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The Germany and the Agricola of Tacitus

by Cornelius Tacitus · in Spanish

GERMANIA Y AGRÍCOLA DE TÁCITO.

LA TRADUCCIÓN DE OXFORD REVISADA, CON NOTAS.

Por Tácito

Con una introducción de Edward Brooks, Jr.

INTRODUCCIÓN.

Muy poco se sabe sobre la vida de Tácito, el historiador, excepto lo que él mismo nos cuenta en sus propios escritos y aquellos incidentes que su contemporáneo, Plinio, relata sobre él.

Su nombre completo era Cayo Cornelio Tácito. La fecha de su nacimiento solo puede establecerse por conjetura, y aun así, solo de manera aproximada. Plinio el Joven habla de él como *prope modum aequales*, de aproximadamente la misma edad. Plinio nació en el año 61. Tácito, sin embargo, ocupó el cargo de cuestor bajo Vespasiano en el año 78 d.C., momento en el que, por tanto, debía tener al menos veinticinco años. Esto fijaría la fecha de su nacimiento no más tarde del año 53 d.C. Es probable, por consiguiente, que Tácito fuera varios años mayor que Plinio.

Su parentesco es también un asunto de pura conjetura. El nombre Cornelio era común entre los romanos, por lo que de él no podemos extraer ninguna inferencia. El hecho de que a una edad temprana ocupara un cargo público prominente indica que nació de buena familia, y no es imposible que su padre fuera un tal Cornelio Tácito, caballero romano, que fue procurador en la Galia Bélgica, y a quien Plinio el Viejo menciona en su "Historia Natural".

De la vida temprana de Tácito y la formación que siguió como preparación para aquellos esfuerzos literarios que más tarde lo convirtieron en una figura conspicua entre los literatos romanos, no sabemos absolutamente nada.

De los eventos de su vida que transcurrieron después de haber alcanzado la edad adulta, sabemos poco más allá de lo que él mismo ha registrado en sus escritos. Ocupó una posición de cierta eminencia como abogado en el foro romano, y en el año 77 d.C. se casó con la hija de Julio Agrícola, un ciudadano humano y honorable, que por aquel entonces era cónsul y fue posteriormente nombrado gobernador de Britania. Es muy posible que esta alianza tan ventajosa apresurara su ascenso al cargo de cuestor bajo Vespasiano.

Bajo Domiciano, en el año 88, Tácito fue nombrado uno de los quince comisionados para presidir la celebración de los juegos seculares. En el mismo año ocupó el cargo de pretor, y fue miembro de uno de los más selectos de los antiguos colegios sacerdotales, en el cual un prerrequisito para ser miembro era que el hombre hubiera nacido de buena familia.

Al año siguiente parece haber dejado Roma, y es posible que visitara Germania y allí obtuviera su conocimiento e información respecto a las costumbres y hábitos de sus gentes, los cuales convierte en el tema de su obra conocida como la "Germania".

No regresó a Roma hasta el año 93, tras una ausencia de cuatro años, durante cuyo tiempo murió su suegro.

En algún momento entre los años 93 y 97 fue elegido para el senado, y durante este tiempo fue testigo de los asesinatos judiciales de muchos de los mejores ciudadanos de Roma que fueron perpetrados bajo el reinado de Nerón. Siendo él mismo senador, sintió que no estaba completamente libre de culpa por los crímenes que se cometieron, y en su "Agrícola" lo encontramos expresando este sentimiento con las siguientes palabras: "Nuestras propias manos arrastraron a Helvidio a la prisión; nosotros mismos fuimos torturados con el espectáculo de Maurico y Rústico, y salpicados con la sangre inocente de Senecio".

En el año 97 fue elegido para el consulado como sucesor de Virginio Rufo, quien murió durante su mandato y en cuyo funeral Tácito pronunció una oración de tal manera que causó que Plinio dijera: "La buena fortuna de Virginio fue coronada al tener al más elocuente de los panegiristas".

En el año 99, Tácito fue nombrado por el senado, junto con Plinio, para dirigir la acusación contra un gran ofensor político, Mario Prisco, quien, como procónsul de África, había gestionado corruptamente los asuntos de su provincia. Tenemos el testimonio de su asociado de que Tácito hizo una respuesta sumamente elocuente y digna a los argumentos que se adujeron por parte de la defensa. La acusación tuvo éxito, y tanto Plinio como Tácito fueron recompensados con un voto de agradecimiento por parte del senado por sus eminentes y efectivos esfuerzos en la gestión del caso.

La fecha exacta de la muerte de Tácito no se conoce, pero en sus "Anales" parece insinuar la exitosa expansión de las campañas orientales del emperador Trajano durante los años 115 a 117, por lo que es probable que viviera hasta el año 117.

Tácito gozó de una reputación extendida durante su vida. En una ocasión se relata de él que mientras estaba sentado en el circo durante la celebración de unos juegos, un caballero romano le preguntó si era de Italia o de las provincias. Tácito respondió: "Me conoces por tus lecturas", a lo que el caballero respondió rápidamente: "¿Eres entonces Tácito o Plinio?".

También es digno de notar que el emperador Marco Claudio Tácito, quien reinó durante el siglo III, afirmó ser descendiente del historiador, y ordenó que diez copias de sus obras fueran publicadas cada año y colocadas en las bibliotecas públicas.

La lista de las obras existentes de Tácito es la siguiente: la "Germania"; la "Vida de Agrícola"; el "Diálogo sobre los oradores"; las "Historias" y los "Anales".

Las siguientes páginas contienen traducciones de las dos primeras de estas obras. La "Germania", cuyo título completo es "Sobre la situación, las costumbres y los habitantes de Germania", contiene poco de valor desde un punto de vista histórico. Describe con viveza el espíritu feroz e independiente de las naciones germanas, con muchas sugerencias sobre los peligros en los que se encontraba el imperio ante este pueblo. El "Agrícola" es un esbozo biográfico del suegro del escritor, quien, como se ha dicho, fue un hombre distinguido y gobernador de Britania. Es una de las primeras obras del autor y fue probablemente escrita poco después de la muerte de Domiciano, en el año 96. Esta obra, por corta que sea, siempre ha sido considerada un espécimen admirable de biografía debido a su gracia y dignidad de expresión. Sea lo que sea, es un gracioso y afectuoso tributo a un hombre íntegro y excelente.

El "Diálogo sobre los oradores" trata de la decadencia de la elocuencia bajo el imperio. Está en forma de diálogo, y representa a dos eminentes miembros del foro romano discutiendo el cambio a peor que había tenido lugar en la educación temprana de la juventud romana.

Las "Historias" relatan los hechos que transcurrieron en Roma, comenzando con el ascenso de Galba, en el año 68, y terminando con el reinado de Domiciano, en el año 97. Solo cuatro libros y un fragmento de un quinto se han preservado para nosotros. Estos libros contienen un relato de los breves reinados de Galba, Otón y Vitelio. La porción del quinto libro que ha sido preservada contiene un relato interesante, aunque algo sesgado, del carácter, las costumbres y la religión de la nación judía visto desde el punto de vista de un ciudadano cultivado de Roma.

Los "Anales" contienen la historia del imperio desde la muerte de Augusto, en el año 14, hasta la muerte de Nerón, en el año 68, y originalmente consistían en dieciséis libros. De estos, solo nueve han llegado hasta nosotros en un estado de preservación total, y de los otros siete solo tenemos fragmentos de tres. De un periodo de cincuenta y cuatro años tenemos la historia de cerca de cuarenta.

El estilo de Tácito es, quizás, notable principalmente por su concisión. La brevedad taciteana es proverbial, y muchas de sus oraciones son tan breves, y dejan tanto para que el estudiante lea entre líneas, que para ser comprendido y apreciado, el autor debe ser leído una y otra vez, no sea que el lector pierda el sentido de algunos de sus pensamientos más excelentes. Tal autor presenta graves, si no insuperables, dificultades para el traductor, pero a pesar de este hecho, las siguientes páginas no pueden sino impresionar al lector con el genio de Tácito.

TRATADO SOBRE LA SITUACIÓN, LAS COSTUMBRES Y LOS HABITANTES DE GERMANIA. [1]

1. Germania [2] está separada de la Galia, Recia [3] y Panonia [4] por los ríos Rin y Danubio; de Sarmacia y Dacia, por montañas [5] y por el temor mutuo. El resto está rodeado por un océano, que abarca amplios promontorios [6] y vastas extensiones insulares, [7] en las cuales nuestras expediciones militares han descubierto recientemente diversas naciones y reinos. El Rin, que brota de la inaccesible y escarpada cumbre de los Alpes Réticos, [8] se inclina suavemente hacia el oeste y desemboca en el Océano Septentrional. El Danubio, vertido desde la cresta fácil y suavemente elevada del monte Abnoba, [9] visita varias naciones en su curso, hasta que finalmente irrumpe [10] por seis canales [11] en el mar Póntico; un séptimo se pierde en los pantanos.

2. Los pueblos de Germania me parecen indígenas, [12] y libres de mezcla con extranjeros, ya sea como colonos o como visitantes ocasionales. Porque los emigrantes de épocas pasadas realizaron sus expediciones no por tierra, sino por agua; [13] y ese inmenso, y, si se me permite llamarlo así, hostil océano, raramente es navegado por barcos de nuestro mundo. [14] Entonces, además del peligro de un mar tempestuoso y desconocido, ¿quién abandonaría Asia, África o Italia por Germania, una tierra ruda en su superficie, rigurosa en su clima, desalentadora para todo espectador y cultivador, excepto para un nativo? En sus antiguos cantos, [15] que son sus únicos registros o anales, celebran al dios Tuisto, [16] nacido de la tierra, y a su hijo Mannus, como los padres y fundadores de su raza. A Mannus le atribuyen tres hijos, a partir de cuyos nombres [17] los pueblos que bordean el océano son llamados ingevones; los que habitan las partes centrales, herminones; y el resto, istevones. Algunos, [18] sin embargo, asumiendo la licencia de la antigüedad, afirman que hubo más descendientes del dios, de quienes se derivaron más apelativos; como los de los marsos, [19] gambrivios, [20] suevos, [21] y vándalos; [22] y que estos son los nombres genuinos y originales. [23] El de Germania, por otra parte, aseguran que es una adición moderna; [24] pues los pueblos que cruzaron primero el Rin y expulsaron a los galos, y que ahora son llamados tungros, fueron entonces llamados germanos; cuya denominación de una tribu particular, no de un pueblo entero, prevaleció gradualmente; de modo que el título de germanos, asumido primero por los vencedores con el fin de infundir terror, fue después adoptado por la nación en general. [25] Tienen asimismo la tradición de un Hércules [26] de su país, cuyas alabanzas cantan antes que las de cualquier otro héroe mientras avanzan hacia la batalla.

3. Un tipo peculiar de versos es también corriente entre ellos, mediante cuya recitación, denominada "barding", [27] estimulan su valor; mientras que el sonido mismo sirve como augurio del resultado del combate inminente. Porque, según la naturaleza del grito que procede de la línea, el terror es inspirado o sentido: ni parece tanto una canción articulada como el coro salvaje del valor. Una nota áspera y penetrante, y un rugido entrecortado, son los tonos favoritos; los cuales hacen más llenos y sonoros aplicando sus bocas a sus escudos. [28] Algunos conjeturan que Ulises, en el curso de sus largos y fabulosos vagabundeos, fue arrastrado a este océano y desembarcó en Germania; y que Asciburgio, [29] un lugar situado en el Rin, y hoy habitado, fue fundado por él y llamado Askipurgion. Pretenden que un altar fue descubierto antiguamente aquí, consagrado a Ulises, con el nombre de su padre Laertes añadido; y que ciertos monumentos y tumbas, inscritos con caracteres griegos, [30] aún existen en los confines de Germania y Recia. Estas alegaciones no intentaré ni confirmar ni refutar: que cada uno crea al respecto lo que disponga.

4. Concuerdo en opinión con aquellos que consideran que los germanos nunca se han casado con otras naciones; sino que son una raza, pura, sin mezcla, y sellada con un carácter distintivo. De ahí que un parecido familiar impregne a todo el conjunto, aunque sus números sean tan grandes: ojos severos y azules; cabello rojizo; cuerpos grandes, [31] poderosos en esfuerzos repentinos, pero impacientes ante la fatiga y el trabajo, y menos que nada capaces de soportar la sed y el calor. El frío y el hambre están acostumbrados a soportarlos por su clima y su suelo.

5. La tierra, aunque variada en una medida considerable en su aspecto, está sin embargo universalmente cubierta de bosques, o deformada por pantanos: más húmeda en el lado de la Galia, más sombría en el lado del Nórico y Panonia. [32] Es productiva en grano, pero poco propicia para los árboles frutales. [33] Abunda en rebaños y ganado, pero en general de una raza pequeña. Incluso el ganado vacuno carece de su habitual majestuosidad y dignidad de cabeza: [34] son, sin embargo, numerosos, y forman la especie de riqueza más estimada, y, de hecho, la única. La plata y el oro, los dioses, no sé si en su favor o en su ira, han negado a este país. [35] No es que pretenda afirmar que no se generan vetas de estos metales en Germania; pues, ¿quién ha hecho la búsqueda? La posesión de ellos no es codiciada por estos pueblos como lo es por nosotros. Vasijas de plata son, ciertamente, vistas entre ellos, que han sido presentadas a sus embajadores y jefes; pero no son tenidas en mayor estima que la loza. Los habitantes de las fronteras, sin embargo, dan valor al oro y la plata con el propósito de comercio, y han aprendido a distinguir varias clases de nuestra moneda, algunas de las cuales prefieren a otras: los habitantes más remotos continúan con el uso más simple y antiguo del trueque de mercancías. El dinero preferido por los germanos es la especie antigua y bien conocida, como los serrati y bigati. [36] También están más complacidos con la plata que con el oro; [37] no por afición a ese metal, sino porque el dinero más pequeño es más conveniente en su comercio común y menudo.

6. Incluso el hierro no es abundante [38] entre ellos; como puede inferirse de la naturaleza de sus armas. Espadas o lanzas anchas son raramente usadas; pero generalmente llevan una lanza (llamada en su idioma framea, [39]) que tiene una hoja de hierro, corta y estrecha, pero tan afilada y manejable que, según lo requiera la ocasión, la emplean tanto en la lucha cuerpo a cuerpo como a distancia. [40] Esta lanza y un escudo son todo el armamento de la caballería. Los infantes tienen, además, armas arrojadizas, varias por cada hombre, que lanzan a una distancia inmensa. [41] Están ya sea desnudos, [42] o ligeramente cubiertos con un pequeño manto; y no tienen orgullo en el equipo: solo sus escudos están ornamentados con los colores más selectos. [43] Pocos están provistos de una cota de malla; [44] y apenas aquí y allá uno con un casco o yelmo. [45] Sus caballos no son notables por su belleza ni por su rapidez, ni se les enseñan las diversas evoluciones practicadas con nosotros. La caballería carga directamente hacia adelante, o gira una vez a la derecha, en un cuerpo tan compacto que nadie se queda atrás del resto. Su fuerza principal, en general, consiste en su infantería: de ahí que en un enfrentamiento estos se mezclen con la caballería; [46] tan bien acorde con la naturaleza de los combates ecuestres es la agilidad de esos soldados de infantería, a quienes seleccionan de todo el cuerpo de sus jóvenes y colocan en el frente de la línea. Su número, también, está determinado: cien de cada cantón; [47] y son distinguidos en casa por un nombre expresivo de esta circunstancia; de modo que lo que al principio era solo un apelativo de número, se convierte de ahí en adelante en un título de honor. Su línea de batalla está dispuesta en cuñas. [48] Ceder terreno, siempre que se reagrupen de nuevo, es considerado más una estratagema prudente que cobardía. Retiran a sus caídos incluso mientras la batalla permanece indecisa. La mayor desgracia que puede sucederles es haber abandonado sus escudos. [49] Una persona marcada con esta ignominia no tiene permitido participar en sus ritos religiosos ni entrar en sus asambleas; de modo que muchos, después de escapar de la batalla, han puesto fin a su infamia con la soga.

7. En la elección de reyes tienen consideración por el nacimiento; en la de generales, [50] por el valor. Sus reyes no tienen un poder absoluto o ilimitado; [51] y sus generales mandan menos por la fuerza de la autoridad que por la del ejemplo. Si son audaces, aventureros y conspicuos en la acción, obtienen obediencia por la admiración que inspiran. Nadie, sin embargo, excepto los sacerdotes, [52] tiene permitido juzgar a los ofensores, infligir cadenas o azotes; de modo que el castigo no aparece como un acto de disciplina militar, sino como la instigación del dios a quien suponen presente con los guerreros. También llevan consigo a la batalla ciertas imágenes y estandartes tomados de los bosques sagrados. [53] Es un incentivo principal para su coraje el que sus escuadrones y batallones no estén formados por hombres fortuitamente reunidos, sino por la agrupación de familias y clanes. Sus prendas también están cerca; tienen al alcance del oído los gritos de sus mujeres y el llanto de sus hijos. Estos son, también, los testigos más reverenciados de la conducta de cada hombre, estos sus más liberales aplaudidores. A sus madres y a sus esposas llevan sus heridas para alivio, ni estas temen contar o buscar las cicatrices. Las mujeres también administran alimento y aliento a los que están luchando.

8. La tradición relata que ejércitos que comenzaban a ceder han sido reagrupados por las mujeres, mediante la seriedad de sus súplicas, la interposición de sus cuerpos, [54] y las imágenes que han dibujado de la inminente esclavitud, [55] una calamidad que estos pueblos soportan con más impaciencia por sus mujeres que por sí mismos; de modo que aquellos estados que se han visto obligados a dar entre sus rehenes a las hijas de familias nobles, son los más eficazmente vinculados a la fidelidad. [56] Incluso suponen que algo de santidad y presciencia es inherente al sexo femenino; y por tanto, ni desprecian sus consejos [57] ni ignoran sus respuestas. [58] Hemos contemplado, en el reinado de Vespasiano, a Veleda, [59] venerada durante mucho tiempo por muchos como una deidad. Aurinia, además, y varias otras, [60] fueron antiguamente tenidas en igual veneración, pero no con una adulación servil, ni como si las hicieran diosas. [61]

9. De los dioses, Mercurio [62] es el principal objeto de su adoración; a quien, en ciertos días, [63] consideran lícito propiciar incluso con víctimas humanas. A Hércules y a Marte [64] ofrecen los animales usualmente asignados para el sacrificio. [65] Algunos de los suevos también realizan ritos sagrados a Isis. Cuál fue la causa y el origen de esta adoración extranjera, no he podido descubrir; más allá de que su representación con el símbolo de una galera parece indicar una religión importada. [66] Conciben que es indigno de la grandeza de los seres celestiales confinar a sus deidades dentro de muros, o representarlas bajo una semejanza humana: [67] los bosques y las arboledas son sus templos; y asignan nombres de divinidad a ese poder secreto, que contemplan solo con el ojo de la adoración.

No hay gente más adicta a la adivinación mediante presagios y suertes. Esto último se realiza de la manera sencilla que sigue. Cortan una rama de un árbol frutal y la dividen en piezas pequeñas, las cuales, distinguidas por ciertas marcas, se arrojan al azar sobre una prenda blanca. Luego, el sacerdote del cantón, si la ocasión es pública, o el cabeza de familia, si es privada, tras invocar a los dioses y con los ojos levantados al cielo, toma tres veces cada pieza y, según van saliendo, interpreta su significado de acuerdo con las marcas fijadas en ellas. Si el resultado es desfavorable, no hay más consultas sobre el mismo asunto ese día; si es propicio, todavía se requiere una confirmación mediante presagios. Al igual que otras naciones, los germanos conocen la práctica de augurar a partir de los cantos y el vuelo de las aves; pero es peculiar de ellos derivar amonestaciones y presagios también de los caballos. Ciertos animales de estos, de color blanco lechoso y libres de trabajos terrenales, son pastoreados a expensas públicas en los bosques y arboledas sagrados. Estos, uncidos a un carro consagrado, son acompañados por el sacerdote y el rey, o la persona principal de la comunidad, quienes observan atentamente su manera de relinchar y resoplar; y ningún tipo de augurio es más creído, no solo entre la plebe, sino entre los nobles y los sacerdotes. Pues estos últimos se consideran ministros de los dioses, y a los caballos, conocedores de la voluntad divina. Otro tipo de adivinación, mediante la cual exploran el resultado de guerras trascendentales, consiste en obligar a un prisionero, tomado por cualquier medio de la nación con la que están en conflicto, a luchar contra un hombre elegido de los suyos, cada uno con las armas de su propio país; y, según caiga la victoria, presagian el éxito para una u otra parte.

Sobre los asuntos de menor importancia deciden los jefes; sobre los de mayor, toda la comunidad; pero con la circunstancia de que lo que se somete a la decisión del pueblo es primero discutido maduramente por los jefes. Se reúnen, salvo en caso de emergencia repentina, en días señalados, ya sea en luna nueva o llena, que consideran la temporada más propicia para comenzar cualquier empresa. Tampoco computan el tiempo, como nosotros, por el número de días, sino de noches. De esta manera organizan sus asuntos; de esta manera fijan sus citas; de modo que, para ellos, la noche parece guiar al día. Un inconveniente derivado de su libertad es que no todos se reúnen en un momento determinado, como si fuera en obediencia a una orden; sino que se pierden dos o tres días en las demoras de la convocatoria. Cuando a todos les parece oportuno, se sientan armados. El silencio es proclamado por los sacerdotes, quienes tienen en esta ocasión un poder coercitivo. Luego, el rey, o jefe, y aquellos otros que destacan por edad, nacimiento, renombre militar o elocuencia, son escuchados; y ganan atención más por su capacidad para persuadir que por su autoridad para mandar. Si una propuesta desagrada, la asamblea la rechaza con un murmullo inarticulado; si resulta agradable, chocan sus jabalinas; pues la expresión de asentimiento más honorable entre ellos es el sonido de las armas.

Ante este consejo, también está permitido presentar acusaciones y perseguir delitos capitales. Los castigos varían según la naturaleza del crimen. Los traidores y desertores son colgados de los árboles: los cobardes, los pusilánimes y aquellos culpables de prácticas antinaturales son asfixiados en el lodo bajo una zarza. Esta diferencia de castigo tiene en cuenta el principio de que la villanía debe ser expuesta mientras se castiga, pero la turpitud, ocultada. Las penas impuestas a los delitos menores también son proporcionales a la falta. Los condenados son multados en caballos y ganado: una parte de la multa va al rey o al estado; otra, a la persona agraviada o a sus parientes. En las mismas asambleas se eligen también jefes para administrar justicia en los cantones y distritos. Cien compañeros, elegidos del pueblo, asisten a cada uno de ellos para ayudarles tanto con su consejo como con su autoridad.

Los germanos no realizan ningún negocio, público o privado, sin estar armados: pero no es costumbre que ninguna persona asuma las armas hasta que el estado haya aprobado su capacidad para usarlas. Entonces, en medio de la asamblea, uno de los jefes, o el padre, o un pariente, equipa al joven con un escudo y una jabalina. Estos son para ellos la toga viril; este es el primer honor conferido a la juventud: antes de esto son considerados parte de una casa; después, del estado. La dignidad de jefe se otorga incluso a muchachos cuyo linaje es eminentemente ilustre o cuyos padres han realizado servicios señalados al público; se les asocia, sin embargo, con aquellos de madurez física que ya han sido declarados capaces para el servicio; y no se avergüenzan de ser vistos en el rango de compañeros. Pues el estado de compañerismo en sí tiene sus diversos grados, determinados por el juicio de aquel a quien siguen; y hay una gran emulación entre los compañeros por quién poseerá el lugar más alto en el favor de su jefe; y entre los jefes, por quién sobresaldrá en el número y valor de sus compañeros. Es su dignidad, su fortaleza, estar siempre rodeados por un gran cuerpo de jóvenes selectos, un adorno en la paz, un baluarte en la guerra. Y no solo en su propio país, sino entre los estados vecinos, la fama y la gloria de cada jefe consiste en ser distinguido por el número y la valentía de sus compañeros. Tales jefes son cortejados por embajadas, distinguidos con presentes y, a menudo, por su sola reputación, deciden una guerra.

En el campo de batalla, es vergonzoso para el jefe ser superado en valor; es vergonzoso para los compañeros no igualar a su jefe; pero es un reproche y una infamia durante toda la vida siguiente retirarse del campo sobreviviéndole. Ayudarle, protegerle, atribuir sus propias acciones galantes a la cuenta de la gloria de aquel, es su compromiso primero y más sagrado. Los jefes luchan por la victoria; los compañeros, por su jefe. Si su país de origen está sumido durante mucho tiempo en la paz y la inacción, muchos de los jóvenes nobles se dirigen a algún otro estado que esté entonces involucrado en una guerra. Pues, además de que el reposo es poco grato a su raza, y los trabajos y peligros les ofrecen una mejor oportunidad de distinguirse, son incapaces, sin guerra y violencia, de mantener un gran séquito de seguidores. El compañero requiere de la generosidad de su jefe el corcel guerrero, la lanza sangrienta y victoriosa: y en lugar de paga, espera ser provisto de una mesa, sencilla en verdad, pero abundante. Los fondos para esta munificencia deben encontrarse en la guerra y la rapiña; tampoco se les persuade tan fácilmente para cultivar la tierra y esperar el producto de las estaciones, como para desafiar al enemigo y exponerse a las heridas; es más, incluso consideran vil y cobarde ganar con el sudor lo que podrían comprar con sangre.

Durante los intervalos de guerra, pasan su tiempo menos en la caza que en un reposo perezoso, dividido entre el sueño y la mesa. Todos los más valientes de los guerreros, confiando el cuidado de la casa, los asuntos familiares y las tierras a las mujeres, los ancianos y la parte más débil de los domésticos, se estupefacen en la inacción: ¡tan maravilloso es el contraste presentado por la naturaleza, que las mismas personas aman la indolencia y odian la tranquilidad! Es costumbre que los diversos estados presenten, mediante contribuciones voluntarias e individuales, ganado o grano a sus jefes; los cuales son aceptados como regalos honorarios, mientras sirven como suministros necesarios. Se complacen particularmente con los presentes de las naciones vecinas, ofrecidos no solo por individuos, sino por la comunidad en general; tales como caballos finos, armaduras pesadas, ricas guarniciones y cadenas de oro. Nosotros les hemos enseñado ahora también a aceptar dinero.

Es bien sabido que ninguna de las naciones germanas habita en ciudades, o incluso admite asentamientos contiguos. Viven dispersos y separados, según una fuente, un prado o una arboleda pueda invitarles. Sus aldeas no están dispuestas, como las nuestras, en filas de edificios contiguos, sino que cada uno rodea su casa con un espacio vacío, ya sea por seguridad contra el fuego o por ignorancia del arte de la construcción. Pues, en verdad, no conocen el uso de mortero y tejas; y para todo propósito emplean madera ruda y sin forma, modelada sin consideración alguna por complacer la vista. Dedican más esfuerzos de lo habitual a recubrir ciertas partes de sus edificios con una especie de tierra tan pura y brillante que da la apariencia de pintura. También cavan cuevas subterráneas y las cubren con una gran cantidad de estiércol. Estas las usan como refugios de invierno y graneros; pues conservan una temperatura moderada; y ante una invasión, cuando el campo abierto es saqueado, estos escondites permanecen inviolados, ya sea porque el enemigo los ignora o porque no se tomará la molestia de buscarlos.

La vestimenta común a todos es un sagum sujeto por un broche, o, a falta de este, una espina. Sin otra cobertura, pasan días enteros junto al hogar, frente al fuego. Los más ricos se distinguen por un chaleco, no flotante y suelto, como los de los sármatas y partos, sino ceñido, y que muestra la forma de cada extremidad. También usan las pieles de las bestias, que los pueblos cercanos a las fronteras son menos curiosos en seleccionar o preparar que los habitantes más remotos, quienes no pueden obtener otras prendas mediante el comercio. Estos eligen pieles particulares, las cuales variegan con manchas y tiras de las pieles de animales marinos, producto del océano exterior y de mares desconocidos para nosotros. La vestimenta de las mujeres no difiere de la de los hombres, excepto que usan más frecuentemente lino, el cual tiñen de púrpura, y no alargan su prenda superior hasta convertirla en mangas, sino que dejan expuesto todo el brazo y parte del pecho.

El vínculo matrimonial es, sin embargo, estricto y severo entre ellos; y no hay nada en sus costumbres más loable que esto. Casi solos entre los bárbaros, se contentan con una sola esposa; exceptuando a muy pocos, quienes, no por incontinencia, sino porque su alianza es solicitada debido a su rango, practican la poligamia. La esposa no trae dote al marido, sino que la recibe de él. Los padres y parientes se reúnen y dan su aprobación a los presentes: presentes no adaptados para complacer un gusto femenino o decorar a la novia, sino bueyes, un corcel enjaezado, un escudo, una lanza y una espada. En virtud de estos, la esposa es desposada; y ella, a su vez, hace entrega de algunas armas a su marido. Esto lo consideran el vínculo de unión más firme; estos, los sagrados misterios, las deidades conyugales. Para que la mujer no piense que está eximida de los esfuerzos de fortaleza o exenta de las bajas de la guerra, es advertida por la propia ceremonia de su matrimonio de que llega a su marido como socia en trabajos y peligros; para sufrir y atreverse igual que él, en la paz y en la guerra: esto es indicado por los bueyes yugados, el corcel aparejado, las armas ofrecidas. Así ha de vivir; así ha de morir. Ella recibe lo que ha de devolver inviolado y honrado a sus hijos; lo que sus nueras han de recibir y transmitir a su vez a sus nietos.

Viven, por tanto, cercados por la castidad; no corrompidos por espectáculos seductores, ni por incentivos conviviales. Hombres y mujeres desconocen por igual la correspondencia clandestina. El adulterio es extremadamente raro entre un pueblo tan numeroso. Su castigo es instantáneo y queda al arbitrio del marido. Este corta el cabello de la ofendida, la desnuda y, en presencia de sus parientes, la expulsa de su casa y la persigue con azotes por toda la aldea. Tampoco se muestra indulgencia alguna a una prostituta. Ni la belleza, ni la juventud, ni las riquezas pueden procurarle un marido: pues nadie allí mira el vicio con una sonrisa, ni llama a la seducción mutua el camino del mundo. Aún más ejemplar es la práctica de aquellos estados en los que ninguna mujer que no sea virgen se casa, y las expectativas y deseos de una esposa se agotan de una vez. Así, toman un marido como un cuerpo y una vida; para que ningún pensamiento, ningún deseo, pueda extenderse más allá de él; y para que sea amado no solo como su marido, sino como su matrimonio. Limitar el aumento de los hijos, o dar muerte a cualquiera de la prole posterior, se considera infame: y los buenos hábitos tienen allí más influencia que las buenas leyes en otros lugares.

En cada casa los niños crecen, delgada y pobremente vestidos, hasta ese volumen de cuerpo y extremidad que contemplamos con asombro. Cada madre amamanta a sus propios hijos y no los entrega en manos de sirvientes y nodrizas. Ninguna indulgencia distingue al joven amo del esclavo. Yacen juntos entre el mismo ganado, sobre el mismo suelo, hasta que la edad separa, y el valor señala, a los nacidos libres. Los jóvenes participan tardíamente de los placeres del amor, y por tanto pasan la edad de la pubertad sin agotamiento: tampoco las vírgenes son apresuradas al matrimonio; se requiere la misma madurez, el mismo desarrollo completo: los sexos se unen igualmente emparejados y robustos; y los hijos heredan el vigor de sus padres. Los niños son considerados con igual afecto por sus tíos maternos que por sus padres: algunos consideran incluso esto como el vínculo de consanguinidad más sagrado, y lo prefieren en la petición de rehenes, como si retuviera la mente mediante un lazo más firme y a la familia mediante una obligación más extensa. Los propios hijos, sin embargo, son sus herederos y sucesores; y no se hacen testamentos. Si no hay hijos, los siguientes en orden de herencia son los hermanos, los tíos paternos y maternos. Cuanto más numerosos son los parientes y familiares de un hombre, más cómoda es su vejez; tampoco es aquí ninguna ventaja no tener hijos.

Es un deber indispensable adoptar las enemistades de un padre o pariente, así como sus amistades: estas, sin embargo, no son irreconciliables o perpetuas. Incluso el homicidio se compensa mediante una cierta multa en ganado y ovejas; y toda la familia acepta la satisfacción, en beneficio del bienestar público, puesto que las disputas son más peligrosas en un estado libre. No hay gente más adicta a los entretenimientos sociales, o más liberal en el ejercicio de la hospitalidad. Rechazar la entrada a cualquier persona bajo su techo se considera flagrante. Cada uno, según sus posibilidades, agasaja a su huésped: cuando sus provisiones se agotan, quien fue hace poco el anfitrión es ahora el guía y compañero hacia otra mesa hospitalaria. Entran en la casa siguiente sin ser invitados y son recibidos con igual cordialidad. Nadie hace distinción con respecto a los derechos de hospitalidad entre un extraño y un conocido. Al huésped que parte se le presenta lo que pueda pedir; y con la misma libertad se desea un beneficio a cambio. Se complacen con los presentes; pero no consideran que se incurra en obligación alguna cuando dan o reciben.

Tan pronto como se levantan del sueño, que generalmente prolongan hasta tarde en el día, se bañan, usualmente en agua caliente, pues el clima frío prevalece principalmente allí. Después de bañarse toman su comida, cada uno en un asiento distinto y en una mesa separada. Luego proceden, armados, a los negocios, y no menos frecuentemente a fiestas conviviales, en las que no es deshonra pasar días y noches, sin intermisión, bebiendo. Las frecuentes disputas que surgen entre ellos, cuando están embriagados, rara vez terminan en lenguaje abusivo, sino más frecuentemente en sangre. En sus festines, generalmente deliberan sobre la reconciliación de enemigos, sobre alianzas familiares, sobre el nombramiento de jefes y, finalmente, sobre la paz y la guerra; concibiendo que en ningún momento el alma está más abierta a la sinceridad, o más encendida hacia el heroísmo. Estas personas, naturalmente carentes de artificio o disfraz, revelan las emociones más secretas de sus corazones en la libertad de la festividad. Estando así las mentes de todos desplegadas sin reserva, los temas de su deliberación son examinados de nuevo al día siguiente; y cada tiempo tiene sus ventajas. Consultan cuando son incapaces de disimular; deciden cuando no son susceptibles de error.

Su bebida es un licor preparado a partir de cebada o trigo traído por fermentación a una cierta semejanza con el vino. Aquellos que bordean el Rin también compran vino. Su alimento es sencillo; frutos silvestres, venado fresco o leche coagulada. Satisfacen el hambre sin buscar las elegancias y delicias de la mesa. Su sed de licor no se calma con igual moderación. Si su propensión a la embriaguez es gratificada hasta el alcance de sus deseos, la intemperancia resulta tan eficaz para someterlos como la fuerza de las armas.

Tienen solo un tipo de espectáculo público, que se exhibe en toda compañía. Los jóvenes, que hacen de ello su diversión, bailan desnudos en medio de espadas desnudas y lanzas presentadas. La práctica ha conferido habilidad en este ejercicio; y la habilidad ha dado gracia; pero no exhiben por salario o ganancia: la única recompensa de este pasatiempo, aunque arriesgado, es el placer de los espectadores. Lo que es extraordinario, juegan a los dados, cuando están sobrios, como un asunto serio: y eso con tal riesgo desesperado de ganancia o pérdida que, cuando todo lo demás se ha ido, ponen sus libertades y personas en la última tirada. El perdedor entra en servidumbre voluntaria; y, aunque sea el más joven y fuerte, sufre pacientemente ser atado y vendido. Tal es su obstinación en una mala práctica; ellos mismos lo llaman honor. Los esclavos así adquiridos son intercambiados en el comercio, para que el ganador pueda deshacerse del escándalo de su victoria.

El resto de sus esclavos no tienen, como los nuestros, empleos particulares asignados en la familia. Cada uno es el dueño de una habitación y un hogar propio. El señor requiere de él una cierta cantidad de grano, ganado o tela, como de un arrendatario; y solo hasta ahí se extiende la sujeción del esclavo. Sus oficios domésticos son realizados por su propia esposa e hijos. Es usual azotar a un esclavo, o castigarlo con cadenas o trabajos duros. A veces son asesinados por sus amos; no por severidad de castigo, sino en el calor de la pasión, como a un enemigo; con esta diferencia, que se hace con impunidad. Los libertos son poco superiores a los esclavos; rara vez ocupan algún cargo importante en la familia; nunca en el estado, excepto en aquellas tribus que están bajo gobierno real. Allí, se elevan por encima de los nacidos libres, e incluso de los nobles: en el resto, la condición subordinada del liberto es una prueba de la libertad.

Prestar dinero con interés, y aumentarlo mediante la usura, es desconocido entre ellos: y esta ignorancia previene la práctica más eficazmente de lo que lo haría una prohibición. Las tierras son ocupadas por municipios, en parcelas proporcionales al número de cultivadores; y son posteriormente repartidas entre los individuos del distrito, en partes según el rango y condición de cada persona. La amplia extensión de la llanura facilita esta partición. Las tierras arables se cambian anualmente, y una parte se deja en barbecho; tampoco intentan aprovechar al máximo la fertilidad y abundancia del suelo, mediante su propia industria en la plantación de huertos, el cercado de prados y el riego de jardines. El grano es el único producto requerido de la tierra: de ahí que su año no se divida en tantas estaciones como el nuestro; pues, aunque conocen y distinguen por nombre el invierno, la primavera y el verano, desconocen por igual la denominación y la generosidad del otoño.

27. Sus funerales carecen de pompa. El único detalle al que atienden es el de quemar los cuerpos de los personajes ilustres con maderas de cierta especie. No amontonan sobre la pira vestiduras ni perfumes; se entregan a las llamas las armas del difunto y, a veces, su caballo. El sepulcro es un túmulo de césped. Desdeñan los honores elaborados y costosos de las estructuras monumentales, por considerarlos meras cargas para los muertos. Despiden pronto las lágrimas y los lamentos; el dolor y la pesadumbre, tardíamente. Consideran que es propio de las mujeres llorar a sus amigos, y de los hombres recordarlos.

28. Esta es la suma de lo que he podido averiguar respecto al origen y costumbres de los germanos en general. Procedo ahora a mencionar aquellos detalles en los que difieren entre sí; y asimismo a relatar qué naciones han emigrado de Germania a la Galia. Aquel gran escritor, el deificado Julio, asegura que los galos fueron antaño el pueblo superior; de donde es probable que algunas colonias galas pasaran a Germania: pues, ¡qué pequeño obstáculo sería un río para evitar que cualquier nación, a medida que aumentaba su fuerza, ocupara o cambiara asentamientos que aún permanecían en común y sin ser apropiados por el poder de las monarquías! En consecuencia, la extensión comprendida entre el bosque Hercinio y los ríos Rin y Meno estaba en posesión de los helvecios, y la situada más allá, de los boyos; ambos tribus galas. El nombre de Boiemum aún permanece como monumento al antiguo asentamiento, aunque sus habitantes hayan cambiado ya. Pero si los araviscos emigraron a Panonia desde los osos, una nación germana; o los osos a Germania desde los araviscos, siendo el idioma, las instituciones y las costumbres de ambos aún los mismos, es una cuestión incierta; pues, en su estado primitivo de igual indigencia e igual libertad, las mismas ventajas y desventajas eran comunes a ambos lados del río. Los tréveros y nervios ambicionan ser considerados de origen germano; como si la reputación de este linaje los distinguiera de los galos, a quienes se parecen en persona y afeminamiento. Los vangiones, tríbocos y németes, que habitan la orilla del Rin, son sin duda tribus germanas. Tampoco los ubios, aunque han sido considerados dignos de convertirse en una colonia romana y se complacen en llevar el nombre de agripinenses por su fundadora, se ruborizan de reconocer su origen en Germania; de donde emigraron antaño y, por su fidelidad probada, fueron asentados en la orilla del Rin, no para que ellos mismos fueran custodiados, sino para que sirvieran de guardia contra los invasores.

29. De todos estos pueblos, los más famosos por su valor son los bátavos; cuyos territorios comprenden solo una pequeña parte de las orillas del Rin, pero consisten principalmente en una isla dentro de él. Estos fueron antaño una tribu de los catos que, debido a una división intestina, se trasladaron a sus asentamientos actuales para convertirse en parte del imperio romano. Aún conservan este honor, junto con un recuerdo de su antigua alianza; pues no son insultados por impuestos ni oprimidos por recaudadores de tributos. Exentos de cargas fiscales y contribuciones extraordinarias, y reservados solo para el uso militar, se guardan, como un depósito de armas, para los fines de la guerra. La nación de los matíacos está bajo un grado de sujeción de la misma clase: pues la grandeza del pueblo romano ha llevado la reverencia por el imperio más allá del Rin y de los límites antiguos. Los matíacos, por tanto, aunque ocupan un asentamiento y fronteras en el lado opuesto del río, actúan con nosotros por sentimiento y apego; pareciéndose a los bátavos en todos los aspectos, excepto en que están animados por un espíritu más vigoroso debido al suelo y al aire de su propio país. No cuento entre los pueblos de Germania a los que ocupan los campos Decumates, aunque habiten entre el Rin y el Danubio. Algunos de los más volubles de los galos, hechos audaces por la indigencia, se apoderaron de este distrito de propiedad incierta. Después, al avanzar nuestra línea fronteriza y establecerse una cadena de puestos fortificados, se convirtió en un borde del imperio y parte de la provincia romana.

30. Más allá de estos habitan los catos, cuyos asentamientos, comenzando desde el bosque Hercinio, se encuentran en una extensión de tierra menos abierta y pantanosa que las que predominan en los otros estados de Germania; pues consiste en una cadena continua de colinas que gradualmente se vuelven más dispersas; y el bosque Hercinio acompaña a sus catos y también los deja atrás. Esta nación se distingue por cuerpos más resistentes, compacidad de miembros, ferocidad de rostro y superior vigor de espíritu. Para ser germanos, poseen una considerable cuota de entendimiento y sagacidad; eligen personas capaces para mandar y obedecen a las elegidas; mantienen sus filas; aprovechan las oportunidades; reprimen los movimientos impetuosos; distribuyen adecuadamente los asuntos del día; se atrincheran contra la noche; consideran la fortuna como algo dudoso y el valor como lo único seguro; y, lo que es extremadamente raro y solo consecuencia de la disciplina, dependen más del general que del ejército. Su fuerza consiste enteramente en la infantería; quienes, además de sus armas, están obligados a cargar herramientas y provisiones. Otras naciones parecen ir a una batalla; los catos, a la guerra. Las incursiones y los encuentros casuales son raros entre ellos. Es, ciertamente, peculiar de la caballería obtener pronto y ceder pronto la victoria. La rapidez linda con la timidez; los movimientos lentos están más emparentados con el valor firme.

31. Una costumbre seguida entre las otras naciones germanas solo por unos pocos individuos, de espíritu más audaz que el resto, es adoptada por consenso general entre los catos. Desde el momento en que llegan a la edad madura, dejan crecer su cabello y barba; y no se despojan de este distintivo votivo, la promesa del valor, hasta que han dado muerte a un enemigo. Sobre la sangre y los despojos descubren el rostro y proclaman que al fin han pagado la deuda de la existencia y se han mostrado dignos de su patria y de sus padres. Los cobardes y afeminados continúan con su disfraz sórdido. Los más valientes entre ellos llevan también un anillo de hierro (una marca de ignominia en esa nación) como una especie de cadena, hasta que se han liberado mediante la matanza de un enemigo. Muchos de los catos asumen esta distinción y encanecen bajo la marca, visibles tanto para enemigos como para amigos. Por estos, en cada enfrentamiento, se inicia el ataque: ellos componen la primera línea, presentando un nuevo espectáculo de terror. Incluso en la paz no relajan la severidad de su aspecto. No tienen casa, tierras ni cuidados domésticos: son mantenidos por cualquiera a quien visitan: pródigos con la propiedad ajena, despreocupados de la propia; hasta que la debilidad de la edad los vuelve incapaces para un curso tan rígido de virtud militar.

32. Junto a los catos, en las orillas del Rin, donde, ya asentado en su cauce, se ha convertido en una frontera suficiente, habitan los usipios y téncteros. Este último pueblo, además de la reputación militar habitual, es famoso por la disciplina de su caballería; ni la infantería de los catos es más estimada que el caballo de los téncteros. Sus antepasados la establecieron y son imitados por la posteridad. La equitación es el deporte de sus hijos, el punto de emulación de sus jóvenes y el ejercicio en el que perseveran hasta la vejez. Los caballos se legaban junto con los criados, los dioses domésticos y los derechos de herencia: no van, sin embargo, como otras cosas, al hijo mayor, sino al más valiente y guerrero.

33. Contiguos a los téncteros estaban antiguamente los brúcteros; pero la noticia dice ahora que los camavos y angrivarios, migrando a su país, los han expulsado y enteramente exterminado, con el consentimiento de las naciones vecinas, inducidos ya sea por el odio a su arrogancia, el amor al botín o el favor de los dioses hacia los romanos. Pues incluso nos gratificaron con el espectáculo de una batalla, en la que murieron más de sesenta mil germanos, no por armas romanas, sino, lo que fue aún más grandioso, por hostilidades mutuas, como para nuestro placer y entretenimiento. ¡Ojalá las naciones retengan y perpetúen, si no un afecto por nosotros, al menos una animosidad entre ellas! puesto que, mientras el destino del imperio es tan urgente, la fortuna no puede otorgarnos mayor beneficio que la discordia de nuestros enemigos.

34. Contiguos a los angrivarios y camavos hacia atrás yacen los dulgibinos, casuarios y otras naciones menos conocidas. Al frente, los frisios suceden; quienes se distinguen por las denominaciones de mayores y menores, según su poder proporcional. Los asentamientos de ambos se extienden a lo largo de la frontera del Rin hasta el océano; e incluyen, además, vastos lagos, que han sido navegados por flotas romanas. Hemos explorado incluso el océano mismo por ese lado; y la fama informa que las columnas de Hércules aún permanecen en esa costa; ya sea que Hércules estuviera allí en realidad, o que todo lo grande y magnífico que se encuentra en cualquier parte sea, por consenso común, atribuido a su renombrado nombre. El intento de Druso Germánico de realizar descubrimientos en estas partes fue suficientemente audaz; pero el océano se opuso a cualquier investigación ulterior sobre sí mismo y sobre Hércules. Después de un tiempo, nadie renovó el intento; y se pensó que era más piadoso y reverencial creer en las acciones de los dioses que investigarlas.

35. Hasta aquí hemos trazado el lado occidental de Germania. Gira desde allí con un vasto barrido hacia el norte: y primero ocurre el país de los caucos, que, aunque comienza inmediatamente desde Frisia y ocupa parte de la orilla del mar, se extiende tanto que bordea a todas las naciones antes mencionadas, hasta que gira de modo que encuentra los territorios de los catos. Esta inmensa extensión no solo está poseída, sino llena por los caucos; un pueblo, el más noble de los germanos, que elige mantener su grandeza por la justicia más que por la violencia. Sin ambición, sin deseos desenfrenados, tranquilos y retraídos, no provocan guerras, no son culpables de rapiña ni saqueo; y es una prueba principal de su poder y valentía que la superioridad que poseen no haya sido adquirida por medios injustos. Sin embargo, todos tienen armas preparadas; y, si es necesario, se levanta pronto un ejército: pues abundan en hombres y caballos, y mantienen su reputación militar incluso en la inacción.

36. Bordeando a los caucos y catos están los queruscos; quienes, por falta de enemigos, alimentaron durante mucho tiempo una paz demasiado duradera y debilitante: un estado más halagador que seguro; ya que el reposo disfrutado en medio de vecinos ambiciosos y poderosos es traicionero; y cuando se hace un llamamiento a la espada, moderación y probidad son nombres apropiados por los vencedores. Así, los queruscos, que antaño llevaban los títulos de justos y rectos, son ahora acusados de cobardía y necedad; y la buena fortuna de los catos, que los sometieron, se ha convertido en sabiduría. La ruina de los queruscos involucró la de los fosos, una tribu vecina, partícipes iguales de su adversidad, aunque habían disfrutado de una parte inferior de su prosperidad.

37. En el mismo sector de Germania, adyacente al océano, habitan los cimbrios; un estado pequeño actualmente, pero grande en renombre. De su grandeza pasada aún quedan extensos vestigios, en campamentos y líneas en ambas orillas, de cuya envergadura aún se puede calcular la fuerza y el número de la nación, y dar crédito al relato de tan prodigioso ejército. Fue en el año 640 de Roma cuando se tuvo noticia por primera vez de las armas de los cimbrios, bajo el consulado de Cecilio Metelo y Papirio Carbón; desde cuya era hasta el segundo consulado del emperador Trajano hay un período de casi 210 años. Tanto tiempo ha resistido Germania a las armas de Roma. Durante este largo intervalo se han infligido muchas heridas mutuas. Ni los samnitas, los cartagineses, España, la Galia o Partia han causado alarmas más frecuentes; pues la libertad de los germanos es más vigorosa que la monarquía de los arsácidas. ¿Qué tiene el Este, que ha perdido al mismo Pacoro y sufrido una derrota por Ventidio, para jactarse contra nosotros, más que la matanza de Craso? Pero los germanos, mediante la derrota o captura de Carbón, Casio, Escauro Aurelio, Servilio Cepión y Cneo Manlio, privaron al pueblo romano de cinco ejércitos consulares; y después tomaron del mismo Augusto a Varo con tres legiones. Ni Cayo Mario en Italia, el deificado Julio en la Galia, o Druso, Nerón o Germánico en su propia tierra, los derrotaron sin pérdida. Las subsiguientes amenazas poderosas de Calígula terminaron en ridículo. Luego siguió la tranquilidad; hasta que, aprovechando la ocasión de nuestras discordias y guerras civiles, forzaron los cuarteles de invierno de las legiones e incluso aspiraron a la posesión de la Galia; y, expulsados de allí de nuevo, han sido en tiempos posteriores más bien triunfados que vencidos.

38. Tenemos ahora que hablar de los suevos; que no componen un solo estado, como los catos o téncteros, sino que ocupan la mayor parte de Germania, y aún están distribuidos en diferentes nombres y naciones, aunque todos llevando la apelación común de suevos. Es una característica de este pueblo volver el cabello hacia un lado y atarlo bajo la nuca en un nudo. Por esta marca se distinguen los suevos del resto de los germanos; y los hombres libres de los suevos, de los esclavos. Entre otras naciones, este modo, ya sea por algún parentesco con los suevos, o por la propensión habitual a la imitación, es a veces adoptado; pero raramente, y solo durante el período de la juventud. Los suevos, incluso hasta que encanecen, continúan teniendo el cabello que crece rígidamente hacia atrás, y a menudo se sujeta en la misma coronilla. Los jefes lo arreglan con mayor cuidado aún: y en este aspecto estudian el adorno, aunque de una clase que no degrada. Pues su designio no es hacer el amor, o inspirarlo; se decoran de esta manera mientras van a la guerra, para parecer más altos y más terribles; y se visten para los ojos de sus enemigos.

39. Los semnones aseguran ser los más antiguos y nobles de los suevos; y sus pretensiones son confirmadas por la religión. En un tiempo determinado, todos los pueblos del mismo linaje se reúnen mediante sus delegados en un bosque, consagrado por los augurios de sus antepasados y un terror antiguo, y allí, mediante el sacrificio público de una víctima humana, celebran el horrible origen de sus ritos bárbaros. Otro tipo de reverencia se rinde a la arboleda. Nadie entra en ella sin estar atado con una cadena, como un reconocimiento de su naturaleza inferior y el poder de la deidad que reside allí. Si alguien cae accidentalmente, no es lícito que sea levantado o que se levante; se arrastran fuera a lo largo del suelo. Todo este conjunto de superstición tiene este sentido: que de este punto deriva la nación su origen; que aquí está la residencia de la Deidad, el Gobernador de todo, y que todo lo demás está sujeto y subordinado a él. Estas opiniones reciben autoridad adicional por el poder de los semnones, que habitan cien cantones, y, por el gran cuerpo que componen, se consideran a sí mismos como la cabeza de los suevos.

40. Los longobardos, por otro lado, se ven ennoblecidos por la pequeñez de su número; puesto que, aunque rodeados por muchas naciones poderosas, derivan seguridad, no de la obsequiosidad, sino de su empresa marcial. Los vecinos reudignos, y los aviones, anglos, varinos, eudoses, suardones y nuitones, están defendidos por ríos o bosques. Nada notable ocurre en ninguno de ellos; excepto que se unen en la adoración de Hertha, o Madre Tierra; y suponen que ella interfiere en los asuntos de los hombres y visita las diferentes naciones. En una isla del océano se encuentra una arboleda sagrada e inviolada, en la que hay un carro consagrado, cubierto con un velo, que solo al sacerdote se le permite tocar. Él se vuelve consciente de la entrada de la diosa en este retiro secreto; y con profunda veneración atiende al vehículo, que es arrastrado por vacas yugadas. En esta estación, todo es alegría; y cada lugar que la diosa se digna visitar es una escena de festividad. No se emprenden guerras; las armas no se tocan; y toda arma hostil está guardada bajo llave. La paz en el extranjero y en el hogar son entonces conocidas; entonces amadas; hasta que finalmente el mismo sacerdote reconduce a la diosa, saciada del trato mortal, a su templo. El carro, con su cortina y, si podemos creerlo, la diosa misma, sufren entonces la ablución en un lago secreto. Este oficio es realizado por esclavos, a quienes el mismo lago traga instantáneamente. De ahí procede un horror misterioso; y una santa ignorancia de lo que puede ser aquello que es visto solo por quienes están a punto de perecer. Esta parte de la nación sueva se extiende hasta los más remotos recovecos de Germania.

41. Si seguimos ahora el curso del Danubio, como hicimos antes con el del Rin, primero nos encontramos con los hermunduros; un pueblo fiel a los romanos, y por esa razón los únicos germanos que son admitidos al comercio, no solo en la orilla, sino dentro de nuestros territorios, y en la floreciente colonia establecida en la provincia de Recia. Pasan y vuelven a placer, sin ser atendidos por una guardia; y mientras exhibimos a otras naciones nuestras armas y campamentos solamente, a estos les abrimos nuestras casas y casas de campo, que contemplan sin codiciar. En el país de los hermunduros nace el Elba; un río antaño célebre y conocido entre nosotros, ahora solo oído de nombre.

42. Contiguos a los hermunduros están los nariscos; y junto a ellos, los marcomanos y cuados. De estos, los marcomanos son los más poderosos y renombrados; y han adquirido incluso el país que habitan, por su valor al expulsar a los boyos. Ni los nariscos ni los cuados son inferiores en valentía; y esta es, por así decirlo, la vanguardia de Germania en tanto bordea el Danubio. Dentro de nuestra memoria, los marcomanos y cuados fueron gobernados por reyes de su propia nación, del noble linaje de Maroboduo y Tudro. Ahora se someten incluso a extranjeros; pero todo el poder de sus reyes depende de la autoridad de los romanos. Rara vez les ayudamos con nuestras armas, pero frecuentemente con nuestro dinero; ni son menos potentes por ello.

Detrás de estos se encuentran los marsignos, gotinos, osios y burios, que cierran la retaguardia de los marcomanos y cuados. De estos, los marsignos y los burios se asemejan a los suevos en lengua y vestimenta. Los gotinos y los osios demuestran no ser germanos; los primeros por su uso de la lengua gala, los segundos de la panonia; y ambos por someterse al pago de tributos: que les es impuesto, como a extranjeros, en parte por los sármatas y en parte por los cuados. Los gotinos, para su mayor deshonra, trabajan en minas de hierro. Todos estos pueblos habitan solo una pequeña parte de campo abierto; sus asentamientos se encuentran principalmente entre bosques y en las laderas y cimas de las montañas; pues una cadena continua de montañas separa a Suevia de varias tribus más remotas. De estas, la de los ligios es la más extensa y difunde su nombre a través de varias comunidades. Bastará nombrar a las más poderosas: los arios, helvecones, manimios, elisios y naharvalos. En el territorio de estos últimos hay un bosque consagrado a ritos religiosos de gran antigüedad. Un sacerdote preside los ritos, vestido con ropas de mujer; pero se dice que los dioses adorados allí, según la interpretación romana, son Cástor y Pólux. Sus atributos son los mismos; su nombre, Alcis. No aparecen, en verdad, imágenes ni vestigios de superstición extranjera en su culto; pero son venerados bajo la figura de jóvenes y hermanos. Los arios, feroces más allá de la superioridad de fuerza que poseen sobre los otros pueblos recién enumerados, realzan la ferocidad natural de su aspecto con ayudas artificiales. Sus escudos son negros; sus cuerpos pintados: eligen las noches más oscuras para atacar y siembran el terror mediante la fúnebre penumbra de sus huestes sombrías; ningún enemigo es capaz de resistir su singular y, por así decirlo, infernal apariencia, ya que en todo combate los ojos son lo primero que se rinde. Más allá de los ligios están los gotones, que viven bajo una monarquía un poco más estricta que la de las otras naciones germanas, aunque no hasta un punto incompatible con la libertad. Contiguos a estos se encuentran los rugios y los lemovios, situados en la costa del mar; todas estas tribus se distinguen por sus escudos redondos, sus espadas cortas y su sumisión a la autoridad real.

44. Luego aparecen las comunidades de los suiones, asentados en el mismo Océano, que, además de su fuerza en hombres y armas, poseen también una fuerza naval. La forma de sus navíos difiere de la nuestra en tener proa en ambos extremos, de modo que siempre están listos para avanzar. No hacen uso de velas, ni tienen bancos regulares de remos a los lados: reman, como se practica en algunos ríos, sin orden, a veces por un lado, a veces por el otro, según la ocasión lo requiera. Este pueblo honra la riqueza; por cuya razón están sujetos a un gobierno monárquico, sin ninguna limitación o condición precaria de lealtad. Tampoco se permite que las armas se guarden de forma promiscua, como entre las otras naciones germanas, sino que son confiadas al cuidado de un guardián, y este, además, es un esclavo. El pretexto es que el Océano los defiende de cualquier incursión repentina y los hombres ociosos, con armas en sus manos, fácilmente se vuelven licenciosos. De hecho, es por el interés del rey no confiar a un noble, a un hombre libre, o incluso a un esclavo emancipado, la custodia de las armas.

45. Más allá de los suiones hay otro mar, lento y casi estancado, por el cual se imagina que el globo entero está ceñido y encerrado, a partir de esta circunstancia: que la última luz del sol poniente continúa tan vívida hasta su salida que oscurece las estrellas. La creencia popular añade que también se escucha el sonido de su salida del océano y se contemplan las formas de las deidades, con los rayos irradiando de su cabeza. Solo hasta aquí, dice el informe, llega la naturaleza de la verdad. En la orilla derecha del mar suévico habitan las tribus de los estios, cuyas vestimentas y costumbres son las mismas que las de los suevos, pero su lengua se asemeja más a la británica. Adoran a la madre de los dioses; y como símbolo de su superstición, llevan consigo figuras de jabalíes. Esto les sirve en lugar de armadura y cualquier otra defensa: hace que el devoto de la diosa esté a salvo incluso en medio de los enemigos. Sus armas son principalmente garrotes, siendo el hierro poco usado entre ellos. Cultivan el trigo y otros frutos de la tierra con más diligencia de la que la indolencia germana suele ejercer. Incluso exploran el mar y son el único pueblo que recolecta ámbar, al cual ellos llaman Glese, y que es recogido entre los bajíos y sobre la orilla. Con la indiferencia habitual de los bárbaros, no han investigado ni determinado de qué objeto natural o por qué medios es producido. Durante mucho tiempo yacía ignorado entre otras cosas arrojadas por el mar, hasta que nuestro lujo le dio un nombre. Inútil para ellos, lo recogen en bruto; lo traen sin trabajar; y se maravillan del precio que reciben. Parecería, sin embargo, ser una exudación de ciertos árboles; ya que reptiles, e incluso animales alados, son vistos a menudo brillando a través de él, los cuales, enredados en él mientras estaba en estado líquido, quedaron encerrados a medida que se endurecía. Debería, por tanto, imaginar que, así como los bosques y arboledas exuberantes en los secretos recovecos de Oriente exudan incienso y bálsamo, así los hay en las islas y continentes de Occidente; los cuales, actuados por los rayos cercanos del sol, dejan caer sus jugos líquidos al mar subyacente, de donde, por la fuerza de las tempestades, son arrojados a las costas opuestas. Si la naturaleza del ámbar se examina mediante la aplicación de fuego, se enciende como una antorcha, con una llama espesa y olorosa; y pronto se resuelve en una materia glutinosa que se asemeja a la brea o resina. Las diversas comunidades de los sitones siguen a las de los suiones; a quienes son similares en otros aspectos, pero difieren en someterse a un reinado femenino; tan lejos han degenerado, no solo de la libertad, sino incluso de la esclavitud. Aquí termina Suevia.

46. Estoy en duda sobre si clasificar a los peucinos, vénetos y fenios entre los germanos o los sármatas; aunque los peucinos, a quienes algunos llaman bastarnas, concuerdan con los germanos en lengua, vestimenta y habitáculos. Todos ellos viven en la inmundicia y la pereza. Los matrimonios de sus jefes con los sármatas los han degradado por una mezcla de las costumbres de ese pueblo. Los vénetos han tomado mucho de esta fuente; pues invaden en sus incursiones depredadoras todos los tramos boscosos y montañosos entre los peucinos y los fenios. Sin embargo, incluso estos deben ser referidos más bien a los germanos, puesto que construyen casas, portan escudos y viajan con rapidez a pie; en todos estos detalles difieren totalmente de los sármatas, que pasan su tiempo en carros y a caballo. Los fenios viven en un estado de sorprendente salvajismo y escuálida pobreza. Están desprovistos de armas, caballos y moradas fijas: su alimento son las hierbas; su vestimenta, pieles; su cama, el suelo. Su única dependencia es de sus flechas, que, por falta de hierro, están rematadas con hueso; y la caza es el sustento de las mujeres tanto como de los hombres; las primeras acompañan a los segundos en la persecución y reclaman una parte de la presa. Tampoco proveen otro refugio para sus infantes contra las bestias salvajes y las tormentas que una cobertura de ramas entrelazadas. Este es el refugio de la juventud; este es el receptáculo de la vejez. Sin embargo, incluso esta forma de vida es, a su juicio, más feliz que gemir sobre el arado; trabajar en la construcción de casas; someter sus propias fortunas y las de otros a las agitaciones de la esperanza y el miedo alternos. Seguros contra los hombres, seguros contra los dioses, han alcanzado el punto más difícil: no necesitar ni siquiera un deseo.

Todos nuestros relatos posteriores están entremezclados con fábulas; como que los helusios y oxiones tienen rostros humanos, con los cuerpos y miembros de bestias salvajes. Estos informes no autenticados los dejaré sin tocar.

LA VIDA DE CNEO JULIO AGRÍCOLA.

1. La antigua costumbre de transmitir a la posteridad las acciones y maneras de los hombres famosos no ha sido descuidada ni siquiera por la época presente, por curiosa que sea respecto a los que le pertenecen, siempre que algún grado exaltado y noble de virtud haya triunfado sobre esa falsa estimación del mérito y esa mala voluntad hacia él, por las cuales los estados pequeños y grandes están igualmente infestados. En tiempos pasados, sin embargo, como había una mayor propensión y un campo más libre para el desempeño de acciones dignas de recuerdo, toda persona de habilidades distinguidas era inducida, mediante la satisfacción consciente en la tarea misma, sin consideración al favor o interés privado, a registrar ejemplos de virtud. Y muchos consideraban más bien como la honesta confianza de la integridad, que como una arrogancia culpable, el convertirse en sus propios biógrafos. De esto, Rutilio y Escauro fueron ejemplos; quienes nunca fueron censurados por esto, ni la fidelidad de su narrativa fue puesta en duda; tanto más cándidamente se estiman siempre las virtudes en aquellos períodos que son los más favorables para su producción. Para mí, sin embargo, quien he emprendido ser el historiador de una persona fallecida, una disculpa parecía necesaria; la cual no habría hecho, si mi camino hubiera transcurrido por tiempos menos crueles y hostiles a la virtud.

2. Leemos que cuando Aruleno Rústico publicó las alabanzas de Peto Trásea, y Herenio Seneción las de Prisco Helvidio, esto fue interpretado como un crimen capital; y la furia de la tiranía se desató no solo contra los autores, sino contra sus escritos; de modo que esos monumentos de genio exaltado fueron quemados en el lugar de elección en el foro por triunviros designados para tal propósito. En ese fuego pensaron consumir la voz del pueblo romano, la libertad del senado y las emociones conscientes de toda la humanidad; coronando el hecho con la expulsión de los profesores de la sabiduría y el destierro de toda arte liberal, para que nada generoso u honorable pudiera permanecer. Dimos, en verdad, una prueba consumada de nuestra paciencia; y así como las edades remotas vieron el grado más extremo de libertad, así nosotros, privados por inquisiciones de todo intercambio de conversación, experimentamos lo más extremo de la esclavitud. Con el lenguaje habríamos perdido la memoria misma, si hubiera estado tanto en nuestro poder olvidar como estar en silencio.

3. Ahora nuestros espíritus comienzan a revivir. Pero aunque al primer amanecer de este feliz período, el emperador Nerva unió dos cosas antes incompatibles, monarquía y libertad; y Trajano está ahora aumentando diariamente la felicidad del imperio; y la seguridad pública no solo ha asumido esperanzas y deseos, sino que ha visto esos deseos elevarse a la confianza y la estabilidad; todavía, por la naturaleza de la debilidad humana, los remedios son más tardíos en su operación que las enfermedades; y, como los cuerpos crecen lentamente, pero perecen rápidamente, así es más fácil suprimir la industria y el genio que recordarlos. Pues la indolencia misma adquiere un encanto; y la pereza, por odiosa que sea al principio, se vuelve finalmente atractiva. Durante el espacio de quince años, una gran porción de la vida humana, ¡qué gran número ha caído por eventos fortuitos, y, como fue el destino de todos los más distinguidos, por la crueldad del príncipe!; mientras nosotros, los pocos supervivientes, no solo de otros, sino, si se me permite la expresión, de nosotros mismos, encontramos un vacío de tantos años en nuestras vidas, que nos ha traído silenciosamente de la juventud a la madurez, de la edad madura al mismo borde de la vida. Aún así, sin embargo, no me arrepentiré de haber compuesto, aunque en lenguaje rudo y sin arte, un memorial de la servidumbre pasada y un testimonio de las bendiciones presentes.

La presente obra, mientras tanto, que está dedicada al honor de mi suegro, puede pensarse que merece aprobación, o al menos excusa, por la piedad de la intención.

4. CNEO JULIO AGRÍCOLA nació en la antigua e ilustre colonia de Forumjulii. Ambos abuelos suyos fueron procuradores imperiales, un cargo que confiere el rango de nobleza ecuestre. Su padre, Julio Grecino, del orden senatorial, fue famoso por el estudio de la elocuencia y la filosofía; y por estos logros atrajo sobre sí el desagrado de Cayo César; pues, habiéndosele ordenado emprender la acusación de Marco Silano, ante su negativa, fue condenado a muerte. Su madre fue Julia Procila, una dama de ejemplar castidad. Educado con ternura en su seno, pasó su infancia y juventud en la obtención de toda arte liberal. Fue preservado de los halagos del vicio, no solo por una disposición naturalmente buena, sino por ser enviado muy temprano a continuar sus estudios en Massilia; un lugar donde la cortesía griega y la frugalidad provincial están felizmente unidas. Recuerdo que solía relatar que en su temprana juventud se habría dedicado con más ardor a la especulación filosófica de lo que era adecuado para un romano y un senador, si no hubiera sido porque la prudencia de su madre contuvo el calor y la vehemencia de su disposición: pues su espíritu elevado y recto, inflamado por los encantos de la gloria y la reputación exaltada, lo llevó a la búsqueda con más entusiasmo que discreción. La razón y los años más maduros templaron su calor; y del estudio de la sabiduría, retuvo lo que es más difícil de conseguir: la moderación.

5. Aprendió los rudimentos de la guerra en Britania, bajo Suetonio Paulino, un comandante activo y prudente, quien lo eligió como compañero de tienda para poder formarse una estimación de su mérito. Ni Agrícola, como muchos jóvenes que convierten el servicio militar en un pasatiempo desenfrenado, se aprovechó licenciosa o perezosamente de su título tribunicio, o de su inexperiencia, para pasar su tiempo en placeres y ausencias del deber; sino que se empleó en obtener un conocimiento del país, haciéndose conocer por el ejército, aprendiendo de los experimentados e imitando a los mejores; sin presionar para ser empleado por vanagloria, ni declinarlo por timidez; y realizando su deber con igual solicitud y espíritu. En ningún otro momento, en verdad, estuvo Britania más agitada o en un estado de mayor incertidumbre. Nuestros veteranos masacrados, nuestras colonias quemadas, nuestros ejércitos aniquilados; estábamos entonces luchando por la seguridad, después por la victoria. Durante este período, aunque todas las cosas fueron transigidas bajo la conducta y dirección de otro, y el peso de todo, así como la gloria de recuperar la provincia, recayó en la parte del general, sin embargo, le impartieron al joven Agrícola habilidad, experiencia e incentivos; y la pasión por la gloria militar entró en su alma; una pasión ingrata para los tiempos, en los cuales la eminencia era interpretada desfavorablemente, y una gran reputación no era menos peligrosa que una mala.

6. Partiendo de allí para emprender los cargos de la magistratura en Roma, se casó con Domicia Decidiana, una dama de ilustre linaje, de cuya conexión derivó crédito y apoyo en su búsqueda de cosas mayores. Vivieron juntos en admirable armonía y afecto mutuo; dando cada uno la preferencia al otro; una conducta igualmente loable en ambos, excepto que un mayor grado de alabanza es debido a una buena esposa, en proporción a lo que una mala merece la mayor censura. El sorteo de la cuestura le dio a Asia por provincia, y al procónsul Salvio Ticiano por superior; por ninguna de cuyas circunstancias fue corrompido, aunque la provincia era rica y abierta al saqueo, y el procónsul, por su disposición rapaz, habría acordado fácilmente un encubrimiento mutuo de culpa. Su familia aumentó allí con el nacimiento de una hija, que fue tanto el apoyo de su casa como su consuelo; pues perdió a un hijo primogénito en la infancia. El intervalo entre su desempeño de los cargos de cuestor y tribuno del pueblo, e incluso el año de esta última magistratura, lo pasó en reposo e inactividad; conociendo bien el temperamento de los tiempos bajo Nerón, en los cuales la indolencia era sabiduría. Mantuvo el mismo tenor de conducta cuando pretor; pues la parte judicial del cargo no recayó en su parte. En la exhibición de juegos públicos, y los ociosos adornos de la dignidad, consultó la propiedad y la medida de su fortuna; de ninguna manera acercándose a la extravagancia, aunque inclinándose más bien hacia un curso popular. Cuando fue nombrado después por Galba para gestionar una investigación sobre las ofrendas que habían sido presentadas a los templos, por su estricta atención y diligencia preservó al estado de cualquier otro sacrilegio más allá del que había sufrido bajo Nerón.

El año siguiente le infligió una herida grave a su tranquilidad mental y a sus asuntos domésticos. La flota de Otho, merodeando de manera desordenada por la costa, realizó un descenso hostil en Intemelii, una parte de Liguria, donde la madre de Agrícola fue asesinada en su propia finca, sus tierras fueron devastadas y una gran parte de sus bienes, que habían atraído a los asesinos, fue saqueada. Cuando Agrícola, ante este suceso, se apresuraba a cumplir con los deberes de la piedad filial, fue alcanzado por la noticia de que Vespasiano aspiraba al imperio, y de inmediato se pasó a su bando. Los primeros actos de poder y el gobierno de la ciudad fueron confiados a Muciano; siendo Domiciano en aquel tiempo muy joven y no tomando otro privilegio de la elevación de su padre que el de entregarse a sus gustos licenciosos. Muciano, habiendo aprobado el vigor y la fidelidad de Agrícola en el servicio de realizar levas, le dio el mando de la vigésima legión, la cual se había mostrado reacia a prestar juramento tan pronto como hubo escuchado las prácticas sediciosas de su comandante. Esta legión había sido inmanejable y formidable incluso para los legados consulares; y su último comandante, de rango pretorio, no tuvo suficiente autoridad para mantenerla en obediencia, aunque era incierto si por su propia disposición o por la de sus soldados. Agrícola fue, por lo tanto, nombrado su sucesor y vengador; pero, con un grado poco común de moderación, eligió que pareciera que había encontrado la legión obediente, más que haberla hecho tal.

Vettius Bolanus era en aquel tiempo gobernador de Britania y gobernó con un mando más suave de lo que era adecuado para una provincia tan turbulenta. Bajo su administración, Agrícola, acostumbrado a obedecer y enseñado a consultar la utilidad tanto como la gloria, templó su ardor y refrenó su espíritu emprendedor. Sus virtudes pronto tuvieron un campo más amplio para su exhibición con el nombramiento de Petilius Cerealis, un hombre de dignidad consular, para el gobierno. Al principio, solo compartió las fatigas y peligros de su general, pero pronto se le permitió participar de su gloria. Cerealis le confiaba frecuentemente parte de su ejército como prueba de sus habilidades, y a partir del resultado, a veces ampliaba su mando. En estas ocasiones, Agrícola nunca fue ostentoso al atribuirse el mérito de sus hazañas, sino siempre, como oficial subordinado, otorgaba el honor de su buena fortuna a su superior. Así, por su espíritu al ejecutar órdenes y su modestia al informar de su éxito, evitó la envidia, aunque no dejó de adquirir reputación.

A su regreso de comandar la legión fue elevado por Vespasiano al orden patricio y luego investido con el gobierno de Aquitania, un ascenso distinguido, tanto respecto al cargo mismo como a las esperanzas del consulado para el cual lo destinaba. Es una suposición común que los hombres militares, habituados a los procesos sin escrúpulos y sumarios de los campamentos, donde las cosas se llevan con mano fuerte, carecen de la destreza y sutileza de genio requeridas en la jurisdicción civil. Agrícola, sin embargo, por su prudencia natural, fue capaz de actuar con facilidad y precisión incluso entre civiles. Distinguió las horas de trabajo de las de descanso. Cuando el tribunal o juzgado demandaba su presencia, era grave, atento, imponente, aunque generalmente inclinado a la clemencia. Cuando los deberes de su cargo terminaban, el hombre de poder era al instante dejado de lado. Nada de severidad, arrogancia o rapacidad aparecía; y, lo que fue una felicidad singular, su afabilidad no disminuyó su autoridad, ni su severidad lo hizo menos amado. Mencionar la integridad y la ausencia de corrupción en tal hombre sería una afrenta a sus virtudes. Ni siquiera buscaba la reputación, un objeto al que los hombres de valor frecuentemente se sacrifican, mediante la ostentación o el artificio: evitando por igual la competencia con sus colegas y la contención con los procuradores. Vencer en tal concurso lo consideraba poco glorioso, y ser derrotado, una deshonra. Algo menos de tres años pasó en este cargo, cuando fue llamado a la perspectiva inmediata del consulado; mientras que, al mismo tiempo, prevalecía una opinión popular de que el gobierno de Britania le sería conferido; una opinión no fundada en ninguna sugerencia suya, sino en que se le consideraba igual a la posición. La fama común no siempre yerra, a veces incluso dirige una elección. Cuando fue cónsul, comprometió a su hija, una dama ya de la más feliz promesa, conmigo, entonces un hombre muy joven; y después de que su cargo expiró, la recibí en matrimonio. Fue inmediatamente nombrado gobernador de Britania y el pontificado fue añadido a sus otras dignidades.

La situación y los habitantes de Britania han sido descritos por muchos escritores; y no añadiré al número con la intención de competir con ellos en precisión e ingenio, sino porque fue completamente subyugada por primera vez en el período de la presente historia. Aquellas cosas que, mientras aún no estaban determinadas, embellecieron con su elocuencia, serán aquí relatadas con un apego fiel a los hechos conocidos. Britania, la mayor de todas las islas que han llegado al conocimiento de los romanos, se extiende al este hacia Germania, al oeste hacia Hispania, y al sur está incluso a la vista de la Galia. Su extremo norte no tiene tierra opuesta, sino que es bañado por un mar ancho y abierto. Livio, el más elocuente de los escritores antiguos, y Fabio Rústico, de los modernos, han comparado la figura de Britania con un escudo oblongo o un hacha de doble filo. Y esta es en realidad su apariencia, excluyendo Caledonia; de donde se ha atribuido popularmente a toda la isla. Pero esa extensión de tierra, que se alarga irregularmente hacia la costa más lejana, se contrae gradualmente en forma de cuña. La flota romana, en este período navegando por primera vez alrededor de esta costa más remota, dio prueba cierta de que Britania era una isla; y al mismo tiempo descubrió y subyugó las Orcadas, islas hasta entonces desconocidas. Thule también fue claramente vista, la cual el invierno y la nieve eterna habían ocultado hasta ahora. Se informa que el mar es lento y laborioso para el remero; y que apenas es agitado por los vientos. La causa de este estancamiento imagino que es la deficiencia de tierra y montañas donde se generan las tempestades; y la dificultad con la que tal masa poderosa de aguas, en un océano ininterrumpido, es puesta en movimiento. No es el asunto de esta obra investigar la naturaleza del océano y las mareas; un tema que muchos escritores ya han emprendido. Solo añadiré una circunstancia: que el dominio del mar no es en ninguna parte más extenso; que lleva muchas corrientes en esta y aquella dirección; y sus flujos y reflujos no se limitan a la costa, sino que penetra en el corazón del país y se abre paso entre colinas y montañas, como si estuviera en su propio dominio.

Quiénes fueron los primeros habitantes de Britania, si indígenas o inmigrantes, es una cuestión envuelta en la oscuridad habitual entre los bárbaros. Su temperamento corporal es variado, de donde se forman deducciones de su diferente origen. Así, el cabello rojizo y los miembros grandes de los caledonios señalan una derivación germánica. La tez morena y el cabello rizado de los silures, junto con su situación frente a Hispania, hacen probable que una colonia de los antiguos iberos se apoderara de ese territorio. Los que están más cerca de la Galia se parecen a los habitantes de ese país; ya sea por la duración de la influencia hereditaria, o porque cuando las tierras sobresalen en direcciones opuestas, el clima da la misma condición corporal a los habitantes de ambos. En una encuesta general, sin embargo, parece probable que los galos tomaran posesión originalmente de la costa vecina. Los ritos sagrados y supersticiones de estos pueblos son discernibles entre los britanos. Los idiomas de las dos naciones no difieren mucho. La misma audacia al provocar el peligro, y la irresolución al enfrentarlo cuando está presente, es observable en ambos. Los britanos, sin embargo, muestran más ferocidad, no siendo aún suavizados por una larga paz: pues aparece en la historia que los galos fueron alguna vez renombrados en la guerra, hasta que, perdiendo su valor con su libertad, la languidez y la indolencia entraron entre ellos. El mismo cambio también ha tenido lugar entre aquellos de los britanos que han sido sometidos hace mucho tiempo; pero el resto continúa tal como los galos fueron antiguamente.

Su fuerza militar consiste en infantería; algunas naciones también hacen uso de carros en la guerra; en el manejo de los cuales, la persona más honorable guía las riendas, mientras sus dependientes luchan desde el carro. Los britanos fueron gobernados antiguamente por reyes, pero en la actualidad están divididos en facciones y partidos entre sus jefes; y esta falta de unión para concertar algún plan general es la circunstancia más favorable para nosotros, en nuestros diseños contra un pueblo tan poderoso. Es raro que dos o tres comunidades concurran en repeler el peligro común; y así, mientras se enfrentan individualmente, son todos subyugados. El cielo en este país está deformado por nubes y lluvias frecuentes; pero el frío nunca es extremadamente riguroso. La duración de los días excede en gran medida a la de nuestra parte del mundo. Las noches son brillantes y, en el extremo de la isla, tan cortas que el cierre y el retorno del día apenas se distinguen por un intervalo perceptible. Incluso se afirma que, cuando las nubes no intervienen, el esplendor del sol es visible durante toda la noche, y que no parece salir y ponerse, sino moverse a través. La causa de esto es que las partes extremas y planas de la tierra, proyectando una sombra baja, no arrojan la oscuridad, y así la noche cae bajo el cielo y las estrellas. El suelo, aunque impropio para el olivo, la vid y otras producciones de climas más cálidos, es fértil y adecuado para el grano. El crecimiento es rápido, pero la maduración lenta; ambos por la misma causa, la gran humedad del suelo y la atmósfera. La tierra produce oro y plata y otros metales, las recompensas de la victoria. El océano produce perlas, pero de un tono turbio y lívido; lo cual algunos imputan a la falta de habilidad en los recolectores; pues en el mar Rojo los peces son arrancados de las rocas vivos y vigorosos, pero en Britania son recogidos como el mar los arroja. Por mi parte, puedo concebir más fácilmente que el defecto está en la naturaleza de las perlas que en nuestra avaricia.

Los britanos se someten alegremente a las levas, tributos y los otros servicios del gobierno, si no son tratados injuriosamente; pero tal trato lo soportan con impaciencia, extendiéndose su sujeción solo a la obediencia, no a la servidumbre. En consecuencia, Julio César, el primer romano que entró en Britania con un ejército, aunque aterrorizó a los habitantes mediante un enfrentamiento exitoso y se convirtió en dueño de la costa, puede considerarse que más bien transmitió el descubrimiento que la posesión del país a la posteridad. Las guerras civiles pronto sucedieron; las armas de los líderes se volvieron contra su país; y una larga negligencia de Britania siguió, la cual continuó incluso después del establecimiento de la paz. Esto Augusto lo atribuyó a la política; y Tiberio a las instrucciones de su predecesor. Es cierto que Cayo César meditó una expedición a Britania; pero su temperamento, precipitado en formar planes e inestable en perseguirlos, junto con el escaso éxito de sus grandes intentos contra Germania, hicieron que el diseño fuera abortado. Claudio llevó a cabo la empresa, transportando sus legiones y auxiliares, y asociando a Vespasiano en la dirección de los asuntos, lo cual puso los cimientos de su futura fortuna. En esta expedición, naciones fueron subyugadas, reyes hechos cautivos y Vespasiano fue presentado a los destinos.

Aulo Plaucio, el primer gobernador consular, y su sucesor, Ostorio Escápula, fueron ambos eminentes por sus habilidades militares. Bajo ellos, la parte más cercana de Britania fue gradualmente reducida a la forma de una provincia, y una colonia de veteranos fue establecida. Ciertos distritos fueron otorgados al rey Cogiduno, un príncipe que continuó en perfecta fidelidad dentro de nuestra memoria. Esto se hizo de acuerdo con la práctica antigua y largamente establecida de los romanos, de hacer incluso de los reyes los instrumentos de la servidumbre. Didio Galo, el siguiente gobernador, preservó las adquisiciones de sus predecesores y añadió unos pocos puestos fortificados en las partes más remotas, por la reputación de ampliar su provincia. Veranio le sucedió, pero murió dentro del año. Suetonio Paulino entonces comandó con éxito durante dos años, subyugando varias naciones y estableciendo guarniciones. En la confianza con la que esto le inspiró, emprendió una expedición contra la isla Mona, que había proporcionado suministros a los rebeldes; y de ese modo expuso los asentamientos detrás de él a una sorpresa.

Pues los britanos, aliviados del temor presente por la ausencia del gobernador, comenzaron a celebrar conferencias, en las cuales pintaban las miserias de la servidumbre, comparaban sus diversas heridas e inflamaban a cada uno con representaciones como estas: "Que los únicos efectos de su paciencia eran imposiciones más graves sobre un pueblo que se sometía con tal facilidad. Antiguamente tenían un rey respectivamente; ahora dos les eran impuestos, el legado y el procurador, el primero de los cuales descargaba su furia sobre la sangre de sus vidas, el último sobre sus propiedades; la unión o discordia de estos gobernadores era igualmente fatal para aquellos a quienes gobernaban, mientras los oficiales de uno y los centuriones del otro se unían para oprimirlos mediante todo tipo de violencia y contumelia; de modo que nada estaba exento de su avaricia, nada de su lujuria. En la batalla eran los más valientes quienes tomaban el botín; pero aquellos a quienes permitían apoderarse de sus casas, arrebatarles a sus hijos y exigir levas, eran, en su mayoría, los cobardes y afeminados; como si la única lección de sufrimiento que ignoraban fuera cómo morir por su patria. ¡Sin embargo, cuán insignificante parecería el número de invasores si los britanos contaran sus propias fuerzas! Por consideraciones como estas, Germania había arrojado el yugo, aunque un río y no el océano era su barrera. El bienestar de su patria, sus esposas y sus padres los llamaba a las armas, mientras la avaricia y el lujo incitaban solo a sus enemigos; quienes se retirarían como incluso el deificado Julio había hecho, si la raza actual de britanos emulara el valor de sus antepasados y no se desmayara ante el resultado del primer o segundo enfrentamiento. Un espíritu y perseverancia superiores siempre fueron la parte de los desgraciados; y los dioses mismos ahora parecían compadecer a los britanos, ordenando la ausencia del general y la detención de su ejército en otra isla. El punto más difícil, reunirse para el propósito de deliberación, ya estaba logrado; y siempre había más peligro de la revelación de diseños como estos que de su ejecución".

Instigados por tales sugerencias, se levantaron unánimemente en armas, liderados por Boadicea, una mujer de descendencia real (pues no hacen distinción entre los sexos en la sucesión al trono), y atacando a los soldados dispersos por las guarniciones, tomaron los puestos fortificados e invadieron la colonia misma, como la sede de la esclavitud. No omitieron ninguna especie de crueldad con la que la furia y la victoria pudieran inspirar a los bárbaros; y si Paulino, al ser informado de la conmoción de la provincia, no hubiera marchado rápidamente a su socorro, Britania se habría perdido. La fortuna de una sola batalla, sin embargo, la redujo a su anterior sujeción; aunque muchos aún permanecían en armas, a quienes la conciencia de la revuelta y el temor particular al gobernador habían llevado a la desesperación. Paulino, aunque por lo demás ejemplar en su administración, habiendo tratado a aquellos que se rindieron con severidad y habiendo perseguido medidas demasiado rigurosas, como quien vengaba también su injuria personal, Petronio Turpiliano fue enviado en su lugar, como una persona más inclinada a la clemencia, y alguien que, siendo desconocedor de la delincuencia del enemigo, podría aceptar más fácilmente su penitencia. Después de haber restaurado las cosas a su anterior estado de quietud, entregó el mando a Trebelio Máximo. Trebelio, indolente e inexperto en asuntos militares, mantuvo la tranquilidad de la provincia mediante modales populares; pues incluso los bárbaros habían aprendido ahora a perdonar bajo la influencia seductora de los vicios; y la intervención de las guerras civiles ofreció una excusa legítima para su inactividad. La sedición, sin embargo, infectó a los soldados, quienes, en lugar de sus servicios militares habituales, estaban alborotando en la ociosidad. Trebelio, después de escapar de la furia de su ejército por la huida y el ocultamiento, deshonrado y abatido, recuperó una autoridad precaria; y una especie de pacto tácito tuvo lugar, de seguridad para el general y licencia para el ejército. Este motín no estuvo acompañado de derramamiento de sangre. Vettius Bolanus, sucediendo durante la continuación de las guerras civiles, no pudo introducir disciplina en Britania. La misma inacción hacia el enemigo y la misma insolencia en el campamento continuaron; excepto que Bolanus, sin mancha en su carácter y no objetable por ningún crimen, sustituyó en alguna medida el afecto en lugar de la autoridad.

Finalmente, cuando Vespasiano recibió la posesión de Britania junto con el resto del mundo, los grandes comandantes y los ejércitos bien equipados que fueron enviados disminuyeron la confianza del enemigo; y Petilius Cerealis infundió terror mediante un ataque contra los brigantes, quienes tienen reputación de componer el estado más poblado de toda la provincia. Se libraron muchas batallas, algunas de ellas acompañadas de mucho derramamiento de sangre; y la mayor parte de los brigantes fueron subyugados o involucrados en los estragos de la guerra. La conducta y la reputación de Cerealis fueron tan brillantes que podrían haber eclipsado el esplendor de un sucesor; sin embargo, Julio Frontino, un hombre verdaderamente grande, apoyó la ardua competencia, en la medida en que las circunstancias lo permitieron. Subyugó a la nación fuerte y guerrera de los silures, en cuya expedición, además del valor del enemigo, tuvo que luchar con las dificultades del país.

18. Tal era el estado de Britania, y tales habían sido las vicisitudes de la guerra, cuando llegó Agrícola a mediados del verano; en un tiempo en que los soldados romanos, suponiendo que las expediciones del año habían concluido, pensaban en disfrutar sin preocupaciones, y los nativos, en aprovechar la oportunidad así brindada. No mucho antes de su llegada, los ordovicos habían aniquilado casi por completo un cuerpo de caballería estacionado en sus fronteras; y los habitantes de la provincia, sumidos en un estado de ansiosa incertidumbre por este comienzo, dado que la guerra era lo que deseaban, ya fuera aprobaban el ejemplo o esperaban para descubrir la disposición del nuevo gobernador. La estación estaba ya muy avanzada, las tropas dispersas por el país y poseídas por la idea de que se les permitiría permanecer inactivas durante el resto del año; circunstancias que tendían a retrasar y desalentar cualquier empresa militar, por lo que se consideró generalmente más aconsejable contentarse con defender los puestos sospechosos: sin embargo, Agrícola decidió marchar y enfrentarse al peligro inminente. Con este propósito, reunió los destacamentos de las legiones y un pequeño cuerpo de auxiliares; y cuando percibió que los ordovicos no se atreverían a descender a la llanura, encabezó personalmente un destacamento de vanguardia hacia el ataque, a fin de infundir igual ardor al resto de sus tropas. El resultado de la acción fue casi la extirpación total de los ordovicos; cuando Agrícola, consciente de que la fama debe ser perseguida y que los acontecimientos futuros de la guerra quedarían determinados por el primer éxito, resolvió hacer un intento sobre la isla de Mona, de cuya ocupación había sido retirado Paulino por la rebelión general de Britania, como se relató anteriormente. La deficiencia habitual de una expedición imprevista, que se manifestó en la falta de naves de transporte, fue suplida por la habilidad y resolución del general. Se ordenó a un cuerpo selecto de auxiliares, desembarazados de su equipaje, que conocían bien los vados y estaban acostumbrados, al modo de su país, a dirigir sus caballos y manejar sus armas mientras nadaban, que se lanzaran repentinamente al canal; mediante este movimiento, el enemigo, que esperaba la llegada de una flota y una invasión formal por mar, quedó presa del terror y el asombro, concibiendo que nada era arduo o insuperable para unas tropas que avanzaban así al ataque. Fueron, por tanto, inducidos a pedir la paz y a entregar la isla; un acontecimiento que dio lustre al nombre de Agrícola, quien, al mismo tiempo que iniciaba su provincia, había empleado en trabajos y peligros el tiempo que suele dedicarse a la ostentación y a los cumplidos del cargo. Ni se vio tentado, en el orgullo del éxito, a llamar expedición o victoria a lo que no era más que refrenar a los vencidos; ni siquiera a anunciar su éxito en despachos laureados. Pero esta ocultación de su gloria sirvió para aumentarla; puesto que los hombres fueron llevados a concebir una alta idea de la grandeza de sus futuras miras, cuando servicios tan importantes pasaron en silencio.

19. Bien conocedor del carácter de la provincia, y enseñado por la experiencia de antiguos gobernadores de cuán poco se había avanzado con las armas, cuando el éxito iba seguido de injurias, emprendió a continuación erradicar las causas de la guerra. Y empezando por sí mismo y por los que le rodeaban, impuso primero restricciones a su propia casa, tarea no menos ardua para la mayoría de los gobernadores que la administración de la provincia. No permitió que los asuntos públicos pasaran por manos de sus esclavos o libertos. Al admitir a los soldados en el servicio regular, para asistir a su persona, no se dejó influir por el favor privado, ni por la recomendación o solicitud de los centuriones, sino que consideró que los mejores hombres serían los más fieles. Quería saberlo todo, pero se contentaba con dejar pasar algunas cosas inadvertidas. Podía perdonar faltas pequeñas y usar la severidad con las grandes; sin embargo, no siempre castigaba, sino que frecuentemente se daba por satisfecho con el arrepentimiento. Prefería conferir cargos y empleos a quienes no ofenderían, antes que condenar a los que habían ofendido. Mitigó el aumento de los tributos y contribuciones mediante una evaluación justa y equitativa, aboliendo aquellas exacciones privadas que eran más gravosas de soportar que los impuestos mismos. Pues los habitantes habían sido obligados, a modo de burla, a sentarse junto a sus propios graneros cerrados con llave, a comprar grano innecesariamente y a venderlo de nuevo a un precio estipulado. También se les habían impuesto viajes largos y difíciles; pues a los diversos distritos, en lugar de permitírseles abastecer los cuarteles de invierno más cercanos, se les obligaba a llevar su grano a lugares remotos y tortuosos; por lo que aquello que era fácil de obtener por todos, se convertía en un artículo de ganancia para unos pocos.

20. Al suprimir estos abusos en el primer año de su administración, estableció una idea favorable de la paz, la cual, por negligencia u opresión de sus predecesores, no había sido menos temida que la guerra. Al regreso del verano, reunió a su ejército. En la marcha, encomió a los regulares y ordenados, y contuvo a los rezagados; marcó los campamentos y exploró personalmente los estuarios y bosques. Al mismo tiempo, hostigaba perpetuamente al enemigo mediante incursiones repentinas; y, tras alarmarlos suficientemente, mediante un intervalo de tolerancia, mantenía ante su vista los atractivos de la paz. Con esta gestión, muchos estados, que hasta aquel momento habían hecho valer su independencia, fueron inducidos a dejar de lado su animosidad y a entregar rehenes. Estos distritos fueron rodeados con castillos y fuertes, dispuestos con tanta atención y juicio, que ninguna parte de Britania, hasta entonces nueva para las armas romanas, escapó sin ser molestada.

21. El invierno siguiente se empleó en las medidas más saludables. Con el fin de atraer a los nativos, mediante el gusto por los placeres, de aquel estado rudo e inestable que los incitaba a la guerra, y reconciliarlos con la calma y la tranquilidad, los instigó, mediante incitaciones privadas y estímulos públicos, a erigir templos, tribunales de justicia y casas de habitación. Colmó de elogios a quienes cumplían con prontitud sus intenciones y reprendió a los que eran lentos; promoviendo así un espíritu de emulación que tenía toda la fuerza de la necesidad. También estuvo atento a proveer una educación liberal a los hijos de sus jefes, prefiriendo el genio natural de los britanos a las realizaciones de los galos; y sus intentos fueron coronados con tal éxito, que quienes poco antes desdeñaban hacer uso de la lengua romana, ahora ambicionaban convertirse en elocuentes. De ahí que el hábito romano comenzara a ser tenido en honor, y la toga fuera usada con frecuencia. A la larga, se desviaron gradualmente hacia un gusto por aquellos lujos que estimulan el vicio; pórticos, baños y la elegancia de la mesa; y esto, por su inexperiencia, lo llamaron cortesía, mientras que, en realidad, constituía una parte de su esclavitud.

22. Las expediciones militares del tercer año descubrieron nuevas naciones a los romanos, y sus estragos se extendieron hasta el estuario del Tay. Los enemigos quedaron tan aterrorizados que no se atrevieron a molestar al ejército, aunque este se vio acosado por violentas tempestades; por lo que tuvieron oportunidad suficiente para la erección de fortalezas. Personas con experiencia observaron que ningún general había mostrado jamás mayor destreza en la elección de situaciones ventajosas que Agrícola; pues ninguno de sus puestos fortificados fue tomado por asalto, ni entregado por capitulación. Las guarniciones realizaban frecuentes salidas; pues estaban aseguradas contra un bloqueo con un año de provisiones en sus almacenes. Así pasó el invierno sin alarma, y cada guarnición resultó suficiente para su propia defensa; mientras que el enemigo, que generalmente estaba acostumbrado a reparar las pérdidas del verano con los éxitos del invierno, ahora igualmente desafortunado en ambas estaciones, se vio frustrado y llevado a la desesperación. En estas transacciones, Agrícola nunca intentó arrogarse la gloria de otros; sino que siempre dio un testimonio imparcial de las acciones meritorias de sus oficiales, desde el centurión hasta el comandante de una legión. Algunos lo consideraban más bien severo en la reprensión; como si la misma disposición que lo hacía afable con los meritorios lo hubiera inclinado a la austeridad hacia los indignos. Pero su ira no dejaba rastros tras de sí; su silencio y reserva no eran temibles; y estimaba más honorable mostrar muestras de abierto disgusto que albergar odio secreto.

23. El cuarto verano se dedicó a asegurar el país que había sido invadido; y si el valor del ejército y la gloria del nombre romano lo hubieran permitido, nuestras conquistas habrían encontrado un límite dentro de la misma Britania. Pues las mareas de los mares opuestos, que fluyen muy adentro por los estuarios de Clota y Bodotria, casi cortan el país; dejando solo un estrecho cuello de tierra, que entonces estaba defendido por una cadena de fuertes. Así, todo el territorio de este lado quedó bajo sujeción, y los enemigos restantes fueron alejados, por así decirlo, a otra isla.

24. En la quinta campaña, Agrícola, cruzando en la primera nave, subyugó, mediante frecuentes y exitosos enfrentamientos, a varias naciones hasta entonces desconocidas; y estacionó tropas en aquella parte de Britania que se opone a Irlanda, más con la mira en una ventaja futura que por cualquier temor a un peligro desde aquel frente. Pues la posesión de Irlanda, situada entre Britania y España, y situada cómodamente hacia el mar galo, habría formado una conexión muy beneficiosa entre las partes más poderosas del imperio. Esta isla es más pequeña que Britania, pero mayor que las de nuestro mar. Su suelo, clima y las costumbres y disposiciones de sus habitantes son poco diferentes de los de Britania. Sus puertos y bahías son mejor conocidos, por el concurso de mercaderes con fines comerciales. Agrícola había recibido bajo su protección a uno de sus reyezuelos, que había sido expulsado por una sedición doméstica; y lo retuvo, bajo la apariencia de amistad, hasta que se presentara la ocasión de hacer uso de él. Con frecuencia le he oído afirmar que una sola legión y unos pocos auxiliares serían suficientes para conquistar por completo Irlanda y mantenerla bajo sujeción; y que tal acontecimiento también habría contribuido a refrenar a los britanos, al intimidarlos con la perspectiva de las armas romanas por todas partes y, por así decirlo, desterrando la libertad de su vista.

25. En el verano que comenzó el sexto año de la administración de Agrícola, extendiendo sus miras a los países situados más allá de Bodotria, como se temía una insurrección general de las naciones más remotas y el ejército del enemigo hacía insegura la marcha, hizo explorar los puertos con su flota, la cual, actuando ahora por primera vez en ayuda de las fuerzas terrestres, ofrecía el formidable espectáculo de una guerra empujada a la vez por mar y tierra. La caballería, la infantería y la infantería de marina se mezclaban frecuentemente en el mismo campamento, y contaban con placer mutuo sus respectivas hazañas y aventuras; comparando, en el lenguaje jactancioso de los hombres de guerra, los oscuros recovecos de los bosques y montañas con los horrores de las olas y las tempestades; y la tierra y el enemigo subyugados, con el océano conquistado. También se descubrió por los cautivos que los britanos habían quedado consternados ante la visión de la flota, concibiendo que el último refugio de los vencidos estaba cortado, ahora que se revelaban los retiros secretos de sus mares. Los diversos habitantes de Caledonia tomaron inmediatamente las armas, con grandes preparativos, magnificados, sin embargo, por los informes, como es habitual donde la verdad es desconocida; y al comenzar las hostilidades y atacar nuestras fortalezas, inspiraron terror al atreverse a actuar ofensivamente; tanto es así que algunas personas, disfrazando su timidez bajo la máscara de la prudencia, eran partidarias de retirarse instantáneamente a este lado del brazo de mar, y renunciar al país antes que esperar a ser expulsados. Agrícola, mientras tanto, al ser informado de que el enemigo pretendía arremeter en varios cuerpos, distribuyó su ejército en tres divisiones, para que su inferioridad numérica y su desconocimiento del terreno no les dieran la oportunidad de rodearlo.

26. Cuando esto fue conocido por el enemigo, cambiaron repentinamente su designio; y realizando un ataque general en la noche contra la novena legión, que era la más débil, en la confusión del sueño y la consternación degollaron a los centinelas y abrieron brecha en las trincheras. Ya estaban luchando dentro del campamento cuando Agrícola, que había recibido información de su marcha por sus exploradores, y seguido de cerca sus pasos, dio órdenes a los más veloces de sus caballos y soldados de a pie para que cargaran contra la retaguardia del enemigo. De repente, todo el ejército lanzó un grito general; y los estandartes brillaron con la llegada del día. Los britanos se vieron distraídos por peligros opuestos; mientras los romanos en el campamento recuperaron el ánimo y, seguros de su salvación, comenzaron a luchar por la gloria. Ahora, por turnos, se lanzaron hacia el ataque, y se produjo un furioso enfrentamiento en las puertas del campamento; hasta que, por los esfuerzos emuladores de ambos ejércitos romanos, uno para prestar asistencia, el otro para parecer que no la necesitaba, el enemigo fue derrotado: y si los bosques y pantanos no hubieran protegido a los fugitivos, aquel día habría terminado la guerra.

27. Los soldados, inspirados por la firmeza que caracterizó y la fama que acompañó a esta victoria, gritaron que "nada podía resistir su valor; ahora era el momento de penetrar en el corazón de Caledonia, y en una serie continua de enfrentamientos descubrir por fin los límites últimos de Britania". Incluso aquellos que antes habían recomendado cautela y prudencia, ahora se volvieron temerarios y jactanciosos por el éxito. Es la dura condición del mando militar que una parte en los acontecimientos prósperos es reclamada por todos, pero las desgracias son imputadas a uno solo. Los britanos, mientras tanto, atribuyendo su derrota no a la superior valentía de sus adversarios, sino al azar y a la habilidad del general, no disminuyeron nada de su confianza; sino que procedieron a armar a su juventud, a enviar a sus esposas e hijos a lugares seguros y a ratificar la confederación de sus diversos estados mediante asambleas solemnes y sacrificios. Así, las partes se separaron con las mentes mutuamente irritadas.

28. Durante el mismo verano, una cohorte de usipios, que había sido reclutada en Alemania y enviada a Britania, realizó una acción extremadamente audaz y memorable. Tras asesinar a un centurión y a algunos soldados que habían sido incorporados a ellos con el propósito de instruirlos en la disciplina militar, se apoderaron de tres naves ligeras y obligaron a los patrones a embarcarse con ellos. Uno de estos, sin embargo, escapando a la orilla, mataron a los otros dos bajo sospecha; y antes de que el asunto fuera conocido públicamente, zarparon, como por milagro. Pronto se vieron a merced de las olas; y tuvieron frecuentes conflictos, con diversa fortuna, con los britanos, defendiendo su propiedad del pillaje. A la larga, se vieron reducidos a tal extremo de angustia que se vieron obligados a alimentarse unos de otros; siendo sacrificados primero los más débiles, y luego aquellos que eran tomados por sorteo. De esta manera, tras haber navegado alrededor de la isla, perdieron sus naves por falta de habilidad; y, siendo considerados como piratas, fueron interceptados, primero por los suevos, luego por los frisones. Algunos de ellos, tras ser vendidos como esclavos, por el cambio de amos fueron llevados al lado romano del río, y se hicieron notorios por la relación de sus extraordinarias aventuras.

29. A principios del verano siguiente, Agrícola recibió una severa herida doméstica con la pérdida de un hijo, de alrededor de un año. Llevó esta calamidad, no con la ostentosa firmeza que muchos han fingido, ni tampoco con las lágrimas y lamentaciones de la pena femenina; y la guerra fue uno de los remedios de su dolor. Tras haber enviado por delante su flota para esparcir sus estragos por varias partes de la costa, a fin de excitar una alarma extensa y dudosa, marchó con un ejército equipado para la expedición, al cual había unido a los más valientes de los britanos cuya fidelidad había sido probada por una larga lealtad, y llegó a las colinas Grampian, donde el enemigo ya estaba acampado. Pues los britanos, sin desanimarse por el resultado de la acción anterior, esperando venganza o esclavitud, y enseñados finalmente que el peligro común debía ser repelido por la unión sola, habían reunido la fuerza de todas sus tribus mediante embajadas y confederaciones. Más de treinta mil hombres en armas fueron vistos entonces; y la juventud, junto con aquellos de una edad sana y vigorosa, renombrados en la guerra y portando sus diversas condecoraciones honoríficas, seguían afluyendo; cuando Calgaco, el más distinguido por nacimiento y valor entre los jefes, se dice que arengó a la multitud, congregada alrededor y ávida de batalla, de la siguiente manera:

30. "Cuando reflexiono sobre las causas de la guerra y las circunstancias de nuestra situación, siento una fuerte persuasión de que nuestros esfuerzos unidos en el presente día resultarán el comienzo de la libertad universal para Britania. Pues estamos todos sin mancillar por la esclavitud; y no hay tierra detrás de nosotros, ni siquiera el mar ofrece refugio, mientras la flota romana se cierne alrededor. Así, el uso de las armas, que es en todo momento honorable para los valientes, ofrece ahora la única seguridad incluso a los cobardes. En todas las batallas que se han librado hasta ahora, con diversa fortuna, contra los romanos, nuestros compatriotas pueden considerarse como si hubieran depositado sus últimas esperanzas y recursos en nosotros: pues nosotros, los hijos más nobles de Britania, y por tanto estacionados en sus últimos recovecos, lejos de la vista de costas serviles, hemos preservado incluso nuestros ojos impolutos por el contacto de la sujeción. Nosotros, en los límites más lejanos tanto de la tierra como de la libertad, hemos sido defendidos hasta este día por la lejanía de nuestra situación y de nuestra fama. El extremo de Britania está ahora revelado; y todo lo que es desconocido se convierte en un objeto de magnitud. Pero no hay nación más allá de nosotros; nada más que olas y rocas, y los romanos, aún más hostiles, cuya arrogancia no podemos escapar por la obsequiosidad y la sumisión. Estos saqueadores del mundo, tras agotar la tierra por sus devastaciones, están despojando el océano: estimulados por la avaricia, si su enemigo es rico; por la ambición, si es pobre; insaciables por Oriente y por Occidente: el único pueblo que contempla la riqueza y la indigencia con igual avidez. Saquear, asesinar, usurpar bajo títulos falsos, lo llaman imperio; y donde hacen un desierto, lo llaman paz.

31. "Nuestros hijos y parientes son por el designio de la naturaleza lo más querido de todas las cosas para nosotros. Estos son arrancados por levas para servir en tierras extranjeras. Nuestras esposas y hermanas, aunque escapen a la violación de la fuerza hostil, son contaminadas bajo nombres de amistad y hospitalidad. Nuestras tierras y posesiones son consumidas en tributos; nuestro grano en contribuciones. Incluso nuestros cuerpos se desgastan entre latigazos e insultos limpiando bosques y drenando pantanos. Los desgraciados nacidos para la esclavitud son comprados una vez, y después mantenidos por sus amos: Britania cada día compra, cada día alimenta, su propia servidumbre. Y así como entre los esclavos domésticos cada recién llegado sirve para el escarnio y la burla de sus compañeros; así, en esta antigua casa del mundo, nosotros, como los más nuevos y viles, somos buscados para la destrucción. Pues no tenemos tierras cultivadas, ni minas, ni puertos, que puedan inducirlos a preservarnos por nuestros trabajos. El valor también y el espíritu insumiso de los súbditos solo los hacen más odiosos a sus amos; mientras que la lejanía y el secreto de la situación misma, en la medida en que conduce a la seguridad, tiende a inspirar sospecha. Dado que entonces toda esperanza de misericordia es vana, asumid por fin el valor, tanto vosotros a quienes la seguridad como vosotros a quienes la gloria es querida. Los trinobantes, incluso bajo una líder femenina, tuvieron fuerza suficiente para quemar una colonia, para asaltar campamentos y, si el éxito no hubiera amortiguado su vigor, habrían sido capaces de sacudirse por completo el yugo; ¿y no habremos de mostrar nosotros, intactos, insubyugados y luchando no por la adquisición sino por la seguridad de la libertad, al primer ataque, qué hombres ha reservado Caledonia para su defensa?"

«¿Podéis imaginar que los romanos son tan valientes en la guerra como licenciosos en la paz? Obteniendo renombre de nuestras discordias y disensiones, convierten las faltas de sus enemigos en la gloria de su propio ejército; un ejército compuesto por las naciones más diversas, al que solo el éxito ha mantenido unido y que la desgracia disipará con total seguridad. A no ser, ciertamente, que supongáis que los galos, los germanos y (me sonrojo al decirlo) incluso los britanos, quienes, aunque derraman su sangre para establecer un dominio extranjero, han sido más tiempo sus enemigos que sus súbditos, ¡serán retenidos por la lealtad y el afecto! El terror y el miedo son los únicos vínculos débiles del apego; y una vez rotos, aquellos que dejan de temer empezarán a odiar. Todo incentivo para la victoria está de nuestro lado. Los romanos no tienen esposas que los animen, ni padres que reprendan su huida. La mayoría de ellos no tiene hogar o lo tiene muy lejano. Pocos en número, ignorantes del terreno, mirando a su alrededor con horror silencioso hacia los bosques, los mares y un cielo que les es desconocido, están entregados por los dioses, como si estuvieran aprisionados y encadenados, en nuestras manos. No os dejéis aterrorizar por un espectáculo vano, por el brillo de la plata y el oro, que no puede proteger ni herir. En las mismas filas del enemigo encontraremos a nuestras propias bandas. Los britanos reconocerán su propia causa. Los galos recordarán su antigua libertad. El resto de los germanos los abandonarán, como los usipios han hecho recientemente. Tampoco hay nada formidable tras ellos: fuertes sin guarnición, colonias de ancianos, ciudades municipales enfermas y divididas entre amos injustos y súbditos que obedecen de mala gana. Aquí hay un general; aquí hay un ejército. Allí, tributos, minas y todo el cortejo de castigos infligidos a los esclavos; si debemos soportarlos eternamente o vengarlos al instante, este campo debe decidirlo. Marchad, pues, a la batalla y pensad en vuestros antepasados y en vuestra posteridad».

33. Recibieron esta arenga con presteza y testimoniaron su aplauso al modo bárbaro, con cánticos, alaridos y gritos disonantes. Y ahora las diversas divisiones se ponían en movimiento, se contemplaba el brillo de las armas, mientras los más audaces e impetuosos se apresuraban hacia el frente y la línea de batalla se formaba; cuando Agrícola, aunque sus soldados estaban de excelente ánimo y apenas podían ser contenidos dentro de sus atrincheramientos, encendió un ardor adicional con estas palabras:

«Es ya el octavo año, mis compañeros de armas, en el que, bajo los altos auspicios del Imperio romano, mediante vuestro valor y perseverancia habéis estado conquistando Britania. En tantas expediciones, en tantas batallas, ya sea que se os haya requerido ejercer vuestro coraje contra el enemigo o vuestros pacientes trabajos contra la propia naturaleza del país, ni yo he estado nunca insatisfecho con mis soldados, ni vosotros con vuestro general. En esta mutua confianza, hemos avanzado más allá de los límites de antiguos comandantes y antiguos ejércitos; y ahora conocemos la extremidad de la isla, no por rumores inciertos, sino por la posesión real con nuestras armas y nuestros campamentos. Britania ha sido descubierta y subyugada. Cuántas veces en la marcha, cuando estábamos estorbados por montañas, ciénagas y ríos, he oído a los más valientes entre vosotros exclamar: "¿Cuándo divisaremos al enemigo? ¿Cuándo seremos conducidos al campo de batalla?". Por fin han sido desalojados de sus refugios; vuestros deseos y vuestro valor tienen ahora libre campo; y cada circunstancia es igualmente propicia para el vencedor y ruinosa para el vencido. Pues, cuanto mayor sea nuestra gloria por haber marchado sobre vastas extensiones de tierra, penetrado en bosques y cruzado brazos de mar mientras avanzábamos hacia el enemigo, mayor será nuestro peligro y dificultad si intentáramos una retirada. Somos inferiores a nuestros enemigos en el conocimiento del país y menos capaces de asegurar suministros de provisiones; pero tenemos armas en nuestras manos y en ellas lo tenemos todo. Por mi parte, ha sido durante mucho tiempo mi principio que un general o un ejército que se retira nunca está a salvo. No solo hemos de reflexionar, pues, que la muerte con honor es preferible a la vida con ignominia, sino recordar que la seguridad y la gloria se asientan en el mismo lugar. Incluso caer en este extremo confín de la tierra y de la naturaleza no puede considerarse un destino sin gloria».

34. «Si naciones desconocidas o tropas no probadas se alinearan contra vosotros, os exhortaría con el ejemplo de otros ejércitos. Por el momento, recordad vuestros propios honores, consultad vuestros propios ojos. Estos son los que, el año pasado, atacando por sorpresa a una sola legión en la oscuridad de la noche, fueron puestos en fuga por un grito: los mayores fugitivos de todos los britanos, y por tanto los que más tiempo han sobrevivido. Al igual que al penetrar en bosques y malezas los animales más feroces se lanzan audazmente sobre los cazadores, mientras que los débiles y temerosos huyen ante su mismo ruido, así los más valientes de los britanos han caído hace mucho tiempo; el número restante consiste únicamente en los cobardes y pusilánimes, a quienes veis al fin a vuestro alcance, no porque hayan mantenido su posición, sino porque han sido alcanzados. Torpes por el miedo, sus cuerpos están fijados y encadenados en aquel campo, que para vosotros será pronto el escenario de una victoria gloriosa y memorable. Llevad aquí vuestros esfuerzos y servicios a una conclusión; cerrad una lucha de cincuenta años con un gran día; y convenced a vuestros compatriotas de que al ejército no se le debe imputar ni la prolongación de la guerra ni las causas de la rebelión».

35. Mientras Agrícola aún hablaba, el ardor de los soldados se hizo evidente; y tan pronto como terminó, estallaron en alegres aclamaciones e instantáneamente volaron a las armas. Así ansioso e impetuoso, los formó de manera que el centro estaba ocupado por la infantería auxiliar, en número de ocho mil, y tres mil jinetes se desplegaron en las alas. Las legiones fueron apostadas en la retaguardia, ante los atrincheramientos; una disposición que haría la victoria señaladamente gloriosa si se obtenía sin el gasto de sangre romana, y aseguraría apoyo si el resto del ejército fuera rechazado. Las tropas britanas, para mayor exhibición de sus números y apariencia más formidable, estaban dispuestas en las elevaciones, de modo que la primera línea se situaba en la llanura y las demás, como si estuvieran eslabonadas, se elevaban una sobre otra en la pendiente. Los aurigas y los jinetes llenaban el centro del campo con su tumulto y carreras. Entonces Agrícola, temiendo por el número superior del enemigo no fuera a verse obligado a luchar tanto en sus flancos como en el frente, extendió sus filas; y aunque esto hizo su línea de batalla menos firme, y varios de sus oficiales le aconsejaron traer a las legiones, sin embargo, lleno de esperanza y resuelto en el peligro, despidió a su caballo y tomó su posición a pie ante las enseñas.

36. Al principio la acción se llevó a cabo a distancia. Los britanos, armados con largas espadas y escudos cortos, con firmeza y destreza evitaban o desviaban nuestras armas arrojadizas, y al mismo tiempo vertían un torrente de las suyas. Agrícola entonces alentó a tres cohortes bátavas y dos tungrias a intervenir y entrar en combate cuerpo a cuerpo; un método de lucha familiar para estos soldados veteranos, pero embarazoso para el enemigo por la naturaleza de su armamento; pues las enormes espadas britanas, romas en la punta, son inadecuadas para el forcejeo cercano y el combate en un espacio confinado. Cuando los bátavos, por tanto, comenzaron a redoblar sus golpes, a golpear con los umbos de sus escudos y a destrozar los rostros del enemigo, y, derribando a todos los que se les resistían en la llanura, avanzaban con sus líneas hacia la pendiente, las otras cohortes, inflamadas de ardor y emulación, se unieron a la carga y derribaron a todo el que se interponía en su camino; y tan grande fue su impetuosidad en la búsqueda de la victoria que dejaron a muchos de sus enemigos medio muertos o ilesos tras ellos. Entretanto, las tropas de caballería emprendieron la huida, y los carros armados se mezclaron en el combate de la infantería; pero aunque su primer choque causó cierta consternación, pronto quedaron enredados entre las apretadas filas de las cohortes y las irregularidades del terreno. No quedó ni el menor rastro de un enfrentamiento de caballería, ya que los hombres, manteniendo difícilmente su posición durante mucho tiempo, eran arrastrados junto con los cuerpos de los caballos; y con frecuencia, carros dispersos y caballos aterrorizados sin sus jinetes, huyendo de diversos modos según los impulsaba el terror, se precipitaban oblicuamente a través o directamente entre las líneas.

37. Aquellos de los britanos que, aún libres de la lucha, estaban sentados en las cumbres de las colinas y contemplaban con desprecio despreocupado lo escaso de nuestros números, comenzaron ahora a descender gradualmente; y habrían caído sobre la retaguardia de las tropas victoriosas si Agrícola, previendo este mismo evento, no se hubiera opuesto a su ataque con cuatro escuadrones de reserva de caballería, los cuales, cuanto más furiosamente habían avanzado, los rechazaron con mayor celeridad. Su proyecto se volvió así contra ellos mismos; y se ordenó a los escuadrones girar desde el frente de la batalla y caer sobre la retaguardia del enemigo. Un espectáculo sorprendente y espantoso apareció ahora en la llanura: unos persiguiendo, otros golpeando, otros haciendo prisioneros, a quienes masacraban a medida que otros se cruzaban en su camino. Ahora, según dictaban sus diversas disposiciones, multitudes de britanos armados huían ante números inferiores, o unos pocos, incluso desarmados, se lanzaban contra sus enemigos y se ofrecían a una muerte voluntaria. Armas, cadáveres y miembros destrozados yacían esparcidos indiscriminadamente, y el campo estaba teñido de sangre. Incluso entre los vencidos se vieron ejemplos de rabia y valor. Cuando los fugitivos se acercaron a los bosques, se agruparon y rodearon a los más adelantados de los perseguidores, que avanzaban sin precaución y desconocían el terreno; y si Agrícola, que estaba presente en todas partes, no hubiera hecho que algunas cohortes fuertes y equipadas a la ligera cercaran el terreno, mientras parte de la caballería desmontaba para abrirse paso a través de la maleza y otra parte a caballo rastreaba los bosques abiertos, algún desastre habría resultado del exceso de confianza. Pero cuando el enemigo vio a sus perseguidores formados de nuevo en orden compacto, renovaron su huida, no en cuerpos como antes, ni esperando a sus compañeros, sino dispersos y evitándose mutuamente; y así tomaron su camino hacia los refugios más lejanos y apartados. La noche y la saciedad de la matanza pusieron fin a la persecución. Del enemigo diez mil fueron muertos; por nuestra parte cayeron trescientos sesenta; entre ellos Aulus Atticus, prefecto de una cohorte, quien, por su ardor juvenil y el ímpetu de su caballo, fue llevado al medio del enemigo.

38. El éxito y el botín contribuyeron a hacer la noche alegre para los vencedores; mientras que los britanos, errantes y desolados, en medio de los lamentos mezclados de hombres y mujeres, arrastraban a los heridos, llamaban a los ilesos, abandonaban sus moradas y en la rabia de la desesperación les prendían fuego, eligiendo lugares de ocultación y luego desertándolos, consultando entre ellos y luego separándose. A veces, al contemplar las queridas prendas de parentesco y afecto, se derretían en ternura, o con mayor frecuencia se encendían en furia; hasta tal punto que varios, según información auténtica, instigados por una compasión salvaje, pusieron manos violentas sobre sus propias esposas e hijos. Al día siguiente, un vasto silencio por todas partes, colinas desoladas, el humo distante de las casas en llamas y ni un alma viviente avistada por los exploradores, mostraban más ampliamente el rostro de la victoria. Después de que se enviaran destacamentos a todas partes sin descubrir ningún rastro cierto de la huida del enemigo, o cuerpos de ellos todavía en armas, como la tardanza de la estación hacía impracticable extender la guerra por el país, Agrícola llevó a su ejército a los confines de los Horesti. Tras recibir rehenes de este pueblo, ordenó al comandante de la flota navegar alrededor de la isla; para cuya expedición fue provisto con fuerza suficiente, y precedido por el terror del nombre romano. Él mismo luego condujo de regreso a la caballería y la infantería, marchando lentamente, para que pudiera impresionar un mayor temor en las naciones recién conquistadas; y finalmente distribuyó sus tropas en sus cuarteles de invierno. La flota, casi al mismo tiempo, con vientos propicios y renombre, entró en el puerto Trutulense, desde donde, bordeando toda la costa cercana de Britania, regresó intacta a su estación anterior.

39. El relato de estas transacciones, aunque despojado del adorno de las palabras en las cartas de Agrícola, fue recibido por Domiciano, como era costumbre en aquel príncipe, con expresiones externas de alegría, pero ansiedad interna. Era consciente de que su reciente triunfo simulado sobre Germania, en el cual había exhibido esclavos comprados, cuyas vestimentas y cabellos fueron dispuestos para darles el parecido de cautivos, era objeto de burla; mientras que aquí, una victoria real e importante, en la cual tantos miles del enemigo fueron muertos, era celebrada con aplauso universal. Su mayor temor era que el nombre de un hombre privado fuera exaltado por encima del del príncipe. En vano había silenciado la elocuencia del foro y echado una sombra sobre todos los honores civiles, si la gloria militar estaba todavía en posesión de otro. Otros logros podrían ser pasados por alto más fácilmente, pero los talentos de un gran general eran verdaderamente imperiales. Torturado con tales pensamientos ansiosos y rumiándolos en secreto, una señal cierta de alguna intención maligna, juzgó más prudente por el momento suspender su rencor, hasta que el primer estallido de gloria y el afecto del ejército remitieran: pues Agrícola aún poseía el mando en Britania.

40. Por tanto, hizo que el senado le decretara adornos triunfales, una estatua coronada de laurel y todos los demás honores que son sustitutos de un triunfo real, junto con una profusión de expresiones elogiosas; y también dirigió que se creara la expectativa de que la provincia de Siria, vacante por la muerte de Atilius Rufus, un hombre consular, y generalmente reservada para personas de la mayor distinción, estaba destinada para Agrícola. Era comúnmente creído que uno de los libertos, que eran empleados en servicios confidenciales, fue despachado con el instrumento nombrando a Agrícola para el gobierno de Siria, con órdenes de entregarlo si él aún estuviera en Britania; pero que este mensajero, encontrando a Agrícola en el estrecho, regresó directamente a Domiciano sin siquiera hablarle. Si esto fue realmente el hecho, o solo una ficción basada en el genio y el carácter del príncipe, es incierto. Agrícola, mientras tanto, había entregado la provincia, en paz y seguridad, a su sucesor; y para que su entrada en la ciudad no fuera hecha demasiado conspicua por el concurso y las aclamaciones del pueblo, declinó el saludo de sus amigos llegando en la noche; y fue de noche, como se le ordenó, al palacio. Allí, después de ser recibido con un leve abrazo, pero sin una palabra hablada, fue mezclado con la turba servil. En esta situación, intentó suavizar el resplandor de la reputación militar, que es ofensiva para aquellos que ellos mismos viven en la indolencia, mediante la práctica de virtudes de un matiz diferente. Se resignó a la comodidad y la tranquilidad, fue modesto en su vestimenta y equipaje, afable en la conversación, y en público solo estaba acompañado por uno o dos de sus amigos; hasta tal punto que muchos, que están acostumbrados a formar sus ideas de los grandes hombres por su séquito y figura, cuando contemplaban a Agrícola, eran aptos para poner en duda su renombre: pocos podían interpretar su conducta.

41. Fue frecuentemente, durante aquel período, acusado en su ausencia ante Domiciano, y en su ausencia también absuelto. La fuente de su peligro no era ninguna acción criminal, ni la queja de ninguna persona injuriada; sino un príncipe hostil a la virtud y a su propia alta reputación, y el peor tipo de enemigos, los eulogistas. Pues la situación de los asuntos públicos que sobrevino era tal que no permitiría que el nombre de Agrícola descansara en el silencio: tantos ejércitos en Moesia, Dacia, Germania y Pannonia perdidos por la temeridad o cobardía de sus generales; tantos hombres de carácter militar, con numerosas cohortes, derrotados y hechos prisioneros; mientras una disputa dudosa era mantenida, no por los límites del imperio y las riberas de los ríos fronterizos, sino por los cuarteles de invierno de las legiones y la posesión de nuestros territorios. En este estado de cosas, cuando la pérdida sucedía a la pérdida y cada año era señalado por desastres y masacres, la voz pública exigía ruidosamente a Agrícola como general: comparando cada uno su vigor, firmeza y experiencia en la guerra con la indolencia y pusilanimidad de los otros. Es cierto que los oídos de Domiciano mismo fueron asaltados por tales discursos, mientras que los mejores de sus libertos le presionaban a la elección a través de motivos de fidelidad y afecto, y los peores a través de la envidia y la malignidad, emociones a las que él era de por sí suficientemente propenso. Así Agrícola, tanto por sus propias virtudes como por los vicios de otros, fue urgido precipitadamente hacia la gloria.

42. El año llegó ahora en el que el proconsulado de Asia o África debía caer por sorteo sobre Agrícola; y como Civica había sido recientemente puesto a muerte, Agrícola no estaba desprovisto de una lección, ni Domiciano de un ejemplo. Algunas personas, conocedoras de las inclinaciones secretas del emperador, fueron a Agrícola y preguntaron si intentaba ir a su provincia; y primero, algo distantemente, comenzaron a elogiar una vida de ocio y tranquilidad; luego ofrecieron sus servicios para lograr que fuera excusado del cargo; y finalmente, arrojando todo disfraz, después de usar argumentos tanto para persuadirlo como para intimidarlo, le obligaron a acompañarlos ante Domiciano. El emperador, preparado para disimular y asumiendo un aire de majestuosidad, recibió su petición de excusa y se permitió ser formalmente agradecido por concederla, sin sonrojarse ante un favor tan odioso. No otorgó, sin embargo, a Agrícola el salario usualmente ofrecido a un procónsul, y que él mismo había otorgado a otros; ya fuera tomando ofensa porque no fue solicitado, o sintiendo una conciencia de que parecería un soborno por lo que él había en realidad extorsionado por su autoridad. Es un principio de la naturaleza humana odiar a aquellos a quienes hemos injuriado; y Domiciano era constitucionalmente propenso a la ira, que era tanto más difícil de ser evitada, en proporción a cuanto más estaba disfrazada. Aun así fue suavizado por el temperamento y la prudencia de Agrícola; quien no pensó necesario, mediante un espíritu contumaz o una vana ostentación de libertad, desafiar la fama o urgir su destino. Que sean advertidos aquellos que están acostumbrados a admirar toda oposición al control, que incluso bajo un mal príncipe los hombres pueden ser verdaderamente grandes; que la sumisión y la modestia, si van acompañadas de vigor e industria, elevarán un carácter a una altura de estima pública igual a aquella que muchos, a través de caminos abruptos y peligrosos, han alcanzado, sin beneficio para su país, mediante una muerte ambiciosa.

43. Su fallecimiento fue una severa aflicción para su familia, un pesar para sus amigos y motivo de tristeza incluso para extranjeros y para aquellos que no tenían conocimiento personal de él. El pueblo llano también, y la clase que poco se interesa por los asuntos públicos, fueron frecuentes en sus indagaciones en su casa durante su enfermedad, y lo convirtieron en tema de conversación en el foro y en los círculos privados; ni hubo persona que se regocijara con la noticia de su muerte, ni que la olvidara pronto. Su conmiseración se vio agravada por un rumor predominante de que había sido eliminado por veneno. No puedo aventurarme a afirmar nada cierto sobre este asunto; sin embargo, durante todo el curso de su enfermedad, el principal de los libertos imperiales y el más confidencial de los médicos fue enviado mucho más frecuentemente de lo que era habitual en una corte cuyas visitas se realizaban principalmente mediante mensajes; ya fuera que esto se hiciera por verdadera solicitud o con fines de inquisición estatal. El día de su fallecimiento, es cierto que se transmitían a cada instante al emperador, mediante correos apostados para tal fin, los informes sobre su inminente disolución; y nadie creyó que la información, que se tomó tanto esfuerzo en acelerar, pudiera ser recibida con pesar. Adoptó, sin embargo, en su semblante y comportamiento, la apariencia de dolor: pues ahora estaba a salvo de un objeto de odio, y podía ocultar más fácilmente su alegría que su miedo. Era bien sabido que, al leer el testamento, en el que era nombrado coheredero junto con la excelente esposa y la más obediente hija de Agrícola, expresó gran satisfacción, como si hubiera sido un testimonio voluntario de honor y estima: tan ciega y corrupta había sido su mente por la adulación continua, que ignoraba que nadie, salvo un mal príncipe, podía ser nombrado heredero de un buen padre.

44. Agrícola nació en los idus de junio, durante el tercer consulado de Cayo César; murió en su quincuagésimo sexto año, el décimo de las calendas de septiembre, cuando Colega y Prisco eran cónsules. La posteridad puede desear formarse una idea de su persona. Su figura era agraciada más que majestuosa. En su rostro no había nada que infundiera temor; su carácter era amable y atrayente. Hubieras creído fácilmente que era un buen hombre, y deseado que fuera uno grande. Y, de hecho, aunque fue arrebatado en medio de una edad vigorosa, si su vida se mide por su gloria, fue un periodo de la mayor extensión. Pues tras el pleno disfrute de todo lo que es verdaderamente bueno, que se encuentra solo en las búsquedas virtuosas, decorado con adornos consulares y triunfales, ¿qué más podría contribuir la fortuna a su elevación? La riqueza inmoderada no cayó en su parte, pero poseía una decente holgura. Sobreviviéndole su esposa e hija, su dignidad intacta, su reputación floreciente y sus parientes y amigos aún a salvo, puede incluso considerarse una felicidad adicional que fuera así retirado de los males inminentes. Pues, como le hemos oído expresar sus deseos de continuar hasta el amanecer del presente día auspicioso, y contemplar a Trajano en el asiento imperial —deseos en los que formó un presagio cierto del acontecimiento—; así es un gran consuelo que, por su muerte prematura, escapara a ese periodo posterior en el que Domiciano, no por intervalos y remisiones, sino por un acto continuo y, por así decir, único, apuntó a la destrucción de la mancomunidad.

45. Agrícola no contempló la casa del senado asediada, y a los senadores encerrados por un círculo de armas; y en un solo estrago la masacre de tantos hombres consulares, la huida y el destierro de tantas mujeres honorables. Aún Carus Metius se distinguía solo por una victoria; los consejos de Mesalino resonaban solo a través de la ciudadela albanesa; y Massa Baebius estaba él mismo entre los acusados. Poco después, nuestras propias manos arrastraron a Helvidius a la prisión; nosotros mismos fuimos torturados con el espectáculo de Mauricus y Rusticus, y rociados con la sangre inocente de Senecio.

Incluso Nerón retiró sus ojos de las crueldades que ordenaba. Bajo Domiciano, era la parte principal de nuestras miserias contemplar y ser contemplados: cuando nuestros suspiros eran registrados; y ese semblante severo, con su enrojecimiento asentado, su defensa contra la vergüenza, era empleado en anotar el pálido horror de tantos espectadores. ¡Feliz, oh Agrícola!, no solo en el esplendor de tu vida, sino en la oportunidad de tu muerte. Con resignación y alegría, según el testimonio de quienes estuvieron presentes en tus últimos momentos, encontraste tu destino, como si te esforzaras con todo tu poder por hacer que el emperador pareciera libre de culpa. Pero para mí y para tu hija, además de la angustia de perder a un padre, permanece la aflicción agravante de que no fuera nuestro destino velar tu lecho de enfermo, sostenerte cuando desfallecías y saciarnos contemplándote y abrazándote. ¡Con qué atención habríamos recibido tus últimas instrucciones, y grabado en nuestros corazones! Este es nuestro dolor; esta es nuestra herida: para nosotros fuiste perdido cuatro años antes por una tediosa ausencia. Todo, sin duda, oh mejor de los padres!, fue administrado para tu consuelo y honor, mientras una esposa muy afectuosa se sentaba a tu lado; sin embargo, menos lágrimas fueron derramadas sobre tu féretro, y en la última luz que tus ojos contemplaron, algo faltaba todavía.

46. Si hay alguna morada para las sombras de los virtuosos; si, como suponen los filósofos, las almas exaltadas no perecen con el cuerpo; que descanses en paz, y llámanos, tu casa, del vano pesar y las lamentaciones femeninas, a la contemplación de tus virtudes, que no permiten lugar para el luto o la queja! Adornemos más bien tu memoria con nuestra admiración, con nuestras alabanzas de corta vida y, hasta donde nuestras naturalezas lo permitan, con una imitación de tu ejemplo. Esto es verdaderamente honrar a los muertos; esta es la piedad de todo pariente cercano. También recomendaría a la esposa y a la hija de este gran hombre, que muestren su veneración a la memoria de un esposo y un padre haciendo girar sus acciones y palabras en sus pechos, y esforzándose por retener una idea de la forma y los rasgos de su mente, más que de su persona. No es que rechace esas semejanzas de la figura humana que están grabadas en bronce o mármol; pero como sus originales son frágiles y perecederos, así también lo son ellos: mientras que la forma de la mente es eterna, y no puede ser retenida o expresada por ninguna materia extraña, o la habilidad del artista, sino por las maneras de los sobrevivientes. Lo que sea en Agrícola que fue objeto de nuestro amor, de nuestra admiración, permanece, y permanecerá en las mentes de los hombres, transmitido en los registros de la fama, a través de una eternidad de años. Pues, mientras muchos grandes personajes de la antigüedad se verán envueltos en un olvido común con los viles e ingloriosos, Agrícola sobrevivirá, representado y consignado a las edades futuras.

[41] A pesar de que la manera de combatir ha cambiado tanto en tiempos modernos, las armas de los antiguos siguen en uso. Nosotros, al igual que ellos, tenemos dos clases de espadas, la de punta afilada y la de filo (espada ropera y sable). La lanza ancha subsistió hasta hace poco en la alabarda; la pica y la framea en la larga pica y el espontón; las armas arrojadizas en el hacha de guerra, o tomahawk norteamericano. Además, se encuentran en los antiguos túmulos germanos bolas de piedra perforadas, que arrojaban mediante correas pasadas a través de ellas.

[42] Nudi. El término latino nudus, al igual que el griego gemnos, no señala a una persona desprovista de toda vestimenta, sino simplemente a alguien sin una prenda superior; vestido solo con un chaleco o túnica, y quizás una corta.—White.

[43] Esta decoración denotaba al principio el valor, y después la nobleza, de quien la portaba; y con el paso del tiempo dio origen a las insignias heráldicas tan famosas en las edades de la caballería. Los escudos de los hombres comunes eran simplemente de color; los de los jefes tenían figuras de animales pintadas en ellos.

[44] Plutarco, en su Vida de Mario, describe de manera algo distinta las armas y el equipo de los cimbrios. «Llevaban (dice él) cascos que representaban cabezas de fieras y otras figuras inusuales, coronados con un penacho alado, para parecer más altos. Estaban cubiertos con cotas de malla de hierro y portaban escudos blancos y brillantes. Cada uno tenía un hacha de combate; y en el combate cuerpo a cuerpo usaban espadas grandes y pesadas». Pero el docto Eccard observa con acierto que habían obtenido estas armas en su marcha; pues los túmulos de Holstein de esa época contienen pocas armas de bronce, y ninguna de hierro; sino puntas de lanza de piedra y, en lugar de espadas, los cuerpos en forma de cuña vulgarmente llamados rayos.

[45] Los cascos (cassis) son de metal; los yelmos (galea) de cuero.—Isidoro.

[46] Este modo de combatir es admirablemente descrito por César. «Los germanos luchaban de la siguiente manera: había 6000 caballos y un número igual de infantes, los más rápidos y valientes, elegidos hombre por hombre por la caballería para su protección. Por ellos eran escoltados en la batalla; a ellos se retiraban; y ellos, si eran fuertemente presionados, se unían al combate. Si alguno caía herido de su caballo, por ellos era cubierto. Si era necesario avanzar o retirarse a una distancia considerable, tal agilidad habían adquirido con el ejercicio que, apoyándose en las crines de los caballos, mantenían el paso con ellos».—Bell. Gall. i. 48.

[47] Para entender esto, ha de notarse que los germanos estaban divididos en naciones o tribus; estas en cantones, y estas en distritos o municipios. Los cantones (pagi en latín) eran llamados por ellos mismos gauen. Los distritos o municipios (vici) eran llamados hunderte, de donde provienen los hundreds ingleses. El nombre dado a estos jóvenes selectos, según el docto Dithmar, era die hunderte, hombres de cien. Del siguiente pasaje de César se desprende que en las tribus más poderosas se seleccionaba un mayor número de cada cantón. «La nación de los suevos es con mucho la mayor y más guerrera de los germanos. Se dice que habitan cien cantones; de cada uno de los cuales mil hombres son enviados anualmente a hacer la guerra fuera de sus propios territorios. Así, ni las tareas de la agricultura ni el uso de las armas se interrumpen».—Bell. Gall. iv. 1. Los guerreros eran convocados por el heribannum, o edicto de ejército; de donde se deriva el francés arrière-ban.

[48] Una cuña es descrita por Vegecio (iii. 19) como un cuerpo de infantería, estrecho por el frente y ensanchándose hacia atrás; disposición por la cual eran capaces de romper las filas del enemigo, ya que todas sus armas se dirigían a un solo punto. Los soldados lo llamaban cabeza de jabalí.

[49] También se consideraba el colmo de la injuria acusar a una persona de esto injustamente. Así, por la ley sálica, tit. xxxiii, 5, se impone una multa de 600 denarios (unas 9 libras) a «todo hombre libre que acuse a otro de arrojar su escudo y huir, sin ser capaz de probarlo».

[50] Vertot (Mém. de l'Acad. des Inscrip.) supone que los maires du palais franceses tuvieron su origen en estos líderes militares germanos. Si los reyes eran tan destacados por su valor como por su linaje, unían el mando real con el militar. Por lo general, sin embargo, varios reyes y generales se reunían en sus guerras. En este caso, el más eminente mandaba y obtenía una jurisdicción común en la guerra, que no subsistía en tiempos de paz. Así César (Bell. Gall. vi.) dice: «En paz no tienen magistratura común». Un general era elegido colocándolo sobre un escudo y alzándolo sobre los hombros de los presentes. El mismo ceremonial se observaba en la elección de los reyes.

[51] De ahí que Ambíorix, rey de los eburones, declarara que «la naturaleza de su autoridad era tal que el pueblo no tenía menos poder sobre él que él sobre el pueblo».—César, Bell. Gall. v. La autoridad de los jefes norteamericanos es casi exactamente similar.

[52] El poder de vida y muerte, sin embargo, estaba en manos de los magistrados. Así César: «Cuando un estado se compromete en una guerra ofensiva o defensiva, se eligen magistrados para presidirla y ejercer el poder de vida y muerte».—Bell. Gall. vi. La imposición de castigos se encomendaba a los sacerdotes, para darles más solemnidad y hacerlos menos odiosos.

[53] Effigiesque et signa quaedam. Que effigies no significa las imágenes de sus deidades queda probado por lo que se expone en el cap. ix., a saber, que consideraban despectivo para sus deidades representarlas en forma humana; y, si no en forma humana, podemos argüir, a fortiori, en forma de animales inferiores. La interpretación del pasaje se derivará mejor de Hist. iv. 22, donde Tácito dice: «Depromptae silvis lucisve ferarum imagines, ut cuique genti inire praelium mos est». De aquí parecería que estas effigies y signa eran imágenes de animales salvajes, y eran estandartes nacionales preservados con cuidado religioso en bosques y arboledas sagrados, de donde eran sacados cuando el clan o la tribu estaba a punto de entrar en campaña.—White.

[54] No solo se interponían para impedir la huida de sus esposos e hijos, sino que, en emergencias desesperadas, ellas mismas participaban en la batalla. Esto ocurrió en la derrota de los cimbrios a manos de Mario (que se mencionará más adelante); y Dión relata que, cuando Marco Aurelio derrotó a los marcomanos, cuados y otros aliados germanos, se encontraron cuerpos de mujeres con armadura entre los muertos.

[55] Así, en el ejército de Ariovisto, las mujeres, con el cabello desgreñado y llorando, suplicaban a los soldados que no las entregaran cautivas a los romanos.—César, Bell. Gall. i.

[56] Relacionada con esto, tal vez, sea una circunstancia mencionada por Suetonio en su Vida de Augusto. «De algunas naciones intentó exigir un nuevo tipo de rehenes: mujeres, porque observó que las del sexo masculino eran descuidadas».—Aug. xxi.

[57] Véase la misma observación con respecto a las mujeres celtas, en Plutarco, sobre las virtudes de las mujeres. Los norteamericanos prestan una consideración similar a sus mujeres.

[58] Un ejemplo notable de esto es dado por César. «Cuando indagó de los cautivos la razón por la que Ariovisto no atacaba, supo que era porque las matronas, que entre los germanos acostumbran a pronunciar, por sus adivinaciones, si una batalla será favorable o no, habían declarado que no resultarían victoriosos si luchaban antes de la luna nueva».—Bell. Gall. i. La manera cruel en que las mujeres cimbrias realizaban sus adivinaciones es relatada así por Estrabón: «Las mujeres que siguen a los cimbrios a la guerra son acompañadas por profetisas de cabellos canos, con vestiduras blancas, mantos de lona sujetos por broches, cinturón de bronce y pies descalzos. Estas van con espadas desenvainadas por el campamento y, derribando a los prisioneros que encuentran, los arrastran hacia una caldera de bronce que contiene unos veinte ánforas. Esta tiene una especie de estrado sobre ella; subiendo al cual, la sacerdotisa corta el cuello de la víctima y, por la forma en que la sangre fluye al recipiente, juzga el evento futuro. Otras desgarran los cuerpos de los cautivos así descuartizados y, por la inspección de las entrañas, presagian la victoria para su propio bando».—Lib. vii.

[59] Fue posteriormente hecha prisionera por Rutilio Gálico. Estacio, en sus Silvas, i. 4, se refiere a este evento. Tácito tiene más sobre ella en su Historia, iv. 61.

[60] Viradesthis era una diosa de los tungros; Harimella, otra deidad provincial; cuyos nombres fueron encontrados por el señor Pennant inscritos en altares en la estación romana de Burrens. Estos fueron erigidos por los auxiliares germanos.—Vide Tour in Scotland, 1772, parte ii, p. 406.

[61] Ritter considera que aquí hay una referencia a la servil adulación del senado como se exhibió en tiempos de Nerón, mediante la deificación de la hija infante de Popea, y más tarde de ella misma. (Véase Ann. xv. 23, Dion. lxiii, Ann. xiv. 3). No hay contradicción en el presente pasaje con el hallado en Hist. iv. 61, donde Tácito dice: «plerasque feminarum fatidicas et, augescente superstitione, arbitrantur deas»; esto es, consideran (arbitrantur) a muchas de sus mujeres dotadas de poderes proféticos y, a medida que su sentimiento religioso aumenta, las consideran (arbitrantur) diosas, es decir, dotadas de una naturaleza sobrehumana; no obstante, no las hacen diosas ni las adoran, como hicieron los romanos con Popea y su hija, lo cual está implícito de manera encubierta en facerent deas.—White.

[62] Mercurio, es decir, un dios a quien Tácito llama así porque sus atributos se asemejaban a los del Mercurio romano. Según Paulo Diácono (de Gestis Langobardorum, i. 9), esta deidad era Wodun, o Gwodan, también llamado Odín. Mallet (North. Ant. ch. v.) dice que en la mitología islandesa es llamado «el Dios terrible y severo, el Padre de la Matanza, aquel que da la victoria y recibe el valor en el conflicto, quien nombra a aquellos que han de ser muertos». «Los germanos retrataron a sus dioses según su propio carácter, quienes ellos mismos no amaban nada tanto como mostrar su fuerza y poder en la batalla, y señalar su venganza sobre sus enemigos mediante la matanza y la desolación». Permanecen hasta el día de hoy algunos rastros del culto rendido a Odín en el nombre dado por casi todos los pueblos del norte al cuarto día de la semana, que anteriormente le estaba consagrado. Es llamado por un nombre que significa «día de Odín»; nórdico antiguo, Odinsdagr; sueco y danés, Onsdag; anglosajón, Wodenesdaeg, Wodnesdaeg; holandés, Woensdag; inglés, Wednesday. Como se suponía que Odín o Wodun correspondía al Mercurio de los griegos y romanos, el nombre de este día se expresó en latín Dies Mercurii.—White.

[63] «El tiempo señalado para estos sacrificios», dice Mallet (North. Ant. ch. vi.), «estaba siempre determinado por una opinión supersticiosa que hacía que las naciones del norte consideraran el número 'tres' como sagrado y particularmente querido por los dioses. Así, cada noveno mes renovaban la sangrienta ceremonia, que duraba nueve días, y cada día ofrecían nueve víctimas vivas, ya fueran hombres o animales. Pero los sacrificios más solemnes eran los que se ofrecían en Upsala, en Suecia, cada noveno año...». Tras declarar la naturaleza obligatoria de la asistencia a este festival, Mallet añade: «Entonces elegían entre los cautivos en tiempo de guerra, y entre los esclavos en tiempo de paz, nueve personas para ser sacrificadas. De cualquier manera que inmolasen a los hombres, el sacerdote siempre tenía cuidado, al consagrar a la víctima, de pronunciar ciertas palabras, como 'Te dedico a Odín', 'Te envío a Odín'». Véase Lucano i. 444.

«Et quibus immitis placatur sanguine diro Teutates, horrensque feris altaribus Hesus».

Teutates es Mercurio, Hesus, Marte. Así también en iii. 399, etc.

«Lucus erat longo nunquam violatus ab aevo. ... Barbara ritu Sacra Deum, structae diris altaribus arae, Omnis et humanis lustrata cruoribus arbor».

[64] Es decir, como en el caso anterior, una deidad cuyos atributos correspondían a los del Marte romano. Esto parece no haber sido Thor, que es más bien el representante del Júpiter romano, sino Tyr, «un dios guerrero y protector de los campeones y hombres valientes». «De Tyr se deriva el nombre dado al tercer día de la semana en la mayoría de las lenguas teutónicas, y que ha sido traducido al latín como Dies Martis. Nórdico antiguo, Tirsdagr, Tisdagr; sueco, Tisdag; danés, Tirsdag; alemán, Dienstag; holandés, Dingsdag; anglosajón, Tyrsdaeg, Tyvesdaeg, Tivesdaeg; inglés, Tuesday».—(Mallet's North. Ant. ch. v.)—White.

[65] Los suevos parecen haber sido las tribus germánicas, y este también el culto mencionado en el cap. xl. Signum in modum liburnae figuration corresponde con el vehiculum allí mencionado; siendo la cosa real, según la visión de Ritter, una pinaza colocada sobre ruedas. Que el signum ipsum («el símbolo mismo») no significa ninguna imagen de la diosa puede deducirse también del cap. xl., donde la diosa misma, si credere velis, se dice que es lavada en el lago sagrado.

[66] Al igual que los romanos en sus antiguas monedas, muchas de las cuales existen aún, registraron la llegada de Saturno mediante la popa de un barco; así otras naciones han denotado frecuentemente la importación de un rito religioso extranjero mediante la figura de una galera en sus medallas.

[67] Tácito habla en otros lugares de templos de divinidades germanas (p. ej. 40; Templum Nerthae, Ann. i. 51; Templum Tanfanae); pero una arboleda consagrada, o cualquier otro lugar sagrado, era llamado templum por los romanos.

[68] Los escitas son mencionados por Heródoto, y los alanos por Amiano Marcelino, como usuarios de estas varas adivinatorias. El método germano de adivinación con ellas se ilustra con lo dicho por Saxo-Grammaticus (Hist. Dan. xiv, 288) sobre los habitantes de la isla de Rügen en el mar Báltico: «Arrojando, a modo de suertes, tres pedazos de madera, blancos por una parte y negros por otra, en sus regazos, predecían la buena fortuna por la aparición del blanco; la mala por la del negro».

[69] La misma práctica existía entre los persas, de quienes parecen provenir los germanos. Darío fue elegido rey por el relincho de un caballo; había caballos blancos sagrados en el ejército de Ciro; y Jerjes, retirándose tras su derrota, era precedido por los caballos sagrados y el carro consagrado. Justino (i. 10) menciona la causa de esta superstición, a saber, que «los persas creían que el Sol era el único Dios, y los caballos peculiarmente consagrados a él». El sacerdote de la isla de Rügen también tomaba auspicios de un caballo blanco, como puede verse en Saxo-Grammaticus.

[70] Montesquieu encuentra en esta costumbre el origen del duelo y de la caballería andante.

[71] Este notable pasaje, tan curioso en la historia política, es comentado por Montesquieu en su Espíritu de las leyes, vi. 11. Ese célebre autor expresa su sorpresa ante la existencia de tal equilibrio entre la libertad y la autoridad en los bosques de Alemania; y rastrea el origen de la constitución inglesa a partir de esta fuente. Tácito menciona de nuevo la forma de gobierno germana en sus Anales, iv. 33.

[72] La gran antigüedad de este modo de contar aparece en el Libro del Génesis. «Y fue la tarde y la mañana el primer día». Los galos, según nos informa César, «afirman que, según la tradición de sus druidas, todos descienden del Padre Dis; por cuya razón calculan todo período de tiempo según el número de noches, no de días; y observan los cumpleaños y el comienzo de los meses y años de tal manera que el día parece seguir a la noche». (Bell. Gall. vi. 18). Los vestigios de este método de cálculo aún aparecen en la lengua inglesa, en los términos se'nnight y fort'night.

[73] Ut turbae placuit. Doederlein interpreta este pasaje como representativo de la manera confusa en que la gente tomaba sus asientos en la asamblea nacional, sin referencia a orden, rango, edad, etc. Sin embargo, más bien representa que el pueblo, no los jefes, determinaba cuándo debían comenzar los asuntos del consejo.—White.

[74] Y en una llanura abierta. Vastos montones de piedra que aún permanecen denotan las escenas de estos consejos nacionales. (Véase la Introducción a la Historia de Dinamarca de Mallet). Se ha supuesto que el Stonehenge inglés es una reliquia de este tipo. En estas asambleas se ve el origen de aquellas que, bajo la raza merovingia de reyes franceses, fueron llamadas los Campos de Marzo; bajo la carolingia, los Campos de Mayo; luego, las Cortes Plenarias de Navidad y Pascua; y, por último, los Estados Generales.

[75] El discurso de Civilis fue recibido con esta expresión de aplauso. Tácito, Hist. iv. 15.

[76] Ejecutados vivos en la horca. Se dictaron severas penas contra quienes los descolgasen, vivos o muertos. Estas se detallan en la ley sálica.

[77] Por cobardes y apocados, en este pasaje, se entiende probablemente a aquellos que, siendo convocados a la guerra, rehusaron o descuidaron ir. César (Bell. Gall. vi. 22) menciona que aquellos que rehusaban seguir a sus jefes a la guerra eran considerados como desertores y traidores. Y, más tarde, el emperador Clotario promulgó el siguiente edicto, conservado en la ley lombarda: «Cualquier hombre libre, convocado a la defensa de su país por su Conde, o sus oficiales, que descuide ir, y el enemigo entre en el país para arrasarlo, o dañe de otro modo a nuestros vasallos, incurrirá en pena capital». Como los crímenes de cobardía, traición y deserción eran tan odiosos e ignominiosos entre los germanos, encontramos en la ley sálica que se anexaban penas a la injusta imputación de los mismos.

[78] Estos eran tan raros y tan infames entre los germanos que el simple hecho de llamar a una persona con un nombre que los significase era severamente castigado.

[79] Los incestuosos eran enterrados vivos en ciénagas en Escocia. Pennant's Tour in Scotland, 1772; parte i, p. 351; y parte ii, p. 421.

[80] Entre estas ofensas menores, sin embargo, se contaban el homicidio, el adulterio, el robo y muchas otras de tipo similar. Esto aparece en las leyes de los germanos y en un pasaje posterior del propio Tácito.

[81] Estas eran en aquel tiempo las únicas riquezas del país, como ya se observó en este tratado. Más tarde, el oro y la plata se volvieron abundantes: de ahí que todas las multas exigidas por la ley sálica sean pecuniarias. El dinero, sin embargo, aún mantenía una proporción fija con respecto al ganado; como aparece en la ley sajona (Tit. xviii.): «El Solidus es de dos clases; uno contiene dos tremisses, es decir, una res de doce meses, o una oveja con su cordero; el otro, tres tremisses, o una res de dieciséis meses. El homicidio se compensa con el solidus menor; otros crímenes con el mayor». Los sajones tenían su Weregeld; los escoceses su Cro, Galnes y Kelchin; y los galeses su Gwerth y Galanus, o compensaciones por daños; y el ganado era igualmente la multa habitual. Vide Pennant's Tour in Wales of 1773, pp. 273, 274.

[82] Esta multa es frecuentemente llamada en la ley sálica «fred», es decir, paz; porque era pagada al rey o al estado, como guardianes de la paz pública.

[83] Una breve relación de la economía civil de los germanos será útil aquí. Estaban divididos en naciones; de las cuales algunas estaban bajo un gobierno real, otras republicano. Las primeras tenían reyes, las segundas jefes. Tanto en los reinos como en las repúblicas, los asuntos militares estaban bajo la conducción de los generales. Las naciones estaban divididas en cantones; cada uno de los cuales era supervisado por un jefe, o conde, que administraba justicia en él. Los cantones estaban divididos en distritos o cientos, llamados así porque contenían cien villas o municipios. En cada cien había un compañero, o centenario, elegido del pueblo, ante quien se juzgaban las causas pequeñas. Ante el conde, todas las causas, tanto grandes como pequeñas, eran apelables. Los centenarios son llamados compañeros por Tácito, siguiendo la costumbre de los romanos; entre quienes los títulos de honor eran, César, el Legatus o Teniente de César, y sus comites, o compañeros. Los tribunales de justicia se celebraban al aire libre, en una elevación, bajo la sombra de un roble, olmo o algún otro árbol grande.

[84] Incluso los jueces estaban armados en el asiento de la justicia. Los romanos, por el contrario, nunca iban armados sino cuando estaban realmente comprometidos en el servicio militar.

[85] Estos son los rudimentos de la famosa institución de la caballería. Los hijos de los reyes parecen haber recibido armas de príncipes extranjeros. De ahí que, cuando Audoin, tras vencer a los gépidos, fue invitado por los lombardos a cenar con su hijo Alboino, su compañero en la victoria, se negó; pues, dice él, «sabéis que no es costumbre entre nosotros que el hijo de un rey cene con su padre hasta que haya recibido armas del rey de otro país».—Warnefrid, De gestis Langobardorum, i. 23.

[86] Una alusión a la toga virilis de los romanos. A los jóvenes germanos se les entregaba el escudo y la lanza probablemente a los doce o quince años de edad. Esta temprana iniciación en los asuntos de las armas les confería ese carácter belicoso por el cual eran tan célebres. Así, Séneca (Epist. 46) dice: «Un nativo de Alemania blande, siendo aún un muchacho, su delgada jabalina». Y de nuevo (en su libro sobre la Ira, i. 11): «¿Quiénes son más valientes que los germanos? ¿Quiénes más impetuosos en la carga? ¿Quiénes más aficionados a las armas, en cuyo uso nacen y se nutren, que son su único cuidado? ¿Quiénes más habituados a las privaciones, hasta el punto de que, en su mayor parte, no proporcionan cobertura a sus cuerpos, ni refugio contra la perpetua severidad del clima?».

[87] De ahí parece que estos nobles muchachos eran considerados principes en rango, aunque tenían su posición solo entre los comites. La palabra alemana Gesell está peculiarmente apropiada para estos camaradas de armas. Tan altamente eran estimados en Alemania que, por matarles o herirles, se exigía una multa triple a la de otros hombres libres.

[88] De ahí que, cuando Chonodomarus, rey de los alamanes, fue hecho prisionero por los romanos, «sus compañeros, en número de doscientos, y tres amigos peculiarmente apegados a él, pensando que era infame sobrevivir a su príncipe, o no morir por él, se entregaron para ser puestos en cadenas».—Ammianus Marcellinus, xvi. 13.

[89] De ahí que Montesquieu (Espíritu de las leyes, xxx, 3) derive justamente el origen del vasallaje. Al principio, el príncipe daba a sus nobles armas y provisiones: a medida que avanzaba la avaricia, se requería dinero, y luego tierras, que de beneficios se convirtieron finalmente en posesiones hereditarias y fueron llamadas feudos. De ahí el establecimiento del sistema feudal.

[90] César, con menos precisión, dice: «Los germanos pasan toda su vida en la caza y en ejercicios militares». (Bell. Gall, vi. 21.) El cuadro trazado por Tácito es más consonante con el genio de un pueblo bárbaro: además de que, siendo la caza el empleo de solo unos pocos meses del año, una mayor parte debía necesariamente ser pasada en indolencia por aquellos que no tenían otra ocupación. En esta circunstancia, y en las relacionadas posteriormente, los salvajes norteamericanos concuerdan exactamente con los antiguos germanos.

[91] Esta aparente contradicción es, sin embargo, perfectamente agradable a los principios de la naturaleza humana. Entre pueblos gobernados por el impulso más que por la razón, todo está en el extremo: guerra y paz; movimiento y reposo; amor y odio; ninguno se persigue con moderación.

[92] Estos son los rudimentos de los tributos; aunque las contribuciones de las que aquí se habla eran voluntarias y sin coacción. El origen de los erarios se señala más arriba, donde se dice que «parte de la multa» es «pagada al rey o al estado». Los romanos enseñaron la tributación a los germanos, quienes les imponían impuestos.

[93] Así, en tiempos posteriores, cuando los tributos eran consuetudinarios, los reyes francos Clotario I y Pipino exigían anualmente 500 bueyes o vacas a los sajones. (Véase Eccard, tom. i. pp. 84, 480.) Miel, grano y otros productos de la tierra eran asimismo recibidos en tributo. (Ibid. p. 392.)

[94] Para los gastos de la guerra y otras necesidades del estado, y particularmente los entretenimientos públicos. De ahí que, además del Steora, o tributo anual, se pagaba a los reyes francos la Osterstuopha, o copa de Pascua, anterior a la asamblea pública del Campo de Marzo.

[95] Esta fue una lección peligrosa, y al final resultó ruinosa para el imperio romano. Herodiano dice de los germanos en su época: «Principalmente se les puede persuadir mediante sobornos; siendo aficionados al dinero y vendiendo continuamente la paz a los romanos por oro».—Lib. vi. 139.

[96] Esta costumbre fue de larga duración; pues no hay mención de una sola ciudad en Ammianus Marcellinus, quien escribió sobre las guerras de los romanos en Alemania. Los nombres de lugares en Ptolomeo (ii. 11) no son, por tanto, los de ciudades, sino los de aldeas dispersas. Los germanos ni siquiera tenían lo que llamaríamos pueblos, a pesar de que César afirma lo contrario.

[97] El espacio que rodeaba la casa, y cercado por setos, era esa célebre tierra sálica, que descendía a la línea masculina, excluyendo a la femenina.

[98] El peligro de incendio era particularmente urgente en tiempo de guerra; pues, como nos informa César, este pueblo conocía un método de lanzar balas de arcilla al rojo vivo desde hondas, y jabalinas ardientes, sobre el techo de paja de las casas. (Bell. Gall. v. 42.)

[99] Así también Mela (ii. 1), sobre los sármatas: «Debido a la duración y severidad de sus inviernos, habitan bajo tierra, ya sea en cavernas naturales o artificiales». En la época en que Alemania fue devastada por una guerra de cuarenta años, Kircher vio a muchos de los nativos que, con sus rebaños, manadas y otras posesiones, se refugiaron en las cavernas de las montañas más altas. Para muchos otros detalles curiosos sobre estas y otras cuevas subterráneas, véase su Mundus Subterraneus, viii. 3, p. 100. En Hungría, en la actualidad, el grano se almacena comúnmente en cámaras subterráneas.

[100] Cerca de Newbottle, la residencia del Marqués de Lothian, hay algunos apartamentos y pasajes subterráneos excavados en la roca viva, que probablemente habían servido para los mismos propósitos de refugios de invierno y graneros que los excavados por los antiguos germanos. Pennant's Tour in 1769, 4to, p. 63.

[101] Esta era una especie de manto de forma cuadrada, llamado también rheno. Así César (Bell. Gall. vi. 21): «Usan pieles para vestirse, o los cortos rhenones, y dejan la mayor parte del cuerpo desnuda». Isidoro (xix. 23) describe los rhenones como «prendas que cubren los hombros y el pecho, hasta el ombligo, tan ásperas y velludas que son impenetrables a la lluvia». Mela (iii. 3), hablando de los germanos, dice: «Los hombres están vestidos solo con el sagum, o con la corteza de los árboles, incluso en lo más profundo del invierno».

[102] Todos los salvajes son aficionados a la variedad de colores; de ahí que los germanos mancharan sus pieles con las de otros animales, de los cuales los aquí mencionados eran probablemente del tipo de la foca. Esta práctica aún se continúa con respecto al armiño, que se mancha con piel de cordero negra.

[103] El Mar del Norte y el Océano Glacial.

[104] Plinio atestigua lo mismo; y añade que «las mujeres más allá del Rin no conocen ningún tipo de ropa más elegante».—xix. 1.

[105] No ese púrpura rico y costoso en el que brillaba la nobleza romana, sino algún material ordinario, como el vaccinium, que Plinio dice que era utilizado por los galos como tinte púrpura para las prendas de los esclavos (xvi. 18).

[106] La castidad de los germanos, y su estricto respeto a las leyes del matrimonio, son atestiguados por todos sus antiguos códigos de leyes. La pureza de sus modales a este respecto ofrecía un contraste sorprendente con el libertinaje de los romanos en la decadencia del imperio, y es exhibida bajo esta luz por Salviano, en su tratado De Gubernatione Dei, lib. vii.

[107] Así encontramos en César (Bell. Gall. i. 53) que Ariovisto tenía dos esposas. Otros tenían más. Esta indulgencia resultó más difícil de abolir, ya que era considerada como una marca de opulencia y un accesorio de la nobleza.

[108] Los germanos compraban a sus esposas, como aparece en las siguientes cláusulas de la ley sajona sobre el matrimonio: «Una persona que se casa con una esposa pagará a sus padres 300 solidi (unas 180 libras esterlinas); pero si el matrimonio es sin el consentimiento de los padres, consintiendo la doncella, sin embargo, pagará 600 solidi. Si ni los padres ni la doncella consienten, es decir, si es llevada por la fuerza, pagará 300 solidi a los padres y 340 a la doncella, y la devolverá a sus padres».

[109] Así en la ley sajona, sobre las dotes, se dice: «Los ostfalii y los angrarii determinan que, si una mujer tiene descendencia masculina, debe poseer la dote que recibió en el matrimonio durante su vida y transmitirla a sus hijos».

[110] Ergo septae pudicitiâ agunt. Algunas ediciones tienen septâ pudicitiâ. Esto implicaría, sin embargo, más bien el resultado del cuidado y la vigilancia de sus maridos; mientras que parece que el objetivo de Tácito es mostrar que esta castidad suya era el efecto de una virtud innata, y esto es expresado mejor por septae pudicitiâ, que es la lectura del manuscrito Arundeliano.

[111] Séneca habla con gran fuerza y calidez sobre este tema: «Nada es tan destructivo para la moral como holgazanear en los entretenimientos públicos; porque el vicio se insinúa más fácilmente en el corazón cuando es ablandado por el placer. ¡Qué voy a decir! Vuelvo de ellos más codicioso, ambicioso y lujurioso».—Epist. vii.

[112] Los germanos tenían un gran respeto por el cabello, y consideraban cortarlo como una grave desgracia; por lo que esto se convirtió en un castigo para ciertos crímenes, y era resentido como una injuria si se practicaba sobre una persona inocente.

[113] De una epístola de San Bonifacio, arzobispo de Maguncia, a Etelbaldo, rey de Inglaterra, sabemos que entre los sajones las mujeres mismas infligían el castigo por la castidad violada: «En la antigua Sajonia (hoy Westfalia), si una virgen contamina la casa de su padre, o una mujer casada resulta falsa a sus votos, a veces es obligada a poner fin a su propia vida mediante el lazo, y sobre las cenizas de su cuerpo quemado su seductor es ahorcado: a veces una tropa de mujeres que se reúne la lleva a través de las aldeas circunvecinas, lacerando su cuerpo, desnudado hasta el cinturón, con varas y cuchillos; y así, sangrante y llena de pequeñas heridas, es continuamente encontrada por nuevos verdugos, quienes en su celo por la castidad no la dejan hasta que está muerta, o apenas viva, con el fin de inspirar temor a tales ofensas». Véase Michael Alford, Annales Ecclesiae Anglo-Saxon., y Eccard.

[114] Un pasaje en Valerio Máximo hace probable que los estados cimbrios fueran de este número: «Las esposas de los teutones suplicaron a Mario, tras su victoria, que las entregara como un regalo a las vírgenes vestales; afirmando que de ahora en adelante, igualmente que ellas, se abstendrían de los abrazos del otro sexo. Al no ser concedida esta petición, todas se estrangularon la noche siguiente».—Lib. vi. 1.3.

[115] Entre los hérulos, se esperaba que la esposa se ahorcara de inmediato en la tumba de su marido, si no quería vivir en la infamia perpetua.

[116] Esta expresión puede significar tanto el asesinato de niños pequeños como la obtención de un aborto; ambos crímenes eran severamente castigados por las leyes germanas.

[117] Quemquam ex agnatis. Por agnati generalmente en el derecho romano se entendía a los parientes por parte del padre; aquí significa los hijos nacidos después de que ya había un heredero al nombre y la propiedad del padre.

[118] Justino tiene un pensamiento similar sobre los escitas: «La justicia es cultivada por las disposiciones del pueblo, no por las leyes». (ii. 2.) Cuán ineficaces eran las buenas leyes a las que alude aquí Tácito para prevenir enormidades entre los romanos, aparece por las frecuentes quejas de los senadores, y particularmente de Minucio Félix: «Os contemplo exponiendo a vuestros bebés a las bestias salvajes y a las aves, o estrangulando a los infelices con vuestras propias manos. Algunos de vosotros, mediante fármacos, extinguís al hombre recién formado dentro de vuestras entrañas, y así cometéis parricidio contra vuestra descendencia antes de que la traigáis al mundo». (Octavius, c. 30.) Tan familiar se había vuelto esta práctica en Roma, que el virtuoso Plinio se disculpa por ella, alegando que «la gran fertilidad de algunas mujeres puede requerir tal licencia».—xxix. 4, 37.

[119] Nudi ac sordidi no significa «en desnudez y suciedad», como la mayoría de los traductores han supuesto. La suciedad personal es inconsistente con la práctica diaria de bañarse mencionada en c. 22; y nudus no implica necesariamente desnudez absoluta (véase nota 4, p. 293).

[120] Esta edad parece haber sido al principio doce años; pues entonces un joven se volvía responsable ante las penas de la ley. Así, en la ley sálica se dice: «Si un niño menor de doce años comete una falta, no se le exigirá 'fred', o multa». Posteriormente el término fue de quince años de edad. Así en la ley ripuaria, «Un niño menor de quince años no será responsable». De nuevo, «Si un hombre muere, o es asesinado, y deja un hijo; antes de haber completado su decimoquinto año, no procesará una causa ni será llamado a responder en un juicio: pero a este término, debe responder él mismo o elegir un abogado. De igual manera con respecto al sexo femenino». La ley borgoñona dispone el mismo efecto. Este era entonces el término de la mayoría, que en tiempos posteriores, cuando se usaban armaduras más pesadas, se retrasó aún más.

[121] Esto se ilustra con un pasaje en César (Bell. Gall. vi. 21): «Aquellos que son los últimos en demostrar su virilidad son más elogiados. Con este retraso imaginan que la estatura aumenta, la fuerza mejora y los nervios se fortalecen. Tener conocimiento del otro sexo antes de los veinte años de edad es considerado en el grado más alto como escandaloso».

[122] Iguales no solo en edad y constitución, sino en condición. Muchos de los códigos de leyes germanos añaden penas a aquellos de ambos sexos que se casan con personas de rango inferior.

[123] De ahí que, en la historia de los reyes merovingios de Francia, aparezcan tantos casos de consideración hacia las hermanas y sus hijos, y tantas guerras emprendidas en su nombre.

[124] La corte pagada en Roma a las personas ricas sin hijos, por los Haeredipetae, o cazadores de legados, es un tema frecuente de censura y burla por parte de los escritores romanos.

[125] Los vengadores de sangre son mencionados en la ley de Moisés, Núm. xxxv. 19. En el derecho romano también, bajo el encabezado de «aquellos que por indignidad son privados de su herencia», se pronuncia que «tales herederos que se demuestre que han descuidado vengar la muerte del testador, estarán obligados a restaurar la totalidad de las ganancias».

[126] Fue una sabia disposición que, entre este pueblo feroz y guerrero, la venganza fuera conmutada por un pago. Para que esta intención no fuera frustrada por la pobreza del ofensor, toda su familia estaba obligada conjuntamente a realizar la compensación.

[127] Todas las naciones incivilizadas concuerdan en esta propiedad, que se vuelve menos necesaria a medida que una nación mejora en las artes de la vida civil.

[128] Convictibus et hospitiis. «Festividades y entretenimientos». La primera palabra se aplica a amigos y compatriotas; la última, a aquellos que no son de la misma tribu, y a los extranjeros. César (Bell. Gall. vi. 23) dice: «Consideran ilícito ofrecer violencia a sus huéspedes, quienes, en cualquier ocasión en que acudan a ellos, están protegidos de toda injuria y considerados como sagrados. Toda casa está abierta para ellos, y se les ofrecen provisiones en todas partes». Mela (iii. 3) dice de los germanos: «Hacen que el derecho consista en la fuerza, por lo que no se avergüenzan del robo: solo son amables con sus huéspedes y misericordiosos con los suplicantes. La ley borgoñona impone una multa de tres solidi a todo hombre que niegue su techo o su hogar al huésped que llega». La ley sálica, sin embargo, prohíbe justamente el ejercicio de la hospitalidad a criminales atroces; imponiendo una pena a la persona que cobije a alguien que ha desenterrado o despojado a los muertos hasta que haya hecho satisfacción a los parientes.

[129] La cláusula aquí puesta entre corchetes está probablemente fuera de lugar; puesto que no conecta bien ni con lo que precede ni con lo que sigue.

[130] Los rusos son actualmente los más notables entre las naciones del norte por el uso del baño caliente. Algunas de las tribus norteamericanas también tienen sus hipocaustos, o estufas.

[131] Comer en mesas separadas es generalmente una indicación de voracidad. Se pueden encontrar rastros de ello en Homero y otros escritores que han descrito las antiguas costumbres. La misma práctica también ha sido observada entre los habitantes de Otaheite, quienes ocasionalmente devoran vastas cantidades de comida.

[132] El siguiente artículo de la ley sálica muestra a la vez la frecuencia de estas disputas sangrientas y los loables esfuerzos del legislador por contenerlas: «Si en un banquete donde hay cuatro o cinco hombres reunidos, uno de ellos es asesinado, el resto o bien condenará a uno como el ofensor, o pagará conjuntamente la compensación por su muerte. Y esta ley se extenderá a siete personas presentes en un entretenimiento».

[133] La misma costumbre es relatada por Heródoto, i. p. 66, como predominante entre los persas.

[134] De este licor, cerveza o ale, Plinio habla en el siguiente pasaje: «Las naciones occidentales tienen su licor embriagador, hecho de grano remojado. Los egipcios también inventaron bebidas del mismo tipo. Así, la embriaguez no es un extraño en ninguna parte del mundo; pues estos licores se toman puros, y no diluidos como el vino. Sin embargo, seguramente, la Tierra pensó que estaba produciendo grano. ¡Oh, la maravillosa sagacidad de nuestros vicios! hemos descubierto cómo hacer que incluso el agua sea embriagadora».—xiv. 22.

[135] Mela dice: «Su modo de vida es tan rudo y salvaje, que comen incluso carne cruda; ya sea recién sacrificada, o ablandada trabajándola con las manos y los pies, después de que se ha endurecido en las pieles de animales domésticos o salvajes». (iii. 3.) Floro relata que la ferocidad de los cimbrios fue mitigada por su alimentación a base de pan y carne cocinada, y el consumo de vino, en el tracto más suave de Italia.—iii. 3.

[136] Esto no debe entenderse que haya sido queso; aunque César dice de los germanos: «Su dieta consiste principalmente en leche, queso y carne». (Bell. Gall. vi. 22.) Plinio, quien estaba completamente familiarizado con las costumbres germanas, dice con mayor precisión: «Es sorprendente que las naciones bárbaras que viven de la leche hayan sido durante tantos siglos ignorantes de, o hayan rechazado, la preparación del queso; especialmente desde que espesan su leche en una sustancia ácida agradable, y una mantequilla grasa: esta es la espuma de la leche, de una consistencia más espesa que lo que se llama suero. No debe omitirse que tiene las propiedades del aceite, y es utilizado como ungüento por todos los bárbaros, y por nosotros para los niños».—xi. 41.

[137] Esta política ha sido practicada por los europeos con respecto a los salvajes norteamericanos, algunas de cuyas tribus han sido casi totalmente exterminadas por ella.

[138] San Ambrosio tiene un pasaje notable sobre este espíritu de juego entre un pueblo bárbaro: «Se dice que los hunos, que continuamente hacen la guerra a otras naciones, están ellos mismos sujetos a los usureros, con quienes contraen deudas en el juego; y que, mientras viven sin leyes, obedecen a las leyes de los dados solamente; jugando cuando están alineados en orden de batalla; llevando dados junto con sus armas, y pereciendo más por las manos de los otros que por las del enemigo. En medio de la victoria se someten a convertirse en cautivos, y sufren el saqueo de sus propios compatriotas, que no saben soportar del enemigo. Por esta razón nunca dejan de lado los asuntos de la guerra, porque, cuando han perdido todo su botín por los dados, no tienen medios de adquirir nuevos suministros para el juego, sino por la espada. Frecuentemente son arrastrados con tal ardor desesperado, que, cuando el perdedor ha entregado sus armas, la única parte de su propiedad que valora grandemente, pone el poder sobre su vida en un solo lanzamiento al ganador o al usurero. Es un hecho que una persona, conocida por el emperador romano, pagó el precio de una servidumbre que se había impuesto a sí mismo de este modo, sufriendo la muerte por orden de su amo».

[139] La condición de estos esclavos era la misma que la de los vasallos, o siervos, que hace unos pocos siglos constituían el gran cuerpo del pueblo en todos los países de Europa. Los germanos, en tiempos posteriores, imitando a los romanos, tuvieron esclavos de condición inferior, a quienes se les apropió el nombre de esclavo; mientras que aquellos en el estado de vasallaje rural eran llamados lidi.

[140] Un enemigo privado no podía ser asesinado con impunidad, ya que se imponía una multa al homicidio; pero un hombre podía matar a su propio esclavo sin ningún castigo. Si, sin embargo, mataba al esclavo de otra persona, estaba obligado a pagar su precio al dueño.

[141] La asombrosa altura de poder e insolencia a la que llegaron los libertos al hacerse serviles a los vicios del príncipe, es una característica sorprendente de los reinados de algunos de los peores emperadores romanos.

[142] En Roma, por otra parte, la práctica de la usura era, como la denomina nuestro autor, «un mal antiguo, y una fuente perpetua de sedición y discordia».—Anales, vi. 16.

[143] Todas las copias leen per vices, «por turnos», o alternativamente; pero la conexión parece requerir evidentemente la fácil alteración de per vicos, que ha sido aprobada por muchos comentadores doctos, y es por tanto adoptada en esta traducción.

[144] César tiene varios detalles concernientes a esta parte de la política germana. «No se dedican a la agricultura, consistiendo la mayor parte de su dieta en leche, queso y carne; ni tiene ninguno una porción determinada de tierra, su propiedad peculiar; sino que los magistrados y jefes asignan cada año a las tribus y clanes que forman comunidades, tanta tierra y en tales situaciones como consideran adecuado, y les obligan a trasladarse al año siguiente». Para esta práctica asignan varias razones: como, no sea que, al estar acostumbrados a un lugar, se sientan inducidos a cambiar los trabajos de la guerra por las ocupaciones de la agricultura; no sea que adquieran pasión por poseer extensos dominios, y los más poderosos se vean tentados a desposeer a los más débiles; no sea que construyan edificios con más arte del necesario para protegerlos de las inclemencias del tiempo; no sea que surja entre ellos el amor al dinero, fuente de facción y disensiones; y a fin de que el pueblo, al contemplar sus propias posesiones iguales a las de los más poderosos, pueda ser retenido por los vínculos de la equidad y la moderación. —Bell. Gall. vi. 21.

[145] Los germanos, al no plantar árboles frutales, ignoraban los productos propios del otoño. Ahora tienen todos los frutos otoñales de su clima; sin embargo, su lengua aún conserva un memorial de sus antiguas deficiencias, al no tener término para esta estación del año, salvo uno que denota únicamente la recolección del grano: Herbst, cosecha.

[146] A este respecto, así como en muchos otros, las costumbres de los germanos eran un contraste directo con las de los romanos. Plinio menciona a un particular, C. Cecilio Claudio Isidoro, que ordenó que se gastara la suma de unas 10.000 libras esterlinas en su funeral: y en otro lugar dice: «Personas inteligentes aseguraban que Arabia no producía tal cantidad de especias en un año como las que Nerón quemó en las exequias de su Popea». —xxxiii. 10, y xii. 18.

[147] Los siguientes versos de Lucano, que describen los últimos honores rendidos por Cornelia al cuerpo de Pompeyo el Grande, ilustran felizmente las costumbres aquí referidas:

Collegit vestes, miserique insignia Magni. Armaque, et impressas auro, quas gesserat olim Exuvias, pictasque togas, velamina summo Ter conspecta Jovi, funestoque intulit igni. —Lib. ix. 175.

«Allí brillaban sus armas, incrustadas con oro antiguo, Allí las ricas vestiduras que ella misma había hecho, Vestiduras triunfalmente mostradas tres veces al Júpiter imperial: Las reliquias de sus días victoriosos pasados, Sirven ahora para erigir este último trofeo suyo, Y arden juntas en una llama común». —ROWE.

[148] Así, en la tumba de Childerico, rey de los francos, se encontraron su lanza y su espada, y también la cabeza de su caballo, con una herradura, hebillas de oro y gualdrapas. También se descubrió un cráneo humano, que, tal vez, fuera el de su mozo.

[149] El relato de César es el siguiente: «Hubo antiguamente un tiempo en que los galos superaban a los germanos en valentía, y les hacían la guerra; y, debido a su multitud de personas y escasez de tierra, enviaron colonias más allá del Rin. Las partes más fértiles de Alemania, contiguas al bosque Herciniano (que, observo, era conocido por referencia a Eratóstenes y otros griegos, y llamado por ellos Orcinia), fueron ocupadas en consecuencia por los Volcae y Tectosages, que allí se establecieron. Estos pueblos continúan todavía en los mismos asentamientos y tienen gran reputación tanto por la administración de justicia como por su destreza militar: y permanecen ahora en el mismo estado de pobreza y contento que los germanos, cuyo modo de vida han adoptado». —Bell. Gall. vi. 24.

[150] Los habitantes de Suiza, que entonces se extendían más allá de lo que hacen actualmente, hacia Lyon.

[151] Una nación de galos, limítrofe con los helvecios, como aparece en Estrabón y César. Tras ser conquistados por César, los eduos les dieron un asentamiento en el país ahora llamado Bourbonnois. El nombre de su colonia germana, Boiemum, sigue vigente en Bohemia. La era en la que los helvecios y boyos penetraron en Alemania no está determinada. Parece probable, sin embargo, que fue durante el reinado de Tarquinio Prisco; pues en aquel tiempo, como nos cuenta Tito Livio, Ambigato, rey de los bituriges (pueblo de Berry), envió al hijo de su hermana, Sigoveso, al bosque Herciniano con una colonia, a fin de exonerar a su reino que estaba superpoblado. (Livio, v. 33; et seq.)

[152] En tiempos de Augusto, los boyos, expulsados de Boiemum por los marcomanos, se retiraron al Noricum, que por ellos fue llamado Boioaria, la actual Baviera.

[153] Este pueblo habitaba la parte de la Baja Hungría ahora llamada el Palatinado de Pilis.

[154] Hacia el final de este tratado, Tácito parece decidir por sí mismo este punto, al observar que su uso de la lengua panonia, y su aquiescencia en el pago de tributos, prueban que los osos no son una nación germana. Estaban establecidos más allá de los marcomanos y cuados, y ocupaban la parte septentrional de la Hungría transdanubiana; tal vez extendiéndose hasta Silesia, donde hay un lugar llamado Ossen en el ducado de Oels, famoso por sus obras de sal y vidrio. El docto Pelloutier, sin embargo, sostiene que los osos eran germanos; pero con menos probabilidad.

[155] Los habitantes de la moderna diócesis de Tréveris.

[156] Los de Cambresis y Henao.

[157] Los de las diócesis de Worms, Estrasburgo y Espira.

[158] Los de la diócesis de Colonia. Los ubios, migrando de Germania a la Galia por la enemistad de los catos y su propio apego a los intereses romanos, fueron recibidos bajo la protección de Marco Agripa, en el año de Roma 717. (Estrabón, iv. p. 194.) Agripina, esposa de Claudio y madre de Nerón, que nació entre ellos, obtuvo allí el establecimiento de una colonia, que fue llamada con su nombre.

[159] Actualmente el Betuwe, parte de las provincias de Holanda y Güeldres.

[160] De ahí que los bátavos sean llamados, en una inscripción antigua, «los hermanos y amigos del pueblo romano».

[161] Esta nación habitaba parte de los países ahora llamados Weteraw, Hesse, Isenburg y Fulda. En este territorio estaba Mattium, hoy Marpurg, y las Fontes Mattiaci, hoy Wiesbaden, cerca de Maguncia.

[162] Los diversos pueblos de Alemania tenían sus respectivas fronteras, llamadas marcas, que defendían manteniéndolas en estado desierto e inculto. Así dice César, Bell. Gall. iv. 3: «Consideran el mayor honor para una nación tener la mayor extensión posible de tierra vacía alrededor de sus dominios; por lo cual se indica que un gran número de comunidades vecinas son incapaces de resistirles. Por esta razón, se dice que los suevos tienen, por un lado, una extensión de 600 (algunos hombres doctos piensan que deberíamos leer 60) millas de desierto como límites». En otro lugar, César menciona, como razón adicional para esta política, que se consideran así a salvo del peligro de incursiones repentinas. (Bell. Gall. vi. 13.)

[163] La diferencia entre la situación baja y el aire húmedo de Batavia, y el país alto y seco de los matiacos, justificará suficientemente esta observación, en opinión de aquellos que conceden algo a la influencia del clima.

[164] Hoy Suabia. Cuando los marcomanos, hacia el final del reinado de Augusto, abandonaron sus asentamientos cerca del Rin y migraron a Bohemia, las tierras que dejaron vacantes fueron ocupadas por algunos galos sin asentamiento entre los ráuracos y sécuanos. Parece que fueron llamados Decumates (Diezmados), porque los habitantes, expuestos a las incursiones de los germanos, pagaban un diezmo de sus productos para ser recibidos bajo la protección de los romanos. Adriano los defendió con una muralla que se extendía desde Neustadt, un pueblo en el Danubio cerca de la desembocadura del río Altmühl, hasta el Neckar cerca de Wimpfen; un espacio de sesenta leguas francesas.

[165] De la Alta Germania.

[166] Los catos poseían un vasto territorio entre el Rin, el Meno y el Sala, y el bosque de Hartz a este lado del Weser; donde hoy están los países de Hesse, Turingia, parte de Paderborn, de Fulda y de Franconia. Escritores doctos han notado frecuentemente que lo que César, Floro y Ptolomeo han dicho de los suevos debe entenderse de los catos. Leibniz supone que los catos fueron llamados así por el animal activo al que se parecen en el nombre, siendo el término alemán para gato Catte, o Hessen.

[167] Plinio, que conocía bien Alemania, da una descripción muy impactante del bosque Herciniano: «Los vastos árboles del bosque Herciniano, intactos durante siglos y tan antiguos como el mundo, exceden por su destino casi inmortal a las maravillas comunes. Por no mencionar circunstancias que no serían creídas, es seguro que se levantan colinas por la repercusión de sus raíces que se encuentran; y donde la tierra no los sigue, se forman arcos tan altos como las ramas, las cuales, luchando, por así decirlo, unas con otras, se doblan en forma de puertas abiertas, tan anchas que escuadrones de caballería pueden cabalgar bajo ellas». —xvi. 2.

[168] Duriora corpora. «Cuerpos más duros»; es decir, que los del resto de los germanos. En Hist. ii. 32 se dice que los germanos, en general, tienen fluxa corpora (cuerpos laxos); mientras que en el cap. 4 de este tratado son descritos como tantùm ad impetum valida (valientes solo para el ataque).

[169] Floro, ii. 18, expresa bien este pensamiento con la sentencia «Tanti exercitus, quanti imperator». «Un ejército vale tanto como su general».

[170] Así, nuestro autor dice de Civilis (Hist. iv. 61) que dejó crecer su pelo y barba a consecuencia de un voto privado. Así también, en la «Historia de los lombardos» de Pablo Warnefrido, iii. 7, se relata que «seis mil sajones que sobrevivieron a la guerra juraron que nunca se cortarían el pelo ni se afeitarían la barba hasta haberse vengado de sus enemigos, los suevos». Un ejemplo posterior de esta costumbre es mencionado por Strada (Bell. Belg. vii. p. 344) sobre Guillermo Lume, uno de los condes de Mark, «quien se ató a un voto de no cortarse el pelo hasta haber vengado las muertes de Egmont y Horn».

[171] El anillo de hierro parece haber sido una insignia de esclavitud. Esta costumbre fue revivida en tiempos posteriores, pero más con una intención galante que militar. Así, en el año 1414, Juan, duque de Borbón, para congraciarse con su amante, juró junto con dieciséis caballeros y caballeros, que usarían, él y los caballeros un anillo de oro, y los caballeros un anillo de plata, alrededor de sus piernas izquierdas, cada domingo durante dos años, hasta que se hubieran reunido con un número igual de caballeros para enfrentarse a ellos en un torneo. (Vertot, Mém. de l'Acad. des Inscr. tom. ii. p. 596.)

[172] Fue esta nación de los catos la que, unos 150 años después, uniéndose a los restos de los queruscos a este lado del Weser, los atuaros, sicambros, camavos, brúcteros y caucos, entró en la liga franca y, conquistando a los romanos, se apoderó de la Galia. De ellos se derivan el nombre, las costumbres y las leyes de los franceses.

[173] Estas dos tribus, unidas por una comunidad de guerras y desgracias, habían sido expulsadas anteriormente de sus asentamientos en el Rin, un poco más abajo de Maguncia. Entonces, según César (Bell. Gall. iv. 1, et seq.), ocuparon los territorios de los menapios a ambos lados del Rin. Al seguir teniendo mala fortuna, obtuvieron las tierras de los sicambros, que, en el reinado de Augusto, fueron trasladados a este lado del Rin por Tiberio: estos eran los actuales condados de Berg, Mark, Lippe y Waldeck; y el obispado de Paderborn.

[174] Sus asentamientos estaban entre los ríos Rin, Lippe (Luppia) y Ems (Amisia), y la provincia de Frisia; actualmente los países de Westfalia y Over-Issel. Alting (Notit. German. Infer, p. 20) supone que derivaron su nombre de Broeken, o Bruchen, pantanos, debido a su frecuencia en esa extensión de país.

[175] Antes de esta migración, los camavos estaban establecidos en el Ems, donde actualmente están Lingen y Osnabrück; los angrivarios, en el Weser (Visurgis), donde están Minden y Schawenburg. Una migración más antigua de los camavos a las orillas del Rin es mencionada someramente por Tácito, Annal. xiii. 55. Los angrivarios fueron llamados después angrarios y se convirtieron en parte de la nación sajona.

[176] No fueron tan completamente extirpados que no quedaran restos de ellos. Fueron incluso una parte conspicua de la liga franca, como se relató antes. Claudiano también, en su panegírico sobre el cuarto consulado de Honorio, v. 450, los menciona.

Venit accola sylvae Bructerus Hercyniae.

«Vino el brúctero, vecino del bosque Herciniano».

Tras su expulsión, se establecieron, según Eccard, entre Colonia y Hesse.

[177] Los brúcteros estaban bajo gobierno real y mantuvieron muchas guerras contra los romanos. De ahí su arrogancia y poder. Antes de que fueran destruidos por sus compatriotas, Vestricio Espurina los aterrorizó hasta someterlos sin una batalla, y por ello se le decretó una estatua triunfal. Plinio el Joven menciona este hecho, libro ii. epist. 7.

[178] Una alusión a los espectáculos de gladiadores. Esta matanza ocurrió cerca del canal de Druso, donde la guardia romana en el Rin podía ser espectadora de la batalla. El relato llegó a Roma en el primer año de Trajano.

[179] Como este tratado fue escrito en el reinado de Trajano, cuando los asuntos de los romanos parecían inusualmente prósperos, algunos críticos han imaginado que Tácito escribió vigentibus, «florecientes», en lugar de urgentibus, «urgentes». Pero es suficientemente evidente, por otros pasajes, que las causas que operaban gradual pero seguramente hacia la destrucción del imperio romano no escaparon a la penetración de Tácito, incluso cuando estaban disfrazadas por las apariencias más halagadoras. La lectura común es, por tanto, probablemente correcta. —Aikin.

[180] Estos pueblos residieron primero cerca de la cabecera del Lippe; y luego se trasladaron a los asentamientos de los camavos y angrivarios, que habían expulsado a los brúcteros. Parecen ser los mismos que Veyelo Patérculo, ii. 105, llama atuaros, y con ese nombre entraron en la liga franca. Estrabón los llama chattuarios.

[181] A saber, los ansibarios y tubantes. Los ansibarios o amsibarios se cree por Alting que derivaron su nombre de su vecindad al río Ems (Amisia); y los tubantes, por su frecuente cambio de habitación, de ser llamados Tho Benten, o las tropas errantes, y haber vivido donde ahora está Drente en Over-Issel. Entre estas naciones, Furstenburg (Monum. Paderborn.) enumera a los ambrones, vecinos del río Ambrus, hoy Emmeren.

[182] Los frisones. Los frisios menores estaban establecidos a este lado, los mayores, al otro, del Flevum (Zuyderzee).

[183] En tiempos de los romanos este país estaba cubierto por vastas ciénagas o lagos; que se hicieron aún mayores por las frecuentes inundaciones del mar. De estas, una tan tardía como 1530 anegó setenta y dos aldeas; y otra, aún más terrible, en 1569, sumergió gran parte de la costa de Holanda y casi toda Frisia, donde solo en ella se ahogaron 20.000 personas.

[184] Dondequiera que la tierra parecía terminar y parecía imposible continuar, las naciones marítimas han imaginado pilares de Hércules. Los celebrados por los frisones debieron estar en la extremidad de Frisia, y no en Suecia y el promontorio cimbrio, como supone Rudbeck.

[185] Druso, hermano de Tiberio y padre de Germánico, impuso un tributo a los frisones, como se menciona en los Anales, iv. 72, y realizó otros servicios eminentes en Germania; siendo él mismo llamado Germánico.

[186] Los caucos se extendían a lo largo de la costa desde el Ems hasta el Elba (Albis); de donde limitaban con todas las naciones mencionadas antes, entre las cuales y los queruscos rodeaban hasta los catos. Los caucos se distinguían en Mayores y Menores. Los Mayores, según Ptolomeo, habitaban el país entre el Weser y el Elba; los Menores, el que estaba entre el Weser y el Ems; pero Tácito (Anales xi. 19) parece invertir este orden. Alting supone que los caucos tomaron su nombre de Kauken, que significa personas eminentes por su valor y fidelidad, lo que concuerda con el carácter que les da Tácito. Otros lo derivan de Kauk, un búho, con referencia a la enemistad de ese animal hacia los gatos (catos). Otros, de Kaiten, grajos, de los cuales hay gran número en su costa. Plinio ha descrito admirablemente el país y las costumbres de los caucos marítimos, en su relato de las personas que viven sin árboles ni vegetales que den fruto: «En el Norte están las naciones de los caucos, que se dividen en Mayores y Menores. Aquí, el océano, teniendo un prodigioso flujo y reflujo dos veces en el espacio de cada día y noche, rueda sobre una inmensa extensión, dejándolo como una materia de perpetua duda si es parte de la tierra o del mar. En este lugar, los miserables nativos, ocupando ya sea las cimas de colinas o montículos artificiales de césped, levantados fuera del alcance de las mareas más altas, construyen sus pequeñas cabañas; que parecen barcos navegando cuando el agua cubre el terreno circundante, y como restos de naufragios cuando se ha retirado. Aquí, desde sus chozas, persiguen a los peces que huyen continuamente de ellos con las olas. No poseen, como sus vecinos, ganado, ni se alimentan de leche; ni tienen una guerra que mantener contra las bestias salvajes, pues todo fruto de la tierra está muy lejos de ellos. Con juncos y algas trenzan cuerdas para sus redes de pesca. Para combustible usan una especie de lodo, recogido a mano y secado, más al viento que al sol: con esta tierra calientan su comida y calientan sus cuerpos, entumecidos por el riguroso norte. Su única bebida es el agua de lluvia recogida en zanjas en los umbrales de sus puertas. Sin embargo, este pueblo miserable, si fuera conquistado hoy por las armas romanas, se llamaría a sí mismo esclavo. Así es como la fortuna perdona a muchos para su propio castigo». —Hist. Nat. xvi. 1.

[187] Por esta razón, se establecieron puestos fortificados por los romanos para contener a los caucos; quienes por Lucano son llamados Caycos en el siguiente pasaje:

Et vos crinigeros bellis arcere Caycos Oppositi. —Phars. i. 463.

«Y vosotros también, banda guerrera, avanzáis hacia Roma, Acostumbrados a resistir a los hirsutos caucos». —ROWE

[188] Los queruscos, en aquel tiempo, vivían entre el Weser y el Elba, donde ahora están Luneburgo, Brunswick y parte de la Marca de Brandeburgo a este lado del Elba. En el reinado de Augusto ocupaban una extensión mayor; llegando incluso a este lado del Weser, como aparece de los relatos de la expedición de Druso dados por Dión y Veyelo Patérculo: a menos que, como observa Dithmar, lo que se dice de los queruscos a este lado del Weser se refiera a los dulgibinios, sus dependientes. Pues, según Estrabón, Varo fue aniquilado por los queruscos y los pueblos sujetos a ellos. Las valientes acciones de Arminio, el célebre jefe de los queruscos, son relatadas por Tácito en los libros 1 y 2 de sus Anales.

[189] Cluver y varios otros suponen que los fosi eran los mismos que los antiguos sajones: pero, dado que lindaban con los queruscos, la opinión de Leibniz está más cerca de la verdad, que habitaban las orillas del río Fusa, que entra en el Aller (Allera) en Cellae; y eran una especie de apéndice de los queruscos, como Hildesheim es ahora de Brunswick. El nombre de sajones es posterior a Tácito y no fue conocido hasta el reinado de Antonino Pío, período en el que surgieron del Quersoneso Cimbrio y después, en conjunción con los anglos, se apoderaron de Gran Bretaña.

[191] El nombre de este pueblo aún existe; y el país que habitaron es llamado el Quersoneso Cimbrio, o península; comprendiendo Jutlandia, Schleswig y Holstein. La fama y la diversa fortuna de los cimbrios es breve pero precisamente relatada por Mallet en la «Introducción» a la «Historia de Dinamarca».

[192] Aunque en este tiempo estaban muy reducidos por migraciones, inundaciones y guerras, revivieron después; y de este almacén de naciones surgieron los francos, sajones, normandos y otras diversas tribus, que trajeron a toda Europa bajo el dominio germánico.

[193] Su fama se extendió a través de Alemania, Galia, España, Gran Bretaña, Italia y hasta el mar de Azov (Palus Maeotis), adonde, según Posidonio, penetraron, y llamaron al Bósforo Cimerio o Cimbrio con su propio nombre.

[194] Esto es usual y probablemente explicado con razón como referido a ambas costas del Quersoneso Cimbrio. Cluver y Dithmar, sin embargo, suponen que estos campamentos deben buscarse ya sea en Italia, sobre el río Athesis (Adigio), o en la Galia Narbonense cerca de Aquae Sextiae (Aix en Provenza), donde Floro (iii. 3) menciona que los teutones derrotados por Mario se establecieron en un valle con un río que corría a través de él. Sobre el número prodigioso de cimbrios que hicieron esta terrible irrupción tenemos un relato en Plutarco, quien narra que sus hombres de combate eran 300.000, con un número mucho mayor de mujeres y niños. (Plut. Mario, p. 411.)

[195] Nerva era cónsul por cuarta vez, y Trajano por segunda, en el año 851 de Roma; en el cual Tácito compuso este tratado.

[196] Tras la derrota de P. Decidio Saxa, lugarteniente de Siria, a manos de los partos, y la toma de Siria por Pacoro, hijo del rey Orodes, P. Ventidio Baso fue enviado allí, donde venció a los partos, mató a Pacoro y restauró por completo los asuntos romanos.

[197] El Epítome de Tito Livio nos informa que «en el año 640 de Roma, los cimbrios, una tribu errante, realizaron una incursión depredadora en Iliria, donde pusieron en fuga al cónsul Papirio Carbón con su ejército». Según Estrabón, fue en Noreia, una ciudad de los tauriscos, cerca de Aquileya, donde Carbón fue derrotado. En los años sucesivos, los cimbrios y teutones devastaron la Galia y causaron grandes calamidades en aquel país; pero, al fin, disuadidos por la inquebrantable valentía de los galos, tomaron otro rumbo, como aparece en César, Bell. Gal. vii. 17. Entonces llegaron a Italia y enviaron embajadores al Senado, exigiendo tierras donde establecerse. Esto fue rechazado; y el cónsul M. Junio Silano libró una batalla infructuosa contra ellos, en el año 645 de Roma. (Epítome de Livio, lxv.)

[198] «L. Casio, el cónsul, en el año 647 de Roma, fue aniquilado con su ejército en los confines de los alóbroges por los galos tigurinos, un cantón de los helvecios (actuales cantones de Zúrich, Appenzell, Schaffhausen, etc.), que habían migrado de sus asentamientos. Los soldados que sobrevivieron a la matanza dieron rehenes para el pago de la mitad de lo que valían, a fin de ser despedidos a salvo». (Ibíd.) César relata además que el ejército romano fue hecho pasar bajo el yugo por los tigurinos: «Este único cantón, migrando de su hogar, dentro de la memoria de nuestros padres, mató al cónsul L. Casio y pasó a su ejército bajo el yugo».—Bell. Gall. i. 12.

[199] M. Aurelio Escauro, lugarteniente del cónsul (o más bien cónsul, pues parece haber desempeñado ese cargo en el año 646 de Roma), fue derrotado y capturado por los cimbrios; y cuando, al serle pedido su consejo, les disuadió de cruzar los Alpes hacia Italia, asegurándoles que los romanos eran invencibles, fue asesinado por un joven furioso llamado Boiorix. (Epít. Livio, lxvii.)

[200] Floro, del mismo modo, considera estos dos asuntos por separado: «Ni Silano pudo sostener el primer ataque de los bárbaros; ni Manlio, el segundo; ni Cepión, el tercero». (iii. 3.) Livio los une: «Por el mismo enemigo (los cimbrios) fueron derrotados en un enfrentamiento el cónsul Cn. Manlio y el procónsul Q. Servilio Cepión, y ambos fueron desposeídos de sus campamentos». (Epít. lxvii.) Paulo Orosio relata el asunto de forma más particular: «Enviados el cónsul Manlio y el procónsul Q. Cepión contra los cimbrios, teutones, tigurinos y ambrones, naciones galas y germanas que habían conspirado para extinguir el imperio romano, dividieron sus respectivas provincias por el río Ródano. Allí, prevaleciendo las más violentas disensiones entre ellos, ambos fueron vencidos, con gran deshonra y peligro para el nombre romano. Según Antias, 80.000 romanos y aliados fueron masacrados. Cepión, por cuya temeridad se produjo esta desgracia, fue condenado y sus bienes confiscados por orden del pueblo romano». (Lib. v. 16.) Esto sucedió en el año 649 de Roma; y el aniversario fue contado entre los días aciagos.

[201] La República; en oposición a Roma cuando era gobernada por emperadores.

[202] Esta trágica catástrofe afectó tan profundamente a Augusto que, como informa Suetonio, «se dijo que dejó crecer su barba y cabello durante varios meses; durante los cuales, a veces, golpeaba su cabeza contra las puertas, gritando: "¡Varo, devuelve mis legiones!", y para siempre después guardó el aniversario como un día de luto». (Aug. s. 23.) Quizás la pieza histórica más bella jamás trazada por un escritor sea la descripción de Tácito del ejército de Germánico visitando el campo de batalla, seis años después, y realizando exequias fúnebres a los restos dispersos de sus compatriotas masacrados. (Anales, i. 61.)

[203] «Después de tantas desgracias, el pueblo romano pensó que ningún general era tan capaz de repeler a enemigos tan formidables como Mario». Y la opinión pública no fue falsificada. En su cuarto consulado, en el año 652 de Roma, «Mario se enfrentó a los teutones más allá de los Alpes, cerca de Aquae Sextiae (Aix en Provenza), matando, en el día de la batalla y el día siguiente, a más de 150.000 del enemigo, y aniquilando por completo a la nación teutónica». (Veleyo Patérculo, ii. 12.) Livio dice que hubo 200.000 muertos y 90.000 capturados. Al año siguiente derrotó a los cimbrios, que habían penetrado en Italia y cruzado el Adigio, en la llanura Raudiana, donde ahora está Rubio, matando y capturando a más de 100.000 hombres. Que, sin embargo, no obtuvo una victoria no comprada sobre este pueblo guerrero, puede conjeturarse por la resistencia que encontró incluso de sus mujeres. Floro (iii. 3) nos dice que «se vio obligado a sostener un enfrentamiento con sus esposas, así como con ellos mismos; quienes, atrincherándose por todas partes con carros y carromatos, luchaban desde ellos, como desde torres, con lanzas y estacas. Su muerte no fue menos gloriosa que su resistencia. Pues, cuando no pudieron obtener de Mario lo que solicitaron mediante una embajada, su libertad y admisión al sacerdocio vestal (lo cual, ciertamente, no podía concederse legalmente); tras estrangular a sus hijos, cayeron por heridas mutuas o se colgaron de los árboles o de las estacas de sus carruajes con cuerdas hechas de su propio cabello. El rey Boiorix fue asesinado, no sin venganza, luchando valientemente en el campo». Debido a estas grandes victorias, Mario, en el año 652 de Roma, triunfó sobre los teutones, ambrones y cimbrios.

[204] En el año 596 de Roma, Julio César derrotó a Ariovisto, un rey germano, cerca de Dampierre en el Franco-Condado, y persiguió a sus tropas derrotadas con gran matanza durante treinta millas hacia el Rin, llenando todo ese espacio con botines y cuerpos muertos. (Bell. Gall. i. 33 y 52.) Había castigado antes a los tigurinos, quienes, como ya se mencionó, habían derrotado y matado a L. Casio. Druso: Este era hijo de Livia y hermano del emperador Tiberio. Estuvo en Germania en el 12 y 11 a.C. Su pérdida se debió principalmente a un naufragio en la costa de los caucos. Véase Lynam, Roman Emperors, i. 37, 45. Nerón; es decir, Tiberio, posteriormente emperador. Su nombre era Tiberio Claudio Druso Nerón. Véase Lynam, Roman Emperors, i. 51, 53, 62, 78. Germánico: Era hijo de Druso y, por tanto, sobrino de Tiberio. Sus victorias en Germania tuvieron lugar entre el 14 y el 16 d.C. Él también, como su padre, naufragó, y casi en el mismo lugar. Véase Lynam, Roman Emperors, i. 103-118.

[205] En la guerra de Civilis, relatada por Tácito, Hist. iv. y v.

[206] Por Domiciano, como se menciona más particularmente en la Vida de Agrícola.

[207] Los suevos poseían esa vasta extensión de país que se encuentra entre el Elba, el Vístula, el mar Báltico y el Danubio. Anteriormente se habían extendido aún más, llegando incluso al Rin. De ahí que Estrabón, César, Floro y otros hayan referido a los suevos lo que se relacionaba con los catos.

[208] Entre los suevos, y también entre el resto de los germanos, los esclavos parecían estar afeitados; o al menos trasquilados tan corto que no podían retorcer o atar su cabello en un nudo.

[209] Los semnones habitaban ambas orillas del Viadrus (Óder); el país que es hoy parte de Pomerania, de la Marca de Brandeburgo y de Lusacia.

[210] En el reinado de Augusto, los longobardos moraban a este lado del Elba, entre Luneburgo y Magdeburgo. Cuando fueron conquistados y expulsados más allá del Elba por Tiberio, ocuparon esa parte del país donde se encuentran ahora Prignitz, Ruppin y parte de la Marca Media. Más tarde fundaron el reino lombardo en Italia; el cual, en el año 774 de Cristo, fue destruido por Carlomagno, quien tomó a su rey Desiderio y subyugó toda Italia. Las leyes de los longobardos aún existen y pueden encontrarse en Lindenbrog. Los burgundios no son mencionados por Tácito, probablemente porque eran entonces un pueblo insignificante. Posteriormente, uniéndose a los longobardos, se establecieron en las tierras decumanas y en la frontera romana. Desde allí hicieron una irrupción en la Galia y se apoderaron de ese país que todavía conserva de ellos el nombre de Borgoña. Sus leyes también existen.

[211] Según la descripción de Tácito, los reudignos debieron de habitar en parte del actual ducado de Mecklemburgo y de Lauenburgo. Anteriormente se habían establecido a este lado del Elba, en las arenas de Luneburgo.

[212] Quizás el mismo pueblo que aquellos llamados por Mamertino, en su Panegírico sobre Maximiano, los chaibones. Por su vecindad a las naciones mencionadas, debieron de haber habitado parte del ducado de Mecklemburgo. Anteriormente habían morado a este lado del Elba, en las orillas del río Ilmenavia en Luneburgo; que ahora se llama Ava; de donde, probablemente, el nombre del pueblo.

[213] Habitantes de lo que es hoy parte de Holstein y Schleswig; en cuya extensión hay todavía un distrito llamado Angeln, entre Flensborg y Schleswig. En el siglo V, los anglos, en unión con los sajones, migraron a Britania y perpetuaron su nombre dando denominación a Inglaterra.

[214] De la enumeración de Tácito y la situación de las otras tribus, parece que los eudoses debieron de haber ocupado las modernas Wismar y Rostock; los suardones, Stralsund, la Pomerania sueca y parte de la Pomerania Anterior y de la Marca de Uckerane. Eccard, sin embargo, supone que estas naciones estaban mucho más ampliamente extendidas; y que los eudoses habitaban sobre el Óder; los suardones, sobre el Warte; los nuitones, sobre el Netze.

[215] El nombre antiguo de la diosa Herth aún subsiste en el alemán Erde y en el inglés Earth.

[216] Muchos suponen que esta isla fue la isla de Rügen en el mar Báltico. Es más probable, sin embargo, que fuera una isla cerca de la desembocadura del Elba, ahora llamada isla de Helgoland o Heiligeland (Tierra Santa). Además de la prueba que surge del nombre, la situación concuerda mejor con la de las naciones antes enumeradas.

[217] Olaus Rudbeck sostiene que este festival se celebraba en invierno y todavía continúa en Escandinavia bajo la denominación de Julifred, la paz de Juul. (Yule es el término utilizado para la temporada navideña en los antiguos dialectos inglés y escocés.) Pero esta fiesta se solemnizaba no en honor de la Tierra, sino del Sol, llamado por ellos Thor o Taranium. El festival de Herth se celebraba más tarde, en el mes de febrero; como puede verse en la "Introducción a la Historia de Dinamarca" de Mallet.

[218] Templo aquí significa simplemente «el lugar consagrado», es decir, el bosque mencionado anteriormente, pues según el c. 9 los germanos no construían templos.

[219] Se supone que a este pueblo, debido a su valor, se le llamaba Heermanner; corrompido por los romanos en hermunduros. Se establecieron primero entre el Elba, el Sala y Bohemia; donde ahora están Anhalt, Voigtland, Sajonia, parte de Misnia y de Franconia. Posteriormente, cuando los marcomanos tomaron posesión de Bohemia, de la cual los boyos habían sido expulsados por Maroboduus, los hermunduros añadieron sus asentamientos a los propios y plantaron en ellos el nombre suevo, de donde deriva la denominación moderna de ese país, Suabia.

[220] Lo eran en aquel tiempo; pero más tarde se unieron a los marcomanos y otros germanos contra los romanos en la época de Marco Aurelio, quien los venció.

[221] Augusta Vindelicorum, ahora Augsburgo; una famosa colonia romana en la provincia de Recia, de la cual Vindelica era entonces una parte.

[222] Tácito se equivoca enormemente si confunde la fuente del Egra, que está en el país de los hermunduros, con la del Elba, que nace en Bohemia. El Elba había sido anteriormente, como observa Tácito, bien conocido por los romanos por las victorias de Druso, Tiberio y Domicio; pero después, cuando el creciente poder de los germanos mantuvo a las armas romanas a distancia, solo se oyó hablar de él vagamente. De ahí que su fuente fuera probablemente descrita de forma inexacta en las tablas geográficas romanas. Tal vez, sin embargo, los hermunduros, cuando habían servido en el ejército de Maroboduus, recibieron tierras en esa parte de Bohemia en la que nace el Elba; en cuyo caso no habría error en el relato de Tácito.

[223] Habitantes de la parte de Baviera que se encuentra entre Bohemia y el Danubio.

[224] Habitantes de Bohemia.

[225] Habitantes de Moravia y de la parte de Austria entre esta y el Danubio. Sobre este pueblo, Amiano Marcelino, en su relato del reinado de Valentiniano y Valente, habla así: «Una conmoción repentina surgió entre los cuados; una nación actualmente de poca importancia, pero que anteriormente fue extremadamente guerrera y potente, como sus hazañas suficientemente demuestran».—xxix. 15.

[226] Su expulsión de los boyos, que habían dado nombre a Bohemia, ya ha sido mencionada. Antes de este periodo, los marcomanos moraban cerca de las fuentes del Danubio, donde ahora está el ducado de Wurtemberg; y, como supone Dithmar, debido a que habitaban las fronteras de Germania, eran llamados Marcmanner, de Marc (lo mismo que el antiguo inglés March), una frontera o límite.

[227] Estos pueblos justificaron su reputación militar por la peligrosa guerra que, en unión con los marcomanos, suscitaron contra los romanos en el reinado de Marco Aurelio.

[228] De este príncipe y su alianza con los romanos contra Arminio, hace mención Tácito, Anales, ii.

[229] Así, Vannius fue hecho rey de los cuados por Tiberio. (Véase Anales, ii. 63.) En un periodo posterior, Antonino Pío (como aparece en una medalla conservada en Spanheim) les dio a Furtius por rey. Y cuando lo expulsaron y pusieron a Ariogaeso en el trono, Marco Aurelio, a quien este le era odioso, se negó a confirmar la elección. (Dión, lxxi.)

[230] Estos pueblos habitaban lo que hoy es Galatz, Jagerndorf y parte de Silesia.

[231] Habitantes de parte de Silesia y de Hungría.

[232] Habitantes de parte de Hungría hasta el Danubio.

[233] Estos estaban asentados en torno a los montes Cárpatos y las fuentes del Vístula.

[234] Es probable que los suevos se distinguieran del resto de los germanos por un dialecto peculiar, así como por su vestimenta y modales.

[235] Ptolomeo menciona minas de hierro en o cerca del país de los cuados. Me imagino que la expresión «desgracia adicional» (o, más literalmente, «que podría avergonzarlos más») no se refiere meramente a la esclavitud de trabajar en minas, sino a la circunstancia de que ellos mismos extraían hierro, la sustancia mediante la cual podrían adquirir libertad e independencia. Esto es muy propio de Tácito. La palabra hierro era utilizada figurativamente por los antiguos para significar la fuerza militar en general. Así, Solón, en su bien conocida respuesta a Creso, le observó que la nación que poseyera más hierro sería dueña de todo su oro.—Aikin.

[236] Las montañas entre Moravia, Hungría, Silesia y Bohemia.

[237] Los ligios habitaban lo que hoy es parte de Silesia, de la Nueva Marca, de Prusia y Polonia a este lado del Vístula.

[238] Estas tribus estaban asentadas entre el Óder y el Vístula, donde ahora están parte de Silesia, de Brandeburgo y de Polonia. Se supone que los elisios dieron nombre a Silesia.

[239] Los griegos y romanos, bajo el nombre de los Dioscuros, o Cástor y Pólux, adoraban esas exhalaciones meteóricas que, durante una tormenta, aparecen en los mástiles de los barcos y se supone que denotan una calma próxima. Una especie de veneración religiosa todavía se rinde a este fenómeno por parte de los católicos romanos, bajo la denominación de fuego de San Telmo. Los naharvalos parecen haber otorgado el mismo carácter de divinidad al fuego fatuo; y el nombre Alcis es probablemente el mismo que el de Alff o Alp, que las naciones del norte aplican todavía a los genios imaginarios de las montañas. Las deidades sármatas Lebus y Polebus, cuya memoria todavía subsiste en los festivales polacos, tuvieron, quizás, el mismo origen.

[240] Ninguna costumbre ha sido más universal entre los pueblos no civilizados que pintarse el cuerpo, ya sea con el propósito de adorno o con el de inspirar terror.

[241] Habitantes de lo que hoy es la Pomerania Posterior, la Nueva Marca y la parte occidental de Polonia, entre el Óder y el Vístula. Eran un pueblo diferente de los godos, aunque, quizás, aliados con ellos.

[242] Estos pueblos estaban asentados en la orilla del Báltico, donde ahora están Colberg, Casubia y la Pomerania Posterior. Su nombre todavía se conserva en la ciudad de Rugenwald y la isla de Rügen.

[243] Estos fueron también pobladores del Báltico, alrededor de las modernas Stolpe, Dantzig y Lauenburgo. Los hérulos parecen haber ocupado posteriormente los asentamientos de los lemovios. De estos últimos no ocurre más mención; pero los hérulos se hicieron famosos en toda Europa y Asia, y fueron los primeros de los germanos que fundaron un reino en Italia bajo Odoacro.

[244] Los suiones habitaban Suecia y las islas danesas de Fionia, Langeland, Selandia, Lolland, etc. De ellos y de los cimbrios derivaron los normandos, quienes, después de sembrar el terror por varias partes del imperio, al fin se apoderaron de la fértil provincia de Normandía en Francia. Los nombres de godos, visigodos y ostrogodos se hicieron aún más famosos, siendo ellos las naciones que consumaron la ruina del imperio romano. Las leyes de los visigodos todavía existen; pero se alejan mucho de la sencillez habitual de las leyes germanas.

[245] Los romanos, que tenían solo un conocimiento imperfecto de esta parte del mundo, imaginaron aquí esas «vastas extensiones insulares» mencionadas al principio de este tratado. De ahí que Plinio, también, diga del mar Báltico (sinus Codanus) que «está lleno de islas, la más famosa de las cuales, Escandinavia (ahora Suecia y Noruega), es de una magnitud desconocida; siendo conocida solo la parte de ella que está ocupada por los hileviones, una nación que habita quinientos cantones; quienes llaman a este país otro globo». (Lib. iv. 13.) La memoria de los hileviones todavía se conserva en la parte de Suecia llamada Halland.

[246] Su poder naval continuó siendo tan grande que tuvieron la gloria de redactar el código náutico, cuyas leyes fueron escritas por primera vez en Wisby, la capital de la isla de Gotland, en el siglo XI.

[247] Esta es exactamente la forma de las canoas indígenas, las cuales, sin embargo, generalmente se manejan con velas además de remos.

[248] La gran opulencia de un templo de los suiones, como lo describe Adán de Bremen (Hist. Ecl. cap. 233), es una prueba de la riqueza que en todo momento ha acompañado al dominio naval. «Esta nación», dice, «posee un templo de gran renombre, llamado Ubsola (ahora Upsala), no lejos de las ciudades de Sictona y Birca (ahora Sigtuna y Bioerkoe). En este templo, que está enteramente adornado con oro, el pueblo adora las estatuas de tres dioses; el más poderoso de los cuales, Thor, está sentado en un diván en medio; con Odín a un lado y Fricca al otro». De las ruinas de las ciudades de Sictona y Birca surgió la actual capital de Suecia, Estocolmo.

[249] De ahí que Spener (Notit. German. Antiq.) concluya acertadamente que la corona era hereditaria, y no electiva, entre los suiones.

[250] Es incierto si lo que ahora se llama Océano Glacial se refiere aquí, o las extremidades norteñas del mar Báltico, los golfos de Botnia y Finlandia, que se congelan cada invierno de modo que se vuelven innavegables.

[251] Los verdaderos principios de la astronomía nos han enseñado ahora la razón por la cual, en una cierta latitud, el sol, en el solsticio de verano, parece no ponerse nunca: y en una latitud más baja, el crepúsculo vespertino continúa hasta la mañana.

[252] La verdadera lectura aquí es, probablemente, «sumergiéndose»; puesto que era una noción común en aquel periodo que el descenso del sol en el océano iba acompañado de una especie de sonido sibilante, como el hierro al rojo vivo sumergido en agua. Así Juvenal, Sat. xiv, 280:—

Audiet Herculeo stridentem gurgite solem. «Oirá al sol sibilando en el golfo hercúleo».

[253] En lugar de formas deorum, «formas de deidades», algunos, con más probabilidad, leen equorum, «de los caballos», que se finge que tiran del carro del sol.

[254] Así Quinto Curcio, hablando del océano Índico, dice: «La naturaleza misma no puede proceder más allá».

[255] El mar Báltico.

[256] Ahora, el reino de Prusia, los ducados de Samogitia y Curlandia, los palatinados de Livonia y Estonia, en cuyo nombre último se conserva la antigua denominación de estos pueblos.

[257] Porque los habitantes de esta parte extrema de Germania retuvieron el lenguaje escítico-céltico, que prevaleció durante mucho tiempo en Britania.

[258] Una deidad de origen escita, llamada Frea o Fricca. Véase la Introducción a la Historia de Dinamarca de Mallet.

[259] Muchos vestigios de esta superstición permanecen hasta el día de hoy en Suecia. Los campesinos, en el mes de febrero, la estación antiguamente sagrada para Frea, hacen pequeñas imágenes de jabalíes en pasta, que aplican a diversos usos supersticiosos. (Véase Eccard.) Una figura de una Mater Deum, con el jabalí, es presentada por el Sr. Pennant, en su Viaje por Escocia, 1769, p. 268, grabada de una piedra encontrada en la gran estación de Netherby en Cumberland.

[260] La causa de esto fue, probablemente, su situación confinada, la cual no les permitía vagar en partidas de caza y pillaje, como al resto de los germanos.

[261] Este nombre fue transferido al vidrio cuando este entró en uso. Plinio habla de la producción de ámbar en este país de la siguiente manera: "Es cierto que el ámbar se produce en las islas del Océano Septentrional, y es llamado por los germanos gless. Una de estas islas, nombrada por los nativos Austravia, fue por esta razón llamada Glessaria por nuestros marineros en la flota de Germánico". Lib. xxxvii. 3.

[262] Gran parte del ámbar prusiano es recogido aún en la actualidad en las costas del Báltico. Mucho también se encuentra arrastrado fuera de los acantilados arcillosos de Holderness. Véase Tour in Scotland, 1769, p. 16.

[263] A tal grado que los Guttones, que antiguamente habitaban esta costa, hacían uso del ámbar como combustible, y lo vendían para tal fin a los Teutones vecinos. (Plin. xxxvii. 2.)

[264] Varios juguetes y utensilios de ámbar, tales como brazaletes, collares, anillos, copas e incluso columnas, podían encontrarse entre los lujosos romanos.

[265] En una obra de Goeppert y Berendt, sobre "El ámbar y los restos fósiles de plantas contenidos en él", publicada en Berlín, 1845, se encuentra un pasaje (del cual se ofrece aquí una traducción) que armoniza por completo con el relato de Tácito: "Alrededor de las partes que son conocidas con el nombre de Samland emergió una isla, o más bien un grupo de islas, ... que gradualmente aumentaron en circunferencia, y, favorecidas por un clima marino suave, fueron cubiertas de vegetación y bosque. Este bosque fue el medio por el cual se produjo el ámbar. Ciertos árboles en él exudaban resinas en tales cantidades que el suelo forestal hundido parece ahora estar lleno de ellas hasta tal grado, como si solo hubiera sido privado de una parte muy insignificante de su contenido por las erupciones posteriores del mar y las innumerables tormentas que han azotado el océano durante siglos". Por lo tanto, aunque se encuentre bajo tierra, parece haber sido originalmente el producto de algún árbol resinoso. De ahí, también, la razón de la aparición de insectos, etc., en él, como menciona Tácito.

[266] Noruegos.

[267] Todo más allá del Vístula era considerado Sarmatia. Estos pueblos, por tanto, eran propiamente habitantes de Sarmatia, aunque por sus costumbres parecían de origen germano.

[268] Plinio también cuenta a los Peucini entre las naciones germanas: "La quinta parte de Germania está poseída por los Peucini y Bastarnae, que limitan con los dacios" (iv. 14). De Estrabón parece desprenderse que los Peucini, parte de los Bastarnae, habitaban el país alrededor de las bocas del Danubio, y particularmente la isla Peuce, hoy Piczina, formada por el río.

[269] Las habitaciones de los Peucini eran fijas; mientras que los sármatas vagaban en sus carromatos.

[270] "Sordes omnium ac torpor; procerum connubiis mixtis nonnihil in Sarmatarum habitum foedantur." En muchas ediciones, el punto y coma no se coloca después de torpor, sino después de procerum. El sentido del pasaje así leído es: "Los jefes son perezosos y estúpidos, además de sucios, como todos los demás. Los matrimonios mixtos con los sármatas han degradado", etc.

[271] Los Venedi se extendían más allá de los Peucini y Bastarnae hasta el mar Báltico; donde se encuentra el Sinus Venedicus, hoy el Golfo de Dantzig. Su nombre también se conserva en Wenden, una parte de Livonia. Cuando las naciones germanas hicieron su irrupción en Italia, Francia y España, los Venedi, también llamados Winedi, ocuparon sus asentamientos vacíos entre el Vístula y el Elba. Después cruzaron el Danubio y tomaron Dalmacia, Ilírico, Istria, Carniola y los Alpes Nóricos. Una parte de Carniola aún conserva el nombre de Windismarck, derivado de ellos. Este pueblo también era llamado eslavo; y su lengua, la eslavónica, aún prevalece a través de una vasta extensión de tierra.

[272] Este es todavía el modo de vivir de los sucesores de los sármatas, los tártaros nogayos.

[273] Su país es llamado por Plinio Eningia, hoy Finlandia. Warnefrid (De Gest. Langobard. i. 5) describe así su estado salvaje y miserable: "Los Scritobini, o Scritofinni, no están sin nieve en medio del verano; y, siendo poco superiores en sagacidad a las bestias, no viven de otro alimento que la carne cruda de animales salvajes, cuyas pieles velludas usan para vestirse. Derivan su nombre, según la lengua bárbara, de saltar, porque cazan fieras por cierto método de saltar o brincar con piezas de madera dobladas en forma de arco". Aquí hay una descripción evidente de las raquetas de nieve en uso común entre los salvajes de América del Norte, así como entre los habitantes de las partes más septentrionales de Europa.

[274] Como se menciona justo después que su principal dependencia es la caza obtenida, esto solo puede significar que el alimento vegetal que usan consiste en hierbas silvestres, en oposición a los productos cultivados de la tierra.

[275] Los esquimales y los isleños de los Mares del Sur hacen lo mismo hasta el día de hoy.

[276] Pueblos de Laponia. El origen de esta fábula fue probablemente la manera de vestirse en estas regiones frías, donde los habitantes se entierran en las pieles más gruesas, sin dejar apenas nada con forma de criatura humana.

[277] Es con verdadero juicio que este excelente historiador evita entremezclar narraciones fabulosas con la materia tan interesante e instructiva de este tratado. Tal mezcla podría haber puesto en entredicho la fidelidad del relato en general; el cual, a pesar de las sospechas profesadas por algunos críticos, no contiene nada que no sea enteramente consonante con la verdad y la naturaleza. Si Tácito hubiera dado rienda suelta a su invención en la descripción de las costumbres germanas, ¿es probable que hubiera podido ofrecer una imagen tan justa del estado de un pueblo bajo circunstancias similares, las tribus salvajes de América del Norte, como las hemos visto dentro del presente siglo? ¿Es probable que sus relaciones hubieran sido tan admirablemente confirmadas por los códigos de leyes aún existentes de las diversas naciones germanas; tales como la Sálica, la Ripuaria, la Burgundia, la Inglesa y la Lombarda? ¿O que después del transcurso de tantos siglos, y los numerosos cambios de imperio, las costumbres, leyes y modales que describe deban ser rastreados aún en todos los diversos pueblos de derivación germana? Mientras se estudien la constitución y jurisprudencia originales de nuestro propio país y de otros países europeos, este tratado será considerado como uno de los monumentos más preciosos y auténticos de la antigüedad histórica.

LA VIDA DE CNEO JULIO AGRÍCOLA.

[1] Rutilio fue cónsul en el año 104 a. C.; y por su vida recta y gran severidad fue desterrado en el año 92 a. C. Tácito es el único escritor que dice que él escribió su propia vida. Ateneo menciona que escribió una historia de los asuntos de Roma en lengua griega. Escauro fue cónsul en el año 114 a. C., y de nuevo en el 106 a. C. Es el mismo Escauro a quien Salustio menciona como habiendo sido sobornado por Yugurta. Como el destierro de Rutilio tuvo lugar por acusación de Escauro, es posible que, cuando el primero escribió su vida, el segundo también escribiera la suya, a fin de defenderse de los cargos presentados contra él.

[2] Venia opus fuit. Todo este pasaje ha desconcertado enormemente a los críticos. El texto es disputado, y no hay acuerdo sobre por qué Tácito pide indulgencia. Brotier, Dronke y otros dicen que pide indulgencia por la inferioridad de su estilo y manera (incondita ac rudi voce, c. 3), en comparación con los autores distinguidos (quisque celeberrimus) de una era anterior y mejor. Pero no habría habido menos ocasión de disculparse por eso si los tiempos sobre los que escribió no hubieran sido tan hostiles a la virtud. Hertel, La Bletterie y muchos críticos franceses entienden que se disculpa por escribir la memoria de su suegro tan tarde (nunc), cuando ya estaba muerto (defuncti), en lugar de hacerlo, como los grandes hombres de antaño, mientras el sujeto de sus memorias aún vivía; y alega, en justificación de la demora, que no podría haberlo escrito antes sin enfrentar los peligros de esa era cruel (la era de Domiciano). Esto tiene mucho sentido. La única objeción contra ello es que la expresión, opus fuit, parece implicar más bien que era necesario justificarse por escribirla en absoluto, citando los ejemplos de antiguos escritores distinguidos de biografías, como había hecho en la introducción anterior. ¿Pero por qué habría sido innecesario disculparse por escribir la vida de Agrícola si los tiempos en los que vivió no hubieran sido tan poco amistosos con la virtud? Porque entonces Agrícola habría tenido oportunidad de lograr victorias y honores, que habrían exigido narración, pero para los cuales los celos y la crueldad de Domiciano no daban ahora margen. Esta es la explicación de Roth; y la apoya con referencia al hecho de que los logros de Agrícola en la conquista de Britania, aunque sin duda tal como Tácito los ha descrito, ocupan un espacio tan pequeño en la historia general que ni siquiera son mencionados por ningún historiador antiguo excepto Dion Casio; y él los menciona principalmente por respeto al descubrimiento hecho por Agrícola, por primera vez, de que Britania era una isla (Vid. R. Exc. 1). Esta explicación responde a todas las demandas de gramática y lógica; pero como cuestión de gusto y sentimiento, no puedo aceptarla. Tal disculpa por la indignidad de su tema al comienzo de la biografía no concuerda con el tono de confianza digna que impregna la memoria. El mejor comentario que he visto sobre el pasaje es el de Walther; y quizás no daría más espacio a una cuestión tan discutida de lo que el estudioso requiere, extraerlo completo: "Venia", dice, "no es aquí otra cosa que lo que nosotros, en el lenguaje de la modestia, llamamos una disculpa, y tiene relación con la justificación misma que acaba de ofrecer en el exordio anterior. Porque Tácito allí apela al uso, no solo de la antigüedad remota, sino también de tiempos posteriores, para justificar su diseño de escribir la biografía de un hombre distinguido. No habría habido necesidad de tal disculpa en otros tiempos. En otros tiempos, prescindiendo de todo preámbulo, habría comenzado, como en el c. 4, 'Cneo Julio Agrícola', etc., seguro de que nadie cuestionaría la propiedad de su proceder. Pero ahora, después de un largo y servil silencio, cuando uno comienza de nuevo 'facta moresque posteris tradere', cuando pronuncia la primera palabra donde el habla y casi la memoria (c. 2) se habían perdido durante tanto tiempo, cuando se presenta como el primer vindicador de la virtud condenada, parece aventurarse en algo tan nuevo, tan extraño, tan audaz, que bien puede requerir una disculpa". Al comentar sobre cursaturus--tempora, Walther añade: "Si hay alguna audacia en el uso de palabras del autor aquí, ese mismo hecho se ajusta a la conexión, de que por el matiz mismo de su lenguaje, él pudiera pintar la audacia 'cursandi tam saeva et infesta virtutibus tempora'—de recorrer (como en una carrera, pues tal es la interpretación de Walther de cursandi) tiempos tan crueles y tan hostiles a la virtud. No es que esos tiempos pudieran excitar en Tácito ningún miedo personal real, pues habían pasado, y ahora podía pensar lo que quisiera, y hablar lo que pensaba (Hist. i. 1). Aun así, se estremece al recordar esas crueldades; y pisa con paso tembloroso, por así decirlo, incluso el camino obstruido recientemente por ellas. Mira a su alrededor para ver si, incluso ahora, puede pronunciar su voz con seguridad, y pide tímidamente perdón por aventurarse a romper el silencio reinante".—Tyler.

[3] Un pasaje en Dion ilustra excelentemente el hecho aquí referido: "Él (Domiciano) dio muerte a Rústico Aruleno, porque estudiaba filosofía y había dado a Trásea el apelativo de santo; y a Herenio Seneción, porque, aunque vivió muchos años después de servir el cargo de cuestor, no solicitó ningún otro puesto, y porque había escrito la Vida de Helvidio Prisco" (lxvii. p. 765). Con menos precisión, Suetonio, en su Vida de Domiciano (s. 10), dice: "Dio muerte a Junio Rústico, porque había publicado los panegíricos de Peto Trásea y Helvidio Prisco, y los había calificado de personas santísimas; y en esta ocasión expulsó a todos los filósofos de la ciudad y de Italia". Aruleno Rústico era estoico; por lo cual fue llamado insultantemente por M. Régulo "el mono de los estoicos, marcado con la cicatriz viteliana" (Plinio, Epist. i. 5). Trásea, que mató a Nerón, es registrado particularmente en los Anales, libro xvi.

[4] La expulsión de los filósofos, mencionada en el pasaje anterior citado de Suetonio.

[5] Este periodo verdaderamente feliz comenzó cuando, tras la muerte de Domiciano y la rescisión de sus actos, la autoridad imperial recayó en Nerva, cuyas virtudes fueron emuladas por los sucesivos emperadores, Trajano, Adriano y ambos Antoninos.

[6] Securitas publica, "la seguridad pública", era una expresión y deseo corriente, y era frecuentemente inscrita en medallas.

[7] El término del reinado de Domiciano.

[8] Parece que en este tiempo Tácito se propuso escribir no solo los libros de su Historia y Anales, que contienen el "memorial de la servidumbre pasada", sino un relato de las "bendiciones presentes" ejemplificadas en los sucesos bajo Nerva y Trajano.

[9] Había dos colonias romanas de este nombre; una en Umbría, supuesta ser el lugar llamado hoy Friuli; la otra en la Galia Narbonense, cuyo nombre moderno es Frejus. Esta última fue probablemente el lugar de nacimiento de Agrícola.

[10] De los procuradores que eran enviados a las provincias, algunos tenían a su cargo el ingreso público; otros, no solo ese, sino el ingreso privado del emperador. Estos eran los procuradores imperiales. Todos los cargos relativos a las finanzas estaban en posesión de los caballeros romanos; de los cuales los procuradores imperiales eran considerados nobles. De ahí la nobleza ecuestre de la que habla Tácito. En algunas de las provincias menores, los procuradores tenían la jurisdicción civil, así como la administración del ingreso. Este fue el caso en Judea.

[11] Séneca da un testimonio muy honorable de esta persona: "Si", dice, "tenemos ocasión para un ejemplo de una gran mente, citemos la de Julio Grecino, una excelente persona, a quien Cayo César dio muerte solo por esta razón, que era un hombre mejor de lo que podía tolerarse bajo un tirano" (De Benef. ii. 21). Sus libros sobre Viñedos son encomiados por Columela y Plinio.

[12] Calígula.

[13] Marco Silano era el padre de Claudia, la primera esposa de Cayo. Según los historiadores de ese periodo, Cayo tenía celos de él y aprovechaba toda oportunidad para mortificarlo. Tácito (Hist. iv. 48) menciona que el emperador lo privó del mando militar de las tropas en África de manera insultante. Dion (lix.) afirma que cuando, por su edad y rango, se le pedía habitualmente a Silano su opinión primero en el senado, el emperador encontraba un pretexto para evitar que este respeto fuera pagado a su mérito. Suetonio (iv. 23) registra que el emperador un día se hizo a la mar de manera apresurada y ordenó a Silano que lo siguiera. Esto, por miedo a la enfermedad, se negó a hacerlo; ante lo cual el emperador, alegando que se quedaba en tierra para apoderarse de la ciudad en caso de que le ocurriera algún accidente, lo obligó a cortarse la propia garganta. Parecería, por el presente pasaje de Tácito, que se tomaron algunas formas legales en el caso de Silano, y que se ordenó a Julio Grecino ser el acusador; y que aquel hombre de noble espíritu, negándose a participar en procedimientos tan crueles e inicuos, fue él mismo ejecutado.

[14] Sobre la parte que las matronas romanas tomaban en la educación de la juventud, Tácito ha dado un relato elegante e interesante en su Diálogo sobre la Oratoria, c. 28.

[15] Hoy Marsella. Esta fue una colonia de los foceos; de donde derivó aquella cortesía griega por la que fue famosa durante mucho tiempo.

[16] Era habitual que los generales admitieran a jóvenes de carácter prometedor a esta honorable compañía, que se asemejaba al cargo de un ayudante de campo en el servicio moderno. Así, Suetonio nos informa que César hizo su primera campaña en Asia como compañero de tienda de Marco Termo, el pretor.

[17] Este fue el destino de la colonia de veteranos en Camalodunum, hoy Colchester o Maldon. Un relato detallado de esta revuelta se da en el libro 14 de los Anales.

[18] Esto alude a la derrota de Petilio Cerial, quien vino con la novena legión a socorrer a la colonia de Camalodunum. Toda la infantería fue masacrada; y Petilio, solo con la caballería, escapó al campamento. Fue poco después de esto cuando Suetonio derrotó a Boadicea y sus fuerzas.

[19] Aquellos de Nerón.

[20] El cargo de cuestor era la entrada a todos los empleos públicos. Los cuestores y sus secretarios eran distribuidos por sorteo a las diversas provincias, para que no hubiera conexiones previas entre ellos y los gobernadores, sino que pudieran servir como controles mutuos.

[21] Hermano del emperador Otón.

[22] A la cabeza de los pretores, cuyo número fue diferente en distintos periodos del imperio, estaban el Pretor Urbano y el Pretor Peregrino. El primero administraba justicia entre los ciudadanos, el segundo entre los extranjeros. El resto presidía los debates públicos y tenía a su cargo la exhibición de los juegos públicos, que se celebraban con gran solemnidad durante siete días sucesivos, y a un gasto inmenso. Esto, en verdad, en tiempos de los emperadores, era casi el único negocio de los pretores, cuya dignidad, como expresa Tácito, consistía en los vanos adornos del Estado; de donde Boecio llama justamente al pretorado "un nombre vacío, y una carga penosa para el rango senatorial".

[23] Nerón había saqueado los templos para el suministro de su extravagancia y libertinaje. Véase Anales, xv. 45.

[24] Este fue el año de Roma 822; desde el nacimiento de Cristo, 69.

[25] Las crueldades y depredaciones cometidas en la costa de Italia por esta flota son descritas con colores vivos por Tácito, Hist. ii. 12, 13.

[26] Hoy el condado de Ventimiglia. El ataque a la ciudad municipal de este lugar, llamada Albium Intemelium, se menciona particularmente en el pasaje referido anteriormente.

[27] En el mes de julio de este año.

[28] La vigésima legión, apodada la Victoriosa, estaba estacionada en Britania en Deva, la moderna Chester, donde se han descubierto muchas inscripciones y otros monumentos de antigüedades romanas.

[29] Roscio Celio. Sus disputas con el gobernador de Britania, Trebelio Máximo, son relatadas por Tácito, Hist. i. 60.

[30] Los gobernadores de la provincia, y comandantes en jefe sobre todas las legiones estacionadas en ella.

[31] Había sido anteriormente comandante de la novena legión.

[32] La provincia de Aquitania se extendía desde los montes Pirineos hasta el río Liger (Loira).

[33] Los gobernadores de las provincias vecinas.

[34] Agrícola fue cónsul en el año de Roma 830, d. C. 77, junto con Domiciano. Sucedieron, en las calendas de julio, a los cónsules Vespasiano y Tito, que comenzaron el año.

[35] Fue admitido en el Colegio Pontifical, a cuya cabeza estaba el Pontífice Máximo.

[36] Julio César, Tito Livio, Estrabón, Fabio Rústico, Pomponio Mela, Plinio, etc.

[37] Así César: "Un lado de Britania se inclina hacia España, y el sol poniente; en cuya parte está situada Irlanda" (Bell. Gall. v. 13).

[38] Estas, así como otras semejanzas sugeridas por los geógrafos antiguos, han sido destruidas en su mayoría por la mayor precisión de los mapas modernos.

[39] Esto es tan cierto que el extremo norte de Escocia es mucho más estrecho que la costa sur de Inglaterra.

[40] Las islas Orcadas. Estas, aunque ahora conocidas a fondo por los romanos, habían sido oídas antes y mencionadas por autores. Así Mela, iii. 6: "Hay treinta Orcadas, separadas unas de otras por estrechos". Y Plinio, iv. 16: "Las Orcadas son cuarenta en número, a poca distancia unas de otras". En el reinado de Claudio, el informe sobre estas islas fue particularmente corriente, y la adulación lo convirtió en la noticia de una victoria. De ahí que Jerónimo en su Crónica diga: "Claudio triunfó sobre los británicos, y añadió las Orcadas al imperio romano".

[41] Camden supone que las islas Shetland son las que se quieren decir aquí por Thule; otros imaginan que ha sido una de las Hébridas. Plinio, iv. 16, menciona Thule como la más remota de todas las islas conocidas; y, al situarla a solo un día de navegación del Océano Glacial, hace probable que se refiriera a Islandia. Procopio (Bell. Goth, ii. 15) habla de otra Thule, que debe haber sido Noruega, la cual muchos de los antiguos pensaban que era una isla. El Sr. Pennant supone que la Thule aquí referida era Foula, una isla muy elevada, una de las más occidentales de las Shetland, que podía ser avistada fácilmente por la flota.

[42] Hasta donde se puede elucidar el significado de este pasaje, parecería que los primeros circunnavegadores de Britania, para realzar la idea de sus peligros y penalidades, habían representado el mar del Norte como en un estado tan espesado y semisólido que los remos apenas podían accionarse o el agua ser agitada por los vientos. Tácito, sin embargo, prefiere explicar su condición estancada por la falta de vientos y la dificultad de mover tan gran masa de aguas. Pero el hecho, tomado de cualquier manera, es erróneo; pues este mar nunca se observa congelado, y es notablemente tormentoso y tempestuoso. —Aiken.

[43] El gran número de fiordos y entradas de mar, que casi cortan las partes septentrionales de la isla, así como la altura de las mareas en la costa, hacen que esta observación sea peculiarmente apropiada.

[44] César menciona que se suponía que los habitantes del interior de Britania se habían originado en la isla misma. (Bell. Gall. v. 12.)

[45] Caledonia, ahora Escocia, estaba en aquel tiempo cubierta por vastos bosques. Así Plinio, iv. 16, hablando de Britania, dice que "durante los últimos treinta años las armas romanas no habían extendido el conocimiento de la isla más allá del bosque caledonio".

[46] Habitantes de lo que ahora son los condados de Glamorgan, Monmouth, Brecknock, Hereford y Radnor.

[47] Los iberos eran un pueblo de España, llamados así por su vecindad al río Iberus, ahora Ebro.

[48] De estos, los habitantes de Kent son mencionados honrosamente por César. "De todos estos pueblos, con mucho los más civilizados son los que habitan el país marítimo de Cantium, quienes difieren poco en sus costumbres de los galos." —Bell. Gall. v. 14.

[48] Por la oblicuidad de las costas opuestas de Inglaterra y Francia, alguna parte de la primera corre más al sur que el extremo norte de la segunda.

[50] Particularmente las misteriosas y sangrientas solemnidades de los druidas.

[51] Los niños nacían y eran criados en esta ferocidad. Así Solino, c. 22, hablando de la nación guerrera de los britanos, dice: "Cuando una mujer da a luz un hijo varón, coloca su primer alimento sobre la espada del marido, y con la punta lo introduce suavemente en la boca del pequeño, rogando a sus deidades patrias que su muerte pueda ser de igual manera en medio de las armas".

[52] En el reinado de Claudio.

[53] La práctica de los griegos en la era homérica era la inversa a esta.

[54] Así, los reyes Cunobelinus, Caractacus y Prasutagus, y las reinas Cartismandua y Boadicea, son mencionados en diferentes partes de Tácito.

[55] César dice de Britania: "el clima es más templado que el de la Galia, siendo el frío menos severo". (Bell. Gall. v. 12.) Esto ciertamente proviene de su situación insular y la humedad de su atmósfera.

[56] Así Plinio (ii. 75): "El día más largo en Italia es de quince horas, en Britania de diecisiete, donde en verano las noches son claras".

[57] Tácito, a través del medio de Agrícola, debe haber obtenido este informe, ya sea de los hombres de Escandinavia, o de aquellos de los britanos que habían pasado a ese país, o haber sido informado al respecto por quienes lo habían visitado. Es totalmente cierto que, en la parte más alejada de Noruega, y así también de nuevo en Islandia y las regiones alrededor del Polo Norte, hay, en el solsticio de verano, un día casi ininterrumpido durante cerca de dos meses. Tácito parece afirmar aquí esto como el caso universal, no habiendo oído que, en el solsticio de invierno, hay una noche de igual duración.

[58] Tácito, después de haber dado el informe de los britanos tal como lo había oído, probablemente de Agrícola, procede ahora a exponer sus propias opiniones sobre el tema. Representa que, como el extremo norte es llano, no hay nada, cuando el sol está en el horizonte distante, que proyecte una sombra hacia el cielo: que la luz, ciertamente, es interceptada por la superficie de la tierra misma, y así hay oscuridad sobre ella; pero que el cielo arriba sigue estando claro y brillante por sus rayos. Y de ahí supone que el brillo de las regiones superiores neutraliza la oscuridad en la tierra, formando un grado de luz equivalente al crepúsculo vespertino o al alba matutina, o, de hecho, haciendo casi imposible decidir cuándo termina la tarde y comienza la mañana. Compárese el siguiente relato, tomado de una "Descripción de una visita a Shetland", en el vol. viii de Chambers' Miscellany: "Estando ahora en el grado 60 de latitud norte, apenas se podía decir que la luz del día nos había abandonado durante la noche, y a las 2 de la mañana, aunque la niebla todavía colgaba sobre nosotros, podíamos ver tan claramente como lo hacemos en Londres a cualquier hora de un día de noviembre".

[59] El Sr. Pennant tiene una observación agradable sobre el suelo y el clima de nuestra isla, concordando bien con la de Tácito: "El clima de Gran Bretaña es, por encima de todos los demás, productivo de la mayor variedad y abundancia de vegetales sanos, los cuales, para coronar nuestra felicidad, están casi igualmente difundidos por todas sus partes: esta fertilidad general se debe a esos cielos nublados, que los extranjeros erróneamente presentan como un reproche a nuestro país: pero soportemos alegremente una penumbra temporal, que viste no solo nuestros prados, sino nuestras colinas, con el más rico verdor". —Brit. Zool. 4to. i. 15.

[60] Estrabón (iv. 138) testifica lo mismo. Cicerón, por otra parte, afirma que no se encuentra ni un solo grano de plata en esta isla. (Ep. ad Attic, iv. 16.) Si recurrimos a las autoridades modernas, encontramos a Camden mencionando minas de oro y plata en Cumberland, plata en Flintshire y oro en Escocia. El Dr. Borlase (Hist. of Cornwall, p. 214) relata que, tan tarde como el año 1753, se encontraron varias piezas de oro en lo que los mineros llaman estaño de corriente; y ahora se obtiene plata en cantidad considerable de varios de nuestros minerales de plomo. Un curioso documento, concerniente a las minas de oro de Escocia, es dado por el Sr. Pennant en el Apéndice (N.º x) a su segunda parte de un "Viaje por Escocia en 1772", y un relato mucho más general de las minas y minerales de Gran Bretaña en los primeros tiempos, en su "Viaje por Gales de 1773", pp. 51-66.

[61] Camden menciona que se encontraron perlas en los condados de Caernarvon y Cumberland, y en el mar británico. El Sr. Pennant, en su "Viaje por Escocia en 1769", toma nota de una considerable pesquería de perlas del mejillón de agua dulce, en las cercanías de Perth, de donde se enviaron a Londres perlas por valor de 10.000 libras entre 1761 y 1764. Sin embargo, estaba casi agotada cuando visitó el país. Véase también el cuarto volumen de la Br. Zool. del Sr. Pennant (Clase vi. N.º 18), donde da un relato mucho más amplio de las perlas británicas. Orígenes, en su Comentario sobre Mateo, pp. 210, 211, da una descripción de la perla británica, que, dice, era la siguiente en valor a la india: "Su superficie es de color oro, pero es turbia y menos transparente que la india". Plinio habla de las uniones británicas de la siguiente manera: "Es cierto que en Britania se producen pequeñas y descoloridas; ya que el deificado Julio nos ha dado a entender que el pectoral que dedicó a Venus Genitrix, y colocó en su templo, estaba hecho de perlas británicas". —ix. 35.

[62] Las dos expediciones de César a Britania fueron en los años de Roma 699 y 700. Él mismo da cuenta de ellas, y también son mencionadas por Estrabón y Dión.

[63] Fue la sabia política de Augusto no extender más los límites del imperio; y con respecto a Britania, en particular, pensó que la conquista y preservación de esta conllevaría más gastos de los que podría compensar. (Estrabón, ii. 79, y iv. 138.) Tiberio, quien siempre profesó una deferencia total por las máximas y mandatos de Augusto, en este caso, probablemente, estaba convencido de su propiedad.

[64] Calígula.

[65] Claudio invadió Britania en el año de Roma 796, d.C. 43.

[66] En la parroquia de Dinder, cerca de Hereford, todavía permanecen los vestigios de un campamento romano, llamado Oyster-hill, según se supone por este Ostorio. Britania de Camden, por Gibson, p. 580.

[67] El de Camalodunum, ahora Colchester o Maldon.

[68] La Mona de Tácito es la Isla de Anglesey, la de César es la Isla de Man, llamada por Plinio Monapia.

[69] La avaricia de Catus Decidiano, el procurador, es mencionada por Tácito como la causa por la cual los britanos fueron forzados a esta guerra (Annal. xiv. 32).

[70] Julio Clasiciano, quien sucedió a Decidiano, estaba en desacuerdo con el gobernador, pero no fue menos opresivo para la provincia.

[71] Por la matanza de Varo.

[72] El Rin y el Danubio.

[73] Boadicea, cuyo nombre se escribe de diversas formas: Boudicea, Bonduca, Voadicea, etc., era reina de los icenos, o pueblo de Suffolk, Norfolk, Cambridgeshire y Huntingdonshire. Un relato detallado de esta revuelta se da en los Anales, xiv. 31, y ss.

[74] De Camalodunum.

[75] Esto fue en el año 61 d.C. Según Tácito, Hist. i. 6, Petronio Turpiliano fue ejecutado por Galba, año 68 d.C.

[76] La fecha de su llegada es incierta.

[77] Fue enviado a Britania por Vespasiano, año 69 d.C.

[78] Los brigantes habitaban Yorkshire, Lancashire, Westmoreland, Cumberland y Durham.

[79] La fecha de su llegada a Britania es incierta. Este Frontino es el autor de la obra sobre "Estratagemas", y, en el momento de su nombramiento para la lugartenencia de Britania, era curator aquarum en Roma. Esto, probablemente, fue lo que le indujo a escribir su otra obra sobre los acueductos de Roma.

[80] Esto parece referirse a haber visto limitadas sus operaciones militares por la parsimonia de Vespasiano, quien le negó el permiso para atacar a otros pueblos que no fueran los siluros. Véase c. 11.

[81] Dónde habitaba este pueblo se menciona en la p. 355, nota 5.

[82] Esto fue en el año de Roma 831, de Cristo 78.

[83] Habitantes del norte de Gales, excluyendo la isla de Anglesey.

[84] Es decir, algunos estaban a favor de la acción inmediata, otros de la demora. En lugar de et quibus, leemos con la edición del Dr. Smith (Londres, 1850), ut quibus.

[85] Vexilla se utiliza aquí para vexillarii. "Bajo el Imperio, el nombre de Vexillarii se daba a un cuerpo distinto de soldados que se suponía compuesto por veteranos, liberados del juramento militar y del servicio regular, pero mantenidos bajo una bandera separada (vexillum), para prestar asistencia al ejército si fuera necesario, custodiar la frontera y guarnecer provincias recientemente conquistadas; un cierto número de estos supernumerarios estaba adscrito a cada legión. (Tac. Hist. ii. 83, 100; Ann. i. 36)." —Rich, Comp. to Dict. and Lex. s. v. Vexillum.

[86] Un paso hacia el valle de Clwyd, en la parroquia de Llanarmon, todavía se llama Bwlch Agrikle, probablemente por haber sido ocupado por Agrícola en su camino a Mona. —Sr. Pennant.

[87] Por esta circunstancia parecería que estos auxiliares eran bátavos, cuya habilidad en esta práctica es relatada por Tácito, Hist. iv. 12.

[88] Era costumbre de los generales romanos decorar con ramas de laurel las cartas en las que enviaban a casa las noticias de cualquier éxito notable. Así Plinio, xv. 30: "El laurel, el principal mensajero de alegría y victoria entre los romanos, se coloca en las cartas y en las lanzas y jabalinas de los soldados". El laurus de los antiguos era probablemente el árbol de laurel, y no lo que ahora llamamos laurel.

[89] Ascire, al. accire, "Recibir en el servicio regular". La referencia es a la transferencia de soldados de los supernumerarios a las legiones. Así Walch, seguido por Dronke, Both y Walther. La cláusula siguiente implica que se cuidó de recibir en el servicio solo a los mejores hombres (optimum quemque), de quienes confiaba que serían fieles (fidelissimum).

[90] De manera similar, Suetonio dice de Julio César: "No notó ni castigó cada crimen; pero mientras investigaba estrictamente y castigaba rigurosamente la deserción y el motín, toleraba otras faltas". —Vida de Julio César, s. 67.

[91] Muchos comentaristas proponen leer "exacción" en lugar de "aumento". Pero este último puede permitirse permanecer, especialmente porque Suetonio nos informa que "Vespasiano, no contento con renovar algunos impuestos remitidos bajo Galba, añadió nuevos y pesados: y aumentó los tributos pagados por las provincias, incluso duplicando algunos". —Vida de Vesp. s. 19.

[92] En el año de Roma 832. d.C. 79.

[93] Muchos vestigios de estos u otros campamentos romanos aún permanecen en diferentes partes de Gran Bretaña. Dos principales, en el condado de Annandale, en Escocia, llamados Burnswork y Middleby, son descritos extensamente por Gordon en su Itiner. Septentrion, pp. 16, 18.

[94] El año de Roma 833, d.C. 80.

[95] Ahora el fiordo de Tay.

[96] El principal de ellos estaba en Ardoch, asentado de tal manera que controlaba la entrada a dos valles, Strathallan y Strathearn. Una descripción y plano de sus restos, todavía en buen estado de conservación, son dados por el Sr. Pennant en su Viaje por Escocia en 1772, parte ii. p. 101.

[97] El año de Roma 834, d.C. 81.

[98] Los fiordos de Clyde y Forth.

[99] El istmo de tierra entre estos brazos opuestos del mar tiene solo unas treinta millas de ancho. Unos cincuenta y cinco años después de que Agrícola dejara la isla, Lolio Úrbico, gobernador de Britania bajo Antonino Pío, erigió un vasto muro o terraplén, que se extendía desde Old Kirkpatrick en el Clyde hasta Caeridden, a dos millas al oeste de Abercorn, en el Forth, un espacio de casi treinta y siete millas, defendido por doce o trece fuertes. Se supone que estos estaban en el sitio de los de Agrícola. Este muro se llama generalmente el dique de Graham; y algunas partes de él subsisten actualmente.

[100] El año de Roma 835, d.C. 82.

[101] Cruzando el fiordo de Clyde, o la bahía de Dumbarton, y girando hacia la costa occidental de Argyleshire, o las islas de Arran y Bute.

[102] El golfo de Vizcaya.

[103] El Mediterráneo.

[104] El año de Roma 836, d.C. 83.

[105] Las partes orientales de Escocia, al norte del fiordo de Forth, donde ahora están los condados de Fife, Kinross, Perth, Angus, etc.

[106] Esta legión, que había sido debilitada por muchos enfrentamientos, fue después reclutada, y luego llamada Gemina. Se supone por Gordon que su estación en este asunto fue Lochore en Fifeshire. El Sr. Pennant imagina más bien que el lugar del ataque fue Comerie en Perthshire.

[107] Para un relato de este pueblo, véase Costumbres de los germanos, c. 32.

[108] El Sr. Pennant recibió un regalo en Skye: una espada de bronce y un denario encontrados en esa isla. ¿No podrían haber sido perdidos por alguno de estos hombres en uno de sus desembarcos?

[109] El Rin.

[110] Esta expedición extraordinaria, según Dión, partió desde el lado occidental de la isla. Por lo tanto, deben haber bordeado toda esa parte de Escocia, deben haber pasado la intrincada navegación a través de las Hébridas y el peligroso estrecho de Pentland Firth, y, después de llegar al lado oriental, deben haber sido arrastrados a la desembocadura del mar Báltico. Aquí perdieron sus barcos; y, en su intento de proceder hacia casa por tierra, fueron capturados como piratas, una parte por los suevos y el resto por los frisones.

[111] El año de Roma 837, d.C. 84.

[112] El escenario de este célebre enfrentamiento es supuesto por Gordon (Itin. Septent.) en Strathern, cerca de un lugar ahora llamado Kirk of Comerie, donde hay restos de dos campamentos romanos. El Sr. Pennant, sin embargo, en su Viaje en 1772, parte ii. p. 96, da razones que parecen bien fundadas para disentir de la opinión de Gordon.

[113] La grafía más habitual de este nombre es Galgacus; pero se prefiere la otra por ser de mejor autoridad.

[114] "Paz dada al mundo" es una inscripción muy frecuente en las medallas romanas.

[115] Era la política romana enviar a los reclutas levantados en las provincias a algún país distante, por temor a su deserción o revuelta.

[116] Cuánto fue este el destino de los romanos mismos, cuando, en la decadencia del imperio, se vieron obligados a pagar tributo a los bárbaros circundantes, se muestra en colores vivos por Salviano: "Llamamos regalo a lo que es una compra, y una compra de una condición la más dura y miserable. Porque todos los cautivos, una vez rescatados, disfrutan de su libertad: nosotros pagamos continuamente un rescate, pero nunca somos libres". —De Gubern. Dei, vi.

[118] La expedición de Claudio a Britania fue en el año de Roma 796, del cual al período de este enfrentamiento solo habían transcurrido cuarenta y dos años. El número cincuenta, por tanto, se da de forma oratoria más que precisa.

[119] La palabra latina usada aquí, covinarius, significa el conductor de un covinus, o carro, cuyo eje estaba doblado en forma de guadaña. La manera británica de luchar desde carros es descrita particularmente por César, quien les da el nombre de esseda: "La siguiente es la manera de luchar desde essedae: Primero conducen alrededor con ellos a todas partes de la línea, lanzando sus jabalinas, y generalmente desordenando las filas por el propio susto ocasionado por los caballos y el traqueteo de las ruedas: luego, tan pronto como se han insinuado entre las tropas de caballería, saltan de sus carros y luchan a pie. Los conductores entonces se retiran un poco de la batalla, para que, si sus amigos son dominados por el número, puedan tener una retirada segura hacia los carros. Así actúan con la celeridad de la caballería y la estabilidad de la infantería; y por el uso y ejercicio diario adquieren el poder de sostener a sus caballos a toda velocidad por una pendiente pronunciada, de detenerlos repentinamente y girar en un espacio estrecho; y se acostumbran a correr sobre la lanza, pararse en el travesaño y desde allí, con gran agilidad, recuperar su lugar en el carro." —Bell. Gall. iv. 33.

[120] Estos escudos, llamados cetrae en latín, estaban hechos de cuero. La espada ancha y el escudo fueron hasta hace muy poco las armas peculiares de los montañeses.

[121] Se han encontrado varias inscripciones en Britania que conmemoran las cohortes tungrianas.

[122] La gran concisión de Tácito ha hecho que la descripción de esta batalla sea algo oscura. Lo siguiente, sin embargo, parece haber sido el curso general de los acontecimientos en ella: la infantería en ambos lados comenzó el enfrentamiento. La primera línea de los britanos, que estaba formada en la llanura, al ser rota, los auxiliares romanos avanzaron colina arriba tras ellos. Mientras tanto, la caballería romana en los flancos, incapaz de resistir el choque de los carros, cedió y fue perseguida por los carros y la caballería británica, que entonces cayeron entre la infantería romana. Estos, que al principio habían relajado sus filas para evitar ser superados por el frente, se cerraron ahora para resistir mejor al enemigo, quien de esta manera fue incapaz de penetrarlos. Los carros y la caballería, por tanto, quedaron enredados en medio de las irregularidades del terreno y las densas filas de los romanos; y, al no poder ya girar y correr como en la llanura abierta, no dieron ni la menor apariencia de una escaramuza ecuestre: sino, manteniendo su posición con dificultad en la pendiente, fueron empujados hacia afuera y dispersados en desorden por el campo.

[123] Habitantes de Fifeshire.

[124] Dónde estaba esto no aparece. Brotier lo llama Sandwich, haciéndolo el mismo que Rutupium: otros Plymouth o Portsmouth. Es claro, sin embargo, que este no puede ser el caso, por las palabras subsiguientes. —White.

[125] Esta circunnavegación fue en dirección contraria a la de los desertores usipios, partiendo la flota desde el fiordo de Tay en la costa oriental, y navegando alrededor de las costas septentrional, occidental y meridional, hasta que llegó al puerto de Sandwich en Kent. Después de permanecer allí algún tiempo para repararse, fue a su antigua estación, en el fiordo de Forth, o Tay.

[126] Fue en este mismo año que Domiciano hizo su pomposa expedición a Germania, de donde regresó sin haber visto nunca al enemigo.

[127] Calígula de manera similar consiguió un número de hombres altos con el cabello teñido de rojo para dar crédito a una pretendida victoria sobre los germanos.

[128] Así Plinio, en su Panegírico sobre Trajano, xlviii., representa a Domiciano como "siempre afectando la oscuridad y el secreto, y nunca emergiendo de su soledad sino para hacer una soledad".

[129] No el triunfo en sí, que, después del año de Roma 740, ya no se concedía a personas privadas, sino que estaba reservado para la familia imperial. Esta nueva pieza de adulación fue inventada por Agripa para gratificar a Augusto. Los "ornamentos triunfales" que todavía se otorgaban, eran una vestimenta peculiar, una estatua y otras insignias que distinguían a la persona del general triunfante.

[130] De Dover.

[131] Domiciano, al parecer, temía que Agrícola pudiera negarse a obedecer la orden de regreso que le envió, e incluso mantener su puesto por la fuerza. Por ello, envió a uno de sus libertos de confianza con una carta autógrafa, en la cual se le informaba que Siria le era otorgada como su provincia. Esto, sin embargo, era una mera artimaña: y por tanto, no debía ser entregada, ya que Agrícola había emprendido ya su regreso. En cumplimiento de estas instrucciones, el liberto regresó de inmediato junto a Domiciano, cuando encontró a Agrícola en su trayecto a Roma. Según Dión (liii.), se requería que los lugartenientes del emperador abandonaran su provincia inmediatamente tras la llegada de su sucesor, y regresaran a Roma en un plazo de tres meses. --White.

[132] El sucesor de Agrícola en Britania parece haber sido Salustio Lúculo, quien, como nos informa Suetonio, fue condenado a muerte por Domiciano porque permitió que ciertas lanzas de una nueva construcción fueran llamadas luculeas. --Vida de Domiciano, s. 10.

[133] De esta peor clase de enemigos, que alaban a un hombre con el fin de hacerlo odioso, el emperador Juliano, quien había sufrido grandemente por ellos, habla con sentimiento en su epístola 12ª a Basilio: "Pues no vivimos juntos en ese estado de disimulación que, imagino, has experimentado hasta ahora: en el cual aquellos que te alaban, te odian con una aversión más confirmada que tus enemigos más inveterados".

[134] Estos calamitosos eventos son registrados por Suetonio en su Vida de Domiciano.

[135] El Rin y el Danubio.

[136] Los dos consulares de mayor antigüedad echaban a suertes el gobierno de Asia y África.

[137] Suetonio relata que Cívica Cerial fue ejecutado durante su proconsulado de Asia, bajo la acusación de meditar una revuelta. (Vida de Domiciano, s. 10.)

[138] Obligar a las personas a dar las gracias por una injuria era un refinamiento en la tiranía frecuentemente practicado por los peores emperadores romanos. Así, Séneca nos informa que "Calígula fue agradecido por aquellos cuyos hijos habían sido ejecutados y cuyas propiedades habían sido confiscadas". (De Tranquil, xiv.) Y además: "La respuesta de una persona que había envejecido al servicio de los reyes, cuando se le preguntó cómo había alcanzado algo tan poco común en las cortes como la vejez, es bien conocida. Fue, dijo, recibiendo injurias y dando las gracias". --De Ira, ii. 33.

[139] A partir de un pasaje en Dión, lxxviii. p. 899, esta suma parece haber sido decies sestertium, cerca de 9.000 libras esterlinas.

[140] Así Séneca: "Las almas pequeñas vueltas insolentes por la prosperidad tienen esta peor propiedad, que odian a aquellos a quienes han injuriado". --De Ira, ii. 33.

[141] Varios de los que sufrieron bajo Nerón y Domiciano erraron, aunque noblemente, en este aspecto.

[142] Un epigrama griego todavía existente de Antífilo, un bizantino, a la memoria de un tal Agrícola, es considerado por los eruditos como una referencia al gran hombre que es el tema de esta obra. Se encuentra en la Anthologia, lib. i. tit. 37.

[143] Dión lo afirma categóricamente; pero por la manera en que Tácito, quien tenía mejores medios de información, habla de ello, la historia probablemente era falsa.

[144] Parece que la costumbre de hacer al emperador coheredero con los hijos del testador no era de ningún modo infrecuente. Se hacía con el fin de asegurar el resto para la familia. Así, Prasutago, rey de los icenos en Britania, hizo a Nerón coheredero junto con sus dos hijas. Así, cuando Lucio Veto fue ejecutado por Nerón, sus amigos le instaron a dejar parte de su propiedad al emperador, para que sus nietos pudieran disfrutar del resto. (Ann. xvi. 11.) Suetonio (viii. 17) menciona que Domiciano solía incautar las haciendas de las personas más desconocidas para él, si alguien podía ser hallado que afirmara que el difunto había expresado la intención de hacer al emperador su heredero. --White.

[145] Calígula. Esto fue en el año 40 d.C., cuando él era cónsul único.

[146] Según este relato, el nacimiento de Agrícola fue el 13 de junio, en el año de Roma 793, 40 d.C.; y su muerte el 23 de agosto, en el año de Roma 846, 93 d.C.: pues este parece haber sido, según los Fasti Consulares, el año del consulado de Colega y Prisco. Tenía, por tanto, solo cincuenta y cuatro años cuando murió; de modo que los copistas probablemente escribieron por error LVI en lugar de LIV.

[147] A partir de esta representación, Dión parece haber estado equivocado al afirmar que Agrícola pasó la última parte de su vida en la deshonra y la penuria.

[148] Juvenal estalla en un noble arrebato de indignación contra esta salvaje crueldad, que distinguió la última parte del reinado de Domiciano:

Atque utinam his potius nugis tota illa dedisset Tempora saevitiae: claras quibus abstulit Urbi Illustresque animas impune, et vindice nullo. Sed periit, postquam cerdonibus esse timendus Coeperat: hoc nocuit Lamiarum, caede madenti.--Sat. iv. 150.

"¡Qué locura esta! ¡Pero oh, que todo el resto de su terrible reinado hubiera pasado así en broma! ¡Y que todo ese tiempo se hubiera empleado en tales naderías, en las que destruyó a tantos nobles! ¡Él a salvo, ellos sin vengar, para desgracia de la raza patricia, mansa y superviviente! Pero cuando comenzó a ser temido por la plebe, a él, que había matado a tantos señores, lo mataron". --DUKE.

[149] Esto ocurrió en el año de Roma 848.

[150] Carus y Massa, quienes eran proverbial e infamemente conocidos como delatores, son representados por Juvenal como temerosos de un villano aún más peligroso, Heliodoro.

--Quem Massa timet, quem munere palpat Carus.--Sat. i. 35.

"A quien Massa teme, a quien Carus adula con sobornos".

Carus es también mencionado con merecida infamia por Plinio y Marcial. Era mimo de profesión.

[151] Sobre este odioso instrumento de la tiranía, Plinio el Joven habla así: "La conversación giró sobre Catulo Mesalino, cuya pérdida de vista sumó los males de la ceguera a una disposición cruel. Era irreverente, desvergonzado, despiadado. Como un arma, ciega e inconsciente en sí misma, fue lanzada frecuentemente por Domiciano contra todo hombre de valía". (iv. 22.) Juvenal lanza el trueno de la invectiva contra él en los siguientes versos:

Et cum mortifero prudens Vejento Catullo, Qui numquam visae flagrabat amore puellae, Grande, et conspicuum nostro quoque tempore monstrum, Caecus adulator, dirusque a ponte satelles, Dignus Aricinos qui mendicaret ad axes, Blandaque devexae jactaret basia rhedae.--Sat. iv. 113.

"El astuto Veyento a continuación, y a su lado el sangriento Catulo apoyado en su guía: decrépito, mas amante furioso él, y profundamente herido por encantos que no podía ver. Un monstruo, que incluso a esta peor era supera, visible y por encima del tamaño común. Un ciego y vil adulador; desde algún puente o puerta, elevado a ministro de estado asesino. Digno aún de mendigar sobre el camino, y bendecir a cada carreta que pasa y su carga". --DUKE.

[152] Esta era una famosa villa de Domiciano, cerca del sitio de la antigua Alba, a unas doce millas de Roma. El lugar es llamado hoy Albano, y vastas ruinas de sus magníficos edificios aún permanecen.

[153] Tácito, en su Historia, menciona a este Massa Bebio como una persona sumamente destructiva para todos los hombres de valía, y constantemente ocupada del lado de los villanos. De una carta de Plinio a Tácito, parece que Herennio Senecio y él mismo fueron unidos como abogados defensores de la provincia de Bética en una acusación contra Massa Bebio; y que Massa, tras su condena, solicitó a los cónsules libertad para procesar a Senecio por traición.

[154] Por "nuestras propias manos", Tácito significa una de nuestro propio cuerpo, un senador. Como Publicio Certo había apresado a Helvidio y lo había conducido a prisión, Tácito imputa el crimen a todo el orden senatorial. Con el mismo propósito, Plinio observa: "Entre las numerosas villanías de numerosas personas, nada pareció más atroz que el hecho de que en la casa del senado un senador pusiera manos sobre otro, un pretoriano sobre un hombre consular, un juez sobre un criminal". --Lib. ix. ep. 13.

[155] Helvidio Prisco, un amigo de Plinio el Joven, quien no permitió que su muerte quedara sin venganza. Véase la epístola referida arriba.

[156] Existe en este lugar algún defecto en los manuscritos, que los críticos han intentado suplir de diferentes maneras. Brotier parece preferir, aunque no lo adopta en el texto, "nos Mauricum Rusticumque divisimus", "nosotros separamos a Maurico y Rústico", con la muerte de uno y el destierro del otro. El proceso y el crimen de Rústico (Aruleno) se mencionan al principio de esta pieza, c. 2. Maurico era su hermano.

[157] Herennio Senecio. Véase c. 2.

[158] Así Plinio, en su Panegírico sobre Trajano, xlviii.: "Domiciano era terrible incluso de contemplar; orgullo en su frente, ira en sus ojos, una palidez femenina en el resto de su cuerpo, en su rostro desvergüenza teñida en un rojo resplandeciente". Séneca, en la Epist. xi. observa que "algunos nunca son más temibles que cuando se sonrojan; como si hubieran derramado toda su modestia. Sila estaba siempre más furioso cuando la sangre había subido a sus mejillas".

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