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The Empty House and Other Ghost Stories

by Algernon Blackwood · in Spanish

LA CASA VACÍA

Y OTROS CUENTOS DE FANTASMAS

POR

ALGERNON BLACKWOOD

AUTOR DE

"JOHN SILENCE", "THE LOST VALLEY", ETC.

LONDRES EVELEIGH NASH COMPANY LIMITED

1916

Primera impresión 1906 Edición uniforme 1915 Reimpresión 1916

CONTENIDO

LA CASA VACÍA

UNA ISLA ENCANTADA

UN CASO DE ESCUCHA CLANDESTINA

CUMPLIENDO SU PROMESA

CON INTENCIÓN DE ROBAR

EL BOSQUE DE LOS MUERTOS

SMITH: UN EPISODIO EN UNA CASA DE HUÉSPEDES

UN REGALO SOSPECHOSO

LAS EXTRAÑAS AVENTURAS DE UN SECRETARIO PRIVADO EN NUEVA YORK

EL LAGO DEL ESQUELETO

LA CASA VACÍA

Ciertas casas, al igual que ciertas personas, se las arreglan de algún modo para proclamar al instante su carácter malvado. En el caso de estas últimas, no hace falta que ningún rasgo particular las traicione; pueden alardear de un semblante abierto y una sonrisa ingenua; y, sin embargo, un poco de su compañía deja la convicción inalterable de que algo anda radicalmente mal en su ser: que son malignas. Quieran o no, parecen comunicar una atmósfera de pensamientos secretos y perversos que hace que quienes se encuentran en sus inmediaciones se alejen de ellas como de algo enfermo.

Y, quizás, con las casas opere el mismo principio, y sea el aroma de las malas acciones cometidas bajo un techo determinado, mucho después de que los autores reales hayan desaparecido, lo que pone la carne de gallina y eriza el cabello. Algo de la pasión original del malhechor, y del horror sentido por su víctima, penetra en el corazón del observador inocente, quien de pronto se vuelve consciente de un hormigueo en los nervios, un escalofrío en la piel y un enfriamiento de la sangre. Se siente aterrorizado sin causa aparente.

Manifiestamente, no había nada en la apariencia externa de esta casa en particular que confirmara las historias del horror que se decía reinaba en su interior. No era solitaria ni descuidada. Se alzaba, apretujada en una esquina de la plaza, y se veía exactamente igual a las casas a ambos lados. Tenía el mismo número de ventanas que sus vecinas; el mismo balcón con vistas a los jardines; los mismos escalones blancos que conducían a la pesada puerta principal negra; y, en la parte trasera, había la misma estrecha franja de césped, con bordes de boj bien cuidados, que llegaba hasta el muro que la separaba de las partes traseras de las casas colindantes. Aparentemente, también el número de chimeneas en el tejado era el mismo; la anchura y el ángulo de los aleros; e incluso la altura de las sucias verjas del sótano.

Y, sin embargo, esta casa en la plaza, que parecía ser precisamente igual a sus cincuenta feas vecinas, era, de hecho, completamente diferente; horriblemente diferente.

En qué residía esta marcada e invisible diferencia es imposible decirlo. No puede atribuirse por entero a la imaginación, puesto que personas que habían pasado algún tiempo en la casa, sin saber nada de los hechos, habían declarado categóricamente que ciertas habitaciones eran tan desagradables que preferirían morir antes que entrar en ellas de nuevo, y que la atmósfera de toda la casa les producía síntomas de un terror genuino; mientras que la serie de inquilinos inocentes que habían intentado vivir en ella y se habían visto obligados a marcharse con el menor aviso posible, era, de hecho, poco menos que un escándalo en la ciudad.

Cuando Shorthouse llegó para hacer una visita de "fin de semana" a su tía Julia en su pequeña casa frente al mar, en el otro extremo de la ciudad, la encontró rebosante de misterio y emoción. Solo había recibido su telegrama esa misma mañana, y había venido anticipando aburrimiento; pero en el momento en que tocó su mano y besó su mejilla arrugada como piel de manzana, captó la primera oleada de su estado eléctrico. La impresión se profundizó cuando supo que no habría otros visitantes, y que se le había enviado un telegrama con un objetivo muy especial.

Algo se tramaba, y ese "algo" sin duda daría frutos; pues esta anciana tía soltera, con manía por la investigación psíquica, tenía cerebro además de fuerza de voluntad, y por las buenas o por las malas solía arreglárselas para lograr sus fines. La revelación se hizo poco después del té, cuando ella se acercó sigilosamente a él mientras caminaban lentamente a lo largo del paseo marítimo al anochecer.

—Tengo las llaves —anunció con una voz encantada, aunque medio temerosa—. ¡Las tengo hasta el lunes!

—¿Las llaves de la caseta de baño, o...? —preguntó él inocentemente, mirando desde el mar hacia la ciudad. Nada la hacía llegar al grano tan rápido como fingir estupidez.

—Ninguna de las dos —susurró—. Tengo las llaves de la casa encantada de la plaza, y voy a ir esta noche.

Shorthouse sintió el más leve temblor posible en la espalda. Dejó su tono burlón. Algo en su voz y en su manera lo emocionó. Hablaba en serio.

—Pero no puedes ir sola... —comenzó.

—Por eso te envié el telegrama —dijo ella con decisión.

Él se giró para mirarla. El rostro feo, surcado de arrugas y enigmático estaba lleno de excitación. Había un brillo de entusiasmo genuino a su alrededor como un halo. Los ojos brillaban. Captó otra oleada de su emoción, y un segundo temblor, más marcado que el primero, la acompañó.

—Gracias, tía Julia —dijo cortésmente—; muchísimas gracias.

—No me atrevería a ir completamente sola —continuó ella, elevando la voz—; pero contigo lo disfrutaría inmensamente. Sé que no te da miedo nada.

—Muchas gracias —dijo él de nuevo—. Eh... ¿es probable que ocurra algo?

—Han ocurrido muchas cosas —susurró ella—, aunque se han silenciado con mucha astucia. Tres inquilinos han ido y venido en los últimos meses, y se dice que la casa está vacía para siempre ahora.

A pesar de sí mismo, Shorthouse se interesó. Su tía hablaba muy en serio.

—La casa es muy antigua, en efecto —continuó ella—, y la historia, una desagradable, se remonta a mucho tiempo atrás. Tiene que ver con un asesinato cometido por un mozo de cuadra celoso que tuvo algún asunto con una criada de la casa. Una noche se las arregló para esconderse en el sótano, y cuando todos estaban dormidos, se deslizó escaleras arriba hacia los cuartos de los criados, persiguió a la chica hasta el rellano siguiente y, antes de que nadie pudiera acudir al rescate, la lanzó físicamente por encima de la barandilla hacia el vestíbulo de abajo.

—¿Y el mozo de cuadra...?

—Fue capturado, creo, y ahorcado por asesinato; pero todo sucedió hace un siglo, y no he podido obtener más detalles de la historia.

Shorthouse sintió entonces su interés completamente despertado; pero, aunque no estaba especialmente nervioso por sí mismo, dudó un poco por cuenta de su tía.

—Con una condición —dijo finalmente.

—Nada impedirá que vaya —dijo ella con firmeza—; pero bien podría escuchar tu condición.

—Que garantices tu capacidad de autocontrol si ocurre algo realmente horrible. Quiero decir... que estés segura de que no te asustarás demasiado.

—Jim —dijo ella con desdén—, no soy joven, lo sé, ni tampoco mis nervios; ¡pero contigo no tendría miedo de nada en el mundo!

Esto, por supuesto, lo decidió, pues Shorthouse no tenía pretensiones de ser más que un joven muy corriente, y una apelación a su vanidad era irresistible. Aceptó ir.

Instintivamente, mediante una especie de preparación subconsciente, mantuvo el control sobre sí mismo y sus fuerzas durante toda la tarde, obligándose a una reserva acumulativa de dominio a través de ese proceso interior innominado de ir guardando gradualmente todas las emociones y echando la llave sobre ellas; un proceso difícil de describir, pero maravillosamente eficaz, como bien entienden todos los hombres que han vivido duras pruebas del espíritu. Más tarde, le fue de gran utilidad.

Pero no fue hasta las diez y media, cuando estaban en el vestíbulo, bien bajo el resplandor de lámparas amigables y aún rodeados de reconfortantes influencias humanas, que tuvo que hacer el primer uso de esta reserva de fortaleza acumulada. Porque, una vez que la puerta se cerró y vio la calle desierta y silenciosa extendiéndose blanca bajo la luz de la luna ante ellos, se dio cuenta claramente de que la verdadera prueba esa noche consistiría en lidiar con dos miedos en lugar de uno. Tendría que cargar con el miedo de su tía además del suyo propio. Y, mientras miraba su semblante enigmático como una esfinge y se daba cuenta de que podría adoptar una expresión nada agradable ante una ráfaga de terror real, se sintió satisfecho con una sola cosa en toda la aventura: que tenía confianza en su propia voluntad y poder para resistir cualquier choque que pudiera venir.

Caminaron lentamente por las calles vacías de la ciudad; una brillante luna de otoño plateaba los tejados, proyectando sombras profundas; no soplaba ni una pizca de viento; y los árboles en los jardines formales junto al paseo marítimo los observaban en silencio mientras pasaban. Shorthouse no respondió a los comentarios ocasionales de su tía, dándose cuenta de que ella simplemente se estaba rodeando de amortiguadores mentales; diciendo cosas ordinarias para evitar pensar en cosas extraordinarias. Pocas ventanas mostraban luces, y de apenas una sola chimenea salía humo o chispas. Shorthouse ya había comenzado a fijarse en todo, incluso en los detalles más pequeños. Poco después se detuvieron en la esquina de la calle y miraron el nombre en el lateral de la casa, bañado por la luz de la luna, y de común acuerdo, pero sin hacer comentarios, giraron hacia la plaza y cruzaron hasta el lado que permanecía en sombra.

—El número de la casa es trece —susurró una voz a su lado; y ninguno de los dos hizo la referencia obvia, sino que cruzaron la ancha extensión de luz de luna y comenzaron a caminar por la acera en silencio.

Fue a mitad de la plaza cuando Shorthouse sintió un brazo deslizarse silenciosa pero significativamente en el suyo, y supo entonces que su aventura había comenzado en serio, y que su compañera ya estaba cediendo imperceptiblemente a las influencias que los acechaban. Necesitaba apoyo.

Unos minutos después, se detuvieron ante una casa alta y estrecha que se alzaba ante ellos en la noche, de forma fea y pintada de un blanco sucio. Ventanas sin contraventanas, sin persianas, miraban fijamente hacia abajo, brillando aquí y allá bajo la luz de la luna. Había marcas de intemperie en la pared y grietas en la pintura, y el balcón sobresalía del primer piso de una forma algo antinatural. Pero, más allá de este aspecto generalmente desolado de una casa deshabitada, no había nada a primera vista que distinguiera a esta mansión en particular por el carácter malvado que, sin duda, había adquirido.

Echando un vistazo por encima de sus hombros para asegurarse de que no los habían seguido, subieron con audacia los escalones y se pararon frente a la enorme puerta negra que los enfrentaba de manera prohibitiva. Pero la primera oleada de nerviosismo los invadió, y Shorthouse hurgó durante mucho tiempo con la llave antes de poder encajarla en la cerradura siquiera. Por un momento, si se decía la verdad, ambos esperaron que no se abriera, pues fueron presa de diversas emociones desagradables mientras estaban allí en el umbral de su aventura fantasmal. Shorthouse, trasteando con la llave y obstaculizado por el peso firme en su brazo, ciertamente sintió la solemnidad del momento. Era como si todo el mundo —pues toda experiencia parecía en ese instante concentrarse en su propia conciencia— estuviera escuchando el ruido chirriante de aquella llave. Una ráfaga de viento errante que bajaba por la calle vacía despertó un crujido momentáneo en los árboles detrás de ellos, pero, aparte de eso, el traqueteo de la llave era el único sonido audible; y al final giró en la cerradura y la pesada puerta se abrió de golpe, revelando un abismo de oscuridad más allá.

Con una última mirada a la plaza iluminada por la luna, entraron rápidamente, y la puerta se cerró de golpe detrás de ellos con un estruendo que resonó prodigiosamente por los pasillos y pasadizos vacíos. Pero, instantáneamente, con los ecos, se dejó oír otro sonido, y la tía Julia se inclinó de repente con tanto peso sobre él que tuvo que dar un paso atrás para evitar caerse.

Un hombre había tosido muy cerca de ellos, tan cerca que parecía que debían haber estado realmente a su lado en la oscuridad.

Con la posibilidad de las bromas pesadas en mente, Shorthouse balanceó de inmediato su pesado bastón en la dirección del sonido; pero no encontró nada más sólido que el aire. Oyó a su tía dar un pequeño jadeo a su lado.

—Hay alguien aquí —susurró ella—; lo he oído.

—¡Cállate! —dijo él con severidad—. No fue más que el ruido de la puerta principal.

—¡Oh! ¡Consigue una luz, rápido! —añadió ella, mientras su sobrino, trasteando con una caja de cerillas, la abrió al revés y dejó caer todas con un estrépito sobre el suelo de piedra.

El sonido, sin embargo, no se repitió; y no hubo pruebas de pasos que se retiraran. En un minuto más, tenían una vela encendida, usando un extremo vacío de una pitillera como soporte; y cuando el primer resplandor se apagó, levantó la lámpara improvisada y observó la escena. Y era lo suficientemente lúgubre en conciencia, pues no hay nada más desolado en todas las moradas de los hombres que una casa sin muebles, tenuemente iluminada, silenciosa y abandonada, y sin embargo habitada por el rumor con los recuerdos de historias malvadas y violentas.

Estaban de pie en un amplio vestíbulo; a su izquierda estaba la puerta abierta de un espacioso comedor, y frente a ellos el vestíbulo corría, estrechándose cada vez más, hacia un pasaje largo y oscuro que conducía aparentemente a la parte superior de las escaleras de la cocina. La ancha escalera sin alfombra se alzaba en una curva ante ellos, envuelta por todas partes en sombras, excepto en un único punto, a mitad de camino, donde la luz de la luna entraba por la ventana y caía sobre un parche brillante en los tablones. Este haz de luz proyectaba un tenue resplandor arriba y abajo, otorgando a los objetos a su alcance un contorno brumoso que era infinitamente más sugerente y fantasmal que la oscuridad completa. La luz de la luna filtrada siempre parece pintar rostros en la penumbra circundante, y mientras Shorthouse escudriñaba el pozo de oscuridad y pensaba en las incontables habitaciones y pasillos vacíos en la parte superior de la vieja casa, se sorprendió a sí mismo anhelando de nuevo la seguridad de la plaza iluminada por la luna, o la acogedora y brillante sala de estar que habían dejado una hora antes. Luego, al darse cuenta de que estos pensamientos eran peligrosos, los alejó de nuevo y reunió toda su energía para concentrarse en el presente.

—Tía Julia —dijo en voz alta, con severidad—, ahora debemos recorrer la casa de arriba abajo y hacer una búsqueda exhaustiva.

Los ecos de su voz se apagaron lentamente por todo el edificio, y en el silencio intenso que siguió, se giró para mirarla. A la luz de la vela vio que su rostro ya estaba mortalmente pálido; pero ella soltó su brazo por un momento y dijo en un susurro, acercándose a él—:

—De acuerdo. Debemos asegurarnos de que no hay nadie escondido. Eso es lo primero.

Habló con un esfuerzo evidente, y él la miró con admiración.

—¿Te sientes totalmente segura de ti misma? Aún no es demasiado tarde...

—Creo que sí —susurró ella, con los ojos moviéndose nerviosamente hacia las sombras detrás—. Totalmente segura, solo una cosa...

—¿Qué es eso?

—Nunca debes dejarme sola ni un instante.

—Mientras comprendas que cualquier sonido o aparición debe ser investigado de inmediato, pues dudar significa admitir el miedo. Eso es fatal.

—De acuerdo —dijo ella, un poco temblorosa, tras un momento de vacilación—. Lo intentaré...

Brazo con brazo, Shorthouse sosteniendo la vela que goteaba y el bastón, mientras su tía llevaba la capa sobre los hombros, figuras de absoluta comedia para todos menos para ellos mismos, comenzaron una búsqueda sistemática.

Sigilosamente, caminando de puntillas y ocultando la vela para que no delatara su presencia a través de las ventanas sin contraventanas, entraron primero en el gran comedor. No había ni un solo mueble a la vista. Paredes desnudas, feas repisas de chimenea y hogares vacíos los miraban fijamente. Todo, sentían, resentía su intrusión, observándolos, por así decirlo, con ojos velados; susurros los seguían; sombras revoloteaban silenciosamente a derecha e izquierda; algo parecía estar siempre a sus espaldas, observando, esperando una oportunidad para hacerles daño. Existía la inevitable sensación de que las operaciones que continuaban cuando la habitación estaba vacía se habían suspendido temporalmente hasta que ellos se hubieran marchado. Todo el oscuro interior del antiguo edificio parecía convertirse en una Presencia maligna que se alzaba, advirtiéndoles que desistieran y se ocuparan de sus propios asuntos; a cada momento aumentaba la tensión en los nervios.

Desde el lúgubre comedor pasaron a través de grandes puertas plegables hacia una especie de biblioteca o sala de fumadores, envuelta igualmente en silencio, oscuridad y polvo; y desde allí regresaron al vestíbulo cerca de la parte superior de las escaleras traseras.

Aquí un túnel negro como el carbón se abría ante ellos hacia las regiones inferiores, y —debe confesarse— vacilaron. Pero solo por un minuto. Con lo peor de la noche aún por llegar, era esencial no retroceder ante nada. La tía Julia tropezó en el primer escalón del oscuro descenso, mal iluminado por la vela parpadeante, e incluso Shorthouse sintió que al menos la mitad de la decisión abandonaba sus piernas.

—¡Vamos! —dijo perentoriamente, y su voz corrió y se perdió en los espacios oscuros y vacíos de abajo.

—Ya voy —balbuceó ella, agarrándose a su brazo con una violencia innecesaria.

Bajaron un poco inestables los escalones de piedra, un aire frío y húmedo les salió al encuentro en la cara, viciado y maloliente. La cocina, a la que las escaleras conducían a lo largo de un pasillo estrecho, era grande, con un techo elevado. Varias puertas daban a ella —algunas a alacenas con tarros vacíos aún en las estanterías, y otras a horribles pequeñas oficinas traseras fantasmales, cada una más fría y menos acogedora que la anterior. Escarabajos negros corrían por el suelo, y una vez, cuando chocaron contra una mesa de madera de pino apoyada en un rincón, algo del tamaño de un gato saltó hacia abajo con un estruendo y huyó, escabulléndose por el suelo de piedra hacia la oscuridad. Por todas partes había una sensación de ocupación reciente, una impresión de tristeza y penumbra.

Dejando la cocina principal, se dirigieron luego hacia el lavadero. La puerta estaba entreabierta, y al empujarla hasta abrirla por completo, la tía Julia lanzó un grito penetrante, que intentó sofocar al instante poniéndose la mano sobre la boca. Durante un segundo Shorthouse se quedó rígido, conteniendo la respiración. Sintió como si su columna vertebral se hubiera vuelto repentinamente hueca y alguien la hubiera llenado de partículas de hielo.

Frente a ellos, directamente en su camino entre los marcos de la puerta, estaba la figura de una mujer. Tenía el cabello despeinado y ojos desorbitados, y su rostro estaba aterrorizado y blanco como la muerte.

Se quedó allí inmóvil durante el espacio de un solo segundo. Luego la vela parpadeó y ella se había ido; ido por completo; y la puerta no enmarcaba nada más que oscuridad vacía.

—Solo la maldita luz de la vela saltarina —dijo él rápidamente, con una voz que sonaba como la de otro y que apenas tenía bajo control—. Vamos, tía. No hay nada allí.

La arrastró hacia adelante. Con un estrépito de pies y una gran apariencia de audacia continuaron, pero sobre su cuerpo la piel se movía como si hormigas que se arrastraran la cubrieran, y supo por el peso en su brazo que estaba suministrando la fuerza de locomoción para dos. El lavadero estaba frío, desnudo y vacío; más parecido a una gran celda de prisión que a cualquier otra cosa. Lo recorrieron, probaron la puerta que daba al patio y las ventanas, pero las encontraron todas aseguradas. Su tía se movía a su lado como una persona en un sueño. Tenía los ojos fuertemente cerrados y parecía seguir simplemente la presión de su brazo. Su valentía lo llenó de asombro. Al mismo tiempo, notó que un cierto cambio extraño había tenido lugar en su rostro, un cambio que de alguna manera evadía su capacidad de análisis.

—No hay nada aquí, tía —repitió él en voz alta rápidamente—. Vamos arriba y veamos el resto de la casa. Luego elegiremos una habitación en la que esperar.

Ella lo siguió obedientemente, manteniéndose cerca de su lado, y cerraron la puerta de la cocina detrás de ellos. Fue un alivio subir de nuevo. En el vestíbulo había más luz que antes, pues la luna había avanzado un poco más por las escaleras. Con cautela comenzaron a subir hacia la oscura bóveda de la parte superior de la casa, con los tablones crujiendo bajo su peso.

En el primer piso encontraron las grandes salas de estar dobles, cuya búsqueda no reveló nada. Aquí tampoco había rastro de muebles u ocupación reciente; nada más que polvo, descuido y sombras. Abrieron las grandes puertas plegables entre la sala de estar delantera y la trasera y luego salieron de nuevo al rellano y siguieron subiendo.

La subida al segundo piso no arrojó resultados, aunque el ambiente se volvió más pesado y cargado, como si el aire allí arriba estuviera viciado por una presencia invisible. Al llegar al tercer piso, se encontraron con un corredor sombrío flanqueado por varias puertas cerradas. El silencio era tan absoluto que el latido de sus propios corazones parecía atronar en el espacio confinado.

Shorthouse se detuvo frente a la puerta que, según la leyenda del lugar, correspondía a la estancia donde la tragedia había alcanzado su punto más cruel. Su mano, al posarse sobre el pomo de hierro frío, tembló involuntariamente. Su tía, pálida como el mármol bajo la luz vacilante de la vela, se aferró a su brazo con una fuerza desesperada.

—¿Debemos entrar? —susurró ella, con los ojos clavados en las sombras que se alargaban ante ellos.

Él no respondió con palabras, sino que empujó la puerta. La estancia estaba sumida en una oscuridad profunda, apenas perforada por el resplandor de la vela que él sostenía en alto. No había nada allí, salvo los restos de un viejo armario y el polvo acumulado durante años sobre las tablas del suelo. Sin embargo, apenas cruzaron el umbral, una oleada de frío glacial los azotó, obligándolos a retroceder un paso.

En ese preciso instante, el aire pareció vibrar con una nota discordante, un murmullo sordo que no provenía de ninguna fuente definida. Shorthouse sintió que su voluntad, hasta entonces firme, comenzaba a desmoronarse bajo una presión externa, sutil pero implacable. Era como si la habitación misma estuviera intentando absorber su energía, consumiendo su capacidad de razonar para dejar solo el miedo puro.

—¿Escuchas eso? —preguntó ella, con la voz quebrada.

Él asintió lentamente. Un sonido de pasos, leves y apresurados, se escuchó sobre sus cabezas, en el ático que aún quedaba por explorar. No eran pasos humanos, o al menos no lo eran en el sentido terrenal; tenían una cualidad etérea, un arrastrar de pies que sugería una urgencia desesperada, una huida constante ante un perseguidor invisible.

Shorthouse apretó los dientes, dominando el impulso de soltar la vela y huir escaleras abajo. Sabía que si se rendían al pánico en ese momento, quedarían a merced de lo que fuera que habitaba aquel espacio. Con un esfuerzo sobrehumano, obligó a sus pies a avanzar hacia la escalera que subía al último nivel.

—Debemos ver —dijo él, con voz ronca—. No podemos dejar esto así.

Subieron, peldaño a peldaño, mientras el ruido arriba se volvía más frenético. El aire se sentía cada vez más denso, cargado de una hostilidad antigua que parecía emanar de las paredes mismas. Al llegar al rellano superior, la vela se agitó violentamente, aunque no había corriente de aire, y la llama comenzó a oscilar como si estuviera luchando por sobrevivir en un vacío que se tragaba la luz.

Entonces, el sonido cambió. Los pasos apresurados se detuvieron bruscamente, seguidos por un silencio tan profundo y antinatural que les hizo contener el aliento. En la oscuridad que los rodeaba, sintieron que algo los observaba, algo que no tenía ojos, pero cuya mirada pesaba sobre ellos con una malicia insoportable. Shorthouse levantó la vela, pero solo encontró la negrura absoluta de un pasillo que parecía no tener fin.

El contacto visual fue apenas una impresión, pues la oscuridad exterior era tan absoluta que solo pude distinguir la forma difusa de una cabeza humana, sin rasgos identificables, que se cernía contra el cristal. La figura permaneció inmóvil durante lo que parecieron horas, aunque seguramente no fueron más que unos pocos segundos. Luego, con una lentitud que me heló la sangre, una mano comenzó a tantear el picaporte.

El pestillo cedió con un chasquido metálico que en aquel silencio atronador sonó como un disparo. La puerta se abrió unos centímetros y, a través de la rendija, una ráfaga de aire gélido, cargada con un olor a agua estancada y tierra húmeda, se coló en la habitación. No entró nadie; simplemente, la figura permaneció allí, recortada contra el vacío, mientras yo, con el rifle en ristre, sentía cómo la voluntad de disparar se disolvía ante una parálisis que no era física, sino una abyecta sumisión del espíritu.

Entonces, sin previo aviso, el intruso se retiró. Oí el crujido de las tablas de la veranda bajo un peso que parecía inhumano por su torpeza y, al mismo tiempo, por su absoluta falta de sonido al desplazarse. Me obligué a avanzar hacia la puerta, pero mis piernas apenas me obedecían. Al asomarme, no vi rastro de los hombres, ni de la canoa, ni de nada que justificara el terror que aún vibraba en las paredes de la cabaña.

La noche recuperó su dominio, pero el horror no se disipó. Permanecí allí, inmóvil, con el arma agarrada hasta que mis nudillos se tornaron blancos. El aire de la casa se había vuelto denso, cargado de una presencia que no necesitaba ojos para vigilarme, ni manos para amenazarme; era una fuerza, una antigua y paciente malevolencia que se había despertado con mi llegada.

Comprendí entonces que no se trataba de indios, ni de hombres de carne y hueso. Lo que había visto era un eco, una proyección de un pasado que habitaba en las grietas de esa isla, esperando a que alguien, en su aislamiento, se convirtiera en el receptáculo de su angustia. El amanecer parecía una promesa inalcanzable, y mientras la oscuridad me envolvía de nuevo, supe que la lucha no estaba afuera, contra los invasores, sino dentro de mí mismo, intentando evitar que mi mente se desgarrara bajo la presión de lo inexplicable.

Era la figura de un indio, de hombros anchos e inmensos; en verdad, la figura de hombre más grande que jamás haya visto fuera de un circo. Gracias a un poder de luz que parecía generarse en el cerebro, vi el rostro oscuro y fuerte, con la nariz aguileña y los pómulos altos, aplastado contra el cristal. No pude determinar la dirección de su mirada; pero unos tenues destellos de luz, mientras los grandes ojos rodaban y mostraban el blanco, me indicaron claramente que ningún rincón de la habitación escapaba a su escrutinio.

Durante lo que parecieron cinco minutos completos, la oscura figura permaneció allí, con los enormes hombros inclinados hacia adelante para llevar la cabeza al nivel del cristal; mientras detrás de él, aunque no tan grande, la forma sombría del otro indio se balanceaba de un lado a otro como un árbol combado. Mientras esperaba en una agonía de suspenso y agitación su siguiente movimiento, pequeñas corrientes de sensación gélida recorrían mi columna vertebral y mi corazón parecía detenerse y volver a latir con aterradora rapidez. ¡Debían haber escuchado sus latidos y el zumbido de la sangre en mi cabeza! Además, era consciente, mientras sentía una fría corriente de transpiración correr por mi rostro, de un deseo de gritar, de vociferar, de golpear las paredes como un niño, de hacer ruido o hacer cualquier cosa que aliviara el suspenso y llevara las cosas a un rápido clímax.

Probablemente fue esta inclinación la que me condujo a otro descubrimiento, pues cuando intenté llevar mi rifle desde atrás para levantarlo y apuntarlo hacia la puerta, listo para disparar, descubrí que era incapaz de moverme. Los músculos, paralizados por este extraño miedo, se negaban a obedecer a la voluntad. ¡Aquí había, en efecto, una complicación aterradora!

* * * * *

Hubo un tenue sonido de traqueteo en el pomo de latón, y la puerta se abrió un par de pulgadas. Una pausa de unos segundos, y se abrió aún más. Sin un sonido de pasos que fuera apreciable para mis oídos, las dos figuras se deslizaron dentro de la habitación, y el hombre que iba detrás cerró suavemente la puerta tras de sí.

Estaban a solas conmigo entre las cuatro paredes. ¿Podrían verme allí de pie, tan quieto y erguido en mi rincón? ¿Me habrían visto acaso ya? Mi sangre surgió y zumbó como el redoble de tambores en una orquesta; y aunque hice lo posible por reprimir mi respiración, sonaba como el estruendo del viento a través de un tubo neumático.

Mi suspenso respecto al siguiente movimiento pronto llegó a su fin, solo para dar paso a una nueva y más aguda alarma. Los hombres no habían intercambiado hasta entonces palabras ni señales, pero había indicaciones generales de un movimiento a través de la habitación, y hacia dondequiera que fueran tendrían que pasar alrededor de la mesa. Si venían hacia mi lado, tendrían que pasar a menos de quince centímetros de mi persona. Mientras consideraba esta posibilidad tan desagradable, percibí que el indio más pequeño (más pequeño en comparación) levantó súbitamente el brazo y señaló hacia el techo. El otro individuo levantó la cabeza y siguió la dirección del brazo de su compañero. Empecé a comprender por fin. Iban al piso de arriba, y la habitación directamente encima, hacia la que señalaban, había sido hasta esta noche mi dormitorio. Era la habitación en la que había experimentado esa misma mañana una sensación de miedo tan extraña, y gracias a la cual, de no haber sido por ella, habría estado durmiendo en la estrecha cama junto a la ventana.

Los indios comenzaron entonces a moverse silenciosamente por la habitación; iban arriba y venían rodeando mi lado de la mesa. Tan sigilosos eran sus movimientos que, de no haber sido por el estado anormalmente sensible de mis nervios, nunca los habría oído. Tal como estaban las cosas, su andar felino era claramente audible. Como dos monstruosos gatos negros vinieron alrededor de la mesa hacia mí, y por primera vez percibí que el menor de los dos arrastraba algo por el suelo tras de sí. Mientras se arrastraba sobre el suelo con un sonido suave y de barrido, de alguna manera tuve la impresión de que era una cosa grande y muerta con las alas extendidas, o una rama de cedro grande y extendida. Fuera lo que fuese, era incapaz de verlo incluso en su contorno, y estaba demasiado aterrorizado, aun si hubiera poseído el control sobre mis músculos, para mover el cuello hacia adelante en el esfuerzo por determinar su naturaleza.

Cada vez más cerca venían. El líder apoyó una mano gigante sobre la mesa mientras se movía. Mis labios estaban pegados y el aire parecía arder en mis fosas nasales. Intenté cerrar los ojos, para no ver mientras pasaban a mi lado; pero mis párpados se habían entumecido y se negaban a obedecer. ¿Nunca pasarían de largo? La sensación parecía haber abandonado también mis piernas, y era como si estuviera de pie sobre simples soportes de madera o piedra. Peor aún, era consciente de que estaba perdiendo el equilibrio, la capacidad de permanecer erguido, o incluso de apoyarme hacia atrás contra la pared. Alguna fuerza me atraía hacia adelante, y un terror vertiginoso me invadió ante la idea de que perdería el equilibrio y caería hacia adelante contra los indios justo cuando estaban a punto de pasar a mi lado.

Incluso los momentos que se alargan hasta convertirse en horas deben llegar a su fin en algún momento, y casi antes de darme cuenta las figuras habían pasado a mi lado y tenían los pies en el peldaño inferior de la escalera que conducía a los dormitorios de arriba. No habría habido más de quince centímetros entre nosotros, y sin embargo solo era consciente de una corriente de aire frío que los seguía. No me habían tocado, y estaba convencido de que no me habían visto. Incluso la cosa que arrastraban por el suelo tras ellos no había tocado mis pies, como tanto había temido que ocurriera, y en una ocasión como esta me sentí agradecido incluso por las mercedes más pequeñas.

La ausencia de los indios de mi entorno inmediato no trajo consigo una gran sensación de alivio. Permanecí temblando y estremeciéndome en mi rincón y, más allá de poder respirar con mayor libertad, no me sentí ni un ápice menos incómodo. Además, era consciente de que cierta luz que, sin fuente aparente ni rayos, me había permitido seguir cada uno de sus gestos y movimientos, se había apagado en la habitación con su partida. Una oscuridad antinatural llenaba ahora la estancia e invadía cada rincón, de modo que apenas podía distinguir la posición de las ventanas y las puertas de cristal.

Como dije antes, mi condición era evidentemente anormal. La capacidad de sentir sorpresa parecía, como en los sueños, estar ausente por completo. Mis sentidos registraban con inusual precisión cada detalle, por pequeño que fuera, pero solo era capaz de extraer las deducciones más simples.

Los indios llegaron pronto a lo alto de la escalera, y allí se detuvieron un momento. No tenía la menor idea de cuál sería su siguiente movimiento. Parecían dudar. Escuchaban atentamente. Entonces oí a uno de ellos, quien por el peso de su paso suave debía ser el gigante, cruzar el estrecho pasillo y entrar en la habitación directamente encima, mi pequeño dormitorio. De no haber sido por la insistencia de ese temor inexplicable que había experimentado allí por la mañana, habría estado en ese preciso instante acostado en la cama con el gran indio en la habitación de pie junto a mí.

Durante el espacio de cien segundos hubo un silencio tal como el que pudo haber existido antes del nacimiento del sonido. Fue seguido por un largo y tembloroso grito de terror, que resonó en la noche y terminó en una corta exhalación antes de haber seguido su curso completo. En el mismo momento, el otro indio dejó su lugar en la parte superior de la escalera y se unió a su compañero en el dormitorio. Escuché a la "cosa" arrastrarse tras él a lo largo del suelo. Siguió un golpe sordo, como de algo pesado al caer, y luego todo quedó tan quieto y silencioso como antes.

Fue en este punto que la atmósfera, sobrecargada todo el día con la electricidad de una feroz tormenta, encontró alivio en un destello danzante de un relámpago brillante simultáneo a un estruendo de los truenos más fuertes. Durante cinco segundos, cada objeto de la habitación fue visible para mí con pasmosa nitidez, y a través de las ventanas vi los troncos de los árboles erguidos en filas solemnes. El trueno retumbó y resonó a través del lago y entre las islas distantes, y las compuertas del cielo se abrieron entonces y soltaron su lluvia en torrentes caudalosos.

Las gotas caían con un rápido sonido de agitación sobre las aguas tranquilas del lago, que saltaban a su encuentro, y repiqueteaban con el ruido de perdigones sobre las hojas de los arces y el techo de la cabaña. Un momento después, otro destello, aún más brillante y de mayor duración que el primero, iluminó el cielo desde el cenit hasta el horizonte, y bañó la habitación momentáneamente en una blancura deslumbrante. Podía ver la lluvia brillando en las hojas y ramas afuera. El viento se levantó repentinamente, y en menos de un minuto la tormenta que se había estado gestando todo el día estalló en toda su furia.

Por encima de todas las voces ruidosas de los elementos, los sonidos más leves en la habitación de arriba se dejaban oír, y en los pocos segundos de profundo silencio que siguieron al grito de terror y dolor, fui consciente de que los movimientos habían comenzado de nuevo. Los hombres estaban saliendo de la habitación y acercándose a la parte superior de la escalera. Una breve pausa, y comenzaron a descender. Detrás de ellos, cayendo de peldaño en peldaño, podía oír esa "cosa" arrastrándose. ¡Se había vuelto pesada!

Esperé su acercamiento con un grado de calma, casi de apatía, que solo era explicable bajo la premisa de que, después de cierto punto, la Naturaleza aplica su propio anestésico y sobreviene una piadosa condición de entumecimiento. Seguían avanzando, paso a paso, más y más cerca, con el sonido de arrastre de la carga detrás creciendo a medida que se aproximaban.

Ya estaban a mitad de la escalera cuando fui galvanizado de nuevo en una condición de terror ante la consideración de una nueva y horrible posibilidad. Era la reflexión de que si otro relámpago vívido apareciera cuando la sombría procesión estuviera en la habitación, quizás cuando estuviera pasando frente a mí, vería todo con detalle y, lo que era peor, ¡sería visto yo mismo! Solo podía contener la respiración y esperar; esperar mientras los minutos se alargaban en horas y la procesión hacía su lento progreso alrededor de la habitación.

Los indios habían llegado al pie de la escalera. La forma del enorme líder se perfilaba en la entrada del pasaje, y la carga, con un golpe ominoso, había caído desde el último escalón al suelo. Hubo una pausa momentánea mientras veía al indio girarse e inclinarse para ayudar a su compañero. Entonces la procesión avanzó de nuevo, entró en la habitación cerca de mi izquierda y comenzó a moverse lentamente alrededor de mi lado de la mesa. El líder ya estaba más allá de mí, y su compañero, arrastrando por el suelo tras de sí la carga, cuyo contorno confuso apenas podía distinguir, estaba exactamente frente a mí, cuando la comitiva se detuvo por completo. En el mismo instante, con la extraña repentinidad de las tormentas eléctricas, el chaparrón de lluvia cesó por completo y el viento se extinguió en un silencio absoluto.

Por el espacio de cinco segundos mi corazón pareció dejar de latir, y entonces ocurrió lo peor. Un doble relámpago iluminó la habitación y su contenido con una viveza despiadada.

El enorme líder indio estaba a unos pocos pies de mí, a mi derecha. Una pierna estaba estirada hacia adelante en el acto de dar un paso. Sus inmensos hombros estaban girados hacia su compañero, y en toda su magnífica ferocidad vi el contorno de sus rasgos. Su mirada estaba dirigida hacia la carga que su compañero arrastraba por el suelo; pero su perfil, con la gran nariz aguileña, el pómulo alto, el cabello negro lacio y la barbilla audaz, se grabó en ese breve instante en mi cerebro, para no desvanecerse nunca más.

Enano, comparado con esta figura gigantesca, parecían las proporciones del otro indio, quien, a menos de treinta centímetros de mi rostro, estaba inclinado sobre la cosa que arrastraba en una posición que prestaba a su persona el horror adicional de la deformidad. Y la carga, que yacía sobre una rama de cedro que sostenía y arrastraba por un tallo largo, era el cuerpo de un hombre blanco. El cuero cabelludo había sido cuidadosamente arrancado, y la sangre manchaba ampliamente sus mejillas y frente.

Entonces, por primera vez esa noche, el terror que había paralizado mis músculos y mi voluntad levantó su impío hechizo sobre mi alma. Con un fuerte grito, extendí mis brazos para agarrar al gran indio por la garganta y, al aferrar solo el aire, caí hacia adelante inconsciente sobre el suelo.

¡Había reconocido el cuerpo, y el rostro era el mío! . . .

Era pleno día cuando la voz de un hombre me devolvió a la consciencia. Estaba tirado donde había caído, y el granjero estaba de pie en la habitación con las hogazas de pan en las manos. El horror de la noche todavía estaba en mi corazón, y mientras el rústico colono me ayudaba a ponerme en pie y recogía el rifle que había caído conmigo, con muchas preguntas y expresiones de condolencia, imagino que mis breves respuestas no fueron ni explicativas ni inteligibles.

Ese día, tras una búsqueda exhaustiva e infructuosa de la casa, abandoné la isla y me fui a pasar mis últimos diez días con el granjero; y cuando llegó el momento de partir, la lectura necesaria se había completado y mis nervios habían recuperado completamente su equilibrio.

El día de mi partida, el granjero salió temprano en su gran bote con mis pertenencias para remar hasta el punto, a doce millas de distancia, donde un pequeño vapor pasaba dos veces por semana para atender a los cazadores. Al final de la tarde me fui en otra dirección en mi canoa, deseando ver la isla una vez más, donde había sido víctima de tan extraña experiencia.

A su debido tiempo llegué allí e hice un recorrido por la isla. También hice una búsqueda de la pequeña casa, y no fue sin una sensación curiosa en mi corazón que entré en el pequeño dormitorio de arriba. No parecía haber nada inusual.

Justo después de volver a embarcarme, vi una canoa deslizándose delante de mí alrededor de la curva de la isla. Una canoa era una visión inusual en esta época del año, y esta parecía haber surgido de la nada. Alterando un poco mi rumbo, la vi desaparecer alrededor de la siguiente punta de roca que sobresalía. Tenía proas altas y curvas, y había dos indios en ella. Me demoré con cierta emoción, para ver si aparecía de nuevo alrededor del otro lado de la isla; y en menos de cinco minutos apareció a la vista. Había menos de doscientos metros entre nosotros, y los indios, sentados sobre sus talones, remaban velozmente en mi dirección.

Nunca remé más rápido en mi vida que en esos pocos minutos siguientes. Cuando me volví a mirar, los indios habían cambiado su rumbo y estaban rodeando la isla de nuevo.

El sol se hundía tras los bosques en tierra firme, y las nubes de color carmesí del atardecer se reflejaban en las aguas del lago, cuando miré a mi alrededor por última vez y vi la gran canoa de corteza y sus dos ocupantes oscuros todavía dando vueltas a la isla. Entonces las sombras se profundizaron rápidamente; el lago se volvió negro, y el viento de la noche sopló su primer aliento en mi rostro mientras doblaba una esquina, y un promontorio de roca que sobresalía ocultó de mi vista tanto la isla como la canoa.

UN CASO DE ESCUCHA INDISCRETA

Jim Shorthouse era el tipo de sujeto que siempre estropeaba las cosas. Todo aquello con lo que sus manos o su mente entraban en contacto salía de tal contacto en un estado de desorden absoluto e irremediable. Sus días en la universidad fueron un desastre: fue expulsado dos veces. Sus días de escuela fueron un desastre: pasó por media docena, cada una pasándolo a la siguiente con peor reputación y en un estado de desastre más desarrollado. Su primera infancia fue el tipo de desastre que los libros de caligrafía y los diccionarios deletrean con una "D" mayúscula, y su etapa de bebé... ¡uf!, era la encarnación de un desastre aullante, chillón y gritón.

A la edad de cuarenta años, sin embargo, se produjo un cambio en su atribulada vida cuando conoció a una chica con medio millón de patrimonio propio, que consintió en casarse con él y que muy pronto logró reducir su existencia, la más desordenada de todas, a un estado de orden y sistema comparativos.

Ciertos incidentes, importantes y de otro tipo, de la vida de Jim nunca habrían llegado a contarse aquí de no ser por el hecho de que, al meterse en sus "desastres" y salir de ellos de nuevo, logró arrastrarse hacia la atmósfera de circunstancias peculiares y extraños sucesos. Atraía a su camino las curiosas aventuras de la vida tan infaliblemente como la carne atrae a las moscas y la mermelada a las avispas. Es a la carne y la mermelada de su vida, por así decirlo, a lo que debe sus experiencias; su vida posterior fue todo pudin, que no atrae a nadie más que a niños glotones. Con el matrimonio, el interés de su vida cesó para todos excepto para una persona, y su camino se volvió regular como el del sol en lugar de errático como el de un cometa.

La primera experiencia en orden cronológico que me relató muestra que, escondidas en algún lugar detrás de su desordenado sistema nervioso, existían percepciones psíquicas de un orden poco común. Alrededor de los veintidós años (creo que después de su segunda expulsión), la bolsa y la paciencia de su padre se habían agotado por igual, y Jim se encontró abandonado a su suerte en una gran ciudad estadounidense. ¡Abandonado a su suerte! Y la única ropa que no tenía agujeros estaba a buen recaudo en el armario de su tío.

Una cuidadosa reflexión en un banco de uno de los parques de la ciudad le llevó a la conclusión de que lo único que podía hacer era convencer al editor de la ciudad de uno de los diarios de que poseía una mente observadora y una pluma ágil, y que podía "hacer un buen trabajo para su periódico, señor, como reportero". Esto fue lo que hizo, de pie en un ángulo de lo más antinatural entre el editor y la ventana para ocultar el paradero de los agujeros.

—Supongo que tendremos que darle una semana de prueba —dijo el editor, quien, siempre a la caza de buen material casual, contrataba a multitudes de hombres de esa manera y retenía en promedio a uno por cada grupo. De cualquier modo, le dio a Jim Shorthouse los medios para coser los agujeros y aliviar al armario de su tío de su carga.

Entonces fue a buscar alojamiento; y en este procedimiento sus características únicas ya mencionadas (lo que los teósofos llamarían su Karma) comenzaron a afirmarse inequívocamente, pues fue en la casa que finalmente eligió donde tuvo lugar esta triste historia.

No hay "habitaciones de alquiler" en las ciudades estadounidenses. Las alternativas para los ingresos pequeños son bastante sombrías: habitaciones en una pensión donde se sirven comidas, o en una casa de habitaciones donde no se sirven comidas, ni siquiera el desayuno. Los ricos viven en palacios, por supuesto, pero Jim no tenía nada que ver con "semejantes". Su horizonte estaba limitado por pensiones y casas de habitaciones; y, debido a la necesaria irregularidad de sus comidas y horarios, eligió lo segundo.

Era un lugar grande y de aspecto lúgubre en una calle lateral, con ventanas sucias y una verja de hierro chirriante, pero las habitaciones eran amplias, y la que eligió y pagó por adelantado estaba en el último piso. La casera parecía tan lúgubre y polvorienta como la casa, y bastante vieja. Sus ojos eran verdes y descoloridos, y sus facciones grandes.

—Waal —dijo con su electrificante acento del Oeste—, esa es la habitación, si le gusta, y ese es el precio que dije. Ahora, si la quiere, pues, solo dígalo; y si no, pues, no me hace ningún daño.

Jim quiso zarandearla, pero temía las nubes de polvo acumulado durante mucho tiempo en su ropa, y como el precio y el tamaño de la habitación le convenían, decidió tomarla.

—¿Hay alguien más en este piso? —preguntó.

Ella lo miró con extrañeza con sus ojos descoloridos antes de responder.

«Nunca antes ninguno de mis huéspedes me había hecho tales preguntas», dijo; «pero supongo que usted es diferente. Pues no hay nadie más que un viejo caballero que se ha alojado aquí desde hace al menos cinco años. Está allá», señalando hacia el final del pasillo.

«¡Ah! Ya veo», dijo Shorthouse débilmente. «¿Así que estoy solo aquí arriba?»

«Supongo que sí, casi», respondió ella con un tono nasal, terminando la conversación abruptamente al darle la espalda a su nuevo «huésped» y bajando las escaleras de manera lenta y deliberada.

El trabajo en el periódico mantenía a Shorthouse fuera casi toda la noche. Tres veces por semana llegaba a casa a la 1 a.m. y otras tres a las 3 a.m. La habitación resultó ser lo bastante cómoda y pagó una segunda semana. Sus horarios inusuales le habían impedido hasta el momento conocer a cualquier otro inquilino de la casa, y ni un solo sonido se había escuchado del «viejo caballero» que compartía el piso con él. Parecía una casa muy tranquila.

Una noche, hacia la mitad de la segunda semana, llegó a casa cansado tras un largo día de trabajo. La lámpara que solía permanecer encendida toda la noche en el vestíbulo se había consumido y tuvo que subir las escaleras a tientas en la oscuridad. Hizo un ruido considerable al hacerlo, pero nadie pareció molestarse. Toda la casa estaba en absoluto silencio y probablemente todos estaban dormidos. No había luces bajo ninguna de las puertas. Todo estaba a oscuras. Eran pasadas las dos.

Después de leer algunas cartas en inglés que habían llegado durante el día y de hojear durante unos minutos un libro, le entró sueño y se preparó para dormir. Justo cuando estaba a punto de meterse entre las sábanas, se detuvo un momento y escuchó. Al hacerlo, surgió en la noche el sonido de pasos en algún lugar de la casa, abajo. Escuchando atentamente, oyó que era alguien que subía las escaleras: un paso pesado, y el dueño no se molestaba en caminar con sigilo. Se acercaba subiendo los escalones, tramp, tramp, tramp; evidentemente el paso de un hombre corpulento y con cierta prisa.

De inmediato, pensamientos relacionados de algún modo con incendios o con la policía cruzaron la mente de Jim, pero no se oían voces junto con los pasos, y reflexionó al mismo momento que solo podía ser el viejo caballero que trasnochaba y subía a trompicones en la oscuridad. Estaba a punto de apagar el gas y meterse en la cama cuando la casa recuperó su antigua quietud al detenerse los pasos súbitamente justo frente a su propia habitación.

Con la mano sobre el gas, Shorthouse hizo una pausa un momento antes de apagarlo para ver si los pasos continuaban, cuando le sobresaltó un fuerte golpe en la puerta. Al instante, obedeciendo a un instinto curioso e inexplicable, apagó la luz, dejándose a sí mismo y a la habitación en total oscuridad.

Apenas había dado un paso a través de la habitación para abrir la puerta, cuando una voz del otro lado de la pared, tan cerca que casi sonó en su oído, exclamó en alemán: «¿Eres tú, padre? Entra».

El que hablaba era un hombre en la habitación contigua, y los golpes, después de todo, no habían sido en su propia puerta, sino en la de la cámara adyacente, que él había supuesto vacía.

Casi antes de que el hombre en el pasillo tuviera tiempo de responder en alemán: «Déjame entrar enseguida», Jim oyó a alguien cruzar el suelo y abrir la puerta. Luego se cerró de un golpe y se hizo audible el sonido de pasos por la habitación, y de sillas que eran arrastradas hacia una mesa y chocaban contra los muebles al paso. Los hombres parecían no tener en cuenta en absoluto la comodidad de su vecino, pues hacían suficiente ruido como para despertar a los muertos.

«Me lo merezco por alquilar una habitación en un agujero tan barato», reflexionó Jim en la oscuridad. «¡Me pregunto a quién le habrá alquilado la habitación!»

Las dos habitaciones, le había dicho la casera, eran originalmente una sola. Ella había levantado un tabique delgado —solo una hilera de tablas— para aumentar sus ingresos. Las puertas eran contiguas y solo estaban separadas por la sólida viga vertical entre ellas. Cuando una se abría o cerraba, la otra traqueteaba.

Con total indiferencia por la comodidad de los otros durmientes de la casa, los dos alemanes habían comenzado mientras tanto a hablar ambos a la vez y a voz en grito. Hablaban con énfasis, incluso con ira. Las palabras «Padre» y «Otto» eran usadas con frecuencia. Shorthouse entendía alemán, pero mientras estaba de pie escuchando durante el primer minuto o dos, un fisgón a pesar de sí mismo, era difícil entender ni pies ni cabeza de la conversación, pues ninguno quería ceder ante el otro, y la mezcolanza de sonidos guturales y frases inacabadas era totalmente ininteligible. Entonces, muy de repente, ambas voces bajaron el tono al mismo tiempo; y, tras una pausa momentánea, los tonos profundos de uno de ellos, que parecía ser el «padre», dijo con la máxima claridad:

«¿Quieres decir, Otto, que te niegas a conseguirlo?»

Hubo un sonido de alguien removiéndose en la silla antes de que llegara la respuesta. «Quiero decir que no sé cómo conseguirlo. Es mucho, padre. Es demasiado. Una parte de ello...»

«¡Una parte de ello!», gritó el otro con un juramento colérico, «una parte de ello, cuando la ruina y la desgracia ya están en la casa, es peor que inútil. Si puedes conseguir la mitad puedes conseguirlo todo, estúpido miserable. Las medidas a medias solo condenan a todos los implicados».

«Me dijiste la última vez...», comenzó el otro con firmeza, pero no se le permitió terminar. Una sucesión de horribles blasfemias ahogó su frase, y el padre continuó, con una voz que vibraba de ira:

«Sabes que ella te dará lo que sea. Solo llevas casado unos meses. Si se lo pides y das una razón plausible, puedes obtener todo lo que queremos y más. Puedes pedirlo temporalmente. Todo será devuelto. Reestablecerá la firma y ella nunca sabrá qué se hizo con ello. Con esa cantidad, Otto, sabes que puedo recuperar todas estas terribles pérdidas, y en menos de un año todo estará pagado. Pero sin ella... Debes conseguirlo, Otto. Óyeme, debes hacerlo. ¿Debo ser arrestado por el mal uso de fondos bajo custodia? ¿Debe nuestro nombre honrado ser maldecido y escupido?» El viejo se atragantó y tartamudeó en su ira y desesperación.

Shorthouse permaneció temblando en la oscuridad, escuchando a pesar de sí mismo. La conversación lo había arrastrado y, por alguna razón, temía que su presencia fuera descubierta. Pero en ese punto se dio cuenta de que había escuchado demasiado tiempo y que debía informar a los dos hombres de que se les podía oír en cada una de las sílabas. Así que tosió ruidosamente y, al mismo tiempo, hizo sonar el pomo de su puerta. Pareció no tener efecto, pues las voces continuaron igual de fuertes que antes, el hijo protestando y el padre volviéndose cada vez más colérico. Tosió de nuevo persistentemente y también se las arregló a propósito en la oscuridad para tropezar contra el tabique, sintiendo cómo las delgadas tablas cedían fácilmente bajo su peso y haciendo un ruido considerable al hacerlo. Pero las voces siguieron indiferentes y más altas que nunca. ¿Sería posible que no le hubieran oído?

Para entonces, a Jim le preocupaba más su propio sueño que la moralidad de escuchar los escándalos privados de sus vecinos, así que salió al pasillo y llamó con firmeza a la puerta de ellos. Al instante, como por arte de magia, los sonidos cesaron. Todo cayó en un silencio absoluto. No había luz bajo la puerta y no se podía oír ni un susurro dentro. Llamó de nuevo, pero no recibió respuesta.

«Caballeros», comenzó finalmente, con los labios pegados al ojo de la cerradura y en alemán, «por favor, no hablen tan alto. Puedo oír todo lo que dicen en la habitación de al lado. Además, es muy tarde y deseo dormir».

Hizo una pausa y escuchó, pero no hubo respuesta. Giró el pomo y descubrió que la puerta estaba cerrada con llave. Ni un sonido rompía la quietud de la noche excepto el leve silbido del viento sobre la claraboya y el crujido de una tabla aquí y allá en la casa, abajo. El aire frío de una madrugada muy temprana se coló por el pasillo y le hizo estremecerse. El silencio de la casa empezó a impresionarle de forma desagradable. Miró detrás de él y a su alrededor, esperando, y a la vez temiendo, que algo rompiera la quietud. Las voces todavía parecían resonar en sus oídos; pero ese silencio repentino, cuando llamó a la puerta, le afectó de forma mucho más desagradable que las voces, y le puso pensamientos extraños en la cabeza; pensamientos que no le gustaban ni aprobaba.

Moviéndose sigilosamente desde la puerta, miró por encima de la barandilla hacia el espacio de abajo. Era como una bóveda profunda que podría ocultar en sus sombras cualquier cosa que no fuera buena. No fue difícil imaginar que veía un movimiento indistinto de un lado a otro debajo de él. ¿Era aquello una figura sentada en las escaleras mirando hacia arriba oblicuamente con ojos espantosos? ¿Era aquello un sonido de susurros y arrastrar de pies ahí abajo en los pasillos oscuros y descansillos abandonados? ¿Era algo más que el murmullo inarticulado de la noche?

El viento hizo un esfuerzo arriba, silbando sobre la claraboya, y la puerta detrás de él traqueteó y le hizo sobresaltarse. Se volvió para regresar a su habitación y la corriente de aire cerró la puerta lentamente ante su cara como si hubiera alguien presionando desde el otro lado. Cuando la empujó para abrirla y entró, cien formas sombrías parecieron salir disparadas rápida y silenciosamente de vuelta a sus rincones y escondrijos. Pero en la habitación contigua los sonidos habían cesado por completo, y Shorthouse pronto se metió en la cama y dejó a la casa con sus inquilinos, despiertos o dormidos, que se las arreglaran solos, mientras él entraba en la región de los sueños y el silencio.

Al día siguiente, fuerte con el sentido común que trae la luz del sol, decidió presentar una queja contra los ruidosos ocupantes de la habitación de al lado y hacer que la casera les pidiera que moderaran sus voces a tales horas de la noche y la mañana. Pero dio la casualidad de que ella no se dejó ver ese día, y cuando él regresó de la oficina a medianoche era, por supuesto, demasiado tarde.

Mirando bajo la puerta mientras subía a dormir, notó que no había luz y concluyó que los alemanes no estaban. Tanto mejor. Se quedó dormido alrededor de la una, plenamente decidido a que si subían más tarde y lo despertaban con sus ruidos horribles, no descansaría hasta haber despertado a la casera y hecho que los reprendiera con ese tono nasal autoritario, en el que cada palabra era como el latigazo de un látigo metálico.

Sin embargo, no hubo necesidad de medidas tan drásticas, pues Shorthouse durmió pacíficamente toda la noche y sus sueños —principalmente sobre campos de grano y rebaños de ovejas en las granjas lejanas de la propiedad de su padre— pudieron seguir su curso fantástico sin interrupciones.

Dos noches después, sin embargo, cuando llegó a casa agotado tras un día difícil, mojado y zarandeado por una de las tormentas más crueles que jamás había visto, sus sueños —siempre sobre los campos y las ovejas— no estaban destinados a ser tan tranquilos.

Ya se había quedado dormido en ese delicioso calor que sigue a quitarse la ropa mojada y acurrucarse inmediatamente bajo las mantas calientes, cuando su consciencia, flotando en la frontera entre el sueño y la vigilia, fue vagamente turbada por un sonido que surgía indistintamente de las profundidades de la casa y, entre las ráfagas de viento y lluvia, llegaba a sus oídos con una sensación concomitante de inquietud y malestar. Se elevaba en el aire de la noche con cierta pretensión de regularidad, desvaneciéndose de nuevo en el rugido del viento para reafirmarse a lo lejos en los silencios profundos y breves de la tormenta.

Durante unos minutos, los sueños de Jim solo estaban coloreados —teñidos, por así decirlo— por esta impresión de miedo que se acercaba desde algún lugar insensiblemente hacia él. Su consciencia, al principio, se negó a ser retirada de esa región encantada donde había vagado, y no despertó inmediatamente. Pero la naturaleza de sus sueños cambió de forma desagradable. Vio a las ovejas correr repentinamente amontonadas, como si estuvieran asustadas por la proximidad de un enemigo, mientras los campos de maíz ondulante se agitaban como si algún monstruo se moviera de forma torpe entre los tallos apiñados. El cielo se oscureció y, en su sueño, un sonido terrible provino de algún lugar de las nubes. Era en realidad el sonido de abajo, que se hacía más distintivo.

Shorthouse se movió inquieto en la cama con algo parecido a un gemido de angustia. Al minuto siguiente despertó y se encontró sentado derecho en la cama, escuchando. ¿Era una pesadilla? ¿Había tenido sueños malvados, para que su carne se erizara y el cabello se moviera en su cabeza?

La habitación estaba oscura y silenciosa, pero fuera el viento aullaba tristemente y arremetía con la lluvia en asaltos repetidos contra las ventanas que traqueteaban. Qué bien sería —el pensamiento cruzó su mente— si todos los vientos, como el viento del oeste, se calmaran con el sol. Hacían ruidos tan diabólicos por la noche, como el llanto de voces enfadadas. Durante el día tenían un sonido tan diferente. Si tan solo...

¡Escucha! No era un sueño después de todo, pues el sonido se hacía momentáneamente más fuerte y su causa estaba subiendo las escaleras. Se encontró especulando débilmente qué podría ser esa causa, pero el sonido seguía siendo demasiado indistinto para permitirle llegar a una conclusión definitiva.

La voz de un reloj de iglesia dando las dos se hizo oír por encima del viento. Era justo la hora en que los alemanes habían comenzado su función tres noches antes. Shorthouse decidió que si empezaban de nuevo no lo soportaría por mucho tiempo. Sin embargo, ya era horriblemente consciente de la dificultad que tendría para salir de la cama. Las mantas eran tan cálidas y reconfortantes contra su espalda. El sonido, que seguía acercándose constantemente, se había diferenciado para entonces del clamor confuso de los elementos y se había resuelto en los pasos de una o más personas.

«¡Los alemanes, malditos sean!», pensó Jim. «¿Pero qué demonios me pasa? Nunca me había sentido tan raro en toda mi vida».

Temblaba de pies a cabeza y se sentía tan frío como si estuviera en una atmósfera helada. Sus nervios estaban lo suficientemente estables y no sentía disminución de su valor físico, pero era consciente de una curiosa sensación de malestar y zozobra, tal como se sabe que experimentan incluso los hombres más vigorosos cuando están en las primeras garras de alguna enfermedad horrible y mortal. A medida que se acercaban los pasos, este sentimiento de debilidad aumentaba. Sintió una extraña lasitud arrastrándose sobre él, una especie de agotamiento, acompañado de un creciente entumecimiento en las extremidades y una sensación de ensueño en la cabeza, como si tal vez la consciencia estuviera abandonando su asiento habitual en el cerebro y preparándose para actuar en otro plano. Sin embargo, por extraño que parezca, a medida que la vitalidad se retiraba lentamente de su cuerpo, sus sentidos parecían agudizarse.

Mientras tanto, los pasos ya estaban en el descansillo de la parte superior de las escaleras, y Shorthouse, todavía sentado derecho en la cama, oyó un cuerpo pesado rozar su puerta y avanzar a lo largo de la pared exterior, casi inmediatamente después los fuertes golpes de los nudillos de alguien en la puerta de la habitación contigua.

Al instante, aunque hasta ese momento no había procedido ni un sonido del interior, oyó, a través del fino tabique, cómo una silla era apartada y un hombre cruzaba rápidamente el suelo y abría la puerta.

«¡Ah! Eres tú», oyó decir con la voz del hijo. ¿Había estado el sujeto, entonces, sentado en silencio allí todo este tiempo, esperando la llegada de su padre? Para Shorthouse, no fue una reflexión agradable en absoluto.

No hubo respuesta a este saludo dudoso, pero la puerta se cerró rápidamente y luego hubo un sonido como si una bolsa o paquete hubiera sido arrojado sobre una mesa de madera y se hubiera deslizado cierta distancia a través de ella antes de detenerse.

«¿Qué es eso?», preguntó el hijo, con ansiedad en su tono.

«Puede que lo sepas antes de que me vaya», respondió el otro bruscamente. En efecto, su voz era más que brusca: delataba una pasión mal reprimida.

Shorthouse era consciente de un fuerte deseo de detener la conversación antes de que procediera más, pero de alguna manera u otra su voluntad no estaba a la altura de la tarea y no pudo salir de la cama. La conversación continuó, cada tono e inflexión audible distintamente por encima del ruido de la tormenta.

En voz baja, el padre continuó. Jim se perdió algunas de las palabras al principio de la frase. Terminó con: «... pero ahora todos se han ido y me las he arreglado para subir hasta ti. Sabes a qué he venido». Había una amenaza clara en su tono.

«Sí», respondió el otro; «he estado esperando».

«¿Y el dinero?», preguntó el padre con impaciencia.

Sin respuesta.

«Has tenido tres días para conseguirlo, y me las he ingeniado para evitar lo peor hasta ahora, pero mañana es el final».

Sin respuesta.

«¡Habla, Otto! ¿Qué tienes para mí? Habla, hijo mío; por el amor de Dios, dímelo».

Hubo un momento de silencio, durante el cual los acentos vibrantes del anciano parecían resonar a través de las habitaciones. Luego vino en voz baja la respuesta:

«No tengo nada».

«¡Otto!», gritó el otro con pasión, «¡nada!»

«No puedo conseguir nada», vino casi en un susurro.

«¡Mientes!», gritó el otro, con voz medio ahogada. «Juro que mientes. Dame el dinero».

Se oyó una silla chirriando a lo largo del suelo. Evidentemente los hombres habían estado sentados sobre la mesa y uno de ellos se había levantado. Shorthouse oyó la bolsa o paquete arrastrado a través de la mesa y luego un paso como si uno de los hombres estuviera cruzando hacia la puerta.

«Padre, ¿qué hay en eso? Debo saberlo», dijo Otto, con las primeras señales de determinación en su voz. Debe haber habido un esfuerzo por parte del hijo para obtener posesión del paquete en cuestión, y por parte del padre para retenerlo, pues entre ambos cayó al suelo. Un traqueteo curioso siguió a su contacto con el suelo. Al instante hubo sonidos de un forcejeo. Los hombres estaban luchando por la posesión de la caja. El mayor con juramentos e imprecaciones blasfemas, el otro con jadeos cortos que denotaban la fuerza de sus esfuerzos. Fue de corta duración, y el hombre más joven había ganado evidentemente, pues un minuto más tarde se oyó su exclamación de ira.

«Lo sabía. ¡Sus joyas! Sinvergüenza, nunca las tendrás. Es un crimen».

El hombre mayor profirió una risa corta y gutural, que heló la sangre de Jim y le hizo erizarse la piel. No se pronunció palabra y por espacio de diez segundos hubo un silencio vivo. Luego el aire tembló con el sonido de un golpe sordo, seguido inmediatamente por un gemido y el choque de un cuerpo pesado cayendo sobre la mesa. Un segundo después hubo un vaivén de la mesa al suelo y contra el tabique que separaba las habitaciones. La cama se estremeció un instante ante el choque, pero el hechizo impío fue levantado de su alma y Jim Shorthouse saltó de la cama y cruzó el suelo en un solo salto. Sabía que se había cometido un asesinato espantoso: el asesinato de un hijo por parte de su padre.

Con dedos temblorosos pero un corazón determinado encendió el gas, y lo primero en lo que sus ojos corroboraron la evidencia de sus oídos fue el detalle horroroso de que la porción inferior del tabique se abombaba de forma antinatural hacia su propia habitación. El papel chillón con el que estaba cubierto se había agrietado bajo la tensión y las tablas debajo se doblaban hacia él. Qué carga espantosa había detrás de ellas, se estremeció al pensarlo.

Todo esto lo vio en menos de un segundo. Desde el vaivén final contra la pared, no había procedido ni un sonido de la habitación, ni siquiera un gemido o un paso. Todo estaba quieto excepto el aullido del viento, que para sus oídos tenía una nota de horror triunfante.

Shorthouse estaba a punto de salir de la habitación para despertar a la casa y pedir que llamaran a la policía —de hecho, su mano ya estaba sobre el pomo de la puerta— cuando algo en la estancia llamó su atención. Por el rabillo del ojo le pareció ver algo que se movía. Estaba seguro de ello y, al girar la vista en esa dirección, comprobó que no se equivocaba.

Algo se arrastraba lentamente hacia él por el suelo. Era una forma oscura y serpentina que emergía del lugar donde el tabique se abombaba. Se inclinó para examinarlo con una sensación de horror y repugnancia intensas, y descubrió que se movía hacia él desde el otro lado de la pared. Sus ojos quedaron fascinados y, por un momento, fue incapaz de moverse. Silenciosa y lentamente, de lado a lado como un grueso gusano, la cosa avanzó hacia el interior de la habitación ante sus ojos aterrorizados, hasta que, al fin, no pudo soportarlo más y extendió el brazo para tocarla. Pero en el instante del contacto retiró la mano con un grito ahogado. Era viscosa... ¡y estaba caliente! Y vio que sus dedos estaban manchados de un carmesí vivo.

Un segundo después, Shorthouse estaba en el pasillo con la mano en la puerta de la habitación contigua. Estaba cerrada con llave. Se lanzó hacia ella con todo su peso y, al ceder la cerradura, cayó de bruces en una habitación que estaba en penumbra y muy fría. En un instante se puso en pie de un salto, intentando penetrar la oscuridad. Ni un sonido, ni un movimiento. Ni siquiera la sensación de una presencia. ¡Estaba vacía, miserablemente vacía!

Al otro lado de la habitación pudo distinguir el contorno de una ventana por la que la lluvia resbalaba hacia el exterior, y las luces borrosas de la ciudad al fondo. Pero la habitación estaba vacía, espantosamente vacía; y tan silenciosa. Permaneció allí, frío como el hielo, mirando fijamente, temblando, escuchando. De repente, se oyó un paso a sus espaldas y una luz destelló en la estancia, y cuando se giró rápidamente con el brazo en alto como para protegerse de un golpe terrible, se encontró cara a cara con la casera. Al instante, la reacción comenzó a manifestarse.

Eran casi las tres de la mañana y él estaba allí de pie, descalzo y en pijama de rayas, en una habitación pequeña que, bajo la luz misericordiosa, percibió que estaba completamente vacía, sin alfombra, sin un solo mueble, ni siquiera una persiana. Allí estaba él, mirando fijamente a la desagradable casera. Y allí estaba ella también, mirando en silencio, con un batín negro, la cabeza casi calva, el rostro blanco como la tiza, protegiendo con una mano huesuda una vela que chisporroteaba y escudriñándolo por encima de ella con sus ojos verdes parpadeantes. Parecía positivamente horrible.

—¿Y bien? —arrastró las palabras por fin—. Te he oído perfectamente. ¡Supongo que no podías dormir! O simplemente merodeando un poco, ¿es eso?

La habitación vacía, la ausencia de todo rastro de la tragedia reciente, el silencio, la hora, su pijama de rayas y sus pies descalzos... todo junto se combinó para dejarlo momentáneamente sin habla. La miró fijamente sin decir palabra.

—¿Y bien? —retumbó la horrible voz.

—Querida mujer —exclamó finalmente—, ha ocurrido algo terrible... —Hasta ahí llegó su desesperación, pero no más allá. Se quedó trabado en el sustantivo.

—Oh, no ha ocurrido nada —dijo ella lentamente, sin dejar de mirarlo—. Supongo que solo has visto y oído lo mismo que los otros. Nunca puedo mantener a la gente en este piso por mucho tiempo. La mayoría se da cuenta tarde o temprano... es decir, los que son un poco rápidos y sensibles. Solo que, como eres inglés, pensé que no te importaría. No ocurre nada de verdad; es solo cuestión de imaginar.

Shorthouse estaba fuera de sí. Se sintió capaz de levantarla y arrojarla por la barandilla, vela incluida.

—Mire ahí —dijo, señalando a un centímetro de sus ojos parpadeantes con los dedos que habían tocado la sangre supurante—: mire ahí, mi buena mujer. ¿Es eso solo imaginación?

Ella miró un minuto, como si no supiera a qué se refería.

—Eso supongo —dijo al fin.

Él siguió la dirección de sus ojos y, para su asombro, vio que sus dedos estaban tan blancos como siempre, completamente libres de la horrible mancha que había allí diez minutos antes. No había rastro de sangre. Ninguna cantidad de esfuerzo visual podía hacerla aparecer. ¿Había perdido la cabeza? ¿Le habían jugado tales trucos sus ojos y oídos? ¿Se habían vuelto falsos y pervertidos sus sentidos? Pasó a toda velocidad junto a la casera, salió al pasillo y llegó a su propia habitación en un par de zancadas. ¡Uf!... el tabique ya no estaba abombado. El papel no estaba rasgado. No había ninguna cosa arrastrándose por la vieja y descolorida alfombra.

—Ya se ha terminado —arrastró la voz metálica tras él—. Voy a volver a acostarme.

Se giró y vio a la casera bajando las escaleras de nuevo, protegiendo aún la vela con la mano y mirándolo hacia arriba de vez en cuando mientras se movía. Un objeto negro, feo y malsano, pensó, mientras ella desaparecía en la oscuridad de abajo, y el último parpadeo de su vela proyectaba una sombra de forma extraña a lo largo de la pared y sobre el techo.

Sin dudar un momento, Shorthouse se vistió y salió de la casa. Prefería la tormenta a los horrores de aquel último piso, y caminó por las calles hasta el amanecer. Por la tarde le dijo a la casera que se iría al día siguiente, a pesar de sus garantías de que no volvería a ocurrir nada.

—Nunca vuelve —dijo ella—, es decir, no después de que él sea asesinado.

Shorthouse jadeó.

—Me ha dado mucho por mi dinero —gruñó.

—Bueno, no es cosa mía —arrastró ella—. No soy ninguna médium. Uno se arriesga. Algunos dormirán toda la noche y no oirán nada. Otros, como usted, son diferentes y obtienen la experiencia completa.

—¿Quién es el anciano? ¿Él lo oye? —preguntó Jim.

—No hay ningún anciano en absoluto —respondió ella con frialdad—. Solo le dije eso para que se sintiera tranquilo en caso de que oyera algo. Estaba usted solo en el piso.

—Dígame ahora —prosiguió tras una pausa en la que Shorthouse no pudo pensar en nada más que en cosas imposibles de publicar—, dígame, ¿sintió una especie de frío cuando ocurrió el espectáculo, una especie de cansancio y debilidad, quiero decir, como si estuviera a punto de morir?

—¿Cómo voy a saberlo? —respondió con salvajismo—; lo que sentí, solo Dios lo sabe.

—Bueno, pero Él no lo dirá —arrastró ella—. Solo me preguntaba cómo se sintió realmente, porque el hombre que tuvo esa habitación antes fue encontrado una mañana en la cama...

—¿En la cama?

—Estaba muerto. Fue el anterior a usted. Oh, no hace falta que se ponga así. Usted está bien. Y todo ocurrió de verdad, eso dicen. Esta casa solía ser una residencia privada hace unos veinticinco años, y vivía aquí una familia alemana llamada Steinhardt. Tenían un gran negocio en Wall Street y estaban muy bien considerados.

—¡Ah! —dijo su oyente.

—Oh, sí, lo estaban, en la cima, hasta que un buen día todo quebró y el viejo se largó con el botín...

—¿Se largó con el botín?

—Así es —dijo ella—; se escapó con todo el dinero, y el hijo fue encontrado muerto en su casa, se pensó que fue un suicidio. Aunque hubo quien dijo que no pudo haberse apuñalado y caído en esa posición. Dijeron que fue asesinado. El padre murió en prisión. Intentaron atribuirle el asesinato, pero no había motivo, ni pruebas, ni nada de eso. Ahora no me acuerdo.

—Muy bonito —dijo Shorthouse.

—De todos modos, le mostraré algo muy extraño —arrastró ella—, si viene conmigo arriba un minuto. He oído los pasos y las voces muchas veces; no me impresionan en absoluto. Me da igual que oír ladrar a tantos perros. Encontrará toda la historia en los periódicos si la busca; no lo que ocurre aquí, sino la historia de los alemanes. Mi casa se arruinaría si contaran todo, y yo pediría una indemnización por daños y perjuicios.

Llegaron al dormitorio, y la mujer entró y levantó el borde de la alfombra donde Shorthouse había visto la sangre filtrarse la noche anterior.

—Mire ahí, si le apetece —dijo la vieja bruja. Inclinándose, vio una mancha oscura y mate en las tablas que correspondía exactamente a la forma y posición de la sangre tal como él la había visto.

Aquella noche durmió en un hotel y al día siguiente buscó nuevo alojamiento. En los periódicos archivados en su oficina, tras una larga búsqueda, encontró la historia detallada de hacía veinte años, sustancialmente igual a como la había contado la mujer, sobre la quiebra de Steinhardt & Co., la fuga y posterior detención del socio principal, y el suicidio, o asesinato, de su hijo Otto. La casa de habitaciones de la casera había sido anteriormente su residencia privada.

CUMPLIENDO SU PROMESA

Eran las once de la noche y el joven Marriott estaba encerrado en su habitación, empollando tanto como podía. Era un estudiante de "cuarto año" en la Universidad de Edimburgo y había suspendido este examen en particular tantas veces que sus padres habían declarado tajantemente que ya no podían seguir proporcionándole los fondos para mantenerlo allí.

Sus habitaciones eran baratas y lúgubres, pero eran las tasas de matrícula las que se llevaban el dinero. Así que Marriott se armó de valor por fin y tomó la firme decisión de que aprobaría o moriría en el intento, y desde hacía algunas semanas leía tanto como un ser humano puede leer. Estaba tratando de recuperar el tiempo y el dinero perdidos de una manera que demostraba de forma concluyente que no comprendía el valor de ninguno de los dos. Pues ningún hombre común —y Marriott era en todo sentido un hombre común— puede permitirse forzar la mente como él había estado haciendo últimamente, sin pagar el precio tarde o temprano.

Entre los estudiantes tenía pocos amigos o conocidos, y estos pocos habían prometido no molestarle por la noche, sabiendo que al fin estudiaba en serio. Fue, por tanto, con sentimientos mucho más fuertes que la simple sorpresa que oyó sonar el timbre de su puerta aquella noche y se dio cuenta de que iba a tener una visita. Algunos hombres simplemente habrían amortiguado la campana y seguido tranquilamente con su trabajo. Pero Marriott no era de ese tipo. Era nervioso. Le habría molestado y carcomido la mente durante toda la noche no saber quién era el visitante y qué quería. Por tanto, lo único que podía hacer era dejarle entrar, y salir de nuevo, lo más rápido posible.

La casera se acostaba puntualmente a las diez, hora después de la cual nada la induciría a fingir que oía el timbre, así que Marriott saltó de sus libros con una exclamación que auguraba una mala acogida para su visitante, y se preparó para abrirle él mismo.

Las calles de la ciudad de Edimburgo estaban muy tranquilas a esta hora tardía —era tarde para Edimburgo— y en el tranquilo barrio de la calle F----, donde Marriott vivía en el tercer piso, apenas un sonido rompía el silencio. Mientras cruzaba la habitación, el timbre sonó por segunda vez, con un estrépito innecesario, y él abrió la puerta y pasó al pequeño vestíbulo con una ira y molestia considerables en su corazón ante la insolencia de la doble interrupción.

—Todos los compañeros saben que estoy estudiando para este examen. ¿Por qué demonios vienen a molestarme a estas horas intempestivas?

Los habitantes del edificio, junto con él mismo, eran estudiantes de medicina, estudiantes generales, pobres escritores del Signet y algunos otros cuyas vocaciones quizás no eran tan evidentes. La escalera de piedra, débilmente iluminada en cada piso por un mechero de gas que no subía de cierta altura, serpenteaba hasta el nivel de la calle sin pretensión de alfombra o barandilla. En algunos niveles estaba más limpia que en otros. Dependía de la casera del nivel en cuestión.

Las propiedades acústicas de una escalera de caracol parecen ser peculiares. Marriott, de pie junto a la puerta abierta, con el libro en la mano, pensó a cada momento que el dueño de los pasos aparecería. El sonido de las botas era tan cercano y tan fuerte que parecían viajar desproporcionadamente por delante de su causa. Preguntándose quién podría ser, se mantuvo listo con todo tipo de saludos cortantes para el hombre que se atrevía a interrumpir así su trabajo. Pero el hombre no aparecía. Los pasos sonaban casi bajo su nariz, sin embargo, nadie era visible.

Una repentina y extraña sensación de miedo le recorrió; un desvanecimiento y un escalofrío por la espalda. Desapareció, sin embargo, tan pronto como llegó, y estaba debatiendo si llamaría en voz alta a su visitante invisible o cerraría la puerta de un golpe y volvería a sus libros, cuando el causante de la perturbación dobló la esquina muy lentamente y apareció a la vista.

Era un extraño. Vio a un hombre joven, de figura baja y muy ancho. Su rostro tenía el color de un trozo de tiza y los ojos, que eran muy brillantes, tenían pesadas ojeras debajo. Aunque las mejillas y la barbilla estaban sin afeitar y el aspecto general descuidado, el hombre era evidentemente un caballero, pues iba bien vestido y se comportaba con cierto aire. Pero, lo más extraño de todo, no llevaba sombrero ni lo llevaba en la mano; y aunque la lluvia había estado cayendo constantemente toda la noche, no parecía llevar ni abrigo ni paraguas.

Cien preguntas surgieron en la mente de Marriott y se precipitaron a sus labios, entre las cuales destacaban algo así como "¿Quién demonios es usted?" y "¿A qué viene, en nombre del cielo, a verme?". Pero ninguna de estas preguntas encontró tiempo para expresarse en palabras, pues casi de inmediato el visitante giró un poco la cabeza de modo que la luz del gas del vestíbulo cayó sobre sus rasgos desde un nuevo ángulo. Entonces, en un destello, Marriott lo reconoció.

—¡Field! ¡Hombre de Dios! ¿Eres tú? —jadeó.

Al estudiante de cuarto año no le faltaba intuición, y percibió de inmediato que se trataba de un caso que requería un trato delicado. Adivinó, sin ningún proceso real de pensamiento, que la catástrofe predicha tantas veces había llegado por fin, y que el padre de este hombre lo había echado de casa. Habían estado juntos en una escuela privada años atrás, y aunque apenas se habían visto una vez desde entonces, las noticias no habían dejado de llegarle de vez en cuando con bastante detalle, pues la familia vivía cerca de la suya y entre ciertas hermanas había una gran intimidad. El joven Field se había vuelto salvaje más tarde, recordaba haber oído hablar de ello: alcohol, una mujer, opio, o algo por el estilo, no podía recordarlo exactamente.

—Entra —dijo de inmediato, desapareciendo su ira—. Ha pasado algo malo, puedo verlo. Entra y cuéntamelo todo y quizás pueda ayudarte... —Apenas sabía qué decir, y además balbuceó mucho más. El lado oscuro de la vida, y su horror, pertenecían a un mundo que quedaba lejos de su propia atmósfera selecta de libros y sueños. Pero tenía corazón de hombre, a pesar de todo.

Lideró el camino a través del vestíbulo, cerrando la puerta principal con cuidado tras él, y notó al hacerlo que el otro, aunque ciertamente sobrio, estaba inestable sobre sus piernas y evidentemente muy agotado. Puede que Marriott no fuera capaz de aprobar sus exámenes, pero al menos conocía los síntomas de la inanición —inanición aguda, a menos que se equivocara mucho— cuando los tenía delante.

—Vamos —dijo alegremente, y con genuina simpatía en su voz—. Me alegro de verte. Iba a tomar un bocado y llegas justo a tiempo para acompañarme.

El otro no hizo ninguna respuesta audible y arrastró los pies con tanta debilidad que Marriott lo tomó del brazo para apoyarlo. Notó por primera vez que la ropa le colgaba con una holgura lastimosa. La estructura ancha era literalmente poco más que un armazón. Estaba tan delgado como un esqueleto. Pero, al tocarlo, la sensación de desvanecimiento y pavor regresó. Solo duró un momento y luego pasó, y lo atribuyó, no de forma antinatural, a la angustia y el impacto de ver a un antiguo amigo en tal situación lastimosa.

—Mejor deja que te guíe. Está vergonzosamente oscuro este vestíbulo. Siempre me estoy quejando —dijo a la ligera, reconociendo por el peso sobre su brazo que la guía era muy necesaria—, pero la vieja gata nunca hace nada más que prometer. —Lo llevó al sofá, preguntándose todo el tiempo de dónde habría venido y cómo había encontrado la dirección. Debían haber pasado al menos siete años desde aquellos días en la escuela privada en los que solían ser tan amigos.

—Ahora, si me perdonas un minuto —dijo—, prepararé la cena, tal como es. Y no te molestes en hablar. Solo descansa en el sofá. Veo que estás muerto de cansancio. Podrás contármelo después y haremos planes.

El otro se sentó en el borde del sofá y miró en silencio, mientras Marriott sacaba el pan integral, los bollos y el enorme tarro de mermelada que los estudiantes de Edimburgo siempre tienen en sus armarios. Sus ojos brillaban con un brillo que sugería drogas, pensó Marriott, robándole una mirada desde detrás de la puerta del armario. Todavía no quería mirar de frente. El tipo estaba en una situación difícil, y habría sido muy parecido a un examen quedarse mirando y esperar explicaciones. Además, estaba evidentemente demasiado agotado para hablar. Así que, por razones de delicadeza —y por otra razón también que no podía formularse exactamente a sí mismo—, dejó que su visitante descansara aparentemente sin ser observado, mientras se ocupaba de la cena. Encendió el hornillo de alcohol para hacer cacao, y cuando el agua hirvió, acercó la mesa con las cosas buenas al sofá, para que Field no tuviera ni siquiera la molestia de moverse a una silla.

—Ahora, vamos a hincarle el diente —dijo—, y después tomaremos una pipa y charlaremos. Estoy estudiando para un examen, ya sabes, y siempre tomo algo a esta hora. Es divertido tener compañía.

Miró hacia arriba y se encontró con los ojos de su invitado dirigidos directamente a los suyos. Un escalofrío involuntario le recorrió de pies a cabeza. El rostro frente a él estaba mortalmente blanco y llevaba una expresión terrible de dolor y sufrimiento mental.

—¡Por Dios! —dijo, saltando—. Lo olvidé por completo. Tengo algo de whisky en algún lugar. Qué asno soy. Yo mismo nunca lo toco cuando estoy trabajando así.

Fue al armario y sirvió un vaso cargado que el otro se tragó de un solo trago y sin nada de agua. Marriott lo observó mientras lo bebía, y al mismo tiempo notó otra cosa también: el abrigo de Field estaba lleno de polvo, y en un hombro tenía un trozo de telaraña. Estaba perfectamente seco; Field llegó en una noche de lluvia torrencial sin sombrero, paraguas ni abrigo, y sin embargo perfectamente seco, incluso polvoriento. Por tanto, había estado bajo techo. ¿Qué significaba todo esto? ¿Había estado escondido en el edificio?...

Era muy extraño. Sin embargo, él no ofreció nada; y Marriott ya se había decidido a estas alturas de que no haría preguntas hasta que hubiera comido y dormido. La comida y el sueño eran obviamente lo que el pobre diablo necesitaba más y primero —estaba complacido con sus poderes de diagnóstico rápido— y no sería justo presionarle hasta que se hubiera recuperado un poco.

Comieron su cena juntos mientras el anfitrión llevaba una conversación unilateral y continua, principalmente sobre sí mismo y sus exámenes y su "vieja gata" de casera, para que el invitado no tuviera que pronunciar una sola palabra a menos que realmente lo deseara, ¡lo cual evidentemente no quería! Pero, mientras jugueteaba con la comida, sin sentir deseo de comer, el otro comía vorazmente. Ver a un hombre hambriento devorar bollos fríos, pan de avena rancio y pan integral cargado de mermelada fue una revelación para este estudiante inexperto que nunca había sabido lo que era estar sin al menos tres comidas al día. Observaba a pesar de sí mismo, preguntándose por qué el tipo no se atragantaba en el proceso.

Pero Field parecía estar tan soñoliento como hambriento. Más de una vez su cabeza cayó y dejó de masticar la comida que tenía en la boca. Marriott tuvo que zarandearlo con firmeza antes de que continuara con su comida. Una emoción más fuerte superará a una más débil, pero esta lucha entre el aguijón del hambre real y el opiáceo mágico de un sueño abrumador era un espectáculo curioso para el estudiante, quien lo observaba con una mezcla de asombro y alarma. Había oído hablar del placer que suponía alimentar a hombres hambrientos y verlos comer, pero nunca lo había presenciado realmente y no tenía idea de que fuera así. Field comía como un animal: engullía, se atiborraba, se hartaba. Marriott olvidó su lectura y empezó a sentir algo muy parecido a un nudo en la garganta.

«Me temo que ha habido muy poco que ofrecerte, viejo», logró decir cuando al fin el último bollo hubo desaparecido y la rápida comida unilateral llegó a su fin. Field todavía no respondió, pues estaba casi dormido en su asiento. Simplemente miró hacia arriba con cansancio y gratitud.

«Ahora debes dormir un poco, sabes», continuó, «o te vendrás abajo. Estaré despierto toda la noche estudiando para este bendito examen. Mi cama es toda tuya. Mañana desayunaremos tarde y... y veremos qué se puede hacer... y haremos planes... Soy terriblemente bueno haciendo planes, ¿sabes?», añadió con un intento de ligereza.

Field mantuvo su silencio de «muerto de sueño», pero pareció asentir, y el otro le abrió camino hacia el dormitorio, disculpándose mientras lo hacía ante este hijo de un baronet medio muerto de hambre —cuyo propio hogar era casi un palacio— por el tamaño de la habitación. El cansado invitado, sin embargo, no fingió gratitud ni cortesía. Simplemente se apoyó en el brazo de su amigo mientras se tambaleaba por la habitación y luego, con toda su ropa puesta, dejó caer su cuerpo exhausto sobre la cama. En menos de un minuto, a todas luces, estaba profundamente dormido.

Durante varios minutos, Marriott permaneció en la puerta abierta y lo observó, rezando devotamente para no verse nunca en una situación semejante, y luego se puso a pensar qué haría con su invitado no invitado al día siguiente. Pero no se detuvo mucho tiempo a pensar, pues la llamada de sus libros era imperativa y, pasara lo que pasara, debía asegurarse de aprobar aquel examen.

Tras haber cerrado de nuevo la puerta que daba al pasillo, se sentó ante sus libros y reanudó sus apuntes de materia médica donde los había dejado cuando sonó el timbre. Pero durante un buen rato le resultó difícil concentrar su mente en el tema. Sus pensamientos divagaban hacia la imagen de aquel tipo de cara pálida y ojos extraños, hambriento y sucio, tendido con su ropa y sus botas sobre la cama. Recordó sus días de escuela juntos antes de que se distanciaran, y cómo habían jurado amistad eterna... y todo lo demás. ¡Y ahora! Qué situación tan horrible en la que estar. ¿Cómo podía alguien dejar que el amor por la disipación se apoderara de él de tal manera?

Pero uno de sus votos juntos, al parecer, Marriott lo había olvidado por completo. En ese momento, al menos, permanecía demasiado lejos en el trasfondo de su memoria para ser recordado.

A través de la puerta entreabierta —el dormitorio daba a la sala de estar y no tenía otra puerta— llegó el sonido de una respiración profunda y prolongada, la respiración regular y constante de un hombre cansado, tan cansado que, incluso escucharla, hacía que Marriott casi deseara quedarse dormido él mismo.

«Lo necesitaba», reflexionó el estudiante, «¡y quizás llegó justo a tiempo!».

Quizás sí; pues afuera el viento amargo que venía del Forth aullaba cruelmente y arrastraba la lluvia en frías corrientes contra los cristales de las ventanas y por las calles desiertas. Mucho antes de que Marriott volviera a acomodarse propiamente para su lectura, escuchó a lo lejos, por así decirlo, entre las frases del libro, la respiración pesada y profunda del durmiente en la habitación contigua.

Un par de horas más tarde, cuando bostezó y cambió sus libros, todavía escuchaba la respiración y se acercó con cautela a la puerta para mirar.

Al principio, la oscuridad de la habitación debió de engañarlo, o tal vez sus ojos estaban confundidos y deslumbrados por el resplandor reciente de la lámpara de lectura. Durante un minuto o dos no pudo distinguir nada más que bultos oscuros de muebles, la masa de la cómoda junto a la pared y la mancha blanca donde estaba su bañera en el centro del suelo.

Luego, la cama apareció lentamente a la vista. Y sobre ella vio cómo el contorno del cuerpo dormido iba tomando forma gradualmente ante sus ojos, alzándose extrañamente en la oscuridad, hasta que destacó en relieve marcado: la larga forma negra contra la colcha blanca.

Casi no pudo evitar sonreír. Field no se había movido ni un centímetro. Lo observó un momento o dos y luego regresó a sus libros. La noche estaba llena de las voces cantantes del viento y la lluvia. No había sonido de tráfico; ningún coche de alquiler traqueteaba sobre los adoquines y aún era demasiado temprano para los carros de leche. Trabajó de forma constante y concienzuda, deteniéndose solo de vez en cuando para cambiar de libro o para beber un sorbo de esa sustancia venenosa que lo mantenía despierto y hacía que su cerebro estuviera tan activo, y en esas ocasiones la respiración de Field siempre era claramente audible en la habitación. Afuera, la tormenta continuaba aullando, pero dentro de la casa todo era calma. La pantalla de la lámpara de lectura arrojaba toda la luz sobre la mesa llena de papeles, dejando el otro extremo de la habitación en una oscuridad comparativa. La puerta del dormitorio estaba exactamente frente a donde él estaba sentado. No había nada que molestara al trabajador, nada salvo una ráfaga ocasional de viento contra las ventanas y un ligero dolor en el brazo.

Este dolor, sin embargo, que no podía explicar, se volvió un par de veces muy agudo. Le molestaba; e intentó recordar cómo y cuándo pudo haberse magullado tan gravemente, pero sin éxito.

Al fin, la página que tenía ante sí pasó del amarillo al gris, y hubo sonidos de ruedas en la calle de abajo. Eran las cuatro. Marriott se reclinó y bostezó prodigiosamente. Luego corrió las cortinas. La tormenta había disminuido y el Castillo de la Roca estaba envuelto en niebla. Con otro bostezo se apartó de la triste perspectiva y se preparó para dormir las cuatro horas restantes hasta el desayuno en el sofá. Field seguía respirando pesadamente en la habitación contigua, y primero se acercó de puntillas por el suelo para echarle otro vistazo.

Al mirar con cautela por la puerta entreabierta, su primera mirada cayó sobre la cama, ahora claramente discernible bajo la luz gris de la mañana. Miró fijamente. Luego se frotó los ojos. Luego se frotó los ojos de nuevo y asomó la cabeza más allá del borde de la puerta. Con los ojos fijos, miró aún más fijamente.

Pero no marcó ninguna diferencia. Estaba mirando hacia una habitación vacía.

La sensación de miedo que sintió cuando Field apareció por primera vez en escena regresó repentinamente, pero con mucha mayor fuerza. Se dio cuenta, además, de que su brazo izquierdo palpitaba violentamente y le causaba un gran dolor. Permaneció allí preguntándose, mirando fijamente e intentando reunir sus pensamientos. Estaba temblando de pies a cabeza.

Con un gran esfuerzo de voluntad, dejó el apoyo de la puerta y caminó con valentía hacia la habitación.

Allí, sobre la cama, estaba la huella de un cuerpo, donde Field se había acostado y dormido. Estaba la marca de la cabeza en la almohada y la ligera hendidura al pie de la cama donde las botas habían descansado sobre la colcha. ¡Y allí, más claro que nunca —pues estaba más cerca—, estaba la respiración!

Marriott intentó recomponerse. ¡Con un gran esfuerzo encontró su voz y llamó a su amigo en voz alta por su nombre!

«¡Field! ¿Eres tú? ¿Dónde estás?»

No hubo respuesta; pero la respiración continuó sin interrupción, proveniente directamente de la cama. Su voz tenía un sonido tan poco familiar que Marriott no quiso repetir sus preguntas, pero se puso de rodillas y examinó la cama por arriba y por abajo, quitando finalmente el colchón y retirando las mantas por separado una a una. Pero, aunque los sonidos continuaban, no había señal visible de Field, ni había espacio en el que un ser humano, por pequeño que fuera, pudiera haberse escondido. Sacó la cama de la pared, pero el sonido permaneció donde estaba. No se movió con la cama.

Marriott, al encontrar difícil el autocontrol en su estado de agotamiento, se dispuso de inmediato a realizar una búsqueda exhaustiva de la habitación. Revisó el armario, la cómoda, la pequeña alcoba donde colgaba la ropa... todo. Pero no había rastro de nadie. La pequeña ventana cerca del techo estaba cerrada; y, de cualquier modo, no era lo suficientemente grande para que pasara un gato. La puerta de la sala de estar estaba cerrada desde dentro; no pudo haber salido por allí. Pensamientos curiosos comenzaron a inquietar la mente de Marriott, trayendo consigo sensaciones desagradables. Se volvió cada vez más excitado; registró la cama de nuevo hasta que pareció el escenario de una pelea de almohadas; registró ambas habitaciones, sabiendo todo el tiempo que era inútil... y luego buscó otra vez. Un sudor frío brotó por todo su cuerpo; y el sonido de la respiración pesada, durante todo este tiempo, nunca dejó de provenir del rincón donde Field se había acostado a dormir.

Entonces probó otra cosa. Empujó la cama exactamente a su posición original y él mismo se tumbó sobre ella, justo donde su invitado había yacido. Pero al instante saltó de nuevo de un solo brinco. ¡La respiración estaba justo a su lado, casi en su mejilla, y entre él y la pared! Ni siquiera un niño podría haberse colado en ese espacio.

Regresó a su sala de estar, abrió las ventanas, dando la bienvenida a toda la luz y el aire posibles, e intentó pensar en todo el asunto con calma y claridad. Sabía que los hombres que leían demasiado y dormían poco a veces se veían perturbados por alucinaciones muy vívidas. Una vez más, repasó con calma cada incidente de la noche; sus sensaciones precisas; los detalles vívidos; las emociones despertadas en él; el banquete espantoso... ninguna alucinación aislada podría combinar todo eso y cubrir un período de tiempo tan largo. Pero con menos satisfacción pensó en el desmayo recurrente y la curiosa sensación de horror que le había invadido un par de veces, y luego en los violentos dolores en su brazo. Estos eran totalmente inexplicables.

Es más, ahora que empezaba a analizar y examinar, había una cosa más que le cayó encima como una revelación repentina: ¡Durante todo el tiempo, Field no había pronunciado realmente ni una sola palabra! Sin embargo, como si se burlara de sus reflexiones, seguía llegando desde esa habitación interior el sonido de la respiración, prolongado, profundo y regular. Aquello era increíble. Era absurdo.

Atormentado por visiones de fiebre cerebral y locura, Marriott se puso su gorra y su impermeable y salió de la casa. El aire de la mañana en Arthur's Seat despejaría las telarañas de su cerebro; el aroma del brezo y, sobre todo, la vista del mar. Vagó por las laderas húmedas sobre Holyrood durante un par de horas y no regresó hasta que el ejercicio hubo sacudido algo del horror de sus huesos y, además, le hubo dado un apetito voraz.

Al entrar, vio que había otro hombre en la habitación, de pie contra la ventana con la espalda hacia la luz. Reconoció a su compañero de estudios Greene, quien estudiaba para el mismo examen.

«Estudié mucho toda la noche, Marriott», dijo, «y pensé en pasar por aquí para comparar apuntes y desayunar algo. ¿Estás fuera temprano?», añadió, a modo de pregunta. Marriott dijo que tenía dolor de cabeza y que un paseo le había ayudado, y Greene asintió y dijo «¡Ah!». Pero cuando la chica puso la avena humeante sobre la mesa y volvió a salir, continuó con un tono algo forzado: «No sabía que tuvieras amigos que bebieran, Marriott».

Esto era obviamente tentativo, y Marriott respondió secamente que él tampoco lo sabía.

«Suena exactamente como si algún tipo estuviera "quitándose la borrachera" ahí dentro, ¿verdad?», insistió el otro, con un gesto hacia el dormitorio y mirando con curiosidad a su amigo. Los dos hombres se miraron fijamente durante varios segundos, y luego Marriott dijo con seriedad:

«¡Entonces tú también lo oyes, gracias a Dios!»

«Por supuesto que lo oigo. La puerta está abierta. Siento si no debía hacerlo».

«Oh, no me refiero a eso», dijo Marriott, bajando la voz. «Pero estoy terriblemente aliviado. Déjame explicarte. Por supuesto, si tú también lo oyes, entonces está bien; pero realmente me asustó más de lo que puedo decirte. Pensé que iba a tener fiebre cerebral o algo así, y ya sabes cuánto depende de este examen. Siempre comienza con sonidos, o visiones, o algún tipo de alucinación asquerosa, y yo...»

«¡Tonterías!», exclamó el otro con impaciencia. «¿De qué estás hablando?»

«Ahora, escúchame, Greene», dijo Marriott, tan tranquilamente como pudo, pues la respiración seguía siendo claramente audible, «y te diré lo que quiero decir, solo no me interrumpas». Y acto seguido relató exactamente lo que había sucedido durante la noche, contándolo todo, incluso hasta el dolor en su brazo. Cuando terminó, se levantó de la mesa y cruzó la habitación.

«Ahora oyes la respiración claramente, ¿verdad?», dijo. Greene dijo que sí. «Bueno, ven conmigo y registraremos la habitación juntos». El otro, sin embargo, no se movió de su silla.

«Ya he estado dentro», dijo tímidamente; «oí los sonidos y pensé que eras tú. La puerta estaba entreabierta, así que entré».

Marriott no hizo comentarios, pero empujó la puerta para abrirla lo más que pudo. Al abrirse, el sonido de la respiración se hizo cada vez más distinto.

«Alguien debe estar ahí dentro», dijo Greene en voz baja.

«Alguien está ahí dentro, ¿pero dónde?», dijo Marriott. Una vez más instó a su amigo a entrar con él. Pero Greene se negó rotundamente; dijo que ya había estado dentro una vez y había registrado la habitación y no había nada allí. No volvería a entrar por nada del mundo.

Cerraron la puerta y se retiraron a la otra habitación para hablarlo todo con muchas pipas. Greene interrogó a su amigo muy de cerca, pero sin resultados esclarecedores, ya que las preguntas no pueden alterar los hechos.

«Lo único que debería tener una explicación lógica y adecuada es el dolor en mi brazo», dijo Marriott, frotándose ese miembro con un intento de sonrisa. «Duele tan infernalmente y me duele todo el camino hacia arriba. No recuerdo habérmelo magullado, aunque...»

«Déjame examinarlo por ti», dijo Greene. «Soy terriblemente bueno con los huesos, a pesar de la opinión de los examinadores en contra». Fue un alivio hacer el tonto un poco, y Marriott se quitó la chaqueta y se remangó la camisa.

«¡Por Jorge, sin embargo, estoy sangrando!», exclamó. «¡Mira aquí! ¿Qué demonios es esto?»

En el antebrazo, muy cerca de la muñeca, había una fina línea roja. Había una pequeña gota de sangre aparentemente fresca sobre ella. Greene se acercó y la miró de cerca durante unos minutos. Luego se reclinó en su silla, mirando con curiosidad el rostro de su amigo.

«Te has arañado sin darte cuenta», dijo al cabo de un rato.

«No hay señales de un hematoma. Debe ser algo más lo que hizo que el brazo doliera».

Marriott se quedó muy quieto, mirando en silencio su brazo como si la solución a todo el misterio residiera realmente allí, escrita sobre la piel.

«¿Qué pasa? No veo nada muy extraño en un rasguño», dijo Greene con una voz poco convincente. «Probablemente fueron tus gemelos. Anoche, en tu excitación...»

Pero Marriott, blanco hasta los labios, intentaba hablar. El sudor se acumulaba en grandes gotas en su frente. Por fin, se inclinó hacia el rostro de su amigo.

«Mira», dijo con voz baja que temblaba un poco. «¿Ves esa marca roja? ¿Me refiero a debajo de lo que llamas rasguño?»

Greene admitió que veía algo u otra cosa, y Marriott limpió el lugar con su pañuelo y le dijo que mirara de nuevo con más atención.

«Sí, ya veo», respondió el otro, levantando la cabeza tras un momento de inspección cuidadosa. «Parece una cicatriz vieja».

«Es una cicatriz vieja», susurró Marriott, con los labios temblorosos. «Ahora todo vuelve a mi memoria».

«¿Todo qué?», Greene se inquietó en su silla. Intentó reír, pero sin éxito. Su amigo parecía al borde del colapso.

«¡Shh! Estate quieto y... te lo contaré», dijo. «Field hizo esa cicatriz».

Durante un minuto entero, los dos hombres se miraron cara a cara sin hablar.

«¡Field hizo esa cicatriz!», repitió Marriott finalmente en voz más alta.

«¡Field! ¿Te refieres a... anoche?»

«No, no anoche. Hace años, en la escuela, con su navaja. Y yo le hice una cicatriz en su brazo con la mía». Marriott hablaba rápidamente ahora.

«Intercambiamos gotas de sangre en los cortes del otro. Él puso una gota en mi brazo y yo puse una en el suyo...»

«En nombre del cielo, ¿para qué?»

«Era un pacto de chicos. Hicimos una promesa sagrada, un trato. Lo recuerdo todo perfectamente ahora. Habíamos estado leyendo algún libro terrible y juramos aparecernos el uno al otro... quiero decir, quienquiera que muriera primero juró mostrarse al otro. Y sellamos el pacto con la sangre del otro. Lo recuerdo todo tan bien... aquella calurosa tarde de verano en el patio de recreo, hace siete años... y uno de los maestros nos pilló y confiscó las navajas... y nunca he vuelto a pensar en ello hasta el día de hoy...»

«¿Y quieres decir...?», balbuceó Greene.

Pero Marriott no dio respuesta. Se levantó, cruzó la habitación y se tumbó cansado en el sofá, ocultando su rostro entre las manos.

Greene mismo estaba un poco desconcertado. Dejó a su amigo solo por un rato, pensando en todo de nuevo. De repente, una idea pareció ocurrírsele. Se acercó a donde Marriott todavía yacía inmóvil en el sofá y lo despertó. En cualquier caso, era mejor afrontar el asunto, hubiera explicación o no. Rendirse siempre era la salida tonta.

«Oye, Marriott», comenzó, mientras el otro volvía su rostro blanco hacia él. «No sirve de nada estar tan alterado por esto. Quiero decir... si todo es una alucinación, sabemos qué hacer. Y si no lo es... bueno, sabemos qué pensar, ¿no?»

«Supongo que sí. Pero me asusta horriblemente por alguna razón», respondió su amigo con voz queda. «Y ese pobre diablo...»

«Pero, después de todo, si lo peor es cierto y... y ese tipo ha cumplido su promesa... bueno, lo ha hecho, eso es todo, ¿no?»

Marriott asintió.

«Solo una cosa se me ocurre», continuó Greene, «y es, ¿estás muy seguro de que... de que realmente comió de esa manera... quiero decir, que realmente comió algo en absoluto?», terminó, soltando todo su pensamiento.

Marriott lo miró fijamente por un momento y luego dijo que fácilmente podría asegurarse. Habló con calma. Tras el impacto principal, ninguna sorpresa menor podía afectarle.

«Yo mismo guardé las cosas», dijo, «después de que terminamos. Están en el tercer estante de ese armario. Nadie las ha tocado desde entonces».

Señaló sin levantarse, y Greene captó la indirecta y se acercó a mirar.

«Exacto», dijo tras un breve examen; «justo como pensaba. Fue una alucinación parcial, al menos. Las cosas no han sido tocadas. Ven y compruébalo tú mismo».

Juntos examinaron el estante. Allí estaba la hogaza de pan moreno, el plato de bollos rancios, el pan de avena, todo intacto. Incluso el vaso de whisky que Marriott había servido estaba allí con el whisky todavía dentro.

«No estabas alimentando a... nadie», dijo Greene. «Field no comió ni bebió nada. ¡No estaba allí en absoluto!»

«¿Pero la respiración?», insistió el otro en voz baja, mirando con una expresión aturdida en su rostro.

Greene no respondió. Caminó hacia el dormitorio, mientras Marriott lo seguía con la mirada. Abrió la puerta y escuchó. No hacían falta palabras. El sonido de una respiración profunda y regular venía flotando a través del aire. No había alucinación al respecto, al menos. Marriott podía oírla donde estaba, al otro lado de la habitación.

Greene cerró la puerta y volvió. —Solo hay una cosa que hacer —declaró con decisión—. Escribir a casa y averiguar sobre él, y mientras tanto ven y termina tu lectura en mis habitaciones. Tengo una cama extra.

—Trato hecho —respondió el estudiante de cuarto año—; no hay alucinación respecto a ese examen; debo aprobarlo pase lo que pase.

Y eso fue lo que hicieron.

Pasó cerca de una semana cuando Marriott recibió la respuesta de su hermana. Leyó parte de ella a Greene:

—Es curioso —escribió ella— que en tu carta preguntaras por Field. Parece algo terrible, pero sabes que hace poco la paciencia de Sir John se agotó y lo echó de la casa, dicen que sin un centavo. Pues bien, ¿qué crees? Se ha matado. Al menos, parece un suicidio. En lugar de abandonar la casa, bajó al sótano y simplemente se dejó morir de hambre... Están intentando silenciarlo, por supuesto, pero me enteré de todo por mi criada, quien lo supo por el lacayo de ellos... Encontraron el cuerpo el día 14 y el médico dijo que había muerto unas doce horas antes... Estaba terriblemente delgado...

—Entonces murió el día 13 —dijo Greene.

Marriott asintió.

—Es la misma noche en que vino a verte.

Marriott asintió de nuevo.

CON INTENCIÓN DE ROBAR

Dormir en un granero solitario cuando las mejores habitaciones de la casa estaban a nuestra disposición parecía, por decir lo menos, innecesario, y sentí que le debíamos alguna explicación a nuestro anfitrión.

Pero Shorthouse, pronto lo descubrí, se había ocupado de todo aquello; nuestra empresa sería tolerada, no bienvenida, pues el señor de la casa mantenía este tipo de cosas bajo un firme control. Y, además, qué poco podía lograr que me contara este hombre, Shorthouse. Había mucho que quería preguntar y oír, pero se rodeaba de barreras infranqueables. Era ridículo; sin duda me estaba pidiendo mucho, y sin embargo apenas ofrecía nada a cambio, y su razón —que era por mi bien— podía ser perfectamente cierta, pero no me traía consuelo alguno. Me daba migajas de vez en cuando, sin embargo, para mantener viva mi curiosidad, hasta que pronto fui consciente de que en mi interior crecían, lado a lado, un interés genuino y un miedo igualmente genuino; y algo de ambos es probablemente necesario para toda verdadera emoción.

El granero en cuestión estaba a cierta distancia de la casa, hacia el lado de los establos, y yo había pasado junto a él en varios de mis viajes de ida y vuelta, maravillándome de su aspecto desolado y sin alquitranar bajo un régimen donde todo era tan pulcro y ordenado; pero nunca se me había ocurrido que fuera posible que yo llegara a pasar una noche bajo su techo con un extraño relativo, y experimentara allí algo perteneciente a un orden de cosas que siempre había ridiculizado y despreciado más bien.

En este momento solo puedo recordar parcialmente el proceso por el cual Shorthouse me persuadió de prestarle mi compañía. Al igual que yo, él era un invitado en esta reunión otoñal, y donde había tantos para charlar y bromear, creo que su taciturnidad de modales me había atraído por contraste, y que deseaba devolver parte de lo que le debía. Sin duda, había halago en ello también, pues tenía más del doble de mi edad, era un hombre de una experiencia asombrosamente vasta, un explorador de todos los rincones del mundo donde acechaba el peligro, y —el halago más sutil de todos—, por mucho, el mejor tirador de todo el grupo, incluido nuestro anfitrión.

Al principio, sin embargo, me resistí un poco.

—Pero, seguramente, esta historia que cuentas —dije—, tiene el linaje común a todos esos relatos —un corazón supersticioso y un cerebro imaginativo— y ha crecido ahora por la repetición frecuente hasta convertirse en una historia de fantasmas auténtica. Además, este jardinero jefe de hace medio siglo —añadí, viendo que seguía limpiando su arma en silencio—, ¿quién era y qué información positiva tienes sobre él más allá del hecho de que fue encontrado colgado de las vigas, muerto?

—No era un simple jardinero jefe, este hombre que se hacía pasar por tal —respondió sin levantar la vista—, sino un sujeto de educación espléndida que utilizaba este curioso disfraz para sus propios fines. Se descubrió que parte de este mismo granero, del cual siempre conservaba la llave, había sido acondicionado como un laboratorio completo, con atanor, alambique, cucúrbita y otros aparatos, algunos de los cuales el señor destruyó de inmediato —tal vez para mejor— y sobre los cuales solo he podido hacer conjeturas...

—Artes negras —me reí.

—¿Quién sabe? —replicó con calma—. El hombre poseía sin duda conocimiento —conocimiento oscuro— que era muy inusual y peligroso, y no puedo descubrir los medios por los cuales llegó a él; al menos, ningún medio ordinario. Pero he hallado muchos hechos en el caso que apuntan al ejercicio de una voluntad de lo más desesperada y sin escrúpulos; y las extrañas desapariciones en el vecindario, así como los huesos encontrados enterrados en el huerto, aunque nunca se atribuyeron realmente a él, me parecen llenos de una sugerencia espantosa.

Me reí de nuevo, quizás un poco incómodo, y dije que recordaba la historia de Giles de Rays, mariscal de Francia, de quien se decía que había matado y torturado hasta la muerte en pocos años a no menos de ciento sesenta mujeres y niños para fines de nigromancia, y que fue ejecutado por sus crímenes en Nantes. Pero Shorthouse no "picó", y solo volvió a su tema.

—Su suicidio parece haber sido justo a tiempo para evitar el arresto —dijo.

—Un mago de baja categoría entonces —observé con escepticismo—, si el suicidio fue su única forma de evadir a la policía rural.

—Más bien a la policía de Londres y San Petersburgo —respondió Shorthouse—; porque el cuartel general de esta bonita compañía estaba en algún lugar de Rusia, y todo su aparato llevaba las marcas de la fabricación extranjera más hábil. Una mujer rusa empleada entonces en la casa —institutriz o algo así— también desapareció por la misma época y nunca fue capturada. Ella era sin duda la más astuta de todos. Y, recuerda, el objetivo de este grupo espantoso no era la simple ganancia vulgar, sino una clase de conocimiento que exigía las más altas cualidades de coraje e intelecto en quienes lo buscaban.

Admito que me impresionó la convicción de la voz y los modales del hombre, pues hay algo muy convincente en la fuerza de la creencia de un hombre serio, aunque todavía fingí burlarme educadamente.

—Pero, como la mayoría de los magos negros, el tipo solo tuvo éxito en provocar su propia destrucción; o mejor dicho, la de sus herramientas, y en escapar él mismo.

—Para que pudiera cumplir mejor sus objetivos *en otro lugar y de otra manera* —dijo Shorthouse, prestando, mientras hablaba, la atención más minuciosa a la limpieza de la cerradura.

—¿En otro lugar y de otra manera? —jadeé.

—Como si la cáscara que dejó colgada de la viga en el granero no impidiera en absoluto que el espíritu del hombre continuara su terrible labor bajo nuevas condiciones —añadió con calma, sin notar mi interrupción—. La idea es que a veces vuelve a visitar el jardín y el granero, principalmente el granero...

—¡El granero! —exclamé—. ¿Con qué propósito?

—Principalmente el granero —terminó, como si no me hubiera oído—, es decir, cuando hay alguien dentro.

Lo miré fijamente sin hablar, pues me invadía el asombro de cómo añadiría algo más a esto.

—Cuando quiere material fresco, es decir, viene a robar de los vivos.

—¡Material fresco! —repetí horrorizado—. ¡Robar de los vivos! Incluso entonces, a plena luz del día, fui tontamente consciente de una sensación de hormigueo en la raíz de mi cabello, como si una brisa fría pasara sobre mi cráneo.

—Se supone que la fuerte vitalidad de los vivos es lo que más necesita esta clase de criatura —continuó imperturbable—, y donde ha trabajado, pensado y luchado antes es el lugar más fácil para conseguirla. Las condiciones anteriores se reconstruyen de algún modo más fácilmente... —Se detuvo de repente y dedicó toda su atención al arma—. Es difícil de explicar, sabes, más bien —añadió al poco— y, además, es mucho mejor que no lo sepas hasta después.

Hice un ruido que fue el comienzo de una veintena de preguntas y otras tantas frases, pero no llegó más allá de un simple ruido, y Shorthouse, por supuesto, intervino de nuevo.

—Tu escepticismo —añadió— es una de las cualidades que me inducen a pedirte que pases la noche allí conmigo.

—En aquellos días —continuó, en respuesta a mi insistencia por obtener más información—, la familia estaba mucho en el extranjero y a menudo viajaban durante años seguidos. Este hombre era invaluable en su ausencia. Su maravilloso conocimiento de la horticultura mantenía los jardines —franceses, italianos, ingleses— en perfecto orden. Tenía carta blanca en cuanto a gastos y, por supuesto, seleccionaba a todos sus subordinados. Fue el regreso repentino e inesperado del señor lo que sorprendió a las asombrosas historias del campo antes de que el sujeto, con toda su astucia, tuviera tiempo de prepararse u ocultarse.

—¿Pero no hay evidencia, ninguna evidencia más reciente, para mostrar que es probable que suceda algo si nos quedamos sentados allí? —pregunté, presionándolo aún más, y creo que para su agrado, pues demostraba al menos que estaba interesado—. ¿Ha pasado algo allí últimamente, por ejemplo?

Shorthouse levantó la vista del arma que estaba limpiando tan asiduamente, y el humo de su pipa se enroscó en un giro extraño entre mí y la barba negra y el rostro oriental, bronceado por el sol. El magnetismo de su mirada y expresión me trajo más sensación de convicción que la que había sentido hasta entonces, y me di cuenta de que había habido un pequeño cambio repentino en mi actitud y que ahora estaba mucho más inclinado a participar en la aventura con él. Al menos, pensé, con un hombre así, uno estaría a salvo en cualquier emergencia; pues es decidido, ingenioso y digno de confianza.

—Ahí está el punto —respondió lentamente—; porque aparentemente ha habido un nuevo estallido —un ataque casi, parece—, muy recientemente. Hay evidencia, por supuesto, mucha, o no sentiría el interés que siento, pero... —dudó un momento, como si considerara cuánto debería dejarme saber—, pero el hecho es que tres hombres este verano, en ocasiones separadas, que han entrado en ese granero después del anochecer, han sido abordados...

—¿Abordados? —repetí, traicionado a la interrupción por su elección de una palabra tan singular.

—Y uno de los mozos de cuadra, una llegada reciente y totalmente ignorante de la historia, que tuvo que entrar allí tarde una noche, vio una sustancia oscura colgando de una de las vigas, y cuando subió, temblando por todas partes, para cortarla —pues dijo que estaba seguro de que era un cadáver—, el cuchillo atravesó solo aire, y oyó un sonido bajo los aleros como si alguien se estuviera riendo. Sin embargo, mientras acuchillaba, y después también, la cosa seguía balanceándose allí ante sus ojos y girando lentamente con su propio peso, como una enorme pieza de carne en un asador. El hombre declara, además, que tenía una gran cara barbuda, y que la boca estaba abierta y caída como la boca de un ahorcado.

—¿Podemos interrogar a este tipo?

—Se ha ido, presentó su renuncia de inmediato, pero no sin antes haberlo interrogado yo mismo muy de cerca.

—¿Entonces esto fue muy reciente? —dije, pues sabía que Shorthouse no llevaba más de una semana en la casa.

—Hace cuatro días —respondió—. Pero, más que eso, hace solo tres días un par de hombres estaban allí juntos a plena luz del día cuando uno de ellos se sintió de repente mortalmente desfallecido. Dijo que sintió un impulso irresistible de ahorcarse; y buscó una cuerda y se puso furioso cuando su compañero intentó impedírselo...

—¿Pero lo impidió?

—Justo a tiempo, pero no antes de que hubiera trepado a una viga. Estaba muy violento.

Tenía tanto que decir y preguntar que no pude sacar nada a tiempo, y Shorthouse continuó de nuevo.

—He tenido una especie de vigilancia para este caso —dijo con una sonrisa, cuyo significado real, sin embargo, se me escapó por completo en ese momento—, y uno de los rasgos más desagradables es la forma deliberada en que los sirvientes han inventado excusas para ir al lugar, y siempre después del anochecer; algunos de ellos, que no tienen derecho a ir allí, y ninguna ocasión real en absoluto —probablemente nunca habían estado allí en sus vidas antes—, y ahora de repente han mostrado el deseo y la determinación más intensos de ir allí al atardecer, o poco después, y con las excusas más mezquinas y tontas del mundo. Por supuesto —añadió—, se les ha impedido, pero el deseo, más fuerte que su temor supersticioso, y que no pueden explicar, es muy curioso.

—Mucho —admití, sintiendo que mi cabello empezaba a erizarse de nuevo.

—Verás —continuó al poco—, todo apunta a la volición, de hecho a una disposición deliberada. No es un mero fantasma familiar que acompaña a cada casa con hiedra en Inglaterra de cierta edad; es algo real y algo muy maligno.

Levantó el rostro del cañón del arma y, por primera vez, sus ojos captaron los míos por completo. Sí, estaba muy convencido. Además, sabía mucho más de lo que pretendía decir.

—Vale la pena tentarlo y luchar, creo —dijo—; pero quiero un compañero conmigo. ¿Te atreves? Su entusiasmo sin duda me contagió, pero todavía quería protegerme un poco.

—Soy muy escéptico —aduje.

—Tanto mejor —dijo, casi como para sí mismo—. Tú tienes el valor; yo tengo el conocimiento...

—¿El conocimiento?

Miró a su alrededor con cautela como para asegurarse de que no hubiera nadie al alcance del oído.

—He estado en el lugar yo mismo —dijo con voz baja—, hace muy poco, de hecho, hace solo tres noches, el día que el hombre se puso extraño.

Me quedé mirando.

—Pero... me vi obligado a salir...

Seguía mirando.

—Rápidamente —añadió significativamente.

—Te has metido en el asunto bastante a fondo —fue todo lo que pude encontrar para decir, pues casi había decidido ir con él y no estaba seguro de querer escuchar demasiado de antemano.

Asintió. —Es un fastidio, por supuesto, pero debo hacerlo todo a fondo, o no hacerlo en absoluto.

—Por eso limpias tu propia arma, supongo.

—Por eso, cuando hay algún peligro, tomo las menos oportunidades posibles —dijo con la misma sonrisa enigmática que había notado antes; y luego añadió con énfasis—: Y es también por eso que te pido que me hagas compañía ahora.

Por supuesto, la flecha dio en el blanco, y di mi promesa sin más preámbulos.

Nuestros preparativos para la noche —un par de mantas y un frasco de café negro— no fueron elaborados, y no encontramos dificultades, alrededor de las diez, para ausentarnos de la sala de billar sin atraer la curiosidad. Shorthouse se reunió conmigo según lo acordado bajo el cedro en el césped trasero, y de inmediato me di cuenta con viveza de la diferencia que existe entre hacer planes a la luz del día y llevarlos a cabo en la oscuridad. El sentido común de uno —al menos en asuntos de esta clase— se reduce al mínimo, y la imaginación con todos sus duendes acompañantes usurpa el lugar del juicio. Dos y dos ya no suman cuatro; suman un misterio, y el misterio no pierde tiempo en convertirse en una amenaza. En este caso particular, sin embargo, mi imaginación no encontró alas con facilidad, pues sabía que mi compañero era el más inamovible de los hombres, un bloque de hombre sólido y sin emociones que nunca perdería la cabeza, y en cualquier estado concebible de las cosas siempre tomaría el camino correcto, así como el fuerte. Así que mi fe en el hombre me dio un falso coraje que era, sin embargo, muy reconfortante, y esperaba la aventura de la noche con un apetito genuino.

Lado a lado, y en silencio, seguimos el camino que bordeaba los bosques del Este, como los llamaban, y luego conducía a través de dos campos de heno, y por otro bosque, hasta el granero, que así quedaba a media milla de la Granja Baja. A la Granja Baja, de hecho, pertenecía propiamente; y esto nos hizo darnos cuenta más claramente de cuán ingeniosas debían haber sido las excusas de los sirvientes del Hall que sentían el deseo de visitarlo.

Había estado lloviendo durante la tarde, y los árboles todavía goteaban pesadamente por todos lados, pero en el momento en que dejamos el segundo bosque y salimos al abierto, vimos un claro con las estrellas arriba, contra las cuales el granero se perfilaba en una sombra negra y lúgubre. Shorthouse abrió el camino, todavía sin decir palabra, y nos arrastramos por una puerta baja y nos sentamos en un montón suave de heno en el rincón más alejado.

—Ahora —dijo, hablando por primera vez—, te mostraré el interior del granero, para que sepas dónde estás, y qué hacer, en caso de que ocurra algo.

Una cerilla brilló en la oscuridad, y con la ayuda de dos más que siguieron, vi el interior de un granero alto y de aspecto algo desvencijado, erigido sobre un muro de piedras grises que corría por todas partes y se extendía hasta una altura de tal vez cuatro pies. Por encima de esta mampostería se elevaban los lados de madera, subiendo hasta el techo abovedado habitual, y sostenidos por un doble nivel de vigas masivas de roble, que se extendían de pared a pared y estaban intersectadas por montantes ocasionales. Me sentí como si estuviéramos dentro del esqueleto de algún monstruo antediluviano cuyas enormes costillas negras nos envolvían por completo. La mayor parte de esto, por supuesto, solo se esbozó ante mis ojos con la luz incierta de las cerillas parpadeantes, y cuando dije que había visto suficiente, y las cerillas se apagaron, quedamos envueltos de inmediato en una atmósfera tan densamente negra como cualquier otra que haya conocido. Y el silencio igualaba a la oscuridad.

Nos acomodamos y hablamos en voz baja. Las mantas, que eran muy grandes, cubrían nuestras piernas; y nuestros hombros se hundieron en un lecho de suavidad realmente lujoso. Sin embargo, ninguno de nosotros parecía tener sueño. Yo ciertamente no, y Shorthouse, dejando su brevedad habitual que poco le faltaba para ser brusca, se sumergió en una fácil corriente de conversación que tomó con el tiempo la forma de reminiscencias personales. Esto se convirtió rápidamente en una vívida narración de aventuras y viajes en países lejanos, y en cualquier otro momento me habría dejado absorber por completo en lo que contaba. Pero, desgraciadamente, nunca pude por un solo instante olvidar el propósito real de nuestra empresa, y por consiguiente sentí todos mis sentidos más alerta de lo habitual, y mi atención en consecuencia más o menos distraída. Fue, de hecho, una revelación oír a Shorthouse desahogarse de esta manera, y para un hombre joven era, por supuesto, doblemente fascinante; pero los pequeños sonidos que siempre puntúan incluso el silencio más profundo al aire libre reclamaron una parte de mi atención, y a medida que avanzaba la noche pronto me di cuenta de que sus relatos parecían algo inconexos y abruptos, y que, de hecho, solo escuchaba realmente una parte de ellos.

No era tanto que escuchara otros sonidos, sino que esperaba escucharlos; esto era lo que robaba la otra mitad de mi escucha. No había viento ni lluvia que rompiera la quietud, y ciertamente no había presencias físicas en nuestra vecindad, pues estábamos a media milla incluso de la Granja Baja; y del Hall y los establos, al menos a una milla. Sin embargo, la quietud estaba siendo continuamente rota —tal vez perturbada es una palabra mejor— y era a estas perturbaciones muy remotas y diminutas a las que me sentía obligado a dedicar al menos la mitad de mis facultades de escucha.

De vez en cuando, sin embargo, hacía un comentario o formulaba una pregunta, para mostrar que estaba escuchando e interesado; pero, en cierto sentido, mis preguntas siempre parecían ir en una dirección y apuntar a un resultado, a saber, la experiencia previa de mi compañero en el granero cuando se había visto obligado a salir "rápidamente".

Aparentemente no podía evitarlo, pues esta era realmente la única curiosidad absorbente que tenía; y el hecho de que fuera mejor para mí no saberlo me hacía más deseoso de saberlo todo, incluso lo peor.

Shorthouse se dio cuenta de esto aún mejor que yo. Podía notarlo por la forma en que esquivaba, o ignoraba por completo, mis preguntas, y esta sutil simpatía entre nosotros demostraba con suficiente claridad, de haber sido yo capaz en aquel momento de reflexionar sobre su significado, que los nervios de ambos estaban en una condición muy sensible y extremadamente tensa. Probablemente, la confianza total que sentía en su capacidad para afrontar cualquier cosa que pudiera suceder, y el grado en que también dependía de él para mi propio valor, impidieron el ejercicio de mis facultades normales de reflexión, mientras dejaban mis sentidos libres para un grado de actividad mayor de lo habitual.

Las cosas debieron seguir así durante una buena hora o más, cuando hice el descubrimiento repentino de que había algo inusual en las condiciones de nuestro entorno. Esto suena a un modo de expresión indirecto, pero realmente no sé cómo decirlo de otra manera. El descubrimiento casi se precipitó sobre mí. Por derecho, éramos dos hombres esperando en un supuesto granero embrujado a que algo sucediera; y, como dos hombres que confiaban implícitamente el uno en el otro (aunque por razones muy diferentes), debería haber habido dos mentes intensamente alertas, con los sentidos ordinarios en activa cooperación. Un cierto grado de nerviosismo, también, podría haber existido, pero más allá de esto, nada. Fue, por tanto, con algo de consternación que hice el descubrimiento repentino de que había algo más, y algo que debería haber notado mucho antes de lo que realmente lo hice.

El hecho era que el flujo de charla de Shorthouse era totalmente antinatural. Hablaba con un propósito. No deseaba ser acorralado por mis preguntas, es cierto, pero tenía otro propósito aún más profundo, y se me ocurrió, como una deducción desagradable de mi descubrimiento, que este hombre fuerte, cínico y flemático a mi lado estaba hablando —y había estado hablando todo este tiempo— para lograr un fin particular. Y este fin, pronto lo sentí claramente, era convencerse a sí mismo. Pero, ¿de qué?

Por mi parte, a medida que las horas avanzaban hacia la medianoche, no estaba ansioso por encontrar la respuesta; pero al final se volvió imposible evitarla, y supe mientras escuchaba que estaba vertiendo este flujo constante de vívidas reminiscencias de viajes —mares del sur, caza mayor, exploración rusa, mujeres, aventuras de todo tipo— porque deseaba que el pasado se reafirmara con la exclusión total del presente. Estaba tomando sus precauciones. Tenía miedo.

Sentí cien cosas, una vez que esto me quedó claro, pero ninguna más que el deseo de levantarme de inmediato y abandonar el granero. Si Shorthouse ya tenía miedo, ¿qué diablos me iba a pasar a mí en las largas horas que quedaban por delante? . . . Solo sé que, en mis feroces esfuerzos por negarme a mí mismo la evidencia de su colapso parcial, surgió la fuerza que me permitió desempeñar mi papel adecuadamente, e incluso me encontré ayudándole mediante comentarios animados sobre sus historias, y mediante preguntas más o menos juiciosas. También le ayudé desterrando de mi mente cualquier deseo de indagar en la verdad de su experiencia anterior; e hice bien, porque si me la hubiera soltado, con esos grandes poderes de descripción convincente que tenía a su disposición, creo sinceramente que nunca habría salido vivo de ese granero. Así, al menos, me sentí en ese momento. Fue el instinto de autoconservación, y trajo consigo un juicio sensato.

Aquí, pues, al menos, con motivos diferentes, llegados también por caminos opuestos, ambos estábamos de acuerdo en una cosa, a saber, que temporalmente olvidaríamos. Éramos unos necios, pues una emoción dominante no se destierra tan fácilmente, y volvíamos a ella constantemente de cien maneras directas e indirectas. No se puede jugar tan fácilmente con un miedo real, y mientras jugábamos en la superficie con miles y miles de palabras —meras palabras—, nuestras actividades subconscientes estaban ganando fuerza constantemente, y dentro de poco tendrían que ser debidamente reconocidas. No podíamos escapar de ello. Por fin, cuando terminó el relato de una aventura que lo llevó lo suficientemente cerca de una muerte horrible, admití que en mi vida sin sobresaltos nunca me había enfrentado a un miedo real. Se me escapó inadvertidamente, y, por supuesto, sin intención, pero la tendencia en él en ese momento era demasiado fuerte para resistirla. Vio la escapatoria y se lanzó hacia ella a toda marcha.

"Es lo mismo con todas las emociones", dijo. "Las experiencias de los demás nunca dan una cuenta completa. Hasta que un hombre se ha vuelto deliberadamente y ha enfrentado por sí mismo a los demonios que lo persiguen a lo largo de los años, no tiene conocimiento de lo que realmente son, o de lo que pueden hacer. Los autores imaginativos pueden escribir, los moralistas pueden predicar y los eruditos pueden criticar, pero están tratando todo el tiempo con una moneda de la que no conocen el valor real. Su oyente recibe una sensación, pero no la verdadera. Hasta que no te hayas enfrentado a estas emociones", continuó, con la misma rapidez de palabras que le había salido durante toda la velada, "y las hayas hecho tuyas, tus esclavas, no tienes idea del poder que hay en ellas: el hambre, que muestra luces que llaman más allá de la tumba; la sed, que llena con una mezcla de hielo y fuego; la pasión, el amor, la soledad, la venganza y..." Hizo una pausa por un minuto, y aunque sabía que estábamos al borde, fui impotente para detenerlo. "...y el miedo", continuó: "el miedo... Creo que la muerte por miedo, o la locura por miedo, deben resumir en un segundo de tiempo la totalidad de todas las sensaciones más terribles que es posible que un hombre conozca".

"Entonces tú mismo has sentido algo de este miedo", interrumpí; "porque dijiste hace un momento..."

"No me refiero al miedo físico", respondió; "porque eso es más o menos una cuestión de nervios y voluntad, y es la imaginación la que hace cobardes a los hombres. Me refiero a un miedo absoluto, un miedo físico se podría llamar, que llega al alma y marchita cada poder que uno posee".

Dijo mucho más, pues él, también, era totalmente incapaz de contener el torrente una vez que se desató; pero lo he olvidado; o, más bien, misericordiosamente no lo escuché, pues me tapé los oídos y solo escuché las palabras ocasionales cuando saqué los dedos para ver si había terminado. A su debido tiempo terminó, y ahí lo dejamos, pues entonces supe positivamente lo que él ya sabía: que en algún lugar aquí en la noche, y dentro de las paredes de este mismo granero donde estábamos sentados, estaba esperando Algo de terrible malignidad y de gran poder. Algo que quizás ambos tendríamos que enfrentar antes de la mañana, y Algo que él ya había intentado enfrentar una vez y fracasado en el intento.

La noche avanzaba lentamente; y poco a poco se me hizo más y más claro que no podía confiar como al principio en mi compañero, y que nuestras posiciones estaban experimentando un lento proceso de inversión. Agradezco al Cielo que esto no se me hiciera notar demasiado repentinamente; y que tuviera al menos el tiempo para reajustarme un poco a las nuevas condiciones. La preparación era posible, aunque no fuera mucha, y busqué por todos los medios a mi alcance recoger todos los jirones de mi valor, para que juntos pudieran formar una cuerda decente que resistiera la tensión cuando llegara. La tensión llegaría, eso era seguro, y yo era perfectamente consciente —aunque por mi vida no puedo poner en palabras las razones de mi conocimiento— de que la acumulación de material contra nosotros estaba procediendo en algún lugar de la oscuridad con determinación y una habilidad horrible además.

Shorthouse mientras tanto hablaba sin cesar. La gran cantidad de heno enfrente —o paja, creo que en realidad era— parecía amortiguar el sonido de su voz, pero el silencio, también, se había vuelto tan opresivo que agradecí su torrente e incluso temí el momento en que se detuviera. Escuché, también, el suave tictac de mi reloj. Cada segundo pronunciaba su voz y caía en un abismo, como si comenzara un viaje del que no había retorno. Una vez, un perro ladró en algún lugar a lo lejos, probablemente en la Granja Baja; y una vez, un búho ululó justo afuera y pude escuchar el siseo de sus alas mientras pasaba por encima. Sobre mí, en la oscuridad, apenas podía distinguir el contorno del granero, siniestro y negro, las filas de vigas que se extendían de pared a pared como brazos malvados que presionaban el heno. Shorthouse, inmerso en algún enrevesado cuento de los Mares del Sur que pretendía estar lleno de alegría y sol, y sin embargo solo lograba hacer una mezcla espantosa de coloración antinatural, parecía importarle poco si yo escuchaba o no. No hizo ningún llamamiento a mí, y yo hice un par de comentarios bastante irrelevantes que pasaron de largo y probaron que simplemente estaba emitiendo sonidos. Él también tenía miedo del silencio.

Me puse a preguntarme cuánto tiempo podría hablar un hombre sin detenerse. . . . Entonces me pareció que estas palabras suyas caían en el mismo abismo donde caían los segundos, solo que eran más pesadas y caían más rápido. Comencé a perseguirlas. Pronto una de ellas cayó mucho más rápido que el resto, y la perseguí y me encontré casi de inmediato en una tierra de nubes y sombras. Se levantaron y me envolvieron, presionando los párpados. . . . Debe haber sido justo aquí donde me quedé dormido, en algún lugar entre las doce y la una, porque, mientras perseguía esta palabra a tremenda velocidad a través del espacio, supe que había dejado las otras palabras muy, muy atrás, hasta que, al final, ya no pude escucharlas en absoluto. La voz del narrador estaba fuera del alcance del oído; y yo caía con una rapidez cada vez mayor a través de un vacío inmenso.

Un sonido de susurros me despertó. Dos personas estaban hablando en voz baja muy cerca de mí. Las palabras en gran medida se me escaparon, pero capté de vez en cuando frases cortadas y medias oraciones, a las que, sin embargo, no pude atribuir ningún significado inteligible. Las palabras estaban muy cerca —justo a mi lado, de hecho— y una de las voces sonaba tan familiar, que la curiosidad superó al miedo, y me volví para mirar. No me equivocaba; era Shorthouse susurrando. Pero la otra persona, que debía haber estado justo un poco más allá de él, estaba perdida en la oscuridad e invisible para mí. Pareció entonces que Shorthouse giró al instante su rostro y me miró y, por algún medio u otro que no me causó sorpresa en ese momento, distinguí fácilmente las facciones en la oscuridad. Tenían una expresión que nunca había visto allí antes; parecía angustiado, exhausto, consumido, y como si estuviera a punto de rendirse después de una larga lucha mental. Me miró, casi implorante, y el susurro de la otra persona se desvaneció.

"Están encima de mí", dijo.

Me resultó totalmente imposible responder; las palabras se me atascaron en la garganta. Su voz era fina, lastimera, casi como la de un niño.

"Tendré que irme. No soy tan fuerte como pensaba. Lo llamarán suicidio, pero, por supuesto, en realidad es asesinato". Había una angustia real en su voz, y me aterrorizó.

Un profundo silencio siguió a estas extraordinarias palabras, y de alguna manera comprendí que la Otra Persona estaba a punto de continuar la conversación —incluso me imaginé ver labios formándose justo sobre el hombro de mi amigo— cuando sentí un golpe agudo en las costillas y una voz, esta vez una voz profunda, sonó en mi oído. Abrí los ojos, y el miserable sueño se desvaneció. Sin embargo, dejó tras de sí una impresión de una realidad fuerte y bastante inusual.

"Intenta no volver a quedarte dormido", dijo con severidad. "Pareces agotado. ¿Te sientes así?". Había una nota en su voz que no me agradó; menos que alarma, pero ciertamente más que mera solicitud.

"Me siento terriblemente somnoliento de repente", admití, avergonzado.

"Así puede ser", añadió muy seriamente; "pero cuento contigo para mantenerte despierto, aunque solo sea para vigilar. Has estado dormido durante media hora al menos, y estabas tan quieto, que pensé en despertarte..."

"¿Por qué?", pregunté, pues mi curiosidad y nerviosismo eran demasiado fuertes para ser resistidos. "¿Crees que estamos en peligro?".

"Creo que están por aquí ahora. Siento que mi vitalidad se va rápidamente; esa es siempre la primera señal. Tú durarás más que yo, recuerda. Vigila con cuidado".

La conversación decayó. Tenía miedo de decir todo lo que quería decir. Habría sido demasiado inequívocamente una confesión; e intuitivamente me di cuenta del peligro de admitir la existencia de ciertas emociones hasta ser positivamente forzado a ello. Pero pronto Shorthouse comenzó de nuevo. Su voz sonaba extraña, y como si hubiera perdido poder. Era más parecida a la voz de una mujer o de un niño que a la de un hombre, y recordaba a la voz de mi sueño.

"Supongo que tienes un cuchillo", preguntó.

"Sí, una navaja grande; pero, ¿por qué?". No respondió. "¿No crees que es probable una broma pesada? Nadie sospecha que estamos aquí", continué. Nada fue más significativo de nuestros sentimientos reales esta noche que la forma en que jugamos con las palabras, y nunca nos atrevimos a más que bordear las cosas que teníamos en mente.

"Es mejor estar preparado", respondió evasivamente. "Es mejor estar bien seguro. Mira en qué bolsillo está, para estar listo".

Obedecí mecánicamente, y se lo dije. Pero incluso este fragmento de conversación me demostró que se estaba alejando más de mí todo el tiempo en su mente. Seguía una línea que me era extraña, y, a medida que me distanciaba, sentí que la simpatía entre nosotros se volvía cada vez más tensa. Él sabía más; no es que eso me importara tanto, sino que estaba dispuesto a comunicar menos. Y en la medida en que perdía su apoyo, temía su creciente silencio. No de palabras —pues hablaba más volublemente que nunca, y con un propósito más feroz— sino su silencio al no dar ninguna pista de lo que debía haber sabido que estaba ocurriendo realmente todo el tiempo.

La noche estaba perfectamente quieta. Shorthouse continuaba hablando constantemente, y yo lo sacudía de vez en cuando con comentarios o preguntas para mantenerme despierto. Él, sin embargo, no prestó atención a ninguno.

Alrededor de las dos de la mañana cayó un breve chaparrón, y las gotas repiquetearon con fuerza en el techo como perdigones. Me alegré cuando paró, pues ahogaba completamente todos los demás sonidos y hacía imposible escuchar cualquier otra cosa que pudiera estar sucediendo. Algo estaba sucediendo, también, todo el tiempo, aunque por mi vida no podría decir qué. El mundo exterior se había vuelto bastante tenue: la reunión en la casa, los tiradores, la sala de billar y los incidentes diarios normales de mi visita. Todas mis energías estaban concentradas en el presente, y la tensión constante de vigilar, esperar y escuchar era excesivamente agotadora.

Shorthouse todavía hablaba de sus aventuras, en algún país oriental ahora, y menos coherentemente. Estas aventuras, reales o imaginarias, tenían un sabor a Las mil y una noches, y de ninguna manera me facilitaban mantener mi control sobre la realidad. El peso más ligero afectará el equilibrio bajo tales circunstancias, y en este caso el peso de su charla estaba en la balanza equivocada. Sus palabras eran muy rápidas, y me resultó increíblemente difícil no seguirlas hacia ese gran abismo de oscuridad donde todas corrían y desaparecían. Pero eso, lo sabía, significaba dormir de nuevo. Sin embargo, era extraño que me sintiera somnoliento cuando al mismo tiempo todos mis nervios estaban hormigueando. Cada vez que escuchaba lo que parecía un paso afuera, o un movimiento en el heno enfrente, la sangre se me helaba por un momento en las venas. Sin duda, la tensión incesante me afectó más de lo que pensaba, y esto era doblemente grande ahora que sabía que Shorthouse era una fuente de debilidad en lugar de fortaleza, como había contado. Ciertamente, una curiosa sensación de languidez me invadió cada vez más, y estaba seguro de que el hombre a mi lado estaba inmerso en la misma lucha. La febrilidad de su charla probaba esto, si no otra cosa. Era terriblemente difícil mantenerse despierto.

Pero esta vez, en lugar de caer al abismo, ¡vi algo salir de él! Llegó a nuestro mundo por una puerta en el lado del granero más alejado de mí, y entró con cautela y en silencio y se movió hacia la masa de heno de enfrente. Allí, por un momento, lo perdí, pero pronto lo atrapé de nuevo más arriba. Se aferraba, como un gran murciélago, al costado del granero. Algo arrastraba detrás de él, no pude distinguir qué. . . . Se arrastró por la pared de madera y comenzó a moverse a lo largo de una de las vigas. Un terror entumecido se apoderó de mí mientras lo observaba. La cosa que arrastraba detrás era aparentemente una cuerda.

El susurro comenzó de nuevo en ese momento, pero las únicas palabras que pude captar parecían no tener significado; era casi como otro idioma. Las voces estaban sobre mí, bajo el techo. De repente vi signos de movimiento activo ocurriendo justo más allá del lugar donde la cosa yacía sobre la viga. ¡Había algo más allá arriba con ella! Entonces siguió un jadeo, como la respiración rápida que acompaña al esfuerzo, y al minuto siguiente una masa negra cayó a través del aire y quedó colgando del extremo de la cuerda.

Al instante, todo brilló ante mí. Salté sobre mis pies y corrí a toda velocidad por el suelo del granero. Cómo me moví tan rápidamente en la oscuridad no lo sé; pero, incluso mientras corría, me pasó por la mente que nunca llegaría a mi cuchillo a tiempo para cortar la cosa, o de lo contrario encontraría que me lo habían quitado. De alguna manera u otra —la Diosa de los Sueños sabe cómo— trepé por las pacas de heno y me balanceé a lo largo de la viga. Estaba colgando, por supuesto, de mis brazos, y el cuchillo ya estaba entre mis dientes, aunque no tenía recuerdo de cómo llegó allí. Estaba abierto. La masa, colgando como un costado de tocino, estaba solo a unos pies frente a mí, y podía ver claramente la línea oscura de la cuerda que la sujetaba a la viga. Entonces noté por primera vez que se balanceaba y giraba en el aire, y que a medida que me acercaba parecía moverse a lo largo de la viga, de modo que la misma distancia se mantenía siempre entre nosotros. Lo único que podía hacer —pues no había tiempo para dudar— era saltar hacia ella a través del aire y cortar la cuerda mientras caía.

Agarré el cuchillo con mi mano derecha, hice un gran balanceo de mi cuerpo con las piernas y salté hacia ella a través del aire. ¡Horrores! Estaba más cerca de mí de lo que pensaba, y me precipité de lleno contra ella, y el brazo con el cuchillo falló la cuerda y cortó profundamente alguna sustancia que era blanda y cedía. Pero, mientras caía pasando junto a ella, la cosa tuvo tiempo de girar la mitad de su anchura de modo que giró y me enfrentó, y podría haber jurado mientras pasaba junto a ella a través del aire, que tenía las facciones de Shorthouse.

El impacto de esto puso fin bruscamente a la vil pesadilla, y me desperté por segunda vez en el suave lecho de heno para encontrar que el amanecer gris se estaba colando, y que tenía muchísimo frío. Después de todo, no había logrado mantenerme despierto, y mi sueño, ya que estaba empezando a haber luz, debe haber durado al menos una hora. ¡Toda una hora sin vigilancia!

No hubo sonido de Shorthouse, a quien, por supuesto, se dirigieron mis primeros pensamientos; probablemente su flujo de palabras había cesado hacía mucho tiempo, y él también había cedido a las persuasiones del dios seductor. Me giré para despertarlo y obtener el consuelo de la compañía por el horror de mi sueño, cuando para mi absoluta consternación vi que el lugar donde había estado estaba vacío. Ya no estaba a mi lado.

No había sido poco impacto descubrir antes que el aliado en quien residía toda mi fe y dependencia estaba realmente asustado, pero es del todo imposible describir las sensaciones que experimenté cuando me di cuenta de que se había ido por completo y que yo estaba solo en el granero. Durante un minuto o dos, mi cabeza dio vueltas y me sentí presa de un terror impotente. ¡El sueño, además, todavía parecía medio real, tan vívido había sido! Estaba completamente aterrorizado —caliente y frío por turnos— y aferraba el heno a mi lado a puñados, y por momentos no tuve idea alguna en el mundo de lo que debía hacer.

Esta vez, al menos, estaba inequívocamente despierto, y hice un gran esfuerzo por serenarme y afrontar el significado de la desaparición de mi compañero. En esto tuve éxito hasta el punto de decidir realizar una búsqueda minuciosa del granero, por dentro y por fuera. Fue una empresa terrible, y no me sentía en absoluto seguro de ser capaz de llevarla a buen término, pero sabía muy bien que si no se hacía algo de inmediato, sencillamente me derrumbaría.

Pero, cuando intenté moverme, descubrí que el frío, el miedo y no sé qué otra cosa impía además, se combinaban para hacerlo casi imposible. De repente comprendí que una inspección, durante la cual mi espalda estaría expuesta a un ataque, era algo impensable. Mi voluntad no estaba a la altura. Cualquier cosa podría abalanzarse sobre mí en cualquier momento desde los rincones oscuros, y la creciente luz era apenas suficiente para revelar cada movimiento que hiciera a cualquiera que pudiera estar observando. Pues, incluso entonces, y mientras aún estaba medio aturdido y estúpido, sabía perfectamente que alguien me estaba observando todo el tiempo con la mayor intensidad. No me había limitado a despertar; me habían despertado.

Decidí probar otro plan; lo llamé. Mi voz tenía un sonido fino y débil, lejano y bastante irreal, y no hubo respuesta. ¡Pero escucha! ¡Hubo algo que podría haber sido una voz muy tenue cerca de mí!

Llamé de nuevo, esta vez con mayor claridad: "Shorthouse, ¿dónde estás? ¿Puedes oírme?"

Ciertamente hubo un sonido, pero no era una voz. Algo se estaba moviendo. Era alguien que arrastraba los pies, y parecía estar fuera del granero. Tuve miedo de llamar otra vez, y el sonido continuó. Era un sonido lo suficientemente común, sin duda, pero me llegó en ese momento como algo inusual y desagradable. Los sonidos ordinarios siguen siendo ordinarios solo mientras uno no los escucha; bajo la influencia de una escucha intensa, se vuelven inusuales, funestos y, por tanto, extraordinarios. Así, este sonido común me llegó como algo poco común, desagradable. Transmitía, además, una impresión de sigilo. Y con él había otro, un sonido más leve.

Justo en este minuto, el viento trajo débilmente sobre el campo el sonido del reloj del establo, a una milla de distancia. Eran las tres; la hora en que los latidos de la vida golpean más bajo; cuando las almas pobres que yacen entre la vida y la muerte encuentran más difícil resistirse. Recuerdo vívidamente este pensamiento estrellándose en mi cerebro con un estruendo de trueno, y me di cuenta de que la tensión en mis nervios se acercaba al límite, y que habría que hacer algo de inmediato si quería recuperar mi autocontrol en absoluto.

Al reflexionar después sobre los acontecimientos de esta noche espantosa, siempre me ha parecido extraño que mi segunda pesadilla, tan vívida en su terror y su cercanía, no me hubiera proporcionado ninguna idea de lo que realmente estaba ocurriendo durante todo este tiempo; y que no hubiera sido capaz de atar cabos, o de haber descubierto antes de lo que lo hice qué era este sonido y de dónde venía. Bien puedo creer que las viles intrigas que subyacían a toda la experiencia encontraron que era una nimiedad fácil dirigir mal mi oído; aunque, por supuesto, bien podría haberse debido al estado confuso de mi mente en ese momento y a la tensión nerviosa general bajo la que indudablemente estaba sufriendo.

Pero, sea cual sea la causa de mi estupidez al principio al no lograr rastrear el sonido hasta su fuente adecuada, solo puedo decir aquí que fue con un impacto de horror sin igual que mi ojo de repente miró hacia arriba y divisó la figura moviéndose en las sombras sobre mi cabeza entre las vigas. Hasta este momento había pensado que era alguien fuera del granero, arrastrándose alrededor de las paredes hasta llegar a una puerta; y la oleada de horror que congeló mi corazón cuando miré hacia arriba y vi que era Shorthouse arrastrándose sigilosamente a lo largo de una viga, es algo que está totalmente fuera del poder de las palabras para describir.

Él estaba mirando intensamente hacia abajo, y supe de inmediato que era él quien me había estado observando.

Este punto fue, creo, para mí el clímax de la sensación en toda la experiencia; era incapaz de cualquier otra sensación —esto es, cualquier otra sensación en la misma dirección—. Pero aquí el carácter abominable del asunto se mostró más claramente, pues de repente se me presentó bajo un aspecto completamente nuevo. La luz cayó sobre la escena desde un ángulo nuevo y me galvanizó con una renovada capacidad para sentir cuando pensaba que había sobrevenido un entumecimiento misericordioso. Puede que no suene a mucho en la letra impresa, pero me llegó casi como si hubiera sido una extensión de la conciencia, pues la Mano que sostenía el lápiz de repente añadió con un efecto espantoso de contraste el elemento de lo ridículo. Nada podría haber sido peor en ese momento. Shorthouse, el espíritu dominante, tan intrépido en los asuntos de la vida cotidiana, cuyo poder aumentaba en lugar de disminuir ante el peligro; este hombre, arrastrándose a cuatro patas a lo largo de una viga en un granero a las tres de la mañana, ¡observándome todo el tiempo como un gato observa a un ratón! Sí, era claramente ridículo, y mientras me daba una medida con la que calibrar la emoción de terror que causaba su aberración, removió en algún lugar profundo de mi interior las cuerdas de una risa vacía.

Entonces me llegó uno de esos momentos que se dice que ocurren a veces bajo el estrés de una gran emoción, cuando en un instante la mente se vuelve deslumbrantemente clara. Una lucidez anormal ocupó el lugar de mi confusión de pensamientos, y de repente comprendí que los dos sueños que había tomado por pesadillas debían haber sido realmente enviados, y que se me había permitido por un momento mirar por encima del borde de lo que estaba por venir; el Bien estaba ayudando, incluso cuando el Mal estaba más decidido a destruir.

Lo veía todo claro ahora. Shorthouse había sobreestimado su fuerza. El terror inspirado por su primera visita al granero (cuando había fallado) había despertado toda la naturaleza del hombre para ganar, y me había traído para desviar el flujo mortal del mal. Que había vuelto a subestimar el poder contra él fue evidente tan pronto como entró en el granero, y su discurso salvaje, y su negativa a admitir lo que sentía, se debían a este deseo de no reconocer el miedo insidioso que crecía en su corazón. Pero, al final, se había vuelto demasiado fuerte. Había dejado mi lado durante mi sueño; él mismo había sido superado, quizás, primero en su sueño, por el terrible impulso. Sabía que yo interferiría, y con cada movimiento que hacía, me observaba fijamente, pues la manía se había apoderado de él y estaba decidido a ahorcarse. Fingió no oírme llamar, y supe que cualquier cosa que se interpusiera entre él y su propósito se encontraría con toda la fuerza de su furia; la furia de un maníaco, de alguien, por el momento, verdaderamente poseído.

Durante un minuto o dos me senté allí y observé. Vi entonces por primera vez que había un trozo de cuerda arrastrándose tras él, y que eso era lo que producía el sonido de roce que había notado. Shorthouse, también, se había detenido. Su cuerpo yacía a lo largo de la viga como un animal agazapado. Me estaba mirando fijamente. Esa mancha blanquecina era su rostro.

No puedo reclamar ningún coraje en el asunto, pues debo confesar que en cierto sentido estaba asustado casi más allá de todo control. Pero al mismo tiempo, la necesidad de una acción decidida, si quería salvar su vida, me llegó con un alivio intenso. No importaba lo que lo animara en ese momento, Shorthouse era solo un hombre; era carne y hueso con lo que tenía que luchar y no con poderes intangibles. Solo unas horas antes lo había visto limpiando su arma, fumando su pipa, golpeando las bolas de billar con una torpeza muy humana, y la imagen pasó por mi mente con el efecto más saludable.

Luego crucé el suelo del granero y salté sobre las balas de heno como preludio para trepar por los lados hasta la primera viga. Fue mucho más difícil que en mi sueño. Dos veces me resbalé hacia el heno, y mientras trepaba por tercera vez vi que Shorthouse, que hasta entonces no había hecho ningún sonido ni movimiento, estaba ahora ocupado haciendo algo con sus manos sobre la viga. Estaba en su extremo más alejado, y debió haber al menos quince pies entre nosotros. Sin embargo, vi claramente lo que estaba haciendo; estaba atando la cuerda a la viga. ¡El otro extremo, vi, ya estaba alrededor de su cuello!

Esto me dio de inmediato la fuerza necesaria, y en un segundo me había columpiado sobre una viga, gritando en voz alta con toda la autoridad que pude poner en mi voz:

"¡Imbécil, hombre! ¿Qué diablos estás tratando de hacer? ¡Baja ahora mismo!"

Mis acciones y palabras enérgicas combinadas tuvieron un efecto inmediato en él por el cual bendije al Cielo; pues levantó la vista de su horrible tarea, me miró fijamente durante un segundo o dos, y luego vino retorciéndose como un gran gato para interceptarme. Se acercó mediante una serie de saltos y brincos a un ritmo asombroso, y la forma en que se movía de alguna manera me inspiró un horror fresco, pues no parecía el movimiento natural de un ser humano en absoluto, sino más bien, como he dicho, como el de algún animal salvaje y ágil.

Estaba cerca de mí. No tenía una idea clara de lo que exactamente pretendía hacer. Podía ver su rostro claramente ahora; estaba sonriendo cruelmente; los ojos eran positivamente luminosos, y la expresión amenazante de la boca era muy angustiosa de contemplar. Por lo demás, era el rostro de un hombre de tiza, blanco y muerto, con toda la apariencia de lo humano viviente extraída de él. Entre sus dientes sostenía mi navaja de bolsillo, que debía haberme quitado mientras dormía, y en un destello recordé su ansiedad por saber exactamente en qué bolsillo estaba.

"¡Suelta ese cuchillo!", le grité, "y baja tú detrás de él..."

"¡No te atrevas a detenerme!", siseó, con el aliento saliendo entre sus labios a través del cuchillo que sostenía en los dientes. "Nada en el mundo puede detenerme ahora; lo he prometido, y debo hacerlo. No puedo resistir más".

"Entonces suelta el cuchillo y te ayudaré", le grité en su cara. "Te lo prometo..."

"No sirve de nada", gritó, riendo un poco, "debo hacerlo y no puedes detenerme".

Oí un sonido de risa, también, en algún lugar del aire detrás de mí. Al segundo siguiente, Shorthouse se lanzó sobre mí de un solo salto.

Hasta el día de hoy no puedo decir con certeza cómo sucedió. Sigue siendo una confusión salvaje y una fiebre de horror en mi mente, pero de algún lugar saqué más de mi ración habitual de fuerza, y antes de que pudiera darse cuenta de lo que yo pretendía hacer, tenía su garganta entre mis dedos. Abrió los dientes y el cuchillo cayó de inmediato, pues le di un apretón que nunca debería olvidar. Antes, mis músculos se habían sentido como papel mojado; ahora recuperaron su fuerza natural, y más además. Conseguí movernos a lo largo de la viga hasta que el heno estuvo debajo de nosotros, y entonces, completamente exhausto, solté mi agarre y giramos juntos y caímos sobre el heno, él arañándome en el aire incluso mientras caíamos.

La lucha que comenzó por mi parte luchando por su vida terminó en un esfuerzo salvaje por salvar la mía, pues Shorthouse estaba completamente fuera de sí, y no tenía idea de lo que estaba haciendo. De hecho, siempre ha asegurado que no recuerda nada de las experiencias de toda la noche después del momento en que primero me despertó del sueño. Una especie de niebla mortal se asentó sobre él, declara, y perdió todo sentido de su propia identidad. El resto fue un vacío hasta que recuperó el sentido bajo una masa de heno conmigo encima de él.

Fue el heno el que nos salvó, primero al romper la caída y luego al impedir sus movimientos para que yo pudiera evitar que me estrangulara hasta la muerte.

EL BOSQUE DE LOS MUERTOS

Un verano, en mis andanzas con una mochila, estaba almorzando en la habitación de una posada de camino en el país del oeste, cuando la puerta se abrió y entró un viejo rústico, que cruzó cerca de mi extremo de la mesa y se sentó muy tranquilamente en el asiento junto a la ventana arqueada. Intercambiamos miradas, o, hablando con propiedad, asentimientos, pues en el momento no levanté realmente mis ojos hacia su rostro, tan preocupado estaba con el importante asunto de satisfacer un apetito ganado caminando doce millas sobre un terreno difícil.

La fina lluvia cálida de las siete, que desde entonces se había levantado en una especie de niebla luminosa sobre las copas de los árboles, flotaba ahora muy por encima en un cielo azul profundo, y el día se estaba instalando en un resplandor de luz dorada. Era uno de esos días peculiares de Somerset y North Devon, cuando los huertos brillan y las praderas parecen añadir un resplandor propio, tan brillantemente suaves son las coloraciones de la hierba y el follaje.

La hija del posadero, una pequeña doncella con una belleza rural sencilla, entró poco después con una jarra de peltre espumosa, preguntó por mi bienestar y salió de nuevo. Aparentemente no se había fijado en el anciano sentado en el escaño junto a la ventana arqueada, ni él, por su parte, se había girado ni una vez en nuestra dirección.

En circunstancias ordinarias probablemente no habría pensado en este otro ocupante de la habitación; pero el hecho de que se suponía que estaba reservada para mi uso privado, y el hecho singular de que estuviera sentado mirando sin rumbo por la ventana, sin intentar entablar conversación conmigo, atrajo mis ojos más de una vez con cierta curiosidad hacia él, y pronto me encontré preguntándome por qué se sentaba allí tan silenciosamente, y siempre con la cabeza apartada.

Era, vi, un anciano bastante encorvado con ropa rústica, y la piel de su rostro estaba arrugada como la de una manzana; pantalones de pana estaban sujetos con una cuerda debajo de la rodilla, y llevaba una especie de chaqueta de fustán marrón que estaba muy descolorida. Su mano delgada descansaba sobre un bastón bastante robusto. No llevaba sombrero y no traía ninguno, y noté que su cabeza, cubierta con cabello plateado, estaba finamente formada y daba la impresión de algo noble.

Aunque un tanto irritado por su estudiado desprecio por mi presencia, llegué a la conclusión de que probablemente tenía algo que ver con el pequeño hostal y tenía todo el derecho a usar esta habitación con libertad, y terminé mi almuerzo sin romper el silencio y luego tomé el escaño opuesto para fumar una pipa antes de seguir mi camino.

A través de la ventana abierta llegaban los aromas de los árboles frutales en flor; el huerto estaba bañado de sol y las ramas bailaban perezosamente en la brisa; la hierba de abajo brillaba con margaritas blancas y amarillas, y las rosas rojas que trepaban en profusión sobre el marco mezclaban su perfume con el olor dulce y penetrante del mar.

Era un lugar para holgazanear, para tumbarse y soñar toda una tarde, observando las mariposas adormecidas y escuchando el coro de pájaros que parecía llenar cada rincón del cielo. De hecho, ya estaba debatiendo en mi mente si quedarme y disfrutar de todo aquello en lugar de tomar el arduo sendero sobre las colinas, cuando el viejo rústico en el escaño opuesto giró de repente su rostro hacia mí por primera vez y comenzó a hablar.

Su voz tenía una nota tranquila y soñadora que estaba muy en armonía con el día y la escena, pero sonaba lejana, pensé, casi como si me llegara desde fuera, donde las sombras estaban tejiendo su eterno tejido de sueños sobre el suelo del jardín. Además, no había rastro en ella de la cualidad áspera que uno podría haber esperado naturalmente, y, ahora que veía el rostro completo del hablante por primera vez, noté con algo parecido a un sobresalto que los ojos profundos y amables parecían ir mucho más acorde con el timbre de la voz que con la apariencia áspera y muy campestre de la ropa y los modales. Su voz puso agradables ondas de sonido en movimiento hacia mí, y las palabras reales, si recuerdo bien, fueron:

"¿Es usted un extraño en estas partes?" o "¿No es esta parte del país extraña para usted?"

No hubo "señor", ni ninguna señal exterior y visible de la deferencia habitualmente pagada por la gente de campo real al visitante criado en la ciudad, sino en su lugar una amabilidad, casi una dulzura, de simpatía educada que era mucho más un cumplido que cualquiera de las dos cosas.

Respondí que estaba vagando a pie por una parte del país que era totalmente nueva para mí, y que estaba sorprendido de no encontrar un lugar de tal belleza idílica marcado en mi mapa.

"He vivido aquí toda mi vida", dijo, con un suspiro, "y nunca me canso de volver a ello".

"¿Entonces ya no vive en las inmediaciones?"

"Me he mudado", respondió brevemente, añadiendo después de una pausa en la que sus ojos parecieron vagar con nostalgia hacia la riqueza de flores más allá de la ventana; "pero casi me arrepiento, pues en ningún otro lugar he encontrado que el sol brille tan cálidamente, que las flores huelan tan dulcemente, o que los vientos y arroyos produzcan una música tan tierna..."

Su voz se apagó en una fina corriente de sonido que se perdió en el crujido de las hojas de rosa que trepaban por la ventana, pues apartó su cabeza de mí mientras hablaba y miró hacia el jardín. Pero era imposible ocultar mi sorpresa, y levanté mis ojos con franco asombro al escuchar una expresión tan poética de tal figura de hombre, aunque al mismo tiempo me daba cuenta de que no era en absoluto inapropiada, y que, de hecho, ningún otro tipo de expresión podría haberse esperado propiamente de él.

"Estoy seguro de que tiene razón", respondí finalmente, cuando quedó claro que había dejado de hablar; "o hay algo de encantamiento aquí, de verdadero encantamiento de cuento de hadas, que me hace pensar en las visiones de los días de la infancia, antes de que uno supiera nada de... de..."

Había sido atraído extrañamente hacia su estilo de habla, alguna fuerza interior obligándome. Pero aquí el hechizo pasó y no pude atrapar los pensamientos que un momento antes habían abierto una larga vista ante mi visión interior.

"A decir verdad", concluí torpemente, "el lugar me fascina y estoy dudando sobre si seguir adelante..."

La muchacha rió, vaciló un instante sobre la inestable cima de la carga y luego se lanzó a sus brazos. Él la atrapó con firmeza, la sostuvo un segundo más de lo necesario y la dejó en el suelo con una ternura que me conmovió. Pero en ese preciso momento, mientras sus manos aún se entrelazaban, vi algo que me heló la sangre.

De entre los pinos, justo detrás de nosotros, un ser surgió con un movimiento tan fluido y silencioso que parecía una extensión de la sombra misma del bosque. Era una figura envuelta en una neblina de luz tenue, y sin embargo, en su esencia, reconocí al anciano que me había hablado en la posada. Se movía con una gravedad solemne, sus ojos fijos no en mí, sino en la muchacha que reía al borde del campo.

"¿Qué es esto?", susurré, sintiendo cómo el aire se volvía gélido a pesar del sol estival.

"El destino no espera a que el sol se ponga", murmuró mi compañero a mi lado, aunque su voz sonaba ahora como el crujido de las agujas de pino bajo una brisa lejana.

La muchacha, ajena a nuestra presencia, caminaba junto al joven hacia el camino, hablándole con una alegría que parecía llenar todo el espacio entre nosotros. Entonces, la figura que había surgido del bosque extendió una mano, una mano que parecía hecha de aire y de tiempo, y la posó levemente sobre el hombro de la joven.

En aquel instante, la risa de la muchacha se transformó en un suspiro, un sonido tan tenue que apenas lo distinguí del roce del viento. Se detuvo en seco, mirando hacia el bosque con una expresión de desconcierto que pronto dio paso a una calma absoluta, una serenidad que parecía descender sobre ella como un manto invisible.

"¡María!", llamó el joven, volviéndose hacia ella con una sonrisa, pero ella ya no parecía escucharlo. Sus ojos, antes llenos de la vivacidad de la juventud, se perdieron en la profundidad de los árboles, allí donde la neblina se hacía más densa.

"Es hora", dijo mi compañero, y sentí que el suelo bajo mis pies se desvanecía, que los árboles, el campo y los amantes se convertían en una sola imagen superpuesta, una transparencia de otro mundo.

Comprendí entonces la naturaleza del propósito del anciano. No era una llamada a la muerte en el sentido que nosotros le damos, sino un tránsito, un paso que debía ser dado cuando la vida alcanzaba su cénit de luz. La muchacha comenzó a caminar hacia el bosque, no como quien es arrastrada, sino como quien reconoce un llamado largamente esperado.

"¿Por qué ella?", alcancé a articular, mientras una angustia insoportable me oprimía el pecho.

"Porque es necesaria allí donde la luz no se apaga", respondió la voz, y sentí que una mano, fría y firme como la piedra antigua, me guiaba hacia atrás, hacia la oscuridad de la que habíamos salido.

El mundo exterior se desdibujó. El sonido del carro, el calor del sol, la voz del joven llamando a su amada, todo se fue apagando como una vela que se consume en una habitación vacía. Me encontré de nuevo en la penumbra del bosque, pero esta vez solo. El silencio era absoluto, roto únicamente por el latido de mi propio corazón, que resonaba en la quietud como un tambor lejano.

Caminé hacia adelante, guiado por una intuición que me decía que la salida estaba cerca, aunque mis pies se sentían pesados por el peso de lo que acababa de presenciar. Cuando finalmente las ramas de los pinos se separaron y la luz del amanecer me golpeó el rostro, me encontré en el mismo sendero por el que había subido la noche anterior.

Bajé hacia el pueblo, sintiendo que el aire de la mañana era distinto, cargado de una solemnidad que antes no existía. Al llegar a la posada, todo parecía estar en calma, pero al acercarme a la puerta, vi a un grupo de personas reunidas en el camino. Había un murmullo de voces, un tono de sorpresa y tristeza.

Un hombre salió al encuentro, con el rostro desencajado. "Es la joven", dijo, sin reparar en mi presencia, "la hija del posadero. La han encontrado esta mañana... se quedó dormida bajo los pinos y no ha despertado, dicen los que la vieron anoche, pero no hay rastro de ella".

Me quedé inmóvil, con la imagen de la muchacha en el carro de heno aún fresca en mi mente. Miré hacia la colina, hacia el Bosque de los Muertos, donde los árboles se erguían, inmutables y silentes contra el cielo azul. Sabía que nadie la encontraría, no en el sentido que ellos buscaban, pues ella había hecho el camino, el mismo que hiciera el anciano años atrás, siguiendo una voluntad que trascendía los límites de nuestra breve estancia aquí.

Me alejé de la posada sin decir palabra, con el peso de una verdad que no podía ser compartida, caminando hacia la incertidumbre de un mundo que, desde aquella noche, nunca volvería a parecerme el mismo. El velo se había rasgado, y aunque se cerró, su rastro permanecía en la lucidez terrible que ahora poseía, la certeza de que el pasado y el futuro son, en verdad, una única y eterna presencia.

«¡Oh, oh!», se rió, y su voz me sonó como la risa más feliz y alegre que jamás hubiera escuchado salir de la garganta de una joven. «¡Oh, oh! Eso está muy bien. ¡Pero recuerda que soy la Reina del Heno, y debo montar!».

«Entonces debo ir y montar a tu lado», gritó, y comenzó de inmediato a subir por el asiento del conductor. Pero, con un repique de risa plateada, ella se deslizó con facilidad por la parte trasera del heno para escapar de él, y corrió un trecho por el camino. Podía verla con toda claridad, y noté la encantadora y natural gracia de sus movimientos, y la expresión amorosa en sus ojos mientras miraba por encima del hombro para asegurarse de que él la seguía. Evidentemente, no deseaba escapar por mucho tiempo, ciertamente no para siempre.

En dos zancadas, el joven grande y moreno la alcanzó, dejando a los caballos hacer lo que les pluguiera. Un segundo más y sus brazos habrían atrapado la esbelta cintura y presionado el pequeño cuerpo contra su corazón. Pero, justo en ese instante, el anciano a mi lado profirió un grito peculiar. Fue bajo y estremecedor, y me atravesó como una espada afilada.

ÉL la había llamado por su propio nombre, y ella lo había escuchado.

Por un segundo se detuvo, mirando hacia atrás con ojos asustados. Luego, con un breve grito de desesperación, la joven se desvió y se sumergió con rapidez entre las sombras de los árboles.

Pero el joven vio el movimiento repentino y le gritó apasionadamente:

«¡Por ahí no, mi amor! ¡Por ahí no! ¡Es el Bosque de los Muertos!».

Ella le lanzó una mirada risueña por encima del hombro, y el viento atrapó su cabello y lo extendió como una nube castaña bajo el sol. Pero al minuto siguiente estaba cerca de mí, recostada en el pecho de mi compañero, y estoy seguro de haber escuchado las palabras pronunciadas repetidamente entre muchos suspiros: «Padre, has llamado, y he venido. Y vengo de buena gana, porque estoy muy, muy cansada».

Al menos, así me sonaron las palabras, y entremezclada con ellas me pareció captar la respuesta en ese susurro profundo y estremecedor que ya conocía: «Y dormirás, hija mía, dormirás por un largo, largo tiempo, hasta que llegue el momento de que comiences el viaje de nuevo».

En ese breve segundo de tiempo había reconocido el rostro y la voz de la hija del posadero, pero al minuto siguiente un lamento terrible brotó de los labios del joven, y el cielo se volvió de repente tan oscuro como la noche, el viento se levantó y comenzó a sacudir las ramas a nuestro alrededor, y toda la escena fue engullida por una ola de negrura absoluta.

De nuevo los dedos fríos parecieron asir mi mano, y fui guiado por el camino que había venido hasta el borde del bosque, y cruzando el campo de heno que aún dormitaba bajo la luz de las estrellas, regresé a hurtadillas a la posada y me fui a la cama.

Un año después, me encontraba por casualidad en la misma parte del país, y el recuerdo de la extraña visión estival regresó a mí con la suavidad añadida de la distancia. Fui a la vieja aldea y tomé el té bajo los mismos árboles del huerto en la misma posada.

Pero la pequeña doncella de la posada no mostró su rostro, y aproveché la ocasión para preguntar a su padre por su bienestar y su paradero.

«Casada, sin duda», me reí, pero con un sentimiento extraño que me atenazó el corazón.

«No, señor», respondió el posadero con tristeza, «no casada —aunque estaba a punto de estarlo—, sino muerta. Sufrió una insolación en los campos de heno, pocos días después de que usted estuviera aquí, si mal no recuerdo, y nos dejó en menos de una semana».

SMITH: UN EPISODIO EN UNA CASA DE HUÉSPEDES

«Cuando era estudiante de medicina», comenzó el doctor, volviéndose a medias hacia su círculo de oyentes a la luz del fuego, «me crucé con uno o dos seres humanos muy curiosos; pero hubo un tipo al que recuerdo particularmente, pues me causó las emociones más vívidas y, creo, las más incómodas que jamás haya conocido.

«Durante muchos meses conocí a Smith solo de nombre, como el ocupante del piso sobre el mío. Obviamente, su nombre no significaba nada para mí. Además, estaba ocupado con conferencias, lecturas, clínicas y cosas por el estilo, y tenía poco tiempo libre para idear planes con el fin de entablar conversación con cualquiera de los otros inquilinos de la casa. Luego el azar nos reunió curiosamente, y este tal Smith dejó una profunda impresión en mí como resultado de nuestro primer encuentro. En aquel momento, la fuerza de esta primera impresión me parecía del todo inexplicable, pero al recordar el episodio ahora, desde un punto de vista de mayor conocimiento, juzgo que el hecho fue que despertó mi curiosidad hasta un grado inusual y, al mismo tiempo, despertó mi sentido del horror —fuere lo que fuere eso en un estudiante de medicina— tan profunda y permanentemente como estas dos emociones eran capaces de ser despertadas en el sistema y conjunto de nervios llamado YO.

«Cómo supo que me interesaba el estudio de las lenguas era algo que nunca pude explicar, pero un día, sin previo aviso, entró tranquilamente en mi habitación por la noche y me preguntó directamente si sabía suficiente hebreo como para ayudarle en la pronunciación de ciertas palabras.

«Me atrapó por el camino de menor resistencia, y me sentí muy halagado de poder darle la información deseada; pero solo cuando me dio las gracias y se hubo ido, me di cuenta de que había estado en presencia de una individualidad inusual. Por nada del mundo podía captar y etiquetar las peculiaridades de lo que sentía que era una personalidad muy llamativa, pero se me grabó que era un hombre apartado de sus semejantes, una mente que seguía una línea que conducía lejos del trato humano ordinario y de los intereses humanos, y hacia regiones que dejaban en su atmósfera algo remoto, enrarecido, escalofriante.

«En el momento en que se fue, me hice consciente de dos cosas: una curiosidad intensa por saber más sobre este hombre y cuáles eran sus verdaderos intereses, y, en segundo lugar, el hecho de que se me erizaba la piel y que mi cabello tenía tendencia a levantarse».

El doctor hizo una pausa aquí para dar una fuerte bocanada a su pipa, la cual, sin embargo, se había apagado sin remedio sin la ayuda de una cerilla; y en el profundo silencio, que daba fe del interés genuino de sus oyentes, alguien avivó el fuego hasta convertirlo en una pequeña llamarada, y uno o dos más miraron por encima del hombro hacia las oscuras distancias del gran salón.

«Mirando hacia atrás», continuó, observando las llamas momentáneas en la rejilla, «veo a un hombre bajo y fornido de quizás cuarenta y cinco años, con hombros inmensos y manos pequeñas y esbeltas. El contraste era notable, pues recuerdo haber pensado que tal armazón de gigante y tales huesos de dedos delgados difícilmente pertenecían juntos. Su cabeza, también, era grande y muy larga, la cabeza de un idealista sin lugar a dudas, aunque con un desarrollo inusualmente fuerte de la mandíbula y el mentón. Aquí, de nuevo, había una contradicción singular, aunque ahora soy más capaz de apreciar su significado completo, con una mayor experiencia en juzgar los valores de la fisionomía. Pues esto significaba, por supuesto, un idealismo entusiasta equilibrado y mantenido bajo control por la voluntad y el juicio, elementos generalmente deficientes en soñadores y visionarios.

«En cualquier caso, aquí había un ser con probablemente una gama muy amplia de posibilidades, una máquina con un péndulo que muy probablemente tenía una longitud de oscilación inusual.

«El cabello del hombre era extremadamente fino, y las líneas alrededor de su nariz y boca estaban cortadas como con un instrumento de acero delicado en cera. Sus ojos los he dejado para el final. Eran grandes y bastante cambiantes, no solo en color, sino en carácter, tamaño y forma. A veces parecían los ojos de alguien más, si pueden entender a qué me refiero, y al mismo tiempo, en sus tonos cambiantes de azul, verde y un tipo innominado de gris oscuro, había una luz siniestra en ellos que otorgaba a todo el rostro un aspecto casi alarmante. Además, eran las ópticas más luminosas que creo haber visto jamás en un ser humano.

«Ahí, pues, a riesgo de una descripción tediosa, está Smith tal como lo vi por primera vez aquella tarde de invierno en mis míseras habitaciones de estudiante en Edimburgo. Y, sin embargo, la parte real de él, por supuesto, la he dejado intacta, pues es tanto indescriptible como inalcanzable. Ya he hablado de una atmósfera de advertencia y distanciamiento que llevaba consigo. Es imposible analizar más la serie de pequeños choques que su presencia siempre comunicaba a mi ser; pero había algo en él que me ponía al instante en guardia en su presencia, cada nervio alerta, cada sentido tensado y en vigilancia. No quiero decir que sugiriera deliberadamente peligro, sino más bien que traía fuerzas tras de sí que automáticamente advertían a los centros nerviosos de mi sistema de estar en guardia y alerta.

«Desde los días de mi primer contacto con este hombre he vivido otras experiencias y he visto mucho que no puedo pretender explicar o entender; pero, hasta ahora en mi vida, solo una vez me he encontrado con un ser humano que sugiriera una familiaridad desagradable con cosas impías, y que me hiciera sentir extraño y 'escalofriado' en su presencia; y ese individuo poco envidiable era el Sr. Smith.

«Cuál era su ocupación durante el día, nunca lo supe. Creo que dormía hasta que el sol se ponía. Nadie lo vio nunca en las escaleras, ni le escuchó moverse en su habitación durante el día. Era una criatura de las sombras, que aparentemente prefería la oscuridad a la luz. Nuestra casera o no sabía nada, o no quería decir nada. En cualquier caso, no encontraba faltas, y desde entonces me he preguntado a menudo por qué magia este tipo era capaz de convertir a una casera común de una casa de huéspedes común en una persona discreta y poco comunicativa. Esto solo era una señal de genio de algún tipo.

«'Lleva aquí conmigo años, mucho antes de que usted llegara, y yo no me entrometo ni hago preguntas de lo que no me concierne, siempre que la gente pague su alquiler', fue el único comentario sobre el tema que logré obtener de aquel lado, y ciertamente no me dijo nada ni me dio aliento alguno para pedir más información.

«Los exámenes, sin embargo, y la emoción general de la vida de un estudiante de medicina, hicieron que el Sr. Smith se me fuera completamente de la cabeza por un tiempo. Durante un largo período no volvió a llamarme, y por mi parte, no sentí valor para devolver su visita no solicitada.

«Justo entonces, sin embargo, hubo un cambio en la fortuna de quienes controlaban mis ingresos muy limitados, y me vi obligado a dejar mi planta baja y mudarme arriba a unas habitaciones más modestas en la parte superior de la casa. Aquí estaba directamente sobre Smith, y tenía que pasar por su puerta para llegar a la mía.

«Sucedió que por aquel entonces me llamaban frecuentemente a todas horas de la noche para los casos de maternidad que un estudiante de cuarto año toma en cierto período de sus estudios, y al regresar de una de estas visitas, alrededor de las dos de la mañana, me sorprendió escuchar el sonido de voces al pasar por su puerta. Un olor peculiar y dulce, además, no diferente del aroma del incienso, penetraba en el pasillo.

«Subí muy silenciosamente, preguntándome qué estaba pasando allí a esa hora de la mañana. Que yo supiera, Smith nunca tenía visitas. Por un momento dudé fuera de la puerta con un pie en la escalera. Todo mi interés en este extraño hombre revivió, y mi curiosidad aumentó hasta un punto no lejano a la acción. Por fin podría aprender algo de los hábitos de este amante de la noche y la oscuridad.

«El sonido de las voces era claramente audible, predominando tanto la de Smith que nunca pude captar más que puntos de sonido de la otra, penetrando de vez en cuando en el flujo constante de su voz. Ni una sola palabra me llegó, al menos, no una palabra que pudiera entender, aunque la voz era alta y distinta, y solo después me di cuenta de que debía haber estado hablando en una lengua extranjera.

«El sonido de pasos, también, era igualmente distinto. Dos personas se movían por la habitación, pasando y repasando la puerta, una de ellas una persona ligera y ágil, y la otra pesada y algo torpe. La voz de Smith continuaba incesantemente con su extraño y monótono zumbido, ahora alto, ahora suave, mientras cruzaba y recruzaba el suelo. La otra persona también estaba en movimiento, pero de una forma diferente y menos regular, pues escuché pasos rápidos que parecían terminar a veces en tropiezos, y movimientos rápidos y repentinos que terminaban en un violento tambaleo contra la pared o los muebles.

«Mientras escuchaba la voz de Smith, además, comencé a sentir miedo. Había algo en el sonido que me hacía sentir intuitivamente que estaba en un aprieto, y un impulso se agitó débilmente en mí —muy débilmente, lo admito— de llamar a la puerta y preguntar si necesitaba ayuda.

«Pero mucho antes de que el impulso pudiera traducirse en un acto, o incluso antes de que hubiera sido debidamente sopesado y considerado por la mente, escuché una voz cerca de mí en el aire, una especie de susurro apagado que estoy seguro era Smith hablando, aunque el sonido no parecía haberme llegado a través de la puerta. Estaba cerca, en mi mismo oído, como si estuviera parado a mi lado, y me dio tal sobresalto que me agarré a la barandilla para evitar dar un paso atrás y hacer un estrépito en las escaleras.

«'No hay nada que puedas hacer para ayudarme', dijo claramente, 'y estarás mucho más seguro en tu propia habitación'.

«Me avergüenzo hasta el día de hoy del ritmo al que cubrí el tramo de escaleras en la oscuridad hasta el último piso, y de la mano temblorosa con la que encendí mis velas y cerré la puerta con cerrojo. Pero ahí está, tal como sucedió.

«Este episodio de medianoche, tan extraño y sin embargo tan trivial en sí mismo, me encendió con más curiosidad que nunca sobre mi compañero de alojamiento. También me hizo conectarlo en mi mente con un sentido de miedo y desconfianza. Nunca lo vi, pero a menudo, y de manera incómoda, era consciente de su presencia en las regiones superiores de esa lúgubre casa de huéspedes. Smith y su modo secreto de vida y misteriosas búsquedas, de alguna manera se las arreglaron para despertar en mi ser una línea de reflexión que perturbó mi cómoda condición de ignorancia. Nunca lo vi, como he dicho, e intercambié ningún tipo de comunicación con él, pero me parecía que su mente estaba en contacto con la mía, y algunas de las fuerzas extrañas de su atmósfera se filtraban hacia mi ser y perturbaban mi equilibrio. Esos pisos superiores se volvieron encantados para mí después del anochecer, y, aunque exteriormente nuestras vidas nunca llegaron a entrar en contacto, me vi involucrado involuntariamente en ciertas búsquedas en las que su mente estaba centrada. Sentí que de alguna manera me estaba utilizando contra mi voluntad, y por métodos que superaban mi comprensión.

«Me encontraba en ese momento, además, en el pesado e incuestionable estado de materialismo que es común a los estudiantes de medicina cuando comienzan a entender algo de la anatomía humana y el sistema nervioso, y saltan de inmediato a la conclusión de que controlan el universo y sostienen con sus fórceps la última palabra de la vida y la muerte. 'Lo sabía todo', y consideraba la creencia en algo más allá de la materia como los desvaríos de mentes débiles, o en el mejor de los casos, sin formación. Y esta condición de la mente, por supuesto, se sumaba a la fuerza de este miedo perturbador que emanaba del piso de abajo y comenzaba lentamente a apoderarse de mí.

«Aunque no guardé notas de los eventos subsiguientes en este asunto, dejaron una impresión demasiado profunda para que alguna vez olvide la secuencia en la que ocurrieron. Sin dificultad puedo recordar el siguiente paso en la aventura con Smith, pues se convirtió rápidamente en una aventura».

El doctor se detuvo un momento y dejó su pipa en la mesa detrás de él antes de continuar. El fuego se había consumido y nadie se movió para avivarlo. El silencio en el gran salón era tan profundo que cuando la pipa del orador tocó la mesa, el sonido provocó ecos audibles en el extremo lejano entre las sombras.

«Una noche, mientras leía, la puerta de mi habitación se abrió y Smith entró. No hizo intento alguno de cortesía. Eran más de las diez y estaba cansado, pero la presencia del hombre me galvanizó inmediatamente en actividad. Mis intentos de cortesía ordinaria los dejó de lado de inmediato, y comenzó a pedirme que vocalizara, y luego pronunciara para él, ciertas palabras hebreas; y cuando esto estuvo hecho, preguntó abruptamente si yo no era el afortunado poseedor de un Tratado Rabínico muy raro, el cual nombró.

«Cómo supo que poseía este libro me dejó extremadamente perplejo; pero me sorprendió aún más verle cruzar la habitación y sacarlo de mi estantería casi antes de que yo hubiera tenido tiempo de responder afirmativamente. Evidentemente sabía exactamente dónde se guardaba. Esto excitó mi curiosidad más allá de todo límite, e inmediatamente comencé a hacerle preguntas; y aunque, por puro respeto al hombre, se las hice muy delicadamente, y casi como una mera conversación, él solo tuvo una respuesta para todas. Me miraba desde las páginas del libro con una expresión de completa comprensión en sus rasgos extraordinarios, inclinaba un poco la cabeza y decía muy gravemente:

«'Esa, por supuesto, es una pregunta perfectamente apropiada', que era absolutamente todo lo que podía obtener de él.

«En esta ocasión particular se quedó conmigo quizás diez o quince minutos. Luego bajó rápidamente las escaleras hacia su habitación con mi Tratado hebreo en la mano, y le escuché cerrar y echar el cerrojo a su puerta.

«Pero unos momentos después, antes de que tuviera tiempo de instalarme de nuevo con mi libro, o de recuperarme de la sorpresa que su visita me había causado, escuché la puerta abrirse, y allí estaba Smith una vez más al lado de mi silla. No se excusó por su segunda interrupción, sino que inclinó la cabeza hasta el nivel de mi lámpara de lectura y miró a través de la llama directamente a mis ojos.

«'Espero', susurró, 'espero que nunca le molesten por la noche'.

«'¿Eh?', tartamudeé, '¿molestarme por la noche? Oh no, gracias, al menos, no que yo sepa...'

«'Me alegro', respondió gravemente, pareciendo no notar mi confusión y sorpresa ante su pregunta. 'Pero, recuerde, si alguna vez fuera el caso, por favor, hágamelo saber de inmediato'.

«Y se fue escaleras abajo y volvió a entrar en su habitación.

«Durante unos minutos me quedé reflexionando sobre su extraño comportamiento. No estaba loco, argumenté, sino que era víctima de algún delirio inofensivo que había crecido gradualmente en él como resultado de su modo de vida solitario; y por los libros que usaba, juzgué que tenía algo que ver con la magia medieval, o algún sistema de misticismo hebreo antiguo. Las palabras que me pidió pronunciar para él eran probablemente 'Palabras de Poder', las cuales, cuando se pronunciaban con la vehemencia de una voluntad fuerte detrás de ellas, se suponía que producían resultados físicos, o establecían vibraciones en el propio ser interior que tenían el efecto de un levantamiento parcial del velo.

«Me quedé pensando en el hombre, y en su forma de vivir, y en los probables efectos a largo plazo de sus peligrosos experimentos, y puedo recordar perfectamente la sensación de decepción que me invadió cuando me di cuenta de que había etiquetado su forma particular de aberración, y que mi curiosidad, por lo tanto, ya no sería excitada».

«Durante algún tiempo había estado sentado a solas con estas reflexiones —pueden haber sido diez minutos o puede que media hora— cuando salí de mi ensimismamiento al percatarme de que alguien estaba de nuevo en la habitación, de pie, muy cerca de mi silla. Mi primer pensamiento fue que Smith había regresado con su habitual manera rápida e inexplicable, pero casi al mismo tiempo comprendí que eso no podía ser así en absoluto. Pues la puerta estaba frente a mi posición y, ciertamente, no se había abierto de nuevo.

Sin embargo, alguien estaba en la habitación, moviéndose con cautela de un lado a otro, observándome, casi rozándome. Estaba tan seguro de ello como de mi propia existencia y, aunque en ese momento no creo que sintiera miedo propiamente dicho, he de admitir que me invadió cierta debilidad y sentí esa extraña aversión a la acción que es, probablemente, el comienzo de la horrible parálisis del terror real. Me habría alegrado de esconderme, si eso hubiera sido posible, de acurrucarme en un rincón, o tras una puerta, o en cualquier parte donde no pudieran vigilarme ni observarme.

Pero, venciendo mi nerviosismo con un esfuerzo de voluntad, me levanté rápidamente de la silla y sostuve la lámpara de lectura en alto, de modo que iluminara todos los rincones como un reflector.

¡La habitación estaba completamente vacía! Estaba completamente vacía, al menos para la vista, pero para mis nervios, y especialmente para esa combinación de percepción sensorial que se compone de todos los sentidos actuando al unísono, y no por ninguno en particular, había una persona allí, a mi mismo lado.

Digo «persona», pues no se me ocurre ninguna palabra apropiada. Porque, si era un ser humano, solo puedo afirmar que tuve la abrumadora convicción de que no lo era, sino que se trataba de alguna forma de vida totalmente desconocida para mí tanto en su esencia como en su naturaleza. Una sensación de fuerza y poder gigantescos la acompañaba, y recuerdo vívidamente hasta el día de hoy mi terror al comprender que estaba cerca de un ser invisible que podría aplastarme tan fácilmente como yo a una mosca, y que podía ver cada uno de mis movimientos mientras él permanecía invisible.

A este terror se sumaba la certeza de que el «ser» permanecía en mi proximidad con un propósito definido. Y de que este propósito tenía alguna relación directa con mi bienestar, de hecho, con mi propia vida, estaba igualmente convencido; pues me hice consciente de una sensación de lassitud creciente, como si la vitalidad estuviera siendo drenada constantemente de mi cuerpo. Mi corazón comenzó a latir de forma irregular al principio, luego débilmente. Fui consciente, incluso en pocos minutos, de un decaimiento general de las facultades vitales en todo mi sistema, de una desaparición del autocontrol y de una clara aproximación a la somnolencia y al sopor.

El poder para moverme, o para concebir cualquier modo de resistencia, me estaba abandonando rápidamente, cuando surgió, como a lo lejos, una conmoción tremenda. Una puerta se abrió con estrépito y oí los tonos perentorios y autoritarios de una voz humana llamando en voz alta en un idioma que no pude comprender. Era Smith, mi compañero de alojamiento, llamando por las escaleras; y su voz no había sonado más que unos pocos segundos cuando sentí algo retirándose de mi presencia, de mi persona, de hecho, de mi propia piel. Pareció como si hubiera una ráfaga de aire y alguna criatura grande pasara junto a mí a la altura de mis hombros. Al instante, la presión sobre mi corazón se alivió y la atmósfera pareció recuperar su estado normal.

La puerta de Smith se cerró silenciosamente abajo, mientras yo dejaba la lámpara con manos temblorosas. Lo que había sucedido no lo sé; solo sé que estaba solo de nuevo y que mis fuerzas regresaban tan rápidamente como me habían abandonado.

Crucé la habitación y me examiné en el espejo. La piel estaba muy pálida y los ojos apagados. Mi temperatura, descubrí, estaba un poco por debajo de lo normal y mi pulso, débil e irregular. Pero estos pequeños signos de perturbación no eran nada comparados con el sentimiento que tuve —aunque ningún signo externo diera testimonio del hecho— de que había escapado por los pelos de una catástrofe real y espantosa. Me sentí sacudido, de algún modo, sacudido hasta las mismas raíces de mi ser».

El doctor se levantó de su silla y se acercó al fuego moribundo, de modo que nadie pudiera ver la expresión de su rostro mientras permanecía de espaldas a la rejilla, y continuó su extraño relato.

«Sería tedioso —prosiguió con voz más baja, mirando por encima de nuestras cabezas como si todavía viera el lúgubre piso superior de aquella casa de huéspedes embrujada de Edimburgo—; sería aburrido para mí, a estas alturas, analizar mis sentimientos o intentar reproducir para ustedes el examen exhaustivo al que me esforcé entonces por someter a todo mi ser, intelectual, emocional y físico. Solo necesito mencionar la emoción dominante con la que me dejó este curioso episodio: la indignada ira contra mí mismo por haber perdido tanto el autocontrol como para caer bajo el influjo de una ilusión tan burda y absurda. Esta protesta, sin embargo, recuerdo haberla hecho con todo el énfasis posible. Y también recuerdo haber notado que me proporcionaba muy poca satisfacción, pues era la protesta de mi razón únicamente, cuando todo el resto de mi ser estaba en armas contra sus conclusiones.

Mis tratos con la «ilusión», sin embargo, aún no habían terminado por esa noche; pues muy temprano a la mañana siguiente, alrededor de las tres, me despertó un ruido curiosamente sigiloso en la habitación, y al minuto siguiente sobrevino un estrépito como si todos mis libros hubieran sido barridos de golpe de su estante al suelo.

Pero esta vez no me asusté. Maldiciendo el disturbio con todas las palabras sonoras e inofensivas que pude acumular, salté de la cama y encendí la vela en un segundo, y en el primer deslumbramiento de la cerilla encendida —pero antes de que la mecha tuviera tiempo de prender—, estuve seguro de ver una sombra gris oscura, de forma desgarbada y con algo más o menos parecido a una cabeza humana, pasar rápidamente por el lado de la pared más alejado de mí y desaparecer en la penumbra junto al ángulo de la puerta.

Esperé un solo segundo para asegurarme de que la vela estaba encendida y luego corrí tras ella, pero antes de haber dado dos pasos, mi pie tropezó con algo duro amontonado en la alfombra y apenas evité caer de bruces. Me levanté y descubrí que todos los libros de lo que yo llamaba mi «estante de idiomas» estaban esparcidos por el suelo. La habitación, mientras tanto, como reveló un minuto de búsqueda, estaba completamente vacía. Miré en cada rincón y detrás de cada mueble, y el dormitorio de un estudiante en un piso superior, que costaba doce chelines a la semana, no albergaba muchos escondites disponibles, como pueden imaginar.

El estrépito, sin embargo, quedó explicado. Alguna fuerza muy práctica y física había arrojado los libros de su lugar de reposo. Eso, al menos, estaba fuera de toda duda. Y mientras los volvía a colocar en el estante y observaba que no faltaba ni uno, me ocupé mentalmente del penoso problema de cómo el agente de esta pequeña broma pesada había obtenido acceso a mi habitación y luego escapado de nuevo. Pues mi puerta estaba cerrada con llave y cerrojo.

La extraña pregunta de Smith sobre si me habían molestado durante la noche, y su advertencia de que le informara de inmediato si tal fuera el caso, volvieron ahora, por supuesto, a afectarme mientras permanecía allí a primera hora de la mañana, frío y tiritando sobre la alfombra; pero me di cuenta en el mismo instante de lo imposible que sería para mí admitir que una pesadilla más vívida de lo habitual pudiera tener alguna conexión con él. Preferiría soportar un centenar de estas misteriosas visitas antes que consultar a un hombre como ese sobre su posible causa.

Un golpe en la puerta interrumpió mis reflexiones, y di un respingo que hizo volar la grasa de la vela.

—Déjame entrar —dijo la voz de Smith.

Abrí la puerta con la llave. Entró completamente vestido. Su rostro mostraba una palidez curiosa. Me pareció que estaba bajo la piel y que brillaba a través de ella, casi haciéndola luminosa. Sus ojos estaban excesivamente brillantes.

Me preguntaba qué demonios decirle, o cómo explicaría su visita a tal hora, cuando cerró la puerta tras él y se acercó a mí, incómodamente cerca.

—Deberías haberme llamado de inmediato —dijo con su voz susurrante, fijando sus grandes ojos en mi rostro.

Balbuceé algo sobre un sueño terrible, pero ignoró mi comentario por completo, y vi cómo sus ojos se desviaban después —si es que puede describirse como «desviarse» cualquier movimiento de esos órganos— hacia la estantería. Lo observé, incapaz de apartar la mirada de su persona. Aquel hombre me fascinaba horriblemente por alguna razón. ¿Por qué, en nombre del diablo, estaba levantado y vestido a las tres de la mañana? ¿Cómo sabía que había ocurrido algo inusual en mi habitación? Entonces, su susurro comenzó de nuevo.

—Es tu asombrosa vitalidad la que te causa esta molestia —dijo, desviando sus ojos hacia los míos.

Me quedé sin aliento. Algo en su voz o en sus modales convirtió mi sangre en hielo.

—Esa es la verdadera atracción —continuó—. Pero si esto continúa, uno de los dos tendrá que irse, ¿sabes?

No pude encontrar absolutamente ni una palabra que decir en respuesta. Los canales del habla se secaron dentro de mí. Simplemente miré fijamente y me pregunté qué diría a continuación. Lo observé en una especie de sueño y, hasta donde recuerdo, me pidió que prometiera llamarlo antes en otra ocasión, y luego comenzó a caminar alrededor de la habitación, emitiendo sonidos extraños y haciendo señales con sus brazos y manos hasta que llegó a la puerta. Entonces se fue en un segundo, y yo cerré y eché la llave a la puerta tras él.

Después de esto, la aventura de Smith se precipitó rápidamente hacia un clímax. Fue una o dos semanas después, y yo regresaba a casa entre las dos y las tres de la mañana de un caso de maternidad, cuyas características, por el momento, habían ocupado mucho mi mente, tanto, de hecho, que pasé por delante de la puerta de Smith sin dedicarle ni un solo pensamiento.

El mechero de gas en el descansillo seguía encendido, pero tan bajo que apenas dejaba huella en las olas de sombra profunda que se extendían por las escaleras. Arriba, el brillo gris más tenue posible mostraba que la mañana no estaba lejos. Algunas estrellas brillaban a través de la claraboya. La casa estaba en silencio sepulcral, y el único sonido que rompía el silencio era el ímpetu del viento alrededor de las paredes y sobre el techo. Pero este era un sonido errático, elevándose de repente y cayendo con la misma rapidez, y solo servía para intensificar el silencio.

Ya había llegado a mi propio descansillo cuando di un respingo violento. Fue automático, casi una acción refleja, de hecho, pues solo cuando me sorprendí forcejeando con el pomo de la puerta y pensando dónde podría esconderme más rápido, me di cuenta de que una voz había sonado cerca de mí en el aire. Era la misma voz que había escuchado antes, y me pareció que pedía ayuda. Y, sin embargo, en el mismo instante me adentré en la habitación, decidido a ignorarla, y buscando persuadirme de que era el crujido de las tablas bajo mi peso o el ruido impetuoso del viento lo que me había engañado.

Pero apenas había llegado a la mesa donde estaban las velas cuando el sonido se repitió inequívocamente: «¡Ayuda! ¡Ayuda!». Y esta vez fue acompañado por lo que solo puedo describir como una vívida alucinación táctil. Fui tocado: la piel de mi brazo fue agarrada por unos dedos.

Alguna fuerza imperativa me envió de cabeza escaleras abajo como si las fuerzas del otro mundo estuvieran pisándome los talones. En la puerta de Smith me detuve. La fuerza de su anterior advertencia de buscar su ayuda sin demora actuó de repente y apoyé todo mi peso contra los paneles, sin imaginar que me vería llamado a prestar ayuda en lugar de recibirla.

La puerta cedió al instante, y irrumpí en una habitación que estaba tan llena de un vapor asfixiante, moviéndose en nubes lentas, que al principio no pude distinguir nada en absoluto más que un conjunto de lo que parecían ser sombras enormes pasando dentro y fuera de la niebla. Luego, gradualmente, percibí que una lámpara roja sobre la repisa de la chimenea daba toda la luz que había, y que la habitación en la que ahora entraba por primera vez estaba casi vacía de muebles.

La alfombra estaba enrollada y amontonada en un rincón, y sobre las tablas blancas del suelo noté un gran círculo trazado en negro con algún material que emitía una tenue luz resplandeciente y que aparentemente humeaba. Dentro de este círculo, así como a intervalos regulares fuera de él, había diseños de aspecto curioso, también trazados en la misma sustancia negra que humeaba. Estos, también, parecían emitir una débil luz propia.

Mi primera impresión al entrar en la habitación había sido que estaba llena de... personas, iba a decir; pero eso apenas expresa mi significado. Seres, ciertamente lo eran, pero se me grabó de forma irrefutable que no eran seres humanos. Que había vislumbrado momentáneamente entidades vivas e inteligentes no puedo dudarlo jamás, pero estoy igualmente convencido, aunque no puedo probarlo, de que estas entidades pertenecían a otro esquema de evolución por completo, y no tenían nada que ver con la vida humana ordinaria, ya sea encarnada o desencarnada.

Pero, fueran lo que fueran, su apariencia visible fue extremadamente fugaz. Ya no vi nada, aunque seguía convencido de su presencia inmediata. Eran, además, del mismo orden de vida que el visitante en mi dormitorio de unas noches atrás, y su proximidad a mi atmósfera en gran número, en lugar de uno solo como antes, transmitió a mi mente algo que era verdaderamente terrible y abrumador. Comencé a temblar violentamente y el sudor corría por mi rostro a raudales.

Estaban en constante movimiento a mi alrededor. Se ponían a mi lado; se movían detrás de mí; me rozaban el hombro; agitaban el cabello de mi frente; y rodeaban mi figura sin llegar nunca a tocarme realmente, pero siempre presionando más y más cerca. Especialmente en el aire justo sobre mi cabeza parecía haber un movimiento incesante, y estaba acompañado por un ruido confuso de susurros y suspiros que amenazaba en todo momento con articularse en palabras. Para mi inmenso alivio, sin embargo, no oí palabras claras, y el ruido continuó más como el subir y bajar del viento que cualquier otra cosa que pueda imaginar.

Pero la característica de estos «seres» que me impresionó con más fuerza en aquel momento, y de la cual he conservado el recuerdo más permanente, fue que cada uno de ellos poseía lo que parecía ser un centro vibratorio que lo impulsaba con una fuerza tremenda y causaba un rápido movimiento giratorio de la atmósfera a medida que pasaba junto a mí. El aire estaba lleno de estos pequeños vórtices de fuerza giratoria y rotativa, y cada vez que uno de ellos me presionaba demasiado cerca, sentía como si los nervios en esa parte particular de mi cuerpo hubieran sido literalmente extraídos, absolutamente vaciados de vitalidad, y luego reemplazados inmediatamente, pero reemplazados muertos, flácidos, inútiles.

Entonces, de repente, por primera vez, mis ojos se posaron en Smith. Estaba agazapado contra la pared a mi derecha, en una actitud que era obviamente defensiva, y estaba claro que se encontraba en una situación extrema. El terror en su rostro era lastimoso, pero al mismo tiempo había otra expresión en los dientes y la boca fuertemente apretados que mostraba que no había perdido todo el control sobre sí mismo. Lucía la expresión más resuelta que jamás haya visto en un rostro humano y, aunque momentáneamente en una desventaja temerosa, parecía un hombre que tenía confianza en sí mismo y que, a pesar de los efectos del miedo, estaba esperando su oportunidad.

Por mi parte, me enfrentaba a una situación tan absolutamente ajena a mi conocimiento y comprensión, que me sentí tan indefenso como un niño, y tan inútil.

—Ayúdame a volver... rápido... dentro de ese círculo —le oí decirme, entre gritos y susurros, a través de los vapores en movimiento.

Mi único valor parece haber sido que no tuve miedo de actuar. Sin saber nada de las fuerzas con las que estaba tratando, no tenía idea de los peligros mortales a los que me arriesgaba, así que salté hacia adelante y lo agarré por los brazos. Él puso todo su peso en mi dirección y, con nuestros esfuerzos combinados, su cuerpo dejó la pared y se tambaleó por el suelo hacia el círculo.

Al instante descendió sobre nosotros, desde el aire vacío de aquella habitación cargada de humo, una fuerza que solo puedo comparar con el poder de empuje y arrastre de un gran viento confinado en un espacio estrecho. Fue casi explosiva en su efecto y pareció actuar sobre todas las partes de mi cuerpo por igual. Cayó sobre nosotros con un ruido impetuoso que me llenó los oídos y me hizo pensar por un momento que las propias paredes y el techo del edificio habían sido desgarrados. Bajo su primer golpe nos tambaleamos hacia la pared, y entendí claramente que su propósito era impedirnos regresar al círculo en medio del suelo.

Empapados en sudor y sin aliento, con cada músculo tensado hasta el límite, finalmente logramos llegar al borde del círculo, y en este momento, tan grande era la fuerza de oposición, que sentí que me arrancaban literalmente de los brazos de Smith, me levantaban del suelo y me hacían girar en dirección a las ventanas como si la rueda de alguna gran máquina hubiera atrapado mis ropas y estuviera destrozándome en su revolución.

Pero, incluso mientras caía, magullado y sin aliento, contra la pared, vi a Smith firmemente de pie en el círculo y elevándose lentamente de nuevo a una posición erguida. Mis ojos no abandonaron su figura ni una sola vez en los minutos siguientes.

Se irguió hasta toda su altura. Sus grandes hombros se cuadraron. Echó la cabeza un poco hacia atrás y, mientras miraba, vi cómo la expresión de su rostro cambiaba rápidamente del miedo a una de mando absoluto. Miró fijamente alrededor de la habitación y entonces su voz comenzó a vibrar. Al principio en un tono bajo, fue subiendo gradualmente hasta alcanzar el mismo volumen e intensidad que había oído aquella noche cuando llamó por las escaleras hasta mi habitación.

Era un sonido curiosamente creciente, más parecido al hincharse de un instrumento que a una voz humana; y a medida que crecía en potencia y llenaba la habitación, me di cuenta de que se estaba llevando a cabo un gran cambio, lenta y seguramente. La confusión de ruidos y ráfagas de aire se convirtió en el rodar de vibraciones largas y constantes, no muy diferentes a las causadas por los pedales más graves de un órgano. Los movimientos en el aire se volvieron menos violentos, luego crecieron decididamente más débiles y finalmente cesaron por completo. Los susurros y suspiros se volvieron cada vez más tenues, hasta que al final no pude oírlos en absoluto; y, lo más extraño de todo, la luz emitida por el círculo, así como por los diseños a su alrededor, aumentó hasta un brillo constante, proyectando su resplandor hacia arriba con el efecto más extraño posible sobre sus facciones. Lentamente, por el poder de su voz, tras la cual residía indudablemente un conocimiento genuino de la manipulación oculta del sonido, este hombre dominó las fuerzas que se habían escapado de su esfera propia, hasta que al fin la habitación quedó reducida al silencio y a un orden perfecto de nuevo.

A juzgar por el inmenso alivio que también se comunicó a mis nervios, sentí entonces que la crisis había terminado y que Smith era totalmente dueño de la situación».

«Pero apenas había empezado a felicitarme por este resultado, y a reunir mis sentidos dispersos, cuando, soltando un fuerte grito, lo vi saltar fuera del círculo y arrojarse al aire... tal como me pareció, al aire vacío. Entonces, incluso mientras contenía la respiración por temor al choque que inevitablemente sufriría contra el suelo, lo vi golpear con un sordo estruendo contra un cuerpo sólido en el aire, y al instante siguiente forcejeaba con algo pesado que era absolutamente invisible para mí, y la habitación tembló con la lucha.

»Se balanceaban de un lado a otro, a veces tambaleándose en una dirección, a veces en otra, y siempre en una proximidad horrible a mí, mientras yo me inclinaba temblando contra la pared y observaba el encuentro.

»Duró a lo sumo un minuto o dos, y terminó tan repentinamente como había comenzado. Smith, con un movimiento inesperado, alzó los brazos con un grito de alivio. En el mismo instante hubo un chillido salvaje y desgarrador en el aire a mi lado y algo pasó corriendo junto a nosotros con un ruido como el paso de una bandada de pájaros grandes. Ambas ventanas vibraron como si fueran a desprenderse de sus marcos. Entonces, una sensación de vacío y paz inundó repentinamente la habitación, y supe que todo había terminado.

»Smith, con el rostro extremadamente pálido, pero por lo demás extrañamente sereno, se volvió hacia mí de inmediato.

»—¡Dios mío! Si no hubieras venido... Desviaste el flujo; lo rompiste... —susurró—. Me has salvado».

El doctor hizo una larga pausa. Poco después buscó su pipa en la oscuridad, tanteando sobre la mesa detrás de nosotros con ambas manos. Nadie habló por un momento, pero todos temían el brillo repentino que surgiría cuando encendiera la cerilla. El fuego estaba casi apagado y el gran vestíbulo estaba en completa oscuridad.

Pero el narrador no encendió la cerilla. Simplemente estaba ganando tiempo por alguna razón oculta propia. Y poco después continuó con su relato en una voz más apagada.

—Olvidé por completo —dijo— cómo regresé a mi habitación. Solo sé que me quedé tendido con dos velas encendidas el resto de la noche, y lo primero que hice por la mañana fue avisar a la casera de que dejaba su casa al final de la semana.

»Smith todavía tiene mi Tratado Rabínico. Al menos, no me lo devolvió en aquel momento, y nunca lo he vuelto a ver desde entonces para pedírselo».

UN REGALO SOSPECHOSO

Blake había pasado meses con el agua al cuello —casi sumergido parte del tiempo— debido a circunstancias que, según le gustaba decir, no eran culpa suya; y mientras estaba sentado escribiendo en su habitación del «tercer piso al fondo» de una casa de huéspedes de Nueva York, parte de su mente estaba ocupada en preguntarse cuándo volvería a cambiar su suerte.

Era su habitación solo en el sentido de que él pagaba el alquiler. Dos amigos, uno un pequeño francés y el otro un gran danés, la compartían con él, ambos esperando eventualmente contribuir en algo a los gastos, pero hasta ahora sin haber logrado este resultado. Solo tenían dos camas, siendo la tercera un colchón en el que dormían por turnos, una semana cada uno. Gran parte de su irregular «alimentación» consistía en avena, patatas y, a veces, huevos, todo lo cual cocinaban en un extraño utensilio que habían logrado fijar en el mechero de gas. Ocasionalmente, cuando la cena les fallaba por completo, tragaban un poco de arroz crudo y bebían agua caliente del baño para acompañarlo, y luego corrían alocadamente hacia la cama para quedarse dormidos mientras la sensación de falsa plenitud aún persistía. Pues el sueño y el hambre, como bien sabían, son conocidos lejanos. Afortunadamente, todas las casas de Nueva York están provistas de aire caliente, y solo tenían que abrir una rejilla en la pared para obtener una cantidad abundante, aunque no saludable, de calor.

Aunque la soledad en una gran ciudad es un castigo real, como habían aprendido individualmente a su costa, sus experiencias, tres en una habitación pequeña durante varios meses, les habían revelado horrores de otra índole, y sus nervios habían sufrido según el temperamento de cada uno. Pero, en esta velada en particular, mientras Blake estaba sentado garabateando junto a la única ventana que no estaba agrietada, el danés y el francés, sus compañeros en la adversidad, tenían una suerte maravillosa. A ambos los habían invitado a un restaurante para cenar con un amigo que también le ofrecía a uno de ellos una oportunidad de trabajo y remuneración. No regresarían hasta tarde, y cuando lo hicieran, era muy probable que trajeran provisiones de una clase u otra. Porque el francés nunca podía resistirse a la oferta de un vaso de ajenjo, y eso significaba que sería capaz de servirse abundantemente de los mostradores de comida gratuita, con los que están equipados todos los bares de Nueva York, y a los cuales cualquier comprador de una bebida tiene derecho a servirse y devorar en el acto o llevarse casualmente en la mano para consumirlo en otro lugar. Miles de hombres desafortunados obtienen su única subsistencia de esta manera en Nueva York, y la experiencia enseña pronto dónde, por el precio de una sola bebida, un hombre puede llevarse casi una comida de patatas fritas, salchichas, trozos de pan e incluso huevos. El francés y el danés conocían bien el terreno, y Blake esperaba una cena más o menos sustanciosa antes de sacar su colchón del armario y tumbarse en el suelo para pasar la noche.

Mientras tanto, podía disfrutar de una velada tranquila y solitaria con la habitación solo para él.

Durante el día, era reportero en un periódico vespertino de hábitos sensacionalistas y mentirosos. Su trabajo consistía principalmente en los tribunales de policía; y en sus horas libres por la noche, cuando no estaba demasiado cansado o demasiado vacío, escribía bocetos y cuentos para las revistas que muy raramente veían la luz del día en sus oraciones impresas y pagadas. En esta ocasión en particular, estaba inmerso en un relato muy complejo de carácter psicológico, y acababa de abrirse camino hacia una oración, o conjunto de oraciones, que lo desconcertaba y confundía por completo.

Estaba bastante fuera de su alcance, y su cerebro estaba demasiado escaso de riego sanguíneo como para inventar una salida. El cuento habría sido interesante si lo hubiera escrito de forma sencilla, limitándose a los hechos y sentimientos, y no sumergiéndose en un análisis difícil de motivos y personajes que estaba totalmente fuera de sus capacidades. Pues era en gran medida autobiográfico, y estaba destinado a describir las aventuras de un joven inglés que había fracasado de la manera habitual en una granja canadiense, para luego convertirse sucesivamente en tabernero, subeditor de una revista metodista, profesor de francés y alemán para oficinistas a veinticinco centavos la hora, modelo para artistas, figurante en el teatro y, finalmente, errante hacia los campos de oro.

Blake se rascó la cabeza, mojó la pluma en el tintero, miró por las ventanas sin persianas y suspiró profundamente. Sus pensamientos seguían vagando hacia la comida, filetes de carne y verduras humeantes. El olor a cocina que provenía de una planta inferior a través de las ventanas rotas era un tormento constante para él. Se recompuso y atacó de nuevo el problema.

«... porque con algunas personas —escribió—, la imaginación es tan vívida que es casi una extensión de la conciencia...». Pero aquí se quedó totalmente atascado. No estaba muy seguro de lo que quería decir con esas palabras, y cómo terminar la oración lo dejó en una inacción absoluta. Era un punto difícil de decidir, pues parecía encajar apropiadamente en este momento de su historia, y no sabía si dejarlo tal como estaba, cambiarlo un poco o quitarlo por completo. Podría estropear sus posibilidades de ser aceptado: los editores eran hombres tan inteligentes. Pero, reescribir la oración era una tarea pesada, y él estaba tan cansado y somnoliento. Después de todo, ¿qué importaba? Las personas que fueran inteligentes le encontrarían un significado; las personas que no lo fueran, fingirían... no conocía ninguna otra clase de lectores. Dejaría que se quedara y continuaría con la acción del cuento. Se puso la cabeza entre las manos y empezó a pensar con intensidad.

Su mente pasó pronto del pensamiento a la ensoñación. Empezó a preguntarse cuándo sus amigos encontrarían trabajo y lo liberarían de la carga —reconocía que era tal— de mantenerlos, y de dejar que otro hombre vistiera sus mejores ropas domingos alternos. Se preguntó cuándo cambiaría su «suerte». Había una o dos personas influyentes en Nueva York a quienes podría ir a ver si tuviera un traje de etiqueta y los otros uniformes convencionales. Sus pensamientos corrieron muy lejos hacia el futuro y, al mismo tiempo, mediante una especie de proceso doble, también muy lejos hacia el pasado. Su hogar en el «viejo país» surgió ante él; vio el césped y los cedros bajo el sol; miró a través de las ventanas familiares y vio las habitaciones limpias y barridas. Su historia empezó a sufrir; la obra maestra psicológica no progresaría mucho a menos que se detuviera y arrastrara sus pensamientos de vuelta al molino. Pero ya no le importaba; una vez que había llegado hasta ese cedro con el sol brillando sobre él, nunca podría regresar. Por él, la molesta oración podría escaparse y meterse en las páginas de otra persona, o ser extinguida por completo.

Hubo un suave golpe en la puerta, y Blake se sobresaltó. El golpe se repitió más fuerte. ¿Quién demonios podría ser a estas horas de la noche? En el piso de arriba, recordó, vivía otro inglés, una criatura tonta y de segunda categoría, que a veces entraba y se volvía desagradable con interminables y estúpidas charlas. Pero era un inglés, a pesar de todo, y Blake siempre trataba de tratarlo con cortesía, dándose cuenta de que estaba solo en una tierra extraña. Pero esta noche, de todas las personas del mundo, no quería aburrirse con el cacareo de Perry, como él lo llamaba, y el «Adelante» que dio en respuesta al segundo golpe no tenía un sonido muy cordial de bienvenida.

Sin embargo, la puerta se abrió en respuesta y el hombre entró. Blake no se dio la vuelta de inmediato, y el otro avanzó hasta el centro de la habitación, pero sin hablar. Entonces Blake supo que no era su enemigo, Perry, y se giró.

Vio a un hombre de unos cuarenta años de pie en medio de la alfombra, pero de lado, de modo que no presentaba el rostro completo. Llevaba un abrigo abotonado hasta el cuello, y en el sombrero de fieltro que sostenía frente a él brillaban gotas de lluvia fresca. En la otra mano llevaba una pequeña bolsa negra. Blake lo observó bien y llegó a la conclusión de que podría ser un secretario, o un jefe de oficina, o un hombre de confianza de algún tipo. Era una persona de aspecto respetable pero desaliñado. Este fue el total de la primera impresión, obtenida en el momento en que sus ojos captaron que no era Perry; la segunda impresión fue menos agradable, e informó de inmediato de que algo andaba mal.

Aunque por lo demás era joven e inexperto, Blake —gracias, o por maldición, a su entrenamiento en los tribunales de policía— sabía más sobre la canallada criminal común que la mayoría de los hombres de cincuenta años, y reconoció que había en alguna parte una sugerencia de este mundo indeseable en aquel hombre. Pero había algo más. Había algo singular en él, algo muy fuera de lo común, aunque, por más que se esforzara, Blake no podía decir en qué consistía. El tipo era fuera de lo normal, y de una manera muy poco deseable.

Todo esto, que lleva tanto tiempo describir, Blake lo vio con el primer y el segundo vistazo. El hombre comenzó de inmediato a hablar con una voz tranquila y respetuosa.

—¿Es usted el señor Blake? —preguntó.

—Lo soy.

—¿El señor Arthur Blake?

—Sí.

—¿El señor Arthur Herbert Blake? —insistió el otro, enfatizando el segundo nombre.

—Ese es mi nombre completo —respondió Blake simplemente, añadiendo, al recordar sus modales—: pero, ¿no quiere sentarse primero, por favor?

El hombre avanzó con un curioso movimiento lateral como un cangrejo y tomó asiento en el borde del sofá. Puso su sombrero en el suelo a sus pies, pero mantuvo la bolsa en su mano.

—Vengo a usted de parte de un bienqueriente —continuó en tonos untuosos, sin levantar los ojos. Blake, en su mente, repasó rápidamente a todas las personas que conocía en Nueva York que posiblemente podrían haber enviado a un hombre así, mientras esperaba a que le proporcionara el nombre. Pero el hombre se había detenido por completo y también estaba esperando.

—¿Un bienqueriente mío? —repitió Blake, sin saber muy bien qué más decir.

—Exacto —respondió el otro, todavía con los ojos en el suelo—. Un bienqueriente suyo.

—¿Un hombre o... —sintió que se sonrojaba— o una mujer?

—Eso —dijo el hombre secamente—, no puedo decírselo.

—¡No puede decírmelo! —exclamó el otro, preguntándose qué vendría después, y quién diablos podría ser este misterioso bienqueriente que enviaba a un mensajero tan discreto y misterioso.

—No puedo decirle el nombre —respondió el hombre con firmeza—. Esas son mis instrucciones. Pero le traigo algo de esta persona, y debo entregárselo, obtener un recibo por ello, y luego irme sin responder a ninguna pregunta.

Blake miró fijamente. El hombre, sin embargo, nunca levantó los ojos por encima del nivel del segundo pomo de porcelana en la cómoda de enfrente. Lo de dar un recibo sonaba a dinero. ¿Podría ser que algunos de sus amigos influyentes se hubieran enterado de su situación? Había posibilidades que hacían latir su corazón. Al final, sin embargo, encontró la lengua, pues esta extraña criatura estaba aparentemente decidida a no decir nada más hasta que lo hubiera escuchado a él.

—Entonces, ¿qué tiene para mí, por favor? —preguntó bruscamente.

Como respuesta, el hombre procedió a abrir la bolsa. Sacó un paquete envuelto sin cuidado en papel marrón, y del tamaño de un libro grande. Estaba atado con cuerda, y el hombre pareció tardar innecesariamente mucho en desatar el nudo. Cuando por fin la cuerda estuvo fuera y el papel desplegado, apareció una serie de paquetes más pequeños en el interior. El hombre los sacó con mucho cuidado, casi como si estuvieran vivos, pensó Blake, y los puso en fila sobre sus rodillas. Eran billetes de un dólar. Blake, todo agitado, estiró un poco el cuello hacia adelante para intentar distinguir su denominación. Leyó claramente las cifras 100.

—Hay diez mil dólares aquí —dijo el hombre tranquilamente.

El otro no pudo reprimir un pequeño grito.

—Y son para usted.

Blake simplemente jadeó. —¡Diez mil dólares! —repitió, con una sensación extraña creciendo en su garganta—. Diez mil. ¿Está seguro? Quiero decir... ¿quiere decir que son para mí? —tartamudeó. Se sentía bastante tonto por la emoción, y más aún a cada minuto, mientras el hombre mantenía un silencio absoluto. ¿No era un sueño? ¿No volvería el hombre a meterlos en la bolsa en un momento y diría que era un error, y que estaban destinados a otra persona? No podía creer lo que veían sus ojos ni lo que oían sus oídos. Sin embargo, en cierto sentido, era posible. Había leído sobre tales cosas en los libros, e incluso se había topado con ellas en su experiencia en los tribunales: el filántropo errático y generoso que está decidido a hacer su buena obra y no recibir agradecimiento ni reconocimiento por ello. Aún así, parecía casi increíble. Sus problemas empezaron a derretirse como burbujas bajo el sol; pensó en los otros compañeros cuando entraran, y lo que tendría que decirles; pensó en la casera alemana y los atrasos del alquiler, en la comida regular y la ropa limpia, en los libros y la música, en la posibilidad de entrar en algún negocio respetable, en... bueno, en tantas cosas como es posible pensar cuando la emoción y la sorpresa abren de par en par las puertas de la imaginación.

El hombre, mientras tanto, comenzó tranquilamente a contar los paquetes en voz alta del uno al diez, y luego a contar los billetes en cada paquete por separado, también del uno al diez. Sí, había diez pequeños montones, cada uno conteniendo diez billetes de cien dólares. Eso sumaba diez mil dólares. Blake nunca había visto tanto dinero junto en toda su vida; y durante muchos meses de privación y malestar no había conocido el «tacto» de un billete de veinte dólares, y mucho menos uno de cien. Los escuchó crujir bajo los dedos del hombre, y fue como una risa crujiente en sus oídos. Los billetes eran evidentemente nuevos y sin usar.

Pero, lado a lado con la emoción causada por el impacto de tal evento, la cautela de Blake, adquirida por un año de vívida experiencia en Nueva York, estaba mientras tanto empezando a hacerse notar. Todo parecía un poco demasiado fuera del orden probable de las cosas para ser del todo correcto. Los tribunales de policía le habían enseñado el asombroso ingenio de la mente criminal, así como algo de las tramas y dispositivos mediante los cuales los incautos son engañados hacia los lugares oscuros donde se puede ejercer el chantaje con impunidad. Nueva York, de hecho, justo en ese momento estaba literalmente socavada con las formas secretas de los chantajistas, los estafadores de billetes falsos y otras abominaciones protegidas por la policía; y el único punto débil en la suposición de que esto era parte de algún procedimiento así era la selección de él mismo —un pobre reportero de periódico— como víctima. Parecía absurdo, pero entonces todo el asunto era tan fuera de lo común, y el pensamiento una vez que había entrado en su mente, no era tan fácil de eliminar. Blake resolvió ser muy cauteloso.

El hombre, mientras tanto, aunque nunca pareció levantar los ojos de la alfombra, lo había estado observando de cerca todo el tiempo.

—Si me da un recibo, dejaré el dinero de inmediato —dijo, con solo un vestigio de impaciencia en su tono, como si estuviera ansioso por llevar el asunto a una conclusión tan pronto como fuera posible.

—¿Pero dice que es completamente imposible que me diga el nombre de mi bienqueriente, o por qué me envía una suma de dinero tan grande de esta manera extraordinaria?

—El dinero se le envía porque usted lo necesita —respondió el otro—; y es un regalo sin condiciones de ningún tipo. Solo tiene que darme un recibo para satisfacer al remitente de que ha llegado a sus manos. El dinero nunca se le volverá a pedir.

Blake notó dos cosas de esta respuesta: primero, que el hombre no iba a ser atrapado revelando el sexo del bienqueriente; y segundo, que tenía cierta prisa por completar la transacción. Pues ahora estaba dando razones, razones atractivas, por las que debería aceptar el dinero y extender el recibo.

De repente le pasó por la mente que si tomaba el dinero y daba el recibo ante un testigo, no podría salir nada muy desastroso del asunto. Lo protegería contra el chantaje, si después de todo esto era un complot de algún tipo con chantaje de por medio; mientras que, si el hombre fuera un loco, o un criminal que se estaba deshaciendo de una parte de sus ganancias mal habidas para desviar la sospecha, o si cualquier otra explicación improbable resultara ser la verdadera, no habría un gran daño hecho, y podría retener el dinero hasta que fuera reclamado, o anunciado en los periódicos. Su mente repasó rápidamente estas posibilidades, aunque, por supuesto, bajo el estrés de la emoción, era incapaz de sopesar ninguna de ellas adecuadamente; luego se volvió hacia su extraño visitante de nuevo y dijo tranquilamente:

—Aceptaré el dinero, aunque debo decir que me parece una transacción muy inusual, y le daré por ello un recibo tal como creo apropiado dadas las circunstancias.

—Un recibo adecuado es todo lo que quiero —fue la respuesta.

—Quiero decir con eso un recibo ante un testigo adecuado...

—Perfectamente satisfactorio —interrumpió el hombre, con los ojos todavía en la alfombra—. Solo que debe estar fechado y encabezado con su dirección aquí de la manera correcta.

Blake no vio ninguna objeción posible a esto y procedió de inmediato a obtener a su testigo. La persona que tenía en mente era un tal Sr. Barclay, quien ocupaba la habitación encima de la suya; un anciano caballero que se había retirado de los negocios y de quien la casera siempre decía que era un avaro y que guardaba grandes sumas escondidas en su habitación. Era, en cualquier caso, un hombre perfectamente respetable y sería un testigo admirable para una transacción de esta índole. Blake se disculpó y se levantó para ir a buscarlo, cruzando la habitación frente al sofá donde estaba sentado el hombre para llegar a la puerta. Al hacerlo, vio por primera vez el otro lado del rostro de su visitante, el lado que siempre se había mantenido tan cuidadosamente alejado de él.

Había una amplia mancha de sangre que bajaba por la piel desde la oreja hasta el cuello. Brillaba bajo la luz del gas.

Blake nunca supo cómo logró sofocar el grito que brotó de sus labios, pero lo sofocó. En un segundo estuvo en la puerta, con las rodillas temblando y la mente en una confusión repentina y terrible.

Su objetivo principal, hasta donde pudo recordar después, era escapar de la habitación como si no hubiera notado nada, para no despertar las sospechas del otro. Los ojos del hombre estaban siempre en la alfombra y, probablemente, esperaba Blake, no se había percatado de la consternación que debía haber estado claramente escrita en su rostro. En cualquier caso, no había proferido grito alguno.

En otro segundo habría estado en el pasillo, cuando de repente se encontró con un par de ojos malvados y fijos mirando intensamente, con una sonrisa astuta, hacia los suyos. Era el rostro del otro en el espejo, observando con calma cada uno de sus movimientos.

Al instante, todas sus facultades de reflexión salieron volando por la ventana y solo pensó en la conveniencia de obtener ayuda de inmediato. Subió las escaleras a toda prisa, con el corazón en la boca. Barclay debía acudir en su ayuda. Este asunto era serio; quizás horriblemente serio. Aceptar el dinero, o dar un recibo, o tener algo que ver con ello en absoluto se convirtió en una imposibilidad. Allí había un crimen. Se sentía seguro de ello.

En tres saltos llegó al siguiente rellano y comenzó a golpear la puerta del viejo avaro como si su vida dependiera de ello. Durante mucho tiempo no pudo obtener respuesta. Sus puños parecían no hacer ruido. Podría haber estado golpeando algodón, y el pensamiento cruzó por su cerebro de que todo era como el terror de una pesadilla.

Barclay, evidentemente, seguía fuera o, de lo contrario, profundamente dormido. Pero el otro simplemente no podía esperar ni un minuto más en suspenso. Giró el pomo y entró en la habitación. Al principio no vio nada por la oscuridad y dio por sentado que el dueño de la habitación estaba fuera; pero en el momento en que la luz del pasillo comenzó a disipar un poco la penumbra, vio al anciano, para su inmenso alivio, durmiendo en la cama.

Blake abrió la puerta de par en par para obtener más luz y luego caminó rápidamente hacia la cama. Ahora veía la figura con más claridad y notó que estaba vestida y yacía solo sobre la parte exterior de la cama. Le llamó la atención, también, que dormía en una posición muy extraña, casi antinatural.

Algo le atenazó el corazón al mirar más de cerca. Tropezó con una silla y encontró las cerillas. Llamando a Barclay todo el tiempo para que se despertara y bajara con él, avanzó a trompicones por el suelo, con un pensamiento terrible en mente, y encendió el gas sobre la mesa. Parecía extraño que no hubiera movimiento ni respuesta a sus gritos. Pero ya no pareció extraño cuando finalmente se giró, bajo el resplandor total del gas, y vio al anciano yaciendo acurrucado en un montón espantoso sobre la cama, con la garganta cortada de oreja a oreja.

Y por toda la alfombra yacían billetes de un dólar nuevos, crujientes y limpios como los que había dejado abajo, esparcidos en pequeños montones.

Por un momento, Blake se quedó inmóvil, despojado de toda capacidad de movimiento. Al instante siguiente, su valor regresó y huyó de la habitación y bajó las escaleras de cinco en cinco escalones. Llegó al final y corrió por el pasillo hasta su habitación, decidido en cualquier caso a atrapar al hombre y evitar su huida hasta que llegara ayuda.

Pero cuando llegó al final del pequeño rellano descubrió que su puerta había sido cerrada. Agarró el pomo, forcejeando con él en su violencia. Se sentía resbaladizo y seguía girando bajo sus dedos sin abrir la puerta, y pasó al menos medio minuto antes de que cediera y le permitiera entrar de cabeza.

¡A la primera mirada vio que la habitación estaba vacía y el hombre se había ido!

Esparcidos sobre la alfombra yacían varios billetes y, junto a ellos, medio ocultos bajo el sofá donde se había sentado el hombre, vio un par de guantes; guantes de cuero gruesos; y un cuchillo de carnicero. Incluso desde la distancia donde estaba, las manchas de sangre en ambos eran fácilmente visibles.

Aturdido y confundido por los terribles descubrimientos de los últimos minutos, Blake se quedó en medio de la habitación, abrumado e incapaz de pensar o moverse. Inconscientemente debió haberse pasado la mano por la frente en el gesto natural de perplejidad, pues notó que la piel se sentía húmeda y pegajosa. ¡Su mano estaba cubierta de sangre! Y cuando corrió aterrorizado hacia el espejo, vio que había una ancha mancha roja a través de su rostro y frente. ¡Entonces recordó el pomo resbaladizo de la puerta y supo que había sido cuidadosamente humedecido!

En un instante toda la trama quedó clara como el día, y quedó tan hechizado por el horror que una especie de entumecimiento se apoderó de él y estuvo a punto de desmayarse. Estaba en un estado de total impotencia, y si alguien hubiera entrado en la habitación en ese minuto y lo hubiera llamado por su nombre, simplemente se habría desplomado en el suelo hecho un ovillo.

"¡Si la policía entrara ahora!". El pensamiento cruzó su cerebro como un trueno y, al mismo tiempo, casi antes de que tuviera tiempo de apreciar una cuarta parte de su significado, hubo un fuerte golpe en la puerta principal de abajo. El timbre sonó con un clamor espantoso; se oyeron voces de hombres hablando con excitación y, poco después, pasos pesados comenzaron a subir las escaleras en dirección a su habitación.

¡Era la policía!

Y todo lo que Blake pudo hacer fue reírse tontamente para sí mismo, y esperar hasta que estuvieran sobre él. No podía moverse ni hablar. Se quedó cara a cara con la evidencia de su horrendo crimen, con las manos y la cara manchadas con la sangre de su víctima, y allí estaba parado cuando la policía abrió la puerta de una patada y entró ruidosamente en la habitación.

"¡Aquí está!", gritó una voz que conocía. "¡En la habitación del fondo del tercer piso! ¡Y el tipo atrapado con las manos en la masa!".

Era el hombre del maletín guiando a los dos policías.

Apenas sabiendo lo que hacía en el temible estrés de las emociones en conflicto, dio un paso adelante. Pero antes de que tuviera tiempo de dar un segundo, sintió la pesada mano de la ley descender sobre ambos hombros a la vez mientras los dos policías se acercaban para apresarlo. Al mismo tiempo, una voz de trueno gritó en su oído:

"¡Despierta, hombre! ¡Despierta! ¡Aquí está la cena, y además buenas noticias!".

Blake se giró sobresaltado en su silla y vio al danés, con la cara muy roja, de pie a su lado, con una mano en cada hombro, y un poco más atrás vio al francés mirándolo felizmente por encima del final de la cama, con una botella de cerveza en una mano y un paquete de papel en la otra.

Se frotó los ojos, mirando de uno a otro, y luego se levantó con sueño para arreglar el dispositivo de alambre en el mechero de gas para hervir agua y cocinar los huevos que el francés estaba en peligro inminente de dejar caer al suelo.

LAS EXTRAÑAS AVENTURAS DE UN SECRETARIO PARTICULAR EN NUEVA YORK

I

Nunca estuvo del todo claro para mí cómo Jim Shorthouse logró conseguir su puesto de secretario particular; pero, una vez que lo obtuvo, lo conservó, y durante algunos años llevó una vida estable y puso dinero en la caja de ahorros.

Una mañana su empleador lo llamó al despacho, y era evidente para los sentidos entrenados del secretario que había algo inusual en el ambiente.

"Sr. Shorthouse", comenzó, algo nervioso, "todavía no he tenido la oportunidad de observar si usted posee o no valor personal".

Shorthouse jadeó, pero no dijo nada. Se estaba acostumbrando a las excentricidades de su jefe. Shorthouse era un hombre de Kent; Sidebotham se había "criado" en Chicago; Nueva York era el lugar de residencia actual.

"Pero", continuó el otro, dando una calada a su cigarro muy negro, "debo considerarme un mal juez de la naturaleza humana en el futuro, si no es una de sus cualidades más fuertes".

El secretario particular hizo una pequeña reverencia tonta en modesta apreciación de un cumplido tan incierto. El Sr. Jonas B. Sidebotham lo observó atentamente, como dicen los novelistas, antes de continuar sus comentarios.

"No tengo ninguna duda de que usted es un tipo valiente y...". Dudó y dio una calada a su cigarro como si su vida dependiera de que se mantuviera encendido.

"No creo que le tenga miedo a nada en particular, señor, excepto a las mujeres", intervino el joven, sintiendo que era hora de hacer alguna observación, pero todavía bastante a oscuras sobre el propósito de su jefe.

"¡Humph!", gruñó. "Bueno, no hay mujeres en este caso hasta donde yo sé. Pero puede haber otras cosas que... que duelen más".

"Evidentemente, quiere un servicio especial de algún tipo", fue la reflexión del secretario. "¿Violencia personal?", preguntó en voz alta.

"Posiblemente (calada), de hecho (calada, calada) probablemente".

Shorthouse olió un aumento de salario en el aire. Tuvo un efecto estimulante.

"He tenido algo de experiencia con ese artículo, señor", dijo secamente; "pero estoy listo para emprender cualquier cosa razonable".

"No puedo decir cuánta razón o sinrazón pueda resultar haber en este caso particular. Todo depende".

El Sr. Sidebotham se levantó, cerró la puerta de su despacho y bajó las persianas de ambas ventanas. Luego sacó un manojo de llaves de su bolsillo y abrió una caja de metal negra. Estuvo hurgando entre papeles azules y blancos durante unos segundos, envolviéndose mientras lo hacía en una nube de humo de tabaco azul.

"Ya me siento como un detective", se rió Shorthouse.

"Hable bajo, por favor", respondió el otro, mirando alrededor de la habitación. "Debemos observar el máximo secreto. Quizás tendría la amabilidad de cerrar los registros", continuó con una voz aún más baja. "Los registros abiertos han traicionado conversaciones antes ahora".

Shorthouse comenzó a entrar en el espíritu de la cosa. Caminó de puntillas por el suelo y cerró las dos rejillas de hierro en la pared que en las casas estadounidenses suministran aire caliente y se denominan "registros". El Sr. Sidebotham mientras tanto había encontrado el papel que buscaba. Lo sostuvo frente a él y le dio unos golpecitos una o dos veces con el dorso de su mano derecha como si fuera una carta de teatro y él mismo el villano del melodrama.

"Esta es una carta de Joel Garvey, mi antiguo socio", dijo finalmente. "Me ha oído hablar de él".

El otro se inclinó. Sabía que muchos años antes Garvey & Sidebotham habían sido bien conocidos en el mundo financiero de Chicago. Sabía que la asombrosa rapidez con la que acumularon una fortuna solo había sido superada por la asombrosa rapidez con la que inmediatamente después desaparecieron en el espacio. Además, era consciente —su posición facilitaba las cosas— de que cada socio todavía estaba en cierta medida en poder del otro, y que cada uno deseaba muy fervientemente que el otro muriera.

Sin embargo, los pecados de los primeros años de su empleador no le concernían. El hombre era amable y justo, aunque excéntrico; y Shorthouse, al estar en Nueva York, no indagó para descubrir más particularmente las fuentes de donde se pagaba su salario tan regularmente. Además, los dos hombres habían llegado a apreciarse y había un sentimiento genuino de confianza y respeto entre ellos.

"Espero que sea una comunicación agradable, señor", dijo en voz baja.

"Todo lo contrario", respondió el otro, manoseando el papel nerviosamente mientras estaba frente a la chimenea.

"Extorsión, supongo".

"Precisamente". El cigarro del Sr. Sidebotham no se estaba quemando bien; encendió una cerilla y la aplicó al borde irregular, y poco después su voz habló a través de nubes de humo retorcido.

"Hay documentos valiosos en mi poder que llevan su firma. No puedo informarle de su naturaleza; pero son extremadamente valiosos para mí. Pertenecen, de hecho, a Garvey tanto como a mí. Solo que los tengo yo...".

"Ya veo".

"Garvey escribe que quiere que le quiten su firma; quiere recortarla con su propia mano. Da razones que me inclinan a considerar su solicitud...".

"¿Y le gustaría que yo le llevara los documentos y me asegurara de que lo hace?".

"Y que los traiga de vuelta conmigo", susurró, entrecerrando los ojos en una mueca astuta.

"Y que los traiga de vuelta conmigo", repitió el secretario. "Entiendo perfectamente".

Shorthouse sabía por experiencia desafortunada algo más que un poco sobre los horrores de la extorsión. La presión que Garvey estaba ejerciendo sobre su viejo enemigo debía ser excesivamente fuerte. Eso estaba bastante claro. Al mismo tiempo, el encargo que se le encomendaba parecía algo quijotesco en su naturaleza. Ya había "disfrutado" más de una experiencia de la excentricidad de su empleador, y ahora se sorprendía preguntándose si esta misma excentricidad no iba a veces... más allá de la excentricidad.

"No puedo leerle la carta", explicaba el Sr. Sidebotham, "pero la pondré en sus manos. Demostrará que usted es mi... eh... mi representante acreditado. También le pediré que no lea el paquete de documentos. La firma en cuestión la encontrará, por supuesto, en la última página, en la parte inferior".

Hubo una pausa de varios minutos durante la cual el extremo del cigarro brilló elocuentemente.

"Las circunstancias me obligan", continuó finalmente casi en un susurro, "o nunca haría esto. Pero usted entiende, por supuesto, que la cosa es una artimaña. Recortar la firma es una mera pretensión. No es nada. Lo que Garvey quiere son los documentos mismos".

La confianza depositada en el secretario particular no estaba fuera de lugar. Shorthouse era tan fiel al Sr. Sidebotham como un hombre debe serlo a la esposa que lo ama.

El encargo en sí parecía muy sencillo. Garvey vivía en soledad en la parte remota de Long Island. Shorthouse debía llevarle los documentos, presenciar el recorte de la firma y estar especialmente atento contra cualquier intento, por la fuerza o de otro modo, de obtener posesión de ellos. Le parecía una aventura algo ridícula, pero no sabía todos los hechos y quizás no era el mejor juez.

Los dos hombres hablaron en voz baja durante otra hora, al final de la cual el Sr. Sidebotham subió las persianas, abrió los registros y desbloqueó la puerta.

Shorthouse se levantó para irse. Sus bolsillos estaban llenos de papeles y su cabeza de instrucciones; pero cuando llegó a la puerta dudó y se giró.

"¿Bien?", dijo su jefe.

Shorthouse lo miró directamente a los ojos y no dijo nada.

"La violencia personal, supongo", dijo el otro. Shorthouse se inclinó.

"No he visto a Garvey en veinte años", dijo; "todo lo que puedo decirle es que creo que ocasionalmente no está en su sano juicio. He oído rumores extraños. Vive solo y, en sus intervalos lúcidos, estudia química. Siempre fue su afición. Pero las probabilidades son de veinte a uno en contra de que intente usar la violencia. Solo quería advertirle... por si acaso... quiero decir, para que esté atento".

Le entregó a su secretario un revólver Smith & Wesson mientras hablaba. Shorthouse lo deslizó en el bolsillo de su pantalón y salió de la habitación.

* * * * *

Una lluvia fría y lloviznosa caía sobre campos cubiertos de nieve medio derretida cuando Shorthouse estuvo, a última hora de la tarde, en el andén de la solitaria pequeña estación de Long Island y vio cómo el tren que acababa de dejar se desvanecía en la distancia.

Era un país desolado el que Joel Garvey, Esq., anteriormente de Chicago, había elegido para su residencia y, en esta tarde en particular, presentaba un aspecto más lúgubre de lo habitual. Una extensión de campos planos cubiertos de nieve sucia se extendía por todos lados hasta que el cielo bajaba para encontrarlos. Solo edificios agrícolas ocasionales rompían la monotonía, y el camino serpenteaba a lo largo de senderos embarrados y bajo árboles goteantes envueltos en la fría niebla cruda que barría como un sudario de muertos desde el mar.

Había seis millas desde la estación hasta la casa de Garvey, y el conductor del destartalado carruaje que Shorthouse había encontrado en la estación no era comunicativo. Entre el paisaje sombrío y el conductor aún más sombrío, volvió a sus propios pensamientos, que, de no ser por la pizca de aventura que se prometía, habrían sido incluso más lúgubres que cualquiera de los dos. Decidió que no perdería el tiempo con la transacción. En el momento en que se recortara la firma, empacaría y se iría. El último tren de regreso a Brooklyn era a las 7:15; y tendría que caminar las seis millas de barro y nieve, pues el conductor del carruaje se había negado rotundamente a esperarlo.

Para fines de seguridad, Shorthouse había hecho lo que se halagaba a sí mismo era algo bastante inteligente. Había hecho un segundo paquete de documentos idénticos en apariencia exterior al primero. La inscripción, el sobre azul, la banda elástica roja e incluso una mancha en la esquina inferior izquierda habían sido reproducidas exactamente. Dentro, por supuesto, solo había hojas de papel en blanco. Su intención era cambiar los paquetes y dejar que Garvey lo viera poner el falso en el maletín. En caso de violencia, el maletín sería el punto de ataque, y tenía la intención de cerrarlo con llave y tirar la llave. Antes de que pudiera ser forzado y descubierta la decepción, habría tiempo para aumentar sus posibilidades de escape con el paquete real.

Eran las cinco cuando el silencioso Jehu se detuvo frente a una puerta medio rota y señaló con su látigo hacia una casa que se alzaba en sus propios terrenos entre árboles y era apenas visible en la penumbra creciente. Shorthouse le dijo que condujera hasta la puerta principal, pero el hombre se negó.

"No voy a correr riesgos", dijo; "tengo familia".

Este comentario críptico no era alentador, pero Shorthouse no se detuvo a descifrarlo. Le pagó al hombre, luego empujó la vieja y destartalada puerta que oscilaba sobre una sola bisagra y procedió a caminar por el camino de entrada que yacía oscuro entre árboles muy juntos. La casa pronto quedó a la vista. Era alta y cuadrada y evidentemente había sido blanca alguna vez, pero ahora las paredes estaban cubiertas de parches sucios y había amplias rayas amarillas donde el yeso se había caído. Las ventanas miraban negras e intransigentes hacia la noche. El jardín estaba cubierto de maleza y hierba larga, que se erguía en parches feos bajo su carga de nieve húmeda. Un silencio absoluto reinaba sobre todo. No había señal de vida. Ni siquiera ladraba un perro. Solo, en la distancia, se podían escuchar las ruedas del carruaje en retirada haciéndose cada vez más tenues.

Shorthouse se sintió aliviado. Sin duda, sus sospechas habían nacido de la fatiga, de la oscuridad y del ambiente opresivo de aquella casa, una atmósfera que, en su mayoría, él mismo había ayudado a crear mediante su propia imaginación excitada. Se puso de pie y comenzó a pasear por la habitación, examinando con más detenimiento los lomos de los libros y los objetos dispersos por el escritorio, intentando recuperar el aplomo que había perdido. En un rincón, sobre una pequeña mesa, encontró un juego de ajedrez con las piezas dispuestas como si una partida hubiera sido interrumpida recientemente. Se detuvo un momento a observar la posición de las piezas, preguntándose si Garvey jugaba solo o si aquel lugar albergaba a alguien más.

De repente, un sonido llegó desde el otro lado de la puerta, un murmullo sordo que le hizo contener la respiración. Se quedó inmóvil, con el oído atento, pero el ruido no se repitió. Era solo el crujido de la casa vieja, se dijo, tratando de disipar el escalofrío que le recorrió la espalda. Decidió que lo mejor sería mantenerse ocupado y regresó al sillón frente al fuego, donde se hundió en un estado de somnolencia forzada. La calidez del ambiente, en contraste con el frío que aún sentía en los huesos tras su llegada, empezó a adormecer sus sentidos.

Transcurrieron los minutos, y justo cuando estaba a punto de quedarse dormido, una suave presión sobre la alfombra le indicó que alguien había regresado. Abrió los ojos y vio a Garvey, quien entraba en la estancia con paso silencioso. El hombre portaba una bandeja con una pequeña cena, y su expresión, aunque serena, parecía ahora imbuida de una especie de melancolía solemne.

—Espero que no le importe una cena sencilla —dijo Garvey, depositando la bandeja sobre el escritorio—. En esta casa, las comodidades son limitadas, pero la hospitalidad es, al menos, sincera.

Shorthouse se incorporó rápidamente, sintiéndose un poco culpable por su sospecha anterior.

—Es usted muy amable, señor Garvey. No esperaba tales atenciones, y le estoy muy agradecido por dejarme pasar la noche.

Garvey asintió con un gesto breve y se sentó en su lugar habitual. Durante la comida, hablaron de temas triviales: del clima, de los viajes y de la vida en la ciudad. Shorthouse observaba a su anfitrión con curiosidad, buscando en él algún rastro de aquella "demencia" de la que Sidebotham le había advertido, pero solo encontraba a un hombre culto, algo solitario y quizás un poco excéntrico debido a su reclusión. Sin embargo, en el fondo de su mente, una pequeña voz le susurraba que no bajara la guardia. Había algo en la forma en que Garvey miraba el fuego, algo en la manera en que sus ojos brillaban cuando mencionaba los años transcurridos, que le resultaba vagamente inquietante.

Terminada la cena, Garvey se levantó y le indicó que lo siguiera hacia la planta superior. Caminaron por un pasillo oscuro, iluminado solo por la luz titilante de la vela que Garvey sostenía. Las sombras se alargaban y danzaban sobre las paredes descascaradas, creando formas fantasmagóricas que parecían seguirles. Al llegar a la puerta de la habitación de invitados, Garvey se detuvo.

—Aquí estará cómodo —dijo, abriendo la puerta—. Es una habitación que utilizo poco, pero espero que sea de su agrado. Descanse bien, mañana tendremos tiempo de terminar nuestra gestión antes de que se marche.

Shorthouse entró en la habitación. Era amplia y estaba decorada con cierta elegancia antigua, aunque el aire se sentía viciado, como si hubiera estado cerrada durante meses. Antes de despedirse, Garvey le dirigió una última mirada, una mirada tan penetrante que Shorthouse sintió, una vez más, que aquel hombre estaba viendo a través de sus defensas.

—Buenas noches, señor Shorthouse —dijo Garvey, cerrando la puerta con una suavidad que, en el silencio del pasillo, sonó como un sello definitivo.

El joven secretario se quedó solo en la penumbra. Se acercó a la ventana y apartó ligeramente la cortina; fuera, la nieve continuaba cayendo en un manto interminable, cubriendo el mundo exterior y aislándolo aún más en aquel lugar extraño. Se sentó en el borde de la cama, sintiendo que la seguridad que había sentido hace un momento comenzaba a desvanecerse de nuevo. Había algo en la atmósfera de aquella habitación, una sensación de acecho, de que las paredes mismas estaban cargadas de una historia que él aún no comprendía del todo. Se obligó a desnudarse y a meterse en la cama, apagando la vela. Pero incluso en la oscuridad, con los ojos cerrados, seguía sintiendo la presencia de aquel hombre, no solo al otro lado de la puerta, sino en todas partes, como si la casa entera fuera una extensión de la mente de Joel Garvey.

Garvey regresó al poco tiempo. —Haremos lo mejor que podamos por usted —dijo, dejándose caer en el profundo sillón al otro lado del fuego—. Marx es un buen criado si lo vigilas todo el tiempo. Sin embargo, siempre debes estar encima de un judío si quieres que las cosas se hagan correctamente. Son tramposos e inseguros a menos que trabajen por su propio interés. Pero admito que Marx podría ser peor. Lleva conmigo casi veinte años; cocinero, ayuda de cámara, doncella y mayordomo, todo en uno. En los viejos tiempos, sabe, era administrativo en nuestra oficina de Chicago.

Garvey siguió parloteando y Shorthouse escuchaba, intercalando algún que otro comentario. El primero parecía complacido de tener a alguien con quien hablar y el sonido de su propia voz era evidentemente música celestial para sus oídos. Al cabo de unos minutos, se acercó al aparador y volvió a tomar el decantador de whisky, sosteniéndolo contra la luz. —Esta vez me acompañará —dijo agradablemente, sirviendo dos vasos—, nos abrirá el apetito para la cena —y, en esta ocasión, Shorthouse no se negó. El licor era suave y meloso, y los hombres tomaron dos vasos cada uno.

—Excelente —comentó el secretario.

—Me alegra que lo aprecie —dijo el anfitrión, relamiéndose—. Es un whisky muy viejo y rara vez lo toco cuando estoy solo. Pero esto —añadió— es una ocasión especial, ¿no es así?

Shorthouse estaba a punto de dejar su vaso cuando algo atrajo de repente sus ojos hacia el rostro del otro. Una nota extraña en la voz del hombre captó su atención y comunicó una alarma a sus nervios. Una nueva luz brilló en los ojos de Garvey y a través de sus fuertes rasgos cruzó momentáneamente la sombra de algo que hizo que los nervios del secretario hormiguearan. Una niebla se extendió ante sus ojos y la creencia inexplicable surgió con fuerza en él de que estaba mirando el rostro de un animal salvaje. Cerca de su corazón había algo salvaje, feroz, sanguinario. Un escalofrío involuntario lo recorrió y pareció disipar la extraña fantasía tan repentinamente como había llegado. Miró a los ojos del otro con una sonrisa, cuyo equivalente en su corazón era un horror vívido.

—Es una ocasión especial —dijo, con la mayor naturalidad posible— y, permítame añadir, un whisky muy especial.

Garvey parecía encantado. Estaba en medio de una historia tortuosa en la que describía cómo el whisky llegó originalmente a su poder cuando la puerta se abrió detrás de ellos y una voz chirriante anunció que la cena estaba lista. Siguieron la figura con sotana de Marx a través del pasillo sucio, iluminado solo por el rayo de luz que los seguía desde la puerta de la biblioteca, y entraron en una habitación pequeña donde una única lámpara se alzaba sobre una mesa puesta para cenar. Las paredes carecían de cuadros y las ventanas tenían persianas venecianas sin cortinas. No había fuego en la chimenea y, cuando los hombres se sentaron frente a frente, Shorthouse notó que, mientras su propio servicio estaba dispuesto con su debida proporción de vasos y cubiertos, su acompañante no tenía ante sí más que un plato de sopa, sin tenedor, cuchillo o cuchara a su lado.

—No sé qué hay para ofrecerle —dijo—; pero estoy seguro de que Marx ha hecho lo mejor que ha podido con tan poco aviso. Yo solo tomo un plato para cenar, pero, por favor, tómese su tiempo y disfrute de su comida.

Marx colocó poco después un plato de sopa ante el invitado; sin embargo, era tan repugnante la presencia inmediata de este viejo servidor hebreo, que las cucharadas desaparecieron con cierta lentitud. Garvey se sentó y lo observó.

Shorthouse dijo que la sopa estaba deliciosa y tragó valientemente otro bocado. En realidad, sus pensamientos estaban centrados en su acompañante, cuyos modales daban muestras de un cambio gradual y curioso. Había una diferencia marcada en su comportamiento, una diferencia que el secretario sintió al principio antes que verla. La calma y el autodominio de Garvey estaban dando paso a un grado de excitación reprimida que parecía, hasta el momento, inexplicable. Sus movimientos se volvieron rápidos y nerviosos, sus ojos inquietos y extrañamente brillantes, y su voz, cuando hablaba, revelaba un profundo temblor ocasional. Algo inusitado se agitaba en su interior y, evidentemente, exigía una manifestación cada vez más vigorosa a medida que avanzaba la comida.

Intuitivamente, Shorthouse temía esta creciente excitación y, mientras lidiaba con unas chuletas de cerdo inusualmente duras, intentó llevar la conversación al tema de la química, de la cual había sido un estudiante entusiasta en sus tiempos de Oxford. Su acompañante, sin embargo, no quiso saber nada. Parecía haber perdido el interés y apenas se dignaba a responder. Cuando Marx regresó poco después con un plato de huevos y tocino humeantes, el tema decayó por sí solo.

—Un plato de cena inadecuado —dijo Garvey, tan pronto como el hombre se marchó—; pero mejor que nada, espero.

Shorthouse comentó que le gustaba muchísimo el tocino con huevos y, al mirar hacia arriba con la última palabra, vio que el rostro de Garvey se contraía convulsivamente y que casi se retorcía en su silla. Sin embargo, se calmó bajo la mirada del secretario y observó, aunque evidentemente con esfuerzo:

—Muy amable por su parte decirlo. Ojalá pudiera acompañarle, solo que nunca como esa clase de cosas. Solo tomo un plato para cenar.

Shorthouse comenzó a sentir cierta curiosidad sobre cuál podría ser la naturaleza de ese único plato, pero no hizo más comentarios y se contentó con anotar mentalmente que la excitación de su acompañante parecía estar superando rápidamente su control. Había algo inquietante en ello y empezó a desear haber elegido la alternativa de caminar hasta la estación.

—Me alegra ver que nunca habla cuando Marx está en la habitación —dijo Garvey poco después—. Estoy seguro de que es mejor no hacerlo. ¿No le parece?

Parecía esperar con ansias la respuesta.

—Indudablemente —dijo el desconcertado secretario.

—Sí —continuó el otro rápidamente—. Es un hombre excelente, pero tiene un inconveniente, uno realmente horrible. Usted puede… pero, no, difícilmente podría haberlo notado aún.

—No será la bebida, confío —dijo Shorthouse, quien habría preferido discutir cualquier otro tema antes que el del odioso judío.

—Mucho peor que eso —respondió Garvey, esperando evidentemente que el otro le incitara a seguir. Pero Shorthouse no estaba de humor para oír nada horrible y se negó a caer en la trampa.

—Los mejores criados tienen sus defectos —dijo con frialdad.

—Le diré lo que es si quiere —continuó Garvey, hablando todavía muy bajo e inclinándose sobre la mesa de modo que su rostro quedó cerca de la llama de la lámpara—, solo que debemos hablar en voz baja por si está escuchando. Le diré lo que es, si cree que no se asustará.

—Nada me asusta —rio él. (Garvey debe entender eso a toda costa). —Nada puede asustarme —repitió.

—Me alegro de ello, porque a mí me asusta bastante a veces.

Shorthouse fingió indiferencia. Sin embargo, era consciente de que su corazón latía un poco más rápido y de que sentía una sensación de escalofrío en la espalda. Esperó en silencio lo que estaba por venir.

—Tiene una horrible predilección por los vacíos —continuó Garvey poco después con una voz aún más baja y acercando su rostro más bajo la lámpara.

—¡Vacíos! —exclamó el secretario a pesar de sí mismo—. ¿Qué diablos quiere decir?

—Lo que digo, por supuesto. Siempre se cae dentro de ellos, de modo que no puedo encontrarlo ni llegar hasta él. Se esconde allí durante horas, y por mi vida que no puedo entender qué hace allí.

Shorthouse miró a su acompañante directamente a los ojos. ¿De qué demonios estaba hablando?

—¿Supone que va allí para cambiar de aire, o… o para escapar? —continuó en voz más alta.

Shorthouse podría haberse reído abiertamente de no ser por la expresión del rostro del otro.

—No creo que haya mucho aire de ninguna clase en un vacío —dijo con calma.

—Eso es exactamente lo que siento —continuó Garvey con una excitación creciente—. Esa es la parte horrible. ¿Cómo demonios vive allí? Verá…

—¿Alguna vez lo ha seguido hasta allí? —interrumpió el secretario. El otro se reclinó en su silla y lanzó un profundo suspiro.

—¡Jamás! Es imposible. Verá, no puedo seguirlo. No hay espacio para dos. Un vacío solo acomoda bien a uno. Marx lo sabe. Está fuera de mi alcance por completo una vez que está bien adentro. Conoce el mejor lado de un trato. Es un judío en toda regla.

—Eso es un inconveniente para un criado, por supuesto… —Shorthouse habló lentamente, con los ojos en su plato.

—Un inconveniente —interrumpiera el otro con una risita desagradable—, yo lo llamo una absorción, eso es lo que yo llamo.

—Una absorción parece un término más preciso —asintió Shorthouse—. Pero —continuó—, pensé que la naturaleza aborrecía el vacío. Eso solía decirse cuando estaba en la escuela, aunque quizás… hace tanto tiempo…

Vaciló y levantó la vista. Algo en el rostro de Garvey —algo que había sentido antes de mirar— le detuvo la lengua y congeló las palabras en su garganta. Sus labios se negaron a moverse y se volvieron repentinamente secos. De nuevo la niebla se alzó ante sus ojos y la espantosa sombra dejó caer su velo sobre el rostro que tenía delante. Los rasgos de Garvey comenzaron a arder y brillar. Luego parecieron volverse más toscos y, de algún modo, deslizarse confusamente entre sí. Miró durante un segundo —solo pareció un segundo— el rostro de un animal feroz y abominable; y entonces, tan repentinamente como había llegado, la sucia sombra de la bestia desapareció, la niebla se disolvió y, con un esfuerzo enorme sobre sus nervios, se obligó a terminar su frase.

—Verá, hace tanto tiempo que no presto atención a tales cosas —tartamudeó. Su corazón latía rápidamente y una sensación de opresión se acumulaba sobre él.

—Por otra parte, es mi estudio peculiar y especial —continuó Garvey—. No he pasado todos estos años en mi laboratorio en vano, se lo aseguro. La naturaleza, lo sé por experiencia —añadió con un calor antinatural—, no aborrece el vacío. Por el contrario, es extraordinariamente aficionada a ellos, demasiado, al parecer, para la comodidad de mi pequeño hogar. Si hubiera menos vacíos y más aborrecimiento, nos iría mejor, mucho mejor, en mi opinión.

—Su conocimiento especial, sin duda, le permite hablar con autoridad —dijo Shorthouse, mientras la curiosidad y la alarma luchaban con otros sentimientos encontrados en su mente—; pero ¿cómo puede un hombre caerse dentro de un vacío?

—Bien puede preguntarlo. Eso es precisamente. ¿Cómo puede? Es absurdo y no puedo entenderlo en absoluto. Marx lo sabe, pero no me lo dirá. Los judíos saben más que nosotros. Por mi parte, tengo razones para creer… —Se detuvo y escuchó—. ¡Shh! Ahí viene —añadió, frotándose las manos como si estuviera alegre y moviéndose inquieto en su silla.

Se oyeron pasos bajando por el pasillo y, a medida que se acercaban a la puerta, Garvey pareció entregarse por completo a una excitación que no podía controlar. Sus ojos estaban fijos en la puerta y comenzó a agarrar el mantel con ambas manos. De nuevo su rostro quedó oculto por la repugnante sombra. Se volvió salvaje, lobuno. Como a través de una máscara, que ocultaba y, sin embargo, era lo bastante fina como para dejar traslucir una sugerencia de la bestia agazapada detrás, saltó a su semblante la extraña mirada del animal en lo humano, la expresión del hombre lobo, del monstruo. El cambio en toda su repugnancia se produjo rápidamente sobre sus rasgos, que comenzaron a perder su contorno. La nariz se aplanó, cayendo con fosas nasales anchas sobre labios gruesos. El rostro se redondeó, se llenó y se volvió achatado. Los ojos, que, afortunadamente para Shorthouse, ya no buscaban los suyos, brillaban con la luz de un apetito desenfrenado y una codicia bestial. Las manos dejaron el mantel, agarraron los bordes del plato y luego volvieron a apretar la tela.

—Este es mi plato que viene ahora —dijo Garvey, con una voz gutular profunda. Estaba temblando. Su labio superior estaba parcialmente levantado y mostraba los dientes, blancos y relucientes.

Un momento después la puerta se abrió, Marx entró apresuradamente en la habitación y puso un plato frente a su amo. Garvey se levantó a medias para recibirlo, extendiendo las manos y haciendo una mueca horrible. Con la boca hizo un sonido similar al gruñido de un animal. El plato ante él estaba humeante, pero el ligero vapor que se elevaba de él revelaba por su olor que no nacía de un fuego de carbón. Era el calor natural de la carne calentada por los fuegos de la vida apenas expulsada. En el momento en que el plato reposó sobre la mesa, Garvey apartó su propio plato y acercó el otro justo bajo su boca. Entonces agarró la comida con ambas manos y comenzó a desgarrarla con los dientes, gruñendo mientras lo hacía. Shorthouse cerró los ojos, con una sensación de náusea. Cuando volvió a mirar, los labios y la mandíbula del hombre de enfrente estaban manchados de carmesí. El hombre entero estaba transformado. Un tigre banqueteando, hambriento y voraz, pero sin la gracia de un tigre: esto fue lo que observó durante varios minutos, paralizado de horror y disgusto.

Marx ya se había marchado, sabiendo evidentemente lo que no era bueno para la vista, y Shorthouse supo al fin que estaba sentado frente a frente con un loco.

La espantosa comida terminó en un tiempo increíblemente corto y no quedó nada más que un pequeño charco de líquido rojo que se endurecía rápidamente. Garvey se reclinó pesadamente en su silla y suspiró. Su rostro manchado, retirado ahora del resplandor de la lámpara, comenzó a recuperar su apariencia normal. Poco después miró a su invitado y dijo con su voz natural:

—Espero que haya comido lo suficiente. A usted no le apetecería esto, sabe —con una mirada hacia abajo.

Shorthouse se encontró con sus ojos con un asco interior, y le fue imposible no mostrar algo de la repugnancia que sentía. En el rostro del otro, sin embargo, creyó ver una expresión sometida y acobardada. Pero no encontró nada que decir.

—Marx entrará dentro de poco —continuó Garvey—. O está escuchando, o está en un vacío.

—¿Elige algún momento en particular para sus visitas? —logró preguntar el secretario.

—Generalmente va después de cenar; justo a esta hora, de hecho. Pero aún no se ha ido —añadió, encogiéndose de hombros—, porque creo oírlo venir.

Shorthouse se preguntó si vacío era posiblemente sinónimo de bodega de vinos, pero no expresó sus pensamientos. Con escalofríos de horror recorriéndole aún la espalda, vio entrar a Marx con una palangana y una toalla, mientras Garvey levantaba el rostro tal como un animal levanta el hocico para que lo froten.

—Ahora tomaremos café en la biblioteca, si está listo —dijo, en el tono de un caballero dirigiéndose a sus invitados después de una cena.

Shorthouse recogió el maletín, que había estado todo este tiempo entre sus pies, y cruzó la puerta que su anfitrión sostenía abierta para él. Lado a lado cruzaron el oscuro vestíbulo juntos y, para su disgusto, Garvey le enlazó el brazo con el suyo y, con el rostro tan cerca del oído del secretario que sintió su cálido aliento, dijo con voz espesa:

—Es inusualmente cuidadoso con ese maletín, señor Shorthouse. Seguramente debe contener algo más que un fajo de papeles.

—Nada más que los papeles —respondió, sintiendo la mano ardiendo sobre su brazo y deseando estar a kilómetros de distancia de la casa y sus abominables ocupantes.

—¿Está muy seguro? —preguntó el otro con una risita odiosa y sugerente—. ¿Hay algo de carne en él, carne fresca… carne cruda?

El secretario sintió, de algún modo, que ante el menor signo de miedo la bestia a su brazo saltaría sobre él y lo desgarraría con los dientes.

—Nada de eso —respondió enérgicamente—. No cabría suficiente para alimentar a un gato.

—Cierto —dijo Garvey con un suspiro vil, mientras el otro sentía la mano sobre su brazo contraerse arriba y abajo como si estuviera palpando la carne—. Cierto, es demasiado pequeño para ser de alguna utilidad real. Como usted dice, no cabría suficiente para alimentar a un gato.

Shorthouse fue incapaz de reprimir un grito. Los músculos de sus dedos, también, se relajaron a pesar de sí mismo y dejó caer el maletín negro con un golpe al suelo. Garvey retiró instantáneamente su brazo y se giró con un movimiento rápido. Pero el secretario había recuperado su control tan repentinamente como lo había perdido y se encontró con los ojos del maníaco con una mirada firme y agresiva.

—Ahí tiene, ya ve, es bastante ligero. No hace ningún ruido apreciable cuando lo dejo caer. —Lo recogió y lo dejó caer de nuevo, como si lo hubiera dejado caer por primera vez a propósito. La artimaña tuvo éxito.

—Sí. Tiene razón —dijo Garvey, todavía de pie en el umbral y mirándolo fijamente—. De cualquier modo, no cabría suficiente para dos —rio. Y mientras cerraba la puerta, la horrible carcajada resonó en el pasillo vacío.

Se sentaron junto a un fuego crepitante y Shorthouse se alegró de sentir su calor. Marx trajo poco después el café. Un vaso del viejo whisky y un buen puro ayudaron a restablecer el equilibrio. Durante unos minutos los hombres permanecieron sentados en silencio mirando hacia el fuego. Entonces, sin levantar la vista, Garvey dijo con voz tranquila:

—Supongo que fue un shock para usted verme comer carne cruda de esa manera. Debo pedirle disculpas si le resultó desagradable. Pero es todo lo que puedo comer y es la única comida que tomo en las veinticuatro horas.

—El mejor sustento del mundo, sin duda; aunque pensaría que podría ser un poco fuerte para algunos estómagos.

Intentó desviar la conversación de un tema tan desagradable y siguió hablando rápidamente sobre el valor de diferentes alimentos, sobre el vegetarianismo y los vegetarianos, y sobre hombres que habían pasado largos períodos sin alimento alguno. Garvey escuchaba aparentemente sin interés y no tenía nada que decir. En la primera pausa, intervino con entusiasmo.

—Cuando el hambre es realmente grande en mí —dijo, todavía mirando hacia el fuego—, simplemente no puedo controlarme. Debo tener carne cruda, la primera que pueda conseguir… —Aquí levantó sus brillantes ojos y Shorthouse sintió que el cabello comenzaba a erizársele.

—Me viene tan de repente también. Nunca puedo saber cuándo esperarlo. Hace un año la pasión surgió en mí como un torbellino, Marx estaba fuera y no podía conseguir carne. Tenía que conseguir algo o me habría mordido a mí mismo. Justo cuando se estaba volviendo insoportable, mi perro salió de debajo del sofá. Era un spaniel.

Shorthouse respondió con esfuerzo. Apenas sabía lo que decía y su piel se erizaba como si un millón de hormigas se movieran sobre ella.

Hubo una pausa de varios minutos.

—He mordido a Marx por todas partes —continuó Garvey poco después con su extraña voz tranquila, y como si estuviera hablando de manzanas—; pero es amargo. Dudo que el hambre pudiera volver a hacerme hacerlo nunca más. Probablemente eso es lo que primero le llevó a refugiarse en un vacío. —Se rio entre dientes horriblemente al pensar en esta solución a las desapariciones de su asistente.

Shorthouse tomó el atizador y removió el fuego como si su vida dependiera de ello. Pero cuando el golpeteo y el estrépito terminaron, Garvey continuó sus comentarios con la misma calma. La siguiente frase, sin embargo, nunca se terminó. El secretario se había puesto en pie de repente.

—Pediré su permiso para retirarme —dijo con voz determinada—; estoy cansado esta noche; ¿será tan amable de mostrarme mi habitación?

Garvey lo miró con una curiosa expresión de servilismo tras la cual brillaba el destello de una pasión astuta.

—Ciertamente —dijo, levantándose de su silla—. Ha tenido un viaje agotador. Debería haber pensado en ello antes.

Tomó la vela de la mesa y la encendió, y los dedos que sostenían la cerilla temblaron.

—No hace falta molestar a Marx —explicó—. Esa bestia ya debe estar en su vacío a estas horas.

Cruzaron el vestíbulo y comenzaron a ascender las escaleras de madera, desprovistas de alfombra. Se encontraban en el pozo de la casa y el aire cortaba como el hielo. Garvey, con la vela parpadeante en su mano que proyectaba su rostro en un marcado perfil, abrió el camino a través del primer rellano y abrió una puerta cerca de la boca de un pasillo oscuro. Una habitación agradable saludó los ojos del visitante, quien rápidamente captó sus detalles mientras su anfitrión se acercaba y encendía dos velas que descansaban sobre una mesa a los pies de la cama. Un fuego ardía con vivacidad en la chimenea. Había dos ventanas, que se abrían como puertas, en la pared opuesta, y una cama alta con dosel ocupaba la mayor parte del espacio a la derecha. Un friso de madera recorría toda la habitación, llegando casi hasta el techo, lo que confería al conjunto un aspecto cálido y acogedor; mientras que los retratos situados en los paneles alternos sugerían de algún modo la atmósfera de una vieja casa de campo en Inglaterra. Shorthouse se sintió agradablemente sorprendido.

—Espero que encuentre todo lo que necesite —decía Garvey desde el umbral—. Si no, solo tiene que tocar esa campanilla junto a la chimenea. Marx no la oirá, por supuesto, pero suena en mi laboratorio, donde paso la mayor parte de la noche.

Luego, con un breve buenas noches, salió y cerró la puerta tras de sí. En el instante en que se marchó, el secretario particular del señor Sidebotham hizo algo peculiar. Se plantó en medio de la habitación de espaldas a la puerta y, sacando rápidamente la pistola del bolsillo de su cadera, la apuntó a través de su brazo izquierdo hacia la ventana. Permaneció inmóvil en esta posición durante treinta segundos, tras lo cual giró repentinamente hacia la derecha y se encaró en la otra dirección, apuntando con su pistola directamente a la cerradura de la puerta. Siguió inmediatamente un sonido de arrastrar de pies afuera y de pasos que se retiraban a través del rellano.

—De rodillas ante la cerradura —fue la reflexión del secretario—. Justo lo que pensaba. Pero no esperaba mirar por el cañón de una pistola y eso le hizo dar un pequeño salto.

Tan pronto como los pasos bajaron las escaleras y se perdieron en el vestíbulo, Shorthouse se acercó y cerró la puerta con llave, introduciendo un trozo de papel arrugado en la segunda cerradura que vio inmediatamente encima de la primera. Después, hizo un registro minucioso de la habitación. Apenas valió la pena el esfuerzo, pues no encontró nada inusual. Sin embargo, se alegró de haberlo hecho. Le alivió comprobar que no había nadie escondido bajo la cama o en el profundo armario de roble; y esperaba sinceramente que no fuera ese el armario en el que el desafortunado spaniel había encontrado su vil muerte. Las ventanas francesas, descubrió, daban a un pequeño balcón. Daba a la fachada principal y había una caída de menos de veinte pies hasta el suelo. La cama era alta y ancha, suave como las plumas y cubierta con sábanas níveas; muy tentadora para un hombre cansado; y junto al fuego ardiente había un par de sillones profundos.

En conjunto, era muy agradable y cómodo; pero, por muy cansado que estuviera, Shorthouse no tenía intención de irse a dormir. Era imposible ignorar la advertencia de sus nervios. Nunca le habían fallado antes, y cuando esa sensación de horror angustioso se le alojaba en los huesos, sabía que algo se estaba gestando y que una bandera roja ondeaba sobre el futuro inmediato. Algún instrumento delicado en su ser, más sutil que los sentidos, más preciso que un mero presentimiento, había visto la bandera roja e interpretado su significado.

De nuevo le pareció, mientras estaba sentado en un sillón junto al fuego, que sus movimientos eran vigilados cuidadosamente desde algún lugar; y, sin saber qué armas podrían utilizarse contra él, sintió que su verdadera seguridad residía en un control rígido de su mente y sus sentimientos y en una firme negativa a admitir que estaba mínimamente alarmado.

La casa estaba muy quieta. A medida que avanzaba la noche, el viento amainó. Solo ráfagas ocasionales de aguanieve contra las ventanas le recordaban que los elementos estaban despiertos e inquietos. Una o dos veces las ventanas traquetearon y la lluvia siseó en el fuego, pero el rugido del viento en la chimenea fue decreciendo y el edificio solitario quedó finalmente envuelto en una gran quietud. Los carbones chasqueaban, acomodándose más profundamente en la rejilla, y el ruido de las cenizas cayendo con un pequeño chasquido sobre el suave montón de residuos acumulados era el único sonido que puntuaba el silencio.

A medida que el poder del sueño se apoderaba de él, el miedo a la situación disminuía; pero tan imperceptiblemente, tan gradualmente y de forma tan insidiosa que apenas se daba cuenta del cambio. Pensaba que seguía tan alerta ante el peligro como siempre. La exitosa exclusión de las horribles imágenes mentales de lo que había visto la atribuía a su riguroso control, en lugar de a su verdadera causa: el hecho de que se estaban apoderando de él las suaves influencias del sueño. Los rostros en los carbones eran tan relajantes; el sillón era tan cómodo; tan dulce el aliento que presionaba suavemente sus párpados; tan sutil el crecimiento de la sensación de seguridad. Se acomodó más profundamente en el sillón y, en otro momento, se habría quedado dormido cuando la bandera roja comenzó a agitarse violentamente de un lado a otro y se sentó erguido como si le hubieran apuñalado por la espalda.

Alguien subía las escaleras. Las tablas crujían bajo un peso sigiloso.

Shorthouse saltó del sillón y cruzó la habitación rápidamente, tomando posición junto a la puerta, pero fuera del alcance de la cerradura. Las dos velas ardían de forma desigual sobre la mesa a los pies de la cama. Los pasos eran lentos y cautelosos —parecían pasar treinta segundos entre cada uno—, pero la persona que los daba estaba muy cerca de la puerta. Ya había llegado a lo alto de las escaleras y se arrastraba casi en silencio a través del tramo de rellano.

El secretario deslizó su mano en el bolsillo de su pistola y se retiró más contra la pared, y apenas había completado el movimiento cuando los sonidos cesaron abruptamente y supo que alguien estaba parado justo afuera de la puerta y preparándose para una observación cuidadosa a través de la cerradura.

No era en absoluto un cobarde. En la acción nunca sentía miedo. Era la espera, la duda y la incertidumbre lo que podría haberle alterado un poco los nervios. Pero, de alguna manera, una oleada de horror intenso le invadió por un segundo al pensar en el maníaco bestial y su acompañante judío; y preferiría haberse enfrentado a una manada de lobos que tener que tratar con cualquiera de esos hombres.

Algo rozando suavemente contra la puerta hizo que sus nervios hormiguearan de nuevo y le obligó a apretar su agarre sobre la pistola. El acero estaba frío y resbaladizo en sus dedos húmedos. ¡Qué ruido tan horrible haría cuando apretara el gatillo! ¡Si la puerta se abriera, qué cerca estaría de la figura que entrara! Sin embargo, sabía que estaba cerrada por dentro y que no podría abrirse. De nuevo, algo rozó el panel a su lado y, un segundo después, el trozo de papel arrugado cayó de la cerradura al suelo, mientras el trozo de alambre fino que había logrado este resultado mostró su punta por un momento en la habitación y luego fue retirado rápidamente.

Evidentemente, alguien estaba mirando ahora a través de la cerradura, y al darse cuenta de este hecho, el espíritu de ataque entró en el corazón del hombre asediado. Levantando su mano derecha, la dejó caer repentinamente con un estruendo resonante sobre el panel de la puerta junto a la cerradura: un estruendo que, para el fisgón agazapado, debió parecer un trueno en cielo despejado. Hubo un jadeo y un ligero vaivén contra la puerta, y el oyente de medianoche se levantó sobresaltado y alarmado, pues Shorthouse escuchó claramente el caminar de pies a través del rellano y bajando las escaleras hasta que se perdieron en los silencios del vestíbulo. Solo que, esta vez, le pareció que eran cuatro pies en lugar de dos.

Introduciendo rápidamente el papel de nuevo en la cerradura, estaba a punto de caminar de regreso hacia la chimenea cuando, sobre su hombro, divisó un rostro blanco presionado en silueta contra el exterior de la ventana. Estaba borroso por los torrentes de aguanieve, pero el blanco de los ojos en movimiento era inconfundible. Se volvió instantáneamente para encararlo, pero el rostro se retiró como un relámpago, y la oscuridad se apresuró a llenar el hueco donde había aparecido.

—Vigilado por ambos lados —reflexionó.

Pero no se dejaría sorprender por ninguna acción repentina, y caminando tranquilamente hacia la chimenea como si no hubiera visto nada inusual, removió los carbones un momento y luego se paseó pausadamente hacia la ventana. Templando sus nervios, que temblaron un instante a pesar de su voluntad, abrió la ventana y salió al balcón. El viento, que pensó que había amainado, pasó a su lado hacia la habitación y extinguió una de las velas, mientras una ráfaga de fina lluvia fría estallaba sobre su rostro. Al principio no pudo ver nada, y la oscuridad se acercó tanto a sus ojos como un muro. Avanzó un poco más en el balcón y atrajo la ventana tras de sí hasta que chocó. Luego se quedó quieto y esperó.

Pero nada le tocó. Nadie parecía estar allí. Sus ojos se acostumbraron a la negrura y pudo distinguir la barandilla de hierro, las formas oscuras de los árboles más allá y la tenue luz que venía de la otra ventana. A través de ella observó el interior de la habitación, caminando a lo largo del balcón para hacerlo. Por supuesto, él estaba parado en un haz de luz y quienquiera que estuviera agazapado en la oscuridad de abajo podía verlo claramente. ¿Abajo? Que hubiera alguien arriba no se le ocurrió hasta que, justo cuando se preparaba para entrar de nuevo, se dio cuenta de que algo se movía en la oscuridad sobre su cabeza. Miró hacia arriba, levantando instintivamente un brazo protector, y vio una larga línea negra balanceándose contra la tenue pared de la casa. Las contraventanas de la ventana del siguiente piso, de donde dependía, estaban abiertas y se movían de atrás hacia adelante con el viento. La línea era evidentemente una cuerda algo gruesa, pues mientras miraba fue recogida y el extremo desapareció en la oscuridad.

Shorthouse, intentando silbar para sí mismo, miró por encima del borde del balcón como si calculara la distancia que podría tener que saltar, y luego volvió a entrar tranquilamente en la habitación y cerró la ventana tras de sí, dejando el pestillo de modo que el más leve toque provocara que se abriera de golpe. Volvió a encender la vela y arrimó una silla de respaldo recto a la mesa. Luego echó carbón al fuego y lo avivó hasta convertirlo en una llamarada real. Habría cerrado voluntariamente las contraventanas sobre esas ventanas que lo miraban fijamente a sus espaldas. Pero eso estaba fuera de toda duda. Habría sido cortarse su vía de escape.

El sueño, por el momento, estaba en desventaja. Su cerebro estaba lleno de sangre y cada nervio hormigueaba. Se sentía como si innumerables ojos estuvieran sobre él y decenas de manos manchadas se extendieran desde los rincones y grietas de la casa para atraparlo. Figuras agazapadas, figuras de horribles judíos, estaban por todas partes a su alrededor donde había refugio, avanzando desde las sombras cuando él no miraba y retirándose rápida y silenciosamente cuando giraba la cabeza. Dondequiera que mirara, otros ojos se encontraban con los suyos, y aunque se desvanecían bajo su mirada firme y confiada, sabía que crecerían y se cerrarían sobre él en el instante en que sus miradas se debilitaran y su voluntad vacilara.

Aunque no había sonidos, sabía que en el pozo de la casa había movimiento y preparación. Y este conocimiento, en la medida en que le llegaba irresistiblemente y a través de otros canales más sutiles que los de los sentidos, mantenía la sensación de horror fresca en su sangre y lo hacía estar alerta y despierto.

Pero, por muy grande que sea el miedo en el corazón, el poder del sueño eventualmente lo superará. La naturaleza agotada es irresistible, y a medida que pasaban los minutos y pasaba la medianoche, se dio cuenta de que la naturaleza se estaba imponiendo vigorosamente y el sueño se estaba apoderando de él desde las extremidades.

Para disminuir el peligro, sacó su lápiz y comenzó a dibujar los artículos de mobiliario de la habitación. Elaboró con detalle el armario, la repisa de la chimenea y la cama, y de estos pasó a los retratos. Al poseer una habilidad genuina, encontró la ocupación lo suficientemente absorbente. Mantenía la sangre en su cerebro, y eso lo mantenía despierto. Las imágenes, además, ahora que las observaba por primera vez, estaban extremadamente bien pintadas. Debido a la tenue luz, centró su atención en los retratos junto a la chimenea. A la derecha había una mujer, con un rostro dulce y gentil y una figura de gran refinamiento; a la izquierda, una figura de tamaño natural de un hombre grande y apuesto con una barba poblada y vistiendo un traje de caza de época antigua.

De vez en cuando se volvía hacia las ventanas a sus espaldas, pero la visión del rostro no se repitió. Más de una vez, también, fue a la puerta y escuchó, pero el silencio era tan profundo en la casa que gradualmente llegó a creer que el plan de ataque había sido abandonado. Una vez salió al balcón, pero el aguanieve le pinchaba la cara y solo tuvo tiempo de ver que las contraventanas de arriba estaban cerradas, cuando se vio obligado a buscar el refugio de la habitación de nuevo.

De esta manera pasaron las horas. El fuego se apagó y la habitación se enfrió. Shorthouse había hecho varios bocetos de las dos cabezas y empezaba a sentirse abrumadoramente cansado. Sus pies y sus manos estaban fríos y sus bostezos eran prodigiosos. Parecían haber pasado siglos y siglos desde que los pasos habían venido a escuchar a su puerta y el rostro lo había observado desde la ventana. Una sensación de seguridad le había llegado de alguna manera. En realidad, estaba exhausto. Su único deseo era dejarse caer sobre la suave cama blanca y entregarse al sueño sin más lucha.

Se levantó de su silla con una serie de bostezos que se negaban a ser sofocados y miró su reloj. Estaba cerca de las tres de la mañana. Decidió que se acostaría con la ropa puesta y dormiría algo. Era lo suficientemente seguro, la puerta estaba cerrada por dentro y la ventana estaba asegurada. Poniendo la bolsa sobre la mesa cerca de su almohada, sopló las velas y cayó con una sensación de descuido y delicioso agotamiento sobre el suave colchón. En cinco minutos estaba profundamente dormido.

Apenas había habido tiempo para que llegaran los sueños cuando se encontró acostado de lado a través de la cama con los ojos bien abiertos mirando hacia la oscuridad. Alguien lo había tocado, y él se había retorcido en su sueño como si se tratara de algo impío. El movimiento lo había despertado.

La habitación estaba simplemente negra. No salía luz de las ventanas y el fuego se había apagado tan completamente como si se hubiera vertido agua sobre él. Miró hacia una sábana de oscuridad impenetrable que se acercaba a su rostro como un muro.

Su primer pensamiento fue para los papeles en su abrigo y su mano voló al bolsillo. Estaban a salvo; y el alivio provocado por este descubrimiento dejó su mente instantáneamente libre para otras reflexiones.

Y la comprensión que de inmediato le llegó con un toque de consternación fue que, durante su sueño, se había efectuado algún cambio definido en la habitación. Lo sintió con esa certeza intuitiva que equivale a un conocimiento positivo. La habitación estaba totalmente quieta, pero la corroboración que le trajeron rápidamente pareció llenar de inmediato la oscuridad con una vida secreta y susurrante que le helaba la sangre y hacía que la sábana se sintiera como hielo contra su mejilla.

¡Escucha! Esto era; llegaron a sus oídos, en los que la sangre ya zumbaba con un clamor de advertencia, un murmullo sordo de algo que surgía indistintamente del pozo de la casa y se hacía audible para él sin pasar por paredes o puertas. No parecía haber ninguna superficie sólida entre él, acostado en la cama, y el rellano; entre el rellano y las escaleras, y entre las escaleras y el vestíbulo más allá.

¡Sabía que la puerta de la habitación estaba abierta! Por lo tanto, había sido abierta desde el interior. Sin embargo, la ventana estaba asegurada, también desde el interior.

Apenas se dio cuenta de esto cuando el silencio conspirador de la hora fue roto por otro sonido más definido. Un paso venía por el pasillo. Un cierto hematoma en la cadera le indicó a Shorthouse que la pistola en su bolsillo estaba lista para usar y la sacó rápidamente y la amartilló. Luego tuvo justo tiempo de deslizarse por el borde de la cama y agacharse en el suelo cuando el paso se detuvo en el umbral de la habitación. La cama estaba así entre él y la puerta abierta. La ventana estaba a su espalda.

Esperó en la oscuridad. Lo que le llamó la atención de los pasos era que no parecía haber un deseo particular de moverse sigilosamente. No había una precaución extrema. Se movían de una manera bastante descuidada y sonaban como zapatillas suaves o pies con medias. Había algo torpe, irresponsable, casi imprudente en el movimiento.

Por un segundo, los pasos hicieron una pausa en el umbral, pero solo por un segundo. Casi inmediatamente entraron en la habitación, y a medida que pasaban de la madera a la alfombra, Shorthouse notó que se volvían totalmente silenciosos. Esperó en suspenso, sin saber si el caminante invisible estaba al otro lado de la habitación o estaba muy cerca de él. Poco después, se levantó y estiró su brazo izquierdo frente a él, tanteando, buscando, sintiendo en círculo; y detrás de él sostenía la pistola, amartillada y apuntando, en su mano derecha. Al levantarse, un hueso crujió en su rodilla, su ropa crujió como si fueran periódicos, y su respiración pareció lo suficientemente fuerte como para ser escuchada por toda la habitación. Pero ningún sonido vino a traicionar la posición del intruso invisible.

Entonces, justo cuando la tensión se volvía insoportable, un ruido alivió el silencio opresivo. Era madera golpeando contra madera, y provenía del extremo más alejado de la habitación. Los pasos se habían movido hacia la chimenea. Un sonido de deslizamiento lo siguió casi inmediatamente y luego el silencio se cerró de nuevo sobre todo como un sudario.

Durante otros cinco minutos Shorthouse esperó, y luego el suspenso fue demasiado. ¡No podía soportar esa puerta abierta! Las velas estaban cerca de él y encendió una cerilla y las prendió, esperando en el resplandor repentino recibir al menos un golpe terrible. Pero no ocurrió nada, y vio de inmediato que la habitación estaba completamente vacía. Caminando con la pistola amartillada, miró hacia la oscuridad del rellano y luego cerró la puerta y giró la llave. Luego registró la habitación: cama, armario, mesa, cortinas, todo lo que pudiera haber ocultado a un hombre; pero no encontró rastro del intruso. El dueño de los pasos había desaparecido como un fantasma en las sombras de la noche. Pero por un hecho, podría haber imaginado que había estado soñando: ¡la bolsa había desaparecido!

No hubo más sueño para Shorthouse esa noche. Su reloj marcaba las 4 a.m. y aún quedaban tres horas para la luz del día. Se sentó a la mesa y continuó con sus bocetos. Con firme determinación, siguió adelante con su dibujo y comenzó un nuevo contorno de la cabeza del hombre. Había algo en la expresión que constantemente se le escapaba. No tuvo éxito con ella, y esta vez le pareció que eran los ojos los que provocaban su desconcierto. Sostuvo su lápiz frente a su cara para medir la distancia entre la nariz y los ojos, y para su asombro vio que un cambio se había producido en las facciones. Los ojos ya no estaban abiertos. ¡Los párpados se habían cerrado!

Por un segundo se quedó allí en una especie de atónito estupor. Un empujón lo habría hecho caer. Entonces saltó sobre sus pies y sostuvo una vela cerca del cuadro. Los párpados se estremecieron, las pestañas temblaron. Luego, justo ante su mirada, los ojos se abrieron y miraron directamente a los suyos. Dos agujeros habían sido cortados en el panel y este par de ojos, ojos humanos, encajaban exactamente en ellos.

Como por un curioso efecto de magia, el intenso miedo que lo había gobernado desde su entrada en la casa desapareció en un segundo. La ira se precipitó en su corazón y su sangre helada subió repentinamente al punto de ebullición. Dejando la vela, dio dos pasos hacia atrás en la habitación y luego se lanzó hacia adelante con todas sus fuerzas contra el panel pintado. Al instante, y antes de que se produjera el choque, los ojos fueron retirados y dos espacios negros mostraron dónde habían estado. El viejo cazador estaba sin ojos. Pero el panel crujió y se partió hacia adentro como una hoja de cartón fino; y Shorthouse, con la pistola en la mano, metió un brazo a través de la abertura irregular y, agarrando una pierna humana, arrastró hacia la habitación a... ¡el judío!

Las palabras se precipitaron en tal torrente a sus labios que lo ahogaron. El viejo hebreo, blanco como la tiza, estaba temblando ante él, con el brillante cañón de la pistola frente a sus ojos, cuando un volumen de aire frío entró precipitadamente en la habitación, y con él un sonido de pasos apresurados. Shorthouse sintió que le levantaban el brazo antes de que tuviera tiempo de girarse, y en el mismo segundo Garvey, que de alguna manera había logrado abrir la ventana, se interpuso entre él y el tembloroso Marx. Sus labios estaban entreabiertos y sus ojos giraban de forma extraña en su rostro distorsionado.

—¡No le dispares! ¡Dispara al aire! —chilló. Agarró al judío por los hombros.

—Maldito sabueso —rugió, siseando en su cara—. Así que te tengo por fin. Ahí es donde está tu vacío, ¿verdad? Conozco por fin tu vil escondite. —Lo sacudió como a un perro—. He estado tras él toda la noche —gritó, volviéndose hacia Shorthouse—, toda la noche, te lo digo, y por fin lo he atrapado.

Garvey levantó su labio superior mientras hablaba y mostró los dientes. Brillaban como los colmillos de un lobo. El judío evidentemente también los vio, pues lanzó un grito horrible y forcejeó furiosamente.

Ante los ojos del secretario, una niebla pareció elevarse. La odiosa sombra volvió a aparecer en el rostro de Garvey. Previó una batalla espantosa y, cubriendo a los dos hombres con su pistola, retrocedió lentamente hacia la puerta. Si ambos estaban locos, o ambos eran criminales, no se detuvo a investigar. El único pensamiento presente en su mente era que cuanto antes escapara, mejor.

Garvey seguía sacudiendo al judío cuando llegó a la puerta y giró la llave, pero al salir al rellano ambos hombres dejaron de forcejear y se giraron para enfrentarlo. El rostro de Garvey, bestial, repugnante, lívido de ira; el del judío, blanco y gris de miedo y horror; ambos se volvieron hacia él y se unieron en un grito salvaje y horrible que despertó los ecos de la noche. Al segundo siguiente, iban tras él a toda velocidad.

Shorthouse cerró la puerta de un golpe en sus narices y estaba al pie de la escalera, agazapado en la sombra, antes de que ellos salieran al rellano. Corrieron gritando escaleras abajo y pasaron junto a él, hacia el vestíbulo; y, sin ser notado en absoluto, Shorthouse subió las escaleras de nuevo, cruzó el dormitorio y se dejó caer desde el balcón sobre la nieve blanda.

Mientras corría por la entrada, escuchó detrás de él en la casa los gritos de los maníacos; y cuando llegó a casa varias horas después, el señor Sidebotham no solo le subió el sueldo, sino que también le dijo que comprara un sombrero y un abrigo nuevos y que le enviara la factura.

LAGO ESQUELETO: UN EPISODIO EN EL CAMPAMENTO

La absoluta soledad de nuestro campamento de alces en el Lago Esqueleto nos había impresionado desde el principio —en los bosques de Quebec, a cinco días de camino y canoa de la civilización— y tal vez el nombre singular contribuyó un poco a la sensación de inquietud que se dejaba sentir en el círculo del campamento una vez que el sol se ponía y las brumas de finales de octubre comenzaban a subir desde el lago y a abrirse paso entre los troncos de los árboles.

Porque, en estas regiones, todos los nombres de lagos, colinas e islas tienen su origen en algún acontecimiento real, tomando ya sea el nombre de un participante principal, como la Cresta de Smith, o reclamando un lugar en el mapa al perpetuar algún rasgo especial del viaje o del paisaje, como Isla Larga, Rápidos Profundos o Lago Lluvioso.

Todos los nombres tienen, pues, su significado y suelen ser de adquisición bastante reciente, mientras que la mayoría son autoexplicativos y sugieren relaciones humanas y de pioneros. Lago Esqueleto, por tanto, era un nombre lleno de sugerencias, y aunque ninguno de nosotros conocía el origen o la historia de su nacimiento, todos éramos conscientes de una cierta atmósfera lúgubre que rondaba sus orillas e islas, y de no ser por las evidencias de huellas de alces recientes en sus alrededores, probablemente habríamos instalado nuestras tiendas en otro lugar.

En varios cientos de kilómetros en cualquier dirección, solo conocíamos a otro grupo de blancos. Habían viajado en el tren con nosotros, subiendo en North Bay, y procedían de la zona de Boston. Un objetivo y propósito común habían servido a modo de presentación. Pero el conocimiento no había progresado mucho. Este yanqui ruidoso y agresivo no nos agradaba mucho como posible vecino, y solo una ligera intimidad entre su guía principal, Jake el Sueco, y uno de nuestros hombres hizo que la cosa continuara. Se instalaron en Beaver Creek, a cincuenta millas y más al oeste de nosotros.

Pero eso fue hace seis semanas, y parecieron otros tantos meses, pues los días y las noches pasan lentamente en estas soledades y la escala del tiempo cambia maravillosamente. Nuestros hombres siempre parecían saber por instinto bastante bien "dónde se movían esos otros tipos", pero en el intervalo nadie se había cruzado con sus rastros, ni siquiera había escuchado una sola vez sus disparos de rifle.

Nuestro pequeño campamento consistía en el profesor, su esposa, una tiradora espléndida y gran conocedora del bosque, y yo mismo. Teníamos un guía cada uno y cazábamos diariamente en parejas desde antes del amanecer hasta el anochecer.

Era nuestra última noche en el bosque, y el profesor estaba tumbado en mi pequeña tienda de campaña, discutiendo los peligros de cazar solo en parejas de esta manera. La solapa de la tienda colgaba hacia atrás y dejaba entrar los fragantes olores de la cocina sobre un fuego de leña al aire libre; por todas partes había bullicio y preparación, y una canoa ya estaba cargada con cornamentas de alce, con su proa apuntando hacia el sur.

—Si le ocurriera un accidente a uno de ellos —decía—, la historia del superviviente cuando regresara al campamento sería una evidencia sin respaldo alguno, ¿no es así? Porque, verás...

Y siguió sentando cátedra a la manera de los profesores, hasta que me aburrí tanto que mi atención comenzó a divagar hacia imágenes y recuerdos de las escenas que estábamos a punto de dejar: Garden Lake, con sus cien islas; los rápidos que salen de Round Pond; las innumerables vistas del bosque, carmesí y oro bajo el sol de otoño; y las noches estrelladas que habíamos pasado vigilando en posiciones frías e incómodas al cauteloso alce en lagos solitarios entre las colinas. El zumbido de la voz del profesor se volvió con el tiempo más relajante. Un asentimiento o un gruñido era toda la respuesta que esperaba. Afortunadamente, detestaba las interrupciones. Creo que casi podría haberme quedado dormido bajo sus mismas narices; tal vez dormí durante un breve intervalo.

Entonces todo sucedió tan rápidamente, y la tragedia fue tan inesperada y dolorosa, arrojando a nuestro pacífico campamento a una confusión momentánea, que ahora todo parece haber ocurrido con la inquietante rapidez de un sueño.

Primero, hubo el cese abrupto de la voz monótona, y luego el sonido de pasos rápidos y cortos sobre las agujas de pino, y la confusión de las voces de los hombres; y al instante siguiente la esposa del profesor estaba en la puerta de la tienda, sin sombrero, con el rostro blanco, sus pantalones de caza abultados en los lugares equivocados, un rifle en la mano y sus palabras atropellándose unas con otras de cualquier manera.

—¡Rápido, Harry! Es Rushton. Estaba dormida y me despertó. Algo ha pasado. ¡Tienes que ocuparte de ello!

En un segundo estábamos fuera de la tienda con nuestros rifles.

—¡Dios mío! —escuché exclamar al profesor, como si acabara de hacer el descubrimiento—. ¡Es Rushton!

Vi a los guías ayudando —arrastrando— a un hombre fuera de una canoa. Siguió un breve espacio de profundo silencio en el que solo escuché las olas de la canoa bañando la arena; y luego, inmediatamente después, llegó la voz de un hombre hablando con una rapidez asombrosa y con extraños espacios entre sus palabras. Era Rushton contando su historia, y los tonos de su voz, ahora susurrando, ahora casi gritando, mezclados con sollozos y juramentos solemnes y frecuentes llamamientos a la Deidad, de alguna manera u otra marcaron la nota falsa desde el mismo comienzo, y antes de que cualquiera de nosotros adivinara o supiera nada en absoluto. Algo se movía secretamente entre sus palabras, una sombra velando las estrellas, destruyendo la paz de nuestro pequeño campamento y tocándonos a todos personalmente con una indefinible sensación de horror y desconfianza.

Puedo ver ese grupo hasta el día de hoy, con todo el detalle de una buena fotografía: de pie a medio camino entre la luz del fuego y la oscuridad, una ligera niebla subiendo del lago, las estrellas gélidas y nuestros hombres, en un silencio que era todo simpatía, arrastrando a Rushton a través de las rocas hacia la hoguera del campamento. Sus mocasines crujían sobre la arena y resbalaron varias veces en las piedras bajo el peso del cuerpo inerte y exhausto, y todavía puedo ver cada centímetro de la rama de cedro pelada que había usado como remo en ese solitario y espantoso viaje.

Pero lo que más me llamó la atención, como nos llamó a todos, fue la inerte extenuación de su cuerpo en comparación con la fuerza de su expresión y el torrente desgarrador de sus palabras. Una fuerza motriz vigorosa estaba allí trabajando, forzando el relato, al rojo vivo y palpitante, lleno de discrepancias y las más extrañas contradicciones; y la naturaleza de esta fuerza motriz comencé a apreciarla por primera vez cuando lo levantaron hacia el círculo de la luz del fuego y vi su rostro, gris bajo el bronceado, terror en los ojos, lágrimas también, el cabello y la barba desaliñados, y escuché el torrente salvaje de palabras brotando sin cesar.

Creo que todos lo entendimos entonces, pero solo después de muchos años alguien se atrevió a confesar lo que pensaba.

Estaba Matt Morris, mi guía; Silver Fizz, cuyo nombre real era desconocido y que llevaba el título de su bebida favorita; y el enorme Hank Milligan —todo oídos y buena intención—; y estaba Rushton, vertiendo su historia prefabricada, con ojos siempre cambiantes, girando de rostro en rostro, buscando la confirmación de detalles que nadie había presenciado más que él... y otro más.

Silver Fizz fue el primero en recuperarse del impacto de la cosa, y en darse cuenta, con el sentido natural de caballerosidad común a la mayoría de los habitantes genuinos del bosque, de que el hombre estaba en una terrible desventaja. En cualquier caso, fue el primero en empezar a arreglar el asunto.

—No te preocupes por contarlo justo ahora —dijo con voz brusca, pero con verdadera gentileza—; primero bocado, y luego suéltalo después. Mejor toma también un trago de whisky. Supongo que no está todo empacado aún.

—No podría comer ni beber nada —gritó el otro—. Dios santo, ¿no ves, hombre, que primero quiero hablar con alguien? Quiero sacarlo de mí ante alguien que pueda responder... responder. No he tenido más que árboles con los que hablar durante tres días, y no puedo llevar esto solo por más tiempo. Esos malditos y silenciosos árboles... se lo he contado mil veces. Ahora, mira, fue de esta manera. Cuando salimos del campamento...

Miró a su alrededor con miedo, y nos dimos cuenta de que era inútil detenerlo. La historia estaba destinada a salir, y salió.

Ahora bien, la historia en sí no tenía nada de extraordinario; tales cuentos se cuentan por docenas alrededor de cualquier fogata donde hombres que han andado por los bosques están en el círculo. Fue la forma en que lo contó lo que nos hizo erizar la piel. Estuvo cerca de la verdad todo el tiempo, pero la estaba rozando por encima, y ese roce eliminaba la crema que podría haber salvado su alma.

Por supuesto, la ahogó en palabras —palabras extrañas, también— melodramáticas, poéticas, palabras fuera de lo común que se encuentran justo al borde del frenesí. Por supuesto, también, nos seguía preguntando a cada uno por turno, escaneando nuestros rostros con esos ojos inquietos y asustados suyos: "¿Qué habrías hecho tú?", "¿Qué más podría haber hecho yo?" y "¿Fue culpa mía?". Pero eso no era nada, pues él no era un tipo blando que se dedicara a insinuaciones y sugerencias; contó su historia con audacia, forzándonos sus conclusiones como si hubiéramos sido tantos cilindros de cera de un fonógrafo que repetirían exactamente lo que se nos había dicho, y estas preguntas que he mencionado las usaba para enfatizar cualquier punto especial que pareciera requerir tal énfasis.

El hecho era, sin embargo, que la imagen de lo que realmente había sucedido seguía siendo tan vívida en su propia mente que llegó a las nuestras mediante un proceso de telepatía que él no podía controlar ni evitar. A través de todas sus palabras falsas-verdaderas, esta imagen se destacaba con un detalle aterrador contra las sombras detrás de él. Él no podía velarla, mucho menos borrarla. Nosotros lo sabíamos; y, siempre pensé, él sabía que nosotros lo sabíamos.

La historia en sí, como he dicho, era suficientemente ordinaria. Jake y él, en una canoa de nueve pies, habían volcado en medio de un lago, y habían estado agarrados de las manos a través de la embarcación volcada durante varias horas, finalmente cortando agujeros en sus costillas para meter sus brazos a través y agarrarse de las manos para que el entumecimiento del agua fría no los venciera. Estaban a kilómetros de la orilla, y el viento los arrastraba hacia una pequeña isla. Pero cuando estuvieron a unos pocos cientos de metros de la isla, se dieron cuenta con horror de que, después de todo, pasarían de largo.

Fue entonces cuando comenzó la pelea. Jake estaba a favor de dejar la canoa y nadar. Rushton creía en esperar hasta que realmente hubieran pasado la isla y estuvieran protegidos del viento. Entonces podrían llegar fácilmente a la isla nadando, con canoa y todo. Pero Jake se negó a ceder, y tras una breve lucha —Rushton admitió que hubo una lucha— se liberó de la canoa... y desapareció sin un solo grito.

Rushton se aferró y demostró la corrección de su teoría, y finalmente llegó a la isla, con canoa y todo, después de estar en el agua más de cinco horas. Nos describió cómo se arrastró hasta la orilla y se desmayó de inmediato, con los pies medio sumergidos en el agua; lo perdido y aterrorizado que se sintió al recuperar la conciencia en la oscuridad; cómo la canoa se había alejado a la deriva y su extraordinaria suerte al encontrarla atrapada de nuevo en el extremo de la isla por una rama de cedro sobresaliente. Nos contó que la pequeña hacha —otra pizca de verdadera suerte— se había quedado atrapada en el banco cuando la canoa volcó, y cómo la pequeña botella en su bolsillo que contenía los fósforos de emergencia estaba intacta y seca. Hizo un fuego llameante y buscó por toda la isla de principio a fin, llamando a Jake en la oscuridad, pero sin obtener respuesta; hasta que, finalmente, tantos hombres medio ahogados parecieron salir arrastrándose del agua hacia las rocas, y desvanecerse entre las sombras cuando él llegaba hasta ellos, que perdió los nervios por completo y regresó a acostarse junto al fuego hasta que llegó la luz del día.

Luego cortó una rama para reemplazar los remos perdidos, y después de una búsqueda más inútil de su compañero perdido, se subió a la canoa, temiendo en cada momento volver a volcar, y cruzó a tierra firme. Conocía aproximadamente la posición de nuestro lugar de campamento, y después de remar día y noche, y hacer muchos puertos agotadores, sin comida ni abrigo, nos alcanzó dos días después.

Esta era, más o menos, la historia, y nosotros, sabiendo de lo que hablaba, sabíamos que cada palabra era literalmente cierta, y al mismo tiempo iba construyendo una mentira espantosa y prodigiosa.

Una vez terminado el relato, se derrumbó, y Silver Fizz, después de una expresión general de simpatía del resto de nosotros, volvió al rescate.

—Pero ahora, señor, solo tiene que comer y beber, tenga ganas o no.

Y Matt Morris, el cocinero esa noche, pronto tuvo la trucha frita y el tocino, y los pasteles de trigo y el café caliente pasando alrededor de un círculo bastante silencioso y oprimido. Así que comimos alrededor del fuego, vorazmente, como habíamos comido cada noche durante las últimas seis semanas, pero con esta diferencia: que había uno entre nosotros que estaba más que voraz... y se atiborró.

A pesar de todos nuestros intentos, de alguna manera se mantuvo como el centro de atención. Cuando su taza de hojalata estaba vacía, Morris pasaba instantáneamente el cubo de té; cuando comenzó a limpiar la grasa del tocino con la masa en su tenedor, Hank extendió la mano hacia la sartén; y la lata de patatas hervidas humeantes estaba siempre a su lado. Y había otra diferencia también: estaba enfermo, terriblemente enfermo antes de que terminara la comida, y esta náusea repentina después de comer fue más elocuente que las palabras de lo que el hombre había pasado en su espantoso viaje de cuarenta millas hacia nuestro campamento, sin comida y perseguido por fantasmas. En la oscuridad pensó que se volvería loco, dijo. Había voces en los árboles, y figuras se levantaban constantemente del agua, o de detrás de rocas, para mirarlo y hacer señales terribles. Jake lo observaba constantemente a través de la maleza, y por todas partes las sombras se movían, con ojos, pasos y formas que lo seguían.

Intentamos hablar de otras cosas, pero fue inútil, porque estaba a punto de estallar con el ensayo de su historia y se negó a permitirse las oportunidades que estábamos tan dispuestos y ansiosos por concederle. Después de una buena noche de descanso podría haber tenido más autocontrol y mejor juicio, y probablemente habría actuado de otra manera. Pero, tal como estaban las cosas, nos resultó imposible ayudarlo.

Una vez que se encendieron las pipas y se retiraron los platos, fue inútil seguir fingiendo. Las chispas de los troncos ardientes zigzagueaban hacia arriba en un cielo brillante de estrellas. Todo era maravillosamente tranquilo y pacífico, y los aromas del bosque flotaban hacia nosotros en el aire cortante del otoño. El fuego de cedro olía dulce y podíamos escuchar el suave lavado de las pequeñas olas a lo largo de la orilla. Todo estaba en calma, hermoso y remoto del mundo de los hombres y la pasión. Era, de hecho, una noche para tocar el alma, y sin embargo, creo que ninguno de nosotros prestó atención a estas cosas. Un alce macho casi podría haber asomado su gran cabeza sobre nuestros hombros y haber escapado desapercibido. La muerte de Jake el Sueco, con su siniestro trasfondo, era la presencia real que ocupaba el centro del escenario y exigía atención.

—Tal vez no le interese venir, señor —dijo Morris, a modo de comienzo—; pero supongo que iré con uno de los chicos de aquí y lo buscaré.

—Claro —dijo Hank—. Jake y yo hicimos algunos viajes importantes juntos en los viejos tiempos, y haré eso por él.

—Es agua profunda, me dicen, alrededor de esas islas —añadió Silver Fizz—; pero lo encontraremos, seguro, si está allí.

Todos hablaban del cuerpo como "eso".

Hubo un minuto o dos de pesado silencio, y luego Rushton volvió a estallar con su historia en palabras casi idénticas a las que había usado antes. Era casi como si la hubiera aprendido de memoria. No pudo apreciar en absoluto los esfuerzos de los demás por dejarlo pasar.

Silver Fizz se apresuró, esperando detenerlo, con Morris y Hank siguiendo de cerca su ejemplo.

—Una vez conocí a otro compañero de viaje suyo —comenzó rápidamente—; solía vivir por el camino de los Rápidos Moosejaw...

—¿Es eso cierto? —dijo Hank.

—Una especie de tipo útil —añadió Morris.

Toda la idea que tenían los hombres era detener la lengua suelta antes de que las discrepancias fueran tan evidentes que nos viéramos obligados a prestarles atención y hacer preguntas. Pero, era igual de inútil que intentar detener a un alce enfurecido en plena carrera, o evitar que Beaver Creek se congelara en pleno invierno lanzando guijarros cerca de la orilla. ¡Salió a la luz! Y, aunque la discrepancia esta vez fue insignificante, de algún modo nos puso a todos en un segundo cara a cara con el inevitable y temido clímax.

"Y así recorrí toda esa pequeña isla, esperando que de alguna manera hubiera llegado allí sin que yo lo supiera, y pensando siempre que oía ese terrible último grito suyo en la oscuridad... y entonces la noche cayó impenetrable, como una maldita manta espesa que bajara del cielo, y..."

Todas las miradas se apartaron de su rostro. Hank removió los troncos con su bota y Morris tomó una brasa con sus dedos desnudos para encender su pipa, aunque esta ya despedía nubes de humo. Pero el profesor atrapó la pelota al vuelo.

"Creí que habías dicho que se hundió sin emitir un grito", comentó con calma, mirando directamente al rostro asustado frente a él, y luego desmenuzando sin piedad la confusa explicación que siguió.

El efecto acumulativo de todas estas fuerzas, hasta entonces tan rigurosamente reprimidas, se hizo sentir ahora, y el círculo se rompió espontáneamente, moviéndose todos a la vez por un instinto común. La esposa del profesor abandonó el grupo abruptamente, con excusas sobre un inicio temprano a la mañana siguiente. Primero le dio la mano a Rushton, murmurando algo sobre su comodidad durante la noche.

La cuestión de su comodidad, sin embargo, recayó por fuerza de las circunstancias sobre mí, y compartió mi tienda. Justo antes de envolverse en mis mantas dobles —pues la noche era amargamente fría— se dio la vuelta y comenzó a explicar que tenía la costumbre de hablar en sueños y esperaba que yo lo despertara si le molestaba al hacerlo.

Bueno, habló en sueños, y me molestó mucho, en efecto. La ira y la violencia de sus palabras permanecen conmigo hasta el día de hoy, y estaba claro en un minuto que estaba reviviendo una parte de la escena en el lago. Escuché, horrorizado, por un momento o dos, y luego comprendí que estaba cara a cara ante una de dos alternativas: debía seguir siendo un oyente involuntario, o debía despertarlo. Lo primero era imposible para mí, sin embargo, me resistía a lo segundo con la mayor repugnancia; y en mi dilema vi la única salida a la dificultad y la acepté de inmediato.

Por frío que hiciera, me arrastré sigilosamente fuera de mi cálido saco de dormir y dejé la tienda, con la intención de mantener encendido el viejo fuego bajo las estrellas y pasar las horas restantes hasta el amanecer al aire libre.

Tan pronto como estuve fuera, noté de inmediato otra figura moviéndose silenciosamente a lo largo de la orilla. Era Hank Milligan, y estaba bastante claro lo que estaba haciendo: estaba examinando los agujeros que se habían cortado en las costillas superiores de la canoa. Pareció medio avergonzado cuando lo alcancé, y murmuró algo acerca de no poder dormir por el frío. Pero, allí, de pie juntos junto a la canoa volcada, ambos vimos que los agujeros eran demasiado pequeños para la mano y el brazo de un hombre y que no podrían haber sido cortados por dos hombres aferrados a sus vidas en aguas profundas. Esos agujeros habían sido hechos después.

Hank no me dijo nada y yo no le dije nada a Hank, y poco después se alejó para recoger troncos para el fuego, que necesitaba reabastecimiento, pues era una noche de un frío penetrante y había muchos grados de helada.

Tres días después, Hank y Silver Fizz siguieron con pasos vacilantes el viejo sendero indio que conduce desde Beaver Creek hacia el sur. Una hamaca iba colgada entre ellos, y pesaba mucho. Sin embargo, ninguno de los hombres se quejó; y, de hecho, la conversación entre ellos fue casi nula. Sus pensamientos, sin embargo, estaban sumamente ocupados, y el terrible secreto del bosque que formaba su carga pesaba mucho más que la masa informe y movediza que yacía en la hamaca oscilante y tiraba tan severamente de sus hombros.

Habían encontrado "eso" en cuatro pies de agua a no más de un par de yardas de la orilla protegida de la isla. Y en la parte posterior de la cabeza había una herida larga y terrible que ningún hombre podría haberse infligido a sí mismo.

Impreso por MORRISON & GIBB LIMITED, Edimburgo.

John Silence

por Algernon Blackwood

"Desde los días de Poe no habíamos leído nada en su género peculiar que pudiera compararse con este notable libro... Aporta a su obra un conocimiento extraordinario de formas extrañas e inusuales de fenómenos espiritistas, y baña sus páginas en una atmósfera de terror y expectativa real."--Observer.

"Cuando uno dice que la obra del señor Blackwood se acerca al genio, la frase no se usa a la ligera. Este libro tan notable es una contribución considerable y duradera a la literatura de nuestro tiempo."--Morning Post.

"Estas son las historias de fantasmas más inquietantes y originales desde que apareció 'Uncle Silas'."--Morning Leader.

"En el campo que ha elegido, el señor Blackwood no tiene rival entre los escritores contemporáneos."--Manchester Guardian.

"Tan original, tan potente y tan artísticamente escrita como esa pequeña obra maestra de Lytton, 'The Haunters and the Haunted'. Soporta una comparación favorable con Le Fanu... Un volumen que posee un extraordinario poder de fascinación."--Birmingham Daily Post.

"La historia es absolutamente cautivadora en su poder imaginativo."--_Daily Telegraph_.

EDICIÓN UNIFORME

3 chelines y 6 peniques netos

EVELEIGH NASH COMPANY LIMITED

36 King Street, Covent Garden, Londres, W.C.

The Lost Valley

por Algernon Blackwood

"En una de las historias, 'The Wendigo', el autor nos ofrece, quizás, una de las excursiones más exitosas hacia lo lúgubremente extraño; silenciosa pero seguramente hace que su lector caiga bajo la influencia de lo espeluznante, hasta que las páginas se pasan a medio regañadientes bajo el hechizo de una fascinación temerosa. El señor Blackwood escribe como un verdadero artista."--_Daily Telegraph_.

"El libro de un escritor notablemente dotado."--Daily News.

"Las historias son inolvidables. A través de todas ellas, además, corre el encanto de un estilo consumado... El señor Blackwood, ciertamente, ha hecho un buen trabajo."--_Pall Mall Gazette_.

"Ya sea que se ocupe de la belleza o del terror, de la realidad o de la fantasía, hay una individualidad en la obra del señor Blackwood que no puede ignorarse, y también hay un poder que procede, creemos, no tanto de la fertilidad de una imaginación amplia, sino de la asombrosa convicción del poder de expresión del autor, y una cualidad literaria rara vez encontrada en las historias contemporáneas de misterio e imaginación."--Globe.

"En su método de tocar las fuentes del miedo, de la compasión y del horror, el señor Blackwood a menudo muestra poderes que solo pueden llamarse magistrales. A su manera, su obra promete convertirse en un clásico... un arte superior al de Bulwer-Lytton, al menos tan refinado como el de Le Fanu, y apenas, si es que lo es, inferior al exhibido por los maestros vivos supremos del relato corto, el señor Kipling y el señor James."--_Birmingham Daily Post_.

EDICIÓN UNIFORME

3 chelines y 6 peniques netos

EVELEIGH NASH COMPANY LIMITED

36 King Street, Covent Garden, Londres, W.C.

The Listener

por Algernon Blackwood

"Estas historias son literatura... buenas historias, bien imaginadas, cuidadosamente modeladas, adecuadamente proporcionadas... 'The Insanity of Jones' es quizás el tour de force más notable en este libro notable... Si el señor Blackwood se mantiene en su nivel actual, uno o dos autores muy célebres tendrán que cuidar sus laureles."--Daily Chronicle.

"Ni siquiera Edgar Allan Poe sugirió más hábilmente una atmósfera de horror que el señor Blackwood en su historia titular, o de nuevo en su descripción de 'The Willows'."--F.G. BETTANY en el Sunday Times.

"Decir que las últimas historias del señor Blackwood revelan un fuerte instinto dramático es una forma aburrida de expresar la serie de emociones que causa su lectura. Sin duda, el señor Blackwood está destinado a ocupar un lugar destacado como autor capaz de despertar la atención de su lector en la primera página, y mantenerla hasta que se haya pasado la última... Un genio distintivo."--Pall Mall Gazette.

"Lleno de imaginación, y bien contado."--Daily News.

"El señor Blackwood es claramente un maestro en el arte de la historia de sensaciones genuinas."--Liverpool Courier.

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36 King Street, Covent Garden, Londres, W.C.

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