EL SOMBRERO VINCULADO
O
LOS TIEMPOS DE PATTY CANNON
Un romance
POR GEORGE ALFRED TOWNSEND
"GATH"
NUEVA YORK HARPER & BROTHERS, FRANKLIN SQUARE 1884
Registrado según el Acta del Congreso, en el año 1884, por
HARPER & BROTHERS,
En la Oficina del Bibliotecario del Congreso, en Washington.
Todos los derechos reservados.
A
JUEZ GEORGE P. FISHER
DE DELAWARE
Y
HONORABLE JOHN A. J. CRESWELL
DE MARYLAND
AMANTES DE LOS VIEJOS TIEMPOS
ACOGEDORES DE LA NUEVA ERA
"¡Amigos! No confiéis en el corazón de aquel hombre para quien la Ropa Vieja no es venerable."--CARLYLE: Sartor Resartus
INTRODUCCIÓN.
Una vez, el autor despertó ante la dolorosa reflexión de que no conocía bien ningún lugar, a pesar de que su ocupación lo había llevado a muchos, y que, tras veinticinco años de describir localidades y sociedades, no se vería identificado con ninguna.
"¿Dónde empezaré a vagar dentro de unos confines?", se preguntó, sintiendo los espacios vacíos en su naturaleza: la falta de todos esos pájaros, árboles forestales, hábitos domésticos, malas hierbas, instintos de los arroyos, y tintes y tonos de las especies locales que yacen en el ámbito de algún vecindario, y completan la mente pastoral.
Numerosos distritos surgieron y compitieron entre sí, cada uno atractivo por alguna escena llamativa, o contraste audaz, o rostro encantador; y una política más sabia podría haber llevado sus inclinaciones a uno de estos, redundante, quizás, en riqueza o apreciación literaria; sin embargo, el corazón comenzó a volverse, como en el primer amor, o en un vagabundeo casi tan dulce, hacia la pequeña y humilde región donde vivió su corta infancia, y donde las generaciones desconocidas de su gente oscurecieron la arena: la península entre la bahía de Chesapeake y el Delaware.
Muy abajo en esta península se encuentra la vieja ciudad de Snow Hill, en la frontera de Virginia; allí el peregrino entró en el palacio de justicia y pidió ver un antiguo libro de testamentos, y en él pasó a la página del nombre de un ancestro materno, de quien le habían contado grandes historias un pariente anciano. Casi se le cortó la respiración al encontrar las siguientes disposiciones, fechadas el 12 de febrero de 1800:
"Doy y lego a mi hijo, Ralph Milbourn, MI MEJOR SOMBRERO, PARA ÉL Y SUS CESIONARIOS PARA SIEMPRE, y nada más de mi patrimonio.
"Doy a Thomas Milbourn mi pequeña caldera de hierro, mi alambique de aguardiente, todos mis hierros de mano, mi perchero de ollas y quince libras de fianza que él dio a mi hija, Grace Milbourn."
Al día siguiente, un médico llevó al autor en sus rondas a través de "el Bosque", como se llamaba de manera casi demasiado invidiosa a un tracto vecino, y a través de una fundición de hierro desierta, una aldea casi de la fecha de estos testamentos.
Dondequiera que iba, el Sombrero Vinculado parecía, ante el extraño en la tierra de sus antepasados, aparecer en las vistas, como si algún ser extraño, venerable y evitado lo estuviera usando a través de los desfiladeros del tiempo. Ahora como Hester Prynne luciendo su Letra Escarlata, y ahora como Gastón con su Máscara de Hierro, este ser tomaba ambos sexos y diferentes caracteres, mientras el autor sopesaba las probabilidades de su existencia. Al final comenzó a conocerlo y se propuso retratarlo en un pequeño relato.
La historia se rompió de sus confines como la propia generación familiar del autor se había roto de aquel bosque, y buscó un hemisferio más grande; sin embargo, dondequiera que procedía el Sombrero místico, su fantasía truhana también había sido guiada por la mano de su madre.
A menudo le había hablado de la vieja Patty Cannon y su guarida de secuestradores, y de su muerte en la cárcel de su ciudad natal. Encontró que la leyenda de aquella mujer temida se había fortalecido en lugar de haberse desvanecido con el tiempo, y sus guaridas se conservaban, y testigos oculares de sus actos aún vivían.
Por lo tanto, este romance tiene mucha verdad local en él, y no es solo la narración de un episodio, sino la historia de una gran región que comprende tres jurisdicciones estatales, y también de aquel período en que la vida moderna surgió sobre las ruinas de la vieja casta colonial.
ÍNDICE.
CAPÍTULO PÁGINA
I. DOS USUARIOS DE SOMBRERO 1 II. JUEZ E HIJA 6 III. LOS FORESTALES 15 IV. DESCUBRIMIENTO DE LA RELIQUIA FAMILIAR 19 V. EL TRACTO DE MINERAL DE PANTANO 25 VI. LOS CUSTIS ARRUINADOS 40 VII. HIERRO DE FUEGO FATUO 40 VIII. EL SOMBRERO ENCUENTRA UN PERCHERO 45 IX. ¡JA! ¡JA! EL CORTEJO DE ELLO 69 X. AMO EN LA COCINA 83 XI. ORGULLO MORIBUNDO 89 XII. LA GENTE DE PRINCESS ANNE 100 XIII. SOMBRA DE LA TEJA 121 XIV. EL HOGAR DE MESHACH 129 XV. EL SECUESTRADOR 154 XVI. HOMBRE DE COPA DE CAMPANA 164 XVII. SÁBADO Y CANOA 179 XVIII. BAJO UN VIEJO BONETE 192 XIX. LOS NIVELES SOMBRÍOS 210 XX. CASTA SIN TONO 218 XXI. LARGAS SEPARACIONES 239 XXII. LA GENTE DE NANTICOKE 261 XXIII. LA ISLA DE TWIFORD 269 XXIV. CHIMENEAS VIEJAS 285 XXV. LO DE PATTY CANNON 298 XXVI. VAN DORN 318 XXVII. EL TRANSBORDADOR DE CANNON 335 XXVIII. PACIFICACIÓN 357 XXIX. COMIENZO DE LA INCURSIÓN 360 XXX. ÁFRICA 365 XXXI. RUBOR DE MELOCOTÓN 373 XXXII. SERPIENTES DE LIGA 391 XXXIII. LUNA DE MIEL 405 XXXIV. LA ORDALÍA 411 XXXV. LA CASA DE COWGILL 424 XXXVI. DOS WHIGS 433 XXXVII. ESPÍRITU DEL PASADO 441 XXXVIII. LA HUIDA DE VIRGIE 456 XXXIX. LA HUIDA DE VIRGIE--CONTINUACIÓN 468 XL. HULDA ASEDIADA 486 XLI. EL ÚLTIMO TRUCO DE LA TÍA PATTY 496 XLII. PICOS 510 XLIII. PLACER DRENADO 515 XLIV. LA MUERTE DE PATTY CANNON 524 XLV. EL JUEZ VUELTO A CASAR 542 XLVI. LA MALDICIÓN DEL SOMBRERO 554 XLVII. FRACASO Y RESTITUCIÓN 558
* * * * *
Una imagen de la Taberna de Secuestradores de Joe Johnson, tal como estaba en el año 1883, se muestra en la portada.
EL SOMBRERO VINCULADO.
CAPÍTULO I.
DOS USUARIOS DE SOMBRERO.
Princess Anne, como implica su nombre real, es una antigua sede de justicia y una ciudad de mente gentil en la Costa Este. Habiendo sido dividido el antiguo condado de Somerset muchos años antes de la guerra revolucionaria, y sus tribunales separados, el palacio de justicia original se desvaneció del mundo y los pinos del bosque han ocultado su sitio. Dos nuevas ciudades surgieron, y florecen aún, alrededor de los registros originales reunidos en sus sencillas oficinas de ladrillo, y sería un visitante olvidadizo en Princess Anne quien no dijera que tiene la mejor sociedad. Obtendría seguridades de esto por parte de "la mejor gente" que vive allí; y aún seguridades más solemnes por parte de las dos iglesias venerables, presbiteriana y episcopal, cuyas lápidas, erguidas o yacentes, o en filas familiares, dicen, en epitafios latinizados, poéticos o piadosos: "Pertenecíamos a la sociedad de Princess Anne". Esa, al menos, es la impresión que deja en el visitante mientras deambula entre sus mirtos y enredaderas, o recibe, en las anchas y arcillosas calles, las reverencias de los abogados y sus clientes.
Solo había dos hombres excéntricos viviendo en Princess Anne en la primera mitad de nuestro siglo, y ambos se identificaban por sus sombreros.
El primero era Jack Wonnell, un pobre sujeto de algún origen remoto que una vez había asistido a una subasta y comprado un cuarto de gruesa de sombreros de castor. Aunque eso sucedió años antes de que nuestra historia comience, y las modas habían cambiado, Jack producía un sombrero nuevo del inventario no más a menudo que cuando había desgastado bien a su predecesor, y, a razón de dos sombreros al año, estaba extinguiendo muy lentamente la reserva. Como la mayoría de las personas que frecuentan las subastas, no era previsor, excepto en sombreros, y presentaba una apariencia sorprendente en sus prendas remendadas y encogidas cuando se ponía una teja brillante y nueva y salía a la acera. Su nombre se había convertido, en todos los estratos de la sociedad, en "Copa de campana".
El otro ciudadano excéntrico era el sujeto de un verdadero misterio, e incluso más burlesco. Usaba un sombrero, aparentemente de más de un siglo de antigüedad, de copa alta, estilo aguja, y ala rígida y ondulada, y casi dos veces más alto que los cilindros o sombreros de copa de estos días. Había sido frotado, vuelto a cubrir, limpiado y enderezado hasta que su aspecto grotesco se incrementó infinitamente. Si el usuario hubiera salido de la corte del Rey Jacobo I directamente a nuestros tiempos y presencia, no podría haber producido un efecto más singular. No usaba este sombrero en cada ocasión, ni todos los días, sino siempre en los sábados y días festivos, en funerales o celebraciones corporativas, en ciertos días de la iglesia inglesa, y siempre que usaba el resto de su traje extra, que era asimismo del tipo elegante-desaliñado, y terminado por polainas verdosas, casi la contraparte, en color, del sombrero. Para los negocios diarios usaba un ala ancha barata y común, pero a veces, durante varios días, por capricho o método desconocido, usaba este sombrero de aguja, y los extranjeros en el lugar generalmente tenían oportunidad de verlo.
Meshach Milburn, o "Cima-de-aguja", era un hombre penurioso, ávido y apenas sociable, de origen vecinal, pero de una familia generalmente sin éxito y sin distinción, de la que se decía que se estaba extinguiendo desde hacía tantos años que parecía ser siempre un remanente, aunque nunca del todo desaparecido. Él solo, de entre los Milburn, se había levantado de la región forestal de Somerset y se había establecido en la ciudad, y, mediante el silencio, la frugalidad, el regateo duro y, finalmente, el préstamo de dinero, se había convertido en una persona de medios desconocidos... él mismo casi desconocido. Era, ostensiblemente, un comerciante o tendero, y comerciaba con varios tipos de cosas, sin tener empleado ni asistente más que un negro llamado Samson, que sabía tan poco sobre su mente y sus afectos como el resto de la ciudad. El negocio de Samson era limpiar y producir el misterioso sombrero, que sabía que se requería cada vez que veía a su amo afeitarse.
Tan pronto como la taza de espuma y la piedra de afilar eran agitadas, Samson, sin preguntar, iba a un gran cofre verde en el dormitorio sobre la vieja tienda de madera, y sacaba de una sombrerera de cuero la copa de aguja, donde el propio Meshach Milburn siempre la reemplazaba sagradamente. Entonces "Samson Sombrero", como lo llamaban los muchachos, ejercía su cepillo vigorosamente, y ponía el extraño sombrero antiguo en la forma más formal posible, y atendía silenciosamente a su rehabilitación a través del sombrerero del pueblo, nunca dejando la tienda hasta que la teja había sido reparada, y sin permitir que nadie la manejara excepto el mecánico. Además de esto, Samson cocinaba la comida de su amo y realizaba trabajos pesados alrededor de la tienda, pero no tenía ninguna otra cualificación conocida para ser un sirviente confidencial, excepto su poder físico.
Ahora era viejo, probablemente de sesenta años, pero aún un pugilista muy formidable; y había atrapado, corriendo a pie, al último ciervo salvaje del condado. Aunque no era un hombre bebedor, Samson Sombrero nunca dejaba pasar un año sin tener una batalla personal con algún joven negro dispuesto y poderoso. Su sistema físico y mental parecía requerir tal indulgencia periódica, y medía a cada negro que llegaba a la ciudad únicamente a la luz de su destreza. Ante la aparición de algún atleta hercúleo o de pecho limpio, el ojo de Samson se encendía, su sonrisa aparecía, y su saludo amistoso era: "¡Eres un buen hombre! ¡Casi tan bueno como yo!". Nunca fue azotado, decía el rumor, excepto por un inofensivo líder de clase negro al que desafió y obligó a pelear.
"¡Ante Dios, hombre, nunca te vi antes! ¡Me he unido a la iglesia! ¡No puedo pelear! ¡Nunca lo hice!"
"¡No puedo evitarlo, hermano!", respondió Samson. "Eres demasiado buen hombre para pasar por el condado de Somerset. ¡Ponte en guardia o te tocará!"
"¡Entonces si debo, debo! ¡Que el Señor me perdone!" y después de una batalla tremenda, el líder de clase salió casi vencedor.
Siempre que Samson se entregaba a sus propensiones gladiatorias, desaparecía en el bosque de donde venía, y siendo un hombre libre de una independencia mental igual a su nervio, simplemente esperaba en su cabaña solitaria hasta que Meshach Milburn le enviaba un mensaje para que regresara. Entonces, silenciosamente, el viejo negro reanudaba su lugar, mostraba contrición, tomaba las pocas palabras amargas y prepotentes de su amo en silencio, y cepillaba el sombrero antiguo.
Meshach lo mantenía vestido respetablemente, pero no le pagaba salario; el negro tenía lo que quería, pero quería poco; en más de una ocasión el tribunal había impuesto sanciones por las alteraciones del orden público de Samson, y él yacía en la cárcel, sin solicitar nada y orgulloso, hasta que Meshach Milburn pagaba la multa, lo cual hacía a regañadientes; pues el dinero era la única búsqueda de Meshach, y no gastaba nada en sí mismo.
Sin un vicio, parecía que Meshach Milburn no tenía una emoción, apenas una virtud. No tenía ni piedad ni curiosidad, ni visitantes ni amigos, ni profesiones ni disculpas. Dos o tres veces había sido convocado a un jurado, cuando se ponía su mejor traje y su copa de aguja, y formalmente realizaba su tarea. Asistía al culto episcopal todos los domingos y grandes festividades, usando inevitablemente la teja antigua, que a menudo por sí misma atraía más audiencia que el sermón. Daba una suma de dinero muy pequeña y tomaba un banco barato, y leía de su libro de oraciones muchas admoniciones que no seguía.
No era litigioso, pero no había forma de evadir la perfección de sus contratos. Sus ojos color avellana, grandes y escrutadores, casi orgullosos y bastante poco amables, y su cabello de tipo indígena, eran los elementos principales de un rostro no grande, pero que parecía serlo, como si la voluntad enterrada de alguna familia frívola de largo tiempo hubiera sido restaurada y concentrada en este hombre y hubiera dado un poder bilioso a sus cejas, mandíbulas y miradas.
Su excentricidad no tenía armonía aparente con ninguna otra cosa ni ninguna sensibilidad especial al respecto. Los muchachos abucheaban su sombrero, y las niñas pequeñas a menudo se unían, gritando "¡Cima-de-aguja! ¡Lo lleva puesto! ¡Meshach está suelto!". Pero él no prestaba atención a nadie, hasta que una vez, en tiempo de corte, algunos sujetos juerguistas contrataron a Jack Wonnell para que se acercara a Meshach Milburn y le pidiera cambiar una copa de campana nueva por la vieja y decrépita cima-de-aguja. Mirando a Wonnell severamente a la cara, Meshach siseó: "¡Miserable vagabundo! La naturaleza quiso que fueras sin sombrero. ¡Ten cuidado cuando me vuelvas a hablar!"
"Tenía miedo de él", dijo Jack Wonnell, después. "Parecía tener una pistola cargada en cada ojo".
No se registró ningún otro incidente, más allá del ridículo indiscriminado, de este sombrero, excepto una vez, cuando un grupo de niños pequeños frente a la casa del Juez Custis comenzó a susurrar y reír, y una, más audaz que el resto, la hija del Juez, caminó gravemente hacia el hombre antisocial; era el primero de mayo, y él estaba con su mejor traje:
"Señor", dijo ella, "¿puedo poner una rosa en su viejo sombrero?"
El hombre duro miró hacia abajo a la pequeña niña majestuosa, de pie recta y esbelta, con una expresión en su rostro de compostura y cortesía. Luego miró hacia arriba y por encima de la residencia del Juez para ver si alguna persona traviesa o presuntuosa había incitado este acto. Nadie estaba a la vista, y los otros niños habían huido.
"¿Por qué me ofreces una flor?", dijo, pero sin ternura.
"Porque pensé que un sombrero tan muy viejo podría mejorar con una rosa".
Él vaciló un minuto. La niña, como si fuera de buena cuna, recibió su mirada fuerte con firmeza. Se quitó la venerable vieja prenda de cabeza y la puso en la mano de la linda doncella. Ella fijó una rosa blanca en él, y luego él colocó el sombrero y la rosa de nuevo en su cabeza y tomó una pequeña pieza de oro de su bolsillo.
"¿Tomarás esto?"
"¡Mi padre no me dejará, señor!"
Meshach Milburn reemplazó la moneda y no dijo nada más, sino que caminó por las calles, en medio de más sonrisas de lo habitual, y la puerta desgastada por el clima de la pequeña tienda destartalada se cerró tras él.
CAPÍTULO II.
JUEZ E HIJA.
El Juez Custis era el hombre más importante del condado. Pertenecía a la familia colonial más antigua de distinción, los Custis de Northampton, cuya fortuna, comenzando con el Rey Carlos II y sus créditos de taberna en Róterdam, terminó dotando al Coronel George Washington con el óbolo de una viuda. El Juez en Princess Anne era el hombre más apuesto, el padre de la familia más fina de hijos e hijas, el mejor en patrimonio, más variado en conocimientos, y el más sociable de los Custis.
En esa región de la Costa Este hay tan poca diversidad de producciones, que el océano y la arcilla son lo único que contribuye al hombre, que el Juez Custis tenía una reputación exagerada como mineralogista.
Había comenzado a fabricar hierro a partir de los minerales de pantano encontrados en los pantanos y montículos de un distrito vecino, y, con los gustos de una familia terrateniente y esclavista, había erigido alrededor de su fundición una ciudad considerable, su propia residencia como propietario conspicua en medio. Allí pasaba una gran parte del tiempo, y no siempre en compañía de su familia, entreteniendo a amigos de las ciudades distantes, disfrutando de los lujos de galápago, pato y vinos, y, como decía el rumor en el bosque, de todos los placeres de un noble ruso o alemán en una finca aislada.
Podía tumbarse en el suelo con los forestales descalzos, igual y familiar con ellos, y llevarse sus sufragios para el Senado Estatal o la Asamblea. En Princess Anne era más discriminador, elevándose en esa sociedad a su estatura familiar, y rodeado de alianzas que exigían lo que se llama "porte". En resumen, era el jefe de la comunidad, y su riqueza, originalmente considerable, había sido aumentada por el matrimonio, mientras su crédito se extendía a Filadelfia y Baltimore.
No mucho después de que ocurriera que su joven hija, Vesta, pusiera la rosa en el misterioso sombrero de Meshach Milburn, el Juez Custis dijo a su señora en la mesa del desayuno:
"A ese hombre se le ha permitido encerrarse, como un perro, demasiado tiempo. Debe algo a esta comunidad. Iré a su perrera, bajo pretexto de querer un préstamo... ¡y necesito algo de dinero para la fundición!"
Tomó su bastón después del desayuno y salió de su gran mansión, y bajó por la acera de la calle nivelada. Había, como de costumbre, algunos negros alrededor de la pequeña tienda de Milburn, manchada por el clima, y Samson Sombrero, entre ellos, estrechó la mano del Juez, ni una partícula perturbado por la condescendencia de este último.
"Juez", dijo Samson, mirando a ese caballero grande y corpulento, "todavía eres un buen hombre. Pero la carne está un poco blanda en tu músculo, Juez".
"Ah, Samson", respondió Custis, "hay un viejo que está luchando contigo".
"¿El tiempo?", dijo el negro; "¿no podemos pelear contra él, vaya! ¡Eso es un hecho! Pero soy tan bueno como cualquier hombre en Somerset ahora".
"Excepto el chico de mi hija, el líder de clase de Talbot".
"¿Ese chico está en tu familia?", exclamó Samson, encendiéndose. "Caminaré hasta allí si me da otro derribo".
El Juez pasó a la puerta abierta de par en par de la tienda de Meshach Milburn. Algunos negros y blancos pobres estaban en el mostrador, y Meshach les estaba midiendo whisky por el trago barato a cambio de pieles de mapache y huevos. Miró hacia arriba, solo un poco sorprendido por la llegada del hombre principal, y simplemente dijo, sin asentir:
"¡Buenos días!"
El Juez Custis nunca se amedrentó ante nadie, pero su inteligencia reconoció en los ojos de Meshach un tipo de naturaleza que aún no había encontrado, aunque era de conocimiento universal. No era hostilidad, ni bienvenida, ni indiferencia. No era exactamente espíritu. Tan cerca como el Juez pudo formularlo, la expresión era de autosuficiencia habitual, y si no de sospecha habitual, el sentimiento más cercano a ella, que proviene de la impopularidad consciente.
"Sr. Milburn", dijo el Juez Custis, "cuando esté libre, permítame tener unas pocas palabras con usted".
El tendero se volvió hacia la gente pobre en su pequeña área y les comentó sin rodeos:
"Pueden volver en diez minutos".
Todos salieron sin más órdenes. Milburn cerró la puerta. El Juez movió una silla y se sentó.
"Milburn", dijo, dejando el "señor" formal, "me dicen que presta dinero, y que cobra bien por ello. Soy un prestatario a veces, y creo en mantener el interés en casa en nuestra propia comunidad. ¿Descontará mi pagaré al interés legal?"
"Nunca", respondió Meshach.
"Entonces", dijo el Juez, sonriendo, "me pondrá en algún inconveniente".
"Eso es más que el interés legal", respondió Milburn, firmemente. "Pagará el interés legal donde vaya, y el inconveniente de ir también costará algo. Si añade sus gastos tan liberalmente como los incurre cuando va a Baltimore, al interés legal, siempre está pagando un buen recorte".
"Donde usted tiene riesgos", sugirió el Juez, "hay alguna razón para un descuento fuerte, pero mi propiedad enriquecerá a este condado y a toda la tierra sobre la que usted tiene hipotecas".
"¡Mineral de pantano!", murmuró el prestamista. "Nunca presté dinero sobre ese tipo de riesgo. ¡Debo leer sobre ello! Dicen que la fabricación requiere talento mecánico. ¿Cuánto quiere?"
"Tres mil".
"¿Asegurado sobre la fundición?"
"Sí".
Meshach calculó en un trozo de papel, y el Juez, con fácil curiosidad, estudió su rostro y figura singulares.
Era más bien bajo y robusto, no pesaba más de ciento treinta libras, con dedos largos y finos de tal filigrana y acción independiente que cada dedo parecía tener mente y función propias. Al mirar solo sus manos, uno habría dicho: "Aquí hay un pianista, un escribiente, una mujer de habilidad definida o un hombre de peculiar delicadeza". Todos los dedos estaban bien formados, como si la mano, en lugar del rostro, estuviera destinada a ser el exponente de la mente y revelar allí su retrato.
Sin embargo, el rostro de Meshach Milburn, aunque más repelente, era poco común.
Los efectos de una dieta larga y un clima invariable, de generación en generación, ambos pobres y poco vigorizantes, habían llevado a sus pómulos, cabello y ojos de color marrón resinoso a una forma y líneas casi aborígenes. Desde los pómulos hacia arriba parecía un indio y expresaba una fuerza estólida y una tez oscura. Debajo, caía un rostro grande, en proporción, sin nada notable salvo la nariz, que era tan recta, prominente y completa, y sus fosas nasales tan sensibles, que solo la nariz en su rostro parecía ser buena compañía para sus manos. Cuando se enfrentaba a alguien, con la cabeza echada un poco hacia atrás, sus ojos marrones escudriñando con curiosidad y su nariz casi sensitiva, el efecto era el de un salvaje hostil recién salido del bosque.
Esa era, en efecto, su condición.
"Mírenlo a los ojos", decía el habitante del pueblo, "¡es todo un hombre del bosque!"
"Pero miren su mano", añadían unos pocos observadores.
¡Ah! ¿Quién había estrechado alguna vez esa mano?
Ahora estaba extendida hacia el Juez y este tomó de sus dedos femeninos los términos del préstamo. El Juez Custis se sorprendió por la moderación de Meshach y miró alegremente aquel rostro siempre centinela en el que podría haber estado impreso un "¿qui vive?".
"No es por la bondad de la garantía", dijo Meshach, "¡lo hago bajo para usted, socialmente!"
El orgullo de los Custis afloró con un rubor en los ojos del Juez, al sentir que este Shylock marginado y abucheado insinuaba que sus relaciones podían ser algo más que las de un príncipe con un prestamista. Pero el Juez era un político, con una mente y un trato adaptables.
"Hablando de cosas sociales, Milburn", dijo con descuido, "nuestro pueblo no es tan grande como para que no nos veamos todos a veces. ¿Por qué lleva ese sombrero desolado y antiestético?"
"¿Por qué lleva usted el nombre Custis?"
"¡Oh, lo heredé!"
"Y yo heredé mi sombrero".
Hubo una pausa de un minuto, pero antes de que el Juez pudiera saber si era una pausa de enojo o de incomodidad, el tendero dijo:
"Juez Custis, reconozco que usted es el hombre mejor educado de Princess Anne. ¿De dónde sacó la autoridad para cuestionar a otra persona sobre cualquier artículo decente de su vestimenta?"
"Me corrijo, Milburn", dijo el Juez. "Más que la curiosidad, fue el buen sentimiento hacia usted lo que me hizo sugerirlo. Y también puedo señalarle, señor, que cuando usted me preste dinero, siempre lo hará comercialmente y no socialmente".
"Muy bien", comentó Meshach Milburn, "y si alguna vez entro por su puerta, entonces me quitaré el sombrero".
* * * * *
A la mañana siguiente, Meshach Milburn sorprendió a Samson Hat diciendo: "Muchacho, cuando tengas otra pelea y vuelvas a ser un bárbaro, ¡acuérdate de traer, de la fundición de Nassawongo, cerca de un celemín de minerales de pantano!"
* * * * *
Los años pasaron sin muchos cambios en Princess Anne. El pequeño río Manokin traía ostras de la bahía y se llevaba el maíz y los productos. La gran academia de ladrillo en el vecino "Lower Trappe" alojaba y educaba a los jóvenes más brillantes de las mejores familias de la Península; y estos percibían, a medida que los veranos anuales traían su plenitud, qué parte de su belleza permanecía en Vesta Custis. Era como Helena de Troya, objeto de homenaje y disputa en la infancia, y se convirtió en mujer, a juicio de los hombres, casi imperceptiblemente. Enviada a Baltimore para ser educada, su regreso fue seguido por pretendientes —no solo jóvenes admiradores, sino hombres maduros— y los jóvenes de la Península comentaban con despecho: "¡Ninguno de nosotros tiene oportunidad! Algún gran potentado de la ciudad se la llevará".
Pero los muchachos de la academia, los visitantes y la gente del pueblo tenían una oportunidad común de verla y escucharla: cuando cantaba, cada día de reposo y en los días de iglesia, en la iglesia episcopal.
Su voz era la expresión natural de su belleza: dulce, potente, libre y fácilmente educada. Un ave divina parecía esconderse en la vieja iglesia cuando esta voz noble y a la vez tierna irrumpía; pero aquellos que se giraban para ver a la cantante que había creado tal Paraíso, miraban casi a la mismísima Eva.
Era más bien delgada, alta y crecía más llena lentamente cada año, como alguien en quien el crecimiento fue temprano, pero largo, y que no maduraría del todo hasta cerca de la mediana edad. Su cabeza, sin embargo, era la perfección, incluso en la adolescencia, no menos por sus proporciones que por su porte: su figura elegante la sostenía como el engaste esbelto que sostiene el primer esplendor del melocotón; una cabeza de belleza vital y espiritual, donde la pureza y la frondosidad, la mujer y la mente, habitaban en armonía y alegría. Como parecía estar siempre madurando, parecía nunca haber sido una niña, sino que, con facultades y sentido claros y sin intimidación, nunca le faltó modestia, ni se le acusó de falta de dominio propio. El Juez Custis la convirtió en su apoyo y orgullo; ella nunca reprobó sus errores, ni los trató con familiaridad, sino que estabilizaba el hogar mediante un consentimiento que todos rendían a su carácter solamente. Más de una vez había aparecido en la mansión de la fundición cuando la larga ausencia del Juez había despertado algún celo o desconfianza:
"¡Padre, por favor, ve a casa conmigo! Quiero que me lleves".
El Juez, despreocupado y condescendiente, mostraba una leve protesta, pero ante la suave y animada orden: "¡Vamos, señor! Ya no puede quedarse más aquí", despedía a sus compañeros y ocupaba su lugar a la cabeza de la sociedad de Princess Anne.
Vesta era casi morena, con los ricos colores de su tipo: cejas como el ala del cuervo, labios rojos y maduros, y un cabello cuya oscuridad y longitud, liberado de la corona en la que lo enrollaba, podría haber tejido sus vestiduras. Sus ojos eran de un azul acero, en los que las luces tenían el efecto del negro. Era oscura con el cielo irrumpiendo a través, como el rico crepúsculo y las penumbras sobre la bahía de Chesapeake.
La gente se preguntaba que, con tal belleza, desenvoltura y logros, no fuera orgullosa; pero su orgullo era demasiado etéreo para ser visto. No era la vana conciencia de los dones y talentos, sino el sereno sentido de la dignidad, de una salud inquebrantable, del honor y del linaje, lo que la hacía amable y considerada en un grado solo inferior a la piedad. Agradecida por su rango social y su ascendencia, los adornaba pero no los olvidaba. Los pretendientes que venían por ella eran pesados en esta balanza de perfecto merecimiento: ser hijos de tales padres y asociados de sus hermanas casadas y cuñados. Ninguno había sobrevivido a la prueba, aunque nadie sabía dónde fallaba.
"Vesta es demasiado buena para cualquiera de ellos", exclamaba el Juez, en más de una ocasión. "Cuando tenga la fundición en tal estado que pueda funcionar sola, llevaré a mi hija a Europa y le daré una educación musical".
En verdad, el Juez tenía expectativas respecto a su hija; pues la reputación que había alcanzado como fabricante no estaba exenta de inconvenientes. Mantenía dos establecimientos; sostenía a un gran cuerpo de trabajadores y dependientes, algunos de los cuales había traído de lugares distantes bajo contrato; el experimento en el que se había embarcado seguía siendo un experimento, y estaba sujeto al conocimiento y juicio de su gerente, siendo él mismo más bien el patrón que el fabricante en las obras. Muchos días, cuando se suponía que estaba probando el porcentaje y la mezcla de sus minerales, estaba disparando en los bancos oceánicos, pescando cangrejos en Whollop's Beach o buscando compañía cuestionable entre las chicas del bosque, o alrededor de las cabañas de los ostreros o los saqueadores de naufragios. Tenía, sin embargo, muchas propiedades y avales familiares, y rara vez dejaba de tener una entrevista satisfactoria con Meshach Milburn, quien ahora lo estaba ayudando, al menos una vez al trimestre, a mantener tanto el capital como los intereses en casa.
El Juez se había vuelto más íntimo con Meshach, pero el tendero simplemente escuchaba y asentía, y no se tomaba la molestia de incurrir en otra crítica sobre sus motivos. Meshach usaba su gran sombrero, como siempre, en la iglesia y en los días festivos, y todavía era objeto de burla y considerado la maravilla del pueblo. Vesta Custis a menudo veía al extraño hombrecito entrar en la iglesia mientras ella cantaba, y se imaginaba que sus orejas grandes y toscas estaban giradas para recibir la música que ella estaba haciendo, y recordaba vagamente que una vez había sostenido en sus manos aquel maravilloso sombrero con su hebilla de cobre en la cinta y su ala rígida y ancha, fluyendo en una onda. Más que eso no sabía nada, excepto que el portador era una criatura de origen humilde y ávida: un habitante del bosque sin propensiones sociales ni, de hecho, apegos humanos. El negro que habitaba bajo su techo era amado, en comparación con el sórdido amo, y todos los testimonios coincidían en que Meshach Milburn no merecía ni conmiseración, ni amistad, ni reconocimiento. Su padre, sin embargo, indulgente en todas las cosas, decía que el prestamista tenía una buena mente y no era un siervo.
Milburn había dejado de tratar con negros o dispensar tragos. Se sabía ahora que su riqueza era más que considerable. Había dejado, también, de prestar dinero en las granjas circundantes, y llegaron rumores a través de la bahía de que era poseedor de acciones e hipotecas en la Costa Oeste, y en Baltimore y Pensilvania. El pequeño pueblo de Princess Anne estaba lleno de especulaciones sobre él, e incluso su edad era incierta; Jack Wonnell la había medido por sombreros. Decía Jack:
"Compré mis sombreros de copa alta el año en que murieron el papá y la mamá del viejo Milburn. Murieron de los biliares ahí fuera, en Nassawongo, a pocos días de diferencia. Ahora, uso dos sombreros de copa al año. Salgo cada cuatro de julio y Navidad. El otro día conté lo que quedaba, y calculé que Meshach no podía tener cuarenta y cinco años ni en el peor de los casos".
Vesta Custis tenía solo veinte años cuando los habitantes del pueblo pensaban que debía tener veinticinco, tanto tiempo había sido la belleza de Somerset. Su madre siempre había visto con aprensión el posible momento en que su hija se casara y la dejara; pues el Juez Custis hacía mucho que había dejado de tener la plena confianza de su señora, cuya fortuna había embarcado sin retorno en empresas aún en duda, y él siempre eludía el tema cuando se mencionaba, o comentaba que no era posible ninguna pérdida en sus manos mientras la Sra. Custis viviera.
CAPÍTULO III.
LOS HABITANTES DEL BOSQUE.
Una tarde de sábado de octubre, Meshach Milburn sacó su navaja, su taza y su piedra de afilar, y se dispuso a afeitarse, aunque su barba nunca pasaba de ser un vello inofensivo. Por una especie de atracción capilar, Samson Hat adivinó su propósito y, abriendo el gran cofre verde, sacó el misterioso sombrero.
"¡Déjalo!" ordenó el prestamista. "Sal y alquílame un carruaje con dos caballos, ¡dos caballos, entiendes!"
Samson dejó caer el sombrero con asombro.
"Ponte decente", añadió Meshach; "quiero que conduzcas. Ve conmigo y quédate conmigo: ¿entiendes?"
"Sí, amo".
Cuando el negro partió, el propio Meshach tomó el sombrero alto, verde y con hebilla, con el ala rígida, ancha y pirata. Lo examinó larga y minuciosamente.
"¡Vanidad, vanidad!" murmuró, "¡vanidad y hábito! No me atrevo a renegar de ti ahora, porque te dan burla, y sin ti no me darían nada más que odio".
¡La gente alrededor de la taberna y el palacio de justicia vio, con sorpresa demasiado grande para las burlas, al prestamista pasar en un carruaje, conducido por su negro y con dos caballos! Jack Wonnell se quitó su brillante castor para vitorear. A medida que el fenomenal equipo se alejaba, el viejo grito recorrió, sin embargo, la calle silenciosa: "¡Cúspide de campanario! ¡Lo lleva puesto! ¡Meshach está suelto!"
El carruaje avanzó por el camino del bosque y pronto entró en la región arenosa y llena de pinos llamada Hard-scrabble, o Hardship.
Aquí los caminos eran tan arenosos como los montículos y colinas detrás de una playa, y los pinos bajos y escuálidos cubrían las ondulaciones y crestas, mientras que en cuencas niveladas ocasionales, donde se exponía la arcilla rígida, alguna choza sin pintar de un habitante del bosque se asentaba negra y humeante en la ladera, sin un cristal en la ventana, un adorno o cualquier cosa que aliviara la vida de su monotonía y aislamiento.
Pero donde los arroyos corrían hacia los pantanos continuos, el follaje surgía con esplendorosa versatilidad. El arce se revelaba en todas sus armonías justas y ligeras. La magnolia dejaba caer sus borlas de marfil y perfumaba el bosque con fragancia. La kalmia y el aliso daban maleza y brillantez al follaje. Grisáceos y verdes por la vejez precipitada, los cipreses se alzaban en la humedad y dejaban caer sus barbas venerables desde ramas angulares, el ciprés calvo colgando sobre su pariente de hoja perenne y mirando hacia los bosques pantanosos en otoño, como algún artista ermitaño sobre los ricos pigmentos de su paleta.
Pero nada parecía tan noble como el liquidámbar, que se elevaba como un penacho gigante de color amarillo y naranja, un jefe con atuendo alegre, donde el ciprés era solo un filósofo desvanecido.
Al lado de tal liquidámbar, Samson Hat frenó, donde un manantial brillaba en el fondo de un ciprés hueco. Pidió prestado un balde a la choza al otro lado del camino y dio de beber a los caballos.
"Amo", se aventuró el negro, "dicen que su abuelo plantó este manantial".
"Sí", dijo Milburn, "y construyó la cabaña. Allá yace, en el montículo junto a ese tocón, arriba en el campo: él y más de nuestra raza desperdiciada".
"Y esa mujer de allá es una Milburn", añadió el negro, socialmente. "La conozco por las manos".
La mujer descalza que vivía en la cabaña —una habitación y un desván, y el suelo a pocos centímetros del suelo— gritó con insolencia:
"¡Si pudiera tener dos caballos compraría un sombrero mejor!"
Milburn no respondió, pero observó las mazorcas de maíz pobres y pequeñas sin recoger en los tallos sin forraje, los arbustos de melocotoneros, de los cuales el más grande crecía sobre las tumbas de sus antepasados, el pequeño carro para un caballo o buey, que era a la vez carruaje familiar y carreta de granja, y los pocos cerdos y pollos de razas atrofiadas alrededor de los pies de la mujer.
"Conduce, muchacho", exclamó; "¡lo peor de todo es que esta gente es feliz!"
"Es un hecho, amo", rio Samson Hat. "No le hablarían en Princess Anne. Piensan que todos son orgullosos y ricos allí".
"Aquí el mar golpeó una vez sus olas contra un banco", dijo Meshach Milburn, reflexivamente. "¡Ese libro de geología lo relata! Desde el Norte, los montículos retroceden en olas, donde se formaron playas sucesivas a medida que el mar se retiraba lentamente. Apenas más profundo que una tumba humana alcanzan el agua, debajo de la arena y la grava. Debajo del agua que beben no hay nada más que barro negro, hecho de hierba gruesa y podrida. No hay cal en el suelo. No existe un mineral en toda esta península baja, hecha por las olas, donde mis antepasados naufragaron, excepto los maravillosos minerales de pantano".
La naturaleza alegre y maravillada del negro estalló con cómoda seguridad.
"Eso debe estar en la Biblia", dijo. "Amo, los Milburn han estado aquí tanto tiempo, ¡deben haberse naufragado con el viejo Noé!"
"Todas las familias son náufragas", respondió distraído Meshach, "que lanzan su suerte sobre una tierra que no recompensa, y haciéndose más pobres, más oscuros, hacia abajo, de generación en generación, nunca pueden dejarla, y, al fin, nunca pueden desear irse".
"Amo, hay uno que tiene que irse alguno de estos días. Soy yo, ¡el pobre viejo Samson!"
"¡Ja! ¿Alguien te ha incitado a exigir tu salario?"
"No, amo, soy viejo. ¡Es usted de quien estoy preocupado! No hay nadie que remiende para usted, cocine para usted, cure su enfermedad o lo deposite en la tumba".
No se dijo nada más hasta que pasaron la parte poblada del bosque y entraron en uno de los muchos pasillos rectos de cielo y arena entre los pinos, que habían sido abiertos en el gran terreno de fundición del Juez Custis. Él tenía aquí varios miles de acres, y durante millas los caminos estaban cortados hacia el horizonte. La luna salió detrás de ellos cuando entraron en el pueblo de la fundición, y vieron las luces titilar a través de las puertas abiertas de muchas cabañas y las llamas de la fundición dispararse sobre el prohibido estanque del molino, donde en las profundidades crecía el mineral de hierro, como una creación vegetal, y sobre la superficie, en raíces extendidas y cónicas lavadas por el barro, los cientos de fuertes cipreses se alzaban desde el agua. Entre las orillas empinadas de pinos de color oscuro, más altos que el crecimiento del bosque, este lago de fundición yacía negro y blanco y rojo ardiente a medida que las sombras, o el amanecer de la luna, o las llamas golpeaban sobre él, y el agua manchada espumaba a través del pecho o presa donde el antiguo camino cruzaba entre pinos, cipreses y liquidámbares de estatura imponente.
Leonado, viscoso, frío y solemne, el estanque repetía las formas de las arboledas que sumergía; las sombras peludas añadían profundidad y temor al efecto; algunos pájaros extraños ululaban mientras mojaban sus alas en la superficie y, volando hacia arriba, parecían también hundirse hacia abajo. Cuando Meshach sintió el frío de ese estanque, se bajó el sombrero y se abotonó el abrigo.
"Los primeros tontos que desenterraron los minerales de pantano por riqueza", dijo, "liberaron los miasmas que mataron a toda la gente de los alrededores. Mataron a toda mi familia, pero me dejaron libre".
CAPÍTULO IV.
DESCUBRIMIENTO DE LA RELIQUIA.
El Juez Custis estaba en su dormitorio, en el segundo piso de la gran mansión parecida a una posada en medio del pueblo, y acababa de recuperarse de los efectos de una larga juerga. En su peculiar condición nerviosa, se sobresaltó ante el sonido de las ruedas y, apartando las cortinas, miró hacia la larga sombra de una figura que avanzaba coronada con un sombrero de copa.
Esta sombra humana se fortaleció y se desvaneció en la luz alternativa, hasta que quedó definida contra su almacén, su depósito, sus cabañas y la llanura, y parecía también contra la pared de densos pinos del bosque. Luego, pasos subieron las escaleras. Su puerta se abrió y Meshach Milburn, con su sombrero de fiesta en la cabeza, se paró en el umbral; sus ojos vigilantes y audaces como siempre, y toda su naturaleza india al frente.
"¡Dios mío, Milburn!" exclamó el Juez, "por extraño que sea verlo aquí, me siento aliviado. Pensé que venía el viejo Nick".
"¿Puedo pasar?" preguntó Milburn.
"Sí; estoy durmiendo para quitarme un poco de cuidado y trabajo. Deje que su hombre se quede afuera en el porche. Acerque una silla. Supongo que es dinero lo que lo trae aquí".
El prestamista colocó cuidadosamente su formidable sombrero sobre una mesa, tomó una silla distante, empujó sus pies con polainas hacia adelante y puso una gran cartera o billetera sobre su regazo. Luego, dirigiendo toda su atención al anfitrión, pareció no parpadear mientras permanecía allí.
"Juez Custis", dijo, directamente, "la primera vez que vino a pedirme dinero prestado, dijo que la fundición de Nassawongo enriquecería este condado y elevaría el valor de mi tierra".
"Sí, Milburn. Fue una empresa lenta, pero va bien. Envié mil toneladas el año pasado".
"Juez Custis", continuó el prestamista, "le dije, cuando hizo el primer préstamo, que investigaría este mineral. Lo hice hace años. Envié muestras a Baltimore y fueron probadas allí. No contento con eso, he estudiado la fabricación de hierro por mi cuenta —¡la sociedad de Princess Anne no me escatima mucha soledad!— y sé que cada tonelada de hierro que usted fabrica cuesta más de lo que recibe por ella. El mineral de pantano es fácil de fundir; pero está corrompido por fosfato de hierro y es apenas comercializable".
El Juez estaba sentado con los ojos abiertos de par en par y más pálido que antes.
"¿Ha descubierto eso?" susurró. "¡Yo mismo no lo supe hasta este año, que Dios me ayude!"
"Lo sabía antes de hacerle el segundo préstamo".
"¿Por qué no me lo dijo?"
"Porque usted prohibió que nuestras relaciones fueran otra cosa que comerciales. No estaba obligado a traicionar mi conocimiento".
"¿Por qué, entonces, desde un punto de vista comercial, me prestó grandes sumas de dinero una y otra vez?"
"Porque", dijo el prestamista, fríamente, "usted tenía otra garantía. ¡Usted tiene una hija!"
El Juez Custis se soltó de las mantas de la cama y se abalanzó sobre Meshach Milburn.
"¡Pagano y demonio!" gritó, tomando al prestamista por la garganta, "¿te atreves a mencionarla como parte de tu hipoteca?"
Lucharon juntos hasta que un par de manos poderosas inmovilizaron al Juez y lo llevaron de regreso a su cama. Samson Hat era el hombre.
"¡Juez!" exclamó, gentil, pero firme, "usted es un buen hombre, pero no tan bueno como yo. ¡Cálmese, Juez!"
"¡Juez Custis!", dijo Meshach Milburn, soltándose del agarre del anciano con un movimiento brusco, aunque sin ira. "El esfuerzo le hace daño a su corazón, y el corazón es lo único que le queda. No me malinterprete. No soy un hombre de violencia, sino de lógica. He venido aquí a proponerle un acuerdo que, si bien es duro, es el único que puede evitar que el nombre de los Custis caiga en la deshonra pública".
El Juez, jadeando, se dejó caer contra el respaldo de la cama, con la mirada perdida en el techo. "La deshonra", murmuró, "la deshonra ya está aquí, en esta misma habitación".
"No", replicó Milburn con frialdad. "La deshonra es una marca que se imprime cuando el resto del mundo se entera. Usted tiene deudas que no puede pagar, Juez. El valor de sus tierras ha caído, sus cosechas se han perdido y la usura de otros prestamistas lo está estrangulando. Yo he comprado esos pagarés. Yo soy ahora el único acreedor que importa".
Vesta entró en la habitación en ese preciso instante. Su rostro, pálido y sereno, contrastaba con el desorden del lugar. "Padre", dijo con voz firme, "¿qué está ocurriendo aquí?"
"Vete, Vesta", sollozó el anciano, ocultando el rostro entre sus manos temblorosas. "No escuches la voz de este hombre".
"Al contrario", intervino Milburn, quitándose el sombrero y haciendo una reverencia ceremoniosa, "es necesario que ella lo sepa. Señorita Custis, su padre está arruinado. La mansión, las tierras, incluso los muebles en los que se sienta, están bajo mi poder legal. Pero no busco su miseria. Mi propuesta es sencilla: mi nombre a cambio de la salvación de la familia. Un matrimonio que restaure su fortuna y que, a su vez, me otorgue el lugar que el destino me ha negado durante generaciones".
Vesta se quedó inmóvil, como una estatua de mármol. El silencio en la habitación era tan denso que solo se escuchaba el tic-tac del reloj de pared.
"¿Un matrimonio?", susurró Vesta. "¿Es ese el precio de nuestra supervivencia?"
"Es el precio de su libertad", respondió Milburn. "Su padre no sobrevivirá a la bancarrota. Su madre no soportará el exilio. Usted, en cambio, tiene la fuerza para aceptar lo inevitable".
El Juez Custis alzó la cabeza, con los ojos inyectados en sangre. "¡Jamás! ¡Preferiría ver esta casa arder en llamas antes que entregarte a mi hija como si fuera una moneda de cambio!"
"La casa ya arde, Juez", dijo Milburn sin alterar el tono. "Solo que el fuego no se ve todavía. Considérenlo bien. Mañana, a primera hora, vendré por su respuesta definitiva. Si es un 'no', los alguaciles estarán aquí antes del mediodía. Si es un 'sí', el Juez Custis podrá morir en paz en su propia cama".
Dicho esto, Meshach Milburn volvió a colocarse el sombrero, hizo una inclinación formal y salió de la estancia con paso firme, dejando tras de sí una atmósfera de derrota absoluta. Samson Hat, que se había mantenido en un rincón, siguió a su amo hacia el exterior.
El Juez, vencido, soltó un gemido que se transformó en un llanto infantil. Vesta se acercó a la ventana y observó cómo el carruaje de Milburn se alejaba, perdiéndose en la espesura del bosque que, hasta hace poco, ella consideraba parte de su patrimonio, y que ahora se sentía como una jaula.
"No llores, padre", dijo Vesta, aunque su voz no contenía consuelo, sino una resignación gélida. "El destino ha hablado a través de ese hombre. Si esto es lo que requiere la Providencia, será mejor que enfrentemos nuestra ruina con la dignidad que a él le falta".
"¡Vesta, hija mía!", exclamó el anciano, intentando alcanzar su mano. Pero ella se retiró un paso, mirando hacia el horizonte, donde la sombra del bosque se tragaba la luz del crepúsculo.
"Mañana", repitió ella para sí misma, "mañana sabremos si el precio de nuestra sangre vale realmente la tierra que pisamos".
El juez la miró con una mezcla de desconcierto y una nueva clase de respeto. La fragilidad que había visto en ella durante la mañana parecía haber cristalizado en algo más duro, algo que él, en su propia decadencia, ya no podía reconocer del todo.
"Vesta, no hables de esa manera", murmuró, volviendo a sentarse con pesadez. "No es una cuestión de sangre, sino de deudas. He sido descuidado, sí, pero siempre bajo la ilusión de que el ingenio bastaría para cubrir las grietas de nuestra fortuna. Milburn es solo el carroñero que anuncia la llegada de la tormenta".
Ella se giró hacia él, y en sus ojos no había rastro de la lágrima que poco antes los empañaba. "Entonces, padre, si el carroñero está aquí, debemos asegurarnos de que no encuentre nada más que los huesos. ¿Qué es lo que exige? ¿Qué es lo que ha puesto en marcha esta maquinaria de ruina?".
El juez suspiró, un sonido largo y sibilante que parecía vaciar sus pulmones de cualquier resto de vitalidad. "Exige el molino, las tierras del margen del río y, lo que es peor, la casa de campo que tu madre heredó. Todo está hipotecado bajo el hierro de ese hombre. Si no presento el pago antes del final de la semana, él tomará posesión de todo, bajo la ley del condado".
Vesta permaneció en silencio, procesando la magnitud de la caída. El mundo que ella conocía, el mundo de salones amplios y paseos por el bosque, se estaba reduciendo a una celda de papel y tinta. "Y el dinero, padre. ¿Dónde está el capital que el banco debía retener? Usted dijo que el oro estaba a salvo en el Furnace".
"El Furnace", dijo él con una sonrisa amarga, "ha consumido más que mineral de pantano. Ha consumido mi juicio. He arrojado oro tras hierro, esperando una fundición que nunca purificó lo que yo puse en ella. Ahora, no hay oro, no hay hierro, y solo queda este viejo nombre, que para Milburn no es más que una marca en un papel para ser borrada".
Vesta se acercó lentamente y, con una delicadeza que no ocultaba su firmeza, le tomó la mano. Su tacto era fresco contra la piel febril de su padre. "Entonces, esta noche no habrá más llanto. Mañana, antes de que el sol alcance la cima de los pinos, iré yo misma a ver al juez. Si Milburn quiere nuestra ruina, deberá enfrentarse a la hija de quien él cree haber derrotado".
El juez Custis, aturdido por la inesperada resolución de su hija, solo pudo asentir, sintiendo que, por primera vez en años, el peso de la desesperación no era algo que cargaba solo. Vesta se dirigió a la puerta, su figura recortada contra la penumbra del pasillo como un estandarte que, aunque manchado, se negaba a ser arriado.
La casa estaba sumida en un silencio sepulcral, roto únicamente por el crujido de las vigas que parecían protestar bajo la carga de tantos años de historia familiar. Ella sabía que la lucha no sería con palabras ni con súplicas, sino con la frialdad necesaria para sobrevivir en un mundo que ya no valoraba el linaje, sino la moneda. Y, al cerrar la puerta tras de sí, Vesta supo que la niña que adoraba a su padre había muerto en ese mismo instante, dejando paso a una mujer que, por amor, estaba dispuesta a incendiar el pasado para salvar el futuro.
—¿Qué es el hierro? —preguntó ella—. ¡Dime por qué quisiste fabricar hierro! Si puedo entrar en tu mente y simpatizar con las esperanzas que has tenido, eso elevará mi alma del suelo. Papá, debería haber pedido esta lección hace mucho tiempo.
El juez caminaba de un lado a otro hasta que ella repitió la pregunta y lo hubo llevado a su asiento. Él reunió sus pensamientos y retomó su tono mundano mientras procedía, con su vieja volatilidad de caballero, a contar la historia del hierro.
—He duplicado préstamos —dijo al fin— sobre las mismas propiedades, incurriendo, me temo, en una mancha sobre mi familia y mi reputación, además de la ruina de nuestra fortuna.
Vesta se levantó con los labios pálidos y el corazón hundido.
—Oh, padre —susurró, con tono aterrado—, ¡quién conoce este terrible secreto!
—Solo un hombre —dijo el juez, encogiéndose hasta el suelo, con su valor y volatilidad desvanecidos de inmediato—, ¡el viejo Meshach Milburn lo sabe todo! Ha comprado las notas de protesta duplicadas y las tiene junto a las suyas. Me tiene en su poder y me odia. Me expondrá, a menos que me someta a una condición atroz.
—¿Cuál es, padre?
El juez miró hacia arriba con terror y, al encontrarse con la mirada pálida pero firme de Vesta, ocultó su rostro y gimió:
—¡Oh! Es demasiado vergonzoso para decirlo. Le romperá el corazón a tu madre.
—¡Dímelo de inmediato! —exclamó Vesta, con tono bajo y hueco—. ¿Qué otra desgracia puede infligirnos este monstruo más que exponer nuestra deshonra? ¿Puede acaso matarnos más que eso?
—No sé cómo decírtelo, Vessy. ¡Ten piedad de mí, hija mía! Escondo mi rostro por vergüenza.
Hubo una pausa, mientras Vesta, con su mente expandida para alcanzar cada punto de sugerencia, permanecía mirando a su padre, aunque apenas viéndolo. Él no se movió.
Vesta se inclinó y levantó el rostro de su padre para encontrar alguna solución a su misteriosa evasión. Él cerró los ojos como si ella lo quemara con su mirada asombrada.
—¡Papá, mírame en este instante! No serás un cobarde conmigo.
Él se soltó de sus manos y se retiró hacia una ventana, mirándola, pero con semblante temeroso.
—Quiero que vayas en este momento, busques a tu acreedor, el señor Milburn, y lo traigas ante mí. ¡Debes obedecerme, señor!
El padre levantó las manos como para protestar, pero antes de que pudiera hablar, una sombra cayó sobre la ventana y la figura de un hombre pequeño y moreno, cubierto con un sombrero de copa alta, avanzó por los escalones delanteros.
—¡Salvador, ten misericordia! —murmuró el juez Custis—, el lobo está a la puerta.
Vesta tomó a su padre en sus brazos y lo besó una vez para tranquilizarlo.
—Papá, ve a enviar a un sirviente para que abra la puerta. Haz que el señor Milburn sea conducido a esta habitación para que me espere. Ve tú y ocupa a mi madre afectuosamente, y ambos permanezcan en su habitación hasta que yo esté lista para llamarlos.
La cercanía del temible acreedor había dejado casi paralizado al juez Custis, y salió deslizándose como un fantasma.
CAPÍTULO VIII.
EL SOMBRERO ENCUENTRA UN PERCHERO.
Meshach Milburn había cerrado la tienda después de escribir algunas cartas y había tomado la calle ancha hacia la puerta del juez Custis. La noticia de su desaparición hacia la fundición, con un extravagante tiro de caballos, se había extendido entre todo el círculo alrededor de la taberna principal, y estaban discutiendo el motivo y las probabilidades del acto, con esa profunda ignorancia interna tan característica de una sociedad instintiva. El viejo Jimmy Phoebus, un hombre enorme, de cara ancha y frente pequeña, fue requerido para dar su opinión.
—No es más que un alarde —dijo Jimmy—; tarde o temprano todo el mundo alardea, ¡presume! Meshach está simplemente echándose a perder con dinero y tiene que hacer un alarde: dos caballos y un negro. Si no es un alarde, no puedo decir qué le pasa aunque me vaya la vida en ello.
Un coro general respondió: "¡Condenado si puedo decirlo aunque me vaya la vida en ello!".
Levin Dennis, el comprador de tortugas, hizo una suposición descabellada:
—Meshach, supongo, se está metiendo en el negocio de los caballos. Ha estado en todo lo demás y se ha dedicado a los caballos. ¡Si no son caballos, no puedo decirlo aunque me vaya la vida en ello!".
Todos los intelectos menores del grupo lanzaron una risita, giraron hasta la mitad sobre sus talones y volvieron a su posición, murmurando: "¡Ni aunque me vaya la vida en ello!".
Jack Wonnell, luciendo uno de los nuevos sombreros de copa alta y descalzo, pareciendo un vagabundo que se había probado el impresionante sombrero de piel de oso de un granadero de la milicia, soltó este apéndice irrelevante:
—El viejo Milburn va a ver a una chica. La primera vez que un hombre cambia su rumbo regular violentamente, es por una chica. Yo me puse mis sombreros de copa para conseguir una chica. Milburn va a conseguir una chica allá afuera en el bosque. ¡Si no es eso, no puedo decirlo aunque me vaya la vida en ello!".
Los de menor categoría, no entrenados para la sugerencia, sonrieron, mantuvieron la boca abierta, ejecutaron la revolución sobre un talón y corearon: "¡Condenado si puedo decirlo aunque me vaya la vida en ello!".
—¡Ahí viene, muchachos, huy! —exclamó Jimmy Phoebus—. ¡Ahora todos nos quitaremos los sombreros y lo haremos educadamente, porque, por el humo, va a haber algún tipo de artimaña en Princess Anne!
El hombre pequeño con el sombrero de Guy Fawkes y los viejos polainas verdosas, ultra elegantes, caminaba hacia ellos con sus ojos resinosos y audaces al frente, su nariz informándole de lo que había en el aire como la de cualquier terrier de seda, y aun así con una palidez en la piel como la de una persona enferma, y menos que su expresión diaria de hostilidad hacia Princess Anne.
—Tiene la fiebre —observó Levin Dennis—, esos son los temblores, le vendrán mañana, ¡si es que conozco las burbujas de las tortugas!
El último extremo de la aproximación más cercana a la blasfemia común en esa tierra se escuchó de nuevo, revoloteando alrededor: "¡...aunque me vaya la vida en ello!".
Se decía que Jimmy Phoebus descendía de un pirata o patriota griego que se había establecido en la Costa Este, y Phoebus aún lo parecía, con su tez castaña rica, cabeza ancha y ojos mediterráneos.
—¡Buenas tardes, señor Milburn! —dijo Jimmy, fuerte y despreocupado.
—Buenas tardes, señor Phoebus. ¡Caballeros, buenas tardes!
Mientras respondía, con una voz apenas cordial pero conciliadora, Milburn levantó su antiguo y formidable sombrero, y en un instante pareció acercarse un siglo a sus vecinos. Su estatura se redujo, su insociabilidad pareció moderarse; ahora parecía una persona pequeña y sin amigos, como si algún perro sin dueño hubiera corrido por la calle y escuchado un silbido amable en la puerta de la taberna, donde su recepción habían sido piedras. Su voz, con un ligero temblor, envalentonó a Levin Dennis para hablar también:
—¡Cuidado con la fiebre este mes, señor Milburn!
Meshach inclinó la cabeza, deslizándose como si estuviera tímidamente ansioso por pasar.
—¡Lindo clima para pasear! —añadió Jack Wonnell, habiéndose quitado también su propia teja de frivolidad, para sentir el efecto; pero este comentario fue considerado por el grupo como demasiado atrevido, y un coro bajo recorrió el lugar: "¡Jack Wonnell no puede evitar ser un tonto aunque le vaya la vida en ello!".
Milburn se dijo a sí mismo, al pasar: "¿Son esas voces más amables de lo habitual, o soy yo más tímido? ¿Qué hay en el aire que hace que todo sea tan agudo, y que mis mejillas hormigueen? ¿Estoy enfermo, o es amor?".
La palabra lo asustó, y la arena bajo sus pies pareció resquebrajarse; un pájaro carpintero en un árbol viejo golpeó como si fuera el viejo corazón del árbol acelerado por algo; las casas a su alrededor parecían objetos vivos, con sus ventanas fijas en su andar, como los ojos de la gente casada. Al divisar la residencia del juez Custis, tan expresiva de viejo respeto y largas intenciones, el prestamista casi se detuvo, tan amable y pacífica que lo miraba, tan imperturbable, mientras él palpitaba.
"¿Por qué este dolor?", pensó Milburn. "¿Tengo miedo? Esa casa es mía. ¿Temo entrar en la mía propia? Y, sin embargo, ella no me teme. Ha estado allí tanto tiempo que no tiene temores, y cada ventana en ella mira benigna mi llegada. Los tres hastiales observan aquel paisaje forestal como tres viejos magistrados en el estrado, administrando justicia a un condado donde nunca antes hubo un violador!".
El pensamiento produjo un momento de orgullo intelectual en él, como el espasmo inquieto de un poder sin ley. "¡Es el Bosque lo que estos caballeros tienen que temer hoy!", pensó, con resentimiento, y luego se detuvo, con otra imagen que su palabra despertó:
"¿Qué ha sentido ese bosque de daño u odio, con cada puerta de cabaña sin cerrojo, sin que nadie tema a un ladrón, las flores en el duraznero del negro, los caquis maduros al borde del camino, abundantes para cada hijo del guardabosques, y la humildad y el afecto haciendo a todos más ricos, sin un dólar en el mundo, que a mí, el advenedizo más rico del bosque, obligado a comprar afecto, como un esclavo indiferente!".
Un perro grande en la casa de Custis, al verlo caminar tan despacio, bajó por el sendero hasta la puerta, caminando también despacio, y no mostró ni animosidad ni interés, excepto mecánicamente para caminar detrás de él hacia la puerta.
"El perro me conoce", pensó el corazón acelerado de Meshach, "por verme toda la vida, pero nunca movió la cola hacia mí en todo ese tiempo. ¿Podría adquirir el corazón siquiera de este perro, aunque pudiera comprarlo? El paso de mi deudor seguiría siendo el más bienvenido para él, y comería mi comida con extrañeza y miedo".
Milburn subió los escalones y tocó el sólido aldabón de bronce. Sonó cuatro veces, fuerte y profundo, y el silencio que siguió fue aún más fuerte, como la cosa desconocida después de que se ha dictado sentencia. Pareció estar allí mucho tiempo con el corazón completamente vacío, como si el aldabón del deudor hubiera asustado a todo charlatán fuera de él, y aun así sus sienes y oídos zumbaban. Estaba pensando en tocar el aldabón de nuevo, cuando una sirvienta de la dama, parcialmente blanca, retiró el cerrojo e hizo una reverencia ante su pregunta de si el juez estaba dentro.
Entró en el amplio vestíbulo de aquella distinguida residencia y, quitándose el Sombrero Vinculado de la cabeza, lo colgó al fin, donde mejores cubrecabezas habían solido mantener igual sociedad, en un perchero de caoba tallada de tiempos coloniales. El venerable objeto, una vez allí, dio un aspecto común a todo, como pensó Meshach, y profundizó su sentido personal de indignidad. Intentó sentirse enojado, pero la aprensión era demasiado fuerte para que la pasión pudiera ser simulada.
"¡Oh, Dios discriminador!", sintió por dentro, "¿no es suficiente crearnos tan desiguales que también debamos encogernos de espíritu y reconocerlo! Esperaba sentirme triunfante cuando deposité mi despreciado sombrero en la casa de este hombre, pero me siento más mezquino que antes".
La habitación, cuya puerta fue abierta por la criada de la dama, era la biblioteca, que contenía tres pesados estantes de libros y varios retratos al óleo, con marcos dorados profundos, un mapa de Virginia y sus alrededores del noreste, incluida toda la península al sur del río Choptank y el cabo Henlopen; y cerca de la puerta había un reloj alto, en el que un gigante podría estar de pie, marcando y balanceando solemnemente el tiempo, y dando la monotonía de una tarde eterna al lugar, la cual se veía aumentada por el fuego parpadeante de madera en los altos accesorios de bronce, frente a los cuales se habían dispuesto algunos sillones de cuero de respaldo alto, anchos y cómodos, todos desgastados en actitudes lujosas, como si cada uno hubiera sido la piel del juez Custis y sus compañeros, recientemente evacuados.
La mecedora de una mujer estaba dispuesta entre ellos, como si cualquier otra silla se inclinara ante ella. Este fue el primer artículo en llamar la atención de Milburn, tan diferente, tan sugerente, casi una cosa de superstición, equilibrada, como el instinto y la voluntad de una mujer, sobre nada firme, y, sin embargo, como la esfera sobre la que se movía, atravesando un arco mayor de lo que llenaría el asiento de un gigante. La pureza y la conquista, el poder y la bienvenida, parecían residir dentro de ella, como el trono vacío en el Parlamento.
Milburn, al quedarse solo, tocó la mecedora de hadas con el pie. Comenzó tan fácil y graciosamente que, cuando se extinguió, presionó sus labios contra la parte superior de la misma, más cerca de donde estaría su cuello, y susurró en voz alta, con sentimiento: "¡Dios sabe que ese beso, al menos, fue puro!".
Miró los retratos y, aunque no estaban inscritos, los adivinó todos, acertando o equivocando, a partir de la perspicacia de la tradición local o la interpretación envidiosa.
"Aquel pícaro descarado, codicioso y superservicial", pensó Meshach, "con vino y carne en las mejillas, y plata y libertinaje en los ojos, era el tabernero irlandés de Rotterdam, que mantenía una cuenta pesada contra los príncipes desterrados a quienes el nombre de Cromwell siempre hacía jurar y temblar, y le pagaron en una oficina distante en Accomac, donde nunca podrían volver a verle a él ni a sus facturas, y allí le dejaron robar la mayor parte de los ingresos, y, por supuesto, su lealtad estaba en proporción a su botín. Muchas veces, sin duda, fue alcahuete para ambos hermanos reales, Carlos y Jacobo, haciendo de su taberna su burdel, con Betty Killigrew, o Lucy Walters, o Katy Peg, o incluso Anne Hyde, la madre de una reina, de ella que fue la Princesa Anne, madrina de nuestra respetable ciudad aquí. ¡No he leído en vano!", concluyó Meshach, "¡porque mis nobles ciudadanos me llevaron a mi celda!".
El siguiente retrato estaba vestido con uniforme militar, con un tipo de hombría superior, astuto y vigilante, pero magistral. "Ese debería ser el mayor general John Custis", pensó Milburn, mirándolo, "hijo del tabernero John, y un tipo casado y escurridizo, que comenzó su grandeza como fabricante de sal en estas islas oceánicas, hasta que el amigo de su padre, Carlos II, en un estado de ánimo alegre, hizo a Henry Bennet, el suegro del hijo bastardo del rey, conde de Arlington y arrendatario de Virginia. ¡Toda la provincia por cuarenta chelines al año de alquiler! Aquellos eran tiempos puros y económicos, de hecho, alrededor de la corte. Así que el fabricante de sal John sirvió a los supervisores de Arlington, llamó a su granja 'Arlington', cazó e informó sobre los seguidores del rebelde puritano Bacon, luego se volvió y aduló también al rey Guillermo. Sus nietos, todos bien provistos, se extendieron por esta bahía. ¡Tanto para la política en manos de un comerciante!".
El tono del comentario de Meshach había elevado algo su coraje, y una sensación de interés placentero en la cálida habitación y el entorno agradable lo llevó a pasar el tiempo, que fue considerable, con bastante satisfacción, hasta que el juez Custis estuvo listo.
* * * * *
Mientras tanto, el sombrero de copa alta estaba causando cierto asombro silencioso a los sirvientes de la casa, reunidos para contemplarlo desde el final del pasillo. La pulcra criada, Virgie, había llevado la maravillosa información a la columnata de que el temible acreedor había llegado, y Roxy, la camarera de mesa, la había llevado de la columnata a la cocina, donde la calamidad común produjo de inmediato una revolución contra los buenos modales.
—¿Tiene ese sombrero del diablo en la cabeza, niña? —preguntó la tía Hominy, dejando el garrote con el que estaba golpeando la masa de galletas sobre el bloque.
—Sí, tía, lo ha dejado en el perchero. Me da miedo pasar por delante para ir a la puerta.
La tía Hominy arrojó el garrote sobre la masa ampollada y se retiró hacia la gran chimenea negra, con una cara que expresaba tanto miedo y humor astuto juntos que parecía estar a punto de volverse blanca, pero solo llegó a arrugarse y contraerse.
—¡El Señor tenga piedad! —exclamó la tía Hominy—, ¡muchachos, quememos ese sombrero en el fuego! Quizás eso quite el problema de esta casa. Tenemos el sombrero justo donde lo queremos, muchachos. ¡Roxy, niña, ve y tráemelo a la tía Hominy!
La joven se sobresaltó como si le hubieran pedido que levantara una serpiente: "De verdad, tía Hominy, no lo tocaría ni aunque me fuera la vida en ello. ¡Solo el viejo Sansón hizo eso alguna vez!".
—¡Vete de ahí, niña! —gritó la tía Hominy—, ¿no sostuvo la señorita Vessy ese sombrero una vez, y le puso una rosa blanca? ¿No le ofreció él, ese terrible Meshach Milburn, a la señorita Vessy un dólar de oro, y ella no quiso ninguna de su oro? ¡Eso hizo ella! ¡Virgie, ve a buscar ese sombrero, niña! Empújalo del perchero con mi garfio de cocina aquí. ¡No te hará daño, niña! Primero te rociaré con manzanilla y hamamelis que guardo en el marco de la chimenea.
La tía Hominy se volvió hacia los lados de la chimenea con amplias muescas, donde se guardaban cincuenta artículos de farmacia negra: manojos de hierbas, pimientos secos, vejigas de semillas y botellas de toda potencia mística.
—Tía —respondió Virgie—, si no tuviera miedo de ese Mal Hombre, tendría miedo de mover ese sombrero, porque la señorita Vessy se sentiría mortificada. Piensa en ella viéndome tratar las cosas de un visitante así. ¡Vaya, preferiría ser vendida!
—Ese sombrero —persistió la tía Hominy— es la ruina de esta familia. Ese sombrero, chicas, se lo dio el diablo al viejo Meshach, y le hizo usarlo por el don de conseguir todo el oro en el condado de Somerset. ¿Acaso no sé cuándo lo usó por primera vez? Eso fue cuando comenzó a conseguir todo el oro. Antes de eso había sido pobre como un lagarto, vendiendo a los negros, cocinando para él mismo, y sin valor alguno. Se sentaba en el desván de su vieja tienda leyendo la Biblia al revés para conseguir la amistad del diablo. El diablo entró una noche y le dijo al viejo Meshach: "¡Aquí tienes mi sombrero! Ve, tómalo, cariño, y mide tierras con él, ¡y todas las tierras que midas son tuyas, cariño!". Y Meshach ha medido casi todo este condado. La tierra del juez Custis es la última.
El relato afectó considerablemente a ambas chicas, y aún más al grupo de niños y niñas de color, que se acercaron casi helados de terror para escuchar; pero produjo el mayor efecto en la tía Hominy misma, cuya imaginación, ampliada en el esfuerzo, excitó todos sus propios temores y dio una vivacidad irresistible a su leyenda.
—¿Cómo puede su sombrero medir las tierras de la gente, tía? —preguntó Virgie, atrayendo a Roxy hacia ella por la cintura para su protección mutua.
—¿Por qué, niña?, él mide tierras con las grandes y largas sombras que proyecta el sombrero del diablo. Meshach pone sus ojos en una buena granja. Dice él: "¡Mediré eso!". Así que sale allí a la salida o puesta del sol, cuando el sol casi se posa en el suelo, y cada árbol y poste de cerca y cosa en pie se aleja sobre la tierra, proyectando largas sombras torcidas. Ese es el momento en que Meshach se pone en pie, con ese sombrero que el diablo le dio para hacerlo más largo, justo extendiéndose sobre los campos como la sombra de un gran campanario de iglesia. Camina a lo largo del camino frente a la granja, y donde sea que ese sombrero haga una marca en el suelo, todo entre ella y donde él camina es la tierra del viejo Meshach. ¡Eso es lo que él llama su hipoteca!
Los niños tenían la boca abierta; las criadas escuchaban con una fe no menor que el miedo.
—Pero, tía Hominy —dijo Roxy—, nunca midió la casa del juez Custis, y a todos nosotros dentro de ella, que seremos vendidos.
—¿Acaso no lo vi haciéndolo? —susurró la tía Hominy, agachándose como si fuera a arrastrarse, en la contracción de sus propios temores, y mirando hacia sus rostros con los puños cerrados. Él ha estado viniendo a lo largo de la cerca en las noches más oscuras y nubladas durante mucho tiempo, como un hombre que iba a robar algo, y mirando hacia la ventana de la señorita Vessy. Aprovechó las noches oscuras, cuando las calles de Princess Anne estaban claras de gente, y los perros estaban en sus cunas, y no había nada por ahí más que él, el viento, el frío y la lluvia. Una noche, mientras observaba la ventana de la señorita Vessy como un cuervo negro, desde la sombra del árbol, yo lo estaba observando desde la ventana de la cocina. La luna, que había estado oculta, salió de repente de detrás de las nubes de lluvia, chicas, y lo asustó como si nada. La luna estaba baja sobre los bosques, muchachos, y mientras el viejo Meshach se giraba y se alejaba, su sombra diabólica barrió la casa. Él la midió esa noche. Ha sido suya desde entonces.
—Bueno —exclamó Roxy, después de una pausa—, sé que no tomaría ese sombrero ahora.
—Casi tengo miedo de mirarlo —dijo Virgie—, pero si la señorita Vessy me dijera que fuera a llevárselo, lo haría.
—Vayamos todos juntos —se aventuró la tía Hominy— y echemos un vistazo. Quizás no nos haga daño si vamos todos.
Sabiendo que el juez Custis y su esposa no estaban cerca, el pequeño círculo de sirvientes —la tía Hominy, Virgie, Roxy y los cuatro niños, de cinco a catorce años de edad— desfilaron suavemente desde la cocina a través de la columnata cubierta, y desde allí a lo largo del pasillo trasero hasta el final del vestíbulo, donde formaron un grupo, mirando con asombro creyente la teja del Rey Jacobo.
Vesta, tras haber cambiado su bata de mañana por un traje de paseo y haber retocado ligeramente su aseo, y arrodillada en silencio un momento para recibir la desconocida voluntad del Cielo, bajó por fin las escaleras, a tiempo de vislumbrar a media docena de criados mirando fijamente un extraño sombrero viejo en el perchero del vestíbulo. Huyeron apresuradamente ante su aparición, pero la idea del sombrero también fue transmitida a su propia fantasía por el comportamiento inusual de ellos. Ella miró un instante el extraño y deslucido artículo que colgaba entre otros mejores y, con una reminiscencia de su infancia y de haberlo tenido en sus manos, descendió a través de los años intermedios hasta la asociación, el aroma de una rosa y la impresión de un par de ojos audaces y sobresaltados clavados en los suyos. Abrió la puerta de la biblioteca, y los mismos ojos la miraban desde la butaca de su padre.
—¿El Sr. Milburn, supongo? —dijo Vesta, caminando hacia el visitante y extendiendo la mano con natural dulzura.
Él se levantó e hizo una reverencia, y apenas vio la mano ante la mirada intensa que le dedicó, como si ella lo hubiera sorprendido y él no supiera cómo expresar su timidez. Ella no retiró la mano hasta que él la tomó, y entonces él no la soltó. Al continuar su mirada, más firme que audaz, ella bajó los ojos hacia la mano que suavemente sostenía la suya, y entonces observó, aun estando tan tranquila, que su mano era la de un caballero, de dedos largos y casi delicados, de textura blanca, palma cálida y, como le pareció, de una presión casi fraternal, respetuosa y gentil también.
Como él no habló de inmediato, Vesta volvió a mirar su rostro, mucho menos acogedor, pero peculiar: el cabello negro lacio, los pómulos altos, sin barba real en parte alguna, la forma del rostro ancha y poderosa, y las mandíbulas largas, mientras que los ojos de color marrón amarillento, muy abiertos e intensos, respondían a las fosas nasales abiertas, casi observadoras, al final de su nariz recta y fina. Su tez era oscura y propia de un habitante del bosque, lo que parecía denotar una dieta pobre y poco nutritiva. Apenas era más alto que Vesta. Sus dientes eran buenos y la boca bastante pequeña. Ella pensó que estaba inseguro de qué decir o confuso en sus pensamientos, aunque no era visible señal alguna de miedo. Vesta acudió en su ayuda, retirando su mano con naturalidad.
—Le he visto muchas veces, Sr. Milburn, pero nunca aquí, creo.
—No, señorita, nunca he estado aquí. —Dudó—. Ni en ninguna parte de Princess Anne. Usted es la primera dama de aquí que me habla.
Sus palabras, pero no su tono, insinuaban una inferioridad o un desaire. La voz era un poco rígida, pareciendo carecer de alguna inflexión correspondiente, como la de un hombre que había aprendido un idioma sin haber tenido uso de él.
—¿Se sentará, Sr. Milburn? Debe esta visita desde hace tanto tiempo que no tendrá prisa hoy. Espero que no haya sentido que hemos sido poco hospitalarios. Pero las ciudades pequeñas a menudo fomentan círculos estrechos y hacen a la gente más egoísta de lo que pretende.
—Usted nunca podría ser egoísta, señorita —dijo Milburn, sin nada de la suavidad de un cumplido, manteniendo todavía esa mirada salvaje y atenta, como los ojos de un buey sobresaltado.
Vesta se sonrojó levemente ante la libertad que se tomó. Le resultó también un poco embarazoso encontrarse con aquella ininterpretable mirada de indagación y homenaje; pero sintió su necesidad tanto como su buena educación, y disculpó la falta de sofisticación de su visitante. Él era como un indígena ante un espejo, en una impasible agitación de aprensión y deleite. Lo más hermoso que jamás había visto estaba por fin al alcance de su vista, y no sabía si retenerlo por la fuerza o por la persuasión.
Su cabello oscuro, sedoso como las borlas más limpias del maíz, caía tan naturalmente sobre su cabeza perfecta como sus dientes, blancos como las hileras lechosas del maíz, se movían entre las cerezas de mayo de sus labios. Los delicados arcos de sus cejas, sombreados por alas de mirlos, enriquecían el cielo despejado de sus ojos armoniosos, donde la misericordia y la nobleza hacían compañía, como en el cielo.
—¿Cómo podría saber que yo era desinteresada, Sr. Milburn?
—Porque la he oído cantar.
—¡Oh, sí! Me oye en nuestra iglesia, recuerdo.
—La he escuchado cada domingo que ha cantado allí durante años —dijo Meshach, apenas sin cambio en su expresión.
—¿Le gusta la música, Sr. Milburn?
—Sí, me gusta toda la que he escuchado: los pájaros y usted.
—Cantaré para usted, entonces —dijo Vesta, tomando el alivio hacia el que la conversación la dirigía. Había un piano en otra habitación, pero, para evitar cambiar de escena, así como para usar un acompañamiento más sencillo para los oídos de un hombre ignorante, trajo su guitarra y, colocándola en su regazo, rasgueó las cuerdas y la clave, sin esperar, con estas tiernas palabras:
«¡Oh, por una nota tristemente moribunda, Que flote sobre esta hora silenciosa, Donde, remota del ajetreado mundo, La lira pueda despertar su melodía! Un débil acorde es todo lo que puede brotar De mi concha casi desierta, En acentos luctuosos aún para decir Que no duerme su juglaría.
Hay una hora de profundo reposo, Que aún sobre mi corazón se cerrará, Cuando todo lo que la naturaleza teme y conoce Estalle sobre mí maravillosamente; Oh, que pueda entonces despertar, para siempre, Mi arpa al alto empeño del éxtasis; Y, al separarme de la vana escena terrenal, Perderme en la Inmortalidad.»
Vesta cesó unos minutos y, como su visitante no decía nada, observó con emoción:
—Esos versos fueron escritos en la casa de mi abuelo, en el condado de Accomac, por un joven clérigo de Nueva York, quien era el rector de mi abuelo, el reverendo James Eastburn. Tenía solo veintidós años cuando murió, en el mar, de tisis. La suya es la única poesía de la que he oído hablar, Sr. Milburn, escrita en nuestro hermoso y antiguo país aquí.
—Me preguntaba si llegaría a escucharla cantar para mí —dijo Milburn, tras vacilar—. Ahora que se ha hecho realidad, me siento escéptico al respecto. Usted está ahí, Srta. Custis, ¿no es así?
Vesta estaba desconcertada. En otras circunstancias se habría divertido, ya que su humor podía fluir libremente como su música. Le pareció levemente que el pequeño y extraño hombre podría estar falto de juicio.
—Sí, ciertamente, Sr. Milburn. Si fuera un sueño, no tendría otra expresión en todo este día que la canción. Creo que nunca me sentí tan triste por cantar como ahora. Mi padre está enfermo. Mamá está enferma. Me he convertido en la agente de negocios de la familia, y me he enterado en esta hora de que papá está profundamente endeudado. Usted es su acreedor, ¿no es así?
Meshach Milburn hizo una reverencia.
—¿Cuál es la suma de los pagarés y las hipotecas de papá? ¿Es más de lo que puede pagar mediante el sacrificio de todo?
—Sí. No tiene nada que vender en una venta forzosa que rinda algo, excepto los sirvientes domésticos de aquí; estas criadas de la familia son comerciables de inmediato. ¿No le gustaría venderlas?
—¡Vender a Virgie! Ella se crió conmigo; ¿qué derecho tengo yo a venderla más del que tiene ella a venderme a mí?
—Ninguno —dijo Milburn, sin rodeos—, pero existe una ley para ello.
—¡Vender a Roxy también, y a la vieja tía Hominy, y a los niños pequeños! ¿Cómo podría volver a rezar si fueran vendidos? ¡Oh! Sr. Milburn, ¿dónde estaba su corazón para dejar que papá malgastara su abundante patrimonio en un experimento tan desesperado? Si mi canto en la iglesia le ha dado felicidad, ¿por qué no pudo moverlo a la misericordia? ¡Piense en la desesperación de esta familia, la generosidad indefensa de mi padre, el acuerdo matrimonial de mi madre también perdido, y todos los demás hijos e hijas separados de ellos!
—Nunca alenté ni por un momento los gastos del juez Custis —dijo Meshach—, aunque le presté dinero. La primera vez que vino a pedirme prestado, mi mente estaba en una disposición liberal, pues usted acababa de entrar en ella con sus inocentes atenciones. Supuse que quería un acomodo temporal, y se lo di a la tasa más baja que un cristiano cobraría a otro.
—¿Dice que yo le influí para prestarle dinero a mi padre? Vamos, señor, yo era una niña. Él ha estado pidiendo prestado a usted desde mis primeros recuerdos.
El acreedor sacó de su bolsillo interior una gran cartera de cuero y, levantándose, puso su contenido sobre la mesa. Abrió un trozo de papel doblado y extrajo de él dos objetos; uno era un mechón de cabello azul negruzco como el suyo, y el otro una rosa prensada y marchita.
—Esta flor —dijo Milburn, con reverencia—, la hija del juez Custis la prendió en mi denostado sombrero. La guardé hasta que estuvo muerta, y la puse junto al cabello de mi madre, los dos objetos religiosos de mi vida. Esa rosa marchita me hizo acreedor de su padre, Srta. Custis.
Vesta tomó la rosa y lo miró con sorpresa e indagación.
—¡Oh, por qué esta flor no habló por nosotros! —dijo ella—; ¿abrir sus labios después de eso, para salvar a mi padre? Entonces usted se informó, y supo que él se precipitaba a la destrucción, pero aun así le dio dinero a un interés más alto.
Milburn la miró con disminuido valor, pero con sinceridad, y respondió:
—Su voz cantaba entre nosotros, Srta. Custis, cada vez que él venía. No admitía para mí mismo lo que era, pero el sentimiento de que me sentían atraído cerca de usted abría mi bolsa a su padre, hasta que él me ha drenado los beneficios de años, que le di con una prodigalidad fatal, aunque aferrándome a cada centavo de cada fuente excepto aquella. Sabía entonces que probablemente no podría pagarme, pero cada sábado en la iglesia usted cantaba, y eso parecía alguna compensación. Estaba hechizado; visiones indistintas de gratitud y reconocimiento por su parte llenaban la predicación con concursos de ángeles, todos llevando su imagen y flotando sobre mí. El precio que pagué por esa esperanza nunca expresada y siempre rechazada ha sido principesco, pero nunca lamentado, y ha sido puro, creo, o el Cielo me habría castigado. Cuanto más me arruinaba por su padre, más exitosos eran mis negocios en todos los demás lugares; si usted era mi tentación, tenía el favor o el perdón del Dios en cuyo templo nació.
Vesta se levantó también, con el espíritu asustado.
—¿Le entiendo bien? —dijo, con sus ricos ojos grises muy abiertos bajo sus pestañas sobresaltadas—. ¿Mi padre ha hablado de una condición degradante? ¿Es amarlo a usted?
Por primera vez, Meshach Milburn bajó los ojos.
—Nunca supuse posible que usted me amara —dijo amargamente—. Pensé que Dios podría permitirme algún día amarla a usted.
—¿Sabe usted lo que es el amor? —preguntó Vesta, con asombro.
—No.
—¿Cómo es que entonces interpreta mis buenos actos tan vilmente, llevando incluso mi infancia en su imaginación malvada, y maldiciendo la tristeza de mi padre con la amenaza de la esclavitud de su hija?
Milburn escuchó con perfecta humildad estas duras imputaciones.
—Usted no ha amado, creo, Srta. Custis —dijo, con un ligero rubor—. He creído que nunca lo hizo.
Levantó sus ojos de nuevo hacia el rostro de ella.
—Amaba a mi padre por encima de todo —balbuceó Vesta—. No veía a ningún hombre, además, admirando a mi padre.
—Entonces no desplacé el derecho de nadie, codiciando su imagen. A veces parecía que usted se mantenía libre tanto tiempo para recompensar mi adoración silenciosa. No sé lo que es el amor, pero conozco los dones de Dios, tal como florecen en la naturaleza, no repelen la devoción de ningún hombre. Las flores, los pájaros y el bosque deleitaron mi infancia; mi juventud la pasé en el estudio de mí mismo y del hombre; al fin una hermosa niña apareció ante mí, habló hasta entrar en mi alma, y nunca pudo expulsar su gloriosa presencia. Todas las cosas se volvieron subordinadas a ella, incluso la avaricia y el éxito. Ella me mantuvo cristiano, o me habría vuelto totalmente egoísta; ella me mantuvo humilde, pues ¿cuál era mi riqueza cuando no podía entrar en la casa de su padre! Estoy aquí por un destino ahora; el poder que la llamó a esta habitación, tan inesperadamente para mí, nos ha llevado hacia el secreto que temía decirle. ¿Me atrevo a ir más allá?
Ella intentaba contener sus sentimientos insultados, y no decir algo que pudiera enfurecer para siempre al acreedor de su padre, pero la posibilidad de casarse con él era demasiado tremenda para responder.
—Este momento es grandioso —continuó Milburn, con firmeza—, pues siento que terminará con mis visiones de felicidad, y de bondad también. Usted se ha expresado tan indignada, que veo que ningún pensamiento sobre mí se ha alojado jamás en su mente. ¿Por qué debería haberlo hecho? Aunque casi soñé que sí, porque usted llenó mi vida tantos años con su rica imagen, pensé que podría haberme sentido, como una aparición, rondando a menudo esta morada en la oscuridad y la lluvia, contenta con el rayo de luz que su ventana arrojaba sobre la calle desierta. Ahora veo que fui un débil necio, cuya pasión la naturaleza no prestó nervio alguno para transmitir ni siquiera a su atención. ¡Mejor para mí haber abrazado la degradante realidad de mi oro, y perdido mis ojos a todo menos a su consuelo!
Miró hacia la puerta. Vesta se sentó en la mecedora de hadas y lo retuvo.
—Me ha dicho el sentimiento que cree haber tenido, Sr. Milburn. Por pobres que seamos los Custis ahora, no servirá de nada estar orgullosos. ¿Cómo pensó alguna vez que ese sentimiento podría ser correspondido por mí? Mi juventud, mis conexiones, todo, me prohibiría, sin altivez, ver a un pretendiente en usted. Entonces, no tomó ninguna medida para atraer mi atención hacia usted. Podría haber sido sociable, si lo hubiera deseado. Ni siquiera usó los emblemas más comunes de un amante...
Hizo una pausa. Milburn se dijo a sí mismo:
—¡Ah! Ese maldito sombrero.
La interrupción alteró su temperamento:
—He tenido razones, también orgullosas, Srta. Custis, para ser coherente con mi perpetuo yo aquí. Expondré los méritos sustanciales de mi caso ante usted, puesto que veo que no es probable que me haga atractivo de otra manera. Esta casa ya es mía. La ley me pondrá, en pocas semanas, en posesión de toda la propiedad de su padre. Cambiaré las circunstancias exteriores con él en Princess Anne. Él es demasiado viejo para adoptar mis sacrificios y recuperar su situación; puede encontrar algún refugio cambiante con sus hijos e hijas, pero, incluso si su espíritu pudiera soportar esa dependencia, sería muy innecesario, cuando, al casarse con su acreedor, puede conservar todo lo que ahora tiene para hacer respetable a su familia. ¡Le ofrezco su propiedad como su dote matrimonial!
Tomó de la mesa los pagarés que su padre había negociado y los puso en su regazo.
Vesta permaneció balanceándose lentamente, profundamente agitada. Tenía en su boca la comodidad y el honor de sus padres, que podía conferir con una sola palabra. Era una responsabilidad tan poderosa que la hizo temblar.
—¡Oh! ¿Qué diré? —pensó—. Será un pecado decir «Sí». Decir «No» sería un crimen.
—Conservará cada característica de su hogar: sus sirvientes, su madre y su porción íntegra; su libertad en el sentido más pleno. Contribuiré a enviar a su padre a la legislatura o al congreso, para sostener su orgullo y mantenerlo bien ocupado. El Horno puede parecer que me lo ha vendido, y yo aceptaré la impopularidad de cerrarlo. Solo pido servirla y habitar su vida diaria, como uno de estos negros a los que usted es amable, y si alguna vez soy duro con usted, Srta. Vesta, juro entregarla a su familia y partir para siempre.
Vesta negó con la cabeza.
—No hay separación más que una —dijo—, cuando el Cielo ha sido invocado en la solemnidad del matrimonio. Es antes de ese acto que debemos considerar todo. ¿Cómo podría hacerlo feliz? Mi propia felicidad la descartaré. La suya debe entonces comprender la mía. La bondad podría hacerme agradecida, pero la gratitud no satisfará su amor.
—Sí —exclamó Milburn, persiguiendo su ventaja con trémulo ardor—; el largo hambre de mi corazón agradecerá una corteza seca y una taza de hielo. Aquí, junto a la chimenea, déjeme sentarme y calentarme, y escuchar el susurro de su vestido, y crecer en sensibilidad celestial. ¡Usted redimirá a un salvaje, usted salvará un alma!
—No es el precio que debo pagar para hacer esto, quisiera que considerara, señor —respondió Vesta, con su atención algo cautivada por su intensidad—; es el precio que usted está pagando —su respeto propio, tal vez— por los términos en los que me obtiene. Puede que nunca se sepa fuera de esta familia que me casé con usted por el bien de mi padre y mi madre. Pero, ¿cómo voy a evitar que usted lo recuerde, especialmente cuando dice que soy la suma de sus deseos más puros? Si su interés se consumiera después de obtenerme, podríamos, al menos, ser indiferentes; pero si creciera hasta convertirse en amor real, ¿no se acusaría a menudo a sí mismo?
Meshach Milburn se sentó, echó sus grandes ojos marrones al suelo y escuchó en dolorosa reflexión.
—¿No puede concebir que haya tenido algún amor real por usted? —exclamó, dubitativo.
—Me ha visto y me ha deseado como su esposa; eso es todo —dijo Vesta—, que puedo imaginar. El poder sin ley podría hacer eso en cualquier lugar. Ser una esposa obediente es el destino de la mujer; pero el amor, tal como usted tiene algún atisbo, es un instinto místico tan mutuo, tan alegre, pero tan libre, que el cautiverio en el que me pone para hacerme cantar para usted nos dividirá como los alambres de una jaula.
—No hay pájaro que haya atrapado —dijo Meshach Milburn— que no aprendiera a confiar en mí. Su comparación, por tanto, no me desanima. ¡Y ya ha cantado para mí, el día más triste de su vida!
Un ligero toque de naturaleza en esta revelación de su extraño pretendiente llamó de nuevo la atención de Vesta hacia el estudio de él. Con su inteligencia y su sentido de mayor valor acudiendo en su rescate, pensó: «Déjame ver todo lo que hay de este tártaro, pues, tal vez, pueda haber otro camino hacia su misericordia».
Sin embargo, a medida que recuperaba la compostura, se volvía más hermosa a sus ojos, sus encantos oscuros e inigualables llenando la habitación, sus ojos encendidos transmitiendo amor, su piel como la de la ciruela silvestre, y sus cejas de cuervo y corona de exuberante cabello elevándose sobre una presencia real digna del trono de una emperatriz. Tal belleza casi hizo sentir miedo a Milburn, pero las energías de su carácter estaban todas concentradas en asegurarla.
—¿Quién es usted? —preguntó ella, con una mirada tranquila y escrutadora, lanzada desde su mayor respeto propio y alerta inteligencia—. ¿Tiene algún pariente o conexión apta para traer aquí, a esta casa, a mí?
—Ni uno que yo conozca —dijo el habitante del bosque—. No soy nada más que yo mismo, y lo que usted hará de mí.
—¿Dónde nació y se crió?
—No existe la casa que presenció esa miseria —dijo Milburn, con un rubor de obstinado orgullo—; fue quemada anoche, no lejos del horno que se tragó el patrimonio de su padre.
—Vaya, me daría miedo usted, Sr. Milburn, si su encargo aquí no fuera tan práctico. Presagios y maravillas le rodean. Los pájaros olvidan su vida natural por usted. El hierro deja de ser oculto cuando usted lo toma. Su lugar de nacimiento en este mundo desaparece por el fuego la noche antes de que ejecute una hipoteca sobre la hija de un caballero. ¿Es toda esta hechicería inseparable de ese sombrero de nigromante que usa en Princess Anne?
Había tocado el tema sensible mediante un enfoque hábil, sin embargo, él cambió de color, como si la alusión le picara.
—La naturaleza nunca ha reprendido a mi sombrero, señorita Vesta, y usted es tan parecida a la naturaleza que no ocupará sus pensamientos. Recuerdo el día en que adornó mi viejo sombrero; dije: «quizá este cubrecabezas vagabundo, después de todas sus heridas y andanzas, encuentre algún día un clavo bajo mi propio techo, y la amable bienvenida de una dama como esa pequeña señorita». Eso fue hace varios años, y hoy, por primera vez, mi sombrero está en el perchero de su vestíbulo. El largo deseo del corazón no suele ser negado. No somos responsables de él. La única conspiración que he tramado aquí fue no oponerme a los sucesos más naturales, todos ellos encaminados hacia esta escena. Mi magia fue la esperanza y la humildad. Me atreví a llevar el sombrero de mi antepasado frente a un público provinciano, desdeñoso e impertinente, y eso me dio el orgullo de perseverar hasta llevarlo a casa para recibir honores y un noble refugio. Si desprecia mi sombrero, me despreciará a mí.
—¡Oh, no, Sr. Milburn! Intento no despreciar nunca nada. Si llevó el sombrero de su familia por algún respeto filial, fue, en parte, piedad. Pero, ¿era ese, en realidad, su motivo para ser tan excéntrico?
Milburn volvió a sentirse inquieto. Dudó y dijo:
—En verdad, me temo que no. Puede haber habido algo de venganza en mi mente. Había sido gravemente insultado.
—¿No es algo de esa venganza lo que le incita a estar aquí, incluso en esta declaración de amor? —exclamó Vesta, con tono judicial.
Meshach levantó la vista y las sombras se despejaron de su rostro.
—Puedo responder a eso con sinceridad, señora. Hacia usted, ni un solo pensamiento indignado se ha albergado jamás en mi cerebro. Ha sido todo lo contrario: protección, adoración, tierna sensibilidad.
—¿Esa caridad excepcional se ha extendido a mi padre?
—No.
Vesta se habría exasperado, de no ser por su sinceridad.
—Mi padre nunca le insultó, señor.
—No, me trató con condescendencia. No tenía intención de hacer daño, pero ese viejo sombrero ha desgastado un lugar profundo en mi cerebro por llevarlo tanto tiempo, y es un tema que me irrita mencionar. Sin embargo, debo ser coherente con mi única excentricidad. Dondequiera que vaya, va mi sombrero; constituye mi identidad, mi inflexibilidad; cumple mi promesa a mí mismo de que los hombres respetarán mi sombrero antes de que yo muera.
—Perdóneme —dijo Vesta, no sin interés por su carácter—, puedo entender una excentricidad basada en el respeto familiar. Éramos virginianos, y eso es casi una religión allí. Los negros de nuestra familia lo comparten con nosotros. ¿Tenía familia, entonces?
Milburn negó con la cabeza.
—No; no una familia en el sentido que usted quiere decir. Generaciones de oscuridad, un linaje solo virtuoso; ninguna lápida en ninguna parte, ni escudo ni lema, ni siquiera una mentira autoengañosa sobre una antigua alcurnia, moldeada de mano en mano hasta cometer un hurto contra la historia y lucirse descaradamente en el panel de un carruaje. Éramos gente del bosque. Surgimos, existimos y perecimos, como las familias de hormigas sobre los hormigueros de arena. No migramos más que los pájaros carpinteros en sus sicomoros, y no hicimos más ruido en los eventos que su picoteo insectívoro. Allá, más allá de Dividing Creek, en los matorrales de pequeños robles y pinos bajos, muchas pequeñas granjas, arañadas al bosque devorador, salpicando las llanuras y los eriales con chozas y pequeños graneros de troncos, llevaron una vez el nombre de Milburn por todas las localidades del Pocomoke hasta y más allá del gran pantano Cypress. Están muriendo, pero nunca muertos. Los pocos que viven no esperan reconocimiento de mí y, felices en su pobreza, no envidian nada de lo que he acumulado. Mi nombre se ha vuelto duro para ellos, mi sombrero es objeto de sus supersticiones, mi ambición y mi éxito me han hecho perder su simpatía sin darme ninguna otra compensación social. Contempla a un hombre desesperado, un acreedor implacable, un mechón de mineral de las ciénagas de Nassawongo, pero alguien cuyos únicos crímenes han sido adorarla y llevar el sombrero de sus antepasados.
—¿Es este orgullo, entonces, una sensibilidad totalmente herida, Sr. Milburn?
—No sabría decirlo, señorita Custis. Puede sonreír, pero creo que es aristocracia.
—Yo también lo creo —exclamó Vesta pensativa—; usted es un hombre orgulloso. Mi padre, que ha tenido motivos para estar orgulloso, es menos aristócrata, señor, que usted.
El rubor de Milburn apareció y permaneció bastante tiempo. No le disgustó el cumplido de Vesta, aunque tenía la naturaleza de una acusación.
—Usted es aristocrático —explicó Vesta— porque adoptó el sombrero obsoleto de su gente. Cualquier vanidad que le llevara a hacerlo, creo que fue la satisfacción de algún origen.
Se contuvo, al ver que estaba entrando en sus asuntos con demasiada libertad.
—Supongo que en algún lugar, en algún momento —habló el extraño visitante—, alguna persona de mi raza ha sido influyente y próspera. De hecho, eso me han dicho. Fue elevado tanto a la magistratura como al cadalso, pero mi sombrero tenía un origen aún más antiguo.
—Hábleme de ese antepasado —dijo Vesta, instada por la angustia que le producía su misión principal a posponerla, mientras apenas era consciente de que el hombre era original, si no interesante.
Él contó una historia singular, rastreando su sombrero hasta los tiempos de Raleigh y, a través de Sir Henry Vane, hasta América, hasta que se convirtió en propiedad de Jacob Milborne, el mártir popular que fue ejecutado en Nueva York, y cuyos hermanos fueron expulsados a Maryland, trayendo consigo el inofensivo sombrero como único patrimonio.
Antes de comenzar, Milburn irguió su compacta y pequeña figura y abrió la puerta hacia el pasillo. El viento o el aire proveniente de algunas de las grandes y frías estancias de la larga casa, entrando por alguna grieta o ventana abierta, lanzó casi un grito y dispersó el fuego en la chimenea.
Vesta sintió que se le helaba la sangre por un momento cuando su visitante volvió a entrar con el sombrero antediluviano y lo colocó sobre la mesa, bajo la lámpara.
Tenía ese aspecto de distinción victoriosa sobre la decadencia, que sugería la momia de algún faraón llevada a un salón en la noche de una sociedad docta. Vesta reprimió una sonrisa, surgiendo a través de su dolor, ante la gravedad del invitado forestal, que estaba a punto de demostrar su aristocracia a través de este viejo sombrero. Le pareció, además, que los retratos de los Custis, en la pared, alzaban narices indignadas en el aire ante su conocimiento aparentemente consciente de la presencia de algún pretendiente insepulto, como si, en la Abadía de Westminster, las efigies de los reyes normandos se hubieran agitado ligeramente al sentir a Oliver Cromwell yaciendo entre ellos en estado.
El sombrero, percibió Vesta, era flamenco, tal como era popular en Inglaterra mientras los Países Bajos eran su aliado contra la casa de España, y, despojado de sus adornos, se alargó hasta convertirse en el sombrero de los puritanos.
Vesta intentó ejercer su liberalidad y percibir algo de belleza en este sombrero, pero lo máximo que pudo admitir fue la tiranía de la moda sobre la mente; parecía, sobre el alma misma, pues este viejo sombrero, por inofensivo que fuera, pesaba sobre su ánimo como una campana de buzo.
El hombre, sin su sombrero, se había redimido un tanto de la conversación y las ideas bajas, pero ahora, que traía este sombrero y asociaba su persona con él, ella se retraía como si hubiera sido un judío de triple sombrero, vendiendo por los alrededores de la propiedad.
El odioso sombrero también ejercía alguna influencia excitante sobre Meshach Milburn, si es que su cambio de actitud podía atribuirse a ese artículo, pues reanudó su mirada fuerte y salvaje, profundizó y bajó la voz y, sin esperar ninguna pregunta o expresión de su oyente, contó la historia.
CAPÍTULO IX.
¡JA! ¡JA! LOS CORTEJOS DE ESO.
Era el crepúsculo cuando Meshach Milburn cerró su historia, y el silencio y la pálida tarde se reunieron en el salón de los Custis, asemejándose a las dos personas allí presentes, pensando en el matrimonio, uno tan grave como su consciente condición de serpiente podía permitirle, la otra aleteando como el pájaro encantado. Vesta habló primero:
—¡Qué intensa debe ser su cabeza para crear tantos objetos a su alrededor dentro del mundo de un sombrero! Solo ha hecho bajar la historia un poco hacia nuestros tiempos.
—Comencé la historia de Raleigh sin proporción —dijo Milburn—, y creció a la misma escala, como la pasión que concebí por usted tan intensamente al principio, que en el clímax de esta noche apenas he comenzado.
—Sin embargo, al igual que Raleigh, veo el cadalso —dijo Vesta, con un intento de humor que por primera vez la derrumbó, y levantó las manos a su rostro para acallar el estallido de angustia. No pudo ser reprimido, y un grito bajo, profundo con el sentido de la deserción y el cautiverio, resonó en la habitación que se oscurecía y golpeó el corazón mismo de Milburn. Obedeció un impulso que no había sentido desde que murió su madre, lanzándose hacia Vesta, rodeándola con sus brazos y atrayéndola a su pecho.
—Cariño, cariño —susurró, besándola como a una niña—, no llores ahora, cariño. Me romperá el corazón.
El acto de la naturaleza rara vez se malinterpreta; Vesta, habiendo luchado tanto tiempo sola con este hombre obstinado, sus jóvenes facultades mentales tensadas por el primer encuentro más allá de sus fuerzas, aceptó la amistad de su simpatía y contrición, como si él hubiera sido su padre. En pocos momentos, el paroxismo de dolor pasó y ella se soltó de sus brazos.
—Usted no es despiadado —dijo Vesta—. ¡Dígame qué debo hacer! Ha destrozado a mi padre y no puede venir en mi ayuda. ¡Tenga piedad de mi desigualdad y aconséjeme!
—¡Ay, niña! —dijo Milburn—, mi consejo debe ser en mi propio interés, aunque desearía poder encontrar su confianza. Soy una criatura pobre y no sé cómo. Es usted quien debe alentar la fe que siento que empieza en algún lugar de esta habitación, como una golondrina de chimenea que quisiera volar fuera. ¡Gorjea, gorjea para ella, y quizás venga!
De pie un momento, tratando de reunir sus pensamientos y fallando por completo, Vesta aceptó la confianza que él le ofrecía con los brazos abiertos. Ruborizándose como nunca se había ruborizado en su vida, aunque él no podía saberlo en la oscuridad de la tarde, caminó hacia él y lo besó una vez.
—¿Eso le animará a aconsejarme como un amigo? —dijo ella.
—¡Ay, no! —suspiró Milburn con fervor—, me hace más su amante injusto. No puedo aconsejarle que se aleje de mí. Oh, déjeme suplicar por mí mismo. ¡Le amo!
—Entonces, ¿qué haré? —exclamó Vesta, en voz baja—, si usted es incapaz de elevarse a la altura de mi amigo, ¿y mi padre es su esclavo? ¿Cree que Dios puede bendecir su prosperidad, cuando es tan duro con su deudor? Sobre mí cae el sacrificio completo, aunque nunca fui deudora suya conscientemente, y nunca recuerdo haber deseado daño a nadie.
—¿Aceptaría la independencia de su padre a expensas del hombre más despreciado de Princess Anne? —Milburn habló sin cambiar su tono amable—. ¿Me dejaría darle el fruto de muchos años de duro trabajo y ahorro cuidadoso, para que yo me decepcione en el único motivo de ayudarle: el cortejo honorable de su hija?
Sintió que su orgullo aumentaba.
—Las deudas de su padre conmigo son de decenas de miles de dólares —continuó Milburn—. ¿Me pide que le entregue esa suma y me retire a mi soledad, lejos de esta brillante luz de hogar y familia, calor y música, que usted ha creado? Esa es la prueba a la que somete mi amor: el destierro de usted. ¿Lo pedirá?
—No he pedido su dinero, señor —dijo Vesta—. Sin embargo, he oído decir que el amor hace tanto como eso, aliviando la angustia de su objeto y encontrando suficiente alegría en el acto de abnegación.
—No creo que usted conozca personalmente ningún caso así, aunque pueda haberlo leído en una novela o tratado. Los hombres han muerto y dejado una fortuna que ya no podían guardar a alguna dama querida; o han hecho un sacrificio considerable por una mujer hermosa y noble; pero, ¿dónde ha oído usted, señorita Vesta, de un amante hambriento que renuncia a cada don que podría ganar a la incomparable, para ser él mismo devuelto a su pesar, torturado aún por el amor y ridiculizado por sus vecinos? ¿Qué diría Princess Anne de mí? ¿Que me han tomado por tonto y lanzar nuevos epítetos tras mi sombrero?
Vesta escudriñó su mente, pensando que debía dar con algún ejemplo así, pero ninguno encajaba en el caso. Meshach aprovechó su silencio:
—Los regalos de un amante son en todas partes pasos hacia el amor, según he entendido. Él causa su impresión con ellos; se esperan. Nada crea la felicidad como un regalo, y es un viejo dicho que las bendiciones aguardan a quien da, y también a quien toma, y que buscar, pedir y llamar son dignos de elogio.
—Oh —dijo Vesta—, ¿pero ser comprada, Sr. Milburn? Ser sopesada frente a las deudas de un padre, ¿no es degradante?
—No donde habrá tal respeto y aprecio como el mío. Más bien, exáltese a sí misma como más valiosa para un avaro que todos sus préstamos, y mayor que todas las pérdidas de su padre como equivalente, e incluso entonces poniendo a su marido en deuda, al ser usted mucho más rica que su cuenta.
—¿Dónde estará mi parte de amor en este mundo, casada así? —preguntó Vesta—. Amar es el globo mismo para una mujer, su juventud la mera atmósfera del mismo, su viudez el perfume de esa estrella extinguida; y toda mi mente ha estado alerta para descubrir la imagen a la que serviré, el joven brillante listo para mí, mirando a uno tras otro para ver si podría ser él, y de repente usted sostiene entre mí y mi fe un papel con las obligaciones de mi padre, y dice: «¡Aquí está su destino; este es todo su romance; está ejecutada!». ¿Cómo va a tomar un corazón marchito como ese y encontrar en él una alegre compañía? No, se sentirá decepcionada. Se volverá contra mí el haberme vendido.
—La imagen que esperaba puede haber llegado —dijo Milburn con valentía—, incluso en mí; pues el amor a menudo surge de una emboscada, ni puede preparar el corazón para ello como un campo. Recuerdo una fábula que leí sobre un dios que amaba a una mujer, y él irrumpió sobre ella en una lluvia de oro; y ¿qué era eso sino el cortejo de un hombre rico? Conseguimos oro para igualar la nobleza en las mujeres; la belleza es lujosa y exige adornos y un marco rico; el hombre más rico de Princess Anne no es lo suficientemente bueno para usted, y los simples muchachos con los que su mente se ha llenado son más indignos de ser su marido que el humilde acreedor de su padre. Tal creación como la señorita Vesta requería un sacrificio y un éxito especial en el carácter de su marido. La vida anual de esta península no podría igualarla, y un monstruo tuvo que ser criado para llevársela.
—Usted no es exactamente un monstruo —observó Vesta, con compasión natural—, y me hace cumplidos tan cálidamente que alivia un poco la tensión de este encuentro. No llame la atención de una mujer sobre sus defectos, ya que de lo contrario podría sentirse encantada por su voz.
—Eso también es parte de mi sacrificio —dijo Meshach—, como el dinero que he acumulado. Sin otro maestro que el amor y la esperanza, me he educado para ser apto para hablar con usted. Todo es tosco ahora, como un cuervo al que he enseñado a hablar, pero el estímulo me hará confiado y atrevido, y usted olvidará mis ropajes de sable, incluso mi sombrero.
Un escalofrío pareció acompañar esta conclusión, y Vesta tocó su campanilla. Virgie, al entrar, recibió las instrucciones de su ama: «¡Trae una bandeja, té y luces, y coloca el sombrero del Sr. Milburn en el perchero!».
La joven miró el sombrero antiguo con una luz tímida en los ojos, pero la cabeza de su ama estaba vuelta como para indicar que debía tomarlo, aunque estuviera al rojo vivo. Virgie obedeció y pronto trajo el té.
—Es buen té —dijo Milburn, bebiendo no de la taza, sino del platillo, mientras Vesta lo observaba extrañada—, y hace frío esta tarde. ¡Déjeme encender su fuego!
Tiritó un poco mientras se levantaba y cruzaba la habitación, y al remover los troncos carbonizados para hacer brotar una llama, y al poner más leña, hizo que las paredes cobraran vida con destellos amarillos, entre los cuales Vesta vio a sus antepasados lanzarle miradas frías desde sus marcos dorados —¡sin embargo, cuán indefensos eran, con toda su respetabilidad, para sacar su cuerpo o el honor de su padre del empeño!— y sintió por primera vez la vacuidad del poder familiar, excepto en la armadura siempre preservada de una posteridad solvente. También hizo un largo y cuidadoso examen de su pretendiente, para ver si había alguna disculpa para él como marido.
Su figura era baja, pero con fuerza y elasticidad; ropas mejores podrían quedarle con elegancia, y Vesta lo volvió a vestir en su imaginación con guantes de color lavanda sobre sus manos pequeñas, un anillo en su largo dedo meñique, un sello de cornalina y una cinta en el bolsillo de su chaleco, y chorreras en el pecho de su camisa. En lugar de su traje de paño apagado, le daría un chaleco color ante y botones de perla con anillas, y polainas blancas en lugar de esas cosas verdes y desgastadas sobre sus pies, y pondría en su cabeza un sombrero de seda pulcro con ala estrecha para elevar su altura con esbeltez, y dejaría que una levita de color oliva o azul oscuro, y pantalones del mismo color, realzaran sus adornos. Así transformado, Vesta podía concebir un hombre peculiar pero pasable, hacia quien una dama podría volverse considerada con mucha oración y esfuerzo, y se preguntaba, ahora, cómo este hombre se las había arreglado para calmarla ya hasta tal punto que lo había besado voluntariamente. Tendría miedo de volver a hacerlo, pero estaba tan claramente registrado como que una vez puso una flor en su sombrero; y Vesta se dijo a sí misma:
—¡Tiene poder de algún tipo! Esa historia, por poco que escuchara de ella, fue contada con una confianza obstinada que desearía que mi pobre padre tuviera algo. ¿Podría ser feliz alguna vez con este hombre, mediante el estudio y la piedad? Dios podría abrir el camino, pero ahora me parece cerrado.
—La noche avanza, señorita Custis —dijo Meshach—. Sus recompensas ya son grandes para mí. ¿Cuándo puedo volver?
—Creo que debemos determinar qué hacer esta noche, Sr. Milburn —dijo Vesta, con creciente determinación—. Ni un paso más nos hemos acercado a ninguna solución de esta obligación de mi padre. Lo hemos considerado hasta este momento como mi obligación, y eso puede haberle alentado indebidamente. Señor, puedo trabajar para ganarme la vida.
—¿Usted trabajar? —repitió Milburn.
—¿Por qué no? Amo a mi padre. Como otras mujeres que se quedan pobres trabajan para sus hijos o un marido enfermo, ¡por qué no habría de hacerlo yo por él! La pobreza no tiene terrores, excepto... excepto la pérdida del orgullo.
—Usted se arriesga a eso, pase lo que pase —dijo su pretendiente—, pero no lo perderá eludiendo el mal menor por el mayor. He oído hablar de mujeres que huyeron a la pobreza por insatisfacción con un marido, pero el orgullo sobrevivió e hizo la pobreza espantosa. El orgullo en cualquier caso aumentó el descontento. Usted debería dar el paso que permitirá que el orgullo sea absorbido por el deber, si no por el amor.
—¿Deber? —pensó Vesta—. Esa es una palabra reposada, mejor que Amor. Sr. Milburn —dijo en voz alta—, ¿cómo es mi deber hacer lo que usted pide?
—Creo percibir que usted tiene un corazón leal, una conciencia a la que el engaño ni siquiera puede acercarse. Algo ya la ha hecho lenta al matrimonio, de lo contrario, con sus maravillas, no habría tenido la oportunidad de ser ahora rechazada por usted. El matrimonio se ha vuelto demasiado formidable, tal vez, para usted, por la pureza de su corazón, más aún porque lo veía como su destino. Es su sino, pero usted lucha contra él. Véalo, entonces, como un deber, tal como espera en otros; en su criada esclava, por ejemplo.
—¡Ay! —dijo Vesta—, ella puede casarse libremente. Yo soy la esclava.
—No, señorita Vesta, ella ha sido libre, pero, vendida entre extraños con los efectos de su padre, se sentirá tan necesitada de simpatía y protección que el amor, en cualquier forma fea que venga, será la bendición de Dios para su pobre corazón. Lo que usted repele en la revulsión de la fortuna —el yugo de un marido—, millones de mujeres se han inclinado ante él como si fuera el mismo arcoíris de promesa puesto en el cielo.
—¿Cómo sabe usted tanto de los sufrimientos de las mujeres, señor Milburn? ¿Ha tenido hermanas u otras damas a quienes cortejar?
—He visto la naturaleza humana en mi pequeña tienda, no, como su rara naturaleza, refinada por la feliz fortuna y el linaje, sino de un tipo moderado, que lucha por no caer como un águila herida. Al principio han venido a mí en busca de artículos de necesidad más baratos o porciones más pequeñas de lo que otras tiendas venderían, mirándome con desprecio. Al final, han sacrificado a su último esclavo, su último par de zapatos, y, cuando ya era demasiado tarde, su falso orgullo se ha rendido para buscar refugio bajo la choza de un negro, o bailar desnudas en mi tienda por una taza de whisky.
—Señor —exclamó Vesta indignada, levantándose de su mecedora—, ¿me dirige esta advertencia a mí?
Al levantarse, Meshach Milburn pensó que su riqueza no era más que guijarros y conchas ante la perfección de ella, ahora animada con el espíritu de una reina.
—Señorita Vesta —dijo—, perdóneme, pero acabo de salir de muchas generaciones de pobreza forestal, y sabiendo lo difícil que es romper esa servidumbre, quisiera evitar que usted dé el primer paso hacia ella. La lozanía de su mejilla, el molde del que usted es producto sin tacha, los gustos y pensamientos de una dama casta, y la fuerza y alegría innatas, son obra del favor de Dios para su familia durante generaciones. Ese favor Él lo continúa al depositar esas cargas familiares sobre los hombros de otro, para ahorrarle a usted el trabajo y el cuidado, la ansiedad y la lenta decadencia que este violento cambio de circunstancias significa. Sería un pecado recaer de esta perfección a esa penuria.
—No veo por qué una pobreza honorable me haría menos mujer —exclamó Vesta.
—Usted no teme a la pobreza porque no la conoce —continuó Milburn—. Crece en esta región como los pinos de campo viejo y los pequeños robles sobre una granja descuidada. Una vez hubo un asentamiento con palacio de justicia en Dividing Creek, donde la justicia, la elocuencia, el talento, el ingenio y el heroísmo formaban el centro social de dos condados, pero trasladaron el palacio de justicia y el bosque ahogó rápidamente el lugar. Ahora no queda ni un eco de aquella gloria pasada. Usted puede salvar a su casa de ser engullida por el bosque.
—¿Casándome con el héroe del bosque? —dijo Vesta, aunque se arrepintió de inmediato.
—Sí —pronunció Milburn con obstinación, tras una pausa—. He salido al encuentro de la casa de Custis a medio camino. Estoy saliendo de los bosques mientras ellos entran, a menos que el sacrificio sea mutuo.
—No seamos personales —suplicó Vesta, con su gracia de dolor—; siento que es usted un hombre amable, al menos conmigo, pero una joven pobre debe luchar por sí misma.
Vio que las lágrimas brotaban al instante en sus ojos y aprovechó su ventaja:
—Sus lágrimas son como los manantiales que encontramos aquí, tan ocultos bajo la arena pedregosa que nadie los sospecharía, pero yo los he visto filtrarse. Dígame ahora, si no sería más feliz cargando con la pesadumbre de mi padre y mi madre, dejando que disminuyamos y seamos frugales, en lugar de huir cobardemente hacia la protección de nuestro acreedor, mediante una unión que el mundo, al menos, calificaría de mercenaria. Mi padre podría levantarse de nuevo, de alguna manera.
—No, señorita Vesta. Su padre no puede poseer bienes mientras quede sin pagar cualquier porción de sus deudas. El camino más fácil es demostrar al mundo que nuestra unión no es mercenaria, intentando amarnos el uno al otro. En toda la tierra el matrimonio es la reparación de las familias arruinadas; el camino corto, y el más natural también. Rut era una pariente pobre, pero se apartó del rastrojo de la cosecha que hacía sangrar sus hermosos pies, para arrastrarse a los pies del viejo Boaz y encontrar descanso conyugal, y su sabiduría al elegir la cantamos en los salmos del Rey David, y la oímos en los proverbios del Rey Salomón, hijos de sus hijos.
—¡Dios sabe que no estoy pensando en mí misma! —dijo Vesta—. Gustosamente podría dar clases en una pequeña escuela, o ser institutriz en alguna parte, o, como nuestra pariente, la madre de Washington, cabalgar por los campos con mi capota de sol y mi sombrero de paja y supervisar a los trabajadores.
—Eso nunca hizo al General Washington, señorita Vesta. Fue el matrimonio lo que lo prestó al mundo; primero, el matrimonio de su medio hermano con las Fairfax; después, el suyo propio con la rica viuda de Custis. Si hubieran buscado solo dotes naturales, algún Daniel Morgan o Ethan Allen habría sido el comandante de Washington.
—¿Por qué me atrae hacia usted despertando el motivo de mi amor propio? —preguntó Vesta—. Esa no es la forma de preservar mi corazón como usted querría que estuviera.
—De todas las formas en que puedo atraerla hacia mí —dijo Milburn, temblando de nuevo con vehemencia—, me siento desesperado por intentarlo. Si está mal, surge de mi sentido de autoconservación. Sin usted soy un fracaso absoluto, y mi labor en la vida se pierde.
—¿Realmente cree que me ama? ¿No es algún tipo de ambición; tal vez una ambición social?
—¿Casarme con una Custis? —exclamó Milburn—. No, es casarme con usted. Preferiría que no fuera una Custis.
—¡Ah! Ya veo, señor —el rostro de Vesta se encendió con cierta admiración por el hombre—; piensa que su apellido es igual de bueno. Así debería ser. Entonces, ¿me ama por pasión?
—En parte eso —respondió Milburn—. La amo con todo mi temperamento, sea lo que sea; desde el resplandor de la juventud y el reflejo de la hombría, desde la apreciación de usted, y también desde la adoración; desde el ojo y la mente. La amo en la visión del asentamiento doméstico, en el compañerismo del pensamiento, en la repartición de mi ambición, en mi instinto de cultivo. La amo, también, con el ardor de un amante, más fuerte que todo, porque debo poseerla para poseerme a mí mismo; porque usted enciende una llama en mí, y mi humanidad de piedad es pisoteada por mi humanidad de deseo; ¡no puedo escuchar su súplica de escapar! ¡Soy sordo a los sentimientos de honor y cortesía si permiten que se me escape! ¡Entréguese a mí, y estos ángeles mejores podrían prevalecer, siendo tal vez accesorios al poderoso instinto que obedezco por mandato del Creador!
A medida que hablaba, Vesta vio brillar en el rostro de Meshach Milburn el éxtasis mismo del amor. Sus ojos oscuros y resinosos eran como estanques forestales que centellean por la noche bajo las antorchas de los cazadores de mapaches negros. Sus largas manos de dama temblaban mientras las extendía hacia ella para estrecharla, y ella vio en su frente y en su nariz abierta y su boca firme la presencia de una voluntad que rara vez falla, cuando se ejerce con fuerza, en reducir la de una mujer y hacer que reconozca a su señor.
Sin embargo, con esta fuerte excitación del amor mental y animal, que generalmente anima al hombre a la elocuencia, si no a la belleza, algo cansado, casi como dolor, marcaba al audaz intruso, y un temblor, no como el de la voluntad y el coraje, recorrió su cuerpo. Fue esto lo que conmovió a Vesta con la sensación de que tal vez ella no era la única que sufría allí, y la piedad, que salva a muchos amantes cuando sus méritos no podrían ganar, llevó a la hija del Juez a una decisión impulsiva.
—Señor Milburn —dijo finalmente, presionando sus manos contra su cabeza—, las pruebas de este día han sido demasiado para mi cerebro. Nunca, en toda mi vida, he tenido realidades como estas con las que lidiar. Estoy agotada. ¡No, señor, no me toque ahora! —Él había intentado repetir su gesto compasivo y acariciarla en sus brazos—. Pongamos fin a este conflicto de una vez. Usted dice que se casará conmigo; ¿cuándo?
—Es suyo el decir cuándo, señorita Custis. Estoy listo cualquier día.
—¿Y me dará cada pagaré y obligación de mi padre, de modo que la porción de mi madre le sea devuelta por completo, y esta casa, los sirvientes y las tierras sean míos por derecho propio?
—Sí —dijo Milburn—; tengo tanta confianza en su verdad y virtud que usted guardará estos papeles desde este momento hasta el día de la boda.
—No pasará mucho tiempo, entonces —dijo Vesta, mirando a Milburn con una voluntad y autoridad totalmente iguales a las suyas—. ¿Me llevará esta noche?
—¿Esta noche? —repitió él—. ¿No esta noche, seguramente?
—Esta noche, o probablemente nunca.
Se acercó más, para mirar su rostro a la fuerte luz del fuego. Un coraje tranquilo, que moriría, como Juana de Arco en las llamas, respondió a su indagación.
—Sí —dijo Milburn—, bajo su mando la llevaré esta noche, aunque es una sorpresa para mí.
Se acobardó un poco, sin embargo, estando su conciencia inquieta, y el mismo temblor que Vesta ya había observado recorrió su cuerpo de nuevo.
—¿Qué dirá el mundo de su matrimonio tras un solo día de conocerme?
—Nada —respondió Vesta—, excepto que soy su esposa. Eso, al menos, silenciará los consejos y evitará la intrusión. Si me retraso, estos presentimientos podrían prevalecer, si no conmigo, con mi familia, algunos de los cuales son de temer.
Él pareció no tener curiosidad sobre ese tema, limitándose a decir:
—Es en usted, querida niña, en quien pienso; si de esta prisa no se arrepentirá, o si se convertirá en un tema de reproche para usted misma. Para mí no puede serlo, al no tener mundo, ni tribu; ¡solo a mí mismo y a usted!
Vesta se adelantó y levantó su mano, que estaba fría.
—Creo que me ama —dijo—. Creo que esta mano tiene las líneas de un caballero. Ahora, le confiaré una confidencia familiar. Los problemas de esta casa son como un fuego que no hay otra forma de tratar que apagarlo de inmediato. Mi padre no se verá perturbado, más allá de su dolor secreto, por el paso que voy a dar, pues aprecia sus talentos y éxito. Es por él que daré este paso, si es que lo doy, y todavía tengo una hora para reflexionar. Pero mi madre será resentida, y sus hermanos y parientes en Baltimore expresarán una rabia salvaje, en primer lugar, por el hecho de que mi padre perdiera su parte; después de eso, y espero que menos amargamente, se resentirán de mi matrimonio con usted. Expuesta a su interferencia, podría ser retenida de ir en ayuda de mi padre; incluso podrían obligarme a marcharme y romper nuestra familia, dejando a mi padre solo para enfrentar sus miserias.
—Ya veo —dijo Milburn—; usted me daría el derecho legal de enfrentar a la gente exaltada de su madre.
—No solo eso —dijo Vesta—; pondría fuera de su poder y del de ellos el impedir el sacrificio que medito hacer. El miedo inmediato de mi padre es el reproche de mi madre: que él haya arriesgado y perdido su dinero. Ya la ha enviado a la cama, enferma y casi violenta. Bien podría ahorrarle al pobre caballero toda su angustia, si he de ahorrarle una parte.
—¡Valiente muchacha! —exclamó Meshach Milburn, con admiración—. Es cierto, pues, que la sangre no miente. ¿Tiene la intención de darle a su madre el dinero que se ha perdido, y silenciar su queja antes de que la formule?
—Exactamente eso, señor Milburn, y decir: "Es un regalo de mi esposo, y una ofrenda de paz de todos nosotros".
—¿No es su intención, querida —preguntó el acreedor—, tomar a la señora Custis en su confianza antes de este matrimonio?
Ella lo miró con la súplica de alguien que duda y desea ser resuelto. —Aconséjeme —dijo—. Quiero hacer lo mejor para todos, y evitar palabras amargas, que se enconan tanto tiempo. ¿Es necesario decírselo a mi madre?
—No. Usted es una mujer libre. Conozco su edad, aunque la olvidaré poco a poco. —Este primer destello de humor le sentó bastante bien a su extraño rostro—. Si se lo dice a su padre, es suficiente.
—Espero estar haciendo lo correcto —dijo Vesta—, y ahora dedicaré mi hora a mi alma y a mi Salvador. Señor, ¿reza usted alguna vez?
Milburn retrocedió un poco.
—No rezo como usted —respondió—; mis oraciones son cosas secas. Sí digo una pequeña rima que mi madre me enseñó en el bosque.
—Intente rezar para que yo haga lo correcto —dijo Vesta—, para que no haga este sacrificio y deje una conciencia herida. Y ahora, señor, adiós. A las nueve vaya a nuestra iglesia y espere. Si decido ir, allí encontrará al rector y todos los preparativos hechos. Si no voy, creo que no me verá más.
—¡Oh, hermoso espíritu! —exclamó su amante—, ¡no me oprima con ese miedo!
—Si otro camino se hace claro para mí —dijo Vesta—, iré por ese camino. Si mi deber me lleva a usted de nuevo, será mi señor. Señor, aunque su misión aquí fue severa, le agradezco su sinceridad y la amable consideración que parece haber tenido conmigo desde hace tanto tiempo. Adiós.
—¡Ángel! ¡Vesta! ¡Querida! —gritó Milburn—, ¿puedo besarla?
—Ahora no —respondió ella, fría como la superioridad, interponiendo su mano.
La puerta estaba abierta de par en par, y la esclava, Virgie, allí, sosteniendo el Sombrero Vinculado. Milburn, con un escalofrío, lo tomó, se cubrió y se marchó.
CAPÍTULO X.
AMO EN LA COCINA.
La cocina había sido un escenario de todo menos de paz y sabor culinario durante la larga visita del dueño del sombrero.
La tía Hominy y los negritos habían hecho tres visitas furtivas al vestíbulo para echar un vistazo a la temible cosa que colgaba allí, como si fuera una especie de trampa, propensa a soltar un resorte y atrapar a alguien, o a explotar como un mortero o un torpedo. A medida que pasaba hora tras hora, y la señorita Vesta no reaparecía, y finalmente tocó su campana para el té, la tía Hominy estaba fuera de sí por la superstición.
—Cariño —exclamó a Virgie—, trae este lagarto seco y esta manzanilla, y deja caer el lagarto en ese viejo sombrero, y rocía el suelo donde se sienta el viejo Meshach con la manzanilla, y di "¡Fuera!". Tal vez eso arruine su forma de medir a la señorita Vessy.
—No, tía, si el viejo Meshach me midiera a mí, no pondría a la familia en vergüenza ante él. La señorita Vessy es poderosamente sabia, y tal vez ella pueda sacar ventaja de ese sombrero malvado.
—Sí —dijo Roxy—, ella es buena, tía Hominy, y dice sus oraciones cada noche y mañana. He oído decir que las brujas no pueden oír el nombre del Señor y quedarse, de ninguna manera. Tal vez la señorita Vessy diga en el viejo sombrero de Meshach: "Mateo, Marcos, Lucas y Juan, bendigan la cama donde me acuesto". Eso hará que el viejo diablo simplemente salga volando.
—No, muchachas —insistió la tía Hominy—, la manzanilla es lo único que evitará que nos mida a nosotras. ¿Acaso el viejo Meshach no va a la iglesia también, y tiene un libro de oraciones y...? ¡Escucha eso, cariño! ¡Si ella no le está cantando!
Mientras Virgie respondía a la campana, la tía Hominy bajó su preciada manzanilla y roció a los niños pequeños, y les dio a cada uno un vaso de cerveza de sasafrás para bendecir sus entrañas.
—¡Que el Señor los bendiga! —exclamó la anciana—, si el comprador de esclavos viene, la tía Hominy los llevará al bosque y simplemente se perderá, y viviremos de bayas, olmo resbaladizo, majuelas y castañas. No nos vamos a quedar y dejar que el viejo Meshach nos mate de hambre como a un lagarto.
—Tía Hominy —dijo Roxy—, tal vez, vieja, si horneas una buena hogaza de pan federal, o un pastel de caza, o una natilla de caqui, y se lo envías al viejo Meshach, no nos venderá a los compradores de esclavos. Nunca obtiene nada bueno para comer, y no sabe lo que es. Un pequeño sabor lo hará querer más.
—Roxy, muchacha —dijo la tía Hominy—, simplemente me gustaría hacer una bolsa de albóndigas con ese sombrero de campanario que tiene. Cuando despellejara la albóndiga el sombrero quedaría muy estropeado, niños, y entonces el Juez recuperaría sus tierras que Meshach ha medido. Porque el Juez diría: "Meshach, no me has medido bien. ¿Dónde está tu vara de medir, viejo diablo?". Entonces Meshach diría: "El sombrero con el que lo medí fue quemado por esa vieja Hominy, haciendo sus pudines". "Entonces", dice el Juez, "no me has medido justamente. No jugaré. ¡Recógelo todo!". Niños, debemos conseguir ese viejo sombrero, o los compradores de esclavos nos llevarán a todos.
Comenzaron a echar otro vistazo de codicia y asombro al sombrero legendario, cuando Virgie emergió de la puerta del salón con el temido objeto en la mano, y, colgándolo en la clavija, entró con miedo supersticioso y alivio en la columnata. La tía Hominy la llevó apresuradamente a la cocina, la espolvoreó con polvo de hierbas, agitó un cascabel hecho con dientes de serpiente en el gaznate de un cerdo sobre su cabeza, y terminó empujándole un dulce trozo de corteza de sandía en conserva por la garganta.
—¿Te hizo daño, cariño? —preguntó la tía Hominy, con los ojos llenos de excitación, refiriéndose al sombrero.
—De hecho no lo sé, tía —respondió Virgie—; todo lo que vi fue a la señorita Vessy, mirando hacia otro lado, como si pudiera avergonzarse de mí, y recogí la cosa y la llevé al perchero; y todo lo que sé es que olía a viejo, como algunos de los cofres de ropa vieja allá arriba en el desván, cuando levantamos la tapa y miramos dentro, y parece como si fueran ropas de gente muerta.
Los pequeños negros, Ned, Vince y Phillis, escucharon esto con ojos brillantes, y hundieron sus cabezas bajo las faldas y el delantal de la tía Hominy, mientras la anciana exclamaba:
—¡Señor ten piedad! —y comenzó a soplar lo que ella llamaba "pow-pow" sobre los dedos profanados de la chica.
—No creo que sea nada, tía, más que un sombrero viejo, feo y asqueroso de muertos —exclamó Virgie—. Él solo lo usa para molestar a la gente. Estaba tomando el té igual que la señorita Vessy, pero pensé que sus dientes castañeteaban un poco, como si hubiera olido el viejo sombrero, y le dio un escalofrío.
—¿De dónde sacó el sombrero, tía Hominy? —preguntó Roxy—. ¿Lo desenterró de algún lugar?
La pregunta pareció estimular la fácil invención de la cocinera, y, después de una mirada astuta pero crédula arriba y abajo de la gran cocina, donde la luz pálida en las ventanas era invisible ante el fuego más fuerte bajo la gran chimenea, la tía Hominy susurró:
—Desenterró ese sombrero en el cementerio en ruinas de la vieja Rehoboff. Lo encontró en la tumba.
—Pero esta tarde dijiste, tía, que el Malo se lo dio.
—El diablo se encontró con él justo allí —insistió la tía Hominy—, en ese viejo cementerio cubierto de maleza, donde los himnos de Dios solían elevarse antes de que el diablo lo consiguiera. Le dice a Meshach: "Te hago el sacristán aquí. Ve a buscar la pala allá afuera, donde solía estar la casa de los muertos, y cava entre las tumbas bajo las enredaderas de mirto, y encuentra mi sombrero. Mientras mantengas al Señor y el canto lejos de esta gran iglesia abandonada, puedes conservar ese sombrero para medir las tierras de todos". Por eso nadie puede cantar ni rezar en esa iglesia. Nadie más que Meshach Milburn reza allí alguna vez. Él va allí a veces con su regalo de Navidad en la cabeza, y le reza al diablo.
Así es como una moda inusual despierta visiones inusuales, como si trajera al día presente los fantasmas que fueron puestos a descansar con ella misma, y entraron en mentes simples, y produjeron superstición allí.
La tía Hominy nunca fue estimulada a invenciones de este tipo, pero las absorbía de inmediato, y se convirtieron en creencias religiosas para ella. Su manera, altamente animada por su terror y creencia, produjo más y más superstición en las mentes de las chicas y los niños, y la conversación decayó; los pequeños negros vagaban de aquí para allá, incapaces de dormir, pero incapaces de atraer suficiente atención de nadie, hasta que el Juez Custis, que había estado esperando durante horas a que su acreedor se fuera, bajó las escaleras traseras con sus viejas zapatillas, y vino a la cocina entre la gente de color por hacer compañía.
Su fina presencia, y su trato familiar, aunque superior, le dieron un nuevo aspecto de inmediato al extremo africano de la casa.
Recogió a todos los niños de dos en dos o de tres en tres, los revolvió, los persiguió, los lanzó, y expulsó las imágenes lívidas de la mente de la tía Hominy de sus espíritus, y luego atrapó a las dos jóvenes, y sentó a Roxy sobre su hombro, y atrapó a Virgie por la cintura, y finalmente las amontonó sobre la tía Hominy, quien corrió detrás de su bloque de galletas, y él agrupó a todos los niños sobre el grupo.
—¡Señor ten piedad, Juez! —exclamó la tía Hominy, encantada, y mostrando sus dientes blancos, por cualquier lado que los revelara—. ¡Váyase, Juez, la señorita Custis lo atrapará! ¡La señorita Vessy viene, ante el Señor!
Los niños gritaban, metiéndose más en el alboroto mientras fingían intentar salir, invadiendo la espalda del Juez y frotando su lana limpia contra sus patillas, y las dos pulcras sirvientas, criadas como hijas blancas en su familia, no estaban desacostumbradas ni al trato jovial ni a las caricias de su amo, lo cual él concluía habitualmente con un regalo de algún tipo.
—Vieja —dijo el Juez a la tía Hominy—, ¿puedes darme un poco de algo asado para mi estómago? Quiero comerlo aquí mismo.
—¡Ja! ¡Yah! ¡No tengo más que un pollo joven, amo! Tal vez pueda conseguirle un pichón del palomar en el hastial.
—¡Eso es, Hominy! —exclamó el juez Custis—. Un pichón tierno, una tostada en crema, un vaso de leche fresca y un manojo de apio fresco, simplemente elevarán mi pulso y me darán valor. Consíguelo, mi fiel vieja; es lo último que podré pedirte, pues el viejo Samson Hat va a ser tu dueño pronto.
—¿A mí? ¡No, señor! Antes huiré de Prencess Anne. El hombre que limpia el sombrero del diablo del viejo Meshach Milburn no me tendrá nunca.
—Bueno, será a alguna de ustedes. Si no tomas a Samson, Roxy debe hacerlo, o Virgie. El viejo será muy influyente con nuestro nuevo amo y, Hominy, todas dependemos de ti para que lo hagas sentir tan cómodo que simplemente mantenga a la familia unida.
La sobriedad apareció ante este intento de ocurrencia, y la vieja cocinera vio cómo una película se formaba en los ojos sonrientes del Juez.
—¡Viejo amo! —exclamó ella, levantando las manos—, usted está ahí sentado, rompiéndose su pobre corazón. ¿Acaso no sé cuándo está fingiendo? Tal vez esta noche sea la última que lo veamos en su propia cocina cálida y agradable, y nunca más, querido viejo amo, podrá Hominy asarle un pájaro o sazonar la sopa que le gusta. Bendito sea Dios, esta vez conseguiremos el pichón, el apio y la tostada, ¡antes de que el viejo Meshach Milburn nos mida todo lo que tenemos!
Mientras los niños gateaban alrededor de las rodillas del Juez, lanzando un lamento lúgubre al verlo sollozar, las dos pulcras criadas, olvidando toda contingencia para sí mismas, sollozaron también, como si fueran sus propias hijas, al verlo desmoronarse; pero la tía Hominy solo se sintió desesperadamente enérgica ante la oportunidad de cocinar la última cena de la casa de los Custis.
Encendió una astilla de pino en el fuego y, a su luz, hizo que uno de los mozos de cuadra subiera por una escalera para registrar el palomar, y en muy poco tiempo tanto un pollo como un ave fueron asados y colocados sobre la mesa de la cocina en un mantel impecable, y el penacho de apio blanco como el lirio y la tostada humeante en crema de terciopelo calentaron las fosas nasales del Juez y secaron sus lágrimas.
Roxy se quedó detrás de él para atender sus deseos; Virgie reprimió toda expresión de dolor y consoló a los niños, y la pobre tía Hominy, con lágrimas silenciosas rodando por sus mejillas al verlo comer y sufrir, mantuvo un parloteo de conversación epicúrea, no fuera que él se girara y la viera miserable. Cuando terminó su comida, sacó su palillo de oro y sintió una alegría reconfortante en medio de tanta miseria y simpatía, Vesta abrió la puerta y dijo:
—¡Papá!
—¿Hija mía?
—Déjame hablar contigo.
El juez Custis se levantó y alzó las manos hacia la tía Hominy en un reconocimiento mudo de su servicio; pero no fue hasta que la puerta se cerró tras él cuando el grito de la vieja cocinera estalló a través de sus labios temblorosos:
—¡Oh! Niños, niños, nunca volverá a comer nada como eso. ¡El viejo Meshach lo ha medido ya!
CAPÍTULO XI.
EL ORGULLO MORIBUNDO.
Al terminar la larga visita de Milburn, Vesta se había dirigido a su habitación, leído su pasaje de la Biblia, rezado su oración e intentado pensar, pero la aplicación del día había sido demasiado grande como para dejar a su mente la energía matutina, cuando la salud, que es gran parte de la decisión, era elástica en sus venas y su cerebro.
Empezó a ver cómo su deber se alzaba como algo prodigioso a un lado, apartando cualquier otra consideración menos una: su modestia; y amenazando aquello que, como un ratoncito, corría de un lado a otro de su mente, timorato, pero indefenso y sin agujero por donde escapar.
Dejaría de ser doncella en el transcurso de una hora, o abandonaría a su familia, y conduciría a ese gran sabueso del deber sobre el umbral de su hogar arruinado.
En un caso residía la devastación externa: los ojos rojos de padres y criados que no habían dormido en toda la noche y la miraban como a su obstinada rehén, y los entrometidos alguaciles alojados en las instalaciones para vigilar que no se sacara nada de contrabando, el tañido de la campana del subastador y el manoseo de palurdos y viejos chismosos sobre las cosas queridas de la familia, hasta sus reliquias, joyas y medias; la vasta casa antigua convertida en un granero vacío cuando esto terminara, y ella y su madre visitando la cárcel donde su pobre padre miraba a través de los barrotes e inclinaba la cabeza por la vergüenza.
Luego, los sirvientes, uno tras otro, montados sobre el bloque del tribunal, los viejos servidores canosos burlados, los niños pequeños separados, como terneros por el carnicero, y las jóvenes sintiendo las desesperadas aprehensiones de abuso y violación, que eran la otra alternativa a ella misma, para quien la pureza era como la blancura del lirio, valorada más que su belleza de forma o su perfume.
Se miró en el espejo a la luz que flameaba en su brasero de bronce y vio cómo los rubores trepaban, como vírgenes que huyen durante el saqueo de ciudades, por las blancas murallas de su cuello y sienes.
La forma que tan poco había cambiado desde la infancia, flexible y recta, y moldeada a la perfección, iba a caer como el joven nogal en el huracán de agosto, arrancado de su arboleda natal. El aliento del hombre al que iba a entregar su vida, irresistible y cálido como esa tormenta, lo había sentido ya, cuando la sostuvo por un momento en sus brazos en el arrebato de la pasión, y escuchó su intrépida declaración de deseo.
Casarse con cualquier hombre ahora parecía duro; casarse con este era una vergüenza inexpresable, y ante tal pensamiento no podía derramar ni una lágrima, tal parálisis se apoderó de ella. Había leído sobre la reciente revolución griega, donde elegantes damas de Quíos y otras islas del mar Egeo, educadas en los mejores seminarios de Europa, habían sido vendidas por millares como esclavas comunes en los mercados de Constantinopla, y llevadas a sus haciendas por brutales turcos, con toda la ansiosa anticipación de la lujuria y la tiranía.
Sobre este episodio vívido comenzó una procesión de todas las edades de mujeres que habían sido el deporte de la conquista desde que su madre común, Eva, perdió el Paraíso por su simplicidad: las doncellas judías llevadas a Babilonia, las vírgenes góticas arrastradas por las colas de los caballos de los moros, las hijas de Palestina y Bizancio consignadas a sensualistas árabes y obligadas a seguir sus tiendas nómadas, y las damiselas de ojos almendrados de China entregadas por sus padres a los salvajes calmucos, para ser golpeadas y hambreadas en cualquier llanura fría de Asia, hasta que la vida se entregaba sin esperanza ni miedo.
—Soy más feliz que millones de mi sexo —dijo Vesta—; mi captor no me desprecia, al menos. Tal vez me trate con más bondad de la que pienso y me dé tiempo para acercarme a él sin este dolor y esta vergüenza mortales.
Entonces casi se arrepintió de su precipitada decisión de casarse esta misma noche, en lugar de después de un conocimiento más prolongado, el cual el señor Milburn, sin duda, le habría concedido, y sus palabras fueron recordadas con acusación: "¿Qué dirá el mundo de tu matrimonio después de un solo día de conocerme?", "¿No te arrepentirás de esta prisa, o se convertirá en motivo de reproche para ti?". ¿Era demasiado tarde para retractarse de sus palabras y pedir una demora?
—No —pensó Vesta—, voy a mantener, al menos, mi mente virgen y casta, en lugar de jugar a la coqueta inestable con ella. No dejaré que empiece a pensar que soy débil y voluble ya.
Para ver si había el menor rayo de alivio en este matrimonio, Vesta cruzó a la habitación de su madre y encontró a la señora Custis con la cabeza envuelta en pañuelos empapados en colonia y un frasco de láudano en la mano, y en una condición cercana a la histeria.
—Mamá —dijo la pobre Vesta—, ¿tienes dolor?
—¡Oh! —gritó la señora Custis—, me estoy muriendo aquí de crueldad y brutalidad. Tu padre es un villano. Haré que maten a ese sinvergüenza de Milburn. Ve a buscarme tinta y papel, hija, y siéntate aquí a escribirme una carta para mi hermano, Allan McLane, en Baltimore. Él se las verá con el juez Custis por este robo, y nos llevará a ti y a mí de regreso a Baltimore, dejando a tu padre para que vaya al asilo de pobres o a la cárcel, no me importa cuál.
—Madre —exclamó Vesta—, ¡qué pecado! ¡Abusar del pobre padre ahora con todos sus problemas!
—¡Problemas! —repitió la señora Custis, burlonamente—, ¿qué problemas ha tenido él, me gustaría saber? ¡Viviendo en el bosque como un turco entre sus concubinas forestales descalzas! ¡Gastando mi dinero, recolectado y ahorrado por mi pobre padre en la importación de azúcar, para hacer hierro pudelado en el pantano y que lo consideren un hombre inteligente! La familia se ha deshecho. Somos indigentes, y ahora "es sálvese quien pueda". Me ocuparé de ti si puedo, pero tu padre puede morirse de hambre por cualquier ayuda que yo le daré.
—Entonces él tendrá la única ayuda que está en mi poder, madre —dijo Vesta, con decisión.
—¡Tu ayuda! —exclamó la señora Custis—. ¿Qué tienes tú? ¿Tus joyas, supongo? ¿Cuánto tiempo lo mantendrán? Será mejor que guardes tus joyas, niña, para tu boda, y que llegue pronto, porque el matrimonio es ahora tu única salvación.
—Mi última joya se irá, entonces —dijo Vesta, con una resolución pálida que atravesó sus venas como hielo.
—Guarda tus joyas —continuó la señora Custis— y elige un esposo antes de que esto se divulgue. Tienes una buena lista para seleccionar. Ahí está tu primo, Chase McLane, loco por ti y con una propiedad en Kent. Ahí está ese joven tonto Carroll, con miles de acres en la costa oeste, y el viudo Hynson de King George, Virginia, con ochenta esclavos y sus establos llenos de caballos de carreras. Puedes casarte con cualquiera de estos chicos Dennis, o tomar al capitán Ringgold de Frederick, que vive con elegancia en West Point, o ser la dueña de la mansión de Tench Purvience en Monument Square en Baltimore. Todo lo que tienes que hacer es escribir una carta diciendo: "Te espero", o, lo que es mejor, tomar el vapor de mañana para Baltimore y usar la casa de tu tío Allan para comprometerte y casarte allí.
—Mamá —Vesta habló sin reproche, solo con un sentimiento triste y confirmado de su destino—, sería capaz de engañar a cualquiera de esos caballeros si pudiera abandonar a mi padre de manera tan despiadada.
—¡Engañar! —observó la señora Custis, llenándose la palma y la frente con colonia—. ¿Qué es todo el trabajo del hombre con una mujer sino el engaño? ¿Cortejarla por su dinero, besarla para que saque su dinero de buenas hipotecas y lo ponga en mineral de hierro de pantano? Decirle cuando ya ha pasado la mediana edad que no tiene nada de qué vivir, excepto de la caridad del público o de sus amigos reacios. ¡Todo esto para un experimento! La familia Custis son todos unos pillos o unos tontos. Tu padre es un monstruo.
Vesta fue al lado de su madre y le bañó la frente.
—Querida mamá —dijo—, deja que tú y yo hagamos algo por nosotras mismas, mientras papá mira a su alrededor y encuentra algo que hacer. Podemos alquilar una casa en Princess Anne y abrir un seminario. Yo puedo enseñar francés y música, tú puedes ser la directora y encargarte de la correspondencia y los negocios, y si papá está falto de una ocupación mayor, puede dar conferencias sobre historia y ciencia. Nuestros amigos nos enviarán a sus hijos y nunca nos separaremos. Abandonaré la idea del matrimonio y viviré para ustedes dos.
La señora Custis hizo un gesto de impaciencia.
—¡Y ser una solterona! —soltó—. Eso es insoportable. ¿Para qué son todos estos logros y encantos sino para un esposo, y para qué es él sino para proveer pan y ropa? ¡No seas tan loca como tu padre sin principios! ¡No intentes experimentos! ¡Deja la filantropía! El dinero es la base de toda respetabilidad.
Vesta pensó para sí misma: "¿Puede ser eso cierto? ¿No justifica, entonces, al hombre que me solicita en sus medios de conseguir dinero? Madre —habló Vesta—, ¿querrías que me casara, entonces?".
—No hay ningún "querrías" en esto —respondió la señora Custis—. ¡Debes casarte!
—¿Casarme inmediatamente?
—Sí, cuanto antes, con un hombre rico. ¿Has elegido a uno?
—Dame tu bendición y lo intentaré —dijo Vesta—; creo que conozco a uno así.
La señora Custis besó a su hija y gimió sobre su pobre cabeza y su perdida dote matrimonial, y Vesta partió a buscar a su padre.
Lo encontró como se ha descrito, en el lujo de las lágrimas y el pichón, tan cómodo entre sus criados negros como en la legislatura estatal o a la cabeza de la sociedad, y ellos envueltos en su condescendencia y sus desgracias.
Cuando Vesta vio la curiosa escena de tal democracia patriarcal en la vieja cocina, se preguntó si esa dotación voluptuosa de su padre no era la feliz provisión para hacer tolerables las uniones matrimoniales y filosóficas las revoluciones sociales. Algo de arrepentimiento por no tener más de animal creció débilmente en su triste sonrisa cuando consideró que, dondequiera que iba su padre, creaba bienvenida y calidez, como ya sentía en la imagen de él, tras separarse de su apática madre.
—Roxy —dijo Vesta, mientras salía de la cocina—, ve donde mi madre y quédate con ella toda esta noche. Haz tu lecho allí al lado de su cama. Virgie, ponte tu capucha y lleva una carta para mí... la escribiré en la biblioteca.
Se sentó frente a su padre, él demasiado indeciso para hablar, y viendo por su expresión fija que no era momento para la locuacidad. Selló la carta con cera y, al entrar Virgie, su padre escuchó la dirección que ella le daba con una curiosidad mayor que su vergüenza:
—Lleva esto al reverendo William Tilghman. Entrégaselo solo a él y asegúrate de que lo lea, Virgie, antes de dejarlo. Si te hace alguna pregunta, dile que por favor haga exactamente lo que dice esta nota y, como es mi amigo, que no me decepcione.
Los pasos de la joven apenas estaban fuera de alcance cuando Vesta abrió el cajón de la mesa de la biblioteca y sacó un paquete de papeles atado con una cuerda. Lo desató y su padre reconoció desde donde estaba sentado sus pagarés e hipotecas.
—¡Dios misericordioso, querida mía! —exclamó el juez Custis—, ¿cómo conseguiste esos papeles?
—Van a ser míos esta noche, padre... en una hora. En el momento en que se conviertan en míos, serán tuyos.
—Bueno, Vessy —dijo el Juez—, si son tuyos aunque sea para guardarlos un minuto, ¡la forma más corta con ellos es por la chimenea!
Dio un paso adelante para quitárselos de la mano. Ella los puso en su regazo y lo miró con tanta calma que él se detuvo.
—Puedes quemar la casa, papá —dijo ella—, sigue siendo tuya. Pero estos papeles solo podrías quemarlos mediante un crimen. Sería engañar a un hombre honorable.
—¡Honorable! ¿Quién? —exclamó el Juez.
—Aquel que va a ser mi esposo.
—¡Te casas con Meshach Milburn! —gritó el Juez—. ¡Oh, maldición de Dios! ¿Él no?
—Sí, esta noche —respondió Vesta—; lo respeto. Mantengo estas obligaciones por su confianza en mí. Son mi anillo de compromiso.
El juez Custis lanzó un fuerte aullido como un hombre a quien le clavan un clavo, cayó a los pies de su hija y abrazó sus rodillas.
—Esto es para torturarme —gritó—; ¿él no se ha atrevido a pedírtelo, Vesta?
—Sí, y mi palabra está dada, padre. ¿Acaso esa palabra, la palabra de un Custis, ha de ser menos que la fe de un Milburn? Por el amor que me profesaba, el señor Milburn me entregó estas deudas como mi dote; una fe rara en alguien tan prudente. Si no me caso con él, le serán devueltas esta noche.
—¡Entonces devuélveselas, hija mía, y salva tu alma y tu pureza, no sea que viva para ser maldecido con la visión de la vergüenza de mi noble hija! Este matrimonio será impío, y la censura que lo seguirá será la bancarrota de algo más que nuestro patrimonio: de nuestra simple fama y nuestro viejo respeto familiar. Nos quedan amigos que nos ayudarían. Si te casas con Milburn, todos nos despreciarán y repudiarán.
—No lo creo —dijo Vesta—. El sentido y el valor de ese caballero —es un caballero, pues lo he visto, y un caballero de muchos dones— impondrán respeto incluso donde el falso orgullo y la pretensión familiar parezcan querer abatirlo. ¿Quién de los que lo menosprecian hará algún sacrificio considerable para ayudarnos? ¿Tus hijos? ¿Lo harán ellos? Entonces, ¿con qué derecho deciden mi elección matrimonial? No, padre, solo hago mi parte para apoyar a nuestra casa en su extremo, como estos caballeros y otros han hecho antes.
Señaló los viejos retratos de los Custis en la pared. Si alguno de ellos parecía insatisfecho, se encontraba con un semblante tan altivo como el suyo.
—Vesta —la llamó su padre—, ¿sabes que no amas a este hombre?
Mirando por un minuto el anhelo en su rostro, que ahora mostraba la solicitud del afecto personal, ella se derritió bajo él.
—No, padre —dijo, con un estallido de llanto—. Te amo a ti.
Ella le rodeó con sus brazos y lo besó larga y cariñosamente, ambos llorando juntos. Él entró en un ataque de dolor que no admitía conversación hasta que estuvo parcialmente agotado y, al final, se quedó con sus canas plegadas al pecho agitado de ella, donde la compensación de su amor hizo que su sacrificio fuera más precioso.
—Siento que estoy haciendo lo correcto, padre —dijo ella con ternura—. Hasta ahora he tenido mis dudas. Ningún otro corazón joven es agraviado por mi paso; nunca he estado comprometida, y ahora parece providencial, ya que no podría haber ido en tu ayuda sin herirme a mí misma y a otro; y tus deudas son demasiado grandes para que alguien que no sea este hombre las salde. Tu vida ha sido un largo sacrificio por mí, y ni una nube se ha oscurecido sobre mí hasta este día, dándome la primera lluvia de tristeza, que confío refrescará mi alma y hará crecer su humildad. ¡Oh, padre, me alegraría tanto que pudieras responder a mi sacrificio con una vida mejor!
—¡Dios me ayude, lo haré! —sollozó él.
—Eso es muy reconfortante para mí. No enumeraré tus omisiones, querido padre, pero si este paso importante en mi vida no detiene algunas tendencias tristes que veo en ti, la decepción podría acabar conmigo. La intemperancia en ti —un juez, un caballero, un esposo y un padre— es una deformidad peor que el sombrero honesto y anticuado del señor Milburn. ¿No te sientes más feliz de que mi esposo no vaya a ser un borracho?
—Él no tiene ese vicio, ¡gracias a Dios! —admitió el Juez.
—Sé su mejor ejemplo, padre, pues espero verte influir en él para que sea amable conmigo, y verte caminar hacia abajo ante sus ojos me degradará más que llevar su nombre o compartir sus excentricidades. ¡Oh, si me amas, no dejes que tu alma querida se deslice fuera del conocimiento de Dios!
—¡Reza por mí, querida hija! Mis pies son resbaladizos y mis rodillas son débiles.
—Comienza desde este momento a apoyarte en el Cielo —dijo Vesta—. Es mejor que la consideración de este mundo. Oh, ¿qué me fortalecería ahora sino la aprobación de Dios, aunque entre en un cautiverio que no soñé? Incluso allí puedo llevar mi arpa bajo los sauces, como ellos en Babilonia, y alabar a mi Hacedor.
Se sentó al piano y cantó el himno que el joven tuberculoso, el reverendo señor Eastburn, compuso en la casa de su abuela, tomándolo de la colección episcopal:
"¡Oh santo, santo, santo Señor! Brillante en Tus actos y en Tu nombre, ¡Por siempre sea Tu nombre adorado, Que el mundo proclame Tus glorias!
¡Oh Jesús, Cordero una vez crucificado Para llevar nuestra carga de pecados, Tuya sea el himno que hace rodar su marea A lo largo de los reinos del día superior!
¡Oh Santo Espíritu de lo alto, En corrientes de luz y gloria dado, Tú, fuente de éxtasis y amor, ¡Tus alabanzas resuenen por la tierra y el cielo!"
Mientras su voz, con una claridad y dulzura casi sobrenaturales, llenaba las dos grandes habitaciones y se desvanecía en melodía, ella se levantó, besó a su padre de nuevo y dijo: "¡Coraje, amor! Seremos felices todavía".
Un golpe en la puerta y entró el joven clérigo al que ella había mandado llamar, una persona de cabello color arena, grandes ojos azules y aspecto aniñado, con una piel clara que se pecosía fácilmente y una mirada de caballeresca juventud bajo su sincera humildad cristiana.
"Buenas noches, William", habló Vesta; "no esperaba verte hasta que llegáramos a la iglesia. Pero siéntate, y responderé a tus preguntas. Padre, has de venir conmigo a la iglesia; tú y Virgie. El señor Tilghman nos va a casar".
"Ahora, Vesta", habló el joven mientras su padre salía de la habitación, "¿con quién te vas a casar, prima, con tanta prisa como esta?"
"¿Hiciste preparar la iglesia, William, tal como te pedí?"
"Lo hice. El sacristán está allí ahora, encendiendo el fuego".
"Pensé que eras tan leal como siempre, William, y dependía de ti. ¡Gracias, querido amigo! Me casaré con el señor Meshach Milburn a las nueve en punto".
Una nube cubrió el sereno rostro del joven, aunque sus facciones conservaron su dulzura habitual.
"Puedo casarte, prima, incluso con Meshach Milburn", dijo, "si ese es tu deseo. ¿Por qué te casas con él?"
"No es leal de tu parte preguntar, William, pero te daré esta respuesta: él me lo ha pedido. Además, es devoto y rico. Para evitar conmociones, posiblemente alguna oposición, aunque sería en vano, nos casaremos sin más aviso, y papá me entregará".
En silencio por un momento, el joven rector exclamó:
"Prima Vesta, ¿he vivido para verte convertida en una mujer mercenaria? ¿Acaso la riqueza declarada de este hombre te ha vuelto lo suficientemente fría como para desearla, cuando el amor te ha sido ofrecido tan generosamente por casi todos los hombres jóvenes de posición en esta región, y del extranjero, incluso por mí?" dijo, después de una pausa. "La cicatriz está aún en mi corazón, prima. No, no creeré tal cosa de ti. Hay una razón detrás del hecho".
"William, si me respetaras como dijiste una vez que siempre lo harías, como a tu hermana, no añadirías esta noche el peso de tu duda a mis otras cargas, sino que tomarías mi mano con toda la fuerza de la tuya y me ayudarías a seguir adelante".
"Lo haré", dijo el rector, tragando saliva. "Aunque fue un tiempo amargo el que pasé cuando me rechazaste, prima, el dolor me llevó a mis votos en el altar donde ministro, y he tenido la asistencia de tu hermosa música allí, como el ángel que parece haber estado reservado para mí, en lugar de ti, sentada a tu lado. Y sé que este matrimonio es, por tu parte, puro como el de mi hermana. No indagaré más; qué pena estás pagando por otro, qué misterio no puedo penetrar".
Él levantó sus manos sobre la cabeza de ella: "¡La paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento sea contigo, querida hermana, por siempre!"
Él salió con los ojos llenos de lágrimas, pero los de ella estaban llenos de una luz celestial, sintiendo que su bendición era justa.
CAPÍTULO XII.
LA GENTE DE PRINCESS ANNE.
La taberna de Washington, o mejor dicho, la acera de ladrillo que llegaba hasta sus puertas y era el lugar de descanso para todos los ociosos adultos de Princess Anne, había estado en la mayor actividad toda aquella tarde de sábado, desde que Jack Wonnell, quien se dedicó a espiar los recados de Meshach, informó que el sombrero de copa alta había desaparecido en la gran mansión del juez Daniel Custis.
Jack Wonnell llevaba sobre su cabeza una gastada chistera, expuesta a toda clase de inclemencias, ya que tenía la costumbre de pescar con estos sombreros de castor y nunca en su vida tuvo un paraguas. Vivía cerca de Meshach, en la parte vieja de Princess Anne, junto al puente, y era objeto de la burla y el desprecio del prestamista, por tender a hacer ridícula una excentricidad mutua. Milburn había estado dispuesto a ser odiado por su sombrero, pero Jack Wonnell hacía que todos los sombreros fuera de temporada resultaran risibles, más aún porque él era casi tan antiguo usuario de sus chisteras como Milburn de la copa alta. Aunque no tenía tales razones de reverencia y rígida consistencia como su rico vecino, parecía tener, en su propia mente y en la de la gente sencilla, una mejor defensa para violar el gusto estándar en el vestir.
La gente decía que Jack Wonnell, siendo un hombre pobre, no podía comprar toda la moda y simplemente estaba terminando de usar una ganga; que sabía que era ridículo y no tenía tal vanidad sobre su absurdidad como aquel sombrío Milburn; y preferían disfrutar de que él hiciera de Dromio para aquel Antífolo, y convertir en farsa la comedia del error de Meshach.
Jack Wonnell había adoptado parcialmente su ganga por el ejemplo de Meshach. Un tipo frívolo, sin ambiciones, infantil, que divertía a la gente, les hacía favores, corría recados, conducía diligencias, trabajaba en jardines, pescaba, jugaba con los muchachos, cortejaba a las criadas blancas pobres, incontinente, inofensivo, se había visto impulsado a comprar su lote de sombreros viejos por lo que dijo Jimmy Phoebus:
"¡Jack, a precio de regalo! ¡Te durarán toda la vida! Mejores sombreros que los del viejo Meshach Milburn. Sacarás los suyos del pueblo".
Para su infinita diversión y dignidad, su aparición con los sombreros de chistera atrajo la severa atención de Milburn y puso al pequeño pueblo a sonreír. La broma continuó hasta que Jimmy Phoebus, el juez Custis y algunos otros incitaron a Jack Wonnell, con la promesa de un galón de whisky, a pedirle a Meshach que intercambiara la copa alta por la chistera. La intensa mirada de ultraje y odio, con la amenaza que acompañó su respuesta, realmente asustó a Jack, y desde entonces había evitado prudentemente a Milburn, mientras mantenía una vigilancia tan estrecha sobre sus movimientos y paradero como si fuera un bulldog incitado, capaz de aparecer en cualquier lugar.
De esta manera, Jack Wonnell había seguido a Meshach hasta la esquina del juzgado, donde se encontraba el banco de ladrillo del juez Custis —que, últimamente, había hecho pocos descuentos— y, desde el espacio abierto entre este y el juzgado detrás, espió a Milburn por la calle transversal principal, llamada Prince William Street, que terminaba justo en la puerta del juez Custis. Allí, en la tranquilidad de la tarde temprana, escuchó el golpe del llamador, vio abrirse la puerta y contempló cómo el Sombrero Vinculado desaparecía en el gran umbral. Entonces, apenas creyéndolo, Wonnell corrió de vuelta a la taberna y exclamó:
"¡Que me caiga muerto si el viejo Meshach no se ha metido en casa del Juez!"
"¡Eres un mentiroso!", dijo Jimmy Phoebus, prontamente, agarrando a Jack por la nuca y empujando su chistera hacia abajo hasta que le cubrió la nariz y los ojos. "¿Qué quieres decir con contar un alarde como ese?"
"Lo vi, Jimmy", fue el grito ahogado del héroe de la chistera; "si no es así, ¡espero morir!"
"¿A qué fue allí?"
"¡No puedo decirte, Jimmy, ni aunque me fuera la vida en ello!"
"¡Whoo-oo-p!", gritó Phoebus, agitando su viejo sombrero de paja, él mismo casi fuera de temporada. "Si esto es mentira, Jack Wonnell, te haré comer un pescado crudo. Levin" —dijo a Levin Dennis—, "escurre hasta lo de Custis y mira si el viejo Meshach no ha pasado por detrás de la valla, o bajado por Church Street y se ha escondido en el cementerio, donde a veces va. ¡Yo me quedaré aquí y haré que Jack Wonnell responda por tal mentira!"
Levin Dennis, un huérfano de aspecto aniñado, cabello rizado y andar elegante, caminó por la calle transversal, pasando por Church Lane y Back Alley, dobló lentamente el largo frente de Teackle Hall y salió por la calle paralela hacia el puente inferior en el camino de Deil’s Island, hasta que pudo girar y ver los edificios de tres grandes chimeneas de Teackle Hall alzando sus frontones y pararrayos ante su vista en su reverso, permitiendo que los árboles parcialmente despojados hicieran que aquella pila señorial destacara en gran parte de su longitud y proporciones imponentes. Para que no se sospechara de su curiosidad, Levin continuó hasta el puente en el embarcadero de Manokin y contó los gansos que salían de un césped en un cabo lleno de sauces, adentrándose en el agua como una flota de goletas blancas. Subió la colina más allá del puente y miró para ver si Meshach podría haber dado un paseo por el camino. Luego, regresando, recorrió la vista trasera de Princess Anne, desde el bajo acantilado de cedros en otro cabo habitado a la derecha, que bordeaba las marismas de Manokin, hasta el valle del pequeño río a la izquierda, mientras descendía entre el almacén de Meshach y la antigua iglesia presbiteriana de Head of Manokin, sentada entre sus lápidas, sus postes para caballos y su respetable casa parroquial. No se veía nada del dueño del sombrero distintivo.
Así que Levin Dennis regresó más lentamente alrededor del ala norte de Teackle Hall, mirando cada ventana, como si Meshach pudiera estar allí; pero no vio nada excepto al perro, que, a los ojos de Levin, parecía inquieto y salió por la puerta para hacerse amigo de él.
"¡Así es, Turk!", murmuró Dennis, acariciando la cabeza del perro, "no me extraña que estés asustado, muchacho, al ver entrar al viejo Meshach Milburn".
Teackle Hall, según los rumores, fue construido al final de la guerra revolucionaria por un tío, o tío abuelo, del juez Custis, quien vino de Virginia, en algún lugar entre los condados de Accomac y Northampton, y se dedicó a la construcción naval en el Manokin, añadiendo algo de corso y banca, y una vez, al ir al extranjero, trajo de alguna residencia ducal el plano de Teackle Hall, tal como lo encontró el juez Custis al tomar posesión de la propiedad.
Tenía casi doscientos pies de largo y habría formado tres iglesias respetables, puestas en fila, con sus agudos frontones al frente, las alas audaces conectadas con el centro más audaz mediante cortinas habitables o columnatas, en las que paneles de pizarra o piedra veteada formaban un piso de ático sobre las líneas de ventanas, y dinteles y alféizares de la misma piedra, con altas claves, cubrían cada ventana en la superficie poligonal de todo el bloque señorial, todo construido con ladrillos traídos en barcos desde la orilla occidental, o posiblemente desde el Norte, o Europa, y pintados de un color gris piedra.
Su frontón central tenía aleros tallados profundos, y una base de frontón para verter la lluvia, y una gran ventana circular en ese frontón. Las dos poderosas chimeneas de ese centro eran paralelas a la cresta del techo y se elevaban casi desde la mitad de las dos pendientes opuestas, lo que presagiaba cuatro grandes chimeneas debajo, y un observatorio plano de galería baja sobre el techo ofrecía vistas de partes de la bahía en días despejados.
Las alas de Teackle Hall tenían chimeneas similares, pero más bajas, a horcajadas sobre sus techos, y árboles forestales —roble, goma, acebo y pino, con un gran sauce, y algunos cedros leonados, y arbustos de rosas y lilas— salpicaban el césped cubierto de hierba. La enredadera de Virginia y la hiedra silvestre trepaban aquí y allá hasta las ventanas superiores, y una entrada alta, ancha y panelada, que se abría a una plataforma de pórtico baja y abierta con escalones, parecía decir a los visitantes: "¡Los hombres de porte y consideración entran por aquí, pero los inferiores entran por alguna de las puertas más pequeñas!"
Levin Dennis, que nunca había hecho sonar aquel llamador, aunque a menudo había llevado sus galápagos a la cocina, miró con preocupación la puerta donde se decía que había entrado Meshach Milburn, y apenas se habría sorprendido si aquel intruso hubiera aparecido ahora en una de las tres profundas ventanas sobre la puerta con una antorcha en la mano.
Levin murmuró para sí mismo: "La gente rica, supongo, debe hacer un negocio. Tal vez son caballos, tal vez no. Sé que no son sombreros".
Luego se dirigió a la iglesia episcopal, a solo una cuadra de Teackle Hall, y en una calle entre esta y la calle principal, aunque en una situación retirada, su frente girado lejos del pueblo, mirando sobre los campos y granjas, como un buen pastor que se calienta al fuego con las manos detrás de la espalda.
Un edificio de una sola planta, largo y bajo, de ladrillos británicos, con su coro semicircular al lado de la calle y, adyacente al coro, una aguja de ladrillo más moderno construida hasta una cúpula de campana abierta y una cúpula acanalada abierta, también de ladrillo, rematada con una cruz dorada, la hiedra estaba densamente enredada por todo el coro y recorría el costado de la iglesia, donde Levin Dennis caminó bajo cuatro altas ventanas de arco redondo de vidrio manchado y alambrado, hasta que llegó al frontón final o frente de la iglesia, de pie en contemplación de otro mundo del cementerio y los campos traseros.
Allí, desde el Congreso de la Ley del Sello, o cuando Princess Anne no tenía ni medio siglo de antigüedad, la vieja iglesia había tomado su posición, respaldada hacia el pueblo, recluida de sus chismes. Entre sus altas puertas redondas, con pequeños paneles de ventana como anteojos insertados en sus paneles, la rama de hiedra surgía en forma como la huella de El Crucificado, extendiendo sus tallos y zarcillos más allá de la única ventana glorificada en el frontón, en cuyos tintes rojos brillaba el triunfo de un semblante sangriento. Los muros cubiertos de musgo, a menudo raspados, el pavimento musgoso, las tumbas verdosas de mármol bajo los arces y abetos, mostraban el efecto de la sombra, la soledad y la humedad sobre todas las cosas de ladrillo en este clima, donde la madera ya estaba ganando el favor como material de construcción, pero en detrimento de lo pintoresco y toda la apariencia de antigüedad.
No se veía rastro del impopular habitante del pueblo por ninguna parte, pero, mientras Levin Dennis se asomaba por el follaje en el patio, vio a un hombre que nunca había observado antes, y de un exterior alto, barbudo, sospechoso y rufianesco, acostado plano sobre la parte superior de una bóveda conmemorativa, con la cabeza y los pies medio ocultos en unas zarzas de cedro.
"¡Hola!", gritó Dennis.
"¿Para qué gritas?", habló el hombre; "¿acaso nunca vienes a un cementerio para que te perdonen tus pecados?"
"No", dijo el buscador de galápagos, "no hasta que sepa que tengo algunos pecados".
"¿Para qué estás merodeando por la iglesia entonces, de todos modos?", exigió el extraño, poniéndose de pie en sus botas, en las que estaban metidos sus pantalones; y se mantuvo tan derecho, tan largo de extremidades, un gigante tan ágil de hombre que Levin vio que nunca podría huir, incluso si el intruso tuviera la intención de masticarlo allí mismo.
"No estoy merodeando, amigo", respondió Levin Dennis. "Solo estaba mirando".
"¿Mirando qué, para qué, a quién?", dijo el hombre, dando un paso hacia Dennis, quien se sintió no más grande que una de las piernas largas del otro, buenas para saltar zanjas y vadear.
"Bueno, solo estaba siguiendo a un hombre... es decir, amigo, no exactamente un hombre, sino un sombrero".
"¿Un sombrero?" El hombre caminó hacia Dennis esta vez, y se paró sobre él como un pino sobre un retoño. "Aquí tienes tu sombrero", tirando un viejo artículo de paja, demasiado gastado, de la cabeza de Dennis. "No sopla viento para volar sombreros a los cementerios. ¿O pusiste tu sombrero bajo una gallina aquí, junto a una tumba?"
Dennis miró hacia arriba, riendo, aunque no del todo cómodo, pero su amable falta de inteligencia o miedo, que pertenecen cerca el uno del otro, hizo que su respuesta más natural al intruso pertinaz fuera una sonrisa desarmante.
"No, hombre", dijo Dennis, "era un sombrero en la cabeza de un hombre... la copa alta del viejo Meshach Milburn. Lo estaba siguiendo".
"¡Guarda tu palabra!", el hombre volvió a colocar el sombrero en la cabeza de Levin. "Eres un pobre tonto, de todos modos. ¿Hay algún negro para vender por aquí?"
"Oh, ¿ese es tu oficio, comprar negros? Bueno, hay muy pocos negros para vender en Princess Anne. A menos que" —aquí un destello de inteligencia brilló en los ojos de Levin—, "a menos que eso sea lo que ha llevado al viejo Meshach Milburn a casa del juez Custis. Él no va a ninguna parte a menos que haya problemas o dinero para él".
"¿Y dónde está la casa del juez Custis, pequeño idiota?"
"¡Allá!", señalando a Teackle Hall.
"¡Ja! ¿Eso es la casa de un juez? ¿Y negros? ¡Quebrado, también! Bueno, no es un gancho para un tipo que secuestra. ¡Así que vete! ¡Fuera! ¿Dónde está la taberna?"
"Voy directo hacia allá", respondió Levin, muy aliviado. "Debes ser un yanqui, o algún otro extranjero, señor".
"No, tonto. Estoy trabajando mi camino de regreso a Delaware desde Norfolk, en un bote hacia la ensenada de Somers. Muéstrame la taberna y te llenaré la boca. Te invitaré a un trago".
Ante la perspectiva de una bebida, de la que era demasiado aficionado, Levin guió el camino a la taberna de Washington, donde había una adición material a la asistencia desde que Jimmy Phoebus había gritado a cada transeúnte que Meshach Milburn, según el testimonio de Jack Wonnell, había entrado y desaparecido en el umbral del juez Custis, y casi una docena de habitantes del pueblo estaban discutiendo ahora el porqué y el cómo, cuando, de repente, Levin Dennis salió de Church Street con un hombre de más de seis pies de altura, de un prodigioso par de piernas y brazos casi tan largos, con un par de ojos azules fríos, desafiantes y sin embargo inquietos, y con barba y cabello castaño rojizo, áspero y fibroso. El negro libre, Samson Hat, estando un poco lejos, fue observado lanzando una mirada radiante de admiración a las proporciones atléticas del extraño, quien parecía como si pudiera cargar un buey sobre sus hombros o dejar atrás a un caballo.
"¡Hola!", exclamó Jimmy Phoebus, mirando al extraño con audacia, aunque con indiferencia al final. "Tú también estás haciendo alardes, Levin. ¿Dónde está Meshach?"
"No puedo ver rastro de él, Jimmy. Supongo que Jack Wonnell acertó, y él ha entrado en casa del Juez. Tal vez está comprando los negros del juez Custis. Ese es el negocio de este caballero".
Jimmy Phoebus, él mismo no un espécimen pequeño de hombre, le dio otra mirada al extraño desde sus ojos de cereza negra, y, al parecer no mejor satisfecho con la inspección, no hizo señal de reconocimiento.
"Quien no sea demasiado delicado para beber con un comprador de negros", dijo el hombre, independientemente, "puede entrar y pagar su trago, con mi dinero, porque estoy lleno de efectivo y simplemente podrido de fortuna".
Hubo una pausa para que alguien tomara la iniciativa, pero Jimmy Phoebus, volviendo su gran rostro amplio de tipo griego y frente pequeña hacia el extraño, comentó:
"Nunca he tomado un trago con un comprador de negros todavía, y, ¡por humo! Supongo que soy demasiado viejo para empezar".
El hombre se detuvo y midió a Jimmy con la mirada.
"¡Humph!", dijo con una mueca, "pareces ser un poco más de medio negro tú mismo. Si estuviera en la ruina te llevaría al mercado y obtendría mi precio por ti".
"No hay duda de ello en absoluto, en lo que a ti respecta", dijo Jimmy, sin alterarse, mientras el hombre empujaba a Levin Dennis hacia la barra.
Ya fuera el nuevo movimiento de Meshach Milburn, o el ejemplo del extraño, pusieron a Princess Anne en una condición de embriaguez ese día. El extraño estaba lleno de dinero e invitaba indiscriminadamente, y la acera frente al hotel estaba continuamente asediada por los ociosos, y la barra tomaba dinero y sembraba travesuras. Así que cuando, una hora después de oscurecer, el impopular habitante del pueblo, evitando a la multitud, pasó por el lado opuesto de la calle, más cerca de su propio alojamiento, uno de los gritos más fuertes y unánimes que jamás había escuchado en su experiencia resonó desde la taberna de Washington.
"¡Copa alta! ¡Copa alta! El viejo Meshach está suelto. ¡Whoo-o-op!"
"¡Rían!", pensó Meshach, "hasta ahora nunca supe el significado de 'que ría quien gana'".
Se sintió confirmado en su idea de casarse con la teja Raleigh, y cuando vio a Samson Hat, Milburn dijo: "Muchacho, cepilla bien toda mi ropa. Luego regresa al establo de alquiler y ordena que un buggy esté listo para ti a las diez en punto. A esa hora sal hacia Berlin; y trae de vuelta a Rhody Holland contigo por la mañana".
"Son más de treinta millas, amo, y un camino arenoso".
"No importa. Hazlo despacio. Te escribiré una carta para que la lleves. Samson, me voy a casar esta noche con la rosa de Princess Anne".
"Solo hay una", dijo Samson. "¿No es la señorita Vesty Custis?"
"Sí, Samson. Princess Anne puede tener ahora algo por lo que aullar. La pobre chica puede sentirse sola, ya que, sin duda, será rechazada en todas partes por mi causa, y no puedo pensar en un alma para ser la doncella de mi joven dama, a menos que sea Rhody".
"Sí, amo, con todo su dinero usted es pobre en amigos; en mujeres-amigas usted está hambriento".
"Puedes ir conmigo a la iglesia", dijo Meshach, "supongo que quieres verme casado".
"Sí, señor. ¡Eso sí que quiero! No me perdería eso ni por mi regalo de Navidad. Supongo que esa chica Virgie vendrá con la señorita Vesty a la ceremonia, amo".
"Quizás así sea. ¿Tú tampoco estarás pensando en el amor, Samson?"
«Bueno, no lo sé, amo. Virgie es una buena muchacha, ciertamente soy un poco viejo, amo Milburn, pero tendré que cuidar de mí mismo, supongo, ahora que usted ha quemado mi lugar de juerga. Hay una esposa que viene por aquí ahora. Así que si usted no dice una buena palabra por mí ante alguna de las chicas de la señorita Vesty, estoy más que acabado».
«Bueno, muchacho», dijo Meshach, «tienes la misma oportunidad que tuve yo: la ventaja. Te debo una buena suma en salarios, y tal vez puedas comprar a una de las doncellas de la casa Custis, y ponerla en libertad, y casarte con ella, o ser su dueño. Eres un hombre libre».
Samson negó con la cabeza con gravedad.
«Eso no funciona entre los negros», dijo. «Los negros nunca pueden jugar la carta de la ventaja en el amor, como la gente blanca. Tienen que hacerlo por el amor mismo: por la bondad, amo».
Antes de las nueve, Milburn y su negro dejaron la vieja tienda junto al puente del pueblo y, pasando por el sendero del río llamado Front Street, hacia Church Street, caminaron por detrás del hotel, evitando a los ociosos, y llegaron a la iglesia en pocos minutos sin ser vistos. Las ventanas largas proyectaban algo de luz, sin embargo, pero como era sábado por la noche, esto fue atribuido, por los pocos que lo notaron, a los preparativos para la mañana del siguiente día de reposo. Antes de partir, Samson Hat, al observar que su empleador temblaba un poco, le preguntó si un trago de whisky no sería apropiado.
«No, muchacho; esta es una boda sin vino. Necesitaré todo mi ingenio para encontrar mis modales».
Entró en la iglesia y la encontró calefaccionada, con el ministro ya presente en su sobrepelliz, arrodillado solo ante el altar. El señor Tilghman se levantó, con su rostro juvenil muy pálido y lágrimas en las mejillas, y al ver a su descuidado feligrés y al sirviente, bajó por el pasillo.
«Señor Milburn», dijo, extendiendo su mano, «espero felicitar, después de esta ceremonia, a un novio de corazón cristiano, y a uno que tomará la rara responsabilidad que ha recaído sobre él bajo un tierno cuidado. ¡Mi empeño será amarle, señor, si usted me lo permite! La señorita Vesta es la sacerdotisa de Princess Anne, y si usted se la lleva de nuestra vista y oído, incluso las ministraciones de Dios en esta iglesia parecerán huecas, me temo».
«Para mí lo parecerían», dijo Milburn, «aunque no por falta de respeto a nuestro pastor».
«Usted ha sido un feligrés fiel», continuó Tilghman, «durante mi breve labor aquí, como en mi niñez, cuando poco soñaba que ocuparía ese escritorio. Usted sabe, quizás, que fue por el amor desesperado hacia mi prima Custis que huí hacia Dios en busca de consuelo, y él me hizo su humilde ministro».
«He oído que así fue», dijo Milburn; «o, mejor dicho, lo he visto».
«Perdone que mencione un tema tan irrelevante para usted, señor, pero, aunque he renunciado a toda vana emoción por mi prima, su felicidad es parte de mi religión, y esta conclusión repentina de su matrimonio, sobre la cual solo he hecho una pregunta, me ha urgido a arrojarme a su simpatía».
«¿Qué pide usted, William Tilghman? No importa, su petición está concedida».
«¿Cómo me he ganado su favor?», preguntó el joven rector, algo sorprendido.
Milburn tomó mecánicamente su sombrero de un banco y lo mantuvo un poco en alto.
«Usted fue el único chico en este pueblo que nunca lloró detrás de este sombrero».
«Entonces probablemente fue pasado por alto por mí. Yo era como los otros chicos, travieso, antes de que mis ánimos fueran deprimidos por un amor infeliz, y no sabía que era una excepción a sus hábitos».
«Fue gratificante ver esa excepción», dijo Milburn; «la gente abucheada hace distinciones finas».
«¡Oh, señor Milburn, perdone a los chicos! Están hechos para la risa, y las causas pequeñas la excitan, como a los perros para ladrar, por salud y ejercicio; apenas más que eso. La petición que le hago es que me deje ser su amigo, ¡porque he sido el de su esposa! La franqueza se ajusta a mi vocación, y creo que usted necesita un entorno amistoso y cordial para sacar a relucir su utilidad, y darle la libertad que eliminará la tensión de su vida familiar, y, sin disminuir sus buenas sensibilidades, disipará cualquier sensibilidad mórbida. Esto abrirá un camino para que Vesta vea su carrera doméstica, la cual, de otro modo, podría contraerse tan rápidamente como para decepcionarlos a ambos. Usted la ha visto como el ídolo de su amplio círculo, libre como un pájaro, consentida por los suyos, y por la Providencia también, hasta que la alegría y la gracia, la belleza y la salud, la fe y la esperanza viven abundantes en ella, y usted es el beneficiario de todo eso. La sociedad de ella debe controlarla usted en adelante. ¿Puedo convertirme en su amigo, y dejar que mi amor por su esposa me recomiende a su confianza, así como usted a la mía y a mis oraciones?».
«¿Tengo ya otro amigo?», exclamó Milburn, con la voz temblorosa. «¡Qué riqueza me trae que nunca antes había conocido! William, usted siempre será bienvenido para mí».
Se estrecharon las manos ante esto, y se oyó al viejo Samson Hat, sentado atrás, soltar una risa tan cálida que la respuesta de Meshach, en un repentino escalofrío pálido, pareció ligeramente fuera de lugar. Sin embargo, fue llamado a la realidad por la entrada del juez Custis con su hija y su doncella, Virgie.
Vesta estaba muy pálida, pero ni encogida ni negativa. Al contrario, sostenía a su padre más que recibir el apoyo de él, y Milburn vio el rostro cansado e indefenso del juez, con el orgullo desvanecido de él, y la piedad por su hija absorbiendo cualquier otro sentimiento de depresión.
Vestía su mejor traje de paño, con las faldas del abrigo cayendo hasta las rodillas por detrás, el cuerpo cortado en escuadra hasta las caderas y el cuello levantado alto sobre su corbata de cuero inglés esmaltado blanco. Su chaleco de botones bajos dejaba ver los botones de la camisa de cristal y oro, y una chorrera, planchada por las manos esbeltas de Roxy con toques ágiles, se abría por el medio como espuma de mar sobre una concha, y chorreras similares en las muñecas estaban abrochadas por botones de cadena de perla y plata. Su chaleco era de tela de Marsella con dibujos, y unas polainas del mismo material cubrían parcialmente sus zapatos; y su sello pesado, con su escudo de armas, colgaba de una cinta pálida en su bolsillo de reloj. Aunque era deudor, y respondía en el estrado de la iglesia ante un pesado juicio personal y familiar, sus líneas grandes y fluidas del cuerpo, su barbilla profundamente cortada, sus ojos llenos y su altura y gracia natural de estatura lo convertían en una presencia marcada y noble en cualquier parte.
Vesta Custis, dejando caer un manto de terciopelo azul con un toque de su doncella, permaneció en un vestido de fiesta de seda blanca, con el cuello, los hombros y los brazos descubiertos; y, mientras se detenía un minuto en el pasillo, Virgie retiró las sandalias de tela de las zapatillas de seda blanca de su ama, y, al quitarle su capucha de tela bordada en casa, un velo de blanco cayó hasta su cola. La luz tenue de las lámparas de aceite de ballena se reunió, como los ojos maravillados de los niños de los pobres, alrededor del par de diamantes en sus orejas delicadamente moldeadas, pero alertas y generosas. Su cadena de reloj de oro fino, pendiente dos veces de su cuello, desaparecía en el molde nevado de su pecho, sobre cuya deriva palpitante nadaban un capullo y una flor de magnolia, cada uno con una hoja. El retrato de su padre, en una miniatura cuidadosa engastada en perlas, yacía más alto sobre su pecho, sujeto por un collar de perlas. Sus manos estaban cubiertas con guantes blancos y sus brazos estaban sin adornos. Su cabello, cayendo en rizos oscuros alrededor de su frente y sienes, estaba peinado hacia arriba más atrás, y luego recogido alrededor de un peine de perlas en trenzas altas, y los abundantes bucles caían hasta su hombro.
Milburn lanzó una mirada a los tesoros de sus incomparables encantos corporales, nunca hasta ahora revelados a su vista, y su esplendor casi lo asustó.
Nunca había estado en un teatro, un baile, o en cualquier lugar desde el cual pudiera haber previsto un cuello de cisne y un pecho esculpidos como estos, y brazos tan blancos como las ramas del arce plateado, y calentados con vida nupcial y modestia.
Sus labios, entreabiertos y rojos, sus grandes y ricos ojos a través de los cuales una diosa podría haber dado órdenes, con sus cejas negro cuervo, como entradas a las cuevas de la sibila de Cumas, su pequeña cabeza llevada tan fácilmente sobre su cuello como una paloma sobre una ramita; todo brilló ante el alma emocionada pero vacilante de Milburn como la revelación de una divinidad.
Al dar un paso adelante, él le habló con ese instinto audaz o éxtasis que ella había observado cuando lo abordó por primera vez en la casa de su padre, diez horas antes.
«¿Te has vestido para mí?», dijo.
«Señor, tal como pude disponer ante esta necesidad, pensé en hacerle honor».
«¡Para mí, lucir tan hermosa! ¿Qué puedo decir? ¡Eres muy encantadora!».
«Es amable de su parte elogiarme. ¿Esperaremos, o está listo?».
Él le dio la mano, incapaz de hablar de nuevo, y ella estaba lo suficientemente tranquila como para notar que la mano de él estaba ahora caliente, como si tuviera fiebre. Su padre, a su lado, también extendió la mano y tomó la otra mano del novio:
«Milburn», dijo, con voz ronca, «esto no es obra mía. Mi hija tiene mi consentimiento solo porque es su voluntad».
«Más noble para mí por eso», habló Milburn, con su semblante extrañamente ruborizado. «¿Qué haremos, mi señora?».
«Deme su brazo; no ese. Este es el correcto. ¿Ha traído un anillo, señor?».
«Sí». Sacó del bolsillo de su chaleco un pequeño y escueto anillo de oro, que apenas valía medio dólar.
«Era de mi pobre madre», dijo.
Sin decir una palabra más, ella caminó hacia adelante, su brazo arrastrándolo, Virgie siguiéndolos y su padre cerrando la marcha. Samson Hat, sintiéndose incómodo al no serle otorgado ningún papel en la ceremonia, se deslizó por el pasillo hasta la estufa grande y rígida en el medio de la iglesia, detrás de la cual escondió su cuerpo, pero mantuvo su cabeza y facultades en el centro de los acontecimientos.
El señor Tilghman los había precedido en su sobrepelliz, y al ocupar su lugar en el altar, con su semblante pálido como la muerte, leyó el exordio con una voz alterada: «Amados, estamos reunidos aquí, y ante la faz de esta compañía, para unir a este hombre y a esta mujer en santo matrimonio».
«¿Qué "compañía" hay aquí?», pensó Vesta. «No solo estos pobres negros y mi padre; no, siento detrás de mí, observando, a las generaciones de nuestro orgullo y descanso indefenso, a los dignos pretendientes más jóvenes cuya consideración y méritos he sido demasiado exigente y particular para ver, las horas doradas en las que podría haber mejorado mi mente, con oportunidades brillantes de las que no estaba celosa, y que no serán mías nunca más, porque no había arreglado mi lámpara virgen; y así dormí mi juventud, hasta que ahora despierto ante el grito: "Viene el novio", ¡y contemplo! Sí, he sido una virgen insensata, ¡y me sorprende cuando mi destino está aquí! Quizás mi ángel guardián también está detrás de mí, la cruz adelantada que debo tomar, mi corona oculta; pero en algún lugar, a mitad de este viaje de la vida, ella puede dármela y decir: "¡Bien hecho!"».
«Esta "compañía"», pensó Milburn, con la cabeza dando vueltas, «¡reunida para verme casar! ¿Qué compañía? Parece que siento, además de estos negros, mis únicos espectadores, al populoso bosque observando, a las generaciones descalzas, a las crías analfabetas, a los padres instintivos, a las tumbas arenosas. Ellos dan a luz a mi tribu perdida, y todos me gritan: "¡Ve, déjanos, orgulloso! ¡Despreciador, ve!". Sin embargo, hay una que veo, pura como mi novia, blanca como el pecho de mi cautiva, su alma toda en sus ojos creyentes, y diciendo: "Oh, hijo mío, es una mujer como yo la que ha entrado en tu vida, y su corazón es muy tierno, y, ¡por el amor moribundo de tu madre! sé amable con la pobre extranjera que has comprado"».
Él respondió: «¡Lo haré!», en voz alta, y pareció casi una coincidencia milagrosa que fuera una respuesta a la pregunta del ministro, hasta que oyó la pregunta correspondiente hecha a su novia en los tonos bajos, pero más gentiles, del clérigo:
«¿Quieres obedecerlo y servirlo, amarlo, honrarlo y guardarlo, en la enfermedad y en la salud; y dejando a todos los demás, guardarte solo para él, mientras ambos viváis?».
«¡Lo haré!», dijo la hija del juez, clara como la música, y el juez lanzó un largo y profundo suspiro, saturado de lágrimas, como desde los pozos más profundos del dolor.
No pudo responder claramente mientras unía la mano de ella a la del ministro. El ministro perdió su oficio y su voz por un momento al unir la mano de ella a la del novio. La esclava estalló en un lamento que no pudo controlar, y solo Vesta permaneció tan tranquila como su novio, poniendo su mano fresca y húmeda en la palma de fuego de él, y esperó para repetir el lenguaje deliberado de la Iglesia.
Cuando ambos hubieron hecho esta promesa solemne, ella buscó el pequeño anillo y se lo dio a su viejo amante, el ministro, y Virgie soltó su guante. El señor Tilghman, con sus lágrimas cayendo silenciosamente sobre su libro, pasó el anillo a Meshach y vio su diminuto círculo rodear el dedo blanco de ella, no más grande que una paja, pero formidable como la cadena del mártir. Sus oraciones fueron dichas con profundo sentimiento, y los declaró marido y mujer. Luego, estrechando la mano de Meshach, dijo, con su semblante juvenil brillante como la fe podía hacerlo:
«Amigo mío, ¿puedo tomar mi beso?».
Meshach asintió con la cabeza, pero su rostro era como una bola de fuego, y apenas sabía qué se le pedía. El señor Tilghman besó a Vesta, diciendo:
«Prima, su esposo es mi amigo, y el amor y la amistad ahora la rodean a usted. Que su felicidad sea, como su bondad, más segura cuando supere las dificultades, como esos pájaros que no pueden flotar con perfecta gracia hasta que han luchado por encima de las nubes».
«¿Puedo besarte ahora?», dijo Milburn, mirando con una mirada salvaje sus ricos ojos.
Mientras ella levantaba obedientemente sus labios, un aliento extraño, cálido y ronco, ni natural ni siquiera apasionado, salió de sus fosas nasales. El juez, mirando esto (una escena que no le agradaba, al ser la Custis más hermosa en doscientos años devorada ante su vista), exclamó en su alma:
«¿Está bebiendo Meshach? Sus ojos se ven ardientes».
Así, después de besar también a su hija y decir: «¡Que Dios te recompense con triunfos y compensación más allá de nuestros temores!», el juez dijo:
«Milburn, supongo que, en la conclusión repentina de esta unión, usted no ha hecho arreglos sobre a dónde irá; así que venga, por supuesto, a Teackle Hall y hágalo su hogar».
«¿Es ese tu deseo, mi querida?».
Vesta respondió: «Sí. Pero es suyo elegir, señor».
«Usted tiene algunos asuntos con su padre por una hora», dijo Milburn; «mientras tanto, requiero algo en mi almacén, y, como todavía es temprano en la noche, ¿puedo dejarla un poco?».
Ella volvió a inclinar la cabeza y, mientras se dirigían hacia la puerta de la iglesia, deteniéndose allí, Samson aprovechó la oportunidad para tomar ambas manos de Virgie.
«Virgie», exclamó, «¿todo ese besar ocurre y nosotros, los negros, no recibimos nada de eso? ¡Ven aquí, linda muchacha, y besa a tu viejo abuelo!».
Virgie consintió sin resistencia, hasta que Samson continuó: «¡Oh, qué melocotón y miel, Virgie! ¡Dame otro! Digo, Virgie, ya que mi amo y tu ama se han ido y nos han dejado a nosotros dos huérfanos, ¿qué tal si hacemos que el señor Tilghman nos declare marido y mujer a nosotros también?». Entonces Virgie se alejó.
«Samson Hat», dijo ella, «¿de qué estás hablando? Deberías avergonzarte de ti mismo. ¡Eres lo suficientemente viejo para ser mi padre!».
«De hecho no lo soy, mi amor. Soy tan bueno como cuatro de estos nuevos tipos de pretendientes del condado de Somerset. Soy un hombre libre. Tal vez te libere a ti también, Virgie; mi amo y yo allá. Él dice que deberíamos casarnos. De hecho, lo dice».
«Eres solo un viejo negro impertinente», respondió la chica. «¿Crees que alguna chica bien criada tendría a un hombre que se hizo rico limpiando el sombrero del Maligno? No eres más que el sirviente del diablo, señor».
«Cuidado con que ese diablo no te atrape a ti, entonces», dijo Samson. «¡Pobre, tonta y crédula niña! Cuidado con que esos lindos ojos negros no lloren todavía por el viejo Samson. Él está destinado a casarse con algún polluelo joven, el viejo Samson, y supongo que tú serás el más tierno para asar, Virgie».
Virgie, indignada, pero agitada ante su primera propuesta real, y de uno de los hombres más ricos de su color en Princess Anne, se apresuró a atar los zapatos de caminar de su joven ama, y, mientras todos salían de la feliz y vieja iglesia, donde la voz de Vesta había perforado tan a menudo, en sus vuelos de armonía, hacia una dicha que parecía llevar su alma, como una alondra, a la puerta del cielo, esa
«que cantando, aún se eleva, y, elevándose, siempre canta»,
vio caer sobre el pavimento del cementerio de la iglesia el largo, disparatado y lunático sombrero del novio.
«Oh, ¿qué hará con ese sombrero, ahora que se ha casado conmigo?», pensó Vesta. «¿Continuará afligiéndome con él?».
Su corazón se hundió, por lo que se sintió aliviada cuando él la besó de nuevo en la puerta de la iglesia, y diciendo: «Vendré pronto, querida», se fue, con su hombre, hacia Princess Anne.
«¿Está tu coche ya enganchado, Samson?», preguntó su amo, cuando doblaron la esquina del tribunal.
«Sí, amo».
En este momento, una gran multitud de hombres, que comprendía a toda la población ociosa del pueblo, así como a muchos bacanales de sábado por la noche de los campos y las costas, algunos de pie ante la taberna, otros en las aceras opuestas o reunidos en la esquina del tribunal, al ver la figura con sombrero de Meshach alzarse contra la luz de la luna, levantó el grito disperso, que finalmente se convirtió en un alarido, de:
«¡Hombre con el sombrero suelto! ¡Campanario! ¡Tres hurras por el sombrero del viejo Meshach!».
Con un minuto de indecisión, como si dudara en atravesar la multitud, Milburn giró hacia la calle principal, la cruzó y continuó por la acera opuesta, del mismo lado que su domicilio, mientras las burlas y bromas continuaban.
«Hay ron trabajando en este pueblo toda la tarde, amo», dijo su fiel negro, «desde que ese hombre alto llegó del cementerio con Levin Dennis. ¡Cuidado, amo!».
Apenas había hablado, cuando tres hombres fueron vistos cerrando el paso, dos de ellos borrachos, el tercero desagradable por la bebida, emergiendo de un tugurio que estaba al otro lado de la calle, frente a la taberna, donde se les había negado más bebida. El primero era Jack Wonnell. Hipo, gritó «¡Campanario!» y se escabulló detrás de una morera. El segundo hombre era Levin Dennis, apenas capaz de sostenerse en pie, y se sentó en el escalón del tugurio, sonriendo idiota hacia arriba.
El tercer hombre, alzándose como un gigante fuera de sus botas, con sus brazos balanceándose como vides sueltas, y su rostro barbudo veteado con restos de tabaco, mirando insolencia y desprecio, bajó la palma de una mano justo sobre la corona del sorprendente sombrero de Milburn, con las palabras:
«¡Hola! ¡Aquí está el Cabeza de Ganso! ¡Embruja esa chistera, Viejo Puño de Agarre!».
El sombrero, por la edad que tenía en contra, se marchitó sobre los ojos de Meshach, y el golpe imprudente, inconscientemente poderoso, lo hizo tambalear.
Samson, que había absorbido las calificaciones del gigante con una admiración instantánea, inmediatamente se retiró, al ver a su amo insultado, y lanzó un golpe al extraño alto con su puño. El hombre se tambaleó, se recuperó y trató de luchar con Samson. Ese hábil pugilista dobló las rodillas, deslizó sus hombros hacia atrás y, evitando el agarre, se elevó y lanzó su tronco hacia adelante, con el golpe bien estudiado, y plantó sus nudillos en los ojos del hombre blanco. El rudo gigante cayó como por un rayo.
Milburn vio todo esto suceder en un minuto de tiempo, y su ojo, buscando algo para defenderse, cayó sobre el pilar de ladrillo bajo los escalones del tugurio, donde Levin Dennis estaba sentado, estupefacto por la escena. Un ladrillo en el pilar estaba suelto, y Milburn se acercó a él. En este pequeño intervalo, el intrépido extraño se había recuperado y tambaleado hasta ponerse de pie, y había sacado un puñal.
«¡El rufián te matará!», bramó. «¡Derribado! ¡Por un negro, además! ¡Entonces que el infierno te lleve!».
Mientras se lanzaba hacia adelante, describió un círculo rápido hacia atrás y hacia abajo con el cuchillo, apuntando a girarlo a través de las entrañas de Samson, lo cual habría hecho (siendo ese valeroso sirviente sin defensa, y sin que ni siquiera una piedra del tamaño de un guijarro yaciera en el suelo desnudo para darle ayuda), si no hubiera sido porque Meshach, arrancando el ladrillo suelto del pilar, apuntó a la porción expuesta correspondiente del cuerpo del asesino, y lo golpeó de lleno en la boca del estómago. Los ojos del hombre se pusieron en blanco, y cayó, como muerto, con su puñal clavado en la acera.
«Déjalo ahí», dijo Meshach con desprecio. «¡No hay peligro de que un perro así se muera! Si hay tiempo, se curará en la cárcel. Súbete a tu calesa, muchacho, y mantente fuera de mi vista».
El negro no necesitó advertencia, pues la impiedad de golpear a un hombre blanco estaba prohibida en un libro más grande que la Biblia: el libro de la ignorancia. Desapareció entre las casas y estaba a una milla de Princess Anne, conduciendo a toda prisa, antes de que el hombre nuevo hubiera levantado la cabeza del suelo.
«¿Dónde está el negro?», jadeó, con el rostro pálido pintado por sus ojos inyectados en sangre. «¿Qué clase de tipos son ustedes para dejar que un negro pelee con un hombre blanco? Le arrancaré el corazón antes de salir de este pueblo».
Miró a la cuadrilla que había cruzado desde la taberna; Meshach había desaparecido en su tienda al descender por el camino. Jimmy Phoebus fue el único en hablar.
«Comprador de negros», dijo, «si andas por este pueblo desde ahora hasta la medianoche, o después de la medianoche de mañana, domingo por la noche, el viejo Meshach Milburn te tendrá en esa cárcel hasta la primavera. ¡Por los humos! Averiguará los antecedentes de tu tía, a dónde vas, dónde has estado, cuál es tu alarde y todas tus triquiñuelas. Has golpeado el Arca del Señor esta vez: ¡el sombrero vinculado del viejo Milburn! ¡Toma mi consejo y lárgate!».
El hombre se lavó la cara en la bomba de la taberna, dobló la esquina del banco y desapareció en la noche hacia Teackle Hall.
CAPÍTULO XIII.
LA SOMBRA DE LA TEJA.
Mientras Vesta y su padre cruzaban el umbral de Teackle Hall, les pareció muy querido, aunque algo aterrador, al ser recuperado de nuevo, pero al precio de un nuevo miembro de la familia, y además un intruso. Vesta y su padre fueron a la biblioteca, y él echó algo de leña al fuego bajo y encendió la lámpara y las velas; luego, al darse la vuelta, tomó a su hija en sus brazos y sollozó amargamente, repitiendo las palabras: «¡Qué voy a hacer! ¡Oh, qué voy a hacer!». Ella también se entregó al lujo del duelo, pero permaneció sin habla hasta que él dijo:
«Mi querida, he soñado con el día de tu boda muchas veces, pero no fue así. Música y alegría, franqueza de corazón, un novio apuesto y joven, todos nuestros parientes reunidos aquí del ejército y la marina, del Sur, del Oeste y del Norte, ¡y todos felices excepto el pobre Daniel Custis, a punto de perder a su hija!».
«Tu hija no se va a ir», susurró Vesta; «¿no es eso un consuelo?».
«No lo sé. ¿Eres mi hija pura y pobre? Si te hubiera visto consumirte con tisis, día a día, como una lila moribunda, con sus racimos cada vez menos numerosos cada año hasta que se secara hasta la raíz, podría haber llorado con una simpatía celestial y haber aprendido de ti el camino que no he seguido. Pero, en tu plenitud, ser el botín de un guardabosques, arrancada de mi tallo y pisoteada en la arena, tu orgullo reducido, tus gustos ignorados, tu corazón arrastrado a la cabaña de un salvaje y obligado a consultar su voluntad almibarada... ¡Oh, qué voy a hacer!».
«No temo a mi esposo de ese modo», dijo Vesta, abriendo los brazos de él. «Mi mente, creo, él más bien la elevará a cosas serias, por las cuales siento cierto deseo, aunque, me temo, no tengo talento. Papá, algo me dice que esta vieja vida que hemos llevado, fácil y feliz, cómoda e independiente, se está desvaneciendo. Nuestra estirpe familiar debe aprender las nuevas lecciones de la época si no queremos verla retirada y oscura. ¿No es así?».
«Me temo que es la verdad de Dios, querida. La vida que hemos llevado es solo un remanente de la dignidad colonial, o mejor dicho, provincial, a la que la naturaleza de este gobierno republicano es hostil. El tabaco, que antes era nuestro dinero, está desapareciendo de esta orilla, y el trigo y el maíz no podemos cultivarlos como el rico y joven Oeste, que los está vertiendo a través del canal que el difunto gobernador Clinton vivió para inaugurar. El dinero se está convirtiendo en una cosa y no meramente en un nombre, y captura todo lo demás: tierra, distinción, talento, familia, incluso la belleza y la pureza. El hombre con el que te casaste entiende el arte del dinero y nosotros no».
«Entonces, ¿no somos unos impostores, papá, si pretendemos ser mucho mejores que nuestros verdaderos superiores? Ciertamente debemos perseverar en aquellas cosas que la época exige, y sobresalir en ellas, para sostener nuestro orgullo».
«Sí, si la raza es de gallos de pelea aceptará cualquier desafío, no solo la guerra y la política, sino la mecánica, el comercio, el pastoreo de ganado, ¡cualquier cosa!».
«Papá, si puedes ver estas cosas que han de venir tan claramente, ¿por qué no puedes tomar las medidas sensatas para plantar a tu familia en el lado seguro?».
«¡Ah! Nosotros, los virginianos, siempre fuimos los mejores estadistas, pero morimos pobres. Al no tener oficio manual, una ligera contabilidad y una capacidad ilimitada para los cargos públicos, preveíamos todo menos nuestra propia humillación, y apenas la admitíamos cuando llegaba, tan halagados como estábamos por nuestros intelectos filosóficos. Nuestra diversión más reciente es exponer la constitución a quienes están prosperando bajo ella, aunque nuestros padres, que la hicieron, como Jefferson y Madison, murieron apenas ayer, abrumados por las deudas, y el pobre señor Monroe se ha escapado a Nueva York, dicen, para esquivar a los alguaciles de Virginia».
«Bueno, papá, te he salvado de ese miedo. Aquí están tus pagarés para el señor Milburn y otros. ¡Siéntate y revísalos cuidadosamente y mira si están todos aquí!».
Él los tomó, con un alivio volátil riendo en su rostro aún marcado por las lágrimas, y dijo:
«Los quemaremos, Vessy».
«No, señor, no hasta que los haya visto todos. Un solo pagaré que faltara le daría el mismo desconcierto, y no queda ninguna hija para resolverlo».
Él la miró con una sonrisa, pero también con molestia.
«¿No vas a convertir a Meshach Milburn en mí?».
«¡Deténgase, señor!», dijo Vesta. «Podría hacerlo peor que aprender de mi esposo».
Algo extraño en su expresión dejó perplejo al juez.
«¡Ja!», interpuso, «¿ya tengo un rival, hija? ¿Su conquista es tan completa como esa?».
«Prometí honrarlo hace unos momentos, y creo que puedo, papá. Todo lo que me dices aumenta mi respeto por un hombre que parece ser solo lo que es».
«¿Quizás también puedas amarlo?», dijo el juez, observándola con una aprensión un poco parecida al asombro, un poco parecida a los celos.
«¡Oh, ojalá pudiera, papá! Eso también prometí hacer, y lo intentaré. Pero mi trabajo será un fracaso si tú no te reconcilias con el señor Milburn. Fue por ti que me casé con él, y para salvar tu nombre, tu paz, tu independencia y los reproches que esperábamos de mamá por la pérdida de su dote. Él es ahora tu yerno, todavía en la flor de la vida, con la formación empresarial que lamentas no poseer. ¡Comienza en este momento, papá, y aprende sus hábitos! ¡Cuenta e identifica esos pagarés!».
El juez Custis los revisó por separado, repasó el número de pagarés que había entregado en su mente y dijo:
«Sí, ha hecho una restitución justa. No falta ninguno».
«Restitución implica que te ha robado, papá. ¡Un hombre justo no habló ahí! Cada centavo en esas deudas está sellado con los agravios del señor Milburn y acuñado por sus sacrificios. ¿Has gastado su dinero recordando eso?».
«No, hija mía, supongo que no».
«Dame los pagarés, papá».
Ella los tomó y se quedó pensando unos momentos en silencio.
«Si yo fuera un hombre, papá», dijo al fin, «intentaría aprender sentido comercial. Debe ser tan respetable vivir con una mente capaz de ayudar a la propia seguridad y a la de los amigos, y prepararse para la vejez o la enfermedad mientras se es fuerte y sano. Ahora, ¡creo que no dejaré que quemes estos pagarés hasta que hayas pagado el precio de ellos! Por favor, redacta una transferencia de esta casa, los sirvientes y tu señorío a mí, Vesta... ¡sí, Vesta Milburn!».
Se sonrojó al pronunciar por primera vez su nombre recién estrenado.
«¡Ay!», suspiró su padre, «ya no eres Vesta Custis. Empiezo a sentirlo. Bien, señora Milburn... te daré el título... ¿por qué debo traspasarte estas viejas propiedades?».
«En consideración a mi reembolso de la suma del patrimonio de mi madre para ti, para ella, por lo cual no le has dado ninguna garantía en absoluto. No está contemplado por estos pagarés. Solo tengo la promesa del señor Meshach Milburn de que le pagará este dinero, arriesgado y perdido por ti, padre, me temo que muy irreflexivamente. ¿Es también restitución que el señor Milburn se despoje de lo suyo para pagar tus deudas a mamá?».
«No», dijo el juez, con culpa, «eso lo paga por su pasión por ti. Ahí sí podría engañarte».
«No lo creo, porque ha sido fiel a mí durante tantos años antes de que yo supiera que me amaba. Un hombre que se mantiene puro para una mujer a la que no debe votos, pagará las deudas de honor de su padre cuando lo ha prometido».
El juez Custis encontró el tema demasiado candente para su conveniencia y, sonrojándose tanto como Vesta, se sentó y redactó un traspaso de su propiedad a Vesta Milburn, por derecho propio, y en consideración a veinticinco mil dólares, pagados a la señora Lucy Custis a cuenta de una sentencia confesada a ella por Daniel Custis.
«Ahí lo tienes, querida», dijo, entregándoselo, «¿qué quieres hacer con él? ¿No estás segura de tener un hogar aquí mientras vivas, incluso conmigo como propietario?».
«No. La tragedia casi terminada aquí podría repetirse, papá, y todos quedar sin hogar si vuelves a endeudarte. Yo no haré eso... ni siquiera por mi esposo, y aquí permanecerá Teackle Hall para protegerlos a todos del frío si los malos tiempos vuelven a llegar alguna vez».
«Has pagado un precio más alto por ello, hija mía, de lo que vale, y te pertenece por derecho».
«Además, querido padre, si el señor Milburn necesita algún recordatorio de su promesa de pagar la dote de mamá, esto se lo dará. Él pretendía que su regalo fuera mi dote de matrimonio, y si yo fuera a traspasárselo a ti, primero pediría su consentimiento; no por ley, tal vez, sino por delicadeza».
«Oh, sí», dijo el juez despreocupadamente, «me alegra que tengas tan buenas razones. Sin embargo, mi hermosa, mi última hija... ¡orgullo de mi raza! Odio verte tan lista para este negocio... este cálculo y previsión. No es propio de los Custis. Me temo que este hombre, Milburn, en un solo día ha lanzado su red alrededor de tu naturaleza y te ha anexado a su existencia sórdida. En este momento, lo único redentor de ti es que no puedes amarlo».
«Querido padre, pensamientos como ese también me asaltan... el orgullo de la aristocracia, el recuerdo de lo que ha sido; pero quiero ser honesta y no engañar a mi corazón ni a nadie. Hemos caído desde nuestra altura; él se ha elevado desde su condición; y no hay engaño en mi conducta. Él sabe que no lo amo. En lugar de mantenerme firme sobre un corazón obstinado, ¡le ruego a Dios que ablande mi naturaleza y la moldee a su afecto!».
Observándola un momento con creciente interés, el juez Custis se acercó y le besó la frente.
«¡Amén, entonces!», dijo. «¡Que ames a tu esposo! Yo haré todo lo que pueda para amarlo también».
«Eso está hablado como un hombre de verdad», dijo Vesta. «Y ahora, padre, ¡buenas noches! Estate listo aquí para la llegada del señor Milburn. Toca el timbre para pedir una garrafa y algo de pastel. No te hará daño, después de tu ayuno, beber una copa de jerez con el novio».
Él la besó y sintió cómo temblaba en sus brazos. Cuando ella se dispuso a irse, regresó y se aferró a él de nuevo. Su rostro estaba pálido por el miedo.
«¡Oh, Dios terrible!», murmuró, «¡visitar mis muchos pecados sobre este ángel inmaculado! ¿Adónde huiré?».
Un paso resonó en el porche y Vesta subió rápidamente la escalera.
El juez Custis fue hacia su puerta aprensivo y entre lágrimas. Un extraño estaba allí, con el ojo amoratado y sangre goteando sobre su barba áspera, similar a una soga. Estaba bajo los efectos del alcohol, pero tan pálido que resultaba evidente bajo la luz de las estrellas.
«Buenas noches», dijo el hombre; «¿no me conoce, juez Custis? No importa, soy Joe Johnson».
El juez, cuyas lágrimas lo habían llevado lejos de las cosas de memoria trivial, miró al hombre y repitió: «Joe Johnson. ¿No será Joe Johnson de Dorchester?».
«Sí, juez, Joe Johnson, el traficante de esclavos. He comprado muchos negros a los Custis cuando no era educado venderlos, juez, así que me dejaron llevármelos y me maldijeron por ello ante el público. Y eso me ha hecho impopular, juez Custis, y esa es mi situación esta noche».
«Has estado peleando, Johnson, creo», dijo el juez con una aversión contenida.
«Me ha derribado un negro», dijo el hombre, con una mirada de ferocidad, retirando la mano del ojo herido, como si le inflamara el recuerdo del golpe ver las gotas de sangre gotear de su barba al porche. «Este pueblo es demasiado refinado para tolerar a un traficante en el artículo constitucional, y así se abalanzaron sobre mí, cuando estaba un poco mareado por el licor, y mientras el negro me golpeaba en el ojo, un pequeño villano blanco con un gorro de punta me golpeó en la boca del estómago con una piedra. He venido aquí, juez, para tumbarme en la cocina y dormir caliente durante el domingo, pues los policías amenazan con llevarme si me atrapan antes de la medianoche».
«Supongo que sabes, Johnson, que soy magistrado, y el refugio adecuado que doy a los perturbadores de la paz es la cárcel».
«No le tengo miedo a ese limbo, juez Custis, cuando vengo a usted. La vieja Patty Cannon le ha hecho muchos favores a la banda de Joe Johnson en tiempos de elecciones en los distritos altos de Somerset. Patty siempre decía que el juez Custis era un caballero de ley que devolvía un favor».
El rostro del juez, un instante en blanco, se iluminó con la sonrisa de todo buscador de votos, y dijo:
«Joe, eres un tipo terrible, ¡pero la querida tía Patty siempre me apoyó! Sospecho, Joe, que te has topado con Sansón, el empleado de Meshach Milburn, que es boxeador, aunque me extraña que pudiera vencirte dada tu juventud y tamaño. Por supuesto, no dejaré que te pase nada malo. No habrás estado haciendo tus trucos con los negros de nadie, ¿verdad, Joe?».
«¡No, bajo mi palabra, juez! Verá, llevé una carga de Egipto por el Nanticoke hasta Norfolk y los envié a Orleans. Dije: "Volveré por la costa este y veré si hay negros que conseguir". Así que caminé desde Somers's Cove hasta Princess Anne, y remojé el gaznate en Kingston y Trappe hasta que me sentí atontado por el alcohol y me acosté en el cementerio para dormirlo. Al despertarme antes de que se me pasara el efecto, me sentí mal y pendenciero, y los tipos de la taberna, el negro y el sujeto del gorro de punta, todos me atacaron a la vez».
«Bueno, Joe, por el bien de la tía Patty, cuidaré de ti. Ve a la puerta de la cocina y yo atravesaré la casa y le diré a nuestra tía Hominy que te dé cena y desayuno, y un lugar para dormir un poco. Pero debes mantenerte fuera de la vista y escabullirte discretamente el domingo, pues hemos tenido una boda en la familia hoy, Joe, y aunque no puedo entender tu jerga peculiar, sospecho que el novio es el hombre que te dejó sin aliento con la piedra».
El extraño levantó la mano de su ojo ensangrentado de nuevo y contó las gotas rojas que salpicaban desde su barba. El juez Custis notó su ceño fruncido.
«¡Tate, tate!», dijo el juez, «nunca conseguirás tu venganza contra ese hombre. Es demasiado fuerte. No me extraña que te incapacitara, y no dejes que te atrape, Joe; pues si sabe que estás aquí, me veré obligado a enviarte a la cárcel esta misma noche. ¡Mantente fuera de las manos de Meshach Milburn! Él te dejó sin aliento, señor Johnson, pero hay algunos a quienes él les ha arrancado el corazón de sus cuerpos».
«Me encontraré con él en algún lugar», murmuró Joe Johnson, «pero no en Princess Anne»; y se bajó el sombrero caído para cubrirse los ojos y se alejó a zancadas para encontrar la cocina.
«Oh, lo que puede traer un día», pensó el juez Custis, levantando las manos hacia las estrellas de octubre: «¡Meshach del sombrero ominoso, el anfitrión en mi salón; Joe Johnson, el yerno de Patty Cannon, el invitado de mi cocina!».
CAPÍTULO XIV.
EL HOGAR DE MESHACH.
Vesta había dormido sin saber cuánto tiempo, pero ya era de día, y lentamente sus ojos se volvieron hacia el resto de la cama para ver si estaba ocupada.
El novio no estaba allí.
Metió el pie en su zapatilla al borde de la cama y, con un paso rápido, se puso frente a su espejo, susurrando:
«¡Lo he soñado todo!».
La piel fresca y sonrosada, y los contrastes radiantes del cabello y los ojos le parecieron tan bienvenidos en su perfecta seguridad de salud, que volvió a susurrar:
«¿Lo habré soñado? Él no está aquí. Oh, ¿soy libre?».
Entonces un sentimiento de reproche le sobrevino cuando el más mínimo recuerdo de aquel maravilloso día de ayer surgió en su mente, y el voto que había hecho de honrar y obedecer pareció haber sido demasiado fácil de arrepentir. Miró su mano, y el pequeño, fino y patético hilo de oro reafirmó su recuerdo del anillo de bodas, y ante la siguiente sugerencia un rubor recorrió todo su ser como un pájaro rojo entre los manzanos: quizás él se había escabullido de su cámara sigilosamente como había venido, mientras ella, sumergida en un profundo sueño, no se había percatado.
Un vistazo al espejo reveló de nuevo esos rubores repitiéndose uno a otro, como la aurora en el amanecer norteño, hasta que, con una conciencia escrutadora y su voz elevada por encima del susurro, dijo:
«¡Estate quieta, chica tonta!».
Al abrir la puerta, encontró a Virgie acostada en la alfombra de afuera, envuelta cálidamente en el mantón de su ama, pero bien despierta.
«Virgie, ¿nadie ha pasado?», preguntó Vesta.
«No, señorita Vessy. Nadie podría haber pasado por encima de mí, porque mi mente ha estado demasiado despierta, aunque durmiera un poco. Tal vez no venga, señorita Vessy. ¡Tal vez esté avergonzado!».
«Silencio, Virgie», dijo Vesta, «estás hablando de tu amo».
Echándose su bata de mañana sobre los hombros, la novia doncella se dirigió sin hacer ruido hacia el apartamento de su madre; la puerta estaba abierta, la vela nocturna flotaba en su vaso, y la señora Custis yacía dormida con su libreta de banco bajo la almohada.
«¿Debería despertarla?», pensó Vesta. «Sí, si no necesito su experiencia, sí deseo su confianza, y no darle la mía parecería un engaño ahora».
Vesta besó a su madre suavemente y colocó su mejilla junto al fino y respetable perfil de esa dama mientras ella despertaba, y dijo:
«¡Hija, misericordia! Vaya, ¿qué ha sido de ti? Me parece que no he visto a nadie en días, y quería expresar mi indignación incluso en mis sueños. ¿Dónde has estado?».
«Oh, mamá», dijo Vesta, tomando la cabeza de la señora Custis entre sus brazos, «he estado encontrando tu fortuna perdida, que nos preocupó tanto a todos. Te será devuelta, queridísima... mi esposo ha prometido hacerlo».
«¿Tu esposo? ¿A quién has elegido, que es tan generoso con su dinero? ¿Cómo has podido tener noticias de Baltimore tan pronto? Ahora, no me digas un montón de cosas, pensando en consolarme. Tu padre es un villano, y mis parientes lo sabrán».
La señora Custis sacó su libreta bancaria de debajo de su cabeza y comenzó a llorar, al darle un solo vistazo a su total anterior.
«Querida mamá», dijo Vesta, «al verte tan miserable ayer por culpa del fracaso de papá, y tu porción perdida con él, acepté una propuesta de matrimonio, y tengo la promesa de un hombre rico de que, ante todo, tu parte te será pagada. Esta casa, y nuestro señorío, y todo tal como es... los sirvientes, el establo y los muebles... me pertenecen, a mi propio nombre, pagados con los pagarés de papá, y transferidos por él a mí para que sean nuestro hogar para siempre, de modo que una convulsión como la de ayer no vuelva a cruzar el umbral de nuestra puerta. ¿No merece eso un beso, mamá?».
«No creo ni una palabra de ello», dijo la señora Custis. «Este es otro truco para engañarme. No te acuso a ti de ello, Vesta, pero eres víctima de alguien y de tu padre. Ahora bien, ¿quién puede ser este hombre, tan generoso con su dinero contante y sonante? No es el estilo en Baltimore prometer con tanta liberalidad como todo eso. ¿Has aceptado al joven Carroll?».
«No, ni he pensado en él, mamá».
«Entonces debe ser ese viudo tonto, Hynson, dispuesto a vender a sus negros por una segunda esposa como tú».
«Él no ha estado aquí ni en cuerpo ni en mente», dijo Vesta; «nunca en mi mente».
«Eso sería un matrimonio que daría que hablar: no sería propio de ti otorgar tanta belleza a un viudo. Creo que hay cierta vulgaridad en que una chica elegante se case con un viudo. Ella es tan refinada, y él es generalmente tan lustroso y sensual. ¿Has tenido noticias de Charles McLane?».
«Ninguna, mamá; déjame aliviar tu mente diciéndote que mi marido vive aquí en Princess Anne. Era acreedor de papá, el señor Meshach Milburn. Me ha amado en secreto durante años. Vi una manera de detener todo escándalo y recriminación casándome con él de inmediato, para que la sociedad que conocemos solo tuviera un tema de curiosidad, y no dos. Papá me vio casarme anoche con el señor Milburn, y llevo su nombre este día de reposo».
«¿Su esposa? ¿Meshach Milburn? ¿El vulgar con el sombrero de actor de teatro? ¡Ese hombre! Hija, juegas con mi pobre cabeza. Está empezando otra vez. ¡Oh-h-h!».
«Madre, es verdad. Soy la señora Milburn. Mi marido es tu benefactor».
Era innecesario decir más, pues la señora Custis realmente se había desmayado.
«¡Pobre madre!», pensó Vesta, «se confirma mi temor de que, si se le hubiera hablado de mi propósito, se habría opuesto amargamente».
Se llamó a Roxy para ayudar a Vesta, y después de que la señora Custis recuperara el conocimiento, suspirara y llorara histéricamente, su hija, sentada en la mecedora de su madre, habló claramente:
«Madre, agradezco tu decepción con mi matrimonio, aunque debería ser yo quien se quejara y recibiera simpatía, en lugar de desaliento; pero no lo deseo; de hecho, no permitiré que nadie menosprecie a mi marido, ni trace comparaciones odiosas entre mi pobreza y sus esfuerzos. Si hay en mi cuerpo, o en mi sociedad, algún mérito para complacer a un hombre, le ha correspondido a él bajo la ley de la Providencia, que el que tiene, recibirá. Me apena tu enfermedad, querida mamá, pero temo que el señor Milburn también esté enfermo, pues no ha estado aquí en toda la noche, aunque me dejó en la puerta de la iglesia».
«¡Espero que la víbora esté muerta!», dijo la señora Custis, con gran claridad, y se dio energía sentándose en la cama. Roxy salió de la habitación.
«Espero que haya sido asesinado», dijo la señora Custis, «y que el asesino nunca sea descubierto. Si queda algo del espíritu de los McLane en mis hermanos y sobrinos, borrarán, con sangre, el insulto de este matrimonio entre mi hija y el hombre que tendió una trampa al honor de una familia respetable».
Vesta se levantó con el rostro pálido y turbado, aunque con algo de los prejuicios de su madre resurgiendo.
«Él puede defenderse, mamá. Iré a buscarlo ahora, ya que es tan odiado por mi causa».
Regresó a su habitación, se puso un traje de paseo y se arregló. En la biblioteca, Vesta encontró a su padre adormilado en un sillón grande, con los pies sobre un sofá de cuero y un pañuelo de seda extendido sobre su coronilla, bajo el cual estaban los lechos secos de las lágrimas que habían surcado sus mejillas. Vio, con un toque de alegría, que el jerez en el decantador estaba intacto y que las dos copas seguían limpias: no había recaído en sus hábitos, incluso mientras hacía una vigilia de toda la noche esperando al indeseado yerno. Él se sobresaltó cuando ella entró, y luego la miró fijamente entre su aturdimiento y una muda pregunta que ella pudo comprender.
«No ha venido, papá. Y mamá... ¡oh!, es severa».
Vesta, temblando de la garganta por un momento, se lanzó a los brazos abiertos de su padre y enterró el sollozo en su pecho.
«¡Pobre alma! ¡Pobre cordero! ¡Pobre criatura!», decía una y otra vez, mientras su temperamento se elevaba lentamente, lo cual rara vez ocurría en los últimos años, desde que el placer y el descuido le habían quitado su aguijón masculino, pero Vesta sintió que su tono cambiaba mientras la acariciaba, y al final le oyó decir, con voz ronca:
«¡Por Dios!».
«¡Chiss!», susurró ella, llevándose la mano a la boca de él.
«Mataré a alguien», continuó él, terminando su frase, y mientras ella se alejaba, él caminó por la habitación de un lado a otro, una noble exhibición de pasión que tenía un noble origen, en la piedad paternal.
«No pierdas tu verdadero orgullo, papá, después de haber perseverado tanto tiempo», dijo Vesta. «Es domingo. ¿Crees que vendrá? ¿Qué puede haber pasado?».
«O vendrá o peleará conmigo», observó el juez Custis. «He intentado ser un hombre pacífico y un magistrado cristiano, aunque un pobre hipócrita en algunas cosas, pero me han llevado demasiado lejos. La mezquindad de mi esposa es peor que la locura y la maldad juntas. Entre ella y este demonio traficante de dinero, y mi hija descuidada atrapada en semejante matrimonio, ¡por Dios! limpiaré mis viejas armas de duelo y apelaré a la injusticia misma para ajustar cuentas».
Si él había parecido apuesto en su dolor sincero, era tres veces más atractivo con su sincero y elevado espíritu. Vesta, admirándolo a pesar de sus preocupaciones, no quería verlo con esta imprudencia antinatural.
«Querido padre», dijo con suavidad, «no tienes motivo de pelea».
«Tengo todos los motivos», gritó; «la propuesta de casarse contigo fue un insulto, por el cual debería haberlo desafiado y disparado si se negaba. Ahora se ha casado contigo y se ha fugado, usando tu honor y el de los Custis con desprecio. En mis tiempos, fui el mejor tirador del este de Virginia. Puedo matar a un hombre en esta causa tan fácilmente como he roto cualquiera de los brazos de un hombre, a elección, en mis días de cortejo. La opinión pública me exonerará ante esta provocación, y puedo absolver mi propia conciencia, por muy aborrecibles que sean los duelos para mí. Mis yernos saltarían para recoger la pelea y librar al mundo de Meshach Milburn».
«Esa es la idea de mamá, matar al deudor que ha sido especialmente amable con ella. Dice que enviará a buscar al tío Allan McLane, y está más irracional que nunca. Papá, tus sentimientos son injustos. Algo que no sabemos le ha sucedido al señor Milburn. No era él mismo todo el tiempo en la iglesia. Ahora que recuerdo, no estaba ansioso por que el matrimonio fuera tan pronto. Fui yo quien apresuró la hora. Seamos justos en todo, habiendo progresado tanto con la recuperación de nuestras fortunas, y esperemos el cumplimiento de los acontecimientos con esperanza».
«Milburn estaba borracho en la ceremonia, eso lo vi», dijo el juez Custis, «pero no era excusa. De hecho, ¿qué bien puede salir de esta alianza violenta? Me parece que hemos saltado de la sartén al fuego. Me siento mal, hija mía, y no hay forma de ocultarlo».
«Entonces estás de humor para hablar con mamá esta mañana», dijo Vesta, «mientras tienes una voluntad y un espíritu inusuales. Esta hosquedad resentida que está mostrando me teme más que tu emoción pasajera, papá. Sé firme, pero amable con ella, y yo iré a encontrar a mi marido. Sí, ese es mi lugar. Puede que él se esté quejando con más justicia de mi ausencia ahora, que nosotros de su descuido».
«No querrás decir que vas a visitarlo a su guarida».
«Iré allí primero. Habría sido mi hogar anoche si él lo hubiera requerido. A decir verdad», dijo Vesta, sonrojándose, «el pobre hombre fue tan amable conmigo ayer, a pesar de su objetivo, y tan pintoresco, y, al parecer, dependiente de mí, que mi caridad se ha alistado por él, y casi podría haberme casado con él por lástima».
El temperamento del juez decayó un poco al estudiar el sonrojo de su hija.
«¡Maravilloso! ¡Maravilloso!», pensó para sí mismo; «ese pobre tipo criado con maíz ya ha causado más impresión en el orgullo de esta chica que cien galanes caballerosos. Verdaderamente, somos una república, Vesta», continuó en voz alta, «y tú dejas de lado el carácter de los Custis tan fácilmente como nuestro antiguo pariente, Lord Fairfax, aceptó la democracia de su agrimensor contratado, el señor Washington, antes de morir».
«Dejé de lado el nombre de los Custis ayer», dijo Vesta, «aunque no su mejor carácter, espero. Papá, solo hay una ley del matrimonio; es donde la esposa sigue al marido».
Ella lo miró con un poco de picardía, secándose de los ojos las lágrimas recientes, y aunque quizás no lo pretendía, él recordó su propio miedo hacia su esposa.
La tía Hominy entró entonces, habiendo sido avisada por Virgie para preparar café, y siguió a Roxy, quien lo trajo a la biblioteca. La vieja cocinera tenía una mirada extraña, como de alguien que hubiera estado toda la noche en un incendio, o en una «reunión prolongada», y asomó la cabeza como si temiera llegar más lejos, hasta que Vesta salió y la besó cariñosamente.
«¡Pobre tía Hominy! ¿Pensaste que fui vendida, o maltratada, porque me había casado? ¡Querida tía vieja, nunca te dejaré!».
La tía Hominy tenía un semblante de profunda, casi vacía, melancolía, mezclada con un miedo que, el juez observó, «había visto en las caras de los negros que habían robado algo».
«Señorita Vessy», balbuceó, al fin, «¿está usted medida por el viejo Meshach? ¿La ha atrapado, cariño? ¡Eso ha hecho, niña! Él va a enterrarla bajo ese sombrero venenoso. ¡Pobre niña pequeña! ¡Pobre señorita Vessy!».
«Oh, tía Hominy», dijo Vesta, «él será un amo amable a pesar de su sombrero extraño, y cuidará bien de ti y de todos los niños; porque es mi marido, y los amará a todos por mí».
Una mirada muda y aterrorizada se adhirió al rostro de la vieja mujer negra.
«No, no será amable con nadie», jadeó. «Usted se ha perdido, señorita Vessy. Usted está medida. ¡Que el buen Señor intente bendecirla! Hominy aún no está medida. Hominy se ha cubierto con manzanilla, y ha bebido té de lagarto hervido. Hominy se ha vuelto cuáquera».
«¿Qué es cuáquera, tía Hominy?».
«Cuáquera», repitió la vieja, retrocediendo y mirando hacia abajo, «¡es lo que evita que él me mida!».
Entonces, mientras Vesta se ponía el sombrero y el chal, después de haber tomado su café y tostada, la vieja sirvienta, deslizándose de vuelta en las profundidades de Teackle Hall, levantó un salvaje canto africano, como sobre los muertos, dando a su voz una inflexión musical como el tintineo de una rima de Juba:
«¡Adiós, señorita Vessy! ¡Adiós, el bebé de la tía Hominy! ¡Adiós, querida joven ama! ¡Adiós, mi niña querida, para siempre, para siempre, y oh para siempre, pequeña Vessy Custis, oh niña, adiós!».
Las lágrimas lloviendo sobre sus mejillas, sus manos salvajes retorciéndose y sus brazos en alto y su forma convulsa, Vesta lo recordó por mucho tiempo, y pensó, mientras dejaba Teackle Hall con Virgie, que alguna superstición africana había, con la ayuda de los sueños, arrastrado a una excitación pasajera el cerebro de la fiel sirvienta.
En la esquina de la vieja calle Front, y extendiéndose casi hasta el pequeño puente de Manokin, se alzaba la casa y tienda de dos pisos de Meshach Milburn, con una puerta a ambas calles. Aunque plantada baja, en un hueco, se erguía hacia adelante como el rostro desafiante de Milburn, sin el apoyo de ningún vecino.
«¿No parece de bruja, señorita?», dijo Virgie, mientras Vesta observaba sus contornos no menos pintorescos y su tosca carpintería de tablones, el techo podrido por la intemperie, la chimenea decrépita en el extremo lejano, la única ventana del desván en el agudo hastial, las escasas ventanitas arriba y las puertas bajas hacia la arena.
«Puede haber sido el orgullo del pueblo hace cincuenta años, Virgie. He pasado por ella muchos días, mirando con curiosidad traviesa el sombrero de copa, para mostrarlo a algún amigo de la ciudad, sin pensar nunca que tendría que entrar en la casa. ¡Pero escucha a ese pájaro voluntarioso cantando tan fuerte! ¿Dónde está?».
«No puedo decirlo ni para salvar mi vida. No está en el árbol de allá. ¡Es el primer pájaro que se levanta esta mañana, señorita Vessy, seguro!».
«¿No está esa puerta más grande entreabierta, la que tiene los cuatro paneles?», preguntó Vesta. «Sí, está sin asegurar y parcialmente abierta».
La sangre abandonó el corazón de Vesta por un momento, mientras el pensamiento cruzaba su mente: «¡Ha sido vigilado, seguido a casa y asesinado!».
La idea parecía explicar su ausencia en su noche de bodas, y, como una llama repentina vista por primera vez en un barco en llamas, iluminando el ancho océano con sus brillantes terrores, Vesta vio las infinitas relaciones de tal crimen: su matrimonio casi secreto, su custodia de los pagarés de su padre, el registro de ellos en los libros de su marido, sus últimas palabras en la puerta de la iglesia: «Vendré pronto, cariño», y ahora, esta morada silenciosa, con su puerta entreabierta en el amanecer del domingo, antes de que el pueblo se levantara; podrían cargar con la sospecha de un crimen terrible por parte de la arruinada casa deudora de los Custis contra su acreedor sin amigos.
Este pensamiento, personal para su padre, fue inmediatamente descartado por el sentimiento hacia un marido posiblemente asesinado. Si la idea apenas tocó su sentido de sí misma, que su tremendo sacrificio había sido detenido por el Cielo, y su pureza salvada entre el altar y las nupcias por el derramamiento de sangre de su comprador a manos de algún vengador más mezquino, aunque no antes de que ella hubiera rescatado a su padre de las garras de Milburn, esta idea nunca pasó más allá del portal de su mente; ella la rechazó, entrando, y comenzó a pensar en la presa fácil que su marido podría haber sido, odiado por tantos, defendido por nadie, conocido por ser muy rico, ninguna pérdida para la comunidad, como podría pensar, en su ignorancia financiera, y su único guardia un negro robusto famoso por pelear.
Creyendo que Milburn merecía algo mejor que su fama actual, Vesta avanzó hacia la puerta de la vieja tienda de madera con un espíritu de conmiseración y asombro, y aún el pájaro salvaje desde algún lugar lanzaba un chillido, una risita, un hurra, suficiente para convertir su sangre en hielo.
Mientras Vesta empujaba la vieja puerta curtida, esta arrastró por el suelo, y la barra de hierro suelta y el candado, al caer, produjeron un tañido que trajo un eco como el de una tumba desde el interior hueco.
«De verdad, señorita Vessy, tengo miedo de entrar ahí», dijo Virgie.
«No debes entrar hasta que te llame. ¡Pero escucha a ese pájaro alborotando en la canción! ¿El señor Milburn tiene pájaros?».
«No puedo decirlo, señorita Vessy. Ese pájaro es un Sinsonte. Debe estar ahí dentro en alguna parte. Oh, no entre, señorita Vessy; algo la atrapará, querida señorita, seguro».
Pero Vesta ya se había ido, siguiendo el sonido penetrante del pájaro nativo, que parecía estar en el desván.
Vio un pequeño mostrador de pino, y un escritorio de pino construido en él, y fardos de pieles, algo de madera de corte, una pila de madera y cajas, unos pocos barriles de aceite o licores, y polvo y telarañas espesas sobre todo; y un poco adentro desde la puerta la luz y la oscuridad producían efectos extraños la una sobre la otra, aumentando las distancias aparentes y cambiando las formas; y el sol, ahora salido, hacía girar cilindros de polvo de oro en ciertos agujeros de nudos en el hastial oriental, a través de cuya película vio a dos ratones flacos parados en el suelo sin alarmarse, y observándola dócilmente venir.
El griterío del pájaro se transmitía a través del fino suelo desde arriba con fuerte claridad, y cada nota de las cosas que cantaban parecía ser imitada por él, desde el grito de regocijo del halcón hasta la alarma del gorjeo de la golondrina, con la más rápida versatilidad, e incluso prisa, como si la criatura estuviera probando cada lenguaje de pájaro, con la esperanza de encontrar uno que la humanidad pudiera entender. Era inútil esperar ser escuchada en medio de tal clamor, y Vesta, después de haber golpeado el suelo unas cuantas veces, se dirigió a una especie de alacena, que podría resultar ser una escalera, y, efectivamente, una puerta se abrió en su lado oscuro, y la luz de arriba parpadeó hacia abajo.
En este momento las notas del pájaro cesaron abruptamente, y una voz, diferente a cualquier cosa que ella hubiera oído jamás en su vida, aunque humana, habló en respuesta a una voz humana más natural, ambas emitiendo desde arriba.
La segunda voz parecía ser la de Milburn; la primera voz era algo parecida, pero no como nada que saliera de la garganta de un hombre, y la superstición que ella había estado reprendiendo en su sirvienta vino con una influencia emocionante sobre toda su naturaleza. Estaba a punto de huir, pero gritó una palabra mientras se detenía:
«¡Caballeros! ¡Caballeros!».
La voz fuerte e inclasificable de arriba respondió inmediatamente:
«¡Caballero! ¡Caball-caball-caball-eros! ¡t-chee, t-chee! ¡Caballeros, tss-tss-tss! ¡Ja! ¡ja! ¡Caballeros!».
«¿Puedo subir?», gritó Vesta.
«¡Ven, p-chee! ¡Ven chee! ¡ven tsee! ¡Veme! ¡veme! ¡veme! ¡Ven p-chee! ¡ven veme! ¡ven veme!».
La última acentuación, a pesar de la interferencia del pájaro, fue lo suficientemente distinta como para equivaler a una invitación, y con una elevación de sus párpados una vez dependientemente al cielo, Vesta subió las escaleras.
Asomó la cabeza a una habitación grande y larga, que ocupaba todo el contenido del segundo piso, y estaba iluminada por tres lados por las pequeñas ventanas que había visto desde afuera. No tenía alfombra ni revestimiento de suelo de ningún tipo; el fuego se había apagado en el hogar de la chimenea al final, y la atmósfera, un poco fría, se estaba derritiendo ante el sol que ahora entraba a raudales por ambos lados de la chimenea y revelaba claramente cada objeto en el apartamento: algunos ganchos para ropa, una mesa de madera con un plato azul, una taza y platillo azules y una cacerola sobre ella, y un cuchillo y tenedor toscos; un gran baúl verde, y una sombrerera de cuero; un viejo baúl de pelo de cincuenta años de antigüedad, y casi desmoronándose; siluetas negras, en pequeños marcos redondos de ébano, de una mujer y un hombre colgadas sobre la repisa, y entre ellas una silueta de un rostro que no tuvo dificultad en reconocer como destinado a ser el suyo.
Tendida sobre una cama baja de niño, del tipo llamado cama nido en aquellos días, que podía meterse bajo la cama de patas altas de los padres, yacía el novio, con su traje de boda y zapatos con polainas, con su sombrero de copa alta sobre la colcha de percal descolorido a su lado, y su rostro tan rojo como la fiebre ardiente podía hacerlo.
Vesta solo verificó los detalles del inventario de la posada de Milburn después, siendo su atención instantánea atraída hacia la forma inmóvil de su marido, cuyo rostro enrojecido parecía indicar una muerte por estrangulamiento o apoplejía. Se adelantó y puso su mano sobre él.
«¡Señor Milburn!», habló.
«¡Milburn!», hizo eco una voz de fuerza penetrante, aunque mal articulada. Miró a su alrededor con asombro, y no vio a nadie.
«¡Esposo!», habló Vesta, más fuerte, inclinándose sobre él.
«¡Sposo! ¡sposo! ¡Ve! ¡ve!», gritó la voz lasciva, casi a su codo.
Vesta, con una mano en la frente del hombre indefenso, se volvió de nuevo, casi indignada, pues el tono parecía dirigirse a algún sentido de negligencia o vergüenza en ella, del cual no había sido culpable. Aún así, no había nada que ver.
En el rincón lejano de la habitación había una escalera de mano que conducía a un agujero en el desván de arriba; pero este no era el lugar de la interrupción, pues escuchó la voz ahora provenir como de la chimenea en el extremo opuesto de la habitación, más cerca de la cama, y acompañada de un aleteo y un rasguño, como si algún espíritu del mal, con las garras de una rata o un murciélago, estuviera intentando irrumpir donde el hombre postrado yacía en el lecho del olvido.
«¡Meshach! ¡Meshach!», resonó el grito medio humano, «¡Hoo! ¡hoo! ¡Vesty! ¡Vesty! ¡Dulce! ¡dulce! ¡dulce! ¡Ja, ja! ¡Veme! ¡Veme! ¡Meshach, él! ¡Vesty, ella! ¡Ella! ¡ella! ¡ella! ¡Hoot! ¡hoot! ¡ja!».
Cambiando rápidamente su vista, con sus oídos no menos que su corazón hormigueando ante el uso de su propio nombre, Vesta vio en la repisa de madera polvorienta un pájaro común de color gris, con trazos de marrón y negro sobre sus alas, y un pecho blanquecino, y estaba muy agitado, como si pretendiera volar sobre ella o sobre algún otro intruso que ella no podía ver.
Sus ojos, de pupilas negras sobre globos oculares amarillentos, brillaban con actividad nerviosa. Se lanzó al aire por encima de la cabeza de ella, emitiendo sonidos de tal riqueza melosa y tal infinita fecundidad de modulación, que la vieja chocha casi estalló con el canto embriagado, combinando alegría, bienvenida, miedo, desafío, superstición, horror y epitalamio todo a un tiempo, como un Orfeo enloquecido que pierde la continuidad de sus notas doradas.
El pico superior del pájaro era ganchudo como el de un halcón, el inferior era afilado como una lanza, y entre ambos brotaba aquella melodía enfurecida y la cadencia y el epíteto en los que el espíritu del viejo Patrick Henry bien podría haberse reencarnado desde su tumba en los bosques de Virginia. De pronto, se arrojó desde su vórtice de canto sobre la cama del enfermo, con un salto espasmódico y un rápido abrir y cerrar de cola, como el abanico de una belleza perturbada, y desde allí se posó sobre el sombrero de copa de Milburn y, con una lucha convulsiva de su garganta y su cuerpo, como si estuviera en un trabajo sobrehumano, pronunció, tan claro como un hombre podría hablar, las palabras:
«¡'Sband! ¡'sband! ¡Vesty! ¡Vesty! ¡Dulce! ¡dulce! ¡Ven a ver! ¡ven a ver!».
Vesta, con un movimiento rápido y experto, agarró al pájaro, lo acarició contra su pecho y calmó su excitación.
Había oído verificar lo que Audubon declaraba, y que apenas recientemente había publicado en la hermosa edición de sus obras a la que su padre estaba suscrito, que algunos decían que el sinsonte americano podía imitar la voz humana, aunque el naturalista observó que él mismo nunca había oído al pájaro hacerlo.
Esta verificación, pensó Vesta, del poder supremo del sinsonte, podría haber surgido de su excitación ante la condición silenciosa e indefensa de su amo; ese amo que le había dicho a Vesta que ningún pájaro en el bosque había resistido jamás sus seducciones e influencia mística.
«Si eso es cierto —se dijo Vesta a sí misma—, no hay peligro de que esta mascota vociferante escape si lo saco por la ventana hasta que pueda ver si su amo habla o vive».
Así que levantó la ventana y lanzó al sinsonte al aire; el pájaro descendió y cayó en el viejo sauce de abajo, y allí comenzó un concierto del que el domingo por la mañana podría haberse sentido orgulloso, cuando, en los maizales, el Salvador de pies libres iba arrancando las mazorcas lechosas. Vesta no pudo hacer otra cosa que detenerse un minuto y escuchar.
Las notas líquidas se perseguían unas a otras en círculos de armonía vertiginosa, como si los ángeles estuvieran jugando al escondite en las ramas azules del aire, eludiéndose unos a otros con pureza de corazón, persiguiéndose con amor anhelante, suspirando alabanza y felicidad mientras sus corazones celestiales emitían música bajo el brillo del éxtasis, y elevando las emociones más hermosas de la tierra en simpática añoranza por la naturaleza. Ya no había lenguaje que Vesta pudiera identificar tejido en ese laberinto de canto matinal, el cual desafiaba, con su plenitud y peso dorado, los torrentes de luz solar, igualando la luz con el sonido, ambos espontáneos y rivales por los favores de la atmósfera suave. Cantando con todo su corazón, superando todo lo que conocía, olvidando la imitación en la improvisación salvaje, observando su ventana mientras bailaba sobre las ramitas y revoloteaba en el aire, consciente de que ella escuchaba mientras gorgoteaba y trinaba hacia ella, y hacía sonar cada flauta y trompeta, virginal y clarín, oboe y castañuela, en la orquesta de su pecho rústico, la oda del sinsonte le pareció a Vesta casi sobrenatural esta mañana, y pensó para sí misma:
«Oh, ¿qué música de boda en la catedral de Baltimore podría igualar eso? Y este pobre hombre la recibe para su epitalamio, sin costo alguno, tan verdaderamente como si la naturaleza estuviera saludando mi llegada a él con el espíritu del viejo poeta:
"Ahora todo está hecho; traed de nuevo a la novia a casa; Traed el triunfo de nuestra victoria; Traed con vosotros la gloria de su ganancia, Con regocijo traedla y con alegría: Cantad, dulces ángeles, cantad Aleluya, Para que todos los bosques respondan y vuestro eco resuene"».
Aliviada de la agitación del sinsonte, Vesta prestó ahora toda su atención a su esposo; y el intenso calor de su cerebro y su circulación, y su balbuceo, similar al delirio, parecieron indicar que tenía un ataque agudo de fiebre intermitente. Oyó que él repetía varias veces las palabras: «¡Vendré pronto, cariño!»; y la simplicidad de su devoción hacia ella, por muy poco amado que fuera, tenía tal sabor de patetismo que las lágrimas brotaron en los ojos de Vesta.
«¡Pobre alma! —dijo ella—. Pasará mucho tiempo antes de que pueda amarlo. Eso sí, su hambre debe ser duradera. Pero mi deber no es menos claro: quedarme a su lado y cuidarlo, como su esposa».
Tras esta conclusión, examinó a Milburn cuidadosamente para ver si aparecía alguna herida o señal de violencia, ya fuera por accidente o por un enemigo, y al no encontrar ninguna, y al estar él todo el tiempo divagando en su sueño, subió la escalera y echó un vistazo al desván para ver si su criado estaba allí. La cama de Samson, como ella suponía, no había sido perturbada, así que, descendiendo, levantó la ventana sobre la puerta más grande por la que había entrado y llamó a Virgie para que subiera.
«Toma esta taza de estaño —dijo a la cuarterona— y ve al manantial, cerca de aquí, y tráemela llena de agua».
Entonces, mientras la chica se alejaba a paso ligero, Vesta encontró un trozo de papel y escribió una nota a su padre, diciéndole que fuera a verla; y a la chica, cuando regresó, su ama le dijo:
«Quiero que consigas un rollo de alfombra de trapo nueva en Teackle Hall y que lo traigan aquí para extenderlo sobre este suelo. Envíame también un par de nuestros morillos de latón y empaca en una cesta algo de cristalería, vajilla y mantelería. Dile a papá que traiga uno de sus propios camisones, que descuelgue mi retrato en la sala de costura, que lo envuelva y lo mande traer. Debo tener la caja de medicinas de mamá y una carretilla de hielo; y deja que Hominy prepare un poco de té fuerte y tostadas calientes. ¡Virgie, no olvides que este caballero enfermo es mi esposo y parte de nuestra propia familia!».
El rostro de la chica conservó su respeto con dificultad al oír la última parte de la frase, pero respondió a lo que entendió que era una advertencia diciendo:
«Señorita Vessy, yo nunca cuento cuentos a nadie».
«No, querida, no lo haces. Solo temía que pudieras olvidar la visión tan diferente que debemos tener del señor Milburn comparada con su vida anterior aquí».
Al quedarse sola de nuevo, Vesta tomó la taza de estaño con agua de manantial y, levantando la cabeza del hombre perturbado, le dio de beber, y, mientras él abría los ojos para ver quién era, la oyó decir, con un suspiro articulado:
«Cielo».
Con el resto del agua y su pañuelo le lavó la piel caliente y la mantuvo húmeda, y murmullos erráticos, como «¡Cariño!», «¡Ángel!», «¡Hermosa dama!», salieron de su cerebro vagabundo mientras la percepción y el veneno contendían por su mente. El sentido innato en la mujer de felicidad después de hacer buenas obras y ser apreciada fue acompañado por una cierta euforia intelectual, e incluso diversión, al haber sido testigo de lo que era totalmente nuevo para ella: la vida de la clase baja de los blancos. Miró la silueta diestra de sí misma, recortada, probablemente, de memoria, hace mucho tiempo, por el hombre, sin duda, que nunca la conoció hasta ayer, y, suponiendo que los perfiles acompañantes eran su madre y su padre, exclamó, mentalmente:
«No puedo ver nada insincero en la declaración de este hombre hacia mí. Aquí están todas las pruebas de su profundo apego hacia mí mucho antes de que impusiera mi nombre a papá con tanta aparente insolencia. Si papá pudiera ver estas pruebas con el interés de una mujer, tendría en ellas una disculpa completa. Aquí también está el pájaro que canta mi nombre. ¡Qué fuerza de preposesión debe haber tenido el maestro para hacer que el alumno emplumado repitiera el sonido de "Vesta" y me llamara "dulce"! ¡Qué recursos, además, sin el uso de dinero o ayudas sociales! Él conoce la historia de nuestro comienzo inglés, mientras que nosotros lo convertimos en una jactancia ociosa; pero para él Cromwell y Milton, Raleigh y Vane son hombres de hoy. ¡Ah! —pensó Vesta—, creo que veo ahora a uno de esos puritanos en mi esposo, de quienes he oído que están esparcidos por Virginia. Nosotros somos los caballeros. Ahí está el cabeza redonda, hasta el sombrero del rey Jacobo».
Mientras se dejaba llevar por estas probabilidades, Vesta tomó el recatado sombrero viejo y lo examinó sin ninguna superstición, y reflexionó:
«¿No exageramos las pequeñeces? ¿Por qué debería ser este hombre tan ridiculizado porque se cubre la cabeza con un sombrero viejo? ¿Qué más da? Supongamos que muestra algo de vanidad o excentricidad, ¿por qué hay más mérito en ocultarlo que en expresarlo en el vestir? Los estilos que usamos hoy son la burla incluso de las revistas actuales, y ¿qué se pensará de ellos dentro de cincuenta años, cuando las revistas de moda me muestren tal como luzco: la envidia de mi momento, el espanto de mis nietos?».
Con el rostro encendido, puso el sombrero en la sombrerera de cuero y la cerró.
El juez Custis subió las oscuras escaleras al poco tiempo y, tan pronto como miró a Milburn, exclamó:
«¡Las maldiciones vuelven a casa para posarse! Fue apenas anteanoche cuando dije, en presencia del negro de Meshach: "¡Que le ataque el paludismo y el sudor bilioso del estanque del molino de Nassawongo!". Él durmió junto a él esa noche, mientras yo me revolvía en la miseria. La noche siguiente fue su turno. Hija, tiene la fiebre intermitente biliosa, el legado de todos sus antepasados. Se expuso, supongo, extraordinariamente esa noche, y oigo que quemó la vieja cabaña por la mañana. Ahora arderá, en memoria de ello, durante las próximas diez semanas; pues sospecho, por la hora del día en que aparecieron el ardor y el delirio, que tiene lo que se llama el tipo de fiebre de doble cotidiana, con dos ataques en las veinticuatro horas».
«¡Pobre hombre!», exclamó Vesta.
«Ahora puedo explicar su aparición en la ceremonia de matrimonio de anoche. La fiebre lo tenía, pero lo superó con gran determinación y, probablemente, al regresar aquí para obtener algo de alivio, simplemente cayó sobre esa cama y perdió el juicio por algunas horas. El paroxismo desaparece durante el sueño y regresa por la mañana; así que, antes de que pudiera salir hoy, incluso si pudiera caminar, para presentarse en Teackle Hall, llegó otra fiebre, y una furiosa, por cierto, y tendrá suerte si sobrevive a cuarenta días de fiebre, con probablemente ochenta sudores en ese tiempo».
«Debe ser tratado de inmediato, papá».
«Bueno, soy lo suficientemente buen médico para la fiebre biliosa. Necesita mucha limonada fría, esponjas frías y hielo para chupar cuando tiene fiebre. Cuando intervienen los escalofríos necesita mantas, botellas calientes en los pies y té caliente, o algo más fuerte. En el descanso entre los ataques de fiebre y escalofríos, necesita calomelanos y corteza de quina, y si estos episodios delirantes continúan, puede que necesite tanto sangría como opio».
«Aquí hay algunas de las cosas que necesita inmediatamente, entonces», dijo Vesta, mientras un hombre blanco alto, a quien nunca había visto antes, subía las escaleras con Virgie, trayendo algo de hielo de Susquehanna en una manta, un rollo de alfombra y otros artículos que ella había pedido. El rostro del hombre mostraba un gran hematoma que acentuaba su aspecto salvaje.
«Juez —exclamó el extraño—, estoy haciendo un poco de trabajo para pagar mi comida. ¿Quién es su soplón? Me conocerá cuando me vea la próxima vez».
Siguiendo la mirada del extraño, Vesta y su padre vieron a Meshach Milburn, medio levantado de la cama baja, mirando a Joe Johnson como si intentara alcanzarlo. Sus labios se movieron, articuló parcialmente:
«¡Atrapa al... sinvergüenza... a él!».
«Joe —dijo el juez—, ¡vete! Te reconoce como el agresor de ayer. No lo dudes: ¡mira cómo te mira!».
«Oh, es el bobo con el sombrero de campanario, el que me dejó listo con el ladrillo», dijo el extraño, en voz baja. «Así que lo he calado. ¡Ah! ¡eso es directo!».
Cuando el hombre alto comenzó a irse, el rostro de Milburn se relajó, divagó de nuevo en su cabeza y cayó hacia atrás sobre la cama.
«Le dije que era un hombre de odios profundos, señor Johnson», comentó el juez.
«Esos temblores son el equivalente por el moratón que me dio... eso es hasta que ambos sanemos. Ha pintado los estandartes de todas las naciones en mi estómago, Juez. ¡Pero un golpe se cura con otro golpe!».
Con una mirada de admiración calculadora hacia la joven Virgie, Joe Johnson arrastró su larga figura por las escaleras, como un poste.
«Qué gigante brutal —dijo Vesta—; ¿y cómo es que estaba haciendo nuestros recados?».
«Es que la tía Hominy no tenía a nadie para traer la carga de la carretilla, y este hombre dijo que vendría, y vendría, señorita Vesty, así que no pude decir nada».
«Es un hombre con mucha influencia —dijo el juez, inquieto—, en la parte alta de nuestro condado y en Delaware. Anoche, después de la boda, golpeó el sombrero de Meshach, y el viejo Samson lo derribó, y habría matado a Samson, según he oído, si no fuera por su novio, quien lo derribó con un ladrillo oportuno. Es un equipo difícil de pasar en un camino estrecho: Meshach y Samson; ¿eh, Virgie?».
«Me alegro de que el viejo Samson lo golpeara, de todos modos», dijo la bonita cuarterona, mostrando sus dientes blancos.
«¡Oh, qué problemas no nos traerá ese sombrero!», pensó Vesta; y luego habló: «Si el señor Milburn estuviera fuerte, creo que difícilmente dejaría que ese hombre saliera del condado antes de la noche».
«Bueno, hija, ¿qué vas a hacer con estos artículos que ha traído?».
«Son para hacer que esta habitación sea cómoda. Mira, tiene mi retrato aquí, cortado por sus propias manos: quiero poner uno mejor ante él: ¡ayúdame a colgarlo, papá!».
En pocos minutos, el brillante retrato al óleo, pintado recientemente por el señor Rembrandt Peale, recibía la luz del sol sobre sus cálidas mejillas morenas, a plena vista del novio, y la gruesa alfombra de trapo calentaba el suelo, y Virgie había hecho un segundo viaje a Teackle Hall y traído de vuelta la mecedora de la dama que tanto gustaba a Milburn, artículos de aseo y algo de tela oscura para ocultar las tablas desnudas en algunos lugares, y el viejo desván pronto tuvo una apariencia razonable de vida habitable. Virgie avivó el fuego y los morillos de latón atraparon la llama alegre, mientras Vesta endulzaba la limonada después de que su padre cortara y exprimiera los limones, y añadiera algo de magnesia para hacer que la bebida espumara.
«Realmente —dijo el juez Custis—, esta miserable guarida toma la forma rudimentaria de un hogar. Supongo que ahora hay más comodidades a su vista de las que toda la raza de Meshach haya reunido jamás. ¿Cuál es tu próximo movimiento, Vesta?».
«Quedarme aquí mismo, querido papá, hasta que sea seguro y conveniente llevar al señor Milburn a casa».
«¡Oh, locura! Excitará el escándalo y será repulsivo para mis sentimientos. Este desván sobre una antigua taberna no es lugar para ti: la noticia se extenderá desde Chincoteague hasta Arlington. Cada Custis que vive me censurará y te proscribirá».
«Creo que deberías ver al señor Tilghman antes del servicio, papá, y hacer que el matrimonio se anuncie desde el púlpito esta mañana: eso resolverá la excitación antes de la noche. En cuanto a quedarme aquí, mi hogar, ya sabes, está donde él me necesita. Según su voluntad, tendría que quedarme aquí por completo. Pero quiero hacer esto, querido padre. Es de la mayor necesidad para mi naturaleza mejorar mi trato con mi esposo mientras está enfermo, para que el matrimonio apresurado que hicimos pueda tener aún su período de conocimiento y buen entendimiento. Quiero sondear las posibilidades de mi felicidad. Él será menos mi amo ahora que en su fuerza y posesión. Quizás...» —la voz de Vesta se apagó y se volvió para contemplar al novio, cuya fiebre aún consumía su ingenio— «quizás pueda influir en su vestimenta... en su apariencia».
«¡Te refieres a la cima del campanario!», exclamó el juez Custis con petulancia.
Ante el fuerte sonido de esta palabra familiar, los oídos del hombre febril fueron atravesados como a través de algún ventrículo siempre abierto, como una vieja herida.
«¡Cima del campanario! ¿Quién gritó "cima del campanario"?», murmuró. «Oh, ¿no puedes ver que estoy casado? Ella lo oye. ¡Oh, perdónala y ten piedad de ella!».
Vagó de nuevo hacia el mundo miasmático, dejándolos a todos conmovidos, pero oprimidos.
«Cómo la propia piedra de sílex se desgasta ante la gota de agua», dijo finalmente el juez Custis; «su corazón endurecido ha sido magullado por ese apodo. En público nunca pareció inmutarse ante él; pero ves que infligió una herida que nunca sanó. ¿Quién no tiene su buitre?».
«Y qué injusto perseguir a este hombre con tal hospitalidad frívola durante tantos años», exclamó Vesta, con sus ojos espléndidos centelleando. «No se ha tenido en cuenta sus razones privadas, su piedad familiar o su gusto severo, quizás; pues debe tener una razón para su guardarropa, siendo eso, al parecer, lo único sobre lo que no puede haber independencia. ¿Oíste, papá, su sentimiento por mí hace apenas un momento? Curiosamente, mi propia mente estaba pensando en ese sombrero. Parece ser más grande que los mismos campanarios de las iglesias: se alza entre la gente y la adoración, sí, entre nosotros y la Caridad, y la Fe... casi diría que la Esperanza también».
«Toda la gente de color dice que tiene que usar ese sombrero porque el diablo le obliga —dijo la elegante Virgie, de pies ligeros—; la tía Hominy dice que el Malo no le dejaría ganar más dinero si no fuera a la iglesia con ese sombrero. Algunos de los blancos dicen lo mismo también».
«¿No creerás cuentos tan tontos como ese, Virgie?», preguntó Vesta.
«De veras, no creo que nada de lo que usted diga sea un cuento, señorita Vessy. Hominy lo cree. Está casi muerta de miedo por que el señor Milburn venga a la casa, y ha puesto a todos los pequeños casi locos de miedo».
«¡Pobre alma oscura e ignorante! —dijo Vesta—. Es, sin embargo, más excusable que estos hombres adultos, cuyos prejuicios contra una prenda de vestir son tan paganos en su carácter como su superstición de fetiche».
«Si él es un buen hombre para usted, señorita Vessy —dijo la joven esclava—, pensaré que el Malo no tiene nada que ver con él. Si él la trata mal, pensaré que el Malo lo tiene».
«A veces siento que los hombres deberían haber sido dejados salvajes, como los animales —dijo el juez, enjuagando la boca de Milburn con un trozo de hielo—, porque los obstáculos a la libertad creados por la moda y la civilización son asiáticos en su despotismo. Piensa en los impuestos que pagamos a la moda cuando se los negamos a los reyes. ¡Piensa en la aristocracia basada en el vestir, después de que la hemos extirpado formalmente por estatuto! ¡Piensa en la influencia que los zapateros y modistas de Europa, procedentes de las cortes que hemos renunciado, ejercen sobre nuestros Presidentes y Senadores, y, a través de las mujeres de este país, sobre todos los hombres de la tierra! Un millón de mujeres que no saben que hay dos cámaras en el Congreso, saben exactamente qué capota lleva la duquesa de Angulema y cómo ata su corbata Carlos X en París. Así que el diablo siempre consigue un gusano en cada manzana. La Revolución Francesa abolió la feudalidad, los títulos, la gran propiedad territorial, y solo omitió abolir la moda, y ese gusano —un gusano de seda, lo es— está devastando el gobierno republicano en todas partes, utilizando a las mujeres para infectarnos».
«Sin embargo, en la naturaleza de la mujer —dijo Vesta—, el amor por el vestir está tan fuertemente presente como el amor por la mujer en el hombre. Algún propósito justo hay en ello, papá: adornarnos como los pájaros y dejar que nazca el arte».
«Dios conoce sus propios misterios —dijo el juez Custis—. Pero Vesta, ve a casa conmigo a tu propio hogar cómodo, y deja que Virgie se quede aquí para vigilar».
«Amo, tengo miedo de quedarme aquí», exclamó la chica, acercándose a su joven ama.
«Entonces me quedaré yo y seré enfermero —dijo el juez—. ¡No temáis! Solo le daré medicina saludable, sea cual sea el veneno que él me haya dado a mí y a los míos. ¡Quédate tú en Teackle Hall, mi preciosa niña! De hecho, debo ordenarlo».
Vesta sonrió con tristeza y señaló a su esposo.
«Él me manda ahora, papá. Fuiste un amo demasiado indulgente y me mimaste. No, Virgie y yo nos quedaremos ambas, y tú reconcíliate con mamá. Todo va bien. Realmente, estoy feliz y agradecida a mi Padre Celestial porque está suavizando el camino tan gentilmente, el cual pensé que sería tan difícil».
«Oh, las condiciones de esta enfermedad son repulsivas, hija mía. Tú eres una dama».
«No, soy una mujer», dijo Vesta; «ese hombre y yo debemos vernos morir al uno o al otro. No sabes lo fácil que es para una mujer cuidar a un hombre. Aunque el amor podría hacer la tarea más grata, la gratitud servirá mucho para endulzarla. Él me ha amado y ha quitado la sombra de tu vejez por mí. ¿He de dejarlo aquí para que sienta que lo desprecio? No».
Ella besó a su padre y le entregó su bastón.
«Vuelve esta tarde, mi amor», le dijo.
«¡Nada en la tierra es como tú!», exclamó el viejo. «Temo que no eres mía».
«Sí», dijo Vesta, «estás lleno de bondad, dondequiera que te hayas extraviado».
A medida que el sonido de sus pasos se alejaba del umbral, abajo, el enfermo, con un suspiro como de fuego ardiente, abrió los ojos y miró a su alrededor. Estos se posaron en el retrato de ella.
«¿Qué es eso?», murmuró; «no soñé nada parecido a eso hace un momento».
«Es mi retrato. Estoy aquí», dijo Vesta, inclinándose sobre él. «¿No me conoces?»
«¿Quién eres, querida señora?», exhaló, con las cuencas de los ojos debilitadas por la fiebre y la mente luchando por llegar a sus globos oculares dilatados, «¿te conozco?»
«Sí, soy Vesta; Vesta Custis, solía ser. Soy tu esposa».
Sus ojos se abrieron de par en par, como si escuchara noticias maravillosas.
«¿Esposa? ¿Qué es eso? ¿Mi esposa? No».
«Sí, soy Vesta Milburn, tu esposa».
Pareció recordar y, con compasión hacia él, ella se inclinó y lo besó.
«¡Que Dios te bendiga!», suspiró él, y se desvaneció de nuevo en las sombras del Upas.
En ese minuto, el sinsonte voló por la ventana abierta, revoloteó sobre el humilde lecho, se posó en el cabecero y comenzó a cantar:
«¡Espo! ¡Espo! ¡Mira! ¡Mira! ¡Vesty, dulce! ¡Vesty, dulce! ¡Ja, ja! ¡hurra!»
CAPÍTULO XV.
EL SECUESTRADOR.
Al juez Daniel Custis, mientras caminaba bajo el sol del domingo, le pareció que nunca había visto un día más perfecto. Las hojas estaban cambiando en los grandes sicomoros, y los arces a lo largo de la elevación del camino vestían sus prendas más delicadas de nankín, mientras unos nogales jóvenes, cargados de nueces, y un chicle alto, espléndido en su atavío, lo llamaban hacia su camino, cruzando el puente de Manokin hasta la colina opuesta, donde la iglesia presbiteriana dominaba el pueblo.
El Juez, cuyos ojos estaban llenos de lágrimas felices, en parte por el alivio real a sus circunstancias logrado por el gran sacrificio de Vesta, y en parte por la escena recién cerrada de su honor y fidelidad naturales hacia el hombre que le había arrancado sus votos matrimoniales, tomó el rumbo norte y cruzó el pequeño puente; y mientras subía la colina, los alrededores del pueblo y el pueblo mismo se extendían tras él en la quietud del día de reposo, y las codornices y las aves otoñales piaban y graznaban bajo en el maíz y el rastrojo del grano. Unos gansos salvajes en el sur volaron sobre los bajos bosques grises hacia la bahía; una jauría de sabuesos en algún lugar aulló como música distante; escuchó a los pavos parlotear en una de las granjas adyacentes en las ondulaciones del paisaje pantanoso, donde la abundancia, no denotada de otra manera, se mostraba en las aves de corral gordas que se posaban en los árboles como fruta viva y hablaban apopléjicamente.
Mientras bebía el vino del otoño en el aire, que tenía un ligero sabor a escarcha, como el primer ácido en la sidra dulce, vio un par de carruajes venir por los caminos llanos hacia Princess Anne, y la campana de la iglesia anunció su cometido mientras dejaba caer en la serenidad su tañido afrutado, como una manzana rodando de la rama. Tan fácil, tan musicalmente, tan regularmente sonaba, como la voz de algo puro, que era constante incluso en sus alegrías, que el Juez se quitó su sombrero de piel blanco y ancho, como si fuera ante una dama, y escuchó con algo entre cortesía y piedad.
A medida que la campana continuaba, otros carruajes venían hacia el pueblo, y algunos lo pasaron, con sus ocupantes haciendo una reverencia, y a menudo robando una mirada hacia atrás para ver de nuevo al juez Custis, el primer hombre del condado.
Contemplaban un corazón humillado, un alma alegre, que la mano afilada de la aflicción había hecho sangrar, mientras una Providencia imprevista en su querida hija había besado la herida hasta hacerla dormir y extraído el veneno de ella.
Levantando la frente hacia el cielo azul brillante, como si no pudiera elevarla lo suficiente para sentir más de ese descanso celestial allí ceñido, el Juez suspiró un deseo feliz, como el beso de amor después de una pelea, cuando la duda se disipa por completo o el error se perdona:
«¡Oh, hazme como un niño pequeño! ¡Lava mis manchas! ¡Guíame por el camino que mi hija ha caminado, o nunca la veré en la vida venidera!»
Sus labios temblaron y su pecho se agitó convulsivamente. En esa idea de no ser apto para entrar donde su hija iría, en la vida más abundante más allá de la presente, recibió un sermón distinto del púlpito largamente vacío de la naturaleza y la conciencia, y revelaciones desde adentro más claras que las Sagradas Escrituras; pues sentía la justicia de la separación final de lo impuro de lo puro, y la fe de la perseverancia en el bien para avanzar hacia la santidad misma, y la perseverancia en la sensualidad y el egoísmo para detener al espíritu en su cáscara de cerdo. Su agonía aumentó.
«¿Adónde iré a la deriva si continúo», dijo, «haciendo de magistrado pulcro y cabeza de familia, y amando escabullirme en la oscuridad, como los negros cazando mapaches por la noche? ¿Qué es escapar del descubrimiento frente a la degradación creciente de mi propio santuario, mi espíritu creado? ¿Puedo encontrar el camino por el que he vagado y volver sobre mis pasos? Me queda poca vida para hacerlo, pero con la ayuda de Dios, ¡lo intentaré! Sí, este domingo dorado haré algo para comenzar. ¿Qué será?»
Se puso el sombrero y se dijo a sí mismo: «Iré a la casa de reunión metodista: trabajan directamente sobre la conciencia, profundizan el sentido del pecado y predican una limpieza rápida como por una luz que brilla. Allí podré arrastrarme a la vista de hombres y mujeres y surgir redimido. Pero, no. Es el domingo en que el matrimonio de mi hija debe anunciarse en nuestra propia iglesia, y sería cobarde, por no decir indecoroso, huir de un culto a otro ahora. Si voy a la iglesia esta mañana, debe ser a la nuestra. ¿Hay alguna excusa que no sea la cobardía para no ir?»
Miró dentro de su naturaleza deudor, para ver qué debía a alguien, que pudiera ser reconocido y saldado este día.
Lenta y casi a su disgusto surgió una obligación hacia su esposa: la obligación de amor de la que la estaba defraudando, si es que, en efecto, la amaba en absoluto con el ardor de los viejos tiempos.
Ella había desgastado su pasión en pequeñas insistencias por pequeñas decoraciones, y en una comprensión estrecha, y en la subordinación a tradiciones sociales afeminadas. Ella chocaba con la salud de su intelecto con sus refinamientos insensibles y sus lamentables falta de caridad, y su miedo a toda catolicidad. Ella era la gentileza misma, sin la chispa de la naturaleza, y creyendo que habitaba las torres del castillo de la exclusividad y la justicia social, había hecho de su hogar el torreón de su caballería, a la vez el apartamento doméstico más elevado y la prisión.
Sin embargo, ella era su esposa, y algo de su naturaleza debía estar en Vesta, aunque el Juez no lo había encontrado. Reflexionó que su propia inconstancia podría haber agudizado las peculiaridades de ella y ampliado la distancia entre sus mentes, hasta que, privada de la guía de un marido, la naturaleza de mujer agitada de ella había abandonado el pasto de los campos y el aire, y se había posado en su nido y vegetado allí.
«Me he alejado de ella», dijo, «y me quejo de que ella no ha crecido. Yo mismo he abundado en dignidad y pretensión de aldea, y le he dado el ejemplo de no respetar nada más. He sido un fraude, y me maravillo de que ella no sea sabia en las cosas del mundo».
Encontró su voluntad enferma muy obstinada contra volver a cortejar a su esposa, pero la petición que acababa de hacer al Cielo, de guiarlo por los pasos correctos, lo convenció de hacer su culto en casa esta mañana.
«Sí», dijo, «comenzaré bien. Ella está enferma y sola, y Vesta le ha sido arrebatada. Enviaré una nota al rector para anunciar el matrimonio, como Vesta solicitó, y haré mi culto en Teackle Hall este día».
El Manokin, extendiéndose más ancho a medida que fluía más lejos del pueblo, y ensanchándose de un arroyo a un riachuelo, hasta que humedecía los bordes de los pantanos y cortaba los riscos bajos en los campos, nunca pareció invitarlo tanto a vagar a lo largo de sus esclusas como esta mañana.
«Si mi esposa solo caminara conmigo por el campo», dijo, inquieto, «¡cuánto más compañeros habríamos sido el uno para el otro! Pero ella no puede caminar en absoluto; toda interacción masculina cesó entre nosotros hace años, y el rango aburrido y pequeño de la charla doméstica, y el chisme dinástico de las buenas familias, desgastan mi espíritu. Pero he sido un esposo ausente, y mi lengua está reseca por polvorientos vagabundeos en caminos pródigos. ¡Permíteme cortejarla de nuevo con todas mis fuerzas!»
Caminó a través de Princess Anne, habiendo comenzado el culto ahora en todas las iglesias, y no vio a nadie en la calle excepto a un grupo dividido frente a la taberna. Allí escuchó a Jimmy Phoebus hablar a Levin Dennis bruscamente:
«Levin, ¿qué haces con ese comprador de negros? ¿No te queda nada de orgullo Dennis en ti?»
El Juez vio que Joe Johnson, a salvo de procesos civiles en domingo, incluso si su enemigo no hubiera estado indefenso en la cama, estaba lavando la cabeza enferma de brandy de Levin Dennis bajo la bomba de la calle, operando la manivela de la bomba y dándole champú con manos alternas.
«Jimmy», respondió Levin, cuando estuvo libre del chorro, «este caballero me ha dado un trabajo. Voy a llevarlo a buscar galápagos en el estrecho. Me va a pagar por ello».
«La pesca de galápagos en domingo no es un trabajo respetable para un Dennis, de ninguna manera», gritó Jimmy Phoebus, sin rodeos; «¡y hacerlo con un comprador de negros es un gran alarde para ti, por humo! No puedo ver dónde está tu orgullo, Levin, ni para salvar mi vida».
Jack Wonnell, luciendo una chistera, observaba con tímido disfrute de esta conversación directa, abriendo la boca para sonreír, cerrándola para estremecerse.
El gran extraño, soltando a Levin Dennis, caminó con sus largas botas de montar, en las que estaban metidos sus pantalones ásperos, justo hacia el frente de Jimmy Phoebus, y lo miró fijamente a través de su ojo inflamado y desagradable. Jimmy recibió su ceño fruncido con una mansedumbre que casi equivalía a desprecio.
«¡Escucha!», dijo el extraño, «has estado buscando pelea conmigo todo el día de ayer, y hoy es un comienzo de ello de nuevo. ¿Quieres pelear?»
«No», dijo Jimmy, tallando un palo; «no soy aficionado a pelear, y nunca lo hago en domingo. ¡No sería culpable de pelear contigo, por humo!»
«He tomado a un negro más grande que tú y le he metido mis patadas hasta el fondo de su molleja hasta que sus pulmones cayeron en mis manos. ¡Así que es vida o cuchillo entre nosotros, mi buen compañero!»
Puso su mano sobre su cadera, donde llevaba un cuchillo de vaina.
«Levanta esa mano», dijo Jimmy Phoebus, con un rápido pase de su navaja de tallar hacia la garganta del gigante. «Levántala o, ¡por humo! se te va la yugular».
Mientras Phoebus hablaba, levantó un pie, de un tamaño prodigioso, tan hábilmente como un elefante levantando su trompa, y pateó la mano del hombre del bolsillo de la cadera sin mover ni su cuerpo ni su semblante. Fue hecho tan automáticamente que el otro se volvió ferozmente para ver quién lo pateaba, y su cuchillo de vaina, parcialmente levantado, fue arrojado por la fuerza de la patada a varios metros de distancia.
«Recoge su cuchillo, Levin», dijo Jimmy, «o se hará daño a sí mismo con él».
En este momento, el juez Custis se acercó y separó a los dos hombres poderosos.
«Peleando en domingo en nuestra calle pública», exclamó; «¡Phoebus, no lo habría pensado de ti!»
«Este matón, Juez», dijo Jimmy con calma, «comenzó a tomar Princess Anne el primer día, y el Sansón del viejo Meshach lo dejó tendido, y el propio Meshach lo terminó. Hoy comienza a llevarse a ese pobre imbécil, Levin Dennis, y, como expreso mi opinión al respecto, saca su cuchillo contra mí; así que uso mi pie, Juez, que me ha visto desatar un nudo con él, y le arruino la muñeca. Cuida de su cuchillo, Levin; es una pobre criatura sin él».
«¡Lo resolveremos, a vida o muerte, o que me tome el trago de la mañana!», gruñó el hombre extraño.
«Ese tipo de lenguaje no se entiende en buena compañía», dijo Jimmy Phoebus; «supongo que es jerga de ladrones, usada entre tus amigos, o, tal vez, grandes palabras con las que intimidas a los extraños, cuando quieres lucirte. Ahora, como has sido azotado por un negro y pateado por un hombre blanco, ¡tal vez puedas entender mi lenguaje! ¡Escucha tú también, comprador de negros! ¿Sabes dónde te vi primero?»
Por primera vez, un destello de fuego provino de los ojos de cerezas negras del capitán del bote, y su enorme rostro ancho de color oscuro expresó su carácter oriental completo:
«La última vez que te vi, Joe Johnson, no fue acechando en la cocina del juez Custis por nada bueno, ni insultando al otro visitante del Juez, Milburn, el de la cima del campanario: fue abrazando el poste de azotes en el parque público de Georgetown, estado de Delaware, y el sheriff dándote con él sobre tu espalda; y después de que te sentó en la picota, tomé el huevo más podrido que pude conseguir, ¡y lo reventé justo en el ojo donde ese negro te magulló ayer!»
El silencio opresivo, mientras Joe Johnson se escabullía, desesperado de rabia, pero incapaz de negar, fue roto por la interjección irreflexiva de Jack Wonnell:
«¡Whoop, Jimmy! ¡Hurra por Princess Anne!»
«¿Y por qué conseguí ese huevo y te hice olerlo, Joe Johnson? Porque, ¡por humo! eras un apestoso secuestrador, robando a los pobres negros libres de su libertad, ¡sabiendo que no llevaban armas y no podían ofrecer ninguna buena defensa! Ese es tu oficio, y es el más vil y cobarde del mundo. Es hacer lo que hacen los argelinos en una pelea justa. Eres un buen ciudadano estadounidense, ¿no? Conozco a tu banda, y es sangrienta, pero no puedes mirar a un hombre blanco a los ojos, ¡porque eres un ladrón y un cobarde!»
La naturaleza helénica del capitán de la bahía nunca se había mostrado ante el Juez con esta plenitud, y sintió cierta admiración natural mientras tomaba a Phoebus del brazo.
«¡Bueno, bueno!», dijo el Juez, «¡déjalo ir ahora, Phoebus! Sr. Johnson, no permita que lo vea en Princess Anne de nuevo hoy. Continúe su viaje y no nos moleste más, o pondré un proceso penal contra usted, y ya ve que tenemos alguaciles robustos en Somerset».
Mientras guiaba a Phoebus a la vuelta de la esquina del banco, el Juez dijo:
«James, mi esposa está tan enferma que debo quedarme en casa con ella esta mañana, y quiero que dejen una pequeña nota en la iglesia para el Sr. Tilghman. ¿La llevarás?»
«Bueno, con gusto, Juez», respondió el despreocupado aldeano. «No luzco muy apuesto en la iglesia episcopal, pero haré un mandado».
Mientras el Juez escribía la nota con su lápiz de oro en una hoja de su libreta, dijo:
«James, ¿identificaste a ese hombre ayer?»
«Sí, lo conocí tan pronto como llegó a la taberna. Esta mañana, viéndolo por el pueblo, tuve miedo de que Sansón Hat tropezara con él, y el comprador de negros lo matara por el golpe de ayer. Pensé: 'Sansón es un negro demasiado blanco para ser asesinado de esa manera, ¡por humo!'; pero el prejuicio contra un negro golpeando a un hombre blanco es tal en este estado que Joe Johnson, por sangriento que sea, nunca habría estirado el cáñamo por Sansón Hat; así que busqué una pelea con el comprador de negros para quitarle la pelea antes de que viniera Sansón. No peleará con nadie ahora en este pueblo. Su alboroto terminó aquí».
«Corriste un gran riesgo, Phoebus. Es un tipo tan malvado en sus resentimientos que dejé que se escondiera y comiera en mis dependencias por miedo a algún mal pago si me negaba. Esa banda de Patty Cannon es la maldición de la Costa Este».
«Y si me perdona, Juez, siendo un hombre más joven y pobre, son precisamente caballeros como usted los que permiten que esto continúe. Ustedes los políticos les dan 'munidad a esa gente, y los dejan solos porque pelean por ustedes en tiempos de elección y son populares entre los forestales y la pobre basura, porque persiguen a los negros e invitan a licor. Usted sabe que las leyes están en contra de sus acciones a ambos lados de la línea de Delaware, pero en Maryland son letra muerta».
«Dices una verdad llana, James Phoebus, tan valiente como tu conducta. Pero los hombres pobres deben crear un sentimiento contra estos secuestradores, porque entre los pobres ignorantes encuentran a sus defensores e iguales».
«Juez», dijo el capitán de la bahía, «están haciendo un pandemónium de todo el distrito alrededor de lo de Patty Cannon. ¡Por humo! es una vergüenza para la libertad. A plena luz del día llevan a negros libres, hombres, mujeres y niños pequeños también, para ser vendidos, quienes son tan libres como mi mamá y su hija».
El juez Custis pensó dolorosamente en la escasa libertad de la que su hija gozaba ahora. Jimmy Phoebus continuó:
«Ahora aquí, estamos montando un alboroto sobre los argelinos y los tripolitanos capturando a unas pocas personas cristianas y vendiéndolas a Turquía, y sobre la gente de Turquía esclavizando a los griegos cristianos. Henry Clay está haciendo un gran alarde sobre ello. Se está recaudando dinero en todo el país para enviárselo. El comodoro Decatur fue un gran hombre para acabar con eso. ¡Por humo! están vendiendo más personas libres a la muerte y al infierno a lo largo de la línea de Mason y Dixon, que en todo el seno del mar Mediterráneo».
El orador de piel morena estaba más emocionado ahora de lo que había estado durante toda la colisión con Joe Johnson.
«De hecho, Phoebus, han secuestrado a varios miles de personas, dicen los abolicionistas de Filadelfia, pero los informes deben estar exagerados. La demanda de negros es tan grande, desde que la desmotadora de algodón y los mercados extranjeros han hecho del algodón un gran producto básico, y la importación directa de esclavos desde África ha sido detenida, que hay una gran carrera por los negros de los estados fronterizos, y las personas de color libres rara vez son reivindicadas cuando han sido arrastradas al otro lado de la línea».
«¡Nunca son reivindicadas, juez Custis! Me avergüenzo de mi estado natal. Hace solo unos años, cuando yo era un niño, la gente por aquí estaba liberando a sus negros, y se entendía que la esclavitud moriría, y todos decían: 'Que se vaya la cosa mala'. Pero los negros comenzaron a subir de precio; llegaron a valer ochocientos dólares donde no valían doscientos; y todos los políticos comenzaron a decir: 'Los negros no son aptos para ser libres. Los negros son el junco, o el baluarte, o toro-algo de nuestra nación'. Y luego comenzó el secuestro de negros libres, ¡y lo siguiente será que secuestrarán a ciudadanos estadounidenses libres!»
«¡Tut! ¡tut! James! nunca llegará tan lejos».
«¿No? ¿Qué me dijo Joe Johnson anoche frente a la taberna Washington? Dijo: 'He vendido negros más blancos que tú, yo mismo. ¡Puedo llevarte al mercado y obtener mi precio por ti!'»
El marinero de la bahía se quitó el sombrero.
«¡Míreme!», continuó; «¡por humo! mire mi piel morena y mis ojos negros y mi cabello negro como el carbón. ¿De dónde vinieron? Vinieron de Grecia, de donde vinieron Leónidas y Marky Bozarris y todos esos tipos: eso es lo que dijo mi padre. Él sabía mejor que yo. No soy más que un pobre hombre de la Costa Este navegando en mi pequeño barco, pero soy un hombre nacido libre, y le digo, Juez, que es un tiempo peligroso cuando nada más que su tono de color protege a un hombre libre».
«James Phoebus», dijo el Juez, gravemente, «espero que me crea cuando digo que pienso que todas estas cosas son atropellos, y que surgen del mayor atropello de la esclavitud misma. Estamos siendo gobernados por nuevos estados, incubados en el suroeste a partir de los huevos de caimán de la vieja esclavitud, que habían caído en descrédito político y moral entre nosotros en Maryland y Virginia».
«No tengo nada de negro», dijo Phoebus, poniéndose el sombrero, «pero me he tomado a pecho estas insinuaciones sobre mi parecido con un negro, y tomaré partido por cualquier negro al que se le impongan injusticias, como si fuera parte del cuerpo y la sangre de mi Señor Jesús. ¡Ahora ya lo oyes!»
«Y eres lo bastante valiente para sostenerlo, buen amigo. Así que haz mi recado, y buenos días, James».
CAPÍTULO XVI.
EL HOMBRE DEL SOMBRERO DE COPA.
Mientras el Juez y Phoebus doblaban la esquina del banco, Samson Hat apareció conduciendo por la ancha calle principal de Princess Anne a una joven blanca.
«Ahí está el negro que metió a mi pupilo en el limbo», murmuró el tratante de negros, «pero incluso él pasará hoy de largo. Este maldito pueblo está conjurado contra mí».
Sin embargo, lanzó una larga mirada a Samson, quien se la devolvió amablemente de la manera más respetuosa, como si nunca hubiera visto a aquel extraño caballero antes. «Y ahora, colegas», dijo Joe Johnson, dirigiéndose a Levin Dennis y Jack Wonnell, «los tres bajaremos a la bahía, yo proveeré el licor y pagaré el jabón mientras ustedes atrapan galápagos, y dejen que me quite la borrachera».
«¡Iré, sin duda!», gritó Jack Wonnell, que había estado bebiendo agua de bomba en su sombrero de copa. «Tú también, Levin».
Levin Dennis dudó; «Quiero avisar a mi madre primero», dijo, «tal vez no le guste que vaya un domingo. Enviará a Jimmy Phoebus tras de mí».
Joe Johnson sacó una bolsa de oro del interior de su cintura, colgada allí de una lazada, y sostuvo una pieza de cinco ante los brillantes ojos del muchacho:
«¡Toma, chico! Es tuya si no dices nada a tu madre. ¡Lárgate conmigo, pequeño bribón, busca tu barco, y te pago esta paga al ponerse el sol».
Los ojos crédulos de Levin brillaron, y con una mirada de reojo hacia la cabaña de su madre, abrió camino hacia el campo.
Se habló poco mientras caminaban durante una hora o más hacia el oeste, el extraño aparentemente cavilando sobre sus afrentas, y pasando dos veces la jarra de brandy que obligaron a Jack Wonnell a cargar, y antes del mediodía llegaron a un arroyo considerable, en el que estaba anclada una pequeña embarcación que llevaba en su popa, en letras iletradas y a menudo invertidas, el nombre: Ellenora Dennis.
«¿Qué es ese garabato de ahí?», preguntó Johnson, señalando las letras.
«Es el nombre de su madre, jefe», dijo Jack Wonnell, tirando de los pantalones del extraño, «es viuda, y bonita como un melocotón».
«¿No tienes padre, pobre desgraciado?», preguntó Johnson con brusquedad.
«Se fue desde que yo era un bebé», respondió Levin; «se fue en el corsario del tío del Juez Custis del que nunca se supo más. No sabemos si los británicos lo tomaron y lo ahorcaron, o si el Ida se hundió en algún lugar y se ahogó, o si todavía sigue navegando por ahí lejos. Tengo que cuidar de mi madre».
«¡Hum!», gruñó Joe Johnson; «hijo de un ganso y una coqueta: bonito chico, además; tiene los rasgos de las viejas familias. ¡No hay mejor diversión para mí!»
Arrastrando una barcaza escondida bajo unos matorrales de pantano, el joven Levin se dirigió a su embarcación, la ordenó con unos pocos cambios, izó el foque y la llevó a la orilla.
«Señor Johnson, nunca atrapé galápagos en domingo, pero supongo que no hay daño en ello».
«¿Daño? ¿Qué es eso?», se burló Joe Johnson. «¡Escucha, muchacho, nada de acobardarse conmigo ahora! Cuando empiezo con un mocoso, empiezo de frente. Si crees que es pecado atrapar galápagos, pues bien, quiero que los atrapen. Si no te importa, puedes simplemente izar tu vela y apuntar hacia la isla de Deil, ¡y haremos que sea un viaje!»
No muy seguro de sus instrucciones, Levin tomó el timón, y Jack Wonnell, con excesivo celo, consiguió las tenazas para galápagos y se paró en la proa mientras el balandro navegaba por el arroyo Monie con una buena brisa y marea a favor. El dragado de cadena para los galápagos fue arrojado por la borda, pero el barco llevaba demasiada vela para que Wonnell pudiera atrapar más que uno o dos animales tardíos con sus tenazas, mientras se cernían alrededor de los fondos transparentes preparándose para su descenso invernal al lodo.
«Recoge tu dragado», ordenó Johnson a los pocos minutos. «Nos hace ir lento».
Jack Wonnell dio obedientemente unas vueltas al cabrestante y, a medida que la red subía, dos galápagos de la entonces común variedad de espalda de diamante rodaron sobre la cubierta, junto con una tortuga de río.
«Eso es suficiente de galápagos», dijo Johnson, «a menos que tengas miedo de que sea malo, Levin. ¡Dime, bobo! ¿Es pecado ahora?»
El muchacho se rio, un poco pálido, y Johnson cerró su comentario con:
«¡Nada es pecado! El domingo es el día del basurero para que los héroes lo rompan. ¿Crees que tu padre en el corsario no golpearía a los británicos un domingo? ¡La forma de hacerse rico, muchacho, es romper todos los mandamientos en el poste, y volver a recogerlos al final!»
«Así es, seguro como que has nacido. ¡Hala! ¡Johnson, tienes razón!», rio Jack Wonnell, sin entender del todo lo que se decía.
Levin Dennis sintió un pequeño escalofrío, pero le dio el timón al extraño y, con la ayuda de Wonnell, izó la vela mayor; el ligero barco salió volando a través de la bahía de Monie, espantando a las aves acuáticas mientras viraba entre ellas.
«Aquí hay otro trago para todos», exclamó Joe Johnson, «y luego iré abajo a holgazanear una hora, porque estoy maldito de borracho».
Levin bebió de nuevo, y eso le quitó el instinto de escalofrío, y Joe Johnson gritó, mientras desaparecía en la pequeña cabina:
«¡Recuérdalo! Apúntala hacia el paso de la isla de Deil, y despiértenme, colegas, en el viejo campamento, para cenar».
Los dos vecinos de Princess Anne se sintieron aliviados de la compañía del hombre alto, y Jack Wonnell se tumbó de espaldas en la popa y sonrió a Levin como si hubiera una gran broma o coincidencia desconocida entre ellos, susurrando finalmente:
«¿De dónde saca todo su oro?»
Levin negó con la cabeza:
«No sabría decirlo, Jack, ni aunque me fuera la vida en ello. Trata de negros, supongo. Debe ser un negocio lucrativo, Jack».
«El mejor negocio del mundo. Ojalá tuviera un poco de su dinero, Levin. ¡Hu-ue-oo!», soltó un grito bajo, «¡entonces no conseguiría a mi chica!»
«¿Quién es tu chica, Jack, para este invierno?»
«¿No se lo dirás a nadie, Levin?»
«¡No, espero morir si lo hago!»
Jack acercó su sombrero de copa a un lado de su boca, ejecutó otra mueca, guiñó un ojo con complicidad y susurró:
«La bonita Roxy amarilla, la chica del Juez Custis».
«Ella no querrá saber nada de ti, Jack; está demasiado bien educada».
«Todavía no, Levin, pero la estoy siguiendo a todas partes. No hay chica blanca en Princess Anne tan bonita como esas dos criadas de la casa del Juez Custis».
«Bueno, ¿qué puedes hacer con una negra, Jack? Nunca podrás casarte con ella».
«Tal vez pueda comprarla, Levin».
«No está en venta, Jack. El Juez Custis nunca vende negros. No puedes comprar a un negro ni aunque tu vida dependiera de ello. Cuando algunos de los negros del Juez Custis en Accomac se escaparon, no dejó que la gente los persiguiera».
Jack Wonnell volvió a ponerse el sombrero de copa al lado de la boca, sonrió horriblemente y susurró:
«¿Puedes guardar un secreto?»
Levin asintió con la cabeza.
«¿Espero morir?»
«Espero morir, Jack».
«El Juez Custis va a ser liquidado por Meshach Milburn».
«¡Qué mentira, Jack!»
Levin soltó el timón a medias, y el Ellenora Dennis giró y agitó sus velas como si tal noticia hubiera expulsado todo el viento de ellas.
«Jack», exclamó Levin, «Jimmy Phoebus dice que te has vuelto un mentiroso redomado. Ahora lo creo yo también».
«¡Espero morir!», protestó Jack Wonnell, «nunca miento: es demasiado difícil encontrar mentiras para las cosas cuando la gente viene y te lo dice, o cuando puedes verlo por ti mismo. Jimmy me llamó mentiroso por decir que Meshach Milburn había entrado por la puerta principal del Juez, pero lo vimos salir de ella, ¿o no?»
«Sí, eso fue así; pero esta de aquí es una mentira terrible».
«Bueno, Levin, la bonita Roxy amarilla, ella me lo dijo, y es demasiado bonita para decir mentiras. Amo a esa chica como al melocotón con miel, Levin, y no me importa si es blanca o no. Es casi tan blanca como yo, ¡y mucho mejor!»
«¿Así que hablas con Roxy a veces?»
«Levin, te lo contaré todo, y no se lo dirás a nadie. Bueno, recojo magnolias y rosas silvestres y esas cosas bonitas para que Roxy se las dé a su ama, y Roxy me da pastel, y pollo, y café en la puerta trasera, sabiendo que no tengo mucho para comprarlos. ¡Dios la bendiga! Ella ni se imagina que no pienso tanto en esos pasteles y bocadillos y café caliente como en sus bonitos ojos. ¡Es un ángel blanco con un poco de café en la sangre, pero es más del viejo Gobierno Javey y más de la mitad crema!»
Aquí Levin rio ruidosamente, y dijo que Jack debía haber aprendido eso de un libro.
«Oh», dijo Jack, cerrando un ojo con fuerza y uniéndose a la mueca, «desde que estoy enamorado puedo decir muchas cosas inteligentes como esa. He visto a la pequeña y bonita Roxy crecer desde niña, y a medida que empezaba a redondearse y a volverse alta, dije: 'Negra o no, ¡es un ángel!' Las chicas blancas todas me despreciaron, porque no ganaba nada, y puse mis ojos en Roxy Custis y dije: '¿Qué puedo hacer para que ella brille ante mí?' Así que seguí siguiéndola a todas partes, y un día la vi venir por el camino recogiendo flores silvestres y con la mano llena de ellas, y dije: 'Roxy, ¿qué haces con esas flores?' 'Son para mi ama, la señorita Vesty', dice ella; 'ella vive de las flores silvestres, y son todo lo que tengo para darle, y quiero que me ame tanto como a Virgie'. Ya ves Levin, la otra chica, Virgie, atiende a la señorita Custis, y Roxy estaba un poco celosa. Entonces dije: 'Roxy, puedo conseguirte flores para tu ama. Sé dónde las magnolias florecen más blancas y perfuman todo el día'. '¿De verdad?', dice ella, 'Oh, señor Wonnell, me gustaría tener un ramo de magnolias para poner en el tocador de la señorita Vesty todos los días'. 'Te las conseguiré, Roxy', dije, 'porque siempre pensé que eras una pequeña belleza'. Ella dice: 'Daría casi cualquier cosa por sorprender a la señorita Vesty con flores todos los días, ¡unas silvestres de verdad!'. 'Entonces', dije, 'Roxy, ¡te las conseguiré por un beso!' Y ella casi se sonrojó hasta ponerse roja como la sangre y salió corriendo».
«Eso es lo que te dije, Jack, ella está demasiado bien educada para hablar con tipos blancos».
«Nadie está demasiado bien educado», replicó Jack Wonnell, «para estar sordo al amor y a la bondad. Me dije a mí mismo: 'Jack, asustaste a esa chica. Ahora no digas nada más sobre el beso, ve a buscarle las flores todos los días, ¡y pensará más en ti!' Así que me fui a King's Creek y arranqué las magnolias, y llegué a la puerta y le pedí a la vieja Hominy que trajera a Roxy por un minuto. Roxy vino, e iba a salir corriendo hasta que vio mis flores, y se detuvo un minuto y dije: 'Solo las conseguí para ti, Roxy, porque te vi cuando eras una niña pequeña'. Ella las tomó y dijo: 'Fue muy amable de su parte, señor', hizo una reverencia y se esfumó. Al día siguiente estaba allí de nuevo, Levin, y dije, para que pareciera un intercambio: 'Roxy, ¿puedes darme una taza de café?' '¡Vaya, sí!', dice ella, olvidando su sonrojo de inmediato. Así que mantuve el amor en secreto y lo puse sobre la base del café, y, Levin, incansablemente traje las flores silvestres hasta que esa chica empezó a buscarme en la puerta todos los días, y yo me escondía y la veía llegar a la ventana y espiarme. Un día dijo, mientras yo bebía el café: 'Señor Wonnell, ¿por qué se toma tantas molestias para complacer a una pobre esclava que no es más que medio blanca?' Pensé un minuto, para decir algo que no la ahuyentara, y dije: 'Roxy, ¡es porque soy un tipo tan pobre y despreciable que las chicas blancas no me miran!' Las lágrimas le saltaron a los ojos, y dijo: 'Señor Wonnell, si yo fuera blanca, lo miraría a usted'. 'Creo que lo harías', dije, 'porque tienes un corazón blanco, Roxy'».
«Jack, eres un amante muy astuto», dijo Levin. «No pensé que tuvieras ningún tipo de sentido».
«El cortejo es el mejor sentido de todos», dijo Jack, «es ese sentido el que mantiene los bosques llenos de música, donde los pájaros y las abejas gorjean y zumban y se aparean. El amor es el último sentido en llegar, después de que puedes ver, y oír, y sentir, y se les da a las personas para encontrar algo bonito que amar. El amor era el trabajo de todo el día en el jardín del Edén antes de que el hombre se volviera demasiado industrioso, y es todo el trabajo que hago, y espero hacerlo bien».
«¿Ahora qué te dijo Roxy sobre Meshach Milburn y el Juez Custis?»
«Ya ves, Levin, mientras seguía dando flores, podía ver un poco de amor nacer en la bonita Roxy, pero ella no lo entendía, y yo tenía tanto cuidado de no asustarlo como si hubiera sido un pájaro de nieve saltando hacia una miga de pan. Ella me hablaba de sus pequeños problemas, y yo escuchaba con tanto cuidado como su madre, porque las pequeñas cosas son de lo que viven las mujeres, y un hombre de damas es solo un tipo paciente con sus pequeñas charlas. Cuanto más escuchaba, más le gustaba contármelo, y vi que Roxy estaba pensando mucho en mí, Levin, sin que ella ni yo lo reveláramos».
«Esta mañana vino a la puerta con los ojos recién limpiados de tanto llorar. Dije: 'Roxy, pequeña querida, ¿qué te aflige?' 'Oh, nada', dice ella, 'no puedo decírtelo si lo hay'. 'Aquí están tus flores silvestres para la señorita Vesty', dije, '¡hermosas de ver!' 'Oh', dice Roxy, 'la señorita Vesty no las necesitará ahora'. Dije: 'Roxy, ¿vas a tener todas esas preocupaciones en tu mente y no dejarme cargar con algunas?' 'Oh, mi amigo', dice ella, 'debo decírtelo, porque has sido tan amable conmigo: ¡no lo susurres! Pero mi amo está en deuda con Meshach Milburn, y él se ha casado con la señorita Vesty, y pensamos que todos vamos a ser vendidos u obligados a vivir con ese hombre que lleva el sombrero del malvado'. Dije: 'Roxy, cariño, tal vez pueda comprarte'. 'Oh, desearía que fueras mi amo', dijo Roxy. Y justo en ese momento, siendo el amor inusualmente fuerte en mí esta mañana, tomé el primer beso de la boca de Roxy, y ella no dijo nada en contra».
Aquí Jack Wonnell besó la atmósfera varias veces con profunda unción, y terminó con un grito bajo y un silbido, y miró a Levin Dennis con un ojo cerrado, como si quisiera obtener la opinión de Levin sobre todo esto.
«Bueno», dijo Levin, «todavía no he estado enamorado. Supongo que debería estarlo. Pero mi madre es todo lo que puedo cuidar, y, ¡pobre alma!, ella tiene tantos problemas por mi culpa que no puede amar a nadie más. Me emborracho, y me voy a navegar tanto tiempo, y gasto mi dinero tan descuidadamente, que si el Señor no cuidara de ella, tal vez moriría de hambre».
«Sí, Levin, te gusta el brandy tanto como a mí las chicas. Te vas por galápagos, patatas y ostras, y los vendes por Princess Anne, y luego alguien te mete en las tabernas y adiós a tu dinero, y tu madre no tiene té ni café».
«Jack», dijo Levin, abruptamente, «¿crees en los fantasmas?»
«No lo sé, Levin. Si viera uno tal vez lo haría, pero soy demasiado despreciable para que los fantasmas me vean».
«Bueno, ahora», dijo Levin, «hay un fantasma, o algo, que cuida de mi madre cuando estoy borracho o fuera, y deja té y café en la ventana para ella».
«¡Anda ya! ¡Vaya, Levin, ese es Jimmy Phoebus! Ha estado enamorado de tu madre durante años y ella no lo quiere, pero él sigue ahí colgado. Es el fantasma de tu madre».
«No, Jack. Pensé que lo era hasta que Jimmy vino a mí y me preguntó quién pensaba yo que era. Estaba un poco celoso, supongo. Dije: '¡Eres tú, por supuesto, Jimmy!' 'No', dice él, '¡por humo! No hago ningún truco como ese. Lo que doy, voy y lo doy sin andar con sigilo o husmeando en la pobreza de Ellanory'. Estaba realmente enfadado, pero no pudo averiguar nada. Así que creo que puede ser el fantasma de mi padre, ahogado en el mar, trayendo té y café, y a veces un vestido, y un par de zapatos también, para mantener a mi madre caliente».
Levin Dennis, de pie contra el timón, le pareció a Jack Wonnell tan justo y espiritual como una mujer, mientras su frente hermosa y sus grandes ojos se ponían serios con este relato del misterioso destino de su padre. Su cabello castaño oscuro, en cortos rizos divididos por el medio, le daba a su rostro bronceado un parecido con algunas de las viejas familias nobles con las que estaba aliado, habiendo sido su padre hijo de hijos menores, en una época en la que la primogenitura prevalecía en toda esta región de la bahía; y por lo tanto, al no poseer nada, entró en la guerra contra Inglaterra como marinero, y su influencia familiar obtuvo para él el mando del nuevo corsario botado en el Manokin, el Ida, que zarpó con una buena tripulación y armamento superior, en medio de las aclamaciones de todo Somerset, y, navegando más allá de los cabos hacia el océano con todas sus banderas ondeando, se deslizó por el mundo lejano hacia el silencio eterno y los vapores del misterio.
Su viuda esperó larga y pacientemente con este único niño, Levin, un niño que apenas balbuceaba, y corrían historias de todo tipo; que el capitán había sido capturado y ahorcado por el enemigo, y el barco quemado o condenado; que había izado la bandera negra y se había convertido en pirata y abandonado el mundo occidental por las aguas de las Indias Orientales; y finalmente, que el Ida se hundió frente a Guayana y todos sus ocupantes se ahogaron.
La viuda, una mujer hermosa, descuidada por los parientes de su marido, que estaban resentidos por la pérdida de su inversión y sus ganancias esperadas del barco, vivía en la pequeña casa que había poseído antes de su matrimonio, y se hundió en la clase más llana de personas, perdiendo casi su identidad con las familias gobernantes a las que su hijo estaba emparentado, pero en su clase más humilde era muy respetada y solicitada en matrimonio.
Todavía era joven y hermosa, y Jimmy Phoebus, un soltero sano y capitán de una goleta mercante, había intentado casarse con ella durante años, y se aferraba a su esperanza pacientemente, ejerciendo muchos servicios amables por ella, aunque sus medios eran limitados y tenía parientes pobres que esperaban ayuda de él. Ella temía que el amante ausente pudiera estar vivo y regresar para encontrarla casada con otro.
Así que su hijo, creciendo sin la disciplina de un padre, y siendo demasiado respetable, se suponía, para aprender un oficio o ser aprendiz, vivía de ocupaciones fugitivas en tierra y agua, transportando y vendiendo verduras y provisiones a veces; y ahora, por el regalo de Jimmy Phoebus, navegaba en su pequeña balandra o cat-boat principalmente para llevar galápagos a Baltimore. Conocidos marineros rudos, la exposición, una naturaleza crédula y fácil de llevar, y el descuido casi total de la escuela en un momento en que la educación era un privilegio alto, lo habían hecho caprichoso y a menudo intemperante, pero sin desarrollar ninguna característica egoísta o cruel, y siendo de exterior agradable y disposición afable, caía presa de cualquier extraño que pudiera estar en la ciudad: artilleros, compradores de negros, plantadores ociosos y capataces de juerga, muchos de los cuales contrataban su compañía y su barco para hacer sus excursiones; y, aunque amaba a su madre y era su única dependencia, ella lo veía deslizarse más y más hacia la edad adulta sin firmeza, educación o principios fijos, o cualquier influencia femenina que lo atrajera hacia las restricciones domésticas.
Su figura esbelta y flexible, y las marcas de nobleza en sus extremidades, frente bien formada y ojos grandes y gentiles, combinaban mal con la ropa andrajosa, los pies descalzos y la dependencia absoluta de un empleo casual, siendo este último cada vez más precario a medida que su edad y estatura le exigían más dinero para satisfacer sus falsos apetitos.
—Jack —dijo Levin Dennis—, ¿qué es eso de conseguir dinero para comprar a Roxy Custis? Tú nunca consigues dinero.
—¿No me lo dará él? ¿Él? —Jack Wonnell señaló la escotilla por donde había bajado Joe Johnson—. Tiene bolsas llenas.
—¿Él? Vaya, Jack, ¿cuánto dinero crees que costará una sirvienta hermosa como Roxy?
—¿No comprará eso esa moneda que te va a dar?
—¿Cinco dólares? Vaya, pobre necio, ella costará quinientos dólares, tal vez miles. A este tratante de negros, con todo su oro, le costaría mucho, supongo, comprar a Roxy.
Jack bajó la vista, sin poder guiñar un ojo ni silbar.
—Las chicas como ella —dijo Levin— van para amantes de hombres ricos, y a veces hasta las educan, he oído decir, para que sepan música, escritura, gramática y esas cosas.
—Y a un hombre pobre que no maltrataría a una chica casi blanca como esa, sino que la respetaría y se casaría con ella, Levin, ¡le hacen leyes en contra! ¿Quizás pueda robar a Roxy?
Aquí Jack silbó bajito, cerró un ojo con profunda astucia y sonrió detrás de su sombrero de copa.
—¡Oh, simplón! —dijo Levin—. ¿A dónde podrías llevarla?
—A Pensilvania, Canadá, Turquía o alguno de esos estados abolicionistas de allá arriba —Jack Wonnell señaló el Norte con el dedo—. ¿No hay ningún lugar donde un hombre blanco pueda tratar a una esclava de piel clara como si ambos fueran cristianos?
—No —respondió Levin—, no en este mundo.
El héroe de los sombreros de copa quedó muy afectado, y Levin pensó que realmente estaba gimoteando, aunque su sonrisa vacía era un marco pobre para el dolor.
—Jack —dijo Levin—, si lo que contó Roxy Custis es cierto, la chica es esclava de tu enemigo particular, Meshach Milburn.
El usuario del modelo rival de sombrero quedó "muy sobrio", como Levin expresó mentalmente, ante esta triste solución a sus dulces sueños de amor. Se levantó, caminó hacia la proa de la embarcación y miró hacia las olas fugaces sobre las que saltaba el bote, como si pudiera buscar la solución a su propia vida inconexa pero inofensiva en el fondo del estrecho, entre las rocas de ostras.
El agua estaba ahora salpicada de canoas, piraguas y pequeños veleros que regresaban de la prédica en Deil's Island, y ante ellos surgían de la bahía las islas boscosas y los cabos bajos que, con estrechos blancos entre ellos, encierran desde la larga nave azul de la bahía de Chesapeake el pasillo festoneado llamado Tangier Sound. Como palomas y reyezuelos alrededor de una catedral, las aves salvajes volaban en estas arquitecturas casi fantásticas de archipiélago y península que, al yacer planas sobre el agua, cobraban una perspectiva irregular, como si algún constructor gótico hubiera puesto sus cimientos, pero no hubiera unido los pinos altos que crecían arriba en arboledas similares a palmeras para formar los techos abovedados y los arcos de su diseño.
Aquí se podían ver las águilas pescadoras, navegando en parejas gráciles sobre los bancos de arenques o de peces viejos, tomando con elegancia y escrupulosidad el alimento animal diario que incluso el hombre exige, con todos sus sentimientos y evangelios. Allí, el pato de lomo blanco, en una pequeña bandada, interrumpía el domingo para bucear en busca del apio silvestre que crece bajo el estrecho. En aquel árbol, el águila calva comenzaba su labor argelina de vehemencia y piedad para interceptar al halcón y robar su cargamento. El cisne salvaje podrían ser esos pájaros tenues y lejanos que vuelan tan alto sobre los estrechos de Kedge, en el sur, y el colimbo negro, extendiendo sus alas como un demonio, desaparece cerca del bote y no vuelve a subir hasta que la memoria lo ha olvidado.
Levin Dennis navegó cerca de un punto donde solía esparcir comida para los patos negros y atraerlos a la emboscada del cazador. Los serretas, los porrones, las fochas y las gaviotas aprovechaban el domingo para bañarse y escribir su caligrafía alada sobre la sábana blanca de agua.
El pobre Jack Wonnell, regresando con algo en el rostro entre una sonrisa y una lágrima, dijo:
—Levin, ¿acaso nunca le he hecho daño a nadie?
—No que yo haya oído, Jack. Dicen que no tienes sentido común, pero nunca peleas con nadie. ¡Todo el mundo puede llevarse bien contigo, Jack!
—No, no pueden, Levin. Meshach Milburn odia el suelo que piso. Si supiera que estoy enamorado de la pequeña Roxy, la casaría con un negro.
—¿Qué hace que te odie tanto, Jack?
—Porque uso mis sombreros de copa, y él usa el sombrero de copa alta. Cree que me estoy burlando de él. Levin, no tengo otro tipo de sombrero que usar. Meshach Milburn no necesita usar ese sombrero, pero si no uso uno de copa, debo ir con la cabeza descubierta. Compré ese lote de sombreros con el único dólar o dos que tuve en mi vida, pues dicen que el tonto y su dinero pronto se separan. Los muchachos dijeron que estaban tirados de precio. Ahora no habría nada de malo en mis sombreros de copa si toda la gente no estuviera señalando el Sombrero de Vinculación del viejo Milburn, como lo llaman. ¿Por qué él, rico como un judío, no puede comprarse un sombrero nuevo o comprarme uno a mí? No quiero burlarme de él. ¡Le tengo miedo! Me mira con esos ojos que parecen pistolas cargadas y casi me hace llorar, porque no he hecho nada. Soy tan pobre como esos patos basura —señalando a una pareja de zampullines, que no tenían valor en el mercado—, pero no tengo malicia.
—No, Jack. Ese tratante podría darte esa bolsa de oro para que la guardaras y estaría a salvo, porque no era tuya.
—Supongo que algún día tendré que ir al hospicio, Levin; mi vieja tía, que me cuida, no puede vivir mucho tiempo, y no sirvo para nada. No consigo trabajos y hago recados para todo el mundo gratis, pero el primer dinero que consiga voy a comprarme un sombrero nuevo. Desde que uso estos sombreros de copa Meshach me odia, y espero que sea el único hombre que me odie, Levin. No creo que Meshach pueda ser un hombre malo.
—¿Cómo puede ser bueno, Jack?
—Bueno, lo he visto en el bosque cuando no me veía, llamando a los pájaros. ¡Que me condenen si no venían y se posaban sobre él! Ahora, los pájaros no van a saltar sobre un hombre que es un demonio, Levin. ¿Crees que trata con el diablo?
—Lo creo —dijo Levin—; veo cosas tan extrañas que creo en casi cualquier cosa extraña. Estas tortugas tienen sentido, y no se parecen en nada a eso más que una piedra. Una noche, cuando no teníamos nada de comer en casa, mi madre y yo, y ella estaba sentada allí con lágrimas en los ojos preguntándose qué haríamos al día siguiente, recordé, Levin, que había cuatro tortugas en el sótano, tortugas negras, que habían sido puestas allí seis meses antes. Le dije a mi madre: "Supongo que esas viejas tortugas están muertas y hambrientas, pero iré a ver".
—Las encontré bajo la pila de leña, y no olían a nada, así que llevé las cuatro ante mi madre y las puse en la mesa de la cocina frente al fuego, y las molesté de todas las formas para que despertaran, se arrastraran y mostraran alguna señal de vida. ¡No, estaban muertas como piedras!
—"Bueno, madre —dije—, pon a hervir el agua y veremos si la tortuga muerta es apta para comer". Ella sonrió entre su llanto y puso el agua, y cuando empezó a burbujear en la olla, levanté una de esas tortugas y la dejé caer en el agua hirviendo, y Jack, ¡que me condenen si esas otras tres tortugas no corrieron directamente de la mesa, cayeron al suelo y salieron disparadas hacia la puerta del sótano!
—Las atrapé y las herví, y mientras estábamos allí comiendo estofado de tortuga sin sal, ni vino de Jerez, ni café, ni siquiera pan de maíz, oímos algo como papel rascando en la ventana, y mi madre se echó hacia atrás, juntó las manos y dijo: "Allí, ¿oyes al fantasma?".
—Corrí a la puerta y salté al patio, y no vi a ninguna criatura viviente; pero allí, en el estante de la ventana, había paquetes de sal, café, té y harina, ¡y medio dólar en plata! Corrí de vuelta a la casa, blanco como un fantasma yo mismo, y grité: "¡Madre, es el espíritu de padre que ha vuelto!".
—¡Me hizo arrodillarme y rezar con ella para darle consuelo al espíritu del pobre padre en su hogar o en el cielo!
CAPÍTULO XVII.
SÁBADO Y CANOA.
Se acercaron ahora a una isla con acantilados bajos, en la que aparecía un pueblo considerable, brillando blancamente en medio de los troncos rectos y marrones de una arboleda de pinos; pero no parecía haber gente moviéndose por allí, y solo vieron una vasija anclada en el canal o estrecho en el que entraron: una canoa, que revelaba en su proa, al rodearla para ponerse a su lado, una palabra que ni Levin ni Jack podían leer, excepto por referencias: La Metodista.
—Jack —dijo Levin—, aquel era un gran pino el que el párroco talló para hacer su canoa. Cayó como un cañón, yendo hacia el pantano. Tiene casi cinco brazas de largo, y un hombre puede acostarse a lo ancho de ella. Es para llevar a los predicadores metodistas a las islas.
—¿No será mejor que lo despertemos ahora? —dijo Jack Wonnell—. Supongo que quieres un trago, Levin.
—Sí; tengo una sed que me quema —exclamó Levin—. Podría hacer algo malvado ahora, supongo, por un trago de ese brandy.
Atracando contra la orilla, Levin se dirigió a su pasajero, que aún estaba profundamente dormido estirado sobre el suelo desnudo de la bodega o camarote; un hombre corpulento y fibroso, con barbilla fuerte y mandíbulas largas, y su barba oscura y rojiza apelmazada con la sangre que se había derramado de su ojo desfigurado, lo que ahora disfrazaba casi la mitad de su rostro y le daba un aspecto salvaje de bandido.
—¡Capitán! ¡Señor! ¡Jefe! ¡Despierte! Hemos llegado a Deil's Island.
El hombre alto, acostado boca arriba, parecía incapaz de darse la vuelta sobre su costado, aunque murmuró en su sueño agitado tales palabras que Levin no pudo entender:
—¡Las esposas, Patty! ¡Date prisa con esas esposas! Pon los grilletes en sus muñecas y apriétalos. ¡Ja! La mujer se está muriendo. ¡Bueno, llévala al jardín!
Ante esto, se despertó, volvió sus ojos fríos y claros hacia Levin y saltó sobre sus pies.
—¿Me has oído? —gritó—. Solo era jerga, muchacho, y balbuceos de un hombre borracho. Algún día esta charla de sueño me costará el cuello. ¡No me hagas caso, Levin! ¡Vamos, bebe y charla conmigo, mi buen compañero!
—Si te refieres al brandy —dijo Levin—, debo tomar algo o saltaré fuera de mi piel. Siento como si el hombre del atizador estuviera viniendo.
Joe Johnson le dio la jarra y la sostuvo, y el muchacho bebió como un desesperado.
—Cómo bebe el joven granuja su parte —murmuró el hombre alto—. Está en el aprieto de Job hoy. No tomaré más. Fui un completo estúpido ayer, remando con mi propio cuadro. ¿Qué lugar es este?
—Deil's Island, señor.
—¡Ja! Así es. Era la Isla del Diablo, hasta que los metodistas la cambiaron por cortesía. ¿Esta es la reunión campestre, entonces? Oye, Wonnell, toma esta moneda y ve a alguna casa a buscarnos un bocado de cena. Te esperaremos.
El hombre alto abrió el camino hacia el corazón de la arboleda de pinos, donde se encontraba la aparente ciudad: un campamento religioso abandonado de duraderas cáscaras de madera, o chozas, en círculos concéntricos en forma de herradura, y en el extremo abierto del círculo estaba el estrado de predicación, un cobertizo elevado sobre los bancos vacíos y los clavos de los bancos retirados, que tenía un estante ancho que recorría todo el frente para la Biblia del predicador y para recibir sus golpes mientras caminaba de un lado a otro por su plataforma.
Parecía un poco misterioso ahora, con las muchas evidencias de una gran ocupación humana en el verano reciente, ver esta ciudad desnuda y este púlpito hueco yaciendo tan sugestivamente bajo el largo lamento de los pinos, confiriendo juntos como ángeles temerosos en consejo, y expresando con cada brisa ascendente su impaciencia con los pecados de los hombres.
Por momentos, las grandes ramas se detenían un poco, apenas murmurando, como si estuvieran meditando sobre alguna pregunta propuesta en su consejo, o escuchando a los testigos humanos de abajo; y luego conversaban gravemente, mientras las brisas regulares se movían entre ellos, y se detenían de nuevo, como si su decisión fuera casi temida por ellos mismos. A intervalos, un espíritu severo en los pinos se levantaba y tronaba y sacudía los troncos de los árboles, y otros le respondían, y la paciencia tenía una temporada de nuevo. Y así, sin apenas un silencio que permaneciera más de un momento, este consejo continuaba todo el día, durante toda la noche, se reanudaba a medida que el sol salía para consolar al mundo de nuevo, no cesaba cuando el arcoíris colgaba su seguridad perenne sobre la tormenta, y tipificaba ante los adoradores temblorosos el gran sínodo del Creador, en sesión eterna, listo para golpear al mundo con fuego, pero suspendiendo la sentencia en la piedad perenne de Dios.
En una de las cáscaras abandonadas, o "tiendas", de pino, con techo de tejas pulcramente dispuesto, frente a la cabina de predicación, Joe Johnson y Levin Dennis encontraron bancos y, siguiendo el ejemplo del hombre alto, Levin también encendió una pipa y miró a través de los escapes de humo hacia Tangier Sound, desierto como este campamento en domingo, ya que los adoradores habían llegado a casa desde la iglesia en sus canoas. Pensó en su solitaria madre en el pueblo de Princess Anne, preguntándose dónde estaría él, y en los domingos que pasaban rápidamente y lo llevaban a la madurez, sin ningún cambio en su condición para mejor, sino penuria y decepción, una vaga expectativa de que los muertos regresaran, y una embriaguez más profunda del hijo del hombre muerto y única esperanza de la viuda. Podría haber gritado con una sensación de miseria contagiosa por la música de esos pinos sobre él, tal vez, si el brandy no hubiera comenzado a arrastrarse por sus venas y a brillar con audacia en sus grandes ojos aniñados.
—Levin —dijo Joe Johnson—, ¿no te gusto?
—Sí, señor Johnson, creo que sí, excepto cuando usa esas palabras extrañas que no puedo entender.
—Estoy prendado de ti, Levin —dijo Joe Johnson—. Quiero arreglarte a ti y a tu madre para que estén cómodos. Son de buena sangre y deberían estar estabulados en avena de oro.
Sacó la bolsa de lona de águilas y medio águilas de sus pantalones y mantuvo su boca abierta para que Levin deleitara sus ojos.
—Allí —dijo—, te dije, Levin, que te iba a dar una de esas bellezas. He cambiado de opinión; ¡te voy a dar cinco!
—¡Dios mío! —exclamó Levin—; eso es veinticinco dólares, ¿verdad, señor?
—Exacto, Levin. Cinco de esos billetes hacen un cuarto de cien dólares; más dinero, Levin, supongo, del que jamás hayas visto.
—Nunca tuve más de diez, señor, a la vez, y eso lo puse en este bote, y Jimmy Phoebus puso diez más, y eso pagó por ella.
—¡Qué tacaño fue ese patán al darte solo diez! —exclamó Joe Johnson con disgusto—. ¿No soy yo mejor amigo tuyo? Oye, ¡toma el dinero ahora!
Presionó las monedas de oro ostentosamente sobre el muchacho, quien las miró con miedo, pero también con fascinación.
—¿Qué tengo que hacer para ganar todo esto, señor Johnson?
—Vienes conmigo por una semana... tú y tu bote. ¡Te contrato a ese precio!
—Pero... ¿mi madre?
—Bueno, cuando descarguemos al tipo, tu amigo con el sombrero de copa... Jack Sheep, ahí... todo lo que tienes que hacer, Levin, es enviar el dinero duro a tu madre por él, diciendo: "Bendita seas, mamá; ¡mis salarios disculparán mi rostro!".
—Oh, sí, eso servirá. Mi madre sabrá por el dinero que he conseguido un trabajo largo y no me estará esperando. ¿Cuándo zarpamos, capitán?
—¿Qué tan lejos está Princess Anne? ¿A qué hora esta noche puedes llegar?
Levin salió de la choza y miró el viento y el agua, con sus pulsos agitados entre el fuerte brandy y el oro maravilloso en su bolsillo; y mientras observaba el cambio de las ramas de los pinos para ver hacia qué lado se movían, su lamento parecía ser la voz de su madre viuda junto al fuego de su cocina ese día, diciendo: "Él está en problemas. ¿Dónde está mi hijo? ¿Por qué se queda, oh mi Levin?".
—La marea está en calma, capitán, y cambiará en media hora. Nos llevará por el Manokin con este viento al anochecer, si podemos conseguir suficiente agua en el pasaje sin dar la vuelta por Little Deil's.
Johnson salió e hizo las mismas observaciones sobre el viento y la marea.
—¿Calculo que son dieciocho millas hasta el comienzo de las aguas profundas en Manokin, Levin?
—No del todo, señor, a través del pasaje; está cerca de dieciocho. Todavía nos quedan cuatro horas y media de luz.
—Entonces dirígete hacia la cabecera de Manokin y obedece todas mis órdenes como un hombre alistado, y conseguiré para ti y tu madre una plantación, y la poblaré de negros para ti. ¡Vamos, prepárate de nuevo!
Le ofreció la jarra de brandy y animó al muchacho a beber con ganas, y fingió hacer lo mismo él mismo, aunque era solo una finta.
Mientras estaban en el refugio de la cabaña del campamento realizando este pasatiempo, una voz desde muy cerca resonó a través del bosque e hizo que su sangre se detuviera para circular por un instante en el corazón detenido.
Era una voz haciendo una oración en un tono alto, como si tuviera la intención de cubrir todo el campamento y ser escuchada hasta los límites más lejanos. La sinceridad del sonido hizo que Levin Dennis sintiera que el campamento aún podría estar habitado por alguna congregación espiritual que los ojos de los visitantes profanos no podían ver: el resto de los santos, las almas de los convertidos o una hueste etérea desde arriba del órgano solemne de los pinos.
La idea apenas se había apoderado de él cuando se escuchó un batir de alas y, en el antiguo campamento, aterrizó una bandada de gansos salvajes blancos.
Equilibraron sus cuerpos grandes, parecidos a los de diáconos y ancianos, sobre los asientos vacíos, y allí comenzaron a graznar con tanta gravedad como si estuvieran cantando un himno, con ese conocimiento indiferente de la armonía que poseen los coristas de las reuniones campestres.
El accidente de su llegada —no es algo inusual en estas islas expuestas— podría haber hecho que personas tranquilas solo se rieran, pero produjo el efecto contrario en ambos visitantes. Levin sintió que un miedo supersticioso se apoderaba de él y, al volverse hacia Joe Johnson, vio a esa persona con un rostro tan pálido que mostraba su ojo acumulado de sangre aún más oscuro y espantoso, como una marca en su semblante, mirando fijamente la cabina de predicación recientemente vacía.
Allí Levin, volviendo sus ojos, observó a un hombre solitario arrodillado, de apariencia y vestimenta sencillas, con mechones de cabello femenino cayendo descuidadamente sobre una frente grande y casi noble, sus brazos levantados al cielo y su voz fluyendo en un torrente melodioso de súplica, en cuyos intervalos se podía escuchar a los gansos graznando en voz alta y batiendo sus alas mientras se equilibraban y saltaban sobre la arena de la reunión campestre.
—¿A quién está rezándole? —le preguntó Levin a Joe Johnson.
—¡Quemar! —murmuró Johnson, como si estuviera aterrorizado por algo—; ¡su boca está tragando fantasmas! ¿Maldito sea el predicador? El muchacho se pondrá a llorar pronto. ¡Vamos, muchacho, vamos!
Ante esto, tomando la mano de Levin, en parte por persuasión, en parte como si quisiera la protección del joven, Johnson, temblando, corrió hacia el bote.
Levin también estaba asustado; más aún al ver el miedo del hombre más fuerte. Mientras corrían por el campamento, los gansos salvajes se alarmaron y, algunos corriendo, otros volando, huyeron hacia el Sound. Una voz desde el púlpito gritó tras los hombres que se retiraban, pero solo para aumentar sus temores, y cuando saltaron a bordo del Ellenora, Joe Johnson estaba lívido de terror. Corrió parcialmente por la escalera y se detuvo para mirar hacia atrás: los gansos salvajes ahora extendían sus alas como una flota de velas de lana, y revoloteaban por el estrecho en un convoy galante.
—¿Por qué corriste? —dijo Levin—; la jarra de brandy se quedó atrás. ¡Solo era el párroco Thomas!
—Tú corriste primero —respondió el hombre, jadeando por falta de aire y un poco avergonzado—. ¿Por qué me predicó?
—Ese es el párroco de las islas —dijo Levin—; él empezó las reuniones de campamento de Deil’s Island el año pasado, y como su predicador favorito, el viejo Pap Thomas, que vive aquí, murió justo cuando las terminó, a veces viene al estrado a predicar él solo, y se echa a llorar y a rezar. Los gansos me asustaron, capitán.
—¡Desatracad! —ordenó Joe Johnson—; casi me castañetean los dientes con el escalofrío que me dio esa caleta.
Levantó el ancla, izó el foque y mostró un nerviosismo tal que Levin se conformó con manejar el timón y navegar por el paso, o estrecho, que, durante un buen trecho, serpenteaba alrededor de la arboleda de la reunión de campamento.
—Ahí viene Jack Wonnell con la jarra y la comida. ¿No deberíamos esperarlo?
—¡Trae consigo a la caleta del juicio final! No; no os detengáis por nada.
Pero el barco tuvo que detenerse, pues su quilla rozó el lodo en el paso casi seco, y un hombre sencillo de la isla, de rostro benevolente, casi crédulo, los llamó diciendo, tartamudeando:
—Ve-ve-vecinos, no-no se es-es-susten de esa manera. No somos pa-pa-paganos aquí. El her-her-hermano Wonnell trae sus patatas y su pan de maíz.
—¡Vete al infierno! —le gritó Johnson a Wonnell—. ¿Qué queremos con esta salsa de tabalón?
—¡No ju-ju-jures en va-va-vano! —gritó el párroco de las islas—. No te le-le-levantará con la marea baja, hermano. Quédate a comer y ha-ha-habla un poco con nosotros. ¡Vaya, he visto esa ca-ca-cara antes!
—Nunca en un entorno evangélico —masculló el traficante de esclavos con un juramento.
—Pe-pero no puede ser él —dijo el párroco de la isla con solemnidad—. El viejo Ebenezer Johnson murió ha-ha-hace va-va-varios años.
—¿Quién era él? —gritó el traficante de esclavos con un poco de interés respetuoso.
—Ebene-e-ezer Johnson —respondió el párroco Thomas con semblante amable y crédulo—, fue el hombre más malvado de la Costa Este durante veinte años. Pe-perdóneme, hermano, por compararlo con él, pero algo en usted, aquí —pasándose la mano por el cráneo—, me recuerda a él. Fue aquí donde le dispararon —manteniendo todavía la mano sobre el cráneo—, atravesándolo de lado a lado, y murió como muere el pecador. ¡He me-me-metido el de-de-dedo por los dos agujeros por donde la ba-bala entró y salió, y libré a este mu-mundo de un de-de-demonio!
La historia parecía fascinar al comprador de esclavos, pensó Levin Dennis, y Johnson exclamó:
—Bueno, demonios, ¿alguna vez se cruzó contigo?
—Oh, sí —respondió el afable exhortador de la isla con complaciente locuacidad—; fue hace ve-ve-veintisiete años que vi al viejo Eben-nezer Johnson venir al campamento de P-p-pungoteague con una turba de p-p-piratas para interrumpir la pr-pr-primera reunión de campamento metodista que se celebraba en estos estrechos. Lo animaba el viejo rey Custis, pa-pa-padre de nuestro Daniel Custis, de Princess Anne, quien era un gran hombre de la Iglesia Establecida y de-despreciaba a los metodistas. Fue una acción cobarde, pero mientras el rey C-C-Custis se reía y hablaba durante la pr-pr-predicación, Eb-b-benezer Johnson comenzó una pelea. El predicador afi-afi-afinó la vista y vio quién era el que es-es-estaba guiñando el ojo ante la interferencia. Era un le-le-león del Se-se-señor y portaba la co-comisión de Inmanuel. Sabía que estaba fuera del es-es-estado de Maryland y en el condado de Ac-c-comack, en Vir-vir-virginia, y que, si bien las le-leyes eran un poco más to-tolerantes desde la guerra revolucionaria, la ar-r-ristocracia allí era tan bi-bitter como siempre hacia el pueblo del Señor. Al final se giró en su predicación hacia el mismo rey Custis y le señaló con el de-dedo directamente. El predicador era Lo-lo-lorenzo Dow.
—¡Wheoo! —exclamó Jack Wonnell, con una sonrisa cómplice—; he oído hablar de él: un tipo con cara de yanqui, como una mujer, con largas trenzas y rizos de cabello cayendo alrededor de su pecho y espalda, y un viejo sombrero de paja, hiciera sol o lloviera.
—Ese era Lo-lo-lorenzo Dow —dijo el párroco de las islas—. Se giró hacia el re-rey Custis y gritó: "¡¿Quién eres tú? El Señor te golpeará, se-sepulcro blanqueado, y se bu-burlará de ti en los hi-hijos de tus hijos, tú Ac-c-cab y tu Je-jezabel!". También señaló a la esposa del rey Custis, la mayor dama y heredera de Vir-virginia. E-e-ella se de-desmayó por miedo o ra-rabia al escuchar la profecía y su insulto. Entonces, girándose hacia Eb-b-benezer Johnson, Lorenzo Dow gritó: "Los perros serán enterrados más seguros que sus huesos. ¡Aferradlo, hermanos!". Y al-algo en el to-to-toque de trompeta de Lorenzo Dow convirtió a cada Me-metodista en un gigante. Se lanzaron sobre Ebenezer Johnson, el matón de tr-tres estados, lo golpearon hasta tirarlo al suelo, persiguieron a su banda hasta sus botes y luego lo arro-arrojaron a una pequeña cá-cárcel que tenían en el campamento, para su custodia.
—¿Qué hizo el rey Custis entonces, Papá Thomas? —preguntó Levin.
—Vaya, hermanos, ¡qué iba a hacer sino usar su in-in-influencia familiar para ob-obtener una orden judicial contra el predicador y sus g-gestores, bajo el cargo de fa-falsa prisión y ca-ca-calumnia! Lorenzo Dow logró cruzar a Maryland, a sa-salvo de la orden, pero nuestro su-superintendente fue puesto en la cárcel hasta que pudo pa-pagar una multa de dos mil dólares. Casi dejó en la ruina a los pobres metodistas de aquella época reunir tanto dinero, pero ¡g-gloria a D-dios! podemos reunirlo ahora cualquier día del año, y en la próxima ge-generación podremos comprar a nuestros per-per-perseguidores.
—¿Así que Ebenezer Johnson, según el parloteo del vociferante del otoño, recibió un golpe en la chola, mi hermano de sobrepelliz? Pero no subió a ninguna escalera, ¿verdad?
El anfitrión tartamudo pareció no comprender esta exclamación burlona, y Levin Dennis dijo:
—El rey Custis no fue asesinado, ¿verdad, Papá Thomas?
—Fue a los hijos de sus hijos a quienes se les prometió su cas-castigo —dijo el párroco de la isla—, y para el Señor mil a-años son como un día.
—La marea está más alta, Levin —gritó Joe Johnson—, tu quilla está libre. Ahora apunta hacia Manokin. Así que, ¡bingavast, mi buen amigo, y que cantes tú solo cuando yo me haya ido!
—¡Que Dios bendiga a los muchachos! —gritó el isleño—, y los gu-guarde del fue-fuego eterno que arde en tu jarra. Y des-des-desconocido, ¡recuerda el final de Eb-b-benezer Johnson, y arrepiéntete!
El anciano, descalzo, de hombros encorvados, tartamudo, pero con una cuerda de retórica natural en su aguda tráquea, se quedó mirándolos hasta que pasaron por el paso bajo la vela de foque, y Joe Johnson no dijo una palabra hasta que unos arbustos de marisma se interpusieron entre ellos, pareciendo estar bajo un resto del pánico que lo había invadido en el campamento.
—Es un buen hombre —dijo Levin Dennis, entregándole el timón a Jack Wonnell e izando la vela—; les predicó a los británicos cuando zarparon de las islas Tangier para tomar Baltimore, y les dijo que serían derrotados y su general asesinado. Ha hecho que los ostreros de toda esta zona se unan a las iglesias de la isla y guarden el domingo. Ese tartamudeo se le quita cuando predica, y cuando dirige los gritos en las reuniones, es tan penetrante como una trompeta.
—Es un maldito pícaro romaní —masculló Joe Johnson—, ¡por contarme tal historia! Pero, ¡kirjalis!, ¡no me maldijo a mí!
—¿Qué idioma es ese, Sr. Johnson? ¿Es holandés o portugués?
—Es lo que llamamos gitano; algunos lo llaman cuáquero. Es conveniente, Levin, cuando vas a Filadelfia, o Washington, o Nueva York, o alguna de esas grandes ciudades, y quieres hablar con hombres de empresa sin que las codornices te estén piando. Algún día te lo enseñaré si eres un buen chico.
Navegaron ahora fuera del paso hacia la ancha desembocadura del Manokin, donde una calma cayó sobre el aire y el agua por un corto tiempo, y pudieron oír música amortiguada, como de peces tambor bajo el agua, golpeando "¡thum! ¡thum!", y cangrejos y alosas subían a la superficie a su alrededor, perseguidos por los peces sastre. El bote derivó hacia la boca de un arroyo donde las lubinas y las percas nadaban en la parte superior del agua, y con las tenazas Jack Wonnell sacó media fanega de ostras en unos pocos intentos y las abrió para el grupo. A lo largo de las orillas, espinos y ciruelos silvestres aún se adherían a los arbustos, y los caquis de ramas rígidas daban miles de sus frutos parecidos al tomate. Las perdices piaban en el maíz, los tordos negros celebraban un funeral alrededor del forraje, algunas mansiones antiguas de la bahía extendían sus largos costados y barrios de negros salpicados a lo largo de las ensenadas, medio ocultos por los nogales, y en el aire se elevaba el aura, como un político voluptuoso, que obtiene belleza de nada más que de su elevada posición.
—La vieja Costa Este —dijo Jack Wonnell con su vaciedad animada— está llena de cosas buenas, capitán Johnson. Puedes caerte por la borda en casi cualquier parte y conseguir una comida completa. Puedes pescar un cubo de cangrejos con un trozo de vela antes del desayuno, y dispararle a un pato salvaje casi con los ojos cerrados.
—Este país no sirve para nada —dijo Joe Johnson—. ¡Florida es la tierra! ¿Qué puede ganar un negro por aquí? Maíz, patatas, melones: ¡puf! El tabaco se está acabando, el algodón no vive aquí. Pero Florida es el eldorado de la tierra.
—¿Qué es el eldorado? —preguntó Levin.
—Eso es español o portugués para negros baratos y algodón —gritó el comerciante—. ¡El algodón es el ave!
—Pensé que el algodón era una lana —dijo Levin.
—No, muchacho, el algodón es una planta que crece como una frambuesa en un arbusto, habiendo empujado las flores hacia afuera y reventado las vainas debajo de ellas, y ahí está para que los negros lo recojan. Hay un yanqui en Georgia que hizo una desmotadora de algodón para limpiarlo, y ahora todo el mundo quiere un poco.
—¿Un poco de la ginebra? —preguntó el irrelevante Wonnell.
—No, un poco del algodón, doctor Green. No pueden conseguir suficiente. Europa está loca por ello, pero no hay suficientes negros para recogerlo todo. Así que estoy en el comercio de negros e intento ser útil a mi país, ¿y qué recibo a cambio? ¡Que me miren por encima del hombro y que un negro sea protegido por haberme desafiado! Pero no importa, seré un gran calavera todavía, y mantendré mi carruaje... en Florida.
—¿Para qué es buena Florida? —preguntó Levin.
—Está llena de negros indios, seminolas, todos y cada uno de ellos van a ser capturados y marcados, y puestos a plantar algodón y tabaco, y a pastorear cerdos y vacas. Se traerán más negros de Cuba, y todos los negros libres de Delaware y el Norte serán vendidos, y tú y yo, Levin, vamos a poseer una manada de ellos y a tener una huerta de naranjos y mil acres de algodón en flor. Mantendremos la cabeza alta. Tu madre será elevada a nabab. Mi esposa será una dama con diamantes. Despreciaremos Cambridge y Princess Anne, y no quedará ni un solo negro libre sobre la faz de la tierra. ¡Brindaremos por ello!
El Levin de cabeza enferma pero lleno de fantasías volvió a beber y escuchó las maravillosas historias del traficante sobre frutas doradas en costas de añil y palmeras que daban cobijo a loros que llamaban a los ciervos salvajes. Jack Wonnell tomó el timón cuando Levin se acostó a dormir en el pequeño camarote, todavía arrullado por cuentos de riqueza y audacia ilegal, y allí durmió el sueño profundo del náufrago, cuando el barco encalló al anochecer, con el sonido de las campanas de la iglesia al atardecer, en Princess Anne.
—Déjalo dormir —dijo Joe Johnson—; aquí, Wonnell, te doy tres de sus monedas para que se las lleves a su mamá —entregando tres monedas de oro—. ¡No lo olvides! Aquí tienes un chelín para ti —dándole a Jack seis peniques—. Tú y yo nos separaremos en Princess Anne.
CAPÍTULO XVIII.
BAJO UNA ANTIGUA COFIA.
Vesta había estado sentada media hora junto a su inconsciente esposo, escuchando su habla entrecortada y reflexionando sobre la rapidez de los acontecimientos una vez iniciados, como aguiluchos apenas enseñados a volar antes de atacar y matar, cuando el sonido de las ruedas de un carruaje, detenido en la puerta, la llamó a la ventana, y Tom, el sinsonte, que había estado relativamente callado desde que vio a su amo bien cuidado, comenzó a saltar, volar en el aire y cantar de nuevo:
—¡Dulce... dulce... dulcecito! ¡ven a ver! ¡ven a ver!
Vesta vio al hombre de color, fibroso y deliberado de Meshach, bajarse y girar las cabezas de los caballos, y del carruaje saltó, sin usar el estribo, con un salto y un brinco, un objeto femenino joven cuya cabeza era invisible en una enorme cofia de estilo minero hecha de chintz azul estampado. Por muy rápido que realizara el salto, Vesta observó que la recién llegada se había olvidado de ponerse las medias.
Antes de que Vesta pudiera apartarse de la ventana, este singular objeto había subido de un salto las oscuras escaleras del viejo almacén y se había arrojado sobre la cama del hombre delirante:
—¡Tío, tío Meshach! ¿Estás muerto, tío? ¡Despierta y besa a tu Rhudy!
Ella había besado a su tío abundantemente mientras esperaba lo mismo de él, y el ataque lo excitó un poco, sin traer a su mente ningún recuerdo sostenido, aunque Vesta escuchó las palabras "querida niña" antes de que él girara la cabeza y persiguiera de nuevo las amapolas salvajes. Entonces la joven, exclamando:
—¡Dios mío! ¡El tío no conoce a su Rhudy! —se cubrió la cabeza con su delantal negro y se puso a llorar en silencio; una pequeña convulsión en el cuello y ni un solo suspiro audible.
—Llora con cierto refinamiento —pensó Vesta; y también observó que la visitante era una muchacha alta, de dedos largos, bastante agraciada, de probablemente diecisiete años, con ropa de la que ninguna costurera sería responsable, y una cofia de aro, como las que la gente mayor seguía haciendo en recuerdo de los barcos de alta cubierta que les trajeron los últimos estilos cuando sus antepasados emigraron con todo lo que tenían, y para siempre, desde una tierra de modas. La cofia era un objeto notable para Vesta, aunque había visto algunas a distancia, entrando sobre las cabezas de la gente del bosque hacia la iglesia metodista. Se parecía al barco de alta popa de Colón, que él había construido tan alto a propósito, decían las chicas del seminario, para tener la ventaja de espiar el Nuevo Mundo primero; pero también se parecía a los vagones Conestoga largos, huecos y arqueados que Vesta había visto pasar tantas veces por su internado en Ellicott's Mills antes de que el reciente ferrocarril llegara allí. Como a menudo había escudriñado en esos vastos vagones de carrocería azul para ver qué criaturas podrían ser pasajeras en sus profundidades, aprovechó la primera oportunidad en que la cofia azul fue sacudida por la doliente para discernir el rostro en su interior.
Era un rostro bonito, con un par de ojos castaños, sentimentales y también traviesos, puestos en una actitud de asombro en el momento en que observaron a otra mujer en la habitación. La piel era pálida, la boca generosa, la nariz larga, como la de Milburn, pero no tan enfática, y el cuello, la frente y la forma del rostro eran alargados, y con algo fino en medio de la mirada salvaje, bovina, que fijó en Vesta, exclamando, en un susurro:
—¡Dios mío! ¡Hay una dama aquí!
Luego, se arrojó de nuevo el delantal sobre la cofia Conestoga y lo sostuvo allí con sus dedos largos y sus muñecas largas, regordetas y curtidas por la intemperie.
Vesta observó con los primeros síntomas de diversión que había sentido desde la mañana en que ella y su madre se rieron del sombrero de copa alta, mientras miraban desde las ventanas de Teackle Hall al hombre que ya era su esposo. Aquella mañana parecía haber sido hace un año; no había sido más que ayer.
—Los sombreros y cofias viejos —pensó Vesta—, no serán ninguna novedad para mí dentro de poco. Esta familia de los Milburn está llena de ellos.
Luego, dirigiéndose a la recién llegada, Vesta dijo:
—¿Este es tu tío, entonces? ¿Dónde vives?
—Vivo en Nu Ark —respondió la joven, bajando el delantal negro y mirando desde las profundidades de la cofia, como un conejillo de indias desde su madriguera.
—Si hubiera dicho "el Arca" sin el "Nu" —pensó Vesta—, habría parecido natural.
—Tu tío tiene una fiebre alta —dijo Vesta amablemente—; no está en peligro, creemos. Sin embargo, fue bueno que vinieras. Ahora quítate la cofia. ¿Cómo te llamas?
—Rhudy... Soy Rhudy Hullin, señora.
—Rhoda... Rhoda Holland, creo que dices.
—Sí, señora, Rhudy Hullin. Vivo cruzando el Pookamuke, en el lado del Océano, allá por Sinepuxin. No vivo en una ciudad grande como Princess Anne; vivo en Nu Ark.
Ante esto, la chica extrajo cuidadosamente su cabeza de la cofia Conestoga, miró todo el sombrero con orgullo y ansiedad, y luego lo colocó cuidadosamente sobre la sombrerera de su tío.
—El tío Meshach me la dio —dijo, con una inclinación pícara hacia la cama del enfermo—. La señora Somers la hizo. El tío, él compró todo el material; la señora Somers la dibujó. ¿Alguna vez viste algo igual?
—Nunca —dijo Vesta.
—Bueno, algunas personas en Sinepuxin dijeron que era un pecado y una vergüenza, semejante extravagancia; pero la señora Somers dijo que el tío Meshach era rico y no tenía más que una Rhudy. No es tan grande como la cofia de la señora Somers, pero tiene más pliegues.
Aquí Rhoda repitió lo que Vesta ya había observado dos veces antes: un sollozo inaudible, y, al ser descubierta, se limpió la nariz con el delantal.
—Toma mi pañuelo —dijo Vesta—, tienes frío —y le pasó su cambray con borde de encaje.
—¿Para qué sirve? —preguntó Rhoda, mirándolo con superstición—. No te limpiarás la nariz en él, ¿verdad? ¡Dios mío! ¿No es un trozo de tu adorno del cuello?
Vesta se sintió de buen humor al ver a esta maleza de la naturaleza voltear el pañuelo y sostenerlo con el pulgar y el dedo, como si pudiera hacerse responsable de cualquier cosa que pudiera sucederle.
—Tengo dos de estos aquí —dijo ella—; la señora Somers los hizo de un vestido. No tienen este almidón; son cosas muy grandes. Siempre los olvido. Mi nariz se limpia sola.
—Ahora acércate al fuego y caliéntate los pies —dijo Vesta—, porque tu viaje desde el lado del océano, esta fría mañana, a través de los bosques de Pocomoke, debe haberte helado. Quítate el chal de manta.
Rhoda puso el enorme chal negro y verde, que le llegaba hasta los pies, sobre el cofre verde, y lo alisó con evidente orgullo.
—El tío Meshach lo compró en Wilmington —dijo—; ¿no es hermoso? Nunca lo uso más que cuando vengo aquí o voy a Snow Hill. ¡Snow Hill es un lugar tan orgulloso!
Tenía una forma de reírse, simplemente hundiendo las mejillas, sin sonido, tal como expresaba la sensación de dolor; la única diferencia estaba en el brillo de sus ojos; y Vesta pensó que tenía algo contagioso. Se reía ampliamente y en silencio, como si la hubieran puesto a comportarse en la iglesia, y allí hubiera adoptado una mueca para hacer reír a las otras chicas y salvarse de sospechas.
Mientras se bajaba las faldas hasta los pies, la observación de Vesta se confirmó: Rhoda no llevaba medias, y no pudo evitar exclamar:
—Querida niña, ¿qué se te ocurrió para viajar esta mañana de octubre solo a medio vestir? Podrías morirte.
Rhoda atrapó su nariz en el medio sollozo, levantó y hoyó sus mejillas en una risa pícara, y gritó:
—¡Dios mío! ¿Te refieres a mis piernas? Bueno, no tengo más que dos pares de medias, y la señora Somers está usando uno de ellos, y el par viejo está en el lavado. Es tan tedioso tejer medias, y es tan divertido ir descalza, que no las uso a menos que la señora Somers se entere. ¡Vaya, los muchachos no pueden verme!
Hizo una mueca de nuevo tan natural y atractiva que Vesta tuvo que reírse en voz alta, y vio mientras tanto que los zapatos remendados de la joven cubrían un pie delgado que una dama podría haber envidiado.
—Ahora, Rhoda —dijo Vesta, casi indignada—, ¿por qué no le pediste a tu rico tío unas buenas medias de lana?
—¿A él? Bueno, señora, tiene tantos parientes pobres que, si empezara a darles medias a todos, él mismo iría descalzo.
—¿Tiene otras sobrinas como tú?
—No —la chica hizo una mueca tranquila, con sus ojos castaños llenos de risa—. Hay muchas otras, pero ninguna como Rhudy; el bosque está lleno de esas otras.
—¿Así que eres la favorita? Ahora, ¿qué iba a hacer tu tío con todo su dinero?
—¡Dios mío! —dijo Rhoda—; iba a casarse con la señorita Vesty con él. Eso es lo que dijo la señora Somers.
El sinsonte había estado cantando una o dos veces durante la conversación, y ahora dejó escapar su nota con fuerza:
—¡Vesta, ella! ¡ella! ¡ella! ¡ella-ee-ee!
Un hormigueo de esa superstición que había sentido más de una vez ya, en su breve conocimiento de esta familia del bosque, recorrió las venas y los nervios de Vesta, y comentó en silencio:
—¡Qué poco sabe una joven de los hombres que la rodean; qué sátiros están tomando su imagen en sus brazos! Esta gente sabía que él me amaba, cuando yo ni siquiera sabía que él me había visto alguna vez.
Se dirigió a la sobrina de nuevo:
—Rhoda, ¿tu tío dijo que amaba a la señorita Vesta?
—No, señora. Él nunca dijo que amara nada; pero escuché a Tom, el sinsonte, gritar «¡Vesty!», y vi el retrato de una dama allí, entre el abuelo y la abuela, y se lo conté a Misc Somers, y ella dijo: «¡Tu tío Meshach está enamorado!». ¡Oh, me alegré mucho de ello, porque él estaba tan triste y solitario!
La fuente de la compasión brotó de nuevo en el corazón de Vesta, y sintió que había compensaciones que las riquezas y el rango desconocían en alianzas humildes como la suya.
—Rhoda —dijo, acercándose a la joven y poniendo su mano sobre su suave cabello castaño—, no has notado el nuevo retrato de una dama colgado aquí, ¿verdad?
—No, señora, todavía no. Todo es tan raro en esta habitación desde la última vez que la vi, que no he visto nada en ella más que a usted. Ahora veo la alfombra, y los morillos de latón, y la porcelana, y... ¡por el amor de Dios!, ¿es eso un cuadro? Vaya, pensé que era usted.
—Lo es, Rhoda. Soy Vesta; soy tu nueva tía.
La joven soltó una de sus risas silenciosas, encantadoras y con hoyuelos, como si fuera a hurtadillas otra vez, la transformó en un llanto silencioso por una conmoción igual de natural, y se puso de pie y tomó a Vesta entre sus brazos.
—Estoy tan contenta que voy a llorar un poco —dijo Rhoda con una sonrisa afectada, con los ojos húmedos—; ¡oh, cómo dirá Misc Somers: «¡Yo lo descubrí primero!»!
Tom mantenía un silbido constante, un pequeño grito de autocomplacencia, como si tuviera sus propios pensamientos:
—¡Dulce! ¡dulce! ¡dulce! ¡Vesty, mira! ¡mira! ¡mira!
Vesta sintió cómo surgía una cadena de pensamientos felices en su mente, que expresó con la misma franqueza con la que había hablado la joven del bosque, para no retrasar la bienvenida de estas sencillas amistades:
—Sí, Rhoda, agradezco encontrar una vida social abierta para mí donde parecía no haber camino, y arroyos y compañeros de juego donde todo parecía seco. Vienes aquí como un rayo de sol, ¡que Dios te bendiga! Puedo escucharte hablar y enseñarte lo poco que sé, y nos relevaremos el uno al otro, cuidándolo.
Sintió una ligera modificación de su alegría ante este recordatorio, pero el pájaro pareció enseñarle paciencia, mientras sugería, saltando y volando en el aire:
—¡Ven a ver! ¡ven a ver! ¡ven a ver!
—Sí —pensó Vesta—, ¡ven y mira! Es un buen consejo. Empiezo a sentir el despertar de un nuevo sentido: curiosidad por los pobres y los humildes. Mi educación parece haber cerrado mi observación sobre las personas de mi propia raza, que diariamente pisaban casi mis faldas, y a quienes nunca vi —a quienes se consideraba respetable no ver—, mientras que incluso mis sirvientes de color disfrutaban de mi total confianza porque eran mis esclavos. Sin embargo, en la desgracia, debo haber descendido hasta estas sencillas personas blancas; y entonces Roxy y Virgie, vendidas a algún hombre rico temporal, habrían estado por encima de mí, ¡esclavas como seguirían siendo! ¡Qué falsa, qué fatal, tanto la esclavitud como las orgullosas riquezas para los republicanos que pretendemos ser! Obligada «a ver» por fin, no cerraré mis ojos ni endureceré mi corazón.
La doncella de Newark mientras tanto había inspeccionado discretamente la alfombra de trapo, los tapices de tela, la mecedora de cuento de hadas y todas las adquisiciones de la morada de su tío, y Vesta observó de nuevo que era de figura y movimiento esbeltos y gráciles, sin afectación en nada, ni atrevida ni exaltada, y con una mirada astuta tan cercana al ingenio rápido que podía hacer reír a Vesta casi a voluntad. Vesta le mostró cómo administrar bebidas frías y el lavado al paciente, y él las vio juntas con una mirada de interrogación que la acción febril pronto disipó.
—¿Viven tus padres, Rhoda?
—No, señora; ambos han muerto. Mi madre era hermana del tío Meshach, y se casó con un hombre rico que hervía sal y tenía barcos y regentaba una taberna. El padre Hullin murió de los pulmones; mamá murió después. Misc Somers me crió donde solía estar la taberna. Ya no es un puesto. El tío Meshach es el dueño.
—¿Es un lugar agradable?
—Ahora no es tan agradable como solía ser, tía Vesty —la joven se deslizó fácilmente sobre lo que Vesta pensó que podría ser una palabra difícil—, ya que los espectáculos ya no se detienen allí.
—¿Los zapatos? ¿Qué es eso?
—Las figuras de cera y los sopladores de vidrio, y el hombre más fuerte del mundo. ¿Alguna vez lo viste?
Vesta dijo: —No, querida.
—Yo lo vi —dijo Rhoda, con una compresión de su boca y un brillo en sus ojos—. Rompió una piedra con su puño y Misc Somers se quedó con la piedra, ¿y qué crees que era?
—¿Mármol?
—No, señora; ¡tiza! Él simplemente lavó la tiza con un poco de barniz o algo así, y, por supuesto, se rompió muy fácilmente; así que no era el hombre más fuerte del mundo en absoluto, y si Misc Somers lo vuelve a ver, se lo dirá.
—¿Es una casa pequeña o grande, Rhoda?
—Oh, es una casa magnífica, dos veces más grande que esta, con el techo curvado como el lomo de un elefante, y tres ventanas en él: ventanas de mansarda reales, que parecen tres ojos de un cangrejo, y un hastial de tres filas de ventanas de altura, y cuatro chimeneas altas. El funámbulo dijo que era digna de ser un palacio real. Luego están la cocina y la columnata construidas a ella. Es la casa más grande, supongo, alrededor de Sinepuxin. Ese funámbulo es un charlatán.
—¿Un banco de montaña? ¿Quieres decir un charlatán, un impostor?
—Sí, señora —la boca se cerró y los ojos brillaron de nuevo—. Aseguró que rompería la cuerda después de haber caminado sobre ella, y dijo que no estaba lo suficientemente tensa, y fue palpándola; y Misc Somers descubrió que cada vez que la tocaba le ponía un poco de agua de vitriolo o alguna otra cosa para pudrirla, así que, por supuesto, la rompió fácilmente. Pero Misc Somers le va a decir, si vuelve, que es un charlatán. ¡Por el amor de Dios!, ella no tiene miedo.
—Entonces, ya que ha dejado de ser una taberna, querida, ¿ya no ves malabaristas?
—El último espectáculo allí —dijo Rhoda— fue el de los caníbales y el misionero. El misionero los había convertido, y ya no comían a nadie; pero contó cómo solían comer gente; y robaron un poni de los establos y corrieron al pantano de Cypress, y allí resultaron ser unos cortadores de tejuelas que él acababa de teñir. Misc Somers lo está esperando. ¡Por el amor de Dios!, a ella no le importa.
—¿Y así fuiste huérfana, criada en la vieja posada de la carretera en Newark? ¿Y quién es la señora Somers?
—Misc Somers, es una vieja tía del padre Hullin. Ella y yo vivimos juntas desde que papá y mamá murieron de los pulmones. Oh, tengo un montón de pretendientes que me llevan al océano en la playa de Sinepuxin, fuera del camino de los mosquitos, y allí vadeamos y navegamos, y hervimos sal y asamos batatas. Tía Vesty, puedo quitarle a casi cualquier chica a su pretendiente; pero, ¡por el amor de Dios!, todavía no he encontrado a ningún hombre al que ame.
—Me alegra eso —dijo Vesta—, porque entonces estarás satisfecha con Princess Anne. Dicen que tu tío estará enfermo aquí varias semanas, y podemos ayudarnos mutuamente a que se recupere. Ahora se está despertando.
Milburn abrió los ojos y suspiró, y las vio juntas, y Rhoda se contuvo con consideración mientras la joven esposa se acercaba a la cama. Él la miró con una duda desconcertada.
—Pensé que decían que te habías ido para siempre —murmuró.
—No, he venido para siempre, o hasta que desees que me vaya.
—Se lo dije —suspiró él—; dije: «Ella tiene altos principios, aunque no puede amarme».
—¡Tío Meshach, dele tiempo a la tía! —gritó Rhoda, con una rápida adivinación de algo incierto o incomprendido—. ¿No conoce a su Rhudy? Incluso yo le tenía miedo hasta que enfermé y usted pensó que eran los pulmones y me cuidó.
—Tienes una buena sobrina —dijo Vesta, mientras su esposo besaba a la extraña—; y espero que nos amemos y nos mejoremos mutuamente.
—Sí, eso será noble —respondió él—. Enséñale algo; nunca he tenido tiempo. Oh, estoy muy enfermo; ¡en un momento como este, además!
—Mantenga la calma, señor Milburn —dijo la novia—; es solo la Naturaleza tomándose el tiempo que usted no quiso darle, y que ella quiere que aprovechemos para nuestro conocimiento casi violento. Seré muy feliz sentada aquí, y deseo que deje que su sobrina esté conmigo; lo deseo.
Él trató de sonreír, aunque el sudor intenso que siguió a la fiebre brotó de sus manos a su rostro.
—Ella es suya —dijo—; la mejor de mis pobres parientes. ¡No nos desprecie!
Vesta pasó su brazo alrededor de Rhoda y la besó, para que él pudiera verlo.
—¡Qué bondad! —suspiró él, y la apertura de sus poros, al dejar escapar la fiebre, le dio una sensación de alivio somnoliento que Vesta comprendió.
—Ahora doblemos las mantas bajo los bordes, Rhoda —dijo ella—, y ponle tu chal sobre él, y obtendrá un sueño natural.
Él se giró una vez, como para ver si ella estaba allí, y cerró los ojos pacíficamente como un niño.
—Ahora, Rhoda —dijo Vesta, a los pocos minutos—, oigo el carruaje de papá en la puerta, y, mientras él sube, volveré a ver a mi madre y a recoger algunas cosas en casa.
—¿Quién es su papá, tía Vesty?
—¿No lo conoces? El juez Custis, que vive en Princess Anne.
—¡Juez Custis! Vaya, ¡por el amor de Dios!, él no es su papá, ¿verdad? Tía Vesty, es uno de mis viejos pretendientes.
El juez trajo consigo al reverendo William Tilghman, y Vesta, mientras se retiraba, presentó a Rhoda a ambos:
—Esta es la señorita Rhoda, la sobrina del señor Milburn.
El juez Custis, sonrojándose un poco, tomó ambas manos de Rhoda:
—¡Ja, mi bonita pareja y alumna de baile! ¿Cómo están nuestros amigos en St. Martin's Bay y Sinepuxent? Muchas veces hemos navegado y hecho clambakes, Rhoda.
—Usted es un engañador —gritó Rhoda, con un hoyuelo entre la alegría y la acusación—. Voy a demandarlo, juez, por no decirme que era un hombre casado. Mi corazón está roto.
—¿Quién podría recordar lo que era, Rhoda, sentado toda la velada a tu lado en... dónde fue?
—Los sopladores de vidrio bohemios —gritó Rhoda—; los únicos que visitaron el Hemisferio Occidental. Juez —con repentina impetuosidad—, ese pequeño, con los anillos de cobre en sus orejas, no era bohemio en absoluto. Vivía en Cape Henlopen, y Misc Somers lo vio allí cuando estaba comprando arenques. Se lo va a decir, cuando lo atrape en Newark.
El joven rector observó el destello de esos ojos brillantes siguiendo a los agradables hoyuelos, y los errores ortográficos le parecieron nunca menos culpables viniendo de tales labios y dientes.
—William —dijo Vesta—, ven esta tarde y tengamos nuestro círculo de lectura dominical habitual. El señor Milburn estará despierto y lo agradecerá, ya que es uno de tus feligreses más regulares. Rhoda, ¿sabes leer?
—Oh, sí, señora. Misc Somers es una buena lectora. Lee los Antiguos Testamentos. Los nombres de allí son demasiado largos para mí, pero leo los Salmos y los Proverbios muy bien.
—Muy bien, entonces, leeremos versículo por versículo, para que el señor Milburn pueda escuchar nuestras voces y las de su ministro favorito también. ¿Vendrás, papá?
—Sí, si puedo. Hemos tenido un ágape en Teackle Hall esta mañana, y tu hermana de Talbot está de visita, pero creo que puedo escaparme.
—¡Por el amor de Dios! —dijo Rhoda, mirando al señor Tilghman con franqueza—; ¿usted no es ministro ahora? ¿No es un ministro del Evangelio?
—Indignamente lo soy, señorita Rhoda.
—Bueno, no veo cómo usted era lo suficientemente mayor para ser convencido y aprender todo eso, a menos que fuera un milagro espiritual. Misc Somers vio a uno de ellos en Chincoteague. Lo llamaban el infante fenómeno. Exhortaba a los cinco años, y a los siete dio su experiencia.
—Raro, señorita Rhoda —dijo el rector, apenas pudiendo mantener su reverencia ante la diversión por su impetuosidad.
—Oh, causó una gran excitación, tía Vesty. Las mujeres se daban sus bebés unas a otras para sostenerlos mientras se turnaban para gritar. «¡Aquí, Becky, sostén a mi bebé mientras grito!», decía una. «¡Ahora, Nancy, sostén al mío mientras grito!». Ver a ese niñito allí arriba contando su experiencia fue milagroso, y creó una excitación como las mareas altas en Chincoteague que los ahoga. Pero, tía Vesty, ese pequeño fenómeno era un enano, de veinte años, y Misc Somers lo descubrió y lo contó.
—¡Apuesto a que la señora Somers lo sabe! —exclamó el juez.
—Eso lo sabe —continuó Rhoda, seriamente, con un ligero resoplido de una nariz bien modelada y un hoyuelo que argumentaba a Vesta algo por venir—. Misc Somers dice que usted sostuvo a uno de esos bebés, juez, para dejar que su madre gritara, y fingió estar bajo una convicción; y que usted retrocedió justo allí y estaba susurrando a la otra madre. ¡Por el amor de Dios! Misc Somers lo descubre todo.
—Bueno —dijo el juez, encontrando la risa en su contra—, nunca hice mejor campaña electoral que ese día. Al sostener a ese bebé cinco minutos, logré un voto, y la madre lo sostendrá veinte años antes de que logre un voto.
—Misc Somers dice, juez, que usted retiene a las mujeres más tiempo que a sus bebés; pero le dije que usted estaba en tal convicción que no sabía distinguir a una de la otra. «Oh», dice ella, «él es astuto y seguro cuando se pone por aquí, en el lado de Worcester». Misc Somers, ella es terriblemente franca.
William Tilghman, durante la continuación de este coloquio, miró con interés a las dos jóvenes: Vesta, la mayor por dos o tres años, y ricamente dotada con las luces tanto de la belleza como de los logros; la doncella del lado del océano, más sencilla, y sin ningún adorno por dentro ni por fuera; pero podía prever, bajo el auspicio de Vesta, a una mujer elegante, con coquetería y fascinación no totalmente latentes allí; y, mientras sus ojos se encontraban con los de Rhoda, interpretó la mirada que a cierta edad casi toda doncella lanza al conocer a un joven: «¿Es soltero?». Ella lanzó esta mirada tan pícaramente, pero tan fuerte, que la flecha lo hirió un poco al pasar. Él sonrió, pero se le recordó por un momento que él era un hombre joven todavía, además de sacerdote. El amor, que había cerrado una puerta como el portal de una tumba contra él, comenzó a salir como una luciérnaga y a guiñar su lámpara a través de la oscuridad.
—Debe venir a la escuela dominical —pensó él—, si se queda en Princess Anne. La puliremos.
El sinsonte, no estando satisfecho con ninguna pausa en la conversación, «se animó», al ver a Vesta retirarse, y gritó:
—¡Es-poso! ¡Es-poso! ¡Meee--shack! ¡Mee-ee-ee-shack! ¡Mírame! ¡mírame! ¡Caballeros! ¡caballeros! ¡caballeros! ¡caballeritos! ¡Dulce! ¡dulce! ¡dulce! ¡Hoo! ¡hoo! ¡Mira! ¡mira! ¡Vesty, ella! ¡Ja! ¡ja!
Voló por el aire sobre su inquieto amo, como si dudara de que todo estuviera bien ya que la extraña dama, que había estado tan tranquila toda la mañana, se había ido.
—Ese pájaro casi habla —dijo William Tilghman—; he pasado muchas horas enseñándoles, pero nunca pude hacer que uno hablara así.
—Tal vez usted tenía demasiado que enseñarle —dijo Rhoda Holland—; no suele suceder que puedan hablar, y no deben tener mucha compañía para aprender bien. El tío Meshach no ha tenido compañía más que ese pájaro durante años. Supongo que el pájaro se enfadó y se sintió solo, y simplemente le gritó palabras.
—¿Qué está diciendo ahora? —preguntó Tilghman—. ¡Mira! Está casi convulsivo en sus intentos de decir algo.
El pájaro gris, tan impresionante como un poeta pobre, parecía casi en un estado de epilepsia por sacar alguna carga de sonido opresivo, y, mientras lo observaban, casi borracho con el embriagante del habla, aleteando, conduciendo y golpeando en el aire, de repente sacó una nota líquida como nieve burbujeante de un caño de pajarera:
—¡A-a-amor! ¡amor! ¡amor! ¡Ja! ¡ja! ¡A-a-amor!
—¡Bien hecho, viejo soltero! —comentó el juez Custis, a pesar de su rostro cansado, pues la buena resolución y el relajamiento de ayer lo habían dejado algo flácido y demacrado todavía—. Saca el «amor» como si hubiera hecho un voto contra él, pero la confesión tenía que llegar. Muchos monjes cantarían lo mismo si el instinto pudiera encontrar una palabra atrevida en sus corales. Estos imitadores de Maryland fueron celebrados en las revistas británicas hace cien años, y recuerdo algunos versos sobre ellos.
Entonces recitó:
«Su pecho cuyas plumas muestran un blanco alegre, Sus alas temblorosas están vestidas de gris sobrio, Seguro que todas las Musas inspiran a este su pájaro, Y él solo es igual a un coro. ¡Oh, dulce músico! tú superas por mucho El canto relajante de la agradable Filomena: Dulce es su canto, pero confinado en pocas notas, ¡Pero el tuyo, tú, imitador de la especie emplumada! Recorre todas las notas: tú solo las conoces todas, ¡A la vez la copia y el original!»
—¡Eso es magnífico! —exclamó Rhoda, con un deleite silencioso—; ¿quién es el «fellow Mil», juez?
—Oh, ese es el ruiseñor británico. Estos sinsontes americanos los superan como uno de nuestros clípers de la Costa Este supera a todas las potencias navales de Europa.
—He oído al «Ruiseñor Británico» —dijo Rhoda, con un destello en sus ojos—; era un hombre ciego con lentes verdes que cantó en Newark, «'ome, sweet 'ome» —así es como lo pronunció— y le afectó tanto que tuvo que beber un vaso entero de agua, y Misc Somers, espiando para ver si era el ruiseñor real, descubrió que era ginebra en ese vaso, y lo contó.
Rhoda hizo reír incluso al ministro, mientras hendía sus mejillas y le lanzaba una mirada de cordero a él y al juez. Él se maravilló de que un inglés tan forestal pudiera ser resentido tan poco por su mente, pero pensó:
—No importa, ella puede no haber tenido más lecciones que el pájaro, cuya dificultad es incluso hermosa. ¡Pero mira! El señor Milburn está bien despierto. Amigo mío, ¿cómo se siente?
—¡Mejor, mejor! —murmuró Milburn—. No puedo acostarme aquí más tiempo. Hay dinero, dinero, caballeros, que depende de que yo me mueva.
Se levantó con la mayor resolución y confianza, y cayó de cabeza antes de haber dejado las mantas.
—¡No, no! —dijo el juez, mientras él y Tilghman levantaban a Milburn y lo acomodaban como antes—. ¡Tu voluntad ha sido igualada esta vez, mi valiente yerno! Estás de vuelta en la cabaña que has consumido, entre los fuegos de la misma, y la ráfaga vengativa del horno de Nassawongo quema en tus venas y te enfría en el estanque del molino alternativamente. ¡Quédate ahí y arrepiéntete de la lesión que le has hecho a una persona impecable!
Si Meshach escuchó esto, nunca se supo, pero la expresión inconsciente o impulsiva fortaleció la impresión en Tilghman y Rhoda de que el matrimonio de Vesta no fue del todo voluntario, y produjo en ambos un sentimiento de mayor simpatía y respeto por ella.
—Juez —dijo el joven ministro—, ¡haga el bien por el mal, si mal ha habido! Le he dado mi mano sinceramente; tal vez pueda aliviar su mente de alguna preocupación comercial.
—Señor Milburn —dijo el juez, cuando vio que los ojos resinosos rodaban hacia él de nuevo fuera de esa cara morena, ahora pálida por la debilidad—, ahora estoy sin trabajo, y puedo trabajar barato. Déjeme hacer cualquier recado por usted.
Una mirada de petulancia, seguida de una de interrogación, surgió de los ojos de Milburn, y presionó su cabeza entre sus muñecas, como para traer de vuelta la sangre que pudiera impulsar su juicio. Lo oyeron murmurar:
—Sin prudencia comercial... todavía plausible, persuasivo... podría hacerlo bien.
El juez habló ahora, con cierta firmeza:
—Milburn, no tiene sentido que te rebeles. Aquí estás y aquí te quedarás hasta que la naturaleza haga su restauración, asistida por esta medicina que te he traído. Debes someterte a calomelanos, y esta quinina debe realizar su trabajo de varias semanas para romper la regularidad de estos escalofríos. Mientras tanto, como tus intereses también son los de Vesta, y los de Vesta son los míos, déjame servirla a ella, si no a ti.
El tono positivo influyó en el sistema debilitado del paciente. Miró a los tres observadores y le dijo a Tilghman: —William, podría enviarlo a usted, pero por su vocación; déjeme con el juez un poco, tanto a usted como a Rhoda.
Rhoda tomó el capó Conestoga de la parte superior de la caja del Sombrero Vinculado, y se vistió con él, para el asombro excesivo del rector.
—¿No es encantador, señor Tilghman? —preguntó ella, con una sonrisa de felicidad ingenua que iluminó su rostro a pesar de la extraña estructura del sombrero—. El señor Milburn dice que esto es lo que usan las damas en los pueblos grandes.
El joven rector, que había estado a punto de sonreír ante la visión de Rhoda con aquel monumental armatoste sobre la cabeza, se contuvo al instante. La fealdad del objeto —un armazón de hierro, seda estirada y cintas descoloridas que recordaban a un carromato en miniatura— se disolvió en su mente ante la sinceridad absoluta de la muchacha. Vesta, por el contrario, mantuvo una compostura perfecta, aunque sus ojos brillaron con un destello de compasión que no pasó inadvertido para su marido.
—Te sienta con una gracia particular, Rhoda —dijo Vesta con suavidad—. Es un accesorio que requiere una personalidad definida para ser llevado con propiedad.
—Ya lo creo que sí —respondió el enfermo desde su lecho, con voz débil pero autoritaria—. Es una prenda de autoridad, como todo lo que sale de mi casa. Ahora, si me permiten, el Juez y yo debemos tratar asuntos de gran importancia. La justicia no espera a que un hombre recupere sus fuerzas.
Cuando Tilghman y Rhoda salieron de la habitación, el aire en el pasillo parecía más ligero. El rector, sintiendo la carga de la situación, guio a la joven hacia el exterior, donde el sol de la tarde bañaba la vieja ciudad con una luz dorada y engañosa. A lo lejos, el mocking-bird continuaba su concierto, ajeno a las intrigas y a los contratos que se tejían bajo su árbol.
—Dígame, señor Tilghman —comenzó Rhoda, caminando a su lado con un paso más firme del que su origen le confería—, ¿cree usted que el Juez podrá ayudar a mi esposo en sus negocios? El señor Milburn parece llevar una carga muy pesada, y a veces me temo que el peso de sus pensamientos lo consuma antes de que él pueda consumar sus planes.
—El Juez Custis es un hombre de leyes, Rhoda —respondió Tilghman con circunspección—. Y las leyes, como usted ha leído hoy, son a menudo como un viaje por mar: llenas de vientos contrarios y puertos inciertos. Debemos confiar en que el destino, o la providencia, guíe su camino hacia el Fair Havens que todos buscamos.
Mientras hablaban, el capó Conestoga de Rhoda oscilaba al compás de sus pasos, una mancha absurda y persistente en el paisaje de la vieja península. Ella no podía saber, en su inocente orgullo, que aquel sombrero era la marca visible de su nueva posición, un distintivo que la alejaba de sus antiguos compañeros y la señalaba ante los ojos de los habitantes de Princess Anne como la esposa del prestamista. Y sin embargo, en su mente, no había más que la satisfacción de haber sido aceptada por Vesta y la esperanza de que, bajo aquel techo, su vida hubiera encontrado finalmente una forma de ser respetable, ignorando que el precio de su libertad estaba siendo negociado en el cuarto del moribundo con la frialdad de un libro de cuentas.
«Ya no queda ningún buen puerto en ese lado del Océano, excepto la ensenada de Monroe, saliendo de Jinkotig. El resto se colmatan, y el *kadgin* es la única forma de pasar por ellos, dice la señorita Somers».
«Se refiere a la sirga, o a remolcar el barco sobre un banco de arena mediante una cuerda atada a un ancla, a medida que el agua eleva la embarcación».
«Sí, ya sabe, señor Tilghman —exclamó Rhoda, encantada—; eso es el *kadgin*: tirar por encima de la barra con la línea del ancla. Estás encallado, no puedes ir a ninguna parte, vas dando tumbos contra la barra y las rompientes entran furiosas por tu costado: te harás pedazos si te quedas ahí. Así que coges el ancla pequeña —la pequeña es mejor que cualquiera demasiado grande—, la pones en el bote, remas hasta cruzar la barra, la calas, y los que están a bordo tiran mientras las olas te elevan, y así la mantienen apuntando hacia dentro; y, haciendo *kadging*, *kadging*, tumbos aquí y allá, al fin pasas la barra y llegas a salvo al puerto tranquilo de Sinepuxin».
«Sí, mis hermanas —añadió el joven ministro—, a menudo necesitamos hacer *kedge* para volver a casa, para remontar las barras de la vida, y la Esperanza, aunque sea un ancla minúscula, ayuda un poco si no perdemos el cabo. Las pequeñas esperanzas suelen ser mejores que las grandes, pues las esperanzas desmedidas hunden las embarcaciones pequeñas. Incluso la esperanza debe ser moldeada con arte y soltada con destreza para que se agarre a los fondos invisibles de la oportunidad. Todos nosotros hemos albergado esperanzas gravosas, anclas pesadas, que no lograron sostenernos contra el oleaje; pero puede haber pequeñas esperanzas, llevadas por delante de nosotros, que nos guíen hacia bahías y ensenadas placenteras».
«Te debemos a ti, Rhoda, esta esperanza reconfortante —dijo Vesta— y, mientras estés con nosotros, te enseñaremos a leer con mayor confianza».
Vesta cantó entonces el himno de Charles Wesley:
«¡Jesús, revélate en nosotros! Los vientos callan, el mar está en calma, Si Tú estás en el barco. ¡Oh, manifiesta tu poder divino! Entra en esta iglesia Tuya que se hunde, Y habita en cada corazón».
Los sones de su canto llegaron a los oídos de la gente que deambulaba con curiosidad aquel domingo por la tarde para ver a los protagonistas del sorprendente matrimonio del que apenas habían oído hablar hace poco; y, al terminar ella, el señor Milburn la llamó, diciendo:
«Es hora de que me dejes hasta mañana».
«¿Es ese tu deseo?»
«Lo es, amable dama. Tengo un criado, Samson, acostumbrado a todas mis tareas, y podrás saber de mi estado a través de tus esclavas, al ir y venir. Quiero que te sientas tan libre como siempre, aunque seas mi esposa al fin. No te busqué para nublar tu mañana, sino para compartir tu luz solar. Ve a Teackle Hall, y allí iré cuando esté más fuerte. Bajo ningún concepto deseo que duermas en este viejo establo».
«¿Puedo venir a sentarme contigo mañana, señor?»
«¡Oh, hazlo! Debo verte un poco cada día».
«¿Puedo llevarme a Rhoda conmigo?»
«Sí, si así lo deseas. Es una pobre muchacha, pero no es culpa suya».
Vesta se inclinó y rozó su frente con los labios y, al retirarse, él levantó su mano fría y le puso un papel en la suya.
«Presenta mis respetos a tu madre —dijo, con un escalofrío—, y devuélvele las pérdidas que el juez Custis me ha nombrado como su parte en el horno de Nassawongo. La cantidad está en este cheque, que te entrego aunque sea domingo, porque no representa un negocio entre ninguno de nosotros, sino un acto de paz».
«Eres un hombre honorable —dijo Vesta—; te he costado caro».
«Es el golpeteo de unos años sobre la barra —respondió Meshach, intentando sonreír—; sé tú mi ancla en aguas tranquilas, y algún día intentaré acercarme a ti. No es el precio que pago lo que me preocupa; es el precio que estás pagando tú».
«Estoy profundamente interesada en ti —dijo Vesta—; si dijera más que eso, no sería verdad ahora».
«Gracias por eso al menos —dijo Milburn—; incluso tu compasión es un tesoro, y agradezco a Dios haber logrado tanto progreso. Antes de que te vayas, deja que mi pájaro entre y luego cierra la ventana para evitar que los halcones nocturnos y los búhos lo encuentren».
Logró, entre sus crecientes ataques de escalofríos, silbar una o dos notas, y Tom entró volando por la ventana y aleteó con violencia alrededor de su cabeza, como si se vengara por el exilio, para luego, saltando sobre la vieja caja de sombreros, montar una función de exhibición en la que estaba todo el zoológico de la ciudad y el campo; y, tras detenerse un momento a escuchar al pájaro cantar su nombre de nuevo, Vesta y sus amigos se retiraron.
Encontraron a la señora Custis en su dormitorio, con el ánimo mucho más recuperado, pero sumamente nerviosa.
«¡Oh, mi pobre ídolo martirizado y asesinado! —gritó al entrar Vesta—; ¿estás viva? ¿Ha muerto la bestia? No me digas que se atreve a vivir».
«Sí, mamá, aquí están sus colmillos —dijo Vesta, tras besar a su madre con efusividad—. Te ha enviado un cheque por todo tu dinero perdido, su amor y a mí para vivir aquí contigo en Teackle Hall. Libertad, restitución, como tú lo llamas, y su afecto para ambas: ¿no es ahora un caballero?»
La señora Custis tomó el cheque con avidez.
«¿Crees que es bueno, preciosa? Quizá lo envió para engañarme mientras podía aprovecharse de tu gratitud. ¡Oh, estos hombres del bosque son demonios! Ojalá tuviera el dinero en efectivo».
«Es bueno por todo lo que tiene, mamá. No pagarlo lo convertiría en un hombre en bancarrota. Me lo dio casi con galantería. De hecho, es el hombre más singular que he conocido».
«Eso ocurre con todos los piratas —dijo la señora Custis—; algo en la naturaleza femenina nos atrae hacia los hombres sin ley, que toman lo que quieren, nosotros incluidos. Supongo que originalmente éramos simplemente capturadas y apropiadas, y seguimos buscando al apropiador hasta el día de hoy. Pero tú, Vesta, con la sangre de Baltimore en tus venas, ¿no esperas representar a la novia sabina dócilmente como esa, defendiendo a tu expoliador y reconciliándolo con tus hermanos?»
«Pensaba que era la sangre de Baltimore la que me hacía apreciar al señor Milburn, mamá. Los Custis no eran comerciantes».
«¡Patrañas! Los Custis eran libertinos, si la historia no les falta al respeto; de lo contrario, no habrían tenido popularidad en la corte de bribones de Charley-over-the-water. Él pensaba que la hija de cualquier caballero de su séquito estaba hecha para ser su amante, y un gran porcentaje de dichas damiselas pensaba que tenía razón».
«El señor Milburn no es un caballero, puedo verlo —dijo Vesta—; me atrae por elementos de tal fuerza y simplicidad que me imagino que es un puritano».
«¡Puritano un cuerno! —dijo la señora Custis, guardando el cheque de Milburn en su pecho, prendiéndolo con un alfiler y mirando el alfiler con vigilancia después—. ¡Ahora, mi gran consuelo, mi única McLane! No idealices a este hombre del bosque como algo con principio alguno. Todo está mal. Miles de convictos fueron exportados a la bahía de Chesapeake desde los suburbios de Londres, Bristol, Glasgow y otros lugares, y se propagaron aquí como la hierba carmín. Con instintos de latrocinio y, posiblemente, un poco de rebelión, tu hombre ha robado a esta casa a tu persona; si también llegara a llevarse tu corazón, la vergüenza sería nuestra».
«¡Oh, madre, eres implacable!»
«Por supuesto que lo soy; soy escocesa».
«No tienes otro yerno más que este que te devolvería la gran cantidad que tu marido malgastó; ninguno que pudiera hacerlo sin un sacrificio que tú no permitirías. Por ti y por papá, para restaurar vuestra fe el uno en el otro, me casé con nuestro acreedor extranjero, forzándolo a él al altar más que a mí; y él ya ha demostrado tener más delicadeza que tú, si he de creer que estás en tu sano juicio. No, no soy una McLane».
«No lo eres si no utilizas su perseverancia escocesa-irlandesa para sacar ventaja de Meshach Milburn. ¡Has obtenido un contrato matrimonial con él, haz que lo confirmen y solicita el divorcio ante la Legislatura! Tan públicamente como has sido profanada, exige reparación al Estado de Maryland. Los McLane, los Custis y todos sus allegados, desde el río Christine hasta el James, asaltarán Annapolis, convertirán tu causa, si fuera necesario, en un tema político, y los tribunales de este condado te darán una indemnización proveniente de la fortuna impopular de esta bestia».
Vesta miró a su madre con asombro.
«¿Qué sería de mi autorrespeto, de mi apellido de soltera, si hiciera ese despliegue de mis pesares privados, madre?»
«Pues serías una heroína. Todo antiguo pretendiente, de los cuales hay tantos elegibles, sentiría regresar su celo. Un romance acompañaría a tu nombre dondequiera que se lean los periódicos de Baltimore, y serías una heroína tan grande como Betty Patterson».
«¿Aquella chica desobediente?» —exclamó Vesta, todavía asombrada.
«La vi cuando era la novia de Jerome Bonaparte. ¡No era ni la mitad de hermosa que tú! Si Jerome te hubiera visto —tú no habías nacido entonces, y yo estaba en la alta sociedad—, nunca habría mirado a Betty. Pero, verás, ella forzó un acuerdo del Emperador, administró sus ingresos y hoy es rica, y más libre que si se hubiera convertido en una Bonaparte francesa».
«Por débiles que sean en muchas cosas, soy una Custis —dijo Vesta, con un desdén pálido—. No arrastraría mi nombre por los vestíbulos manchados de tabaco de Annapolis para llevar la corona de Josefina. La palabra que di, por compasión hacia mis padres, al hombre que ahora es mi marido, para ser su esposa, no la retiraría hasta el día de mi muerte, a menos que él renegara primero de la suya. Creo que todavía existe algo llamado honor. Madre, atormentas a mi padre con esos principios».
«Son los principios de tu tío, Allan McLane».
«Un hombre ante el que me estremezco —dijo Vesta—, aunque sea tu hermano. Su respetabilidad insensible, su inmutabilidad, su falta de todo impulso que no sea el odio, su apropiación del honor de nuestra familia, como si fuera nuestro legislador y alto sheriff, su secretismo, su religión formal y su misteriosa prosperidad, no los aprecio, por mucho que haya intentado ser caritativa con él. No me gusta Baltimore tanto como el Eastern Shore; es feroz, duro y suspicaz».
«No hablarás mal de Baltimore ante mí —gritó la señora Custis, acalorada—. Es un paraíso comparado con esta región; y comparar a Meshach Milburn con tu tío es una blasfemia».
«Llevo en mi dedo, madre, el anillo de su madre».
«Un objeto bonito, sin duda —dijo la señora Custis, echándole un vistazo y otro a su cheque—; se necesita un microscopio para encontrarlo. Lo siguiente será que caminarás por Baltimore en tu viaje de novios, seguida por una turba de muchachos, para ver el viejo sombrero de copa de Meshach. Entonces me compadeceré de ti, Vesta».
El golpe cruel dio en el blanco. La acogida de Vesta, tan inesperada, tan agria, la afectó con un sentido de ingratitud grosera y con una decepción mayor: no había logrado restaurar la alegría en sus padres mediante su sacrificio desesperado.
Empezó a sentir que tal vez había obrado mal. La visión amplia de su acto, mirándolo retrospectivamente desde esta repulsa momentánea, parecía una inundación aterradora, como la desembocadura de uno de los pequeños ríos del Eastern Shore que se expande hasta ser un golfo en el transcurso de un arroyo. La noche anterior vio en un instante los malentendidos y la ruina que podía evitar con su pronta decisión; ahora veía los malentendidos que nunca podría corregir, los prejuicios más fuertes que la simpatía parental, la amplia separación que su matrimonio había efectuado entre dos clases de deber: pensar con el afecto de su marido y los intereses de su madre al mismo tiempo.
También se le ocurrió que su padre, el favorito de sus pensamientos, había parecido lento en apreciar su sacrificio matrimonial, y estaba irritable por su disposición a relajar su corazón con su ceñidor vestal hacia su marido.
El día entero había transcurrido con tal alivio, tal satisfacción, que esperaba terminarlo en la tranquilidad de Teackle Hall, como una joven águila que regresa a su nido con abundante presa para los viejos pájaros allí, agotados por la tormenta y el tiempo. En lugar de amor y naturaleza sanadora, Vesta había encontrado mundanidad, resentimiento, intriga y difamación, concluyendo con una referencia al único objeto que temía y ante el que se encogía: el sombrero de oscuro vínculo, la sombra sobre su futura vida. Sus ojos se llenaron de lágrimas, susurró en voz alta:
«¡Ojalá me hubiera quedado con mi marido!»
«¿Se ha vuelto tan necesario para ti ya?» —preguntó la señora Custis.
«Él sí aprecia mi sacrificio», dijo Vesta, y sus sollozos bajos llenaron la habitación. En un momento entró Virgie, alerta ante los dolores de su compañera de juegos, y rodeó a su ama con los brazos, besándola como a una niña.
«Oh, señorita —dijo a la señora Custis—, hacerla llorar después de lo que ha hecho por todos nosotros, ¡por salvar su hogar, por salvarme a mí de ser vendida!»
Ningún escrúpulo de raza hizo que Vesta rechazara esta simpatía, preciosa para su pecho seco a pesar de la mancha de cuarterona como la arena dorada en los arroyos de África, dando a la vez riqueza y frescor. Los largos brazos blancos de la esclava, apenas menos pálidos que el marfil —pues se había deslizado al ver la señal de tristeza mientras se aseaba—, atrajeron a Vesta a su regazo y apoyaron su cabeza sobre el hombro de la doncella clara, como si fuera la de un bebé. Sobre tal hombro, solo una sombra más oscuro, Vesta se había apoyado a menudo en la infancia, y succionado la leche que era dulce como la de Eva —la fuente común de blancos y negros— en el pecho de la madre de Virgie. Aquella nodriza fiel se había ido; el ciruelo silvestre crecía sobre su tumba; pero Virgie heredó el instinto maternal y añadió la simpatía fraternal, y su rico cabello, medio suelto, caía sobre las sienes de Vesta entre los rizos oscuros, mientras ella buscaba en su propio espíritu una palabra para detener aquellas lágrimas, y la encontró:
«La gente dirá que has estado llorando, querida señorita. El Señor sabe que hiciste lo correcto. No dejes que nadie te haga perder la fe hasta que tu amo, tu marido, te haga algo malo; a él no le gustaría verte llorar».
Había una cuerda nerviosa en algún lugar de la garganta de la esclava que temblaba con la nota de lo heroico, y sus fosas nasales, ligeramente redondeadas, su cabeza, de porte tan libre como el del potro salvaje, y una luz en sus ojos suaves que parecía reflejarse en sus largas pestañas de seda, confirmaban un espíritu domado por la servidumbre, que aún podía encenderse ante todo lo que concernía a la mujer en su derecho de nacimiento.
Vesta besó a Virgie y dejó de sollozar; se levantó y besó también a su madre.
«Fue muy malo de mi parte decir lo que no deseaba decir sobre el tío Allan, mamá. Espero que papá fuera amable contigo hoy».
«¡Dios mío! —gritó la señora Custis—; todo está patas arriba por ese mineral de hierro de pantano. Un nuevo elemento ha llegado a la familia para perturbarla. Ya nadie cree en nada respetable. Tu padre es un infiel, o un radical, o algo perverso; ¡tú defiendes a esos salvajes del bosque! ¿Qué será de la religión cristiana, de la sociedad y de los buenos principios?»
«¿Qué dijo papá antes de salir de casa?»
«Actuó de la forma más extraña, Vesta. Entró directamente y me besó, como un gran bobo, se sentó y quiso hablar de nuestros días de cortejo. Pensé al principio que estaba borracho otra vez, o que los metodistas lo habían atrapado y alimentado con paja de campamento. ¿Cómo te lo explicas?»
Virgie se había deslizado hacia fuera tan pronto como la conversación se volvió confidencial.
«Él quiere mejorar, querida mamá. ¡Corresponde a su contrición y afecto! Si todos pudiéramos humillar nuestros corazones, sería tan fácil empezar la vida mejor y convertir este accidente en alegría y consuelo. Ya he encontrado nuevos compromisos y alivios. Hay una joven, sobrina del señor Milburn, a quien traeré a casa esta tarde y me ocuparé de enseñarle. Es huérfana, sin el conocimiento de una madre, apenas sabe leer, pero es bonita y pintoresca».
«¿Traer a una habitante del bosque aquí?» —exclamó la señora Custis, estremeciéndose. «¿Qué dirán las hijas de Allan McLane? Tu hermana de Talbot ha estado aquí todo el día, y apenas le has dedicado una hora. Entre este matrimonio fatal y tu descuido, se fue con su marido, positivamente pálida de horror. No sé qué seguirá a este matrimonio. Ya he enviado una carta a mi hermano Allan, contándole tu traición por parte de tu padre y este novio. Todos nuestros allegados se levantarán en armas».
El corazón de Vesta se hundió de nuevo, pero no sintió miedo de la capacidad de su marido para enfrentar la mera oposición familiar, asegurado por la ley y la forma en sus derechos. Solo temía que la hostilidad pudiera despertar en él la severidad y el desafío, lo que neutralizaría su actual influencia sobre él y cambiaría su disposición complaciente, casi amable, como marido.
Pues, más negro que cualquier objeto en su camino futuro, veía una cosa pequeña y trivial, como un jabalí cerrando su excursión hasta ahora aventurera en el bosque donde su marido creció: ¡el sombrero que había cubierto su cabeza!
La mención descuidada de su madre sobre ese objeto lo hizo formidable para sus temores, como una máscara de hierro cerrada alrededor del rostro de su marido, haciendo el día odioso y el mundo una mazmorra para todos los que debían caminar con él.
Comprendió que su espíritu combativo saltaría a la defensa de su sombrero si se convirtiera en objeto de rencor familiar, porque ningún hombre perdona un insulto a su apariencia personal; y este artículo de vestir había rodeado su cerebro de gangrena, y la guerra declarada contra él sería respondida con guerra, mientras Vesta había esperado inducir el olvido de la vieja pieza oxidada, encantar el recuerdo de ella y hacer que fuera dejada de lado para siempre.
«No soy la hija del tío McLane —protestó Vesta—. Soy, además, una mujer, libre de mi minoría. El señor Milburn difícilmente es el hombre que se someta a cualquier transgresión. Te advierto, mamá, que no pongas a mi tío en desventaja; pues mi marido ya ha vencido a papá, y sonreirá ante tu hermano cuando sepa que no apoyo ninguna de sus pretensiones».
«Lo primero —respondió la señora Custis, obstinada—, es asegurarse de que pague este cheque. ¡Oh, mi querido dinero! —se lo apretó contra el corazón—, qué delicioso es verte de nuevo. Ciencia, amor, gloria, ideas: qué vulgares son sin dinero. Con este cheque pagado, creo que no volveré a leer un libro; y en cuanto a los minerales de pantano, bueno, gritaré si hay un artículo de hierro en la casa. Vesta, ¿esta casa, creo, es tuya ahora? Lo había olvidado. Bueno, ¡no me extraña que defiendas al hombre que quitó el techo de tu padre sobre su cabeza y te lo dio a ti!»
«Eso es cruel, mamá. Solo lo valoro como un hogar seguro para ti y para papá. Si se lo diera a él, podría estar en riesgo de nuevo».
«Pero supón que continúas defendiendo a este monstruo de Milburn, él y tú podríais requerir toda la casa. Soy demasiado bien educada para convertirme a ninguna de sus ideas impías. Soy de Baltimore, y mantengo mis colores».
«No hablemos más de eso —dijo Vesta, casi desesperada—, sino hablemos del querido papá. Sé que te quiere».
«Es demasiado tarde —observó la señora Custis, solemnemente, con otra caricia a su cheque—; me ha descuidado demasiado tiempo. Espero su atención y respeto, y que se comporte; pero nada de cariños ni miel para mí ahora. La vida ha pasado el mediodía y la primera parte de la tarde para él y para mí, y vivo para ser respetable, para apreciar mi seguridad, para mantener a los advenedizos a distancia, para disfrutar mi vida en su círculo designado, cuidando mis ingresos y nunca —¡no, nunca!— dando a ningún ser humano la oportunidad de convertirme en mendiga de nuevo».
—Oh, mamá —dijo Vesta—, ¡piensa en el juez Custis! ¿Acaso no has vuelto el hogar frío para él con este formalismo? Debemos estudiar a los hombres y complacerlos según sus gustos, y en eso reside nuestra alegría; de lo contrario, somos falsas a la compañía que Dios nos dio para el hombre. Cede ante la jovialidad de tu marido; ¡vuela con él, como la compañera junto al pájaro! Se ha arrepentido; acógelo de nuevo en tu amor y detén sus pasos para que no se descarríe, o podría precipitarse por el abismo ante el cual esta pena lo ha detenido: ¡el de la disipación eterna y la muerte de su alma noble!
Vesta permaneció de pie sobre su madre, profundamente conmovida, profundamente sincera. Su madre lanzó otra mirada furtiva al cheque bancario.
—Bien, hija, me dejaré engañar por él si eso deseas —dijo, aunque con una ligera respuesta emocional—. Si tuviera que vivir mi vida de nuevo, me casaría con un hombre de negocios y dejaría que la aristocracia se fuera. Ahí está el segundo golpe en la puerta principal. Creo que me vestiré y bajaré también.
Había dos damas en el salón cuando Vesta llegó allí: la abuela Tilghman y la viuda Dennis.
—Buenas noches, Vesta —dijo la anciana, que era ciega de nacimiento, pero que reconocía fácilmente el paso de Vesta—. William pensó que no irías al servicio vespertino debido a la enfermedad del señor Milburn, así que vine a sentarme hasta que termine la iglesia, cuando él me llevará a casa. Pero, ¿qué es lo que oigo en este salón, como si alguien estuviera sollozando?
—Soy yo, tía Vesty —dijo la voz de Rhoda Holland desde el fondo.
—Esta es la sobrina del señor Milburn, quien ha venido aquí para quedarse conmigo —dijo Vesta.
—¡Ah! Entonces no es ninguna Custis. El último sollozo que escuché fue en el baile a Lafayette en la primavera de 1781. El marqués había marchado desde Head of Elk hasta el transbordador de Bald Friars, río arriba por el Susquehanna, y tierra adentro entre las colinas hasta Baltimore, y le dimos un baile que, a petición suya, se convirtió en una fiesta de entrega de ropa. Olfateó tanto que mantuvo un sollozo toda la noche, como...
Aquí se escuchó el sollozo de Rhoda de nuevo.
—Sí, esa es una buena imitación —dijo la abuela Tilghman—, pero no me gusta.
—¿Bailó el general en el baile? —preguntó Rhoda—. ¿Qué hizo con su espada? ¿Bailó con ella fuera de la vaina?
—Bailó como un caballero —respondió la señora Tilghman, como si preferiría no hacerlo—, y me sacó a bailar en el primer grupo. Tú bailaste con él, Vesta, en el baile del 24, cuarenta y tres años después. ¿Sigue sollozando?
—No recuerdo, tía abuela. Yo era una niña pequeña, y estaba tan halagada que pensé que todo lo que hacía era perfecto.
—¡Ay de mí! —exclamó la señora Tilghman, tirando de la pluma de su turbante y luciendo lo más parecida a una vieja belleza que era posible a los ochenta años de edad—; bailaste ante Lafayette con mi nieto Bill. Bill apenas recuerda a Lafayette, pensando en ti esa noche, tan maravillosa con tus encantos de niña. Le dije que Vesta nunca se casaría con él, pues era demasiado sencillo y pobre. Pero nunca pensé que te casarías con ese...
Aquí Rhoda sollozó a modo de advertencia.
—Sí —exclamó la anciana, captando el sollozo—; ¡nunca pensé que te casarías con ese! Pero Bill es un tonto tan querido como siempre. Dice ahora que Meshach Milburn es un buen hombre, también. Nunca pensé que estuviera por encima de un...
Rhoda sollozó con seriedad.
—Precisamente eso —exclamó la anciana—; esa era mi estima por el linaje. Bill dice que es un genio financiero. No sé qué será de las chicas de esta generación. Aquí está Ellenora, demasiado buena para casarse con Phoebus, el marino, demasiado pobre para casarse con nadie más; ahora, si Milburn se hubiera casado con ella y hubiera llevado a su hijo Levin a su negocio, habría sido razonable; pero tomarte a ti y pervertir tu felicidad, casi me hace...
Sollozo de Rhoda.
—Sí —dijo la anciana, con brusquedad—; ¡casi! Pero nunca lo he hecho todavía.
—¿Alguna vez vio al general Washington, señora? —preguntó Rhoda—. Pensé, tal vez, que usted era lo suficientemente vieja. La señora Somers, ella lo vio allá arriba en Kent River cruzando a Annapolis. Estaba maldiciendo al capitán del bote y maldiciendo a la Costa Este, y dijo que no había buenos caminos en Maryland de ninguna manera; que la Costa Oeste era todo barro rojo, y la Costa Este barro amarillo, y la bahía era simplemente veneno. La señora Somers dice que no cree que fuera el general Washington, porque maldice mucho. Ella va a averiguarlo cuando pueda conseguir un libro y alguien que le lea, porque es terriblemente inteligente.
—Tía abuela Tilghman —interpuso Vesta ante el silencio absoluto de la habitación—, conoció íntimamente al general Washington.
—¡Cuéntenos! —gritó Rhoda—. Usted puede ser una vieja muy interesante, supongo, si es tan rara.
En medio de una sonrisa, en la que la propia anciana ciega se unió, y entrando la señora Custis al mismo tiempo en la habitación, la señora Tilghman habló de la siguiente manera:
—Fui a visitar a la prima Martha Washington varios años antes de la Revolución, a Mount Vernon. La había visto mientras era la viuda del primo Custis, y correspondíamos ocasionalmente. En aquellos días viajábamos en barco, así que una goleta del padre de Robert Morris me dejó en la orilla de Mount Vernon. El coronel Washington estaba entonces siendo retratado por primera vez por Wilson Peale, y tenía cuarenta años. Peale y Washington solían lanzar la barra, jugar a las herraduras y cazar zorros, mientras la prima Martha, que era solo tres meses menor que el coronel, tejía y cortaba costura para sus chicas de color, y escuchaba a su hija, Martha Custis, tocar el clavecín. La pobre Martha tenía tuberculosis; era morena como una india; Washington a menudo la llevaba por la galería y hacia los hermosos bosques cerca de la casa; pero murió, dejándole todo su dinero: casi veinte mil dólares. Nosotros, los Custis, más bien mirábamos por encima del hombro al coronel Washington en aquellos días; no era de la vieja nobleza; su pobre madre apenas sabía leer y escribir, y una vez, cuando fuimos a Fredericksburg a verla, estaba cabalgando en el campo entre sus pocos negros como su propia capataz, usando un viejo sombrero de sol, y quemada por el sol como una guardabosques.
—¡Dios mío! —exclamó la señora Custis—. Debería pensar que ella era un gran impedimento para Washington.
—Supongo que así fue como su hijo se hizo grande —exclamó Rhoda—; si su madre se hubiera quedado en la cama todo el día, no habría podido matar al Rey Jorge tan fácilmente con su espada.
—A menudo le decía a la prima Martha: '¿Qué viste en este hombre, grande como un caballo?'. 'Oh', respondió ella, 'es el mejor capataz de Virginia. Él cuida de mi propiedad como ningún otro hombre podría hacerlo'.
—Entonces —dijo la señora Custis, enfáticamente—, era un hombre entre mil.
—Ese es el tipo de hombre con el que te casaste, Vesta —intervino la señora Dennis.
—Su marido —dijo la señora Custis—, cuidó de la propiedad de su padre, estoy segura, porque se quedó con todo.
—Y lo devolvió todo —exclamó Vesta.
La señora Custis comentó que Washington ciertamente era un hombre de sangre azul.
—¿Hay gente con sangre azul saliendo de ellos? —preguntó Rhoda Holland—. ¡Dios santo! Debería pensar que los mantendría fríos.
—¿Me pregunto si los hombres son alguna vez grandes? —preguntó Vesta—; o si no es la gran ocasión y la prueba lo que los proyecta. Una crisis llega a nuestras vidas, y, descubriendo lo que podemos soportar, corremos mayores riesgos, y finalmente nos deleitamos en tal aventura.
—Eso es lo que pasa con mi pobre chico, Levin —dijo la señora Dennis, tranquilamente, a Vesta. Era una mujer bonita, algo pasada de los treinta, con mejillas rosadas, ojos azules, vestimenta pulcra pero algo pobre, y una manera sencilla y cándida, y podría haber pasado por la hermana de su hijo.
—¿Viene Levin por ti esta noche? —preguntó Vesta.
—No —se sonrojó la viuda—; James Phoebus me llevará a casa. Levin se ha ido en su bote, y he estado preocupada por él todo el día. Algún día, temo, se irá y nunca regresará. Oh, prima Vesta, esta espera por un marido ni vivo ni muerto es muy difícil.
Al escuchar el comentario, la señora Custis señaló: —Norah, deberías avergonzarte de mantener a ese fiel hombre esperando por ti, cuando podrías darte un buen marido y recompensarlo tan fácilmente.
—Creo que sería mejor que pensaras en la vejez —dijo también la señora Tilghman—, mientras tienes juventud y buen aspecto para obtener la provisión. Oden Dennis probablemente esté muerto; si no está muerto, no tiene intención de regresar, porque no puedo pensar en ninguna circunstancia en esta época que detenga a la fuerza a un hombre de su esposa durante quince años. Incluso si estuviera en una prisión, se le permitiría escribirte. Puede que no esté muerto, Norah, pero no va a volver. Consigue un padre para tu hijo; no puedes manejar a Levin.
—Tal vez fue robado por indios —exclamó Rhoda, con gran fervor—; había un cautivo indio en un espectáculo en Newark, que había estado cautivo diecinueve años. Olvidó su idioma, y gritaba terriblemente. La señora Somers dice que era un impostor, y trabajaba en el rompeolas hasta Lewistown. Ella siempre está mirando detrás del espectáculo para averiguar algo. (Ligero sollozo).
—¡Consíguele a esa chica un pañuelo de bolsillo, y enséñale cómo usarlo! —exclamó la señora Tilghman, estallando—. ¡Ah! chicas, he sido viuda treinta años. Nunca abandoné la esperanza de casarme de nuevo hasta que perdí la vista; e incluso después de eso, a los sesenta y cinco años, tuve una propuesta de matrimonio; pero le dije a mi galante viejo pretendiente: 'No tomaré a un hombre al que no pueda cumplimentar viéndolo y admirándolo cada día. Te quiero, pero mi ceguera te causaría demasiado dolor'. En nuestros pueblos tranquilos, toda la vida que vale la pena vivir es la alegría doméstica. ¡No la pierdas, Ellenora; no la pospongas demasiado tiempo!
—Podría amar al señor Phoebus, por muy sencillo que sea —dijo la viuda—, si pudiera persuadirme de que Oden ha muerto. Pero eso no puedo hacerlo. Una persona real —espíritu u hombre— me está vigilando de cerca. Mis propios zapatos que uso esta noche vinieron de ese agente misterioso. No es mi hijo; no es James Phoebus. Ningún otro extraño me ayudaría tan secretamente. Estoy atada al miedo y la maravilla de que sea mi marido.
—Eso supera cualquier conjetura —dijo la vieja señora Tilghman—. ¿No tienes ningún amigo al que pudieras sospechar?
—Ninguno —respondió la viuda—. Ninguno que no haya agotado sus medios de dar hace mucho tiempo. ¿Puedo casarme, con esta visita fantasmal llegando tan regularmente? ¿No debería tener fe en que un marido vive si recibo el cuidado de una esposa de una mano invisible?
—Oden Dennis —señaló la señora Custis—, difícilmente era un hombre para hacer caridad y no ser visto. Era más bien autoindulgente, demostrativo e inquieto. No puedo pensar en sus visitas nocturnas en cuerpo. Además, no te proveería de esa manera, Norah, si tuviera la intención de volver; y si él mismo no puede venir a ti, tampoco podría enviar nada.
No muy satisfecha con la reprimenda de la señora Tilghman, se escuchó de nuevo a Rhoda decir:
—¡Dios santo! Todo de lo que las mujeres tienen que hablar cuando se han ido es de los hombres. Cuando los hombres vienen, ellas hablan como si nunca los hubieran extrañado. La señora Somers, ella nunca tuvo ningún hombre, y habla más sobre las mujeres que tienen uno. Creo que la tía Vesty tiene el mejor hombre en Princess Anne. Es el más rico. Es el más libre. Nunca cortejó a ninguna otra chica. No tiene viejas raras persiguiéndolo, porque ¡la señora Somers le tiene mucho miedo! —este último comentario parecía una disculpa y una ocurrencia tardía.
—Estoy empezando a pensar que mi fortuna es mejor de lo que merezco —respondió Vesta, para suavizar la aplicación, mientras se traían vino, té y pastel—. Ahora, queridos amigos, como soy la esposa del señor Milburn, seamos todos cristianos esta noche de domingo, y brindemos por su salud y pronta recuperación, y porque nunca se arrepienta de su matrimonio.
Brindaron con cierta vacilación, excepto la novia, Rhoda y la señora Dennis. La señora Tilghman necesitaba el vino demasiado como para esperar mucho, y la señora Custis, al darse cuenta de que era observada, tomó un sorbo de su copa también, excusándose con el motivo de un reciente dolor de cabeza por haber bebido con entusiasmo.
A medida que la conversación continuaba, a veces con la participación general, otras veces por parejas separadas, y Vesta se encontraba cada vez más como un tema de simpatía, con no poca curiosidad entrelazada en ella, también imaginó que existía un trasfondo de creencia de que ella había hecho un matrimonio mercenario.
La vieja señora Tilghman —en su mejor momento una belleza de lo más cáustica, y mundana como tres matrimonios, todos contratados astutamente, podían hacerla— parecía decidida a sostener que Vesta había rechazado a su nieto por el prestamista considerando la riqueza. La propia madre de Vesta, también, quien debería haberla conocido bien, había insinuado dos veces lo mismo. Incluso la inofensiva Ellenora había aceptado esa idea, u otra similar, y Rhoda Holland había recordado que su tío era el más rico de los novios en Princess Anne. Vesta sintió la injusticia, pero se dijo a sí misma:
—Debo hacer el sacrificio completo, e incurrir en cualquier juicio duro que pueda conllevar. Veo que me veré obligada a buscar simpatía en el último lugar del mundo que anticipé: en el corazón de mi marido. Sí, hay algo más que amor en el matrimonio: si no puedo amarlo, él puede entenderme.
Vesta había llegado a un punto al que todos llegan quienes voluntariamente realizan un acto de gran sacrificio: que se les atribuya un motivo bajo desde el plano inferior del sacrificio en muchas personas, por lo demás, amables. Damos nuestro dinero a una institución de caridad, y se dice que fue por notoriedad, o búsqueda de beneficio propio, o a expensas de nuestros parientes. Lideramos una esperanza desesperada en la política, o en algún otro campo, para establecer una causa o ayudar a un principio, con el resultado seguro de la derrota, y se dice que somos celosos o maliciosos. Quizás hacemos un libro para ilustrar alguna vieja región fuera de los caminos de la observación, atraídos hacia ella por hilos afines o pasos tempranos, y el político de allí lo considera un ataque, el viejo fósil familiar como una intrusión, el propio joven como si fuera algo extraño y gratuito de una fuente tan externa. Así que nos encogemos un poco, pero sentimos que era necesario ser incomprendidos para completar el sacrificio.
El sentimiento de abatimiento aumentó después de que la pequeña compañía se separó, y Vesta fue a su habitación y se tendió sobre su cama, todavía de doncella. Había dicho su oración y pedido la aprobación de Dios, pero su sistema nervioso, bajo la tensión de casi dos días de emoción y eventos tales como nunca había conocido, estaba alerta y no podía conciliar el sueño. Pasajes antiguos de la sabiduría del Testamento acechaban su alma, tales como: 'Tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti'; 'El hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer'. Comenzó a ver que el matrimonio no era simplemente la solución de un problema familiar, y la entrega de su cuerpo como rehén por una deuda pecuniaria, sino que era una rendición de toda su libertad, incluso la libertad de simpatía y de dolor, al hombre al que debía unirse.
Al casarse con él había dejado la amistad, el padre y la madre, todo, a una distancia mayor de lo que jamás soñó; y ellos resentían la deserción hasta el grado de que ahora la confundían con su nuevo interés, soltaban su reclamo sobre ella, y apenas podían concebirla excepto en la relación dual de una mujer sujeta a su marido, y tan egoísta como él mismo.
—Me pregunto si él también se cansará de mí —pensó, con angustia—, ¿después de que su posesión esté establecida y yo no tenga otra fuente de confianza? ¿Qué sabía yo de este mundo solo ayer? Entonces todo camino parecía claro y abierto para mí, mis amigos abundantes, y el amor profuso; hoy estoy en dudas terribles, y sin embargo no debo perder mi voluntad y dejarme llevar con cada miedo y confusión pasajera a la volubilidad que hace a la mujer despreciable después de haber dado su mano. ¡Nunca renunciaré a dos personas: mi padre y mi marido!
Mientras apagaba la lámpara, siendo casi medianoche, un grito corto y feroz, rápidamente sofocado, como si algún animal salvaje hubiera aullado una vez en una pesadilla y se hubiera vuelto a dormir en su perrera, se apoderó de sus oídos y enfrió su sangre.
Vesta se sobresaltó en la cama y escuchó. Le pareció que había pasos, pero se alejaron, y escuchó en vano cualquier otro sonido, hasta que el sueño cayó profundo y sin sueños sobre ella, como el negro Lete serpenteando a través de un día de boda desértico.
CAPÍTULO XXI.
LARGAS SEPARACIONES.
Vesta fue despertada por Roxy, Virgie y su madre, todas de pie alrededor de su cama a la vez, exclamando algo ininteligible juntas. Era tarde en la mañana, toda la familia había dormido mucho, después de las diversas experiencias de esos dos días, y el sol brillaba a través de los grandes árboles frente a Teackle Hall y pulía las ventanas, de modo que Vesta apenas podía ver.
—Los sirvientes de la cocina se han escapado —chilló la señora Custis, ante la petición de Vesta de que solo su madre hablara—. La vieja Hominy se ha ido, y se ha llevado todas sus hierbas y hechicerías con ella; y todos los niños pequeños criados en la cocina, Ned y Vince, los muchachos, y la pequeña Phillis, la bebé, ellos también se han ido.
—Escuché un extraño grito o aullido anoche, mientras caía en el sueño —exclamó Vesta, frotándose los ojos.
—Querida señorita —gritó Virgie, cayendo sobre la almohada—, era su pobre perro Turk; su garganta ha sido cortada en el césped.
—Sí, señorita —lloró Roxy—, el pobre Turk yace en su sangre. No hay nadie para preparar el desayuno más que Virgie y yo. De verdad, no sabíamos nada al respecto.
—Eso no es muy probable —dijo la sospechosa señora Custis.
—Sé que no lo sabían, chicas —dijo Vesta—, tienen demasiada inteligencia y principios, estoy segura; ni Hominy podría haber sido tan inhumana con mi pobre perro.
Vesta se levantó de inmediato y se puso su bata de mañana.
—Lo primero que hay que hacer es desayunar. Roxy, ve de inmediato a casa del señor Milburn y trae a su hombre Samson aquí, y despierta a la señorita Holland para que ocupe el lugar de Samson junto a su tío. Dile a Samson que haga el fuego, y tú y él preparen el desayuno. Nadie debe hablar de este incidente de los sirvientes de la cocina abandonándonos bajo ningún pretexto.
—¿No darás la alarma lo primero de todo? —gritó la señora Custis, no muy complacida de ver a Vesta mantener la calma—. ¡Pueden ser alcanzados antes de que lleguen lejos, hija! ¡Esos cuatro negros valen mil doscientos dólares!
—No valen ni un dólar, mamá, si han huido de nosotros; porque nunca volvería a venderlos ni a tenerlos de nuevo si se hubieran comportado tan traicioneramente.
—Yo digo, véndelos y consigue el dinero —gritó la señora Custis—; ¿no son nuestros?
—No, mamá, son míos. El señor Milburn y papá deben ser consultados antes de tomar cualquier medida. Papá me los escrituró solo el sábado pasado; ¿por qué habrían desertado en el momento en que los había redimido? Virgie, ¿puedes adivinar?
Virgie vaciló, solo un momento.
—Señorita Vesty, creo que puedo ver qué hizo que Hominy se fuera. Tenía miedo de Meshach Milburn y su raro sombrero. Ella creía que el diablo se lo había dado. Pensaba que él la había comprado al casarse con usted, y que iba a bautizarla para el Maligno, o hacer algo terrible con ella y los niños pequeños.
—Eso es, señorita Vessy —añadió la pequeña y regordeta Roxy—. Hominy amaba profundamente a los niños pequeños; pensaba que se convertirían en propiedad de Meshach, y debía salvarlos.
—¡Pobre criatura supersticiosa! —exclamó Vesta.
—¡Más miseria provocada por el sombrero de ese tonto! —gritó la señora Custis—. Si alguna vez pongo mis manos sobre él, terminará en el fuego.
—¡No es de extrañar —dijo Vesta—, que esta pobre mujer ignorante pudiera hacerse tal daño debido a un artículo de vestir que perturba mentes liberales e ilustradas! Ahora recuerdo que Hominy dijo algo acerca de haberse 'vuelto cuáquera'. ¿Qué significaba eso?
Las dos chicas esclavas se miraron significativamente, y Virgie respondió:
—¿No ayudan los cuáqueros a los esclavos a llegar a un estado libre? Quizás ella se refería a eso.
—¿Supones que los abolicionistas se entrometerían con una pobre anciana como esa, cuya libertad no sería ni un crédito para ellos ni un consuelo para ella? No puedo pensar tan mal de ellos —reflexionó Vesta—. Además, ¿podría haber matado a mi perro?
—Una negra grosera, ignorante y adoradora de fetiches mataría a un perro, o a un niño, o a cualquier cosa, cuando está poseída por el diablo —insistió la señora Custis.
—No creo que ella matara a Turk —comentó Roxy mientras salía de la habitación—. Había un hombre blanco en la cocina el sábado por la noche; creo que durmió allí; el amo le dio permiso.
—Sí, señorita —continuó Virgie, después de que Roxy se hubiera ido a cumplir sus órdenes—; era un hombre terrible y me miró de una forma tan grosera y familiar que he soñado con él desde entonces. Es el hombre al que el señor Milburn derribó por aplastarle el sombrero; tenía miedo de que el señor Milburn lo metiera en la cárcel, así que le pidió al amo esconderse en la cocina. Pero Hominy estaba casi loca de miedo al señor Milburn desde antes.
Vesta levantó sus hermosos brazos con una mirada de desesperación.
—¿Qué no le ha traído ese pobre sombrero viejo a todo el mundo? —exclamó—. Oh, ¿quién se atreve a disputar la luz del sol con el sastre y el sombrerero? Son los déspotas que nunca abdicarán ni morirán.
—¡La idea de que tu padre deje que un vagabundo como ese duerma en la cocina entre los esclavos! —gritó la señora Custis—. ¿Qué obligación había contraído allí también, me gustaría saber? Teackle Hall se ha convertido en una cueva de búhos y zorros; es hora de que me vaya. Aquí está mi marido ausente, cabalgando cincuenta millas por su peor enemigo, dejándonos sin cocinera y sin la ayuda de un hombre para descubrir adónde se ha ido la nuestra. Sé lo que haré: partiré hoy mismo hacia Cambridge, para encontrarme con mi hermano, y visitaré a los Goldsborough allí hasta que se ponga algo de orden en este intento de plantar trigo y cizaña juntos.
Vesta se detuvo un momento y besó a su madre: —Eso es exactamente lo que hay que hacer, querida madre —dijo—. Déjame resolver las dificultades aquí; ve, y vuelve cuando todo esté hecho, y puedas volver a ser tú misma.
—Lo haré, Vesta. El hermano Allan llega a Cambridge mañana por la tarde; llegaré hasta Salisbury este mismo día, y o bien lo encontraré en el camino mañana o lo encontraré en Cambridge. ¡Oh, qué casa es Teackle Hall, llena de silvicultores hombres y mujeres, abolicionistas, fugitivos y radicales! ¡Todos vueltos locos por los minerales de pantano y el sombrero del loco!
Al bajar al patio, Vesta encontró a Turk yaciendo en su sangre, sus fauces de mastín y sus costados peludos cuajados de rojo y, al parecer, el aullido con el que murió aún flotaba en el aire. El espíritu de Virginia se encendió en los ojos de Vesta:
—¡Quien mató a este perro solo necesitaba el valor para matar hombres! —exclamó—. ¡James Phoebus, mira esto!
El capitán del pungy había estado fuera durante horas, y los mástiles de su embarcación apenas eran visibles a través de la lengua de tierra pantanosa detrás de Teackle Hall. Se tocó el sombrero y entró.
—¡Buenos días, señorita Vesty! ¡Hola! ¿Turk muerto? ¡Por humo, esto es un pandemónium!
—¡Está apuñalado, Jimmy! —comentó Samson Hat, saliendo de la cocina—; ¡mire dónde lo golpeó la daga justo sobre el corazón! Eso lo hizo aullar y caer muerto. Su garganta no fue cortada tan repentinamente; está desgarrada como si fuera con algo romo.
—¡Tienes razón, negro! El corte de garganta fue un simulacro; la puñalada dirá la verdad. Pero, ¿quién es este que acecha alrededor de la puerta de la cocina? ¡Si no es Jack Wonnell, espero morir! ¡A por él!
Con esto, ágil como había sido el perro apenas ayer, Jimmy se abalanzó sobre Jack Wonnell, lo persiguió hasta la cerca y lo trajo de vuelta por el cuello. Wonnell llevaba un sombrero de copa de ala corta y su mano estaba llena de flores de otoño. Mientras Wonnell observaba al perro muerto, la bonita y pequeña Roxy salió de la cocina y se quedó allí sonrojada, pero asustada al verlo.
—¿Qué haces con esas flores? —exigió Jimmy—. ¿Para quién son? ¿Por qué andas merodeando por Teackle Hall tan temprano, tan vago como sé que eres, Jack Wonnell?
—Son flores que me trae todas las mañanas —intervino Roxy, adelantándose con una bonita sonrisa afectada.
—¿Para ti? —exclamó Vesta—. ¿No estarás aceptando las atenciones de hombres blancos, Roxy?
—Él se ofreció, por sí mismo, a conseguir flores para mí, para que yo pudiera darte unas tan bonitas como las de Virgie, señorita. Dejo que las traiga. Es un hombre pobre y amable.
—Solo las conseguí, Jimmy —interpuso Jack Wonnell, con su guiño y mirada peculiar—, porque Roxy es la belleza de Princess Anne, y yo soy el de la corona de campana. Ella es mi pequeña reina, y no me avergüenzo de ella.
—¡Cortejando negras, estás! —exclamó Jimmy, agarrando a Jack de nuevo por el cuello—. ¿Ahora adónde fuiste todo el domingo con Levin Dennis y el comprador de negros? ¿En qué engaños estabas metido?
—Señor Wonnell —tuvo la presencia de ánimo de decir Roxy—, ¡tenga cuidado de decir la verdad, por mi bien! La tía Hominy se ha ido, con todos los niños de la cocina, ¡y el señor Phoebus sospecha de usted!
—¡Grandes luciérnagas! —gritó Jimmy Phoebus—. ¿Los negros robaron, y el perro muerto también?
—Sospecho que el juez Custis los vendió, Jimmy —suplicó Jack Wonnell, retorciéndose para escapar de las manos del capitán de la bahía—. Va a ser liquidado por Meshach Milburn. Quizás simplemente los vendió y se escapó.
—¿Dónde está el juez Custis, señorita Vesty? —preguntó Phoebus.
—Se ha ido a Delaware, para estar ausente varios días.
—¿Es cierto lo que dice este tonto del sombrero de copa, señorita Vesty?
—No. Había cierto temor entre los sirvientes de la cocina de ser vendidos; no había tal necesidad cuando huyeron, pues ya estaba resuelto.
—Es desafortunado que su padre se haya ido. Ha sido visto con un tratante de negros. Ese tratante y él desaparecen la misma tarde. El tratante vive cerca de Delaware, también, señorita Vesty.
El semblante de Vesta cayó al pensar en la sospecha que podría recaer sobre su padre. Los grandes árboles viejos alrededor de Teackle Hall parecían gemir juntos en el aire, como diciendo: "¡Antepasados, esto es extraño de escuchar!".
—¿Quién te dijo, Jack Wonnell —habló el marinero de la bahía—, que el juez Custis iba a ser liquidado?
—No se lo diré, Jimmy.
—Yo se lo dije —gritó Roxy, tras un instante de vacilación, mientras Jimmy Phoebus aplastaba el rígido sombrero de copa contra el hocico asfixiante de Wonnell—. Sí pensé que todos íbamos a ser vendidos, y no tenía a nadie que me tuviera lástima más que ese pobre hombre blanco, y se lo dije como amigo.
—Y nunca se lo dije a nadie en el mundo más que a Levin Dennis ayer —gritó Jack, cuando pudo recuperar el aliento.
—¿Adónde fuiste, Jack, con el hombre alto y Levin todo el día de ayer? —preguntó Samson.
—Sí, ¿adónde estabas? —gritó Jimmy Phoebus, con uno de sus paroxismos griegos de temperamento, mientras su piel oscura y sus ojos de color cereza negra ardían volcánicamente—. ¿Adónde dejaste al muchacho de Ellenora y a ese infernal comprador de almas? ¡Habla, o te estrangularé como a este perro!
—¡Déjelo en paz, señor! —gritó la pequeña Roxy, acaloradamente—, él no engañará a nadie; va a decir todo lo que sabe.
—Suéltalo, Jimmy —dijo Samson—; ¿no ves a la señorita Vesty aquí?
—No asuste al hombre, señor Phoebus —añadió Vesta—; pero le ordeno que diga todo lo que sabe, o papá lo enviará a la cárcel.
Jack Wonnell, tomando su lugar a algunos pasos de Phoebus, y secándose los ojos con la manga, gimoteando unos minutos, para gran agitación de Roxy, finalmente contó su historia.
—Lamento, Jimmy, que me haya acusado ante esta hermosa dama y mi bonita pequeña Roxy —¡bendita sea su alma!— de robar a los negros del juez Custis. Solo hay una a la que he mirado con ojos tiernos, y ella está parada aquí, escuchando cada palabra verdadera que digo. Soy basura pobre, y supongo que la cárcel es tan buena como el asilo para mí, si quieren enviarme allí, porque está en el pueblo, y Roxy puede venir y mirarme a través de los barrotes todos los días.
Roxy estaba tan afectada que se llevó el delantal a la cara, y Vesta y Phoebus tuvieron que sonreír, mientras Samson Hat, mirando con indulgencia, exclamó:
—Hay amor por todos los bosques. Las palomas y los cuervos no pueden evitarlo. Es más profundo que las plumas y las garras.
—Ese tratante de negros —continuó Jack Wonnell, con el sombrero de copa en la mano—, nos contrató a mí y a Levin para llevarle una tortuga. Tenía una bolsa de oro así de grande —midiendo con su mano en la corona del sombrero— y le dio a Levin parte de ella, y se la llevé a la madre de Levin anoche, y le dije que Levin no volvería en una semana, tal vez. Pensé que el señor Johnson me daría algo de oro también, para que pudiera comprar a Roxy, pero esto es todo lo que me dio. ¡Todos me decepcionan, Jimmy!
Jack Wonnell mostró una vieja moneda de plata de cinco peniques, y su semblante era tan lúgubre que el marinero exclamó:
—Jack, te pagó demasiado bien para todo el sentido que tienes. Ahora, ¿adónde ha ido Levin con el Ellenora Dennis?
—No lo sé, Jimmy. Hizo que Levin lo llevara al embarcadero aquí abajo, debajo del pueblo, donde el padre de Levin, el capitán Dennis, botó el Idy hace quince años. Dejé a Levin allí, y dijo: "¡Jack, me voy con el tratante de negros para conseguir algo de su dinero para mamá!".
—¡Pobre muchacho miserable! —exclamó Phoebus—; se dejó llevar tan fácilmente como su pobre padre. El hombre con el que se ha ido, señorita Vesty, es negro como el infierno. Joe Johnson es conocido por todos los ladrones de la bahía, por todos los gitanos de la costa. Roba negros libres cuando no puede comprar esclavos, en el estado de Delaware. A veces hace huir a esclavos de Maryland para complacer a sus dueños hipócritas que no pueden venderlos públicamente, y Johnson y el dueño afligido se reparten el precio. ¡Entra en la casa, chica amarilla! —Jimmy Phoebus se dirigió a Roxy, quien obedeció al instante—. Jack Wonnell, ve tú también; ¡he terminado contigo! (Jack se deslizó alrededor de la casa e hizo las paces con Roxy antes de irse). —Tú no necesitas irte, Samson; ¡sé que eres leal como el acero!
—Debo ir y preparar el desayuno, Jimmy —dijo el negro, entrando.
—Ahora, señorita Vesty —Phoebus se dirigió a la dueña de Teackle Hall—, ¡Joe Johnson se ha llevado a la vieja Hominy y a los niños negros, por humo! ¡Esa parte de este embrollo es bastante segura! ¿Los robó y los atrajo, o fueron vendidos a él por el juez Custis o por Meshach Milburn?
—Por ninguno, arriesgaré mi vida. El señor Milburn fue llevado a su cama el sábado por la tarde, y el domingo papá fue a Delaware por asuntos legales de mi marido.
—Ese es Meshach Milburn, según oigo —comentó el marinero de la bahía, con una mirada penetrante—. ¿Debo ir a verlo sobre este asunto de los negros?
—No —respondió Vesta—; está demasiado enfermo, y es un tema delicado para mencionárselo. Mis chicas, Virgie y Roxy, piensan que la vieja Hominy huyó por un miedo supersticioso que tenía al señor Milburn, quien se había convertido en el dueño de Teackle Hall por matrimonio.
—¡Sí, por humo! Cada negro en el pueblo, grande y pequeño, tiene miedo del sombrero de Milburn.
—Él no tiene propiedad sobre esos sirvientes, ni la tiene mi padre ahora. Le diré a usted, James —confiando en su prudencia—, que Hominy me pertenecía a mí, al igual que esos tres niños, habiendo pasado de mi padre a mi marido y de allí a mí y de vuelta a mi padre, y de él a mí de nuevo en el mismo momento de mi matrimonio. Temo que hayan sido convencidos para irse, para ser abusados y vendidos fuera de Maryland.
Jimmy Phoebus miró hacia arriba a los árboles que suspiraban y sobre la amplia fachada de Teackle Hall, y exclamó "¡por humo!" varias veces antes de llegar a sus conclusiones.
—Señorita Vesty —dijo finalmente—, envíe a buscar a su padre para que vuelva a casa inmediatamente. La gente no entenderá cómo Joe Johnson, forajido como es, se atrevió a robar a un juez de Maryland sus sirvientes de casa, siendo el mismo Johnson de Maryland, a menos que tuvieran algún entendimiento. Su matrimonio repentino, y los apuros de su padre, serán puestos juntos, ¡por humo! ¡y hay algunos lo suficientemente obtusos como para decir que cuando el juez Custis está apurado, conseguirá dinero de cualquier manera!
El cargo, hecho con la falta de tacto de un hombre honesto, derribó todas las explicaciones.
—Lo confieso —dijo Vesta—. La partida de papá en domingo, y la desaparición de estas personas el domingo por la noche, podrían suscitar comentarios ociosos. Podría decirse que intentó vender parte de sus propiedades antes de que su acreedor pudiera embargarlas.
—La he visto por aquí desde que era una bebé, Vesty, y Ellenora dice que usted tiene mejor alma y corazón que estos aristócratas, ¡por quienes nunca me preocupé! Por eso me tomo la libertad de llamarla Vesty. Ahora, déjeme decirle sobre sus negros. Si se dirigieran a la libertad al cuidado de un hombre blanco, no los detendría ni siendo capitán de un buque de guerra. Pero Joe Johnson, suponiendo que los tiene, es un demonio. ¿Ve la puñalada en ese perro? Bueno, está hecha con una de esas pistolas de bayoneta que llevan los secuestradores: pistolas de caballo, con una daga de resorte en la boca; y, cuando llegan al combate cuerpo a cuerpo, apuñalan con ellas. Johnson mató a su perro; conozco sus marcas. Navega toda esta bahía, y tal vez haya llevado a esos negros a Washington, o a Norfolk, y los haya vendido al sur. No tiene sentido seguirlo a ninguno de esos lugares, si es que lo ha hecho, con el viento y la ventaja que tiene, y la influencia de su padre perdida para nosotros por su ausencia. Pero hay una oportunidad de alcanzar al ladrón.
—¿Cuál es esa, James? —dijo Vesta, seriamente—. Realmente quiero salvar a esas pobres personas del abuso de un hombre que pudo matar a mi pobre y cariñoso perro.
—Joe Johnson mantiene una trampa infernal, un verdadero Pandemónium, cerca de la cabecera del río Nanticoke. Es el cuartel general de su banda, y una banda negra que son. Ha tenido buen viento —el capitán del pungy miró hacia arriba y notó la brisa— para sacarlo de Manokin anoche, y hacia el estrecho; pero debe navegar contra el viento por el Nanticoke todo el día, y podemos cortarle el paso por tierra, si ese es su destino, antes de que llegue a Viena, y hacer que muestre su cargamento. Entonces, con un mensajero para seguir al juez Custis y hacerlo volver, podemos jurar estos negros contra Johnson —y, ya ve, no podemos hacer tal juramento hasta que obtengamos la evidencia— y entonces, ¡por humo! traeremos a la vieja Hominy y a los pobres niños de vuelta a Teackle Hall.
—Aquí hay alguien a quien le encanta servir, James —dijo Vesta, cuando la viuda Dennis entró por la puerta.
—Vine a encontrarme con usted en el embarcadero, James —dijo la viuda de ojos azules y voz dulce, con el paso tímido y el sonrojo pronto—. Levin se ha ido por una semana con un tratante de negros; me envía tanto dinero que temo que esté bajo una tentación inusual, y Wonnell dice que el tratante le está dando licor. ¿Qué debo hacer?
—Conviértame en su padre, Ellenory, y eso me dará un interés sobre él, y usted me mandará a mí. Usted quiere un primer oficial en su tripulación. Levin puede hacerme quedar como un tonto si voy a perseguirlo ahora, y no puedo medir el dinero con un tratante de negros, ¡por humo!
—¡Oh, James! —habló la viuda—, usted sabe que mi corazón sería suyo si pudiera controlarlo. Cuando mi camino esté despejado, solo tendrá que pedirlo. ¡Vaya y encuentre a Levin!
—Norah, sospechamos que el mismo tratante se ha llevado a Hominy, nuestra cocinera, y a los niños de la cocina, en el bote de Levin.
La viuda escuchó a Vesta y estalló en llanto. —Él será cómplice del crimen —sollozó—. Oh, esto es lo que siempre he temido. James Phoebus, usted siempre ha tenido la mejor influencia sobre Levin. Si me ama, arréstelo antes de que la ley tome conocimiento de este acto salvaje. ¿Adónde ha ido?
Virgie apareció en el césped para decir que la señora Custis quería saber quién la llevaría hasta Salisbury, donde podría conseguir un esclavo de su yerno para continuar con ella hasta Cambridge.
—He estado pensando toda la mañana dónde puedo encontrar a un hombre confiable para ir a buscar a papá —respondió Vesta—; hay unos pocos esclavos en la Fundición, pero el tiempo es precioso.
—Aquí está Samson —dijo Virgie—, y tiene una mula en la que cabalga por todo el condado. Que vaya él.
—¿Ir adónde, mi amor? —preguntó Samson.
—A Dover, en Delaware —respondió Vesta—. Puedes llegar a Laurel al anochecer, Samson, y llegar a Dover mañana por la tarde.
—Y yo puedo ir con él hasta Salisbury —dijo Jimmy Phoebus—, y salir al Nanticoke de alguna manera; porque veo que Ellenora llorará hasta que yo vaya.
—Puede hacer algo mejor que eso, James —dijo Vesta, pensando rápidamente—. Samson puede llevarlo a la iglesia de Spring Hill o a Barren Creek Springs, con un pequeño desvío, y en los Springs estará a solo tres millas del Nanticoke. Incluso mamá podría seguir con el carruaje esta noche hasta los Springs, o hasta Viena.
—Si dos de ellos van —exclamó Virgie—, uno puede conducir a la señorita Custis y el otro montar la mula.
Samson negó con la cabeza.
—Dicen que a un hombre negro libre lo atrapan en ese estado de Delaware. Maryland es suficiente para mí. Me gustan más las chicas claras de Maryland —mirando a Virgie.
—Ve ahora, Samson, para complacer a la señorita Vesty —dijo Virgie—, y trataré de quererte un poco, negro y malo como eres.
—Tengo miedo del estado de Delaware —repitió Samson, riendo lentamente—. Joe Johnson, a quien le puse esa carga, me atrapará donde vive si voy allí, tal vez.
—No —intervino Phoebus—, estaré buscándolo en las orillas del Nanticoke, Samson, mientras tú te mantienes en el camino principal desde Laurel a Georgetown, y hacia Dover. Joe Johnson ha sido azotado en el poste, y desterrado de Delaware de por vida, y no se atreve a ir allí nunca más.
—Si vas, Samson —intervino la pequeña Roxy, habiendo reaparecido—, Virgie se sentirá halagada. Cualquier cosa que complazca a la señorita Vesty cuenta con Virgie.
—Si eres un hombre libre —exclamó la misma Virgie, con su figura pequeña, nerviosa y esbelta expandiéndose—, ¿tienes miedo de ir a un estado más libre que Maryland? Si yo fuera libre, querría ir al estado más libre de todos. Compórtate como un hombre libre, Samson Hat, ¿o qué vale la libertad para ti?
—Vale tanto, bonita chica, que no quiero perderla, tenlo en cuenta, te lo digo, excepto con mi esposa cuando me acepte.
Samson observó las facciones delicadas y refinadas de la cuarterona, su piel casi más pálida que la de su joven ama, su figura como la del clavo después de un invierno duro —más activa por ser pequeña y delgada—, su cabeza pequeña, y sus trenzas suaves como el plumaje del tordo, y la lealtad que yacía en sus grandes ojos, como una fuerte pasión, por su ama, se convirtió en orgullo, y casi en desdén, cuando lo escucharon.
—Un esclavo, dice la señorita Vesty —habló Virgie con casi ferocidad—, no es alguien que sea propiedad, ni la mitad que alguien que se vende a sí mismo: a la bebida fuerte, o al egoísmo, o al miedo. No eres un hombre libre, Samson, si tienes miedo, y eres como estos negros esclavos bajos que no se atreven a nada si solo pueden obtener un poco de placer bajo. Todo lo que puede hacer que un hombre negro sea blanco, a mis ojos, es el espíritu de empresa de un hombre blanco.
Vesta sintió, como a menudo lo había hecho, el alma capaz de su sirvienta, y no resintió su espíritu como impropio de una esclava, sino que sintió cuerdas sensibles en su propia naturaleza, como si, en efecto, Virgie fuera la más imperiosa de las dos. Entrando ahora en la plena madurez, sus elementos raciales encontrando su composición, su carácter sin restricciones por nadie en Teackle Hall, Virgie era la escudera de su joven ama, como David para el principesco Jonatán.
—Por qué, Virgie —respondió Samson, con humildad—, nunca quise no ir, señorita, después de que la esposa del amo me lo pidió, solo quería que me lo suplicaras mucho, y tal vez obtendría un beso antes de empezar.
—Espera hasta que vuelvas, y mira si haces bien tu recado —volvió a hablar Virgie—. No te besaré ahora.
—Yo lo haré —gritó la pequeña Roxy, para diversión de todos, dándole a Samson un beso sonoro de su pequeña boca fruncida—; ¡y ahora que lo tienes, piensa que es el beso de Virgie, y desayuna y vete!
Mientras iban a sus moradas a prepararse, Jimmy Phoebus encontró a Jack Wonnell jugando a las canicas con los chicos en la esquina del juzgado.
«Jack», dijo, «voy a buscar a Levin y a ese comerciante de negros. Puede que me meta en un buen lío allá arriba, en el Nanticoke. Diles a todos los marineros de pungy a dónde voy y por qué».
«¿No puedo hacer algo por ti, Jimmy? ¿No puedo darte uno de mis sombreros de copa? Me sobran unos cuantos».
«Hazme caso, Jack, átales una piedra a todos esos sombreros y húndelos en el Manokin. El sombrero del viejo Meshach ha causado más embrollos que el Banco de Somerset. Por pobre y tonto que seas, quizá tus viejos sombreros de copa acaben arruinándote».
El camino a Salisbury —trazado en 1667, cuando «Cecil, lord de Maryland y Avalon», erigió un condado «en honor a nuestra querida hermana, la dama Mary Somerset»— seguía las presas de los castores a través de los pequeños nacimientos de los ríos, atravesaba los llanos pinares y las granjas abiertas, y pasaba por dos pequeñas aldeas, antes de que nuestros viajeros divisaran los anchos estanques de los molinos y las calles bordeadas de álamos y moreras de la ciudad más activa —aunque careciera de juzgado— de la península baja. Jimmy Phoebus, conduciendo los dos caballos y el carruaje familiar, y Samson, siguiéndolo en su mula, descendieron al valle de Salisbury a la hora de la cena y se detuvieron en el hotel. El ronquido de los molinos de grano, el chirrido de las sierras, el flujo del agua de color pino hacia la garganta del pueblo, los cipreses del bosque que se entrometían descaradamente en las calles de radiación oblicua, la humedad de la hiedra y las enredaderas sobre muchas de las viejas casas de chimeneas a dos aguas, los largos depósitos de madera reflejados en el puerto pantanoso entre las canoas, los pungies y los sharpies allí amarrados, las pequeñas casas de costado a las calles arenosas, las más grandes subiendo por las colinas de arena, los viejos bojes en los jardines plateados, los puentes cercanos entre sí y el olor a alquitrán y serrín gratamente inhalado en los pulmones, formaban una combinación como la de una caravana alrededor de algún oasis en el desierto del Nilo.
«Si hay alguna posibilidad de atrapar a mis negros», dijo la señora Custis, «seguiré adelante después de cenar. Samson, envía a Dave, el muchacho de mi hija, inmediatamente; está trabajando en este hotel».
Samson descubrió que Dave no era otro que el líder de clase negro al que no había logrado vencer al principio de nuestra narración, pero en aquel individuo eran visibles cambios que Samson no esperaba. De tener un semblante limpio, piadoso y modesto, acorde a sus profesiones, Dave lucía ahora una mirada agria y malvada; sus ojos estaban inyectados en sangre, y sus hombros y pecho rectos y varoniles, que alguna vez habían despertado la admiración y la envidia de Samson, estaban encorvados para seguir el ritmo de una tos que emitía una y otra vez desde lo más profundo de su cuerpo.
«Dave», dijo Samson, «la madre de tu ama te necesita, muchacho, para llevarla a Vienny. ¿Qué te pasa, Dave, desde que te enseñé a boxear?»
«¿Es usted el hombre?», exclamó Dave con voz ronca; «entonces que el Señor le perdone, porque yo nunca podré. Esa paliza que casi me da me convirtió en un pobre tonto, malvado y renegado».
«Vaya, Dave, solo vi que eras un buen hombre; no quise hacerte daño, muchacho».
«Usted me arruinó, negro libre», repitió el enorme esclavo, con una mueca, en parte de venganza y en parte de remordimiento. «Usted alimentó mi vanidad de que podía boxear. Nunca había golpeado a un niño hasta aquel día; después de eso anduve buscando peleas con negros más grandes, y hombres blancos de baja estofa me apoyaron para pelear. Fui expulsado de mi iglesia; le di la espalda al Señor; el whisky se apoderó de mí, Samson. El diablo ha entrado en el líder de clase Dave».
«Oh, hermano, despierta y hazlo mejor. Toma, te doy un dólar, y quiero ser tu amigo, Davy, muchacho».
«Me compraré bebida con esto», murmuró Dave, marchándose; y, mientras salía por la puerta del establo, miró a Samson con fiereza y exclamó: «Que Satanás queme tu cuerpo como quemará mi alma. ¡Te odio, hombre, mientras vivas!»
Jimmy Phoebus observó, unos momentos después, que Dave, al compartir una pinta de licor con un muchacho mulato, flaco y pequeño, puso una moneda en las manos del chico, quien entonces salió a toda velocidad del patio de la taberna sobre un veloz poni de Chincoteague.
A las dos de la tarde se pusieron de nuevo en camino, con el hombre Dave conduciendo el carruaje y Jimmy Phoebus sentado a su lado, mientras Samson se mantenía fácilmente al lado sobre su vieja mula ruana, volviéndose el camino más arenoso a medida que ascendían a la meseta entre el Wicomico y el Nanticoke, y el carruaje avanzaba con dificultad.
«Si es demasiado tarde para seguir más allá de Vienna esta noche», dijo la señora Custis, «me detendré allí con mis amigos, los Turpin, y comenzaré de nuevo, después del café, por la mañana, para llegar a Cambridge para el desayuno».
«Yo me desviaré en Spring Hill», dijo Samson, «y podré dar de comer a mi mula al ponerse el sol en Laurel e irme a dormir».
En una hora llegaron a la vista de la vieja iglesia de Spring Hill, una venerable reliquia de la Iglesia establecida colonial, en los nacimientos de un arroyo llamado Rewastico; y antes de cruzar el arroyo, el conductor, Dave, gritó «¡Jo, jo!» con una voz tan innecesariamente alta que la señora Custis lo reprendió severamente. Dave saltó del asiento y pareció estar examinando alguna parte de la guarnición, aunque Samson le aseguró que todo estaba bien. Cuando Dave terminó su examen, levantó ambas manos sobre su cabeza dos veces y se estiró a toda su estatura mientras permanecía en la cresta de una pequeña colina.
«Señora Custis», se disculpó al darse la vuelta, «estoy terriblemente cansado esta tarde. Ese establo me mantiene despierto media noche».
«El licor te cansa más, David», dijo la señora Custis con brusquedad; «y esa taberna no es lugar para contratarte con tu apetito por la bebida, como le diré a tu amo».
En ese momento, Jimmy Phoebus observó al flaco y pequeño muchacho mulato que había dejado el hotel salir del lugar pantanoso en el camino e intercambiar una mirada de complicidad con Dave mientras pasaba de largo sobre el poni.
«Muchacho», gritó Samson, «¿es ese el camino a Laurel?»
El muchacho no respondió, pero, mirando hacia atrás una vez, tímidamente, clavó los talones en los ijares del poni y se lanzó a la maleza hacia Salisbury.
«Samson», dijo Dave, «¿ves a esa anciana en el carro de allá?» —señaló a una figura que ascendía por la elevación del terreno más allá del arroyo—, «la conozco, y va directo a Laurel. Vive allí. Hay diez millas desde este desvío, y ella conoce todos estos caminos de bosque».
«¡Adiós, pues, y que encuentres a la tía Hominy y a los niños, Jimmy, y los traigas a todos a casa, a Prencess Anne, lejos de ese Joe Johnson!», gritó Samson, y trotó con su mula a través del pantano y se alejó. Jimmy Phoebus lo vio alcanzar a la anciana en el carro y comenzar a hablar con ella mientras los bosques de matorrales los engullían.
«¿Qué es eso que dijo sobre Joe Johnson?», observó Dave, tras un mal ataque de tos, mientras dejaban atrás la vieja iglesia y entraban en los pinares arenosos.
La señora Custis habló más rápido de lo que Jimmy Phoebus deseaba, y le contó al negro sobre la huida de Hominy y los niños, y la esperanza del señor Phoebus de interceptar al grupo mientras ascendían por el Nanticoke hacia la frontera del estado de Delaware.
«¿No querrá meterse entre los hombres de Joe Johnson, jefe?», dijo el negro de ojos rojos; «ellos mandan en todo este país aquí, a ambos lados de la frontera estatal. Todos los que no están con ellos les tienen miedo».
«¿Qué tan lejos está Delaware desde este camino, Dave?», preguntó Phoebus.
«Estamos justo al lado de la piedra angular del estado de Delawaw en este mismo minuto. Está apenas a una milla de donde estamos. La esquina es tan cuadrada como la piedra sobre la que se asienta, y está tallada con una imagen de la corona del rey».
«La línea de Mason y Dixon, la llaman», interpretó la señora Custis.
«¿Conoces a Joe Johnson, Dave?»
«Sí, amo Phoebus, puede apostar a que sí. Está en Salisbury, está en Vienna, está aquí en Crotcher’s Ferry, está por todo el país, pero ya no va a Delawaw a plena luz del día. Fue azotado allí y desterrado del estado bajo pena de horca. Pero vive justo a este lado de la línea de Delawaw, así que no pueden atraparlo en Delawaw. Él llama a su lugar el Cruce de Johnson: la vieja Patty Cannon también vive allí. Ella tiene miedo de quedarse en Delawaw ahora».
«Vaya, ¿cuál es la ocupación de esas personas terribles en la actualidad?», preguntó la señora Custis.
No hubo respuesta durante un minuto, y entonces Dave dijo, con voz baja y asustada, mientras lanzaba una mirada a ambos compañeros con sus ojos encendidos y cicatrizados:
«Secuestrar, supongo».
«Es todo lo que constituye el Pandemónium», explicó Jimmy Phoebus; «esa anciana, Patty Cannon, se ha pasado toda una vida malvada, ¡por humo!, o desde que vino a Delaware desde Canadá, como la novia del pobre Alonzo Cannon, convirtiendo en ladrones y sabuesos a los jóvenes que podía atrapar. A algunos los pone a robar el correo, a otros a fabricar y distribuir moneda falsificada, pero a la mayoría los pone a robar negros libres del estado de Delaware; y, cuando es seguro, roban esclavos también. Primero hizo de Ebenezer Johnson, el pirata de Broad Creek, su herramienta, y él murió en sus huellas luchando por ella. Luego se hizo con sus hijos, Joe Johnson y el joven Ebenezer, y los convirtió a ambos en forajidos y secuestradores, y a Joe lo casó con su hija, cuando Bruington, su primer yerno, ya había sido ahorcado. Cuando Samson Hat, que es el negro más blanco que he conocido, derribó a Joe Johnson en Princess Anne, anteayer, golpeó al peor hombre de nuestra península».
Dave escuchó este relato con un interés tan profundo que su aliento, fuerte por el whisky de manzana, salía corto y caliente, y sus manos temblaban mientras guiaba a los caballos. Ante las últimas palabras, exclamó:
«¿Samson derribó a Joe Johnson? ¡Entonces el diablo lo tiene, y tiene la intención de cobrársela!»
«¿Qué es eso?», gritó Jimmy Phoebus.
El sudor perleaba la frente del gran esclavo, como si su imaginación estuviera terriblemente poseída, pero antes de que pudiera explicarse, la señora Custis interrumpió:
«Creo que se dijo que la vieja Patty Cannon corrompió a Jake Purnell, quien se cortó la garganta en Snow Hill hace cinco años. Era un negro libre que contrataba esclavos para robar a otros esclavos y traérselos, y él los entregaba a los secuestradores blancos a cambio de dinero; y nadie podía explicarse su prosperidad hasta que un negro que había sido golpeado hasta la muerte fue encontrado en el río Pocomoke, y tres esclavos que habían sido vistos en su compañía fueron arrestados por el asesinato. Confesaron que habían robado al negro muerto y que él se les había escapado, y que lo habían golpeado tanto con palos, para hacerlo dócil, que cuando se lo dieron a Purnell ya no tenía vida. Luego fue arrojado al río, pero su cuerpo salió a flote después de hundirse, y la confesión de los miserables instrumentos les explicó a los dueños de esclavos adónde habían ido todos sus negros desaparecidos. Marcharon y rodearon la choza de Purnell, y lo descubrieron enterrado debajo de ella. Trajeron los perros, y fuego para sacarlo, y cuando salió se cortó la garganta con cortes desesperados de oreja a oreja».
Durante esta narración, el hombre Dave había escuchado con una creciente excitación nerviosa, rodando los ojos como si estuviera en un gran tormento interior, hasta que las palabras finales inspiraron tal terror en él que soltó las riendas, echó la cabeza hacia atrás y gritó, con grandes gotas de sudor por toda la frente:
«¡Misericordia! ¡Misericordia! ¡Tenga misericordia! ¡Sálvame, oh, mi Señor!»
«Creo que le ha dado un ataque», gritó Jimmy Phoebus, agarrando rápidamente las riendas mientras los caballos arrancaban ante el grito, y sujetando con la pierna a Dave contra el asiento del carruaje. En ese momento, el camino descendió al valle de Barren Creek, y, saltando en el antiguo hotel de los manantiales minerales, un centro de salud de aquellos días, Phoebus consiguió agua con humanidad y refrescó el rostro del negro que jadeaba.
«Declaro que casi tengo miedo de confiar en este hombre», observó la señora Custis, con más disgusto que inquietud.
«Cada negro en esta región», exclamó Jimmy Phoebus, «piensa que el Pandemónium se está derrumbando ante el temido nombre de Patty Cannon; y este negro está casi arruinado, de todos modos».
«Oh, amo», exclamó el esclavo, recuperando el habla y mirando salvajemente a su alrededor, «no siempre he sido el pobre pecador que el ron y las peleas han hecho de mí. Serví al Señor toda mi juventud; alabé su nombre y mantuve el camino al cielo; y al pensar en el naufragio que he hecho de una buena conciencia, y al oír a la señora contar el final de Jake Purnell, ¡me hizo gritar al buen Señor por misericordia, misericordia, oh, mi alma!»
Su espantosa agitación aumentó, y Jimmy Phoebus lo calmó, diciendo bondadosamente:
«Señora Custis, creo que será mejor que le deje entrar en la taberna y tomar un poco de licor; fortalecerá sus nervios y hará que conduzca mejor».
Mientras bebían en la barra del antiguo centro vacacional de verano, en aquel momento en el apogeo de su celebridad, y el único balneario en la península al sur de Brandywine Springs, Phoebus habló en voz baja al negro:
«Dave, algo que no es honesto ni justo está pasando aquí, ¡por humo! Tengo mis ojos puestos en ti, negro, y tan seguro como que existe el embrollo, allí se quedarán. Sabes cuál es mi recado aquí, Dave: salvar a una pobre mujer negra, ignorante y engañada, de la banda de Joe Johnson. Ahora, has estado gritando '¡Misericordia!'. ¡Quiero que muestres misericordia diciéndome dónde debo alcanzar y registrar el cat-boat de Levin Dennis si sube por el Nanticoke esta noche con esa gente y Joe Johnson a bordo!»
Tras haber tragado su licor con avidez, el hombre de color respondió, con su habitual semblante hosco y ojos evasivos:
«No puede hacer nada tan abajo en el río como Vienny, porque el Nanticoke es demasiado ancho allí, y si lo cruza en el ferry de Vienny, entonces tiene el Norfwest Fork entre usted y el Cruce de Johnson, con un ferry sobre eso, en Crotcher’s, y Joe Johnson es dueño de todo ese lugar. Pero puede mantenerse de este lado del Nanticoke, amo Phoebus, a la misma distancia desde aquí hasta Vienny, hasta el punto donde entra el Norfwest Fork. A veces Joe Johnson navega por ese gran ramal para llegar a su cruce. En general, sigue recto por el otro ramal hasta el muelle de Betty Twiford, justo en la línea divisoria».
«¿Qué tan lejos es eso?»
«Hay cinco millas desde aquí hasta Vienny, y cinco millas desde aquí hasta un desembarcadero frente al Norfwest Fork. Cuatro millas más allá está Sharptown, y allí puede ver la casa de Betty Twiford en la orilla, a dos millas a través del Nanticoke».
«¡Nueve millas, entonces, hasta Sharptown! Ha tenido la marea en contra desde que entró en el Nanticoke, y aún no ha cambiado. ¡Por humo! ¡Buscaré un transporte!»
«Puede viajar conmigo hasta el primer desembarcadero», dijo un hombre de aspecto noble, látigo en mano; «y tras retrasarme un poco allí, iré al ferry de Sharptown y cruzaré el río».
Phoebus aceptó la invitación inmediatamente, y advirtiendo a la señora Custis que hablara con menos libertad en aquella parte del país, se despidió de ella y ocupó el asiento vacío en el buggy del extraño.
Cuando la señora Custis llegó al ferry de Vienna, y los caballos y el carruaje subieron a bordo de la barcaza para ser remolcados al pequeño y viejo asentamiento naviero de ese nombre, el negro Dave, de pie junto a las cabezas de los caballos, intercambió unas pocas frases con el encargado del ferry.
«Dave», llamó la señora Custis, un poco más tarde, «veo que no tienes amor por el viejo Samson».
«Él me convirtió en boxeador y en un mal hombre, señora».
«¿Conoces al hombre para el que trabaja, Meshach Milburn?»
«No, señora. Nunca lo he visto».
«Lleva un sombrero peculiar, nada parecido a los sombreros de los caballeros de hoy en día: es un sombrero entre mil».
«Nunca he visto tal cosa, señora».
«No puede confundirlo con ningún otro sombrero en el mundo. Pues bien, Samson es el único sirviente y vigilante en la tienda del señor Milburn, y él cuida de ese sombrero vergonzoso. Si alguna vez puedes quitárselo, Dave, y destruirlo, estarás haciendo una buena obra, y te recompensaré bien».
El negro malhumorado levantó la vista de sus orbes embrutecidos por el remordimiento y dijo:
«¿Robarlo?»
«Oh, no, no aconsejo un robo, David, aunque un sombrero tan miserable no puede tener valor legal. Es un tormento para mi hija, para el juez Custis y para todos nosotros, y podrías encontrar alguna manera de destruirlo, eso es todo».
«Lo conseguiré algún día», murmuró el negro, y entró en el viejo puerto tabacalero de Vienna.
CAPÍTULO XXII.
GENTE DEL NANTICOKE.
Un mapa estaría fuera de lugar en una historia, pero probablemente hay algunos que perciben que esta es una historia con una realidad; y si tales personas toman cualquier atlas y lo abren en los «Estados Medios» de la república americana, verán que el pequeño estado de Delaware está encajado tan perfectamente en un nicho cuadrado de Maryland como si fuera una lámpara, o una pieza de estatuaria, sobre una repisa de chimenea. Se alza allí sobre una repisa de unos sesenta kilómetros de ancho, y se eleva a más de tres veces esa altura, formando una línea perfectamente recta de norte a sur en ángulos rectos con su base. Así encajado en Maryland, su irregular línea oriental está formada por el Océano Atlántico y la ancha Bahía de Delaware.
El único río considerable dentro de esta estrecha franja o Hermes de estado es el Nanticoke, que, como una grieta en la pared —y el mismo golpe fracturó la imagen en la repisa—, fluye con amplitud y flujo y reflujo de marea desde la Bahía de Chesapeake a través de la Costa Oriental de Maryland hacia Delaware, y allí está formado por dos fuentes de marea, la del norte, que sigue llamándose Nanticoke, y la del sur —un arroyo casi tan imponente—, llamada Broad Creek.
La naturaleza, por lo tanto, como si anticipara algunas fronteras políticas estúpidas por parte del hombre, preparó un desagüe y canal de entrada en la esquina suroeste de Delaware hacia la espléndida bahía de Virginia.
Alrededor de esa esquina de la pequeña comunidad de Delaware, en un suelo llano, pobre, arenoso y lleno de pinos, Jimmy Phoebus cabalgó junto al extraño en la tarde de octubre, con el sol, una hora alto en el oeste, brillando sobre sus mejillas y cuello oscuros y de aspecto griego, mientras escuchaba a los pájaros de otoño silbar y graznar en el rastrojo que maduraba y en los matorrales dorados.
La alondra, el deleite del muchacho, recogía semillas, grava y huevos de insectos en los campos; grande y parecida a una perdiz, con el pecho lavado de amarillo desde el pico hasta las rodillas, excepto en la garganta, donde cuelga una brillante redecilla de color marrón negruzco; su cabeza y espalda son de colores de halcón —ocre, marrón y gris— y en su porte hay algo de gallo de pelea. Vuela alto, a veces sola, a veces en bandada, y es nuestra visitante de invierno, que ama los viejos campos que la improvidencia ha abandonado, y emite, mientras se alimenta, los fuertes sonidos de desafío, como si gritara: «¡Abandonado por el hombre; ocupado por mí!»
Jimmy Phoebus también escuchó al audaz y bromista pájaro carpintero, de cabeza roja, cuyo maestro es la ardilla y cuyas tácticas de mantener un árbol entre él y su enemigo adoptaron los combatientes de indios. Imita el grito de la rana arbórea y migra después de octubre, como otros voluptuosos, que deben tener el año redondo cálido, y fruta y huevos siempre en el mercado. Vestido con su levita negra moteada, con su larga pluma en la boca y su pechera inmaculadamente blanca, el pájaro carpintero trabaja como un Balzac en su buhardilla, haciendo que la copa del árbol cobre vida mientras esgrime con sus compañeros bohemios; y al estar seguro él mismo de un árbol, y aferrarse a él con la cola y las garras, estima que todo lo demás que vive en él es un insecto contra el que puede lanzar su pico o escupir su lengua —esa lengua que está enraizada en el mismo cerebro—.
En el cuenco dorado y hueco de la tarde resonante, el marinero notó también al carpintero flicker, con alas doradas rayadas y espalda de ocre moteado y pecho de blanco veteado, con collar negro carbón y cuello y cabeza de color canela. Su cola dorada cuelga muy por debajo de su percha, y, al correr hacia abajo a lo largo del tronco del árbol, destella en el aire como un cetro sobre los piojos de la madera que devora con su pico de pico. «¡Ve a la hormiga, perezoso!» era una instigación al asesinato en el flicker, a quien le encantan las hormigas jóvenes tanto como las cerezas silvestres o el maíz indio, y es capaz de tomarse cualquier sátira de ese tipo seriamente respecto a las cosas de comer. No tan elfo y diabólico como el pequeño pájaro carpintero negro, está lleno de un juego más audaz.
El cardenal, como la sangre no reclamada de Abel, voló a los arbolitos que crecían bajos, como para cubrir el altar de Abel; la agachadiza chirriaba en los lugares pantanosos, como un estudiante de teología, sobre sus largas y limpias patas, sondeando con su pico y su ojo crítico las Escrituras de los campos; la codorniz silbaba como un viejo soltero con preocupaciones familiares por fin, mientras guiaba a su pareja hacia donde las semillas silvestres eran mejores; y a través del aire revoloteaban voces de pájaros abandonados o en recados de médico, gritando «¿Phoebe? ¿Phoebe?» o «¡Lo mató! ¡lo mató!».
—¿Es usted tratante? —preguntó el caballero a Jimmy Phoebus.
—Un poco en ese sentido —dijo Jimmy, cauteloso—, cuando puedo conseguir algo barato.
El extraño tenía un par de ojos agudos y danzantes, y un rostro largo, elocuente y de color gris plateado que podría haber sido digno de un gran general, tan fino era su dominio, y sin embargo demasiado estrechamente danzante en los ojos, como arañas en un pozo, perturbando el espejo allí.
—¡Ja! —se rio el hombre, como si sus ojos se hubieran reído, tan pobremente representaba ese sonido su porte señorial y su aire de gran espíritu—, ¡ja! eso es lo que los trae a todos a donde mi vecino Johnson: ¡un cociente justo!
—¿Cociente? —repitió Jimmy.
—Johnson es un gran factor por aquí —continuó el hombre de aspecto militar, inclinando sus hermosos ojos hacia el capitán de la goleta, como si hubiera un secreto comercial entre ellos, y mirando a la vez con picardía y nobleza—; él hace el cociente a su conveniencia. Deja el *suttle* grande y nunca escatima el *cloff*.
—¿No le corta a nadie hasta el paño que tiene, señor? —asintió Jimmy, con duda.
—¿Por qué habría de hacerlo? Su ecuación es sencilla: supongo que sabe cuál es.
—No exactamente —respondió Phoebus, aguzando el oído para aprender.
—Bueno, es la fuerza y la simpatía de clase contra una cantidad muerta: leyes que no tienen consignatarios, ganado que no tiene abogado ni lengua, derechos que han caducado por estar suspendida su reivindicación, hasta que la oferta y la demanda, como un par de bulldogs, despedazan lo que queda. Armado con su *ca. sa.*, mi vecino Johnson compensa el *fi. fa.* de todo el mundo, sirve su auto judicial el primero y hace para caballeros como usted un cociente satisfactorio. ¡Pero no hace cabriolas con Isaac y Jacob Cannon!
—Supongo ahora que usted es Jacob Cannon —observó el marinero de piel curtida, sin haber entendido una palabra de lo que precedió—. Si ese es el caso, me alegra conocer su nombre y le agradezco que me haya acercado.
Con un mero asentimiento, apenas inteligible, el señor Cannon dio a entender que la suposición era correcta; y, meditando todavía en voz alta a su manera pequeña y grandiosa, continuó:
—Dejamos que el vecino Johnson y su algo peculiar suegra hagan el comercio que les convenga, siempre que se cuiden de no causarnos inconvenientes. Esa es su ecuación; con su cociente no tenemos más preocupación que nuestro leve interés en sus desperdicios, como cuando Madame Cannon baja a cambiar un billete y deja un pedido de provisiones; ron, principalmente, creo. Caballeros como usted vienen a este país a tratar, a reivindicar, o qué sé yo, y a todos les decimos: «No nos pisen; eso es todo». No miraremos sus paquetes, ni nos quedaremos despiertos por las noches para escuchar alarmas; ¡pero dañen a Isaac y Jacob Cannon un medio penique y *levari facias, fi. fa.*!
—Y *fee-fo-fum* —exclamó Jimmy, alegremente—; lo he oído antes.
Mirando de nuevo con cierta curiosidad a su acompañante, Phoebus vio que no pasaba de los cincuenta años, de una figura enjuta y elevada —al menos seis pies y cuatro pulgadas de alto—, sentado derecho y elegante como un indio, con sus ropas bien cortadas, su semblante y sus rasgos a la vez severos y refinados; cada rasgo perfeccionado, y todo agudo sin ser duro ni anguloso; y sin embargo, a Jimmy no le gustaba. Parecía haber sido hecho un comodoro o un general, alguien diseñado para actos de caballería y gran filantropía; y, sin embargo, alrededor y entre los ojos danzantes había líneas de araña, como si el fino y elevado cerebro de Jacob Cannon hubiera dejado de lado los asuntos que estaban a su altura y no se hubiera entrometido en nada que ascendiera más alto sobre el mundo que el largo puente blanco de su nariz. Sus sentimientos aparentemente caían no más lejos hacia su corazón que eso; su cerebro pertenecía al puente de su nariz.
—¡Otro Meshach Milburn, por todos los demonios! —concluyó Jimmy.
Tras una pequeña pausa, Phoebus preguntó por el carácter de la gente en esta región aparentemente nueva del país.
—El cociente de tanto trasplante y litigio son las tierras del Nanticoke —dijo el Apolo de nariz gris—; el pedazo de tierra directamente ante nosotros, detrás del cruce de caminos de mi vecino Johnson, fue una antigua reserva india durante setenta años, y lo mismo fueron tres mil acres a nuestra derecha, en Broad Creek. El indio es un mal factor para civilizar a sus vecinos blancos; no conoce el lujo de la ley, ese gran artificio para hacer la ecuación entre el hombre de negocios y la manada. ¡Ja, ja!
El señor Cannon se rio entre dientes como si él, al menos, apreciara la ley, y volvió el fino puente caballuno de su nariz, todo gris con la luz danzante de los ojos, con deleite hacia el señor Phoebus.
—A los indios se les impuso durante mucho tiempo, y cuando se fueron, al borde de la Guerra de la Independencia, dejaron una raza blanca desmoralizada; y otros que se trasladaron a las tierras abandonadas de los Nanticokes eran, si cabe, más indios que los indios. Esta península nunca produjo un gran indio, pero cuando Ebenezer Johnson se estableció en Broad Creek poseía un salvaje mayor que Tecumseh. Tomaba lo que quería y apelaba a la naturaleza, como el indio. No robaba nada; simplemente lo tomaba. Servía, con cualquier cosa conveniente, desde sus puños hasta un trabuco, su *fi. fa.* y su *ca. sa.* sobre una humanidad asombrada pero sumisa. ¿Hace falta decir que esto fue antes del día perfecto de Isaac y Jacob Cannon?
—Les habrían dado una paliza, supongo —exclamó Jimmy, de forma consonante.
El señor Jacob Cannon dedicó una sonrisa tierna, tal como la que emite el caballo gris ante la perspectiva de la avena, y continuó:
—Tal fue el multiplicando para hacer la raza futura. Aquí, también, rugió el debate sobre la línea limítrofe entre Penns y Calverts, con incursiones ocasionales y cabezas rotas, y un noble pleito en la cancillería de cincuenta años, hasta que el título de nadie fue conocido, y, en lugar de mejorar sus tierras, nuestros voluptuosos predecesores mejoraron principalmente sus oportunidades. Uno cortaba varias cuerdas de leña y las arrastraba hasta el embarcadero, y Ebenezer Johnson, imperturbable, las transportaba en barcaza hasta su paraíso en la desembocadura de Broad Creek. Usted tenía un pequeño grupo de negros, pero los barcos de guerra británicos, en dos guerras sucesivas, se apostaban en la desembocadura del río y los llamaban para que vinieran. Al no tener interés en ninguna propiedad determinada, los forestales del Nanticoke preferían comerciar con el enemigo antes que luchar por ideas tontas; y así esta región era más de la mitad Tory, y sigue siendo mitad pasiva, la otra mitad depredadora. ¡A ninguna de las dos mitades de tal cociente pertenece la casa de Isaac y Jacob Cannon!
Sus fosas nasales se hincharon un poco con espíritu militar, y levantó el puente de su nariz delicadamente, girándose para observar a su instintivo compañero.
—Si no es malo no lo preguntaré —dijo el marinero de trato fácil—, pero ¿son ustedes dos Cannon parientes de la vieja Patty Cannon?
El señor Cannon sonrió.
—En Adán todos pecaron; ahí puede que hayamos estado conectados —dijo—. La pregunta que hace puede ser un día objeto de acción legal, señor. Los Cannon son una gente numerosa en nuestra región, de bienes justos, tales como los que tenemos, pero no mostraron nada que variara la ecuación de subsistencia aquí hasta que surgió la madre de Isaac y Jacob Cannon. Fue una mujer notable; sin ayuda, obtuvo la carta para el transbordador de Cannon y creó el asentamiento portuario de ese nombre por la importancia que adquirió su transbordador; y cuando murió se encontraron en su casa novecientos dólares en plata —pues nunca aceptó papel moneda—, las ganancias de aquel apartado transbordador, para iniciar a sus hijos en su carrera. Conocía el carácter peculiar de algunos de sus vecinos —cuán ligeramente pesaban el *meum* y el *tuum* sobre sus temores o conciencias—, pero no mantuvo más guardia que sus propios buenos ojos grises y su corazón intrépido sobre aquel montón acumulado de pequeñas monedas de seis peniques, pues solo había un espíritu tan audaz como ella en toda esta región del mundo...
—Y esa, supongo —observó Jimmy Phoebus—, era la vieja Patty Cannon en persona.
El señor Jacob Cannon inclinó levemente la cabeza y habló en voz alta desde una comunión interior:
—¡Perdóname, madre, por hacer la comparación! Tu aceite frugal, que ardía con llama pura y solitaria de viuda en la ventana del transbordador de Cannon, el viajero lo saludaba con consuelo en su corazón y bendecía la empresa. Pero para componer la ecuación surgió otra cantidad desconocida de fuerza femenina junto a la lámpara de mi madre. Un joven Cannon, lejanamente de nuestro linaje, tuvo que ir a ver mundo, y regresó con un hermoso demonio de novia, y se estableció, también, en el transbordador de Cannon. Vivió para ver la maravillosa serpiente que había calentado en sus brazos, y murió, dicen, de la picadura. Pero ella siguió viviendo, y, retirándose hacia el bosque a una pequeña granja que los hijos de mi madre le alquilaron, encendió allí un fuego fatuo que muchos viajeros han perseguido sin regresar jamás para contarlo. Con la progenie de Ebenezer Johnson y sus propias hermanas sirenas, que siguieron a Madame Cannon al Nanticoke, comenzó el núcleo de un asentamiento que ha existido durante veinte años, que solo el *venire facias* del Todopoderoso puede explorar.
—Ese es mi encargo, Jacob Cannon —observó tranquilamente Jimmy Phoebus—. Soy un hombre pobre de Princess Anne. Si me tomó por tratante de negros, me hizo un cumplido tan pobre como cuando pregunté si usted era pariente de Patty Cannon. Pero solo tengo una chica a la que amar y solo una vida que perder, y si Dios me lleva allí, voy al cruce de caminos de Johnson.
El señor Jacob Cannon se volvió y examinó a su compañero con cierta curiosidad centelleante, pero no mostró preocupación personal.
—Cada hombre debe ser su propia fianza, mi amigo de piel oscura, hasta que pueda encontrar un fiador. Ese lugar nunca lo tomo; ni el del deudor ni el de la fianza. La firma de Isaac y Jacob Cannon no permite el traspaso, y no se preocupa de nada más. Pero estamos en el Nanticoke.
—Le agradezco el transporte, señor Jacob Cannon —dijo Jimmy, saltando a tierra—, y espero que nunca le resulte inconveniente haber dejado que tal jauría de lobos use su vecindario para traspasar la naturaleza humana.
CAPÍTULO XXIII.
LA ISLA DE TWIFORD.
Algunas pilas de madera y un viejo muelle estaban a la orilla del río, y una pequeña barcaza, medio llena de agua, y con solo un trozo de remo roto en ella, era el único bote que el capitán del *pungy* pudo encontrar. El coche del comerciante pronto quedó fuera de vista, y el ancho y gris Nanticoke, de varios cientos de metros de ancho, y ensanchado por un ancho río que desembocaba en él a través de bajos acantilados y niveles inmediatamente opuestos, recibía las fuertes sombras de la noche que se acercaba, y la marea corría por él violenta y profunda.
Largas líneas de bosques melancólicos encerraban ambos ríos; un águila pescadora golpeó de repente la superficie del agua, como un hombre que se ahoga, y se elevó como si hubiera escapado de algún demonio en el torrente; el silencio que siguió a su inmersión fue más profundo que nunca, hasta que un chotacabras, realizando silenciosamente su persecución en zigzag, gritó, como si viniera de una oscuridad eterna, su solemne orden de «Azota al pobre Will». Esas notas repetidas —como si algún esclavo ordenara a su hermano que fuera azotado, o un alma compasiva en la perdición marcara el tiempo de la miseria de otro— flotaban en la luz de la tarde como si los remos de Caronte resonaran en la Estigia, y corazones rotos estuvieran cruzando.
Solo, sin intimidarse, pero no del todo cómodo, Jimmy Phoebus procedió a achicar la vieja barcaza, y deseó haber aceptado uno de los sombreros de Jack Wonnell para realizar la tarea, y, cuando hubo terminado, las estrellas y las nubes maniobraban alrededor de cada una en el cielo, siendo las nubes las más agresivas, y finalmente algunas gotas de lluvia perforaron los largos y desnudos músculos de la marea entrante, haciendo un retículo de pequeñas picaduras, como una red de cuentas sobre los mechones a la deriva de una mujer. A medida que avanzaba la noche, algo resoplando ascendió por el ancho y negro pasillo de este río forestal, y lentamente el barco de vapor de Norfolk pasó retumbando, con pasajeros para la diligencia de Filadelfia. Entonces el silencio se envolvió en una sábana de niebla y entró en un frío sopor de reposo, afectado solo por las olas que lamían las orillas con sed intermitente.
El barquero, lamentando un poco no haber tomado su puesto en Vienna, donde se podría haber obtenido ayuda humana, y pensando que los aires venenosos también podrían afligirlo con las dolencias de Meshach Milburn, luchó contra el sueño hasta la medianoche, aguzando sus ojos y oídos de vez en cuando en busca de signos de alguna vela; pero nada se acercó, y había cerrado insensiblemente los párpados y podría haber entrado pronto en un sueño profundo, de no ser porque escuchó de repente, entre sus sueños y este mundo, algo parecido a un bebé gimiendo en la noche.
Se sentó en la húmeda barcaza, donde había estado acostado, y escuchó con todos sus sentidos bien abiertos, y una vez más el llanto fue llevado por las brisas del río, y antes de que se extinguiera el remo del marinero estaba en el agua, y su frágil y torpe embarcación se lanzaba a través de la marea.
Vio, en la noche negra, lo que solo los ojos de un marinero habrían visto, una cosa no visible, sino adivinada, viniendo a lo largo del seno del río; y sus oídos la vieron más claramente a medida que ese pequeño llanto continuaba; ahora detenido, ahora sofocado, ahora subiendo, ahora casi penetrante; y luego hubo un gruñido, momentáneo y fuerte, y un traqueteo como de pies sobre madera, y un golpe o impacto, o una fuerte conmoción, y entonces una cosa blanca se levantó contra la tinta universal y se precipitó sobre la pequeña barcaza, succionando agua mientras venía: el balandro bajo vela completa.
Phoebus había remado hacia la orilla opuesta del río para evitar que el objeto de su búsqueda escapara por el Northwest Fork, pero para estar en su camino si remontaba el brazo principal, y, mediante un cálculo instintivo, había corrido casi bajo las proas del balandro.
—¡Ahoy, ahí! —gritó Jimmy, poniéndose de pie en su inestable esquife; ¡ahoy el Ellenory Dennis! Voy a bordo.
Y con esto, el remo todavía en su mano, y sus rodillas y pies casi conscientes en su providencia de usos, el marinero se lanzó sobre la borda baja, y dejó que se deslizara a través de sus palmas hasta que pudo ver al hombre en el timón.
No había luz que pudiera llamarse así, pero el timonel fue percibido aún por los ojos experimentados del marinero, y se agarró más fuerte a la borda, y, preparándose para saltar a bordo, gritó con voz ronca:
—¡Levin Dennis, te veo, por todos los demonios! ¡Sabes que Jimmy Phoebus es tu amigo, sal de este Pangemonio y deja de romper el corazón de tu madre! ¡Oh, te veo, hijo mío!
Si él veía a Levin Dennis, Levin no veía a Jimmy Phoebus, ni aparentemente lo oía, sino que permanecía inmóvil en el timón como un hombre congelado, mirando directamente hacia la noche. El aparejo hizo un pequeño aleteo, el timón crujió en sus ganchos, pero todo sonido humano estaba tan quieto como la tumba ahora, y el muchacho en el timón parecía petrificado, sordo y ciego.
El temperamento del capitán del *pungy* se elevó, no siendo su superstición igual a la de la mayoría de la gente, y gritó de nuevo:
—Eres una vergüenza para la mujer que te dio a luz. El infierno está esperando por tu pobre cuerpo tierno y tu alma. ¡Arria y deja caer esa botavara, y llévame a bordo, Levin!
Todavía silenciosa y pasiva como una piedra, la figura juvenil en el timón no parecía respirar, y el balandro cortaba el agua como un águila pescadora.
Un destello de fuego brillante iluminó el costado del barco, sonó un fuerte disparo de pistola, y las manos del marinero se soltaron de la borda y se agarraron al aire, y sintió que la noche negra caía sobre él como si hubiera derribado sus columnas de ébano sobre su cabeza.
No supo nada más durante horas, hasta que se sintió acostado en agua fría y vio la mañana gris llegando a través de las ramas de los árboles sobre su cabeza. Tenía una sensación de sed y dolor en alguna parte, y durante unos minutos no se movió, sino que se quedó allí apoyado sobre su hombro, agarrándose a algo y adivinando qué podría ser, y dónde podría estar haciendo su cama en este frío amanecer de otoño.
Su mano estaba agarrando la tabla de popa de la vieja barcaza, y estaba tan rígida que no pudo abrirla durante algún tiempo. La barcaza estaba encallada en una orilla pantanosa, en la que crecían algunos árboles grandes, y eran los flecos de un bosque que se profundizaba más atrás.
—¡Por todos los demonios! —masculló Jimmy—, si no es una farsa. Pero supongo que no estoy muerto, de todos modos.
Con esto levantó la otra mano, que había estado estirada bajo su cabeza, y también estaba entumecida por el calambre y el frío, y estaba llena de sangre.
—Bueno —dijo Jimmy—, ese tipo sí me dio; pero, si me presta su pistola, dispararé una bala más recta que la suya. Me pregunto dónde está.
Palpando alrededor de su cabeza, el capitán llegó a una zona viva, cuyo contacto le causó un dolor agudo e hizo que la sangre fluyera nuevamente a medida que retiraba la mano, y apenas pudo pronunciar las palabras: «Agua, o yo...» cuando se desmayó.
El sol estaba arriba y brillaba alegremente en las copas de los árboles cuando Phoebus, que era el portador de su nombre, recuperó los sentidos de nuevo, y se lavó la cara, todavía acostado, y se arrancó un trozo de su vestimenta para vendarse, y, por el espejo de un estanque de agua quieta y verde, examinó su herida, que estaba en la parte carnosa de la mejilla; un pequeño surco o canal, ahora obstruido con sangre casi seca, donde la bala había trazado una línea. Probablemente había golpeado un hueso, pero no lo había roto, y esto lo había aturdido.
—Yo era tan feo antes que Ellenory no me miraría más que a medias —reflexionó Jimmy—, y ahora, supongo, nunca besará esa mejilla.
Luego se vendó la mejilla bruscamente, sentándose, y echó un vistazo al paisaje.
El río tenía aquí un cuarto de milla de ancho, en la orilla opuesta escarpado, y en algunos lugares audaz, pero, en el lado donde Phoebus había derivado con la marea, agarrando su vieja barcaza con un agarre mortal, se extendía una punta de bosques llanos y pantano o «cripple», como si fuera por la acción de alguna resaca, y este terreno bajo parecía tener una extensión considerable y no estaba cultivado ni cercado en ninguna parte, ni mostraba señales de ser visitado.
Pero la orilla opuesta o norte era muy distinta; allí el río tenía una amplia curva o hueco para recibir dos arroyos considerables, y cambiaba su curso casi abruptamente de oeste a suroeste, dando una gran vista de su ancho seno por la distancia de más de dos millas hacia Maryland; y el prospecto estaba cerrado en esa dirección por algo de aspecto blanquecino, como pilas de cal o conchas, de pie contra el fondo de bosques y acantilados de color azul pálido.
Justo enfrente del lugar donde Phoebus había quedado varado, una granja despejada salía al Nanticoke, ofreciendo un frente de un solo campo, en la cresta de un considerable acantilado de arena —elevaciones que parecen magnificadas aquí, donde la naturaleza es tan plana—; y en un extremo de este campo, que estaba plantado con maíz que ahora se aferraba seco a los tallos desnudos, un viejo carril descendía a un muelle pavimentado de conchas de una forma cuadrada y rechoncha; y casi en el otro extremo, o al oeste, del claro se alzaba una respetable casa de campo de considerable antigüedad, con un techo a cuatro aguas y tres curiosas ventanas abuhardilladas deslizándose por la mitad más empinada de abajo, y dos chimeneas, no construidas fuera de la casa, como era la costumbre general, sino surgiendo naturalmente de los antiguos hastiales de ladrillo inglés. Todo entre los hastiales estaba construido de madera; un porche de un piso ocupaba casi la mitad del centro de ese lado de la casa que daba al río; y a la derecha, contra la casa y detrás de ella, había cocina, ahumadero, graneros de maíz y otras viviendas bajas, en una mezcla pintoresca; mientras que a la izquierda se agazapaba un edificio viejo y bajo a la orilla del agua, que parecía un alambique de brandy o un pequeño almacén. El camino desde el muelle y el carril pasaba a lo largo de una playa, y en parte a través del agua del río, para entrar por una puerta entre este cobertizo y la vivienda; y desde el jardín o césped, en el acantilado frente a este último, surgían dos árboles altos y elegantes, una acacia y una corpulenta morera.
—Bueno, Jimmy —murmuró Phoebus al ver la acacia y la morera—, esto tiene toda la pinta de ser el Pangymonum de Joe Johnson. Si esta es su casa, por mis muertos que he llegado al lugar correcto para que alguien me ayude con esta cadena.
La mujer, que lo había seguido con dificultad arrastrando el pesado hierro, se desplomó al pie de la corpulenta morera, jadeando con un estertor que le desgarraba el pecho. La fatiga, el hambre y el dolor de la pérdida de su hijo habían dejado sus fuerzas en un hilo, pero sus ojos, aún encendidos por una fe desesperada, escudriñaban la casa buscando algún signo de vida.
Phoebus, apoyándose en su pierna sana y tratando de ocultar la gravedad de su propia herida, se acercó a la puerta del cobertizo. La madera estaba carcomida por la humedad y el salitre, y un olor agrio a fermentación y a tabaco rancio emanaba de las rendijas.
—¡Hola en la casa! —gritó, aunque su voz sonó más como un graznido—. ¡Joe Johnson, salga afuera! ¡Traigo noticias de las ciénagas y una carga que usted bien conoce!
No hubo respuesta inmediata, salvo el crujido de las tablas del porche bajo el peso de un animal invisible que se escabulló al otro lado. Phoebus, sintiendo que la sangre volvía a brotar bajo los vendajes de su mejilla, buscó un peso con el cual golpear la puerta, pero sus dedos solo encontraron el frío metal de la cadena que todavía unía a la mujer con su destino.
—No creo que esté aquí, Mary —dijo con amargura, volviéndose hacia ella—. Ese maldito Eben y su socio deben haber previsto que alguien vendría buscando justicia, o quizá este sitio es solo una tapadera para los tratos más sucios que ocurren bajo el amparo de estas sombras.
La mujer no contestó. Se había quedado mirando los árboles, con la mente perdida en el recuerdo del niño que el río le había arrebatado. El sol, descendiendo sobre las aguas del río, bañaba la fachada en un tono cobrizo que hacía que las cicatrices de la casa parecieran heridas abiertas.
Jimmy Phoebus miró hacia el río, donde la corriente seguía su curso indiferente, ignorando el drama que se desarrollaba en su orilla. Sabía que sus fuerzas no durarían mucho más; el frío de la ciénaga se le había metido en los huesos y la fiebre empezaba a nublarle la vista. Con un último esfuerzo de voluntad, se sentó junto a la mujer, manteniendo su cuchillo marinero en la mano, listo para defender lo que quedaba de sus vidas.
—Si no hay nadie —susurró—, descansaremos hasta que la luna se levante. Entonces, si Dios me da el aliento, te prometo que esta cadena no será más que un recuerdo enterrado en el lodo del Pangymonum.
Miró a su alrededor con dificultad; su rostro herido estaba ahora cuajado y manchado de sangre, y sus ojos buscaron a continuación una respuesta tan amable y aprensiva que ella se la dio, para ahorrarle el aliento:
—El bebé se ahogó. ¡Dios sabe lo que hace!
Él tendió su mano hacia la de ella —ella estaba casi desnuda hasta la cintura, habiendo sacrificado todo lo que tenía, cuya mayor parte era el pudor, para devolverle a él esa vida que llegó al mundo desnuda y sin vergüenza— y puso lo poco que le quedaba de fuerza en el apretón.
—Mary —exhaló—, ¿por qué no agarraste al bebé y me dejaste ir a mí?
—Oh, por mucho que lo quisiera —respondió la mujer—, me alegro de que hayas sido tú quien volvió bajo mis manos. Tú puedes hacer el bien: eres un hombre blanco. El bebé solo habría sido un pobre esclavo, o un negro libre por quien nadie se preocuparía.
—Tengo la intención de hacer el bien, si el Señor me lo permite —suspiró el marinero—; tengo la intención de ir y morir de nuevo por la naturaleza humana en Johnson's Cross-roads.
CAPÍTULO XXIV.
CHIMENEAS VIEJAS.
El día estaba muy avanzado cuando Jimmy Phoebus tuvo fuerzas suficientes para levantarse, caminar y abandonar el refugio en el bosque. Aconsejó a la mujer de color que se arrastrara a través de los pinos a lo largo del margen, mientras él remaba en la vieja barcaza a la sombra del bosque, que ahora se extendía con fuerza sobre el pecho del río.
A una distancia de aproximadamente una milla, Broad Creek, como un río tributario, fluía hacia el Nanticoke desde el este, con una anchura de un cuarto de milla, y media milla río arriba de esta corriente, una casa vieja, baja, extendida y ennegrecida por la intemperie miraba hacia el río, y parecía sonreír desde sus costillas rotas y sus cuencas de ventanas vacías como el cráneo descolorido de un traidor en una horca. Se estaba desmoronando, y a lo largo de la cumbrera de su tejado una fila de cuervos se equilibraba y graznaba, como si tuvieran historias fascinantes que contar y opiniones extrañas que emitir sobre los antiguos habitantes de la vivienda.
—Ahí, he oído decir —dijo Jimmy, mientras se acercaba a la orilla, subía a la mujer a la barcaza y comenzaba a remolcarla a lo largo de la playa, vadeando en el agua—, ahí, he oído decir, vivió el pirata de Broad Creek, el viejo Ebenezer Johnson, a quien dispararon poco después de la guerra del 12 en la casa de Twiford, allá abajo.
—¿Por secuestrar gente libre? —preguntó la mujer, sin interés, surgiendo la pregunta desde su corazón desolado.
—En aquellos tiempos no secuestraban mucho; apenas estaba empezando. La guerra del 12 lo arruinó todo en la bahía, quemó media docena de pueblos, mantuvo a los hombres blancos escondidos y vigilantes, convirtió a la mitad de ellos en holgazanes, y trajo voluntarios y milicianos malos aquí a jugar con las muchachas pobres, y algunos de esos extraños se quedaron aquí después de que terminó la guerra. No sé de dónde vino el viejo Ebenezer; algunos dicen una cosa, otros otra. Todo lo que sabemos es que él y las muchachas Hanlen, una de ellas Patty Cannon, fueron los principales demonios durante y después de la guerra.
—Es una casa vieja de mal aspecto, señor. Mire, allí hay un mapache saliendo por la puerta. ¡Oh! oigo a mi niño llorar por todas partes donde miro.
—Los británicos empezaron a llevarse a los negros en la guerra. Los negros querían irse con ellos. Los británicos llenaron las islas de Tangier, aquí cerca, con campamentos de negros; iban a tomar toda esta península, y reunir y entrenar un ejército de negros en ella para someter a América. Cuando terminó la guerra, los británicos zarparon de la bahía de Chesapeake con miles de esas personas de color, y entonces la gente de aquí empezó a odiar a los negros libres.
—¿Por amar la libertad? —suspiró la mujer, mirando la bola, que le había dejado el tobillo ensangrentado.
—Los odiaban como si todos fueran leales a la corona y no amaran a América. Así que, al ver que los negros libres no tenían amigos, estos Johnsons y Patty Cannon empezaron a robarlos, ¡por el humo! Solo había un millón de negros en todo el país; Luisiana los reclamaba a gritos; cada negro valía veinte caballos o treinta yuntas de bueyes, o dos buenas granjas por aquí, y estos secuestradores ganaban dinero como humo, compraban a los abogados, se metían en política y llegaron a tener tanto poder que intentaron asesinar a los traficantes de negros de Georgia y de por allí, que venían aquí llenos de oro para comprar gente libre. Eso les dio un contratiempo, y colgaron a algunos de la banda de Patty; algunos en Georgetown, otros en Cambridge.
—Si mi bebé se vuelve blanco en el cielo, me temo que no lo reconoceré —dijo la mujer, asintiendo y con la mente perdida.
—Al final, los de Delaware marcharon sobre Johnson's Cross-roads y limpiaron su Pandemónium de allí, y lo escoltaron a él, y a dieciséis pobres negros encadenados que había secuestrado, a la cárcel de Georgetown. Los cuáqueros de Filadelfia pagaron al joven John M. Clayton para que lograra su condena. Johnson era influyente en el condado —ahora estamos en él, Sussex— y si Clayton no hubiera asustado al jurado casi hasta la muerte, no habrían llegado a un acuerdo. Los mantuvo sobre el infierno hirviente y los sumergió allí hasta que la sala del tribunal parecía una reunión de avivamiento metodista, con la mitad de ese jurado gritando "¡Sálvame, sálvame, Señor!", mientras algunos de ellos tenían el dinero de Joe Johnson en sus bolsillos. Joe fue azotado en el poste, desterrado del estado y tan asustado que se mantuvo oculto un tiempo, yéndose a alguna parte: a Misuri, o Florida, o Alabama. Pero Patty Cannon nunca se acobardó; entrenó a los muchachos jóvenes de por aquí para que fueran sus sabuesos y fueran a robar para ella; y, hasta que muera, es más seguro ser un pollo que un negro libre. Te robaron a ti, pobre criatura, de Filadelfia, y los roban en Jersey y hasta en Carolina del Norte; porque Joe Johnson es un tipo listo para los negocios, y Patty Cannon es profunda como la muerte y la tumba.
Phoebus miró a la mujer sentada en la barcaza y vio que estaba profundamente dormida; su relato no tenía poder para alarmar sus sentidos, ahora agotados por todo tipo de sufrimientos.
—Debo quitarle esa bola y esa cadena —dijo el marinero—; pero el hierro, en estas viejas partes arenosas, es tan escaso como el oro.
La sacó de la barcaza, la dejó a la sombra y comenzó a explorar la vieja casa. Para su alegría, encontró la grúa de hierro todavía colgada en la chimenea y señales de fuego reciente.
—Estas viejas grúas eran valiosas antaño —dijo Jimmy—, y en los testamentos se las dejaban a sus hijos como si fueran granjas, y se entablaban juicios por las ollas hirvientes y las calderas más grandes. A una mujer se le rompía el corazón si le dejaban una caldera pequeña, y la chica de la caldera grande era simplemente acosada por los pretendientes. Pero, ¡por el humo!, ¡ahora estamos fabricando hierro en América! Las calderas son baratas, y por eso esta grúa ha sido abandonada por ladrones y gitanos después de usarla.
Tiró de la grúa para sacarla de los ladrillos en los que estaba articulada, y parte de la jamba de la repisa se vino abajo.
—¡Hola! —gritó Jimmy—, ¿qué es esto que rueda por aquí? ¡Un chelín, por Jorge! Digo, por Jorge, esta vez porque el retrato del viejo Jorge Tercero está en él. Quizás haya más.
Sacó unos cuantos ladrillos de la jamba, rastrilló con la mano el espacio hueco interior y sacó una bolsa de acero de fabricación inglesa, llena de chelines en un extremo y quince guineas de oro en el otro; rodaron a través de la filigrana deteriorada, oxidados, probablemente, por la lluvia que se filtraba a través de la chimenea, y la bolsa se desmoronó hasta convertirse en moho de hierro en su mano.
—"El Señor es mi pastor" —dijo el marinero con reverencia—; "nada me faltará. Me pastoreará junto a aguas de reposo". Qué hermoso lo dice Ellenory. Mira allí las aguas del Nanticoke, hermosas como la plata. ¡Señor, haz que sean aguas puras y libres, para cada pobre criatura!
—¡A quién! ¡a quién! —gritó una voz desde la chimenea hueca.
—Bueno —respondió Jimmy, apenas alterado—, no soy exigente. ¡Ja! pensé que te conocía, Barney —continuó, mientras un búho revoloteaba hacia afuera y saltaba por una escalera en ruinas.
—Ahora bien, el dinero británico no está acuñado por el Tío Sam; ¿cuál es la fecha? Puedo descifrar las cifras fácilmente: ¡"Mil ochocientos quince"! Estaba a punto de cometer la injusticia con Ebenezer Johnson de decir que había vendido a su país al viejo Almirante Cockburn, pero la guerra ya había terminado cuando se acuñó este dinero. ¿De quién sería?
Retiró con más cuidado algunos de los ladrillos para meter la mano en el depósito hueco que quedaba allí y, tanteando alrededor y más arriba, sacó la empuñadura de bronce de una espada, en la que había un nombre.
—¿Quién hubiera pensado que esta era una casa de estudios? —dijo Jimmy, con duda—. No puedo leerlo. ¡Por el humo! tal vez hayan asesinado a alguien aquí. Creo que era británico. Ellenory puede leerlo, si vivo para volver a verla.
No había nada más y, mientras abandonaba la vieja casa podrida, un estruendo y una nube de humo se elevaron detrás de él, y la chimenea cayó al centro del suelo.
Con la punta de hierro forjado afilada de la grúa y su largo brazo de palanca, el capitán de la barcaza logró, tras tediosos esfuerzos, romper los eslabones de la cadena y también retirar la bala de cañón unida al pie de la mujer, pero no pudo quitarle la banda de hierro y el eslabón alrededor de su tobillo.
—¡Que Dios le bendiga! —exclamó la mujer—. Es pecado decirlo, pero siento como si pudiera volar ahora que ese peso terrible ha desaparecido. Oh, quiero volar, porque soñé con mi bebé, y él me sonreía desde el cielo como si dijera: "¡Soy feliz, mamá!".
—No me debes nada, Mary. Amo a una viuda, como tú lo eres, y ella me rogó que viniera aquí. Cuando llegues a Princess Anne, adonde quiero que vayas, busca a Ellenory Dennis y dile que he visto a su hijo, y que lo traeré de vuelta si puedo.
—¿Princess Anne? ¿Dónde queda eso?
—Está, tal vez, a cuarenta millas de aquí, Mary; a mitad de camino entre el amanecer y el atardecer.
—¿Justo al sur, señor?
—Eso es. Ahora te diré cómo llegar allí. Toma este viejo camino forestal a lo largo de Broad Creek y camina hasta Laurel, cinco millas; es un pueblecito en el arroyo. Mantente bajo los árboles, pero no pierdas el camino, porque cada pie de él es peligroso para los negros. Puedes llegar allí, tal vez, al anochecer. No conozco a nadie allí, Mary, y no sé escribir, porque nunca aprendí cómo. Pero ve directamente a la casa de algún predicador del Evangelio y dile una mentira.
Mary abrió los ojos.
—No querría que le dijeras una mentira a nadie más que a un hombre bueno —continuó Phoebus—, porque entonces está tan cerca del Señor que no llegará lejos ni envenenará a muchos, como hacen siempre las mentiras. Debes decirle a ese predicador que eres la esclava fugitiva del Juez Custis de Princess Anne, y que lamentas haberte escapado y quieres volver a casa.
—Oh, señor, ¿no es usted como mi malvado marido, tratando de venderme también a mí?
—No, Mary, por muy mal que te hayan tratado, la fe es tu única amiga segura. Si le dijeras al predicador que fuiste secuestrada, tal vez tendría miedo de ayudarte. Son un grupo tímido aquí abajo en cualquier tema relacionado con los negros; estos predicadores ayudarán a salvar las almas de la gente negra, pero nunca rescatarán sus pobres cuerpos destrozados. Cuando le digas que eres la esclava de un hombre rico como el Juez Custis, se lanzará a la oportunidad de hacerle un favor al Juez y te dirá que haces bien en volver con tu amo. Ahí es donde él es un mentiroso, Mary, así que él borrará tu mentira.
—Me devolverán en Princess Anne, y tal vez no me conozcan.
—No si haces esto, Mary. Haz que te lleven ante la hija del Juez Custis, la que acaba de casarse. Dile que quieres hablar con ella en privado. Luego dile que el hombre de piel de negro —ese soy yo—, al que ella envió con su madre, te encontró donde estabas encadenada en el bosque. Lleva este eslabón de la cadena para enseñárselo. Dile que quieres ser su cocinera hasta que se encuentre al que se escapó.
—Lo haré, señor. No tengo ningún hogar al que ir, ahora.
—Cuéntale todo lo que recuerdes. Dile que no le cuente a Ellenory ninguno de mis problemas. Dile que me dirijo al Pandemónium y, si muero, no es más que un soltero manteniendo su propia compañía solitaria. Aquí tienes una moneda de oro y tres de plata que encontré, Mary, para pagar tu camino. Adiós.
—¿No me dará su cuchillo? —preguntó la mujer.
—¿Para qué, Mary?
—Para matarme si me secuestran de nuevo.
—No tengo nada más con qué luchar por mi vida —dijo Phoebus—. No, no debes hacer eso. Mantente en el bosque hasta Laurel.
Ella cayó al suelo y besó sus rodillas, bañándolas con sus lágrimas.
—Tengo fe, amo —dijo—, fe suficiente para ser su esclava.
—Yo también lloraría un poco —dijo Jimmy, contrayendo los ojos, mientras la mujer desaparecía en el bosque—, si supiera cómo hacerlo; pero, ¡por el humo!, el viento de la bahía ha secado mis estanques de lágrimas. Enterraré estas curiosidades justo aquí, con esta cadena y esta bola, y pondré algunos ladrillos viejos alrededor, sacados de la chimenea de la que vinieron.
Cavó un hoyo con su cuchillo, cortando cuidadosamente un trozo de césped y colocándolo de nuevo sobre los artículos enterrados; y, después de hacer muescas en algunos árboles para marcar el lugar, empujó la barcaza de nuevo hacia Broad Creek y descendió por el Nanticoke con la marea baja hasta el muelle de Twiford.
Arrastrando la barcaza por el lecho de un arroyo para ocultarla, descubrió otra piedra de límite. Una playa conducía bajo la cubierta de un acantilado arenoso hasta la puerta del río de la cómoda casa de Twiford, y entró audazmente en el sendero y el jardín, diciéndose a sí mismo:
—Supongo que un tipo puede pedir comprar una comida decente al día en un país libre, porque tengo hambre.
Incluso en aquel entonces, la casa tenía probablemente setenta años, techada por un artista de las tejas en líneas como encaje antiguo, los techos cortos sobre las tres bonitas buhardillas como delantales de encaje, los marcos de las ventanas en pequeños cuadros de vidrio oscuro, el techo tan espacioso como el lomo de un armadillo o una tortuga terrestre; pero la mitad era casi tan recta como las paredes, y los pequeños ladrillos extranjeros en los hastiales, esmaltados de negro y rojo oscuro alternativamente, fueron colocados por trabajadores concienzudos, y prometían durar otros cien años, mientras fumaban sus ordenadas pipas de chimenea desde los estómagos abundantes de los hogares de abajo.
De pie bajo el árbol de algarrobo en la puerta del jardín, el marinero contempló una extensa perspectiva del río Nanticoke, curvándose en una hermosa curva, como el borde de una bandeja de plata, hacia el sur, la perspectiva azul de los bosques circundantes desvaneciéndose en los acantilados azulados de la orilla lejana, donde, como ahora identificaba, la aldea de Sharptown asumía el misterio y la semejanza de una ciudad por el encantamiento de la distancia. Un gran bergantín navegaba río arriba bajo la brisa de la tarde, llevando la bandera inglesa en su cangreja. Las aves silvestres, volando en líneas en forma de V, como Híades perdidas, parpadeaban sobre la bandeja del río como moscas domésticas. Algunos pescadores aparecieron a lo lejos, humanos, pero casi estacionarios, como para animar un sueño, y las abejas en una hilera de colmenas seguían zumbando cerca, aumentando la sensación de descanso en el corazón y los oídos.
—¿Por qué la naturaleza humana no puede ser feliz aquí, especialmente con su chica, alguien como Ellenory? —pensó Phoebus—; ¿por qué debe volverse cruel y desesperada por dinero, mirando esta agua danzante, y querer convertir este trance en un Pandemónium?
Cruzó el camino hacia una vieja estructura achaparrada de ladrillo junto al agua y echó un vistazo.
—¡Un alambique, por el humo! —dijo—. ¡Si no es aguardiente de manzana, que me olvide de mi brújula! No, es aguardiente de melocotón. Bueno, de todos modos, está lo suficientemente caliente; y esto, supongo, es lo que inició el Pandemónium.
Tomó un trago fuerte, y revivió su sistema debilitado, y se lavó la cabeza con su fuerte alcohol. Luego regresó al jardín y caminó alrededor de la casa, espiando las habitaciones inferiores —de las cuales había dos en el edificio principal, siendo la cocina un anexo— pero no vio a nadie. El porche en la parte trasera se extendía a todo lo ancho de la casa, a diferencia del cobertizo más pequeño en el frente, que solo cubría dos puertas, situadas curiosamente una al lado de la otra.
Completamente resguardado por el porche más largo, Phoebus, mirando por una ventana, vio allí una mesa ya puesta con un mantel limpio, pan y pollo frío, y una jarra de leche cremosa, con un trozo de hielo flotando en ella. A cada lado de una gran chimenea al lado de la mesa había una puerta, una abierta, que conducía por una pequeña escalera de caracol al piso superior. Había también una cama en la habitación, que daba por una ventana al jardín y al río, y por la otra a la granja, los graneros y los pequeños establos y el corral.
Con los pies silenciosos y deslizantes de un marinero, Jimmy entró en el bajo vestíbulo, y un sinsonte, en una jaula allí, comenzó inmediatamente una serie de gritos tan agudos que sus pasos fueron inaudibles para él mismo.
—Al no haber nadie aquí —pensó Jimmy— y las moscas acercándose a las vituallas, supongo que haré lo que me gustaría que hicieran conmigo.
Así que comenzó a comer, y pronto oyó una voz femenina, muy cerca, sonar desde las escaleras, como si recitara para otra persona.
—La tía Patty dice que el primer marido de la tía Betty, el capitán Twiford, era un capitán de mar y viudo, y ella era una de las hermosas chicas Hanley, criadas por el viejo Ebenezer Johnson en su casa al otro lado de Broad Creek; y allí el capitán Twiford la cortejó y la trajo aquí a vivir. Murió joven —todos los maridos de mis tías murieron jóvenes— y está enterrado en la cripta aquí detrás del corral, donde puedes entrar y verlo en su mortaja, acostado junto a la tía Betty. Su siguiente marido, John Gillis, la abandonó, y luego vivió con William Russell, un traficante de negros. La tía Patty gobernaba a todas sus hermanas y también a los chicos Johnson. Oh, cuánto la temo cuando a veces me mira con sus ojos negros y audaces: no puedo evitarlo.
Otra voz, no de mujer, pero casi igual de suave, pareció preguntar ahora una pregunta; pero el sinsonte, comportándose como un detective y un chismoso, lanzó un grito tan furioso al ver a un extraño bebiendo la leche, que Phoebus no pudo oírla bien. La agradable voz femenina habló de nuevo:
—Sí, lo mataron en la habitación debajo de esta, antes de que yo naciera, dice la tía Patty; y a veces le gusta contar esas historias oscuras y sangrientas, y se ríe de alegría al verme asustada por ellas. La tía Betty se endeudó y esta casa y la granja fueron vendidas por ejecuciones hipotecarias y compradas por un hombre de Maryland, que aprovechó una oportunidad cuando los hombres estaban fuera, colocó sus bienes en la casa y puso los bienes de la tía Betty afuera en el jardín. Está a solo una milla, o poco más, de aquí a la casa de Ebenezer Johnson, y la noticia del embargo fue enviada allí.
Jimmy arrancó un trozo de pollo con los dientes, escuchando con voracidad.
—¿Oíste algo? —continuó la voz—; me pareció que sí. Los perros están encadenados en el ahumadero, y a menudo viene gente mala aquí; iré a soltar a los perros.
—¡Que me condenen si lo haces! —reflexionó Jimmy—. Ese es el sinsonte más despreciable que he visto, porque ahora se ha callado a propósito.
Sonó algo familiar para el invitado no invitado en la voz que parecía retrasar esta intención; pero el sinsonte, con su actitud poco complaciente, volvió a intervenir de nuevo. Entonces la mujer continuó:
—¡Cállate, Patty! Él no está muerto, solo está aturdido. ¡Dale con el atizador! —dijo la voz de un hombre.
Jimmy, al reconocer la voz de Levin Dennis, sintió que una oleada de furia le recorría las venas, pero se obligó a permanecer inmóvil. En la penumbra del desván, sus ojos se acostumbraron a la luz de la luna que entraba por la ventana del hastial, revelando una escena de miseria indescriptible. El espacio estaba atestado de figuras humanas, algunas encadenadas a las vigas, otras sentadas en el suelo sobre paja podrida; el aire estaba cargado con el hedor a sudor, miedo y falta de higiene. Los lamentos, que antes habían parecido salmodias, eran ahora gemidos articulados por el dolor y la desesperación.
—¿Quién está ahí? —preguntó una voz ronca desde un rincón. Era un hombre mayor, con la espalda encorvada, que miraba hacia la puerta con ojos desorbitados.
—Un amigo —susurró Jimmy, acercándose un paso—. Busco a alguien. ¿Hay aquí un joven que haya sido traído recientemente?
Un silencio sepulcral cayó sobre los cautivos, roto solo por el siseo de una mujer que, en el extremo opuesto del desván, comenzó a balancearse de nuevo. Jimmy se acercó a ella, pero al ver su rostro, vio que estaba perdida en un delirio febril. Siguió inspeccionando el lugar hasta que, bajo un montón de harapos, vio unas botas que no pertenecían a un esclavo. Apartó la tela y descubrió a un joven, pálido y con las manos atadas, que respiraba con dificultad.
—¿Eres tú? —preguntó Jimmy en voz baja, tocando el hombro del muchacho.
El joven abrió los ojos lentamente; aunque estaban hundidos por la falta de sueño, Jimmy reconoció el parecido. Era el hijo de la mujer que amaba.
—¿Quién... quién es usted? —balbuceó el chico.
—Soy Phoebus, amigo de tu familia —respondió Jimmy, sacando su cuchillo de caza—. Vamos a salir de aquí, pero tienes que ser valiente. Si hago ruido, estamos perdidos.
Con manos expertas y rápidas, cortó las cuerdas que sujetaban las muñecas del joven y luego procedió a liberar a otros dos que parecían estar en mejores condiciones para caminar. Jimmy sabía que no podía liberar a todos —no sin causar un alboroto que atraería a los hombres de Patty Cannon—, pero tenía que llevarse al chico.
De repente, un ruido pesado resonó en el pasillo inferior; era alguien subiendo las escaleras con paso firme. Jimmy hizo una señal a los demás para que guardaran silencio y, empujando al joven hacia la ventana del hastial, observó la caída. Era una altura considerable, pero el suelo estaba cubierto de paja y desechos.
—Tírate —le ordenó Jimmy—. Yo iré detrás.
El joven, aún debilitado, dudó un segundo, pero al escuchar que la puerta del desván empezaba a ceder bajo una patada, se lanzó al vacío. Jimmy lo siguió inmediatamente, aterrizando con un golpe sordo en el terreno exterior, justo cuando un disparo atravesaba la madera de la puerta del desván, rompiendo la paz de la noche y alertando a todo el asentamiento.
—¡Corred hacia los pinos! —gritó Jimmy, levantándose a duras penas mientras el dolor en su cabeza, por la herida aún no curada, le nublaba la vista.
Los perros, que hasta ese momento habían estado inquietos, empezaron a ladrar con furia salvaje. El estruendo de voces, disparos y el galope de caballos comenzó a surgir de la taberna de Joe Johnson. Jimmy, agarrando al muchacho del brazo, se internó en la espesura del bosque, sabiendo que la oscuridad de Pangymonum sería su única aliada en aquella huida desesperada.
Por algunos minutos no pudo ver en absoluto el contenido debido a la oscuridad total que prevalecía, ya que no había ventana alguna en aquel corral o guarida, pero escuchó varias voces e inhaló el aire denso y viciado de muchos alientos africanos que agotaban el suministro de oxígeno, y supo que cadenas y hierros estaban siendo arrastrados contra las tablas del suelo.
—Aquí no hay nada que hacer —comentó Jimmy en voz baja—, más que agacharse y aclimatarse, como dicen sobre los extraños en nuestra costa biliosa, y acostumbrar los globos oculares a la oscuridad. ¡Pero diría que esto es tanto un embuste como el Pandemónium, por todos los demonios!
Un hombre en alguna parte de la guarida estaba rezando de una manera sumamente nerviosa y excitada, balbuceando sus agónicas oraciones, insistiendo mucho en sus vocales más abiertas y manteniendo a varios otros reclusos en simpatía o en igual miseria, mientras ellos añadían sus voces en respuesta a sus apóstrofes:
—¡Señor, desciende! ¡Desciende, oh mi Señor! No te dejaré ir; no, ¡oh mi Señor! ¡Ven, sálvame! ¡Sí, mi Señor! ¡Ven caminando sobre las aguas! ¡Sal de la tumba de Lázaro! ¡Ven en el carro de fuego! ¡Ven con tu poder! ¡Desciende ahora, oh mi Señor!
La entrada de Phoebus no causó conmoción alguna, y se agachó para esperar a que su vista se fortaleciera para ver a su alrededor. El lugar parecía tener casi veinticinco pies cuadrados y estaba cubierto con tablas tanto en la parte del hastial como bajo el techo inclinado, cuyos aleros estaban tabicados a uno o dos pies sobre el suelo; en el centro, cualquier hombre podía estar de pie y apenas tocar la viga cumbrera con sus manos, pero a lo largo de los lados inclinados apenas podía sentarse erguido.
Como el hombre seguía expresando su absoluta sumisión de espíritu en un frenesí de palabras, y varios niños pequeños lloraban y gritaban en respuesta, Phoebus ordenó al hombre que se detuviera, después de pedirle amablemente que lo hiciera varias veces; y al ser desobedecida la orden, abofeteó al que rezaba con la mano abierta, y el pobre desgraciado rodó sobre sí mismo en una especie de ataque de debilidad.
Continuando el llanto de un niño pequeño en algún lugar, Phoebus lo tomó en sus brazos y sostuvo, entre él y la luz de las estrellas que entraba por la puerta entreabierta, uno de los chelines que había obtenido en la vieja cabaña de Broad Creek pocas horas antes. El niño, al ver algo brillar, lo agarró y se aferró a él, y a continuación Phoebus pasó su mano sobre el rostro de un hombre dormido que roncaba con calma y fuerza en el suelo a su lado. Hizo espacio para que la luz tenue iluminara el rostro negro del durmiente y exclamó al momento:
—¡Si no es Samson Hat, espero que me trague una ballena!
Llamándolo por su nombre, —¡Samson! ¡Samson!—, Phoebus observó a una persona mulata muy abatida, que había estado recostada en las sombras, arrastrarse hacia adelante, haciendo sonar sus grilletes. Este hombre, cuando se le habló, respondió con tal refinamiento y precisión, aunque su rostro denotaba una gran miseria interior, que el marinero lo examinó tan cuidadosamente como lo permitía la luz de la luna que entraba por aquella única y estrecha ventana de la buhardilla. Era un hombre que se había afeitado recientemente, y sus oscuras patillas rizadas, sus labios limpios, el mechón de perilla en el hueco de la barbilla y su frente inteligente y alta parecían estar totalmente fuera de lugar en aquel sombrío nido de los tristes y desamparados.
—¿Es él su amigo, señor? —preguntó este hombre, volviéndose hacia Samson—. Debe tener buena conciencia si lo es, pues se durmió poco después de ser traído aquí y nunca ha emitido una sola queja.
—¿Y usted sí, supongo? —dijo el barquero.
—Oh, sí, señor; he sido tratado con tal ingratitud. A cualquier caballero le rompería el corazón escuchar mi historia. ¿Quién es su amigo, señor?
—¡Samson, despierta, viejo luchador! —gritó Phoebus, sacudiendo al durmiente con firmeza—; ¡no te rendiste ante uno o dos, por todos los demonios!
—¿Eres tú, Jimmy? —dijo finalmente el viejo negro con expresión apocada—; bueno, vecino, me alegra verte, pero también me apena. A un hombre negro no quieren matarlo porque pueden venderlo, pero a un hombre blanco como tú no quieren conservarlo y no se atreven a dejarlo ir.
—¿Un hombre blanco aquí? —exclamó la persona de apariencia superior—; ¿qué pueden querer decir?
—Estoy encadenado tan pesadamente, Jimmy —continuó Samson—, que no puedo incorporarme mucho. Mis manos están atadas con cuerda, mis pies están en un grillete de hierro y una bola está encadenada al grillete.
—Dame tus manos —exclamó Jimmy—; ¡arreglaré esos cordeles, por todos los demonios!
En un minuto había cortado las cuerdas de las muñecas, y el inteligente hombre amarillo suplicó que se hiciera un favor similar con él, a lo que el marinero accedió sin reparos.
—Jimmy —dijo Samson—, si alguna vez se sabe en Princess Anne —lo cual sospecho que nunca ocurrirá, pues estamos en malas manos, vecino—, habrá risas en lugar de llantos, por el viejo Samson boxeador, ¡que fue secuestrado y llevado a la cárcel por una mujer!
—¿Tú, vencido por una mujer, Samson?
—Sí, Jimmy, una mujer ella sola me derribó, me ató manos y pies y me trajo a este desván. No he visto a nadie más que a ella y a esta gente desde que fui capturado.
—¡Ja! —exclamó el abatido mulato—, esa es una hazaña favorita de Patty Cannon. Es la única mujer vista jamás en una era que puede pararse en una medida de medio bushel y levantar cinco bushels de grano de una vez sobre sus hombros, pesando trescientas libras.
—Yo no peso ni la mitad de eso —sonrió Samson con calma—, y ella me manejó, ciertamente. ¿Recuerdas, Jimmy, cuando te dejé junto a la vieja iglesia de Spring Hill para ir a buscar a una mujer en una carreta pequeña que me mostrara el camino a Laurel?
—¡Pero si fue apenas ayer, Samson!
—Esa era la mujer, Jimmy. Era una mujer robusta y de cuerpo pesado, bastante bonita de ver, y quizás de cincuenta años. Era la mujer más agradable que casi haya visto. Me hizo bajar de mi mula y viajar en la carreta con ella, y tomar un trago de su propio aguardiente de manzana; dijo que ella lo destilaba en su granja. Dijo que conocía al juez Custis, me hizo preguntas sobre Princess Anne y quiso que trabajara para ella de alguna manera. Íbamos pasando por un país pobre y de pinos, mucho peor que Hardship, de donde salió el amo Milburn, y no habíamos visto a nadie en el camino hasta que llegamos a un arroyo que dijo se llamaba Tussocky Branch, donde ella se bajó de la carreta para dar de beber a su caballo. En ese lugar, se acercó a mí y dijo: "¡Samson, voy a luchar contigo!". "Váyase", dije yo, "no puedo luchar con ninguna mujer como usted". "Tienes que hacerlo", dijo ella, jurando como un hombre, y agarrándome justo como lucha un hombre. Me sentí avergonzado y no sabía qué hacer, y, antes de que pudiera parpadear, Jimmy, esa mujer me había hecho una zancadilla y me empujó con un golpe como la coz de un buey, y estaba encima de mi espalda con una rodilla como hierro inmovilizándome.
—¡La terrible furcia del Pandemónium!
—La primera idea que tuve fue que era un hombre vestido de mujer. Comencé como un rayo a saltar, y mis piernas se enredaron; ella había traído la cuerda para atarme bajo su vestido y me la enredó alrededor en un minuto. Mientras corría hacia ella y caía con fuerza, ella apretó el nudo corredizo y bailó a mi alrededor como una bruja gorda, envolviéndome todo con la cuerda. El sudor brotó de mi cabeza, grité y luché y volví a caer, y, mientras yacía con la lengua fuera como un becerro en el carro del carnicero, ella me susurró: "¡Quizás seas el último negro que la vieja Patty Cannon ate jamás!".
—A ese nombre, simplemente recé al Señor, pero ya era demasiado tarde. Me puso en el carro y me amordazó para que no pudiera decir una palabra, y la sangre salió de mi boca. La oí hablar con gente mientras pasábamos por un pueblo y sobre un puente. Nadie miró dentro del carro donde yo yacía cubierto, hasta que llegamos a un transbordador en la noche, y allí pasamos al otro lado, y la oí hablar con un hombre de este lado del río. Él se acercó al costado de la carreta y me miró, yaciendo allí indefenso, con mis ojos simplemente rogándole, y tenía una mirada elegante en sus ojos, Jimmy. Él se dijo suavemente a sí mismo: "Esto no es un cargamento, manifiestamente, para Isaac y Jacob Cannon", y me volvió a cubrir, y la mujer me trajo aquí, me puso los hierros y me empujó a este agujero en el desván.
—Supongo que ese era Isaac Cannon, el otro levita que nunca ve nada que no esté en su cociente.
—¿Cómo están las chicas bonitas, Jimmy? Las veré en mis sueños, supongo, si soy vendido al Sur. No me queda mucho tiempo aquí, de todas formas, Jimmy, pues tengo casi sesenta años. Si alguna vez sales, dile a mi amo que compre a esa chica Virgie y la haga libre. Ella no está hecha para ser esclava.
—Las chicas tienen su lugar —dijo Phoebus—, pero no donde los hombres tienen que luchar por la libertad. ¿Cuántos hombres de combate somos aquí?
—Supongo que eres el único, Jimmy; todos estamos encadenados; estos traficantes de negros son todos herreros y guardan bolas, trabas, cepos y grilletes, y nos cargan con hierro.
—¿Quién es esa mujer allá atrás tan rara y silenciosa?
—Vaya, Jimmy, ¿no conoces a la tía Hominy, la vieja cocinera del juez Custis? La trajeron esta mañana con dos niños pequeños de la cocina de Teackle Hall; uno de ellos al que diste esa plata, el pequeño Ned. Hominy no ha dicho ni una palabra desde que llegó.
Jimmy Phoebus fue hacia el rincón de la guarida donde la anciana se encogía y llamó su nombre con muchos acentos diferentes y con amables seguridades:
—Hominy, vieja mujer, ¿no conoces al Jimmy de Ellenory? El juez Custis viene por ti, tía. Estoy aquí para llevarte a casa.
Ella no habló en absoluto, y Phoebus la levantó sin resistencia más cerca de la luz de la luna. Sus labios murmuraban de forma ininteligible, sus ojos estaban apagados, parecía no reconocerlos.
Samson se arrastró hacia adelante y también llamó a su nombre amablemente:
—Tía Hominy, la señorita Vesty ha enviado por ti. Este de aquí es Jimmy Phoebus.
El pequeño Ned habló entonces:
—La tía Hominy no ha hablado desde que ese hombre cuáquero mató a la pequeña Phillis.
—Jimmy —susurró solemnemente Samson—, la tía Hominy ha perdido la razón.
—Sí —dijo el abatido y elegante prisionero mulato—, se ha vuelto una idiota. A veces les da por ahí.
Phoebus inclinó su rostro cerca de la pobre criatura, sentada allí con su turbante a cuadros y pendientes de plata, limpia y ordenada como los sirvientes de los viejos tiempos, y estudió su rostro vacío, sus ojos sin inquilino, sus labios moviéndose sin conexión o relevancia, y sintió que la crueldad había infligido su última herida milagrosa: azotar su mente fuera de su venerable residencia y dejar su cuerpo aún para sufrir los dolores de la vida sin la comprensión de ellos.
—¡Oh, vergüenza! ¡Vergüenza! —gritó el marinero, cayendo finalmente lágrimas de sus ojos—, ¡engañar y robar este pobre e intelectual entendimiento! ¡Robar a la cocinera la pequeña taza de hojalata llena de sesos que usa para conseguir comida para los malos y para los buenos! Vaya, los demonios en el Pandemónium no tratarían de esa manera al corazón amable que asó carne para ellos.
—El hombre largo dijo que era un hombre cuáquero —exclamó Vince, el chico más grande—, y vino a llevar a Hominy al país libre. Hominy fue vendida, dijo ella, y debía irse. El hombre largo tenía un bote, el bote del amo Dennis, y en la noche la pequeña Phillis se despertó y lloró. Nadie pudo callarla. El hombre largo tomó a la pequeña Phillis por la pierna y machacó su cráneo contra el suelo. La tía Hominy no ha vuelto a hablar más.
—¿Escuchaste hablar al hombre largo después de eso, Vince?
—Sí, amo. Escuché al hombre largo decirle al amo Dennis que si no dirigía el bote y cerraba la boca, le dispararía. Escuché la pistola dispararse, pero el amo Dennis no murió, pues lo vi dirigiendo después.
—¡Gracias a Dios! —dijo el marinero, besando al niño—. ¡El chico de Ellenory era inocente, por todos los demonios! Ese traficante de negros me disparó y amenazó la vida de Levin si me escuchaba llamarlo. El ruido que oí fue el asesinato de la bebé, cuyos gritos traicionaron la llegada de la embarcación. Samson, ha habido traición desde que dejamos Salisbury, y ese negro Dave es parte de ella.
—Dijo que me odiaba porque le enseñé a boxear. Tal vez mi lucha ha sido mi castigo, Jimmy, pero nunca golpeé a un hombre de forma sucia.
—¿Y cuál fue tu embuste? —gritó el capitán de la pungy al hombre que había estado haciendo tanto estruendo religioso—. ¿Te vendieron por no saber nunca dónde parar algo bueno?
El hombre explicó con voz ronca, interesado él mismo por las revelaciones y la fraternidad a su alrededor:
—Yo era esclavo de un predicador local en Delaware, y el sacristán de la iglesia. Era la capilla del viejo Barrett, allá arriba entre Dover y Murderkill, la iglesia donde el obispo Coke y Francis Asbury se conocieron por primera vez en las escaleras del púlpito. Mi amo y yo éramos ambos miembros de ella, pero él amaba mucho el dinero, y yo debía ser libre cuando llegara a tener veinticinco años, de acuerdo con el testamento de su padre cuáquero, que me dejó a él. El domingo pasado por la noche tuvieron una larga reunión de clase allí, y cuando nadie quedó en la iglesia más que mi amo y yo, él me dijo: "Rodney, tú y yo tengamos una oración más juntos antes de que apagues esa última lámpara. ¡Reza tú, Rodney!". Me arrodillé y recé por mi amo después de que debía dejarlo para ser libre el próximo año, y, mientras rezaba en voz alta, gente se coló en la iglesia y me ató, y mi amo se había ido.
—Te vendió de por vida a esos secuestradores, muchacho, porque ibas a ser libre el próximo año. ¿No te dice tu Biblia que veles y ores?
—Sí, amo.
—Bueno, entonces, muchachos, es todo velar esta noche y no más orar —gritó Jimmy Phoebus, alegremente—. Aquí hay cuatro hombres, amando la libertad, decididos a tenerla o morir. Hay uno de ellos con un cuchillo, y el primer secuestrador que cruce ese umbral, hombre o mujer —pues ya no confiaremos más en mujeres, Samson—, ¡recibe el cuchillo hasta la empuñadura! La luz bendita que brilló sobre el Calvario y Bunker Hill está brillando en la hoja. Quítense los hierros, si pueden; yo les conseguiré vigas de este techo para pinchar si no pueden hacer algo mejor. ¿Están todos conmigo?
—Lo estoy, Jimmy —respondió Samson, con calma.
—Yo también moriré con ustedes —exclamó el hombre que rezaba, con espíritu renovado.
—Todos seremos asesinados, caballeros —protestó el abatido mulato—. Conozco a esta gente desesperada.
—Entonces arrástrese hacia el rincón —ordenó Phoebus—, y vea a tres hombres pelear por usted. No queremos que ningún negro fino arruine su belleza por nosotros.
El hombre se arrastró de nuevo a la oscuridad de la guarida y Phoebus comenzó a buscar en la mitad abierta del desván herramientas de guerra. Encontró dos largos trozos de cadena, con los cuales hombres decididos podrían destrozar los sesos de un adversario.
—Ahora, muchachos —se dijo Jimmy—, ¡no he perdido la cabeza ni ayer ni hoy tampoco, por todos los demonios! Voy a matar a la primera persona que venga aquí, y obtener las llaves de esta guarida de él, y encerrarlos a todos ustedes bien, y al secuestrador muerto también. Entonces no podrán llegar a ustedes para enviarlos lejos hasta que pueda llegar a Seaford, allá en Delaware —no son más de seis millas—, donde conozco a tres capitanes de pungies, y todos ellos están en puerto ahora; todos amigos de Jimmy Phoebus, todos bien armados, ¡y sus tripulaciones suficientes para manejar el Pandemónium!
Se escuchó un ruido en la cerradura de la puerta inferior y Phoebus se deslizó dentro de la guarida cerrada y tomó su posición justo dentro de la puerta.
—Recuerden —susurró—, yo abro la pelea.
La cerradura chasqueó en la puerta debajo de la escalera de mano, el cerrojo cayó y la luz de una lámpara brilló por la escotilla y sobre el techo desnudo, y a través de las grietas del corral de la buhardilla.
El cuchillo del marinero estaba en su bolsa de cinturón, donde lo llevaba sobre la cadera. Mientras se inclinaba para mirar a través de una grieta en la puerta baja, sintió una mano desde la penumbra detrás tocarlo.
Instintivamente buscó su cuchillo, y ya no estaba.
—Capitán —gritó la voz del abatido mulato, mientras la puerta de la guarida se abría de golpe y aparecía el extraño con aspecto de bandido con la lámpara—, hay un hombre blanco aquí que va a matarlo. Le he quitado el cuchillo y salvado su vida. ¡Es una rebelión, capitán!
—¡Ayuda! ¡Patty! ¡Joe! —gritó el hombre, con voz fuerte, mientras Jimmy Phoebus se lanzaba sobre él y apagaba la lámpara, y los dos hombres poderosos rodaron por el suelo juntos en un agarre de combate mortal.
Phoebus era un hombre de gran poder, pero su antagonista era fuerte y resbaladizo también, y un luchador pendenciero y fogoso.
El capitán de la pungy estaba encima, el hombre bandido lo sujetó con fuerza en sus brazos y piernas, e intentó apuñalarlo en el costado, mientras Phoebus sentía el mango de una navaja, que parecía lenta en obedecer su resorte, golpearlo repetidamente por toda la ingle, en golpes que habrían matado, infligidos por la hoja.
Phoebus intentó arrastrar al hombre hasta la escotilla y forzarlo a bajar por ella, mientras los dos asistentes negros de Phoebus golpeaban al traidor negro con sus cadenas y lo buscaban en vano por el cuchillo que había hurtado.
Al final Phoebus prevaleció, y su antagonista rodó por la escotilla abierta, siete pies o más, manteniendo aún su agarre desesperado sobre Phoebus, y arrastrándolo consigo; y ambos podrían haberse roto los cráneos de no ser por una mujer justo en el acto de subir apresuradamente por la escalera, contra la cual sus dos cuerpos se lanzaron y fueron amortiguados sobre ella.
El choque, sin embargo, dejó aturdidos a ambos, y cuando Phoebus recobró el sentido estaba atado de manos y pies y yaciendo en el suelo del desván de nuevo, y sobre él estaba Joe Johnson, blandiendo un látigo de cuero.
Los vendajes habían sido arrancados de nuevo del rostro de Phoebus, y él sangraba por la herida en su mejilla y estaba sin aliento por su conflicto. Una mujer había arrojado un recipiente de agua a su cara, y esto lo había reanimado.
El otro hombre, llamado "capitán", había, mientras tanto, con la ayuda de esta mujer —la misma que Phoebus había visto abajo—, sometido y atado a los insurgentes negros, y ambos estaban blandiendo sus látigos sobre las espaldas y cabezas de los prisioneros, grandes y chicos, de modo que el desván no era un ligero reflejo del lugar de tormento eterno, mientras las sombras de los monstruos, bajo la luz débil, azotaban y bailaban contra las vigas y las tablas, y los gritos y clamores de "¡Piedad!" se mezclaban en una disonancia espantosa.
La mujer ahora dirigió su lámpara al rostro rudo, moreno y herido del marinero, y lo examinó con sus ojos oscuros y audaces:
—Joe, ¡este es un negro, por Dios!
Johnson y el capitán también lo examinaron cuidadosamente y, pronunciando un juramento, el primero pateó al hombre postrado con su bota pesada.
—Pillé a este tipo anoche —dijo—, y pensé que la cura del regaño lo tenía. Es un cangrejo de mar jugando al perro de presa para negros. Me cantó las cuarenta en Princess Anne. Le dije allí que pasaría por negro, Patty, ¡y lo venderemos por uno para Georgey!
—Todo es pescado que cae en nuestra red, Joe —rio la mujer—; él se venderá caro, también.
—Ese hombre blanco —habló la voz de Samson, dentro de la guarida, sus cadenas sonando—, tiene cientos de amigos buscándolo, y les irá mal si no lo sueltan.
—¿Qué es ese que canta ahí? —exigió Joe Johnson a Patty Cannon.
—Ese es mi negro, Joe —respondió la mujer.
—Tráelo a la luz.
El capitán incorporó a Samson, y Joe Johnson miró fijamente su rostro y luego lo derribó con el mango de su pesado látigo.
—Patty —gruñó—, ese negro tiene ciencia; es el campeón de lucha de Somerset. Me derribó y lo marqué por ello; y ahora, ¡por Dios!, voy a quemarlo vivo en la isla de Twiford.
Pronunció un juramento, mitad blasfemo, mitad vulgar, y el capitán murmuró, con un ceceo:
—El hombre blanco es el único testigo. ¡Asegúrate de él!
Trajeron grilletes, y el capitán sujetó rápidamente las manos de Phoebus con un perno, le trabó los pies y lo colocó, sin brutalidad, en el corral, y, además, lo encadenó allí a una argolla en la viga inferior. Cuando la puerta fue cerrada y echado el cerrojo, una voz desde la oscuridad del corral gritó:
«Tía Patty, déjeme salir: le salvé la vida al capitán; le quité el cuchillo al hombre blanco. Le serviré fielmente si tan solo me deja ir».
«Se fue de lengua —dijo Joe Johnson—, pero no le servirá de nada».
«Zeke —gritó la mujer—, es inútil. Te irás con Georgey con la próxima partida; tú y el negro blanco ese».
El hombre se arrojó al suelo, gimió y rezó mientras la luz de la lámpara desaparecía y la escotilla se deslizaba haciendo eco sobre la escalera, y los cerrojos inferiores eran echados. Mientras yacía allí horrorizado y entre el desprecio, una voz cerca de sus oídos lo detuvo, cantando, con espíritu musical y ligero, tan bajo que parecía un himno, desde los caminos y campos muy abajo:
«Profundiza la herida que tus manos han hecho En esta alma débil y desamparada».
El hombre escuchó con temor y en silencio, como si un espíritu tarareara la melodía, y olvidó por un momento su destino de esclavitud ante la angustia más profunda que aquel sencillo himno despertaba en su corazón traicionero. Era solo Jimmy Phoebus, pensando en qué decir para castigar más a este doble traidor, quien había dado la espalda a su raza y a la gratitud, y Jimmy había recordado a la pobre mujer encadenada al árbol en la isla de Twiford, y su himno tantas veces repetido; y la conclusión le sobrevino a su mente: el miserable mulato que la había engañado y vendido no era otro que su renegado compañero de prisión, a su vez convertido en mercancía por ser demasiado peligroso dejarlo en libertad ante el probable clamor popular por ella.
«¡Pobre Mary!», dijo Phoebus lentamente, en sus tonos más profundos, con cadencia solemne.
El desdichado hombre escuchó y tembló.
«¡El espíritu de Mary está llamando a "Zeke"!», continuó Phoebus, terrible en su inflexión.
El corazón del miserable alcahuete se detuvo ante las palabras, y sus globos oculares giraron en tormento.
«¡Ven, Zeke! ¡La pobre Mary te está esperando!», gritó el marinero, de repente, con voz de trueno, y tan repentinamente recayó en el canto bajo del tranquilo himno de nuevo:
«Profundiza la herida que tus manos han hecho En esta alma débil y desamparada, Hasta que la misericordia, con su poderoso auxilio, Descienda para hacerme íntegro; ¡Sí, Señor! Descienda para hacerme íntegro».
El elegante Iscariote, ante el trueno de la invocación, había metido la mano en un espacio entre dos de las tablillas de ciprés del techo, donde había escondido el cuchillo del marinero, quedando la hoja fuera de la vista y solo el mango al alcance de su mano. Había sido pasado por alto en las escenas excitantes de los pocos minutos anteriores, y ahora acudió a su mente, mientras pasiones supersticiosas rodaban como meteoros terribles a través del abismo negro y sin esperanza de su alma desesperada.
Cuando el zumbido bajo del himno que había oído cantar a su víctima a su bebé, cuando su fe en él era pura e infantil, cruzó sus oídos enloquecidos de nuevo, lanzó un grito de «¡Misericordia!» al que no llegó respuesta, y pasó la hoja por su garganta y cayó muerto en la guarida de los secuestradores.
CAPÍTULO XXVI.
VAN DORN.
Una fina capa de escarcha cubría las tierras de cultivo llanas, y las hojas color azafrán y naranja caían casi audiblemente de los árboles, cuando Levin Dennis despertó el miércoles en la casa larga y baja que se alzaba atrás en los campos, desde el cruce de caminos de Johnson, y bebió la mañana fresca y estimulante; el sol ya había hecho su primer relevo, y su cuerno de postillón soplaba desde la vieja taberna que alzaba su forma tan ampliamente y, sin embargo, tan abruptamente a la vista.
Levin había sido traído desde el muelle de Twiford la noche anterior por la bonita doncella a la que Jimmy Phoebus tanto había asustado, y este era su primer día de descanso, habiendo dormido los vapores del licor del domingo, las vigilias excitantes del lunes y el placer y dolor mezclados, enfermedad e interés, amor y remordimiento, del martes.
Ya había sentido las primeras punzadas de cariño juvenil por la joven con la que había pasado el día en Twiford, mientras yacía enfermo allí por un trastorno estomacal y nervioso, y su amabilidad y encantos, más que la tentación del dinero profano, habían cambiado su propósito de escapar en Twiford y dar información sobre el daño infligido a la propiedad del juez Custis.
Apenas parecía real que hubiera sido cómplice de un delito grave y testigo de un asesinato: el robo de los esclavos domésticos de un caballero y la muerte del más pequeño e indefenso de ellos, casi ante su vista; sin embargo, así había sucedido, y sentía el peligro en el que estaba, pero dudaba sobre cómo actuar. Había aceptado el dinero del tratante y pasado ante el amigo más noble de su madre en el río sin reconocerlo, mientras una bala cobarde probablemente había terminado con la carrera del pobre Phoebus. De todos estos actos él era el único testigo blanco, el único sobre cuyo testimonio se podía impartir justicia.
Sentía, por tanto, que era un prisionero, y su vida dependía de sus cordiales relaciones con el sangriento tratante de negros y su banda; y Johnson había reiterado su promesa de que si Levin se unía a ellos en igualdad de fraternidad, ganaría dinero rápidamente y se convertiría en propietario de una plantación.
Al caer la noche, la banda en pleno iba a realizar una incursión contra los negros libres en Delaware, y a Levin le habían dicho que debía ser uno de los secuestradores, y su franca cooperación esa noche lo liberaría para siempre de cualquier sospecha de deserción y mala fe.
«Roba un negro, Levin —había dicho Joe Johnson—, ¡y luego, si alguna vez te atrapan en el cepo, nunca podrás zafarte!».
Levin interpretó que este lenguaje de ladrones significaba que debía cometer un crimen para obtener la confianza de los secuestradores.
El poder de esta banda lo había adivinado un poco cuando, en puntos a lo largo del río, especialmente alrededor de Viena, hubo intercambios misteriosos entre Joe Johnson y personas en la orilla, llevados a cabo mediante imitaciones de sonidos animales; y el barquero negro en esa antigua aldea de Dorchester había hablado con Johnson solo media hora antes del encuentro del tratante con Jimmy Phoebus en medio del río, tras lo cual el sombrío pasajero produjo su pistola y notificó a Levin:
«Ahora, mi pequeño ratero, lo que espero de ti es honor, y, para recordártelo, Levin, voy a apuntar este hierro ladrador hacia tu boca, de modo que si sueltas una carcajada, una ciruela azul bajará directo por tu garganta».
Luego había intentado evadir a alguien esperado en el río y, en un ataque de rabia por el despertar y llanto del niño, lo había callado para siempre, y luego había abatido a Phoebus a tiros.
La pobre Hominy había creído sinceramente que la jerga peculiar de Johnson era el lenguaje de los buenos cuáqueros, seguidores de Elias Hicks, quienes daban refugio a esclavos fugitivos y hablaban con «tú» y «vosotros» y «en verdad», y ese extraño malentendido en su mente ignorante había sido utilizado por el astuto tratante para atraerla a la embarcación de Levin y llevarla a un país lejano.
«No la robamos, Levin —dijo Johnson—; ella quería escabullirse de un buen amo, y nosotros solo vendemos a la negra engañosa y dejamos las cuentas claras».
Cuando la tía Hominy, teniendo bajo su cuidado protector a los niños pequeños, subió a bordo del Ellenora Dennis en Manokin Landing, Levin estaba dormido y no supo nada del robo hasta que fue demasiado tarde para protestar, y el propio Johnson había llevado el cat-boat a aguas abiertas. Luego, navegando por el estrecho de Kedge, había navegado por la bahía abierta, fuera de la vista de la costa de Somerset, y entró en el Nanticoke hacia la noche a través del estrecho de Harper, y subió con la marea nocturna; pero el instinto de Jimmy Phoebus lo había interceptado en los ramales del Nanticoke y propulsado otro crimen al viejo historial sospechoso de Johnson. Nunca había sido acusado formalmente de asesinato, aunque se pensaba que el asesinato no era un crimen demasiado formidable para él.
Había un toque de aventura en este encargo culpable que, de no ser por su criminalidad, habría complacido a Levin moderadamente, pues la gota errante en su sangre se expandía hacia esta asociación salvaje; y él sabía relativamente poco de los secuestradores de Delaware, no leyendo nada, y en aquellos días poco se imprimía sobre la banda de Patty Cannon, excepto en diarios distantes como el Niles's Register o el Genius of Emancipation de Lundy. Levin nunca había navegado antes por la región del Nanticoke y su paisaje era agradable a su vista, mientras su corazón apenas revoloteaba en el primer vuelo de sentimiento hacia la interesante criatura que había descubierto allí tan inesperadamente y, como pensaba, tan extrañamente.
Al llegar a Twiford's por la noche, Johnson lo había enviado a dormir allí y él mismo siguió adelante con la propiedad negra hacia el cruce de caminos de Johnson; y, cuando despertó tarde al día siguiente, Levin encontró a una hermosa flor silvestre de mujer joven sentada junto a su jergón, mirando sus grandes ojos suaves con sus propios orbes de gris húmedo y largas pestañas, y cepillando sus rizos castaño oscuro con la mano. Mientras él miraba hacia arriba con asombro, ella le dijo:
«Nunca antes había visto a un hombre con el pelo partido por la mitad, pero creo que he soñado con uno».
«¿Quién eres?», preguntó Levin.
«¿Yo? Oh, soy Hulda. Soy la nieta de Patty Cannon».
«¡Esa mujer malvada!», exclamó Levin. «¡Oh, no puedo creer eso!».
«Ni yo a veces, hasta que la verdad pecaminosa me llega de sus propios labios audaces. ¡Oh, señor, no soy tan malvada como ella!».
«¿Cómo puedes ser malvada en absoluto —preguntó Levin—, cuando te ves tan buena? Confiaría en tu cara en la cárcel».
«¿Lo harías? ¡Qué feliz me hace eso, ser confiada por alguien! Nadie parece confiar en mí aquí. Mi madre nunca fue amable conmigo. El capitán Van Dorn es amable, pero demasiado amable; me encojo ante él».
«¿Dónde está tu madre ahora?».
«Se ha ido al sur con su esposo, a vivir en Florida por el resto de su vida, y todos iremos allí después de que papá consiga un grupo más de esclavos. Supongo que eres uno de los hombres de papá, ¿no?».
«¿Quién es tu padre?».
«Joe Johnson».
«Ese hombre», murmuró Levin. «Oh, no, es demasiado horrible».
«No me odies. Sé un poco amable, si lo haces, pues te he observado aquí durante horas, casi esperando que nunca despertaras, tan hermoso y puro te veías dormido».
«Y tú... así es como te ves, Huldy. ¿Cómo puedes verte así y ser su hija?».
«¡No soy su hija, gracias a Dios! Es mi padrastro».
«¿Cuál es tu nombre, entonces, además de Huldy?».
La joven se sonrojó profundamente y dudó. Sus finos ojos grises se volvieron hacia sus hermosos pies descalzos, blancos como el río que brillaba bajo la ventana.
«Hulda Bruinton», dijo, tragando un suspiro.
«Bruinton, ¿dónde oí ese nombre?», preguntó Levin; «¿alguna historia me han contado, supongo, sobre él?».
«Sí, todo el mundo lo sabe», dijo Hulda, con voz de dolor; «fue ahorcado por asesinato en Georgetown cuando yo era una niña pequeña».
Levin no pudo hablar por el asombro.
«Podría decírtelo igual», dijo ella, «pues otros lo harán si lo oculto. Apenas puedo recordar a mi padre. Mi madre pronto se casó con Joe y me descuidó, y la tía Patty, mi abuela, me crió. Fue amable conmigo, pero, oh, ¡qué cruel puede ser con los demás!».
«Hablas como si supieras leer, Huldy», dijo Levin, deseando cambiar un tema tan duro; «¿sabes?».
«Sí, sé leer y escribir tan bien como si hubiera ido a la escuela. Alguien me enseñó las letras alrededor de la taberna, algunos de los tratantes de negros: creo que fue el coronel McLane; y tenía un don para ello, creo, porque empecé a leer muy pronto, y luego la tía Patty me hacía leerle libros... ¡oh, libros tan terribles!».
«¿Cuáles eran, Huldy?».
«Las vidas de piratas y los juicios de asesinos, sobre la banda de Murrell y los envenenamientos de Lucretia Chapman, la ejecución de Thistlewood y los viajes del capitán Kidd; el último que le leí fue la historia de Burke y Hare, quienes asfixiaron a personas hasta la muerte en el Canongate de Edimburgo el año pasado para vender sus cuerpos a los médicos».
«¿Tienes que leerle tales cosas?».
«Creo que esa es la única influencia que tengo sobre ella. A veces me mira tan horriblemente y murmura tales amenazas que temo que me va a matar, y entonces me apresuro a buscar sus libros favoritos y leerle los crímenes oscuros de hombres y mujeres desesperados, y ella se ríe y escucha como quien oye cuentos agradables. Mi alma se enferma, pero veo que está fascinada, y sigo leyendo, tratando de cerrar mi mente a la cruel narrativa».
«Huldy, ¿eres un diablo bonito sacándome de mi corazón para arruinarme?».
«No, no; ¡oh, no creas eso! Supongo que todos los hombres son crueles, y todos los que he conocido eran tratantes de negros, o creería que eres demasiado gentil para vivir de ese trabajo brutal. Te miré acostado en esta cama, y la lástima y el amor me invadieron al verte, tan joven y justo, entrando en esta vida de traición y pecado».
Levin la miró intensamente, luego se levantó, miró a su alrededor y escudriñó a través de las viejas buhardillas hacia el patio verde y el río caudaloso que pasaba con tanta nobleza.
«¿Estamos vigilados?», preguntó.
«Por nadie en esta casa. Todos los hombres están fuera, preparándose para la caza de mañana por la noche. El río está vigilado, y no te dejarían escapar muy lejos, pero en esta casa yo soy tu carcelera. Joe me dijo que me vendería si te dejaba escapar».
Levin escuchó y la miró una vez más con ardor y asombro, y cayó de rodillas a sus pies descubiertos.
«Entonces, Huldy, escúchame, dama con ojos tan bonitos... ¡debo creer en ellos, por muy malvado que haya sido todo lo que miras! Nunca he robado nada en mi vida, ni pisado un gusano si podía apartarme de su camino... ¡que me ayuden las oraciones de mi pobre madre! Huldy, ¿cómo puedo salvarme de estos hombres malvados y de las leyes que nunca quebranté hasta el domingo? ¡Oh, dime qué hacer!».
«Haz cualquier cosa menos cometer sus crímenes», respondió ella. «¡Prométeme que nunca harás eso! Empecemos y seamos los amigos que deseé que pudiéramos ser antes de que te escuchara hablar. ¿Cómo te llamas?».
«Levin... Levin Dennis. Mi padre está perdido para mí, y mi madre también».
«Entonces el Cielo ha respondido a mis muchas oraciones, Levin, al darme algo que apreciar y proteger. Soy casi una mujer: oh, ¿cuál es mi destino terrible?, convertirme en mujer aquí entre estos lobos humanos, que se reúnen alrededor de la taberna de mi padrastro para comprar la sangre y las almas de personas nacidas libres. Joe Johnson lo vende todo; a menudo ha amenazado con venderme a algún tratante cuyos ojos audaces y malvados me miraban tan groseramente, y los he oído hablar de un precio, como si yo fuera la mercancía a ser transferida... yo, en cuyas venas cada gota de sangre es de una mujer blanca».
«Quiero que me cuides, Huldy: soy un pobre muchacho borracho, mi bote fletado a Joe Johnson por una semana y pagado. Dime qué hacer y lo haré».
«Primero —dijo ella—, debes comer algo y beber leche, nada más fuerte. Su aguardiente, que ellos mismos destilan, incendia a la gente. Pondré la mesa para ti».
Fue después de que se puso la mesa cuando Jimmy Phoebus entró furtivamente y devoró la leche y la carne, escuchando la continuación de la conversación que se acaba de relatar; y cuando sus movimientos torpes perturbaron a estos nuevos jóvenes amigos, Hulda se desmayó en las escaleras ante la aparición que Levin no vio, y él arrebató el beso que fue como arrancar una flor de color rojo pálido del jardín de algún dragón.
Esa noche, dos caballos sin silla vinieron a llevarlos a ambos al cruce de caminos de Johnson, y Levin despertó en la antigua residencia de Patty Cannon en la granja vecina.
Miró por la pequeña ventana en el techo bajo hacia un pequeño jardín, donde una mujer baja, robusta, de complexión poderosa y descalza, estaba sacando algunas flores de sus lechos para ponerlas en cajas de tierra.
«Yer, Huldy», exclamó esta mujer, «ponlas todas bajo las cubiertas de vidrio, cariño, para que la abuela tenga algunas flores para su sombrero el próximo invierno. No conocerían a la vieja Patty allá en Cannon's Ferry si no viniera con flores en su sombrero».
Un arrendajo azul travieso estaba en un gran cerezo, aparentemente domesticado allí, y se ocupaba imitando sobre la cabeza de la mujer los gritos alternos de un pajarito aterrorizado y el chillido de victoria de un halcón.
«¡Cállate, ladrón!», dijo la mujer, mirando hacia arriba. «A esos arrendajos azules, muchacha, los negros les tienen miedo, y los matan, como a los espías y chismosos del Viejo Nick. Por eso los mantengo cerca de mí. Son mejores que un perro guardián para ladrar a los extraños, y, como roban toda su vida, los amo. ¡Arrendajo azul, por Dios! es el pájaro de la vieja Pat Cannon».
«Abuela —dijo Hulda—, desearía que tuvieras un jardín grande y elegante. Amas las flores».
«Cosas bonitas siempre quise tener», exclamó la mujer de cuerpo de bulldog, con una maldición; «cosas brillantes amaba cuando era muchacha, y cambiaba lo que tenía por ellas. Directamente que me hice grande, cambié cosas feas por ellas, como negros. Daría un barco lleno de negros por un delantal lleno de rosas».
«Florida, dicen, es hermosa, abuela, y las flores están por todas partes allí».
«Sí, muchacha, eso dicen; pero nunca espero ir allí. Margaretty, tu mami, gusta de estar allí. Delaware es mi hogar; algunos de ellos me odian aquí, y los malditos abogados intentan acusarme, pero viviré en la línea hasta que me empujen al otro lado, donde he sido el gallo del corral desde que era muchacha».
Mientras Hulda, también descalza, pero moldeada como las flores, de modo que sus pies parecían tan naturales como las raíces desnudas, llevaba las cajas alrededor de los lechos de vidrio que rodeaban una chimenea (dalias, azafranes otoñales, crisantemos tricolores o flores de oro, y las caléndulas color naranja), la mujer mayor, descansando sobre su azada, olió la trementina de una hilera de altos girasoles, arrancó uno y se lo puso en su sombrero de paja de ala ancha.
«Cuando baile en la cuerda floja», oyó Levin que ella se reía entre dientes, «una de estas flores grandes debe morir conmigo».
Desapareció en el huerto de melocotoneros, que teñía el jardín con sus ramas rosadas, y Levin aprovechó la oportunidad para mirar la cabaña y el paisaje.
Era una mera granja, plana como un piso, parte de un desmonte más grande en los bosques primigenios, donde solo el fuego o la edad habían hecho presa desde que llegó el hombre; y, aunque parecía haber más tierra de la que pertenecía a esta propiedad, no pudo ver ninguna otra casa sobre todo el prospecto excepto la forma audaz y deslustrada del castillo de Johnson, deslizando su largo porche hacia adelante en la base de ese techo alto, vacío e inexpresivo que parecía suspendido como la cortina gris de un teatro entre las solemnes torres de las chimeneas; la chimenea norte, ancha y enorme, y asentada sobre un arco; la chimenea sur, más delgada, pero erguida como un centinela perpetuo en el camino del Rey.
La casa donde Levin Dennis miraba ahora era una cabaña doble, de armazón y tres habitaciones, con camas en cada habitación excepto la cocina, y el techo a cuatro aguas daba un alojamiento considerable en el ático, siendo las habitaciones todas pequeñas, como era general en aquel día. Alrededor de la casa se extendía un bonito jardín, con algunos cerezos y ciruelos y melocotoneros silvestres a lo largo de sus límites, y los campos alrededor contenían muchos tocones, lo que mostraba que el desmonte se había hecho no hacía muchos años, mientras que aquí y allá se habían acumulado algunos montones de maleza en lugar de ser quemados.
Mientras Levin miraba uno de esos montones de maleza en un lugar bajo, un par de buitres se elevaron lenta y torpemente de él y, volando bajo, dieron vueltas y vueltas como si estuvieran criando a sus jóvenes allí y odiaran alejarse; y, durante mucho tiempo después, Levin los vio cerniéndose en lo alto sobre el lugar con atención parental.
Retiró la cabeza del marco de la buhardilla y se disponía a bajar al desayuno que olía cocinándose abajo, cuando su propio nombre fue pronunciado en el jardín, y se detuvo a escuchar.
«¡Mientes!», exclamó la voz de la anciana. «¡Te aplastaré contra el suelo!».
«Lo dijo, abuela, de verdad que lo dijo».
Levin echó un vistazo desde lo más profundo de la buhardilla y vio que la señora Cannon estaba de pie con la azada que había estado usando levantada sobre la cabeza de Hulda, mientras una expresión demoníaca de rabia deformaba sus facciones, que no eran desagradables.
Levin caminó de inmediato hacia la ventana y silbó, como si fuera para el pájaro en el árbol. La mujer mayor bajó inmediatamente la azada y le gritó a Levin:
«¡Eh, hijo! ¿No te mueres de hambre por tu desayuno? Está todo listo para ti, y Huldy está esperando a que bajes».
Levin bajó al instante por la escalera corta y sinuosa hasta una mesa puesta en el extremo de la cocina, y la anciana hizo sonar una trompeta de hojalata hacia el cruce de caminos de Johnson, como si llamara a otros huéspedes, y luego le dijo a Levin, con un semblante muy agradable:
«Hijo, esta gente que no vale nada te hará preguntas para molestarte, y no quiero que te pase nada malo, Levin; así que diles a todos los que veas aquí que tu nombre es Levin Cannon, y pensarán que eres solo uno de los míos y no te preguntarán más».
Hulda alzó ligeramente los ojos, lo que Levin tomó como un asentimiento, y él dijo:
«Cannon es lo suficientemente bueno para alguien tan pobre como yo».
«Vas a ir con Joe esta noche, ¿no?»
«Sí, señora, eso creo».
«Eso es, primo. Te harás rico y mantendrás tu carruaje todavía. El capitán Van Dorn va a encabezar el grupo. Como Levin Cannon, el pobre primo de la vieja Patty, él cuidará de ti, hijo. Ahora come algo de mis tortitas, y papada con huevos, y el mejor café de Cannon's Ferry. ¡Huldy, niña, ayuda a tu primo Levin! No será tu pretendiente si no lo alimentas bien».
El desayuno fue traído por un hombre blanco con la cara arañada y mordida, y un ojo lleno de sangre congestionada.
«Cy», gritó Patty Cannon, «esas tortitas, supongo, te costó mucho trabajo voltearlas con ese ojo rojo que te dejó Owen Daw».
«Todavía le doraré ambos lados cuando tenga la plancha lista para él», exclamó el hombre, medio sollozando.
«Antes de que tengas suficiente molleja para eso, el pequeño Owen te sacará los ojos, Cy, como un cuervo; es lo suficientemente valiente como para enfrentarse a la horca. Puede que te vengues de él allí, Cy».
El hombre volvió su semblante cobarde y servil hacia Levin con curiosidad, y miró a Hulda, que observó, con expresión hosca y avergonzada:
«Cyrus, no estás hecho para los chicos rudos de la taberna de mi padre, que siempre se aprovechan de ti. Por favor, no vuelvas a ir allí».
«¿Adónde más puede ir?», preguntó Patty Cannon, severamente; «ya no queda ninguna iglesia cerca de aquí, desde que Chapel Branch se pudrió por falta de pago a los párrocos. Déjalo ir a la taberna y aprender a pelear como un hombre, y si los chicos le ganan, que mate a alguno de ellos. Entonces Joe y el Capitán podrán hacer algo con Cy James, y la gente de por aquí lo respetará. Vaya, capitán, cielo, ¿no tienes hambre?»
Esto iba dirigido a un hombre con varios moretones en la frente y un enorme bigote rubio, de textura tan suave como el cabello de un niño; un hombre que calzaba botas delicadas con polainas flamencas altas, que se doblaban y mostraban unas medias de mujer completas de color rojo, sobre las cuales llevaba abrochados pantalones de pana de color beige, que cubrían solo sus muslos y se sujetaban por encima de las caderas con un cinturón de cuero. Su camisa era de tela azul estampada, y su chaqueta suelta y desabotonada era una especie de chaqueta de marinero de terciopelo negro deslucido. Colgó un sombrero de ala ancha de color gris amarillento, suave como toda su ropa, en un gancho en la pared, y saludó a Hulda primero con una sonrisa de bienvenida, a Madame Cannon con caballerosidad, y a Levin con una reserva elegante que atrajo la atención del chico hacia el hombre, desviándola de la notoria mujer a la cabecera de la mesa, y lo mantuvo interesado durante toda la comida.
«¡Hermosa Hulda, te saludo! ¡Patty, buenos días! ¡Espero que estés bien, amigo!» —esto último a Levin.
Mientras tomaba su cuchillo y tenedor, Levin observó un anillo con un diamante blanco puro destellar en la mano del capitán. Era un hombre de ojos azules, con un sonrojo y un ceceo al mismo tiempo, como de alguien tímido, pero a veces miraba directa y audazmente a alguno del grupo, y entonces parecía perder su delicadeza y volverse tosco y frío. Una mirada así le lanzó a Hulda, quien bajó los ojos ante ella y apenas volvió a mirarlo.
Para Levin, este hombre tenía la mayor fascinación, en parte por su extraordinario atuendo —similar a los disfraces que Levin había visto en el teatro de Baltimore, donde los piratas en el escenario llevaban una chaqueta, una camisa abierta y un cinturón similares en corte aunque no en material— y en parte por su semblante, en el que había algo muy familiar para el chico, aunque se devanó los sesos en vano para recordar el momento y el lugar. El extraño apenas tendría de cuarenta a cuarenta y cinco años, pero la dueña de la casa lo trataba con todas las carantoñas de una esposa.
«¡Querido Capitán! ¡pobre cielo!», dijo ella; «¡que le arranquen su hermoso cabello amarillo el halcón negro! Cielo, cayó sobre mí, y pensé que un toro me había embestido en el estómago».
«No se rompió ningún hueso, Patty», ceceó el capitán, alimentándose de una manera delicada —y Levin observó que su tenedor era de plata y su cuchillo era una navaja con mango de plata que había sacado de su bolsillo—, «¡chis, chis! si me hubiera roto el brazo, la caravana habría tenido que irse sin mí esta noche. Sin embargo, estoy dolorido, pues el Señor era un luchador valiente».
«Obtendrá su merecido, cielo, cuando lo pongan a trabajar en Georgia y lo azoten bien, y nosotros gastemos el precio de él en ponche. ¡Je, je! ¡amado mío!»
«Le quité esto hoy cuando lo registré cuidadosamente», dijo el capitán, entregándole a Patty Cannon una moneda de plata.
La mujer, aunque parecía tener poco más de cincuenta años, sacó unas gafas de plata de un viejo estuche de cuero y, poniéndoselas, deletreó la moneda:
«Jorge... tres... dieciocho... ¡mil ochocientos quince!»
Levantó la cabeza tan rápido que las gafas se le cayeron de la nariz, Hulda las atrapó y, entonces, la señora Cannon se volvió hacia Hulda con una expresión feroz y le arrebató las gafas de la mano.
«¿Dónde demonios consiguió esto?», preguntó Patty Cannon.
«¡Ah! ¿quién sabe?», ceceó el Capitán con pálida indiferencia, lanzando una de esas miradas fuertes y penetrantes que a veces dedicaba, directamente a los ojos de la anfitriona. «Podría ser una coincidencia: ¡chis! ¡chito! Un chelín de un año determinado no es algo raro. Pero, Madame Cannon, ¡se vuelve ligeramente curioso cuando seis chelines así, todos numerados con ese año significativo, salieron del mismo bolsillo!»
Con esto, le pasó cinco chelines de la misma apariencia a la anfitriona, y ella se volvió a poner las gafas y los miró todos, y los dejó caer en su regazo con una expresión de cansancio a la vez que miedo, y murmuró:
«Van Dorn, ¿quién podrá ser?»
«Eso es de menos importancia, querida, que si podemos permitirnos venderlo».
El Capitán ahora miraba a Hulda con la misma intensidad fuerte, pero los ojos de ella estaban en su plato; y, aunque la señora Cannon también la miraba con interés y aversión, Hulda siguió comiendo tranquilamente, ajena a su atención.
«¡Bah!», dijo la mujer; «la gente puede asustarse a sí misma todos los días si quiere. Lo tenemos, y si él sabe algo, todo está en esa mollera negra. ¡Así que come y que te den!»
«Mi ángel de la guarda», comentó el Capitán, con un sonrojo y un ceceo más marcado, «quizás no hayas observado que nunca he dejado de comer, mientras que tú perdiste el apetito de inmediato. ¿Qué harás con los chelines?»
La señora Cannon los tomó de su regazo y se levantó como si tuviera la intención de arrojarlos por la ventana, con su rostro enojado portando esa interpretación.
«Detente, mujer notable», dijo el Capitán, tirando de su suave bigote rubio con la mano en la que destellaba el diamante, «deja que tus fecundas facultades se detengan y aconsejen, pues solo busco tu felicidad, que tan abundantemente ha bendecido mi vida y desterrado toda superstición de mi corazón hasta que no creo ni en fantasmas, ni en Dios, ni en el diablo, mientras tú crees en todos ellos y te buscas muchos amigos e intrusos innecesarios. ¡Chito! ¡chito!, como dicen los cubanos, ¡y escucha mi sugerencia antes de tirar esos chelines!»
«¡Ten cuidado con cómo te burlas de mí!», gritó Patty Cannon, con sus oscuros y audaces ojos furtivos, como alguien a la vez enfadada y preocupada, y sus mejillas sonrosadas llenas de sangre turbia.
«¡Siéntate! Dale los chelines a la bonita Hulda de ahí».
«¿A ella?»
«¡Ya, ya! a la complaciente Hulda; pues, ¿qué nos preocupará entonces, siendo su pecho sin pecado su depósito seguro, y sus ojos de largas pestañas derritiendo nuestros fantasmas en aire gris?»
Con una mirada de fuerte aversión, la mujer le dio los chelines a Hulda, diciendo:
«Si alguna vez me muestras uno de ellos, niña, te haré tragártelo».
Hulda tomó las piezas de plata y las miró un momento con deleite infantil:
«¡Oh, abuela, qué amable eres! ¿Por qué me hablas tan enfadada cuando me das estas cosas bonitas? Casi parecen calientes en mi pecho cuando las pongo allí, como cosas con vida. ¡Déjame besarte por ellas!»
Se levantó de la silla y se acercó a la dueña de la casa, quien estaba sentada con un extraño terror, sin prohibir el abrazo, aunque casi estremeciéndose mientras Hulda se inclinaba y presionaba sus puros labios jóvenes contra el rostro pálido y disipado de Patty Cannon.
El Capitán miró el beso con su peculiar mirada fuerte y fría, sonrió a Hulda con gracia y dijo:
«¡Ahí tienen, señoras, descansen en la confianza de la otra! Unos pocos chelines por semejante beso es una paga vergonzosa, tía Patty. ¿Recuerdas tan bien como yo, Madame Cannon, que una vez perdiste algo de dinero, pensaste que tu madre lo había robado, lo buscaste por todas partes y nunca salió a la luz?»
«Sí», gritó Patty Cannon, «lo recuerdo», y profirió un juramento de hombre.
«¿Crees que el Señor ha ido en esa dirección? Creo que sí, pues Melson y Milman han subido de Twiford's con la noticia de que la última piel de Zeke ha roto su cadena y ha huido, y todo el bajo Nanticoke no da rastro de ella, y Zeke ha pasado las puertas celestiales».
El Capitán pasó el lomo de su navaja de plata por su garganta, sonriendo, y colocó sobre la mesa un cuchillo de marinero con funda.
«Zeke solo estaba desatado; fue una omisión demasiado generosa», dijo. «La mujer de Filadelfia, dice el Señor, la dejó libre, y que ella ha ido a dar la alarma contra nosotros. El Señor es un hombre frío: me dijo eso, y se rió y rugió, y dice que vivirá para vernos a todos en un marco de fotos. ¡Ay de mí, ay de mí, Patty!»
Con el rostro cada vez más alargado, la mujer escuchó estas frases apenas inteligibles —totalmente ininteligibles para los más jóvenes— y para Levin pareció que ella envejeció repentinamente y aún más, hasta que sus mejillas, que apenas hace poco florecían, parecieron muertas y arrugadas, y, de mantener la apariencia de apenas cincuenta años, y encima atractiva, ahora parecía tener más de sesenta, y triste e indefensa.
«Van Dorn, me estoy muriendo», murmuró, mientras sus ojos se vidriaban y se acomodaba en su silla como un trozo de masa.
«¡Ja! ¡Oh, hala, hala! manos fuera, bella Hulda», gritó el Capitán, alegremente, mientras Hulda se había movido para ayudar a la pobre anciana; «nadie asistirá a estas ceremonias de expiación sino el propio Van Dorn, cuyos derechos sobre Mistress Cannon son de prioridad. Está hidrópica y apresurándose a la perdición demasiado pronto, lo cual debo arrestar y dejar que me reconforte aún más. ¡Dulce reconfortadora! Joven caballero, usted me ayudará».
Levin agarró los pies de Patty Cannon y descubrió que parecía hecha de hueso, tan duros eran sus tendones, y Van Dorn levantó fácilmente sus anchos hombros, y así fue puesta en una cama en la habitación contigua, donde se vio al elegante Capitán frotándole las extremidades, e incluso manejando una botella de sanguijuelas, una de las cuales permitió que se arrastrara sobre la mano que lucía el diamante, haciéndola parecer un rubí derritiéndose o en movimiento vivo. Mientras este voraz amante de la sangre se saciaba alrededor de los rectos tobillos de la anfitriona, el delicado Capitán la sostenía en sus brazos como un amante ardiente.
«Cielo», suspiró la mujer, «mi alquiler vence y Jake Cannon nunca espera. Toma a Huldy y a este nuevo recluta, mi primo Levin Cannon, y llévalos al transbordador... y vigila a ese chico, Van Dorn: ¡quiero que lo amansen! Dale una pistola y un cuchillo, y haz que corte a alguien. Ponle la marca de sangre y será nuestro».
«¡Gran mujer!», ceceó el Capitán, prolífico en sus besos, «¡María Teresa! ¡Semíramis! ¡Agripina! ¡Cleopatra! siempre fecunda en grandes ideas y volviéndose juvenil con belladona, ¡alto! ¡quedo!, ¡pero te amo!»
«¿Soy un poco joven todavía, cielo?», preguntó Patty Cannon. «¡Oh, no me engañes, Van Dorn! ¿Pueden mis ojos mirar con amor y odio, como en los viejos tiempos?»
«¡Sí! ¡quizá! Más y más, ángel oscuro, entrando en la negra edad como antorchas en una cueva, veo flamear tus ojos profundos; pero nunca me agradan, Patty, como cuando brillan con alguna nueva idea malvada, como esta de marcar al chico de por vida. ¿Quién es él?»
«Es un Cannon, uno del linaje al que pertenecía mi hombre de Delaware. Su madre me menospreció por entrar en su familia: la he recordado».
«¿Quieres que tu joven primo se convierta en un criminal, entonces?»
«Sí, cielo, quiero que lo chamusquen, para que el diablo sepa que es suyo».
El Capitán se inclinó hacia los pies de la dama, arrancó la sanguijuela y la sostuvo contra la palma hueca de su mano, hinchada con la sangre de la bella paciente.
«¡Mira, Patty! El chico beberá sangre como esta, hasta que, borracho de ella, no pueda aguantar más y caiga en nuestro destino como en este vial».
Mientras hablaba, dejó caer la sanguijuela en la botella, donde su reflejo en el cristal pareció salpicar sangre.
«¡Ja, ja! Van Dorn, ¡te amo!», gritó la mujer, y lo sofocó con caricias.
CAPÍTULO XXVII.
EL TRANSBORDADOR DE CANNON.
Cuando se les anunció a Levin y Hulda, que mientras tanto habían estado hablando en el jardín, peligrosamente cerca del tema del amor, que iban a ser llevados en un paseo al transbordador de Cannon con el Capitán Van Dorn, por especial deseo de la tía Patty Cannon —quien también les envió un puñado de medios centavos para gastar—, ambos quedaron encantados, aunque Hulda dijo:
«Querido Levin, ¡si solo fuéramos nosotros dos para siempre, qué felices podríamos ser! Podría vivir con tu hermosa madre y trabajar para ella, y, sabiendo que siempre estoy allí, traerías tu dinero a casa en lugar de malgastarlo».
«¿No podemos hacerlo de alguna manera?», preguntó Levin. «¡Oh, ojalá tuviera algo de sentido común! Ojalá Jimmy Phoebus estuviera aquí, Huldy, para llevarme allá al jardín y azotarme como mi padre. Pero, si no hubiera venido aquí, ¿cómo podría haberte visto, Huldy?»
«¿Cómo podría haber pasado una noche tan celestial de paz y esperanza si no hubieras venido, querido? El Ser Supremo debe haberte guiado hasta mí».
«Huldy», dijo Levin, después de pensar hasta el límite de su conocimiento, «quizás haya una oficina de correos en el transbordador de Cannon, y puedes escribirle una carta a Jack Wonnell por mí».
«¿Por qué no a tu madre, Levin?»
«Oh, me da vergüenza decírselo; la mataría».
«Si nos descubrieran, Levin, la tía Patty me mataría. Aquí no hay papel, no hay tinta que pueda conseguir, el franqueo de una carta es casi diecinueve centavos, y, ¡mira!, a estos medios centavos les falta exactamente dos para la suma».
«Tengo oro», gritó Levin, pensando en el residuo de la recompensa de Joe Johnson.
Metió la mano en el bolsillo, pero el dinero ya no estaba allí.
«¡Calla!», gritó Hulda, «te han robado. A todo el mundo le roban si duerme aquí. La abuela puede oler el oro como la rata que encuentra queso amarillo».
El individuo que había servido el desayuno fue visto acercándose a ellos, un hombre en tamaño, con una frente baja, sin barbilla de la que hablar, un cuello largo de grulla y una cara muy arañada y supurante.
«Señor», le dijo a Levin, «venga a ayudarme a enganchar los caballos; estoy tan golpeado que no veo cómo».
Levin comenzó de inmediato, sugiriendo a Hulda que buscara su dinero perdido, y, cuando estaban en el pequeño establo, el hombre observó, en un susurro, a Levin:
«¡Por el humo!»
Levin continuó poniendo las bridas y las cinchas a los caballos, cuando el hombre dijo de nuevo, con una sonrisa insinuante:
«¡Por el humo!»
«¿Eh?», exclamó Levin.
«¡Por el humo!», volvió a señalar el hombre, con un énfasis muy ardiente.
«Debes haber estado en Princess Anne», dijo Levin, «para jurar 'por el humo'».
El hombre mal criado, con una cabeza tan inferior y un cuello de grulla, se deslizó ahora frente a Levin, lo miró desde arriba y susurró:
«¡Hokey-pokey!»
La idea cruzó la mente de Levin de que el criado de Patty Cannon debía haberse vuelto loco.
«¿Dónde recogiste esas palabras, Cy?», preguntó Levin.
«¡Hokey-pokey!», respondió Cy James, con un soplo más misterioso e impresionante; «¡Hokey-pokey! ¡Por el humo! ¡y Pangymonum, también!»
«¡Vaya, Cy! ¿qué quieres decir? Jimmy Phoebus nunca jura sino con esas palabras. ¿Conoces a Jimmy Phoebus?»
«¡Pangymonum, también!», siseó Cy James, con toda animación. «¡Hokey-pokey, tres! ¡y Por el humo, uno!»
Puso sus largos brazos sobre sus rodillas, se inclinó como un gran ganso y se quedó mirando los ojos de Levin.
«Nunca tuve suficiente sentido común», dijo Levin, «para adivinar un acertijo, Cy James. Esas palabras se las he oído usar a un buen hombre —amigo de mi madre— tantas veces que me asustan. Mi mente ha estado pensando en él día y noche. Oh, ¿está muerto?»
«¡Por el humo! ¡Hokey-pokey! ¡y Pangymonum, también!», susurró el largo, flaco y excitado tipo, con la mayor solemnidad.
«No está muerto», susurró Cy James, muy bajo y con cuidado. «No te diré dónde está hasta que hagas que Huldy me quiera».
«¿Cómo puedo hacer eso, Cy?»
«Ella piensa que soy un cobarde y que Owen Daw me azota. Dile que no soy ningún cobarde. Dile que voy a freír a toda esta gente en mi sartén... a todos menos a Huldy. Dile que solo estoy haciendo el papel de cobarde hasta que los tenga a todos en la masa y la sartén engrasada, ¡y entonces seré el bravucón del cruce de caminos!»
«¿Me odias, Cy James? No te he hecho nada. Soy un prisionero aquí hasta que pueda recuperar mi barco de Joe e ir a Princess Anne».
«No te odiaré si puedes hacer que Huldy me ame», respondió Cy James. «Dile que no soy un cobarde; que voy a ser libre, y rico también». Dejó caer las palmas de las manos sobre sus rodillas de nuevo, y susurró: «¡porque sé dónde entierra la vieja Patty su oro y su plata!»
«Vengan con esos caballos, muchachos ociosos», se oyó llamar la voz ceceante del Capitán. «¡Ya, ya! ¡aquí, luego! la mañana pasa».
«Todo listo», respondió Cy James, y mientras dejaban la puerta del establo, susurró una vez más, y miró significativamente hacia el cruce de caminos de Johnson:
«¡Por el humo! ¡Hokey-pokey! ¡y Pangymonum, también!»
El Capitán, luciendo como un caballero de las eras caballerescas fuera de lugar en esta guarida del bosque, sostenía las riendas parado en el suelo, y ayudó a Hulda a subir al asiento junto al suyo con una gracia, un sonrojo y una risa ceceante que, pensó Levin, eran muy fascinantes.
«Ahora, Maestro Cannon, tome su lugar en la parte trasera del vehículo», dijo el Capitán, inclinándose ante Levin y lanzándole una de esas miradas frías y toscas que concedía solo por un momento, como un gato suave que tiene toda la naturaleza del conejo excepto el resplandor del tigre.
El vehículo era un viejo vagón sin resortes, y el asiento de Levin era un trozo de tabla, mientras que el de Hulda tenía respaldo, y el Capitán lo había acolchado con una piel de oso. Miró con la atención más delicada a Hulda, se sonrojó cuando ella lo miró y, apenas notando los caballos, aunque los tenía bajo un control casi automático, salió del camino de Patty Cannon y giró hacia el bosque.
Levin echó una larga y escrutadora mirada a la taberna de Johnson, deseando poseer el don de ver a través de sus tablones manchados por la intemperie y su alto techo vacío, y luego observó el camino, de arena dura o mantillo de pino, con algún que otro bache de barro o una larga rodada llena de charcos, desenrollándose como una cinta detrás de las ruedas entre los densos pinos.
También observó la habilidad con la que el Capitán lanzaba su largo látigo de cuero de vaca, una simple tira de cuero crudo sujeta a un palo, torpe en otras manos; pero Van Dorn podía espantar una mosca de cualquiera de los caballos Delaware, cortos y peludos, con él, y apenas mirar dónde golpeaba o molestar al animal, y podía propinar un golpe con él, mediante un simple movimiento de muñeca, que hacía que la bestia se tambaleara y temblara por el dolor repentino.
En un pequeño arroyo arenoso, el único que cruzaron, una larga serpiente de agua intentó escapar antes de que el rápido carromato pudiera golpearla, pero el Capitán se puso en pie con rapidez felina, proyectó el largo látigo hacia la orilla, y la serpiente se retorció y saltó en el aire, casi cortada en dos. Entonces, sentándose de nuevo y acercándose tanto a Hulda que su largo y velloso bigote dorado rozó su mejilla, Van Dorn dijo, suavemente:
—¡Qué hermoso! Joven flor silvestre, ¿dejo que quite también una serpiente de tu camino?
—¿Cuál de ellas, Capitán?
—No importa. Nombra cualquiera.
—¡Ay! —dijo Hulda—, soy una de ellas; ¿cómo puedo desear daño a mi padrastro y a mi abuela? No son como yo quisiera, pero tengo el mandato de honrarlos.
—¿Por quién, bella Hulda?
—Por Dios. Lo leí en el Libro después de escuchárselo a un esclavo.
—¡Donde esta! ¿Qué esclavo que conozcamos era tan docto en Dios?
—El pobre Dave, el borracho. Era un buen hombre antes de conocernos. Me contó todos los Mandamientos a cambio de un trago de brandy, y los escribí y después los encontré en un libro.
—¡Chis! ¡chito! ¡Qué graciosa es tu mente, Hulda! Surge de la absoluta vacuidad de tu condición y descubre cosas, como el joven águila pescadora, sin enseñanza previa, sabe dónde sumergirse para pescar. ¿Quién de los que viene a Johnson's Cross-roads trae la Biblia?
—El coronel McLane.
—¿Él? ¡El cocodrilo santurrón! ¿Él te dio el Libro?
—Sí. Me dijo que Joe y la abuela eran buena gente; "gente buena y conservadora", creo que lo llamó; pero dijo que tú no creías en nada, y que no había base, creo que lo llamó, para la "bondad conservadora" en ti.
—¡O hala hala! Pero esto es bueno —comentó suavemente el Capitán, acariciando su bigote dorado con la mano que llevaba el anillo lustroso—. Patty Cannon puede salvarse; yo debo ser condenado; y Allan McLane se sentará a juzgar. ¡No, no creo en nada, porque los de su clase creen!
—Por eso nadie te quiere —observó francamente Hulda—, a pesar de lo agradable que eres.
—¿Y puedes creer en algo después del entorno de tu infancia, rozando el crimen como el lirio del estanque que crece entre las serpientes de agua?
—El lirio no puede evitarlo, y es tan blanco como si creciera bajo cristal, porque...
—¿Porque el lirio no tiene nada de la sangre de la serpiente? —ceceó el capitán—. ¿Presentas esa alegación?
—No —dijo Hulda—; sé que he nacido de padres malvados, hija del crimen, mi padre ahorcado, mi madre de origen espantoso, pero nunca he sentido que Dios me hiciera responsable de sus obras si mantenía mi corazón humilde y mis manos alejadas del pecado; y nunca he sido tentada hasta ahora desde mi propia naturaleza a disfrutar ni un solo momento de tan horrible egoísmo. Y agradezco a mi bondadoso Creador que algo a lo que amar y en lo que creer, aunque tan infeliz como yo, haya descendido por el triste camino que miré durante tantos años, y me haya encontrado esperándolo.
Sin responder, el Capitán guardó sus pensamientos durante varios minutos, y finalmente suspiró:
—Conozco una cosa en la que podría creer, linda niña.
—Oh, entonces abrázala —dijo Hulda—, y dale a tu fe una sola paja a la que aferrarse.
La mano de Van Dorn se deslizó alrededor de su cintura, y sus mejillas floridas y ojos azules se inclinaron bajo su sombrero Leghorn:
—La encuentro aquí, quizás, Hulda. ¿Debo abrazar tu juventud con mi fuerte pasión? Me temo que te amo.
—Sí —respondió ella, mirando hacia arriba con sus ojos de largas pestañas de un gris fascinante—; ¡bésame si eso te dará esperanza!
El rubor y el intenso color desaparecieron de su rostro mientras él contemplaba esos orbes grises, pasivos y grandes, abiertos de par en par bajo sus labios carnosos, ricos y afeminados y, mientras él dudaba, Hulda repitió:
—¡Bésame, si eso te hará albergar esperanza!
—No, no —respondió él—; de todos los lugares, en ese soy el más desesperanzado.
—Sabía que no me besarías —dijo Hulda, con un tono superior al suyo—, si te diera el derecho por cualquier objetivo puro. El beso que me darías no ve a su igual en mi alma.
—¿Me odias, entonces? —dijo Van Dorn.
—No, te compadezco; rezo por ti, también.
—¿Por mí? ¿Qué interés tienes en mí?
—No lo sé —dijo Hulda—. A menudo me he preguntado qué me hacía pensar en ti tan seguido y, sin embargo, nunca con admiración. Eres la única persona aquí que parece haber perdido algo por estar aquí; alguna parte de ti parece haber desaparecido; he sentido que podrías haber sido un caballero, aunque nunca puedas volver a serlo. Me retraigo de ti, y aun así te compadezco. Pero, con todos tus modales apuestos, nunca te amaría, mientras que al pobre muchacho que viaja con nosotros lo amé tan pronto como llegó.
—¡Chis! ¡chito! ¿Puedes retraerte de mí y no de un Cannon también? Vaya, chica, lo has puesto en mi poder.
—He estado en tu poder durante mucho tiempo, Capitán Van Dorn, y me has mirado con ojos audaces y malvados muchas veces, pero nunca te has acercado más. Cuando te miro como lo hice hace un momento, huyes de mí. Ese chico al que amo está tan a salvo como yo, en tus manos.
—¿Por qué, querida presuntuosa? Dímelo.
—Porque lo amo, y tú requieres mi piedad. Mientras protejas a ese pobre huérfano, llevaré tu nombre ante Dios para que te perdone; si alguna vez le haces daño, mis oraciones por ti serán mudas para siempre.
—¡Oh! ¡ayme! ¡ayme! —rio suavemente Van Dorn, sin que el rubor volviera esta vez—; olvidas, Hulda, que no creo en nada.
Apenas habían recorrido cuatro millas cuando un pequeño pueblo de casas bajas y cuadradas, esparcidas como bloques de juguete entre pares de chimeneas rojas exteriores, se asentó, en la suave y húmeda mañana de octubre, a lo largo del borde de un arroyo pantanoso que, bordeando la aldea, desembocaba en el río Nanticoke a pocas millas, por su curso, por encima del muelle de Twiford. Dos calles, formadas por dos caminos, terminaban en una tercera calle a lo largo de la arenosa y plana orilla del río, y allí se alzaban cuatro o cinco viviendas más grandes, como sus humildes vecinas, construidas de madera, pero con chimeneas más audaces y grandes, elevándose en el aire como en rivalidad con cuatro grandes barcos y bergantines que permanecían anclados o junto a los dos muelles, y lanzaban sus mástiles y vergas hacia las nubes navegantes, haciendo que el bajo bosque que cerraba el río y la aldea se inclinara ante su humildad. Pero el hermoso río, con frecuentes acantilados de arena y bosques, fluyendo a doscientos metros de ancho en marea majestuosa, y llevando hasta Cannon's Ferry barcas de pesca y pungies, goletas yanquis y barcazas, y las señales de vida, por humildes que fueran, que flotaban en el humo azul de muchos hogares, o sonaban en remos, aparejos y cargamentos, le pareció a Hulda alegría y poder humano, y gritó a Levin:
—Levin, oh, ¡mira! ¿Alguna vez viste un lugar tan grande como este? ¡Allí está el camino a Seaford, tan lejos como hemos venido! Los grandes barcos están llevando maíz a las Indias Occidentales, y trayendo azúcar y melaza. Esa es la barcaza del ferry, y al otro lado solo hay cinco millas hasta Laurel.
—¿Te gusta viajar por ese camino? —preguntó el Capitán, con su agradable ceceo y su rubor de vuelta otra vez.
—Me pone triste —respondió Hulda—; pero no murmuro cuando paso por el lugar, como la abuela.
—¿Qué lugar? —preguntó Levin.
—Donde padre mató al viajero —dijo Hulda—. Murió vergonzosamente por ello. Casi podrías ver el lugar si no fuera por el bosque de allá, donde el camino a Laurel sube la colina de arena.
—¿Qué es esto? —dijo Van Dorn, al ver una pequeña multitud alrededor de una de las cabañas de un solo piso, y girando su tiro hacia la calle paralela.
Un hombre muy alto y de aspecto grandioso se alzaba por encima del resto, y parecía incapaz de mantenerse erguido en la baja cabaña, con sus proporciones, por lo que tomó su lugar en la hierba arenosa de afuera y dio sus instrucciones a alguien de adentro:
—¡Embarguen la rueca! ¡Simplifiquen la ecuación! ¡Estén listos con su fi. fa.! No sean cobardes, alguacil; ella ya tuvo el equivalente; ahora también ve el cociente.
Van Dorn miró y vio una rueca salir por la puerta, y un poco de lana en una bolsa detrás. Jacob Cannon puso su pie sobre la rueca y asomó la cabeza por la puerta.
—Veo un hacha y un molinillo de café allí, alguacil: embárguenlos con su distringas. Experientia docet stultos! ¡Saquen ese par de zapatos!
Se escuchó la voz de una mujer llorando, y Van Dorn y Levin saltaron para mirar.
Hulda también bajó y desapareció.
Una mujer, apenas capaz de mantenerse en pie, y blanca como la enfermedad y la angustia podían hacerla, se había tambaleado hasta la puerta para rogar que le devolvieran sus zapatos, y señaló sus pies desnudos.
—¡Ahora que está fuera de la cama, embarguen eso! —gritó la figura militar con el rostro largo y elocuente y los ojos centelleantes—; empújenlo por la ventana. ¡Atención a su fi. fa. y yo me encargaré del cociente!
—¡Tengan piedad! —gritó la mujer—; mi hijo solo nació la semana pasada.
—¡Saquen esa buena silla de allí, alguacil! ¡Embarguen el baúl verde! ¡No ven una manta o edredón en ninguna parte! ¡No permitan ni tara ni sobrepeso cuando sirvan una orden judicial para Isaac y Jacob Cannon!
—¿Dónde me acostaré con mi bebé? —gritó la pobre mujer, mirando alrededor de la cabaña desnuda, donde no quedaba ni cama, ni manta, ni silla, ni baúl, ni rueca.
—¡Li-vari facias! y ¡fi-eri facias! Si hay un error, una replevin procede, pero los Isaac y Jacob Cannon no cometen errores. ¡Alguacil, creo que veo una olla de hierro en esa grúa!
—Tiene carne dentro, señor; carne hirviendo —respondió el alguacil.
—¡Saquen la carne! ¡Embarguen la olla! ¡Hagan el cociente preciso! ¡Eliminen la olla de la ecuación!
Salió la olla, mientras el material hirviendo en ella apagaba el fuego de octubre, y fue arrojada al montón misceláneo a los pies de Jacob Cannon.
—Ahora toma la cuna, hombre de corazón duro —gritó la mujer—, y arroja al bebé también al fuego, ya que no puedo cocinar nada para hacer su leche en mis pechos.
—¿Vale algo la cuna, alguacil? —preguntó el hombre de aspecto magnífico con las luces plateadas grises alrededor de su nariz equina—; si vale la pena tomarla, la quiero. Las personas que no pueden pagar sus deudas deben vivir solas como Jacob Cannon, y no ser embargadas.
Un chico, con la cara arañada y la disipación asentada en ella, irrumpió de repente en el horrorizado grupo de espectadores, y se lanzó con saña para recuperar los efectos alrededor de los pies de Jacob Cannon, pero aquel poderoso dignatario lo tomó por el cuello y, levantándolo, lo dejó caer sobre una cerca como a un insecto:
—Owen Daw, aquí hay testigos de una agresión, insultus, procesable como una transgresión vi, cuyo cociente son daños o el equivalente en la cárcel de Georgetown. Presten atención, buenos ciudadanos, y especialmente noto a usted, Capitán Van Dorn.
—Lo mataré —gritó el joven bravucón de Johnson's Cross-roads, y reciente embargador del perfil de Cyrus James, Esquire, agarrando un palo feo.
—Justificable como son assault demesne —comentó el acreedor, descuidadamente, mientras arrancaba la bobina de la rueca y derribaba al chico con ella.
Su aire de mando y su mano pronta bastaron para abochornar a este último, y, profundamente dolido por la escena, Levin Dennis gritó fervorosa e impulsivamente a Van Dorn:
—¡Oh, Capitán! ¿No puede pagar sus deudas? Daré todo lo que Joe me va a dar, para pagárselo. ¡Vea cómo yace en el suelo desnudo! ¡Escuche a su hijo llorando por ella! Oh, creo que escucho la voz de mi madre llamándome a casa mientras la escucho.
Van Dorn, sintiendo las manos de Levin agarrar las suyas con simple confianza, escuchó y no giró la cabeza, mientras rubores como rosas florecían sucesivamente en sus mejillas frescas y afeminadas. Sin embargo, no rechazó las manos del chico, sino que miró la escena con curiosidad mundana y carente de piedad.
—Pagar los embargos de Isaac y Jacob Cannon —murmuró, suavemente—, mantendría pobre a un pobre traficante de esclavos. Debes acostumbrarte a tales gritos: yo tuve que hacerlo. Aprende a amar el dinero como ese comerciante y yo, y pensarás que son música.
—¡Oh, cuando clamamos a Dios por misericordia, capitán, tal vez nuestros gritos suenen así! No puedo soportar escucharlo.
—Le dijiste a mamá, Jake Cannon, cuando alquiló esta vieja casa —exclamó el chico, Owen Daw—, que no necesitaba pagar el alquiler, si no quería, hasta el día del juicio.
—Tengo el juicio —respondió Jacob Cannon, con sus ojos blanquecinos pareciendo reírse hasta el puente de su nariz—, y este es el día en que vence. Todos los días legales son "días de juicio" para Isaac y Jacob Cannon.
—Hijo mío, hijo mío —se lamentó la voz de la mujer hacia Owen Daw—, veo el fin de tu andar con Patty Cannon: mi bebé a la tumba, yo al asilo de pobres, y tú a la horca.
—Capitán, Capitán —gritó Levin—, oh, ¡pague la deuda por mí! Mamá nunca ha sido tan pobre como esto. Páguela, y trabajaré para usted en cualquier parte, querido capitán.
—¿Cuánto es la deuda? —preguntó Van Dorn, con ceceo.
—Diez dólares —dijo el alguacil, también movido a vergüenza.
—Cannon, ¿me tomará a mí por ello?
—Tomaré su bono de juicio o el efectivo, Capitán Van Dorn, nada menos.
—Devuelvan sus cosas —dijo el capitán, apretando ligeramente la mano de Levin, como diciendo: "Esto es por ti"—, devuelvan sus cosas y yo me arreglaré con Isaac Cannon.
—¡Dios lo bendiga! —gritó la mujer, tomando a su bebé de la cuna y calmando su hambre en su pecho; ¡lo llaman hombre malvado, pero bendiciones sobre usted por todo el bien que hace!
—¡Chito! ¡chito! —sonrió Van Dorn—. Lo hice por este chico tonto; no compadezco a nadie.
Hulda había recurrido a la orilla, o calle del río de Cannon's Ferry, donde había dos almacenes, y había pedido prestada pluma y tinta, y escrito una carta dirigida a "Sra. Ellenora Dennis, Princess Anne, Condado de Somerset, Maryland", diciendo:
"_Señora, Levin, su hijo, está cerca de este lugar contra su voluntad, entre hombres peligrosos y en gran tentación, pero ha encontrado un amigo. En una semana este amigo intentará escribir de nuevo, y, si no tiene noticias, busque a Levin Dennis en Johnson's Cross-roads_."
Esta carta, escrita con toda su rapidez inexperta, acababa de ser doblada, sellada y endosada, y ella había puesto uno de los chelines de 1815 para pagar el franqueo, cuando una sombra cayó sobre el mostrador de la tienda, y la carta fue retirada de su mano; Van Dorn estaba a su lado.
—¡Chis! ¡chito! ¿Es posible? Una espía, tal vez. ¡Ahora amarás a Van Dorn, o la abuela Cannon escuchará tu carta leída!
—Dámela, Capitán —suplicó Hulda—; ella me matará si la lee.
—Si fuera enviada, pomarosa, todos podríamos morir. No, eres demasiado peligrosa.
Él miró, sin su rubor, el chelín que ella estaba volviendo a guardar en su seno, y su ojo era frío y feroz. El corazón de Hulda se hundió.
—Hermano Isaac —gritó Jacob Cannon, a un hombre de fina y esbelta estatura, que estaba en el escritorio; un hombre un poco más bajo que Jacob, y no tan rey en apariencia pero con los mismos ojos blanquecinos bailando alrededor del puente de su nariz, y una frente más encubierta y pensativa—: Hermano Isaac, el Capitán Van Dorn es de corazón blando, y quiere saldar la deuda de la viuda O'Day, o Daw.
—¿En efectivo o nota de juicio, capitán?
—Efectivo —respondió Van Dorn, modestamente—; sáquelo de este doble águila, con el alquiler de la señora Cannon por su granja.
—Hay un árbol, un árbol de abejas, hermano Jacob, creo que dijiste, ¿cortado del campo de la señora Cannon?
—Sí, procesable bajo el estatuto hecho y provisto, para estropear o destruir deliberadamente cualquier madera u otros árboles, raíces, arbustos o plantas; valor de dicho árbol de abejas, tres dólares; ¡levari facias! El cociente es insatisfactorio para Isaac y Jacob Cannon.
Los ojos del hermano mayor y más pequeño intentaron tener una presentación el uno con el otro a través del puente de su nariz.
—Oh, hermano Jacob —rio entre dientes—, ¡qué ayuda ejecutiva eres! Capitán, ¿no es un perfecto Mario?
—La señora Cannon —observó el capitán—, deja la granja con este pago, caballeros. Ya ha trasladado sus efectos al otro lado de la línea, con su yerno Johnson. Del árbol de abejas no sé nada.
—Hermano Jacob —dijo Isaac Cannon—, ¡Moore toma la granja! Que sea notificado de que su alquiler comienza sin día.
—Ejecución realizada, hermano Isaac —respondió el Mario de la familia—. Esta mañana, percibiendo que Patty Cannon estaba a punto de mover sus efectos, mi alguacil embargó su arado como garantía por el susodicho árbol de abejas estropeado, mutilado y destruido, y Moore ya está arando para poner su trigo con él. El tiempo es dinero para Isaac y Jacob Cannon.
—¡Ja, ja! ¡qué comodidad ejecutiva! El hermano Jacob nunca añade un ítem a pérdidas y ganancias.
—Caballeros —dijo Van Dorn—, les recomiendo no cargar árboles de abejas a los inquilinos en las cercanías de Johnson's Cross-roads. Es un ítem inusual, y estamos criando jóvenes allí que podrían no entenderlo.
—Capitán —dijo el Cannon mayor, riendo entre dientes como si todavía estuviera en admiración por la sutileza de Mario—, recuerdo ahora que nuestro barquero trajo a un hombre de Laurel esta mañana con algunas noticias. Una mujer con un grillete roto se presentó allí anoche, y dijo que era esclava de Daniel Custis de Princess Anne: venía de Broad Creek.
—¿A dónde fue?
—Un predicador metodista la puso en su buggy y se puso en camino hacia la casa de su amo con ella.
—Entonces le ganará al viento —dijo Van Dorn—; estos predicadores son todos corredores de caballos, y pueden engañar al diablo. ¡Hola! ¡ya, ya! Debo ver esto.
Se alejó a grandes zancadas, con un ojo frío que miraba a Hulda.
—Vamos, jóvenes —dijo la gran cabeza de Jacob Cannon a Levin y Hulda—; les mostraré mi museo.
Abrió el camino a un almacén que sobresalía sobre el río, desbloqueó una puerta y les dijo que caminaran con cuidado hasta que pudieran ver en la oscuridad del interior.
Levin mantuvo la mano de Hulda en la suya mientras veían emerger lentamente de las sombras una gran variedad de cosas disímiles amontonadas, hasta que la casa apenas podía contener el vasto agregado de ollas y teteras, ruecas y cunas, armazones de cama y lechos, rastrillos y arados, sillas y parrillas, rastrillos y azadas, siluetas y marcos de cuadros, edredones hechos a mano de percal y almohadas de plumas de ganso desplumadas en casa, redes de pescadores y remos; todo lo que constituía la sustancia de la vida en un país antiguo sin minerales ni manufacturas, a principios del siglo XIX.
—¿De dónde los sacó, señor? —preguntó Levin.
—Ejecutados de ellos —dijo la cabeza y estatura guerrera de Jacob Cannon—; abalanzado sobre ellos; satisfechos juicios sobre ellos. ¡Fi. fa.! Llamamos a esto el Museo de Peale Número Dos, o el Cociente Variegado.
—¿Todas estas cosas tomadas de los pobres? —preguntó Hulda—. ¡Cuántas miserias cuentan!
—Sr. Cannon —dijo Levin—, ¿qué puede hacer con ellas? La gente no las comprará. Se están pudriendo a pedazos.
—Las guardamos para mostrar a todos aquellos que transgreden contra Isaac y Jacob Cannon —respondió Mario, con fácil grandeza—, ¡que hay un día de juicio!
Los ojos grises de largas pestañas de Hulda, con una mirada de desprecio más que infantil, acompañaron sus palabras:
—Debería pensar que temería ese día, Sr. Cannon, cuando reza: "perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden".
El viento del río parecía doblar el viejo almacén, y el ruido que hacía a través de las rendijas y alrededor de las esquinas, agitando ligeramente la pila desordenada de comodidades de cabaña y choza, parecía despertar bajos lamentos entre ellas, como cuando fueron arrancadas del lado de la chimenea y de la familia.
«¿Dónde está mi bebé?», parecía decir la cuna, «¿al que recibí y mecí, cálido, del vientre del dolor? ¡Oh, estoy hambrienta de su pequeña sonrisa!».
«¿Por qué descanso mi ajetreada rueca?», parecía rechinar la hilandera, «¿cuando sé que mis hijos están sin medias? ¿Quién me mantiene aquí ociosa mientras la madre pregunta por mí?».
«¿Dónde está la vieja cabeza canosa?», suspiraban las plumas, filtrándose en la brisa desde una funda de almohada rota, «que cada noche y por las tardes dormitaba sobre nuestra bolsa de plumón, y nos removía una vez al año, y rezaba sus oraciones dentro de nosotras? ¡Oh, acaso duerme sobre el suelo frío y desnudo, y nosotras aquí tan inútiles!».
La olla hervía hacia la tetera: «¡Es la hora de la cena, y los niños pequeños lloran por comida, y todavía no hay nadie que me levante sobre el brazo de la chimenea y encienda el fuego debajo de mí! ¿Qué pensarán de mí, ellos que se reunieron alrededor tantos años y me vieron hervir, y metieron sus deditos para probar la carne estofada? ¡Quiero irme! ¡Quiero irme!».
La tetera respondió a la olla: «No he cantado desde que el alguacil me obligó a soltar la mano de la abuela y la despojó de su taza de té».
La vieja colcha de muchos cuadros ondeaba en la corriente de aire: «¡Llevadme con la joven esposa que me cosió y me mostró con tanto orgullo, pues temo que pase frío desde que su joven esposo murió!».
Estos sonidos domésticos parecieron ser escuchados con asombro por los jóvenes amantes, estremecidos, parados allí tan pobres y al borde de lo que desconocían, y se acercaron más el uno al otro, como los jóvenes Eva y Adán en el gran naufragio del Paraíso y ante la voz de Dios.
De la mano salieron a la brillante luz del día y caminaron a lo largo de la calle arenosa, bajo los altos árboles de acacia, arce y ailanto que crecían en fila a lo largo de los jardines delanteros de los hermanos Cannon. Cuatro grandes casas se alzaban de costado, una tras otra, allí: primero, la casa de negocios de Cannon; luego, la cómoda vivienda de Isaac Cannon, donde habitaba, siendo un hombre casado; y, tercero, la elegante mansión de madera, con altas y airosas chimeneas, de Jacob Cannon, el soltero, cuya casa, construida para una novia, nunca había sido calentada por un fuego; finalmente, la vieja vivienda baja y de techo arqueado de la madre de los Cannon, frente a la cual estaba el muelle del transbordador, y Van Dorn hablando con el barquero negro.
—Levin —dijo la linda Hulda, no triste, sino muy grave—, esta noble casa es como ese Sr. Cannon de aspecto noble: hueca y fría. Vive con su hermano Isaac y mantiene su propia vivienda vacía y cerrada, porque amaba demasiado el dinero como para buscar una esposa.
—Amémonos el uno al otro, Huldy —dijo Levin—; es todo lo que tenemos.
—Es todo lo que hay que obtener, mi amor —respondió Hulda—. Sí, te amo, Levin. Intentaré salvarte, si puedo, porque te amo, aunque el sufrimiento pueda llegar a mí.
—No —gritó Levin—, no puedo dejarte, querida. Si pudiera cruzar ahora en el transbordador, no lo haría; debo volver contigo.
Cuando el capitán Van Dorn subió del muelle, sonrojándose como un colegial y golpeando sus dientes blancos bajo el largo lino de su bigote, su atención fue captada por una proclama pegada en un poste:
«Quinientas dólares de recompensa, por
JOSEPH MOORE JOHNSON, SECUESTRADOR.
_La recompensa anterior será pagada por mí a cualquier persona o personas —y quedarán exentas de detención— que me entreguen el cuerpo del malhechor arriba mencionado, para que pueda ser llevado a juicio en Pensilvania_.
Joseph Watson, alcalde de Filadelfia».
—¡Chis! ¡he! —suspiró Van Dorn—; el fin pronto debe estar cerca. ¡Ahora, jóvenes, venid!
Mientras pasaban por la propiedad de Cannon, saliendo del pueblo, se escuchó la voz familiar de Jacob gritar:
—Owen Daw ha escapado, hermano Isaac; pero se lo encajaremos en un _de bonis non_. Nunca le quitaré la vista de encima hasta que muera.
—Hermano Jacob, ¡qué ayuda ejecutiva eres!
Mientras Van Dorn conducía los caballos por el ligero ascenso detrás del transbordador, pasando por una antigua casa de troncos doble allí, con un arco en el centro, la joven Hulda —que ahora vestía zapatos y medias, y un vestido presentable de manufactura inglesa, y lucía como toda una mujer con sus ojos sinceros y a veces orgullosos y elocuentes— le dijo, mientras señalaba hacia atrás:
—Capitán, fue allí donde mi padre mató al viajero, donde vemos el camino más allá del transbordador entrar en los pinos.
—Sí —dijo Van Dorn, lanzándole una mirada fría—; podríamos ver el lugar si no fuera por los bosques. Está en una colina, a una corta milla del Nanticoke.
—Cuéntaselo a Levin, capitán.
—¡Quedo, quedo! No sería agradable.
—Sí —dijo Hulda—; si fuera verdad, puedo oírlo: quiero que Levin también lo oiga, para que no haya engaño entre nosotros.
Su cabello suave y húmedo, sus ojos grises y húmedos, su tez nacida entre la rosa y el rocío, su figura recta y ágil, y su aire de dignidad y verdad, impresionaron a Van Dorn con curiosidad:
—¡Qué audaz te vuelves, flor silvestre! ¿No puedes inclinarte a recrearme? Yo también viviría sin engaños. Pero no te contaré esa historia.
—Tienes miedo —dijo Hulda, sintiendo que nada más que este hombre y tres millas de camino nivelado la separaban de la venganza de Patty Cannon, y que debía imponerse fuertemente sobre él.
—¡Ya, ya! ¿No eres dura? Recuerda, podrías ser azotada por tu abuela.
—No, tú me azotarás, o me matarás, si es que hay que hacerlo. No te atreves a entregarme a ella para que me castigue.
—¿No me atrevo, otra vez? ¿Por qué?
—Porque eres mi tutor. Entre nosotros hay un instinto diferente al amor, pero fuerte; lo siento. Me inclino hacia ti, pero no me apoyo en ti. ¿Qué es?
—¡O Dios! —balbuceó Van Dorn, con su rubor suspendido y sus cálidos ojos azules fascinados por ella—. ¿Es esta una niña o un Eco?
—Cuéntame sobre el crimen de mi padre. Quiero que Levin sepa la cosa miserable por la que siente afecto.
—¡Ayme! ¡ah! Bueno, escuchad, jóvenes amantes; ¡y ved qué cosas espantosas caminan en estos pinos! Había un hombre llamado Brereton; lo llaman Bruington aquí, donde sus narices están torcidas y sus barbillas son débiles. Venía del viejo Lewes, hacia el este por el cabo Henlopen, y de una familia robusta, en la cual un grano de maldad siempre estuvo humeando a través de la sangre. ¿Lo sientes a veces, Hulda?
—No, maldad como esa no.
—Fue aprendiz de herrero, y sostenía el hierro mientras el maestro golpeaba. Un día entró un hombre en la tienda, cuyo caballo había perdido una herradura, para que se la pusieran, y, cuando pagó por ella, sacó un puñado de dinero de su bolsillo, y una moneda —un dólar— cayó en el hollín blando de la tienda, sin que nadie lo notara salvo el chico: ¡chis!, la cubrió con su pie.
El látigo de Van Dorn cubrió firmemente una mosca enorme en la oreja del caballo y la dejó muerta.
—Cuando el hombre se fue, el chico levantó el pie y descubrió el dólar; su maestro dijo: «¡Buen chico!». Se repartieron el dólar robado.
—Jimmy Phoebus dice que el primer paso es la mitad de un viaje —señaló Levin.
—El chico del herrero miró avariciosamente a los viajeros de ahí en adelante, que pudieran poseer un dólar. Tomó la tienda vacía del primer esposo de Patty Cannon, años después de que ese santo muriera, y trabajó en grilletes, abrazaderas y cadenas para retener los artículos de comercio secuestrados. Naturalmente, también secuestraba, y, mientras ella aún era una niña, la hija de Patty se convirtió en esposa de Brereton, otorgada por la cariñosa y agradecida madre. Maestro Levin, si usted cae en su camino, la hija de Brereton podría serle otorgada. ¡Hola! contemplela en Hulda.
—No puedo ver nada de ese pecado en Hulda, capitán; ni siquiera se avergüenza.
—No —afirmó Hulda, mirando sinceramente a Van Dorn—; es demasiado cierto como para avergonzarme. Siento como si la mano de Dios me cubriera como el dólar de plata bajo el pie de mi padre, porque me dejó sobrevivir a tales padres.
Mientras hablaba, tomó uno de los chelines de plata de 1815 y lo cubrió con su mano a la vista de Van Dorn. Van Dorn habló rápidamente:
—Había dos hermanos llamados Griffin de los alrededores de Cambridge, en Maryland; chicos mimados que se habían dedicado al comercio de carne humana, y robaban hombres y apostaban las ganancias, y Brereton era su líder. Un día pasó un viajero de Carolina, buscando esclavos de contrabando, y era de su tipo jactancioso, y dejó caer la indirecta de que tenía quince mil dólares sobre su cuerpo para invertir. No más tarde de haber hablado sintió su locura, por los ojos ardientes a su alrededor y las bocas babeantes diciéndole que durmiera allí y se traerían esclavos; así que partió asustado hacia Laurel, por el camino del transbordador de Cannon, con la intención de depositar su dinero o hacer que ellos trataran con él allí. La noticia fue pasada a Brereton por su esposa o su suegra, y por Brereton a los Griffin, para montar e interceptar el oro. Algunos dicen —balbuceó Van Dorn—, que la señora Cannon, vestida con ropas de hombre, comandaba la banda.
Un interés profundo y risueño, como el sonido de un arroyo oculto, acompañó el relato de Van Dorn, y él se sonrojaba como una muchacha.
—En Slabtown, un lugar indescriptible a una milla por encima de Cannon's, la banda de marcha ligera cruzó en un bote de remos; apilaron maleza y doblaron árboles jóvenes en el camino del viajero, donde él debería llegar casi a la cima de la colina en su coche, y cuando el traficante de carne se detuvo ante el obstáculo, ¡chis, hola!, se lo dieron por ambos lados, y enviaron carámbanos a su corazón. Sacó una pistola, pero en una mano moribunda. «¡Fuera! —gritaron los asesinos—; no está muerto». Su caballo, asustado por las armas de fuego que estallaron en las sombras de la tarde, saltó las barreras de maleza y galopó hasta Laurel, y entregó allí una efigie de rostro ceniciento, por cuya barba el tinte rojo de su vida goteaba audiblemente, mientras permanecía rígido en la muerte en el coche. Su nombre solo fue adivinado; ¡qué feliz él en eso!
—¿Y cuál fue el destino de los asesinos? —preguntó Hulda, con menos horror del que mostraba Levin.
—Tres de ellos fueron arrestados; uno de los Griffin expuso a su hermano y al capitán Brereton; estos dos murieron en la horca en Georgetown, esforzándose el joven Brereton bajo el nudo corredizo para evitar que su imprudente camarada dijera demasiado sobre la inigualable Patty Cannon y sus bellas hermanas, y pensando más en sus intereses que en esta niña viva. ¿Ja! ¿Hulda Brereton?
—¿El otro Griffin también sufrió la muerte? —sugirió Hulda, con un semblante pálido y directo.
—Sí, tu cariñosa abuela, entonces con sus encantos llameantes, lo atrajo a su banda de nuevo con el señuelo de la mano de la viuda Brereton; mató a un alguacil para recomendarse mejor a sí mismo, y murió en la horca en su Cambridge natal. ¡Hala hala! ella entregó a tu madre, la flor silvestre Hulda, a Joe Johnson a continuación como esposa.
—Es una historia horrible —dijo Levin—, pero Hulda nunca la vio.
—Puedo recordar a mi padre —dijo Hulda—; un hombre grande y fuerte, con un rostro lento y pesado, pero nunca me sonrió.
—Bueno, aquí está el cruce de caminos —dijo Van Dorn—. ¿Qué debo hacer con esta carta, mala flor silvestre?
—Léela, si quieres, o toma este chelín inglés y publícala.
Van Dorn retrocedió, rechazando el dinero.
—¿No la recuperarás, Hulda —susurró—, con amor?
—Nunca.
—¡Podrías pagar por esta carta esta noche con tu vida o tu modestia!
—No te atreves a matarme —dijo Hulda.
—Ya verás —dijo Van Dorn.
CAPÍTULO XXVIII.
PACIFICACIÓN.
Princess Anne había echado de menos durante varios días a algunos ciudadanos destacados, como Daniel Custis y su esposa, el capitán Phoebus, Levin Dennis y el negro libre Samson —grandes componentes de un pueblo pequeño—; pero también había ganado lo que todo el mundo admitía que era la mujer más hermosa del lugar, excepto la señora Vesta Milburn: la sobrina de ojos marrones, alta y pícara de Meshach Milburn, a quien Vesta había convertido en una dama en cuanto a apariencias, corregido algunos de sus defectos, como el moqueo, y le enseñaba diariamente los misterios de la gramática y los modales, ayudada por el rector de la parroquia, cuyo corazón se vio animado a una animación parcial de nuevo por la joven visitante.
Lealmente, William Tilghman había presionado su amistad sobre el esposo semisocial de Vesta, decidido a que le agradara, y encontrando poca resistencia allí y, afortunadamente, ninguna sospecha; y esto fue tan grato para Vesta que se permitió la esperanza de que su primo y antiguo amante encontrara compensación por su pérdida en Rhoda Holland.
El amor surgió fácilmente como tema de conversación donde Rhoda, con su preferencia poco convencional por ese asunto, lo introducía.
—Sr. William —había llegado tan lejos hacia el inevitable «William»—, dijo Rhoda, una tarde en Teackle Hall, mientras se sentaban en la biblioteca—, ¿los predicadores aman igual que las demás personas? La Sra. Somers dice que son unos disimulados terribles. Dice que hubo un predicador por aquí, en Girdle Tree Hill, que predicaba que la «Comida-y-el-Ñame» iba a suceder de inmediato.
—Milenio —sugirió Tilghman.
—Tal vez sea eso. La Sra. Somers lo llama «la Comida-y-el-Ñame», pensé. De cualquier manera, todos iban a resucitar, de inmediato, y él con ellos. ¡Santo cielo! tenían volantes puestos en sus camisones para resucitar. Y la noche antes de que fueran a subir, ese sinvergüenza se escapó con una viuda y su hija, dejó a la viuda y se casó con la hija; y no pudieron resucitar en Girdle Tree Hill porque el predicador no estaba allí, y no sabían cuándo.
—¿Y supongo que la Sra. Somers lo cuenta sobre él? —añadió William Tilghman.
—Eso hace. Ahora, ¿alguna vez estuvo enamorado, Sr. William?
—He estado pensando, Rhoda, que cuando seas una buena alumna, y la abuela y tú aprendáis a quereros, como creo que lo haréis, podría enamorarme de ti.
—¡Santo cielo! ¿Amada por un predicador? ¿Nunca podría dejar de ir a la predicación? Pero entonces, al oír a tu propio viejo ladrando contra las otras chicas, ¡creo que sería bastante bueno!
El tema había llegado tan lejos que, en pocos días, ante la ligera indignación de la abuela Tilghman, Rhoda llamaba al rector «William», y él le respondía: «Querida Rhoda».
La triple viuda, sin embargo, tenía un sendero para su consideración, por el cual la astuta Rhoda se desviaba tan pronto como veía la puerta entreabierta.
—Sra. Tilghman —dijo un día—, he estado observándola. Sospecho que usted era una verdadera belleza. Si no fuera un poco rara, nadie vería que ahora es una anciana.
—Fui una _belle_ —dijo la anciana ciega, enfáticamente—. El general John Eager Howard dijo que preferiría hablar conmigo que escuchar una oración de Fisher Ames. Charles Carroll, de Carrollton, me propuso matrimonio cuando yo tenía la edad suficiente para ser tu abuela, y después de que Susan Decatur, la viuda del comodoro, hubiera intentado en vano obtener una oferta de él. Le dije: «Carroll, ¿es esta otra Declaración de Independencia? No —dije—, Carroll, no reduciré al último firmante, tal vez, a la obediencia de una esposa que se está quedando ciega. ¡Eso sería una esclavitud peor que la de Jorge III!». Dijo que yo era una viuda espartana.
—Cada viuda que he visto era una viuda coqueta —concluyó Rhoda ingenuamente, ante lo cual la Sra. Tilghman tuvo que unirse a la risa, y no hubo malos sentimientos.
Jack Wonnell ocupaba ahora el puesto temporal de cocinero y leñador en Teackle Hall, y Roxy lo veía todos los días, cosía su ropa hecha jirones, ponía en él las semillas del autorespeto y hacía que Vesta le dijera a su marido, mientras estaban sentados en el salón de su almacén una tarde, en el intervalo de sus escalofríos y sudores:
—Tan rápidos cambios han tenido lugar aquí, Sr. Milburn, que han perturbado mi juicio, y ahora apenas sé si mi prejuicio más antiguo está asegurado, al ver a ese hombre blanco como el feliz sirviente doméstico de mi pura esclava. Ella parece no tener más afecto que lástima e interés por él, mientras que él se convierte más en hombre por su indisimulada devoción hacia ella. Ningún hombre podría trabajar mejor de lo que él hace ahora.
—El amor es tan grande, tan oculto —dijo el marido, con sus ojos marrones escudriñando el rostro de su esposa—, que sus combinaciones tienen siglos por delante antes de que derriben todo prejuicio, y demuestren, a pesar del pecado y la dispersión, que de una sola sangre están hechas todas las naciones.
CAPÍTULO XXIX.
COMIENZO DE LA INCURSIÓN.
La incursión en Delaware estaba toda organizada cuando Levin y Hulda fueron llevados a la taberna de Johnson, y la llegada de Van Dorn provocó vítores y gritos, mientras ese digno sonrojado lanzaba su figura esbelta y atlética fuera del carromato y se inclinaba ante Joe Johnson, en el porche de la taberna:
—¡Oh hala hala! ¿vas tú, yerno?
—Iré con ustedes, Capitán, una parte del camino de Maryland, ¡pero nada para ese Delaware! No iré más allí. Sin embargo, iré a medias con ustedes, por las magas que te doy y por mi escondite.
—¡Quedito! —balbuceó Van Dorn—; nunca dejamos fuera tus intereses, yerno. ¿Cómo está la tía Patty?
—Ha hecho un ponche para la población, y reclama al joven Levin ahí para que beba con ella.
—Llevaré el mío —gritó Levin—, y lo beberé en el frío de la noche.
—No —ordenó la voz de Patty Cannon—; te está esperando, hijo: un buen cuenco fuerte de manzana y azúcar. El que pierde sus tragos aquí, no lo tomamos en cuenta.
Mientras Van Dorn y Levin se abrían paso a través de la abigarrada multitud en el pequeño porche hacia el bar, donde la Sra. Cannon administraba, les puso delante dos cuencos ardientes, y gritó:
—Venid aquí, Coronel McLane, y uníos a mi trago y a mi joven primo Levin.
—No, Patty —respondió una voz desde la habitación contigua—; ya he bebido mi parte. No hay nada como un curso conservador.
Mientras Patty metía la cabeza en esta habitación interior, Levin Dennis, viendo una ventana abierta a su codo, arrojó todo su licor por encima del hombro al patio y se chasqueó los labios alegremente, diciendo:
—¡Bien!
—¡Ja! —exclamó Van Dorn, notando evidentemente el engaño de Levin—; gente inteligente nos rodea, Patty. ¡Cuidado!
Sacó de su bolsillo la fatídica carta y echó un vistazo a su endoso, y, mientras lo hacía, Levin escuchó una exclamación en el patio de un hombre que había recibido todo el aguardiente de manzana y azúcar en su rostro, y estaba furioso; pero tan pronto como pareció reconocer al que lo había arrojado, murmuró, disculpándose:
—¡Hokey-pokey! ¡Por humo! ¡y Pangymonum también!
Cuando Levin volvió a mirar a Van Dorn, el rubor estaba en su rostro, pero la carta había desaparecido.
—Cuidado con el curso conservador, Coronel —balbuceó Van Dorn—, excepto cuando la generosa Patty hace el ponche; porque ella tiene tal medida de él que no ve nuestras debilidades.
—Cariño —gritó Patty Cannon a Levin, dándole un abrazo afectuoso—, ¿te has tragado tu licor tan rápido como eso? Vaya, me encanta ver a un chico agradable beber.
—Pero ya no más para él, _cajela_ —protestó el capitán—; dos como esos le harán caer de su caballo. ¡Bebamos, Patty! _¡Está excelente!_ —bebiendo.
—Qué bonito dice el capitán esas cosas —gritó la dama al caballero de dentro—. Quizás se esté burlando de su vieja novia. ¡Oh, Van Dorn, si pensara que pudieras olvidarme, te mataría!
Levin notó el temperamento rápido y el rostro demoníaco de esta dama no poco atractiva mientras hablaba, su naturaleza entera cambiando de rumbo como un murciélago que gira, y de la plausibilidad a un instante de celos, y luego a una marea oscura de rabia terrible, no tomó más que un pensamiento.
—¡Qué disparate! ¡hala o he! —balbuceó Van Dorn, dulcemente, tomando a la anfitriona por la barbilla—; pero sí me encanta verte así, tú, encanto de mi vida. Nunca te abandonaré, Patty, mientras tú puedas sufrir.
Sus nubes oscuras pasaron lentamente mientras Levin se alejaba del lugar, pero su pequeña cabeza y su abundante cabello negro mostraban la sangre turbada hasta las raíces, y los ojos, una vez ricos con profundidades de medianoche, ahora vidriándose en el curso del tiempo, como viejos cristales de ventana, por la edad, escudriñaban el rostro del bandido con un miedo extraño:
—Van Dorn, el tiempo y el placer no pueden matarte: qué bien te ves hoy. Creo que eres un niño, para ser arruinado de nuevo cada vez que me amas, te sonrojas tan modestamente. ¿Dónde está ese tarro de color con el que te pintas las mejillas incluso ante mí, cuyos rubores nadie puede recordar? ¿Por qué me amas?
«¡O dios!», dijo Van Dorn; «te amo por estos hechizos de esplendor, la noche oscura y la pasión del mediodía, las alternancias de la tierra y el infierno que eclipsan el cielo por completo. Me encanta verte sentir miedo, aunque no temiendo nada aquí, porque no veo nada que temas más allá de la tumba. ¿Odias a este muchacho?».
«Lo odio más que a las arrugas. Que no se me acerque mañana como un niño; que vea fantasmas mientras viva».
«¿Cómo están los prisioneros, Patty?».
«Vaya, el negro blanco, palomita, está enfermo hoy; la pérdida de sangre y las ampollas le han dado fiebre. Mi negro, al que até —¡ja, ja! ¡un buen trabajo para Patty Cannon, a su edad!— dice que el otro es un pobre costero llamado Jimmy Phoebus».
«Joe debe estar listo para una partida rápida», exclamó el Capitán, «cuando volvamos de Dover: es una empresa audaz, y todo el pequeño estado se verá sacudido como una serpiente negra desenrollándose en el bolsillo de uno».
La mujer señaló desde su hombro hacia la habitación interior y habló aún más bajo que antes:
«Van Dorn, tengo un cliente».
«¿Para negros?».
«No, para Huldy. Él la tendrá».
* * * * *
Mientras Levin Dennis estaba de pie en el cruce de caminos, vio a un hombre extraño arando en la granja, recientemente abandonada por su anfitriona en favor del más alegre cruce de caminos. La luz de la tarde caía sobre los campos arenosos y sacaba brillo a la reja del arado, y, mientras el labrador pasaba de nuevo por el lugar lleno de zarzas, los buitres daban vueltas lentamente hacia arriba, como si protestaran porque se acercaba demasiado a sus crías.
El criado largo y flaco, que había atendido la mesa del desayuno, salió hacia Levin y observó sus ojos.
«Arando, arando», dijo. «Levin, puedo enseñarte a arar: yo no puedo hacerlo, pero tú eres el hombre».
«Cyrus, Huldy no te odia. Dice que eres lo más parecido a un amigo que tiene».
«Oh, la quiero como a la caña de azúcar», dijo el criado flaco y de cabeza como una calabaza. «Dile que voy a ser un gran hombre. Voy a arruinarles el juego. Me azotan, pero Cy Jeems tiene coraje, Levin».
«Cyrus, dile a Huldy todo lo que se trama contra ella. No sabemos nada. Tú puedes ir y venir y nadie te vigila. Huldy te lo agradecerá».
Poniendo sus largos brazos sobre las rodillas y agachándose, el criado miró fijamente a los ojos de Levin y susurró, mirando hacia el campo:
«¡Arando! ¡arando!».
Luego, girándose en parte y mirando por encima de la vieja taberna con una mirada de sabiduría, Cy James susurró de nuevo:
«¡Hokey-pokey! ¡Por el humo! ¡y Pangymonum también!».
«Creo que está loco», pensó Levin, mientras el extraño individuo se daba la vuelta y huía.
Eran alrededor de las tres cuando la cabalgata fue revisada por el Capitán Van Dorn desde el porche del hotel, y consistía en unas veinte personas, blancas y negras; algunos montaban mulas, otros caballos, y había un vagón en la fila —el mismo que había sido conducido al ferry de Cannon— destinado a Levin, Joe Johnson y el Capitán. Van Dorn estaba allí sonrojado, tirando de su largo bigote de lino y apoyándose en su látigo de cuero de vaca.
«Dave», llamó a un negro poderoso, «bájate de esa mula; estás demasiado borracho para ir. ¡Salta en su lugar, Owen Daw!».
El hijo de la viuda saltó alegremente sobre el animal.
«Sorden», continuó Van Dorn, «tú conoces todos los caminos: ¡guía el camino! ¡Whitecar, ve con él! Nos reuniremos en Punch Hall a las ocho en punto. El orden de marcha es en parejas, con un cuarto a media milla de distancia. Si algún hombre hace algo sin órdenes, o grita en el camino, puede recibir este latigazo o puede recibir mi cuchillo».
«Capitán, ¿dónde comemos?», preguntó un mulato pequeño y nervioso.
«Bebed agua en Federalsburg», respondió Van Dorn; «comed en el Punch Hall».
Se fueron en parejas a intervalos de diez minutos; el vehículo de Van Dorn fue el último. Un momento antes de partir, Cy James tocó la manga del Capitán y susurró: «Huldy». Girándose para ver si no era observado, Van Dorn lo siguió hasta la chimenea de arco profundo en el frontón norte y despidió a su guía con una mirada.
«Capitán Van Dorn», dijo Hulda, con sus grandes ojos grises tensos por la ternura y el coraje nervioso, «no le haga daño a ese muchacho, Levin: ¡lo amo! ¡Que Dios perdone todos sus pecados, tantos como sean, si desobedece las malvadas órdenes de la abuela sobre mi querido!».
«Ja, flor silvestre, ¿has estado escuchando?».
«No, solo he mirado: conozco las formas cariñosas de la tía Patty cuando pretende arruinar, y vigilo sus negros destellos de astucia entre medias: ella no es prima de Levin; él es el gentil prisionero de Joe; el mismo nombre le hizo ocultar cuando te vio venir esta mañana».
«Creo que sí: ¡Hulda, déjame besarte!».
«Sí, si te atreves».
Ella le devolvió esa mirada pura, fuerte y de niña, impulsada por el alma, ejerciendo toda la influencia que siempre había sentido que tenía sobre él.
Sin embargo, él la besó por primera vez:
«Hoy, bonito, me atrevo a besarte. Créeme, mi beso es tierno».
«Sí, señor. Hay algo como un padre en él. Oh, padre mío, ¿estás en el cielo?».
«Si existe tal lugar, flor silvestre, creo que lo está».
«Oh, gracias, Capitán Van Dorn. Que allí estés también y encuentres la fe que siento en mi amor de un día en la tierra. Rezo por ti todos los días».
«¡Ay de mí, pobre débil! Reza ahora por ti misma: si puedes salvarte sin pecado un breve día o dos, puede ser bueno para ti y para Levin. Tu abuela es terrible en sus alegrías esta noche».
«Puedo morir», dijo Hulda, «si Levin se salva».
Él la besó de nuevo, y algo húmedo cayó sobre sus rubores.
«¡Amor eterno!», suspiró; «lo he perdido».
CAPÍTULO XXX.
ÁFRICA.
El Capitán tomó las riendas, su pintoresca chaqueta de terciopelo, sombrero de ala ancha, camisa brillante, pantalones ajustados, cinturón y botas, merecedores de todos los elogios de Patty Cannon mientras hacía un educado adiós y lanzaba su látigo como un rayo, y un vívido aplauso surgió de los voluntarios descartados que merodeaban por la taberna mientras se llevaba a Joe Johnson y a Levin.
El camino era casi completamente llano durante cinco millas, pero, al ser el viejo camino transitado desde Laurel y el sur hasta Easton, y apuntando hacia Baltimore, se veían numerosas granjas y claros, y los campos de tabaco se alternaban con el maíz seco y las nuevas parcelas de trigo arado. Aquí y allá, como una medida de oro derramada sobre el suelo, las mazorcas amarillas yacían en las hileras de maíz descarnadas, para convertirse en la harina molida del esclavo y el sustento de invierno del ganado. La popularidad de Joe Johnson era evidente en todas partes, y se escuchó más de un grito de: «¡Buena suerte, Joe!», «¡Tráenos un negro de Delaway, Joe!», «¡No seas muy duro con esos pollos negros de la Gallina Azul, Joe!».
Van Dorn estaba demasiado por encima de la comprensión de sus vecinos, o de cualquiera, para ser tratado con familiaridad, pero «el hombre de Patty Cannon» fue el término de inferioridad herida hacia él después de que hubo pasado.
En Federalsburg cruzaron la rama del Nanticoke que se interna en el centro del estado de Delaware, y vieron una gran casa de ladrillo de aspecto colonial dominando la pequeña aldea de madera, y aquí, como generalmente dentro de los límites de Maryland, la caza de negros era la «diversión» o la ocupación seria de cualquier hombre ocioso o emprendedor, que entrenaba a sus exploradores negros como a un perro de muestra, o más a menudo como a un spaniel, y cruzaba la frontera en las noches señaladas tan apasionada y cautelosamente como el comerciante blanco en África se adentra en los senderos del interior en busca de presa humana.
«Joe», dijo Van Dorn, «¿cuál va a ser tu disposición de los prisioneros que tenemos?».
«Todos se van conmigo a Norfolk menos uno: el boxeador negro; lo quemaré vivo en la isla de Twiford. Si el tipo blanco es demasiado problemático para venderlo, lo arrojaré por la borda; no es seguro».
«¡Ea! ¡sus! es infantil quemar al viejo. He recibido muchos golpes de un negro, y también puñaladas. Un perro te muerde si le echas el lazo».
«Ningún negro puede derribarme y salirse con la suya vendiéndome».
«Entonces eres un mal comerciante. El precio del negro es todo lo que el negro es; ¿por qué hacerlo tu igual odiándolo?».
«Soy un muchacho de Delaware», dijo Joe Johnson, «y es mi orgullo no darle oportunidad a ningún negro. En Maryland los mimáis, como al viejo Coronel Ned Lloyd allí en el Wye; ¡le ha dado a su cochero negro un reloj de oro y una cadena porque es su hijo! ¡Qué imbécil! Algún día criará a un negro que estará dando discursos políticos, y entonces no quiero vivir más».[5]
«¡Chito! Desde que el abogado de Delaware te envió al poste, yerno, estás huraño. He tenido que comer con príncipes negros, bailar con sus reinas y ser ceremonioso como si hubieran sido ángeles».
«¡Sería el reinado de la Reina Dick para mí! No podría hacerlo, de ninguna manera».
«Y, por cierto, Joseph, puede que vea a tu amigo, el abogado Clayton, en Dover, esta noche: puede enviarme al poste también; y me temo que ningún gobernador de Delaware quitará el recorte de mis orejas, como se hizo contigo en patriotismo estatal».
«¡Cuidado con ese demonio de Tolobon!», murmuró Joe Johnson. «Cómo desearía que pudieras matarlo, Van Dorn. Se ha convertido en senador; algún día será presidente del tribunal supremo de Delaware: entonces, ¿qué valdrán los negros allí?».
«Me imagino, Joseph, que podrías ser legislador en Delaware si tus inclinaciones fueran por ese camino».
«Fácilmente, pero yo hago legisladores. Mi mujer, Margaretta... la hermana de su primer marido es la mujer del canciller».
«¡Hola! ¡oh! ¿Cómo surgió esa gran alianza?».
«Ella era ama de llaves; él era un viejo soltero cerrado y tuvo que romperse una pierna. 'Bueno', dice ella, 'eres un papá; la justicia es tu oficio, y debo tenerla'. Así, de ser su especial, se convierte en la señora; pero ella inventó al niño».
«Nunca he estado en Dover; ¿cómo sabré dónde vive el abogado Clayton?».
«Está en el campo en medio del pueblo, al lado de la casa del estado: una casa larga y de aspecto tosco en la esquina, de tres pisos, con dos puertas; la puerta al lado de la casa del estado es su oficina. Pasa la casa del estado, que tiene una cúpula encima, y verás la jarra y el poste de azotes. Los tiene a mano para ti».
Levin escuchó con todos sus oídos. El licor ya estaba bien fuera de su sistema, y agradeció a Dios haber rechazado el trago ardiente de Patty Cannon, de lo contrario podría ser esta noche —lo pensó con remordimiento— el compañero imprudente de Owen Daw, cuya propia madre había predicho la horca para él.
«Y ahora, Van Dorn, regreso», dijo Joe Johnson; «tengo un trabajo que hacer en la Península. McLane se ha convertido en dueño de una chica allí, y quiere que se la roben. Me llevo al negro Dave conmigo, y cuando esté de vuelta, mi bote estará listo y mi carga empacada. ¡Entonces, adelante hacia Florida!».
Desató su caballo en la parte trasera del vagón, lo montó y regresó a través de la corriente. Van Dorn tocó a sus caballos y entró en los densos bosques por un camino lateral hacia el norte.
«Sube aquí, maestro Levin, y viaja conmigo», dijo el Capitán, muy pronto, y levantó el viejo sombrero de Levin de su cabeza y miró su cabello brillante partido por la mitad, sus ojos finos y grandes, necesitados de la luz del conocimiento, y su tez suave y señales de buena extracción.
«¿Dónde está tu padre, Levin, para dejarte ir tan andrajoso, con miembros y pies tan gráciles como estos?».
«Naufragó», dijo Levin; «se hundió, supongo, en el corsario».
«¿Era marinero? Bueno, debería estar en casa para vestirte y ver que no hagas trampas. Me fijé en cómo el ponche de la señora Cannon fue arrojado por la ventana».
«Pensé que no querría que estuviera borracho a su lado toda la noche, señor, y así podría disfrutar de su compañía. No quiero beber más licor».
«¿Te gusta mi compañía?».
«Sí, señor».
El Capitán se sonrojó y preguntó:
«¿Por qué te gusto?».
«No por nada que haga, señor. Me gusta por algo en sus modales; creo que es un hombre listo».
«Sí, señor, que lo soy. He ganado el mundo entero y he perdido dos».
«¿Dos mundos, señor?».
«Sí, dos mundos inmortales; es decir, dos mundos inexplicables. No soy cristiano».
«Tal vez sea chino o mahometano, entonces, señor; supongo que todo el mundo tiene una religión».
«Fui mahometano por fines de negocios», dijo Van Dorn. «Habiéndome convertido en esclavista, no era nada ser un renegado. Robando el alma de un hombre todos los días, no le doy valor a la mía. Sí, Mahoma es el profeta de Dios: también lo eres tú».
«Usted ha estado en África, supongo», sugirió Levin.
«Unos pocos años solamente, pero el tiempo suficiente para ser rico y para ser arruinado. Conozco la costa africana desde Gambia hasta el Cabo Palmas, y hacia el interior hasta Timbo. He tenido una reina africana y la fiebre africana: fui a conquistar África y me convertí en esclavo».
«En África, supongo, Capitán», comentó Levin, sin inferencia, «un tratante de negros es respetable».
Van Dorn sacudió la cabeza.
«Dudo que ese comercio sea respetable en cualquier parte de este globo, a menos que sea aquí. No, diré también por esta gente, que aunque le rinden un homenaje de labios hacia fuera, lo desprecian. Una vez fui el mayor invitado en Timbo, alojado con su príncipe absoluto, atendido por mi séquito, luciendo como un embajador, y él me llamó 'su hijo' y me atrajo a su pecho. Se hicieron proclamas de que debía ser respetado como tal, sin embargo, cada objeto humano huía ante mí. Mientras salía solo a ver los jardines y los campos de yuca, las cabras y bueyes errantes, y las ricas perspectivas de montaña, y veía a las muchachas de ojos de endrina bañándose en los arroyos, el grito corría: 'Viene el comprador de carne', y las chozas quedaban desiertas, los campos abandonados, los patriarcas grises y los niños pequeños corrían, y yo me quedaba solo con los animales mudos, despreciado, aborrecido».
«¿No tienen esclavitud allí, señor?».
«Sí, esclavitud inmemorial, sin embargo, el comprador de esclavos no es más respetable que el proxeneta. La moneda de África, su único medio, era el esclavo. Pagaba la deuda de la guerra, del lujo y de los negocios. Sin embargo, el alma del hombre, en el estudio familiar de tal esclavitud universal, se arrastra con ella, y ya no apunta al destino brillante con la cabeza erguida: morí en África».
«¿No está usted en el negocio ahora, señor?».
«Ahora soy un simple ladrón de bosques y hombre de la maleza, Levin. El que comienza un comercio vil se levanta temprano a su plenitud, y en la vida subsiguiente debe ser un lobo pobre rechazado por la manada, robando donde puede colarse. Tal es el secuestrador que alarga los días decaídos del esclavista; tal es el voluptuoso arruinado, viviendo al fin de las ganancias de alguna mujer desvergonzada; tal soy yo: ¡mírame!».
Los ojos de Van Dorn se volvieron hacia Levin con su luz fría y despiadada, y sin embargo se sonrojó, como de costumbre.
«Usted debería ser un caballero, Capitán. ¿Qué le hizo romper las leyes así y ser un hombre malo?».
«¡Ayme! ¡ayme!», reflexionó Van Dorn, «¿debo decírtelo? Fue África. Yo era un joven de altos ideales, frío y audaz, y con un hilo de placer en mí. Me hice a la mar en un oficio varonil, y, siendo la fortuna lenta, me susurraron, en las Indias Occidentales, que mi clipper era justo lo necesario para el comercio de esclavos, y realicé la primera aventura fuera de la virtud, que es todo el viaje. En África caí presa de la vida voluptuosa que lleva allí un hombre blanco, de la cual los mismos misioneros no siempre son excepciones. Joven, pálido, gentil, elegante, valiente, mis rubores instantáneos como mis pasiones, la intriga incesante de ese clima cálido giraba a mi alrededor como una danza en el harén alrededor del joven intruso: olvidé mi tierra natal y cada obligación en ella; fui esclavizado por África a sus alegrías de desmayo; fui allí como la serpiente y fui picado por la mujer».
«¿No son todos negros y feos en África, Capitán?».
«El mundo no tiene iguales a Senegambia para la belleza», dijo Van Dorn. «Las bellezas Fullah son a menudo casi blancas, y la mezcla negra no es más que barniz en el arce. E incluso aquí, muchacho, donde la civilización construye un muro de fuego social alrededor del esclavo, a menudo notas la idolatría de la cabeza blanca hacia la África cautiva».
«¿Ganó dinero?».
«Durante algunos años lo hice, mucho; pero la degradación en medio del placer pesaba en mi espíritu. La cosa llamada honor había volado de sobre mí como la paloma celestial, y en su lugar cien aves pintadas acudieron alegremente, las criaturas deslumbrantes de ese mundo irreflexivo. ¡Oh, ojalá pudiera haber nacido allí o nunca haberlo visto! Al final empecé a volver a casa, pero el mundo había adoptado un nuevo mandamiento: 'No traficarás con el hombre'. Tomaron mi barco y toda su carga negra, y volví a casa desnudo. Entonces mi corazón se rompió, y me convertí en secuestrador».
«El hogar es el mejor lugar», dijo Levin; «supongo que lo es, incluso si la gente es pobre. Cuando Jimmy Phoebus me dio un bote pensé que era rico como un judío».
«¿Cuál es ese nombre?», preguntó Van Dorn.
«James Phoebus: es el novio de mamá».
«¡Ce ce ce!», reflexionó el Capitán; «¿tu madre vive, entonces?».
«Sí, señor. Es pobre, pero Jimmy la quiere, y el fantasma de mi padre la alimenta».
«¡O Dios!», balbuceó Van Dorn. «Este Phoebus, ¿es un buen hombre?».
«Valiente como un león, señor; pobre como cualquier capitán de pungy; el mejor amigo que he tenido. Esperaba que mamá se casara con él, ha estado esperándola tanto tiempo. Ella tiene miedo de que mi padre no esté muerto».
«¡O hala, hala! las mujeres son tales esperadoras; pero este hombre también puede esperar. ¿Es fuerte?».
«Estuvo a punto de darle una paliza a Joe Johnson el domingo pasado, señor, en Princess Anne. Odia a un tratante de negros. Él y Samson Hat, un tipo negro, se tienen tanto aprecio como dos hermanos».
«¿Y te dio un bote?».
«Sí, señor: Joe Johnson me lo alquiló, pero no sabía que iba a huir con negros. Tiene mi bote y arruinó mi crédito, supongo, en Princess Anne, ¿y qué hará mamá cuando vaya a la cárcel?».
«Bueno, este otro hombre, Phoebus, está ahí para casarse con ella o cuidar de ella».
«Oh, Capitán», sollozó Levin, poniendo sus manos en las rodillas de Van Dorn, y apoyando su cabeza huérfana allí también, «el pobre Jimmy ha muerto: Joe Johnson le disparó».
El Capitán no se movió ni habló.
«He sido un borracho, Capitán», volvió a sollozar Levin, en la confianza de un niño; «ahí es de donde viene toda nuestra miseria. No tengo nada más que mi bote, y la gente lo alquila para ir a cazar y pescar y de juerga, y llevan licor con ellos, y yo bebo. ¡Dios me ayude, nunca lo volveré a hacer, antes moriré!».
«¿No tienes miedo de apoyarte en mí?», balbuceó Van Dorn.
«No, señor».
«Yo también he matado gente».
«El Señor le perdone, señor; sé que no me matará a mí».
Un suspiro brotó de los labios del bandido, en lugar de su habitual ceceo suave, y fue seguido por una gota de agua caliente, como de las hojas del bosque ahora bañadas en la noche, que salpicó el cuello de Levin.
«O Dios», dijo una voz suave, «¿no puedo morir?».
Entonces Levin sintió las mismas gotas calientes caer muchas veces sobre él, y su naturaleza se abrió como las plantas a la lluvia.
«He encontrado un amigo, Capitán», dijo el chico, después de varios minutos, pero sin levantar la vista; «siento que lloras».
«¡Chito! ¡chito!», balbuceó Van Dorn; «aquí está Punch Hall».
Levin levantó la cabeza y no vio nada más que una vieja casa en los árboles, con una luz tenue que salía de la puerta, y oyó la baja hilaridad de los hombres bebiendo. Toda la banda salió a recibir las órdenes de Van Dorn.
«¡Una hora aquí para comer y descansar!», exclamó Van Dorn. «¡Que duerman los que puedan! ¡Que cualquier se descarríe o cause disturbios si se atreve!».
CAPÍTULO XXXI.
RUBOR DE MELOCOTÓN.
El juez Custis, a quien dejamos salir de Princess Anne el domingo por la tarde, siguió recto hacia el norte, cruzó el fondo de Delaware al principio de la noche y se fue a dormir a Laurel, en Broad Creek, unas pocas millas al sur del ferry de Cannon.
Al amanecer volvió a montar a caballo, apenas entumecido por el esfuerzo, y sintiendo las crecientes alegrías de un estómago y un cerebro que se aclaraban mejor que en años, de cualquier tipo de alcohol. Su mente había sido bañada en el sueño y la templanza, los dos grandes médicos, y secada, como los pies del Príncipe de los sufridores, con los cabellos de las mujeres. El ejercicio, natural en un virginiano, despertó de nuevo sus fluidos espíritus, y se imaginó que el aire se volvía más puro a medida que avanzaba hacia el norte, aunque apenas había un cambio perceptible de elevación. El terreno se volvió más seco, sin embargo, a medida que rodeaba los manantiales del gran pantano de cipreses —el contrapeso del Dismal Swamp de Virginia—, se alejaba de las aguas de Chesapeake y se acercaba a los afluentes del Atlántico. A las nueve en punto entró en el grupo de edificios judiciales de Georgetown, un pequeño lugar de unos pocos cientos de habitantes, instalado casi en el centro del condado una generación antes, o unos diez años después de la independencia del país.
Era un lugar llano de casas de tejuelas de madera, reunidas alrededor de una plaza arenosa, en la que había tanto olmos como álamos italianos; y un tribunal de madera de dos pisos se encontraba en el lado opuesto, rodeado de pequeñas cabañas para los funcionarios del condado, situadas aquí y allá, y en la parte trasera había una cárcel de dos pisos, con apartamentos familiares abajo, y la ventana de la mazmorra, la sala de deudores y un dormitorio familiar arriba; y cerca de la cárcel y del tribunal se alzaba el poste de azotes, como una bomba desmantelada, con un piso de picota a algunos pies del suelo.
Jóvenes arces, moreras y tulipíferos, y ailantos crecían con valentía para dar sombra a lo largo de las dos calles que atravesaban la plaza, y las cuatro calles paralelas a sus lados —con bonitos callejones insertados entre ellas, hacia los cuales se extendían los jardines de tierra arcillosa—, y, mientras el Juez se detenía en la taberna cerca del tribunal, le dijeron que era el "día de resultados", y que el lugar pronto estaría lleno de electores reunidos para escuchar cómo "le había ido" a ella —ella, como bien sabía el Juez, significaba el Condado de Sussex, e "ido" insinuaba su decisión expresada en las urnas.
—Ella se ha ido por Adams y Clayton, ¿no es así, Jonathan Torbert? —preguntó el posadero.
—Sí —dijo un hombre sencillo, de aspecto religioso, el cajero del banco—; Johnny Clayton ha mantenido a Sussex y Kent en línea para Adams; Jeems Bayard y los McLane han capturado Newcastle: Clayton va al senado, Louis McLane al gabinete, el país a los caimanes.
—¡Hurra por Jackson! —respondió el anfitrión—; me cae bien desde que azotó a los británicos.
En el desayuno, el juez Custis reconoció a un caballero enfrente, que vestía calzones cortos y llevaba el pelo en coleta, quien habló sin más que una expresión pasivamente amable:
—Juez.
—¡Ah! ¡Canciller!
El Canciller tenía casi setenta años, con un aspecto humilde, meditativo y, sin embargo, amable, como alguien cuyas relaciones con este mundo eran las de una administración, y cuya vestimenta casi obsoleta era la insignia, no de orgullo mundano, sino de alegrías y contemporáneos ya desaparecidos. Su semblante natural parecía decir: "La llevo porque es inútil dejar lo que nadie más quiere llevar, cuando pronto no necesitaré nada más que una mortaja".
El juez Custis observó atentamente al manso anciano, sentado ante su plato como un hermano lego en algún monasterio o enfermería, indiferente a la charla, a las noticias o a los asuntos; y el recuerdo de lo que había sido —agudo, acumulativo, con pasiones juveniles largamente retenidas, y el hombre boyante bajo la guardia del juez— impresionó al virginiano a decirse:
"¿Qué es, pues, el hombre? Al final, la vejez se impone y dobla el templo de bronce de su rostro, como Sansón, en un remordimiento casi piadoso. Ahí hay veinticinco años de administración de equidad; detrás, treinta años de vida jocunda y variada. Ningún periódico lo registrará jamás, porque aquí no se imprime ninguno; él es indiferente a ese olvido y a todos los demás, porque los resortes de la vida están secos en su cuerpo y ya no disfruta".
—¿Viaja hacia el norte, juez Custis? —preguntó el anciano, por cortesía.
—Sí, a Dover.
—Hay un asiento en mi carruaje; es bienvenido a él.
—Lo tomaré una parte del camino, al menos, para sentir el privilegio de su compañía, Canciller.
El anciano hizo un movimiento lento de cabeza hacia un lado.
—Demasiado tarde, demasiado tarde —dijo—, para adularme. Una vez me gustó. Yo también he sido un adulador.
El muchacho negro del Canciller fue puesto en el caballo del Juez, y los dos hombres, en un vehículo sencillo, ligero y cuadrado, hecho en el campo, doblaron la esquina del tribunal hacia el norte. Al pasar por la puerta, oyeron al sheriff subastar dos esclavos a un comprador, gritando:
—Su propiedad, señor, hasta que tengan veinticinco años de edad.
—¡Ja, ja! —se rio, con una gran carcajada, un aldeano casi sin barbilla—; ¡diga hasta que la vieja Patty Cannon pueda atraparlos!
El comprador dedicó una sonrisa astuta y autoconvencida al canciller que pasaba, cuya mirada de resignación solo se profundizó y se volvió más humilde. El Juez tuvo algún vago recuerdo que le impulsó a cambiar de tema.
—Nos vemos poco, Canciller, aunque dividimos la misma pequeña herencia de tierra. Supongo que su gente está muy orgullosa de Delaware.
—Sí —dijo el anciano—; siendo un aventurero tan pequeño, un simple expósito en la banda de estados, nuestra gente tiene el orgullo de su independencia. Las leyes se administran, se abren algunas granjas más en el bosque cada año, llegan las flores, y los viejos mueren y son enterrados en sus granjas, y sus huesos son respetados unos pocos años. Nuestra historia es tan pastoral que debemos mostrar algo de temperamento cuando es atacada, o podríamos dejar ver nuestra ignorancia sobre ella.
Cabalgaron en silencio algunas horas a través de un país más antiguo y abierto, con algunos grandes estanques de molinos y una mejor clase de mejoras agrícolas, y la sensación de una gran masa de agua cercana se sentía místicamente.
El Juez siguió los ojos del anciano en un lugar, viendo que estaban levantados con una expresión de tranquila satisfacción, como una vieja piedad, y un hermoso paisaje de marisma verde suave yacía bajo su mirada desde una ligera elevación a la que habían llegado, mostrando ganado y ovejas vagando en ella, altos arboledas donde las vacas y los caballos encontraban sombra al mediodía, y arroyos serpenteantes, que llevaban velas de barcos ocultos, como si estuvieran en un viaje mágico sobre el terciopelo verdoso. Pajares y asentamientos agrícolas destacaban en los largos llanos, y aves navegantes salpicaban el aire. En la lejanía yacía algo parecido a más marisma, pero también a las nubes.
—Es la Bahía de Delaware —dijo el Canciller.
Pronto entraron en un pequeño pueblo bien construido en un arroyo navegable, con un gran estanque de molino, aserraderos, varios barcos en construcción en los astilleros, y un aire de vitalidad superior a cualquier cosa que el juez Custis hubiera visto en Delaware. Aquí el Canciller señaló el último hogar del padre del senador Clayton, y, después de que los caballos hubieran sido alimentados, continuaron aún hacia el norte, pasando por otro pequeño pueblo en un arroyo cerca de las marismas, y, un poco más allá, llegaron a una venerable iglesia de ladrillo, un poco apartada del camino, en una arboleda de robles y árboles forestales.
—Aquí está la capilla de Barrett —dijo el Canciller—; célebre por la planificación de la campaña entre los predicadores nativos de Wesley y los ingleses para la conquista de América tan pronto como la corona la hubo perdido.
Miraron hacia arriba, hacia el edificio de hastial ancho y aspecto cuáquero, con su puerta ancha y baja, techo alto, dos pisos de ventanas, y una ventana más alta en el hastial, hileras ordenadas de ladrillos en arco sobre la puerta y las ventanas, y mampostería en faja; y oyeron a los altos árboles arrullarlo para dormir como a un bebé dejado a su cuidado. De casi cincuenta pies cuadrados, y probablemente de cincuenta años de antigüedad, parecía estar en condiciones para otros cien años.
—Mi familia en Accomac fue dura con los metodistas debido a un conservadurismo equivocado —dijo el juez Custis—. Son buena gente; parecen encajar en esta península como el melocotonero.
Un pequeño cortejo fúnebre estaba entrando en la capilla de Barrett, y el Canciller interrogó a uno de los seguidores más indiferentes sobre la persona muerta. Tras mencionar el nombre, el ciudadano dijo:
—Su muerte fue misteriosa. Era metodista y un buen hombre, pero parece que la avaricia estaba corroyendo sus principios. Un niño esclavo, que pronto sería libre por ley, desapareció de su posesión, y él hizo correr la voz de que el niño se había escapado. Pero de repente nuestro vecino comenzó a beber y a mostrar dinero, y dicen que hizo secuestrar al niño. Murió como alguien con un ataque de desesperación.
Mientras volvían hacia el norte, en la agradable tarde, el juez Custis dijo:
—¡Qué estigma para ambos lados, Canciller, es este secuestro!
El anciano miró hacia abajo con mansedumbre y no respondió. El juez Custis, sintiendo que había cierta sensibilidad sobre este y temas similares, aunque no podía recordar por qué, continuó, bajo el impulso de sus sentimientos:
—La noche antes de dejar Princess Anne, Joe Johnson, uno de sus peores secuestradores, vino audazmente a mi casa a pedir alojamiento. Por qué dejé que se quedara allí es un motivo de asombro y desprecio para mí mismo. Pero allí estaba, quizás cuando me fui.
—No es una cosa prudente de permitir —gimió el anciano.
—Sabía que su esposa era la viuda de un candidato a la horca, un tal Brereton; el nombre es yanqui. Fue ahorcado por robo en la carretera.
Un sonido amortiguado escapó del serio anciano de Delaware.
—Debería recordar el asesinato, Canciller. Ocurrió en este estado. Este Brereton mató a un comprador de esclavos por lo que llevaba consigo para comprar a las personas libres secuestradas y a los esclavos aprendices. Brereton era el yerno de Patty Cannon, esa infame alcahueta entre Delaware y el Sur.
El viejo Canciller levantó la vista.
—Deseo anticiparme a usted —dijo—, en lo que usted podría decir más con verdad, pero que quizás no sabe del todo. El asesino, Brereton, era el yerno de Patty Cannon, es cierto; pero también era mi cuñado.
—¡Imposible! —dijo el juez Custis.
—Sí, señor; me casé con su hermana.
El viejo Canciller volvió a dirigir sus ojos al suelo.
—¡Gran cielo! —exclamó el Juez—; ¡cuántas cosas curiosas puede haber en un estado tan pequeño!
Fue a mitad de la tarde cuando el juez Daniel Custis entró a caballo en un pequeño pueblo en una llanura ondulada, alrededor de dos cuyos lados, a apenas media milla de distancia, corría un arroyo a través de un bonito valle arbolado, y un tercer lado estaba bordeado por un ramal del mismo arroyo, todo serpenteando a través de matorrales, nenúfares, flores de loto y marismas hacia la Bahía de Delaware.
En el centro del pueblo, en el oleaje o cresta de suelo aluvial, de una base de marga arenosa ligera, una plaza pública oblonga, dividida por una calle de norte a sur, contenía las principales viviendas del lugar, una de las cuales era el Capitolio del Estado de Delaware, un edificio de ladrillo rojo, un poco más antiguo que la Constitución Americana, con una cúpula en forma de campana sobre su centro, y desde allí se podía ver la Bahía de Delaware.
Cerca de la casa del estado se encontraba el poste de azotes en la esquina, humilde como un poste de amarre, y la cárcel de ladrillo también se escondía fuera de la vista allí, como un sirviente impresentable que siempre se encoge cerca de la compañía de su amo. Varios edificios, generalmente antiguos, rodeaban esta plaza pulcra y cuáquera, algunos de ladrillo y con portales bajos, otros elegantes y remodelados para adaptarse a los tiempos; algunos eran meras oficinas o chozas de madera, con largas buhardillas que caían desde la cresta del techo casi hasta los aleros, como una pluma sucia de una corona de sombrero, con una joya en la punta; y uno era un viejo hotel de techo empinado, pintado de amarillo, con un largo costado de descanso.
En las esquinas diagonales de esta plaza, tan separadas como su espacio lo permitía, aún se erigían dos venerables casas de médicos, que habían dado más renombre a la pequeña capital de Delaware que sus juristas o estadistas: la antigua residencia de Sykes el cirujano y Miller el patólogo y escritor.
Fue en la primera de estas casas, una alta casa de ladrillo enyesado, de muchas ventanas y fachada lateral, con oficina lateral y puerta central, donde el juez Custis se detuvo y ató su caballo a un soporte cerca de la casa del estado adyacente. El sonido de los pájaros piando caía de los grandes olmos, sauces y arces en la plaza, y Custis podía ver a los petirrojos corriendo en la hierba.
Desde la puerta de la oficina lateral de dos pisos, el sonido de un violín llegó con ternura, y el Juez esperó hasta que la melodía terminó, cuando fuertes exclamaciones de placer, el aplauso de manos y el pisotear de pies mostraron que el violinista no estaba solo.
Al presentarse en la puerta, el juez Custis fue inmediatamente confrontado por un hombre grande y alto, de al menos seis pies de altura, con un semblante fuerte y cabello rubio, que llevaba el violín y el arco en la mano, y con la otra mano agarró al juez Custis casi con afecto, y lo atrajo hacia adentro, gritando:
—¡Vaya, cómo está mi viejo amigo! ¡Goy! ¿Cómo le va? ¿Quién podría haberle esperado en esta sencilla ocasión? ¡Siéntese ahí y tome mi propia silla! ¡No esa pequeña, no, la gran silla cómoda para mi viejo amigo! ¡Goy!
Mientras el juez Custis echaba un vistazo a su alrededor para observar la compañía, el efusivo anfitrión, con un destello de sus ojos gris-azules, susurró:
—¿Quién es? ¿Quién es?
—Un Custis —susurró una persona apenas mejor parada por sus tragos—; supongo que lo es, por los labios y la piel.
—¡Goy! —dijo rápidamente el violinista—. Amigo Custis —¡sé que mi corazón no me engaña!—, permítame presentarle a la esencia misma de la gran, pequeña y vieja Delaware: aquí está Bob Frame, el espíritu ardiente de nuestro colegio de abogados; este es James Bayard, nuestro equivocado favorito demócrata; aquí está Charley Marim y el Secretario Harrington, y mi estimado amigo el Senador Ridgely, y mi primo, el Presidente del Tribunal Supremo Clayton. Estamos todos aquí, y todos honrados por un huésped tan raro. ¡Goy!
Mientras el Juez pasaba por el proceso de apretones de manos, el alto y bien alimentado anfitrión se inclinó de nuevo hacia la persona sociable, y, con la mano a un lado de la boca, y un aire de astucia solemne, susurró:
—¿De dónde?
—Accomac, o Somerset, supongo —murmuró el otro.
—Ahora —exclamó el anfitrión, tomando ambas manos del juez Custis—, ¿cómo les va a todos nuestros queridos amigos en Somerset y Accomac? ¿Dónde llama hogar ahora, amigo Custis? ¿Cómo están nuestros viejos amigos Spence y Upshur, y Polk y Franklin y Harry Wise? ¡Goy! ¡Cómo amo a nuestros vecinos de abajo!
Había una fuerza de articulación y énfasis físico en el hablante que el Juez notó de inmediato, y estaba acompañado por un brillo en los ojos y una fina fortaleza en las mandíbulas grandes que lo hacían casi magnético.
—¿Y este es John M. Clayton? —dijo el Juez—. No estamos tan lejos como para no haber oído hablar completamente de usted. Y ahora, dado que pertenezco a una familia numerosa, permítame identificarme, Clayton, como Daniel Custis, ex Juez en la Costa Este.
—¡Juez Custis! ¡Daniel Custis! Amigos —mirando a su alrededor—, ¡qué honor! ¡Piénsenlo! ¡El eminente fabricante estadounidense! ¡El creador de nuestras industrias! ¡El amigo del Sr. Clay y de la política nacional! ¡Bayard, no necesita negar con la cabeza! ¡Ridgely, perdone mi entusiasmo patriótico! ¡Miren a un hombre, mis amigos, al fin! ¡Goy!
Mientras el Juez escuchaba varias afirmaciones de bienvenida, el Sr. Clayton, con un ojo guiñado y el otro descansando en el abogado Frame, el espíritu ardiente del colegio de abogados, hizo el gesto con los labios:
—¿Cambridge?
—No; Princess Anne.
—Y la querida y vieja Princess Anne, ¿cómo le va? —había vuelto a dirigirse al Juez—; ¿cómo está el pequeño río Wicomico... no, quiero decir Manokin... cómo fluye? ¿Fluye benevolentemente? ¿Abunda en las mejores ostras que he probado? ¿En galápagos también? ¿Cómo está ahora? ¡Goy!
—¿Está en camino hacia el norte, hermano Custis, o va a casa? —preguntó el Presidente del Tribunal Supremo, de ojos negros y agudos.
—No, mi viaje ha terminado. Vine a Dover para conocer al Sr. Clayton.
—Tía Braner. ¡Hyo! ¡Ven aquí, tía Braner! —gritó el anfitrión en voz alta, y una anciana de color entró, seguida de cerca por algunos de sus nietos, que se quedaron mirando en la puerta—. Lleva a este caballero y dale la mejor habitación de mi casa. ¡Lo mejor no es lo suficientemente bueno para él! Llévalo arriba y dale agua y haz que tu hijo lo cepille, y le enviaremos el mejor julepe del Condado de Kent. ¡Goy!
—La mejor habitación era la de la señorita Sally, Sr. Clayton —respondió la anciana.
Un cambio repentino ocurrió en el rostro altamente atento y optimista del anfitrión; vaciló, sus ojos vagaron, y se contuvo en las palabras:
—No, dale la habitación del orador Chew: eso le sentará mejor.
Mientras el Juez seguía al sirviente hacia afuera, el joven Senador vació su boca de un gran trozo de tabaco en una escupidera monstruosa a la que un ciego difícilmente podría fallar, y, con un rostro aún largo y silencioso, y muy en desacuerdo con su espontaneidad anterior, preguntó distraídamente:
—¿Qué puede querer? ¿Qué puede querer?
Uno de los pequeños niños negros mientras tanto había entrado tambaleándose por la puerta, y, con grandes ojos líquidos en su rostro solemne y deseoso, puso las manos en el violín y miró hacia el Sr. Clayton.
—¡Bendiga al niño! —dijo de repente—. ¿Quieres una melodía? ¡Bien!
Colocándose en una silla grande, el joven Senador la inclinó hacia atrás hasta que su cabeza dura y cuadrada descansó contra la repisa de la chimenea, y tanteó las cuerdas casi sin propósito, hasta que la melodía lastimera salió:
"¡Oh, orillas y colinas del bonito Doon! ¿Cómo podéis florecer tan bellas? ¿Cómo podéis cantar, pequeños pájaros, Y yo tan lleno de cuidado?
Me romperás el corazón, bonito pájaro, Que cantas junto a tu pareja; Pues así me senté, y así canté, Y no supe de mi destino."
Cerró los ojos ante las notas, y un espesamiento en su garganta, y el movimiento de su amplio pecho atlético, mientras continuaba la melodía, mostraron que estaba interiormente luchando con alguna fuerte emoción.
Su primo, el Presidente del Tribunal Supremo, hizo una señal con su sombrero, y uno a uno los presentes se escabulleron hacia la plaza sin hacer ruido, y siguieron sus caminos, dejando al joven tocando, con el niño negro a su rodilla, apoyado allí como para espiar la voz viva en su violín.
Otros niños llegaron a la puerta —niños blancos de la plaza, niños negros del jardín— y algunos se aventuraron un poco hacia adentro para escuchar el tierno cortejo de las cuerdas comprensivas. Movió su arco mecánicamente, pero la música surgió como si supiera que su hermana, la Pena, estaba esperando en los acordes. Al final, un niño más audaz que el resto se acercó, empujó su codo y dijo:
—¡Papá!
—¡Mi hijo, mi querido hijo! —gritó el violinista, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas, y levantó al niño hacia su corazón y lo besó.
El juez Custis, aunque ninguna palabra pasó sobre el tema, vio el cáncer solitario en el corazón del Senador: la forma muerta de su esposa en el viejo cementerio presbiteriano.
Pronto fue evidente para el juez Custis, por esto y otras cosas silenciosas, que un motor de energía alegre, afectuoso, fuerte, pero femenino, constituía al joven abogado-político de Delaware. Agudo, astuto, impulsivo, esperanzado, con los pies en la provincia y la cabeza entre los pájaros, combinaba la facilidad y la seriedad en relaciones casi mercuriales entre sí, y el Juez vio que estas debían constituir un jurado notable para un abogado.
Su rostro estaba bien afeitado; su garganta y barbilla mostraban una temprana tendencia a la carne; el equilibrio de su cabeza y el pensamiento errante de sus ojos y la ligera aguileña de su nariz indicaban a alguien que amaba la acción mental y la competencia, pero extraía ese amor de un gran cuerpo sano que debía ser vigilado para que no recayera en la indolencia. La pérdida de su esposa tan pronto después del matrimonio había sido seguida por una indiferencia casi total hacia las mujeres, y había hecho de la política su único consuelo y amante, enganchándola como una yegua joven con su viejo caballo de la ley, y conduciéndolos juntos en los estrechos confines de su principado, y luego encerrando la ley entre sus estudiantes de oficina para llevar la política al escenario nacional en Washington.
—¿Requiere usted ser muy cordial, Clayton, en un pequeño distrito como este? —preguntó el Juez, mientras paseaban por la plaza en la suave tarde.
—Tenemos la mejor gente del mundo en Delaware, amigo Custis: pocos comerciantes, poca ley, casi ninguna violencia, y son fáciles de complacer; pero es una ofensa grave en este estado no ser lo que se llama "un hombre astuto". Debe detenerse, cualquiera que sea su recado, y sonreír y preguntar a cada hombre en su puerta por cada miembro individual de su hogar. El tiempo perdido en tan amable y trivial trato es, en conjunto, inmenso. Pero, ¡Goy! ¡Amo a esta gente!
—Me parece que usted fomenta esa exacción.
—Bueno, lo hago. Como agente electoral, puedo salirme con la mía con cualquiera de ellos. ¡Goy! ¡Vaya, Jim Whitecar, que el Señor bendiga su alma querida! —esto fue dirigido a un hombre corpulento, de tez arenosa y aspecto inseguro que estaba a punto de retirarse al Capitol Tavern—, ¿qué lo trae al pueblo, Jim?
—Es un país libre, supongo —exclamó el hombre de aspecto sospechoso.
—¡Goy! Así es, Jimmy. Todos nos alegramos de verte en Dover portándote bien, Jim. Ahora no me des problemas este año, amigo Jimmy. Pórtate bien y sé un honor para tus buenos padres, a quienes estimo tanto. ¡Hazme ese favor, ahora!
Mientras se giraban para cruzar el centro de la plaza, Clayton dijo:
—Lo tendré en esa picota, abrazado a ella, uno de estos días.
—¿Qué es él?
—Un secuestrador aquí en Sockum, y de los malos: un tipo peligroso, además. He oído decir que, si alguna vez lo presiono hasta el extremo de su colaborador, Joe Johnson —a quien envié al poste y luego salvé de la mutilación—, me matará. ¡Goy! —el señor Clayton miró a su alrededor con cierto recelo—, estoy listo para él.
—El secuestro en Delaware es una gran institución —dijo Custis.
—Tiene una antigüedad y una extensión que difícilmente creería, amigo Custis. Mucho antes de nuestra independencia, en el año 1760, las leyes de Delaware ya tuvieron que tomar medidas al respecto. Nuestras leyes nunca han permitido el comercio doméstico de esclavos con otros estados.
El pequeño lugar parecía tener una buena sociedad, y la belleza de las jóvenes sentadas en las puertas o caminando al atardecer mostraba algo de las floridas pieles del norte de Europa, ojos bátavos y figuras rotundas holandesas o cuáqueras.
Mientras regresaban a la plaza pública, una habitación en la taberna, iluminada de manera casi brillante para aquel día de velas, mostró sus ventanas a la mirada de Clayton, quien exclamó:
—¡Goy! Ese es seguramente John Randel, Junior.
—¿Ese distinguido ingeniero? —observó su visitante, que había estado esperando toda la tarde para abordar el tema de su recado—. Siento la mayor admiración por él. ¿Lo visitamos?
—Vaya, sí, sí —respondió Clayton con duda—; no le tengo miedo. Yo... ¡goy! no le debo nada. Es un tipo tan litigioso, sin embargo; tan persistente en ello; baratería, champertía, incorregibilidad loca: es el hombre de genio más salvaje que existe. ¡Pero vamos!
Al llamar a una puerta en el segundo piso, llegó una respuesta aguda y pronta:
—¡Adelante!
Un hombre de mediana estatura, con una cabeza grande y hombros anchos, y polainas de tela abotonadas hasta más arriba de la rodilla, estaba sentado en una habitación casi desnuda y sin alfombras, escribiendo; su mesa estaba rodeada de velas de cera encendidas, y su semblante era orgulloso e intenso. El señor Clayton corrió hacia él y le tomó la mano:
—¿Cómo está mi amigo Randel? El infatigable litigante, el brillante ingeniero, para quien las ideas, ¡goy!, son como los caquis en el árbol: abundantes, pero rara vez maduros, y solo buenos cuando los hiela el frío. ¿Cómo está ahora y en qué anda?
—Quédese ahí —habló el ingeniero— y míreme mientras leo la sentencia que estaba terminando sobre John Middleton Clayton de Delaware.
—¡Dale, Randel! Ahora, Custis, me pondrá una mecha y simplemente me prenderá fuego. ¡Goy!
—«Es la maldición de los abogados» —leyó el extraño sin relajarse—, «alquilar su juicio desde la temprana madurez a clientes fáciles, o suprimirlo en las serviles necesidades de la política popular: de ahí que ese residuo y fruto de todos los talentos, la honesta convicción de la sagacidad más valiente de un hombre, perezca en las almas de los abogados antes de que la mitad de sus facultades hayan emprendido el vuelo: se convierten en los registros de otros hombres, ya no piensan más que la cera».
Aquí el señor Randel apagó una de las velas. La ilustración fue convincente. El señor Clayton la encendió de nuevo con otra vela.
—Hay método en su locura, Custis —dijo, con un guiño—. ¿Me permite presentarle a mi gran amigo, Randel?
—Deténgase ahí —repitió el ingeniero con severidad—, hasta que haya leído mi sentencia. «Rara vez un abogado de útiles capacidades, en una comunidad tan aislada y pastoral como el estado de Delaware, tiene una causa que apele a su hombría, su genio y su avaricia, como esta de John Randel, Junior, ingeniero civil. Probablemente no se construirá ninguna obra pública igual en el estado de Delaware durante la vida de dicho Clayton. Ningún honorario que pueda ganar en su estado natal habrá sido jamás la recompensa de un abogado allí como el suyo, que será exitoso con el pleito de John Randel, Junior, contra la Canal Company. Ningún principio merece más la vindicación de un gran abogado que el hecho de que estas corporaciones, en su infancia, no deben pisotear los derechos privados de un caballero y tratar su erudición y sus servicios como el trabajo de un esclavo».
—Bien dicho y muy bien pensado —interpuso el juez Custis.
—«El mencionado Clayton» —continuó John Randel, sin dejar de leer—, «rehúsa la ayuda de sus habilidades a un extraño y a un caballero tratado de forma inhóspita en el estado de Delaware».
—No, no —gritó Clayton—; esa es una acusación contra mí que no permitiré.
—«El mencionado Clayton» —leyó Randel con inflexibilidad—, «con las posibilidades de luz, riqueza y honor para sí mismo, y justicia para un semejante, elige la cobardía, la mediocridad... y la oscuridad. Extingue mis esperanzas y las suyas».
Con esto, el señor Randel, mediante un singular abaniqueo de sus manos y un soplo de aliento, apagó todas las velas a la vez y dejó toda la habitación a oscuras.
El juez Custis fue el primero en hablar después de esta extraordinaria ilustración:
—Clayton, creo que tiene un buen caso.
—Ese no es el punto ahora —dijo el señor Clayton con espíritu y énfasis crecientes—. El punto ahora es: "¿Soy culpable de inhospitalidad?". ¡Goy! Eso me toca como habitante de Delaware, y es una ofensa grave en este pequeño estado. Es cierto que este demandante es un extraño. Viene a mí con una presentación de mi brillante joven amigo, el señor Seward, de Nueva York, quien responde por él. Pero la corporación a la que amenaza también tiene derecho a la hospitalidad: es, en su mayor parte, capital de Filadelfia. El propio Girard, ese ciudadano frugal pero útil, es uno de sus promotores. Mi propio estado, y Maryland también, tienen intereses en esta obra. ¿Es parte de la hospitalidad aprovecharse de nuestra pequeña geografía intermedia y detener, a través de nuestros tribunales locales, una empresa joven, luchadora y, de hecho, nacional?
—Que los tribunales de su estado, que son puros, decidan entre nosotros —dijo John Randel, Junior, volviendo a encender las velas con su yesquero.
—Ningún abogado debería rechazar el juicio de una causa pública semejante por escrúpulos estatales —intervino el juez Custis de su manera más grandilocuente—. Eso no es nacional; no es Whig, hermano Clayton. El juez puso aquí todo el poder de su familia en su energía facial, y expresó al virgeniano y patricio en su trato con el burgués y plebeyo de Delaware—. Concedido que esta corporación es joven y no ha sido probada: que sea disciplinada a tiempo, para que pueda evitar errores más costosos en el futuro. Ninguna causa, para un verdadero abogado, es como una causa humana; puede llegar el momento en que el talento del colegio de abogados estadounidense sea el parásito de las corporaciones y los monopolistas, pero es demasiado pronto para esa degradación para usted y para mí, senador Clayton. Los derechos de un hombre involucran todo progreso; el progreso, de hecho, es para el hombre, no el hombre para el progreso. Como hijo de Maryland, si viniera indefenso y sin un centavo ante mí, no dejaría que este caballero fuera sacrificado.
—Si yo fuera un hombre rico, Clayton tomaría mi caso —dijo el ingeniero—; mi pobreza es mi descalificación a sus ojos.
Intentó de nuevo, de manera dramática, apagar las velas con un abanico, pero el aliento le falló; sus manos se volvieron lánguidas, luego se cubrió los ojos apresuradamente, y se hundió sobre la mesa con un gemido, apoyando la cabeza en ella convulsivamente.
—Caballeros —dijo, con una voz conmovedora por su angustia—, ¡oh! caballeros, la vida profesional... mi arte... es, de hecho, una tragedia.
La fácil sensibilidad del juez Custis se conmovió de inmediato. El senador Clayton, mirando de uno a otro con indecisión nerviosa, viendo los ojos húmedos de Custis y el orgullo roto de Randel, se dejó llevar y gritó:
—¡Goy! Esto es una conspiración. Pero, Randel, tomaré tu caso; no puedo ver llorar a un hombre. ¡Goy!
Mientras todos se levantaban con simpatía y se daban la mano, llamaron a la puerta y pidieron al señor Clayton. Regresó en pocos minutos, con un semblante bastante sombrío, y dijo:
—Randel, acabo de rechazar unos honorarios muy elevados por defender el mismo pleito que sus lágrimas y las del hermano Custis me han persuadido de procesar. Pero, ¡goy!, una lágrima siempre me robó un dólar.
—Esta simpatía de hoy le convertirá en un hombre independiente de por vida —exclamó el ingeniero.
—He hecho bien el primer recado de Milburn —pensó el juez Custis—; cinco minutos de retraso habrían sido fatales.
CAPÍTULO XXXII.
CULEBRAS DE LIGA.
En Princess Anne, Vesta había trasladado a su marido a Teackle Hall, y él ocupaba la habitación de su padre y parecía mejorar, aunque el médico dijo que sería mejor enviarlo a las colinas en algún lugar.
La mujer libre, Mary, a quien Jimmy Phoebus envió a Vesta, había llegado muy oportunamente y tomó el lugar de la tía Hominy en la cocina, donde todos los ecos de los niños habían desaparecido, la propia aflicción de la pobre mujer estremeciendo los oídos de Virgie, Roxy y la propia Vesta; pero, ¡ay!, su historia no era testimonio legal, porque era una negra pequeña.
Jack Wonnell había encontrado un favor inesperado a los ojos de Meshach Milburn, y fue designado para dormir en la tienda y vigilarla; y allí bajaba Roxy al crepúsculo y, con más lástima que afecto, le oía tejer la ilusión de su amor por ella, dispuesta a entretenerse con él, porque era tan sincero para él; pues Jack era todo amante, y humilde y astuto, audaz y doméstico, suave y proscrito, como el gato callejero que hace autopistas de las cercas y atrae a la gatita más recatada por la magia de su ronroneo.
—Roxy —decía Jack—, voy a conseguirte la libertad, muchacha, pues espero que Meshach Milburn me dé un montón de dinero por vigilar la tienda. Luego iremos a Canaday, donde, según he oído decir, el color no es ningún veneno, y amaremos como las palomas blancas y las pardas, que ambas hacen el mismo arrullo, tan felices como son.
—Jack —decía la doncella de ojos dulces y compasivos—, eres un pobre necio, pero me gusta oírte hablar. Supongo que no hay daño en ti. Virgie también está enamorada de un hombre blanco, pero no debes ni mencionarlo.
—Nunca —dijo Jack, haciendo movimientos solemnes con los ojos y acurrucándose más cerca en plena muestra de simpatía—. ¡Ojalá me muera! ¡No puedo decirlo, ni aunque me vaya la vida en ello! ¡Who-oop! ¡Dímelo, Roxy!
—La pobre hermana Virgie, fue hecha para amar, y, aunque es desesperado, creo que ama al señor Tilghman, nuestro ministro, porque amó a la señorita Vesty una vez, y Virgie adora a la señorita Vesty como a su hermana.
* * * * *
Vesta contó la historia de Mary, la mujer libre, a su marido, quien escuchó atentamente y dijo:
—Solo conozco una cosa, querida mía, que hará que tal ignorancia y crueldad se desvanezcan en los bosques de esta península: un camino de hierro. Una cosa nueva, llamada motor de ferrocarril, acaba de ser hecha por un inglés, un tal George Stephenson, y un espécimen ha sido enviado a Nueva York, donde lo he hecho examinar. El recado que tu padre fue a hacer por mí, lo ha hecho bien. Lo enviaré a Annapolis después, para obtener una carta constitucional para un ferrocarril que suba por esta península, que pase dentro de la línea de Maryland y penetre en cada asentamiento de secuestradores escondido allí, y la luz, el intercambio y la ley exterminarán tales barracones como el de Johnson.
Vesta se alegró de oír a su marido elogiar a su padre, y las esperanzas se reavivaron de algún reencuentro familiar más feliz, cuando sintiera morir dentro de ella el dolor de corazón que ahora ardía intermitentemente durante su luna de miel virginal. Una carta llegó al cuarto día que hizo añicos estas esperanzas, y decía lo siguiente:
«CONDADO DE DORCHESTER, MD., octubre de 1829.
"Querida sobrina: Ídolo de mi corazón, permíteme comenzar rogándote que tomes un curso conservador cuando te dé la triste noticia del fallecimiento de mi querida hermana Lucy, en Cambridge, ayer, de una enfermedad cardíaca. Ella era la estrella de la casa de McLane. Se ha ido. "Mía es la venganza", dice el Señor, y yo tomaré un curso conservador aunque coherente con respecto a las partes que han infligido esta injuria a ti, mi querida sobrina, y a tu tranquilo y sereno, aunque afligido, tío.
"El Señor obra de manera misteriosa para realizar sus maravillas", y sus humildes instrumentos solo requieren ser inflexibles y conservadores para hacer todas las cosas bien. Ten por seguro que se hará justicia sobre los adversarios de nuestra familia, y que muy rápidamente. Mi propio dolor se calma en la satisfacción que obtendré, y la seguridad de que tu santa madre está donde los malvados cesan de molestar.
Los arreglos financieros de mi querida hermana fueron del carácter más conservador y distinguido, como era de esperar de ella.
Es posible que desees, mi ultrajado, pero espero que todavía animoso, ídolo, conocer los detalles de la muerte de Lucy. No llegó a Cambridge hasta cerca de la medianoche, habiendo hecho el largo viaje desde Princess Anne sin compañeros adecuados, y, en el estado de excitación de sus sentimientos, después de dejar Vienna por la tarde, una depresión de espíritu, acompañada de una palpitación del corazón, se apoderó de ella, y aumentó rápidamente, y, para cuando llegó a casa de nuestros parientes, estaba casi muerta por la aprensión nerviosa y la debilidad. Al verme, revivió lo suficiente para hacer su testamento de la manera más fraternal y conservadora.
Se consiguió un médico, pero pronunció su sistema tan debilitado y desvitalizado que apenas era probable que sobreviviera al choque, con los centros nerviosos deprimidos y la atrofia instalándose.
Hablaba incesantemente sobre el Sombrero Vinculado, y dijo que era una sombra y un peso permanente sobre tu corazón, y me hizo prometer que lo aplastaría, si pudiera hacerse conservadoramente.
Le leí a mi querida hermana del Libro de los Libros, e intenté calmar sus sentimientos, pero ella estallaba de vez en cuando: "¡Oh, hermano Allan! Pensar que he criado hijos para ser comprados y vendidos, y casados con silvícolas y basura". Estaba profundamente sensible acerca de lo que se diría sobre ello en Baltimore.
Justo antes de morir, dijo: "¡No me entierres en Princess Anne, donde ese demonio puede acercarse a mí con su espantoso Sombrero! Llevadme a Baltimore, donde no hay mineral de pantano, ni viejos bienes muebles de familia, para perturbar la respetabilidad de la muerte. Disculpad a mi hija y hacedle justicia".
Y así murió esta gran mujer, en la confianza de una inmortalidad bendita, dejándonos para vindicar sus motivos y continuar su curso conservador, y para reunirnos en su funeral el próximo viernes, en nuestra iglesia en Baltimore, donde el reverendo John Breckenridge predicará el sermón fúnebre sobre esta santa asesinada.
Con dolor conservador, pero orgulloso, Afectuosamente, tu tío, ALLAN MCLANE."
—¡Oh, señor! —exclamó Vesta, volviéndose ciegamente hacia su marido—; madre ha muerto. ¿A dónde puedo recurrir?
—¿A dónde, si no a mí, pobre alma? —respondió Milburn, sin saber nada de los últimos sentimientos de la señora Custis hacia él—. Tu padre será notificado, y soy capaz de asistir al funeral contigo.
—Es en Baltimore —sollozó Vesta.
—Bueno, cariño, allí me ha ordenado el médico que vaya, y que me ponga por encima de la línea de la malaria, en las colinas. Puedo hacer el esfuerzo ahora.
Su dolor y soledad le privaron de la voluntad de rechazarlo. Se seleccionó a Roxy para ser la doncella de su ama durante el viaje, y William Tilghman y Rhoda Holland debían llevarlas en el carruaje familiar hasta el embarcadero de Whitehaven para el vapor de la tarde.
Jack Wonnell, en un celo oficioso por ser útil, recogió flores y merodeó por Teackle Hall para hacer recados; y, para no exasperar al marido de Vesta, apareció con la cabeza descubierta mientras el grupo partía, siendo la sombrerera de Milburn uno de los artículos de viaje, y Milburn concediendo estas palabras a Jack:
—Ahí hay un dólar para ti, señor Wonnell. Confío en usted para que vigile mi vieja tienda y se comporte como un hombre.
—Lo haré —respondió Jack, sonriendo y sonrojándose—; ¡ojalá me muera! Adiós, señorita Vesty. Linda Roxy, no me olvides tan lejos allá en Balt'mer. Le enseñaré a Tom a cantar tu nombre antes de que vuelvas a verme.
Agitó los brazos, con lágrimas reales nublando su visión, y Roxy fingió derramar algunas lágrimas también, mientras se despedía de Virgie, cuyos ojos se volvían con un dolor anhelante hacia el hermoso rostro de su ama que se alejaba por la avenida. Vesta le lanzó un beso y apoyó la cabeza en el hombro de su marido.
Esa tarde, una hora antes de que el carruaje regresara, Virgie y la mujer libre, Mary, caminaron juntas hacia la tienda de Milburn, para ver si Jack Wonnell estaba de guardia. Mientras pisaban la hierba suave y la arena bajo el viejo almacén, vieron el sombrero de copa alta —uno nuevo, traído de las existencias antiguas ese mismo día— brillando con lustre sobre la cabeza alta y excéntrica de Wonnell, mientras se sentaba en la ventana hueca del viejo almacén y hablaba al ruiseñor, al que alimentaba con una concha de almeja llena de patata hervida y huevo, y algunas bayas azules.
—¡Tom, di "Roxy", y te daré un poco, Tommy! ¡Ahora, muchacho! "¡Roxy, Roxy, linda Roxy! ¡linda Roxy! ¡Pobre viejo Jack! ¡pobre viejo Jack!"
El pájaro voló alrededor de la cabeza de Wonnell, picoteando el sombrero que destacaba con tan elegante irrelevancia del resto de su vestimenta, y gritó: "¡Meshach, je! ¡je! ¡je! ¡Vesty, ella! ¡Vesty, Meshach! ¡Vesty, Meshach!", pero no dijo nada de lo que el vagabundo del pueblo quisiera enseñarle. Mostró la paciencia que la ociosidad bien puede permitirse, y, alimentándolo un poco, o reteniendo la comida un rato, continuó suplicando y enseñando:
—"¡Roxy, Roxy, linda Roxy! ¡Pobre, pobre Jack! ¡pobre Jack!" Ahora, Tom, di "¡Roxy, Roxy, pobre Jack!"
El pájaro voló y golpeó, y cantó un poco, muy rácanamente, y así, a medida que las luces en el oeste se hundían y se desvanecían, el amante holgazán continuó en vano tratando de darle al pájaro una nota más de la que el mago, su maestro, le había enseñado.
Las estrellas aparecieron modestamente en los suaves cielos, y Princess Anne reunió sus tejados como un campamento de camellos en el desierto, y, con un balido, ladrido o sonido humano ocasional, pareció dormir la suave noche de otoño, absorta, tal vez, en las noticias que se extendían sobre la muerte de la señora Custis y el viaje de bodas de Vesta, que al fin tuvo que realizarse.
—Señorita Virgie —dijo la mujer Mary, diez años mayor que ella, pero todavía agraciada—, ¿alguna vez has amado como yo? Oh, tuve un marido amable y, por indefensa que fuera, intenté amar una vez más. Tal vez fue un pecado.
—Amo a mi ama como si fuera yo misma —dijo Virgie—; ¡siento como si, en el cielo, antes de que viniéramos aquí, estuviera con ella, Mary! Amo a su padre también, como si no fuera mi amo, sino mi amigo. Oh, ¡cómo los amo a todos! Pero, ¿qué puedo hacer para mostrar mi amor, pobre esclava desnuda que soy? Dicen que pronto me liberarán. Mary, ¿cómo se sienten las personas cuando son libres?
—No lo valoran —suspiró Mary—. Van y se ponen en cautiverio de nuevo, como seres egoístas: se enamoran.
—¡Pero amar y ser libre! —dijo Virgie, con el pecho brillando ante el pensamiento hasta que sus ricos ojos parecieron derramar calidez y luz de estrellas sobre el rostro de su compañera—; dar tu propio amor libre a alguien y sentirlo agradecido por ello: ¡qué regalo y qué alegría es eso! Él podría estar agradecido por ello, y, al ver cuán puro era, podría respetarme.
—¿Quién es, Virgie? —dijo Mary.
—¡Quienquiera que me amara como a una chica blanca! —exclamó suavemente la ardiente esclava—. Debe ser alguien que no me desprecie. Oigo al pretendiente de la señorita Vesta, el maestro William, leer el hermoso oficio, con su rostro dulce y sumiso, y pienso para mis adentros: "¡Cuán libremente podría tener mi corazón para consolar el suyo si lo tomara como un caballero!". Sería su esclava para hacerlo feliz, si pudiera amarme puramente, ¡como mi madre! ¡Oh, mi madre, cuyo nombre no sé! ¿Dónde está el vínculo que me sujeta al cielo? ¿Me amó mi padre?
—¡Pobre Jack! ¡pobre Jack! ¡Canta "Roxy, Roxy, Roxy", Tom! —engatusó Wonnell arriba al pájaro somnoliento.
«Sea quien fuere tu padre, Virgie, el amor de tu madre por ti fue puro. Dios hace que hasta los más malvados amen a sus hijos, porque Él es el Padre de todos los huérfanos».
«¡Oh! ¿Podría mi propio padre haberme traído al mundo y odiarme?», dijo Virgie. «Dicen que soy casi hermosa. ¿Acaso aquel que me dio la vida nunca me llamará suya y dirá: "Hija mía, ven a recibir mi respeto, descansa en mi corazón y toma mi nombre"?»
«¡Pobre Virgie!», suspiró Mary; «¡recuerda que somos negras! Casi nunca tenemos padres: ellos son para la gente blanca».
«¡Que me ahorquen!», masculló Wonnell, arriba, «si un pájaro no es una criatura perversa. La linda Roxy no pensará que soy inteligente ni un poco si no logro hacer que Tom diga: "¡Roxy, Roxy, Roxy! ¡Pobre Jack!"».
«Soy casi blanca», continuó Virgie; «quiero ser toda blanca. ¿Por qué no puedo serlo? El Señor sabe que mi corazón es blanco y está lleno de un amor santo y desinteresado».
«¡Pobre niña!», dijo Mary; «todas seremos lavadas y blanqueadas en la sangre del Cordero, Virgie. Ahí es a donde tu alma te señala, querida joven. Sé que en ti no hay orgullo ni rebelión: es como si estuviera mirando a mi bebé, blanca como la nieve para mí y para Dios ahora».
«¡Silencio!», dijo Virgie, temblando, «¿qué voz es esa?»
Había un viejo sauce en un rincón apartado al final del almacén, y junto a él dos cobertizos o pequeñas construcciones, ahora en desuso, en uno de los cuales, con una puerta baja, Mary metió a Virgie, y escucharon una voz baja que decía:
«Dave, ¿están bien cargadas tus pistolas?»
«Sí, amo Joe».
«¿Allan McLane paga por el trabajo?»
«Sí, amo Joe».
«No puedes confundirte, Dave. No se ve ropa así hoy en día. ¡Fíjate solo en su sombrero y apunta bien!»
«Sí, amo Joe».
«En cuanto a mí», continuó la otra voz, «iré directo a la taberna y probaré una coartada. Mi plan es llevarme a la muchacha de la casa que tanto aprecia la joven esposa del viejo Gripefist. La sacaré esta noche. Es propiedad de Allan McLane, dejada a él en el testamento de su hermana. Encontraron en su cuerpo el papel que entregaba a la muchacha a la difunta solo dos días antes. Mañana será de Allan, ¡pero esta noche es mía!»
Un sonido lascivo, de succión y risita, como un beso dado en el dorso de la propia mano, siguió a esta significativa amenaza; y Mary, colocando su mano sobre la boca de la desmayada esclava, la mantuvo inmóvil.
«¡Tommy, Tommy! ¡Canta "Roxy, Roxy, Roxy! ¡Pobre Jack! ¡Pobre Jack!". ¡Canta, Tommy, canta!»
«Ahí está», susurró el hombre blanco, suavemente, y se fue.
Mary solo alcanzó a decir a Virgie: «¡Secuestradores... vienen!», y se deslizaron de la vieja construcción sin ser observadas, y entraron en la espesura a lo largo del arroyo.
«¡Pobre Jack! ¡Pobre Jack! Su pequeña Roxy se ha ido. ¡Pobre Jack! ¡Roxy! ¡Roxy! ¡Roxy!», parloteaba adormilado el doliente en la ventana de arriba al pájaro que cabeceaba.
El negro en la esquina del viejo almacén, medio cubierto por la sombra del sauce, miró hacia arriba con ojos inyectados en sangre para distinguir el tocado del domador de pájaros.
Vio a Jack Wonnell sentado de espaldas en el marco de la ventana, balanceándose, mientras tentaba perezosamente al sinsonte para que cantara, y en un momento el sombrero de copa, tan singular a la vista, se recortó claramente contra el cielo gris.
«Es el viejo Meshach», dijo el negro, en silencio, con ojos desesperados. «Esperaba que no fuera. ¡Ahí está el sombrero, seguro!»
Montó su enorme pistola de arzón y apuntó directamente desde abajo.
«¡Pobre Jack! ¡Pobre Jack! Supongo que Roxy no querrá al pobre Jack, porque Tommy no quiere cantar. Canta, Tommy, la mascota de la pequeña Roxy: "¡Pobre Jack! ¡Pobre..."»
La gran pistola de arzón retumbó en la noche, y entre el humo el negro corrió hacia el matorral y buscó los campos.
Desde su asiento en el alféizar de la ventana, el aldeano sin seso cayó hacia atrás, todo maltrecho, midiendo su cuerpo en la arena, donde yacía, silencioso como las demás sombras, con los brazos extendidos en el frenesí de la muerte, y la boca abierta y sangrante.
Jack Wonnell había pagado el precio de estar fuera de moda.
El sinsonte, despertado por el fuerte estruendo, saltó al alféizar vacío para buscar a su tutor, y comenzó la lección que había aprendido demasiado tarde:
«¡Pobre Jack! ¡Pobre Jack! ¡Roxy! ¡Roxy! ¡Roxy!», vino gritando en la noche, y todo quedó en silencio.
* * * * *
William Tilghman regresaba de Whitehaven con los melancólicos pensamientos inspirados por la partida de su prima, a quien finalmente había visto marcharse hacia el gran desierto del mundo como la compañera pasiva de su esposo, como la esposa de Caín, expulsada con él, cuando el carruaje fue detenido ante la antigua iglesia presbiteriana —que dominaba Princess Anne desde la orilla opuesta del pequeño río— por una mujer que casi se arrojó bajo las ruedas.
«¡Válgame Dios! ¡Es nuestra Virgie!», gritó Rhoda Holland.
La joven, con toda la energía del terror, saltó al carruaje al lado de William Tilghman y rodeó su cuello con sus brazos:
«¡Sálvame! ¡Sálvame!»
«¿Qué te pasa, Virgie?», exclamó el joven, tratando de tranquilizarla. «¡No estás en peligro, niña!»
«He sido vendida», jadeó la chica, con el terror en su lengua y en sus ojos desorbitados. «La señorita Vesty me vendió a su tío Allan. Él ha enviado a los secuestradores tras de mí. Están allá, en Princess Anne. ¡Oh, llévame al Norte, a los pantanos, a cualquier lugar menos allí!»
«Sé que tu ama te cedió a su madre, Virgie, como precaución, temiendo que no estuvieras a salvo en sus propias manos. Me lo dijo y me preguntó si la muerte de su madre podría afectarte».
«¡Oh, lo ha hecho!», susurró la joven. «Mary conoce al secuestrador que ha venido por mí. Es el mismo que robó a Hominy y a los niños. La mantuvo encadenada en una isla. Dice que me tendrá esta noche, para hacer conmigo lo que quiera. ¡El amo McLane le permite llevarme!»
La chica, presa del terror, mientras el carruaje descendía ya la colina y cruzaba el Manokin, tomó las riendas de manos de Tilghman y tiró de ellas con tal frenesí que los caballos, al llegar a la tienda de Meshach Milburn, fueron desviados hacia el área abierta frente a ella, donde algo en su sorpresa o un bulto en el suelo les causó un susto inmediato, y salieron al galope hacia Front Street, pasando las ruedas sobre un objeto junto al viejo almacén que casi vuelca el carruaje.
La calle que tomaron para su huida cruzaba un pequeño brazo del Manokin y conducía a la puerta de un caballero; pero antes de cruzar este arroyo, Tilghman, un jinete y conductor experimentado, había redirigido a los animales hacia una calle casi desierta, llamada Back Alley, paralela a la calle principal de Princess Anne, pero oculta por casas y jardines, y en casi un instante todo el pueblo quedó atrás, sin que apenas nadie se diera cuenta de que tal vehículo pasaba por allí.
Fue una verdadera huida, pero Tilghman, con voz fría y suave, como la música de un arroyo, les dijo a las chicas que se mantuvieran perfectamente quietas, pues tenían un camino despejado y nivelado; y, viendo que no podía detener a los animales por mera fuerza sin peligro para los arneses, esperó a que su energía se agotara o sus miedos disminuyeran.
Rhoda Holland sentía vergüenza de gritar, si es que su orgullo no estaba ya demasiado despierto en presencia del joven y musculoso ministro, sentado allí como un artillero dirigiéndose a la batalla, mientras sus fosas nasales y mandíbulas, delineadas en el aire gris, expresaban casi la alegría que hace tiempo había dejado de lado por seguir a los sabuesos en las cacerías de zorros de otoño, donde el juez Custis decía que había sido el modelo perfecto de jinete.
En cuanto a Virgie, no sentía miedo de los caballos salvajes, ya que estaban dejando atrás a los sangrientos cazadores de hombres y mujeres, y casi deseaba ser ella sola, corriendo a ese ritmo aterrador hacia la destrucción, hasta que el joven, consciente quizás de su propia amada, arrancada de su vista para habitar los brazos de otro, y sintiendo que esta pobre cuarterona era tan querida como una hermana para el corazón de Vesta, se inclinó en medio de sus aprensiones y besó a la esclava con lástima.
Entonces, con un torrente de lágrimas aún mayor, una sensación de paz y respeto masculino cayó sobre el alma de Virgie, y ella no prestó más atención al tiempo ni a los peligros hasta que el carruaje se detuvo en las profundas arenas del bosque, varios kilómetros al este de Princess Anne.
«William», dijo Rhoda Holland, «¿qué vamos a hacer para salvar a Virgie? El tío Meshach se ha ido. El juez Custis está quién sabe dónde, ahora. Este Allan McLane, dice la tía Vesty, es terriblemente hipócrita y severo. Creo que es una conspiración para robar a Virgie cuando todos ellos no están. La señorita Somers cuidaría de ella, pero me temo que se lo contaría a alguien».
«¿Estás segura de que viste y oíste correctamente?», preguntó el ministro a Virgie.
«Oh, sí. Vi al mismo hombre en casa del señor Milburn el día que se enfermó. Me miró con una mirada baja y familiar, y murmuró algo malvado. Mary también lo conocía demasiado bien. Oh, no me lleves de vuelta a Princess Anne. Nunca volveré allí».
«Puede ser cierto», reflexionó Tilghman. «Probablemente sea cierto. Vesta no tiene fe en Allan McLane. Dice que gana dinero con el comercio de negros, a pesar de toda su formalidad religiosa. Él ya es el fideicomisario de la herencia de la señora Custis; sin duda, el albacea testamentario. Puede haber enviado a Joe Johnson a secuestrar a Virgie, bajo el pretexto de su derecho, y Johnson abusaría de cualquiera. Vesta nunca nos perdonará si dejamos que Virgie vaya con él».
«Pero soy una esclava», sollozaba Virgie. «¡Oh, Señor mío! pensar que no soy de la señorita Vesta, sino esclava de un extraño. ¡Cómo pudo ella regalarme!»
«Fue un error de juicio», respondió Tilghman. «Ella no podía prever la muerte inmediata de su madre. Sin embargo, allí donde ella creyó que estarías más segura, era donde más corrías peligro».
Ya habían cruzado el Dividing Creek hacia el condado de Worcester, y se detuvieron a refrescar a los caballos en el mismo viejo manantial, bajo el árbol de goma, donde Meshach Milburn se detuvo la tarde que fue a la aldea de la Fundición.
«William», dijo Rhoda Holland, «si Virgie es esclava de McLane, no puedes evitar que se la lleve. Ella no puede volver a Princess Anne en absoluto».
«No pretendo que lo haga, Rhoda. Sé que eres una mujer valiente, y la llevaremos esta noche a Snow Hill, y la dejaremos allí con una enfermera, una mujer libre, que perteneció a mi familia, y esta enfermera tiene un marido que dicen es conductor en lo que llaman el Camino Subterráneo hacia los estados libres».
«¡Válgame Dios! ¿Un abolicionista?»
«Eso espero», dijo Tilghman. «Sé que Vesta quiere darle la libertad a esta chica, y no hay otra manera de hacerlo, respetando su condición de mujer, que dándole a una bestia salvaje la oportunidad de correr».
«¡Dios mío! ¡Y usted un ministro del Evangelio, William!»
«Sí, del Evangelio que me enseña cómo ser prójimo de mi prójimo». Los ojos del joven brillaron. «Nunca me sentí tan humillado por mi investidura y por mi país como ahora. Pensar en cuántos hombres predican el Evangelio de Dios durante toda su vida y nunca han liberado a un alma viviente. Yo cometeré tal felonía cristiana, con la ayuda de Cristo».
Mientras hablaba, el sonido de un violín de tallo de maíz y los pies descalzos de los guardabosques bailando sobre el suelo de la vieja cabaña de Milburn llegaron arrullando en la noche.
En otra hora estaban en la aldea de la Fundición, con su alto horno apagado, sus filas de cabañas desiertas, sin un alma humana a la vista; y el estanque del molino, extendido como un pergamino bajo los cipreses fúnebres, parecía manchado con la sangre de los minerales del pantano que supuraban desde las profundidades como el cadáver de una Empresa asesinada, asfixiada en la ejecución hipotecaria de Meshach Milburn.
Una sensación de desolación los embargó a todos; pero ¿qué era eso, para cualquiera de los dos blancos, comparado con los lazos rotos de esa hermosa cuarterona, criada como un lirio en el calor del hogar de la bondad y el aliento de la pureza, para ser arrojada como una bruja, por una información de un momento, y consignada a los estanques y a las húmedas noches?
Los caballos se esforzaron a través de la arena hasta que un campo abierto de granjas ofreció mejores caminos, y a las diez de la noche cruzaron el Pocomoke en Snow Hill, y se detuvieron ante una puerta de una casa pulcra, encalada, de un piso, con una gran chimenea central y dos puertas y una sola ventana al frente. Estaba en una calle corta que conducía al río, cuyas hierbas y juncos se veían cerca, entre los mástiles de los barcos y los montones de aserrín.
Virgie dio las buenas noches a Rhoda y descendió con el señor Tilghman, quien abrió una puerta y, subiendo unos escalones, llamó a una puerta rodeada de enredaderas. Una ventana se abrió y hubo una breve conversación, y la puerta se abrió suavemente poco después y los dejó entrar.
«¡Oh, que Dios le permita conocer alguna noche la cama pura y el sueño que me ha proporcionado!», susurró Virgie. «¡Dios le bendiga por el beso que me dio, mi querida compañera de juegos blanca, de quien no se avergüenza! Oh, mi corazón va a estallar: ¿qué puedo decir?»
«La gente de aquí la esconderá o la ayudará a seguir adelante mañana por la noche», dijo el joven ministro. «Aquí tiene dinero, Virgie, para pagar su camino. Usted sabe escribir; escriba a su joven ama dondequiera que vaya».
«Dígale», dijo la fugitiva, «que la amaba profundamente. ¡Oh, querida y vieja Teackle Hall! ¿Volveré a verla alguna vez? William, conseguiré mi libertad o moriré en el camino hacia ella».
«Ese es el espíritu», dijo el ministro; «compraremos la libertad para usted si podemos, pero consígala usted misma si puede hacerlo».
La besó de nuevo, con el instinto de un padre hacia una hija, y se apresuró hacia sus caballos y el hotel.
Mientras Tilghman y Rhoda, al despuntar el alba, partían hacia Princess Anne, la joven de repente se volvió y besó a su ministro.
«¡Ahí!», dijo ella, «creo que se veía simplemente magnífico anoche, sentado detrás de esas criaturas, como la Muerte sobre el caballo pálido, y amando a la tía Vesty, aunque ella se haya ido y lo haya dejado, lo suficiente como para luchar por su pobre y brillante muchacha. ¡Ojalá alguien me amara así!»
«¿Para que pudieras dejarlo a él también, Rhoda?»
«Bueno, William, ¡me gustan los pretendientes que son valientes! Usted es espléndido predicando, pero me gusta más conduciendo y mostrando su emoción».
«Eres una chica hermosa», dijo el clérigo; «supongo que deberías intentar quererme más».
La gran pregunta, al ser planteada así, no estaba resuelta cuando llegaron a Princess Anne y guardaron tranquilamente los caballos.
CAPÍTULO XXXIII.
LUNA DE MIEL.
Mientras tanto, el vapor llevaba a Vesta y a su marido a través de la bahía de Chesapeake durante la noche —esa mayor y más apacible hendidura en la costa de los Estados Unidos; a la vez río y estrecho, fiordo y mar, suave como el estanque de un molino y lleno de vida como la nutritiva leche materna, y en cuyo pecho una camada de ríos yacía y mamaba sin rivalidad— el largo Susquehanna, el James y el Potomac; el corto y grueso Choptank, el Chester y el Patapsco; y, para el cisne salvaje que volaba, su vegetación parecía un vasto pino, con ramas de nieve, elevándose a doscientas millas desde sus raíces en la tierra del maíz y el algodón hacia la nube dorada del grano y el heno del Norte.
Sobre un cuerno roto de esta fértil bahía colgaba Baltimore, como el nido de un águila en el pino, tomando el punto de hendidura que la acercaba más a la tierra alta y fértil y a las salidas del valle del Norte y del Oeste, donde los alemanes amantes del trabajo pulían sus granjas con manos de mujeres y enviaban sus largos equipos de tiro al mercado en tantos caminos de peaje como ríos tenía la bahía de Chesapeake.
Por la mañana, Vesta miró la flota de pequeñas velas que yacían en la dársena de la ciudad, entre barcos más grandes, arcas y barcazas, y vio la arcilla roja de Federal Hill alzándose a cien pies sobre los muelles, y el inmaculado monumento a Washington descansando su base a la misma altura sobre la marea, en un promontorio casi desnudo. El rico amanecer caía sobre la bandera rayada de la república en el mástil de Fort McHenry, y la banda de la guarnición tocaba el mismo himno que el abogado Key había escrito en el júbilo de la victoria, aunque prisionero en manos del enemigo. ¡Ay! ¡Cuántos prisioneros en manos del enemigo rendían tributo a esa bandera desde el campo de algodón y el arrozal, la tierra de tabaco y el surco de maíz, vertiendo la poesía de su lealtad y su trabajo al mismo emblema de su degradación!
Vesta oyó, con satisfacción y tristeza a la vez, en el Hotel Barnum, que su marido estaba demasiado enfermo para asistir al funeral y debía permanecer en su habitación y con fuego; ella necesitaba su consuelo y devoción en su dolor, pero sobre el féretro de su difunta madre parecía alzarse la prohibición contra ese fatídico sombrero que él había traído consigo; y, sin embargo, le compadecía por tener que quedarse solo, desconocido, sin parientes, temblando con el escalofrío o ardiendo sin queja.
«¡Que Dios le envíe simpatía de los ángeles como usted, mi querida!», dijo Milburn. «Sé lo que es perder a una madre».
Numerosos escoltas esperaban a Vesta, pero ella deseaba poder encontrar a algún pariente de su marido, por muy humilde que fuera, para que le ofreciera el brazo hasta la iglesia y el cementerio; y ante la noticia de que su tío Allan McLane no había llegado, y que probablemente ya no estaría presente, sintió otra mezcla de alivio y aprensión, porque su marido podría no ser hoy provocado por él, pero sus relaciones con los bienes de su madre seguirían siendo desconocidas... y Vesta temía por Virgie.
Con el mismo impulso que la había llevado a conservar Teackle Hall para protegerlo contra los descuidados métodos de negocios de su padre, había cedido a Virgie a su madre, para colocarla, aparentemente, más lejos del peligro, sin suponer nunca que en esas manos prudentes el enemigo pudiera insinuarse; pero la Muerte, el enemigo inmortal, estaba robando por todas partes, y aunque no podía ver por qué Virgie podría ser perseguida, Vesta deseaba ahora haberle dado la libertad.
La chica pertenecía a la herencia de su madre: ¿y si Allan McLane fuera el administrador de la misma? ¿Y si, de hecho, fuera el heredero? El corazón de Vesta se hundió al considerar que a una mujer le resultaba mejor mantenerse al margen de los negocios.
La joven novia en duelo era objeto de admiración y simpatía mientras se apoyaba en el brazo de un pariente y entraba en la iglesia presbiteriana. Era considerada una de las grandes bellezas de Maryland, y el joven Robert Breckenridge, recién llegado de Kentucky, de visita a su hermano, el pastor, pensó que nunca había visto una igual a Vesta ni siquiera en Kentucky; y, mientras la miraba a través de su velo de luto, la esposa del pastor, natural de Delaware, le oyó susurrar: «¡La divinidad misma!»
La piel de oliva clara, los ojos del gris del crepúsculo, las cejas como arcos de la medianoche y el cabello exuberante, estaban tocados por el dolor como si una diosa sufriera; y, en sus ropas de luto profundo, Vesta parecía la hija de un monarca a punto de pasar por algún convento hacia su santidad.
Tenía la estatura para dar dignidad a esta belleza, y la gracia para elevar el patetismo por encima de la debilidad.
Los tonos musicales del ministro se ajustaron en consonancia con este noble modelo humano, y habló de esa maternidad ideal que, para cada hijo ante el féretro, parece tan real como el cubo que gotea en el pozo del hada: del amor, las pruebas, la debilidad y la inmortalidad de la madre; de la ausencia de su simpatía, que marca el primer gran duelo en el progreso de la vida; de su naturaleza que permanece en nosotros y su espíritu que flota sobre nosotros mientras vivimos.
Pintado con los suaves matices de la experiencia personal, prescrito a sus necesidades con el arte de un médico, haciendo todo lo que el discurso fúnebre puede hacer para arrancar las lágrimas finales de entre las fibras del corazón y verterlas en oblación sobre el cadáver, el consuelo del pastor tuvo el efecto de alguna mano hipnótica que debilita nuestros sistemas mientras sublima nuestros sentimientos, y la naturaleza femenina de Vesta casi se derrumbó.
¿Dónde podría apoyarse para buscar la estrecha simpatía que corresponde a tal dolor? Su padre no estaba allí, y no tenía más que a su marido —el esposo de menos de una semana, pero aún así el más cercano a su necesidad.
En él se permitió descansar esa solemne velada después de que el cuerpo de su madre hubiera buscado la tierra. Él estaba bien de nuevo, por el momento.
Por primera vez ella estaba a solas con él, y, mientras las sombras estrechaban su cámara, y se sentaban sin más luz que un poco de madera ardiendo en la rejilla, él se acercó a ella y comenzó a hablar de la infancia y de su propia madre, de las pequeñas penas que su madre había compartido con él, de los desacuerdos domésticos y del feliz reencuentro del amor; de cómo se sienten los hombres cuando se les arrebata a la compañera de vida, y los niños no conocen el significado de la Muerte, que ha hecho algo tan terrible a quien no ofrecía ofensa; pero sobre todo, dijo Meshach, brilla la estrella de la maternidad, iluminando débilmente nuestro camino, suavizando nuestras almas y bañándose en las aguas.
Mientras él continuaba, y ella no podía verlo, sino solo escuchar la melancolía de su voz, se volvió reconfortante oírlo hablar, y ella se volvió más pasiva, un sentido de resignación cayó sobre su corazón, y de gratitud hacia él, que podía adivinar su pérdida de manera tan conmovedora; y, como una niña, descansó sobre su costado, sobre su rodilla, y finalmente en sus brazos. No encariñada ni tampoco enamorada, sino cediendo y consintiendo, aceptando su destino como una miríada de mujeres que no son oprimidas ni tiernas, sino que, con renuencia, se rinden, ella pasó del duelo al estado de esposa, como alguien cansada y en un sueño.
Las visitas de consuelo fueron hechas por unos pocos viejos amigos durante el día o los dos días siguientes. El reverendo Henry Lyon Davis, último presidente del colegio en Annapolis, vino, trayendo a su apuesto hijo de doce años, el joven Harry Winter Davis. El fiscal general de Maryland, el Sr. Roger Taney, vino con el Sr. George Brown, el banquero. La viuda del comodoro Decatur envió una señal de luto, y el honorable William Wirt trajo al Sr. Robert Smith, quien fuera secretario de estado en Washington.
Estos y otros, mirando a Meshach Milburn de manera un tanto extraña, lo encontraron, al conocerlo, un hombre sensato; pero los McLane que llamaron fueron superciliosos o evitaron deliberadamente al novio.
Llegó una invitación de Arlington House para Vesta, para llevar allí al Sr. Milburn; y, mientras salían por el camino de Washington en un carruaje privado, observaron el coche de rueda de fricción del Sr. Ross Winans, con casi cuarenta personas dentro, realizando su viaje de prueba detrás de un caballo al galope. En Relay House, donde se cambiaban los caballos del ferrocarril, Milburn comentó, mirando hacia el valle del Patapsco:
"Esposa mía, estamos aquí en el nacimiento de esta pequeña carretera de hierro. Si nuestra visión fuera lo suficientemente grande, podríamos ver las cosas poderosas que pueden suceder en ella: insurrección servil, guerra seccional, grandes ejércitos cabalgando hacia grandes batallas, miles de emigrantes atraídos hacia el Oeste. Nosotros moriremos, pero generaciones después de nosotros este camino crecerá y continuará, como una vena de hierro, cuya longitud y usos ningún hombre puede medir".
El camino a Washington era bueno en algunos lugares, y a menudo se internaba entre los pinos. En Riverdale vieron los ciervos del Sr. George Calvert, descendiente de uno de los lores Baltimore, pastando en su parque, y su gran carruaje de cuatro caballos entraba en las puertas de la casa de campo tras una visita de estado a los Custis. Pasando directamente a Georgetown desde Bladensburg, se encontraron con el general Jackson, que daba su paseo vespertino a caballo, y vieron el abismo del nuevo canal que se estaba cavando a lo largo del Potomac, y luego, cruzando el transbordador de Mason, fueron dejados en Arlington House una hora después del anochecer.
El hospitalario e inofensivo propietario los recibió en el enorme edificio, mitad templo, mitad granero, entre sus elaboradas pinturas mediocres, y muebles y reliquias de los tiempos de Custis y Washington. Tenía casi cincuenta años, de rasgos indígenas, pero de rostro algo débil, como alguien cuya única sustancia residía en sus antepasados, y Vesta, colocándolo al lado de su marido, reflexionó que una endogamia similar había producido una semejanza en los dos hombres, ambos de una palidez biliosa y demacrada; pero Milburn, junto a su pariente Custis, era como un lobo audaz al lado de una oveja de rostro vacío.
Sin embargo, estos hombres se gustaron de inmediato; la inteligencia y el dinero de Milburn, y su verdadera reverencia por el gran hombre que había adoptado al Sr. Custis, le dieron acceso a la imaginación de este último.
Pasearon por aquellos hermosos bosques, que un día se convertirían en una arboleda de sepultura para un ejército de muertos, mientras Vesta, en la vivienda, hablaba con sus primas y con el elegante teniente Lee, quien cortejaba a Mary Custis.
Era una vida doméstica feliz, y por las venas del anfitrión corría la sangre de los Calvert, aunque no de la línea legítima.
Se sugirió ir al Capitolio, y el Sr. Milburn, que mejoraba diariamente en la región de las colinas, fue también, y usó su sombrero de copa alta, para gran edificación del Sr. Custis, quien se deleitaba con tales antigüedades. Vesta escuchó a las damas susurrar, cuando regresaron, que un grupo de muchachos y negros había seguido al sombrero, riendo y burlándose, y finalmente habían obligado al grupo a refugiarse en su carruaje. Esto, y la impaciencia de su marido por regresar a sus negocios, aceleró su partida de Arlington.
Tomaron el vapor por el Potomac, y, al salir de la desembocadura del río St. Mary, Milburn se puso de nuevo su sombrero de Raleigh y se quedó en cubierta, mirando las luces alrededor de la antigua Casa del Sacerdote, donde yacía la capital de Lord Baltimore, una llanura desnuda y unos pocos recuerdos hambrientos, dentro de la curva de una punta arenosa que daba al archipiélago de la Costa Este.
"Mi sombrero", se dijo Milburn a sí mismo, "es tan viejo como aquella ciudad, y está mejor conservado. Los Calvert y los Milburn se han casado con los parientes de la Sra. Washington. ¿Me ama mi esposa?"
CAPÍTULO XXXIV.
LA PRUEBA.
Cuando Levin Dennis despertó en el fondo del viejo carromato, este estaba siendo conducido rápidamente, y se escuchó la voz de Van Dorn desde el asiento del conductor decir, sin su habitual ceceo e interjección española:
"Whitecar, ¿está tu hermano en Dover seguro de su presa?"
"Seguro como un gallo, capitán. ¡Los tiene acorralados! El mejor ganado doméstico de la ciudad, y las muchachas amarillas más bonitas: ¡sé que eso te gusta, capitán!"
"¿Tienen armas?"
"Ni un gatillo. Los atrapamos en uno de sus 'festivales'. No, señor, los negros no van a pelear".
"Nos reuniremos en casa de Devil Jim Clark", dijo Van Dorn, y pasó de largo con un chasquido de su látigo.
Levin, a quien alguna mano amiga había envuelto en un abrigo de piel de oso —había visto uno igual sobre Van Dorn—, escuchó después al esclavista hablar con otro grupo al que había alcanzado:
"¿Melson?"
"¡Ay yi!"
"¿Milman?"
"¡Ah! muchacho".
"¡Recibirán sus órdenes en casa de Devil Jim Clark!"
Las estrellas estaban fuera, aunque la noche era rica en nubes grandes y vellosas, como si el cielo también tuviera prisa. Levin yacía de espaldas, zarandeado por el rudo carromato, pero, estando perfectamente sobrio ahora, era más razonable y valiente, y su amor recién descubierto lo impulsaba a la autoconservación. Podría haber rodado fuera del vehículo hacia el bosque y al menos haberse salvado de cometer más crímenes, pero ¿cómo volvería a ver a Hulda? ¿Hulda, tal vez en peligro? Así, incluso ante la ignorancia, el amor trae entendimiento, y Levin comenzó a preguntarse la causa de su propia miseria. Sabía que era el licor, ¿pero qué le hacía beber si no una disposición demasiado fácil de llevar? Incluso ahora estaba bajo una sujeción casi voluntaria al bandido en el carromato, cuya voz escuchó ordenar afablemente de nuevo a un par a quienes había alcanzado:
"¿Tindel?"
"¡Atrápalos, Capitán Van! ¡Atrápalos!"
"No deben estar en peligro esta noche, así que mantengan el ánimo. ¡Espero que se ocupen de las cuerdas, mordazas y amarres en general!"
"Atrápalos, capitán; ¡oh, atrápalos!"
"Tú y Buck Ransom allí..."
"¡Políticamente, capitán; políticamente, señor!", exclamó una voz insinuante de un jinete negro.
"¡Deben reunirse todos con nosotros en casa de Devil Jim!"
"¡Atrápalos, capitán!"
"¡Políticamente, capitán!"
Mientras Van Dorn se abría camino hacia la cabeza de la fila, Levin miraba en silencio el país llano de bosques y unas pocas granjas pobres, drenadas imperfectamente por algunas zanjas del Choptank. Suponía que podría ser casi medianoche, por la posición de esas brillantes constelaciones que brillaban por igual sobre su madre y sobre él —ella en su inocencia y él en su ansiedad— y brillaban también, quizás, sobre la tumba de su pobre padre en una isla o en el océano.
Dentro de una hora, sin duda, se derramaría sangre y se cometerían saqueos, y él no conocía el camino para escapar ni el agujero donde esconderse. Sin embargo, en esa hora tenía que tomar su decisión: luchar por la libertad o ir a la cárcel, al poste de azotes o, tal vez, a la horca.
Levin consideró con pesar su pasado vagabundo, y cuán poco se podía decir en su atenuación en un tribunal de justicia, excepto por la fe de su madre, que no era más evidencia que el juramento de un negro.
Una vez se le ocurrió sorprender a Van Dorn, vencerlo, arrojarlo a una zanja y conducir hacia alguna de las pequeñas granjas y descansar, hasta que el día le indicara su paradero y su remedio.
Levin no era un cobarde, sus músculos eran duros y sus pies podían aferrarse a una tabla lisa como los de un pájaro a una rama; pero su corazón se ablandó ante el hombre feroz y suave que se sentaba tan desprevenidamente de espaldas a él, cuando Levin reflexionó que tal vez tendría que acabar con la vida de Van Dorn con su cuchillo de marinero si llegaban a forcejear, y este Van Dorn, que hoy moría, había pagado una deuda por él a la viuda cuyo hijo fue el siguiente en ser alcanzado, y quien gritó, con audacia, sin ser interpelado:
"Van Dorn, ¿qué me vas a dar si consigo un negro?"
"¡Esto!", dijo Van Dorn, sin pausa, asestando al muchacho un golpe medido con su látigo en el hombro que lo hizo literalmente caer de la mula y revolcarse de dolor.
"La disciplina es lo que tu madre no supo darte, reprobo. Te enseñaré modales. ¡Atrás!"
Owen Daw se arrastró desesperadamente sobre su mula y obedeció sin discutir, pero su audacia pronto se recuperó lo suficiente como para forzar a su animal hasta la parte trasera del carromato y abrir comunicaciones susurradas con Levin allí.
Nada había pasado junto a ellos durante horas que Levin hubiera visto, cuando de repente un jinete a galope tendido detuvo el carromato, y una voz negra y ronca murmuró:
"¿Cómo está, ahora? ¡Míreme! ¡míreme!"
"¿Derrick Molleston?", habló Van Dorn.
"¡Míreme! ¡míreme!"
"Baja y cabalga conmigo. Levin, ¿estás despierto?"
"Sí, capitán".
"Toma el caballo de este hombre y móntalo. John Sorden está adelante. Estirará tus miembros entumecidos".
"¿Puedo ir con él?", preguntó Owen Daw, en su acento celta, bastante servil ahora.
"No a menos que él quiera".
"Ven, entonces", dijo Levin servicialmente.
Mientras los dos jóvenes permanecían rezagados junto al carromato, escucharon estas palabras:
"¿Has arreglado todo con Whitecar y Devil Jim?"
"¡Míreme! ¡míreme!" —aparentemente queriendo decir: "Confíe en mí".
"¿Está Greenley listo para hacer la diversión si nos hacen algún ataque?"
"¡Míreme! ¡míreme! Su horca está lista y quemaría el mundo".
"¿Este abogado Clayton?"
"¡Míreme! ¡míreme! Da una gran fiesta, me dijo la tía Braner. Hay un juez de Princess Anne, y licor de sobra. ¡Míreme! ¡míreme!"
"¿La gente blanca se ha ido absolutamente de Cowgill House?"
"¡Míreme! Está a casi media milla de la ciudad. Hay cuarenta mil dólares, si hay un centavo, en ese festival: muchachas más que medio blancas, hombres que saben leer y predicar: la crema del condado de Kent. ¡Míreme! ¡míreme!"
"¿Y ni una sospecha de nuestra llegada?"
"¡Míreme! ¡oh, míreme!", dijo roncamente el negro; "inocentes como los no nacidos. ¡Esta noche es su última noche!"
Levin tembló al escuchar estas palabras despiadadas, pero Owen Daw pareció olvidar su afrenta ante las noticias y se rió entre dientes para Levin mientras trotaban:
"¡Apuesto a que consigo un negro mejor que tú!"
"¡Oh, vergüenza, Owen Daw! Tu madre fue salvada hoy de ser echada a la calle por mi piedad. ¡Piensa en robarles a estos negros su libertad! ¿Qué han hecho ellos?"
"¡Ser negros!", exclamó Owen Daw. "¡Eso es suficiente!"
"¿Qué harás, Owen, para ayudar a tu pobre madre?"
"Esperar hasta que sea lo suficientemente grande, por Dios, y matar al viejo Jake Cannon por el trabajo de este día".
Mientras cabalgaban, llegaron al hombre llamado Sorden, que cabalgaba como guía de la columna invasora, una persona de trato más refinado que cualquiera bajo Van Dorn, y joven, flexible y juguetón.
"¡Mi piel!", dijo. "Ahora, muchachos, Van Dorn no debería haberlos traído. Son demasiado delicados para este trabajo rudo. Amo al capitán más de lo que jamás amé a un hombre, pero no debería echar a perder a los muchachos".
"Van Dorn me dijo que viniera", gritó Owen Daw. "Soy lo suficientemente grande para domar a un negro".
"Lo amo más de lo que jamás amé a un hombre", dijo Sorden, a modo de disculpa. "¿Quién es el otro joven delincuente?"
"Soy un extraño por estas partes", respondió Levin. "La Sra. Cannon me obligó a venir. No quería".
"¿Tienes miedo?"
"Sí", dijo Levin.
"Bueno, amo al capitán más de lo que jamás amé a un hombre. Pero los muchachos son muchachos, y odio verlos echarse a perder. Si fueran muchachos negros no me importaría un centavo; pero el blanco es mi color, y no quiero comerciar con él".
Se detuvieron en una pequeña casa de ladrillo de frontón agudo, de una sola planta con cocina y buhardilla, a la izquierda del camino, a la que llegaba cobijándola la esquina de un bosque de robles y nogales, mientras que en la parte trasera varios graneros pequeños y graneros encerraban el triángulo de un campo. Una puerta en el medio, hacia Maryland, parecía tener el umbral muy alto, y ventanas bajas enrejadas estaban en el sótano a cada lado de los escalones.
El lugar tenía un aspecto sospechoso, y una jauría de sabuesos en pleno ladrido salió de la cocina, y, mientras estaban a punto de saltar el montante y las cercas, fueron arrestados casi en el aire por una voz ronca que gritaba desde el interior:
"¡Hya! ¡Abajo! ¡Spitch!"
Toda la jauría regresó mansamente a la casa, gimoteando suavemente, y unos pocos golpes de vara y cortos aullidos en el interior completaron la excitación.
"¿Qué lugar es este?", preguntó Owen Daw.
"Casa de Devil Jim Clark", dijo Sorden.
La vivienda se encontraba a unos cuarenta metros del camino, acercándose casi a la cobertura del bosque, y su pequeño patio se volvía cavernoso por las moreras de papel y los arces densamente plantados, mientras una línea de cerezos y un viejo pozo de pértiga se alzaban a lo largo del camino y el seto. Mientras cabalgaban hacia la parte trasera de la casa, una pequeña ventana de buhardilla, como un caracol, se arrastraba baja a lo largo del techo, y una luz brillaba desde ella.
"La oficina de negocios de Devil Jim", asintió Sorden.
"¿Cuál es su negocio?", preguntó Levin, con frescura.
"Negros. Los mantiene allá arriba entre la buhardilla y el techo, a veces en el sótano".
"¿Necesita una oficina de negocios para eso?"
"Es contratista en el canal también, Jim; cría caballos de carreras, cultiva la tierra, juega un poco, pero el negocio de los negros es su mejor juego. ¡Mi piel! Allí viene el capitán Van Dorn. Lo amo como nunca amé a un hombre".
"Van Dorn", habló una voz desde la casa, "recuerda que mi familia es particular. Tus hombres deben ir al granero. ¡Entra!"
"¡Brandy especiado en el granero!" —un comentario silencioso desde algún lugar— fue suficiente para llevarse a la manada, y, dando la orden de "dar de beber y forraje", Van Dorn entró en la cocina, luego a través de un dormitorio hasta la sala principal de la casa, y subió por una pequeña escalera de caracol hasta un trozo de pasillo o corredor apenas de dos pies de ancho.
El hombre que guiaba señaló una trampilla sobre un extremo de este pasillo y exclamó: "¡Negros allí! ¡familia allá!" —la última referencia a una puerta que cerraba el pequeño pasaje.
Luego abrió una ventanilla al lado del pasillo, admitiendo a Van Dorn en un armario o buhardilla extremadamente pequeño, apenas lo suficientemente grande para que los hombres se sentaran, e iluminado por una lámpara en la pequeña ventana de buhardilla vista desde abajo.
"¡Bebe!", dijo el hombre, descorchando una botella de champán; "la tenía lista para ti".
Sirvió el vino espumoso y puso la botella en una especie de escritorio o secreter, y luego miró con ansiedad y avaricia al mismo tiempo desde sus líquidos ojos negros y su rostro ancho y pesado.
"¡Buena suerte, señor!", ceceó Van Dorn, mientras bebían juntos.
"¡Hya! ¡spitch!", murmuró nerviosamente Clark, cortando sus propias botas altas con una fusta. "Desearía estar fuera del negocio: el riesgo es demasiado grande. Mi esposa es religiosa, rezando, tal vez, ahora, ahí dentro. Mis hijas están en los seminarios, gastando dinero como la Compañía del Canal en los abogados. Nada paga como el robo de negros, pero está por debajo de ti y de mí, Van Dorn".
"¡A la verdad! Esta es mi última incursión, don Clark. El placer me ha mantenido pobre de por vida. Hoy hice un pequeño sacrificio, y crece en mí".
"Si me atraparan y me pusieran en la picota, Van Dorn, por lo que haces esta noche, ¡hya! ¡spitch!" —se cortó las rodillas— "eso rompería el corazón de la Sra. Clark".
"Quiero este dinero esta noche", dijo Van Dorn, "para hacer felices a dos jóvenes. Ellos tomarán mi parte, y me llevarán con ellos fuera de las llanuras de Puckem".
"Oh, es un negocio nervioso" —los ojos de gelatina rica de Clark hacían que la palidez en su rostro grande pareciera una mortaja— "¡hya! ¡spitch! Los cuáqueros me están vigilando. El viejo Zekiel Jinkins por aquí, el viejo Warner Mifflin hasta el molino, estos condenados Hunn en el Wildcat, me miran a través cada vez que me atrapan en el camino. Pero el contrato del canal no paga como los negros; mi gente debe mantener la cabeza alta en el mundo; Sam Ogg no me dejará mantenerme fuera de la tentación".
"¿Me temes, Devil Jim?"
"¡Hya! ¡spitch! No. Si todos en el comercio fueran como tú, podría dormir confiado. Si tú lo dejas, yo también".
"Entonces, esta noche, ¡penitente! ganaremos nuestros pocos miles y renunciaremos. Deja tus cartas y yo mis doncellitas, y al menos podremos vivir".
Se dieron la mano y bebieron otra copa, y luego Van Dorn dijo:
"¡Envía hacia arriba, hermano!, al muchacho que responderá al nombre de Levin. ¡Con él quiero hablar mientras das las instrucciones! ¡Pobre cobarde!", dijo Van Dorn, después de que su anfitrión bajó las escaleras, "nunca podrá ser menos que un ladrón con esa pesadez bajo tal competencia justa".
En ese momento, una hermosa doncella o mujer, en su camisón blanco, apareció en la pequeña puerta, con ojos tan parecidos a la riqueza de los que acababan de irse que debía ser su hija. Huyó al reconocer a un extraño, y Van Dorn la persiguió hasta que una puerta se cerró en su cara.
"¡Pobre tonta!", dijo, hundiéndose de nuevo en su silla; "¡nunca seré más honesto de lo que cualquier mujer pueda hacerme!"
Cuando Levin entró en el pequeño pasillo, Van Dorn sonrió:
"Aquí tienes una copa de vino real para inspirarte, junco".
"No, capitán. Preferiría morir antes que beberlo".
"¿Te arrepientes de haber venido conmigo?"
"Oh, amargamente, capitán. No quiero robar a personas pobres e indefensas si son negras".
"¡Ahora, escucha, muchacho!" —el rostro de Van Dorn dejó de ruborizarse y la mirada tosca apareció en sus ojos azules— "la excursión de esta noche es para tu provecho. Me gusta tu dulce inclinación hacia mí, y los buenos actos que me has solicitado, y la confianza que me has mostrado en cuanto a tu amor por la linda Hulda. Únete a mí en este trabajo voluntariamente, y le daré a ella, para tu acuerdo matrimonial, toda mi parte".
"Nunca", exclamó Levin.
Van Dorn sacó su cuchillo y se puso de pie.
"Levin", ceceó, "le prometí a Patty Cannon que te traería de regreso manchado de crimen o muerto. Ahora elige cuál será".
"Morir, entonces", gritó Levin, con una mano apartando el largo cabello sedoso de sus ojos y con la otra sacando su propio cuchillo; "pero lucharé por mi vida".
Van Dorn agarró la muñeca de Levin con un agarre de tornillo, pero, al hacerlo, arrojó su propio cuchillo al suelo.
"¡Oh! huérfano", murmuró Van Dorn, mientras su rubor regresaba, "ten cuidado de decir siempre 'No' con valentía como esa, cuando la cobardía o la débil aquiescencia extorsionarían tu 'Sí'. ¡En este momento, si hubieras consentido, tu corazón estaría en mi cuchillo, joven Levin!"
Sacó el cuchillo de la mano de Levin y lo puso de nuevo en su abrigo harapiento, y sentó al muchacho en su rodilla como si hubiera sido un niño pequeño.
"Oh, gracias a Dios que no lo maté, señor", sollozaba Levin, sus lágrimas siguiendo rápidamente a su valentía; "dos veces he pensado en hacerlo hoy".
«Jamás te habría sometido a esa prueba, pobre muchacho, de no ser porque vi tu conciencia trabajar durante todo el día bajo el estímulo del amor virtuoso. No pienses nada de mí. Construye tu propio carácter sobre algún buen ejemplo y, por dulce que sea la vida, lucha por ella en las mismas fronteras de tu carácter. Muere joven, pero ríndete solo cuando seas viejo».
«Capitán», dijo Levin, «¿cómo puedo forjar mi carácter? Mi padre ha muerto. Todo el mundo me maneja a su antojo».
«Entonces piensa en algún hombre sencillo, fuerte y fiel que conozcas y ajusta cada acto de tu carácter al suyo. Pregúntate qué haría él en tu situación, y luego ve y haz lo mismo».
«Conozco a un hombre así», dijo Levin al cabo de un instante; «es Jimmy Phoebus, el pretendiente de mi pobre y hermosa madre».
«¡El rayo ha caido!», dijo Van Dorn, en voz baja y tranquila; «sí, Levin, cualquier hombre digno de tu madre servirá».
«¡Capitán, vuélvase conmigo! ¿Es demasiado tarde?»
«Demasiado tarde hace muchos años, joven señor. Volveré a dirigir la guerra en África esta noche en Cowgill House».
Se levantó y terminó el vino.
«Clark te dará un caballo, Levin. Te lo regalo. Cabalga con Sorden a la cabeza y, a una milla de aquí, en el pueblo de Camden, sigue tu propio camino. ¡Buenas noches!»
Tras echar una sola mirada a la miserable banda de blancos y negros reunidos en el granero, revelados por la luz de un farol en medio de la excitación de la bebida y la avaricia, o de la familiaridad del miedo y el vicio —unos inspeccionando mordazas de mazorcas de maíz y garrotes de nogal, otros recortando porras de madera negra con las raíces adheridas; otros cargando sus pistolas de arzón y engrasando las fundas de los puñales; algunos afilando sus cuchillos de matarife sobre los arreos, otros cortando cuerda y cordel en tramos para atar los pies de los hombres—, Clark, el posadero, sentó a Levin sobre el caballo al paso que ya había estado montando, y pronto se encontró con Sorden en el camino.
«¿Dónde está Van Dorn?», preguntó Sorden; «lo amo como nunca amé a un varón».
«Me envía a Camden con un recado», respondió Levin; «¿está lejos?»
«Como a una milla. Tres millas, pues, hasta Dover. ¡Por mi piel! Qué fresco está tu animal; ¿no es el de Dirck Molleston? Eso pensé. Entonces querrá meterse en Cooper's Corners».
«¿Vive Derrick allí?»
«Sí. Ahí es donde domina los cruces de ambos caminos desde abajo y vigila la ley en Dover. Espero que Van Dorn consiga escapar con el botín y que no lo atrapen, pues lo amo como nunca amé a un varón».
El caballo de Levin, con su paso cómodo, pronto dejó a Sorden muy atrás, y los extraños acontecimientos de la noche, junto con su duda sobre qué hacer a continuación, mantuvieron el cerebro de Levin dando vueltas hasta que vio la silueta de unas cuantas casas alzarse entre los árboles, y una hilera de arbustos indicar un camino principal de norte a sur. El aroma de aguas frías, vastas y marismas llenaba la noche.
«Aquí está Camden», pensó Levin; «¿adónde iré? Si giro al sur, no conseguiré cama ni comida en toda la noche y me recogerán por la mañana por secuestrador. No puedo volver. Supongo que el gran río o el océano están ante mí. ¿Qué haría Jimmy Phoebus?»
Contuvo al animal mientras se hacía esta pregunta y se detuvo en el cruce del gran camino estatal.
La idea se extendió lentamente por todo su ser de que James Phoebus, en el lugar de Levin, cabalgaría inmediatamente a Dover para dar la alarma.
Levin trató de imaginar a Phoebus en un estado de ánimo que le diera otro consejo, pero, a medida que la figura del resuelto capitán de *pungy* parecía cabalgar sobre la mente del joven, esta se alzaba cada vez más firme y parecía conducir hacia Dover, donde tantas almas pobres, en las alegrías de la convivencia y la libertad, eran como pajarillos inconscientes de los halcones que sobrevolaban sobre ellos, y no había hombre en el mundo más que Levin Dennis que pudiera salvarlos de la muerte o la servidumbre.
¿Dudaría alguna vez James Phoebus, con su naturaleza de león, en el deber de un ciudadano y un cristiano bajo tales circunstancias, o perdonaría a otro hombre por retener información que podría significar vida, libertad y misericordia?
Sin embargo, estaba Van Dorn, a quien traicionaría. ¿Qué haría Van Dorn en el lugar de Levin?
Las palabras de Van Dorn, pronunciadas hacía menos de un cuarto de hora, resonaron en la conciencia de Levin: «¡No pienses nada de mí. Ajusta cada acto a algún hombre fiel y ve y haz lo mismo!»
Levin miró hacia arriba, y las mismas nubes, ahora hinchadas y oscuras a pesar del brillo de las estrellas, parecían apresurarse hacia Dover. Los pájaros nocturnos gritaban «¡Misericordia! ¡misericordia!»; los lagartos y las ranas arbóreas parecían cruzar sus voces, piando «¡Tiempo! ¡tiempo! ¡tiempo!»
«¡Huldy!», susurró Levin, y dejó las riendas sueltas, y su animal salió disparado a través del pueblo de Camden hacia el norte.
Había pasado las pequeñas casas de madera, la reunión de los cuáqueros, las tiendas, las residencias de las afueras, cuando de repente su caballo se desvió para adelantar a un objeto grande y oscuro en el camino, y un jinete se cruzó directamente en la trayectoria de Levin, obligando a su animal a recular sobre sus ancas.
«¡Grandes asuntos, amigo!», dijo la voz de un hombre con aspereza; «¡estoy preocupado por ti!»
«¡Quítate de mi camino o te apuñalaré!», gritó Levin, dividido entre su nuevo ardor por cumplir con su deber y la idea de que ya había sido interceptado por la banda de Patty Cannon.
«¡Ja, amigo! Estoy menos preocupado por mí que por ti. ¿No apuñalarás a un ciudadano del pueblo de Camden en su propia puerta?»
«¡Por el amor de Dios, déjame pasar, entonces!», suplicó Levin. «¡Los secuestradores llegarán a Dover en pocos minutos. Quiero avisar al abogado Clayton!»
Inmediatamente, la otra persona, un hombre alto y delgado, dio media vuelta y corrió tras el objeto oscuro que iba delante, el cual Levin, siguiéndolo también a gran velocidad, descubrió que era una carreta grande y cubierta: algo a medio camino entre el carro de granjero y el carruaje familiar.
«Bill», llamó el cuáquero al conductor, «no escatimes el látigo hasta que hayamos dejado bien atrás a Dover. Aquí hay uno que dice que los secuestradores están asaltando incluso la capital de Delaware. ¡Estoy preocupado por ti!»
El conductor comenzó a azotar a sus caballos al galope, y desde el vehículo de cortinas cerradas salieron gritos, como de varias personas.
«¿Qué hay ahí dentro?», preguntó Levin al cuáquero, que se le había reunido; «¿negros?»
«No, amigo», respondió el cuáquero con sequedad, «solo cristianos».
Cruzaron un arroyo de molino, y poco después un riachuelo más pequeño, sin hablar, y llegaron a una pequeña cabaña de troncos y madera en una bifurcación del camino, donde el caballo de Levin intentó entrar.
«¡Ja, amigo! ¿No es el caballo de Derrick Molleston el que tienes? ¿El mismo que obtiene del diablo Jim Clark? ¿Qué eres, entonces? Me siento preocupado por ti».
«Un cristiano también, espero», respondió Levin, obligando a su jaco a seguir camino arriba.
«Entonces eres mejor que un joven en esta vivienda que pasamos ahora», dijo el cuáquero, señalando una casa de ladrillo a la izquierda; «pues allí vivía un juez cuyo hijo ató con garrote a un pobre violinista negro en el sótano de su padre, y lo entregó a Derrick Molleston para que fuera vendido en esclavitud. Oigo decir que el pobre hombre lo cuenta en su lejana casa de servidumbre».
«¿Qué es esto?», preguntó Levin, al ver una extraña estructura de vigas sobre un promontorio o elevación a la derecha, a la vista de las formas oscuras de un pueblo en la siguiente cresta más allá.
«Una horca», dijo el cuáquero, «en la que mañana colgarán a un ladrón de caballos. Robar un caballo es pena de muerte; robar a un semejante no es nada».
Mientras hablaba, el misterioso carruaje giró por una calle transversal de Dover y se deslizó hacia la oscuridad del pueblo.
«¡Ja! ¡ja!», exclamó el cuáquero; «si Joe Johnson no se hubiera detenido a comer en lo del diablo Jim, podría haber alcanzado la carreta de mi hermano llena de esclavos fugitivos. Te lo cuento, amigo, porque ahora apenas estoy preocupado por ti».
CAPÍTULO XXXV.
COWGILL HOUSE.
Mucho después de la medianoche, Dover estaba en la cama, excepto en una gran casa en el *green* del Capitolio, donde la luz brillaba a través de las rendijas y grietas de cortinas y contraventanas, y algún perro guardián, tal vez, corría con curiosidad para ver por qué.
Las estrellas y las nubes en el cielo algo perturbado miraban hacia abajo a través de los árboles sin hojas sobre el bonito pueblo y el arroyo de St. Jones que lo rodeaba, y apenas notaron a una larga banda de hombres y animales que se arrastraban sigilosamente desde el ramal de la Casa de Reuniones, pasando por la curtiduría y la academia, y se sumergían en las calles traseras del lugar, evitando la plaza pública.
Una fila se desvió hacia el arroyo y lo cruzó para regresar más arriba, cortando toda escapatoria por el camino del norte, mientras una segunda fila se deslizaba silenciosamente a través y alrededor de la pequeña y compacta aldea y esperaba a que llegara la otra, momento en el que ambas rodearon una vieja vivienda de ladrillo situada lejos del camino, en un patio verde y venerable, a casi media milla de las partes pobladas de Dover.
Esta casa estaba brillantemente iluminada, y los rosales y árboles de sombra estaban todos definidos mientras se alzaban sobre las ondulaciones de verde verdor y los senderos ornamentales y parterres de flores.
Un majestuoso tulipero extendía sus largas ramas casi hasta el portal de la pintoresca vivienda, y un exuberante crecimiento de hiedra, que comenzaba entre las ventanas del sótano, trepaba hasta la carpintería con cornisa de los aleros, y convertía en paneles casi sólidos de enredadera los espacios entre las cuatro grandes ventanas con clave en dos pisos, que se situaban a la derecha de la ancha y rechoncha puerta.
Esta puerta, en lo alto de una escalera, estaba colocada tan cerca del ángulo del hastial de la casa que daba la impresión de ser solo un ala de una mansión originalmente diseñada para tener el doble de longitud y tamaño.
Entre este hastial —que daba al camino y tenía cuatro líneas de ventanas, además de una fila en el sótano— y la puerta trasera o de la ciudad, como se ha descrito, había una ventana cuadrada y espaciosa, sin relación con todas las demás, y tal vez a doce pies del suelo. Esto, como cabría adivinar, estaba en el rellano de las escaleras interiores; pues siendo la gran puerta y el frente de la residencia el lado opuesto, todo el espacio en el hastial orientado hacia la ciudad, con un ancho de diecisiete pies, era un noble vestíbulo de unos cuarenta pies de largo, elevado y con pilastras de estilo arquitectónico, iluminado por dos grandes ventanas en el hastial y la ventana cuadrada en la escalera.
La escalera en sí era una hermosa pieza de trabajo y proporción, que se elevaba desde el suelo en diez escalones con barandilla hasta el rellano de la ventana cuadrada, donde un espacio de varios pies cuadrados dominaba tanto la gran puerta principal como las ventanas en el hastial, y también el patio trasero; desde allí, en ángulo recto, el tramo de escalones subía a lo largo de la pared trasera hasta un segundo rellano sobre la rechoncha puerta trasera y, mediante un tercer salto, regresaba en ángulo recto al piso superior, haciendo que lo que se llama el hueco de la escalera fuera sumamente espacioso, y se abría al piso del desván.
Sin duda, este vestíbulo fresco y grandioso fue diseñado para ser el centro de una gran mansión, sin embargo, no había perdido nada en agradabilidad al convertirse, en cambio, en la habitación más grande de la casa, recibiendo abundante luz natural, y era lo suficientemente grande tanto para un banquete como para el culto público, y tal era su uso frecuente.
Construida por un hombre tiránico y excéntrico a principios de siglo, había pasado por varias familias hasta que un cuáquero llamado Cowgill, que más tarde se convirtió en metodista, y que no tenía esclavos y era amable con la gente negra, la hizo su propiedad y supervisó una curtiduría y un molino a la vista de ella.
Frecuentemente estaba ausente durante semanas, especialmente en la biliosa temporada otoñal, y permitía que sus empleados reunieran a sus amigos y a la raza en general, en ocasiones señaladas, en el gran vestíbulo, para los entretenimientos racionales que pudieran elegir.
En verdad, el dueño de la casa deseaba que esta obtuviera una reputación más alegre; pues los negros, en particular, la consideraban encantada.
El primer dueño, se decía, se había divertido en el gran salón haciendo que sus propios hijos se pararan de puntillas, azotando sus pies con un látigo cuando bajaban sobre las plantas por dolor o fatiga; y su propio hijo finalmente le disparó a través de la gran puerta norte con un rifle o pistola, dejando la marca hasta el día de hoy, que se puede ver por un pequeño panel insertado en el pino original. El tercer dueño, un abogado, a menudo entretenía a clérigos viajeros aquí; y, en una ocasión, el excéntrico reverendo Lorenzo Dow se encontró en la escalera con un desconocido y lo saludó, y más tarde asustó a la familia del anfitrión al contarlo, ya que no estaban al tanto de ningún desconocido en la casa. La habitación sobre la gran puerta siempre se había considerado la guarida de gente peculiar, que no molestaba a nadie vivo, pero aparecía allí en alguna ocupación silenciosa, y se desvanecía cuando se les presionaba.
Esta puerta principal tenía un carácter eclesiástico, y estaba reforzada o construida en dos mitades, de modo que la parte superior podía abrirse como una ventana, y sin embargo la cerradura en esta parte superior tenía un pie y medio de largo, y la llave pesaba una libra.
Esta puerta ponderosa, de carpintería elaborada, se abría a un tramo de escalones y a un patio de flores rodeado de olmos, abetos y árboles Paulownia, estos últimos de olor y naturaleza a leguminosas. Una parte inferior de la vivienda para los sirvientes, de dos pisos, se extendía hacia los campos y tenía una parte trasera cubierta por una veranda.
Van Dorn llamó a un negro:
«¡Buck Ransom!»
«Cortésmente, Capitán», respondió la voz insinuante del negro.
«Ve a la puerta principal y llama. Al entrar, asegúrate de que esté despejado para salir volando. Luego, mientras pasas por el vestíbulo, abre las ventanas».
«Cortésmente, Capitán»; el negro se inclinó y se marchó.
«¡Owen Daw!»
«¡Su señoría!»
«Sube al gran tulipero con suavidad y toma este mosquete que te alcanzaré. Apúntalo hacia la ventana de la escalera y dispara solo si ves resistencia allí».
El muchacho subió al árbol con todos sus instintos viciosos llenos de combatividad.
«¡Melson!»
«¡Ay yi!»
«¡Milman!»
«Ah, muchacho».
«Pónganse debajo de las dos grandes ventanas del vestíbulo y sirvan de estribos para el grupo de Sorden. Yo asaltaré la puerta principal. En cuanto entremos allí, Sorden, ordena a tus hombres que pasen por encima de Melson y Milman hacia las ventanas que Ransom ha levantado».
«Lo amo», murmuró Sorden, con admiración, «como nunca amé a un varón», y reunió a su grupo.
«Whitecar, tú y tu hermano vigilen la puerta trasera con sus bastones. Si es forzada, Miles Tindel...»
«¡Atácalos, Capitán Van!»
«Lanzará su polvo de pimienta roja a los ojos de cualquiera que salga».
«¡Oh, atácalos, Capitán Van!»
«¡Derrick Molleston!»
«Véame, ¡oh, véame!», murmuró el poderoso negro.
«Toma a Herron y a Vincent, y a dos más, y vigila la cocina y el frente de la vivienda principal. Deja tiesa a cualquier criatura, excepto... *¡ayme! ¡ay!*... a las jóvenes damas, cuyos miedos pronto las harán caer al suelo».
«¡Véame, véame!», dijo el negro con voz ronca.
«Al entrar por la puerta, gritaré: "¡Ha llegado Patty Cannon!". Entonces salten por las ventanas y abatan la oposición. ¡Relampaguea! Ransom es lento».
El aldabón de la gran puerta sonó, y esta se abrió de golpe y rápidamente se cerró de nuevo, y siguió un sonido ahogado y extraño, como de un forcejeo.
Van Dorn, ágil como una pantera, saltó sobre la espalda de Milman y miró por una ventana en el hastial, retirando el rostro para no ser visto en la noche.
El brillante interior estaba lleno de gente, sentada contra el revestimiento de madera, como si estuviera escuchando un sermón, mientras que por el centro del majestuoso vestíbulo se extendía una mesa iluminada por lámparas de aceite de ballena y muchas velas pequeñas, llena de los restos de un banquete. La escalera en la esquina Van Dorn no podía verla, y allí estaba toda la audiencia oscura mirando, como si fuera hacia el predicador. Parecía haber algo fuera de lo común en el tipo de atención que los ocupantes estaban prestando, pero los ojos de Van Dorn estaban absortos en la vista de varias jóvenes cuarteronas de ojos de paloma, abatidas y sin embargo casi sobresaltadas, y solo notó que el espía, Ransom, no se veía por ninguna parte.
«Sorden», dijo Van Dorn, bajando de un salto, «¿podrá Ransom habernos traicionado? ¡Chis! Todos parecen como si se estuviera leyendo una sentencia de muerte».
«¡Mi piel! No, Capitán. ¿Están todos ahí?»
«Todos», dijo Van Dorn; «veo treinta mil dólares de carne a la vista».
«Y los negros no van a pelear de ninguna manera», dijo Whitecar. «Vamos a golpearlos casi hasta la muerte».
«Vamos entonces», dijo Van Dorn, suavemente; «si las ventanas no están abiertas, rómpanlas».
Torció, por pura fuerza, un panel de las cercas cerca de la casa y abrió el camino hacia la gran puerta principal. Una docena de manos desesperadas agarraron el pesado panel y corrieron con él. La puerta se abrió de golpe, pero en ese momento todas las luces de Cowgill House se apagaron.
«Hay fantasmas ahí dentro», se escuchó decir a la voz ronca de Derrick Molleston, y el elemento negro se detuvo y retrocedió.
«¡Tindel, tu antorcha!», exclamó Van Dorn, y, tras un momento de demora —el viejo edificio y el sombreado patio mientras tanto iluminados por un relámpago, y los sonidos de un trueno rodando en el cielo—, se obtuvo un nudo de pino encendido, todo preparado, y Van Dorn, sosteniéndolo en su mano izquierda, y sin nada más que su tosco látigo en la derecha, saltó por la puerta, gritando:
«¡Ha llegado Patty Cannon!»
Ante ese temido nombre hubo algunos gritos reprimidos, y las grandes ventanas del lado del hastial cayeron hacia adentro con un estrépito mientras los secuestradores entraban a raudales.
El ojo rápido de Van Dorn captó la situación mientras agitaba su antorcha, y esta iluminó el techo y la pilastra, las puertas cerradas a la izquierda y el gran hueco de la escalera más allá, lleno de formas negras en actitud de defensa.
«¡Ha llegado Patty Cannon!», gritó de nuevo; «¡síganme!»
Un instante solo lo llevó a la base de la escalera, y el relámpago que destellaba en las ventanas abiertas y la puerta caída lo reveló a sus seguidores, con su cabello amarillo ondeando y su largo bigote sedoso como una llama dorada.
Un grito poderoso surgió de la banda envalentonada mientras se formaban detrás de él, con garrotes y puños de hierro, porras y hondas, y cualquier cosa que incapacitara pero no llegara a matar.
Van Dorn, muy por delante, dio tres cortes asesinos de su látigo a través de los objetos humanos que había arriba y, con un movimiento de esa arma formidable, la empuñó como un garrote y salió disparado.
En ese momento, fuertes explosiones, humo y gritos llenaron el lugar lleno de eco, mientras una descarga de armas de fuego estallaba desde el rellano, barriendo la línea de las ventanas y rastrillando el vestíbulo. La banda en el piso de abajo se detuvo, y algunos cayeron, gimiendo y maldiciendo.
«Están armados; es una traición», gritó una voz, presa del pánico, y los cobardes asaltantes corrieron a lugares de refugio, algunos arrastrándose por el portal, otros cayendo de las ventanas y otros poniéndose detrás de la escalera, fuera de alcance del fuego, y buscando desesperadamente descorrer los cerrojos de la puerta más pequeña allí.
«¡Ha llegado Patty Cannon!», repitió Van Dorn, lanzándose hacia el grupo de los defensores, quienes, aterrorizados por su valentía, comenzaron a retirarse hacia arriba alrededor de los ángulos de la escalera.
Un hombre, sin embargo, no retrocedió, ni golpeó, sino que envolvió a Van Dorn alrededor del cuerpo con un par de brazos largos y poderosos, y lo levantó del rellano por pura fuerza, diciendo:
«¡Grandes asuntos, amigo! Estoy preocupado por ti».
Van Dorn sintió ante el agarre que estaba siendo superado. Intentó alcanzar su cuchillo, pero sus brazos estaban encerrados en los del extraño desconocido, quien, habiéndolo agarrado por detrás, buscó empujarlo a través de la ventana cuadrada del rellano hacia el patio de césped de abajo, donde caía la lluvia y el relámpago jugaba de manera brillante entre las hierbas y los helechos.
Mientras el secuestrador se preparaba para caer, con todas sus articulaciones y músculos relajados, el muchacho, Owen Daw, yaciendo sediento de sangre a lo largo de la rama del viejo tulipero, apuntó su mosquete, de acuerdo con las instrucciones de Van Dorn, hacia las formas que contendían allí, y tiró codiciosamente del gatillo.
Los brazos del cuáquero, mientras encerraban a Van Dorn, presentaban, en el puño de su abrigo, un gran botón de acero o metal, y la bala del árbol, al golpearlo, rebotó y entró en la garganta de Van Dorn.
«*¡Ayme Guay!*», murmuró Van Dorn, y fue arrojado por la ventana a la tierra, todo flácido y acurrucado, hasta que John Sorden lo llevó lejos, murmurando:
«Lo amé como nunca amé a un varón».
El grupo desesperado bajo la escalera finalmente abrió la puerta trasera y salió corriendo, solo para recibir puñados de polvo de pimienta roja lanzados por Miles Tindel, mientras gritaba:
«¡Atácalos, Capitán Van!»
Gritaron de angustia, y se revolcaron en la hierba mojada, y sin embargo, con temores más fuertes que el dolor, buscaron el camino a ciegas, y alguna manera de abandonar el pueblo.
El joven Owen O'Day, o Daw, se deslizó por el árbol y, al ver a Van Dorn en los brazos de Sorden junto al carromato, dijo con desdén mientras montaba su mula y desaparecía:
—Me parece que nunca más me va a disciplinar.
Derrick Molleston, lamentando la pérdida de su caballo de paso, llevó hasta el carromato un objeto que había encontrado tratando de escapar de la veranda en el lado de la cocina, aunque con una mordaza en la boca y un espetón entre sus codos y su espalda.
—¡Mírenme, mírenme! —habló roncamente el secuestrador negro—. Es mío y del Diablo Jim Clark. Yo lo atrapé.
—Vaya, es Buck Ransom —dijo Sorden.
—Y también voy a venderlo —masculló el negro, tomando las riendas—. ¡Mírenme ahora! Quizás nos engañó. De cualquier forma, está atrapado.
El viejo carromato partió a toda carrera a través de la lluvia torrencial, con la víctima negra tendida indefensa sobre su espalda, y Van Dorn sangrando en los brazos de Sorden, quien continuaba gimiendo:
—¡Lo amé como nunca amé a un varón!
Van Dorn hizo varios esfuerzos por hablar y a menudo tosía con dolor, y finalmente, al llegar a la verja de un camino, articuló:
—¿La del Canciller?
—Sí, esta es —dijo Derrick Molleston—. Míreme, Capitán Van. Estoy aquí.
Mientras avanzaban por un camino sombreado, el fuego de alguna parte comenzó a producir cierta iluminación a pesar de la fuerte tormenta.
—Es Bill Greenley. Ha incendiado la cárcel —exclamó el negro—. ¡Mírenme, oh, mírenme!
El incendio daba una luz roja y vaporosa a una vivienda aislada a la que ahora se acercaban, sobre un césped arbolado, y Sorden vio a una mujer de aspecto severo mirando por una ventana hacia el fuego.
—¿Qué significa este atropello a tan altas horas de la noche? —llamó—. ¿Son ladrones? Mi anciano esposo está durmiendo.
—Señora —respondió Sorden—, aquí está el esposo de la señora Patty Cannon. Ella era la suegra de su hermano. Amo a este hombre como nunca amé a un varón. Está herido y queremos que lo acepten hasta que pueda ser atendido por un médico.
—Llévenlo a la cárcel, entonces, si es que no es eso lo que arde allí —exclamó la mujer con desprecio—. ¿Debo convertir el hogar del Canciller de Delaware en un hospital para los hombres de Patty Cannon como recompensa por haber enviado a mi hermano a la horca?
Cerró la ventana y la persiana, y los dejó solos en la tormenta.
—Conduce, Derrick, a tu guarida en Cooper's Corners, rápido entonces —dijo Sorden.
Mientras dejaban el camino, un relámpago, tan cercano, tan blanco, que parecieron estar dentro del volumen y el cráter del mismo, envolvió el carromato. Un caballo se desplomó sobre sus cuartos traseros y el otro se encabritó y se soltó de su arnés, mientras el carromato volcaba.
El negro recogió a su indefenso compañero africano y lo levantó sobre su espalda, poniéndose en marcha en una mezcla de avaricia y terror, y diciendo:
—Derrick va a casa, seguro. ¡Mírenme, mírenme!
Van Dorn se puso el dedo en la garganta, por donde la sangre goteaba constantemente, y, con una tos suave, profirió los sonidos:
—Déjenme... bajo un arbusto... para... morir.
—No —gritó Sorden, levantando también a Van Dorn sobre su espalda—; lo amo como nunca amé a un varón.
El fuego de la cárcel ardiendo iluminó su regreso a las afueras de Dover y a la colina de la horca, donde se alzaba el cadalso, partido por el rayo desde la viga transversal hasta la trampilla. Mientras se detenían frente a él para descansar, un caballo y su jinete pasaron tambaleándose, y Molleston, dejando caer su carga, gritó:
—Bill Greenley, ese es nuestro caballo. Lo queremos.
—El suyo es el caballo que lleva encima —gritó el ladrón de caballos fugitivo, mirando con desprecio hacia su propia horca mientras fustigaba a su animal cegado bajo la lluvia.
—Ánimo, Capitán Van —dijo John Sorden, empapado por la lluvia—; ya no falta mucho para Cooper's Corners.
CAPÍTULO XXXVI.
DOS WHIGS.
—¡Goy! Mira los árboles, amigo Custis —dijo John M. Clayton, de pie frente a su oficina mientras el sol naciente golpeaba inocentemente las copas de los árboles en la plaza pública de Dover.
El juez Custis, sentado en una ventana superior, observó que muchos nobles olmos y acacias habían sido hendidos por el rayo, o desgarrados por el viento y las inundaciones provocadas por la lluvia.
—¡Qué noche! —exclamó Custis—; la cárcel quemada, los relámpagos espantosos, y creí escuchar disparos, también.
El juez Custis escuchó a Clayton decir, al entrar en la habitación:
—¿Así que el viejo Derrick Molleston, la tía Braner, te preguntó por mi cena, eh? ¿Y fue Bill Greenley quien quemó la cárcel? ¡Goy! ¿Y la gente negra dio una paliza a los secuestradores en Cowgill House?
—¡Eso hicieron, alabado sea el Señor! —exclamó la tía Braner, fervientemente.
Clayton se volvió hacia un joven en la mesa, ahora vestido con un buen traje limpio, y dijo, mientras la vieja cocinera salía de la habitación:
—Ahora, amigo Dennis, cuenta tu historia. ¡Goy!
El muchacho, a quien el juez se sorprendió al reconocer, comenzó de inmediato:
—Juez Custis, el hombre secuestrador que dejó en la cocina ha robado a la tía Hominy y a sus pequeños negros. Estaban en Johnson's Cross-roads anoche. Tal vez se hayan ido antes de esto. Mi bote fue alquilado para llevárselos, y tuve que ir con ellos, pero escapé de la banda y di la voz de alarma anoche al señor Clayton aquí presente.
Antes de que el juez pudiera responder, Clayton exclamó:
—¡Ahora, hermano Custis, permítame ahora! ¡Deje que mi noble y viejo elector y compañero Whig, Jonathan Hunn, continúe!
—Amigo —dijo un hombre fibroso, delgado y de piel sana—, este joven me sorprendió anoche con la información de que tus amigos de Maryland marchaban sobre la misma capital de Delaware, para robar hombres. Yo estaba en el camino a esa hora tardía con otro propósito cristiano, y el Señor me recompensó con este bueno: traje al amigo Dennis a la puerta trasera de John Clayton, y él nos prestó todas sus armas de fuego. En la pequeña tienda de comestibles de ladrillo de William Parke, justo más allá de Cowgill House —donde me dicen que vende licores fuertes a los negros en contra de la ley, y por eso se gana el nombre entre ellos de 'Kind Parke'— encontré a varios de nuestros negros libres de Delaware, temo que en malos pasos. Así que comenté: 'Si William Parke, contra la ley, te ha estado vendiendo brandy en una cáscara de huevo, como si no supiera su contenido, le pagaré para que repita pronto la vil tentación, porque vosotros que sois del mundo debéis luchar esta noche'.
—¡Goy! —dijo Clayton, animándose—; los cuáqueros incitan a otras personas, ¿no es así? ¡Goy!
—Allí se consiguieron otras armas de pólvora, y barricamos Cowgill House de manera que fuera a la vez un señuelo y un avispero. Desprecio tanto la guerra y a los hombres de guerra que he estudiado algo de sus campañas, y sugerí, amigo Clayton, que la escalera era una buena posición táctica defensiva —¿es ese el término vano?— para enviar una descarga por la puerta principal, y un fuego de flanco en cada puerta y ventana de los lados del vestíbulo de Cowgill. También dominaba el patio trasero por una ventana en la escalera. Una puerta debajo de la escalera fue barricada. Hubo un festival, o banquete, dado esa noche, con el permiso del ausente amigo Cowgill, por esta gente de color de Dover. No me extrañaría que fuera diseñado o descubierto por estos sinvergüenzas de tu línea estatal, amigo Custis. Les dije a los hombres armados que dejaran a sus mujeres abajo en el salón de banquetes hasta que comenzara el ataque, y luego que las dejaran escapar por la escalera, y que defendieran esa escalera como hombres pecadores. Pero primero un espía negro llamó a la puerta, y se le echó un lazo al cuello, y dos de los muchachos negros lo amordazaron. Luego se realizó el ataque y, bajo mi orden, se apagaron todas las luces.
—Oh, Juez —intervino Levin Dennis—, ¡fue breve y terrible! El capitán Van Dorn había llegado al pie de la escalera, cuando los negros a mitad de camino dispararon sobre su cabeza y derribaron a casi todos. El hombre cuáquero aquí presente entonces ató al capitán y lo arrojó, herido, por la ventana alta. Me compadezco de Van Dorn, pero dice que está en un mal negocio. Espero que no esté muerto.
—¿Quién es este Van Dorn? —preguntó el juez Custis—. He oído hablar de un temerario así, pero nunca ha molestado a Princess Anne.
—Corrí y me escondí en los aleros profundos del desván —continuó Levin—, que está construido como armarios, y las avispas de allí, que entraban a chupar las flores de las enredaderas que habían crecido a través de los aleros desde el exterior, volaban en la oscuridad entre las chicas amarillas que estaban escondiéndose y rezando, y sin sentir nunca las picaduras de las avispas, pensando en esos secuestradores. Creo, caballeros, que los secuestradores nunca volverán a Dover.
—Dos cosas me sorprenden —dijo Clayton—: que Joe Johnson se atreviera a asaltar la mismísima Dover después de la paliza que le di; y que los negros libres pudieran hacer tal defensa.
—¡Ah! John Clayton —habló Jonathan Hunn—, hubo un testigo blanco allí, para afirmar que solo defendieron sus vidas.
—Fue el Capitán Van Dorn quien asaltó Dover —dijo Levin—; Joe Johnson es un cobarde.
—Juez Custis —dijo el señor Clayton—, usted y yo podemos salvar a esta península, al menos, de las agitaciones seccionales que se avecinan. Usted debe entregar a Delaware a la vieja Patty Cannon y a su casa. Ahora vive de su lado de la línea. Venga a la oficina del Gobernador conmigo, y conseguiré una requisitoria para ella por el asunto de anoche. El joven Dennis aquí conoce a la banda; el amigo Hunn vio el ataque.
El rostro del juez Custis se volvió repentinamente preocupado.
—Clayton —dijo—, preferiría no aparecer en este asunto. De hecho, debe disculparme.
—¡Qué! —dijo Clayton—: ¿dudar en hacer una pequeña cosa como esta, después de las opiniones libres que ha expresado?
Hubo una larga e incómoda pausa. El cuáquero se levantó y, mirando fijamente al juez Custis, dijo:
—Nadie más que el Dios Todopoderoso conoce los secretos de la mente de un esclavista. Ningún hijo de Adán es apto para ser absoluto sobre ninguna criatura humana.
—¡Amén! —dijo el juez Custis, humildemente.
* * * * *
Las noticias de Princess Anne confirmaron la pérdida de los esclavos de Vesta Custis. Se le dijo al juez Custis que regresara a casa y tomara medidas para su recuperación, pero estaba extrañamente apático. El día después del asalto, Levin Dennis desapareció, y Clayton solo dijo:
—¿Quién hubiera pensado que ese muchacho de ojos suaves ya estaba fascinado por estos secuestradores? Ha tomado su caballo y ha vuelto con Patty Cannon.
El juicio contra la Canal Company requirió una gran cantidad de investigación, ya que los libros de leyes eran entonces escasos, y los precedentes por incumplimiento de contrato contra corporaciones no eran muchos; esta forma de vida legal era comparativamente moderna en aquellos días, como el amanecer de la era floral, o antes de que los megaterios pastaran sobre los árboles o los iguanodontes nadaran en los canales. Clayton y Custis caminaban, comían y se acostaban juntos, comparando conocimientos y sugerencias, y la mente litigiosa de John Randel, Junior, resultaba bastante irritante para ambos, por lo que, para deshacerse de su compañía en Dover, los dos abogados, mientras tanto abastecidos de dinero por el giro de Meshach Milburn, resolvieron visitar el canal, que estaba a unos treinta kilómetros de distancia.
Los tres hombres comenzaron juntos en un carruaje, después del desayuno, en una mañana suave pero helada, como las que a menudo dan a esta región un brillo invernal y una suavidad como la del clima de Florida. Pasaron varios arroyos de marea, como el Duck y el Little Duck, el Blackbird y el Apoquinimink, y, a medida que avanzaban, los graneros se hacían más grandes, los setos más elegantes y recortados como los de los Países Bajos franceses, los huertos de melocotoneros sin hojas se extendían como las plantas de té en China. Dos o tres pequeños pueblos salpicaban el camino, los bosques cedían el paso por completo a granjas más pequeñas y, en un fondo empinado llamado Fiddler's Bridge, cruzaron los campos hacia una vieja mansión de cuatro chimeneas y galerías, al final de un largo camino, y cerca de un gran estanque estancado, donde John Randel, Junior, como él mismo se nombraba plenamente en cada ocasión, tenía servida una magnífica cena.
Después de la cena, se lanzaron al arroyo en un bote de remos y vela, ante la inquietud del señor Clayton, y salieron a través de hectáreas de nenúfares, ratas almizcleras y tortugas innumerables, y muchas aves silvestres, hacia el Canal Chesapeake y Delaware, que se extendía durante varios kilómetros a través de un estanque o alimentador gigantesco, como una zanja dentro de un pantano.
El remero negro ató su bote detrás de una embarcación que pasaba, la cual los remolcó hasta las esclusas del río Delaware, en un punto frente a una isla llena de sauces, y donde se había comenzado una "ciudad" embrionaria en las marismas, y allí esperaron el paquete proveniente de Filadelfia. El señor Randel tomó a su hombre negro, una persona de semblante triste pero inexpresivo, para que fuera una especie de piano o modelo sobre el cual tocar sus gestos feroces.
—Clayton —dijo, sentado en una esclusa de piedra en el crepúsculo de la tarde—, debería haber sido abogado. No es que no sea el mayor ingeniero teórico del país, pero mi genio legal se interpone, y demando a los villanos que me emplean.
Aquí le dio una sacudida violenta al melancólico negro, quien la recibió tan impasiblemente como una botella de medicina agitada por el médico.
—Sí, demandaste al juez Ben Wright y él te desestimó.
—Te diré un nuevo axioma, Clayton —gritó el serio ingeniero, poniendo al negro sobre sus corvas y sentándose sobre él—; quien emplea al genio tiene que ser un sinvergüenza. Es así por la naturaleza de sus relaciones. Desvía al genio de su plena expresión, absorbe la virtud de él y es un fraude.
Aquí pateó al negro debajo de él, quien apenas protestó.
—Bueno, entonces —dijo el juez Custis—, como Clayton es un hombre de genio, y tú lo empleas...
—Soy un sinvergüenza, por supuesto —exclamó Randel—. Su sentido de la ley y el derecho debe ceder ante mis ideas. ¡Ahora mira este canal! Si no me hubiera visto obligado a ceder ante la corporación sin alma que me empleaba, lo habría excavado a la profundidad que las mareas de las dos bahías lo habrían llenado, en lugar de represar los arroyos para alimentadores y bombear agua hacia él con bombas de vapor. Entonces los buques de guerra del país podrían pasar, y el canal sería purgado por cada marea.
Se levantó y puso su pie sobre el negro, ante la diversión de los muchachos que se reunían alrededor.
—John Fitch, el ingeniero —dijo John M. Clayton—, dejó un testamento curioso; comienza: 'A William Rowan, mi fiel amigo, le lego mi sombrero de castor'.
El rostro del juez Custis se ensombreció, pensando en otro sombrero que había entrado en su familia.
La barcaza en la que se embarcaron tenía numerosos pasajeros, y pronto llegó a un pequeño pueblo de esclusas y puente giratorio, y, unos kilómetros más allá, entró en una pieza de trabajo seria, dejando el canal de un arroyo, del cual el canal se había aprovechado anteriormente, y cortando a través de la cresta baja de la península, que, para el juez Custis, parecía casi montañosa. Era de esa opulencia patriótica, apenas por debajo de la imaginación, que se regocijaba en las obras públicas, y este pequeño canal, de solo catorce millas de largo, era, con dos o tres excepciones, la única obra realizada en la Unión, omitiendo carreteras y puentes. Construido por el gobierno nacional, por tres de los estados que conectaba y por suscripción privada, había implicado dos millones y cuarto de dólares de gasto; no era una carga ligera cuando la población era, según el censo anterior, menos de ocho millones de blancos en toda la tierra.
Los problemas familiares del juez Custis se desvanecieron de su mente mientras miraba hacia el corte profundo, de casi setenta pies de altura de orillas, con arenas amarillas y verdes, y manchas de hierro y estratos de marga, parte de los cuales habían vuelto a caer en la excavación y amenazaban de nuevo la navegación; y, cuando vio un puente, llamado el Buck, saltar sobre el abismo noventa pies por encima, con un vano que entonces parecía sublimidad misma, tocó a Clayton y dijo:
—¡No importa mis fracasos! Gracias a Dios, soy un Whig.
—¡Goy! No hay nada como eso —dijo Clayton.
No lejos de este punto, el canal pasaba por una vieja iglesia y cementerio en un puente donde el señor Clayton dijo que estaba enterrado su tocayo, el gobernador revolucionario de Delaware. Aquí el sencillo transporte de Randel los recogió, y bajo la luz de la luna condujeron unos kilómetros hasta la propiedad del señor Randel, cerca de las orillas de un río, bajo una larga mesa montañosa de arcilla estéril y manchas de hierro, en la orilla lejana.
—Aquí —dijo Randel— está mi futura propiedad de Randalia. Aquí veré pasar todo el comercio del canal, y embargaré a cada embarcación que pague mis peajes a la Canal Company.
—Randel —preguntó el señor Clayton—, ¿qué eran esas estacas que vi a cierta distancia atrás, corriendo de norte a sur a través de los campos?
—Un estudio ferroviario.
—¿Quién lo está haciendo?
—Dicen que Meshach Milburn, de Princess Anne.
—¡Goy! —exclamó Clayton—, lo venceré.
* * * * *
Durante dos o tres días, los tres hombres, todavía estudiando el juicio del canal, condujeron por un campo pintoresco, visitando la antigua mansión de los labadistas y su patrón bohemio, Augustine Herman, la granja del difunto ministro de tratados, Bayard, y las antiguas iglesias bautistas galesas entre las colinas de Elk y Christiana, donde yacían algunos de los guerreros de Cromwell. Era la tierra favorita de Whitefield, y en el vecindario había un horno de hierro que el juez Custis examinó con interés melancólico, como una de las inversiones del padre del general Washington más de cien años antes, cuando los indios hacían el hierro. También fueron a Turkey Point, donde el ejército británico fue desembarcado para capturar Filadelfia, y la división de Knyphausen borró la historia de Delaware al llevarse sus registros de Newcastle. Al regresar de uno de estos viajes placenteros, dos mensajes de diferentes puntos quemaron los globos oculares del juez Custis:
«Su esposa murió en Cambridge». «Su hija está muy enferma en Wilmington».
—¡A Wilmington! —gritó el juez Custis, tambaleándose—. ¡Oh, mi hija! La he matado.
CAPÍTULO XXXVII.
ESPÍRITUS DEL PASADO.
—¿Qué dicen, William, sobre que hayan encontrado a Jack Wonnell muerto a tiros?
—Se dice generalmente que fue asesinado por los negros por galanterías hacia su color. Se habla de arrestar a la pequeña Roxy Custis.
—¿Qué dice usted, William Tilghman?
—No puedo decir nada. La noche que llevé a Virgie a Snow Hill, pasé por encima del cuerpo del pobre Wonnell. Se vio a un negro extraño por aquí, un enemigo de su sirviente, Samson. La nueva cocinera de Teackle Hall cree que él disparó el arma.
El joven rector sintió la mirada escrutadora de esos ojos de guardabosques resinosos observándolo hasta el fondo.
—Ese disparo estaba destinado a mí, William Tilghman.
—Quizás sea así.
—Fue el disparo de un asesino a sueldo, que confundió los sombreros inusuales de Wonnell con los míos, que no fueron bien descritos para él, o cuya descripción su memoria borracha y excitada no retuvo.
—Señor Milburn, por favor, ahórrele a Vesta esta sospecha.
—Oh, esa alma pura no podría saberlo —continuó Milburn, con un momento de gentileza—, pero algunos de sus orgullosos parientes, ante quienes soy menos que un perro, enviaron al asesino. Creo que adivino quién es el hombre.
—¡No se apresure a sacar conclusiones! Recuerde, Vesta ha sufrido tanto por los errores de los demás.
—Fue asesinado en esta habitación, donde Wonnell nunca había venido antes. La herida muestra que el disparo vino desde un punto inferior, donde no se podía ver nada más que el sombrero de Wonnell, y no sus rasgos. El error de la copa de campana por la cima de torre muestra que fue un trabajo de un extraño: el pobre tonto murió por mí. ¿Ahora de dónde vino el chapucero que me mató por poder?
—Seré franco con usted, señor. Joe Johnson, el secuestrador, también estuvo aquí: Mary lo dice. Para salvar a Virgie de él, la ayudé a escapar.
—Ahora —dijo Milburn—, ¿qué enemigo mío delegó al secuestrador para conseguir un asesino?
Esperó un momento sin respuesta y respondió, en un tono de voz bajo, a su propia pregunta:
—El hombre está en Johnson's Cross Roads: las cartas de Cambridge me lo dicen. Era el hermano de la difunta señora Custis, Allan McLane.
—¡Una vez más le pido que piense en Vesta y en sus muchos sacrificios!
—Lo hago. Le he prometido que nunca recibirá una palabra cruel de mi parte. Pero no perdonaré a mis asesinos. Para ellos seré como alguien a quien han matado, y cuya sangre humea, por venganza. Poseo la única orden que puede expulsarlos de Maryland.
Colocó un fajo de billetes de banco sobre la mesa de manera sugerente.
—Ninguna riqueza se acumula en vano —dijo Meshach Milburn, con sus delicadas fosas nasales dilatadas y su fina mano señalando los billetes de banco—. ¡Ahora, guerra en Johnson’s Cross Roads!
Cruzó la vieja habitación sobre la tienda y, al abrir el baúl verde, sacó el Sombrero Vinculado y lo tomó en su mano con una mueca sombría.
—He aquí algo que pensé dejar de lado por mi esposa —dijo—. ¡Su gente me obliga a usarlo! Pensé que toda malicia hacia este pobre sombrero terminaría con mi triunfo social aquí. Pero no soy un hombre que se asuste. Que me maten, pero será bajo mi ala ancestral.
—¡Oh! Escucha cantar a tu sinsonte de nuevo como lo hacía: "¡Vesta... Meshach... Amor!". ¿Dónde está el pájaro?
Meshach Milburn sacudió la cabeza y se puso el Sombrero Vinculado.
—Tom me dejó —dijo—, cuando empezaron a disparar balas a mi sombrero.
* * * * *
El instinto femenino de Vesta ya había encontrado la explicación de la muerte de Wonnell.
Desde el momento en que conoció a su marido, su fatal sombrero había sido la sombra en el camino de su vida. Su persona nunca le había resultado ofensiva, y algo atractivo o atenuante en él la había llevado, siendo niña, a ofrecer una flor a su sombrero, para darle consonancia con él mismo, que parecía merecer menos mal.
Un insulto imaginario a su sombrero le había hecho pelear con su padre, una disputa que involucró su conquista, no mediante el cortejo, sino mediante el tratado de guerra. El mismo sombrero había inspirado la superstición que llevó a sus sirvientes de cocina a abandonar su cómodo hogar, y había sido el obstáculo insuperable para el consentimiento de su madre a su matrimonio. Había causado las únicas palabras amargas que jamás se dijeron entre ella y su padre. Al final, había derramado sangre, y su tío, bien lo sabía ella por su naturaleza implacable, había azuzado a los rufianes, y sabía también que su marido lo había descubierto.
Su inteligencia, que de otro modo habría sido motivo de orgullo para ella, se convirtió en un tema de temor, involucrado con su sombrero.
Luego, la pérdida de Virgie fue apenas menos grave para Vesta que la de su propia madre.
Era cierto que Roxy, bonita y cariñosa, ahora volcaba toda su devoción a los pies de su ama, pero había habido algo en Virgie a lo que Roxy nunca pudo elevarse: una dignidad y autosuficiencia apenas menores que las de una mujer blanca. Vesta derramó lágrimas amargas ante la noticia de la huida de aquella querida consuelo, y de rodillas, rezando por la delicada joven errante, sintió la convicción de Dios sobre los pecados de la esclavitud. Por desgracia, miles sintieron lo mismo quienes no admitían tal convicción, y dieron excusas que soldaron en una nación, finalmente, a los millones sensibles que no podían ponerse de acuerdo en un sacrificio menor, pero estaban dispuestos a dar la guerra.
Una pequeña nota desde Snow Hill le dijo a Vesta que su doncella ya se había marchado y que solo volvería a escribir desde suelo libre.
Así, el vilipendiado sombrero se usó más a menudo que antes, y Vesta tuvo que sufrir mucha humillación por ello. Su marido ahora se movía activamente para organizar su ferrocarril y visitaba las ciudades de Maryland en la península, llevándola con él y usando en el viaje su chistera al estilo Jacobo I, ahora envuelta en crespón de luto.
En Cambridge, que se asoleaba sobre las aguas como una Venecia inglesa, aplicó los nervios de la guerra a un sentimiento público apático, y la prensa del condado comenzó a pedir la expulsión de Joe Johnson y la entrega de Patty Cannon al estado de Delaware. En Easton, que yace entre las aguas sobre sus tesoros de marga, como una ostra perlera, la gente salía a ver al hombrecito del sombrero puntiagudo, con la hermosa dama a su lado; y Vesta sentía más dolor por su marido que por sí misma, al sentir que su vestimenta estrafalaria estaba perjudicando su ferrocarril, ya que los negocios, no menos que la belleza, rechazan cualquier afectación exterior. En los viejos hogares aristocráticos del río Wye, se prodigaron más ceños fruncidos que sonrisas al excéntrico advenedizo; y en Chestertown, donde se originaron los Peale que llevaron este sombrero a su museo, los muchachos quemaron barriles de alquitrán en la plaza del mercado y marcharon, con sombreros hechos de envoltorios de azúcar morena, como el de Meshach, frente a la morada del anfitrión de Vesta.
Cuanto mayor era la oposición, más indomable se volvía Milburn para superarla. Escribió a su padre para que fuera a Annapolis y trabajara por una concesión ferroviaria y ayuda estatal, y comenzó a nivelar el terreno para su línea en las cercanías de su antigua tienda en Princess Anne, arrojando él mismo la primera palada de tierra, con el sombrero inmemorial sobre su testa. Esta vez no hubo gritos, y casi se arrepintió, pareciendo sentir que las burlas no llevan una malicia profunda, mientras que el silencio es odio.
Leal hasta sus votos más pequeños, y deseando amarle y obedecerle en espíritu plenamente, Vesta sentía que la bondad natural de él se estaba oscureciendo de nuevo por su obstinación en este único punto de un sombrero obsoleto.
Él parecía, en su círculo vespertino en Teackle Hall, una persona más joven y caballeresca, con un traje moderno y zapatillas regalo de Vesta. Su delicada mano lucía bien con el anillo que ella le puso y, cuando hablaba con gran entusiasmo y sentido común, y estaba dispuesto a respaldarlos con coraje y dinero, Vesta pensaba que a su marido solo le faltaba una cosa para igualar a su supuesto pariente, el mártir democrático del siglo XVII, y era otro tocado. Casi temía abordar el tema, sabiendo que una vieja herida es siempre la más sensible, y siendo demasiado directa y franca para insinuar o practicar artes con él.
Ella estaba bordando un gorro de noche de terciopelo para él un día cuando la señora Tilghman envió una sombrerera, y en ella había un fino sombrero nuevo de estilo actual. Él respondió a su carta cortésmente, puso el sombrero nuevo en el perchero de Teackle Hall y nunca volvió a tocarlo.
Después, Rhoda Holland, su sobrina, consiguiendo de algún pretendiente rural una piel de castor —y los castores se estaban volviendo escasos y caros en aquella península—, le hizo confeccionar una elegante gorra con ella para el clima frío que se avecinaba; pero él solo la besó, la puso en el perchero y allí tentó a la polilla.
Sus escalofríos y fiebres continuaron en intervalos, pero se volvió más regular la aversión y oposición de la vieja clase social a medida que él se encargaba de ser el promotor de su región. Lo consideraban una audacia peor que un crimen: los había superado en riqueza y ahora estaba socavando su importancia. Muchos declararon que nunca viajarían en un ferrocarril construido por tal hombre; otros esperaban que lo arruinara; algunos se opusieron abiertamente a su obra y escribieron cartas a Annapolis para perjudicarlo ante la Legislatura, donde el interés de Baltimore ya gritaba fuertemente que un ferrocarril de la Costa Este significaba llevar el comercio y el dinero de Maryland a Filadelfia. Meshach respondió ferozmente que, a menos que el ferrocarril tomara la línea de los condados de Maryland, el estado de Delaware lo construiría y se lo llevaría a Newcastle en lugar de a Elkton, donde Meshach pretendía unirse con un sistema proyectado para Baltimore. Estimando prudentemente la escasez de su fortuna para ejecutar cien millas de terraplén y ferrocarril, Milburn mantuvo, sin embargo, un despliegue de agrimensores y niveladores en varios condados, y su patriotismo local tuvo al menos el aprecio del pequeño círculo de Vesta.
Mientras tanto, la ausencia continuada de Samson le sorprendía, y las cartas del juez Custis eran irregulares y tardaban en llegar a medida que iba más al norte, mientras que dos cartas recibidas por la viuda Dennis eran tan místicas como tranquilizadoras: una, con letra femenina, le decía que su hijo Levin estaba siendo vigilado con ternura, y otra, con letra de hombre, adjuntaba algo de dinero y decía que su hijo pronto estaría en casa. La señora Dennis estaba lejos de ser feliz en este estado mental indefinido, y su corazón también le decía que la ausencia de James Phoebus era una tensión diferente. Ella ya amaba demasiado a ese ausente como para perdonar su silencio.
Un día, antes de noviembre, Vesta le dijo a su marido:
—El aire y el cielo siguen cálidos y brillantes, y las rosas están fuera. Trabajas demasiado entre tu caso del canal y tu ferrocarril. Llenemos los dos carruajes y conduzcamos hasta la vieja Rehoboth, y cenemos allí.
Él consintió, y llevaron con ellos a la abuela Tilghman y a William, a Rhoda Holland, a Roxy y a la señora Dennis, y también a la pobre mujer libre, Mary, a quien Jimmy Phoebus había liberado de sus cadenas.
El camino pasaba a la vista del lugar de nacimiento del león de la independencia en Maryland, Samuel Chase, quien forzó a ese estado vacilante, mediante amenazas e incluso disturbios, a declarar su separación permanente de Inglaterra, como Henry Winter Davis, por los mismos medios, ochenta y cinco años después, obligó a sus rebeldes contra la Unión a mostrar sus cartas.
Cerca del lugar de nacimiento de Chase, en el terreno de la iglesia, se alzaba la antigua Washington Academy, en un campo, levantada en aquel temprano día republicano cuando una fiebre generosa por la educación, tras el acto de tolerancia, creó algunas escuelas nobles que el crecimiento de las ciudades finalmente desalentó. Con cuatro grandes chimeneas sobre su techo cónico, y frontones y cúpula, y dos amplios pisos, y un sótano alto, todo hecho en sobrio ladrillo oscuro, la academia aún tenía un aspecto lúgubre y descuidado, como si, al igual que el hombre, estuviera reflexionando sobre los tiempos más brutalizados y la menor ilustración que los sistemas falsos siempre requieren.
—¡Ah! —dijo el marido de Vesta—, cuántos pobres muchachos has enviado desde allá mutilados de por vida, querida, como los amantes de la abeja reina.
—¿Cómo es eso? —preguntó Vesta.
—¿Nunca oíste hablar de la abeja reina? Las mujeres, cuando mueren, pueden convertirse en abejas, y revertir sus duras condiciones en esta vida. La abeja reina no tiene rival en la colmena; todas las demás hembras allí son inmaduras, y todos los machos mueren por la reina. Ella tiene quinientos amantes, tan enamorados de ella que nunca trabajan, y cuarenta veces más doncellas, como las de Penélope, todas bordando panales y cera.
—¿Cómo se probó eso?
—Poniendo a las abejas en una casa de cristal y observándolas. Para Dios, toda la humanidad puede estar en una colmena de cristal también, y la biografía secreta de cada zumbador puede ser guardada.
—¿Y la luna de miel de la abeja reina?
—De ella se toma esa palabra. Ella vuela alto en el aire y encuentra un amante por casualidad; tiene tantos que uno seguramente será encontrado; ella lo besa en ese remolino de cristal de sol, y, en el transporte, él es herido en el corazón. ¡Cuántos jóvenes zánganos de la academia te han visto una vez y se han desmayado de por vida!
—¿Pero la abeja reina también tiene un destino alguna vez, señor?
—Sí. Ella deja la antigua colmena finalmente, y se posa en algún árbol forestal antiestético en algún lugar, y todos los que la aman la siguen: la hierba largamente descuidada se vuelve ocupada con música y dulzura, y el destello de alas plateadas, hasta que en algún cono de árbol de goma el granjero reúne el enjambre, y es su hogar.
Vesta miró la ilustración poética y vio el sombrero cónico de su marido, en el que ella había sido colmenada, y sus ojos cayeron sobre sus ropas de luto.
"¡Oh, padre mío! —pensó—. ¿Ha mantenido sus buenas resoluciones? Es todo lo que me queda por esperar".
Viajaron por los pasillos del bosque nivelado, a veces los acebos, con su follaje verde y fruto rojo, a veces el verde del pino limpio, enriqueciendo la concavidad marrón de los robles; y en el asentamiento disperso de Kingston, el candidato Jackson para gobernador, el señor Carroll, hizo una reverencia desde su puerta. Cruzando Morumsco Creek, se dirigieron hacia el este y pronto vieron, en una llanura, la aún animada aldea eclesiástica de Rehoboth, extendiendo sus dos antiguas iglesias ante la visión.
El camino corría hasta la orilla del río Pocomoke, donde todavía se mantenía un transbordador hacia la orilla opuesta y la tierra de Virginia de Accomac, y la marea fría, sin una vela, iba serpenteando hacia un estuario de ostras de la bahía, donde el barro en el fondo era tan blando que los barcos encallados en él aún podían continuar navegando, como en el globo cenagoso en el que Noé llegó a tierra.
Cerca había conchas de ostra tan altas como un acantilado natural, hechas por los gourmets indios antes del viaje de navegación de John Smith.
Vesta fue dejada en la gran iglesia episcopal en ruinas que, como un castillo de ladrillo, formaba la puerta de entrada de Rehoboth; mientras que William Tilghman y Rhoda paseaban hacia la puerta abierta de la iglesia presbiteriana de ladrillo más adelante, y Milburn guardaba los caballos en la taberna.
—William —preguntó Rhoda—, ¿fue esta la primera iglesia presbiteriana hecha aquí?
—La primera en Estados Unidos, Rhoda. Esta fue la iglesia del reverendo Francis Makemie. Vivía en Virginia, no lejos de aquí, donde no se permitía otro culto que el nuestro, así que cruzó el Pocomoke y levantó una iglesia de troncos en este punto, y este es el tercer o cuarto edificio de iglesia en el lugar. Rehoboth llegó a ser un punto tal para el culto que la Iglesia Establecida levantó allá aquel noble y viejo edificio, como para intimidar a esta calvinista, en 1735.
—Es una vieja casa extraña —dijo Rhoda—. Las pequeñas puertas que se abren desde el vestíbulo hacia las galerías laterales enviaban una corriente de aire directo por la espalda del predicador al otro extremo, y cuando él daba el himno, "Soplad la trompeta, soplad", siempre se sonaba la nariz dos veces. Así que tapiaron las galerías y bajaron el techo plano, y si subimos allí podemos ver el otro viejo techo redondo, William.
Así que subieron las estrechas escaleras desde la puerta y llegaron a los tubos de galerías, todos cerrados a la congregación, y allí, sentados en la oscuridad, el predicador pasó su brazo alrededor de la cintura de Rhoda.
—Ten cuidado —dijo ella—; tal vez estabas predestinado a perderte aquí. Me da miedo estar aquí medio a oscuras, incluso con un buen hombre.
Sin embargo, ella se acercó un poco más a él y lo miró a los ojos con los suyos, pícaros y recatados. El joven rector la besó repentinamente.
—Te lo has buscado tú misma, Rhoda, al verte tan bonita en este severo lugar antiguo de credos y catecismos. ¿Podrías amarme si te lo pidiera?
—No podrías amarme de verdad, William. Tu corazón está en la otra vieja iglesia entre los murciélagos y los zorros, donde la tía Vesty se sienta en este minuto.
—No, mi dolor está allí, Rhoda. Estoy tratando de construir un nido para mi corazón. Todos debemos amar.
—William, no creo que un joven enamorado pueda recordar tanta historia cuando está sentado en la oscuridad junto a su chica.
—El amor entre las ruinas es siempre melancólico, Rhoda.
—Sí, William, y tu amor surge de ellas: las ruinas de tu viejo primer amor. No podría hacerte feliz.
—Inténtalo —dijo William—; mi fantasía se inclina hacia ti. Eres una chica hermosa.
—Sí —dijo Rhoda, con pragmatismo—, es hora de que me case. Creo que te tomaré a prueba y vigilaré a la tía Vesty para ver si está celosa de mí.
Todas las diferencias de educación desaparecieron cuando, al estar de pie por un momento con esta chica alta y esbelta en sus brazos, su naturaleza ardiente en el rubor de la incertidumbre, su misma coquetería languideciendo, como la salud tomando cautiva a la religión, el rector de Princess Anne sintió que no hay medicina para el amor sino el amor.
Caminaron juntos alrededor del viejo edificio cuadrado, entre las tumbas de los Tilghman, Dryden, Revell y Beauchamp, y vieron las ventanas de tapa redonda y las puertas dobles en ladrillo arqueado, y, regresando por el camino, entraron al recinto de la gran y vieja iglesia episcopal, que tenía casi ochenta pies de largo y presentaba su flanco de ladrillo negruzco, y una doble hilera de espaciosas ventanas, a la absoluta deserción de este lugar forestal.
El cementerio era una espesura de brotes de goma y álamo, y arbustos de bayas, con manzanos, cedros y cerezos silvestres más arriba, y aún más altos los húmedos sicómoros y arces, creciendo sobre mirto casi hasta la rodilla sobre las olas de viejas tumbas.
En una hermosa carpintería, las trece ventanas en este lado masivo sostenían en sus marcos trabajados a mano más de cuatrocientas láminas de vidrio tenue, y dos grandes ventanas en el frontón tenían cincuenta láminas cada una, y se mantenían firmes, aunque la pared entre ellas, de cincuenta pies de ancho, se había caído y había sido reemplazada con una mano de obra más pobre. En el frontón opuesto había otra puerta que había sido forzada, y, al cruzar el umbral, una grieta, como hielo pisado por primera vez, fue dividiendo el largo y elevado vacío con estruendos de advertencia.
Ahora, todo el interior, en una fina perspectiva, quedó expuesto, al menos setenta y cinco por cincuenta pies, como un salón majestuoso sin interrupciones por galerías laterales, y con dobles pisos de ventanas arrojando una luz brumosa, y, en el extremo distante, un púlpito bajo, con un altar espacioso. Las paredes de este templo descuidado tenían dos pies de espesor, y su techo alto se mantenía sin caer por diez rudos puntales de madera de carpintería reciente y tosca; los bancos eran cosas majestuosas y de vallas altas, numerados en letras blancas sobre un fondo negro, y cada uno de cuatro lados, para contener a diez personas; los cojines de damasco podrido en muchos de ellos hablaban de una antigua aristocracia, mientras que ahora toda la congregación podía ser reunida en un solo banco, y el culto era desconocido salvo una vez al año, cuando el obispo venía a leer su liturgia al polvo y la desolación.
Así, en el cabo occidental opuesto de la bahía de Chesapeake, temblaban los sacerdotes romanos de la fundación de Calvert, en el páramo de la vieja St. Mary's; los rebaños habían dejado a los pastores, y solo cincuenta personas venían a adorar en la iglesia de los primeros presbiterianos.
Dos estufas altas, antaño consideradas elegantes, estaban casi a mitad de camino del suelo de la iglesia que se agrietaba; y Mary, la mujer libre, había hecho fuego en una de ellas, y la madera de pino rugía, y la larga altura del tubo humeaba. Asustada por el fuego, una zarigüeya venerable salió de uno de los bancos y se tambaleó por el pasillo, como un devoto gris que hubiera rezado sus oraciones y no temiera a nadie.
Vesta estaba leyendo su libro de oraciones en voz alta cerca de la estufa para la bonita viuda y la abuela Tilghman. En pocos momentos, el joven rector emergió de una curiosa galería antigua para personas negras, junto a la puerta, vistiendo su sobrepelliz; y leyó el servicio en el escritorio, lastimero y simple, respondiendo Milburn y su grupo en la sala en la que mil podrían haber adorado.
—Prima Vesta —dijo el ministro después del servicio—, la señorita Holland va a intentar amarme. Señor Milburn, ¿puedo cortejarla?
—Es una pieza obstinada —dijo Meshach—; primero debes educarla. Deja que mi esposa dé mi consentimiento.
Vesta fue hacia ambos y los besó:
—Me siento muy animada, queridos Rhoda y William, al ver el amor comenzando por todas partes. Ahora, Norah, si pudieras ser justa con James Phoebus, ¡quien está probando su amor por ti, tal vez, con su vida!
—Sí, esa es una unión que apruebo —dijo la abuela Tilghman—, pero no quiero que Bill se case. Los hombres decepcionados hacen selecciones precipitadas.
—Oh —dijo Rhoda—, no lo felicite demasiado pronto; todavía no lo he aceptado. Él me va a enseñar a través de los libros, y yo le enseñaré a él a través del bosque.
Caminaron juntos hacia la orilla del río, y la señora Dennis hizo que la pobre mujer, Mary, contara las aventuras de Jimmy Phoebus para salvarla de la esclavitud. Todos quedaron profundamente conmovidos.
—Ahora, Norah —dijo la abuela Tilghman—, en el momento en que ese hombre regrese, ve hacia él, bésalo y dile: "James, has sido el único padre para mi hijo. ¿Quieres que sea tu esposa?". Este mundo está hecho para casarse, Norah. Las mujeres no tienen otra carrera. La naturaleza no valora el cerebro de Shakespeare, sino que mantiene caliente la semilla de cada planta vagabunda, y lo casa todo.
—Bueno —dijo Vesta—, Norah ama a James Phoebus; ¿verdad, Norah?
La viuda se sonrojó.
—Acéptalo, mi bonita vecina —dijo Milburn.
Mientras todos la miraban, ella lloró repentinamente:
—Quiero hacerlo, de hecho. Lo habría hecho antes, pero soy supersticiosa. ¿Quién es el que me alimenta tan misteriosamente?
—¿Ha estado viniendo últimamente? —preguntó la señora Tilghman.
—No, no desde que ustedes se casaron, Vesta.
—Entonces creo que no vendrá más —dijo Milburn—. Has esperado más tiempo del que yo lo hice.
Sus ojos buscaron los de su esposa. Añadió:
—¿Seré alguna vez algo más que tu marido?
—Sí —dijo la abuela Tilghman, con un esfuerzo especial—, cuando uses un sombrero del que una esposa joven no se avergüence.
Todos sintieron un escalofrío ante estas palabras de la mujer ciega. Milburn dijo, con gravedad:
—¿Cómo puedes saber sobre sombreros, cuando no puedes verlos?
—Oh —dijo la abuela, sintiéndose ella misma un poco asustada—, creo que ese sombrero puedo olerlo.
* * * * *
Aquella misma noche, en Princess Anne, la señora Dennis, en su pequeña casita, se desvistió junto a un rescoldo de la chimenea que de vez en cuando iluminaba el retrato de su marido, tal como la había dejado dieciséis años atrás, cuando Levin era un bebé: un hombre joven, rubio y rico, vestido con uniforme naval, como Decatur, cuyo lugar de nacimiento estaba tan cerca del suyo.
Su cabello dorado se rizaba sobre la frente, sus ojos azules estaban llenos de gallarda audacia, y su boca roja y fruncida era como la de una mujer; sobre su brazo sostenía un bicornio con cordones, unas charreteras adornaban sus hombros con borlas, su rico abrigo azul estaba cruzado con oro a lo largo de las anchas solapas y se mantenía rígido alrededor de su cuello y de su corbatín velloso y sus chorreras en forma de abanico. Parecía un simple muchacho, pero del temple que hizo de los oficiales y corsarios estadounidenses de sus días los únicos galardones del republicanismo de los mares contra el dominio por lo demás universal de Inglaterra.
Este retrato, la última de sus posesiones familiares, fue el regalo de despedida del joven marinero cuando zarpó en el Ida, dejándola como una chiquilla, con su hijo sobre su pecho. El cuadro colgaba sobre la humilde puerta, cuyo cerrojo nunca se echaba en aquella sociedad serena, y rara vez se hace hasta el día de hoy.
La señora Dennis se arrodilló sobre el suelo desnudo y alzó sus brazos torneados, blancos como su espíritu, hacia el amante de su juventud:
—¡Oh, tú a quien he adorado desde que Dios me dio a sentir la belleza y la fuerza del hombre en mi infancia, si alguna vez he mirado a otro hombre que no fueras tú con amor o vacilación, repréndeme ahora por la ofensa que voy a cometer, si es que tal es, al elegir otro padre para tu hijo!
Un gemido bajo pareció exhalarse sobre la medianoche desde algún lugar cercano, y la tos de un enfermo pareció romper el silencio perfecto. La mano de la viuda se cubrió el pecho instintivamente mientras escuchaba y, sumida en el espíritu de su oración, continuó:
—¡Oh, Bowie, si vives, házmelo saber! Que no viva para verte llegar y encontrarme en brazos de otro; tu mirada me mataría. Si estás retenido por enemigos, por gente salvaje o por un amor extranjero, no importa cuáles sean tus errores, ¡seguiré siendo fiel! Dame alguna señal por el Dios que te tiene bajo su custodia, ya sea que yazcas en el fondo del océano o que mires desde las estrellas. Si estás muerto, amor de mi juventud, ¡asegúramelo, oh, te lo ruego!
El gemido y la tos seca parecieron repetirse muy cerca. Pareció oírse un paso.
La puerta se abrió de golpe y, a la luz de la luna, apareció un hombre, pálido como un fantasma, de aspecto bandido, con ropas de estilo español y la cabeza y el cuello envueltos en vendas, como los heridos en las baterías de los buques de guerra.
Clavó en ella los ojos del retrato que colgaba sobre la puerta. ¡Qué cambiado! ¡Qué parecido! Parecía haber en su garganta una mancha de sangre.
La viuda, fascinada, helada, dejó caer sus brazos de marfil y, mientras miraba, su hermoso cuello, tenso por el horror y el asombro, recibió sobre su nieve el éxtasis del brillo de Diana.
La efigie, tan parecida a su marido, aunque tan alterada, le tendió la mano, en la que un diamante atrapó la luna y pareció beberla. Un gemido, como los otros que ella había oído, brotó de sus labios y pronunció las palabras:
—¡Perder esos encantos! ¡Perder ese corazón! ¡Oh, Dios!
Mientras estaba allí, macilento y suplicante, como si fuera a caer y morir en su umbral, otra mano surgió a la luz de la luna y cerró la puerta entre ellos. Una voz que ella no había oído exclamó con ternura:
—¡Lo amo como nunca amé a un hombre!
—Es el espíritu de mi marido —exhaló la viuda—. No puedo casarme.
Se desmayó sobre el suelo, ante el fuego moribundo.
CAPÍTULO XXXVIII.
LA HUIDA DE VIRGIE.
Snow Hill, cuando Virgie miró hacia ella, casi parecía construida sobre nieve, pues una arena blanca componía las calles, los jardines y los campos, aunque el aire húmedo traía vegetación incluso de esto, y las enredaderas trepaban, los sauces se inclinaban, las flores florecían al borde del invierno, y grandes sicomoros moteados, como gigantes pecosos, y nobles robles se elevaban a alturas que presagiaban una rica nutrición en sus raíces.
El calor, la humedad y la sal habían hecho habitable la tierra, y el viento de un mar que se había retirado había acumulado la arena hace mucho tiempo en montículos ahora cubiertos de verdor, que el capricho o la afición del dueño de la mansión había llamado colina, poniéndole su propio nombre, tal vez con recuerdos del viejo Snow Hill en Londres.
Sobre este aparente banco o colina se alzaban dos iglesias venerables, ambas de ladrillo inglés: la episcopal, cubierta de hiedra, y la presbiteriana, que había dado su nombre al primer sínodo de la Kirk en el nuevo mundo, y ahora se alzaba, rodeada de lápidas, donde el visitante podía leer nombres escoceses dejados a huérfanos en Worcester, como allí en el cementerio episcopal, nombres dejados a huérfanos ingleses en la misma marea de sangre; y Worcester era el nombre del condado, como podrían atestiguar el tribunal y la cárcel.
Escondido en la arena, como la copa de Benjamín en el costal de maíz pedregoso, un brillo dorado aún parecía traicionar a Snow Hill a medida que el sol se elevaba entre sus viejos árboles y despertaba a los pájaros de garganta líquida, y finalmente hacía que el viejo ladrillo y las casas aún más viejas encaladas brillaran y exhalaran un suave humo azul. Virgie oyó un sonido como de cascos sobre un puente y vio, al otro lado del río bordeado de lirios, el carruaje de los Custis serpenteando por un camino dorado.
—Sola —dijo Virgie—; el amor se ha ido. Ahora debo vivir para la libertad.
—El desayuno, señorita —dijo una mujer pulcra, de rostro amable pero resuelta, de la misma estatura y color que Virgie—; mi esposo va a llevarla fuera de la ciudad antes de que cualquiera de los blancos se levante a verla.
En la mesa había un hombre mulato, a quien la mujer presentó como su esposo.
—Señora Hudson —dijo Virgie—, ¡está haciendo tanto por mí! ¡Que el buen Señor se lo pague!
—Oh, no —respondió la mujer—, siempre me levanto a esta hora. Trabajo duro porque estoy tratando de comprar a mi madre, que todavía es esclava.
—¿Cómo llegó a ser libre? —preguntó Virgie, con nostalgia.
—Le salvé la vida a un caballero enfermo, y él me compró por ello y me dio la libertad. Mire, tengo un salvoconducto que dice el color de mis ojos y de mi piel, mi peso y todo. Con esto puedo ir a Delaware y a los estados libres. Ojalá tuviera uno, señorita Virgie.
—Oh, señora Hudson, cuánto desearía tenerlo. Déjeme leerlo. Vaya, casi podría pasar por usted con esta descripción.
—En efecto, podría —dijo la ama de casa—; no tenemos la misma edad, pero los blancos no leen un salvoconducto con mucho cuidado.
—¡Cómo amaría a cualquiera que pudiera conseguirme un salvoconducto así!
—He dado mi palabra de honor de que nunca lo prestaré. Por mucho que me guste ayudar a los de mi color a alcanzar la libertad, no puedo faltar a mi palabra. Mañana tengo que ir a Delaware con mi salvoconducto para cuidar a una señora.
—¿Usted atiende a los enfermos, señora Hudson?
—Sí, tengo una especie de vocación para eso, señorita Virgie. Desde que era niña recolectaba hierbas y las probaba conmigo misma, y estudiaba el cuidado de las personas, observando sus mentes, que es gran parte de la enfermedad, y cómo envolverlas y frotarlas. Mi esposo saca ostras en las ensenadas. Aquí está su carro.
—Que el Señor la recuerde en la necesidad, querida señora Hudson.
El viejo carro, una cosa abierta para vender ostras y pescado, fue conducido a través de la ciudad hacia el sur, y pronto estuvo en campo abierto, yendo hacia Virginia. Un olor a bahía salada parecía estar en el aire; los nidos de halcón en los árboles muertos indicaban el elemento que sustentaba todo, y los árboles en los campos eran a menudo de tamaño señorial, aunque la arena y los pequeños bosques de robles y pinos rara vez estaban fuera de la vista. Al girar hacia un callejón cerca de un pequeño lugar de culto junto a la carretera, un joven blanco pasó a caballo y, al ver a Virgie, refrenó y gritó:
—¡Bonita, bonita, bonita como los melocotones con nata! Hay sangre de la vieja Virginia en esos ojos, ¡por el Alférez!
El hombre de color murmuró: —¡Siga su camino, señor Wise!
—Por el Alférez ahora —continuó el hombre, que era joven pero de rostro cadavérico—, si es una buscona de Maryland, es maravillosa. ¿Cuál es el nombre, chica ángel?
—Es una señorita Spence. La estoy llevando a casa —intervino apresuradamente el mulato, y entró por la puerta, mientras el jinete, con un grito como de alguien embriagado, galopaba hacia el norte.
—¡Siento que la haya visto, la verdad! —dijo el conductor—; ese es Henry A. Wise, el gran abogado de Accomac. Tal vez pregunte en Snow Hill, donde va al tribunal.
—¿Qué casa es esta, señor Hudson? —preguntó Virgie, al ver al final del corto callejón una casa robusta con porche y pequeñas dependencias agrícolas a su alrededor.
—Esa es la vieja Spring Hill, construida por el primero de los Milburn; por el que hizo el testamento dejando su sombrero y nada más a su hijo. Tiene extremos de ladrillo. Supongo que tenían dinero cuando llegaron aquí, Virgie.
El temple avivado de la joven notó que había dejado de llamarla "señorita".
—Ahora —dijo Hudson—, voy a dejarla aquí con mi hermana hasta que vea cómo conseguir un bote. Si la siguen hasta Snow Hill, se sabrá que salió por este camino, ahora. Las ensenadas corren a lo largo de la costa, pasando la línea de Delaware. Voy a llevarla en barco pasando Snow Hill otra vez y despistarlos. Sí, señorita Virgie, la sacaré de aquí aunque me cueste todo lo que he reunido.
Una luz de entusiasmo parecía estar en sus ojos.
Virgie fue instalada en un desván sobre la cocina de la casa y dejada a sus pensamientos. El lugar estaba casi a oscuras y ella estaba agotada por la falta de sueño, pues la emoción de la noche anterior había sacudido su sistema nervioso, y pronto comenzó a dormitar intermitentemente y a soñar casi despierta.
Vio a Meshach Milburn, que parecía haberse convertido en un niño pequeño de rostro anciano, estirándose hacia una persona mayor, muy parecida a él en sus rasgos, y tomando un sombrero de copa de su mano. Este niño mayor se estiró hacia atrás y tomó un sombrero similar de otro, aún más viejo; y entonces los dos primeros se desvanecieron, y dos ancianos estaban dando y recibiendo el sombrero.
Entonces no quedó nada más que el sombrero, que era un objeto enorme del que brotaba fuego, y junto a la llama un círculo de magos daba vueltas y más vueltas con vértigo y alegría, todos usando sombreros de forma similar, pero más altos, más altos, hasta que alcanzaban el cielo y las estrellas, y cada uno escupía llamas.
Entre estos magos desenfrenados reconoció los rasgos del secuestrador alto y del juez Custis; y Vesta también estaba allí, y la vieja tía Hominy, todos lanzándole una mirada apresurada de vergüenza, dolor o severidad, hasta que ella, temerosa pero fascinada, saltó al círculo y bailó dando vueltas con el resto, hasta que sus pies hicieron un camino de fuego y su cabeza ardía, y finalmente perdió el equilibrio y cayó dentro del gran sombrero, cuyas altas paredes, como montañas, la rodeaban, y no podía ver nada en el fondo de la vieja teja de fieltro más que una pequeña tumba, y asomándose desde ella estaba el rostro del niño asesinado que el secuestrador se había llevado.
—Ven —dijo una voz, y Virgie se despertó, con fiebre en las sienes y las manos calientes, al ver la cabeza de su conductor mirando hacia el desván como si tuviera los ojos inyectados en sangre.
Solo supo que iba de nuevo en el viejo carro, y que un muchacho iba en él, y que después de cierto tiempo, no pudo decir cuánto, fue ayudada a bajar en un viejo embarcadero, donde el camino terminaba, y fue puesta a bordo de una especie de chata, que la brisa, cargada de mosquitos, transportaba hacia una amplia extensión de agua salpicada de islotes.
El hombre Hudson estaba sondeando y observaba la vela, mientras el muchacho dirigía, y Virgie yacía, enferma y fría, en medio del esquife, cubierta con el gran abrigo del hombre.
Le pareció que era tarde y que el océano estaba cerca, ya que oía un trueno bajo, como olas rompiendo; y una vez, cuando se levantó, aturdida, para mirar, había objetos familiares en ambas orillas, y pensó que era la playa de Old Town cerca de la ensenada de Snow Hill.
Un poco más tarde el hombre le trajo ostras y un poco de costilla de cerdo fría, con pan de maíz, para comer, y las orillas se acercaron, y finalmente parecieron casi unirse, mientras el esquife, rozando el fondo, se lanzaba a través de un estrecho paso.
Entonces las estrellas brillaban sobre ella y las aguas se hicieron anchas de nuevo, y, acostada en un trance de luces e imágenes voladoras, le pareció sentir que sus labios eran besados y oír una voz que decía: "¡Cariño!".
Finalmente, se sintió levantada y llevada, y, cuando pudo comprender la situación, se encontró acostada sobre una pila de tablillas de madera en un viejo muelle, y el hombre, a su lado, lloraba mientras miraba el bote alejándose por un pasillo de olas iluminado por la luna.
—Mi muchacho, mi pobre vieja —oyó murmurar a su conductor—, ¡nunca podré volver a ustedes!
—¿Por qué? —dijo Virgie, apenas comprendiendo lo que decía.
—Porque... porque... ¡usted lo hizo! —exclamó el hombre, con ojos ardientes, vistos a través de sus lágrimas que corrían.
—¡Oh, dígame dónde estoy! —dijo Virgie—. ¿Está lejos la libertad ahora?
Miró al cielo, todo agitado con nubes y estrellas moviéndose unas sobre otras, y parecía el mundo más cercano de todos.
—¿Está mi padre allí? —pensó Virgie—, ¿mi querido padre blanco? ¿Puede verme aquí, enferma y sola, y odiarme?
—Estamos en el embarcadero de Shingle; allá está St. Martin's —dijo el negro, con cautela—; hay dos caminos cerca de donde estamos, yendo hacia el Norte, querida Virgie; uno es el camino de la diligencia y el otro es el sendero de las tablillas a través del pantano de cipreses.
—Tome el camino que sea más seguro hacia la Libertad —suspiró Virgie.
En pocos momentos, caminando sobre el suelo, llegaron a un lugar donde el camino de carros cruzaba una carretera arenosa y seguía más allá, a lo largo del borde de un pequeño arroyo. El hombre caminó unos pasos por el mejor camino, indeciso, y de repente tiró de Virgie hacia los arbustos, pero no lo suficientemente rápido como para no ser observado por dos hombres que venían en un carro viejo y traqueteante.
—¡Por mi piel! —gritó el hombre que conducía, un tipo joven, de ojos agudos pero no crueles—, ahí hay una chica pizpireta. ¡Sal aquí y muéstrate!
Virgie sintió los ojos del hombre posándose en ella, pero no con el ardor grosero de su compañero, que llevaba un sombrero de ala ancha y una camisa roja, y estaba vendado alrededor de la cabeza y la garganta; sin embargo, desde su rostro pálido y cadavérico, como la muerte, sobre el cual parecía haber sangre untada, manchando el vendaje de su cuello, brotó una lascivia grosera, y tiró un beso con la boca hacia ella, y pronunció:
—¡O flexuosa! ¡Esquisita! Es delicada, Sorden.
—Ahora, si fuéramos hacia el otro lado, Van Dorn —dijo el conductor—, podríamos darles un aventón. Muchacho, ¿qué haces fuera? ¿Dónde están tus salvoconductos?
—Aquí están. Somos mi esposa y yo, yendo a cuidar a una señora en Delaware.
—¡Déjame ver! —El hombre echó el humo de su cigarro sobre el papel y exclamó—: ¿Prissy Hudson? ¡Vaya, por mi piel! Esa es la enfermera de mi esposa. ¡Y esta no es la misma mujer! ¿De dónde sacaste este salvoconducto?
—Sigue, Sorden —tosió el otro hombre—, me estoy desangrando. Déjame tumbarme.
Sus ojos habían perdido su fuego lascivo y estaban hundidos y vidriosos. El conductor lo tomó en sus brazos y pronunció las palabras amables:
—¡Lo amo como nunca amé a un hombre!
—¡Devuélvame los salvoconductos! —exclamó el mulato, mientras el carro partía hacia el sur.
—No —gritó el conductor—, ¡los guardaré como evidencia contra Prissy Hudson por ayudar a una fugitiva!
—¡Perdidos! ¡Perdidos! —murmuró el mulato—. ¡Ahora, querida, el pantano es nuestro único camino!
La tomó en su huida y la arrastró por el camino de carros a lo largo de la rama pantanosa.
—¿Qué has hecho? —gritó Virgie.
—¡Ven! ¡Ven! —respondió el hombre—. Aquí no hay lugar para hablar.
Con la fiebre dándole fuerzas y aumentando, pero nublando sus impresiones, de modo que el tiempo parecía extinguido y el miedo mismo absorbido por el frenesí, la joven siguió al hombre hacia la arena profunda del sendero, y apenas notó los melancólicos cipreses alzándose a su alrededor desde charcos que succionaban el veneno de la luz de las estrellas, retozando allí junto al reptil.
Las flores, con tintes tan ricos que la noche apenas los oscurecía, exhalaban sus perfumes almizclados, y las enredaderas, en guirnaldas silenciosas, colgaban de las altas puntas de árboles gigantes como los aspirantes constructores de Babel, rechazados y dejados mudos. Caían todos flácidos y, colgando allí en la muerte, sus barbas parecían seguir creciendo con la vitalidad macabra de un sueño inmortal.
Los sonidos de una animación inquieta, más intensos en la noche, como si la luna fuera aquí la dueña y despertara cada cerebro y lengua de insecto para la industria, se volvieron prodigiosos en los oídos de la joven enferma, y parecieron amortiguar cada palabra que su compañero tenía que decir; y, como enormes péndulos de sonido, los grillos errantes y los anfibios balanceaban de un lado a otro sus contradicciones, como viragos condenadas a esperar por la eternidad, insistiendo cada una en decir la última palabra:
—¡Lo hiciste! —¡No lo hiciste! —¡Lo hiciste! —¡No lo hiciste, no lo hiciste, no lo hiciste! —¡Lo hiciste, lo hiciste!
Así, la eterna pelea, comenzada antes de que Héctor y los griegos nacieran, había hecho estragos en el pantano de cipreses, aumentando su volumen cada noche, hasta que en los oídos de la esclava fugitiva resonaba como si Dios y Satanás se disputaran su alma.
A medida que esta idea crecía en su imaginación, escuchó las mismas palabras que estos poderes en guerra se lanzaban de un lado a otro, mientras las miríadas de ángeles vitoreaban juntas: "¡Aleluya! ¡Aleluya!", y, como un ejército de arañas reunidas en el pantano, un profundo estribillo de "¡Infierno, infierno, infierno!" gemía en respuesta.
—¡Aleluya! —¡Infierno! —¡Aleluya!
Se encontró llorando, mientras tropezaba, "¡Aleluya! ¡Aleluya!".
El pantano aumentaba en profundidad y solemnidad a medida que se acercaban a las rápidas esclusas del Pocomoke y seguían a lo largo de ellas, siendo el sendero ahora una mera zanja y una cadena de troncos flotantes por donde ningún vehículo podía pasar, y el hombre mismo parecía asustado mientras abría camino de tronco en flotador y de charco en lecho de troncos, a veces equilibrándose sobre un tronco giratorio, o de nuevo hundiéndose casi hasta la cintura en el lodo vegetal; pero la joven de pies ligeros detrás de él tenía el paso de un pájaro, y saltaba como de ramita en ramita, y parecía deslizarse donde él se hundía; y el hombre a menudo se giraba con terror, cuando había caído de cabeza desde alguna percha traicionera, para ver sus pies delgados, con sandalias de media luna, jugando en la selva iluminada por la luna como manos sobre un arpa.
Él la miraba con asombro, pero demasiado con nostalgia. Las zarzas colgaban a través de la abertura, y las vides, como cables de barcos hundidos, caían muchas brazas a través de las cristalinas olas de la noche; pero la Estrella del Norte parecía encontrar la manera de espiar a través de todo, y Virgie oyó las palabras de Hudson, una vez:
—¡Justo pasando esta rama un poco, estamos en Delaware!
Entonces los grillos y las ranas arbóreas, las ranas toro y los chotacabras, los búhos y todo, parecieron ahogar su voz y gritar durante horas: "¡Estamos en Delaware! ¡Estamos, estamos! ¡Estamos en Del-a-a-ware!".
Una pequeña luz cálida y amable comenzó finalmente a marcar su camino, como si algún gentil predecesor, con un azadón dorado, hubiera astillado los árboles funerarios e hiciera que sonrieran una bienvenida. Pequeñas hogueras ardían en el moho vegetal o en la maleza de la superficie, y la opacidad del bosque cedió ante la bonita llama que bailaba y casi cantaba en un chisporroteo hogareño, como una joven enamorada tarareando melodías mientras enciende un fuego.
El poderoso pantano ahora se volvía distinto, aunque más inaccesible, mientras sus bordes internos parecían transparentes en la línea de los fuegos, como cortinas de encaje contra los cristales de las ventanas a medianoche. La enredadera de Virginia, ligera como los volantes de una dama, subía girando, como si estuviera en un baile; los árboles gigantes caídos eran ricos en musgo colgante; el laurel y el jazmín aparecían más allá de la superficie burbujeante del largo pantano verde, donde la vida de algún tipo parecía darse la vuelta cómodamente en el calor ascendente, como durmientes en la cama.
De repente, el hombre tomó a Virgie en brazos y la llevó a través de una corriente de agua, marrón por la materia tánica del pantano.
—Estamos en Delaware —dijo poco después, al llegar a un campamento de cortadores de tejuelas, todo desierto e iluminado por el fuego; las virutas doradas estaban esparcidas por todas partes, y el serrín, como harina de maíz, le recordó a Virgie los buenos y cálidos panes de maíz de Teackle Hall.
Puso sus pies, empapados por el agua del pantano, junto a un tronco ardiente para calentarse, y apenas vio una serpiente mocasín deslizarse alrededor del fuego, detenerse como si fuera a lanzarse contra ella y alejarse deslizándose; pues la mente de Virgie atribuía aquel fuego bondadoso a la presencia de la Libertad.
—Oh, me gustaría quedarme aquí y dormir —dijo con languidez—; estoy tan cansada.
El hombre Hudson, calado hasta los huesos por las dificultades del viaje, la rodeó con sus brazos y la atrajo hacia su pecho húmedo y ardiente a la vez.
—Dormiremos aquí, entonces —susurró sobre sus labios—; ¡te amo!
La incoherencia de todo se rindió ante estas palabras repentinas, y en la naturaleza sobresaltada de la joven doncella irrumpió una realidad que ella no había comprendido: su guía estaba embriagado de pasión.
Ella forcejeó en sus brazos con todas sus fuerzas, pero era como una vara en manos de un maníaco.
—Robé el salvoconducto de mi vieja por ti —suspiró el infatuado rufián—; dijiste que amarías al hombre que te consiguiera uno, Virgie. ¡Eres mía!
Una sensación sofocante y un calor, más allá de la naturaleza animal, parecieron envolverlos. La joven se liberó forcejeando, su figura ágil ejercitándose con toda su fuerza moribunda para preservar su modestia.
—Hudson —gritó—, ¡se lo diré a tu esposa! ¡Que Dios te perdone por insultar a una chica pobre, enferma e indefensa en este pantano salvaje!
—Mi esposa está muerta para mí, Virgie. Tú eres la única esposa que tengo ahora. Aquí dormiremos y olvidaremos a mis hijos y mi pequeño hogar, que era suficiente para mí, muchacha, hasta que tu belleza vino y me apartó de él.
—¡Detente! —exclamó la joven, con el rostro blanqueado incluso en su fiebre, aunque no por miedo, mientras su sangre blanca se alzaba con orgullo—. Si no te mantienes alejado, me arrojaré a esa poza profunda y me ahogaré. Preferiría morir antes que engañar a tu buena esposa como tú lo has hecho.
—Aquí no hay nada —dijo el negro—, sino tú, yo y el Amor. No dejaría que te ahogaras. Eres demasiado hermosa. Llegaremos a los estados libres juntos y viviremos el uno para el otro. ¡Bésame!
Se abalanzó sobre ella de nuevo e inclinó su cabeza rubia hacia atrás, tirando de las trenzas caídas de su cabello sedoso.
Los altos bosques se llenaron de una luz majestuosa; algo rugió como si los vientos se hubieran extraviado y corrieran precipitadamente hacia ellos.
—¡Escucha! —gritó Virgie—. Dios viene a castigarte.
Mientras hablaba, el suelo junto a ellos estalló en llamas y humo negro. Los brazos del hombre se relajaron; miró a su alrededor y exclamó:
—Es el fuego subterráneo. ¡Corre por tu vida!
Él tomó la delantera, corriendo hacia el norte, tal como habían estado yendo. En un instante, el fuego, como un muro dorado, se alzó frente a su camino.
Se dieron la vuelta hacia donde habían venido, y allí el fuego era como un lago de lava, y sobre él los árboles enormes parecían calentarse las manos, y por las enredaderas secas, como monos de llama, los espíritus bifurcados de la tierra ardiente se esquivaban y se perseguían unos a otros.
—Muchacha, no puedo dejar que perezcas —gritó el hombre desesperado—; debes amarme o moriremos juntos.
Lanzó su gran abrigo húmedo sobre la cabeza de ella, para que no pudiera respirar el humo ni estropear su belleza, y se lanzó al fuego frente a ellos.
* * * * *
Virgie despertó, tendida en el suelo; las estrellas aún permanecían en el cielo, pero algunos jirones de luz en el este presagiaban el amanecer.
Sus manos estaban llenas de hollín, sus faldas estaban quemadas, sentía algunos dolores punzantes en las piernas y los pies, pero podía caminar.
«¿Dónde está ese pobre hombre engañado?», pensó.
Un gemido surgió del suelo, y allí yacía algo casi desnudo, hundiendo el rostro en una poza de agua del pantano.
—Gracias al Señor que no estás muerto —dijo la joven—, sino que has vivido para arrepentirte y ser un hombre mejor.
Él se levantó y la miró con el rostro todo ennegrecido, en carne viva y espantoso de ver.
—¡Señor misericordioso! —exclamó Virgie—; ¿qué te pasa, pobre hombre?
—El Señor me ha castigado por mi maldad —gimió—. Virgie, debes guiarme ahora; me he quedado ciego.
CAPÍTULO XXXIX.
LA HUIDA DE VIRGIE (continuación).
—¿Puedes caminar, Hudson? —preguntó Virgie, cuando su horror se lo permitió.
—Sí, niña, creo que puedo caminar; pero mis dos ojos están quemados. Oh, mi pobre vieja; ella podría cuidarme tan bien. La he perdido.
La joven consoló al hombre invidente y lo guio adelante, indiferente al peligro. Él vadeó las partes profundas, donde el agua calmaba sus heridas y llenaba sus cuencas ampolladas con barro fresco.
—Bienaventurados los puros de corazón —murmuró él, mientras llegaban a un terreno arenoso y se desplomaban—. Tú, Virgie, puedes ver a Dios; yo nunca podré.
El gran Pantano de Cipreses de Delaware —contraparte del Dismal Swamp en Virginia—, cuyo límite norte habían alcanzado ahora, había sido probablemente en otro tiempo una gran ensenada o bahía poco profunda en el banco de arena invasor de la península, y estaba lleno de ostras y peces que, con el tiempo, quedaron aprisionados y se convirtieron en el abono de un bosque de cipreses que pronto surgió cuando los manantiales de agua fluyeron bajo la arena y humedecieron la semilla; y durante siglos estos bosques habían estado creciendo, habían sido derribados y habían dejado caer sus hojas y ramas en el lecho de la gran ensenada, hasta que una masa profunda y leñosa de material combustible elevó cada vez más el nivel del pantano, y, secada con edades de tiempo superiores a las que secaron las momias de los faraones, a menudo abría túneles al fuego excavador, que en algún punto de su curso eructaba e incendiaba los árboles huecos, ardiendo durante semanas. Tal era el fuego a través del cual habían pasado.
Virgie, a la luz temprana del día, se encontró con un niño pequeño y moreno que conducía un pequeño carro y un buey.
—¿Eres un niño de color? —preguntó Virgie.
—No —respondió el niño con orgullo—. Soy indio del río Indian; supongo que soy un pequeño negro.
—Lleva a este pobre hombre y te pagaré. ¿A dónde vas?
—Al embarcadero de Dagsborough, por sal.
—Déjame en Dagsborough, en la vieja casa Clayton —intervino el ciego—; está vacía. Puedo morir allí o buscar un médico.
Antes de que la gente se levantara, entraron en una pequeña aldea, en aquel camino de postas del que se habían desviado por la noche, y vieron unas pocas casas pequeñas y una iglesita de tablas de tejuela cerca, entre los bosques, y una casa grande de aspecto desierto estaba en el extremo del pueblo. El hombre dijo: «Este es el lugar de nacimiento de John M. Clayton: mi esposa solía trabajar aquí».
—¡Virgie! —exclamó una voz familiar.
La joven se giró, con los oídos aún resonando con los ecos del pantano, vio un rostro que conocía y corrió hacia el pecho que había debajo, gritando:
—¡Samson Hat! Oh, amigo, ámame como mi madre. Estoy muy enferma.
—Pobre niña querida —dijo Samson—; ningún amor te volveré a molestar sino el de un padre. ¿Por qué estás tan lejos de casa?
—Me han vendido, Samson; intento ser libre. Los secuestradores me persiguen. ¡Oh, sálvame!
—Acabo de escapar de ellos, Virgie. La vieja, Patty Cannon, me liberó. Le prometí que secuestraría a alguien más joven que el viejo Samson. ¡Bendito sea el Señor! ¡He venido por aquí!
La guio hacia los robles de la arboleda de la vieja iglesia, donde el culto inglés se había celebrado hacía justo cien años; le dio dinero para comprar medicinas y buscar un médico para el ciego, y para comprarle un chal en la tienda. Entonces Virgie se hundió en un sueño febril bajo los viejos robles y, cuando volvió a ser consciente, se deslizaba en una barca que Samson navegaba por una amplia extensión de agua, con la cabeza apoyada en su regazo.
—Eres pura como un ángel todavía, mi pequeña criatura —dijo Samson—; y ahora te llevo por el río Indian hacia la bahía de Rehoboth; y después del anochecer te llevaré por la playa hasta el cabo Henlopen, y quizá pueda comprarte un pasaje en alguno de esos barcos de piedra que están construyendo el nuevo rompeolas allí, y que regresan al Norte.
—Oh, Samson, si pudiera amar a algún hombre sería a ti —dijo Virgie—; pero no puedo amar a nadie ahora excepto a mi querido padre blanco. ¿Quién es él?
—El Señor, supongo, tiene tu pedigrí, Virgie.
—¿Me estoy muriendo, Samson? —preguntó la joven con nostalgia, con sus ojos brillantes llenos de fiebre—. Oh, amigo, ¡déjame morir tan bien que la señorita Vesty y mi padre puedan venir a besarme!
—¡Háblame de Princess Anne y de mi querido viejo amo Meshach Milburn, a quien dejé hace tanto tiempo, Virgie! —dijo el viejo boxeador, secándose las lágrimas de los ojos.
Ella comenzó a intentar recordar, pero los rostros y los acontecimientos se mezclaban, y sintió que su mente divagaba, pero no podía traerla de vuelta; y así la barca, navegando a la vista del océano y de los majestuosos barcos allí, encalló después del mediodía casi al alcance del sonido del oleaje.
Refugiada en un trozo de bosque durante unas horas, Virgie se encontró, al anochecer, llevada en los brazos del viejo Samson por una playa marina donde la arena cedía y rara vez estaba firme, excepto justo al borde del oleaje, que rodaba de forma ominosa y a veces se convertía en un rugido, y a menudo barría hasta la orilla baja y cubierta de juncos. Los relámpagos jugaban sobre el mar negro, levantándolo, al parecer, y mostrando a los navíos que salían o entraban, y finalmente el trueno estalló sobre la confusión creciente, y Samson dijo:
—¡Hay un cañón en ese trueno!
El siguiente destello de relámpago mostró un barco cerca de la costa, entrando rápidamente con el viento del sureste, y disparó su cañón de nuevo, escuchándose débiles gritos de auxilio; pero la tormenta se desató entonces de golpe, y una ola lanzó a Samson al suelo y casi se lleva a Virgie con ella al mar hirviente; pero el viejo y fiel hombre luchó por ella, y ella corrió a su lado, sin emitir ninguna queja, hasta que una vez, cuando se detuvieron para tomar aliento y el fuego celestial dejó a la vista cada pie, al parecer, de aquel vasto océano, bombardeándolo también con artillería majestuosa, la joven suspiró:
—¡La libertad es hermosa!
—Oh, Virgie —respondió Samson, cubriéndola con su propio abrigo—, si pudiera comprar tu libertad, pobre niña, casi me dejaría esclavizar para salvarte de esta noche.
—Puedo morir ahí —dijo Virgie, señalando las olas—; no deben atraparme.
Un lamento salió de la tormenta, tan cerca que los silenció a ambos, y el relámpago iluminó ante sus ojos un barco encallado, tan cerca, al parecer, que podían tocarlo, y estaba lleno de gente, gritando, aunque en ninguna lengua inteligible.
Mientras la noche negra caía sobre este boceto de linterna mágica, escucharon un choque de olas y madera, mástiles cayendo y gritos aterradores, y, cuando llegó el siguiente destello vívido de relámpago, no se veía nada más que sustancias flotantes; gritos entrecortados salían del seno del mar, y un hombre negro, arrojado como por un cañón sobre una ola que empapó a estos vagabundos, golpeó el suelo a sus pies y miró a los ojos de Samson mientras la convulsión de la muerte se apoderaba de su pecho y sus pies.
Antes de que pudieran hablar entre ellos, la playa estaba llena de cadáveres similares, un momento antes tan vivos como ellos, y todos estaban desnudos y negros.
—Es un barco negrero, naufragado aquí —gritó Samson.
Atrapó un bote salvavidas que pasaba a la deriva ante él, entre las muchas cosas que flotaban alrededor de sus pies, y Virgie vio pintada en su proa la palabra "Ida".
—Samson —dijo ella, sintiendo de nuevo todas las influencias de Princess Anne y olvidando su propia miseria—, es el marido de la señora Dennis que regresaba a casa y ha naufragado.
* * * * *
Cuando Virgie recordó a continuación, estaba sobre una vasta colina de arena, cerca de un faro que estaba construido sobre ella y que lanzaba sus lentes con sueño sobre un sombrío despuntar del día; las luces mutuas mostraban las copas de los árboles elevándose de la arena, donde un bosque había sido enterrado vivo, como ramitas en ámbar.
Casi desnudo por la lucha contra la tormenta, Samson Hat dormía a su lado, tan pacífico como la edad sana y la virtud podían disfrutar del bálsamo del olvido en la vida.
«Felices los negros», pensó la joven enferma, «que no piensan en cosas que esta sangre blanca en mí hace tan grandes: en la libertad y en mi padre. ¡Padre, ámame antes de que muera!»
Se arrodilló en el gran montículo de arena junto al cabo Henlopen y rezó hasta que ella también perdió el conocimiento de sí misma y volvió a dormir junto a Samson. Soñó con innumerables ángeles volando a su alrededor, y aun así sus voces eran tan ásperas que la despertaron al final, y todavía estos serafines volaban durante el día. Vio sus alas y movió al viejo a su lado para decirle:
—Samson, ¿por qué estos ángeles no pueden cantar?
El viejo miró hacia arriba y sonrió débilmente:
—Pobre Virgie, son aves silvestres, todas desconcertadas por esa tormenta: gansos y cisnes. No pueden cantar como los ángeles.
—Sí —dijo la joven—; algo canta, lo sé. ¿Qué es?
—Jesús, tal vez —respondió el negro, mirándola, con los ojos llenos de lágrimas.
* * * * *
El gran Rompeolas, que requirió cuarenta años y casi un millón de toneladas de piedra para su construcción, estaba entonces apenas comenzando, y donde iba a estar, dentro de la ensenada poco profunda de Henlopen, vieron los restos de muchos barcos, algunos hundidos, algunos destrozados en colisiones, algunos encallados en el pantano, probando las necesidades del comercio para tal obra, y también la furia de la tormenta que se había desvanecido tan inocentemente, como un tigre dormido después de su sangrienta comida.
Bajo la suave luz del sol flotaba la bandera estadounidense en varios barcos allí; la bandera que besó por primera vez la brisa en aquel lugar en el año 1776, cuando Esek Hopkins izó sobre el Alfred los colores del melocotón y la crema en el centro de su pequeño escuadrón. Y allí, a lo largo del bajo acantilado del Kill, todavía yacía el pueblo de Lewes, construido con tablas de tejuela, en el sopor de casi doscientos años, o desde que el holandés De Vries lo asentara en 1631. Lord Delaware, Argall, y el sueco, Penn, Barbanegra, Paul Jones, Lord Rodney, mil héroes lo habían conocido bien; los pilotos, como gaviotas, tenían allí sus nidos; los habitantes de Maryland lo habían invadido, los Tories lo habían tomado, los piratas habían sido amamantados allí; y ahora los tribunales y los abogados lo habían abandonado para irse tierra adentro, a Georgetown.
—Virgie —dijo Samson—, intentaré convencer a algunos de los capitanes de los barcos de piedra para que te lleven a Filadelfia.
Vadeó el Kill, llevándola en brazos, y la dejó en una vieja iglesia presbiteriana en las afueras de Lewes, le consiguió medicinas y luego trabajó en vano casi todo el día para conseguirle pasaje a un estado libre. La respuesta era invariable: «No puedo correr el riesgo del poste de azotes y la picota por ninguna negra. No puedo perder un trabajo largo como traer piedra al rompeolas para salvar a una negra».
En el hotel, un hombre de color hizo señas a Samson para que se apartara —un hombre de buen aspecto, de color pan de jengibre— y entraron en el pequeño y viejo tribunal en desuso, en medio de una calle, donde había un fuego.
—Hermano —dijo el extraño—, veo por tus acciones que estás intentando conseguir un pasaje al Norte. ¿Es para ti?
—No —dijo Samson, haciendo un inventario del pecho y la fuerza del otro, y deseando mentalmente tener una oportunidad contra él—; soy un hombre libre y puedo ir a cualquier parte; pero tengo una amiga.
—Vaya, viejo —habló el otro, francamente—, soy el agente de nuestra sociedad en este punto.
—¿Qué es? —preguntó Samson, cauteloso.
—La Sociedad de Protección. Me educaron aquí mismo. Fui a la escuela con niños blancos. Ahora, ¿dónde está tu amiga?
—¿Qué puedes hacer por ella? —preguntó Samson.
—Es una chica, ¿verdad? Vaya, solo puedo meterla en mi calesa, hecha y dispuesta para el propósito, y llevarla al asentamiento cuáquero.
—¿Dónde está eso?
—Camden, a solo treinta millas. Tengo salvoconductos libres ya hechos. No te preocupes más, hermano.
Samson miró al apuesto individuo largo y tendido. El hombre soportó la mirada con modestia.
—¡Oh, si tuviera algo de conocimiento! —dijo Samson—; podría ser un esclavo si no sé nada. No sé leer. ¡Ojalá pudiera leer tu corazón!
—Ojalá pudieras —dijo el hombre—; entonces confiarías en mí.
—¿Cómo te llamas?
—Samuel Ogg.
—Quiero que levantes la mano y jures, Sam Ogg, que nunca dañarás a la pobre niña que te traigo. Di: "Señor, que mi cuerpo se pudra vivo y que nadie me tenga piedad si no actúo bien con ella".
—Es un juramento severo —dijo el extraño—, pero veo tu amable interés por la dama. De hecho, solo estoy cumpliendo con mi deber.
Repitió las palabras, sin embargo, y Samson añadió: «Que Dios trate contigo, Sam Ogg, conforme mantengas ese juramento. ¡Ahora ven conmigo!».
La chica fue encontrada dormida, pero delirante, sus grandes ojos, en los que los tintes azul y marrón se encontraban en una especie de color lacustre, estaban muy abiertos y casi perdidos entre sus largas pestañas, mientras la inundación y el fuego, el sol y la helada, habían golpeado el delgado estuche de su vida gentil, que todavía marcaba el tiempo como algún reloj de pario salvado de un incendio, en cuya placa de cristal el péndulo dorado todavía se mueve, aunque las manecillas señalan erróneamente en el rostro mutilado.
Sus dientes se mostraban a través de los labios amorosos que entreabría en sus sueños tormentosos, como olas arrojando las velas de alabastro del nautilo, o como alguna mazorca de maíz expuesta en el vendaval que sopla a través del campo de borlas.
Sus vestiduras, parcialmente arrancadas, mostraban su figura y cuello flexibles, y, bajo su masa de cabello sedoso, su brazo blanco, como una serpiente de marfil, sostenía su cabeza; sus hermosos pies eran finos y aristocráticos, como el alma que saltaba en su ambición de doncella.
Hubo días en que tales como ella apartaron a Antonio de su esposa, y a César de su egoísmo clásico; cuando en muchos tronos orientales tal belleza despertaba hacia una gloria murmurante ejércitos incontables y chocaba los címbalos de conquistas prodigiosas. Yacía sobre los cojines del altar de la iglesia, como el joven Isaac sobre el altar de su padre, y donde los dolientes se arrodillaban para rezar por la reconciliación de Dios, la crueldad de su ley brillaba sobre ella como el cuchillo supersticioso de Abraham.
Inestimable era esta joven criatura, en manos nobles, como esposa o hija, alimento humano o bella divinidad, y todos los preciosos misterios de la mujer despertaban en ella hacia el amor y la conyugalidad, como el canto y la semilla en el pájaro de primavera; sin embargo, un prejuicio duro y acerado la había excluido de toda institución e igualdad, permitió que todo crimen fuera perpetrado contra ella, hizo que el aroma de la libertad en sus fosas nasales fuera peor que el incentivo del ladrón, y ha perdurado más que ella medio siglo, y sigue siendo farisaico e inflexible aún.
En aquel viejo cementerio que la encerraba dormían oficiales revolucionarios que ayudaron a ganar la libertad: tal vez estarían dispuestos a levantarse con ella, no a ser enterrados en el mismo recinto.
¡Qué pequeña es la religión, qué falsa la democracia, qué lejos están los juicios del cielo! Sobre el púlpito había una inscripción, presuntuosa por la aristocracia, que decía: «Los muertos en Cristo resucitarán primero»; ¡como si aquellos verdaderamente muertos en la humildad de Cristo no prefirieran resucitar los últimos!
Samson observó a su nuevo amigo con atención, cuyo semblante era profundamente piadoso, y sus dientes y labios hicieron un «¡Tut-tut!». Satisfecho con el hombre, Samson se arrodilló junto a Virgie y la besó una vez.
—Pobre rosa de la esclavitud —dijo Samson—, perdóname que te cortejara como a una chica, en lugar de como a un ángel. Soy viejo y me avergüenzo de mí mismo. Querida flor arrastrada, quizá nunca volvamos a vernos. Que el Señor, si este es su templo sagrado, te mantenga pura y encuentre un hogar para ti, Virgie. ¡Adiós!
—Vamos —dijo el hombre, mientras Samson permanecía inclinado y llorando—, la calesa está lista; te abrigaré bien, señorita.
—¡Libertad! —dijo la joven, despertando—; oh, debo encontrarla.
Lo siguiente que supo Virgie fue que se encontraba en el desván de una cabaña, y se oían voces hablando en la habitación de abajo.
—¡Mírame! —dijo uno—; te vendemos, ¡eso es seguro! ¡Mírame ahora! Sácale el mejor partido. Sam Ogg está aquí, nos han vendido veintidós veces. Sam será vendido contigo y te enseñará el juego de Murrell.
—Cortésmente, caballeros —dijo una voz femenina—; no sé si tengo el estómago para ello. Mi ocupación ha sido casarlos. Es cierto que el clamor público ha hecho que esa rama sea aburrida, pero tenía un gran talento para ello.
—El secuestro —dijo una tercera voz— está en declive. Rodea toda la franja esclavista desde Illinois hasta Delaware. Las leyes de Illinois se hicieron en nuestro beneficio hasta que el gobernador Harrison, cuyo hombre libre fue secuestrado, provocó un alboroto allí hace seis años. Newt Wright, Joe O'Neal y Abe Thomas fueron los secuestradores más astutos a lo largo de la línea de Kentucky. Pero Joe Johnson, que se prepara para ir al sur, será el último hombre de empresa en el negocio. La idea de John A. Murrell es repartirse equitativamente con los negros, venderlos y volver a robarlos, y creo que es sagaz. Es más seguro, de cualquier modo, que el otro plan de Patty Cannon.
—¿Cuál es ese, Sr. Ogg? —dijo el negro de voz femenina.
—Acabar con los tratantes de negros, eso dicen.
—¡Mírame! ¡mírame! —exclamó la primera voz—. Algún día la colgarán por eso.
—Ahora —continuó el Sr. Ogg—, un hombre de inteligencia como usted y yo, Sr. Ransom... perdón, señor, ¿le molesta su grillete? Lo rellenaré con un poco de lana...
—Cortésmente, Sr. Ogg; estoy encadenado con demasiada fuerza.
—Digo, Sr. Ransom, usted y yo siempre podemos tomar al esclavista promedio por tonto. Vaya, apenas entro en cualquier familia cuando empiezo a cortejar a algún miembro de ella, y si no me largo con una negra, es con su ama.
—¡Ah, Sr. Ogg, son perfectamente demoníacas al resentirse por eso!
—Por supuesto, pero hay un gran toma y daca en toda la naturaleza. Vaya, señor, los placeres del sur profundo, para un hombre de arte y empresa como usted, superan con creces esta pobre y llana región. Quite el techo a la esclavitud y los negros salen ganando; los blancos pensarían lo mismo si pudieran ver lo que está pasando.
—Cortésmente, Sr. Ogg; ¿no acabará la institución entera por estallar algún día, como uno de sus barcos de vapor del Oeste?
—Sin duda, Sr. Ransom. Cuando nos hayamos deshecho de usted, y pueda ver el país por sí mismo, ¡observe lo sensible que es la tenencia de esclavos! Mil ansiedades residen en ella. Creen en insurrecciones, violaciones e incendios provocados. Apenas conocen un sueño perfecto, sino que andan merodeando día y noche, impulsados por sus sospechas. Los vuelve belicosos, pero infelices, y los esclavos agotan la tierra. Además, tienen enemigos terribles en los tratantes de negros, a quienes menosprecian socialmente, y en realidad los empujan a simpatizar con los negros. El Sr. Murrell, por ejemplo, tiene un gran plan para una insurrección de esclavos. Dice que la sociedad blanca está toda en su contra, y que se desquitará con ella.
—¡Mírame, mírame! —intervino con voz ronca otra persona—. ¡La esclavitud tiene un miedo atroz, seguro! Joe Leonard Smith, católico, en la costa oeste, acaba de liberar a doce negros. El gobernador Charley Ridgely ha liberado a doscientos cincuenta. John Randolph, dicen, va a liberar a más de trescientos. ¡Hay cincuenta sociedades abolicionistas en Carolina del Norte, once en Maryland, ocho en la vieja Virginia, dos en Delaware. ¡Jo, jo! ¡Ellos los liberan y nosotros los robaremos de vuelta! ¡El viejo Derrick Molleston nunca se quedará sin cerdo ni dinero!
—Cortésmente, caballeros —dijo el individuo con el grillete—. ¿Han oído hablar de la proclama incendiaria publicada en Boston por David Walker, diciéndoles a todos los esclavos que es su deber religioso levantarse?
—Sí, y se levantarán, ¿pero con qué fin? Será un gran susto, pero no una guerra. Lo siguiente que harán será detener la lectura entre todos los esclavos, impedir la emancipación por ley y vigilar las casas de reunión de los de color. El fuego quedará enterrado bajo la cantidad de combustible, pero seguirá estando todo ahí.
—Sr. Ogg, su experiencia es notable. ¿Y ha sido vendido y se ha escapado en casi todos los estados esclavistas? Cortésmente, señor, ¿no están secuestrando también a hombres blancos? ¿Quién es ese Morgan que fue robado el año pasado en el Estado de Nueva York?
—Oh, ese es un masón renegado, Sr. Ransom. Se arma tanto alboroto por él como si no robáramos a cien personas libres cada día. Solo demuestra que el secuestro de todo tipo se está volviendo impopular. Si se puede formar un nuevo partido político robando a un Morgan blanco, ¿no cree que algún día surgirá otro partido robando a varios millones de Morgans negros?
—¡Mírame! ¡mírame! —exclamó la voz ronca, de repente.
—¿Escapando, eh? —gritó la segunda voz.
—¡Cortésmente, caballeros, cortésmente! —se oyó decir a la tercera voz, a cierta distancia en la oscuridad, y luego siguieron pasos perseguidores, y Virgie se levantó y miró hacia abajo.
Un fuego ardía en una chimenea de arcilla junto a una mesa, sobre la cual había carne y licor. La joven se balanceó desde el desván hasta el suelo y, agarrando la carne y el pan, salió sin hacer ruido hacia la noche.
Apenas sabía lo que hacía hasta que hubo cruzado un puente y llegado a las afueras de un pequeño pueblo, alrededor del cual tomó un camino a la derecha que conducía a otro camino rural, y este lo siguió una milla o más, hasta que vio una pequeña casa de ladrillo, junto a un montante y un pozo de pértiga, en el borde del bosque.
La luz de una pequeña ventana abuhardillada en el desván brillaba tan intensamente que cautivó el alma de Virgie con la fascinación del calor y el hogar, y, sin pensar, cruzó el montante, refrescó sus sienes calientes en el pozo y entró en la cocina ante el fuego.
—¡Libertad! —dijo Virgie, como en un sueño—; ¿he llegado a ella? —Cayó sobre la alfombra de trapos frente al fuego, diciendo: —Padre, querido padre —y no se movió.
—Bueno —habló un hombre de gran barriga y ojos de serpiente negra, sentado allí—, ¡no es frecuente que la gente en busca de libertad entre en la casa de Devil Jim Clark!
—Es blanca —exclamó una mujer, mirando con compasión a la desconocida—, y se está muriendo.
—No —replicó el hombre—, es demasiado bonita para ser blanca. Es la moza clara con la que vieron a Sam Ogg. Pertenece a Allan McLane, y hay una recompensa de quinientos dólares por ella, pero valdrá dos mil en Nueva Orleans como amante.
—¡Calla! —dijo la mujer—; podrías atraer un juicio sobre tus hijas.
—Joe Johnson está a punto de zarpar —comentó Devil Jim Clark—; él se la llevará consigo.
La joven había oído ese nombre a través de las espesas cámaras del olvido. Se levantó, gritó y corrió a los brazos de la mujer:
—¡Sálveme, madre, sálveme de ese hombre!
El corazón de la mujer fue traspasado por el grito, y estrechó a Virgie contra su pecho y la besó, diciendo:
—Dormirá en la cama de nuestra hija y descansará sus pobres pies esta noche... nuestra hija, James, a la que enterramos.
La boca del hombre se frunció un poco; parecía inquieto y se llevó el pañuelo a los ojos.
—¡Están todos contra mí! ¡están todos contra mí! —bramó, y salió corriendo de la habitación.
* * * * *
La esposa de Devil Jim Clark era una metodista piadosa y, junto con su hija de ojos ricos, pasó el día siguiente junto a la cama de Virgie, escuchando sus balbuceos entrecortados por el amor paternal y el recuerdo acariciado de Vesta.
—Tu padre anda tramando algo —dijo la Sra. Clark—. Súbete a tu caballo de montar, hija mía, y cabalga hasta la casa de la viuda Brinkley, justo al otro lado del límite de Camden. Dile que envíe a buscar a esta chica.
—Mamá, dicen que es abolicionista.
—Por eso te envío. Es una carrera entre tú y tu padre. ¡O estás conmigo o con él!
La joven se ató la capucha, tomó su fusta y partió.
En una hora regresó con una negra pulcra, a quien la Sra. Clark llevó a la habitación de Virgie.
—Mi corazón sangra por esta pobre chica —dijo la anfitriona—. Dicen que tu hijo ayuda a escapar a los negros hacia el Norte. El Sr. Clark lo dice. No te pregunto si es verdad, pero, como una madre a otra, te entrego a esta chica. Es demasiado blanca para ser vendida. Se parece a una hija mía que murió.
—Bill no debe llegar a casa hasta la puesta del sol. Si ella sigue viva para entonces, él tiene el tiempo justo para llevarla al barco del Sr. Zeke Hunn en la boca del arroyo, que atraca allí cada viaje durante una hora...
—¿Para dejar subir a los fugitivos?
—Nunca se me ha acusado de ayudarlos, Sra. Clark.
La esposa del tratante deslizó un billete de banco en la mano de la mujer de color.
—¡Préstaselo al Señor! —dijo—. Confío en ti para ahorrarnos el pecado de vender a esta chica.
* * * * *
Llegaron a la pequeña casa negra que acechaba junto al bosque dos caballos de montar y se detuvieron ante el montante.
—¡Espera aquí! —dijo la voz de Devil Jim Clark—. ¿La llevarás si todavía está delirando?
—¡Bingavast! ¿Por qué no? Yo mismo estoy delirando, Jim, porque es mi noche de bodas. La haré descansar en Punch Hall.
El rufián hercúleo procedió tranquilamente a preparar unas cuerdas de silla para atar a su víctima ante él en su caballo. Una mujer lo interrumpió:
—¡Ven a ver tu obra, Joe Johnson!
Siguiendo por las cortas escaleras del armario, se señaló al secuestrador un objeto sobre la cama, con el rostro afilado y los pies puntiagudos, mientras yacía blanco como la cal, con las pestañas plegadas y los brazos pegados a los costados.
—Llévala ahora con Patty Cannon —dijo la Sra. Clark—, que solo sirve para compañía de muertos.
—¿La dell muerta y sin atar? —exclamó el rufián, encogiéndose un poco ante el cuerpo—; tal vez ha fingido el cranke. Buscaré en su cly. Pero, ¡escucha!
Se oyeron un carromato y unos cascos.
—Joe —susurró el marido de la mujer—, estás a solo cuatro millas de Dover. ¿Quizás sean órdenes de detención para ambos?
—¡Lárgate, pues! —siseó el pálido asesino—; el mundo está contra mí —y se escabulló con su compañero.
* * * * *
—Ahora, Bill Brinkley —susurró la esposa de Devil Jim, mientras un chico de color de aspecto alto e ingenuo entraba en la habitación—, llegas justo a tiempo. Ha tomado suficiente láudano para mantenerse tranquila; mi hija la ha empolvado; déjame besarla una vez antes de que se vaya.
Mientras la mujer se marchaba, el chico negro, mirando a su alrededor, murmuró:
—¿Dónde está ese desván? He oído hablar de él.
Algunos movimientos arriba en la vivienda baja dirigieron su atención a una pequeña trampilla, y, de pie sobre un taburete, descerrajó el cerrojo y la empujó hacia arriba, susurrando:
—¿Algún pasajero para Filadelfia? ¡La pasarela está siendo recogida!
Primero una cabeza lanuda, luego otra, y después dos pares de piernas aparecieron arriba.
—Agarraos aquí y llevad a la mujer enferma al carruaje —dijo el chico, sin inmutarse ni un poco, mientras dos negros asustados bajaban del desván, con esposas en ellos.
* * * * *
En la tarde despejada, un carromato corría hacia el este, a través de las marismas de azafrán, aplastando la hierba de palo, la hierba de hierro y la vara de oro, y, mientras la gente en él se encogía, el conductor negro cantaba, tan despreocupadamente como si fuera el señor del país:
—La gente de Tuckyhoe Es tan perezosa y floja, Que no cose botones en su ropa, Y va sin ellos; Así que la naturaleza les da botones, Para que crezcan justo de sus pieles, Para que puedan tomarse la vida con calma, Y no comprar más botones.
Pero la gente de Tuckyhoe Se niega a abotonar sus verrugas, A menos que se les pague un salario Por practicar tales artes; Como los soldados de la milicia, Que corren tras los botones y la paga, La gente es verdaderamente descuidada, En el lado de Tuckyhoe de la bahía.
Se vio una vela a la luz de las estrellas, emergiendo de las marismas en un viejo desembarcadero en el último recodo del arroyo de Jones, y apenas los fugitivos fueron puestos a bordo cuando se levó el ancla y el paquete salió hacia el ancho Delaware, su capitán un negro, su dueño un cuáquero.
La joven fue despertada por el aire frío de la bahía golpeando su rostro.
—¡Libertad! —murmuró—; debe ser esto. Oh, estoy desfallecida por los brazos de mi padre que me llevarán.
* * * * *
¿Era esto Teackle Hall lo que Virgie contemplaba: una habitación cuadrada y luminosa, y su cama junto a una ventana, y debajo de ella calles de adoquines y ladrillos que se extendían, y tejados de casas, hacia marismas verdes llenas de vacas, y un río que parecía azul como el cielo, que lo sorbía desde arriba como un niño bebiendo cabeza abajo en un manantial? ¡Qué hermoso! Debe ser la libertad, pensó Virgie, ¿pero por qué tenía tanto frío? Sus ojos, mirando alrededor de la habitación, se posaron en una dama con cofia, leyendo un tratado a un hombre grande, afeitado y de mandíbula cuadrada, y esta mujer era de una belleza de tipo plateado, como si su mente se hubiera desbordado en su corazón y, sin afectarlo, hubiera hecho su rostro de plata y lirio, leche y brillo.
—¿Qué dice el hermano Elias, Lucretia?
—Dice, Thomas: "Este noble testimonio, de negarse a participar de los despojos de la opresión, recae sobre los queridos jóvenes de este día. Poco podemos esperar de los ancianos, que se han acostumbrado a estas cosas, como una segunda naturaleza. Sin justicia no puede haber virtud. Oh, justicia, justicia, ¡cómo eres abusada en todas partes! Los hombres hacen la justicia, como una nariz de cera, para satisfacer sus deseos. Si el alma está poseída por el amor, hay quietud".
—Sí —dijo la joven, desde la cama, pensando en voz alta—; el amor es quietud. ¿Vendrá mi padre?
Soñó y escuchó y volvió a mirar hacia la colina que descendía al río, las majestuosas velas, la orilla lejana, tan parecida a su región natal, y preguntó con sus ojos en qué tierra podrían estar.
—Wilmington —dijo la hermosa mujer—. Esta es la casa de Thomas Garrett, el amigo de los esclavos. Cuando puedas ser trasladada, será a las colinas verdes del Brandywine, donde todos son libres.
—¿Colinas? ¿Qué son? —reflexionó Virgie, mirando su mano consumida—. ¿Debo escalar más? ¿Debo vadear los pantanos de nuevo? Sé que tengo un padre en alguna parte.
Soñó y lloró inconscientemente, y contó muchas cosas en Teackle Hall, siendo, en efecto, una niña pequeña otra vez, jugando con su pequeña ama, Vesta. Las estrellas estaban en el cielo justo sobre su almohada, y ella les hablaba, y algunas parecía conocer, como el pequeño Vince, o la pequeña Roxy, o el Maestro Willy Tilghman, todos compañeros de juegos de su infancia; pero una y otra vez estos se desvanecían, y la joven mujer cuáquera volvía a leer de los sermones de Elias Hicks, y las palabras eran: "El amor es quietud"; "Solo la luz puede calificar el alma"; "Si no me voy, el Consolador no vendrá a vosotros".
—¿Qué Consolador? —suspiró Virgie, y pareció haber un gran vacío, y luego escuchó un grito... ¿era ella la que gritaba así?..., y estaba tratando con todas sus fuerzas de llegar a algún lugar, y se desmayaba en el esfuerzo, pero probaba una y otra vez, y luego una calma que era como un suave asombro, extraña porque no tenía dolor, se extendió por su naturaleza, y ella solo escuchó.
—Hija mía —dijo una voz—, ¡mi propia hija! Llámame "padre" y di que estoy perdonado.
—¡Padre! ¡perdonado! —murmuró, y sintió un rostro cálido, que sin embargo no pudo calentar el suyo, derramando lágrimas y besándola, y cerca de él sus brazos fueron arrojados con fuerza, como si nunca pudiera soltarse, y todo era música, pero maravillosa.
Temía que caería si no se aferraba a él. ¿Quién era el que la llamaba "hija"? ¿Por qué vinieron esas estrellas frías tan cerca, como para espiarlo?
¡Oh, pureza sagrada, que se aferraba tan fuerte y no sabía, sino que confiaba en el abrazo vibrante de la naturaleza! Luchó con algo, como una roca de hielo, para mover sus ojos y ver, antes de ser arrojada abajo para siempre, los ojos que brotaban por ella. Eran los de su amo.
—Amo —dijo ella—, ¿de quién soy?
—Mía ante Dios. ¡Pura para mi corazón como tu hermana blanca, Vesta! ¡Blanca como el amor joven, en cariño y confianza para siempre!
—¿Y madre? —gorgoteó la joven en notas bajas—; ¿dónde está ella?
—Allá —dijo el Juez—, en el Cielo, que me juzgará, ¡adonde ella alzó el vuelo al traerte a mí!
Una luz feliz cubrió el rostro de Virgie. Besó a su padre dos veces, como si el segundo beso fuera para su hermana más feliz, y, alzando sus brazos hacia el cielo al que él señalaba, susurró: "¡Libertad!" y murió en su pecho.
CAPÍTULO XL.
HULDA SITIADA.
Owen Daw trajo las noticias de la repulsa de Cowgill House y la herida del Capitán Van Dorn.
—¿Dónde está el pequeño bribón, Levin? —preguntó Patty Cannon, furiosa.
—Arrestado, supongo —gritó O'Day, audazmente—; Van Dorn tiene un golpe en la garganta.
—No hablará mucho, entonces —murmuró la mujer—; su hora tenía que llegar. ¿Dónde encontraré a otro amante a mi edad? Vaya, cariño —se rió entre dientes, mirándose en un espejo—, ese hijo suyo podría volver. Se ha encaprichado de Huldy: ¿por qué no de mí?
Ante la idea, otro pensamiento horrible vino a su mente: sellar el destino de Hulda en ausencia de su joven amante, y monopolizar el poder corruptor sobre Levin Dennis, si es que alguna vez vivía para volver a ver el cruce de caminos de Johnson.
A medida que los fugitivos individuales regresaban, confirmando la repulsa decisiva de la banda, el rostro de Patty Cannon se oscureció y sus juramentos fueron bajos y profundos; Cyrus James la oyó decir:
—¡Si tan solo pudiera colgar a alguien por esto! Joe Johnson es el cobarde de hígado blanco que no quiso ir. He colgado a un mejor yerno.
—Tía Patty, amo a tu nieta, Huldy —se aventuró a decir Cy James—. El capitán está herido y Joe se va a Florida. Tal vez pueda conseguirte otra banda.
Sin un segundo de consideración por esta ambiciosa propuesta, la Sra. Cannon lanzó a Cy James, por pura fuerza, a través de la ventana de su bar hacia su cocina, y él aulló como un bebé, pero salió de su dolor murmurando: "¡Arando, arando! La convertiré en masa y la freiré todavía".
Con esta reflexión, el Sr. James se escondió el resto de la tarde en algún lugar apartado del Hotel Johnson.
La Sra. Cannon, sin embargo, había reanudado instantáneamente su monólogo sobre negocios.
—Todos piensan en dejar de lado a la vieja: un hombre enfermo no sirve de nada, y está esa esposa de Van Dorn esperando conseguirlo todavía. ¡Por Dios! No lo tendrá en su mortaja. No; reclutaré material joven. ¡Arrúinalos cuando son niños y, mientras puedas mimarlos, harán tu trabajo! Tengo un negro en el desván que Joe quiere quemar: es mi negro, y lo soltaré para que me traiga más negros. El dinero es lo que necesito para poner una cara audaz: ¡Huldy debe conseguirlo!
Con esta resolución, Patty Cannon subió las escaleras a una habitación en el segundo piso y, sin llamar, se abrió paso.
Un hombre de forma y rostro voluptuosos, como alguien sobrealimentado, aunque con lo mejor, y con hombros rígidos y militares, y de colores cálidos en el tinte, aunque fríos en la expresión, ojos azules y mejillas y labios ricos, forrados de vino, que todavía parecían duros y autoindulgentes, habló de inmediato:
—¡Llama siempre, Patty! Es más conservador. Mi camino en la vida es alcanzar mi punto, pero respetar todas las formas. ¿Qué quieres?
—¿Cuándo te vas para Baltimore, Coronel McLane?
—Tan pronto como Joe regrese con la propiedad de mi querida hermana: mañana, espero.
—Puedes llevarte a Huldy Bruington si pagas mi precio por ella: dos mil dólares al contado. Si no lo das, se casará con algún joven secuestrador, quien sacará el doble de esa pila por ella en negros. Todos lucharán contra su peso en gatos monteses negros para conseguirla.
—Propuesta muy, muy abrupta, Patty; nada conservadora. ¿Qué te pasa, dama, hoy? Van Dorn no tuvo suerte, ¿eh?
Le dedicó una sonrisa vítrea y la observó por encima de su redonda panza, en la que colgaba un sello de reloj de cristal, como un ojo más humano que el suyo. El color de ella empezó a subir.
—Estoy loca —dijo Patty Cannon—; ¡no me molestes; no me estafees! ¿Entiendes? Sí, Van Dorn ha sido azotado, también por negros. ¿Vas a pagar mi precio o no?
—¡Chitón, chitón, buena mujer! ¿Qué puedo querer con una chica blanca? No parecería nada conservador en Baltimore.
Patty Cannon golpeó el suelo con el pie.
«¡No me despiertes con ninguna de tus hipócritas cantinelas, Cunnil McLane! ¿Para qué le has estado enseñando a esa niña a leer y escribir... y de tu Biblia, además? ¿Por qué le traes regalos y rondas nuestra casa cuando sabemos que nos desprecias a todos, excepto por los negros que podemos venderte baratos? ¿Acaso no he sido vendida a hombres como tú una y otra vez antes de ser mujer, y no conozco las astutas penas que se toman los viejos para parecer benevolentes cuando la juventud y la belleza están a la venta; y cómo las miman para mantenerlas puras para su propio disfrute egoísta? ¡Dios sabe que sí!»
«¡Patty, me escandalizas!», observó el rubicundo caballero. «Siempre te había encontrado conservadora antes. Ahora, ve y envía aquí a la dulce Hulda y, por el amor de Dios, Patty, no le reveles este trato».
«¿Es un trato, Cunnil?»
«Lo es, si se puede hacer que ella esté dispuesta a ello».
«Eso lo estará, o hará su cama en el bosque, donde las caras bonitas no están seguras cerca de ti».
Hulda fue encontrada en una ventana, mirando hacia su antiguo hogar y hacia un labrador que casi había terminado los surcos en un campo grande, dejando solo algunos lugares bajos cubiertos de maleza, sobre uno de los cuales algunos buitres daban vueltas, elevados, pero tan atentos como pescadores observando su aparejo. Por muy duro que hubiera sido aquel hogar para Hulda, lamentaba dejarlo por esta taberna de hombres, donde el temperamento impertinente de su abuela encontraba tantos incentivos para la bravuconería, y su cautela, que debía ejercerse en Delaware, era completamente innecesaria en el lado de Maryland de la línea.
En la pequeña cabaña blanca de techo inclinado, Hulda había sentido una sensación de privacidad agradable para su vida en crecimiento, y su habilidad para leer a menudo encantaba a Patty Cannon hasta dejarla en una quietud que era como el sueño de la hiena, e incluso la volvía complaciente y cordial.
Pero donde se encontraba sola con hombres, sin la influencia del ejemplo de mujeres modestas, la tendencia audaz de Patty era superar a los hombres y llevarlos a audacias que habrían temido seguir de no ser por su coraje y su política; pues sabía engatusar a naturalezas jóvenes o toscas, tan bien como sabía dirigirlas.
Estas proezas de fuerza y astucia, arte de estado y desesperación, le recordaban a Hulda un libro que había leído sobre los caballeros normandos en Inglaterra secuestrando y robando a los pobres sajones; y una descripción del rey Guillermo el Conquistador le sugirió a Hulda que él era quizás una Patty Cannon en sus tiempos, ya que su cuerpo y sus piernas eran cortos y poderosos, como los de ella, y podía doblar un arco montado a caballo que ningún otro caballero podía doblar a pie con las piernas firmemente plantadas. No sabía leer ni escribir, y era supersticioso, pero cruel como la tumba. Todo esto era cierto sobre Patty Cannon, cuya proeza de pararse en una medida de fanega y ponerse trescientas libras de grano sobre el hombro ha sido relatada.
A menudo luchaba y ataba, sin ayuda, a hombres negros fuertes que luchaban por sus libertades. Podía montar a caballo, sentada como los hombres, de una manera que hacía parecer a Juana de Arco una doncella de simple oropel.
Hulda estaba vestida con sus mejores galas, su cabello estaba atado en anchas trenzas, sus facciones finas y sus ojos grises grandes, tiernos, pero buscadores, nunca se habían vuelto hacia Patty Cannon tan directamente.
Su abuela abandonó en un momento el intento de ser complaciente y severamente le ordenó que atendiera la habitación del coronel McLane.
«Ya no puedo mantenerte, descarada», dijo la mujer de ojos oscuros, con las mejillas llenas de sangre. «Date prisa en encontrar una vida fácil o Joe te buscará un marido. Estamos arruinados. Debes ganar dinero, ¿me oyes?»
«¡Aquí hay dinero, abuela!», dijo Hulda, sacando algunos de los chelines de 1815.
Al primer vistazo de estos, Patty Cannon palideció, pero, en un instante, la sangre caliente volvió a subir a su rostro, y soltó un juramento terrible y persiguió a Hulda, con las manos en alto, hacia la habitación de Allan McLane.
«¡Ah, Hulda, inflamando a tu pobre abuela otra vez!», dijo aquel caballero cuidadosamente vestido y bien alimentado. «Ahora, ahora, niña encantadora, eso no es conservador. Honra a tu padre y a tu madre, y a tu abuela, por supuesto; ¿no te enseñé yo eso?»
«¿Qué es ser conservador?», preguntó Hulda, sentada ante el fuego, mientras el coronel repasaba sus pies rectos y su figura alta y esbelta, y se detuvo, un poco enfriado por sus ojos claros y húmedos.
«¿Conservador? Vaya, es nunca precipitarse en nada; oponerse a precipitarse; ser... ser un baluarte contra las innovaciones. Preferir algo que has probado y conoces».
«¿Como tú?», preguntó Hulda.
«Sí, tu benefactor, en lugar de tener algún impulso apasionado. Por supuesto, ¿nunca amaste en este lugar?»
«Es el único lugar que conozco. Para ser conservadora, como tú lo llamas, debo tomar mi vida y mi oportunidad tal como las encuentro, como algo que he probado y conozco».
«¡Ah, Hulda! Veo que tienes algo radical y perverso en ti, para torcer mi significado tan de cerca. No perteneces a este lugar vil, excepto por consanguinidad. Sería perfectamente conservador que buscaras un asentamiento mejor».
«Ya habías insinuado eso antes», dijo Hulda, serena en su presencia como una joven acostumbrada a las propuestas. «Sí quiero cambiar esta vida, pero no puedo hacerlo y ser conservadora. Debo aferrarme a un impulso libre, a una oportunidad natural de algún tipo. Dios ha mantenido mi corazón puro en este lugar terrible donde nací. ¿Por qué estás aquí, si eres conservador? No es un centro para caballeros».
Él se enojó un poco ante esta estocada, pero ella siguió mirándolo tranquilamente, sin darse cuenta de que era impertinente.
«A menudo tengo negocios, Hulda, con Joe y Patty; los negros están muy caros, y debemos comprarlos donde se pueden conseguir. Pero un interés religioso cada vez más profundo en ti me atrae a menudo aquí».
«¿Por qué religioso además de conservador, señor?»
«He temido que las vistas que ves aquí, después de las buenas instrucciones que te he dado, pudieran convertirte en una infiel».
«¿Qué es un infiel?»
«Alguien que, siendo incapaz de explicar ciertos males en la vida, se niega a creer en nada. Ese es el caso de Van Dorn, un hombre muy malo. El padrastro Joe es siempre conservador en ese tema. Por mucho que se desvíe, nunca deja de creer. La tía Patty, también, por errática que sea, mantiene una postura conservadora sobre una Gran Causa Primera».
Aquí McLane sacó sus gafas de oro, pasó las hojas de su Biblia y le señaló a Hulda un lugar para leer, comenzando: «Dice el necio en su corazón: No hay Dios». A sus órdenes ella lo leyó, con fe, pero observando, estando su mente plenamente alerta a la advertencia que Van Dorn le había dejado, de que en su ausencia su gran prueba llegaría.
McLane vestía un traje gris inglés, con una panza llena y redonda, elegante por todo el cuerpo, su cabello un poco gris, sus gafas de oro colgando de su mano, zapatillas de charol barnizado y medias de seda, y una bufanda de seda con un alfiler de camafeo en ella, y un camafeo de su difunta hermana en su anillo, marcando su atuendo; sus ojos, de tipo saltones, mucho más adelantados, y azules como porcelana vieja, y sin embargo un azul animal, no espiritual —el tinte del azul de lavado, no el de la distancia—; un labio leporino en alguna parte de su habla, aunque la plenitud de sus labios muy rojos apenas permitía lugar para ello; y su nariz y cejas severas y militares, como si hubiera sido un pudin estampado con el sello de un emperador romano o del general Jackson.
La observaba leer con censura, pero también con deseo, patronazgo y untuosidad a la vez.
Al levantar la vista cuando hubo leído lo suficiente, Hulda pensó que la miraba como si fuera algún tipo de negra más rara.
«¡Leído maravillosamente, Hulda! Nunca voy a lugares como teatros, pero tú podrías ser, diría yo, una actriz. ¡No pienses en ello, sin embargo! ¡Profesión muy poco conservadora! Me siento muy orgulloso de ti, mi niña encantadora; ¡supongamos que te llevo a casa conmigo!»
Caminó hacia su taburete y puso su mano cálida sobre su cuello, de pie detrás de ella; ella no se movió ni cambió de color.
«Algo me ha sucedido, coronel McLane», dijo Hulda, clara como una campana fuera de una prisión, «para hacer que incluso Johnson's Cross Roads sea bueno y feliz. ¿Puedes adivinar qué es?»
Inclinó la cabeza hacia atrás y lo miró sin miedo, como si él fuera el negro ahora.
«¿No es éxtasis religioso?», dijo él. «No espero que sea una reunión de campo o una conversión de avivamiento. Eso es vil».
«No, coronel. Es conocer a un joven puro, cuyo amor por mí es natural y desinteresado».
«¡Gran Dios!», dijo McLane, retirando su mano. «¿No algún secuestrador?»
«No», dijo Hulda, «ningún traficante de esclavos de ningún tipo. No pueden hacerlo así. Él es perfectamente conservador, coronel, en cuanto a esa vileza. Creo que también es un caballero».
«Debes tener gran experiencia en ese artículo», se burló, mirándola con enojo.
«Te he visto a ti y a mi amado; tú tienes la mejor ropa y profesas más. Él tiene una naturaleza de la que tus oportunidades sacarían un verdadero refinamiento. Él me respeta, por muy desgraciada que sea; lo leo en sus ojos. Estás buscando una manera de degradarme en mis propios sentimientos, y sin embargo de engañarme. ¿Puedes ser un caballero?»
Ella estaba serena como si no hubiera dicho nada, aunque se levantó y se quedó a un lado de la chimenea, frente a él; entre ellos había una estampa del general Jackson pasando por encima de los británicos.
En ese momento Allan McLane sintió que la chica era barata al precio de su abuela.
Siempre la había concebido como una niña flexible y peculiar; en pocos minutos había crecido años y se había convertido en una mujer rara y casi majestuosa, que ya no debía ser moldeada, sino tentada con grandes proposiciones mundanas.
«¿Puedo preguntar quién es este amante ante quien soy tan inferior, Hulda? ¿Yo, que te he enseñado los logros con los que me castigas? Te encontré arena; te hice cristal».
Sacó un gran pañuelo de seda y realmente dejó caer algunas lágrimas en él. Ella continuó, fría e impasible:
«Mi amor es Levin Dennis, de Princess Anne. No tengo miedo de decirlo».
«¿Por qué?»
«Porque quiero que su peligro y el mío sean plenamente conocidos por él, y lo conviertan en un hombre».
El coronel dobló su seda y volvió al lado de Hulda.
«¡Ese chico disipado! Oh, Hulda, ¿dónde está tu verdadero orgullo? Ha abandonado a su madre. Es un pobre gitano. No, debo salvarte de tal error. Es mi deber hacerlo».
«Te agradezco por enseñarme, sea lo que sea lo que te haya hecho hacerlo. Si pudiera despertar en ti algo de desinterés hacia mí y mi nuevo amor, señor, sería la mayor gratitud que podría mostrarte. Ocultas tantas cosas duras y malas bajo tu palabra "conservador", que los sentimientos gentiles, como el perdón, te han abandonado, me temo».
«No», dijo el coronel, rígidamente, sus hombros volviéndose más militares, «los insultos a mi honor nunca los perdono. Las personas que no se resienten, no tienen principios conservadores».
«Perdono, como espero ser perdonada, a Joe, a la tía Patty, a Van Dorn y a ti. ¡Espero que la piedad, la misericordia y el dulce amor desinteresado, como creo que es el mío, puedan crecer en todos ustedes! Oh, coronel» —se volvió hacia él con seriedad y, al levantar las manos para impresionarlo, él simplemente notó la elegancia de sus muñecas y brazos morenos— «la compra y venta de estos seres humanos hace que todos sean insensibles. Es robarles sus almas y cuerpos, ya sean comprados en el juzgado o secuestrados en los caminos. Mi sueño de alegría es tener un marido que trabaje con sus propias manos libres, y labre su pequeña granja, y navegue su barco, sin un esclavo. Más allá de eso no espero ni pido nada del Dios querido que ha sido por tanto tiempo mi protector en esta guarida del crimen».
«Cálida o fría, hostigadora o tierna, eres espléndida, Hulda», dijo McLane, con el rostro bastante resplandeciente. «Ahora déjame mostrarte una imagen conservadora de tus méritos reales. Soy soltero. Mantengo una casa elegante en Baltimore. Mi mesa está provista de lo mejor del mercado; mis sirvientes son mis esclavos y nunca me desobedecen; mis pinturas son célebres; los libros nunca los busco —son cosas radicales— pero puedo comprarlos; mi carruaje es el mejor de Rahway, y mis caballos son Diomedes. En el condado de Frederick tengo una finca, a la vista de las montañas. Como acto cristiano, te sacaré de este lugar, al que pareces solo medio pariente, y te haré mi esposa».
«¿Me pides que me case contigo?»
«Conservadoramente; esto es, continúa siendo mi alumna y obedéceme. Sacaré tu mente de su ignorancia, tu cuerpo de los harapos, tus asociaciones del crimen. Proveeré para ti, mientras seas obediente, mientras viva y después de que muera. Viajarás conmigo y verás ciudades brillantes: Nueva Orleans, Charleston, La Habana. Si te quedas aquí, serás otra Patty Cannon o irás a la cárcel. ¡Ahí! Míralo conservadoramente: calidez, riquezas, placer, atención, cambio, ropa que te siente bien, un reloj y joyas, frente a la villanía y la bajeza de todo tipo».
«¿Cómo serás recompensado por esto?»
«Por tu amor».
«Pero no es mío para darlo; Levin lo tiene».
«¡Bah! eso está por debajo de ti».
«Pero se ha ido; no puedo recuperarlo; no volverá».
«Dame a ti misma», dijo McLane, atrayéndola hacia él; «los refinamientos no me importan. ¡Sé mía!»
La chica se dejó llevar casi a su lado, y, mientras él se inclinaba para besarla con sus labios grandes y complacientes, ella se deslizó de sus manos.
«Nunca podría rebajarme», dijo Hulda, «a ser siquiera la esposa de un traficante de negros».
Él se sonrojó hasta los ojos, aunque con admiración por su compostura casi aristocrática.
«¿No podrías rebajarte hasta mí?», dijo. «¿Ni desde la horca de tu padre?»
«No; él era un ladrón, pero audaz. Tú solo recibes los bienes».
Ella se había ido; y él se quedó allí, con luces malvadas en su rostro, pero sin vergüenza. Bebió un poco de brandy de una petaca y murmuró: «Ahora tengo un insulto que vengar, además de un capricho que satisfacer; su padre debió ser un pícaro frío. Bueno, todo tiene que hacerse por la fuerza aquí; Patty Cannon verá mi oro».
CAPÍTULO XLI.
EL ÚLTIMO TRUCO DE LA TÍA PATTY.
Frente a la habitación de McLane estaba el vestíbulo del corral de esclavos en el desván, una habitación en la que solía dormir Van Dorn. Con sus emociones profundamente excitadas, aunque no las había revelado —habiendo recibido su modestia una puñalada que ahora traía amargas lágrimas a sus ojos y sonrojos, invisibles excepto para los ángeles, cuyas blancas alas los habían ocultado de su tentador—, Vesta huyó a esta habitación para deliberar sobre su extrema situación.
Solo tres personas estaban ahora en la casa, cada una una parte interesada en su ruina; el hombre que había dejado, y Cy James, que estaba lleno de una cobarde pasión por ella, y Patty Cannon, quien, en su actual estado de ánimo, se regocijaría al ver la virtud de Hulda sacrificada como algo inconsecuente, alegre y despiadado.
«Quizás pueda volar a nuestra antigua casa cruzando la línea estatal y refugiarme con el nuevo inquilino allí», pensó Hulda. «¡Oh! Desearía que Van Dorn estuviera aquí; es muy valiente; y cuando me dejó, su beso fue como el de mi padre».
Las cadenas tintinearon y el zumbido de himnos bajos bajó por la escotilla desde el corral de esclavos.
«Hay un hombre blanco ahí arriba», reflexionó Hulda; «¿me atrevo a subir a ver?»
Abrió el candado y subió por la escalera. En la puerta del corral se asomó, pero no pudo distinguir nada en la oscuridad. Luego sacó la clavija de la grapa y entró en el olor enfermizo de la cárcel.
«¿Cuántos hay aquí?», preguntó Hulda. «Los oigo, pero no puedo ver».
«Tres hombres, una anciana y algunas pequeñas cosas, conforman el contenido actual de Pangymonum», respondió una voz áspera y alegre, «y, ¡por humo!, es suficiente».
«¿Es el hombre blanco el que habla?»
«Dice que es blanco, pero ellos creen que va a ser un fácil juego de manos hacerlo pasar por negro».
Sus ojos pronto reconocieron al hablante cuando dijo: «¡Por humo!, señorita, usted no se parece mucho a una Johnson. Supongo que usted es Huldy».
«Sí, ¿y usted, señor?»
«Yo era Jimmy Phoebus antes de ser un negro».
La chica se acercó rápidamente a él y puso sus brazos alrededor de él.
«¡Gracias a Dios!», dijo, «no estás muerto. Levin Dennis, mi querido amigo, lloró al pensar que estabas en el fondo del río. Pero, rápido, señor; pueden atraparme aquí. ¿Son todos leales los unos con los otros?»
«Sí, el traidor se ha cortado la garganta. ¡Habla, Huldy!»
«Oí a Patty Cannon murmurar que iba a liberar a su hombre negro para que secuestrara para ella. ¡Escucha! Debo volar».
Hulda bajó la escalera a tiempo para sorprender a Cy James subiendo. Inclinó su cuello de ganso mientras apoyaba las manos en las rodillas y, mirando hacia su rostro, exclamó:
«¡Juego de manos! ¡Por humo! Y Pangymonum también».
* * * * *
«Samson», dijo Jimmy Phoebus, tan pronto como Hulda desapareció, «prepárate para ser un mentiroso de primera clase; quiero que aceptes la oferta de Patty Cannon».
«¿Y dejarte aquí solo, Jimmy? No puedo hacerlo».
«No seas tonto, Samson. Encadenados aquí, no podemos ayudar a nadie. Ábrete camino hasta Seaford y Georgetown, y rodea el pantano de Cypress hasta Princess Anne. Alarma a los capitanes de las embarcaciones; pues Johnson intentará llevarnos a vela, supongo, por la bahía hasta Norfolk. Tengo una lima que me dio ese tipo de cabeza de calabaza, y supongo que saldré de mis cadenas al mismo tiempo que tú llegues donde el juez Custis. ¡Ahí! Viene la vieja Patty».
«Ve, Samson», dijo el hombre de color de Delaware. «Soy más joven que tú, y lucharé tan alegremente bajo las órdenes del Sr. Phoebus».
La voz de la tía Hominy vino en monólogo en blanco desde el fondo:
«Tomó el sombrero de ese diablo, niños, y nos midió junto con la pequeña Vessy».
* * * * *
Esa tarde hubo una larga y libre conferencia entre Samson y Patty Cannon, en su cocina, junto a la taberna, donde Hulda escuchó risas e invitaciones a beber, y todos los sonidos de perfecta igualdad, los dichos picantes y la bonhomía del negro pareciendo desarmar y complacer a la mujer intrigante, cuya familiaridad era a la vez su influencia y su debilidad, y derrochaba su naturaleza sociable con negros y blancos. Samson era tan intrépido y observador que no mostró interés en escapar, y entró lentamente en el rango de su temperamento; pero, mientras Hulda se asomaba, cerca de la medianoche, a la cocina, vio al viejo Samson palmoteando alegremente, mientras Patty ejecutaba un baile borracho.
Cuando esta última cayó sobre un jergón que tenía allí y se quedó dormida, el hombre de color levantó silenciosamente el pestillo y se alejó del porche de la taberna.
* * * * *
Al amanecer se oyeron caballos y voces por parte de Hulda, y reconoció los pasos de Joe Johnson en la casa. Sacudió a Patty Cannon, pero no pudo despertarla; luego miró en la habitación de Van Dorn y encontró a Hulda, aparentemente profundamente dormida, y escuchó su nombre llamado por Allan McLane al otro lado del pasillo:
«¡Joe! No tan fuerte. Sé conservador. Ven; te estoy esperando. ¿Está todo hecho y traído?»
«El tipo del sombrero de copa nunca se escabullirá», dijo el rufián.
«Bien, bien, Joe. La venganza es mía, y es un dicho conservador. Mi querida hermana está en paz».
«Los dos polluelos amarillos se te han escapado; la doncella se escabulló al funeral con tu sobrina, y la otra debe habernos olido y saltado de la rama».
«No es un lenguaje de buen gusto en absoluto, Joe. No te entiendo. ¿Dónde están las dos mozas brillantes, Virgie y Roxy?»
«Roxie está en Baltimore; Virgie se ha escapado».
«¿Escapado? ¿A dónde? ¡No te burles de mí, Joe Johnson! Por muy conservador que sea, no me gusta, señor. ¿A dónde podría haberse escapado?»
«No hay forma de que se nos escape sino por agua o a través del pantano de Cypress, coronel. No está a salvo de este lado del puente de Cantwell. Se ha dado la voz, y cada camino está vigilado».
«Pero Van Dorn ha sido rechazado; no ha hecho ni una sola captura; los negros lo expulsaron de Dover con armas de fuego, y está herido en alguna parte».
El alto secuestrador palideció, y luego envió a la sombra de Van Dorn al tormento eterno.
«¡No jure en mi presencia, caballero!», exclamó McLane, también irritado. «No es propio de un conservador, y no lo permitiré. ¿Cómo sé que Meshach Milburn ha muerto? ¿Quién lo hizo?»
«Black Dave disparó el trabuco y se aseguró de que no se levantara».
«¡Que venga aquí!»
El negro entró con los ojos enrojecidos y la voz ronca por sus pulmones enfermos; se mantenía en pie como lo que quedaba de un hombre antaño gigantesco y bien proporcionado.
«Deme un trago», masculló; «estoy casi muerto de miseria y frío».
«Dile a este hombre lo que hiciste», dijo Joe Johnson; «¿esperaste hasta ver el sombrero en la ventana, disparaste y derribaste tanto al sombrero como al hombre?»
Tras engullir un dedal de brandy de McLane, el negro gruñó «¡Sangre!» y se miró las manos temblando.
«¿Qué forma tenía el sombrero?», preguntó McLane, sacudiendo al negro con salvajismo; «¿era como este?», y moldeó su propio sombrero de fieltro blando hasta darle forma puntiaguda.
Black Dave miró y negó con la cabeza.
«¿No como ese? ¡Maldición!»
«Sin juramentos, coronel, ante nosotros, los conservadores», se aventuró a decir Joe Johnson; «¿cómo era el sombrero, Dave? Estás borracho».
«Como esto, creo». Moldeó la copa dándole forma de campana con el dedo.
Joe Johnson y McLane se miraron durante un minuto con mutua acusación y confusión, y el primero derribó al negro sin miramientos con su gran puño.
«No habrá oro mío para este trabajo, Joe Johnson», dijo Allan McLane; «en tu conservadurismo por salvar tu propio pellejo, has permitido que tu herramienta mate a un hombre inocente».
Con toda la fuerza de su voluntad, hizo un gesto hacia la puerta y la cerró en la cara del secuestrador. Luego, presa de una altiva emoción, no de miedo, sino de orgullo herido y deseo de venganza, McLane se sentó, miró a su alrededor como para decidir el siguiente movimiento e instintivamente alargó la mano hacia su Biblia, que abrió por una página marcada y leyó en voz baja, hasta que las lágrimas de una vindicativa confusión y una humildad fingida le cortaron la voz, de la siguiente manera:
«"Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora: Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar... Dios restaura lo que pasó... el hombre no tiene más preeminencia que la bestia, porque todo es vanidad... el hombre debe alegrarse en sus obras, porque esa es su porción; porque ¿quién lo llevará a ver lo que ha de ser después de él?"»
Cuando las lágrimas de piadosa vindicta cerraron la lectura, el coronel McLane extendió su pañuelo de seda sobre el suelo desnudo y se arrodilló en una oración silenciosa y cómodamente asegurada.
* * * * *
Black Dave se había arrastrado hasta la habitación donde Hulda escuchó parte de estas revelaciones, y entró en el gran armario bajo el pasadizo oculto que llevaba al corral de la prisión, donde sus gemidos y su agonía mental conmovieron la compasión de Hulda. Ella abrió la trampilla y se arrastró también hasta allí.
«¡Calla, Dave!», susurró. «¿Qué te hace sentir tan miserable?»
«Señorita, he matado a un hombre. Me obligaron a hacerlo. Arderé en el tormento. ¡Señor, sálvame!»
«Dave», dijo Hulda, «mi pobre padre murió por sus ofensas. Tú ya no puedes hacer nada más; pero, al igual que él, puedes arrepentirte».
«Oh, señorita, soy negro. El ron y las peleas me han arruinado. No hay forma de mejorar. La ley no me dejará testificar contra la gente que me puso a ello. ¿Cómo puedo arrepentirme si no confieso mi pecado? La ley no me permite confesar».
«Confiesa tu alma pobre y atormentada ante mí, Dave. El Señor te escuchará, aunque no te atrevas a volver tu rostro hacia Él».
«Señorita, una vez estuve en el camino del Señor. Mis manos estaban limpias, mi cara clara, mi estómago sin quemar por el licor. No me interponía en el camino de nadie; en la iglesia me ponían en primera fila. Mi alma era feliz. Un día le di una paliza a un hombre más grande que yo. Eso me hizo orgulloso y descarado. Me aparté del camino, y ya no servía para que me contrataran personas honradas; así que las tabernas me atraparon, y luego los secuestradores me usaron, y ahora la sangre de Caín y Abel está en mi frente para siempre».
Hulda se arrodilló junto al asesino y rezó con todo su corazón; no la oración autoconsciente y peticionaria de quien rezaba al otro lado del pasillo, sino la humilde oración del penitente en el Calvario: «Señor, nosotros, de esta guarida de malhechores, pedimos estar contigo en el Paraíso».
* * * * *
El día siguiente transcurrió en preparativos para la huida de Patty y su yerno.
Hubo que conseguir una embarcación de tamaño suficiente y una tripulación para tripularla río abajo, y esto requirió dos viajes, uno de Patty, a Cannon's Ferry, y otro de Joe, a Viena y al muelle de Twiford.
Durante su ausencia, Cy James estaba igual de concentrado en algo, y Hulda lo vio en el campo arado cerca de la vieja cabaña de Delaware, bajo los zopilotes que se lanzaban en picado, dirigiendo al granjero hacia dónde guiar el arado, y pareció que, al poco tiempo, uno de los caballos había caído en un hoyo allí.
Más tarde, Hulda observó a Cy James, con una pala, excavando en varios lugares cerca de la antigua cabaña de Patty Cannon.
«Todos trabajan para sí mismos», pensó Hulda, «excepto Levin y yo. Cuántas veces he visto a la tía Patty deslizarse hacia lugares secretos en la noche, o al amanecer, cuando miraba todas las ventanas para ver si la vigilaban. Sus colmenas eran su mayor preocupación».
Un pensamiento repentino hizo que Hulda se quedara inmóvil y que el color abandonara sus mejillas.
«Todos se van a ir. A mí también me llevarán, o me retendrán aquí para un mal peor. Mi madre, en Florida, me odia; me lo ha dicho. Sé el matrimonio que Allan McLane quiere para mí: ¡ser su esclava blanca! Levin es pobre, y su madre también lo es; dicen que Patty Cannon ha enterrado oro. Quizás Dios me lo señale».
Se deslizó por el camino de Seaford y subió por el sendero de los campos que tan bien conocía. No había nadie en la cabaña de techo abuhardillado. Hulda entró entre las dependencias y comenzó a inspeccionar las colmenas, hechas de secciones de árboles redondos, y las grandes macetas de madera que Patty Cannon había dejado atrás.
Solo fue interrumpida por un disparo en el campo arado, y vio a los pertinaces zopilotes caer muertos desde el aire mientras exasperaban al labrador.
* * * * *
«Tendré una diversión en Maryland antes de irme», escuchó Hulda decir a su padrastro, mientras pasaba junto a su cama para subir por la escotilla al amanecer, «y será quemar al negro que me engañó. Hoy es su día».
Casi de inmediato bajó la escalera maldiciendo, seguido por una carcajada burlona desde arriba y el grito: «¡Todos te veremos colgado todavía, maldita sea! ¡Y aplasta otro huevo en tu cara, comprador de negros!»
En un momento o dos, una tremenda pelea se estaba produciendo en la planta baja entre el secuestrador y la madre de su esposa, y Hulda creyó que se estaban asesinando el uno al otro; al asomarse una vez para ver, contempló a Johnson sosteniendo a Patty contra el suelo y metiéndole en la boca su elegante cabello, que había sido arrancado en la refriega.
«Seré tu muerte, vieja alcahueta, antes de irme», gritó él; «el veredicto sería: "le hice un favor al condado"».
«¡Apártense de ahí!», gritó Allan McLane, apartando a Hulda y poniéndose entre los contendientes. «¡Qué vergüenza, Joe! Azotar a tu suegra apenas es conservador. Aquí tienes un recado que te pagará bien: mi sirvienta Virgie ha sido capturada».
El secuestrador soltó a la mujer y se volvió hacia su invitado.
«¡Buenas noticias!», dijo; «si eso pone mi cuello en la soga, la buscaré por usted».
Su semblante había comenzado a adoptar una expresión sensual, cuando Patty Cannon, a quien él daba la espalda, se abalanzó sobre él como un tornado, lo levantó del suelo, lo arrojó a través de la puerta trasera al patio y le echó el cerrojo por fuera. McLane se retiró por la otra puerta.
«¡Gracias al cielo!», reflexionó Hulda, mirando hacia abajo con terror, «nadie ha sido asesinado todavía, y tengo otro día de gracia para esperar a Levin».
* * * * *
«Coronel McLane», dijo Patty Cannon en su habitación esa noche, «¿qué interés tiene usted en la cuarterona y en Huldy también? ¿No querrá a ambas, coronel?»
«No, tía Patty. Todas mis opiniones son conservadoras. ¡Ciertamente! A Hulda quiero reformarla y amoldarla a mis necesidades. Ella me adornará. Al arrebatarle la chica Virgie a mi sobrina Vesta, deseo castigar a esta última por consentir en la degradación de nuestra familia y casarse con el guardabosques, Milburn. Ella ama a esta cuarterona; por lo tanto, quiero privarla de la chica: Joe debe traérmela, ¿entiende?»
Su rostro expresaba la indiferencia que sentía hacia la seguridad de Virgie en el camino, y la burda sugerencia le dio a Patty Cannon su oportunidad:
«Coronel, solo hay tres en la casa esta noche; yo soy una».
«Yo soy dos, Patty».
«¡Y tres es la bonita Huldy, coronel!»
Se miraron durante unos minutos en silencio.
«Son dos contra una», dijo Patty Cannon con una risita. «No tenemos vecinos que no estén acostumbrados a ruidos por aquí».
El silencio se restableció mientras los dos productos del tráfico de personas leían los rostros del otro.
«Le hice una propuesta muy conservadora y liberal, Patty, y me insultó, aunque hermosamente. Pero le guardo rencor por ello».
«¿Le insultó, coronel? ¡La ingrata descarada! ¿No puede usted insultarla de vuelta? Nunca se atrevió a desobedecerme. Una vez que su orgullo se rompa, será como las otras chicas, supongo».
«Eso es cierto, sin duda. Pero, Patty, ¿no siente un poco de remordimiento al respecto, considerando que es su nieta?»
«Mi madre no sintió ninguno por mí, cariño», se rio la vieja con familiaridad.
«¿Qué es esa historia que he oído sobre su origen, Patty?»
«No sé más sobre eso, coronel, que lo que sabría una chica pobre e ignorante, ya sabe. He oído que mi abuelo era un lord. Una mujer gitana sedujo a su hijo y él se casó con ella. Su padre lo echó de su puerta, y su mujer lo llevó con su dinero a Canadá, donde se dedicó al negocio del contrabando en St. John's, a medio camino entre Montreal y los Estados Unidos».
«¿Y fue colgado allí por asesinar a un amigo que lo descubrió?»
«Eso dicen, cariño. Como sea, fue colgado. Nosotras, las chicas, éramos hermosas. Decía mi madre: "Es un mundo duro, pero no dejes que te venza, chicas. Cásense si pueden. De cualquier manera, tienen que vivir, y no pueden vivir de las mujeres". Me casé con un hombre de Delaware, y así dejé de ser Martha Hanley y me convertí en Patty Cannon».[7]
«¡Y qué carrera ha llevado usted, tía Patty! De haber vivido en cualquier otro lugar que no fuera este viejo bolsillo entre las bahías, habría tenido la reputación del capitán Kidd. Dígame ahora, conservadoramente, ¿no fue su propia infancia desamparada la causa de sus errores, y nunca le hace sentir compasión por otros gorriones como Hulda?»
La mujer de pelo negro, con cierto pensamiento malvado, como alguien sobre quien se ha reflexionado con dureza, finalmente clavó sus audaces ojos negros en los de McLane y respondió, riendo entre dientes:
«No sé si lo hace, coronel. Antes de que mi madre me señalara el camino, amaba a los hombres. Me encantaba que fueran malos. Mamá nos tomó mientras íbamos a la deriva. Y en cuanto a Huldy aquí, su madre me la tira encima; no es como los Cannon y los Johnson; está llena de orgullo y», con un juramento, «¡que se lo quiten! ¿Pagarás mi precio?»
Él vaciló.
«No es el precio, Patty; es la forma. ¿No es cobarde?»
«Sí», dijo Patty con descaro, «es un secuestro. Ese es el oficio aquí. Pague el dinero, coronel, y esta habitación vacía se iluminará para ser su cámara nupcial. ¡Bah! ¿Es usted un hombre?»
Sus palabras despertaron visiones que el amor propio puede rechazar a regañadientes, y que, entretenidas solo un instante, se vuelven irresistibles.
La forma flexible, madurante y redondeada de Hulda pisó el escabel de su mente, tocó su rodilla y exhaló el aroma de su juventud como un almizcle sutil, hasta que él se reclinó lánguidamente, como si fumara en pipa y en su cazoleta estuviera pintado su busto, y todas sus modestias se disolvieran en la embriaguez. La brutalidad misma se volvió natural para esta visión, como un goce más feroz y un sustituto del engaño que ya no podía practicar. La niña había huido de él en el instante de agarrarla, como una mariposa pálida, pero permaneció allí donde había flotado, una esencia sedosa y núbil, hada y humanidad en una sola, vestida de pensamientos puros y dulce respeto, cuya profanación sería un juego tan raro como la lucha de Satanás con el alma de Eva.
Su inocencia y espíritu, su respeto propio y su conciencia femenina despertada, su debilidad y sensibilidad, su temple y belleza, se presentaron por turnos; y la habitación fría y amaderada, la taberna descuidada, el viento de la noche de otoño bajando por la chimenea y avivando el fuego, todo parecía instintivo, como él, de malicia, como si el alma de Patty Cannon volara a horcajadas sobre una escoba y dirigiera a cien brujas.
McLane tenía cincuenta años; su familia era una familia comercial rígida, que generalmente se había mantenido recatada, aunque codiciosa, y practicaba el conservadurismo del que él también se jactaba, pero del cual se había apartado: era el proscrito de la casa, aunque elevaba sus principios a un lema agresivo, más aún porque prosperaba gracias al antiprogreso.
Era un patrocinador de tratantes de esclavos domésticos, y ponía su dinero en formas de ganancia ante las que los hombres dudaban; no solo en la acera, por usura, sino detrás de los prestamistas y apostadores, en compañías de lotería y casas de licor, y, se decía, en el comercio abierto de esclavos también, cuyos clíperes ocasionalmente salían de Chesapeake con supuestos recados comerciales a las Indias Orientales y regresaban solo con frutas de las Indias Occidentales.
Se esforzaba por mantener su crédito mediante una ostentosa aversión a las novedades y heterodoxias, y a toda agitación liberal, y tenía la sublime audacia de llevar su Biblia a cada sumidero de vergüenza, como si fuera el equipaje natural de un caballero, y esperada con él; y reprendía la «blasfemia» mientras pujaba en la subasta de esclavos o se sentaba en una taberna llena de secuestradores, entre muchos de los cuales pasaba por un estándar religioso.
Ninguna parte de esa Biblia le proporcionaba deleite u ocupación, sin embargo, excepto el Antiguo Testamento, con sus códigos completos de servidumbre, concubinato y ojo por ojo. Conocía las leyes judías mejor que los escribas y fariseos en tiempos de Herodes y Juan, y se había convencido de que la aprobación mental y, siempre que fuera posible, la práctica de estas, constituían un creyente firme. La venganza, la intolerancia, la formalidad y la complacencia propia se habían convertido tanto en su teoría que ni él mismo sabía si era capaz de hacer el mal siempre que quisiera algo.
No particularmente valiente, carecía tanto de sensibilidad que no sentía miedo en ninguna parte; y, yendo generalmente entre sus inferiores blancos de clase baja, tenía la costumbre de ser admirado, y prefería su sociedad. Sobre todo tenía una opinión, y no permitía que ningún extraño en Baltimore tuviera la suya. El espíritu de disturbio, tan temprano y tan frecuente en esa ciudad, reposaba sobre tales plagas sociales buitres y autoconscientes como él, que siempre afirmaban ser el tono público de Maryland.
«Patty», dijo Allan McLane, con su voz de labio leporino, suave pero dura, como gachas comidas con un cuchillo bowie, «podría pagarte este dinero y tú podrías no entregar la propiedad. ¿Será ella tratable?»
«Coronel, la asustaré casi hasta la muerte. Se esconderá de mí aquí junto a su fuego, y mi voz fuera de la puerta la mantendrá aquí hasta el día».
McLane fue a su maleta, la abrió y sacó rollos de billetes y una bolsa de oro de piel de ciervo.
El brillo amarillo pareció destellar en los ricos ojos negros de Patty Cannon, como la luna sobre un pozo.
«¡Qué hermoso brilla, coronel!», dijo. «Nada es como él para un amigo. La juventud y la belleza tienen que ir juntas para ser fuertes, pero, ¡por Dios!, el oro puede ir solo».
Contó dos montones, uno de billetes y otro de oro, usando sus gafas de oro sobre su nariz de halcón para hacerlo, y dijo:
«Patty, he comprado muchas nietas con la vieja, pero esta es la primera niña que compro a la abuela. ¡Ahora cumple tu contrato y gana tu dinero!»
Se guardó las gafas en el bolsillo, estiró sus zapatillas con polainas ante el fuego, miró su reloj y dejó caer el sello de cristal sobre su abdomen terso, y sus ojos vítreos, de color azul verdoso, se llenaron de color como dos jarrones en el escaparate de un boticario. Estaba listo y ansioso por sustituir al rufián por el tentador.
Patty Cannon, mirando el dinero sobre la mesa y portando una lámpara, salió de inmediato por la casa, llamando: «¡Huldy! ¡Huldy!»
Nada respondió al nombre.
Registró de habitación en habitación, escudriñando todas partes, e hizo el circuito dos veces, y, tomando una linterna, salió a la noche ventosa y rodeó los límites de la vieja taberna.
La casa era fácil de explorar, no teniendo sótano ni dependencias, y la trampilla del corral de esclavos estaba cerrada con llave. El chal y el sombrero de la chica también habían desaparecido.
«Nos ha oído, supongo», masculló la vieja; «se ha escapado y me ha arruinado. Joe es cruel conmigo; Van Dorn se ha ido; sin oro iré al asilo de pobres. McLane no tiene piedad...»
Se detuvo en la frase y, con solo un instante de vacilación, volvió a entrar en la taberna y abrochó la puerta exterior.
Bajo su cama de plumas metió la mano y sacó un objeto grande, tomó un cuerno de la repisa y lo roció con algo que contenía, y luego, con un andar audaz y masculino, pisando fuerte, subió de nuevo en la oscuridad las escaleras abiertas, hablando, a medida que avanzaba, en voz alta, complaciente o severa, como si se dirigiera a algún fugitivo al que estaba engatusando o forzando. Finalmente, en la habitación de McLane, llamó con fuerza, gritando:
«¡Abra, coronel! ¡Aquí está la criatura tímida! Ya no se atreve a desobedecer más. ¡Salga y bésela, coronel!»
«¡Ja!», dijo McLane, abriendo su puerta, de la cual salía el brillo total del fuego y las velas, «¿es conservadora, verdad? ¡Bien, que entre!»
Cuando dio un paso para penetrar en la oscuridad con sus ojos deslumbrados, Patty Cannon empujó silenciosamente contra su corazón una enorme pistola de caballo y apretó el gatillo: un destello de fuego del pedernal afilado contra la pólvora fresca en la cazoleta iluminó el pasillo un instante, y el pesado cuerpo del invitado cayó hacia atrás ante su silla, y sobre él se inclinó la mujer un momento, inmóvil como la muerte, con la pesada pistola convertida en garrote, lista para golpear si él se movía.
Él no se movió, solo sangró por los labios grandes, macabro y sin protestar, y los fríos ojos azules parecían tan naturales como la vida misma.
Patty Cannon tomó la silla y contó el dinero.
CAPÍTULO XLII.
LOS PICOS.
El viento soplaba por intervalos, como multitudes que se mueven durante una discusión, unas veces mudo como el asombro, otras rumoroso y, a veces, amotinado y feroz, cuando Hulda, tras haber escuchado solo unas pocas palabras de la propuesta de su abuela, se deslizó fuera de la vieja taberna y pasó a la noche, aterrorizada pero no sin pensar, hasta que llegó a unos pinos grandes que parecían decir sobre su cabeza, muy alto hacia el cielo: «¿Adónde ahora, oh adónde, oh-h-h adó-ó-ónde, en la fría, frí-í-ía, frí-í-ía desolación del mu-u-u-undo?»
«¡A cualquier parte!», respondió Hulda, sin miedo al frío ni a la naturaleza, tan intenso se había vuelto su temor a los hombres y mujeres. «Aun así, ¿adónde? Podría ir a Cannon's Ferry y contar mi historia a esos mercaderes de corazón duro, o a Seaford y pedir refugio en algún lugar allí; pero primero probaré de nuevo en nuestra vieja cabaña».
Subió tan silenciosamente por el sendero del campo que los perros no pudieron haberla escuchado y, al acercarse a la pequeña casa, vio luces en ella y pronto escuchó voces y vio figuras moviéndose dentro.
Conociendo cada agujero y grieta de la pequeña vivienda, Hulda pronto tuvo una vista perfecta del interior de la casa al estar de pie en la oscuridad, a poca distancia de una de las ventanas bajas y pequeñas.
Una mesa estaba en medio de la habitación principal, sobre la cual había un viejo cofre mohoso con tierra pegada a él, y al lado del cofre había huesos y jirones de ropa sobre la tapa hendida del cofre.
«¡Jura que el testimonio que usted da será la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, así Dios le ayude!», exclamó una persona pequeña, rechoncha y de aspecto irlandés, presentando un libro para que fuera besado por un muchacho escuálido, sin barbilla y de cuello de ganso, a quien Hulda reconoció de inmediato como Cyrus James.
—¿Debo llevármelo, doctor Gibbons? —preguntó un hombre de aspecto distinguido y modales desenfadados al magistrado.
—Sí, señor Clayton.
—¿Conoce usted la naturaleza de un juramento? ¿Qué es?
—Me freiré como un trozo de tocino en la sartén del diablo si no digo la verdad —chilló Cy James, con celo.
—No, no lo hará; al menos, no primero. Si no me dice la verdad, haré que le corten las dos orejas en la picota, y ni un pedazo de tocino entrará en ese estómago hambriento suyo en un mes. ¡Goy!
Miró a Cy James como si tuviera la intención de arrancarle la nariz de un mordisco para empezar.
—Ahora, Hollyday Hicks, usted y Billy Hooper y los otros alguaciles llévense esta caja, que aquí huele demasiado fuerte, tan pronto como el testigo haya jurado sobre ella. ¿Cuándo vio por última vez esta caja, James?
—Hace unos diez años, señor, cuando llevaba cuatro años atado a Patty Cannon, supongo, vi a Patty y a Joe Johnson y a Ebenezer, su hermano, cargando todos este cofre hacia el campo y enterrándolo.[8]
—¿Qué los vio poner en ese cofre?
—A un hombre muerto... un traficante de negros. No puedo decir si su nombre era Bell o Miller; ella mató a dos hombres cerca de esa época, y yo era tan pequeño que los tengo mezclados.
—¿Vio usted cómo mataba a este hombre?
—No, señor, yo no estaba en casa. Llegué a casa a tiempo de verlos meterlo en la caja. Oí a Patty contarle a los muchachos cómo lo mató. ¡Oh! Estaba orgullosa de ello, señor, porque no tuvo ayuda alguna.
Media docena de cabezas de alguaciles, algunos de los cuales Hulda conocía, se inclinaron hacia adelante al unísono para escuchar al testigo, mientras otros retiraban los restos desagradables. El señor Clayton continuó:
—¿Cómo dijo ella que lo mató?
—Dijo que él llegó a la taberna de Joe con un caballo prestado de East New Market, donde le dijo a la gente que estaba comprando negros, y que se llevaría quince mil dólares en mercancía si podía conseguirlos. Lo siguieron, y Ebenezer Johnson se adelantó. Le dijeron que la taberna estaba llena y que estaría mejor atendido en la pequeña granja de una buena mujer cerca de allí. Le hicieron creer, dijo ella, que un caballero con mucho dinero no siempre estaba seguro en la taberna. La tía Patty le sirvió la cena. Se sentó a la mesa después de comer a hurgarse los dientes. Ella tomó su pistola y salió a su jardín a escardar sus flores. Una vez se acercó a él por la ventana para disparar, pero él se giró rápido, y ella le dijo: «Oh, señor, solo quiero ver si no necesitaba algo más». «No, no», dijo él; «he cenado realmente bien». «Adoro mis flores», dijo la tía Patty, «y me gusta escardarlas al ponerse el sol, para que puedan dormir bien y suaves». «¿De veras?», dijo él; «creo que es usted una mujer bondadosa». Se volvió de nuevo y comenzó a revisar su cartera. Ella escardaba y escardaba, y tarareaba una pequeña melodía. De repente, se deslizó hacia él y la oí decir: «Muchachos, se la di bien, justo en la parte trasera de la cabeza, y cayó sobre la mesa, y el agua que había estado bebiendo quedó roja como vino de grosellas».
—James Moore, le tomaré juramento a continuación —dijo el magistrado al nuevo arrendatario de la granja; y este hombre procedió a testificar sobre el hallazgo del cofre mientras araba en un terreno húmedo donde había retirado algo de maleza.
Cy James, al ser llamado de nuevo, dio testimonio sobre otros cuerpos enterrados, principalmente de niños sacrificados por capricho o celos, o para evitar ser perseguidos.
—Tome a este muchacho, Joe Neal —dijo el alguacil Hicks[9]—, y sujételo bien.
—¡Goy! —dijo Clayton, con un ceño terrible hacia Cy James—, ¡podríamos tener que ahorcarlo aún! El conocimiento culpable de estos crímenes durante tantos años, y la denuncia al final solo por un resentimiento privado, constituye una complicidad. ¡Bien por usted, joven depravado, si hubiera poseído el principio de este joven caballero!
El senador puso su mano sobre una figura sentada, y surgió ante la vista de Hulda la imagen de su amante, Levin Dennis.
—Alguaciles —dijo el doctor Gibbons, el magistrado—, les daré sus órdenes ahora. Las autoridades de Maryland proponen, sin esperar a los procedimientos de extradición, entregar a sus prisioneros en el límite estatal.
—¡Goy! —dijo Clayton—, puede que tengan amigos en las cámaras ejecutivas de Annapolis. No, muchachos, actúen juntos, como patriotas, como los muchachos de Maryland y Delaware sirvieron en la misma brigada revolucionaria. Joe Johnson debe estar aquí mañana al mediodía: tengan cuidado de no molestar a la vieja Patty ni despertar sus sospechas hasta que llegue. Ella casi ha terminado de hacer el mal, pero él tiene toda una vida por delante para seguir haciéndolo.
—¡Alguacil Neal, yo se los empujaré al otro lado de la línea! —dijo el oficial de Maryland.
—Alguacil Wilson, tenga cuidado cuando atrape a la vieja Patty: puede estar cargada y disparar —exclamó el oficial de Delaware.
—Doctor John Gibbons —dijo Clayton—, no pierda el tiempo con ellos en la audiencia en Seaford, consiga caballos y envíelos directamente a la cárcel de Georgetown; son escurridizos como anguilas. ¡Goy!
Mientras llevaban a Cy James a un lugar seguro en el desván, se volvió hacia Levin Dennis, muy marchito y cabizbajo.
—Oh, Levin —dijo—, Huldy no querrá saber nada de mí ahora, lo sé. ¿No me apoyarás, Levin? Ella se va a casar contigo, y yo te daré todo lo que he encontrado.
—¡Huldy! —exclamó Levin—; ¿oh, debo dejarla allá en la taberna otra noche?
—No —respondió Hulda, adelantándose—; ambos estamos a salvo, amigo mío. Pero habría tenido que hacer mi cama en el bosque esta noche si Dios no me hubiera dirigido hacia ti.
Mientras se abrazaban con cariño, el senador Clayton exclamó:
—¿Qué? ¿Palomas entre las serpientes de cascabel? ¡Goy!
CAPÍTULO XLIII.
EL PLACER AGOTADO.
El alba aún no había roto cuando aquel viajero veloz, Joseph Johnson, anticipándose a sus enemigos por horas, ató silenciosamente sus caballos en la taberna que había construido, y casi cae en los brazos de Owen Daw.
—Joe —dijo aquel granuja—, hay gente rara merodeando por aquí. Dicen que han desenterrado un cofre azul en el campo de allá, y que hay huesos dentro. Sospecho que te están buscando, Joe.
—Te daré un trabajo, Owen —dijo Johnson, tan rápido de pies como el muchacho—. Mete estos caballos en mi carreta mientras recojo algunos bártulos antes de largarme.
Deslizándose hacia la parte trasera de la casa, entró y miró en la habitación de Patty; ella no estaba allí; un ligero olor a pólvora parecía haber en el pasillo. Subiendo rápidamente las escaleras, Johnson vio una luz brillar en la habitación de McLane, y abrió la puerta de una patada, exclamando:
—Mala suerte por todas partes; la chica está muerta, los polis están rodeándonos. ¡Despierta, McLane!
—¡Joe! —dijo una voz, y Patty Cannon le rodeó con sus brazos.
—¡Al fuego ardiente contigo! —bramó el hijo filial—. ¡Quita tus brazos!
—¡Hagamos las paces, Joe! Todo el mundo ha huido de nosotros. Huldy también se ha ido. McLane está muerto.
—¿Muerto? ¿Muerto dónde?
—Allí —señaló hacia un colchón de plumas que yacía en el suelo, cuyos contornos parecían inusualmente puntiagudos y rígidos para ser plumas, aunque estaba cosido dentro de sus propias mantas y edredones. Joe Johnson lo tocó con el pie y retrocedió de un salto.
—¡Gata del infierno! —gritó—, ¿es este uno de tus trucos?
—Lo hice por ti, Josie. Él se lo buscó. Ahí está su maleta llena de dinero para pagar nuestros gastos de viaje. Está cosido maravillosamente, y en la bahía puedes tirarlo al fondo.
El rostro de Joe Johnson se tornó casi lívido, y, abalanzándose sobre Patty Cannon con ambas manos levantadas, la golpeó hasta tirarla al suelo y puso su bota sobre ella.
—Si tuviera tiempo, te quitaría la vida —siseó—. Pero eso le haría perder el trabajo al enterrador. Esta noche te dejo para siempre. Margaretta, tu hija, desea no volver a verte nunca. ¡Toma esta cuna y la sangre que aún debes derramar para mantener caliente tu viejo corazón, y toma mi maldición para que te ahogues en la horca!
Salió corriendo y dio un silbido bajo en la ventana; Daw y el hermano de Joe, Ebenezer, un ser más bajo y siniestro, subieron las escaleras a saltos, soltaron y llevaron ante ellos al pequeño grupo de cautivos.
—¡Una palabra más de ti, negro blanco, en todo este viaje de hoy, y esparzo tus sesos por el bosque!
Joe Johnson sacó una pistola mientras hablaba, y Jimmy Phoebus vio su determinación nerviosa con demasiada claridad como para provocarla.
—Ahora, pon este fardo en la carreta —dijo Johnson, refiriéndose a la cama, y los hermanos la llevaron abajo, arrojando la maleta del hombre muerto junto a ella.
—¡Joe! ¡Joe! —llegó la voz de Patty Cannon desde la habitación de invitados—, llévate a la pobre anciana que te crió.
—¡Guárdate tus palabras! —respondió él—; nos vamos a ser caballeros en una tierra donde tú nos mancharías de negro. No vuelvas a cruzar el arroyo ni a ser mi amante; cría a otro Joe Johnson, si puedes, para hacer que este viejo casco rebose de negocios: te lo dejo.
Se había ido en el vago alba. Ella cayó de bruces sobre la pequeña barra y gimió:
—¡Una pobre, pobre, pobre anciana!
Cuánto tiempo estuvo allí apoyada no lo supo, hasta que sonidos familiares llegaron a sus oídos y, levantando la vista con un grito de reconocimiento, gritó:
—¡Van Dorn! ¡Dios te bendiga, Van Dorn! ¿Estás vivo otra vez?
El capitán era sostenido en los brazos de otra persona, quien lo llevó, mortalmente pálido, a la pequeña barra y lo recostó sobre su jergón, murmurando:
—Lo amaba como nunca amé a un hombre.
* * * * *
La mañana estaba muy avanzada, y el sol hacía que la vieja y escarpada taberna se alzara como un mamut desde las tierras llanas, y llenaba sus habitaciones delanteras superiores con vino dorado de luz, mientras Patty Cannon se sentaba en una de ellas junto a una ventana cerca del porche, y hablaba con Van Dorn, a quien había lavado y vestido tiernamente, y lo había colocado en su propia y cómoda mecedora de juncos, con los pies en alto, como a todos los estadounidenses sin pretensiones les gusta, y cubierto con una manta sobre una segunda silla.
Sus penas y su alivio hicieron a Patty sociable, aunque tierna, y los instintos de su sexo habían regresado, deseando ser mimada y amada.
—Oh, Capitán —dijo cariñosamente—, qué limpio y dulce te ves, como mi buen hombre otra vez. ¡No seas duro conmigo, Van Dorn! Mi corazón está triste.
—¡Chito, Patty! ¡chito! ¡Fie! ¿Tú triste? Me gusta verte impertinente y desafiante. ¡No nos arrepintamos! ¿Así que Joe te ha dejado?
—Con maldiciones crueles. Mi hija me odia, dice, y tiene la intención de ser una dama donde yo no pueda deshonrarla. ¡Oh, cariño! criar a un hijo y que te odie y desprecie es duro, incluso si he sido mala. No me queda nada ahora más que tú, Van Dorn; ¡oh, no mueras!
Tosió cuidadosamente, como si toser fuera un lujo que debía ejercerse con mucha suavidad, y se limpió un poco de sangre de la lengua y el labio.
—Intentaré no morir hasta reconfortarte un poco, ¡Marta delicioso! La bala está en mi tráquea, y, cuando la sangre se filtra, me hace toser, y debo tener cuidado con las emociones, dice el cirujano, no sea que caiga en mis pulmones y rompa un vaso sanguíneo por alguna tos muy espasmódica. Así que no seas demasiado hermosa o podría perecer.
Se acarició su largo bigote amarillo con la mano de dedos enjoyados, y se ajustó el gorro de terciopelo para fumar sobre sus rizos sedosos, pero estaba demasiado pálido para sonrojarse como antes, aunque ceceaba tanto, como un muchacho modesto.
—Capitán —dijo la mujer, complacida hasta enrojecer—, eres mucho más inteligente que yo y te tengo miedo. ¿Soy hermosa un poco todavía? ¿Te complazco? Sé que te burlas de mí.
—¡O hala hala! —suspiró Van Dorn—. Eres la estrella de mi vida. Todo lo que soy, tú me has hecho. Patty, te adoro. Cuando te hayas ido, la naturaleza humana respirará y se asombrará. ¿Recuerdas cuando nos conocimos por primera vez?
—Un poco, Capitán. Cuéntamelo de nuevo. Elógiame si puedes. Estoy casi desolada.
Su labio tembló, y miró hacia los campos al otro lado del camino, que había habitado durante tanto tiempo, donde, como le parecía, hoy se veía más vida que nunca, aunque no miró con atención.
—Cuántos años han pasado, Patty, no lo diremos. Yo venía de África con un emigrante, un británico, mi captor, de hecho... aquel oficial del escuadrón de bloqueo en esa costa que se apoderó de mi corsario, el Ida, con toda su dotación de esclavos de Guinea. Su nombre fue todo lo que tomé de él... tú te quedaste con el resto... ¡Van Dorn!
Ella le lanzó una mirada de sorpresa con sus ojos atentos, como si esta conversación pudiera ser desagradable, pero él la esquivó con un cumplido.
—¡Chis! ¡Dios! ¡Qué familia de bellezas eran ustedes! Betty, con su aire de marimacho, y Jane, con su riqueza de encantos, y Patty, con sus ojos audaces y ricos y su voluntad conquistadora. Navegamos hacia el Nanticoke por error en lugar del Manokin. Mi amigo se había compadecido de mis desgracias y le gustaba mi compañía, y, cuando me desmanteló como traficante de esclavos... habiendo sido desmantelado ya como corsario... dijo: «Dennis, ese país que tanto alabas me ha cautivado; renunciaré a mi comisión y compraré una pequeña embarcación, y me estableceré en América contigo por el bien de mi querida hijita, Hulda Van Dorn». ¡Ayme! esa pobre florecilla salvaje: ¿dónde pasó la noche fría ayer, Patty, puedes decírmelo?
Tosió de nuevo, con mucho cuidado, y su ojo, más brillante por sus pulmones irritados, nunca dejó a su anfitriona, como si temiera que ella pudiera pasar por alto algún rasgo agradable de su historia. Ella movió el pie y murmuró:
—Me hiciste sentir celosa de ella: llegué a odiarla y temerla, cariño.
—Voluptuosos como dos jóvenes viudos después de un largo viaje, nos quedamos entre ustedes sirenas, yo mismo casi en el umbral de mi hogar, donde mi esposa me creía muerto, pero esperaba anhelante y espera esta mañana, querida Patty. ¡Dios da fe! Mi amigo, engalanado con la brillante Betty, pronto sintió remordimiento ante el espectáculo de su pequeña hija tan mal acariciada, y me hizo señas para que me fuera; pero había mostrado su oro, y podía ser prescindido mejor que yo, que era imprudente. Conoces el juego frío y profundo, querida Pat. ¡Hala ha! Fui hecho para comprar el veneno que ustedes, hermanas, dieron a Van Dorn, y parecer el cómplice en su muerte: nunca hasta esta semana ha dado ese asesinato un testimonio... la parte de la moneda del hombre muerto que tu madre robó y escondió, la cual Hulda heredó al final. ¡Verdad es verde! Empecé a tener miedo de dejarte: estoy aquí en la muerte contigo, mi vieja hechicera.
Una grieta recorrió la casa de madera vacía, lo que la hizo levantarse; Van Dorn, como era llamado, disfrutaba de su inquietud, como una máscara pálida pintada con una sonrisa.
—Capitán —dijo ella—, ¡cuánta gente veo ahí fuera en los campos! Quizás habrá una caza del zorro.
—¡Siéntate, Patty! Déjame beber, en mis últimos días de vida, las heces del vino de tu memoria. ¡Eres tan querida para mí! ¡Gira bajo el sol dorado, para que pueda detenerme en ese rostro sobre el que caen las cenizas del otoño, aunque a través de las hojas muertas veo que los colores rojizos aún arden! Qué atrevida fue tu juventud: el pobre granjero herrero, cuyo nombre transmitirás para siempre, te irritaba con su enfermedad y sus escrúpulos, y, ¡he aquí! lo calmaste con la misma copa que mezclaste para el marido de Betty. A su hija la diste en matrimonio a su aprendiz, un hombre fuerte y flemático, capaz de heroísmo, Patty, pues murió por ti, su querida embaucadora, en el vergonzoso patíbulo, aunque toda la multitud sabía quién era su instigadora; pero, como un hombre, murió y nunca habló.
—Van Dorn, me haces daño —prorrumpió Patty—; no puedo reír hoy, y estos cuentos me deprimen, cariño. ¿Adónde iremos cuando estés bien?
—¡La gente pone, y Dios dispone! Quédate aún, y charlemos un rato. No querría, por nada del mundo, verte desanimada... ¡tú, ángel inescrutable! que, en este sarnoso rincón del globo, mirabas hacia el exterior sobre la tierra como Catalina, desde su trono estéril, sobre las poderosas estepas, y hacías la guerra a las esperanzas del hombre. ¡Cómo molestaste al Tío Sam, gran Patty, robando sus correos durante años entre Baltimore y el Brandywine! El joven Nichols aún cumple su condena por ese truco astuto que le enseñaste, de cortar las sacas de correo mientras estaba sentado, con los conductores corruptos, en la abarrotada diligencia, arrojando sigilosamente las cartas valiosas a la carretera, para ser recogidas por un jinete que venía detrás.[10] ¡Es admirable! El joven Perry Hutton, criado por ti para secuestrar, luego para conducir el correo y robar sus cartas... un chico de Delaware, también... pereció en la horca por matar a un conductor de correo más escrupuloso que él mismo, que lo descubrió bajo su máscara.[11] El joven Moore... ¿era pariente tuyo, querida?... deteniendo la diligencia de correo en Gunpowder Forge, cayó bajo los perdigones del conductor.[12] Y Hare...
—Capitán —llamó Patty—, veo hombres y muchachos por todos los campos allá, corriendo y cavando y arrastrando la maleza. ¿Esos viejos entierros míos están bajo sospecha?
—¡Bah! querida, es tu cálida imaginación, y la falta de amabilidad de Joe. Me gustaría hacerte feliz con el recuerdo de tus actos audaces. ¡Qué maravilla! En tus pequeños caprichos aplastabas una vida, cuando otra mujer solo habría pisoteado el suelo. Fue aquella mañana en que tu fuego no quería arder, y un pequeño niño negro gritaba con el frío y te enfureció; si su cuerpo es desenterrado alguna vez donde fue depositado, el cráneo agrietado con el leño contará la historia. Una vez sospechaste de mí por falta de atención a tus encantos... ¡Quedo, quedo! dama exigente... y a la pálida descendencia de la pobre Hagar la arrojaste sobre el leño encendido, y sombríamente la viste arder. Los niños perseguidos cuyos gritos no pudiste silenciar, que aún están silenciados hasta que el infierno tenga voz, ni siquiera tú puedes contarlos. ¡Evangelistas, oh Patty, mojando sus plumas en sangre de santos para escribir tus crímenes, harían infiel a la próxima era, donde parecerás imposible, y todos nosotros mitología!
—¡Cállate! —gritó la mujer, levantándose y caminando, con su andar balanceante, para observar las cosas de fuera que agitaban su mente más que la recitación de su amante—; ¿qué bien pueden hacerte estos cuentos, Capitán? ¡Dios mío! los caminos están llenos de gente, y todos están mirando aquí. ¿Es a mí, Van Dorn?
Él tosió dolorosamente, aunque sin dejar de observarla, y respondió:
—¡Solo una carrera de un cuarto de milla, supongo, querida Pat! ¡Qué! ¿Tienes miedo, a tu edad?
—No —gritó Patty Cannon, desafiante, tomando algo de su seno—; aquí está la misma dosis que le di a mi marido, si llega lo peor.
—¡Bravo, Patty! solo te empañas con la edad, como un bronce antiguo, que se endurece con el tiempo y la oxidación. Yo era un caballero, y aun así me dominaste. ¡Qué extraño vernos juntos asediados aquí, yo por la muerte, y tú por la ley! ¡Vaya, los hemos desafiado a ambos! ¿Crees en el fuego eterno? ¿Que cada daño es un carbón vivo para asar el alma? Sé que lo haces; y, si lo haces, qué hermosa será tu parrilla rosada, dura encantadora, con muchachos arruinados en el brote, y esposos en la flor de la vida, con familias de hombres libres destrozadas, y niños, nacidos tan libres como la bandera de su país, enviados a la servidumbre perpetua y al látigo. ¡Poca barba, poca vergüenza![13] ¡Quién más que una mujer podría haber puesto en la cabeza de William Bouser, cuando lo había secuestrado a él y a treinta negros más, y los había vendido todos a Austin Woolfolk, en Baltimore, que se rebelaran en el mar en el barco de Woolfolk, y masacraran a los oficiales, solo para ser ahorcados al final, y todo para hacer de Woolfolk un mejor cliente![14]
—Hay gente por toda la casa, Van Dorn. Los oigo en las escaleras y en las habitaciones. ¡Tengan piedad!
—¿Demonios, o hombres, Patty? Ambos son tus cortesanos, recuerda, y quizás se amontonan entre sí. ¿Qué nos importa? ¡Que contento estoy! ¡Quizás soy indiferente porque no tengo sangre en mis manos, aunque sea un vil traficante de esclavos! A Joe Johnson y a su hermano de frente estrecha podías enseñarles a matar; a mí, nada peor que robar y acariciarte. Patty, tú crees en el infierno. Yo también soy un creyente; porque creo en el cielo.
—¡Oh Van Dorn; cómo hablas!
«Desde que atrapaste a mi hijo, el joven Levin Dennis —¡chito! ¡quedito! no te sobresaltes, hermosa demonio— para que su padre hiciera de él otro Johnson, he descubierto, a través de la niña, la hermosa damisela ahora, Hulda Van Dorn, el pecado con el que pretendías mancharme; y, escucha, ¡Patty! fue mi hijo, rico con la lealtad y el amor de su madre —¡querida esposa protectora, que jamás se enterará de mi ruina aquí, ni me verá más!—, fue mi Levin, liberado por mí, quien dio la noticia en Dover y nos hizo retroceder».
Se había levantado parcialmente mientras hablaba, y el esfuerzo pareció ahogarlo. La mujer se sentó en un silencio terrible, observando cómo sus venas se alzaban sobre su rostro pálido y voluntarioso. Él se agarró la garganta con los dedos y, por un momento, no pudo hablar más.
«Patty —dijo, al fin, entre sus ataques de tos—, vuelvo a creer, pues he visto a mi esposa, fiel como un ángel, hermosa como una niña, rezando por mí. Un hombre honesto espera mi muerte para amarla mejor y ser el padre de mi hijo. ¡Hala o hala! He tenido a la hija de mi amigo asesinado para que me bese y me bendiga, y para que ame a mi hijo. Mi hijo me ha dado su confianza, sin saber quién era yo, y me ha mostrado un corazón valiente y puro. ¡Yo soy amado! Sus oraciones pueden llamar por mí a la puerta eterna. Pero tú, la asesina de mi juventud, ningún corazón rezará por ti. Cree en el infierno, y muere; ¡ja! ¡hala! ¡jo!».
Señaló con su dedo blanco hacia ella en un éxtasis, con una sonrisa burlona en sus ojos azules, como estrellas que se desvanecen al amanecer, y entonces la rosada mañana fluyó alrededor de su boca, mientras la bala, liberada por su emoción, cayó hacia el pulmón y despertó la hemorragia, y hasta el último de sus fuerzas la señaló, y luego cayó hacia atrás, sobre el lino carmesí, sonriendo todavía en la muerte.
Aterrorizada por la inusitada escena de un deceso natural en aquella morada de violencia, la dueña solo se quedó sentada, imagen de la parálisis, hasta que su puerta se abrió lentamente y entraron, de la mano, el joven Levin Dennis y Hulda Van Dorn.
«Levin —dijo la joven, compuesta como alguien para quien la vida respetable y las exequias eran familiares—, he escuchado las sentencias finales de este hombre descarriado, fuerte y decepcionado. Arrodillémonos, querido amigo, y digamos una oración. Él fue nuestro padre, Levin; no Van Dorn —ese es mi nombre, la hija de su amigo—, sino el capitán Oden Dennis, del corsario Ida».
Mientras se arrodillaban, con los ojos cerrados, la habitación se llenó lentamente, y los brazos de Patty Cannon fueron apresados por dos alguaciles, y se le leyó la orden judicial. Ella la escuchó con humildad, sin dar más respuesta que esta:
«Una vez tuve dinero y amigos de sobra; mi dinero se ha ido, y también mis amigos; ya no queda pelea en la pobre vieja Patty Cannon».
CAPÍTULO XLIV.
LA MUERTE DE PATTY CANNON.
Cuando Patty Cannon salió de la taberna, el cruce de caminos estaba lleno de gente, echando un último vistazo al lugar donde ella había triunfado durante casi veinte años.
Nadie pensó en mirar a Van Dorn, ni preguntar qué había sido de él, y su amigo Sorden retiró su cuerpo, sin ser visto, a un lugar en el pinar, donde se cavó su tumba sin nombre, y rodeándola estaban solo tres dolientes, y Sorden dijo las palabras finales con lágrimas sencillas:
«Lo amé como nunca amé a un varón».
El alguacil de Maryland condujo a Patty Cannon hasta el pequeño puente de tablones donde corría la zanja casi en el límite del Estado, y la tradición aún cree en la invención de que Joe Johnson en ese momento se escondía debajo.
Allí, conducida a través de la frontera como la vaca de algún habitante de la zona limítrofe, la reina de los secuestradores fue apresada por el alguacil de Delaware y colocada en una pequeña carreta de campo, y, seguida por una gran partida montada, se tomó el camino hacia la pequeña aldea de Seaford, a cinco millas de distancia.
Ella observó los pequeños cedros funerarios y los álamos monumentales alzarse estrangulados de la maleza, los arroyos de color marrón oscuro fluyendo hacia estanques de molino como tinta, los pinos pequeños y cerrados, apenas lo suficientemente grandes para gemir, pero intentando hacerlo en un tono infantil, y sus ojos se volvieron hacia la arena, donde pronto habría de estar. Ni la agonía ni el arrepentimiento ni ninguna esperanza de escape agitaron su frío corazón, sino solo un sentimiento de ser abandonada ingratamente por sus amigos, y maltratada por sus iguales y vecinos, quienes tan rara vez la habían advertido o evitado; ningún predicador había venido a decirle el evangelio desnudo, y algunos la habían saludado respetuosamente, e incluso le habían pedido avena y hecho suscripciones con su plata mal habida.
Seaford era un lugar arenoso sobre un acantilado del Nanticoke, y, mientras la procesión entraba, un grupo de topógrafos, que trabajaban para el ferrocarril de Meshach Milburn, se detuvo para burlarse de la vieja secuestradora. Ella se había vuelto vieja de repente, y nunca alzó la voz, que siempre había sido tan audaz, para dar una respuesta.
El magistrado, el Dr. John Gibbons, había sido un joven irlandés educado que desembarcó de un barco en Lewes y, al casarse con una dama en Maryland, cerca de donde estaba Patty Cannon, se convirtió en el espíritu legal del pequeño pueblo. Siendo su oficina, una mera cabaña en una esquina junto a su casa, demasiado pequeña para el propósito, el examen se trasladó a la taberna, al pie de la colina, cerca de donde el arroyo del estanque del molino se abría paso hacia el Nanticoke. Alrededor de la taberna se habían hecho algunos senderos de boj en la arena, y sauces bordeaban la fría orilla del río, y, en las pausas de la audiencia, se oía a las aves silvestres jugar y silbar en la marea menguante.
El testimonio de Cy James y otros compañeros cobardes en sus pecados fue dado rápidamente, y la procesión comenzó a través de los bosques y arenas hacia Georgetown, doce millas hacia el este, donde Patty Cannon fue recibida por todo el pueblo, que la esperaba despierto, y la cárcel inmediatamente la encerró.
* * * * *
«No entendí exactamente qué fue lo que ese tipo de cabeza de calabaza hizo por eso —comentó Jimmy Phoebus, en la bodega de una vieja embarcación ostrera, donde se encontraba con su amigo mulato, la tía Hominy y los niños—, pero la lima que me trajo ha hecho su trabajo al fin. Oye, Whatcoat —dirigiéndose a su compañero de prisión varón—, toma este cuchillo que el mismo tipo me pasó, y corta estas cuerdas». Poniéndose en pie de nuevo libre, el señor Phoebus comentó además:
«Whatcoat, hay dos de nosotros aquí. ¡Por humo! hay tres».
El dócil hombre de color abrió los ojos.
«¡Él! —exclamó el marinero, señalando el colchón de plumas en la bodega, con su contenido rígido e invisible—; Joe lo arrojará por la borda por aquí en algún lugar de aguas profundas. Ahora, para un pequeño truco; creo que me meteré yo mismo allí, y dejaré que Joe venda al otro tipo como a un negro».
El poder de Phoebus sobre sus compañeros de prisión —niños pequeños y la idiota Hominy incluidos— era ahora perfecto, y comenzó a explorar la podrida bodega vieja, que contenía rastrillos para ostras, sedales de pesca y los utensilios habituales de un barco de dragado, y pronto descubrió que se podía hacer un pasaje claro para atravesarla desde el castillo de proa hasta la cabina quitando unas pocas tablas.
«Aquí, Hominy —dijo—, ponte a trabajar con tu aguja, vieja amiga; voy a llevarte a casa».
* * * * *
Con una buena ventaja, un viento favorable y marea floja, Johnson estaba fuera de Vienna a las ocho en punto.
«Diez millas por recorrer, y no pueden atraparme ni con un caballo de carreras —dijo—, después de que pase el muelle de Chicacomico y me ponga tras las marismas. Estoy borracho de sueño. Hay dos en esta tripulación que no conozco, y debo ser el timonel. ¡Bingavast! Haré que mi negro trabaje su pasaje».
Caminó hacia la escotilla sobre la bodega y, deslizándola hacia atrás, se dejó caer dentro y, con unos pocos golpes expertos de herrero profesional, liberó a Whatcoat, mirando simplemente hacia donde Phoebus yacía boca abajo, roncando profundamente.
«Tipo más frío que un pepino —dijo Johnson—, será demasiado para mí en un trato; ¡tendré que sofocarlo!». Luego, ordenando al hombre mulato que fuera a popa, Johnson le dio el timón y se sentó cerca, cabeceando, hasta que se pasó el segundo muelle a estribor.
«Ahora Gabriel no puede alcanzarme —exclamó Johnson—; ya no hay más camino en el lado de Dorchester, y los caminos de Somerset están todos desgarrados por arroyos y bloqueados por puertas de granja. Hundiré ese pedazo de carne y rigidez».
Llamó a dos marineros de cubierta y levantó el cuerpo de la bodega. Phoebus todavía dormía plácidamente boca abajo, y Johnson lo miró con envidia peculiar tras una mirada rápida a los muertos. Poniéndose unas cuerdas alrededor de la cama y uniendo garras de arrastre a ellas, todo el peso fue arrojado sin ceremonias por la borda en el punto de Hungry Neck, y el traficante comentó, a modo de disculpa:
«Allí va un gran hipócrita, caballeros; no estaba por encima de la piratería, si podía conseguir que otro hombre izara la bandera negra por él. Supongo que será lo suficientemente 'conservador' después de esto. Y ahora voy a dormir. Dirígela hacia Ragged Point, allá, Whatcoat, y cuando llegues, despiértame. Es una ensenada ancha y despejada todo el camino; y recuerda, negro, ¡duermo y disparo, con gatillos sensibles!».
Con sus pistolas en la mano, Johnson se acostó en la cabina a unos pocos pies del timonel e intentó ver y dormir al mismo tiempo. Había estado sin descanso durante muchas noches, y el sueño pronto lo ató en sus propios grilletes y esposas.
Cuando despertó, tan profundo había sido su sueño que no pudo recordar por un momento dónde estaba. El timón estaba sin tripulación, las estrellas brillaban en la escotilla de la cabina, una corriente de agua de sentina fría soplaba a través del viejo casco y, mientras se arrastraba hacia los escalones, vio bosques altos cerca y escuchó la voz de los pinos solemnes.
El barco estaba encallado; los gansos salvajes hacían chillidos jubilosos mientras cortaban el agua con sus alas vellosas, como un grabado de camafeo; el forajido miró y miró, y finalmente murmuró:
«¡La isla de Deil, o soy un bobo de remate! Huí de ella la última vez que estuve aquí, y mi sangre se hiela al estar aquí de nuevo; mi papá recibió su maldición de esta reunión de campo».
Tomando velocidad de sus temores, Johnson deslizó la escotilla y saltó a la bodega, la luz de las estrellas y la luna lo siguieron, y nada revelaron allí excepto a un hombre, durmiendo pacíficamente boca abajo, como se había visto a Phoebus por última vez.
El secuestrador sacudió a su cautivo, pero no despertó. Dio la vuelta al hombre y se encontró con la fría mirada azul, la nariz romana y los labios sangrantes de Allan McLane, aparentemente regresado del fondo del río.
Con un grito, el forajido saltó a la cubierta y corrió hacia la proa de la embarcación.
«¡Ayúdame!» vino un grito débil desde el castillo de proa y, asomándose, Joe Johnson reconoció a uno de sus propios conocidos que había embarcado en Cannon's Ferry, amordazado, como su compañero, y atado fuertemente. El hombre apenas había podido articular palabra.
«¡Ahora, que me condenen! —dijo el capitán, liberando al hombre—, ¡que los rufianes te atrapen! ¿Quién hizo esto?».
«El negro blanco lo hizo todo, Joe. Se arrastró a través de los obenques hasta la cabina y tomó tus pistolas primero; al menos, lo encontramos a él y al tipo amarillo al timón encima de nosotros, subiendo al castillo de proa, y luego los otros dos hombres se les unieron. Dijeron que el viejo Sansón les había hecho el guiño. A nosotros dos nos ataron y nos tiraron aquí, y si te hubieras despertado, había un hombre para apuñalarte en el corazón, sentado sobre ti».
«¿El maletín?» gritó Johnson.
«Eso se ha ido, supongo. Te cosieron a un hombre de plumas y concha de ostra en una tabla para tirarlo por la borda; eso fue lo que dijeron. Se dirigieron a la isla de Deil y pusieron al predicador de la isla aquí para vigilar que no saques la embarcación, y supongo que están a medio camino de Princess Anne».
Joe Johnson no escuchó más. Liberó a sus criaturas de sus ataduras, tomó el cuerpo muerto en la canoa de la embarcación y dio la orden:
«¡Remen hacia la bahía abierta! Golpearemos el condado de St. Mary o Virginia. ¡Bingavast! ¡Vamos! Nunca más pondré un pie en esta Costa Este».
* * * * *
En Georgetown, Jimmy Phoebus, Samson y Levin Dennis se reunieron, y Levin contó el misterio de la desaparición de su padre.
«Nunca le digas a tu madre, Levin, que el capitán Dennis murió en ese Pangymonium; le rompería el corazón y nunca volvería a confiar en un hombre».
«Jimmy —intervino Samson—, deja que entienda que naufragó en el Ida. Se ve un poco mal, pero el comercio de esclavos suena mejor que el secuestro».
«Dicen que Allan McLane era dueño de ese barco negrero —añadió Phoebus—; pero no vivió para conocer su pérdida. Se encontrará con sus paganos en el Asiento del Juicio».
«¿Quién ha alimentado a mamá?» preguntó Levin. «Hulda no puede explicar eso».
«Yo puedo, Levin —dijo Samson Hat, tímidamente—. Fui yo. El buen viejo Meshach Milburn, a quien todo el mundo desprecia, se compadeció de esa pobre mujer y me hizo poner cosas que ella necesitaba en su ventana. Dijo que si alguna vez lo contaba, me despediría».
«¡Que me parta un rayo! —observó Jimmy Phoebus—, ¡el próximo hombre que llame 'torre de campanario' al viejo Meshach lo aplastaré! Pero, vamos, hijo mío, he enterrado en Broad Creek las reliquias de la familia de tu esposa. Alquilaremos un coche y conduciremos a la antigua iglesia episcopal de Broad Creek en el camino, y allí haré que te cases con Huldy».
La empuñadura de espada y las monedas fueron desenterradas, y en ese antiguo edificio de pino duro, donde el culto de su raza inglesa se había celebrado durante mucho tiempo, la hija del oficial naval se convirtió en la esposa del hijo de su voluptuoso y pervertido amigo. Mientras Jimmy Phoebus los besaba, dijo:
«Levin, cuando tu madre diga 'Sí', los cuatro nos estableceremos en el Oeste. Illinois se ha convertido en un estado libre, después de una dura lucha, y supongo que eso nos vendrá bien».
* * * * *
Durante un tiempo, Patty Cannon, por su afabilidad y tristeza, tuvo tiempos fáciles en la cárcel y se le permitió comer con la familia del carcelero; pero, a medida que el examen avanzaba ante el gran jurado y sus subordinados se apresuraban a arrojar la responsabilidad de tantos crímenes solo sobre ella, una opinión externa exigió que se la tratara con más severidad, y algunos de los hierros con los que había encadenado a sus cautivos fueron remachados en sus propios tobillos. Muy pronto la hidropesía comenzó a aparecer en sus piernas y pies y, después de que se hizo evidente para ella que ni el dinero ni los amigos aparecerían en su defensa, cayó en una desesperación pasiva.
Las frecuentes conferencias entre Jimmy Phoebus y Cy James llevaron a la creencia de que no solo Hulda había recuperado partes del dinero y los objetos de valor de su padre, escondidos en las colmenas y macetas que la vieja Patty había atendido tan asiduamente, sino que Phoebus se había apoderado de propiedades indicadas por el informante y se quedaría con lo que quedara de ellas después de lograr la liberación de este último.
Este resultado fue acelerado por la muerte de Patty Cannon, que ocurrió, con gran alivio de muchas personas consideradas respetables en esa región, que habían temido desde el principio que ella hiciera una confesión minuciosa, implicando a todos los que habían tratado con su banda.
Entre ellos estaba el juez Custis, quien abrió su esqueleto en el armario ante John M. Clayton un día primaveral. Clayton había presionado silenciosamente la condena de Patty Cannon, pero los celos de los intereses esclavistas lo hacían cauteloso ante cualquier aparición pública en su contra.
Estaban sentados en el pequeño salón de la casa parroquial metodista, una pequeña casa de madera con un pórtico de techo cónico y una gran chimenea lateral, un poco alejada de la plaza pública, adonde habían ido para enviar al pastor a atender al anciano Canciller, quien se había sentido mal en la sala del tribunal y yacía en el hotel.
«Clayton —dijo el juez Custis, en tono bajo—, lo que esta mujer pueda hacer o decir, no pensarías que me concierne, pero te mostraré cuán profunda ha llegado su influencia, así como te explicaré por qué no perseguiría a mis propios sirvientes hasta su guarida. En esto me humillo ante ti, como debo hacer, si he de convertirme en tu cliente».
«Habías estado comerciando con Patty Cannon; lo supuse».
«Tal era el caso. Cuando era estudiante universitario en Yale, regresando a casa una festividad, me enamoré de una hermosa cuarterona, propiedad de mi tío, en el condado de Northampton. Era una mujer elegante, con buena educación, y había sido mi compañera de juegos. Yo era ardiente y apuesto, y encontré alojamiento fácilmente en su corazón; pero la conquista de sus encantos fue larga y agonizante con sincera estima. Debes creerme cuando declaro que caí peligrosamente enfermo porque ella me rechazó y, al confiar en mi médico, este le dijo a la chica que debía elegir entre mi muerte y su rendición. La piedad, entonces, prevaleció, incluso sobre la religión. Yo era feliz en todos los puntos menos uno: el daño que el ocultamiento causaba en su amor propio; pues, Clayton, mi amante era mi propia prima».
«¡Goy!».
«Nunca deseé casarme, aunque no habían nacido hijos en mi relación patriarcal; pero, en el transcurso de los años, mi tío se vio presionado por las deudas y me suplicó que salvara a mi hermosa doncella de la venta, estando él en total simpatía con mi relación con ella, porque era su hija».
«¡I goy!».
«El caso era urgente. Poseía algunos negros, el legado de mi madre. Venderlos públicamente sería un estigma tanto para mi humanidad como para mi crédito. Adopté el cobarde artilugio de dejar que un secuestrador se los llevara y tomara una gran comisión por su molestia. Salvé a mi dama, pero a costa de un secreto».
«¿Y ese secreto era del que dependía Joe Johnson, Custis, cuando fue conducido repentinamente a tu casa y encontró a tu viejo sirviente ya desmoralizado por el anuncio de tu yerno?».
«El sinvergüenza presionó su ventaja; y vio, además, a mi hija —no a Vesta, sino a su media hermana, Virgie— y, entre su persecución hacia ella y la vindictividad de mi cuñado, la pobre Virgie fue literalmente acorralada y enterrada; ella está en su tumba».
El juez Custis estalló en un largo ataque de sollozos, y Clayton, que había notado su semblante abatido desde su separación, le pasó un brazo alrededor diciendo:
«¡No importa, ahora! ¡No importa, viejo amigo! Johnson ha huido; McLane, susurran, no ha sido visto desde que entró en la taberna de Johnson. Su testamento fue encontrado allí, y tu hija recupera la propiedad y los sirvientes de su madre».
«Debo terminar mi historia —dijo el juez Custis, conteniendo sus lágrimas—. Por el declive de cada familia con sentimientos naturales y refinamiento, bajo lo que el Sr. Pinkney llamó 'la maldición contaminante de los siervos reacios', nosotros también nos volvimos pobres. Para salvar a otros, era necesario que me casara y obtuviera dinero mediante mi propia prostitución. ¡Dios mío, cómo se nos paga! Se encontró una novia para mí en Baltimore, la hermana de Allan McLane, y una belleza.
»Comencé mi vida matrimonial con las mejores intenciones; mi pobre amante misma me aconsejó que me volviera hacia mi esposa y me convirtiera en un hombre verdadero. Me lo dijo con el corazón roto. En el cielo, donde ella habita con mi pobre hija, ¡me escucha ahora y sabe que digo la verdad!».
El juez Custis volvió a derrumbarse y apoyó su cabeza convulsa en el tierno pecho de Clayton, cuyo propio duelo de viudo brotó en respuesta.
«Nacieron niños en Teackle Hall; mi servidumbre se estaba ajustando a mí, cuando Allan McLane, en su amor por la vindictividad y la baja respetabilidad formal, concibió que mi pobre cuarterona requería algún castigo por haber sido la rival de su hermana, y preparó una trampa para comprarla. Me vi obligado a hacerla comprar, para protegerla y traerla de nuevo a mi cuidado, y así nuestra pasión revivió, y, al dar a luz a Virgie, ella murió. Criadas juntas, e inconscientes de su parentesco, esas hijas se amaron tan tiernamente como cuando, en el cielo, se esconderán en el resplandor de la otra y cubrirán mis pecados con sus alas angelicales».
«¡Levántate, viejo amigo! —gritó Clayton—; tus transgresiones están, al menos, lavadas en lágrimas sinceras. Escucha a los pájaros a nuestro alrededor amando y perdonando, y llenando el aire de alabanzas. ¡Sal fuera!».
Mientras pisaban la plaza de Georgetown, vieron a John Randel, Jr., guiando a un grupo de topógrafos para localizar el ferrocarril de la oposición al de Meshach Milburn. Estos y muchos otros se dirigían hacia el poste de azotes y la picota, en la parte trasera del juzgado, donde estaba, expuesta por el alguacil, la mujer mulata de aspecto limpio que había entretenido a Virgie en Snow Hill la primera noche de su huida.
«Esta mujer libre, Priscilla Hudson», gritó el alguacil, «debe permanecer una hora en la picota por el delito de prestar su salvoconducto a un esclavo. El gobernador ha tenido la gracia de retirar la sentencia de treinta latigazos. Al cabo de una hora, será vendida fuera del estado, por el resto de su vida natural, al mejor postor».
La pobre mujer permanecía allí, con los brazos desnudos y el pecho casi al descubierto, delicada y hermosa a la vista, madre de hijos libres, pues sus ropas habían sido parcialmente retiradas antes de que se le anunciara el perdón de los azotes.
Tenía la cabeza y los brazos atravesados por los agujeros de una de las hojas de la picota y, así, inclinada hacia adelante, su modestia quedaba expuesta a la mirada lasciva de la multitud, mientras que, al otro lado de la misma plataforma elevada, expuesta de igual manera, se encontraba una ladrona de pollos, descarada, indiferente, que mascaba tabaco y lo escupía sobre el suelo de la picota.
Mientras Clayton y Custis presenciaban esta escena de camino a la taberna, un huevo, arrojado desde una ventana de la cárcel de deudores, fuera o no dirigido a la Sra. Hudson, la golpeó en el rostro, y su contenido corrompido resbaló por su pecho blanco y tembloroso.
«¡Vergüenza! ¡vergüenza!», gritó la gente al ver llorar a la mujer, y al mirar hacia la ventana de la cárcel, donde aparecía otro rostro femenino, convirtieron sus gritos en maldiciones:
«¡Ahorcadla! ¡ahorcadla!».
Por última vez en su vida, el rostro audaz y agraciado de Patty Cannon se hinchó de nuevo con sangre apasionada hasta las raíces de su brillante cabello negro, y los pocos que vieron sus ojos oscuros y ricos, inflamados de ira, dijeron que sus pupilas se dilataron como las de un gato montés. Se marchó en un instante, y el alguacil limpió el rostro y el pecho de la Sra. Hudson con un pañuelo que le pasó una mujer de color.
Dos hombres recorrían ahora activamente a la multitud, sombrero en mano, solicitando contribuciones para comprar a la mujer; el primero era un ciego, con los ojos vendados, a quien un hombre blanco guiaba mientras gritaba a voz en cuello:
«Los abolicionistas han reunido trescientos dólares para comprar la libertad de esta mujer. Necesitamos cien más, pues alguna gente ruin podría pujar alto por ella. Este hombre, su marido, robó su salvoconducto para ayudar a escapar a una amiga. No pudimos presentar las pruebas, ¡pero es la pura verdad de Dios, caballeros! La mujer ha cuidado de mi esposa y ha hecho mucho bien; y vino aquí, por su propia voluntad, desde Maryland, para cuidar del Canciller».
Se reunió poco dinero en aquella multitud, ya que había poco que dar, y, dirigiéndose a los dos distinguidos extranjeros, Sorden, el pregonero, exclamó:
«¿Qué, caballeros, van a permitir que los hermanos Hunn, Tommy Garrett y los Mott den trescientos dólares por una mujer a la que nunca han visto, y nosotros, que la vemos siempre haciendo el bien, no demos nada?».
«¡Piedad! ¡piedad!», sollozaba el ciego. «Estoy tan quemado que nadie me comprará, pero robé su salvoconducto para ayudar a una esclava de la que me enamoré a escapar».
El juez Custis dejó el lado de Clayton y esperó hasta que terminó la hora en la picota y, tras una feroz disputa, vio a Sorden salir victorioso en la venta, aunque le costó cada dólar que el juez pudo reunir en Georgetown bajo su crédito personal.
«¿Cómo se llama la chica a la que diste su salvoconducto?», preguntó el juez al mulato ciego.
«Virgie, amo».
«Mi corazón me lo decía», exclamó el juez. «Tu delito ya ha sido suficientemente castigado. Te enviaré con tu esposa»[15].
* * * * *
John Randel, Jr., observó aquella tarde:
«El demonio Jim Clark ha seguido el ejemplo de Patty Cannon y ha cuadrado el círculo».
«¿No está muerto?», preguntó Clayton.
«Sí, muerto y enterrado. Estaba liquidando su contrato en el canal y confundió a los trabajadores irlandeses blancos de allí con negros secuestrados. Se abalanzaron sobre él, lo golpearon y lo asustaron de tal manera que nunca se recuperó. Dicen que se "convirtió" en su lecho de muerte; o, como suele decirse, "murió triunfalmente"; pero los negros cuentan que el diablo bajó directamente con un carro y se lo llevó».
«A ese tipo, Whitecar, me lo reservo», dijo Clayton, «para castigarlo cuando pueda usarlo para sostener un argumento a favor de admitir el testimonio de los negros en los casos de secuestro[16]. Sin esa admisión, estos secuestradores no pueden ser condenados: incluso esta Patty Cannon podría escapársenos, a pesar de haber matado a hombres blancos».
Sorden tomó la palabra, ya que formaba parte del grupo:
«Ha estallado una enfermedad llamada lepra en la cabaña del viejo Derrick Molleston; Sam Ogg también la tiene, y dicen que la trajo del rompeolas. Nadie quiere acercarse a ellos. El negro Dave ha muerto; dijo que mató a un hombre en Princess Anne: la joven esposa de Levin Dennis, que resultó ser una dama, se quedó y rezó con él hasta el final, y él se fue humilde y feliz. Pero, ¡por mi piel!, otro secuestrador ya ha alquilado la taberna de Johnson».
«El ferrocarril eliminará todos estos males», exclamó Randel. «Lo he puesto en verso», y comenzó a recitar:
«Al oscuro bosque de Naswaddox huyó El asesino desde el continente, Y con la nutria su cabeza recostó Entre el pantano y la caña: "¡Aquí nada puede seguir mi rastro, Lejos de los caminos recorridos; Olvidaré, año tras año, El mundo más allá de la bahía!".
El hombre cazado una mañana oyó Un silbato cercano y fuerte, Y en la noche una luz ardiente Entre los matorrales brilló: El demonio de la locomotora se lanzó Sobre vigas llameantes... El sabueso que el asesino había espantado, ¡El camino del forajido era el del Vapor!».
* * * * *
El grito de odio de la multitud alrededor del poste de azotes, al despertar la última ira de Patty Cannon, determinó también su último crimen.
El miedo era relativo en ella: no sentía miedo de los hombres ni de la vergüenza, y solo de la muerte en cuanto implicaba un más allá. ¿Si aquel más allá era una convicción latente en su mente, o la vívida advertencia de la culpa y de los ojos de hombres muertos que acechaban sus sueños y las silenciosas y solitarias vigilias de las medianoches encantadas, quién podría decirlo? No hay análisis posible de una depravación nativa y antigua: se sembró en la médula, se fortalece en el hueso y, con una astuta y audaz autoafirmación, apuesta por la fe de vivir y de no morir. Sus propios miedos la empujan hacia el crimen y hacen que se burle cruelmente de su propio destino, como los cobardes que se inclinan sobre los muros de los cementerios y gritan, con un temblor interior: «¡Salid, os desafío!».
Así había intimidado esta mujer, consciente de su merecido, a la justicia eterna a través de sus largas postergaciones, sin dudar nunca, aunque siempre molestando, al Espíritu de Dios, hasta que el número de sus crímenes atestó la tabla de su memoria, y desde el horrible abismo de su vida pasada miraban rostros sin nombre y actos sin memoria; una procesión tanto más larga cuanto que en ella había extraños que, encogiéndose ante ella, pero presionando hacia adelante, exclamaban su nombre o simplemente gritaban: «¡Es ella!», como si su nombre no fuera nada comparado con su maldición.
Durmiendo entre sus cadenas, había ojos de niños observándola desde rincones lejanos, como diciendo: «¡Danos toda la vida que habríamos vivido si no fuera por ti!».
Mientras sus extremidades hinchadas se gangrenaban hasta los hierros, flotaban en el aire llantos de bebés que parecían acercarse a sus pechos, como buscando alimento, y de repente convulsionaban allí en gritos de dolor, para alejarse luego con los sonidos de asfixia que ella había oído mientras expiraban.
Toda la noche tenía visitas, y quiénes eran, nadie podía decirlo; pero la familia del carcelero veía sus labios moverse y sus ojos consultar el aire, como si estuviera intentando tímidamente fanfarronear ante ciertos fantasmas de aspecto serio que habían venido con facturas largamente vencidas y exigían el pago, y se iban solo para volver una y otra vez.
A algunos de estos visitantes místicos ella les gritaba, los desafiaba y golpeaba el suelo con los pies, como si no tuvieran derechos en equidad contra su alma, habiendo estado en misiones viciosas cuando encontraron su fin, y siendo unos quebrados ante el tribunal de la piedad; pero de repente aparecía algo indefenso y la paralizaba con su pequeño gemido, como una madre sin bebé o un bebé sin madre, y, con la frente húmeda por el sudor de la agonía, ella fingía soltar una risotada y susurraba: «¡Nada más que negros! ¡nada más!».
El día le traía cierto alivio, pero también otras preocupaciones, y entre ellas la principal era la preocupación por el dinero. Había sido una derrochadora toda su vida y robó a la humanidad su vida y su libertad para disfrutar de la disipación egoísta de gastar el dinero manchado de sangre; ¿y qué había comprado con él? Nada, nada. Solo por gastarlo, había arruinado su sexo y su alma; gastarlo en tales niñerías como las que quieren los niños: dulces y adornos comunes, un baile y un convite, un regalo para algún patán, guardabosques o incluso negro al que estaba engañando, o para establecer una tonta reputación de generosidad: generosa a expensas de la felicidad humana, y robando a la gente su libertad y su vida, ¡simplemente por dinero para gastar!
Ahora no tenía nada para apaciguar las codicias devoradoras de la costumbre intensificadas por la necesidad real: ni dinero para comprar manjares o incluso licor; ni dinero para gastar con la familia del carcelero y mantener viva la reputación de bondad; ni dinero para vestirse decentemente para comparecer ante el tribunal; nada para corromper la ley o contratar testigos y abogados.
Los dos demonios que había creado se apoderaban alternativamente del día y de la noche: el demonio del dinero la atormentaba todo el día, el demonio del asesinato la perseguía toda la noche.
Cada mañana tenía deseos insaciables; toda la noche tenía visitantes implacables; y, muy cerca, la horca llenaba su visión, con el Diablo atando el nudo.
Aquel Diablo lo veía claramente, tan ocupado en la horca, ajustando sus cuerdas, mortajas y largas capuchas de muerte, y él la evitaba, como si ya no tuviera comercio con ella.
Era un hombre sereno y anhelante, perfectamente feliz ante la perspectiva de obtenerla, y no estaba ansioso por ello, tan seguro estaba de su pronta y completa posesión.
Siempre estaba en el patio de la cárcel cuando ella miraba allí, arreglando sus cuerdas, deslizando los nudos corredizos, examinando la horca, como un carpintero concienzudo; y en su sonrisa complaciente había un terror espantoso que la dejaba muda: parecía tan impersonal, tan alegre, tan industrioso, como si la hubiera esperado como un acreedor paciente, y compuesto los intereses de sus pecados hasta que la suma infernal lo convirtió en millonario en tormentos.
Era un Diablo, real como un hombre: un amo de esclavos para cuyo silencioso amor a la crueldad la muerte eterna no era suficiente; un hombre cuya edad sin cicatrices, antigua como el sol naciente, seguía yendo y viniendo en una inmortal juventud y satisfacción, olvidando por el momento a otros deudores por el agarre que tenía sobre ella, como su majestuosa expiación por sus propias carencias.
Parecía un tendero, un hombre de cuentas, un secuestrador cosmopolita, que sabía reconocer un buen artículo y ya lo tenía en su poder. Estaba tan aterrorizada que quería gritarle para ver si no remitía aquel método comercial y se volvía más humano, y le respondía con insolencia.
Pero no; cuanto más lo observaba, menos miraba él hacia ella, aunque ella sabía que su sonrisa no estaba dirigida a nadie más. Colgar de su cuerda era poca cosa; ir con él después de que esta se tensara, por las rejillas ardientes del infierno, y verlo a él tan sereno y ocupado en su miseria, era el buitre que roía su corazón.
En vano intentó arrojar la responsabilidad de sus pecados sobre una vaga y falsa ascendencia y paternidad, y decir que fue criada para el robo y el vicio; algo en su corazón respondió: «No, tenías belleza, salud y amantes castos a los que rechazaste o tentaste, y una mente que siempre estuvo clara y sabía distinguir el bien del mal. La conciencia nunca te abandonó, aunque estuvieras empapada en sangre inocente. El monitor, a menudo asesinado, revivía y gritaba fuerte como el tañido de un reloj, ¡pero nunca fue obedecido!».
Así perseguida, abandonada, observada desde el más allá, atormentada por necesidades vanas, sus salidas cerradas a toda huida o subterfugio, la venganza misma muerta y la enfermedad ayudando a la conciencia a ahuyentar el sueño, la miserable mujer se arrastró un día hasta su ventana y vio la figura indefensa de su sexo expuesta allí por realizar un acto de humanidad; e instantáneamente un instinto que obedeció de inmediato le exigió un último acto familiar y despiadado, para mostrar a la multitud que incluso ella, Patty Cannon la asesina, «no tenía respeto por un negro».
Esa doctrina le sobrevivió mucho tiempo, aunque ella la encontró vieja cuando llegó a estar entre ellos.
Apuntó con un huevo al pecho de su sexo y, con una mueca descarada, lo vio impactar y estallar. Al instante siguiente, la multitud la había reconocido y desafiado.
En la exasperación de sus gritos, y al no ser ya alabada ni siquiera por insultar a un negro, una convulsión de desesperada rabia se apoderó de la asesina.
Demasiado indefensa para replicar de otra manera, pero con una imprudencia incontrolable, exclamó: «¡Entonces nunca me verán colgada!», y tragó el arsénico que había escondido en su seno.
Aquella noche murió entre terribles tormentos.
* * * * *
El venerable Canciller, que yacía en el hotel cerca de la esquina del poste de azotes, vigilado por la liberada Sra. Hudson, que al día siguiente debía partir del estado para siempre, escuchó aquella noche voces en la plaza que decían:
«Patty Cannon está muerta. Dicen que ha tomado veneno».
Un dolor inmenso se apoderó del corazón del Canciller, y los fuertes gemidos que profirió llamaron a un extraño a la habitación.
«¿Ha muerto esa terrible mujer?», suspiró el Canciller.
«Sí; nunca más atormentará a Delaware, amo».
«¡Gracias a Dios!», gimió el anciano. «La justicia y el asesinato ya no son parientes».
Dijeron que murió en ese instante de una enfermedad cardíaca.
CAPÍTULO XLV.
EL JUEZ VUELVE A CASARSE.
Vesta encontró a su círculo reunido, aunque con muchas ausencias, en Princess Anne.
La tía Hominy ocupó su lugar en la cocina y cocinó con todo su arte anterior, pero su voz y su entendimiento se habían ido, y nunca pasaba del Sombrero Vinculado, al que seguía considerando, hasta donde se pudo averiguar, como la causa de todos sus errores y peligros, aunque parecía admitir su ineludible dominio.
La pobre mujer, Mary, al descubrir con el tiempo que Samson Hat deseaba tener una socia en el viejo almacén, donde se había convertido en el único residente, tuvo la fe suficiente para contraer su tercer matrimonio con él; y sus medios no solo compensaron la propiedad que ella había perdido, sino que el robusto anciano le regaló un bebé varón, que tomó el nombre de Meshach Phoebus, sobre el cual el juez Custis comentó sabiamente que «debería haber sido un negro pelirrojo, al tener tanto el horno de fuego como el sol ardiente en su nombre».
A la muerte de Samson Hat, que resultó de un reumatismo que le alcanzó el corazón, su viuda se unió a su libertador de la esclavitud, James Phoebus, en el Oeste, donde vivió felizmente con su esposo e hijastro, y a menudo escribía a casa sobre un amigo que tenía allí llamado Abe Lincoln, que hacía viajes en barcazas con él por el Mississippi. Tanto Ellenora Phoebus como Hulda Dennis criaron familias en el Oeste que desempeñaron papeles eficaces en el drama de la civilización.
Vesta no perdió tiempo en liberar a todos los esclavos de Teackle Hall y de las granjas, con la aprobación de su padre y también de su esposo, y Roxy se convirtió en la esposa de Whatcoat, el liberto rescatado, y la sustituta, al lado de su ama, de la pobre Virgie, cuyo cuerpo fue traído a casa e enterrado junto a la iglesia donde había sido dama de honor de su hermana blanca. El dolor de Vesta por Virgie fue silencioso, pero largo, y como el de una igual, no de un ama, aunque quizás nunca llegó a saber cuán igual.
En las fatalidades que rodeaban su matrimonio, Vesta observó una señal de bendición: la completa reforma de los hábitos de su padre.
No bebía nada en absoluto, sustituyendo con fruta los placeres del vino, y con ejercicio y negocios, a instancias de su yerno, las giras errantes que alguna vez realizó por el bosque en busca de política y amores.
Consciente de su naturaleza sociable y voluptuosa, Vesta deseaba verlo casado de nuevo, para completar y asegurar su reforma; y, mientras todavía se devanaba los sesos pensando en una esposa que le conviniera, él mismo resolvió el problema apartando limpiamente a Rhoda Holland de las atenciones de William Tilghman.
Rhoda había aprendido rápidamente y había corregido su gramática sin perder su humor ni su gusto por el vestir, y su espíritu libre y cálido pronto la convirtió en una mujer elegante, en quien, afortunada o desafortunadamente, germinó una ambición mundana muy decidida, a la vez la prueba y la justificación de los arribistas.
Quizás lo tomó de su tío, o quizás emanó de su ambiciosa estirpe familiar, que, en él y a su alrededor, había despertado al vigor de un siglo anterior; pero era tan diferente de la naturaleza de Vesta que, si bien solo hizo más noble su alma de tranquila piedad y desenvoltura aristocrática, Vesta se interesó por la voluntad propia y la coquetería comercial de Rhoda.
Una vitalidad más alta que la de Vesta, Rhoda Holland pronto mostró, en los sentidos superficiales, más agudeza de vista y perspicacia, intuiciones más rápidas, más amor propio, aunque no egoísmo, menos escrúpulos, tal vez, al tratar con sus amantes, y, junto con la fidelidad y la virtud, un espíritu emprendedor que Vesta solo reprobaba suavemente, puesto que admitía que en parte estaba inspirado por ella misma.
«Ten cuidado, querida», dijo Vesta un día, «de no alejarte de tu corazón. Con todo lo que mejora, hay un crecimiento que engendra la enfermedad del corazón. ¿Amas al primo William Tilghman? Es un hombre demasiado íntegro para que se hieran sus sentimientos. Nada en este mundo, Rhoda, es un sustituto del principio en una mujer».
«No quiero perder los principios, tía», dijo Rhoda; «pero me temo que amo demasiado la vida para ser la esposa de un pastor. Nunca vi el mundo durante tanto tiempo que me siento salvaje en él. Quiero ir, mirar y ver, por todas partes. Siento que mi corazón está en mis alas, ¿y debo ir a sentarme en un nido? La señorita Somers...».
«La pregunta es, querida, ¿amas?».
«Tía, creo que amo a William tanto como él a mí».
«Pero él es devoto, Rhoda».
«Si pensara que tengo todo el corazón pleno de William, tía Vesta, y que le causaría un dolor real decepcionarlo, me casaría con él. Pero lo he observado como un gato observa a un ratón. Quiere casarse conmigo para hacer felices a otros además de a sí mismo; para reconciliarlos más a usted y al tío; para integrar más al tío en su familia al casarse con su sobrina. William está tratando de amar al tío Meshach como un buen cristiano, pero, tía Vesta, piensa más en el dedo meñique de usted que en todo mi cuerpo».
El color carmesí subió a las mejillas de Vesta tan involuntariamente, tan subidamente, que se sintió avergonzada de ello y, en lugar de la ira que muchas esposas así expuestas habrían mostrado, derramó algunas lágrimas silenciosas.
«Rhoda, ¿no sabes que soy la esposa de tu tío?».
Rhoda la rodeó con sus brazos.
«¡Perdóname, querida! Cuando me digas, tía Vesta, que William me ama profundamente, me casaré con él con gusto. Solo quiero, tía, no hacer imposible la felicidad, cuando esperar sería mejor».
Vesta se preguntó qué quería decir Rhoda, pero, besando a su amiga tiernamente de nuevo, Rhoda susurró:
«Tía, no es egoísmo lo que hace que me comporte así. De verdad, amo a William; es un sacrificio dejarlo ir».
Vesta levantó la vista y encontró los ojos de Rhoda esta vez llenos de lágrimas.
«¡Extraña y tierna chica!», exclamó Vesta. «¿Qué te hace llorar?».
Sin embargo, por razones tácitas, quizás desconocidas, ambas derramaron juntas las lágrimas de un respeto más profundo la una por la otra.
Poco después, el juez Custis, al ser enviado a Annapolis por Milburn, fue requerido para llevar a Rhoda consigo, como parte de su educación, y Vesta fue también, por deseo de su esposo.
Temía que su padre, dedicado como se había vuelto a los intereses comerciales de su esposo, todavía le desagradara y le guardara resentimiento; y Vesta deseaba ver no solo la reconciliación exterior sino también la interior de aquellos dos hombres, de uno de los cuales extrajo su ser, y hacia el otro comenzaba a sentir lazos sagrados pero terribles que se aferraban a la vida y a la muerte.
Fueron llevados al embarcadero por el Sr. Milburn y el joven rector, y allí, mientras el barco de vapor se acercaba, Tilghman dijo:
«Rhoda, tu tío ha consentido. Desea que nos casemos. Te pido, ante todos ellos, que consideres mi propuesta mientras estés fuera, y vuelvas a casa con tu respuesta».
Rhoda no respondió, pues sus ojos estaban fijos en el gran navío que se aproximaba, cuya humeante chimenea se alzaba como una advertencia contra el cielo plomizo. Vesta, sintiendo la tensión del momento, rodeó a su joven protegida con un brazo protector, mientras Meshach, erguido y con su sempiterno sombrero, observaba la escena con una gravedad que parecía ajena a las emociones de los presentes. El vapor lanzó un bramido que resonó en toda la bahía, silenciando cualquier intento de réplica, y el estrépito de las cadenas al ser arrojadas al muelle marcó el fin de aquella tregua en tierra firme.
Al subir a bordo, el bullicio de los pasajeros y el frenesí de la partida separaron a los grupos. Rhoda, envuelta en su velo, apenas si pudo distinguir las figuras de su tío y del rector entre la multitud que se arremolinaba en el muelle. Cuando el barco se alejó de la costa, dejando tras de sí una estela espumosa que cortaba las aguas de la bahía, ella se refugió en un rincón de la cubierta, sintiendo que el mundo que conocía se desvanecía ante la inmensidad de un horizonte desconocido. Las palabras de Tilghman, aún frescas en su memoria, le pesaban como una promesa que no estaba segura de poder cumplir.
Vesta, observándola desde la distancia, comprendió que el destino de aquella joven estaba ligado a corrientes que ninguna de las dos podía controlar. El vapor avanzaba con paso firme hacia el mundo más poderoso, ese que se extendía más allá de la bahía y que prometía tanto brillo como desdicha. En el silencio de la travesía, Vesta se preguntó si su propia búsqueda de paz no era más que otra forma de exilio, y si el lazo que la unía a su marido, ahora sellado por la reciente reconciliación, sería capaz de resistir las pruebas que el futuro, con su implacable devenir, estaba a punto de imponerles.
De modo que Meshach Milburn nunca obtuvo la oportunidad de liberarse de la aflicción con la que había afligido a otros. Como un impostor que ha establecido el reclamo de la sordera, y la humanidad le grita al oído, el espectro con sombrero se sintió incómodo cuando se quitó su teja; su coherencia estaba de inmediato a prueba. Era como un chico que se había pinchado una cruz en la mano con tinta china y, al llegar a ser hombre con gusto y posición, ve el anuncio indeleble de su vulgaridad cada vez que estrecha una mano humana.
Haberse puesto cualquier otro sombrero lo habría expuesto a nuevos abucheos y comentarios, y hecho que él mismo sonriera públicamente ante su propia necedad; habría tenido que subir tan alto como a la picota para explicar el cambio y pedir disculpas; la sociedad a la que se había enfrentado en desafío parecía estar toda unida de repente para negarle un estatus sin su Sombrero Vinculado, y habría hecho falta el coraje de deshacerse de un alias de toda la vida y vivir bajo un nombre olvidado, para aparecer en Princess Anne con un tocado nuevo y contemporáneo.
Milburn vio que debía usar su viejo sombrero de por vida; se dobló bajo la servidumbre, y ahora era el único que sufría sus consecuencias.
CAPÍTULO XLVII.
FRACASO Y RESTITUCIÓN.
La lucha ferroviaria se renovó año tras año.
La Legislatura era asediada anualmente por fuertes fuerzas de presión, y un amargo concurso entre el Canal del Potomac y la mayor compañía ferroviaria, para estrangularse mutuamente, dejó al ferrocarril de la Costa Este sin atención. Las locomotoras de invención nativa comenzaron a aparecer; el ferrocarril a Washington fue finalmente inaugurado y, después, hasta Harper's Ferry, a medida que el hijo de Vesta se convertía en un joven jinete y aprendía a leer. El venerable palacio de justicia en Princess Anne, con sus ochenta y siete años de recuerdos, se incendió durante estos procedimientos, y un pánico se extendió sobre la vieja región de Patty Cannon ante el susurro de otra rebelión de Nat Turner entre los esclavos; pero no se hizo mención de los miles de secuestros allí en la convención antimasónica en Baltimore, donde Samuel S. Seward y Thaddeus Stevens nominaron al Sr. Wirt para la presidencia, porque un hombre blanco había sido robado. El asesinato de Jacob Cannon a manos de Owen Daw produjo algunos comentarios distantes poco después, principalmente debido a la apatía de la sociedad de Delaware para perseguir al asesino.
Por un largo curso de usura y persecución legal, los hermanos Cannon se habían vuelto detestados en su propia comunidad, y cuando demandaron a O'Day, o Daw, por talar un árbol de abejas en una de sus granjas que él había cultivado, y luego ejecutaron el juicio de diez dólares, Daw —ahora un hombre hecho y derecho y de vindictividad celta— cargó su escopeta y partió hacia Cannon's Ferry, y esperó a Jacob justo cuando guiaba a su caballo fuera de la barcaza del ferry.
—¿Vas a devolverme esos diez dólares, viejo sinvergüenza? —gritó O'Day.
—¡Atrás! ¡Atrás! —respondió el alto Jacob—; el cociente era correcto; se argumentaron la *lex loci* y la *lex terrae*. La *lex talionis*...
—¡Toma! —gritó el villano, disparando con destreza su escopeta al pecho del comerciante, de modo que no hiriera a su bestia más humana.
Jacob Cannon se tambaleó hacia la cerca en el extremo del muelle, se agarró allí un momento y cayó muerto.
—Sinvergüenza —gritó Isaac Cannon desde la ventana—, matar a mi hermano, mi consuelo ejecutivo.
—Sí —respondió O'Day—, ¡y te daré el otro cañón a ti!
Mientras Isaac Cannon se parapetaba dentro, Owen O'Day recogió sus efectos sin prisa y se dirigió a las tierras salvajes de Missouri.
Cannon's Ferry cayó en decadencia cuando el ferrocarril en Seaford se llevó su importancia comercial, pero aún se pueden ver la mansión nunca habitada del novio decepcionado y las lápidas que muestran cómo el destino de Jacob asustó a Isaac Cannon hacia una tumba prematura.
Mientras tanto, John M. Clayton había hecho uso de los temores de Calhoun y sus nulificadores, quienes eran amenazados con las penas de traición por el presidente, para aprobar un gran proyecto de ley de aranceles protectores con su ayuda, estableciendo así las manufacturas en el mismo período que los ferrocarriles.
Este triunfo en el senado lo dejó libre para conducir la demanda de Randel contra la Compañía del Canal, la cual ocupó tantos años como la empresa ferroviaria de Meshach Milburn.
El sistema bárbaro de "alegatos" estaba entonces en pleno apogeo, aunque pronto sería eliminado incluso en su Inglaterra natal, y la ley pasaría a ser un juicio de hechos en lugar de objeciones, demoras, excepciones, réplicas y dúplicas, batidas fuera de la leche desnatada de las palabras. Los alegatos de Clayton requieren una mente audaz y aburrida para leerlos ahora, pero cansó a sus adversarios, y su primo, el presidente del Tribunal Supremo Clayton, quien estaba celoso de él, todavía tenía que decidir a su favor.
Luego, tras el paso de los años, el asunto llegó a juicio en la vieja ciudad holandesa-inglesa de New Castle, y por la magnitud de los daños reclamados, el peso y número de abogados, y la novedad de juzgar a una gran corporación, interesó a los abogados y cargó a los periódicos, y se supuso popularmente que pertenecía a la clase de reclamos por expoliación francesa, o problemas de cuadratura del círculo; algo que seguiría ocurriendo al fin del mundo.
—¡No se preocupe, Bob Frame! Walter Jones es un gran abogado, pero, ¡por Dios!, él no conoce a un jurado de Delaware. Conseguiré mi casa de campo, aquí en las colinas de New Castle, de este caso —dijo Clayton, mientras jugaba al tejo con sus colegas abogados de Washington y Filadelfia, en la batería verde donde el vapor de Filadelfia llegaba con los pasajeros del Sur para el pequeño ferrocarril de bordes de piedra.
John Randel, Jr., había arruinado a un fino ingeniero, para convertirse en un hombre litigante toda su vida.
Demandó a su sucesor y compatriota neoyorquino, el ingeniero Wright, y fue desestimado. Embargó a los oficiales del canal, y asedió a la Legislatura por legislación correctiva, y amenazó al mismo Clayton con daños; sin embargo, tenía tal fondo de experiencia y tal vitalidad que mantenía al público exterior agitado, como el arreo de bestias salvajes hacia el círculo de los cazadores. Había topografiado la gran ciudad de Nueva York y planeado sus calles por encima del nuevo Ayuntamiento. Los ferrocarriles elevados fueron su proyección medio siglo antes de que sucedieran. Ahora miraba la ingeniería con indiferencia y se consideraba nacido para el derecho.
En medio de muchos otros deberes, Clayton, con el paso del tiempo, condenó a Whitecar por secuestro, sobre testimonio negro, habiendo obtenido un fallo en ese sentido de su primo, el presidente del tribunal; y un elector llamado Sorden (no el personaje de nuestro relato), siendo procesado por secuestro, para fastidiar a Clayton, fue absuelto por él en Georgetown después de una maravillosa exhibición de elocuencia ante el jurado, y pagó la obligación, años después de que nuestra historia termina, rompiendo un bloqueo de partido en la Legislatura de Delaware, donde se convirtió en miembro, y enviando al Sr. Clayton por cuarta vez al senado estadounidense.
* * * * *
El Sombrero Vinculado se volvió más común en las calles de Annapolis de lo que había sido en Princess Anne, mientras Milburn presionaba su proyecto de ley de asistencia año tras año, y recibía disparos por la espalda con calumnias desde casa y era empujado de frente por una oposición abrumadora.
El juez Custis salió al campo por el Congreso sobre el tema ferroviario, y fue elegido, a través del voto del Bosque, y su esposa pasó una temporada en Washington con tanta dignidad como disfrute, pocos sospechando que ella no era la igual social del Juez.
El sombrero ancestral desafiaba toda hostilidad mundana, pero se convirtió en el casco de hierro para doblar la espalda de su portador. Rezaba en secreto para que algún ángel compasivo rompiera el hechizo que lo ataba a él, pero nadie concebía que él pudiera dejarlo ir.
Su hijo creció fuerte y tomó el atuendo de su padre como algo natural; su esposa le insistía sobre el nauseabundo adorno que él había afectado durante tanto tiempo; una amplia conspiración parecía haberse formado para llevar su cabeza a aquel wigwam hereditario, y no podía escapar de él.
Incluso la abuela Tilghman, quien ahora era una residente de Teackle Hall, en la ausencia de años de William, se olvidó de todo sobre el sombrero extraño, y se regocijó para sí misma de que "Bill" no se hubiera casado con "esa chica política".
Milburn había mantenido su solvencia financiera mediante giros y salidas que incluso sus enemigos admiraban, pero un ferrocarril construido a lo largo de la columna vertebral de un hombre y terminado por un depósito de aguja en su cabeza debe desgastar al individuo sin alivio al fin.
Los bancos en Baltimore comenzaron a quebrar; sobrevinieron feroces disturbios; la deuda estatal había ascendido, a través de la ayuda a las obras públicas, a quince millones de dólares; el Ferrocarril de la Costa Este obtuvo, demasiado tarde, el voto del subsidio esperado, y el tesorero estatal no pudo encontrar fondos para pagarlo.
Las gacetas anunciaron el fracaso de Meshach Milburn, Esq., de la Costa Este.
Sin un instante de vacilación, Vesta entregó su propia propiedad, y ella y Rhoda Custis abrieron una escuela selecta en una parte de Teackle Hall, y alquilaron el resto como residencias.
—¿Por qué haces este sacrificio? —preguntó su marido—; nadie lo esperaba.
—Pueden decir que nos casamos para proteger a mis padres —respondió Vesta—, pero no que fue para asegurarme a mí misma. Mi hijo tendrá un nombre limpio.
Su fracaso terminó con la vida activa de Meshach Milburn; demasiado considerado con su familia para renovar sus antiguos intentos bajos, se convirtió en empleado en las oficinas del condado, a través de la influencia del juez Custis, y usó su sombrero para el trabajo estipendiario con la regularidad, pero no con los instintos rebeldes, de los viejos tiempos, convirtiéndose, en cambio, en la víctima de un cierto trance religioso o apatía, que se profundizó con el tiempo.
Vesta vio que la desgracia de Milburn extinguía el último remanente de animosidad en la mente de su padre, y los dos hombres iban juntos, como dos viejos amigos que habían sido prisioneros de guerra y estaban curados de la ambición.
Milburn reanudó sus paseos por el bosque y sus domesticaciones de pájaros, todos los rastros de ambición abandonaron su semblante, y estaba tan muerto para las cosas de los negocios como si nunca se hubiera elevado sobre su origen forestal.
A menudo hablaba de William Tilghman y parecía desear verlo, aunque sin un propósito aparente.
El cólera asiático, habiendo comenzado a hacer visitas anuales a los Estados Unidos, señaló, un día, al portador del sombrero obsoleto, y puso a la prueba más severa de afecto y humanidad al hogar en Teackle Hall.
Ya fuera por el respeto que sus propósitos firmes les habían dado, o la devoción natural en una sociedad secuestrada, ningún alma dejó su lado.
Pero trajo la visita final de la pobreza sobre Vesta. Su escuela fue disuelta en un día. Ella misma la despidió, y se sentó con calma junto al lecho de su marido, para calmar su debilidad moribunda y esperar la providencia de Dios.
Pasó rápidamente por las etapas de calambres y colapso, un pulso casi perdido y el aspecto cadavérico de quien ya está muerto, sin embargo, su intelecto, por la ley de la enfermedad, vivió intacto.
—La corriente no puede elevarse por encima de la fuente —dijo, con voz ronca—; todo lo que podemos obtener de la vida es el amor. Mi querida, lo has derramado sobre mí y has estado sedienta todos tus días.
—He sido feliz en mi deber —dijo Vesta—; siempre has sido amable conmigo. No tenemos nada que lamentar.
Él deliró un poco, aunque la miraba y parecía estar pensando en su madre.
—¿A dónde podemos ir? —murmuró, lastimeramente—; quemé la querida vieja choza. Habría sido un techo para mi hijo.
Su barbilla tembló, como si estuviera a punto de llorar, y suspiró:
—Papá y mamá pelearon; el ruiseñor no quiere cantar. ¡Cabalga por el doctor! ¡Cabalga fuerte! ¡Oh! ¡oh! ¡demasiado tarde, pequeños niños! ¡Están ambos muertos!
Volvió al conocimiento perfecto en un momento y fijó sus ojos en Vesta, diciendo:
—Te dejo pobre. Me esforcé mucho. Quizás...
Su ojo fue aquí arrestado por algún conflicto en la puerta, donde la tía Hominy, a pesar de su ingenio imperfecto, se esforzaba por mantenerse de guardia.
—¡El diablo lo está midiendo! ¡Midiéndolo por fin! —dijo la vieja mujer—; ¡la señorita Vessy es casi libre!
—¡Admítanme! —dijo una voz clara y familiar—, debo verlo. ¡El Sr. Clayton ha ganado el juicio y doscientos veintiséis mil dólares por daños! El primo Meshach es rico de nuevo.
—Esa voz amistosa —dijo Meshach, con una luz feliz en sus ojos—, ¡oh, quería oírla de nuevo!
Sin embargo, puso su mano arriba con todas sus pequeñas fuerzas para apartar al intruso, quien lo habría besado, y susurró:
—No. ¡El cólera!
—¡Es el obispo, tío! —gritó la Sra. Custis—; el obispo Tilghman, del Oeste.
—¿Cómo no voy a conocerlo? —susurró Milburn, con voz y fuerzas menguantes—. ¡Hombre honesto! ¡Obispo de nuestra iglesia! ¡Obispo en el Oeste libre! ¡Dios lo bendiga!
Se perdió de nuevo, como si se hubiera desmayado, durante algún tiempo, y, todos arrodillados, el joven obispo hizo una oración.
Cuando se levantaron, Milburn parecía sin habla, sin embargo, trató de levantar su mano y, Vesta acudiendo en su ayuda, sus largos y delgados dedos se cerraron alrededor de los de ella, y le hizo una señal a William Tilghman con los ojos.
El obispo se acercó y, mediante un doloroso esfuerzo, Milburn puso la mano de su esposa en la de su primo. Sus labios formaron una palabra sin sonido:
—Restitución.
—¡Gloria a Dios! —exclamó de repente la abuela Tilghman, quien parecía ver sin ver todo lo que estaba sucediendo.
—Sabía que sería así, si ambos esperaban —suspiró Rhoda a su marido, entre sus lágrimas.
Todavía había algo en la mente de Milburn, aunque no pudo explicarlo. Se hizo todo intento por interpretar su deseo, pero en vano, hasta que la tía Hominy rompió el silencio murmurando:
—¡Él quiere ese sombrero del diablo!
Vesta vio a su marido parpadear como si hubiera escuchado la palabra, y le dio una idea. Salió de la habitación y regresó con su hijo, un joven apuesto, obediente a su deseo. En su mano estaba el sombrero de su padre.
—¿Qué harás si papá nos deja, Custis? —habló Vesta, en voz alta, para que el moribundo pudiera oír.
—¡Usaré el sombrero de mi antepasado, papá! —dijo el niño.
El moribundo bajó los ojos, como si dijera "No", y miró fervientemente a su hijo y con cansancio el viejo tocado.
Vesta lo colocó en su almohada y esperó a conocer su siguiente deseo.
Hizo una señal, que interpretaron como:
—¡Levántenme!
Fue levantado, lívido como el muerto, y levantó los ojos hacia su frente.
Su esposa colocó el Sombrero Vinculado en sus sienes.
—¡Entiérrenlo! —dijo, en un susurro distintivo, y falleció.
EL FIN.
BAKER (W. M.) Carter Quarterman. Ilustrado. 60 $ Inside: a Chronicle of Secession. Ilustrado. 75 The New Timothy. 12mo 1 50 4to, rústica 25 The Virginians in Texas. 75 BLACK'S A Daughter of Heth. 35 12mo 1 25 A Princess of Thule. 50 12mo 1 25 Green Pastures and Piccadilly. 50 12mo 1 25 In Silk Attire. 35 12mo 1 25 Kilmeny. 35 12mo 1 25 Macleod of Dare. Ilustrado. 12mo 1 25 Ilustrado. 60 4to, rústica 15 Madcap Violet. 50 12mo 1 25 Shandon Bells. Ilustrado. 12mo 1 25 Ilustrado. 4to, rústica 20 Sunrise. 12mo 1 25 4to, rústica 15 That Beautiful Wretch. Ilustrado. 12mo 1 25 Ilustrado. 4to, rústica 20 The Maid of Killeena, and Other Stories. 40 The Monarch of Mincing-Lane. Ilustrado. 50 The Strange Adventures of a Phaeton. 50 12mo 1 25 Three Feathers. Ilustrado. 12mo 1 25 White Wings. Ilustrado. 12mo 1 25 4to, rústica 20 Yolande. Ilustrado. 12mo 1 25 Ilustrado. 4to, rústica 20 BLACKMORE'S Alice Lorraine. 50 $ Christowell. 4to, rústica 20 Clara Vaughan. 4to, rústica 15 Cradock Nowell. 60 Cripps, the Carrier. Ilustrado. 50 Erema. 50 Lorna Doone. 25 centavos; 12mo 1 00 Mary Anerley. 16mo, tela, 1 00 $; 4to, rústica 15 The Maid of Sker. 50 Tommy Upmore. 16mo, rústica, 35 cts.; tela, 50 cts.; 4to, rústica 20 BENEDICT'S John Worthington's Name. 75 Miss Dorothy's Charge. 75 Miss Van Kortland. 60 Mr. Vaughan's Heir. 75 My Daughter Elinor. 80 St. Simon's Niece. 60 BREAD-WINNERS, THE 16mo, tela 1 00 BULWER'S Alice. 35 A Strange Story. Ilustrado. 60 12 mo 1 25 Devereux. 40 Ernest Maltravers. 35 Eugene Aram. 35 Godolphin. 35 Harold, the Last of the Saxon Kings. 60 Kenelm Chillingly. 50 12mo 1 25 Leila. 25 12mo 1 00 Lucretia. 40 My Novel. 75 2 vols. 12mo 2 50 Night and Morning. 50 Paul Clifford. 40 Pausanias the Spartan. 25 12mo 75 Pelham. 40 Rienzi. 40 The Caxtons. 50 12mo 1 25 The Coming Race. 12mo, rústica 50 Tela 1 00 The Disowned. 50 The Last Days of Pompeii. 25 4to, rústica 15 The Last of the Barons. 50 The Parisians. Ilustrado. 60 Ilustrado. 12mo 1 50 BULWER'S The Pilgrims of the Rhine. 20 $ What will He do with it? 75 Zanoni. 35 BRADDON'S (Miss) An Open Verdict. 35 A Strange World. 40 Asphodel. 4to, rústica 15 Aurora Floyd. 40 Barbara; or, Splendid Misery. 4to, rústica 15 Birds of Prey. Ilustrado. 50 Bound to John Company. Ilustrado. 50 Charlotte's Inheritance. 35 Dead Men's Shoes. 40 Dead Sea Fruit. Ilustrado. 50 Eleanor's Victory. 60 Fenton's Quest. Ilustrado. 50 Flower and Weed. 4to, rústica 10 Hostages to Fortune. Ilustrado. 50 John Marchmont's Legacy. 50 Joshua Haggard's Daughter. Ilustrado. 50 Just as I Am. 4to, rústica 15 Lost for Love. Ilustrado. 50 Mistletoe Bough, 1878. Editado por M. E. Braddon. 4to, rústica 15 Mistletoe Bough, 1879. Editado por M. E. Braddon. 4to, rústica 10 Mount Royal. 4to, rústica 15 Phantom Fortune. 4to, rústica 20 Publicans and Sinners. 50 Strangers and Pilgrims. Ilustrado. 50 Taken at the Flood. 50 The Cloven Foot. 4to, rústica 15 The Lovels of Arden. Ilustrado. 50 To the Bitter End. Ilustrado. 50 Under the Red Flag. 4to, rústica 10 Vixen. 4to, rústica 15 Weavers and Weft. 25 BRONTE'S (Charlotte) Jane Eyre. 40 Ilustrado. 12mo 1 00 4to, rústica 15 Shirley. 50 Ilustrado. 12mo 1 00 The Professor. Ilustrado. 12mo 1 00 Villette. 50 Ilustrado. 12mo 1 00 (Anna) The Tenant of Wildfell Hall. Ilustrado. 12mo 1 00 (Emily) Wuthering Heights. Ilustrado. 12mo 1 00 CRAIK'S (Miss G. M.) Dorcas. 4to, rústica 15 Mildred. 30 Anne Warwick. 25 Fortune's Marriage. 4to, rústica 20 CRAIK'S (Miss G. M.) Hard to Bear. 30 $ Sydney. 4to, rústica 15 Sylvia's Choice. 30 Two Women. 4to, rústica 15 COLLINS'S Antonina. 40 Armadale. Ilustrado. 60 Man and Wife. 4to, rústica 20 My Lady's Money. 32mo, rústica 25 No Name. Ilustrado. 60 Percy and the Prophet 32mo, rústica 20 Poor Miss Finch. Ilustrado. 60 The Law and the Lady. Ilustrado. 50 The Moonstone. Ilustrado. 60 The New Magdalen. 30 The Two Destinies. Ilustrado. 35 The Woman in White. Ilustrado. 60 COLLINS'S Edición de biblioteca ilustrada. 12mo, por vol. 1 25 After Dark, and Other Stories.--Antonina.--Armadale.-- Basil.--Hide-and-Seek.--Man and Wife.--My Miscellanies.-- No Name.--Poor Miss Finch,--The Dead Secret.--The Law and the Lady.--The Moonstone.--The New Magdalen.--The Queen of Hearts.--The Two Destinies.--The Woman in White. DICKENS'S NOVELS. Ilustrado. A Tale of Two Cities. 50 Tela 1 00 Barnaby Rudge. 1 00 Tela 1 50 Bleak House. 1 00 Tela 1 50 Christmas Stories. 1 00 Tela 1 50 David Copperfield. 1 00 Tela 1 50 Dombey and Son. 1 00 Tela 1 50 Great Expectations. 1 00 Tela 1 50 Little Dorrit. 1 00 Tela 1 50 Martin Chuzzlewit. 1 00 Tela 1 50 Nicholas Nickleby. 1 00 Tela 1 50 Oliver Twist. 50 Tela 1 00 Our Mutual Friend. 1 00 Tela 1 50 Pickwick Papers. 1 00 Tela 1 50 4to, rústica 20 Pictures from Italy, Sketches by Boz, and American Notes. 1 00 Tela 1 50 The Old Curiosity Shop. 75 Tela 1 25 The Uncommercial Traveller, Hard Times, and Edwin Drood. 1 00 Tela 1 50 Harper's Household Dickens, 16 vols., tela, en caja, 22 00 $. El mismo en 8 vols., tela, 20 00 $; imitación de media piel, 22 00 $; media becerra, 40 00 $. DE MILLE'S A Castle in Spain. Ilustrado. 50 Ilustrado. Tela 1 00 DE MILLE'S Cord and Creese. Ilustrado. 60 $ The American Baron. Ilustrado. 50 The Cryptogram. Ilustrado. 75 The Dodge Club. Ilustrado. 60 centavos; tela 1 10 The Living Link. Ilustrado. 60 centavos; tela 1 10 DISRAELI'S (Earl of Beaconsfield) Endymion. 4to, rústica 15 The Young Duke. 12mo 1 50 4to, rústica 15 ELIOT'S (George) Novels. Edición de biblioteca. Ilustrado. 12mo, por vol. 1 25 Adam Bede.--Daniel Deronda, 2 vols.--Felix Holt, the Radical.--Middlemarch, 2 vols.--Romola.--Scenes of Clerical Life, and Silas Marner.--The Mill on the Floss. ELIOT'S (George) Novels. Edición popular. Ilustrado. 12mo, por vol. 75 Adam Bede.--Daniel Deronda, 2 vols.--Felix Holt, the Radical.--Middlemarch, 2 vols.--Romola.--Scenes of Clerical Life, and Silas Marner.--The Mill on the Floss. ELIOT'S (George) Amos Barton. 32mo, rústica 20 Brother Jacob.--The Lifted Veil. 32mo, rústica 20 Daniel Deronda. 50 Felix Holt, the Radical. 50 Janet's Repentance. 32mo, rústica 20 Middlemarch. 75 Mr. Gilfil's Love Story. 32mo, rústica 20 Romola. Ilustrado. 50 Scenes of Clerical Life. 50 The Mill on the Floss. 50 GASKELL'S (Mrs.) A Dark Night's Work. 25 Cousin Phillis. 20 Cranford. 16mo 1 25 Mary Barton. 40 4to, rústica 20 Moorland Cottage. 18mo 75 My Lady Ludlow. 20 North and South. 40 Right at Last, &c. 12mo 1 50 Sylvia's Lovers. 40 Wives and Daughters. Ilustrado. 60 HARRISON'S (Mrs.) Helen Troy. 16mo, tela 1 00 Golden Rod. 32mo, rústica 25 HAY'S (M. C.) A Dark Inheritance. 32mo, rústica 15 A Shadow on the Threshold. 32mo, rústica 20 Among the Ruins, and Other Stories. 4to, rústica 15 At the Seaside, and Other Stories. 4to, rústica 15 Back to the Old Home. 32mo, rústica 20 Bid Me Discourse. 4to, rústica 10 Dorothy's Venture. 4to, rústica 15 HAY'S (M. C.) For Her Dear Sake. 4to, rústica 15 $ Hidden Perils. 25 Into the Shade, and Other Stories. 4to, rústica 15 Lady Carmichael's Will. 32mo, rústica 15 Missing. 32mo, rústica 20 My First Offer, and Other Stories. 4to, rústica 15 Nora's Love Test. 25 Old Myddelton's Money. 25 Reaping the Whirlwind. 32mo, rústica 20 The Arundel Motto. 25 The Sorrow of a Secret. 32mo, rústica 15 The Squire's Legacy. 25 Under Life's Key, and Other Stories. 4to, rústica 15 Victor and Vanquished. 25 HUGO'S Ninety-Three. Ilustrado. 25 centavos; 12mo 1 75 The Toilers of the Sea. 50 centavos; ilustrado. Tela 1 50 JAMES'S (Henry, hijo) Daisy Miller. 32mo, rústica 20 An International Episode. 32mo, rústica 20 Diary of a Man of Fifty, and A Bundle of Letters. 32mo, rústica 25 Las cuatro obras arriba mencionadas en un solo volumen 4to, rústica 25 Washington Square. Ilustrado. 16mo, tela 1 25 JOHNSTON'S (R. M.) Dukesborough Tales. Ilustrado. 4to, rústica 25 Old Mark Langston. 16mo, tela 1 00 LAWRENCE'S Anteros. 40 Brakespeare. 40 Breaking a Butterfly. 35 Guy Livingstone. 12mo, 1 50 $; 4to, rústica 10 Hagarene. 35 Maurice Dering. 25 Sans Merci. 35 Sword and Gown. 20 LEVER'S A Day's Ride. 40 Barrington. 40 Gerald Fitzgerald. 40 Lord Kilgobbin. Ilustrado. 50 Luttrell of Arran. 60 Maurice Tiernay. 50 One of Them. 50 Roland Cashel. Ilustrado. 75 Sir Brook Fosbrooke. 50 Sir Jasper Carew. 50 That Boy of Norcott's. Ilustrado. 25 The Bramleighs of Bishop's Folly. 50 The Daltons. 75 The Dodd Family Abroad. 60 The Fortunes of Glencore. 50 LEVER'S The Martins of Cro' Martin. 60 $ Tony Butler. 60 McCARTHY'S Comet of a Season. 4to, rústica 20 Donna Quixote. 4to, rústica 15 Maid of Athens. 4to, rústica 20 My Enemy's Daughter. Ilustrado. 50 The Commander's Statue. 32mo, rústica 15 The Waterdale Neighbors. 35 MACDONALD'S Alec Forbes. 50 Annals of a Quiet Neighborhood. 12mo 1 25 Donal Grant. 4to, rústica 20 Guild Court. 40 Warlock o' Glenwarlock. 4to, rústica 20 Weighed and Wanting. 4to, rústica 20 MULOCK'S (Miss) A Brave Lady. Ilustrado. 60 centavos; 12mo 1 25 A French Country Family. Traducido. Ilustrado. 12mo 1 50 Agatha's Husband. 35 centavos; ilustrado. 12mo 1 25 A Hero, &c. 12mo 1 25 A Life for a Life. 40 centavos; 12mo 1 25 A Noble Life. 12mo 1 25 Avillion, and Other Tales. 60 Christian's Mistake. 12mo 1 25 Hannah. Ilustrado. 35 centavos; 12mo 1 25 Head of the Family. 50 centavos; ilustrado. 12mo 1 25 His Little Mother. 12mo, 1 25 $; 4to, rústica 10 John Halifax, Gentleman. 50 centavos; ilustrado. 12mo 1 25 4to, rústica 15 Mistress and Maid. 30 centavos; 12mo 1 25 Motherless. Traducido. Ilustrado. 12mo 1 50 My Mother and I. Ilustrado. 40 centavos; 12mo 1 25 Nothing New. 30 Ogilvies. 35 centavos; ilustrado. 12mo 1 25 Olive. 35 centavos; ilustrado. 12mo 1 25 The Laurel Bush. Ilustrado. 25 centavos; 12mo 1 25 The Woman's Kingdom. Ilustrado. 60 centavos; 12mo 1 25 Two Marriages. 12mo 1 25 Unkind Word, and Other Stories. 12mo 1 25 Young Mrs. Jardine. 12mo, 1 25 $; 4to, rústica 10 MURRAY'S (D. C.) A Life's Atonement. 4to, rústica 20 A Model Father. 4to, rústica 10 By the Gate of the Sea. 4to, rústica, 15 centavos; 12mo, rústica 15 Hearts. 4to, rústica 20 The Way of the World. 4to, rústica 20 Val Strange. 4to, rústica 20 NORRIS'S Heaps of Money. 15 Mademoiselle de Mersac. 4to, rústica 20 No New Thing. 4to, rústica 25 Thirlby Hall. Ilustrado. 4to, rústica 25 OLIPHANT'S (Mrs.) Agnes. 50 A Son of the Soil. 50 Athelings. 50 Brownlows. 50 Carita. Ilustrado. 50 Chronicles of Carlingford. 60 Days of My Life. 12mo 1 50 For Love and Life. 50 Harry Joscelyn. 4to, rústica 20 He That Will Not when He May. 4to, rústica 20 Hester. 4to, rústica 20 Innocent. Ilustrado. 50 It was a Lover and His Lass. 4to, rústica 20 John: a Love Story. 25 Katie Stewart. 20 Lady Jane. 4to, rústica 10 Lucy Crofton. 12mo 1 50 Madonna Mary. 50 Miss Marjoribanks. 50 Mrs. Arthur. 40 Ombra. 50 Phoebe, Junior. 35 Sir Tom. 4to, rústica 20 Squire Arden. 50 The Curate in Charge. 20 The Fugitives. 4to, rústica 10 The Greatest Heiress in England. 4to, rústica 10 The House on the Moor. 12mo 1 55 The Ladies Lindores. 16mo, tela, 1 00 $; 4to, rústica 20 The Laird of Norlaw. 12mo 1 50 The Last of the Mortimers. 12mo 1 50 The Minister's Wife. 50 The Perpetual Curate. 50 The Primrose Path. 50 The Quiet Heart. 20 The Story of Valentine and his Brother. 50 The Wizard's Son. 4to, rústica 25 Within the Precincts. 4to, rústica 15 Young Musgrave. 40 PAYN'S (James) A Beggar on Horseback. 35 A Confidential Agent. 4to, rústica 15 A Grape from a Thorn. 4to, rústica 20 A Woman's Vengeance. 35 At Her Mercy. 30 Bred in the Bone. 40 By Proxy. 35 Carlyon's Year. 25 Cecil's Tryst. 30 PAYN'S (James) For Cash Only. 4to, rústica 20 $ Found Dead. 25 From Exile. 4to, rústica 15 Gwendoline's Harvest. 25 Halves. 30 High Spirits. 4to, rústica 15 Kit. Ilustrado. 4to, rústica 20 Less Black than We're Painted. 35 Murphy's Master. 20 One of the Family. 25 The Best of Husbands. 25 The Canon's Ward. Ilustrado. 4to, rústica 25 Thicker than Water. 16mo, tela, 1 00 $; 4to, rústica 20 Under One Roof. 4to, rústica 15 Walter's Word. 50 What He Cost Her. 40 Won--Not Wooed. 35 READE'S Novels: Household Edition. Ilustrado. 12mo, por vol. 1 00 A Simpleton and the Wandering Heir. A Terrible Temptation. A Woman-Hater. Foul Play. Good Stories. Griffith Gaunt. Hard Cash. It is Never Too Late to Mend. Love me Little, Love me Long. Peg Woffington, Christie Johnstone, &c. Put Yourself in His Place. The Cloister and the Hearth. White Lies. READE'S (Charles) A Hero and a Martyr. 15 A Simpleton. 30 A Terrible Temptation. Ilustrado. 25 A Woman-Hater. Ilustrado. 30 centavos; 12mo, rústica 20 Foul Play. 30 Good Stories of Man and Other Animals. Ilustrado. 4to, rústica 20 Griffith Gaunt. Ilustrado. 30 Hard Cash. Ilustrado. 35 It is Never Too Late to Mend. 35 Jack of all Trades. 16mo, rústica 15 Love Me Little, Love Me Long. 30 Multum in Parvo. Ilustrado. 4to, rústica 15 Peg Woffington, &c. 35 Put Yourself in His Place. Ilustrado. 35 The Cloister and the Hearth. 35 The Coming Man. 32mo, rústica 20 The Jilt. 32mo, rústica 20 The Picture. 16mo, rústica 15 The Wandering Heir. Ilustrado. 20 White Lies. 30 RICE & BESANT'S All Sorts and Conditions of Men. 4to, rústica 20 By Celia's Arbor. Ilustrado. 4to, rústica 50 RICE & BESANT'S Shepherds All and Maidens Fair. 32mo, rústica 25 $ "So they were Married!" Ilustrado. 4to, rústica 20 Sweet Nelly, My Heart's Delight. 4to, rústica 10 The Captains' Room. 4to, rústica 10 The Chaplain of the Fleet. 4to, rústica 20 The Golden Butterfly. 40 'Twas in Trafalgar's Bay. 32mo, rústica 20 When the Ship Comes Home. 32mo, rústica 25 ROBINSON'S (F. W.) A Bridge of Glass. 30 A Girl's Romance, and Other Stories. 30 As Long as She Lived. 50 Carry's Confession. 50 Christie's Faith. 12mo 1 75 Coward Conscience. 4to, rústica 15 For Her Sake. Ilustrado. 60 Her Face was Her Fortune. 40 Little Kate Kirby. Ilustrado. 50 Mattie: a Stray. 40 No Man's Friend. 50 Othello the Second. 32mo, rústica 20 Poor Humanity. 50 Poor Zeph! 32mo, rústica 20 Romance on Four Wheels. 15 Second-Cousin Sarah. Ilustrado. 50 Stern Necessity. 40 The Barmaid at Battleton. 32mo, rústica 15 The Black Speck. 4to, rústica 10 The Hands of Justice. 4to, rústica 20 The Man She Cared For. 4to, rústica 20 The Romance of a Back Street. 32mo, rústica 15 True to Herself. 50 RUSSELL'S (W. Clarke) Auld Lang Syne. 4to, rústica 10 A Sailor's Sweetheart. 4to, rústica 15 A Sea Queen. 16mo, tela, 1 00 $; 4to, rústica 20 An Ocean Free Lance. 4to, rústica 20 Jack's Courtship. 4to, rústica 25 Little Loo. 4to, rústica 20 My Watch Below. 4to, rústica 20 Round the Galley Fire. 4to, rústica 15 The "Lady Maud:" Schooner Yacht. Ilustrado. 4to, rústica 20 Wreck of the "Grosvenor". 30 centavos; 4to, rústica 15 SHERWOOD'S (Mrs. John) A Transplanted Rose. 12mo, tela 1 00 TABOR'S (Eliza) Eglantine. 40 Hope Meredith. 35 Jeanie's Quiet Life. 30 Little Miss Primrose. 4to, rústica 15 Meta's Faith. 35 St. Olave's. 40 TABOR'S (Eliza) The Blue Ribbon. 40 $ The Last of Her Line. 4to, rústica 15 The Senior Songman. 4to, rústica 20 THACKERAY'S (Miss) Bluebeard's Keys. 35 Da Capo. 32mo, rústica 20 Miscellaneous Works. 90 Miss Angel. Ilustrado. 50 Miss Williamson's Divagations. 4to, rústica 15 Old Kensington. Ilustrado. 60 Village on the Cliff. Ilustrado. 25 THACKERAY'S (W. M.) Denis Duval. Ilustrado. 25 Henry Esmond, and Lovel the Widower. 12 ilustraciones. 60 Henry Esmond. 50 centavos; 4to, rústica 15 Lovel the Widower. 20 Pendennis. 179 ilustraciones. 75 The Adventures of Philip. 64 ilustraciones. 60 The Great Hoggarty Diamond. 20 The Newcomes. 102 ilustraciones. 90 The Virginians. 150 ilustraciones. 90 Vanity Fair. 32 ilustraciones. 80 THACKERAY'S Works: Household Edition. 12mo, por vol. 1 25 Novels: Vanity Fair.--Pendennis.--The Newcomes.--The Virginians.--Philip.--Esmond, and Lovel the Widower. 6 vols. Ilustrado. Miscellaneous: Barry Lyndon, Hoggarty Diamond, &c.--Paris and Irish Sketch-Books, &c.--Book of Snobs, Sketches, &c.--Four Georges, English Humorists, Roundabout Papers, &c.--Catharine, &c. 5 vols. Ilustrado. TOWNSEND'S (G. A.) The Entailed Hat. 16mo, tela 1 50 TROLLOPE'S (Anthony) An Eye for an Eye. 4to, rústica 10 An Old Man's Love. 4to, rústica 15 Ayala's Angel. 4to, rústica 20 Brown, Jones, and Robinson. 35 Can You Forgive Her? Ilustrado. 80 Castle Richmond. 12mo 1 50 Cousin Henry. 4to, rústica 10 Doctor Thorne. 12mo 1 50 Doctor Wortle's School. 4to, rústica 15 Framley Parsonage. 4to, rústica 15 Harry Heathcote of Gangoil. Ilustrado. 20 He Knew He was Right. Ilustrado. 80 Is He Popenjoy? 4to, rústica 20 John Caldigate. 4to, rústica 15 Kept in the Dark. 4to, rústica 15 Lady Anna. 30 Marion Fay. Ilustrado. 4to, rústica 20 Miss Mackenzie. 35 Mr. Scarborough's Family. 4to, rústica 20 Orley Farm. Ilustrado. 80 TROLLOPE'S (Anthony) Phineas Finn. Ilustrado. 75 $ Phineas Redux. Ilustrado. 75 Rachel Ray. 35 Ralph the Heir. Ilustrado. 75 Sir Harry Hotspur of Humblethwaite. Ilustrado. 35 The American Senator. 50 The Belton Estate. 35 The Bertrams. 4to, rústica 15 The Claverings. Ilustrado. 50 The Duke's Children. 4to, rústica 20 The Eustace Diamonds. Ilustrado. 80 The Fixed Period. 4to, rústica 15 The Golden Lion of Granpere. Ilustrado. 40 The Lady of Launay. 32mo, rústica 20 The Last Chronicle of Barset. Ilustrado. 90 The Prime Minister. 60 The Small House at Allington. Ilustrado. 75 The Three Clerks. 12mo 1 50 The Vicar of Bullhampton. Ilustrado. 80 The Warden, and Barchester Towers. En un volumen 60 The Way We Live Now. Ilustrado. 90 Thompson Hall. Ilustrado. 32mo, rústica 20 Why Frau Frohman Raised her Prices, &c. 4to, rústica 10 WALLACE'S (Lew) Ben-Hur. 16mo, tela 1 50 WAVERLEY NOVELS: THISTLE EDITION: 48 Vols., tela verde, con 2000 ilustraciones, 1 00 $ por vol.; media piel, cabezas doradas, 1 50 $ por vol.; media piel, extra, 2 25 $ por vol. HOLYROOD EDITION: 48 Vols., tela marrón, con 2000 ilustraciones, 75 centavos por vol.; media piel, cabezas doradas, 1 50 $ por vol.; media piel, extra, 2 25 $ por vol. POPULAR EDITION: 24 Vols. (dos vols. en uno), tela verde, con 2000 ilustraciones, 1 25 $ por vol.; media piel, 2 25 $ por vol.; media piel, extra, 3 00 $ por vol. Waverley; Guy Mannering; The Antiquary; Rob Roy; Old Mortality; The Heart of Mid-Lothian; A Legend of Montrose; The Bride of Lammermoor; The Black Dwarf; Ivanhoe; The Monastery; The Abbot; Kenilworth; The Pirate; The Fortunes of Nigel; Peveril of the Peak; Quentin Durward; St. Ronan's Well; Redgauntlet; The Betrothed; The Talisman; Woodstock; Chronicles of the Canongate, The Highland Widow, &c.; The Fair Maid of Perth; Anne of Geierstein; Count Robert of Paris; Castle Dangerous; The Surgeon's Daughter; Glosario. WOOLSON'S (C. F.) Anne. Ilustrado. 16mo, tela 1 25 For the Major. Ilustrado. 16mo, tela 1 00
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