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The Czar's Spy: The Mystery of a Silent Love

by William Le Queux · in Spanish

EL ESPÍA DEL ZAR

El misterio de un amor silencioso

Por el CABALLERO WILLIAM LE QUEUX Autor de «El libro cerrado», etcétera.

1905.

CONTENIDO

CAPÍTULO

I. AL SERVICIO DE SU MAJESTAD BRITÁNICA

II. POR QUÉ SE ABRIÓ LA CAJA FUERTE

III. LA CASA «AL OTRO LADO DEL AGUA»

IV. EN EL QUE EL MISTERIO AUMENTA

V. CONTIENE CIERTAS CONFIDENCIAS

VI. LA REUNIÓN DE LAS NUBES

VII. CONTIENE UNA SORPRESA

VIII. LA RECLAMACIÓN DE LA VIDA

IX. SE HACEN EXTRAÑAS REVELACIONES

X. MUESTRO MIS CARTAS

XI. EL CASTILLO DEL TERROR

XII. «EL ESTRANGULADOR»

XIII. UN JUEGO DOBLE Y SUS CONSECUENCIAS

XIV. SU ALTEZA ES INQUISITIVA

XV. JUSTO AL LADO DEL STRAND

XVI. HOMBRES MARCADOS

XVII. LA VERDAD SOBRE EL «LOLA»

XVIII. CONTIENE LA HISTORIA DE ELMA

CONCLUSIÓN

CAPÍTULO I

AL SERVICIO DE SU MAJESTAD BRITÁNICA

—Hubo un asunto misterioso anoche, signore.

—¡Oh! —exclamé—. ¿Algo que nos interese?

—Sí, signore —respondió el alto y delgado empleado consular italiano, hablando con un marcado acento—. Un yate de vapor inglés encalló en la Meloria a unas diez millas de la costa, y fue descubierto por un barco pesquero que trajo la noticia al puerto. El almirante envió dos torpederos que consiguieron, tras muchas dificultades, llevar el yate a puerto sin novedad, pero el Capitán de Puerto sospecha que la tripulación intentaba deshacerse del navío.

—¿Perderlo, quiere decir?

El fiel Francesco, cuyo inglés había sido adquirido principalmente de gente de mar y no era el vocabulario más selecto, asintió y, buen toscano como era, se llevó el dedo a los labios cerrados, indicativo de silencio.

—Suena curioso —observé—. Desde que el cónsul se fue de vacaciones las cosas parecen haber estado movidas: dos reyertas a navajazos, ocho marineros borrachos encerrados, un motín en un carguero y ahora un yate que naufraga... ¡una lista bastante decente! ¡Y aun así, algunas personas que se quedan en casa se quejan de que a los cónsules británicos solo se les paga para ser ornamentales! Deberían pasar una semana aquí, en Livorno, y pronto cambiarían de opinión.

—Sí, lo harían, signore —respondió el viejo de rostro enjuto con una sonrisa, mientras se retorcía su feroz bigote gris. Francesco Carducci era un personaje muy conocido en Livorno; intérprete del Consulado y guardián de una casa de marineros, un hombre honesto, de buen corazón y carácter tranquilo, que durante veinte años había ocupado el mismo puesto bajo media docena de cónsules diferentes. En ese momento, sin embargo, provino de la oficina exterior un gemido prolongado.

—Hola, ¿qué es eso? —pregunté, sobresaltado.

—Solo un fogonero loco del Oleander, signore. El capitán lo ha traído para que usted lo vea. Quieren enviarlo de vuelta con sus amigos en Newcastle.

—¡Oh! ¡Un caso de locura! —exclamé—. Será mejor que el doctor Ridolfi lo vea. No soy experto en enfermedades mentales.

Mi viejo amigo Frank Hutcheson, vicecónsul de Su Majestad Británica en el puerto de Livorno, estaba de vacaciones en Inglaterra, y sus funciones habían quedado relegadas al joven Bertram Cavendish, el procónsul. Este último, sin embargo, había caído con un fuerte ataque de malaria que contrajo en la mortal Maremma, y a mí, como único otro inglés en Livorno, el cónsul general en Florencia me había pedido que actuara como procónsul hasta el regreso de Hutcheson.

Era mediados de julio y el tiempo era abrasador en la deslumbrante ciudad mediterránea blanqueada por el sol. Si usted conoce Livorno, probablemente conozca el Consulado con su escudo negro y amarillo en el exterior, una suite grande y hermosa de oficinas inmensas y aireadas frente a la catedral, que dominan la plaza principal, la cual es tan grande como Trafalgar Square y mucho más pintoresca. La leyenda pintada en la puerta, «Horario de oficina, de 10 a 3», y las persianas verdes cerradas contra el sol abrasador dan una idea de un cargo fácil, pero ese ciertamente no es el caso, pues la vida de un cónsul en un puerto de descarga debe ser necesariamente muy activa y sus deberes nunca terminan.

Carducci me había dejado con la correspondencia durante media hora más o menos, y confieso que no estaba de humor para escribir respuestas en aquel calor sofocante; por lo tanto, me senté en la gran mesa del cónsul, fumando un cigarrillo y estirado perezosamente en la silla de mi amigo, resuelto a escapar al frescor de Inglaterra tan pronto como él regresara la semana siguiente. Italia está muy bien durante nueve meses al año, pero Livorno no es lugar para un inglés a mediados de julio. Mis pensamientos vagaban hacia los lagos ingleses y un poco de caza de urogallos con mi tío en Escocia, cuando el fiel Francesco volvió a entrar diciendo:

—He enviado al capitán y a su loco hasta esta tarde, signore. Pero hay un signore inglés esperando para verle.

—¿Quién es?

—No lo conozco. No quiere dar su nombre, pero desea ver al Signor Console.

—Está bien, hazlo pasar —dije perezosamente, y pocos momentos después entró un inglés alto, vestido con elegancia y de mediana edad, con un traje de yate de sarga azul marino, e inclinándose, preguntó si yo era el cónsul británico.

Cuando se hubo sentado, le expliqué mi posición, ante lo cual dijo:

—No pude entender mucho a su empleado. Habla con mucho acento y no sé ni una palabra de italiano. Pero tal vez debería presentarme primero. Mi nombre es Philip Hornby —y me entregó una tarjeta que llevaba el nombre con las direcciones «Woodcroft Park, Somerset ------ Brook's». Luego añadió—: Estoy navegando a bordo de mi yate, el Lola, y anoche desgraciadamente encallamos en la Meloria. Tengo un nuevo capitán al que contraté hace unos meses y parece un tonto rematado. Afortunadamente para nosotros, un barco pesquero vio nuestra situación y dio la alarma en el puerto. El almirante envió dos torpederos y un remolcador, y tras unas tres horas consiguieron sacarnos.

—¿Y ahora están en el puerto?

—Sí. Pero la razón por la que he venido es para pedirle que me haga el favor de escribirme una carta de agradecimiento en italiano al almirante, y otra al capitán del puerto; cartas educadas que pueda copiar y enviarles. Usted ya sabe el tipo de cosas.

—Ciertamente —respondí, más interesado en él debido a la curiosa sospecha que las autoridades portuarias parecían tener. Evidentemente era un caballero y, después de haber estado con él diez minutos, descarté la idea de que hubiera intentado deshacerse del Lola.

Tomé un par de hojas de papel y garabateé los borradores de dos cartas redactadas con la fraseología más elegante, como es costumbre al dirigirse a los funcionarios italianos.

—Afortunadamente dejé a mi esposa en Inglaterra, o se habría asustado terriblemente —comentó al poco tiempo—. Había un viento desagradable soplando toda la noche, y el tonto del capitán parecía aumentar nuestro peligro con cada orden que daba.

—¿Está solo, entonces?

—Tengo un amigo conmigo —fue la respuesta.

—¿Y cuántos de la tripulación hay?

—Dieciséis, en total.

—Ingleses, supongo.

—No todos. Encuentro que los franceses y los italianos son más sobrios que los ingleses y se comportan mejor en el puerto.

Lo examiné críticamente mientras estaba sentado frente a mí, y el simple hecho de su deseo de enviar agradecimientos a las autoridades me convenció de que era un caballero bien educado. Tenía unos cuarenta y cinco años, con un rostro alegre, redondo y bondadoso, rojo por el sol del sur, ojos azules y una barba corta y rubia. Su rostro era esencialmente el de un hombre dedicado al deporte al aire libre, pues estaba ligeramente surcado y curtido por el clima, como debe estar el de un verdadero navegante. Su discurso era refinado y culto, y mientras charlábamos me dio la impresión de que, como amante entusiasta del mar, había navegado por el Mediterráneo muchas veces desde Gibraltar hasta Esmirna. Sin embargo, nunca antes había recalado en Livorno.

Después de acordar que su capitán vendría a verme por la tarde para hacer un informe formal del accidente, salimos juntos cruzando la plaza blanca y soleada hacia Nasi, el conocido pastelero, donde es costumbre de los livorneses tomar su vermú antes del almuerzo.

Cuanto más veía a Hornby, más me gustaba. Era conversador e ingenioso, y trataba su accidente como una gran broma.

—Estaremos aquí toda una semana, supongo —dijo mientras tomábamos nuestro vermú—. Vamos de camino a las islas griegas, ya que mi amigo Chater quiere verlas. El ingeniero dice que hay algo forzado que debemos reparar. Pero, por cierto —añadió—, ¿por qué no cena con nosotros a bordo esta noche? Hágalo. Podemos ofrecerle algunas cosas inglesas que pueden ser un cambio para usted.

Acepté esta invitación con gusto por dos razones. Una era porque las sospechas del capitán del puerto habían despertado mi curiosidad, y la otra porque, honestamente hablando, había sentido una gran simpatía por Hornby.

El capitán del Lola, un escocés bajo y fornido de Dundee, con una cicatriz apenas curada en la mejilla izquierda, llamó al consulado a las dos en punto e hizo su informe, que me pareció muy poco convincente. Me dio la impresión de no ser digno de su título, pues evidentemente estaba completamente desorientado cuando ocurrió el accidente. El propietario y su amigo Chater estaban en sus camarotes durmiendo, cuando de repente descubrió que el navío no avanzaba. Habían, de hecho, chocado con el peligroso bajo sin ser conscientes de ello. Había un mar fuerte con una brisa rígida y, aunque su pericia marinera era escasa, era lo suficientemente capaz de reconocer de inmediato que se encontraban en una posición muy peligrosa.

—Muy afortunado que no fuera más grave, señor —añadió, después de contarme su historia, que escribí al dictado para el beneficio final de la Junta de Comercio.

—¿No lanzó señales de socorro? —pregunté.

—No, señor, nunca se me ocurrió.

—¿Y sin embargo sabía que podría perderse? —observé con renovada sospecha.

El astuto escocés, cuyo nombre era Mackintosh, dudó unos momentos y luego respondió:

—Bueno, señor, ya ve, el barco pesquero nos había avistado y lo vimos regresando al puerto para buscar ayuda.

Su excusa era pulcra. Probablemente fue su descuido al no hacer señales de socorro lo que había despertado las sospechas del capitán del puerto. De principio a fin, la historia del maestro del Lola era, consideré, muy insatisfactoria.

—¿Cuánto tiempo lleva al servicio del Sr. Hornby? —pregunté.

—Seis meses, señor —fue la respuesta del hombre—. Antes de que me contratara, estuve con los Wilson, de Hull, subiendo por el Báltico.

—¿Como capitán?

—He tenido mi título de capitán durante quince años, señor. Estuve con los Bibby antes que con los Wilson, y antes con la General Steam. Pasé ocho años en el Mediterráneo con ellos, cuando era primer oficial.

—¿Y nunca ha estado en Livorno antes?

—Nunca, señor.

Despedí al capitán con la clara impresión de que no me había dicho toda la verdad. Esa cicatriz no mejoraba su aspecto personal. Había dejado sus títulos a bordo, dijo, pero si yo quería, los traería al día siguiente.

¿Era posible que realmente se hubiera intentado deshacer del yate y que hubiera sido frustrado por el maestro de la faluca, que había avistado el navío encallado? Ciertamente parecía haber algún misterio rodeando las circunstancias, y mi interés por el yate y su dueño se profundizaba cada hora. ¿Cómo, me preguntaba, había recibido el capitán esa herida tan fea en la mejilla? Estuve a punto de preguntarle, pero tras reflexionar decidí que era mejor no mostrar una curiosidad indebida.

Aquella tarde, cuando el sol ardiente se hundía en su gloria carmesí, bañando el mar vidrioso con su luz rojo sangre y haciendo que las islas de Gorgona y Capraja destacaran en un púrpura profundo contra el horizonte distante, tomé un coche a lo largo del antiguo camino del mar hasta el puerto donde, dentro del puerto interior, encontré el Lola, uno de los barcos privados más magníficos que jamás había visto. Sus dimensiones me sorprendieron. Estaba pintado de blanco puro, con latón brillante por todas partes. En la popa colgaba lánguidamente la bandera británica, mientras que en el tope del mástil estaba la insignia del Escuadrón Real de Yates. La chimenea amarilla no emitía humo, y mientras yacía tranquilamente en la puesta de sol, una multitud de holgazanes del muelle y proxenetas se apoyaban en el parapeto discutiendo sus méritos y preguntándose quién podría ser el rico inglés que podía permitirse viajar en un pequeño transatlántico propio; pues su tamaño sorprendió incluso a aquellos trabajadores del muelle italianos, acostumbrados como estaban a ver todo tipo de embarcaciones entrar en el puerto concurrido.

Al subir a cubierta, Hornby, que al igual que yo vestía un traje limpio de lino blanco como la vestimenta más sensata para cenar en un clima cálido, se adelantó para saludarme y me llevó hacia la popa donde, tumbado en una larga silla de cubierta de mimbre bajo el toldo, había un hombre alto, de ojos oscuros y afeitado, de unos cuarenta años, también vestido con lino blanco fresco. Su rostro agudo daba la impresión de ser un abogado.

—Mi amigo, Hylton Chater; el Sr. Gordon Gregg —dijo presentándonos, y luego, mientras nos dábamos la mano, el hombre afeitado exclamó sonriendo agradablemente—: Encantado de conocerle, Sr. Gregg. No es usted un extraño de ninguna manera para Hornby o para mí. De hecho, tenemos un par de sus libros a bordo. Pero no tenía idea de que viviera por aquí.

—En Ardenza —dije—. Tres millas a lo largo de la costa. Mañana espero que ambos vengan a cenar conmigo.

—Encantado, estoy seguro —declaró Hornby—. Comer en tierra es un gran placer cuando uno ha estado encerrado a bordo durante algún tiempo. Así que aceptaremos, ¿verdad, Hylton?

—Ciertamente —respondió el otro; y luego comenzamos a charlar sobre el peligro de la noche anterior, contándome Hornby cómo había copiado las dos cartas de agradecimiento en italiano y las había enviado a sus respectivas direcciones.

—¡Phil blasfemó como un capitán de Levante cuando copió esas palabras en italiano! —rio Chater—. Había hecho tres copias de cada carta antes de poder conseguir toda la jerga de acuerdo con su copia.

—He estado toda la tarde con ellas, ¡malditas sean! —declaró el dueño del Lola con una risa—. Pero, por supuesto, no quería cometer muchos errores de ortografía. Estos italianos son tan puntillosos.

—Bueno, ciertamente hizo lo correcto al agradecer al almirante —dije—. Es muy inusual que envíe torpederos para ayudar a un barco en apuros. Eso generalmente se deja al remolcador del puerto.

—Sí, siento que fue muy amable de su parte. Por eso me tomé todas las molestias de escribir. No entiendo una palabra de italiano, ni Chater tampoco.

—¿Pero tiene italianos a bordo? —observé—. Los dos marineros que me trajeron remando son genoveses, por su acento.

Hornby y Chater intercambiaron miradas, miradas de clara inquietud, pensé.

Entonces el dueño del Lola dijo:

—Sí, son útiles para hacer arreglos y comprar cosas en los puertos italianos. Tenemos un español, un griego y un sirio, todos los cuales actúan como intérpretes en diferentes lugares.

—¿Y hacen un buen negocio en cuanto a comisiones secretas, supongo? —me reí.

—Por supuesto. Pero para navegar con comodidad uno debe pagar y ser agradable —declaró el hombre de la barba rubia—. En Grecia y el Levante son más rapaces que en Nápoles, y los funcionarios de aduanas siempre quieren que los sobornen, de lo contrario están siempre registrando y descubriendo falsas alarmas.

—¿Tuvo algún problema aquí? —pregunté.

—No nos visitaron —dijo con una sonrisa, y al mismo tiempo frotó su pulgar contra su dedo índice, la acción de sentir el dinero en papel.

Esto aumentó mi sorpresa, pues daba la casualidad de que sabía que los funcionarios de aduanas de Livorno no eran en absoluto dados a aceptar sobornos. Estaban demasiado vigilados por sus superiores. Si el yate realmente había escapado a un registro, entonces era algo muy inusual. Además, ¿qué motivo podría tener Hornby para eludir la visita de aduanas? Ellos, por supuesto, sellarían sus vinos y licores, pero incluso si lo hicieran, le dejarían suficiente para el consumo de él y sus amigos.

No. Philip Hornby tenía algún motivo fuerte para pagar un gran soborno con el fin de evitar la visita de la dogana. Si realmente había pagado, debía haber pagado una suma muy alta; de eso estaba convencido.

¿Era posible que algún misterio se ocultara a bordo de aquella nave magníficamente equipada?

De repente sonó el gong y bajamos al salón elegantemente amueblado, donde se había desplegado una mesa que brillaba con cristal tallado y relucía con plata. Alrededor del centro, flores frescas habían sido colocadas por alguna mano artística, mientras que en el buffet al final los cuellos de las botellas de vino asomaban de los cubos de hielo. Tanto la alfombra como la tapicería eran de color azul pálido, mientras que en todas partes era evidente que solo un hombre extremadamente rico podía permitirse una embarcación tan magnífica.

Hornby tomó la cabecera de la mesa y nos sentamos a ambos lados, charlando alegremente mientras comíamos una de las cenas más selectas y mejor cocinadas que me ha tocado probar. Chater y yo bebimos vino de una marca que solo un millonario podría tener en su bodega, mientras que nuestro anfitrión, aparentemente un hombre muy abstemio, solo tomó un vaso de agua con hielo Cinciano.

Los dos elegantes camareros sirvieron de una manera que demostraba que estaban bien entrenados en sus deberes, y mientras la luz de la tarde que se filtraba a través de las cortinas de seda azul pálido sobre los ojos de buey abiertos se desvanecía lentamente, seguimos cotilleando como lo hacen los hombres durante una cena inusualmente buena.

Por sus comentarios discerní que, contrariamente a mi primera impresión, Hylton Chater era un navegante experimentado. Poseía una embarcación llamada Alicia y era miembro del Club de Yates de Cork. Vivía en Londres, me dijo, pero no me dio información sobre su profesión. Podría ser el derecho, como había supuesto.

—¿Ha visto a nuestro capitán asno, Sr. Gregg? —comentó al poco tiempo—. ¿Qué opina de él?

—Bueno —dije con bastante vacilación—, a decir verdad, no pienso mucho en su pericia marinera, ni la Junta de Comercio lo hará cuando su informe les llegue.

—¡Ah! —exclamó Hornby—. Fui un tonto al contratarlo. Desde el principio desconfié de él, solo que mi esposa de alguna manera le tomó cariño al tipo y, como usted sabe, si quiere paz debe complacer siempre a las mujeres. En este caso, sin embargo, su elección casi me cuesta el barco, y tal vez nuestras vidas de paso.

—¿No sabía nada de él anteriormente?

—Nada.

—¿Y él contrató a la tripulación? —pregunté.

—Por supuesto.

—¿Son todos marineros nuevos?

—Todos excepto el cocinero y los dos camareros.

Me quedé en silencio. No me gustaba Mackintosh. De hecho, albergaba una clara sospecha tanto del capitán como de la tripulación.

—El capitán parece haber tenido un corte desagradable en la mejilla —observé, ante lo cual mis dos compañeros intercambiaron de nuevo miradas rápidas y aprensivas.

—Se cayó el otro día —explicó Chater, con una sonrisa bastante enfermiza, pensé—. Su cara se golpeó contra el borde de una escalera de hierro en la sala de máquinas y le causó un tajo desagradable.

Sonreí para mis adentros, pues sabía demasiado bien que la fea herida en la cara del capitán nunca había sido infligida al caer sobre el borde de una escalera. Pero permanecí en silencio, estando contento de que ellos se esforzaran por engañarme.

Después de que se sirvió el postre, nos levantamos y, en el crepúsculo del verano, cuando todas las escotillas estaban abiertas, Hornby me llevó a recorrer el barco. Por todas partes había lujo abundante: un verdadero palacio flotante. A cada uno de los camarotes del propietario y sus invitados se les había unido un baño con agua de mar o agua dulce según se deseara, mientras que el salón de damas, el boudoir, la biblioteca y la sala de fumadores estaban ricamente decorados con un gusto exquisito. Mientras me conducía desde su propio camarote al boudoir, pasamos por una puerta que había sido abierta por el viento, y que él se apresuró a cerrar, no sin que antes tuviera tiempo de echar un vistazo al interior. Para mi sorpresa, descubrí que era una armería repleta de rifles, revólveres y municiones.

No se había planeado que yo viera ese interior, y el motivo por el cual los funcionarios de aduanas habían sido sobornados era ahora evidente.

Seguí adelante sin hacer comentarios, fingiendo que no había discernido nada inusual, y entramos en el boudoir, habiendo regresado Chater al salón para conseguir puros.

La delicada salita estaba tapizada en seda rosa clavel y contaba con mobiliario de madera de rosa con incrustaciones, y por doquier mostraba la huella de haber sido dispuesta por la mano de una mujer, aunque no había ninguna pasajera a bordo.

Justo cuando habíamos entrado y yo admiraba el delicado nido de lujo, Chater llamó a su anfitrión preguntando por las llaves del armario de los cigarros, y Hornby, disculpándose, regresó por el pasillo para entregárselas a su amigo, dejándome así solo por unos momentos.

Permanecí allí echando una mirada a mi alrededor, y mientras lo hacía, mis ojos se posaron en una cantidad de fotografías, enmarcadas y sin enmarcar, que estaban esparcidas por allí; evidentemente, retratos de los amigos de Hornby. Sobre una pequeña mesa auxiliar, sin embargo, se alzaba un pesado marco de plata oxidada, pero vacío, mientras que, tirada en el suelo bajo un diván, se encontraba la fotografía que había contenido, la cual aparentemente había sido sacada a toda prisa, rasgada primero por la mitad y luego otra vez, y desechada.

La curiosidad me impulsó a agacharme, recoger los cuatro trozos y unirlos, momento en el que descubrí que formaban el retrato de estudio de una joven inglesa de dieciocho o diecinueve años, de aspecto dulce y extremadamente bonita, con una expresión alegre y sonriente, y vistiendo una fresca blusa de mañana de piqué blanco. Llevaba el cabello bajo y sujeto con un lazo de cinta negra, mientras que el broche de su garganta tenía forma de corazón bordeado de perlas. No sé si fue su dulce expresión, o si la curiosa mirada de sus ojos lo que atrajo mi atención y grabó el rostro en mi memoria. Quizás fue el misterio de por qué había sido arrancada tan precipitadamente de su marco y destruida lo que mantuvo mi atención.

Parecía como si hubiera sido rasgada subrepticiamente por alguien que había estado sentado en ese diván y que no había tenido oportunidad de arrojar los fragmentos al agua a través de la portilla.

Miré el reverso de la fotografía rasgada y vi que había sido tomada por una conocida y elegante firma de New Bond Street.

En la expresión de aquel rostro retratado había algo que no puedo describir: una mirada curiosa en los ojos que era, al mismo tiempo, atractiva y misteriosa. En aquel breve instante, los rasgos de la joven quedaron indeleblemente impresos en mi memoria.

Al segundo siguiente, sin embargo, al oír los pasos de Hornby que regresaban, arrojé los fragmentos apresuradamente debajo del diván donde los había descubierto.

¿Por qué, me preguntaba, había sido destruida la imagen, y por quién?

La cara del marco vacío había sido girada deliberadamente hacia el panel, por lo que, al entrar, no notó que la imagen había sido destruida; pero tras una breve pausa, explicando que aquel acogedor lugarcito era el rincón particular de su esposa, me condujo a través del salón de señoras y después a cubierta, donde nos dejamos caer en las largas sillas, tomamos nuestro café y certosina, ese licor esencialmente toscano, y seguimos fumando mientras la luna salía y las luces del puerto comenzaban a centellear en la noche acerada.

Mientras estaba sentado hablando, mis pensamientos volvieron a aquella fotografía rasgada. Me parecía como si algún visitante anterior hubiera estado sentado ese día en el diván, destruido la imagen y arrojado donde la encontré. ¿Pero por qué razón? ¿Quién era la joven de rostro alegre cuya imagen había despertado tal celo o venganza?

Dirigí deliberadamente la conversación hacia la familia de Hornby y supe por él que no tenía hijos.

—Supongo que hará las reparaciones de sus motores en Orlando's —observé, nombrando a la gran empresa de construcción naval de Livorno.

—Sí. Ya he dado la orden. Tienen contrato para terminarlas el próximo jueves, y luego nos iremos a Zante y Quíos.

¿Por qué razón, me preguntaba, recordando aquel formidable arsenal a bordo. Ya había visto suficiente para convencerme de que el Lola, aunque por fuera era un yate de recreo, estaba construido de acero, blindado en sus partes más vulnerables y capaz de resistir un fuego muy intenso.

Las horas pasaron, y bajo la brillante luna fumamos hasta bien entrada la noche, pues tras el sol abrasador de aquella ciudad toscana, el fresco viento marino nocturno es muy refrescante. Desde donde estábamos sentados dominábamos toda la vista del frente marítimo de Livorno y Ardenza, con sus brillantes cafés-concierto al aire libre y restaurantes en pleno apogeo; toda la vida y alegría de aquel popular balneario.

De repente, cuando Hornby se hubo levantado para llamar a un camarero y me dejó solo con Hylton Chater, este último me susurró en confianza:

—Si encuentra a mi amigo Hornby un poco extraño en su comportamiento, señor Gregg, no debe hacer caso. A decir verdad, es un hombre que se ha vuelto repentinamente rico más allá de los sueños más salvajes de la avaricia, y me temo que ha tenido un efecto en su cerebro. Hace cosas muy raras a veces.

Miré a mi compañero con sorpresa. O bien estaba diciendo la verdad, o bien intentaba disipar mis sospechas con una artimaña extremadamente inteligente. Ahora bien, yo ya había decidido que Philip Hornby no era ningún excéntrico, sino un hombre particularmente sensato y práctico. Por lo tanto, llegué instantáneamente a la conclusión de que el hombre afeitado que se parecía tanto a un abogado londinense tenía algún propósito distinto y ulterior al despertar en mi mente sospechas sobre la cordura de su anfitrión.

Pasaba de medianoche cuando, tras despedirme de la extraña pareja, fui llevado a tierra por los dos marineros que me habían remado y me dirigí a casa a lo largo del frente marítimo, confuso y perplejo.

A la mañana siguiente, a mi llegada al Consulado, el viejo Francesco, que había entrado solo un momento antes, me recibió con el rostro pálido, jadeando:

—¡Ha habido ladrones aquí durante la noche, signore! ¡La caja fuerte del señor Cónsul ha sido abierta!

—¡La caja fuerte! —grité, corriendo hacia el despacho privado de Hutcheson y encontrando para mi consternación la gran caja fuerte, donde se guardaban los sellos, cifras y otros documentos confidenciales, abierta, y su contenido desordenado, como si se hubiera hecho una búsqueda apresurada entre ellos.

¿Era posible que los ladrones hubieran ido tras las cifras del Almirantazgo y del Ministerio de Asuntos Exteriores, cuyas copias las cancillerías de ciertas potencias europeas siempre intentaban obtener? Sonreí para mis adentros al darme cuenta de lo amargamente decepcionados que debieron quedar los ladrones, pues un cónsul británico cuando se va de permiso a Inglaterra siempre se lleva sus cifras consigo y las deposita en el Ministerio de Asuntos Exteriores para su custodia. Hutcheson, por supuesto, se había llevado las suyas, de acuerdo con el reglamento.

Curiosamente, sin embargo, la puerta del Consulado y la de la caja fuerte habían sido abiertas con las llaves que mi amigo había dejado bajo mi custodia. De hecho, el pequeño manojo permanecía todavía en la cerradura de la caja fuerte.

En un instante, el recuerdo cruzó mi mente de que había sentido las llaves en mi bolsillo mientras cenaba a bordo del Lola. ¿Las había perdido en mi camino a casa, o me habían robado la cartera?

Carducci, con la locuacidad propia de un italiano, comenzó a lanzar imprecaciones sobre las cabezas de los desconocidos hijos de perro que se atrevieron a manipular la caja fuerte de su amo, y mientras estábamos ocupados poniendo en orden los papeles esparcidos, sonó el timbre de la puerta y el empleado fue a atender al visitante.

En pocos momentos regresó, diciendo:

—El yate inglés salió repentinamente anoche, signore, y el Capitán del Puerto ha enviado a preguntar si sabe a qué puerto se dirige.

—¡Se fue! —jadeé con asombro—. ¡Pero si pensé que sus motores estaban averiados!

Un cuarto de hora después estaba sentado en el despacho privado del astuto funcionario de cabello gris que me había enviado este mensajero.

—¿Sabe, Signor Commendatore? —dijo—. Existe un misterio que rodea a esa embarcación. No es el Lola, pues ayer telegrafiamos a Lloyd's, en Londres, y esta mañana recibí una respuesta de que no figura tal yate en su registro y que el nombre es desconocido. La policía también ha telegrafiado a su policía inglesa preguntando por el propietario, el señor Hornby, con el mismo resultado. No existe tal lugar como Woodcroft Park, en Somerset, y ningún miembro del Brook's Club con el apellido Hornby.

Me quedé mirando al funcionario, demasiado asombrado para pronunciar una palabra. Ciertamente no habían dejado que la hierba creciera bajo sus pies.

—Desafortunadamente las respuestas telegráficas de Inglaterra solo han llegado esta mañana —continuó—, porque justo antes de las dos de esta mañana, la policía portuaria, a la que ordené especialmente vigilar la embarcación, vio llegar un bote al muelle con un hombre y una mujer. La pareja fue dejada en tierra y se alejó hacia la ciudad, pareciendo la mujer caminar con considerable dificultad. El bote regresó y, una hora después, para sorpresa total de los dos detectives, se encendieron las máquinas de repente y el yate giró y salió directamente a mar abierto.

—¿Dejando al hombre y a la mujer?

—Dejándolos, por supuesto. Probablemente sigan en la ciudad. La policía está buscando ahora rastros de ellos.

—¿Pero no podría haber detenido la embarcación? —sugerí.

—Por supuesto, si hubiera sabido, podría haber prohibido su partida. Pero como su propietario se presentó en el Consulado y fue reconocido como una persona respetable, sentí que no podía intervenir sin información tangible, y eso, ¡ay!, ha llegado demasiado tarde. La embarcación es rápida y ya nos lleva siete horas de ventaja. He pedido al Almirante que envíe un par de torpederos tras ella, pero, desafortunadamente, esto es imposible, ya que la flotilla zarpa en una hora para asistir a la revista naval en La Spezia.

Le conté cómo la caja fuerte del Cónsul había sido abierta durante la noche, y se quedó escuchando con los ojos muy abiertos.

—Usted cenó con ellos anoche —dijo por fin—. Puede que le hayan robado las llaves subrepticiamente.

—Puede ser —fue mi respuesta—. Probablemente lo hicieron. ¿Pero con qué motivo?

El Capitán del Puerto alzó los hombros, mostró las palmas de las manos y declaró:

—Todo el asunto, de principio a fin, es un misterio completo y profundo.

CAPÍTULO II

POR QUÉ FUE ABIERTA LA CAJA FUERTE

Aquel día fue activo en la Questura, u oficina de policía, de Livorno.

Los detectives llamaron, examinaron la caja fuerte y declararon con sabiduría que era a prueba de ladrones, si los ladrones no hubieran poseído la llave. El Ministerio de Asuntos Exteriores sabía eso, pues ellos suministran todas las cajas fuertes a los Consulados en el extranjero, para que las preciadas cifras se mantengan lejos de las miradas curiosas de espías extranjeros. El Questore, o jefe de policía, opinaba que eran las cifras lo que los ladrones habían estado buscando, y se sintió muy aliviado al saber que estaban a buen recaudo lejos, en Downing Street.

Su conjetura era la misma que la mía, a saber, que el motivo de la visita de Hornby a mi persona fue determinar la situación del Consulado y el paradero de la caja fuerte, la cual, por cierto, estaba en un rincón del despacho privado del Cónsul. El capitán Mackintosh también había tomado sus referencias, y probablemente mientras yo estaba sentado cenando a bordo del Lola, mis llaves habían sido robadas y pasadas al escocés de la cicatriz, quien rápidamente había ido a tierra y saqueado el lugar mientras yo permanecía con su amo fumando y desprevenido.

¿Pero cuál era el motivo? ¿Por qué habían saqueado todos aquellos documentos confidenciales?

Mi propia idea era que no estaban buscando las cifras en absoluto, sino que o bien querían algún formulario en blanco o algo así, o deseaban hacer uso del sello consular. Este último, sin embargo, permanecía todavía en el suelo cerca de la caja fuerte, como si hubiera rodado hacia fuera y hubiera quedado desatendido. En la medida en que Francesco y yo pudimos averiguar, no se había tomado absolutamente nada. Por lo tanto, reordenamos los papeles, volvimos a cerrar la caja fuerte y decidimos no telegrafiar a Hutcheson y perturbarlo innecesariamente, ya que en unos días regresaría de Inglaterra y habría tiempo suficiente entonces para explicar la notable historia.

Un hecho, sin embargo, establecimos. El detective de servicio en la estación de ferrocarril recordaba claramente a un hombre delgado de mediana edad, acompañado por una dama vestida de riguroso luto, pasando la barrera y subiendo al tren que salía a las tres hacia Colle Salvetti para unirse al expreso de Roma. Eran extranjeros, por lo tanto no les prestó la misma atención que si hubieran sido italianos. Las averiguaciones en la taquilla mostraron, sin embargo, que ningún pasajero había reservado directamente a Roma por el tren en cuestión. A Grosseto, Cecina, Campiglia y otros lugares de la Maremma, los pasajeros habían sacado billetes, pero ni uno solo se había reservado a ninguna de las grandes ciudades. Por tanto, era evidente que la misteriosa pareja que había desembarcado justo antes de la partida del yate simplemente había sacado billetes para un destino falso y había vuelto a reservar en Colle Salvetti, el empalme con aquella larga línea principal que conecta Génova con Roma.

La policía estaba perpleja. Los dos pescadores que divisaron el Lola y dieron la primera alarma de su peligro declararon que cuando se acercaron y ofrecieron ayuda, el capitán amenazó con disparar al primer hombre que subiera a bordo.

—¡Eran ingleses! —comentaron los robustos trabajadores del mar, de rostro bronceado, sonriendo con picardía—. Y los ingleses, cuando beben su coñac, no saben lo que hacen.

—¿Recibieron alguna recompensa por regresar al puerto e informar? —pregunté.

—¡Recompensa! —se hizo eco uno de los hombres, el mayor de la pareja—. ¡Ni un soldo! Los ingleses solo nos maldijeron por interferir. Por eso creímos que intentaban escapar con la embarcación.

La descripción del Lola, su propietario, su invitado y el capitán fue circulada por la policía a todos los puertos del Mediterráneo, con la petición de que el yate fuera detenido. Sin embargo, si la embarcación era realmente una de misterio, como parecía ser, su propietario sin duda iría a algún fondeadero tranquilo en la costa argelina, fuera de la ruta de las embarcaciones, y procedería tranquilamente a repintar, renombrar y disfrazar su nave de modo que no fuera reconocido en Marsella, Nápoles, Esmirna o cualquiera de los puertos donde los yates privados suelen hacer escala. Así, desde el principio, me pareció que Hornby y sus amigos me habían engañado muy inteligentemente para algún propósito misterioso, y luego habían evadido ingeniosamente a sus vigilantes y escapado limpiamente.

Si el Almirante italiano hubiera podido enviar uno o dos torpederos tras los fugitivos, sin duda pronto habrían sido alcanzados, pero las circunstancias lo habían impedido y el Lola había escapado consecuentemente.

Para sus propios fines, la policía mantuvo el asunto fuera de los periódicos, y cuando Frank Hutcheson salió del coche cama procedente de París al andén en Pisa unas noches después, le relaté la extraordinaria historia.

—Los sinvergüenzas querían estos, eso es evidente —respondió, levantando el pequeño y resistente bolso de mano de cuero que llevaba y que contenía sus celosamente guardadas cifras—. ¡Por Júpiter! —se rió—, ¡qué decepcionados deben haber quedado!

—Puede ser así —dije, mientras subíamos al tren de medianoche hacia Livorno—. Pero mi propia teoría es que buscaban algún papel u otro que usted posee.

—¿Qué pueden importarles mis papeles? —exclamó el jovial Cónsul de rostro redondo, un hombre cuya cortesía es conocida por cada patrón que comercia por el Mediterráneo y que es quizás uno de los hombres más cultos y populares del Servicio Consular Británico—. No guardo billetes de banco en esa caja fuerte, sabe. Nosotros, los del Servicio, no nadamos en oro como parece pensar nuestro público en casa.

—No. Pero puede tener algo ahí que podría ser de valor para ellos. Usted suele ser el guardián de documentos valiosos pertenecientes a ingleses en el extranjero, sabe.

—Ciertamente. Pero no hay nada ahí ahora mismo excepto, tal vez, los registros de nacimientos, matrimonios y defunciones de súbditos británicos, y los papeles relativos a una investigación de la Junta de Comercio. No, mi querido Gordon, créame que lo del yate encallando fue todo un engaño. Lo hicieron para poder tener acceso al Consulado, asegurar las cifras y navegar alegremente con ellas. Me parece, sin embargo, que le dieron una cena estupenda y no obtuvieron nada a cambio.

—Podrían haberme llevado a mí también muy fácilmente —declaré.

—Quizás hubiera sido mejor si lo hubieran hecho. ¡Al menos habría tenido la satisfacción de saber cuál era realmente su pequeño juego!

—¿Pero el hombre y la mujer que dejaron el yate una hora antes de que zarpara, y que se escabulleron al campo en algún lugar? ¿Me pregunto quiénes eran? Hornby me dijo claramente que él y Chater estaban solos, y sin embargo, evidentemente, había una dama y un caballero a bordo. Adiviné que había una mujer allí, por la forma en que estaban dispuestos el boudoir y el salón de señoras, y ciertamente ninguna mano de hombre decoró una mesa de comedor como estaba decorada aquella.

—Sí. Eso es decididamente divertido —comentó el Cónsul pensativo—. ¿Fueron a Colle Salvetti, dice? Hicieron transbordo allí, por supuesto. Los expresos paran allí, uno yendo al norte y el otro al sur, a los quince minutos de que llegue el tren de Livorno. Demostraron mucha ingenuidad, de lo contrario habrían ido directamente a Pisa.

—¡Ingenio! ¡Ya lo creo! Todo el asunto fue planeado de forma muy inteligente. Hornby habría engañado incluso a usted, mi querido viejo amigo. Tenía el aire del perfecto caballero, y un vistazo al yate me convenció de que era un hombre rico que viajaba por placer.

—Dijo algo sobre un arsenal.

—Sí, había Maxims guardadas en uno de los camarotes. Despertaron mis sospechas.

—No habrían despertado las mías —respondió mi amigo—. Los yates llevan armas para protección en muchos casos, especialmente si van a navegar por costas incivilizadas donde deben desembarcar para obtener agua o provisiones.

Le conté lo de la fotografía rasgada, lo cual le causó una profunda reflexión.

—Me pregunto por qué la imagen había sido rasgada. ¿Hubo una pelea a bordo, una disputa o algo así?

—Había sido destruida subrepticiamente, creo.

—Es una pena que no se guardara los fragmentos en el bolsillo. Podríamos haber descubierto quizás, a través del fotógrafo, la identidad de la original.

—¡Ah! —suspiré con pesar—. Nunca pensé en eso. Sin embargo, recuerdo el nombre de la firma.

—Tendré que informar a Londres de todo el suceso, ya que hay súbditos británicos bajo sospecha —dijo Hutcheson—. Veremos si Scotland Yard sabe algo sobre Hornby o Chater. Lo más probable es que sí. No hace mucho, una descripción de unos hombres a bordo de un yate fue circulada desde Londres como una pareja de conocidos ladrones que navegaban en un buque lleno de botín del que no se atrevían a deshacerse. Sin embargo, no son los mismos que nuestros amigos del Lola, pues ambos hombres buscados fueron arrestados en Nueva Orleans hace unos ocho meses, sin su yate, pues confesaron que lo habían hundido deliberadamente en una de las islas del Pacífico Sur.

—¡Entonces estos tipos podrían ser otra pareja de ladrones de Londres! —exclamé con entusiasmo al ocurrírseme la sorprendente teoría.

—Podrían serlo. Pero, por supuesto, no podemos formarnos ninguna opinión hasta que oigamos lo que Scotland Yard tiene que decir. Escribiré un informe completo por la mañana si usted me da descripciones minuciosas de los hombres, así como del capitán, Mackintosh.

A la mañana siguiente entregué mi cargo del Consulado a Frank y luego le ayudé a revisar los papeles de la caja fuerte que habían sido examinados por los ladrones.

—Los rufianes parecen haber examinado minuciosamente todo —comentó el Cónsul con consternación al ver el estado desordenado de sus papeles—. Parecen haber leído cada uno deliberadamente.

—Lo cual demuestra que, si hubieran estado buscando los libros de cifras, solo habrían buscado eso —observé con decisión—. ¿Qué demonios podría interesarles en todos estos informes de navegación secos y sin importancia y esas cosas?

—Solo Dios sabe —respondió mi amigo. Entonces, llamando a Cavendish, un hombre joven, alto y rubio, que ahora se había recuperado de su ataque de fiebre y había regresado al Consulado, comenzó a comprobar el número de aquellos sellos adhesivos, un poco más grandes que los sellos de correos ordinarios, usados en el servicio consular para el registro de las tasas recibidas por el Ministerio de Asuntos Exteriores. Los valores iban desde seis peniques hasta una libra, y se guardaban en una cartera.

Tras un largo cálculo, el Cónsul levantó repentinamente su rostro hacia mí y dijo:

—¡Entonces, se han llevado seis de diez chelines!

—¿Por qué? ¡Debe haber algún motivo!

—No le sirven a nadie salvo a los cónsules —explicó—. Quizá los querían para pegarlos en algún certificado falso. Mire —añadió, abriendo la cartera—, aquí había seis sellos y todos han desaparecido.

—Pero tendrían que ser anulados por el sello consular —observó Cavendish.

—¡Ah! Por supuesto —exclamó Hutcheson, sacando el sello de latón de la caja fuerte y examinándolo minuciosamente—. ¡Por Júpiter! —gritó un segundo después—, ¡ha sido utilizado! Han sellado algún documento con él. ¡Mire! ¡Han usado la almohadilla de tinta equivocada! ¿No ve que tiene color violeta, mientras que nosotros usamos siempre la almohadilla negra?

Lo tomé en mi mano y, efectivamente, allí vi rastros de tinta violeta; la tinta de la almohadilla para el sello de fecha que hay sobre la mesa del cónsul.

—¡Entonces algún documento ha sido sellado y estampado! —exclamé sin aliento.

—Sí. Y mi firma falsificada en él, sin duda. Han fabricado algún certificado que, al llevar el sello, el timbre y la firma del Consulado, será aceptado como un documento legal. Me pregunto qué será.

—¡Ah! —dije—. ¡Eso me pregunto yo! —Y los tres nos miramos con absoluta perplejidad.

—La razón por la que todos los papeles están desordenados es porque, evidentemente, buscaban algún formulario en blanco que esperaban encontrar —observó mi amigo—. Como usted dice, todo el asunto fue planeado de manera muy cuidadosa e ingeniosa.

Cruzamos juntos la gran plaza bañada por el sol y entramos en la Questura, aquel viejo palacio blanqueado por el sol con su larga y fresca logia donde el centinela desfila día y noche. El jefe de policía, a quien vimos, no tenía más información. El misterioso yate no había atracado en ningún puerto italiano. De él, sin embargo, supimos el nombre del detective que había visto a los dos desconocidos abandonar Livorno en el tren de la madrugada y, una hora después, el agente de policía, un hombre de ojos negros y baja estatura, pero de tipo inteligente, estaba sentado en el Consulado respondiendo a nuestras preguntas.

—Hasta donde pude averiguar, signore —dijo—, el hombre era inglés, llevaba un sombrero de fieltro negro blando y un traje de sarga azul oscuro. Tenía el cabello empezando a encanecer, un pequeño bigote oscuro y los pómulos bastante salientes. En la mano llevaba un pequeño bolso de cuero color canela de esa forma cuadrada inglesa. No parecía tener prisa, pues fumaba un cigarrillo con calma mientras se dirigía a la taquilla.

—¿Y su compañera? —preguntó el cónsul.

—Iba de negro. Bastante alta y delgada. Noté que su cabello era rubio, pero llevaba un velo negro que ocultaba sus facciones.

—¿Era joven o vieja?

—Joven, por su figura —respondió el agente de policía—. Cuando pasó a mi lado, sus ojos se encontraron con los míos y creí ver en ellos una extraña mirada fija, como la de una mujer llena de un horror indescriptible.

Al día siguiente, la ciudad de Livorno despertó engalanada con banderines; las banderas italiana e inglesa ondeaban juntas por todas partes y el estandarte consular ondeaba sobre el Consulado en la plaza. Durante la noche, la flota británica del Mediterráneo, que navegaba desde Malta, había entrado en la rada y, a la señal del buque insignia, había maniobrado y echado el ancla, formando una larga línea de gigantescos acorazados, cruceros rápidos, destructores, torpederos, buques correo y otras embarcaciones que se extendían a lo largo de varios kilómetros de costa.

A la brillante luz de la mañana, la vista era pintoresca e imponente, pues de cada buque ondeaban banderas y, de vez en cuando, el gran acorazado del almirante hacía señales que eran repetidas por todos los demás buques, cada uno a su turno. Reposaba sobre aquellas tranquilas aguas azules una fuerza que un día podría hacer tambalear a las naciones, la abrumadora fuerza que sostenía el derecho de Gran Bretaña en aquel mar tan disputado.

Un par de miles de marineros británicos estaban en tierra con permiso; sus gorras blancas destacaban por todas partes en las calles mientras caminaban ordenadamente de tres en tres y de cuatro en cuatro para inspeccionar la ciudad. En la plaza frente al Consulado, un destacamento del buque insignia montaba una tribuna temporal para la banda, donde la orquesta del barco tocaría al caer la tarde, mientras Hutcheson, sudando bajo su uniforme, se marchaba con el almirante para realizar las visitas de cortesía a las autoridades que la etiqueta internacional exigía.

Por mi parte, había tomado un bote hacia el Bulwark, el gran acorazado que lucía la bandera del almirante, y estaba sentado en cubierta con mi viejo amigo el capitán Jack Durnford, de los Royal Marines. Cada año, cuando la flota llegaba a Livorno, éramos inseparables, pues años atrás, en Portsmouth, habíamos sido amigos íntimos, y ahora él podía hacerme visitas anuales en mi hogar italiano.

Estaba de servicio aquella mañana, por lo que no pudo bajar a tierra hasta después del almuerzo.

—Cenaré contigo, por supuesto, esta noche, viejo amigo —dijo—. Y tienes que contarme todas las novedades. Estaremos aquí seis días y estuve a punto de irme a casa. Dos de nuestros muchachos obtuvieron permiso del almirante y salieron a las tres de esta mañana hacia Londres: ¡cuatro días en tren y dos en la ciudad! Se han ido a ver a sus novias, supongo.

Al oficial naval británico en el Mediterráneo le encanta cruzar Europa para pasar un día en casa si consigue permiso y los fondos se lo permiten. Se calcula generalmente que tal viaje cuesta unas dos libras por hora mientras se está en Londres. Y, sin embargo, cuando un hombre está lejos de su prometida o esposa durante tres años enteros, su ansiedad por volver, aunque sea por un breve día, es fácil de entender. Los más jóvenes, sin embargo, van por puro capricho, siempre que pueden obtener permiso. Esto no ocurre a menudo, pues el almirante tiene opiniones muy firmes sobre el asunto.

—Tu tiempo termina pronto, ¿no es así? —comenté, mientras me recostaba en la cómoda silla de cubierta y contemplaba el puerto blanco y su telón de fondo de los Apeninos púrpuras.

El hombre moreno y apuesto, con su elegante uniforme de verano, se inclinó sobre la borda y dijo, con un leve suspiro, según me pareció:

—Sí. Creo que este es mi último viaje a Livorno. Regreso en noviembre y, la verdad, no me apenará. Tres años es mucho tiempo para estar lejos de casa. ¿Te vas la semana que viene, dices? ¡Afortunado tú, que eres tu propio dueño! Ojalá yo lo fuera. Año tras año en esta cubierta se vuelve condenadamente aburrido, te lo aseguro, querido amigo.

Durnford era un hombre que había escrito mucho sobre asuntos navales y era aceptado como experto en varias ramas del servicio. El Almirantazgo no anima a los oficiales a escribir, pero en el caso de Durnford se reconocía que poseía un conocimiento de los temas navales que era de utilidad y, por tanto, se le permitía escribir libros y contribuir con artículos críticos en las revistas del ramo. Había estudiado las fuerzas relativas de las armadas extranjeras y, manteniendo siempre los ojos abiertos, había podido, en muchas ocasiones, proporcionar información valiosa a nuestros agregados navales en las embajadas. Más de una vez, sin embargo, su mordaz crítica a la actuación de los lores navales le había acarreado reprimendas desde el cuartel general; no obstante, su talento como experto naval era tan universalmente reconocido que escribir nunca le fue prohibido, como sí lo fue a otros.

—¿Cómo está Hutcheson? —preguntó un momento después, girándose hacia mí.

—Tan sano como un roble. Acaba de regresar de su mes de permiso en casa. Su esposa, sin embargo, sigue en Escocia. No soporta Livorno en verano.

—No me extraña. Es un horno absoluto cuando el tiempo empieza a calentar.

—Me voy en cuanto hayáis zarpado. Solo me quedé porque prometí actuar en nombre de Frank —dije—. ¡Y, por Júpiter! Ocurrió algo curioso mientras estaba a cargo: un misterio de primera categoría.

—Un misterio, cuéntame —exclamó, interesándose de repente.

—Bueno, un yate... creo que era un yate pirata... recaló aquí.

—¡Un pirata! ¿Qué quieres decir?

—Bueno, era inglés. Escucha y te contaré todo el asunto. Será algo nuevo que contar en el comedor, pues sé cómo os quedáis vosotros sin conversación.

—¡Por Júpiter, sí! Las cosas decaen cuando no recibimos correo. Pero continúa, estoy escuchando —añadió, mientras un ordenanza se acercaba, saludaba y le entregaba un papel.

—Bien —dije—, crucemos al otro lado. No quiero que el centinela nos oiga.

—Como quieras, pero ¿por qué tanto misterio? —preguntó mientras caminábamos juntos hacia el otro lado de la impecable cubierta de popa del gigantesco acorazado.

—Lo entenderás cuando te cuente la historia. —Y entonces, de pie bajo el toldo, relaté a mi amigo todas las curiosas circunstancias, tal como las he registrado en las páginas anteriores.

—¡Condenadamente curioso! —observó con sus ojos oscuros fijos en los míos—. ¡Es un misterio, por Júpiter! ¿Qué nombre llevaba el yate?

—El Lola.

—¡Qué! —exclamó, palideciendo repentinamente—. ¿El Lola? ¿Estás completamente seguro de que era el Lola, L-O-L-A?

—Absolutamente seguro —respondí—. Pero ¿por qué preguntas? ¿Acaso sabes algo de la embarcación?

—¡Yo! —balbuceó, y pude ver que involuntariamente había revelado la verdad, aunque por alguna razón deseaba ocultarme sus conocimientos—. ¡Yo! ¿Cómo iba a saber nada de tal embarcación? Evidentemente, había ladrones a bordo, quizás piratas, como dices.

—¡Pero el nombre Lola te resulta familiar, Jack! Estoy seguro de ello por tu actitud.

Hizo una pausa un momento y pude ver el esfuerzo extenuante que estaba haciendo para evitar revelar lo que sabía.

—Es... bueno... —dijo vacilante, con una sonrisa algo forzada—. Es nombre de chica, una chica que conocí una vez. El nombre me trae ciertos recuerdos.

—Agradables, espero.

—No. Amargos, muy amargos —dijo con tono duro, caminando de un lado a otro de la cubierta, y vi en sus ojos una mirada extraña, mitad de ira, mitad de profundo pesar.

¿Estaría diciendo la verdad? Algún romance trágico relacionado con una mujer, lo sabía, había ensombrecido su vida en los años previos a nuestra amistad. Pero nunca me había revelado los hechos reales. Nunca antes se había referido a la amargura del pasado, aunque sabía perfectamente que su corazón albergaba en secreto algún dolor abrumador.

Por fuera era tan alegre como los otros compañeros que oficializaban aquella enorme fortaleza flotante; a bordo era un típico y elegante infante de marina y, en tierra, bailaba, jugaba al tenis y coqueteaba con tanto vigor como los demás. Pero un corazón pesado latía bajo su uniforme.

Cuando regresó a donde yo estaba, vi que su rostro había cambiado: se había vuelto demacrado y tenso. Tenía el aspecto de un hombre que había recibido un golpe que lo había tambaleado, aplastando toda vida y esperanza.

—¿Qué te pasa, Jack? —pregunté—. ¡Vamos! Cuéntame, ¿qué te aflige?

—Nada, mi querido viejo amigo —respondió con voz ronca—. Realmente nada, solo un ataque de melancolía por un momento —añadió, intentando sonreír—. Pasará.

—Lo que acabo de contarte sobre ese yate te ha alterado. No puedes negarlo.

Se sobresaltó. Su boca, vi, estaba apretada. Sabía algo sobre aquella misteriosa embarcación, pero no quería decírmelo.

El sonido de un clarín provino del otro extremo del barco e inmediatamente los hombres correteaban por la cubierta de abajo mientras se obedecía alguna orden con esa precisión que caracteriza al "hombre de confianza".

—¿Por qué guardas silencio? —pregunté despacio, con mis ojos fijos en mi amigo el oficial—. Te he dicho lo que sé y quiero descubrir el motivo de la visita de esos hombres y la razón por la que abrieron la caja fuerte de Hutcheson.

—¿Cómo puedo decírtelo? —preguntó con una voz tensa y antinatural.

—Creo que sabes algo sobre ellos. Vamos, dime la verdad.

—Admito que tengo ciertas sospechas graves —dijo al fin, de pie, con las piernas abiertas y las manos a la espalda, con su espada arrastrándose sobre la cubierta blanca—. Dices que el yate se llamaba Lola, pintado de gris con una chimenea negra.

—No, blanco mate, con una chimenea amarilla.

—¡Ah! Por supuesto —observó, como para sí mismo—. Lo habrán repintado y alterado su apariencia. Pero el comedor. ¿Había un largo aparador de roble tallado con una cornisa grande y pesada con tres delfines dorados en el centro? ¿Y no había delfines dorados en los respaldos de las sillas, un emblema heráldico?

—Sí —grité—. ¡Tienes razón! ¡Los recuerdo! ¡Seguramente has estado a bordo!

—¿Y hay un salón de señoras y un pequeño tocador en rosa más allá, mientras que la sala de fumadores es totalmente de mármol por el calor?

—Exacto, ¡el mismo yate, sin duda! Pero ¿qué sabes de él?

—¿El capitán, que te dio el nombre de Mackintosh, es un estadounidense de baja estatura y tipo bastante despreciable?

—Lo tomé por escocés.

—Porque fingió un acento escocés —rió—. Es un hombre que puede hablar una docena de idiomas con dificultad y hacerse pasar por italiano, alemán o francés, como desee.

—¿Y el... el hombre que dio el nombre de Philip Hornby?

La boca de Durnford se cerró de golpe. Respiró hondo, sus ojos se tornaron feroces y se mordió el labio.

—Ah, veo que no es exactamente tu amigo —dije con intención.

—Tienes razón, Gordon, no es mi amigo —fue su lenta y significativa respuesta.

—Entonces, ¿por qué no ser franco y contarme todo lo que sabes sobre él? Frank Hutcheson está ansioso por aclarar el misterio porque han manipulado los sellos consulares y otras cosas. Además, se le atribuiría el mérito si resolviera el asunto.

—Bueno, a decir verdad, yo mismo estoy desconcertado. Todavía no puedo discernir su motivo.

—Pero al menos conoces a los hombres —argumenté—. Al menos puedes decirnos quiénes son realmente.

Sacudió la cabeza, todavía reacio, por alguna razón oculta, a revelarme la verdad.

—¿No viste a ninguna mujer a bordo? —preguntó de repente, mirándome directamente a los ojos.

—No. Hornby me dijo que él y Chater estaban solos.

—¡Y sin embargo, una hora después de que te fueras, un hombre y una mujer bajaron a tierra y desaparecieron! Ah, si tan solo tuviéramos una descripción de esa mujer, nos revelaría mucho.

—Era joven y morena, según el detective. Tenía una extraña mirada fija en sus ojos que le llamó la atención, pero llevaba un grueso velo de automovilista, por lo que no pudo distinguir claramente sus facciones.

—¿Y su acompañante?

—De mediana edad, prematuramente canoso, con un pequeño bigote oscuro.

Jack Durnford suspiró y se acarició la barbilla.

—Ah, justo como pensaba —exclamó—. ¡Y estuvieron aquí, en este puerto, hace una semana! ¡Qué amarga ironía del destino!

—No te entiendo —dije—. Eres tan misterioso y, sin embargo, no me dirás nada.

—La policía, ilusos que son, les ha permitido escapar y ya nunca serán capturados. ¡Ah, no los conoces como yo! Son la pareja más inteligente de toda Europa. ¡Y tienen la audacia de llamar a su embarcación Lola, Lola, de entre todos los nombres!

—Pero como sabes quiénes son y qué son esos tipos, creo que, en justicia hacia Hutcheson, deberías contarnos algo —me quejé—. Si son aventureros, deberían ser rastreados.

—¿Qué puedo hacer yo, un prisionero aquí a bordo? —argumentó amargamente—. ¿Cómo puedo actuar?

—Déjamelo todo a mí. Soy libre de viajar tras ellos y averiguar la verdad si tan solo me dices lo que sabes sobre ellos —dije con entusiasmo.

—Gordon, déjame ser franco y abierto contigo, mi querido viejo amigo. Te lo contaría todo, todo, si me atreviera. Pero no puedo... ¡lo entiendes! —Y sus palabras finales parecieron ahogarlo.

Me quedé ante él, boquiabierto de asombro.

—Realmente quieres decir... bueno, ¿que les tienes miedo? —susurré.

Asintió lentamente afirmativamente, añadiendo: —Decirte la verdad sería atraerme una venganza rápida e implacable que me abrumaría y aplastaría. Ah, mi querido amigo, no sabes, no puedes imaginar qué trajo a esos hombres desesperados a este puerto. Puedo adivinarlo, solo puedo adivinarlo demasiado bien, pero solo puedo decirte que si alguna vez descubres la terrible verdad —lo cual me temo que es poco probable—, habrás resuelto uno de los misterios más extraños y notables de los tiempos modernos.

—¿Sobre qué trata el misterio? —pregunté con ansiedad contenida.

—Trata sobre una mujer.

CAPÍTULO III

LA CASA "AL OTRO LADO DEL AGUA"

El Escuadrón del Mediterráneo, ese magnífico despliegue de fuerza naval que es la garantía de la paz en Europa, tras una semana de alegres festejos en Livorno, había zarpado hacia Gaeta, mientras yo, feliz de escapar del calor abrasador, me encontraba de nuevo en el querido viejo Londres.

Uno pasa el tiempo en el sur bastante bien en invierno, pero después de un año incluso el amante más ardiente de Italia anhela volver con los suyos, aunque sea por un espacio de tiempo muy breve. El exilio durante un año entero en cualquier ciudad continental es, en efecto, un exilio; por lo tanto, aunque vivía en Italia por elección, yo, como tantos otros ingleses, siempre me las arreglaba para pasar un mes o dos en verano en nuestro clima templado, aunque tan difamado.

Londres, el mismo querido y polvoriento viejo Londres, solo que quizás más querido y más polvoriento que nunca, era mi ciudad natal; por eso siempre pasaba unas semanas en ella, aunque todo el mundo pudiera estar fuera, en el campo o en la costa.

Había pasado un mes agradable en Buxton y desde allí me había ido al norte, a los Lagos, y fue una calurosa tarde de mediados de agosto cuando me encontré de nuevo en Londres, cruzando St. James's Square desde el Sports Club, donde había cenado, caminando hacia Pall Mall. Acababa de caer la oscuridad y había esa opresión sofocante en el aire que presagiaba una tormenta. El club no estaba alegre con vida y alegría como lo está en temporada, pues todo el mundo estaba fuera, muchas de las salas estaban cerradas por redecoración y la mayor parte del mobiliario estaba envuelto en lino.

Iba de camino a hacer una visita a una dama que vivía en Hampstead, amiga de mi difunta madre, y acababa de girar hacia Pall Mall, cuando una voz a mi lado exclamó de repente en italiano:

—¡Ah, signore! ¡Vaya, en realidad, mi padrone!

Y mirando a mi alrededor, vi a un hombre de rostro delgado de unos treinta años, vestido con un negro pulcro pero algo raído, a quien reconocí al instante como un hombre que había sido mi criado en Livorno durante dos años, tras lo cual se había marchado para mejorar su situación.

—¡Vaya, Olinto! —exclamé, sorprendido, mientras me detenía—. ¿Tú... en Londres? Bien, ¿y cómo te va?

—Muy excelentemente, signore —respondió en un inglés entrecortado, sonriendo—. Pero es tan agradable para mí ver a mi generoso padrone de nuevo. ¡Qué fortuna que pase por aquí en este mismo momento!

—¿Dónde estás trabajando? —pregunté.

—En el restaurante Milano, en Oxford Street; solo un lugar pequeño, pero ganamos discretamente, así que no debo quejarme. Vivo al otro lado, en Lambeth, y voy de camino a casa.

—Me enteré de que te casaste después de dejarme. ¿Es cierto?

—Sí, signore. Me casé con Armida, que estaba a su servicio cuando entré por primera vez. ¿La recuerda? ¡Ah, bueno! —añadió, suspirando—. ¡Pobre criatura! Lamento decir que está muy enferma. No soporta su clima inglés. El médico dice que morirá si permanece aquí. Pero ¿qué puedo hacer? Si volvemos a Italia, solo pasaremos hambre. —Y vi que estaba profundamente angustiado y que la mención de su esposa enferma había despertado en él pensamientos amargos.

Olinto Santini caminó a mi lado en dirección a Trafalgar Square, respondiendo a las preguntas que le hacía. Había sido un criado bueno y trabajador, y me alegró verlo de nuevo. Cuando me dejó, se había ido como camarero en uno de los barcos de la Anchor Line entre Nápoles y Nueva York, y eso fue lo último que supe de él hasta que lo encontré allí en Londres, como camarero en un restaurante de segunda categoría.

Cuando intenté deslizar algo de plata en su mano, se negó a tomarla y, con una alegre risa, dijo:

—Me pregunto si se ofendería, signore, si le contara algo que he estado anhelando durante mucho tiempo.

—En absoluto.

—Bueno, el signore fuma nuestros cigarros toscanos. Me pregunto si por casualidad tiene alguno. No podemos conseguirlos en Londres, ya sabe.

Metí la mano en mi bolsillo, riendo, y descubrí que tenía un par de aquellos cigarros largos, finos y baratos que siempre fumo en Italia y que son tan apreciados por el paladar toscano. Se los entregué y él los tomó con deleite, como la mayor delicadeza que podría haberle ofrecido. ¡Pobre hombre! Como italiano exiliado, se aferraba a cada pequeña insignificancia que le recordaba a su amada patria.

Cuando nos detuvimos ante la National Gallery antes de separarnos, hice algunas preguntas más sobre Armida, la doncella de ojos negros y buen parecer con la que se había casado.

—¡Ah, signore! —respondió con voz ahogada por la emoción, cayendo en el italiano—. Es la gran pena de mi vida. Trabajo duro desde temprano en la mañana hasta tarde en la noche, pero ¿de qué sirve cuando veo a mi pobre esposa desvanecerse gradualmente ante mis propios ojos? El médico dice que es imposible que sobreviva al próximo invierno. ¡Ah, qué encantada estaría la pobre muchacha si pudiera ver al padrone una vez más!

Sentí lástima por él. Armida había sido una buena sirvienta y me había servido bien durante casi tres años. La vieja Rosina, mi ama de llaves, a menudo lamentaba que se hubiera visto obligada a irse para cuidar a su anciana madre. Esta última, me contó, había muerto, y después él se había casado con ella. Hay más romance y tragedia en las vidas de los pobres italianos en Londres de lo que Londres jamás sospecha. Somos demasiado propensos a considerar al italiano como una persona sedienta de sangre, dada al uso ilegal del cuchillo, mientras que, en conjunto, la colonia italiana en Londres es trabajadora, ahorradora y respetuosa de la ley, muy diferente, de hecho, a esas colonias de extranjeros del norte de Europa que continuamente traen suciedad, enfermedades e inmoralidad al East End, y que son un lastre inútil en una ciudad ya superpoblada.

Habló con tanta melancolía sobre que su esposa pudiera verme una vez más que, no teniendo nada muy particular que hacer esa tarde y sintiendo una profunda simpatía por el pobre hombre en su apuro, decidí acompañarlo a su casa y ver si no podía, de alguna manera, prestarle un poco de ayuda.

Me agradeció profusamente cuando acepté ir con él.

—¡Ah, signor padrone! —dijo con gratitud—, ella estará tan encantada. Es muy bueno de su parte.

Llamamos a un coche de punto y cruzamos el puente de Westminster hacia la dirección que me dio: una sombría calle trasera cerca de York Road, una de esas vías estrechas y mugrientas en las que nunca brilla el sol. ¡Ah, cuán a menudo los pobres italianos, esos hijos del sol, languidecen y mueren cuando están encerrados en nuestras lúgubres y sórdidas calles! La suciedad y la miseria no les afectan; es la humedad, el frío y la falta de sol lo que tan pronto resulta fatal.

Un tipo de aspecto bajo y rostro malvado nos abrió la puerta y gruñó un saludo a Olinto, quien, encendiendo una cerilla, subió las escaleras desgastadas y sin alfombra delante de mí, disculpándose por pasar primero y diciendo en italiano:

—Vivimos arriba, signore, porque es más barato y el aire es mejor.

—Muy bien —dije—. Muy bien. Adelante. —Y me pareció oír cómo mi coche se alejaba.

Era un lugar sombrío, desalentador y sin luz en el que ciertamente habría dudado en entrar si mi acompañante no hubiera sido mi fiel sirviente. Instintivamente me desagradó el aspecto del tipo que había abierto la puerta. Era uno de esos holgazanes pesados del tipo típicamente de Lambeth. Sin embargo, recordé que los pobres extranjeros no pueden elegir dónde residir.

Contrariamente a mis expectativas, la sala de estar a la que entramos en el último piso estaba bastante cómodamente amueblada, limpia y presentable, aunque eran evidentes rastros de pobreza. Una lámpara barata ardía sobre la mesa, pero el apartamento estaba desocupado.

Olinto, sorprendido, pasó a la habitación contigua, regresando un momento después, exclamando:

—Armida debe haber salido a buscar algo. O quizás está con las personas, un cajista y su esposa, que viven en el piso de abajo. Son muy buenos con ella. Iré a buscarla. Acomódese en una silla, signore. —Y acercó la mejor silla para mí y la limpió con su pañuelo.

Le permití ir a buscarla, algo sorprendido de que ella estuviera lo suficientemente bien como para levantarse después de todo lo que me había dicho sobre su enfermedad. Sin embargo, el consumo no mantiene a la gente en cama hasta sus etapas finales.

Mientras estaba allí, mirando alrededor de la habitación, no podía distinguir bien sus rincones más lejanos, pues la lámpara tenía una pantalla de cartón verde que arrojaba un círculo de luz sobre la mesa y dejaba el resto de la habitación en penumbra. Cuando, sin embargo, mis ojos se acostumbraron a la tenue luz, discerní que el lugar estaba polvoriento y algo desordenado. El sofá era, vi, una cama de hierro plegable con cojines viejos y grasientos, mientras que la alfombra estaba desgastada y llena de agujeros. Cuando descorrí las viejas cortinas de rep para mirar por la ventana, encontré que los postigos estaban cerrados, lo cual me pareció inusual para una habitación tan alta.

Olinto regresó en pocos momentos, diciendo que su esposa evidentemente había ido a hacer unas compras en Lower Marsh, pues es costumbre de los habitantes de esa localidad ir de «mercado» por la tarde entre los puestos de los vendedores ambulantes que bordean tantas de las vías. Los productos perecederos, el excedente de los mercados y tiendas, son más baratos de noche que por la mañana.

—Espero que no tenga prisa, signore —dijo con tono de disculpa—. Pero, por supuesto, la pobre muchacha no sabe la sorpresa que le espera. Seguramente no tardará.

—Entonces esperaré —dije, y me dejé caer en la silla que él había acercado para mí.

—No tengo nada que ofrecerle, signor padrone —dijo con una risa—. No esperaba un visitante, ya sabe.

—No, no, Olinto. Acabo de cenar. Pero dime cómo te ha ido desde que me dejaste.

—¡Ah! —rió con amargura—. Tuve muchos altibajos antes de encontrarme aquí en Londres. El mar no me convenía, ni tampoco el trabajo. Me pusieron en los barracones de los emigrantes y, por consecuencia, no pude ganar nada. Los otros camareros eran napolitanos, por lo tanto, porque yo era toscano, me relegaron al peor puesto. ¡Ah, signore, usted no sabe lo que es servir a esos emigrantes! Hice dos viajes, luego regresé y me casé con Armida. Fui a visitarlo, pero Tito dijo que usted estaba en Londres. Al principio conseguí trabajo en un café en Viareggio, pero cuando terminó la temporada y me quedé sin empleo, logré trabajar en mi camino de Génova a Londres. Mi primer puesto fue de lavaplatos en un restaurante en Tottenham Court Road, y luego me convertí en camarero en la cervecería del Monico, y logré ahorrar lo suficiente para enviarle a Armida el dinero para que se reuniera conmigo aquí. Después fui al Milano, y espero entrar pronto en uno de los grandes hoteles, o tal vez en la parrilla del Carlton. Tengo un amigo que está allí y ganan mucho dinero; cuatro o cinco libras cada semana en propinas, dicen.

—Veré qué puedo hacer por ti —dije—. Conozco a varios gerentes de hoteles que podrían tener una vacante.

—¡Ah, signore! —exclamó, lleno de satisfacción—. ¡Si usted solo lo hiciera! Una palabra suya me aseguraría una buena posición. Sé trabajar, eso usted lo sabe, y trabajo. Trabajaré, por ella.

—Te lo he prometido —dije brevemente.

—¿Y cómo puedo agradecerle lo suficiente? —gritó, de pie frente a mí, mientras en sus ojos creí detectar una extraña mirada salvaje, tal como nunca había visto allí antes.

—Me serviste bien, Olinto —respondí—, y cuando descubro una honestidad auténtica y pura intento apreciarla. Hay, por desgracia, muy poca en este mundo.

—Sí —dijo con voz ronca, cambiando repentinamente su actitud—. Esta noche me ha demostrado, signore, que usted es mi amigo, y yo, a cambio, le demostraré que soy el suyo. —Y agarrando repentinamente mis dos manos, me sacó de la silla en la que estaba sentado, preguntándome al mismo tiempo en un susurro bajo e intenso: —¿Siempre lleva un revólver aquí en Inglaterra, como hace en Italia?

—Sí —respondí, sorprendido por su acción y su pregunta—. ¿Por qué?

—Porque aquí hay peligro —respondió en el mismo tono bajo y serio—. Prepare su arma. Puede que la necesite.

—No entiendo —dije, palpando mi Colt en el bolsillo trasero para asegurarme de que estaba allí.

—Olvide lo que he dicho, todo, todo lo que le he contado esta noche, señor —dijo—. No he explicado toda la verdad. Usted está en peligro, ¡en peligro mortal!

—¿Cómo? —exclamé sin aliento, sorprendido por su extraordinario cambio de actitud y su evidente aprensión de que algo pudiera pasarme.

—Espere y verá —susurró—. Pero primero dígame, signore, que me perdonará por el papel que he jugado en este asunto despreciable. Yo, al igual que usted, caí inocentemente en manos de sus enemigos.

—¡Mis enemigos! ¿Quiénes son?

—Son desconocidos y, por el momento, deben seguir siéndolo. Pero si duda de su peligro, observe... —y tomando las tenazas oxidadas de la chimenea, las colocó cuidadosamente de punta frente al profundo sillón en el que me había sentado, y luego las dejó caer contra el borde del asiento, saltando rápidamente hacia atrás mientras lo hacía.

En un instante, un brillante destello azul atravesó el lugar y los hierros cayeron a un lado, fundidos y retorcidos hasta quedar irreconocibles.

Me quedé estupefacto, totalmente incapaz por el momento de comprender lo cerca que había estado de la muerte.

—¡Mire! ¡Vea aquí, detrás! —gritó el italiano, dirigiendo mi atención a las patas traseras de la silla, donde, al inclinarme con la lámpara, vi, para mi sorpresa, que dos cables estaban conectados y corrían por el suelo hacia fuera de la ventana, mientras que, oculto bajo la alfombra raída frente a la silla, había una fina placa de acero donde habían descansado mis pies.

Aquellos que me habían atraído tan ingeniosamente a esa lúgubre casa de la muerte habían conectado la red principal de luz eléctrica con esa silla de aspecto inocente, y desde algún punto oculto habían sido capaces de activar una corriente de voltaje suficiente para matar a cincuenta hombres.

Me quedé inmóvil, sin atreverme a moverme por temor a entrar en contacto con algún cable oculto, cuyo más mínimo roce debía traerme la muerte instantánea.

—Sus enemigos prepararon esta terrible trampa para usted —declaró el hombre que una vez fue mi fiel sirviente—. Cuando entré en el asunto no sabía que sería fatal. No me dieron ningún indicio de su despreciable intención. Pero no hay tiempo para admitir explicaciones ahora, signore —añadió sin aliento, con voz baja y desesperada—. Diga que no me prejuzgará —suplicó con sinceridad.

—No te prejuzgaré hasta que haya escuchado tu explicación —dije—. Ciertamente le debo mi vida esta noche.

—¡Entonces rápido! Huya de esta casa en este instante. Si le detienen, entonces use su revólver. No dude. En un momento estarán aquí sobre usted.

—Pero, ¿quiénes son ellos, Olinto? Debes decírmelo —grité desesperado.

—¡Dio! ¡Vaya! ¡Vaya! —gritó, empujándome violentamente hacia la puerta—. ¡Huya, o ambos moriremos, los dos! Corra hacia abajo. Debo hacer el simulacro de correr tras usted.

Me giré y, al ver su desesperado afán, huí precipitadamente, mientras él corría abajo detrás de mí, pronunciando feroces imprecaciones en italiano, como si me hubiera escapado.

Un hombre en el estrecho y oscuro pasillo intentó hacerme tropezar mientras corría, pero disparé a quemarropa contra él y, llegando a la puerta, la abrí y un instante después me encontré en la calle.

Fue la vez que más cerca estuve de la muerte en toda mi vida; seguramente la aventura más extraña y notable. ¿Qué, me preguntaba, significaba?

A la mañana siguiente busqué por todo Oxford Street el restaurante Milano, pero no pude encontrarlo. Pregunté a comerciantes, carteros y policías; examiné el Directorio de Londres en el bar del Oxford Music Hall e hice todas las consultas posibles. Pero todo fue en vano. Nadie conocía tal lugar. Había restaurantes de sobra en Oxford Street, desde el Frascati hasta la humilde cafetería, pero nadie había oído hablar nunca del «Milano».

¡Incluso Olinto me había traicionado!

Estaba lleno de disgusto, pues le había tenido por honesto, íntegro y trabajador; y me desconcertaba conocer la razón por la que me había engañado y por qué me había atraído al borde mismo de la tumba.

Él mismo me había dicho que había caído en la trampa tendida por mis enemigos, ¡y sin embargo se había negado rotundamente a decirme quiénes eran! Todo el asunto era totalmente inexplicable.

Conduje hasta Lambeth y vagué por el laberinto de calles humildes cerca de York Road, sin embargo, por nada del mundo pude decidir en qué casa me habían metido. Había una docena que me parecieron que podrían ser la misma casa de la que había escapado tan estrechamente con mi vida.

Gradualmente se me quedó grabado que mi ex sirviente había sabido de alguna manera que yo estaba en Londres, que había vigilado mi salida del club y que toda su lastimera historia sobre Armida era falsa. Él era el enviado de mis enemigos desconocidos, quienes habían tramado tan ingeniosa y tan implacablemente mi destrucción.

Que tenía enemigos lo sabía muy bien. El hombre que cree que no los tiene es un tonto absoluto. No hay hombre viviente que no tenga un enemigo, desde el mendigo en la casa de trabajo hasta el rey en su automóvil. Pero el enemigo invisible es siempre el más peligroso; de ahí mis profundas reflexiones aprensivas aquel día mientras caminaba por esas sórdidas calles traseras «al otro lado del agua», como el londinense se refiere al distrito entre esas dos arterias principales de tráfico, Waterloo Road y Westminster Bridge Road.

Mis enemigos desconocidos habían asegurado los servicios de Olinto en su despreciable complot para matarme. ¿Con qué motivo?

Me preguntaba, mientras cruzaba el puente de Waterloo hacia el Strand, si Olinto Santini se acercaría de nuevo a mí y daría la explicación prometida. Había dado mi palabra de no prejuzgarle hasta que me revelara la verdad. Sin embargo, no podía, en las circunstancias, depositar plena confianza en él.

Cuando los enemigos de uno son desconocidos, el sentimiento de aprensión es siempre mucho mayor, pues en la imaginación el peligro acecha en cada esquina, y cada acción de un amigo encubre la artimaña de un enemigo sospechoso.

Aquel día hice mis negocios en la City con desconfianza hacia todos, sin saber si no me estaban siguiendo o si aquellos que buscaban mi vida no estaban tramando algún otro movimiento igualmente ingenioso mediante el cual pudiera ir inocentemente a mi muerte. Intenté descubrir a Olinto por todos los medios posibles durante esos sofocantes días que siguieron. El calor de Londres era, para mí, más opresivo que el sol ardiente de la vieja Toscana, y todos los que podían estar fuera de la ciudad se habían marchado al campo o al mar.

El único rastro que encontré del italiano fue que estaba registrado en la oficina de la Sociedad Internacional de Sirvientes de Hotel, en Shaftesbury Avenue, como empleado en Gatti's Adelaide Gallery, pero al preguntar allí descubrí que se había ido hacía más de un año, y ninguno de sus compañeros camareros conocía su paradero.

Así, derrotado en cada investigación, y concluido finalmente mi negocio en Londres, fui a Dumfries en una visita de deber que pagaba anualmente a mi tío, Sir George Little. Habiendo conocido Dumfries desde mi infancia más temprana, y habiendo pasado algunos años de mi juventud allí, tenía muchos amigos en las cercanías, pues Sir George y mi tía eran muy populares en el condado y se movían en el mejor círculo.

Cada vez que regresaba del extranjero era siempre un invitado bienvenido en Greenlaw, como se llamaba su propiedad a las afueras de la ciudad de Burns, y esta ocasión no fue una excepción, pues las casas de campo de Dumfries siempre están alegres en agosto en previsión de la temporada de caza.

—Unas personas nuevas han alquilado el castillo de Rannoch. Parecen bastante agradables —comentó mi tía mientras estábamos sentados juntos almorzando el día después de mi llegada—. Se llaman Leithcourt, y me han pedido que te lleve allí a jugar al tenis esta tarde.

—No soy muy buen jugador, ya sabes, tía. En Italia no creemos en el atletismo. Pero si es por cortesía, por supuesto, iré.

—Muy bien —dijo—. Entonces pediré el victoria para las tres.

—Hay varias chicas agradables allí, Gordon —comentó mi tío con picardía—. Te divertirás, así que no pienses que te vas a aburrir.

—No hay peligro de eso —fue mi respuesta. Y a las tres en punto, Sir George, su esposa y yo partimos hacia ese hermoso y antiguo castillo histórico que se alza en lo alto de Bognie, dominando las aguas de Cairn más allá de Dunscore, uno de los bastiones del Black Douglas en aquellos días turbulentos de hace mucho tiempo, y ahora una espléndida residencia antigua con un gran coto de caza que a veces se alquilaba por temporada a un precio muy alto por su aristocrático aunque algo escaso de dinero propietario.

Podíamos ver sus grandes torres redondas, erguidas, sombrías y grises en la ladera dominando todo el valle, mucho antes de acercarnos, y cuando entramos en los terrenos encontramos una alegre fiesta en trajes de verano reunida en el antiguo campo de bolos, ahora transformado en una moderna pista de tenis.

La señora Leithcourt y su marido, un hombre alto, delgado, de cabello gris y bien vestido, se acercaron ambos para saludarnos, y tras unas pocas presentaciones me uní a un set de tenis. Eran una multitud alegre. Los Leithcourt estaban entreteniendo a un gran grupo de invitados, y su hospitalidad estaba a una escala totalmente acorde con el hermoso y antiguo lugar que alquilaban.

El té fue servido en el césped por los lacayos y, después, estando cansado del juego, me encontré paseando con Muriel Leithcourt, una chica brillante de ojos oscuros, con el cabello bien recogido, que vestía una blusa de algodón y una falda de tenis de franela.

Me estaba disculpando por mi juego terriblemente malo, explicando que no tenía práctica allí en Italia, ante lo cual ella dijo:

—Conozco Italia un poco. Estuve en Florencia y Nápoles con mamá la temporada pasada.

Y entonces comenzamos a discutir sobre cuadros, esculturas y las vistas de Italia en general. Discerní por sus comentarios que había viajado mucho; de hecho, me contó que tanto su padre como su madre nunca eran más felices que cuando se movían de un lugar a otro en busca de variedad y distracción. Habíamos entrado en el enorme vestíbulo panelado del castillo y subido por la pintoresca y antigua escalera de piedra hasta el largo salón de banquetes con su techo de roble panelado, que en estos días modernos se había transformado en un salón alegre y agradable, desde cuyas ventanas se presentaba una vista maravillosa sobre el hermoso Nithsdale y a través de las colinas cubiertas de brezo más allá.

Era agradable holgazanear allí en la fresca habitación antigua después del sol caliente del exterior, y mientras miraba alrededor del lugar noté cuánto más lujoso y de buen gusto era ahora que en los días en que había visitado a su propietario varios años antes.

—Estamos terriblemente contentos de estar aquí arriba —decía mi bonita acompañante—. Tuvimos una temporada tan ajetreada en Londres. —Y luego continuó describiendo el baile de la Corte y dos o tres de los eventos más notables sobre los que había leído en mi periódico inglés junto al Mediterráneo.

Me atrajo debido a su brillante vivacidad, rápido ingenio y agudo sentido del humor, por lo tanto me senté a escuchar su agradable charla. Exiliado como estaba en una tierra extranjera, rara vez hablaba inglés excepto con Hutcheson, el Cónsul, e incluso entonces generalmente hablábamos italiano si había otros presentes, para que nuestros acompañantes entendieran. Por lo tanto, sus chismes me interesaban, y mientras la puesta de sol dorada inundaba la hermosa habitación antigua, me senté a escucharla, admirando interiormente su gracia innata y su hermoso rostro.

No tenía ni idea de quién o qué era su padre: si un rico fabricante, como tantos otros que alquilan cotos costosos y ofrecen grandes entretenimientos con el fin de abrirse camino en la alta sociedad por la puerta trasera, o si era un caballero con recursos y de buena familia. Me inclinaba más por esto último, por su porte distinguido y sus modales refinados. Su aspecto, alto y erguido, era el de un oficial retirado, y su rostro de facciones marcadas era de una distinción notable.

Le estaba contando a mi bella compañera algo sobre mi propia vida, cómo, dado que amaba tanto a Italia, vivía en la Toscana en lugar de vivir en Inglaterra, y cómo cada año regresaba a casa durante un mes o dos para visitar a mis parientes y mantenerme al tanto de las cosas.

De repente, ella dijo:

—Estuve una vez en Livorno por unas horas. Navegábamos por el Mediterráneo. Me encanta el mar, y navegar en yate es sumamente divertido, si tan solo tienes buen tiempo.

La mención del yate trajo a mi mente la visita del Lola y su misterioso desenlace.

—¿Su padre tiene un yate, entonces? —observé, con la mayor indiferencia que pude fingir.

—Sí. El Iris. Mi tío está haciendo un crucero en él por los fiordos noruegos. Para nosotros es un cambio estar aquí, porque a menudo estamos a flote. Cruzamos a Nueva York en él el año pasado y pasamos un tiempo de lo más encantador, a excepción de un mal temporal que nos puso a todos un poco nerviosos. Pero Moyes es un capitán tan excelente que nunca siento miedo. La tripulación son todos pescadores del Mar del Norte; mi padre no contratará a nadie más. No lo culpo.

—Entonces debe haber hecho muchos viajes largos y visto muchos rincones extraños del mundo, señorita Leithcourt —comenté, aumentando mi interés por ella, pues parecía sumamente inteligente y bien informada.

—Oh, sí. Hemos estado en México y en Panamá, además de Marruecos, Egipto y la costa oeste de África.

—¡Y realmente ha desembarcado en Livorno! —señalé.

—Sí, pero no nos quedamos allí más de una hora, para enviar un telegrama, creo recordar. Mi padre dijo que no había nada que ver allí. Él y yo fuimos a tierra, y debo decir que quedé bastante decepcionada.

—Tiene usted mucha razón. La ciudad en sí es fea y carece de interés. Pero las afueras, San Jacopo, Ardenza y Antigniano, son todas encantadoras. Fue una lástima que no las viera. ¿Fue hace mucho tiempo cuando recalaron allí?

—No hace mucho. Realmente no recuerdo la fecha exacta —fue su respuesta—. Estábamos de camino a casa desde Alejandría.

—¿Ha visto alguna vez, en alguno de los puertos en los que ha estado, un yate llamado Lola? —pregunté con entusiasmo, pues se me ocurrió que tal vez ella podría darme información.

—¡El Lola! —jadeó, y al instante su rostro cambió. Un rubor se extendió por sus mejillas, sucedido al momento siguiente por una palidez cadavérica. —¡El Lola! —repitió con una voz extraña y ronca, mientras se esforzaba denodadamente por no mostrar aprensión alguna—. No. Nunca he oído hablar de semejante embarcación. ¿Es un yate de vapor? ¿Quién es su dueño?

La observé con asombro y sospecha, pues vi que la mención del nombre había despertado en ella un grave recelo. Aquella mirada en sus ojos oscuros, al fijarse en mí, era de un terror distinto e indescriptible.

¿Qué podría saber ella acerca de la misteriosa nave?

—No sé el nombre del dueño —dije, fingiendo aún no haber notado su alarma y aprensión—. La embarcación encalló en Meloria, un banco de arena peligroso frente a Livorno, y por la estupidez de su capitán estuvo a punto de perderse.

—¿Sí? —jadeó, en un medio susurro, inclinándose hacia mí con avidez, incapaz de ocultar lo suficiente la terrible ansiedad que la consumía—. Y usted... ¿subió a bordo?

—Sí —fue la única palabra que pronuncié.

Un silencio cayó entre nosotros, y mientras mis ojos se fijaban en ella, vi que de su hermoso y expresivo rostro toda la luz y la vida se habían extinguido repentinamente, y supe que ella estaba en posesión secreta de la clave de aquel notable enigma que tanto me desconcertaba.

De repente, la puerta se abrió y una voz gritó alegremente:

—¡Vaya, he estado buscándolos por todas partes, Muriel! ¿Por qué están escondidos aquí? ¿No vienen?

Ambos nos volvimos, y al hacerlo, un grito ahogado de total consternación escapó involuntariamente de sus labios.

Al instante siguiente me puse de pie de un salto. El motivo de su grito era evidente, pues allí, bajo la plena luz de la puesta de sol dorada que entraba a raudales por los largos ventanales abiertos, se encontraba un hombre de hombros anchos y barba rubia, vestido con ropa de tenis y un sombrero Panamá: ¡el fugitivo que yo conocía como Philip Hornby!

Lo enfrenté, sin habla.

CAPÍTULO IV

EN EL QUE EL MISTERIO AUMENTA

Ninguno de los dos habló. Igualmente sorprendidos por el encuentro inesperado, nos quedamos frente a frente, estupefactos.

Hornby se sobresaltó rápidamente tan pronto como sus ojos se posaron en mí, y su rostro se puso blanco hasta los labios, mientras Muriel Leithcourt, rápida en notar el cambio repentino en él, se levantó y nos presentó con la voz más tranquila que pudo reunir.

—No creo que se conozcan —me dijo con una sonrisa—. Él es el señor Martin Woodroffe; señor Gordon Gregg.

Le hice una reverencia con la repentina resolución de permanecer en silencio, fingiendo que dudaba de si el hombre frente a mí era realmente mi anfitrión del Lola. Tenía la intención de actuar como si no estuviera lo suficientemente convencido como para expresar abiertamente mi duda. Por lo tanto, nos inclinamos, intercambiando saludos como desconocidos, mientras, observando cuidadosamente, vi cuánto se aliviaron las mentes de ambos. Intercambiaron miradas significativas y luego, como si estuvieran tranquilos al ver que yo estaba desconcertado e inseguro, el hombre que se hacía llamar Woodroffe explicó a mi compañera:

—He estado en Newton Stewart con Fred todo el día y acabo de regresar hace un cuarto de hora. ¿Ya no juegan más hoy?

—No lo creo —fue su respuesta—. Hemos estado allí toda la tarde y estoy algo cansada. Pero ellos siguen en el césped. Seguro que puedes jugar una partida con alguien.

—Si tú no juegas, yo tampoco. He vuelto para cumplir la promesa que hice esta mañana —rio, poniéndose de pie ante la gran chimenea abierta, sosteniendo su raqueta de tenis a la espalda.

Examiné su rostro y me convencí más que nunca de que era efectivamente el hombre que me dio el nombre de Hornby y la dirección falsa en Somerset. La pareja parecía tener una relación familiar, y me pregunté si estarían comprometidos. En cualquier caso, el hombre parecía sentirse allí como en casa.

Mientras charlaba con la hija de la casa, me lanzó una mirada rápida y furtiva, y luego le dirigió a ella una mirada significativa; una mirada de renovada confianza, como si sintiera que había logrado disipar cualquier sospecha que yo pudiera haber tenido.

Hablamos sobre las perspectivas de los urogallos y los salmones, y por sus comentarios parecía ser tan apasionado por el deporte como una vez me hizo creer que lo era por la navegación.

—Mi amigo Leithcourt tiene una suerte increíble al conseguir un lugar tan espléndido como este. Por todas partes escucho relatos entusiastas sobre la cantidad de aves. El lugar ha estado muy bien preservado en el pasado y hay mucha buena cobertura.

—Sí —dije—. Gilrae, el dueño, es un entusiasta deportista, y antes de que le faltara el dinero gastó mucho en la finca, la cual, creo, siempre ha sido considerada una de las mejores del suroeste. Dicen que hay salmones ahí abajo, en el valle, pero nunca he intentado pescar ninguno.

—Ciertamente los hay. He visto varios. Espero intentarlo un día de estos. El valle es profundo y sombreado, un lugar ideal para los peces. La única decepción aquí, por lo que he podido averiguar, es la escasez de ejemplares de urogallo negro.

—Sí, pero cada año son más y más raros en esta parte de Escocia. Un urogallo negro realmente hermoso es casi un acontecimiento hoy en día —dije.

Mientras hablábamos, o más bien mientras observaba cuidadosamente el rápido funcionamiento de su mente, el propio Leithcourt entró y se nos unió. Había estado jugando al tenis y había venido a descansar y refrescarse.

El anfitrión y el invitado eran evidentemente muy íntimos. Leithcourt se dirigió a él como "Martin" y comenzó a relatar una disputa que su guardabosques principal había tenido ese día con uno de los pequeños agricultores de la finca respecto a la matanza de unos conejos. Y mientras hablaban, Muriel sugirió que volviéramos a pasear por las pistas de tenis, una invitación que, por mucho que lamentara dejar a los dos hombres, me vi obligado a aceptar.

Parecía como si ella quisiera deliberadamente alejarme de la presencia de aquel hombre, temiendo que, al permanecer allí más tiempo, mis sospechas pudieran confirmarse. Ella estaba actuando en connivencia con el hombre a quien yo había conocido como Hornby.

Todavía había bastantes personas observando el juego, pues era agradable estar en aquellos jardines de antaño a la hora de la puesta de sol. El foso seco estaba ahora transformado en un jardín lleno de rododendros y azaleas brillantes, mientras que los altos y antiguos setos de haya, el pintoresco reloj de sol antiguo con su lema: "Cada vez que tu sombra gira, un día más cerca de la muerte", y las viejas balaustradas de piedra gris con líquenes, todo hablaba silenciosamente de aquellos días gloriosos en los que los feroces jinetes de los Lairds de Rannoch eran temidos al otro lado de la frontera, y cuando muchos prisioneros del Black Douglas habían languidecido y muerto en aquellas estrechas cámaras de piedra en la sombría torre norte que aún se erguía en lo alto.

Entre el grupo que paseaba y descansaba allí antes de partir había bastantes personas que conocía, personas que tenían cotos de caza en las cercanías y eran amigos de mi tío. En Escocia siempre existe una cordial hospitalidad entre la gente amante del deporte, y las leyes de casta son mucho menos rigurosas que en Inglaterra.

Estaba charlando con dos damas que estaban a punto de despedirse de su anfitriona cuando Leithcourt regresó, pero solo. Hornby no lo había acompañado. ¿Sería porque temía volver a encontrarse conmigo?

Para averiguar algo acerca del hombre que había huido tan misteriosamente de Livorno, me las arreglé, mediante el ejercicio de un poco de diplomacia, para sentarme en el césped con una joven casada llamada Tennant, esposa de un capitán de caballería, quien formaba parte del grupo de la casa. Después de un tiempo, logré desviar la conversación hacia sus compañeros invitados, y más particularmente hacia el hombre que yo conocía como Hornby.

—¡Oh! El señor Woodroffe es de lo más divertido —declaró la alegre mujercita—. Siempre está haciendo alguna broma pesada. Después de la cena, suele ser el alma de nuestra fiesta.

—Sí —dije—, me gusta lo poco que he visto de él. Es un tipo muy bueno, diría yo. He oído que está comprometido con Muriel —arriesgué—. ¿Es cierto?

—Por supuesto. Llevan comprometidos casi un año, pero él ha estado en el extranjero hasta hace muy poco. Es bastante reservado con sus asuntos y nunca habla de sus viajes y aventuras, aunque un día el señor Leithcourt declaró que sus escapes por los pelos darían para un libro de lo más emocionante si alguna vez se escribiera.

—Leithcourt y él son evidentemente amigos íntimos.

—¡Oh, inseparables! —rio—. Y el otro hombre que siempre está con ellos es ese viejo bajo, robusto y de cara roja que está allí de pie con la dama de azul pálido, Sir Ughtred Gardner. El señor Woodroffe lo ha apodado "Sir Putrid". —Y ambos reímos—. Por supuesto, no digas que yo lo dije —susurró—. No lo llaman así en su cara, pero es tan fácil cometer un error con su nombre cuando él no está al alcance de la voz. A nosotras, las mujeres, no nos cae bien, así que el apodo le viene al pelo.

Y ella siguió cotilleando, contándome mucho de lo que deseaba saber respecto al nuevo inquilino de Rannoch y sus amigos, y más especialmente del hombre que se me había presentado por primera vez en el Consulado de Livorno.

Media hora después se anunció el carruaje de mi tío y me marché con la impresión clara de que había algún misterio profundo rodeando a los Leithcourt. Qué era, sin embargo, no pude descubrirlo por nada del mundo. Quizás era la relación íntima de Philip Leithcourt con el hombre que me había engañado tan hábilmente lo que incitaba mi curiosidad sobre él; quizás era esa intuición misteriosa, ese extraño presagio de mal que a veces llega a un hombre como advertencia de un peligro inminente. Cualquiera que fuera la razón, me había llenado de graves aprensiones. El misterio crecía día a día y era inexplicable.

Durante la semana que siguió, busqué aprender todo lo que pude respecto a las nuevas personas en el castillo.

—Son aceptados en todas partes —declaró mi tía cuando le pregunté—. Por supuesto, sabíamos muy poco de ellos, excepto que tuvieron un coto de caza cerca de Fort William hace dos años y que tienen una casa en la ciudad, en Green Street. Son evidentemente gente bastante elegante. ¿No te parece?

—A juzgar por sus invitados, sí —respondí—. Son un grupo tan alegre como se podría encontrar al norte de Carlisle en este momento.

—Exacto. Hay algunas personas bien conocidas entre ellos también —dijo mi tía—. Los he invitado para mañana por la tarde y han aceptado.

—¡Excelente! —exclamé, pues quería una oportunidad para otra charla con la chica de ojos oscuros que estaba comprometida con el hombre cuyo alias era Hornby. Deseaba particularmente determinar la razón de su miedo cuando mencioné el Lola, y si poseía algún conocimiento sobre Hylton Chater.

La oportunidad llegó a su debido tiempo, pues a la tarde siguiente el grupo de Rannoch llegó en dos grandes carruajes, y con otras personas de la vecindad y una banda de Dumfries, los terrenos de mi tía presentaron una escena alegre y animada. Hubo el tenis y el cróquet habituales, mientras algunos de los hombres disfrutaban de un poco de golf en el excelente campo que mi tío, un entusiasta del golf, había trazado recientemente.

Como esperaba, Woodroffe no acompañó al grupo. La señora Leithcourt, una mujercita ligeramente nerviosa, se disculpó por su ausencia, explicando que había sido llamado a Londres repentinamente unos días antes, pero que regresaría a Rannoch a finales de semana.

—No podíamos permitirnos perderlo —declaró a mi tía—. Es tan sumamente gracioso: sus dichos extravagantes y sus payasadas nos mantienen en una carcajada constante cada noche durante la cena. Es un imitador perfecto.

Me alejé y paseé con Muriel, poniendo como excusa mostrarle los hermosos terrenos de mi tío, no menos pintorescos que los del castillo, y quizás un poco mejor cuidados.

—Solo me enteré ayer de su compromiso, señorita Leithcourt —comenté poco después, cuando estuvimos solos—. Permítame ofrecerle mis más sinceras felicitaciones. Cuando me presentó al señor Woodroffe el otro día, no tenía idea de que iba a ser su esposo.

Ella me miró rápidamente y vi en sus ojos oscuros una mirada de sospecha. Luego se ruborizó ligeramente y, riendo con incomodidad, dijo con voz inexpresiva y dura:

—Es muy amable de su parte, señor Gregg, desearme toda clase de cosas tan agradables.

—¿Y cuándo tendrá lugar el feliz evento?

—La fecha no está exactamente fijada; a principios del próximo año, creo —y me pareció que suspiraba.

—¿Y probablemente pasará mucho tiempo navegando en yate? —sugerí, con los ojos fijos en ella para observar el resultado de mi comentario directo. Pero ella se controló perfectamente.

—Me encanta el mar —respondió brevemente, y sus ojos se fijaron directamente frente a ella.

—El señor Woodroffe se ha ido a la ciudad, dice su madre.

—Sí. Recibió un telegrama y tuvo que marcharse inmediatamente. Fue un fastidio terrible, porque habíamos planeado ir de picnic a la Abadía de Dundrennan ayer.

—Pero volverá aquí, ¿no?

—Realmente no lo sé. Parece bastante incierto. Recibí una carta esta mañana que decía que tal vez tenga que ir a Hamburgo por negocios, en lugar de volver con nosotros.

Había decepción en su voz, y sin embargo, al mismo tiempo, no pude dejar de reconocer cómo el hombre con el que estaba comprometida había huido de Escocia debido a mi presencia.

Cuánto deseaba preguntarle directamente qué sabía realmente sobre el navegante que estaba envuelto en tanto misterio. Sin embargo, al mostrar cualquier ansiedad indebida, sin duda arruinaría todos mis esfuerzos por resolver el desconcertante enigma; por lo tanto, me vi obligado a contentarme con hacer preguntas ingeniosamente disfrazadas y sacar mis propias conclusiones de sus respuestas.

Mientras caminábamos por aquellos senderos de grava, de alguna manera se me quedó vívidamente grabado que su matrimonio estaba siendo forzado por sus padres. Su actitud era la de alguien que ocultaba algún secreto extraño y terrible que temía que pudiera ser revelado. Había una mirada distante de terror inefable en esos ojos oscuros, como si viviera en un temor constante y siempre presente. Por supuesto, no me contó nada de sus propios sentimientos o afectos, sin embargo, reconocí tanto en sus palabras como en su porte una curiosa apatía: una falta del entusiasmo real del afecto. Woodroffe, mucho mayor que ella, era amigo de su padre, y por ello me pareció más que probable que Leithcourt estuviera presionando a su hija para una alianza matrimonial por algún motivo ulterior. En la loca carrera por el puesto, el poder y la riqueza, los hombres venden implacablemente a sus hijas en el mercado matrimonial, y las madres ambiciosas traman e intrigan para su propio engrandecimiento sacrificando la felicidad de sus hijas más a menudo de lo que el público jamás imagina. ¡La tragedia está, por desgracia! escrita en el rostro de muchas novias cuyo retrato aparece en las revistas de moda y cuyo atuendo está tan fielmente registrado en el párrafo de abajo. De hecho, la chica de la sociedad a la que se le permite elegir libremente en el asunto de un marido es, por desgracia, la excepción hoy en día, pues los padres que quieren "salir adelante" en la escala social han descubierto que las hijas bonitas son un producto comercializable, y muchos hombres han sido puestos "en pie", tanto financiera como socialmente, por su yerno. De ahí que el matrimonio de conveniencia se esté volviendo común rápidamente, mientras que en la misma proporción las peticiones de divorcio están, lamentablemente, en aumento.

Leí tragedia en los ojos oscuros y luminosos de Muriel Leithcourt. Sabía que su joven corazón estaba agobiado por alguna pena secreta o conocimiento culpable que me revelaría si se atreviera. Sus propias palabras me decían que estaba perpleja; que anhelaba confiar y buscar el consejo de alguien, pero debido a alguna circunstancia oculta y adversa, sus labios estaban sellados.

Intenté interrogarla más sobre Woodroffe, sobre qué profesión ejercía y sobre su pasado.

Pero ella evidentemente sospechaba de mí, pues desafortunadamente había mencionado el Lola.

Ella quería hablar conmigo en confianza y, sin embargo, no me revelaba nada, absolutamente nada.

Martin Woodroffe no volvió a unirse al grupo de la casa en Rannoch.

Aunque permanecí como invitado de mi tío mucho más tiempo del que pretendía, de hecho durante toda la temporada de caza, con el fin de observar a los Leithcourt, hasta donde pudimos juzgar, eran personas extremadamente bien educadas y muy hospitalarias.

Intercambiamos bastantes visitas y cenas, y aunque mi tío invitó varias veces a Leithcourt y a sus amigos a su coto de caza con almuerzo al aire libre, al que se unían las damas, el inquilino de Rannoch siempre nos invitaba de vuelta.

Así obtuve muchas oportunidades de hablar con Muriel y de observarla de cerca. Tenía la reputación de ser un soltero empedernido y, debido a eso, parecía que no le era para nada desagradable mi compañía. Podía manejar un rifle de pequeño calibre tan bien como cualquier mujer, y era realmente una tiradora muy buena. Por lo tanto, a menudo nos encontrábamos solos caminando por los amplios páramos abiertos o a lo largo de aquellos valles encantadores de Nithsdale, gloriosos con los tintes otoñales de su lujoso follaje.

Su padre, por otro lado, parecía verme con considerable sospecha, y fácilmente podía discernir que solo me invitaban a Rannoch porque era imposible invitar a mi tío sin incluirme a mí.

Leithcourt, quien quizás pensaba que yo estaba cortejando a su hija, siempre intentaba evitarme y nunca me permitía caminar solo con él. ¿Por qué? Me preguntaba. ¿Me temía? ¿Le había contado Woodroffe nuestro extraño encuentro en Livorno?

Su pronunciada antipatía hacia mí me llevó a observarlo subrepticiamente, y más de cerca de lo que quizás hubiera hecho en otras circunstancias. Era un hombre de temperamento sombrío, y a menudo dejaba a sus invitados para dar paseos a solas, meditando y cavilando. En varias ocasiones lo seguí en secreto y descubrí, para mi sorpresa, que aunque daba largos rodeos en diversas direcciones, siempre llegaba al mismo lugar a la misma hora: las cinco en punto.

El sitio donde se detenía estaba en el linde de un bosque oscuro, en la cresta de una colina a unas tres millas de Rannoch; un buen lugar para cazar palomas torcaces cuando bajaban a dormir. Se encontraba a dos millas completas a través de las colinas desde la carretera principal a Moniaive, y desde el hueco en el muro gris donde solía sentarse a descansar y fumar, se extendía el hermoso panorama de Loch Urr y las colinas cubiertas de brezo más allá.

Leithcourt nunca iba directamente al lugar, sino que siempre calculaba sus paseos para llegar exactamente a las cinco, y permanecía allí fumando cigarrillos hasta las cinco y media, como si esperara la llegada de alguien. Una o dos veces sus invitados sugirieron disparar a las palomas al atardecer, pero él siempre tenía alguna excusa para oponerse a la propuesta, y así el grupo, sin sospechar el motivo, se mantuvo alejado de aquel solitario lugar.

En mi juventud, había pasado muchas horas tranquilas allí, en la penumbra creciente, y cazado muchas palomas; por tanto, conocía bien el bosque y era capaz de observar al inquilino de Rannoch desde puntos donde menos sospechaba la presencia de otro.

Una vez, cuando estaba a solas con Muriel, mencioné la afición de su padre por caminar solo, a lo que ella respondió:

—Oh, sí, siempre le ha gustado caminar. Solía llevarme con él cuando llegamos aquí por primera vez, pero siempre iba tan lejos que me negué a ir más.

Jamás mencionó a Woodroffe. Le di muchas oportunidades para que lo hiciera, bromeando sobre su próximo matrimonio para que pudiera referirse a él de nuevo. Pero su nombre nunca cruzó sus labios. Entendí que se había ido al extranjero; eso era todo.

A menudo, cuando estaba solo, reflexionaba sobre mi curiosa aventura aquella noche en que conocí a Olinto, y sobre mi estrecha escapatoria de las manos de mis enemigos desconocidos. Me preguntaba si aquel ingenioso y despreciable atentado contra mi vida tenía realmente alguna conexión con aquel extraño incidente en Livorno. Conforme pasaban los días, mi mente se llenaba de una sospecha creciente. El misterio me rodeaba por todas partes.

De hecho, por un hecho curioso, esta se vio multiplicada por cien.

Al final de una tarde, tras haber estado cazando todo el día con el grupo de Rannoch, regresé al castillo en el carruaje de Perth con otros tres hombres y encontré a las damas reunidas en el gran salón con el té listo. Una acogedora hoguera ardía en la enorme y antigua chimenea, pues en octubre el clima es frío y húmedo en Escocia, y el fuego resulta agradable al atardecer.

Muriel estaba sentada en el alto guardafuegos acolchado —como los que hay en los clubes—, que siempre formaba un rincón acogedor para las damas, especialmente después de la cena. Cuando entré, ella se levantó rápidamente y me entregó mi taza, exclamando mientras me miraba:

—¡Oh, señor Gregg! ¡En qué estado se encuentra!

—Sí, estaba detrás de unas agachadizas y resbalé en un pantano —reí—. Pero fue esta mañana temprano, y el barro se ha secado.

—Venga conmigo y le buscaré un cepillo —instó ella. La seguí a través de los largos pasillos y subí las escaleras hasta una pequeña sala de estar que era su pequeño santuario personal, donde trabajaba y leía; un lugar acogedor con dos extrañas ventanas antiguas en el muro colosal, un suelo de roble pulido y grandes vigas negras en el techo. Cuando el propietario anterior ocupaba la casa, esa habitación no se utilizaba, pero descubrí que ahora había sido completamente transformada y era un pequeño y elegante nido de lujo con sus brillantes cretonas, sus alfombras turcas y su alegre fuego en el antiguo hogar de piedra.

Ella rio cuando expresé mi admiración por su pequeño refugio y dijo:

—Creo que era el arsenal en los viejos tiempos. Pero resulta un boudoir bastante cómodo. Puedo encerrarme y estar muy tranquila cuando el grupo es demasiado ruidoso —añadió alegremente.

Pero mientras mis ojos vagaban por la estancia, cayeron de repente sobre un objeto que me hizo sobresaltarme con profunda extrañeza: una fotografía de estudio en un marco de cuero carmesí.

La imagen era la de una joven: ¡un duplicado del retrato que había encontrado roto y tirado a bordo del Lola!

Los ojos alegres se reían de mí mientras permanecía allí, mirando con absoluta estupefacción.

—¡Qué chica tan guapa! —exclamé rápidamente, ocultando mi sorpresa—. ¿Quién es?

Mi acompañante guardó silencio un momento, sus ojos oscuros encontrándose con los míos con una extraña mirada inquisitiva.

—Sí —rio—, todos la admiran. Fue compañera mía de escuela: Elma Heath.

—¡Heath! —repetí—. ¿Dónde fue a la escuela con usted?

—En Chichester.

—¿Hace mucho tiempo?

—Hace poco más de dos años.

—¡Es hermosísima! —declaré, tomando la fotografía y descubriendo que llevaba el nombre del mismo conocido fotógrafo de New Bond Street que el que había encontrado en la alfombra del Lola en el Mediterráneo.

—Sí. Es realmente más bonita que en su fotografía. Apenas le hace justicia.

—¿Y dónde está ahora?

—¿Por qué es usted tan curioso, señor Gregg? —rio la hermosa joven—. ¿Se ha enamorado realmente de ella por su imagen?

—No soy muy dado a ese tipo de cosas, señorita Leithcourt —respondí con fingida severidad—. No creo que ni mi peor enemigo pudiera llamarme un seductor, ¿verdad?

—No. Le daré su crédito —declaró—. Usted nunca coquetea. Por eso me agrada.

—Gracias por su franqueza, señorita Leithcourt —dije.

—Solo que —añadió— parece prendado de los encantos de Elma.

—Creo que es extremadamente bonita —comenté, con la fotografía aún en mi mano—. ¿La ve a menudo?

—Nunca —respondió—. Desde el día en que dejé la escuela no nos hemos vuelto a ver. Ella era varios años menor que yo, y supe que una semana después de que yo dejara Chichester, su familia vino y se la llevó. Dónde está ahora, no tengo idea. Su familia vivía en algún lugar de Durham. Su padre era médico.

Su respuesta me decepcionó. Sin embargo, al menos había conservado el conocimiento del nombre de la persona original de la imagen, y a través del fotógrafo podría quizás descubrir su dirección, pues me parecía que estaba de algún modo íntimamente conectada con aquellos misteriosos navegantes.

No dudé ni por un instante de lo que Muriel me contó sobre ella. Sin embargo, era ciertamente más que una coincidencia que una copia de la imagen que había causado una impresión tan profunda en mí se conservara en su propio pequeño boudoir como recuerdo de una devota amiga de la escuela.

—¿Entonces no ha tenido noticia alguna sobre su situación actual o paradero, si está casada, por ejemplo?

—¡Ah! —exclamó con picardía—. Se delata con sus propias palabras. Se ha enamorado de ella, realmente lo creo, señor Gregg. Si ella lo supiera, se sentiría muy halagada... o al menos, debería sentirse así.

Ante lo cual sonreí, prefiriendo que adoptara esa teoría antes que cualquier otra.

Ella hablaba con franqueza, como hablaría una chica pura y honesta. No estaba celosa, pero aun así resentía —como las mujeres resienten esas cosas— que yo me enamorara de la fotografía de una amiga.

Había un misterio rodeando aquella imagen rota; de eso estaba absolutamente seguro. El recuerdo de aquella velada memorable en la que había cenado a bordo del Lola surgió vívidamente ante mí. ¿Por qué el retrato de la chica había sido destruido tan despiadadamente y el marco girado con la cara hacia la pared? Había una razón, un motivo claro y serio detrás de ello. Me preguntaba si Muriel me había dicho la verdad, o si simplemente intentaba proteger al hombre sospechoso que era su amante.

Hora tras hora, el misterio que rodeaba a los Leithcourt se volvía más inescrutable, más intensamente absorbente. Había buscado en una guía de Londres en el Station Hotel de Carlisle y encontré que ninguna casa en Green Street estaba registrada como ocupada por el inquilino de Rannoch; y, además, cuando examiné la lista de invitados en el castillo, encontré que eran personas realmente desconocidas en la sociedad. Eran simplemente de esa clase de parásitos ingeniosos y bien vestidos que siempre se aferran a los ricos y fingen ser elegantes y del *grande monde*. Rannoch era un lugar caro de mantener, con todo ese gran séquito de sirvientes y guardabosques, y con esas cenas nocturnas preparadas por un chef francés; sin embargo, Leithcourt parecía poseer una billetera generosa y sonreía a esos parásitos, oficiales de dudoso encargo y retoños de la pseudoaristocracia que lo rodeaban, mientras que su esposa, de ojos penetrantes y porte magnífico, era puntillosa con todos los puntos de la etiqueta, y al mismo tiempo incansable para que su heterogéneo grupo de invitados disfrutara de un buen rato.

Pero yo no era la única persona que no podía entenderlos. Mi tío fue el primero en abrirme los ojos con respecto al verdadero carácter de ciertos hombres que se alojaban en Rannoch.

—Creo, Gordon, que uno o dos de esos tipos que están con Leithcourt son unos completos advenedizos —me dijo confidencialmente una noche, después de haber tenido un duro día de caza y estar jugando una partida de billar antes de retirarnos—. Un hombre, que llegó ayer, lo conozco demasiado bien. Fue expulsado de la lista del Boodle's hace tres años por tramposo en el juego; ese hombre de cara delgada y bigote rubio llamado Cadby. Supongo que Leithcourt no lo sabe, o no lo tendría aquí entre gente respetable. —Y mi tío, masticando el extremo de su cigarro, bufó con ira, pareciendo casi inclinado a darle a su amigo una suave advertencia de que el nombre Cadby estaba fuera de los límites de la buena sociedad.

—Es mejor no decir nada al respecto —insté—. Es asunto del propio Leithcourt, tío, no nuestro.

—Sí, pero si un hombre se establece en el campo no se le debe permitir invitarnos a conocer a tales sujetos. Esto es pasarse un poco de la raya, Gordon. Nosotros, los hombres, podemos tolerar a las mujeres del grupo, pero los hombres... bueno, te diré francamente que no volveré a aceptar sus invitaciones a cazar.

—No, no, tío —protesté—. Probablemente sea por ignorancia. Podrás, un poco más adelante, darle consejos valiosos. Es un buen tipo y solo necesita experiencia en Escocia para llevarse bien.

—Sí. ¡Pero no me gusta, hijo mío, no me gusta! No es jugar limpio —declaró el rígido anciano, sonrojándose con resentimiento—. No voy a devolver la invitación ni a invitar a ese tramposo, Cadby, a mi casa, y te lo digo claramente.

Al día siguiente cacé con los Carmichael de Crossburn y, alrededor de las cuatro, tras una buena jornada, me despedí del grupo en Black Glen y comencé a caminar solo hacia casa, una distancia de unas seis millas. Ya estaba oscureciendo y sabía que sería de noche cerrada antes de llegar a casa de mi tío. Mi camino más directo era seguir el río durante unas dos millas y luego cruzar directamente a través del bosque grande y denso, y después sobre un páramo extenso lleno de pantanos traicioneros y trampas para los incautos.

Con mi escopeta al hombro, caminé durante unos tres cuartos de hora y casi había atravesado el bosque, a esa hora tan oscuro que tuve considerable dificultad para encontrar el camino, cuando, de repente, me pareció distinguir voces.

Me detuve. Sí. Unos hombres estaban hablando en tonos bajos y confidenciales, y en aquella calma absoluta del atardecer me parecieron más cercanos de lo que realmente estaban.

Escuché, tratando de distinguir las palabras pronunciadas, pero no pude comprender nada. Se movían lentamente juntos, muy cerca de mí, pues sus pies removían las hojas secas y podía oír las ramas crujir mientras se abrían paso a través de ellas.

De repente, mientras estaba allí de pie sin atreverme a respirar para no revelar mi presencia, un sonido extraño llegó a mis oídos atentos.

Al momento siguiente me di cuenta de que estaba en aquel lugar donde Leithcourt mantenía tan persistentemente su decepcionante cita, habiéndome acercado desde el interior del bosque.

El sonido me alarmó, y sin embargo no fue ni una explosión de armas de fuego ni un grito de ayuda estremecedor.

Una palabra llegó a mí en la oscuridad: una sola palabra de reproche amargo y fulminante.

Sin importarme el riesgo que corría y el peligro al que me exponía, corrí hacia adelante con la determinación de penetrar el misterio, hasta llegar a la brecha en el muro de piedra tosca donde Leithcourt solía detenerse cada día al atardecer.

Allí, en la oscuridad creciente, la visión que apareció ante mis ojos en aquel lugar me dejó rígido, horrorizado, estupefacto.

En aquel instante comprendí la verdad; una verdad que seguramente era la más extraña jamás revelada a hombre alguno.

CAPÍTULO V

CONTIENE CIERTAS CONFIDENCIAS

Mientras corría hacia la brecha en el muro delimitador del bosque, casi tropiezo con una figura que yacía a lo largo del sendero estrecho.

Estaba tan oscuro bajo los árboles que al principio no pude distinguir claramente qué era, hasta que me incliné y mis manos tocaron las prendas de una mujer. Su sombrero se había caído, pues lo sentí bajo mis pies, mientras que la capa era una gruesa prenda de lana.

¿Estaría muerta?, me pregunté. Aquel grito, aquella única palabra de reproche, resonaba en mis oídos, y parecía evidente que había sido abatida despiadadamente tras un intercambio de palabras airadas.

Busqué en mi bolsillo mis cerillas, pero desafortunadamente mi caja estaba vacía. Sin embargo, justo en ese momento, mis oídos tensos captaron un sonido: el de alguien moviéndose sigilosamente entre las hojas caídas. Tomando mi escopeta, pregunté quién estaba allí.

No hubo respuesta, sin embargo. En el instante en que hablé, el movimiento cesó.

Hasta donde pude juzgar, la persona escondida estaba dentro del bosque, a unos diez metros de mí, separada por una espesura impenetrable. No obstante, como estaba de pie contra el cielo, mi silueta era, lo sabía, un blanco bien definido para cualquiera con armas de fuego.

Parecía evidente que una tragedia había ocurrido y que la víctima a mis pies era una mujer. ¿Pero quién?

De repente, mientras permanecía dudando, culpándome por estar sin cerillas, escuché el movimiento repetirse. Alguien se retiraba rápidamente, escapando del lugar. Volví a escuchar. El sonido no era el crujido de hojas o el chasquido de ramas secas, sino los golpes sordos de los pies de un hombre corriendo sobre terreno más blando. Había saltado el muro de piedra tosca y estaba fuera, en el campo de nabos adyacente.

Salté a través de la brecha, esforzando la vista en la penumbra, y al hacerlo pude distinguir apenas una figura oscura retirándose rápidamente bajo el muro del bosque.

En un instante salí tras ella. Pero la agilidad de quienquiera que fuera el fugitivo, hombre o mujer, era maravillosa. Me consideraba un corredor bastante bueno, pero correr a través de aquellos nabos ásperos y tierra pesada y recién arada en la oscuridad, cargando mi escopeta, pronto me hizo jadear y resollar. Sin embargo, la figura que perseguía era tan veloz y tan ágil trepando los altos muros toscos que, desde el principio, me dejó atrás.

Bajé por la colina empinada hacia Scarwater siguiendo al fugitivo, cruzando el viejo puente peatonal cerca de Penpont, y luego subí por un valle salvaje y sinuoso hacia Cairnsmore de Deugh. Durante un par de millas o más estuve muy cerca, hasta que, en una curva del oscuro valle boscoso donde este se dividía en dos direcciones, perdí todo rastro de la persona que huía de mí. Quienquiera que fuera, se había escondido muy hábilmente en la maleza de uno u otro de los dos valles; cuál, no pude decidirlo.

Permanecí sin aliento, sudando profusamente, indeciso sobre cómo actuar.

¿Había sido el propio Leithcourt a quien había sorprendido?

Esa idea de alguna manera se me quedó grabada y de repente resolví ir valientemente hacia Rannoch y averiguarlo por mí mismo. Por lo tanto, con la excusa de que me había retrasado en mi camino a casa, regresé por el valle y, media hora después, entré en el gran salón bien iluminado del castillo, donde los invitados, ya vestidos, se reunían antes de la cena.

Fui recibido cálidamente, como siempre por los hombres del grupo, quienes, viendo mi estado embarrado, me ofrecieron de inmediato un vaso de la bebida del deportista en Escocia, y mientras le añadía soda, Leithcourt mismo se unió a sus invitados, listo con su chaqueta de cena, tras haber bajado de su habitación.

—¡Hola, Gregg! —exclamó con entusiasmo, extendiendo su mano—. Has tenido un largo día, evidentemente. ¿Buena caza con Carmichael, eh?

—Muy aceptable —dije—. Permanecí más tiempo con él de lo que debía y me he retrasado en mi camino a casa, así que pasé por un refrigerio.

—Muy bien —rio alegremente—. Siempre eres bienvenido, ya sabes. Me habría molestado saber que pasaste sin entrar.

Y Muriel, una figura bonita con un vestido escotado de gasa color turquesa, de pie detrás de su padre, me sonrió en secreto. Le sonreí a ella a cambio, pero me temo que fue una sonrisa extraña, pues con el conocimiento de aquel misterio adicional dentro de mí —el misterio de la mujer yaciendo inconsciente o quizás muerta, allá arriba en el bosque— me dejó estupefacto.

Había sospechado de Leithcourt debido a sus constantes citas en aquel lugar, pero al menos había probado que mis sospechas carecían totalmente de fundamento. Él no podría haber llegado a casa y haberse vestido en ese tiempo, pues yo había tomado la ruta más cercana al castillo mientras que el fugitivo se habría visto obligado a dar un amplio rodeo.

Solo permanecí unos minutos y luego salí de nuevo a la oscuridad, totalmente indeciso sobre cómo actuar. Mi primer impulso fue regresar en ayuda de la mujer, pues quizás no estuviera muerta después de todo.

Y sin embargo, cuando recordé aquel grito ronco que resonó en la oscuridad, supe demasiado bien que había sido golpeada fatalmente. Fue esta última convicción la que me impidió regresar al bosque. Quizás me culpen, pero el hecho es que temí que si iba allí, la sospecha pudiera caer sobre mí, ahora que el verdadero culpable había escapado tan ingeniosamente.

Si la víctima estaba muerta, ¿qué ayuda podía brindar? Creía que se había utilizado un cuchillo, pues mi pie tropezó con él cuando comencé la persecución tras el fugitivo. La única duda en mi mente era si la infortunada mujer estaba realmente muerta, pues si no lo estaba, mi falta de inclinación a regresar al escenario de la tragedia era culpable.

Si actué correctamente al permanecer lejos del lugar, lo dejo a su juicio a la luz de la asombrosa verdad que más tarde salió a la luz.

Decidí caminar directamente de regreso a casa de mi tío, y la cena había terminado antes de que me hubiera bañado y vestido. Por lo tanto, comí solo, mientras Davis, el grave y anciano mayordomo, me servía con esa solemnidad que siempre me divertía. Solía charlar con él cuando los demás no estaban presentes, pero esa noche permanecí en silencio, con la mente llena de aquel extraño y sorprendente asunto del que solo yo tenía conocimiento secreto.

Al día siguiente, el cuerpo seguramente sería encontrado; entonces, toda la campiña se llenaría de horror y sorpresa. ¿Era posible que Leithcourt, ese hombre tranquilo, bien arreglado y de apariencia distinguida, tuviera algún conocimiento de la espantosa verdad? No. Su comportamiento mientras estaba de pie en el salón charlando alegremente conmigo seguramente no era el de un hombre con un secreto culpable. Me convencí firmemente de que, aunque la tragedia le afectaba muy de cerca, y que había ocurrido en el lugar que él visitaba cada día con algún propósito misterioso, hasta el presente él desconocía lo que había sucedido.

¿Pero quién era la mujer? ¿Era joven o anciana?

Mil veces lamenté amargamente no llevar cerillas conmigo para poder examinar sus rasgos.

Un pensamiento repentino que me asaltó mientras estaba sentado a la mesa me obligó a soltar el tenedor y hacer una pausa, sin aliento y desconcertado. ¿Era la víctima aquella joven de rostro dulce cuya fotografía había sido arrancada tan despiadadamente de su marco y destruida? La teoría era extraña, pero ¿era la verdad?

Ansiaba la llegada del alba, cuando los guardabosques de Rannoch seguramente la descubrirían. Entonces, al menos, sabría la verdad, pues podría ir a ver el cuerpo por curiosidad sin despertar sospecha alguna.

Intenté jugar mi partida de billar habitual con mi tío, pero mi mano estaba tan inestable que el anciano comenzó a burlarse de mí.

—Es por el rifle, supongo —comenté—. Lo he llevado todo el día y estoy agotado. He vuelto a pie hasta casa desde Crossburn.

—Los Carmichael tienen mucha relación con los Leithcourt, según me han dicho —observó mi tío—. Es extraño que no invitaran a Leithcourt a su cacería.

—Lo hicieron, pero tenía otro compromiso; en el castillo de Kenmure, creo.

Me retiré a mi habitación aquella noche lleno de febril aprensión. ¿Había actuado correctamente al no regresar a aquel lugar solitario en la cresta de la colina? ¿Había hecho lo que un hombre debe hacer al guardarme aquel secreto trágico?

Abrí mi ventana y contemplé el oscuro Nithsdale, donde, en la lejana penumbra, la línea negra del bosque se alzaba contra el cielo tormentoso. Las estrellas ya no brillaban y las nubes de lluvia se habían acumulado. Permanecí allí con el rostro vuelto hacia el lugar oscuro e indistinto que guardaba el secreto, perdido en el asombro.

Por fin cerré la ventana y me acosté, pero el sueño no acudió a mis ojos, tan llena estaba mi mente de los sorprendentes sucesos de aquellos últimos meses y de aquel espeluznante descubrimiento que había hecho.

¿Me habría reconocido realmente la fugitiva? Probablemente mi voz, cuando llamé, me había traicionado. Hora tras hora estuve allí dándole vueltas, intentando llegar a alguna solución del intrincado problema que ahora se presentaba. Muriel podría decirme lo que yo deseaba saber. De eso estaba seguro. Sin embargo, no se atrevía a hablar. Un terror inexpresable la mantenía muda; estaba comprometida con aquel hombre, Martin Woodroffe.

Me levanté de nuevo, encendí el gas e intenté leer una novela. Pero no podía concentrar mis pensamientos, que vagaban constantemente hacia aquel extraño misterio del bosque. A las seis me afeité, bajé y salí con los perros a dar un corto paseo; pero al regresar no escuché nada inusual y me vi obligado a permanecer inactivo hasta casi el mediodía.

Estaba cruzando el patio de las caballerizas, adonde había ido para pedir el carruaje para mi tía, cuando un mozo de cuadra inglés, saliendo de repente del guadarnés, se tocó la gorra y dijo:

—¿Se ha enterado, señor, del horrible asunto de ahí arriba?

—¿De qué? —pregunté rápidamente.

—Pues, señor, parece que hubo un asesinato anoche en el bosque de Rannoch —dijo el hombre con premura—. Holden, el jardinero, acaba de regresar de aquel pueblo y dice que el guardabosques ayudante del señor Leithcourt, mientras se dirigía a casa a las cinco de esta mañana, se topó con un cadáver.

—¡Un cadáver! —exclamé, fingiendo gran sorpresa.

—Sí, señor; un hombre joven. Lo habían apuñalado en el corazón.

—¡Un hombre!

—Sí, señor; eso dice Holden.

—Llama a Holden. Me gustaría saber todo lo que ha oído —dije. Y poco después, cuando el jardinero salió del invernadero, le pedí todos los detalles que había recopilado.

—No sé mucho, señor —fue la respuesta del hombre—. Fui a la posada a tomar un vaso de cerveza a las once, como siempre hago, y les oí hablar de ello. Un hombre joven fue asesinado anoche en el bosque de Rannoch. El guardabosques pensó al principio que había habido una pelea entre cazadores furtivos, pero por la ropa del muerto dicen que no es un furtivo en absoluto, sino un extraño en este distrito.

—¿El cuerpo era el de un hombre, entonces? —pregunté, intentando ocultar mi completo desconcierto.

—Sí, de unos treinta años, dicen. La policía lo ha llevado al depósito de cadáveres en Dumfries, y los detectives están allí ahora examinando el lugar, según cuentan.

¡Un hombre! Y sin embargo, el cuerpo que yo encontré era el de una mujer; de eso podía dar fe.

Después del almuerzo tomé el coche de caballos y conduje solo hasta Dumfries.

Cuando pedí al agente de policía de guardia en el depósito municipal que me permitiera ver el cuerpo del asesinado, me miró, según creí, con considerable sospecha. Mi petición era inusual. No obstante, me llevó por un callejón estrecho, abrió una puerta y me encontré en la fría y sombría cámara de la muerte. Desde una pequeña ventana sucia, la luz caía sobre un objeto que yacía sobre una gran losa de piedra gris y cubierto con una sábana manchada.

La visión era espantosa y macabra; el cuerpo yacía allí esperando la investigación oficial sobre la causa de la muerte. El silencio de la tumba solo era interrumpido por el pesado paso del policía, quien, tras quitarse el casco en presencia del muerto, levantó el extremo de la sábana, revelándome un rostro blanco y rígido, con los ojos cerrados y la mandíbula caída.

Retrocedí cuando mis ojos se posaron en aquel rostro sin vida. Estaba completamente desprevenido ante tal revelación. La verdad me dejó conmocionado.

La víctima era el hombre que había actuado como mi amigo: el camarero italiano, Olinto.

Me acerqué y escudriñé los finos rasgos inanimados, apenas capaz de asimilar el hecho real. Pero mis ojos no me habían engañado. Aunque la muerte distorsiona la expresión facial de todo hombre, no tuve dificultad en identificarlo.

—¿Lo reconoce, señor? —observó el oficial—. ¿Quién es? Nuestra gente está muy ansiosa por saberlo, pues hasta el momento no han logrado establecer su identidad.

Me mordí los labios. Había sido un necio absoluto al delatarme ante aquel hombre. Sin embargo, habiéndolo hecho, vi que cualquier intento de ocultar mi conocimiento se volvería inevitablemente en mi contra.

—Hablaré con su inspector —respondí con toda la calma que pude reunir—. ¿Dónde ha sido herido el pobre hombre?

—En el corazón —respondió el agente, mientras retiraba más la sábana para mostrarme la pequeña herida de cuchillo que había atravesado la chaqueta y el chaleco de la víctima justo en el pecho.

—Esta es el arma —añadió, tomando de un estante cercano un puñal largo y fino con empuñadura de marfil, que me entregó.

Al instante reconocí lo que era y cuán letal resultaba. Era una antigua misericordia florentina, una hoja larga, fina y triangular, de un cuarto de pulgada en su parte más ancha, que se estrechaba hasta una punta de aguja, con una empuñadura de marfil amarillento, la más mortal y fatal de todas las dagas y estoques de la Edad Media. Al tener la hoja afilada en tres ángulos, producía una herida que causaba hemorragia interna y que nunca cicatrizaba; de ahí el nombre que le dieron los florentinos.

Todavía estaba manchada de sangre, pero al tomar aquel objeto letal en mi mano vi que su hoja estaba hermosamente damasquinada, un espécimen sumamente elegante de un arma medieval. Sin embargo, seguramente nadie más que un italiano usaría tal arma, o apuntaría con tanta precisión como para penetrar el corazón.

¡Y aun así, la persona abatida fue una mujer, no un hombre!

Una herida de misericordia siempre resulta fatal, porque la forma de la hoja corta la carne en pequeños colgajos que, al retirar el cuchillo, se cierran e impiden que la sangre salga hacia afuera. Al mismo tiempo, sin embargo, ningún poder puede lograr que sanen de nuevo. Un golpe con semejante arma es tan irremediablemente fatal como el puñal envenenado de los Borgia o los Medici.

Le devolví el estilete al hombre sin comentarios. Mi propósito era decir lo menos posible, pues no tenía deseo alguno de figurar públicamente en la investigación y, por consiguiente, anular todos mis esfuerzos por resolver el misterio de los Leithcourt y de Martin Woodroffe.

Regresé a donde la figura yacía tan espantosa e inmóvil, y miré de nuevo, por última vez, el rostro muerto del hombre que tan bien me había servido y que, sin embargo, tan cerca me había llevado de la muerte. En este último incidente había un misterio profundo. Se había arrepentido en el último momento, justo a tiempo para salvarme de mis enemigos secretos.

¿Podría ser que mis enemigos fueran los suyos? ¿Había caído víctima de la misma mano que tan ingeniosamente había intentado matarme?

¿Por qué había ido Leithcourt tan regularmente al bosque de Rannoch? ¿Era para encontrarse con el hombre que iba a ser atrapado y asesinado? ¿Qué hacía Olinto Santini tan lejos de Londres, si no había venido expresamente a encontrarse con alguien en secreto?

Mientras miraba aquel rostro frío e inanimado sobre el que estaba escrito el misterio, me sentí invadido por el remordimiento. Había sido un sirviente fiel y honesto, y aunque me hubiera atraído a aquella casa fatal en Lambeth, recordé sus palabras, cómo lo había hecho bajo coacción. Recordé también cómo me había suplicado que no lo juzgara antes de conocer los hechos completos.

Con mi propia mano volví a cubrir el rostro con la sábana y resolví interiormente vengar aquel crimen cobarde.

Lamenté verme obligado a revelar el nombre del muerto a la policía, pero vi que hacer alguna declaración era ya inevitable; por lo tanto, acompañé al agente a la oficina del inspector, a cierta distancia, al otro lado de la ciudad.

Tras ser presentado al hombre corpulento y de cabello rubio, vestido con un traje de tweed áspero, quien aparentemente dirigía las averiguaciones sobre el asunto, me llevó con entusiasmo a una pequeña habitación trasera y comenzó a interrogarme. Yo, sin embargo, fui cauteloso para no comprometerme a nada más allá de la identificación del cuerpo.

—El hecho es —dije confidencialmente— que debe omitirme de la lista de testigos en la investigación.

—¿Por qué? —preguntó el detective con sospecha.

—Porque si se supiera que lo he identificado, toda posibilidad de llegar a la verdad se desvanecería al instante —respondí—. He venido aquí para decirle, bajo la más estricta confianza, quién es realmente el pobre hombre.

—¿Entonces sabe algo del asunto? —dijo, con un marcado acento de las Tierras Altas.

—No sé nada —declaré—. Nada, excepto su nombre.

—Hum. Y dice que es extranjero, un italiano, ¿eh?

—Estuvo a mi servicio en Livorno durante varios años y, al dejarme, vino a Londres y obtuvo un empleo como camarero en un restaurante. Su padre vivía en Livorno; era portero en la Prefectura.

—¿Pero por qué estaba aquí, en Escocia?

—¿Cómo voy a saberlo?

—Usted sabe algo del asunto. Quiero decir que sospecha de alguien, o no tendría reparo en dar testimonio en la investigación.

—No tengo sospechas. Para mí el asunto es un enigma tan grande como para usted —me apresuré a explicar—. Mi único temor es que, si el asesino supiera que lo he identificado, se cuidaría de no delatarse.

—¿Entonces usted cree que se delatará?

—Eso espero.

—Por el hecho de que el hombre fuera atacado con un estilete italiano, parecería que su agresor era compatriota suyo —sugirió el detective.

—Las pruebas apuntan ciertamente a eso —repliqué.

—¿No sabrá usted de nadie, quiero decir de algún extranjero, que fuera o pudiera ser su enemigo?

Respondí negativamente.

—Ah —continuó—, estos extranjeros siempre están peleándose entre sí y usando cuchillos. Pasé diez años de servicio en Edimburgo e hice muchas detenciones por riñas con armas blancas. Los italianos, al igual que los griegos, son gente peligrosa cuando se les calienta la sangre. —Luego añadió—: Personalmente, me parece que el hombre asesinado fue atraído desde Londres hasta aquel lugar y eliminado fríamente, por algún motivo de venganza, muy probablemente.

—Muy probablemente —dije—. Una vendetta, tal vez. Vivo en Italia y, por lo tanto, conozco bien a los italianos —añadí.

Le había entregado mi tarjeta y le dije con quién me alojaba.

—¿Dónde estuvo usted ayer, señor? —indagó poco después.

—Estuve cazando, al otro lado de Nithsdale —respondí, y luego procedí a explicar mis movimientos, sin mencionar, sin embargo, mi visita a Rannoch.

—Y aunque conoce al hombre asesinado tan íntimamente, ¿no sospecha de nadie en este distrito que lo conociera?

—No conozco a nadie que lo conociera. Cuando dejó mi servicio, nunca había estado en Inglaterra.

—¿Dice que estaba empleado en Londres?

—Sí, en un restaurante en Oxford Street, creo. Lo encontré accidentalmente en Pall Mall una tarde y me lo contó.

—¿No sabe el nombre del restaurante?

—Me lo dijo, pero desafortunadamente lo he olvidado.

El detective dio un profundo suspiro de pesar.

—Alguien que le esperaba al borde de aquel bosque salió y lo mató; eso es evidente —dijo.

—Sin duda alguna.

—Y mi creencia es que fue un italiano. Hubo dos extranjeros que durmieron en una pensión común hace dos noches y se fueron caminando hacia Glasgow. Hemos enviado telegramas tras ellos y esperamos encontrarlos. Los escoceses o ingleses nunca usan un cuchillo de ese modelo.

Con su última observación coincidí plenamente. En mi propia mente, ese era el argumento más fuerte a favor de la inocencia de Leithcourt. Que el inquilino de Rannoch había mantenido esa cita secreta con paciencia diaria lo sabía por mis propias observaciones, pero me parecía difícil que utilizara un arma tan peculiarmente italiana y, a la vez, tan terriblemente letal.

Y luego, cuando reflexioné más profundamente, recordando que el cuerpo que había descubierto era el de una mujer y no el de un hombre, me quedé conmocionado y desconcertado por el enigma totalmente inexplicable.

Le prometí al corpulento detective que, a cambio de su discreción respecto a mi declaración, le ayudaría de todas las maneras posibles en la resolución del problema.

—El verdadero nombre del hombre asesinado debe ocultarse a toda costa —insistí—. No debe aparecer en los periódicos, pues me siento seguro de que solo fingiendo que es un desconocido podremos llegar a la verdad. Si su nombre se revela en la investigación, entonces el asesino ciertamente sabrá que lo he identificado.

—¿Y qué pasaría entonces?

—Bueno —dije con cierta vacilación—, mientras se crea que estoy en la ignorancia, tendremos oportunidad de obtener la verdad.

—¿Entonces realmente sospecha? —dijo, volviéndome a mirar con aquellos ojos azules y fríos.

—No sé de quién sospechar —declaré—. Es un misterio por qué el hombre que fue una vez mi fiel sirviente fue atraído a aquel bosque y apuñalado en el corazón.

—¿No hay nadie en las cercanías que lo conociera?

—No que yo sepa.

—Podríamos obtener su dirección en Londres a través de su padre en Livorno —sugirió el oficial.

—Escribiré hoy si usted así lo desea —dije prontamente—. De hecho, haré que mi amigo el cónsul británico vaya a ver al anciano y envíe por telegrama la dirección si la obtiene.

—¡Excelente! —declaró—. Si nos hace este favor, le estaremos muy agradecidos. Es afortunado que hayamos establecido la identidad de la víctima; de lo contrario, podríamos estar totalmente a oscuras. Un extranjero asesinado siempre es, en mayor o menor medida, un misterio.

Por lo tanto, allí mismo, tomé una hoja de papel y escribí a mi viejo amigo Hutcheson en Livorno, pidiéndole que hiciera averiguaciones inmediatas ante el padre de Olinto sobre la dirección de su hijo en Londres.

No le dije nada a la policía sobre aquella extraña aventura mía en Lambeth, ni sobre cómo el hombre ahora muerto me había salvado la vida. Que sus enemigos eran los míos me lo había dicho muy claramente, por lo que sentí cierta aprensión de que yo mismo no estuviera a salvo. Sin embargo, en el bolsillo trasero de mi pantalón siempre llevaba mi revólver, tal como hacía en Italia, y me enorgullecía un tanto de mi capacidad para disparar con precisión.

Nos quedamos sentados durante mucho tiempo discutiendo el extraño asunto. Para no delatar ninguna prisa por irme, le ofrecí al gran habitante de las Tierras Altas un cigarro de mi estuche y fumamos juntos. La investigación se llevaría a cabo al día siguiente, me dijo, pero en lo que respecta al público, el cuerpo permanecería como el de una persona "desconocida".

—Y será mejor que no venga a la casa de mi tío, ni envíe a nadie —dije—. Si desea verme, envíeme una nota y me reuniré con usted aquí en Dumfries. Será más seguro.

El oficial me miró con aquellos ojos penetrantes y dijo:

—Realmente, señor Gregg, debo confesar que no logro entenderle del todo. Parece estar preocupado por su propia seguridad. ¿Por qué?

—Los italianos son un pueblo muy curioso —respondí rápidamente—. Su vendetta se extiende mucho a veces.

—¿Entonces tiene motivos para creer que el enemigo de este pobre Santini puede ser también su enemigo?

—Uno nunca sabe a quién ofende cuando vive en Italia —reí, tan ligeramente como pude, intentando calmar su sospecha—. Puede haber caído bajo el cuchillo del asesino por haber cometido una ofensa pequeña y posiblemente inocente contra alguien. Los métodos italianos no son ingleses, ya sabe.

—¡Por Júpiter, señor, y me alegro mucho de que no lo sean! —dijo—. No creo que la vida de un oficial de policía sea muy segura entre todas esas sociedades secretas asesinas sobre las que he leído.

—¡Ah! Lo que usted lee sobre ellas está a menudo muy exagerado —le aseguré—. Es la vendetta la que es una mancha tan grande en el carácter del italiano moderno; y confíe en mí, este asunto en el bosque de Rannoch es el resultado de alguna venganza o de otra, probablemente por un asunto amoroso.

—¿Pero nos ayudará, señor? —instó—. Usted conoce el idioma italiano, lo cual será de gran ventaja; además, la víctima era su sirviente.

—Sea discreto —dije—. Y a cambio haré todo lo que esté en mi mano para ayudarle a dar caza al asesino.

Y así sellamos nuestro pacto. Media hora después conducía el coche de caballos bajo la lluvia torrencial colina arriba, dejando atrás la gris y vieja Dumfries, hacia la casa de mi tío.

Cuando bajé del coche y se lo entregué a un mozo, el viejo Davis, el mayordomo, se acercó diciendo en voz baja:

—La señorita Leithcourt está esperando para verle, señor Gordon. Está en la sala de estar y lleva allí una hora. Me pidió que no le dijera a nadie más que está aquí, señor.

—¿Entonces mi tía no la ha visto? —exclamé, intuyendo un misterio en esta visita inesperada.

—No, señor. Desea verle a solas, señor.

Crucé el gran vestíbulo y recorrí el pasillo hasta la habitación que el anciano había indicado.

Y al abrir la puerta y ver a Muriel Leithcourt, vestida de negro sencillo, levantarse para recibirme, comprendí claramente por su rostro blanco y demacrado que algo había sucedido, que las circunstancias la habían obligado a acudir a mí bajo la más estricta confianza.

¿Estaba ella, me pregunté, a punto de revelarme la verdad?

CAPÍTULO VI

EL CÚMULO DE NUBES

—Señor Gregg —exclamó la joven con agitación, mientras tendía su mano enguantada en negro—, yo... supongo que usted sabe... ¿se ha enterado de todo lo referente al descubrimiento de hoy en el bosque? No hace falta que le cuente nada al respecto.

—Sí, señorita Leithcourt, solo desearía que me lo contara —dije con gravedad, invitándola a sentarse y tomando asiento yo mismo—. He oído una historia extraordinaria sobre un hombre hallado muerto, pero he estado en Dumfries casi todo el día. ¿Quién es el hombre?

—¡Ah! Eso no lo sabemos —respondió, pálida y ansiosa. Su actitud era como si deseara confiar en mí y, sin embargo, aún dudara en hacerlo.

—Ha estado esperándome durante bastante tiempo, me dice Davis. Lamento mucho que haya tenido que hacerlo. Si hubiera dejado dicho que deseaba verme, habría ido a verla de inmediato.

—No. Quería verle a solas; esa es la razón por la que estoy aquí. No deben saber en casa que he estado aquí, así que deliberadamente le pedí al hombre que no anunciara mi presencia a su tía.

—Quiere verme en privado —dije con voz baja y sincera—. ¿Por qué? ¿Hay algún servicio que pueda prestarle?

—Sí. Un servicio muy grande —respondió con rápida avidez—. Yo... bueno, el caso es que he reunido el valor para venir a usted y rogarle que me ayude. Estoy en una gran angustia, y no tengo ni un solo amigo en quien pueda confiar, en quien pueda apoyarme.

—Consideraré el mayor honor que pueda confiar en mí —dije con profunda sinceridad—. Solo puedo asegurarle que permaneceré leal a sus intereses y a usted misma.

—¡Ah! ¡Creo que lo hará, Sr. Gregg! —declaró con entusiasmo, fijando en mí sus grandes ojos oscuros; los ojos de una mujer sumida en la más pura y amarga desesperación. Su rostro era perfecto, uno de los más hermosos que jamás hubiera contemplado. Cuanto más la veía, mayor era la fascinación que ejercía sobre mí.

Un silencio cayó entre nosotros mientras permanecía sentada con sus manos enguantadas descansando inútiles en su regazo. Sus labios se movieron con nerviosismo, pero no salió sonido alguno de ellos, tan agitada estaba, tan ansiosa por decirme algo y, sin embargo, a la vez reacia a confiar en mí.

—¿Bien? —pregunté al fin en voz baja—. Estoy completamente dispuesto a prestarle cualquier servicio, si tan solo me lo ordena.

—¡Ah! Pero me temo que lo que requiero le parecerá tan inusual... que dudará en actuar cuando le explique qué servicio necesito de usted —dijo con incertidumbre.

—No puedo decírselo hasta que escuche sus deseos —dije, sonriendo y, no obstante, intrigado por su actitud.

—Tiene que ver con el terrible descubrimiento hecho en Rannoch Wood —dijo al fin con voz ronca y nerviosa—. Ese hombre desconocido fue asesinado... apuñalado en el corazón.

—¿Bien?

—Bien —dijo, apenas por encima de un susurro—, tengo sospechas.

—¿De la identidad del hombre asesinado?

—No. Del asesino.

La miré fijamente y vi la mirada intensa en sus ojos oscuros y muy abiertos.

—¿Cree saber quién asestó el golpe?

—Tengo una sospecha, eso es todo. Solo quiero que me ayude, si quiere.

—Indudablemente —respondí—. Pero si cree conocer al asesino, ¿probablemente sepa algo de la víctima?

—Solo que parecía extranjero.

—¿Entonces lo ha visto? —exclamé, muy sorprendido.

Mi comentario hizo que contuviera el aliento por un instante. Luego respondió, de manera bastante vacilante, me pareció:

—Lo vi cuando los guardabosques trajeron el cuerpo al castillo.

Ahora bien, según el relato que yo había escuchado, la policía había trasladado al muerto directamente desde el bosque hasta Dumfries. ¿Era posible, por tanto, que ella hubiera visto a Olinto antes de que encontrara su repentino final?

Temí presionarla para obtener una explicación en ese momento, pero, a pesar de ello, la admisión de que lo había visto me resultó un hecho muy peculiar.

—¿Lo considera un extranjero? —comenté tan casualmente como pude.

—Por sus rasgos y complexión supuse que era italiano —respondió rápidamente, ante lo cual fingí sorpresa—. Lo vi después de que los guardabosques lo encontraran.

—Además —continuó—, el estilete era evidentemente italiano, lo que casi haría parecer que un extranjero fue el asesino.

—¿Es esa su propia sospecha?

—No.

—¿Por qué?

Dudó un momento, luego, con voz baja y ansiosa, dijo:

—Porque ya he visto ese cuchillo de tres filos en posesión de otra persona.

—Eso es una prueba bastante sólida —declaré—. Esa persona en cuestión tendrá que demostrar que no estaba en Rannoch Wood anoche al anochecer.

—¿Cómo sabe que ocurrió al anochecer? —preguntó rápidamente con cierta sorpresa, levantándose a medias de su silla.

—Simplemente supuse que fue así —respondí, culpándome interiormente por mi inoportuna confesión.

—¡Ah! —dijo con un leve suspiro—, hay más misterio en este asunto de lo que hemos descubierto hasta ahora, Sr. Gregg. Me pregunto qué trajo al desafortunado joven a nuestro bosque.

—Una cita, sin duda. ¿Pero con quién?

Ella sacudió la cabeza, diciendo:

—Mi padre suele ir a ese lugar a cazar palomas por la tarde. Nos lo dijo en el almuerzo de hoy. Qué suerte que no estuviera allí anoche, o podría ser sospechoso.

—Sí —dije—. Es una circunstancia muy afortunada, pues no debe ser una experiencia agradable estar bajo sospecha de ser un asesino. Estaba en casa anoche, ¿verdad? —añadí casualmente.

—Por supuesto. ¿No recuerda que cuando usted llamó él charló con usted? Yo hice algo de mecanografía para él en el estudio, y estuvimos juntos toda la tarde, o al menos hasta casi las cinco, cuando salimos al vestíbulo a tomar el té.

—Entonces, ¿cuál es su teoría sobre el asunto? —indagué, bastante desconcertado por que ella justificara tan tajantemente una coartada para su padre.

—Parece seguro que el pobre hombre fue al bosque por una cita y fue asesinado. Pero, ¿ha estado usted en el lugar desde el hallazgo del cuerpo?

—No. ¿Usted sí?

—Sí. El asunto me interesaba, y en cuanto reconocí el viejo cuchillo italiano en la mano del guardabosques, fui allí y miré a mi alrededor. Me alegro de haberlo hecho, porque encontré algo que parece haber escapado a la atención de los detectives.

—¿Y qué es eso? —pregunté con entusiasmo.

—Pues bien, a unos tres metros del charco de sangre donde se encontró al desafortunado extranjero hay otro pequeño charco de sangre, donde la hierba y los helechos de alrededor están todos aplastados, como si allí hubiera habido una lucha.

—Puede que hubiera una lucha en ese punto, y el hombre pudo haber tambaleado cierta distancia antes de caer muerto.

—No si le hubieran golpeado en el corazón, como dicen. Caería, ¿no es así? —sugirió—. No. La policía parece muy obtusa, y este hecho evidente aún no se les ha ocurrido. Su teoría es la misma que usted sugiere, pero la mía es algo muy diferente, Sr. Gregg. Creo que una segunda persona también cayó víctima —añadió en un tono bajo y claro.

La miré boquiabierto. ¿Sabía ella, me pregunté, la verdad real? ¿Era consciente de que la mujer que había caído allí había desaparecido?

—¡Una segunda persona! —repetí, como si estuviera sorprendido—. ¿Entonces cree que se cometió un doble asesinato?

—Saco mi conclusión del hecho de que el joven, al ser golpeado en el corazón, no podría haber recorrido tal distancia como la que separa una marca de la otra.

—Pero podría haber sido levemente herido —en la mano o en la cara— al principio, y luego, en el lugar donde fue encontrado, golpeado fatalmente —sugerí.

Ella sacudió la cabeza con duda, pero no respondió a mi argumento. Su confianza en sus propias conjeturas dejaba muy claro que, por algún medio desconocido, estaba al tanto de la segunda víctima. De hecho, unos momentos después me dijo:

—Es por esta razón, Sr. Gregg, que he buscado su confianza. Nadie debe saber que he venido aquí a verle, o sospecharían; y si la sospecha cayera sobre mí, me traería un destino peor que la muerte. Recuerde, por tanto, que mi futuro está enteramente en sus manos.

—No entiendo del todo —dije, levantándome y poniéndome de pie frente a ella en el crepúsculo que se desvanecía, mientras la lluvia golpeaba los viejos cristales de diamante de la ventana—. Pero solo puedo asegurarle que cualquier confianza que deposite en mí, nunca la abusaré, Srta. Leithcourt.

—¡Lo sé, lo sé! —dijo rápidamente—. Confío en usted en este asunto implícitamente. He venido a usted por muchas razones, siendo la principal que, si una segunda víctima ha caído bajo la mano del asesino, es, lo sé, una mujer.

—¡Una mujer! ¿Quién?

—Por el momento no puedo decírselo. Primero debo establecer los hechos reales. Si esta mujer fue realmente abatida, entonces su cuerpo yace oculto en algún lugar de las cercanías. Debemos encontrarlo y llevar el crimen ante el culpable.

—Pero si logramos encontrarlo, ¿podríamos poner nuestras manos sobre el asesino? —pregunté, mirándola directamente.

—Si lo encontramos, el crimen contará su propia historia; condenará a la persona en cuya mano he visto esa arma fatal —fue su respuesta clara y audaz.

—¿Entonces desea que la ayude en esta búsqueda, Srta. Leithcourt? —dije, preguntándome si sus sospechas recaían sobre aquel misterioso navegante, Philip Hornby, el hombre con quien estaba comprometida.

—Sí, le rogaría que hiciera todo lo posible en secreto para tratar de descubrir el cuerpo de la segunda víctima. Es una mujer, de eso estoy segura. Encuéntrela y entonces podremos llevar el crimen ante el asesino.

—Pero mi búsqueda puede atraer sospechas sobre mí —señalé—. Será difícil examinar todo el bosque sin despertar la curiosidad de alguien: el guardabosques o la policía.

—Ya he pensado en eso —dijo—. Fingiré mañana perder este brazalete con reloj en el bosque —y levantó su esbelta muñeca para mostrarme el pequeño reloj esmaltado engastado en su brazalete—. Entonces usted y yo lo buscaremos diligentemente, y la policía nunca sospechará la verdadera razón de nuestra investigación. Mañana le escribiré contándole mi pérdida, y usted vendrá a Rannoch y se ofrecerá a ayudarme.

Me quedé en silencio un momento.

—¿Está el Sr. Woodroffe de regreso en el castillo? Escuché que debía regresar hoy.

—No. Tuve una carta suya desde Burdeos hace una semana. Todavía está en el continente. Creo, de hecho, que se ha ido a Rusia, donde a veces tiene negocios.

—Le hice la pregunta, Srta. Muriel, porque pensé que si el Sr. Woodroffe estuviera aquí, podría oponerse a que buscáramos juntos —expliqué, sonriendo.

Sus mejillas se sonrojaron ligeramente, como si estuviera confundida por mi referencia a su compromiso, y dijo con picardía:

—No veo por qué debería oponerse en lo más mínimo. Si usted es tan amable de ayudarme a buscar mi brazalete, él seguramente debería estarle muy agradecido.

Estuve a punto de explicarle a esa hermosa joven de ojos oscuros las circunstancias en las que conocí a su amante en la soleada costa mediterránea, sin embargo, la prudencia me impidió referirme al asunto, y acepté de inmediato su invitación para investigar la curiosa desaparición del cuerpo de la compañera de infortunio del pobre Olinto.

¿Qué conocimiento secreto podría poseer esa inteligente y hermosa joven frente a mí? Me sentía seguro de que sus sospechas iban en la dirección correcta, aunque si la mujer muerta había sido trasladada y escondida por el asesino, debió ser después del descubrimiento hecho por mí. El tipo debió atreverse realmente a regresar al lugar y llevarse a la víctima. Sin embargo, si realmente había hecho eso, ¿por qué permitió que el cadáver del italiano permaneciera allí a la espera de ser descubierto? Quizás fue interrumpido y obligado a asegurar su huida.

—Si la mujer fue realmente trasladada, el asesino debió contar con ayuda —señalé—. No podría haber llevado el cuerpo muy lejos sin ayuda.

Ella estuvo de acuerdo conmigo, pero expresó la creencia de que el doble crimen había sido cometido solo y sin ayuda.

—¿Tiene alguna idea sobre el motivo? —le pregunté, ansioso por escuchar su respuesta.

—Bueno —respondió vacilante—, si la mujer ha caído víctima, el motivo se volverá claro; pero si no, entonces el asunto debe seguir siendo un misterio completo.

—¡Me dice, Srta. Muriel, que sospecha la verdad y, sin embargo, niega todo conocimiento del hombre asesinado! —exclamé en un tono de ligero reproche.

—Hasta que hayamos aclarado el misterio de la mujer no puedo decir nada —fue su respuesta—. Solo puedo decirle, Sr. Gregg, que si lo que sospecho es cierto, entonces se descubrirá que el asunto es una de las tramas más extrañas, sorprendentes e ingeniosas jamás ideadas por un hombre contra la vida de otro.

—¿Entonces cree que un hombre es el asesino? —exclamé rápidamente.

—Eso creo. Pero ni siquiera de eso estoy segura. Primero debemos encontrar a la mujer.

Parecía tan convencida de que una mujer también había caído bajo esa mortífera misericordia, que me quedé preguntándome si ella, como yo, había descubierto el cuerpo y, por lo tanto, estaba segura de que se había cometido un segundo crimen. Pero no intenté interrogarla más, no fuera que sus propias sospechas se despertaran. Mi propia política era permanecer en silencio y esperar. La mujer sentada frente a mí era ella misma un misterio.

Luego, cuando la lluvia amainó, le dije a Davis que enviara su coche un poco más adelante por la carretera principal, para que mi tía y mi tío no la vieran partir; y después de ayudarla a ponerse su abrigo holgado, salimos por una de las entradas de los sirvientes, y la vi subir a su coche de caballos y permanecí descubierto en la carretera embarrada mientras ella se alejaba hacia la penumbra.

* * * * *

Rannoch Wood ya estaba en su gloria de oro y marrón del otoño, y mientras estaba con Muriel Leithcourt en el borde, cerca del lugar donde había caído Olinto Santini, el sol de la mañana brillaba en un cielo sin nubes.

Fiel a su promesa, me había enviado una nota con uno de los mozos de cuadra pidiéndome que la ayudara a buscar su brazalete, y yo había conducido de inmediato a Rannoch y la encontré sola esperándome. El grupo de caza se había ido a una parte distante de la finca, por lo tanto, pudimos pasear juntos por la colina y comenzar nuestras investigaciones sin trabas ni obstáculos. Ella iba vestida sensatamente con una falda corta de tweed, botas altas de caza y un gorro tam-o'-shanter, mientras que yo también llevaba un viejo traje de caza y un bastón grueso y resistente con el que podía sondear los lugares probables.

Al llegar al bosque le pregunté cuál era su opinión sobre el rincón más probable, pero ella respondió:

—Conozco tan poco este lugar, Sr. Gregg. Usted lo conoce desde hace años, mientras que esta es solo mi primera temporada aquí.

—Muy bien —respondí—. Pongámonos en la posición del asesino, quien probablemente conocía el bosque y deseaba ocultar un cuerpo en las cercanías sin riesgo de transportarlo lejos. En este lado, el izquierdo, el bosque ha sido aclarado durante casi media milla, y por lo tanto ofrece poca cobertura, mientras que aquí, a la derecha, desciende suavemente hacia el valle y es muy espeso y parcialmente impenetrable. Por lo tanto, no puede haber tenido más que dos caminos. Buscaría un lugar adecuado a la derecha. Comencemos aquí, y primero hagamos un pequeño círculo, examinando cada arbusto cuidadosamente. El cuerpo podría haber sido fácilmente empujado bajo un matorral y evitar la observación.

Y así, juntos, después de orientarnos, comenzamos a trabajar, adentrándonos en la espesa maleza, golpeando con nuestros bastones y haciendo un examen minucioso de cada arbusto o montón de hojas muertas. En partes, los grandes árboles extendidos bloqueaban la luz, haciendo nuestras investigaciones muy difíciles; pero continuamos, mi compañera avanzando con una avidez que mostraba que el hecho de que el cuerpo de la mujer estuviera allí no era una mera suposición.

Durante toda la mañana caminamos, con nuestras manos gravemente desgarradas por las zarzas. Incluso los gruesos guantes de Muriel no la protegieron del todo, y una vez que recibió un desagradable rasguño en la mejilla, se detuvo y exclamó riendo:

—¿Ahora qué falsedad debo inventar para explicar esto?

Mi propio abrigo estaba muy desgarrado, y más de una vez me vi obligado a trepar a través de matorrales casi impenetrables; sin embargo, no encontramos rastro de ningún intruso anterior, y habiendo completado nuestro círculo nos vimos obligados a admitir que la espeluznante evidencia del segundo crimen no existía en ese lugar.

Más de una vez me sentí medio inclinado a contarle cómo había descubierto realmente el cuerpo de la mujer, pero al reflexionar preveía que en tales circunstancias el silencio era lo mejor. Si deseaba resolver el extraño y complicado enigma que había culminado así en un doble crimen, sería necesario para mí guardar mis propios pensamientos y permanecer paciente y vigilante.

Cuando Hutcheson respondiera desde Livorno, y cuando descubriera dónde trabajaba Olinto, quizás podría seguir las pistas desde ese extremo. Podría encontrar a su esposa Armida y aprender algo de importancia de ella. Así que tenía esperanzas, y debido a esa esperanza permanecí en silencio.

Muriel era incansable en su actividad. De aquí para allá iba, aplastando los helechos altos y las marañas de maleza, hurgando con su bastón en cada agujero y rincón, y adentrándose más y más en el bosque con la certeza de que el cuerpo estaba allí oculto.

Por mi parte, sin embargo, no era demasiado optimista sobre el éxito. La parte del bosque que ya habíamos agotado parecía ser el punto más probable. Llevar el cuerpo lejos requeriría ayuda, y en mi propia mente creía que el crimen había sido obra de una sola persona. No había camino en el bosque en esa dirección, pero pronto llegamos a un profundo barranco boscoso de cuya existencia yo no tenía conocimiento. Era una especie de pequeña cañada a través de la cual fluía un arroyo, pero las orillas estaban cubiertas con una espesa maleza impenetrable de la que surgían muchos hermosos árboles viejos, un lugar que aparentemente había existido durante siglos sin ser perturbado, pues aquí y allá un tronco gigante que se había podrido y caído yacía a través de la orilla, o había rodado hacia el lecho rocoso muy abajo.

—Este es un lugar muy probable —declaró mi delicada pequeña compañera mientras nos acercábamos. —Cualquier cosa podría esconderse fácilmente en esos helechos altos allá abajo. Busquemos en toda la cañada de punta a punta —gritó con entusiasmo.

Actuando según su sugerencia y sin pensar en el almuerzo, hicimos un descenso por la empinada orilla hasta que llegamos al lecho rocoso del arroyo, y luego, saltando de piedra en piedra —a veces deslizándonos hacia el agua, hay que decir—, comenzamos a golpear los helechos y examinar cuidadosamente cada arbusto. El progreso no fue rápido. Una vez, la joven, ágil y atlética como era, resbaló de una piedra cubierta de musgo hacia un agujero donde el agua le llegaba hasta las rodillas. Pero ella solo rió alegremente ante el accidente, y escurriendo su falda mojada, dijo:

—No importa en lo más mínimo, si tan solo encontramos lo que buscamos.

Y luego, sin inmutarse, continuó, saltando de piedra en piedra y estabilizándose con su bastón. Si tan solo pudiéramos descubrir el cuerpo de la mujer muerta, entonces el resto quedaría claro, declaró. Ella denunciaría abiertamente al asesino.

Mientras avanzábamos, revolvía en mi mente todas las curiosas circunstancias relacionadas con el asombroso asunto, y recordé las palabras de mi viejo amigo Jack Durnford cuando estábamos en el alcázar del Bulwark y yo le había relatado la visita del misterioso yate. Yo también había dejado un esfuerzo sin intentar, y me culpé por pasarlo por alto. No había buscado a aquel fotógrafo de Bond Street para obtener el nombre y la dirección de la original de la fotografía que había sido mutilada y destruida; aquella chica de los ojos magníficos que tanto me habían atraído.

La tarde pasó, y aun así no tuvimos éxito. Estaba desfallecido de hambre y sed, sin embargo mi compañera no se quejó ni una vez. Su energía era maravillosa, ¿y acaso no estaba cazando a un criminal? ¿No estaba decidida a obtener tal evidencia que le permitiera decir la verdad sin miedo, y con la confianza de que tendría el efecto de condenar al culpable?

Lentamente avanzamos por la pintoresca pequeña cañada durante casi milla y media. Sus bellezas eran extraordinarias, y el silencio era ininterrumpido excepto por el musical murmullo del agua sobre las piedras. Escondido allí en el centro de ese gran bosque, nadie lo había visitado quizás durante años, ni siquiera los guardabosques, pues ningún camino conducía allí, y debido a la maraña de zarzas y arbustos era totalmente inaccesible. De hecho, había arruinado nuestra ropa buscar allí, y a medida que avanzábamos con tantos giros y vueltas nos desorientamos por completo. Sabíamos que estábamos en el centro del bosque, pero eso era todo.

El sol se había puesto y el cielo mostraba el carmesí del lejano resplandor crepuscular, advirtiéndonos de que era hora de empezar a pensar en cómo salir de allí. Pasábamos por una curva cerrada de la cañada, donde las rocas estaban tan cubiertas de musgo que nuestros pies no hacían ruido, cuando creí oír una voz y, levantando la mano, ambos nos detuvimos de golpe.

—Hay alguien ahí —susurré rápidamente—. Detrás de esa roca.

Ella asintió afirmativamente, pues también había oído la voz.

Escuchamos, pero el sonido no se repitió. Sabía que alguien estaba al otro lado de la roca, pues en un árbol cercano un zorzal saltaba de rama en rama, emitiendo su grito de alarma y quejándose de ser molestado.

Por lo tanto, nos acercamos sigilosamente para averiguar quiénes eran los intrusos. Sin embargo, la única manera de ver más allá de la enorme roca que, al caer sobre el arroyo hace siglos, había desviado su cauce, era trepar por sus costados cubiertos de musgo hasta la cima. Lo hicimos con entusiasmo y sin aliento, sin traicionar nuestra presencia pronunciando una sola palabra.

Para llegar al lado de la roca nos vimos obligados a caminar por el agua poco profunda, pero Muriel, sin arredrarse, saltó con agilidad a mi lado y, al unísono, trepamos por la empinada roca, aferrándonos a su superficie resbaladiza con las manos y tumbándonos planos al llegar a la cima.

Entonces, juntos nos asomamos, justo a tiempo para ver a dos figuras oscuras de hombres que desaparecían en la espesura del lado opuesto de la cañada.

—¿Quiénes serán, me pregunto? —pregunté—. ¿Los reconoces?

—No. Son unos completos desconocidos para mí —fue su respuesta—. Pero parecen ir bastante bien vestidos. Tal vez dos deportistas de alguna partida de caza del vecindario. Lo más probable es que se hayan perdido.

—Pero no creo que llevaran armas —dije—. ¿Uno de ellos llevaba algo sobre el hombro?

—¿No era un arma? Me pareció que sí.

—No, no la llevaba como llevaría un arma. Era corta, y parecía más una pala.

—¡Una pala! —jadeó rápidamente en voz baja—. ¡Una pala! ¿Estás seguro de eso?

—No, no estoy del todo seguro. Solo los vimos un instante. Por desgracia, llegamos demasiado tarde para verles la cara.

—La espalda de uno de los hombres, el tipo alto del traje marrón, era ancha y cuadrada; la espalda de alguien que me resulta familiar, solo que por el momento no puedo recordar a quién se parece. —Habló solo en un susurro, temiendo que nos descubrieran.

Ansiaba bajar de un salto y correr tras los intrusos, pero la idea de que uno de ellos llevara una pala y el otro una barra de hierro me pareció curiosa, mientras que al mismo tiempo mis ojos se posaron en una parte del suelo bajo nosotros, en la base de la roca, que evidentemente había sido removido recientemente.

—¡Es una pala lo que lleva el hombre! —exclamé emocionado—. ¡Mira ahí abajo! ¡Acaban de enterrar algo!

Sus ojos rápidos siguieron la dirección que le indiqué y ella respondió:

—¡Realmente creo que han ocultado algo!

Entonces, cuando dejamos que los hombres se alejaran lo suficiente como para no oírnos, ambos bajamos al otro lado de la roca y allí descubrimos muchas señales de que la tierra había sido excavada apresuradamente y acababa de ser rellenada.

Más rápido de lo que se tarda en describir el emocionante incidente que siguió, rompimos la rama de un árbol y con ella empezamos a mover la tierra recién removida, que aún estaba blanda y era fácil de quitar.

Muriel encontró una rama muerta en las cercanías y ambos nos pusimos manos a la obra con voluntad, deseosos de averiguar qué había oculto allí. Que se había ocultado algo era, para nosotros, evidente, pero lo que era realmente no podíamos imaginarlo. El hoyo que habían cavado no parecía lo suficientemente grande para un cuerpo humano, sin embargo, se habían esparcido cuidadosamente hojas sobre el lugar que, si se abordaba desde cualquier otro punto que no fuera el elevado desde donde lo habíamos visto, no despertaría sospechas de que el suelo hubiera sido alterado.

Cavar con un trozo de madera era un trabajo duro y laborioso, y pasó mucho tiempo antes de que quitáramos suficiente tierra para hacer un agujero de cierto tamaño. Pero Muriel ejerció toda su energía y ambos trabajamos en un silencio obstinado, llenos de asombro y expectación. Con una pala habríamos podido investigar pronto, pero como la tierra aparentemente había sido apisonada con fuerza antes de colocar la última capa, nuestro progreso fue muy lento y difícil.

Por fin, un cuarto de hora más o menos después de haber comenzado, Muriel, de pie en el hoyo y habiendo clavado profundamente su estaca en el suelo, gritó de repente:

—¡Mira! ¡Mira, señor Gregg! Vaya... ¿qué es eso?

Me incliné hacia adelante cuando ella señaló, y mis ojos encontraron un objeto tan inesperado que me quedé mudo e inmóvil.

Con lo que habíamos logrado descubrir, el misterio aumentaba en lugar de disminuir.

Di rienda suelta a una exclamación de completo desconcierto y miré sin expresión al rostro de mi compañera.

¡El asombroso enigma estaba seguramente completo!

CAPÍTULO VII

CONTIENE UNA SORPRESA

El primer objeto que salió a la luz, a unos sesenta centímetros bajo la superficie, fue un trozo de tela de lana gris oscuro que, al quitarle el moho, resultó ser parte de una falda de mujer.

Con frenético entusiasmo me metí en el hoyo que habíamos hecho y retiré la tierra con las manos, hasta que de repente toqué algo duro.

Un cuerpo yacía allí, doblado y aplastado en el agujero parecido a un pozo que los hombres habían cavado.

Juntos lo sacamos, cuando, para mi sorpresa, al limpiar la suciedad de las facciones cerosas y duras, lo reconocí como el cuerpo de Armida, la mujer que había sido mi criada en Livorno y que después se había casado con Olinto. ¡Ambos habían sido asesinados!

Cuando Muriel contempló el rostro de la mujer muerta, dejó escapar una expresión de sorpresa. Evidentemente, el cuerpo no era el de la persona que ella esperaba encontrar.

—¿Quién es, me pregunto? —exclamó mi compañera—. No es una dama, evidentemente, por su vestido y sus manos.

—Evidentemente no —fue mi respuesta, pues seguía considerando que era mejor guardarme mi opinión. Recordé la historia que Olinto me había contado sobre su esposa; de su enfermedad y su anhelo de regresar a Italia. Sin embargo, el semblante de la mujer muerta debía haber sido lo suficientemente saludable en vida, aunque sus manos eran ásperas y duras, demostrando que había estado haciendo trabajo manual.

Armida había sido una criada excepcionalmente buena, una toscana de pelo negro y ojos negros, rápida, limpia y llena de un agudo sentido del humor. Fue un gran impacto para mí encontrarla allí muerta. La pechera de su vestido estaba manchada de sangre seca, que, al examinarla, descubrí que había brotado de una herida profunda y fatal debajo de la oreja, donde le habían asestado un golpe certero que le había seccionado la arteria.

—Esos hombres... ¡esos hombres que la enterraron! ¿Quiénes serán? —exclamó mi compañera en voz baja—. Debemos seguirlos y averiguarlo. Sin duda son los asesinos que han regresado en secreto y ocultado la evidencia de este segundo crimen.

—Sí —dije—. Vamos tras ellos. No deben escaparse.

Entonces, dejando el cuerpo exhumado bajo un árbol, tomé a Muriel por la cintura y vadeamos el profundo canal excavado por el arroyo en ese punto, tras lo cual ambos ascendimos por la empinada orilla donde la pareja había desaparecido en la oscuridad del bosque.

Me culpé mil veces por no haberlos seguido, pero mis sospechas no se habían despertado hasta después de que desaparecieran. La espalda del hombre del traje color tabaco era, según ella estaba segura, familiar. Repitió lo que ya me había dicho, pero no podía recordar dónde había visto una figura similar antes.

Continuamos a través del sombrío bosque, pues la luz se había desvanecido y la tarde empezaba a caer. De vez en cuando nos deteníamos a escuchar. Pero había un silencio sepulcral, roto solo por el grito agudo de un ave nocturna y el suave crujido de las hojas con el viento otoñal. Los hombres conocían el camino, al parecer, aunque el bosque carecía de senderos. Sin embargo, nos llevaban casi veinte minutos de ventaja y en ese tiempo podrían estar ya en campo abierto. ¿Lograrían eludirnos? Pero aun si lo hacían, yo podía describir el vestido de uno de ellos, mientras que el de su compañero era, hasta donde pude distinguir, azul oscuro, de un corte algo náutico. Llevaba además una gorra plana, con visera.

Continuamos, dirigiéndonos directamente hacia el páramo abierto que sabíamos bordeaba los bosques en esa dirección, y antes de que la luz se hubiera desvanecido por completo nos encontramos entre el brezo con las colinas distantes recortándose oscuras contra el horizonte. Pero no vimos rastro de los hombres que habían ocultado tan secretamente el cuerpo de su víctima.

—La llevaré de vuelta al castillo, señorita Leithcourt —dije—. Y luego seguiré hasta Dumfries y veré a la policía. Hay que detener a estos hombres.

—Sí, hágalo —instó ella—. Entraré en la casa por el patio de las caballerizas, pues no deben verme en este estado tan terrible.

El camino era accidentado, así que, ante mi invitación, tomó mi brazo, y al hacerlo sentí que temblaba.

—Está usted muy mojada —comenté—. Espero que no se resfríe.

—¡Oh! Estoy acostumbrada a mojarme. Conduzco y voy mucho en bicicleta, sabe, y muy a menudo acabo empapada —fue su respuesta. Luego, tras una pausa, dijo—: Debemos descubrir quién era esa mujer. Parece, por su tez y su cabello, ser extranjera, como el hombre.

—Sí, eso creo —fue mi respuesta—. Le diré a la policía todo lo que hemos descubierto, y ellos irán allí en breve y recuperarán el cuerpo.

—Si solo pudieran encontrar a esos dos hombres, entonces sabríamos la verdad —declaró—. Uno de ellos, el del traje marrón, era inusualmente ancho de hombros y parecía caminar con una ligera encorvadura.

—Esperaba encontrar a otra mujer, ¿no es así, señorita Leithcourt? —pregunté al poco tiempo, mientras caminábamos por el páramo.

—Sí —respondió—. Esperaba encontrar a una persona completamente diferente.

—¿Y si la hubiera encontrado, habría probado la culpabilidad de alguien a quien usted conoce?

Ella asintió afirmativamente.

—Entonces, ¿lo que hemos encontrado esta tarde no le revela la identidad de los asesinos?

—No, desafortunadamente no. Debemos por el momento dejar el asunto en manos de la policía.

—¿Pero si se establece la identidad de la mujer muerta? —pregunté.

—Podría proporcionarme una pista —exclamó rápidamente—. Sí, intente descubrir quién es.

—¿Quién era la mujer que esperaba encontrar?

—Una amiga, una amiga muy querida.

—¿No quiere decirme su nombre? —indagué.

—No, sería injusto para ella —respondió decididamente, una respuesta que para mí era particularmente tentadora.

Seguimos adelante en silencio, con nuestros pensamientos demasiado llenos para las palabras. ¿No era extraño que el misterioso navegante fuera su amante, y más extraño aún que, al reconocerme, hubiera escapado, no solo de Escocia, sino hacia el continente?

¿No era eso, en sí mismo, prueba de culpabilidad y miedo?

Ya era de noche cuando me despedí de mi brillante pequeña compañera, quien, cansada y sin embargo sin quejarse, me estrechó la mano y me deseó buena suerte en mis investigaciones.

—Le esperaré mañana por la tarde. Pase y cuénteme todo, ¿no es así?

Se lo prometí, y entonces ella desapareció en el gran patio de caballerizas detrás del castillo, mientras yo continuaba bajando por el camino oscuro y luego atravesaba los campos abiertos hacia la casa de mi tío.

A las nueve y media de esa noche detuve el coche de caballos frente a la comisaría principal de policía en Dumfries, y al bajar busqué de inmediato al gran montañés rubio, Mackenzie, con quien había tenido la consulta el día anterior.

Cuando estuvimos sentados en su habitación, bajo el siseante mechero de gas, le relaté mi aventura y el resultado de mi investigación.

—¿Qué? —gritó, levantándose de un salto—. ¿Ha desenterrado otro cuerpo, el de una mujer?

—Así es. Y lo que es más, puedo identificarla —respondí—. Su nombre es Armida, y era la esposa del hombre asesinado, Olinto Santini.

—¿Entonces mataron tanto al marido como a la mujer?

—Sin duda, una doble tragedia.

—¡Pero los dos hombres que ocultaron el cuerpo! ¿Puede describirlos?

Lo hice, y él escribió a mi dictado, comentando después:

—Debemos encontrarlos. —Y llamando a uno de sus subinspectores, le dio instrucciones para la difusión inmediata de la descripción a todas las comisarías del condado, diciendo que los dos hombres eran buscados por un cargo de asesinato premeditado.

Cuando el oficial hubo salido de nuevo y nos quedamos solos, Mackenzie se volvió hacia mí y preguntó:

—¿Qué le indujo a registrar el bosque? ¿Por qué sospechó de un segundo crimen?

Su pregunta me dejó perplejo por un momento.

—Bueno, verá, yo había identificado al joven Olinto y, sabiendo que estaba casado y era devoto de su esposa, sospeché que le había acompañado aquí. Fue una suposición totalmente vaga. Me pregunté si, en caso de que el pobre hombre hubiera caído víctima de sus enemigos, ella no habría sido también abatida.

Sus labios se apretaron con clara insatisfacción. Sabía que mi explicación era muy pobre, pero a toda costa no podía involucrar el nombre de Muriel en el asunto. Le había dado mi palabra y pensaba cumplirla.

—¿Entonces el cuerpo sigue en la cañada, donde lo dejó?

—Sí. Si lo desea, le llevaré al lugar. Puedo llevarle a usted y a su asistente en mi coche.

—Ciertamente. Vayamos —exclamó, levantándose de inmediato y tocando el timbre.

—Consiga tres buenos faroles y algunas cerillas, y póngalos en el vehículo de este caballero afuera —dijo al agente que respondió a su llamada—. Y dígale a Gilbert Campbell que quiero que venga conmigo a Rannoch Wood.

—Sí, señor —respondió el hombre, y la puerta se cerró de nuevo.

—Es una lástima, mil lástimas, señor Gregg, que no detuviera a esos dos hombres que enterraron el cuerpo.

—Ya habían cruzado el arroyo y estaban desapareciendo en la espesura antes de que yo subiera a la roca —expliqué—. Además, en ese momento no sospechaba lo que habían estado haciendo. Creía que eran rezagados de una partida de caza vecina que se habían perdido.

—¡Ah, muy desafortunado! —dijo—. Espero que no se nos escapen. Si son extranjeros, no es probable que se vayan lejos. Pero si son ingleses o escoceses, entonces temo que hay pocas posibilidades de que los alcancemos. Ayer, en la investigación, la identidad del hombre asesinado se mantuvo estrictamente reservada, y la investigación se aplazó por quince días.

—¿Por supuesto, mi nombre no fue mencionado? —dije.

—Por supuesto que no —fue la respuesta del detective. Luego preguntó—: ¿Cuándo espera recibir un telegrama de su amigo, el cónsul en Livorno? Estoy ansioso por ello, para que podamos comenzar las investigaciones en Londres.

—Pasado mañana, espero. Sin duda responderá de inmediato, siempre que aún se pueda encontrar al padre del difunto.

Y en ese momento, un hombre alto y delgado, que resultó ser el detective Campbell, entró, y cinco minutos después los tres íbamos conduciendo sobre los adoquines irregulares de Dumfries y hacia la oscuridad en dirección a Rannoch.

Estaba nublado y sin estrellas, con una neblina fría colgando sobre el valle; pero el caballo de mi tío era veloz, y pronto empezamos a subir la colina pasando el castillo, y luego, girando a la izquierda, condujimos por un camino secundario empinado y accidentado que conducía al sur del bosque y cruzaba el páramo. Cuando llegamos a este último, todos bajamos y yo llevé al caballo, pues debido a los numerosos pantanos traicioneros no era seguro conducir más lejos. Así, con Mackenzie y Campbell portando faroles, caminamos con cuidado, bordeando el bosque durante casi un kilómetro hasta que llegamos al muro tosco por el que yo había trepado con Muriel.

Reconocí el lugar y, tras atar al caballo, los tres nos sumergimos en la oscuridad total del bosque, manteniéndonos directos en la dirección de la cañada, deteniéndonos de vez en cuando para escuchar el murmullo del arroyo.

Al final, tras alguna dificultad, lo descubrimos, y buscando a lo largo de la orilla con nuestras tres potentes luces, detecté poco después la enorme roca cubierta de musgo sobre la que yo había estado cuando la pareja de fugitivos había desaparecido.

—¡Miren! —grité—. ¡Ese es el lugar! —Y rápidamente trepamos por la empinada orilla, bajando por las ramas de los árboles hasta llegar al agua, donde entré, siendo seguido de cerca por mis dos compañeros.

Al ganar el lado opuesto, subí a la base de la roca y bajé mi farol para revelarles la espeluznante evidencia del segundo crimen, pero al instante siguiente grité:

—¡Vaya! ¡Ha desaparecido!

—¡Desaparecido! —jadearon los dos hombres.

—Sí. Estaba aquí. ¡Miren! ¡Este es el hoyo donde lo enterraron! ¡Pero evidentemente regresaron y, encontrándolo exhumado, han vuelto a tomar posesión de él y se lo han llevado!

Los dos detectives miraron hacia donde yo indicaba y luego se miraron el uno al otro sin intercambiar palabra.

Mientras permanecíamos allí estupefactos ante la desaparición del cuerpo, la mirada rápida del montañés captó algo, y agachándose lo recogió y examinó el pequeño objeto con ayuda de su farol.

En su palma vi una pequeña cruz de oro, de unos dos centímetros de largo, esmaltada en rojo, mientras que en el centro había una miniatura circular de un santo arrodillado, una chuchería elegante y bellamente ejecutada que podría haber adornado la pulsera de una dama.

—¡Esta es una pequeña cosa bonita! —comentó el detective—. Posiblemente nos lleve a algo. Pero, señor Gregg —añadió, volviéndose hacia mí—, ¿está usted completamente seguro de que dejó el cuerpo aquí?

—¿Seguro? —repetí—. Vaya, mire el hoyo que hice. No creerá que tengo algún interés en llevarles aquí en una misión absurda, ¿verdad?

—En absoluto —dijo a modo de disculpa—. Solo que todo el asunto parece muy inconcebible; quiero decir que los hombres, habiéndose librado ya de la evidencia de su crimen, difícilmente volverían al lugar y volverían a tomar posesión de ella.

—A menos que me vieran exhumarlo y temieran las consecuencias si caía en sus manos —sugerí.

—Por supuesto, podrían haberle observado desde detrás de los árboles, y cuando usted se fue vinieron y se lo llevaron a otro lugar —comentó dubitativo—; pero incluso si lo hicieron, debe estar en este bosque. Nunca se arriesgarían a llevar un cuerpo muy lejos, y aquí es seguramente el mejor lugar de ocultación de todo el país.

—Lo único que queda es registrar el bosque al amanecer —sugerí—. Si los dos hombres volvieron aquí durante mi ausencia, podrían seguir vigilando en los alrededores.

—Lo más probable es que lo estén. Debemos tomar todas las precauciones —dijo con decisión. Y luego, con nuestros faroles bajos, hicimos un examen de las inmediaciones, sin descubrir, sin embargo, nada más que nos proporcionara una pista. Mientras yo había estado ausente, el cuerpo de la infortunada Armida había desaparecido, un hecho que, sabiendo todo lo que sabía, era doblemente misterioso.

La pareja, sin duda, había observado a Muriel y a mí, y tan pronto como nos habíamos ido, habían regresado y se habían llevado los restos espantosos de la pobre mujer que había sido tan vilmente asesinada.

Pero ¿quiénes eran los hombres? ¿El tipo de hombros anchos que Muriel reconoció y el navegante esbelto con su abrigo de piloto y gorra con visera? El enigma cada hora se volvía más y más inescrutable.

Al amanecer, Mackenzie, con cuatro de sus hombres, realizó un examen exhaustivo del bosque, pero aunque continuaron hasta el anochecer no descubrieron nada, ni tampoco se supo nada del misterioso navegante y su compañero de traje de lana marrón.

Visité a Muriel según lo acordado y le expliqué cómo el cuerpo había desaparecido tan repentinamente, ante lo cual ella me miró pálida, diciendo:

—¡Los asesinos deben habernos observado! ¿Saben, entonces, que tenemos conocimiento de su crimen?

—Por supuesto —dije.

—¡Ah! —exclamó ella con voz ronca—. Entonces ambos estamos en peligro mortal, ¡peligro de nuestras propias vidas! Esta gente no se detendrá ante nada. Tanto tú como yo estamos marcados por ellos, sin duda alguna. Ambos debemos ser precavidos para no caer en ninguna trampa que nos puedan tender.

Sus mismas palabras parecieron una admisión de que estaba al tanto de la identidad de los conspiradores y, sin embargo, no quiso darme ninguna pista sobre ellos.

Salimos y subimos juntos por el camino de entrada hacia las perreras, donde su padre, una figura alta e imponente con su traje de caza, estaba dando órdenes a los guardabosques.

—¡Hola, Gregg! —gritó alegremente, extendiéndome la mano—. Te unirás al grupo que irá a Glenlea mañana, ¿no es así? Paton y Phillips vendrán. A las diez en punto aquí, y las damas saldrán a almorzar con nosotros.

—Gracias —dije, aceptando con gusto, pues al hacerlo vi que podría tener la oportunidad de estar cerca de Muriel. El hecho de que los asesinos estuvieran al tanto de lo que sabíamos parecía haberle causado a ella la mayor aprensión de que nos ocurriera algún mal. Entonces, mientras nos alejábamos para regresar a la casa, Leithcourt me dijo:

—¡Ya sabes todo sobre el descubrimiento en el bosque el otro día! Un asunto horrible: un joven extranjero encontrado asesinado.

—Sí. He oído hablar de ello —respondí.

—Y la policía es peor que inútil —declaró con disgusto—. Todavía no han descubierto quién es el tipo. Vaya, si hubiera sucedido en cualquier otro lugar que no fuera Escocia, habrían arrestado al asesino hace tiempo.

—Es un completo desconocido, según tengo entendido —observé. Y luego añadí: —A menudo subes al bosque al atardecer a por palomas. Es una suerte que no estuvieras allí esa tarde, ¿eh?

Me miró rápidamente con las cejas ligeramente contraídas, como si no me hubiera comprendido exactamente. En un instante vi que mi comentario le había causado una rápida aprensión.

—Sí —respondió con una sonrisa enfermiza que pretendía transmitirme total indiferencia—. Podrían haberme sospechado a mí.

—Desde luego, es un asunto desagradable que ocurra en la propiedad de uno —dije, observándolo aún con atención. Y entonces Muriel, a su lado, logró con su ingenio femenino desviar la conversación hacia otro tema.

Al día siguiente acompañé al grupo a Glenlea, a unos ocho kilómetros de distancia, y al mediodía, en un lugar acordado previamente, encontramos a las damas esperándonos con el almuerzo servido bajo los árboles. Tan pronto como nos acercamos, Muriel se adelantó rápidamente, entregándome un telegrama y diciendo que lo había enviado uno de los mozos de cuadra de mi tío en el momento en que salían del castillo.

Lo abrí con impaciencia y leí su contenido. Luego, dirigiéndome a mis compañeros, dije con la voz más tranquila que pude reunir:

—Debo ir a Londres esta noche —ante lo cual los hombres, todos a una, expresaron su esperanza de que regresara pronto. El grupo de Leithcourt era un conjunto amistoso y, en el fondo, me entristecía dejar Escocia. Sin embargo, el telegrama lo hacía imperativo, pues era de Frank Hutcheson desde Livorno, y decía:

_"He hecho averiguaciones. Olinto Santini se casó con su sirvienta Armida en el Consulado General de Italia en Londres hace cerca de un año. Viven en el 64B de Albany Road, Camberwell: él trabaja como camarero en el Ferrari's Restaurant, Westbourne Grove.—Consulado Británico, Livorno"_

El almuerzo fue alegre, como suelen ser los almuerzos de caza, y mientras comíamos, los guardabosques cargaron nuestra bolsa de la mañana —bastante considerable— en el carro de Perth que esperaba. Luego, cuando pudimos alejarnos solos, le expliqué a Muriel que el motivo de mi repentino viaje a Londres era continuar mis investigaciones sobre el misterioso asunto.

Esto la dejó desconcertada, pues, por supuesto, no le había revelado que había identificado a Olinto. Sin embargo, logré poner tales excusas y promesas de regresar que creo que disiparon todas sus sospechas, y esa noche, después de llamar al detective Mackenzie, tomé el expreso con coche cama hacia Euston.

El restaurante que Hutcheson había indicado estaba, según descubrí, situado a mitad de Westbourne Grove, casi enfrente de Whiteley's, un pequeño local donde se exhibían dulces y caramelos en el escaparate, junto con frascos de cuello largo de chianti italiano, chuletas, pequeños trozos de carne y tomates. Había pasado poco de las nueve cuando entré en la larga tienda con sus filas de mesas con cubierta de mármol y grasientos asientos de felpa roja. Un muchacho de aspecto enfermizo estaba barriendo el lugar con serrín húmedo, y un hombre grande, de barba oscura y rostro fofo, en mangas de camisa, estaba detrás del pequeño mostrador puliendo unos tenedores.

—Deseo ver al señor Ferrari —dije, dirigiéndome a él.

—No hay Ferrari, está muerto —respondió el hombre en un inglés entrecortado—. Mi nombre es Odinzoff. Compré el local a la señora.

—Es usted ruso, supongo.

—Polaco, m'sieur; de Varsovia.

Había visto desde el primer momento en que nos conocimos que no era italiano. Era demasiado corpulento y su rostro demasiado ancho y plano.

—He venido a preguntar por un camarero que tiene a su servicio, un italiano llamado Santini. Fue mi sirviente durante algunos años y, naturalmente, me intereso por él.

—¿Santini? —repitió—. ¿Oh, se refiere a Olinto? Aún no está aquí. Viene a las diez.

Esta respuesta me sorprendió. Había esperado que el dueño del restaurante expresara pesar por su desaparición, sin embargo, hablaba como si hubiera estado trabajando como de costumbre el día anterior.

—¿Puedo tomar un brandy? —pregunté, viendo que me vería obligado a tomar algo—. ¿Quizás quiera acompañarme?

—¡Ach, no! Pero un kümmel, ¡sí, tomaré un kümmel! —Y llenó nuestras copas y se bebió la suya de un solo trago, chasqueando los labios después, pues al ruso promedio le encanta su decocción nacional de semillas de alcaravea.

—Supongo que considera a Olinto un buen sirviente —dije, por falta de algo mejor que decir.

—Excelente. Los italianos son los mejores camareros del mundo. Soy ruso, pero no me atrevo a emplear a un camarero ruso. Estos ingleses no vendrían a mi tienda si lo hiciera.

Miré a mi alrededor y me llamó la atención que el negocio del local consistía principalmente en chuletas y filetes para clientes ocasionales al mediodía, y té y pasteles para esas hordas de mujeres que cada tarde zumban alrededor de esa larga fila de escaparates del "proveedor del mundo". Pude ver que era un comercio barato, como revelaba el aviso impreso pegado en uno de los largos espejos llenos de moscas: "Helados 4d y 6d".

—¿Cuánto tiempo lleva Olinto con usted? —indagué.

—Cerca de un año, quizás un poco más. Confío implícitamente en él y lo dejo a cargo cuando me voy de vacaciones. No se lleva muy bien con el cocinero, que es milanés. Estos italianos de diferentes provincias siempre se pelean —añadió, riendo—. Si vive en Italia, lo sabe, sin duda.

Reí a coro y luego, mirando mi reloj, dije: —Esperaré por él, si estará aquí a las diez. Me gustaría mucho volver a verlo.

El ruso no se quedó en absoluto desconcertado, sino que se limitó a señalar:

—A veces llega tarde, pero no a menudo. Vive al otro lado de Londres, en Camberwell. Su confianza en que el camarero regresaría me pareció extremadamente curiosa; no obstante, me armé de paciencia, paseé de un lado a otro del restaurante y luego me quedé observando el tráfico en Grove desde fuera.

El hombre Odinzoff parecía un tipo rápido y trabajador con buen ojo para los negocios, pues se puso a pulir la parte superior de las mesas de mármol con un cubo y un cepillo, mientras dirigía al mismo tiempo el trabajo del pálido joven. De repente se abrió una puerta lateral y el cocinero asomó la cabeza para hablar con su patrón en francés. Era un italiano típico, de unos cuarenta años, con bigote oscuro vuelto hacia arriba y un aire despreocupado y tranquilo. Al verme, sin embargo, y creyendo que era un cliente, se dio la vuelta y cerró la puerta rápidamente. En ese instante noté la gran anchura de sus hombros, y su espalda me pareció extrañamente similar a la del hombre de marrón que habíamos visto desaparecer en Rannoch Wood.

La sospecha me dejó sin aliento.

¿Estaba este ruso tratando de engañarme cuando declaró que Olinto llegaría en unos minutos? Parecía curioso, pues el hombre ahora muerto debía, reflexioné, haber estado fuera al menos cuatro días. ¿Seguramente su ausencia del trabajo le había causado al propietario un inconveniente considerable?

—Ese era su cocinero, ¿no? ¿El milanés que es tan pendenciero? —reí, cuando la puerta lateral se cerró.

—Sí, m'sieur. Pero Emilio es muy buen trabajador, y muy honesto, aunque he tenido que quejarme constantemente de que usa demasiado aceite en su cocina. A estos ingleses no les gusta el aceite.

Me quedé de nuevo en la puerta observando a la concurrida multitud que pasaba por fuera hacia Royal Oak. Las diez sonaron en una iglesia cercana y seguí esperando, sabiendo demasiado bien que esperaba en vano a un hombre cuyo cuerpo ya había sido enterrado fuera de aquel remoto y viejo pueblo escocés. Pero esperé para determinar el motivo del barbudo ruso al llevarme a creer que el joven realmente regresaría.

Poco después, Odinzoff salió fuera, llevando consigo dos tableros en los que el menú del "¡Almuerzo de ocho peniques! ¡Para hoy!" estaba escrito con caracteres descuidados, y procedió a fijarlos en el frente de la tienda.

Esta fue mi oportunidad y, rápido como el pensamiento, me moví hacia donde el enfermizo joven estaba trabajando y le susurré:

—Te daré medio soberano si respondes mis preguntas con sinceridad. Ahora, dime, ¿estaba el cocinero, el hombre que acabo de ver, aquí ayer?

—Sí, señor.

—¿Estuvo aquí el día anterior?

—No, señor. Ha estado fuera enfermo durante cuatro días.

—¿Y su patrón?

—Él también ha estado fuera, señor.

No tuve tiempo de hacer más preguntas, pues el ruso volvió a entrar en ese momento, y el joven se ocupó frotando el frente del mostrador fingiendo que no le había hablado. De hecho, tuve algunas dificultades para deslizar la moneda prometida en su mano en un momento en que su patrón no estaba mirando.

Luego paseé de un lado a otro del restaurante, esperando pacientemente y preguntándome si la ausencia de Emilio tenía alguna conexión con la tragedia en Rannoch Wood.

Mientras estaba allí, entró un hombre bastante delgado y vestido respetuosamente, y sentándose en uno de los asientos de felpa al fondo, se quitó el bombín y pidió al propietario una chuleta y una jarra de té. Luego, sacando un periódico de su bolsillo, se dispuso a leer, aparentemente ajeno a lo que le rodeaba.

Y sin embargo, mientras observaba, vi que por encima de su periódico estaba asimilando cuidadosamente el aspecto general del lugar, y sus ojos seguían atentamente los movimientos del ruso. Este último gritó —en francés— el pedido de la chuleta a través del tubo acústico al hombre Emilio, y luego, regresando con su cliente, extendió una servilleta y colocó un pequeño salero y pimentero, con cuchillo, tenedor y pan ante él. Pero el cliente parecía inmerso en su periódico y no levantó la vista hasta que el ruso se dio la vuelta. Entonces, tal era su interés en el lugar, y tan agudos aquellos ojos oscuros suyos, que la verdad de repente me amaneció. Mackenzie había enviado un telegrama a Scotland Yard, y el cliente sentado allí era un detective que había venido a investigar. Me había adelantado al mostrador para charlar de nuevo con el propietario, cuando un paso rápido detrás de mí me hizo girar.

Ante mí estaba la figura esbelta de un hombre con sombrero de paja y una chaqueta negra bastante raída.

—¡Dio, Signor Padrone! —exclamó.

Me tambaleé como si hubiera recibido un golpe.

¡Olinto Santini en carne y hueso, sonriente y bien, estaba allí ante mí!

CAPÍTULO VIII

LA RECLAMACIÓN DE LA VIDA

No hay palabras que puedan expresar mi absoluto y abyecto asombro cuando me enfrenté al hombre, a quien había visto tendido frío y muerto sobre aquella losa de piedra gris en la morgue de Dumfries.

Mis ojos captaron al cliente que, a la entrada de Olinto, había dejado caer su periódico y permanecía sentado mirándolo con asombro. El detective evidentemente había recibido una fotografía del hombre muerto, y ahora, como yo, lo descubría vivo y coleando.

—¡Signor Padrone! —gritó el hombre cuya aparición era tan absolutamente desconcertante—. ¿Cómo me encontró aquí? Admito que lo engañé cuando le dije que trabajaba en el Milano —continuó rápidamente en italiano—. Pero fue bajo coacción; mis acciones esa noche no fueron mías, sino de otros.

—Sí, lo entiendo —dije—. Pero salgamos a la calle. No deseo hablar delante de esta gente. Su padrone sabe italiano, sin duda.

—¡Ah! solo muy poco —respondió, sonriendo—. No tenga miedo de él.

—¿Pero está Emilio, el cocinero?

—¡Entonces le ha conocido! —exclamó rápidamente, con una extraña mirada de aprensión—. Es una persona indeseable, signore.

—Eso deduzco —respondí—. Pero deseo hablar con usted fuera, no aquí. Y luego, volviéndome con una sonrisa hacia el polaco, me disculpé por llevarme a su sirviente por unos minutos. —Recuerde, soy su antiguo amo —añadí.

—Por supuesto, m'sieur —respondió el polaco, inclinándose cortésmente—. Hable con él donde y cuanto tiempo desee. Está enteramente a su servicio.

Y cuando estuvimos fuera, en Westbourne Grove, con Olinto caminando a mi lado con asombro, pregunté de repente:

—Dígame. ¿Ha estado alguna vez en Escocia, en Dumfries?

—Nunca, signore, en mi vida. ¿Por qué?

—Responda a otra pregunta —dije rápidamente—. Usted se casó con Armida en el Consulado Italiano. ¿Dónde está ella ahora? ¿Dónde está esta mañana?

Se puso pálido y vi un cambio completo en su semblante.

—¡Ah, signore! —respondió—, ojalá pudiera decírmelo.

—Es falso que sea una inválida —continué—, o que viva en Lambeth. Su dirección está en Albany Road, Camberwell. No puede negar estos hechos.

—No los niego, Signor Commendatore. Pero, ¿cómo supo esto?

—Las autoridades en Italia saben todo —respondí—. Como todos sus compatriotas, su registro está escrito en la Comuna.

—Es uno limpio, al menos, signore —declaró con cierta calidez—. Tengo un permiso para portar un revólver, lo cual es en sí prueba suficiente de que soy un hombre de carácter intachable.

—No arrojo ninguna duda sobre usted, Olinto —respondí—. Simplemente he preguntado por su esposa y usted no me da una respuesta directa.

Habíamos caminado hasta el Royal Oak y nos detuvimos a hablar en la acera de fuera.

—No le doy una respuesta porque no puedo —dijo en italiano—. Armida, mi pobre Armida, ha dejado el hogar.

—¿Por qué me contó tal historia de angustia respecto a ella?

—Como ya he explicado, signore, no era entonces dueño de mis propias acciones. Estaba gobernado por otros. Pero salvé su vida a riesgo de la mía. Algún día, cuando sea seguro, le revelaré todo.

—Dejemos que el pasado permanezca —dije—. ¿Dónde está su esposa ahora?

Vaciló un momento, mirándome directamente a la cara.

—Bueno, Signor Commendatore, a decir verdad, ella ha desaparecido.

—¡Desaparecido! —repetí—. ¿Y no ha hecho ninguna denuncia a la policía?

—No.

—¿Por qué no?

—Por razones que solo yo conozco, no deseaba que la policía husmease en mis asuntos privados.

—Lo sé. ¿Porque fue condenado una vez en Lucca por usar un cuchillo, eh? Recuerdo muy bien ese asunto, un asunto amoroso, ¿no fue así?

—Sí, Signor Commendatore. Pero yo era un joven entonces, un simple muchacho.

—Entonces dígame las circunstancias en las que Armida ha desaparecido —le insté, pues vi claramente que su repentino encuentro conmigo lo había trastornado, y que estaba tratando de ocultarme alguna historia que se moría por contar.

—Bueno, signore —dijo al fin en un tono bajo y confidencial—, no me gusta molestarle con mis asuntos privados después de esas falsedades que le dije cuando nos vimos por última vez.

—Continúe —dije—. Dígame la verdad.

Después de los emocionantes incidentes de nuestro último encuentro, estaba medio inclinado a dudar de él.

—La verdad es, Signor Commendatore, que mi esposa ha desaparecido misteriosamente. El sábado pasado, a las once, ella estaba hablando sobre el muro del jardín con una vecina y estaba vestida para salir. Aparentemente salió, pero desde ese momento nadie la ha visto ni oído hablar de ella.

Estuve a punto de decirle la espantosa verdad, pero tan extraña era la circunstancia de que su propio doble, hasta el lunar en su rostro, estuviera tendido muerto y enterrado en Escocia, que dudé en relatar lo que sabía.

—Ella hablaba inglés, supongo.

—Podía hacerse entender muy bien —dijo con un suspiro, y vi una mirada pesada y pensativa en su frente. Que él estaba realmente dedicado a ella, lo sabía. Con el italiano de cualquier condición social, el amor es devorador; es amor perfecto o odio genuino. El carácter toscano es uno de dos extremos.

Miré al otro lado de la calle y vi que el detective que había pedido su chuleta y café se había detenido para encender su pipa y nos estaba observando.

—¿Tiene alguna idea de dónde está su esposa, o qué le ha inducido a irse de casa? ¡Quizás tuvieron algunas palabras!

—¿Palabras, signore! —repitió—. ¡Si éramos la pareja más feliz de todo Londres! Ninguna palabra amable dejó de pasar entre nosotros. No parece haber absolutamente ninguna razón por la que ella debiera irse sin desearme una palabra de despedida.

—¿Pero por qué no se lo ha dicho a la policía?

—Por las razones que ya he expuesto. Prefiero hacer mis propias averiguaciones.

—¿Y en qué han resultado sus investigaciones?

—Nada, absolutamente nada —dijo gravemente.

—¿No sospecha de ningún complot? Recuerdo que esa noche en Lambeth me dijo que tenía enemigos.

—¡Ah, así es, signore, y usted también! —exclamó con voz ronca—. Sí, mi pobre Armida puede haber sido atrapada por ellos.

—Y si fue atrapada, ¿entonces qué?

—Entonces la matarían con tan poca compasión como lo harían con una mosca —dijo—. Ah, usted no conoce la insensibilidad de esa gente. Solo espero y rezo para que ella haya escapado y esté escondida en algún lugar, y llegue inesperadamente y me dé una sorpresa sorprendente. Le encanta sorprenderme —añadió con una risa.

Pobre muchacho, pensé, nunca más podría sorprenderlo. Ella había caído realmente víctima, tal como él temía.

—¿Entonces cree que debió ser llamada desde su casa por algún mensaje urgente? —sugerí.

—Por la forma en que dejó las cosas, parecía que se fue apresuradamente. Había cinco soberanos en un cajón que habíamos ahorrado para el alquiler, y ella se los llevó.

Hice una pausa de nuevo, dudando si decirle la terrible verdad. Recordé que el cuerpo había desaparecido, ¿por tanto, qué prueba tenía de mi alegación de que había sido asesinada?

—Dígame, Olinto —dije mientras avanzábamos de nuevo en dirección a la estación de Paddington—, ¿tiene usted algún conocimiento de un hombre llamado Leithcourt?

Se sobresaltó de repente y me miró.

—He oído hablar de él —respondió muy débilmente.

—¿Y de su hija, Muriel?

—También de ella. Pero no les conozco, ni, a decir verdad, deseo hacerlo.

—¿Por qué?

—Porque son enemigos míos, enemigos acérrimos.

Su declaración era extraña, pues arrojaba algo de luz sobre la tragedia en Rannoch Wood.

—¿Y de su esposa también?

—No sé eso —respondió—. Mis enemigos son también los de mi esposa, supongo.

—No me ha dicho el secreto de ese cobarde intento contra mí cuando nos vimos por última vez —dije en voz baja—. ¿Por qué no decirme la verdad? Seguramente debería saber quiénes son realmente mis enemigos, para estar prevenido contra cualquier complot futuro.

—Lo sabrá algún día, signore. No me atrevo a decírselo ahora.

—Eso dijo antes —exclamé con insatisfacción—. Si me es fiel, al menos debería decirme la razón por la que deseaban matarme en secreto.

—Porque le temen —fue su respuesta.

—¿Por qué deberían temerme?

Pero se encogió de hombros e hizo un gesto con las manos indicativo de absoluta ignorancia.

—Le hago una pregunta. Responda sí o no. ¿Es el hombre Leithcourt mi enemigo?

El joven italiano hizo una pausa y luego respondió:

—No es su amigo. Soy muy consciente de ello.

—¿Y su hija? Tengo entendido que está comprometida.

—Creo que sí.

—¿Dónde conoció a Leithcourt por primera vez?

—Le conozco desde hace varios años. Cuando nos conocimos, él era pobre.

—De repente se hizo rico, ¿eh?

—Compró una hermosa casa en el campo; vive principalmente en el Carlton cuando él, su esposa y su hija están en Londres —aunque creo que ahora tienen una casa en algún lugar del West End— y a menudo hace largos cruceros en su yate de vapor.

—¿Y cómo hizo su dinero?

De nuevo, Olinto encogió los hombros sin responder.

Si tan solo me revelara la razón por la que lo indujeron a atraerme a aquella casa, tal vez podría entonces formarme una conclusión sobre los inquilinos de Rannoch y sus amigos.

¿Quién era aquel hombre que, tras haber suplantado al que ahora tengo delante, fue fulminado por una mano infalible? ¿Era posible que a Armida la hubieran llamado por telegrama para encontrarse con su marido y, al reconocer el fraude perpetrado contra ella, amenazara con revelarlo y, por esa razón, corriera la misma suerte que el impostor?

Esta fue la primera teoría que se me ocurrió; una que creía que era la correcta. El motivo era un misterio, pero los hechos me parecían bastante claros.

Como el joven italiano se había negado a dar ninguna explicación satisfactoria, resolví conmigo mismo esperar a que se recuperara el cuerpo de la infortunada mujer antes de revelarle la espantosa verdad. Sin duda, tenía alguna razón para ocultarme los hechos reales, ya fuera porque temía que yo me alarmara indebidamente o porque él mismo estaba profundamente implicado en el complot. De las dos sugerencias, me inclinaba a creer en la segunda.

Caminó conmigo hasta el final de Bishop's Road, intentando con toda la exquisita diplomacia del italiano obtener de mí lo que sabía sobre los Leithcourt. Pero no le dije nada, ni revelé que esa misma mañana había regresado de Escocia. Finalmente nos separamos, y él volvió sobre sus pasos hacia el pequeño restaurante en Westbourne Grove, mientras yo subía a un hansom y me dirigía al conocido fotógrafo de New Bond Street, cuyo nombre figuraba en la fotografía rota de la joven con la blusa de piqué blanca y el cabello sujeto con un lazo de cinta negra, la imagen que había encontrado a bordo del Lola en aquella memorable noche en el Mediterráneo, y de la cual había visto un duplicado en la pequeña y acogedora habitación de Muriel en Rannoch.

Recordé que ella me había dicho que el nombre de la original era Elma Heath y que había sido compañera suya de estudios en Chichester. Por tanto, pregunté a la empleada del fotógrafo si podía proporcionarme una copia del negativo.

Durante un tiempo considerable buscó en sus libros el nombre y finalmente lo descubrió. Entonces dijo:

—Lamento, señor, que no podamos darle una copia, pues el cliente compró el negativo en aquel momento.

—Ah, lo siento mucho —dije—. ¿A qué dirección lo enviaron?

—El cliente que lo encargó era aparentemente extranjero —dijo, al tiempo que giraba el libro de contabilidad para que yo pudiera leer. Y vi que la entrada era: "Heath, Srta. Elma, 3 docenas de retratos de gabinete y negativo. Dirección: Barón Xavier Oberg, Vosnesenski Prospect 48, San Petersburgo, Rusia".

—¿Vino este caballero con la joven cuando le hicieron el retrato? —indagué.

—No sabría decirle, señor —respondió—. Solo llevo aquí un año y, ya ve, la fecha es de hace más de dos años.

—¿El fotógrafo lo sabría, tal vez?

—Es un hombre nuevo, señor. Solo llegó hace un mes. De hecho, el negocio cambió de manos hace un año y ninguno de los antiguos empleados permanece aquí.

—¡Ah! Eso es lamentable —dije, muy decepcionado; y tras haber copiado la dirección a la que se habían enviado el negativo y las copias, le di las gracias y me marché.

¿Quién, me preguntaba, era este Barón Oberg, y qué parentesco tenía con Elma Heath?

La imagen de la chica de la blusa blanca ejercía de alguna manera una extraña atracción sobre mí.

¿Nunca ha experimentado la fascinación de una fotografía, inexplicable y, sin embargo, poderosa? ¿Una especie de magnetismo del que no puede liberarse? Quizás fue el curioso hecho de que alguien la hubiera sacado de su marco a bordo del Lola y destruido lo que primero despertó mi interés; o tal vez fue el haberla descubierto en la habitación de Muriel en Rannoch. Sea como sea, tenía para mí un interés absorbente, pues a menudo me preguntaba si la desconocida que había bajado a tierra en secreto del yate cuando yo lo dejé no era la mismísima Elma Heath.

¿Quién era este Barón Oberg? El nombre era alemán indudablemente, sin embargo vivía en la capital rusa. De Londres a San Petersburgo hay mucha distancia, pero resolví que, si fuera necesario, viajaría allí e investigaría.

En la Embajada alemana, en Carlton House Terrace, encontré a mi amigo el capitán Nieberding, segundo secretario, a quien pregunté si se conocía el nombre del Barón Oberg, pero tras consultar varios libros alemanes en la biblioteca de su Excelencia, regresó y me dijo que el nombre no aparecía en las listas de la nobleza alemana.

—Puede que sea ruso, polaco lo más probable —añadió el capitán, un tipo alto, rubio y de gafas doradas, a quien había conocido cuando era tercer secretario de Embajada en Roma. Su opinión era que no se trataba de un nombre alemán, pues había un pequeño lugar llamado Oberg, dijo, en el ferrocarril entre Lodz y Lowicz.

Luego, después del almuerzo, fui a Albany Road, una de esas calles lúgubres y anticuadas que eran agradables en los inicios de la época victoriana, cuando Camberwell era un suburbio y Walworth Common seguía siendo un terreno baldío. Encontré la casa donde vivía Olinto: un pequeño edificio pareado, ennegrecido por el humo, situado detrás de una diminuta franja de jardín lleno de maleza, con una veranda de madera frente a las ventanas del primer piso. La casa, según la mujer que llevaba una tienda de comestibles en la esquina, estaba ocupada por dos familias. Los "italianos", como ella los llamaba, vivían arriba, mientras que los Gibbons alquilaban la planta baja.

—Oh, sí, señor. Los extranjeros son bastante respetables. Siempre me pagan al contado por todo, excepto por la leche. Eso lo pagan semanalmente.

—Tengo entendido que la mujer ha desaparecido. ¿Qué ha oído al respecto?

—Dicen, señor, que tuvieron algunas palabras el otro día y que la mujer se marchó en un arranque de furia. Pero ya sabe que no se puede creer todo lo que se oye.

—¿Discutían a menudo?

—Que yo sepa, no, señor. Eran personas realmente muy tranquilas y respetables para ser extranjeros.

Pasé de nuevo por delante de la casa de la mujer muerta y, al volver a la concurrida Camberwell Road, tomé un autobús de regreso al Hotel Cecil en el Strand, donde me había alojado, cansado y decepcionado.

Al día siguiente bajé a Chichester y, tras algunas dificultades, encontré el Cheverton College for Ladies, una gran casa antigua a media milla de la ciudad, en Drayton Road. El internado era evidentemente de primera clase, pues al entrar noté lo bien cuidado que estaba todo.

A la directora, una señora mayor de aspecto algo severo, le dije:

—Lamento, señora, molestarla, pero busco información que usted puede proporcionarme. Se trata de una tal Elma Heath, que fue alumna suya y que se marchó, creo, hace unos dos años. Sus padres vivían en Durham.

—La recuerdo perfectamente —fue la respuesta de la mujer mientras se sentaba tras el gran escritorio, habiendo aparentemente esperado en un principio que yo tuviera una hija para inscribir en la escuela.

—Bueno —dije—, ha habido un pequeño roce en la familia y estoy haciendo indagaciones en nombre de otra rama de la misma; una tía que desea averiguar el paradero de la joven.

—Ah, lamento, señor, que no pueda decirle eso. El Barón, su tío, vino un día y se la llevó repentinamente; al extranjero, creo.

—¿No tenía ninguna amiga del colegio a la que probablemente escribiría?

—Había una chica llamada Leithcourt —Muriel Leithcourt— que era amiga suya, pero que también se ha marchado.

—¿Y nadie más? —pregunté—. Las chicas suelen escribirse después de dejar el colegio, hasta que se casan, y entonces la correspondencia suele cesar.

La directora guardó silencio y reflexionó.

—Bueno —dijo finalmente—, había otra alumna que también mantenía una relación amistosa con Elma: una chica llamada Lydia Moreton. Es posible que le haya escrito. Si realmente desea saberlo, señor, me atrevo a decir que podría encontrar su dirección. Nos dejó unos nueve meses después que Elma.

—Le agradecería enormemente que me diera la dirección de esa joven —dije, tras lo cual abrió un cajón de su escritorio y sacó un libro grueso encuadernado en cuero que consultó durante unos minutos, exclamando al fin:

—Sí, aquí está: "Lydia Moreton, hija de Sir Hamilton Moreton, K.C.M.G., Whiston Grange, Doncaster". —Y lo garabateó a lápiz en un sobre y, entregándomelo, dijo—: Elma Heath, me temo, estaba algo descuidada por sus padres. Permaneció aquí durante cinco años y no tuvo vacaciones como las otras chicas. Su tío, el Barón, vino a verla varias veces, pero en cada ocasión, después de que se marchaba, la encontraba llorando a escondidas. Era mezquino y cruel con ella. Ahora que caigo, recuerdo que Lydia dijo que había recibido una carta suya; por lo tanto, ella podría darle alguna información.

Y con eso me despedí, agradeciéndole, y regresé a Londres.

¿Podría Lydia Moreton proporcionar alguna información? Si era así, tal vez podría encontrar a esta chica cuya fotografía había despertado los celos iracundos del misterioso desconocido.

El expreso de Edimburgo de las diez de la mañana desde King's Cross me llevó al día siguiente a Doncaster y, tras contratar un viejo y mohoso coche de caballos en la estación, conduje tres millas fuera de la ciudad por la Rotherham Road, encontrando que Whiston Grange era una hermosa y antigua mansión isabelina en el centro de un gran parque, con altas y viejas chimeneas retorcidas y jardines hermosamente cuidados.

Cuando bajé a la puerta y llamé, el criado no sabía si la señorita Lydia estaba. Me miró algo sospechosamente, pensé, hasta que le di mi tarjeta e hice hincapié en que había venido de Londres expresamente para ver a su joven ama por un asunto muy importante.

—Dígale —dije— que deseo verla en relación con su amiga, la señorita Elma Heath.

—La señorita Elma Heath —repitió el hombre—. Muy bien, señor. ¿Quiere pasar por aquí?

Y entonces le seguí a través del gran vestíbulo antiguo revestido de roble, lleno de trofeos de caza y armas de las guerras civiles, hacia una pequeña habitación con paneles a la izquierda, cuya ventana profunda con cristales de diamante daba al antiguo campo de bolos y al jardín de flores más allá.

Poco después la puerta se abrió y una chica alta de cabello oscuro vestida de blanco entró con una expresión interrogante en el rostro mientras se detenía e inclinaba ante mí.

—¿La señorita Lydia Moreton, supongo? —comencé, y cuando ella respondió afirmativamente continué—: Primero debo disculparme por venir a verla, pero la señorita Sotheby, la directora de la escuela en Chichester, me remitió a usted en busca de información sobre el paradero actual de la señorita Elma Heath, quien, creo, fue una de sus amigas más íntimas en el colegio. —Y añadí una mentira, diciendo—: Estoy tratando, en nombre de una tía suya, de encontrarla.

—Bueno —respondió la chica—, solo he tenido una o dos cartas. Está en manos de su tío, creo, y él no le permite escribir, pobre chica. Temía dejarnos.

—¿Por qué?

—¡Ah! nunca quiso decir por qué. Tenía un terror profundamente arraigado a su tío, el Barón Oberg, que vivía en San Petersburgo y que venía a intervalos largos a verla. Pero, ¿posiblemente usted conoce toda la historia?

—No sé nada —exclamé con entusiasmo—. Estará promoviendo sus intereses, además de hacerme un gran favor personal, si me cuenta lo que sabe.

—Es muy poco —respondió, apoyándose contra el borde de la mesa y mirándome con seriedad—. ¡Pobre Elma! Su gente la trataba realmente muy mal. No le enviaban dinero y no le permitían vacaciones, y sin embargo era la chica de temperamento más dulce y paciente de toda la escuela.

—Bueno, ¿y la historia sobre ella?

—Se suponía que su gente en Durham no existía —explicó—. Elma evidentemente había vivido la mayor parte de su vida en el extranjero, pues podía hablar francés e italiano mejor que el propio profesor, y por ello siempre ganaba los premios. La clase se rebeló y entonces ya no compitió más. Sin embargo, nunca nos contó dónde había vivido cuando era niña. Venía de Durham, decía; eso era todo.

—¿Recibió una carta suya después de que el Barón viniera y se la llevara?

—Sí, desde Londres. Dijo que había estado en varias obras de teatro y conciertos, pero que no le importaba la vida en la ciudad. Había demasiado bullicio, ruido y estudio de vestidos.

—¿Y qué otras cartas recibió de ella?

—Tres o cuatro, creo. Todas eran de lugares en el extranjero. Una fue desde Viena, otra desde Milán y otra de algún lugar con un nombre impronunciable en Hungría. La última...

—Sí, ¿la última? —jadeé con entusiasmo, interrumpiéndola.

—Bueno, la última la recibí hace solo quince días. Si espera un momento iré a buscarla. Fue tan extraña que no la he destruido. —Y salió, y escuché por el susurro de sus faldas que subía las escaleras.

Tras cinco minutos de ansiedad sin aliento, se reunió conmigo y, entregándome la carta para que la leyera, dijo:

—No está escrita con su letra; me pregunto por qué.

El papel era de fabricación extranjera, con líneas azules trazadas en cuadrados. Escrito con una letra que era evidentemente extranjera, pues los errores en la ortografía eran muchos, figuraba la siguiente curiosa comunicación:

"Mi querida Lydia:

Quizás nunca recibas esta carta, la última que podré enviarte. De hecho, corro grandes riesgos al enviarla. ¡Ah! no conoces el terrible desastre que me ha sucedido, todos los terrores y las torturas que soporto. Pero nadie puede ayudarme y ahora espero el momento en que todo termine. ¿Recuerdas nuestros viejos días tranquilos en el jardín de Chichester? Pienso en ellos siempre, siempre, y comparo esa dulce paz del pasado con mis terribles sufrimientos de hoy. ¡Ah, cómo desearía poder verte una vez más; cómo quisiera sentir tu mano sobre mi frente y escuchar tus palabras de esperanza y aliento! Pero la felicidad me está vedada ahora y solo me hundo en la tumba bajo esta lenta tortura de cuerpo y alma.

Esto pasará por muchas manos antes de llegar al correo. Si, no obstante, llega a enviarse y la recibes, ¿me harás un último favor? Un favor a una chica infortunada que no tiene amigos ni ayuda, y que ya no molestará al mundo. Es este: lleva esta carta a Londres y visita al Sr. Martin Woodroffe en el 98 de Cork Street, Piccadilly. Muéstrale mi carta y dile de mi parte que, a través de todo esto, he mantenido mi promesa y que el secreto sigue a salvo. Él entenderá, y también sabrá por qué no puedo escribir esto con mi propia mano. Si está en el extranjero, guárdala hasta que regrese.

Es todo lo que pido, Lydia, y sé que si esto te llega, no me negarás. Has sido mi única amiga y confidente, pero ahora te digo adiós, pues lo desconocido me llama, y desde la tumba no puedo escribir. De nuevo adiós, y para siempre.

Tu cariñosa y afectuosa amiga,

Elma."

—Una carta muy extraña, ¿no es así? —comentó la chica a mi lado—. No puedo entenderla. Ves que no hay dirección, pero el matasellos es ruso. Evidentemente está en Rusia.

—En Finlandia —dije, examinando el sello y logrando distinguir que la ciudad postal era Abo—. Pero, ¿ha estado usted en Londres y ha cumplido este extraño encargo?

—No. Iremos la próxima semana. Tengo la intención de visitar a esta persona llamada Woodroffe.

No hice ningún comentario. Él estaba, lo sabía, en el extranjero, pero me alegraba haber obtenido dos pistas muy importantes: primero, la dirección del misterioso navegante, Woodroffe, alias Hornby, y, segundo, confirmar que la joven a la que buscaba estaba en algún lugar de las cercanías de la ciudad de Abo, el puerto finlandés en el Báltico.

—La pobre Elma, ya ve, habla en su carta de algún secreto, Sr. Gregg —dijo mi compañera—. Dice que desea que este Sr. Woodroffe, quienquiera que sea, sepa que ha mantenido su promesa y no lo ha divulgado. Esto solo confirma lo que siempre he sospechado.

—¿Cuáles son sus sospechas?

—Bueno, por su actitud profunda y reflexiva, y por ciertos comentarios que a veces me hizo, creo que Elma está en posesión de algún gran y terrible secreto; un secreto que su tío, el Barón Oberg, desea conocer. Sé que le tiene un miedo mortal; ¡está aterrorizada de poder traicionarle la verdad inadvertidamente!

CAPÍTULO IX

SE HACEN REVELACIONES EXTRAÑAS

La extraña carta de Elma Heath, combinada con lo que Lydia Moreton me había contado, despertó en mí la determinación de investigar el misterio. Desde el momento en que desembarqué del Lola en aquella noche calurosa y sin aliento en Livorno, el misterio se había acumulado sobre el misterio hasta volverse todo desconcertante.

Ahora estaba probado que la chica de rostro dulce, la original de la fotografía rota, guardaba un secreto y que, por sus propias palabras, sabía que la muerte se acercaba. El incomprensible intento contra mi vida, las extrañas acciones de Hornby y Chater —quienes, por cierto, parecían haber desaparecido por completo—, el asesinato del hombre que, al hacerse pasar por el camarero italiano, encontró la muerte, y el asesinato de la esposa de Olinto, eran todos problemas que requerían solución.

Si no fuera por el misterio de todo ello —y el misterio siempre despierta la curiosidad humana—, habría renunciado a intentar llegar a la verdad. Sin embargo, como hombre con algo de tiempo libre, y sabiendo por aquella carta de Elma Heath que ella estaba en una angustia extrema, redoblé mis esfuerzos para averiguar la razón de todo aquello.

El misterio del Lola seguía siendo un misterio a lo largo del Mediterráneo. En todos los puertos franceses e italianos, el nombre falso del yate y su estructura general estaban escritos en los libros de la policía, mientras que en Lloyd's el nombre Lola estaba marcado como una de las embarcaciones misteriosas en el mar.

Chater estaba desaparecido, mientras que Hornby estaba en el extranjero. Quizás ambos estaban navegando de nuevo, con su yate repintado y llevando un nombre nuevo. ¿Pero por qué? ¿Cuál había sido su motivo?

Impulsado por el completo misterio que ahora parecía envolver a la infortunada joven, me puse la tarea de dilucidarlo. Hasta entonces me había mantenido pasivo más que activo, pero ahora comprendí por aquella curiosa carta que al menos la vida de una mujer estaba en juego; que Elma Heath estaba en posesión de algún secreto.

Al dejar Livorno, había perdido toda esperanza de rastrear al misterioso navegante y había dejado el asunto en manos de la policía italiana. Pero, sin esfuerzo alguno por mi parte, parecía haber sido arrastrado a una verdadera red de extraños incidentes, todos los cuales se combinaban para formar el enigma más completo y notable jamás presentado en la vida. Seguramente ningún hombre se había enfrentado a tantos misterios a la vez como yo en este momento.

Afortunadamente, había tenido cuidado de no mostrar mis cartas a nadie, y esto quizás me dio una ventaja clara. En mi viaje de regreso a Londres, mientras el tren avanzaba por Peterborough y cruzaba las ricas tierras llanas hacia Hitchin, recordé las palabras de Jack Durnford cuando mencioné el Lola. ¿Qué sabía él, me preguntaba?

El mes siguiente, en noviembre, debía regresar a Londres tras sus tres años de servicio en la estación del Mediterráneo. Entonces nos encontraríamos en unas pocas semanas, esperaba. ¿Me diría algo cuando se diera cuenta de todo lo que yo sabía? Él poseía algún conocimiento secreto. ¿Era posible que su secreto fuera el mismo que el que guardaba la infortunada joven en la lejana y lúgubre Finlandia?

Visité la casa de Cork Street indicada por Elma y supe, por el anciano conserje que hacía las veces de ascensorista y portero, que los aposentos del Sr. Woodroffe estaban cerrados.

—Casi siempre está fuera, señor; en el extranjero, creo —fue todo lo que pude sonsacarle al viejo soldado, quien, como los de su clase, sin duda estaba bien pagado para mantener la boca cerrada.

Durante dos días merodeé por Westbourne Grove vigilando el restaurante de Ferrari. En una vía tan transitada y bulliciosa, con tantos escaparates que servían de excusa para el merodeo, la tarea era sencilla. Observé que Olinto llegaba puntualmente a las diez de la mañana, trabajaba con ahínco durante todo el día y se marchaba a las nueve de la noche, tomando un ómnibus a casa desde Royal Oak. Su aspecto exterior era tranquilo e indiferente, distinto al de un hombre cuya devota esposa hubiera desaparecido.

Me habría acercado a él para explicarle la espantosa verdad, de no haber sido por el hecho de que el cuerpo de la pobre mujer seguía sin aparecer.

Aquellos días de septiembre estuvieron llenos de ansiedad para mí. Solo y sin ayuda, intentaba resolver uno de los mayores problemas, sumergido como estaba en un verdadero mar de misterio. Quería ver a Muriel Leithcourt y preguntarle más acerca de Elma Heath. Por ello, dejé Euston de nuevo y, viajando durante toda la noche, me senté a la mesa del desayuno en Greenlaw a la mañana siguiente.

Sir George, que estaba sentado solo —pues no era costumbre de mi tía aparecer temprano—, me dio la bienvenida y, con su tono brusco, olisqueó y exclamó:

—¡Bonitos sucesos en Rannoch! ¿Te has enterado de ellos?

—No. ¿Qué ha pasado? —grité sin aliento, mirándolo fijamente.

—Bueno, mis sospechas de que esos Leithcourt eran unos completos advenedizos resultan ser bastante acertadas.

—¿Por qué?

—Bueno, es una historia muy curiosa y hay una docena de versiones distorsionadas al respecto —dijo—. Pero, por lo que he podido averiguar, los hechos son estos: alrededor de las siete de la noche de hace dos días, mientras Leithcourt y sus invitados se vestían para la cena, llegó un telegrama. La Sra. Leithcourt lo abrió y sufrió una crisis histérica, mientras que su marido, con una urgencia febril, se despojó de su traje de etiqueta, se puso un viejo traje de sarga azul, metió unas pocas cosas en una maleta y fue a la habitación de Muriel para instarla a prepararse para una huida secreta.

—¡Huida! —exclamé—. ¿Qué, se han ido?

—Escucha y te lo contaré. Los criados han descrito todo el asunto en el pueblo, así que no hay duda. Leithcourt le mostró el telegrama a Muriel y la instó a huir. Al principio ella se negó, pero por el bien de su padre fue inducida a prepararse para acompañarlo. Por supuesto, los invitados no sabían nada de esto. Se ordenó que el carruaje estuviera listo en el patio de caballerizas y que no diera la vuelta, mientras la doncella de la Sra. Leithcourt intentaba que la señora recobrara el sentido. El propio Leithcourt, al parecer, corría de un lado a otro, apoderándose de los joyeros de su esposa y su hija y de cualquier objeto de valor que pudiera tener a mano, mientras madre e hija se ponían sus cosas. Al bajar corriendo por la escalera principal hacia la biblioteca, donde su chequera y algo de dinero en efectivo estaban guardados en la caja fuerte, se encontró con un extraño a quien acababan de dejar pasar y mostrarle la habitación. Leithcourt cerró la puerta y le hizo frente. Lo que ocurrió después, sin embargo, es un misterio, pues dos horas más tarde, después de que él y las dos mujeres hubieran escapado, dejando a los invitados a sus propios asuntos, el extraño fue encontrado encerrado en un gran armario e inconsciente. La sensación fue tremenda. Llamaron a Cowan, el médico, quien declaró que el extraño había sido drogado y sufría los efectos de algún narcótico. El criado que lo dejó pasar declaró que el hombre había dicho que tenía una cita con su amo y que no era necesaria ninguna tarjeta. Sin embargo, dio el nombre de Chater.

—¡Chater! —grité, poniéndome en pie—. ¿Está seguro de ese nombre?

—Solo sé lo que me dijo Cowan —respondió mi tío—. Pero, ¿lo conoces?

—En absoluto. Solo que he oído ese nombre antes —dije—. Conocí a un hombre en Italia que se llamaba igual. Pero, ¿dónde está ahora el visitante?

—En el hospital de Dumfries. Lo llevaron allí antes que dejarlo solo en Rannoch.

—¿Solo?

—Por supuesto. Todo el mundo se ha ido, ahora que el anfitrión y la anfitriona se han esfumado sin decir adiós. Escandaloso asunto, ¿no? Pero, muchacho, recordarás que siempre dije que esa gente no me gustaba. Hay algo misterioso en ellos, estoy seguro. Ese telegrama les advirtió de la visita del tal Chater, cuenta con ello, y por alguna razón le tienen miedo. Sería interesante saber qué ocurrió entre ambos hombres en la biblioteca. ¡Y esta es la gente a la que todo el mundo acogió; meros aventureros, eso es lo que yo diría! —Y el viejo Sir George volvió a resoplar al pensar en tal escándalo sucediendo en el vecindario—. Si Gilrae tiene que alquilar Rannoch, ¿por qué demonios no se lo alquila a gente respetable y no al primer tipo que responde a su anuncio en The Field? ¡Es simplemente vergonzoso!

—Ciertamente, es una historia de lo más extraordinaria —declaré—. Leithcourt evidentemente deseaba escapar de su visitante, y por eso lo drogó.

—Por qué lo envenenó, querrás decir. Cowan dice que el sujeto está envenenado, pero que probablemente se recuperará. He oído que ya está consciente.

Decidí visitar al médico, que resultaba ser un conocido mío, y obtener más detalles. Por ello, a las once en punto, me dirigí a Dumfries y entré en su consulta.

Era un hombre flaco, bajo y rubio, un poco calvo, y cuando me hicieron pasar me recibió calurosamente, hablando con su marcado acento de Galloway.

—Bueno, es un caso muy misterioso, Sr. Gregg —dijo, después de que le contara el motivo de mi visita—. El caballero sigue en el hospital y tengo que mantenerlo muy tranquilo. Fue envenenado sin duda alguna y se ha salvado de milagro. La policía se enteró del asunto y Mackenzie fue a interrogarlo. Pero se negó a hacer declaración alguna, tratando el asunto, al parecer, muy a la ligera. La policía, sin embargo, está desconcertada por el motivo de la repentina huida del Sr. Leithcourt y está ansiosa por llegar al fondo del curioso asunto.

—Naturalmente. Y más especialmente después de la tragedia en el bosque de Rannoch hace poco tiempo —dije.

—Exactamente —dijo el médico, quitándose el quevedos y frotándolos—. Mackenzie parece sospechar que hay alguna conexión entre la repentina desaparición de Leithcourt y ese misterioso suceso. Parece muy evidente que el telegrama fue una advertencia a Leithcourt de la intención del tal Chater de visitarlo, y que este último fue conducido a la habitación justo en el momento en que el fugitivo estaba a punto de marcharse.

—Chater —repetí—. ¿Sabe su nombre de pila?

—Hylton Chater. Aparentemente es un caballero. Es curioso que no nos diga nada sobre el motivo de su visita ni sobre la escena que ocurrió entre ellos.

Conociendo todo lo que sabía, no me sorprendió. Leithcourt sin duda lo había pillado desprevenido, pero los caballeros de industria nunca se traicionan entre sí.

Mi siguiente visita fue a Mackenzie, a quien tuve que esperar casi una hora, ya que estaba ausente en otra parte de la ciudad.

—¡Ah, Sr. Gregg! —exclamó alegremente al entrar y encontrarme sentado en una silla leyendo pacientemente el periódico—. Usted es la persona que quería ver. ¿Se ha enterado de este extraño asunto en Rannoch?

—Lo he hecho —fue mi respuesta—. ¿Ha hecho alguna declaración el hombre del hospital?

—Ninguna. Se niega rotundamente —respondió el detective—. Pero mi propia idea es que el asunto tiene una conexión muy estrecha con los dos misterios del bosque.

—El primer misterio —el del hombre— resulta ser un doble misterio —dije.

—¿Cómo? Explíquelo.

—Bueno, el camarero Olinto Santini está vivo y bien en Londres.

—¡Qué! —exclamó, poniéndose en pie—. ¿Entonces no es la persona que usted identificó?

—No. Pero se estaba haciendo pasar por Santini; maquillado para parecerse a él, quiero decir, incluso hasta el lunar en su rostro.

—¿Pero usted lo identificó positivamente?

—Cuando una persona está muerta es muy fácil confundir los rasgos. La muerte altera el rostro muchísimo.

—Es verdad —dijo reflexivamente—. Pero si el hombre que hemos enterrado no es el italiano, entonces el misterio aumenta considerablemente. ¿Por qué estaba aquí la esposa del verdadero hombre?

—¿Y dónde se ha ocultado su cuerpo? Esa es la pregunta.

—De nuevo un misterio. Hemos hecho una búsqueda exhaustiva durante cuatro días sin descubrir rastro alguno. Confidencialmente, me pregunto si este tal Chater sabe algo. Es curioso, por decir lo menos, que los Leithcourt huyeran tan apresuradamente tras la aparición de este hombre. ¿Pero ha visto usted realmente a Olinto Santini?

—Sí, y he hablado con él.

—Envié a Londres pidiendo que se hicieran averiguaciones en el restaurante de Bayswater, pero hasta el momento no he recibido ningún informe.

—He charlado con Olinto. Su esposa ha desaparecido misteriosamente, pero él ignora que esté muerta.

—¿No le dijo nada?

—Nada.

—Ah, hizo bien. Hay una conspiración generalizada aquí, cuente con ello, Sr. Gregg. Será un caso interesante cuando lleguemos al fondo de todo. Solo desearía que este tal Chater nos dijera el motivo por el que visitó a Leithcourt.

—¿Qué dice él?

—Simplemente que no tiene deseo alguno de procesar y que no tiene ninguna declaración que hacer.

—¿No puede obligarlo a decir algo? —pregunté.

—No, no puedo. Esa es la infernal dificultad. Si no elige hablar, entonces debemos seguir en la ignorancia, aunque me siento seguro de que sabe algo sobre el extraño asunto en el bosque.

Y aunque permanecí en silencio, compartí la creencia del detective escocés.

La tarde era fría y húmeda mientras subía la colina hacia Greenlaw.

La repentina desaparición de los inquilinos de Rannoch estaba, según descubrí, en boca de todos en Dumfries. En el salón de fumadores del hotel de la estación, tres hombres lo discutían con muchas muecas y siniestras insinuaciones, y la joven habladora detrás de la barra me preguntó mi opinión sobre los extraños sucesos en el Castillo.

Mientras seguía caminando solo, con la oscura línea de bosques coronando la cima de la colina ante mí, el escenario de aquella doble tragedia, volví a repasar con calma la situación. Ansiaba ir al hospital y ver a Hylton Chater, aunque al recordar el papel que había desempeñado con Hornby a bordo del Lola, naturalmente dudé. Estaba aliado con Hornby, aparentemente en contra de Leithcourt, aunque este último fuera amigo de Hornby.

¿Qué habría ocurrido, me preguntaba, en la biblioteca de aquel viejo castillo gris que se alzaba ante mí, oscuro y sombrío, mientras avanzaba bajo la lluvia? ¿Cómo había logrado Leithcourt dejar inconsciente a su enemigo y esconderlo en aquel armario? ¿Creía que lo había matado?

Si iba audazmente a ver a Chater, solo significaría mi propia traición. No. Decidí que el hombre que había fumado y charlado conmigo tan afablemente en aquella noche calurosa y sin aliento en el Mediterráneo debía permanecer en la ignorancia de mi presencia o de mi conocimiento. Por lo tanto, me quedé una semana en Greenlaw con ojos y oídos siempre abiertos, pero ejerciendo cuidado de que el paciente en el hospital no estuviera al tanto de mi presencia.

Mackenzie lo vio en varias ocasiones, pero él seguía insistiendo en aquel silencio irritante. La investigación sobre la muerte del hombre no identificado en el bosque de Rannoch se había reanudado y se emitió un veredicto de asesinato voluntario contra alguna persona desconocida, mientras que del segundo crimen el público no tenía conocimiento, pues el cuerpo no fue descubierto.

Una y otra vez registré el bosque solo, con el pretexto de cazar palomas, pero no descubrí nada. Cuando no practicaba deporte en la propiedad de mi tío, me unía a varios grupos en el vecindario, no porque Escocia me atrajera en aquel momento, sino porque deseaba observar los acontecimientos.

Chater, tan pronto como se recuperó, dejó el hospital y se dirigió al sur —a Londres, averigüé—, dejando a la policía completamente a oscuras y llena de sospechas sobre los fugitivos de Rannoch.

Ansiaba saber el paradero de Muriel, esperando obtener de ella alguna información sobre su visitante que casi había escapado con vida. Que ella estaba al tanto del objeto de su visita quedaba claro por las declaraciones de los criados, todos los cuales habían sido abandonados sin dinero ni órdenes.

Un día llamé al castillo, cuya entrada principal encontré cerrada. Gilrae, el propietario, había venido de Londres, se reunió con su administrador allí y despidió a todos los criados del antiguo inquilino, conservando solo a tres de los suyos que habían estado al servicio allí durante varios años. Ann Cameron, una criada, era una de ellos, y fue a ella a quien encontré al entrar por la entrada de servicio.

Al interrogarla, la encontré muy dispuesta a describir cómo estaba en el pasillo fuera de la habitación de la joven ama cuando el Sr. Leithcourt pasó apresuradamente con el telegrama en la mano. La escuché llorar: "¡Mira esto! Léelo, Muriel. Debemos irnos. Ponte tus cosas de inmediato, querida. No te preocupes por el equipaje. Cada minuto perdido es importante. ¡Qué!", gritó un momento después. "¿No irás? ¿Te quedarás aquí... te quedarás aquí y les harás frente? ¡Dios santo! muchacha, ¿estás loca? ¿No sabes lo que esto significa? ¡Significa que el secreto ha salido a la luz... el secreto ha salido a la luz, escuchas! ¡Debemos huir!".

La mujer me dijo que escuchó claramente a la señorita Muriel sollozando, mientras su padre caminaba de un lado a otro de la habitación hablando rápidamente en voz baja. Luego volvió a salir y regresó a su vestidor, mientras la señorita Muriel presumiblemente cambiaba su vestido de noche por un vestido de viaje oscuro.

—¿Le dijo algo a usted? —indagué.

—Solo que fueron llamados repentinamente, señor. Pero —añadió la empleada—, la joven estaba muy pálida y agitada, y todos sabíamos que algo terrible había sucedido. La Sra. Leithcourt dio órdenes de que no se dijera nada a los invitados, quienes cenaron solos, creyendo que su anfitrión y anfitriona habían bajado al pueblo a ver a un anciano que se estaba muriendo. Esa fue la historia que les contamos, señor.

—¿Y mientras tanto los Leithcourt estaban en el expreso hacia Carlisle?

—Sí, señor. Dicen en Dumfries que la policía telegrafió tras ellos, pero habían llegado a Carlisle y evidentemente cambiaron allí, y así escaparon.

Mediante la administración de una propina juiciosa, se me permitió subir a la habitación de la señorita Muriel, una pequeña cámara elegantemente amueblada en la parte delantera del hermoso lugar antiguo, con una ventana profunda y pasada de moda que dominaba una vista magnífica a través del amplio Nithsdale.

La habitación había sido ordenada por las criadas, pero se permitió dejarla tal como ella la había dejado. Me acerqué a la ventana, en la que estaba colocado el gran tocador con su espejo grande y giratorio y botellas de tapa plateada, y al mirar hacia fuera vi, para mi sorpresa, que era la única ventana que daba una vista de aquel rincón del bosque de Rannoch donde había tenido lugar la doble tragedia. De hecho, cualquier persona parada en el lugar tendría una vista clara de aquella única ventana distante mientras estaba fuera de la vista de todas las demás. Una luz podría colocarse allí por la noche como señal, por ejemplo; o de día, una toalla podría colgarse de la ventana como si estuviera secándose y, aun así, podría verse claramente a esa distancia.

Otro objeto en la habitación también atrajo mi atención: un par de largos binoculares de campo. ¿Había usado ella estos para mantener vigilancia sobre aquel lugar?

Los tomé y los enfoqué hacia el límite del bosque, descubriendo que podía distinguir todo con bastante claridad.

—Ahí es donde encontraron al hombre que fue asesinado —explicó la criada, que todavía estaba en el marco de la puerta.

—Lo sé —respondí—. Solo estaba probando los binoculares. —Luego los dejé y, al girar, vi sobre la repisa de la chimenea una pequeña pantalla de vela de color rojo brillante, que tomé en mi mano. Estaba hecha, descubrí, para encajar sobre la lámpara de mesa eléctrica.

—A la señorita Muriel le gustaba mucho una luz roja —explicó la joven; y mientras la sostenía me preguntaba si esa luz se había colocado alguna vez sobre el tocador y la persiana subida, si se había usado alguna vez como advertencia de peligro.

Como expresé el deseo de ver el tocador de la joven, la criada Cameron me llevó a la pequeña y lujosa habitación donde, el primer momento en que entré, un hecho me llamó la atención por ser peculiar. La imagen de Elma Heath ya no estaba allí. La fotografía había sido retirada de su marco y, en su lugar, estaba el retrato de un hombre de frente ancha y barba completa con uniforme militar extranjero; una imagen que, al estar sucia y desteñida, evidentemente se había colocado allí para llenar el marco vacío.

¿De quién era la mano que se había apoderado de aquel retrato antes de la huida de los Leithcourt? ¿Por qué, de hecho, debería yo, por segunda vez, descubrir que faltaba la imagen de la infeliz joven?

—¿Ha vuelto por aquí el caballero que visitó la noche de la desaparición del Sr. Leithcourt desde que salió del hospital? —indagué al ocurrírseme una idea repentina.

—Sí, señor. Vino aquí en un carruaje el día que salió y, a petición suya, lo llevé por el castillo. Entró en la biblioteca y pasó media hora caminando por ella, tomando medidas y examinando el gran armario en el que fue encontrado inconsciente. Fue un asunto extraño, señor —añadió la joven—, ¿no es así?

—Muy extraño —respondí.

—El caballero podría haber estado allí todavía si no hubiera ido a la biblioteca y encontrado una cantidad de periódicos ilustrados, que siempre pongo en el armario para mantener el lugar ordenado, tirados en el suelo. Fui a devolverlos pero descubrí la puerta cerrada con llave. La llave la encontré después en la chimenea, donde el Sr. Leithcourt evidentemente la había arrojado, y al abrir la puerta, imagínese el shock que tuve cuando encontré al visitante acostado, doblado. Por supuesto, pensé que estaba muerto.

—Y cuando volvió aquí tras su recuperación, ¿le hizo preguntas?

—Oh, sí. Preguntó por los Leithcourt, y especialmente por la señorita Muriel. Creo que está bastante prendado de ella, por cierto, por la forma en que habló. Y realmente, una dama mejor o más amable nunca respiró, estoy segura. Todos sentimos mucho lo de ella.

—Pero ella no tuvo nada que ver con el asunto.

—Por supuesto que no. Pero ella comparte el escándalo y la desgracia. Debería haber visto el efecto de la noticia sobre los invitados cuando supieron que los Leithcourt se habían ido. Fue un pandemónium total. Pidieron el mejor champán de las bodegas y lo bebieron, los hombres vaciaron todas las cajas de cigarros y las mujeres revolvieron en los armarios hasta que parecían una manada de lobos hambrientos. Todo el mundo se fue con sus baúles llenos de las cosas de los Leithcourt. Se llevaron todo lo que pudieron tener a mano, y nosotros, los criados, no pudimos detenerlos. Sí protesté ante una señora que estaba metiendo en su baúl dos de los mejores vestidos de noche de la señorita Muriel, pero me dijo que me ocupara de mis propios asuntos y saliera de la habitación. Vi a un hombre irse con cuatro de las escopetas del Sr. Leithcourt, y hubo una discusión real en la sala de billar por un juego de gemelos de perlas y esmeraldas que alguien encontró en su vestidor. Crane, el ayuda de cámara, dice que se los jugaron a cara o cruz.

—¡Vergonzoso! —exclamé—. ¿Entonces tan pronto como el anfitrión y la anfitriona se fueron, simplemente barrieron las habitaciones y las vaciaron?

—Sí, señor. Se llevaron todo lo que era más valioso. Se habrían llevado la plata, pero Mason la había tirado en el cofre de la plata, toda sucia como estaba, lo cerró con llave y escondió la llave. La plata era del Sr. Gilrae, sabe, señor, y Mason era responsable.

—Actuó sabiamente —dije, sorprendido por la historia de la criada—. Vaya, los invitados actuaron como una banda de ladrones.

—Lo eran, señor. Corrieron por toda la casa como demonios sueltos, e incluso robaron algunas de nuestras cosas. Perdí una cadena de plata.

—¿Y qué dijo el extraño cuando usted le contó esto?

—Sonrió. No pareció sorprenderle en lo más mínimo, pues después de todo su visita fue la causa de la repentina ruptura de la fiesta, ¿no es así?

—¿Y le mostró usted toda la casa? —pregunté.

—Sí, señor —respondió la sirvienta—. Curiosamente, llevaba consigo lo que parecía ser un plano grande del castillo, y mientras íbamos de habitación en habitación, lo comparaba con su plano. Estuvo aquí durante horas y me dijo que quería hacer un examen exhaustivo del lugar y que no quería ser molestado. También dijo que probablemente alquilaría la propiedad para la próxima temporada, si le gustaba. Sin embargo, creo que solo me dijo esto porque pensó que yo sería más paciente mientras tomaba sus medidas y realizaba sus investigaciones. Estuvo aquí desde las doce hasta casi las seis de la tarde, y recorrió todas las habitaciones, incluso hasta las torretas.

—Entró en esta habitación, supongo.

—Sí, señor —respondió ella, con lo que me pareció una ligera vacilación—. Esta fue la habitación donde permaneció más tiempo. Había una fotografía en aquel marco de allá —añadió, señalando el marco que había contenido la imagen de Elma Heath—, un retrato de una joven, que me rogó que le entregara.

—¿Y usted se lo entregó? —exclamé rápidamente.

—Bueno... sí, señor. Insistió tanto en pedirlo, diciendo que era el retrato de una amiga suya.

—Y le dio a usted algo generoso a cambio, ¿eh?

La joven, de quien yo sabía que no podría rechazar medio soberano, se sonrojó ligeramente y sonrió.

—¿Y quién puso esa fotografía en su lugar? —pregunté.

—Yo, señor. La encontré arriba.

—Supongo que no le dijo quién era la joven.

—No, señor. Solo dijo que esa era la única fotografía que existía y que ella estaba muerta.

—¡Muerta! —jadeé, mirándola fijamente.

—Sí, señor. Por eso estaba tan ansioso por conseguir la imagen.

¡Elma Heath muerta! ¿Podría ser cierto? Aquel rostro de dulce semblante me atormentaba como ningún otro rostro se había grabado jamás en mi memoria. De algún modo, parecía impulsarme a intentar penetrar en el misterio, ¡y sin embargo Hylton Chater había declarado que estaba muerta! Recordé la extraña carta desde Abo y su propia declaración de que su fin estaba cerca. Esa carta era, decía ella, la última que escribiría a su amigo. ¿Poseía Hylton Chater realmente conocimiento de la muerte de la joven? ¿Había estado al tanto de su paradero todo este tiempo? Lo que la joven me contó echó por tierra todos mis planes. Si Elma Heath estaba realmente muerta, entonces estaba fuera de mi alcance, y la verdad permanecería oculta para siempre.

—Después de guardar la fotografía en su bolsillo, el caballero realizó una búsqueda muy minuciosa en esta habitación —continuó la empleada—. Consultó su plano, tomó varias medidas y luego golpeó los paneles a lo largo de toda esta pared, como si estuviera buscando algún armario escondido o un escondite. Miré el plano y vi una marca con tinta roja. Intentaba descubrir ese punto y se sintió muy decepcionado al no poder hacerlo. Estuvo aquí más de una hora e hizo una búsqueda muy cuidadosa por todas partes.

—¿Y qué explicación dio él?

—Solo dijo: «Si encuentro lo que busco, Ann, le haré un regalo de un billete de diez libras». Eso, naturalmente, me puso nerviosa.

—¿No hizo ningún otro comentario sobre la muerte de la joven? —pregunté con ansiedad.

—No. Solo suspiró y miró fijamente la fotografía durante un largo rato. Vi que sus labios se movían, pero sus palabras fueron inaudibles.

—Supongo que no tiene idea de la razón por la que visitó al señor Leithcourt.

—Por lo que dijo, he llegado a mis propias conclusiones —fue su respuesta.

—¿Y cuál es su opinión?

—Bueno, me siento segura de que hay, o hubo, algo oculto en esta casa que él está muy ansioso por obtener. Vino a reclamárselo al señor Leithcourt, pero lo que sucedió en la biblioteca no lo sabemos. Sin embargo, él cree que el señor Leithcourt no se lo ha llevado y que, sea lo que sea, todavía está escondido aquí.

CAPÍTULO X

MUESTRO MIS CARTAS

A mi regreso a Londres al día siguiente, hice averiguaciones en el Almirantazgo y supe que el acorazado Bulwark estaba atracado en Palermo, por lo que telegrafié a Jack Durnford, y a última hora de esa misma tarde llegó su respuesta al hotel Cecil:

«Llego a Londres el día veinte. Cene conmigo en el club esa noche —Jack».

¡El día veinte! Eso significaba casi un mes de inactividad. En ese tiempo, podría viajar a Abo, hacer averiguaciones allí y determinar, tal vez, si Elma Heath estaba realmente muerta como Chater había declarado.

Dos hechos me parecieron notables: se decía que el barón Oberg era polaco, mientras que el propietario de barba oscura del restaurante en Westbourne Grove también era de la misma nacionalidad. Entonces recordé aquella pequeña y bonita cruz esmaltada que Mackenzie había encontrado en Rannoch Wood, y de repente se me ocurrió que posiblemente podría ser la miniatura de una de las órdenes de caballería europeas. En la biblioteca del club, a medianoche, encontré un ejemplar de la *Storia degli Ordini Cavallereschi* de Cappelletti, la obra de referencia sobre el tema, y al buscar en las ilustraciones, finalmente descubrí una imagen de ella. Era una orden rusa: la codiciada Orden de Santa Ana, otorgada por el Zar solo a personas que han prestado servicios eminentes al Estado y al soberano. Un hecho era ahora cierto: el propietario de esa pequeña cruz, la pequeña réplica de la fina condecoración, debía ser una persona de alto rango oficial.

Pasé el día siguiente haciendo indagaciones con el fin de descubrir la casa que supuestamente ocupaba Leithcourt. Como no figuraba ni en el Directorio ni en el *Blue Book*, llegué a la conclusión de que tal vez la había alquilado amueblada, y después de muchas preguntas y considerables dificultades, descubrí que así era. Había ocupado la casa de Lady Heathcote, a pocas puertas de Grosvenor Square, durante la temporada anterior, aunque había vivido allí muy poco.

No tenía idea de dónde se escondían los fugitivos. Anhelaba reunirme con Muriel de nuevo y contarle lo que había descubierto, pero estaba claro que el trío se estaba ocultando de Hylton Chater, quien suponía que ya estaba de vuelta en Londres.

Los días de otoño eran grises y lluviosos, y las calles estaban embarradas y desagradables, como siempre lo son al final del año. Obligado a permanecer inactivo, holgazaneaba en el club con el recuerdo de aquel rostro retratado siempre ante mí: el rostro de la desafortunada joven que deseaba que su último mensaje fuera transmitido a Philip Hornby. ¿Cuál, me preguntaba, era su secreto? ¿Cuál fue realmente su destino?

Esta última pregunta me atormentaba hasta que no pude soportarlo más. Sentí que era mi deber ir a Finlandia e intentar aprender algo sobre este barón Oberg y su sobrina. Frank Hutcheson me había escrito declarando que el clima en Livorno era ahora perfecto y expresando su sorpresa por el hecho de que yo no regresara. Yo era su único amigo inglés, y sabía lo aburrido que estaba cuando estaba solo. Incluso los cónsules de Su Majestad a veces sufren de nostalgia y anhelan el olor de las alcantarillas de Londres y un vaso de sencilla cerveza amarga.

Pero usted, mi lector, que ha vivido en un país extranjero durante algún tiempo, sabe bien lo tediosa que se vuelve la vida, por brillante que sea, y cuán dulces son los recuerdos de nuestra querida y gris vieja Inglaterra con sus campos verdes, sus caminos embarrados y las calles bulliciosas de sus ciudades grises y sucias. Usted solo tiene un «hogar», e Inglaterra sigue siendo su hogar, incluso aunque pueda llegar a ser el más intolerante de los cosmopolitas y no tenga oportunidad de hablar su lengua materna en todo el año.

El deber —el deber de un hombre que había aprendido hechos extraños y sabía que una mujer indefensa era una víctima— me llamaba a Finlandia. Por lo tanto, con mi pasaporte debidamente visado y mis documentos en regla, una noche salí de Hull hacia Estocolmo en el servicio semanal de Wilson. Cuatro días de mal tiempo en el Mar del Norte y el Báltico me llevaron a la capital sueca, desde donde al día siguiente tomé el pequeño vapor que hace el trayecto tres veces por semana alrededor de las islas Åland, y luego a través del Golfo de Botnia hasta Korpo, y a través de los intrincados canales y entre aquellas islas bajas hasta la gris y letárgica ciudad de Abo.

No era la primera vez que pisaba suelo ruso, y conocía demasiado bien las molestias de la burocracia. Finlandia, sin embargo, es quizás el más severamente gobernado de todos los dominios del Zar, y tuve mi primera prueba de su severa e implacable oficialidad en el momento de desembarcar en el muelle medio desierto.

En la oficina de pasaportes de madera, el funcionario uniformado, al examinar mi pasaporte, descubrió que en el Consulado General de Rusia habían olvidado poner fecha al visado, el cual había sido marcado con un sello de goma. Estaba firmado por el Cónsul General, pero faltaba la fecha, por lo que el hombre negó con la cabeza y me devolvió el documento bruscamente, diciendo en ruso, que entendía bastante bien aunque hablaba mal:

—Esto no está en regla. Debe ser devuelto a Londres y fechado antes de que pueda continuar.

—Pero no es culpa mía —protesté—. Es culpa del empleado del Consulado General.

—Debería haberlo examinado antes de partir. Debe enviarlo a Londres y regresar a Estocolmo en el barco de esta noche.

—¡Pero esto es indignante! —grité, mientras él ya había tomado los papeles de un pasajero detrás de mí y los miraba con indiferencia.

—¡Suficiente! —exclamó, fulminándome con la mirada—. Regresará esta noche, o si decide quedarse, será arrestado por desembarcar sin pasaporte.

—¡No volveré! —declaré desafiante—. Su Cónsul General visó mi pasaporte, y reclamo, bajo el derecho internacional, que se me permita continuar sin trabas.

—El vapor sale a las seis —observó sin levantar la vista—. Si está en Abo después de eso, será bajo su propia responsabilidad.

—Soy inglés, recuerde —dije.

—Para mí no importa qué o quién sea usted. Su pasaporte, sin fecha, no vale nada.

—Me quejaré ante el Embajador en Petersburgo.

—Su Embajador no me interesa en lo más mínimo. Él no es Embajador aquí en Finlandia. Aquí no hay Zar.

—¡Oh! ¿Quién gobierna este país, si se puede saber?

—Su Excelencia el Gobernador General, un funcionario que no siente amor ni por Inglaterra ni por los cerdos de ingleses. Así que recuerde eso.

—Sí —dije con intención—, lo recordaré. —Y me di la vuelta y salí de la pequeña oficina de madera, volviendo a guardar mi pasaporte en mi cartera.

Ya me habían indicado el hotel y caminé hacia allí, pero al hacerlo vi que ya estaba bajo la vigilancia de la policía, pues dos hombres vestidos de civil que holgazaneaban fuera de la oficina de pasaportes me siguieron, evidentemente para observar mis movimientos. Ciertamente, Finlandia estaba bajo el talón de hierro de la autocracia.

Después de instalarme en mi habitación, paseé por la ciudad plana y poco interesante, preguntándome cuál sería la mejor manera de comenzar mi búsqueda. Si tuviera al menos una fotografía que mostrar a la gente, me daría una gran ventaja, pero no tenía nada. De hecho, nunca había visto a la desafortunada joven.

Llegaron las seis. Escuché la sirena de vapor del barco que partía hacia Suecia, pero estaba decidido a permanecer allí a cualquier precio, por lo que regresé al hotel y a las siete cené cómodamente en compañía de un alemán que había sido mi compañero de viaje desde Estocolmo.

A las ocho, sin embargo, justo cuando estábamos distraídos con el postre, dos agentes de policía de abrigo gris entraron y me arrestaron bajo el grave cargo de desembarcar sin pasaporte.

Los acompañé a la comisaría, donde fui conducido ante la presencia del gran y erizado ruso que tenía a la ciudad de Abo aterrorizada, el Jefe de Policía. Los funcionarios que Rusia envía a Finlandia son seleccionados por su dura disciplina y su burocracia encorsetada, y esta máquina humana con uniforme no era una excepción. Si hubiera sido el propio Ministro del Interior, no podría haber sido más obstinado.

—¿Bien? —espetó, mirándome mientras me colocaban frente a él—. Su nombre es Gordon Gregg, inglés, procedente de Estocolmo. Sin pasaporte, y se niega a marcharse a pesar de haber sido advertido, ¿eh?

—Tengo un pasaporte —dije con firmeza, sacándolo.

Él lo miró y, señalando con el dedo, dijo: —No tiene fecha, y por lo tanto no vale nada.

—La culpa no es mía, sino de un funcionario ruso. Si desea que se le ponga fecha, puede enviarlo a su Consulado General en Londres.

—No lo haré —gritó, mirándome con ira—. Y por su insulto a la ley, lo encarcelaré durante un mes. Quizás entonces aprenda los modales rusos.

—¡Oh! ¿Así que va a encarcelar a un inglés durante un mes, sin juicio, eh? ¡Eso es muy interesante! Quizás si intenta algo así, tengan algo que decir al respecto en Petersburgo.

—¡Me desafía!

—En absoluto. He presentado mi pasaporte y exijo la cortesía común.

—¡Su pasaporte no vale nada, le digo! —gritó—. ¡Tome, esto es lo que vale para mí! —Y arrebatándolo, lo rompió por la mitad y lanzó los trozos de papel azul a mi cara.

Me hirvió la sangre ante este insulto, pero me mordí los labios y permanecí muy tranquilo.

—¿Quizás tendría la amabilidad de decirme quién es usted? —pregunté con la voz más tranquila que pude reunir.

—Con mucho gusto. Soy Michael Boranski, Jefe de Policía de la Provincia de Abo-Biornebourg.

—Ah. Bien, Michael Boranski, le pediré que recoja mi pasaporte, lo pegue de nuevo y se disculpe conmigo.

—¡Disculparme! ¡Yo disculparme! —Y el sujeto soltó una carcajada, mientras los agentes de policía a ambos lados de mí sonreían de oreja a oreja.

—¿Se niega?

—¿Negarme? ¡Por supuesto que sí!

—Muy bien, entonces —dije, abriendo de nuevo mi cartera y sacando una carta abierta—. Quizás tenga la amabilidad de echar un vistazo a esto. Está en ruso, así que puede leerlo.

Me la arrebató con mal gesto, pero no sin curiosidad. Y entonces, mientras leía las líneas, su rostro cambió y se puso más pálido. Levantando la cabeza, se quedó mirándome con la boca abierta de asombro.

—¡Le pido disculpas a su Excelencia! —jadeó, pálido hasta los labios—. Le pido humildemente disculpas. Yo... yo no lo sabía. ¡Usted no me dijo nada!

—Quizás tenga la amabilidad de arreglar mi pasaporte y darle el visado adecuado.

En un instante se levantó de su silla y, tras recoger el papel roto del suelo, procedió a pegarlo. En la parte posterior hizo constar que se había roto por accidente, y luego le dio el visado adecuado, añadiendo los sellos.

—Espero, Excelencia —dijo, inclinándose profundamente mientras me lo entregaba—, espero que este asunto no le cause más problemas. Le aseguro que no tuve intención de insultarle.

—¡Sí, la tuvo! —dije—. Me insultó simplemente porque soy inglés. Pero recuerde en el futuro que el hombre que insulta a un inglés generalmente termina pagándolo, y no tengo intención de dejar pasar esto. Hay un poder superior en Finlandia incluso al del Gobernador General.

—Pero, Excelencia —gimió el sujeto que hacía solo diez minutos había sido un matón insultante—, perderé mi puesto. Tengo esposa y seis hijos; mi mujer es delicada y mi sueldo aquí no es grande. Me perdonará, ¿verdad, Excelencia? Me he disculpado... me disculpo humildemente.

Y tomó la carta que le había dado, sosteniéndola con cuidado con sus dedos temblorosos. Y bien podía hacerlo, pues el documento estaba encabezado por:

«MINISTRO DE LA CASA IMPERIAL, PALACIO DE PETERHOF.

El portador de la presente es Gordon Francis Gregg, súbdito británico, quien es Nuestra voluntad y mandato que sea Nuestro huésped durante su viaje a través de nuestro dominio. Y por la presente ordenamos a todos los Gobernadores de Provincias y funcionarios menores que le proporcionen todas las facilidades que requiera, así como privilegios e inmunidades en calidad de Nuestro huésped».

El decreto anterior estaba escrito en una pulcra caligrafía inglesa en ruso, mientras que debajo figuraba la extendida firma del gobernante de ciento treinta millones de personas, aquella firma que era todopoderosa desde el Golfo de Botnia hasta el Pacífico: «Nicolás».

El documento era el que me habían proporcionado un año antes cuando, por invitación del Gobierno ruso, fui a una misión de investigación sobre el estado de las prisiones para ver, en nombre del público británico, si las cosas eran tan negras como algunos escritores habían pintado. Había sido mi intención visitar los remotos asentamientos penales en el norte de Siberia, pero tras haber pasado por unas veinte prisiones en la Rusia europea, mi salud se quebró y me vi obligado a regresar a Italia para recuperarme. Por lo tanto, el documento había permanecido en mi poder porque tenía la intención de reanudar mi viaje el verano siguiente. Fue para que se me permitiera ir adonde quisiera y ver lo que quisiera sin trabas oficiales por lo que Su Majestad el Emperador me había dado ese valiosísimo documento a instancias del Ministerio del Interior.

Al verlo, el Jefe de Policía pasó de ser un matón corpulento a un cobarde lastimero, pues vio que había roto el pasaporte de un huésped del Zar, y las consecuencias serían muy graves si yo me quejaba. Me rogó que le perdonara, buscando toda clase de excusas y humillándose ante mí, así como ante sus dos subordinados, quienes ahora me miraban con temor.

—Repararé el insulto de cualquier manera que su alta Excelencia desee —declaró el funcionario—. Serviré a su Excelencia en todo lo que pueda ordenar.

Sus palabras sugirieron una idea brillante. Tenía a este hombre en mi poder; me temía.

—Bueno —dije tras cierta reticencia—, hay un pequeño asunto en el que podría ser de ayuda. Si lo hace, reconsideraré mi decisión de presentar una queja en Petersburgo.

—¿Y qué es eso, Excelencia? —jadeó con entusiasmo.

—Deseo conocer el paradero de una joven inglesa llamada Elma Heath —dije, y escribí el nombre para él en un trozo de papel—. De unos veinte años, que estuvo en una escuela en Chichester, Inglaterra. Es sobrina de un tal barón Oberg.

—¡El barón Oberg! —repitió, mirándome de forma bastante extraña, pensé.

—Sí, como es extranjera, estará registrada en sus libros. Está en algún lugar de su provincia, pero no sé dónde. Dígame dónde está y no diré nada más sobre mi pasaporte —añadí.

—¿Entonces su alta Excelencia desea ver a la joven? —dijo reflexivo, con el papel en la mano.

—Sí.

—En ese caso, siendo orden del Emperador que sirva a su Excelencia, haré que se realicen las averiguaciones de inmediato —fue su respuesta—. Cuando descubra su paradero, tendré el placer de visitar el hotel de su Excelencia.

Y dejé al sujeto, muy satisfecho de haber convertido su exceso de celo y su odio a los ingleses en algo muy provechoso.

En aquella gris y lúgubre costa norte, el largo invierno se acercaba rápidamente. La pobre y oprimida Finlandia sufre un clima duro con heladas en agosto, un invierno de ocho meses en el norte y cinco meses de heladas en el sur. Holgazaneando en la adormecida Abo, donde los edificios públicos eran tan pobres y escasos y las casas estaban construidas en su mayoría de madera, vi por todas partes el resultado desastroso del intento de rusificación del país. La mano del opresor, ese funcionario enviado desde Petersburgo para aplastar y conquistar, estaba sobre la honesta nación finlandesa. La burocracia rusa estaba tratando de destruir a su vecino más débil pero más exitoso, y para ello empleaba a los funcionarios más duros y sin escrúpulos que podía importar.

Mi compañero de viaje de Estocolmo, que representaba a una empresa de papeleros de Hamburgo y que realizaba una visita anual a Abo y Helsingfors, actuó como mi guía por la ciudad mientras esperaba la información del humillado Jefe de Policía. Mi amigo alemán me señaló cómo, desde que Rusia puso su mano sobre Finlandia, el progreso se había detenido, y ciertamente había pruebas claras de ello por todas partes. Había un creciente descontento en todos lados, pues muchos de los periódicos habían sido suprimidos recientemente y el resto estaba bajo una severa censura; la agricultura ya había disminuido, y muchos de los molinos de hilado de algodón y aserraderos estaban silenciosos y desiertos. La explotación de esos gigantescos bosques de los que millones de troncos eran llevados por el agua al mar anualmente había sido suspendida, los grandes terratenientes estaban abandonando el país, y había silencio y depresión por todas partes. Finlandia había sido separada con fines económicos de los países más civilizados y atada a la empobrecida, artificialmente aislada y oprimida Rusia. El águila bicéfala estaba en todas partes, y la gente permanecía sentada, silenciosa y meditabunda, bajo su sombra negra.

"Habrá un levantamiento aquí dentro de poco", declaró el alemán confidencialmente, mientras tomábamos el té un día en el balcón de madera del hotel donde el mar y las islas de baja altura se extendían ante nosotros bajo el pálido amarillo del atardecer de otoño. "La gente se rebelará, como hicieron en Polonia. El gobierno finlandés solo puede apelar al Zar a través del Gobernador General, y uno puede imaginar fácilmente que sus sugerencias nunca llegan al Emperador. Se dice aquí que cuanto más duro y corrupto es el funcionario, mayor honor recibe de Petersburgo. Pero se están gestando problemas para Rusia", añadió. "Un problema muy serio, cuente con ello".

Miré la gris y lúgubre escena, el puerto vacío, el muelle silencioso, la oscura línea del sombrío bosque de pinos más allá de la ciudad, la costa quebrada y la amplia extensión de agua brillando bajo el ocaso del norte. Sí. El silencio mismo parecía presagiar maldad y misterio. Verdaderamente, lo que vi de Finlandia me impresionó aún más que lo que había presenciado en las lejanas provincias orientales de la Rusia europea.

Mi objetivo, sin embargo, no era investigar la condición interna de Finlandia o su resentimiento hacia su poderoso conquistador. Estaba allí para encontrar a esa infortunada joven que había escrito tan extrañamente a su vieja amiga de la escuela y cuyo retrato había sido destruido, por alguna razón oculta.

En la mañana del tercer día después de mi llegada a Abo, mientras estaba sentado en la veranda del hotel leyendo un viejo ejemplar del Paris Journal, muchas partes del cual habían sido "tachadas" por el censor, el Jefe de Policía, en su uniforme verde oscuro, entró y saludó ante mí.

"Su Excelencia, ¿se me permite hablar con usted en privado?"

"Ciertamente", respondí, levantándome y conduciéndolo a mi dormitorio, donde cerré la puerta, lo invité a sentarse y me senté yo mismo en el borde de la cama.

"He realizado varias investigaciones", dijo, "y creo que he encontrado a la dama que su Excelencia busca. Mi información, sin embargo, debe serle proporcionada bajo la más estricta confidencialidad", añadió, "porque hay razones por las cuales debería ocultarle su paradero".

"¿Qué quiere decir?", pregunté. "¿Qué razones?"

"Bueno, la dama vive en Finlandia en secreto".

"¡Entonces está viva!", exclamé rápidamente. "Pensé que estaba muerta".

"Para el mundo está muerta", respondió Michael Boranski, acariciando su barba roja. "Por esa razón, la información que le doy debe ser tratada como confidencial".

"¿Por qué habría de estar escondida? No es culpable de ninguna ofensa, ¿o sí?"

El hombre se encogió de hombros, pero no respondió.

"¿Y este barón Oberg? No me dice nada de él", dije con insatisfacción.

"¿Cómo puedo hacerlo cuando no sé nada, Excelencia?", fue su respuesta.

Sentí la certeza de que el sujeto no estaba diciendo la verdad, pues había notado su sorpresa cuando mencioné por primera vez el nombre del misterioso noble.

"Como ya he dicho, Excelencia, deseo expiar mi insulto y le serviré de todas las maneras que pueda. Por esa razón he buscado noticias de la joven dama inglesa, la señorita Heath".

"Pero ustedes tienen a todos los extranjeros registrados en sus libros", dije. "La búsqueda seguramente no fue difícil. Conozco demasiado bien sus métodos policiales en Rusia", reí.

"No, la dama no estaba registrada", dijo. "Había una razón".

"¿Por qué?"

"Ya se lo he dicho, Excelencia. Está escondida".

"¿Dónde?"

"Lamento que, por mucho que lo desee, no me atreva a parecer relacionado con su búsqueda. Pero le indicaré el camino. De hecho, le daré instrucciones para una segunda persona que le llevará hasta ella".

"¿Está en Abo?"

"No. Lejos, en el campo. Si su Excelencia está al final del muelle mañana al mediodía, encontrará un carruaje esperando, y el cochero tendrá instrucciones completas sobre cómo llevarle hasta ella y cómo actuar. Siga sus directrices implícitamente, pues es un hombre de mi confianza".

"¡Mañana!", grité ansioso. "¿Por qué no hoy? Estoy listo para ir en cualquier momento".

El Jefe de Policía permaneció pensativo unos momentos, luego dijo:

"Bueno, si pudiera encontrar al hombre, podría ir hoy mismo. Sin embargo, es un largo camino y no regresaría antes de mañana".

"Los caminos son seguros, supongo. No me importa conducir de noche".

El funcionario miró el reloj y, levantándose, exclamó:

"Muy bien, enviaré a buscar al hombre. Si lo encontramos, el carruaje estará en el mismo punto, en el extremo este del muelle, dentro de dos horas".

"Al mediodía. Muy bien. Mantendré la cita".

"Y después de verla, por supuesto, ¿mantendrá su promesa de secreto respecto a nuestro pequeño malentendido?", preguntó ansioso.

"Ya he dado mi palabra", fue la respuesta; y el hombre hizo una reverencia y se marchó, para gran sorpresa, creo, del propietario del hotel y su personal. Era algo inusual que un funcionario tan alto como el Jefe de Policía visitara personalmente a uno de sus huéspedes. Si deseaba entrevistarlos, les ordenaba comparecer en su oficina, o eran escoltados allí por sus agentes de abrigo gris.

El día era frío, con un viento cortante del helado norte, cuando después de un almuerzo apresurado me puse mi abrigo y paseé por el muelle desierto, donde merodeé por el extremo más alejado, observando la aproximación de un gran pontón de troncos de pino que aparentemente había flotado desde uno de los ríos y ahora era dirigido al puerto por cuatro hombres que parecían estar en peligro inminente, a cada momento, de ser arrastrados fuera de la balsa hacia el mar a medida que las olas rompían sobre ellos y los empapaban. Sin embargo, vi que se habían atado a su balsa y ahora pilotaban lentamente la gran plataforma flotante hacia el muelle.

Creo que debí esperar media hora cuando mi atención fue atraída repentinamente por el traqueteo de ruedas sobre las piedras, y al girar vi un viejo carruaje cerrado tirado por tres caballos en fila, con cascabeles en el arnés, acercándose rápidamente a mí. Cuando se detuvo, el cochero, un finlandés corpulento y rubio con un enorme abrigo de piel de oveja, me hizo señas para que entrara, instando en un ruso entrecortado:

"¡Rápido, Excelencia! ¡Rápido! ¡No debe ser visto!"

Y entonces, en el instante en que estuve sentado, y antes de que pudiera cerrar la puerta, los caballos se lanzaron hacia adelante y corríamos a galope tendido fuera de la ciudad.

Durante unos ocho kilómetros bordeamos el mar a lo largo de un camino llano y bien construido a través de un campo estéril y azotado por el viento, de donde la escasa cosecha ya había sido recogida. No había pueblos. Todo alrededor era una tierra sin casas, kilómetros ondulantes de marrón y verde, interrumpidos y cuadriculados por trozos de bosque y grupos de oscuros pinos melancólicos. El camino corría de vez en cuando hasta donde las frías olas verdes rompían sobre la costa rocosa. En pocas semanas, esa costa estaría bloqueada por el hielo y cubierta de nieve, y entonces el silencio del país abandonado por Dios sería completo.

Después de unos ocho kilómetros, el cochero se detuvo y descendió para reajustar su arnés, momento en el que bajé y le pregunté en el mejor ruso que pude dominar:

"¿A dónde vamos?"

"A Nystad".

"¿Qué tan lejos está eso?"

"Sesenta y ocho", fue su respuesta.

Supuse que se refería a kilómetros, ya que, al ser finlandés, no hablaría de verstas.

"¿El Jefe de Policía le ha dado instrucciones?", pregunté.

"Su alta Excelencia me ha dicho exactamente qué hacer", respondió el hombre, mientras sacaba su enorme pipa de madera y la llenaba. "¿Desea ver a la señorita?"

"Sí", respondí, "verla primero, y no sé si será necesario que me dé a conocer ante ella. ¿Dónde está?"

"Más allá de Nystad", fue su vaga respuesta con un gesto de su gran mano gorda en dirección al oscuro bosque de pinos que se extendía ante nosotros. "Estaremos allí aproximadamente una hora después de la puesta del sol".

Entonces volví a entrar en el sofocante y viejo carruaje que se mecía y rodaba mientras avanzábamos a toda velocidad por el desigual camino forestal, y me quedé sentado preguntándome a qué clase de lugar me estaban llevando.

Elma Heath estaba escondida. ¿Por qué? Recordé su carta curiosa y recordé cada palabra de ella. Quería que Hornby supiera que nunca había revelado su secreto. ¿Qué secreto, me preguntaba?

Encendí un cigarro abominable e intenté fumar, pero estaba demasiado lleno de ansiedad, demasiado desconcertado por el laberinto de misterio en el que me encontraba. Dos horas más tarde nos detuvimos ante una larga casa de postas construida de troncos, justo después de un pequeño pueblo en un valle que daba al mar, y bajé para observar cómo los caballos humeantes eran reemplazados por un trío de frescos. El lugar era Dadendal, me informaron, y el propietario, cuando entré y me tragué una copita de coñac, me señaló una hilera de edificios de granito muy deteriorados como el antiguo convento.

Luego, reanudando nuestro viaje, el corto día llegó rápidamente a su fin; el sol se hundió amarillo y acuoso sobre los altísimos pinos a través de los cuales viajamos milla tras milla, un bosque denso e interminable donde los lobos acechaban en invierno, haciendo a menudo peligroso el camino.

La temperatura cayó y volvió a helar. A través de la ventana frontal podía ver al gran cochero finlandés lanzando sus brazos sobre sus hombros para estimular la circulación, de la misma manera que hace un taxista de Londres.

Cuando llegó la noche cambiamos caballos de nuevo en una pequeña y sucia casa de postas en el bosque, al borde de un lago, y luego seguimos adelante, aunque ya había pasado mucho la hora en que había dicho que llegaríamos.

El tiempo pasó lentamente en la oscuridad, pues no teníamos luz, y los caballos parecían encontrar su camino por instinto. El balanceo del viejo vehículo, después de seis horas, me había vuelto somnoliento, creo, pues recuerdo haber cerrado los ojos y haber evocado esa extraña escena a bordo del Lola.

De hecho, supongo que debí haberme quedado dormido, pues fui despertado por una luz brillando en mi cara y el cochero sacudiéndome por el hombro. Cuando me desperté y, naturalmente, pregunté la razón, colocó su dedo misteriosamente sobre mis labios, diciendo:

"¡Silencio, su alta nobleza, silencio! Venga conmigo. Pero no haga ruido. Si somos descubiertos, significa la muerte para nosotros, la muerte. Venga, déme su mano. Lentamente. Pise suavemente. Mire, aquí está el bote. Subiré yo primero. No seremos oídos sobre el agua. Así".

Y el sujeto me llevó, medio aturdido, hasta la orilla de un ancho y oscuro río que apenas podía distinguir; me llevó a un destino desconocido.

CAPÍTULO XI

EL CASTILLO DEL TERROR

El gran finlandés, descubrí, había atado sus caballos, y en el pesado bote viejo me llevó remando río abajo por el río crecido que corría rápido y turbulento alrededor de una curva repentina y luego parecía abrirse a una gran anchura. Bajo la luz de las estrellas pude distinguir que se extendía gris y llano a la distancia, y que la orilla opuesta estaba bordeada de pinos.

"¿A dónde vamos?", pregunté a mi guía en voz baja. Pero él solo susurró:

"¡Silencio! ¡Excelencia! Permanezca paciente, y verá a la joven inglesa".

Así que me senté en el bote, mientras él lo dejaba derivar con la corriente, dirigiéndolo con los pesados remos. El río se estrechó repentinamente de nuevo, con altos pinos en ambas orillas, un tramo silencioso y solitario, quizás de hecho uno de los lugares más solitarios de toda Europa. Una vez, el lúgubre aullido de un lobo sonó cerca de donde pasábamos, pero mi guía no hizo comentario alguno.

Después de casi un kilómetro y medio, la corriente se abrió de nuevo en un amplio lago donde, a lo lejos, vi elevarse, recto y alto desde el agua, un largo edificio cuadrado de tres pisos, con una alta torre redonda en una esquina; parecía ser un antiguo castillo medieval. Desde una de las pequeñas ventanas de la torre, mientras aparecía ante nuestra vista, una luz brillaba sobre el agua, y mi guía, al verla, gruñó con satisfacción. Sin duda se había colocado allí como señal.

Con gran precaución se acercó al lugar, manteniéndose en la sombra profunda de la orilla hasta que estuvimos exactamente frente a la torre lateral. En la ventana iluminada vi distintamente cómo aparecía por un momento la figura oscura de alguien, y entonces mi guía encendió una cerilla y la mantuvo entre sus dedos hasta que se consumió por completo.

Casi instantáneamente la luz se apagó, y entonces, después de esperar unos cinco minutos, remó directamente a través del lago hacia la alta y oscura torre que descendía hasta el agua. El lugar era tan sombrío y silencioso como cualquiera que hubiera visto jamás, una fortaleza inexpugnable de los días anteriores a la invención de los cañones de asedio, el fuerte de algún príncipe feudal o conde que probablemente había mantenido al país circundante bajo servidumbre.

Puse mi mano contra la pared negra y viscosa para evitar que el bote chocara, y entonces distinguí justo más allá de mí una pequeña repisa de madera y media docena de escalones que conducían a una puerta arqueada baja. Esta última se había abierto silenciosamente, y la figura oscura de una mujer estaba allí mirando hacia afuera.

Mi guía pronunció alguna palabra tranquilizadora en finlandés en un susurro a medias, y luego empujó lentamente el bote a lo largo de la repisa, diciendo:

"Su alta nobleza puede desembarcar. Por el momento no hay peligro".

Me levanté, me agarré a una gran cadena oxidada para estabilizarme y subí a la estrecha puerta en la pesada pared, donde me encontré en la oscuridad al lado de la mujer que aparentemente había estado esperando nuestra llegada y vigilando nuestra señal.

Sin una palabra me guió a través de un pasaje corto, y entonces, encendiendo una cerilla, encendió una gran linterna antigua. Cuando la luz cayó sobre sus rasgos, vi que eran delgados y duros, con ojos hundidos y un mechón plateado sobre su frente arrugada. Alrededor de su cabeza había una especie de capucha del mismo material que su vestido, un tejido de lana negra y gruesa, mientras que alrededor de su cuello llevaba un ancho cuello de lino. En un instante reconocí que era miembro de alguna orden religiosa, quizás una orden menor, con cuyo hábito nosotros, en Italia, no estábamos familiarizados.

El rostro delgado y ascético era el de una mujer de carácter fuerte, y su hábito funerario parecía demasiado grande para su figura atrofiada y encogida.

"¿La hermana habla francés?", aventuré en ese idioma, sabiendo que en la mayoría de los conventos de toda Europa se conoce el francés.

"Oui, m'sieur", fue su respuesta. "Y un poquito de inglés también, un poquito de nada", sonrió.

"¿Sabe por qué estoy aquí?", dije, gratificado de que al menos una persona en ese país solitario pudiera hablar mi propia lengua.

"Sí, ya me lo han dicho", fue su respuesta con un fuerte acento, mientras estábamos en esa pequeña y desnuda habitación de piedra, una cámara semicircular en la torre, quizás una vez una prisión. "¿Pero no tiene miedo de aventurarse aquí?", preguntó.

"¿Por qué?"

"Bueno, porque no se permiten extraños aquí, ya sabe. Si su presencia aquí fuera descubierta, no saldría vivo de este lugar, así que le advierto".

"Estoy preparado para arriesgar eso", dije, sonriendo; al mismo tiempo, mi mano buscó instintivamente el bolsillo de mi cadera para asegurarme de que mi arma estaba a salvo. "Deseo ver a la señorita Elma Heath".

La vieja monja asintió, trasteando con su linterna. Miré mi reloj y descubrí que ya eran las dos de la mañana.

"¿Recuerda que si es descubierto aquí me exime de toda culpa?", dijo, levantando la cabeza y mirándome a la cara con sus agudos ojos grises. "Al admitirlo, estoy traicionando mi confianza, y eso no lo habría hecho si no fuera obligatorio".

"¡Obligatorio! ¿Cómo?"

"La orden del Jefe de Policía. Incluso aquí, no podemos permitirnos ofenderlo".

Así que el sujeto Boranski realmente había mantenido su palabra conmigo, y por su orden la puerta cerrada del convento se había abierto.

"Por supuesto que no", respondí. "La burocracia rusa es todopoderosa en Finlandia hoy en día. ¿Pero dónde está la dama?"

"¿Todavía está preparado para arriesgar su libertad y su vida?", preguntó con voz ronca, llena de un significado sombrío.

"Lo estoy", dije. "Lléveme con ella".

"Y cuando la vea, ¿no hará ningún esfuerzo por hablar con ella? Prométame eso".

"¡Ah, hermana!", grité. "¿Me está pidiendo un sacrificio demasiado grande? Vengo aquí desde Inglaterra, qué digo, desde Italia en su búsqueda, para cuestionarla sobre un extraño misterio y aprender la verdad. ¿Seguramente se me puede permitir hablar con ella?"

"¡Desea aprender la verdad, señor!", remarcó la mujer. "Pensé que usted era su amante, que simplemente deseaba verla una vez más".

"No, no soy su amante", respondí. "De hecho, nunca nos hemos conocido. Pero estoy en busca de la verdad de sus propios labios".

"Eso nunca lo aprenderá", dijo, con una voz dura y cambiada.

"¡Porque hay una conspiración para preservar el secreto!", grité. "Pero tengo la intención de resolver el misterio, y por esa razón he viajado hasta aquí desde Inglaterra".

La mujer con la linterna sonrió tristemente, como si estuviera divertida por mi impetuosidad.

"Usted está en suelo ruso ahora, m'sieur, no inglés", remarcó en su inglés entrecortado. "Si su objetivo fuera conocido, nunca se le perdonaría para regresar a su propia tierra. ¡Ah!", suspiró, "usted no conoce los misterios y terrores de Finlandia. Soy súbdita francesa, nacida en Tours, y llevada a Helsingfors cuando tenía quince años. He estado en Finlandia cuarenta y cinco años. Una vez fuimos felices aquí, pero desde que el Zar nombró al Barón Oberg para ser Gobernador General..." y se encogió de hombros sin terminar la frase.

"¡Barón Oberg, Gobernador General de Finlandia!", exclamé.

"Ciertamente. ¿No lo sabía?", dijo, cambiando al francés. "Son cuatro años ya que tiene el poder supremo para aplastar y rusificar a estos pobres finlandeses. ¡Ah, m'sieur! Este país, una vez tan próspero, es una mancha en la faz de Europa. Sus métodos son los peores y más inescrupulosos de todos los empleados por Rusia. Antes de venir aquí, era el hombre más odiado en Petersburgo, y eso, dicen, es por lo que el Emperador nos lo envió".

"¿Y él es tío de esta joven dama, Elma Heath?"

"¿Tío? Ah, no lo sé, m'sieur. Nunca se me ha dicho eso. Su sobrina, pobre joven, ¿puede ser eso? ¡Seguramente no!"

"¿Por qué no?", pregunté.

Pero la mujer no me dio ninguna razón; solo mostró sus palmas y suspiró. Parecía sentir compasión por la joven que buscaba; su corazón era realmente más blando de lo que yo había creído.

"¿Dónde vive este Barón?", pregunté, sorprendido de que ocupara un lugar tan alto en la burocracia rusa, el representante del Zar, con poderes tan grandes como los del Emperador mismo.

"En el Palacio de Gobierno, en Helsingfors".

"¿Y Elma Heath está aquí, en esta sombría fortaleza! ¿Por qué?"

"Ah, m'sieur, ¿cómo puedo saberlo? Por razones de secretos familiares, tal vez. Explican muchas cosas, ya sabe".

"Esa es exactamente mi opinión", dije. "Ha sido traída aquí contra su voluntad".

"Muy probablemente. Este no es un lugar alegre, como puede ver. Tenemos cinco meses de hielo y nieve, y durante cuatro meses estamos prácticamente aislados de la civilización y no vemos ninguna cara nueva".

«¡Terrible!», exclamé, echando un vistazo a aquellos muros de piedra oscura que parecían respirar un aire de tragedia y misterio. Supuse que el viejo castillo se habría convertido en un convento, como tantos otros en Alemania y Austria. En la época feudal, sin duda, había sido un lugar grandioso. «¿Y lleva mucho tiempo aquí?», pregunté.

«Solo siete años. Pero me voy. Incluso yo, acostumbrada como estoy a una vida solitaria, no puedo soportarlo más. Siento que su frío silencio y su desolación me volverán loca. En invierno, el lugar es como un pozo de hielo».

El hecho de que el Barón fuera el gobernador de Finlandia me asombró, pues esperaba encontrarme con algún aventurero astuto. Sin embargo, mientras los acontecimientos de los últimos tiempos pasaban por mi mente, recordé que en Rannoch Wood se había encontrado la miniatura de la Orden rusa de Santa Ana, una distinción que, con toda probabilidad, le había sido conferida. Si era así, la coincidencia, por decir lo menos, era notable. Interrogué a mi compañera más a fondo sobre el Barón.

«Ah, m'sieur», declaró, «le llaman "El Estrangulador de los finlandeses". Fue él quien ordenó que azotaran a los campesinos de Kasko hasta que cuatro de ellos murieron —y el Zar le concedió la Estrella del Águila Blanca por ello—; él quien suprimió la mitad de los periódicos y encarceló a dieciocho editores por publicar un informe sobre una reunión de los suecos en Helsingfors; él quien fomenta la corrupción y el soborno entre los funcionarios para promover los intereses rusos; él quien ha ordenado que el ruso sea el idioma oficial, quien ha restringido la educación pública, quien ha gravado en exceso y oprimido al pueblo hasta que la mina está lista, y Finlandia está preparada para una revuelta abierta. Las prisiones están llenas de inocentes; las mujeres son azotadas; los pobres mueren de hambre, ¡y "El Estrangulador", como le llaman, le informa al Zar que Finlandia es sumisa y está rusificada!».

Había oído algo sobre este abominable estado de cosas de vez en cuando a través de la prensa inglesa, pero nunca me había fijado en el nombre del opresor. ¡Así que el tío de Elma Heath era «El Estrangulador de Finlandia», el hombre que, en cuatro años, había reducido a un país próspero a un estado de ruina y revuelta!

«¿No puedo verla?», pregunté, sintiendo que habíamos permanecido demasiado tiempo allí. Si mi presencia en aquel lugar era peligrosa, cuanto antes escapara de él, mejor.

«Sí, venga», dijo. «¡Pero silencio! Camine suavemente», y levantando la vieja linterna de cuerno para darme luz, me guio de nuevo hacia el bajo pasillo de piedra, conduciéndome a través de una serie de pasajes intrincados, todos desnudos y sombríos, con las piedras desgastadas por los pies de las edades. Nos deslizamos silenciosamente junto a varias puertas bajas arqueadas, tachonadas con grandes clavos al estilo de hace generaciones, y luego, girando repentinamente en ángulo recto, vi que estábamos en una especie de callejón sin salida, ante cuya puerta, al final, se detuvo y puso un dedo sobre sus labios. Luego, haciéndome señas para que permaneciera allí, entró, cerrando la puerta tras de sí y dejándome en la oscuridad total.

Agucé el oído, pero no pude oír ningún sonido salvo el de alguien moviéndose en el interior. No se pronunció palabra, o si se hizo, fue un susurro tan bajo que no llegó a mí. Esperé con impaciencia casi cinco minutos fuera de aquella puerta cerrada, hasta que de nuevo el pomo giró y mi guía me hizo una seña en silencio para que entrara.

Entré en una pequeña cámara cuadrada, cuyo suelo estaba alfombrado y donde, suspendida a gran altura, había una lámpara que apenas arrojaba una tenue luz sobre el lugar escasamente amueblado. Me pareció una especie de sala de estar, con una sencilla mesa de madera y un par de sillas, pero no había estufa y el lugar parecía frío e incómodo. Más allá había otra habitación más pequeña en la que la vieja monja desapareció por un momento; luego salió guiando a una figura menuda, extraña y pálida con una túnica gris, una figura cuyo rostro era el más perfecto y hermoso que jamás había visto. Su abundancia de cabello castaño caía revuelto sobre sus hombros y, mientras entrelazaba sus manos ante ella, me miró directamente con sorpresa mientras la conducían hacia mí.

Caminaba con dificultad y su semblante era mortalmente pálido. Su vestido, al acercarse bajo la lámpara, vi que era tosco, aunque limpio, y sus hermosas facciones regulares, que en su fotografía me habían fascinado tanto, eran aún más dulces y sin igual de lo que había creído. Me quedé ante ella estupefacto de admiración.

En silencio, hizo una elegante reverencia y luego me miró con asombro, aparentemente preguntándose qué requería de ella un completo extraño.

«¿Señorita Elma Heath, supongo?», exclamé por fin. «¿Me permite presentarme? Me llamo Gordon Gregg, inglés de nacimiento, cosmopolita por instinto. He venido aquí para hacerle una pregunta, una pregunta que le concierne a usted. Lydia Moreton me ha enviado».

Noté que sus grandes ojos castaños observaban mis labios y no mi rostro.

Sus propios labios se movieron, pero me miró con una tristeza inexpresable. Ningún sonido escapó de ella.

Me quedé rígido ante ella como convertido en piedra, pues en ese instante, en un destello, comprendí la terrible verdad.

¡Era sorda y muda!

Ella levantó sus manos entrelazadas hacia mí en silencio, aunque con lágrimas brotando en sus espléndidos ojos.

Vi que en sus muñecas había un par de brillantes grilletes de acero.

«¿Qué es este lugar?», le exigí a la mujer del hábito religioso, cuando me recuperé de la conmoción por la terrible aflicción de la pobre joven. «¿Dónde estoy?».

«Este es el Castillo de Kajana, el asilo de criminales dementes de Finlandia», fue su respuesta. «La prisionera, como puede ver, ha perdido tanto el habla como el oído».

«¡Sorda y muda!», grité, mirando a la hermosa original de aquella fotografía destruida a bordo del Lola. «¡Pero seguramente no siempre ha sido así!», exclamé.

«No. Creo que no siempre», respondió la hermana con calma. «Pero usted dijo que tenía intención de interrogarla, ¿y no le dije acaso que aprender la verdad era imposible?».

«¿Pero puede escribir respuestas a mis preguntas?», argumenté.

«¡Ay! no», fue la respuesta susurrada de la anciana. «Su mente está afectada. Es, desgraciadamente, una lunática sin remedio».

Miré directamente a aquellos ojos castaños tristes, muy abiertos, pero impávidos, completamente confundido.

Aquellas muñecas blancas sujetas en acero, aquel rostro pálido y labios descoloridos, la inercia de sus movimientos, todo contaba su propia historia trágica. Y, sin embargo, aquella carta que había leído, dictada en secreto probablemente porque sus manos no estaban libres, ciertamente no era el desahogo de una loca. Había hablado de la muerte, era cierto, ¿pero no cabía suponer que la estaban empujando lentamente al suicidio? Había guardado su secreto y quería que el hombre, Hornby —el hombre que iba a casarse con Muriel Leithcourt— lo supiera.

La habitación en la que estábamos era evidentemente un apartamento reservado para su uso, pues más allá estaba el diminuto dormitorio; sin embargo, la pequeña ventana, situada en lo alto, estaba fuertemente enrejada, y la fría desnudez de la prisión era suficiente, en efecto, para hacer que cualquiera recluido allí prefiriera la muerte al cautiverio.

Volví a hablarle lenta y amablemente, pero no hubo respuesta. Que era absolutamente muda era más que evidente. ¡Pero seguramente no siempre había sido así! Había ido en su busca porque la belleza de su retrato me había magnetizado, y ahora la encontraba aún más encantadora que en su imagen, aunque, ¡ay!, sufriendo una aflicción que convertía su vida en una tragedia. La comprensión de la terrible verdad me tambaleó. Jamás había visto un rostro tan perfecto como el suyo, tan hermoso, tan bien definido, tan refinado, tan eminentemente el semblante de alguien bien nacido, y sin embargo tan inefablemente triste, tan lleno de un vacío de desesperación inefable.

Llevó sus manos entrelazadas a la boca e hizo gestos negando con la cabeza, indicando que no podía entender ni responder. Por lo tanto, saqué mi cartera del bolsillo y escribí en un trozo de papel con letra grande las palabras: «Vengo de parte de Lydia Moreton. Me llamo Gordon Gregg».

Cuando su mirada ansiosa cayó sobre las palabras, se llenó instantáneamente de emoción y asintió rápidamente. Luego, extendiendo hacia mí sus muñecas sujetas por el acero, me miró con nostalgia, como si me suplicara que la liberara de aquella horrible esclavitud en aquella tumba silenciosa.

Aunque la mujer que me había guiado hasta allí intentó impedirlo, le entregué el lápiz y puse el papel sobre la mesa para que escribiera.

La monja trató de arrebatarlo, pero le sujeté el brazo con suavidad y firmeza, diciendo en francés:

«No. Deseo ver si realmente está loca. Al menos me permitirá esta satisfacción».

Y mientras discutíamos, Elma, con el lápiz en los dedos, intentó escribir, pero debido a que tenía las manos atadas tan fuertemente, fue incapaz. Finalmente, sin embargo, después de varios intentos, logró imprimir en mayúsculas irregulares la respuesta:

«Le conozco. Usted estaba en el yate. Pensé que le habían matado».

La anciana de rostro delgado vio su respuesta —una respuesta que ciertamente era lo suficientemente racional— y sus cejas se contrajeron con desagrado.

«¿Por qué estás aquí?», escribí, sin permitir que la hermana viera mi pregunta.

En respuesta, escribió con dolor y esfuerzo:

«Estoy condenada por un crimen que no cometí. Sácame de aquí, o me mataré».

«¡Ah!», exclamó la anciana. «¡Ya ve, pobre muchacha, ella se cree inocente! Todas lo hacen».

«¿Pero por qué está aquí?», exigí ferozmente.

«No lo sé, m'sieur. No es mi deber investigar el historial de sus crímenes. Cuando están enfermas las cuido; eso es todo».

«¿Y quién es el comandante de esta fortaleza?».

«El coronel Smirnoff. Si supiera que le he admitido, usted nunca saldría vivo de este lugar. Este es el Schusselburg de Finlandia, el lugar de encarcelamiento para aquellos que han conspirado contra el Estado».

«La prisión de los conspiradores políticos, ¿eh?».

«¡Ay, m'sieur, sí! El lugar en el que algunas de las pobres criaturas son torturadas para obtener confesiones e información con tanta crueldad como en los días negros de la Inquisición. Estos muros son gruesos y sus gritos no se oyen desde los calabozos bajo el lago».

Hacía mucho tiempo que había oído hablar de los horrores de Schusselburg. De hecho, ¿quién no ha oído hablar de ellos si ha viajado por Rusia? La mera mención de la moderna Bastilla en el lago Ladoga, de donde nunca se ha sabido que un prisionero saliera vivo, es suficiente para hacer palidecer a cualquier ruso. ¡Y yo estaba en el Schusselburg de Finlandia!

Di la vuelta a la hoja de papel y escribí la pregunta:

«¿El Barón Oberg te envió aquí?».

En respuesta, imprimió las palabras:

«Eso creo. Fui arrestada en Helsingfors. Dile a Lydia dónde estoy».

«¿Conoces a Muriel Leithcourt?», inquirí por el mismo medio, a lo que ella respondió que habían ido juntas a la escuela.

«¿Me viste a bordo del Lola?», escribí.

«Sí. Pero no pude avisarle, aunque había oído sus intenciones. Me llevaron a tierra cuando usted se había ido, a Siena. Después de tres días me encontré sorda y muda: me lo hicieron».

Su alegato me sobresaltó. ¡Había sido afligida a propósito!

«¿Quién lo hizo?».

«Un médico, supongo. Me pusieron bajo cloroformo».

«¿Quién?».

«Gente que decía que eran mis amigos».

Me volví hacia la mujer del hábito religioso y grité:

«¿Ve lo que ha escrito? Ha sido mutilada por unos amigos que pretendían que el secreto que guarda se mantuviera oculto. Temían matarla, así que sobornaron a un médico para que la operara deliberadamente, de modo que no pudiera hablar ni oír. ¡Y ahora la están empujando al suicidio!».

«¡M'sieur, estoy asombrada!», declaró la monja. «Siempre he creído que no estaba en sus cabales, pero ciertamente parece estar tan cuerda como yo, solo que deliberadamente mutilada por algún supuesto amigo que determinó que ninguna otra palabra saldría de sus labios».

«¡Se ha cometido una vergonzosa mutilación con esta pobre joven indefensa!», grité con ira. «Y me encargaré de descubrir y castigar a los autores de la misma».

«Ah, m'sieur. No actúe precipitadamente, se lo ruego», dijo la mujer con seriedad, poniendo su mano sobre mi brazo. «Recuerde que está en Finlandia, donde el Barón Oberg es todopoderoso».

«No temo al Barón Oberg», exclamé. «Si es necesario, apelaré al mismo Zar. La mademoiselle está retenida aquí porque posee algún secreto. Debe ser liberada; yo asumiré la responsabilidad».

«Pero no debe intentar liberarla desde aquí. Significaría la muerte para ambos. El Castillo de Kajana no revela secretos de los que mueren dentro de sus muros, ni de los que son arrojados de cabeza a sus aguas y olvidados».

Me volví de nuevo hacia Elma, quien permanecía con ansiosa curiosidad sobre el tema de nuestra conversación, y de repente había tomado la mano de la vieja monja y la había besado afectuosamente, tal vez para mostrarme que confiaba en ella.

Entonces, en el papel escribí:

«¿Es el Barón Oberg tu tío?».

Ella negó con la cabeza, mostrando que el temido Gobernador General de Finlandia solo había actuado un papel hacia ella en el que se había visto obligada a participar.

«¿Quién es Philip Hornby?», inquirí, escribiendo rápidamente.

«Mi amigo, al menos, eso creo».

¡Amigo! ¡Y yo había creído todo el tiempo que era un aventurero y un enemigo!

«¿Por qué fue a Livorno?», pregunté.

«Por un propósito secreto. Había un complot para matarle, solo que conseguí frustrarlos», fueron las palabras que imprimió con mucho esfuerzo.

«Entonces le debo mi vida», escribí. «Y a cambio haré todo lo posible por rescatarla de aquí, si no teme ponerse en mis manos».

Y a esto ella respondió:

«Estaré agradecida, porque no puedo soportar más este horrible lugar. Creo que deben torturar a las mujeres aquí. Me torturarán algún día. Haga lo posible por sacarme de aquí y se lo contaré todo. Pero», escribió, «temo que nunca pueda conseguir mi liberación. Estoy confinada aquí con una sentencia de cadena perpetua».

«Pero usted es inglesa, y si no ha tenido juicio puedo quejarme ante nuestro embajador».

«No, soy súbdita rusa. Nací en Rusia y fui a Inglaterra cuando era niña».

Eso cambió el caso por completo. Como súbdita del Zar en su propio país, estaba sujeta a esa vergonzosa mancha sobre la civilización que permite que una persona sea enviada a prisión a voluntad de un alto funcionario, sin juicio o sin que se le ofrezca ninguna oportunidad de apelación. Por lo tanto, vi inmediatamente una dificultad.

¡Sin embargo, ella prometió decirme la verdad si tan solo pudiera conseguir su liberación!

Un torrente de recuerdos sobre el asombroso misterio recorrió mi mente. Mil preguntas surgieron dentro de mí, todas las cuales deseaba hacerle, pero allí, en aquella nauseabunda prisión, era imposible. Mientras permanecía allí, un grito agudo de mujer de insoportable dolor llegó hasta mí, a pesar de aquellos muros ciclópeos. Alguna prisionera desafortunada estaba, tal vez, siendo torturada y obligada a confesar. Me estremecí ante los horrores indescriptibles de aquella sombría fortaleza.

¿Podría permitir que esta joven refinada e indefensa siguiera siendo interna de aquella Bastilla, cuyos terrores había oído mencionar a los hombres en Rusia con voz contenida? La habían mutilado deliberadamente y privado tanto del oído como del poder de habla, y ahora pretendían que se volviera loca con ese silencio y soledad que deben terminar siempre en locura.

«He decidido», dije de repente, volviéndome hacia la mujer que me había conducido hasta allí, y que habiendo retirado los grilletes de acero de la prisionera con una llave que llevaba secretamente, estaba con las manos cruzadas en la actitud tranquila de la religiosa.

«¿No actuará con imprudencia?», suplicó con rápida aprensión. «Recuerde, su vida está en juego, así como la mía».

«¡Sus enemigos pretendían que yo también muriera!», respondí, mirando directamente a aquellos profundos y misteriosos ojos castaños que me mantenían como bajo un hechizo. «La han atraído a su poder porque no tenía medios de defensa. Pero asumiré el papel de su amigo y protector».

«¿Cómo?».

«El hombre me está esperando en el bote afuera. Tengo la intención de llevarla conmigo».

«¡Pero, m'sieur, eso es imposible!», gritó la anciana con voz ronca. «Si fuera descubierto por los guardias que patrullan el lago tanto de día como de noche, les dispararían a ambos».

«Me arriesgaré», dije, y sin una palabra más corrí hacia el diminuto dormitorio y arranqué una vieja manta marrón de la estrecha cama plegable.

Luego, enlazando mi brazo con el de la mujer cuyo adorable semblante se había convertido verdaderamente en el sol de mi existencia, hice una señal, invitándola a acompañarme.

La hermana bloqueó la puerta, instándome a reconsiderar mi decisión.

«Déjela sola en secreto, y actúe como quiera, apele al Barón, al Zar, pero no intente, m'sieur, rescatar a una prisionera de aquí, porque es una imposibilidad. El hombre que le trajo aquí desde Abo no se atreverá a aceptar tal responsabilidad».

«Vamos», le dije a Elma, aunque, ¡ay!, no podía oír mi voz. «Hagamos al menos un intento por la libertad».

Ella reconoció mis intenciones al instante y se dejó conducir por el largo e intrincado pasillo, caminando sigilosamente y sin hacer ruido.

Había tomado la vieja linterna de cuerno y, como la monja se quedó atrás, sin atreverse a acompañarnos, nos escabullimos solos, regresando por el pasillo de piedra hasta que reconocí la puerta de la habitación a la que me habían conducido al principio. Todo estaba en silencio, y mientras caminábamos de puntillas sentí el agarre de la joven en mi brazo, un agarre que me decía que depositaba su fe en mí como su libertador.

Confieso que fue un acto temerario y obstinado, pues incluso más allá del lago, ¿cómo podríamos esperar penetrar en aquellos interminables e inhóspitos bosques, tan lejos de cualquier escondite? Sin embargo, sentí que era mi deber intentar el rescate. Y además, ¿no me había atrapado su maravillosa belleza?; ¿no había sentido por alguna intuición inexplicable en el primer momento en que nos conocimos que nuestras vidas estaban unidas en el futuro? Ella se aferró a mí como si temiera ser descubierta, mientras avanzábamos en silencio por aquel pasillo oscuro y bajo donde sabía que la fuerte puerta de la torre se abría al lago. Una vez en el bote, podríamos remar de vuelta a donde nos esperaban los caballos, y luego huir. La mujer no había detenido nuestro avance ni dado la alarma, después de todo. Una vez desconfié de ella, pero ahora veía que su corazón estaba realmente lleno de piedad por la pobre joven que estaba ahora a mi lado.

Sin hacer ruido nos arrastramos hacia adelante hasta estar a pocos metros de aquella puerta sin llave donde el bote nos esperaba abajo, cuando, de repente, la luz incierta de la linterna cayó sobre algo que brillaba y una voz profunda gritó desde la oscuridad en ruso:

«¡Alto! ¡O disparo!».

Y, sobresaltados, nos encontramos mirando el cañón de una carabina cargada.

Un centinela enorme estaba de pie de espaldas a la salida secreta, con sus ojos oscuros brillando bajo su gorra de visera, mientras sostenía su arma al hombro a menos de dos metros de nosotros.

El tipo grande y barbudo exigió ferozmente quién era yo.

Mi corazón se hundió. Había actuado imprudentemente y había caído en manos de su Excelencia, el Barón Xavier Oberg, el inescrupuloso Gobernador General; caído en una trampa que, al parecer, había sido preparada muy hábilmente para mí.

¡Era un prisionero en la terrible fortaleza de la que nunca se había sabido que nadie, salvo los guardias, saliera —la Bastilla de "El Estrangulador de Finlandia"!

Vi que estaba perdido.

El cañón de la carabina del centinela estaba a medio metro de mi pecho.

«¡Habla!», gritó el tipo. «¿Quién eres?».

De un vistazo comprendí el peligro de la situación y, sin un segundo de vacilación, me lancé hacia el hombre por debajo de su arma. Él la bajó, pero era demasiado tarde, pues lo agarré por la cintura, dejando su fusil inútil. Fue cuestión de un instante, pues sabía que acercarme a él era mi única oportunidad.

¿Pero y si el bote no estaba esperando bajo aquella puerta cerrada? Si mi conductor finlandés no estaba allí preparado, entonces estaba perdido. La infortunada joven a la que había ido a rescatar se echó atrás, asustada, contra la pared por un solo segundo; luego, viendo que me había enzarzado con aquel sujeto corpulento, saltó hacia adelante y, con ambas manos, se apoderó del arma e intentó arrebatársela. Sus dedos habían perdido el gatillo e intentaba recuperarlo para disparar y así dar la alarma. Vi esto y, con una vieja treta aprendida en Uppingham, le puse la zancadilla, de modo que se tambaleó y casi cae.

Un juramento escapó de sus labios, pero en ese momento Elma logró arrancar el fusil de sus manos nervudas, que yo sujetaba ahora con una fuerza nacida del conocimiento de mi peligro inminente. Todo mi futuro, así como el de ella, dependía de mi éxito en aquel encuentro desesperado. Era enorme y poderoso, con una fuerza muy superior a la mía, pero me habían considerado un buen luchador en Uppingham, y ahora mi conocimiento de aquella forma de combate tan antigua me servía de mucho.

El hombre gritó pidiendo ayuda, su voz profunda y ronca resonando a lo largo de los pasillos de piedra. Si sus camaradas de armas lo oían, la alarma se daría de inmediato.

Luchamos desesperadamente, balanceándonos de un lado a otro, él tratando de derribarme, mientras yo, a cada paso, practicaba con él las tretas aprendidas en mi juventud. Parecía un combate igualado, sin embargo, pues él se mantenía en pie por pura fuerza bruta, y sus músculos parecían duros e inflexibles como el acero.

De repente, sin embargo, mientras nos esforzábamos tan vigorosa y desesperadamente, la joven inglesa se deslizó junto a nosotros con la carabina en la mano y, con un movimiento rápido, abrió la pesada puerta que daba salida al lago.

En ese instante, desgraciadamente, hice un movimiento en falso y su mano se cerró sobre mi garganta como una banda de acero. Luché y me debatí para liberarme, ejerciendo cada músculo, pero ¡ay!, él tomó ventaja. Oí un chapoteo y vi que Elma ya no tenía el arma del centinela en sus manos, tras haberla arrojado al agua.

Entonces, en el mismo instante, oí una voz fuera que gritaba en tono bajo: —¡Coraje, Excelencia! ¡Coraje! Iré a ayudarle.

Era el fiel finlandés, que me había estado esperando en la profunda sombra y, con unas pocas paladas, acercó su bote a la estrecha y destartalada repisa fuera de la puerta.

—¡Llévese a la dama! —logré jadear en ruso—. No se preocupe por mí —y vi con satisfacción que guiaba a Elma para que subiera al bote, que en ese momento pasaba a la deriva junto a la pequeña plataforma.

Luché valientemente, pero contra un hombre de tal fuerza bruta yo era impotente. Me sujetaba por la garganta, causándome un dolor insoportable, y a cada momento sentía que mi oportunidad de victoria disminuía. Mis fuerzas flaqueaban. Mientras sujetaba sus brazos contra sus costados, podía mantenerlo seguro sin mucho esfuerzo, pero ahora, con sus dedos presionando mi tráquea, no podía respirar.

Estaba siendo estrangulado lentamente.

Ser vencido significaba el encarcelamiento allí, quizá incluso la muerte. La victoria significaba la vida de Elma, así como la mía propia. La mía era, por tanto, una lucha por la vida. Una idea repentina cruzó mi mente y continué luchando, al mismo tiempo que forzaba gradualmente a mi enemigo hacia atrás, hacia la puerta. Gritó pidiendo ayuda, pero nadie lo oyó. Maldijo, juró y gritó hasta que, con un esfuerzo repentino y casi sobrehumano, le puse la zancadilla, haciendo que su cabeza chocara con tanta violencia contra el dintel de piedra de la puerta que el sonido seguramente pudo oírse a una distancia considerable. Por un momento quedó aturdido y, en ese breve segundo, solté su agarre de mi garganta y lo arrojé hacia atrás, más allá de la puerta.

Se oyó el crujido de la madera al ceder la podrida plataforma, un fuerte chapoteo y, al instante siguiente, las oscuras aguas se cerraron sobre el gran hombre barbudo que habría arrebatado a Elma Heath de mi lado y me habría mantenido prisionero en aquel castillo de terrores. Se hundió como una piedra, pues aunque me quedé observando esperando que saliera a flote, solo pude distinguir la madera flotando a la deriva con la corriente.

En un momento, sin embargo, incluso mientras permanecía allí horrorizado por mi acto de defensa propia, el lugar resonó de repente con gritos de alarma y, en la torre sobre mí, la gran campana vieja y oxidada comenzó a oscilar, haciendo sonar su nota de bronce a través de la vasta extensión de aguas.

El finlandés de barba clara volvió a dirigir el bote hacia donde yo estaba, gritando:

—¡Salte, Excelencia! ¡Por su vida, salte! ¡Los guardias estarán sobre nosotros!

Detrás de mí, en el pasillo, vi una luz y el brillo de las armas. Un disparo resonó y una bala zumbó a mi lado, pero permanecí ileso. Entonces salté, casi volcando el bote, pero tomando un remo comencé a remar por mi vida, y mientras nos alejábamos de aquellos sombríos muros negros, el fuego brotó de tres rifles.

—¡Remad! —grité, volviéndome para ver si mi compañera de cabellos claros había sido alcanzada.

—Mantenga la calma, Excelencia —instó el finlandés—. Mire, allí mismo, en la sombra. Podríamos engañarlos, pues el bote patrullero estará en la cabecera del río esperando para cortarnos el paso.

De nuevo los guardias dispararon contra nosotros, pero en la oscuridad su puntería fue defectuosa. Aparecieron luces en las altas ventanas del castillo y pudimos ver que la mayor conmoción había sido causada por la fuga de la prisionera. Los hombres en la puerta de la torre gritaban a los botes patrulleros, que no se veían por ninguna parte, llamándoles para que nos persiguieran y nos capturaran, pero remando rápidamente disparamos directamente a través del lago hasta que nos pusimos bajo la profunda sombra de la orilla opuesta, y luego nos deslizamos gradualmente en la dirección de la que habíamos venido.

—Si nos encontramos con los botes, Excelencia, debemos ir a tierra y meternos en el bosque —explicó el finlandés—. Es nuestra única oportunidad.

Apenas había hablado cuando, en el centro del lago, pudimos distinguir un bote largo con tres remeros dirigiéndose rápidamente hacia la entrada del río, que tanto deseábamos alcanzar.

—¡Mire! —gritó nuestro guía, remando hacia atrás y deteniendo el bote—. ¡Están en nuestra búsqueda! Si nos descubren dispararán. Son sus órdenes. No se permite ningún bote en este lago.

Elma permanecía sentada observando a nuestros perseguidores, pero aún tranquila y silenciosa. Parecía confiarse enteramente a mí.

Los guardias remaban rápidamente, los remos sonando en los toletes, evidentemente creyendo que nos habíamos dirigido al río. Pero el finlandés aparentemente lo había previsto y, por esa razón, estábamos a salvo de ser vistos en la profunda sombra de un árbol que sobresalía.

Una niebla gris se elevaba lentamente del agua y el finlandés, notándolo, esperaba que pudiera favorecernos. En Finlandia, a finales de otoño, las nieblas son a menudo tan espesas como nuestras proverbiales nieblas londinenses, solo que más blancas, densas y heladas.

—Si desembarcamos, nos veremos obligados a dar un rodeo de al menos cuatro días por el bosque para pasar los pantanos —señaló en un susurro—. Pero si logramos entrar en el río, podemos ir a tierra en cualquier parte e ir a pie a algún lugar donde la dama pueda permanecer escondida.

—¿Qué aconseja? Estamos enteramente en sus manos. El Jefe de Policía me dijo que podía confiar en usted.

—Creo que será mejor arriesgarse —dijo en ruso tras una breve pausa—. Amarraremos el bote e iré por la orilla a ver qué hacen los guardias. Usted permanecerá aquí y no me verán. Los juncos y la maleza son más altos más adelante. Pero si hay peligro mientras estoy ausente, salga y diríjase directamente al oeste hasta encontrar el pantano, luego siga a lo largo de sus orillas hacia el sur —y, tras acercar el bote a la orilla, el astuto sujeto de grandes huesos desapareció en la oscura maleza.

Todavía no había señales de que amaneciera. De hecho, las estrellas estaban ahora ocultas y la gran planicie de agua se volvía cada momento más indistinta mientras ambos permanecíamos sentados en silencio. Mis oídos estaban tensos para captar el chapoteo de un remo o una voz, pero más allá del batir del agua bajo el bote no había otro sonido. Tomé la mano de la joven de rostro claro a mi lado y la presioné. En respuesta, ella presionó la mía.

Era el único medio por el que podíamos intercambiar confidencias. Aquella a quien había buscado durante todos aquellos meses estaba sentada a mi lado, pero incapaz de pronunciar una sola palabra.

Siguiendo con sus manos entre las mías, las apreté para mostrarle que pretendía ser su protector, mientras ella se volvía hacia mí con confianza, como si se sintiera feliz de que así fuera. ¿Cuál era su historia, me preguntaba? ¿Cuál era el misterio que la rodeaba? ¿Cuál podía ser ese secreto que había llevado a sus enemigos a herirla y mutilarla tan brutalmente, y después enviarla a aquella sombría y terrible fortaleza que todavía se alzaba ante nosotros en la penumbra? Sin duda, su secreto debía afectar a alguien de forma muy grave, o nunca se habrían empleado medios tan drásticos para asegurar su silencio.

De repente oí un paso sigiloso acercándose y al momento siguiente una voz baja habló, que reconocí como la de nuestro amigo, el finlandés.

—¡Hay peligro, Excelencia, un peligro grave! —dijo en un susurro—. Tres botes nos están buscando.

Y apenas había pronunciado aquellas palabras cuando se produjo el destello de un rifle desde la bruma, una fuerte detonación y, de nuevo, una bala zumbó justo detrás de mi cabeza. En un instante la verdad se hizo evidente, pues vi la oscura sombra de un bote remado rápidamente, dirigiéndose directamente hacia nosotros. El disparo se había hecho como señal de que habíamos sido avistados y éramos perseguidos. Otros disparos resonaron, mezclados con los gritos salvajes y exultantes de los guardias mientras se abalanzaban sobre nosotros, y entonces supe que, a pesar de nuestra huida, ahora estábamos perdidos. Estaban demasiado cerca de nosotros como para permitirnos eludirlos. El peligro que habíamos temido había llegado. La presencia del finlandés en la orilla había sido detectada evidentemente por un bote atracado en la orilla, y lo habían seguido hasta donde nos habíamos refugiado en lo que tan tontamente habíamos creído un escondite seguro. No quedaba más que afrontar lo inevitable. Tres veces el fuego rojo de un rifle brotó airadamente ante nuestras caras y, sin embargo, por buena fortuna, ninguno de nosotros fue alcanzado. Pero sabíamos demasiado bien que la intención de nuestros perseguidores era matarnos.

—¡Rápido, Excelencia! ¡Huyan! ¡Mientras aún hay tiempo! —jadeó el finlandés, agarrando mi mano y arrastrándome a medio camino fuera del bote, mientras yo, a su vez, colocaba a Elma en la orilla.

—¡Hoida! ¡Por aquí! ¡Rápido! —gritó nuestro guía, y los tres, sin importarnos las consecuencias, nos lanzamos hacia la oscuridad impenetrable, justo cuando nuestros feroces perseguidores llegaban al lugar donde apenas un momento antes habíamos estado sentados. Gritaron salvajemente mientras saltaban a tierra tras nosotros, pero nuestro guía, que había nacido y crecido en estos bosques, sabía bien cómo viajar en semicírculo y cómo ocultarse. Era una carrera por la libertad, más aún, por la propia vida.

Tan oscuro que apenas podíamos ver un pie ante nosotros, nos vimos obligados a poner las manos delante para evitar chocar con los grandes troncos de los árboles, mientras una y otra vez nos encontrábamos enredados en la masa de enredaderas muertas y parásitos vegetales que formaban la densa maleza. A nuestro alrededor, por todas partes, oíamos los gritos y maldiciones de nuestros perseguidores, mientras por encima de los demás oíamos una voz autoritaria, evidentemente la de un sargento de la guardia, gritar:

—¡Disparad al hombre, pero perdonad a la mujer! El Coronel la quiere de vuelta. ¡No dejéis que escape! Seremos bien recompensados. ¡Así que seguid, camaradas! _Mene edemmäski!_

Pero la joven temblorosa a mi lado no oía nada, y quizás, en efecto, era mejor que no pudiera oír. Mi único temor era que nuestros perseguidores, de los que ahora parecía haber una docena, se hubieran extendido con la intención de rodearnos. Sin duda conocían cada centímetro de aquel bosque gigante con sus numerosos pantanos y ciénagas, y si no podían descubrirnos, sin duda nos conducirían a uno u otro de los pantanos, donde la huida era imposible.

Nuestro valiente guía, por otro lado, parecía ignorar por completo el peligro y continuaba, estirando de vez en cuando la mano y ayudando a la afligida joven que habíamos rescatado de aquella tumba viviente. Avanzamos precipitadamente en línea recta, hasta que de repente empezamos a sentir nuestros pies hundiéndose en el suelo blando, y entonces el finlandés giró a la izquierda, en ángulo recto, y nos encontramos en una maleza más densa, donde en la oscuridad nuestras manos y caras quedaron muy arañadas.

Otro arma fue disparada como señal, resonando a través del bosque, pero el sonido provenía de la dirección opuesta a la que viajábamos; por lo tanto, esperábamos haber eludido a aquellos cuyo ferviente deseo era capturarnos por la recompensa. De repente, sin embargo, un segundo disparo, una señal de respuesta, fue realizado directamente ante nosotros, y eso reveló la verdad. ¡Estábamos realmente entre los dos grupos, y nos estaban rodeando! Ya nos habían conducido al borde del pantano. El finlandés reconoció nuestro peligro tan rápidamente como yo y se detuvo.

—Demos la vuelta directamente —instó sin aliento—. Aún podemos eludirlos.

Y entonces volvimos a girar en ángulo recto, viajando tan rápido como pudimos de vuelta hacia la orilla del lago. Fue una persecución emocionante en la oscuridad, pues no sabíamos hacia dónde íbamos, ni en qué trampa, barranco o pantano traicionero podíamos caer. Una vez vimos a lo lejos, a través de los árboles, la luz de una linterna sostenida por un guardia, y la joven de rostro dulce a mi lado ya parecía cansada y terriblemente fatigada. Pero nos apresuramos una y otra vez, tratando de no hacer ruido, y sin embargo, el crujido de la madera bajo nuestros pies nos parecía sonar como un trueno.

Al fin, sin aliento, nos detuvimos a escuchar. Ya estábamos a la vista de la niebla gris donde yacía el lago silencioso que guardaba tantos secretos. No había ni un sonido. Los guardias habían seguido recto, creyendo que nos habían conducido a aquel pantano mortal donde, si hubiéramos entrado, habríamos sido succionados lentamente y engullidos. Lo estaban rodeando, sin duda, sintiéndose seguros de su presa.

Pero nos arrastramos a lo largo de la orilla del agua, hasta que bajo la luz gris pudimos distinguir dos botes vacíos: el de los guardias y el nuestro. Estábamos de nuevo en el lugar donde habíamos desembarcado.

—Rememos hasta la cabecera del lago —sugirió el finlandés—. Quizás entonces podamos desembarcar y escapar de ellos. —Y un momento después los tres estábamos en el bote de los guardias, remando con todas nuestras fuerzas bajo la profunda sombra de la orilla hacia el norte, en dirección opuesta a la ciudad de Nystad.

Estuvimos atentos a cualquier otro bote, pero no vimos ninguno. Las señales en tierra habían atraído a todos los guardias a aquel punto para unirse a la búsqueda, y ahora, tras haber dado media vuelta y habernos embarcado de nuevo, cada momento aumentaba la distancia entre nosotros y nuestros perseguidores. Creo que debimos de remar varios kilómetros, pues antes de volver a desembarcar, en una orilla baja, plana y estéril, la primera raya gris del día aparecía en el este.

Elma lo notó y mantuvo sus grandes ojos marrones fijos en él pensativamente. Era el amanecer para ella: el amanecer de una nueva vida. Nuestros ojos se encontraron; ella me sonrió y luego volvió a mirar hacia el este, llena de un significado silencioso.

Tras desembarcar, sacamos el bote y lo ocultamos en la maleza para que los guardias, al buscar, no supieran la dirección que habíamos tomado, y luego seguimos directamente hacia el norte a través de las tierras bajas, hacia donde el bosque se mostraba oscuro contra el gris de la mañana. La niebla se había disipado un poco, pero el aire era intenso y helado.

Este bosque, descubrimos, era de altos y elevados pinos, donde caminar no era difícil, un vasto desierto de árboles que, hora tras hora, atravesamos en el vano intento de encontrar el camino escabroso que, según nos dijo nuestro guía, llevaba cien millas desde Alavo hasta Tammerfors, el centro manufacturero del país. Pero descubrir un camino en un bosque de cuarenta millas de ancho es una cuestión de considerable dificultad, y durante horas vagamos una y otra vez, pero ¡ay!, siempre en vano.

Débiles y hambrientos, aún manteníamos el valor. Afortunadamente encontramos un pequeño manantial y los tres bebimos ávidamente con las manos. Pero de comida no teníamos nada, salvo un pequeño trozo de pan de centeno duro que el finlandés tenía en su bolsillo, los restos de su cena; y se lo dimos a Elma, quien, medio famélica, lo comió rápidamente. Sabíamos muy bien que sería fácil morir de hambre en aquel gran bosque sin caminos, por lo tanto seguimos adelante sin desanimarnos, mientras el sol amarillo del otoño luchaba a través de los oscuros pinos, destellando en los rectos troncos grises y reflejando una luz dorada en aquel silencio muerto e ininterrumpido.

Cuántas millas caminamos no tengo idea. Era un consuelo saber que ya no teníamos perseguidores, sin embargo, qué destino nos aguardaba no lo sabíamos. Si tan solo pudiéramos encontrar aquel camino forestal, podríamos tropezar con la cabaña de algún leñador, donde podríamos obtener comida sencilla de algún tipo, sin embargo nuestro guía, acostumbrado como estaba a aquellos enormes bosques del centro de Finlandia, estaba totalmente desorientado, y ninguna marca de civilización atraía su mirada rápida y experimentada. La luz arriba se desvaneció gradualmente, y Elma tropezó con una piedra afilada y se rasgó el zapato.

Miré mi reloj y descubrí que eran ya las cinco en punto. En una hora oscurecería, el comienzo de la larga noche del norte. Elma, que estaba cansada y con los pies doloridos, pidió por señas que se le permitiera tumbarse y descansar. Por lo tanto, reunimos un lecho de hojas secas para ella, y se tumbó, y mientras vigilábamos, pronto se quedó dormida. El finlandés, que declaró no sufrir el frío, se quitó el abrigo y lo colocó tiernamente sobre sus hombros.

Mientras aún quedaba un rayo de luz, observé sus rasgos blancos y refinados mientras dormía, y estuve muy tentado de inclinarme e imprimir un beso en aquella suave y tentadora mejilla. Sin embargo, no tenía derecho a hacerlo; ningún derecho a aprovecharme de tal manera.

La larga y fría noche pasó trabajosamente, y el aullido de los lobos me hizo agarrar mi revólver, sin embargo al amanecer nos levantamos renovados y, a pesar de los terribles dolores de hambre que ahora roían nuestras entrañas, estábamos preparados para renovar nuestra desesperada carrera por la libertad.

Aunque tenía papel, no poseía un lápiz con el que escribir, por lo tanto solo podía comunicarme por señas con la misteriosa prisionera de Kajana, la hermosa joven de ojos oscuros que me mantenía irrevocablemente bajo el hechizo de su belleza. Todos los pequeños actos de homenaje que pude realizar los aceptó con una quietud y dignidad tranquilas, mientras en sus ojos profundos y luminosos leía un misterio insondable.

La niebla no se había disipado, pues poco después del amanecer nos movíamos de nuevo, hambrientos, fríos y, sin embargo, esperanzados. En un manantial obtuvimos algo de agua y luego, en silenciosa procesión, seguimos adelante en busca de la senda escabrosa de los leñadores.

El zapato roto de Elma le causaba considerables problemas y, al notar que cojeaba, la convencí para que se sentara mientras se lo quitaba, con la esperanza de poder remendarlo. Sin embargo, al desatárselo, vi que en su media había un gran parche de sangre coagulada, donde también se había cortado el pie. Logré golpear los clavos del zapato con una piedra para que no se desprendiera la suela, y ella se lo volvió a ajustar, permitiéndome que se lo atara mientras sonreía.

Seguimos adelante, siempre adelante, a través de aquel enorme bosque donde los innumerables troncos de árboles presentaban la misma escena lúgubre en todas partes, un bosque virgen salvo por los leñadores salvajes y semibárbaros. A lo largo de aquel día gris y apagado marchamos sin descanso, desfallecidos por el hambre, aunque sintiendo poco dolor, pues las primeras punzadas ya habían pasado y fueron sustituidas por un ligero aturdimiento. Mi único temor era que nos viéramos obligados a pasar otra noche sin refugio, y cuál podría ser su efecto sobre la joven criada con delicadeza cuya mano sostenía tiernamente entre la mía. Sin duda, mi posición era extraña. Su terrible aflicción parecía hacerla totalmente dependiente de mí.

De repente, justo cuando la luz amarilla del sol sobre nuestras cabezas comenzaba a desvanecerse, el finés de rostro plano, cuyo nombre me había dicho que era Felix Estlander, gritó con alegría:

—¡Polushaite! ¡Mire, Excelencia! ¡Ah! ¡Por fin, el camino!

Y al mirar hacia delante vimos que sus ojos rápidos y bien entrenados habían detectado en la penumbra, a cierta distancia, un sendero que atravesaba nuestra vista entre los troncos de color verde grisáceo. Luego, apresurándonos, nos encontramos en una pista, por la que giramos a la derecha; una pista, áspera y profundamente surcada por los troncos talados que se arrastraban por ella hasta el río más cercano.

Elma hizo un gesto de renovada esperanza y los tres redoblamos el paso, esperando a cada momento encontrar alguna cabaña de troncos, cuyo dueño seguramente nos daría hospitalidad para pasar la noche. Pero la oscuridad llegó rápidamente y, aun así, seguimos avanzando. La pobre Elma cojeaba, y yo sabía que su pie herido le dolía, aunque no pudiera decirme nada.

Al fin, sin embargo, tras caminar durante casi cuatro horas en la oscuridad casi impenetrable del bosque, temiendo siempre perder el sendero, nuestros corazones latieron de repente con rapidez al ver ante nosotros una luz brillando en una ventana, y cinco minutos más tarde Felix llamaba a la puerta y pedía en finés al ocupante que diera hospitalidad a una dama perdida en el bosque.

Escuchamos un gruñido bajo como una imprecación murmurada en el interior, y cuando se abrió la puerta, allí estaba en el umbral un hombre alto, barbudo y musculoso, con una camisa roja sucia y un gran revólver brillando en su mano. Una mirada rápida hacia nosotros lo convenció de que no éramos ladrones, y nos invitó a pasar mientras Felix explicaba que habíamos llegado desde el lago y que, al haberse alejado nuestra barca, nos habíamos visto obligados a adentrarnos en el bosque. El hombre escuchó la pintoresca historia del finés y luego me dijo algo que Felix tradujo al ruso.

—Su Excelencia es bienvenido a toda la escasa comida que tiene. Cede su cama en la habitación de allá a la dama, para que pueda descansar. Se siente honrado por la presencia de su Excelencia.

Y mientras daba esta explicación, el hercúleo leñador de la camisa roja removió las brasas encendidas sobre las que hervía una gran olla, que despedía un olor apetitoso, y en cinco minutos los tres estábamos sentados ante un estofado de urogallo, con una ligera cerveza espumosa como bebida apropiada. Terminamos el plato con tal rapidez relampagueante que nuestro anfitrión nos hirvió varios huevos, lo que, me temo, dejó vacía su despensa.

El lugar era pobre, de dos habitaciones bajas, construido con troncos de pino toscos, con ventanas dobles para el invierno y una alta estufa de ladrillo. La limpieza no era exactamente su característica; no obstante, todos pasamos una hora muy cómoda y recibimos una cálida bienvenida del solitario anciano que pasaba su vida tan lejos de la civilización europea y cuya casa, nos contó, a menudo quedaba cubierta de nieve y aislada de todo el mundo durante tres o cuatro meses seguidos.

Después de terminar nuestra comida, le pedí un lápiz al robusto anciano, pero lo más parecido que poseía era un trozo de carbón grueso, y con eso era ciertamente difícil comunicarse con nuestra bella compañera. Por ello, ella se levantó, me dio la mano, hizo una reverencia sonriente y luego pasó a la habitación interior y cerró la puerta.

El viejo leñador nos dio algo de tabaco fuerte y, tras fumar y charlar durante una hora, nos arrojamos cansados sobre los bancos de madera y dormimos profundamente.

De repente, sin embargo, al amanecer, nos sobresaltó un fuerte golpe en la puerta, el estruendo de cascos y gritos autoritarios en ruso. El viejo leñador se levantó de un salto y, mirando a través de una rendija de las pesadas contraventanas, se volvió hacia nosotros con el rostro pálido, susurrando sin aliento:

—¡La policía! ¿Qué pueden querer de mí?

—¡Abran! —gritaron los jinetes fuera—. ¡Abran en nombre de su Majestad!

Felix y yo nos levantamos de un salto frente a frente.

—¡Estamos atrapados!

En un instante nuestro guía Felix se lanzó hacia la puerta de la habitación interior donde se había retirado Elma, pero al segundo siguiente reapareció, jadeando en ruso:

—¡Excelencia! ¡Pero si la puerta está abierta! ¡La dama se ha ido!

—¡Se ha ido! —grité, consternado, corriendo hacia la pequeña habitación, donde encontré el jergón vacío y la puerta que daba al exterior abierta de par en par. ¡Realmente había desaparecido!

La policía volvió a golpear la puerta opuesta, amenazando ruidosamente con derribarla si no se abría de inmediato, ante lo cual el viejo leñador descorrió el cerrojo y los dejó entrar. Dos tipos grandes y desgarbados con pesados abrigos de montar y espadas entraron a zancadas, mientras otros dos permanecían montados afuera, sujetando los caballos.

—¿Sus nombres? —exigió uno de los sujetos, mirándonos mientras permanecíamos juntos a la expectativa.

Nuestro anfitrión les dijo su nombre y preguntó por qué deseaban entrar.

—Estamos buscando a una mujer que ha escapado de Kajana —fue la respuesta—. ¿Han visto a alguna mujer por aquí?

—No —respondió el leñador—. Nunca vemos a ninguna mujer por estos bosques.

El oficial de policía entró a zancadas en la habitación interior, miró a su alrededor para asegurarse de que no hubiera nadie escondido allí y, volviéndose hacia mí, preguntó: —¿Quién es usted?

—Eso es asunto mío —respondí.

El misterio de la desaparición de Elma mientras dormíamos me molestó. Parecía haber huido de mí en secreto. ¿Podría haber recibido algún aviso de que la policía la buscaba? Era sorda, por lo tanto, no pudo alarmarse por los golpes en la puerta.

—Su identidad es asunto mío —declaró el hombre de barba rubia y erizada, un tipo común del tosco oficial de policía.

—¿Quién es su jefe? —pregunté, al ocurrírseme un pensamiento repentino.

—Melnikoff, en Helsingfors.

—¿Entonces esto no está en el distrito de Abo?

—No. Pero, ¿qué diferencia hay? ¿Quién es usted?

—Gordon Gregg, súbdito británico —respondí.

—Y usted es el conductor de drosky de Abo —señaló el sujeto, volviéndose hacia Felix—. Exactamente como pensaba. Son el par que sobornó a la monja en Kajana y logró liberar a la inglesa. ¡En nombre del Zar, los arresto!

El viejo leñador se puso pálido como la muerte. Ciertamente estábamos en grave peligro, pues preveía el riesgo de caer en manos del barón Oberg, el Estrangulador de Finlandia. Aun así, nos satisfacía saber que, fuera cual fuera el misterio, Elma había escapado.

—¿Y bajo qué cargo, pregunto, se atreve a arrestarme? —indagué con la mayor calma posible.

—Por ayudar a una fugitiva a escapar.

—Entonces deseo decir, primero, que usted no tiene poder para arrestarme; y, segundo, que si desea que le dé satisfacción, estoy perfectamente dispuesto a hacerlo, siempre y cuando primero me acompañe hasta Abo.

—Está fuera de mi distrito —gruñó el sujeto, pero vi que su vacilación se debía a su incertidumbre sobre quién podría ser yo realmente.

—Deseo que me lleve ante el Jefe de Policía Boranski, quien dará toda la explicación necesaria. Hasta que tengamos una entrevista con él, me niego a dar información alguna sobre mí mismo —dije.

—¿Pero tiene pasaporte?

Lo saqué de mi bolsillo y dije:

—Demuestra, creo, que mi nombre es el que les he dicho.

El sujeto, de pie con las piernas abiertas, lo leyó y me lo devolvió.

—¿Dónde está la mujer? —exigió—. Dígamelo.

—No lo sé —fue mi respuesta.

—Quizá usted me lo diga —dijo, volviéndose hacia el viejo leñador con una expresión siniestra en el rostro—. Recuerde, estos fugitivos han sido encontrados en su casa, y usted está sujeto a arresto.

—¡No lo sé, de verdad que no! —protestó el anciano, temblando ante la amenaza del oficial. Como todos los de su clase, temía a la policía y les tenía pavor.

—¡Ah, supongo que no recuerda! —sonrió—. Bueno, tal vez su memoria se refresque con un mes o dos en prisión. Usted también queda arrestado.

—Pero, su Excelencia, yo...

—¡Basta! —bramó el oficial erizado—. Ha dado refugio a conspiradores. Conoce la pena en Finlandia por eso, ¿seguro?

—¡Pero estos caballeros seguramente no son conspiradores! —protestó el pobre anciano—. Su Excelencia es inglés, y los ingleses no conspiran.

—Ya veremos después —se rió. Y luego, volviéndose hacia el agente de policía a su lado, le dio órdenes de registrar la cabaña de troncos cuidadosamente, una investigación a la que se unió uno de los hombres de afuera. Lo revolvieron todo y fisgonearon por todas partes.

—Pueden encontrar papeles o cartas —dijo el oficial—. Registren a fondo. Y en cada rincón hurgaron, incluso levantando varias tablas en la habitación interior que había ocupado Elma. Pero no encontraron nada.

Una docena de veces interrogaron al viejo leñador, pero él se negó obstinadamente a admitir que hubiera visto a Elma, mientras yo insistía en mi derecho a regresar a Abo y ver a Boranski. Sabía, por supuesto, por lo que habíamos escuchado decir a los guardias de la prisión, que el Gobernador General estaba sumamente ansioso por recapturar a la chica de la que, admito francamente, me había enamorado perdidamente. Y parecía que no se escatimaba esfuerzo alguno en buscarnos. De hecho, toda la policía en las provincias de Abo y Helsingfors parecía estar realizando activamente una búsqueda casa por casa.

¿Pero cuál podría ser la verdad de la desaparición de Elma? ¿Había huido por propia voluntad, o había vuelto a ser víctima de algún complot ingenioso y despreciable? Ese vestido gris suyo podría, recordé, delatarla si se atrevía a aventurarse cerca de cualquier ciudad, mientras que su aflicción sería, por sí misma, prueba evidente de identificación. Todo lo que esperaba era que se hubiera ido y escondido en algún lugar del bosque en los alrededores para esperar a que pasara el peligro de ser recapturada.

Durante casi media hora discutí con el oficial de policía, cuya intención era llevarme arrestado a Helsingfors. Sin embargo, una vez allí, sabía demasiado bien que mi libertad probablemente se habría ido para siempre. Fuera cual fuera el motivo del barón para mantener a la pobre chica prisionera, también sería su motivo para silenciarme. Sabía demasiado para su gusto.

—Me niego a ir a Helsingfors —dije desafiante—. Soy súbdito británico y exijo ser llevado de vuelta al puerto donde fue visado mi pasaporte. Repetí este argumento una y otra vez, hasta que al final logré convencerlo de que realmente tenía derecho a ser llevado a Abo y a buscar la ayuda del Vicecónsul británico si fuera necesario.

Durante todo el tiempo posible logré retrasar nuestra partida, pero al final, justo cuando el sol amarillo comenzó a luchar contra las nubes grises, los tres nos vimos obligados a partir en una triste procesión.

¿Qué, nos preguntábamos, le había sucedido realmente a Elma? Era evidente que no había caído en manos de la policía; sin embargo, el hecho de que la puerta de la habitación interior estuviera abierta hizo que vieran la declaración del leñador con clara sospecha e incredulidad.

Nuestros captores parecían conocer muy bien todas las circunstancias de nuestra huida de Kajana y, por lo tanto, estaban llenos de despecho porque Elma, la persona a la que tanto deseaban recapturar, se les había escurrido entre los dedos. Mientras la policía cabalgaba, nos vimos obligados a caminar delante de ellos, y después de caminar diez millas o más a través del bosque, nos encontramos con otro pequeño grupo de policías, que aparentemente estaban en nuestra búsqueda, pues expresaron su alegría al vernos arrestados.

—¿Dónde está la mujer? —preguntó un oficial al otro.

—Aún en libertad —respondió el hombre que nos tenía como prisioneros—. Escondida veinte verstas atrás, creo.

—Ah, la encontraremos antes de mucho —dijo con confianza—. En doce horas habremos registrado todo el bosque. No puede escaparnos.

Nuestros captores explicaron quiénes éramos, y luego nos obligaron a seguir adelante, bordeando un gran lago ancho llamado Nasjarvi, a lo largo de cuya orilla boscosa caminamos todo el día hasta que, al atardecer, llegamos a una pequeña y pintoresca ciudad construida de troncos frente al agua, llamada Filppula. Allí obtuvimos una comida rápida y después tomamos el tren hacia Abo, donde llegamos a la mañana siguiente, tras un viaje muy incómodo y sin dormir.

A las nueve en punto me encontraba en la gran oficina vacía de Michael Boranski, donde solo unos días antes habíamos tenido una discusión tan acalorada. Tan pronto como el Jefe de Policía entró, me reconoció bajo arresto y despidió a mis guardias con un movimiento de mano, todos excepto el oficial que me había llevado allí. El conductor finés y el viejo leñador estaban en otra habitación, por lo tanto, me quedé solo con el oficial de policía de Helsingfors y el Jefe de Policía de Abo. Este último escuchó la historia de mi arresto contada por el oficial sin decir una palabra.

—El prisionero, su Excelencia, deseaba ser traído aquí ante usted antes de ser llevado a Helsingfors. Dijo que usted estaría al tanto de los hechos.

—Y así es —observó Boranski, con una sonrisa—. No hay conspiración. Debe liberar de inmediato a este caballero y a los otros dos prisioneros.

—Pero, Excelencia, el Gobernador General ha emitido órdenes para el arresto y deportación del prisionero a Helsingfors.

—Puede ser. Pero yo soy Jefe de Policía en Abo, y lo libero.

El oficial me miró con tal estupefacción que no pude resistirme a sonreír.

—Soy muy consciente de la razón de la visita de este inglés al norte —añadió Boranski—. No hace falta decir más. ¿Ha sido arrestada la dama?

—No, su Excelencia. Se están haciendo todos los esfuerzos para encontrarla. El coronel Smirnoff ya ha sido relevado de su puesto como Gobernador de Kajana, y muchos de los guardias están arrestados por complicidad en el complot para permitir que la mujer escapara.

—Ah, sí. Veo por los despachos que se ofrece una recompensa por su recaptura.

—El Gobernador General está decidido a que no escape —comentó el otro.

—Probablemente esté escondida en el bosque, en algún lugar.

—Por supuesto. Están haciendo un registro exhaustivo en cada versta del mismo. Si ella está allí, será encontrada sin duda alguna.

—Sin duda —observó Boranski, reclinándose en su silla acolchada y mirándome significativamente a través de la mesa llena de papeles—. Y ahora deseo hablar con este inglés en privado, así que, por favor, déjenos. Informe también a los otros dos prisioneros de que están en libertad.

—Pero su Excelencia hace esto bajo su propia responsabilidad —dijo ansiosamente—. Recuerde que los traje ante usted bajo arresto.

—Y los libero enteramente a mi propia discreción —dijo—. Como Jefe de Policía de esta provincia, se me permite usar mi jurisdicción, y la ejerzo en este asunto. Es libre de informar eso en Helsingfors, si así lo desea, pero le sugeriría que no dijera nada a menos que sea absolutamente obligado, ¿entiende?

La manera en que Boranski habló aparentemente decidió a mi captor, pues tras un momento de vacilación dijo, saludando:

—Si ese es realmente su deseo, entonces obedeceré. Y se fue.

—¡Excelencia! —exclamó el Jefe de Policía, levantándose rápidamente y caminando hacia mí tan pronto como la puerta se cerró y estuvimos solos—, usted ha tenido una huida muy estrecha, muy estrecha. Hice todo lo posible para ayudarlo. Logré sobornar a los guardias del agua en Kajana para que usted pudiera asegurar la liberación de la dama. Pero parece que justo en el momento en que estaba a punto de escapar, uno de los guardias se convirtió en informante y despertó al gobernador del castillo, con el resultado de que los tres casi pierden la vida. Todo el asunto me ha sido reportado oficialmente y —añadió con una sonrisa sombría—, mis hombres están ahora buscando por todas partes.

—¿Pero por qué el barón Oberg está tan sumamente ansioso por recapturar a la señorita Heath? —pregunté con seriedad.

—No tengo idea —fue su respuesta—. Las órdenes secretas de Helsingfors para mí son arrestarla a toda costa, viva o muerta.

—Lo que significa que el barón no lamentaría que estuviera muerta —observé, a lo que él asintió afirmativamente.

Le hablé de los fieles servicios de Felix, el finlandés, ante lo cual dijo simplemente:

—Le dije que podía confiar plenamente en él.

—Pero ahora que se ha mostrado como mi amigo —dije—, usted ayudará a la señorita Heath a escapar de este hombre, que desea mantenerla prisionera en ese lugar horrible. La están volviendo loca.

—Haré lo mejor que pueda —respondió, pero sacudiendo la cabeza dubitativamente—. Pero debe recordar que el barón Oberg es Gobernador General de Finlandia, con todos los poderes del propio Zar.

—Y si Elma Heath vuelve a caer en sus manos sin escrúpulos, morirá —declaré.

—¡Ah! —suspiró, mirándome directamente a la cara—, me temo que lo que dice es solo demasiado cierto. Evidentemente, ella posee algún secreto que él teme que ella revele. Desea arrestarla de nuevo para... bueno... —añadió en un tono bajo—, para cerrarle los labios. No sería la primera vez que se silencia a personas en secreto en Kajana. Muchos accidentes fatales ocurren en esa fortaleza, ya sabe.

CAPÍTULO XII

«EL ESTRANGULADOR»

¿Dónde estaba Elma? ¿Cuál fue la causa de su inexplicable desaparición en el bosque sombrío mientras dormíamos?

Regresé al hotel donde me había alojado a mi llegada, un lugar cómodo llamado Phoenix, y almorcé allí solo. Tanto Felix, el finés, como mi anfitrión, el leñador, habían recibido sus propinas y se habían ido, pero al último le había dado instrucciones de regresar a casa de inmediato y telegrafiar cualquier noticia de mi perdida.

Mil pensamientos contradictorios surgieron dentro de mí mientras me sentaba en esa sala comedor abarrotada, llena de una multitud de comerciantes de Abo que engullían. Reconocí que ahora tenía que tratar con el hombre más poderoso de ese país, y sufría una clara desventaja al ignorar la razón por la que mantenía a esa dulce chica inglesa prisionera. La tragedia de la forma despreciable en que había sido mutilada deliberadamente hacía que mi sangre hirviera dentro de mí. Nunca había creído que en este siglo veinte civilizado pudieran suceder tales cosas.

Michael Boranski había prometido ayudarme, pero me había explicado con toda claridad sus temores. El barón estaba decidido a volver a tener a Elma en su poder. ¿Fue bajo sus órdenes, me pregunté, que a la chica de dulce rostro se le había privado del habla y del oído? ¿Había caído ella como víctima inocente de sus infames maquinaciones?

A mi alrededor, los hombres comían platos extraños y hablaban en finés, mientras otros fumaban y bebían su vodka; pero yo no estaba de humor para observar. Mi único pensamiento era para aquella que ahora estaba perdida para mí.

¿Por qué había desaparecido sin previo aviso? Estaba perdido tratando de imaginarlo, sin embargo, solo podía conjeturar que su huida había sido forzosa. Algunas mujeres poseen un misterioso sentido de la intuición, una facultad curiosa e indescriptible de saber cuándo el mal las amenaza, lo cual presenta un extraño y desconcertante problema para nuestros científicos. Es inexplicable, y aun así, muchas mujeres lo poseen en un grado muy marcado. ¿Era posible, por lo tanto, que Elma hubiera despertado y, siendo advertida de su peligro, hubiera huido sin despertarnos? La sugerencia era posible, pero temía que improbable.

Otro rasgo muy curioso en el asunto era la manera repentina en la que Michael Boranski había ejercido su poder e influencia para prestarme aquel servicio. De hecho, había sobornado a los guardias de Kajana; había dado instrucciones al fiel Felix, había proporcionado nuestro bote y había ordenado a la monja que me abriera la compuerta. ¿Por qué?

Había, estaba convencido, algún motivo oculto en toda esa repentina y marcada amabilidad. Que él realmente odiaba a los ingleses lo había visto claramente cuando nos conocimos por primera vez, y solo le había obligado a servirme presentando la orden firmada por el Emperador, la cual me convertía en su invitado dentro de los dominios rusos. Incluso ese documento no explicaba hasta dónde había llegado para asegurar la liberación de la mujer a quien ahora amaba en secreto. Cuanto más lo pensaba, más ansioso me volvía. No podía discernir ningún motivo para su amabilidad y, a decir verdad, siempre desconfío de aquellos que son demasiado amables. ¿Qué línea de acción directa y decidida debía tomar? Repasé cuidadosamente todos los extraños sucesos que habían ocurrido en Inglaterra, y aunque ansioso por obtener alguna solución al asombroso problema, no podía decidirme a abandonar Finlandia y permitir que Elma cayera en las garras de aquel alto funcionario que tan persistentemente buscaba su fin. No. Iría hacia él y le haría frente. Estaba ansioso por ver qué clase de hombre era "El Estrangulador de Finlandia". Por lo tanto, esa misma tarde salí de Abo y viajé en tren hasta el empalme de Toijala, desde donde, tras una espera de seis horas, reanudé mi lento viaje hacia Helsingfors. Me alojé en el Kamp's, un elegante hotel en la larga explanada con vistas al puerto, y descubrí que la ciudad, con sus hermosas calles y espaciosas plazas, era un lugar mucho más refinado de lo que había creído. Cuando pregunté al director francés de mi hotel por la residencia de su Excelencia, el Gobernador General, me miró con cierta sorpresa, diciendo:

—El Barón vive en el Palacio, m'sieur; ese gran edificio frente al Salutong. El conductor de su drosky se lo señalará.

—¿Se encuentra su Excelencia en Helsingfors en este momento? —pregunté.

—El Barón nunca sale del Palacio, m'sieur —respondió el hombre—. Este es un país extraño, ya sabe —añadió, con una sonrisa burlona—. Se dice que su Excelencia vive con el temor constante de ser asesinado.

—Quizás no sin motivo —comenté en voz baja, ante lo cual él encogió los hombros y sonrió.

Al mediodía bajé de un drosky frente a un largo, gris y macizo edificio, sobre cuya gran puerta había un enorme escudo de armas que lucía las armas rusas esmaltadas en oro, y al entrar, donde un centinela permanecía a cada lado, un colosal conserje con librea azul brillante y oro salió a mi encuentro, preguntando en ruso:

—¿A quién desea ver?

—A su Excelencia, el Gobernador General.

—¿Tiene una cita?

—No.

—Su Excelencia no recibe a nadie sin cita —me dijo el hombre con cierta brusquedad.

—No estoy aquí por asuntos públicos, sino por un asunto privado —expliqué—. ¿Quizás podría ver al secretario de su Excelencia?

—Si lo desea, pero le repito que su Excelencia no recibe a nadie sin una cita previa.

Lo sabía muy bien, pues el "Estrangulador de Finlandia", temeroso de ser asesinado, era tan inaccesible como el propio Zar. Siguiendo las instrucciones del conserje, sin embargo, crucé un gran patio desierto y, subiendo una ancha escalera de piedra, me encontré con un sirviente que, al oír mi consulta, me llevó a una sala de espera y se marchó con mi tarjeta hacia el Coronel Luganski, de quien me informó que era el secretario privado del Barón.

Tras unos diez minutos, el hombre regresó diciendo:

—El Coronel le recibirá si tiene la bondad de seguirme —y, siguiéndolo, me condujo a los lujosamente amueblados apartamentos privados del Palacio, cruzando un gran salón lleno de pinturas refinadas y luego subiendo por un largo pasillo alfombrado hasta una pequeña y elegante habitación, donde un hombre alto y calvo con uniforme militar estaba esperándome.

—Su nombre es M'sieur Gregg —exclamó en un muy buen francés—, y entiendo que desea una audiencia con su Excelencia, el Gobernador General. Lamento, sin embargo, que nunca concede audiencias a extraños.

—El asunto por el cual deseo ver a su Excelencia es de naturaleza puramente privada y confidencial —dije, pues acostumbrado como estaba a los modos de la burocracia extranjera, hablé con la misma firme cortesía que él.

—Lo siento mucho, m'sieur, pero me temo que será necesario en ese caso que escriba a su Excelencia y marque su carta como "personal". Entonces irá directamente a las manos del Gobernador General.

—Lo que tengo que decir no puede ser puesto por escrito —fue mi respuesta—. Debo ver al Barón Oberg sobre un asunto que le afecta personalmente y que no admite demora.

Me miró rápidamente y luego, en voz baja, preguntó:

—¿Se trata de una... bueno, una conspiración?

Su pregunta me sugirió instantáneamente una estratagema y respondí afirmativamente.

—Entonces puede exponer los hechos ante mí sin la menor vacilación —dijo, yendo hacia la puerta y deslizando el cerrojo en su pestillo—. Cualquier cosa dicha a mi oído es como si fuera dicha al de su Excelencia mismo.

—Lamento mucho, M'sieur el Coronel, que deba ver al Barón en persona.

—¿Tiene el complot como objetivo el asesinato, o una revuelta? —preguntó directamente.

—Eso se lo explicaré solo al Barón.

—Pero le digo que no le recibirá. Tenemos muchas personas aquí con información secreta referente a conspiraciones finesas contra nuestro gobierno ruso. Vaya, si su Excelencia recibiera a todos los que desean verle, se vería obligado a dar audiencias las veinticuatro horas del día.

De un vistazo vi que este elegante Coronel, que parecía enorgullecerse enormemente de su persona exquisitamente cuidada y su uniforme impecable, no tenía intención de permitirme la satisfacción de una audiencia con ese funcionario tan odiado del Zar. Este último vivía con miedo a la daga, la pistola o la bomba y, por consiguiente, se blindaba con personas del tipo del Coronel: corteses, diplomáticos, pero absolutamente inflexibles. Tras una discusión más, dije finalmente en tono firme:

—Deseo hacerle entender la extrema importancia de la información que debo transmitir, y solo puedo repetir que es un asunto que concierne a su Excelencia en privado. ¿Me hará, por tanto, el favor de llevarle mi nombre?

—Su Excelencia se niega a ser molestado con los nombres de extraños —fue su fría respuesta, mientras volteaba mi tarjeta en su mano.

—Pero si escribo en ella la naturaleza de mi asunto y la incluyo en un sobre, ¿la llevará entonces ante él? —sugerí.

Vaciló por un momento, retorciéndose el bigote, y luego respondió con gran renuencia:

—Bueno, si está tan decidido, puede escribir su asunto en su tarjeta.

Tomé una, por lo tanto, y al dorso escribí en francés las palabras que sabía debían tener el efecto de conseguirme una audiencia:

"Para dar información respecto a la señorita Elma Heath."

Esto lo incluí en el sobre que él me entregó y, al hacer sonar una campana, se lo dio al lacayo que apareció, con órdenes de llevarlo ante su Excelencia y esperar una respuesta. La respuesta llegó en pocos minutos.

—Su Excelencia concederá una audiencia al m'sieur inglés.

Entonces me levanté y seguí al lacayo a través de varios anchos corredores llenos de palmeras y flores, que formaban una especie de jardín de invierno, hasta que cruzamos una antesala alfombrada de rojo, donde dos centinelas estatuarios permanecían de guardia, y el hombre que me conducía llamó a las grandes puertas de caoba pulida de la habitación contigua.

Una voz respondió, la puerta se abrió y me encontré en una habitación alta y bellamente pintada, con ventanas largas adornadas con seda azul pastel y pesados flecos dorados, una alfombra azul pastel y, en la pared opuesta, un gran dosel de rico terciopelo púrpura que lucía el águila bicéfala bordada en oro. El apartamento estaba espléndidamente decorado y, en el centro del suelo de parqué, de espaldas a la luz, se encontraba la figura delgada y nervuda de un hombre anciano con un fúnebre levitón, en cuya solapa se veía la cinta roja y amarilla de la Orden de Santa Ana. Tenía las manos detrás de la espalda y permanecía intencionalmente en tal posición que, cuando entré, no pude ver su rostro al principio contra la fuerte luz gris de atrás.

Pero cuando el lacayo hizo una reverencia y se retiró, y quedamos solos, él se giró ligeramente, y entonces vi que su rostro huesudo, con pómulos altos, patillas grises ralas, boca dura y ojos negros muy juntos, era uno que llevaba la marca del mal; el rostro agudo y siniestro de alguien que podía actuar sin remordimiento y sin arrepentimiento. Ciertamente, a uno no le sorprendería ninguna acción cruel y cobarde de un hombre con tal rostro: el rostro de un opresor.

—¿Bien? —espetó en francés con voz aguda—. ¿Quiere verme respecto a esa chica inglesa loca? ¿Qué mentiras pintorescas pretende contarme sobre ella?

—No tengo intención de contar falsedades sobre ella —fue mi rápida respuesta, mientras le enfrentaba sin pestañear—. Ella me ha contado lo suficiente para...

—¡Ella le ha contado algo! ¡Ah! ¡Lo supuse! ¡Esperaba esto! —Y vi que su rostro delgado y astuto palideció, mientras sus ojos me miraban con malicia. Creía que ella me había revelado su secreto. Colocó su mano sobre el respaldo de una silla donde estaba oculto un botón eléctrico, y al instante siguiente un hombre bajo y robusto, vestido de negro raído, apareció como por arte de magia a través de una puerta secreta oculta en el oscuro panelado de la cámara de audiencias: el hombre que era su guardia personal contra los complots de asesinato.

Su Excelencia habló, y las palabras que pronunció me dejaron estupefacto. Me quedé horrorizado.

—¡Arresten a ese hombre! —gritó, señalándome—. ¡Está armado! ¡Acaba de amenazar con matarme! ¡Es el hombre contra quien fuimos advertidos recientemente; el inglés!

—¡Ah! —grité, plantándome ante el funcionario de rostro delgado del Zar, el hombre sin escrúpulos que había aplastado a Finlandia bajo el talón de hierro de Rusia, y quien, con su alegación mendaz, ahora me tenía en su poder—. ¡Veo su objetivo, Barón Oberg! ¡Pretende arrestarme como conspirador!

—Registren al sujeto. Tiene un revólver ahí en el bolsillo trasero —declaró el Gobernador General, y en un instante el hombrecillo bajo y de ojos de hurón me había palpado y sentido mi arma.

La saqué y se la entregué, diciendo:

—Es toda suya si teme que estoy aquí con algún motivo siniestro.

—Obtuvo el acceso mediante una estratagema inteligente —explicó el Barón al agente de policía—. Y luego me amenazó.

—Es falso —protesté con vehemencia—. Solo he venido a verle respecto a la joven inglesa, Elma Heath; la desafortunada dama a quien usted confinó en la fortaleza de Kajana.

—¡La loca, querrá decir! —se rio.

—No está loca —grité—, sino tan cuerda como usted mismo. ¡Es usted quien pretendía que los horrores del castillo la volvieran loca, y así su secreto se mantendría!

—¿Qué sugiere? —preguntó, dando unos pasos hacia mí.

—Quiero decir, Xavier Oberg, que usted mataría a Elma Heath si se atreviera a hacerlo —respondí claramente, mientras le enfrentaba sin vacilar.

—¿Lo ve? —se rio, girándose hacia el hombre robusto a mi lado—. El sujeto está loco. No sabe de lo que habla. ¡Ah, mi querido Malkoff, me he librado por los pelos! Vino aquí con la intención de dispararme.

—No lo hice —protesté—. Estoy aquí para exigir satisfacción en nombre de la señorita Heath.

—¡Oh!, bueno, si la dama desea venir aquí ella misma, le daré la satisfacción que desea —fue su astuta respuesta.

—La dama ha escapado de usted, por lo que difícilmente será probable que regrese voluntariamente a Helsingfors —dije.

—Fue usted quien logró, arrojando al guardia al agua, secuestrarla del castillo —observó. Pero —añadió con desdén, con una sonrisa siniestra—, supongo que su caballerosidad fue motivada por el afecto, ¿eh?

—Eso es asunto mío.

—¡Una mujer sorda y muda seguramente no es una compañera muy alegre!

—¿Y quién le causó esa aflicción? —grité con vehemencia—. Cuando estaba en Chichester, poseía el habla y el oído como las otras chicas. De hecho, no estaba afligida cuando estaba a bordo del Lola en el puerto de Livorno hace solo unos meses. ¿Quizás recuerda la estrecha escapada que tuvo el yate en las arenas de Meloria?

Sus ojos se encontraron con los míos, y vi por su rostro contraído y sus cejas estrechas que mis palabras le estaban causando la mayor consternación. Mi objetivo era hacerle creer que sabía más de lo que realmente sabía; mantenerlo bajo miedo, de hecho.

—Quizás el hombre a quien algunos conocen como Hornby, o Woodroffe, podría contar una historia interesante —continué—. Sin duda lo hará cuando se encuentre con Elma Heath y descubra la terrible aflicción de la que ha sido víctima.

Su rostro delgado y huesudo estaba exangüe, su boca se contrajo y sus cejas grises se fruncieron rápidamente.

—No tengo la menor idea de lo que quiere decir, mi querido señor —balbuceó—. Todo lo que dice es completamente enigmático para mí. ¿Qué tengo yo que ver con los asuntos de esta inglesa loca?

—Mande salir a este hombre —dije, señalando al detective Malkoff, quien había aparecido desde detrás del panelado de la cámara de audiencias—. Mándelo salir y se lo diré.

Pero el representante del Zar, siempre tan temeroso del asesinato como su amo imperial, se negó. Vi que lo que había dicho le había alterado, y que no tenía en absoluto claro cuánto o cuán poco de los hechos reales conocía yo.

La conexión entre la pequeña cruz en miniatura de la Orden de Santa Ana y esa cinta roja y amarilla en su ojal me golpeó con fuerza en ese momento, y dije:

—No tengo deseo de hacer ninguna declaración ante una segunda persona. Vine aquí para verle en privado, y en privado hablaré. Tengo cierta información que, estoy seguro, será de su mayor interés; respecto a otra mujer, Armida Santini.

Sus labios se apretaron, y noté cómo se sobresaltó cuando pronuncié el nombre de aquella mujer a quien había encontrado muerta en Rannoch Wood, y cuyo cuerpo había desaparecido tan misteriosamente.

—¿Y qué demonios puede concernirme esa mujer? —preguntó, con un valiente intento de mantenerse sereno, todavía hablando en francés.

—Solo que usted la conocía —fue mi breve respuesta. Luego, con mis ojos aún fijos en los suyos, pregunté: —¿No solicitará ahora a este caballero que se retire?

Vaciló un momento, y luego, con un movimiento de su mano, despidió al hombre al que había convocado en su ayuda. Un momento después, el protector personal del "Estrangulador" había desaparecido a través de esa puerta secreta en el panelado por la que había entrado.

—¿Bien? —preguntó el Barón, girándose rápidamente hacia mí de nuevo, sus ojos oscuros y malvados tratando de sondear mis intenciones.

—¿Bien? —pregunté—. ¿Y qué, le ruego, puede ganar denunciándome como asesino? Recuerde, Barón, que su secreto es mío —dije con voz clara y llena de significado.

—¿Y su intención es el chantaje, eh? —espetó, caminando hacia la ventana y regresando—. ¿Cuánto quiere?

—Mi intención no es nada de eso. Mi objetivo es vengar la indignante lesión a Elma Heath.

—Por supuesto. Eso es natural, m'sieur, si se ha enamorado de ella —dijo—. Pero, ¿no son sus intenciones algo imprudentes considerando su posición como lunática criminal?

—No lo es —protesté rápidamente.

—Muy bien. Usted sabe más que yo —se rio—. La ofensa por la cual fue condenada al confinamiento en una fortaleza fue el intento de asesinato de Madame Vakuroff, esposa del General al mando de la División Militar de Uleaborg.

—¡Asesinato! —grité—. ¿La ha enviado realmente a prisión como asesina?

—Yo no. Lo hizo el Tribunal Penal de Abo —dijo secamente—. La ofensa ha sido probada desde entonces como resultado de una conspiración política, y el Ministro del Interior en Petersburgo firmó la semana pasada una orden para el transporte de la prisionera a la isla de Sajalín.

—¡Ah! —observé apretando los dientes—. Porque teme que ella escriba su secreto.

—¡Es usted un insulto! Evidentemente no sabe lo que está diciendo —exclamó con resentimiento.

—Sé muy bien lo que digo. Usted ha solicitado su traslado a Sajalín para que la verdad nunca se sepa. Pero Barón Oberg —añadí con falsa cortesía—, puede hacer lo que quiera, puede enviar a Elma Heath a su tumba, puede tenerme prisionero si se atreve, pero aún hay testigos de su crimen que se alzarán contra usted.

En un instante se puso lívido, y supe que mi disparo a ciegas había dado en el blanco. El hombre ante mí era culpable de algún crimen, pero qué era, solo Elma podría decirlo. Que la hubiera arrestado por un intento de asesinato político solo mostraba cuán ingeniosa y astutamente el gobernante sin corazón de aquel país arruinado había trazado sus planes. Temía a Elma y, por lo tanto, había conspirado para enviarla a esa lúgubre isla penal en el lejano Pacífico.

—¿No teme ser arrestado, m'sieur? —preguntó, como si sintiera cierta sorpresa.

—En absoluto; al menos, no arrestado por usted. Puede ser el representante del Emperador en Finlandia, pero incluso aquí hay justicia para los inocentes.

Una sonrisa siniestra jugó alrededor de los delgados labios grises del hombre cuyo nombre era odiado a través del gran imperio del Zar, y era sinónimo de opresión, injusticia y tiranía sin corazón.

—Todo lo que puedo repetir —dijo— es que si trae a la joven inglesa aquí, estaré bien preparado para escuchar su apelación. —Y se rio con dureza.

—Pide eso porque sabe que es imposible —dije, ante lo cual volvió a reírse en mi cara; una risa que me hizo preguntarme si Elma no habría caído ya en sus manos. La incertidumbre de su destino me mantenía en un suspenso terrible.

—Solo deseo hacerle entender el hecho de que no tengo el menor interés en absoluto en la persona en cuestión —dijo fríamente—. Parece haber formado algún apego romántico hacia esta joven que intentó envenenar a Madame Vakuroff, y haber logrado rescatarla de Kajana. ¡Después ignora el hecho de que usted mismo está expuesto a un largo periodo de encarcelamiento y tiene realmente la audacia de buscar una audiencia conmigo y hacer todo tipo de insinuaciones y sugerencias de que he mantenido a la mujer prisionera para mis propios fines!

—No solo repito eso, Barón Oberg —dije rápidamente—. Sino que también alego que fue bajo su instigación que en Siena se realizó una operación a la desafortunada chica que la privó del habla y el oído.

—¿Bajo mi instigación?

—¡Sí, bajo la suya!

Se rio de nuevo, pero con incomodidad, una risa forzada, y se apoyó contra el borde de la gran mesa de escritorio cerca de la ventana.

—Bueno, ¿qué sigue? —preguntó, fingiendo estar interesado en mis alegaciones—. ¿Qué quiere de mí?

—Deseo que le dé a Mademoiselle Heath su completa libertad —dije.

—¿Es eso todo?

—Todo; por el momento.

—Pero su futuro no está en mis manos. El Ministro en Petersburgo ha decretado su traslado a Sajalín como persona peligrosa para el Estado.

—Lo que significa que será maltratada; azotada hasta la muerte, tal vez.

—No usamos el látigo en las prisiones rusas hoy en día —dijo brevemente—. Su Majestad ha decretado su abolición.

—Pero en su lugar usted adopta la tortura en Kajana y Shlisselburg.

«Mi tiempo es demasiado limitado para discutir nuestro sistema penal, m'sieur», exclamó con impaciencia, mientras yo bien podía ver que estaba ansioso por escapar antes de que yo presentara más cargos contra él. Ya le había demostrado que Elma había hablado, y temía que ella hubiera dicho la verdad. Aunque esto lo amargaría contra ella y le llevaría a intentar silenciarla a toda costa, por supuesto que redundaba en mi propio interés que él temiera cualquier revelación que yo pudiera hacer.

«Usted se ha hecho pasar en Inglaterra por el tío de Elma Heath, y sin embargo, aquí la mantiene prisionera. ¿Por qué razón?», exigí.

«Está retenida por el Estado —por conspiración contra el gobierno ruso—, no por mí personalmente».

«¿Quién la atrajo aquí? Pues usted mismo. ¿Quién conspiró para echarle a ella la culpa de este intento de asesinato de la esposa del general? Usted... ¡usted, el hombre al que llaman "El Estrangulador de Finlandia"! Pero vengaré la cruel y abominable aflicción que le ha causado. Su secreto... su secreto, barón Oberg, será publicado ante el mundo. Usted es su enemigo, ¡y por lo tanto el mío!».

«Muy bien», gruñó entre dientes, avanzando hacia mí de forma amenazadora, con los puños apretados por la rabia. «Recuerde, m'sieur, que me ha insultado. Recuerde que soy el Gobernador General de Finlandia».

«Si usted fuera el mismísimo Zar, no dudaría en denunciarlo como el tirano y mutilador de una pobre mujer indefensa».

«¿Y a quién, por favor, le contará esta romántica historia suya?», se rio con voz ronca. «¿A los muros de su prisión bajo el lago en Kajana? Sí, M'sieur Gregg, irá allí, y una vez dentro de la fortaleza no volverá a ver la luz del día. ¡Usted me amenaza a mí, el Gobernador General de Finlandia!», se rio con una nota extraña y aguda mientras se arrojaba a una silla y garabateaba algo rápidamente en un papel, añadiendo su firma con su pequeña y tosca caligrafía.

«No amenazo», dije desafiante, «voy a actuar».

«Y yo también», dijo con una mueca maligna en su rostro huesudo mientras secaba lo que había escrito y lo tomaba, añadiendo: «En la oscuridad y el silencio de su tumba viviente, puede contar las historias extrañas que quiera sobre mí. Están acostumbrados a los idiotas donde usted va», añadió con severidad.

«¡Oh! ¿Y a dónde voy?».

«De vuelta a Kajana. Esta orden lo destina al confinamiento allí como un peligroso conspirador político, como alguien que me ha amenazado... ¡lo destina a las celdas bajo el lago, de por vida!».

Me reí a carcajadas, y mi mano buscó mi cartera, donde estaba ese documento todopoderoso: la orden del Emperador que me otorgaba, como invitado imperial, inmunidad frente a cualquier arresto. La presentaría como mi carta de triunfo.

Al segundo siguiente, sin embargo, contuve el aliento, y creo que debí palidecer. ¡Mi bolsillo estaba vacío! ¡Me habían robado la cartera! Total e indefensamente había caído en manos del tirano del Zar.

Su propio interés personal sería enviarme a una tumba viviente en esa sombría fortaleza de Kajana, cuyos horrores eran inenarrables. Había visto lo suficiente durante mi inspección de las prisiones rusas como periodista para saber que allí, en la estrangulada Finlandia, no me tratarían con la misma consideración o humanidad que en Petersburgo o Varsovia. El Gobernador General me enviaba a Kajana como un «político», lo cual era sinónimo de una sentencia de muerte en aquellos húmedos y oscuros calabozos bajo el agua, tan terribles como los de la Bastilla de París.

Nos enfrentamos el uno al otro, y lo miré directamente a su rostro gris y huesudo, y respondí en tono desafiante:

«Usted es Gobernador General, es cierto, pero creo que reflexionará antes de enviarme, un inglés, a prisión sin juicio. Sé perfectamente que los ingleses son odiados por Rusia, pero le aseguro que en Londres no sentimos ningún amor por su nación ni por sus métodos».

«Sí», se rio, «tiene toda la razón. Rusia no tiene uso para un aliado decadente como lo es Inglaterra».

«Decadente o poderoso, mi país sigue siendo capaz de presentar un ultimátum cuando la diplomacia lo requiere», dije. «Por lo tanto, no tengo miedo. Envíeme a prisión, y le digo que la responsabilidad recae sobre usted mismo». Y cruzando mis brazos mantuve mis ojos intensamente sobre los suyos, para que no viera que vacilaba.

«En cuanto a la responsabilidad, ciertamente no la temo, m'sieur», dijo.

«Pero la exposición que resultará... ¿está preparado para afrontarla?», pregunté. «¿Quizás no sabe que otros además de mí... una persona más, de hecho, que es diplomático, sabe de mi viaje aquí? Si no regreso, su Ministerio de Asuntos Exteriores en Petersburgo será presionado para dar una razón».

«La cual no darán».

«Entonces, si no lo hacen, la verdad saldrá a la luz», dije riendo con amargura, pues vi lo decidido que se había vuelto a mantenerme prisionero. «Vamos, llame a su esbirro y envíeme a Kajana. Será el primer paso hacia su propia caída».

«Ya veremos», gruñó.

«¡Ah! Seguramente no pensará que yo, tras diez años de servicio en el cuerpo diplomático británico, me atrevería a venir a Finlandia en esta misión... me atrevería a enfrentarme a la podrida y corrupta burocracia que Rusia ha instalado en este país... ¿sin tomar primero alguna precaución adecuada? No, Barón. Por lo tanto, le desafío, y dejo Helsingfors esta misma noche».

«No lo hará. Está bajo arresto».

Me reí de buena gana y chasqueé los dedos, diciendo:

«Antes de entregarme a su policía, telegrafíe primero a su Ministro de Hacienda, Monsieur de Witte, y pregúntele quién y qué soy».

«No le entiendo».

«Simplemente tiene que enviar mi nombre y descripción al Ministro y pedir una respuesta», dije. «Él le dará instrucciones... o, si así lo desea, pregúntele a su Majestad usted mismo».

«¿Y por qué, dígame, se preocupa su Majestad por usted?», preguntó, intrigado de inmediato.

«Lo sabrá más tarde, después de que yo esté confinado en Kajana y su secreto sea conocido en Petersburgo».

«¿Qué quiere decir?».

«Quiero decir», dije, «quiero decir que he tomado todas las medidas necesarias para estar prevenido contra usted. El día que sea encarcelado por su orden, toda la verdad será conocida. Yo no seré quien sufra, sino usted».

Mis palabras, deliberadamente enigmáticas, le engañaron. Vio el curso de mi argumento y, al desconocer por supuesto cuánto sabía yo, seguía temiéndome. Mi única incertidumbre era el destino real de la pobre Elma. Me habían robado la cartera, con un propósito, sin duda, pues el ladrón me había privado del más importante de todos los documentos, el "ábrete sésamo" de todas las puertas cerradas: el ucase del Zar.

«¡Me desafía!», dijo con voz ronca, volviéndose hacia la ventana con la orden escrita para mi encarcelamiento como político aún en su mano. «Pero ya veremos».

«Usted gobierna Finlandia», dije en un tono duro, «pero no tiene poder sobre Gordon Gregg».

«Tengo poder, y pretendo ejercerlo».

«Para su propia ruina», comenté con una sonrisa llena de confianza. «Puede dar órdenes a sus torturadores de que me maten... órdenes de que ocurra un accidente fatal dentro de la fortaleza... pero le digo francamente que mi muerte no borrará ni ocultará sus propios delitos. Hay otros, allá en Inglaterra, que están al tanto de ellos, y que, para vengar mi muerte, dirán la verdad. Recuerde que, aunque Elma Heath haya sido privada tanto del oído como del habla, aún puede escribir los hechos reales en blanco y negro. El Zar puede ser su patrón, y usted su favorito, pero su Majestad no tolera a los funcionarios que son culpables de lo que usted es culpable. ¡Habla de arrestarme!», añadí con una sonrisa. «Vaya, más bien debería arrodillarse y rogar por mi silencio».

Se puso pálido de rabia ante mi mordaz sarcasmo. Literalmente hirvió, pues vio que yo estaba muy tranquilo y no tenía miedo de él ni del terrible castigo al que pretendía destinarme. Además, estaba lleno de asombro con respecto a la cantidad exacta de información que Elma me había transmitido.

«Hay ciertas personas», continué, «a quienes les interesaría intensamente saber la verdadera razón por la que el yate de vapor Lola recaló en Livorno; por qué fui agasajado a bordo; por qué la caja fuerte del Consulado británico fue saqueada, y por qué la desafortunada joven, mantenida prisionera a bordo, fue llevada a tierra justo antes de la apresurada partida del navío. Y hay otros misterios que la policía inglesa está tratando de resolver, a saber, la razón por la que Armida Santini y un hombre disfrazado de su marido murieron en Escocia a manos de un asesino. Pero seguramente no necesito decir más. Es ciertamente suficiente para convencerlo de que, si se dijera la verdad, las revelaciones serían claramente incómodas».

«¿Para quién?», preguntó, abriendo los ojos.

«Para usted. Vamos, Barón», dije, «¿no podemos hablar todavía con franqueza?».

Pero permaneció en silencio un momento, un hecho que era en sí mismo una prueba de que mi agudo argumento le había hecho reconsiderar su intención de enviarme bajo escolta de vuelta a ese castillo del terror.

Si mi viaje allí fuera para encontrarme con mi amor, no me habría importado. Era la ignorancia de su paradero o de su destino lo que me mantenía en tal ansiedad profunda y absorbente. Cada hora que pasaba aumentaba mi afecto tierno y profundo por ella. ¡Y sin embargo, qué ironía del destino! Había sido cruelmente arrebatada de mi lado en el mismo momento en que la libertad era nuestra.

Creo que fue bueno que asumiera ese aire de desafío ante el hombre que había pisoteado a Finlandia bajo su talón. No estaba acostumbrado a ello. Nadie se atrevía a ir contra su voluntad, ni a lanzarle burlas o amenazas. Él era supremo, con todos los poderes de un emperador... el poder, de hecho, de vida o muerte. Por lo tanto, no estaba acostumbrado a ser frustrado ni criticado, y pude ver que mis palabras habían despertado en él un tumulto hirviente de resentimiento y rabia. No le dije nada sobre la pérdida de mi cartera ni del preciado documento que contenía. Mi desafío era meramente por principio.

«Arrésteme si quiere. Denúncieme por medio de cualquier mentira que surja de sus labios, pero recuerde que la verdad se conoce más allá de los confines del Imperio Ruso, y por esa razón se buscarán rastros de mí y se exigirá una explicación completa. He tomado precauciones, Xavier Oberg», añadí, «así que haga su peor esfuerzo. ¡Repito de nuevo que le desafío!».

Se paseó por la gran sala, sus finas manos como garras aún apretadas, sus dientes amarillos rechinando, sus oscuros ojos hundidos fijos directamente ante él. Si se hubiera atrevido, me habría derribado a sus pies. Pero no se atrevió. Vi demasiado claramente que, incluso aunque mi cartera hubiera desaparecido, yo aún tenía la carta de triunfo: que él me temía.

La mención que había hecho del Ministro de Hacienda, sin embargo, pareció causarle una considerable vacilación. Aquel alto funcionario tenía el oído del Emperador, y si yo fuera un amigo podría haber indagaciones. Mientras estaba de pie ante él, apoyado contra una pequeña mesa de marquetería, observé todos los complejos procesos de su mente e intenté leer el misterioso motivo que le había llevado a destinar a la pobre Elma a Kajana.

Era un orgulloso bravucón, que no poseía ni piedad ni remordimiento, un espécimen promedio del alto funcionario ruso, un burócrata de mente cerrada, esclavo de la etiqueta y poseedor de un barniz de cortesía. Pero bajo todo ello vi que era un cobarde con un miedo mortal al asesinato... un cobarde que temía que algún secreto fuera revelado. Esa puerta oculta en el panel con la guardia armada acechando detrás era evidencia suficiente de que no era el intrépido Gobernador General que popularmente se suponía. Él, «El Estrangulador de Finlandia», había aplastado a la valiente nación hasta la sumisión, arruinando su comercio, minando el país al reclutar a su juventud en el ejército ruso, prohibiendo el uso del idioma finlandés y gravando a la gente con impuestos hasta que las fábricas se vieron obligadas a cerrar mientras el campesinado pasaba hambre. Y ahora, al borde de la revuelta, había surgido un grupo de patriotas que resentían la ruina, y que ya habían advertido a su Majestad por carta que, si el barón Oberg no era destituido de su cargo, moriría.

Estos y otros pensamientos pasaron por mi mente en el silencio que siguió a nuestra acalorada discusión, pues vi claramente que él sentía verdadero miedo de mí. Le había hecho creer que sabía todo y que su futuro estaba en mis manos, mientras él, por su parte, estaba ansioso por mantenerme prisionero, y sin embargo no se atrevía a hacerlo.

Mi cartera probablemente había sido robada por algún espía policial al acecho, pues los agentes rusos abundan por todas partes en Finlandia, informando de conspiraciones que no existen y denunciando a los inocentes como «políticos».

El Barón se había detenido y estaba mirando a través de una de las grandes ventanas hacia el patio, donde los centinelas patrullaban. El palacio era para él una prisión dorada, pues no se atrevía a salir a dar un paseo por uno u otro parque ni a tomar el aire en el agua hacia Hogholmen o Dagero, viéndose obligado a permanecer allí durante meses sin mostrarse públicamente. La gente en Abo me había dicho que cuando salía a las calles de Helsingfors era de noche, y solía disfrazarse con el uniforme de un soldado raso de la guardia, escapando así al reconocimiento de aquellos que, llevados a la desesperación por la injusticia, buscaban su vida.

Un largo silencio había caído entre nosotros, y ahora se me ocurrió aprovechar su vacilación. Por lo tanto, dije con voz firme, en francés:

«Creo, Barón, que nuestra entrevista ha terminado, ¿no es así? Por lo tanto, le deseo un buen día».

Se volvió hacia mí repentinamente con un destello maligno en sus ojos oscuros y una imprecación gruñida en ruso en sus labios. Su mano aún sostenía la orden que me enviaba a la fortaleza.

«Pero antes de irme, destruirá ese documento. Podría caer en otras manos, sabe», y caminé hacia él con rápida determinación.

«¡No haré nada de eso!», espetó.

Sin decir una palabra más, arrebaté el papel de sus finos dedos blancos y lo hice pedazos ante su rostro. Su semblante se puso lívido. No creo haber visto nunca el rostro de un hombre asumir tal expresión de vengativa maldad. Fue como si en ese instante el infierno se hubiera desatado dentro de su corazón.

Pero giré sobre mis talones y salí, pasando junto a los centinelas en la antecámara, a lo largo de los pasillos llenos de flores y cruzando el patio hacia la entrada principal, donde el espléndido conserje me saludó mientras salía a la plaza.

Había escapado mediante mi propia diplomacia y firmeza. El representante del Zar, el hombre que gobernaba aquel país, me temía, y por esa razón no me mantenía prisionero. Sin embargo, cuando recordé esa mirada maligna de venganza al partir, no pude evitar que surgieran en mí ciertos sentimientos de grave aprensión.

Regresando a mi hotel, fumé un cigarro en mi habitación y reflexioné. ¿Dónde estaba Elma? era la pregunta principal que surgía en mi mente. Al permanecer en Helsingfors no podía lograr nada más, ahora que había conocido al opresor, mientras que si regresaba a Abo podría quizás ser capaz de obtener alguna pista sobre el paradero de mi amor. La llamo mi amor porque compadecía y amaba a la pobre joven afligida que estaba tan indefensa y desprotegida.

Por lo tanto, tomé el tren de medianoche de vuelta a Abo, llegando al hotel a la mañana siguiente. Tras una hora de descanso, partí ansioso en busca de Félix, el conductor de droshky. Lo encontré en su casa construida de troncos en el barrio de Ludno, y cuando me invitó a entrar vi, por su rostro, que tenía noticias que comunicarme.

«¿Bien?», pregunté. «¿Y qué hay de la dama? ¿Ha sido encontrada?».

«¡Ah! su Excelencia. Es una lástima que no estuviera aquí ayer», dijo con un suspiro.

«¿Por qué? Dígame rápidamente. ¿Qué ha pasado?».

«He estado ayudando a la policía como espía, Excelencia, como suelo hacer a menudo, y la he visto».

«¡Vista! ¿Dónde?», grité con rápida ansiedad.

«Aquí, en Abo. Llegó ayer por la mañana desde Tammerfors acompañada por un inglés. Se había cambiado de vestido, y vestía toda de negro. Almorzaron juntos en el Restaurant du Nord frente al embarcadero, y una hora más tarde partieron en vapor hacia Petersburgo».

«¡Un inglés!», grité. «¿No informó al Jefe de Policía, Boranski?».

«Sí, su Excelencia. Pero dijo que estando sus pasaportes en regla era mejor permitir que la dama continuara. Retrasarla podría significar su nuevo arresto en Finlandia», añadió.

«¿Entonces sus pasaportes fueron visados aquí al embarcar?», exclamé. «¿Cuál era el nombre en el del inglés?».

«Lo tengo aquí escrito, Excelencia. No puedo pronunciar sus difíciles nombres ingleses». Y sacó un trozo de papel sucio donde estaba escrito con letra rusa el nombre:

«Martin Woodroffe».

CAPÍTULO XIII

UN JUEGO DOBLE Y SUS CONSECUENCIAS

Fui a la estación de ferrocarril y, a partir del horario, deduje que si salía de Abo en tren al mediodía podría estar en Petersburgo una hora antes del mediodía del día siguiente, o unas cuatro horas antes de la llegada del vapor en el que viajaban la joven silenciosa y su acompañante. Decidí hacerlo, pero antes de partir hice una visita a mi amigo Boranski quien, para mi sorpresa y deleite, me entregó mi cartera con la carta del Zar intacta, diciendo que había sido encontrada en manos de un ladrón alemán que había sido arrestado en el puerto la noche anterior. El sujeto, sin duda, la había robado de mi bolsillo creyendo que llevaba mi dinero en efectivo en el compartimento.

«El asunto de la dama inglesa es extraordinario», comentó el Jefe de Policía, jugando con su pluma mientras estaba sentado ante su gran mesa. «Parece haber conocido a este inglés allá en Tammerfors, o en algún lugar más al norte, aunque es curioso que su pasaporte estuviera en regla incluso habiendo huido tan precipitadamente de Kajana. Hay un misterio relacionado con su desaparición de la cabaña del leñador que confieso que no puedo descifrar».

«Ni yo», dije. «Conozco al hombre que está con ella, y no puedo evitar temer que sea su enemigo más acérrimo; que esté actuando en concierto con el Barón».

«¿Entonces por qué la lleva a la capital, fuera de la jurisdicción del Gobernador General?».

«Voy directo a Petersburgo para averiguarlo», dije. «Solo he venido a agradecerle su amabilidad en este asunto. A decir verdad, me ha sorprendido un poco que se haya interesado por mi bienestar», añadí, mirando directamente al oficial uniformado.

«No fue por usted, sino por ella», respondió, algo enigmáticamente. «Sé algo del asunto, pero era mi deber como hombre ayudar a la pobre joven a escapar de ese lugar terrible. Ella, lo sé, ha sido injustamente condenada por el intento de asesinato de la esposa de un General; condenada con un propósito, por supuesto. Tal cosa no es inusual en Finlandia».

«¡Abominable!», grité. «Oberg es un verdadero demonio».

Pero el hombre solo se encogió de hombros, diciendo:

«Las órdenes de su Excelencia el Gobernador General deben ser obedecidas, sean cuales sean. A menudo nos arrepentimos, pero no nos atrevemos a negarnos a cumplirlas».

«El gobierno ruso es una desgracia para nuestra civilización moderna», declaré con vehemencia. «Tengo toda la simpatía por aquellos que luchan por la libertad».

«Ah, no está solo en eso», suspiró, hablando en un susurro bajo y mirando a su alrededor. «Su Majestad ordenaría reformas y mejoraría la condición de su pueblo, si solo fuera posible. Pero él, al igual que sus funcionarios, son impotentes. Aquí hablamos del gran levantamiento en voz baja, pero nosotros, ¡ay!, sabemos que debe llegar un día, muy pronto, y Finlandia será la primera en intentar romper sus cadenas, y el Barón Oberg el primero en caer».

Durante casi una hora estuve sentado con él, sorprendido al ver cómo, a pesar de que su exterior era tan duro y tosco, su corazón realmente se desangraba por las pobres personas hambrientas a las que se veía constantemente obligado a oprimir.

«He arruinado esta ciudad de Abo», declaró con total franqueza. «Que yo sepa, quinientas personas inocentes han ido a prisión y otras doscientas han sido exiliadas a Siberia. Sin embargo, lo que he hecho es solo por órdenes directas de Helsingfors; órdenes que son severas, despiadadas e injustas. Se ha arrancado a hombres de sus familias y enviado a las minas, se ha arrestado a mujeres sin motivo alguno y enviado a Saghalien, y simples niños han sido arrojados a prisión bajo cargos de conspiración política con sus mayores, ¡todo para rusificar la provincia! Solo que», añadió con ansiedad, «espero que nunca repita lo que le digo. Usted me ha preguntado por qué ayudé a la señorita inglesa a escapar de Kajana, y le he explicado el motivo».

Comimos una comida abundante juntos en el Sampalinna, un restaurante construido como un chalet suizo, y al mediodía subí al tren en la primera etapa de mi lento y tedioso viaje a través de los grandes bosques silenciosos y a lo largo de las orillas de los lagos del sur de Finlandia, pasando por Tavestehus y Viborg, hacia Petersburgo.

Estaba solo en el compartimento y me senté sombríamente a observar el panorama de bosques y ríos mientras ascendíamos lentamente por las tortuosas subidas y descendíamos por las empinadas cuestas. Ni siquiera tenía un periódico con el cual matar el tiempo, solo mis propios pensamientos aprensivos sobre el lugar al que conducían a mi amor indefenso.

Sin duda, a ningún hombre se le había presentado jamás un problema tan complicado como aquel que yo intentaba resolver con tanto vigor. Amaba a Elma Heath. Cuanto más reflexionaba, más profundamente se grababan en mi corazón su dulce semblante y su tierna gracia. La amaba, por lo tanto, me esforzaba por alcanzarla.

El vapor, según supe, haría escala en Hango y Helsingfors. Me preguntaba si desembarcarían en alguno de esos lugares. ¿Acaso el hombre al que conocía como Hornby, el dueño del Lola, la llevaba para ponerla de nuevo en las manos diabólicas de Xavier Oberg? El solo pensamiento me hizo contener el aliento.

La luz del día llegó por fin, fría y gris, sobre aquellos lúgubres e interminables pantanos donde la caza, especialmente la agachadiza, parecía abundante, y en una pequeña estación en la cabecera de un lago llamado Davidstadt tomé mi vaso de té matutino; luego reanudamos nuestro viaje hacia Viborg, donde un ruso bajo y fornido de la clase comercial, aunque algo presumido, entró en mi compartimento y salimos hacia Petersburgo en tren expreso.

Habíamos pasado por una pequeña estación llamada Galitsina, cerca de la cual había muchas villas ocupadas en verano por familias de Petersburgo, y viajábamos a través de los densos y sombríos bosques de pinos cuando mi compañero de viaje, tras pedir permiso para fumar, comenzó a charlar afablemente. Parecía un tipo agradable y me contó que era comerciante de lana y que había pasado unas agradables vacaciones pescando truchas en el Vuoski, por encima de las cataratas de Imatra, donde las pozas entre los rápidos abundan en peces.

Me había contado que, debido a que la orilla estaba tan llena de maleza y a la claridad del agua, pescar desde las orillas era casi imposible, y cómo tenían que acostumbrarse a pescar al curricán desde un bote tan pequeño que solo tenía espacio para el remero y el pescador.

Entonces comentó de repente:

«Usted es inglés, supongo; ¿quizás de Helsingfors?»

«No», respondí. «De Abo. Crucé desde Estocolmo y voy a Petersburgo».

«Y yo también. Vivo en Petersburgo», añadió. «Quizás nos encontremos algún día. ¿Conoce la capital?»

Le expliqué que ya la había visitado una vez y que había hecho el recorrido habitual de visitas turísticas. Su manera de ser era ágil y directa, como correspondía a un hombre de negocios, pero cuando nos detuvimos en Bele-Ostrof, en el lado opuesto del pequeño río sinuoso que separa Finlandia de la Rusia propiamente dicha, el oficial de aduanas que vino a examinar nuestro equipaje intercambió una curiosa mirada significativa con él.

Mi compañero de viaje creyó que no me había dado cuenta, pero, estando ahora tan alerta, fui astuto para detectar la menor señal o mirada, y decidí de inmediato no decirle nada más sobre mis asuntos. Sin duda, era un espía de «El Estrangulador», que me había seguido desde Abo y solo había entrado en mi vagón para la etapa final del viaje.

Esta revelación me causó cierta inquietud, pues incluso si lograba eludir al hombre al llegar a Petersburgo, sin duda podría obtener rápidamente noticias de mi paradero de la policía, a quienes debía enviarse mi pasaporte. Fingí dormitar y me recliné con los ojos entreabiertos observándolo. Cuando vio que no tenía ganas de seguir hablando, tomó el periódico que había comprado y se sumergió en él, mientras yo, por mi parte, intentaba idear algún plan para engañar y escapar a su vigilancia.

El tipo tramaba algo, eso lo sabía. Si Elma huía en secreto y él me vigilaba, sabría que ella estaba en Petersburgo. A toda costa, por el bien de mi amor tanto como por el mío, vi que debía escapar de él. El ingenio y la astucia de los espías de Oberg eran proverbiales en toda Finlandia, por lo que tal vez no estuviera solo o, en cualquier caso, al llegar a Petersburgo obtendría ayuda para mantenerme vigilado. Sabía que el Barón deseaba mi muerte y que, por tanto, no podía ser demasiado precavido ante las trampas. Aquella silla fatal tan astutamente preparada para mí en Lambeth aún estaba vívidamente en mi memoria.

A medida que pasamos por Lanskaya y atravesamos los suburbios exteriores de Petersburgo, mi compañero de viaje se volvió curioso sobre a dónde iba, pero me mostré algo parco y me ocupé de mi maleta hasta que entramos en la gran terminal resonante, desde donde pude ver el Neva brillando bajo la pálida luz del sol y la ciudad más allá. El tipo no hizo ningún intento por seguirme; era un agente secreto demasiado inteligente para eso. Simplemente me deseó «sdravstvuite», se levantó el sombrero cortésmente y desapareció.

Un mozo llevó mi maleta fuera de la estación y crucé el puente en coche hacia el gran hotel donde me había alojado antes, el Europe, en la esquina de Nevski Prospect y la calle Michael. Allí alquilé una habitación al frente con vistas al amplio Nevski, me lavé y luego vigilé desde la ventana la aparición del espía. Ya tenía unas buenas cuatro horas antes de que llegara el vapor de Abo, y tenía la intención de asegurarme de si me seguían o no.

A los veinte minutos, el tipo paseaba por el lado opuesto de la calle, tal como había esperado. Se había cambiado de ropa y presentaba un aspecto tan diferente que a primera vista no lo reconocí. Sabía que había ido allí en coche y tenía la intención de seguirme si salía. Mi posición era de extrema dificultad, porque si bajaba al muelle, con toda seguridad me seguiría.

Tras observar sus movimientos durante diez minutos aproximadamente, bajé al gran comedor y allí almorcé, charlando mientras tanto con el camarero francés. Me senté a propósito en un reservado, para estar lejos de las otras personas que almorzaban allí, y para poder hablar con el camarero sin ser escuchado.

Justo cuando terminaba mi comida y él me entregaba la cuenta, me incliné hacia él y le pregunté:

«¿Quiere ganar veinte rublos?»

«Bueno, m'sieur», respondió, mirándome con cierta sorpresa. «Serían bienvenidos. Soy un hombre casado».

«Bueno, quiero salir de este lugar sin ser observado. Hay un asunto desagradable relacionado con una dama y temo un altercado con un hombre que me espera fuera en el Nevski». Entonces, viendo que dudaba, le aseguré que no había cometido ningún delito y que regresaría por mi equipaje esa misma tarde.

«Podría pasar por la cocina y salir por la entrada de los sirvientes», dijo después de un momento de reflexión. «Si m'sieur lo desea, lo acompañaré. La salida está en una calle trasera que conduce al canal Catalina».

«¡Excelente!», dije. «Vayamos. Por supuesto, ¿no dirá nada?»

«Ni una palabra, m'sieur», y recogió los billetes más los veinte rublos con los que pagué mi cuenta; tomando mi sombrero, lo seguí hasta el final del comedor detrás de una alta mampara de madera, cruzando la enorme cocina y luego a través de un largo pasillo de piedra al final del cual estaba sentado un portero hosco y anciano. Mi guía le dijo una palabra, luego la puerta se abrió y me encontré en un estrecho callejón con el canal más allá.

Mi primera visita fue a una tienda de ropa, donde compré y me puse un abrigo nuevo y ligero, y luego a una sombrerería por un sombrero de forma diferente al que llevaba. Llevé el sombrero de vuelta a un callejón tranquilo que había visto y rápidamente cambié el que llevaba por el nuevo, dejando mi viejo sombrero en un rincón. Luego entré en un café para matar las horas hasta la llegada del buque de Finlandia.

A las cuatro estaba en el muelle, esforzando la vista hacia el mar por cualquier señal de humo, pero no pude ver nada. El sol se estaba ocultando y la amplia extensión de agua hacia el oeste danzaba como oro líquido. La luz se apagó lentamente, el gris frío del atardecer se apoderó de todo. Un viento gélido se levantó y barrió el muelle, haciéndome estremecer. Le pregunté a un trabajador del muelle si el vapor solía llegar tarde, a lo que me respondió que a menudo se retrasaba cinco o seis horas, dependiendo de la demora en Helsingfors.

El crepúsculo se profundizó en la noche y la lluvia cayó con fuerza, pero aun así caminé por las losas mojadas con paciencia, con los ojos siempre puestos hacia el mar esperando la luz del buque que esperaba trajera a mi amor. Mi presencia allí despertó algunas especulaciones entre los que holgazaneaban; sin embargo, esperé con la más profunda ansiedad por si, después de todo, Elma y Hornby no habían desembarcado en Helsingfors.

Poco después de las diez de la noche, una luz brilló a lo lejos y el movimiento de la policía y los mozos en el muelle me indicó que era el buque. Luego, tras otro cuarto de hora de ansiedad, llegó, en medio de grandes gritos y maldiciones mutuas, lentamente al muelle, y los pasajeros finalmente comenzaron a desembarcar bajo la lluvia torrencial.

Uno tras otro subieron por la pasarela, entrando en la oficina de pasaportes y luego en la Aduana, personas de todo tipo y condición —suecos, alemanes, finlandeses y rusos— hasta que de repente vislumbré dos figuras: una, un hombre con un gran abrigo de viaje de tweed y una gorra de golf, y la otra, la esbelta figura de una mujer con una larga capa oscura y un gorro de lana. Los rayos eléctricos cayeron sobre ellos mientras subían juntos por la pasarela mojada, y allí, una vez más, vi el dulce rostro de la mujer silenciosa a la que había llegado a amar con tan ferviente desesperación. El hombre detrás de ella era el mismo que me había entretenido a bordo del Lola; el hombre que se decía era el amante de la fugitiva Muriel Leithcourt.

Sin delatar mi presencia, los observé pasar por la oficina de pasaportes y la Aduana, y luego, al oír la dirección que Martin Woodroffe le dio al isvostchik, me hice a un lado, empapado hasta los huesos, y los vi alejarse en coche.

A las once de la mañana del día siguiente me encontré instalado en el Hotel de Paris, una cómoda posada en la Pequeña Morskaya, tras haber logrado eludir la vigilancia del espía que me había seguido tan hábilmente desde Abo y haber traído mi maleta desde el Hotel Europe.

Estaba bajo el mismo techo que Elma, aunque ella ignoraba mi presencia. Ansioso por comunicarme con ella sin que Woodroffe lo supiera, esperaba ahora mi oportunidad. Al parecer, él había alquilado para ella una agradable habitación al frente con una sala de estar contigua en el primer piso, mientras que él mismo ocupaba una habitación en el tercer piso. Los apartamentos que había contratado para ella eran los más caros del hotel y, por lo que pude deducir del camarero francés a quien di una propina juiciosa, parecía tratarla con toda consideración y amabilidad.

«¡Ah, pobre señorita!», exclamó el hombre mientras estaba en mi habitación respondiendo a mis preguntas. «¡Qué aflicción! Ella escribe todas sus órdenes, porque no puede pronunciar una palabra».

«¿Ha recibido el inglés alguna visita?», pregunté.

«Un hombre, un ruso; un oficial de policía, creo».

«Si recibe a alguien más, hágamelo saber», dije. «Y quiero que le entregue a la señorita una carta mía en secreto».

«Bien, m'sieur».

Me giré hacia la pequeña mesa de escribir y garabateé unas líneas apresuradas para mi amor, anunciando mi presencia y pidiéndole que me concediera una entrevista en secreto tan pronto como Woodroffe estuviera ausente. También le advertí sobre la búsqueda instigada por el Barón y le rogué que me enviara una respuesta.

La nota fue entregada en sus manos, pero aunque esperé en vilo casi todo el día, no envió ninguna respuesta. Mientras Woodroffe estuviera en el hotel, no me atrevía a mostrarme por miedo a que me reconociera, por lo tanto, me vi obligado a fingir indisposición y comer solo en mi habitación.

Tanto los medios por los cuales había conocido a Martin Woodroffe como el motivo eran igualmente un enigma. Por aquella carta que ella había escrito a su compañera de escuela, era evidente que ella tenía algún secreto suyo, ¿pues acaso no había querido enviarle un mensaje de tranquilidad de que no había revelado nada? Esto sugeriría que eran amigos cercanos; sin embargo, por otro lado, algo parecía decirme que él estaba actuando falsamente y que era en realidad un aliado del Barón.

¿Por qué la había traído a Petersburgo? Si hubiera querido rescatarla, la habría llevado en la dirección opuesta, a Estocolmo, donde estaría libre, mientras que él la llevó, siendo una prisionera fugitiva, al mismo centro del peligro. Era cierto que su pasaporte estaba en regla, pero recordé que se había emitido una orden para su traslado a Saghalien, y ahora, una vez arrestada, la perdería para siempre. Este pensamiento me llenó de una intensa ansiedad. Ella estaba en Petersburgo, esa ciudad donde los espías policiales pululan y donde cada recién llegado es registrado y se investigan sus antecedentes. No se había hecho ningún intento de ocultar quién era, por lo tanto, en poco tiempo la policía indudablemente vendría a arrestarla como la criminal fugada de Kajana.

Durante varias horas me senté en mi ventana observando la vida y el movimiento en la calle de abajo, con la mente llena de asombro y oscuros presagios. ¿Le estaba jugando Martin Woodroffe una mala pasada?

Justo después de las seis y media de la tarde, el camarero entró y, entregándome una nota en una bandeja, dijo:

«La señorita, creo, solo en este momento ha podido escribir en secreto».

La abrí con avidez y leí lo siguiente:

QUERIDO AMIGO.—*Estoy tan sorprendida. Pensé que seguías en Abo. Woodroffe tiene una cita a las ocho en el otro lado de la ciudad, así que ven a verme a las 8.15. Debo verte, y de inmediato. Estoy en peligro*. —ELMA HEATH.

¡Mi amor estaba en peligro! Era justo lo que temía. Agradecí a la Providencia que me hubieran enviado para ayudarla y librarla de aquel destino terrible al que «El Estrangulador de Finlandia» la había condenado.

A la hora que ella indicó, después de que el camarero viniera a mí y anunciara la partida del inglés, bajé a su sala de estar y entré sin llamar, pues si hubiera llamado, ella no podría, ¡ay!, haber oído.

El apartamento era espacioso y cómodo, con alfombras gruesas, muebles pesados y dorados. Ante la larga ventana estaban corridas unas cortinas de felpa verde oscuro, y a un lado estaba la alta estufa de porcelana blanca con brillantes bandas de latón, mientras que de su bajo sillón una figura esbelta y pálida se levantó rápidamente y se adelantó para saludarme, tendiéndome ambas manos y sonriendo felizmente.

Tomé sus manos entre las mías y las sostuve fuertemente en silencio durante unos momentos, mientras miraba seriamente aquellos ojos maravillosamente brillantes de ella. Ella se apartó riendo, un leve rubor subiendo a sus mejillas en su confusión. Luego me llevó a una silla y me indicó que me sentara.

El nuestro fue un encuentro silencioso, pero sus gestos y la expresión de sus ojos eran sin duda más elocuentes que las meras palabras. Sabía bien qué placer le causaba aquel reencuentro, un placer igual al que me brindaba a mí.

Hasta aquel momento, nunca había amado realmente. Había admirado y coqueteado con mujeres. ¿Qué hombre no lo ha hecho? De hecho, había admirado a Muriel Leithcourt. Pero nunca hasta ahora había experimentado en mi corazón la verdadera llama de un afecto ardiente. La dulzura de su expresión, la tierna caricia de aquellas manos suaves y afiladas, la mirada profunda y misteriosa de aquellos ojos magníficos y la gracia incomparable de todos sus movimientos se combinaban para convertirla en la mujer más perfecta que jamás había conocido; ¡perfecta en todo, ay!, salvo en el habla y el oído, de los cuales, con tal malvada lascivia, había sido privada.

Ella se tocó los labios rojos con la punta del dedo índice, abrió las manos y se encogió de hombros con un gesto triste de pesar. Luego, volviéndose rápidamente hacia algo de papel en la mesita a su lado, escribió algo con un lápiz de oro y me lo entregó. Decía:

«¡Sin duda la Providencia te ha enviado aquí! El Sr. Woodroffe debe haberte seguido desde Inglaterra. Él es mi enemigo. Debes sacarme de aquí y esconderme. Tienen la intención de enviarme al exilio. ¿Has estado alguna vez en Petersburgo antes? ¿Conoces a alguien aquí?»

Entonces, cuando hube leído, me pasó su lápiz y abajo escribí:

«Haré lo mejor que pueda, querida amiga. He estado una vez en Petersburgo. ¿Pero no es mejor que escapemos de inmediato de Rusia?»

«Imposible por ahora», escribió. «Ambos seríamos arrestados en la frontera. Sería mejor escondernos aquí en Petersburgo. Creía que Woodroffe era mi amigo, pero he descubierto hoy mismo que es mi enemigo. Sabía que yo estaba en Kajana y estaba en Abo cuando se enteró de mi escape. Fue con otros dos hombres en nuestra busca y nos descubrió aquella noche cuando buscamos refugio en la cabaña del leñador. Sin dar a conocer su presencia, esperó fuera hasta que ustedes se durmieron, y luego vino y miró por mi ventana. Al principio me alarmé, pero rápidamente vi que era un amigo. Me dijo que la policía estaba en las cercanías y pretendía asaltar la cabaña, por lo tanto, huí con él, primero hacia Tammerfors y luego a Abo, y hasta aquí. En ese momento no vi la trampa cobarde que había tendido para sacarme de las garras del Barón y arrancarme mi secreto. Si confieso, tiene la intención de entregarme a la policía, que me enviará a las minas».

«¿Tu secreto le concierne a él?», pregunté por escrito.

«Sí», escribió en respuesta. «Sería igualmente en su interés, así como en el del Barón Oberg, si me enviaran a Saghalien y mi identidad fuera borrada. Soy súbdita rusa, como ya te he dicho, por lo tanto, con una orden ministerial en mi contra, estoy en el peligro más mortal».

«Confía en mí», garabateé rápidamente. «Actuaré según cualquier sugerencia que hagas. ¿Tienes alguna amiga en quien puedas confiar para esconderte hasta que pase este peligro?»

«Hay una amiga, una verdadera amiga. ¿Le llevarás una nota?», escribió, a lo que asentí instantáneamente con la cabeza.

Luego, levantándose, obtuvo algo de tinta y pluma y escribió una carta, cuyo contenido no me mostró antes de sellarla. Me quedé observando su hermosa cabeza inclinada bajo la luz sombreada de la lámpara, captando su perfil y notando cuán eminentemente hermoso era, soberbio y sin mácula en su juventud femenina.

La vi escribir el sobrescrito en el sobre: «Madame Olga Stassulevitch, modiste, Scredni Prospect, 231, Vasili Ostroff». Sabía que el distrito estaba al otro lado de la ciudad, cerca de la Pequeña Nevá.

«Toma un droshky de inmediato, búscala y espera una respuesta. Mientras tanto, me prepararé para estar lista cuando regreses», escribió. «Si Olga no está en casa, pide ver al Sacerdote Rojo; en ruso, 'Krasny-pastor'. Regresa pronto, pues temo que Woodroffe pueda volver. Si es así, estoy perdida».

Le aseguré que no perdería ni un solo instante, y cinco minutos después corría por la Morskaya en un droshky a lo largo del canal y cruzando el puente Nicolás hacia la dirección del sobre.

La casa era, según vi, algo más pequeña que las de sus vecinas, pero no estaba alquilada en apartamentos como las otras. En la puerta había una gran placa de latón con el nombre: «Olga Stassulevitch: modes». Presioné el botón eléctrico y, en respuesta, un criado ruso alto y bien afeitado abrió la puerta.

«Madame no está en casa», fue su breve respuesta a mi pregunta.

«Entonces veré al Sacerdote Rojo», dije en un tono más bajo. «Vengo de parte de Elma Heath». Entonces, sin mediar palabra, el hombre me permitió entrar en el largo y oscuro vestíbulo y cerró la puerta con una disculpa porque el gas no estaba encendido. Pero, encendiendo una cerilla, me condujo por la ancha escalera hasta una habitación pequeña, acogedora y bien amueblada en el segundo piso, evidentemente la sala de estar de alguien estudioso, a juzgar por los libros y las revistas críticas que había por allí.

Esperé allí unos minutos, hasta que la puerta se volvió a abrir y entró un hombre de mediana estatura, con una mata de largo cabello blanco como la nieve y una barba casi patriarcal, cuyos ojos oscuros, que la edad había atenuado, brillaron hacia mí con una mirada de curiosa indagación, y cuyos movimientos eran los de una persona que no se siente del todo cómoda.

«He venido en nombre de Mademoiselle Elma Heath, para entregar esta carta a Madame Stassulevitch o, si está ausente, para ponerla en manos del Sacerdote Rojo», expliqué en mi mejor ruso.

«Muy bien, señor», respondió el anciano en un inglés bastante bueno. «Soy la persona que busca», y tomando la carta, la abrió y la leyó de principio a fin.

Vi por la expresión de su rostro surcado que su contenido le causaba la mayor consternación. Su semblante, ya pálido, se tornó blanco hasta los labios, mientras en sus ojos se disparaba un fuego de rápida aprensión. La mano delgada, casi transparente, que sostenía la carta, temblaba visiblemente.

«Usted conoce a Mademoiselle, ¿eh?», preguntó con voz ronca y tensa mientras se volvía hacia mí. «¿La ayudará a escapar?»

«Arriesgaré mi propia vida para salvar la suya», declaré.

«¿Y su devoción hacia ella a qué se debe?», inquirió con sospecha.

Me quedé en silencio un momento. Entonces confesé la verdad.

«Mi afecto».

«¡Ah!», suspiró profundamente. «¡Pobre joven! Ella, que tiene enemigos por todas partes, necesita tristemente un amigo. Pero ¿podemos confiar en usted? ¿No tiene miedo?»

«¿De qué?»

«¿De estar implicado en la próxima revolución en Rusia? Recuerde que soy el Sacerdote Rojo. ¿Nunca ha oído hablar de mí? Mi nombre es Otto Kampf».

¡Otto Kampf!

Me quedé frente a él con la boca abierta. ¿Quién en Rusia no había oído hablar de ese misterioso desconocido que había dirigido cien conspiraciones contra el Autócrata Imperial y cuya identidad la policía nunca había logrado descubrir? Se creía que Kampf había sido profesor de química en la Universidad de Moscú y que había inventado aquel terrible y destructivo explosivo utilizado por los revolucionarios. Los ingredientes del potente compuesto y el modo de detonarlo eran secreto exclusivo de los nihilistas, y Otto Kampf, el misterioso líder, cuya personalidad era desconocida incluso para los propios conspiradores, dirigía aquellos constantes intentos que mantenían al Emperador y a su Gobierno en tal terror constante.

El Ministerio del Interior había ofrecido innumerables recompensas por la traición y el arresto de aquel hombre invisible cuyo poder en Rusia, filtrándose en todas las clases sociales, era mayor que el del propio Emperador; aquel a cuya palabra un día el pueblo se levantaría en masa y destruiría a sus opresores.

El Emperador, los ministros, la policía y los burócratas lo sabían, pero eran impotentes; sabían que el misterioso profesor que había desaparecido de Moscú quince años atrás y que desde entonces nunca había sido visto, solo esperaba su oportunidad para dar un golpe que estremecería y aplastaría al Imperio de punta a punta, pero sobre su paradero no tenían la menor idea.

«Está sorprendido», rió el anciano, notando mi asombro. «Bueno, usted no es uno de nosotros, pero no necesito insistirle en la absoluta necesidad, por el bien de Mademoiselle, de preservar el secreto de mi existencia. Es porque usted no es miembro de 'La Voluntad del Pueblo' que nunca ha oído hablar del 'Sacerdote Rojo'; rojo porque escribí mi ultimátum al Zar con la sangre de una de sus víctimas azotadas con el knut en la fortaleza de Pedro y Pablo, y sacerdote porque predico el evangelio de la libertad y la justicia».

«No diré nada», dije, mirando a la figura extrañamente llamativa que tenía ante mí: el hombre desconocido que dirigía el gran levantamiento que iba a revolucionar Rusia. «Mi único deseo es salvar a Mademoiselle Heath».

«¿Y está dispuesto a hacerlo a riesgo de su propia libertad, de su propia vida? Ah, dijo que la ama. ¿No sería esta una prueba de su afecto?»

«Estoy preparado para cualquier prueba, siempre y cuando ella escape a la trampa que sus enemigos le han tendido. Logré salvarla de Kajana y tengo la intención de salvarla ahora».

«¡Fue usted quien realmente entró en Kajana y la arrebató de aquella tumba!», exclamó, y tomó mi mano con entusiasmo, añadiendo: «Ya no necesito dudar de usted». Y volviéndose a la mesa, escribió una dirección en un trozo de papel y dijo: «Lleve a Mademoiselle allí. Ella encontrará un lugar seguro donde esconderse. Pero vaya rápido, pues cada momento los coloca a ambos en un peligro más mortal. Escóndase usted allí también».

Le agradecí y salí de inmediato, pero al salir de la casa y subir de nuevo al droshky, vi cerca, acechando en la sombra, al espía de «El Estrangulador de Finlandia», que había viajado conmigo desde Abo.

Nuestras miradas se cruzaron y me reconoció, a pesar de mi abrigo ligero y mi sombrero nuevo.

Entonces, con el corazón encogido, la horrible verdad me asaltó. Todo había sido en vano. Elma estaba perdida para mí.

CAPÍTULO XIV

SU ALTEZA ES CURIOSA

Al instante el peligro fue evidente y, en lugar de regresar al hotel, le grité al hombre que me llevara a la estación de tren de Moscú para despistar al espía. Sabía que me seguiría, pero como él iba a pie y no se veía ningún droshky, podría llegar a la estación antes que él y allí eludirlo.

Traqueteamos sobre las piedras, dejando al agente al acecho en la sombra profunda, pero al mirar atrás lo vi correr a través de la carretera hacia una calle lateral donde, con toda probabilidad, tenía un transporte esperando.

Entonces, después de haber cruzado el Nevá, anulé mi orden al hombre, diciendo:

«No vaya directo a la estación. Gire hacia el Liteinoi Prospect a la izquierda y déjeme allí. Conduzca rápido y le pagaré el doble de la tarifa».

Azotó a sus caballos y nos adentramos en aquel laberinto de calles oscuras, mal iluminadas y estrechas que se encuentra entre la Vosnesenski y la Nevski, girando y serpenteando hasta que finalmente salimos de nuevo a la vía principal, y entonces, por fin, giramos hacia la calle que había indicado: un camino ancho de edificios hermosos donde sabía que sin duda podría conseguir otro droshky al instante. Le arrojé su dinero al hombre, bajé y, dos minutos después, me dirigía de nuevo hacia el puente Alejandro, viajando en círculo de regreso al hotel. Una y otra vez miré hacia atrás, pero no vi nada del espía del Barón, que evidentemente se había ido a la estación a toda velocidad esperando que yo estuviera abandonando la capital.

Encontré a Elma en su habitación, lista para salir, vistiendo una larga capa de viaje, y en su mano llevaba un pequeño neceser. Estaba pálida y llena de ansiedad hasta que le mostré el trozo de papel que Otto Kampf me había dado con la dirección escrita, y entonces salimos apresuradamente juntos.

La casa a la que nos dirigimos resultó ser una gran mansión frente al canal Fontanka, uno de los mejores barrios de la ciudad, y al bajar le pregunté al dvornick con librea por Madame Zurloff, el nombre que el «Sacerdote Rojo» había escrito.

«Se refiere a la Princesa Zurloff», comentó el hombre a través de su barba roja. «¿A quién debo decir que desea verla?»

«Tome esto», dije, entregándole el trozo de papel que, además de la dirección, llevaba una curiosa marca cifrada como tres triángulos unidos.

Cerró la puerta, dejándonos en el amplio vestíbulo alfombrado, cuyas estatuas nos mostraron que era un lugar ricamente amueblado, y cuando unos minutos después regresó, nos condujo escaleras arriba a un fino salón dorado, donde una dama mayor de cabello gris vestida de negro estaba de pie con gravedad para recibirnos.

«Permítame presentarle a Mademoiselle Elma Heath, Princesa», dije, hablando en francés y haciendo una reverencia, y después diciéndole mi propio nombre.

Nuestra anfitriona dio la bienvenida a mi amada con un discurso elegante, pero yo dije:

«Mademoiselle sufre desgraciadamente una terrible aflicción. Es sordomuda».

«¡Ah, qué triste, qué triste!», exclamó con simpatía. «¡Pobre chica, pobre chica!», y puso su mano con ternura sobre el hombro de Elma y la miró a los ojos. Luego, volviéndose hacia mí, dijo: «¡Así que el Sacerdote Rojo nos ha enviado a ambos! Supongo que están en peligro de ser arrestados; ¿quieren que los esconda aquí?»

«Solo pediría santuario para Mademoiselle», fue mi respuesta. «Por mí mismo, no tengo miedo. Soy inglés y, por lo tanto, no soy miembro del Partido».

«¿La Mademoiselle teme ser arrestada?»

«Hay una orden firmada para su destierro a Sajalín», dije. «Estuvo encarcelada en Kajana, la fortaleza allá en Finlandia, pero logré liberarla».

«¡Ha estado realmente en Kajana!», jadeó la Princesa. «¡Ah! todas hemos oído suficiente sobre los horrores de ese lugar. ¡Y usted la liberó! Vaya, ella es la única persona que ha escapado jamás de esa tumba viviente a la que Oberg envía a sus víctimas».

«Eso creo, Princesa».

«¿Y puedo suponer, m'sieur, que la razón por la que arriesgó su vida por ella es porque la ama? Perdóneme por sugerir esto».

«Ha acertado», respondí. Luego, sabiendo que Elma no podía oír, añadí: «La amo, pero no somos amantes. No le he hablado de mi afecto. La suya es una historia larga y extraña, y quizás se la cuente algo por escrito».

«Bueno», exclamó la dama de cabello gris sonriendo, guiando a mi amada a través de la lujosa habitación, cuya atmósfera estaba llena del aroma de las flores, y quitándole la capa con sus propias manos, «estás a salvo aquí, mi pobre niña. Si los espías no los han seguido, entonces permanecerás como mi invitada todo el tiempo que desees».

«Estoy seguro de que es muy amable por su parte, Princesa», dije con gratitud. «Miss Heath es víctima de una vil y cobarde conspiración. Cuando le digo que ha sido afectada como es por sus enemigos, que se le realizó una operación en Italia mientras estaba inconsciente, verá fácilmente en qué peligro mortal se encuentra».

«¡Qué!», gritó. «¿Sus enemigos realmente han hecho esto? ¡Horrible!»

«Ella quizás le contará el extraño romance que la rodea: un misterio que todavía no he podido desentrañar. Es súbdita rusa, aunque se ha educado en Inglaterra. El Barón Oberg mismo es, creo, su peor y más amargo enemigo».

«¡Ah! ¡El Estrangulador!», exclamó con un rápido brillo en sus ojos oscuros. «Pero su fin está cerca. El Movimiento es activo en Helsingfors. En cualquier momento ahora podemos dar nuestro golpe por la libertad».

Era una revolucionaria entusiasta, pude verlo, aunque no sospechada por la policía debido a su alta posición en la sociedad de Petersburgo. Era ella quien, como descubrí después, había suministrado las grandes sumas de dinero a Kampf para la continuación de la propaganda revolucionaria, e incluso dedicaba secretamente la mayor parte de sus ingresos de sus vastas propiedades en Samara y Kazán a la causa nihilista. Su esposo, él mismo un entusiasta de la libertad, aunque de la alta nobleza, había muerto por una caída de su caballo seis años atrás, y desde entonces ella se había retirado de la sociedad y vivido allí tranquilamente, haciendo del movimiento revolucionario su única ocupación. Las autoridades creían que su retiro se debía a la dolorosa pérdida que había sufrido y no tenían sospecha de que era su dinero el que permitía al misterioso «Sacerdote Rojo» completar lenta pero seguramente el complot para el levantamiento general.

Me obligó a quitarme el abrigo y un sirviente tártaro nos sirvió el té, cuya familia, explicó, había sido sierva de los Zurloff durante tres siglos, y luego Elma intercambió confidencias con ella mediante papel y lápiz.

«¿Quién es este hombre Martin Woodroffe, del que ella habla?», preguntó la Princesa poco después, volviéndose hacia mí.

«Lo he visto dos veces, solo dos veces», respondí, «y bajo circunstancias extrañas». Luego, continuando, le conté algo sobre los incidentes del yate Lola.

«Puede que esté enamorado de ella y desee obligarla a casarse», sugirió, expresando asombro ante la curiosa narración que había relatado.

«No lo creo, por varias razones. Una es porque sé que ella guarda algún secreto sobre él, y otra porque está comprometido con una chica inglesa llamada Muriel Leithcourt».

«¿Leithcourt? ¿Leithcourt?», repitió la Princesa, frunciendo el ceño con aire desconcertado. «¿Sabe por casualidad el nombre de su padre?»

«Philip Leithcourt».

«¿Y ha estado viviendo realmente en Escocia?»

«Sí», respondí con rápida ansiedad. «Alquiló una finca de caza llamada Rannoch, cerca de Dumfries. Ocurrió un incidente misterioso en su propiedad: un doble asesinato, o asesinato y suicidio; lo cual no está muy claro, pero poco después apareció una tarde en la casa un hombre llamado Chater, Hylton Chater, y toda la familia huyó inmediatamente y desapareció».

La Princesa Zurloff se sentó con los labios apretados, mirando directamente a la chica silenciosa ante ella. Elma se había quitado el sombrero y la capa, y ahora estaba sentada en un sillón profundo de seda amarilla, con la luz de la lámpara brillando sobre su cabello castaño, tranquila y calmada como si ya estuviera completamente en casa. Sonreí para mis adentros al pensar en el disgusto de Woodroffe cuando regresara y encontrara a su víctima desaparecida.

«Su Alteza evidentemente conoce a los Leithcourt», arriesgué tras un breve silencio.

«He oído hablar de ellos», fue su insatisfactoria respuesta. «A veces voy a Inglaterra. Cuando el Príncipe vivía, estábamos a menudo en el Claridge's durante la temporada. El Príncipe fue durante cinco años agregado militar en la Embajada bajo de Staal, ya sabe. Lo que sé de los Leithcourt no es para su crédito. Pero me dice que hubo un incidente misterioso antes de su huida. Explíquemelo».

En ese momento, las largas puertas blancas del hermoso salón fueron abiertas de par en par por el fiel sirviente tártaro, y entró un hombre cuyo cabello caía sobre el cuello de su pesado abrigo, pero a quien, en un instante, reconocí como Otto Kampf.

Tanto Elma como yo nos pusimos en pie, mientras que, avanzando hacia la Princesa, él se inclinó y galantemente besó la mano que ella le tendía. Luego estrechó la mano de Elma y, reconociendo mis propios saludos, se quitó el abrigo y lo arrojó sobre una silla con el aire de un visitante habitual.

«Vengo, Princesa, para explicarle», dijo. «Mademoiselle teme ser arrestada de nuevo, y la única casa en Petersburgo que la policía nunca sospecha es esta. Por lo tanto, la envío a usted, sabiendo que con su generosidad la ayudará en su angustia».

«Todo está arreglado», fue la respuesta de su Alteza. «Ella permanecerá aquí, pobre niña, hasta que sea seguro para ella salir de Rusia». Luego, después de alguna conversación adicional, y después de que mi amada hiciera señas de profunda gratitud al hombre conocido de punta a punta del imperio ruso como «El Sacerdote Rojo», la Princesa se volvió hacia mí, diciendo:

«Me gustaría mucho saber qué ocurrió antes de que los Leithcourt abandonaran Escocia».

«¡Los Leithcourt!», exclamó Kampf con total sorpresa. «¿Conoce usted a los Leithcourt y al oficial inglés Durnford?»

Lo miré a los ojos con abyecto asombro. ¿Qué conexión podía tener Jack Durnford, de los Marines, con el aventurero Philip Leithcourt? Sin embargo, recordé las palabras de Jack cuando describí la visita del Lola a Livorno, y además recordé que muy pronto estaría de regreso en Londres tras su periodo de servicio en el Mediterráneo.

«Bueno», dije tras una pausa, «da la casualidad de que conozco muy bien al capitán Durnford, pero no tenía idea de que fuera amigo de Leithcourt».

El Sacerdote Rojo sonrió, acariciando su barba blanca.

«Explíquele a su Alteza lo que desea saber, y yo se lo diré».

Mis ojos se encontraron con los de Elma, y vi cuán intensamente ansiosa e interesada estaba, observando el movimiento de mis labios e intentando descifrar qué palabras pronunciaba.

«Bueno», dije, «una tragedia misteriosa ocurrió en el borde de un bosque cerca de la casa alquilada por Leithcourt; una tragedia que ha desconcertado a la policía hasta el día de hoy. Un italiano llamado Santini y su esposa fueron encontrados asesinados».

«¡Santini!», jadeó Kampf, levantándose de un salto. «¿Pero seguro que no está muerto?»

«No. Esa es la parte curiosa del asunto. El hombre que fue asesinado era un hombre disfrazado para representar al italiano, mientras que la mujer era en realidad la esposa del camarero mismo. Da la casualidad de que conozco bien al hombre Santini, pues tanto él como su esposa estuvieron algunos años a mi servicio».

La Princesa y el director del movimiento revolucionario ruso intercambiaron rápidas miradas. Era como si su Alteza implorara a Kampf que me revelara la verdad, mientras que él, por su parte, se mostraba reacio a hacerlo.

«¿Y sobre quién recae la sospecha?», preguntó su Alteza.

«Hasta donde puedo entender, la policía no tiene pista alguna, excepto una. En el lugar se encontró una pequeña miniatura de una cruz de una de las órdenes de caballería rusas: la Cruz de Santa Ana».

«¿No hay sospecha sobre Leithcourt?», preguntó con cierta ansiedad indebida, pensé.

«No».

«¿Tuvo algún invitado en la casa de campo?»

«Unos cuantos».

«¿Ningún extranjero entre ellos?»

«Nunca conocí a ninguno. Parecían ser todas personas de Londres, gente elegante en su mayor parte».

«¿Entonces por qué desaparecieron los Leithcourt tan repentinamente?»

«Debido a la aparición del hombre Chater», respondí. «Es evidente que le temían, pues tomaron todas las precauciones para no ser seguidos. De hecho, huyeron dejando a un gran grupo de amigos en la casa. El hombre Woodroffe, ahora en el Hotel de Paris, es amigo tanto de Leithcourt como de Chater».

«¿No era un invitado de Leithcourt cuando este hombre que representaba a Santini fue asesinado?», preguntó Kampf, acariciándose de nuevo la barba.

«No. Tan pronto como Woodroffe me reconoció como visitante, se marchó a Hamburgo».

«Tenía miedo de enfrentarse a usted debido al saqueo de la caja fuerte del Cónsul británico en Livorno», remarcó la Princesa, quien, en el mismo momento, tomó la mano de Elma tiernamente en la suya y la miró. Luego, volviéndose hacia mí, dijo: «Lo que nos ha contado esta noche, Sr. Gregg, arroja una nueva luz sobre ciertos incidentes que hasta ahora nos habían desconcertado. El misterio de todo esto es grande e inescrutable; el misterio de esta pobre y desafortunada chica, el mayor de todos. Pero ambos nos esforzaremos por ayudarle a dilucidarlo; ayudaremos a la pobre Elma a aplastar a sus enemigos, esos villanos cobardes que la han mutilado».

«¡Ah, Princesa!», grité. «Si solo quiere ayudarla y protegerla, estará realizando un acto de misericordia hacia una mujer indefensa. La amo; lo admito. He hecho todo lo posible: me he esforzado por resolver el oscuro misterio, pero hasta el presente no he tenido éxito y he permanecido, incluso hasta hoy, víctima de las circunstancias».

«Dejad que se quede conmigo», respondió la amable mujer, sonriendo con ternura a mi amada. «Aquí estará a salvo y, mientras tanto, nos esforzaremos por descubrir la verdad real y verdadera».

Y, en respuesta, tomé la mano de la Princesa y la apreté con fervor. Aunque aquel hombre llamativo de cabeza blanca y la mujer de negro, algo rígida y formal, eran los líderes del gran y todopoderoso movimiento en Rusia conocido en todo el mundo civilizado como «El Terror», no dejaban de ser nuestros amigos. Se habían comprometido a ayudarnos a frustrar a nuestros enemigos.

Garabateé unas pocas palabras apresuradas en un papel y se lo entregué a Elma. Y, como respuesta, ella sonrió satisfecha, mirándome a los ojos con una expresión de confianza, devoción y amor.

CAPÍTULO XV

JUSTO AL LADO DEL STRAND

Había pasado una semana. El Nord Express me había traído a toda prisa a través de Europa, desde Petersburgo hasta Calais, y estaba de nuevo en Londres. Había dejado a Elma bajo el cuidado de la Princesa Zurloff, de quien sabía que la ocultaría de la horda de agentes de policía que ahora la buscaban.

El misterio había crecido hasta tal punto que se había vuelto absolutamente desconcertante. Cuanto más intentaba sondearlo, más inexplicable me resultaba. Mi cerebro daba vueltas mientras me sentaba en el vagón-cama, cruzando aquellas amplias e interminables llanuras que se extienden entre la capital rusa y Berlín, y los verdes valles entre las tierras del Rin y el mar. El laberinto de misterio me dejaba totalmente incapaz de captar un hecho sólido y tangible, tan estrechamente entrelazado estaba cada incidente del extraño drama vital en el que, por pura casualidad, yo estaba desempeñando ahora un papel principal. Solo era consciente de un hecho: que amaba a Elma con toda mi alma, aunque no supiera quién era realmente, ni conociera la extraña historia de su vida. Su dulce rostro, con aquellos suaves ojos castaños, tan tiernos e intensos, permanecía siempre ante mí, estuviera dormido o despierto. Cada momento que el expreso corría hacia el sur aumentaba la distancia entre nosotros, pero ¿acaso no estaba de camino a Inglaterra con un propósito claro y definido? Me aferraba a cualquier pista, por pequeña que fuera, con una ansiedad desesperada, como un hombre que se ahoga se aferra a un clavo ardiendo.

El espía de Abo me había visto en el andén de la estación a mi salida de Petersburgo. Me había oído comprar un billete para Londres y, antes de subir al tren, le sonreí con alegre triunfo. Mi viaje era demasiado largo para que él me siguiera, y supe que al fin lo había superado. Sin duda, esperaba ver a Elma conmigo, y su decepción fue claramente visible. Pero de Woodroffe no había visto ni oído nada.

* * * * *

Era una noche de noviembre fría pero seca en Londres, y estaba cenando con Jack Durnford en una pequeña mesa del gran salón bien iluminado del Junior United Service Club. Relajado y alegre como siempre, mi amigo rebosaba buen humor, encantado de estar de vuelta en la ciudad después de tres años navegando por el Mediterráneo, desde Gibraltar hasta Esmirna, maniobrando siempre, pero sin tener nunca la oportunidad de entrar en combate. Su rostro bien afeitado mostraba la huella de los soles del sur, y el dorso de sus manos estaba bronceado por el calor y el mar. Era, de hecho, un oficial tan elegante como cualquiera en el Junior, pues los infantes de marina son proverbiales por su pulcritud, y sus hombres a bordo del Bulwark habían recibido más de un agradable cumplido del Almirante.

«¡Me alegra estar de vuelta!», exclamó mientras se servía una copa. «Ya lo creo, viejo amigo. Sabes lo increíblemente agotadora que se vuelve la vida por allá. Pasan muchas cosas en Palermo, Malta, Montecarlo o al otro lado en Argel, y sin embargo nunca tenemos oportunidad de participar. Siempre estamos a la vista de los lugares divertidos, pero nunca desembarcamos. No culpo a los jóvenes por escaparse de Livorno durante dos días a la ciudad cuando pueden. Tres años es una parte mayor de la vida de un tipo de lo que cualquiera supondría. Pero, a propósito, vi a Hutcheson el otro día. Atracamos en La Spezia y vino a ver al Almirante; creo que traía despachos para él. Parece tan alegre como siempre. Almorzó en el comedor y dijo lo mucho que lamentaba que hubieras abandonado Livorno».

«No lo he abandonado exactamente», dije. «Pero realmente no lo amo como él».

«No. Un año o dos de azul mediterráneo son suficientes para toda la vida de cualquier tipo. Yo no viviría en Livorno si pudiera elegir. Preferiría algún lugar en las montañas, más allá de Pisa, o en las afueras de Florencia, donde se puede pasar un buen rato en invierno».

Entonces se hizo el silencio entre nosotros, y seguí comiendo hasta el final de la cena, preguntándome cómo abordar la cuestión que tanto deseaba plantearle.

«Intentaré conseguir un puesto en el servicio de reclutamiento aquí en casa por un tiempo», dijo al poco. «Hay un puesto vacante en Glasgow y voy a intentar conseguirlo. Será mejor, en cualquier caso, que China o el Pacífico».

Estaba a punto de cambiar la conversación hacia la visita de la misteriosa Lola a Livorno, cuando dos hombres a quienes él conocía entraron en el comedor y, al reconocerlo, se acercaron para darle la bienvenida a casa. Uno de los recién llegados era el Mayor Bartlett, a quien recordé de inmediato como invitado de Leithcourt en Rannoch, y el otro era un hombre más joven a quien Durnford me presentó como el Capitán Hanbury.

«¡Oh, Mayor!», exclamé, levantándome y estrechándole la mano. «No le he visto desde Escocia y el extraordinario final de su fiesta».

«No», se rio. «Fue un asunto increíble, ¿verdad? Después de que los Leithcourt se fueron, aquello fue un pandemónium; ¡los invitados se quedaron con todo lo que pudieron! Me extraña que el vergonzoso asunto no saliera en los periódicos».

«Pero, ¿dónde está Leithcourt ahora?», pregunté ansioso.

«No tengo ni la menor idea», respondió el Mayor, de pie con las piernas abiertas y las manos en los bolsillos. «El joven Paget, de nuestro regimiento, me dijo el otro día que vio a Muriel conduciendo por Terminus Road en Eastbourne, pero ella no se fijó en él. Eran gente un tanto rara, esos Leithcourt», añadió.

«¡Hola! ¿Qué dices de los Leithcourt, Charley?», exclamó Durnford, girándose rápidamente hacia Hanbury. «Conozco a unas personas con ese apellido: Philip Leithcourt, que tiene una hija llamada Muriel».

«Bueno, suenan igual. Pero si los conoces, mi querido amigo, realmente no envidio tus amistades», declaró el Mayor con una carcajada.

«¿Por qué no?»

«Bueno, Gregg te lo dirá», dijo. «Quizás él sepa más que yo. Pero», añadió, «por supuesto, puede que no sean las mismas personas».

«Los conocí por primera vez navegando en Argel», dijo Jack. «Y luego otra vez en Malta, donde parecían tener bastantes amigos. Tenían un yate de vapor, el Iris, y a menudo subían y bajaban por el Mediterráneo».

«Deben ser los mismos», declaró el Mayor. «Leithcourt habló una o dos veces de su yate, pero todos pensamos que era un barco inexistente, porque siempre exageraba sobre sus aventuras».

«¿Y cómo llegó a conocerlo usted?», le pregunté al Mayor con entusiasmo.

«Oh, no sé. Alguien lo trajo al comedor y entablamos amistad al otro lado de la mesa. Parecía un buen tipo y, cuando me invitó a cazar, acepté. Sin embargo, al llegar a Rannoch, una cosa me pareció muy extraña, y fue que entre las personas que me pidió conocer había uno de los peores granujas de la ciudad. Allí se hacía llamar Martin Woodroffe, aunque yo lo había conocido en el antiguo Corinthian Club como Dick Archer. Por entonces se creía que era parte de una inteligente banda de ladrones internacionales».

«Cuando lo conocí por primera vez, me dio el nombre de Hornby», dije. «Fue en Livorno, donde estaba a bordo de un yate llamado Lola, del cual se presentó como propietario».

«Se fue de Rannoch muy repentinamente», comentó Bartlett. «Entendimos que estaba comprometido para casarse con Muriel. Si es así, lo siento por ella, la pobre chica».

«¡Qué!», gritó Durnford, sobresaltado. «¿Ese hombre se va a casar con Muriel Leithcourt?»

«Sí», dije. «¿Por qué?»

Pero su rostro se había vuelto pálido y no respondió a mi pregunta.

«Si esos mismos Leithcourt son realmente amigos suyos, Durnford, viejo amigo, lamento haber dicho algo en su contra», exclamó el Mayor en tono de disculpa. «Es que el final de mi visita fue tan brusco y extraordinario, y la compañía tan variopinta, que... bueno, a decir verdad, esa gente es un misterio en conjunto».

«Quizás nuestros Leithcourt no sean los mismos que conoce Jack», comenté, para escapar de una situación algo difícil; ante lo cual Durnford, como si estuviera ansioso por ocultar su sorpresa, dijo con una risa forzada: «¡Oh! Probablemente no», y volvió a sentarse a la mesa. Luego el Mayor cambió rápidamente de tema y, más tarde, él y su amigo pasaron a su mesa y se sentaron a comer.

No pude dejar de notar que Jack Durnford estaba alterado por lo que había aprendido, pero dudé en ese momento de hacerle alguna pregunta. Decidí abordar el tema más tarde, para darle tiempo a interrogarme si así lo deseaba.

Después de fumar durante una hora, fuimos al Empire, donde pasamos la velada en el gran círculo, encontrándonos con muchos hombres que conocíamos y pasando un rato bastante agradable entre viejos conocidos. Si un hombre que ha vivido la vida de club de Londres regresa del extranjero, siempre puede encontrarse con alguien conocido en el círculo del Empire alrededor de las diez de la noche. Jack, sin embargo, no era el mismo de antes de la cena. Su frente estaba ahora pesada y pensativa, y parecía profundamente inmerso en algún problema intrincado, pues sus ojos se quedaban fijos en el vacío cuando tenía oportunidad de pensar, y parecía desear evitar a sus amigos más que saludarlos.

Después del teatro lo convencí para ir al Cecil, y en la silla de mimbre del gran pórtico frente a la entrada nos sentamos a fumar nuestros últimos cigarros. Es un lugar favorito mío cuando estoy en Londres, pues por la tarde, cuando suena la orquesta de cuerdas y los estadounidenses y otros cosmopolitas toman el té, hay un continuo ir y venir, un pequeño panorama de la vida que, para un estudiante de hombres como yo, es sumamente interesante. Y por la noche es igual de divertido sentarse allí en la sombra, observar a la gente que regresa de los teatros o bailes y especular sobre quiénes son y qué hacen. En ese pequeño rincón de Londres, justo al lado del Strand, se ve más variedad de hombres y mujeres que quizás en cualquier otro lugar. Todas las clases pasan ante ti, desde el emprendedor hombre de negocios estadounidense interesado en una medicina patentada, hasta el orgulloso rajá indio con su séquito turbante; desde la actriz de variedades hasta la hija de un par, o la esposa de un millonario carnicero de cerdo que recorre Europa.

«Has estado un poco decaído esta noche, Jack», dije al poco, después de haber estado observando cómo llegaban los coches, dejando a los fiesteros que regresaban del Savoy o del Carlton.

«Sí», suspiró. «Y ciertamente tengo motivos para estarlo, después de lo que he oído de Bartlett».

«¿Qué? ¿Los hechos que nos contó te trajeron malas noticias?», pregunté con fingida ignorancia.

«Sí», dijo con voz ronca, tras una breve pausa. Luego añadió: «Bartlett dijo que tú podías decirme lo que pasó en Escocia, donde Leithcourt tenía el coto de caza. Cuéntamelo todo», añadió con el aire de un hombre en quien toda esperanza ha muerto.

«Bueno», comencé, «los Leithcourt alquilaron el Castillo de Rannoch, cerca de la casa de mi tío, cerca de Dumfries. Llegué a conocerlos, por supuesto, y a menudo salía a cazar con su grupo. Un día, sin embargo, me sorprendió ver en una de las habitaciones la fotografía de una dama, la copia exacta de aquella imagen que, recuerdo, te dije en Livorno que había encontrado rota a bordo del Lola. Recuerdas lo que narré sobre mi extraña aventura, ¿verdad?»

«Recuerdo cada palabra», fue su respuesta. «Continúa. ¿Qué hiciste?»

«Nada. Me callé. Pero cuando descubrí que el tipo que se hacía llamar Woodroffe —el hombre que se había presentado como el dueño del Lola, y que, sin duda, había tenido algo que ver en el robo de la caja fuerte de Hutcheson en el Consulado— estaba comprometido con Muriel, me llené de sospechas».

«¿Y bien?»

«Woodroffe, después de conocerme, desapareció; dijeron que fue a Hamburgo por negocios. Luego ocurrieron otras cosas. Encontraron a un hombre y a una mujer asesinados en el bosque, a una milla y media del castillo. El hombre estaba caracterizado para representar a mi hombre Olinto; creo que lo has visto en Livorno».

«¡Qué! ¿Han matado a Olinto?», jadeó, levantándose de su silla.

«No. El tipo estaba muy caracterizado como él. Pero su esposa Armida fue asesinada».

«Mataron a la mujer y creyeron que también habían matado a su marido, ¿eh?», dijo con amargura entre los dientes, y vi que sus manos fuertes agarraban los brazos de su silla con firmeza. «Y Martin Woodroffe está comprometido con Muriel Leithcourt. ¿Estás seguro de esto?»

«Sí, muy seguro».

«¿Y no hay sospechas sobre quién es el asesino de la mujer Santini y de este misterioso hombre que se hizo pasar por su marido?»

«Ninguna en absoluto».

Durante un tiempo, Jack Durnford fumó en silencio, y pude distinguir su rostro blanco y duro en la tenue luz, pues ya era tarde, las grandes lámparas eléctricas se habían apagado y estábamos en la penumbra.

«Ese tipo nunca se casará con Muriel», declaró con voz feroz y ronca. «Lo que acabas de contarme revela la verdad. ¿Conociste a Chater?»

«Apareció repentinamente en Rannoch, y los Leithcourt huyeron precipitadamente y no se ha vuelto a saber de ellos».

«¡Ah, no me extraña!», comentó con una risa seca. «¡No me extraña! Pero mira, Gordon, no me voy a quedar de brazos cruzados y dejar que ese sinvergüenza de Woodroffe se case con Muriel».

«¿La amas, tal vez?», me aventuré a preguntar.

«Sí, la amo», admitió. «¡Y, por el cielo!», gritó, «diré la verdad y aplastaré todo su ingenioso complot. ¿Has conocido a Elma Heath?», preguntó.

«Sí», dije con rápida ansiedad.

«Entonces escucha», dijo con voz baja y sincera. «Escucha, y te contaré algo».

«Hay un misterio mayor rodeando a ese yate, el Lola, de lo que jamás habrías imaginado, mi querido amigo», declaró Jack Durnford, mirándome directamente a la cara. «Cuando me lo contaste en la cubierta de popa aquel día a las afueras de Livorno, tuve la intención de decirte lo que sabía. Solo un hecho me lo impidió: mi falta de voluntad para revelar mis propios secretos. Amaba a Muriel Leithcourt, pero, estando a flote como estaba, nunca pude verla; no pude obtener de sus propios labios la explicación que deseaba. Pero no la prejuzgaría; ¡no, y no lo haré ahora!», añadió con una resolución feroz.

«La amo», continuó, «y ella corresponde a mi amor. El nuestro es un compromiso secreto hecho en Malta hace dos años, y sin embargo me dices que se ha comprometido con ese tipo Woodroffe, el hombre conocido aquí en Londres como Dick Archer. No puedo creerlo, realmente no puedo, viejo amigo. Ella nunca podría escribirme como lo ha hecho, pidiendo paciencia y secreto hasta mi regreso».

«A menos, claro, que deseara ganar tiempo», sugerí.

Pero mi amigo guardó silencio; sus cejas estaban profundamente fruncidas.

«Woodroffe está en este momento en Petersburgo», dije. «Acabo de regresar de allí».

«¡En San Petersburgo!», jadeó, sorprendido. «Entonces está con ese funcionario vil, el Barón Oberg, el Gobernador General de Finlandia».

«No; Oberg vive encerrado en su palacio en Helsingfors, temiendo salir no sea que lo asesinen», fue mi respuesta.

«¿Y Elma? ¿Qué ha sido de ella?»

«Está escondida en Petersburgo, esperando el momento en que pueda sacarla a salvo de Rusia», y luego, continuando, le expliqué cómo había sido mutilada y dejada sorda y muda.

«¡Qué!», gritó con furia. «¿Realmente le han hecho eso a la pobre chica? Entonces temían que ella revelara la naturaleza de su complot, porque había visto y oído».

«¿Visto y oído qué?»

«Sé paciente; aclararemos este misterio y el motivo de esta terrible aflicción sobre ella. Muriel me escribió diciendo que la pobre Elma, su amiga, había desaparecido, y temía que también le hubiera ocurrido algo malo. Así que Oberg la había enviado a su fortaleza, su propia Bastilla privada; el lugar al que, bajo falsas acusaciones de conspiración contra Rusia, envía a quienes le estorban a una tumba en vida».

«Lo he visto y lo he desafiado», dije.

«¡Lo has hecho! ¡Hombre, ten cuidado! No es un tipo que se detenga ante pequeñeces», dijo Jack a modo de advertencia.

«No tengo miedo», respondí. «Los enemigos de Elma también son los míos».

«Entonces, supongo, viejo amigo, que a pesar de su aflicción, ¿estás realmente enamorado de ella?»

«Tengo la intención de rescatarla y casarme con ella», respondí con total franqueza.

«Pero primero debemos descorrer este velo de misterio y determinar todos los hechos relacionados con ella», dijo. «Por el momento, solo conozco un par de detalles muy vagos. El barón ciertamente no es su tío, como él mismo dice ser, pero parece seguro que ella es hija de padres anglo-rusos, nació en Rusia y fue traída a Inglaterra cuando era niña».

«¿Pero de quién esperas que pueda obtener los hechos reales sobre ella, y la razón del deseo del barón de mantenerla callada?»

«¡Ah!», dijo, retorciéndose el bigote con aire pensativo. «Esa es precisamente la cuestión. Para una solución al problema, primero debemos sondear el motivo de los Leithcourt y la razón por la que huyeron con miedo ante ese tipo Chater. Estoy convencido de que Muriel es inocente de cualquier complicidad en su complot, sea cual sea. Puede ser la víctima de ese granuja de Woodroffe quien, como te dijo Bartlett, es uno de los estafadores más expertos de Londres y ya ha cumplido dos condenas de trabajos forzados».

«Pero, ¿cuál fue el motivo de abrir la caja fuerte del Cónsul, si no era para obtener los cifrados de la Oficina de Asuntos Exteriores o del Almirantazgo? ¿Quizás querían robarlos y venderlos a un gobierno extranjero?»

«No; ese no era su objetivo. He pensado en ello muchas, muchas veces desde que me lo contaste, y estoy convencido de que Woodroffe es un tipo demasiado astuto para no haber sabido que ningún Cónsul se va de vacaciones y permite que sus cifrados permanezcan atrás. Cuando deja su puesto, siempre deposita esos preciosos libros ya sea en la Oficina de Asuntos Exteriores aquí, o con su Cónsul General, o con un Cónsul en otro puerto. Seguro que se enterarían de todo eso antes de hacer la incursión, puedes apostarlo. El asunto era arriesgado, y Dick Archer es conocido como un hombre de muchas precauciones».

«Pero mantiene una relación extremadamente amistosa con Elma. Fue él quien logró encontrarla en Finlandia y llevarla más allá de la esfera de influencia de Oberg hasta Petersburgo».

«Entonces es ciertamente solo una amistad fingida, con algún motivo siniestro subyacente».

«Ella escribió una carta desde su prisión en la isla a una antigua compañera de colegio llamada Lydia Moreton, pidiéndole que viera a Woodroffe en sus habitaciones de Cork Street y le dijera que, a pesar de todo lo que estaba sufriendo, había mantenido su promesa hacia él y que el secreto seguía a salvo».

«Exactamente. Y ahora el tipo teme que, como tú estás buscando la verdad tan activamente, ella pueda ceder a tus demandas y explicarse. Por lo tanto, tiene la intención de silenciarla».

«¡Qué! ¿Quieres decir que la va a matar?», jadeé, con rápida aprensión.

«Bueno, podría hacerlo para salvarse a sí mismo, ya ves», respondió Jack, añadiendo: «Ciertamente no tendría remordimientos si pensara que no se lo atribuirían a él. Solo que, sin duda, te teme a ti, porque la has encontrado y estás enamorado de ella».

Admití la fuerza de su argumento, pero recordé que mi amada estaba a salvo en su escondite y que la Princesa era nuestra amiga, aun cuando yo, como inglés, no sentía simpatía alguna por la doctrina de la bomba y el cuchillo.

Intenté sonsacarle todo lo que sabía sobre Elma, pero, por alguna razón curiosa, parecía reacio a hablar. Todo lo que pude deducir fue que Leithcourt estaba aliado con Chater y Woodroffe, y que Muriel había actuado como una agente totalmente inocente. Cuál era la conspiración, o cuál su motivo, no lograba vislumbrarlo. Estaba tan lejos de la solución del problema como siempre.

—Primero debemos encontrar a Muriel —declaró, cuando le insté a que me contara todo lo que sabía—. Hay hechos que me has contado que contradicen mis propias teorías, y solo de ella podemos obtener la verdadera verdad.

—¿Pero no sabes dónde está? Ella te escribe —dije.

—La última carta, que recibí en Gib. hace diez días, era del Hotel Bristol, en Botzen, en el Tirol, sin embargo, Bartlett dice que ha sido vista en Eastbourne.

—Pero supondré que tendrás una dirección a la que siempre le escribes, ¿no?

—Sí, una secreta. He escrito y concertado una cita, pero ella no ha acudido. Se lo han impedido, por supuesto. Puede que esté con sus padres y no pueda venir a Londres.

—¿No sabías que habían huido y que estaban escondidos?

—Por supuesto que no. Lo que he oído esta noche es noticia para mí; noticias sorprendentes.

—¿Y no te revela la verdad?

—Lo hace; una verdad espantosa sobre Elma Heath —respondió en voz baja, como si hablara para sí mismo.

—Dímelo. ¿Qué? Me muero, Jack, por saberlo todo sobre ella. ¿Quién es ese tal Oberg?

—Su enemigo. Ella, por puro accidente, descubrió su secreto y el de Woodroffe, y ambos viven ahora con un miedo mortal a ella.

—Y por esa razón fue llevada a Siena, donde algún malvado médico italiano fue sobornado para dejarla sorda y muda.

Él asintió afirmativamente.

—¿Pero Chater?

—Sé muy poco sobre él. Puede que haya conspirado con ellos o puede que sea inocente. Parece como si fuera antagónico a sus planes, si Leithcourt y su familia realmente huyeron de él.

—Y sin embargo, él estaba a bordo del Lola. Es más, puede haber ayudado a cometer el robo en el Consulado —dije.

—Es muy probable —respondió—. Pero nuestro primer objetivo debe ser redescubrir a Muriel. Paget dice que está en Eastbourne. Si está allí, la encontraremos fácilmente. Publican listas de visitantes en los periódicos, ¿verdad?, como hacen en Hastings. —Luego añadió—: Las listas de visitantes son de lo más molestas cuando encuentras tu nombre impreso en ellas cuando se supone, oficialmente, que estás en otro lugar. Una vez me pasó eso con los periódicos de Bournemouth, cuando se suponía que estaba de servicio en Queenstown. Por poco me llevo una reprimenda terrible.

—¿Vamos a Eastbourne? —sugerí con entusiasmo—. Iré allí contigo por la mañana.

—¿O no sería mejor enviar un telegrama urgente a la dirección a la que siempre escribo? Ella respondería aquí, sin duda. Si está en Eastbourne, puede haber razones por las que no pueda venir a la ciudad. Si su familia está escondida, por supuesto que no vendrá. Pero concertará una cita conmigo, sin duda.

—Muy bien. Envía el telegrama —dije—. Y hazlo urgente. Así será reenviado. ¿Pero en cuanto a Olinto? ¿Te gustaría verle? Podría decirte más de lo que me ha dicho a mí.

—No; de ninguna manera. No debe saber que he regresado a Londres —declaró mi amigo rápidamente—. Será mejor que no le veas; ya me entiendes.

—¿Entonces sus intereses no son... bueno, no son exactamente los nuestros?

—No.

—¿Pero por qué no me cuentas más sobre Elma? —insistí, pues estaba ansioso por aprender todo lo que él sabía—. ¡Vamos, dímelo! —imploré.

—Te he contado prácticamente todo, mi querido amigo —fue su respuesta—. La revelación de los hechos reales del asunto solo puede hacerla Muriel. Te digo que debemos encontrarla.

—Sí, debemos hacerlo, a toda costa —dije—. Vamos a la oficina de telégrafos frente a Charing Cross. Siempre está abierta. —Y nos levantamos y caminamos por Strand, ahora casi desierta, y enviamos un mensaje urgente a Muriel a una dirección en Hurlingham Road, Fulham.

Después nos quedamos de pie en el bordillo, todavía hablando, yo reacio a separarme de él, cuando pasaron por la sombra dos hombres con abrigos oscuros, que cruzaron la carretera detrás de nosotros hacia el frente de la estación de Charing Cross, y luego continuaron hacia Trafalgar Square.

Cuando la luz de la farola cayó sobre ellos, creí reconocer el rostro de uno como el de una persona que había visto antes, aunque no estaba en absoluto seguro, y mi incapacidad para recordar a quién se parecía el transeúnte me impidió decirle nada más a Jack que:

—Creo que acaba de pasar un tipo al que conozco.

—Parece que estamos encontrándonos con muchos amigos esta noche —rió—. Después de todo, viejo amigo, hace bien volver a nuestra querida y sucia vieja ciudad otra vez. La criticamos cuando estamos aquí y hablamos de la vida en París, Viena y Bruselas, pero cuando estamos lejos no hay lugar en la tierra tan querido para nosotros, pues es nuestro «hogar». ¡Pero bueno! —rió—, me estoy poniendo romántico. ¡Ah, si tan solo pudiéramos encontrar a Muriel! Pero debemos hacerlo mañana. ¡Adiós! Iré al club a dormir, pues aún no he fijado ninguna residencia. Ven a las diez mañana y decidiremos algún plan. Una cosa es claramente cierta; Elma debe ser sacada de Rusia inmediatamente. Está en peligro mortal allí.

—Sí —dije—. ¿Y me ayudarás?

—Con todo mi corazón, viejo amigo —respondió mi amigo, estrechando mi mano calurosamente, y luego nos separamos, él paseando hacia la National Gallery de camino al «Junior», mientras yo regresaba al Cecil solo.

CAPÍTULO XVI

HOMBRES MARCADOS

—¿Capitán Durnford? —pregunté al portero del club a la mañana siguiente.

—No está aquí, señor.

—Pero durmió aquí anoche —observé—. Tengo una cita con él.

El hombre consultó el gran libro ante él y respondió:

—El capitán Durnford salió a las 9:27 anoche, señor, pero no ha regresado.

Extraño, pensé, pero aunque esperé en el club casi una hora, no hizo acto de presencia. Llamé de nuevo al mediodía, y no había llegado, y otra vez a las dos, pero ni siquiera entonces había aparecido. Entonces empecé a inquietarme. Regresé al hotel, resuelto a esperar unas horas más. Podría haber cambiado de opinión e ido a Eastbourne en busca de Muriel; sin embargo, si lo hubiera hecho, seguramente me habría telegrafiado.

Alrededor de las cuatro, mientras pasaba por el gran vestíbulo del hotel, oí una voz detrás de mí pronunciar un saludo en italiano, y al girarme con sorpresa, encontré a Olinto, vestido con su mejor traje negro, de pie con el sombrero en la mano.

En un instante recordé lo que Jack me había contado, y le miré con cierta sospecha.

—Signor Commendatore —dijo en voz baja, como temiendo ser escuchado—, ¿puedo permitirme hablar en privado con usted?

—Ciertamente —dije, y le llevé en el ascensor hasta mi habitación.

—He venido a advertirle, signore —dijo, una vez que le hube ofrecido asiento—. Sus enemigos quieren hacerle daño.

—¿Y quiénes son, por favor? —pregunté, mordiéndome los labios—. ¿Los mismos, supongo, que prepararon esa ingeniosa trampa en Lambeth?

—No estoy aquí para revelarle quiénes son, signore, solo para advertirle que tenga cuidado de sí mismo —fue la respuesta del italiano.

—¡Escuche, Olinto! —exclamé con determinación—, ya he tenido suficiente de este maldito misterio. Dígame la verdad sobre el asesinato de su pobre esposa allá en Escocia.

—¡Ah, signore! —respondió tristemente con voz cambiada—, no lo sé. Fue un complot. Alguien me representó, pero también fue asesinado. Creyeron que me habían derribado —añadió, con una risa amarga—. El cuerpo de la pobre Armida fue encontrado oculto detrás de una roca en el lado opuesto del bosque. Lo vi... ¡ah! —gritó estremeciéndose.

—¿Entonces ignora la identidad del asesino de su esposa?

—Completamente.

—Dígame una cosa —dije—. ¿Poseía Armida alguna baratija en forma de una pequeña cruz esmaltada, como una cruz de caballero en miniatura?

—Sí; se la di yo. La encontré en el suelo en la Mansion House, donde trabajaba como camarero extra para un banquete. Sé que debería haberla entregado a los sirvientes del Lord Mayor, pero era una cosita tan bonita que me sentí tentado de quedármela. Probablemente se le había caído de la chaqueta a uno de los diplomáticos que cenaban allí.

Me quedé en silencio. La leve sospecha de que Oberg había estado en ese lugar quedó totalmente descartada. La única pista que tenía estaba satisfactoriamente explicada.

—¿Por qué pregunta, Signor Commendatore? —añadió.

—Porque la cruz fue encontrada en el lugar y se creyó que había sido dejada caer por el asesino —dije.

La policía, al parecer, había logrado descubrir a la desafortunada mujer después de todo, y había averiguado que era su esposa.

—¿Conoce a un hombre llamado Leithcourt? —pregunté momentos después—. Ahora, diga la verdad. En este asunto, Olinto, nuestros intereses son mutuos, ¿no es así?

Él asintió, tras un momento de vacilación.

—Y conoce también a un hombre llamado Archer, a quien a veces conocen como Hornby o Woodroffe, así como a un amigo suyo llamado Chater.

—Sì, signore —dijo—. Les he conocido a todos, para mi pesar.

—¿Y ha conocido alguna vez a un ruso, un tal barón Oberg, y a su sobrina, Elma Heath?

—¿Su sobrina? No es su sobrina.

—¿Entonces quién es? —exigí.

—¿Cómo voy a saberlo? La he visto una o dos veces. Pero está muerta, ¿no? Ella conocía el secreto de esos hombres, y ellos tenían la intención de matarla. Intenté evitar que se la llevaran en el yate, y habría ido a la policía, solo que no me atreví.

—¿Por qué?

—Bueno, porque mis propias manos no estaban del todo limpias —respondió tras una pausa, con los ojos fijos en los míos todo el tiempo—. Sabía que tenían la intención de silenciarla, pero fui incapaz de salvarla, pobre joven. La llevaron a bordo del yate de Leithcourt, el Iris, y navegaron hacia el Mediterráneo, creo.

—Entonces el nombre y la apariencia del yate fueron alterados en el viaje, y se convirtió en el Lola —dije.

—Sin duda —sonrió—. El Iris era un vapor de muchos nombres y, creo, había sido pintado de casi todos los colores del arcoíris en varias ocasiones. Era un barco misterioso, pero ya no existe. Lo hundieron en algún lugar del Báltico, he oído.

—¿Y quién es este Oberg? —indagué, instándole a revelarme todo lo que sabía sobre él.

—Siente un gran miedo de la pobre joven, creo, pues fue por su instigación que Leithcourt y sus amigos la llevaron en ese fatal crucero en yate.

—¿Y cuál era su relación con ellos?

—Bueno, yo era el sirviente de Leithcourt —fue su respuesta—. Fui mayordomo en el Iris durante un año, hasta que supongo que pensaron que empezaba a ver demasiado, y entonces fui puesto en un puesto en tierra.

—¿Y qué vio?

—Más de lo que me gustaría contar, signore. Si les arrestaran a ellos, yo también sería arrestado, ya ve.

—Pero pretendo resolver este misterio, Olinto —dije con vehemencia, pues no estaba de humor para pequeñeces—. Lo averiguaré aunque me cueste la vida.

—Si el signore lo resuelve él mismo, entonces no se me puede acusar de revelar la verdad —fue la diplomática respuesta del hombre—. Pero me temo que son demasiado cautelosos.

—Armida ha perdido la vida. ¿Ciertamente eso es suficiente incentivo para que usted los lleve a todos ante la justicia?

—Por supuesto. Pero si la ley cae sobre ellos, también caerá sobre mí.

Expliqué la terrible aflicción a la que había sido sometido mi amor por esos brutos despiadados, tras lo cual gritó con entusiasmo:

—¡Entonces ella no está muerta! ¡Ella puede contarnos todo!

—¿Pero no puede contárnoslo usted?

—No; no todo. El secreto que ella conoce nunca ha sido revelado. Temían que ella pudiera ser imprudente, y por esa razón Oberg hizo la malvada sugerencia del viaje en yate. Iba a ser ahogada, accidentalmente, por supuesto.

—Está en San Petersburgo ahora. La dejé hace una semana.

—¡En Rusia! Ah, signore, por su bien, no permita que la joven permanezca allí. El barón es todopoderoso. Hace lo que quiere en Rusia, y cuanto más despiadado es con la gente que gobierna, mayores recompensas recibe del Zar. ¡Nunca he estado en Rusia, pero ciertamente debe ser un país extraño, signore!

—Bien —dije, sentándome en el borde de la cama y mirándole—. ¿Está preparado para denunciarlos si traigo a la Signorina Heath aquí, a Inglaterra?

—¿Pero qué utilidad tiene, si no tenemos una prueba clara? —fue su evasiva respuesta. Podía ver claramente que temía estar él mismo implicado en algún complot extraordinario, cuya naturaleza exacta se negaba tan resueltamente a revelarme.

Hablamos durante media hora larga, y por su conversación deduje que conocía bien a Elma.

—Ah, signore, ella era una joven tan agradable y de buen corazón. Siempre sentí mucha lástima por ella. Tenía un miedo mortal de ellos.

—¿Porque eran ladrones? —aventuré.

—¡Ah, peor!

—¿Pero por qué le indujeron a atraerle a esa casa en Lambeth? ¿Por qué deseaban tan evidentemente que yo fuera asesinado?

—Por accidente —interrumpió, corrigiéndome—. Siempre por accidente —y sonrió con amargura.

—¿Ciertamente conoce su motivo secreto? —observé.

—En ese momento no lo conocía —declaró—. Actué bajo sus instrucciones, viéndome obligado a hacerlo, pues tienen mi futuro en sus manos. Por lo tanto, no pude desobedecer. Usted sabía demasiado, por eso fue marcado para morir, tal como lo está ahora.

—¿Y quién es el que ahora busca mi vida? —pregunté gravemente—. Solo regresé de Rusia ayer.

—Sus movimientos son bien conocidos —respondió el joven italiano—. No puede ser demasiado cuidadoso. Woodroffe ha estado en Rusia con usted, ¿no es así?

Respondí afirmativamente, tras lo cual dijo:

—Eso pensaba, pero no estaba muy seguro.

—¿Y Chater? —indagué—; ¿dónde está él?

—En Londres.

—¿Y los Leithcourt?

Se encogió de hombros con un gesto de ignorancia, añadiendo: —La Signorina Muriel regresó a Londres desde Eastbourne esta mañana.

—¿Dónde puedo encontrarla? —pregunté con entusiasmo—. Es de suma importancia que la vea.

—Está con una pariente, una prima, creo, en Bassett Road, Notting Hill. La casa se llama «Holmwood».

—¿La ha visto usted?

—No. Oí que había regresado.

—¿Y su padre sigue escondiéndose de Chater?

—Sigue escondido, pero Chater es su mejor amigo.

—Eso es curioso —observé, recordando la partida apresurada de Rannoch—. ¿Se han reconciliado, supongo?

—Nunca se pelearon, hasta donde yo sé.

—¿Entonces por qué Leithcourt abandonó Escocia tan apresuradamente a la llegada de Chater? Usted sabe todo sobre el asunto, por supuesto.

Asintió, diciendo con una sonrisa amarga: —Sí; lo sé. La fiesta allí arriba debió de ser muy interesante. Si la policía hubiera podido hacer una incursión en el lugar, habría encontrado entre los invitados a ciertas personas «buscadas» desde hace mucho tiempo. Pero la llegada de Chater y la huida de Leithcourt tenían un objeto ulterior. Chater nunca había sido enemigo de Leithcourt.

—Pero no puedo entender eso —dije—. ¿Por qué Leithcourt habría atacado a Chater, le habría dejado inconsciente y encerrado en el armario de la biblioteca?

—¿Fue Leithcourt quien hizo eso? —preguntó con duda—. Creo que no. Fue otro de los invitados quien era el enemigo más acérrimo de Chater. Pero Philip Leithcourt aprovechó el alboroto para hacer creer que había huido debido a la llegada de Chater. ¡Ah! —añadió—, usted no tiene idea de sus artimañas. ¡Son asombrosas!

—Así parece —dije, aunque solo medio convencido de que el italiano me estuviera diciendo la verdad. Si era realmente, como había dicho, que la llegada de Chater y la huida era simplemente una «cortina de humo», entonces el misterio se profundizaba de nuevo.

—¿Entonces quién fue el hombre que atacó a Chater? —pregunté.

—Solo Chater lo sabe. Fue uno de los invitados, eso es bastante evidente.

—¿Y dice usted que la huida estaba preestablecida? —observé.

—Sí, con un motivo claro —dijo; luego, tras una pausa, añadió, con una mirada extraña y seria en sus ojos oscuros—: Perdóneme, Signor Commendatore, si me tomo la libertad de sugerir algo, ¿quiere?

—Ciertamente. ¿Qué sugiere?

—Que debería permanecer aquí, en este hotel, y no aventurarse a salir.

—¡Por miedo a que me ocurra algo desafortunado! —reí—. Realmente no tengo miedo, Olinto —añadí—. Ya sabe que llevo esto —y saqué mi revólver del bolsillo trasero del pantalón.

—Lo sé, signore —dijo ansiosamente—. Pero quizás no se le presente la oportunidad de usarlo. Cuando preparan una trampa, la ceban bien.

—Lo sé. Son un grupo de los sinvergüenzas más ingeniosos de Londres, es muy evidente. Sin embargo, no les temo en lo más mínimo —declaré—. Debo rescatar a la Signorina Heath.

—Pero, signore, tenga cuidado de sí mismo —gritó el italiano, poniendo su mano sobre mi brazo—. Es un hombre marcado. ¡Ah! ¿Acaso no lo sé? —exclamó sin aliento—. Si sale, puede toparse directamente con... bueno, el accidente fatal.

—No temas, Olinto —dije tranquilizadoramente—. Mantendré los ojos bien abiertos. Aquí, en Londres, la vida de uno está más segura que en cualquier otro lugar del mundo, quizás; ciertamente más segura que en algunos lugares que podría mencionar en su propio país, ¿eh? —ante lo cual sonrió.

Al momento siguiente se puso serio de nuevo y dijo:

—Solo advierto al signore que si sale, lo hace bajo su propio riesgo.

—Entonces que así sea —reí, sintiéndome seguro de que nadie podría llevarme a ninguna trampa. No era ni un extranjero ni un paleto de pueblo. Conocía Londres demasiado bien. Se quedó en silencio y negó con la cabeza; luego, tras decirme que seguía en el mismo restaurante en Westbourne Grove, se marchó, advirtiéndome una vez más que no saliera.

Media hora después, haciendo caso omiso de sus palabras, salí a Strand y caminé de nuevo hacia el «Junior». El corto día invernal había terminado, las lámparas de gas estaban encendidas y la oscuridad de la noche se acercaba gradualmente.

Jack no había estado en el club, y empecé ahora a sentirme profundamente inquieto. Se había separado de mí en la esquina de Strand con solo cinco minutos de camino por delante, y sin embargo, al parecer, había desaparecido. Mi primer impulso fue ir en coche a Notting Hill para preguntarle a Muriel si tenía noticias de él, pero de alguna manera las palabras de advertencia del italiano me hicieron preguntarme si le habría sucedido algo malo.

Recordé de repente a esos dos hombres que habían pasado mientras hablábamos, y cómo los rasgos de uno me habían parecido extrañamente familiares. Por lo tanto, tomé un taxi a la comisaría de policía en Whitehall e hice consultas al inspector de servicio en la gran oficina vacía con sus encendidos chorros de gas en globos de alambre. Me escuchó hasta el final, luego, volviendo atrás en el libro de «sucesos» ante él, echó un vistazo a las entradas reglamentadas.

—Creo que este es el caballero, señor —dijo. Y me leyó la entrada de la siguiente manera:

«El agente de policía 462A informa que a las 2:07 a.m., mientras estaba de servicio frente a la National Gallery, oyó un disparo de revólver, seguido por el grito de un hombre. Corrió hacia la esquina de Suffolk Street, donde encontró a un caballero tendido en la acera que sufría una grave herida de bala en el pecho y estaba completamente inconsciente. Obtuvo la ayuda de los agentes 218A y 343A, y el caballero, que no fue identificado, fue trasladado al hospital de Charing Cross, donde el médico de guardia expresó sus dudas sobre si podría sobrevivir. Ninguno de los agentes recuerda haber notado a ninguna persona sospechosa en las inmediaciones. JOHN PERCIVAL, Inspector.»

No esperé ni un momento más, sino que corrí al hospital en el taxi y, cinco minutos después, fui conducido por la sala, donde identifiqué al pobre Jack tendido en la cama, con el rostro pálido e inconsciente.

—El médico estuvo aquí hace un cuarto de hora —susurró la enfermera jefe—. Y teme que se esté consumiendo.

—¿No ha pronunciado palabra? —pregunté ansiosamente—. ¿No ha hecho ninguna declaración?

—Ninguna. Nunca ha recobrado el conocimiento y me temo, señor, que nunca lo hará. Es un caso de asesinato premeditado, me dijo la policía esta mañana temprano.

Apreté los puños y juré una feroz venganza por aquel acto cobarde. Y mientras estaba de pie junto a la estrecha cama, comprendí que lo que Olinto había dicho con respecto a mi propio peligro era la pura verdad. Yo era un hombre marcado. ¿Acaso nunca penetraría en aquel misterio inescrutable y cada vez mayor?

CAPÍTULO XVII

LA VERDAD SOBRE EL «LOLA»

Durante toda la larga noche llamé muchas veces al hospital, pero la respuesta era siempre la misma. Jack no había recobrado el conocimiento y el médico consideraba que su caso no tenía esperanza.

Por la mañana fui a toda prisa a Bassett Road, Notting Hill, y en la dirección que Olinto me había dado encontré a Muriel. Cuando entró en la habitación de puertas plegables en la que me habían hecho pasar, vi que estaba pálida y temerosa, pues no nos habíamos visto desde su huida y, sin duda, no sabía cómo explicarse. Pero no la presioné. Simplemente le dije que el italiano Santini me había dado su dirección y que yo venía como portador de noticias desafortunadas.

—¿Qué ocurre? —jadeó rápidamente.

—Se trata del capitán Durnford —respondí—. Ha sido herido en la calle y está en el hospital de Charing Cross.

—¡Ah! —exclamó—. Ya veo. No me explica la verdad. Por su rostro puedo decir que hay algo más. ¡Está muerto! Dígame lo peor.

—No, señorita Leithcourt —dije con gravedad—, no ha muerto, pero los médicos temen que no se recupere. Su herida es peligrosa. Ha sido disparado por una persona desconocida.

—¡Disparado! —repitió, rompiendo a llorar—. ¡Entonces le han seguido, después de todo! Me han engañado, y ahora, como pretenden quitármelo, yo misma lo protegeré. Usted, señor Gregg, ha estado en peligro de muerte, eso lo sé, pero los enemigos de Jack son los suyos, y no quedarán impunes. ¿Puedo verlo?

—Me temo que no, pero preguntaremos en el hospital. Y tras intercambiar algunas explicaciones más, tomamos un coche de punto de vuelta a Charing Cross.

Al principio, la enfermera jefe se negó a permitir que Muriel viera al paciente, pero ella suplicó con tanta insistencia que finalmente consintió, y la angustiada joven con el abrigo y el sombrero negros se acercó de puntillas a la cabecera de la cama.

—Estuvo consciente durante un cuarto de hora más o menos —susurró la enfermera que estaba sentada allí—. Preguntó por una dama llamada Muriel.

La joven a mi lado estalló en un sollozo ahogado.

—Dígale —dijo ella— que Muriel está aquí, que lo ha visto y que espera a que se recupere.

No se nos permitió quedarnos allí, y al salir del hospital la llevé de vuelta a Notting Hill, prometiéndole mantenerla bien informada sobre el estado de Jack. Había recuperado el conocimiento, por lo tanto, ahora había una leve esperanza de que se recuperara.

Pasaban los días y, aunque no se me permitía visitar a mi amigo, me decían que progresaba muy lentamente. Pasé el tiempo ocioso en el Hotel Cecil, deseando noticias de Elma cada día. Solo una vez llegó una carta suya, una nota breve y bien escrita de la que se deducía que estaba bastante bien y feliz, aunque anhelaba poder salir. La princesa era muy amable con ella y, añadió, estaba haciendo arreglos secretos para su huida a través de la frontera rusa hacia Alemania.

Sabía lo que eso significaba. Se iba a hacer uso de ciertos funcionarios rusos que estaban secretamente aliados con los revolucionarios para asegurar su salvoconducto más allá del poder de aquella orden de exilio del tirano de Plehve. Le escribí bajo sobre a la atención de la princesa, pero aún no había habido tiempo para una respuesta.

Vi a Muriel muchas veces, pero nunca se refirió a Rannoch ni a su repentina partida. Su único pensamiento era el hombre al que amaba.

—Siempre creí que usted estaba comprometida con el señor Woodroffe —dije un día, cuando la llamé para contarle el último parte de Jack.

—Es cierto que me pidió que me casara con él —respondió—. Pero hubo razones por las que no acepté.

—¿Razones relacionadas con su pasado, eh?

Ella sonrió y luego dijo:

—Ah, señor Gregg, es todo una historia extraña y muy trágica. Debo ver a Jack. ¿Cuándo cree que me permitirán ir a verlo?

Le expliqué que el médico temía causar al paciente una excitación indebida, pero que en dos o tres días había esperanzas de que se le permitiera visitarlo. Varias veces la policía me hizo preguntas, pero no pude decirles nada. No podía, por nada del mundo, recordar dónde había visto antes el rostro de aquel hombre que había pasado en la oscuridad.

Una tarde, diez días después del atentado contra Jack, se me permitió sentarme junto a su cama y hacerle preguntas.

—¡Ah, Gordon, viejo amigo! —dijo débilmente—. Me he salvado por los pelos, ¡por Júpiter! Después de dejarte, caminé rápidamente hacia el club, cuando, de repente, dos sinvergüenzas saltaron desde Suffolk Street y uno de ellos disparó un revólver directamente contra mí. Entonces no supe nada más.

—¿Pero quiénes eran los hombres? ¿Los reconoció?

—No, en absoluto. Ese es el problema.

—¡Pero Muriel sabe quiénes eran! —dije.

—¡Ah, sí! Tráigala aquí, ¿quiere? —suplicó el pobre hombre—, me muero por verla una vez más.

Entonces le conté cómo ella lo había contemplado mientras estaba inconsciente y cómo le había llevado el parte diario. Hablé con él durante una hora, instándole a que se recuperara pronto para que pudiéramos unirnos para sondear el misterio y llevar ante la justicia a los responsables del cobarde acto.

—Muriel lo sabe, y si lo ama, sin duda nos ayudará —dije.

—Oh, ella me ama, Gordon, lo sé —dijo el hombre postrado, sonriendo con satisfacción, y cuando me fui le prometí llevarla allí al día siguiente.

Así lo hice, pero tras conducirla hasta la cama al final de la sala, me retiré discretamente. Lo que ella le dijo no lo sé, por supuesto. Todo lo que sé es que una hora después, cuando regresé, los encontré como la pareja más feliz que pueda concebirse, y vi claramente que la confianza de Jack en ella no estaba mal depositada.

¿Pero qué hay de Elma? No había llegado ninguna otra palabra suya y empecé a inquietarme. Los días pasaron. Escribí dos veces, pero no recibí respuesta. Por fin no pude soportar más la incertidumbre y empecé a pensar en volver a Rusia.

Jack, cuando por fin fue dado de alta del hospital, vino al Cecil y vivió conmigo en lugar de en el «Junior». Al principio estaba muy débil, y yo cuidé de él, mientras que todos los días Muriel venía y comía con nosotros, alegrando nuestras vidas con su charla inteligente y alegre. Ella sabía que yo amaba a Elma y también estaba al tanto de los emocionantes acontecimientos en Rusia, ya que Jack se los había contado durante sus largos paseos en coche de punto cuando salía con ella para tomar el aire.

Un día recibí una breve nota de la princesa en Petersburgo, instándome a ser paciente y diciendo que Elma estaba sana y salva. Había razones, sin embargo, por las que no podía escribir, añadió. ¿Cuáles serían?, me preguntaba. Sin embargo, solo podía esperar hasta recibir noticias para viajar de vuelta a Rusia y traerla a casa. La princesa había prometido arreglarlo todo.

Llegó diciembre y seguimos alojados en el hotel. Una vez Olinto me escribió repitiendo su advertencia, pero no le hice caso. De alguna manera desconfiaba del sujeto.

Jack, ahora completamente recuperado, visitaba casi a diario Bassett Road y a menudo traía a Muriel al Cecil para tomar el té o almorzar. A menudo preguntaba por el paradero de su padre y de Hylton Chater, pero ella declaraba ignorarlo por completo y creía que estaban en el extranjero.

Una tarde, poco antes de Navidad, mientras holgazaneábamos en el bar americano del hotel, mi amigo me dijo que Muriel nos había invitado a tomar el té en casa de su prima aquella tarde, y en consecuencia fuimos allí juntos.

El salón al que nos hicieron pasar me era familiar, ya que era la estancia donde le había contado a Muriel el intento contra la vida de su amante.

Mientras estábamos sentados juntos, Muriel, una figura elegante con un vestido azul pálido, nos sirvió el té y charló con más alegría, pensé, que nunca. Parecía rápida y nerviosa, pero llena de felicidad, como debería haber estado, pues Jack Durnford era uno de los mejores hombres del mundo, y su recuperación fue poco menos que milagrosa.

—Gordon —me dijo con una seriedad repentina cuando terminó el té y dejamos nuestras tazas—. Quiero decirte algo, algo que siempre he deseado contarte, y ahora he conseguido el consentimiento de la querida Muriel. Quiero contarte sobre su padre y sus amigos.

—¿Y sobre Elma también? —dije con rápida avidez—. Sí, cuéntamelo todo.

—No, no todo, porque yo mismo no lo sé. Pero lo que sé, te lo explicaré tan brevemente como pueda y te dejaré que saques tus propias conclusiones. Es —continuó— una historia extraña, la más asombrosa. Cuando yo mismo fui consciente por primera vez del misterio, estaba a bordo del buque insignia, el Renown, bajo el mando del almirante Sir John Fisher. Estábamos en Malta cuando llegó el yate inglés Iris, propiedad del señor Philip Leithcourt, y entre los que iban a bordo navegando por placer estaban el señor Martin Woodroffe, el señor Hylton Chater, y la esposa y la hija del propietario, Muriel.

—Muriel y yo nos conocimos en una fiesta de tenis, y luego frecuentemente en varias casas de Malta, pues cualquiera que va allí y agasaja, pronto es agasajado a cambio. Surgió un afecto mutuo entre Muriel y yo —dijo, colocando su mano tiernamente sobre la de ella y sonriendo—, y a menudo nos reuníamos en secreto y dábamos largos paseos, hasta que, muy repentinamente, Leithcourt dijo que era necesario zarpar hacia Esmirna para recoger a unos amigos que habían estado viajando por Palestina. La noche en que zarparon, se produjo una gran consternación en la isla por la noticia de que la caja fuerte del despacho del Almirante Superintendente había sido abierta por expertos ladrones, y que se habían robado ciertos documentos secretos de suma importancia.

—¿Y bien? —pregunté, muy interesado.

—De nuevo, dos meses después, cuando la villa del príncipe de Montevachi, en Palermo, fue asaltada y se robaron todas las famosas joyas de la princesa, fue un hecho muy extraño que el Iris estuviera en ese momento en aquel puerto. Pero no fue hasta la tercera ocasión, cuando el yate estaba en Villefranche y nuestro escuadrón estaba en Tolón, que conseguí cuatro días de permiso para ir por la Riviera, cuando mis sospechas se despertaron, porque en la misma hora en que yo estaba cenando en el London House de Niza con Muriel y una compañera de escuela suya, Elma Heath —que pasaba el invierno allí con una dama que era prima del barón Oberg—, se cometió un gran robo en uno de los grandes hoteles de Cimiez, perdiendo la esposa de un millonario estadounidense joyas valoradas en treinta mil libras. Entonces, los robos, coincidentes con la visita del yate, despertaron mis fuertes sospechas. Observé la naturaleza de aquellos documentos robados en Malta y reconocí que solo podían ser de utilidad para un gobierno extranjero. Luego vino el incidente de Livorno del que me hablaste. El nombre del yate había sido cambiado a Lola, y había sido repintado. Hice averiguaciones minuciosas y descubrí que, la noche en que fue encallado deliberadamente para trabar amistad en el consulado, había una cañonera rusa en las cercanías. La caja fuerte del cónsul fue saqueada, y el plan era, sin duda, transferir cualquier cosa obtenida de ella a la cañonera rusa.

—¿Pero qué había en la caja fuerte? —pregunté.

—Afortunadamente, nada. Pero verás, sabían que nuestro escuadrón debía llegar a Livorno y que estaban en camino unos despachos extremadamente importantes para el almirante; órdenes secretas basadas en la decisión del gabinete británico sobre la espinosa cuestión de los barcos rusos que pasan por los Dardanelos; esperaban que estuvieran depositados en la caja fuerte hasta la llegada del escuadrón, como siempre ocurre. Sin embargo, quedaron amargamente decepcionados porque los despachos no habían llegado.

—¿Y después?

—Bueno, el único ruso que parecía tener alguna conexión con ellos era el barón Oberg, el gobernador general de Finlandia, cuya costumbre era pasar parte del invierno en el Mediterráneo. Por la conversación de Elma Heath en la cena de aquella noche en Niza, deduje que ella y su tío habían sido invitados en el Iris en varias ocasiones, aunque debo decir que Muriel era extremadamente reservada respecto a todo lo que concernía al yate.

—Por supuesto —dijo ella rápidamente—. Ahora que te he dicho la verdad, Jack, ¿no crees que era lo natural?

—Ciertamente, querida —respondió él, sin soltarle la mano—. El tuyo no era un secreto que pudieras contarme muy bien hasta que pudieras confiar plenamente en mí, especialmente porque tu padre había estado implicado en el robo de aquellos documentos de Malta. La verdad es —dijo, dirigiéndose a mí— que Philip Leithcourt ha sido todo el tiempo el instrumento del barón Oberg. Hace unos años era un conocido prestamista en la City, y en esa capacidad conoció al barón, quien, estando en desgracia, necesitaba un préstamo. También tenía la costumbre de realizar ciertas transacciones turbias con aquella audaz banda de ladrones continentales de la que Dick Archer y Hylton Chater eran los líderes. Por esta razón compró un yate para su uso, de modo que pudieran utilizarlo no solo para almacenar los bienes robados, sino para navegar de un lugar a otro bajo la apariencia de ricos ingleses que viajaban por placer. A bordo de aquel barco, de hecho, se almacenaban miles y miles de libras en joyas y objetos de valor, producto de muchos grandes robos en Inglaterra, Francia y Bélgica. A veces viajaban con el fin de deshacerse de las joyas en varias ciudades del interior donde las gemas, al haber sido talladas de nuevo, no eran reconocidas, mientras que otras veces, Chater y Archer, asistidos por Mackintosh, el capitán, y Olinto Santini, el mayordomo, navegaban hacia un puerto, desembarcaban, cometían un robo y luego volvían a zarpar, sin ser sospechosos, como ricos ingleses.

—¿Y la tripulación? —pregunté, tras una pausa.

—Estaban, por supuesto, bien pagados, y se les mantenía en la ignorancia de lo que el supuesto propietario y sus amigos hacían en tierra.

—¿Pero la conexión de Oberg con ello? —pregunté, sorprendido por aquellas revelaciones.

—¡Ah! —exclamó Muriel—. El ingenio de ese villano astuto es diabólico. Antes de ganarse el favor del Zar, le debía a mi padre una gran suma, y luego buscó cómo evitar el pago. Por medio de sus espías descubrió el verdadero propósito de los cruceros del Iris, pues a menudo me llevaban a bordo con una criada para disipar cualquier sospecha que pudiera surgir si solo viajaban hombres. Entonces no solo obligó a mi padre a cancelar la deuda, sino que impuso el barco y a quienes lo poseían y navegaban en el servicio secreto de Rusia. Una docena de veces intentamos obtener papeles secretos de los astilleros italianos, franceses e ingleses, pero solo una vez en el caso de Malta y otra en Tolón tuvimos éxito. Ah, señor Gregg —añadió—, usted no conoce toda la ansiedad que sufrí, cómo a cada hora estábamos en peligro de ser traicionados o capturados, y las cien veces que nos salvamos por los pelos de que los funcionarios de aduanas registraran el yate en busca de contrabando. Sin duda recordará la sensación causada por el robo de las joyas de la princesa Guillermina de Schaumbourg-Lippe a la doncella en el rapide entre Cannes y Les Arcs, el robo en la sucursal de Marsella del Crédit Lyonnais y el gran botín de plata del castillo de Bardon, el millonario parisino, cerca de Arcachón.

—Sí —dije, pues todos eran robos de los que había leído en los periódicos un par de años antes.

—Bueno —dijo ella—, todos fueron cometidos por Archer o Woodroffe y su banda, con cómplices en tierra, por supuesto, y nunca pareció que cayera sobre nosotros ninguna sospecha. Mientras la policía buscaba frenéticamente aquí y allá, nosotros solíamos levar anclas y salir tranquilamente con nuestro botín a bordo. Llevábamos con nosotros a un viejo lapidario holandés, y uno de los camarotes estaba equipado como taller, donde alteraba la apariencia de las piedras y las preparaba listas para la venta, mientras que el oro se fundía en un crisol y se enviaba a tierra para ser enviado a agentes en Hamburgo.

—¿Pero aquella noche en Livorno? —dije—. ¿Qué le pasó a la pobre Elma?

—No lo sé —fue la respuesta de Muriel—. Ambas estábamos a bordo juntas, y mirando por la rendija de la puerta, le vimos cenar aquella noche. Elma me dijo que creía que había un complot contra su vida, pero por qué, no quiso decírmelo. Evidentemente sabía del planeado saqueo de la caja fuerte del consulado. Oberg mismo estaba también a bordo, encerrado en su propio camarote. Elma debió de escuchar alguna conversación entre el barón y uno de los otros, pues estuvo con gran miedo todo el tiempo por si pudieran hacerle daño. Sin embargo, parecía, después de todo, como si su idea fuera la de siempre, colarse en su confianza. Sin embargo, en el instante en que usted bajó a tierra, Chater, Woodroffe —a quien usted llamaba Hornby— y Mackintosh, el capitán —que, por cierto, era un antiguo presidiario con licencia—, fueron a tierra y, por supuesto, irrumpieron en el consulado. Luego, tan pronto como regresaron, Elma vino a mi camarote, me despertó y dijo que el barón la llevaba a tierra y que debían viajar por tierra de regreso a Londres. Ella estaba ya lista para irse, así que la besé y, prometiendo verla pronto, nos despedimos. Eso fue lo último que supe de ella. Lo que le sucedió después solo ella puede decirnos.

—¿Pero ella no es la sobrina del barón? —dije.

—No. Hay algún misterio —declaró Muriel—. Ella guarda algún secreto que él teme que pueda divulgar. Pero de qué naturaleza, lo ignoro.

—¿Entonces usted dice que su padre nunca ha tomado parte activa en los robos? —observé.

—No. Comenzó prestando dinero y amasó una fortuna considerable. Luego la avaricia se apoderó de él, como ocurre con tantos hombres, y al entrar en contacto con Archer y sus amigos, vio que la idea del yate era segura y rentable. Por lo tanto, compró el barco y lo puso a disposición de los ladrones, y posteriormente bajo coacción en el servicio secreto de Rusia, como ya le he descrito. Los beneficios eran colosales. En un año, la parte de mi padre fue de ochenta mil libras.

—¿Y dónde está su padre ahora? —pregunté.

—¡Ah! —exclamó tristemente, con el rostro pálido y demacrado.

—He oído que el barco fue echado a pique en algún lugar del Báltico.

—Eso es cierto. Una vez que el propósito de Oberg se hubo cumplido, exigió la mitad de la propiedad a bordo, o daría aviso a las autoridades navales rusas de que el yate pirata estaba en circulación. Intentó chantajear a mi padre, como ya había hecho tantas veces, pero su plan se vio frustrado. Mi padre, debido a su trato inhumano hacia la pobre Elma, le desafió, momento en el que parece que Oberg, que estaba en Helsingfors, telegrafió al almirante de la flota rusa en el Báltico. La tripulación del Iris fue desembarcada inmediatamente en Riga, y solo Mackintosh y mi padre se hicieron de nuevo a la mar. ¡Ah! Mi padre estaba desesperado, pues conocía el carácter despiadado de aquel hombre de quien había sido víctima durante tanto tiempo. Observaron un crucero ruso que se dirigía hacia ellos, cuando, justo al acercarse, escaparon en un bote y volaron el yate, que se hundió en tres minutos con su riqueza mal habida a bordo.

—¿Y su padre?

Ella guardó silencio, y vi lágrimas en sus ojos.

—Hubo una tragedia —explicó Jack con voz baja y ronca—. Él y el capitán no se alejaron, por desgracia, lo suficiente del yate cuando lo volaron, y se fueron a pique con él.

Y miré en silencio a Muriel, que estaba de pie con la cabeza inclinada y el rostro pálido cubierto por sus manos.

Casi al mismo tiempo hubo un suave golpe en la puerta, y la criada anunció:

—El señor Santini, señorita.

—¡Ah! —exclamó Jack rápidamente, mientras Olinto entraba en la habitación—. ¡Entonces recibió mi nota! Le hemos pedido que venga para revelarnos este complot cobarde que parecía haberse formado contra el señor Gregg y contra mí. Como sabe, me he librado por los pelos.

—Lo sé, signore. Y el Signor Commendatore también está amenazado.

—¿Por quién?

—Por aquellos que mataron a mi pobre esposa, y que también pretendían silenciarme —fue su respuesta.

—Los mismos que le obligaron a llevarme a esa casa donde la silla fatal estaba preparada, ¿eh?

—Fue Archer, quien, temiendo que usted viniera a Londres en su busca, ideó ese diabólico artefacto —dijo en su inglés entrecortado. Luego, continuando, prosiguió con ferocidad:— Ahora que he descubierto por qué fue asesinada mi pobre Armida, diré la verdad y no les perdonaré. Desde que dejó Escocia, signore, he estado en Dumfries y he descubierto varios hechos que prueban que, por alguna razón conocida solo por él mismo, Leithcourt, mientras estaba en Rannoch, escribió a Armida y a mí por separado, concertando una cita para vernos al mismo tiempo en ese lugar al borde del bosque, ya que tenía algún encargo secreto que confiarnos. La carta dirigida a mí cayó aparentemente en manos de otro; probablemente uno de los agentes secretos del barón Oberg, que siempre vigilaban las actividades de Leithcourt, y él, ansioso por saber qué se pretendía, se disfrazó para parecerse a mí y acudió a la cita en mi lugar. Armida, habiendo recibido la carta sin que yo lo supiera, fue a Escocia y también estaba allí a la hora señalada. Lo que realmente ocurrió solo puede conjeturarse, pero parece que Leithcourt tenía la costumbre de ir a ese lugar y merodear allí por la tarde para reunirse con Chater en secreto, ya que este último estaba escondido en un pequeño hotel de Dumfries. Por tanto, quienes formaron el complot debieron esforzarse por arrojar sospechas sobre Leithcourt. Está claro, sin embargo, que como tanto yo como Armida conocíamos a la banda, les interesaba deshacerse de nosotros, porque las sospechas de la policía finalmente se habían despertado. La pobre Armida fue, por tanto, atraída deliberadamente allí hacia su muerte, mientras que el hombre curioso a quien el asesino tomó por mí también fue derribado.

—¿Por quién?

—No por Chater, pues él estaba en Londres esa noche.

—¿Entonces por Woodroffe? —dijo Durnford.

—Sin lugar a dudas. Todo estaba muy ingeniosamente pensado. Solo le beneficiaba a él cerrar nuestras bocas, porque en esa misma silla fatal de Lambeth, el viejo Jacob Moser, el corredor de lingotes judío de Hatton Garden, encontró la muerte; un crimen de lo más cobarde, con el que ninguno de sus amigos estaba relacionado, y del que solo nosotros teníamos conocimiento. Por eso nos escribió como si fuera de parte de Leithcourt, llamándonos a Rannoch, para asestar los golpes en la oscuridad —añadió en su peculiar estilo italiano—. Además, temía que le contáramos la verdad al signore.

—¿No se lo ha contado a la policía?

—No me atrevo, signore. Seguramente cuanto menos sepa la policía sobre este asunto, mejor; de lo contrario, la Signorina Leithcourt debe sufrir por la avaricia y las malas acciones de su padre.

—Sí —gritó Jack con ansiedad—. Así es, Olinto. La policía no debe saber nada. Las represalias debemos tomarlas nosotros mismos. ¿Pero quién fue el que me disparó en Suffolk Street?

—El mismo hombre, Martin Woodroffe.

—¿Entonces el asesino ha regresado de Rusia?

—Siguió de cerca al Signor Commendatore. Markoff, un hábil agente secreto del barón Oberg, vino con él.

Entonces, por primera vez, recordé que el hombre que había reconocido en Strand era un sujeto al que había visto holgazaneando en la antesala del palacio del Gobernador General de Finlandia. La pareja, temiendo que yo revelara lo que sabía, estaba sin duda en Londres para quitarme la vida en secreto. Ahora que Leithcourt estaba muerto, Woodroffe había unido fuerzas con Oberg y pretendía silenciarme porque temían que Elma, además de escapar de ellos, también hubiera revelado su secreto.

—Confío en que la Signorina Leithcourt haya explicado la historia del yate y su tripulación —observó Olinto—. Y también le haya mostrado cómo estuve implicado. Por tanto, discernirá la razón por la que hasta ahora he temido darle cualquier explicación.

—Sí —dije—, la señorita Leithcourt me ha contado muchas cosas, pero no todo. Aún no logro comprender por qué ella y su padre huyeron de Rannoch.

—Entonces se lo diré —dijo Muriel rápidamente—. Mi padre sospechaba que Woodroffe era el asesino en Rannoch Wood, pues sabía que se había separado del pacto original y ahora se había aliado con Oberg. Sin embargo, también era el objetivo de mi padre aparentar miedo hacia ellos, porque solo estaba esperando una oportunidad para trazar planes para el rescate de la pobre Elma desde Finlandia. Por eso, una tarde, Woodroffe llamó, y mi padre se lo encontró en la avenida y lo admitió con su propia llave por una de las puertas laterales del castillo, llevándolo después al estudio. Sabía que había venido a intentar llegar a un acuerdo para Oberg, por lo que vio que debía volar inmediatamente a Newcastle, donde estaba el Iris, subir a bordo y zarpar.

Con alguna excusa lo dejó en el estudio y luego advirtió a mi madre y a mí que nos preparáramos para partir. Pero mientras empacábamos, al parecer Chater, que había seguido, fue conducido al estudio por el mayordomo, o más bien entró él mismo al conocer bien la casa. Así, los dos hombres, ahora enemigos acérrimos, se encontraron. Una feroz pelea debió sobrevenir, y Chater fue envenenado y ocultado, creyendo Woodroffe, por supuesto, que lo había matado. Mi padre entró de nuevo al estudio y, al ver solo a Woodroffe allí, no supo lo que había ocurrido. Probablemente surgieron algunas palabras, cuando mi padre se volvió de nuevo y se marchó. Luego huimos a Carlisle y de allí a Newcastle, y a la mañana siguiente estábamos a bordo del yate en el Mar del Norte, desembarcando después en Róterdam. Esos —añadió— son brevemente los hechos, tal como mi pobre padre me los relató.

—¿Y qué hay de la pobre Elma y de su secreto? ¿Cuándo, me pregunto, la veré? —grité con desesperación.

—La verá ahora, signore —respondió Olinto—. Un sirviente de la princesa Zurloff la trajo a Londres esta tarde, y acabo de traerla de la estación. Está en la habitación contigua, ignorando, sin embargo, que usted está aquí.

Y sin una palabra más, corrí alegremente hacia adelante y abrí las puertas plegables que me separaban de mi amor silencioso.

Silenciosa, ¡sí! Pero ella podía, no obstante, contar su historia; seguramente la más extraña que mujer alguna haya vivido jamás para contar.

CAPÍTULO XVIII

CONTIENE LA HISTORIA DE ELMA

Ante mí estaba mi amor, una figura delgada, trágica y algo pálida con un pesado abrigo de viaje oscuro y un toque de fieltro, sus dulces labios entreabiertos y una mirada de asombro desconcertado en su rostro cuando irrumpí tan repentinamente ante ella.

En silencio agarré su pequeña mano enguantada de negro, y luego, también en silencio, la llevé apasionadamente a mis ansiosos labios. Sus suaves ojos oscuros —esos ojos que hablaban aunque ella fuera muda— se encontraron con los míos, y en ellos había una mirada que nunca antes había visto allí; una mirada que, tan claramente como cualquier palabra, me decía que mi pasión salvaje y febril era correspondida.

Ella miró más allá hacia la habitación donde los demás se habían reunido, y luego me miró interrogante, tras lo cual la conduje hacia donde estaban, y Muriel se abalanzó sobre ella y la besó con lágrimas corriendo por sus ojos.

—Preparé esta sorpresa para usted, señor Gregg —dijo Muriel, riendo a través de sus lágrimas de alegría—. Olinto supo que estaba de camino a Londres y lo envié a recibirla. La princesa se las ha arreglado magníficamente, ¿no es así?

—Sí. ¡Gracias a Dios que es libre! —exclamé—. Pero debemos convencerla de que nos lo cuente todo.

Muriel ya estaba ayudando a mi amor a quitarse su pesado abrigo ruso, una prenda costosa forrada de marta cibelina, y cuando, después de saludar a Jack y a Olinto, estuvo cómodamente sentada, tomé un poco de papel de carta de la pequeña mesa de escribir junto a la ventana y garabateé a lápiz las palabras:

«No necesito escribir lo encantado que estoy de que estés a salvo, de que el Todopoderoso haya escuchado mis oraciones por ti. Jack y Muriel me han contado todo sobre Leithcourt y sus socios canallas. Sé también, querida —pues puedo llamarte así, ¿no es así?—, cuánto debes haber sufrido terriblemente en silencio a través de todo ello. Leithcourt ha muerto. Hundió el yate con toda la propiedad robada a bordo, pero por accidente él mismo fue engullido».

Inclinándose y observando atentamente mientras escribía, ella se echó hacia atrás horrorizada y sorprendida ante las palabras. Luego añadí: «Los cuatro estamos decididos a que los culpables no queden sin castigo, y a que la aflicción puesta sobre ti sea adecuadamente vengada. Eres mi propio amor; soy lo suficientemente audaz como para llamarte así. Algún vínculo de afinidad fuerte pero misterioso entre nosotros me hizo buscarte, y tu rostro retratado parecía llamarme a tu lado aunque yo desconocía tu peligro. Fui enviado a ti por el poder invisible para rescatarte de las manos de tus enemigos. Por tanto, cuéntanoslo todo, todo lo que sepas, sin miedo, pues ahora que estamos unidos ningún daño puede asaltarnos».

Ella tomó el lápiz, y sosteniéndolo en sus dedos blancos se quedó mirando primero a nosotros, y luego mirando vacilante al papel blanco ante ella. Su posición, en medio de cien emociones contradictorias, era de extrema dificultad. Parecía como si incluso ahora fuera reacia a revelarnos la verdad absoluta.

Muriel, de pie detrás de su silla, acarició tiernamente apartando el torrente de cabello castaño de su frente blanca. Su tez era perfecta, incluso aunque su rostro estuviera pálido y fatigado, y sus ojos pesados, consecuencia de su largo y agotador viaje desde el ahora congelado Norte.

Al poco tiempo, cuando mediante señas tanto Jack como Olinto la instaron a escribir, ella se inclinó repentinamente, y su lápiz comenzó a correr velozmente sobre el papel.

Todos nosotros permanecimos intercambiando miradas en silencio, sin mirar por encima de ella, pero cada uno decidido a esperar con paciencia hasta el final. Una vez comenzado, sin embargo, no se detuvo. Hoja tras hoja fue cubriendo. El silencio durante mucho tiempo fue total, roto solo por el rápido correr del lápiz sobre la superficie rugosa del papel. Aparentemente se había visto presa de una determinación repentina de explicarlo todo, ahora que veía que hablábamos en serio, con absoluta seriedad.

Observé su dulce rostro inclinado tan intensamente, y mientras la luz del fuego caía a través de él, lo encontré incomparable. Sí; estaba afligida por la pérdida del habla, era cierto, pero era sin duda inexpresablemente dulce y femenina, inigualable sobre todas las demás.

Con un profundo suspiro terminó al fin, y, con la cabeza aún inclinada en una actitud de humillación, al parecer, me entregó lo que había escrito.

Con aliento entrecortado leí lo siguiente:

«¿Es cierto, querido amor —pues te llamo así a cambio—, que fuiste impulsado hacia mí por la mano misteriosa que dirige todas las cosas? Viniste en mi busca y arriesgaste tu vida por la mía en Kajana, por tanto tienes derecho a conocer la verdad. Tú, como mi paladín, y la princesa como mi amiga, han logrado efectuar mi libertad. Si no fuera por ti, ya habría estado de camino a Sajalín, a la tumba a la que Oberg había tramado tan ingeniosamente consignarme. ¡Ah! No sabes, nunca podrás saber, todo lo que he sufrido desde que era una niña».

Aquí la declaración se interrumpió y comenzó de nuevo de la siguiente manera:

«Para que entiendas la verdad, será mejor que empiece por el principio. Mi padre era un comerciante inglés en Petersburgo, y mi madre, Vera Bessanoff, quien, antes de su matrimonio con mi padre, era celebrada en la Corte por su belleza y era una de las damas de honor de la Zarina. Era la única hija del conde Paul Bessanoff, exgobernador de Járkov, y antes de casarse con mi padre había sido, junto con su madre, una figura bien conocida en la sociedad. Inmediatamente después de su matrimonio, su padre murió, dejándola en posesión de una fortuna amplia, lo que, con la propia riqueza de mi padre, los colocó entre los más ricos e influyentes de Petersburgo.

Entre los amigos más íntimos de mi padre estaba el barón Xavier Oberg —quien, en aquel tiempo, ocupaba una posición muy subordinada en el Ministerio del Interior— y desde mis primeros recuerdos puedo recordarlo viniendo frecuentemente a nuestra casa e invitado a los brillantes entretenimientos que mi madre daba. Cuando tenía trece años, sin embargo, mi padre murió de un resfriado contraído mientras cazaba jabalíes en su finca en Kiev, y en pocos meses un nuevo desastre nos sucedió. Una noche, mientras estaba sentada sola leyendo en voz alta a mi madre, dos desconocidos fueron anunciados, y al ser introducidos arrestaron a mi querida madre bajo la acusación de complicidad en un complot revolucionario contra el Zar que había sido descubierto en Peterhof. Me mantuve desafiante e indignada, pues mi madre ciertamente no era nihilista, sin embargo dijeron que la bomba había sido introducida en el palacio por la condesa Anna Shiproff, una de las damas de compañía, que era una amiga íntima de mi madre y a menudo solía visitarla. Alegaron que la conspiración se había fraguado en nuestra casa, dándose color a esa teoría por el hecho de que un año antes un conocido ruso con el que mi padre había tenido muchos negocios había demostrado ser el autor del complot por el que el tren del Zar fue volado cerca de Lividia. Arrancaron a mi madre de mi lado y la colocaron en ese furgón de prisiones gris, cuya visión en las calles de Petersburgo infunde terror en el corazón de todo ruso, pues una persona una vez en ese vehículo traqueteante está, como sabes, perdida para siempre para el mundo. La observé desde la ventana mientras era colocada en ese transporte fatal, y entonces creo que debo haberme desmayado, pues no recuerdo nada más hasta que me encontré en el suelo, con el amanecer gris extendiéndose, y toda la horrible verdad volvió a mí. ¡Mi madre se había ido para siempre!

En pura desesperación fui al Ministerio del Interior y busqué una entrevista con el barón, quien, cuando le conté el desastre, pareció muy preocupado y fue inmediatamente al Departamento de Policía para indagar. Al día siguiente, sin embargo, vino a mí con la noticia de que la acusación contra mi madre había sido probada por una declaración de la propia mujer Shiproff, y que ya había iniciado su largo viaje a Siberia; había sido exiliada a uno de esos temidos asentamientos árticos más allá de Yakutsk, un lugar donde es casi invierno eterno, y donde las condiciones de vida son tales que la mitad de los convictos están locos. El barón, sin embargo, declaró que, como amigo de mi padre, era su deber actuar como mi tutor, y que como mi padre había sido inglés debería ser enviada a una escuela inglesa. Por lo tanto, con su título autoadjudicado de tío, me llevó a Chichester. Durante años permanecí allí, hasta que un día vino repentinamente y me buscó, llevándome a Helsingfors, pues el Zar lo había nombrado Gobernador General de Finlandia. Allí, por primera vez, me presentó a su hijo Michael, un teniente de caballería de rostro lleno de espinillas, y dijo de una manera de lo más decisiva que debía casarme con él. Naturalmente me negué a casarme con un hombre del que sabía tan poco, tras lo cual, encontrándome obstinada, cambió rápidamente sus tácticas y se volvió la amabilidad misma, diciendo que como era joven me permitiría un año para decidirme.

Una semana más tarde, mientras vivía en el palacio de Helsingfors, escuché una conversación entre el Gobernador General y su hijo, que me reveló una verdad pasmosa que nunca había sospechado. ¡Fue el propio Oberg quien había denunciado a mi madre ante el Ministro del Interior, y había hecho esas crueles e infundadas acusaciones contra ella! Entonces discerní la razón. Al ser ella exiliada, su fortuna, así como la de mi padre, pasó a mí. La razón por la que estaban tramando que Michael se casara conmigo era para obtener el control de mi dinero. Vi de inmediato lo indefensa que estaba en manos de ese par sin escrúpulos, y reconocí, también, suficiente de los métodos del barón como 'El Estrangulador de Finlandia', para mostrarme qué clase de carácter tenía bajo ese exterior tranquilo, eminentemente respetable y vestido de negro. Después de enviar deliberadamente a mi pobre madre a Siberia, había asumido el papel de mi tutor para que pudiera, cuando yo fuera mayor de edad, obtener el control de mi herencia, siendo la idea sin duda que yo debería casarme con Michael, y luego, después de las formalidades legales necesarias, yo debería, bajo una falsa acusación de conspiración, compartir el mismo destino que mi madre había corrido».

—¡El sinvergüenza infernal! —exclamé cuando leí sus palabras, mientras de Jack, que había estado mirando por encima de mi hombro, escapaba un voto de venganza feroz y contundente.

—El barón me llevó con él a Petersburgo cuando fue por asuntos oficiales, y permanecimos allí casi un mes —continuaba la narración—. Mientras estaba allí recibí un mensaje secreto de 'El Sacerdote Rojo', el poder invisible y desconocido del nihilismo, que durante tantos años ha desconcertado a la policía. Fui a verlo, y me reveló cómo Oberg había logrado que mi madre fuera desterrada bajo una acusación falsa. Me advirtió contra el hombre que había pretendido ser amigo de mi padre, y también me dijo que había conocido íntimamente a mi padre, y que si me encontraba en alguna dificultad mayor debía comunicarme con él y me ayudaría. Oberg me llevó de vuelta a Helsingfors unos meses más tarde, y en verano fuimos a Inglaterra. Era un diplomático maravillosamente inteligente. Sus tácticas podía cambiarlas a voluntad. Cuando estaba en la escuela era rudo y brutal en su trato hacia mí, como lo era con todos; pero ahora parecía estar tratando de inspirar mi confianza tratándome con amable consideración y agradable afabilidad.

En Londres, en el Claridge's, conocimos a mi antigua compañera de escuela Muriel y a su padre —amigo de Oberg— y, en respuesta a su invitación, fuimos a hacer un crucero en su yate, el Iris, desde Southampton. Nuestro grupo era muy agradable e incluía a Woodroffe y Chater, mientras que nuestra travesía por el golfo de Vizcaya y a lo largo de la costa portuguesa resultó de lo más encantadora. Una noche, mientras estábamos fondeados cerca de Lisboa, Woodroffe y Chater, junto con Olinto, fueron a tierra, y cuando regresaron en las primeras horas de la mañana me despertaron al cruzar la cubierta sobre mi cabeza. Entonces oí a alguien fuera de la puerta de mi camarote trabajando como si usara un destornillador, desatornillando un tornillo de la madera. Esto despertó mi interés, y al día siguiente hice un examen minucioso del panelado, donde, en una parte, encontré dos pequeños tornillos de latón que evidentemente habían sido retirados recientemente. Por lo tanto, logré hacerme con un destornillador del taller del carpintero y, a la noche siguiente, cuando todos dormían, me escabullí y desatornillé el panel; para mi sorpresa, vi que la cavidad secreta detrás estaba llena de hermosas joyas, collares de diamantes, tiaras, gargantillas, perlas finas, esmeraldas y turquesas, todo arrojado allí indiscriminadamente.

Volví a colocar el panel y mantuve una vigilancia cuidadosa. En Marsella, donde hicimos escala, se trajeron a bordo más joyas y una pesada bolsa llena de vajilla de plata, que fueron escondidas detrás de otro panel. Entonces supe que aquellos hombres eran ladrones.

«Pero, sin duda», continuaba la extraña historia que mi amor mudo había escrito, «no necesito describir todo lo que ocurrió en aquel viaje tan lleno de acontecimientos, excepto contarte un incidente muy curioso que sucedió. Había hablado confidencialmente con Muriel sobre mis sospechas acerca de los hombres que eran nuestros compañeros invitados, y cuando en secreto le mostré varios lugares del yate donde se ocultaban objetos de valor, ella también se convenció de que aquellos hombres eran ladrones expertos a quienes su padre, por alguna razón inexplicable, prestaba ayuda y asilo. Me contó que, desde que dejó la escuela, había realizado bastantes cruceros y que el mismo grupo siempre acompañaba a su padre. Sin embargo, ella nunca había sospechado la verdad hasta que yo se la señalé. Pues bien, una calurosa noche de verano estábamos fondeados frente a Nápoles y, como había una gran fiesta en tierra y una función de gala en el teatro, Leithcourt tomó un palco y todo el grupo fue llevado a tierra en bote. A la tripulación también se le dio permiso para salir esa tarde, pero como el gran calor me había indispuesto, decliné acompañar al grupo del teatro y permanecí a bordo con un marinero llamado Wilson para constituir la guardia. Estábamos anclados a media milla de tierra y, más temprano esa tarde, el Barón había ido a tierra a enviar telegramas a Rusia y no había regresado.

Alrededor de las diez bajé a intentar dormir, pero tuve un ligero ataque de fiebre y no pude. Por lo tanto, me volví a vestir y me senté con la luz apagada, mirando a través de la bahía iluminada por las estrellas. De repente, vi desde mi ojo de buey que se acercaba un bote de tierra y reconocí en él al Barón con un desconocido bien vestido. Ambos subieron a bordo y el barquero, tras haber sido pagado, remó de vuelta a tierra. Entonces el Barón y su amigo —un hombre moreno, de mediana edad y con barba poblada, evidentemente una persona refinada— bajaron al salón y, tras unos instantes, llamaron al hombre llamado Wilson que estaba de guardia, dándole un vaso de whisky con agua, que él se llevó a cubierta para beberlo tranquilamente.

El carácter inusual de mis compañeros a bordo de aquella embarcación era tal que mi sospecha estaba constantemente alerta, por lo que la curiosidad me tentó a escabullirme y mirar por la rendija de la puerta que estaba entornada. Una mirada más atenta reveló el hecho de que el extraño era un alto funcionario ruso a quien me habían presentado una vez en el Palacio de Gobierno de Helsingfors, el Consejero Privado y Senador Paul Polovstoff. Estaban fumando juntos y discutían en ruso los medios por los cuales él, Polovstoff, había organizado la obtención de planos de algunas nuevas fortificaciones británicas en Gibraltar. Por lo que dijo, parecía que una mujer rusa, casada con un inglés, capitán de la guarnición, había sido forzada a entrar en el servicio secreto contra su voluntad, pero que ella, para salvarse, había prometido obtener las fotografías y los planos que se requerían. Oí el nombre del inglés y decidí tomar algunas medidas para informarle en secreto de las intenciones del agente ruso.

Al poco tiempo, los dos hombres tomaron cigarros frescos, subieron a cubierta y se reclinaron en las largas sillas de mimbre en el centro del barco. Todavía con toda la curiosidad por escuchar más detalles sobre la ingeniosa pieza de espionaje contra mi propia nación, me quité los zapatos y me arrastré hasta un lugar donde pude agacharme oculta y escuchar su conversación, pues la noche italiana era tranquila y sosegada. Hablaban principalmente de los asuntos en Finlandia, y Polovstoff se aventuró a disentir de algunas de las opiniones expresadas por Oberg. Esto despertó la ira del Barón, y supe, por el frío sarcasmo de sus comentarios y el tono peculiarmente duro de su voz, que estaba más irritado de lo que mostraba exteriormente. Se levantó y permaneció de pie con la espalda contra la amurada frente a su amigo, quien seguía sentado reclinado en su silla de cubierta insistiendo en sus propios puntos de vista. Estaba bastante tranquilo y en absoluto perturbado por el brillo maligno en los ojos del Barón. Quizás no le conocía tan bien como yo. No sabía qué significaba aquella mirada. De repente, mientras el Consejero Privado estaba reclinado en su silla fumando pensativamente su cigarro, hubo un destello brillante de color rojo sangre, una detonación sorda y un breve grito de agonía. Sobresaltada, me incliné alrededor de la esquina de la caseta de cubierta, cuando, para mi abyecto horror, vi bajo los rayos eléctricos al Consejero Privado del Zar tendido de lado en su silla con parte de su rostro volado. Entonces, la espantosa verdad se hizo evidente al instante. El cigarro que Oberg le había ofrecido allí abajo en el salón había explotado, y el pequeño proyectil oculto dentro del diabólico artificio había pasado hacia arriba hasta su cerebro. Por un momento me quedé completamente estupefacta, pero mientras miraba, vi al Barón, en un paroxismo de rabia, sacudir el puño frente al rostro del hombre muerto y gritar con una temible imprecación: "¡Sabueso! Has conspirado para reemplazarme en el favor del Zar. ¡Tenías la intención de convertirte en Gobernador General de Finlandia! Conocías ciertos hechos que tenías la intención de presentar ante su Majestad, sabiendo que las revelaciones resultarían en mi desgracia y caída. Pero, ¡condenado chucho!, ¡no sabías que aquellos que intentan frustrar a Xavier Oberg mueren por accidente o van de por vida a Kajana o a las minas!". Y pateó el cuerpo con el pie y se rió para sí mismo mientras se regodeaba con su cobarde crimen.

Observé su furia, incapaz de articular una sola palabra. Le vi, después de haber registrado los bolsillos del hombre muerto, levantar el cuerpo inerte con su espantoso rostro desfigurado y arrastrarlo hacia la amurada. Entonces corrí hacia adelante y lo encaré.

En un instante se abalanzó sobre mí y grité. Pero no llegó ninguna ayuda. El hombre Wilson dormía profundamente en la proa, pues el whisky que le había dado estaba adulterado», continuó el relato. «En su rostro había una mirada feroz y asesina como nunca antes había visto. "¡Tú!", gritó, con los ojos oscuros saltándose de sus órbitas al darse cuenta de que yo había sido testigo de su cobarde crimen. "¡Has espiado, niña!", siseó, "¡y tú también morirás!". Caí de rodillas suplicándole que me perdonara, pero él solo se rió de mi ruego. "¡Mira!", gritó, "¡ya que viste cómo disfrutaba de su cigarro, bien podrías ver esto!". Y con un esfuerzo levantó el cuerpo muerto en sus brazos, lo equilibró un momento en el costado del barco y luego, con una risa ronca de triunfo, lo arrojó al mar. Hubo un chapoteo, y luego estuvimos solos. "¡Y tú!", gritó con voz feroz, "¡tú que me has espiado, tú seguirás! ¡El agua de allí cerrará tu boca parlanchina!". Grité, supliqué e imploré, pero sus manos temblorosas estaban sobre mi garganta. Primero me arrastró hasta ponerme de pie, luego me arrojó de rodillas y, finalmente, con esa sombría brutalidad que lo caracteriza, me ordenó que fuera a buscar una fregona y un cubo del alcázar y eliminara las manchas de color rojo oscuro de la silla y la cubierta. Esto me obligó realmente a hacerlo, regodeándose en mi horror mientras eliminaba para él los rastros de su cobarde crimen. Luego, con la mano sobre mi hombro, dijo: "Niña, recuerda mantener en secreto el trabajo de esta noche. Si no, morirás una muerte más dolorosa que la que ha sufrido ese perro; una en la que experimentarás todas las torturas de los condenados. Recuerda, ni una sola palabra, ¡o la muerte! Ahora, ve a tu camarote y no vuelvas a entrometerte en mis asuntos".

Regresé a mi camarote tal como me ordenaron y me senté sin habla, presa de un horror abyecto. Las acciones diabólicas del hombre que era mi tutor me asustaban. Y, sin embargo, estaba completamente indefensa. ¿Qué podía hacer? ¿Quién en la sagrada Rusia me escucharía? Oberg era un poder en el Imperio; el propio Zar confiaba en él. Si hablaba, ¿quién me creería?, ¿quién prestaría atención a las palabras de una chica indefensa a quien él declararía inmediatamente histérica? Así esperé sola en la oscuridad, observando las luces del puerto brillando a través de las plácidas aguas hasta casi la una, cuando el alegre grupo regresó y el Barón los saludó alegremente como si nada hubiera sucedido. Pero mi corazón estaba helado por el recuerdo del espantoso crimen que se había cometido».

* * * * *

«¡Vaya! ¡Ahora lo recuerdo!», gritó Muriel, asombrada. «Recuerdo esa noche perfectamente, lo pálida que estabas cuando viniste a mi camarote y pediste que te dejara dormir en mi litera libre. No me contaste nada y solo dijiste que estabas enferma. Ninguna de nosotras tenía idea de que se había cometido una tragedia tan terrible. Pero, por supuesto, el Barón lo había organizado todo, pues fue por su instigación, recuerdo, que a la tripulación se le dio permiso para salir a tierra. Mackintosh sugirió que solo la mitad de la tripulación fuera, pero él declaró que si Wilson se quedaba solo sería suficiente».

«Yo también recuerdo el asunto perfectamente», declaró Jack, tirando de su bigote, completamente asombrado por la extraña historia de mi amor. Era una declaración clara de hechos duros y asombrosos, y ella ahora estaba allí aferrada a mí, mirando con entusiasmo a mis ojos, leyendo cada pensamiento que pasaba por mi mente. «Se causó una gran sensación cuando se descubrió el cuerpo. La escuadra estaba fondeada frente a Nápoles aproximadamente una semana después de que el Iris hubiera partido, y mientras estábamos allí, el cuerpo apareció cerca de Sorrento. Al principio no se le prestó mucha atención, pero por las marcas en la ropa del muerto se descubrió que era Polovstoff, uno de los funcionarios rusos de más alto rango que, según se decía, había sido advertido en varias ocasiones por los nihilistas. Por lo tanto, se concluyó que su muerte se debió a la venganza nihilista».

Elma señaló el papel e hizo una seña de que debía seguir leyendo. Así lo hice, y la declaración decía lo siguiente:

«La verdadera razón por la que el Barón me perdonó la vida fue porque, si yo moría, mi fortuna pasaría a un primo lejano que vivía en Durham. Sin embargo, su actitud hacia mí ahora era de lo más educada y agradable, un cambio que sentí que no presagiaba nada bueno. Tenía la intención de obtener mi dinero casándome con su hijo Michael, cuya mala reputación como jugador era bien conocida en Petersburgo. Viajamos de regreso a Finlandia en otoño, y en invierno me llevó a quedarme con su hermana en Niza. Sin embargo, casi a diario se refería a aquella tragedia en Nápoles y me amenazaba con la muerte si alguna vez pronunciaba una sola palabra, o incluso admitía haber visto alguna vez al hombre que fue su rival y su víctima».

«El pasado junio», comenzaba otro párrafo, «estábamos en Helsingfors, cuando un día el Barón me llamó repentinamente y me dijo que me preparara para un viaje. Debíamos cruzar a Estocolmo y de allí a Hull, donde el Iris nos estaba esperando, pues el Sr. Leithcourt y Muriel nos habían invitado a un crucero de verano por las islas griegas. Subimos al yate muy en contra de mi voluntad, sin embargo, yo no tenía poder y no me atrevía a alegar los hechos que ya había establecido sobre nuestros compañeros invitados. Muriel y yo, al parecer, fuimos llevadas simplemente para cegar a los guardias costeros y a los funcionarios de Aduanas sobre la verdadera naturaleza del buque, que, una vez a salvo fuera del Canal, fue repintado y rebautizado como Lola, hasta que su exterior presentaba una apariencia bastante diferente a la del Iris.

El puerto de Livorno fue nuestro primer lugar de escala y, por alguna razón, encallamos a propósito en un banco de arena y fuimos remolcados por torpederos italianos. A la noche siguiente viniste a bordo y cenaste, teniendo Muriel y yo órdenes estrictas de no dejarnos ver. Nosotras, sin embargo, te observamos, y vi cómo recogías mi fotografía que yo había roto ese mismo día. Luego, inmediatamente después de que te hubieras ido, Woodroffe, Chater y Mackintosh fueron a tierra y estuvieron fuera un par de horas en mitad de la noche. Justo antes de que regresaran, el Barón llamó a la puerta de mi camarote diciendo que debía ir a tierra y diciéndome que me vistiera y le acompañara. Nunca me permitió el lujo de una doncella, temiendo, supongo, que pudiera aprender demasiado. En obediencia, me levanté y me vestí, y cuando salí me dijo que buscara mi capa de viaje y mi neceser, añadiendo que se veía obligado a ir al norte, ya que continuar el crucero ocuparía demasiado tiempo. Tenía que volver a sus deberes oficiales, dijo. Tan pronto como terminé de hacer las maletas, los tres hombres regresaron al barco, todos luciendo con rostro sombrío y decepcionado. Woodroffe susurró algunas palabras al Barón, después de lo cual fui al camarote de Muriel y me despedí de ella, y fuimos a tierra, tomando el tren primero a Colle Salvetti, de allí a Pisa, y luego a la hermosa y antigua ciudad de Siena, que tanto había anhelado ver. Uno de mis dientes me causó dolor y el Barón, después de un par de días en el Hotel de Sienne, me llevó ante un pequeño y extraño italiano: un dentista que, según dijo, disfrutaba de una excelente reputación. Fui rápida en notar que los dos hombres se habían conocido antes, y mientras me sentaba en la silla y me administraban gas, les vi intercambiar miradas significativas. En unos momentos me quedé insensible, pero cuando desperté una hora más tarde, me quedé atónita al sentir un extraño dolor en mis oídos. Mi lengua, también, parecía paralizada, y en unos instantes la espantosa verdad amaneció sobre mí. ¡Me habían dejado sorda y muda!

El Barón fingió estar muy preocupado por mí», continuaba, «pero rápidamente me di cuenta de que había sido víctima de un complot vil y cobarde, y que él lo había concebido temiendo que yo pudiera decir la verdad sobre el Consejero Privado Polovstoff, pues vivía con el miedo constante a ser expuesto. Provocar mi fin iría en contra de sus propios intereses, ya que perdería mi fortuna, así que me silenció para que yo no revelara la terrible verdad sobre él y sus asociados. No era rico, y tengo razones para creer que de vez en cuando daba información sobre personas que poseían joyas valiosas, compartiendo así el botín obtenido por los del yate.

Desde Italia viajamos a Berlín, luego a Petersburgo y de regreso al lúgubre Helsingfors, viajando tan rápido como podíamos, aunque nunca permitiéndome la oportunidad de estar con extraños. Tanto mis oídos como mi lengua eran muy dolorosos, pero no dije nada. Era seguramente un demonio con abrigo negro, y mi único pensamiento ahora era cómo escapar de él. Desde el momento en que aquel llamado dentista arruinó mi audición y me privó del poder del habla, me mantuvo alejada de todos. El miedo a que yo revelara todo aparentemente había crecido hasta obsesionarlo, y había concebido ese terrible modo de silenciar mis labios. Pero la verdadera profundidad de su villanía no fue evidente hasta que estuve de regreso en Finlandia.

La noche de nuestra llegada llamó a su hijo, que había viajado con nosotros desde Petersburgo, y por escrito exigió nuevamente que me casara con él. Escribí mi respuesta: una firme negativa. Golpeó la mesa con ira con el puño y escribió diciendo que o me casaba con su hijo o moriría. Luego, al día siguiente, mientras caminaba sola más allá de la ciudad de Helsingfors, como solía hacer a menudo, fui arrestada bajo la falsa acusación de un intento contra la vida de Madame Vakuroff y transportada, sin juicio, a la terrible fortaleza de Kajana, algunos de cuyos horrores tú mismo has experimentado. La acusación contra mí era necesaria antes de que pudiera ser encarcelada allí, pero una vez dentro, el plan del Gobernador General era obtener mi consentimiento para el matrimonio mediante amenazas y los constantes terrores del lugar. Incluso llegó al extremo de obtener una orden ministerial para mi destierro a Sajalín y la trajo ante mí en Kajana, declarando que si en un mes no consentía, permitiría que me enviaran al exilio. Mientras estuve en Kajana supo que su secreto estaba a salvo, por lo tanto, por todos los medios a su alcance, me instó a consentir la odiosa unión.

Todo el resto es conocido por ti: cómo la Providencia te dirigió a mí como mi libertador, y cómo Woodroffe te siguió en secreto y, fingiendo ser mi amigo, me llevó con él a Petersburgo. Había conocido mi fortuna por el Barón y tenía la intención de casarse conmigo él mismo. Pero ahora que todo ha terminado, me parece un sueño terrible. Nunca creí que existiera tanta iniquidad en el mundo, o que los hombres pudieran luchar contra una mujer indefensa con tal doblez y cruel ingenio. Ah, las torturas que soporté en Kajana están más allá de la concepción humana. Sin embargo, seguramente Oberg y Woodroffe obtendrán su bien merecido castigo; si no en este mundo, entonces en el mundo venidero. ¿No se nos enseña en las Sagradas Escrituras a perdonar a nuestros enemigos? Por lo tanto, perdonemos».

* * * * *

Ahí terminó la extraña historia de mi amor silencioso. Un relato directo y sencillo que nos mantuvo a todos por momentos absolutamente sin habla: una de las historias más extrañas y sorprendentes jamás reveladas.

Ella observaba cada expresión de mi rostro, y luego, cuando terminé de leer y puse mi brazo tiernamente alrededor de su esbelta cintura, levantó su hermoso rostro hacia el mío para recibir el beso apasionado que imprimí sobre aquellos labios suaves y llenos.

«Esto, por supuesto, lo aclara todo», exclamó Jack. «Polovstoff era un funcionario de mente muy abierta y recto que gozaba del gran favor del Zar, y un serio rival de Oberg, cuyos métodos drásticos y despiadados en Finlandia no eran exactamente aprobados por el Emperador. El Barón era muy consciente de esto, y al atraerlo ingeniosamente a bordo del Iris logró, entregándole esa pequeña bomba oculta en un cigarro —un artificio nihilista que probablemente había sido incautado por su policía en Finlandia—, liberarse del rival que estaba destinado a ocupar su puesto».

«Sí», dije con un suspiro. «El misterio está aclarado, es cierto, pero mi pobre Elma sigue siendo la víctima». Y besé a mi amor apasionadamente una y otra vez en los labios.

CONCLUSIÓN

Casi dos años han pasado ya.

Ha habido cambios en la sagrada Rusia; muchos cambios grandes y sorprendentes como consecuencia de la guerra y sus desastres. Rusia ya no es la gran potencia que alguna vez se supuso que era. Muchos eventos que han sorprendido al mundo han ocurrido desde aquel día en que envolví por primera vez a mi amor silencioso entre mis brazos. Uno de ellos es conocido por todos ustedes.

Sin duda habrán leído en los periódicos cómo el barón Xavier Oberg, el perseguidor de Finlandia, el enemigo de la educación, el implacable adversario de los indefensos, el hombre que ordenó azotar hasta la muerte a mujeres en Kajana, el funcionario sin corazón a quien los finlandeses llamaban "El Estrangulador", fue hecho pedazos por una bomba lanzada bajo su carruaje mientras se dirigía a la estación de ferrocarril en Helsingfors para tener una audiencia con el Emperador.

La verdad secreta era que el "Sacerdote Rojo" decretó que Oberg debía morir, y el complot se ejecutó con rapidez; aunque se realizaron quinientas detenciones, la policía desconoce hasta el día de hoy la identidad de la persona que lo dirigió, o de quién lanzó el proyectil fatal. Los revolucionarios han sido perseguidos de un lado a otro por los sabuesos de la policía, sin embargo, el "Sacerdote Rojo" sigue viviendo tranquilamente en Petersburgo, y la princesa Zurloff, aún sin sospechas, dedica la mayor parte de sus enormes ingresos a la causa de la libertad.

De Jack y Muriel solo necesito decir que se casaron unos tres meses después del regreso de Elma de Rusia, y en la actualidad viven en las afueras de Glasgow, donde Jack ha conseguido el puesto en tierra que tanto tiempo había codiciado.

Por algún medio —no es del todo seguro cómo—, la policía descubrió que Dick Archer, alias Woodroffe, alias Hornby, estaba implicado en el inteligente robo de un maletín, que contenía las joyas de la baronesa viuda de Lancashire, a su lacayo en el andén de Euston, y tras una larga búsqueda lo encontraron escondido en un hotel de Liverpool. Sin embargo, cuando fueron a arrestarlo, se rió en la cara de los detectives, se puso algo rápidamente en la boca y lo tragó antes de que pudieran impedírselo; diez minutos después cayó muerto. Sabía qué terribles revelaciones debían hacerse si dábamos testimonio contra él, y por ello prefirió la muerte por su propia mano a la que seguiría a una sentencia judicial.

Chater, aunque era uno de los ladrones de joyas más expertos de Europa, nunca había sido culpable de ninguna ofensa más grave, y cuando supimos que estaba en San Francisco, donde había abierto un pequeño bar e intentaba vivir honestamente, decidimos permitirle permanecer allí. De hecho, Jack le escribió hace unos nueve meses advirtiéndole que no volviera a poner un pie en suelo inglés bajo pena de arresto.

Olinto Santini ha abierto recientemente un pequeño restaurante en Western Road, Brighton, y creo que le va muy bien.

¡Y nosotros! Bueno, ¿qué puedo decirles realmente? Las meras palabras no alcanzan a describir la plenitud de nuestra felicidad. Es idílica; eso es todo lo que puedo decir.

Mi propuesta de matrimonio se la hice a Elma pocos días después de que escribiera su asombrosa y romántica historia, y hace un año, en la pequeña iglesia de un pueblo de Hertfordshire, nos convertimos en marido y mujer, estando presente en nuestra boda Madame Heath, la madre de mi novia, a quien, gracias a mis gestiones en los círculos oficiales de Petersburgo, se le concedió la clemencia del Zar, siendo liberada de aquella lejana prisión ártica a la que había sido enviada con tan cruel injusticia.

Dos de los más grandes especialistas de Londres han tratado continuamente a mi querida esposa, y bajo su cuidado ella ya ha recuperado el habla; hasta tal punto, de hecho, que ahora puede susurrar con una voz suave y baja. Pero me dicen que tienen la esperanza de que dentro de poco su voz sea más fuerte y el habla prácticamente restaurada. Ya, también, puede empezar a oír.

Tras todas las tormentas y peligros del pasado, nuestras vidas están ahora, en efecto, llenas de una paz dulce y tranquila. En nuestra propia casita cómoda, con su porche enrejado cubierto de rosas y madreselvas, que mira hacia el azul del Canal en St. Margaret's Bay, más allá de Dover, llevamos una vida de confianza mutua y amor sin límites. Estamos sumamente contentos; creemos que somos la pareja más feliz del mundo.

A menudo, mientras nos sentamos juntos al atardecer, mirando hacia los grandes barcos que pasan oscuramente hacia el misterioso resplandor crepuscular, nuestras manos se entrelazan mutuamente en un silencio más elocuente que las palabras, y mientras miramos a los ojos del otro nos viene a la mente el mandato divino: "LO QUE DIOS HA UNIDO, QUE NO LO SEPARE EL HOMBRE".

FIN

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