Tu eternidad, porque sin defección para siempre. Porque Tú la has hecho firme para siempre jamás, Tú le has dado una ley que no pasará. Ni tampoco es coeterna contigo, oh Dios, porque no sin principio; pues fue hecha.
Porque aunque no hallamos tiempo antes de ella, pues la sabiduría fue creada antes de todas las cosas; no aquella Sabiduría que es enteramente igual y coeterna contigo, nuestro Dios, Su Padre, y por Quien todas las cosas fueron creadas, y en Quien, como el Principio, creaste el cielo y la tierra; sino aquella sabiduría que es creada, esto es, la naturaleza intelectual, que al contemplar la luz, es luz. Pues esta, aunque creada, es también llamada sabiduría. Pero qué diferencia hay entre la Luz que ilumina, y la que es iluminada, tanta hay entre la Sabiduría que crea, y la creada; como entre la Justicia que justifica, y la justicia que es hecha por la justificación. Pues nosotros también somos llamados Tu justicia; pues así dice un siervo Tuyo, Para que fuésemos hechos justicia de Dios en Él. Por tanto, puesto que una cierta sabiduría creada fue creada antes de todas las cosas, la mente racional e intelectual de esa casta ciudad Tuya, nuestra madre que está arriba, y es libre y eterna en los cielos (¿en qué cielos, si no en aquellos que Te alaban, el Cielo de los cielos? Porque este es también el Cielo de los cielos para el Señor); aunque no hallamos tiempo antes de ella (porque aquello que ha sido creado antes de todas las cosas, precede también a la criatura del tiempo), sin embargo está la Eternidad del Creador mismo antes de ella, de Quien, siendo creada, tomó el principio, no ciertamente del tiempo (pues el tiempo mismo no era aún), sino de su creación.
De ahí que es tan de Ti, nuestro Dios, como para ser enteramente otra que Tú, y no el Mismo: porque aunque no hallamos tiempo ni antes de ella, ni siquiera en ella (siéndole propio ver siempre Tu rostro, ni nunca es apartada de él, por donde no es variada por ningún cambio), sin embargo hay en ella una susceptibilidad al cambio, por donde se oscurecería y enfriaría, de no ser porque por un fuerte afecto adhiriéndose a Ti, como mediodía perpetuo, brilla y arde de Ti. ¡Oh casa lumínica y deleitosa! He amado tu belleza, y el lugar de la habitación de la gloria de mi Señor, tu constructor y poseedor. Que mi peregrinación suspire por ti, y digo a Aquel que te hizo, que Él tome posesión de mí también en ti, viendo que Él me ha hecho asimismo. Me he extraviado como una oveja perdida: sin embargo, sobre los hombros de mi Pastor, tu constructor, espero ser traído de vuelta a ti.
"¿Qué me decís, oh contradecientes a quienes estaba hablando, que sin embargo creéis que Moisés fue el siervo santo de Dios, y sus libros los oráculos del Espíritu Santo? ¿No es esta casa de Dios, no coeterna ciertamente con Dios, sin embargo según su medida, eterna en los cielos, cuando buscáis cambios de tiempos en vano, porque no los hallaréis? Pues aquello, a lo cual siempre es bueno adherirse firmemente a Dios, sobrepasa toda extensión, y todos los períodos de tiempo que giran". "Lo es", dicen. "¿Qué entonces de todo aquello que mi corazón pronunció en voz alta ante mi Dios, cuando interiormente oyó la voz de Su alabanza, qué parte de ello afirmáis ser falsa? ¿Es que la materia estaba sin forma, en la cual porque no había forma, no había orden? Pero donde no había orden, no podía haber vicisitud de tiempos: y sin embargo este 'casi nada', en cuanto que no era totalmente nada, era de Él ciertamente, de Quien es cuanto es, en cualquier grado que sea". "Esto también", dicen, "no lo negamos".
Con estos parlamentó ahora un poco en Tu presencia, oh Dios mío, quienes conceden que todas estas cosas son verdaderas, las cuales Tu Verdad susurra a mi alma. Pues aquellos que niegan estas cosas, que ladren y se ensordezcan a sí mismos tanto como quieran; intentaré persuadirlos a la quietud, y a abrir en ellos un camino para Tu palabra. Pero si rehúsan, y me repelen; Te suplico, oh Dios mío, no seas Tú silencioso para mí. Habla Tú verdaderamente en mi corazón; pues solo Tú así hablas: y los dejaré solos soplando sobre el polvo afuera, y levantándolo hacia sus propios ojos: y yo mismo entraré en mi cámara, y cantaré allí un cántico de amores hacia Ti; gimiendo con gemidos inefables, en mi peregrinación, y acordándome de Jerusalén, con el corazón levantado hacia ella, Jerusalén mi patria, Jerusalén mi madre, y Tú mismo que reinas sobre ella, el Iluminador, Padre, Guardián, Esposo, el deleite puro y fuerte, y alegría sólida, y todas las cosas buenas inefables, sí todas a la vez, porque el Único Soberano y verdadero Bien. Ni seré apartado, hasta que Tú reúnas todo lo que soy, desde este estado disperso y desordenado, en la paz de aquella nuestra queridísima madre, donde las primicias de mi espíritu ya están (de donde estoy cerciorado de estas cosas), y Tú lo conformes y confirmes para siempre, oh Dios mío, mi Misericordia. Pero aquellos que no afirman que todas estas verdades son falsas, quienes honran Tu santa Escritura, expuesta por el santo Moisés, poniéndola, como nosotros, en la cima de la autoridad a ser seguida, y sin embargo me contradicen en alguna cosa, respondo así; Por Ti mismo juzga, oh Dios nuestro, entre mis Confesiones y las contradicciones de estos hombres.
Porque dicen: «Aunque estas cosas sean ciertas, ¿no es verdad que Moisés no se refería a estas dos cuando, por revelación del Espíritu, dijo: En el principio creó Dios el cielo y la tierra? No significó con el nombre de cielo aquella criatura espiritual o intelectual que siempre contempla el rostro de Dios, ni con el nombre de tierra, aquella materia informe». «¿Qué, pues?». «Ese hombre de Dios», dicen ellos, «quiso decir lo que nosotros decimos, esto declaró él con esas palabras». «¿Qué?». «Por el nombre de cielo y tierra quiso significar primeramente, de modo universal y compendioso, todo este mundo visible; para luego, mediante la enumeración de los diversos días, ordenar detalladamente, y, por así decirlo, pieza por pieza, todas aquellas cosas que plugo al Espíritu Santo enunciar de tal modo. Pues era aquel pueblo rudo y carnal al que hablaba, de tal suerte que le pareció conveniente confiarles el conocimiento de aquellas obras de Dios solamente que eran visibles». Convienen, sin embargo, en que bajo las palabras tierra invisible y sin forma, y aquel abismo tenebroso (del cual se muestra posteriormente que todas estas cosas visibles que todos conocemos fueron hechas y ordenadas durante aquellos «días»), puede entenderse, no incongruentemente, esta primera materia informe.
¿Qué sucedería ahora si otro dijese que «esta misma informe y confusa materia fue por esta razón expresada primero bajo el nombre de cielo y tierra, porque de ella fue creado y perfeccionado este mundo visible con todas aquellas naturalezas que más manifiestamente aparecen en él, el cual es llamado a menudo con el nombre de cielo y tierra»? ¿Qué pasaría, de nuevo, si otro dijese que «la naturaleza invisible y visible no es en verdad llamada inapropiadamente cielo y tierra; y que, por tanto, la creación universal, que Dios hizo en su Sabiduría, esto es, en el Principio, fue comprendida bajo esas dos palabras? No obstante, puesto que todas las cosas no son hechas de la sustancia de Dios, sino de la nada (porque no son lo mismo que Dios es, y hay una naturaleza mutable en todas ellas, ya sea que permanezcan, como la casa eterna de Dios, o que cambien, como el alma y el cuerpo del hombre): por tanto, la materia común de todas las cosas visibles e invisibles (aún no formada, aunque capaz de forma), de la cual habían de ser creadas tanto el cielo como la tierra (es decir, la criatura invisible y visible cuando fuere formada), fue titulada con los mismos nombres dados a la tierra invisible y sin forma y a la oscuridad sobre el abismo, pero con esta distinción: que por la tierra invisible y sin forma se entiende la materia corpórea, antecedente a que sea cualificada por alguna forma; y por la oscuridad sobre el abismo, la materia espiritual, antes de que se sometiera a ninguna restricción de su ilimitada fluidez, o recibiera luz alguna de la Sabiduría?».
Resta todavía que un hombre diga, si quiere, que «las naturalezas ya perfeccionadas y formadas, visibles e invisibles, no son significadas bajo el nombre de cielo y tierra, cuando leemos: En el principio creó Dios el cielo y la tierra, sino que el comienzo de las cosas aún no formado, la materia apta para recibir forma y configuración, fue llamada con estos nombres, porque en ella estaban confusamente contenidas, no distinguidas aún por sus cualidades y formas, todas aquellas cosas que, siendo ahora digeridas en orden, son llamadas Cielo y Tierra, siendo una la creación espiritual y la otra la corpórea».
Oídas y bien consideradas todas estas cosas, no contenderé sobre palabras: pues eso no es provechoso para nada, sino para la subversión de los oyentes. Pero la ley es buena para edificar, si un hombre la usa legítimamente: pues el fin de ella es la caridad, nacida de un corazón puro y de una buena conciencia, y de una fe no fingida. Y bien sabía nuestro Maestro sobre qué dos mandamientos colgó toda la Ley y los Profetas. ¿Y qué me perjudica, oh Dios mío, luz de mis ojos en lo secreto, confesando celosamente estas cosas, puesto que diversas cosas pueden entenderse bajo estas palabras, las cuales son todas verdaderas; qué, digo, me perjudica si pienso de otra manera que como otro piensa que pensaba el escritor? Todos nosotros, lectores, nos esforzamos verdaderamente por rastrear y entender el significado de aquel a quien leemos; y viendo que creemos que habla con verdad, no nos atrevemos a imaginar que haya dicho cosa alguna que nosotros mismos sepamos o pensemos que es falsa. Mientras cada hombre se esfuerza, pues, por entender en las Sagradas Escrituras lo mismo que el escritor entendió, ¿qué daño hay si un hombre entiende lo que Tú, luz de todas las mentes que hablan verdad, le muestras que es cierto, aunque aquel a quien lee no haya entendido esto, viendo que él también entendió una Verdad, aunque no esta verdad?
Porque es verdad, oh Señor, que Tú hiciste el cielo y la tierra; y es verdad también que el Principio es Tu Sabiduría, en la cual creas todas las cosas; y es verdad de nuevo que este mundo visible tiene por su mayor parte el cielo y la tierra, que comprenden brevemente todas las naturalezas hechas y creadas. Y es verdad también que todo lo que es mutable nos da a entender una cierta falta de forma, por la cual recibe una forma, o es cambiado, o trocado. Es verdad que aquello no está sujeto a tiempos, lo cual se adhiere de tal modo a la Forma inmutable que, aunque sujeto a cambio, nunca ha de ser cambiado. Es verdad que aquella falta de forma, que es casi nada, no puede estar sujeta a la alteración de los tiempos. Es verdad que aquello de lo que una cosa es hecha puede, por cierto modo de hablar, ser llamado con el nombre de la cosa hecha de ello; de donde aquella falta de forma, de la cual fueron hechos el cielo y la tierra, pudo ser llamada cielo y tierra. Es verdad que, de las cosas que tienen forma, no hay ninguna más cercana a no tener forma que la tierra y el abismo. Es verdad que no solo toda cosa creada y formada, sino todo lo que es capaz de ser creado y formado, Tú lo hiciste, de Quien son todas las cosas. Es verdad que todo lo que es formado de aquello que no tenía forma, estaba sin formar antes de ser formado.
De estas verdades, de las cuales no dudan aquellos cuyo ojo interior has habilitado para ver tales cosas, y que creen inquebrantablemente que Tu siervo Moisés habló en el Espíritu de verdad; de todas estas, pues, toma una quien dice: En el Principio creó Dios el cielo y la tierra; esto es: «en Su Palabra coeterna consigo mismo, Dios hizo la criatura inteligible y la sensible, o la espiritual y la corpórea». Otro toma otra, quien dice: En el Principio creó Dios el cielo y la tierra; esto es: «en Su Palabra coeterna consigo mismo, hizo Dios la mole universal de este mundo corpóreo, junto con todas aquellas criaturas aparentes y conocidas que contiene». Otro toma otra, quien dice: En el Principio creó Dios el cielo y la tierra; esto es: «en Su Palabra coeterna consigo mismo, hizo Dios la materia informe de las criaturas espirituales y corpóreas». Otro toma otra, quien dice: En el Principio creó Dios el cielo y la tierra; esto es: «en Su Palabra coeterna consigo mismo, creó Dios la materia informe de la criatura corpórea, en la cual el cielo y la tierra yacían aún confusos, los cuales, siendo ahora distinguidos y formados, vemos hoy en la mole de este mundo». Otro toma otra, quien dice: En el Principio creó Dios el cielo y la tierra; esto es: «en el mismo principio de crear y obrar, hizo Dios aquella materia informe, conteniendo confusamente en sí misma tanto el cielo como la tierra; de la cual, al ser formada, sobresalen ahora y son aparentes, con todo lo que hay en ellas».
Y con respecto a la comprensión de las palabras siguientes, de todas aquellas verdades, elige una para sí quien dice: Pero la tierra estaba invisible y sin forma, y había oscuridad sobre el abismo; esto es: «aquella cosa corpórea que Dios hizo era aún una materia informe de las cosas corpóreas, sin orden, sin luz». Otro, quien dice: La tierra estaba invisible y sin forma, y había oscuridad sobre el abismo; esto es: «todo esto, que es llamado cielo y tierra, era todavía una materia informe y tenebrosa, de la cual habían de ser hechos el cielo corpóreo y la tierra corpórea, con todas las cosas que hay en ellos, que son conocidas a nuestros sentidos corpóreos». Otro, quien dice: La tierra estaba invisible y sin forma, y había oscuridad sobre el abismo; esto es: «todo esto, que es llamado cielo y tierra, era todavía una materia informe y tenebrosa; de la cual había de ser hecho tanto aquel cielo inteligible, llamado en otra parte el Cielo de los cielos, como la tierra, es decir, toda la naturaleza corpórea, bajo cuyo nombre se comprende este cielo corpóreo también; en una palabra, de la cual había de ser creada toda criatura visible e invisible». Otro, quien dice: La tierra estaba invisible y sin forma, y había oscuridad sobre el abismo, «la Escritura no llamó a esa falta de forma con el nombre de cielo y tierra; sino que esa falta de forma, dice él, ya existía, la cual llamó tierra invisible sin forma, y oscuridad sobre el abismo; de la cual había dicho antes que Dios había hecho el cielo y la tierra, a saber, la criatura espiritual y corpórea». Otro, quien dice: La tierra estaba invisible y sin forma, y había oscuridad sobre el abismo; esto es: «ya existía una cierta materia informe, de la cual la Escritura dijo antes que Dios hizo el cielo y la tierra; a saber, toda la mole corpórea del mundo, dividida en dos grandes partes, superior e inferior, con todas las criaturas comunes y conocidas que hay en ellas».
Porque si alguno intentara disputar contra estas dos últimas opiniones, diciendo: «Si no queréis permitir que esta falta de forma de la materia parezca ser llamada con el nombre de cielo y tierra; ergo, había algo que Dios no había hecho, de lo cual hacer el cielo y la tierra; pues ni la Escritura nos ha dicho que Dios hizo esta materia, a menos que entendamos que es significada por el nombre de cielo y tierra, o de tierra sola, cuando se dice: En el Principio creó Dios el cielo y la tierra; para que así en lo que sigue, y la tierra estaba invisible y sin forma (aunque le plugo llamarla así a la materia informe), debamos entender ninguna otra materia sino aquella que Dios hizo, de la cual está escrito arriba: Dios hizo el cielo y la tierra». Los defensores de cualquiera de esas dos últimas opiniones, al oír esto, responderán: «No negamos que esta materia informe sea de hecho creada por Dios, aquel Dios de Quien son todas las cosas, muy bueno; pues así como afirmamos que es un bien mayor aquello que es creado y formado, así confesamos que es un bien menor aquello que es hecho capaz de creación y forma, pero aún bueno. Decimos, sin embargo, que la Escritura no ha sentado que Dios hizo esta falta de forma, como tampoco lo ha hecho con muchas otras; como los Querubines, y Serafines, y aquellas de las que el Apóstol habla distintamente: Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades. Que Dios hizo todo lo cual, es de lo más evidente. O si en aquello que se dice: Él hizo el cielo y la tierra, todas las cosas están comprendidas, ¿qué diremos de las aguas, sobre las cuales se movía el Espíritu de Dios? Pues si están comprendidas en esta palabra tierra; ¿cómo puede entonces entenderse la materia informe en ese nombre de tierra, cuando vemos que las aguas son tan hermosas? O si es tomada así; ¿por qué entonces está escrito que de la misma falta de forma fue hecho el firmamento, y llamado cielo; y que las aguas fueron hechas, no está escrito? Porque las aguas no permanecen informes e invisibles, viendo que las contemplamos fluyendo de manera tan hermosa. Pero si ellas recibieron entonces esa belleza cuando Dios dijo: Júntense las aguas que están debajo del firmamento, para que esa misma junta sea la formación de ellas; ¿qué se dirá en cuanto a aquellas aguas sobre el firmamento? Viendo que ni si fueran informes habrían sido dignas de tan honorable asiento, ni está escrito con qué palabra fueron formadas. Si entonces el Génesis calla sobre la hechura por parte de Dios de alguna cosa, que sin embargo, que Dios hizo, ni la fe sana ni el entendimiento bien fundado dudan, ni tampoco ninguna enseñanza sobria se atreverá a afirmar que estas aguas son coeternas con Dios, bajo el fundamento de que encontramos que son mencionadas en el libro del Génesis, pero cuándo fueron creadas, no lo encontramos; ¿por qué (viendo que la verdad nos enseña) no habríamos de entender que aquella materia informe (que esta Escritura llama tierra invisible y sin forma, y abismo tenebroso) fue creada por Dios de la nada, y por tanto no es coeterna a Él; no obstante que esta historia haya omitido mostrar cuándo fue creada?».
Oídas y percibidas estas cosas, según la debilidad de mi capacidad (la cual confieso ante Ti, oh Señor, que la conoces), veo que pueden surgir dos tipos de desacuerdos, cuando una cosa es relatada en palabras por relatores veraces; uno, concerniente a la verdad de las cosas, el otro, concerniente al significado del relator. Pues inquirimos de un modo sobre la creación de la criatura, qué es verdad; de otro modo, qué quería Moisés, ese excelente ministro de Tu Fe, que su lector y oyente entendiera por esas palabras. Para el primer tipo, lejos todos aquellos que imaginan saber como verdad lo que es falso; y para este otro, lejos también todos ellos, que imaginan que Moisés escribió cosas que son falsas. Pero permíteme estar unido en Ti, oh Señor, con aquellos, y deleitarme en Ti con ellos, que se alimentan de Tu verdad, en la largueza de la caridad, y acerquémonos juntos a las palabras de Tu libro, y busquemos en ellas Tu significado, a través del significado de Tu siervo, por cuya pluma los has dispensado.
Pero ¿quién de nosotros, entre tantas verdades que ocurren a los investigadores en esas palabras, tal como son diferentemente entendidas, descubrirá de tal modo ese único significado, como para afirmar: «esto pensó Moisés», y «esto querría él que se entendiera en esa historia»; con la misma confianza que lo haría: «esto es verdadero», tanto si Moisés pensó esto como aquello? Pues mira, oh Dios mío, yo Tu siervo, que he hecho en este libro voto de un sacrificio de confesión ante Ti, y rezo para que por Tu misericordia pueda pagar mis votos ante Ti, ¿puedo, con la misma confianza con la que afirmo que en Tu mundo inmutable creaste todas las cosas visibles e invisibles, afirmar también que Moisés no quiso decir otra cosa que esto, cuando escribió: En el Principio creó Dios el cielo y la tierra? No. Porque no veo en su mente que pensara en esto cuando escribió estas cosas, como sí lo veo en Tu verdad que es cierto. Pues él podría tener sus pensamientos sobre el comienzo de la creación de Dios, cuando dijo: En el principio; y por cielo y tierra, en este lugar, podría no pretender ninguna naturaleza formada y perfeccionada, ya sea espiritual o corpórea, sino ambas incoadas y aún sin forma. Pues percibo que, cualquiera de las dos que se hubiera dicho, podría haber sido dicho verdaderamente; pero en cuál de las dos pensó él en estas palabras, no lo percibo así. Aunque, ya fuera cualquiera de estas, o cualquier sentido aparte (que no he mencionado aquí), el que este hombre tan grande vio en su mente, cuando pronunció estas palabras, no dudo que lo vio verdaderamente, y lo expresó aptamente.
Que nadie me hostigue entonces, diciendo: Moisés no pensó como tú dices, sino como yo digo: pues si me preguntara: «¿Cómo sabes que Moisés pensó eso que tú infieres de sus palabras?», debería tomarlo a bien, y respondería acaso como he hecho arriba, o algo más largamente, si fuera inflexible. Pero cuando dice: «Moisés no quiso decir lo que tú dices, sino lo que yo digo», pero no niega que lo que cada uno de nosotros dice puede ser ambos verdad, oh Dios mío, vida de los pobres, en cuyo seno no hay contradicción, derrama un rocío suavizante en mi corazón, para que pueda soportar pacientemente a tales que me dicen esto, no porque tengan un Espíritu divino, y hayan visto en el corazón de Tu siervo lo que dicen, sino porque son orgullosos; no conociendo la opinión de Moisés, sino amando la propia, no porque sea verdad, sino porque es suya. De otro modo amarían igualmente otra opinión verdadera, como yo amo lo que ellos dicen, cuando dicen verdad: no porque es suya, sino porque es verdad; y por ese mismo fundamento, no suya porque es verdad. Pero si por eso la aman, porque es verdad, entonces es tanto suya como mía; como siendo común a todos los amantes de la verdad. Pero mientras ellos contienden que Moisés no quiso decir lo que yo digo, sino lo que ellos dicen, esto no me gusta, no lo amo: pues aunque fuera así, esa temeridad suya no pertenece al conocimiento, sino a la audacia excesiva, y no la perspicacia sino la vanidad fue su progenitora. Y por tanto, oh Señor, son terribles Tus juicios; viendo que Tu verdad no es mía, ni suya, ni de otro; sino que pertenece a todos nosotros, a quienes llamas públicamente a participar de ella, advirtiéndonos terriblemente, no que la consideremos privada para nosotros mismos, no sea que seamos privados de ella. Pues quienquiera que reclama como propio aquello que Tú propones para que todos lo disfruten, y quisiera que eso fuera suyo que pertenece a todos, es alejado de lo que es común a lo suyo; esto es, de la verdad, a una mentira. Pues el que habla una mentira, la habla de lo suyo.
Escucha, oh Dios, Tú el mejor juez; la Verdad Misma, escucha lo que diré a este contradictor, escucha, pues ante Ti hablo, y ante mis hermanos, que emplean Tu ley legítimamente, con el fin de la caridad: escucha y contempla, si Te place, lo que diré a él. Pues esta palabra fraternal y pacífica le devuelvo: «Si ambos vemos que es verdadero lo que tú dices, y ambos vemos que es verdadero lo que yo digo, ¿dónde, te ruego, lo vemos? Ni yo en ti, ni tú en mí; sino ambos en la inmutable Verdad misma, que está sobre nuestras almas». Viendo pues que no contendemos sobre la luz misma del Señor Dios, ¿por qué contendemos sobre los pensamientos de nuestro prójimo, los cuales no podemos ver tan bien como se ve la inmutable Verdad: pues eso, si el mismo Moisés se nos hubiera aparecido y dicho: «Esto quise decir»; ni así lo veríamos, sino que lo creeríamos. No nos inflemos pues unos contra otros, más allá de lo que está escrito: amemos al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, y con toda nuestra mente: y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Con miras a estos dos preceptos de caridad, a menos que creamos que Moisés quiso decir, sea lo que sea lo que quiso decir en esos libros, haremos a Dios mentiroso, imaginando de otra manera la mente de nuestro consiervo que como Él nos ha enseñado. Mira ahora cuán necio es, en tal abundancia de significados verdaderos, como pueden extraerse de esas palabras, afirmar temerariamente cuál de ellos quiso decir Moisés principalmente; y con perniciosas contiendas ofender a la caridad misma, por cuya causa dijo él cada cosa, cuyas palabras nos disponemos a exponer.
Y sin embargo yo, ¡oh Dios mío!, Tú que ensalzas mi humildad y eres el descanso de mi trabajo, que escuchas mis confesiones y perdonas mis pecados: puesto que me mandas amar a mi prójimo como a mí mismo, no puedo creer que Tú otorgaras a Moisés, Tu siervo fiel, un don menor del que yo desearía o pediría que me hubieras dado a mí, si hubiera nacido en su tiempo y me hubieras puesto en aquel oficio, para que por el servicio de mi corazón y de mi lengua se dispensasen aquellos libros que, por tanto tiempo después, habrían de aprovechar a todas las naciones y, desde tal eminencia de autoridad, habrían de superar por todo el mundo todos los dichos de las enseñanzas falsas y soberbias. Habría deseado en verdad, si yo hubiera sido entonces Moisés (pues todos venimos de la misma masa, y ¿qué es el hombre, sino que Tú te acuerdas de él?), habría deseado entonces, de haber sido lo que él fue y de haberme Tú ordenado escribir el libro del Génesis, que se me hubiera concedido tal poder de expresión y tal estilo, que ni aquellos que aún no pueden comprender cómo creó Dios, rechazaran los dichos por exceder su capacidad; y que aquellos que lo habían alcanzado, pudieran hallar, cualquiera que fuese la opinión verdadera a la que hubieran llegado mediante el pensamiento, que no era pasada por alto en esas pocas palabras de ese Tu siervo: y si otro hombre, mediante la luz de la verdad, hubiera descubierto otra, tampoco dejaría de ser descubrible en esas mismas palabras.
Porque así como una fuente en un estrecho recinto es más abundante y suministra un caudal para más corrientes sobre espacios mayores que cualquiera de esas corrientes que, tras un largo intervalo, se deriva de la misma fuente; así la relación de ese dispensador Tuyo, que había de beneficiar a muchos que habrían de discurrir sobre ella, desborda desde una estrecha medida de lenguaje en corrientes de la más clara verdad, de donde cada hombre puede extraer para sí tal verdad como pueda sobre estos temas, uno una verdad, otro otra, mediante mayores circunloquios de discurso. Pues algunos, cuando leen o escuchan estas palabras, conciben que Dios, como un hombre o alguna masa dotada de poder ilimitado, por alguna resolución nueva y repentina, creó, exterior a sí mismo, como a cierta distancia, el cielo y la tierra, dos grandes cuerpos arriba y abajo, en los cuales todas las cosas habrían de estar contenidas. Y cuando oyen: dijo Dios, Hágase, y fue hecho; conciben palabras comenzadas y terminadas, que suenan en el tiempo y pasan; tras cuya partida, vino a ser aquello que se ordenó que así lo hiciera; y cualquier cosa de la misma clase que el conocimiento del hombre sobre el mundo material sugiriera. En quienes, siendo aún pequeños y carnales, mientras su debilidad es llevada por este humilde tipo de discurso como en el seno de una madre, su fe es edificada saludablemente, por lo cual mantienen asegurado que Dios hizo todas las naturalezas que su ojo contempla alrededor en admirable variedad. Palabras que, si alguien despreciando, como demasiado simples, con una orgullosa debilidad, se estira más allá del nido protector, caerá, ¡ay!, miserablemente. Ten piedad, oh Señor Dios, no sea que los que van por el camino pisoteen al ave implume, y envía a Tu ángel para que la devuelva al nido, a fin de que pueda vivir hasta que pueda volar.
Pero otros, para quienes estas palabras ya no son un nido, sino profundas y sombreadas arboledas frutales, ven los frutos ocultos en ellas, vuelan gozosos alrededor y, con notas alegres, los buscan y los recogen. Pues al leer o escuchar estas palabras, ven que todos los tiempos pasados y futuros son superados por Tu morada eterna y estable; y sin embargo, que no hay criatura formada en el tiempo que no sea de Tu creación. Cuyo querer, porque es el mismo que Tú eres, hiciste todas las cosas, no por ningún cambio de voluntad, ni por una voluntad que antes no existía, y que estas cosas no fueron de Ti mismo, en Tu propia semejanza, que es la forma de todas las cosas; sino de la nada, una desemejanza sin forma, que debía ser formada por Tu semejanza (recurriendo a Tu Unidad, según su capacidad designada, tanto como se da a cada cosa en su género), y pudieran ser hechas todas muy buenas; ya sea que permanezcan alrededor de Ti, o que, estando en gradación alejadas en tiempo y lugar, produzcan o sufran las hermosas variaciones del Universo. Estas cosas ven, y se regocijan, en el poco grado que aquí pueden, en la luz de Tu verdad.
Otro inclina su mente a lo que se dice: En el Principio creó Dios el cielo y la tierra; y contempla en ello la Sabiduría, el Principio, porque Ella también nos habla. Otro asimismo inclina su mente a las mismas palabras, y por Principio entiende el comienzo de las cosas creadas; En el principio creó, como si se dijera: Al principio creó. Y entre los que entienden por En el Principio "En Tu Sabiduría creaste el cielo y la tierra", uno cree que la materia de la cual habían de ser creados el cielo y la tierra es allí llamada cielo y tierra; otro, naturalezas ya formadas y distinguidas; otro, una naturaleza formada, y esa una espiritual, bajo el nombre de Cielo, la otra sin forma, una materia corpórea, bajo el nombre de Tierra. Aquellos a su vez que, por los nombres de cielo y tierra, entienden la materia aún sin forma, de la cual habían de ser formados el cielo y la tierra, tampoco lo entienden de una sola manera; sino el uno, aquella materia de la cual habían de ser perfeccionadas tanto la criatura inteligible como la sensible; otro, solo aquella de la cual había de ser hecha esta masa corpórea sensible, conteniendo en su vasto seno estas naturalezas visibles y ordinarias. Tampoco entienden lo mismo aquellos que creen que las criaturas ya ordenadas y dispuestas son llamadas en este lugar cielo y tierra; sino el uno, tanto lo invisible como lo visible; el otro, solo lo visible, en el cual contemplamos este cielo luminoso y esta tierra oscura, con las cosas en ellos contenidas.
Pero aquel que no entiende de otro modo En el Principio creó, sino como si se dijera: Al principio creó, solo puede entender verdaderamente el cielo y la tierra de la materia del cielo y la tierra, esto es, de la creación universal inteligible y corpórea. Pues si quisiera entender por ello el universo, ya formado, se le puede preguntar con razón: "¿Si Dios hizo esto primero, qué hizo después?"; y tras el universo, no encontrará nada; ante lo cual deberá escuchar contra su voluntad otra pregunta: "¿Cómo hizo Dios esto primero, si nada después?". Pero cuando dice que Dios hizo primero la materia sin forma, luego formada, no hay absurdo, si está capacitado para discernir qué precede por eternidad, qué por tiempo, qué por elección y qué en originalidad. Por eternidad, como Dios es antes que todas las cosas; por tiempo, como la flor antes que el fruto; por elección, como el fruto antes que la flor; por originalidad, como el sonido antes que la melodía. De estos cuatro, el primero y el último mencionados se comprenden con extrema dificultad; los dos del medio, fácilmente. Pues es una visión rara y demasiado elevada contemplar Tu Eternidad, oh Señor, haciendo inmutablemente las cosas cambiables; y por ello antes que ellas. ¿Y quién, a su vez, es de entendimiento tan perspicaz como para ser capaz, sin gran esfuerzo, de discernir cómo el sonido es por tanto antes que la melodía; porque una melodía es un sonido formado; y una cosa no formada puede existir; mientras que lo que no existe, no puede ser formado? Así la materia es antes que la cosa hecha; no porque la haga, pues ella misma es más bien hecha; ni es antes por intervalo de tiempo; pues no pronunciamos primero en el tiempo sonidos sin forma sin cantar, y posteriormente los adaptamos o moldeamos a la forma de un canto, como la madera o la plata, de donde se moldea un cofre o una vasija. Pues tales materiales preceden también en el tiempo a las formas de las cosas hechas de ellos, pero al cantar no es así; pues cuando se canta, se oye su sonido; porque no hay primero un sonido sin forma que luego es formado en un canto. Pues cada sonido, tan pronto como es hecho, pasa, ni puedes encontrar qué recordar y componer con arte. Así pues, el canto está concentrado en su sonido, cuyo sonido suyo es su materia. Y esto ciertamente es formado, para que pueda ser una melodía; y por tanto (como dije) la materia del sonido es antes que la forma de la melodía; no antes, por ningún poder que tenga para hacerla una melodía; pues un sonido no es de ninguna manera el maestro de obras de la melodía; sino que es algo corpóreo, sujeto al alma que canta, de donde hacer una melodía. Ni es primero en el tiempo; pues se emite junto con la melodía; ni primero en elección, pues un sonido no es mejor que una melodía, siendo una melodía no solo un sonido, sino un sonido hermoso. Pero es primero en originalidad, porque una melodía no recibe forma para convertirse en sonido, sino que un sonido recibe una forma para convertirse en melodía. Con este ejemplo, que entienda quien pueda cómo la materia de las cosas fue hecha primero, y llamada cielo y tierra, porque el cielo y la tierra fueron hechos de ella. Sin embargo, no fue hecha primero en el tiempo; porque las formas de las cosas dan lugar al tiempo; pero aquello estaba sin forma, mas ahora es, en el tiempo, un objeto de sentido junto con su forma. Y sin embargo, nada puede decirse de esa materia, sino como si fuera anterior en el tiempo, mientras que en valor es lo último (porque las cosas formadas son superiores a las cosas sin forma) y es precedida por la Eternidad del Creador: para que así hubiera, de la nada, de donde algo pudiera ser creado.
En esta diversidad de las opiniones verdaderas, que la Verdad misma produzca concordia. Y nuestro Dios tenga misericordia de nosotros, para que usemos la ley legítimamente, el fin del mandamiento, la caridad pura. Por esto, si el hombre me pregunta: "¿Cuál de estos era el significado de Tu siervo Moisés?", este no sería el lenguaje de mis Confesiones, si no te confesara: "No lo sé"; y sin embargo sé que esos sentidos son verdaderos, exceptuados aquellos carnales, de los cuales he dicho lo que parecía necesario. Y aun esos pequeños llenos de esperanza que así piensan, tienen este beneficio, de que las palabras de Tu Libro no los asustan, entregando cosas elevadas humildemente, y con pocas palabras un significado copioso. Y todos nosotros que, confieso, vemos y expresamos la verdad entregada en esas palabras, amémonos unos a otros, y amemos conjuntamente a Ti, nuestro Dios, la fuente de la verdad, si estamos sedientos de ella, y no de vanidades; sí, honremos a este Tu siervo, el dispensador de esta Escritura, lleno de Tu Espíritu, tanto como para creer que, cuando por Tu revelación escribió estas cosas, pretendió aquello que entre ellas sobresale principalmente tanto por la luz de la verdad como por la fecundidad del provecho.
Así, cuando uno dice: "Moisés quiso decir como yo"; y otro: "No, sino como yo", supongo que hablo más reverentemente: "¿Por qué no más bien como ambos, si ambos son verdaderos?". Y si hay un tercero, o un cuarto, sí, si cualquier otro ve cualquier otra verdad en esas palabras, ¿por qué no se puede creer que él ha visto todas estas, a través del cual el Dios Único ha templado las Sagradas Escrituras a los sentidos de muchos, que habrían de ver en ellas cosas verdaderas pero diversas? Pues ciertamente yo (y sin miedo lo digo desde mi corazón), que si tuviera que escribir algo que tuviera autoridad suprema, preferiría escribir de tal manera que, cualquier verdad que cualquiera pudiera aprehender sobre esos asuntos, pudiera ser transmitida en mis palabras, más que exponer mi propio significado tan claramente como para excluir al resto, que al no ser falso, no podría ofenderme. No seré, por tanto, oh Dios mío, tan temerario como para no creer que Tú concediste tanto a aquel gran hombre. Él sin duda, cuando escribió esas palabras, percibió y pensó en cualquier verdad que hayamos sido capaces de hallar, sí, y cualquiera que no hayamos sido capaces, ni aún somos, pero que puede ser hallada en ellas.
Por último, oh Señor, que eres Dios y no carne y sangre, si el hombre vio menos, ¿podría algo estar oculto a Tu buen Espíritu (que me guiará a la tierra de rectitud), que Tú mismo por esas palabras estabas a punto de revelar a los lectores en tiempos venideros, aunque él, por quien fueron dichas, tal vez entre muchos significados verdaderos, pensó en alguno? Lo cual, si así fuera, sea aquel en el que él pensó el más elevado de todos. Pero a nosotros, oh Señor, revélanos ese mismo, o cualquier otro verdadero que Tú quieras; para que así, ya sea que Tú nos descubras el mismo que a aquel Tu siervo, o algún otro con ocasión de esas palabras, seas Tú quien nos alimente, no el error quien nos engañe. Mira, oh Señor Dios mío, cuánto hemos escrito sobre unas pocas palabras, ¡cuánto te ruego! ¿Qué fuerzas nuestras, sí, qué edades bastarían para todos Tus libros de esta manera? Permíteme entonces en estos confesarte más brevemente, y elegir algún sentido único, verdadero, cierto y bueno que Tú me inspires, aunque muchos ocurran, donde muchos puedan ocurrir; siendo esta la ley de mi confesión, que si yo dijera aquello que Tu ministro pretendió, eso es correcto y mejor; pues por ello me esforzaría, lo cual si no alcanzara, aun así diría aquello que Tu Verdad quiso decirme por sus palabras, la cual reveló también a él lo que Ella quiso.
LIBRO XIII
Te invoco, oh Dios mío, mi misericordia, que me creaste y no te olvidaste de mí, olvidándome yo de Ti. Te llamo a mi alma que, por el anhelo que Tú mismo inspiras en ella, preparas para Ti. No me abandones ahora que te invoco, a quien Tú previniste antes de que yo invocara, y me urgiste con gran variedad de repetidas llamadas, a que te oyera de lejos, y me convirtiera, y te invocara a Ti, que llamabas tras de mí; pues Tú, Señor, borraste todos mis malos merecimientos, de modo que no me pagaras en mis manos, con las cuales caí de Ti; y has prevenido todos mis buenos merecimientos, de modo que pagaras la obra de Tus manos con la cual me hiciste; porque antes de que yo fuera, Tú eras; ni era yo nada, a lo cual Tú pudieras conceder el ser; y sin embargo, mira, soy, por Tu bondad, previniendo todo esto que Tú me has hecho, y de lo cual me has hecho. Pues ni Tú necesitabas de mí, ni soy yo tal bien como para ser útil a Ti, mi Señor y Dios; no sirviéndote, como si Tú fueras a cansarte trabajando; o no sea que Tu poder pudiera ser menor, si faltara mi servicio: ni cultivando Tu servicio, como una tierra, que debe permanecer sin cultivar, a menos que yo te cultivara a Ti: sino sirviéndote y adorándote, para que yo pudiera recibir un bienestar de Ti, de quien viene que yo tenga un ser capaz de bienestar.
Pues de la plenitud de Tu bondad subsiste Tu criatura, para que así un bien, que de ninguna manera podría aprovecharte, ni era de Ti (no sea que así fuera igual a Ti), pudiera sin embargo ser, ya que podía ser hecho de Ti. Pues ¿qué merecieron de Ti el cielo y la tierra, que hiciste en el Principio? Dejen que esas naturalezas espirituales y corpóreas que hiciste en Tu Sabiduría digan en qué merecieron de Ti, para depender de ella (aun en ese su estado incoado y sin forma, ya sea espiritual o corpóreo, listo para caer en una libertad inmoderada y una desemejanza muy distante de Ti;--lo espiritual, aunque sin forma, superior a lo corpóreo aunque formado, y lo corpóreo aunque sin forma, mejor que si no fuera nada en absoluto), y así depender de Tu Palabra, como sin forma, a menos que por la misma Palabra fueran traídas de vuelta a Tu Unidad, dotadas de forma y, de Ti, el Único Bien Soberano, fueran hechas todas muy buenas. ¿Cómo merecieron de Ti, siquiera estar sin forma, puesto que no habrían sido ni siquiera esto, sino de Ti?
¿Cómo mereció la materia corpórea de Ti, siquiera ser invisible y sin forma? Viendo que no sería ni siquiera esto, sino que Tú la hiciste, y por tanto, porque no era, no podría merecer de Ti ser hecha. ¿O cómo podría la criatura espiritual incoada merecer de Ti, siquiera fluir y refluir oscuramente como el abismo, a diferencia de Ti, a menos que hubiera sido por la misma Palabra vuelta hacia Aquel por Quien fue creada, y por Él así iluminada, convertirse en luz; aunque no igualmente, sí conformemente a esa Forma que es igual a Ti? Pues así como en un cuerpo, ser, no es lo mismo que ser hermoso, de lo contrario no podría ser deforme; así también para un espíritu creado, vivir, no es lo mismo que vivir sabiamente; de lo contrario debería ser sabio inmutablemente. Pero bien le es siempre aferrarse a Ti; no sea que la luz que ha obtenido al volverse a Ti, la pierda al volverse de Ti, y recaiga en una vida que semeja al abismo oscuro. Pues nosotros mismos también, que en cuanto al alma somos una criatura espiritual, apartados de Ti, nuestra luz, fuimos en esa vida a veces tinieblas; y todavía trabajamos en medio de las reliquias de nuestra oscuridad, hasta que en Tu Único nos convirtamos en Tu justicia, como los montes de Dios. Pues hemos sido Tus juicios, que son como el gran abismo.
Aquello que dijiste al principio de la creación, Hágase la luz, y fue hecha la luz; lo entiendo, no inadecuadamente, de la criatura espiritual: porque había ya una clase de vida, a la cual Tú pudieras iluminar. Pero como no tenía derecho a Ti para una vida que pudiera ser iluminada, tampoco ahora que era, tenía alguno para ser iluminada. Pues ni su estado sin forma podría ser agradable a Ti, a menos que se convirtiera en luz, y eso no por existir simplemente, sino por contemplar la luz iluminadora y adherirse a ella; de modo que, el que viviera, y viviera felizmente, no lo debe a nada más que a Tu gracia, siendo vuelta por un mejor cambio hacia Aquello que no puede ser cambiado a peor o mejor; que Tú solo eres, porque Tú solo eres simplemente; siendo para Ti no una cosa vivir, otra vivir bienaventuradamente, viendo que Tú mismo eres Tu propia Bienaventuranza.
¿Qué podría faltar entonces a Tu bien, que Tú mismo eres, aunque estas cosas nunca hubieran sido, o permanecieran sin forma; que Tú hiciste, no por ninguna carencia, sino por la plenitud de Tu bondad, restringiéndolas y convirtiéndolas a la forma, no como si Tu gozo fuera cumplido por ellas? Pues para Ti, siendo perfecto, ¿es su imperfección desagradable, y de ahí fueron perfeccionadas por Ti, y Te agradan; no como si fueras imperfecto, y por su perfeccionamiento fueras también a ser perfeccionado? Pues Tu buen Espíritu ciertamente era llevado sobre las aguas, no sostenido por ellas, como si descansara sobre ellas. Pues aquellos en quienes se dice que descansa Tu buen Espíritu, Él los hace descansar en Sí mismo. Pero Tu voluntad incorruptible e inmutable, en sí misma autosuficiente para sí, era llevada sobre esa vida que Tú habías creado; para la cual, vivir no es lo mismo que vivir felizmente, viendo que vive también, fluyendo y refluyendo en su propia oscuridad: para la cual le queda convertirse hacia Él, por Quien fue hecha, y vivir más y más de la fuente de la vida, y en Su luz ver la luz, y ser perfeccionada, e iluminada, y embellecida.
He aquí que ahora la Trinidad se me aparece en un espejo y en enigma, que eres Tú, Dios mío, porque Tú, oh Padre, en Aquel que es el Principio de nuestra sabiduría, que es Tu Sabiduría, nacida de Ti mismo, igual a Ti y coeterna, esto es, en Tu Hijo, creaste el cielo y la tierra. Mucho hemos dicho ya del Cielo de los cielos, y de la tierra invisible y sin forma, y del tenebroso abismo, en referencia a la errante inestabilidad de su deformidad espiritual, a no ser que se hubiera convertido a Aquel, de quien tenía entonces su grado de vida, y por Su iluminación se convirtiera en una vida hermosa, y en el cielo de aquel cielo, que fue después puesto entre aguas y aguas. Y bajo el nombre de Dios, entendía ahora al Padre, que hizo estas cosas, y bajo el nombre de Principio, al Hijo, en quien Él hizo estas cosas; y creyendo, como creía, que mi Dios es la Trinidad, busqué más allá en Sus santas palabras, y he aquí que Tu Espíritu se movía sobre las aguas. He aquí la Trinidad, Dios mío, Padre, y Hijo, y Espíritu Santo, Creador de toda la creación.
Pero ¿cuál fue la causa, oh Luz que dices la verdad? —a Ti levanto mi corazón, que no me enseñe vanidades, disipa sus tinieblas; y dime, te lo ruego, por nuestra madre la caridad, dime la razón, te lo suplico, por qué después de la mención del cielo, y de la tierra invisible y sin forma, y de la oscuridad sobre el abismo, ¿Tu Escritura debía mencionar al fin a Tu Espíritu? ¿Fue porque era conveniente que el conocimiento de Él fuera comunicado como siendo "llevado sobre"; y esto no podría decirse, a menos que se hubiera mencionado primero aquello sobre lo cual se pueda entender que Tu Espíritu fue llevado? Pues ni era llevado sobre el Padre, ni sobre el Hijo, ni podría decirse con propiedad que era llevado sobre nada, si no fuera llevado sobre nada. Primero, pues, había que hablar de aquello sobre lo cual Él pudiera ser llevado; y luego de Él, de quien no convenía hablar de otra manera que como siendo llevado. Pero ¿por qué no convenía que el conocimiento de Él fuera comunicado de otra manera que como siendo llevado sobre?
De ahí que quien pueda, siga con su entendimiento a Tu Apóstol, donde así habla: Porque Tu amor ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado: y donde, acerca de los dones espirituales, nos enseña y nos muestra un camino más excelente de caridad; y donde dobla sus rodillas ante Ti por nosotros, para que conozcamos el conocimiento sobreeminente del amor de Cristo. Y por eso, desde el principio, fue Él llevado sobreeminente sobre las aguas. ¿A quién diré esto? ¿cómo hablar del peso de los malos deseos, hacia abajo, al escarpado abismo; y cómo la caridad levanta de nuevo por Tu Espíritu que era llevado sobre las aguas? ¿a quién se lo diré? ¿cómo decirlo? Pues no es en el espacio donde nos hundimos y emergemos. ¿Qué puede ser más, y sin embargo qué menos semejante? Son afectos, son amores; la inmundicia de nuestro espíritu fluyendo hacia abajo con el amor de las preocupaciones, y la santidad del Tuyo levantándonos hacia arriba por el amor del reposo sin ansiedad; para que levantemos nuestros corazones hacia Ti, donde Tu Espíritu es llevado sobre las aguas; y lleguemos a ese reposo sobreeminente, cuando nuestra alma haya pasado por las aguas que no ofrecen apoyo.
Los ángeles cayeron, el alma del hombre cayó, y con ello señaló el abismo en esa oscura profundidad, lista para toda la creación espiritual, si Tú no hubieras dicho desde el principio: Hágase la luz, y hubo luz, y toda inteligencia obediente de Tu Ciudad celestial se habría adherido a Ti, y descansado en Tu Espíritu, Que es llevado inmutablemente sobre toda cosa cambiable. De otro modo, aun el cielo de los cielos habría sido en sí mismo un abismo tenebroso; pero ahora es luz en el Señor. Pues aun en esa miserable inquietud de los espíritus, que cayeron y descubrieron su propia oscuridad, cuando fueron despojados del ropaje de Tu luz, revelas suficientemente cuán noble hiciste a la criatura racional; a la cual nada bastará para darle un descanso feliz, menos que Tú; y por tanto, ni siquiera ella misma. Porque Tú, oh Dios nuestro, iluminarás nuestras tinieblas: de Ti surge nuestro vestido de luz; y entonces nuestras tinieblas serán como el mediodía. Entrégate a mí, oh Dios mío, restáurate a mí: mira que amo, y si es muy poco, quisiera amar con más fuerza. No puedo medir para saber cuánto amor me falta aún, antes de que mi vida pueda correr a Tus abrazos, ni apartarme hasta que sea escondida en el lugar oculto de Tu Presencia. Solo esto sé, que ¡ay de mí si no es en Ti!: no solo fuera, sino también dentro de mí mismo; y toda abundancia, que no es mi Dios, es vaciedad para mí.
¿Pero no era acaso el Padre, o el Hijo, llevado sobre las aguas? si esto significa, en el espacio, como un cuerpo, entonces tampoco lo era el Espíritu Santo; pero si significa la inmutable sobreeminencia de la Divinidad sobre todas las cosas cambiables, entonces tanto el Padre, como el Hijo, y el Espíritu Santo eran llevados sobre las aguas. ¿Por qué entonces se dice esto solo de Tu Espíritu, por qué se dice solo de Él? ¿Como si Él hubiera estado en un lugar, Quien no está en un lugar, de Quien solo está escrito que Él es Tu don? En Tu Don descansamos; allí disfrutamos de Ti. Nuestro descanso es nuestro lugar. El amor nos levanta allí, y Tu buen Espíritu levanta nuestra bajeza de las puertas de la muerte. En Tu buena voluntad está nuestra paz. El cuerpo por su propio peso se esfuerza hacia su propio lugar. El peso no solo hace ir hacia abajo, sino a su propio lugar. El fuego tiende hacia arriba, una piedra hacia abajo. Son impulsados por su propio peso, buscan sus propios lugares. El aceite vertido bajo el agua es elevado sobre el agua; el agua vertida sobre el aceite se hunde bajo el aceite. Son impulsados por sus propios pesos a buscar sus propios lugares. Cuando están fuera de su orden, están inquietos; restaurados al orden, están en reposo. Mi peso es mi amor; por él soy llevado, adondequiera que soy llevado. Somos inflamados, por Tu Don somos encendidos; y somos llevados hacia arriba; ardemos interiormente, y avanzamos. Ascendemos por Tus caminos que están en nuestro corazón, y cantamos un cántico de grados; ardemos interiormente con Tu fuego, con Tu buen fuego, y vamos; porque vamos hacia arriba, a la paz de Jerusalén: pues me alegré en aquellos que me dijeron: Iremos a la casa del Señor. Allí nos ha puesto Tu buena voluntad, para que no deseemos otra cosa, sino habitar allí para siempre.
Bendita criatura, que siendo ella misma otra que Tú, no ha conocido otra condición, sino que, tan pronto como fue hecha, fue, sin ningún intervalo, por Tu Don, Que es llevado sobre toda cosa cambiable, llevada en alto por esa llamada mediante la cual dijiste: Hágase la luz, y hubo luz. Mientras que en nosotros esto tuvo lugar en diferentes momentos, en que éramos tinieblas, y somos hechos luz: pero de aquella solo se dice lo que habría sido, de no haber sido iluminada. Y esto es dicho como si hubiera estado inestable y tenebrosa antes; para que así la causa por la cual fue hecha de otra manera pudiera aparecer, a saber, que al volverse a la Luz infalible se convirtió en luz. Quien pueda, que entienda esto; que pregunte a Ti. ¿Por qué ha de molestarme, como si yo pudiera iluminar a cualquier hombre que viene a este mundo?
¿Cuál de nosotros comprende a la Trinidad todopoderosa? y, sin embargo, ¿quién no habla de Ella, si es que realmente es Ella? Rara es el alma que, mientras habla de Ella, sabe de lo que habla. Y contienden y luchan, mas, sin paz, nadie ve esa visión. Quisiera que los hombres consideraran estos tres, que están en sí mismos. Estos tres son ciertamente muy otros que la Trinidad: solo digo dónde pueden ejercitarse, y allí probar y sentir cuán lejos están. Ahora bien, los tres de los que hablé son: Ser, conocer y querer. Pues soy, y conozco, y quiero: soy conociendo y queriendo: y conozco que soy, y que quiero: y quiero ser, y conocer. En estos tres, pues, que discierna quien pueda, cuán inseparable es la vida, sí, una vida, una mente, y una esencia, sí, finalmente cuán inseparable es la distinción, y sin embargo, una distinción. Seguramente el hombre lo tiene ante sí; que mire dentro de sí mismo, y vea, y me diga. Pero cuando descubra y pueda decir algo de esto, no piense por ello que ha encontrado a Aquello que está por encima de estos: Inmutable, que Es inmutablemente, y Conoce inmutablemente, y Quiere inmutablemente; y si es que por causa de estos tres hay también en Dios una Trinidad, o si los tres están en Cada uno, de modo que los tres pertenezcan a Cada uno; o si de ambas maneras a la vez, maravillosa, sencilla y sin embargo múltiple, Ella misma un límite para Sí misma dentro de Sí misma, mas sin límites; por lo cual Es, y es Conocida a Sí misma y se basta a Sí misma, inmutablemente la Misma, por la abundante grandeza de su Unidad, ¿quién puede concebir esto fácilmente? ¿quién podría de algún modo expresarlo? ¿quién querría, de algún modo, pronunciarse temerariamente al respecto?
Prosigue en tu confesión, di al Señor tu Dios, oh fe mía: Santo, Santo, Santo, oh Señor Dios mío, en Tu Nombre hemos sido bautizados, Padre, Hijo y Espíritu Santo; en Tu Nombre bautizamos, Padre, Hijo y Espíritu Santo, porque entre nosotros también, en Su Cristo hizo Dios cielo y tierra, a saber, el pueblo espiritual y carnal de Su Iglesia. Sí, y nuestra tierra, antes de recibir la forma de doctrina, era invisible y sin forma; y estábamos cubiertos con la oscuridad de la ignorancia. Pues Tú castigaste al hombre por su iniquidad, y Tus juicios eran como el gran abismo para él. Pero porque Tu Espíritu era llevado sobre las aguas, Tu misericordia no abandonó nuestra miseria, y dijiste: Hágase la luz, Arrepentíos, porque el reino de los cielos está cerca. Arrepentíos, hágase la luz. Y porque nuestra alma estaba turbada dentro de nosotros, nos acordamos de Ti, oh Señor, desde la tierra del Jordán, y de aquel monte igual a Ti, pero pequeño por nuestra causa: y nuestra oscuridad nos desagradó, nos volvimos a Ti y hubo luz. Y, he aquí, éramos a veces tinieblas, pero ahora somos luz en el Señor.
Pero aún por la fe y no por la vista, pues por la esperanza somos salvados; pero la esperanza que se ve, no es esperanza. Aún clama un abismo a otro abismo, pero ahora en la voz de Tus cataratas. Aún aquel que dice: No pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, aun él, todavía, no piensa haberlo alcanzado, y olvida las cosas que quedan atrás, y se extiende a las que están delante, y gime estando cargado, y su alma tiene sed del Dios Viviente, como el ciervo tras los arroyos de las aguas, y dice: ¿Cuándo vendré?, deseando ser revestido con su casa que es del cielo, y clama a este abismo inferior, diciendo: No os conforméis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestro entendimiento. Y: no seáis niños en el entendimiento, sino en la malicia, sed niños, para que en el entendimiento seáis perfectos; y: ¡Oh gálatas insensatos, quién os ha hechizado? Pero ahora ya no con su propia voz; sino con la Tuya, que enviaste a Tu Espíritu desde lo alto; por medio de Aquel que ascendió a lo alto, y abrió las esclusas de Sus dones, para que la fuerza de Sus corrientes alegrara la ciudad de Dios. A Él suspira este amigo del Esposo, teniendo ya las primicias del Espíritu guardadas con Él, aunque aún gimiendo dentro de sí mismo, esperando la adopción, a saber, la redención de su cuerpo; a Él suspira, un miembro de la Esposa; por Él siente celos, como siendo amigo del Esposo; por Él siente celos, no por sí mismo; porque en la voz de Tus cataratas, no en su propia voz, llama a ese otro abismo, sobre el cual, sintiendo celos, teme que, como la serpiente engañó a Eva con su astucia, así sus mentes sean corrompidas de la pureza que está en nuestro Esposo, Tu único Hijo. Oh, qué luz de belleza será esa, cuando le veamos tal como es, y hayan pasado esas lágrimas, que han sido mi pan día y noche, mientras me dicen diariamente: ¿Dónde está ahora tu Dios?
He aquí, yo también digo, oh Dios mío, ¿Dónde estás Tú? ¡mira, dónde estás! En Ti respiro un poco, cuando derramo mi alma por mí mismo en la voz de júbilo y alabanza, el sonido del que celebra la fiesta. Y, sin embargo, es triste, porque recae, y se convierte en un abismo, o mejor dicho, se percibe a sí misma todavía como un abismo. A ella le habla mi fe, que Tú has encendido para iluminar mis pies en la noche: ¿Por qué te abates, alma mía, y por qué me turbas? Espera en el Señor; Su palabra es antorcha para tus pies: espera y sufre, hasta que la noche, la madre de los impíos, hasta que la ira del Señor haya pasado, de la cual también fuimos una vez hijos, que éramos a veces tinieblas, cuyos vestigios llevamos en nuestro cuerpo, muertos a causa del pecado; hasta que despunte el día y huyan las sombras. Espera tú en el Señor; por la mañana estaré en Tu presencia, y te contemplaré: por siempre Te confesaré. Por la mañana estaré en Tu presencia, y veré la salud de mi rostro, mi Dios, quien también vivificará nuestros cuerpos mortales, por el Espíritu que mora en nosotros, porque Él ha sido llevado en misericordia sobre nuestro abismo interior, oscuro y flotante: de Quien hemos recibido en esta peregrinación una prenda, de que debíamos ser ya luz: mientras somos salvados por la esperanza, y somos los hijos de la luz, y los hijos del día, no los hijos de la noche, ni de la oscuridad, que sin embargo a veces éramos. Entre quienes y nosotros, en esta incertidumbre del conocimiento humano, solo Tú divides; Tú, que pruebas nuestros corazones, y llamas a la luz, día, y a la oscuridad, noche. Pues, ¿quién nos distingue, sino Tú? ¿Y qué tenemos, que no hayamos recibido de Ti? De la misma masa se hacen vasos para honra, de los cuales otros también se hacen para deshonra.
¿O quién, sino Tú, Dios nuestro, hizo para nosotros ese firmamento de autoridad sobre nosotros en Tu Divina Escritura? como se dice: Porque el cielo será enrollado como un pergamino; y ahora está extendido sobre nosotros como una piel. Pues Tu Divina Escritura es de más eminente autoridad, puesto que aquellos mortales por quienes nos la dispensas, experimentaron la mortalidad. Y Tú sabes, Señor, Tú sabes cómo con pieles vestiste a los hombres, cuando por el pecado se hicieron mortales. De donde has extendido como una piel el firmamento de Tu libro, esto es, Tus palabras armonizadoras, que por el ministerio de hombres mortales extiendes sobre nosotros. Pues por su misma muerte ese sólido firmamento de autoridad, en Tus discursos expuestos por ellos, fue extendido más eminentemente sobre todos los que están bajo él; lo cual, mientras vivían aquí, no estaba tan eminentemente extendido. Aún no habías extendido el cielo como una piel; aún no habías ensanchado en todas direcciones la gloria de sus muertes.
Miremos, oh Señor, los cielos, obra de Tus dedos; limpia de nuestros ojos esa nube que has extendido debajo de ellos. Allí está Tu testimonio, que da sabiduría a los pequeños: perfecciona, oh Dios mío, Tu alabanza de boca de los niños y de los que maman. Pues no conocemos otros libros, que destruyan tanto el orgullo, que destruyan tanto al enemigo y al defensor, que resiste a Tu reconciliación defendiendo sus propios pecados. No conozco, Señor, no conozco otras palabras tan puras, que me persuadan tanto a confesar, y hagan mi cuello dócil a Tu yugo, y me inviten a servirte de balde. Que las entienda, buen Padre: concédemelo a mí, que estoy puesto bajo ellas: porque para aquellos puestos bajo ellas, las has establecido.
Otras aguas hay sobre este firmamento, creo que inmortales, y separadas de la corrupción terrenal. Que alaben Tu Nombre, que Te alaben, el pueblo supercelestial, Tus ángeles, que no tienen necesidad de mirar hacia este firmamento, o por la lectura conocer Tu Palabra. Pues ellos contemplan siempre Tu rostro, y allí leen sin ninguna sílaba en el tiempo, lo que quiere Tu voluntad eterna; leen, eligen, aman. Siempre están leyendo; y nunca pasa aquello que leen; pues eligiendo y amando, leen la inmutabilidad misma de Tu consejo. Su libro nunca se cierra, ni su pergamino se enrolla; viendo que Tú mismo eres esto para ellos, y eres eternamente; porque los has ordenado sobre este firmamento, que has asentado firmemente sobre la fragilidad del pueblo inferior, donde ellos pudieran mirar hacia arriba y aprender Tu misericordia, anunciando en el tiempo a Ti Que hiciste los tiempos. Pues Tu misericordia, oh Señor, está en los cielos, y Tu verdad llega hasta las nubes. Las nubes pasan, pero el cielo permanece. Los predicadores de Tu palabra pasan de esta vida a otra; pero Tu Escritura está extendida sobre el pueblo, hasta el fin del mundo. Sin embargo, el cielo y la tierra también pasarán, pero Tus palabras no pasarán. Porque el pergamino será enrollado, y la hierba sobre la cual estaba extendido, pasará con su hermosura; pero Tu Palabra permanece para siempre, que ahora nos aparece bajo la oscura imagen de las nubes, y a través del espejo de los cielos, no como es: porque también nosotros, aunque amados de Tu Hijo, aún no ha aparecido lo que seremos. Él mira a través de la celosía de nuestra carne, y nos habló tiernamente, y nos encendió, y corrimos tras Sus aromas. Pero cuando Él aparezca, entonces seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como es. Tal como Él es, Señor, será nuestra vista.
Pues totalmente, como Tú eres, solo Tú lo sabes; Que eres inmutablemente, y conoces inmutablemente, y quieres inmutablemente. Y Tu Esencia Conoce, y Quiere inmutablemente; y Tu Conocimiento Es, y Quiere inmutablemente; y Tu Voluntad Es, y Conoce inmutablemente. Ni parece justo ante Tus ojos, que como la Luz Inmutable se conoce a Sí misma, así deba ser conocida por la cosa iluminada, y cambiable. Por tanto, mi alma es como una tierra sin agua, porque así como no puede por sí misma iluminarse, así no puede por sí misma satisfacerse. Pues así es la fuente de la vida junto a Ti, así como en Tu luz veremos la luz.
¿Quién reunió a los amargados en una sola sociedad? Pues todos tienen un mismo fin, una felicidad temporal y terrenal, para alcanzar la cual hacen todas las cosas, aunque oscilen arriba y abajo con una innumerable variedad de preocupaciones. ¿Quién, Señor, sino Tú, dijiste: Reúnanse las aguas en un lugar, y aparezca la tierra seca, que tiene sed de Ti? Pues el mar también es Tuyo, y Tú lo has hecho, y Tus manos prepararon la tierra seca. Ni la amargura de las voluntades de los hombres, sino la reunión de las aguas, es llamada mar; pues Tú reprimes los deseos impíos de las almas de los hombres, y les pones sus límites, hasta dónde se les permite pasar, para que sus olas se rompan unas contra otras: y así haces de ello un mar, por el orden de Tu dominio sobre todas las cosas.
Pero a las almas que tienen sed de Ti, y que comparecen ante Ti (estando separadas por otros límites de la sociedad del mar), Tú las riegas con una dulce fuente, para que la tierra pueda dar su fruto, y Tú, Señor Dios, al mandarlo así, haces que nuestra alma brote obras de misericordia según su género, amando a nuestro prójimo en el alivio de sus necesidades corporales, teniendo semilla en sí misma según su semejanza, cuando, al sentir nuestra propia fragilidad, nos compadecemos hasta el punto de aliviar al necesitado; ayudándole, como querríamos ser ayudados si estuviéramos en igual necesidad; no solo en cosas fáciles, como en la hierba que da semilla, sino también en el amparo de nuestra asistencia, con nuestras mejores fuerzas, como el árbol que da fruto: es decir, haciendo el bien al rescatar al que sufre injusticia de la mano del poderoso, y dándole el refugio de la protección, mediante la fuerza poderosa del juicio justo.
Así, Señor, así, te lo suplico, haz que brote, como Tú haces, como Tú das alegría y capacidad, haz que la verdad brote de la tierra, y que la justicia mire desde el cielo, y que haya lumbreras en el firmamento. Partamos nuestro pan con el hambriento, y llevemos a los pobres sin hogar a nuestra casa. Vistamos al desnudo, y no despreciemos a los de nuestra propia carne. Cuyos frutos habiendo brotado de la tierra, mira que es bueno: y que nuestra luz temporal resplandezca; y nosotros mismos, partiendo de esta fecundidad inferior de la acción, llegando a la delicia de la contemplación, obteniendo la Palabra de Vida en lo alto, aparezcamos como lumbreras en el mundo, aferrándonos al firmamento de Tu Escritura. Porque allí nos instruyes para dividir entre las cosas intelectuales y las cosas de los sentidos, como entre el día y la noche; o entre las almas, dadas ya sea a las cosas intelectuales o a las cosas de los sentidos, de modo que ahora no solo Tú, en el secreto de Tu juicio, como antes de que el firmamento fuera hecho, divides entre la luz y las tinieblas, sino que también Tus hijos espirituales, establecidos y ordenados en el mismo firmamento (ahora que Tu gracia es revelada por todo el mundo), pueden alumbrar sobre la tierra, y dividir entre el día y la noche, y ser señales de los tiempos, de que las cosas viejas pasaron, y, he aquí, todas son hechas nuevas; y que nuestra salvación está más cerca que cuando creímos: y que la noche está avanzada, y el día se acerca: y que Tú coronarás Tu año con bendición, enviando a los obreros de Tu bondad a Tu mies, en cuya siembra otros trabajaron, enviando también a otro campo, cuya cosecha será en el fin. Así concedes las oraciones del que pide, y bendices los años del justo; pero Tú eres el mismo, y en Tus años que no fallan, preparas un granero para nuestros años pasajeros. Porque Tú, por un consejo eterno, otorgas en sus debidas estaciones bendiciones celestiales sobre la tierra. Porque a uno le es dada por el Espíritu palabra de sabiduría, como si fuera la lumbrera menor: a otro, fe; a otro, el don con la luz de la verdad perspicua, como si fuera para el gobierno del día. A otro, palabra de ciencia por el mismo Espíritu, como si fuera la lumbrera menor: a otro, fe; a otro, el don de sanidades; a otro, el hacer milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas. Y todas estas cosas, como si fueran estrellas. Porque todas estas cosas las hace uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como Él quiere; y haciendo que las estrellas aparezcan manifiestamente, para provecho. Pero la palabra de ciencia, en la cual están contenidos todos los Sacramentos, que son variados en sus estaciones como si fuera la luna, y esas otras noticias de dones, que son enumeradas en orden, como si fueran estrellas, en la medida en que no alcanzan ese brillo de sabiduría, que alegra el día mencionado, son solo para el gobierno de la noche. Porque son necesarias para tales, a quienes Tu siervo más prudente no podía hablarles como a espirituales, sino como a carnales; aun él, quien habla sabiduría entre los que son perfectos. Pero el hombre natural, como si fuera un niño en Cristo y alimentado con leche, hasta que sea fortalecido para alimento sólido y su ojo sea habilitado para contemplar al Sol, no habite en una noche privada de toda luz, sino que se contente con la luz de la luna y las estrellas. Así nos hablas Tú, nuestro Dios sapientísimo, en Tu Libro, Tu firmamento; para que podamos discernir todas las cosas, en una admirable contemplación; aunque todavía en señales y en tiempos, y en días, y en años.
Pero primero, lavaos, limpiaos; quitad la maldad de vuestras almas, y de delante de mis ojos, para que aparezca la tierra seca. Aprended a hacer el bien, juzgad al huérfano, abogad por la viuda, para que la tierra pueda producir hierba verde para alimento, y el árbol que da fruto; y venid, razonemos juntos, dice el Señor, para que haya lumbreras en el firmamento del cielo, y alumbren sobre la tierra. Aquel hombre rico preguntó al buen Maestro qué debía hacer para alcanzar la vida eterna. Que el buen Maestro se lo diga (a quien él consideraba nada más que hombre; pero Él es bueno porque es Dios), que Él le diga, si quiere entrar en la vida, que debe guardar los mandamientos: que aparte de sí la amargura de la malicia y la maldad; no matar, no cometer adulterio, no hurtar, no dar falso testimonio; para que aparezca la tierra seca, y produzca la honra al padre y a la madre, y el amor al prójimo. Todo esto (dice él) lo he guardado. ¿De dónde pues tantas espinas, si la tierra es fructífera? Ve, arranca los matorrales extendidos de la codicia; vende lo que tienes, y sé colmado de fruto, dando a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y sigue al Señor si quieres ser perfecto, asociado con ellos, entre quienes Él habla sabiduría, Quien sabe qué distribuir al día, y a la noche, para que tú también puedas saberlo, y para ti pueda haber lumbreras en el firmamento del cielo; lo cual no será, a menos que tu corazón esté allí: ni eso tampoco será, a menos que allí esté tu tesoro; como has oído del buen Maestro. Pero aquella tierra estéril se entristeció; y las espinas ahogaron la palabra.
Pero vosotros, linaje escogido, vosotros débiles del mundo, que habéis dejado todo, para que sigáis al Señor; id tras Él, y confundid a los fuertes; id tras Él, vosotros pies hermosos, y resplandeced en el firmamento, para que los cielos declaren Su gloria, dividiendo entre la luz de los perfectos, aunque no como los ángeles, y las tinieblas de los pequeños, aunque no despreciados. Resplandeced sobre la tierra; y que el día, iluminado por el sol, emita al día, palabra de sabiduría; y la noche, brillando con la luna, muestre a la noche, palabra de ciencia. La luna y las estrellas brillan para la noche; sin embargo, la noche no las oscurece, puesto que le dan luz en su grado. Porque he aquí a Dios diciendo, como si fuera, Haya lumbreras en el firmamento del cielo; vino de repente un estruendo del cielo, como si fuera el recio viento que soplaba, y aparecieron lenguas repartidas como de fuego, y se asentó sobre cada uno de ellos. Y fueron hechas lumbreras en el firmamento del cielo, teniendo la palabra de vida. Corred de un lado a otro por todas partes, vosotros fuegos santos, fuegos hermosos; porque sois la luz del mundo, ni sois puestos debajo de un almud; Aquel a quien os aferráis, es exaltado, y os ha exaltado a vosotros. Corred de un lado a otro, y sed conocidos en todas las naciones.
Que el mar también conciba y produzca vuestras obras; y que las aguas produzcan seres vivientes que tienen vida. Porque vosotros, separando lo precioso de lo vil, sois hechos la boca de Dios, por quien Él dice, Produzcan las aguas, no el ser viviente que la tierra produce, sino el ser viviente que tiene vida, y las aves que vuelan sobre la tierra. Porque Tus Sacramentos, oh Dios, por el ministerio de Tus santos, se han movido entre las olas de las tentaciones del mundo, para santificar a los gentiles en Tu Nombre, en Tu Bautismo. Y entre estas cosas, muchas grandes maravillas fueron obradas, como si fueran grandes ballenas: y las voces de Tus mensajeros volando sobre la tierra, en el abierto firmamento de Tu Libro; que estando puestos sobre ellos, como su autoridad bajo la cual debían volar, dondequiera que fuesen. Porque no hay discurso ni lenguaje, donde su voz no sea oída: puesto que su sonido ha salido por toda la tierra, y sus palabras hasta el fin del mundo, porque Tú, Señor, los multiplicaste mediante la bendición.
¿Hablo falsamente, o mezclo y confundo, y no distingo entre el conocimiento lúcido de estas cosas en el firmamento del cielo, y las obras materiales en el mar ondulante, y bajo el firmamento del cielo? Porque de aquellas cosas de las cuales el conocimiento es sustancial y definido, sin ningún aumento por generación, como si fueran lumbreras de sabiduría y ciencia, sin embargo, aun de ellas, las operaciones materiales son muchas y diversas; y creciendo una cosa de otra, son multiplicadas por Tu bendición, oh Dios, que has refrescado la fastidiosidad de los sentidos mortales; para que así una cosa en el entendimiento de nuestra mente, pueda, por los movimientos del cuerpo, ser de muchas maneras expuesta y expresada. Estos Sacramentos los han producido las aguas; pero en Tu palabra. Las necesidades de los pueblos alejados de la eternidad de Tu verdad, los han producido, pero en Tu Evangelio; porque las aguas mismas los arrojaron, cuya amargura enferma fue la causa de que fueran enviados en Tu Palabra.
Ahora todas las cosas son hermosas que Tú has hecho; pero he aquí, Tú mismo eres indeciblemente más hermoso, que hiciste todo; de quien si Adán no hubiera caído, la salinidad del mar nunca habría fluído de él, es decir, el género humano tan profundamente curioso, y tempestuosamente agitado, y dando vueltas sin descanso; y entonces no habría habido necesidad de Tus dispensadores para obrar en muchas aguas, de una manera corpórea y sensible, hechos y dichos misteriosos. Porque tales me parecen significar ahora esas criaturas que se mueven y vuelan, mediante las cuales las personas siendo iniciadas y consagradas por Sacramentos corpóreos, no sacarían más provecho, a menos que su alma tuviera una vida espiritual, y a menos que después de la palabra de admisión, mirara hacia la perfección.
Y por esto, en Tu Palabra, no la profundidad del mar, sino la tierra separada de la amargura de las aguas, produce, no el ser viviente que tiene vida, sino el alma viviente. Porque ahora ya no tiene más necesidad de bautismo, como los paganos, y como ella misma tuvo, cuando estaba cubierta con las aguas; (pues no hay otra entrada al reino de los cielos, ya que Tú has designado que esta sea la entrada): ni busca la maravilla de los milagros para obrar la creencia; porque no es tal, que a menos que vea señales y prodigios, no creerá, ahora que la tierra fiel está separada de las aguas que eran amargas con la infidelidad; y las lenguas son por señal, no a los que creen, sino a los que no creen. Ni entonces esa tierra que Tú has fundado sobre las aguas, necesita esa especie voladora, que a Tu palabra las aguas produjeron. Envía Tu palabra a ella por Tus mensajeros: pues hablamos de su obrar, pero es Tú quien obras en ellos para que puedan obrar un alma viviente en ella. La tierra la produce, porque la tierra es la causa de que ellos obren esto en el alma; como el mar fue la causa de que ellos obraran sobre los seres vivientes que tienen vida, y las aves que vuelan bajo el firmamento del cielo, de quienes la tierra no tiene necesidad; aunque se alimenta de ese pez que fue tomado de la profundidad, de esa mesa que Tú has preparado en presencia de los que creen. Porque por eso fue tomado de la profundidad, para que pudiera alimentar la tierra seca; y el ave, aunque criada en el mar, es sin embargo multiplicada sobre la tierra. Porque de las primeras predicaciones de los Evangelistas, la infidelidad del hombre fue la causa; sin embargo, los fieles también son exhortados y bendecidos por ellos múltiplemente, de día en día. Pero el alma viviente toma su comienzo de la tierra: porque solo aprovecha a los que ya están entre los Fieles, el contenerse del amor de este mundo, para que así su alma pueda vivir para Ti, la cual estaba muerta mientras vivía en placeres; en placeres mortíferos, Señor, porque Tú, Señor, eres el deleite vivificante del corazón puro.
Ahora pues, que Tus ministros obren sobre la tierra, no como sobre las aguas de la infidelidad, predicando y hablando mediante milagros, y Sacramentos, y palabras místicas; en las cuales la ignorancia, la madre de la admiración, podría estar atenta a ellos, por una reverencia hacia esas señales secretas. Porque tal es la entrada a la Fe para los hijos de Adán olvidadizos de Ti, mientras se esconden de Tu rostro, y se convierten en una profundidad sombría. Pero que Tus ministros obren ahora como en tierra seca, separada de los remolinos del gran abismo: y sean un modelo para los Fieles, viviendo delante de ellos, y estimulándolos a la imitación. Porque así oyen los hombres, de modo que no solo oyen, sino que también hacen. Buscad al Señor, y vuestra alma vivirá, para que la tierra produzca el alma viviente. No os conforméis a este mundo. Conteneos de él: el alma vive evitando aquello por lo que muere al afectarlo. Conteneos de la salvaje falta de gobierno del orgullo, de la perezosa voluptuosidad del lujo, y del falso nombre de conocimiento: para que así las fieras sean domadas, el ganado acostumbrado al yugo, las serpientes, inofensivas. Porque estos son los movimientos de nuestra mente bajo una alegoría; es decir, la altivez del orgullo, el deleite de la lujuria, y el veneno de la curiosidad, son los movimientos de un alma muerta; porque el alma no muere de tal manera que pierda todo movimiento; porque muere abandonando la fuente de la vida, y así es tomada por este mundo transitorio, y es conformada a él.
Pero Tu palabra, oh Dios, es la fuente de la vida eterna; y no pasa: por tanto, esta partida del alma es restringida por Tu palabra, cuando se nos dice: No os conforméis a este mundo; para que así la tierra pueda en la fuente de la vida producir un alma viviente; es decir, un alma hecha continente en Tu Palabra, por Tus Evangelistas, siguiendo a los seguidores de Tu Cristo. Porque esto es según su género; porque el hombre suele imitar a su amigo. Sed (dice él) como yo soy, porque yo también soy como vosotros. Así, en esta alma viviente habrá bestias buenas, en mansedumbre de acción (porque Tú has mandado, Prosigue tus negocios con mansedumbre, así serás amado por todos los hombres); y ganado bueno, que ni si comen, sobreabundarán, ni, si no comen, tendrán carencia; y serpientes buenas, no peligrosas, para hacer daño, sino sabias para tener cuidado; y solo haciendo tanta búsqueda en esta naturaleza temporal, como pueda bastar para que la eternidad sea claramente vista, siendo entendida por las cosas que son hechas. Porque estas criaturas son obedientes a la razón, cuando siendo restringidas de prevalecer mortalmente sobre nosotros, viven, y son buenas.
Porque he aquí, oh Señor, nuestro Dios, nuestro Creador, cuando nuestros afectos han sido restringidos del amor del mundo, por el cual morimos mediante el mal vivir; y comenzamos a ser un alma viviente, mediante el buen vivir; y Tu palabra que hablaste por Tu apóstol, se hace realidad en nosotros, No os conforméis a este mundo: sigue eso también, que Tú añadiste inmediatamente, diciendo, Mas transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento; no ahora según vuestro género, como si siguierais a vuestro prójimo que fue antes de vosotros, ni como viviendo según el ejemplo de algún hombre mejor (porque no dijiste, "Sea hecho el hombre según su género", sino, Hagamos al hombre a nuestra propia imagen y semejanza), para que pudiéramos probar cuál es Tu voluntad. Porque con este propósito dijo aquel dispensador Tuyo (que engendró hijos por el Evangelio), para que no los tuviera por siempre niños, a quienes debía alimentar con leche, y cuidar como una nodriza; transformaos (dice él) por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. Por tanto, no dices, "Sea hecho el hombre", sino Hagamos al hombre. Ni dijiste, "según su género"; sino, a nuestra imagen y semejanza. Porque el hombre, siendo renovado en su mente, y contemplando y entendiendo Tu verdad, no necesita del hombre como su director, de modo que siga según su género; sino que por Tu dirección comprueba cuál es esa buena, agradable y perfecta voluntad Tuya: sí, Tú le enseñas, ahora hecho capaz, a discernir la Trinidad de la Unidad, y la Unidad de la Trinidad. Por tanto, a eso dicho en plural, Hagamos al hombre, es sin embargo añadido en singular, Y Dios creó al hombre: y a eso dicho en plural, A nuestra semejanza, es añadido en singular, A la imagen de Dios. Así es el hombre renovado en el conocimiento de Dios, a imagen de Aquel que lo creó: y siendo hecho espiritual, juzga todas las cosas (todas las cosas que deben ser juzgadas), pero él mismo no es juzgado por nadie.
Pero que juzgue todas las cosas, esto responde a que tenga dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo, y sobre todo el ganado y las fieras, y sobre toda la tierra, y sobre todo animal que se arrastra sobre la tierra. Porque esto lo hace por el entendimiento de su mente, mediante el cual percibe las cosas del Espíritu de Dios; mientras que de otro modo, el hombre puesto en honra, no tenía entendimiento, y es comparado a las bestias brutas, y se ha hecho semejante a ellas. En Tu Iglesia por tanto, oh Dios nuestro, según Tu gracia que has derramado sobre ella (porque somos hechura Tuya creados para buenas obras), no solo los que están espiritualmente puestos sobre otros, sino también los que espiritualmente están sujetos a aquellos que están puestos sobre ellos—porque de este modo hiciste al hombre varón y hembra, en Tu gracia espiritual, donde, según el sexo del cuerpo, no hay varón ni hembra, porque no hay judío ni griego, ni siervo ni libre—. Las personas espirituales (ya sean las que están puestas sobre otros, o las que obedecen); juzgan espiritualmente; no de ese conocimiento espiritual que brilla en el firmamento (porque no deben juzgar sobre tan suprema autoridad), ni pueden juzgar sobre Tu Libro mismo, aun cuando algo allí no brille claramente; porque sometemos nuestro entendimiento a él, y sostenemos por cierto, que aun lo que está cerrado a nuestra vista, es sin embargo justa y verdaderamente hablado. Porque así el hombre, aunque ahora espiritual y renovado en el conocimiento de Dios a imagen de Aquel que lo creó, debe ser hacedor de la ley, no juez. Ni juzga sobre esa distinción de hombres espirituales y carnales, que son conocidos ante Tus ojos, oh Dios nuestro, y no se han revelado todavía a nosotros por obras, para que por sus frutos pudiéramos conocerlos: pero Tú, Señor, los conoces aun ahora, y los has dividido y llamado en secreto, antes de que el firmamento fuera hecho. Ni juzga, aunque sea espiritual, al pueblo inquieto de este mundo; porque ¿qué tiene él que ver con juzgar a los que están fuera, no sabiendo cuál de ellos vendrá en adelante a la dulzura de Tu gracia; y cuál continuará en la amargura perpetua de la impiedad?
Por consiguiente, el hombre, a quien Tú has hecho a Tu propia imagen, no recibió dominio sobre las luces del cielo, ni sobre ese cielo oculto en sí mismo, ni sobre el día y la noche, a los cuales llamaste antes de los fundamentos del cielo, ni sobre la congregación de las aguas, que es el mar; sino que recibió dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves del aire, y sobre todo ganado, y sobre toda la tierra, y sobre todos los reptiles que se arrastran sobre la tierra. Porque él juzga y aprueba lo que encuentra recto, y desaprueba lo que encuentra errado, ya sea en la celebración de aquellos Sacramentos por los cuales son iniciados aquellos a quienes Tu misericordia busca en muchas aguas: o en aquel, en el cual ese Pez es expuesto, que, sacado de lo profundo, la devota tierra se alimenta de él: o en las expresiones y signos de las palabras, sujetos a la autoridad de Tu Libro, tales signos, como los que proceden de la boca y resuenan, volando por así decirlo bajo el firmamento, al interpretar, exponer, disertar, disputar, consagrar o rogarte a Ti, de modo que el pueblo pueda responder, Amén. La pronunciación vocal de todas estas palabras es ocasionada por lo profundo de este mundo, y por la ceguera de la carne, que no puede ver los pensamientos; de modo que hay necesidad de hablar en voz alta a los oídos; de modo que, aunque las aves voladoras se multipliquen sobre la tierra, sin embargo, derivan su principio de las aguas. El hombre espiritual juzga también aprobando lo que es recto, y desaprobando lo que encuentra errado, en las obras y vidas de los fieles; sus limosnas, como si la tierra diera fruto, y del alma viviente, que vive mediante la doma de los afectos, en castidad, en ayuno, en santas meditaciones; y de aquellas cosas que son percibidas por los sentidos del cuerpo. Sobre todas estas cosas se dice ahora que él juzga, en lo cual tiene también poder de corrección.
Pero, ¿qué es esto, y qué clase de misterio es? He aquí, Tú bendices al género humano, oh Señor, para que crezcan y se multipliquen, y llenen la tierra; ¿no nos das con ello una pista para entender algo? ¿Por qué no bendijiste también la luz, a la que llamaste día; ni el firmamento del cielo, ni las luces, ni las estrellas, ni la tierra, ni el mar? Podría decir que Tú, oh Dios, que nos creaste a Tu Imagen, podría decir que fue de Tu agrado otorgar esta bendición peculiarmente al hombre; si no hubieras bendecido de igual manera a los peces y a las ballenas, para que crecieran y se multiplicaran, y llenaran las aguas del mar, y para que las aves se multiplicaran sobre la tierra. Podría decir, asimismo, que esta bendición pertenecía propiamente a tales criaturas, que son criadas de su propia especie, si hubiera encontrado que se daba a los árboles frutales, y a las plantas, y a las bestias de la tierra. Pero ahora, ni a las hierbas, ni a los árboles, ni a las bestias, ni a las serpientes se les dice: Creced y multiplicaos; a pesar de que todas ellas, así como los peces, las aves o los hombres, aumentan por generación y continúan su especie.
¿Qué diré entonces, oh Verdad, mi Luz? ¿"que fue dicho ociosamente, y sin significado"? No sea así, oh Padre de piedad, lejos esté de un ministro de Tu palabra decir tal cosa. Y si no entiendo lo que quieres decir con esa frase, que mis superiores, es decir, aquellos de mayor entendimiento que yo, hagan mejor uso de ella, conforme a lo que Tú, mi Dios, has dado a cada hombre para entender. Pero que mi confesión sea también agradable ante Tus ojos, en la cual Te confieso, que creo, oh Señor, que no hablaste así en vano; ni suprimiré lo que esta lección me sugiere. Pues es verdad, y no veo qué debería impedirme entender así los dichos figurados de Tu Biblia. Porque sé que una cosa es significada de múltiples maneras por expresiones corporales, que es entendida de una sola manera por la mente; y que lo que es entendido de muchas maneras en la mente, es significado de una sola manera por la expresión corporal. He aquí, el amor único de Dios y de nuestro prójimo, por cuántos múltiples sacramentos, e innumerables lenguas, y en cada lengua, en cuántos innumerables modos de hablar, es expresado corporalmente. Así crecen y se multiplican los descendientes de las aguas. Observa de nuevo, tú que lees esto; he aquí, lo que la Escritura entrega, y la voz pronuncia de una sola manera, En el principio creó Dios los cielos y la tierra; ¿no es entendido de múltiples maneras, no a través de ningún engaño de error, sino por varios tipos de sentidos verdaderos? Así crecen y se multiplican los descendientes del hombre.
Si, por tanto, concebimos las naturalezas de las cosas mismas, no alegóricamente, sino propiamente, entonces la frase creced y multiplicaos, conviene a todas las cosas que provienen de semilla. Pero si tratamos las palabras como dichas figuradamente (lo cual supongo que es el propósito de la Escritura, que, seguramente, no atribuye superfluamente esta bendición solo a la descendencia de los animales acuáticos y al hombre); entonces encontramos que la "multitud" pertenece tanto a las criaturas espirituales como a las corporales, como en el cielo y la tierra; y a los justos e injustos, como en la luz y la oscuridad; y a los autores santos que han sido los ministros de la Ley para nosotros, como en el firmamento que está asentado entre las aguas y las aguas; y a la sociedad de personas aún en la amargura de la infidelidad, como en el mar; y al celo de las almas santas, como en la tierra seca; y a las obras de misericordia pertenecientes a esta vida presente, como en las hierbas que dan semilla, y en los árboles que dan fruto; y a los dones espirituales expuestos para la edificación, como en las luces del cielo; y a los afectos formados hacia la templanza, como en el alma viviente. En todos estos casos encontramos multitudes, abundancia y aumento; pero lo que de tal manera aumentará y se multiplicará que una sola cosa pueda ser expresada de muchas maneras, y una expresión entendida de muchas maneras; no lo encontramos, excepto en signos expresados corporalmente, y en cosas concebidas mentalmente. Por los signos pronunciados corporalmente entendemos las generaciones de las aguas, necesariamente ocasionadas por la profundidad de la carne; por las cosas concebidas mentalmente, las generaciones humanas, debido a la fecundidad de la razón. Y con este fin creemos que Tú, Señor, has dicho a estas especies: Creced y multiplicaos. Porque en esta bendición, concibo que nos has concedido un poder y una facultad, tanto para expresar de varias maneras lo que entendemos de una sola; como para entender de varias maneras, lo que leemos que ha sido entregado oscuramente de una sola manera. Así se llenan las aguas del mar, que no se mueven sino por diversas significaciones: así con el aumento humano se llena también la tierra, cuya sequedad aparece en su anhelo, y la razón gobierna sobre ella.
También diré, oh Señor Dios mío, lo que la siguiente Escritura me recuerda; sí, lo diré, y no temeré. Porque diré la verdad, inspirándome Tú mismo con lo que quisiste que yo entregara de aquellas palabras. Pero por ninguna otra inspiración que la Tuya, creo hablar verdad, viendo que Tú eres la Verdad, y todo hombre mentiroso. Por tanto, el que habla mentira, habla de lo suyo; para que yo pueda hablar verdad, hablaré de lo Tuyo. He aquí, nos has dado por alimento toda hierba que da semilla que está sobre toda la tierra; y todo árbol, en el cual está el fruto de un árbol que da semilla. Y no solo a nosotros, sino también a todas las aves del aire, y a las bestias de la tierra, y a todos los reptiles; pero a los peces y a las grandes ballenas, no se los has dado. Ahora bien, dijimos que por estos frutos de la tierra eran significadas, y figuradas en una alegoría, las obras de misericordia que son provistas para las necesidades de esta vida a partir de la tierra fructífera. Tal tierra fue el devoto Onesíforo, a cuya casa diste misericordia, porque refrescó a menudo a Tu Pablo, y no se avergonzó de sus cadenas. Así hicieron también los hermanos, y tal fruto llevaron, quienes desde Macedonia suplieron lo que le faltaba. Pero cómo se afligió él por algunos árboles, que no le dieron el fruto debido, donde dice: En mi primera defensa nadie estuvo conmigo, sino que todos me abandonaron. Ruego a Dios que no les sea tomado en cuenta. Porque estos frutos son debidos a quienes nos administran la doctrina espiritual a partir de su comprensión de los divinos misterios; y les son debidos, como hombres; sí, y les son debidos también, como alma viviente, que se da a sí misma como ejemplo, en toda continencia; y les son debidos también, como criaturas voladoras, por sus bendiciones que son multiplicadas sobre la tierra, porque su sonido salió por todas las tierras.
Pero son alimentados por estos frutos, los que se deleitan con ellos; ni se deleitan con ellos, aquellos cuyo dios es su vientre. Porque ni en los que los dan, son las cosas dadas el fruto, sino con qué mente las dan. Por tanto, el que sirvió a Dios, y no a su propio vientre, veo claramente por qué se alegró; lo veo, y me alegro con él. Porque había recibido de los filipenses, lo que ellos habían enviado por Epafrodito a él: y sin embargo percibo por qué se alegró. Porque de aquello en lo que se alegró, de eso se alimentó; pues, hablando en verdad, me alegré, dice él, en gran manera en el Señor, de que ya al fin vuestro cuidado por mí ha florecido de nuevo, en lo cual también estabais preocupados, pero os había faltado oportunidad. Estos filipenses entonces se habían secado, con una larga fatiga, y marchitado por así decir en cuanto a dar este fruto de una buena obra; y él se alegra por ellos, de que florecieron de nuevo, no por sí mismo, de que suplieran sus necesidades. Por tanto añade él: no lo digo en cuanto a penuria, pues he aprendido a contentarme con lo que tengo, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, tanto a estar saciado como a tener hambre; tanto a tener abundancia como a padecer necesidad. Todo lo puedo en Aquel que me fortalece.
¿De qué te alegras entonces, oh gran Pablo? ¿De qué te alegras? ¿De qué te alimentas, oh hombre, renovado en el conocimiento de Dios, a imagen de Aquel que te creó, alma viviente, de tanta continencia, lengua como aves voladoras, hablando misterios? (pues a tales criaturas es debido este alimento); ¿qué es lo que te alimenta? el gozo. Oigamos lo que sigue: sin embargo, bien hicisteis en participar en mi aflicción. De esto se alegra, de esto se alimenta; porque ellos habían hecho bien, no porque su estrechez fuera aliviada, él quien Te dice: Tú me has ensanchado cuando estaba en angustia; porque él sabía tener abundancia, y padecer necesidad, en Ti Quien lo fortalece. Porque también vosotros, filipenses, sabéis, dice él, que al principio del Evangelio, cuando partí de Macedonia, ninguna Iglesia participó conmigo en razón de dar y recibir, sino vosotros solos. Porque aun en Tesalónica enviasteis una y otra vez para mi necesidad. De estas buenas obras, él ahora se alegra de que hayan regresado; y se alegra de que florecieron de nuevo, como cuando un campo fructífero reanuda su verdor.
¿Fue por sus propias necesidades, porque dijo: Enviasteis para mi necesidad? ¿Se alegra por eso? Verdaderamente no por eso. Pero, ¿cómo sabemos esto? Porque él mismo dice inmediatamente: no porque busque el don, sino que busco el fruto. He aprendido de Ti, mi Dios, a distinguir entre un don, y el fruto. Un don, es la cosa misma que da quien nos imparte estas necesidades; como dinero, comida, bebida, ropa, refugio, ayuda: pero el fruto, es la buena y recta voluntad del dador. Porque el Buen Maestro no dijo solo: El que recibe a un profeta, sino que añadió: en nombre de profeta: ni dijo solo: El que recibe a un justo, sino que añadió: en nombre de justo. Así verdaderamente recibirá el uno la recompensa de profeta, el otro, la recompensa de justo: ni dice solo: El que diere un vaso de agua fría a uno de mis pequeños; sino que añadió: en nombre de discípulo: y así concluye: De cierto os digo, no perderá su recompensa. El don es, recibir a un profeta, recibir a un justo, dar un vaso de agua fría a un discípulo: pero el fruto, hacer esto en nombre de profeta, en nombre de justo, en nombre de discípulo. Con fruto fue alimentado Elías por la viuda que sabía que alimentaba a un hombre de Dios, y por tanto lo alimentó: pero por el cuervo fue alimentado con un don. Ni el hombre interior de Elías fue así alimentado, sino solo el exterior; el cual podría también haber perecido por falta de ese alimento.
Diré entonces lo que es verdad ante Tus ojos, oh Señor, que cuando los hombres carnales e infieles (para cuya ganancia e iniciación, los Sacramentos iniciatorios y los poderosos obres de milagros son necesarios, que suponemos significados por el nombre de peces y ballenas) emprenden el refrigerio corporal, o de otro modo socorren a Tu siervo con algo útil para esta vida presente; mientras que ellos ignoran por qué debe hacerse esto, y con qué fin; ni alimentan a estos, ni son estos alimentados por ellos; porque ni los unos lo hacen por una intención santa y recta; ni los otros se alegran de sus dones, cuyo fruto aún no ven. Porque de aquello se alimenta la mente, de lo cual se alegra. Y por eso no se alimentan los peces y las ballenas de tales manjares, como la tierra no produce hasta después de que fue separada y dividida de la amargura de las olas del mar.
Y Tú, oh Dios, viste todo lo que habías hecho, y, he aquí, era muy bueno. Sí, nosotros también vemos lo mismo, y he aquí, todas las cosas son muy buenas. De las diversas clases de Tus obras, cuando dijiste "sean", y fueron, viste cada una que era buena. Siete veces he contado que está escrito, que viste que lo que hacías era bueno: y esta es la octava, que viste todo lo que habías hecho, y, he aquí, era no solo bueno, sino también muy bueno, siendo ahora todo en conjunto. Porque por separado, eran solo buenas; pero en conjunto, tanto buenas, como muy buenas. Todos los cuerpos hermosos expresan lo mismo; debido a que un cuerpo que consiste en miembros todos hermosos, es mucho más hermoso que los mismos miembros por sí solos, por cuya mezcla bien ordenada el todo es perfeccionado; a pesar de que los miembros por separado sean también hermosos.
Y miré atentamente para encontrar, si siete, u ocho veces viste que Tus obras eran buenas, cuando Te agradaban; pero en Tu ver no encontré tiempos, mediante los cuales pudiera entender que viste tantas veces, lo que hacías. Y dije: "Señor, ¿no es verdadera esta Tu Escritura, ya que Tú eres verdadero, y siendo la Verdad, la has expuesto? ¿Por qué entonces me dices: 'que en Tu ver no hay tiempos'; mientras que esta Tu Escritura me dice, que lo que hacías cada día, veías que era bueno: y cuando los conté, encontré cuántas veces'". A esto me respondes, pues Tú eres mi Dios, y con voz fuerte le dices a Tu siervo en su oído interior, rompiendo mi sordera y gritando: "Oh hombre, lo que Mi Escritura dice, Yo lo digo: y sin embargo, eso habla en el tiempo; pero el tiempo no tiene relación con Mi Palabra; porque Mi Palabra existe en igual eternidad conmigo. Así las cosas que veis a través de Mi Espíritu, Yo las veo; así como lo que decís por Mi Espíritu, Yo lo digo. Y así, cuando veis esas cosas en el tiempo, Yo no las veo en el tiempo; como cuando decís en el tiempo, Yo no las digo en el tiempo".
Y oí, oh Señor Dios mío, y bebí una gota de dulzura de Tu verdad, y entendí, que hay ciertos hombres que desaprueban Tus obras; y dicen, que muchas de ellas las hiciste, obligado por la necesidad; tales como la fábrica de los cielos, y la armonía de las estrellas; y que no las hiciste de lo que era Tuyo, sino que fueron creadas en otra parte y de otras fuentes, para que Tú las reunieras y compactaras y combinaras, cuando de Tus enemigos conquistados levantaste los muros del universo; para que ellos, atados por la estructura, no pudieran de nuevo rebelarse contra Ti. De otras cosas, dicen que ni las hiciste, ni siquiera las compactaste, tales como toda carne y todas las criaturas muy diminutas, y lo que sea que tenga su raíz en la tierra; sino que una mente enemistada contigo, y otra naturaleza no creada por Ti, y contraria a Ti, engendró y formó estas cosas en estas etapas inferiores del mundo. Frenéticos son los que dicen esto, porque no ven Tus obras por Tu Espíritu, ni Te reconocen en ellas.
Pero los que por Tu Espíritu ven estas cosas, Tú los ves en ellos. Por tanto, cuando ven que estas cosas son buenas, Tú ves que son buenas; y cualesquiera cosas que por amor a Ti agradan, Tú Te complaces en ellas, y lo que a través de Tu Espíritu nos agrada, ellos Te agradan en nosotros. Porque, ¿qué hombre sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre, que está en él? Así también las cosas de Dios nadie las conoce, sino el Espíritu de Dios. Ahora nosotros (dice él) hemos recibido, no el espíritu de este mundo, sino el Espíritu que es de Dios, para que conozcamos las cosas que nos han sido gratuitamente dadas por Dios. Y soy amonestado: "Verdaderamente las cosas de Dios nadie las conoce, sino el Espíritu de Dios: ¿cómo entonces conocemos nosotros también, qué cosas nos son dadas por Dios?" Se me da respuesta: "porque las cosas que conocemos por Su Espíritu, aun estas nadie las conoce, sino el Espíritu de Dios. Porque así como se dice correctamente a aquellos que habrían de hablar por el Espíritu de Dios: no sois vosotros los que habláis: así se dice correctamente a aquellos que conocen a través del Espíritu de Dios: 'No sois vosotros los que conocéis'. Y no menos entonces se dice correctamente a aquellos que ven a través del Espíritu de Dios: 'No sois vosotros los que veis'; así, cualquier cosa que a través del Espíritu de Dios ven que es buena, no son ellos, sino Dios quien ve que es buena". Una cosa es, pues, que un hombre piense que es malo lo que es bueno, como los ya nombrados; otra, que lo que es bueno, un hombre deba ver que es bueno (como Tus criaturas son agradables a muchos, porque son buenas, a quienes sin embargo Tú no les agradas en ellas, cuando prefieren gozar de ellas, antes que de Ti); y otra, que cuando un hombre ve una cosa que es buena, Dios deba en él ver que es buena, de tal modo, a saber, que Él deba ser amado en aquello que hizo, Quien no puede ser amado, sino por el Espíritu Santo que Él ha dado. Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado: por Quien vemos que todo lo que en algún grado es, es bueno. Porque de Él es, quien Él mismo no es en grado, sino lo que Él Es, Es.
Gracias a Ti, oh Señor. Contemplamos el cielo y la tierra, ya sea la parte corpórea, superior e inferior, o la criatura espiritual y corpórea; y en el adorno de estas partes, de las cuales consiste el conjunto universal del mundo, o mejor dicho, la creación universal, vemos la luz hecha y separada de las tinieblas. Vemos el firmamento del cielo, ya sea ese cuerpo primario del mundo, entre las aguas superiores espirituales y las aguas inferiores corpóreas, o (puesto que esto también es llamado cielo) este espacio de aire a través del cual vagan las aves del cielo, entre aquellas aguas que son llevadas en vapores sobre ellas y en las noches despejadas destilan en rocío; y aquellas aguas más pesadas que fluyen a lo largo de la tierra. Contemplamos una faz de aguas reunidas en los campos del mar; y la tierra seca, vacía y formada de tal modo que sea visible y armonizada, sí, y la materia de las hierbas y los árboles. Contemplamos las luces brillando desde lo alto, el sol para bastar al día, la luna y las estrellas para alegrar la noche; y que por todas ellas, los tiempos deban ser marcados y significados. Contemplamos por todas partes un elemento húmedo, lleno de peces, bestias y aves; porque la densidad del aire, que sostiene el vuelo de las aves, se espesa por la exhalación de las aguas. Contemplamos la faz de la tierra adornada con criaturas terrenales, y al hombre, creado a Tu imagen y semejanza, aun a través de esa Tu misma imagen y semejanza (esto es, el poder de la razón y el entendimiento), puesto sobre todas las criaturas irracionales. Y como en su alma hay un poder que tiene dominio dirigiendo, y otro hecho sujeto, para que obedezca; así fue hecha para el hombre, corpóreamente también, una mujer, quien en la mente de su entendimiento razonable debería tener paridad de naturaleza, pero en el sexo de su cuerpo debería estar de igual manera sujeta al sexo de su marido, como el apetito de hacer es propenso a concebir la habilidad de hacer el bien a partir de la razón de la mente. Estas cosas contemplamos, y son individualmente buenas, y en conjunto muy buenas.
Que Tus obras Te alaben, para que podamos amarte; y amémonos a Ti, para que Tus obras puedan alabarte, las cuales desde el tiempo tienen principio y fin, salida y puesta, crecimiento y decadencia, forma y privación. Tienen, pues, su sucesión de mañana y tarde, en parte secretamente, en parte aparentemente; pues fueron hechas de la nada, por Ti, no de Ti; no de materia alguna que no fuera Tuya, o que existiera antes, sino de materia concreada (esto es, al mismo tiempo creada por Ti), porque a su estado sin forma, Tú, sin intervalo alguno de tiempo, le diste forma. Pues viendo que la materia del cielo y la tierra es una cosa, y la forma otra, hiciste la materia de la nada absoluta, pero la forma del mundo a partir de la materia sin forma: mas ambas juntas, de modo que la forma siguiera a la materia, sin intervalo alguno de demora.
Hemos examinado también lo que quisiste que fuera prefigurado, ya sea por la creación o por la relación de las cosas en tal orden. Y hemos visto que las cosas singularmente son buenas, y juntas muy buenas, en Tu Verbo, en Tu Unigénito, tanto el cielo como la tierra, la Cabeza y el cuerpo de la Iglesia, en Tu predestinación antes de todos los tiempos, sin mañana ni tarde. Pero cuando comenzaste a ejecutar en el tiempo las cosas predestinadas, para que pudieras revelar las cosas ocultas y rectificar nuestros desórdenes; pues nuestros pecados se cernían sobre nosotros, y nos habíamos hundido en el profundo abismo; y Tu buen Espíritu era llevado sobre nosotros, para ayudarnos en el tiempo debido; y justificaste a los impíos, y los separaste de los malvados; y hiciste el firmamento de la autoridad de Tu Libro entre aquellos colocados arriba, que habían de ser dóciles a Ti, y aquellos debajo, que habían de estar sujetos a ellos: y reuniste la sociedad de los incrédulos en una sola conspiración, para que el celo de los fieles pudiera aparecer, y pudieran producir obras de misericordia, distribuyendo a los pobres sus riquezas terrenales, para obtener las celestiales. Y después de esto, encendiste ciertas luces en el firmamento, Tus santos, que tienen la palabra de vida; y brillando con una autoridad eminente puesta en lo alto a través de dones espirituales; después de eso, de nuevo, para la iniciación de los gentiles incrédulos, produjiste de la materia corpórea los Sacramentos, y milagros visibles, y formas de palabras conforme al firmamento de Tu Libro, por los cuales los fieles debían ser bendecidos y multiplicados. A continuación formaste el alma viviente de los fieles, a través de afectos bien ordenados por el vigor de la continencia: y después de eso, la mente sujeta a Ti solo y sin necesidad de imitar autoridad humana alguna, la renovaste a Tu imagen y semejanza; y sujetaste sus acciones racionales a la excelencia del entendimiento, como la mujer al hombre; y a todos los Oficios de Tu Ministerio, necesarios para la perfección de los fieles en esta vida, quisiste que, para sus usos temporales, se dieran por los mismos fieles cosas buenas, fructíferas para ellos en el tiempo venidero. Todas estas cosas vemos, y son muy buenas, porque Tú las ves en nosotros, que nos has dado Tu Espíritu, por el cual pudiéramos verlas, y en ellas amarte a Ti.
Oh Señor Dios, danos la paz: (pues Tú nos has dado todas las cosas;) la paz del reposo, la paz del Sabbat, que no tiene tarde. Pues todo este hermosísimo despliegue de cosas muy buenas, habiendo terminado sus cursos, ha de pasar, porque en ellas hubo mañana y tarde.
Pero el séptimo día no tiene tarde, ni tiene puesta; porque Tú lo has santificado para una continuación eterna; para que aquello que hiciste después de Tus obras que fueron muy buenas, descansando el séptimo día, aunque las hiciste en descanso ininterrumpido, eso pueda la voz de Tu Libro anunciar de antemano a nosotros, que nosotros también después de nuestras obras (por tanto muy buenas, porque Tú nos las has dado), descansaremos en Ti también en el Sabbat de la vida eterna.
Porque entonces descansarás en nosotros, como ahora obras en nosotros; y así será ese Tu descanso a través de nosotros, como estas son Tus obras a través de nosotros. Pero Tú, Señor, siempre obras, y siempre estás en reposo. Ni ves en el tiempo, ni eres movido en el tiempo, ni descansas en un tiempo; y sin embargo haces las cosas que son vistas en el tiempo, sí, los tiempos mismos, y el reposo que resulta del tiempo.
Nosotros, por tanto, vemos estas cosas que hiciste, porque son: pero ellas son, porque Tú las ves. Y vemos por fuera que son, y por dentro que son buenas, pero Tú las viste allí, cuando fueron hechas, donde las viste aun antes de ser hechas. Y nosotros fuimos en un tiempo posterior movidos a hacer el bien, después de que nuestros corazones hubieron concebido de Tu Espíritu; pero en el tiempo anterior fuimos movidos a hacer el mal, abandonándote a Ti; pero Tú, el Único, el Dios Bueno, nunca cesaste de hacer el bien. Y nosotros también tenemos algunas buenas obras, de Tu don, pero no eternas; después de ellas confiamos descansar en Tu gran santificación. Pero Tú, siendo el Bien que no necesita de bien alguno, siempre estás en reposo, porque Tu descanso eres Tú mismo. ¿Y qué hombre puede enseñar a otro hombre a entender esto? ¿O qué Ángel a un Ángel? ¿O qué Ángel a un hombre? Que se le pida a Ti, que se busque en Ti, que se llame a Tu puerta; así, así será recibido, así será hallado, así será abierto. Amén.